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Justino (44.5) y la koiné tiria entre los siglos iv y iii a.C. Sons of Melqart. Entre las fuentes literarias sobre el mundo feniciopúnico del extremo Occidente destaca el inicio del quinto capítulo del libro 44 del Epítome de Justino a las Historiae Philippicae de Pompeyo Trogo: [5] (1) "Post regna deinde Hispaniae primi Karthaginienses imperium provinciae occupavere. 1 Este trabajo se enmarca en el Proyecto de Investigación La construcción de la identidad fenicia en el Imperio romano (HAR2010-14893) del MINECO. Mi agradecimiento a los evaluadores anónimos por sus valiosos comentarios y sugerencias, y a Clelia Martínez Maza (Universidad de Málaga) por su generosa e inestimable ayuda. 2''Después de los reinados sucesivos de Hispania, los cartagineses se apoderaron los primeros del gobierno de la provincia. En efecto, como los gaditanos procedentes de Tiro, de donde deriva también el origen de los cartagineses, por una orden dada en el sueño hubiesen trasladado a Hispania el culto de Hércules, y allí hubiesen fundado una ciudad, al envidiar los pueblos vecinos de Hispania el crecimiento de la nueva ciudad y provocar por eso a los gaditanos con la guerra, los cartagineses enviaron ayuda a sus parientes. Entonces con una expedición afortunada no solo vengaron a los gaditanos de la injusticia sino que añadieron la mayor parte de la provincia a su gobierno. Después, siguiendo también el consejo de los Las diferentes propuestas de reconstrucción de los acontecimientos contenidos en el pasaje han coincidido siempre en la creencia de que el episodio que da inicio a la secuencia no es otro que la fundación de Gadir por colonos tirios y la instauración del culto a Melqart en la nueva ciudad. Por ello la noticia se ha incluido en el conjunto de referencias sobre los orígenes de la primera colonia tiria en el extremo Occidente junto a las de Veleyo (1.2.3), Mela (3.46) y Estrabón (3.5.5), con la que tiene evidentes similitudes. Tras el episodio fundacional se produce un salto en la narración hasta un segundo momento de difícil encaje cronológico, en el que se produciría el ataque a los gaditanos por parte de ciertos pueblos vecinos de Hispania provocado por el auge de la nueva urbe, lo que a su vez motivaría la llegada de una expedición de auxilio cartaginesa en ayuda de sus hermanos de sangre. Con la decisión de los norteafricanos de establecerse en cierta zona de Hispania se cerraría el segundo bloque del relato y se abriría un nuevo lapso temporal hasta el tercero de los episodios, en este caso bien fechado: la segunda llegada de los cartagineses con la expedición militar dirigida por Amílcar Barca en 237 a.C. El pasaje cuenta con un largo recorrido interpretativo en la tradición historiográfica moderna, cuyas principales diferencias atañen a la cuestión de la cronología y del alcance de la primera de las dos expediciones cartaginesas deducibles del relato. El debate moderno cobra forma con Schulten (1945: 70-79), para quien la narración sería prueba de las luchas existentes entre los fenicios y Tartesos. Ubica el episodio poco después de la fundación de Gadir en 1100 a.C. y por ello corrige a Justino, sosteniendo que la ayuda a los gaditanos no vino de Cartago, sino de la propia Tiro. Pero la influencia de Schulten en la posterior exégesis del texto no se debe tanto a esa propuesta de contextualización histórica, como a su tesis sobre la conquista púnica del sur peninsular a fines del siglo vi a.C. (Schulten 1945: 125-135). Tras Schulten, se tendió a asociar el relato sobre el ataque a Gadir y la llegada de los cartagineses con la llamada "crisis del siglo vi a.C." y el pasaje de Justino acabó considerándose el principal apoyo en la tradición literaria para la defensa de un temprano imperialismo cartaginés en Iberia. Por ello no es de extrañar que, a la vez que un creciente sector de la investigación descartaba la posibilidad de que Cartago augurios de la primera expedición, enviaron al general Hamílcar con un gran ejército para ocupar la provincia..." (trad. F. Calero, THA II B). En esta, como en la mayoría de las traducciones, los sacra Herculis se interpretan como el culto del dios, pero a lo largo del trabajo plantearemos una lectura alternativa. Un buen ejemplo lo tenemos en el más completo análisis dedicado al pasaje, a cargo de López Castro (1992), quien planteó que la existencia de omisiones de contenidos del texto original, debidas a la labor epitomizadora de Trogo, en los párrafos 1 ("Post regna...") y 4 ("Postea quoque... ") del capítulo, permitiría explicar el desfase temporal existente entre los tres episodios identificables en el relato: la fundación de Gadir; el ataque a los gaditanos y la intervención cartaginesa; y la llegada de Amílcar. Pese a que el episodio del ataque de "pueblos iberos" a Gadir podría situarse dentro del contexto de la denominada "crisis del siglo vi a.C.", no sería oportuno deducir del texto una dominación imperialista del sur de la Península por parte de Cartago. Los autores que más recientemente han abordado la cuestión de la presencia cartaginesa en Iberia antes de los Bárquidas, pese a reconocer el interés de la fuente, tienden a considerar que su imprecisión cronológica, derivada de la labor epitomizadora de Justino, lastra su valor para una reconstrucción firme del proceso histórico de la Iberia fenicio-púnica (Barceló 2006: 110-112; Domínguez Monedero 2007: 409;2012: 184-185; Martín 2007: 17-18). Los investigadores que reivindican su potencial informativo tienden a revisar la cronología de la expedición de auxilio a los gaditanos, haciéndola coincidir con el horizonte para el que tenemos cada vez más claros indicios de la intensificación de la influencia de Cartago en el suroeste peninsular: el siglo iv a.C. (Mederos y Escribano 2000; López Castro 2001; López Pardo y Suárez 2002; Pliego 2003a;2003b; Sáez et alii 2004; Carretero 2007; Ferrer y Pliego 2010, 2011). Es el caso de Ferrer y Pliego (2010, 2011), quienes rebajan la cronología del episodio de auxilio cartaginés a Gadir hasta el siglo iv a.C. y lo explican como una consecuencia de los acuerdos establecidos entre las ciudades púnicas de Iberia y Cartago. Estas comunidades, con Gadir a la cabeza, habrían ofrecido a la potencia norteafricana, a través de alianzas militares formalizadas, bases operativas en suelo peninsular desde las que los cartagineses garantizarían la vigilancia de las costas para evitar la piratería, el comercio y los intentos de asentamiento en tierra firme, precisamente los aspectos limitados por el segundo tratado entre Roma y Cartago, de 348 a.C. (Ferrer y Pliego 2010: 539, 2011). Quedaría, sin embargo, por aclarar el enorme salto temporal implícito en la narración de Justino entre el HIJOS DE MELQART. JUSTINO (44.5) Y LA KOINÉ TIRIA ENTRE LOS SIGLOS iv Y iii A.C. episodio fundacional que la inicia y la expedición de auxilio cartaginesa, de más de cinco siglos si tomamos como fecha para la fundación de Gadir el siglo ix a.C.3 A lo largo de las páginas siguientes vamos a proponer una nueva interpretación del pasaje que se basa, precisamente, en la posibilidad de que la ciudad a cuya fundación se hace referencia no sea Gadir. NUEVA PROPUESTA DE INTERPRETACIóN La interpretación tradicional da por supuesto que la orden oracular que conlleva el traslado de los sacra Herculis y la fundación de una ciudad en Hispania es otorgada por Heracles-Melqart a los tirios y, en consecuencia, que la ciudad en cuestión es Gadir4. Creemos, en cambio, que es posible plantear una lectura más literal del texto e interpretar, como explícitamente se indica en él, que los receptores del oráculo fueron los gaditanos, en un momento posterior, evidentemente, al establecimiento de su propia ciudad. La nueva fundación sería una ciudad diferente, que no aparecería nombrada en el texto y que, según la tradición recogida por Trogo, habría sido fundada por los gaditanos en territorio peninsular en un momento indeterminado de su historia. Esta nueva interpretación cambia sustancialmente el sentido del relato y el conjunto de implicaciones históricas que de él se derivan. Como ya se ha señalado, es posible identificar con razonable precisión los lugares del Epítome en que se habrían producido omisiones del texto original de Trogo. La técnica epitomizadora de Justino no se basa en el resumen de la información contenida en las Historias Filípicas, sino en la omisión de partes más o menos amplias del relato original de Trogo5. Estas omisiones serían identificables por el empleo por parte de Justino de ciertas expresiones destinadas a unir los párrafos conservados, tras la eliminación de contenidos, con las partes siguientes de la narración6. En el caso del pasaje comentado se identifican dos de estas omisiones: 1.-La primera de ellas sería detectable en las palabras con que se inicia el capítulo: "Post regna deinde Hispaniae primi Karthaginienses...". La alusión a los contenidos tratados en el capítulo anterior -los''reinos de Hispania''-junto a la expresión deinde serían indicios firmes de que Justino procedió a omitir ciertos contenidos inmediatamente previos a la cuestión del imperium de los cartagineses (Castiglioni 1925: 3; cf. López Castro 1992: 224). Tras esta omisión, la estructura temática del pasaje sigue una secuencia clara: para explicar el origen del imperium cartaginés en Hispania el relato se remonta a un episodio anterior en el tiempo, la fundación de una ciudad por parte de los gaditanos, derivada de la recepción de un oráculo en sueños que les ordenaba trasladar los sacra Herculis desde Tiro. Los acontecimientos se suceden sin aparente solución de continuidad hasta la apropiación de "pars provinciae" por los cartagineses. 2.-La segunda de las omisiones se detectaría en las palabras con que se abre el cuarto párrafo: "Postea quoque hortantibus primae expeditionis auspiciis...". Se inicia entonces una nueva secuencia de acontecimientos inaugurada con la expedición de Amílcar, antes de la cual Justino habría omitido contenidos correspondientes a un lapso de tiempo indeterminado, entre el momento en el que los cartagineses se hacen con ciertas posesiones peninsulares y el 237 a.C. 7 La interpretación histórica del pasaje nunca ha sido del todo satisfactoria debido, en mi opinión, a las complicaciones derivadas de la creencia de que su inicio corresponde a la fundación de Gadir. Ello obliga, en primer lugar, a considerar que existe un gran salto temporal entre el episodio fundacional con que se abre el relato y el ataque de los pueblos vecinos de Hispania a los gaditanos. Tomando como fecha de la fundación de Gadir el siglo ix a.C. (vid supra n. 3) se trataría de un lapso de entre tres y cinco siglos dependiendo de si se data el ataque en el siglo vi a.C. o en el iv a.C. Por otra parte si, como ha sido habitual, el ataque a los gaditanos y la llegada de los cartagineses se data en el siglo vi a.C., queda desacreditada la vinculación tam pervenit"; "multa igitur bella... ad postremum..."-y de compendio -por ejemplo "post multas clades"; "magnas deinde res gessit", etc...-, elementos que sirven de "puentes" tendidos por Justino entre las partes del texto original de Trogo omitidas para conectar las partes sobrevivientes del relato. 7 La mano de Justino se apreciaría, además, en el uso de recursos estilísticos característicos como la metonimia en la expresión "hortantibus... auspiciis". Cf. que el texto establece entre la segunda expedición, la de Amílcar en 237 a.C., y la primera, unos tres siglos antes. Ello ha llevado a pensar que la percepción de continuidad y causalidad entre ambas expediciones ha de deberse a Justino, que conectaría secciones entre las que habría omitido contenidos, y no al propio Trogo, en cuyo original ambas expediciones estarían desvinculadas causalmente (López Castro 1992: 225). Creemos, en cambio, que la traducción más literal y económica del pasaje permite pensar que la secuencia de acontecimientos narrados no se inicia con la fundación de Gadir, sino de una colonia por parte de los gaditanos. No se detecta ninguna omisión en la secuencia de acontecimientos que se inicia con el oráculo otorgado a los gaditanos -"Nam cum Gaditani..."-y termina con la apropiación de "pars provinciae" por los cartagineses, tras la que se detecta la segunda de las eliminaciones de parte del original de Trogo. Teniendo en cuenta que la técnica epitomizadora de Justino descansa más en la omisión de contenidos que en su resumen, es posible pensar que la secuencia que se inicia con el oráculo y culmina con la primera conquista cartaginesa posee una básica inmediatez cronológica y causal entre los acontecimientos que la componen. En consecuencia, todos los acontecimientos contenidos en esa sección del pasaje pudieron sucederse sin grandes saltos temporales entre ellos y, en conjunto, en un periodo de tiempo no excesivamente amplio. A la recepción del oráculo le seguiría el traslado de los sacra desde Tiro y la fundación de una ciudad, cuyo engrandecimiento habría provocado los recelos de ciertas poblaciones peninsulares. Es posible plantear que el tiempo transcurrido entre la fundación de la nueva ciudad por los gaditanos y la reacción de los pueblos vecinos frente a su auge no fuese extenso, como se ha mantenido en la lectura tradicional. Al hostigamiento a los gaditanos habría de sucederle, sin solución de continuidad, la expedición de auxilio de los cartagineses y la posterior apropiación de ciertos territorios ibéricos. Si, como proponemos, el episodio inicial del relato se desvincula del asunto de la fundación de Gadir, la cronología general de la secuencia de acontecimientos se ve liberada de una forzada elongación y puede aproximarse sin violencia a la fecha del 237 a.C. Esa fecha ha de ser el punto de partida para reconstruir el conjunto de la secuencia de acontecimientos y para especular sobre su momento de inicio. Así, es posible plantear que la segunda de las omisiones del pasaje afectara a contenidos originales de Trogo correspondientes a un periodo de tiempo no excesivamente amplio y, por ello, que las dos expediciones cartaginesas en Hispania sí estuviesen conectadas temporal y causalmente en el propio original Troguiano, como indica el texto: "Postea quoque hortantibus primae expeditionis...". Finalmente, si la primera expedición de los cartagineses no se alejó en exceso en el tiempo de la liderada por Amílcar, la fundación de la colonia gaditana con la que se abre la secuencia que culmina con esa primera expedición de auxilio, podría haber tenido lugar en un horizonte cronológico no excesivamente alejado del 237 a.C. ANÁLISIS Y COMENTARIO HISTóRICO Esta nueva lectura tiene evidentes consecuencias para la reconstrucción del proceso histórico del mundo fenicio-púnico y no solo en el ámbito occidental. Vamos a explorar la posibilidad de que Gadir promoviese la fundación de una colonia en territorio peninsular, proceso en el que participaría, además, el propio templo de Melqart de Tiro; que este episodio provocase un escenario de conflicto con comunidades vecinas resuelto con una intervención militar cartaginesa en la Península; y, finalmente, que estos acontecimientos supusieran un precedente relativamente cercano de la expedición de Amílcar de 237 a.C. Para ello seguiremos la propia secuencia de acontecimientos contenida en el pasaje. El relato se inicia con una orden oracular otorgada en sueños que implica el traslado de ciertos sacra de Hércules a Hispania y la fundación allí de una ciudad. En la lectura tradicional se ha dado por supuesto que fue el propio oráculo del Melqart de Tiro el que dictó el mandato a los gaditanos, como sucedía en el episodio relatado por Estrabón (3.5.5). De hecho, la lectura tradicional del texto de Justino ha estado condicionada por su semejanza con la noticia de Estrabón sobre la fundación, en este caso sí, de la ciudad de Gadir por colonos de Tiro. Las similitudes entre ambos relatos son evidentes, pero también lo son las diferencias. En el pasaje estraboniano se distingue claramente a los gaditanos, como aquellos que recuerdan y relatan el episodio sobre sus orígenes, y a los tirios, como aquellos que recibieron un oráculo que les ordenaba la fundación de una colonia hacia las Columnas de Hércules 8. JUSTINO (44.5) Y LA KOINÉ TIRIA ENTRE LOS SIGLOS iv Y iii A.C. el pasaje de Justino el oráculo es transmitido en sueños y ordena a los gaditanos el traslado de los sacra Herculis, episodio que va asociado a la fundación de una nueva ciudad. Falta en Justino todo lo relativo a las dos primeras expediciones infructuosas y a la diferenciación entre el establecimiento de la ciudad por una parte, y del santuario por otra, que recoge Estrabón. En nuestro estudio se van a desvincular ambas informaciones pues creemos que aluden a episodios históricos diferentes. En el relato sobre la fundación de Tiro de Nono de, como veremos, el oráculo del dios domina la narración. Las referencias al recibido por Alejandro instándole a sacrificar a Heracles en Tiro (Curt. 11.10.10); y a su visión de Heracles en sueños durante el asedio de la ciudad (Arr. 24.3) son indicios firmes, también, de la importancia del oráculo del dios en Tiro y de su carácter onírico 9. En Justino, el mandato oracular es el traslado de ciertos sacra desde la propia Tiro a la Península Ibérica, por lo que es comprensible que se haya dado por supuesto que es en el santuario tirio de Melqart donde se emite la orden del dios. Cabe, sin embargo, una interpretación alternativa: que el oráculo hubiese sido otorgado en el propio santuario de Melqart en Gadir, lo que contribuiría a sostener la nueva interpretación del pasaje. El carácter oracular del Melqart gaditano se documenta en episodios como el de la visita de Aníbal a Gadir en vísperas de la expedición a Italia (Sil. 3.1-12), el del sueño incestuoso de César en el santuario durante su cuestura en 68 a.C. (Suet. 7; D.C. 37.52), el del prodigio acaecido durante el asedio del Heracleion por Bogud en el año 38 a.C. (Porph. El episodio del sueño de César y el del asedio de Bogud remiten, además, a su carácter onírico 10. Todo ello permite plantear que, en la lógica hacia las Columnas de Heracles..." 3.5.5; trad. de F. J. Gómez Espelosín). 9 Una inscripción tiria de época romana menciona a Heracles-Melqart junto a Leucotea, diosa igualmente oracular, y a un anónimo πρόμαντις (Chéhab 1962: 18-19). 10 En el relato de Porfirio (Abs. 1.25), el sumo sacerdote del templo gaditano, falto de víctimas a causa del asedio, tiene interna del relato, fuese en su propio santuario donde los gaditanos recibiesen el mandato fundacional que conllevaba el traslado de sacra de Melqart de Tiro a Hispania, en un momento, claro está, alejado del horizonte de su propia fundación. La opinión sobre la naturaleza de los sacra Herculis del pasaje ha estado condicionada por la convicción de que el texto alude a la fundación de Gadir y, por ello, se han identificado con ciertos objetos sagrados que, según los testimonios literarios, se encontraban en el santuario gaditano y que estaban estrechamente relacionados con los existentes en el de Tiro 11. Entre ellos destacarían las propias reliquias del dios, pues Mela (3.46) afirma que la santidad del templo de Gadir se debe a los huesos de Hércules ("ossa eius") allí depositados. Con esta información se relacionan la de Salustio (Iug. 18), quien recoge la opinión de los africanos, según la cual Hércules había muerto en Hispania; y la de Arnobio (Nat. 1.36), de que el Hércules tirio se hallaba sepultado en los confines de Hispania. La posibilidad de que hubiese una tumba de Melqart en Gadir está apoyada por la noticia sobre la existencia de un sepulcro del dios en Tiro (Clem. 10.24) y por aquellas sobre la existencia de una tumba en el Heracleion, aunque no de Melqart-Heracles, sino de Gerión (Philostr. Todo ello ha llevado a autores como Bonnet (1988: 211) a vincular los sacra Herculis de nuestro pasaje con los ossa del dios mencionados por Mela, pero aunque en el santuario gaditano existiese una tumba de Melqart y allí se conservaran reliquias del dios, dichos elementos no han de identificarse, en nuestra opinión, con los sacra del pasaje de Justino, pues no sería Gadir su destino, sino la ciudad fundada por los gaditanos. Referencia obligada para identificar la naturaleza de los sacra Herculis del pasaje es la del propio Justino sobre los que porta Elissa al huir de Tiro: "... atque ita sacris Herculis, cuius sacerdos Acherbas fuerat, repetitis, exilio sedes quaerunt" (Iust. 18.4.15). un sueño en el que contempla cómo, estando situado entre las stelai del santuario, un ave vuela hasta él para ofrecerse voluntariamente al sacrificio sobre el altar; escena que se cumple al día siguiente. La narración tiene un directo paralelo en el pasaje sobre la fundación de Tiro en las Dionisiacas de Nono (40.423-534), donde el sacrificio de un águila por los enviados de Heracles-Melqart enraíza las "rocas ambrosianas", previamente errantes, sobre las que se funda la ciudad. 11 Sobre los sacra de ambos santuarios v. García y Bellido 1963; Bonnet 1988: 219-220 Cabe plantear que en ambos casos, se tratase de símbolos de Melqart, cuyo traslado implicaba el paso de la potencia soberana de Tiro y su dios tutelar a la nueva comunidad. Como hipótesis, cabe plantear que estuvieran, de alguna manera, relacionados con los más relevantes sacra del dios en el propio santuario tirio: las dos stelai (Hdt. 2.14), elementos que se documentan también en el propio caso de Gadir (Philostr. Esta hipótesis de interpretación tiene implicaciones relevantes en términos religiosos, políticos e identitarios: pese a que la empresa fundacional habría sido ejecutada por los gaditanos, los símbolos tangibles de la presencia de Melqart utilizados para el establecimiento de la nueva comunidad y la instauración allí de su culto procederían de su santuario en Tiro. Si no fue la propia Gadir la nueva ciudad a cuya fundación se hace referencia en el relato, ¿a qué ciudad se refiere Justino? Si especulamos con la hipótesis de que los gaditanos pudieran haber protagonizado una iniciativa colonial en un momento de su historia anterior a 237 a.C., con la tutela religiosa del santuario de Melqart de Tiro, tanto la información arqueológica como las tradiciones literarias convergen apuntando como candidata a una fundación ex novo en un contexto geográfico e histórico que hace plausible su vinculación con Gadir: Carteia. Los datos de la arqueología El desarrollo desde 1994 del Proyecto Carteia ha supuesto un avance exponencial en el conocimiento de la secuencia urbanística y constructiva del asentamiento 13. Las últimas actuaciones han permitido identificar una primera fase (Púnico I) que sitúa los niveles fundacionales de la ciudad a mediados del siglo iv a.C., y una segunda (Púnico II) que se corresponde con su monumentalización a finales del siglo iii a.C. HIJOS DE MELQART. JUSTINO (44.5) Y LA KOINÉ TIRIA ENTRE LOS SIGLOS iv Y iii A.C. fundador esté destinada a dotar a la comunidad de unos orígenes prestigiosos vinculados al héroe griego civilizador por excelencia, en un contexto cultural''helenizante''. En cambio, el trasfondo de esta tradición podría ser genuinamente fenicio o, más concretamente, tirio, y responder al reflejo directo de una inauguración ritual no lejana en el tiempo que vincularía al Melqart de Tiro con la nueva comunidad en calidad no solo de divinidad tutelar, sino de auténtico fundador. Una fundación de tan elevado estatus religioso, con la doble participación de Melqart a través de su oráculo y con el traslado de sus sacra desde la propia Tiro, es un trasfondo coherente para explicar la tradición que atribuye a Carteia ser fundación de Heracles, transmitida menos de un siglo después del surgimiento de la ciudad. En el mismo pasaje Estrabón informa también de la tradición que atribuía a Carteia el antiguo nombre de Heraclea, habiéndose explorado la posibilidad de que se trate de la traducción directa de un topónimo original fenicio que tuviese como raíz el teónimo, en una forma equivalente a "ciudad de Melqart". Las tradiciones recogidas por Estrabón podrían estar reflejando, en síntesis, el protagonismo de la figura de Melqart en la fundación de la ciudad de Carteia y contribuyen, por ello, a identificarla con la ciudad fundada por los gaditanos en el texto de Justino. Otro argumento a favor de la vinculación entre ambas ciudades reside en ciertas tradiciones cuyo sentido aún no ha sido del todo aclarado y que, en diferentes modalidades, identifican a Tartesos tanto con Gadir como con Carteia (Alvar 1989;Álvarez 2007). Por una parte existe una tradición que sostiene que Tartesos fue el nombre dado en tiempos pasados a la ciudad de Gadir (Sal. Ora 85; 267-270) mientras que otra serie de testimonios aseguran que Tartesos fue el nombre antiguo de la ciudad de Carteia (Str. Solá Solé (1960: 499), en cambio, consideró más probable una derivación a partir de qrt =''ciudad''. 95) se muestra prudente en cuanto al origen púnico de todos los abundantes topónimos en /qart-/, recordando además la doble posibilidad de que deriven del feno-púnico qrt, o del dios mlqrt (mlqrtyh/ Heraclea). López Pardo y Suárez (2002: 140) han retomado la idea de que el teónimo estuviera en la base del topónimo. 19 A estas informaciones se suelen sumar otros pertenecientes a Apiano (Iber. 2; 63), para quien Tartesos era el nombre posibilidad de que el nombre de Tartesos estuviera asociado a Gadir desde época antigua (Álvarez 2007), es posible plantear que la relación entre de ambos topónimos se hubiera establecido ya en la primera mitad del siglo iv a.C. La fundación de Carteia por parte de los gaditanos habría implicado la proyección de uno de los topónimos asociados a la metrópolis gaditana -Tartesos-en la nueva fundación. Sin que por ahora sea posible explicar plenamente el fenómeno, parece razonable pensar que estas tradiciones establecen un vínculo directo entre Gadir y Carteia, por cuanto que son las únicas ciudades de las que, en la tradición antigua, se sostiene que Tartesos fue su nombre antiguo. Las tradiciones literarias antiguas sobre Carteia y su arqueología contribuyen a defender la hipótesis de su identificación con la fundación de los gaditanos del relato de Justino. La pregunta necesaria es si históricamente es coherente la posibilidad de que, a mediados del siglo iv a.C., Gadir promoviese la fundación de una ciudad como Carteia. Los investigadores del Proyecto Carteia han vinculado su surgimiento con el paralelo abandono del cercano asentamiento del Cerro del Prado, con el que consideran que constituye una unidad cultural 20. La coincidencia de los niveles de abandono de Cerro del Prado y de la fase fundacional de Carteia, a mediados del siglo iv a.C., ha llevado a pensar que la nueva ciudad surgió por el traslado de la población asentada en la antigua factoría hasta un emplazamiento más amplio y próximo al mar, dominando el acceso a un estuario de excelentes condiciones para un establecimiento portuario 21. Partiendo de la nueva lectura del texto de Justino proponemos un papel protagonista tanto de Gadir antiguo de la ciudad de Carpeso; y a Pausanias (6.19.3), quien señala que Tartesos era el nombre antiguo de la ciudad de Carpia. Es posible reconocer en estos topónimos a Carteia, por cuanto esta se identifica, a su vez, con Calpe, así por ejemplo en el propio Estrabón (3.1.7), y de ahí la posible confusión Calpe-Tartesos-Carpesos. 20 Cerro del Prado es una antigua factoría fenicia cuya aparición en el siglo vii a.C. se atribuye precisamente a una iniciativa gaditana, en el marco de un proceso de reorganización general del modelo colonial fenicio en el Mediterráneo Occidental (Roldán et alii 2006: 297-300). 21 Frente a hipótesis previas que apuntaban a causas ambientales, recientemente se ha planteado que el abandono de Cerro del Prado y el desplazamiento de la comunidad a Carteia hubo de responder fundamentalmente al enriquecimiento de sus élites dirigentes, merced a un auge comercial vinculado con el creciente papel de Cartago en la zona (Blánquez et alii 2009: 524-525). como, indirectamente, de la propia Tiro en la fundación de Carteia. La relación de los altares y el depósito votivo del "área sacra" de Carteia con elementos del Heracleion gaditano ha sido ya apuntada por los excavadores del yacimiento (Roldán et alii 2006: 316) y parece coherente plantear que el santuario de Gadir tuviera un papel activo en el acto de fundación de una ciudad de las características que es posible atribuir a Carteia, tan estrechamente vinculada a la figura de Melqart-Heracles, cuando menos en lo referente a la esfera religiosa del proceso. Ello no excluye la posibilidad de que la comunidad fenicia residente en Cerro del Prado -cuyo origen, en el siglo vii a.C., se ha vinculado a la propia Gadir-participase en la constitución de la nueva comunidad de Carteia, cuya fundación sería promovida -según nuestra hipótesis-por Gadir. La posibilidad de que fuesen los intereses estratégicos, económicos y políticos de Gadir los que estuviesen detrás de la fundación de Carteia ha de inscribirse en el contexto de expansión productiva y comercial gaditana que caracteriza el poblamiento en la franja litoral del suroeste peninsular precisamente en la primera mitad del siglo iv a.C. Esta "gaditanización" ha sido detectada en la costa del Algarve portugués, con la fundación de, al menos, dos nuevos poblados, Faro y Monte Molião, y el incremento de las importaciones gaditanas en lugares antiguos como Castro Marim, Tavira y Cerro de Rocha Branca, todas ellas inscritas en unos mismos circuitos comerciales (Arruda y Sousa 2010: 973). Un proceso paralelo al portugués se documenta en la desembocadura del Guadalquivir y en el entorno del antiguo lacus Ligustinus, caracterizado por el aumento exponencial de los productos provenientes de los talleres gadeiritas y de la campiña gaditana durante el s. iv a.C. (Ferrer et alii 2010: 82-85; Ferrer y García Fernández 2010). Con este fenómeno habría que relacionar también la "colonización" de la campiña jerezana mediante la fundación ex novo de asentamientos rurales dedicados a la explotación del olivar y probablemente de la vid, del tipo Cerro Naranja. Si bien esta colonización fue en su día atribuida a una iniciativa cartaginesa (Carretero 2007), más probable parece, como señala Ferrer, que su inicio se inscriba en el mismo proceso de expansión de la influencia gaditana hacia el bajo Guadalquivir y el litoral atlántico, si bien la presencia cartaginesa en la zona pudo potenciar posteriormente la iniciativa22. La fundación de Carteia se produce, por tanto, en pleno apogeo de la expansión económica, comercial y, acaso también, poblacional de Gadir en la fachada SO peninsular. Por todo ello, parece coherente la posibilidad de que la fundación de Carteia se deba a una iniciativa gaditana explicable, como hipótesis de trabajo, por la voluntad de control del acceso al Estrecho de Gibraltar y sus rutas comerciales con un establecimiento portuario fortificado y con alto estatus político-religioso dada su especial vinculación con la figura del Melqart de Tiro. De confirmarse esta hipótesis, estaríamos ante la más concreta expresión del liderazgo de Gadir en el contexto fenicio peninsular, como centro de lo que ha venido denominándose "Círculo del Estrecho" desde época de Tarradell 23. Como cierre de este apartado habría que afrontar la cuestión de la ausencia en el pasaje del nombre de la ciudad fundada por los gaditanos, asunto de muy difícil respuesta, más allá del recurso de atribuirla al proceso epitomizador de Justino. Parece que la omisión es intencionada y pudiera provenir del propio Trogo o de sus fuentes, pues se la menciona en dos ocasiones -"...urbemque ibi condidissent, invidentibus incrementis novae urbis..."-y en ninguna de ellas se la identifica. El origen gaditano del relato conocido por Trogo parece la opción más probable, dentro de la problemática cuestión de las fuentes utilizadas 24, y quizá haya que achacar a esta óptica gaditana el que en una narración sobre su pasado y la llegada de los cartagineses a la zona se condenara al anonimato a un actor secundario, como es la ciudad fundada por su iniciativa. La posibilidad de que Carteia sea la fundación mencionada en la narración de Justino ha de valorarse en relación con el papel del Melqart de Tiro como estrechamente vinculado con Cerro del Prado y Carteia (Gutiérrez et alii 2012). 23 Quien defendió una larga pervivencia del vínculo entre Gadir y Tiro a lo largo de su historia (Tarradell 1967: 306). Cf. en contra Arteaga (1994: 26), quien plantea un escenario de ruptura de la "Liga Púnica Gaditana" respecto de Tiro desde comienzos del siglo vi a.C. Recientes revisiones del concepto de "Circulo del Estrecho" y su evolución historiográfica en Niveau 2001; Sáez et alii 2004; Domínguez Pérez 2011. 24 Es opinión generalizada entre los especialistas que Trogo siguió fuentes diferentes en función del período tratado, contando siempre con autores cercanos al objeto del relato. En cuanto a los sucesos del Occidente mediterráneo parece remontarse a Timeo y, en menor medida, a Éforo, Teopompo, Antíoco y Filisto (Castro 1995: 28). JUSTINO (44.5) Y LA KOINÉ TIRIA ENTRE LOS SIGLOS iv Y iii A.C. fundador y protector de sus colonias. Esta faceta de Melqart nos es conocida por informaciones aparentemente tardías respecto del horizonte colonial fenicio clásico, el de los siglos ix-viii a.C., y que a la luz de la relectura del texto de Justino podrían cobrar nuevos significados. Las más explícitas de estas informaciones son el pasaje en el que Diodoro denomina a Heracles παρὰ τοῖς ἀποίκοις y los textos de las inscripciones bilingües de Malta, en las que se otorga a Heracles la denominación de ἀρχηγέτης. El relato de Diodoro (20.14.1-2) se enmarca en el sitio de Cartago por parte de Agatocles en 310 a.C. Los cartagineses creían que su infortunio se debía a los dioses y, en concreto, que era Heracles παρὰ τοῖς ἀποίκοις quien se había enemistado con ellos, por lo que enviaron grandes sumas de dinero y ofrendas a Tiro. Diodoro añade que había sido costumbre en el pasado el envío al dios de un diezmo de los ingresos públicos pero que, tras enriquecerse enormemente, los cartagineses disminuyeron sus envíos y olvidaron a la divinidad. Estrechamente vinculada con la información de Diodoro está la ofrecida por las inscripciones bilingües, en fenicio y griego, de dos célebres cipos provenientes de Malta y datadas en el siglo II a.C. (CIS I, 122-122 bis = KAI 47). En ellas, el Melqart, Baal de Tiro de la versión fenicia, se convierte en Herakles archegetes en la versión griega 25. Esta misma noción se documenta en una inscripción de Delos de ca. En ella se describe al Heracles tirio como ἀρχηγος... τῆς πατρίδος, "fundador de la patria" (Bonnet 1988: 372). También Dión Crisóstomo (Orationes 33.1.47) denomina al Heracles de Tarsos su ἀρχηγός, su "fundador" 26. La relación entre el Heracles παρὰ τοῖς ἀποίκοις de Diodoro y el Heracles ἀρχηγέτης de las inscripciones de Malta parece incuestionable, en ambos casos 25 El texto fenicio es como sigue:''A nuestro Señor, a Melqart, Baal de Tiro: [esto es] lo que prometió / Tu servidor 'bd' sr y su hermano'srmšr / Los dos hijos de'srmšr, hijo de 'bd' sr porque él escuchó / Sus voces. Que él les bendiga''. La versión griega reza:''Dionisio y Serapión, los [hijos] de Serapión, tirios; a Heracles Archegetes''. 26 Con este papel de Melqart como archegetes y protector de los colonos podrían estar a su vez relacionados ciertos epígrafes de Cerdeña e Ibiza. De Tharros procede una inscripción datable entre los siglos III-II a.C. dedicada al "dios santo Melqart que vigila sobre Tiro" (o''que está sobre la roca''). Este epíteto se repite en Cerdeña en dos ocasiones más, en una inscripción sobre una semicolumna de mármol procedente de Cagliari y en otra sobre una placa de bronce de Antas. La intervención de Melqart en el surgimiento de las nuevas colonias las legitima en el plano político y religioso, convirtiéndolas en auténticas prolongaciones de la madre patria, y las integra en una red de comunidades vinculadas por lazos de parentesco a través de su figura y de la creencia en un común origen tirio (Aubet 1994: 142; Marín Ceballos 2011: 216). La participación del Melqart de Tiro en la fundación de una colonia promovida por los gaditanos, identificable según nuestra hipótesis con Carteia, sería un ejemplo muy explícito de la actuación de Melqart en calidad de archegetes, en un horizonte cronológico cercano, además, a las evidencias textuales que nos informan de esta faceta del dios tirio. La comparación del relato sobre la fundación de la colonia gaditana con las tradiciones sobre los orígenes de Tiro, Cartago y la propia Gadir nos permitirá ahondar en la figura de Melqart como archegetes. Entre las tradiciones sobre los orígenes de Tiro destaca la transmitida por Nono de Panópolis en sus Dionisiacas (40.423-534), en la que Melqart aparece como su auténtico fundador27. Nono narra el encuentro de Dioniso, durante su visita a Tiro, con Melqart, quien le relata el origen de la ciudad. Mediante un oráculo emitido -también en este caso-en sueños, ordena a los "hijos de la tierra" construir un barco y navegar hasta encontrar las "rocas ambrosianas", errantes sobre el mar. En una de ellas hallarán un olivo que arde sin consumirse, sobre el que habrá un águila y una copa y, enroscada en su tronco, una serpiente. Siguiendo el oráculo del dios, los enviados sacrifican el águila y las rocas quedan ancladas al fondo del mar y unidas entre sí: sobre ellas se fundó la ciudad de Tiro. Con esta leyenda hay que vincular ciertos elementos existentes en el propio santuario de Melqart en Tiro, en concreto dos célebres stelai y un olivo. Las stelai fueron descritas por Heródoto (2.44), a quien los sacerdotes informaron de que su santuario se había erigido al tiempo de fundarse la ciudad, tradición que también vincula al dios con el acto mismo de la fundación. De la existencia de un olivo sagrado en Tiro nos informa, por su parte, Aquiles Tacio en su Leucipa y Clitofonte (2.14). La relevancia de las stelai y el olivo del santuario de Melqart vendría avalada por su representación en una serie de monedas tirias del siglo iii d.C. (Will 1950(Will -1951;;Bijovsky 2005). En algunas de estas monedas las stelai son identificadas explícitamente como las rocas ambrosianas y, al representarse junto a un olivo, parece indudable que hacen referencia al mito fundacional de la ciudad tal como lo transmite Nono. Bijovsky (2005: 83) plantea que las stelai tirias serían recordatorios conmemorativos de la fundación de la ciudad por Melqart. La representación, en una pequeña placa de caliza hallada en Tiro y datada a comienzos del Imperio, de una escena que incluye elementos del relato de Nono, como el olivo en llamas, la serpiente enroscada en su tronco y el águila (Will 1950(Will -1951)), invita a pensar que la leyenda que hacía de Melqart el fundador de la ciudad a través de un oráculo onírico tenía raíces antiguas. Todo ello permite plantear que, en el caso de Gadir, en cuyo santuario de Melqart se documentan numerosos paralelos con el de Tiro, entre los que sobresalen dos stelai y un olivo sagrado, la leyenda fenicia sobre sus orígenes atribuyera también su fundación a Melqart, en términos muy parecidos, cuando no idénticos, a la tradición sobre Tiro recogida por Nono (López Melero 1988; Ribichini 2000; López Pardo 2010). En el relato ya comentado de Estrabón (3.5.5) sobre la fundación de Gadir, profundamente mixtificado con elementos griegos, subyace un sustrato informativo de trasfondo fenicio caracterizado por dos elementos: el oráculo de Melqart que ordena la fundación y las stelai del santuario del dios. De la existencia de un olivo sagrado y de stelai en el santuario tirio informa también Filóstrato (VA 5.5; v. también Porph. Ello permite pensar en una identidad estructural entre las leyendas sobre los orígenes de ambas ciudades, centradas en la figura de Melqart como promotor de la fundación a través de un oráculo onírico. Este papel parece estar directamente ligado también a las stelai, como representaciones de las rocas ambrosianas y, por ello, como elementos conmemorativos del acto fundacional tanto en el caso de Tiro (Zanovello 1981; Bijovsky 2005) como, muy probablemente también, en el de Gadir. La tesis de que la tradición fenicia atribuía la fundación de Gadir a Melqart podría encontrar apoyo en el relato sobre el origen de la ciudad de Claudio Iolao, que asegura que "Arcaleo, hijo de Fénix, fundó la ciudad y la nombró en la escritura de los fenicios; porque entre ellos es gadeiron, a causa de haber sido construida a partir de pequeñas fundaciones" (Etym. Se ha planteado que tras la figura de Arcaleo pudiera estar Heracles y, por extensión, Melqart28, lo que vendría a redundar en la teoría de un mito fundacional gemelo en los casos de Tiro y Gadir. A ellos vendría a añadirse el de Carteia, cuya fundación, como hemos visto, se atribuía en la tradición antigua a Heracles, tras el que a nuestro juicio está el Melqart de Tiro. Nuestra propuesta de identificación de Carteia con la ciudad fundada por los gaditanos en el texto de Justino lleva a pensar que su relato de fundación originario debía compartir elementos estructurales con los de Tiro y Gadir, destacando la cuestión del oráculo onírico de Melqart. Cabe plantear, por tanto, la existencia de tradiciones vinculadas que hacían de Melqart el fundador de Tiro, Gadir y Carteia, y con ese papel es con el que habría que poner en relación las menciones al dios como archegetes (Grotanelli 1972: 53). Los matices específicos del término podrían contenerse en la cuestión del oráculo, elemento mediante el que cual el dios dirige y guía a los fundadores humanos, por lo demás anónimos en los tres casos citados. Significativamente distinto es el caso de Cartago, pues la leyenda atribuye su fundación a Elissa y no hay oráculo del dios que ordene la fundación 29. La datación de la fundación de Carteia, a mediados del siglo iv a.C., aproxima el episodio a la cronología de los testimonios que nos informan del culto al Melqart archegetes (finales del siglo iv a.C.-siglo ii a.C.). Todo ello vendría a poner de manifiesto la importancia que en el plano religioso seguiría teniendo, en pleno siglo iv a.C., el Melqart de Tiro en el seno de la koiné identitaria integrada por sus antiguas colonias, inscritas en un marco supracomunitario cuyos miembros compartirían la consideración del dios como fundador y de Tiro como madre patria. Se refuerza así la impresión ya percibida sobre el papel referencial de Tiro en la construcción de la identidad gaditana y de los fenicios del extremo Occidente (López Castro 2004; Domínguez Pérez 2006: 157), papel que parece no limitarse a ese ámbito occidental y que puede hacerse extensivo a todas las comunidades que reconocían su origen en Tiro, incluida la propia Cartago (Ferrer y Álvarez 2009). 20), lo que a su vez podría vinculares con la referencia contenida en los escolios a la Periegesis de Dionisio (454) donde se indica que el Heracles fundador de Gadir fue el fenicio, al que se denomina Aρχαιότατος. 29 No obstante, Melqart también está presente en el relato fundacional: como hemos visto, en su huida de Tiro, Elissa porta consigo los sacra Herculis (Iust. Sobre el papel del horizonte colonial tirio como referente identitario en Cartago y en otras comunidades norteafricanas, incluso en algunas de incierto origen fenicio, v. En el relato de Justino, a la fundación de la ciudad le sigue el ataque a los gaditanos por parte de pueblos vecinos de Hispania que veían con malos ojos su engrandecimiento. En la exégesis tradicional se ha considerado que estos pueblos vecinos que atacan a los gaditanos serían las poblaciones indígenas de su entorno, bien coetáneas a la fundación de la propia ciudad de Gadir o, más habitualmente, del siglo vi a.C., para hacer coincidir el episodio con las transformaciones que caracterizan el final de ese siglo en el litoral meridional peninsular (v. Según la cronología que proponemos para la secuencia de acontecimientos recogidos en el pasaje, el ataque de esos "finitimi Hispaniae populi" a los gaditanos se produciría tras la fundación de Carteia, en un momento indeterminado a mediados del siglo iv a.C. La pesquisa sobre su identidad y la naturaleza de su conflicto con los gaditanos está condenada, por ahora, a un alto grado de especulación. No obstante, la lectura propuesta permite revisar el asunto al inscribirlo en un nuevo marco cronológico y geográfico. La cuestión del ataque a Gadir en Justino se ha relacionado habitualmente con uno de los episodios más llamativos y de difícil interpretación de la literatura antigua sobre la Península Ibérica. Macrobio relata en sus Saturnalia (1.20.12) el frustrado ataque a un cierto Herculis templum por parte de Therón, rex Hispaniae citerioris, que es derrotado por naves gaditanas en fabulosas circunstancias 30. La adscripción de Therón a la Hispania citerior ha supuesto siempre un problema a la hora de vincularlo con los "finitimi Hispaniae populi" de Justino, que se localizaban en la vecindad de Gadir. La asociación de ambos episodios ha motivado, a su vez, que el personaje de Therón haya sido generalmente ubicado en el siglo vi a.C., arrastrado por la datación tradicionalmente otorgada al episodio del ataque a Gadir en Justino (Maluquer 1970: 48-50; Del Castillo 1993: 57; Aubet 1994: 294-295). Excepciones en este sentido han sido el estudio de Tsirkin (1996), quien descartó una conexión entre ambos episodios, y el de Alvar (1986), quien desvinculó a Therón de la cuestión de Tartesos y de su horizonte 30 "Nam Theron rex Hispaniae citerioris cum ad expugnandum Herculis templum ageretur furore instructus exercitu navium, Gaditani ex adverso venerunt provecti navibus longis, commissoque praelio adhuc aequo Marte consistente pugna subito in fugam versae sunt regiae naves, simulque inproviso igne correptae conflagraverunt. Paucissimi qui superfuerant hostium capti indicaverunt apparuisse sibi leones proris Gaditanae classis superstantes ac subito suas naves inmissis radiis, quales in Solis capite pinguntur, exustas» (ed. J. Willis, 1963). cronológico planteando en cambio que pudiera tratarse de un régulo ibérico de la zona de la Contestania de mediados del siglo iv a.C., que pretendió hacerse con la ciudad de Gadir probablemente con ayuda de las comunidades griegas del Levante peninsular. Este episodio sería uno de los conflictos locales del Mediterráneo occidental con cuya solución habría que relacionar la firma del segundo tratado romanocartaginés en 348 a.C. A la luz de la nueva lectura del texto de Justino que proponemos, su vinculación con la figura de Therón de nuevo cobra fuerza. Alvar (1986: 173) ha llamado la atención sobre las posibles relaciones entre los episodios incluidos por Macrobio en el pasaje dedicado a la teología solar: si la identidad del Sol con Hércules se ejemplifica en el episodio de Therón, la del Sol con Serapis lo hace a través de la consulta de Nicocreonte, rey de Chipre, al oráculo del dios en. El reinado de Nicocreonte es coetáneo al ascenso de Alejandro y su muerte se data en 311 a.C.; por ello Alvar sugiere la posibilidad de que ambos relatos procedan de una fuente común que acumuló acontecimientos más o menos coetáneos para apoyar la argumentación del sincretismo solar. En suma, la posible conexión del episodio del Therón de Macrobio con el hostigamiento a los gaditanos en Justino le otorga una cronología muy cercana al episodio de Nicocreonte, y la acumulación de estos episodios en las décadas centrales del siglo iv a.C. refuerza la posibilidad, por lo demás indiciaria, de que estén históricamente vinculados. Con respecto al tema de la intervención cartaginesa en auxilio de los gaditanos destaca la reiterada alusión en el pasaje a sus vínculos de origen y parentesco. Primero se señala que Tiro es el origen común de ambos pueblos ("...Gaditani a Tyro, unde et Karthaginiensibus origo est...") y a continuación se subrayan sus vínculos de parentesco ("Gaditanos... consanguineis Karthaginienses") como contexto para explicar el auxilio cartaginés. Esta reiteración cobra un nuevo significado en virtud de la propuesta sobre la intervención del Melqart tirio, en su calidad de archegetes, en la fundación de la colonia de los gaditanos. Ello pondría de manifiesto no solo la relevancia religiosa del Melqart metropolitano para las antiguas colonias de Tiro en el horizonte del siglo iv a.C., sino la vigencia e intensidad de los vínculos entre aquellas comunidades que reconocían un común origen tirio y, con ello, lazos de parentesco que implicaban obligaciones de auxilio y asistencia. Un buen referente para interpretar el episodio de ayuda a Gadir es lo ocurrido durante el sitio de Tiro por parte de Alejandro en 332 a.C., en fechas notablemente cercanas. Es bien sabido que a lo largo de su historia la colonia norteafricana mantuvo una estrecha relación con Tiro, a cuyo santuario de Melqart enviaron ofrendas y presentes en numerosas ocasiones 31. Con ocasión del asedio de Alejandro, los embajadores cartagineses prometieron una ayuda militar que, finalmente, no se produjo, aunque Cartago acogió a refugiados tirios 32. Los episodios del prometido auxilio cartaginés a Tiro y de la expedición de ayuda a Gadir en el relato de Justino son cercanos en el tiempo y pueden guardar relación. La existencia en Gadir del santuario a Melqart más importante, tras el propio tirio, con evidentes paralelos con el matriz, debía imprimir una especial intensidad a los lazos de hermandad que la unían con la urbe africana. La insistencia en el pasaje de Justino a la consanguinidad de gaditanos y cartagineses invita a pensar que la expedición de auxilio se explica en un marco de relaciones existente entre comunidades que asumen un origen común a través de la figura de Melqart archegetes y para apoikois -lo cual no debe implicar una percepción idealizada o estática de las mismas 33 -. Lo que en principio fue una expedición militar de ayuda cartaginesa a Gadir se torna, en la narración de Justino, en la apropiación de "parte de la provincia" ("et maiore iniuria partem provinciae imperio suo adiecerunt") 34. Esta información ha sido la clave sobre la que ha girado el debate en torno a una dominación de territorios peninsulares por parte de Cartago antes de la desplegada por los Bárquidas desde 237 a.C. Con la lectura que proponemos desaparece el principal argumento, en lo que a las fuentes literarias se refiere, para ubicar en el siglo vi a.C. no solo conflictos entre Gadir y las comunidades vecinas, sino también una intervención militar cartaginesa en la Península Ibérica. En nuestra interpretación se 31 Sobre las relaciones entre Tiro y Cartago v. 33 No hay que excluir que esos vínculos de imaginada consanguinidad se ignoraran llegando al extremo del conflicto bélico. La rebelión de Útica y Bizerta durante la Guerra de los Mercenarios y su represión es un buen ejemplo. 34 La expresión "maiore iniuria" es una restitución debida a Rühl (1872), uno de los primeros editores del texto de Justino, que se ha repetido en las ediciones modernas; cf. Castiglioni 1925: 147; Seel 1935: 302; López Castro 1992: 234. confirma, por otra parte, esa intervención militar pero en torno a un siglo antes de la liderada por Amílcar. Una revisión de las informaciones antiguas que, junto al relato de Justino, se han utilizado como apoyos para defender la dominación cartaginesa de ciertos territorios peninsulares antes de los Bárquidas muestra la posibilidad de inscribirlas coherentemente en el marco cronológico que hemos planteado. Los cartagineses en Iberia antes de los Bárquidas Polibio es sin duda la fuente cuya credibilidad se ve más reforzada con la nueva lectura del texto de Justino. En su obra se contienen varias informaciones susceptibles de ponerse en relación con un dominio cartaginés en Iberia anterior al iniciado por Amílcar. En primer lugar, el pasaje (Plb. 1.10.5) en el que detalla las posesiones de los cartagineses justo antes del inicio de la primera guerra púnica y que incluían no solo territorios en África y todas las islas del mar de Cerdeña y del Tirreno, sino además "muchos de Iberia". En segundo lugar, la referencia (Plb. 2.1.5-6) a la''recuperación'' (ἀνεκτᾶτο) por parte de Amílcar, de los "intereses" o "posesiones" (πράγματα) cartagineses en Iberia, en su expedición de 237 a.C., sobre la que insistiremos más adelante. En tercer lugar, las alusiones a mercenarios iberos integrados en los ejércitos de Cartago (Plb. 1.17.4 ) que, junto a otras noticias similares (D.S. 13.80.2), han llevado a pensar en reclutamientos facilitados por la posesión de bases territoriales en la Península (Pliego 2003a(Pliego, 2003b)). El pasaje en el que se recoge el segundo tratado romano-cartaginés, de 348 a.C., es la última de las informaciones polibianas que han sido tradicionalmente vinculadas con un dominio cartaginés de territorios peninsulares. En este segundo pacto se amplían los ámbitos bajo control cartaginés respecto del establecido en 509 a.C. Las limitaciones a la navegación y al comercio más allá del Cabo Hermoso se convierten, en el segundo acuerdo, en la prohibición de tomar botín, comerciar y fundar ciudades más allá del Cabo Hermoso, y de Mastia Tarseio (Plb. En el escenario histórico que proponemos, con la posible confirmación de la presencia militar y el control de ciertas bases territoriales en Iberia por parte de Cartago a mediados del siglo IV a.C., es evidente que la localización peninsular de Mastia y Tarseio y la lógica de su inclusión en el tratado de 348 a.C. cobra fuerza 35. Una de las posibilidades barajadas HIJOS DE MELQART. por Moret (2002: 263) para explicar por qué Polibio no explicitó la ubicación de esos lugares es que sus nombres, caídos desde hacía mucho en desuso, le resultaran desconocidos y no le fuera posible identificar los emplazamientos que designaban. Pese a que Moret considera poco verosímil tal posibilidad parece que la acumulación de indicios sobre la presencia cartaginesa en el área del Estrecho de Gibraltar a mediados del siglo iv a.C. invitaría a valorarla como la más razonable. Desde este punto de vista, el segundo tratado romano-cartaginés de 348 a.C. puede interpretarse bien como precediendo a la primera intervención cartaginesa en Iberia, bien como una consecuencia de la misma. No siendo las cuestiones de Iberia el asunto principal del pacto, las restricciones impuestas por Cartago en la zona del Estrecho de Gibraltar podrían interpretarse como el preámbulo legitimador de una expedición militar destinada a contener los ataques a los gaditanos de poblaciones vecinas o como la sanción del statu quo establecido en las costas andaluzas tras la expedición victoriosa y la apropiación de ciertas bases territoriales en la zona 36. Junto a las informaciones de Polibio, también las de Diodoro y Plinio han sido tradicionalmente vinculadas con un antiguo dominio cartaginés en Iberia. Diodoro (5.38.2) señala, en relación con las minas de Iberia gracias a cuyas ganancias los norteafricanos financiaban sus guerras en Sicilia y Libia, y contra Roma, que aquellos iniciaron su explotación "... en el tiempo preciso en que dominaban en Iberia", lo que permitiría pensar en una dominación previa a la Bárquida. Por su parte, la información de Plinio (Nat. 19.26) de que el esparto fue conocido "nec ante Poenorum arma, quae primum Hispaniae intulerunt" (espuria, pues su empleo en la Península es mucho más antiguo) fue esgrimida por Schulten apuntaban en cambio a algún punto del litoral mediterráneo andaluz. Moret (2002) rechazó la localización ibérica de los topónimos proponiendo como hipótesis la ubicación de Mastia en el norte de África y de Tarseio en Cerdeña. Su crítica a la localización occidental de los topónimos se basó en la lógica interna del tratado, cuyos términos parecen aludir a regiones ubicadas exclusivamente en el Mediterráneo central. En su revisión de la cuestión, Ferrer (2006;2008a) ha mostrado la recurrencia de esos o similares topónimos o corónimos en las costas atlántica y mediterránea andaluzas. Cabe señalar la posible relación entre el Tarseio del tratado y el Tartesos de la tradición griega contemporánea que, como hemos visto, es asociado por autores como Estrabón (3.2.14), Mela (2.96) y Plinio (Nat. 3.7) con la propia Carteia. 36 La inclusión en el inicio del tratado del "pueblo de Tiro" junto al de Útica y al de los cartagineses y sus demás aliados (Καρχηδονίων καὶ Τυρίων καὶ Ἰτυκαίων δήμῳ...; Plb. 3.24.3), podría estar relacionada con la relevante función tutelar que, en el plano religioso, parece tener la metrópolis tiria sobre sus antiguas colonias en este mismo horizonte temporal. (1945: 124) como prueba de la existencia de dos ocupaciones cartaginesas diferenciadas; si bien ello no puede deducirse del texto (cf. Barceló 2006:109; Ferrer y Pliego 2010:552), tampoco puede asegurarse que no se refiera a una época anterior a la Bárquida. Los cartagineses en el Atlántico Las anteriores informaciones son las que más directamente podrían avalar un dominio cartaginés de ciertos territorios peninsulares antes de los Bárquidas y relacionables, por ello, con el episodio de la primera expedición en el relato de Justino. Pero contamos además con toda una serie de testimonios que podrían reflejar el escenario abierto tras la decisión de apropiarse de ciertos territorios occidentales. Se trata de noticias de las que cabe inferir un control cartaginés del Estrecho de Gibraltar y sobre exploraciones, fundaciones y actividades económicas cartaginesas en el Atlántico (Ferrer 2008b). De especial interés, por su cercanía cronológica a los episodios que tratamos, es la información contenida en el periplo del Pseudo -Escílax, que se está datando en la década de los treinta del siglo iv a.C. En él se señala (1) que desde las Columnas de Heracles que están en Europa hay "muchos establecimientos comerciales cartagineses". 17.1.19) aseguraba, a fines del siglo iii a.C., que los cartagineses solían hundir cualquier barco extranjero que navegase más allá de su territorio, hacia Cerdeña o las Columnas de Hércules, y que por ello la mayoría de la información sobre el Extremo Occidente carecía de crédito. Diodoro (5.20) relata un episodio de difícil ubicación cronológica en el que los cartagineses frustraron el intento de los tirrenos de enviar una colonia a una isla, descubierta previamente por los fenicios, frente a Libia. En el pseudo-aristotélico De mirabilibus auscultationibus, cuyo núcleo informativo original data probablemente de entre mediados y finales del siglo iii a.C. (Pajón 2009: 212-218), encontramos tres alusiones a las actividades atlánticas de los cartagineses. 84) es el relato sobre el descubrimiento por parte de los cartagineses de una isla desierta en el océano y sus argucias para no revelar el hallazgo (información que coincide en parte con el episodio referido por Diodoro 5.20.1-4, atribuido habitualmente a Timeo). 37) es la alusión a que en el periplo de Hannón se informaba de que más allá de las Columnas de Heracles ardían fuegos, algunos constantemente, otros solo de noche. 136) incluye noticias sobre la comercialización y el consumo de los atunes gaditanos por parte de Cartago. Igualmente podrían incluirse en este grupo las informaciones de Avieno y el Pseudo-Escimno, quienes coinciden en referirse a la presencia de "colonos de Cartago" y a''libiofenicios'' en Iberia. Avieno afirma que colonos de Cartago frecuentaban los límites de las Estrímnidas, al igual que hacían los tartesios y el pueblo establecido alrededor de las columnas de Hércules (Ora 114-117); que la isla Eritía se hallaba en otro tiempo bajo el dominio púnico (ius Punicus), pues unos colonos de la antigua Cartago fueron los primeros en ocuparla (Ora 310-312); y que los cartagineses poseían en la costa europea de más allá de las Columnas de Hércules vici et urbes. En cuanto a los libiofenicios, Avieno los menciona habitando la zona de las Columnas junto a masienos, cilbicenos y tartesios (Ora 420-425). Por su parte, el Pseudo-Escimno indica que "la zona que se encuentra a orillas del Mar Sardo la habitan libiofenicios, que desde Cartago enviaron una colonia, luego, según se dice, ocupan el territorio los tartesios, luego, los iberos que son vecinos suyos" trad. de A. Bernabé). La mención de Aristóteles (Pol. 6.1320b) al envío de población de Cartago a sus colonias y la posibilidad de que la información del Pseudo-Escimno tenga su origen en Éforo podrían vincular estas noticias con la presencia cartaginesa en Iberia en el siglo iv a.C. También podría incluirse en este grupo la información contenida en los periplos de Hannón e Himilcón. El problema relativo al texto conservado del periplo de Hannón en el códice de Heidelberg excede con mucho las posibilidades del presente trabajo; tan solo valoraremos la posibilidad de que sus viajes exploratorios estén relacionados con la primera intervención cartaginesa en la Península reflejada en el texto de Justino 37. La historicidad de la expedición de Hannón está avalada por diversas menciones antiguas, entre las que destacan las de Mela (3.90) y Plinio (Nat 2.169), siendo esta última la que determina las diferentes propuestas de identificación de ambos personajes y de la contextualización cronológica de sus empresas: "Et Hanno Carthaginis potentia florente circumvectus a Gadibus ad finem Arabiae navigationem eam prodidit scripto, sicut ad extera Europae noscenda missus eodem tempore Himilco" v. también Nat 5.8: "fuere et Hannonis... commentarii Punicis rebus florentissimis..."). La primera de ellas (Ora 118-120) 37 Una excelente síntesis del estado de la cuestión en González Ponce 2008. es inmediata a la información sobre los viajes a las Estrímnidas de los colonos de Cartago (Ora 114-116), lo cual es significativo a nuestro juicio. La cuestión radica en identificar ese momento en que el poderío de Cartago era "floreciente" o "muy floreciente". La nueva lectura del texto de Justino aporta argumentos para avalar la cronología baja de las empresas navales de Hannón e Himilcón defendida -minoritariamente-por quienes consideran que el auge del poderío cartaginés al que alude Plinio responde al período comprendido entre el 348 a.C. y la primera guerra púnica (Euzennat 1994; Mederos y Escribano 2000; cf. González Ponce 2008: 78, n. A nuestro juicio, las posibilidades económicas y estratégicas abiertas tras la expedición de auxilio cartaginés y la apropiación de ciertas bases territoriales en Iberia constituirían un contexto coherente para el desarrollo de ese tipo de iniciativas exploratorias. La proyección occidental de Cartago y su éxito militar en la Península puede responder muy adecuadamente a la situación de auge cartaginés descrita por Plinio. En síntesis, el conjunto de informaciones literarias que permiten reconocer un primer horizonte de dominio cartaginés de ciertos territorios peninsulares antes de los Bárquidas se integran coherentemente con la secuencia histórica y el marco cronológico derivado de la nueva interpretación del texto de Justino. Pueden ser entendidas como el reflejo de la situación generada tras el establecimiento de ciertas bases de control territorial cartaginés en la Península en una cronología, por referencia a la fundación de Carteia, de la segunda mitad del siglo iv a.C.38 Los dominios de Cartago Cabe preguntarse por la naturaleza de la "pars provinciae" de la que se apropian los cartagineses en la narración de Justino. Si la información de Polibio sobre las posesiones cartaginesas en 264 a.C. estuviera relacionada con este escenario habría que contemplar que se tratase de dominios considerables, pues el megalopolitano hace referencia a "muchos [territorios] de Iberia" (Plb. 1.10.5), pero se ha señalado que podría estar recogiendo, inadvertidamente, una exageración interesada de Fabio Píctor para crear una imagen de "cerco" sobre Roma (Barceló 2006: 118). La fecha es posterior a la que barajamos para HIJOS DE MELQART. JUSTINO (44.5) Y LA KOINÉ TIRIA ENTRE LOS SIGLOS iv Y iii A.C. la primera implantación cartaginesa, por lo que no es necesario asumir que esas posesiones fueran extensas o numerosas desde un comienzo. Lo mismo cabe decir de la referencia de Diodoro (5.38.2) a las minas de Iberia en posesión de los cartagineses, dato de gran imprecisión cronológica. Partiendo de la hipótesis de que fuese Carteia el foco del conflicto que origina la presencia de la flota cartaginesa en la Península y dado su evidente atractivo para el control de la navegación por el Estrecho, habría que valorar la posibilidad de que la ciudad hubiera acabado bajo dominio cartaginés en el periodo que se abre tras la expedición de auxilio a los gaditanos. En relación con ello podría ponerse el testimonio de Mela (2.96) que, en el mismo pasaje en que señala la identificación de Carteia con Tartesos, podría indicar que la ciudad fue habitada por fenicios trasladados desde África: "...et sinus ultra est in eoque Carteia, ut quidam putant aliquando Tartessos, et quam transuecti ex Africa Phoenices habitant atque unde nos sumus Tingentera". Se trata de un texto de difícil interpretación, cuyo significado varía según las traducciones empleadas: caben dudas sobre si la ciudad habitada por los fenicios trasladados desde África es Carteia o Tingentera, o si Carteia fue habitada por fenicios procedentes tanto de África como de Tingentera. Si se contempla la posibilidad de que sea Carteia la ciudad habitada por fenicios venidos de África esa aportación poblacional a la colonia de origen gaditano debió producirse tras la llegada de los cartagineses. En relación con la posibilidad de que estos establecieran alguna base operativa en la propia Gadir o en su entorno podría estar la noticia de Avieno (Ora 310-312) de que la isla Eritía se hallaba en otro tiempo bajo "dominio púnico" (ius punicus), pues unos colonos de la antigua Cartago habrían sido los primeros en ocuparla. En el pasaje de Justino, tras el relato de la apropiación de ciertos territorios peninsulares que cierra la secuencia dedicada a la primera llegada de los cartagineses a Hispania, se aborda la segunda, liderada por Amílcar. Como vimos, se ha considerado que las palabras con que se inicia el nuevo párrafo -"postea quoque..."-señalan de forma inequívoca la presencia de otra omisión por parte del epitomista (López Castro 1992: 225). Efectivamente, cabe la posibilidad de que nuestro autor hubiera omitido contenidos del relato original troguiano relativos al periodo que, en la cronología que hemos propuesto para el conjunto de la secuencia, se extendería entre la expedición cartaginesa de auxilio a los gaditanos, en la segunda mitad del siglo iv a.C., y el 237 a.C. Se trata de un periodo de tiempo lo bastante extenso como para contemplar la posibilidad de esa omisión, pero también lo suficientemente reducido como para asumir que existió una conexión histórica entre ambos episodios y que realmente los cartagineses enviaron a Amílcar "hortantibus primae expeditionis auspiciis". 39La utilización de los debatidos términos ἀνεκτᾶτο -"recuperar", "restaurar"-y πράγματα -"posiciones", "posesiones"-ha sido uno de los principales argumentos para sostener un control cartaginés de determinados territorios peninsulares antes de la llegada de los Bárquidas. A la luz de las novedades sobre el texto de Justino quedaría respaldada la literalidad de la información de Polibio: habría que relacionar los "pragmata" cartagineses con la "pars provinciae" de la que se apropian los cartagineses en la primera expedición y cuya recuperación está en la base de la empresa de Amílcar. Sobre las circunstancias en que esos "pragmata" polibianos o, si se quiere, la "pars provinciae" de Justino, escapan al control de Cartago, solo cabe exponer indicios. El más claro es la información ya comentada del propio Polibio (1.10.15) sobre los dominios cartagineses en vísperas de la segunda guerra púnica, entre los que se incluirían "muchos de Iberia". Esto llevaría a pensar que esos dominios se perdieron entre el 264 y el 237 a.C. Así lo creyó García y Bellido, quien sostuvo que la pérdida de las posesiones cartaginesas en la Península se habría producido tras la derrota en la primera guerra púnica, durante la crisis en que Cartago se ve sumida durante la Guerra de los Mercenarios (241-238 a.C.), que habría imposibilitado defender convenientemente los dominios hispanos (García y Bellido 1942: 58-60). Por nuestra parte creemos que la propia Gadir y otras comunidades fenicias peninsulares pudieron haberse visto implicadas en el proceso que acabó con la pérdida de control de Cartago de sus posesiones ibéricas. Compartimos la hipótesis, planteada por diversos autores, de que las relaciones de Gadir con la potencia norteafricana pudieron enrarecerse progresivamente desde mediados del siglo iv a.C. (Mederos y Escribano 2000; Pérez Vilatela 2003;Álvarez 2006, 2012; Chaves 2009), tras su establecimiento en suelo peninsular40. En el presente estudio hemos propuesto una nueva lectura e interpretación histórica del relato de Justino (44.5) sobre las circunstancias en que los cartagineses establecieron su dominio en Hispania, cuestionando que el inicio de la secuencia de acontecimientos de la narración sea la fundación de Gadir. A nuestro juicio, el pasaje se inicia con la fundación por parte de los gaditanos de una ciudad, no identificada en el texto, para lo que se trasladan sacra de Melqart desde la propia Tiro. El auge de esa colonia despierta la hostilidad de pueblos vecinos que, a su vez, atacan a los gaditanos. Los cartagineses envían una expedición en ayuda de Gadir, justificada por los vínculos de parentesco que otorga su común origen tirio y, tras la victoria, se hacen con el control de determinados territorios peninsulares. A este primer periodo de dominio cartaginés le sigue el iniciado con la expedición de Amílcar Barca. Hemos planteado la hipótesis de que la ciudad fundada por Gadir pudiera ser Carteia, cuyo nacimiento, en el segundo cuarto del siglo iv a.C., podría inscribirse en el fenómeno de expansión gaditana por el litoral meridional peninsular documentada en zonas como su propia campiña, el Algarve portugués y la desembocadura del Guadalquivir. Este contexto ofrece un marco coherente para explicar una iniciativa colonial cuya motivación pudo estar relacionada con el control estratégico de la navegación y el comercio a través del Estrecho de Gibraltar. La empresa fundacional habría estado presidida por la figura de Melqart, por lo que el episodio contribuye a conocer mejor su función como archegetes, responsable de las fundaciones coloniales no solo de Tiro, sino también de las promovidas por sus propias colonias, como sería el caso de Gadir. Esto revelaría la importancia que en el plano identitario sigue teniendo, a mediados del siglo iv a.C., la antigua metrópolis en el seno de una red de ciudades cuyos habitantes reconocían en Tiro a su madre patria y la fuente de legitimidad política y religiosa de sus propias comunidades, vinculadas por lazos de parentesco a través de la figura de Melqart. La intervención cartaginesa en ayuda de Gadir encontraría su explicación en el marco de esta red atlántico-mediterránea. La fecha del episodio de auxilio cartaginés a los gaditanos y del establecimiento de ciertas bases de control territorial en la Península estaría inscrita entre la fundación de Carteia y, presumiblemente, el 348 a.C., si interpretamos que en el segundo tratado entre Roma y Cartago se reflejan las consecuencias de la intervención de los norteafricanos en el extremo Occidente. La nueva lectura del pasaje de Justino permite atribuir a ese nuevo escenario todo un conjunto de noticias relativas a exploraciones navales, actividades comerciales e iniciativas coloniales cartaginesas más allá del Estrecho de Gibraltar, entre las que destacan los periplos de Hannón e Himilcón, para los que nuestra propuesta ofrece un marco coherente en una cronología baja, de la segunda mitad del siglo iv a.C. Las informaciones de Justino y Polibio se complementan a la hora de confirmar que la llegada de Amílcar supone un segundo horizonte de dominio cartaginés, que implica la pérdida, en algún momento indeterminado entre finales del siglo iv a.C. y el 237 a.C., del control de sus establecimientos en la Península. Apuntamos como posibilidad que esa circunstancia tuviera lugar durante la Guerra de los Mercenarios (241-238 a.C.), y que se inscribiera en un contexto de distanciamiento de los intereses de Gadir y Cartago.
La reaparición de un epígrafe abulense (CIL II 5866), hasta hace poco conocido sólo de modo fragmentario y a través de la obra titulada Historia de las grandezas de la Ciudad de Avila publicada por el monje benedictino Luis Ariz en 1607, no sólo permite dar más crédito a dicho autor como transmisor epigráfico del que se le venía otorgando, sino, también, plantear una revisión de lectura del propio texto. Dicha revisión aporta al corpus abulense y, en consecuencia, al peninsular, la mención de un eques alae Vettonum que, muy posiblemente, fue también sesquiplicarius. Dada la escasez de textos relativos a los miembros de esta unidad auxiliar, de admitirse la corrección de lectura que aquí presentamos, nos encontraríamos ante un epígrafe de gran valor documental. PALABRAS CLAVES: Ejército romano, unidades auxiliares de caballería, ala Vettonum, Sesquiplicarii. Hace apenas unos años, María Mariné publicó dos inscripciones romanas (de las muchas que se conservan integradas en la muralla medieval de Ávila) que habían quedado a la vista tras el proceso de rehabilitación de la planta baja de la conocida como 'Casa de las Carnicerías', datada en 1591 (Mariné 2009); sita en el no 17 de la calle San Segundo, junto al 'Arco del Peso de la Harina', la citada casa es, por su valor histórico-artístico, de las pocas que aún permanece adosada a la cerca. Una de las inscripciones publicadas por Mariné, de la que se da cuenta en HEp 18, 2009, 23, aporta al conjunto abulense un nuevo testimonio, efectivamente inédito, del pasado romano de la ciudad; la otra (HEp 18, 2009, 24), que es la que aquí nos interesa, corresponde a la inscripción registrada en CIL II 5866. Como bien destaca y valora Mariné, la fuente de la que Emil Hübner se sirvió para conocer este epígrafe, a través de Fidel Fita, no fue otra que la Historia de las grandezas de la Ciudad de Avila, obra del monje benedictino Luis Ariz, publicada en Alcalá de Henares en 1607; sólo Ariz había transmitido la inscripción y, sólo él, hasta su reciente redescubrimiento, había logrado verla. * Este trabajo está adscrito al Proyecto del Ministerio de Ciencia e Innovación Ref.: HAR 2011-26561, dirigido por la Dra. Estela García Fernández, así como al Proyecto del Ministerio de Economía y Competitividad Ref. Quisiera agradecer la lectura atenta del manuscrito, así como las sugerencias y correcciones que de la misma derivaron, a Joaquín Gómez-Pantoja, Donato Fasolini y, en especial, aunque lamentablemente tarde, al recientemente desaparecido José Vidal Madruga Flores; igualmente, quisiera hacer llegar mi agradecimiento a Armin U. Stylow y a Juan José Palao Vicente, a quienes debo el conocimiento de algunos de los títulos empleados en la confección de este artículo. Nacido en Nájera, Luis Ariz (1530Ariz ( -1624)), pasó muchos años en Ávila como prior de Nuestra Señora la Antigua, mostrando no poco interés por la historia de la ciudad; fruto del mismo fue la referida obra, cuyo manuscrito original y autógrafo, con el título Historia de la muy Antigua, Noble y Leal ziudad de Avila, se conserva en los fondos de la Biblioteca Nacional (Ms no 1.206; véase Hernando Sobrino 2009: 123). Tanto en la versión manuscrita como en la impresa, la Historia de Ariz registra seis inscripciones romanas integradas -y entonces visibles-en el aparejo de la ya mencionada muralla medieval: las correspondientes a CIL II, 5861 y CIL II, 5865-5869. Por desgracia, y tal y como ya hemos apuntado en otro lugar (Hernando Sobrino 2013: 41-45), los apuntes epigráficos de Ariz no constituyen sino sencillos esbozos que sirven para "colorear" la descripción de la muralla, que es la verdadera protagonista del capítulo en el que se presentan insertos. De ahí que lo único que se señale de estas piezas, además de su propia existencia, sea su material, "piedras de grano", esto es, granito gris, bien diferente -y diferenciable-de la dorada caliza risqueña en que se construyó el grueso de la fábrica. Nada más decía Ariz de estos epígrafes, ni siquiera dónde se localizaban exactamente, esto es, en qué sector de la muralla se encontraba reutilizado cada uno; simplemente se limitó a anotar sus textos en mayúsculas y a renglón seguido, sin respetar la distribución interlineal y sin advertir detalle alguno, aunque aportando unos imaginativos desarrollos (y traducciones) que, efectivamente, poco o nada tienen que ver con la realidad; no extraña, en consecuencia, que Gregorio Mayans -en la carta que al respecto de los estudios epigráficos en España envió en 1756 a Johann E. I. Walch, entonces director de la Sociedad Latina de Jena-calificase con dureza la labor del benedictino: "No adelantó nada en el estudio epigráfico" (Mayans 1999: 72-73, no 78). La imprecisión de Ariz, unida al hecho de que, hasta fechas recientes, las numerosas viviendas adosadas a la muralla hayan impedido la inspección directa de ésta en diversos de sus tramos, ha generado no pocos ensayos -y confusiones-a la hora de identificar las inscripciones por él transmitidas. El caso de la que aquí nos trae constituye, sin duda, un buen ejemplo de este extremo. La inscripción, en el sexto y último lugar de su serie (Fig. 1), fue presentada por Ariz en los siguientes términos: El propio benedictino la desarrolló y tradujo como sigue: "Lesala Coniulum (Conju[lu]m en la versión manuscrita) D(eo) S(oli) I(nvicto). Lesala ofrece la cinta de la novia al Dios no vencido". Fidel Fita fue el primer investigador que se hizo eco de las inscripciones descritas, mal según su criterio, por Ariz, aunque apenas si las enumeró en una simple nota a pie de página (Fita 1888: 335, nota 1); no identificó más que una (la 4a de la serie del benedictino, esto es, la correspondiente a CIL II 5861), de la cual ofreció una lectura que, años después, se ha demostrado era aún peor que la del propio Ariz (Mariné 2007); en consecuencia, las cinco restantes, entre ellas la que aquí nos interesa, quedaban por identificar, "perdidas". A Fita siguió Enrique Ballesteros quien, además de expresarse en términos muy similares en cuanto a la "pericia epigráfica" de Ariz se refiere, pasó también de puntillas por el texto que aquí nos trae (Ballesteros 1896: 82, nota 2). Dependiente de Fita, como ya señalamos, la entrada de Hübner en CIL II 5866 no adelantó nada; eso sí, en los índices ofreció propuestas parciales de lectura, lo que nos permite deducir su disconformidad con respecto al texto transmitido por el benedictino: así, en el índice de cognomina virorum et mulierum del Suplemento del CIL II corrige Lesala Con[t] um... 1085), mientras que en el índice relativo a Oppida anota, con prudencia, Conium[bricensis?] mulier (Hübner, ad CIL II, p. Esta última variante será, a su vez, señalada con extrema prudencia por el equipo francés que, encabezado por Robert Étienne, trabajó en Conimbriga; sin embargo, no se cerraba la puerta a otras posibilidades: "L' interprétation de CONIVM reste fort douteuse. En su corpus de inscripciones abulenses de 1981 (en adelante AvRo), Emilio Rodríguez Almeida volvió a advertir al respecto de la escasa credibilidad de Ariz, considerando que, siendo suya la primera transcripción, no debía ser "muy atendible"; así, propuso varias alternativas: "La cortedad del texto podría arguir que se trate del fragmento de la parte baja de una estela, probablemente votiva, con fórmula final D(e) S(ua) I(mpensa), o, más probablemente y suponiendo error de lectura, D(e) S(uo) F(ecit), en cuyo caso podría ser funeraria. Por lo que se refiere a los nombres de la primera parte, es difícil hacer una división, tratándose probablemente de nombres aborígenes, con una transcripción no demasiado segura" (AvRo 64). Parejas dudas asaltaron a Jaime Díez Asensio quien, en los diversos trabajos que dedicó al estudio de la onomástica de las tierras meridionales del Duero, ofreció muy diferentes alternativas, advirtiendo desde el primer momento de la inseguridad de la lectura (Díez Asensio 1991: 32). Así lee el CIL y la generalidad de autores, si bien no resulta fácil el dividir los nombres indígenas, lo mismo que el caso en que está el nombre, que pudiera ser acusativo singular o genitivo plural a juzgar conforme a unas desinencias latinas. El antropónimo de todas formas es capaz de ser relacionado con algunos otros del estilo de Conicodius en Lusitania, o con el étnico Coniii en el Occidente de la Península, o con el topónimo Conimbriga" (Diez Asensio 1993: 81). Los nombres parecen autóctonos, pero hacer la división entre ellos no resulta fácil. Así, sería posible también dividir LESA LACONIVM, ya que en onomástica latina existe por ejemplo el nombre Lesius y Laconius, aunque esto no pasa de ser solo una hipótesis de trabajo. Igualmente arriesgado resulta relacionar esta onomástica con un radical determinado prerromano" (Diez Asensio 1994: 7). Será el investigador norteamericano Robert C. Knapp el primero en intentar identificar de modo sistemático las piezas anotadas por Ariz; para ello, analizó con detalle el proceder epigráfico del benedictino, a quien, en su obra sobre las inscripciones de la España Central (en adelante LICS) dedicó el Appendix A, titulado The Inscriptions of Ariz (Knapp 1992: 313-316). En este apéndice se puede leer: "Two considerations are necessary in trying to identify Ariz' stones. Estas consideraciones le llevaron a proponer una suerte de tabla de equivalencias entre los textos transmitidos por Ariz que faltaban por identificar y diversos epígrafes visibles en la muralla; por lo que hace la inscripción que aquí nos ocupa, consideró que podía identificarse con una pieza por él reconocida (o mejor, leída, dado que es posible que coincidiese con alguna de las piezas cuya existencia había sido previamente señalada por Rodríguez Almeida), la que se registra en LICS 81; no obstante, Knapp no registró esta presumible identidad de modo tajante, sino que ofreció ambas inscripciones de modo independiente, limitándose a señalar, en la entrada correspondiente a la inscripción transmitida por Ariz (LICS 65), el comentario: "I rather suspect that this stone is the same as no 81 See Apendix A: The Inscriptions of Ariz". LICS 81 corresponde a una pieza cortada y muy gastada en la que apenas si pueden leerse los siguientes rasgos: Las coincidencias con el texto transmitido por Ariz, como fácilmente puede comprobarse, no son excesivas, de suerte que para dar por buena esta equivalencia es necesario conceder al benedictino mucho menos crédito del que realmente se merece. Ya Manuel Gómez Moreno, cuando tuvo la oportunidad de reconocer el epígrafe correspondiente a CIL II 5869 (el primero de los anotados por Ariz y el primero en ser rectamente identificado, aunque con variantes de lectura dado su carácter fragmentario: véanse, además del número citado de CIL II, AvRo 26 y LICS 33), había destacado que no lo había copiado del todo mal (Gómez Moreno, 1983Moreno, [1901]]: 34-35, no 14). Esa misma opinión expresamos nosotros mismos años después, precisamente porque no nos convencían las equivalencias propuestas por Knapp: "Al cotejar los textos 1 y 5 de Ariz con los originales (...) llama la atención su absoluta fidelidad: es cierto que ignora la división interlineal y que resuelve los nexos, pero ni añade una sola letra, ni funde o confunde sus imaginativos desarrollos con el texto inscrito" (Hernando Sobrino 2005: 23). Por ello, en nuestro corpus de la epigrafía abulense de 2005 (ERAv), registramos todos los epígrafes de A PROPóSITO DE CIL II 5866 (ÁVILA): UN EPÍGRAFE RECUPERADO, AUMENTADO Y CORREGIDO Ariz cuya identificación no considerábamos resuelta (entre ellos el que nos ocupa: ERAv 116) en un apartado no del todo ortodoxo denominado "Inscripciones de transmisión defectuosa". En el número de referencia, señalábamos que sin duda era la de Ariz una lectura deficiente, reiterando nuestra negativa a considerar válida la equivalencia propuesta por Knapp. LA RECUPERACIóN DEL EPÍGRAFE Como ya hemos adelantado, el epígrafe correspondiente a CIL II 5866 se "redescubrió" en el año 2009, tras la rehabilitación de la "Casa de las Carnicerías": se localizó en el primer piso de esta casa, dispuesto en horizontal sobre su lado derecho, a un metro de altura del suelo de dicho piso y a 7 m de la base de la muralla, en la que efectivamente se integra a modo de sillar; su identificación, efectuada y dada a conocer por Mariné (2009: 68-72, no 2), no sólo ha permitido poner en valor el texto transmitido por Luis Ariz sino también, y lo que es más interesante aún, darlo a conocer en su integridad, dado que el benedictino solo tuvo acceso -y, en consecuencia sólo registró-los rasgos correspondientes a las tres líneas finales de su texto. De acuerdo con los datos publicados por Mariné, se trata de una estela realizada en granito gris micáceo, prácticamente completa (apenas si le falta el ángulo inferior izquierdo), cuyo campo epigráfico está rehundido y enmarcado por un remate de esquinas redondeadas en su parte superior (quizá dotada de decoración geométrica), sendos rebordes en sus laterales (recto el derecho e irregular el izquierdo) y una base sin labrar; en conjunto mide 106 cm de alto y 50 de ancho y presenta letras capitales cuadradas de trazo elegante de 6,5 cm, así como interpunciones circulares. Su texto, repartido en nueve líneas, es presentado en los siguientes términos (Fig. 2): La traducción que se aporta es: "A Matugeno de los Turaedos, hijo de Cadano, Longino de los Sesquenios [y] So.... de los Sala....ios, lo pusieron a sus expensas"; se entiende, por lo tanto, que el texto registra a un individuo receptor de la dedicación, Matugenus Turaedoqu(m) Cadani f(ilius), y a dos dedicantes, Longinus Sesquenium y un segundo individuo cuyo nombre se ha perdido: éste se encontraba inscrito en las líneas 6-8, la primera de las cuales, la sexta, fue rebajada para recibir un tabique construido con ladri-llos de dos dedos de grosor, el mismo que provocó que Ariz (que visitó la 'Casa de las Carnicerías' tan sólo dieciséis años después de su construcción) sólo viese las tres líneas finales del texto. En consecuencia, el dedicado presentaría una onomástica compuesta por tres elementos -nombre personal, gentilicio y nombre del padre-y los dedicantes una estructura onomástica bimembre, compuesta por su nombre personal y su gentilicio. Señala acertadamente Mariné que los antropónimos registrados en el epígrafe, Matugenus, Cadanus y Longinus son conocidos en la zona y en la propia ciudad, si bien Turaedoqu(m) constituiría una novedad. Por el contrario, anota que las lecturas de las líneas 6-8 son inciertas y sólo proporcionan gentilicios dudosos. En cualquier caso, concluye la autora reivindicando el buen hacer de Ariz, quien pudo haber visto, o haber recibido, "un escrito latino que entendió completo (...) Escrito que, una vez más, tras una atinada transcripción, dio pie al buen fraile para una lectura estrafalaria" (Mariné 2009: 71). UNA NUEVA PROPUESTA DE LECTURA Tal y como señalamos en el comentario correspondiente a la entrada de Hispania Epigraphica a la que dio paso la publicación de Mariné (HEp 18, 2009, 24), convenimos con dicha investigadora en la lectura de las tres primeras líneas, que arrojan el nombre de un individuo cuya estructura onomástica cuenta con no pocos paralelos en el propio conjunto abulense: se trata del tipo C de los seis catalogados por Ma C. González en su ya clásico repertorio (González Rodríguez 1986: 39-40), esto es, de la estructura compuesta por nombre personal + genitivo de plural (u "organización suprafamiliar") + filiación; un tipo del que, en el censo que realizamos en 2005, contabilizamos 9 casos de los 27 genitivos de plural entonces documentados en la epigrafía abulense (Hernando Sobrino 2005: 241). Matugenus, el nombre personal del sujeto a quien se dedica el epígrafe, y Cadanus, el nombre que consta en la filiación, no plantean mayores problemas pues, en efecto, son de sobra conocidos en el registro abulense (véanse ERAv 44 y ERAv 45, para el primero, y ERAv 34b y ERAv 38, para el segundo). No ocurre lo mismo con Turaedoqu(m), genitivo de plural que, hasta donde llegan nuestros conocimientos, carece de paralelos; no obstante, y habida cuenta de la riqueza mostrada por el radical tur-en la formación de antropónimos indígenas (véanse Abascal Palazón 1994: 533-535; Grupo Mérida 2003: 326-328; Vallejo Ruiz 2005: 436- Tampoco Longinus, nombre personal del primero de los dedicantes (siempre según la lectura e interpretación de Mariné), resulta sorprendente en el contexto epigráfico abulense, pues este cognomen se documenta, en calidad de nombre único, en uno de los célebres toros de Guisando (ERAv 172). Pero hasta ahí el consenso. Como ya advertí en la entrada de HEp 18 mencionada supra, a partir de la línea 5 la lectura se complica: la erosión, el rebaje y la fractura de la pieza entorpecen claramente la comprensión de los rasgos anotados en las líneas 5-9, pero creemos que, aún así, se pueden ofrecer algunas alternativas. Dejemos de momento la línea 5, especialmente interesante, y la sexta, por desgracia perdida, y pasemos a las líneas 7-8, esto es, a dos de las tres que anotó Ariz. Resulta cuanto menos curioso que ahora que conocemos su orden, puntuación y situación dentro del texto, la lectura de estas líneas pueda resultar tan "fácil": pese a lo anotado por Mariné, en la línea 7 la interpunción no se sitúa antes de la S, sino que aparece claramente marcada entre ésta y la A; la segmentación resultante arroja, por tanto, la secuencia: [---]IES • ALA; si, además, advertimos el modo en el que el lapicida ha trazado las diferentes V en las líneas precedentes y observamos el rasgo oblicuo que antecede a la supuesta I inicial propuesta por Mariné, creo que podemos concluir que, en realidad, en el inicio de la línea 7 no tenemos sino otra V; por tanto: [---]VES • ALA. Ya solo basta prestar atención al primer trazo vertical conservado en la línea 8 (que Mariné registra como I) para, efectivamente, advertir la presencia de un rasgo horizontal sobre el mismo, así pues, TONVM, y no IONVM. Creemos que, pese a su segmentación, la secuencia global que resulta de estas leves correcciones permite desechar la presencia del nombre de un segundo dedicante, y, en su lugar, completar una muy plausible, y sin duda más interesante, lectura: [eq]ues • ala/[e Vet]tonum. Por una simple cuestión de espacio, no se pueden descartar, y de hecho no lo hacemos, otras soluciones equivalentes, tales como: [eq]ues • ala(e) / [Vet]tonum, pues la consignación de ala por alae no es en absoluto inusual en el registro epigráfico (véase, a modo de ejemplo, el testimonio hispano correspondiente a CIL II 2 /14, 348, de Sagunto, Valencia). Hasta aquí, nada que no hayamos adelantado ya, aunque haya sido de modo somero (véase, además de la entrada de HEp 18 citada supra, el trabajo de Hernando Sobrino, 2013: 45). Pero ya sería suficiente: en efecto, esta nueva lectura dota al epígrafe abulense de un enorme interés porque, como veremos más adelante, los testimonios relativos a esta unidad auxiliar distan de ser numerosos. Pero creemos que aún se puede añadir más, pues, una vez resuelta la lectura de las líneas 7-8, los escasos rasgos en cuya lectura coincidimos con Mariné para la línea 5 cobran un nuevo sentido. Como ya advertimos, convenimos en la recta lectura de los seis trazos iniciales de dicha línea (SESQVE), pero no así en los restantes. Para comenzar, el gentilicio Sesquenium resultante de la lectura de Mariné no solo carece por completo de paralelos (extremo éste que, por sí sólo, y como ya hemos visto para el caso de Turaedoqum, no constituiría ningún problema), sino que, además, se basaría en un radical (ya sea ses-, ya sesq-) que no parece especialmente fructífero en la formación de antropónimos indígenas: basta acudir al ya mencionado repertorio de Abascal Palazón (1994: 506), o a trabajos más recientes como el Atlas antroponímico de la Lusitania (Grupo Mérida 2003: 299) y el estudio de José María Vallejo (Vallejo 2005: 399) para comprobar que, efectivamente, no se registran nombres formados sobre el mismo. Pero aún hay más, el único testimonio que podría venir a constituir, desde el punto de vista antroponímico, una suerte de paralelo para la lectura propuesta por Mariné, el nombre Sesquiplicanus atestiguado en un epígrafe funerario de la localidad alicantina de Denia (CIL II 5963=IRPA 39=THA 98: ), ha dejado de ser tal. Si bien Hübner consideró que el Sesquiplicanus registrado en esta inscripción podría corresponder bien a un nomen gentilicium itálico de los muchos que terminan en la desinencia -anus (opción que justifica su inclusión en Abascal Palazón 1994: 506), bien a la indicación de la patria (tal y como se refleja en el propio índice geográfico del CIL II, suppl., p. 1154: "ab oppido Italiae aliquo?"), ya en una fecha temprana, E. Albertini mostró sus dudas al respecto: Las dudas de Albertini se resolvieron, en una dirección muy similar a la intuida por el investigador francés, en la nueva lectura aportada en 1999 para el epígrafe dianense por J. Aunque Sesquiplicanus se mantiene como cognomen en el OPEL IV: 74, la lectura de Corell fue admitida y perfilada por Geza Alföldy, otro maestro que también nos dejó en fechas recientes, quien señaló que en el texto debía leerse Capraria Valentis sesquiplicari et Rogatae filia etc., anotando que "Valens parece ser soldado de una unidad auxiliaria originario de Dianium" (Alföldy 2003: 51, nota 104; de donde HEp 14, 2005, 10). Las similitudes entre el término señalado en la inscripción de Denia y el de la abulense, así como la estrecha relación entre el título de sesquiplicarius con las tropas auxiliares, nos animaron a prescindir de la fotografía retocada aportada por María Mariné -sobre la que habíamos efectuado nuestra revisión inicial-y realizar una autopsia directa de la pieza, así como nuevas fotografías y pruebas de diferente resolución sobre las mismas. Los resultados obtenidos nos han confirmado en lo que, lo admitimos, había superado ya de antemano el rango de mera impresión: en la línea 5 se lee, si bien con alguna dificultad SESQVEPLICAR, mientras que en la sexta es clara una S que parece precedida por un rasgo vertical, quizá una I. Habida cuenta de la absoluta normalidad que presenta la vacilación intervocálica i/e (Carnoy 1971 2: 45-48), la posibilidad de completar y corregir sesqu{i}plicarius es, con independencia de que se considere que los rasgos iniciales de la línea sexta no forman parte de la misma palabra, obvia; basta espigar la documentación epigráfica para advertir que el término se puede presentar en diversas formas, bien por extenso, como en los dos únicos testimonios hispanos registrados hasta la fecha, el ya citado procedente de Denia (en su versión corregida) y el de la localidad burgalesa de Poza de la Sal (CIL II 746, donde se registra como procedente de Brozas, Cáceres; AE 1976, 316); y, más frecuentemente, abreviado. La lectura sesqu{i}plicarius es, además de obvia, del todo congruente pues, al menos hasta la fecha en que Paul A. Holder realizó su monografía sobre los auxilia, todos los sesquiplicarii documentados pertenecían, sin excepción, a las alae, no a las unidades de infantería (Holder 1980: 95-96). Tanto por los textos clásicos (en especial Pseudo Higinio, en su De munitionibus castrorum, 16: turmas habet XXIIII, in eis decuriones, duplicarii, sesquiplicarii: idem qui et numerus turmarum est. Alunt equos singuli decuriones ternos, duplicarii et sesquiplicarii binos), como por analogía con los equites singularis Imperatoris o Augusti, cuerpo cuya organización se calcó de las alas auxiliares de caballería, sabemos que los tres primeros puestos en la línea de mando de una turma no son otros que los de decurio, duplicarius y sesquiplicarius, en orden descendente (véase, entre otros, Cheesman 1914: 41-42 y Speidel 1965: 22-54, especialmente). A efectos de escala de mando, en consecuencia, los sesquiplicarii se podrían equiparar con los tesserarii documentados en las cohortes; así, en el glosario que acompaña su obra sobre la presencia del ejército romano en Britania, el propio Holder indica:''Sesquiplicarius: a) Literally, pay-and-a-half. El hecho de que, en nuestra inscripción, la ventajosa condición de sesquiplicarius de Longinus -y con ventajosa me refiero a su dignidad, no a la espinosa y debatida cuestión de la escala de sueldos, recientemente revisada en Le Roux 2012-se anote justo tras su nombre, nos permite afirmar que este individuo porta una estructura onomástica simplicísima: no presenta un nombre personal acompañado de un gentilicio, como considera Mariné, sino un único nombre. Se trata, obviamente, de un peregrino que presenta un nombre único no indígena, sino latino y que, como los que portan otros sesquiplicarii registrados por Holder, hace alusión a cualidades físicas (Holder 1980: 95-96 y tabla 7.7, en la página 108; para Longinus véase Kajanto 1965: 231). Desgraciadamente, el resto de la línea sexta se ha perdido por completo (recuérdese lo dicho supra: que esta línea fue rebajada para recibir un tabique), con lo que no podemos saber qué tipo de información complementaria aportaba, al respecto de nuestro eques, la inscripción. ¿La indicación de su origo?; en efecto, cabría valorar la posibilidad de que en el epígrafe se registrase una secuencia similar, en lo que a la ordenación de datos se refiere, a la que consta en AE 1992, 1458, de Panonia: sesquiplicarius natione Zolea eques alae Asturum II; pero nada nos permite asegurar este extremo. También se podría considerar la presencia de otro grado, como ocurre en el caso de AE 2009, 1778, procedente de la localidad argelina de Besseriani (antigua Numidia), donde consta un C(aius) Sabinius Felix sesq(uiplicarius) sig(nifer), pero ante el estado de la línea no queda más opción que ser prudentes. Resta por considerar la línea final: frente a la falta de trazos al inicio de la misma, deducible del empleo de los preceptivos signos diacríticos, que parece defender Mariné, nosotros creemos muy posible que no falte rasgo alguno; la paginación del texto, bastante cuidada, así como la consignación por extenso de todos los términos que no son de carácter formular, nos permiten considerar que la fórmula dedicatoria final se ofreció aislada y convenientemente centrada. En suma, si reunimos los datos que hemos ido desgranando en las líneas precedentes resultaría la siguiente lectura para el epígrafe abulense (Fig. 3): De admitirse la lectura que proponemos, y si nuestros datos son correctos, el epígrafe abulense constituiría el segundo testimonio relativo al ala Vettonum registrado en la Península Ibérica y el décimo quinto localizado en todo el Imperio (nos basamos aquí en los datos numéricos deducibles de la consulta la obra de Spaul [1994: 236-237, no 84], aunque en ésta se registran sólo 12 testimonios, no hallándose entre ellos los textos correspondientes a RIB 1035 y RIB 3260, que hemos tomado de la Epigraphische Datenbank de Clauss-Slaby, en adelante EDCS). Esto es, supondría un nuevo testimonio relativo a una unidad auxiliar -de las muchas que abrieron a los indígenas las puertas de la ciudadanía romana y la promoción social-cuya evidencia epigráfica sigue siendo muy escasa y cuyo corpus puede desglosarse en los siguientes apartados: 3 diplomas militares, 8 epígrafes votivos, 2 funerarios y uno sin determinar, a los que deberíamos unir el que aquí comentamos. Asentada en la destreza de los vettones en el ámbito ecuestre, testimoniada tanto por las fuentes clásicas como por la arqueología, y siempre puesta de relieve por los investigadores que se han centrado en el estudio de este pueblo prerromano (véanse, entre otros, Sánchez Moreno 1995-1996, Id. En efecto, el ala se encuentra ya atestiguada en Britania hacia mediados del siglo i d.C., tal y como demuestra el epígrafe funerario del eques L. Vitellius Mantai f. Tancinus, cives Hisp(anus) Caurie(n)sis, hallado en Aquae Sulis, hoy Bath (CIL VII 52=RIB 159); aunque este aspecto ha sido discutido, hoy parece admitirse que este mismo epígrafe atestigua que fue durante el reinado de Vespasiano cuando la unidad se hizo merecedora del título c(ivium) r(omanorum), si bien no está claro si fue por la valentía mostrada en el Rin o en la propia Britannia (Holder 1980: 30-31; Id. En opinión de Spaul, su traslado a Binchester, probablemente conectado con el avance hacia Escocia bajo Lollius Urbicus en el año 140, pudo tener que ver con el hecho de que la unidad era la más apta para patrullar un territorio muy similar, desde el punto de vista geográfico, a su "patria chica" (Spaul 1994: 237). El único epígrafe relativo a esta unidad auxiliar registrado hasta la fecha en la Península Ibérica pro- Ya los primeros editores del epígrafe señalaron que la inscripción debía datarse "en la primera mitad del siglo i d.C., época en la que el ala vettona permanece en la Península" (Cortés et alii 1984: 75). Por pareja datación se decantó González-Conde Puente, considerando que la dedicación del ara se habría producido inmediatamente después del reclutamiento de Bassus como eques del ala Vettonum, ala que, recordemos, saldría hacia Britania tras su formación misma: En un trabajo también de 1988, Géza Alföldy anima el "debate cronológico" relativo a esta ins-cripción pues, si bien señala que difícilmente puede datarse en una época posterior al siglo i d.C., añade que sería interesante considerar si la inscripción, en cualquier caso uno de los más antiguos testimonios epigráficos de Caesarobriga, no podría ser de época pre-Claudia (Alföldy 1988: 519). Y aún más, considera que la inscripción toledana ofrece una buena ocasión para plantear la posibilidad de que, antes de partir a Britania, el ala hubiese estado estacionada en el propio solar hispano. En un artículo dedicado a compilar la información relativa al ejército romano imperial en la Península Ibérica, y así actualizar el trabajo de referencia que sobre la materia había publicado en 1982, Patrick Le Roux datará la inscripción en una fecha más tardía: sin duda, en el último tercio del siglo i d.C. (Le Roux 1992: 251); de hecho, en el Apéndice que acompaña el trabajo, el epígrafe se registra en el apartado ii: época flavia y reinado de Trajano. La datación del epígrafe es de nuevo analizada por Juan Manuel Abascal Palazón quien, tras advertir que la fecha de formación de la unidad no puede servir como argumento a efectos cronológicos, señala que son diversos los datos del texto que apuntan a una fecha temprana: la ausencia de tria nomina y la condición de eques, que no de veteranus, de Bassus, serían argumentos suficientes para suponer que la dedicación se hizo en el momento del enrolamiento en la unidad, y no en la fecha de licencia. "Es muy poco probable que unidades como el ala Vettonum siguieran recibiendo contingentes desde su lugar de origen décadas después de haber abandonado la Península con destino a los diferentes frentes; por el contrario, el testimonio onomástico de los veteranos de los auxilia parece sugerir una incorporación paulatina a las unidades de contingentes humanos enrolados en las zonas de destino. En otras palabras, no parece factible suponer que Bassus fuera enrolado en una leva posterior al traslado a Britania de su unidad, y más probable es que pertenezca al contingente inicial de la misma. Esta argumentación permitiría datar el epígrafe a más tardar en época de Claudio" (Abascal Palazón 1995: 104). Es esta última datación la que parece se ha aceptado ya de modo generalizado; de hecho, el propio Le Roux, en un trabajo relativamente reciente, admite que la ausencia de civium Romanorum abogaría en favor de una datación pre-flavia (Le Roux 2002: 118); sopesa el mismo autor la posibilidad planteada por Alföldy al respecto de que la inscripción pudiera testimoniar una estancia original del ala Vettonum en la Península, pero concluye que, dado que lo común Vistos los numerosos puntos en común que, por lo que se refiere a la constatación del soldado, presentan la inscripción abulense y la toledana, no creemos sea descabellado proponer para la primera una cronología y comentarios similares a los vistos para la segunda. Nos encontramos, en efecto, ante un individuo que no porta tria nomina, sino un nombre único, por más que éste corresponda a un conocido cognomen latino -Longinus-y no a un nombre indígena, que se nos muestra como eques, no como veteranus, integrado en un ala Vettonum que aún no porta el título de c(ivium) r(omanorum) y que se ha atestiguado, también, en territorio vetón. Cierto es que ningún dato nos permite asegurar que el propio Longinus fuese vetón, y es en este sentido en el que más lamentamos la pérdida de la línea sexta, donde quizá, y sólo quizá, como hemos indicado supra, podría haberse inscrito este dato; no obstante creemos que este extremo, habida cuenta de la propia localización del epígrafe y de la vinculación que el propio Longinus muestra con un más que presumible abulense al que dedica la inscripción, es más que probable. Nos podemos encontrar, en suma, ante otro individuo perteneciente al contingente inicial del ala Vettonum y, en consecuencia, ante un epígrafe que se puede datar, como muy tarde, en época de Claudio; si ello fuera así, nos encontraríamos, además, con el más antiguo epígrafe del repertorio abulense, pues, hasta la fecha, el más temprano no era sino el correspondiente al lamentablemente fragmentario texto relativo a Nerón (véase ERAv 8). Restaría por considerar si esta inscripción, en la que se registra -si nuestros datos son correctos-el primer sesquiplicarius hasta ahora conocido para el ala de los vettones (de momento, y siempre según Spaul y los complementos tomados de EDCS, sólo se han documentado 4 praefecti, un decurio, un medicus, dos equites y un veteranus) aporta algún elemento de utilidad que sirva para replantear la posibilidad, como vimos apuntada por Alföldy, de que, en efecto, esta unidad hubiese estado estacionada en Hispania antes de partir hacia Britania. Dejaremos esta consideración a los especialistas en la materia.
El estudio analiza los últimos momentos en la llegada de vajillas finas al noreste de la Península Ibérica (siglos V-VII) teniendo en cuenta categorías cerámicas diferentes de las habituales y mayoritarias importaciones africanas. Son producciones menos conocidas que, sin embargo, desempeñan un papel relevante: entre otras, las "D.S.P. estampadas grises y anaranjadas", la "Terra Sigillata Hispánica Tardía" y la "Late Roman C". En primer lugar, se definen, se determina su distribución y cronología y, posteriormente, se analiza tanto el mayor o menor grado de su presencia en el territorio en cuestión, como las formas documentadas en el mismo. Todo ello a través de contextos diferenciados por cuartos de siglo que evidencian un momento final de recepción de todas ellas a lo largo del siglo VI. Este trabajo pretende analizar el que prácticamente es el último momento en la llegada de importaciones de vajillas finas, de lujo o semilujo, mediterráneas o peninsulares, hacia un territorio que durante el Imperio había sido denominado jurídicamente como Conuentus Tarraconensis: el correspondiente, pues, al noreste de la provincia homónima. El marco temporal es el transcurrido entre los siglos V-VII, es decir, desde los inicios del fin del Imperio de Occidente como entidad política hasta poco antes de la invasión musulmana. Por tanto, estamos hablando de la etapa visigoda que, como se sabe, en nuestra zona de estudio tal vez perduró algo más allá del 711 con el "reinado" de Akhila II aunque, a efectos de nuestro análisis, no llegaremos tan lejos en el tiempo, deteniéndonos algunas décadas antes. De hecho, podremos apreciar una casi absoluta falta de contextos del siglo VII que contengan importaciones de vajilla. Y para ello, hemos escogido básicamente tres clases cerámicas diferentes de las habituales y mayoritarias importaciones africanas. La razón es la de buscar una mejor aproximación a la distribución y cronología de unos vasos que juegan un importante papel en el área de estudio durante la Antigüedad Tardía. Dicho objetivo conlleva de por sí un mayor acercamiento a unas producciones menos conocidas y tratadas en la bibliografía en comparación con las vajillas africanas, cuya primacía es evidente en la gran mayoría de contextos tardíos en lo referente a importaciones. Asimismo, el estudio procurará que establezcan, confirmen o descarten relaciones comerciales, como precisos indicadores cronológicos de los contextos en los que hacen su aparición. Con esta doble motivación, analizaremos contextos, distribución y espacio temporal de las anteriormente conocidas "Sigillatas Paleocristianas" o "Sigillatas estampadas grises y anaranjadas", hoy más habitualmente denominadas "D.S.P." (Dérivées des Sigillées Paléochrétiennes); de la producción oriental "Late Roman C" o "Phocaean Red Slip Ware", cuya presencia en el área analizada no es tan singular como se creía; y de la "Terra Sigillata Hispánica Tardía", de la cual podría afirmarse lo mismo. Como complemento, determinaremos la hipotética presencia o no (en todo caso testimonial), de otras producciones orientales tardías ("sigillatas" chipriotas o egipcias), que minoritariamente habrían llegado a nuestras costas en VAJILLAS DE IMPORTACIÓN NO AFRICANAS EN EL NORESTE PENINSULAR (S.V -VII). El estudio se estructura en un primer encuadre o contextualización de las clases cerámicas tratadas, un resumen sobre aspectos generales de cada una de ellas, centrado en mostrar los criterios macroscópicos para su correcta identificación (pastas, barnices, decoraciones,...), sus diferentes denominaciones e investigadores que las definieron, el periodo cronológico aproximado que abarcan, sus repertorios tipológicos y, lógicamente, algunos datos sobre su difusión a nivel general. Posteriormente, analizaremos tanto el mayor o menor grado de su presencia en el territorio determinado, como las formas que se documentan en el mismo, a través de contextos diferenciados por cuartos de siglo. Todo ello se ve reflejado en las láminas, en las cuales, a modo de cuadro recapitulativo, diversas formastipo ilustran visualmente la comparecencia de sus vasos en dicho espacio temporal. Éstas constituyen simplemente una representación gráfica de los ejemplares documentados a partir de perfiles completos que aparecen en distintos manuales o artículos que definieron o compilaron estas producciones 1. Hay que tener en cuenta que pueden darse ciertas diferencias morfológicas o decorativas en algunos de los vasos considerados tipológicamente como una misma forma, que evidentemente resulta imposible representar con un solo dibujo. En todo caso, el lector podrá realizar una primera aproximación a los mismos a través de esos ejemplos clásicos 2. Cabe por último destacar que, ante la incapacidad de la realización de análisis cuantitativos precisos al proce-der la información de publicaciones de muy diversa índole, se procurará el mayor acercamiento posible hacia una realidad que, sin duda, estaría mejor definida en caso de disponer sistemáticamente de este tipo de análisis en un número relevante de contextos. Por fortuna, dicha circunstancia está cambiando tras la publicación de diversos trabajos monográficos que analizan la cultura material a través de este proceder, el siguiente paso sería la asunción de un mismo criterio o consenso para llevarlos a cabo. SIGILLATA SUDGÁLICA TARDÍA GRIS Y ANARANJADA O "D.S.P." (DÉRIVÉES DES SIGILLÉES PALÉOCHRÉTIENNES) La vajilla sudgálica estampada gris y anaranjada es una producción tardía que indistintamente emplea cocción reductora u oxidante y cuya característica principal es la citada decoración estampada. Parece ser que derivaría de producciones sudgálicas anteriores, como la Clara B narbonense o la Prelucente, de las cuales se apreciarían claras influencias en la mayor parte de su repertorio formal (Rigoir, 1968, 181). Conocida con apelativos diversos en la bibliografía (Terra Sigillata Visigoda, Terra Sigillata Paleocristiana, Terra Sigillata Anaranjada Gris, Terra Sigillata Gálica Tardía,...), hoy en día es más común su identificación, a partir de los estudios de J. e Y. Rigoir (Rigoir, 1968; Rigoir, Rigoir, 1971, para la Península Ibérica), como "D.S.P." Se documentan tres grandes áreas de producción: Languedoc, con epicentro en Narbona; Bajo Ródano, cuyo taller principal se documentó en Marsella; y Aquitania, original de la zona de Burdeos (Rigoir, 1968, 185). • Grupo narbonense: caracterizado por una mayor proporción de vasos en cocción oxidante respecto a los otros. Las pastas varían del rojo-ladrillo al amarillo ocre; el barniz o engobe, recordando al de las Claras B, es amarillo anaranjado o marrón intenso, casi negro (Rigoir, 1968, 182-183), también rojo-ladrillo o naranja brillante y adherente (a veces presenta un aspecto metálico). La cronología de producción se sitúa c. Su difusión se produjo por casi toda la Tarraconense, siendo mucho menor en la costa de la Cartaginense (algún ejemplo en Alicante) y la Baleárica (donde es rara), llegando también, aunque escasamente, a la Mauretania Tigintana. Aparte del taller documentado en Narbona, hay indicios de la existencia de otro importante en Carcasona (Courtieu et al., 1980, 68). • Grupo provenzal: sus vasos son fundamentalmente reductores, con cierta cantidad de oxidantes; el barniz o engobe es jabonoso al tacto. Decoración sobria si aparece, con ruedecilla y temas simples a punzón, menos rica que la anterior pero más cuidada (Rigoir, 1968, 186). Difundida en todo el Mediterráneo europeo, básicamente en la Galia Narbonense, Liguria y noreste y Levante de la Península Ibérica. En este sentido, resulta curiosa la mayor difusión en Hispania de los productos marselleses con respecto a los del área narbonense, fenómeno que se produce fundamentalmente en la costa de la Tarraconense y Cartaginense hasta el límite con la Bética, en la cual se hallaron evidencias esporádicas. Sigue siendo rara en las Islas Baleares. Su repertorio formal está compuesto por cuencos, platos o jarras de mesa, sin que existan recipientes culinarios, salvo algún mortero excepcional. Algunos investigadores franceses plantearon la posibilidad de la presencia de una segunda producción desde finales del siglo V, que podría llegar incluso al VII (extremo no del todo confirmado). En ella, desde mediados del siglo VI, la calidad se degradaría sobremanera y el repertorio se empobrecería desapareciendo, por ejemplo, los platos, a la vez que se potenciarían los vasos culinarios (urnas u ollas y morteros. Se trata en definitiva del retorno a los fuegos reductores, que se ponen de moda durante los primeros decenios del siglo V. Sus piezas presentan engobes oscuros brillantes y adherentes, jabonosos al tacto; los fondos suelen estar decorados (Rigoir, 1968, 185). No llega prácticamente a la Península, salvo a algunos enclaves de la costa cantábrica (Uscatescu, Fernández Ochoa, García Díaz, 1994, 188-193) 5. De hecho, se distribuyó preferentemente en la costa atlántica e interior, entre los valles del Garona y Loira (Rigoir, Rigoir, Mefre, 1973, 208). No se documenta en nuestra área de estudio, excepto un posible ejemplar procedente de Ampurias (Paz, 1991, 208) 6. DISTRIBUCIÓN DE LA D.S.P. EN EL NORESTE PENINSULAR A continuación, como haremos con el resto de producciones, vamos a llevar a cabo una aproximación a la distribución de esta vajilla gala en los yacimientos más relevantes de la zona estudiada desde un punto de vista tipológico, es decir, forma por forma. Africanas aparte, la D.S.P., constituye la producción más abundante en contextos de los siglos V y VI, documentándose tanto en la costa, como en el interior 7. 4 Mediados del siglo V sería también la fecha adecuada para situar el final de su recepción en el noreste de la Tarraconense, siendo enseguida sustituidas por las provenzales (Bacaria, 1993b, 344). Se exportarían, por tanto, hasta los últimos momentos de su producción. 5 El volumen de fragmentos documentados de la producción aquitana en dichos enclaves no es demasiado elevado, salvo en las termas del Campo Valdés de Gijón, en las cuales, en un contexto de finales del S.V-primera mitad del S.VI, adquieren cierta relevancia por la cantidad y variedad de los ejemplares recuperados (Fernández Ochoa, García Díaz, Uscatescu, 1992, 125-130). 6 Del cual no se tienen más noticias. La copa Rigoir 2 se ha documentado en Solsona, El Capell, villa de Can Garí (Argentona, Maresme) y Tarraco (hospital de Santa Tecla); la Rigoir 3, en Roc d'Enclar, Can Modolell, villa de Can Sentromà (Tiana, Maresme), la Bastida, Tarraco (Vila-roma, Santa Tecla) y Dertosa. Además, su variante 3a, en la cueva de La Colomera (Sant Esteve de la Sagra, Pallars Jussà), Ilerda (Paeria), Iesso, Roses e Iluro; la 3b, también en Ilerda (Paeria), Iesso y Tarraco (Vila-roma); y la 3c, en Solsona y Barcino. La presencia del plato Rigoir 4 se constata en La Colomera, Iesso, Iluro, Barcino (Plaça del Rei, Tinell,...), Tarraco (hospital de Santa Tecla) y en la Cova de la Guanta (Sentmenat, Vallès Occidental); la del bol o copa Rigoir 5b, sólo en el El Capell. El gran cuenco Rigoir 6 apareció en Roc d'Enclar, Barcino (Tinell), la Bastida, Sant Cugat del Vallès y Tarraco (Santa Tecla); su variante 6a, en Ampurias, Iesso, El Capell, Ilerda (Paeria), Iluro, Torre Llauder, Barcino (Tinell) y en las villas de Can Bosch de Basea (Terrassa) y Els Antigons (Reus); la 6b, en La Colomera, Ilerda (Paeria), Iesso, El Capell, Iluro, Torre Llauder, Tarraco (Vila-roma) y el yacimiento de Molins Nous (Riudoms, Baix Camp). La copa Rigoir 9b se halló en Roc d'Enclar, Camp de la Gruta (Torroella de Montgri, Baix Empordà), Iluro, Torre Llauder, Barcino (Plaça del Rei) y Tarraco (necrópolis del Francolí). El bol carenado Rigoir 16 se documentó en El Capell, Iluro y en la necrópolis del Francolí, en Tarra-co. En cambio, la forma Rigoir 18 es una de las más abundantes, documentándose en puntos algo lejanos entre sí como La Colomera, Ilerda (Paeria), Iesso, El Capell, Roc d'Enclar, Sant Martí d'Empúries, Roses, Can Modolell, Iluro, villas de Torre Llauder y Els Caputxins, Barcino (Plaça del Rei, Tinell), Sentmenat, la Bastida, Sant Cugat, Darró, Reus, Tarraco (Catedral, Vila-roma y necrópolis del Francolí) y en diversos enclaves menores en comarcas como el Baix Empordà, ambos Vallès, Bages, Baix Llobregat, Alt Penedés y Baix Ebre. Otras formas con mucha menor relevancia: del cubilete Rigoir 20, evidencias en Iluro; de la urna Rigoir 23, presencia de dos ejemplares, uno procedente de El Capell y otro de Barcino (Plaça del Rei); de la Rigoir 24b, citamos el ejemplar de Tarraco (hospital de Santa Tecla); de la jarra Rigoir 26, evidencias en Tarraco (Vila-roma y Santa Tecla) y en su versión Rigoir 26b, en la Bastida; del mortero Rigoir 29, en Iesso y Tarraco (hospital de Santa Tecla); del platotapadera Rigoir 30, en Ilerda (Paeria), Iluro y Tarraco; de la tapadera Rigoir 31, en Torre Llauder; del cuenco Rigoir 35, en Iluro, villa de Els Caputxins y Tarraco; y finalmente del cuenco con vertedor Rigoir 36, ejemplos también en Iluro, Barcino (Plaça del Rei) y la Bastida. A todos estos ejemplos, cabría añadir la novedosa cantimplora forma "Capell 1", hallada en la villa homónima. Dentro de la menos común variante anaranjada, el plato Rigoir 1 se documenta en Roc d'Enclar, Iesso, Sant Martí d'Empúries, Camp de la Gruta, Iluro, Torre Llauder, Barcino (Plaça del Rei), villa de Darró y en otros puntos del Vallès Occidental y Anoia. La más minoritaria copa Rigoir 2 aparece en el yacimiento de Santa Margarida de Cabrera (Maresme) y en Torre Llauder. La Rigoir 3, en Roc d'Enclar y en las villas de Can Sentromà y Can Bosch de Basea; además, su variante 3a, en la Ciutadella de Roses, en Ampurias, Tarraco (Vila-roma) y Molins Nous. Ejemplos del gran cuenco Rigoir 6a los tenemos en Roc d'Enclar, Roses, Sant Martí d'Empúries, Darró y en el yacimiento de Can Tarrés (La Garriga, Vallès Oriental); del 6b en Iluro, Tarraco y villa de Casa Blanca. El plato Rigoir 8 se documenta en La Colomera y en el yacimiento de Mas de Dalt (Peralada, Baix Empordà). La copa Rigoir 9, en Roc d'Enclar y su variante 9b, sólo en Tarraco (Vilaroma). El bol carenado o copa Rigoir 15 aparece en Roses, Iluro, Tarraco (necrópolis del Francolí) y en las villas de la Llosa (Cambrils, Baix Camp) y Casa Blanca. También en esta versión oxidada es muy común el hallazgo del bol carenado Rigoir 18, con ejemplos en Roc d'Enclar, El Capell, Ampurias, Iluro, Torre Llauder, Tiana, Sentmenat, Can Bosch de Basea, Tarraco (Vilaroma), Centcelles y Els Antigons (Reus). Al contrario, la jarra Rigoir 27 se documenta exclusivamente en Roc d'Enclar (Andorra). TERRA SIGILLATA HISPÁNICA TARDÍA En la producción de vajillas finas hispánicas se constata una laguna entre finales del siglo II y el siglo III. Durante la primera mitad de éste, existe una producción calificada como "intermedia", muy disminuida, casi doméstica, realizada por pequeños artesanos y cuyas características son la utilización de los servicios anteriores y degradación en la fabricación de los vasos (Paz, 1991, 229). A partir de la segunda mitad del siglo IV, cierta reactivación permite determinar una producción "tardía", que perdura hasta inicios del siglo VI (Paz, 1991, 230) o primer cuarto del mismo y que constituiría una clara ruptura e innovación respecto a las producciones anteriores altoimperiales (López Rodríguez, 1985, 244-246). En esta clase cerámica, se distinguieron dos áreas de producción: -Centros riojanos: sus pastas son rojo claro o anaranjadas, granulosas y porosas (cuarzo, algo de mica...), con barnices rojo oscuro brillantes o densos, o naranjas sin brillo (Paz, 1991, 51-52). Su difusión natural: valle del Ebro y en menor medida, cuenca del Duero, llegando de manera puntual a las costas catalana y valenciana (Paz, 1991, 231) fundamentalmente a través de un único vaso: el cuenco de forma 37 tardía. -Talleres de la Meseta Norte: pastas rojo o naranja fuerte, finas o granulosas y duras (con cuarzo y mica), a veces de aspecto hojaldrado; barniz rojonaranja o naranja vivo fuerte y denso, con ligero brillo metálico, en algunas piezas agrietado (Paz, 1991, 53). Difusión en su área natural y, de forma más restringida, en la zona de contacto de ésta con el valle del Ebro (Paz, 1991, 231). En general, ambos grupos están presentes en áreas que no recibieron el impacto de las producciones de vajilla africana. El repertorio tipológico está constituido por formas abiertas, cuencos y platos, siendo escasas las cerradas, pudiendo establecerse una clara separación entre los vasos lisos y decorados. Entre los primeros, aparte de los mayoritarios cuencos y platos, se documentan algunas copas y puntualmente jarras de mesa. La forma de presencia más destacada es el cuenco Ritterling 8 tardío, con mención especial para los también relevantes platos Dragendorff 36 tardío, cuenco de forma 5 tardía, o los platos de formas 82 y 83. Entre los segundos, predominan casi en exclusiva los cuencos, alguno de gran tamaño. La forma más habitual (con gran diferencia respecto a las otras) es el bol de forma 37 tardía, caracterizador del lapso entre los siglos IV-VI. Respecto a los motivos de una decoración realizada en gran medida a molde, en mucho menor grado a través de estampados, se distinguieron varios grupos, en número diverso según cada autor. En cualquier caso, es caracterizadora la presencia de círculos simples o dobles junto con rosetas, franjas horizontales, seriaciones de elementos geométricos, etc. (López Rodríguez, 1985, 44 Las evidencias de vajilla hispánica tardía en el noreste peninsular son bastante escasas respecto a otras producciones finas del momento, como la T. S. Africana Clara D o las D.S.P. que, por motivos comerciales determinados por las rutas marítimas, llegan con mayor asiduidad. Fundamentalmente, el vaso con mayor salida corresponde a la forma 37 tardía, tal vez debido a un uso singular o por facilidad de adquisición. Veamos pues su distribución. El resto de formas documentadas son minoritarias. Los platos de formas 73 y 83 fueron identificados en Iesso (Uscatescu, García Jiménez, 2005, 92); el cuenco cerrado de forma 42, en Tarraco (claustro de la Catedral. Asimismo, en diversos enclaves de menor rango de comarcas como el Baix Llogregat, ambos Vallès, Anoia, Baix Penedés, Alt y Baix Camp, Ribera d'Ebre y Baix Ebre se documenta mayoritariamente entre las hispánicas tardías la forma 37 tardía y, en algún que otro caso, la Ritterling 8 tardía (Járrega, 1992(Járrega,, 1452)). Producción oriental definida inicialmente por F. O. Waagé (Waagé, 1933, 298-301), pero estudiada más exhaustivamente por J. W. Hayes. Como las D.S.P., ha sido conocida con distintas denominaciones en la bibliografía. Originalmente Waagé, desconociendo su procedencia exacta, la bautiza como Late Roman C Ware (Waagé, 1933, 298). Con posterioridad Hayes, una vez cree haber identificado su centro productor, la llama Phocaean Red Slip Ware, proponiendo el abandono del término acuñado por Waagé (Hayes, 1980, 525); poco después, en el Altlante delle forme ceramiche aparece como Terra Sigillata dell'Asia Minore o di Constantinopoli (Atlante, I, 1981, 231). En la actualidad, la denominación inicial de Waagé suele ser la más empleada en la bibliografía no anglosajona, pese a que, desde mediados de los ochenta, F. Mayet y M. Picon confirmaran, a través de análisis arqueométricos, el origen exclusivamente foceo intuido por Hayes y propusieran el que parecía que iba a ser su apelativo definitivo: Sigillée Phocéenne Tardive (Mayet, Picon, 1986, 129). Algunos autores se han decantado por la traducción castellana de este término (p. ej. Serrano, 2005, 305). Este tipo de vajilla se caracteriza por arcillas duras menos depuradas que las de las claras africanas con impurezas como cal y otros puntitos blancos o amarillentos, siendo de color marrón rojizo (granate o rojo anaranjado claro), con fractura rectilínea. El barniz o engobe es una fina película aplicada irregularmente (que se puede confundir con la pasta), adherente y penetrante, de tono rojo mate o con brillo metálico, principalmente en el interior (Hayes, 1972, 323; Raynaud, 1993b, 502; Martin, 1998, 109). La cocción da a la superficie un color uniforme rojo oscuro y alguna vez rojo anaranjado, a excepción de la cara externa del borde, generalmente de tonos grisáceos oscuros o incluso blanquecinos (Raynaud, 1993b, 502; Martin, 1998, 109). En el exterior, se pueden apreciar algunas vacuolas. El repertorio se reduce a una decena de formas abiertas, de las que dos en concreto, Hayes 3 y 10, son la base de la producción. La decoración es a ruedecilla o mediante estampado. Hayes definió tres etapas diferentes para los vasos decorados: c. Aparte del citado taller principal situado en Focea, se documentó otro en el vecino enclave costero de Grynion8 (Empereur, Picon, 1986, 144), también en la costa de la Península Anatólica. El marco temporal asociado a esta producción se estableció desde el último tercio del siglo IV a finales del siglo VI en sus nueve primeras formas, mientras que la más tardía, Hayes 10, pervive al menos hasta mediados del VII, aunque su distribución es bastante restringida. Abundan en el ámbito egeo, compitiendo con las claras africanas en toda la Pars Orientis. En su momento álgido (siglos V-VI), aparecen además evidencias de su distribución en diversos puntos costeros del Mediterráneo occidental europeo9, incluso en las Islas Británicas, aunque ya desde mediados del siglo VI se observa un paulatino retroceso en su llegada a occidente (Reynolds, 1995, 35-36). En su momento, se señaló a la "invasión" bizantina y a la inestabilidad provocada en las costas hispanas como causa del cese de las importaciones desde mediados del siglo VI (Nieto, 1984, 547); una hipótesis, como veremos en las conclusiones, actualmente descartada. DISTRIBUCIÓN DE LA LATE ROMAN C EN EL NORESTE Un primer estudio sobre este tipo cerámico realizado por F. X. Nieto (1984, 540-541) reconocía la abundancia relativa de los hallazgos del mismo en la Península Ibérica, principalmente entre mediados del S.V y mediados del S.VI. La forma más documentada es el habitual plato Hayes 3, en sus variantes "B" a "H". Finalmente, resulta bastante relevante su identificación en diversos contextos de Tarraco, algunos procedentes de la parte alta de la ciudad, variantes Hayes 3B y 3C (Remolà, 2000, 37-45), de la Torre de l'Antiga Audiència, tipos Hayes 3C y 3E (Aquilué, 1993a, 139), o del circo, también Hayes 3C (Remolà, 2000, 75). La presencia de otras formas es anecdótica, pero deben ser reseñadas. En Tarraco, procedente del claustro de la catedral, se documenta un plato posible forma Hayes 2C (Nieto, 1984, 542). Asimismo, otros dos de la forma Hayes 5B, en los niveles de amortización del hábitat de la Ciutadella de Roses (Puig, 1998, 178) y en Tarraco (área del circo. Por último, en la villa mausoleo de Centcelles (Constantí, Tarragonès), se identificó otro relacionado con la forma Hayes 10B (Járrega, 1992(Járrega,, 1425)). LATE ROMAN D (SIGILLATA CHIPRIOTA TARDÍA) Esta clase cerámica había sido definida en los años cuarenta por F. O. Waagé como Late Roman D a partir de los contextos de Antioquía (Waagé, 1948, 52). Características técnicas: la pasta es fina y suave, sin granos visibles, de fractura limpia. El grado de cocción y, por tanto, el color varían enormemente, oscilando entre el amarillo y varias tonalidades (naranja, marrón y rojo) hacia un profundo marrón oscuro, púrpura y sepia; en todo caso, el tono rosado o marrón es el más común. Como en el caso de la Late Roman C, una fina capa de barniz cubre toda la superficie del vaso. Éste es de similar naturaleza que la arcilla, con la que tiende a concordar en tono aunque algo más oscuro. Posee una apariencia mate en las piezas poco cocidas, que adquiere un lustre metálico en las sobrecalentadas (Hayes, 1972, 371). Su repertorio formal evidencia un alto grado de estandarización. Las formas más tempranas son fundamentalmente platos medianos con pie bajo (formas Hayes 1 y 2); en las tardías (forma Hayes 9), éste simplemente se insinúa, siendo casi planos. En contadas ocasiones aparece una serie paralela de pequeños cuencos (formas Hayes 3 y 5). Un tercer tipo formal, con gran volumen de fabricación en las últimas fases, es un cuenco "palangana" profundo con o sin asas (formas Hayes 7, 9, 10), presumiblemente para uso doméstico (Hayes, 1972, 372). La decoración estándar, realizada a ruedecilla, es tosca. Dos largos trazos cubren la totalidad de la pared junto con una o más bandas curvadas incisas, a menudo aplicadas de modo "errático" e interrumpidas por huecos. Un aspecto peculiar en estos vasos es la presencia en los bordes de muchos platos (principalmente los tardíos) de una corta línea profunda incisa, ondulada, que podría ser calificada como la "marca de fábrica" de los productos chipriotas. Asimismo, los fondos de ciertos platos, por ejemplo los correspondientes a las formas Hayes 2 y 9, presentan estampaciones. Datación: oscila entre finales del siglo IV, en las producciones más precoces, hasta finales del VII; su exportación se constata principalmente desde mediados del siglo V hasta finales del VII (Atlante, I, 1981, 239). La evolución de este grupo es bastante estable excepto una fase de cierta decadencia técnico-formal a mediados del siglo VI. Su difusión se produjo principalmente en el Mediterráneo oriental, costas del Egeo, por descontado en Chipre, Levante sirio-palestino, Egipto y Cyrenaica (Hayes, 1972, 385). Muy rara en occidente, su presencia, circunscrita fundamentalmente a los platos Hayes 2 y 9, se atestigua a grandes rasgos en enclaves en los que la vajilla Late Roman C es asimismo relevante, como Marsella, Baelo Claudia, Cathago Spartaria, Lucentum (Reynolds, 1995, 36) o Valentia (Pascual et al., 1997, 185), no llegando, a diferencia de la vajilla focea tardía, a las costas atlánticas. DISTRIBUCIÓN DE LA LATE ROMAN D EN EL NORESTE Aparte de éstos, sólo cabría mencionar el ejemplo hallado en el yacimiento de Molins Nous (Riudoms. Alguna de estas adscripciones podría ser, cuanto menos, problemática. El ejemplo de Can Modolell presenta un pie alto extraño para lo que es la morfología habitual de los platos de esta producción, su borde estriado podría sin embargo concordar con alguno de los individuos representados por Hayes (Hayes, 1972, Fig. 80, Forma 2, no 1). En el caso de la pieza procedente del cardo maximus de Iluro, en un principio adscrita con certeza a la producción de vajilla chipriota (Revilla et al., 1997, 104), fue catalogada posteriormente como "posible", señalándose asimismo la ausencia de la decoración propia de esta forma (Cela, Revilla, 2004, 53). A primera vista, el perfil representado de este vaso podría además resultar demasiado plano respecto a los ejemplares mostrados por Hayes, algo más profundos. Finalmente, el fragmento hallado en un cardo minor de la misma ciudad, fue descrito como un perfil atípico dentro de esta producción oriental que podía ser identificado con la forma Hayes 9b, pero sin poderse asegurar su procedencia chipriota (Járrega, Clariana, 1994, 334). Producción definida por Hayes (1972) como "Egyptian Red Slip Ware", el cual advirtió imitaciones egipcias de claras africanas con ciertas características que le daban entidad propia. Así, diferenció las variantes "A" (conocida también como "Coptic Red Slip Ware"), "B" y "C", ésta definida por Waagé en los años treinta como una imitación de su "Late Roman B" (que correspondería a la Clara A / D de Lamboglia). El tipo "B" corresponde, según Hayes, a una serie diversa de vasos egipcios, fabricados en diferentes talleres, caracterizados por una pasta rojiza espesa y grosera, con partículas micáceas y un bruñido denso también rojo (Hayes, 1972, 397). Las formas son numerosas y muy diversas, algunas copian vasos de claras africanas e incluso presentan motivos estampados tomados de tipos africanos degradados. Suelen ser platos y algún bol; las más precoces copian vasos africanos desde finales del siglo IV-inicios del V; las más tardías, comunes en el siglo VII, muestran marcadas similitudes con el tipo egipcio "C". A juzgar por su relevante presencia en la zona del Delta del Nilo, sería plausible la localización de sus talleres en esta zona (Hayes, 1972, 398-399). DISTRIBUCIÓN DE LA SIGILLATA EGIPCIA B EN EL NORESTE PENINSULAR Hasta ahora, la única evidencia de este tipo en toda el área noreste se hallaba en Iluro, donde en un conjunto del siglo V se habría identificado el plato Hayes, 1972, fig. 88 b / c (Járrega, 1991, 88; Járrega, Clariana, 1994, 335). Sin embargo, dicha atribución fue dada como insegura con posterioridad (Járrega, 2000, 474). Y es que, al igual que sucede con la vajilla chipriota Late Roman D, la presencia de vajillas orientales en el Mediterráneo occidental, más allá de la producción focense Late Roman C, puede resultar bastante dudosa. En este sentido, hemos podido constatar cómo algunos especialistas cuestionan la verdadera llegada de esta producción fina egipcia a las costas occidentales11. Hayes, en la revisión de su manual tipológico, se refiere al caso que nos ocupa, el tipo egipcio "B", como una producción no muy definida, cuyos límites exactos tendrían que determinarse sin poder confirmar entonces la existencia de varios talleres regionales (Hayes, 1980, 530). Hayes dio este nombre a un heterogéneo grupo de vasos reconociéndoles una atribución egipcia por conveniencia, ya que podrían haber sido fabricados en áreas diversas. Sus principales características son la arenosa textura de la arcilla, de color naranja o marrón, producida aparentemente por la cocción, y el espeso barniz rojo de apariencia difuminada, ligeramente micáceo, bruñido y lustroso en el interior y borde del vaso, más delgado y deslustrado o apagado en el exterior, donde está bruñido con menos cuidado. Los desgrasantes son limos, cuarzo, varios granos arenosos oscuros y mica pequeña (Hayes, 1972, 399). Las formas principales son páteras abiertas, quizás imitación del plato Hayes 105 de la T. S. Africana; cuencos poco profundos con bordes prominentes, posiblemente derivados de la forma Hayes 104c; platos cerrados de base plana que copian la forma Hayes 9 chipriota; y cuencos carenados poco profundos con bordes similares a sus homólogos del tipo "B" (Hayes, 1972, 400). La decoración estándar en los platos consiste en dos surcos o pares de surcos separados en el fondo interno, combinados, en ejemplares puntuales, con estampaciones groseras de palmetas o rosetas (Hayes, 1972, 400). Cronología: aparecen sólo en contextos del siglo VII, puede que surgieran como sustitutos de otras producciones finas tardías que habrían desaparecido del mercado. Su difusión se produjo sólo en la desembocadura del Nilo. DISTRIBUCIÓN DE LA SIGILLATA EGIPCIA C EN EL NORESTE PENINSULAR Únicamente había constancia de su existencia en el yacimiento de Els Vinyets (Vila-Rodona, Alt Camp), concretamente del plato Hayes, 1972, fig. 89 b (Járrega, 1992, 1428). Aparte de remitir a las observaciones efec-tuadas para el tipo anterior, conviene añadir las realizadas en su momento por Hayes, que atribuyó a la "sombría" (sic) vajilla egipcia "C" una distribución local o regional, ya que diversos fragmentos procedentes de Chipre y Siria, en un principio atribuidos a este tipo de vajilla, pudieron no corresponder a la misma producción que los identificados como egipcios en su área original (Hayes, 1980, 530). CONTEXTOS CERÁMICOS DE VAJILLAS DE IMPORTACIÓN NO AFRICANAS (S.V-VII) Una vez conocida la distribución geográfica de las vajillas estudiadas, procederemos a realizar otro tipo de análisis, en este caso cronológico. Observados los contextos, fundamentalmente pertenecientes a los siglos V y VI, apreciaremos si estas producciones llegan o no al siglo VII y, por tanto, el espacio temporal que cubrieron hasta su total desaparición en el área analizada. En contextos de inicios del siglo V, la villa de Els Hospitals (El Morell, Tarragonés), establecimiento rural en el territorium de Tarraco, proporciona escasos fragmentos de D.S.P., en concreto de la forma Rigoir 3. En el vertedero tardorromano de la plaza mayor de Sant Martí d'Empúries, con una cronología del primer cuarto del siglo V, se hallaron nueve ejemplares de D.S.P. Gris, concretamente de las formas Rigoir 1 y 18, procedentes de los talleres del Languedoc, además de la forma Rigoir 6a de la versión oxidada. En total, constituirían un 16,36 % de toda la vajilla de mesa documentada. La T. S. Hispánica Tardía está representada por un único ejemplar, la habitual forma 37 tardía, estando ausente la Late Roman C (Aquilué, Burés, 1999, 391). Otros conjuntos afines datados en el primer cuarto del siglo V presentan similares proporciones. La Late Roman C estaría asimismo representada por un posible ejemplar de la forma Hayes 2C (Nieto, 1984, 542). La presencia de esta última sería bastante precoz respecto al momento de exportación de la vajilla focense en el Mediterráneo occidental, establecido a partir de mediados del siglo V. Además, según P. Reynolds (Reynolds, 1995, 35), las formas tempranas, platos Hayes 2, Hayes 3A y Hayes 3B, no fueron exportadas, aunque como veremos, algunos autores identificaron esta última variante en diversos enclaves litorales del área analizada (Barcino y Tarraco, también en Valentia). En la villa de Darró (Vilanova i la Geltrú, Garraf), en un depósito formado hacia el segundo cuarto del siglo V, es abundante la presencia de D.S.P. de procedencia languedociense: en versión reductora tenemos las copas Rigoir 15 y cuencos Rigoir 18; en la oxidante, el plato Rigoir 1 y el cuenco Rigoir 6a (López Mullor, Fierro, 1994, 118-121). La producción hispánica tardía también está presente con la forma 37 tardía (López Mullor, Fierro, 1994, 124). En la calle Vila-roma de Tarragona se halló un pozovertedero cerámico datado muy precisamente entre los años 440 y 450, debido a la coexistencia en un mismo conjunto cerrado de una mayoría de materiales de la primera mitad del siglo V junto con otros minoritarios posteriores a esa fecha, aparte de la ausencia de importaciones más tardías como podrían ser los platos de la producción Late Roman C (TED'A, 1989, 425 y 427). Sin embargo, actualmente no se descarta una eventual continuidad del mismo hasta el tercer cuarto de siglo V (Reynolds, 1995, 281), pensándose por tanto en una datación amplia de mediados del mismo siglo (Remolà, 2000, 48). En dicho vertedero se documentan las D.S.P. grises y anaranjadas en una proporción del 12,72 % respecto al resto de la vajilla de mesa, concretamente el plato Rigoir 1, las copas Rigoir 3a y 3b, los cuencos Rigoir 6 y 9, el bol carenado Rigoir 18 y la jarra Rigoir 26 (Fábrega, 1989, 157-163). La T. S. Hispánica Tardía también está presente, en menor proporción (5,3 %), con la siempre habitual forma 37 tardía y una novedosa copa denominada como forma "Vila-roma 3.15", muy parecida a la habitual copa Lamboglia 1/3 de la producción sudgálica T. S. Lucente (Muñoz, 1989, 173-174). CONTEXTOS 400-450 En el área noreste, concretamente en la villa de Puig Rodon (Corçà, Baix Empordà), en un contexto que se encuadra en la primera mitad del siglo V, se documenta únicamente D.S.P. (el bol Rigoir 18), en una proporción de tan sólo el 0,29 % del total de las vajillas. No demasiado lejos de allí, unas excavaciones de urgencia en la carretera de L 'Escala a Sant Martí d' Empúries desenterraron una necrópolis tardorromana datable en la primera mitad del siglo V que únicamente aportó D.S.P. entre los tipos cerámicos que nos interesan. Más al sur, el yacimiento del Poble Sec (Sant Quirze del Vallès, Vallès Occidental) proporcionó treinta fragmentos de D.S.P. (Rigoir 1,6,18) y diecinueve de T. S. Hispánica Tardía, entre los cuales se identificaron tres cuencos de forma 37 tardía. Todos éstos, tanto los primeros como los segundos, conforman un conjunto datable en la primera mitad del siglo V (Coll, Roig, Molina, 1997, 38). Ilerda, uno de los puntos geográficos más interiores del estudio, también documenta estas producciones. Un conjunto exhumado bajo el edificio de La Paeria, atribuido a la primera mitad del siglo V y cuya cronología confirmaría la destrucción de la ciudad (según las fuentes en 44913 ) por parte de suevos y bacaudae (Junyent, Pérez Almoguera, 1994, 148), evidencia una mayor relevancia de las vajillas sudgálicas estampadas tardías. Con un origen languedociense en la totalidad de los casos y cocidos en atmósferas reductoras, se documentan los tipos Rigoir 1, 3a, 3b, 6a, 6b, 15a, 15b, 18 y 30. En menor medida aunque bien representada, también aparece la T. S. Hispánica Tardía: como es habitual con la forma 37 tardía (Junyent, Pérez Almoguera, 1994, 130-135). En Iluro, en un primer nivel de amortización del sector oeste del cardo maximus (excavación C/ Sant Cristòfol 12, 99/00), datado entre mediados y el tercer cuarto del siglo V, se exhumó un conjunto que incluía evidencias de D.S.P., concretamente del cuenco Rigoir 6b (Cela, Revilla, 2004, 75). En los decenios centrales del siglo, en el recinto de culto de la parte alta de Tarraco, un vertedero en el solar del antiguo Hospital de Santa Tecla (de cronología ligeramente posterior al de Vila-roma) proporcionó otro lote cerámico destacable. En el mismo, como es habitual, dentro de la vajilla fina predominan las producciones africanas, alcanzando sin embargo una cierta relevancia la presencia de las sudgálicas (18,20 %) con un repertorio bastante variado: platos Rigoir 1, 4 y 8, copas Rigoir 2, 3 y 9, cuencos Rigoir 6 y 35, urnas Rigoir 24, jarras Rigoir 26 y mortero Rigoir 29. Los tipos hispánicos y orientales estaban también presentes, pero en menor medida: cuencos de forma 37 tardía en T. S. Hispánica Tardía (2,91 % de las vajillas tardías); y platos Hayes 3 de la producción focense Late Roman C (0,24 %. A este mismo momento pertenece un contexto procedente de un enclave que constituye el límite geográfico meridional de nuestro estudio. En niveles de regularización de la última fase de la villa de Casa Blanca (Jesús-Tortosa, Baix Ebre) se documenta T. S. Sigillata Hispánica Tardía y D.S.P., con la novedosa preeminencia de la primera (11,22 % de toda la vajilla) sobre la segunda, que es meramente testimonial (0,82 %). La vajilla hispánica documenta los cuencos de forma 37 tardía, Ritterling 8 tardía y las páteras Dragendorff 36 tardía; mientras que la D.S.P. estampada gris, únicamente el bol Rigoir 6 (Revilla, 2003, 89 y 101). Se alude asimismo a la presencia de un cuenco de forma 6 (equivalente a la forma 5 de la clasificación inicial de Mezquíriz, 1961), pero cuyo perfil (Revilla, 2003, 105: Fig. 39, 3) por dimensiones, curvatura e inclinación del labio inferior externo e insinuación de la carena recuerda más bien al de la pátera Dragendorff 36 tardía. De nuevo en Iluro, otro nivel de amortización del cardo maximus, situado en su lado este (misma excavación anterior) y datado en la segunda mitad avanzada o finales del siglo V, aporta también evidencias de estas producciones. En primer lugar, de D.S.P. anaranjada (5,2 % de la vajilla tardía), con los cuencos Rigoir 6; también, de su variante gris (3,4 %), con las copas Rigoir 15. La T. S. Hispánica Tardía está representada testimonialmente por un fragmento (Cela, Revilla, 2004, 77). Otra zona de la misma ciudad aportó un conjunto cercano a finales del siglo V. La excavación de una antigua taberna (C/ Pujol 47, 1998) evidenció un primer estrato de nivelación con presencia de D.S.P. gris, forma Rigoir 16 (Cela, Revilla, 2004, 136). En Tarraco, en la "Antiga Audiència", en la fase en la cual la torre es utilizada como basurero, último cuarto del siglo V, aparece Late Roman C en un número ciertamente considerable respecto a lo que es habitual: 8,12 % de todas las vajillas. Son diversos fragmentos correspondientes a cinco individuos de la forma Hayes 3C y uno de la Hayes 3E. Entre la D.S.P. gris y anaranjada (19,82 % de los vasos finos), aparecen diversos ejemplares del plato Rigoir 1, copa Rigoir 3a, cuenco Rigoir 6b, copa Rigoir 18 y el plato-tapadera Rigoir 30. La T. S. Hispánica Tardía (5,40 %) está representada de nuevo por el bol de forma 37 tardía (cuatro ejemplares. 480-principios del siglo VI) correspondiente a un vertedero proporcionó cerámicas estampadas D.S.P. de formas Rigoir 1, 4, 6 y 18 en un porcentaje menor que el del momento anterior, ya que alcanzan un 12,23 % del total de vajilla fina importada (Llinàs, 1997, 155 y 164). Un último ejemplo correspondiente a finales del siglo V lo tenemos en la Església Vella de Sant Menna (Sentmenat, Vallès Occidental), de donde se extrajeron diez fragmentos de D.S.P. (Rigoir 2,3,5b,15,18). Pese a ello, en este contexto es notable el dominio de las cerámicas de cocina reducidas respecto a otras producciones como las vajillas finas de importación (Coll, Roig, Molina, 1997, 39 y 43). Interesante dada su situación geográfica es la ciudad de Iesso (Guissona, Segarra). El conjunto cerámico exhumado en sendos depósitos situados entre el cardo maximus y una de las domus, en el momento en que ambas estructuras ya no están en uso (al ser amortizadas por la construcción de una instalación vinícola), evidencia un panorama similar al observado hasta ahora en el resto de yacimientos, pero con una mayor notoriedad de la T. S. Hispánica (10 % de toda la vajilla). Al habitual cuenco de forma 37 tardía, del cual se documentaron siete individuos, cabe añadir un ejemplar del plato de forma 83b. En todo caso, de nuestras producciones la más destacada es la D.S.P., cuya presencia (44 %) es pareja a la de las importaciones africanas. La formación de dichos depósitos se situaría en el siglo V, con un terminus post quem aproximado del tercer cuarto del mismo (Uscatescu, 2004, 49). Sin mayor precisión, tal vez teniendo en cuenta algún otro depósito análogo (como el del Hospital de Santa Tecla, en Tarragona, bastante similar en su composición), podría pensarse en un momento del tercer cuarto del siglo V bastante avanzado. La falta de certidumbre sugiere sin embargo incluirlo en un amplio arco de la segunda mitad, en todo caso avanzada, del siglo V. También enmarcables en la segunda mitad del siglo V (y puede que en algún caso inicios del siguiente), unos silos y depósitos originalmente agrícolas del yacimiento de La Bastida (Rubí, Vallès Occidental) proporcionan, tal y como sucede en la mayoría de los yacimientos tardorromanos de la zona, una amplísima presencia de D.S.P. muy por encima de las pequeñas canti-dades detectadas de vasos africanos. Todos los fragmentos son de cocción reductora, en su mayoría procedentes del área provenzal. Entre ellos predominan los platos Rigoir 1, copas Rigoir 3 y los cuencos Rigoir 6 y 18, documentándose asimismo formas muy poco habituales como la jarra Rigoir 26b y el gran cuenco con vertedor Rigoir 36 (Bacaria et al., 2005, 180). En Tarraco, en el nivel de amortización de la Torre de la "Antiga Audiència", con una cronología de la segunda mitad del siglo V, se documenta el tipo Late Roman C con la habitual forma Hayes 3C. Entre la D.S.P. gris y anaranjada, las formas que aparecen son el plato Rigoir 1 y el bol Rigoir 3. En otro de los estratos que amortizan el cardo maximus de Iluro (excavación C/ Sant Cristòfol 12, 89/90), contemporáneo o ligeramente posterior al del sector este del mismo (último cuarto del siglo V-primer tercio del siglo VI), se documenta D.S.P. (5,3 % de toda la vajilla tardía), mayoritariamente en su versión reductora. Entre éstas últimas dominan los cuencos y copas (50 % de los vasos sudgálicos): aparecen los platos Rigoir 1 y 8, las copas Rigoir 3a, los cuencos Rigoir 6a, 6b y 18 y el plato-tapadera Rigoir 30. Entre las anaranjadas, lo hacen los platos Rigoir 1, los cuencos Rigoir 6b y 18 y las copas Rigoir 15. Las producciones hispánicas tardías están únicamente representadas por el cuenco de forma 37 tardía y corresponden al 1,1 % de toda la cerámica de mesa. Por último, se documentaría el borde del plato posible Hayes 9b de la producción chipriota Late Roman D (0,66 % del total de vajilla. Disponemos de otros dos conjuntos significativos de la misma ciudad (pertenecientes a finales del siglo V-inicios de la siguiente centuria). El primero fue hallado en el segundo estrato de nivelación de la taberna mencionada anteriormente (excavación C/ Pujol 47, 1998). Entre el material exhumado: vajilla sudgálica gris, platos Rigoir 8 y cuencos Rigoir 18, así como algún fragmento informe de T. S. Hispánica Tardía (Cela, Revilla, 2004, 137). El segundo, procede de un potente relleno depositado sobre lo que había sido la cloaca del cardo maximus justo en la intersección con el decumanus maximus (excavación "El Carreró 43-45, 1981/82"). Aquí comparece de nuevo la producción D.S.P. gris (10 % de los vasos de vajilla tardía), representada por copas Rigoir 3 y cuencos Rigoir 18; así como la Terra Sigillata Hispánica Tardía, con el habitual bol carenado de forma 37 tardía (Cela, Revilla, 2004, 94). No muy lejos, en el santuario de Can Modolell (Cabrera de Mar), diversos estratos de finales del siglo Figura Recapitulación de los 475-500 y 500-525 a de "formas-tipo" de producciones V-inicios del VI proporcionarían hipotéticamente piezas exóticas como el plato de vajilla chipriota Late Roman D forma Hayes 2, aparte de aportar fragmentos de la habitual D.S.P.: platos Rigoir 1, copas Rigoir 2 o 3 y 15 (Clariana, Járrega, 1990, 337) y cuenco Rigoir 18 (Járrega, Clariana, 1996, 139-141). De finales del siglo V-primer tercio del siglo VI, en Iluro, un segundo estrato de nivelación en el sector oeste del cardo maximus proporcionó D.S.P. gris (10,3 % de la vajilla del conjunto), concretamente las copas Rigoir 3a y el cubilete Rigoir 20 (Cela, Revilla, 2004, 75). Otro nivel de amortización del cardo maximus, situado ligeramente más hacia el norte (excavación "Recolzada del C/ Pujol 1987") y contemporáneo al anterior, documentó un repertorio más variado en lo referente a la vajilla sudgálica tardía. En la versión reductora (7 % de la cerámica de mesa tardía), aparecieron platos Rigoir 1 y 4, copas Rigoir 3a y 9b y los cuencos Rigoir 16 y 18. No hay indicios de la variante oxidante, pero sí de la producción hispánica tardía, como es habitual plasmada en la presencia de los cuencos de forma 37 tardía (Cela, Revilla, 2004, 104). Un tercero, procedente de niveles de amortización de una ínsula del propio cardo y también más o menos contemporáneo (excavación C/ Pujol 43-45 1994), presentó únicamente D.S.P. anaranjada, concretamente un solo individuo: la copa Rigoir 6b (Cela, Revilla, 2004, 126). Otro contexto afín en los porcentajes al anterior, lo tenemos en Tarraco en la plaza de representación del foro (cerca de la escalera de acceso al recinto de culto de la terraza superior, excavación C/ Misser Sitges 8-12), en un momento de principios del siglo V. La gran mayoría de la vajilla fina corresponde como es habitual a la T. S. Africana Clara D, alcanzando cierta relevancia la producción sudgálica estampada tardía (7,5 %) y la sigillata focense, representada por los platos Hayes 3C (Remolà, 2000, 45). CONTEXTOS 525-550 En este periodo (más bien avanzado), tenemos un estrato de obliteración en la carretera a Sant Martí d'Empúries. Sólo se documenta D.S.P., en concreto las formas Rigoir 4, 6, 9 y 18, reduciéndose de nuevo el porcentaje de su presencia respecto a las últimas importaciones finas africanas (8,32 %. De aproximadamente mediados de este siglo VI, disponemos de otro ejemplo en el conjunto de fosas y silos tardorromanos del yacimiento de La Solana (Cubelles). Hay contextos cerrados desde finales del siglo III hasta de pleno siglo VII. También en el mismo yacimiento, pero con menos precisión cronológica, han sido identificadas diversas formas de D.S.P. reductora. Se trata de los habituales platos Rigoir 1, así como de sus homólogos, hasta ahora inéditos, Rigoir 13/14 y la igualmente singular urna Rigoir 24b (Barrasetas, Járrega, 2004, 725). En estructuras constructivas documentadas en la Plaça Petita de Sant Martí d'Empúries, con una cronología de primera mitad del S.VI, aparece un único ejemplar de D.S.P. gris, forma Rigoir 18 (Aquilué, Burés, 1999, 393). En Iesso, los niveles de destrucción que amortizan el complejo dedicado a la producción vinícola, ya sólo aportan en este periodo un ejemplar de vajilla sudgálica tardía gris, concretamente la copa Rigoir 3a (Uscatescu, 2004, 43). No se documenta ningún fragmento de vajilla hispánica. De la misma cronología, otro contexto procedente de la plaza de representación del foro provincial de Tarraco (excavación C/ Merceria 11) aportó, dentro un pequeño porcentaje de vajilla fina, un ejemplo del plato Hayes 3B de Late Roman C (Remolà, 2000, 43). Un cuarto ejemplo, lo hallaríamos en la sede del Colegio de Arquitectos de Tarragona, en la zona exterior de la plaza del recinto de culto. En un nivel en principio datado c. Para este periodo disponemos de los estratos de nivelación que inutilizan las estructuras anteriores de la Plaça Petita de Sant Martí d'Empúries. En Iluro, a mediados del siglo VI o segunda mitad del mismo puede datarse otro conjunto procedente del relleno de una gran fosa excavada en los niveles altoimperiales de una de las insulae situadas al oeste del cardo máximo (excavación C/ M. Villalonga 8-12, 99/2000). Entre el material exhumado se constata la importante presencia de D.S.P. gris (8 % de la vajilla tardía presente en este nivel), concretamente de los platos Rigoir 1 y 8 (Cela, Revilla, 2004, 242). Aún hay ejemplos de D.S.P. más allá del ecuador de dicho siglo. Una prueba la tenemos en los niveles tardíos de la plaza Font i Cussó, en Baetulo. En un contexto de la segunda mitad no muy avanzada del siglo VI se documenta únicamente la D.S.P. en una proporción del 5 % respecto a la totalidad de los vasos finos de mesa: se trata del plato Rigoir 1 y la copa Rigoir 9. Otras producciones, como la T. S. Hispánica Tardía, están totalmente ausentes (Comas, Padrós, 1997, 122). Sin embargo, dicha cronología ha sido puesta en duda al apuntarse la posibilidad de que este conjunto fuera posterior: si bien se dataría como mínimo en la segunda mitad del siglo VI, en base al resto del material podría ser situado a finales del mismo o principios del siguiente (Járrega, 2000, 475). CONTEXTOS 575-600 Y todavía tenemos alguna de nuestras producciones cerca del final del siglo VI. En este sentido se detecta una importante presencia de fragmentos de Late Roman C tomados como fósil director de la última fase de ocupación de una factoría de salazones en la Ciutadella de Roses. Ello ha de relacionarse también con el abandono a nivel habitacional del núcleo urbano situado en este mismo enclave y su posterior conversión en necrópolis a finales del siglo VI o inicios de la siguiente centuria: en los niveles de amortización de dicho hábitat apareció un nuevo plato (Hayes 5B) de la producción focense Late Roman C (Puig, 1998, 178). Contemporáneo o ligeramente más moderno sería el relleno de un silo hallado en la plaza mayor de Sant Martí d'Empúries, cuya evidencia material lo data a finales del siglo VI o, tal vez, incluso a inicios del siglo VII. Aparte de algunos fragmentos bastante tardíos de T. S. Africana Clara D, se halló uno de D.S.P. anaranjada (probablemente por tanto, residual), concretamente la forma Rigoir 6 (Aquilué, Burés, 1999, 395). De segunda mitad o finales del siglo VI, disponemos de un nuevo ejemplo en unos niveles de regularización, al pie de la grada, que elevan la cota de la arena del circo de Tarraco (excavación Plaça dels Sedassos). Dentro del lote cerámico recuperado se constata la presencia, todavía, de un plato Hayes 3C de la vajilla Late Roman C (Remolà, 2000, 75). Las únicas evidencias de la presencia de alguna de las producciones aquí estudiadas durante el primer cuarto del siglo VII proceden de Iluro, en concreto de una serie de fosas y silos (amortizados y convertidos en vertederos) excavados casi simultáneamente entre finales del siglo VI y, más probablemente, el primer tercio del siglo VII (excavaciones "El Carreró 49, 1997" y "C/ de la Palma 15, 2000"). Entre los diversos fragmentos cerámicos destaca la relevante presencia de la producción sudgálica estampada D.S.P. en versión reductora, con los platos Rigoir 1, copas Rigoir 3a y cuencos Rigoir 6a, 18 y 35. Asimismo y en menor número, de las copas Rigoir 15a y cuencos Rigoir 18 en la versión oxidante. Los porcentajes de ambas categorías, respecto al resto de vasos de mesa tardíos, serían bastante relevantes dada la cronología (6,7 %). Sin embargo, la mayor parte de los citados fragmentos serían pequeños, estando además bastante erosionados. Esto y el hecho de que su presencia en un momento tan avanzado plantee ciertos problemas cronológicos, ha llevado a los propios excavadores a interpretarlos como residuales (Cela, Revilla, 2004, 361). CONTEXTOS DE TODO EL SIGLO VII El siglo VII parece corresponderse con el momento en el que cesan definitivamente las importaciones de vajillas de tradición romana. Del mismo modo que las africanas, no documentadas a partir de mediados de este siglo (Aquilué, 1998, 15), las orientales, que habrían competido con éstas tras la decadencia de las producciones sudgálicas estampadas, también dejan de llegar. Se detecta una sustitución progresiva de las vajillas de mesa y cocina por productos de factura mucho menos cuidada, fabricados a torno lento o a mano bajo atmósferas reductoras y con un limitado repertorio tipológico (básicamente recipientes de cocina, sobre todo ollas, o cazuelas bajas y cuencos en menor medida. La evidencia material del periodo así lo indica. Por ejemplo, en establecimientos característicamente visigodos como el Puig de las Muralles (Puig Rom, Roses), en cronologías de inicios del siglo VII 15 se documentaron distintas ánforas africanas y un único ejemplar de vajilla importada, un fragmento de T. S. Africana Clara D. El resto del material cerámico exhumado corresponde a ollas reductoras toscas o cerámica común oxidada (Nolla, Casas, 1997, 9-11). En un punto cercano, el yacimiento descubierto tras las obras de la carretera a Sant Martí d'Empúries, su última fase corresponde al relleno superior de un pozo de cronología avanzada (pleno siglo VII). Se hallaron pocas importaciones (T. S. Africana Clara D), con total ausencia de Late Roman "C" o "D" (Llinàs, 1997, 162). E incluso en el mismo núcleo tardío de Sant Martí d'Empúries, en su plaza mayor, los rellenos de los silos de los momentos más tardíos (siglo VII bastante avanzado) documentan formas de T. S. Africana Clara D y ánforas datables en la segunda mitad del siglo, con total ausencia de los tipos aquí estudiados e importante presencia de ollas "groseras" de cocina (Aquilué, Burés, 1999, 396). Como puede apreciarse, la ausencia de las vajillas orientales es total; la excepción, muy puntual, sería la hipotética aparición de Sigillata Egipcia C, que recordemos se produce sólo durante este siglo, en el yacimiento de Els Vinyets (Vila-Rodona, Alt Camp). Ya hemos comentado la problemática identificación de estas piezas fuera de su lugar de origen. Los contextos de los yacimientos del interior evidencian en este siglo únicamente cerámicas comunes reductoras: entre otros, hábitats rurales de Can Paleta (Lopez Mullor et al., 2003, 53) y Vilaclara (Enrich, Enrich, Pedraza, 1995, 84-85), ambos en Castellfollit del Boix (Bages); silos tardíos de la Església Vella de Sant Menna (Sentmenat) y de la villa de l'Aiguacit (Terrassa), en el Vallès (Coll, Roig, Molina, 1997, 40-43); o de la iglesia de Sant Vicenç de Rus (Castellar de n'Hug, Berguedà. Diversos ejemplos en Mataró y Tarragona también corroboran el dato. En Iluro, los rellenos de las fosas datadas en el primer tercio del siglo VII presentan un abrumador predominio de cerámicas culinarias (Cela, Revilla, 2004, 370). En Tarraco, la presencia mayoritaria es de los tipos comunes y en menor medida de T. S. Africana Clara D en sus formas más tardías. En contextos como los de Vila-roma IV o Plaça del Pallol (datación c. Macias, Remolà, 2005, 129) la tendencia es ésta y sin duda nos estamos acercando a la realidad cerámica que caracterizará a la alta Edad Media. Incidiremos en ello en las conclusiones, donde veremos si esta dinámica de cambio en las diferentes categorías cerámicas y en sus repertorios formales implica también una transformación en la funcionalidad de los vasos documentados a partir de este momento. También si se pudiera relacionar ello con el advenimiento de una nueva cultura en la preparación y consumo de los alimentos. EVIDENCIAS DESCONTEXTUALIZADAS O DE DATACIÓN Incluimos aquí ejemplos de materiales de datación imprecisa, ya sea por proceder de excavaciones antiguas, o simplemente por no haberse dado los elementos necesarios para su adscripción a un marco temporal concreto 16. Comenzando por el Pirineo, en el castellum de Roc d'Enclar (Sant Vicenç d'Enclar, Andorra), niveles datados aproximadamente en el siglo V documentan exclusivamente la producción sudgálica estampada D.S.P., tanto gris, platos Rigoir 1, copas Rigoir 3 y 9 y cuencos Rigoir 6 y 18; como oxidada, concretamente sólo la jarra Rigoir 27 (Yañez, 1997, 256-268). En la zona noreste tenemos el importante yacimiento del Camp de la Gruta (Torroella de Montgri, Baix Empordà). En una cisterna perteneciente a esta villa rural (que va desde la República tardía hasta el siglo VI) hay evidencias de la producción sudgálica estampada D.S.P., formas Rigoir 1, 9, 12 y una posible Rigoir 6c (Nolla, Puertas, 1988, 37-40). En la zona costera central, en la villa bajoimperial de Torre Llauder (Mataró), un conjunto de materiales descontextualizados evidenció la presencia de D.S.P. grises, formas Rigoir 1, 6, 6a, 9b, 15 y 18; y anaranjadas, formas Rigoir 1 y 18; también de T. S. Hispánica Tardía de la forma 37 tardía. En zonas de la pars urbana de la misma, se documentan asimismo D.S.P. grises formas Rigoir 1 y 18. Y en un vertedero, se exhumaron una copa forma Rigoir 15 de D.S.P. gris así como un cuenco de forma 37 tardía de T. S. Hispánica Tardía (Clariana, Járrega, 1994, 259-262). También en el área rural de Iluro, algunas villae aportaron evidencias de los tipos estudiados. Excavaciones antiguas en la villa de Can Garí (Argentona, Maresme) no arrojaron a la luz demasiados materiales cerámicos. Entre ellos, sin embargo, destaca la aparición de una copa Rigoir 2 de la producción D.S.P. en variante reductora (Prevosti, 1981b, 247). El nivel de abandono de la villa de Els Caputxins (Mataró), datado ampliamente entre los siglos IV y V, documentó D.S.P. gris, concretamente una copa Rigoir 15 y los cuencos Rigoir 18 y 35 (Prevosti, 1981b, 376). Asimismo en la villa de Can Rafart (Mataró), excavaciones antiguas exhumaron al menos un cuenco de forma 37 tardía de T. S. Hispánica Tardía (Prevosti, 1981b, 347). Limítrofe con la anterior, el área rural de Baetulo documenta también algunos fragmentos. En la villa de Can Sentromà (Tiana, Maresme), niveles datados entre los siglos IV y V proporcionaron escasa D.S.P., en concreto diversos fragmentos de copas Rigoir 3 tanto en versión reductora (Guitart, 1970, 154 y 159), como oxidante (Caballero, 1972, 216). Tampoco, aunque presentes, fueron demasiado numerosos los de T. S. Hispánica Tardía, hallándose alguna forma 37 tardía (Guitart, 1970, 150). Muy cercana a Baetulo, la villa de Can Riviere (Badalona), a través de excavaciones antiguas, aporta al menos una decena de bordes de cuencos de forma 37 tardía junto con uno de la forma Ritterling 8 tardía de T. S. Hispánica Tardía (Prevosti, 1981a, 347). Un punto que no ha sido muy citado en este trabajo es Barcino, donde la propia idiosincrasia de las excavaciones urbanas de urgencia sólo en pocas ocasiones ha permitido llegar a contextos claros bien datados (sobre todo por la gran dificultad de acceso a la información obtenida). Sin embargo, es una ciudad a la que lógicamente llegan estas producciones, como los fragmentos sin contexto procedentes del Museu d'Història de la Ciutat que demuestran la presencia de D.S.P. con las formas Rigoir 1, 6, 18 y otras indeterminadas (Bourgeois, 1970, passim), aparte de constatarse las Rigoir 4 (Plaça del Rei, Tinell...), Rigoir 6a (Tinell), Rigoir 15 (Plaça del Rei y Tinell) y Rigoir 9b, 23 y 36 (Plaça del Rei. Respecto a la aparición de Late Roman C y T. S. Hispánica Tardía, de la primera hay evidencias de la forma Hayes 3B en el Tinell y de la Hayes 3F en Santa María del Mar (Járrega, 1992(Járrega,, 1425(Járrega, -1426)); de la segunda, de las formas 37 tardía y Ritterling 8 tardía (Járrega, 1992(Járrega,, 1450)). En el área rural de Barcino disponemos también de algunos ejemplos. Un conjunto de materiales descontextualizados procedentes de una excavación de urgencia en la villa de Can Bosch de Basea (Terrassa), datada desde época altoimperial hasta mediados o finales del siglo V, proporcionó sendos vasos de D.S.P. anaranjada, en concreto la copa Rigoir 3 y bol Rigoir 18, junto con otro en variante reductora, el cuenco Rigoir 6a. Más hacia del interior, ya en el ámbito rural, el grupo humano del pequeño taller siderometalúrgico de Cal Sanador (Òdena, Anoia), en un momento impreciso de los siglos IV-V, utilizaba vajilla sudgálica estampada gris, platos Rigoir 1 y 8 y copas Rigoir 2 ó 3; e hispánica, cuencos de forma 37 tardía (Enrich, Enrich, 1997, 22). La villa de El Capell (Cervera), en niveles de todo el siglo V e inicios del siguiente, aporta un abundante lote de vasos de vajilla sudgálica tardía. Son minoritarios tanto los fragmentos de D.S.P. anaranjada, identificándose únicamente una copa Rigoir 15 y un bol Rigoir 18, como los de T. S. Hispánica Tardía, cuyas evidencias son el cuenco de forma 37 tardía y el plato de forma 83 (Nadal, Serra, 2003, 398). Destaca la comparecencia de un vaso hasta ahora inédito, una cantimplora completa cocida en atmósfera reductora y con decoración estampada (en la zona del pitorro) definida provisionalmente como forma "Capell 1" (Nadal, Serra, 2003, 397). No hay constancia de su existencia en los centros productores y áreas de distribución inmediata de esta vajilla, por lo que, a falta de confirmación a través de análisis arqueométricos de su pertenencia al repertorio de las diferentes producciones de D.S.P., convendría considerar esta novedad con cierta cautela. En el extremo occidental de este estudio se observa una afluencia dispar de estos vasos. La villa del Tossal del Moro (Corbins, Segrià) sólo documenta escasos fragmentos descontextualizados de T. S. Hispánica Tardía, de los cuencos de forma 37 tardía y Ritterling 8 tardía, y de D.S.P., de la forma Rigoir 1 (Revilla, Marí, 2003, 352). Por el contrario, en la cueva de La Colomera (Sant Esteve de la Sagra, Pallars Jussà), una serie de piezas recogidas en superficie proporcionó numerosos ejemplares de ambos tipos de vajilla. Las formas de D.S.P. gris son variadas: Rigoir 3a, 4, 6b, 8, 15 y 18; no tanto las anaranjadas, reducidas a la presencia del plato Rigoir 8. La T. S. Hispánica Tardía estaría representada por diversos fragmentos, lisos y decorados, de cuencos de forma 37 tardía (Padró, De la Vega, 1989, 14-15). Finalmente, incluimos un lote de materiales sin contexto procedente de la villa de Casa Blanca (Jesús-Tortosa, Baix Ebre). Resultan de interés debido a la preeminencia en el conjunto de la vajilla hispánica (14,12 % de la vajilla tardía recogida), así como por su aportación de formas casi inéditas en el noreste: junto con las habituales Ritterling 8 y forma 37 tardía, que dominan de forma abrumadora, se documentaron también sendos ejemplares del gran cuenco de forma 42 y de la jarra de forma 85 (Pérez Suñé, 2003, 180-182). Hay asimismo constancia de la producción sudgálica estampada D.S.P., representada en su versión gris por los platos Rigoir 1 y en la anaranjada por los cuencos Rigoir 6b y copas Rigoir 15. COMPARATIVA CON EVIDENCIAS EN CIUDADES CERCANAS SITUADAS FUERA DEL MARCO GEOGRÁFICO DEL ESTUDIO Nos referimos en primer lugar a Caesaraugusta. Veremos cómo en ésta la preponderancia, al igual que en todo el valle central del Ebro, corresponde a la vajilla fina hispánica. En la costa levantina, en cambio, se observan dinámicas diferenciadas. En Valentia, la recep-ción de importaciones galas y de las producciones hispánicas tardías es bastante pareja. En Lucentum y, más hacia el sur, en Carthago Spartaria, la mayor relevancia, en lo que se refiere a las clases cerámicas analizadas, corresponde a las vajillas orientales. Comenzando por el interior, Caesaraugusta, capital del conventus que lleva su nombre, manifiesta, como el resto de su demarcación territorial, la absoluta primacía de la T. S. Hispánica Tardía sobre cualquier otra producción de vajilla fina (incluyendo a las africanas), junto con una gran diversificación de formas. Dos contextos pertenecientes al periodo que nos interesa así lo indican. El primero, de pleno siglo V, corresponde a excavaciones realizadas en la orchestra del teatro romano. En este punto, un potente nivel arrojó un elevado número de piezas de vajilla hispánica, entre las cuales predominaban de manera aplastante los cuencos Ritterling 8 tardía y forma 37 tardía (tanto lisos como decorados), por encima de otros vasos menos representados como el bol o copa de forma 5, la botella de forma 12, el gran cuenco de forma 42, o los platos Dragendorff 15/17 y formas 6, 74 y 82. En la gran mayoría de los casos, como sucederá en el contexto que veremos a continuación, las piezas de vajilla hispánica proceden de los alfares riojanos. Principales yacimientos mencionados en el texto que documentan los tipos cerámicos analizados en los siglos V-VII. Llegan también individuos fabricados en la Meseta, pero en mucha menor cantidad y con poca diversificación formal. Respecto a otros tipos de vajilla, la D.S.P. gris es escasa, quedando reducida a la presencia de sendos fragmentos de las formas Rigoir 3a y 15 (Paz, 1991, 29). El segundo contexto, también urbano (solar entre las C/ Gavín y Sepulcro), presenta dos niveles diferenciados. En el inferior, que corresponde a estratos de nivelación del hábitat datado entre c. 460-480, queda patente la superioridad de fragmentos recuperados de T. S. Hispánica Tardía frente a otras clases de vajilla. De nuevo el cuenco Ritterling 8 tardía es el vaso de mayor presencia, por encima de la forma 37 tardía a mucha distancia del resto de los formas, caso del bol o copa de forma 5, de las botellas de formas 12 y 20, de la urna de forma 14, del gran cuenco de forma 42, de la olpe de forma 85, o de los platos Dragendorff 15/17 y formas 6, 80 y 83. La vajilla gris sudgálica D.S.P., prácticamente testimonial, ofrece una posible copa Rigoir 6 y un plato Rigoir 8. Es también el único estrato que documenta fragmentos de vajillas orientales Late Roman C, al menos uno atribuible al habitual plato Hayes 3 (Paz, 1991, 26-27). El nivel superior, un estrato de abandono de las estructuras de hábitat construidas sobre el aterrazamiento anterior, datado a finales del siglo V o inicios del VI, presenta una dinámica bastante similar: clara supremacía del cuenco Ritterling 8 tardío y algo menos de la forma 37 tardía en lo referente a vajillas hispánicas. Los otros vasos atribuibles a esta clase son el bol o copa de forma 5, los platos Dragendorff 36 tardío y formas 6 y 83, el gran cuenco cerrado de forma 42, la cazuela Dragendorff 44, la botella de forma 14 y una posible olpe de forma 85. Son también muy minoritarios los fragmentos de D.S.P. gris, apenas una decena, entre los cuales se diferenciaron un plato Rigoir 1, una posible copa Rigoir 3 y un cuenco Rigoir 18 (Paz, 1991, 27). En la costa levantina, la ciudad de Valentia nos ofrece contextos bien datados en los cuales se advierte la presencia de casi todas las categorías cerámicas que estudiamos. Como establecimiento portuario recibe, aparte de las habituales africanas, tanto las producciones galas como las orientales, también incluso las hispánicas, como hemos visto mucho menos habituales en los enclaves costeros catalanes. Dentro del siglo V, un contexto de la primera mitad del mismo, procedente del solar de la antigua Almoina, documentó la presencia de las D.S.P. sudgálicas (plato Rigoir 4, cuenco Rigoir 18 y mortero Rigoir 29); así como de la oriental Late Roman C (plato Hayes 3. Ligeramente posteriores son los contextos comprendidos entre el segundo y tercer cuarto del mismo, con sigillatas hispánicas tardías, concretamente los cuencos Ritterling 8 tardío y forma 37 tardía, así como con una única evidencia de vajilla sudgálica tardía gris (cuenco Rigoir 15). Más adelante, en contextos de inicios del siglo VI (en la misma zona de L'Al-moina y en unas fosas bajo el Palau de les Corts Valencianes), aparece una mayor diversificación en ambas categorías: las formas de la T. S. Hispánica Tardía son los cuencos Ritterling 8 tardío, la forma 37 tardía y la pátera Dragendorff 36 tardía; las de la vajilla D.S.P., la pátera Rigoir 1, la copa Rigoir 7 y el bol Rigoir 18. De pleno siglo VI, unos rellenos sobre una necrópolis en la zona de L'Almoina evidenciaron la presencia de un ejemplar de vajilla de la Meseta, de nuevo el cuenco Ritterling 8 tardío (Pascual et al., 1997, 181-182). Los últimos momentos en los que se documentan estas vajillas corresponden al último cuarto del siglo VI, que tal vez pudiera dilatarse hasta inicios de la centuria siguiente. En los niveles de amortización del circo, en la excavación de la C/ del Mar 19 y en la zona de Banys de l'Almirall, están presentes las D.S.P. (plato Rigoir 1, copas Rigoir 2, 5b y 9a, cuencos Rigoir 18 y 19); la T. S. Hispánica Tardía (bol de forma 37 tardía); las Late Roman C (platos Hayes 3B, 3D y 3H); e incluso la Late Roman D o sigillata chipriota tardía (platos Hayes 2 y 9C. Alguna de estas últimas evidencias sería residual, al menos en lo que se refiere a la vajilla estampada sudgálica (Pascual, Ribera, Rosselló, 2003, 92) y, con toda seguridad, a la hispánica. Con posterioridad al primer cuarto del S.VII, ya no se documentará ninguna de estas clases cerámicas. Siguiendo hacia el sur de la costa levantina, uno de los yacimientos mejor estudiados de época tardorromana es el de Lucentum, situado en el actual barrio de Benalúa, en el corazón de la capital alicantina. En esta ciudad, un prolífico depósito aportó diversos materiales que conforman un contexto bien datado en el último cuarto avanzado del siglo VI (Reynolds, 1995, 203). En él, abundaban los fragmentos de cerámica fina, sobre todo atribuibles a producciones africanas, que constituían un 88 % de todos los vasos de mesa. El resto correspondió a las vajillas orientales, entre las cuales destacaba sobremanera (9,9 % del total) la cuantiosa presencia de los platos Hayes 3 de la producción focense Late Roman C. Más de la mitad de los ejemplares se relacionaron con la variante Hayes 3F, aflorando también en semejantes cantidades algunos de los tipos Hayes 3C, 3D y 3E, algo más del Hayes 3G y un posible Hayes 3H. Aparte, se documentó un solo fragmento asociado a la forma Hayes 6 y otro al plato tardío Hayes 10A. Otra producción de vajilla oriental, la chipriota Late Roman D, se halló asimismo representada (1,08 %) con dos o tres bordes del plato Hayes 2, tres del Hayes 5, uno del Hayes 9A y otro posible de la forma Hayes 9B (Reynolds, 1995, 196). Los exiguos fragmentos de D.S.P. gris presentes (0,3 %), a pesar de proceder de un conjunto de datación avanzada, podrían no ser residuales. Correspondientes a la urna Rigoir 24 y al mortero Rigoir 29, no sería descabellado relacionarlos con la producción tardía provenzal del siglo VII a la que aludió C. Raynaud (Raynaud, 1993, 411). Para finalizar el análisis comparativo, nos detenemos en un punto clave del comercio en el Mediterráneo occidental: el puerto y enclave mercantil de Carthago Spartaria. Para estos momentos tardíos, nos fijaremos en diversos contextos procedentes de la capital bizantina en Spania. Uno de los que arrojó un importante volumen de material cerámico corresponde a un edificio comercial construido sobre las ruinas de lo que había sido el teatro de la ciudad. La fase de fundación del mismo, con una datación de segundo cuarto avanzado o mediados del siglo V, proporcionó un solo fragmento de D.S.P. gris de origen provenzal perteneciente a la copa Rigoir 3, que junto con la T. S. Lucente constituyen c. 6 % del total de la vajilla importada siendo el resto T. S. Africana Clara D (Murcia et al. 2005, 5). No hay constancia de la comparecencia de vajillas hispánicas u orientales. Con posterioridad, la fase de abandono del citado inmueble, situada en la segunda mitad avanzada del siglo V o más bien primer cuarto del siguiente, no documenta fragmentos de ninguna de las producciones analizadas, sólo exclusivamente de cerámica fina africana (Murcia et al. 2005, 15). Y es que éstas parecen monopolizar el mercado durante el siglo VI en la antigua ciudad bárquida, momento en el cual desaparecen totalmente las vajillas hispánicas y sudgálicas que se documentaban, eso sí de forma muy esporádica, durante el siglo anterior. Sorprende también la nula representación en este recinto de la Late Roman C, lo que contrasta con la abundancia de las ánforas orientales (Ramallo, Ruiz Valderas, Berrocal, 1996, 153). Un último contexto de esta zona, posterior al edificio comercial y correspondiente a la fase de destrucción de la ciudad durante el primer tercio del siglo VII, tampoco presenta ningún fragmento de vajilla de procedencia oriental. Sí en cambio un importante volumen de T. S. Africana Clara D en claro retroceso frente a la cerámica tosca de producción local, que constituye más de un tercio de todos los individuos documentados (Ramallo, Ruiz Valderas, Berrocal, 1997, 204). Otro punto de la ciudad sí que muestra un importante conjunto de vasos de vajillas orientales. Excavaciones en la actual Plaza de los Tres Reyes sacaron a la luz restos de hábitat de la ciudad tardorromana y bizantina. Entre los materiales recuperados abunda el lote de vasos de Late Roman C, circunscrito a la presencia de diversas versiones del plato Hayes 3. La recepción de todos ellos en este punto habría comenzado en el último cuarto del siglo V y perdurado hasta al menos finales de la siguiente centuria. Finalmente hay presencia de la vajilla chipriota Late Roman D en forma de un fragmento perteneciente al plato Hayes 2 (Méndez, 1988, 148). Hasta ahora hemos analizado diversos aspectos de la distribución y cronología de las producciones tardías sudgálicas, hispánicas y orientales, a la vez que enumerado los contextos en los que se constata su presencia desde inicios del siglo V. Hemos visto también el momento de aparición de aquellos vasos documentados desde ese instante. En estas conclusiones además, culminando nuestras pretensiones iniciales, nos aproximaremos a su final en el noreste peninsular, a la vez que hipotetizaremos sobre una de las posibles causas del cese de su llegada. En primer lugar, hemos apreciado cómo la llegada de las vajillas hispánicas, a diferencia del valle del Ebro, es casi testimonial y bastante mayor en la costa que en el interior. Se observa además una relación inherente a las vías comerciales determinadas por el Ebro y sus afluentes, ya sea en la cuenca del mismo (área de Caesaraugusta, Ilerda o Iesso) o en su desembocadura: en nuestra zona, la presencia más relevante se produce en la villa de Casa Blanca, en el área de Dertosa, único punto en el cual estos productos hispanos se sitúan por encima de los narbonenses y provenzales. El repertorio tipológico es ciertamente muy poco diversificado, centrándose casi en exclusiva en el bol de forma 37 tardía, único vaso con una relativa salida en un mercado dominado por los tipos africanos. Los demás, comparecen de manera muy puntual. En cuanto a la cronología, corresponde básicamente al siglo V y la tendencia es que estos vasos no suelan perdurar en el siguiente. Los últimos ejemplos en nuestra zona los tenemos en contextos con un T.A.Q. c. 525, por tanto, podríamos pensar en los inicios del siglo VI, o como mucho en el primer cuarto del mismo, como momento final de su recepción. Al contrario que la hispánica, la presencia de la vajilla sudgálica D.S.P. es ciertamente relevante en contextos de los yacimientos catalanes, ocupando en casi todos los casos (aunque con bastante diferencia) el segundo lugar en importancia tras la T. S. Africana Clara D. Y lo es tanto en diversificación de formas en el repertorio como en distribución geográfica, documentándose por igual en el litoral y en el interior (incluso en el área pirenaica), que es donde alcanzan mayores proporciones. De hecho, se ha hablado de un flujo ininterrumpido en su llegada, una continuidad en las relaciones comerciales por vía terrestre y marítima entre el noreste hispánico y la Galia meridional, constatada principalmente durante el siglo V, que no cesaría tras el final de las producciones narbonenses: su lugar sería inmediatamente ocupado por las provenzales (a mediados de este mismo siglo), sin variación de dicha dinámica (Bacaria, 1993b, 344). Parece claro que se produce una progresiva rarefacción de los tipos sudgálicos durante esa primera mitad. Sin embargo, su presencia es aún relativamente notable en algunos contextos de la primera mitad y el tercer cuarto del siglo VI que en principio no nos sugieren residualidad (por ejemplo, en Tarraco, Iluro o Baetulo17 ). Debido a ello, se podría proponer una ligera modificación de esta idea: aún en exiguas cantidades, el final de su recepción, al menos en algunos enclaves litorales, podría situarse aproximadamente a mediados o incluso el tercer cuarto del siglo VI. A favor de esta afirmación aduciríamos la respetable proporción de los vasos sudgálicos en unos conjuntos que fueron datados con precisión. En contra, podría esgrimirse la opinión de algunos investigadores franceses sobre la degradación progresiva de la producción provenzal desde mediados del siglo VI, con el consiguiente empobrecimiento del repertorio y restricción de su distribución ya en la centuria siguiente (Raynaud, 1993a, 411; Bonifay, Rigoir, 1998, 370). Sea como fuere, cabría considerar el relevante papel que aún juegan estas vajillas provenzales en el noreste peninsular durante la primera mitad del siglo VI. El hallazgo futuro de nuevas evidencias en contextos del tercer cuarto o la segunda mitad del mismo ayudaría a corroborar nuestra hipótesis. En el caso de las vajillas orientales, hay una gran diferencia en cuanto a la trascendencia de la vajilla focense y el resto. Tanto la Late Roman D chipriota como, incluso en mayor medida, la sigillata egipcia, no pasan de ser producciones documentadas de forma absolutamente excepcional, siendo su atribución insegura en alguno de los casos. De hecho, nos decantamos por no considerar la llegada de vajillas egipcias por las razones anteriormente expuestas y tal y como sugieren la mayoría de autores. Pueden asimismo rebatirse buena parte de los hallazgos hasta ahora señalados de vajilla chipriota, una producción que en las costas de la Península Ibérica sólo estaría presente en Lucentum en número superior a uno o dos ejemplares. No hay que descartar la posibilidad de que pudiera llegar algún vaso en momentos y lugares muy puntuales, de manera casual, probablemente acompañando a alguna ánfora, pero tampoco parece que se pueda afirmar su llegada sistemática. Por el contrario, los vasos focenses están convenientemente bien documentados, aunque sólo en áreas litorales o cercanas a la costa, mientras que las evidencias más interiores estarían relacionadas con el Ebro (villa de Casa Blanca o Caesaraugusta, fuera ya de nuestro ámbito de estudio). La llegada más regular de la Late Roman C se relacionó en un principio con una cierta decadencia de los talleres de claras africanas tras la implantación del reino vándalo en África en 429. Ello explicaría el auge en occidente de esta producción a partir de ese momento (entre otros: Gutiérrez, 1998, 557). Actualmente dicha teoría ha sido desestimada, hablándose de la intervención de varios factores, aparte de disponer del dato que indica cómo a inicios del siglo V había una gran demanda del servicio de mesa focense en Constantinopla, lo cual podría haber dado un impulso importante a la producción (Martin, 1998, 117). En el área analizada hay un único ejemplo de vajilla focense anterior al tercer cuarto del siglo V. La falta de certidumbre de dicha atribución hace que sea ésta la fecha aproximada a partir de la cual llegará con cierta asiduidad. Ello concuerda con el inicio de la exportación de este tipo cerámico hacia el Mediterráneo occidental, establecido a partir de mediados del siglo V (Reynolds, 1995, 35). Para su momento final, se generó cierta controversia. Según X. Nieto (1984, 547), la irrupción bizantina en la costa sudeste habría producido alteraciones en las relaciones comerciales y tanto la recepción de este tipo como la de los africanos no se habría reemprendido tras la expulsión de los orientales en 624 por parte de Suintila. R. Méndez, que analizó este tipo en Carthago Spartaria (Méndez, 1983(Méndez, -1984, 156), 156), determinó que las vajillas focenses habrían llegado durante el último cuarto del siglo V, su gran momento sería la primera mitad del siguiente y su final, hacia inicios del siglo VII, una vez los visigodos expulsan a los bizantinos y arrasan la ciudad (también: Ramallo, Ruiz Valderas, Berrocal, 1997, 215). Estudios recientes han determinado un importante dinamismo comercial en la capital de una provincia imperial autónoma respecto a la del norte de África, traducido en una notable presencia de materiales importados (Murcia, Guillermo, 2003, 215). De este modo, se produciría en Cartagena una fluidez en los intercambios que conllevaría la llegada de vajillas africanas y orientales hasta el abandono de los ejércitos imperiales, un tráfico que no se documenta posteriormente, más que por este hecho, por el retraimiento del hábitat producido por una destrucción casi total. Y es que para otros autores la ocupación bizantina no comportaría el cese de las importaciones en general, ya que se siguen documentando todos estos productos durante la segunda mitad del siglo VI. De hecho se ha pensado que, al igual que en Cartagena, la dominación imperial habría favorecido, tanto en el sudeste como en otros puntos litorales mediterráneos, un cierto auge o impulso económico en un momento en el que las zonas rurales del interior de la Península iban haciéndose cada vez más autosuficientes (Manzano, 2003, 549). Los contextos analizados en nuestra área de estudio evidencian la presencia de vasos focenses, en pequeñas cantidades, incluso dentro del último cuarto de siglo en algunos puntos del litoral. En este momento dichos enclaves documentan casi exclusivamente la forma Hayes 3, fabricada hasta el último cuarto o finales del siglo VI (Raynaud, 1993b, 503), cuando es sustituida por la Hayes 10 (Hayes, 1972, 343), cuyas variantes "A" y "B" son producidas a partir de ese mismo instante. De ésta última, disponemos de un ejemplar procedente de Centcelles (Járrega, 1992(Járrega,, 1425)), que por tanto debe ser como mínimo contemporáneo a esa fecha 18; mientras que de las anteriores, tanto en el área analizada como en el Levante peninsular, hay evidencias de los tipos tardíos Hayes 3F-H durante el último cuarto del siglo VI en la Ciutadella de Roses, Valentia, Carthago Spartaria y sobre todo en Lucentum, aparte de atestiguarse aún otras variantes (Hayes 3C-E) que en un principio deberían ser residuales pero que aún aparecen en relevantes cantidades. La idea generalizada sobre el cese de las exportaciones de la vajilla focense tardía hacia el Mediterráneo occidental sitúa éste a mediados del siglo VI (Martin, 1998, 118). De forma menos tajante, como mínimo se constata un descenso paulatino en su recepción en la segunda mitad del mismo (Reynolds, 1995, 36). Esta última hipótesis parece más acertada ya que, teniendo en cuenta los datos que acabamos de exponer, el final de la recepción de la Late Roman C en nuestras costas, eso sí, en volúmenes ostensiblemente reducidos, podría establecerse entorno al último cuarto del siglo VI. Así, su desaparición debería relacionarse con la dinámica de cese paulatino de las importaciones y cambio en la concepción del mobiliario cerámico más bien que con cualquier acontecimiento político como el del desembarco, establecimiento y posterior abandono bizantino del sudeste peninsular. Los contextos del siglo VII así lo indican. Aunque en un principio se trate de conceptos diferentes, lo cierto es que las vajillas de tradición romana pierden peso respecto a otro tipo de vasos, de factura tosca, fabricados a mano en entornos locales y cocidos en atmósferas reductoras, integrantes de un repertorio formal poco diversificado. Se trata de recipientes culinarios, que obviamente ya existían antes pero que ahora adquieren una nueva dimensión. Formas planas como los platos o la mayoría de recipientes de decantación para servicio o ingestión de líquidos tienden a desaparecer, ya que tampoco serán fabricados por las producciones locales de pasta grosera. Esta tendencia, como hemos visto bastante generalizada, ha sido interpretada, entre otras hipótesis, como parte de un proceso de transformación hacia una nueva sociedad y con ello una nueva cultura en la preparación de los alimen-tos, en su presentación en la mesa y en su consumo. Se produciría así un cambio en la dieta alimenticia, basada en productos autóctonos y con ello menos variada y elaborada, lo que a su vez demostraría síntomas de regresión de la producción agrícola en beneficio de la recolección, la caza y la ganadería (Aquilué, 2003, 18) 19. Ambos procesos, transformación social y nueva cultura culinaria, son ya valorados en términos de cultura material bajo una óptica que rechaza o como mínimo matiza la creencia tradicional de decadencia y economía autosuficiente sin más. El fenómeno de las producciones locales o regionales de factura grosera y la concentración tipológica de sus repertorios evidenciaría una realidad compleja que no debería ser interpretada únicamente como un rasgo más de esa autarquía o aislamiento cultural, pues respondería a estrategias regulares de adaptación a la situación del momento que, entre otras cosas, permitirían intercambios a pequeña escala. De este modo, los cambios que afectan a cada producción deberían ser explicados dentro del contexto global de transformación en las relaciones entre producción e intercambio (Cela, Revilla, 2004, 422) 20. No es objeto de nuestro análisis entrar a fondo en ese debate, pero efectivamente los mismos contextos aquí analizados, que también ponen de manifiesto una dinámica regresiva en la llegada de las vajillas y ánforas africanas hasta la determinante conquista musulmana de la provincia de África, evidencian asimismo una cierta diversificación en la procedencia de otros tipos cerámi-AEspA 2007, 80, págs. 207-238 19 Algunos de estos cambios en la dieta habrían podido ser documentados por la Arqueología. Es el caso de Sant Martí d'Empúries, cuyos vertederos datados entre la segunda mitad del siglo VI y primera de la centuria siguiente constataron evidencias de recolección marina, de caza y pesca, así como la explotación de recursos procedentes de la ganadería. Pese a ello, los análisis de las inhumaciones tardorromanas documentadas en dicho enclave muestran cómo a partir de la segunda mitad del siglo VI la dieta principal, basada en los cereales, seguía siendo eminentemente vegetariana (Aquilué, Burés, 1999, 399). Ambas ideas se complementarían tendiendo en cuenta el esquema pensado para los siglos VI-VII: economía agrícola basada en la ganadería extensiva y trashumante, en detrimento de la agricultura romana tradicional de cereales, vid y olivo (Macias, 2003, 37). 20 Todo ello como parte de un proceso complejo de reorganización que orientaría las estructuras productivas hacia la explotación de los recursos de un territorio de dimensiones reducidas (pero sin límites predeterminados, ya que permitiría los intercambios a pequeña escala). En ese contexto es en el que debería considerarse la aparición de la actividad alfarera regional, que respondería a necesidades todavía adecuadas a modelos de consumo antiguos. Los intercambios serían "periféricos", afectando a un menor número de objetos sin vinculación a ninguna gran red de intercambio (Cela, Revilla, 2004, 396). Este modelo explicativo para Iluro podría ser perfectamente extrapolable a otros enclaves. cos: durante un breve lapso temporal (segunda mitad del siglo VII) seguirán llegando importaciones, en este caso de cerámicas orientales comunes y de cocina fundamentalmente sirio-palestinas que irán reemplazando paulatinamente a sus homólogas centromediterráneas y del Egeo (que a su vez habían ido sustituyendo poco antes a las de cocina africana. Pero éstas no pasan de ser productos minoritarios recibidos en ciertos enclaves portuarios y en menores cantidades respecto a las centromediterráneas, documentadas en la primera mitad del siglo VII en un mayor número de puntos de la costa. Y es que también en el litoral se está consolidando un fenómeno, apreciable desde la segunda mitad o finales del siglo VI en el ámbito rural y al cual aludimos en todo momento: el peso fundamental será ejercido por las producciones locales o regionales especializadas en la fabricación de recipientes culinarios. La reducción del repertorio a raíz de la desaparición de ciertos vasos comportaría a su vez la de las funciones culinarias asociadas a los mismos, el ejemplo estaría en la fuerte regresión de los morteros en este momento, lo que indicaría una simplificación en la transformación de los alimentos así como un menor protagonismo de los condimentos de origen agrícola. Como contrapartida, el predominio corresponderá a los recipientes empleados para cocinar directamente al fuego, caracterizados por amplias bocas, útiles para la introducción de sólidos cárnicos (Macias, 2003, 37). Así pues, toscos cuencos, ollas o cazuelas de base plana realizarían paulatinamente las funciones anteriormente desempeñadas por las vajillas, a modo de probable consumición directa de los alimentos preparados en ellas, mucho menos elaborados. No se trata de que estén asumiendo las labores anteriormente ejercidas por vasos específicos vinculados al concepto "vajilla de mesa", sino que los usos culinarios particulares de estos últimos dejan de existir y por tanto, ya no tienen razón de ser ante la presumible llegada de una nueva cultura de la alimentación. No se trata en definitiva de menoscabar la intervención de factores políticos, económicos o comerciales, también en parte determinantes en el cambio de concepción del mobiliario cerámico (aspecto que no se puede poner en duda), sino más bien de poner el acento en las novedosas prácticas cotidianas, fruto de estrategias de adaptación espontáneas, de unas comunidades en proceso de transformación cuya dimensión se percibirá en la sociedad de la alta Edad Media. BIBLIOGRAFÍA AQUILUÉ, X., 1993a: "Las cerámicas finas de los niveles tardorromanos", La "Antiga Audiència". Un acceso al foro provincial de Tarraco (Excavaciones Arqueológicas en España, 165).
La imagen de las Amazonas comienza a poblar los vasos griegos desde fines del siglo vii a.C. De naturaleza polisémica, encarnan la alteridad absoluta para el ideal ciudadano griego, pues representan todos los valores antitéticos: son mujeres, bárbaras, no domesticadas. A lo largo de los siglos se dotan de nuevos significados, especialmente en el siglo iv a.C., época de profundas mutaciones geopolíticas. La representación de la lucha por el control del oro entre Arimaspos, feroces guerreros de un solo ojo y Grifos, temibles seres híbridos que lo arrancan de la tierra y custodian, nace a fines del siglo vi a.C. pero será también en el siglo iv a.C. cuando se convierta en un tema predilecto de los pintores griegos, destinado a las áreas periféricas. Analizamos el área de distribución de los vasos decorados con ambos temas en los dos extremos del Mediterráneo y su significado. Amazonomaquias y Grifomaquias, imágenes de la frontera, parecen actuar como elementos indispensables en la construcción de la identidad griega. El siglo iv a.C. es el momento de esplendor del comercio griego en Iberia. Miles de vasos áticos llegan a la Península y con ellos sus imágenes, exóticas y fascinantes para la mirada ibérica. Sus formas y contenidos son reapropiados por los nuevos consumidores e integrados en sus propias estructuras sociales, políticas e ideológicas. La dinámica comercial y la inmersión en el universo ibérico de estos artículos de lujo, en los que la imagen es privilegio de unos pocos, quizás estimuló demandas específicas, tanto del tipo de vaso como de determinadas representaciones. Nos centraremos aquí en dos de ellas, la de las Amazonomaquias y las de Grifomaquia y analizaremos paralelamente su distribución y posible significado en otras zonas de la oikoumene griega. Ambos temas, que los talleres cerámicos atenienses destinan a las áreas periféricas, gozan en el siglo iv a.C. de una popularidad enorme. ¿Sirven ambos para pensar la frontera? ¿Cómo se dibuja esa linde que separa la oikumene de la eschatiá? ¿A qué obedece la elección de estos temas y cual es su clientela? ¿Se configura un concepto espacial a través de las imágenes, válido tanto para las zonas del Mar Negro como para las lejanas tierras de occidente en el ámbito ibérico? Estas son algunas de las preguntas a las que trataremos de hallar respuesta. Desde el inicio, las Amazonas aparecen ligadas a los márgenes o al menos a los límites, en el sentido amplio del término. Cronológicos, puesto que las primeras menciones que aparecen en Homero las sitúan antes de la Guerra de Troya1. Geográficos, al ubicar su reino más allá de los territorios conocidos. Situadas en un primer momento en Anatolia2, a medida que los griegos van ampliando su conocimiento del mundo, el reino de las Amazonas se aleja, situándose en tierras cada vez más remotas: en el Mar Negro (Herodoto 9, 27 A), al norte del río Tanais y del Lago Maiotis (Eurípides, Propercio,3,11,(13)(14)Estacio, Silv. A estos límites cronológicos y geográficos hay que añadir probablemente el más interesante en la medida en que explica la importancia de estas mujeres en el imaginario griego: el conceptual. En efecto, las Amazonas constituyen la imagen de la alteridad por excelencia. Son, por así decirlo, el antigriego perfecto. Nos hallamos, como suele ser frecuente en el mundo griego, ante un mito de inversión, que gira en este caso en torno al mundo femenino y que traduce en el fondo un temor ante comportamientos diferentes a los normalizados, en este caso, probablemente el más complejo y articulado (Toso 2002; Fornasier 2007). Si retomamos el famoso adagio recogido por Diógenes Laercio y atribuido a Tales de Mileto: "doy gracias a los dioses por ser hombre y no animal, por ser varón y no mujer, por ser griego y no bárbaro" las Amazonas encarnan "lo otro" por antonomasia: son mujeres, bárbaras y animales en la medida en que no han pasado por el yugo de la domesticación masculina: el matrimonio. Antítesis por excelencia del varón griego que las concibe y articula son sus más extraordinarias adversarias y, por lo tanto, construidas a su medida. No en vano serán sistemáticamente derrotadas por sus más gloriosos héroes, Heracles (Eurípides, Herc. 408-418; Ion, 1144Ion, -1145)), Aquiles (Arktinos, Aithiopis, resumida por Proclo, 51-56 ed. Kullmann; Apolodoro, Epitome 5,1) o Teseo (Diodoro 4,16,4; Plutarco, Por otra parte, lejos de ser figuras monolíticas, la propia existencia de las Amazonas se articula en la medida en que obedecen a la época que las reclama en sus mitos y leyendas y en este sentido y en palabras de Lissarrague y Schmitt-Pantel aparecen como "l 'expression d' un imaginaire à la fois toujours semblable et toujours différent" (Lissarrague y Schmitt-Pantel 2008: 43). Pero detengámonos en las nociones que han retenido los pintores de vasos de estas temibles y fascinantes guerreras. La representación de las Amazonas constituye uno de los temas más representados en época arcaica y clásica hasta el punto de que ya en 1957, Bothmer recogía más de 1000 vasos para estos periodos en la que será la primera recopilación exhaustiva del tema 3. Si exceptuamos alguna representación aislada, las Amazonas irrumpen con fuerza en la pintura de vasos ática, de figuras negras, a partir del 600 a.C. De los tres ciclos mayores en los que se articula la representación de las Amazonas y que giran en torno a los grandes héroes que mencionábamos antes, las primeras imágenes aparecen focalizadas en aquel que conocerá un mayor éxito: el enfrentamiento con Heracles, que se inscribe dentro del noveno de los erga encargados por Euristeo: el robo del cinturón de Hipólita (Giuman 2002), reina de las Amazonas, para lo que Heracles parte en expedición a las lejanas tierras del Cáucaso, episodio que gozará de una gran popularidad hasta el punto de ser el más representado por los pintores tras el del león de Nemea. En estas primeras imágenes (Devambez 1981: 589 no 26), las Amazonas aparecen como hoplitas y solo la convención de pintar las partes desnudas de la mujer en color blanco permite diferenciarlas de sus oponentes griegos, con los que comparten la apariencia a todos los niveles, excepción hecha del desnudo heroico reservado exclusivamente al varón. La victoria del héroe se codifica a través del gesto de agarrarla por el casco, como observamos en numerosos ejemplos (Devambez 1981: 589 no 23). Al tratarse de mujeres guerreras, el robo del cinturón solo puede resolverse mediante la lucha y la consiguiente derrota de las Amazonas. Algunos gestos precisos nos dejan entrever ya la lectura profunda que los griegos hacían de este enfrentamiento legendario. En efecto, el robo del cinturón ha de ser leído en clave de posesión erótica en la medida en que el Hacia mediados del siglo vi a.C. las Amazonas comienzan a ser representadas a la oriental (Devambez 1981: 631 no 729) (Fig. 2), es decir, vestidas con pantalones, gorro frigio y las armas propias de los escitas como el hacha, el arco, el gorytos o la pelta. Cabría pensar que el cambio en su atuendo, de hoplita a oriental, podría deberse a la influencia de los contactos griegos con el mundo persa o con las lejanas tierras del Ponto. Nada más lejos de la realidad. Las Amazonas seguirán siendo figuradas bajo los dos esquemas y, en innumerables ocasiones, dentro del mismo vaso como en el ejemplo mencionado. Es más, las Amazonas hoplitas podrán utilizar las armas propias de las Amazonas orientales (Devambez 1981: 591 no 62). No será hasta bien entrado el siglo v a.C. cuando los pintores se decanten de manera más resuelta por el esquema oriental. La versatilidad en la representación de las Amazonas nos permite afirmar que hay un juego entre lejanía y proximidad dentro del mito que subyace en la representación. Al figurarlas como hoplitas, los pintores griegos inciden por así decirlo en ese adversario perfecto que es su igual al otro lado del espejo; al figurarlas como orientales sitúan el marco de la acción en tierras lejanas introduciendo además la distancia conceptual que les separaba de este tipo de antimujer. Uno de los ejemplos más locuaces lo hallamos en el medallón de una copa ática de figuras rojas del Pintor Douris, fechada hacia el 490-480 a.C. y hallada en Chiusi (Devambez 1981: 633, no 759) donde se superponen dos amazonas en cada uno de los esquemas. Probablemente nos hallemos ante uno de los pocos casos en la iconografía griega en que un personaje es representado bajo un distinto esquema iconográfico dentro de un mismo vaso. Las Amazonomaquias irán incorporando paulatinamente nuevos elementos. Se introduce también el carro (Devambez 1981: 632 no 753) e incluso las vemos aparecer en momentos previos al enfrentamiento, paralelos a los de los hoplitas griegos, como el revestir las armas (Devambez 1981: 632 743) Surgen también imágenes de Amazonas a caballo y rodeadas de sus perros (Madrid, MAN 10921) (Fig. 4) cercanas a las escenas de caza propias también del mundo aristocrático masculino. Esta relativa tardía incorporación del caballo en el mundo de las Amazonas, cuando las fuentes literarias insisten en su excelencia como jinetes y en su estrecha vinculación con los caballos, quizá sea ahora el reflejo de un conocimiento más real de las costumbres escitas y de los pueblos del Ponto en los que se inspiraba la construcción de sus adversarias. Las Amazonomaquias conocerán un interés renovado en el último tercio del siglo vi y principios del V a.C. Ahora, la figura de Heracles se hace menos presente a favor de la irrupción de Teseo el héroe educado en la palestra y garante del orden cívico, lectura en la que también tienen cabida las Amazonas, antítesis perfecta de los valores de la polis (Madrid, MAN 11013) (Fig. 5). Más allá de esta lectura de fondo, la incursión de las Amazonas en el Ática y su derrota por Teseo 4 debe inspirarse en las invasiones 4 Según la posible Teseida perdida y recogida por Plutarco (Thes. 28) Teseo habría raptado a Antíope reina de las Amazonas y la habría conducido hasta Atenas. Las Amazonas persas (490 a.C. o la de 478/9 a.C.) y funcionar como modelo mítico, como prefiguración de la derrota real de los Persas por Atenas. En muchas de estas abigarradas composiciones no interesa tanto el episodio mítico en su origen como el mostrar la batalla perfecta entre griegos y Amazonas (Devambez 606 no 302). El comienzo del siglo v a.C. marcará un punto de inflexión en la representación ligado a los acontecimientos históricos que sacuden Atenas y así, por primera vez, las Amazonomaquias no solo aparecen en la cerámica sino que inundan las representaciones escultóricas de la época. Las vemos entre las metopas del Tesoro de los Atenienses de Delfos (erigido en torno al 490 a.C.), en el escudo de la Atenea Parthenos (447-438 a.C.) o en las metopas del lado oeste del Partenón (447-440 a.C.), por no citar más que algunos ejemplos 5. habrían partido en expedición al rescate de su reina llegando hasta las mismas puertas de la polis. Según Esquilo aún, las Amazonas habrían acampado en el Areópago. 5 Podríamos añadir aún el frontón oeste del templo de Ares, en el Ágora de Atenas o las metopas del Templo de Hera en Argos (último cuarto del siglo v a.C.), el friso del heroon de Gjölbaschi-Trysa de inicios del siglo iv a.C., o el frontón del templo de Asclepios, obra de Timotheos, en Epidauro (395-375 a.C.). Tras el saqueo de Atenas en el 480 a.C. y la victoria definitiva en Platea en el 479 a.C. la oposición ética entre el modelo helénico y el bárbaro se convierte en el verdadero eje de todo el discurso ideológico de Atenas en cualquiera de sus expresiones, ya sean estas escritas o visuales (Castriota 2000: 443-479). ¿Qué sucede en el siglo iv a.C.?, ¿Siguen siendo aún útiles para pensar "lo otro", lo lejano y exótico?, ¿siguen siendo vehículo para expresar los cauces de la domesticación femenina?, ¿funcionan aún como imagen mental de la parthenos contrapuesta al mundo reglado del gineceo? Lejos de desaparecer, las Amazonas parecen cobrar una nueva vida y una vez más nos deparan algunas sorpresas. Aunque las representaciones de Amazonomaquias siguen al uso, resulta ahora prácticamente imposible saber si la escena se inscribe dentro de alguno de los tres grandes ciclos (Heracles, Aquiles o Teseo), algo que por otra parte ya venía sucediendo en el último cuarto del siglo v a.C. (Devambez 1981: 608 no 329). Asistimos más bien a escenas de batalla genéricas en las que el número de oponentes se ve también reducido. Detengámonos ahora en el soporte de la imagen y el área de recepción de los vasos. En primer lugar, observamos que mientras que la imagen de las Amazonas aparecía en épocas anteriores de forma relativamente esporádica en las áreas periféricas del Mediterráneo (Península Ibérica, región del Ponto 6 o norte de África) cobrarán ahora una presencia inusitada en particular en el área del Mar Negro y en alguna menor medida en el Adriático norte y la región cirenaica 7. Por otra parte, si hasta ahora hemos visto que la representación de las Amazonas podía hallarse prácticamente en cualquier soporte cerámico, desde las crateras a los lécitos, pasando incluso por los epinetra (Badinou 2003), ahora aparecen fundamentalmente en pélices en el Mar Negro y Cirenaica, sobre todo en las conocidas como "pélices de Kerch". Las veremos también en menor número en lecánides, lécitos y en alguna cratera, como en Koshary, al oeste de Olbia (Papuci-Wladyka et alii. 2008: 40) (Fig. 6) que, sin embargo, es la forma más frecuente en la Península Ibérica. Copa ática de figuras rojas atribuida al Grupo de Polygnotos, hallada en Phanagoria (Rusia) y fechada entre 450-400 a.C. 7 La representación de las Amazonas conoce un particular interés aún entre los primeros pintores de la región de Apulia donde se cuentan dieciocho vasos con escenas de Amazonomaquia entre el 430 y el 390 a.C. Cf. El mítico combate entre grifos y Arimaspos eclosionó con fuerza sorprendente en las imágenes vasculares áticas a fines del siglo v y se popularizó a lo largo del iv a.C. (Gorbounova 1997: 529-534). Este combate fabuloso entre aquellas criaturas híbridas, guardianes del oro que arrancaban de las entrañas de la tierra, y los no menos fantásticos guerreros de un solo ojo, que intentaban arrebatarles sus riquezas, fue plasmado por primera vez en imágenes a fines del siglo vi a.C., sobre una hidria de Caere (Gorbounova 1997: 529, no 1), la única representación realmente narrativa que incluye el robo del oro. Sin embargo, su aparición fue efímera, pues, no volverá a ser representado hasta un siglo después. La leyenda de los Arimaspos y de su combate contra los grifos es muy anterior a su popularización en la iconografía cerámica ática 8. Recogida por primera vez por Aristeas de Proconeso a fines del vii a.C. (Bernabé 1979: 344-354) debió tener una limitada difusión, pues solo se encuentran trazas de ella en unos pocos autores del siglo v a.C. 9. 8 Herodoto (III, 115-116; IV, 13-15 y 27) los menciona en su Libro III cuando habla de los confines del mundo y describe las riquezas fabulosas de estas regiones. Vuelve más ampliamente sobre esta leyenda en el Libro IV cuando cita como fuente la lectura del poema de Aristeas de Proconeso, la Arimaspea. También cita como fuente una encuesta realizada por él mismo entre los escitas, ellos mismos deudores en sus conocimientos sobre los Arimaspos de los misteriosos Isedones, pueblo del interior del Mar Negro ya conocido por Hecateo de Mileto (Herodoto, IV, 14). Por ellos había aprendido el origen del nombre de los Arimaspos, que significaba en la lengua escita "aquellos que poseen un solo ojo" (Herodoto, IV, 27). 9 Píndaro lo conocía (frag. 271) y el logógrafo Damasteo de Sigea (ap. Esteban de Bizancio, s.v.''Hyperboroi'' =FGrHist A través de Herodoto y de otras fuentes sabemos que los Arimaspos son descritos como personajes extraordinarios: solo tienen un ojo, se desplazan a caballo, mantienen una guerra perpetua contra los grifos, que defienden el oro que extraen de cavernas subterráneas, y viven en los confines del mundo, al norte de los Isedones, otro pueblo septentrional cuyos confines permanecen igualmente vagos, y al sur de la región que pertenece a los grifos. Al norte de estos últimos se extendía el país de los Hiperbóreos, que tenía por límite septentrional el Océano que rodeaba el mundo habitado. El emplazamiento de este pueblo fabuloso puede diferir de unos autores a otros. El paisaje brumoso del norte, hacia el interior del Mar Negro, domina en la mayoría de los relatos sobre los Arimaspos. Pero otros autores los colocan entre los pueblos orientales 10. En todos los casos, los Arimaspos pueblan el espacio de los confines, inestable y mal conocido. La eclosión de las imágenes áticas de la Grifomaquia en el siglo iv a.C. no se corresponde, por tanto, a la existencia de una arraigada tradición literaria o iconográfica. Si las representaciones de grifos, aislados o en combate con otros animales, habían sido y eran habituales en la pintura de vasos de toda la geografía griega desde el siglo viii a.C., o incluso anteriores, de época micénica, su combate contra los Arimaspos fue una innovación de los pintores atenienses del siglo v a.C. (MacDonald 1987). Había sido habitual el relato en palabras e imágenes del enfrentamiento de hombres contra híbridos, del héroe contra el monstruo, siempre en combate singular, pero nunca se particularizó esta lucha mítica ni en la figura del grifo ni de una colectividad, de un pueblo y, para más señas, tan mítico y fabuloso como los Arimaspos. ¿A qué se debe ese súbito interés por una leyenda que no tenía arraigo en la tradición literaria o iconográfica? Decíamos que no es hasta fines del v, y sobre todo a lo largo del iv a.C., cuando el tema conoció un cierto éxito. En Atenas esta popularidad es coherente con la predilección por las escenas de combates, históricos o míticos, que se afirma en el V y se refuerza en el IV. Las escenas de Grifomaquia (MacDonald 1987: 23-45) representan a los Arimaspos sin hacer alusión a su anomalía física -un solo ojo-y les visten a la manera oriental, con pantalones, camisas de manga larga y ependytes, gorro frigio y botas. Combaten con lanzas o espadas y se protegen con escudos de tipo oriental, la pelta. A veces luchan contra los grifos a pie (Fig. 7), otras montados a caballo (Fig. 8), otras sobre carros (Fig. 9). En ocasiones la escena se sintetiza en un combate singular entre un único grifo y un solo Arimaspo (Madrid, MAN 11210) (Fig. 10), aunque ello se debe a condicionamientos del espacio pictórico, pues esta reducción del esquema se aplica en las pélices y no en las crateras. La simplificación del motivo y de la escena puede llegar a ser radical, si interpretamos la imagen del prótomo de grifo o de la cabeza de un Arimaspo, frecuentes por ejemplo en el medallón interior de las copas del Grupo de Viena 116 (Beazley 1963(Beazley: 1526(Beazley -1528)), como una síntesis de un trasfondo narrativo, la Grifomaquia, ya conocido por el pintor y el consumidor de los vasos y sus imágenes. A veces, las Grifomaquias se combinan en la otra cara del vaso con Amazonomaquias11, e incluso, observamos Grifomaquias donde las Amazonas reemplazan a los Arimaspos12 en lo que, en una primera lectura, aparece como una contaminación de ambos temas. Debido a la caracterización oriental de los Arimaspos, a veces es difícil distinguirlos de las Amazonas o de otros guerreros orientales (D'Ercole 2009: 214). Cuando encontramos cabezas orientales representadas con carnaciones en pintura blanca y/o con pendientes, se trata claramente de una Amazona; en caso contrario, resulta imposible precisar su personalidad mitológica. En esta fusión iconográfica encontramos representaciones que asocian la cabeza de la Amazona, con el prótomo de un grifo (Catálogo Nymphea p. 55 no 23) (Fig. 11) y/o el de un caballo (Beazley Archive 230479), (Fig. 12), el más frecuente con diferencia, aunque en ocasiones puede aparecer una cabeza de Arimaspo entre dos cabezas de grifo En conjunto, los vasos decorados con estas escenas muestran una alta especialización de los talleres áticos, que se manifiesta a la vez en la elección de los temas figurados y de las áreas de destino de sus productos. Por otra parte, las producciones de los pintores del Grupo de Telos, entre los que se encuentran el Pintor de la Grifomaquia de Oxford, el Pintor del Bizco, el Pintor del Tirso Negro y el Pintor de Toya, están presentes entre las importaciones áticas llegadas a Iberia. Se ha podido constatar que sus vasos están estilística y comercialmente relacionados con los del Grupo G, los del Grupo de Viena 116 y el Grupo del Fat Boy (Sánchez 2000; Cabrera y Rouillard 2004: 91-98). El estilo de dibujo y la temática elegida son muy similares, lo que varía fundamentalmente es el soporte. Pero no es únicamente el análisis estilístico el que permite relacionar todas estas producciones, sino también la comercialización de estos vasos en el Mediterráneo, y su asociación en conjuntos cerrados muy definidos, como el Pecio de El Sec. Los pintores del Grupo de Telos destinan la mayor parte de su producción a ser vendida fuera de Grecia. En la Grecia propia son escasos los vasos hallados y se concentran especialmente en Macedonia. La distribución se realizó preferentemente en el Adriático, Mar Negro y, especialmente, el Mediterráneo Occidental. Los vasos del pintor más prolífico del Grupo, el Pintor del Tirso Negro, aparecen concentrados en el Adriático, sobre todo en Spina, en la costa mediterránea de Francia y, más ampliamente, en la Península Ibérica y, fuera de este ámbito, en Histria, donde sus pélices y crateras se asocian a crateras del Pintor del Bizco, y en Apollonia, en la costa búlgara. La distribución de las copas del Grupo de Viena 116 y de los vasos del Grupo del Fat Boy se concentra igualmente en el Occidente. Incluso las copas del Grupo de Viena 116 no aparecen en el Mar Negro, ni siquiera en los yacimientos donde se documentaban crateras del Pintor del Tirso Negro, y solo una de ellas se documenta en Olinto. En cuanto a los vasos del Fat Boy, la mayoría parecen destinados a Italia y al Mediterráneo occidental. Son especialmente abundantes en Adria, Spina, Enserune, Marsella y en la Península Ibérica, aunque también se documentan en el área del Mar Negro (Cabrera y Rouillard 2004: 95-96). Parece, pues, que en estas cuatro regiones 19 (Fig. 15) se concentran con especial intensidad los productos de los mismos pintores y las imágenes de Amazonamaquias y Grifomaquias. Y ello hay que explicarlo, desde luego, por la existencia de una vasta red comercial que llevó los vasos áticos, salidos de los mismos talleres y decorados con los mismos temas, a la vez a Iberia, al Adriático, a Cirenaica y al Mar Negro. Pero, ¿por qué precisamente se envían con preferencia ambas imágenes a estos ámbitos periféricos? 19 Los datos relativos a las áreas de Grecia Norte, Mar Negro, Adriático y Cirenaica con los que se ha confeccionado el gráfico proceden de la consulta efectuada en el Archivo Beazley por''hallazgo'' en enero de 2014. Cuando este aparece precisado con exactitud los centros que arrojan un mayor número de ejemplares en el Área del Mar Negro son Olbia, Phanagoria, Kerch, Apollonia Póntica y en menor medida Pichvnari. Llamamos imágenes''mixtas'' a aquellas que sintetizan ambas leyendas en la reunión en una misma imagen de la cabeza de la Amazona, el prótomo de caballo y/o el de grifo. Para la cerámica ática en esta zona, Phanagoria: AMAZONAS, GRIFOS Y ARIMASPOS EN EL BóSFORO El área del Mar Negro se hallaba cerca, al menos mentalmente, de la patria originaria de las Amazonas ¿Había un conocimiento real en el siglo iv a.C. en torno al Estrecho de Kerch de lo que la arqueología consigna como un hecho; la existencia de mujeres guerreras entre los pueblos nómadas escitas como lo ponen de manifiesto un buen número de tumbas femeninas? ¿Podrían explicar las extrañas costumbres de las célebres viudas de los escitas recogidas por Herodoto (IV, 110) de estas temidas oiorpata (asesinas de hombres) el interés por la representación de las Amazonas? No resulta fácil dar respuesta a ninguna de estas preguntas. En la medida en que las Amazonas son para los griegos una construcción mental y que forman parte de una cartografía simbólica, resultaría extremadamente peligroso establecer relaciones de causa a efecto, máxime si pensamos que estas representaciones no llegan de modo exclusivo al área del Mar Negro. ¿Ha de ser leída entonces esta presencia en clave de exotismo? Aunque es un aspecto a tener en cuenta, esta interpretación supone una cierta pasividad por parte de los receptores de las imágenes que cuadra mal, al menos en el caso que nos ocupa, con zonas donde los contactos culturales con el mundo griego continental son múltiples y prolongados en el tiem-po. Es un hecho que nos hallamos ante un mercado floreciente o, dicho de otra manera, que la ley de la oferta y la demanda funciona, lo que podría implicar, a nuestro parecer, un cierto grado de conocimiento de los gustos de la clientela griega del Mar Negro por parte de los ceramistas áticos. No hay que olvidar que estos productos estaban dirigidos fundamentalmente a las comunidades griegas coloniales y que solo en casos aislados llegaban a los territorios y pueblos limítrofes. Por otra parte y hasta donde se conocen los registros arqueológicos, un cierto número de vasos habría sido hallado en tumbas monumentales de tipo túmulo, características en origen de los pueblos escitas, tipo de enterramiento que podría haber sido adoptado por las élites del reino del Bósforo en el siglo iv a.C. Sería el caso entre otras de las tumbas de cámara de Juz Oba en las inmediaciones de Panticapea y Kekuvatsky donde aparecen pélices áticas. La importancia que cobró este tipo de vaso en esta zona y por extensión el tema de las Amazonas, no admite dudas, si tenemos en cuenta la existencia de las llamadas "pélices a la acuarela" o "Aquarellpeliken", imitaciones locales en técnica policromada con la temática de la de figuras rojas ática. Las pélices y quizá las imágenes que las adornan podrían funcionar como una especie de marcador cultural del reino del Bósforo en el siglo iv a.C. y como símbolo de estatus. Sabemos por las fuentes que, desde fines del siglo v (en torno al 480 a.C.), las principales ciudades del Figura 15. Gráfico con distribución de Amazonomaquias y Grifomaquias en el Mediterráneo. Ponto a ambas orillas del estrecho de Kerch, conocido como el Bósforo cimerio, se han constituido en lo que se conoce como el Reino del Bósforo con capital en Panticapea. Es decir, frente a la pléyade de ciudades independientes se configura ahora un estado que para construir su identidad va a precisar de sus propias raíces míticas, de su pasado legendario, en esta ocasión aglutinante, puesto que todas ellas pasan a formar parte de la misma entidad política. Podríamos decir que la frontera de lo griego nace ahora más allá de los territorios que abarcaba la recién creada entidad política. Quizá no sea disparatado pensar que los pintores áticos del siglo iv a.C., época de apogeo del Reino del Bósforo, hallaron una fórmula adecuada a esta nueva realidad reuniendo en un mismo vaso a modo de emblema lo que podría funcionar como símbolo de esos nuevos límites20. Así, las Amazonas y los grifos que siempre habían evolucionado de manera independiente se cargan ahora de un nuevo significado en una imagen sincrética. ¿Contaminación, exotismo, desconocimiento por parte de los pintores? Aún sin descartar categóricamente ninguna, es posible que estemos asistiendo a una nueva formulación del concepto de frontera, a una nueva construcción de la geografía del imaginario de la eschatia donde todo es posible, justo allí donde esta comienza (Beazley Archive 230463) (Fig. 16). Imagen que, por extensión, ha de servir para dibujar cualquier frontera. En cuanto a las escenas de Grifomaquia, parece fácil también establecer la conexión entre la producción ateniense y las regiones del Mar Negro, que la mayoría de los autores antiguos consideraban la tierra de origen de los legendarios Arimaspos. Se ha sugerido (Metzger 1951: 332) que los pintores del Cerámico introdujeron en su repertorio la Grifomaquia porque este tipo de representación halagaba el gusto de la clientela de las colonias griegas del Mar Negro, o incluso de los pueblos indígenas ribereños, y que habría sido alentado en el siglo iv a.C. por las estrechas y fructíferas relaciones comerciales con esta región. Ello supondría que los compradores del Mar Negro identificaban la leyenda y a sus personajes como autóctonos, o no muy alejados, de la región en la que se producía la adquisición de los vasos decorados con estas imágenes. Sin embargo, y aunque los grifos pudieran tener una cierta popularidad, nunca hubo una tradición iconográfica entre los pueblos ribereños del Mar Negro, escitas o tracios, que representara este combate legendario (MacDonald 1987: 53-64). Situar el mítico escenario de la Grifomaquia en la Europa nord-oriental podría justificar una posible demanda por parte de los colonos griegos allí asentados, que verían en ella una alusión idealizada a su propio entorno. Pero ello no explica su aparición en otras regiones del mundo conocido, precisamente y con abundancia, en otros límites de la oikoumene. La razón por la que esta leyenda y sus imágenes tuvieron tan gran popularidad y fueron abundantemente comercializadas en áreas periféricas del Mediterráneo puede ser explicada en términos productivos y comerciales, pero también intervienen aquí otros aspectos ideológicos, como los fenómenos de definición identitaria de los griegos, de etnicidad, de representación del mundo, de sus límites y sus fronteras. Amazonomaquias y Grifomaquias no son escenas muy abundantes en los vasos áticos del siglo iv a.C. importados a la Península Ibérica, especialmente frente a las del mundo dionisíaco, el tema más popular y prolífico entre las importaciones griegas del extremo Occidente. Las imágenes de Amazonomaquias son las más antiguas, de la segunda mitad del siglo v 21, mientras que las de Grifomaquias 21 No incluimos en este estudio los vasos áticos de la segunda mitad del siglo V decorados con escenas de Amazonomaquias porque estamos analizando un fenómeno, Figura 16. Pélice ática del Pintor de la Amazona, hallada en el sur de Rusia (400-350 a.C. Las escenas de Amazonomaquias del siglo iv a.C. decoran con preferencia crateras de campana del Grupo de Telos y una pélice del estilo de Kerch. Posiblemente haya más ejemplares entre los reunidos en el grupo intermedio, aquel que hemos denominado Amazonomaquias/Grifomaquias (Cf. Anexo I), pero el tamaño de los fragmentos nos impide distinguir a las Amazonas de los Arimaspos y asignar con seguridad estos vasos a una categoría iconográfica determinada. De los seis ejemplos registrados con escenas de Amazonomaquia, solo la cratera de Baza (Fig. 14) ofrece una narración explícita del enfrentamiento entre estas mujeres orientales y los guerreros griegos: ellas combaten montadas sobre sus caballos, mientras ellos, a pie, ocultan sus rostros tras grandes escudos redondos. El pintor ha destacado la alteridad de este encuentro, en el que todo está por decidir, aunque el ocultamiento del rostro de los griegos parece anunciar su derrota y aludir a la incertidumbre del destino de aquellos que, tras las Guerras del Peloponeso y el dominio macedónico, han perdido su libertad frente a un poder extranjero. Tres de las imágenes, de Emporion (Miró 2006: no 3226), Galera (Sánchez 1992: no 148) y Toya (Sánchez 1992: no 413), resumen en los prótomos de caballo y en la cabeza de la Amazona, todo el universo legendario, narrativo e iconográfico, de este pueblo mítico de mujeres guerreras. Posiblemente la cratera de campana de Toya, de la que solo se conserva la imagen de un prótomo de caballo, recoja también este tema en su expresión sintetizada, la construcción del imaginario de la frontera con este tipo de imágenes, característico del siglo iv a.C., y porque esos vasos forman parte de una dinámica productiva y comercial diferente. por su similitud con la cratera de Galera, quizás obra del mismo pintor, a pesar de no haberse conservado la cabeza de la Amazona. En otro fragmento de Toya (Sánchez 1992: no 396), la carnación blanca del personaje oriental tocado con gorro frigio nos inclina a identificarla como este personaje mítico. Imágenes de Amazonas pueden ser también las cabezas representadas en el interior de siete copas del Grupo de Viena 116 procedentes de El Sec (Arribas et alli 1987: no 62-66, 68, 69), en una de la calle Zacatín de Granada (Rambla 1999: fig. 4,4) y en una de Castellones de Ceal (Sánchez 1992: no 277), resumidas en una cabeza, ¿femenina?, tocada con gorro frigio. La ausencia de adornos -collar, pendientes-y de pintura blanca en sus carnaciones no nos permite asignarle una identificación segura, Arimaspo o Amazona, aunque la presencia en El Sec de copas del mismo Grupo decoradas con prótomos de grifo podría indicarnos que los pintores de este taller, cuando aluden sintéticamente a la Grifomaquia, lo hacen con la imagen del animal fabuloso, más que con la imagen del Arimaspo. Por ello, quizá sea posible identificar las cabezas tocadas con gorro frigio con las Amazonas, una imagen que resaltaría su atuendo oriental y, por tanto, su lejanía cultural y geográfica. Las imágenes de Grifomaquias, más abundantes que las de Amazonomaquias, decoran crateras de campana del Grupo de Telos, copas del Grupo de Viena 116 y pélices del Grupo G y del estilo de Kerch. Solo se documenta un ejemplo de una lecane, también del Grupo de Viena 116, procedente de Roses (Puig y Martín 2006: fig. 6, 71). Las crateras permiten desplegar imágenes más complejas que las pélices o copas. En ellas se muestra el encarnizado combate entre los Arimaspos, montados a caballo, en carro o a pie, y los fabulosos grifos, siempre resaltados en blanco. En las pélices se opta por el esquema de los prótomos de grifo flanqueando la cabeza del Arimaspo, excepto en un ejemplar de Emporion (Miró 2006: no 3179) y en otro de Roses (Puig y Martín 2006: fig. 6, 72, 7), donde se representa al menos a dos Arimaspos a pie en lucha, suponemos, con uno o dos grifos. En las copas, el pintor ha escogido la imagen del prótomo de grifo para decorar el medallón interior y resumir en un solo icono, poderoso, pregnante, la historia mítica y la alteridad del enfrentamiento entre un pueblo exótico y lejano y estos seres híbridos. Nunca llegaron a Iberia las imágenes que hemos denominado 'mixtas', es decir, aquellas donde se funden en un solo relato visual ambos temas, expresado en la cabeza de la Amazona, el prótomo de caballo y/o el de grifo. Esta construcción amalgamada de lo exótico y de la alteridad estuvo destinada al Mar Negro, a la Cirenaica y, en menor medida, al Adriá- tico, quizás porque la imagen humana predominante, la de la Amazona, no tuvo mucha aceptación entre la clientela occidental o, sencillamente, porque se representan mayoritariamente sobre pélices 22, una forma apenas demandada por los iberos ni integrada, excepto en el caso de Galera, en sus rituales funerarios. Los iberos prefieren las crateras de campana para utilizarlas como urnas cinerarias, mientras que en las sociedades indígenas del Mar Negro, por los datos hoy conocidos, utilizan las pélices para ese fin en lugar de las crateras. ¿Cómo explicar la mayor abundancia de escenas de Grifomaquia 23 en la Península Ibérica? Existe un dato determinante, que es la preferencia de los pintores del Grupo G y del Grupo de Viena 116 por decorar con este tema las pélices y algunas de las copas. También los pintores del Grupo de Telos decoran algunas de sus crateras con él, aunque no preferentemente. Si los talleres que exportan esta amplia producción de crateras, pélices y copas tienen preferencia por determinadas formas, decoradas con determinadas escenas, el fenómeno se explicaría como una cuestión comercial. Pero, ¿cómo explicarlo frente a otras regiones en las que son más abundantes las escenas de Amazonomaquias? La presencia de determinados vasos e imágenes está determinada por mecanismos económicos y comerciales que pueden influir en la ausencia, abundancia o escasez de algunos elementos. El productor puede restringir o seleccionar un determinado tipo de vaso y las imágenes que le acompañan, destinarlo fundamentalmente al mercado local. En las creaciones específicamente dirigidas a mercados exteriores pueden funcionar construcciones mentales muy determinadas (cf. lo dicho en relación con el mundo póntico). De todas formas, hoy en día se acepta, cada vez en mayor medida, una selección consciente de vasos e imágenes por parte de los compradores de mercados remotos, 22 En los listados del Beazley Archive Database, estas escenas "mixtas" se documentan en 21 pélices (12 del Grupo G, 5 del Pintor de la Amazona y 4 sin atribuir), y en 7 crateras de campana (1 del Grupo G, 1 del Pintor de la Amazona, 2 del Pintor de Kerch, 1 del Pintor de Filottrano y 2 sin atribuir). Anexo I. Se documentan 29 ejemplos de Grifomaquias frente a 6 seguros de Amazonomaquias. Si añadimos a este último grupo las copas de El Sec, de Calle Zacatín y de Castellones de Ceal con cabezas orientales, serán 29 frente a 15. Al incluir los vasos con estas representaciones hallados en el Sur de Francia, que forman parte del mismo circuito comercial, al menos de Emporion, vemos que se documentan tres crateras de campana del Pintor de Kerch en Enserune (Beazley Archive no 11204, 218266, 230475 ), y una hidria y una pélice, también del Pintor de Kerch, en Marsella (Beazley Archive no 4397,43432). De estas cinco piezas, tres están decoradas con Amazonomaquias y dos con Grifomaquias. Sumándolas a las de la Península Ibérica resultaría un total de 31 Grifomaquias frente a 18 Amazonomaquias. de tal forma que sus demandas pueden incluso llegar a configurar en cierta medida la producción de algún taller (Sánchez 1992; Sánchez 2000). La demanda o aceptación de imágenes de Amazonomaquias fue bastante restringida en Iberia en comparación con la del mundo póntico, quizás porque estas escenas no tenían aquí el mismo valor que el que tuvieron allí, donde, como hemos visto, fueron utilizadas en la reafirmación de las estrategias de definición identitaria, donde identificaban esta leyenda y a sus personajes como autóctonos, o no muy alejados de la región en la que se producía la adquisición de los vasos decorados con estas imágenes. Lo significativo en Iberia es que, dentro de su escasez, las Amazonas son más abundantes en el ámbito de Emporion (si contamos también con las de la segunda mitad del siglo V a.C.) y de su entorno más inmediato, es decir, en el ámbito colonial que entre las sociedades ibéricas. Quizás en Emporion se utilizaron como elemento cultural significativo en la construcción de la identidad colonial como opuesta a la de "los otros", los "bárbaros" ibéricos. En las estrategias de afirmación de las identidades sociales no solo son imprescindibles las imágenes modélicas. Quizás más necesarias aún que estas sean las que representan su contramodelo. Frente a la mujer socializada, las mujeres míticas que representan la alteridad y la oposición absoluta a las normas de la convivencia ordenada y civilizada y que ilustran en mayor medida que aquélla la ansiedad y el temor masculino ante la naturaleza femenina, salvaje e incontrolable. Las Amazonas son especialmente importantes en esta estrategia asertiva masculina, pues podrían ilustrar la misma actitud frente a las potenciales amenazas que esta figura encarna, -mujer, salvaje y bárbara-, y más aún en este contexto colonial, enfrentado a dinámicas de interacción con el mundo indígena. La abundancia en términos relativos de imágenes de Amazonas en Emporion puede ser un signo y una respuesta ante esta situación. Pero para aceptar esta propuesta, debemos partir de la hipótesis de que este hecho es significativo y no aleatorio, no explicable única y exclusivamente por mecanismos y circunstancias productivas o comerciales, que los ampuritanos eligen y seleccionan conscientemente estas imágenes, posiblemente en situaciones de estrés o ansiedad en el flujo de información e interacción entre ambos mundos (Cabrera 2000). Las escenas de Amazonomaquias podrían, además, reflejar esa interacción, es decir, los ampuritanos podrían identificarse con los "griegos" en su enfrentamiento con las extrañas y extranjeras Amazonas, que personificarían la alteridad del mundo, tan próximo, que les rodea. Las fronteras están trazadas en este caso a las mismas puertas de la ciudad. ENTRE AMAZONAS Y GRIFOS. VIAJE POR LAS IMÁGENES DE FRONTERA EN EL SIGLO iv A.C. En el caso de las imágenes de Grifomaquias, mucho más numerosas que las anteriores no solo en Iberia sino en el Adriático y en Cirenaica, podemos aducir una explicación al margen de las razones productivas y comerciales. En Iberia, el combate singular entre un hombre -héroe o dios es difícil de determinar-y un grifo no era en absoluto una imagen extraña a su mundo y a su imaginario, está presente ya desde el siglo VII en los marfiles fenicios del Bajo Guadalquivir (Vidal de Brant 1973), o más recientemente, en la magnífica Grifomaquia ibérica de Porcuna (Negueruela 1990: 255-257), o en tantas imágenes de grifos aislados en esculturas, cajas cinerarias de piedra, joyas o vasos ibéricos. El tema de las Amazonas es más problemático, pues no hay ninguna tradición iconográfica de mujeres guerreras en el ámbito peninsular. De hecho, como ya hemos señalado, de los dos temas, el que tuvo más éxito fue, sin duda, la Grifomaquia, porque ya formaba parte de su universo mítico y de su repertorio iconográfico, revestido de un significado ligado a la concepción del poder, de la acción civilizadora de un héroe fundador de linajes, de la conquista de un territorio hostil o del agón como acción iniciática (Olmos 2002: 111). La inclusión casi sistemática de la imagen ática en contextos funerarios refuerza esta interpretación, pues en la muerte ibérica, el agón, el enfrentamiento con el monstruo tiene un sentido heroizador, es acción iniciática que reproduce la conflagración de las fuerzas vitales, cósmicas, de la naturaleza, siempre en permanente lucha para dar a luz el devenir. En el agón final de la vida, traspasada ya la frontera de la muerte, el hombre se transforma en héroe, adquiere en el combate contra el ser sobrenatural la aristeia que confirmará su honor, la gloria de su linaje, y le concederá la inmortalidad. Por otro lado, la imagen icónica del grifo apotropaico dibuja el espacio y la geografía de la muerte, la última frontera, el territorio de la eschatiá por excelencia. El monstruo híbrido aterroriza al tiempo que protege, es guardián de tumbas, del difunto y de su tránsito al allende, pues su naturaleza diversa le permite transitar espacios diferentes, cruzar los límites, acompañar al hombre en su último viaje (Olmos 1996). Hubiera o no una demanda real por parte de los clientes ibéricos de las escenas de Grifomaquias y de los grifos, a su llegada a Iberia estas imágenes se integrarían perfectamente, quizás mejor que la de las Amazonas, en su universo simbólico bajo una lectura funeraria y trascendente. LAS FRONTERAS Y SUS IMÁGENES La construcción mental del espacio griego está íntimamente ligada a la definición de su identidad: lo que es griego frente a lo que no lo es. Situado frente al mundo, el varón se define a sí mismo en oposición a "lo que no es", a "lo otro". El Mismo no se puede concebir ni definir si no es en relación al Otro, a la multiplicidad de los otros (Vernant 1985: 24-28 La frontera, o las fronteras, que separan la oikoumene de la eschatiá se definen a través de las zonas limítrofes donde el Otro se manifiesta en el contacto que se mantiene regularmente con él, donde salvaje y civilizado se codean, para oponerse, pero también para interactuar. Esa frontera (Hartog 1996: 13 y ss.) entre ambos mundos, espacio ambiguo, extraño, peligroso, territorio de la violencia y la transgresión, fue imaginado por los griegos a través de innumerables mitos e imágenes. Es el paisaje de la montaña, del mar, del oriente hostil, del remoto norte y del lejano occidente, un mundo poblado por fieras, monstruos, salvajes, bárbaros, transitado por héroes y dioses. Sus parajes esconden los peligros de la alteridad, donde solo el héroe que se adentra en el territorio hostil de la barbarie y de la naturaleza salvaje puede salir triunfante. Relatos, desde el primero, inaugural, de Ulises (Hartog 1996: 13), e imágenes van creando a lo largo de los siglos los contornos de la identidad griega, del mundo conocido y de sus confines, de la eschatiá. Sus protagonistas trazan las fronteras, las traspasan y experimentan. La leyenda de las Amazonas y de los Arimaspos y su perpetuo combate contra los grifos son otros de esos relatos e imágenes que son ventana abierta a los confines del mundo y a la construcción de la identidad griega, la imagen del Otro por excelencia, de aquellos que no son humanos, sino monstruos, salvajes y bárbaros, que representan una amenaza o, simplemente, lo exótico y fabuloso. El paisaje de la alteridad no fue siempre uniforme. El conocimiento geográfico y el contacto con otras culturas fueron alterando y enriqueciendo el discurso de la identidad griega. Como ya hemos señalado, tras las Guerras Médicas quedó en gran medida polarizado en la imagen del persa, que proporcionó un rostro conocido al Otro (MacDonald 1987: 70; Hartog 1996: 114). El bárbaro será ante todo el oriental. Y muchos otros pueblos que ejemplifican la alteridad serán representados a la manera oriental, a lo que contribuye su mítica localización en un Oriente mal definido e impreciso. En este sentido, las Amazonas siguen siendo marcadores de los límites hasta el punto de encarnar la más compleja construcción de lo que se puede encontrar un griego al otro lado de la delicada linde que separa la oikumene de la eschatiá, una sociedad de valerosas mujeres guerreras que viven al margen de los hombres y que ahora, en el siglo IV a.C., se ven asociar a uno de los seres más fabulosos jamás imaginados, los grifos, creando así una de las imágenes más perfectas al otro lado del espejo que concibieron los griegos para hablarnos de si mismos. Grifomaquias y Amazonomaquias son imágenes que contribuyen a trazar los límites del mundo, a dibujar la eschatiá y sus fronteras. Que se exportaran a las regiones reales de la eschatiá griega -Mar Negro, Adriático, Cirenaica o Iberia-no quiere decir que los pintores necesariamente situaran allí a estos seres míticos y a sus acciones. Lo que indica es que con la elección de esas imágenes de frontera para zonas de frontera los pintores trazaban los límites de su propia concepción del mundo, de la oikoumene. Otra cuestión es si hubo una demanda efectiva, real, por parte de los clientes de la frontera, si escitas, adriáticos, cirenaicos o iberos eligieron conscientemente esas imágenes con las que podrían sentirse identificados. La respuesta no es fácil. Quizás hubiera una demanda real ibérica -o escita, cirenaica o adrática-de estas imágenes, pero ello no quiere decir que los pintores del Cerámico las representaran pensando solo en satisfacer una demanda tan particular. Las imágenes de Grifomaquias y Amazonomaquias podían cristalizar una serie de conceptos y nociones, como la barbarie, la riqueza, lo fabuloso y prodigioso, y ser una manera de aprehender tierras lejanas situadas en los extremos del mundo. Con ellas enviaban a la frontera lo que definía a la frontera, y con ellas contribuían a ordenar y poner límites a su mundo por oposición a lo que está más allá de él, en los confines. Las imágenes de frontera, insertas en mecanismos comerciales, en dinámicas de oferta y demanda que no agotan o esclerotizan su sentido, son para el mundo griego ante todo elementos indispensables en el juego de la identidad, en la construcción de la alteridad, de una antropología poética que es un paradigma de larga duración, revisado, ampliado o criticado, pero necesario para comprender el mundo, para habitarlo y hacer de él un mundo "humano", es decir, griego.
En el presente artículo se revisa la identificación iconográfica de la cara A de una cratera griega fragmentaria del siglo iv a.C. procedente del yacimiento ibérico de La Loma del Escorial de Los Nietos (Cartagena, Murcia). La escena se ha identificado tradicionalmente como la apoteosis de Heracles, no obstante, tras un análisis detallado de la misma, en particular del resto de un escudo previamente inadvertido que porta el personaje principal, creemos que la iconografía se corresponde con la del apobates victorioso, un unicum en la Península Ibérica. Presentamos un análisis de ambos motivos iconográficos que revelará interesantes conclusiones sobre el funcionamiento de los tipos iconográficos y mecanismos de creación de significado en la pintura de vasos de la época, así como sobre el tipo de imágenes estimadas por los receptores de esas piezas en la Península Ibérica, los íberos. Se incluye también un catálogo actualizado de los vasos áticos que portan ambos temas. Se presenta en estas líneas una revisión sobre una cratera griega fragmentaria procedente del yacimiento ibérico de La Loma del Escorial de Los Nietos (Cartagena, Murcia) y dada a conocer en esta misma revista por Carlos y José Miguel García Cano en 1992 (García Cano y García Cano 1992) (Figs. El propósito de este artículo es revisar la identificación iconográfica de la pieza y situarla en el contexto más amplio de la producción griega de cerámica figurada en los últimos decenios del siglo v y el primer cuarto del siglo iv a.C. Asimismo, el análisis de dos motivos iconográficos muy cercanos -la apoteosis de Heracles y la carrera de apobates-revelará interesantes conclusiones sobre el funcionamiento de los tipos iconográficos y los mecanismos de creación de significado en la pintura de vasos de la época. Se incluye además un catálogo actualizado de los vasos áticos que portan ambos temas 1. Esta pieza forma parte de un importante lote de crateras de campana áticas halladas en una habitación del poblado ibérico de La Loma del Escorial, un conjunto muy remarcable tanto para el estudio de las producciones figuradas griegas en esta época como para el análisis del comercio de dichas producciones con la Península Ibérica. Algunas de ellas han sido recientemente reatribuidas por J. M. García Cano y Francisco Gil (García Cano y Gil 2009) a destacados pintores de la primeras décadas del siglo IV a.C., tales como el pintor de Enomao, y puestas en relación con otras importantes crateras de campana griegas halladas en la Península Ibérica, en particular, con la Tumba 43 de Baza (sobre esta tumba, Sánchez Fernández 1997). La cratera objeto de este estudio es la número 6 del catálogo de C. y J. M. García Cano (García Cano de Heracles y "AP", a las de apobates. La abreviatura BADN se refiere al "Beazley Archive Database Number", que se puede consultar en http://www.beazley.ox.ac.uk/index.htm. La abreviatura LIMC se refiere al "Lexikon Iconographicum Mythologiae Classicae". y García Cano 1992: 24), datada por ellos en el segundo cuarto del siglo iv a.C. Incluyen los autores esta pieza dentro de las referentes al "Ciclo de Hércules" e identifican la escena como "Hércules conducido al Olimpo en una cuadriga por una Nike". Un punto en particular de la descripción iconográfica de la pieza llamó nuestra atención: tras describir las figuras, afirman que "por detrás asoman varias ovas del friso que remata el arranque de las asas" y, más adelante, "[...] Hércules, mostrado como un joven imberbe, que debe llevar la clava en su mano izquierda, apoyada en el antebrazo, tal y como suele representarse en otros vasos de este periodo con el mismo tema" (García Cano y García Cano 1992: 24). Esta sería la única ocasión en la que aparecería esta iconografía en la Península Ibérica. No obstante, hay un detalle iconográfico que los autores han pasado por alto: la presencia de un resto de lo que parece a todas luces un escudo junto a las ovas que los autores identifican detrás de las figuras o que quizá confunden con las propias ovas que rematarían el asa. Ya que la presencia del escudo es el argumento principal para revisar la actual identificación iconográfica de la escena, es necesario justificar esta identificación mediante la comparación con escudos completos en vasos contemporáneos. El resto de escudo de la cratera de Los Nietos corresponde a un tipo que aparece en otras ocasiones en la pintura de vasos contemporánea y cuyo mejor paralelo -con ligeras diferencias-lo ofrecen los que se figuran en otra de las crateras del conjunto de Los Nietos, la número 3, así como en la cratera de Baza 43A -esta sin la línea negra sólida rodeando el diámetro exterior-, o en una cratera de campana de la colección Durand en el Museo del Louvre con una escena de apobates (AP14) (Fig. 3). Estos escudos presentan como episema el sol de Vergina acompañado de un punteado blanco externo que enmarca su diámetro. En nuestra imagen solo se conserva un pequeño fragmento del mismo pero creemos que es fácil reconstruir el resto en esta zona en base a lo conservado. El escudo podría aparecer originariamente completo o verse interrumpido por el arranque del asa, tal y como aparece en la cratera mencionada de la colección Durand. Esta ofrece el mejor paralelo de lo que pudo ser la escena de Los Nietos. Aquí, la cuadriga al galope es conducida por Nice y ocupa toda la superficie de la cara A. El apobates está tocado con un yelmo emplumado -la cratera de Los Nietos está estratégicamente rota en el punto en el que moriría la parte inferior del casco aunque se adivinan restos de la cinta blanca alrededor del cuello-y el escudo que porta en la mano izquierda se interrumpe por la presencia de las ovas que rodean el arranque del asa. Así pues, si la representación de un escudo en esta parte es, en nuestra opinión, plausible, creemos que es necesario refutar la identificación tradicional de la escena como la apoteosis de Heracles y proponer en cambio una escena de apobates, un caso igualmente único en la Península Ibérica. Ambos tipos de representaciones fueron bastante comunes en la cultura visual ática de la época y la iconografía de ambas va mimetizándose según avanza el siglo v y en especial durante el iv a.C., cuando se producen interesantes concomitancias entre ellas. En su formulación más básica, el único elemento definitivo para diferenciar ambas escenas será, precisamente, el escudo. En las líneas siguientes vamos a realizar un estudio de ambos temas, definiremos sus motivos iconográficos y compositivos básicos en los siglos v y iv a. C., y analizaremos las interesantes relaciones que se establecen entre ellas en esta época así como las implicaciones de las mismas en relación con el significado último que adquieren estas imágenes en contexto ibérico. LA APOTEOSIS DE HERACLES En una obra muy temprana, Mingazinni dividió las escenas de la apoteosis del héroe en catorce tipos principales (Mingazzini 1925: 419). Cuatro de ellos se refieren a las representaciones de la cuadriga de Heracles, con distintas variaciones: las versiones clá-sicas que muestran el carro volando por el espacio o corriendo al galope y el esquema arcaico de cuadriga parada en el que el héroe se acompaña de Atenea o de Iolao. El resto de grupos incluyen las escenas de apoteosis sin carro, es decir, la introducción de Heracles en el Olimpo a pie, el reposo y banquete en el Olimpo, el héroe como parte del tiasos báquico, recibiendo una corona triunfal, etc. Las imágenes más antiguas del tipo son las conocidas escenas de la introducción del héroe en el Olimpo en las que se representa la cuadriga estática y al héroe junto Atenea o Iolao. Estas imágenes, frecuentes en los vasos de figuras negras de la segunda mitad del siglo vi a.C. (Shapiro 1990: 125-126), son bastante conocidas a raíz de la publicación de una serie de artículos pioneros en los años setenta, en los que Boardman interpretaba el aumento de las escenas de Heracles en esta época a la luz de un posible simbolismo político como resultado de la apropiación iconográfica del héroe por parte de Pisístrato, y las escenas de la cuadriga en particular, como propaganda pisistrátida alusiva al retorno del tirano a Atenas (Boardman 1972(Boardman, 1975(Boardman, 1989b)). En estas imágenes la cuadriga aparece estática y mira hacia la derecha. No obstante, las representaciones que nos interesan aquí son las que muestran el carro del héroe avanzando, tanto por el suelo como surcando el cielo, hacia el Olimpo, con mención expresa a la pira en la que el héroe se inmola. Este es un desarrollo iconográfico tardío que se registra en la pintura de vasos, tanto ática como suditálica, en torno al año 420 a.C. El desarrollo más completo del tema, Heracles en la cuadriga volando sobre la pira, se encuentra en tres vasos áticos de finales del siglo v y principios del iv: una pélice de figuras rojas del pintor de Cadmo procedente de Vulci (420-400) (H3) (Fig. 4), una cratera de cáliz de figuras rojas en Nueva York no atribuida pero que se puede relacionar con el entorno del pintor de Londres F64 (H1) (Fig. 5), y una cratera de campana de figuras rojas del pintor de Londres F64 procedente de Sant 'Agata de' Goti (H2). Además de estas tres piezas áticas, hay dos crateras apulias que recogen el mismo tema (Vollkommer 1988: 36) y un número de fialas que se decoran en el interior con un friso de carros al galope tirados por Nice, entre ellos, el de Heracles -el héroe asciende al Olimpo acompañado de un amplio cortejo de divinidades- (Richter 1941). Las tres composiciones son bastante elaboradas, con figuras en distintos planos y bastante movimiento, en particular, la de Nueva York. La composición de las tres se divide en dos registros, uno superior en el que vuela la cuadriga siempre hacia la izquierda y uno inferior dedicado a la pira de Heracles. En el vaso del pintor de Cadmo, el más temprano, Atenea conduce el carro, acompañada del héroe, estante sobre el mismo y portando la clava y el manto enrollado en el brazo izquierdo. En las otras dos piezas es Nice quien conduce la cuadriga. Cuatro caballos encabritados sirven de tiro. En el registro inferior arde la pira funeraria en la que se representa la armadura del héroe como único resto físico de él en la tierra. A esta pira se acercan dos mujeres con hidrias llenas de agua mientras dos sátiros (Skopas y Hybris) gesticulan en el lado opuesto (a ellos volveremos luego). La referencia nupcial entra en escena mediante el gesto de la novia que realiza una de las hidroforas 2. Esta pélice del pintor de Cadmo parea la escena de la apoteosis con sátiros y ménades en el reverso; la cratera de Nueva York, con una Amímone rodeada de sátiros; y la del Pintor de Londres F64, con una típica escena de jóvenes en la palestra. Las dos crateras de principios del siglo iv introducen un personaje nuevo en la escena: Hermes, en su papel de dios de los caminos del más allá. Este personaje será especialmente querido por el pintor de Londres F64, que lo incluye aún en las versiones más simplificadas de la escena. Este pintor es uno de los principales representantes del Plainer Group de Beazley y recurre a este tema en múltiples ocasiones para decorar sus crateras de campana. Su versión desarrollada del mito aparece en el vaso de Sant 'Agata de' Goti en el que, además de Hermes, introduce a Apolo sosteniendo la eirisione, un dios que a partir de este momento aparece íntimamente ligado con Heracles y también con Dioniso. A partir de ahora el tema se va simplificando y solo se incluyen los elementos significativos mínimos necesarios para la comprensión del tema, el núcleo de la narración: Heracles -identificado por la clavaacompañado de Nice en una cuadriga que avanza hacia la izquierda. El héroe adopta, en ocasiones, un gesto característico del apobates sobre el que volveremos luego: el del desmonte del carro. Ocasionalmente, aparece Hermes como guía (Fig. 6). 2 El viaje de Heracles al Olimpo es también un viaje erótico, el viaje hacia su boda con Hebe, como se explicitará más adelante en una cratera del pintor del Louvre G508 que figura a la joven Hebe repitiendo el mismo gesto (anakálipsis) junto a un Heracles victorioso representado dentro de una particular estructura utilizada en la iconografía exclusivamente en relación con él. Origen del tema y relaciones Las imágenes de la introducción del héroe en el Olimpo fueron populares desde el arcaísmo pero la unión de la pira funeraria con el carro no se produce en la pintura de vasos hasta finales del siglo v a.C. Shapiro ha explicado la curiosa muerte del héroe en forma de inmolación deliberada como un curioso instrumento destinado a ser compatible con la idea de la apoteosis, una ingeniosa solución para presentar la difícil transición de hombre a dios (1983: 10, 15). Aunque la primera narración más o menos continua del suceso la encontramos en las Tarquinias de Sófocles, los diversos elementos del mito eran conocidos ya desde antiguo. Existen testimonios de un festival del fuego celebrado al menos desde el siglo vi a.C. en el Monte Eta y vinculado con el mito de Heracles por Nilsson (1963: 205). Contamos también con un número de referencias oscuras a la muerte del héroe por el fuego antes de esta tragedia (Cochrane 1991: 59). No obstante, en las Tarquinias, cuya cronología es debatida -se proponen fechas desde 450 hasta el 420 a.C.-, no se hace mención expresa a la apoteosis del héroe, ausencia que ha generado una abundante bibliografía 3. La presencia de sátiros en estas imágenes ha dado pie a diversos investigadores a proponer que estas piezas están reproduciendo una representación de un drama satírico ático perdido 4, en concreto de la obra de Sófocles, Heracles Satyricus (Sutton citada por Faraone 1997: 44). No obstante, este tema es controvertido. Los pintores de vasos, interesados en numerosos aspectos de la vida cotidiana y mitológica de su país, pudieron haber representado en ocasiones puntuales episodios concretos de obras literarias o representaciones teatrales de las mismas en sus obras pero, con excepción de ciertas piezas muy particulares y conocidas, tales como el vaso de Prónomos (Taplin y Wyles 2010), es muy complicado identificar escenas particulares como ilustraciones de obras teatrales (entre los estudios pioneros sobre el tema, destacan el de Brommer 1944 y el de Trendall y Webster 1971). Estos casos suelen reconocerse por una serie de signos iconográficos, tales como el entorno arquitectónico, que recuerda a la escena del teatro (pórticos), las ropas, la máscara, las botas (kothornos, en particular en relación con la tragedia), el arco de rocas, los trípodes o las inscripciones o dipinti en dialecto ático, entre otras (Taplin 2007: 35-43). No obstante, muchos de estos signos, como recuerda Taplin (2007: 37), se habían introducido ya, en particular en el siglo iv a.C., en iconografías que nada tienen que ver con temas teatrales. Sobre este asunto se pronuncia también Mitchell en su reciente trabajo sobre el humor visual en los vasos griegos y considera que los sátiros en este tipo de obras no se deben entender como referentes a supuestos dramas satíricos perdidos sino como figuras cómicas de pleno derecho; es decir: no son actores interpretando a sátiros, sino sátiros comportándose como tales. Así, Mitchell, muy crítico con Sutton, solo admite la hipótesis de la influencia literaria cuando hay signos claros que aludan a ella, en particular, la vestimenta (2009: 150-235). Los sátiros son presencias muy comunes en la pintura mitológica y su mera presencia no prueba la existencia de Figura 6. Cratera de campana de figuras rojas con la representación de la apoteosis de Heracles. un drama satírico perdido contemporáneo 5. François Lissarrague ha insistido particularmente en este tema y ha demostrado que existen otras muchas razones, culturales e iconográficas, que explican la aparición de sátiros en la iconografía, sin acudir al argumento del drama satírico (1990). No obstante, si bien consideramos que no estamos tratando con ilustraciones específicas de comedias o dramas satíricos perdidos, creemos posible que una producción literaria de ese tipo pudiera haber inspirado temáticamente a los pintores de vasos contemporáneos 6. Otra posibilidad es que tanto los pintores de vasos como los literatos estuvieran respondiendo a un interés creciente en el episodio de la apoteosis de Heracles como respuesta a otros factores, quizá de índole religiosa, sobre los que no tenemos conocimiento (sobre los cultos del héroe en el Ática, véase Woodford 1971). Contamos, no obstante, con algunos indicios que podrían apoyar la teoría de la influencia de una obra literaria en el caso que estamos tratando. Una enócoe ática del pintor de Nicias hoy en el Museo del Louvre (H14) y datada sobre el año 410 a.C. muestra una versión de la apoteosis de Heracles indudablemente cómica: los personajes de Heracles y de Nice presentan todos los rasgos que aluden de manera clara a las máscaras cómicas mientras que el personaje que abre camino con dos antorchas en una suerte de Hermes cómico porta el equipamiento completo, incluido el largo falo artificial. Taplin remarca que esta escena es "far from playable" pero que está indudablemente imbuida de una "atmosphere of fantastical comedy" (1993: 9-10). Esta pieza, contemporánea a nuestras producciones, demostraría, por lo tanto, la existencia de una interpretación en clave cómica de la apoteosis del héroe con un origen presumiblemente teatral a finales del siglo v a.C. No obstante, este vaso procede de la Cirenaica, lo que reduce considerablemente su valor como testimonio de las realidades atenienses contemporáneas. La cratera de campana del Metropolitan parea la apoteosis con una escena de Amímone que podría también presentar relaciones con un drama satírico. Los pintores de vasos comienzan a representar la saga de Amímone y En cuanto a la carrera en sí 7, los investigadores coinciden en la idea de que los apobates iban montados en cuadrigas al galope conducidas por un auriga o parabates y que cada cierta distancia, debían desmontar y correr junto al carro para volver a montar a continuación. Además, según los testimonios iconográficos del siglo v, es muy probable que la llegada a la meta consistiera en un sprint a pie (Schultz 2007: 63). El momento más peligroso de la carrera era el del desmonte, en el que el apobates se debía agarrar al pasamanos del carro con la mano libre, doblar la rodilla derecha y extender la pierna izquierda hasta casi tocar el suelo, para inmediatamente saltar del carro de espaldas. Tras correr una distancia determinada detrás del carro, debía remontar, lo que solo le requeriría un breve salto hacia delante. velocidad hacia la meta, que se marca mediante la terma blanca representada a la derecha de la imagen (Copenhague, Museo Nacional VIII.340). La pose que adopta la diosa en este vaso se repetirá constantemente a partir de ese momento como signo del apobates victorioso: corre hacia la derecha y gira su cabeza hacia atrás, hacia la izquierda, para mirar por encima de su hombro a su oponente invisible. En el siglo V son los lécitos del grupo de Haimon los que repiten el motivo en más de sesenta ocasiones (sobre estos lécitos, véase Schultz 2007). La iconografía es repetitiva: el carro con el auriga avanza hacia la derecha mientras que el apobates ganador (mirada hacia atrás) corre en un loco sprint hacia la meta. No se representa el momento del desmonte en sí, sino el del último esfuerzo antes de la victoria. No contamos con testimonios claros sobre representaciones de este tema en la pintura contemporánea. No obstante, Plinio refiere una tabula pintada por Polignoto de Tasos que se encontraba en el pórtico del teatro de Pompeyo en Roma sobre la que comenta que no se sabe muy bien si el hombre con escudo está representado en el momento de ascender o descender (Plin. Carl Robert probablemente acierta cuando interpreta esta tabla como un anatema de un apobates (1895a: 67-68). Así mismo, en 1837 apareció en Herculano un relieve en mármol policromado con una escena de apobates que podría estar copiando un original de Zeuxis o de su grupo, según los análisis estilísticos publicados igualmente por Robert (1895b: 11-20). En cuanto a la escultura monumental, el tema aparece prominentemente representado en el friso del Partenón, en los lados norte y sur. En el friso norte aparecen 11 grupos de carros y apobates que ocupan 18 de los 47 bloques del friso (XI-XXVIII) (Fig. 7) mientras que en el sur, se representan 10 carros Figura 7. Friso del Partenón con la representación de un carro con auriga y apobates. En el friso sur las cuadrigas corren hacia la derecha y en el norte, hacia la izquierda. Los apobates aparecen aquí, en su mayoría, en posición oblicua, en el momento del descenso del carro, mientras que el apobates de los bloques XI-XII se diferencia del resto. Según las últimas interpretaciones, es muy posible que este apobates, vestido con un yelmo ático con largas plumas, coraza de cuero, posiblemente un gorgoneo en el pecho y sobre, todo, en la postura habitual del ganador en la tradición iconográfica anterior (corriendo y mirando hacia atrás), sea de hecho el apobates victorioso, representado a punto de ser coronado por el juez (Neils y Schultz 2012). La dirección de la cuadriga En nuestra opinión, la configuración iconográfica del tema en el friso del Partenón podría explicar algunos de los cambios iconográficos importantes que tienen lugar en la representación de la carrera de apobates en los vasos y en la escultura griegas en torno al año 430 a.C. A partir de este momento, la dirección de la cuadriga del apobates, que en todas las representaciones anteriores avanzaba hacia la derecha, comienza a hacerlo hacia la izquierda, precisamente la dirección que adoptan los carros en el friso norte del Partenón, el que gozaba de una mayor visibilidad en la época. El último ejemplo de la vieja iconografía se encuentra en una cratera de cáliz del Museo Nacional de Tarquinia (AP6), en la que se representa el apobates montado, armado con yelmo y escudo y vestido con chitón, acompañado del parabates que dirige la cuadriga y Atenea estante detrás de los caballos, en el centro de la composición. En cambio, el que se puede considerar el primer ejemplo de la nueva iconografía, una pélice fragmentaria de Olinto (AP7) datada sobre el año 425 a.C. (es decir, después de la finalización del friso del Partenón), presenta la cuadriga avanzando hacia la izquierda y el apobates adopta allí la característica posición del desmonte consagrada en el friso y sobre la que volveremos luego: se reclina hacia atrás (imaginamos que agarrado al parapeto) mientras posa su pie izquierdo en el suelo. Generalmente la pierna izquierda se representa estirada y es visible detrás de la rueda aunque en este caso la representación es complicada y el apobates, en realidad, ha metido la pierna ¡entre los radios de la misma! No se conservan restos del auriga. Esta iconografía se repetirá en la mayor parte de los ejemplos de escenas de apobates conservados a partir de ahora, tanto en cerámica como en escultura. Otro cambio reseñable que tiene lugar a partir del año 430 a.C. es la introducción de Nice como auriga, puesto que anteriormente desempeñaba un personaje anónimo (sobre la figura de Nice en general, Kefalidou 1996, Rodríguez López 2013). Schultz alude a este detalle e intenta dar una explicación para el mismo ligado a la reinterpretación del frontón oeste del Partenón. Retoma el autor una antigua teoría de E. Petersen según la cual este frontón -en el que aparece la competición de Atenea y Posidón por la ciudad -podría estar relacionado con la carrera de apobates. Sobre la naturaleza de la competición entre las dos divinidades la bibliografía es extensa pero parece plausible que ambos dioses, armados, habrían corrido hasta la Acrópolis, saltado de sus carros y terminado la carrera a pie para finalmente plantar sus armas para reivindicar la victoria. Esta idea arroja luz sobre una serie de problemáticas que presenta este frontón y, en opinión del investigador (Schultz 2007, con bibliografía), también permitiría explicar el motivo por el que, a finales del siglo v a.C., Nice se convierte en auriga en las escenas de apobates, es decir, se debería a una influencia directa del programa escultórico de este edificio. En el frontón oeste del Partenón es Nice quien conduce el carro de Atenea, mientras que Anfítrite se encarga del de Posidón. Una cratera aparecida en Olinto (AP8) (Fig. 8) y que porta una representación de apobates (quizá Atenea) con la diosa de la victoria como auriga es importante en su argumentación. Robinson considera que el motivo de Nice erigiendo un trofeo que se figura en la cara B de esta pieza se tomó directamente del parapeto del templo de Nice en la acrópolis ateniense (1933: 97-99); por su parte, Schultz argumenta que la cara A podría referirse al frontón del Partenón y haber impulsado la noción de Nice como auriga en la carrera de apobates en la pintura de vasos (2007: 67-68). Si bien este argumento es plausible, no es plenamente satisfactorio. Incluso si se acepta que la carrera que emprendieron los dioses hacia la Acrópolis siguió el patrón de la carrera de apobates, el frontón oeste no ofrece un modelo iconográfico directo para las representaciones que estamos manejando, es decir, no se representa una carrera de apobates per se. En el único lugar del Partenón donde aparece explícitamente una carrera de apobates que pudiera conformar un modelo iconográfico claro y susceptible de ser imitado es el friso, como ya hemos visto, donde no aparece Nice como auriga en ningún momento. También es destacado el hecho de que la diosa de la victoria solo se incluye en las escenas de apobates en la pintura de vasos, pero no en los relieves del mismo tema. Existen cuatro relieves de apobates (AP2-5) (Fig. 9) con una cronología de finales del siglo v-iv a.C. que han aparecido en Atenas y en Oropos (Beocia). Algunos de ellos formaban parte de un monumento erigido con motivo de una victoria en esta carrera. En ninguno aparece Nice como auriga. Cabría pensar que si la introducción de la diosa de la victoria fuera una consecuencia de la asimilación de la iconografía del Partenón, esta no se restringiera a un medio artístico concreto y que se figurara también en los mencionados relieves. Bien es cierto, no obstante, que la tradición de la imagen pública es más difícil de romper por lo que habría que tomar nuestro argumento con cautela 8. Sin embargo, creemos que la aparición de Nice en los vasos se explica mejor a la luz del lenguaje visual de este medio y los modelos directos que manejaban los pintores que por una hipotética influencia del Partenón. Por ello, consideramos que esta situación apunta más a una asimilación de distintos elementos iconográficos característicos de dos tipos iconográficos cercanos pero distintos: la apoteosis de Heracles y las escenas de apobates. Analicemos, pues, la naturaleza de esta relación iconográfica. RELACIONES ICONOGRÁFICAS ENTRE LAS ESCENAS DE APOBATES Y LA APOTEOSIS DE HERACLES. Hemos apuntado ya en las líneas anteriores ciertos detalles iconográficos que hacen pensar en una relación muy estrecha entre ambas iconografías y que ponen de relieve la existencia de un flujo de influencias entre ellas. Creemos que un análisis estructuralista de ambos motivos iconográficos puede arrojar luz sobre este tema. Por ello, nos vamos a centrar brevemente en los elementos que constituyen la micro-estructura narrativa de ambos temas, el nivel más básico y elemental de la narración pictórica 10, con objeto de visualizar las diferencias estructurales de ambos motivos así como sus puntos de confluencia. Para ello son útiles toda una serie de metodologías derivadas de la teoría literaria que se han incorporado en las últimas décadas al estudio la narración y abordar estos elementos en cuanto a su función o funciones dentro de la narración. En el caso de las crateras tempranas con la apoteosis de Heracles con composición en dos registros, la escena se estructura en torno a dos núcleos narrativos: Heracles en la cuadriga y mujeres o sátiros apagando la pira funeraria, si bien este último núcleo más bien podría interpretarse como una catálisis. Diversas figuras y elementos iconográficos funcionan en estas escenas como índices e informantes, identificando la escena y los personajes y apuntando ideas extra narrativas. En las versiones posteriores, el pintor prescinde de elementos secundarios de la narración para concentrarse solo en el núcleo principal de la acción: la cuadriga portando una figura masculina y una femenina. La clava funciona como informante esencial para la identificación de la figura como Heracles al igual que las alas para el reconocimiento de Nice y el escudo en el caso del apobates. Ambos temas, en la configuración que estamos analizando surgen casi de manera contemporánea en la pintura de vasos por lo que es difícil proponer la preeminencia de uno sobre otro. Los núcleos de ambas narraciones se estructuran de la misma forma: hombre + carro + auriga, con una serie de informantes y catálisis característicos que precisan el sentido en cada uno de ellos: clava, Hermes y Nice en el caso de Heracles; panoplia, posición oblicua, terma, ausencia de Hermes, para la carrera de apobates. En las piezas más sencillas, la distinción tiene lugar exclusivamente en base a la presencia de clava o de panoplia, pues el resto de signos iconográficos son comunes. Las similitudes entre ambas iconografías a nivel estructural son pues evidentes y es posible que se traduzcan también al plano del significado, como se explicará luego. Es más, un análisis detallado de las dos iconografías releva un interesante trasvase de informantes y catálisis entre ambas. Diversos signos iconográficos fluctúan entre ambos núcleos y proporcionan un material muy importante a la hora de investigar la posible asimilación de la apoteosis de Heracles y del apobates victorioso en el plano significativo. Identifiquemos, pues, esos "intrusos". Gestos y personajes fuera de lugar: Nice, Hermes y el gesto del desmonte Más arriba referimos ya la problemática en torno al personaje de Nice, que se introduce en las escenas de apobates en la cerámica alrededor del 430 a.C. A partir de este momento, estará presente en casi todos los vasos que representan el tema pero no aparecerá nunca en los relieves escultóricos. Nice, al mismo tiempo, se figura en gran parte de las escenas de la apoteosis de Heracles a partir de finales del siglo v a.C. Su introducción en las escenas de apobates, en este caso, creemos que tiene más que ver, como explicamos más arriba, con los tipos iconográficos que manejaban los pintores de vasos, y en particular con el de la apoteosis de Heracles, que con una influencia iconográfica directa del frontón del Partenón. No obstante, tampoco se debe exagerar la influencia del tema heracleo en este caso ni considerar a Nice una intrusa en las escenas de apobates cuya presencia se justificaría por una influencia directa del tema de la apoteosis. Más que intrusa, consideramos que es una introducción conveniente para ambos temas, pues aporta resonancias significativas distintas a las generadas por Atenea y que están muy en línea con el espíritu de la "iconografía nueva" del siglo iv a.C. De hecho, Nice no es un elemento indispensable en el tema de Heracles. Es un simple índice, no es parte indispensable del núcleo y su presencia o ausencia no altera la acción de este en absoluto. Es más, la presencia de la clava es más necesaria para la identificación del tema que la de la diosa alada. Sin embargo, en su papel de índice sí introduce matices significativos a los que aludiremos más adelante. De manera interesante, las fuentes literarias sobre la apoteosis del héroe no refieren la subida de Heracles al Olimpo en cuadriga y por ende, la introducción de la diosa en el papel de auriga es una adición iconográfica que se debe a los propios pintores de vasos y que encuentra su fundamento en la creciente importancia que va otorgándose a esta figura en la Atenas del siglo v (baste recordar el templo de Atenea Nice, cuya construcción comenzó alrededor del año 420 a.C.). Nice será una presencia cada vez más importante en la pintura de vasos a partir de esta época y adoptará un papel muy significativo en la obra de algunos pintores del siglo iv a.C., como el Pintor de Toya. Es esta diosa, por lo tanto, el personaje más idóneo para dirigir una cuadriga victoriosa, sea la de Heracles en su camino al Olimpo, es decir a su inmortalidad, o la del joven que vence en la competición más estimada de las Panateneas. Ambas son escenas de triunfo. La sustitución de Atenea -presente tanto en las versiones arcaicas como en la pélice de Munich-por Nice en la apoteosis del héroe habría que entenderla en este contexto. Un momento iconográfico intermedio es una ánfora campana del Pintor de Talos en que la Victoria no conduce el carro pero se figura en dos ocasiones bajo las asas, en una de ellas, sostiene la corona de laurel para ceñir al héroe (quien, por otra parte, aparece ya coronado) y en la segunda, porta un timiaterio y una fiala para realizar la libación en su honor. ¿LA APOTEOSIS DE HERACLES O UNA ESCENA DE APOBATES? A PROPÓSITO DE UNA CRATERA... En cuanto al gesto del desmonte, este lo hemos definido como la posición oblicua que adopta el apobates en el carro, con la rodilla derecha semiflexionada y la izquierda extendida detrás de la rueda a punto de tocar el suelo, preludio del salto hacia atrás (Fig. 3 y 9). Este gesto tan característico aparece por primera vez en el friso del Partenón e inmediatamente se incorpora en la pintura de vasos, aunque de un modo menos exagerado que en los relieves de finales del siglo V-IV a.C., en particular cuando el espacio vacío a la derecha de la cuadriga es suficiente para permitir tal posición. De manera interesante este gesto se cuela también en las escenas de la apoteosis de Heracles a partir del año 400 a.C. (Fig. 10). Es especialmente obvio en el ánfora del Pintor de Talos y también está presente en el fragmento de Los Nietos motivo de este estudio (Figs. Finalmente, una prueba más de las relaciones de ambos temas es la presencia de un "intruso" muy particular en las escenas de apobates. Se trata de Hermes, que hace su aparición en una cratera de campana del Pintor de Upsala con el tema del apobates (AP11) (Fig. 11). Este pinta escenas de apoteosis en dos ocasiones: en la cratera de la colección Mynors (H9), Heracles monta la cuadriga que conduce Nice mientras Apolo, identificado por la eirisione, avanza hacia el carro. Una pequeña Nice vuela sobre el primer caballo. En el campo de la imagen cuelgan ramas de laurel y debajo de la cuadriga se representa el mundo marino: tres peces y un delfín indican el vuelo del carro. Una escena similar pinta en una cra-tera de Bologna (H8). Repite el laurel, los peces y la cuadriga con Heracles e introduce delante del caballo la figura habitual en estas escenas, Hermes en lugar de Apolo, corriendo y con el caduceo bien visible en la mano derecha. El aspecto interesante de estas producciones tiene que ver con la introducción de Hermes -identificado por la clámide y el caduceoen la tercera cratera que pinta (AP11) (Fig. 11), la de la carrera de apobates, contexto en el que el dios está completamente fuera de lugar 13. Este "desliz" es un testimonio de gran importancia que prueba, a nuestro juicio, la estrecha relación de ambas iconografías en la mente de los pintores de vasos. APOTEOSIS DE HERACLES/APOBATES VIC-TORIOSO EN CONTEXTO IBÉRICO: ¿UN MIS-MO SIGNIFICADO? Después de los análisis presentados cabe preguntarnos si la relación entre ambos temas se reduce al plano "sintáctico" o se traduce también en una asimilación conceptual. Es decir, ¿significa lo mismo la apoteosis de Heracles que el triunfo del apobates? En realidad, el mensaje que transmiten ambos es ciertamente similar: visualizan una promesa de inmortalidad, en el caso de Heracles, materializada en su introducción en el Olimpo como un dios tras una vida de esfuerzos sobrehumanos y en el caso del apobates, a través de la fama "olímpica", de la victoria en una de las carreras más complicadas de las Grandes Panateneas, que requería el dominio Figura 10. Cratera de cáliz de figuras rojas con la representación de la apoteosis de Heracles. Fotografía: © Trustees of the British Museum. de muy diversas técnicas. El hecho de que ambos núcleos narrativos se estructuren de la misma manera, las relaciones entre ellos y la fuga de elementos iconográficos característicos que hemos puesto en evidencia son significativos. Es importante considerar también el modo en que el espectador antiguo se enfrentaba a su cultura visual, proceso que puede ser reconstruido a grandes rasgos a través de descripciones antiguas de obras de arte (sobre este aspecto, véase Stansbury-O'Donnell 1999: 55-70). Los últimos estudios al respecto coinciden en que el primer paso del proceso de visualización consistía en la identificación rápida del tema de la imagen narrativa, es decir, la identificación del núcleo, de la acción, para después proceder a refinar esa información adquirida en un primer instante mediante la asimilación del resto de elementos de la composición, como los informantes que, como bien expresa Stansbury O'Donnell (1999: 92), identifican a las figuras más que al tema. En este proceso, la manera de estructurar el núcleo adquiere pues, una importancia capital, se dirige directamente a nuestra mente activando los mecanismos de reconocimiento de la imagen. Al mismo tiempo, enraizados en un contexto cultural preciso, determinados núcleos se van cargando de significaciones que trascienden la mera acción representada y adquieren un valor de índice, de hieroglifo, compartido por el productor de la imagen y su público receptor. En este caso, el personaje que avanza en un carro conducido por Nice sirve también como índice paradigmático que alude a la recompensa posterior a la muerte, y las relaciones entre ambas escenas indican que el viaje en cuadriga va a convertirse en una narración casi genérica en referencia al viaje a un más allá que comienza a concebirse de una manera mucho más amable en esta época. Otro detalle iconográfico que hemos comentado con anterioridad apunta también en este sentido. Se trata de la dirección de la cuadriga. Hemos visto que en los últimos decenios del siglo v a.C. el carro del apobates cambia de dirección y comienza a mirar a la izquierda, al igual que el del héroe. Quizá este cambio se deba a la influencia del Partenón pero en el plano significativo adquiere relevancia en relación con la cuadriga de Heracles. La dirección de avance de las figuras en el arte griego es importante y cumple una función narrativa esencial 14. La derecha connota la fuerza heroica, la victoria, la superación. Es la dirección en la que parten los héroes -conocidos son muy abundantes entre las piezas exportadas a estos territorios de occidente. Un caso interesante lo encontramos en la cratera de Toya del Pintor de Toya en la que la diosa corona al vencedor en otro evento deportivo, una lampadedromia en este caso (MAN 1986/149/205). No sabemos qué destino podría haber tomado la cratera origen de este estudio tras su paso por el almacén de Los Nietos. Quizá si, tal y como suponen sus excavadores, este complejo funcionaba como centro redistribuidor de cerámica en el área sureste de la Península (García Cano y García Cano 1992), esta cratera habría seguido el mismo camino que otras de la zona y habría encontrado descanso eterno en la tumba de algún ibérico destacado. ¿Apoteosis de Heracles o escena de apobates? Poco importan ya los debates iconográficos en el espacio liminar de la tumba; allí, ya solo queda esperar que se realice la promesa que encierran ambas imágenes: la del viaje triunfal al allende.
El trabajo presenta un doble análisis cuyas conclusiones aportan argumentos para fijar la datación de la inscripción de Honorato conservada en Sevilla. En primer lugar un análisis comparativo del texto de la inscripción con el de un nuevo manuscrito de la RAH; y en segundo lugar un análisis científico del soporte (superficie e incisión de las letras), con software y equipo de microscopía adecuados, extendido a diversas piezas de características y cronología similares. Mientras trabajábamos en la redacción del CIL XVIII/2, dedicado por entero a los CLE de Hispania 1, hace poco más de una década, tuvimos la ocasión de ocuparnos con detalle del Carmen dedicado al obispo Honorato (Fernández Martínez y Carande * El trabajo se desarrolla en el marco del Proyecto I+D+i Inscripciones latinas en verso de Hispania. La autora es Investigadora Responsable del Grupo de Investigación del PAIDI (ref. HUM156). 1 El volumen está ya en fase avanzada de edición. Asimismo, los resultados del proyecto se han hecho públicos en un portal web bilingüe español-inglés, con tres bases de datos interconectadas: www.clehispaniae.com. Un trabajo previo de Gimeno y Miró (Gimeno y Miró 1999: 241-257) trataba de demostrar que esta pieza epigráfica no era una realización antigua, sino una falsificación grabada muchos siglos después de la vida y muerte de Honorato (589-641), esgrimiendo para ello argumentos variados, como las singulares características del soporte y su insólita decoración, ciertos detalles curiosos o exagerados relacionados con la paleografía, los nexos, el sangrado o la compaginación, y algunas otras "rarezas" relacionadas más bien con el texto, que fueron analizadas, contestadas y contraargumentadas en el citado trabajo de 2002 que realizamos conjuntamente Carande y yo misma. Las conclusiones de aquel trabajo, lejos de deshacer las incertidumbres relacionadas con el hallazgo de la inscripción, y sin llegar a resolver su carácter original o reciente, ofrecía argumentos, basados en paralelos conocidos y relacionados con el soporte, la ordinatio, la paleografía y el texto, que nos parecieron suficientes como para no restar autenticidad al Carmen de Honorato. Diez años después, y fruto de un Seminario Internacional organizado por la UAB2, una de las autoras del referido trabajo de 1999, H. Gimeno, vuelve sobre el controvertido epitafio de Honorato. Su trabajo de 2012 (Gimeno 2012: 83-98) se basa sobre todo en la aparición de una versión manuscrita del texto que, en opinión de la autora, confirma sus viejas sospechas sobre la falta de antigüedad de la inscripción del arzobispo. La presunta datación del epígrafe en el siglo vii queda también descartada, siempre en opinión de la autora, en virtud de la observación del soporte con un "microscopio electrónico", cuyos resultados se expusieron en el mismo Seminario y se publican en el mismo volumen (Sánchez Velasco 2012: 55-69). Pero vayamos por partes. Sin prejuicios sobre su autenticidad o falsificación (aunque aún se pueden aportar algunas pruebas científicas), sin que medien intereses ni en un sentido ni en el otro, diez años después de mi trabajo conjunto con Carande, me sigue pareciendo mucho más difícil demostrar la falsificación del epígrafe que argumentar su autenticidad. Y corroborando esta dificultad, precisamente, el trabajo de Gimeno 2012 concluye, en su último párrafo, que todo lo dicho en las páginas precedentes "no es más que una hipótesis indemostrable" (Gimeno 2012: 96). Difícilmente, pues, a partir de una hipótesis indemostrable podría extraerse una conclusión tan tajante como la certeza de que el epitafio de Honorato no se hubiese grabado en el siglo VII (Gimeno 2012: 83), haciéndolo desaparecer, en consecuencia, de los distintos repertorios, colecciones o antologías de inscripciones latinas antiguas. Procede, pues, encontrar argumentos -yo no diría pruebas-que puedan resultar demostrables, objetivos y, sobre todo, esclarecedores. Si la reafirmación de la falsificación de la pieza procede fundamentalmente del descubrimiento de un nuevo manuscrito de la RAH3, y de su análisis comparativo con el texto grabado en el soporte de mármol, corresponde valorar este análisis4 con cierto detenimiento, centrándonos sobre todo en los aspectos que puedan resultar más significativos. EL MANUSCRITO DE PORRAS DE LA CÁMARA El manuscrito está incluido en un códice titulado Inscripciones recogidas en Sevilla por Porras de la Cámara y contiene papeles varios de los siglos XVI y XVII. Según nos transmite Gimeno, algunos de los papeles del códice podrían haber pertenecido a Luciano de Negrón (Sevilla 1541-1606), a quien va dirigida la scheda con la inscripción de Honorato5. Si observamos la imagen que nos proporciona Gimeno (Gimeno 2012: 87) y la comparamos con la inscripción conservada, vemos que el manuscrito no El hecho, pues, de que el manuscrito en cuestión no dibuje el soporte de IHC 65 no impide, en absoluto, que el autor del manuscrito copiara la inscripción directamente del soporte. Pero las diferencias no afectan solo al dibujo o no de su soporte, sino que se extienden a diversos aspectos relacionados con la ordinatio y con la propia lectura del texto, que repasaremos a continuación, siempre con el objetivo de poder aclarar, a través del análisis, que no es demostrable ni está demostrado que IHC 65 se grabara a partir del manuscrito de Porras de la Cámara (no antes del siglo xvii, por tanto), y que no es imposible que tal manuscrito se escribiera tomando como modelo la inscripción grabada sobre su soporte. IHC 65 resulta aparentemente legible hoy por hoy, pero esto es más una apreciación de conjunto que una realidad en sus detalles. Algunos de sus rasgos o características paleográficas pueden hacer difícil su lectura; difícil hoy, con la pieza perfectamente limpia y bien conservada, y no sabemos si mucho más difícil hace siglos (en 1606), cuando no podemos llegar a saber su estado de conservación ni su grado de limpieza. Un punto de dificultad para su buena interpretación (y también para su transcripción manuscrita) -aparte del estado de conservación y limpieza que pudiera tener en 1606-lo constituye la abundancia de nexos o la similitud entre las letras E, I y T (como veremos con detalle a continuación). Veamos los pormenores de la transcripción y su comparación con el texto grabado sobre el mármol: -Es verdad que el manuscrito no transcribe la primera línea, comenzando directamente con beata tenes; pero no es de extrañar que si la piedra estaba sucia en 1606, su transcriptor pudo no haber entendido esas letras que están a medias (conmuṇị̣ ṣe) -apenas 3 o 4 de ellas se leen bien (cf. figura 5) -y empezar directamente en línea 2, obviando esa línea fragmentaria y las dificultades para restituirla. -Las diferencias de la líneas 3 y 4 que afectan a la n/m final de iam y dum resultan irrelevantes, pues desde antiguo se conoce la neutralización, en posición final, de ambas consonantes. -En línea 4 el texto grabado sobre la piedra nos deja leer una forma verbal m^an^eret, con dos nexos (cf. Figuras 6A y 6B) que el transcriptor pudo no haber entendido bien, de forma que, interpretando a duras penas las letras amalgamadas del original, escribió MAERET, con una A muy estrecha y sin travesaño, que no se parece a ninguna otra del manuscrito, y que parece confirmar la falta de comprensión del transcriptor. -La divergencia de la línea 5 resulta definitiva y confirma, en mi opinión, que el manuscrito se hizo a partir del texto grabado en la piedra (y no a la inversa), con algunas lagunas y falta de comprensión por parte del autor. En este caso, el copista no entendió la palabra PETIT en la piedra (por esa similitud entre E, I y T que mencionábamos supra) y escribió PHII (que no es ninguna palabra latina, pero que se parece bastante a lo que se lee a simple vista en el mármol; cf. figuras 7A y 7B. -Igualmente, en línea 7 el copista no entendió en la piedra esa abreviatura neumática IDE(m), cuya I está demasiado cerca de la palabra anterior (cf. figuras 8A y 8B) y la sustituyó por algo que no sabemos muy bien qué es (Gimeno 2012 interpreta VE. como abreviatura de uenerabilis), pero que en todo caso parece fruto de la incomprensión del original por parte del copista. -Significativa también es la divergencia de la línea 9, en la que no coinciden los números de la era, lo cual es bastante explicable y resulta tan definitivo para confirmar que el texto manuscrito se copia del grabado en el soporte -y no viceversa-como el caso de la línea 5. El manuscrito transmite DCLXXII, mientras que en el soporte leemos DCLXXVIIII; pero esta cifra del soporte presenta algunas particularidades paleográficas reseñables (cf. figuras 9A y 9B): la V está escrita de forma que podría parecer un II (emborronada por abajo) y las cuatro unidades (IIII) tienen un tamaño mínimo (poco más de 1 cm, mientras que las demás miden entre 3 y 5 cm). Tales cifras podrían incluso no verse (dependiendo de las condiciones de conservación y limpieza del soporte), dado que además estaban pegadas contra el borde del campo epigráfico y casi desbordándolo. La lectura que hizo el copista -DCLXXII-es, pues, perfectamente comprensible y fruto de una mala transcripción del texto original. No es el primer ni el único caso en que algunos editores de textos epigráficos obvien en sus ediciones caracteres grabados sobre la piedra en tamaño muy menor 8. 464, en la que se edita solo el praescriptum en prosa, diferencia relativa a la fecha resulte tan sorprendente como para llevarnos a pensar directamente que el manuscrito en cuestión sea una invención renacentista (Gimeno 2012: 95). Otra cosa es ya el epitafio que Tajón dedicó a su hermano Honorato, que no se conserva en piedra y que tiene algunas diferencias muy considerables respecto de IHC 65 y del manuscrito de Porras de la Cámara: sobre todo, las dos líneas iniciales en las que se menciona explícitamente que Honorato sucedió a Isidoro; y una alusión reiterada (y poco explicable si no fuese políticamente interesada) a su escaso don de lenguas... cosas ambas que nos pueden hacer pensar que este epitafio sí pudo ser una invención posterior, con la intención de eliminar a Theodisclo como sucesor de Isidoro 9, como nos explica Gimeno 2012. LA RELACIóN ENTRE EL SOPORTE Y EL TEXTO GRABADO EN ÉL La datación del epígrafe en el siglo vii queda también descartada, de nuevo según Gimeno, en virtud de la observación del soporte con un "microscopio electrónico" por parte de Sánchez Velasco, cuyos resultados se expusieron en el mencionado Seminario y se publican en el mismo volumen 10. El trabajo en cuestión, bajo el muy ambicioso título Pruebas arqueológicas de la falsedad de la inscripción IHC 65, obvia explícitamente las apreciaciones epigráficas, filológicas y lingüísticas, sin llegar a analizar ni valorar los argumentos de tal naturaleza que en su día expusimos Carande y yo misma en el trabajo ya citado, y centrándose en cuestiones más bien arqueológicas (contexto, soporte y características físicas). Lamentablemente, el muy complejo contexto arqueológico del carmen de Honorato, y las pocas y contradictorias noticias sobre su hallazgo -como sucede con tantas otras piezas-son de escasa ayuda a la hora de decidir sobre su datación originaria o obviando el carmen, grabado en tamaño mucho menor (6 cm el praescriptum, 0,5 cm el carmen); cf. la pieza completa en Fernández et alii 2007: 248-249, CA6. 7. reciente, pero no pueden llevarnos automáticamente a la conclusión de que la pieza sea falsa. El soporte, que -también como en muchas otras ocasiones-ha sido, en efecto, reutilizado 11, ha sufrido un intenso trabajo de pulimento, no solo para suprimir parte de sus decorados sino también para la natural preparación del campo epigráfico antes de su incisión. En esta labor de pulido hace especial hincapié Sánchez Velasco, a quien llama la atención que el campo epigráfico esté libre de impurezas y concreciones, y no tanto los laterales que conservan los motivos decorativos. Sin embargo, como ya observamos en su momento (Fernández Martínez y Carande Herrero 2002) y como corrobora el análisis científico que ofrecemos en estas mismas páginas, parece razonable que se hayan intensificado las labores de pulido en el campo epigráfico -que siempre se prepara para su incisión-, descuidándose los laterales, no ya solo porque no vayan a formar parte del campo epigráfico, sino porque, en este caso concreto, la decoración llena de relieves no admite un cómodo pulido, facilitando además el acúmulo de restos a lo largo de los siglos. ANÁLISIS DE LOS ARGUMENTOS PARA DECIDIR SU AUTENTICIDAD O FALSIFICACIóN... los resultados del análisis deben ser valorados no de manera absoluta sino relativa, es decir, extendiendo el análisis a otras piezas de similares características (datación, soporte, material, tipo de letra, datación, etc.). Sin embargo, en el curso del mencionado análisis, la pieza en cuestión solo se ha comparado con otra14, también dedicada a Honorato, de mármol blanco, muy pulido, muy bien compaginada y totalmente distinta en su ejecución; por lo que los resultados, como era previsible, son muy distintos, y no resultan suficientes para reforzar los argumentos o asegurar las conclusiones. De ahí la doble necesidad de, por un lado, hacer un análisis material, válido desde el punto de vista científico, de la piedra y sus incisiones, con equipo y software especializados para la correcta toma de muestras; y ampliar, por otra parte, el análisis a otras piezas de la misma época y similares características de incisión y ejecución. Solo así podríamos extraer conclusiones metodológicamente aceptables en torno a la datación, temprana o reciente, de la inscripción de Honorato. Para ello, hemos contado con el equipo especializado, material y humano, del Servicio de Microscopía (S.M.) de la Universidad de Sevilla [URL], un Servicio General de Investigación [URL] scisi/sgi) destinado a facilitar la infraestructura y apoyo técnico para que se lleven a cabo trabajos de investigación que requieran el uso de variadas técnicas de microscopía. La investigación desarrollada en el S. M. abarca una gama amplia y heterogénea de temas, implicando a muy diversas áreas de conocimiento. El S. M. cuenta con los equipos necesarios para la observación de muestras materiales, en microscopía electrónica de transmisión y barrido, microscopía óptica y de fuerzas atómicas. Para la correcta observación microscópica de IHC 65, un equipo formado por los doctores Patricia Aparicio (subdirectora del CITIUS), Francisco Varela y Consuelo Cerrillos (especialistas en Microscopía), José Beltrán (arqueólogo) y yo misma15, nos desplazamos a la Iglesia de El Salvador, donde se ubica en la actualidad la pieza. Hemos utilizado una Lupa Leica S8APO, dotada de cámara Leica DC300 (figura 10). Se ha trabajado con el software Leica IM50, versión 1.20, para la visualización de las imágenes, obteniéndose los siguientes resultados (en cada imagen se muestra la escala a la que está hecha la foto; junto con las imágenes de la lupa se han realizado fotografías con cámara Nikon de alta resolución para localizar a escala real las zonas estudiadas sobre las distintas piezas). La tabla siguiente (Fig. 11) muestra los detalles fotográficos de distintas zonas estudiadas sobre la inscripción de Honorato y resultado de la observación con lupa. Como puede apreciarse en las imágenes, el campo epigráfico muestra huellas claras de los trabajos de pulido necesarios y habituales para la preparación del mismo en cualquier soporte (reutilizado o no); que las herramientas para llevar a cabo tales tareas de pulido fuesen o no de hierro no nos confirma o desmiente nada en relación con el carácter más o menos reciente de la incisión. Asimismo, y como era de esperar, los laterales con decoración dejan ver huellas claras de las incrustaciones y depósitos de distintos materiales a lo largo de los siglos. En cuanto a las letras, el equipo de microscopía utilizado nos muestra de modo evidente una incisión profunda y firme en toda la inscripción; de lo cual ofrecemos en la figura 11 algunas muestras: la I de pontifex, en l. 7; la S de menses en l. 11, de la que se muestran distintas imágenes ampliadas, tanto de su remate como de su trazo; y la N de gaudens, en l. 4, de la que se muestran sus dos remates, superior e inferior, y el ángulo de encuentro entre los dos trazos. Para tener datos de referencia con los que poder comparar los resultados de este análisis y extraer conclusiones plausibles, nos hemos desplazado al Museo Arqueológico de Sevilla, donde se han observado, con los mismos equipos de microscopía, las siguientes piezas16: -Un soporte de mármol blanco sin inscripción, casi idéntico al del carmen de Honorato, hallado en Dos Hermanas y que Sánchez Velasco describe como la cubierta de tumba17 (Figura 12); el soporte presenta unas características muy similares al que nos ocupa (un bloque octogonal y con la misma decoración de cuadrifolias en ambas caras laterales, que debió de pertenecer al mismo taller de producción, y formaba parte de un conjunto de restos arqueológicos hallados al sur de la antigua ciudad de Orippo (Dos Hermanas, Sevilla), fechado por Escacena en virtud de sus motivos y técnicas decorativas a fines del siglo vi o durante el vii, fechas que coinciden con las de la redacción del Carmen de Honorato (Escacena 1985-86: 321-331, esp. 322) 18. -La placa funeraria de Leoncio, procedente de Écija, grabada en el año 596 (mármol blanco) sobre una inscripción anterior 19 (Figura 13). -La placa funeraria de Quistricia, procedente de Osuna y grabada en el año 708 20 (mármol blanco de Almadén de la Plata), (Figura 14). -Y la placa funeraria de mármol gris dedicada a Eusebia, procedente de Aznalcázar, grabada en el año 501 21 (Figura 15). En las respectivas tablas se muestran los detalles fotográficos de las distintas zonas estudiadas en estas piezas y el resultado de la observación con la lupa descrita Cf. figuras 16 a 19. Los resultados del análisis aplicado a todas las piezas, con equipo y software especializados para la correcta toma de muestras, hablan por sí solos, ayudándonos a ver cómo la observación microscópica de los detalles del pulido del campo epigráfico, de los motivos decorativos y de la incisión de las letras nos muestra unos resultados muy similares en todos los casos, ya se trate de letras de gran tamaño o de pequeño tamaño, de sus astas, de sus ángulos o de sus remates. Los trazos de las letras de la pieza de Honorato se asemejan a los de estas otras inscripciones de fechas más o menos coetáneas y de la misma área geográfica, conservadas en el MAS. Así pues, y como muestran las tablas, la inscripción dedicada a Honorato no presenta signos distintivos respecto de las demás que nos puedan llevar a concluir que el soporte y las letras pertenezcan a épocas muy alejadas, ni a sospechar, por tanto una falsificación intencionada en fecha muy posterior y con unas técnicas muy distintas. En conclusión, el análisis comparativo del nuevo manuscrito de la RAH 22 con el texto grabado en el soporte de mármol y la detenida valoración de sus diferencias no pueden asegurar que el texto manuscrito no sea una transcripción de IHC 65, sino que más bien nos animan a pensar lo contrario, como hemos tratado de demostrar en la primera parte de este trabajo. Y, por último, tales sospechas sobre la falta de antigüedad de la inscripción de Honorato no se ven confirmadas, sino más bien desmentidas, por el análisis con el equipo de microscopía aplicado a
El presente trabajo da noticia de cinco nuevas inscripciones descubiertas in situ en uno de los recintos, de naturaleza cultual y autorepresentativa, en los que se abría el pórtico occidental del foro de la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza) un municipio del antiguo conuentus Caesaraugustanus de la Tarraconense. El conjunto, de carácter dinástico y promovido por M. Fabius Nouus y Porcia Faventina, se articuló en torno a una dedicatoria a la Victoria Aug(usta) y a una serie de homenajes cruzados a miembros de las familias de los dedicantes, hasta la fecha prácticamente desconocidas en la prosopografía de la citada comunidad, de nombre antiguo aun ignoto. Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza) es el nombre con el que se conoce popularmente a los restos de una ciudad romana -de nombre antiguo aun ignoto (véase, para las opciones Andreu 2011: 30-31)-emplazada en la actual Comarca de las Cinco Villas, al pie de una calzada estratégica que permitía la unión de Caesaraugusta con el Sur de la Galia y el Cantábrico (Aguarod y Lostal 1982; Magallón 1986; Moreno 2009). La ciudad se extiende a lo largo de 24 ha. en la parte central de un valle regado por los ríos Riguel -al oeste-y Arba de Luesia -al este-y comprendido entre los cerros de El Pueyo, al oeste, Puy Foradado, al este, y El Huso y La Rueca, al sur, mientras que al norte limita con el barranco de Valdebañales (Andreu et alii 2008). En este espacio y, más en concreto, en la ladera este de El Pueyo, la Fundación Uncastillo, por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, viene realizando desde hace cinco años excavaciones arqueológicas en dos zonas correspondientes a un barrio doméstico-artesanal, situado en las inmediaciones de un pequeño recinto termal (Uribe et alii 2011: 253-260; Andreu 2012: 56-61;2013), y al foro de la ciudad (Andreu 2012: 44-48; Andreu et alii e. p.). Los trabajos en este último espacio se han centrado en su pórtico oeste descubriéndose, a lo largo de las campañas de 2011, 2012 y 2013, la existencia en él de hasta cuatro recintos, tres con cabecera recta y uno con cabecera curva, al menos en su fase final y que, posiblemente, tuvieron carácter sacro y función, también, auto-representativa de las familias que promovieron y financiaron al menos dos de ellos (Fig. 1). Esos dos, precisamente, la exedra y el recinto ubicado a su derecha, han permitido recuperar un impresionante conjunto de hasta nueve inscripciones in situ, cuatro en la exedra (Jordán 2012) y cinco en el recinto que nos ocupa, centrándose la atención en las siguientes páginas, en este último espacio, el de más reciente excavación y, probablemente, el más espectacular de los dos dado su excelente estado de conservación. El recinto que se presenta a continuación corresponde a una habitación de planta cuadrada de 5,34 x 4,70 m, que se abre al pórtico occidental del foro de la ciudad (Fig. 2). Para su construcción se emplearon grandes sillares de piedra arenisca local dispuestos a hueso, con la peculiaridad de que, en el caso del muro norte, se asentaron sobre una gruesa cimentación de hormigón de 67 cm de altura y 50 cm de grosor (Fig. 3). Este tipo de construcción mixta no es extraña en el mundo romano (Giuliani 1997), si bien es cierto que suele ser más frecuente emplear el hormigón en el núcleo de las paredes para después revestirlo con lajas de piedra o mármol o simplemente revocarlo con argamasa como, posiblemente, fue el caso del edificio que nos ocupa. En relación con ello y al margen de la función estructural del hormigón, cabe destacar el relleno de uno de los sillares del muro sur con hormigón, con la finalidad de obtener una superficie homogénea sobre la cual enlucir, así como pequeños restos de este enlucido recuperados en las excavaciones (Figs. Además, la investigación arqueológica de este recinto ha permitido identificar Figura 3. Muro norte de la edícula (Fotos: Á. Detalle del muro sur de la edícula, con un sillar fragmentado y rellenado con hormigón (Foto: Á. una pequeña caída de pinturas, en su mayoría fragmentos blancos con algún filete rojo, y un zócalo de estuco blanco en su lado este. En la pared que cerraba el acceso al pórtico se han conservado tres marcas de anclaje que, posiblemente, permitían la disposición de una reja (Fig. 6). Esto permite inferir que se trataría de un espacio cerrado al público, aunque visualmente abierto. La puerta fue clausurada con posterioridad por un muro de sillarejo de 240 cm x 40 cm, lo cual, quizá, facilitó la conservación de este conjunto. Por último, el suelo estaba recubierto por un pavimento de opus signinum flanqueado por dos gruesos baquetones realizados en opus caementicium, dispuestos en el ángulo entre el suelo y la pared. En uno de ellos, el derecho, se conserva la cuna para una viga rectangular de 25 x 8 cm que, posiblemente, sirvió para sustento del dintel que permitiría abrir el vano de entrada. El conjunto de sujeción de este dintel se completaba con una segunda viga de similares dimensiones, dispuesta en perpendicular a la anterior, cuya cuna se conserva labrada en el sillar (Fig. 7). Además, este pavimento de opus signinum muestra un considerable grado de desgaste en la entrada al recinto, así como hacia ambos costados: en dirección al conjunto epigráfico de los promotores del recinto y a la inscripción n. Por el contrario, por el centro del conjunto epigráfico dicho desgaste se aprecia como menor, diferencia quizá producida por la existencia de algún objeto móvil que impediría el paso (Fig. 8). Resto conservado en el muro norte del enlucido de la pared del recinto (Foto: Á. Cunas para el posicionamiento de la reja de acceso a la edícula (Foto: Á. La excavación de este espacio permitió recuperar un conjunto de restos óseos humanos bajo una caída de piedras, sin materiales asociados. El cadáver estaba dispuesto de forma totalmente flexionada sobre sí mismo y con la extremidad superior derecha sobre la cabeza y la izquierda sobre el cuerpo (Fig. 9), sobre el nivel ya de cierre y abandono de esta estructura. A 20 cm del suelo de opus signinum se localizó el primer nivel de deposición en este espacio, quizá previo a su tapiado, caracterizado por la identificación de un vertido de cenizas junto al muro norte (Fig. 10). Entre ellas se recuperaron abundante restos de cerámica de almacenaje, un clavo y un fragmento de cerámica, posiblemente terra sigillata hispánica tardía de muy buena calidad (Fig. 11). El hallazgo de este pequeño fragmento permite situar este vertido y, por extensión, el abandono del conjunto y su posterior tapiado, en un momento incierto comprendido entre los siglos iii-vi d.C. Junto a estos materiales, en el resto del recinto se han localizado diferentes fragmentos cerámicos fruto del abandono y acumulación paulatinas. Entre ellos destacan fragmentos de tegulae e imbrices, un clavo partido en dos, algunos pequeños huesos y abundantes fragmentos de cerámica romana de almacenaje (Fig. 12). En este esquema constructivo, las cinco inscripciones conservadas se dispusieron en el muro del fondo, de frente a la puerta de acceso, formando un podio corrido con zócalo y cornisa (Fig. 2). El zócalo está asentado sobre una hilera de sillares y aparece moldurado (18 x 11 cm), con una secuencia de talón invertido (7 x 6 cm) y escocia (10 x 5 cm) para terminar con un pequeño listel (1 x 2 cm). Sobre él se asienta el cuerpo del monumento, formado por bloques o placas de arenisca de 82 x 97 cm de media, para terminar con una cornisa corrida, también moldurada, de 26,5 x 77 cm, sobre la cual se conservan las cunas de anclaje de las estatuas que completarían el conjunto hoy protegido por unas réplicas para facilitar su conservación in situ. Los textos, todos ellos inscritos en el interior de un campo epigráfico en forma de tabula ansata -motivo epigráfico especialmente bien atestiguado en la documentación epigráfica de la comarca (Jordán 2009: 522)-son los siguientes: Interpunción triangular (Fig. 13). Se conocen otros dos testimonios de Fabii en las cercanías de Los Bañales. Así, por ejemplo, E. Hübner da la noticia de la existencia de una inscripción perdida donde aparece una Fabia Ederettatia C. Irurciradin (filia) (?), in domo Balthasaris de Arbués, en Sádaba, hoy perdida. Además, de Layana procede otro texto -también desaparecido-donde figuran sendas Fabiae1. Por su parte, Nouus es un cognomen poco extendido en la epigrafía peninsular. Capital cuadrada (Fig. 14). Porcia Fauentina Como se puede apreciar, si bien el primer testimonio conservado de culto a la Victoria se data ya en época de Augusto, no va a ser hasta avanzado el Principado, a partir de mediados del siglo i d.C. y, sobre todo, del siglo ii d.C., cuando se realicen la mayor parte de las dedicatorias conservadas. Estas tienden a concentrarse en dos grupos. El primero aparece representado por sencillas consagraciones a la Victoria, normalmente sin apelativo, y estas se concentran sobre todo en el conventus Emeritensis. A consecuencia de esta distribución geográfica tan reducida se ha planteado que tras ellos se oculta una realidad indígena prerromana aunque, por el momento, se desconoce cuál (Fernandes 2002: 169; Olteanu 2008: 207-209). Por otro lado, el segundo grupo, dentro del cual se puede encuadrar el testimonio de Los Bañales, está protagonizado por consagraciones a la Victoria Aug., y se extiende sobre todo por el Levante Peninsular y la provincia Baetica. Con respecto a ellas, se ha planteado que se trate de una expresión de la felicitas imperial, así como de un aval para la sucesión en el trono, que se uniría a la idea de la invencibilidad del emperador romano (Fishwick 1987: 115-116). En las provincias, su culto acabó convirtiéndose en una manifestación más del culto al emperador: se trataría de la Victoria del Emperador, reconociendo su valía militar como el elemento fundador del Imperio. Se trata, en este contexto urbano y provincial, de una manifestación de la celebración del desarrollo urbano, bien físico (promoción jurídica de la ciuitas) o bien personal (adquisición de la ciudadanía), ámbito ideológico este en el que, como veremos, pudo moverse la dedicatoria y el conjunto que nos ocupan. Interpunción triangular (Fig. 19 El cognomen Germulla constituye un hápax en la epigrafía peninsular, tanto en masculino como en femenino, si bien se ha encontrado atestiguado en otras partes del Imperio (Solin y Salomies 1994: 87) 3. Se trata de una construcción realizada empleando el sufijo diminutivo -ullus, -ulla, quizá a partir del sustantivo germinis o bien germanus. A pesar de la ausencia de una relación directa entre las dos protagonistas del texto, la presencia del mismo nomen invita a considerar que podrían ser hermanas o, menos probable, madre e hija. Interpunción triangular (Fig. 20). 3 la O final aparece con un tamaño mucho más pequeño, 3,5 cm, como consecuencia de un error del quadratarius en la ordinatio del texto. Este, como se indica en lín. 3, sería el tío paterno de M. Fabius Nouus una relación que no suele explicitarse demasiado en el conjunto epigráfico peninsular4. Se trata, como se puede ver, de un conjunto monumental compuesto por dos homenajes (n. 4 y 5), para la que, desde luego, tenemos otros ejemplos en la epigrafía forense hispana (Jordán y Andreu 2013) y, como se verá, también de Occidente. Aquéllos obtenían permiso del ordo para la construcción de esos espacios en aras de su finalidad cultual y de su carácter de ornamenta rei publicae, permiso que, naturalmente, ellos empleaban para mostrarse ante la sociedad en un espacio neurálgico de la vida cívica romana. En este sentido no hace mucho que los trabajos realizados en el foro de Avenches (Suiza), solar de la antigua Auenticum, han dado con una serie de estructuras rectangulares ubicadas en espacios inmediatos al foro y abiertas a su plaza pública que han sido interpretadas como scholae, en cualquier caso, como recintos auto-representativos propiedad de varias familias de notables (Goffaux 2010: 7 y 22) lo que, desde luego, podría dar razón de ser a la sucesión de dos recintos asociados a destacadas familias -las Pompeiae, los Fabii y las Porciae-en el pórtico occidental del foro de Los Bañales (Jordán y Andreu 2013; Andreu et alii en prensa). Su desarrollo llevó a la realización de frecuentes homenajes y, especialmente, al desarrollo de la auto-representación5 y, en ocasiones, desembocaron, al igual que hicieron los emperadores, en la realización de grandes ciclos estatuarios como el que nos ocupa, dispuestos en espacios semipúblicos fruto de los comportamientos munificentes de estos notables (Melchor 1993: 443-445; Jordán y Andreu 2013) y con un especial protagonismo, además, de las mujeres (Melchor 2009(Melchor y 2010;;Navarro 2006). Así, otro ejemplo similar al hallado en Los Bañales es el encontrado, por desgracia, descontextualizado, en el cortijo de Fuentepeones (Cañete la Real), solar de la antigua Sabora. Se trata de tres inscripciones financiadas por M. Pupius Caldus. La primera corresponde al fragmento de un pedestal de caliza consagrado a la Fortuna. El segundo texto es otro pedestal calcáreo realizado en honor de una desconocida [---]lia C. f. [---]na, auia paterna de M. Pupius Caldus, mientras que el último está dedicado a su tío paterno, por desgracia de nombre desconocido 6. El primero financió una estatua del Genio del municipio, que se emplazó jerarquizando la cella del templo, mientras que Cornelia Neilla dispuso por testamento la realización de un conjunto de estatuas de allegados suyos, situadas en el perímetro. Esta tarea recayó en dos curatores: Cornelius Philemon, quizá un liberto, y Clodia [-], bien una liberta de la evergeta o bien una familiar (¿hija?), y fueron homenajeados el hijo de ambos, M. Clodius M. f. Flaccus, la propia Cornelia Neilla, L. Aemilius Attaeso y un desconocido L. Ae[milius] L. f. [---]. Para finalizar, la presencia de estos textos in situ permite aventurar un contexto para conjuntos similares que, debido al paso del tiempo, han llegado descontextualizados y constituyen interrogantes dentro del panorama epigráfico peninsular. Un ejemplo de esta situación pueden ser los dos tituli realizados por G. Sulpicius Africanus encontrados en Ujo (Asturias), durante las obras de construcción de la estación de ferrocarril. El primero se trata de un homenaje al caballero G. Sulpicius Ursulus, sin duda, familiar de G. Sulpicius Africanus, aunque se desconoce en qué grado. Por otro lado, el segundo texto corresponde a un altar consagrado a Nimmedo Seddiago 7. En ellos de nuevo se reconoce la presencia de una estructuración similar, encabezada por una inscripción cultual que, posiblemente, daba razón de ser al conjunto, tal vez ofreciendo la excusa necesaria para la ocupación del espacio público. Junto a ella, varios homenajes, en este caso uno que, puesto que presenta el nombre del promotor abreviado, quizá estuvo subordinado al primer texto, que informaba claramente de éste. Se trata, en conclusión, de un descubrimiento epigráfico excepcional que contribuye a mejorar nuestro conocimiento tanto de la sociedad del desconocido Relación de consagraciones a la Victoria procedentes de Baetica.
Tanto por sus dimensiones como por su diseño y, sobre todo, por su carácter de unicum, Cercadilla constituye un conjunto arquitectónico de difícil interpretación. En esta ocasión se analiza la posibilidad de que pudiera haber constituido una villa privada. Tras más de veinte años de su hallazgo, hoy tenemos una imagen bastante nítida de cómo fue el complejo de Cercadilla, en Corduba (Fig. 1). A tenor tanto de sus dimensiones, más de 400 m de longitud por más de 200 m de anchura máxima, como de su diseño, conformado a partir de amplios espacios de recepción organizados en torno a una exedra a la que se le añade una amplia plaza previa, el edificio constituye sin duda un unicum de la arquitectura bajoimperial. El propio hecho de que Cercadilla se pueda considerar un unicum complica su interpretación, sobre la que en los últimos años se han planteado diversas propuestas. De ellas, cabe mencionar especialmente, en primer lugar, la posibilidad de que el complejo cordobés constituyera una villa privada; en segundo lugar, que fuera la sede del gobernador de la Bética o del vicarius Hispaniarum y, por último, que se hubiera construido de manera expresa o utilizado en un segundo momento como palacio episcopal, vinculado especialmente a la figura de Osio, obispo de Córdoba y consejero de Constantino. En esta ocasión me ocuparé solo de la primera propuesta mencionada, por las lógicas limitaciones de espacio y por cuanto es la que a priori puede resultar más plausible, mientras que las otras dos las trataré en otro momento. En ese sentido, es obvio que esa misma opción es la primera posibilidad que se puede tener en consideración al enfrentarse al estudio del monumento, por la amplia difusión que experimentan las villae durante la Antigüedad tardía y la diversidad que presentan. No obstante, su análisis riguroso y en profundidad ofrece toda una serie de inconvenientes que dificultan su aceptación. Sobre la posibilidad de que Cercadilla pudiera corresponder a una suntuosísima villa privada, ha sido J. Arce (1997Arce ( y 2010) ) quien especialmente la ha apuntado, junto a otras opciones 1. Sin embargo, el 1 Villa privada, praetorium del gobernador o residencia de Osio: Arce 1997: 298: "Gobernadores y altos dignatarios de la administración imperial e incluso individuos del rango de Osio explican o justifican residencias señoriales como Cercadilla" y "Córdoba, a comienzos del siglo iv -y durante todo el periodo-, posee candidatos suficientes -gobernadores, administradores, obispos, simplemente potentes-para ocupar residencias de características similares al complejo arquitectónico de Cercadilla"; 300-301: "...que grandes y lujosas villae no son exclusivas de los Emperadores, sino que, y especialmente en el siglo iv, pueden ser y son mansiones de individuos privados, ricos, potentes, aristócratas, altos funcionarios, incluso obispos"; 302: "Pero yo propondría que es y fue pensada para ser una villa, un praetorium, vocablo utilizado por Palladio, por ejemplo, para designar la villa con funciones de residencia y oficiales" y: "...probablemente se trata de una gran villa suburbana o praetorium para uso del gobernador (praeses, luego consularis) de la provincia"; Arce 2009: 267: "considero que se trata de una villa suntuosa"; 276: "Paralelamente a Cercadilla, en Corduba, Centcelles es una gran villa suburbana de alguno de los obispos (o magnates) de la ciudad de Tarraco, indudablemente cristiano"; Arce 2010: 409: "...hay muchos [argumentos] que demuestran que se trata de una gran villa, residencia, praetorium de probablemente un gobernador o de cualquier otro personaje de alto rango de la ciudad". Como se ha visto, junto a las hipótesis de villa y praetorium, también Arce ha sido el precursor de la propuesta de identificación de Cercadilla con el palacio episcopal de Osio. Igualmente Arce (2006: 14) ha planteado la opción de que Cercadilla fuera construido por uno de los curiales de Corduba: "Muy probablemente eran los curiales de las ciudades quienes poseían villae situadas en las cercanías de las mismas o los hombres ricos e influyentes de la ciudad (como es el caso del servus mencionado en la carta de Consensio a Agustín que tenía una villa suburbana en Tarraco, problema de la interpretación de tan singular edificio no es menor ni sencillo, ni se debe tratar de manera superficial, y creo que para acercarse un poco más a su resolución, es importante hacerlo de manera muy minuciosa y sobre todo desde el análisis profundo de las formas arquitectónicas 2. Como refrendo arqueológico de la identificación de Cercadilla con la villa de un privado, Arce alude como elementos de comparación a las villae de Montmaurin, Chiragan, Piazza Armerina y al palacio de los Gigantes del Agora de Atenas, que considera "probablemente una residencia oficial ¿del gobernador de Acaya?" (Arce 1997(Arce: 298, 2009: 269): 269), a las que más tarde añade los casos de Valentine, Mediana, Desenzano, Castelalier y Centcelles, como confirmación de que "las formas arquitectónicas, los diferentes espacios que encontramos en Cercadilla los encontramos también en muchas otras villae de época tardía diseminadas por la geografía del Imperio" (Arce 2010: 402). Pero sin duda, atendiendo a su formación, su argumentación se fundamenta sobre todo en las fuentes literarias, a las que se aferra para defender la "normalidad» de Cercadilla en el ámbito de la arquitectura residencial privada tardoantigua. Para ello, se basa muy especialmente en el famoso pasaje de la descripción de las domus de Roma a principios del siglo v de Olympiodoro 3. Pasemos ahora a analizar cuáles son los problemas que presenta la aceptación de que Cercadilla fuera una villa. LAS FUENTES ESCRITAS Y SU USO En lo concerniente a las fuentes, la utilización del pasaje de Olympiodoro de Tebas para argumentar la interpretación de Cercadilla como villa carece de fundamento. Ello es así porque, como mayoritariamente y ese debió ser el caso de los propietarios de Centcelles o de Cercadilla)". 2 La propuesta de Arce es seguida sobre todo por quienes se aproximan a la cuestión desde una perspectiva más histórica, como hace el propio Arce, que arqueológica (vid. por ejemplo, Panzram 2002: 198-201, 2013). Sin embargo, el asunto no es tan fácil ni simple para quienes conocen a fondo el problema arqueológico y especialmente el arquitectónico. 3 Arce 1997: 298 y 2010: 400: "Cada una de las casas de Roma contiene en sí misma todo lo que puede tener una ciudad media: un hipódromo, foros, templos, fuentes y distintos tipos de baños" y: "una casa es una ciudad y la ciudad [Roma] contiene mil ciudades" (Olymp. fr. EL PROBLEMA DE LA FUNCIóN DEL COMPLEJO DE CERCADILLA... acepta la investigación especializada, es claramente hiperbólico y exagerado (Mathews 1975: 384, n. 3), no alude en sentido estricto a una realidad arquitectónica precisa y reproduce el antiguo topos de la casa como ciudad (Hillner 2004: 124-130). Y lo cierto es que, de hecho, las grandes domus de la Roma tardoantigua, que conocemos bastante bien gracias a la arqueología 4, no responden a los presupuestos expuestos por Olympiodoro, sino que se adaptan a los esquemas ortodoxos de las grandes domus tardoantiguas, con la singularidad que evidentemente supone su presencia en la Urbs. En ese mismo sentido, más importante aún es el propio hecho de que el testimonio se refiere ni más ni menos que a la propia Roma y a sus domus urbanas. Junto a la tradicional presencia de la más selecta aristocracia en Roma, a la construcción de nuevas domus o la remodelación de otras ya existentes durante la Antigüedad tardía, siguiendo las pautas de un proceso común en la época, a su proliferación posiblemente coadyuvó el aumento del número de senadores, que con Constantino pasó de doscientos a seiscientos 5, generando una mayor demanda de suntuosas residencias en la ciudad y la difusión generalizada de la luxuria en la arquitectura residencial (Guidobaldi 1993: 71). 10.21) en la que se menciona que al darse la existencia de algún edificio abandonado o confiscado "demasiado grande o demasiado espacioso para el uso privado, es conveniente que se conserven y se asignen a residencias de los gobernadores". A partir de tal pasaje opina que "la ley del Teodosiano mencionada antes presupone la existencia de edificios desmesuradamente grandes y espaciosos hechos por privados y producto probablemente de su megalomanía, pero más aptos para otras funciones" (Arce 1997: 302). No obstante, es lógico que el Código Teodosiano normalice una situación generalizada y no excepciones. Y así, como se verá más adelante, lo cierto es que los edificios privados más grandes y suntuosos de todo el Imperio, responden a unas dimensiones en todos los casos muy inferiores a Cercadilla y a esquemas arquitectónicos más sencillos, y, con ello, a una realidad y razón de ser muy diferentes, que son a las que como generalidad se refiere el Teodosiano. Las fuentes hay que entenderlas en combinación con la evidencia arqueológica, en su contexto y no de forma aislada. Y es precisamente cuando se ana-liza Cercadilla desde una perspectiva estrictamente arqueológica, desde el conocimiento exhaustivo de las formas arquitectónicas de la Antigüedad tardía, cuando la situación se complica aún más. Una de las primeras cuestiones que llaman la atención en relación con Cercadilla es su eminente vinculación con la ciudad, consecuencia de su extrema proximidad a la cerca muraria. Para justificar la ubicación de Cercadilla, Arce considera que no son infrecuentes las villae en el suburbium de las ciudades6, aludiendo como refrendo a los casos de Roma, Tarraco y Emerita7. Sin embargo, considero que es muy importante tener en cuenta la posición concreta que ocupa Cercadilla en relación con la ciudad. El complejo se dispone tan solo a unos 600 m del recinto amurallado (Fig. 2), lo que hace que se encuentre plenamente integrado en la propia ciudad. Ya esta primera circunstancia resulta atípica por poco frecuente o excepcional. Según las fuentes literarias las villae suburbanas estaban habitualmente situadas a cierta distancia de la ciudad (Adams 2008: 19). Por otro lado, todas las grandes y monumentales villae tardoantiguas del Imperio, se encuentran claramente insertas en el ámbito rural8. El caso de Roma no es comparable9, como en otros muchos aspectos, por la idiosincrasia de la Urbs, ya sea por las dimensiones de su suburbium, considerablemente más grande que el del resto de las ciudades, que abarca hasta 30-40 km del entorno de la ciudad (Balsdon 1969: 196; Lomas 1997: 23 Lo mismo ocurre en el caso de Hispania, donde, como en el resto del Imperio, las grandes villae cuentan con un eminente carácter rural. En Hispania, como también ocurre en el resto de las ciudades del Imperio, el espacio ocupado por el suburbium se ve lógicamente reducido con respecto al de Roma, limitado por Adams (2006Adams (: 29, 2008Adams (: 19, 2012: 9): 9) a Figura 2. Cercadilla en relación con el recinto urbano de la ciudad (a partir de plano de M. C. Fuertes). EL PROBLEMA DE LA FUNCIóN DEL COMPLEJO DE CERCADILLA... buscando tierras libres de construcciones y ocupación para su explotación agrícola. En el caso de la Bética, el fenómeno de las villae suburbanas es un fenómeno netamente altoimperial, que se reduce considerablemente durante la tardoantigüedad 12. En lo concerniente a Córdoba, la ciudad de la Bética que cuenta con más cantidad de villae en su suburbio, solo una se ha datado en época tardoantigua -Santa Rosa-, si bien, hoy se tiende a interpretarla como una domus y no con una villa (Cánovas 2010: 417-419), esto es, como una más de las muchas domus de las que tenemos constancia en el perímetro de la ciudad, que llegan en ocasiones a configurar auténticos vici organizados en torno a un complejo trazado viario (Cánovas 2010: 417 y 420). En cuanto a las otras dos capitales de provincia hispanas, Tarraco y Emerita, las fuentes aducidas por Arce -vid. supra n. 7-solo aluden, cuando más, a la existencia de establecimientos en el suburbium. En concreto Agustín (Ep. 11*, 13) solo se refiere a un lugar "ad suburbanum" y en las Vitas Sanctorum Patrum Emeritensium solo se hace referencia a unas "villulas vecinas», situadas en puntos indeterminados a lo largo del cauce del Anas13. La mención de la primera cita al suburbium es muy imprecisa. Como ya se ha visto designa un territorio muy amplio y variado del entorno de las ciudades, que engloba un área de bastantes kilómetros de dicho entorno, en la que igualmente se incluyen edificios muy diversos y espacios con muy diferente función. Evidentemente no tiene nada que ver la fisonomía del amplio suburbium de las ciudades, inmerso en la mayor parte de su extensión en el paisaje natural y de explotación agropecuaria de su entorno, con la de los espacios más inmediatos a ellas. Pero las fuentes no permiten distinguir entre edificios con realidades tan diferentes y ubicaciones dispares, de manera que la mera alusión "ad suburbanum" puede aludir a una situación absolutamente diferente a la de Cercadilla, como por otra parte es lo más habitual. Más imprecisa es aún la referencia de las Vitas, pues al no hacer ni siquiera mención al suburbium, deja abierta la posibilidad de que el establecimiento mencionado estuviera incluso más allá de sus límites. A lo muy avanzado del testimonio de las Vitas a los efectos de lo que aquí nos interesa -describiendo en conse-cuencia una situación de la ciudad y de su entorno diferente-, se ha de sumar el empleo del término "villulas", que designa establecimientos más pobres, de menores dimensiones y no siempre coincidentes con las villae14. Por otro lado, al tratarse en ambos casos de capitales de provincia, se debe pensar que su suburbium sería más amplio que el del resto de las ciudades de menor categoría, lo que haría posible que sus dimensiones fueran incluso mayores, con lo que la distancia podría ser aún mayor. Pero si acudimos al necesario refrendo de las fuentes literarias con las arqueológicas, tampoco por esta vía contamos con villae comparables, ni por su ubicación con respecto a la ciudad ni en lo concerniente a sus proporciones, con el caso de Cercadilla. Son muy pocas las villae suburbanas más o menos conocidas en los suburbia de Tarraco y Emerita y, por lo demás, se encuentran en la zona más alejada del suburbium, en lo que hoy entendemos que sería su final o una zona muy distal -según los criterios que estimemos para el cálculo de la superficie del suburbium-, o sea, en la posición contraria a la de Cercadilla. En el caso de Tarraco (Remolà 2002y Macias 2005), sin contar las domus que al igual que en Corduba se extienden por zonas urbanizadas del perímetro de la ciudad, especialmente escasas además en ese caso (Ciurana y Macias 2010: 318, 320-321, 322 y 326), la más cercana es la villa de Mars del Frares de Baix, situada a unos cinco km de la ciudad, lo que hace que se encuentre completamente inmersa en el paisaje agrario de su entorno, al igual que ocurre con el caso antes mencionado de Centcelles. Asimismo, como sucede en el caso de Corduba, en Tarraco está comprobada la escasísima creación de villae durante la Antigüedad tardía, prácticamente limitada a Centcelles15. Por su parte, en Emerita, donde también contamos con domus suburbanas (Márquez 2010: 145-147), las villae más cercanas son Araya y El Prado, que se encuentran en ambos casos a unos cinco km de la ciudad y de las que, por otra parte, las evidencias disponibles son bien escasas (Gorges y Rodríguez Martín 2000: 116-117 La situación extremadamente cercana al espacio intramuros y, con ello, completamente atípica de Cercadilla, impide que pudiera cumplir una de las principales funciones propias de las villae residenciales suburbanas: proporcionar a su propietario, que como es lógico habita en la ciudad, un lugar de relajación y de alejamiento de la actividad que la vida urbana conlleva, pero en una situación suficientemente cercana a ella como para permitirle desarrollar allí su actividad cotidiana sin verse obligado a efectuar grandes desplazamientos, que pueden alcanzar hasta uno o dos días de viaje desde la ciudad (Klynne 2005: 1). Cercadilla no permite retiro alguno de la ciudad, pues a todos los efectos está inmerso en ella. Por otro lado, las grandes villae del Imperio, como Piazza Armerina, Chiragan, Montmaurin, etc. -comparadas por Arce con Cercadilla-, se disponen en zonas rurales, que les proporcionan un amplio espacio de explotación acorde con la entidad de esas mismas villae y siendo incluso esos mismos latifundios en buena medida su propia razón de ser, pero nunca en la más inmediata proximidad a las ciudades. A partir de lo hasta ahora visto, es evidente que la extremada proximidad de Cercadilla con respecto al núcleo urbano marca una notable diferencia con el concepto de las villae suburbanas, tal y como se entendía en la Antigüedad y como lo entendemos hoy, sea a partir de las fuentes literarias, o bien, de las arqueológicas. Esa extremada proximidad hace que esta supuesta "villa", forme parte del perímetro de construcciones que rodean el entorno más inmediato de la ciudad, entre las que se encuentran los amplios y densamente ocupados vici, bien conocidos para el caso de Corduba17, domus más o menos aisladas, edificios de espectáculos -en concreto el anfiteatro, muy próximo a Cercadilla-, necrópolis, etc., lo que a priori podría llevar, de ser una villa, a considerarla una excepcional y atípica villa periurbana18. LA AUSENCIA DE PARS RUSTICA Otra diferencia substancial de Cercadilla con las villae tardoantiguas es la ausencia de vinculación alguna con actividades productivas y, con ello, de pars rustica, ya sea formando parte del propio complejo o en sus alrededores. Las villae tardoantiguas hispanas y, junto a ellas, las del resto del Imperio, cuentan con un acentuado carácter productivo y están muy vinculadas a la explotación del territorio que las circunda. Como consecuencia de ello, las partes rusticae y, a la vez, la vocación agrícola/productiva de las villae, forman parte inseparable de su propia naturaleza y configuración formal, como de manera unánime defiende la investigación especializada 20, con ¿FUE CERCADILLA UNA VILLA? EL PROBLEMA DE LA FUNCIóN DEL COMPLEJO DE CERCADILLA... independencia de que las instalaciones productivas puedan ubicarse junto a las zonas residenciales, en sus inmediaciones o incluso dispersas por las massae fundorum, en zonas alejadas del edificio residencial (Percival 1976: 124-130; Grelle y Volpe 1996: 138). Cuando no aparecen, su ausencia se justifica generalmente por la habitual circunstancia de que no se ha explorado una superficie suficiente o por la frecuente preferencia tradicional de la investigación arqueológica de centrar su atención en los establecimientos residenciales -con la recurrente presencia de mosaicos y ornamentación en general-, no tan interesada por las modestas zonas productivas, en la mayoría de las ocasiones separadas incluso de la zona residencial 21. En las villae suburbanas la zona productiva es tan importante como en las rurales, en tanto que, aun cuando evidentemente cuentan también con un claro papel residencial, responden con claridad a la vocación de abastecer a la ciudad junto a la que se instalan, lo que provoca que las tierras cultivables cercanas a la ciudad sean explotadas más intensamente que las más distantes (Goodman 2007: 76). Ello ocurre incluso en el caso de Roma, donde la mayoría de las villae identificadas en su suburbium están de una manera u otra dedicadas a la producción agrícola (Di Giuseppe 2005: 1-16; Adams 2008: 114). Tal circunstancia les obliga del mismo modo a distanciarse lo suficiente de la ciudad, con el fin de dotarse del espacio productivo necesario. Por su parte, en las grandes villae tardoantiguas en las que se conocen las zonas productivas, circunstancia que se produce sobre todo en los casos en los que están unidas a la zona residencial, frecuentemente esas áreas llegan a constituir una parte muy importante del total del conjunto, como ocurre en Chiragan, Cerro da Villa o Liédena, entre otras. En este aspecto también Cercadilla marca una rotunda diferencia con el fenómeno de las villae, en tanto que la pars rustica y, con ella, la vocación agrícola, están completamente ausentes. A tenor de la superficie de lo explorado y de la inserción del complejo en el perímetro urbanizado de la ciudad, se puede asegurar que nunca existió y que, como cualquier especialista puede entrever con la mera observación de su planta, no desempeñó ninguna función productiva. Otro argumento de gran importancia para interpretar convenientemente Cercadilla es el concerniente a sus dimensiones. Sin ningún tipo de duda el tamaño es muy importante y Cercadilla se debe entender comparando sus dimensiones con las de las villae tardoantiguas, con el fin de comprobar si se ajusta, al menos mínimamente, a los parámetros propios de este tipo de establecimientos. Como ya se ha dicho, Cercadilla alcanza 400 m de longitud máxima por unos 200 m de anchura y ocupa un área total, ajustada al máximo al perímetro exclusivo de lo construido, de en torno a 56000 m 2 22. Si ponemos en relación Cercadilla con las más importantes y más grandes villae del Imperio (Figs. 3 y 4b-g) 23, está claro que no hay comparación posible. Así pues, las dimensiones de Cercadilla son más del triple de la villa de mayores dimensiones conocida, y supera en mucho más al 22 Ocho hectáreas si incluimos el espacio máximo regularizado ocupado por el conjunto, como en muchas ocasiones se hace al calcular el área ocupada por las villae. 23 Considero que para comparar Cercadilla con otros edificios es fundamental, para comprender sus proporciones y lo que suponen en relación con la propia interpretación del complejo, hacerlo, como se hace en las plantas comparativas que aquí se incluyen, a la misma escala. La mera observación de las plantas permitirá sin duda al lector especializado extraer conclusiones al respecto. La comparación de edificios fuera de escala -como ocurre en Arce 2010-, induce a equívocos. La ambigua información con que contamos de las excavaciones que se llevaron a cabo en el siglo xix en Chiragan, impide saber si todo lo reflejado en el plano corresponde a una única fase -cosa improbable-o incluso si todas las estructuras llegaron alguna vez a coexistir en un mismo periodo. 4h-n y 5), que en todos los casos son muy inferiores en dimensiones. Hasta en los ejemplos de las grandes villae rurales hispanas en las que contamos con extensas áreas productivas -que ocupan la mayoría de la superficie del conjunto-, como es el caso de Cerro da Vila, Liédena o Torre de Palma, las dimensiones no son comparables. Arce ha relacionado especialmente Cercadilla con Centcelles dentro del panorama de las villae hispanas 26. El caso de Centcelles es ya de por sí complejo en su propia interpretación, y a las interpretaciones tradicionales de mausoleo imperial o villa, para la que se ha planteado incluso que estuviera vinculada con algún obispo, recientemente se ha propuesto la sugestiva posibilidad de que pudiera constituir un praetorium, ya del siglo v (Remolà y Pérez 2013). Sea como fuere, en cualquier caso no es posible comparar Cercadilla con Centcelles. Por un lado, las dimensiones, ya sean las de todo el conjunto como las de los espacios que las conforman, son extremadamente dispares entre un establecimiento y otro. Por otro lado, mientras que, a partir de lo que se conoce de Centcelles, se puede entrever que su diseño entronca con los modelos y esquemas propios de la arquitectura doméstica tardoantigua, no ocurre lo mismo con Cercadilla. A ello se debe sumar que, mientras que Centcelles se encuentra cerca de la ciudad, pero inmersa ya en el paisaje natural y agropecuario de su entorno, como ya se ha visto Cercadilla carece netamente de ese entorno y su ubicación responde a un patrón completamente diferente. Tampoco existe posibilidad de establecer relación alguna entre las dimensiones de Cercadilla y las de las más grandes villae tardoantiguas de la Bética (Figs. 5 m-q), entre las que se pueden incluir sobre todo Fuente Alamo (Puente Genil, Córdoba), El Ruedo (Almedinilla, Córdoba), Bruñel (Quesada, Jaén), Faro de Torrox (Torrox, Málaga) o Cortijo de Fuentidueñas (Ecija, Sevilla). La tremenda diferencia de dimensiones entre uno y otras, ya sea en lo que se refiere a sus dimensiones totales como a las de las ¿FUE CERCADILLA UNA VILLA? EL PROBLEMA DE LA FUNCIóN DEL COMPLEJO DE CERCADILLA... características, en especial la incorporación del aula imperial y, junto a ello, del circo, con el ambulacrum que lo conecta directamente con la zona residencial de la villa y concebido pues para ser utilizado como espacio de representación imperial, siguiendo el modelo de los palatia tardoantiguos, obligan a considerar el conjunto más como un auténtico palatium que como una villa en sentido estricto o, cuando menos, como una villa imperial 29. LA EVIDENCIA EPIGRÁFICA Y EL MOMENTO DE CONSTRUCCION Otro problema a tener en cuenta en la interpretación de Cercadilla como villa es el concerniente al momento de construcción del edificio. A partir de la evidencia epigráfica la construcción de Cercadilla se puede situar durante la primera Tetrarquía, entre los años 293-305. Tal datación viene dada por un fragmento de inscripción en la que aparecen mencionados Constancio Cloro y Galerio con el título de Césares (Fig. 7) 30. Además de proporcionar una datación precisa para el conjunto durante la primera Tetrarquía -que es la información más importante que ofrece la inscripción en relación con la interpretación de Cercadilla-, lo cierto es que tampoco constituye en sí mismo un testimonio habitual en el contexto de las villae privadas, sino más bien todo lo contrario. De manera generalizada se acepta que el proceso de eclosión y difusión de las grandes villae tardoantiguas, tanto en la Península Ibérica como en la inmensa mayoría del occidente del Imperio, constituye un fenómeno propio del siglo iv, que se desarrolla sobre todo a partir de época constantiniana y que realmente alcanza su gran momento de esplendor en 29 Eludo el análisis comparativo de Cercadilla en relación con las villae y palacios imperiales por no ser el objeto de atención en esta ocasión, que ya en la propia Roma obligaría a la comparación con el palacio Sessoriano que, a partir de lo que hoy se sabe de él (Barbera 2012 y Gallocchio 2012), presenta interesantes similitudes con Cercadilla. Arce intenta sembrar ciertas dudas sobre la interpretación de la inscripción aludiendo a que "El otro fragmento de inscripción es altamente problemático en cuanto a su lectura y restitución" (Arce 1997: 407), aunque no precisa cuáles son esos supuestos problemas de lectura y restitución ni propone otra alternativa. Recientemente he tenido la ocasión de volver a comentar la cuestión con A.U. Stylow, quien insiste en la corrección de la propuesta y en que no hay alternativa posible. En efecto, no conozco que se haya publicado otra alternativa a la lectura y restitución de este epígrafe, con lo que, mientras que no haya otra opción plausible, se debe dar por válida la única hasta ahora publicada y aceptada. la segunda mitad del siglo iv 31. Entre tales factores, afecta el aumento de la presión fiscal a finales del siglo iii, que obliga a una mayor rentabilización de las propiedades y, junto a ello, a un mayor control de la producción por parte de los propietarios. Otro factor es la concentración de tierras en un número menor de possessores, acentuada a partir de época constantiniana, lo que conlleva la reestructuración de esas propiedades, con el abandono de algunas de sus instalaciones y la creación de otras nuevas. A ello hay que añadir la pérdida de prestigio y de poder de la aristocracia senatorial, que a partir de la Tetrarquía ve progresivamente mermado su efectivo poder político, lo que la mueve a hacerse más presente en sus grandes propiedades, en las que se adoptan nuevas formas de representación de su poder, mediante las nuevas construcciones que a esos efectos llevan a cabo en sus villae, hacia las que orientan sus inversiones como nueva forma de representación de su estatus. Todos estos son procesos que se generan a fines del siglo iii y sobre todo a partir de época constantiniana. Ello conlleva que, evidentemente, tarden cierto tiempo en cristalizar en las nuevas formas arquitectónicas y, de hecho, en las grandes villae del Imperio, en los casos en los que contamos con evidencias para una datación con cierto grado de fiabilidad, tal datación arranca en un momento avanzado del siglo iv 32. Otros factores políticos también afectan para que este fenómeno no se produzca aún en época tetrárquica, sino que prolifere a partir de Constantino en adelante. 32 Las grandes villae de las que hay cierta certeza para su datación, como es el caso de Piazza Armerina, Montmaurin o Valentine, se fechan ya bien entrado el siglo iv, la mayoría en un momento avanzado (Balmelle 2001: 106, 115-117 rios, poseyera un edificio "más bello de los habitual". En tal caso, "tenía ya preparada para su dueño una acusación falsa y la pena de muerte", como también afirma Lactancio34. Tal circunstancia no es de extrañar -ni se debe entender como una de las exageraciones de Lactancio-, si atendemos a la propia forma por la que Diocleciano accedió al Imperium, la inestabilidad política que le había precedido y su empeño con sus innumerables reformas de poner freno a esa situación. Realmente en la afirmación de Lactancio aquello que se entrevé es una medida "profiláctica" que cumplía el cometido de eliminar a cualquier posible usurpador. Está claro que cualquiera, ya fuera un personaje privado o público, que acumulara excesivas riquezas y que construyera un complejo como el de Cercadilla, que a fin de cuentas no es otra cosa que una manifestación arquitectónica del poder de su propietario, supondría una amenaza y lo convertiría en un usurpador en potencia, en tanto que en realidad Cercadilla constituye un complejo de representación cuando menos comparable a los palatia que están construyendo los tetrarcas en distintas zonas del Imperio en ese mismo momento. Es evidente que Cercadilla, construido durante la primera Tetrarquía, no puede de ninguna manera interpretarse como una villa privada, ya sea de un personaje estrictamente privado o de alguien con funciones públicas. A lo ya dicho cabe añadir que los modelos de las grandes salas de representación y banquete que reproducen las villae tardoantiguas se desarrollan y adquieren madurez realmente durante la Tetrarquía, formando parte de la arquitectura palatina, de modo que es necesario conceder también cierto tiempo al proceso de difusión de tales modelos de los palatia imperiales a las villae. En el caso de la Península Ibérica la vinculación de Teodosio hace que sea este un momento muy propicio para el desarrollo de las grandes villae, especialmente concentradas además en la zona de los valles del Duero y Tajo y su entorno, o sea, lejos de la zona que aquí nos interesa. En buena parte del occidente del Imperio en época teodosiana emerge un importante número de clarissimi, que hace que en todas esas zonas la arquitectura doméstica también se desarrolle de manera espectacular (Balmelle 2001: 327-328 y Sfameni 2006: 166-167). Aunque muy escaso, el ambiente epigráfico de Cercadilla ha proporcionado otro documento de gran interés, constituido por diversos fragmentos de litterae aureae (Hidalgo y Ventura 1994: 228-230) (Fig. 8). Las letras en cuestión se recuperaron en el interior del criptopórtico que define la gran plaza en sigma. De estas, solo se conservan completas tres, correspondientes a las letras P, D y O. Alcanzan entre 18 y 19 cm de altura y presentan sección trapezoidal, con un ancho de base de 10 mm y 7 mm de grosor, lo que permite pensar que originalmente estuvieron fijadas en un soporte pétreo liso. Todas conservan, en mejor o peor estado, una delgada capa de oro en la superficie. Para la época en la que nos encontramos, todos los testimonios de litterae aureae que conocemos proceden siempre de ambientes públicos, vinculados directamente con el emperador, y nunca de ambientes privados 35, lo que viene enormemente a dificultar, una vez más, la interpretación de Cercadilla como villa 36. Nada desdeñable es el problema que añaden los modelos aplicados en el diseño y construcción de Cercadilla, sobre todo si se someten a consideración en el contexto de sus dimensiones y cronología. Y ello arranca desde la propia concepción general del complejo, organizada en torno a un pórtico en sigma de 108 m de diámetro (Fig. 9). Como es bien sabido y como se observa en las láminas comparativas que presento, en la inmensa mayoría de los casos las villae tardoantiguas se estructuran en torno a un peristilo rectangular o cuadrangular (Sodini 1997: 514-515; 35 "Las inscripciones con litterae aureae documentadas entre Septimio Severo y Teodosio son extremadamente raras, apenas una decena, y siempre erigidas por emperadores, o dedicadas a ellos por el senado o por altos funcionarios imperiales" (Stylow y Ventura 2013: n. Agradezco a A. Ventura que me haya llamado la atención sobre esta circunstancia. 36 En esta otra ocasión, Arce (2010: 406) intenta eludir el problema que supone para su interpretación esta otra inscripción dudando de que las litterae aureae procedan de Cercadilla. Con ese objetivo plantea que realmente provengan de otras zonas de la propia Corduba y que desde allí fueran llevadas a Cercadilla para ser fundidas. Sin embargo, tal posibilidad es de todo punto improbable y va en contra del proceso realmente constatado en el yacimiento. Sabemos que durante buena parte de la Antigüedad tardía y el Medioevo, un sector considerable del complejo de Cercadilla se destina al saqueo y a la reutilización de sus materiales, ya sea tanto para su uso en Cercadillaahora convertido en centro de culto cristiano (Hidalgo 2002)como en otras zonas de la ciudad. De hecho, muchos de los edificios que conforman el conjunto están saqueados incluso hasta los cimientos. Como consecuencia de la gran cantidad de material de todo tipo que tal proceso proporcionó, es obvio que no tiene sentido que se trajeran materiales hasta aquí desde la ciudad, sino que al contrario, lo reutilizado de Cercadilla, allí mismo reelaborado, tendría distintos usos también en la ciudad. Un proceso de saqueo y de transformación de materiales en el mismo lugar donde se extraen, como además suele ser lo habitual, similar al de Cercadilla y para su reutilización en otros edificios, es el constatado en el otro monumento de la ciudad antigua bien conocido: el teatro (vid. Monterroso 2002). El hecho de que con esta sean dos las inscripciones imperiales recuperadas en el yacimiento, abunda en la idea de que ambas provengan en verdad de Cercadilla. En las villae de peristilo la vivienda se organiza en torno a ese patio, rodeado al menos en tres de sus lados por estancias. Sin embargo, el esquema de mayor popularidad y difusión para la configuración de las villae está ausente en Cercadilla, de modo que el espacio de representación se organiza aquí en torno a un original pórtico en sigma. De ninguna manera tal circunstancia se puede considerar una originalidad del monumento cordobés, ya que la presencia de pórticos en sigma es bien conocida en las villae tardoantiguas, siendo un esquema que adquiere especial difusión sobre todo en la Galia, bien entrado ya el siglo iv (Balmelle 2001: 328-330), sin olvidar su aplicación con muy diversos usos en distintos ámbitos y épocas en la arquitectura romana (Rakov 1974: abb. A este esquema correspondían los lunata atria situados a la entrada del burgus de Poncio Leoncio, descritos por Sidonio Apolinar37, e igualmente a esta categoría responden los construidos en Montmaurin, Valentine, Chiragan, Lescar, Jurançon-Pont d'Oly, Castelculier, Cazzanello e incluso el de Piazza Armerina. En Hispania es un esquema muy poco difundido, que aparece en Rielves y en el Val. Ahora bien, hay claras diferencias entre estos pórticos en sigma y el esquema que se aplica en Cercadilla. La diferencia fundamental es que casi en la totalidad de los casos en los que se hace presente en villae, el pórtico en sigma no es el espacio que articula el edificio, que suele ser el tradicional peristilo, sino que constituye una estructura empleada especialmente para la configuración del espacio de entrada, siendo esto lo que ocurre en los ejemplos más preclaros y característicos de pórticos en sigma en villae, como son Montmaurin y Piazza Armerina. Cuando se incorpora en el interior, suele constituir un espacio secundario, como es el caso de Valentine 38. Solo en Tettingen existen similitudes conceptuales con Cercadilla, si bien lo cierto es que al tratarse de un establecimiento excavado en el siglo xix del que contamos con una información parcial, es difícil valorar rigurosamente tales similitudes y siempre partiendo de una importante diferencia en cuanto a las Archivo Español de Arqueología 2014, 87, págs. 217-241 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.087.014.014 En cuanto a Hispania, el único edificio con el que se puede establecer cierta comparación es Rielves. Aquí nos encontramos de nuevo con un yacimiento documentado de antiguo -en el siglo xviii-, y, con ello, muy mal conocido (Fernández Castro 1977/78), aunque la extraordinaria diferencia en dimensiones y en la complejidad del diseño, hace innecesaria la comparación. En cualquier caso, a la hora de analizar las similitudes de Cercadilla con otros edificios no debemos olvidar, tanto en este como en otros aspectos, la influencia que sin duda pudo ejercer un edificio de las características de Cercadilla en otros edificios posteriores. Otra diferencia importante del pórtico en sigma de Cercadilla es la que atañe a sus dimensiones, tanto si lo comparamos con el resto de los pórticos en sigma conocidos como si lo comparamos con los peristilos de las más importantes villae, habida cuenta de la función de distribuidor que desempeña en Cercadilla en sustitución del tan habitual peristilo. En cuanto a los pórticos en sigma, los de mayores dimensiones son los de Montmaurin y Tettingen, que alcanzan respectivamente 62 m y en torno a 50 m de anchura, muy inferiores en ambos casos a los 108 m de Cercadilla. Algo similar ocurre si comparamos el distribuidor de Cercadilla con el equivalente de las villae, o sea, los peristilos. Además de los modelos globales que afectan a los conjuntos, la propia configuración de los espacios que los conforman y sus dimensiones constituyen también un importante criterio a tener en cuenta. En las villae hispanas -y con ello también, prácticamente en todas las villae del Imperio-, los espacios de representación adquieren dimensiones mucho más discretas y aparecen en un número mucho más reducido que en Cercadilla. En relación también con los modelos, igualmente excepcional en Cercadilla es el al aula basilical central, el edificio más importante de todo el complejo tanto por sus proporciones como por su posición privilegiada en el eje del conjunto. Como es bien sabido, el aula coincide con extrema precisión con el modelo de aula de recepción imperial difundido a partir de la Tetrarquía (Hidalgo 1996: 63-72). Junto a ello, por sus dimensiones constituye una de las mayores de su categoría, superada solo por la de Trier, con la que coincide especialmente por la incorporación de los contrafuertes perimetrales, y superando a su vez en mucho las dimensiones de las aulas centenarias, las de mayores dimensiones presentes en edificios privados. En lo concerniente a las dimensiones de las salas basilicales presentes en las villae, para Luschi (1982: 175) su tamaño constituye un criterio fundamental a la hora de identificar e interpretar dichas aulas, de manera que, mientras que las presentes en villae alcanzan cuando más los 30 m de longitud, coincidiendo con la categoría de las basilicae centenariae mencionadas por la Historia Augusta (Gord. III, 32), las de dimensiones colosales corresponderían a las aulas palatinas vinculadas a los emperadores. En la misma línea, para Balmelle (2001: 155-156, 176-177, 330) "las salas absidadas de una amplitud monumental, que ella estima entre los 240 y los 330 m 2, permiten situar indudablemente las villae a las cuales estas aulas pertenecen -como es el caso de Nérac, Chiragan y Montcaret-en la categoría de "las más ricas viviendas del Imperio" 39. Sin embargo, si comparamos las aulas basilicales de mayores dimensiones presentes en villae con la de Cercadilla (Fig. 10), la diferencia es más que evidente. El aula de Cercadilla alcanza algo más de 1000 m 2, así que, si las aulas de planta absidada de entre 240-330 m 2 permiten situar -con lo que considero que es un buen criterio-las villae a las que pertenecen en la más alta categoría de viviendas, ¿en qué categoría incluimos un edificio con unas dimensiones de más del doble de la más alta categoría de viviendas? Evidentemente en la de villae y domus en sentido estricto no parece razonable40. Junto a lo dicho en relación a las dimensiones, se debe también tener en cuenta que, por su cronología, la de Cercadilla sería la más antigua de las hasta ahora conocidas dentro de su categoría (Hidalgo 1996: 151), en la que hay que incluir no solo las presentes en villae y domus, sino también las que forman parte del grupo de las "aulas imperiales", a partir de las que el modelo se difunde con gran profusión en villae y domus, como es el caso de la ya mencionada de Trier, la construida por Majencio en la vía Apia, la del Sessorium, la del palacio de Diocleciano en Split o incluso las de Gamzigrad o Mediana41. En el mismo orden de cosas, la triconque de Cercadilla se convierte también en una de las aulas más antiguas de esa tipología y de mayores dimensiones, comparable especialmente con la de Piazza Armerina, aunque superior en magnitudes tanto a esta como al resto de las conocidas (Hidalgo, 1998(Hidalgo, y 2011-12) -12) (Fig. 11). Por otro lado, los espacios de recepción y triclinia, ya sean de planta absidada, triconque o de otro tipo, habitualmente no aparecen en las villae de forma aislada, sino que están precedidos o acompañados de pequeñas cámaras, auténticos cubicula en los que el propietario y sus invitados más señalados se retirarían después del banquete (Wallace-Hadrill 1988: 93; Balmelle 2001: 135-136; Chavarría 2005: 537, 2007: 100 y Sfameni 2006: 104). Estas estancias se vislumbran, entre otros muchos casos, en la Olmeda, Fortunatus, Carranque o Cuevas de Soria, por citar algunos ejemplos hispanos. Sin embargo, en lo que concierne a Cercadilla esta circunstancia no se da en ninguna de las salas de planta basilical o triconque. En realidad no se da en ninguna de las salas de recepción, que por otro lado constituyen la práctica totalidad del diseño del complejo y que en todos los casos se disponen de forma aislada. La cantidad, diversidad y dimensiones de los espacios de representación presentes en Cercadilla ofrecen una discordancia radical con los espacios de representación de los grandes possessores de la Bética, cuyas villae se diferencian tremendamente de Cerca- Por su parte, en las villae tardoantiguas las termas desempeñan también un importante papel, ya sea directamente para impresionar a los invitados (Chavarría 2007: 103-104) o como ostentación del poder económico y de las posibilidades de suntuosidad y confortabilidad alcanzadas por su propietario. En cuanto a la ubicación de las termas, de forma mayoritaria se disponen en posición aislada con respecto al resto de las construcciones de la villa, sobre todo en lo que se refiere a la zona residencial (García Entero 2005: 756). Cuando se incluyen en el bloque residencial, lo más frecuente es que se incorporen al peristilo o que conecten con un peristilo secundario (Balmelle 2001: 180-182). En Cercadilla están directamente relacionadas con el más importante espacio de recepción, el aula basilical central. La asociación de las termas con los espacios de representación es excepcional y en Hispania tal circunstancia está representada por tan escasos ejemplos, que además responden a características arquitectónicas y cronológicas diferentes, que no permiten ni siquiera establecer una tipología (García Entero 2005: 759). La ubicación de las termas en relación con la gran sala de recepción absidada de Cercadilla, coincidiendo con el conjunto cordobés también por las grandes dimensiones del aula, responde al mismo esquema reproducido en el aula-termas del palacio de Diocleciano en Split y en el palacio de Galerio en Tesalónica 42. También aparece en el complejo construido por Galerio en Gamzigrad (fig. 6b), en este caso con un pórtico intermedio que conecta el aula del Palacio I con las termas 43. Otro aspecto de no menos interés a tener en cuenta es el concerniente a los cubicula. En lo que se refiere a estos ambientes es importante observar que todos los espacios que se distribuyen en torno al pórtico en sigma, responden a modelos de espacios de representación, adoptándose además para ellos los modelos más monumentales. Lo privado no está presente en Cercadilla. Aquí están completamente ausentes los cubicula, siempre de plantas más sencillas, habitualmente rectangulares o cuadrangulares, y de dimensiones mucho más discretas44. De manera recurrente las villae y las domus cuentan en torno al elemento que aglutina su diseño, el peristilo, con toda una serie de estas estancias, que se disponen unas adosadas a las otras estableciendo un esquema compacto. Tales estancias constituyen un elemento indispensable tanto en villae como en domus. En Cercadilla no solo no aparecen los cubicula, sino que las construcciones que se disponen en torno al pórtico en sigma, el equivalente al peristilo de las villae, son solo espacios de representación, como ya se ha dicho, que por otra parte se distribuyen de manera independiente, consti- tuyendo edificios en sí mismos y, como consecuencia de ello, sin definir un cuerpo compacto, como sí ocurre en los peristilos de las villae. En el complejo de Cercadilla se pueden diferenciar claramente dos cuerpos arquitectónicos bien distintos: el pórtico en sigma con los edificios representativos que lo rodean, hasta ahora objeto de nuestra atención, y la gran plaza rectangular que lo precede. La plaza en cuestión, que hoy sabemos que no estaba abierta, sino que en su frente se encontraba también cerrada, con un acceso central precedido por un propylon definido por un "arcoated lintel" 45, alcanza unas importantes dimensiones, de 137 m de anchura por 187,5 m de longitud. La plaza está delimitada en los laterales por sendos cuerpos constructivos, conformados por la repetición de un esquema continuo definido por cuatro estancias cuadrangulares y un largo pasillo. Por su parte, la gran plaza rectangular y los dos cuerpos laterales nada tienen que ver con las estructuras construidas en villae. En los únicos casos en los que se pueden establecer unas mínimas similitudes -prácticamente limitados a Piazza Armerina y Liédena-están claramente vinculados a las actividades productivas de las villae de las que forman parte, actividades con total certeza ausentes en Cercadilla. Los cuerpos laterales de la plaza de Cercadilla no solo se diferencian de estos otros, sino que, en un ámbito muy diferente, coinciden en su compartimentación interna y distribución con la de los armamentaria y contubernia de los campamentos militares. Se organizan en función de estancias de dimensiones reducidas, coincidiendo también con la tendencia a incorporar estancias reducidas de los campamentos en época tardía, que conforman los denominados por Daniels y Brulet "Chalets" (Daniels 1980: 173-193; Brulet 2004: 196). La disposición perimetral de los espacios compartimentados de los laterales de la plaza coincide con la tendencia general de los campamentos de la época46 y, en concreto, con gran cantidad de campamentos, como es el caso de las estancias laterales de los castra praetorii Mobeni en Qasr Bschir (Kennedy y Riley 1990: 177; Reddé 2004: 158) Tampoco contamos apenas con evidencias de revestimientos parietales o de otros elementos decorativos de mármol, que también se dan en las villae suntuosas y que son conocidos tanto por las evidencias arqueológicas como por los textos 48. En Cercadilla, los únicos revestimientos parietales conservados in situ, por lo demás en la cabecera absidada de una de las aulas de recepción, son de estuco. Aunque el monumento fue sistemáticamente saqueado desde la Antigüedad tardía, sería lógico esperar -teniendo en cuenta la amplia superficie del complejo hasta ahora excavada-, la presencia de evidencias de la decoración arquitectónica, aunque solo fuesen pequeños fragmentos abandonados durante el proceso de saqueo, como ocurre en otros edificios de la ciudad tremendamente saqueados en la misma época, como es el caso del teatro, donde sí se ha conservado gran cantidad de fragmentos de esa decoración arquitectónica 49. Hasta las villae de la Bética, especialmente modestas desde un punto de vista arquitectónico en relación con Cercadilla y en el panorama hispano, cuentan con una ornamentación más rica y elaborada que Cercadilla, con mosaicos figurados, sectilia y esculturas 50. Sí se ha constatado en Cercadilla la reutilización para su construcción de materiales nobles, que habitualmente aparecen embutidos en los muros, procedentes de distintos edificios de la ciudad. Entre ellos, se han recuperado las piezas de lo que se ha identificado como un banco corrido de una scholla del foro (Torreras 2009; Torreras y Ventura 2011), que aún mantenía en el momento de construcción de Cercadilla sus funciones públicas, como queda de sobra atestiguado por el ambiente epigráfico (Hidalgo 2005: 403). Esta es otra circunstancia de importancia para entender tanto Cercadilla como quién pudo estar detrás de su construcción. A fin de cuentas, se trata de alguien que disfruta de la potestad de desmontar para su nueva construcción edificios públicos del foro de 48 Como es el caso de lo descrito para la villa de Pontius Leontius por Sidonio Apolinar (Carm. 49 Sobre el teatro de Córdoba, el saqueo experimentado por el edificio y el material arquitectónico recuperado, véase especialmente Ventura et alii 2002. Algo similar ocurre en el templo de la calle Claudio Marcelo, saqueado al igual que el teatro hasta sus cimientos, pero del que se conserva un conjunto importante de elementos de su ornamentación marmórea (vid. Almoguera 2011). EL ABASTECIMIENTO DE AGUA Otro aspecto a tomar en consideración es el del abastecimiento de agua. Respecto a esta cuestión lo primero que se debe tener en cuenta es que Cercadilla contó cuando menos con un acueducto para abastecerse, si no es que llegara a contar incluso con dos, uno de ellos construido sobre arcuationes (Pizarro 2012: 123). De estos dos acueductos, uno, el que ha sido denominado Aqua Maximiana, rompe con la construcción de su trazado el cauce del antiguo acueducto de Valdepuentes, uno de los acueductos que abastecían a la ciudad, razón por la que se ha presumido para ese acueducto su carácter público (Ventura 2002: 124-125; Ventura y Pizarro 2010: 179-183). La construcción de acueductos no es excepcional en las villae, especialmente cuando estas se encuentran en ámbito rural, si bien tampoco es habitual. Lo normal es que se nutran sobre todo de cisternas, que para facilitar el abastecimiento se suelen situar cerca de la villa, o también directamente de cauces de arroyos o ríos (Marzano 2007: 165-166), contando en todos los casos con los necesarios canales para conducir el agua hasta la villa. No es tampoco frecuente que se produzca en edificios muy cercanos a la ciudad, como es el caso de Cercadilla, o en villae suburbanas, por cuanto en esas ocasiones lo habitual es que la villa se abastezca, como otro edificio más de la ciudad, del sistema de aprovisionamiento de agua de ésta, captando, a través de los oportunos permisos, el agua de acueductos cuyo origen y función es el abastecimiento de tal ciudad (Marzano 2007: 166). Más singular es aún la circunstancia antedicha de que para la construcción del acueducto de Cercadilla, no haya reparo en cortar el trazado de uno de los acueductos que abastecieron de agua a Colonia Patricia, lo que induce a pensar en un edificio público y, por el contrario, constituye un argumento más en contra de que Cercadilla pudiera constituir una villa privada. Todavía cabría reflexionar sobre si Cercadilla pudo ser una villa -aunque también en este caso con no pocos problemas-, si al menos se encontrara en el centro-norte de la Península Ibérica, donde es bien conocida la presencia de un conjunto más que significativo de villae áulicas fechadas en un momento avanzado del siglo iv, vinculadas a miembros de la aristocracia senatorial o incluso de la propia corte imperial (Chavarría 2004(Chavarría: 71 y 89, 2005(Chavarría: 539 y 551, 2007: 157): 157), y, como consecuencia de ello, si su crono-¿FUE CERCADILLA UNA VILLA? EL PROBLEMA DE LA FUNCIóN DEL COMPLEJO DE CERCADILLA... logía fuera al menos medio siglo más avanzada. Pero como ya ha quedado claro, realmente el fenómeno de los villae áulicas no llega a alcanzar de ninguna manera la Bética. No obstante, a tenor de lo defendido para las grandes villae hispanas, de las que se ha planteado que sus propietarios debían ser altos dignatarios relacionados con la administración local o regional (Chavarría 2005: 539), y teniendo en cuenta que las grandes villae del entorno de los valles del Duero y Tajo de la segunda mitad del siglo iv, como ya se ha dicho, estaban vinculadas a miembros de la aristocracia senatorial o de la corte imperial51, ¿quién podría entonces ser el propietario de una villa que por muchas razones ni se puede comparar con las demás? Y ¿por qué se habría construido la villa privada más grande y con el diseño arquitectónico más complejo de todo el Imperio en Córdoba? Evidentemente también en estos casos la respuesta es comprometida e invita a la reflexión. En definitiva, lo cierto es que no existe un argumento que por sí mismo permita descartar la posibilidad de que Cercadilla sea una villa, aunque la combinación de todas las discordancias de muy distinta índole hasta aquí analizadas, obliga a diferenciar Cercadilla del fenómeno de las villae y, con ello, impiden identificar el complejo cordobés con una villa. Para defender que Cercadilla es una villa hay que dar respuesta a los problemas que hasta aquí he expuesto. que hace que cuente con un número también absolutamente excepcional de villae, que se ha estimado en torno a 900 (Adams 2008: 12). Estas villae experimentan un importante desarrollo en el siglo ii d.C., pero se ven mermadas de manera considerable entre los siglos iii
donde nació la ciudad antigua de Caura, han proporcionado un buen lote de cerámica de tipo Kuass. Su posición estratigráfica es problemática si se compara con los contextos cronológicos conocidos en Cádiz. Sin embargo, sus rasgos tipológicos, su amplio uso local y la composición de las arcillas permiten proponer la posible ubicación en este asentamiento o en sus cercanías de un taller. En cualquier caso, la cantidad y variedad de formas registradas hacen de esta ciudad el enclave del Bajo Guadalquivir con mayor presencia de esta cerámica y el más cercano a los patrones de consumo del mundo púnico. El Cerro de San Juan de Coria del Río (Sevilla) es hoy el resultado de una estratigrafía antrópica de unos 6 m de potencia, acumulada sobre una meseta natural de 20 m s.n.m. La superposición arqueológica es producto de varios miles de años de ocupación, y llega hasta época romana al menos. Este cabezo contiene, pues, documentación básica de la Caura turdetana y romana, momento al que pertenece el material cerámico aquí estudiado. El sitio era un lugar estratégico por su situación junto al Guadalquivir y por su relativa altura sobre el entorno (Keay et alii 2001: 403). Los datos aquí analizados se obtuvieron gracias al Proyecto Estuario, cuyo fin era el análisis del poblamiento de la paleodesembocadura del Guadalquivir y el establecimiento de la secuencia cultural holocénica de la zona. Los trabajos de campo se realizaron entre 1993 y 1998, y consistieron en prospecciones superficiales (Escacena et alii 1997) y en la apertura de un sondeo estratigráfico en el mencionado Cerro de San Juan. A esta excavación se sumaron luego diversas actuaciones de urgencia, que pusieron al descubierto un santuario fenicio en ese mismo cabezo (Escacena e Izquierdo 2001; Escacena 2002) y una actividad de copelado de plata en época tartésica en el cercano Cerro de la Albina (Escacena et alii 2010). El sondeo estratigráfico (Corte A) proporcionó numerosa documentación sobre la Caura turdetana, de la que se ha estudiado ya la cerámica pintada (Coto 2011: 298-301) y una nutrida serie de ánforas que denotan conexiones comerciales con el mundo mediterráneo (Ferrer et alii 2010). A este contexto que muestra vínculos con ambientes púnicos, especialmente con Cádiz, pertenecen en el yacimiento numerosos testimonios de cerámica de tipo Kuass. Esta vajilla es una producción cerámica de inspiración helénica surgida en el Sur de la Península Ibérica. Se enmarca en la tendencia de los talleres protocampanienses del Mediterráneo occidental a tomar como modelo formal la alfarería ática de barniz negro de época clásica utilizada para la vajilla de mesa y los servicios suntuarios (Fig. 1). Características propias son las tonalidades rojizas y castañas de sus revestimientos, según el gusto púnico, y la decoración estampillada de palmetas y rosetas. Dichos rasgos la convierten en un repertorio vascular acorde con las producciones "punicisantes" definidas por Morel (1978: 153) como parte de una misma koiné cultural y comercial a lo largo del Mediterráneo suroccidental. Niveau de Villedary (2003a) propuso que su centro principal de elaboración se encontraba en el área de Cádiz y no en Kuass (Marruecos), sitio epónimo donde esta especie cerámica fue identificada por vez primera (Ponsich 1969). Desde la zona de Cádiz, una red de talleres satisfacía la demanda del Círculo del Estrecho. Su producción se inició a finales del siglo iv a.C., alcanzando su máximo desarrollo a mediados del siguiente. Convivió con las primeras importaciones de cerámica campaniense durante el siglo ii a.C., hasta que esta otra variedad se impuso en el Mediterráneo occidental como servicio de mesa preferido (Niveau de Villedary 2004b). Se acepta que permaneció viva, aunque de forma residual, también durante todo el siglo i a.C. Adicionalmente, su distribución alcanzó otras zonas bajo la influencia comercial y cultural del centro púnico gadirita. Sus esquemas de producción, comercialización y uso contaron con una zona nuclear y con tres círculos de distribución en torno a Gadir, según la frecuencia de su consumo y sus pautas de aparición frente a otras vajillas (Niveau de Villedary 2008a: 267). Existieron, además, otros puntos de elaboración de menor entidad que podrían haber fabricado cerámica de tipo Kuass a escala su-ficiente como para cubrir la demanda local. El área del bajo valle del Guadalquivir constituye una de estas zonas donde, a la vez que llegaban piezas desde los alfares principales, se copiaban los modelos de la vajilla gaditana. Se trata de una producción de mayor envergadura que la representada por unas simples imitaciones aisladas, destinada específicamente al mercado local. Como veremos, es posible que en esos centros relativamente distantes de Cádiz la vida de este servicio se prolongara algo más en el tiempo. Las citadas intervenciones arqueológicas en Caura han permitido identificar una buena cantidad de cerámica de tipo Kuass y una variada gama formal. La composición de las arcillas y la tecnología de fabricación de las piezas permiten aislar tanto importaciones gadiritas como ejemplares fabricados en talleres del Guadalquivir inferior. EL LUGAR Y LA EXCAVACIóN La Caura protohistórica puede considerarse una fundación ex novo, ya que existe un importante hiato entre esta fase y la prehistórica. A partir del siglo ix a.C. la estratigrafía muestra continuidad hasta el cambio de Era al menos, momento en que la ciudad se traslada a la parte baja ocupada por el actual casco histórico de Coria del Río (Fig. 2). A diferencia de hoy, en los comienzos del I milenio a.C. el asentamiento se encontraba en las bocas del Guadalquivir. Este circunstancia está plenamente confirmada por estudios geoarqueológicos (Menanteau 1992; Borja y Díaz del Olmo 1994; Arteaga et alii 1995), que han seguido recientemente a otros análisis de mediados del siglo xx (Gavala 1959). En esta fase el lugar pudo tener un puerto privilegiado junto a la Hist. Este autor alude a la población al citar diversos oppida de las orillas del Guadalquivir emplazados aguas abajo de Sevilla (Fig. 3). Una interesante hipótesis de M. Belén (1993: 49) identifica al Cerro de San Juan con el Mons Cassius de Avieno (Or. Se trata de un dato importante por cuanto revelaría la probable existencia de estrechos vínculos con Gadir desde momentos muy tempranos. Aunque no existe garantía de que esa conexión se mantuviera en los momentos inmediatos al derrumbe del mundo tartésico, sí la vemos de nuevo desde la segunda mitad del siglo v a.C., cuando se detecta el ya citado trasiego de ánforas. La pequeña meseta que conforma el Cerro de San Juan está limitada por el este por el Guadalquivir. En el cambio de Era, los aluviones fluviales habían formado un delta dentro de la antigua ensenada bética, de forma que el río acababa a la altura de Nabrissa, la actual Lebrija (Fig. 4). El Guadalquivir y su desembocadura fueron el principal foco de atracción de los primitivos pobladores, ya que ofrecían múltiples recursos. De ahí que el yacimiento sea estratigráfica y culturalmente más fértil en el flanco que da al río. Otras zonas carecen de ocupación prehistórica. A mediados del siglo xx, el cabezo fue preparado para construir un colegio, lo que conllevó un importante arrasamiento de las fases de ocupación turdetana, romana y medieval en ciertas áreas. Por tanto, la documentación analizada en el presente artículo procede exclusivamente del sondeo estratigráfico practicado en el lado oriental del promontorio (Corte A), que, como hemos avanzado, se completó en sendas campañas arqueológicas correspondientes a los años 1994 y 1996 (Fig. 5) La excavación consistió en la apertura de un corte rectangular, de 10 x 6 m, acomodado al espacio vacío que dejó al este del cerro una de las construcciones hoy existentes (Instituto de Educación Secundaria -IES-Caura). Esta superficie inicial se redujo con la profundidad, en parte por motivos presupuestarios pero también por no desmontar las estructuras arquitectónicas localizadas. Se procedió al levantamiento de estratos (en adelante, E) respetando sus interfacies. Aun así, algunos de estos paquetes se subdividieron en niveles artificiales (en adelante, N) para poder detectar una posible evolución de su documentación arqueológica no plasmada en la expresión sedimentaria. Dicha cautela sirvió para distinguir algunos cambios culturales no reflejados en los rasgos estratigráficos. Debido, pues, a la reducción de la extensión excavada según aumenta la profundidad del sondeo, los paquetes sedimentarios con mayor superficie levantada corresponden a los superiores, parte de los cuales contenían la cerámica de tipo Kuass. No todos esos estratos constituyen depósitos de época antigua. Algunos son producto de la nivelación del terreno que se llevó a cabo en los años sesenta del siglo xx -¿1965?-con la tierra extraída de los cimientos del IES y con la de la plataforma donde hoy se encuentra el pequeño campo de fútbol del Colegio Público Cerro de San Juan. Estas condiciones estratigráficas matizan necesariamente el estudio del material arqueológico, ya que este ofrece dudas de que los testimonios estén siempre en contextos primarios. Solo N-29, que corresponde a la parte superior de E-XVI, cuenta exclusivamente con materiales antiguos. En época romana se formó también N-23 y N-26, que se insertan en E-XVII. Este estrato ofreció en su parte superior una ligera contaminación con materiales constructivos modernos que pueden interpretarse fácilmente como intrusiones. En esta fase romana se localizaron estructuras de mampostería de apariencia doméstica. A ellas se asociaban finas capas horizontales que pueden ser rellenos sucesivos acumulados en una zona de paso (¿calle?). Presentamos a continuación los caracteres básicos de dichos contextos arqueológicos. El más antiguo con cerámica de tipo Kuass es N-29, que forma parte de un estrato más potente interpretable como relleno horizontal acumulado en un espacio exterior (E-XVI). A esta zona se arrojó abundante basura, compuesta por fragmentos de cerámica, huesos de animales y adobes descompuestos. E-XVI se depositó sobre E-XV, y ambos dentro de un corte intencionado abierto en E-XIV con la posible finalidad de rebajar la calle para drenar las viviendas cercanas. Para facilitar la evacuación de las aguas de lluvia, en E-XVI se esparcía de vez en cuando gravilla suelta, un material que en ocasiones aparece como cápsulas lenticulares de pequeños guijarros de cuarcita. Dicha costumbre está constatada en muchos asentamientos, casi siempre para consolidar suelos de espacios exteriores; cuenta con ejemplos cercanos en Laelia (Caballos et alii 2005: 91) 134), entre otros. Esta práctica estaba ampliamente extendida por los asentamientos protohistóricos de la Península Ibérica, y se considera una introducción de costumbres fenicias en Occidente (Díes 2001: 87). En Caura, todo este material proporcionaba dureza al suelo, facilitando el tránsito de personas y animales. Además, la hipótesis de que se trate de una zona de paso se infiere, del alto grado de fragmentación y rodamiento de los restos de fauna y de la cerámica (Fig. 6). Por estas razones, parece razonable asumir que E-XVI (y con ello N-29) corresponde a un paquete sedimentario de formación relativamente lenta al que fueron a parar materiales arqueológicos de cronología muy heterogénea. Su fecha de decantación corresponde a tiempos romanos, y viene precisada por los materiales de E-XIV, ya que, como hemos avanzado, este último estrato se seccionó en parte antes de que se depositaran sobre dicho rebaje E-XV y E-XVI. Por tanto, los restos arqueológicos de E-XIV marcan un límite post quem para todo lo que se le superpone estratigráficamente. E-XIV corresponde a un paquete de sedimentación rápida, lo que se deduce de su homogeneidad estratigráfica a pesar de su grosor en origen (c. Dicha uniformidad quedó reflejada a lo largo de toda su potencia tanto en el color -castaño rojizo-como en la densidad, la textura y el grado de humedad, así como en el reparto más o menos equilibrado de restos arqueológicos. La celeridad de su decantación viene demostrada también por la posición vertical y/o inclinada de algunos trozos de adobes, hecho Figura. Detalle de la zona excavada interpretada como calle. Cimientos-zócalos superpuestos de viviendas. El superior corresponde a los contextos estratigráficos con cerámica de tipo Kuass. Las fotos aéreas tomadas con anterioridad a la ocupación moderna del Cerro de San Juan por edificios docentes, en las que todavía se observa su recorrido (cf. Fernández Chicarro 1969: 12), sugieren que dividía el área urbana en dos mitades de extensión parecida, por lo que tal vez estamos ante una vía que funcionaba como decumanus. En época almohade se abrió en la zona excavada por el Corte A una fosa séptica de tendencia troncocónica. Esta se colmató poco a poco con diversos materiales, entre los que destacan algunos recipientes de cerámica vidriada. Llevamos a cabo su vaciado dividiendo el contenido en dos niveles artificiales de igual grosor, ya que no se observaban diferencias estratigráficas significativas en todo el paquete. El inferior (N-30.2) también contenía cerámica de tipo Kuass. Tales condiciones sedimentarias aconsejan interpretar estos elementos como producto de una decantación secundaria, sin que pueda descartarse que cayeran a la fosa desde las paredes de esta mientras estuvo en uso, ya que, como era norma en época islámica, los pozos negros no contaban con revestimiento alguno en su contorno. Esto debilitaba sus paredes, formadas por estratos antrópicos anteriores. Esta explicación de por qué solo la parte inferior del pozo presenta cerámica de tipo Kuass es mera especulación, por lo que renunciamos de momento a su uso. E-XVII, un paquete situado inmediatamente encima de E-XVI, contenía también cerámica de tipo Kuass en dos de sus niveles (N-23 y N-26). E-XVII está formado por tierras arcillosas rojizas sedimentadas con cierta rapidez. Se decantó también en época romana, en la zona externa de las viviendas, es decir, en la zona de calle. Su vecindad a estratos contemporáneos provocó en su techo algunas intrusiones de material constructivo actual. Su material cerámico antiguo corresponde básicamente a cerámica común y a vasos pintados de tradición turdetana, así como a diversos fragmentos de ánforas romanas e iberopúnicas. Los restos arqueológicos más significativos para fecharlo, es decir, los de cronología más reciente, corresponden a sigillata gálica (Drag. 2a), así como a diversos fragmentos de vasos de paredes finas. E-XVII puede corresponder al último horizonte de la ocupación romana en este sector del yacimiento. Los demás estratos que ahora nos interesan (E-XVIII y E-XIX) se formaron a mediados del pasado siglo. Contienen restos de cerámica de tipo Kuass en los conjuntos N-21 (E-XVIII) y N-17 (E-XIX). E-XVIII y, especialmente, E-XIX se originaron con las obras realizadas hace unos cincuenta años. Es entonces cuando la meseta, en principio con ligera inclinación hacia el sur, se allana para su mejor aprovechamiento como zona deportiva del colegio cercano. A tenor de los materiales arqueológicos procedentes de ambos estratos, sobre todo de E-XIX, en esos contundentes traslados de tierra se desmontaron muchos sedimentos de época prerromana y romana, pero de ello solo quedó constancia oral aparte de su constatación estratigráfica en los rellenos superiores del Corte A. El único testimonio escrito relacionable con dicha actuación corresponde a un pequeño artículo publicado por un maestro local casi treinta años después (García 1986). En este breve informe aparece el croquis de un edificio tal vez protohistórico, hoy desaparecido, que pudo estar ubicado en las cercanías del viejo santuario fenicio. Al parecer, de este sector se obtuvieron las tierras que, junto con las extraídas de las zanjas de cimentación del IES Caura, se depositaron en la zona del Corte A. Los materiales arqueológicos de la intervención de 1994/96 se encuentran depositados en el Museo Arqueológico de Sevilla. Para su estudio se identificaron individualmente con siglas alusivas al topónimo antiguo del lugar (CAU) y al año de intervención (94 ó 96), seguidas de la correspondiente al nivel de procedencia (17, 21, 23, etc.) y del número concreto de cada pieza (1, 2, 3...). LA CERÁMICA DE TIPO KUASS: TESTIMONIOS Y PRIMERA VALORACIóN Hasta el momento, solo se habían publicado unas pocas noticias de la presencia en Caura de fragmentos de cerámica de tipo Kuass como elementos residuales, es decir, en calidad de materiales antiguos hallados en contextos arqueológicos posteriores. Fueron estudiados por A. M. Niveau de Villedary (2003a: 245), aunque sin que se llevara a cabo un examen pormenorizado de los mismos. Ahora, el análisis directo de toda la documentación ha permitido identificar cincuenta y seis fragmentos adscritos a esta vajilla. De ellos, treinta y siete constituyen formas reconocibles, abarcando una gran variabilidad tipológica y funcional que va más allá del tradicional servicio mínimo de mesa relacionado con los hábitos cotidianos del ámbito turdetano. Estas cifras convierten a Caura en el núcleo con mayor presencia y variedad de cerámica de tipo Kuass de todo el tramo final del Guadalquivir. El conjunto está representado por piezas bastante heterogéneas, repartidas por diversos estratos como hemos señalado en el apartado anterior. En N-17 (E-XIX), de época contemporánea, apareció un pie anular correspondiente a algún plato (Fig. 8), mientras que de N-21 (E-XVIII) proviene una base de cuenco del tipo IX-A (Fig. 9). En el nivel superior de E-XVII (N-23) se encontró el mayor número de elementos, treinta y cuatro piezas. Casi todos los materiales se presentan muy fragmentados, como corresponde al contexto funcional de un espacio con rasgos típicos de zona de paso. Entre las formas reconocidas se documenta una gran diversidad: vasos para beber como bolsales, copas o cuencos (Fig. 10), platos de pescado (Fig. 11) -uno de dimensiones reducidas para los tamaños habituales de la serie gadirita-y lucernas con distintas variantes (Fig. 12); también el borde de un recipiente cerrado asignable quizás a una pequeña urna (Fig. 13). Casi en la base de E-XVII, N-26 cuenta también con una abundante presencia de cerámica de tipo Kuass. Se registran bolsales, copas y cuencos (Fig. 14), así como platos de pescado (Fig. 15). La capa inferior del relleno del pozo almohade (N-30.2) contenía un fragmento de bolsal (Fig. 16), dos de lucernas abiertas (Fig. 17) y otro de plato de pescado (Fig. 18), además de dos trozos de perfil no identificable. Finalmente, en el contexto más antiguo con presencia de cerámica de tipo Kuass (N-29) apareció un cuenco estampillado del tipo IX-C (Fig. 19). Entre los materiales recogidos en superficie en 1993 hay dos bases que pudieron pertenecer a copas o a cuencos (Fig. 20). La figura 21 muestra una síntesis de esta documentación. En ella se identifican los distintos testimonios por sus siglas y se ubican en sus correspondientes contextos; igualmente, se atribuyen a la forma más probable de la clasificación de Niveau de Villedary (2003a y 2004a). Si analizamos todo el conjunto (Fig. 22), la mitad de las formas identificadas corresponde a distintos tipos de vasos, mientras que los platos constituyen un veinticinco por ciento. Las lucernas tienen una amplia representación (22%). Por último, destaca un único ejemplar de recipiente cerrado, una forma de muy rara aparición. En cuanto a su variedad tipológica, el plato de pescado de la Forma II y la lucerna abierta de la Forma XVI son los tipos más abundantes, seguidos por el cuenco IX-A (Fig. 23). La frecuencia relativa de las lucernas abiertas -creación propia, hasta ahora, del taller gadiritafrente a la del resto de formas presentes en la muestra, podría sugerir la existencia en Caura de contextos particulares. Los cuencos-lucerna, elementos típicos durante la Protohistoria en el ámbito hispano de influjo mediterráneo, se han considerado los instrumentos tradicionales de iluminación también entre las comunidades turdetanas del Bajo Guadalquivir (Luzón 1973: 37; García Figura 21. Relación de formas de tipo Kuass aparecidas en Coria del Río 1. En esta columna, los fragmentos pertenecientes con seguridad al mismo recipiente aparecen agrupados como un solo testimonio, aunque dispongan cada uno de su signatura particular o incluso procedan de niveles distintos 2. Los signos de interrogación indican la posibilidad de asignar el fragmento a cualquiera de las formas señaladas. Del mismo modo, el hallazgo de una forma cerrada es singular si atendemos al repertorio característico de otros núcleos no estrictamente gaditanos, y también podría estar relacionado con usos que van más allá del esperable para un mera vajilla de mesa (Niveau de Villedary 2004a: 198). Este dato puede aportarnos información importante a la hora de valorar el registro material en función de los ámbitos identificados en el mismo yacimiento. Lamentablemente, los elementos asociados al servicio suntuario propio de contextos rituales que aparecen aquí, como los cuencos (forma IX-C), el vaso cerrado (forma XV), las lucernas (forma XVI), etc. (Niveau de Villedary 2008b: 252), provienen de contextos estratigráficos con cronología avanzada o del relleno de la fosa séptica almohade. En cualquier caso, la abundancia y la diversidad de formas presentes convierten a Caura en uno de los enclaves que más aceptaron esta vajilla. LOS TESTIMONIOS DE CAURA EN EL CONTEX-TO DEL BAJO GUADALQUIVIR Por lo común, se ha venido incluyendo toda la zona del Bajo Guadalquivir, y en concreto el paleoestuario del río, en el segundo círculo de distribución de esta cerámica, una zona de menor rango de dispersión donde solo se importaría la vajilla tipo Kuass de manera esporádica y aislada, atraída por una demanda selectiva que se orienta por los patrones de consumo tradicionales de las comunidades turdetanas. Según la definición que Niveau de Villedary (2008a: 267) ofrece de las distintas franjas de alcance de esta especie cerámica, y a la vista del presente estudio de los materiales del Cerro de San Juan, es plausible pensar que Caura podría pertenecer, por el contrario, al primer círculo. Las condiciones que definen esta franja se cumplen aquí: por una parte, no hay evidencias de otras producciones barnizadas de inspiración ática; en segundo lugar, aparece en cantidades abundantes y en casi todas sus formas; finalmente, esta vajilla no llega a sustituir a la de tradición local. La mayor cercanía de Caura a los principales centros productores y distribuidores -los talleres gadiritas -en relación con otros enclaves del Guadalquivir más septentrionales, así como su participación intensa en las influencias culturales de los centros púnicos costeros, habrían sido factores determinantes para el desarrollo de estas particularidades. A la luz de los datos recientes aportados por Ilipa (Alcalá del Río), se ha sugerido ya esta revisión del segundo círculo de distribución para toda la zona ribereña del Lacus Ligustinus y para el antiguo estuario bético (Ferrer y García Fer-nández 2007: 122; Moreno 2012), lo que incluiría a Caura como punto intermedio entre ambas zonas. Como antes indicamos, en la fase romana inicial el río desembocaba ya por Nabrissa (Arteaga et alii 1995: 118). En cambio, aguas arriba de Coria desaparecía el ambiente palustre para dar paso a un paisaje de vega con un cauce fluvial de menor diseño radicular y más definido, y en concreto con un Guadalquivir que empezaba a consolidar sus principales meandros históricos (Borja y Barral 2005). Algunas de las piezas localizadas en el Cerro de San Juan contaban con decoración estampillada. Dichas improntas son un aspecto fundamental de esta producción cerámica. Consisten en la estampación de motivos heredados de la estética ática aunque más simplificados, representando palmetas en la mayoría de las ocasiones y, menos frecuentemente, rosetas. Su análisis estilístico, basado en la distribución del esquema ornamental y en la presencia y forma de la cartela que rodea el motivo, permite profundizar más en el estudio de las cuatro piezas estampilladas de Caura. Todas guardan grandes similitudes con ejemplares procedentes del área de Cádiz. La factura de los sellos es esmerada en todos los casos, independientemente de la calidad de ejecución de la marca. Las hojas, vueltas al exterior, responden a la tendencia más repetida en la zona gadirita, mientras que las cartelas, de contorno festoneado, siguen el perfil curvo de las hojas. Las dos estampillas mejor conservadas pertenecieron probablemente a composiciones de cuatro palmetas opuestas unidas por la base; son muy similares a las variantes II-A-1 y III-A-1 de Niveau de Villedary (2003a: 117). Puede observarse el parecido con un ejemplar procedente de la necrópolis de Gadir (Fig. 24 y 25). Estampilla de la pieza CAU-94-26-6 del Cerro de San Juan (foto: V. Moreno). La morfología de las piezas de Caura recuerda los productos gaditanos de un momento no muy avanzado, previo a la simplificación del repertorio y a la mayor influencia de las formas campanienses frente a las rasgos áticos. Las bases aún no se estrechan y las decoraciones no son tampoco los diseños más esque-máticos que se impondrán entre finales del siglo iii y mediados del siglo ii a.C. (Niveau de Villedary 2003a: 183). No hay constancia de ejemplares pertenecientes a las fases más recientes de esta producción, como el plato de la forma V, el salero de la XI o el bol de la X. Pero los contextos de los que proceden los materiales de Caura no permiten confirmar esta cronología, ya que aparecen a partir de tiempos romanos, cuestión sobre la que volveremos. En cuanto a la composición de las pastas, y como parte de la investigación realizada a la cerámica de tipo Kuass del Bajo Guadalquivir (Moreno et alii e. p.), se han sometido las piezas de Caura a observación preliminar descriptiva y a técnicas arqueométricas. El primer paso ha consistido en el examen macroscópico de la arcilla y de sus recubrimientos; también en el análisis mediante microscopía óptica binocular convencional. Estos procedimientos permiten distinguir grupos técnicos según los diversos caracteres observados, así como las formas de modelado y los sistemas de cocción. Esta descripción, que uno de los autores ha realizado para los materiales de Caura y de otros asentamientos del tramo final del Guadalquivir (Fig. 26), Figura 25. Estampilla de pieza de la necrópolis de Cádiz (foto: Descripción de los grupos técnicos de pastas cerámicas identificados en el Bajo Guadalquivir (a partir de Moreno 2012). Así, se ha realizado una aproximación a la diversidad de talleres que participaron en el abastecimiento de Caura, donde aparecen siete de los nueve tipos de pasta registrados en el área turdetana. En Coria del Río se constatan diversos grupos técnicos de la Bahía de Cádiz y de su entorno (Grupos 1, 3, 4 y 5), mientras que una parte menor constituiría imitaciones originarias de la Campiña sevillana (Grupo 6) y del bajo valle del Guadalquivir (Grupo 8). Otros ejemplares no pudieron ser analizados por falta de muestras, mientras que algunos no corresponden a ninguno de estos conjuntos. El Grupo 2 presenta más problemas a la hora de proponer su procedencia. A primera vista las pastas resultan muy similares a las denominadas "tipo Marisma", que se elaboran en época romana imperial en las riberas del Lacus Ligustinus para la manufactura de ánforas (Carreras 2001: 420). Es más, solo piezas procedentes de Coria del Río han sido clasificadas dentro de este grupo técnico en todo el Guadalquivir inferior, lo que podría apoyar su fabricación en un taller local. Se trata de pastas no calcáreas medianamente depuradas y de tonos anaranjados, de matriz arenosa. Presentan abundantes plagioclasas, cuarzo, calcitas, elementos ferruginosos, pequeñas micas y biotitas, así como microfósiles. Las características morfológicas de este grupo técnico, con trece ejemplares, revelan una buena calidad en su factura. Entre su repertorio, escaso dado que casi la mitad de los materiales son fragmentos informes, aparecen un plato de pescado, un bolsal, un cuenco del tipo IX-A y otro del tipo IX-C, una lucerna abierta y dos bases de posibles copas, bolsales o cuencos. Estratigráficamente, casi todas las piezas de este grupo aparecieron en N-23, de época romana. Solo un fragmento apareció en N-30.2, además de otro ejemplar recogido durante las prospecciones superficiales de 1993. Por todo ello, creemos conveniente apuntar la posibilidad de encontrarnos ante una nueva producción local, la perteneciente a nuestro Grupo 2, que debe considerarse sin embargo distinta de las imitaciones turdetanas de esta vajilla. Podría tratarse de un taller que funcionara como punto de apoyo en la fabricación y distribución de la cerámica de este tipo dentro de la red gadirita, al igual que el centro alfarero de Kuass en el norte de África. En este caso, el taller de Caura surtiría a este asentamiento, y quizás a otros del paleoestuario bético, de piezas de buena calidad y similares a los modelos púnicos de la Bahía de Cádiz. Observando de nuevo la presencia de las producciones de tipo Kuass de distintos orígenes (Fig. 27), puede apreciarse el bajo número de imitaciones turdetanas encontradas, frente al claro predominio de importaciones gaditanas junto a los materiales de posible fabricación local. Este comportamiento difiere del observado en el resto de núcleos estudiados por uno de los autores (V. M. M.), donde, salvando Hispalis e Ilipa Magna, las imitaciones superan a la cerámica original. Es lógico considerar que, dada la facilidad de las comunicaciones fluviales y marítimas en las proximidades del Lacus Ligustinus, Caura estuviera conectada de manera muy efectiva con el área productora principal de esta cerámica, entablando una relación comercial directa parecida a la que pudo existir en época tartésica. Dichos vínculos no necesitarían de centros redistribuidores que filtraran los productos del Círculo del Estrecho. Este hecho acerca de nuevo a la ciudad de Caura al primer círculo de distribución de la cerámica de tipo Kuass. Respecto al estudio arqueométrico de las piezas, los análisis físicos y químicos se encuentran aún en curso en el Instituto de Ciencia de Materiales de Sevilla (CSIC-US). Para ello se ha tomado una muestra representativa de todos los ejemplares de cerámica de tipo Kuass localizados en el Bajo Guadalquivir. Entre ellos se cuentan piezas de Caura, estudiadas mediante análisis mineralógico por Difracción de rayos X y análisis petrográfico de láminas delgadas a través de microscopía óptica de luz polarizada (Moreno et alii. e. p.). En una segunda fase está previsto aplicar Fluorescencia de rayos X para determinar la composición química de los materiales. Los resultados preliminares obtenidos de ejemplares de Caura apuntan hacia los valores propios de una producción de calidad, siendo muchos de estos rasgos muy similares a los de diversos ejemplares de referencia obtenidos en el área de Gadir. Estos datos apuntan por tanto al probable origen gaditano de un gran número de piezas, coincidiendo con la propuesta de procedencias realizada de manera preliminar. Presencia de los distintos grupos técnicos en Caura. cada con el Grupo 3 de la Bahía de Cádiz según la descripción macroscópica, destaca por su abundancia en cuarzo y por la presencia de calcita (carbonato de calcio) y feldespato, detectándose mica y partículas de óxido de hierro en una proporción más baja (Fig. 28). El análisis petrográfico, que revela una porosidad prácticamente nula, coincide con las fases cristalinas deducidas por Difracción de rayos X. PARA FINALIZAR: CUESTIONES DE CRONO-LOGÍA A. M. Niveau de Villedary (2003c) consideró la cerámica de tipo Kuass un fósil guía fiable para los contextos del siglo iii a.C., a pesar de que su producción se extendiera entre mediados del siglo iv y el ii a.C. avanzado. Las excavaciones de Pery Junquera (San Fernando, Cádiz) permitieron situar el fin de la serie gadirita hacia el 130 a.C., debido a la datación de materiales asociados a las piezas tipo Kuass en un horno alfarero y en una escombrera contigua (Niveau de Villedary 2004b: 686). Esta serie tardía fue considerada residual, porque la producción finalizaría al no haber podido hacer frente a la competencia mayoritaria de la cerámica campaniense. Más allá de esta fecha no contamos con ninguna evidencia de fabricación, ni en el área nuclear gaditana ni en su amplia zona de distribución/imitación, si bien no son pocas las ocasiones en las que esta cerámica ha aparecido en contextos posteriores (Fig. 29). Su presencia en niveles del siglo i a.C. está constatada en El Puerto de Santa María (López 2008: 54) Figura 29. Distribución cronológica de la cerámica de tipo Kuass en el Bajo Guadalquivir (a partir de Moreno 2012). Las cronologías en gris claro corresponden a la época aproximada indicada por los excavadores. En la mayoría de las ocasiones los testimonios aparecen con materiales de época turdetana y con las primeras importaciónes de cerámica campaniense. De una fecha posterior al cambio de Era sólo hemos localizado algunos testimonios en ciertas áreas de Carmo, además de los fragmentos procedentes de E-XVI y E-XVII de Caura aquí estudiados. Así, en el inmueble n. 1 de la calle Torre del Oro, en Carmona, se encontró un fragmento en el relleno de la zanja de cimentación de un muro del siglo i d.C. (Román 2010(Román: 1009)). En la misma calle, a la altura del solar n. 52, se halló una base de copa estampillada entre los niveles más recientes de la fase romana imperial. 7 de la calle Puerta de Marchena hay un fragmento informe en un relleno de cimentación datado entre finales del siglo i a.C. y principios del siguiente. A pesar de constituir un conjunto de evidencias escasas, estos datos muestran la posible pervivencia de esta clase cerámica más allá del fin de la producción documentada en los hornos gadiritas a finales del siglo ii a.C., una presencia que se ha considerado generalmente residual. Si se pudiera considerar de tipo primario la posición estratigráfica de estos testimonios más tardíos, habría que sostener que la fabricación y el uso de esta variedad de vajilla de engobe rojizo se mantuvieron más tiempo en la cuenca baja del Guadalquivir que en Cádiz y su entorno inmediato. Pero otra posibilidad es que estemos ante materiales cerámicos en posición estratigráfica secundaria, y que deban considerarse por tanto elementos residuales, esto es, presentes en niveles muy posteriores a los de su utilización y producción. De momento, y dada la tipología y características del lote hallado hasta ahora en Caura, parece más prudente afirmar que se trata de fragmentos desplazados de su contexto original, lo que está de hecho certificado al menos en los ejemplares aparecidos en los estratos de cronología más reciente. De manera general, el estudio del consumo de esta vajilla en el Bajo Guadalquivir se ve dificultado por la inmensa cantidad de ejemplares procedentes de niveles de cronología desconocida o que acabaron, como en el caso de Coria del Río, en contextos de época contemporánea debido a remociones modernas de los yacimientos. Los materiales que aportan mejor información cronológica permiten sostener hasta ahora que su apogeo en esta zona bajoandaluza se situó en el siglo ii a.C., mientras que su demanda decayó progresivamente hasta su reducción drástica a finales del siglo i a.C. (Moreno 2012: 135). Sin embargo, en núcleos como Carmona la mayoría de las piezas provienen de niveles republicanos en los que ya se intuyen otros conjuntos cerámicos de procedencia itálica. Este fenómeno podría ser indicativo de una tendencia fuertemente conservadora de la comunidad local, en la que se dejaba sentir a la vez el empuje de los nuevos contingentes poblacionales itálicos que se asientan en los centros urbanos. La escasez en los niveles de Caura donde debería aparecer según las dataciones de Cádiz -para esta cronología un solo fragmento podría considerarse en su nivel de uso-, deja de momento en suspenso aseveraciones rotundas sobre el empleo y la fabricación de este repertorio cerámico más allá de lo que constituiría el ámbito gaditano estricto. Por el contrario, su abundancia en contextos posteriores deja abierta la sospecha de que fuera una vajilla relativamente normal en fechas altoimperiales. La afluencia de cerámica campaniense en este momento avanzado de la presencia romana en la Bética habría contribuido a reducir la demanda de cerámica de tipo Kuass, cuyos diseños habían comenzado desde tiempo atrás a inspirarse en los modelos itálicos. A comienzos del siglo i a.C. se registran ya imitaciones de cerámica campaniense en talleres locales del tramo final del Guadalquivir (Ramos 2012). No obstante, el repertorio común de la alfarería pintada turdetana se mantuvo con ligeras modificaciones hasta ser desbancado poco a poco por la vajilla de barniz negro y por la posterior terra sigillata a lo largo del siglo i y, definitivamente, en el siglo ii d.C. (Vázquez 2006(Vázquez: 1644)). De igual modo, la cerámica de tipo Kuass pudo haberse mantenido en coexistencia con la campaniense hasta que las potentes redes comerciales romanas terminaran por sustituir su producción local, que ya se encontraba debilitada desde los primeros momentos de la República.
Se presentan una serie de materiales figurados recuperados en los niveles del siglo iii d.C. en las tabernae estructuradas en insulae del entorno del foro de Pollentia. Estos materiales, principalmente esculturas exentas de pequeño formato, muestran distintas estrategias de representación y atracción de la clientela, pero también ciertas actitudes religiosas y supersticiosas, por lo que constituyen importantes indicadores sobre la vida cotidiana y el entramado de creencias de las clases populares que habitan estos establecimientos. PALABRAS CLAVES: Ínsulas comerciales romanas, escultura metálica, Pollentia, Mallorca. EL HÁBITAT DE LAS TABERNAE EN POLLEN-TIA Además de designar establecimientos donde se desarrollan transacciones comerciales y artesanales a pequeña escala1, el término taberna indicaba toda edificación susceptible de ser habitada2, caracterizada por su sistema de cierre en fachada ex tabulis 3. Se trata, por tanto, de establecimientos donde se desarrollan actividades económicas y habitacionales de modo conjunto (Girri 1956; Gassner 1986; Pirson 1999), e indistintamente ligados a las clases populares, tal y como queda reflejado, en ocasiones en tono despectivo, desde la óptica de la élite urbana 4. Del éxito de esta modalidad de vida urbana da cuenta su proliferación adoptando distintas estrategias de integración topográfica en las ciudades, llegando a cubrir grandes extensiones de la Urbs (Morel 1987; Purcell 1994) y, por extensión, de las aglomeraciones de entidad. La ciudad portuaria de Pollentia reúne varias de estas estrategias de integración urbanística de las tabernae, documentándose: tabernae aisladas asociadas a insulae residenciales, como las detectadas en el barrio de Sa Portella (Arribas et alli 1978); asociadas a talleres artesanales de cierta envergadura (Arribas 1983: 39-40; Vallori et alii 2011: 294, fig. 10); y aglomeradas en insulae comerciales que circundan el área del foro de la ciudad. A la época fundacional corresponde la Ínsula I, que cierra el foro por el oeste, la cual está ya pro- vista de pórticos alineados a las fachadas (Fig. 2a), y se encuentra estructurada internamente por una serie de ámbitos rectangulares de distintos tamaños, organizados de modo predeterminado (Orfila 2000(Orfila: 140, 2007: 121): 121). En época imperial, a la vez que se llevan a cabo algunas modificaciones puntuales fruto del uso ininterrumpido de estos establecimientos, se edifica en el siglo ii una posible nueva insula porticada, la Ínsula II, de la que se han excavado solo dos tabernae abiertas al decumanus que pasa por detrás del Capitolio (Equip d ́Excavacions 1994a: 220; Orfila et alii. La edificación de estas nuevas tabernae cerrando el extremo norte del foro da cuenta del importante papel adquirido por el sector comercial en este periodo. A caballo entre finales del siglo ii y el iii se producen importantes transformaciones internas y externas en la Insula I, que queda entonces cerrada al foro mediante la creación de muros entre los intercolumnios de los pórticos, disponiéndose su acceso desde la calle que discurre al oeste de la insula. Es precisamente este periodo del siglo iii, en el que se centra esta contribución, el mejor conocido desde el punto de vista arqueológico debido al abandono de estos complejos tras el mencionado incendio 6, y la preservación de estructuras y bienes muebles bajo los niveles de destrucción. Durante el siglo iii la estructuración interna de la Ínsula I rompe con el diseño de época tardorrepublicana, imponiéndose una articulación heterogénea de los distintos establecimientos en cuanto a dimensiones, disposición en el interior de la ínsula, y número de estancias. Se detectan algunos ámbitos de mayor tamaño, compartimentados interiormente por tabiques (como la Habitación Q-T), y, principalmente, asociación de estancias, generalmente dos (Habitaciones J-M, A-F, Y-X, y O-S). Las principales, habitualmente más grandes, se encuentran abiertas a los pórticos de la calle 7, y estaban reservadas al trabajo, venta y recepción de la clientela, tal como indica la presencia de mostradores (Fig. 2b), entre otros indicios. Este complejo entramado de establecimientos debía estructurarse en torno a algún tipo de espacio abierto comunal ubicado en el interior de la insula (Orfila 2007: 122), la cual contó al menos con un piso superior al que se accedía por unos estrechos corredores (Habitaciones B, N, o el espacio entre Y y Z) abiertos directamente a los pórticos, donde se 7 Es en estas aperturas en las que se han conservado los característicos umbrales de piedra con ranura longitudinal para el ensamblaje de los correspondientes tablones (Habitaciones A, J, V, Y, P, O, Z, y 01). instalaron probablemente escaleras de madera (Orfila et alii 1999: 112;2005: 344; Vallori y Cau e.p.). La incomunicación de estos corredores con las distintas estancias del piso bajo de la ínsula plantea la posibilidad de que se trate de ambientes desligados de las tabernae, tal vez al modo de algunas insulae ostienses con tabernas en el piso bajo y apartamentos independientes en el superior (Girri 1956; Packer 1971). No obstante, no puede descartarse la presencia de altillos, o pergulae, en alguno de estos establecimientos, a los cuales pudieron dar acceso pequeños corredores detectados en el interior de algunas tiendas (Habitaciones P y V) donde posiblemente se instalarían escaleras de madera no preservadas (Doengues 2005: 19). La hipótesis se apoya también en la frecuente concurrencia de este tipo de estancias anexas en urbes como Ostia, Pompeya o Herculano8, las cuales están generalmente destinadas al descanso y actividades reservadas de los tabernarii (Mastrobattista y Santoro 2007; Mastrobattista 2009). En definitiva el hábitat en estas tabernae pollentinas se ajusta al típico modelo de espacio doméstico reducido y supeditado al destinado a la actividad económica, el cual ocupa además las zonas mejor iluminadas y aireadas. Entre estas actividades económicas del siglo iii, además de distintos artefactos relacionados con transacciones comerciales, se han identificado pequeños talleres artesanales, como la posible taberna vitraria / lignaria de la Habitación V (Orfila et alii. Por otro lado, debieron ser frecuentes los comercios destinados a la venta de productos alimentarios preparados, una actividad específicamente documentada en el establecimiento conformado por las Habitaciones Y y X (Doengues 2005: 26-34), y que posiblemente estuviera presente en otras tabernae provistas de mostradores de obra a la entrada (Habitaciones Y, A, U, y 01 en la Ínsula II), habida cuenta de la recurrencia a este tipo de estructuras en negocios alimentarios (Monteix 2010: 63-68, 92-96). ELEMENTOS ORNAMENTALES DE REPRE-SENTACIóN Quizás los elementos de representación más notables de las tabernae urbanas se dispusieron en sus fachadas mediante soportes pictóricos, tal y como se ha preservado de modo excepcional en Pompeya y Herculano. Estas pinturas de fachada, principalmente LAS TABERNAE DE POLLENTIA (MALLORCA). MATERIALES FIGURADOS COMO MANIFESTACIONES... Junto a este tipo de recursos de ornamentación de estructuras, en estos niveles del siglo iii se han recuperado diversos artefactos decorados que inciden en este interés por la autorepresentación, y que sugieren cierta capacidad económica por parte de los tabernarii. Algunos de ellos reproducen temáticas báquicas, como el asa de bronce con decoración en relieve localizada entre las Habitaciones X e Y (Doengues 2005: 33, fig. 3.9), o el balsamario en forma de joven sátiro hallado frente al mostrador de la Habitación U (Arribas y Doengues 1995: 406-409). En ambos casos se trata de recipientes suntuarios en los que este tipo de temáticas presentan una orientación fundamentalmente ornamental (Manfrini 1987; Tassignon 1996: 129-134), y su empleo en estos establecimientos parece emular las tendencias decorativas de los contextos domésticos acomodados, en las que este tipo de motivos mitológicos gozaron de gran estima, tal y como se constata en la propia Pollentia (Moreno et alii 2011). Por otra parte, su presencia en estos locales pollentinos 12, corresponde a una ambientación báquica firmemente atestiguada también en contextos populares y comerciales (Bakker 1994: 92-93; Santoro et alii 2011: 197), especialmente del área vesubiana, donde las imágenes de Baco son las segundas en importancia cuantitativa en los emblemas de fachada de tabernae (Monteix 2010: 52-53, fig. 17). Una imagen en principio desprovista de carácter religioso, aunque compleja de interpretar desde una perspectiva funcional, es la pequeña estatuilla en bronce exenta de vaca 13 recuperada en el interior de la Habitación 01, en la Ínsula II (Fig. 3a). Vacas de estas características fueron empleadas como deco- ejemplo en Pompeya (Avvisati 2007: 98, fig. 48), y observaciones similares se han planteado a propósito de una cabeza de bóvido esculpida en la fachada de una de las tabernae de Mirobriga, en Lusitania (Barata 1994), por lo que tampoco pueden descartarse definitivamente una posible referencia a los productos comercializados, cuestión que se apoyaría en la destinación alimentaria de la Habitación 01 en base a la presencia de mostrador y de restos de dolia (Orfila et alii. Sin embargo, el formato de la pieza, exenta y con la base de las patas planas para soldar a una pequeña base o pedestal, resulta más propio de estatuillas de larario, una situación que cuenta con paralelos como el del conjunto de Sibari (Kaufmann-Heinimann 1998: 299), donde entre una serie de divinidades aparece una vaca exenta de bronce sobre pedestal amamantando a un ternero. De ser este el caso, la imagen pudo asumir un carácter simbólico o apotropaico14 más que religioso en un posible larario no conservado, cuestión que no atenuaría su valor ornamental y como recurso de autorepresentación en la estancia de recepción de la taberna 01. Los límites entre los elementos pertenecientes a los recursos ornamentales de representación de las tabernae y los relativos a los cultos religiosos practicados por sus habitantes son, en ocasiones, difíciles de precisar, tal como se ha comentado a propósito de las temáticas de fachada, donde con frecuencia religión, representación, y atracción de la clientela aparecen mezclados como parte de un mensaje iconográfico complejo. En este sentido, los sacra privata se evidencian mediante la existencia de estructuras cultuales, singularmente lararia de distintas tipologías, o de bienes muebles asociables a estas, tales como pinturas, estatuillas o pequeños altares 15. No obstante, los lararios instalados en las zonas de recepción de la clientela no estuvieron tampoco exentos de cierto sentido de autorepresentación religiosa (Orr 1978(Orr: 1579;;Santoro et alii 2011), y hay que tener en cuenta que en esta situación se encuentran 48 de 78 lararios pompeyanos en ambientes comerciales y artesanales (Fig. 4), la mayoría de tipo nicho parietal simple (Santoro et alii 2011: 187-188). La deficiente conservación de los alzados arquitectónicos de las tabernae pollentinas ha impedido identificar este tipo de estructuras cultuales, cuyo uso en tabernae y pequeños centros artesanales debió ser frecuente tanto en Italia como en las provincias occidentales (Santrot 1993; Bakker 1994: 183-184; Santoro et alii 2011: 190-198). No obstante, es posible plantear su existencia durante el siglo iii en función del hallazgo de estatuillas de divinidades típicas de larario (Orfila 2007: 123), cuya función en la liturgia privada tuvo un carácter fundamentalmente vehicular en el proceso de invocación y propiciación de las divinidades 16, y que permiten identificar ciertas tendencias religiosas entre los comerciantes pollentinos. Una de estas tendencias, la del culto a Baco, formó parte también, como se ha señalado, del aparato orna-Figura 4. a) Taberna vinaria de Herculano (Or. II, 9), con larario en la habitación de recepción. Nótese la presencia de parte de las escaleras de madera que dan acceso a la pergula del local. b) Taberna pompeyana (VI, 8, 15) con larario en trastienda. Fotografías de S. Moreno. LAS TABERNAE DE POLLENTIA (MALLORCA). MATERIALES FIGURADOS COMO MANIFESTACIONES... mental de representación en los ambientes comerciales de la ciudad, si bien las circunstancias del hallazgo de una estatuilla exenta del dios, así como su formato, plantean su empleo como divinidad protectora del establecimiento integrado por las Habitaciones Q y T y sus habitantes 17. La estatua de bronce (Fig. 5) 18 se recuperó sobre el pavimento del extremo suroeste de la estancia T, una trastienda o zona de trabajo independizada de la Habitación Q (esta última abierta a la calle) en las reformas de comienzos del siglo III (Doengues 2005: 42-45), por lo que se trata de un ambiente privado, desligado de funciones de recepción de clientela. El tipo de Baco adolescente, recostado en posición de banquete, y cubierto parcialmente por un amplio manto se atestigua en época imperial en episodios mitológicos como el concurso de bebida, la hierogamia de Baco y Ariadna, y el triunfo de Baco, aunque generalmente en soportes glípticos, mosaicos y relieves sarcofágicos a partir del siglo ii d.C. (Gasparri 1986: 555-556), sin que se hayan localizado reproducciones en pequeños bronces 19. Por el contrario, el formato y posición recostada de la estatua se encuadra en una serie de bronces de larario con representaciones exentas de divinidades, como Fortuna (Ortego 1949) o Mercurio (Galliazzo 1979: 72-73), y genios familiares (Kunckel 1974: 94 y 96), todas ellas fre-17 El establecimiento presenta importantes zonas perturbadas por las excavaciones de los años 20, por lo que su delimitación respecto a la Habitación P no ha quedado del todo clara. Así mismo, cuenta con un acceso a la Habitación R, la cual parece también conectada con la U (Orfila et alii 1999: 104; Doengues 2005: 42-44), quizás una trastienda o estancia compartida por ambos establecimientos. Fundición pena a la cera perdida. Se conserva en el Museo de Mallorca, no de inv. cuentes entidades tutelares de los cultos domésticos. Estas estatuillas están fundidas junto con los lechos que sirven de base de apoyo, un elemento que con probabilidad se fundió por separado en el ejemplar mallorquín, para ser ensamblado en la cavidad de unos 0,3 cm que conserva en la base 20, avalando el carácter exento de la pieza, y su posible inserción en un larario no conservado en esta Habitación T 21. En efecto, el culto de Baco en soportes pictóricos sobre lararia está documentado en el área vesubiana principalmente en tabernae, y escasamente en los lararios de contextos domésticos acomodados, tratándose de una divinidad venerada fundamentalmente por las clases subalternas y comerciantes (Orr 1978(Orr: 1581;;Adamo-Muscettola 1984: 11; Frölich 1991). Entre diversos ejemplos, resulta ilustrativo el del larario de la taberna vinaria Or, II, 9 de Herculano (Fig. 4a), de época flavia, centrado por la representación pictórica, hoy prácticamente perdida, de Baco envuelto con amplio manto, rodeado de Mercurio y Hércules (Frölich 1991: 302-303; Marchetti 2009-10: 52-54). Como práctica menos documentada, se recurrió también al empleo de estatuillas broncíneas, como la del larario del thermopolium V, 10 de Herculano (Marchetti 2009-10: 68-69). Baco, al igual que otras divinidades tutelares de la casa y la familia romana, adquiere posiblemente en estos contextos las atribuciones de los antiguos dioses Penates, particularmente en cuanto a su relación con la protección 20 El brazo izquierdo, que se encuentra elevado, se apoyaría en este elemento perdido. Se desconoce si el brazo opuesto alzado y con la mano abierta sostenía algún atributo, tal vez una pátera como los genios familiares atrás citados. La Fortuna recostada de Soria lleva en esta mano el timón fundido por separado. Actualmente resulta escasamente conocido el grado de recepción del culto báquico en ambientes comerciales de las provincias occidentales, si bien casos como el de las pinturas báquicas de la sede de una asociación artesanal de la aglomeración secundaria de Schwarzenacker (Santoro et alii 2011: 197-198), en las provincias transalpinas, nos recuerda la relación del dios con estos sectores sociales. En Hispania, además del caso pollentino, se puede citar el aplique de bronce con representación de cabeza de Baco hallado en la tienda B3 del macellum de Baelo Claudia, procedente de un nivel de los siglos iii-iv d.C. (Sillieres y Didierjean 1977: 521-522, pl. 23), aunque se trata de un elemento de decoración de mobiliario que puede reflejar aspectos de autorepresentación más que propiamente cultuales. Mucho más generalizado en ambientes comerciales fue la presencia de Mercurio, cuya tutela oficial de las actividades mercantiles dio paso, a partir del siglo ii a.C., a su difusión privada como numen dispensador de lucro y prosperidad económica, fuertemente enraizado también en los sectores populares de la población (Combet-Farnoux 1980: 256-257, 406-411). Su presencia en las tabernae de Pollentia durante el siglo iii está confirmada mediante el hallazgo de una estatuilla de bronce en la Habitación V, sin que pueda confirmarse si las otras dos estatuillas del dios recuperadas en las excavaciones de los años veinte en el área del foro se emplearon en estos contextos 22. En cualquier caso, de su importancia en las tabernae pollentinas da cuenta el anillo sello procedente de los niveles del siglo iii de la Habitación U, que lleva un caduceus, el atributo oficializado del dios (Combet-Farnoux 1980: 426-428), bajo la inscripción ACTIACI, y que se ha relacionado con el sellado de productos perecederos (Arribas y Doengues 1995: 403-406). El hallazgo de la estatuilla, en una taberna destinada en este periodo a distintas actividades artesanales a pequeña escala, se produjo tras el umbral del establecimiento, en las proximidades de los restos de una estructura, posiblemente una plataforma para el trabajo o mostrador (Doengues 2005: 37), por lo tanto en una zona de recepción de clientela. La estatua, de reducidísimas dimensiones (Fig. 6)23, se adscribe a una tipología muy frecuente y de amplia difusión geográfica, conocida como de clámide enrollada en (Bakker 1994: 97), y un caduceus de bronce se localizó en un taller de orfebrería del siglo iii de Rotomagus, Galia (Lequoy y Guillot 2004: 129-131). Más allá de los beneficios derivados de la ejecución de determinadas prácticas religiosas, los establecimientos comerciales y artesanales se dotaron de una serie de iconos provistos, en la cosmovisión de la época, de propiedades apotropaicas, especialmente vinculadas a la protección contra el mal de ojo (Monteix 2010: 53-56). El elemento de este tipo que con mayores garantías se asocia a las tabernae de Pollentia son los relieves figurativos dispuestos en el ya mencionado caldero de plomo de la Habitación U 25, con representaciones de un bóvido sobre plinto (por tanto una estatua de bóvido) y una cabeza de Medusa (Fig. 7). El motivo del bóvido astado aparece involucrado en algunas imágenes específicamente destinadas a la protección contra el mal de ojo (Alvar 2010: 179-180) y en algunos amuletos fálicos (De Caro 2000: 80, 86), mientras los gorgoneia poseían un carácter apotropaico integral, vinculado tanto a la protección en vida como en la muerte (Howe 1954). El uso profiláctico de gorgoneia queda evidenciado en ambientes comerciales en las estructuras de recepción, 25 Ver nota no 11. caso del mostrador de la taberna pompeyana I, 8, 1 (Monteix 2010: 96); en la decoración del mobiliario, como el aplique (picaporte) del taller de orfebrería de Rotomagus que citábamos atrás (Lequoy y Guillot 2004: 129-131); e incluso en instrumental específico de pesajes, caso de una báscula de la zona de Trento (Walde-Psener 1983: 92). Los editores del recipiente pollentino (Arribas y Doengues 1995), citan otro ejemplar en el Museo de Vienne que porta igualmente en relieve una cabeza de Medusa, además de dos leones saltando desde ambos lados, curiosamente un motivo específicamente constatado en el mostrador pompeyano del thermopolium I, 7, 14, en torno a una representación protectora de Príapo (Mastrobattista y Santoro 2007: 116-117; Monteix 2010: 96). Estos factores indican la aplicación de elementos apotropaicos en algunos de estos calderos de plomo26, conocidos también en ambientes domésticos, pero principalmente documentados en comercios alimentarios (Monteix 2010: 97-101). Por otra parte, es posible plantear la asociación hipotética a estos establecimientos de alguno de los bronces de connotaciones profilácticas recuperados en la zona del foro durante las excavaciones de los años veinte27. En concreto interesan dos ejemplares, que al igual que las estatuillas empleadas en las tabernae presentan reducidas dimensiones, recursos cualitativos limitados, y, al menos en uno de los casos, una temática de inspiración popular. Uno de ellos es un carnero de bronce exento (Fig. 8b) 28, un animal de connotaciones simbólicas benéficas (Moreno 2012: 185), a las que se suma en este caso una caracterización fálica acusada, lo que constituye una asociación relativa a la protección contra el mal de ojo (Johns 1982: 68-70). De hecho, carneros itifálicos son elementos iconográficos destacados de algunos tintinabula (Jonhs 1982, fig. 54; Zampieri y Lavarone 2000: 120, no 156), y amuletos fálicos (Faider-Feytmans 1957: 105, no 243), si bien el carácter exento del bronce mallorquín, con la base de las patas planas para soldar a pedestal, induce a considerarlo un elemento apotropaico posiblemente de larario. La otra pieza es una conocida estatuilla de bronce (Fig. 8a), también exenta y de reducida talla (7 cm de altura), ya asociada por S. Perea con genios benéficos de posibles atribuciones mágicas o supersticiosas, y de carácter popular (Perea 1997) 29, por lo que es probable su vinculación con las tabernae del área del foro. A las observaciones realizadas por este investigador quisiéramos añadir algunos aspectos que refuerzan la idea de su función profiláctica, seguramente en relación al mal de ojo. En primer lugar, la propia anatomía en relación al enanismo y rasgos faciales, que se encuadran en las figuraciones grotescas de carácter apotropaico (Alvar 2010: 207-224); la presencia de tirabuzones propios de representaciones de negroides o etíopes, personajes igualmente provistos de atribuciones protectoras (Clarke 2007); y las insinuaciones fálicas emitidas por la forma de la nariz, elemento que ya llamó la atención de sus excavadores30. En efecto, en el ámbito de las imágenes grotescas se documenta la sustitución de determinados elementos anatómicos por representaciones fálicas31, cuestión que afecta también a determinadas representaciones de genios y demonios encapuchados caracterizados de modo falo-céfalo (Deonna 1955). La documentación expuesta en las secciones precedentes, muestra como estas insulae comerciales entorno al área forense se dotaron en el siglo III d.n.e. de todo un "ecosistema" de imágenes orientado por una parte a la representación externa de las tabernae y sus habitantes, cuestión que revierte en la atracción de clientela y aumento de competitividad de los negocios, pero también relacionadas con la protección supersticiosa y determinadas prácticas religiosas. En el ambiente iconográfico, así como en las divinidades documentadas, se aprecian prácticas similares a las desarrolladas en Italia, bien sea en el área vesubiana o en aglomeraciones como Ostia, sin indicios de tendencias regionales como sucede, por ejemplo, en Galia, donde existió una especial veneración de Venus en contextos artesanales y comerciales (Talvas 2007: 286-288). Sin embargo, a diferencia de Pompeya o Herculano, donde este tipo de documentación es principalmente pictórica y perteneciente al siglo i d.n.e., llama la atención la concentración de elementos iconográficos en soportes metálicos, especialmente estatuillas exentas, en las tabernae pollentinas del siglo iii. Ello se debe, al menos en parte, a la proliferación de este tipo de materiales que se detecta en Pollentia sobre todo a partir del siglo ii d.n.e. (Moreno 2013), los cuales adoptaron las suficientes oscilaciones cualitativas como para permitir su recepción en diferentes estratos sociales.
El fenómeno consiste en que la luz solar, que se introduce a través de una abertura situada en el extremo occidental de la cueva, ilumina el área más interna de la cavidad durante breves instantes en el ocaso del sol alrededor de los equinoccios. Un aspecto muy sugerente de este acontecimiento es la forma que adquiere la mancha de luz proyectada por la abertura, que recuerda ciertas representaciones muy comunes en los exvotos en bronce y que podría haber sido recreada artificialmente. Este descubrimiento aporta información crucial acerca del calendario ibero y las características del ritual celebrado en el santuario. Sus exvotos, conocidos desde el siglo xviii, momento en que empezaron a formar parte de colecciones privadas, serán el detonante del interés que mostrará la Real Academia de la Historia a partir de 1912, y que conllevará el inicio de los estudios científicos en este lugar. La intervenciones de Conchita Fernández Chicarro en 1957, y las posteriores campañas, que se iniciaran ya a finales de la década de 1960, dirigidas por Gerard Nicolini y que continuaran (con ciertos paréntesis y la creación de un equipo hispano-francés en los años 80 1 ) hasta la actualidad, han generado un número importante de publicaciones 2. Este santuario se localiza en el extremo suroriental del pago de Cástulo, vinculado a un paso 1 La incorporación de personal investigador, en esos momentos del Colegio Universitario de Jaén, ha propiciado la continuidad de las investigaciones que hasta el día de hoy de vienen realizando desde el Instituto Universitario de investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén. Cronológicamente nos encontramos ante un espacio fundado hacia mitad del siglo iv a.C., que continuaría, al menos, hasta el siglo i d.C., tal y como indican los hallazgos de materiales votivos de época romana, o la documentación del establecimiento del Cerro de los Altos, fechado a comienzos del siglo ii a.C. y que estaría relacionado no solo con el control del santuario, sino también del paso natural que es el curso alto del río Guadalimar (Rueda 2011a: 97-98). El santuario de Castellar es un espacio complejo en el que intervienen distintas áreas y abrigos, aunque el registro arqueológico indica que la zona central del mismo se adscribe a la Cueva de la Lobera y sus terrazas inmediatas (Fig. 2), convirtiéndose la primera en un hito fundamental. Su localización en altura fuerza a un recorrido prefijado y articulado a través de la ladera. Se trata de una oquedad que presenta dos espacios naturales, aunque modificados de forma artificial, adaptados -como se verá-a requerimientos relacionados con el culto y con la liturgia. Ocupa un saliente calcáreo, definido como "primera terraza", la única configurada de forma natural, mientras que las tres terrazas restantes se edifican de forma artificial, Figura 2. Ortofotografía del santuario ibérico de Castellar. Se indica la localización de sus principales elementos (escala base: 1:1.000). Vista del santuario desde el este. Se aprecia la organización en terrazas de la ladera frente a la Cueva de la Lobera. construyéndose por medio de grandes bloques de piedras que modifican la pendiente natural de la ladera y proporcionan facilidad en el acceso y organización del ascenso a la cueva (Fig. 3). De todas ellas destaca, por su complejidad organizativa, la denominada "tercera terraza", área donde se han documentado la mayor parte de los restos estructurales del santuario (Fig. 4). Se trata de unidades habitacionales no compartimentadas, realizadas en mampostería de mediano y pequeño tamaño, que han sido denominadas "casas". Se ha intervenido en tres de estas unidades, de las cuales se han definido correctamente dos, a las que se asocian escasos restos materiales de distinta naturaleza (anillos, fíbulas, exvotos, etc.), normalmente concentrados al exterior de las mismas (Nicolini et alii 1990; Nicolini et alii 2004). Recientemente se han interpretado como espacios temporales de encuentro, posiblemente vinculados a la realización de actividades rituales (Rueda 2011a: 99). En esta misma terraza, al exterior, se han documentado restos de las calles que desembocarían en uno de los accesos principales a la Cueva de la Lobera: una rampa de tierra batida que serpentea por los distintos niveles de la terraza hasta desembocar, por el lado oeste, en la primera terraza. A esta arteria principal habría que sumar un posible segundo acceso a este complejo que, desde el este, permitiría a su vez llegar a otras áreas del santuario, como a la Cueva Horadada, siguiendo la dirección natural del farallón (Rísquez et alii 2013), lo que nos da una idea de la existencia de recorridos prefijados y organizados para el desarrollo de las celebraciones (Rueda 2011a: 99-100) (Fig. 5). La ladera norte del santuario: organigrama general del espacio y distribución de los principales materiales (Otofotografía, escala base 1: 1.000. Detalle de la rampa de acceso a la Cueva de la Lobera, ascenso de la segunda a la primera terraza. UNA HIEROFANÍA SOLAR EN EL SANTUARIO IBÉRICO DE CASTELLAR (JAÉN) OCASOS SOLARES EN LA CUEVA DE LA LOBERA La constatación en los últimos años de relaciones astronómicas relevantes vinculadas con el orto u ocaso solar en los equinoccios, en un número significativo de espacios relacionados con el culto en la cultura ibérica (Esteban 2002; Esteban & Moret 2006; Esteban 2013), generó nuestro interés sobre una posible relación arqueoastronómica en la Cueva de la Lobera, por su situación y la orientación de las oquedades que parecían modificadas de forma artificial. En este sentido, el 4 de febrero de 2010 se iniciaron trabajos de campo que se centraron, tanto en este santuario, como en sus alrededores inmediatos. Centrándonos en la Cueva de la Lobera, algunos rasgos organizativos destacaban en el conjunto, como la llamada sala secundaria de la cueva, situada al este, que dispone de una puerta de acceso y dos aberturas a modo de ventanas (Fig. 6). La puerta y una de las aberturas están orientadas hacia el norte, mientras que la otra lo hace hacia el oeste. En nuestra visita comprobamos que el eje longitudinal de la cueva, que conecta la zona más profunda de la cavidad (correspondiendo a una especie de hornacina situada en el extremo oriental de la sala y a una cierta altura del suelo, ver Fig. 7) con la ventana oeste, coincide prácticamente con la línea este-oeste (definiendo un acimut3 de 272°) y, por lo tanto, que la luz solar del ocaso, cerca de los equinoccios, podría iluminar la "hornacina" 4. A escasos metros hacia el oeste de la citada sala secundaria y a lo largo del farallón rocoso, bajo el cual se extiende el santuario, encontramos la sala principal de la Cueva de La Lobera. Esta cavidad, en realidad un simple abrigo, dispone de una única abertura de casi 10 m de ancho que contiene una especie de banco inclinado hacia la entrada y una loggia al fondo (Nicolini et alii 2004: 69-70). Su orientación general hacia el norte y la distribución Figura 6. Exterior de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera. Imagen tomada desde el norte. La abertura situada más a la derecha (oeste) es la que produce el fenómeno solar analizado en este trabajo. Pared oriental de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera donde se produce el fenómeno solar. La mancha de luz solar proyectada por la abertura occidental se encuentra abajo a la izquierda, todavía cerca de la abertura de acceso. La zona más interna y oriental de la cueva corresponde a la cavidad que denominamos 'hornacina', situada justo arriba del centro de la imagen. La altura total de la cueva es de unos 3 metros aproximadamente, la anchura de la 'hornacina' es de algo más de 50 centímetros. Con estas imágenes pudimos analizar la evolución del patrón de iluminación por luz solar en el interior de la cueva durante el ocaso y su variación dependiendo de la posición del Sol. La Figura 8 muestra el interior de la cueva y las áreas exteriores visibles a través de las diferentes aberturas desde la "hornacina" donde se produce el fenómeno solar. La Figura 9 muestra con mayor detalle la zona de cielo y horizonte que se observa a través de la abertura oeste7. El equinoccio de primavera de 2011 se produjo a las 0h 21m de hora oficial del 21 de marzo, por lo que el ocaso más cercano a dicho evento astronómico ocurrió el 20 de marzo (previsto para las 19h 27m aproximadamente). El día ofrecía unas condiciones atmosféricas inmejorables que nos permitió realizar un buen seguimiento fotográfico del fenómeno. En la Figura 10 podemos ver, desde el exterior y alrededor de una hora antes del crepúsculo, como los rayos del sol iluminan el interior de la cueva a través de la ventana. Según el Sol desciende sobre la bóveda celeste y se acerca el momento del ocaso, el extremo superior de la mancha de luz solar proyectada por la ventana va ascendiendo lentamente sobre la pared oriental de la cueva y acercándose cada vez más a la "hornacina" (ver secuencia en Figura 11). Al final del ocaso, que se produjo a las 19h 23m hora local (con un valor de la declinación del centro del disco solar de δ = −0°05′), la zona superior de la mancha de luz iluminaba la "hornacina" de parte a parte. En estos últimos instantes, la mancha se volvió cada vez más rojiza, disminuyendo poco a poco su brillo según el astro rey se iba ocultando hasta desvanecerse completamente. Repetimos la observación del fenómeno al día siguiente (21 de marzo). En esta ocasión el cielo estuvo cubierto de nubes excepto una pequeña franja sobre el horizonte poniente que permitió ver el sol desde poco antes del ocaso iluminando de nuevo la "hornacina". En dicho momento el centro del disco solar presentaba una declinación de δ = +0°19′, unos 24′ al norte de la posición del día 20, aproximadamente 3⁄4 de diámetro solar. Un año más tarde, el 21 de marzo de 2012, confirmamos de nuevo el fenómeno obteniendo excelentes imágenes del ocaso8. Vista general del interior de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera desde la 'hornacina'. La abertura situada en el centro de la imagen es la que proyecta la mancha de luz del fenómeno solar. Foto de Juan Pedro Bellón Ruiz. Detalle del horizonte visible a través de la abertura oeste de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera desde la 'hornacina'. Sobre esta zona se produce el ocaso solar alrededor de los equinoccios. UNA HIEROFANÍA SOLAR EN EL SANTUARIO IBÉRICO DE CASTELLAR (JAÉN) momento el Sol se encontraba ligeramente desplazado hacia el norte respecto a la posición del año anterior: δ = +0°37′. En la Figura 12 podemos apreciar los leves, pero apreciables, cambios del patrón de iluminación en el interior de la cueva en los días citados. Debemos tener en cuenta que la variación de la posición del Sol sobre el horizonte en el momento de su orto u ocaso es máxima alrededor de los equinoccios, en cualquier otro momento de año la variación diaria de un patrón de iluminación de este tipo sería menos evidente, especialmente alrededor de los solsticios, donde la posición del Sol se mantiene casi constante. Como ya se ha dicho, el día 20 de marzo de 2011 coincidió con el equinoccio de primavera. Esteban (2002) y Esteban y Moret (2006) discuten lo inverosímil que un concepto tan abstracto como el equinoccio astronómico pudiera ser de importancia e incluso de alguna utilidad práctica para una sociedad como la ibérica prerromana. El concepto de equinoccio astronómico que utilizamos en la actualidad tiene su origen en la astronomía geométrica desarrollada en Grecia entre los siglos iv y iii a.C., y se define como el momento en que el centro del disco solar atraviesa cada uno de los dos nodos del plano de la eclíptica, un fenómeno sin ninguna característica especial observable (ver Ruggles 1999: 150-151). Por el contrario, los solsticios son puntos singulares claramente distinguibles en la trayectoria anual del Sol, pues corresponden a sus posiciones extremas sobre la bóveda celeste. Una vez determinadas las fechas en que se producen dos solsticios consecutivos (que distan 182 ó 183 días) entre sí, y contando los días transcurridos, podemos definir el punto medio temporal entre ambos (entre 91 y 92 días antes o después de cada solsticio), es decir, el "punto medio temporal entre ambos solsticios". Según proponen Esteban (2002) y Esteban y Moret ( 2006), resulta más razonable que el fenómeno de interés cercano al equinoccio correspondiera con dicho "punto medio temporal entre solsticios" que abreviaremos simplemente como "día mitad". Este concepto nos permite dividir el año solar o trópico en cuatro periodos de la misma duración (con una precisión de ±1 día) y que coincidirían con las cuatro estaciones astronómicas. Imagen de la abertura oeste de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera tomada desde el exterior en la tarde del 20 de marzo de 2011, minutos antes del ocaso. Se puede observar parte de la mancha de luz solar que proyecta dicha abertura sobre la pared oriental de la cueva. Secuencia de la evolución de la mancha de luz solar proyectada sobre la pared oriental de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera durante los 20 minutos previos al ocaso del 20 de marzo de 2011. Podemos ver como la parte superior de la mancha se introduce en la 'hornacina' justo en los últimos minutos del día. Hay una clara variación de la coloración e intensidad de la mancha según se acerca el ocaso, que se torna más rojiza según el Sol se encuentra a menor altura debido al efecto del polvo atmosférico. Divisiones del año solar en cuatro o más partes es algo que parece estar atestiguado en otras culturas europeas contemporáneas, como por ejemplo la celta. La posición del Sol en este día mitad se encuentra ligeramente al norte de la que ocupa en los equinoccios astronómicos y depende de la forma particular en que lo definamos 9. Estimamos que la declinación del Sol en ese día mitad estaba contenida dentro del rango de δ = 0,7°±0,3° en tiempos ibéricos, entre una y casi dos veces el diámetro solar y se producía alrededor de 1,8 días después del equinoccio de primavera o antes del equinoccio de otoño. En la actualidad la situación es prácticamente la misma. Los resultados obtenidos en los distintos santuarios ibéricos que muestran relación con el orto u ocaso solar alrededor de los equinoccios no parecen suficientes para determinar cuál de los dos eventos, equinoccio astronómico o día mitad, sería el de interés para los iberos, aunque el marcador encontrado en el Tossal de San Miquel de Llíria (Esteban y Moret 2006) y, especialmente, el del santuario de La Malladeta (ver resultados preliminares en Esteban 2013) nos sugieren que el día mitad podría ser el momento importante 9 Ver discusión en Esteban y Delgado Cabrera (2005). para el ritual ibérico. En el caso del fenómeno solar constatado en la Cueva de La Lobera, sus características no nos permiten concluir de forma precisa, pero hay un hecho que quizás podría indicar algo en este sentido. Como ya comentamos anteriormente, la Figura 12 muestra cierta variación en la mancha de luz observada en tres días en que la posición del Sol es diferente, especialmente en el tamaño de la zona iluminada sobre un saliente de la pared situado justo delante y a la izquierda de la "hornacina" y señalado por una flecha blanca en la Figura 12. Podemos ver que la superficie iluminada de este saliente es bastante menor el día 21 de marzo de 2011 y prácticamente desaparece el 21 de marzo de 2012, lo que indica una mayor coincidencia entre las formas y los tamaños de la "hornacina" y de la mancha de luz en esta última fecha. La posición del Sol el 21 de marzo de 2012 fue más cercano a la representativa del día mitad (dónde la declinación del centro del disco solar es δ = +0°42′). Desde luego estas son consideraciones estéticas y, por lo tanto, subjetivas, sobre este punto volveremos más adelante. Debido al tamaño, geometría y disposición de los distintos elementos de la cueva involucrados en el fenómeno solar, la coincidencia de la mancha de luz Figura 12. Comparación de la mancha de luz solar proyectada por la la abertura occidental de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera en tres fechas diferentes con posiciones del disco solar ligeramente distintas (parametrizadas por su declinación, δ) y segundos antes del ocaso. Podemos comprobar pequeñas variaciones de la forma de la mancha de luz debido al desplazamiento de la posición del Sol, especialmente en la zona señalada con la flecha. Los cambios de tonalidad e intensidad de la mancha en ambas imágenes son accidentales y dependen de las condiciones locales de la atmósfera y del momento exacto de observación. La imagen de la izquierda (20 de marzo 2011) es representativa del equinoccio astronómico y la de la derecha (21 de marzo de 2012, tomada por Francisco Gómez Cabeza) representativa del día mitad entre solsticios. UNA HIEROFANÍA SOLAR EN EL SANTUARIO IBÉRICO DE CASTELLAR (JAÉN) producida por el Sol del ocaso y la "hornacina" se produce únicamente en las cercanías de los equinoccios y solo durante un periodo de alrededor de una semana. El que este fenómeno se produzca justamente en un momento singular del movimiento anuo solar nos sugiere que pudo haber sido utilizado deliberadamente como elemento en el ritual del santuario. En apoyo a esta posibilidad contamos con la evidencia de que los ortos u ocasos equinocciales fueron elementos importantes en la elección del emplazamiento y/o la orientación de los edificios de culto en una fracción nada desdeñable de santuarios ibéricos del este y sureste peninsular como, por ejemplo, el pozo votivo de El Amarejo (Esteban 2002) Finalmente, el análisis del horizonte visible desde la Cueva de La Lobera10 no proporcionó ninguna relación astronómica de interés indicando que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares de culto ibéricos del este y sureste peninsular, en este santuario no se producen ortos u ocasos solares o lunares sobre elementos singulares del horizonte. LA HIEROFANÍA SOLAR E IMPLICACIONES SOBRE EL RITO CELEBRADO EN EL SAN-TUARIO Creemos que el fenómeno solar que hemos descubierto en el interior de la sala secundaria de la Cueva de la Lobera presenta la suficiente espectacularidad como para haber sido interpretado como una hierofanía por los iberos e incluso haber determinado la elección de la cueva como lugar de culto. Por otro lado, Nicolini et alii (2004: 151) indican que las aberturas de la cavidad donde se produce la hierofanía equinoccial fueron producidas o retocadas por la mano humana, abriendo la posibilidad de que pudiera haber sido recreada de forma artificial, una vez se eligió el lugar sagrado por cualquier otra razón no astronómica (presencia de fuentes, morfología de la gruta, localización geográfica, vinculación a vías de comunicación de primer orden, etc. podido definir un mapa distributivo de modelos y tipos rituales y su asociación a los santuarios y a los principales oppida de este territorio político (Ruiz y Rueda, e.p.). Una de las propuestas que resaltamos es que en los espacios urbanos, como Cástulo, Giribaile o Turruñuelos 12, los tipos documentados se asocian a ritos de fertilidad y curación, así como a ritos de agregación, que tan importantes han resultado ser a nivel identitario (Rueda 2008). En ninguno de los casos expuestos se han documentado modelos relacionados con ritos como los relacionados con el paso de edad o con el matrimonio, que únicamente se documentan en los santuarios territoriales de Collado de los Jardines y La Cueva de la Lobera. En este sentido, se puede indicar que ese grupo de ritos genéricos pueden vincularse a espacios de culto menores, asociados espacialmente a las ciudades, mientras que hay un conjunto de prácticas rituales que pudieron tener a estos santuarios como únicos espacios de desarrollo y materialización simbólica (Ruiz y Rueda, e.p.). De esta forma, los santuarios de frontera se convierten en espacios necesarios para la realización de rituales específicos, determinantes para las comunidades que forman parte de este territorio político. Al mismo tiempo el propio santuario demarca el espacio específico de la divinidad. En el caso del santuario de Castellar quedaría constatada la asociación espacial de la deidad a La Cueva de la Lobera y, de forma específica, a una de las salas de esta cavidad. En este caso la expresión de lo "sagrado" se muestra a través de una experiencia visual colectiva demarcada espacialmente, pues existe una localización especifica, y temporalmente, ya que es posible medirla a través de un calendario de celebraciones. Otro aspecto digno de destacar de la hierofanía que se produce en nuestra cueva, y que también comentan Nicolini et alii (2004: 151), es que el tamaño de la cavidad no admite un número elevado de devotos en su interior. Además, también debemos considerar la necesidad de no ocupar las zonas centrales con el fin de evitar obstaculizar los rayos solares, lo que hace todavía más reducido el número de testigos susceptibles de observar el fenómeno. Estas limitaciones le dan un carácter restringido a la hierofanía que quizás estuviera dedicada a la élite política y a sus clientelas más próximas, al personal encargado del santuario o, desde una perspectiva de selección ritual, a grupos fuente documental a la colección Marsal, corpus de referencia que nos ha brindado la posibilidad de profundizar en la imagen identitaria analizada a escala territorial (Ruiz y Rueda, e.p.). 12 Tres de las principales ciudades del pago de Cástulo. A estos oppida se asocian un conjunto amplio de exvotos (144) que permiten establecer propuestas de distribución y asociación de tipos rituales y espacios. específicos, como los/las jóvenes implicados en ritos de paso o iniciación que están bien documentados en este santuario (Rueda 2013). Estimamos que el fenómeno podría haber sido presenciado de forma desahogada por no más de una decena de personas. El uso apropiado de la hierofanía astronómica en el ritual requeriría de alguien con cierto conocimiento de los movimientos y ciclos celestes encargado de realizar el seguimiento de la evolución de la mancha de luz para establecer con cierta antelación la fecha precisa de la celebración y llevar a cabo los preparativos. Estos encargados podrían ser los propios sacerdotes o sacerdotisas del santuario, cuya existencia proponen algunos autores (Chapa y Madrigal 1997; Nicolini et alii 2004: 158-9), y quizás entre sus funciones se encontraba la elaboración del calendario ritual. De hecho, la propia construcción de la estructura litúrgica analizada en este espacio de culto indica la necesidad de la existencia de un cuerpo sacerdotal dedicado no solo a la planificación del calendario de las celebraciones, sino también a la práctica de los rituales, como el sacrificio, y a las tareas del culto, en las que están incluidos el control de los canales de subordinación y jerarquización ideológica relacionada con la clase social aristocrática (Rueda 2011a: 158-159). La existencia de un sacerdocio debió de ser fundamental, además, en la ordenación y el mantenimiento de los espacios del santuario. En el caso de Castellar, como se ha visto, se han definido distintos núcleos, posiblemente asociados a actividades prefijadas en las que la participación podría ser más o menos abierta, dependiendo de la naturaleza del rito. Existen algunos datos al respecto. Por ejemplo, desde el punto de vista contextual ha sido posible determinar espacios de depósito caracterizados por la presencia de ofrendas excepcionales, como los exvotos realizados en lámina de oro, que se documentan únicamente en la segunda terraza (Nicolini et alii 2004: fig. 67), lo que de nuevo podría indicar aspectos de jerarquización del espacio sagrado y de la práctica litúrgica, que conllevaría cierta ordenación espacial y temporal de las celebraciones. Se ha discutido sobre la celebración de procesiones o romerías de una cierta periodicidad como base del culto relacionado con el santuario y en general con la religión ibérica (Aranegui 1997: 88-105; Nicolini et alii 2004: 164). Los santuarios del pago de Cástulo serían puntos de encuentro colectivos, espacios extraurbanos a los que se acudiría en peregrinación en fechas determinadas. En estos casos, el carácter individual del culto ibero se complementaría con las prácticas sociales de tipo colectivo, incluso comunal, que contribuyen a cohesión y al fortalecimiento identitario. En el caso concreto de la Cueva de la UNA HIEROFANÍA SOLAR EN EL SANTUARIO IBÉRICO DE CASTELLAR (JAÉN) Lobera, el disponer de un marcador alrededor de los equinoccios nos permite establecer posibles fechas para dichas celebraciones (equinoccios astronómicos o días mitad). Este carácter cíclico se adecua perfectamente a un conjunto de celebraciones fundamentales y representativas en este santuario y en el de Despeñaperros, como son los ritos de paso. Estas prácticas están vinculadas al ciclo vital y al aprendizaje social, y simbolizan el tránsito de unas circunstancias a otras, "todo ello dentro de un marco simbólico propio y, probablemente, sujeto a una estructuración temporal (relacionada con los ciclos agrarios) y espacial (el santuario)" (Rueda 2011a: 154). De esta forma, es posible aproximarnos a una secuencia o estructura general de la práctica litúrgica asociada a los ritos de paso que pudieron estar demarcados por la estacionalidad que marca fenómenos anuales, como el de los equinoccios, aunque el estado actual de la investigación no permita la asociación directa del tipo de prácticas, al espacio del santuario y a la fecha específica del calendario (Rueda 2013). Sin embargo, la periodicidad y estacionalidad de los ritos celebrados en santuarios ibéricos está bien atestiguada en el caso del pozo votivo del santuario de El Amarejo, dedicado a una deidad de las actividades femeninas y que, además, muestra un espectacular marcador del orto equinoccial sobre la cumbre de la montaña más llamativa de su horizonte (Esteban 2002). En dicho pozo se encontraron ofrendas incineradas distribuidas en capas aparentemente periódicas indicando que el ritual se llevaba a cabo en determinados momentos del año (Broncano 1989: 33). Una de las ofrendas más abundantes del pozo eran las bellotas, que muestran un grado de maduración propio del comienzo de otoño (Broncano 1989: 33). Esta evidencia independiente nos informa sobre dos aspectos del ritual, primero su estacionalidad y, segundo, su posible celebración en el equinoccio de otoño o en una fecha muy cercana a este, consistentemente con lo que sugiere el marcador equinoccial. El análisis exhaustivo de los depósitos votivos de La Cueva de la Lobera y del santuario paralelo de Collado de los Jardines y su lectura espacial y territorial, nos ha permitido aproximarnos a la identificación de algunas de las prácticas rituales desarrolladas, así como de los agentes sociales partícipes de las mismas. Sin duda, uno de los materiales que más información nos brinda al respecto son los exvotos iberos en bronce que, cuantificados por miles, nos aportan datos fundamentales para la comprensión de la imagen ritualizada (Rueda 2008). Estos materiales, entendidos en su contexto e interaccionando con otro tipo de categorías votivas, son reflejo de un aparato simbólico articulado, codificado en base a unas prescripciones que fijan cómo se materializa la práctica social. Para ambos santuarios se ha fijado una estructura litúrgica común, reflejo de un culto similar, aunque existan especificidades propias en relación con la presencia de tipos iconográficos o materiales votivos concretos de cada santuario. Un culto semejante que podría indicar la presencia de una misma divinidad o divinidades. Para este territorio político se ha propuesto la existencia de, al menos, una deidad femenina con connotaciones territoriales, que se asocia a la tradicional presencia de símbolos de la divinidad femenina en Cástulo y se formula como kourotróphos (Rueda 2011b: 129). Esta propuesta nace de la existencia de un bronce excepcional13, depositado en la colección Gómez-Moreno de Granada que podría proceder de Collado de los Jardines (Rueda 2012: n. Se representa como una madre que amamanta a un niño desnudo, que sostiene en sus brazos. Esta representación se enmarca entre dos prótomes de ánades simétricos, y recoge el ideal de fecundidad femenina, como modelo presente en todo el Mediterráneo Antiguo (Olmos 2000(Olmos -2001)). La dedicación a una divinidad femenina es algo común a los santuarios en los que se han encontrado relaciones equinocciales. Por ejemplo, el anteriormente mencionado pozo votivo de El Amarejo presenta una proporción muy alta de objetos típicos de las labores cotidianas de las mujeres entre las ofrendas depositadas en el pozo, lo que llevó a sus excavadores a proponer la dedicación del santuario a una diosa protectora de dichas actividades (Broncano y Blázquez 1985). Según los hallazgos encontrados en los santuarios de Sant Miquel de Llíria, La Serreta y La Carraposa, todo parece indicar que también estaban dedicados a divinidades femeninas relacionadas con la fertilidad. Según Bonet y Mata (1997) el templo de Sant Miquel de Llíria estaba dedicado a una diosa de la fecundidad con carácter agrícola. Por otra parte, en La Serreta, Visedo (1959: 65) y Llobregat (1972: 57) hablan de una diosa de la tierra y de la agricultura, mientras que en La Carraposa, Pérez Ballester y Borredá Mejías (2004) proponen un culto dedicado a una diosa protectora de los animales y de la fertilidad de la tierra. Otro ejemplo muy cercano al santuario de Castellar y posiblemente contemporáneo es el reciente descubrimiento de una estela de gran tamaño que parece representar una deidad femenina en el oppidum ibérico de Puente Tablas (Jaén). Esta estela se encuentra alineada con el eje de una de las puertas de acceso de la muralla orientado, precisamente, hacia el orto solar en los equinoccios (Ruiz, Molinos y Pérez-Gutiérrez comunicación personal). Según discuten Esteban y Moret (2006) o deidades femeninas ibéricas tendrían un importante componente solar y sus ritos celebrados en el equinoccio o día mitad demostrarían su relación con los ciclos vegetativos anuales de las plantas y los animales y, por lo tanto, con la fertilidad de la naturaleza. Desde el pasado lejano y para múltiples culturas de la Antigüedad, las cuevas han sido interpretadas como lugares mágicos y relacionados con las entrañas de la tierra o la entrada al inframundo. En el mundo indoeuropeo del norte y noroeste de la Península Ibérica y en los casos mejor constados de los territorios iberos, parece que las cuevas estaban relacionadas con ritos iniciáticos (Almagro-Gorbea y Álvarez 1993; Alfayé 2010; Grau y Amorós 2013). El fenómeno solar del santuario de Castellar se basa en la iluminación de la zona más interna de la cueva en el ocaso alrededor de los equinoccios, momentos que señalan los cambios estacionales. Esta simbología resulta perfecta aplicada a un lugar de culto dedicado a una divinidad femenina de la fertilidad y de la curación, sancionadora asimismo de rituales iniciáticos o de paso que debieron enmarcarse en una estructuración temporal establecida. Los rayos solares, portadores esenciales de vida en la naturaleza, aparecerían aquí como elementos fecundantes de la zona más interna y posiblemente sagrada de la cueva (¿útero figurado?). Un acto simbólico de fecundación periódica y estacional que pondría en relación íntima a la divinidad con el mundo celeste y el ciclo vegetativo de la naturaleza. CONCLUSIONES: UNA NUEVA EXPERIENCIA VISUAL DE LO DIVINO EN ÉPOCA IBÉRICA Llegados a este punto, quisiéramos exponer un detalle de la hierofanía que consideramos importante y es la forma curiosa de la mancha de luz en el momento del ocaso. Este aspecto debe entenderse como una hipótesis aventurada debido a que la forma de la mancha va cambiando de un día a otro y además, como ya dijimos, la misma fisonomía de la abertura puede haber variado con el tiempo. Desde el mismo día de la primera observación del fenómeno, nos llamó la atención el gran parecido de la mancha de luz con el perfil de algunos de los exvotos de Castellar y de otros santuarios ibéricos que representan a la típica figura femenina esquemática (Fig. 13). La zona del rostro, la protuberancia superior de la tiara y la forma del arranque del talle son sugerentemente similares ¿Estamos ante representación visual de lo sagrado? ¿la aparición de la propia divinidad? No es descabellado plantear que la forma de la abertura hubiera sido manipulada para recrear artificialmente esta similitud potenciando aún más el simbolismo de la hierofanía, eligiendo la formulación de la imagen femenina ibera. En caso de que esta interpretación fuese correcta, estaríamos frente a la dramatización de una experiencia perceptiva de lo divino entre los iberos, un elemento que potenciaría enormemente el carácter sagrado y simbólico del lugar. Esta es una opción14 de manifestación que conecta perfectamente con el universo mental del devoto, que persigue la antropomorfizacion de la imagen de la divinidad como recurso que la eleva a un plano más activo y la coloca en un plano más humanizado o, si cabe, más físico (Van Straten 1981: 80-81), un proceso (el de la antropomorfización divina), por otra parte, documentado ampliamente en numerosos sistemas de creencias en el mundo antiguo y, cómo no, en la cultura ibera. Para ello y en este último caso se fijan pautas de representación esquemática o abstracta que hay que relacionar directamente con la imagen de la devoción. La construcción iconográfica que se percibe en el reflejo solar de la hierofanía podría recoger un modelo que es reproducido sistemáticamente a través de las ofrendas documentadas en el santuario, tanto en bronce como en otros materiales más excepcionales, como el oro o la terracota. No es una contradicción que se utilice un modelo reiterado y relacionado con la imagen del ritual, es un recurso religioso de aproximación y acercamiento a la imagen humana, en este caso femenina. Sin embargo, no se produce un reflejo directo, más bien se trata de una insinuación que requiere una implicación activa de los sentidos y de la percepción de quien lo observa. Como modelo conocido no requiere de artificios que contribuyan a explicar lo que es visualizado. Basta una forma, como mero esquema que recoge amplias connotaciones del universo divino en este santuario. En este sentido nos remitimos brevemente a lo que en los últimos años se ha trabajado como "Arqueología del cuerpo" desde la perspectiva fenomenológica, donde son importantes aportaciones como las de Merleau-Ponty, Bordieu, o Csordas. En el primer caso, se refiere a la corporización (embodiment) desde la problemática de la percepción, poniendo el énfasis en el proceso de percepción más que en objeto percibido (Merleau-Ponty 1945: 235-239), mientras que Bordieu sitúa la corporización en el discurso antropológico de la práctica, en la que el cuerpo se convierte en medio para comprender lo social, donde resulta fundamental su concepto de habitus (Bordieu 2000). Csordas, sin embargo, abre otra línea de reflexión al interrelacionar la perspectiva fenomenológica y el estudio de la práctica de Bordieu en su elaboración del concepto de embodiment, potenciando el concepto de corporalidad (Csordas 1994). Lo que quisiéramos resaltar es que las diferentes propiedades corporales que conforman la imagen visual, van a ser aprehendidas por los sujetos "a través de categorías de percepción y de sistemas sociales de clasificación", esquemas que se incluyen desde el principio definiendo la propia representación del cuerpo y su experiencia práctica (Citro 1997). Estos procesos rituales, como el que estamos analizando en este trabajo, pueden actuar de catalizadores, para hacernos reflexionar sobre el papel de la corporalidad en la construcción de identidades. Aquí la imagen corporal, que parece proyectarse con la luz solar, contiene como hemos señalado toda una serie de rasgos, de símbolos que, entendemos, intentan reconstruir un modelo o arquetipo de lo femenino, que están en el imaginario colectivo, una imagen percibida que tiene un importante papel como elemento de cohesión social, y que podría corresponderse como hemos señalado con la propia divinidad. En el caso que proponemos, la experiencia sensorial es producto del propio momento histórico y, por lo tanto, se buscan canales o herramientas de empatía sensorial (de lo material), a partir de las cuales se construyen las subjetividades, las identidades colectivas, se crean sus historias, sus mitologías... Esta es una línea de análisis compleja en la que merecería la pena profundizar en relación al culto ibero. Lo relatado en los párrafos anteriores nos introduce en un complejo debate que tiene que ver con la "necesidad" de la representación iconográfica o visual de la divinidad. Es un hecho analizado el carácter prefe-Figura 13. Comparación entre la forma de la mancha de luz en el día mitad entre solsticios (a, foto de Francisco Gómez Cabeza) y el perfil de varios exvotos. Las dos figuras del centro corresponden a un exvoto sobre lámina de plata del santuario de Collado de Los Jardines (b), las otras cuatro situadas a la derecha (c) corresponden a exvotos de bronce del santuario de Castellar. En Castellar, ¿es en definitiva una imagen de culto? Y, en tal caso, ¿completa el ideal de la cueva como templo natural, cella que alberga la imagen de la deidad? De nuevo el fenómeno astronómico debe ponerse en relación con la propia articulación del espacio sagrado, pues dota de función cultual a la cueva, como escenografía necesaria, y define la práctica desarrollada en torno a la misma (al menos en fechas destacadas). Este argumento apoyaría la idea de este santuario como espacio complejo, en el que median áreas funcionales distintas, como áreas de depósito y áreas de devoción, que permiten trasladar algunos esquemas conocidos en otros espacios de culto a este, en el que la Cueva de La Lobera juega un papel determinante. Se introduce, por tanto, la posibilidad de una jerarquía funcional, que puede ir de la mano de una jerarquía relacionada con el "privilegio" en la contemplación de la mostración de la divinidad y de su posterior ocultación, ya que dicho fenómeno solo puede ser visible desde algunas zonas del interior de la cueva y desde algunas áreas de la primera terraza, lo que reduce el espacio y restringe el número de personas testigos de la aparición divina. La propia topografía del santuario contribuye a crear parte de la escenografía requerida en el culto. En alguna ocasión hemos remarcado la importancia de este efecto escenográfico garantizado en este santuario, en el que es posible documentar la sobredimensión de algunas unidades vitales, como es la propia Cueva de la Lobera. La orografía del terreno propicia que esta unidad se convierta en un punto central, pues se configura como un farallón rocoso encajonado, donde se localizan una serie de abrigos menores hasta que, con dirección este, se abre a una extensa explanada que coincide con la Cueva de la Lobera. Por otro lado, ya se ha señalado cómo la ordenación de los recorridos de circulación propicia que el factor visual de aproximación al núcleo central del santuario genere un efecto que anticipa al devoto ante a las sensaciones de estar ante un espacio sagrado de tal dimensión. Así, los itinerarios rituales se organizan en relación a las necesidades de las celebraciones, aunque en todos juega un papel fundamental el ascenso al farallón rocoso y, sobre todo, el acceso a La Cueva de la Lobera. De esta forma, los dos recorridos rituales distintos se complementan: en primer lugar, el camino de ascenso directo que articula las distintas terrazas, y que genera una red transversal que desemboca en la primera terraza y en la Cueva de la Lobera a través de una estrecha rampa escalonada, mientras que el otro, del que se han conservado huellas estructurales, confirma que, desde el oeste, recorrería el témenos del santuario hasta alcanzar un punto en el que se bifurca, de un lado hasta alcanzar el lateral de la Cueva de la Lobera, mientras que por otro lado, asciende hacia algunos abrigos del farallón, como la Cueva Horadada. Todos los caminos se ordenan desde el valle y van ascendiendo, contribuyendo a reforzar las sensaciones de amplitud visual del santuario. Este es un efecto que creemos se traslada a la propia iconografía ritual, al gesto que transmite la comunicación con la deidad y que es constatado en numerosas series de exvotos en los que las miradas se proyectan hacia un plano en altura, hacia donde habita la divinidad, ¿la propia cueva? Este es un rasgo no carente de importancia, no sólo por la reiteración que presenta en series iconográficas diferentes, sino como rasgo que ayuda a comprender el lenguaje gestual de los exvotos, que muchas veces "traspasa el umbral de la ceremonia y las miradas buscan, como anhelando encontrar, algo de lo sobrenatural que reina en el espacio sagrado" (Rueda 2012: 141). Esta delimitación espacial proporciona además la garantía de la presencia de lo divino, como proceso regular que se repite en un mismo sitio y cada período de tiempo y esto es básico para la configuración de un espacio como sagrado (Eliade 2000: 522). De esta forma, la hierofanía determina el lugar, que es tenido en cuenta como el "punto central". En cierta manera viene a objetivizar el hecho religioso, como experiencia consciente y, fundamentalmente, compartida, pues la experiencia sensorial requiere de una materialidad que la active y potencie, de la que quedan huellas perceptibles (Hamilakis 2011: 209). Efectivamente debió existir consciencia en la presencia de lo sagrado, como manifestación que refuerza el rito y define el carácter del santuario, al mismo tiempo que favorece a la experiencia religiosa de la "divinidad viviente", pues al concretarse como experiencia real fortalece el sentimiento que supone conocer (en forma y figura) a la deidad (Ries 2009: 18). Este tipo de mecanismos religiosos de contemplación de la imagen religiosa refuerza el rito y sobre todo la necesidad de peregrinar para apreciar este tipo de experiencias que solo se producen en el santuario. Como afirma Alfayé, a través de este tipo de manifestaciones sensoriales de lo sagrado, complementado con otros aspectos del culto (materializados a través de ofrendas, prácticas e imágenes votivas), se confirma la "realidad objetiva" que supone la efectiva presencia de la divinidad en el santuario (Alfayé 2011: 158). Un último rasgo a destacar en esta hierofanía solar es que se produce en el ocaso, al acabar el día, un aspecto que puede demarcar el tiempo del rito en distintos niveles. De un lado, es posible que los rituales desarrollados en los días en torno a los equinoccios recrearan un ciclo que se inicia al amanecer y finaliza al atardecer, con la "desaparición" de la deidad. El ocaso, por tanto, definiría el final del rito. Lo que no es posible es aproximarnos a los microtiempos en las prácticas rituales, ni a su cumplimiento ni organización en la jornada. Faltan datos arqueológicos de carácter contextual para profundizar en este aspecto. En cambio, este fenómeno sí nos proporciona la documentación temporal de la duración de la hierofanía como un proceso de aparición y desaparición progresiva de una imagen que pudo ser identificada con la divinidad. Este fenómeno dura apenas unos minutos, lo que nos permite conocer el tiempo que mide la presencia y posterior desaparición de la divinidad, aspecto que nos orienta a pensar que se trataría de un fenómeno importantísimo en las celebraciones, quizás complemento necesario en la sanción de las prácticas que se desarrollan a lo largo del día. A inicios del siglo ii a.C. este santuario, al igual que el santuario de Collado de los Jardines, es objeto de fuertes transformaciones en la estructura religiosa que se pueden ser observados a nivel espacial, con el abandono de algunas áreas del santuario y la potenciación de la primera terraza como espacio litúrgico, o a nivel material, con la introducción de un amplio conjunto de imágenes y elementos votivos de la religión romana. El santuario continúa utilizándose en época romana, pero con un sistema litúrgico ampliamente transformado. En este punto habría que preguntarse si el fenómeno documentado y que interpretamos como una hierofanía, seguiría siendo una manifestación vital del culto, reavivada por la tradición del rito ibero o, por el contrario, se "abandonaría" por carecer de sentido dentro de una estructura religiosa que ha variado esencialmente. No poseemos evidencias de peso para afirmar una cosa u otra, aunque si tenemos indicios relacionados con cómo se transforma el universo divino con la "romanización" de los santuarios del pago de Cástulo. En esta dirección, cabe destacar que nos encontramos ante un proceso de sustitución de la divinidad ibera por tres divinidades itálicas, Minerva, Venus y Mercurio que, en una asociación muy particular que tiene claros paralelos en algunas provincias occidentales, pudieron funcionar de forma simultánea a partir de la segunda mitad del siglo II a.C. Se produce, por tanto, la introducción de un modelo cultual sustentado en la jerarquización de tres deidades que indica una ruptura con el sistema ideológico conocido hasta el momento en estos santuarios y que se produce de forma paralela en ambos espacios de culto. Hay una diferenciación de la funcionalidad de la divinidad que genera un claro contraste en un contexto sagrado de tradición ibérica, en el que una divinidad de carácter femenino y con connotaciones territoriales agrupaba los principios de la fertilidad y la curación (Rueda 2011b). Se genera una tensión evidente entre lo conocido y la asociación de tres deidades con funciones específicas en la estructura religiosa romana. En este contexto, planteamos que la hierofanía, aún produciéndose, perdería sentido en su forma y función dentro de un sistema litúrgico que ha sido modificado sustancialmente y en el que la imagen de la diosa de
La vajilla de barniz negro en gran medida y los contenedores anfóricos, en menor cantidad, han focalizado hasta el momento el estudio de las importaciones itálicas tardorrepublicanas en el centro de la Península Ibérica. Conviene recordar que dicho territorio se ha considerado tradicionalmente poco receptivo a los procesos de cambio iniciados con la romanización en momentos relativamente tempranos. Lo cierto es, que hasta fechas recientes, los materiales de cronología tardorrepublicana eran prácticamente inexistentes en la zona central de la Península. Este vacío venía impuesto, a nuestro juicio, por la falta de excavaciones en extensión y sobre todo la escasa publicación de los datos. En los últimos años estos materiales están saliendo a la luz, principalmente el barniz negro itálico, en diversos yacimientos como el Cerro de la Gavia (Madrid), la Dehesa de la Oliva (Patones de Arriba) o Titulcia (Azcárraga 2007), por poner algunos ejemplos. Pero entre todos ellos, es El Llano de la Horca el que presenta mayor proporción de este tipo de cerámica, con más de 200 fragmentos, a los que se suman las ánforas campanas, algunos vasos de paredes finas y diversos objetos de la vajilla en bronce que aquí presentamos. Los estudios centrados en dichos elementos de bronce específicamente tardorrepublicanos no son muy abundantes. Sin embargo, en nuestro país la vajilla de bronce genéricamente romana constituye uno de los grupos metálicos tradicionalmente más estudiados (Palol 1970; Blázquez 1976; Aurrecoechea 1991; Aurrecoechea y Fernández Ochoa 1994; Pozo 1999; etc.). La celebración de una Mesa Redonda en Lattes en 1990 (Feugère y Rolley 1991) en torno a la vajilla broncínea tardorrepublicana, supone un avance importante en el estudio de este tipo de objetos. En el último trabajo de conjunto publicado en España centrado en la vajilla de esta época (Mansel 2004) llama la atención la distribución de los distintos hallazgos, destacando el vacío continuo en la zona central. Sin embargo otros trabajos posteriores que recogen cronologías más extensas amplían este panorama (Erice 2007; Aurrecoechea 2009). Con este trabajo añadimos un punto más en el mapa, que no dudamos continuará siendo completado con el avance en las investigaciones y excavaciones de la zona. Por otro lado, un aspecto a tener en cuenta es el de los problemas de identificación de estos materiales broncíneos, derivados del carácter fragmentario de la mayoría de ellos. En muchas ocasiones, al conservarse tan solo pequeñas partes del recipiente difíciles de identificar, o elementos muy fracturados o deformados, han podido pasar desapercibidos. Esperamos que este trabajo sirva además, para facilitar su reconocimiento, sobre todo en los yacimientos del centro peninsular, donde hasta ahora eran prácticamente desconocidos. EL YACIMIENTO DE EL LLANO DE LA HORCA El oppidum de El Llano de la Horca, ubicado en Santorcaz (Madrid) es uno de los yacimientos más relevantes para el estudio de la Carpetania prerromana y su transición al mundo romano (Fig. 1). Ha sido objeto de numerosas campañas de excavación, desde la realizada en el año 1985 por Méndez Madariaga (sin publicar), la de 1990 llevada a cabo por Cerdeño (Cerdeño et alii 1992), hasta las ya 11 campañas realizadas por el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, que proyecta la creación de un Parque Arqueológico en el lugar (Baquedano et alii 2007a;2007b; Märtens et alii 2009; Gozalbes et alii 2011). Como una pequeña muestra del resultado de dichas excavaciones se organizó la exposición temporal de "Los últimos carpetanos. Las características topográficas del emplazamiento, localizado en un cerro amesetado de unas 14 hectáreas, con amplio control del territorio circundante y con accesos abruptos en algunas zonas, son las que le aportan la denominación de oppidum. Aunque, por el momento, no se ha detectado la presencia de murallas propiamente dichas, es posible que al menos en la zona de acceso principal al cerro, por el este, hubiera podido existir alguna estructura de este tipo, ya que presenta una pendiente más suave y por tanto resulta de más fácil acceso (Cerdeño et alii 1992: 154; González Zamora 1999: 18). La ocupación de cerros testigo o espolones, fácilmente defendibles, con amplio control del territorio circundante y próximos a recursos fluviales, es un fenómeno que parece generalizarse en el centro de la Península Ibérica en un momento avanzado de la Segunda Edad del Hierro. Urbina propone la manifestación de este fenómeno a mediados del siglo iv a.C., fruto de un proceso interno que se produjo con anterioridad a la llegada de cartagineses y romanos (Urbina 2004: 19), aunque observa también un nuevo proceso de amurallamiento en el siglo iii a.C. que relaciona con la llegada de los cartagineses, pero con un carácter mucho más parcial (2004: 20). Torres, por su parte, explica este proceso en la zona central del valle del Tajo desde el punto de vista de la mayor complejidad social que se está desarrollando y que provoca un clima de tensión generalizada que se manifiesta en los poblados fortificados (Torres 2012: 658). En cualquier caso, la cronología propuesta para El Llano de la Horca abarca un período que se desarrolla entre mediados del siglo iii a.C. o poco antes, y comienzos del siglo i a.C. o poco después (Baquedano et alii 2007a: 379). Desde el punto de vista de la numismática, en el conjunto de monedas documentadas hasta el año 2009, se observa su uso entre mediados del siglo ii a.C. y el periodo sertoriano, aunque con algunas salvedades derivadas del desgaste de ciertos ejemplares de Sekaisa y con algunas pérdidas aisladas de monedas que podrían llegar a mediados del s. i a.C. (Gozalbes et alii 2011: 342-343). Por otro lado, la cronología que puede aportar el barniz negro halla- asas o asas completas de distintos tipos de jarras, otra que podría pertenecer a una taza, otra de un pequeño recipiente, además de cuatro mangos o remates de cazo y tres fragmentos de coladores, lo que convierte al Llano de la Horca en uno de los yacimientos con mayor cantidad y variedad de elementos de la vajilla de bronce en contexto doméstico, solo comparable con Cabeça de Vaiamonte (Monforte), con 17 elementos documentados (Fabião 1999) y el poblado minero de la Loba (Fuenteobejuna, Córdoba), con 10 elementos (Blázquez et alii 2002). En este sentido resulta interesante mencionar las características de los principales yacimientos peninsulares en los que se documenta este tipo de material, relacionados bien con la ocupación militar romana, bien con contextos funerarios o bien con asentamientos ibéricos, celtibéricos o del Suroeste peninsular. En el primer caso destacan los campamentos romanos de Cáceres el Viejo (Cáceres) y Renieblas (Garray, Soria), o fortalezas romanas como la de Castelo da Lousa (Mourão, Évora) y Castelo Velho do Cobres (Castro Verde, Beja). En el segundo caso, cabe destacar la necrópolis de Ampurias y en el tercero, y más numeroso, los asentamientos de Cabezo de Alcalá (Azaila, Teruel), Morro de Mezquitilla (Algarrobo, Málaga), La Loba (Fuenteobejuna, Córdoba) o Camp de les Lloses (Tona, Osona), además de los yacimientos portugueses de Moldes do en el yacimiento muestra un ámbito cronológico de recepción de estos materiales importados desde fases antiguas de su producción, tanto en el caso de la Campaniense A, como en el de la cerámica de Cales, hasta las fechas más recientes, lo que nos podría situar entre el 180 a.C. y el 40/20 a.C. Sin embargo, si tenemos en cuenta la ausencia de determinadas decoraciones en la cerámica de Cales hasta ahora no documentadas en el yacimiento, y que aparecerían a partir del 75 a.C. (Azcárraga 2011: 15; Azcárraga et alii e. p.), debemos considerar el final de la ocupación hacia esas fechas. Por tanto, son varias las vías que nos llevan a considerar una cronología general para el final de la ocupación del asentamiento en torno a las guerras sertorianas (83-72 a.C.), aunque la perduración de este tipo de materiales, tanto las monedas, como la vajilla de lujo, no nos permite realizar una afirmación categórica en este sentido. El análisis de los bronces hallados en el yacimiento nos sitúa cronológicamente en la misma horquilla, ya que la mayoría de las producciones están en uso durante ese genérico periodo tardorrepublicano. La presencia en El Llano de la Horca de las formas más comunes y algunas poco difundidas de la vajilla de bronce de esa época colocan al yacimiento en un lugar privilegiado para la llegada de este tipo de productos a la Península, hasta ahora poco documentados en el interior de la Meseta. Plano topográfico de El Llano de la Horca, con la localización general de los hallazgos broncíneos en los Sectores I, IV y cata 3. La muestra de vajilla de bronce analizada en este artículo recoge asas y componentes de jarras y tazas, coladores y cazos documentados en las campañas de El Llano de la Horca entre 2001 y 2012. Jarras, tazas y otros elementos Las jarras y tazas son elementos característicos de vajilla de bronce tardorrepublicana. En el Llano de la Horca se conservan las asas de tres recipientes de distinta tipología. Estas formas completas se documentan muy rara vez en contextos domésticos, debido a su fragilidad, siendo las asas los elementos más característicos. Por otro lado, este hecho influye en la catalogación de algunos de estos objetos, ya que ciertos modelos de asas son similares en diferentes recipientes, dificultando su clasificación (Mansel 2004: 23). En nuestro caso, se conservan tres asas con un aplique parecido, un motivo de hoja cordiforme, siendo la tercera de menor tamaño y con un motivo bastante más tosco y esquemático (Fig. 3). Los dos ejemplares de asas de mayores dimensiones se documentaron en el yacimiento durante la campaña de 2006, ambos en el interior del recinto Figura 3. Jarra, taza y vaso de menor tamaño con remates de hoja cordiforme: 1, 2 y 3 El Llano de la Horca (dibujos de Mayte Narváez); 4. Jarra tipo Gallarate de la colección de A. Vives (García y Bellido y García-Bellido 1993: 177); 5. VAJILLA BRONCÍNEA TARDORREPUBLICANA EN EL LLANO DE LA HORCA (SANTORCAZ, MADRID) rística, junto a su tamaño podrían indicar que pudo pertenecer a una jarra tipo Gallarate1 (Tizzoni 1981: 14), aunque su parecido con las tazas tipo Idria nos llevó a clasificarlo de ese modo en la catálogo de la exposición de Los últimos Carpetanos (Ruiz et alii 2012: 368 n.236). Este tipo de jarras bicónicas, son escasas en el oeste del Mediterráneo. Aparecen ejemplares en Italia, Suiza, la antigua Yugoslavia, Hungría, Rumanía, Bulgaria, Grecia, Rusia, Alemania, Bélgica, Italia, Francia y Marruecos (Boube-Piccot 1991:30-32). Por tanto, estamos ante el único ejemplar documentado con seguridad en nuestro territorio y además, contextualizado. En cuanto a la cronología de este tipo de jarras, las más antiguas se documentan en Italia durante la primera mitad del siglo ii a.C. y las más recientes en la necrópolis de San Bernardo de Ornavasso con diferentes fechas otorgadas por distintos autores, en un período que abarcaría entre el 125/100 y el 90/50 a.C. (Boube-Piccot 1991: 26). Para encontrar jarras de tipo Gallarate fuera de Italia habrá que esperar al último cuarto del siglo ii a.C., siendo este para Boube-Piccot un tipo anterior al de la jarra Piatra Neamt, que se dataría entre el 125/120 y 50 a.C. en Italia y España (Boube-Piccot 1991: 26). El segundo ejemplar (Fig. 3.2) presenta peor estado de conservación y apareció fragmentado en varios puntos. En este caso su identificación resulta aún más complicada al no conservar completo ninguno de sus remates. Basándonos en su tamaño, de en torno a 8,5 cm. de altura, y las características formales de su remate inferior es posible que se trate de una taza tipo Idria. Este tipo de tazas tienen perfil y base cóncavas y una altura de aproximadamente 11 cm. Su asa tendría también un pequeño apoyo para el dedo pulgar en forma de polea y el aplique de su extremo inferior representaría un motivo de hoja cordiforme (Fig. 3.5). Las tazas de tipo Idria son un elemento característico de la vajilla de bronce, con una distribución desde la Península Itálica, Grecia y Eslovaquia, el Sur de Francia, Marruecos y la Península Ibérica (Mansel 2004: 23). En Portugal son varios los yacimientos en los que aparece esta forma, destacando el depósito de Moldes (Fabião 1999). En nuestro territorio los hallazgos se concentran en el Suroeste, aunque el valle del Ebro y Cataluña también ofrecen ejemplos llamativos, con un total de 23 ejemplares, añadiendo el que ahora presentamos a la distribución que ofrece Erice (2007: 203). Cabe destacar el caso de la taza casi completa documentada en Tarragona, con unas medidas similares a las que podría tener el ejemplar de El Llano de la Horca (Roig 2003: 105-107). Respecto a la cronología de este tipo de tazas especialmente interesante es la que otorga su hallazgo en el campamento republicano de Cáceres el Viejo, que aporta una fecha ante quem del 80/79 a. El periodo cronológico general para estas piezas se situaría entre el 120 y el 75/50 a. C. (Feugère 1991: 55), aunque para algunos autores perduraría hasta el siglo i d. Aparece también en El Llano de la Horca un asa de menores dimensiones y con algunas características que pueden recordar a las anteriores (Fig. 3.3), sobre todo si nos fijamos en la forma del remate inferior. Sin embargo, su reducido tamaño y la ausencia de algunos elementos característicos como el dedil, del cual no existen huellas en la pieza, nos hace pensar que se trata de una variante hasta ahora sin definir. Para esta forma solo se conoce un paralelo en la Península Ibérica, en el asentamiento de Cabeça de Vaiamonte (Monforte), donde se documentan dos ejemplares muy similares, interpretados también como variantes (Fabião 1999: 185). En nuestro caso, la longitud que conserva el asa es de 4,6 cm., aunque sería algo más larga puesto que el remate inferior está fracturado. En la representación de su sección podemos observar cómo el recipiente al que perteneciera tenía las paredes algo inclinadas pero rectas, en el punto correspondiente al asa. En el caso de las portuguesas, su longitud es algo mayor, con 5,8 y 7,4 cm., aunque al no figurar su sección no podemos comprobar su semejanza o diferencia en este aspecto, pero sí la similitud en su representación frontal (Fabião 1999: 182). Con los datos que hasta ahora poseemos podemos pensar en una variante nueva en la vajilla broncínea, aunque es algo pronto para definir sus características formales ya que aún carecemos de ejemplares más completos que permitan definirla con exactitud. Esta pequeña asa se halló durante la campaña de 2007 en un nivel de abandono o relleno, con abundante y variado material: cerámica (de almacén, cocina o mesa), restos de fauna, elementos metálicos (clavos de hierro, botones de bronce...), alguna canica y una fusayola, estrato sobre el cual se construye parte de En el yacimiento de Cabeça de Vaiamonte (Monforte), aparte de estas peculiares asas, se documentó un fragmento de asa de tipo Idria, dos de jarras de tipo Piatra Neamt y varios simpula (Fabião 1999: 182-184). Esta cantidad de elementos, junto a las características del asentamiento, hacen pensar a sus investigadores que en el lugar estuviera instalada una amplia guarnición militar romana en época tardorrepublicana, aunque no concretan más las fechas al tratarse de elementos recuperados de un expolio (Fabião 1999: 193, 185 y 186). De este modo, tanto los datos de Cabeça de Vaiamonte como los de El Llano de la Horca son muy semejantes, aunque gracias a la documentación de nuestro ejemplar, en contexto estratigráfico, se puede confirmar y precisar la cronología tardorrepublicana en torno a las últimas décadas del siglo ii a.C. y las primeras del siglo I a.C. Por último, se documenta un cuarto tipo de jarra (Fig. 4), en este caso de clara catalogación a pesar de conservarse tan solo el remate inferior decorado. Se trata del asa de una jarrita bicónica de tipo Piatra Neamt, que tendría una altura de alrededor de 11 cm (Fig. 4.2), conservándose tan solo su peculiar remate para el asa. En esta ocasión, se trata de un busto masculino barbado (Fig. 4.1). Se documentó en la campaña del año 2011, en un nuevo sector abierto, el Sector IV (Fig. 2), que continuó excavándose en 2012. Resulta muy interesante el contexto en el que se halla esta pieza en el yacimiento, ya que parece formar parte del entorno de lo que podría identificarse con un área de producción metalúrgica. Por tanto, cuando la pieza llega aquí, ya habría perdido su uso y sería un objeto para reciclar, junto con otros muchos. Encontramos un claro paralelo para esta actividad en el yacimiento ibérico de Camp de Les Lloses (Álvarez et alii 2000), donde aparecen también, aparte de objetos destinados a la refundición, elementos estructurales similares a los documentados en El Llano de la Horca. El Sector IV es un área del yacimiento situada en la entrada del poblado, alejada por tanto de núcleo de población principal y lugar idóneo para el desarrollo de actividades artesanales como la metalurgia o la alfarería. Aunque no se han concluido los trabajos de excavación en la zona y estas campañas están en fase de estudio, podemos destacar, que al igual que en Camp de les Lloses, aquí se ha documentado una canalización relacionada con la necesidad de agua para el trabajo de los metales y varios contenedores cerámicos con la boca cortada que podrían haber almacenado algún material necesario para este trabajo. La zona abierta por el momento en este sector no permite observar las estructuras completas, pero los resultados de una prospección geofísica realizada indican que muy próximos existen abundantes puntos de combustión o de concentración de escorias, dato también a tener en cuenta. En cuanto a las características morfológicas de la pieza llama la atención su gran calidad. Lo más común en este tipo de elementos es la representación de rasgos lineales, como en el caso del ejemplar de Morro de Mezquitilla (Mansel 1999: 715) (Fig. 4.2), y detalles poco trabajados como en el caso de los ejemplares recientemente dados a conocer de los yacimientos conquenses de Villas Viejas y Culebras (Aurrecoechea 2009: 328 y 330 Fig. 2). En la mayoría de los casos no se aprecian con nitidez los rasgos de la cara, la barba o el peinado, tan claros en el nuestro. La plasmación de rasgos naturalistas, pone en relación este ejemplar de El Llano de la Horca con el documentado en Tossal de Polop y algo menos con los documentados en Camps de les Lloses (Tona, Osona) Figura 4. Jarras de tipo Piatra Neamt: 1. El Llano de la Horca (dibujos de Mayte Narváez); 2. Hasta el momento, la calidad de estos ejemplares era exclusiva en los localizados en la zona levantina, pero este hallazgo en el interior peninsular abre una nueva vía para el estudio de diversos aspectos, como la importancia de las rutas comerciales y los asentamientos del interior, el grado de asimilación de sus habitantes de las costumbres y gustos romanos o incluso la posible presencia de gentes itálicas en la zona. Por otro lado, el ejemplar documentado en El Llano de la Horca presenta el extremo superior muy desgastado, lo que quizá estaría indicando la amortización de este material una vez perdido su uso como jarra. Este tipo de jarra se documenta en yacimientos de Italia, el norte del Cáucaso, la costa mediterránea de Francia, Marruecos y la Península Ibérica (Boube-Piccot 1991: 27 y 30). Es una forma bien representada en el ámbito peninsular, principalmente en la zona levantina y del Sur, además del valle del Ebro. El ejemplar de El Llano de la Horca eleva el recuento a 27, siendo ya el tercero documentado en la Submeseta Sur. Boube-Piccot divide los ejemplares hallados en Marruecos en dos tipos, uno más elaborado, el tipo A, con cara barbada encuadrada por el pelo con raya en medio, la pupila de los ojos marcada y el pliegue de una clámide sobre el hombro izquierdo; y el tipo B, mucho menos trabajado, con cara estrecha y alargada, con los rasgos muy esquemáticos, lo que para Boube-Piccot podría indicar una fabricación regional (1988: 232). Atendiendo a estas clasificaciones y observando los modelos hallados en esta zona, encuadramos claramente nuestro ejemplar con el primer grupo, y destacamos el gran parecido con el del yacimiento de Volubilis (Fig. 4.4) y con otro de Tamuda (Boube-Piccot 1987-88: 251) (Fig. 4.3). Estos útiles broncíneos se componen de una taza perforada y un asa en forma de anillo con una chapa para proteger el dedo pulgar. Forman parte también de la vajilla de bronce tardorrepublicana y se encuentran presentes en El Llano de la Horca a través de tres fragmentos pertenecientes a distintos ejemplares. Se han documentado, por el momento, un asa vertical casi completa y dos fragmentos de taza perforada, de diferentes tipologías. Una de las tazas es hemisférica (Fig. 5.3) y la otra tiene el borde exvasado con perfil carenado (Fig. 5.1), es decir, de los tipos 1 y 2 de Figura 5. Coladores: 1, 2 y 3 El Llano de la Horca (dibujos de Mayte Narváez). El diámetro de estos elementos suele estar entre 7 y 13,4 cm. En nuestro caso sólo podemos obtener esta medida del ejemplar que mejor se conserva, con 10,8 cm. de diámetro en el borde exterior, y que destaca por su estado de conservación, muy poco frecuente al tratarse de piezas extremadamente delicadas. La taza de colador de borde exvasado (Fig. 5.1) posee una decoración en la parte interior del borde de líneas paralelas en relieve y varias líneas incisas marcando la carena y el inicio del cuerpo. Se documentó en el 2007 en el interior del recinto 8 (Fig. 8), bajo el nivel de derrumbe de las paredes de adobes. Esta estancia se interpreta como un espacio de almacén, ya que aparecieron multitud de tinajas cerámicas. Destaca la presencia en la misma UE de un denario de la ceca de Roma acuñado en el 110-109 a.C. (Gozalbes et alii 2011: 344 n2), dato que aporta una aproximación cronológica para el colador. El asa (Fig. 5.2) salió a la luz durante la campaña de 2008, en la calle norte localizada en el Sector I (Fig. 8), formando parte de sus niveles de abandono, con abundante material cerámico en su proximidad. Un ejemplar de características muy similares se localiza en el yacimiento portugués de Mesas do Castelinho, en Almodovar, en un contexto claramente republicano (Fabião 1999: 181). El colador de forma hemisférica y borde recto (Fig. 5.3) posee decoración incisa en la parte superior del borde, a base de líneas paralelas. Dicho ejemplar fue localizado en el interior del recinto 13B (la estancia central de una casa) (Fig. 8) formando parte del nivel de amortización de un horno ubicado en una de las esquinas y asociado a multitud de elementos de cocina como una parrilla de hierro, abundantes recipientes cerámicos y diversas herramientas como unas tijeras de esquilar. Los coladores se documentan ampliamente en Europa central, sur de Francia y Marruecos (Guillaumet 1991: 93-95). En la Península Ibérica son variados los hallazgos de este tipo, que se concentran en el suroeste, Lusitania y la costa levantina, siendo los ejemplares de El Llano de la Horca los primeros documentados la zona carpetana. En el área portuguesa aparecen hasta en 10 yacimientos diferentes, entre ellos en contextos inequívocamente republicanos destacan los hallazgos de Serra de Segóvia, Pedrão y Mesas do Castelinho (Fabião 1999: 180). En nuestro territorio algunos ejemplos característicos son los de La Alcudia, la Colonia Celsa o El Raso de Candeleda, entre otros (Erice 2007: 199-200). El elemento que se conserva en la mayoría de los casos conocidos es el asa, lo que hace más llamativo el caso de El Llano de la Horca con la presencia de dos tazas de colador. El ámbito cronológico genérico de este útil broncíneo abarca desde finales del siglo ii a.C. hasta época tiberiana (Guillaumet 1991: 92). En la Península la cronología más precisa la aporta el ejemplar del campamento romano de Cáceres el Viejo, como hemos ya señalado anterior al 80/79 a.C., ya que fue destruido durante la guerra contra Sertorio (Ulbert 1984: 202-205; Abásolo et alii 2008: 118). Los cazos que forman parte de la vajilla de bronce tardorrepublicana se dividen en dos tipos, los de mango horizontal, muy comunes, y los de mango vertical, menos abundantes en la Península Ibérica. En El Llano de la Horca han aparecido, por el momento, tres fragmentos del primer tipo y uno del segundo. En el primer grupo encontramos un fragmento de la parte inferior del mango que conserva parte de los brazos que sujetarían el cazo (recipiente que constituiría un elemento separado del mismo y que no se conserva), además de dos fragmentos del remate del mango terminados en cabeza de cánido o de ave. El primer fragmento (Fig. 6.1) se halló en el nivel superficial del porche de una de las casas, que abre a la calle norte (Fig. 8). El segundo fragmento (Fig. 6.2) apareció en el nivel vegetal del yacimiento y por tanto de nuevo sin contexto. El tercero (Fig. 6.3) se encontró en una estancia de almacén del recinto 3 (Fig. 8), entre el derrumbe de la pared de adobes, junto a abundantes restos cerámicos y metálicos. Entre los primeros aparecen tanto tinajas de almacén y factura tosca, como producciones más cuidadas (tinajillas o cuencos oxidantes). Entre los objetos metálicos destaca la presencia de una placa de cinturón de bronce, de tipo celtibérico y decorada (Ruiz et alii 2012: 326 n. 70) y dos monedas de cronología tardorrepublicana: un semis de imitación de la ceca de Roma y un denario de la ceca de Sekobirikes (Gozalbes et alii 2011: 344 n. En cuanto a la tipología del primer fragmento se trata de un mango ternario, es decir del tipo A de Castoldi (1991: 64-65) con una parte en forma de remo y otra intermedia en forma de maza, estando perdida la tercera que también tendría forma de remo. Los remates de cazo conservados podrían adscribirse o bien a mangos ternarios del tipo A o binarios del tipo B, únicamente con dos partes, una en forma de maza y otra de remo (Castoldi 1991: 64-66). En el centro peninsular contamos únicamente con los ejemplares hallados en Arganda (Madrid) y en Villas Viejas (Cuenca) (Aurrecoechea 2009: 339 y 330. Mangos binarios se conocían hasta ahora 12 ejemplares procedentes de los yacimientos de Azaila, Lacipo-Casáres, Castellares, Sevilla y Bombarral, Lomba do Canho, Cabeça de Vaiamonte y Mesas do Castelinho (Erice 2007: 198). Fuera de la Península se documentan también desde Italia central y del norte al sur de Francia (Mansel 2004: 20). En lo referente a la cronología de estas piezas en la Península Ibérica, aparecen en el primer tercio del siglo i a.C., de nuevo en el campamento de Cáceres el Viejo, y en Morro de Mezquitilla entre la segunda mitad del siglo ii a.C. y la primera del i a.C. (Mansel 2004: 20). Para terminar con los cazos resta analizar el fragmento de simpulum vertical documentado en El Llano de la Horca. En este tipo de elementos el recipiente hemisférico y el mango vertical conforman una única pieza (Fig. 7.2). Se conserva un pequeño fragmento (Fig. 7.1) que se corresponde con el remate en forma de cabeza de cánido, muy bien trabajada, con detalles como las incisiones que marcan el pelaje en la parte superior. Salió a la luz en la campaña del año 2001, en uno de los sondeos realizados en un extremo de la meseta del cerro, al noroeste, con el objeto de localizar posibles restos de muralla. El contexto arqueológico es el del derrumbe de un recinto habitacional, sin que se pueda precisar la estancia concreta de la casa al haberse abierto tan solo una superficie de 3 x 9 m. Junto a este remate de cazo se encontraron otros elementos destacados como un fragmento de aguja de hueso con decoración en espiral y otro cerámico que Figura 6. Cazos de mango horizontal: 1, 2 y 3 El Llano de la Horca (dibujos de Mayte Narváez); 4. Cazos de mango vertical: 1. El Llano de la Horca (dibujo de Mayte Narváez); 2. Modelo de simpulum de tipo helenístico (Martín 1990: 160; Fig. 5). podría corresponderse con una pre-sigillata oriental que, de ser así, se dataría en torno a mediados del siglo I a.C. Se constata una amplia difusión de estos simpula en Italia, Francia y el territorio de la antigua Yugoslavia. Estos simpula son habituales en el mundo helenístico-romano, tanto los decorados con cabeza de cánido como de cisne o pato (Feugère 1991: 72), y se consideran provenientes probablemente de la Campania (Werner 1954), con un origen etrusco evolucionado del modelo griego (Feugère 1991: 72). En cuanto a su cronología en la Península, se extienden desde finales del siglo v o principios del iv a.C. y las guerras sertorianas (Martín Valls 1990: 157) sin que se aprecie ningún tipo de evolución estilística en este periodo. Fuera de la Península Ibérica se documentan hasta mediados del siglo i a.C. Los elementos aquí presentados, pertenecientes a la vajilla de bronce tardorrepublicana recuperada en El Llano de la Horca, permiten avanzar en el conocimiento de este tipo de piezas en el centro peninsular. Aumentan significativamente la variedad y cantidad de dichos elementos hallados hasta ahora en esta zona. La temprana influencia itálica en el uso de este tipo de vajillas se constataba sobre todo en la zona levantina y el sur de la Península. Este conjunto permite no solo avanzar significativamente en el conocimiento de los procesos de romanización de El Llano, sino que lo pone en relación con yacimientos de las mismas características, que tradicionalmente se han considerado con una más temprana asimilación de las costumbres romanas. El estudio conjunto de todos ellos permitirá avanzar en el conocimiento del origen, difusión y uso de la vajilla broncínea en poblados de época tardorrepublicana en Hispania. La funcionalidad que se atribuye de manera general a estas vasijas de bronce es la del servicio para beber vino, aunque existen otras hipótesis tradicionales como la de formar parte del servicio de baño, para las abluciones antes o durante el banquete o incluso un uso en la cocina (Bolla 1991: 143). Siguiendo la hipótesis más generalizada, las jarritas y el momento y pertenecientes también a la vajilla de bronce tardorrepublicana serían las ánforas de tipo Adge o la sartén baja. La experiencia nos demuestra que cuanto más se excava y estudian los materiales, más formas diferentes documentamos, tanto en la vajilla cerámica como en la broncínea, por lo que nos parece arriesgado hablar de un servicio básico de bronce en este yacimiento. Sin embargo, llama la atención que los elementos se repiten, es decir, se hallan representados en su mayoría por varios ejemplares de cada tipo, y en diferentes casas o zonas del yacimiento, lo cual podría estar indicando un uso de este tipo de vajilla más generalizado del que podría pensarse (Fig. 2 y 8). En cuanto a la cronología que pueden aportar estar piezas de bronce en El Llano de la Horca, no nos permite precisar más las fechas de abandono del yacimiento, ya que la gran mayoría se documentan hasta mediados del siglo i a.C. Destaca la presencia de muchos de estos elementos en contextos sertorianos, aunque no implicaría que más allá de esas fechas dejaran de usarse. En resumen, la excepcionalidad de la existencia de estos elementos de vajilla en El Llano de la Horca no lo es solo por su hallazgo en el centro de la Península Ibérica, sino también por la considerable cantidad y variedad documentada en un único yacimiento, que significativamente no es un entorno funerario. Con dos asas de jarras, una taza, un pequeño recipiente por cuatro fragmentos de cazos y tres de coladores, el conjunto broncíneo de El Llano de la Horca se convierte, con 11 ejemplares, en uno de los más importantes de la Península. 1994: "Vajilla metálica de época romana en el Museo Arqueológico provincial de Oviedo", Bo-Figura 8. Detalle de la distribución de los hallazgos en el Sector I: 1. Asa de jarra tipo Gallarate, 2. Asa de taza tipo Idria, 3. Asa de variante de forma desconocida, 4. Colador de borde exvasado, 5. Fragmento de colador hemisférico, 7. Fragmento de mango de cazo tipo A, 8. Fragmento de remate de cazo.
pieza dentro de este grupo: una escultura militar colosal de Lucio Vero procedente de Seleucia Pieria. Su análisis permitirá conocer nuevos detalles acerca de esta tipología estatuaria y su utilización por parte de los emperadores romanos. la inexistencia de noticias al respecto en las fuentes escritas. Quiero aportar algunos datos nuevos en relación a esta tipología por medio del estudio de una estatua militar de Lucio Vero procedente de Seleucia Pieria (cf. apartado III). En mi opinión, esta pieza pertenece también al tipo Sessa Aurunca. I. LAS CUATRO ESTATUAS CONOCIDAS DEL TIPO SESSA AURUNCA Hasta la fecha solo se conocían cuatro estatuas, que podían ser integradas dentro del tipo Sessa Aurunca 3. En este apartado ofrezco un listado con esas cuatro piezas. Para cada una de ellas recojo su lugar de ubicación actual; número de inventario; dimensiones; material; y las referencias bibliográficas más importantes. No propongo datación para ninguna de las cuatro piezas, porque carezco de argumentos definitivos en ese sentido y no creo que ninguno de los estudios que se han ocupado de ellas anteriormente -incluido el mío (Ojeda 2011)-ofrezca garantías cronológicas suficientes. Habida cuenta de que todas las estatuas son acéfalas 4 y de que sus cronologías son inseguras, no incluyo tampoco propuestas de identificación. 3 Para las dificultades de incluir en este grupo una estatua conservada en Villa Albani, que también está decorada con una imagen de Dionysos/Sabazios: Ojeda 2011: nota 151; cat. n. 4 Para el caso en concreto de la estatua de Seleucia y la no pertenencia de la cabeza de Adriano que en la actualidad se le atribuye cf. apartado IV. ESTATUAS MILITARES DE TIPO SESSA AURUNCA Figura 1. estatua militar de Sessa Aurunca. Figura 2. estatua militar de Side. manera general la pieza se ha preservado bastante bien, aunque presenta un fuerte desgaste de su superficie y algunas carencias. Las más importantes son la desaparición de la parte final del paludamentum, del antebrazo izquierdo, del brazo derecho y de parte de las piernas 9. Por lo que se refiere a su esquema, carga el peso sobre la pierna derecha, mientras que la izquierda se abre hacia el lado y se retrasa. El brazo izquierdo está relajado y sostiene una espada, cuyo extremo final se ha conservado adherido en la parte superior del brazo. El brazo derecho está perdido, pero estuvo elevado, como luego argumentaré. Restos de roleos vegetales se han preservado debajo y detrás del grifo izquierdo. Los pteryges (sobre el término: Hagemann 1919: 36-39; 78) están demasiado dañados para permitir la identificación de sus motivos decorativos 10. 9 Para los fragmentos perdidos y las restauraciones de la estatua: Inan y Alföldi-Rosenbaum 1979: 98. 10 Solo conozco dos descripciones de los pteryges. (I) Vermeule 1980: 24: "Pending closer examination, the pteryges appear to have the facing Ammon and other heads peculiar ceñido en el lado derecho por una fíbula de disco, se dispone en diagonal sobre el pecho y cae recto por la espalda. Posiblemente se enrollaba alrededor del brazo izquierdo y desde él caía hacia abajo 11. Al lado de la pierna izquierda hay un soporte, que originalmente debió tener la forma de un tronco de palmera (sobre soportes con forma de tronco de palmera: Muthmann 1951: 110-119). Los pies llevaban mullei, como demuestran los restos del calzado y las patas felinas conservadas entre el soporte y la pierna La cabeza (figs. 7-8) muestra una cara larga, estrecha y barbada, con pómulos marcados y ligeros pliegues labio-nasales 13. La barba está divida en dos 12 Los estudios precedentes no se han puesto de acuerdo en el tipo de la corona. 13 La cabeza presenta pocas pérdidas: solo la nariz está rota. La ceja derecha ha sido dañada. La superficie de la cabeza está por debajo de la barbilla. La frente es corta y estrecha. Los ojos tienen forma almendrada y presentan pupilas trepanadas. La boca tiene los labios finos. El pelo se ha preservado solo debajo de la parte frontal de la corona. Tres grupos de mechones pueden ser aislados: (I) la franja de rizos cortos en la parte central de la frente; (II) un rizo grueso en la parte izquierda de la frente, que gira hacia la derecha del espectador; (III) los rizos preservados sobre las sienes. Las direcciones de estos últimos son difíciles de establecer. Los de la derecha parecen estar peinados hacia la cara (mejores imágenes: Inan y Alföldi-Rosenbaum 1979: lám. 41, 1); los de la izquierda hacia la parte trasera del cráneo (mejores imágenes: Inan y Alföldi-Rosenbaum 1979: lám. 41, 3). Detrás y a los lados de la cabeza no quedan restos de pelo. Este esquema fisionómico y la disposición de los mechones preservados permiten identificar la cabeza como una copia de los retratos del erosionada y deteriorada. La oreja izquierda fue trabajada por separado y luego insertada en la cabeza. El retrato preserva un detalle, que no ha sido nunca considerado. Sobre la oreja derecha (figs. [7][8] hay una superficie de piedra, que sobresale exageradamente por encima del perfil de la cabeza. Aunque podría ser interpretado como la señal de una posible reelaboración del retrato 16, me parece más probable identificarlo como el resto de un puntello, que ayudó a fijar el brazo derecho de la escultura. Puntelli similares sobreviven en una estatua militar de Constantino (Fittschen y Zanker 1985: cat. n. Por ello puede asegurarse que el brazo derecho de la estatua de Seleucia Pieria estuvo elevado y sostuvo algún atributo iconográfico. Un cetro, una lanza o un signum son las mejores opciones. La estatua está vestida con una coraza clasicista de pteryges mixtos 17, cuyo centro está decorado por f) Vermeule 2000: 92: Adriano, sin propuesta tipológica. g) Kreikenbom y Weber 2002: 202: Lucio Vero, sin propuesta tipológica. h) Meischner 2003: cat. n. 16 El estudio más reciente sobre retratos romanos reelaborados es Fittschen 2012. La posibilidad de la reelaboración de la cabeza de la estatua de Seleucia Pieria ha sido considerada en una figura antropomorfa entre dos grifos (fig. 6). Seis comentarios pueden hacerse en relación a esta figura: Su forma, atributos y pose impiden esta posibilidad. Surge -a partir de sus rodillas-de un objeto, cuya forma es difícil de precisar. El paralelo con las dos estatuas militares de Sessa Aurunca (cf. apartado I, A) y Side (cf. apartado I, B) permite identificar este objeto como un motivo vegetal. Extiende los brazos y agarra con ellos a dos grifos. Ambos animales tocan a la figura con sus patas delanteras. Está vestida con una piel, que le cubre la cabeza y cae por detrás de su cuerpo. Es muy similar a la figura conservada en las corazas de las dos estatuas mencionadas de Sessa Aurunca (cf. apartado I, A) y Side (cf. apartado I, B), que ha sido correctamente identificada como una representación de Dionysos/Sabazios por M. Cadario (Cadario 2004: 371-376). Por esos motivos, la figura sobre la coraza de la estatua militar de Seleucia Pieria debe ser identificada también como una imagen de Dionysos/Sabazios. Si esta hipótesis se acepta, puede concluirse que la estatua de Seleucia Pieria es una representación militar colosal de Lucio Vero de tipo Sessa Aurunca. Habida cuenta de que el retrato de Lucio Vero pertenece al tipo IV o Samtherrschaftstypus, es posible datar la escultura a partir del año 160 d.C. 18. La presencia de Dionysos en la coraza era muy apropiada para celebrar los recientes logros militares del joven emperador: como Domitor Orientis (Sobre el término: Gabelmann 1992: 72), él era ahora el nuevo Dionysos 19. CONTRIBUCIONES DE LA ESTATUA DE SE- LEUCIA PIERIA AL CONOCIMIENTO GENE-RAL DEL TIPO SESSA AURUNCA Creo que en el estado actual de conocimientos, no es posible encontrar respuestas para la mayoría de las preguntas que plantea el tipo Sessa Aurunca: ¿existió una estatua que sirvió de modelo a las esculturas de esta tipología; solo fue copiado el motivo iconográfico que decoraba la coraza de este prototipo; se dio libertad a los talleres para elegir la disposición del cuerpo y el tipo de coraza; dónde se creó el modelo; por qué motivos; cuándo, a iniciativa de qué emperador? Aunque no resuelve estas interrogantes, el análisis de la estatua militar de Seleucia Pieria aporta dos nuevos datos en relación al tipo estatuario: -En primer lugar, demuestra la vinculación del tipo Sessa Aurunca con Lucio Vero. Ello permite cuestionar su uso exclusivo por parte de Adriano, como hasta ahora se creía. En ese sentido, debe ser considerado también que la estatua militar de Sessa Aurunca (cf. apartado I, A) no fue hallada con el retrato de Adriano embutido en el cuerpo; su unión es el fruto de una restauración moderna 20. Ello obligará a estudios futuros a reconsiderar las dataciones e identificaciones de las estatuas mencionadas en el apartado I. -En segundo lugar, da una nueva pista acerca del aspecto aproximado del modelo en el que se inspiraron estas estatuas. Concretamente, permite constatar que el tipo de coraza decorada con una figura de Dionysos/Sabazios y sujetando dos grifos 21, es numéricamente superior al de Rankengottheit custodiada por dos panteras 22. Ello sugiere que la decoración de las corazas de las estatuas de Sessa Aurunca (cf. apartado I, A), Side (cf. apartado I, B) y Seleucia Pieria (cf. apartado III) pudo ser la más cercana a la del prototipo original 23. 20 Agradezco la información que me ha facilitado S. Cascella en relación a las circunstancias del hallazgo de la estatua. 21 Cf. apartado I, A y B. Debe unirse ahora a ellas la estatua militar de Selecuia Pieria: cf. apartado III. 22 Cf. apartado I, C y D. 23 Una estatua procedente del frente escénico del teatro de Perge, que sin duda perteneció también al tipo Sessa Aurunca y que he conocido tras la aceptación para la publicación de este trabajo, incide en la preeminencia del tipo de coraza decorada por Dionysos acompañado por dos grifos. Con seguridad no se trata de una representación de Trajano.
una versión de la tesina (DEA) leída en noviembre de 2006 dentro del programa de doctorado "Medio ambiente, Territorio y Cultura: perspectivas desde la Geografía, la Prehistoria y la Arqueología" (bienio 2004-2006), de la Universidad del País Vasco bajo la dirección del profesor Dr. J.A. Quirós Castillo. Trabajo realizado en el marco del proyecto de investigación HUM2006-02556/HIST financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia en el ámbito del Plan Nacional de I+D+I titulado "La génesis del paisaje medieval en el Norte Peninsular: Arqueología de las aldeas de los siglos V al XII". Una caracterización arqueológica precisa de las más antiguas formas del poblamiento rural altomedieval (siglos V-VIII d.C.) nos proporcionaría las herramientas analíticas con las que plantear un ensayo interpretativo 'refundado' (BARCELÓ 1988(BARCELÓ, 1995: 66-7): 66-7). Desde un enfoque como el planteado en este artículo se analizarán los procesos de recomposición territorial, social y política que siguieron a la quiebra del Imperio romano y constituyen la base del entramado histórico medieval. Esta contribución se nutre de los trabajos arqueológicos llevados a cabo durante los últimos diez años en la Comunidad de Madrid y su objetivo se enmarca en el reto de formular contextos interpretativos que potencien el valor histórico de esos avances (AZKARATE y QUIRÓS 2001: 30). PALABRAS CLAVE: Asentamientos, necrópolis, campesinos, análisis territorial, jerarquías sociales, arqueología altomedieval. El considerable avance logrado durante los últimos diez años en el conocimiento arqueológico del poblamiento rural altomedieval en el Sur de la Comunidad de Madrid será aprovechado en este trabajo para formular un modelo de geografía política del territorio de la ciudad de Toledo que creemos puede ser extensible a un buen número de distritos urbanos del interior peninsular. Según la colección de datos disponible, los dos expedientes básicos y mayoritarios que conforman el poblamiento rural en el territorio de las ciudades de la Meseta entre mediados del siglo V d.C. y al menos la octava centuria serían la granja y la aldea. A lo largo de las siguientes páginas abordaremos la relevancia que puede llegar a tener la consecución de una caracterización precisa y detallada de los en cierta medida atípicos registros arqueológicos concernientes al poblamiento rural altomedieval. Se explorarán además algunos de sus posibles diferentes significados a través de descripciones densas (GEERTZ 1973) de su específica contextualización para tratar de leer lo que no se manifiesta habitualmente de forma explícita. Como sostenía Vicent en la formulación conceptual de la naciente arqueología del paisaje agrario, se "exige un enfoque arqueológico no convencional, cuyo objetivo no sea la reconstrucción positiva de los hechos, sino la contrastación de hipótesis sobre los aspectos no directamente observables del proceso (...) a partir de los que sí lo son" (VICENT 1991: 37). A partir de una serie de criterios arqueológicos discriminantes se establecerán los rasgos distintivos de esas dos categorías como sendas formas de asentamiento campesino provistas, como veremos, de una serie de connotaciones específicas. Detrás de cada una de ellas sería posible reconocer, por ejemplo, vías propias de desarrollo identitario asociadas a procesos pluriseculares de territorialización, variables categorías sociales y formas diferenciadas de vinculación con la propiedad de la tierra o, en términos más generales, con el Poder (PAYNTER 2005: 399-400). A lo largo de este trabajo, las formas de poblamiento en tanto construcciones sociales serán consideradas como un rasgo más de la cultura material dentro de una perspectiva según la cual ésta es a la vez el producto y resultado de acciones articuladas a través de las relacio-nes sociales y uno de los medios por los que esas mismas relaciones sociales se construyen2. De esa manera, la cultura material deja de ser un elemento pasivo de la práctica social y un reflejo inmediato de la producción de identidad y se convierte en una intervención activa en la construcción y reproducción de esas mismas formas sociales y en la afirmación continuada de la propia identidad (MORELAND 2001: 82; PAYNTER 1989: 379-80; SILLIMAN 2001: 195). De acuerdo a nuestra interpretación de lotes amplios de evidencias de distinta naturaleza proporcionadas por la documentación arqueológica utilizada, la red de asentamientos rurales a la que haremos referencia en este trabajo formaría parte integrante de lo que puede inequívocamente definirse como un territorio urbano, es decir, de un espacio condicionado por el Poder, legible en términos políticos3. Aunque los ámbitos estudiados constituyan sectores relativamente 'periféricos' del suburbio toledano (en cualquier caso a no menos de 45 kilómetros de distancia de la capital), hasta allí se manifestaría y sería posible reconocer arqueológicamente la subalternidad de estos enclaves campesinos que, en cierto sentido, formarían parte de lo que podría denominarse 'la base social del régimen' (SALRACH 1997: 14). La homogeneidad de las regiones interiores de la península Ibérica en cuanto a su trasfondo histórico, grado de desarrollo de las fuerzas productivas y orientación económica general durante el Bajo Imperio (fig. 1) habría conllevado una evolución relativamente sincrónica de los procesos que se desencadenan una vez consumado el colapso del sistema político imperial. Estas han sido explicadas de forma convincente como revueltas sociales de carácter campesino 4, que explotan precisamente en sectores hasta entonces controlados por la administración imperial (nominalmente, o al menos en su parte o extremo más débil). El estado de las regiones del interior contrasta seguramente con el de una serie de zonas costeras cuya integración en sistemas políticos y económicos más amplios (mediterráneos e incluso atlánticos) determina la existencia de ritmos diferentes de adaptación a las nuevas coordenadas sociopolíticas y económicas y toda una serie de rasgos específicos. Las condiciones de esta amplia región interior con difíciles comunicaciones hacia la costa nunca fueron apropiadas para el desarrollo de actividades orientadas a la comercialización de un alto volumen de excedentes basadas en grandes explotaciones llevadas de acuerdo a los patrones clásicos del régimen esclavista. El alto coste del transporte terrestre, la escasez de centros urbanos capaces de generar una demanda realmente significativa (o de un estrato sociodemográfico consumidor) y la inexistencia de materias primas de alto valor estratégico habrían sido algunos de los principales impedimentos en este sentido 5. Una de las posibles escasas excepciones serían los grandes talleres alfareros de TSHT que durante todo el siglo IV surten con sus abundantes productos hasta los más recónditos enclaves del interior peninsular. Aunque parece demostrada la existencia de varios centros o zonas productoras, tanto en el Norte (PAZ 1991) como en el Sur de la península (ORFILA 1993), los del alto valle del Ebro (La Rioja) parecen ocupar una situación preeminente en cuanto a volumen y comercialización de sus productos 6. El final de la producción de estos alfares industriales (al menos a la escala anteriormente conocida) coincide no por casualidad con la profunda crisis política y social que afecta por igual al conjunto del entramado de ciudades de la Meseta y al de las grandes villae. Hacia mediados del siglo V d.C., las últimas heterogéneas y atípicas variedades de la TSHT dejan de llegar a los yacimientos del centro de la Península Ibérica y sólo muy en parte su antiguo lugar será ocupado por importaciones de DSP provenzales. De ello podría inferirse que una parte de la demanda potencial pervivió, aunque el entramado social y productivo en el que estaban insertos los talleres de TSHT nunca pudo recuperarse. Lo mismo sucedería con las antiguas grandes haciendas rurales, las villae tardorromanas. Desde hace ya algún tiempo, la mayor parte de los autores coincide en descartar lo que en otro tiempo se interpretó como una secuencia generalizada de destrucciones en las villae tardías de la Meseta a consecuencia de las invasiones de inicios de la quinta centuria (ARCE 2005: 37;2006; CHAVARRIA 2006: 34). La lectura reciente más habitual de sus 'transformaciones', en cualquier caso, peca cuando menos de circunstancial dado el insuficiente encuadramiento histórico, social y cultural de los procesos involucrados en esos cambios y las verdaderas magnitudes que desde una perspectiva de larga duración esas mismas transformaciones dejan inferir7. La verdadera cuestión radicaría en lo que se esconde detrás de esos cambios funcionales documentados, mientras que las propuestas de interpretación mayoritarias siguen dando vueltas alrededor de conceptos tan vagos como las reocupaciones bárbaras (dada la proximidad de cementerios de tipo visigodo), la militarización de la sociedad o cambios en los valores culturales8. Algunos contextos arqueológicos precisos nos dotan sin embargo de pistas sobre la crisis general de confianza que desembocó en el abandono precipitado de una serie difícilmente cuantificable de instalaciones rurales tardoantiguas, en todo caso mayoritaria por cuanto respecta al mantenimiento de sus partes urbanas o de representación. Algunas ocultaciones monetarias y más explícitamente las de ajuares domésticos relativamente modestos documentadas en distintos asentamientos, tanto rurales como urbanos (POZUELO, VIGIL-ESCALERA 2003: 281), atestiguan el profundo impacto sociológico de los acontecimientos de distinta índole que marcaron la época. Tras ese 5 Estas mismas condiciones harían vano el intento de encontrar en ambas mesetas formas de explotación directa modélicas como las definidas bajo el epígrafe 'villa carolingia' o 'dominio bipartido' (SALRACH 1997), que serían igualmente respuestas y soluciones a situaciones sociopolíticas y económicas muy concretas (WICKHAM 2005: 264-5, 284-290). 6 Al margen de los grandes talleres debieron existir centros productores menores, como demuestra el hallazgo de punzones o moldes en un número cada vez más alto de sedes. El complejo fenómeno de las imitaciones, esbozado hace ya algún tiempo (JUAN, BLANCO 1997) requeriría un análisis en profundidad que recogiera las últimas evidencias al respecto. Estas producciones secundarias (deslocalizadas) podrían cubrir una parte específica de la demanda con posterioridad al colapso de los grandes centros industriales. periodo crítico, cuya duración exacta resulta a día de hoy imposible de definir, las manifestaciones más explícitas del Poder se retiran al interior de las antiguas ciudades o bien a otros núcleos menores levantados a toda prisa, con sistemas defensivos adecuados a sus circunstancias específicas. La oposición campo-ciudad se hace entonces más evidente por cuanto lo que hasta entonces había sido una posición hegemónica sin alternativas, un dominio de clase garantizado por unos mecanismos estatales indiscutidos, a partir de un cierto momento es sujeto de pugna entre estamentos que deben redefinir sus respectivas fuerzas y apoyos dentro de un marco político de estructuras territoriales fragmentadas (ESCALONA e.p.). Esa discontinuidad sería radical en el marco de la gestión de la producción agraria, que a partir de entonces gozará de una sustancial autonomía por parte del campesinado, sin una intervención activa y directa del estamento propietario. Este será el desencadenante prioritario de la mayor parte de los procesos de cambio atestiguados en el poblamiento rural. De acuerdo con el modelo de interpretación que mantendremos en este trabajo, esas nuevas relaciones de poder reformuladas a partir de mediados del siglo V d.C. determinan y se traducen en diferentes formas de organización social del territorio rural. Granjas y aldeas serán las categorías básicas sobre las que se articulará el territorio dependiente de la ciudad. Hasta donde llegan a documentarse arqueológicamente ese tipo de enclaves, estables y abiertos, podremos dibujar con relativa seguridad los límites de un espacio políticamente subordinado. Más allá de los términos que alcanzan esas redes de dominio político y hegemonía cultural tejidas desde la ciudad (y desde sus apéndices jerárquicos menores, castellae, funcionalmente equivalentes) se extenderían unos espacios intersticiales, sólo a veces periféricos en términos espaciales, que se podrían definir como no subalternos 9, y cuya importancia radica en la alternativa que podrían representar como espacios de resistencia (huida de la fuerza de trabajo) si en algún caso se sobrepasara el umbral de tensión socialmente aceptable por las comunidades rurales. Aunque nuestro trabajo se centrará en las dos categorías citadas del poblamiento rural (las más fructíferas en resultados arqueológicos durante el último decenio) la ciudad y su entorno inmediato por un lado y por otro esos territorios no subalternos, al margen del sistema político, deberán ser tenidos en todo momento en cuen-ta como los polos en torno a los cuales gravita todo el sistema 10. Hasta dónde llegaban esos límites, más o menos precisos o difusos, de lo que hemos considerado el espacio sometido a la ciudad sería una de nuestras preocupaciones prioritarias, por cuanto al otro lado de ese umbral cabría esperar que los registros arqueológicos presentaran algunas diferencias sustanciales cuyos signos deberíamos ser capaces de reconocer. Partimos, por tanto, del convencimiento de que esos espacios no subalternos, situados más allá de la esfera de influencia del poder ejercido por la ciudad, existieron realmente (SHAW 1984), y que su mera presencia condicionó la clase de acuerdos sobre los que se basó la relación entre campesinos y terratenientes a partir de mediados del siglo V d.C. El arco temporal considerado constituye, a fin de cuentas, un periodo marcado por una trascendental crisis que supuso el más intenso momento de debilidad de las estructuras políticas y sociales de dominación, tanto en términos institucionales como prácticos y de legitimidad. A partir del desmoronamiento del Imperio asistiremos, pues, a un proceso de duración secular a lo largo del cual los herederos del mismo (por derecho o por la fuerza) debieron proceder a una lenta y progresiva rearticulación de todo el viejo entramado político y social desde abajo. El mayor de los inconvenientes a lo que nos enfrentamos por esta vía (la que definiría al territorio urbano, político o fiscal por oposición al de los espacios no integrados) es la de la práctica invisibilidad de esos nichos geográficos y humanos no subalternos, cuyo carácter inaprensible a diferentes niveles habría sido supuestamente la mejor de las garantías para su perdurabilidad material. Ya debieron ser, si no invisibles, al menos ilegibles para el Poder en su tiempo (SCOTT 1998: 2). En mayor o menor medida, incluso en los más marginales sectores de esos territorios no subalternos diversas formas de jerarquización social estuvieron presentes bajo heterogéneas formas desde antes de la conquista romana. Existieron sin duda ya entonces umbrales de articulación política local a partir de los cuales esas realidades al margen pasaban a erigirse en contrapoderes o constituirse en espacios lo suficientemente atractivos como para pasar a ser objetivo susceptible de captura por el aparato estatal centralizador, cualquiera que fuera el envoltorio particular de cada una de las partes en conflicto. La estimación de la riqueza de una determinada región, territorio o aldea quedaba, entonces como ahora, supeditada a que existieran mecanismos o modos efectivos de captura, ya fuera entendida ésta en términos de fuerza de trabajo, materias primas o excedentes agropecuarios aprensibles en forma de botín por encima de lo que podía llegar a suponer el coste o la energía necesariamente implicada en su extracción. Las fuentes escritas contemporáneas remitirían invariablemente a toda esa clase de realidades opacas al Poder cuando describen, por ejemplo, los actos de pillaje y bandolerismo que amenazaban las rutas entre ciudades 11. Siempre que no constituyeran una amenaza real al sistema, no traspasaran esos umbrales de lo que podría resultar ambicionable o no destacaran como entes políticos diferenciados capaces de retar de algún modo al régimen establecido se sobrellevó su incómoda presencia (insolencia, según algunas fuentes coetáneas) como un problema menor de orden público asumiendo tal vez que su sometimiento o integración serían más costosos que su rendimiento 12. Manejaremos de aquí en adelante los conceptos de granja y aldea para referirnos a las que creemos son las dos categorías fundamentales en las que se encuadra el poblamiento rural altomedieval (QUIRÓS 2007), asumiendo igualmente que a través del uso de esos conceptos trataremos de manejar "herramientas adecuadas para pensar" unas ciertas situaciones históricas, y no verdades inmutables (WOLF 1955: 503). Más adelante estos conceptos 'duros' se verán arropados con una serie de definiciones de rasgos más estrechamente relacionadas con su materialidad arqueológica. La aldea sería una comunidad integrada por una serie de unidades domésticas individuales que explotan de manera individual y conjunta de acuerdo a sus específicas circunstancias un determinado territorio. Los integrantes de la comunidad desarrollan una conciencia de pertenencia y autoafirmación respecto a un Otro consti-tuido en primera instancia por los grupos limítrofes y vecinos, pero posiblemente también respecto a los poderes externos a la comunidad (estamento propietario, agentes estatales). Al margen de toda una serie de mecanismos sociales de cooperación o solidaridad (a través de los cuales cada unidad espera obtener ciertas ventajas o apoyo de los que no disfrutaría separadamente y lograr maximizar su inversión de trabajo manteniendo un relativo equilibrio con el territorio y sus convecinos), la aldea adquiere una de sus máximas expresiones identitarias en la conformación de un cementerio único para todos sus miembros: los individuos siguen perteneciendo a la comunidad tras su fallecimiento. El cementerio se constituye de esta forma en un referente de carácter histórico (autoexplicativo) para la comunidad en tanto que liga de alguna forma a los vivos con el pasado y restringe y condiciona la posibilidad de reinterpretación de las relaciones sociales en un determinado presente 13. El concepto de granja utilizado a lo largo de este trabajo se define sustancialmente por oposición al de aldea14. Carecería del tamaño suficiente para ser concebida como una forma comunitaria, socialmente constituida, de gestión del espacio agrario. Si como se ha podido comprobar, goza (igual que sucede con la aldea) de una cierta estabilidad temporal como explotación agraria, su propia autorreproducción dependería de la interrelación (por vía matrimonial) con el resto de enclaves presentes en su entorno. Considerando que esta formada por un número restringido de individuos o incluso por una única unidad doméstica, su inserción en un territorio políticamente ordenado significaría que su posición respecto a esa misma articulación política territorial sólo podría bascular teóricamente entre la independencia (pequeña propiedad campesina) y la total dependencia (colonato, servidumbre). La configuración de las áreas de enterramiento asociadas a esta categoría de poblamiento vuelve en este caso a abrir una brecha conceptual básica respecto a lo que se observa en las aldeas. Por el mismo camino, la forma en que los habitantes de las granjas entierran a sus muertos puede ser la clave para entender su relación con la tierra. En este sentido, la informalidad parece ser la tónica general. Las áreas donde se disponen los pequeños grupos de inhumaciones cambian de ubicación siguiendo los ciclos de construcción-reconstrucción de los espacios residenciales. De momento es una incógnita la explicación de este fenómeno en términos 11 Las referencias se suceden desde el Bajo Imperio (ARCE 2005: 151-9; ARCE 2006: 14 y nota 33, con bibliografía específica sobre el tema) y son frecuentes en fuentes posteriores. La situación se agravaría tras la crisis política del siglo quinto con una ampliación significativa de los ámbitos de desafección. El obispo de Zaragoza, Braulio, relata en una carta a mediados del siglo VII el miedo que sentían sus paisanos a viajar a Valencia por causa de los bandidos que merodeaban los caminos (cfr. Cabe preguntarse si tendría alguna lógica que una misma unidad familiar asentada sobre un espacio agrario delimitado y estable cambiara el sitio en el que entierra a sus muertos a lo largo de los ciclos de relevo generacional y si detrás de este fenómeno no podría tal vez entreverse la sustitución física (o reemplazo) de la unidad doméstica al completo (la que trabaja un conjunto homogéneo de parcelas) motivada por la intervención del estamento propietario. Los datos disponibles en la actualidad prefiguran un panorama complejo y aún insuficientemente matizado 15. A primera vista, tanto una aldea como una granja presentan un rango de estructuras arqueológicas sin diferencias explícitas en cuanto a su tipología o eventual distribución espacial: silos, cabañas, pozos, hornos, construcciones mixtas sobre zócalo perimetral de piedra, zan-jas... Las diferencias en cuanto a los repertorios materiales más usualmente documentados (cerámica, metal, vidrio) no son obvias, como tampoco lo son las eventuales diferencias sociales horizontales (heterárquicas). Los ciclos generacionales de reconstrucción y continuada sustitución de unas estructuras por otras dan como resultado una difícil lectura de las plantas de los yacimientos y de su compleja diacronía, problema que sólo es posible resolver mediante análisis minuciosos caso por caso. CONTEXTO ESPACIAL Y CRONOLÓGICO El territorio que constituye el objeto central del trabajo, de casi 800 km 2, queda delimitado al Norte aproximadamente por la latitud de la ciudad de Madrid, al Este y Oeste por los ríos Jarama y Guadarrama, y al Sur por el límite provincial con Toledo. Se ha escogido este ámbito espacial porque se trata de un área especialmente bien documentada a lo largo de los últimos diez años, con un surtido realmente amplio de yacimientos, aunque la documentación arqueológica de buena parte de los mismos ha corrido en paralelo a su destrucción a causa del ingente volumen de actuaciones urbanísticas de todo tipo (residenciales, industriales, de ocio) y la instalación de numerosas infraestructuras viarias de nueva planta o ampliación de las existentes (carreteras radiales, ampliación del aeropuerto, nuevos colectores). Los trabajos arqueológicos desarrollados se enmarcan mayoritariamente en proyectos de obra, dentro del marco normati-vo que regula los estudios de impacto sobre el medio natural o los recursos de índole patrimonial. Casi todas las actuaciones a las que haremos referencia forman parte, pues, de la denominada arqueología preventiva, de salvamento o de gestión. Desde el punto de vista de las grandes unidades de paisaje, la comarca queda integrada por campiñas, aljezares y un tramo de vega del Jarama (GÓMEZ MENDOZA 1999). Tradicional e históricamente ha formado la parte septentrional o límite Norte de La Sagra, el campo toledano. Dentro de su aparente uniformidad, una nutrida red hidrográfica menor surca el territorio en varias direcciones. Por el Norte lo recorren de Oeste a Este los arroyos Butarque y Culebro, tributarios del Manzanares, y al Sur de éstos una serie de regatos desaguan directamente en la vega del Jarama. La parte Sur drena a Mediodía hacia el arroyo Guatén, mientras que el extremo occidental lo hace en dirección Oeste por medio de numerosos arroyos que vierten en el Guadarrama. Los terrenos presentan relieves suaves y alomados sobre materiales terciarios, detríticos o evaporíticos con coberteras cuaternarias que solamente adquieren verdadera significación en la amplia vega del Jarama. El marco cronológico al que nos ceñiremos queda delimitado en su inicio por el momento de abandono de las villae tardorromanas, que en el espacio considerado no parece que llegue a superar el umbral de mediados del siglo V d.C. Tradicionalmente se han manejado un buen número de fechas concretas en las que colocar el final del Imperio romano. Desde nuestro punto de vista, el abandono generalizado de la pars urbana en las haciendas rurales por las aristocracias propietarias y (tanto o más relevante a efectos del cambio histórico) la mutación de forma y sustancia del tipo de asentamiento campesino, el paso de un modelo jerárquico y centralizado a otro orgánico y corporativo, son los testimonios decisivos de un completo cambio de rumbo en la gestión de los espacios rurales y constituyen el mejor referente arqueológico para reconocer el paso de un tipo de sociedad a otro diferente. Y son reflejo, a su vez, del ritmo determinado con que esos cambios se produjeron en el territorio específico de cada ciudad y región. Al margen de las concretas vicisitudes políticas acaecidas en ámbitos diversos y a diferentes escalas, este momento supone un giro sustancial en la forma en que se regulan las actividades productivas en el medio rural, produciéndose una traslación de radical importancia en el sujeto responsable de las decisiones que afectan a la agenda diaria de la gestión de la producción. En términos generales, el control efectivo de la mayor parte de los procesos productivos básicos pasa del estamento propietario a la familia o a la comunidad campesina, y son éstas las que realmente toman la mayor parte de las decisiones estratégicas sobre la producción (WICKHAM 2005: 264). Esa autonomía implícitamente sancionada de la gestión campesina sería a la postre el factor desencadenante de la formalización de nuevas identidades sociales con una profunda imbricación territorial como las que subyacen en esa categoría del poblamiento rural que definimos como aldea, al menos en los términos en los que se describe más adelante. El final de las secuencias arqueológicas que contemplamos en este trabajo es menos neto, con un grupo mayoritario de yacimientos que se abandona a mediados del siglo VIII d.C. y otro menos numeroso de enclaves que continúan en uso hasta posiblemente la segunda mitad del siglo IX d.C. Probablemente en este periodo se establece entre la Cuenca del Duero y los territorios situados al Sur del Sistema Central una cesura trascendental 16. Entre ambas fechas, el proceso de despoblación del medio rural constatado debería relacionarse forzosamente con el papel que adquieren un selecto grupo de antiguas ciudades y, sobre todo, una serie de centros secundarios de nueva planta, alguno de clara vocación urbana 17, que pasarán a integrarse en la red de fortalezas levantadas por iniciativa del estado omeya en torno a la capital toledana (MANZANO 1990). Estos centros debieron englobar en sus arrabales al grueso de la población que hasta entonces había ocupado un número significativamente amplio de enclaves rurales. Las aldeas documentadas en el territorio estudiado desaparecen a mediados de la octava centuria, y en el campo solamente pervivirán algunas granjas aisladas y distantes entre sí que conforman un patrón de poblamiento muy disperso 18. La desafección de una parte del estamento propietario a raíz de la conquista del 711 y la guerra civil entre facciones godas 19 coincide (probablemente no por azar) con el traslado de una masa apreciable de población rural hacia algunos centros urbanos. Por estas fechas (segunda mitad del siglo VIII) recientes intervenciones arqueológicas revelan la proliferación de notables arrabales periurbanos (como el de Saqunda en Córdoba o el de la Vega Baja de Toledo 20 ). En ese mismo sentido, recientes campañas en El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete) sugie-ren una reocupación del antiguo espacio de la basílica visigoda por construcciones residenciales "en un momento indeterminado del siglo VIII" (GUTIÉRREZ LLO-RET et al. 2003: 140-8), lo que podría interpretarse como una radical intensificación de la ocupación residencial en el seno de la sede urbana. La política emiral, en vez de luchar contra ese fenómeno (la afluencia de población rural a la ciudad), sabría aprovecharse del mismo articulando nuevas formas de tributación que impulsaron una profunda reorientación económica del sistema en su conjunto, transformando desde sus cimientos el papel de unas ciudades que a partir de ese momento conocen un auténtico despegue como verdaderos mercados y centros productivos, y no meramente como pozos sin fondo para el consumo y amortización de bienes de prestigio y centros de redistribución de los mismos (vidrio, metales, textiles). El desarrollo de la producción para el mercado tendería a agudizar y diversificar la incipiente estratificación ya existente de los productores campesinos y la brecha entre un lado y otro del Sistema Central tendió a ampliarse significativamente 21. El muestrario de yacimientos utilizado en este trabajo se compone de datos procedentes de tres conjuntos principales. El primero de ellos es el proporcionado por la Carta Arqueológica de la Comunidad de Madrid 22, el segundo sería el formado por intervenciones arqueológicas puntuales sobre áreas restringidas, el tercero se correspondería con una serie cada vez menos limitada de actuaciones extensivas, con diferentes grados de resolución en cuanto al registro arqueológico obtenido y variables baremos de exigencia metodológica. Globalmente se trata de un repertorio inédito o con publicaciones muy parciales, siendo muy escasas las memorias completas entregadas y a disposición de los investigadores 23. La combinación de una serie de factores es la clave para que los registros arqueológicos madrileños de época altomedieval constituyan una ventana idónea para observar con detalle tanto el panorama social surgido tras el desmantelamiento del sistema político imperial como la evolución de procesos de honda trascendencia que están en el origen de la configuración del paisaje medieval, ya sea en clave geográfica, social o política. 16 El caso del territorio toledano, desde la perspectiva del desarrollo histórico de las fuerzas 'prefeudales', sería un ejemplo de vía muerta, pero desde otra más amplia podría considerarse un modelo particular de integración fronteriza en el sistema político-social islámico. 17 Las fortalezas de Madrid y Calatalifa y el recinto amurallado de Talamanca. Tal vez sea igualmente el caso de otros enclaves con menor o nula presencia en las fuentes escritas (Paracuellos, Ribas...). 18 Su posible relación con centros jerárquicos es todavía una incógnita. 19 La inestabilidad política del territorio toledano (su tensa relación con el nuevo poder cordobés) irá manifestándose en continuas sublevaciones que se prolongarán hasta el primer tercio del siglo X (MANZANO 1990;2006). 21 Sin que por ello pensemos que todo el cuadrante NW de la península Ibérica pueda constituir una unidad, más bien al contrario, especialmente a partir de la fecha indicada. 22 Entre los años 1988 y 1993 se desarrollaron prospecciones arqueológicas intensivas de cobertura total a escala municipal. 23 Una fase preliminar de la recopilación documental ha sido posible gracias al apoyo de la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, y especialmente a Belén Martínez e Inmaculada Rus. Los factores citados son fundamentalmente estos tres: i) el gran número de intervenciones arqueológicas desarrolladas durante los últimos diez años, ii) la gran envergadura espacial abordada en una parte sustancial de las mismas iii) y el detalle alcanzado en la documentación de registros arqueológicos hasta hora casi desconocidos y la calidad y alta resolución de esa documentación en un puñado de yacimientos. Comenzando por este último, el análisis en profundidad de un material arqueológico como es la cerámica, hasta hace escasas fechas cobijo de más preguntas que respuestas, ha facilitado la elaboración de tablas evolutivas seriadas que permiten desarrollar lecturas diacrónicas cada vez más precisas (VIGIL-ESCALERA 2003, e.p.2). Esto permite comprender los procesos de cambio a la escala del yacimiento que desembocan en una caracterización realmente detallada de la evolución de los asentamientos. Mientras tanto, toda una nueva gama de estructuras arqueológicas escasamente valoradas con anterioridad se revelan como una parte sustancial de los registros habituales (VIGIL-ESCALERA 2000). Un examen meticuloso de los procesos postdeposicionales que afectan específicamente a cada yacimiento consiente que pueda valorarse mejor la presencia/ausencia de determinados rasgos además de permitirnos ser conscientes de la representatividad real de la parte conservada de los registros 24. Las cada vez más numerosas intervenciones desarrolladas sobre superficies de hasta varias hectáreas han revelado la magnitud real de los yacimientos en toda su extensión, los patrones de ocupación del espacio y los procesos de transformación internos en el plano diacrónico. Un aspecto de honda trascendencia práctica como el de la efectiva delimitación espacial de un yacimiento arqueológico cualquiera (y su propia definición, al margen de las implicaciones que de esto se derivan a efectos de la gestión y protección del patrimonio) quedaría sometido forzosamente a revisión de acuerdo a los datos actualmente disponibles. Finalmente, el alto número de intervenciones, aunque no todas de la misma calidad en cuanto a la documentación generada, permite establecer pautas territoriales hasta ahora insospechadas, desarrollar modelos interpretativos y observar las diferencias en el poblamiento a una escala territorial ampliada a un universo comarcal o regional. A sabiendas de que falta por completarse una revolución semejante en el ámbito de la arqueología de las ciudades (en el que reside uno de los pilares para comprender globalmente el periodo), cree-mos que los caminos abiertos en este decenio en lo que respecta a la arqueología del poblamiento rural son numerosos y sugerentes. LA SITUACIÓN DE PARTIDA 2.1. El medio urbano y las elites aristocráticas Toda una serie de indicios apunta a que el único centro urbano identificado como tal de la actual Comunidad de Madrid, la ciudad de Complutum (Alcalá de Henares), es durante buena parte del siglo V un mero lugar de expolio de materiales constructivos nobles y menos nobles. Probablemente no hayan sido identificados aún los casi seguros restos de actividades domésticas de las comunidades supervivientes tras la crisis de la ciudad, cuyo casi único exponente sería la reutilización y apeo de la sala del Auriga en la villa de El Val por una familia sin interés alguno en habitar sobre un pavimento musivo 25. Los datos arqueológicos sobre ocupaciones en el entorno de la ciudad se circunscriben a la excavación de diversas áreas de enterramiento, algunas de ellas asociadas a estructuras de almacenamiento subterráneo (silos) 26. La tardía aparición de la sede episcopal de Complutum y su específica coyuntura, a instancias de la mitra de Toledo, apuntan a una posición claramente subordinada a la sede del Tajo, que a partir de la conquista feudal pasará a controlar de nuevo buena parte del antiguo territorio complutense (si es que alguna vez dejó de hacerlo). Su activación durante el siglo VII seguramente tiene que ver con el intento de reajustar desde la capital la articulación política del amplio y distante territorio situado al Este del Jarama, aguas arriba del Henares, en la ruta a Zaragoza. La datación de la reocupación de dicha sala parece, de acuerdo al material publicado, propia de la primera mitad del siglo V d.C., coetánea a las últimas fases de las villae tardías de la región. 26 Se desconoce por completo si estas estructuras (que de seguro no han estado en uso contemporáneamente) son anteriores o posteriores a las sepulturas, aunque se deduce que el área es objeto de usos diversos a lo largo del tiempo. Tumbas y silos han sido documentadas al menos en El Val-Camino de los Afligidos (MÉNDEZ, RASCÓN 1989: 183). Otra parcela de sombra es la relativa a la propia configuración de las áreas cementeriales: de los datos disponibles es arriesgado saber si conformaban amplios cementerios o si se trataba de grupos aislados de enterramientos. A veces se han documentado sólo las sepulturas de lajas, sin llegar a reconocerse las siempre abundantes estructuras en fosa simple (MÉNDEZ, RASCÓN 1989: 40, 45 -T.9 y T.11-). Sólo en los casos de Afligidos O, Camino de los Afligidos, Equinox y Azuqueca puede hablarse con propiedad de cementerios "públicos" (por oposición a "familiares") utilizados durante un periodo más o menos amplio. Por lo que respecta a Toledo, la situación arqueológica permanece empantanada desde hace bastante tiempo27, con "sus docenas de iglesias intra y extramuros (muchas con fragmentos decorativos de época visigoda) y su elaborada práctica ceremonial" (WICKHAM 2005: 662). Recientemente se ha logrado identificar un pequeño tramo de lo que pudo ser su recinto amurallado altoimperial (TSIOLIS 2005). Más cerca aún en el tiempo, las excavaciones asociadas al controvertido proyecto de desarrollo urbanístico en el sector periurbano de la Vega Baja parecen demostrar la pujanza demográfica de una sede que no se dejó constreñir por los recintos defensivos previos (ROJAS, GÓMEZ 2006). A la espera de la publicación de sus resultados, todo parece indicar que con posterioridad al abandono del área como sede de grandes instalaciones palaciales o de representación (en uso entre los siglos VI y VII) se instala un extenso arrabal con una trama urbanística más o menos regular. A esas construcciones residenciales modestas se superpondrían posteriormente diversas áreas de enterramiento (aunque la cronología de los conjuntos es aún incierta dentro del espectro cronológico altomedieval) 28. No mucho mejor conocido, ni menos problemático en cuanto a su interpretación, resulta otro conjunto de yacimientos que, aunque creemos puede englobarse dentro de la categoría sociopolítica de lo urbano, supone un hito en la aparición de estructuras privadas de poder a menudo enfrentadas a lo público o estatal. Nos referimos a los diversos poblados situados en altura provistos de elementos defensivos artificiales. Alrededor de mediados del siglo V d.C. parecen surgir estos centros políticos locales o de segundo orden en ubicaciones hasta la fecha excéntricas respecto a la malla urbana del sector central de la península (fig. 2). Pueden o no presentar evidencias netas de una jerarquización social en su seno, pero constituyen en cualquier caso un reflejo obvio del grado de jerarquización social y territorial. Estos centros han de ser fundaciones, si no directamente aristocráticas, al menos el Figura 2. Las áreas de estudio (rayadas) sobre el plano de ciudades, castella y vías principales del centro peninsular. resultado de una iniciativa dirigida y condicionada por las elites propietarias de ámbito comarcal. Las fuentes históricas hacen referencia a estos enclaves (denominados castella) a partir de inicios del siglo V d.C. en diferentes ocasiones y en muy diversas regiones29. Castra y castella fueron, a pesar de una cierta confusión terminológica actual, realidades bien diferenciadas en su época, como testimonia por ejemplo Juan de Bíclaro en sus noticias (GARCÍA MORENO 1991: n. Los primeros, como fortalezas (o lugar de asiento de una guarnición), tendrían un carácter netamente público, al servicio del Estado, mientras que los segundos responderían a iniciativas específicamente privadas de las oligarquías locales. El recinto amurallado del Pontón de la Oliva (Patones, Madrid) domina la cuenca alta del río Jarama en su contacto con la Sierra, tiene una fase de ocupación inequívocamente altomedieval (al menos de la segunda mitad del siglo V d.C.) y se asienta sobre un emplazamiento fortificado indígena ocupado en época romana republicana30; el de nueva planta de la Virgen del Castillo (Bernardos, Segovia) se emplaza casi a medio camino entre Cauca y Segovia, también en un área de contacto entre las tierras cerealistas y las de monte (FUENTES, BARRIO 1999; GON-ZALO 2006); el de La Cabeza de Navasangil (Solosancho, Ávila) a unos 22 Km. al Oeste de la capital provincial, goza nuevamente de una posición a caballo entre las llanuras cerealistas del valle del Adaja y el piedemonte serrano (LARRÉN et al. 2003: 283). Dentro de este grupo posiblemente quepa añadir también el yacimiento localizado en el cerro de Cabeza Gorda (Carabaña, Madrid), con una posición dominante sobre el apartado valle del Tajuña (RASCÓN 2000: 219). Hasta aquí algunos de los exponentes más destacables dentro de esta serie de poblados en altura cercanos al área de estudio. De los escasos datos seguros que se conocen sobre cada uno de ellos y su contrastable heterogeneidad material puede parecer arriesgado su encuadramiento conjunto en una misma categoría: el Pontón de la Oliva, por ejemplo, respondería por sus dimensiones y urbanística a los de una pequeña ciudadela, mientras que Navasangil no parece pasar de un pequeño castellum rural; el recinto amurallado de Bernardos pudo englobar una entidad poblacional a medio camino entre ambos, seguramente más cerca del Pontón que de Navasangil. Pero no es menos cierto que su significado en el ámbito de las formas de articulación y dominio político territorial es unidireccional. Todos ellos son asentamientos ubicados en lugares prominentes, provistos de defensas naturales y artificiales cuyo conocimiento en profundidad urge resolver para completar el conjunto del cuadro. Los linajes aristocráticos propios de cualquiera de estos centros (residentes temporal o permanentemente en ellos) pudieron posiblemente aspirar a rivalizar con los asentados en las antiguas ciudades romanas por constituirse en sede episcopal. No quiere ello decir que en su interior deban encontrarse forzosamente estructuras palaciales o residencias de carácter aristocrático, pero sí elementos propios de un lugar central en la administración territorial y fundiaria, cualquiera que fuera su rango a una escala política local o regional: estructuras de almacenamiento centralizado, registros escritos e incluso tal vez iglesias (GONZALO 2006: 92-3). Es probable que estos enclaves hayan asumido el papel de elementos centrales para la articulación política de territorios excesivamente alejados de las ciudades durante la crisis política del siglo V d.C., aunque su desarrollo durante los siglos posteriores permanece en la sombra. Puede que algunos se abandonen durante el siglo VI, una vez restaurada (por consenso o por la fuerza) la 'paz social' y consolidado el reagrupamiento de los intereses de la clase propietaria y sus mecanismos de dominación efectiva sobre amplios territorios. Otros podrían haber continuado jugando un papel relevante en la articulación territorial más allá incluso de la conquista islámica. El análisis de esta categoría de establecimientos cobra su máxima relevancia en el momento, lugar y circunstancias en el que éstos pueden llegar a representar una verdadera alternativa política a la de los centros urbanos de estirpe antigua. Cabría preguntarse entonces si tras su auge no podría entreverse el surgimiento de facciones aristocráticas nuevas (estrictamente de base local) o la reconversión más o menos forzada de algunos linajes propietarios antiguos a un estado de fragmentación intensa del sistema político y la construcción desde esa base local de un nuevo tejido de dominación. El medio rural y el campesinado Las evidencias arqueológicas sobre la configuración del poblamiento rural en época bajoimperial son, aunque pueda resultar paradójico dado el alto número de yacimientos conocidos y excavados, relativamente escasas. Esto se debe sobre todo a que los intereses historiográficos tradicionales han privilegiado la exploración de los espacios de representación (la más monumental pars urbana) de las villae, resultando una brutal descompensación en cuanto a la calidad y cantidad de la información arqueológica disponible por lo que respecta a las partes rústicas. Se desconoce prácticamente todo de la configuración de los espacios domésticos de los trabajadores de las haciendas bajoimperiales. A la hora de describir las transformaciones acaecidas en la gestión de estos espacios entre el final de la época romana y la inmediatamente posterior deberemos ceñirnos a un número exiguo de yacimientos y a unos registros realmente parcos. En el caso madrileño, el periodo bajoimperial se caracterizaría por una sustancial reducción en el número de yacimientos respecto a lo que había sido la época del Alto Imperio. Esta disminución se compensa relativamente con lo que parece ser resultado de una notable concentración de la propiedad y una mayor entidad de los núcleos hacendísticos: es muy alto el número de yacimientos de los siglos I y II d.C. de modestas dimensiones mientras que la práctica totalidad de los yacimientos tardorromanos conocidos se corresponde casi invariablemente con complejos de significativa relevancia a tenor de los hallazgos descritos. Un puñado de ricas villae que funcionan como centros de extensos territorios, por tanto, son las protagonistas del paisaje rural madrileño durante la etapa del florecimiento bajoimperial en la segunda mitad del siglo IV e inicios del V d.C. 31. Pero es igualmente cierto que pueden hallarse diferencias sensibles entre lo que son haciendas ricas (la mayoría) y las excepcionalmente monumentales (como en el caso de Carranque). Esta situación conoce un vuelco espectacular previsiblemente durante el segundo cuarto del siglo V d.C., momento en el que las partes urbanas de todas las haciendas bajoimperiales, grandes y medianas, son aparentemente abandonadas por sus propietarios y pasan a amortizarse por completo en lo relativo a su función original, a convertirse en canteras de material constructivo o sirven de refugio a una población campesina residual 32. Las evidencias arqueológicas del colapso del sistema de las villae son bastante elocuentes. En la de El Rasillo, a orillas del río Jarama (Barajas, Madrid), el abandono de la parte rústica va acompañado del ocultamiento de un completo ajuar doméstico de condición bastante modes-ta consistente en vajilla cerámica (de mesa y de fuego), dos copas de vidrio y toda clase de utillaje de hierro: herramientas agrícolas y objetos de uso cotidiano (POZUELO y VIGIL-ESCALERA 2005). Bastante similar y seguramente coetáneo, aunque con protagonistas de un mayor poder adquisitivo, parecen los datos disponibles de la ocultación de la calle Sur de Getafe (CABALLERO 1985). En La Torrecilla, yacimiento excavado durante bastantes años por un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid, parte de las instalaciones de la residencia señorial en uso al menos hasta inicios del siglo V d.C. son aprovechadas o directamente desmontadas posteriormente por una comunidad campesina cuyo único rastro parece ceñirse a la construcción de un buen número de silos (BLASCO et al. 2000). El complejo de Valdetorres del Jarama conoce igualmente antes de mediados del siglo V d.C. lo que parece ser un abandono definitivo (ARCE et al. 1997), sin que las más recientes intervenciones hayan conseguido aportar datos nuevos sustanciales 33. La espectacular villa de Carranque, en la provincia de Toledo, parece abandonarse por las mismas fechas, originándose en su entorno (a lo largo de las orillas del Guadarrama) un buen número de asentamientos ya de carácter netamente campesino. Volviendo a lo que conocemos sobre las partes rústicas de las villae, el yacimiento de El Rasillo (Barajas, Madrid) permite una aproximación fidedigna al aspecto de las casas de las familias dependientes dentro de una hacienda bajoimperial y su disposición respecto a la parte urbana. El corredor excavado el año 2002 con motivo de la afección provocada por el soterramiento de una línea eléctrica de alta tensión 34 se suma a una intervención anterior que permitió documentar una parte del complejo termal. Las casas parcialmente descubiertas cierran la esquina sudeste de un gran patio. Estas construcciones se alzan sobre zócalos de cantos rodados trabados con arcilla, sin zanja de cimentación salvo en los puntos en los que la obra se superpone a otras fosas más antiguas. Tuvieron presumiblemente alzados de adobe, suelo de tierra pisada y sus cubiertas eran de teja curva. Cada una de ellas dispone de una gran habitación rectangular de unos 38 m 2 (8.2 por 4.5 m) a la que se adosan otros dos ambientes menores 35 31 Un listado resumido de las más conocidas incluiría la Torrecilla (Getafe), Carabanchel y Villaverde Bajo (Madrid), Valdetorres del Jarama, Tinto Juan de la Cruz (Pinto) y las del entorno complutense. No se ha documentado hasta la fecha nada que pueda asemejarse a lo que las fuentes citan como vici. 32 Es posible que desde la perspectiva altomedieval se haya minusvalorado lo que pudo ser un impacto profundo de ese periodo revolucionario (ca. 410-460) sobre el tejido social del cuadrante NW de la Península Ibérica. Su contribución al socavamiento de la estructura jerárquica de la red urbana pudo tener consecuencias que no se manifestarían hasta que el sistema no se viera afectado por nuevas convulsiones (caso del siglo VIII). 33 Salvo confirmar la hipótesis de que el edificio octogonal nunca estuvo aislado. 34 El área explorada tuvo 14/15 metros de ancho por 235 de largo (3.250 m 2 ) y atravesaba de Norte a Sur el yacimiento, revelando la esquina de un gran patio situado al oeste de la parte urbana, levantada sobre la misma orilla del río Jarama. No se documentaron silos ni otro tipo de estructuras de almacenamiento relativas a las fases bajoimperiales. y al menos otro de los ambientes anejos contaría con un hogar más pequeño. La datación de una de estas casas muy a finales del siglo IV o inicios del V d.C. (POZUE-LO y VIGIL-ESCALERA 2003: 278-9) se basa en criterios puramente estratigráficos, ya que se superpone parcialmente a un vertedero (un contexto cerrado) amortizado con materiales que podrían llegar hasta el último tercio de la cuarta centuria (platos africanos Hayes 61A/Lamb. 51/Hayes 59 y cuencos y jarros de TSHT decorados con grandes círculos secantes). La organización del hábitat campesino, centralizada por la hacienda, contrasta con las formas subsiguientes de poblamiento que veremos a continuación. Tras la crisis del sistema bajoimperial, los yacimientos de nueva planta surgidos en Madrid a partir de mediados del siglo V d.C. son una realidad arqueológica gracias a las recientes excavaciones en una serie de enclaves, de los que desatacaríamos los de Congosto (Rivas-Vaciamadrid) y Prado Viejo (Torrejón de Velasco). Con unas complejas secuencias de ocupación, sus características serán ya las propias del poblamiento campesino que eclo-siona y se hace netamente visible a partir de finales del siglo V o inicios del VI d.C., momento en que buena parte de la región conoce el nacimiento de nuevos asentamientos rurales que conformarán una densa malla de enclaves. Como veremos a continuación, el esquema de aprovechamiento del espacio en estos poblados es ya completamente diferente del descrito para el universo de las villae. Sintéticamente, los principales cambios se resumen en el siguiente enunciado: la gestión tanto de los espacios residenciales como auxiliares, y específicamente el de las estructuras de almacenamiento (silos), pasa a ser desempeñada de forma individual por cada casa o unidad doméstica. A finales del siglo V d.C., todos los indicios apuntan a que la situación social y política se ha estabilizado, coyuntura propicia para la consolidación de una densa red de asentamientos campesinos estables que en bastantes casos se ubican en las cercanías de antiguas haciendas bajoimperiales como estrategia económica de ahorro en la provisión de material constructivo y probablemente en el aprovechamiento de los restos de una Figura 3. Densidad de la red de asentamientos altomedievales de las campiñas y vegas de sur de Madrid infraestructura agraria tal vez no por completo abandonada durante las generaciones anteriores. La posible colonización de espacios agrarios inéditos, la reconversión del parcelario anterior a nuevos usos y la implantación de sistemas de gestión del terrazgo imbricados en formas sociales fuertemente cohesionadas, surgidas desde abajo, y con un arraigado y profundo conocimiento práctico del medio, implicaron una mutación sustancial del paisaje rural de amplios territorios sólo comparable en escala a la que se desencadenó a raíz de la conquista romana. Las duraderas repercusiones de este proceso se plasmarán en una densa red de enclaves rurales que gozará de notable estabilidad durante varios siglos (fig. 3). Los numerosos asentamientos documentados quedarán fijados con mayor o menor fortuna a unos territorios bien definidos al menos hasta mediados del siglo VIII d.C., momento en que, para el espacio estudiado, se produce el abandono de una parte sustancial de los mismos. En las siguientes páginas veremos igualmente algunas excepciones a (lo que parece) esta norma. LOS POLOS DE GRAVEDAD DEL SISTEMA Como hemos señalado al inicio, la configuración de los territorios rurales para los que contamos con una documentación arqueológica sustancial se explica básicamente en función de su ubicación entre dos polos opuestos, la ciudad por un lado y los territorios no subalternos por otro. Cada uno de ellos genera sus respectivas fuerzas de atracción y repulsión en términos políticos. Desde la perspectiva con la que abordamos este análisis, esas fuerzas se traducirían en distintas formas e intentos de dominación desde fuera y resistencia a los mismos desde dentro. Dos sectores casi opuestos de la historiografía española contemporánea han dedicado grandes esfuerzos a tratar de descubrir en una Arcadia campesina altomedieval las claves de lectura para las específicas circunstancias del medievo peninsular36. Las banderas beréberes y castellanas se enfrentan en un campo de batalla mítico, anterior al surgimiento de la desigualdad. Es bastante probable, sin embargo, que desde el final de la Edad del Hierro, incluso las comunidades indígenas más remotas del Occidente mediterráneo hayan formado parte de paisajes condicionados por una explotación desigual37. "La intensificación productiva no propiamente campesina, [...] paso necesario de la acumulación del excedente en manos de los no productores, es posterior a la aparición de los primeros síntomas de desigualdad y es lo que permite que esta desigualdad se convierta en explotación institucionalizada" (SASTRE 1998: 328) 38. Lo que parece olvidado según algunos panegiristas campesinos es que "por más que el Estado se derrumbe y se desmembre en señoríos feudales o jefaturas locales jamás desaparece la relación de poder, jamás se disuelve la división esencial de la sociedad, jamás se vuelve al momento pre-estatal" (CLASTRES 2001: 126). A la quiebra de las estructuras de dominación del Imperio romano, superpuestas a la de su red de ciudades, suceden otras, es seguro que de diferente rango y escala, mucho más fragmentadas y con rasgos propios derivados de sus propios condicionantes históricos, pero igualmente encarnadas en unas elites aristocráticas propietarias recluidas en una serie de nuevos castella o centros urbanos sometidos a una profunda reconversión durante el siglo V d.C. Es de prever que con unos medios de coerción insuficientes para englobar lo que había sido el total de los antiguos territorios (y una legitimidad en discusión), pero no por ello menos eficaces a la hora de gestionar la extracción de renta hasta donde llegaron sus posibilidades. De ahí que cobre relevancia especialmente en este momento la existencia de ese desequilibrio territorial, porque pudo brindar a ciertas comunidades rurales alguna posibilidad activa de elección39. Si a esto sumamos el más que posible desgaste de fuerzas provocado por el proceso de competición entre elites (entre ciudades y entre territorios) por unos recursos limitados o huidizos (en especial la mano de obra para sus tierras), la situación del campesinado en estas fechas debió gozar de una posición de relativa fuerza, en pocas coyunturas históricos tan ventajosa, a la hora de renegociar su estatuto (relaciones con el estamento propietario y con los agentes del Estado) como clase subalterna. De una parte están las ciudades, los centros castrales y el estamento propietario (en el estado en el que quedaron, surgieron o se refundaron tras la crisis del Imperio). De la otra una serie de espacios al exterior del sistema, lo suficientemente lejos de las ciudades (no sólo en términos físicos) como para que el imperio de la ley escrita se diluya y deje de tener sentido el censo. Entre medias, los campesinos. De los centros urbanos se esperaría el intento de restaurar de la manera más completa posible el control sobre sus antiguos territorios (y esencialmente de sus pobladores), incluso a costa de los centros limítrofes peor parados. De las comunidades campesinas diseminadas por lo que fueran los antiguos territorios urbanos cabría esperar la mayor resistencia posible a ese intento. De los espacios situados al otro lado de la difusa frontera del "espacio civilizado", nada, tal vez la invisibilidad 40. Por lo que se refiere a la forma, intensidad y alcance de la restauración de los cauces de esa expropiación del trabajo del campesinado, Wickham (2005: 291, 535) señala que la lucha por la renta y el volumen de ésta se resuelve a partir de unos factores básicos: la fuerza del estamento propietario y su capacidad de coerción, en términos puramente físicos pero también ideológicos, y el peso de las prácticas consuetudinarias heredadas, que pueden variar de una región a otra. Dentro del primero cabría incluir igualmente la vigencia de una legislación pública y la efectividad de las medidas punitivas correspondientes, además de la eventual continuidad de formas impositivas estatales. En un periodo como el que tratamos cobrarían una especial relevancia fenómenos como los que Hobsbawm (1983: 1) definió en términos de "invención de la tradición" 41. Mientras una retórica compartida del Poder ayuda a armonizar (o contener dentro de unos márgenes) intereses e ideologías que de otro modo podrían ser divergentes, cuando esa armonía se disuelve la misma retórica puede servir como fundamento ideológico de causas opuestas (WILENTZ 1985: 5). La documentación arqueológica que puede aportarse sobre cualquiera de esos dos polos opuestos es a día de hoy bastante reducida, de modo que la mayor parte del discurso habrá de apoyarse sobre deducciones y un corpus de datos realmente parcial. En nuestra opinión, las evidencias arqueológicas actualmente disponibles serían más que suficientes para determinar que las categorías de poblamiento rural que describiremos a conti-nuación, granjas y aldeas, cayeron del lado de los territorios urbanos, políticamente dominados y culturalmente subalternos. Las ciudades y sus territorios El Imperio romano ha sido definido en más de una ocasión como un sistema político formado por una red de ciudades con Roma a la cabeza y toda una serie de vías que las enlazaban. El centro de la Península Ibérica presenta en cuanto a la trama urbana una serie de rasgos particulares. Por un lado tenemos una serie de centros encuadrados dentro de diversas entidades administrativas superiores, en cualquier caso cambiantes a lo largo del tiempo: Caesarobriga/Elvora (Talavera de la Reina) y tal vez Abula (Ávila) pertenecieron a la Lusitania; Segovia y Coca, al Norte de la Sierra, pertenecieron al convento cluniense, como Tiermes y Uxama, ya sea dentro de una amplia Gallaecia o de la Tarraconense, mientras que Complutum pudo formar parte del convento Caesaraugustano y Toledo permanecería dentro de los límites de la Cartaginense 42. Su distribución sobre el mapa muestra la existencia de zonas con extensos vacíos que no se resuelven satisfactoriamente siquiera con la ubicación de algunos centros menores desconocidos (caso de haber tenido la consideración de urbanos). Un amplio espacio sin ciudades queda delimitado por los vértices de Toledo (al Sur) y los de Ávila, Segovia y el extenso centro amurallado del Pontón de la Oliva (al Norte). Las vías de primer orden que atraviesan esta región serían: la que une las capitales Mérida y Zaragoza, que pasaría por Toledo y Complutum; las que en dirección Norte-Sur enlazan los centros urbanos de ambas mesetas, que aprovechaban las líneas marcadas por los dos ríos principales (Jarama y Guadarrama) para salvar pasos de montaña; y la que remonta el Tajo (Toledo-Recópolis). Otra serie de vías de menor importancia estratégica surcarían en dirección Este-Oeste la región al pie de la sierra, recorriendo lo que pudo ser una divisoria administrativa romana. Es muy poco lo que se conoce sobre la articulación del territorio de las ciudades del interior. Un buen número de villae tardías conforma la manifestación más evidente de un sistema de grandes propiedades fundiarias. A partir de su distribución y características resulta complejo determinar la existencia de una estructura jerárquica o bien la de una multiplicidad de propietarios de diferente rango. Las familias campesinas ligadas a cada hacienda parecen residir en casas alineadas en torno al gran patio de la parte rústica. Hasta un 30% de su consumo cerámico lo conforman servicios de mesa de la clase TSHT, se entierran con frecuencia amortizando vasos de vidrio y no disponen de sistemas de almacenamiento 'privado' arqueológicamente reconocibles. Sólo en la extraordinaria concentración de esa propiedad fundiaria tardoantigua pudo descansar una acumulación de riqueza del calibre que dejan entrever las fuentes y algunos testimonios arqueológicos, aunque fuera en términos extensivos. Esos recursos se orientaron al mantenimiento de unos estándares de prestigio dentro de un proceso de competición entre elites. Un prestigio que se manifestaría de varias maneras: por un lado en el volumen y calidad de las inversiones suntuarias volcadas en las residencias aristocráticas, por otro en la capacidad 'redistributiva' demostrable ante clientes y dependientes durante las cíclicas crisis agrarias43, y finalmente en el número de manos ociosas (susceptibles de articular cuerpos armados de composición heterogénea) que engrosarían las clientelas aristocráticas 44. Hasta un momento impreciso del primer tercio del siglo V d.C., se aprecian notables inversiones en muchas villae tardorromanas de la región y en general de toda la Meseta (estatuaria en Villaverde, Valdetorres o Móstoles, pavimentos de mosaico, marfiles) que en el caso de Carranque llegan al paroxismo (columnas de mármol procedentes del Mediterráneo oriental). Resulta en cualquier caso difícil de imaginar cómo el costo de hacer llegar estos productos hasta el interior de la Meseta pueda compensarse únicamente con lo que pudo ser el producto de estas haciendas: unos recursos propios consistentes en una inmensa cantidad de bienes agropecuarios de escaso valor o con un reducido precio de mercado dadas las dificultades de canalizar su comercialización al exterior y la propia sobreproducción del territorio en esos específicos productos. Las transformaciones acaecidas en el sistema antes de mediados del siglo V d.C. suponen el cese de las inversiones de las elites propietarias en el medio rural y su retiro generalizado a la seguridad de ciudades y castella. No sería de extrañar que una porción significativamente cualitativa de esas inversiones se canalizase ahora al mantenimiento de unos séquitos personales que garantizaran, en ausencia de los mecanismos del Estado, la imprescindible demostración de fuerza necesaria para proseguir en la extracción de rentas (DAVIES, FOURACRE 1995). La Iglesia toledana, con su obispo al frente, pasó sin duda a adquirir un papel relevante como gran propietaria en la reorganización de la ciudad y en la rearticulación política de su propio territorio 45. La elección de la capital del Tajo como sede regia a mediados del siglo VI (VELÁZQUEZ, RIPOLL 2000) no sólo hubo de tener en cuenta su posición estratégica central en el ámbito peninsular y de retaguardia segura frente al peligro de la dominación bizantina del Sudeste, sino que debe fundamentarse igualmente en la garantía de estabilidad y cohesión sociopolítica lograda anteriormente por este centro como referente político de una región bastante más extensa. En este sentido, Toledo representó el espacio por excelencia de confluencia de intereses de una parte lo suficientemente amplia de la aristocracia tardorromana con la monarquía visigoda. La crisis social y política del siglo V d.C. supuso un hundimiento casi definitivo para algunas ciudades, que como Complutum, parecen quedar casi desiertas y tal vez desprovistas de un eventual papel como cabezas políticas territoriales (pudo ser también el caso de Clunia, la antigua capital conventual). Otras, como Toledo, ganan territorios a su costa y favorecen el reagrupamiento político de las elites propietarias. En algunos espacios periféricos se levantan apresuradamente, a veces sobre antiguos castros prerromanos, centros amurallados nuevos que funcionan como apéndices periféricos de la jerarquía central. Los registros arqueológicos mejor contrastados señalan que sus fundaciones se remontan a mediados del siglo V d.C. La historia de su desarrollo posterior se ve condicionada por la desigual estructuración del sistema político a una escala territorial más amplia 46. Los ejemplos de establecimientos de tipo castral en nuestro ámbito de estudio no parecen haber supuesto una amenaza a las sedes urbanas de primer orden, aunque esto pudo no haber sido así en otras regiones con unos entramados de dominación aristocrática más fragmentados o menos cohesionados y en pugna por unos espacios con menor grado de articulación política (o más elevados índices de resistencia desde abajo). Esta inestabilidad estructural pudo permanecer en la sombra, latente, durante un largo periodo, pero acabó igualmente manifestándose con crudeza a partir de la crisis política del sigo VIII en algunos sectores del tercio Norte peninsular. No ha estado exenta de problemas la tarea de seleccionar una denominación para la compleja trama que se esconde tras este enunciado. Las comunidades que habitan ciertos espacios serranos, bosques, desiertos, u otros lugares legalmente "despoblados" conforman una categoría que no por casualidad se resiste con fuerza y secularmente a ser definida con propiedad. Chris Wickham (2005: 535-547) dedica una parte importante de su obra a describir estas realidades bajo el concepto de modo de producción campesino (peasant mode of production), una versión mucho más matizada y compleja de lo que en su día se definió como 'modo de producción doméstico'. Su enunciado resulta lo suficientemente esclarecedor: "los patrones de la economía campesina que pueden encontrarse cuando los propietarios de tierras (landlords) o el Estado no capturan excedentes de forma sistemática". Sin duda merece la pena tratar de reconstruir cuáles debieron ser sus parámetros ideológicos y materiales (2005: 535). La denominación de "no subalternos" responde, tal vez de forma no totalmente satisfactoria, al intento de primar el componente cultural sobre el político o económico (independientes o neutrales respecto a la jerarquía política establecida sobre el entramado aristocrá-tico urbano, no dependientes en suma), aún cuando todo ello vaya unido de forma inseparable. En tanto el Estado bajo sus múltiples manifestaciones y a lo largo del tiempo fue incapaz de inscribir a esas poblaciones en sus registros, sus formas de autorrepresentación cultural hubieron de mantenerse al margen del orden social hegemónico, siendo ésta una premisa para su mera posibilidad de reproducción. En cualquier caso, nada de esto tendría que ver forzosamente con el mantenimiento, ni significaría la pervivencia, de formas indígenas en lo social y en lo económico, tal y como se conciben para una época anterior a la conquista romana (PARCERO 2003). Unos cauces fluidos de interrelación económica con los territorios campesinos colindantes de naturaleza legal seguramente fueron ineludibles (y aprovechados mutuamente de forma intensiva) para asegurar su subsistencia plena. La perduración durante los primeros cuatro siglos de nuestra era de comunidades locales al margen del orden sociopolítico romano puede ser propuesta (o imaginada) como una posibilidad en ciertas situaciones extremas. Resulta convincente al tratar las vastas regiones del Anti-Atlas y del Alto-Atlas del interior del actual Marruecos (BARCELÓ 1995b: 30), zonas que permanecieron fuera y lejos de las áreas de influencia romana, limítrofes con el desierto. En esos casos, los patrones de asentamiento y las formas de organización parental de los procesos productivos (VICENT 1998) se mantuvieron íntimamente ligados como forma institucionalizada de preservación de la identidad comunitaria (su esencia indivisa, en terminología clastriana) evitando el surgimiento de formas de poder separadas del cuerpo social y, por tanto, eliminando la posible aparición en su seno de señores de renta. Es difícilmente asumible que pudiera darse esta posibilidad en un territorio relativamente "cerrado" en términos políticos y también geográficos como el de la diócesis hispana. En las situaciones más marginales y extremas pudieron llegar a perpetuarse de alguna manera hasta los albores de la Edad Moderna formas de organización comunitaria como las englobadas en categorías histórico-políticas de compleja (aunque no imposible) contrastación documental y arqueológica, como puedan ser algunas comunidades descritas como de montaña para el caso de los Apeninos italianos (WICKHAM 1997), o de valle, según las tendencias indigenistas (o gentilicias) de una parte de la historiografía ibérica (MARTÍN VISO 2000: 19-23, con una breve síntesis historiográfica), siendo la comunidad de aldea de algunos historiadores "la forma tardía y más evolucionada de esta organización social" (SALRACH 1997: 13). Más allá de los límites de los antiguos territorios urbanos, siempre resistentes a cualquier intento encaminado a obtener una cartografía o demarcación precisa, las formas de poblamiento y los sistemas económicos y sociales que las sostuvieron han permanecido opacos y casi siempre invisibles para el resto del mundo. Esto fue así durante buena parte de la Edad Media para los funcionarios del gobierno urbano y agentes del estamento propietario y sigue constituyendo un escollo difícil de salvar para la investigación arqueológica. Nuestros titubeos a la hora de encerrar en categorías históricas convencionales las formas sociales que permanecieron al otro lado de esa línea y la descripción de sus principales manifestaciones materiales encuentran un buen paralelo en la dificultad que las más antiguas fuentes documentales encontraron para describir esa misma realidad. Véase al respecto el magnífico ejemplo descrito por Iñaki Martín Viso al hilo de las disputas que entre los siglos XII y XIV mantuvieron el monasterio de Santa María de Valdeiglesias por una parte y los vecinos del valle por otra. Estos fueron vagamente descritos por las fuentes de inicios del siglo XIII (1205) como "habitatores [...] qui comorantur infra ipsam vallem" (MARTÍN VISO 2002a: 146). Esas disputas reflejan las dificultades que encontraron unos poderes feudales sólidamente constituidos a la hora de integrar en su marco político a unas poblaciones que hasta entonces habían vivido al margen de esas redes de dominación47. Los indeterminados y fugaces pobladores del valle de Valdeiglesias no aparecerán documentalmente constituidos en concejo (San Martín de Valdeiglesias) hasta 1355, momento en el que emergen como institución política y jurídica reconocida y visible ante el resto del mundo, capaz de desempeñar un papel de contrapoder efectivo 48. Un buen número de territorios serranos entre las dos mesetas pudieron quedar durante época altomedieval fuera del sistema, alejados de las principales vías de comunicación entre ciudades. No exentos de una estructura social jerarquizada, sus peculiares rasgos periféricos serían difícilmente homologables a los de los territorios urbanos. Ahí radicaría el principal obstáculo a los intentos de integración promovidos desde el centro. La interrelación de factores sociales y económicos en sus mecanismos tradicionales de minimización de riesgos reforzó posiblemente la resistencia al cambio en la esfera social (FORBES 1989: 87). A la hora de tratar de caracterizar este universo opaco y mal conocido se podrían proponer a modo de hipótesis una serie de rasgos. Una serie de asentamientos menores, unifamiliares y con alta dispersión territorial tal vez desempeñaron las categorías básicas del poblamiento 49. Sería previsible una orientación económica sustancialmente diversificada (de amplio espectro), con una aportación relevante de recursos propios del entorno (recolección, caza, pesca). La agenda agrícola incluiría una alta diversidad de especies cultivadas, por lo general en parcelas distribuidas en variados emplazamientos. Una ganadería suficientemente imbricada en las prácticas agrarias para aprovechar sus sinergias sería capaz de proporcionar una parte relevante en la dieta. La gestión de la cabaña debería prever la no sobreexplotación de los recursos salvajes a disposición, conservando amplios espacios del territorio incultos (O'SHEA 1989: 59). Ciertas actividades 'especializadas' que proporcionaran productos no asequibles o con alto valor añadido para las poblaciones de las campiñas (molinos de granito, madera para la construcción, cabezas de ganado) pudieron desempeñar roles complementarios pero de cierta relevancia. Entre algunos grupos (o en ciertas circunstancias) el bandolerismo pudo llegar a jugar un papel económico y social relevante. La existencia de este tipo de territorios no dependientes del Poder encarnado en las ciudades no debe tanto deducirse a partir de sus escasas manifestaciones materiales conocidas como por la fuerza del papel que, cabe imaginar, desempeñaron en un momento crítico como verdadero contrapoder o alternativa en el juego de los equilibrios sociales mantenidos dentro del territorio político por excelencia de las urbes50. La posibilidad de huida de la mano de obra de las explotaciones rurales hacia esos territorios debe tenerse en consideración posiblemente no tanto por su magnitud como por la amenaza efectiva que ello representaba a los intereses de la clase dominante, que ante esa contingencia se vería obligada a hacer ciertas concesiones. El papel de estos territorios no subalternos, potencialmente disruptivo del orden social hegemónico vigente, puede encontrar un buen paralelo en el que las nuevas ciudades desempeñarían más tarde, ya en la Plena Edad Media (DOBB 1975: 54 y nota 6). CATEGORÍAS DEL POBLAMIENTO RURAL De acuerdo al denso conjunto de datos arqueológicos disponible, creemos que se puede establecer sin excesivos riesgos una discriminación básica de las categorías de poblamiento rural bajo los términos de granja y aldea. En este apartado procederemos a efectuar una sucinta definición de los rasgos de cada una de esas categorías, fundamentada esencialmente en el comportamiento observado de las áreas funcionales básicas de todo yacimiento, residencial, cementerial y productiva, a lo largo de un conjunto de enclaves madrileños recientemente excavados (fig. 5). A continuación se ofrece una exposición no exhaustiva de los yacimientos adscritos a cada categoría, en la que se recogen de forma preferente los elementos sobre los que cabría apoyar su clasificación en una u otra. Pero antes de entrar en los aspectos discriminantes consideramos conveniente reunir, aunque sea a través de un listado acumulativo de rasgos, lo que todos ellos comparten. La totalidad de los enclaves que veremos a continuación tienen esta serie de características comunes más o menos ordenadas según un criterio jerárquico de relevancia. Todos ellos son asentamientos abiertos, sin estructuras defensivas ni recintos estrictos de delimitación. El eventual encuadramiento del área residencial dentro de unos ciertos límites, en los casos estudiados, se plantea en términos específicamente funcionales, procurando no desperdiciar superficies de uso productivo. Demuestran una notable estabilidad, de modo que cuando se documentan desplazamientos del área de usos residenciales y auxiliares, éstos se producen en torno a un espacio agrario invariablemente fijado. Son asentamientos en llano, ladera o sobre suaves elevaciones, sin rastro de una eventual búsqueda de visibilidad o dominio sobre el territorio circundante. Esto significa que el emplazamiento del hábitat esta condicionado principalmente por su inmediatez respecto a las parcelas de uso agrícola. Todos los enclaves se localizan en las inmediaciones de un curso de agua. Aunque puedan aparecer pozos para el aprovisionamiento hídrico, siempre aparecen terrenos encharcables aprovechables para pastos o huertos regados con una mínima inversión para su acondicionamiento a escasa distancia del área residencial. La reconstrucción teórica del perfil o sección transversal de estos yacimientos sería la siguiente: del sector más alejado del agua, ocupado por el monte y las parcelas de uso extensivo, se desciende al terreno agrícola inmediato al asentamiento, de uso intensivo. Por debajo de las casas se localizarían los huertos y los terrenos de pasto hasta el mismo cauce51. El patrón de dispersión de las estructuras arqueológicas es bastante laxo en término espaciales. Los yacimientos ocupan grandes superficies como resultado de las sucesivas reconstrucciones de las estructuras que integran el área residencial y sólo en contadas excepciones se llega a documentar la intersección de fosas o la superposición de estructuras. Un resultado de este comportamiento con trascendencia a la hora de abordar la investigación arqueológica es la escasez de relaciones estratigráficas directas detectables. Solamente en un caso las reconstrucciones del área residencial de cada una de las unidades domésticas se suceden en el tiempo dentro de unos límites parcelarios precisos (Gózquez). En otro caso excepcional, la fase de ocupación antigua de una de las aldeas (El Pelícano) presenta una planta nucleada con abundantes edificaciones yuxtapuestas que se reconstruyen sobre las preexistentes. De los casos mejor conocidos se deduce la inmediatez de las parcelas agrarias a las ocupadas por estructuras residenciales. Altos porcentajes de pólenes de cereal se han documentado en todas las muestras de sedimento analizadas hasta el momento (VIGIL-ESCALERA 2003b). La mayor parte de los residuos domésticos generados por la actividad del asentamiento la compone el producto de la combustión de hornos y hogares, de ahí la característica matriz cenicienta de la mayor parte de los estratos documentados. El material constructivo amortizado, la vajilla rota y los desperdicios orgánicos conforman por este orden las principales inclusiones antrópicas en los estratos de obliteración de las fosas, siendo abundante igualmente otra clase de residuos potencialmente peligrosos: los cadáveres de animales muertos en cualquier circunstancia. El análisis del ciclo de los residuos domésticos apunta a un posible aprovechamiento intensivo de los mismos seguramente para el abonado orgánico de las parcelas inmediatas. El material de desecho que acaba rellenando silos y fosas amortizadas de cualquier especie suele proceder de amontonamientos originalmente dispuestos al aire libre, tal y como se deduce de dos clases de evidencias: del remontaje de vajilla cerámica a partir de fragmentos recuperados en estructuras distantes y, probablemente, del alto contenido en pólenes de cereal en su matriz terrosa. El uso y amortización de molinos manuales giratorios de granito en todos los yacimientos demuestra una circulación relativamente fluida de estos bienes por toda la comarca. Los lugares de aprovisionamiento de esta clase de productos se sitúan en el piedemonte serrano, a una distancia mínima de unos 30 km. La presencia de fragmentos de vajilla de vidrio en todos los yacimientos 52 denota la existencia de relaciones de intercambio con la ciudad, aunque no es seguro (y ni siquiera probable) que éstas tengan necesariamente un carácter comercial. A falta aún de una cuantificación precisa, las pautas de consumo de cerámica parecen reflejar un uso más conspicuo y variado de este material en las aldeas que en los enclaves definidos como granjas. Paralelamente, la amortización de objetos personales de bronce esta bastante mejor representada en los contextos domésticos de las primeras. La presencia de elementos metálicos de adorno personal en los enterramientos asociados a granjas es notablemente más esporádica que en los cementerios de carácter aldeano. La ausencia de edificaciones con zócalo de piedra en algunos enclaves y en las fases más antiguas de ocupación de la mayoría debe ser valorada con extremo cuidado. Normalmente las zanjas de cimentación son muy someras o inexistentes, con lo que un leve Figura 4. Granjas y aldeas en el sur de Madrid y en un sector de la vega del Jarama (en recuadro la zona de obras del aeropuerto). arrasamiento horizontal del terreno a consecuencia del paso de arado puede hacer desaparecer por completo sus huellas. La continua y reiterada reutilización de material constructivo en regiones donde escasea la piedra condiciona negativamente la conservación de los zócalos de las construcciones más antiguas. A su vez constituye una de las razones más poderosas para que los nuevos establecimientos se ubiquen en las proximidades de las antiguas haciendas romanas. La abundancia de mampuestos de piedra y fragmentos de teja en los rellenos de fosas de muchos sitios en los que no consta la documentación de edificaciones sobre zócalo (Prado Viejo, Fuente de la Mora) constituye exclusivamente un indicador fehaciente sobre el mal estado de conservación de la cota original de frecuentación del yacimiento. En el mismo sentido y con objeto de proceder a una valoración más precisa del eventual arrasamiento de esa cota resulta útil recurrir a las secciones conservadas de las estructuras de almacenamiento (VIGIL-ESCALERA e.p.1). En este mismo sentido, nos gustaría subrayar el alto número de referencias bibliográficas y noticias acerca de estructuras funerarias o sepulturas 'aisladas' (o precariamente contextualizadas) descartadas en la elaboración de este trabajo. Deben extremarse las precauciones en la interpretación de este tipo de registros (excavaciones parciales, hallazgos esporádicos...) en tanto pueden llevar a desvirtuar con graves implicaciones el panorama global. La granja sería una categoría de asentamiento rural y unidad productiva formada por un número reducido de grupos domésticos (de uno a dos o tres), tamaño insuficiente para garantizar el desarrollo en su seno de formas de cooperación social complejas. El comportamiento del área residencial en términos espaciales deja traslucir pautas relativamente diversas, desde los yacimientos relativamente fijos en una parcela acotada, en uso durante ciclos plurigeneracionales (El Encadenado), a la traslación paulatina de las estructuras residenciales dentro de áreas de hasta una decena de hectáreas (Prado Viejo, Prado Galápagos) e incluso al completo desplazamiento en 500 metros del área residencial siguiendo ciclos cortos, presumiblemente generacionales, de reconstrucción (Fuente de la Mora). El rasgo más distintivo de esta forma de poblamiento sería la no conformación de un área cementerial única, sino el desplazamiento de las zonas de enterramiento al compás de lo que sucede con el área residencial. Todos estos yacimientos se caracterizan por presentar zonas de uso funerario con muy bajo número de sepulturas y poco definidas en términos espaciales. En los casos en los que el asen-tamiento perdura y es posible discriminar diferentes reconstrucciones del área residencial con leves desplazamientos, los espacios funerarios asociados mudan igualmente su ubicación (Prado Viejo, Prado Galápagos). No resultan infrecuentes los casos en los que determinadas sepulturas son objeto de múltiples reutilizaciones. -Prado Viejo (Torrejón de la Calzada, Fig. 4: G01) Yacimiento conocido desde 1992 gracias a las prospecciones de superficie para la Carta Arqueológica de la Comunidad de Madrid (no inventario 149003, La Carnicería). Ha sido objeto recientemente de varias intervenciones arqueológicas debido a la afección provocada por un proyecto urbanístico. Entre 2005 y 2006 estas actuaciones han permitido documentar en planta sobre una muy notable extensión (más de siete hectáreas) lo que parecen ser restos de una ocupación muy estable por parte de un número reducido de granjas (una o dos, tal vez en número variable a lo largo del tiempo) que se han ido desplazando escasas decenas de metros durante casi tres siglos 53. Las estructuras documentadas son silos, cabañas de suelo rehundido, hornos, zanjas y pozos, además de una docena de sepulturas de inhumación, aisladas o en pequeños grupos. Aunque los informes finales se encuentran aún pendientes de entrega, el análisis preliminar de los materiales cerámicos permite identificar varias áreas con ocupaciones bien secuenciadas desde la segunda mitad del siglo V d.C. hasta mediados del VIII d.C. A escasa distancia de algunas de estas áreas residenciales se identifican inhumaciones en pequeños grupos poco estructurados que en ningún caso han ofrecido materiales que permitan establecer dataciones precisas. Según nuestra interpretación, el desplazamiento de las primeras ha conllevado el de las segundas, sin que a lo largo del tiempo haya llegado a constituirse ninguna zona cementerial estable. La identificación precisa de cada una de las reconstrucciones del asentamiento y su desplazamiento pasa por una muy ajustada definición del registro material de los grupos de estructuras y su discriminación cronológica, tarea que se encuentra aún en proceso. La presencia de restos de teja y mampuestos de piedra en un cierto número de estructuras subterráneas sugiere la existencia de edificaciones con zócalos de piedra de las que no han pervivido sino algunos tramos esporádicos. En la zona central se documentaron varios hornos alfareros de doble cámara, tres de ellos con parrilla sostenida por pilares de barro cocido y antecámara, similares a los documentados en 2005 en el yacimiento de La Recomba, Leganés (PENEDO, SANGUINO 2004). En principio, los conjuntos cerámicos recuperados en los estratos de relleno de estas fosas una vez amortizadas parecen sugerir una datación en torno al siglo VII d.C. No se documentan testares o acumulaciones de residuos procedentes de esas actividades alfareras al margen de los propios hornos y tampoco se han identificado piezas defectuosas o repertorios más estandarizados de las piezas de vajilla eventualmente facturadas en ellos 54. El montante total de fragmentos cerámicos recuperado en el yacimiento es incluso relativamente bajo en comparación con los de otros enclaves aldeanos de la comarca. Yacimiento parcialmente excavado durante 2003-04, debido a la afección provocada por la ampliación de las instalaciones de la Escuela Nacional de Protección Civil 55. Se localiza sobre una pequeña elevación que cae sobre la vega del Manzanares. La superficie desbrozada y parcialmente excavada tiene 13.200 m 2, y ha proporcionado múltiples ocupaciones solapadas en el área desde la prehistoria reciente hasta el periodo altomedieval. El análisis minucioso de la planta combinado con el de los materiales cerámicos ha consentido detallar una secuencia compleja de ocupación caracterizada por la implantación de un número limitado de unidades domésticas en torno a edificios singulares de planta rectangular levantados sobre un zócalo perimetral de piedra. Las sucesivas reconstrucciones de cada una de estas granjas a lo largo del tiempo conllevan un progresivo desplazamiento de éstas hacia el Sur. En torno a cada uno de los edificios se documenta un notable número de silos, algún pozo y varias cabañas de suelo rehundido. Una de las estructuras más llamativas del enclave es la constituida por una doble inhumación practicada en el interior de un silo vacío, asociada a la fase más antigua de ocupación (VIGIL-ESCALERA 2006: 96). Tras la deposición de un primer cuerpo en el fondo del mismo se procede a una segunda inhumación. Este segundo se deposita en decúbito supino, con la cabeza sobre una laja de piedra y los brazos cruzados sobre el vientre. Los restos de la inhumación anterior de reducen a un lado y el silo parece ser cubierto con una laja de piedra tal y como se haría con una estructura más de almacenamiento. Sólo la erosión superficial del yacimiento (tal vez a causa del paso del arado) provocó la caída de esta tapadera y la posterior colmatación de la fosa. Esta forma de enterramiento resulta absolutamente infrecuente en el repertorio de yacimientos analizados, destacando la obvia presencia de alguna clase de ritual respecto a los abundantes casos en los que estas estructuras son utilizadas para inhumar cadáveres en respuesta a situaciones coyunturales. El análisis del repertorio cerámico de este yacimiento permitió definir por primera vez los rasgos de la cultura material propia de la segunda mitad del siglo V d.C. La ausencia total de TSHT se ve parcialmente compensada por la presencia esporádica de DSP provenzales (la cerámica importada es de todas formas muy escasa 56 ) y numerosas cerámicas comunes que imitan los rasgos de las producciones finas. La aparición en porcentajes significativos (por encima del 10% del total de fragmentos) de las primeras producciones con factura a torno lento se atestigua a partir de finales de la quinta centuria. El asentamiento perdura al menos hasta mediados del siglo VII d.C. 57 Por lo que respecta a la arquitectura doméstica, algunos edificios han revelado un sistema constructivo relativamente poco habitual en Madrid, con postes verticales sustentantes reforzados en su base y ambas caras por paramentos de piedra. En los tres edificios centrales mejor conservados se han identificado hogares solados de planta rectangular, de mayores dimensiones que los que aparecen en las fases de ocupación posteriores de otros enclaves. 54 Es previsible que se trate de producciones a torno lento de la serie regional definida como TL2 (VIGIL-ESCALERA 2003), una familia con mínimas variaciones morfotipológicas a lo largo de toda la comarca. 55 La dirección arqueológica de los trabajos estuvo a cargo de A Martín y J. Rincón. 56 También se han reconocido varios fragmentos de ánforas tardías y alguna producción africana, pero globalmente en porcentajes inferiores al 0,5% respecto al número total de fragmentos. 57 La datación radiocarbónica de material óseo procedente de un estrato de amortización de la fase de ocupación tardía (según el registro cerámico asociado) ha resultado 1416±16, 607-654 cal. Las de las dos inhumaciones en silo (en torno a la segunda mitad del siglo V d.C.) han sido publicadas anteriormente (VIGIL-ESCALERA 2006: nota 21). -Prado Galápagos (San Sebastián de los Reyes, Yacimiento sobre el que se ha desarrollado entre 2002 y 2003 una actuación arqueológica en extensión con motivo de las obras de ampliación del aeropuerto de Madrid-Barajas (GALINDO, SÁNCHEZ 2003). La superficie desbrozada (sólo en parte excavada) abarca casi cinco hectáreas, e incluye parte de las instalaciones de una villa romana tardía. En su entorno inmediato se documentan los restos de una serie de ocupaciones altomedievales con presencia de al menos un edificio sobre zócalo de piedra, varias cabañas de suelo rehundido, zanjas, hornos, silos y pozos. Una serie de enterramientos aislados se disponen de manera caótica por todo el área sin llegar a constituir un cementerio estable. De las dieciséis sepulturas identificadas sobre la planta final, el grupo más numeroso esta constituido por dos o tres estructuras (sólo algunas de ellas tienen lajas de piedra como revestimiento o cubierta). No consta la aparición de tumbas vestidas, pero sí un par de casos con vasos cerámicos (LÓPEZ QUI-ROGA 2006: 22). Los escasos datos publicados no permitirían precisar muchos más detalles sobre la secuencia de ocupación y su cronología precisa, aunque el análisis de la planta del yacimiento sugiere estrechos paralelismos con lo observado en el yacimiento de Prado Viejo. Yacimiento inventariado en Carta Arqueológica con varias identidades58, debido a las múltiples intervenciones de todo tipo desarrolladas en la zona y la amplia secuencia de ocupación de este sector de la vega del Manzanares en su confluencia con el Butarque (no inventario 79281). La excavación arqueológica más reciente llevada a cabo59 ha supuesto la documentación de varias estructuras adscritas al periodo altomedieval en un área de alta densidad de fosas de almacenamiento durante toda la prehistoria (fig. 5). En el cuadrante meridional del área excavada (6.550 m 2 ) se registran media docena de silos con un pobre estado de conservación y escaso material cerámico adscrito a la segunda mitad del siglo V d.C., homologable al de las fases coetáneas de Prado Viejo o Congosto. Yacimiento de Pista de Motos (Villaverde, Madrid) rramiento aislado, en fosa simple y sin ninguna clase de ajuar (posiblemente de rito cristiano), se superpone a uno de los silos. A corta distancia se localizan otros dos enterramientos según el ritual coránico, de similar tipología a los documentados recientemente en yacimientos de la vega del Jarama (El Soto y La Huelga). Sus respectivas dataciones radiocarbónicas se encuadran entre finales del siglo VIII y los dos primeros tercios del IX d.C. 60. La presencia de enterramientos aislados o en pequeños grupos, sin llegar a constituir un cementerio comunitario con un uso estable en el tiempo, nos lleva a incluir este yacimiento dentro de la categoría de granja. Como en los otros casos analizados, resulta destacable la estable ocupación del área durante todo el periodo altomedieval. Yacimiento inventariado en Carta Arqueológica (1988-89) bajo la denominación de Casa de Venezuela (no 132015), con múltiples periodos de ocupación desde la prehistoria reciente. De acuerdo a la escasa documentación61 procedente de la intervención arqueológica desarrollada entre 1991 y 1992 sobre una parcela de 65 ha. (VEGA 1996: 264-5), se deduce la existencia de dos áreas de enterramiento diferenciadas, formadas por 6 y "3 o 4" tumbas, asociadas a un yacimiento altomedieval con presencia de silos, hornos y fondos de cabaña, como también "restos de construcciones en piedra y/o adobe en diversos puntos dispersos de la parcela" [sic]. El yacimiento se ubica en la vega de la margen izquierda del Jarama. A unos 1.850 metros al Sur se conoce el emplazamiento de otro probable yacimiento coetáneo (Próximo Barranco Herrero). -Quintano (Mejorada del Campo, Fig. 4: G06) Yacimiento inventariado en 1990 como de época romana (Carta Arqueológica, no inv. La intervención desarrollada durante el año 2000 estuvo asociada a la construcción de un colector, lo que condicionó la escasa extensión del área de excavación (un pasillo de 56 metros de largo por 6 de ancho). Su emplazamiento es totalmente llano, en terrenos de la vega del Jarama (margen oriental). Las excavaciones efectuadas tras el desbroce superficial permitieron documentar estructuras pertenecientes a ocupaciones de varios periodos (prehistoria reciente y época romana) además de un variado elenco de restos altomedievales: cabañas de suelo rehundido, hornos, silos, una zanja y dos sepulturas de inhumación con cubierta parcial de lajas de yeso. El escaso material cerámico recuperado parece adscribirse, dada la mayoritaria presencia de producciones torneadas, a un momento comprendido entre la segunda mitad del siglo V y la primera del VI d.C. Una de las inhumaciones presentaba un depósito consistente en una moneda de bronce romana y un cuchillo de hierro. Las tumbas se encuentran a escasa distancia de las estructuras de uso residencial, lo que iría en contra de su estricta coetaneidad. A pesar de la restringida superficie de actuación parece claro que no pertenecen a un cementerio extenso. El asentamiento se ubica en lo que podría denominarse un balcón de páramo, a escasos 100 metros de distancia de la orilla Norte del arroyo Butarque. La excavación, motivada originalmente por la afección de la autopista R5 sobre un enclave prehistórico, acabó ofreciendo una secuencia de ocupación bastante compleja 62. La superficie sobre la que se intervino ocupa unos 32.000 m 2, y la fase altomedieval ofrece dos enclaves separados entre sí por unos 500 metros. El estado de conservación de ambos se resiente de un arrasamiento notable de la cota de frecuentación original. Cada uno de ellos se presenta como una agrupación de estructuras, con seis silos, once cubetas o fondos de silos, una cabaña de suelo rehundido, tres grandes fosas (tal vez fondos de cabañas) y nueve hoyos de poste en el oriental (que ocupa unos 1.500 m 2 ) y exclusivamente una veintena de silos en el occidental (sobre una superficie de unos 500 m 2 ). Los materiales cerámicos del conjunto occidental parecen ligeramente posteriores a los del oriental dada la presencia de algunas piezas de filiación cultural islámica (entre los que destaca un candil de piquera corta), aunque con muy escasa representación porcentual respecto a un repertorio cerámico mayoritariamente de tradición tardovisigoda. La datación propuesta sería de la segunda mitad del siglo VIII d.C. para el enclave oriental y del siglo IX para el occidental. Se constata en cualquier caso que las ocupaciones han generado un escaso volumen de residuos domésticos (ocho de los silos del sector Oeste no proporcionaron materiales arqueológicos). La presencia de mampuestos de piedra y tejas en los rellenos de varias estructuras de ambos enclaves sugiere la existencia de al menos un edificio con zócalo de piedra en cada uno de ellos, aunque no se han conservado sus huellas. Una excavación arqueológica previa efectuada sobre la parcela colindante con el sector oriental permitió documentar un grupo de media docena de sepulturas de inhumación de rito cristiano, con lajas de piedra, probablemente asociada al enclave residencial inmediato. Yacimiento ubicado a orillas del río Jarama, en su margen occidental. Inventariado en Carta Arqueológica desde 1998, figuraba en principio como de época romana y medieval. Fue excavado a resultas del proyecto de soterramiento de una línea eléctrica de alta tensión durante el año 2003, lo que condicionó la extensión de la superficie investigada a un corredor de unos 16 metros de ancho y 380 de largo (5.200 m 2 ). Las estructuras arqueológicas documentadas se distribuyen en dos sectores distantes unos 150 metros. En el meridional se concentran un par de cabañas de suelo rehundido con planta rectangular, una de ellas con horno anejo, dos pozos y seis silos, además de otra fosa de sección siliforme, varias cubetas, dos zanjas y un enterramiento en fosa con orientación Este-Oeste posterior estratigráficamente a la amortización de una de las cabañas. El difunto se encuentra colocado en decúbito supino sin elementos de vestido o ajuar. El material cerámico presente en las amortizaciones de este grupo de estructuras, todo él con rasgos muy homogéneos, podría datarse entre finales del siglo V y la primera mitad del VI d.C. En el sector septentrional se documentaron ocho inhumaciones de rito islámico (VIGIL-ESCALERA 2004), los restos de una acequia bajomedieval o moderna y los restos de un edificio con zócalo de piedra (cantos rodados) sobre los de un posible horno y tres silos. El pequeño cementerio pertenece probablemente a una comunidad unifamiliar (tres adultos y cinco individuos infantiles) y estuvo en uso durante un corto espacio de tiempo. La datación más plausible quedaría comprendida entre finales del siglo VIII y la segunda mitad del IX d.C. La fase de ocupación del edificio, tal vez coetánea a las inhumaciones, parece superponerse a los restos de otras construcciones anteriores. A esa fase preislámica (siglos VII-VIII) pertenecerían igualmente los tres silos. Las dataciones radiocarbónicas obtenidas para dos inhumaciones, una de cada uno de los ritos, son bastante ilustrativas: sus resultados son LH. Yacimiento emplazado en la margen derecha de la vega del Jarama, a unos 1.500 metros al Sur del de La Huelga y 1.100 al Norte del enclave altomedieval de Las Charcas (fig. 6: G8,49). Ha sido objeto de múltiples intervenciones por distintos equipos entre 2002 y 2007, aunque el sector al que nos referiremos en esta ocasión comprende 18.240 m 2 y procede de la suma de las actuaciones relativas al soterramiento de una línea eléctrica y a la ampliación de una cantera para la explotación de sepiolita 64. La zona albergó durante el crítico periodo transicional (segundo cuarto del siglo V d.C.) una ocupación unifamiliar de ciclo corto precariamente definida debido al arrasamiento de la cota de frecuentación antigua. De esta fase se han documentado un par de vertederos, una estructura de combustión y las huellas de una construcción de uso residencial con postes de madera, además de una pequeña necrópolis (nueve sepulturas, cuatro adultos y cinco infantiles) que proporciona abundantes ajuares (cuentas de collar, cerámica y vidrio) típicamente tardorromanos. El repertorio cerámico de mesa se caracteriza por una presencia exclusiva de producciones de TSHT de centros productores secundarios, con cocciones muy irregulares y repertorios decorativos esquemáticos y de factura descuidada 65. A continuación, las ocupaciones altomedievales se concentran en dos áreas distantes entre sí unos 120 metros, al borde del antiguo cauce del río Jarama. El área septentrional, donde el arrasamiento horizontal por erosión fluvial tal vez haya sido intenso, presenta una trama de estructuras en la que resultan muy abundantes los silos (alrededor del medio centenar, junto a ocho-diez cabañas de suelo rehundido). El material cerámico denotaría una secuencia de ocupación comprendida entre finales del siglo VI e inicios del VIII d.C. El perímetro ocupado tiene una extensión aproximada de 2.500 m 2, y es infrecuente la superposición o intersección de estructuras Tras el abandono de este sector de uso residencial/auxiliar, su tercio Sur será ocupada por una necrópolis. La meridional presenta una notable densidad de estructuras arqueológicas de diferentes tipos (cabañas de suelo rehundido, silos, hornos) dentro de lo que parece un perímetro intensivamente ocupado de unos 4.500 m 2 (su reborde oriental ha sido erosionado por el antiguo curso fluvial). Resulta llamativa la práctica ausencia de estructuras aisladas fuera de unos ciertos límites, dando la impresión de que el área residencial estuvo delimitada de alguna forma dentro de unos confines bien precisos durante el tiempo en el que este enclave permaneció en uso. Se documentan numerosas estructuras superpuestas parcialmente a otras con anterioridad amortizadas. El análisis del material cerámico proporciona suficientes evidencias acerca de una secuencia de ocupación prolongada, al menos desde mediados del siglo VIII hasta la segunda mitad del IX d.C.66 La necrópolis asociada a esta fase ocupa una parte de lo que fue el sector residencial de la ocupación inmediatamente anterior. Inicialmente se instalan dos sepulturas de rito cristiano con orientación Norte-Sur (de su uso prolongado da cuenta la presencia de al menos una reducción en la más oriental). Pasado algún tiempo se construyen otras tres con orientación Este-Oeste. Trama de enclaves en un sector de la vega del Jarama (en recuadro la zona de obras del aeropuerto) la zona de los pies de una de las anteriores, como si se hubiera buscado intencionadamente la cercanía a la memoria de las más antiguas. En ésta se documenta de nuevo un uso prolongado, ya que presenta la reducción de restos pertenecientes al menos a otros cinco individuos67. Posiblemente sin que transcurra mucho tiempo entre medias, el área situada inmediatamente al Este de este grupo de tumbas va llenándose de inhumaciones individuales practicadas según el ritual coránico hasta contabilizar un mínimo de 28 unidades (adultos de ambos sexos e infantiles). Las más cercanas a las de rito cristiano, probablemente las más antiguas, emplean lajas de piedra para la cubierta y para forrar las paredes de la fosa. Las más distantes son tumbas en fosa simple, mientras que las intermedias constan de prefosa y fosa estrecha excavada en el centro o en un lateral de la misma (covacha) 68. La principal diferencia observada respecto a las granjas anteriormente vistas radicaría en que los desplazamientos del área residencial se producen a intervalos más largos (ciclos plurigeneracionales). La aldea constituye una forma de asentamiento eminentemente social, la de una comunidad "que actúa de forma corporativa en aspectos básicos de la subsistencia y la convivencia" (TORRENS 2006). Las diversas unidades domesticas (casas, en el sentido medieval del término) que la constituyen encuentran en su parcial simbiosis la forma de integrar un ámbito productivo propio (privado) con otro comunitario (público) que conforma unos márgenes de seguridad ampliados de cara a su autorreproducción subsistencial. Para ello, la aldea debe constar de un número mínimo de grupos domésticos (alrededor de un centenar de individuos, una docena de casas o familias), tamaño que garantizaría la efectividad y posibilidades de éxito de formas complejas de cooperación social. Una masa demográfica de esta entidad haría posible la reproducción de la comunidad (por compensación de pérdidas) en momentos puntuales de crisis agrarias (FRANCOVICH 2004: xiv) 69. Su unidad constitutiva básica será el grupo doméstico, el caserío individual, que funciona como célula relativamente independiente a efectos al menos de una parte de la pro-ducción. En cada una de estas unidades quedaría incluida al menos la familia monoparental y eventualmente un cierto número de trabajadores dependientes adscritos a la misma. Resulta conceptualmente inseparable la construcción de un espacio social como el representado por el marco aldeano del desarrollo de procesos de territorialización que contribuirían a la decantación de identidades sociales afirmadas respecto a la de las comunidades de su entorno. Aunque la documentación arqueológica tiende a concentrar convencionalmente su actividad sobre los asentamientos y espacios cementeriales (lo que ayuda a entrever las pautas de las parcelas de uso intensivo, en cierta forma privado, anejas al caserío) resta fuera habitualmente la comprensión del diseño de los espacios productivos de carácter más eminentemente social: tanto los agrícolas y ganaderos de uso intensivo como los de aprovechamiento extensivo (montes de donde obtener complementos subsistenciales básicos, combustible y materiales de construcción, áreas para la construcción y usufructo de colmenas, etc.) 70. Las relaciones espaciales que mantienen las diferentes células domésticas entre sí proporcionan las claves para describir las formas del asentamiento: pueden aparecer contiguas o separadas, describir patrones lineales sencillos o adoptar la forma de racimo con uno o varios focos... El aspecto general del asentamiento queda definido por una multitud de factores (HAMEROW 2002: 53) aunque sus componentes básicos, reconocibles en buena parte de los yacimientos, serían: -las estructuras individuales (edificios, pozos, silos); -los caminos o senderos, uniendo estructuras o agrupaciones; -las estructuras de delimitación física, concebidas para agrupar o separar estructuras individuales; -las parcelas agrícolas insertas en la trama, huertos o parcelas sin construir (eras, recintos ganaderos...); -las áreas centrales o espacios socialmente significativos. Su espacio de sociabilidad más claramente identificable en términos arqueológicos sería el cementerio, en uso desde la fundación hasta el abandono del asentamiento, aunque, como ha podido comprobarse, su emplazamiento puede ser en algún caso modificado (así cabría interpretar la existencia de dos cementerios en el yacimiento de Loranca). Las pautas espaciales del área residencial son igualmente variadas. Encontramos casos en que se adoptan patrones nucleados de alta densidad de ocupación (El Pelícano, sectores 9-10), con gran número de estructuras yuxtapuestas durante las primeras fases de vida del enclave. Igualmente se documentan configuraciones espaciales relativamente dispersas pero absolutamente estables en cuanto a la gestión del parcelario, (la configuración de los grupos domésticos en racimo de Gózquez). Por último, y lo que parece ser el comportamiento más habitual, tendríamos la configuración laxa con ligeros desplazamientos del área residencial de todos o la mayoría de los grupos domésticos a lo largo del tiempo, generalmente siguiendo pautas de reconstrucción de ciclo generacional (la aldea de El Pelícano a partir de mediados del siglo VI d.C.). La presencia de una gran necrópolis, usada por toda la población durante un periodo plurisecular, sería el mejor testimonio arqueológico de la existencia de una comunidad aldeana, como hemos señalado. De igual forma, el reconocimiento preciso de múltiples áreas funerarias restringidas, formadas por escaso número de sepulturas, siempre que se cuente con un margen de seguridad al respecto de que la información no es excesivamente parcial o deficiente (que esas estructuras no sean la única parte visible de una necrópolis mayor) viene a indicar con un alto índice de probabilidad que nos hallamos frente a comunidades menores, en las que no han llegado a establecerse vínculos complejos de sociabilidad tales como los que quedarían englobados en nuestra definición de las aldeas. Resulta difícil llegar a concebir los asentamientos de carácter aldeano como formas complejas de cooperación social sin una territorialización expresa y formalizada de sus términos. Lo cual no sólo lleva necesariamente a la fijación de los mismos con los de las comunidades vecinas, sino a una meticulosa gestión orientada a la maximización productiva de un parcelario estable sobre el que la comunidad atesora un profundo conocimiento práctico. Los datos procedentes de los análisis arqueozoológicos y paleobotánicos sugieren una profunda integración de las actividades agrarias con las ganaderas. A pesar de la dificultad que pueda entrañar el establecimiento de modelos de previsión de rendimientos agrarios, la capacidad de almacenamiento expresada en los silos sugiere tal vez la puesta en marcha de sistemas de gestión avanzada de la producción agrícola, que incluirían el aprovechamiento del estiércol y formas de rotación de cultivos. Las diversas intervenciones arqueológicas desarrolladas entre 1997 y 2000 con motivo del proyecto de construcción de un parque de ocio permitieron documentar exhaustivamente unos 23.000 m 2 del barrio occidental del asentamiento, además de la planta completa del cementerio, situado aproximadamente en el centro de la aldea. La extensión completa de ésta al Sur del arroyo (dentro de los límites del proyecto constructivo) pudo documentarse durante los trabajos de seguimiento arqueológico paralelos al desbroce superficial, siendo topografiados sus restos a lo largo de una extensión de diez hectáreas 71. Los contextos más antiguos de amortización de las estructuras del poblado se fechan en torno al segundo cuarto del siglo VI d.C. de acuerdo a las características del material cerámico, de algunos fragmentos de vasos importados y de varias dataciones absolutas72. El abandono del mismo se situaría en torno a mediados del siglo VIII d.C. Las dataciones absolutas, apoyadas en el análisis secuencial del repertorio cerámico y su comparación con el de otros registros de la región de Madrid, fundamentan la propuesta. Aunque pueda parecer ahora una obviedad, el yacimiento testimonió la vinculación existente entre un cementerio de tipo visigodo y un núcleo residencial estable. La excavación en extensión permitió también comprobar la distancia existente entre ambos espacios (40-70 metros). El área residencial queda conformada por la distribución en racimo de una serie de parcelas de formato rectangular, algunas de ellas vacías, presumiblemente destinadas al cultivo intensivo, y otras ocupadas por estructuras de todo tipo: edificios con zócalos de piedra, cabañas de diversos formatos y funciones, silos, hornos y un pozo. Una serie de zanjas delimitan físicamente algunos perímetros parcelarios, aunque en otros casos es la propia disposición ordenada de las estructuras la que ayuda a trazar esos contornos cuando su testimonio material ha desaparecido. En el centro del área excavada, un camino encajado entre dos lindes (cercas o setos) deja paso desde el Sur (fuera del espacio poblado) hasta el pozo y un grupo de casas. Uno de los grupos domésticos construye durante el siglo VII una casa de planta compleja, con tres estancias en torno a una especie de pequeño patio con un gran silo en el centro y dotada de un largo y estrecho ambiente en su frente Norte (posible almacén). A un par de metros al Oeste se levanta por las mismas fechas una construcción interpretada como lagar de aceite (VIGIL-ESCALERA 2006: fig. 7). Otras casas de la zona alta adoptan formatos adaptados a la pendiente (semiexcavadas), inscribiéndose en recintos de planta poligonal, mientras que un par de casas de la parte baja de la ladera presentan edificios rectangulares pareados. Muchos de estos rasgos se repetirán en la documentación planimétrica de otros yacimientos de la región (El Pelícano). Un par de estructuras73 se han interpretado como hornos para la producción de cerámica. Al igual que en otros yacimientos madrileños, esta actividad parece no generar residuos visibles (testares ni piezas defectuosas). El cementerio esta compuesto por unas 356 sepulturas, de las que se excavaron alrededor del 80%74. El número de individuos inhumados llegaría probablemente al medio millar. La distribución de las sepulturas indica que el cementerio estuvo delimitado por un recinto de forma aproximadamente rectangular, de unos 60 metros de largo por 50 de ancho. Las más antiguas se sitúan en la parte alta de la ladera, y aunque parecen distinguirse agrupaciones de carácter familiar, el formato general presenta hileras más o menos paralelas. Con el paso del tiempo parece que se irían ocupando los intersticios libres. Un grupo numeroso de sepulturas infantiles y la mayor parte de las tumbas de fosa simple se ubican en la parte inferior de la ladera y en la esquina Nordeste del recinto. Como suele ser habitual, la cronología proporcionada por el material metálico resulta ligeramente más antigua que la proporcionada por el registro material del asentamiento. Por otra parte, de acuerdo al estudio aislado de los contextos funerarios, el uso de la necrópolis no habría llegado a finales del siglo VII, fecha corregida por los contextos excavados del poblado. -El Pelícano (Arroyomolinos, Fig. 4: A02) El asentamiento altomedieval surge como un enclave nucleado a finales del siglo V d.C., entre dos pequeños barrancos sobre la orilla septentrional del arroyo de Los Combos, cerca de las ruinas de una villa tardorromana. El cementerio, conocido sólo gracias a la campaña de sondeos, se ubica entre este núcleo y el yacimiento tardorromano (al Oeste). Los datos parciales de la peritación arqueológica sugieren un número muy alto de enterramientos (por encima de los 200). Sucesivas reconstrucciones de edificios con zócalos de piedra y alzados de adobe propician el desarrollo de una secuencia estratigráfica de más de un metro de espesor en algunos puntos de ese enclave original. Las construcciones se apiñan sobre una ladera aterrazada, tal vez amortizando una serie de parcelas de cultivo del establecimiento romano. A partir de mediados del siglo VI surgen enclaves unifamiliares independientes remontando la misma orilla del arroyo hasta una distancia máxima de 1.500 metros del centro antiguo, que se abandona a finales de esa centuria para dejar lugar a su utilización como una expansión de la zona cementerial hacia el Este. La parte excavada del asentamiento primitivo, el enclave agregado, ofrece un repertorio amplio de estructuras: pueden identificarse un mínimo de tres bloques o grupos de construcciones que conformarían otras tantas unidades domésticas, los numerosos silos se concentran sobre todo en las zonas abiertas, que presentan el aspecto de patios de planta irregular (VIGIL-ESCALERA 2006: fig. 5). También se documenta un pozo en el extremo meridional del área explorada. Del tramo más antiguo de la secuencia ocupacional se conservan principalmente fosas amplias, tal vez asociadas a cabañas de suelo rehundido. Hornos y hogares conforman el resto de las estructuras. En esta fase, los hogares asociados a los edificios suelen presentar plantas rectangulares con solados de fragmentos cerámicos. A lo largo de la siguiente fase, a partir de mediados del siglo VI, el poblamiento adopta una configuración mucho más laxa, con granjas correspondientes a diferentes unidades domésticas separadas de sus vecinas por espacios vacíos. El ámbito ocupado por la aldea supera las doce hectáreas. En ocasiones pueden reconocerse sucesivas reconstrucciones de estas unidades domésticas a escasa distancia de las precedentes, lo que implicaría una continua modificación del parcelario anejo a la casa, tal vez para aprovechar el mayor contenido orgánico de los espacios que antes tuvieron un uso residencial. En algunos sectores, las granjas adoptan un diseño ordenado, con los edificios de carácter residencial situados en la zona alta de la ladera, un patio amplio delante y construcciones alineadas a ambos lados. Se advierten algunas agrupaciones de silos coincidentes con los límites (materialmente desaparecidos) de determinados espacios o habitaciones. Otras casas coetáneas, por el contrario, siguen un esquema evolutivo más orgánico y menos planificado, como si tuvieran lugar sucesivas modificaciones de un diseño constructivo original. Como en tantas ocasiones, la reutilización intensiva de materiales constructivos conlleva un difícil reconocimiento de los rasgos de las construcciones de las fases precedentes. Con todo, los edificios sobre zócalo de piedra parecen estar representados en todas las fases. Es en ellos donde se testimonia preferentemente la utilización de cubiertas de teja curva: todas las cabañas emplearon elementos vegetales en sus cubiertas 75. Un horno exento de considerable tamaño, asociado a la granja de mayores dimensiones, parece sugerir una utilización colectiva de parte de las instalaciones destinadas a la preparación de alimentos. Las fechas de abandono que se manejan para el conjunto del asentamiento concuerdan con las de la aldea de Gózquez, al menos por lo que respecta a las características de los repertorios cerámicos de la última fase de ocupación. No se conocen en todo el municipio restos arqueológicos de ocupaciones posteriores hasta la repoblación plenomedieval del territorio. Los escasos datos publicados sobre este enclave se concentran en la necrópolis excavada el año 2004 con motivo de los proyectos de urbanización de la zona y modificación de las carreteras existentes (CONSUEGRA, PARRA 2005), aunque igualmente se hace referencia genérica a los cercanos restos del asentamiento. La excavación afectó a una superficie de más de 47.000 m 2, con el cementerio en el lado oriental y el asentamiento al Sur, todo ello dispuesto en la orilla izquierda del arroyo Culebro. La necrópolis esta formada por al menos 116 sepulturas en fosa simple o cista de lajas con orientación Este-Oeste dispuestas en alineaciones o calles76. Su datación de acuerdo a los materiales metálicos se encuadraría entre los siglos VI y VII d.C., aunque algunas botellas y jarritos cerámicos atestiguarían su uso hasta bien entrado el siglo VIII. El estado de conservación de algunas de las inhumaciones sugiere la pérdida por arrasamiento superficial de una parte sustancial del cementerio. Una parte de la documentación asequible (SERRANO 2003) permite comprobar la existencia en el asentamiento de silos, pozos y cabañas de suelo rehundido, algunas con hornos asociados. También constan referencias a cerámicas de probable cronología emiral. Uno de los rasgos más llamativos del emplazamiento de esta aldea es su cercanía a la de Loranca (vid. infra). Entre el cementerio de Acedinos y el más antiguo de los dos documentados en Loranca (presumiblemente coetáneos) la distancia es de menos de 2.100 metros en línea recta, si bien es cierto que sus respectivos territo-rios de explotación preferencial formarían parte de cuencas hidrográficas diferenciadas. Las intervenciones efectuadas entre los años 2005 y 2006 con motivo del proyecto de urbanización del área han permitido documentar los restos de una villa romana con edificios de uso termal y un extenso yacimiento altomedieval77. Se han excavado en extensión dos áreas cementeriales diferenciadas: la primer de ellas, situada al Norte de los edificios romanos, presenta una planta netamente cuadrangular en la que quedan circunscritas cerca de 200 sepulturas; la segunda, situada unos 175 metros al Sur, presenta unos 60 enterramientos mayoritariamente sin ajuar. En este caso es posible que pudiéramos encontrarnos ante un desplazamiento del cementerio en algún momento indeterminado del siglo VII d.C. Las inhumaciones más antiguas del núcleo Norte podrían remontarse a la segunda mitad del siglo V d.C., estando en uso al menos durante todo el siglo VI y tal vez parte del siguiente. Se detecta un uso frecuente de materiales expoliados de las instalaciones romanas durante la fase más antigua (ladrillos y teja). El cementerio meridional no ha proporcionado enterramientos vestidos, y por tanto resulta más difícil de datar con precisión. Los restos asignables al asentamiento se dispersan a lo largo de una gran extensión, superior a las diez hectáreas, en el interfluvio de dos pequeños arroyos (Loranca-Tajapiés). Silos, cabañas de suelo rehundido, pozos y hornos son, como en el resto de asentamientos, las estructuras más habituales. -Cacera de las Ranas (Aranjuez, Fig. 4: A07) De la aldea de Cacera de las Ranas sólo hay disponibles datos relativos al cementerio, excavado durante varias campañas entre 1988 y 1989 (ARDANAZ 2000). Queda situado en el borde de una terraza cuaternaria, en la orilla meridional del Tajo, un par de metros por encima de los terrenos de vega. Estuvo constituido por al menos unas 300 sepulturas (se excavaron unas 150), datadas de acuerdo al análisis del material metálico entre finales del siglo V y el VII (Id.: 209). Los trabajos de extracción de una gravera y excavadores clandestinos provocaron la pérdida de un número indeterminado de tumbas. La planta publicada del yacimiento no ofrece suficientes datos como para determinar la exacta delimitación o forma del espacio cementerial. El asentamiento asociado se encuentra sin excesivas dudas en las inmediaciones, tal vez en el reborde del río Tajo, siguiendo una pauta de emplazamiento observada recientemente en otros tramos del mismo río 78. A tenor de las obvias similitudes con el resto de las grandes necrópolis coetáneas de la región parece lógico asumir que se trata del cementerio estable de una comunidad en uso durante un periodo plurisecular. El asentamiento altomedieval documentado en lo que hasta hace poco era el extremo Norte del casco urbano de Pinto presenta ciertas dificultades a la hora de proceder a su interpretación y realizar su adscripción a una determinada categoría. Según la dispersión de materiales cerámicos (Carta Arqueológica de 1989), tuvo una notable extensión (en torno a las dieciocho hectáreas), a ambos lados de la Cañada Real Galiana y sobre la misma. Se encuentra surcado por un par de regatos o pequeños arroyos (Cacera Vieja y Cacera del Valle), en una zona ocupada tradicionalmente por huertos donde no escasearon las norias. La campaña de excavaciones arqueológicas efectuada en 1997 (sobre una superficie de cerca de una hectárea, repartida en varias parcelas) permitió documentar varias áreas de uso residencial (cabañas de suelo rehundido, silos, zanjas y pozos que conformaban diversas agrupaciones relativamente caóticas en términos espaciales) con una secuencia de ocupación comprendida entre finales del siglo V y mediados del VIII d.C. 79 A pesar de las numerosas noticias y referencias publicadas hasta la fecha 80, faltan testimonios acerca del área cementerial presumiblemente asociada a las fases más antiguas de la ocupación, por otra parte bien atestiguadas en lo que se refiere al asentamiento. Las 48 sepulturas documentadas forman parte probablemente de un cementerio bastante más amplio, destruido por los bloques de viviendas construidos durante los años setenta al sur de la actual calle Cataluña. La disposición de las sepulturas conforma un espacio alargado con dirección Nordeste-Suroeste, la misma que lleva la Cañada. Resulta curioso, no obstante, que todas las documentadas se encuadran en una fase tardía de ocupación (siglos VII-VIII d.C.). Por cuanto atañe a la organización interna del enclave, un nutrido grupo de silos se concentra en un área bien delimitada, sugiriendo tal vez un eventual uso comunitario de la misma al margen de las estructuras de almacenamiento asignadas a cada unidad o grupo doméstico. Una alineación de varios pozos invitaría a pensar en la existencia de una serie de parcelas regables dispuestas en batería ladera abajo. La ausencia de edificios con zócalo de piedra es achacable con escaso margen de error al arrasamiento horizontal de la cota de frecuentación original por causa del laboreo agrícola. Esto se confirma ulteriormente por las secciones conservadas de los silos (en todos se aprecia la pérdida de su embocadura). En la parcela denominada Cacera del Valle, unos 200 metros al Norte del núcleo principal, los restos parecen asignables a la ocupación de una única unidad doméstica. En sus inmediaciones (a unos 40 metros de distancia), excavaciones efectuadas anteriormente por otro equipo durante la construcción de los viales documentaron un par de sepulturas de lajas sin ajuar o elementos que permitan avanzar una datación precisa. El análisis faunístico de los restos sugiere unos patrones de aprovechamiento ganadero similares a los ofrecidos por el yacimiento de Gózquez, aunque con unos menores porcentajes de équidos y una mayor presencia de suidos. -Tinto Juan de la Cruz (Pinto, Fig. 4: A06) El yacimiento, situado en una pequeña elevación a escasos 100 metros de la orilla meridional del arroyo Culebro, ha sido objeto de una publicación monográfica que amplía anteriores noticias (BARROSO et al. 2001(BARROSO et al., 2002)), si bien es cierto que la atención ha estado focalizada preferentemente en el cementerio y en los restos de la villa romana sobre la que se dispone. Poco puede decirse sobre el asentamiento eventualmente dispuesto en sus aledaños, dado que no fue objeto de excavación. Algunos "silos y basureros", tal vez un par de pozos, varios hoyos de poste, algunos hogares y unos escasos restos de zócalos de piedra superpuestos a los de los edificios romanos conforman sus únicos testimonios dentro del área excavada. La descripción del material procedente de estas estructuras es excesivamente vaga como para extraer conclusiones cronológicas precisas81. Todos los asentamientos se ubican en la vega, al borde del río, mientras que sus necrópolis ocupan el reborde de la terraza superior (a salvo de eventuales crecidas). La secuencia de ocupación del área comprende vestigios paleolíticos, calcolíticos, del Bronce Final, romanos y de época islámica. Las ruinas de un establecimiento altoimperial fueron expoliadas de material constructivo (piedra y teja) durante todo el periodo altomedieval (VIGIL-ESCALERA 2007). 80 BARROSO et al. 1996; VIGIL-ESCALERA 1999, 2000, 2005; RODRÍGUEZ CIFUENTES 1999; MORÍN et al. 1999; OÑATE et al. 2007. cia de cerámicas grises estampilladas (del tipo DSP), los cuencos carenados y la escasa cerámica común dibujada (descrita a partir de la tipología de la común romana) sería concordante con fechas de la segunda mitad del siglo V y la primera del VI d.C. El cementerio esta formado por más de 80 sepulturas, en fosa simple, con cistas de piedra o con tejas (las infantiles) 82. Según nuestros cálculos, el número mínimo de individuos inhumados rondaría el centenar. Los materiales metálicos de adorno personal han sido fechados en el siglo VI aunque algunos podrían remontarse a finales del V d.C. Si bien los datos disponibles no serían concluyentes, creemos que el tipo de cementerio y el suficientemente alto número de inhumaciones puede ser determinante para la inclusión de este enclave dentro de la categoría de aldea. Tal vez el asentamiento no prosperase mucho más allá de una centuria, o que sus efectivos fueran englobados en alguno de los enclaves de sus inmediaciones (el de La Indiana se sitúa a menos de dos kilómetros de distancia al Sur). No podría descartarse tampoco que este caso fuera similar al de Loranca, con la redefinición de un nuevo cementerio tardío en su entorno. A lo largo de la exposición se ha hablado reiteradamente de la ocupación por unidades domésticas y del fenómeno de su desplazamiento según ciclos generacionales de reconstrucción a lo largo del tiempo. En este apartado se verá el caso detallado de un enclave, posiblemente una granja, por cuanto ejemplifica de forma bastante clara esta clase de situaciones. Se trata del yacimiento de La Vega (fig. 4: G10), sito en el término de Boadilla del Monte (Madrid). Ha sido objeto de una breve publicación, de la que procede la mayor parte de los datos disponibles (ALFARO, MARTÍN 2000) 83. Su excavación arqueológica, motivada por un proyecto de urbanización, tuvo lugar en 1996. Aparte de un valioso repertorio de materiales metálicos (cencerro, pinzas, hoz, mango torsionado de pala, cuchillo largo o espada, fragmento de broche de cinturón liriforme) se recuperó un triente del correinado Egica-Vitiza, datado entre 696 y 702. El yacimiento se ubica en las inmediaciones de una villa tardorromana (La Pingarrona), en una ladera suave que desciende hacia el arroyo de la Vega 84. Los rasgos del repertorio cerámico concuerdan con una versión relativamente evolucionada de los propios de las fases de abandono de buena parte de los enclaves rurales de la región (mediados del siglo VIII d.C.) y con los del yacimiento de Navalvillar (Colmenar Viejo) 85. A partir de la planta publicada del yacimiento, nos hemos permitido plantear una interpretación alternativa del conjunto de estructuras que simplifica en parte la lectura del elenco de relaciones estratigráficas y se aparta de la anterior versión del conjunto como un todo sincrónico. Según esta relectura (fig. 7), el yacimiento ejemplificaría la reconstrucción completa de las instalaciones de una unidad doméstica o granja superponiéndose en parte a los restos de una fase inmediatamente anterior. En cada caso, las edificaciones se alzan sobre un zócalo perimetral de pequeños mampuestos de piedra sin desbastar 86. Los alzados debieron ser de adobe, y las cubiertas, a un agua, de teja curva. Los derrumbes estructurados de éstas se documentaron preferentemente en los edificios adscritos a la segunda fase. Cada uno de los ambientes específicos y su disposición espacial en torno a un espacio abierto (corral o patio) es repetido de un modo no mecánico en la siguiente reconstrucción. Aunque resulta arriesgado establecer fidedignamente la interpretación funcional de cada uno de ellos, parece que el conjunto formado por habitación doble (1a-1b) y cocina (2a-2b) unido durante la primera fase (formando una L) aparece separado en la segunda. El gran hogar (o posible horno) presente en la esquina de uno de los ambientes de la primera fase es sustituido en la segunda por una construcción aneja al exterior del mismo ambiente. Por lo que respecta a los dos edificios exentos (¿almacén y establo?, numerados como 3 y 4), siguen distribuidos en la reconstrucción de acuerdo al modelo original. La distancia que separa al edificio 3 del cuerpo residencial principal (1-2) se mantiene invariable en las dos fases. En el espacio abierto, en torno el cual se articulan todas las edificaciones, se localizaron siete molinos manuales de granito. Llama la atención la presencia de dos únicos silos al Norte de los edificios. Teniendo en cuenta la presencia de otros yacimientos próximos y coetáneos con abun- 82 Los autores reconocen la probable destrucción de un número indeterminado de sepulturas por causa del laboreo agrícola (BARROSO et al. 2001: 119), pero no contabilizan como tales algunas fosas de inhumación sin restos óseos conservados. 83 Además hemos podido consultar la documentación completa del registro cerámico, por lo que estamos agradecidos doblemente a Asunción Martín. 84 Recientemente se ha excavado otro sector que podría corresponder al mismo yacimiento, con abundantes silos y lo que pueden ser un par de cabañas de suelo rehundido, aunque la información proporcionada es excesivamente vaga (VEGA 2005: 146-8). 86 Posiblemente en las pequeñas dimensiones del material está la razón por la que no fueron expoliados los zócalos de las construcciones abandonadas. dantes estructuras de este tipo, cabe pensar que debió existir un área específica dedicada al almacenamiento en las proximidades del sector explorado. De acuerdo al comportamiento de los espacios funerarios observado en otros yacimientos, hubiera sido posible localizar estas estructuras tal vez en un radio de 30-40 metros de distancia de las edificaciones, pero esta eventualidad parece no haberse contemplado o previsto en el diseño de la intervención. Nos serviremos a continuación de esta segunda lectura del yacimiento de La Vega para examinar algunas de las implicaciones teórico-metodológicas que subyacen en el conjunto del presente trabajo, tal y como podrían ejemplificarse a partir del análisis e interpretación de este caso específico. En ausencia de unos correlatos estratigráficos definitivos que permitan ordenar de forma taxativa la serie de elementos que integran el registro arqueológico específico de este yacimiento, se podrían dar toda una serie de argumentaciones contrarias a la interpretación que planteamos. Se podría argumentar, por ejemplo, que en algunas de las habitaciones adscritas ahora a la primera fase de ocupación fueron documentados los estratos de derrumbe de teja de las cubiertas relativamente estructurados. Lo que, en principio, podría ser un buen indicio para situar ese ambiente particular en la fase de abandono definitiva del yacimiento puede llegar a explicarse de una forma menos unidireccional (o reductiva) dentro de un contexto más amplio de significados y relaciones entre elementos. Es posible que a una fase constructiva original, durante la cual la teja fue un producto asequible, sucediera otra en la que se torna por necesidad o conveniencia al empleo de las cubiertas vegetales (posibilidad que no se excluye en algunas partes del informe original para ciertas habitaciones). Es igualmente posible que la teja de las construcciones correspondientes a la última fase fuera desmontada en el momento en el que se abandona el lugar, para su reutilización en otra parte87. Se desconoce qué parte del (eventual) arrasamiento desigual del yacimiento es achacable al azar, a la erosión o a la disposición topográfica particular de cada elemento en concreto. ¿Qué partes del registro son susceptibles de encontrar una explicación argumentada en términos arqueológicos, estratigráficos o de pura lógica? Abordando con el suficiente detalle el análisis arqueológico de ese repertorio de informaciones (lo que sólo será posible con la publicación completa de los datos objetivos de la intervención) estaremos en disposición de someterlos a una nueva reevaluación podremos llegar a cambiar el orden de la secuencia (tal vez revertiéndola por completo). Pero ninguna de esas contingencias tendría mayor trascendencia explicativa salvo que lográramos dar con ella un mayor grado de coherencia al conjunto completo ofrecido por la serie aleatoria de elementos disponibles. En cualquier caso, esas modificaciones no afectarán a la comprensión global del ciclo constructivo-reconstructivo de esta granja concreta como proceso reconocible (y modélico), ni tampoco menoscabará el alcance de los nuevos interrogantes que es capaz de generar sobre la lógica de la ordenación espacial del espacio construido por una unidad doméstica. En los párrafos anteriores hemos propuesto una reinterpretación del yacimiento que ordena espacial y diacrónicamente y da un nuevo sentido global a toda una serie de estructuras arqueológicas documentadas a modo de palimpsesto sobre la superficie explorada. No se trata de ninguna forma de polemizar sobre la interpretación de este u otro sitio en particular. El objetivo era demostrar el funcionamiento modal de los ciclos constructivo-reconstructivos que aparecen en una serie amplia de casos como un patrón de conducta de compleja visibilidad y que, con insistencia, dificulta llegar a una comprensión coherente del conjunto del registro material 88. No es contra un más o menos voluminoso, parcial y heterogéneo cuerpo de datos sin interpretar (descripciones delgadas) que debemos medir la perti-nencia de nuestras explicaciones, sino contra el poder y los límites de la imaginación científica, para que nos proporcione alguna aproximación a las vidas de unos extraños (GEERTZ 1973: 16). Contra la excepcionalidad de los registros madrileños La situación de la Meseta Norte, por muy desequilibrada que pueda encontrarse en cuanto a excavaciones arqueológicas en extensión y ausencia de zonas concretas (o microrregiones) intensivamente exploradas, proporciona elementos suficientes a día de hoy, a nuestro juicio, para que no deba contemplarse como escenario de procesos en exceso dispares de los entrevistos en Madrid. Las excavaciones arqueológicas en extensión llevadas a cabo durante los últimos años por empresas como Strato en yacimientos de la cuenca del Duero (SANZ et al. 1996; STRATO 1999STRATO, 2003STRATO, 2004aSTRATO, 2004b)), los resultados de las campañas de prospección superficial, tanto las de Carta Arqueológica como las desarrolladas recientemente en comarcas salmantinas por equipos de investigación (CALLEJA 2001; ARIÑO et al. 2002; ARIÑO et al. 2005) y los resultados que ofrecen algunos trabajos de síntesis recientes sobre material cerámico (LARRÉN et al. 2003) constituyen un elemento probatorio de cierta consistencia que habla de la no excepcionalidad de los registros arqueológicos madrileños y sus principales implicaciones analíticas e interpretativas. La dispersión espacial de los yacimientos altomedievales conocidos en algunas comarcas de Salamanca (ARIÑO et al. 2005: figs. 2-3), la de los enclaves del interfluvio Adaja-Voltoya al Norte de la ciudad de Ávila (QUIRÓS, VIGIL-ESCALERA 2006) o los del término de Morales de Toro, en Zamora (SANZ et al. 1996) sería en conjunto lo suficientemente explícita como para inferir la presencia de una malla densa de asentamientos de este periodo de la que hasta el momento sólo han podido revelarse algunos pequeños sectores. Incluso en regiones excéntricas respecto al ámbito meseteño, las investigaciones llevadas a cabo recientemente en Galicia sobre la formación de paisajes agrarios (CRIADO, BALLESTEROS 2002; BALLESTEROS et al. 2006; QUIRÓS, VIGIL-ESCALERA 2006) implican la constitución de comunidades campesinas estables de carácter aldeano con varios siglos de adelanto sobre lo que tradicionalmente han admitido los medievalistas. Y algo similar está acaeciendo con las investigaciones llevadas a cabo sobre despoblados altomedievales de la Llanada alavesa (QUIRÓS 2006). La situación, no obstante lo fragmentario del panorama a la hora de emprender una síntesis para el cuadrante Noroeste de la Península, resulta suficientemente sólida como para obligar a los escépticos a demostrar los datos que avalaran la tesis contraria, la de una profunda desarticulación, social y política, del poblamiento rural en todos estos territorios entre los siglos V y VIII. Líneas generales de circulación de bienes y servicios El territorio de cada centro urbano parece conformar tras la crisis del Imperio en la diócesis de Hispania un sistema relativamente autónomo, en el que el estamento propietario cierra con las familias y comunidades dependientes asentadas en sus dominios una relación basada en un flujo recíproco de bienes y servicios sustancialmente desigual, pero asentado sobre un cierto grado de consenso previo que permite y garantiza una cierta estabilidad. La comunión de intereses del grupo de los propietarios, laicos y eclesiásticos, permite mantener un nivel efectivo de coerción a partir de un cóctel de medidas legales y prácticas consuetudinarias, sanciones religiosas y el eventual recurso a la violencia física. El alcance de acuerdos entre el estamento propietario y las comunidades rurales garantiza al primero el mantenimiento de una cierta masa de mano de obra en sus tierras y bajo su patronazgo (y la satisfacción de una serie de rentas). Esa fuerza de trabajo bien pudo hasta ese momento encontrarse dispuesta a cambiar de señor o de territorio en el caso de que se endurecieran las condiciones contractuales. El proceso de rearticulación política a una escala suprarregional sería uno de los principales intereses de la clase dominante si, como podría plantearse, las propiedades de sus miembros se encontraban repartidas por amplias zonas, lo que parece encajar bien al menos con el panorama del territorio meseteño. En esta misma dirección acabaron empujando las fuerzas de la monarquía visigoda, capaces a la postre (no sin vencer diferentes resistencias regionales) de aglutinar los heterogéneos intereses confluyentes de una parte de la más poderosa aristocracia hispanorromana. Al otro lado de un umbral de compleja definición se situaron tal vez las circunstancias en que se vieron envueltos otros centros urbanos periféricos, cuyo ámbito de influencia (la extensión de las propiedades fundiarias de su clase rectora y la base social de su propia hegemonía) pudo estar más localmente restringido, concentrado exclusivamente en su propio territorio. En estos casos las tendencias centrífugas, más o menos aislacionistas, debieron prevalecer como opción política mayoritaria. Si como hemos visto anteriormente, poco es lo que se conoce sobre el funcionamiento de la ciudad en estos siglos, muy escasos o nulos son también los datos y lo que puede decirse sobre los procesos y características en que se desenvuelve su periferia inmediata o entorno suburbano89. En el ámbito del más extenso territorio de influencia de la ciudad, las líneas generales de circulación de bienes y servicios funcionarían del siguiente modo. Una serie de flujos cortos entre los asentamientos rurales más próximos entre sí representarían la circulación de bienes que permiten mantener un equilibrio regional en la provisión de bienes de primera necesidad incluyendo las mínimas especializaciones productivas propias y específicas de cada nicho ecológico o comunidad. De todos los puntos que conforman la malla del poblamiento rural parten líneas en dirección al centro o a otros lugares intermedios de recepción. Estas representarían el pago de rentas en especie y servicios de acuerdo al sistema de propiedad de la tierra y el de las eventuales cargas fiscales. Desde la ciudad parte a su vez un haz de líneas hacia la periferia que representa la circulación de regalos y contraprestaciones (vasos de vidrio, broches metálicos, ciertos tejidos). Estas constituyen un sistema de redistribución de objetos 'de prestigio' a través de los cuales se reproducen los valores hegemónicos que sustentan el sistema. La propiedad de esta clase de bienes será profusamente exhibida en público aprovechando las ocasiones más solemnes en las que participan todos los miembros de la comunidad. Una parte de esos bienes será amortizada con ocasión de la muerte del propietario por su familia. Los vínculos de carácter personal mantenidos con el Poder, residente a muchos kilómetros de distancia, deberán ser probablemente renovados por los herederos. Tanto desde el centro (la ciudad) como desde algunos enclaves del territorio rural parten líneas de flujo hacia fuera que hacen permeable el sistema. Estas representan la circulación y trueque de bienes y servicios deficitarios, escasos o especializados. Una parte puede estar controlada jerárquicamente y centralizada, otras redes pueden tener un carácter abierto. Los molinos manuales de granito, algunas materias primas básicas (como el hierro en lingotes o la sal) y el trasiego de artesanos especializados itinerantes, como los alfareros, podrían formar parte de estas redes supracomarcales. Producción agraria, complejidad y especialización Hasta donde conocemos, la producción económica de la mayor parte de los asentamientos excavados hasta la fecha descansa esencialmente en el cultivo del cereal, trigo y cebada fundamentalmente, aunque la ganadería juega igualmente un papel relevante (ovicápridos, en menor medida bóvidos y aves y a cierta distancia suidos y équidos). Los silos para el almacenamiento subterráneo del cereal, omnipresentes en todos los enclaves en grandes cantidades, y las muestras paleocarpológicas estudiadas conforman una evidencia sólida a este respecto. Un grupo de asentamientos de la campiña presenta por otra parte evidencias de la explotación de olivares (Gózquez y Pelícano) e incluso de la transformación del producto en aceite (lagar de Gózquez). En los asentamientos de la vega del Jarama, algunos macrorrestos vegetales demuestran el cultivo de frutales (El Encadenado). La ganadería juega en todos los asentamientos un papel destacado, perfectamente integrado con el sistema de las prácticas agrícolas a fin de optimizar sus sinergias. En principio conforman una excepción otras orientaciones relativamente 'complejas' observadas en sitios como Gózquez, donde la cría de équidos de diversos tipos (caballos, mulas, asnos) y su elevada representación en el repertorio faunístico global se aparta de los estándares habituales. La cabaña de ovicaprinos seguramente aporta la mayor parte de las proteínas cárnicas en la dieta de los asentamientos de la comarca y la principal materia prima para la confección textil, de la que existen testimonios en casi todos los yacimientos 90. Bueyes y vacas aportan su fuerza de trabajo y junto a los anteriores sustentan la producción de derivados lácteos. El ganado de cerda está escasamente representado en la mayoría de las muestras analizadas, inéditas o publicadas, confirmando su papel como producto de consumo aristocrático en todo el panorama altomedieval europeo. Gallinas y gansos se crían en la mayor parte de los asentamientos estudiados. La caza apenas aporta recursos a nivel testimonial en la mayor parte de las comunidades. En resumidas cuentas, para el conjunto de los enclaves rurales analizados no conocemos apenas otra clase de producción significativamente excedentaria fuera de la agrícola, basada en el cereal y a veces en el aceite. La provisión de artículos y servicios de primera necesidad queda resuelta dentro del ámbito de una escala de producción esencialmente doméstica que sólo depende por completo del exterior en lo referido al utillaje de hierro y a los artefactos de molienda en granito. En los casos en los que se han documentado escorias metálicas (Pelícano, por ejemplo), los análisis efectuados demuestran su relación exclusiva con el trabajo de mantenimiento a través de la forja. Es muy probable que los trabajos de carpintería y construcción, la elaboración de productos secundarios de origen animal (manufacturas textiles, derivados lácteos y cárnicos...), la cestería, etcétera, dependieran de las habilidades y destrezas de los inte-grantes de las diferentes unidades domésticas campesinas. Determinados yacimientos, no obstante, proporcionan testimonios que apuntan a la producción de ciertos artículos o bienes por encima de las necesidades propias de la comunidad 91. En el marco de un sistema de intercambios mediante trueque a muy reducida escala, algunas de estas derivaciones hacia la especialización suponen, a nuestro juicio, un indicio suficiente para entrever el condicionamiento de una parte de la producción desde fuera de la comunidad e irían contra lo que sería una lógica productiva campesina tendente a la máxima diversificación y minimización de riesgos. Durante los últimos años, intervenciones efectuadas en los yacimientos de Arroyo Culebro-La Recomba (Leganés) y Prado Viejo (Torrejón de la Calzada), han permitido la documentación de varios hornos alfareros: tres en Arroyo Culebro 92 y cuatro en Prado Viejo, a los que habría que añadir los dos documentados en Gózquez y cuya interpretación se había mantenido entre interrogantes. Estos últimos presentan una planta característica en ojo de cerradura, con rampa escalonada de acceso a la parte más profunda de la fosa, donde un anillo de piedras pudo sostener una rudimentaria parrilla. Las dos estructuras se encuadran en las fases más antiguas de la ocupación, dentro del siglo VI, siendo probable que la producción consistiera en ollas a torno lento como las agrupadas en la clase TL1 (VIGIL-ESCALERA 2003). En cuanto a los más recientemente documentados, salvo en un caso, todas las instalaciones consisten en una fosa excavada bajo la cota de frecuentación provista de un espacio para la carga y un horno de doble cámara, con parrilla sostenida por pequeños pilares. Tanto la parrilla como sus pilares son de barro cocido, mientras la embocadura del horno se construye con mampuestos e incluso fragmentos amortizados de molinos manuales. La parrilla estaría cubierta con una bóveda simple de arcilla. El escaso material cerámico procedente de los contextos de amortización de estos hornos nos permitiría datar su uso y abandono durante el siglo VII d.C. Varias características de esta clase de producción artesana que cabría juzgar como relativamente sofisticada 93 llaman la atención. La ausencia de testares o verte- 90 Pesas de telar recortadas sobre fragmentos de teja o cerámica son un grupo de hallazgos muy frecuentes que apuntarían una producción de escala doméstica. 91 Estos bienes pueden haber sido objeto de una fiscalidad especial, o incluso constituir una parte sustancial de la renta agraria extraída al margen del cereal, con lo que el estamento propietario se garantizaría una mínima diversidad en la clase de productos percibidos. 93 Tal vez puedan encuadrarse en el tipo de "especializaciones ad hoc", de acuerdo a la sistematización de Costin (2001: 275), como "producciones informales, esporádicas, de bienes para el intercambio". deros parece fuera de toda duda, al igual que la de productos defectuosos. La homogeneidad formal de la vajilla recuperada en los yacimientos con hornos no destaca sobre la de los enclaves en que estas estructuras no aparecen, y ni siquiera es relevante la mayor o menor abundancia de restos cerámicos en los cómputos globales 94. Esto indicaría que probablemente la cantidad de bienes producidos dependería de la demanda existente o prevista y se ceñiría a ella. Los enclaves en los que aparecen los alfares no restituyen un número más elevado de restos cerámicos que los asentamientos de su entorno, ni en sus repertorios cerámicos se observa una mayor homogeneidad formal o el predominio de unas clases de vasos sobre otras. El emplazamiento contingente de estos alfares no estaría condicionado sólo por la cercanía a materias primas (arcilla) de la calidad o especificaciones deseadas, en vista de las homogéneas condiciones sedimentológicas de todo el territorio estudiado 95. El motivo ultimo de esa elección, pues, nos es desconocido. De las observaciones efectuadas podría inferirse que el producto de los hornos sería consumido tanto por el asentamiento en el que se produce la cerámica como por los enclaves de su entorno, dentro de un ámbito relativamente reducido. Durante años, los trabajos de inventario de la cerámica de un número notable de yacimientos han ido acompañados de una serie de preguntas sin respuesta: ¿por qué aparecen las mismas formas en todos los yacimientos (con un muy alto grado de estandarización formal a pesar de tratarse de producciones a torneta) y sólo cambia ligeramente el aspecto de la pasta de los cacharros? El descubrimiento de estos hornos permite proponer ahora algunas posibilidades: la de que nos encontremos ante la actividad de unos especialistas itinerantes explicaría además la congruencia morfotipológica y técnica atestiguada en los repertorios cerámicos de yacimientos situados a considerable distancia, incluso a ambos lados del Sistema Central. Lo más lógico sería que estos alfareros pudieran dedicarse a esta actividad a tiempo parcial o según ciclos estacionales. Podríamos incluso sostener a modo de hipótesis que procedan de las estribaciones de la Sierra, y que puedan ser ellos también los que surtan de molinos de granito a los habitantes de las campiñas a cambio de cereales, deficitarios en su lugar de origen, y que su ámbito de actuación cubra efectivamente las dos vertientes. La especialización en actividades de arriería por parte de las comunidades serranas es una tradición consolidada, que de esta forma ven garantizado el acceso a unos productos agrarios de los que son deficitarias. Las líneas generales del sistema seguramente tendieron a lograr un equilibrio razonable en el acceso a los recursos de primera necesidad a escala regional o suprarregional. No sería de extrañar que la producción y distribución de la sal formara parte del grupo de bienes sometido a control por las aristocracias. El grupo de yacimientos situado en las inmediaciones del arroyo de Espartinas (Ciempozuelos) han podido posiblemente participar en la explotación de unas salinas interiores cuyo uso esta atestiguado desde época prehistórica hasta el siglo XVII (VALIENTE et al. 2002). En otra ocasión hemos propuesto vincular la sobrerrepresentación de équidos en el yacimiento de Gózquez con el acarreo del producto de estas explotaciones 96, aunque tal vez sea una apuesta prematura de acuerdo a los datos existentes a día de hoy. Por lo que respecta al grupo de bienes de primera necesidad cuyo origen debe forzosamente provenir de lugares relativamente distantes o, en cualquier caso, de fuera de la red de asentamientos rurales hasta ahora analizada, éste quedaría integrado por las herramientas metálicas y los molinos manuales de piedra. La mayor o menor lejanía al punto más próximo de acceso a esos bienes o materias primas implicará una mayor o menor complejidad del proceso de intercambio. Cae dentro de lo razonable que las elites trataran de reservarse en la medida de lo posible (apoyándose en su nivel de interrelación familiar y política) el monopolio del hierro, fundamental para reponer los aperos y herramientas 97. No pudo ser este el caso de los molinos manuales de cuya extracción existen bastantes evidencias al menos en la falda Norte del Sistema Central, lejos de cualquier centro de poder. Son incontestables las huellas de esta actividad en varios puntos de la actual provincia de Salamanca, donde han podido documentarse en canchales situados en las proximidades de yacimientos con fases Resulta complejo determinar la cantidad de cerámica consumida como media por cada enclave, dada la disparidad implícita en cada una de las intervenciones arqueológicas. Con todo, parece poder cuantificarse un menor consumo en algunos enclaves definidos como granjas, como Prado Viejo, respecto a las observaciones efectuadas sobre aldeas como Gózquez o El Pelícano. 95 La tipología de los hornos resulta demasiado compleja para considerar la presencia de especialistas suficientemente cualificados en muchas comunidades rurales. Algunas piezas de cerámica extremadamente sencillas, elaboradas a mano, sí pudieron, por el contrario, ser objeto de una producción doméstica esporádica (tapaderas discoidales planas y cuencos hemisféricos aparecen en escaso número en varios yacimientos). 97 En Brescia (Italia) se propone por estas fechas una actividad siderúrgica ligada al fisco (BROGIOLO 2000: 316). En nuestro ámbito sólo consta la presencia de escorias de forja en algún yacimiento (El Pelícano), aunque la mayor parte de las aldeas debió contar con individuos capaces de realizar esas tareas. Ambos tipos de bienes quedarían integrados probablemente en circuitos independientes y de diferente carácter, uno tal vez jerárquico (el del hierro), el otro heterárquico (los molinos). La escasa significación de todas estas producciones débilmente especializadas ofrece margen suficiente para sospechar la no necesaria presencia de una economía con mercados ni siquiera a un nivel elemental dentro de la malla de enclaves rurales analizada. Si existieron diferencias jerárquicas visibles en el seno de la malla de asentamientos, sus huellas (consumo diferencial de ciertos bienes, acceso privilegiado a los mismos), no han sido aún documentadas. Sospechamos que esa desigualdad debe ser visible a otra escala, la que separa a los universos rural y urbano. Detrás de ciertas orientaciones económicas al margen de lo que sería una estricta lógica campesina (una cría sustancialmente alta de équidos), detrás de la acumulación de unos volúmenes de excedentes más allá de lo necesario para la autorreproducción del grupo (lo que podría interpretarse casi como un monocultivo del cereal) y sobre todo, detrás de algunas especializaciones productivas (entre las que destacaría la producción de aceite) se sospecha la intervención más o menos mediatizadora de los poderes residentes en las urbes y sus propios intereses sobre la gestión productiva de los enclaves rurales. Esto no debería impedirnos ver, sin embargo, la existencia de un grado notable de equilibrio territorial en cuanto a la producción de bienes de primera necesidad y a una circulación relativamente fluida de esos bienes dentro del territorio. Entre mediados del siglo V y mediados del VIII d.C., el territorio situado al Sur de la actual ciudad de Madrid, entre los ríos Jarama y Guadarrama (una parte del territorio septentrional de la sede toledana), estuvo ocupado por una malla densa de granjas y aldeas. Los rasgos arqueológicos de ambas formas de poblamiento rural pueden llegar a ser caracterizados diferencialmente, constituyendo el análisis de las formas de enterramiento asociadas a cada tipo de enclave un rasgo determinante a este respecto. Granjas y aldeas responden a formas sociales diversas y, tal vez, a diferentes sistemas de gestión de la propiedad rural y de la producción agraria en las que la formación de colectividades estables, la identidad de los grupos y nuevos conceptos de territorialidad desempeñan papeles centrales. Los rasgos del poblamiento rural entrevistos en el territorio objeto de estudio no sólo no constituyen una excepción, sino que pueden ser representativos, dentro del marco cronológico restringido del siglo V al VIII, para los territorios de un número considerable de ciudades de buena parte de las dos mesetas (QUIRÓS, VIGIL-ESCALERA 2006). En nuestra opinión, existen pruebas suficientes para sostener el papel subalterno de todos los enclaves rurales analizados respecto a los centros políticos, ya sean de carácter urbano o castral, que articulan el territorio. El grado de especialización o complejidad productiva observado en la muestra de yacimientos analizada caería dentro de unos márgenes cualitativos reducidos, aunque resultarían lo suficientemente explícitos como para deducir la existencia de condicionantes sociales externos a las comunidades rurales capaces de imprimir desviaciones observables (eventualmente cuantificables) respecto a lo que serían las expectativas o límites de lo que constituiría una lógica económica y productiva autónomamente campesina. La documentación arqueológica sobre el poblamiento rural disponible en la actualidad representa por sí misma un reto a bastantes premisas manejadas habitualmente de forma más o menos tácita sobre los inicios de la Alta Edad Media. Una se refiere al declive demográfico del siglo V d.C., inferido a partir de una supuesta reducción del número de asentamientos reconocidos. Otra es la que describe una reorientación general de la producción tras la quiebra del sistema romano, con un aumento del peso de la ganadería en la balanza. A partir de los datos manejados, cualquiera de ellas puede ser discutida como la simplista generalización que representan, en la línea de las propuestas formuladas recientemente para el sector mediterráneo de Francia (DURAND, LEVEAU 2004). Comparado con el tardorromano, el paisaje rural altomedieval se caracteriza de hecho por la multiplicación del número de enclaves, lo que podría interpretarse como una fragmentación del territorio de explotación estándar, más acorde con criterios de racionalidad inspirados por lógicas productivas campesinas. Pero tal vez lo más sorprendente ha sido la reticencia mostrada por muchos medievalistas a reconocer en los resultados de la más reciente arqueología europea los síntomas (y las pruebas) de algo que las fuentes no revelaban directamente: que el fenómeno del nacimiento de las aldeas podía ser rastreado mucho antes de lo que parecía posible (QUIRÓS 2007). En este sentido, creemos prematuro apostar fuerte por la identidad del sujeto (o sujetos) sobre quien recaería en mayor medida la responsabilidad de su puesta en marcha. ¿Estamos ante el resultado de una serie de iniciativas surgidas desde abajo, progresivamente capturadas por las elites e integradas en su ordenamiento polí-tico?, ¿es posible imaginar la coexistencia de este modelo con la promoción dirigida desde arriba, como podría ser el caso de los asentamientos más rígidamente planificados desde un punto de vista espacial? La desestructuración del sistema vilicario tardorromano no desemboca de forma mecánica en una categoría determinada o forma concreta de poblamiento rural: en el caso del territorio de Arroyomolinos, el abandono de la antigua hacienda bajoimperial parece derivar al cabo de un cierto tiempo en la configuración de una aldea; pero tras el abandono de las instalaciones de las villae tardías de El Rasillo o Prado Galápagos, en el Jarama, el sistema de poblamiento de ese tramo de la vega pasará a estar mayoritariamente conformado durante más de tres siglos por granjas con una mayor o menor movilidad de sus respectivas áreas residenciales, aunque siempre dentro de lo que parece una profunda estabilidad del terrazgo. El tipo de terreno agrícola disponible, su productividad o las formas de aprovechamiento potencial parecen constituir algunos de los condicionantes materiales básicos en el modelo de poblamiento, aunque no lo determinen en términos absolutos99. Tampoco tendría excesiva trascendencia, desde el punto de vista del campesinado, el que la hacienda quedara en manos de su antiguo propietario romano o que fuera confiscada y pasara a manos de la elite visigoda, salvo que con ello la carga en rentas o servicios fuera diferente. La influencia de otros factores o constricciones sociales, tal vez decisiva (sistema de propiedad de la tierra, tipo y tamaño de esa propiedad, categorías sociales implicadas en cada clase de asentamiento y su relativo protagonismo durante el periodo fundacional), queda de momento en suspenso. Las incógnitas más acuciantes son especialmente pertinentes por lo que respecta a las formas de poblamiento rural más directamente asociadas a la ciudad: desconocemos casi todo sobre el tipo de poblamiento presente, por ejemplo, en el suburbio agrícola inmediato a Toledo (o a Recópolis). Los datos manejados en nuestro trabajo se refieren a asentamientos relativamente distantes de cualquier centro urbano. ¿Es éste un factor significativo a la hora de evaluar el peso específico del poblamiento aldeano en un territorio determinado? La multiplicidad de significados ocultos tras la producción, el consumo y las formas de amortización de los más variados materiales arqueológicos (cerámica, toréutica, utillaje metálico, vajilla de vidrio, textiles) se encuentra pendiente de una reflexión en profundidad. Esta deberá abordar antes de nada una caracterización detallada de los sistemas de producción artesanales (COSTIN 2001) para luego proceder a su interpretación de acuerdo al dónde, cómo y porqué aparecen o dejan de aparecer esos materiales (a la escala del yacimiento y a la de ámbitos locales o regionales), pero cuestionando al mismo tiempo todo lo relacionado con los valores que socialmente se les otorgaron y qué papel jugaron en su propio y específico contexto. De acuerdo al marco interpretativo planteado, la lectura de las necrópolis consideradas visigodas, y en general, de todos los grandes cementerios rurales, debería reconducirse como el resultado de la instalación de comunidades campesinas estables sobre un territorio cada vez más definido y articulado. Solamente a través de la comprensión de que el proceso de formación de esos registros arqueológicos es el resultado de acciones que abarcan periodos plurigeneracionales y que conciernen a la actividad de grupos domésticos socialmente constituidos, quedarían descartadas muchas incongruencias en la interpretación de los mismos. La estabilidad de las formas de asentamiento lleva aparejada la consolidación de procesos de territorialización cuyo alcance es posible que no pueda evaluarse aún de forma integral. Procesos históricos de larga duración acabarán desembocando en la configuración de las diversas realidades históricas altomedievales que conforman sustancialmente los dos grandes bloques del Medievo peninsular (Norte-Sur). Las divergentes vías históricas en que se ven sumidas ambas partes de la península Ibérica no se explican únicamente como una consecuencia directa y mecánica de la conquista islámica. Esos procesos se desarrollan a partir de dos momentos clave cuya precisa comprensión requiere aún una ingente tarea de caracterización y explicativa: la quiebra del sistema político y económico imperial romano y la del reino visigodo. Queda pendiente un esfuerzo interpretativo de calado que permita comprender los cambios que se desencadenan con la ruptura del regnum en el funcionamiento y papel de las ciudades y en lo que comienza a ser desvelado por la arqueología como una transformación profunda del paisaje rural en su más amplia acepción. A lo largo del trabajo hemos pretendido ilustrar de qué forma las categorías manejadas para definir el poblamiento rural, granjas y aldeas, responden a realidades complejas, sin que a día de hoy podamos todavía establecer con suficientes garantías cuál sería el comportamiento modal y qué tipos tendrían un carácter más esporádico. Se rechazan todas aquellas caracterizaciones superficiales que enfrentan de forma genérica un supuesto patrón de poblamiento disperso a otro concentrado, por ignorar o tratar de encuadrar en categorías historiográficas tal vez irrelevantes unos repertorios arqueológicos lo suficientemente explícitos como para sustentar una completa renovación de las interpretaciones. Una de las posibles conclusiones de este trabajo señalaría la extrema dificultad (si no directa imposibilidad) de emprender una caracterización del poblamiento rural como la aquí abordada cuando se dispone exclusivamente de información procedente de un reconocimiento superficial de los yacimientos o de intervenciones arqueológicas puntuales o sobre áreas restringidas. Aunque pueda resultar obvio, debemos recordar que un proceso de trabajo analítico riguroso debe partir de los datos para tratar de construir discursos explicativos hasta donde nos permita llegar la documentación disponible y más lejos. Pero no al contrario, como resulta de la tentación de predeterminar la información manejable a partir de una serie de conclusiones apriorísticas (FRANCOVICH 2005: 351). La lista de interrogantes no deja de crecer, pero tiene poco que ver con la agenda de hace diez o veinte años. Si una buena teoría fuera aquella que nos permitiera, por ejemplo, reconocer los límites de lo que conocemos, cuestionar sus propios fundamentos y derribar anteriores certidumbres, en ese caso tal vez no hayamos ido muy desencaminados 100. Listado de yacimientos altomedievales (ss.
Los trabajos de prospección y de fotointerpretación han permitido localizar un nuevo yacimiento en el entorno de Sasamón, que pudo estar relacionado con la fundación de la ciudad y perduró en el tiempo como indica la presencia de terra sigillata hispánica altoimperial y terra sigillata hispánica tardía. El yacimiento representa un elemento novedoso dentro del proceso de ocupación del espacio en la región, según una estrategia claramente romana. En este trabajo, además de aspectos metodológicos, se aborda el estudio de los materiales, planteando algunas hipótesis sobre su finalidad y cronología. PALABRAS CLAVES: prospección intra-site, fotografía aérea, cerámica romana, asentamiento rural, Hispania Citerior. El enclave romano de Segisamo es conocido por la importancia que desempeñó en las guerras contra cántabros y astures, al ubicarse en él, el campamento desde donde Augusto dirigió el conflicto, y por la posterior organización del territorio en este sector de la Meseta norte como puede observarse en los hitos terminales que separan sus campos de los pertenecientes a los Iuliobrigenses (Retortillo, Reinosa, Cantabria) y de los prata de la legio IIII Macedonica asentada en Pisoraca (Herrera de Pisuerga, Palencia) (García y Bellido et alii 1970; Crespo y Alonso 2000; Cortés 2009; Fernández Vega et alii 2012). La historiografía sobre el núcleo romano ha tenido siempre en cuenta la existencia de un asentamiento de la Edad de Hierro y también algunos enclaves supuestamente de función militar, que actuarían como vínculos temporales entre la desaparición del yacimiento prerromano y el establecimiento definitivo de la ciudad romana. Aquel ha despertado el interés por relacionarlo con alguna ciudad mencionada por Plinio o Ptolomeo, especulándose con diferentes emplazamientos. Para Abásolo (1998) este enclave se localiza en las laderas del castillo de Castrojeriz (Burgos), dada la entidad de los restos celtibéricos encontrados en un vertedero. Rodríguez Colmenero (1979) por su parte planteó la hipótesis de que la Segisama turmoga se encontrase bajo la localidad de Villasandino (Burgos). Sin embargo, Sacristán de Lama (2007: 73) considera que la Segisamon (sic) prerromana se ubicaría en un amplio cerro testigo de la localidad de Olmillos de Sasamón, a escasos 3 km del actual Sasamón (Fig. 1). Este último se trata de un promontorio, asociado al topónimo Castarreño, desgajado del páramo calcáreo o páramo del Arlanzón y por tanto diferenciado del paisaje de campiña predominante en la zona, que se corresponde al tipo de poblamiento D1 de Llanos (1974). Tradicionalmente, se ha defendido que su ocupación comprendería la totalidad de la colina, aproximadamente unas 26 ha, y se le ha presupuesto una escasa densidad de ocupación, aunque no se han realizado actividades arqueológicas más allá de la prospección (García Sánchez y Cisneros 2013: 298). Su posición topográfica es indicativa por sí misma de la naturaleza defensiva del asentamiento, ya que domina un amplio territorio del páramo. En cuanto a su territorio productivo teórico podemos realizar varias consideraciones: el análisis de captación de recursos restringido a la isocrona de treinta minutos da como resultado un territorio de explotación centrado en el ámbito superior del cerro amesetado, mientras que la isocrona de sesenta minutos comprende un ámbito más extenso en el que se encuentran zonas de regadío y secano, especialmente al oeste del yacimiento, en la confluencia de los ríos Odra y Brullés (García Sánchez 2009). La identificación del núcleo romano plantea menos problemas, fundamentalmente debido a la presencia de varios miliarios en el entorno de la vía De Hispania in Italia (Didierjean y Abásolo 2007: 413-419) y al epígrafe, aparecido en Villasidro (Burgos), que delimita los prata militaris de la legio IIII con el territorio de los Segisamonenses. Aun así son dos las controversias que plantea la arqueología clásica. La primera se refiere a la discusión sobre el lugar de ubicación del emplazamiento militar, en ocasiones situado bajo el solar de la propia Sasamón (Abásolo 1975) o en el cercano Cerro del Otero. A ello, se pueden añadir las referencias de Floro (II,33,48) y Orosio (VI, 21, 3) al campamento de las legiones de Augusto apud Segisama, sin que por el momento se hayan localizado estructuras relacionadas con dicho asentamiento militar. Mapa ubicación Olmillos de Sasamón, Sasamón y vías romanas (J. García Sánchez). TISOSA: UN ESTABLECIMIENTO SUBURBANO DE SEGISAMO (SASAMóN, BURGOS) En segundo lugar, es recurrente la confusión entre Segisamo y Segisama Iulia, ya que ambos nombres aparecen en la obra de Plinio, lo que ha originado opiniones divergentes en el debate historiográfico, que se pueden agrupar en dos corrientes: una, distingue los dos núcleos, donde Segisamo sería Sasamón y Segisama Iulia una posible ciudad vaccea (diferente del enclave turmogo), probablemente en la actual Castrojeriz (Núñez y Churchin 2005: 564-567). En el pasado, Abásolo y García (1993) realizaron excavaciones en el centro del núcleo urbano, donde documentaron estructuras altoimperiales y niveles de fundación, vinculando los datos obtenidos a las referencias epigráficas antes mencionadas y zanjando, a su entender, la cuestión de la localización de la ciudad romana, a la que previamente uno de ellos le había asignado un origen militar, a partir de la interpretación campamental del actual entramado de calles (Abásolo 1975). Como señala el primero de dichos investigadores (Abásolo 1998: 585), la aparición de Sasamón en la memoria histórica está ligada a la presencia romana en las tierras de la Celtiberia y del Norte de Hispania con motivo de las guerras cántabras. Es evidente que la identificación de una población con un topónimo mayor aparecido en las fuentes clásicas pesa en la historiografía de tal lugar. Los estudios más recientes se enfocan a un ámbito de trabajo completamente diferente. Así, Moreno lo hace hacia las vías romanas y los acueductos que suministraban agua a la ciudad desde las fuentes cercanas (Moreno 2004), mientras que otros estudiosos utilizan la fotografía aérea, en especial para aportar nuevos datos sobre el paisaje urbano y periurbano del Sasamón romano y detectar la vía aquitana a su paso por la población (Didierjean y Abásolo 2007). Nuestro interés en esta zona del páramo burgalés es consecuencia de una serie de trabajos de prospección extensiva, iniciados en 2006, con objeto de estudiar la evolución del territorio en el sector central de la Cordillera Cantábrica entre la Edad del Hierro y la época romana. La propia dinámica de la investigación nos llevó a un replanteamiento de la metodología inicial (García Sánchez 2009;2012), trascendiendo los asentamientos propiamente dichos y centrándonos en la investigación del territorio y su explotación, pero manteniendo las mismas consideraciones teóricas que nos llevaron en un primer momento a plantear el análisis de la captación de recursos: la explotación de los terrenos más cercanos al lugar de habitación, disminuyendo su intensidad conforme aumenta la distancia a los campos de cultivo. Asumimos como hipótesis de partida que la explotación del campo, como fenómeno cultural, también puede dejar huella en el registro arqueológico e incluso planteamos la posibilidad de la existencia de una continua dispersión de materiales como resultado del abonado de los campos o como solución para desprenderse de basura doméstica. Con ello pretendíamos estudiar el cambio cultural en la gestión y explotación del paisaje agrícola a través del registro material y, al mismo tiempo, evaluar la viabilidad de la hipótesis del abonado o manure hypothesis, formulada por Bintliff y Snodgrass (1988) para el estudio de dispersiones de material a escala regional en sus prospecciones en Beocia (Grecia) a partir de reflexiones previas de Foley (1981). Esta hipótesis, que tanto debate ha suscitado en todo el Mediterráneo, como marcador de actividad antrópica en el paisaje y sobre la que se puede encontrar una discusión propia (García-Sánchez y Cisneros 2013: 295), plantea que la actividad humana en el paisaje puede rastrearse mediante la prospección de un registro material con un origen no asociado a los restos de la destrucción de asentamientos, sino a la aportación de materiales de abono orgánico mezclado con basura doméstica en los campos de cultivo. A este simple principio se le suele aplicar una norma de economía del esfuerzo por lo que se esperaría grandes concentraciones de material off-site en el entorno de los núcleos habitados, decreciendo en intensidad conforme aumentase la distancia a estos. Además, la adición de materiales cerámicos a los campos de cultivo puede ser interpretado como un acto consciente, ya que presenta beneficios para los cultivos preindustriales, dado que la cerámica altera la textura y porosidad del suelo incrementando la vida microbiótica que transforma los minerales en nutrientes para los cultivos (Fuentes 1989). Recientemente Forbes (2013) ha añadido algunas consideraciones desde el punto de vista de la etnografía sobre el tratamiento de los residuos domésticos inorgánicos que forman parte de abono en Methana (Grecia), estableciendo una curiosa analogía con los materiales modernos que acaban en los huertos domésticos de Inglaterra. Aunque en el transcurso de la investigación esta ha ido reorientándose, es evidente que nuestro objetivo es aproximarnos a los paisajes de la Edad del Hierro y de época romana, entendiéndolos como un elemento construido culturalmente y sobre el que se pueden registrar materialmente los procesos de explotación y uso acontecidos en el pasado; es decir, entendiéndolos como un marco de relaciones entre el ser humano y el medio físico. Idea de la que surge la concepción de taskscape (Ingold 1993) o paisajes formados por las actividades del hombre a lo largo del tiempo. Por ello, planteamos una documentación de espacios de actividad desligados de los asentamientos, una prospección orientada a la documentación del registro off-site (Foley 1981; Bintliff 2000) en los alrededores de la actual Sasamón, y del enclave protohistórico, con objeto no solo de intentar reconocer la explotación del medio en dichas épocas, sino también de poder examinar la formación del registro arqueológico de superficie en el marco de la Arqueología del Paisaje, considerando a esta como un "constructo de base" útil en la investigación sobre cómo se han construido los paisajes a lo largo de las ocupaciones humanas (Anschuetz et alii 2001). Inicialmente se prospectó una extensión de unas 900 ha en el noroeste, oeste y suroeste de Sasamón, así como en el castro de Olmillos y sus laderas. Esta zona ya se encontraba incluida en el inventario arqueológico publicado por Abásolo (1978), en el que se recogen las referencias anteriores, así como algunas proporcionadas por informantes locales y ha sido objeto de diversas actualizaciones, como se puede comprobar en el Inventario Arqueológico de Castilla y León, pero el denominador común de todos estos trabajos ha sido su interés por los lugares de habitación. No era, por tanto, nuestro objetivo localizar nuevos asentamientos, sino documentar la continuidad del material arqueológico en superficie. Sin embargo, en el transcurso de la prospección se localizó una concentración de material constructivo y algunos otros elementos cerámicos cuyo origen parecía estar en el derrumbe de un edificio de cronología romana. Dicho yacimiento ubicado en las inmediaciones de Sasamón se localiza en el pago de Tisosa, un topónimo que no se utiliza en la actualidad, pero que sí aparece reflejado en la cartografía catastral (Fig. 2). El yacimiento se encuentra en la orilla izquierda del río Brullés, a la altura del lugar denominado Carremelgar, que hasta hace varias décadas ocupaba un puente, en la actualidad abandonado, en el camino entre Sasamón y Melgar de Fernamental (Burgos). Remontando el cauce deberíamos encontrar el paso de la vía secundaria entre Segisamo y Pisoraca, actualmente perdido, aunque permanece el puente y el camino medieval, que en ocasiones utilizan el empedrado romano, todavía conservado en los linderos de la orilla izquierda del río. A ambos lados de este se ha podido documentar el trazado de la vía romana mediante fotografía aérea. Mapa de la ubicación del yacimiento de Tisosa (J. García Sánchez). y Abásolo (2007) y nosotros mismos hemos captado imágenes donde se aprecian de forma indudable las alteraciones en el cultivo que indican la presencia soterrada de una obra constructiva, una vía romana (Fig. 3). Las parcelas que albergan el yacimiento carecen de relieves destacados, conformando un terreno llano, en consonancia con el marco regional de la vega del Brullés, dedicado a la agricultura de secano, lo que ofrece un contexto de trabajo extraordinario para la prospección y la fotografía aérea. El análisis de ésta permitió conocer la evolución del paisaje en el entorno del yacimiento, los cambios parcelarios y la modificación del cauce del río, que atravesaba el paraje, formando un codo. En la actualidad, se encuentra encajado entre taludes ligeramente al este de su posición original para impedir su desbordamiento. El lecho del antiguo cauce puede reconocerse gracias a una capa superficial de gravas y cantos. En la fotografía infrarroja esta zona aparece perfectamente diferenciada por acumular aún mayor humedad y por tanto reflectancia en el espectro infrarrojo. El resto de las parcelas tienen una matriz arenosa-arcillosa y limitan al oeste con el arroyo de Zuel y algunos canales de regadío construidos junto a este pequeño cauce (Fig. 4). Desde un primer momento se hizo necesario un planteamiento metodológico que se adecuase a la escala y contexto, abandonando la aproximación off-site. La estrategia elegida fue la prospección Código Por Material (CPM en adelante), que realizamos en el año 2010, cuya metodología, que hemos descrito en extenso en otros trabajos (García Sánchez 2013), se caracteriza por permitirnos comparar los resultados con otras fuentes de información, como los fotogramas del Plan Nacional de Ortofotografía Aérea (PNOA), el vuelo americano de 1956 o nuestros propios vuelos para la realización de fotografía aérea oblicua, que se han desarrollado desde mayo de 2011. El principal objetivo de esta metodología de prospección CPM es generar información de gran resolución de las distribuciones de material arqueológico en superficie. Para ello se emplean dispositivos GPS para geo-localizar cada uno de los artefactos encontrados. Los prospectores cuentan con una lista predefinida de los tipos más habituales de material arqueológico romano, lo que resulta sencillo de establecer en grandes grupos funcionales, debido a su gran tasa de producción y su grado de estandarización (Peña 2007). Cada tipo de material se identifica con un código que acompaña al número de registro en los dispositivos GPS. El resultado final es una nube de puntos, que representa la distribución de material en superficie, que puede filtrarse por tipos de material y analizarse de acuerdo a diversas técnicas geoestadísticas (Fig. 5). Mediante esta metodología no pretendemos sugerir que las distribuciones de material arqueológico representan directamente lugares funcionales, más bien intentamos superar la tradicional dependencia de geometrías de agregación de resultados de prospección, que introduce sesgos en la representación y análisis de los datos, y valorar los beneficios y carencias de este tipo de aproximación al registro material. Esta problemática, conocida como MAUP (Modifiable Area Unit Problem) ha sido abordada desde la geoestadística y en las últimas décadas Figura 3. Fotografía aérea de la vía Segisamo-Pisoraca a su paso por el río Brullés (J. García Sánchez). Nuestra opinión, a partir de los resultados de varias experiencias de aplicación (García Sánchez 2013), es que esta metodología puede convertirse en un sistema de registro básico útil para una definición precisa de la extensión de yacimientos o para una posible identificación de tipologías de asentamientos o funcionalidades específicas. No obstante, un grado de detalle en la evolución cronológica o en la variabilidad funcional del espacio doméstico solo puede alcanzarse a partir de muestreos intensivos o de la elaboración de colecciones amplias de materiales, que dan cuenta de la diversidad del registro material y de los procesos de formación, tanto culturales como naturales, en estructuras domésticas, en las fases de uso, abandono y después del abandono (LaMotta y Schiffer 1999: 29). A este respecto, conviene recordar que algunos trabajos que integran tanto fotografía aérea como prospección regional y muestreos intrasite se han consolidado ya en el ámbito mediterráneo (Vermeulen et alii 2013: 270-278). Nuestra primera valoración de los trabajos indicaba que los registros efectuados se centraban principalmente en el material constructivo, información esta que no era suficiente para una clasificación cronológica y funcional del yacimiento, aunque a juzgar por algunos materiales anfóricos su origen podría estar en momentos previos al cambio de Era. Por ello, en septiembre de 2011 volvimos a plantear una nueva prospección, orientada esta vez a la documentación intensiva del material de superficie, mediante el establecimiento de cuadrículas sobre dos parcelas de entre aquellas en las que habíamos encontrado restos materiales en las campañas anteriores. El objetivo era la detección de elementos diagnósticos, por lo que la metodología necesariamente debía aumentar la intensidad de supervisión de las unidades de muestreo definidas, con un tiempo de prospección estandarizado para permitir la comparación y la viabilidad de los resultados. La principal característica de esta prospección intra-site es que sacrifica la alta resolución de las distribuciones de materiales obtenidas hasta la fecha, mediante la geo-localización de cada elemento, en beneficio de un mayor detalle en las colecciones de materiales (García Sánchez 2013), recopiladas en unidades homogéneas de 20 x 20 m durante un tiempo también homogéneo (diez minutos), que permite una supervisión intensiva. Esta metodología está orientada a la obtención de datos sobre la funcionalidad a grandes rasgos y la cronología del yacimiento, ya que los materiales recogidos en la prospección CPM únicamente pueden interpretarse en relación a la ex-tensión del yacimiento y a posibles zonas de diferente uso (Fig. 5). Junto a la prospección, la fotografía aérea vertical y oblicua es la técnica que más información ha aportado sobre el yacimiento hasta estos momentos. La ortofoto del llamado vuelo americano de 1956 presenta una gran mancha oscura en el paraje de Tisosa, que coincide exactamente con la densidad de material registrado en la primera prospección off-site. En esa fecha todavía el cauce del río cubría parte de las parcelas actuales y los límites parcelarios respetaban el camino de Carremelgar. Estas imágenes, junto a las posteriores del PNOA, sobre todo a los fotogramas infrarrojos (PNOA-NIR), han permitido interpretar la planta del sitio de una forma un tanto somera, pero que admite ser contrastada con los datos espaciales recopilados en los primeros trabajos de prospección off-site. Esta primera interpretación muestra la imagen de una estructura de grandes dimensiones, quizá excesivas para una vivienda, aproximadamente 11326 m 2. En la fotografía NIR también se puede apreciar una pequeña estructura de 280 m 2 con un pequeño ábside en uno de sus lados que coincide parcialmente con otra visible en la fotografía realizada en el vuelo del 10 de junio de 2012. En este pudimos observar una nueva estructura cuadrangular (de unos 31 x 23 m y un área de 713 m 2 ) (Fig. 6) gracias al cambio de coloración en el cultivo quizá debido a la conservación del suelo de la posible construcción. A este respecto, es interesante señalar que en la prospección de 2011 se hallaron cincuenta y cinco teselas y un pequeño fragmento de mosaico con bandas de tres colores. Esta estructura se podría interpretar como un edificio con un cuerpo principal, una entrada y una pequeña zona adosada en la cabecera del mismo (Fig. 6), pudiéndose apreciar también el antiguo lecho del río Brullés y lo que parece ser una posible vía de acceso desde el antiguo camino de Carremelgar y en la parcela anexa otra pequeña estructura cuadrangular aislada. Este tipo de imágenes oblicuas, correctamente orto-rectificadas, han sido comparadas con otros documentos cartográficos y fotográficos como los anteriormente mencionados y también, con las capas vectoriales de información temática generada en todas las prospecciones llevadas a cabo hasta la fecha. En función de estos elementos y de los materiales recuperados es posible ofrecer una valoración e interpretación del yacimiento, aunque las características intrínsecas de las metodologías no-destructivas utilizadas nos impiden, por ahora, alcanzar un nivel de detalle mayor en la organización interna del espacio de este significativo lugar que perdura desde el alto imperio a época tardía. TISOSA: UN ESTABLECIMIENTO SUBURBANO DE SEGISAMO (SASAMóN, BURGOS) LOS MATERIALES DIAGNóSTICOS Y SIGNI-FICATIVOS Las diferentes prospecciones en el paraje han permitido documentar una serie de materiales diagnósticos (fragmentos de ánforas de cronología tardorrepublicana-augústea e imperial, de una pieza de terracota decorada a molde, de varios vasos cerámicos de cocina tarraconense, de fragmentos de terra sigillata hispánica (TSH) y terra sigillata hispánica tardía (TSHT), y de numerosas teselas de mosaico e incluso algún fragmento de vidrio de ventana), que permiten proponer una hipótesis sobre la funcionalidad del yacimiento en una zona suburbana de Segisamo, aunque su cronología plantee algunos interrogantes, como veremos al final de este trabajo. Obviaremos en este apartado el material constructivo, aunque es el elemento más numeroso, ya que durante los trabajos de documentación solo ha sido abordado desde un punto de vista cuantitativo. No obstante, sí que conviene destacar que se han contabilizado 2010 fragmentos de material constructivo, de los cuales 195 pertenecen a partes bien identificadas de tégulas y el resto, 1.815 fragmentos, corresponde a ímbrices, junto con otros materiales constructivos indeterminados, pero diferenciados de la característica forma de la teja plana. El material mueble recogido se compone de una muestra de 393 elementos, quizá más escasa de lo esperado, a tenor del número total de artefactos cuantificados. En la figura 7 enumeramos los elementos detectados para cada clase. La documentación de teselas, por prospectores noveles, nos confirma la validez del método de registro propuesto, recordando que el objetivo es una documentación intensiva del material del yacimiento más allá de los omnipresentes datos del material constructivo. Sin embargo, la escasa presencia de vajilla de mesa u otros objetos de uso cotidiano, como lucernas o monedas, impide completar los datos cronológicos que ofrece el material cerámico. La TSH y TSHT aparece en muy escaso número, únicamente veintinueve fragmentos de las primeras y nueve de las segundas, pertenecientes a formas no identificadas que se distribuyen en la zona central del yacimiento. Estos son los principales testimonios cronológicos del asentamiento. Tisosa pudo integrarse en el ámbito periurbano de Segisamo (Pradales y Gómez Santa Cruz 2003: 63), como centro explotador de la vega del río o quizá, también podría ser muy sugerente, aunque los datos no sean concluyentes, como puesto de control de los ramales que accedían a la ciudad desde la vía Asturica-Burdigala o desde la que la comunicaba con Pisoraca. La presencia de estos materiales, sin embargo, no tendrá un sentido completo hasta que se desarrolle una investigación estratigráfica en la zona en la que la fotografía aérea oblicua muestra posibles estructuras y la prospección superficial documenta la máxima densidad de elementos materiales recopilados. Respecto a las ánforas disponemos de cinco fragmentos, tres fueron localizados durante la prospección denominada CPM (García Sánchez 2013) y dos durante la prospección intra-site de 2011 (Fig. 7). De las cuales cuatro son asas (números de inventario: 10.21. El fragmento 10.21.052 es una forma Haltern 70, que procede de los talleres del Valle del Guadalquivir y se encuentra vinculada al ámbito militar desde momentos tempranos augústeos (Berni 2011: 87), consolidándose con Tiberio en el abastecimiento de las guarniciones del limes germano. Se trata de un envase destinado preferentemente al transporte de vino cocido, defrutum, bien como producto en sí mismo, bien como conservador de olivas (Beltrán 1997: 77; Carreras y Berni 2003: 640). Aunque está muy difundido por la Figura 6. Fotointerpretación de Tisosa (J. García Sánchez). El fragmento 11.23.501 se trata del arranque inferior de un asa que podemos identificar con una forma Dressel 1 C, de origen itálico, si bien la ausencia de morfología concreta impide clasificarlo dentro de las variantes que se establecen en esta forma, en las que la modalidad de labio, unida a las asas flexionadas, quizá como en nuestro ejemplar, permiten determinadas aproximaciones tipológicas (Fig. 8.2), mientras que el fragmento 10.21.123 es un pivote de Dressel 1B de fabricación campana, por la presencia de material volcánico en la pasta. Ambas formas, usadas como contenedores de vino, son habituales desde finales del siglo ii y el primer cuarto del i a.C., como atestiguan los hallazgos en algunos pecios (Parker 1992: 133) (Fig. 8.3). Su pasta de color beige muy depurada, sin desgrasante visible, se podría corresponder con el tipo II de Peacock (1986: 102), aunque algunos autores se muestran cautos con la atribución de la zona de producción a partir de algunos resultados analíticos (Beltrán 1997: 68) para transportar vino del Egeo y en menor medida higos (Carreras y Berni 2003: 647). Se distribuye mayoritariamente por el Egeo, la Cirenaica, Italia, Francia, Germania, Panonia, Suiza y Bretaña (Peacock 1977). El último fragmento, 11.23.502, corresponde al engaste superior de un asa de tendencia horizontal muy rodado. La ausencia de morfología concreta impide clasificar el fragmento de acuerdo a un tipo ajustado, que quizá podría tratarse de Oberaden 74/Dr. 28. Esta forma surge en la etapa augústea, confirmándose su cronología temprana, antes del 30 a.C. aproximadamente, en Baetulo (Comas 1985: 21), perdurando en época claudia. Estos tipos tienen una amplia dispersión en la Tarraconense y el Occidente romano (Miró y Canals 1988: 219). El contenido de estas ánforas fue verosímilmente el del vino, como evidencian los recubrimientos de pez de Port Vendres II (Colls et alii 1977: 45) y sobre todo el parentesco de estas formas con las semejantes de origen gálico, que envasaron entre otros el vino de Marsella (Brentchalof 1980: 98) (Fig. 8.5). Entre los fragmentos de cerámica común de cocina, destacamos un borde de patina con engobe rojo interno (número de inventario 11.23.504) que podría corresponderse con una imitación de engobe rojo pompeyano de fabricación tarraconense (Lapuente et alii 1996). La presencia de las cerámicas de engobe interno rojo pompeyano ha sido considerada como un indicador del proceso de romanización del sector septentrional de la Península Ibérica (Girón y Costa 2009: 497). Estas imitaciones se documentan desde mediados del siglo I d.C. y a lo largo de la siguiente centuria (Lapuente et alii 1996: 89), sugiriéndonos, asimismo, la presencia de individuos de gustos itálicos, por cuanto el principal uso de este vaso cerámico fue, según Pucci (1975), el de cocinar la patina, un plato característico de la dieta romana compuesto por carne, pescado y verduras mezclados con salsas y huevos (Girón y Costa 2009: 498) (Fig. 8.6). La pieza 10.21.100 es más problemática y su funcionalidad está todavía por definir con seguridad. Se trata de un fragmento, posiblemente un friso o una sima (cuyas medidas son: 8,5 cm de largo, 9 cm de ancho, ambos lados están incompletos, y 5,5 cm de altura), correspondiente a una esquina de un elemento fabricado en terracota, decorado a molde con motivos sencillos en las partes conservadas de dos de sus lados: en uno presenta un roleo de guirnaldas y en el otro, una crátera o vaso. La parte superior tiene forma de cavidad rectangular o cuadrada biselada al interior. La fractura de su parte inferior nos indica su pertenencia a un coronamiento o cuerpo superior de un elemento de forma prismática, rectangular o cuadrada (Fig. 9). Sobre él podemos plantear diversas hipótesis funcionales debido a su tamaño, forma y decoración. Esta a partir de los roleos y quizá de la crátera nos podría indicar su pertenencia a un edificio religioso, un templo, o funerario, un edículo o un altar, si su tamaño fuese mayor; a este respecto pueden verse algunos ejemplos de Pompeya (D'Ambrosio y Borriello 1990; VV. De aceptar esta similitud estaríamos ante la decoración de un edificio de pequeño tamaño, pero de características domésticas, dado el contexto en el que ha sido hallado el fragmento. En este sentido, podemos recordar que Ramos (1996: 201-202) ya planteaba en su publicación de las terracotas arquitectónicas de la Tarraconense una hipótesis similar al analizar ocho antefijas de tamaño muy reducido, entre 5,5 y 9,5 cm de largo, 6,6 y 12 cm de ancho y 2,7 y 5,2 cm de grosor, que por sus proporciones consideraba poco apropiadas para ser usadas en los tejados de un edificio; de ahí que con-Figura 9. Elemento de terracota perteneciente posiblemente a un edificio religioso o funerario de pequeño tamaño (Fotografías: J. Romeo; dibujos: Maricruz Sopeña). De las ocho antefijas, solo a cuatro les pudo atribuir una cronología basada en análisis estilístico y no en contexto estratigráfico: una de Clunia, la fecha en época tardorrepublicana (Ramos 1996: 509) Díaz 1997: 151-152). No obstante, y aunque esta nos parece la opción más factible, no descartamos en el estado actual de nuestra investigación, que pudiésemos estar ante una de las denominadas "cajitas celtibéricas" de época romana altoimperial, dada la forma que se deduce de la pieza, abierta en su parte superior, y el contexto regional del hallazgo, la Meseta Norte. Si bien bajo esa denominación se incluye un grupo muy heterogéneo de piezas rectangulares de cerámica, todas con cuatro patas, cuya apariencia externa puede ser lisa o decorada, y en este caso se distingue una gran variedad de técnicas, una imprecisa, y amplia, cronología y una finalidad no bien definida (Pérez González 1983: 13-18). Sin embargo, una de estas cajitas, procedente de Villabermudo (Palencia) y hallada en las proximidades de una excavación de urgencia, fuera de contexto arqueológico, presenta una decoración a base de un friso continuo de roleos de guirnaldas. Los investigadores consideran que esa decoración es del gusto romano, ya que está influida por los motivos de la sigillata, aunque su tamaño sea mayor que el del resto de las "cajitas" (Pérez González e Illarregui 1990: 300-301). Ahora bien, el lugar de este hallazgo es muy interesante, puesto que podría tener algunas similitudes con el nuestro. Esta "cajita" fue encontrada en el paraje de Praderahonda, donde tradicionalmente se ha venido ubicando una villa romana, muy cerca, por otra parte, de Pisoraca. Pero ambas piezas difieren en su motivo decorativo, aun cuando puedan tener alguna semejanza, ya que la nuestra no tiene un motivo continuo que recorra todo su perímetro. Además, no presenta similitud alguna con las publicadas en las zonas próximas, ni por Abásolo y García (1993: 137, fig. 70) en su monografía sobre Sasamón, donde documentan dos en Tarreros de Villasidro, ni con otras publicadas por Pérez González (1983) en la provincia de Palencia, ni con las más recientes de la zona cántabra (Fernández Vega et alii 2010). Todo ello, nos hace ser cautos en cuanto a esta comparación, ya que si por el lugar de hallazgo podría tener una significativa similitud (villa próxima a campamento/ciudad romana), la decoración, por técnica y por motivos, no parece ser la propia de este conjunto de elementos y la de Villabermudo necesitaría un análisis en profundidad, dados los escasos datos proporcionados por sus autores y las discrepancias que plantea con los elementos característicos de un grupo mal definido por otra parte. Una tercera opción, que barajamos inicialmente, la de que se tratase de un árula, debido a su decoración y a la forma de la parte superior que podría recordar a un focus para ofrendas, aunque no haya rastro de ellas, la hemos descartado, ya que la bibliografía al respecto no ofrece dudas. Montón (1990) estableció una clasificación de este tipo de elementos en su tesis doctoral a partir del estudio de las de los conventos caesaragustano y tarraconense, publicando en detalle, posteriormente, las de Tarraco (Montón 1996). Entre los tipos que describe, las piezas de terracota son una minoría, dos de los ochenta y tres ejemplares estudiados, no presentando parecido morfológico alguno con el nuestro. A conclusiones similares llegamos tras el análisis de las árulas de terracota de Pompeya (Elia 1962), de las del Sur de Italia y Sicilia (Van Buren 1918) o de las depositadas en el Anticuario de Roma (Ricciotti 1978), ya que no presentan una decoración similar y tampoco una cronología. Es decir, que ni la materia prima, ya que se trata de un elemento fabricado mayoritariamente en piedra, ni la morfología y decoración permiten su asociación. A la presencia de este material se puede añadir el hallazgo de teselas, en especial, un fragmento de opus tessellatum en el que se combinan teselas de colores blanco, negro y rojo, formando cuatro líneas con tendencia circular. Estos escasos restos musivos son poco representativos cronológicamente, si bien hay que tener en cuenta que los mosaicos publicados en la Meseta Norte no son anteriores al siglo II, encontrándose mayoritariamente relacionados con las villae y sus fases tardías de ocupación (López Monteagudo y Mañanes 1993; Regueras y Pérez Olmedo 1997; Neira y Mañanes 1998; Regueras 2002), y los referidos a la zona se fechan a partir de finales de dicho siglo, como el hallado en Sasamón, o en el siglo iv, como el de Barruelo de Villadiego (López Monteagudo 1998: 20 y 36 especialmente). En todo TISOSA: UN ESTABLECIMIENTO SUBURBANO DE SEGISAMO (SASAMóN, BURGOS) caso, nos indica la existencia de espacios de carácter privado pertenecientes, posiblemente, a la vivienda del propietario, como se ha documentado en la mayoría de los ejemplos recogidos en la bibliografía citada. Segisamo es un ejemplo de fundación ex novo en las proximidades de un hábitat anterior, procedimiento este utilizado por los romanos en otros casos no solo en la Meseta norte, como en Pisoraca, Clunia o Deobrigula por ejemplo (López Noriega 1997;1998), sino también en otras zonas de Hispania, como en su momento estudió Pina Polo (1993), significando el nuevo emplazamiento un cambio de ubicación dentro del mismo territorio, no afectando a su condición jurídica. De esta forma quizá podemos entender las acepciones de Segisama y Segisamo, cuya reducción ha originado un debate ya comentado en la introducción de este trabajo. Pero además Segisamo surge a partir de un establecimiento militar previo, siendo un testigo más de la influencia que el ejército romano tuvo en ese proceso que se ha denominado genéricamente como romanización y en el importante papel que desempeñó en la organización del territorio y dentro de esta en el reparto de tierras unido a la fundación de ciudades, como es conocido y han destacado algunos autores (Marco et alii 2008: 175). A este respecto, es conveniente recordar que en el contexto de las guerras cántabras varias legiones se asentaron en la Meseta Norte para controlar los frentes astur y cántabro y en este último la legio IIII Macedonica se instaló en Herrera de Pisuerga hasta el 39-40 d.C., tras pasar por Segisamo, donde Augusto había ubicado su campamento, según Floro. Esto significó que el ejército romano y sus canabae fundaron también la ciudad de Pisoraca (López Noriega 1997: 218-219), aunque desde el punto de vista arqueológico haya sido imposible encontrar un correlato a los hechos narrados no solo por Floro, sino también por Orosio. Arqueológicamente hay tres elementos de distinta naturaleza que mantienen esta vinculación: en primer lugar, algunos autores, como Abásolo (1975), plantearon la asociación de Sasamón con el campamento original y aunque no han aparecido restos de construcciones o materiales que lo avalen (Abásolo y García 1993), esta atribución viene siendo aceptada tradicionalmente; incluso algunos investigadores, como Morillo (1991: 161;1993: 391), han planteado que quizá estemos ante algún asentamiento de menor entidad cercano a la ciudad turmoga, tal vez la propia Herrera de Pisuerga. En segundo lugar, los termini pratorum de la legio IIII Macedonica que delimitaban sus zonas de prados de las poblaciones vecinas de Iuliobriga y de Segisamo, también citados con anterioridad, y, en tercer lugar, la inscripción votiva de Aelius Maritimus, b(ene)f(iciarius) co(n)s(ularis), a entre otros el genio stationis Segisamonensium, que mencionaba una exedra cum basi, cuya cronología Gómez Pantoja (1992) sitúa en el siglo ii o en el primer cuarto del iii, sosteniendo que algunos contingentes o individuos destacados del ejército se mantuvieron en Segisamo hasta ese momento, si bien Solana (1976) la fecha en época claudia. De cualquier forma, como señalan algunos autores (Marco et alii 2008: 175-176), el monumento indica la importancia del establecimiento, siendo la única "estación" militar conocida en Hispania a través de la epigrafía. En este sentido, creemos que el yacimiento y los materiales de Tisosa podrían aportar nueva información sobre: los momentos iniciales y, quizá, la presencia del ejército, la relación del yacimiento con la posible fundación de Segisamo y la organización del paisaje, que posteriormente quedará marcada por el ya mencionado hito de Villasidro. A la vista de los materiales hallados y de su distribución podemos hacer una interpretación general de este conjunto, con las limitaciones que lleva el hecho de que sean procedentes de prospección y del escaso número hallado para algunos tipos, que indicaría una cronología del sitio desde el siglo i d.C. hasta época tardía, sin que podamos asegurar que la ocupación sea continuada ni que se hubiese iniciado con anterioridad, como podrían señalar algunos fragmentos de ánforas (Fig. 10). A este respecto y con las cautelas citadas, la presencia especialmente de la Haltern 70, dada su aparición en contextos vinculados con el ejército, como ya hemos comentado, y, posiblemente, de la Dressel 1B y 1C podrían sugerir una relación con los momentos de control de la zona septentrional de la submeseta norte por parte de las legiones romanas (IIII Macedonica, VI Victrix, X Gemina) involucradas en las guerras contra cántabros y astures en el norte peninsular (Morillo et alii 2008; Morillo 2011). Si bien, la Haltern 70 podría no ser contemporánea de estos momentos, dado su arco cronológico (Fig. 10), y asociarse a contingentes militares existentes en la zona; en este sentido, no podemos olvidar la mencionada inscripción votiva de Aelius Maritimus, que alude a una estación militar y, por tanto, a la presencia de algún destacamento en fechas alejadas del conflicto bélico. En este contexto es en el que deberíamos considerar la presencia de individuos de origen o costumbres itálicas que provocaron la importación de productos de indudable gusto greco-latino, como algunos de los comentados: el vino distribuido en las ánforas, la cerámica de imitación de engobe rojo pompeyano de fabricación tarraconense o incluso el fragmento de terracota decorado, que pudo pertenecer a un edículo doméstico en forma de pequeño templete, aunque otras posibilidades también son factibles, como hemos apuntado. Aceptar estas fechas tan tempranas y la vinculación del yacimiento con los momentos fundacionales y el ejército es sugerente, pero reiteramos que se basa en una escasa muestra e incluso en aquellos materiales cuantitativamente menos numerosos, aunque sean de los más representativos, por lo que creemos debe plantearse como un hipótesis, dejando abiertas otras posibilidades. Menos dudas surgen sobre la existencia del yacimiento en el siglo i d.C. como indican algunos materiales, al margen de los constructivos, como tejas o ladrillos: las ánforas, excepto la Dressel 1B y 1C, son de frecuente aparición a los largo de esta centuria, el fragmento de terracota citado, que de aceptar las fechas dadas procedentes de análisis estilísticos para antefijas de tamaño similar, que encajarían bien con nuestra pieza, se fecharía entre momentos tardorrepublicanos y la segunda mitad del siglo i d.C., y la presencia de los fragmentos de TSH. Y tampoco parece dudosa su perduración en época tardía como señalarían los fragmentos de TSHT y posiblemente las teselas y el fragmento de mosaico. El establecimiento tuvo que integrarse en el panorama periurbano de la ciudad, viéndose beneficiado por la promoción de Segisamo a municipio en época flavia, gracias al ius Latium minus (Orejas 2002; Pradales y Gómez Santa Cruz 2003: 63), dentro de una organización del espacio agrario, que, como uno de nosotros ya ha planteado (García Sánchez 2009), adquirió desde el siglo i d.C. características plenamente romanas, tanto en el entorno urbano como en la propia gestión de los recursos económicos y en las estrategias conducentes a la creación de un patrón de asentamiento adecuado a las nuevas necesidades. Así, la explotación de las fértiles vegas del Odra, Brullés, Pisuerga o Duero requirieron de un nuevo modo de actuar sobre el paisaje (dwelleing landscape) y los nuevos núcleos urbanos, junto a las villas altoimperiales dependientes de ellos, serán los testigos arqueológicos de tal proceso (Palomino et alii 2012: 297-299). A este respecto, es significativo que algunos autores (Morillo 2000: 614) adscriban la cronología de los hitos terminales de la legio IIII Macedonica, entre los que se encuentra el ejemplar de Villasidro a época tardoaugústea o tiberiana (Cortés 2009: 98), ya en el siglo i d.C., lejos del contexto de las guerras contra cántabros y astures, pudiendo interpretarse, en definitiva, como un testimonio del nuevo sistema de organización del territorio. El estudio de la ocupación romana de este paisaje (García Sánchez 2009) se ha llevado a cabo a partir de los registros de Cartas e Inventarios elaborados a partir de los años setenta del pasado siglo. El conocimiento de los yacimientos que aparecen en estos inventarios debe considerarse como parcial y los sitios que han sido estudiados sistemáticamente son escasos, con la salvedad de los grandes centros urbanos como Amaya, Deobrigula, Segisamo y Dessobriga, por citar algunos de los más cercanos. Quizá no ha sido posible emprender grandes esfuerzos de excavación o prospección sistemática por la amplia extensión del fenómeno rural que se desarrolla en el mundo romano, materializada en la construcción de un gran número de asentamientos rurales, considerados en la tradición historiográfica como villas, y especialmente desde el siglo ii (Pradales y Gómez Santa Cruz 2003: 62). En el propio entorno de Segisamo tenemos constancia, a través de las prospecciones y de la carta arqueológica (Abásolo 1978), de otros yacimientos cuyo origen se puede retrotraer a los siglos i y ii Figura 10. Tabla cronológica de las ánforas halladas (J. García Sánchez). d.C. y que perduran varios siglos. El más cercano en espacio es el de El Polear, identificado en nuestra prospección del año 2010, que a partir algunos de los materiales hallados, es significativo un borde de Isings 50, estaría ya en funcionamiento en época flavia. Este yacimiento se ubica junto a la vía secundaria Pisoraca-Segisamo en un paraje llano, cercano a cauces menores de agua, lo que nos lleva a pensar en una pequeña granja rural, que contribuiría a sistematizar una ocupación del espacio, que poco tiene que ver ya con el modo prerromano de subsistencia, caracterizado por grandes núcleos fortificados y ninguna ocupación secundaria de poblamiento, aunque esta visión necesite forzosamente ser contrastada con la realidad arqueológica, ya que no es coincidente con los datos que tenemos de otras partes del mundo protohistórico ibérico, donde sí que existe ese tipo de poblamiento rural o campesino. En este sentido Tisosa representa solo un apunte del proceso de ocupación del espacio según una estrategia claramente romana, cuyos actores parecen apostar en un primer lugar por la ocupación de los ámbitos más próximos a los núcleos urbanos y posteriormente de los amplios espacios de campiña. El diseño de una demarcación del ager de los Segisamonenses, que atestigua el epígrafe de Villasidro, es la principal evidencia de una ocupación consciente y planificada del norte de la Meseta. Tisosa, como yacimiento suburbano, es un elemento novedoso en la investigación del pasado romano de Sasamón y marca una pauta que se desarrollará a lo largo de los primeros siglos de la era, desde un posible origen vinculado al ejército y ligado a la conquista hasta una completa desvinculación de los centros urbanos, pasando por quizá un tutelaje por parte de Segisamo, cuyo sentido podría conocerse mediante otro tipo de investigaciones arqueológicas. En una evolución del ámbito urbano a la creación del sistema vilicario similar a la de otras zonas del valle del Duero, en los entornos urbanos de Rauda y Clunia (Palomino et alii 2012: 297-300). El régimen vilicario del Bajo Imperio en el valle del Duero es más visible, aunque los lugares bien excavados sean escasos; entre estos encontramos los grandes yacimientos de La Olmeda, Quintanilla de la Cueza (Palencia), Santa Cruz de Valdearados (Burgos), Almenara de Adaja (Valladolid), Navatejera (León), Los Quintanares (Soria) u otros conocidos por excavaciones puntuales, debido a sus pavimentos o por su descubrimiento a través de la fotografía aérea (García Merino 2008: 421-422), pero el enfoque sigue centrándose en los aspectos urbanos del fundus, complementados con algunos trabajos sobre los aspectos productivos o la organización del territorio (Orejas y Ruiz del Árbol 2008), que, sin duda, deben formar parte de un estudio de la colonización del paisaje de forma diacrónica. En este sentido desde 2012 venimos promoviendo un proyecto de prospección sistemática y fotografía aérea para desentrañar los mecanismos de ocupación y explotación del valle del Odra, desde su nacimiento en Fuenteodra hasta su unión con el cauce del Brullés en las inmediaciones de Villasandino, una zona que debió sin duda estar mediatizada por la presencia de Segisamo y las vías romanas, la vía 34 del Itinerario de Antonino y la vía secundaria hacia Pisoraca, y en el que Tisosa representa el primer establecimiento suburbano localizado en la región.
El presente trabajo presenta los resultados de una valorización cuantitativa y cualitativa de la utilización de las piedras decorativas arquitectónicas importadas de la ciudad romana lusitana de Ammaia (São Salvador da Aramenha, Portugal). Todas las piedras decorativas estudiadas fueron contadas, pesadas, clasificadas y su procedencia fue determinada. En la época romana se utilizaron seis tipos de piedra para la decoración arquitectónica de la ciudad de Ammaia: mármol blanco, caliza morada-rosa, mármol blanco y gris, dos brechas compuestas de fragmentos de mármol blanco y granito. El granito fue la piedra de construcción principal en Ammaia. Además, el granito se utilizó para la producción de columnas y capiteles. Estudios previos han establecido una fuente local para el granito de Ammaia (Taelman et alii in press). La procedencia de las otras piedras decorativas es principalmente regional (la parte meridional de la Península Ibérica). Las dos brechas son las únicas importadas y provienen del Mediterráneo: africano de Teos (Turquía) y breccia di Sciro de la isla de Skyros (Grecia). Una situación semejante con la utilización predominante de piedras regionales se puede observar en otras ciudades hispánicas localizadas en el interior de la Península, tal como Emerita Augusta, Asturica Augusta y Munigua. Esta se debe principalmente a su emplazamiento geográfico, distante de un puerto de mar y/o río navegable.
En este artículo presentamos las tuberías de plomo halladas en el yacimiento arqueológico de Segobriga y su entorno. Algunas de estas fistulae están relacionadas con el sifón del acueducto que condujo el agua potable desde la Fuente de la Mar en Saelices, mientras que otras corresponden a la red de distribución del agua en el interior de la ciudad. Las dos menciones epigráficas con el nombre abreviado del municipio, r(es) p(ublica) S(egobrigensis vel Segobrigensium), documentadas en una fistula y en la tapa de un registro ponen de manifiesto la propiedad pública del sistema hidráulico de Segobriga. En las excavaciones realizadas en el foro de la ciudad en los años 2002 y 2003 se documentaron en la zona de acceso al foro desde el kardo maximus, en el pórtico meridional y en las tabernae algunas fistulae de plomo y elementos relacionados con la canalización del agua, como tapones de tubería y un filtro, que se convertían en los primeros hallazgos que evidenciaban la existencia de una red de distribución de agua urbana en la ciudad. Una de estas tuberías presentaba las letras r(es) p(ublica) S(egobrigensis vel Segobrigensium), impresas con una matriz metálica, poniendo de manifiesto el carácter público de dicha red. Aun en 2011 se halló una tapa de registro con bisagra con la inscripción R•P•S, en la excavación de un recinto, probablemente perteneciente a una vivienda, y situado en la terraza superior a la basílica forense, aunque la pieza apareció en un nivel arqueológico fechado en el siglo iv (Abascal et alii 2011a: 291-295). Sin embargo, la recuperación sistemática de piezas de metal en el área forense durante época tardoromana para su refundición, ha provocado que, al igual que el resto de estos materiales, las fistulae plumbeae se encuentren desplazadas de su posición original y en rellenos de datación posterior a su uso1. En el interior de la taberna 1 se localizó un horno de fundición de metales (UE 7620) y acopiadas a su alrededor se recuperaron un buen número de objetos metálicos (UE 7599), entre las que destacan varios fragmentos escultóricos de bronce (Noguera 2012: n. A pesar de ello, existen indicios arqueológicos que sitúan una pequeña fuente de época flavia en la taberna 6 del pórtico meridional del foro, con la que se relaciona el hallazgo de la fistula plumbea con el nombre oficial de la ciudad. Aunque el estudio del abastecimiento de agua a Segobriga no se ha acometido aún en profundidad y que existen muchas dudas por resolver en relación a su trazado, la diferencia de altura entre la mayor parte de la ciudad y el acueducto que llegó desde la Fuente de la Mar en Saelices o su distribución urbana, hemos considerado oportuno presentar aquí el catálogo de las fistulae plumbeae halladas en Segobriga y su entorno, así como de algunos elementos relacionados con la distribución del agua en la ciudad. I. LAS TUBERÍAS DE PLOMO. Aparte de los grandes canales usados en la antigüedad para la conducción de aguas desde la captación hasta las ciudades, se emplearon tuberías en los sistemas hidráulicos urbanos. Vitruvio (De Arch., VIII, 7, 1) distingue dos tipos de conducción, los tubuli fictiles para los elaborados en cerámica y las fistulae plumbeae en plomo. Se pueden establecer los diferentes usos de estas conducciones dependiendo del coste y de la resistencia del material empleado en su construcción, que las hace más o menos aptas para determinados esfuerzos (Peña 2010: 269). Así, mientras que las tuberías de barro fueron usadas de forma masiva tanto en sistemas a presión como en conductos de descarga, como bajantes, o de circulación del agua en lámina libre, las de piedra acostumbraron a emplearse únicamente en grandes sifones, del que el mejor exponente es el acueducto de Gades. Debido a su alto coste, el uso de tuberías de bronce se restringió a tramos de reducida longitud localizados junto a grifos y surtidores, pero su solidez y durabilidad lo hizo un material idóneo para la construcción de elementos de control y calibración como los calices. Por su parte, las conducciones elaboradas a partir de troncos fueron frecuentes en territorios del norte del imperio, como Germania o Britania, donde la abundancia de bosques de robles permitió la provisión de un material barato y fácil de manufacturar que, no requirió complicados procesos de extracción y fundición (Hodge 1992: 307-308). Para el vaciado de los troncos se utilizaron taladros de broca muy larga que permitían obtener auténticas tuberías que podían ser empalmadas entre sí, reforzando sus uniones con anillas de cuero o piezas metálicas (Adam 1996: 278). La robustez de las paredes de este tipo de conductos, que solían representar entre un tercio y la mitad del diámetro del tronco, los hizo comparables en cuanto a su resistencia a los de piedra y por tanto aptos para su uso en los sistemas a presión (Tölle-Kastenbein 2005: 108). Aunque la utilización del plomo como material para la elaboración de tuberías está documentado en Grecia desde época arcaica, siendo la conducción más antigua conocida la que se halló en el Artemision arcaico de Éfeso (Tölle-Kastenbein 2005: 103-104), estas tuberías se usaron específicamente a partir de época helenística y, en especial, en época romana en tramos sometidos a presión, ya sea como parte de sistemas de abastecimiento urbano, los sifones invertidos, o bien formando las redes de distribución en el interior de las ciudades. La extracción del plomo, denominado en latín plumbum nigrum para diferenciarlo del estaño o plumbum album, se vincula estrechamente, aunque no de manera exclusiva, a la minería de la plata (Hodge 1992: 308). La galena es un mineral compuesto en más de un 86% por plomo que contiene en su variedad argentífera una significativa proporción de plata. Su obtención mediante copelación genera grandes cantidades de plomo como subproducto, que fueron fundidas y transformadas en lingotes para su posterior comercialización. Las amplias zonas mineras plumbíferas conocidas en el territorio de Carthago Nova, Sierra Morena y Extremadura, constituyen los principales centros productores de plata y plomo hispanos, en explotación intensiva hasta su decadencia en época flavia, debido a la competencia de los yacimientos británicos (Antolinos y Noguera 2013: 350). Pese a los posibles inconvenientes planteados por su potencial toxicidad y por su elevado peso, el plomo ofrece una amplia serie de ventajas sobre el resto de materiales en su utilización como materia prima para la elaboración de conducciones. Principalmente hay que considerar que, aun cuando Vitruvio (De Arch. VIII,7,48) advierte específicamente contra su uso debido a su insalubridad por diluirse el plomo en albayalde, Hodge (1992: 308) considera que los gruesos depósitos de concreción calcárea del interior de las tuberías aislarían el agua del plomo y que al tratarse de sistemas en los que el agua corre continuamente no habría tiempo suficiente para que se contaminara. Asimismo, hay que tener en cuenta que si bien el elevado peso específico del plomo pudo suponer un sobreprecio considerable en su comercialización a larga distancia por los altos costes de transporte, este debió quedar atenuado por la circunstancia de que fue utilizado comúnmente como lastre de las naves onerarias en los viajes de retorno. Al mismo tiempo, la gran disponibilidad de este elemento al hallarse presente en la composición de minerales que se encuentran de forma abundante en la naturaleza y su tradicional condición de subproducto de la plata, en el refinado de las galenas argentíferas, debió determinar su relativo bajo coste (Hodge 1992: 308). Además, se trata de un material de manufactura muy simple debido a su bajo punto de fusión, que se sitúa en 327oC, lo que facilita las operaciones de fundido, moldeado y soldadura. Su natural maleabilidad permite la obtención de láminas relativamente delgadas útiles para la creación de tuberías mediante su plegado, su flexibilidad ofrece la posibilidad de que las conducciones se adapten fácilmente a recorridos complejos y su resistencia es la suficiente como para soportar las presiones internas del agua pero no tanta como para romperse (Duvauchelle 2008: 190). Al contrario que el proceso de transformación del plomo, que requiere de unas técnicas metalúrgicas avanzadas mediante la copelación, y de unas instalaciones específicas, la tecnología empleada en su manufactura es elemental y exige un instrumental básico. Por ello, no parece haber duda de que el comercio del plomo se restringió al de lingotes y no al de objetos manufacturados, teniendo en cuenta la fragilidad de los objetos acabados en plomo y lo engorroso de su transporte. Los lingotes, de entre 30 y 90 kg de peso, son, por el contrario, sumamente resistentes a los golpes, poco delicados y, dentro de lo que cabe, bastante manejables (Cochet y Hansen 1986: 24). Para la división de los lingotes no se requiere más que de una sierra, una cuchilla o un mero cincel y un martillo, y para su fundición son suficientes hornos rudimentarios en los que fácilmente se alcanzan las bajas temperaturas necesarias para que el metal se derrita. Una vez licuado, se puede verter sobre moldes modelados en arena o tierra y enmarcados, en caso necesario, con simples cercos de madera, utilizando la técnica denominada tradicionalmente en Francia "coulée sur la table" o fundición de mesa (Cochet y Hansen 1986: 24). Las principales complicaciones de este sistema de fundición se derivan de una temperatura inadecuada del metal fundido, una velocidad de enfriamiento demasiado lenta o, por el contrario, excesivamente rápida y por la falta de la necesaria coordinación en las operaciones de vertido simultáneo del plomo en la elaboración de planchas de un tamaño considerable. En el caso de las fistulae este proceso debió ser especialmente cuidadoso, pues no es frecuente apreciar en ellas exfoliaciones o áreas de enfriado desigual que podrían haber provocado problemas de estanqueidad y roturas como consecuencia del efecto de la presión interna y de los movimientos derivados del asentamiento de tierras. Según el proceso descrito por Vitruvio y Frontino, una vez elaborada la plancha del tamaño deseado y aún algo caliente, se procedía a su plegado enrollándola en torno a un mandril de madera, o tal vez de bronce, para crear un cilindro. La sección de la tubería obtenida por este procedimiento suele ser piriforme, compuesta por una parte inferior de desarrollo semicircular y dos secciones prácticamente rectas o muy ligeramente curvadas que convergen en el extremo superior. Desde los estudios clásicos llevados a cabo a principios de siglo xx por Vassy y Sautel sobre materiales procedentes de Vienne (Isère) y Vaison la Romaine (Vaucluse) respectivamente, se han distinguido dos tipos principales dependiendo del método de soldadura empleado en la unión de sus laterales y según forme una costura longitudinal prominente o no (Cochet y Hansen 1986: 28-29). Las soldaduras con cordón (Tipo I) son las que presentan material de aporte en la junta. Las tuberías del Tipo IA presentan un cordón de sección trapezoidal con la base mayor orientada hacia abajo. En las de Tipo IB, la junta es de forma rectangular y pueden presentar achatamientos en su sección piriforme original debido al martillado de los bordes del cordón de soldadura (Tipo IB'). El Tipo IC se caracteriza por un cordón trapezoidal orientado con la base mayor hacia arriba, considerándose que podría ser el resultado de una ejecución indolente de las soldaduras de Tipo A y B. Las tuberías del Tipo ID están soldadas, al igual que las del tipo IB, con un cordón rectangular, pero se definen por sus secciones circulares obtenidas en el momento del plegado de la plancha de plomo inicial. Finalmente, el Tipo IE posee un cordón de sección triangular prácticamente inapreciable vertido entre los dos bordes de la plancha de plomo. Forman en su extremo superior un remate apuntado generado por la aproximación de los dos laterales de la plancha inicial. No se describen variantes. En época romana, las conducciones se clasificaron según su diámetro interno o lumen en un intento de fijar con cierta ecuanimidad los consumos de agua ante la imposibilidad de calcular los caudales proporcionados por carecer de instrumentos para la determinación de la presión y de la velocidad del flujo. A finales del siglo i a.C., Vitruvio (De Arch., VIII, 7) indica que esta clasificación se establece considerando la anchura y el peso de la hoja de plomo utilizada en la elaboración de la fistula, que determinarán su diámetro interno y el grosor de sus paredes. Recoge tan solo diez diámetros entre las quinariae y las centenariae, pero posteriormente Frontino (De Aquaed., 24 y ss), ya en época flavia, habla de veinticinco tuberías normalizadas según sus diámetros expresados en quadrantes (cuartos de dedo) y digiti (dedos) que van desde la fistula quinaria hasta la centenum vicenum2. EL AGUA EN SEGOBRIGA. ESTADO ACTUAL DE LA INVESTIGACIóN El abastecimiento de agua potable a la ciudad de Segobriga a través de un acueducto fue documentado por M. Almagro Basch en los años setenta del siglo XX, que siguió el specus por las faldas de las lomas que se sitúan al norte de la ciudad (Almagro Basch 1976: 875-901). Este acueducto captaba el agua del manantial procedente de un acuífero cárstico localizado en la Fuente de la Mar, al norte de Saelices y a unos 4 km en línea recta de la ciudad romana. La galería subterránea de captación de agua, de 225 m de longitud, fue descubierta a finales del siglo xix y publicada por Sánchez Almonacid en el Boletín de la Real Academia de la Historia (1889: 160-170). En ella, confluyen cuatro minas de captación: dos situadas al comienzo y otras dos al final, que recogen las aguas en un canal, de 25 a 40 cm de anchura y 15 cm de profundidad, que debió terminar en una cisterna para su decantación y paso al specus exterior que condujo las aguas a Segobriga (Almagro Basch 1978a: 51). Se conocen un total de catorce putei o pozos de visita en el trazado de la galería a distinta profundidad, entre 3 y 17 m; son de planta cuadrangular, construidos con la técnica de opus vittatum y presentan huecos en las filas de sillarejos, a modo de escalones y a intervalos en dos de las paredes contrapuestas, para poder subir y bajar a la galería (Almagro Basch 1976: 879). Para la segunda parte de este acueducto se recurrió a un sifón con tubos de plomo, alojados en el interior EL AGUA EN SEGOBRIGA (SAELICES, HISPANIA CITERIOR): LAS FISTULAE PLUMBEAE 461). La traza del conducto se eleva sobre una subestructura de opus caementicium, en la que se sitúa un specus de circa 3 pies de anchura y 1/1,5 pies de altura. Este canal se cubrió con unos imbrices con apéndices laterales realizados exclusivamente para esta obra (Abascal y Cebrián 2010: 299). A escasos tres km de Segobriga, el acueducto presenta un recorrido subterráneo, con spiramina, perdiéndose su trazado a una cota compatible con el abastecimiento de agua a la ciudad. La distribución del agua en el interior de la ciudad se realizó por tuberías de plomo con marca de pertenencia a la red urbana pública: R(ei) P(ublicae) S(egobrigensis vel Segobrigensium). Con ella, se abastecía primordialmente a los conjuntos termales y a las fuentes, de donde la mayoría de la población tomaba agua para un uso doméstico, aunque algunas viviendas dispusieron de cisternas subterráneas, como la localizada en la terraza superior a la basílica del foro o la situada en el costado occidental del aula basilical y que han sido objeto de excavación arqueológica en los últimos años. El mismo uso debieron tener la mayor parte de las cisternas que hoy se presentan aisladas en el interior de la ciudad (Fig. 1). Segobriga contó con dos conjuntos termales. Las denominadas termas del teatro, situadas junto a la muralla norte, y las termas monumentales, construidas en época flavia en la terraza superior al foro (Abascal et alii 1997: 38-45). Un tercer recinto termal fue excavado por Almagro Basch en la parte noreste de la ladera del cerro, antes de llegar al teatro y al exterior del pomerium, aunque su interpretación es incompleta debido al estado de deterioro en el que se hallaron, al haber sido ocupadas por un cementerio visigodo (Almagro Basch 1976: 893). También conocemos varias fuentes públicas. Una de ellas se sitúa en el ángulo sureste del foro junto a la taberna más cercana a la basílica pero en una terraza superior. Esta fuente debió situarse en una plaza y se inscribe en el tipo lacus, formada por un pilón elaborado con losas de piedra caliza, con las juntas unidas con plomo y fondo de opus signinum. Aunque no se conserva, dispondría de un surtidor que alojaría la tubería de plomo con la que se abastecería del agua procedente del acueducto. Pudo desaguar las aguas sobrantes a la segunda fuente localizada en la taberna 6, donde el muro trasero presenta un canal revestido con signinum y el suelo de la estancia también es de mortero hidráulico. Además, en el espacio posterior a esta taberna se localizó la fistula plumbea con las letras R P S (n. Una tercera fuente se ha identificado en la calle situada al oeste de las termas monumentales, de la que solo se conserva el depósito de opus caementicium que la abasteció de agua y que fue reaprovechado en el siglo iii d.C. en un ambiente privado, al que adscribimos el surtidor de fuente con representación del dios Océano, hallado en la estancia 1 de la vivienda del procurador minero, Caio Iulio Silvano (Cebrián 2002(Cebrián -2003: 131-134): 131-134). Algunas piezas del catálogo, que presentamos a continuación, corresponden a hallazgos antiguos al labrar los campos situados al norte de Segobriga y, por tanto, descontextualizados arqueológicamente. Entre ellas, destacan las dos fistulae que arrancan de placas de plomo (n. 12 y 13 del catálogo), que se utilizaron para fijar las tuberías a depósitos o cisternas (Ventura 1996: 92) o una arqueta con salida de tubería (n. 15 del catálogo), que relacionamos con el abastecimiento de agua a las villae del territorio de la ciudad. Fistula vicenaria con reducción. Se localizó en la falda oriental del cerro en una cata realizada al exterior de la muralla. La tubería consta de dos tubos soldados entre sí. Interior de la cisterna para la recogida de aguas bajo el atrio de una vivienda hallada junto a la basílica. En el ángulo se observa el orificio de entrada del agua a través de una tubería. Diámetro interior: 9,4 cm. Grosor de paredes: 0,6 cm. Altura máxima exterior: 11,8 cm. Anchura máxima exterior: 9,6 cm. El fragmento de menor longitud (b) mide 15 cm. Diámetro interior: 8,1 cm. Grosor de paredes: 0,6 cm. Altura máxima exterior: 8,7 cm. Anchura máxima exterior: 9,4 cm. El tubo de plomo de menor longitud está estrechado intencionalmente para embocarlo en el interior del otro tubo y, de esta manera, proceder a su ensamble. El extremo de la tubería que hemos denominado a se ha fundido sobre las paredes del b, perdiendo incluso el plegado superior para crear una junta estanca con material de soldadura, tal vez estaño (Fig. 3). Esto sugiere que la dirección del agua en su uso original procedía de la tubería b, ya que su extremo se inserta en el interior de la tubería a para minimizar las posibilidades de fugas de agua. La tubería no presenta concreciones calcáreas. El fragmento a presenta una perforación de sección circular, de 0,8 cm de diámetro, a 74 cm de inicio del tubo y en la línea de soldadura, que parece anti-guo (Fig. 4). Conserva su forma original salvo donde se encuentra este agujero que está achatada y en el extremo roto. Presenta algunas incisiones y golpes. Se halló en la campaña de excavaciones del año 2003 en el foro de la ciudad. La tubería está rota en dos fragmentos y se encontró en la parte posterior de la taberna 6, en la que se instaló una fuente. La pieza se localizó en un nivel de colmatación, fechado a finales del siglo iv o primera mitad del siglo v d.C. por la presencia de un fragmento de pared de paleocristiana gris Rigoir 1A y un borde de terra sigillata hispánica tardía que imita a una forma Hayes 59 de TS clara D. El fragmento mayor mide 70 cm y el menor 50,5 cm. En total la tubería mide 120,5 cm (4 pies). Diámetro interior: 4,2 cm. Grosor de paredes: 1/1,4 cm. Altura máxima exterior: 10,8 cm. Anchura máxima exterior: 6,3 cm. La tubería describe un trazado rectilíneo ligeramente curvado. Presenta once perforaciones en uno de los laterales provocados por el deterioro de la pieza. El fragmento mayor conserva en el extremo izquierdo las letras 66). Se halló en la campaña de excavaciones del año 2003 en la taberna 1. La tubería de plomo se localizó en un nivel de derrumbe de tejas con tierra de color marrón claro de compacidad media y granulosa, fechado entre finales del siglo i y primera mitad del ii d.C. por la presencia de terra sigillata hispánica (formas Drag. 8) y F. 9 de hispánica brillante. El fragmento de tubería conservado mide 17 cm. Diámetro interior: 4 cm. Grosor de paredes: 0,6/0,8 cm. Altura máxima exterior: 12,3 cm. Anchura máxima exterior: 5,4 cm. No presenta concreciones. Ninguno de los extremos de la pieza es original. Está muy deformada y conserva múltiples marcas de golpes de herramienta de filo en ambos extremos, para ser cortada intencionalmente y reutilizada tras su fundición. La plancha de plomo presenta dos engrosamientos laterales en los extremos superiores. La tubería se encontró en un nivel de reocupación de la taberna fechado en el siglo iv d.C, donde se identificó un canal de agua (UE 7645) asociado a una estructura circular identificada como un horno de fundición de metales (UE 7620), debido a la gran cantidad de cenizas y metal que aparecen en su interior (UE 7595) y a su alrededor (UE 7599). Longitud máxima conservada: 34,5 cm. Diámetro interior: 3,1 cm. Grosor de paredes: 1,6/0,9 cm. Altura máxima exterior: 7,3 cm. Anchura máxima exterior: 5,5 cm. Uno de los extremos de la tubería es original. Presenta concreciones interiores, apreciándose una rebaba de la soldadura de estaño usada para la unión de la lámina de plomo. Conserva cinco incisiones en una de sus caras. Fragmento de tubería de plomo. Longitud máxima conservada: 53,5 cm. Diámetro interior: 10,4 cm. Grosor de paredes: 0,6 cm. Altura máxima exterior: 9,3 cm. Anchura máxima exterior: 11,6 cm. Presenta restos de concreciones calcáreas en el interior. El exterior aparece descascarillado. No conserva ninguno de los extremos originales. La sección de la tubería es casi circular. Presenta huellas de golpes con herramienta en uno de los extremos, que no podemos identificar como antiguas. Esta tubería podría ser parte de la n. 7 del catálogo, aunque las piezas no pegan. Fragmento rectilíneo de tubería de plomo, muy aplastado en sentido vertical. Longitud máxima conservada: 58 cm. Diámetro interior: 11,7 cm. Grosor de paredes: 0,9 cm. Altura máxima exterior: 6,4 cm. Anchura máxima exterior: 12,8 cm. Presenta algunas concreciones en el interior. No conserva extremos originales. La plancha de plomo presenta engrosamiento en los dos extremos. Fragmento rectilíneo de tubería de plomo, que no conserva original ninguno de los dos extremos. Longitud máxima conservada: 37 cm. Diámetro interior: 3,5 cm. Grosor de paredes: 0,9 cm. Altura máxima exterior: 7 cm. Anchura máxima exterior: 5,4 cm. Superficie exterior alisada e interior rugoso. Presenta concreciones calcáreas en el interior y numerosas incisiones longitudinales a lo largo de una de las caras. Presenta una abolladura en la cara inferior original, relacionada con su puesta en obra. El fragmento de tubería mide 13,2 cm. Desconocemos el diámetro interior original, que se aproximaría a 10 cm. Grosor de paredes: 0,7 cm. Altura máxima exterior: 10,2 cm. Anchura máxima exterior conservada: 6,4 cm. No conserva soldadura superior ni extremos originales. La pieza conserva 16 cm de longitud. Diámetro interior: 5,9 cm. Grosor de paredes: 0,5/0,6 cm. Altura máxima exterior: 11,7 cm. Anchura máxima exterior: 8 cm. Fragmento rectilíneo con extremo original. Muestra los rebordes de haber estado soldado a una caja de plomo. Ha perdido la soldadura superior de la placa de plomo. La tubería presenta una longitud máxima conservada de 15 cm. Diámetro interior conservado: 2,6 cm. Grosor de paredes: 0,3 cm. Altura máxima exterior: 9,1 cm. Anchura máxima exterior: 4,8 cm. Fragmento de tubería muy deformado. La plancha de plomo presenta engrosamiento en los extremos y ninguno de los extremos es original. Conserva huellas de golpes de herramienta, aunque desconocemos si son antiguas. Fistula quinum denum con placa de plomo. Se trata de una tubería que arranca desde una placa rectangular de plomo, empleada para fijarla a un depósito. Las dimensiones de la placa de plomo conservada son [33] x 26 x 0,6 cm. La longitud máxima conservada de la tubería es de 32,5 cm. Diámetro interior: 6,3/5,7 cm. Grosor de paredes: 0,7/0,8 cm. Altura máxima exterior: 9,8 cm. Anchura máxima exterior: 7,1 cm. No presenta concreciones. Conserva huellas de golpes de herramienta en el extremo roto. La tubería está soldada a la placa de plomo, que presenta unos resaltes en la cara posterior de forma triangular (Fig. 15). En el interior de la plancha se aprecia material añadido de soldadura. El extremo de la tubería está abocinado para su sujeción a la placa. La cara externa está rematada perimetralmente con un surco poco marcado de ángulos redondeados. La placa se conserva doblada y parcialmente despegada de la tubería. Fistula duodenaria con placa de plomo. Corresponde al tipo II de Cochet y Jansen (1986: 60, fig. 66).Se desconocen las circunstancias del hallazgo. La tubería de plomo está fuertemente soldada a una placa rectangular, que mide 37,4 x 20,8 x 0,6 cm. Presenta un anillo de soldadura grueso alrededor de la tubería. La placa es lisa en su cara interna. La longitud máxima de la tubería es de 45,5 cm. Diámetro interior: 5,3/5,4 cm. Grosor de paredes: 0,7 cm. Altura máxima exterior: 7,8 cm. Anchura máxima exterior: 6,7 cm. Presenta restos de concreciones calcáreas en el interior y algunas huellas de golpes, probablemente modernos (Fig. 16 y 17). Esta pieza se halló en la campaña 2002 en el acceso al foro desde el kardo maximus. Fistula no. 11 del catálogo. Detalle de la cara posterior de la placa en el que se observan unos resaltes de forma triangular. El disco de plomo de forma circular con perforación central, también de sección circular, se localizó en un nivel de ceniza con carbones, fechado en la primera mitad del siglo i d.C. por la presencia de terra sigillata gálica. El grosor de la placa de plomo es de 0,6 cm. Presenta bordes redondeados y originales de fundición. El reborde de la perforación interior conserva rebabas, que deben corresponder a la soldadura de una tubería. Arqueta con salida de posible fistula tricenaria. Se trata de un depósito de plomo con arranque de fistula aquaria. La placa de plomo forma una base plana y una pared vertical, que no está completa, en la que se conserva la salida de una tubería (Figs. Presenta un grueso anillo de soldadura. Las dimensiones de la placa son [12,5] x 34,5 x 37,5 cm. El grosor de la placa es de 0,6 cm. El diámetro exterior de salida de la tubería es de 12,5 cm. Presenta concreciones en la cara interna. Las caras de la placa son lisas. Conserva huellas de golpes de herramienta en la cara interna, probablemente modernas. Tapa de registro con bisagra. Se halló en la campaña del año 2010 en una de las viviendas documentadas en la terraza superior a la basílica del foro. La pieza se halló cerca del impluvium Figura 17. Detalle de la soldadura de la tubería a la placa. Disco de fistula senaria, no. 14 del catálogo. Depósito de plomo con arranque de fistula, no. 15 del catálogo. Detalle del anillo de soldadura de una fistula, no. 15 del catálogo. Tapa de registro de abastecimiento de agua con marca R•P•S, no. 16 del catálogo. EL AGUA EN SEGOBRIGA (SAELICES, HISPANIA CITERIOR): LAS FISTULAE PLUMBEAE de una vivienda de época antonina, aunque en un nivel fechado en el siglo iv. Es una placa rectangular con bisagra, en cuya parte central presenta un breve texto impreso con una matriz metálica, como demuestra el que, a la izquierda de la primera letra, se observa una línea vertical impresa que corresponde a la huella del canto de la matriz. El texto dice R(es) P(ublica) S(egobrigensis vel Segobrigensium). Se localizó en la campaña 2003 en el pórtico meridional del foro, junto a la taberna 4. Se halló en un nivel de tierra de color marrón claro, ligeramente anaranjada, suelta y de textura granulosa, fechado en época tardo-romana por la presencia de una base de Hayes 50 de terra sigillata clara C, un fragmento de plato Hayes 59 de terra sigillata clara D, un borde de una paleocristiana gris Rigoir 1A y diferentes ejemplos de terra sigillata hispánica tardía. Corresponde a un cilindro con base de plomo deformado por compresión lateral. La pieza está fundida de una sola vez, sin que se aprecien soldaduras en la unión de la base con las paredes. Presenta una perforación de 0,6 cm de diámetro en la parte superior de la pared y una rotura en el extremo opuesto, que podría enmascarar la existencia de otra perforación. El diámetro exterior es de 5,9 cm. La altura es de 4,8 cm y el grosor de las paredes de 0,3 cm. Conserva un golpe inciso en un lateral que ha cortado parte de la base con una herramienta plana. Presenta concreciones en el fondo exterior, que parecen corresponder a la huella dejada por haber estado apoyada en una cama de arena cuando el metal aún estaba caliente. La pieza se halló en la campaña del año 2003 en el pórtico meridional del foro, junto a la taberna 2. Fragmento de una base. El nivel arqueológico en el que apareció se fecha en época tardo-romana por la presencia de terra sigillata hispánica tardía, formas Ritterling 8, cuencos con ala, forma 8 de Palol y algún fragmento de Dragendorff 37. También se documenta una forma Abascal 21, de cerámica pintada. Se corresponde con la base de un cilindro de plomo, que conserva el arranque de la pared vertical; fondo plano algo abombado hacia el interior. Está fundido de una sola vez, sin soldaduras. El diámetro exterior es de 6 cm. La altura máxima conservada es de 9,9 cm y el grosor de las paredes es de 0,2 cm. Presenta concreciones en el fondo interior. Se halló en la campaña 2003 en el relleno de la zanja de expolio de la esquina noreste de la curia, situada en el extremo suroccidental del foro, con acceso desde el pórtico meridional y alineado con las tabernae. El expolio del edificio está fechado en el siglo v d.C. (Abascal et Figura 22. Tapón para fistula, no. 17 del catálogo. alii e.p.). Se trata de una lámina de plomo perforada, que solo presenta un orificio completo en el centro del fragmento conservado, aunque hay evidencias de cinco más. El orificio original presenta un diámetro de 1,1/1,4 cm. Uno de los extremos de la pieza parece original. La longitud conservada es de 5 cm; la anchura de 2,7 cm y el grosor de 0,35 cm. La utilización del sifón para el abastecimiento de agua a las ciudades fue poco utilizada en época romana, debido a que resultaba más costoso el empleo de tuberías de plomo que la construcción de un canal de pendiente constante pues era necesario, además, asumir el precio del transporte de la gran cantidad de plomo necesaria para su instalación. Las tuberías de plomo de Segobriga, que relacionamos con el transporte del agua desde el acueducto de la Fuente de la Mar, presentan un lumen de 5 digiti, que corresponden al tipo vicenaria del sistema de calibres descrito por Vitruvio (Fig. 25 y 26). Una de ellas fue hallada junto a la muralla oriental de la ciudad (n. 2 del catálogo) y otras dos corresponden a descubrimientos antiguos (n. 6 y 7 del catálogo), aunque su aspecto formal es muy semejante y podría ser parte de la misma pieza y proceder del mismo lugar de hallazgo. 2 de nuestro catálogo está conformada por dos tubos de plomo unidos entre sí y nos ofrece información sobre su puesta en obra, pues conserva original la reducción de su diámetro en el extremo de uno de los tubos para introducirlo en el siguiente (Fig. 27). Los dos tubos están unidos con abundante material de soldadura, operación realizada in situ durante los trabajos de instalación de la conducción. Este debió de ser uno de los trabajos más costosos de toda la puesta en obra de la tubería, ya que supuso la manipulación de los tubos en circunstancias, a veces, verdaderamente incómodas y su soldadura al aire libre con las dificultades técnicas añadidas del calentamiento de los materiales3. La otra pieza que relacionamos con el abastecimiento de agua a la ciudad es la que ofrece un lumen de 6,2 digiti (n. 15 del catálogo), aunque su adscripción al tipo tricenaria no es segura al no conservarse la fistula y solo el orificio de la salida de agua, de donde deducimos el diámetro máximo del tubo. La disposición de las tuberías con la línea de soldadura, la más frágil, hacia la parte superior responde a la voluntad de facilitar las reparaciones, evitando de esta manera tener que mover los pesados tubos. 2 presenta, además, en el cordón de soldadura un agujero de sección circular, que puede corresponder a la perforación realizada para una derivación de servicio secundaria (Hodge 1992: 317) No es seguro que la obtención de tuberías de 10 pies de longitud como preconiza Vitruvio haya sido posible en todos los talleres debido a las dificultades técnicas que entraña la fundición de hojas tan grandes (Cochet y Hansen 1986: 26). En Segobriga la única fistula que se conserva completa mide 4 pies de longitud (n. 3 del catálogo), aunque la n. 2 del catálogo que se encuentra fragmentada superó, al menos, los 5 pies. Del entorno de Segobriga proceden dos fistulae del tipo duodenaria que arrancan desde placas de plomo. Sobre la funcionalidad de estas piezas hay cierta discusión en la bibliografía. Para algunos autores (González Tascón 2002: 106), se trata de calices, es decir, de piezas destinadas a controlar el caudal de agua para cobrar un canon de consumo, preferentemente, fabricadas en bronce, mientras que para otros, su utilidad sería fijar las tuberías a depósitos o cisternas (Ventura 1996: 92). Aunque desconocemos el contexto arqueológico de hallazgo de estas dos piezas, la fuente tipo lacus de Segobriga a la que hemos hecho referencia, presenta en la cara posterior de uno de sus lados, un rebaje rectangular para alojar una placa de estas características, que sirvió para alimentar de agua el caño (Fig. 28). Además, los resaltes triangulares de la parte posterior de una de las placas no deben considerarse elementos decorativos (Rodà 2005: 214) sino una solución para facilitar su adhesión con mortero, como los ejemplos de Ostia con incisiones oblicuas (Jansen 2006: 176-177, fig. 3). En la distribución del agua en el interior de la ciudad se emplearon calibres menores, de entre 1,5 y 3,75 digiti. Los hallazgos de fistulae plumbeae en Segobriga se concentran en el foro. Por un lado, contamos con dos tuberías que corresponden al módulo de la quinun denum que fueron halladas, una en la parte posterior de la taberna 6 (n. 3 del catálogo) y otra en el interior de la taberna 1 (n. También en la taberna 1 se localizó un fragmento de tubería del tipo octonaria (n. 5 del catálogo) y un disco de soldadura para fistula senaria, de 1,5 digiti de diámetro, se encontró en la zona de acceso al foro desde el kardo maximus (n. Aunque los datos arqueológicos de hallazgo de las tuberías no permiten deducir su posición original, pues se documentaron en rellenos y niveles de colmatación sobre el foro, hay que relacionarlas con el abastecimiento de agua a las fuentes públicas ubicadas en el centro monumental de la ciudad, del que preparamos un estudio pormenorizado (Fig. 29). Del área del foro también proceden dos cilindros de plomo (n. 17 y 18 del catálogo) elaborados en una única plancha sin soldaduras. Uno de ellos se conserva completo aunque deformado y presenta una perforación lateral y, tal vez, otro simétrico hoy desaparecido, que podrían servir para su fijación. Pese a que no conocemos paralelos, ambos presentan un diámetro interno de alrededor de 3 digiti, que correspondería a al lumen de una fistula duodenaria, por lo que contemplamos la posibilidad de que se tratara de tapones para este tipo de conducción. Aunque bastante poco corrientes, se conocen algunos ejemplos del empleo de plomo como cierre de conductos de agua, como el asociado a una de las entradas de agua a la cisterna de la villa de Tenuta Radicicoli en Roma (Barbina y Fratianni 2005: 210). Además, tanto su simplicidad como su reducido tamaño no nos parecen propios de cajas o estuches, así como tampoco su localización en relación con los espacios públicos de la ciudad. 19 del catálogo) se caracteriza por presentar, al menos, seis perforaciones circulares originales distribuidas de una forma más o menos regular en la superficie de la pieza. Su morfología y el tamaño y disposición de los orificios es en todo semejante a las tres placas halladas in situ en la pared externa de un depósito de recogida de aguas pluviales excavado en la villa mencionada con anterioridad (Barbina y Fratianni 2005: 210-211), incluso su característica concavidad para una mejor adaptación al orificio abierto en la pared y en la entrada de agua al impluvium de la Casa del Tresor de Edeta (Escrivà et alii 2001: 66-69). Este tipo de dispositivo sirvió para limpiar las aguas de posibles impurezas de fracción gruesa a la entrada de castella aquarum y de cisternas, siendo posteriormente depuradas en decantadores que impedían el acceso de otras partículas de menor tamaño (Fig. 30). Las dos menciones epigráficas con el nombre abreviado del municipio documentadas en una conducción de agua y en la tapa del registro de una arqueta distribuidora de agua pública para abastecimiento doméstico (n. Detalle de la parte posterior de la fuente tipo lacus de Segobriga. Hallazgo de la fistula plumbea no 3 del catálogo. pública del sistema hidráulico que distribuyó el agua en la ciudad. También la construcción del acueducto de Segobriga desde la Fuente de la Mar debió ser una obra en estrecha relación con el desarrollo urbanístico de la ciudad en la que intervino la iniciativa pública y, tal vez, la privada debido, en parte, a su elevado coste (Rodríguez Neila 1988: 244-250). Es posible que estén relacionados con la obra del acueducto de Segobriga tres fragmentos epigráficos, que conformaron el friso de un monumento costeado por L. Sempronius Valentinus y construido per pedes, que fueron hallados a finales del siglo xix en las excavaciones de R. García Soria en la ladera oriental del cerro de Cabeza de Griego (CIL II Supl., 6338 dd). El texto de la inscripción fue publicado por F. Fita (1891: 521-522), mientras que Almagro Basch (1984: 127) consideró que el epígrafe podría referirse tanto a la construcción de las denominadas termas exteriores como al acueducto, siguiendo la noticia del hallazgo4. Los Sempronii son una de las familias mejor conocidas en Segobriga con veinticinco menciones (Abascal y Cebrián 2000: 209 y Abascal et alii 2011b: n.
En este trabajo se da a conocer el estudio metrológico de los restos arqueológicos conservados del foro fundacional de Astigi, que constata la existencia de un cuidadoso diseño sobre proporciones teóricas basadas en el número áureo, completando de forma teórica la configuración urbanística del mismo. Esto nos permite interpretar e integrar estructuras localizadas en las intervenciones arqueológicas. La actual ciudad de Écija (Sevilla), Colonia Augusta Firma Astigi, llegó a ser en época romana la capital de uno de los cuatro Conventus Iuridici de la provincia Baetica (Ordóñez 1988: 27). La colonia se estableció justo en el lugar desde donde el río Singilis era navegable (Ordóñez 1988: 50) en aquella época y su fundación tuvo una motivación claramente económica y administrativa. Podemos afirmar que Astigi se constituyó como el eje vertebrador de las comunicaciones en la Bética (Ordóñez 1988: 25) debido a su posición marcadamente central en la vía que conectaba Corduba con Hispalis y que comunicaba, a su vez, la capital de la provincia con las sedes de los cuatro conventos jurídicos. Su situación geográfica estratégica entre dos centros neurálgicos (Corduba e Hispalis) y junto a la orilla del Singilis (Genil) convirtieron a la previa población indígena, Astigi Vetus, en la mejor candidata para crear un "centro de producción y distribución de bienes" (Chic 1988a: 12), al tiempo que solucionaba el problema de la licencia de veteranos: la fundación de esta colonia desencadenó por un lado la expansión del enclave y su racionalización de acuerdo a los criterios de otras fundaciones romanas de la época (Sáez et alii 2004: 27), provocando además, una transformación radical de la organización y explotación del territorio (Chic 1988b: 45). Nada lleva a pensar que la ciudad anterior a la fundación colonial tuviese un peso importante como centro de poder, de modo que en la historiografía al uso se viene considerando a Astigi Vetus como una entidad local menor del tipo castellum (Ordóñez 1988: 42). El hecho mismo de que no se encuentren referencias escritas durante la época de la conquista romana ni durante las guerras civiles del siglo i a.C., que tienen uno de sus escenarios en esta zona, avala la hipótesis (Ordóñez 1988: 45). La fundación colonial tiene lugar en época augustea, independientemente de la controversia sobre el año exacto y su relación con los viajes de Augusto a Hispania 1. EDIFICIOS Y ESTRUCTURAS CONSTRUCTI-VAS DE LA ZONA FORENSE La ubicación del Foro en la zona central de la colonia (Fig. 1) ha quedado suficientemente acreditada por los hallazgos que han tenido lugar en las últimas décadas y su correspondiente estudio, principalmente por los trabajos arqueológicos llevados a cabo en la Plaza de España entre los años 1997 y 2007 2. Se ha establecido su orientación perpendicular a la Plaza de Emerita Augusta y la adscripción de la colonia a la tribu Papiria vinculada a ambas (González 1995: 281-293; Sáez et alii 2004: 27). Para otros investigadores, la fecha generalmente admitida es el año 14 a. España y se han podido identificar de forma aproximada las áreas públicas que lo conformaron. Hasta el momento 3, en lo que respecta a la identificación de edificios cultuales, contamos con la certeza, gracias a la localización de su podio 4 y a parte de los materiales arquitectónicos y decorativos localizados en la zona 5 de la existencia de un templo augusteo, de época fundacional. En un primer momento, la orientación del hipotético templo se planteó hacia el este, considerando como su modelo el conjunto emeritense con un estanque a cada lado (García-Dils et alii 2006) dado que la ubicación de uno de los estanques forzaba dicha orientación. Posteriormente, la evidencia arqueológica que supuso la localización de parte del podio junto al estanque, ha permitido situarlo de forma definitiva con la orientación canó- 4 La presencia de dicho templo se confirmó con el hallazgo de una parte del podio, junto a la estructura hidráulica, en los momentos finales de la Fase III (García-Dils et alii 2007: 79). Una posible basílica identificada con los restos de una escalinata en calle Mármoles, 6 esquina a calle Miguel de Cervantes y calle San Bartolomé, 7, de la que tenemos constancia epigráfica (Sáez et alii 2004: 47; Sáez et alii 2005: 97) y una doble hilera de pilares de cimentación con orientación oeste-este que ha sido interpretado como un pórtico doble que daba acceso al espacio forense desde el sur (García-Dils y Ordóñez 2006: 28). nica (García-Dils et alii 2007). La reinterpretación de los hallazgos de las fases I y II, como ya indicamos anteriormente, permite plantear la existencia de una zona de culto en lugar de las termas que hasta ese momento se aceptaban como hipótesis de trabajo. Según la interpretación realizada por S. García-Dils (García-Dils et alii 2007; García-Dils 2009: 109-110), se trataría de una zona articulada en torno a un centro de culto, con una estructura hidráulica con función cultual 6 en su parte trasera, rodeado por un muro de opus quadratum que cerraría un área sacra parcialmente ajardinada, situado en el cruce del Kardo Maximo y un decumano secundario. Se ha localizado un acceso en su esquina noroccidental y en su interior se disponen una serie de estructuras junto al propio templo (Fig. 2): una estructura de planta quebrada con cimentación en opus caementicium (U. C. 8218) que ha sido interpretada como una cimentación de basamento o podio (García-Dils et alii 2007: 85); el estanque rectangular (23,80 m x 6,32 m) ya citado y una estructura considerada como contrafuerte (U. C. 8115) que rodea todos estos elementos y que, junto con el muro anteriormente mencionado, genera una explanada de una anchura de 9.20 m (31,11 pies), en su lado norte y 9.50 m (32 pies) en su lado oeste 7. El templo presenta una posición centrada respecto al estanque, lo que permite a los autores establecer sus dimensiones aproximadas en 60 pies sin la moldura 8, o bien, unos 64 pies contando con ella. Respecto a la localización de otros edificios públicos en el Foro astigitano, las cimentaciones aparecidas en los últimos años en el entorno forense, parecen corresponder a un gran complejo monumental, sin que se haya realizado una identificación plena de 6 El templo del foro de las corporaciones de Ostia contó con dos grandes vasche colocadas junto a los flancos del podio siguiendo una tipología propia de templos destinados al culto imperial y que también se observa en Hispania, en el templo de Évora (Pensabene 2002: 205), en Mérida (Álvarez y Nogales 2003: 148) y en el Traianeum de Itálica (León 1988: 42). Esta zona es reinterpretada por M. Buzón (2011: 93-96) como niveles de un pórtico en π, propuesta que entendemos acertada, sostenida por los datos que plantearemos más adelante. 8 Coincide con nuestro cálculo (Felipe 2008a: 153) basado en el módulo que se desprendía del fragmento de capitel corintio-itálico de calcarenita. 9 A este templo habría que sumar el identificado por M. Buzón (2009b;2011) en los restos localizados de la calle Galindo, adyacente al lugar donde se considera que estuvo situado el Foro de la colonia. El conjunto estaría compuesto teóricamente por un pórtico, un templo y una plaza pública. Esta zona ha venido identificándose como Forum Adiectum (Márquez 1998: 114 Área este. En 2002, en la calle Regidor esquina a calle Olivares y a calle Virgen de la Piedad se localizó otro "de los fustes de granito al parecer caído y abandonado en su lugar de ubicación original" (Sáez et alii 2004: 45) localización que lleva a los autores a proponer la existencia de una gran plaza con pórtico períptero y un edificio con canal perimetral sin atribución funcional hasta la fecha. En esta zona se ha propuesto la existencia de un hipotético edificio debido a la existencia de potentes cimentaciones localizadas en Virgen de la Piedad, 16 (García-Dils 2012: 740). A las estructuras anteriormente descritas (véase nota no 9), interpretadas por M. Buzón como el basamento de un segundo templo, hay que añadir la existencia de una plataforma de opus caementicium (9,10 m de longitud por 5.20 m de anchura) localizada en la calle Emilio Castelar, 5 esquina a calle Miguel de Cervantes (Sáez et alii 2004: 47). Según la estratigrafía, la cronología para esta estructura es de mediados del siglo i d.C. (Muñoz 2005: 463). UNA PROPUESTA DE MODULACIóN DEL FORO En resumen, en lo que respecta a la zona forense fundacional que nos ocupa, el lado norte estaría constituido por un recinto de culto con un área sacra y un templo con un estanque trasero, discurriendo en paralelo a la Plaza de España y al no 3 de la calle Miguel de Cervantes (Sáez et alii 2004: 45), donde se sitúa el muro de cerramiento del mismo. Al sur de esta zona, un espacio abierto constituido por una plaza (en la que se sitúa una estructura central, posiblemente un Ara (Buzón 2011: 105) en cuyo lado sur se ha registrado una plataforma plana que llega hasta la calle San Bartolomé (Carrasco y Romero 1997: 723-724) 12. En su lado este, el límite queda constituido por las calles Regidor y Virgen de la Piedad 13 (Romero et alii 2005: 452), y por el oeste estaría flanqueado por el Kardo Maximo que discurre parcialmente por la calle Miguel de Cervantes. 11 Los datos más actualizados sobre el urbanismo de estas zonas se recogen en: García-Dils 2012. 13 Hacia el oeste las calles Regidor y Virgen de la Piedad actúan como límites occidentales (sic) y por el este la calle Jesús sin Soga aporta la demarcación oriental (Sáez et alii 2005: 97). El estudio metrológico 14 de las estructuras exhumadas durante las distintas campañas realizadas en la Plaza de España, a las que hemos hecho referencia anteriormente, nos revela una cuidadísima planificación del Foro de la colonia, a la altura de la precisa ubicación escogida sobre el territorio para la fundación. A partir de las mediciones realizadas sobre el plano (García-Dils et alii 2007: 80), obtenemos las siguientes medidas en pies romanos 15 (Fig. 2): En la mitad (34 pies) de esta distancia destinada al templo (68 pies) debería encontrarse el eje de simetría del conjunto. Sin contar con el espacio que va desde el muro de cierre oeste hasta la estructura U. C. 8115, obtenemos 110 pies (32,52 m, sumando la longitud de la estructura de planta quebrada, más el espacio intermedio, más la mitad de la zona reservada al templo). Al reconstruir el frente teórico por simetría, la otra mitad del espacio debe medir otro tanto. Así obtenemos un frente completo de 220 pies (65 m): esta longitud es 20 pies menor que la de un iugerum. La distancia desde la esquina conservada del muro de cierre del área sacra hasta los restos de la calle San Bartolomé es de 754 pies (223 m) aproximadamente 16, si restamos a esta distancia los 34 pies de espacio que van desde el muro de cierre hasta la estructura U.C. 8115, 14 Para mejor comprensión de las figuras hemos de distinguir entre las medidas de superficie destinadas al Foro (iguera reflejadas en las figuras 3 y 8a) y el módulo utilizado para el diseño de los edificios y espacios (55 x 55 pies, que se ha representado en las figuras 2, 8a y 9). Entendemos que, si bien hay un uso de un pie local más reducido en determinadas construcciones, en la roturación del área fundacional y en el diseño posterior de los espacios se utiliza el pie de 29,57 cm, como queda ampliamente contrastado a continuación con la coincidencia de estructuras y espacios teóricos con la evidencia arqueológica. Las medidas han sido tomadas y comparadas en los distintos planos publicados sobre la zona y a su rigurosidad nos debemos ya que el acceso durante la excavación, por razones obvias, no ha sido posible. 16 Medición realizada sobre el plano publicado en: García-Dils y Ordóñez 2006: 16. obtendremos 720 pies, correspondientes a la longitud de seis iugera (Fig. 3). Dicha planta tendría su origen en el eje de simetría del templo. Podemos observar cómo se destinan dos iugera (cuatro actus de 120 x 120 pies) a la zona del área sacra, coincidiendo esta distancia con las estructuras halladas en la calle Miguel de Cervantes, 3 y calle Emilio Castelar, 25 (Fig. 3). La plaza forense, de acuerdo con la teoría vitrubiana (Vitrubio, V, 1), que recomienda una anchura de dos tercios de la longitud, tendría una superficie de 2 x 3 actus (tres iugera), quedando reservados los últimos dos actus (un iugerum), como veremos a continuación, a la basílica 17. En la cabecera del área sacra, los edificios del frente se extienden, como hemos dicho, sobre una longitud de 220 pies, concretamente distribuidos en cuatro módulos (Fig. 4) de 55 pies cada uno (once passus de cinco pies), quedando un espacio exterior Figura 3. Modulación en iugera (en línea discontinua) del Foro fundacional. Módulos de 55 pies sobre zona de la cabecera del área sacra. Es constatable, en cualquier caso, que el desarrollo de las superficies en planta de la zona del área sacra se realiza sobre cuatro módulos de 55 pies. Los dos centrales están destinados a la zona que ocupará el templo, sobre los que está dispuesta la estructura hidráulica de forma simétrica, y los dos laterales reservados a las estructuras de planta quebrada de las que solo conservamos la de la parte oeste, a la que denominaremos a partir de ahora estructura B, pudiendo plantearse, de forma razonable, la existencia de su correspondiente réplica en la parte este (estructura B ́). Quedaría así enmarcado el templo entre dos estructuras, cuyo carácter se nos escapa por el momento. Sobre estos cuatro módulos de 55 x 55 pies se desarrollan las estructuras principales (Fig. 6). De los dos centrales, sobre los que está dispuesta la estructura hidráulica de forma simétrica, construyendo rectángulos áureos, se obtiene el espacio destinado a la zona que ocupará el templo, que amplía en 34 pies los cuadrados iniciales, obteniéndose así una distancia central de 68 pies con centro en el eje de simetría del conjunto (Fig. 7a De esta forma, se han obtenido los dos espacios laterales de 34 pies, las dos estructuras B y B ́ -ésta última solo supuesta-, de 55 pies, dos espacios abier-tos de 21 pies y un espacio central de 68 pies ocupado por el templo (Fig. 7e). La primera ampliación del cuadrado de 55 pies nos proporciona la anchura del espacio terrizo y su correspondiente simétrico en el lado derecho del Foro. La estructura B y la presumible simétrica B ́ ocuparían un espacio de 55 al que seguiría un espacio vacío de 21 pies y a continuación los 68 pies de anchura destinados al templo 20. La cabecera de la plataforma central del Foro de Mérida conforma un espacio de forma rectangular cuyas dimensiones internas, sin la anchura del muro y los contrafuertes, es de 65,36 m en los lados cortos y de 93,60 m en los lados largos (Ayerbe et alii 2009: 668). Esto supone unas distancias de 221 x 316 pies romanos lo que nos daría prácticamente cuatro módulos de 55 pies para los lados cortos y 5 y 3⁄4 de módulo de 55 para los lados largos. Si aplicamos esta cuadrícula de 55 pies a la plaza forense y a la zona destinada a la basílica, contamos con un paralelo para esta modulación que proponemos para el Foro astigitano. Como consecuencia de los desarrollos de los rectángulos áureos y sus intersecciones, las medidas presentes en el diseño del Foro mantienen una relación constante: el número áureo Phi (Φ = 1,618...), siendo así que encontramos en el diseño del frente los siguientes números de lo que posteriormente se conocería como la Sucesión de Fibonacci: 21, 34, 55, 20 Distancia correspondiente también al espacio central, entre los dos grupos de escalones laterales, de la estructura hidráulica, ante la que el templo se encuentra centrada. Al situar este diseño sobre los restos conservados comprobaremos que la coincidencia de las estructuras es completa. Tomando el centro del templo como eje de simetría del Foro, obtendríamos una distancia desde el extremo oeste de 144 pies, lo que daría una medida total del mismo de 288 pies. Así mismo, según las medidas que deduce M. Buzón de estos restos: 26 x 42 pies, tendríamos dos longitudes incluidas, de nuevo, en una secuencia áurea. Los planos publicados por Buzón (2011: 120, fig. 46) y García-Dils (2012: 744, fig. 10b) en los que aparecen incluidos los restos localizados en la calle Mármoles, 6 y Mármoles esquina a Miguel de Cervantes, en la zona sur del Foro, vienen a refrendar esta modulación (Fig. 8). Los restos de basamentos localizados (Sáez et alii 2004: 47; Sáez et alii 2005: 97) se insertan perfectamente en el diseño que se desarrolla desde la zona norte y, nuevamente, parecen constatar la utilización del número áureo y del módulo de 55 pies en su diseño. De las medidas obtenidas sobre el plano se establece una distancia entre los límites norte y sur de los basamentos de 34 pies y una distancia delimitada por el eje de simetría del conjunto de 76 pies (55+21) desde el límite oeste de los mismos. Tendríamos así un espacio interior de 34 por 152 pies delimitado por basamentos de columnas. La disposición, ubicación y proporciones de estas estructuras apuntan decididamente a que nos encontramos ante la basílica del conjunto forense. Modulación de las estructuras principales de la zona norte del área sacra sobre rectángulos áureos. desarrollo nuevamente de rectángulos áureos sobre los módulos de 55 pies nos permite obtener su diseño teórico (Fig. 9) un edificio con un ancho en su nave central de 34 pies, unas naves laterales de 17 pies y una anchura total de 68 pies que coincide con el espacio reservado al templo en la zona norte del foro. Su longitud alcanzaría los 186 pies sin contar con los presumibles edificios anexos. Las excavaciones ya citadas que se llevaron a cabo en la Plaza de España aportaron una ingente cantidad de materiales arquitectónicos y escultóricos 21. La naturaleza misma de las piezas arquitectónicas y su diversidad nos indican que tienen distintas procedencias y que nos encontramos en una zona en la que, en un momento temprano tras el colapso de los edificios del entorno, tuvo lugar una acumulación de materiales con claros fines de reutilización u ocultación. Es significativa, para la visión del Foro colonial que planteamos, la descripción de varios grupos homogéneos de elementos (por materiales, módulo y paralelos) que hemos creído conveniente individualizar. Destaca entre ellos la presencia de la serie de piezas realizadas en calcarenita estucada: de grandes dimensiones, datadas en época augustea 22 y que ya nos llevaron en su día (Felipe 2006) a plantear una primera fase de monumentalización de época fundacional augustea y a adscribir estos elementos a un edificio de culto -el templo fundacional-que debía ubicarse junto al estanque. De acuerdo con la modulación teórica que hemos desarrollado anteriormente, el espacio destinado al templo debió alcanzar los 68 pies de anchura. En cuanto a su longitud, nos permitimos plantear la siguiente hipótesis: la prolongación de la longitud del templo hasta el tercer módulo, a partir del medio módulo destinado a la estructura hidráulica, nos da una distancia de 137,50 pies, prácticamente el doble de la anchura (68 pies) 23. 22 El material utilizado y las características a las que apuntan su decoración, nos llevan al momento fundacional de la historia de la colonia, es decir época medio augustea. De toda la perístasis de calcarenita 24 (Fig. 10) contamos con fragmentos de fustes estriados con restos de estunos daría una proporción de 1.6. En la zona sacra que ocupa parece detectarse un diseño realizado sobre módulos de 50 pies y la proporción √2, pero consideramos que el estudio comparativo de la modulación en otras ciudades excede el ámbito de este trabajo. 24 No se ha localizado ninguna basa. co blanco 25, un capitel corintio-itálico y un segundo fragmento de capitel de esta tipología que también fue reutilizado como sillar; dos fragmentos de una cornisa augustea; un fragmento de la cornisa del podio 26 -idéntico al fragmento (F-49) (Rodríguez 2006: 220), correspondiente al ángulo nororiental, que se localizó en los rellenos del estanque en la III fase de la Intervención Arqueológica de la Plaza de España (García-Dils et alii 2007: 94)-; la celosía (realizada en una aleación de cobre y plomo con lámina de oro adherida) exhumada en el interior de la piscina y que según los autores "(...) decoraba la coronación del 25 "(...) Algunos restos de aristas evidencian la existencia de columnas estucadas que debieron pertenecer a este primer momento constructivo" (Romo 2003: 29). 26 Son cornisas de caliza estucadas, que cuentan incluso con "(...) grandes grapas de bronce que las mantenían unidas, así como una gran plancha de plomo que les serviría de asiento" (García-Dils et alii 2006: 26) La presencia de estos elementos en el derrumbe, junto con los restos de estucos -rojos, blancos y amarillos-y de aristas estucadas de fustes (Romo 2002: 158 y ss.) en los primeros estratos de colmatación de la piscina (Vargas et alii 1998: 21 y ss.), nos lleva a considerar que el templo se mantuvo, en lo que a sus elementos sustentantes se refiere, en su forma original hasta su colapso. A esta conclusión apunta también el hecho de que no se localicen materiales marmóreos o graníticos que se ajusten a las dimensiones atribuidas al templo, deducidas de un frente de entre 64 y 68 pies, la altura de su podio en torno a los tres metros (Saquete et alii 2011: 281), el módulo de los restos de fustes y capiteles conservados y del paralelo con el templo de Diana en Mérida 27. De hecho no se han localizado fustes de mármol y los mayores fustes de granito con los que contamos permiten restituir una columna de 29 pies, en tanto que la original del templo debería ser, como mínimo, superior a los 33 pies 28. Sin embargo, contamos con una serie de cinco placas destinadas a la inserción de litterae aureae procedentes de las fases I y II (Ordóñez y García-Dils 2013a: 78 y 79) 29, recientemente publicadas en Ordóñez y García-Dils (2013b). Estaríamos ante un friso de 60 cm. de altura (2 pies), con un texto desarrollado probablemente en una línea y con letras de 40-45 cm: es decir, estaríamos ante la tercera inscripción conservada con litterae aureae más grande del Imperio 30. Dado su tamaño, su carácter y el lugar de su localización, deben pertenecer a un templo y con sus dos pies de altura, parecen convenir al que nos ocupa. Se trata de elementos diseñados 27 El templo presenta claros paralelos con el emeritense: tipo constructivo del basamento del podio, materiales (locales estucados) y dimensiones. 28 La restitución de la columna original, con los escasos restos conservados, nos lleva a un diámetro de 3,33 pies romanos. Si nos atenemos a la norma vitrubiana debía medir unos 33 pies, por lo que su altura resulta escasa para un templo de 64-68 pies de frente. En Mérida encontramos nuevamente esta diferencia: para un diámetro de 3,75 pies tenemos una columna de 39 pies romanos. 29 En este punto debemos agradecer las indicaciones que tan amablemente nos ha realizado el Prof. Dr. D. Ángel Ventura Villanueva. 30 Pantheon (70 cm), Templo de Castor y Polux (55 cm), Teatro de Marcello (45 cm) agradecemos estos datos al Prof. Dr. D. Ángel Ventura Villanueva. para cubrir las piezas sustentantes que habían sido realizadas en otro material menos noble31. El material en el que están elaborados -mármol de Almadén de la Plata-sugiere una nueva fase, un momento más avanzado de la vida del templo, que puede estar relacionado tanto con las reformas que se detectan en el área sacra en la segunda mitad del siglo i d.C., o más probablemente, con las que más adelante postulamos para esta zona en el siglo ii d.C. Por su envergadura pudieron consistir en una restauración del viejo templo o en una nueva consagración del mismo. Por todo ello entendemos que no existió una completa renovación estructural del templo augusteo en épocas posteriores, con independencia de que se llevaran a cabo labores de mantenimiento del estucado. Para finalizar podríamos establecer de forma aproximada el orden arquitectónico de las columnas de este templo augusteo. C. Márquez al referirse al mismo, lo describe como períptero, hexástilo y afirma que se construyó en el momento de fundación de la colonia, en el último cuarto del siglo i a.C. (Márquez 2008: 129). De los restos conservados se deduce un fuste acanalado de un diámetro aproximado de 3,33 pies lo que nos daría una columna superior a los 33 pies aunque hemos de tener en cuenta que no tenemos certeza de que los restos conservados de los tambores correspondan al imoscapo, por lo que debemos considerar esta altura como mínima. Sin embargo, para una altura de 64-68 pies en el frente del templo como la restituida de acuerdo con la modulación descrita anteriormente, esta medida parece insuficiente. En Mérida (Álvarez y Nogales 2003: 125) encontramos nuevamente este alejamiento de las normas vitrubianas: para un diámetro de 3,75 pies tenemos una columna de 39 pies romanos. Así pues, entendemos que esta altura parece más apropiada para la restitución de la columna que contaría con el capitel corintio colosal, ya citado, de tradición itálica de, como mínimo, 96 cm (3,25 pies romanos). El derrumbe definitivo del edificio, se data a mediados del siglo iv d.C. (Romo 2003: vol. I, 98). Resulta llamativo el hecho de que se hayan conservado elementos metálicos de la decoración -tan preciados para el expolio-bajo los propios sillares y cornisas del templo en su colapso, lo que nos lleva a pensar que tal proceso debió producirse en un momento muy temprano del abandono del templo ya que de otro modo, tal circunstancia, no se explicaría. UNA PROPUESTA DE MODULACIóN DEL FORO COLONIAL DE ASTIGI Y LA CONFIGURACIóN... EL PóRTICO DE LA ZONA DEL ÁREA SACRA La zona que rodea al templo y las estructuras aledañas (explanada situada entre el muro de cierre y la estructura U. C. 8115) fueron interpretadas, en principio, como la palestra de las termas, posiblemente porticada (Romo 2003: vol. 1, 51-52) y posteriormente como zona ajardinada (García-Dils et alii 2007: 82), aunque en el mismo artículo estos autores citan la posible existencia de un pórtico perimetral del temenos en el área sacra (García-Dils et alii 2007: 100). También, M. Buzón apunta la posibilidad de que esta explanada constituya la cimentación de un pórtico (Buzón 2009a: 332-334). La segunda de las estructuras (U. C. 8115), si bien cumple funciones de contención del terreno, presenta una regularidad en la modulación de su construcción que parece revelar su función como cimentación32. La propia estructura tiene adosados una serie de apéndices cuyas dimensiones conservadas y cotas se reproducen en el cuadro adjunto -con medidas expresadas en cm- (Romo 2003: vol.1, 56-57) La profundidad de estas cimentaciones alcanza 1,60 m, estando separadas entre sí por intervalos de 2,40 m (8 pies aprox.) y una distancia entre sus ejes centrales de aproximadamente 3,25 m (11 pies). De esta forma, tanto desde la zona forense como desde el decumano se accedería a la explanada salvando un desnivel de unos 56 cm (2 pies romanos aproximadamente). Los contrafuertes que forman parte de esta estructura tienen una cota de 100 aproximadamente (Romo 2003: vol.1, 56-57) y estarían previsiblemente forrados de sillares 37 hasta hacerlos coincidir con la cota base de los placados marmóreos del muro (100,77) que se considera como posible cota de uso de esta plataforma. En cualquier caso es evidente que entre el decumano y la zona del templo existe una estructura más elevada construida con capas de tierra apisonada y contenida por un lado por el muro que rodea a toda la zona y por otro por la estructura U. C. 8115 que para cumplir su función debió de llegar como mínimo a la cota de esta. Por todo ello, en nuestra opinión la U. C. 8115 y el muro de cierre 38 de la zona forense constituyen un pórtico. En cuanto a su restitución, a partir del intercolumnio que se desprende de las estructuras de cimentación, su diseño inicial parece planteado sobre un módulo de 2 pies. La distancia entre ejes de los cimientos, como ya hemos indicado, es de 11 pies y el intercolumnio de 8 pies aproximadamente. En el artículo que da a conocer la existencia del templo augusteo se afirma que la construcción del muro dentado se corresponde con el mismo momento de edificación del estanque y la cimentación del templo (García-Dils et alii 2007: 90). A. Romo apunta a la segunda mitad del siglo I d.C. como fecha de la construcción del muro de cierre (véase nota no 19) o remodelación 39 del mismo (Romo 2002: 156), indi-37 Varias razones abundan en este sentido: el paralelo de otras estructuras de cimentación similares como la ya citada de Mérida (nota 34), la diferencia de cota entre la estructura principal y los contrafuertes que es prácticamente la misma que la altura de los sillares utilizados en la construcción del templo y su saqueo sistemático puesto que no tendría sentido el robo de fragmentos de caementicium considerando la cantidad de material que se encuentra en la zona. 39 "(...) algún que otro fragmento de marmorata inserto en el signinum de la propia natatio nos hace ratificar la fecha de la segunda mitad del siglo i d.C. como momento importante de remodelaciones o ampliaciones -creación de la palestra-en el propio conjunto termal" (Romo 2002: 156). cando que la fábrica del muro de cierre en su parte mejor conservada presenta, según esta autora, unas características muy alejadas de las técnicas constructivas de principios del s. I d.C. (Romo 2003: vol. 1, 59). También tenemos constancia de que en la segunda mitad del I d.C., coincidiendo con la ampliación al este del Foro (Sáez et alii 2004: 45; García-Dils y Ordóñez 2006: 27) debió de realizarse algún tipo de marmorización en este edificio, como muestran los placados y unas posibles obras de mantenimiento (como sucede con el desagüe y el signinum de la piscina junto con la construcción de la pavimentación de losas de Tarifa, U. C. 8106) (García-Dils et alii 2007: 86). Todo ello permite apuntar la existencia en este momento de una intervención en la estructura que, a nuestro criterio, no ha dejado constancia en la decoración arquitectónica 40, más allá de la utilización de revestimientos marmóreos. Sin embargo, los restos arquitectónicos 41 localizados en este lugar durante las Fases I y II, apoyan una nueva propuesta sobre la posible intervención en la zona porticada durante el periodo adrianeo. Dentro de los límites que exige la prudencia, intentaremos plantear una posible transformación de la zona norte del Foro que de manera evidente debió cambiar su fisionomía radicalmente. La presencia en Astigi de una cantidad muy importante de fustes de granito (véase Felipe 2008b) 42 40 Existe un grupo de basas sin plinto (véase Felipe 2006) que cuentan con el fuste del imoscapo realizado en el mismo material local. Unas se encuentran reaprovechadas en la ciudad moderna y otras proceden de la reutilización en domus durante la segunda mitad del siglo iv d.C., comienzos del siglo v d.C. (García-Dils et alii 2007: 101). Pero si el pórtico fue construido en época augustea y reformado a partir de mediados del siglo i d.C., no tendría explicación la utilización de este material en la construcción o su permanencia en la zona, por lo que deben corresponder a la zona porticada del kardo 4 (García-Dils 2010: 98), más próximo a las viviendas en las que aparecen reutilizadas, o bien a otra zona aledaña. 41 Fustes, capiteles, basas y arquitrabes especialmente. 42 Podemos realizar una propuesta de restitución de los cuatro tipos de columnas existentes por su relación con las basas y los capiteles localizados, dadas sus proporciones, material y cronología. Un primer tipo "A" estaría constituido por los fustes de mayor diámetro (90 cm), el capitel de la Sala de la Amazona del Museo Histórico Municipal de Écija, cuya mitad superior conservamos y que cuenta con una altura restituida de unos 94 cm y una basa de unos 45 cm de altura que debería corresponderse con este módulo, de la que no se han conservado restos. De esta forma la altura de la columna alcanzaría unos 29-30 pies. Una segunda columna "B" se compondría con una basa sin plinto de 37 cm de altura, un fuste de 75 cm de diámetro y un capitel, que no se ha conservado, cuya altura rondaría aproximadamente los 84 cm. La altura de la columna sería de 24 pies. Un tercer tipo "C" que alcanzaría una altura de 20 pies y que estaría formado por una basa con plinto de 36,5 cm de altura, un fuste de diámetro de imoscapo 60-65 cm y el capitel del Banco Central de 76 cm de altura. El último módulo, tipo "D", contaría con una basa de 30 cm de (Fig. 11) convierte esta cuestión en fundamental para comprender, no ya solo la fisonomía de los espacios públicos de la ciudad en su momento de mayor esplendor, sino también los procesos evergéticos que dieron lugar a su implantación. Baste recordar que: a) se han conservado más de 78 toneladas de granito, aproximadamente la mitad de importación; b) contamos con cuatro módulos distintos, todos ellos monumentales 43; c) en el que ofrece un mayor número de elementos, podemos individualizar entre trece fustes (como mínimo) y veintitrés fustes (como máximo) 44-sin considerar referencias a otros desaparecidos o correspondientes a otras excavaciones a cuyos datos no hemos podido tener acceso-y, por último, d) existe una relación de proporcionalidad entre los distintos módulos. La existencia de estos elementos construcalto, un fuste de 44 cm de diámetro y un capitel no localizado, cuya altura rondaría los 60 cm aproximadamente. La altura de la columna alcanzaría los 15 pies. Plano de dispersión de fustes sobre el parcelario (en gris los fustes que se reutilizaron, en negro los localizados en intervenciones arqueológicas). Archivo La mayoría cuenta con diámetros que oscilan entre 2 y 2,20 pies. Se trata de fustes realizados en granito de Elba-Giglio, Troade, Misio y granitos hispanos cuya dispersión sobre el plano los sitúa en todos los casos en la zona ocupada por el pórtico. Están asociados a capiteles que, tienen una datación claramente adrianea. Esta misma combinación de materiales de importación nos remiten a un paralelo exacto en el pórtico que circunda el Capitolium de Ostia fechado en edad adrianea (Pensabene 2002: 253;2007: 260 y ss.). Efectivamente, en Ostia se construye un pórtico, en este caso de dos órdenes, de veinte columnas cada uno. El primer orden utiliza fustes de 58 cm (2 pies) de diámetro realizados en granito de Elba, otro granito más claro con manchas rosadas y un ejemplar de granito de la Troade. El alzado teórico en nuestro caso se correspondería con un pórtico en Π constituido por un frente de 21 columnas de 20 pies (Fig. 12) realizadas con fustes de granito 46 elaborados en Misio, Elba-Giglio, Troade y granitos hispanos de los que se conservan 9 ejemplares prácticamente completos y otros 9 fragmentos de gran tamaño, basas áticas de mármol blanco de Almadén 47 (trece fragmentos y tres casi completas), capiteles corintios de mármol blanco, destacando uno completo 48 y una serie de fragmentos cuya factura evidencia su pertenencia a este grupo 49, nueve placas de 46 H. 4,89 m y diámetro de 60 cm. 47 H. 36,5 cm. 48 H. 76 cm. 49 Como ya se adelantó en (Felipe 2012: 147) donde se lleva a cabo un análisis formal de estos capiteles, resulta indudable revestimiento de arquitrabes para dinteles o marcos 50 y por último, dos cornisas 51 realizadas en proconesio. Respecto a los probables fustes de pilastra que se corresponderían con los fustes exentos podemos considerar siete fragmentos por el material en el que están realizados (mármol blanco de grano medio) y por su aparición en un contexto estratigráfico, U. E. 168, considerada como una de las primeras unidades de derrumbe en el estanque (Vargas et alii 1998: 20). Estos fustes de pilastra se complementarían con tres capiteles de pilastra realizados en mármol gris posiblemente proconesio. La altura total, incluido el podio, del pórtico sería superior a los 25 pies romanos (Fig. 13). Por tanto la reforma de la zona, de la que son buena prueba los elementos de mármol y granito, debió afectar solo al pórtico. Este mismo proceso se observa en Mérida, a partir de época flavia, donde se construye un nuevo foro sobre el fundacional, dejando el templo en su forma original y afectando la obra solo a tres de sus lados (Peña 2009: 562). su cronología adrianea dada su vinculación estilística con los capiteles de Villa Adriana. Propuesta de restitución del alzado del pórtico. Elementos arquitectónicos atribuibles al pórtico. De todo lo anteriormente expuesto podemos extraer como conclusión que el Foro astigitano fue planificado con un cuidado diseño teórico basado en un módulo de 55 pies romanos (de 29,57 cm) 52. Sobre estos módulos y mediante su desarrollo por medio de rectángulos áureos, se van materializando las dimensiones en planta de los edificios y los espacios libres que los separan. La coincidencia con este diseño de las estructuras conservadas en el norte del Foro es completa y permite extrapolar a las del extremo sur la utilización de estos mismos planteamientos, para interpretar los restos de los basamentos allí localizados como una basílica (Fig. 14) ya que, nuevamente, su ubicación se adecúa a este planteamiento y permite su restitución en planta por medio del desarrollo de dichos rectángulos áureos. Los elementos arquitectónicos conservados atribuibles al templo permiten una restitución aproximada de su alzado que se ajusta a las dimensiones que se deducen de esta modulación. De las dimensiones en planta de las estructuras indicadas y los espacios que las separan se obtienen medidas que se corresponden con números de la secuencia aurea, basada en el número Phi. Tenemos una estructura central, posiblemente un ara, cuya planta se atiene a esta secuencia. Sin aventurar proporciones de alzado, el efecto estético, desde este punto, tanto hacia el norte (pórticos, edificio de planta quebrada, templo, 52 En la cabecera del foro de Mérida parece rastrearse también esta modulación sobre 55 pies. espacios libres) como hacia el sur (basílica) debió de ser, cuando menos, extremadamente armonioso. La intencionalidad en la búsqueda de la proporción es evidente. Por último, el análisis de una de estas estructuras, cuya finalidad se había considerado hasta ahora de contención, y su relación con elementos arquitectónicos hallados in situ, permite constatar la existencia de un pórtico objeto de una remodelación en época adrianea cuyo paralelo más evidente se encuentra en Ostia.
Se presentan los primeros resultados de análisis isotópicos llevados a cabo a una selección de muestras de galena, goterones de plomo y objetos de base cobre del asentamiento fenicio de Abdera (Adra, Almería). Según los datos de isótopos de plomo, se pueden distinguir dos zonas diferentes de aprovisionamiento de mineral, Sierra de Gádor y la Cuenca de Vera (posiblemente Cerro Minado o Herrerías), todas ellas zonas mineras de la actual provincia de Almería (España). Los resultados ponen de relieve aspectos inéditos de gran interés sobre el comercio de metales entre los fenicios occidentales. 1 Este trabajo es resultado de la actividad del Grupo de Investigación HUM-741 "El legado de la Antigüedad" (Plan Andaluz de Investigación) (CySOC UAl) y del Proyecto de Excelencia HUM 2674 "Los inicios de la presencia fenicia en el Sur de la Península Ibérica y Norte de África", financiado por la Consejería de Innovación, Ciencia y Empleo de la Junta de Andalucía. Asimismo se encuadra en las actividades del Campus de Excelencia Internacional CEI-Mar y del proyecto subvencionado por el Ministerio de Ciencia e Innovación (HAR2010-21105-C02-02) "Relación entre materias primas locales y producción metalúrgica: Cataluña meridional como modelo de contraste" KEY WORDS: Abdera; Phoenicians; Lead; Copper-based; XRF-ED; Lead Isotope analyses. A pesar de que la búsqueda de los metales y la producción metalúrgica han sido habitualmente consideradas como una de las principales motivaciones económicas de la presencia fenicia en el Mediterráneo, el estudio de estos aspectos ha sido más bien escaso dadas las dificultades metodológicas y técnicas que presenta. En este trabajo presentamos los primeros resultados del análisis sistemático de los testimonios de producción metalúrgica de la antigua Abdera con el objeto de contribuir al conocimiento de la producción y el comercio de metales entre los fenicios occidentales en el sur de la Península Ibérica. Está situado en la actual localidad de Adra (Almería) sobre un promontorio de forma triangular de unas 5 hectáreas de extensión (Fig. 1), cuya cota máxima es de 49,38 metros sobre el nivel del mar y en la margen derecha del llamado río Grande o Adra, desviado algunos kilómetros al Este a finales del siglo xix. El estudio de Hoffmann (1988: 49-53) sobre la antigua línea de costa confirma la cercanía del asentamiento al mar y muestra la colmatación del estuario por las tierras de aluvión del río Grande. Esta vía fluvial actuaba como ruta de acceso a las tierras del interior, donde se encuentran los yacimientos minerales de hierro y plomo de la Sierra de Gádor. Las primeras investigaciones realizadas en el Cerro de Montecristo fueron estudios de materiales y excavaciones arqueológicas en los años 60 y 70 (Trías 1967-68; Fernández-Miranda y Caballero 1975). Posteriormente se realizó una excavación de urgencia en 1986 para evaluar el potencial arqueológico del yacimiento, en la que ya se registraron los primeros restos de actividad metalúrgica (Suárez et alii 1989: 148) como minerales, escorias, gotas de plomo y toberas, así como una gran variedad de objetos de hierro, plomo y base cobre (Carpintero Lozano, 2009). Durante la intervención puntual de 2004 (López Castro et alii 2009) y la excavación sistemática de 2006 (López Castro et alii 2010) salieron a la luz más materiales de tipo arqueometalúrgico que venían a completar el repertorio material recuperado en anteriores campañas de excavación, presentándose como novedad el hallazgo de una pequeña estructura de combustión relacionada con actividades metalúrgicas. Ha sido en estas últimas campañas de excavación cuando se ha establecido una cronología más precisa en base a dataciones radiocarbónicas y secuencias estratigráficas más completas, obtenidas principalmente de los cortes 3, 4 y 15 (Fig. 1) con algunas fases cronológicas coincidentes. Estas fases contemplan un marco cronológico amplio que abarca la primera mitad del siglo viii a.C. hasta época romana (López Castro et alii 2010: 93-99). Posteriormente, en torno al siglo vii d.C., la población abandonó la ciudad de fundación fenicia para establecerse unos kilómetros más al Norte, en el asentamiento medieval de "La Alquería" (López Medina 2006: 54). Esta continuidad cronológica confirma una prolongación del desarrollo de la ciudad fenicia y romana sin intervalos ni Figura 1. Para el estudio arqueometalúrgico de los materiales recuperados en el Cerro de Montecristo se han empleado diferentes técnicas de análisis de manera complementaria, para obtener la información de los distintos tipos de materiales involucrados en este trabajo. En primer lugar se utilizó el equipo de Difracción de Rayos X de monocristal de la Universidad de Almería (BRUKER SMART APEX CCD) para la determinación de las fases cristalinas del fragmento de galena. Se tomó una pequeña cantidad de muestra (aproximadamente 1 mg) y se introdujo en el interior de un capilar de vidrio. Se tomó como patrón de calibración un capilar de aluminio. El análisis de los resultados se realizó con el programa de evaluación EVA perteneciente al paquete Diffrac plus Evaluation de Bruker. Posteriormente se realizaron una serie de análisis de XRF a través de dos equipamientos diferentes: el espectrómetro portátil del Museo Arqueológico Nacional (INNOV-X Systems modelo Alpha equipado con tubo de rayos X con ánodo de plata, condiciones de trabajo: 35 kV, 2μA, con filtro de aluminio de 2 mm y tiempo de adquisición 40 segundos). Debido a la baja precisión de este equipamiento en la determinación del contenido de plata en la galena, clave para su interpretación, se decidió completar la información con el análisis XRF con el espectrómetro BRUKER PIONEER de la Universidad de Almería. Para la determinación de la composición elemental se tomaron 5 gr de cada muestra y se procedió a su medida. El análisis de los resultados se realizó con el programa de evaluación Plus Evaluation perteneciente al paquete Spectra Plus de Bruker. Por último, en las muestras arqueológicas analizadas por isótopos de plomo se ha utilizado la técnica de alta precisión MC-ICP-MS que permite reducir los márgenes de error en los resultados y así afinar la asignación de campos isotópicos de base geológica. Estos análisis se han realizado en el Laboratorio de Geocronología de la Universidad del País Vasco siguiendo la metodología descrita por Chernyshev y otros (2007). Las ratios isotópicas presentan un error estándar interno inferior al 0,01 % y cada muestra tiene su propia desviación estándar que se recoge en la tabla de resultados. GEOLOGÍA DE LA SIERRA DE GÁDOR La Sierra de Gádor ocupa 3900 hectáreas en la parte sur-occidental de la actual provincia de Almería, constituyendo un espacio bastante inusual donde montañas de considerable altitud enlazan con la zona sur de Sierra Nevada y avanzan prácticamente hasta la costa. La Sierra tiene una estructura geológica formada básicamente por mantos de micaesquistos del zócalo cristalino del complejo Nevado-Filábride, sobre el que se desarrolla una capa arcillosa de filitas o launa; a su vez, y deslizado sobre ella, se sitúa el llamado complejo Alpujárride, donde emergen calizas, areniscas y dolomías que conforman las rocas encajantes de los minerales de la sierra (Sánchez Hita 2007: 43-44). La formación de mineralizaciones primarias de galena se vio alterada durante el Terciario por una serie de calentamientos globales y en cuyo proceso de enfriamiento fueron cristalizando minerales como el sulfuro de plomo. Posteriormente, tras determinados procesos volcánicos e hidrotermales, los minerales se establecieron en los huecos resultantes o en bolsadas de mineral muy puro, dando lugar a una gran riqueza metalífera en forma de filones y depósitos de galena con baja ley de plata, además de otras mineralizaciones de oro, pirita, zinc, barita y fluorita (Artero García 1986: 68; Sánchez Hita 2007: 43-46). Las mineralizaciones que muestra el mapa metalogenético2 de la Sierra de Gádor no destacan por su complejidad, observándose la presencia de plomo, hierro y carbonatos de cobre3. Los depósitos minerales de plomo en forma de galena ligada a cristales de espato flúor, caliza, cuarzo y fluorita (Domergue 1987; Cara Barrionuevo y Rodríguez López 1990: 85) se encuentran en la zona más elevada y central de la Sierra, tal y como ocurre de forma general en las Cordilleras Béticas (Ruiz Montes et alii 2002: 62), mientras que las bolsadas de galena se encuentran diseminadas por la parte sur y oriental. La pureza del mineral oscilaba en torno al 69-70% de plomo (Madoz 1848: 86), disminuyendo la proporción a medida que nos alejamos de esta zona central. Las dos variedades de galena -ligada a carbonatos o sulfatos-se concentraban en capas regulares o en bolsadas de mineral, que en ocasiones afloraban hasta la propia superficie del terreno, pero que normalmente se encontraban entre 60 y 100 metros de la superficie (Cara Barrionuevo y Rodríguez López 1990: 85). ANTECEDENTES HISTÓRICOS Y LABORES ANTIGUAS EN LA SIERRA DE GÁDOR La presencia de explotaciones antiguas en el territorio de la Sierra de Gádor revela una larga trayectoria histórica ligada a la minería (Álvarez de Linera 1851). El trabajo de documentación de labores mineras preindustriales es bastante complejo si tenemos en cuenta que los sistemas de explotación antiguos se llevaban a cabo con técnicas muy rudimentarias, que apenas han dejado huellas arqueológicas y que en ocasiones pueden incluso confundirse con pequeñas explotaciones contemporáneas que usaban técnicas similares; a esta circunstancia hay que añadir la extracción masiva y descontrolada de mineral que sufrió toda la sierra durante los siglos xviii, xix y xx y que ocultaron o destruyeron las explotaciones antiguas. Aunque tradicionalmente se ha atribuido a los fenicios el inicio de la explotación de los metales de la Sierra de Gádor4 (Orbaneja 1699: 62), este hecho se ha podido confirmar en la actualidad, gracias al registro arqueometalúrgico recuperado en la antigua Abdera (Suárez et alii 1989; Carpintero 2009), mientras que los vestigios antiguos del laboreo de las minas en la propia sierra han quedado evidenciados a través de hallazgos posteriores importantes pero esporádicos. De época protohistórica, en el yacimiento ibérico del Cerrón de Dalías, se documentaron gran cantidad de laminillas de plomo y escorias en superficie que demuestran el beneficio de este metal antes de la llegada de los romanos (Cara Barrionuevo y Rodríguez López 1986: 14, 1990: 85). Sin embargo, será en contextos de época romana donde se documente un amplio y variado registro arqueológico relacionado con la minería. Descubrimientos de pozos antiguos y materiales como lucernas decoradas con peces, vasijas, sigilatas de distinta tipología, lingotes estampillados, algún pico de minero, una estructura de combustión dedicada al plomo e incluso cadenas asociadas a labores llevadas a cabo por esclavos aparecieron en el transcurso de labores mineras contemporáneas y de prospecciones arqueológicas de la zona (Madoz 1848; Cara Barrionuevo y Rodríguez López 1986: 14;1990: 85-86, 2002: 15). Estos hallazgos documentan un periodo extenso de explotación de las minas, primero en manos de particulares desde el siglo ii a.C. y bajo dominio del Estado a partir del siglo i d.C. (López Medina 1996: 140-141). A excepción de algunas noticias proporcionadas por Ibn Said sobre unas minas de plomo explotadas en Dalías y Berja en el siglo xii bajo dominio del rey nazarí y algunas explotaciones de los siglos xvi y xvii que no prosperaron como consecuencia del desarrollo de la minería en América, no sería hasta 1822 cuando comenzase a reactivarse dicha producción, hasta alcanzar su máximo apogeo en el marco de la Revolución Industrial (Cara Barrionuevo 2002: 16-25; Ruz Márquez 1981: 55-57). Este desarrollo histórico prácticamente lineal ligado a la explotación de los recursos metalíferos de la Sierra de Gadór demuestra su importancia como principal motor económico para los pobladores de la Baja Alpujarra desde la Antigüedad hasta prácticamente la mitad del siglo xx (Pérez de Perceval 1984), para lo que se contaba con el puerto de Adra como salida natural del mineral de plomo. Las distintas campañas de excavación han sacado a la luz un interesante y variado conjunto de materiales arqueometalúrgicos procedentes de los cortes 4, 15 y 3, entre otros. La estratigrafía más antigua documentada en el Cerro de Montecristo se ha identificado en un contexto de habitación en el Corte 4, en la zona Este del asentamiento consistente en un horno doméstico de adobes dispuesto sobre la roca, cuya utilización y limpiezas sucesivas dio lugar a la superposición de diversos estratos que contenían abundantes materiales arqueológicos (Fig. 2). El conjunto de testimonios relacionados con la metalurgia en este corte está formado por escorias, fundamentalmente de hierro y otras de tipología indeterminada, objetos de base cobre como anzuelos, pequeñas varillas y un clavo, tres goterones de plomo y un fragmento de galena. Asociados a estos materiales aparecieron tanto en la excavación de 1986 como en la ampliación efectuada en 2004, cerámicas fenicias de engobe rojo (Suárez et alii 1989: 138, fig. 6: k-m, o-p) (Fig. 3: t-v), cerámicas con decoración a bandas (Suárez et alii 1989: 138, fig. 6: n) (Fig. 3: p-s), así como ánforas tipo Ramon T. 10 (Suárez et alii 1989: fig. 6: v, w, x) (Fig. 3: n-o) y cerámicas autóctonas a mano de tipología del Bronce Final del Sureste (Suárez et alii 1989: 138, fig. 6: a-j) (Fig. 3: a-m) en considerable cantidad, que datan esta terraza de habitación en el siglo viii a.C., es decir, en época colonial arcaica (Suárez et alii 1989: 147; López Castro et alii 2009: 3-4). Esta cronología queda corroborada mediante las dataciones radiocarbónicas5 obtenidas en 2004 de una serie de muestras recogidas en los estratos asociados a la utilización del horno (López Castro 2007: 166). En la campaña de 2006, en el Corte 15 se documentó un lienzo de muralla de tipo oriental de doble paramento con cajones rellenos de adobe (Fig. 4a), datada a finales del siglo vii o inicios del vi a.C. Bajo la muralla se documentó un nivel de ocupación algo anterior a su construcción, formado por un pavimento de cal, la unidad estratigráfica 45 (Fig. 4b), que posiblemente formó parte de una vivienda del siglo vii a.C. (López Castro et alii 2010: 97). Este contexto proporcionó restos de actividad metalúrgica cuyos testimonios consisten en una escoria de hierro, distintos objetos de base cobre como anzuelos, varillas, clavos y un hacha de hierro, todos ellos de cronología antigua. En el Corte 3, en la zona sur del asentamiento se excavaron diversas construcciones estructuradas hasta en seis fases constructivas (Fig. 5a) con una cronología que abarca desde el siglo vii hasta el iv a.C. de acuerdo con los materiales cerámicos. Del siglo vii a.C. se documentan ánforas T-10 (Fig. 6: 3879-9), así como la característica cerámica de engobe rojo representada por platos y cuencos y un fragmento de asa geminada de un pithos (Fig. 6: 3849-1, 31108, 3849-4) y platos de cerámica gris (Fig. 6 Asociado a las fases constructivas mencionadas se recuperó un amplio y variado repertorio de materiales relacionados con la producción metalúrgica. Un hallazgo significativo en la fase I del Corte 3 fue un conjunto de fragmentos de toberas del siglo vii a.C. de tipología prismática y doble perforación similares a las halladas en otros yacimientos fenicios de la misma cronología (Renzi 2007). Otros hallazgos relevantes fueron escorias y minerales de hierro, tres goterones de plomo y objetos de hierro, plomo y base Tanto la composición elemental (Fig. 10) como la Difracción de Rayos X (Fig. 11) confirman que el fragmento CM/86-4205 es un sulfuro de plomo, es decir, galena. Este mineral de plomo presenta una proporción de 407 ppm de plata, por lo que se encuentra en el rango de galena pobre en plata que no era beneficiada en la antigüedad por los fenicios. El fragmento indeterminado es un bronce pobre, característico de la metalurgia colonial, mientras el clavo es un cobre bastante puro con una presencia de plomo y antimonio como rasgos a destacar. Los resultados de las ratios isotópicas de la galena, goterones de plomo y objetos de base cobre que centran el interés de este trabajo se recogen en la figura 13. En la representación gráfica comparativa resultante del análisis de isótopos de plomo se puede observar fácilmente la gran homogeneidad que presentan todos los elementos vinculados con el plomo, tanto la galena como los goterones. Teniendo en cuenta que la cronología de estas piezas va del siglo viii al iv a.C. parece que existe una continuidad de abastecimiento en todo ese periodo. Asimismo, al compararse los resultados de las muestras arqueológicas con la información geológica disponible recopilada para la Península Ibérica y el Mediterráneo occidental podría sugerirse que la procedencia del plomo (galena y goterones) es la misma y única, siendo la opción cobre de distinta tipología. Una serie de muestras seleccionadas de las fases constructivas II y V, datadas respectivamente en el siglo vi a.C. y hacia finales del v o principios del siglo iv a.C., han sido analizadas y presentamos en este estudio los resultados analíticos. Finalmente, en la fase constructiva VI del siglo iv a.C. se localizó una estructura de combustión más tardía de pequeñas dimensiones (Fig. 5b) que testimonia actividades metalúrgicas. Las técnicas analíticas aplicadas a una selección de este conjunto de materiales arqueometalúrgicos han permitido realizar una caracterización preliminar de los recursos minerales utilizados en la Abdera fenicia, fundamentalmente relacionados con la metalurgia del plomo y base cobre. Los materiales analizados siguiendo la metodología descrita son: un fragmento de galena (Fig. 7), cuatro goterones de plomo (Fig. 8) y dos fragmentos de base cobre (Fig. 9). Ratios isotópicas de muestras de galena, gotas de plomo y objetos de base cobre obtenidos con la técnica de alta precisión MC-ICP-MS. En las distintas gráficas (Figs. 14 y 15) se aprecia claramente cómo las muestras quedan integradas en el campo isotópico definido para Gádor, y en aquellas zonas en las que puede existir solapamiento parcial en alguno de los ejes, como pueden ser las minas del distrito de Molar-Belmunt-Falset, la comparación revela claramente que sólo hay coincidencia plena con Gádor. Esta coincidencia que señalan los isótopos de plomo es confirmada por la composición elemental. Las muestras de las minas de Fondón de la Sierra de Gádor analizadas en el proyecto "Arqueometalurgia de la Península Ibérica" presentan valores que van desde las 190 a las 210 ppm en plata, aunque una de ellas alcanza un valor de 890 ppm. Por tanto, aunque esporádicamente puedan presentar una concentración de plata elevada, la tendencia general y el contenido medio es que se trata de plomo que no se desplataba. Esta idea se ve confirmada por las muestras de galena recuperadas en La Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante) que se identifican por isótopos de plomo como procedentes de la Sierra de Gádor, con un valor medio de 170 ppm en plata (Renzi et alii 2009). Las muestras de La Fonteta (Fig. 16) presentan una dispersión mayor por todo el campo isotópico de Gádor, sin embargo los plomos metálicos analizados de yacimientos como Santa Llúcia y Tossal del Mortórum en la provincia de Castellón (Montero Ruiz et alii 2014: 209-210), fechados principalmente en el siglo vii y primera mitad del vi a.C., se agrupan con los obtenidos en el Cerro de Montecristo. Sólo podemos distinguir la posición de cada uno de ellos si la representación gráfica se hace con mucho detalle y aun así la coincidencia entre los plomos de Santa Llúcia y los del Cerro de Montecristo es absoluta. También una galena recuperada en Huelva se ha identificado como procedente de Gádor y su cronología podría marcar el inicio de las explotaciones, al menos en el siglo ix a.C. (Murillo-Barroso 2013). Entre las escorias de Río Tinto clasificadas como "ibéricas" (Anguilano et alii 2010) también se detecta plomo procedente de Gádor (Murillo-Barroso 2013) lo que confirma que durante esta etapa del siglo iv a.C. se mantiene una exportación de plomo metálico o galena. La interpretación de los dos objetos de base cobre es algo más compleja (Fig. 9). Los resultados muestran unas ratios diferentes a las del plomo y existen diferencias entre ellas. El fragmento indeterminado identificado como un bronce pobre podría ser un metal reciclado por esa baja tasa de estaño (< 6 % Sn), por lo que vamos a centrarnos en el clavo de cobre como elemento central en la discusión de los resultados. La comparación con los datos isotópicos de las mineralizaciones del SE nos llevan hacia la zona de la Cuenca de Vera. En primer lugar porque existe una coincidencia bastante alta con un mineral de cobre procesado en el yacimiento Calcolítico de Almizaraque. En la comarca existen diversas mineralizaciones de cobre, aunque desde el punto de vista isotópico la caracterización es todavía insuficiente. Tanto las minas de Cerro Minado como las de Herrerías podrían ser el origen del cobre. Sin embargo, si atendemos a la composición, el mineral de Cerro Minado suele ser muy arsenicado, presencia baja de antimonio y ausencia de plomo, mientras que el de Herrerías destaca por su contenido en plomo (Montero Ruiz 1994) y baja presencia de arsénico, pero también deben reseñarse contenidos de antimonio en las muestras minerales de análisis más recientes tras las excavaciones en Cerro Virtud. La composición del clavo, sin arsénico, con plomo y algo de antimonio parece más coincidente con los minerales de Herrerías. El campo isotópico señalado en las figuras 17 y 18 con línea discontinua, sin embargo, parece ser muy amplio, pero englobaría al cobre del Cerro de Montecristo y una parte de los minerales de Almizaraque. Lo que parece claro es que no podemos relacionar el cobre con las minas de Alcolea, geográficamente más próximas al yacimiento, en el borde occidental de la Sierra de Gádor. Estas minas de Alcolea tienen cobre asociado a arsénico, antimonio y plomo. En este sentido, aunque el lingote de cobre de Can Roqueta (Barcelona), con datación poco precisa entre el Bronce Final y la primera Edad del Hierro, esté relacionado con las minas de Alcolea (Montero Ruiz et alii 2012) en la Sierra de Gádor y sugiera la explotación de esos recursos minerales, la cadena de eslabones de El Calvari (El Molar, Tarragona), vinculada también con los minerales de Almizaraque y las minas de Almería (Montero Ruiz et alii 2012), podría tener una procedencia similar a la del clavo del Cerro de Montecristo (Figs. 17 y 18), siendo Herrerías la opción más probable. Por tanto, entre los siglos viii y vii a.C., intervalo cronológico del amorfo y fragmento de clavo de base cobre, parece detectarse una comercialización del cobre de la Cuenca de Vera. Una posible explicación a esta situación de cobre con procedencia lejana detectada en el Cerro de Montecristo, y que necesitaría de futuros datos para su comprobación, es que, aunque con anterioridad al siglo vii a.C. las minas de Alcolea pudieron estar explotándose y suministrar mineral de cobre, a partir del vii a.C. se abandonara esa extracción para centrarse con exclusividad en la minería del plomo de la Sierra de Gádor. En este intercambio de cobre, si Herrerías es la procedencia correcta, estarían involucrados los po-METALES Y METALURGIA EN LA ABDERA FENICIA. DATOS ISOTÓPICOS SOBRE LA PROCEDENCIA... bladores que se enterraron en la necrópolis de Loma del Boliche (Lorrio 2014) y la ciudad fenicia de Baria. Llama la atención que hasta el momento no se haya identificado plomo de Sierra Almagrera entre el transportado hasta el suroeste de la Península, siendo abundante el procedente de Gádor, Linares o de las minas del distrito de El Molar (Murillo Barroso 2013). La explicación hay que buscarla en la galena de Almagrera, de tipo argentífero, no destinada, por tanto, al abastecimiento de plomo del suroeste como sucedía con el resto de zonas señaladas en las que la galena no es argentífera. La riqueza metalífera de la Sierra de Gádor y las vías fluviales de comunicación que conectaban las zonas altas de la sierra con la costa mediterránea la convirtieron en un territorio idóneo para su explotación económica desde la Antigüedad. La articulación natural del territorio propia de la sierra promovió la creación de una red comercial por vía marítima con base en el monopolio del mineral de plomo. A ello contribuyó considerablemente la gran pureza de sus minerales de plomo en forma de sulfuros, con un contenido en plomo muy elevado de más del 66%. Sin embargo, su escaso contenido en plata no pudo ser beneficiado en la época en que los fenicios explotaron la sierra. Si bien las evidencias de metalurgia del plomo en Abdera quedan atestiguadas por la presencia de galena y gotas de plomo, la escasez de objetos y la ausencia de "lingotes" en este metal podría indicar que se comercializaba directamente con la galena, como así sugieren los datos obtenidos en el yacimiento fenicio de La Fonteta (Guardamar del Segura, Alicante), Huelva o Río Tinto. Su comercialización a través del Mediterráneo abre nuevas e interesantes posibilidades de investigación. La cronología de las muestras estudiadas indica que el plomo estaba siendo explotado desde las fases más antiguas del asentamiento hasta el siglo iv a.C. y que existía una relación a través del intercambio de objetos de base cobre con la zona de la Cuenca de Vera desde los siglos viii y vii a.C. evidenciada fundamentalmente en los datos isotópicos obtenidos de dos clavos de base cobre, de los que uno podría corresponder con las mineralizaciones de Herrerías. Asimismo, es interesante mencionar la construcción de la fortificación de tipo oriental de Altos de Reveque, en torno a la segunda mitad del siglo vi a.C., que indica el incremento en el control del territorio por parte de Abdera hacia la zona sur-oriental de la Los datos isotópicos de los dos objetos de base cobre -dado que no ha sido documentada por el momento la metalurgia de base cobre en el asentamiento-sugieren que el metal pudo o bien importarse directamente como objetos utilitarios, o bien como lingotes en bruto desde la vecina ciudad fenicia de Baria, responsable de la explotación de los recursos metalíferos de Sierra Almagrera y Herrerías. Los resultados obtenidos abren unas interesantes perspectivas de investigación y nos permiten realizar una interpretación preliminar en torno a la metalurgia fenicia del plomo y base cobre en dos de las colonias fenicias más importantes del Sureste de la Península Ibérica, Abdera y Baria, y su interrelación territorial y económica, aportando datos novedosos sobre el comercio de materias primas entre los fenicios occidentales, en particular el comercio de metales.
Había un grupo con las armas, otro con los útiles de tejer, otro con los de hacer pan, otro con los de cocinar, otro con los de aseo, otro con los de amasar, otro con los utensilios para la mesa. Y también pusimos por separado lo que se usa a diario y lo que se reserva para las fiestas" Jenofonte, Económico, 9,10 (Traducción de Juan Zaragoza, Madrid 1993) A partir del estudio de un grupo numeroso de vasos áticos de Ullastret, se propone en este trabajo una reflexión sobre las elecciones que el mundo indígena peninsular era capaz de hacer respecto a la cerámica fina de origen griego, especialmente ática, de finales del siglo v y la primera mitad del siglo iv a.C. La construcción a lo largo del tiempo de una 'vajilla de fiesta' relacionada con el consumo colectivo de vino nos introduce en el tema de la influencia de las pautas culturales griegas en la aristocracia ibérica. PALABRAS CLAVES: Cerámica ática; organización social ibérica; redes comerciales; agencia indígena. Durante mucho tiempo, el estudio de vasos áticos en contextos ibéricos tenía dos objetivos principales. Uno de ellos, el más directo, era situar en el tiempo las estratigrafías y los materiales que se encontraban con la cerámica ática. Ésta, por otra parte, funcionaba como referente de los intercambios económicos, tecnológicos, y culturales entre gentes indígenas y gentes griegas. De hecho, la propia aparición de vasos griegos parecía una prueba indiscutible de las relaciones 'coloniales', en las que los nativos intentaban obtener, acumular y, si era posible, emular los productos procedentes de las 1 Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación I+D "Género y colonialismo: grupos domésticos, trabajo y prácticas de cuidado en ámbitos coloniales del Mediterráneo Occidental (Siglos VIII-IV a.c.)", financiado por el Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad. Quiero expresar mi gratitud a Gabriel de Prado y a Ferran Codina, director e investigador del Museu d 'Ullastret por el permiso y la ayuda para fotografiar' la vajilla de los días de fiesta'. De esa forma, la cerámica griega en los contextos indígenas funcionaba a varios niveles como un elemento dotado, en mayor medida que otras formas de la cultura material contemporánea, de la capacidad de situar el tiempo y de explicar las características de la transmisión entre culturas, desde la creencia en la desigualdad asimétrica entre colonos y nativos. En esa perspectiva, no se planteaban apenas otros puntos de vista. Quienes trabajábamos sobre cerámica griega la estudiábamos prácticamente desnuda de su contexto original, como si la hubiéramos adquirido en un taller del Cerámico ateniense y la pudiéramos analizar sin referencia a los contextos en los que fue adquirida, transformada y utilizada. Las principales fuentes de información eran los catálogos de otros vasos similares, despojados igualmente de sus contextos originales porque la cerámica griega se explicaba a si misma y, en todo caso, podía usarse para analizar algunos cambios del mundo indígena que la adquiría. De manera que para el estudio de los procesos coloniales, su importancia se centraba sobre todo en las corrientes comerciales: cómo y quien la había llevado a las diferentes zonas de la cuenca del Mediterráneo. En los últimos años, gracias a los cambios que ha experimentado el estudio de los colonialismos antiguos y las nuevas formas de considerar las relaciones entre colonos y mundo indígena se han producido cambios de perspectiva en el análisis de este tipo de procesos. Una consecuencia de estas nuevas formas de análisis ha sido la creciente importancia que se ha dado a la agencia indígena en la obtención y distribución de la cultura material de origen foráneo. También se está intentado entender mejor las formas en las que esa cultura era adoptada, usada o transformada en los diversos contextos indígenas. En este artículo trataremos de algunos de esos temas a partir de un conjunto de vasos áticos hallado en una casa del Puig de Sant Andreu en Ullastret, que puede considerarse, sin duda, una 'vajilla para los días de fiesta'. VASOS ÁTICOS DE UNA CASA DE ULLASTRET En la vertiente occidental del poblado fortificado del Puig de Sant Andreu de Ullastret, en una zona adyacente a la muralla entre dos de las torres, varias estructuras domésticas fueron excavadas en los años sesenta y setenta por arqueólogos de la Universidad de Barcelona, bajo la dirección del Dr. Joan Maluquer de Motes (años después realizaron nuevos trabajos arqueólogos de la Universidad de Barcelona: Gracia, y Munilla, 2000). Los trabajos pusieron al descubierto una de las primeras casas complejas del período ibérico (Maluquer de Motes y Picazo 1992), con un patio pavimentado con losas de piedras. En las últimas décadas en los dos asentamientos de Ullastret, el Puig de Sant Andreu y la Illa d'en Reixac se han excavado varios edificios de grandes dimensiones con habitaciones organizadas en torno a patios de los siglos iv y iii a.C. que se han interpretado como residencias de la elite social (Martín et alii 2004: 266). De hecho, las excavaciones de la Universidad de Barcelona habrían puesto al descubierto la más antigua de esas estructuras domésticas -la casa Q1, en la zona 9-de la segunda mitad del siglo v a.C. que habría sido, por tanto, una mansión aristocrática (Plana 2013: 95). En la zona sur de la casa, en una habitación de gran tamaño que fue interpretada como la sala principal, apareció evidencia de combustión de madera como consecuencia de un incendio causante de un nivel muy potente de carbones y cenizas en el que se encontró gran cantidad de fragmentos cerámicos. Los excavadores sugirieron que podría haberse tratado de los restos de una estantería o algún tipo de mueble donde se guardaba o exponía un conjunto de vasos finos, cuyos fragmentos, como consecuencia del fuego, se dispersaron. La mayor parte de la cerámica que apareció en esta habitación era de procedencia ática y se pudo, en algunos casos, reconstruir las formas completas. Los vasos identificados permiten sugerir que se trata de un conjunto de vasos relacionados con la bebida y el servicio de mesa. La cantidad y calidad de este grupo de vasos áticos de finales del siglo v a.C. fue lo que llevó a suponer al Dr. Maluquer que esta parte del oppidum ya estaba ocupada en ese período por miembros de la elite de la comunidad. Excavaciones recientes han puesto al descubierto en la misma zona del yacimiento dos grandes bloques de piedra arenisca con decoración de ovas reutilizados en un momento posterior como materiales de construcción pero que debieron pertenecer a un edificio excepcional de esta misma fase. Este caso, como el de las bases de columna de influencia clásica aparecidas en diversos puntos del yacimiento, nos indica el nivel de urbanización y de organización social que tenía el poblado del Puig de Sant Andreu (Plana y Martín 2012: 130). La descripción parcial que se nos ha conservado del proceso de excavación sugiere que el conjunto de formas áticas identificadas en la casa Q 1 estaban en uso al mismo tiempo. Corresponden a un momento clave del comercio de la cerámica ática en las zonas periféricas del Mediterráneo. De hecho, las formas, los elementos decorativos e, incluso, algunos de los pintores que decoraron los vasos de este conjunto se han identificado en hallazgos de otros asentamientos de la Península Ibérica (Fig. 1). Dos copas-escifo de figuras negras tardías. El ejemplar más completo presenta una decoración figurada en técnica de silueta sin incisiones en la franja reservada entre las asas. En ambas caras se ve la misma escena: un sátiro que persigue a una figura femenina. A ambos lados de las escenas aparecen palmetas verticales, que, en forma parcial, se conservan también en el segundo de los vasos. Último cuarto del siglo v a.C. 2.Una crátera de columnas reconstruida decorada con una escena de simposio. Tres hombres jóvenes y un hombre con barba aparecen sentados en dos klinai, apoyados sobre cojines bordados. El joven del extremo derecho mira hacia la izquierda y sostiene un escifo con la mano derecha. El que se encuentra a su lado mira a la derecha en actitud de conversar, al igual que los otros personajes de la escena. Dos alabastra aparecen colgados de la pared. Bajo una de las klinai aparece una mesa y, por debajo, un par de botas. La escena está encuadrada en la zona superior por una franja de lengüetas y, por los lados, por filas dobles de puntos gruesos entre rayas paralelas. Los fragmentos que se conservan del cuello del vaso muestran que estaba decorado con una franja de capullos de loto invertidos entrelazados por caulículos con puntos. En la cara B se conservan pocos fragmentos de una escena, probablemente, de jóvenes con himatia conversando de pie. Crátera de campana reconstruida Decoración: escena de despedida de guerrero. Figura femenina a la derecha que sostiene una fíale y una enócoe. Frente a ella se distinguen partes de dos personajes masculinos hacia la izquierda. Dos copas y fragmentos de una tercera, de pie bajo moldurado. Las dos primeras presentaban en el medallón central interior una escena en la que un joven, de pie, vestido con himation, conversa con una mujer sentada sobre una roca, vestida con chiton e himation. La escena, dotada de un exergo reservado, estada encuadrada por dos franjas reservadas concéntricas. Este tipo de escena de conversación entre un personaje de pie y otro sentado es muy frecuente en la obra del pintor de Marlay3. En las caras externas Figura. Vajilla de la habitación Q1, zona 9, Puig de Sant Andreu, Ullastret. de los dos vasos se repiten escenas de conversación entre dos personajes, que se conservan de forma muy fragmentada. La tercera copa correspondía a la misma serie. Una lécane reconstruida y restaurada. La tapadera presenta una franja de ovas entre dos rayas circulares reservadas. En otra franja alrededor del nacimiento del asa, las ovas alternan con puntos. La escena figurada esta compuesta por figuras femeninas. La señora de la casa, vestida con himation y chiton aparece sentada sobre un klinos, una silla con respaldo curvo, hacia la derecha. Sostiene una caja rectangular con cuatro pies, con una tapadera plana de asa redondeada. En la cabeza lleva una banda que le recoge los cabellos y que tiene una decoración de puntos blancos. Por encima de su cabeza aparece un chal colgando de la pared. Delante, una mujer de pie extiende el brazo derecho como si fuese a coger la caja que aguanta la mujer sentada. Va vestida de forma similar y lleva los cabellos recogidos con unas cintas pintadas de color claro. Sostiene otra caja rectangular con tapadera y asa, Detrás de la mujer sentada aparece un cálato, es decir, cesto para la lana, decorados con puntos y rayas verticales. Otras figuras femeninas, todas ellas de pie se conservan de forma fragmentada. Estilo del Pintor del Baño, llamado así (Washing Painter) por sus escenas de mujeres bañándose. Uno de ellos presenta en la parte anterior del vaso un cisne (o ganso) en actitud de batir las alas hacia la derecha. Es un motivo decorativo frecuente en la cerámica griega. Se ha sugerido que puede identificarse como un atributo de Afrodita (Ambrosini 2009: 26). Del último cuarto del siglo v a.C. se han encontrado representaciones de cisnes, parecidos al de Ullastret, en diversos yacimientos del Mediterráneo Occidental, fundamentalmente en dos formas, la copa de pie bajo y el lécito aribalístico. El segundo lécito presenta una franja reservada que rodea el vaso por debajo del asa. En su interior, dos líneas paralelas negras entre las cuales se ha pintado una serie de Z, posiblemente una degeneración del motivo del meandro. En su estudio de la cerámica ática de barniz negro procedente del Ágora ateniense, Sparkes y Talcott proponían que los lécitos con este tipo de decoración fueron producidos durante los últimos treinta años del siglo v a.C. 4El último de los tres lécitos conserva sólo una pequeña parte de la decoración figurada consistente en partes de una figura femenina hacia la derecha. La presencia en un fragmento de dos orejas puntiagudas parece indicar que se trata de una escena de persecución de una ménade por un sátiro. La cronología sería similar a la de lo otros dos lécitos. Un escifo decorado con figuras rojas, fragmentados. Se conservan la parte superior de un joven vestido con himation y parte de un hombre con barba, también con himation, que lleva un bastón. Probablemente es una escena de gimnasio. Aunque el dibujo es descuidado y falto de detalles, la forma del vaso corresponde a una cronología de finales del siglo v a.C. (Picazo 1977: no 205, p.70). Dos fragmentos del mismo vaso. De la decoración queda parte de del cuerpo de un animal, probablemente un cisne. Tres escifos incompletos del tipo A, ático. Cubiertos con barniz negro, excepto en la zona de la base exterior. La decoración consiste en una guirnalda de hojas reservadas con ramas y frutos en pintura blanca, junto al borde exterior del vaso. Entre los escifos áticos completamente barnizados de negro y los decorados con figuras rojas, se dió una forma de decoración intermedia, basada en la combinación de motivos vegetales y/o geométricos con zonas reservadas y motivos pintados en blanco sobre la superficie barnizada. A este tipo corresponden los vasos de este grupo y también los escifos y cántaros de la clase Saint-Valentin. Tanto unos como otros comparten cronología, en la segunda mitad del siglo v a.C. Dos escifos y cuatro cántaros sessile de tipo Saint-Valentín. Este grupo de vasos, cántaros y escifos, tienen una decoración de motivos ornamentales en pintura blanca o en reserva sobre el fondo del barniz negro. Los motivos más corrientes son el ajedrezado, las hojas de laurel y de yedra, las lengüetas y las plumas. Tres copas de tipo Cástulo. Una forma de copa de pie bajo decorada con barniz negro, de labio cóncavo con moldura interna, con diferentes variantes en la decoración de la base exterior del pie. Es muy frecuente en yacimientos del Mediterráneo Occidental, especialmente en la Península Ibérica, razón por la cual Shefton propuso denominarla Copa Cástulo (1982). Su cronología varía del segundo cuarto del siglo v a las primeras décadas del siglo iv a.C. Finales del s. v a.C. Tres copas-escifo, de paredes finas, decoradas con barniz negro. Dos de ellos conservan parte de una decoración en la base interior de palmetas impresas en el interior de un círculo de ovas Finales del siglo v a.C. Considerado en su conjunto y dejando de lado los lécitos y la lécane, el servicio estaba formado por dos cráteras, un ascos, recipiente que podía contener aceite, y varios grupos de vasos para beber. Se trataría probablemente de la vajilla fina utilizada en ocasiones específicas y cuya ubicación en un espacio central de la casa funcionaría como una forma de exhibición de los vasos más lujosos, exóticos y costosos. Es posible que este importante grupo de vasos relacionados con el consumo de vino pudiera haberse formado a lo largo de un cierto tiempo. La crátera de columnas con escena de simposio y las tres copas con decoración figurada, todas ellas atribuibles al pintor de Marlay, debieron ser adquiridos en un mismo momento y seguramente formaban el núcleo central de la 'vajilla de fiesta' de la casa. El resto de los vasos para beber, del mismo período cronológico, se presentan en todos los casos como series de más de un ejemplar: quizás fueron adquiridos de forma gradual hasta constituir una vajilla amplia y representativa de gran parte de las formas y decoraciones de la cerámica ática exportada en el último cuarto del siglo v a.C. a diversas zonas de la cuenca mediterránea. En Ullastret ese momento cronológico representa el inicio de una fase que se prolongó hasta mediados del siglo iv a.C., durante la cual la mayor parte de las unidades domésticas del Puig de Sant Andreu tenían un número variable de formas cerámicas de procedencia ática. En el caso de la casa excavada y estudiada por el equipo de la Universidad de Barcelona, la propia vajilla indica que se trataba de una unidad doméstica rica que po-día permitirse tener varias series de vasos decorados diferentes para beber y, al menos, dos cráteras. Un reciente estudio sobre materiales cerámicos procedentes de una casa situada en la zona noroeste del Ágora ateniense, probablemente destruida por los persas en el 479 a.C, ha permitido estudiar el ajuar cerámico de una casa ateniense de la primera mitad del siglo v a.C. De forma similar a la casa de Ullastret, aunque en un período anterior, en la casa se usaron varios conjuntos diferentes de vasos para beber, sobre todo copas, de diversos tipos y decoraciones, probablemente adquiridos en momentos diferentes (Lynch 2011: 169-173). Es posible que en esta casa ateniense -y quizás también en la de Ullastret-, cada serie de vasos se utilizara en contextos de consumo de bebida específico, con las formas más sencillas (en Ullastret, las copas Cástulo, las copas (escifo decoradas con barniz negro y las de figuras negras tardías) para un uso más cotidiano, mientras las formas decoradas con figuras rojas y motivos ornamentales (escifos de guirnalda y cántaros/escifos de la Clase Saint-Valentin) se usarían en reuniones más formales en las que el consumo de vino estaría ligado a prácticas sociales de tipo colectivo. Podemos imaginar a la familia de la casa de Ullastret adquiriendo en la cercana Ampurias los distintos conjuntos de vasos para beber que completarían la vajilla: las copas-escifo de figuras negras tardías, las copas de barniz negro de tipo Cástulo, los vasos de cerámica de Saint-Valentín, las copas-escifo de barniz negro decoradas con motivos impresos en la base interior y los escifos decorados con guirnalda de hojas y frutos pintados junto al borde exterior. Esta rica y variada 'vajilla de fiesta' representa la tendencia a la difusión de las formas (cráteras y vasos para beber de distintos tipos) relacionadas con el consumo colectivo de bebida en el ambiente indígena ibérico. Durante el estudio realizado en los años setenta de la cerámica ática procedente de todas las áreas hasta entonces excavadas en el Puig de Sant Andreu, se constató que la cerámica ática, en mayor o menor medida, aparecía en gran parte de los conjuntos domésticos. La diferencia con el caso de la casa Q1 es que normalmente el número de fragmentos y la variedad de formas identificadas era, casi siempre, menor. A pesar de esa diferencia cuantitativa y cualitativa, es posible imaginar que en todas las casas de Ullastret, esos vasos decorados representarían lo mejor de la vajilla usada probablemente en ocasiones especiales. Cabe recordar que en Ullastret, como en los demás asentamientos en los que se han podido realizar estudios cuantitativos de los conjuntos cerámicos en unidades domésticas en diferentes lugares del Mediterráneo, incluyendo Grecia, la cerámica fina constituía solo LA VAJILLA DE LOS DÍAS DE FIESTA: CERÁMICA ÁTICA EN UNA CASA DE FINALES DEL SIGLO V A.C... Villares como en Ullastret y Ampurias su presencia podría explicarse como un objeto, quizás de segunda mano, usado para complementar las series de vasos más comunes, decorados con motivos ornamentales o en barniz negro. En cualquier caso, la mayor parte de los vasos procedentes de los dos depósitos funerarios de la necrópolis de Los Villares estaban dedicados al consumo de vino relacionado con una celebración única, que acabó con la cremación de los vasos y de los demás objetos que habían participado del ritual. Los dos conjuntos de vasos debieron ser encargados/ adquiridos en un momento concreto para ser utilizados en un ritual funerario específico e individual. El otro yacimiento, en este caso alejado del área específicamente ibérica, es el edificio orientalizante de Cancho Roano en Zalamea de la Serena (Badajoz), cuyas excavaciones fueran iniciadas por el Dr. Maluquer en 1978. Se trata de un complejo monumental de finales del Hierro Antiguo, formado por un edificio central construido sobre una terraza de piedra, rodeado por una serie de espacios largos y estrechos divididos en pequeños recintos. El conjunto, de unos 2000 m 2, estaba rodeado por un gran foso excavado en la roca. En su interior se encontraron materiales diversos, entre los que destacaban joyas de oro, vasos de bronce, marfiles, objetos de pasta vítrea y un importante conjunto cerámico. La función del edificio ha sido debatida por diferentes autores (Celestino 2001; Jiménez Ávila 2013) pero el descubrimiento posterior de asentamientos similares en otros puntos del territorio extremeño y andaluz (Jiménez Avila 1997), ha llevado a proponer que Cancho Roano fue, probablemente, una residencia aristocrática basada en la producción agrícola a gran escala. Durante la última fase de utilización del edificio, a finales del siglo v a.C. estaban en uso un importante número de vasos áticos (410), esencialmente relacionados de nuevo con la bebida (Gracia 2003). Probablemente eran usados en ceremoniales comunales. En habitaciones del sector norte del edificio se encontraron braseros de bronce así como asadores que probablemente se relacionen también con ceremonias en las que se comería y bebería. La cultura material de la última fase de existencia de Cancho Roano, incluyendo los vasos griegos, se encontró en un nivel de cenizas con una gran cantidad de restos dispersos. Se trataría de un incendio que afectó a una parte importante del conjunto monumental. Como consecuencia se produjo el abandono del edificio, a finales del siglo v a.C., dejando tras de si una parte importante de la cultura material de la residencia aristocrática (Fig. 3). En el conjunto de vasos áticos destacan las copas de pie bajo de barniz negro, del tipo Cástulo (360). Las demás formas, minoritarias, eran escifos de barniz negro con decoración reservada y pintada de guirnalda de hojas junto al borde exterior (9), copas de pie bajo y borde recto decoradas con figuras rojas (19), copas decoradas con barniz negro, con pie bajo y borde recto ( 22), cuencos de una sola asa (6), bolsales (5), 1 cuenco pequeño, 1 lucerna y 2 lécanes, todos ellos decorados también con barniz negro. Las copas de figuras rojas presentan diversos motivos decorativos en el medallón interior: personajes masculinos cubiertos con manto en diversas actitudes, cabezas femeninas tocadas con sakkos, cisnes en actitud de batir las alas, muy similares al que decora uno de los lécitos aribalísticos de la casa Q1 de Ullastret, una lechuza y parte de un felino. Este tipo de copas Figura 3. Vasos áticos de Cancho Roano, Zalamea de la Serena (Badajoz). Son copas de calidad inferior a las producidas por los artistas del Grupo de Marlay pero del mismo período, es decir el último cuarto del siglo v a.C. Parece que este importante conjunto de vasos áticos responderían también a formas de consumo colectivo de vino ligadas a los grupos aristocráticos que existían en este período en la cuenca del Guadiana, considerada como la ruta de penetración comercial desde la costa mediterránea (Jiménez y Ortega 2006: 120). Estos dos conjuntos de cerámica ática contemporáneos ubicados en territorios y tradiciones culturales diferentes nos confirman la idea de que los vasos griegos adquirían en el ámbito ibérico funciones y significados ligadas a la estructura social local. Utilizados en la vida o en la muerte, los vasos parecen haber funcionado, esencialmente, como objetos de prestigio, símbolos que expresaban la riqueza y el poder de las élites aristocráticas. En ese sentido, se adquirían, guardaban, exhibían o, se destruían como parte de rituales funerarios. Por otra parte, la similitud parcial de formas y decoraciones de los tres conjuntos, dos contextos domésticos de elites locales, en Ullastret y Cancho Roano, y uno funerario de Los Villares, nos proporciona acceso a las formas y decoraciones que dominaban en la producción cerámica ática en el último cuarto del siglo V y en su distribución en el mercado del Mediterráneo occidental. Sin embargo, en lo que se refiere a la influencia de los gustos locales -más allá del deseo común de adquirir cerámica fina de procedencia áticaencontramos diferencias entre Ullastret y los otros dos yacimientos. Situado en la región del Ampurdán, el doble asentamiento de Ullastret (Puig de Sant Andreu y la Illa d'en Reixac) funcionó como capital regional del pueblo ibérico de los indiketes. Ullastret estaba conectada con Ampurias a través de una via, el 'camí d' Empúries', cuyo trazado se conserva parcialmente. Aunque no necesariamente los contactos entre la capital ibérica y el comercio colonial se hicieron tan sólo por vía terrestre, la cercanía a Ampurias marcó la diferencia de Ullastret en términos de la existencia de mayores posibilidades de diversidad y selección de los vasos griegos. Es posible que esa fuese también la causa de que los habitantes de Ullastret asumiesen, en algunos casos, un comportamiento más cercano a las prácticas griegas, por ejemplo, en el uso de la vajilla ática. Algunos autores han apuntado a la posibilidad de que en Ullastret existieran formas de comensalidad inspiradas por la cultura colonial (Olmos 1985: 192). Los dos conjuntos de vasos áticos de Los Villares y Cancho Roano muestran un tipo de comportamiento diferente en la adquisición de los vasos. No tanto por la cantidad o la calidad de la cerámica ática importada, como por las menores posibilidades de elección ligadas al contexto cultural de los clientes indígenas. Los miembros de las elites locales, tanto en Los Villares como en Cancho Roano, adquirieron dos conjuntos numéricamente importantes de vasos para beber áticos para el consumo colectivo de vino que, en dos contextos diferentes, de banquete funerario y de comensalidad, les permitían exhibir su riqueza y estatus precisamente porque usaban vasos griegos. En los dos casos, se adquirieron casi exclusivamente vasos para beber y las escasas formas no ligadas con el consumo de bebida parecen ser complementarias al encargo original. LA ADQUISICIÓN DE CERÁMICAS ÁTICAS DEL ÚLTIMO CUARTO DEL SIGLO V A.C. EN ULLASTRET Durante las décadas finales del siglo v a.C. se produjo un cambio en las redes comerciales que distribuían la cerámica ática. De forma creciente, los vasos áticos eran enviados a las zonas periféricas de la cuenca del Mediterráneo, es decir, la Península Ibérica, el Levante y la cuenca del Mar Negro, así como el norte del Egeo (Shefton 1999). La mayor parte de los vasos áticos descubiertos en esas regiones corresponden a un período de unos 75 años, entre c. 425 a 350 a.C. Se ha supuesto que durante ese período de tiempo no se produjeron en los talleres atenienses vasos específicamente destinados al mercado indígena del Mediterráneo occidental, tal como sucedió en momentos diversos para el mercado etrusco y el de las ciudades del Mar Negro. Sin embargo, el conjunto de vasos de la casa Q1 de Ullastret presenta ciertas pautas en relación a las formas o los motivos ornamentales de los vasos que pueden haber respondido a la iniciativa de los intermediarios o a los gustos indígenas al encargar o adquirir la vajilla. Es el caso de los cántaros y escifos de la clase de Saint-Valentín o de los escifos con guirnalda de hojas en el borde que, como hemos visto, han aparecido en los tres yacimientos mencionados en este trabajo. Los vasos Saint-Valentin presentan diversos esquemas decorativos basados en combinaciones de franjas horizontales o recuadros verticales entre las asas con motivos geométricos o florales combinando el barniz con las zonas reservadas y detalles añadidos en pintura blanca. Los motivos más comunes son LA VAJILLA DE LOS DÍAS DE FIESTA: CERÁMICA ÁTICA EN UNA CASA DE FINALES DEL SIGLO V A.C... lengüetas verticales, losanges simples, dobles o con punto central, hojas de olivo y de hiedra con o sin bayas y frutos, plumas y trazos lineales oblicuos en color negro. Otro de los motivos es una forma de ajedrezado que fue usado en algunos talleres áticos durante el siglo v a.C. Lo utilizó frecuentemente el pintor de Marlay y, entre otros, el pintor de Pothos (Olmos 1980: 42), los dos pintores relacionados con las dos cráteras del conjunto de la casa Q1. La aparición de motivos decorativos compartidos por algunos pintores de figuras rojas y los vasos decorados solo con motivos decorativos parece apuntar a la posibilidad de que algunos de los grupos de vasos áticos de este período que llegaban a la Península Ibérica, procediesen, parcial o totalmente, de un mismo taller o grupo de talleres (Picazo 1977: 127-129). Los vasos Saint-Valentin tuvieron una importante difusión durante la segunda mitad del siglo V a.C. Se han encontrado en numerosos asentamientos de la zona costera levantina (Ashkelon, Tell el-Hesi, Tell Dor, Tekk Jemmeh y Tel Michal), en los Balcanes (Kale Krsevica (Serbia), el Egeo, la costa de Africa del Norte (Cartago y Kerkoraune) y el Mar Negro. En Ullastret, es una de las formas decoradas más frecuentes entre los vasos para beber. En las últimas décadas ha crecido el número de yacimientos en la Península Ibérica en los que se han localizado cantaros y escifos de este grupo: Cabezo Lucero (Aranegui et alii 1993:253-4; fig. 87,5. 98), EL Puig (Alcoy) (Trias, lám, CLXIV,4), La Bastida (Mogente) y Covalta (Albaida) en Valencia; el Puntal (Salinas), en Alicante; Archena, en Murcia; Villares y Hoya de Santa Ana, en Albacete; Cástulo en Jaén y Cancho Roano, en Badajoz. Los escifos con guirnalda de hojas aparecen en algunos casos con vasos de la clase Saint-Valentin con los comparten el motivo de las hojas de yedra o de laurel. Se han encontrado en diversos yacimientos en el sur de Francia, en Ampurias/Ullastret y, de forma dispersa, en asentamientos ibéricos del Levante y Andalucía, así como en Cancho Roano. Otro grupo numeroso de vasos en Ullastret es el de las copas-escifo del Grupo Lancut (ABV: 756-781) que corresponden a la etapa final de la decoración de figuras negras. Los pintores del grupo Lancut decoraban sus vasos de forma descuidada y apresurada, eliminando casi por completo los detalles incisos propios del estilo de figuras negras. Las escenas se repiten y, normalmente, se relacionan con la esfera dionisíaca, especialmente con figuras de sátiros y ménades. Tradicionalmente su cronología se ha situado en la primera mitad del siglo v a.C., aunque en diversos asentamientos, como Ullastret, su coincidencia estratigráfica con materiales posteriores, permite proponer que esta fase final de la decoración de figuras negras tuvo una mayor perduración de lo que se suponía, hasta el último cuarto del siglo v a.C. 6. Su dispersión es extensa: se han encontrado en diversos yacimientos israelitas (Shefton 1999: 463), en Al Mina (Siria) (Gill 1991: 175-185), Kition (Chipre) (Robertson 1981), así como en asentamientos del Mar Negro, en lugares de Macedonia y Tracia, así como en el sur y centro del Adriático (Shefton: 1996). Aunque no parece haber sido una forma popular en Grecia, se han encontrado ejemplares de la segunda mitad del siglo v a.C. en yacimientos de Beocia, en la necrópolis de Akraiphiai, en el área de Copais (Sabetai 2012: 93, fig. 13), así como en Olinto, Corinto, Sindos y en cantidad moderada en Atenas. En el otro extremo de la cuenca del Mediterráneo las copas-escifo del Grupo Lancut se conocen en yacimientos del Languedoc y el Rosellón y, más al sur, en Ampurias y, sobre todo, en Ullastret. Normalmente, los hallazgos de esta forma corresponden a unos pocos ejemplares. La excepción es el propio Ullastret donde se han encontrado fragmentos en muchas de las unidades domésticas del Puig de Sant Andreu. De hecho, las copas-escifo del Grupo Lancut son más numerosas en Ullastret que en cualquier otro asentamiento mediterráneo conocido, incluyendo la propia Ampurias, como parece demostrar su escasa presencia en contextos domésticos de la Neápolis ampuritana de finales del s. v a.C., actualmente en proceso de estudio. La misma tendencia se ha detectado en relación a otras formas áticas que son más numerosas en yacimientos indígenas que en las ciudades griegas, incluyendo la propia Atenas (Walsh 2013). Parece que en estos casos nos encontramos con ejemplos de la importancia de los gustos locales en los procesos de adquisición de la cerámica ática, sobre todo en los casos en que se tenía un acceso relativamente cercano a los lugares desde donde se distribuía. Los intermediarios o, directamente, los productores atenienses transportaban/producían en mayor cantidad aquellos vasos que eran deseados por los clientes de los mercados occidentales. Se ha señalado en ese sentido que algunos grupos indíge- Es indudable que el último cuarto del siglo v a.C. representó el inicio de la fase en que la vajilla ática se convirtió en un elemento recurrente en asentamientos, poblados, casas aristocráticas y necrópolis en diversos lugares de la Península. Normalmente relacionada con el consumo de bebida, no siempre los vasos áticos respondían a las mismas necesidades o gustos de las poblaciones indígenas En ocasiones, incluso dentro de una misma región se advierte una variabilidad significativa entre diversos yacimientos, como señaló Carmen Sánchez en el caso de la Andalucía Oriental (Sánchez 1992). Es decir, es posible que, incluso en el seno de las comunidades indígenas de un mismo territorio, pudieran producirse elecciones relacionadas con los gustos particulares de un grupo o sector de la población. En todo caso, parece haber sido una pauta común desde el último cuarto del siglo v a.C. y durante el siglo iv a.C. la difusión uniforme de determinadas formas, a veces producidas en un número limitado de talleres, como consecuencia de factores diversos, como el papel de los intermediarios y la importancia de los gustos locales en la aceptación o rechazo de determinados productos cerámicos de procedencia foránea. La difusión de las cerámicas áticas por el Mediterráneo formó parte de una red de conexiones e intercambios en la que participaban diversos agentes, griegos de Marsella o de Ampurias, otros negociantes mediterráneos o los propios indígenas. De hecho, la importante cantidad de cerámica ática que se ha localizado en algunas zonas no domésticas del Puig de Sant Andreu ha llevado a plantear la posibilidad de que intermediarios indígenas participasen en alguna medida en la distribución de la cerámica ática en el territorio ibérico del NE peninsular (Martín, Plana y Caravaca 2000: 250). En todo caso, la cerámica ática constituyó un elemento esencial de las relaciones entre indígenas y griegos en el contexto colonial ampuritano a lo largo de los siglos v y iv a.C. En los últimos años se han publicado diversos trabajos sobre el tema de la relación entre las formas y las decoraciones de los vasos griegos y los clientes que los compraban (de La Genière 2004y 2006; Malagardis 1997; Reusser 2002). Esos trabajos se relacionan con las nuevas perspectivas de análisis del colonialismo en el mundo mediterráneo antiguo. Se trata de explorar como la cultura material, elemento clave de los 'encuentros coloniales', fue usada para negociar las diferentes identidades que surgieron como consecuencia de los contactos transmediterráneos (Silliman 2010: 31). Parece cada vez más claro que el colonialismo produce o, al menos favorece, la aparición de identidades híbridas y múltiples que, en cada caso y tiempo, respondieron a dinámicas específicas y probablemente cambiantes. A partir de esa perspectiva hemos intentado en este trabajo proponer que ciertas variables en la composición y distribución de los conjuntos de vasos áticos, como las formas y decoraciones de los vasos o su diversidad numérica nos permiten entender diferentes pautas de uso y consumo de los vasos griegos en contextos indígenas. Partimos, por tanto, de la idea de que la cerámica ática, incluso la que llegó a la Península Ibérica al mismo tiempo y desde los mismos talleres y alfareros, fue utilizada y entendida de formas distintas por las poblaciones ibéricas. Esa diversidad estaba ligada a los sentidos creados por las propias comunidades locales, no a los vasos áticos por si mismos (Van Dommelen 2002: 124). En algunos casos encontramos puntos de semejanza entre Ullastret, Los Villares y Cancho Roano, que pertenecían a tradiciones culturales distintas. En los tres casos parece evidente que grupos familiares pertenecientes a las elites locales utilizaban los vasos áticos como una forma de marcar su diferencia social. Con ese objetivo adquirieron fundamentalmente vasos relacionados con el consumo de bebida y comida como se ha documentado también en otras zonas del Mediterráneo occidental (Gailledrat 2008). La finalidad sería la exhibición de riqueza y poder relacionada el consumo conspicuo, con un gran número de copas y vasos para compartir con huéspedes. Por otra parte, hemos visto que en los tres yacimientos mencionados, se daban diversas combinaciones de formas y decoraciones de la cerámica. Los vasos de las tumbas de los Villares fueron encargados para un evento único que terminó con su destrucción tras el banquete funerario. Lo mismo sucedía en el caso del importante número de copas del depósito de Cancho Roano. En ambos asentamientos lo que era importante para los clientes no era la variedad sino la cantidad. Por otra parte, los intermediarios que proporcionaron los dos grupos de vasos tendrían otras preocupaciones e intereses, como el de la facilidad de transporte. Como se ha señalado en diver-LA VAJILLA DE LOS DÍAS DE FIESTA: CERÁMICA ÁTICA EN UNA CASA DE FINALES DEL SIGLO V A.C... sas ocasiones, esa última razón explica la frecuencia de aparición de copas tipo Cástulo en contextos del Mediterráneo Occidental (Sánchez 1992: 328). La existencia de conjuntos o servicios de vasos áticos relacionados entre sí por la forma o la decoración que debían ser encargados por clientes específicos ha sido sugerida en la propia Atenas. Es el caso de un grupo de cinco vasos nupciales (tres lebetas, una lécane y una píxida) de figuras rojas del siglo iv a.C. decorados por un pintor del Grupo Otchët que se encontró en un depósito de ofrendas funerarias en el Cerámico (Roberts 1973). De forma similar, la existencia de 'series' de formas cerámicas probablemente adquiridas al mismo tiempo se ha documentado desde hace años en otros lugares, en ámbitos coloniales y en las ciudades griegas (Rouillard 1991: 181-185). En la Península Ibérica, aparte de los ejemplos mencionados, podemos citar el lote de copas áticas decoradas con figuras rojas, procedentes de la excavación de urgencia de la calle Zacaín (Granada) (De la Torre 2008) o los seis platos de pescado decorados por el mismo pintor que aparecieron en la necrópolis de Alcocer do Sal (Portugal) de la mitad del siglo iv a.C. (Rouillard et alii 1988(Rouillard et alii -1989)). El origen de esos servicios estaba en el tipo de función a la que estarían dedicados: ritual funerario o comensalidad, pero la difusión de un número importante de vasos de determinadas formas, producidos probablemente en un taller o en un número limitado de talleres, puede considerarse como indicador de la interdependencia entre clientes indígenas y los intermediarios (Paleothodoros 2007: 170). En Ullastret, en cambio, la composición del grupo ático de la casa Q1 muestra una mayor diversidad de formas y tipos de decoración. Como en la mayor parte de los asentamientos, coloniales o indígenas del Mediterráneo, los vasos áticos relacionados con el consumo de bebida y de comida son los más numerosos. La siguiente categoría de formas cerámicas -a gran distancia numérica-son las relacionadas con el adorno y el cuidado del cuerpo. Se encontraron varios lécitos, contenedores de aceite o de perfume y una lécane, un tipo de recipiente que tenía en el mundo griego varias funciones. Una de ellas estaba ligada al mundo femenino y por esa razón, cuando estaban decoradas, presentan escenas de mujeres en contextos domésticos. En Ullastret se han encontrado una veintena de lécanes y en Ampurias un centenar de los siglos v y iv a.C. (Miró 2006: 106). Quizás sea posible sugerir que la presencia de este tipo de vasos pudiera responder al papel de las mujeres en la selección y adquisición de 'la vajilla de los días de fiesta'. Por otra parte, hemos señalado que en Ullastret, las copas-escifo de figuras negras tardías, el Grupo Lancut, aparecen en gran número. Es una tendencia que se ha encontrado en otros yacimientos occidentales, como Morgantina, en Sicilia donde se han encontrado algunas formas áticas decoradas con barniz negro del siglo v a.C. en mayor número que otros yacimientos del Mediterráneo Central (Walsh y Antonaccio 2014). El caso se Ullastret es más llamativo porque el Grupo Lacunt en los demás yacimientos peninsulares aparece casi siempre en número muy reducido de ejemplares, es decir, parece haber sido una forma de vaso para beber que tan solo llegaba en forma residual. En Ullastret parece haber sido popular como una de las formas de vaso para beber en los contextos domésticos del asentamiento. Por otra parte, los habitantes de Ullastret adquirieron también otras formas áticas, relacionadas con el servicio de mesa, el adorno y cuidado del cuerpo y la iluminación. Y en sus enterramientos utilizaron como urna cineraria formas áticas que nunca fueron funerarias en Atenas, como la pélice de la tumba 80 de la necrópolis del Puig de Serra decorada con una cabeza de amazona y un grifo, motivos que quizás fueron identificados con referentes míticos o rituales locales (Martín 2008). Ullastret es un ejemplo excepcional en el contexto del Mediterráneo Occidental de las elecciones que el mundo indígena era capaz de realizar en relación a la cerámica fina de origen griego.
La excavación en 1999 de una fosa rellena con abundante material datado en la primera mitad del siglo IV a.C. supone un importante avance en el conocimiento de la arqueología ibérica en el oppidum de Iliberri, pues amplia el ámbito periurbano a la relación tan estrecha que mantiene la ciudad con su territorio a través de la imagen del rio Darro. En este trabajo se presenta el estudio del material ibérico y púnico procedente de ese contexto, con interesantes aportaciones acerca de los sistemas de clasificación y cuantificación cerámica en arqueología protohistórica. En 1999, durante una excavación de urgencia realizada en la granadina calle Zacatín, en el casco histórico de la ciudad 2, si bien fuera de lo que fue el asentamiento prerromano, sito en el barrio 2 La excavación fue realizada por la empresa malagueña T.I.A., quienes publicaron el correspondiente informe en el Anuario Arqueológico Andaluz (Rambla Torralvo, Cisneros García 2000) y una ulterior nota en la Revista de Arqueología (Rambla Torralvo, Salado Escaño 2002). Nosotros accedimos al conjunto una vez éste fue depositado en el Museo Arqueológico Provincial, mediante un permiso de estudio de materiales a nombre de una de nosotros (Inmaculada de la Torre) pasando en el 2014 a nombre de otro (Andrés María Adroher Auroux), por lo que no contamos con ningún tipo de analítica de sedimentación ni de materia orgánica. El conjunto está compuesto por un numeroso grupo de cerámicas (casi 5000 fragmentos con un peso que alcanza prácticamente los 40 kilogramos), de procedencia griega, púnica e ibérica y material metálico, hueso trabajado, huevo de avestruz, arcilla cocida y elementos de pasta vítrea. En el año 2005 iniciamos el estudio del material cerámico, mediante un proceso de clasificación, asignación tipológica y agrupación por individuos, partiendo de la propuesta de que todo este material representaba una acción unitaria funcional y cronológicamente; esta labor nos ha llevado prácticamente siete años, pues el índice de alteración de los fragmentos es enorme, pensando que, desde la deposición del mismo en la fosa junto al río, éste ha ido erosionando durante 24 siglos las zonas de fracturación de las distintas fracciones, dificultando notablemente las posibilidades de unir dos fragmentos rotos contiguos. El conjunto de material extraído durante aquella excavación de urgencia es tan enorme que resulta prácticamente imposible presentar un estudio de materiales completo en un artículo de revista, por lo que hemos decidido repartir diversas publicaciones en dos fases; en primer lugar hace tiempo iniciamos la publicación del material por naturaleza y clases. Ya en 2005 se realizó una exposición en el Museo Arqueológico y Etnológico de Granada de los ungüentarios en pasta vítrea (Vílchez Vílchez et alii 2005); recientemente se publicaron las copas de pie alto de figuras rojas áticas (Rouillard y De la Torre Castellano 2014), y tras el presente en que nos centramos en los materiales ibéricos y semitas, le seguirán dos más sobre las cerámicas griegas (barnices negros por un lado y figuras rojas por otro), y varios sobre los objetos dependiendo de su naturaleza, siempre dentro de líneas editoriales que garanticen una correcta gestión a nivel de impacto. Para un segundo momento preparamos varios artículos de carácter interpretativo que destinaremos a congresos internacionales para que este impacto se amplíe lo más rápidamente posible y a la mayor cantidad de público científico en el menor tiempo. En los artículos del primer conjunto cada caso se trata de forma dis-tinta para enfocar adecuadamente la problemática que plantea cada uno de ellos en la historiografía, de modo que puedan ser utilizados para enfrentarse a problemas específicos dependiendo del conjunto de material que se esté analizando. Por otra parte no se ha considerado, por el momento, la posibilidad de publicar todo el material en una sola monografía por dos problemas. En primer lugar la situación de crisis que impide enfrentarse económicamente a una obra que, vista la calidad y cantidad del material arqueológico recuperado, precisa de un grueso volumen, y no podemos olvidar que se trata de un hallazgo resultante de una excavación de urgencia, no de un proyecto de investigación, por lo que no es fácil encontrar financiación adecuada. Por otra parte pensamos que conforme los materiales se vayan dando a conocer a la comunidad científica el interés por este depósito crecerá y podrá realizarse una publicación monográfica con más posibilidades de éxito y con la calidad en las imágenes que requiere este descubrimiento. Planeando este proceso en la publicación del depósito creemos que podemos garantizarla disponibilidad a cualquier investigador de la totalidad de los datos acerca de uno de los conjuntos de materiales griegos más importantes de todo el Mediterráneo, pero que tiene un contexto del que no podemos dejar de ofrecer la mayor cantidad de datos posible para que la comunidad científica pueda reflexionar por sí misma ante este fenomenal hallazgo. EL OPPIDUM IBÉRICO DE ILIBERRI En el corazón del granadino barrio del Albaicín se ubicó el oppidum ibérico de Iliberri, posteriormente convertido en municipio romano posiblemente ya en época cesariana. A pesar de las múltiples intervenciones arqueológicas realizadas desde 1982 en adelante, muy poco se ha publicado en relación a las fases ibéricas de ocupación del yacimiento, tema que normalmente se comenta de forma un poco tangencial. Contamos con dos libros sobre el Carmen de la Muralla (Sotomayor Muro et alii 1984; Roca Roumens et alii 1988), otros dos sobre las intervenciones del Callejón del Gallo (Adroher Auroux y López Marcos 2001) y Santa Isabel la Real (López López 2001), dos más de estudios de conjunto, con marcado carácter historiográfico (Rodríguez Aguilera 2001; Orfila Pons 2011) y un catálogo de exposición (Orfila Pons 2008) y de los cuales solamente el del Callejón del Gallo propone un análisis arqueográfico y arqueológico de la totalidad de los datos con que se cuenta en ese momento sobre el oppidum ibérico, ya que los dos CUANTIFICACIÓN EN CERÁMICA, ¿EJERCICIO ESPECULATIVO O EJERCICIO HIPOTÉTICO?... libros generalistas se centran el primero en la historia de la arqueología reciente, independientemente de los resultados, y el segundo se centra en la ciudad romana, al igual que sucede con la exposición sobre Florentia Iliberritana (Orfila Pons 2008). A finales del siglo pasado (Casado Millán et alii 1998) y en la primera década del siglo xxi (Adroher Auroux et alii 2005; Barturen Barroso 2008) se publican los tres únicos artículos que se centran en el análisis de parte o la totalidad de los datos con que contamos sobre el desarrollo de Iliberri ibérica. No obstante esta falta de datos y análisis las excavaciones han ido permitiendo visualizar estructuras y materiales que dejan entrever un oppidum de grandes dimensiones, con una red urbana definida por varios lienzos de muralla correspondientes a varios períodos, encerrando una superficie que podría situarse en unas 15 hectáreas (Fig. 1). Al igual que en otros oppida coetáneos granadinos (Basti en Baza, Tutugi en Galera o Arkilakis en Puebla de Don Fadrique), se han documentado, al menos, dos necrópolis que coexisten desde, como mínimo, el Ibérico Pleno. La del Mirador de Rolando es la mejor conocida (Arribas Palau 1967); aunque la mayor parte de los materiales publicados relacionan dicha necrópolis con el siglo iv a.C., las excavaciones más recientes demuestran que se extiende en el espacio y en el tiempo largamente, desde, al menos, el siglo vi a.C. (Caballero Cobos 2008), y perdurando claramente hasta época romana (Pastor Muñoz y Pachón Romero 1991; Pastor Muñoz y Pachón Romero 1992), y a tenor de los materiales que fueron recogidos por Arribas a mediados de los años 60 del pasado siglo xx entre los cuales aún se conserva el borde de una fuente Hayes 99 en terra sigillata africana D (siglo v-vi d.C.); se trata pues de la necrópolis septentrional de Iliberri. Pero el oppidum está delimitado por otra necrópolis, situada al Sur, al otro lado del río Darro. Se conoce gracias a Gómez-Moreno, y estaría situada en la llamada colina del Mauror; se recogieron en su momento solamente dos urnas3, a las cuales pensamos que se pueden añadir el hallazgo en 1995 de otros ejemplares en la calle Monjas del Carmen, situada a los pies de dicha colina; algunas de las urnas que hemos podido ver pertenecen a época antigua (siglo vi a.C.), lo que permite considerar que ambas necrópolis se fundan prácticamente en la misma época, aspecto que resulta muy interesante a la hora de comprender la articulación social de la estructura clánica de Iliberri. Por otra parte, existe un último hallazgo aislado que tuvo lugar en la calle San Antón4 en los años 70 del pasado siglo xx; se trata de un conjunto muy homogéneo y completo compuesto, entre otros, de varios platos, algunos cubiletes de paredes finas y cerámica común, de modo que podría datarse en el siglo ii o muy inicios del siglo i a.C.; según varios autores se trataría de otro ámbito de necrópolis, pero hay tres aspectos que la alejan de esta interpretación; en primer lugar la lejanía respecto al oppidum, superior a un kilómetro; además se sitúa en la misma vertiente que éste rompiendo el esquema de separación de un Figura 1. Plano de la ciudad de Granada con la localización de los hallazgos de época protohistórica y la delimitación aproximada del antiguo oppidum ibérico de Iliberri (elaboración propia). Más adelante volveremos sobre este conjunto. Igualmente se conocen algunas estructuras públicas (o comunitarias) como el depósito de agua de la calle Álamo del Marqués (Lozano Rodríguez et alii 2008), con un complejo sistema constructivo que demuestra un profundo conocimiento de las características físicas y químicas de la naturaleza petrológica de las rocas, ya que tratándose de una estructura hidráulica no presenta el característico revoco de las cisternas a bagnerolle propias del mundo ibérico (véase el importante conjunto del Cerro de la Cruz de Almedinilla en Córdoba), y sin embargo el agua no se perdería entre los mampuestos utilizados, ya que la tensión superficial de las moléculas de agua unido a las microperforaciones características de las roca travertínica provoca que se taponen dichas oquedades; por otra parte, el material utilizado para unir los sillarejos es arcilla pura, manteniendo así la especificidad hidrófuga de la superficie del contenedor. A pesar de éstos y otros hallazgos aún es necesario un buen estudio del conjunto del hábitat; apenas sabemos que se funda a partir de la agrupación de un poblamiento del Bronce Final disperso en su territorio, hacia finales del primer cuarto del siglo vii a.C. a juzgar por los resultados de las excavaciones en el Callejón del Gallo y en Callejón de las Tomasas (Martín López et alii 2004); este primer poblado estaría rodeando de una cerca de no más de un metro de anchura. Posteriormente (entre los siglos vii y vi a.C.), al igual que sucede con los grandes oppida bastetanos (Adroher Auroux y Caballero Cobos 2012), sufre una profunda transformación monumentalizándose en un sistema defensivo bien documentado en la zona de San Nicolás, cuyo tramo nororiental se conservaba en una longitud de unos 30 metros, con alzado mayor de 4 metros y anchura entre 5 y 7,5 metros a los que sumar el talud que en la base llega a los 2 metros (Casado et alii 1998). EL DEPÓSITO DE LA CALLE ZACATÍN Como comentamos anteriormente (vs. supra) uno de los hallazgos más espectaculares en relación con 5 A diferencia de otros ámbitos donde hábitat y necrópolis pueden localizarse en la misma unidad geomorfológica; incluso en algún caso bastetano podemos ver este fenómeno, salvo que en nuestro territorio representa más una excepción que no la regla. las fases ibéricas de Iliberri se produjo en 1999 durante una intervención arqueológica de urgencia en la céntrica calle Zacatín, al pie del Albaicín (Fig. 2). Se trata de un depósito, ubicado en las inmediaciones del río Darro, compuesto por un numeroso conjunto de materiales rellenando una estructura negativa, sin relación con ningún conjunto estructural próximo conocido. La excavación afectaba a un solar de dimensiones muy reducidas (no alcanza ni 80 m 2 ), y a dos metros y medio de profundidad se localizó casi en la esquina nororiental una fosa rectangular, muy plana, de 1,10 metros de anchura y más de 1,20 de longitud (se metía por debajo del solar contiguo por lo que desconocemos el valor total de esta medida), sin que se apreciara buzamiento, y con un espesor de unos 25 cm de media, embutida en una serie estratigráfica formada por alternancia de sedimentos arenosos y limo-arcillosos, propios del paleocanal del río Darro, cuyo lecho actual se encuentra a apenas veinte metros al Sureste de este punto El depósito no parecía presentar ningún tipo de preparación o elemento estructural alguno, tratándose de una simple fosa excavada en los depósitos fluviales, o al menos eso se desprende de la lectura de los informes consultados. En algún momento parece que el fuego debió tener algo que ver con el ritual, ya que aparecen muchas piezas con alteraciones térmicas y a pesar de que el material se depositó relativamente lavado al museo, hay un plato de barniz negro que se guardó con gran cantidad de carbones; lo único que podemos adelantar es que Figura 2. Ubicación del solar en el que se realizó la excavación arqueológica donde apareció el depósito (elaboración propia). CUANTIFICACIÓN EN CERÁMICA, ¿EJERCICIO ESPECULATIVO O EJERCICIO HIPOTÉTICO?... el fuego se produjo después de la fragmentación de las piezas, ya que un gran número de ellas están quemadas por los perfiles de fragmentación, lo que podría interpretarse de dos maneras, o bien se quemó el material tras el acto de depositarlo, o bien se quemó durante el ritual y, posteriormente, se arrojó a la fosa con parte del carbón utilizado en la combustión; carecemos de datos por el momento para saber cuál fue el proceso con precisión. De este depósito se extrajo una gran cantidad de material y de diversa naturaleza. Entre otros omnipresente el conjunto de cerámicas es numéricamente abrumador (como se dijo anteriormente, 40 kilogramos de peso repartidos en casi cinco millones de fragmentos) y púnicas, a lo que se suma material metálico, (de bronce contamos con un soporte trípode, una pieza en forma de serpiente, un fragmento de una fíbula anular hispánica, y algunos anillos, siendo de hierro algunos fragmentos de clavos y otros elementos difícilmente reconocibles), arcilla cocida (seis fusayolas y media y dos piezas discoidales recortadas sobre cerámica común ibérica), una placa de hueso grabada con iconografía orientalizante, varios fragmentos de una vieira, un tubo corto de hueso (quizás una bisagra), diversos fragmentos de huevo de avestruz, y, en pasta vítrea, algunos fragmentos de cuentas de collar y un nutrido grupo de ungüentarios, que, aunque aún no restaurados, suponen más de una veintena de piezas repartidas entre alabastrones, oinochoes y anforiscos, además de numerosos fragmentos difícilmente clasificables (El Amrani Paaza 2005). Un breve análisis de los tres ámbitos de procedencia de esos materiales observamos que más de dos terceras partes son producciones de origen griego (cerámicas áticas de figuras rojas y de barniz negro) con 3434 fragmentos (70,02 %) y 28307 gramos (71,40 %); casi un tercio son cerámicas de producción ibérica (común, pintada, engobe rojo, cocina y ánforas), concretamente 1462 fragmentos (29,81 %) que pesan 11164 gramos (28,16 %), mientras que las producciones de ámbito púnico (común, pintadas y ánforas) son muy residuales, ya que sólo contamos con 8 fragmentos (0,16 %) que pesan apenas 172 gramos (0,43 %) 6. El índice de fragmentación es muy elevado (aunque un poco desigual dependiendo de los vasos), lo que nos hace sospechar que ciertos vasos fueran arrojados ya rotos o con la suficiente violencia como para que se rompieran al caer contra el fondo de la fosa7; los materiales se encuentran muy frecuentemente quemados, lo que nos permite considerar que la fosa se debió amortizar con carbones y cenizas calientes, lo cual nos indica que sufrió un proceso de combustión directo o indirecto8, es decir, identificaríamos un ritual donde el fuego jugaba un papel purificador a la vez que sellaba simbólicamente el depósito. No obstante, parece que no se hubiese producido fuego vivo sobre la fosa pues, si bien existen algunos materiales que denotan alteraciones térmicas importantes, no son muchos los fragmentos que las presentan, y éstas, inclusive, no son excesivamente intensas como para haber estado sometidas a un fuego vivo directo9. Desde un punto de vista arqueográfico existen dos importantes problemas a la hora de analizar el complejo ritual que tuvo lugar en ese sitio hace dos mil cuatrocientos años: en primer lugar, éste no ha sido excavado en su totalidad, por lo que desconocemos el nivel de representatividad del material recuperado respecto al conjunto general del depósito. Y, por otra parte, al estar situado junto al río Darro, en las terrazas holocénicas de éste, se ha ido produciendo un proceso de desgaste hídrico en la zona de fracturación de las piezas como consecuencia del microtransporte laminar de agua que sucede en los lechos fluviales, y que ha provocado que, el ya de por sí duro esfuerzo de clasificación de miles de fragmentos de piezas amortizadas con violencia, se le una el que las zonas de fractura presentan una acusado nivel de erosión que impide asociar, en muchas ocasiones, un fragmento a otro (Fig. 3). Ésta es la primera publicación que pretende ser sistemática sobre una parte del material extraído en la excavación del depósito; dada la extensión del material en cantidad y en calidad, unido a su complejidad, así como la necesidad de publicarlo por completo, Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 39-65 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.088.015.003 consideramos que en este primer trabajo avanzaremos solamente el estudio de los materiales cerámicos no áticos, conjunto ya de por sí suficientemente interesante por tratarse de una agrupación homogénea tanto desde el punto de vista cronológico como funcional, al formar parte de un ritual cerrado, aislado estructuralmente y monofásico. A pesar de lo anteriormente expuesto, existen algunos fragmentos que no se corresponden exactamente con la cronología del depósito; hay que tener en cuenta un problema importante y de difícil solución a nivel analítico que es la propia naturaleza de los procesos postdeposicionales y su injerencia en un contexto teóricamente cerrado; una vez se formase el depósito los procesos que lo alterarían en mayor medida estarían relacionados con las crecidas y bajadas del río, pues por un lado transporta material ajeno al conjunto (procedente de los arrastres desde el hábitat situado río arriba apenas a 300 metros) y lo deposita sobre él, o incluso por subsidencia puede incorporarlo a la unidad estratigráfica que lo caracteriza mezclándolo de esta forma al material que forma parte sistémica del depósito; al mismo tiempo, éste sufre un fenómeno de erosión, y no sabemos si una parte más o menos importante del mismo se ha podido perder arrastrado río abajo. Por tanto, se produce un doble sesgo a la hora de establecer lo que falta por un lado y los incorporado con posterioridad por otro. Eso explicaría que tengamos por ejemplo un borde y el arranque de las asas de un pithos del siglo vii a.C., algunos bordes de urnas del mismo momento, o incluso un fondo de talón de una olla del Bronce Final, materiales a todas luces intrusivos en el contexto expuesto; por el otro extremo explica igualmente la presencia de material romano, como copas de vidrio o fragmentos de terra sigillata hispánica. En algunos casos ha sido fácil detectar las intrusiones, por tratarse de piezas claramente más antiguas que la datación del depósito (intrusión negativa, Morillo y Adroher Auroux 2014: 29-30) pero más difícil resulta cuando el índice de negatividad es muy bajo, o casi inexistente; por supuesto cuando se trata de intrusiones positivas no existe ningún problema, cual es el caso de los materiales romanos anteriormente mencionados. Por otra parte tenemos algunas piezas que estratigráficamente son en todo contemporáneas al material que compone el ritual, pero que podrían, no obstante, no formar parte del mismo. Se trata de un conjunto de bordes de urnas y de ánforas, algunos con un fuerte índice de erosión, y que se documentaron en los mismos niveles del depósito inicial. Es probable que ese material estuviera ya incluido a modo de clastos en la terraza del río que se excavó para meter el material, por lo que se revolvió con las piezas que efectivamente fueron arrojadas en el interior, pues el índice de erosión que presentan es muy elevado, como veremos a continuación. METODOLOGÍA, MÉTODO, TÉCNICAS Y OB-JETIVOS El depósito cuya publicación sistemática iniciamos con este artículo está en relación directa con el hábitat, aunque se ubique extramuros; ninguna relación debe tener con una necrópolis10, ya que los restos de enterramientos se ubican a una notable distancia de este punto y, además, no presentan ninguna correlación cronológica con este conjunto. Como dijimos anteriormente en este trabajo nos centraremos en una parte del material, concretamente las producciones cerámicas ibéricas y feno-púnicas. El material indígena recuperado es extraordinariamente interesante, por su alta homogeneidad y porque proporciona nuevas propuestas acerca de la composición del ajuar propio de un ritual ibérico. Las piezas nos las encontramos agrupadas sin ordenación alguna, sin separación posible, y gran parte del material había sido lavado a mano y con cepillo, aunque en muchos casos no se hayan retirado apenas las concreciones calcáreas que afectan a la superficie de muchos fragmentos; la extracción de estas concreciones, previo a nuestro acceso al material, provoca que se hayan perdido muchas cubriciones y tratamientos, particularmente visible en las cerámicas ibéricas de engobe rojo, como veremos a lo largo del presente texto. La cerámica forma parte de dichos rituales y por ende, si decodificamos adecuadamente la información que contiene podremos generar un conocimiento adecuado que nos aproxime al difícil mundo de la espiritualidad. Como ya se apuntó la fragmentación y la erosión de las piezas son dos de los principales problemas a que nos enfrentamos, de modo que uno de los principales objetivos es conocer la cantidad de vasos que formaron parte de este conjunto. Para ello hemos intentado desarrollar y aplicar los diversos sistemas de cuantificación actualmente conocidos en la historiografía ceramológica. Si bien cada vez está más claro que es necesario un sistema unificado de cuantificación de materiales en arqueología, no es fácil poner de acuerdo a muchos investigadores, lo que demuestra el escaso desarrollo que en nuestra disciplina se está demostrando en el trasvase de datos que permitan hablar del mismo problema en situaciones similares, de modo que podamos establecer modelos interpretativos. Parte de este problema deviene de la falta de formación de muchos investigadores en problemas relacionados con la estadística, que sigue siendo un factor importante a la hora de despreciar sistemas de cuantificación unificados; por otra parte, aún subsiste en algunos proyectos de investigación una raquítica idea de lo científico como un elemento oculto, donde o bien los datos no deben ser publicados por considerar la Arqueografía (analítica) como la hermana menor de la Arqueología (interpretativa), y que solamente se debe publicar interpretación, ya que la publicación de los documentos es más propia de un positivismo hoy tan denostado. No hay que olvidar un tercer elemento importante, y es que para una parte de la Academia, someterse a los protocolos asumidos por la comu-nidad es identificado como una notable pérdida de la independencia, lo que no deja de reflejar un aún presente complejo de inferioridad parecido al que la arqueología demostró con los métodos cientifistas de algunas arqueologías procesalistas, que intentaban "elevar" la arqueología a la categoría de "ciencia". Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 39-65 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.088.015.003 derando hipotéticamente que no hubo diferenciación espacial a la hora de arrojar este conjunto vascular a la fosa tras la celebración del mismo; F. Iigualmente partimos de la idea de que los fragmentos localizados no han sufrido ninguna alteración particular previa a su deposición (o en consecuencia de su uso), por lo que la totalidad del material se corresponderá con algún elemento que jugaba su papel en esta acción, por lo que no deben existir elementos sueltos, lo cual resulta complejo ya que visto el índice de fragmentación y de erosión no siempre es fácil detectar el material intrusivo en el conjunto del material contextualizado; G. Por último, y en relación con lo anterior, este contexto no es frecuente, puesto que se trata de un depósito cuyas características (al igual que sus contextos homofuncionales en todos los casos) son particulares, ya que se trata de un conjunto plenamente contextualizado, que debe entenderse (al igual que una tumba) como objetos en sí y cuya significancia están en la relación que establecen los objeto uno a uno respecto al resto del conjunto (material que pudiera haber servido tanto para contexto de santuarios, como funerarios como domésticos juegan un papel distinto por la asociación con el resto de las piezas). Desde los años 70 del pasado siglo xx una de las principales preocupaciones de la ceramología arqueológica ha consistido precisamente en elaborar un sistema o protocolo universal que permita reconstruir el número de vasos con los que nos encontramos a partir de los fragmentos que componen el registro arqueológico. Desde que en 1973 Egloff planteó los protocolos para la construcción del EVE (acrónimo inglés de estimación de equivalencia de vasos) hasta la actualidad han sido muy numerosas las propuestas y que se aplican a diversas situación (distintos contextos, diferentes respuestas) así como a diversos niveles en la jerarquía del estudio del conjunto cerámico (categoría, clase o tipo); algunos de los más utilizados en la actualidad siguen siendo, por un lado el EVE (modificado y perfeccionado por Orton 1993 con bibliografía anterior) y por otro, el número mínimo de individuos. Algunos recientes congresos han vuelto a poner el énfasis en las necesidades de establecer protocolos avanzando en el conocimiento y en los métodos y técnicas adecuados a cada caso (Arcelin y Truffeau-Libre 1998; Horejs et alii 2010; Verdan et alii 2011), existiendo continuas propuestas y evoluciones. Concretamente en ceramología protohistórica y clásica el peso, que en líneas generales había pasado a un segundo plano, ha vuelto a valorarse notablemente especialmente en relación con los estudios anfóricos, especialmente con las aportaciones de Jaume Molina (Molina Vidal 1997) y César Carreras (Carreras Monfort 2000), con novedosas propuestas que incluyen peso, índice de fragmentación y volumen de tierra excavado en diferentes módulos. Ciertos sistemas no han sido útiles en nuestro contexto, como el número mínimo de individuos (NMI) o el número tipológico de individuos (NTI), pues el conjunto vascular presenta muy poca variedad tipológica. Y además sería igual que aplicar el sistema a un contexto de ajuar funerario, no da un resultado comparable a nada (por la propia naturaleza del contexto, poco frecuente de por sí). Por ese motivo hemos optado por utilizar la idea de lote, de modo que agrupe los fragmentos potenciando todos los aspectos en relación con la decoración, el tipo y las uniones de fractura posibles. Utilizaremos dicho concepto simplemente como método de agrupación, pero la cuantificación final se realizará con el sistema EVE11 (Fig. 4), es decir, con el sumatorio de todos los segmentos de círculo que compongan todos los bordes o todos los fondos con que contamos asignables a una categoría, una clase, una forma o un tipo, dependiendo del nivel jerárquico al que nos refiramos en un momento dado. Por otro lado debemos indicar que utilizaremos el peso, ya que agrupado al número de fragmentos nos dará indicaciones acerca del índice de fragmentación, y, como veremos, no parece que todas las formas se hayan fragmentado de la misma manera, de modo que es probable que el ritual lleve implícito una acción de amortización especial de ciertos tipos de materiales, incluyendo una fragmentación previa al hecho de arrojar las piezas a la fosa; algo parecido a lo que ya hemos comentado en otras ocasiones que sucede con los santuarios ibéricos al aire libre documentados en el ámbito de Alta Andalucía y parte del Sureste peninsular (Adroher Auroux 2013a). Respecto a la tipología al uso, y sin entrar en detalle acerca del problema de los sistemas de clasificación de las cerámicas ibéricas (suficientemente bien explicados en Bonet Rosado y Mata Parreño 2008), hemos utilizado la aplicación S.I.R.A. (Adroher Auroux 2013b) para las referencias tipológicas de los distinto materiales; para evitar engorrosas definiciones nos limitaremos a nombrar en cada caso las características de los tipos y la nomenclatura asignada. Igualmente a S.I.R.A. nos remitimos en relación a los diversos aspectos de clasificación y nomenclatura a él asociados. En este trabajo presentaremos el estudio de las cerámicas ibéricas y púnicas presentes en el depósito de la calle Zacatín de Granada, y que suponen un total de 1470 fragmentos, repartidos entre 353 bordes, 81 fondos, 4 asas, y 1032 amorfos, con un peso de 11.336 gramos, representando un EVE de 24,27. Todos estos materiales se han repartido en un total de 166 lotes. En el conjunto que aquí analizaremos están presentes clases cerámicas que pueden agruparse en las tres grandes categorías 12, es decir, cerámica de transporte o ánforas, cerámica común (que incluye la cerámica de cocina) y la cerámica fina. No obstante el reparto es bastante desigual en lo que se refiere a la representatividad de cada una de ellas (Fig. 5). Un problema que no hemos logrado resolver claramente es el de las intrusiones. Como dijimos más arriba existen materiales que, dada su cronología, es poco probable que pertenezcan al depósito en cuanto contexto sistémico, como algún fragmento de cerámica protoibérica (un pithoi pintado, por ejemplo); pero el material potencialmente contemporáneo resulta mucho más difícil de aislar, y, en los casos que lo hemos determinado como intrusión nos basamos fundamentalmente en el nivel de erosión que presenta la pieza o el tipo de piezas; en cada caso iremos razonando de forma específica. Es la categoría, en general, menos representada. Un total de 37 fragmentos que representan un porcentaje muy bajo (apenas 2,5 % del total 13 ). Se distribu-12 El concepto de categoría ha sido suficientemente desarrollado en el ámbito de la ceramología protohistórica en la definición de sistemas de clasificación como SYSLAT (Py 1997: 134): "categoría es un conjunto que reagrupa diversos tipos de cerámicas a partir de criterios técnicos o funcionales" (categorie, un ensemble regroupant plusieurs "types" de céramiques sur des critères techniques ou fonctionnels). 13 Cualquier porcentaje en el texto se refiere al sustantivo del numeral precedente al que se asocia la cifra. yen en dos grandes clases, ya que tenemos la mayor parte adscrito a ánforas ibéricas y un solo fragmento de borde de ánfora púnico hispánica procedente del mediodía peninsular, concretamente una T.8.2.1.1; no se ha localizado ningún fondo de ánfora, lo que en general nos llevaría a considerar la posibilidad de que este grupo no formase parte del conjunto originalmente, pudiendo tratarse, en consecuencia, todos ellos materiales intrusivos. No obstante, hay que tener en cuenta que la tipología de todos los bordes de ánforas ibéricas son muy semejantes y por tanto podría ser contemporáneos entre sí y con el depósito. Las ánforas ibéricas han sido productos poco estudiados en profundidad, y hasta el momento, se han resistido a cualquier sistematización tipológica que se les haya aplicado, que no sea de carácter local o regional14; esto es debido a que, a diferencia de sus homónimas apenas han viajado por el Mediterráneo, siendo el resultado de un particular efecto de las influencias fenicias hacia las comunidades del interior de la Península Ibérica. Las ánforas ibéricas han sido más objetos de almacenaje que de transporte propiamente dicho, lo cual tiene cierta lógica si pensamos que el ánfora es, tradicionalmente, un material apropiado para el comercio marítimo, pero incómodo y poco operativo para el transporte de líquidos o semilíquidos por transporte terrestre. Los tres bordes aquí localizados (núms. 252, 253 y 254) (Fig. 6: 32, 35 y 36) representan en suma un EVE de 0,29 (e.b.= 0,58; e.f.= 0); sus labios son elevados, de sección rectangular y prácticamente verticales; han perdido la altura de los elementos característicos del siglo vi a.C., como puede verse en el conjunto más completo bastetano en Canto Tortoso (González Román et alii 1995), pero sin llegar a estar tan aplastados como los bordes circulares más característicos de época tardía; por tanto son claramente anteriores a la fase E4 de Callejón del Gallo, datada a finales del siglo ii a.C., y cuyas ánforas ibéricas presentan un labio más rebajado (Adroher Auroux et alii 2001: Fig. 5.17.1-2). Por tanto, una cronología rondando los siglos v a iii a.C. es perfectamente asumible para este conjunto de bordes. No se ha documentado ninguna perforación previa a la cocción del tipo que aparece eventualmente en los hombros y cuya funcionalidad, por el momento, se nos escapa (en su momento la denominamos ánfora tipo Sierra Martilla, Adroher Auroux y López 2000). Más complejo resulta establecer paralelos con otros conjuntos; podrían relacionarse con el tipo sudibérico V (Florido Navarro 1984), datada en los siglos vi al iii a.C.; o bien el tipo 1.2.2. (ánfora con hombro redondeado odriforme) de la clasificación de Mata y Bonet (Mata Parreño y Bonet Rosado 1992: 124), que ellas datan en los siglos vi-v a.C. En Cerro Macareno (Pellicer Catalán 1983: 375-377; Pellicer Catalán et alii 1983: 85-86) encontramos paralelos en los números 1404 datada a principios del siglo iv a.C., y el 1.354, algo anterior pues se fecharía a fines del siglo v a.C. Perfiles de bordes semejantes se documentan en la fase IV de Cástulo, concretamente el fragmento 849, correspondiente al nivel II del sondeo IX, fechado en el siglo iv a.C. (Blázquez Martínez et alii 1985: 214-215). En aras a una mejor datación de nuestros ejemplares como tempus ante quem podemos fijar el siglo ii a.C. a tenor del impresionante conjunto descubierto y publicado de los niveles de destrucción del Cerro de la Cruz de Almedinilla, donde el tipo más reciente (ánfora 53100) presenta ya el borde redondeado, alejándose de estos ejemplares de la Calle Zacatín (Vaquerizo Gil et alii 2001). Un contexto muy cercano y que presenta una buena colección de materiales anfóricos con una datación relativamente homogénea, situada, grosso modo, en el siglo iv a.C. es el de Loma Linda en Ogíjares (Rodríguez Ariza 1991-1992: Fig. 6-9); aquí volvemos a observar los bordes algo elevados y de sección cuadrada con hombros no excesivamente horizontales. No parece que este tipo de borde se extienda muy lejos de nuestra zona, ya que, por ejemplo, no se encuentra en las islas Baleares (Guerrero Ayuso, Quintana 2000), ni tampoco lo encontramos en el levante peninsular, al menos a partir de la altura de Alicante (Gailledrat y Rouillard 2000) lo que nos permitiría considerar que se trata de producciones locales o regionales. En cuanto al ánfora púnico-hispánica se corresponde con el tipo T.8.2.1.1 (Fig. 6: 31), proveniente del ámbito meridional de la Península Ibérica; aún quedan muchas incógnitas respecto a los principales centros de producción así como a los contenidos específicos de estas ánforas (Sáez Romero 2010, con abundante bibliografía), aunque sin duda es inicialmente una producción propiamente gadirita que nace en los primeros años del siglo iv a.C., lo que no impide pensar que en épocas posteriores pudiera haber sido producida en otros centros como las costas granadinas y malacitanas. No obstante, la escasez de estas piezas en relación a las coetáneas T.12.1.1.1/2 como se detecta en el puerto púnico de Baria (López Cas-Figura 6. No obstante, un atento análisis visual de la arcilla del ejemplar del Zacatín arroja un conjunto de desgrasantes propios de contextos terciarios, metamórficos, con abundante cuarcita y, sobre todo, esquistos, con cierta carencia de mica, más relacionado con el complejo alpujárride, por lo que, teniendo en cuenta que en la provincia de Granada no se han detectado por el momento evidencias de la fabricación de estos productos, podremos considerar que se trata, probablemente, de una producción de las costas malagueñas. Algunos autores han planteado la posibilidad de que este tipo transporte vino en vez de salazones (Carretero Poblete 2007: 77), aunque se refieren especialmente a las variantes del tipo Tiñosa más que a las del tipo Carmona, con la que nuestro ejemplar presentar un mayor número de concomitancias. La presencia de salazones de pescado en Iliberri quedó ya testimoniada en las excavaciones del Callejón del Gallo (Piques 2001), ya que en contextos del siglo vii a.C. se documentan restos de boga (Boops boops), sardina (Sardina pilchardus) y jurel (Trachurus sp.), que bien pudieron haber llegado en ánforas fenicias del tipo T.10.1.2.1 documentadas largamente en el Albaicín en relación con los contactos con las poblaciones semitas de las costas meridionales (Barturen Barroso 2008: 141), tanto en los niveles protoibéricos del Carmen de la Muralla (Roca Roumens et alii 1988; Fig. 23 y Fig. 30) o la fase E1 del Callejón del Gallo (Adroher Auroux et alii 2001b: Fig. 5.12; Fig. 5.14.1-3), ya que este tipo parece multifuncional, sirviendo tanto para el transporte de vino como de conservas de pescado. Aunque no se recogieron muestras que pudieran permitir detectar presencia de biorrestos en el depósito de la calle Zacatín, nos inclinamos a considerar que la presencia del ejemplar hispano-púnico estaría en relación con el consumo de conservas de pescado, ya que no llegan las ánforas de las serie T.12 que pudieran completar este mercado, y, en principio, no hay otros recipientes que podamos asociar a este consumo en los contextos de Iliberri. La cerámica común es la más frecuente en número de fragmentos (940, que componen el 63,95 % de las cerámicas que estamos analizando) el 75,00 % de las asas y el 81,40 % de los amorfos (840 fragmentos), si bien hay que tener en cuenta que muchos de ellos han podido ser clasificados en esta clase cerámica por error insoslayable, ya que dada la calidad del engobe en la superficie de algunas piezas, que se desprende con facilidad, y un raspado poco cuidadoso para la limpieza de algunas piezas durante el proceso de excavación, como así ha sucedido, habrá provocado que piezas originalmente barnizadas hayan perdido completamente su tratamiento superficial y, por ende, hayan sido clasificadas como producciones comunes. Si ponderamos este problema podremos ver que, por ejemplo, en NMI, solamente representan el 20,40 % del colectivo, y su valor EVE es de 6,70 (e.b.= 53,1; e.f.= 8,08). Dentro de la cerámica común distinguiríamos cinco grandes clases: cerámica modelada a mano, de cocina, y común ibérica oxidante en cuanto a material indígena; en cuanto a común púnica tenemos productos provenientes tanto del centro del Mediterráneo como producciones propiamente hispánicas. La cerámica a mano está representada por un solo ejemplar correspondiente a un fondo de olla de pie indicado (Fig. 10: 10), característico del Bronce Final; sin duda esta pieza no pertenece al contexto votivo, ya que se trataría de una intrusión notablemente más antigua. No cabe ninguna duda acerca de la existencia de cerámica a mano que se encuentra completamente fuera de contexto, arrastrado por las laderas que van a hacer al río Darro (Adroher Auroux et alii 1995: 319), el cual, a su vez deposita a lo largo de su cauce fragmentos de diversa índole. No entraremos tampoco en detalle pero los elementos de este tipo en contextos previos a época ibérica en el Albaicín son suficientemente conocidos (Rodríguez Aguilera 2001), por lo que no se sale de la lógica la presencia del mismo en nuestro contexto en cuanto material de arrastre. Otra clase que representa un serio problema es el de la cerámica de cocina; parece ser que la cerámica tosca de cocina disminuye drásticamente su presencia en Iliberri a partir de finales del siglo vi a.C. según las seriaciones analizadas del Carmen de la Muralla (Roca Roumens et alii 1988). El caso es que contamos con un total de 63 amorfos con un peso de 686 gramos; ni un solo fragmento de borde ni de fondo, lo que nos hace sospechar que este material no está correctamente focalizado. Desde nuestro punto de vista habría que tener en cuenta tres aspectos que deben compaginarse entre sí. En primer lugar la total ausencia de elementos diagnóstico, posteriormente la escasa presencia de cerámicas de cocina en contextos de época pleno ibérica en Iliberri y, en tercer lugar, debemos tener en cuenta que las arcillas de las cerámicas toscas de cocina son más compactas que las arcillas de la vajilla de mesa y cerámicas finas ibéricas, por tanto deben pesar más; ante el mismo volumen podemos observar en el gráfico el importante peso de la cerámica a mano y, cómo al mismo tiempo, la cerámica de cocina se mantiene en medidas muy semejantes a los valores tanto de la vajilla fina como de mesa en el conjunto general del depósito; por su parte, la cerámica de cocina vuelve a aparecer con fuerza a partir de los siglos iii/ii a.C., siendo difícil distinguirla de la posterior cerámica de cocina romana, salvo en algunos casos concretos, así como tampoco de ciertas cerámicas medievales si no es por el contexto o por un elemento diagnóstico. Todo ello nos sugiere que el grupo considerado como cerámica de cocina, aún no habiendo sido distinguido en la excavación en otras unidades estratigráficas, parece poco probable que realmente pertenezca al depósito desde un punto de vista contextual, o que su presencia en el mismo debe ser considerada como de carácter intrusivo (Fig. 7). Respecto a la cerámica común ibérica de cocción oxidante se plantea un problema relacionado con la particularidad de que ciertas piezas no pertenezcan al contexto, para lo cual solamente podemos basarnos en los escasos conocimientos sobre crono-tipologías que tenemos en el mundo ibérico del Sureste peninsular y Alta Andalucía. Esta clase es difícil de tratar, pues como ya se dijo es probable que esté sobrevalorada según ciertos criterios, como la pérdida de decoración pintada o barnizada de ciertos fragmentos bien por erosión bien por el proceso de limpieza del material tras su recogida. De esta forma sólo nos entretendremos en los "elementos diagnóstico". En cuanto a formas abiertas tenemos siete bordes y dos fondos que se corresponden con menos de la mitad del valor en EVE en ambos casos (0,43 de bordes y 0,45 de fondos); se trata de dos posibles casos de copas que imitan formas griegas, tipo kylix, con dos asas horizontales(núm. 244 y 243 COM-IB Cp10) (Fig. 6: 19 y 20; Fig. 9).No están engobadas ni presentan ningún tipo de decoración en la superficie a diferencia de lo que sucede con las series consideradas como imitaciones de formas griegas en época plena; llama la atención la molduración en la pared externa del pie, especialmente en el caso del núm. 332 (Fig. 6: 22). Solamente encontramos un pequeño fragmento de un cuenco-lucerna (núm. 235, COM-IB Cu10) (Fig. 6: 21), que podría ser perfectamente contemporáneo al contexto, si bien es cierto que suelen ser mayoritarios en contextos algo más tardíos, como sucede en el caso del nivel asociado al muro de sillarejos localizado en las primeras excavaciones del Carmen de la Muralla, concretamente el estrato III de la zona I (Sotomayor Muro et alii 1984: 27-28), datable entre los siglos iii y ii a.C. Dos de los fondos, concretamente los núm. 246 y 294 (Fig. 10: 7 y 8) son fondos planos, característicos de niveles notablemente más antiguos, que suelen iniciarse con producciones de pastas reductoras (cerámica gris ibérica antigua) y acaban produciéndose a partir de la segunda mitad del siglo vii a.C. también en ambientes oxidantes, cual es el caso de los dos ejemplares que aquí presentamos, por lo que deben ser considerados materiales ajenos al depósito. Lo mismo sucede con la pieza núm. 295 (Fig. 10: 9), que por sus características tecno-tipológicas pensamos que habría que asociarla a una intrusión romana. Los dos bordes restantes, núm. 286 y 344 (Fig. 10: 2 y 6) presentan unas arcillas muy poco depuradas, más características de niveles anteriores a la formación de este contexto. Algo parecido sucede con los dos fragmentos que podemos adscribir a lebes; el primero de ellos, núm. 283 está tan alterado que no ha podido ser dibujado, siendo sin embargo una pieza muy espesa, lo que da a entender que ha sido fuertemente erosionada por el efecto del agua que sin duda fue arrastrada hasta este punto procedente de los derrubios de ladera del Albaicín; la segunda pieza (núm. 338) (Fig. 10: 11), si bien no tan alterada, presenta la característica arcilla poco depurada de fases anteriores, por lo que también debería ser considerada una pieza intrusiva. Una pieza interesante es la núm. 335 (Fig. 6: 17), que se corresponde con un mortero de ala redondeada o con una fuente; aunque no puede medirse el borde (representa en torno a un 5 % del mismo) parece una pieza de reducidas dimensiones y de perfil muy poco frecuente en nuestro ámbito regional. El mayor porcentaje del material lo representan los diversos tipos de platos. Puesto que resulta complicado si no imposible asociar los fondos a cualquier tipo de plato, la valoración por EVEs resulta interesante; en cuanto a los tipos propiamente dichos, los platos de borde curvo divergente (COM-IB Pl13) (Fig. 8: 19-21) y los de borde recto también divergente (COM-IB Pl15) (Fig. 8: 25-31) son mayoritarios respecto al resto; los escasos ejemplares de platos de borde carenado en el tercio superior (COM-IB Pl14) (Fig. 8: 22-24) en relación a los otros es, desde nuestro punto de vista, un indicio de antigüedad; de hecho existen ciertas posibilidades de que los fragmentos de platos carenados pudieran ser intrusivos en el conjunto, ya que son característicos de contextos más tardíos, cuando no propiamente romanos como evolución de los de perfil curvo, y ante la total desaparición de los de borde recto divergente a partir del finales del siglo ii o inicios del siglo i a.C. En nuestro caso, además, los Pl15 son relativamente gruesos, pudiéndose incorporar a los perfiles propios de los platos-tapadera de las grandes necrópolis ibéricas de época plena como la de Cerro del Santuario en Baza, donde esos platos son prácticamente mayoritarios (Presedo Velo 1982). En cuanto a formas cerradas tenemos dos grandes grupos, muy desigualmente representados: urnas y botellas. Por un lado existe una boca de botella con borde muy saliente plano (núm. 337) (Fig. 6: 18); no localizamos formas similares, pues las paredes son gruesas lo que indica que debe tratarse de una pieza de gran tamaño. Continuando con las cerámicas comunes ibéricas debemos hablar de las urnas15, sobre las cuales hay poca literatura en cuanto a ensayos tipológicos. De este grupo habría que eliminar algunas piezas; por ejemplo, las numeradas como 236, 259, 275 y 336 (Fig. 10: Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 39-65 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.088.015.003 5, 1 y 3) que sin duda se trata de formas de época arcaica, quizás siglos vii-vi a.C. entre otras cosas no ya sólo por los perfiles del borde, constatados en esos niveles de Iliberri, sino también por la arcilla poco depurada, que no coincide con las arcillas que solemos encontrar en contextos de época pleno ibérica; por el lado contrario encontramos otras cuatro intrusiones que ya sea por los perfiles o por el extremado índice de erosión, parece poco probable que pertenezcan finalmente al depósito; es el caso de los números 287, 290, 291 y 292, las cuales ni siquiera han podido ser dibujadas. Tras la eliminación de las intrusiones nos queda un reducido número de urnas (17 fragmentos, entre ellos doce bordes, dos fondos -EVE 0,65; e.b. = 1,10; e.f. = 0,25-y tres amorfos que pesan 196,5 gramos, en solo 13 lotes). Uno de los bordes de las urnas está relacionado con un kalathos de cuello estrangulado, que serían característicos de esta época (García Cano 1996), concretamente el núm. 260 (Fig. 6: 11), correspondiente con los tipos 8-A/B de Pereira (1988: 160). Para terminar nos quedaría revisar la forma de vaso de perfil en S y borde divergente. Los fondos unidos a los vasos nos están hablando de caliciformes más o menos desarrollados, a los que corresponden todos los elementos menos uno de ello, el número 245 (Fig. 6: 26), que posiblemente se trate de un vaso-tapadera, de borde divergente, muy alto, ligeramente engrosado al interior y con una ranura bajo el borde en la parte interna; este ejemplar podría relacionarse con el tipo 16-C-III de Pereira (1988: 169) que encaja plenamente en el siglo iv a.C. Dentro de la familia de las producciones de carácter no indígena, y que, por tanto, deben ser consideradas materiales de importación, observamos que la totalidad de las piezas que podemos asociar pertenecen a la familia de las cerámicas de origen semita. Por orden cronológico empezamos por las producciones más antiguas. Se trata de dos piezas que parecen corresponder a sendos fragmentos de pithoi de origen fenicio occidental; se trata de un borde (núm. 275) (Fig. 10: 1) y un asa geminada (núm. 274), con arcillas características de las producciones andaluzas orientales, sea de la costa de Málaga o Granada; las dataciones de estos fragmentos nos llevan a los siglos viii/vii a.C., lo que nos permite considerar que se trata de material intrusivo según la cronología propuesta para el conjunto del Zacatín; no obstante no son cerámicas ajenas a la zona, ya que se documentan en los estratos fundacionales de Iliberri desde los primeros sedimentos antrópicos formados en la cima de la colina. La otra clase representada es la cerámica común púnica-hispánica: un ejemplar de un plato de pescado de tipo púnico, con pocito central, pero cuyo fondo ha sido recortado a modo de pieza discoidal lo que impide conocer cómo se desarrolla exactamente el ala hasta el borde. Aunque en un principio pensamos que se trataba de una pieza de producción indígena que imitaba las formas características del ámbito semítico hispánico 16, un pormenorizado análisis de la arcilla permite comprobar que poco tiene que ver con las características de las pastas del resto de las producciones ibéricas documentadas en el depósito (presenta algunos nódulos ferruginosos), aproximándose a las conocidas en las costas orientales de Málaga (del entorno de Torre del Mar, como Toscanos, cerro Alarcón, Morro de Mezquitilla, etc.) y costa de Granada (esencialmente Almuñécar y Salobreña). Sin duda no debe ser considerado material intrusivo, aunque sí que llama la atención que no fue utilizado en el depósito como plato de pescado, sino que tuvo otra funcionalidad que se nos escapa (Fig. 12); aunque fuera recortado como pieza discoidal no podemos 16 Se puede paralelizar con el tipo 17-D de Pereira, presente en Martos y en Baza; esta forma, sin duda, evoluciona de los platos de pescado púnicos de las costas andaluzas. considerar que pudiera emular la funcionalidad (algo desconocida en general, también es cierto) de estas piezas, ya que se caracterizan por ser fragmentos planos, mientras que nuestro ejemplar (núm. 229) (Fig. 6: 34) presenta un volumen tridimensional importante, ya que compete a todo el pocito central del fondo del plato. En cuanto a la tipología, y tomando como base la desarrollada para la necrópolis de Puente de Noy en Almuñécar (Granada), a falta del labio podríamos incluirlo sea en el tipo II o en el tipo III, si bien, siguiendo a los autores (Molina Fajardo et alii 1982: 206), si tenemos en cuenta que el primero abarca la mitad inicial del siglo iv mientras que el segundo es más reciente (-350/-300) parece más que probable que el ejemplar del Zacatín se relacione con la más antigua, de modo que quedaría adscrito a la forma COM-P-H Pl2. Dentro del ámbito de la cerámica común nos encontramos con una pieza hasta ahora no documentada en el interior, un pequeño jarrito de borde engrosado en banda al exterior, y un asa vertical que une la espalda al borde, de producción púnico centro-mediterránea, concretamente la forma COM-PUN 521 (Lancel 1987), la núm. 237 (Fig. 6: 33); presenta una arcilla porosa, aunque está muy alterada por el fuego, pues el color de la superficie es grisáceo oscuro a negro como consecuencia de la tensión térmica sufrida. Está fragmentada en cuatro piezas, tres de ellas correspondientes al borde. Esta pieza no es nada frecuente al interior peninsular, aunque se trata de uno de los jarritos cartagineses mejor conocidos en el conjunto del Mediterráneo occidental (Py et alii 2001: 1032, con abundantes atestaciones y referencias). En la necrópolis del Mirador de Rolando hay una pieza (Arribas Palau 1967: Fig. 14, 49) que es del todo ajena a las producciones indígenas ibéricas. Se trata de un pequeño jarro de un asa vertical con el labio engrosado al exterior a banda (Fig. 19: 1); el parecido con la forma COM-PUN 521 es tan importante, lo que nos lleva plantearnos que se trata Figura 12. Ejemplar de un plato de pescado de tipo púnico, con pocito central, pero cuyo fondo ha sido recortado a modo de pieza discoidal, y que según la tipología de Federico Molina, corresponde a un COM-PUN Pl2 (ZAC-229) (foto: autores). Representación de tipos de platos de común ibérica. de otro ejemplar de esta producción, casualmente en el mismo contexto cronológico y parecido contexto cultural, ya que se trataría de un espacio sacralizado (una tumba o quizás un silicernium) 17. Existe una pieza que no hemos podido analizar personalmente procedente de la necrópolis del Mirador de Rolando (Granada), y que se corresponde con el tipo 9-D de Pereira (1988: 162), que para algunos se trata de una evolución de los lekythos aryballisticos griegos; desde nuestro punto de vista es más que probable que se trate de otra pieza de origen centro-mediterráneo, que pueden aparecer pintadas; el parecido formal con la que aquí presentamos es innegable, por lo que insistimos en la posibilidad de que ambas sean de origen púnico centromediterráneo. En esta categoría entraría solamente dos clases cerámicas; la cerámica pintada ibérica y el barniz rojo indígena. La cerámica pintada ibérica es extraordinariamente poco frecuente en el conjunto del Zacatín. Además, de ellos el núm. 292 es una pequeña urna muy erosionada, con restos de pintura en el labio; presenta algo de cuello y un labio curvo horizontal, más característico de producciones tardoibéricas, lo que nos lleva a pensar que se trata de un elemento intrusivo en este conjunto. Tampoco queda claro que forme parte del conjunto la pieza núm. 233 (Fig. 6: 1), pues presenta una ranura en el plano de reposo del borde, a modo de asiento de tapadera lo que no es nada frecuente en las urnas ibéricas meridionales, salvo en época tardía; la pintura roja se observa en el cuello y en el hombro, sin que pueda diferenciarse bandas ni filetes; es probable que se trate de una zona con pintura en toda su superficie, menos el borde. De modo que si eliminamos estos dos lotes, nos quedamos con 3 fragmentos de bordes (con un EVE de 0,10, muy bajo; e.b. = 0,20), dos de ellos pertenecientes a un kalathos de cuello estrangulado (núm. 258) (Fig. 6: 2) con un diámetro de boca de 17 cm, que casaría muy bien con la cronología del conjunto. El otro borde se corresponde con otra urna de cuello corto y labio vertical engrosado; aparecen restos de engobe en el labio. Por su parte la arcilla, algo más rojiza que la mayor parte de los ibérico-antiguas. Se trata además de un solo fragmento y muy pequeño, no ha podido ser medido su diámetro de borde y apenas pesa 12 gramos. Estos platos perdurarán en momentos más tardíos (siglo iii a.C.), y posiblemente sean consecuencia de la evolución del plato de engobe rojo de borde vuelto fenicio, habiendo perdido la marcada diferencia entre el cuerpo y el borde que caracterizaba a las producciones semitas, y convirtiéndose en una forma de perfil continuo al interior. Sin duda el tipo más numeroso y repetitivo de todos los presentados en este trabajo, y, el segundo de todo el depósito (sólo superado por las kylix de resalte interno de figuras rojas áticas). Tipológicamente es difícilmente clasificable; se trata de un plato de ala, inscrito en la tradición plenamente semita de los antiguos platos de engobe rojo de época arcaizante, pues podría relacionarse con el tipo VIIc de Negueruela (1979Negueruela ( -1980)), o quizás con los platos de Huelva de la fase Tartésica final III, pero que se data a mediados del siglo vi a.C. (Rufete Tomico 1988-1989), ni siquiera en yacimientos del interior podríamos bajar de finales del siglo vi a.C. como en la fase IV de Montemolín (Macebo Dávalos 1991-1992); el borde está separado del galbo interno por una arista o resalte en forma de bocel; el labio al exterior es recto, con un gesto que elimina el remate curvo de éste tan propio de las producciones arcaizantes a las que mencionábamos anteriormente. El perfil en general es suave, continuo, produciendo un plato de escasa capacidad, más propio de una forma para presentar o para alimentos sólidos que para líquidos; el fondo interno presenta un ligero abombamiento convexo, lo cual, unido a un fondo externo excavado, hace que la sección de la pared sea muy estrecha, de modo que se convierte en una de las zonas más débiles estructuralmente de la pieza. Está completamente barnizado de rojo, aunque en nuestro caso el barniz en muchos casos ha desaparecido casi por completo. Otra característica no tipológica es la presencia, muy constante, en el labio de dos agujeros de suspensión realizados antes de la cocción (Fig. 15). Lo extraño no es sólo que no hayamos encontrado paralelos a esta pieza en otros sitios, por el momento, si no que ni siquiera en niveles coetáneos de Iliberri existen paralelos confirmados. Solamente tenemos dos excepciones; la primera no es segura ya que se trata de una reinterpretación del perfil de un plato de la necrópolis de Mirador de Rolando (Fig. 19: 2) que podría relacionarse con este tipo (Arribas Palau 1967: Fig. 14: 57) aunque en la descripción no se menciona la existencia de barniz ni otro tratamiento en la superficie de dicho vaso. Hay dos enfoques en la discusión sobre este conjunto que presentamos; el primero de ellos está en relación a aspectos cronológicos y el segundo en relación a aspectos funcionales. El conjunto que aquí presentamos parece remitirnos a época plena del desarrollo del mundo ibérico, aunque contamos con una serie de problemas serios para establecer los parámetros adecuados que nos permitan cerrar la cronología a partir de los materiales indígenas. En este sentido debemos decir que uno de los principales problemas historiográficos con que seguimos topando en la arqueología ibérica del ámbito de la Alta Andalucía es la carencia de publicaciones adecuadas respeto a conjuntos estratigráficos bien documentados. La protohistoria de la zona mediterránea francesa ha demostrado con sus trabajos que debemos superar la fase de cronologías a partir de fósiles guías para empezar a datar por conjuntos bien contextualizados, ya que en ocasiones los materiales de importación pueden perjudicar la visión cronológica de un conjunto ya que éstos tienden a amortizarse más que los materiales indígenas. En el caso de la provincia de Granada las numerosas excavaciones de urgencia que se han venido produciendo en los últimos años apenas han tenido repercusión científica ya que no se han publicado con las garantías suficientes para realizar aportaciones al conocimiento, demostrando el fracaso del modelo de gestión de patrimonio arqueológico realizado desde esta perspectiva; los escasos datos con que contamos que parecen contemporáneos a nuestro contexto estarían formados por dos casos como la necrópolis de Mirador de Rolando, aunque no se recuperaron todos los materiales (Arribas Palau 1967), y, más recientemente, las excavaciones de Loma Linda en Ogíjares (Rodríguez Ariza 1991-1992). Ya hemos mencionado anteriormente la relación con los perfiles de los bordes de las ánforas; igualmente podemos ver que otras formas están presentes en Loma Linda, como los kalathos de cuello estrangulado (Rodríguez Ariza 1991-1992: 12, h), los vasos caliciformes (Fig. 12, g) o algunos platos, de perfil curvo (Fig. 15, e), carenado en el tercio superior (Fig. 14, a) o incluso los de borde vuelto (Fig. 14, d). No obstante encontramos un paralelo para una pieza que difícilmente podemos reconstruir, una especie de jarro de labios gruesos, divergentes y rectos, nuestro núm. 337, semejante a una forma representada en Loma Linda (Fig. 12, f) pero que, al igual que el ejemplar del Zacatín, sólo presenta el borde, sin que conozcamos el desarrollo del cuerpo. Bien, pues el material de este yacimiento, al parecer monofásico, nos lleva al siglo iv o inicios del siglo iii a.C., por lo que podemos comprobar que existe ciertas concomitancias entre ambos conjuntos, a excepción, una vez más, del plato BRI Pl34, que tampoco está presente en Loma Linda. Sí que nos gustaría resaltar respecto a las cronologías las relaciones con otros dos conjunto bien datados. El primero de ellos en relación al comportamiento de los platos. Se trata de los hornos de Cerro Macareno en Sevilla en los cortes H.I y H.II, datados entre mediados del siglo V y primer cuarto del siglo iv a.C. (Ruiz Mata y Córdoba Alonso 1999), donde, según los autores se trata del grupo más numeroso representado en estos contextos, caracterizándose por bordes indiferenciados y terminaciones redondeadas o apuntadas; al observar los perfiles de la Fig. 7 de la publicación uno comprueba que la mayor parte de ellos presentan un grosor continuo en el perfil, y efectivamente son rectos y divergentes, salvo algún caso concreto. Si comparamos lo que sucede en los llamados santuarios bastetanos (Adroher Auroux y Caballero Cobos 2008) que frecuentemente son más recientes (a partir del siglo iv a.C., y con gran cantidad de platos) éstos presentan un perfil más estrecho, siempre de labios apuntados, y, conforme nos acercamos al cambio de Era, son más frecuentes los carenados en el tercio superior (COM-IB Pl14), uno de los menos frecuentes en el Zacatín. Este fenómeno, unido al rebaje de los bordes de las ánforas lo podemos ver en Fuente Amarga, poblado fortificado datado entre los siglos iii y ii a.C., (Rodríguez Ariza et alii 1999, 290, g;291, a). Ciertamente podemos comprobar que el material indígena puede, en consecuencia, aproximar cronologías sin necesidad de establecer protocolos de fósiles guía, aún a falta de suficientes estratigrafías. El segundo punto donde queremos profundizar es establecer una interpretación más precisa de este material en su contexto. Tras las diversas discusiones que hemos establecido en torno a los problemas de materiales intrusivos por la ubicación del depósito junto al río, empezaremos por una propuesta concreta del material que exactamente consideramos que forma parte del mismo, dejando por completo de lado los fragmentos considerados exógenos por las razones que se han ido esgrimiendo a lo largo de nuestro discurso. Si nos remitimos a la cuantificación por EVE vemos la notable diferencia en la representatividad de las diferentes clases; como comprobamos en la tabla siguiente (Fig. 17) los platos de barniz rojo son absolutamente mayoritarios, pues al menos contamos con 16 ejemplares, seguido de la cerámica común ibérica, con la que contamos con 6 piezas, y finalmente tenemos una pieza al menos en el resto de los casos 19. Para intentar aproximarnos al ajuar utilizado en el ritual, hemos optado por elevar al mínimo posible la clase peor representada (cocina ibérica), de modo que observaremos las diferencias en la representatividad de las diversas clases cerámicas (Fig. 17). Con el objetivo de hacernos una idea de esta representatividad en el conjunto, al menos desde un punto de vista de relatividad (cuántos vasos por cada clase), elevamos el valor más bajo, el del ánfora púnica (así como el de la cerámica de cocina) a la unidad y, aplicando una regla de tres, obtenemos un servicio teórico de uso en este depósito. Este gráfico (Fig. 18) nos indica el material presente por cada ánfora púnica a nivel teórico; podemos comprobar que el material más importante es, sin duda, el barniz rojo indígena, dentro del cual el plato BRI Pl34 representa un elemento esencial. Si bien en el presente trabajo nos hemos centrado en los materiales cerámicos ibéricos y púnicos, el conjunto es importante por su homogeneidad; en realidad tenemos platos y vasos para beber, con algunas urnas y escasas ánforas. Sin duda este depósito nada tiene que ver con ámbitos funerarios, ya que faltan los elementos característicos de los ajuares funerarios; desde nuestro punto de vista se trata de una ofrenda a la divinidad fluvial que se significa en el río Darro. En ese sentido nos gustaría apuntar algunas reflexiones en torno al depósito de San Antón sobre el cual poco se ha escrito. Podría decirse que el ajuar estaría compuesto por una ratio de un plato para comer o presentar, un vaso para beber y el transporte de la ofrenda líquida que se realizaría en los anfo-Figura 16. Tabla en la que se puede observar el reparto de valores por clases cerámicas. riscos, de modo que cada uno de éstos daría juego a dos servicios de plato/vaso. En el caso de San Antón, la mayor parte de las formas localizadas están en relación con el consumo de algún producto líquido (copas para beber) y quizás algún producto semilíquido o sólido (garum o algún elemento cocinado), lo que lo relaciona muy directamente con lo que tenemos presente en el depósito de Zacatín; en el primer caso no hay urna, y en el segundo están escasamente representadas (la estimación de borde de urnas arroja un valor de 1,10, mientras que el de bordes de platos es de 19,85, lo que nos proporcionada una ratio de 17,14 platos por cada urna). Tanto en San Antón como en Zacatín el plato Pl34 es la pieza mayoritaria entre los materiales indígenas, incluso en el primer caso es la pieza mayoritaria de todo el depósito (25 % en número del total de piezas), mientras que en el segundo caso está por debajo de las kylix de figuras rojas ática (a pesar de lo cual representa el 13,58 % del EVE total del Zacatín). Sin embargo, dicho tipo no ha sido localizado con seguridad fuera de este grupo de depósitos asociados al río Darro, lo cual nos invita a plantearnos la opción de que los platos Pl34, sea en producción de engobe sea en producción común, son ajuares indígenas que se fabrican en exclusiva para la realización de ciertos tipos de rituales votivos. grupos ánfora porcentaje común porcentaje fina porcentaje totales porcentaje
En este trabajo presentamos las prácticas rituales identificadas en el oppidum ibérico de El Puig d'Alcoi, en el área central de la Contestania, al norte de la actual provincia de Alicante. Se trata de dos depósitos en la base de viviendas del poblado de los ss. v y iv a.C., en los que se enterraron restos de banquetes y sacrificios de animales, con la inhumación de un perinatal en uno de ellos. Los interpretamos como rituales de fundación de viviendas y se analizan en relación con la vida doméstica desarrollada en el transcurso de la ocupación del poblado, en concreto con los procesos de construcción-reconstrucción de las casas y con las relaciones sociales de la comunidad que habitó El Puig d'Alcoi. El estudio de las prácticas rituales y en general de la esfera religiosa del mundo ibérico muestra un intenso impulso en tiempos recientes. 1997; Moneo 2003) contamos con algunas síntesis que sumamos a trabajos recientes que ofrecen una visión renovada de la religiosidad ibérica (Tortosa y Celestino 2010; Rísquez y Rueda 2013). A las obras generales debemos sumar los estudios de temas concretos que no se habían desarrollado hasta el momento, como la relación de los espacios de culto y la configuración del territorio (Grau Mira 2010; Rueda 2011), el análisis detallado de las cuevas santuario (González Alcalde 2002) o las prácticas sacrificiales (Almagro y Lorrio 2011). Con todo, el mundo religioso entre las sociedades ibéricas aún presenta numerosos aspectos que precisan estudios de mayor profundidad. Señalemos, al menos, dos temas que creemos que son especialmente interesantes. El primero de ellos es el análisis de las prácticas religiosas en relación con los distin-Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 67-84 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.088.015.004 tos territorios y sus dinámicas geopolíticas, que la investigación reciente ha permitido identificar, pues los trabajos de síntesis con frecuencia presentan un sesgo generalista que uniformiza los fenómenos muy alejados en el espacio y el tiempo. Un segundo aspecto es la consideración de que los ámbitos de la ritualidad responden a la noción de opuesto a la domesticidad y cotidianidad, es decir, se enfatiza lo excepcional. Si bien es cierto que la identificación de evidencias rituales es más fácil cuando se destaca sobre otras prácticas mundanas, ello nos sitúa ante el riesgo de interpretar exclusivamente lo excepcional del campo de la ritualidad. No obstante, como los estudios antropológicos coinciden, las sociedades tradicionales con frecuencia carecen de separaciones nítidas entre la noción de ritual y doméstico, o entre las actividades rituales públicas formalizadas y las prácticas particulares más informales (Bradley 2005: 29-30, 119; Brück 1999: 314-18). Atendiendo a estos postulados, debemos refinar nuestros métodos en el reconocimiento de aquellas prácticas y acciones que por sus pautas y formas de-notan una formalización ritual, más allá de la esfera de lo monumental y destacado y público. En ese sentido, entendemos como actividad ritual aquellas acciones repetidas siguiendo un patrón regular (Bradley 2003: 8). Y lo que es más importante, debemos interpretar las prácticas rituales en el marco de otras esferas de las actividades diarias e insertas en una trama de relaciones cruzadas con otras actividades. Es decir, acudir al ámbito de lo cotidiano y doméstico donde pueden cobrar sentido los rituales. EL PUIG D'ALCOI: BREVE DESCRIPCIÓN DEL SITIO El poblado ibérico de El Puig d 'Alcoi está situado en el extremo meridional de la comarca de l' Alcoià, al norte de la provincia de Alicante (Fig. 1), en el corazón montañoso de la Contestania Ibérica que mencionan las fuentes clásicas. Domina una pequeña cubeta intramontana, denominada La Canal d'Alcoi, que es una de las unidades de paisaje en la que se El sitio arqueológico (Fig. 2) se alza sobre un cerro de 888 m.s.n.m. cortado por pendientes subverticales en sus lados norte, oeste y sur, y ocupa un área aproximada de 1,5 hectáreas, con un único acceso por el sudeste flanqueado por un torreón de cierre del corredor de entrada. La localización estratégica en altura del poblado, en cuanto a control de unas tierras óptimas para la agricultura y del importante corredor natural que une la comarcas de l'Alcoià con las tierras meridionales de la provincia, contribuyó a hacer de este enclave uno de los más importantes de la zona central de la Contestania Ibérica en el s. iv a.C., aunque remonta sus orígenes al periodo Orientalizante o Hierro I (Grau Mira y Segura 2013). El Puig d'Alcoi se erige como el oppidum o poblado fortificado que controla el territorio ibérico que se extendió por el valle inmediato en el s. iv a.C. En ese sentido, El Puig ejemplifica un modelo territorial basado en pequeñas fortalezas que dominan espacios territoriales exclusivos, instalados en cada una de las unidades paisajísticas de los valles de L'Alcoià y El Comtat siguiendo un esquema reticular de unidades políticas yuxtapuestas (Grau Mira 2002). La existencia de un yacimiento arqueológico en el cerro de El Puig es conocida al menos desde finales del siglo xix y ha contado con intervenciones intermitentes a lo largo de todo el s. xx por parte de investigadores vinculados al Museo de Alcoi. Siendo especialmente importantes los trabajos de los años 1960, dirigidos por M. Tarradell y las excavaciones de los años 1980, por parte de F. Rubio. Recientemente, entre 2004 y 2013, ha sido objeto de un proyecto de investigación en el marco de una colaboración entre el Museu d'Alcoi y la Universidad de Alicante. Las actuaciones han sido publicadas en una monografía a la que remitimos a los lectores interesados en conocer los detalles de la historia de la investigación y la caracterización del sitio protohistórico (Grau Mira y Segura 2013). En el marco de este proyecto de investigación se inserta el estudio que ahora presentamos y que tiene como objeto presentar y discutir las evidencias de la actividad ritual desarrollada en el poblado durante su secuencia de ocupación. Algunas evidencias singulares, relacionadas con rituales de fundación de viviendas, se analizan en comparación con las pautas rituales conocidas en el mundo ibérico y con las relaciones sociales de la comunidad que habitó El Puig d'Alcoi. Sobre un nivel muy revuelto para terraplenar el espacio se construyó la casa 200 (Fig. 3), una vivienda singular en el panorama constructivo del oppidum. Decimos que es una casa excepcional por diferentes aspectos que la singularizan, a saber. Es la única casa excavada hasta el momento, de un total de veinticinco departamentos exhumados, en que se emplean bloques escuadrados de arenisca amarillenta que se encuentran trabados con esquirlas entre los intersticios. Esta técnica de construcción es idéntica a la empleada en la fortificación del poblado y que se aparta de los las casas de la fase del s. vi a.C. en La Fonteta de Guardamar del Segura. Allí se ha podido documentar un esquema preconcebido basado en ese módulo que se empleó en la construcción de tres casas adosadas a la muralla (Rouillard et alii 2007: 152-155). A la singularidad en la construcción debemos añadir el depósito ritual que ahora analizamos. La revisión de los fondos y de las fotografías disponibles de las excavaciones de F. Rubio en 1989 nos han permitido identificar un depósito singular (Grau et alii 2012: 57-59). Está formado por tres elementos (Fig. 3) cuya naturaleza y estado de conservación (aparecen prácticamente completos) delatan que no fueron removidos de antiguo, como el estrato matriz en el que se encuentran, sino que fueron enterrados de forma cuidadosa justo en el momento en que se terraplenó el espacio para construir el muro de fachada de la casa 200. Los restos de un banquete Un primer aspecto es la existencia de piezas cerámicas y restos animales que se interpretan como los vestigios de una comida ritualizada que consta de los siguientes elementos: 1) Gran lebes de perfil troncocónico con borde recto de tendencia divergente y labio recto (Fig. 3, 1 y 4, 6); posee dos asas bífidas de implantación horizontal en la parte superior, en el sector coincidente con el diámetro máximo del cuerpo. Se decora en el exterior con una serie de tres bandas de color vinoso y entre la inferior y la media aparecen nueve filetes del mismo tono rojizo. En el interior aparece una banda cercana al borde de la que penden segmentos de línea. Se trata de una pieza que debió tener una larga vida útil, pues fue prácticamente cosida con lañas a juzgar por una fractura que recorre el tercio superior de la pieza dividiéndola en dos. La reparación de una pieza tan irregular demuestra que poseía un valor singular, cuyo sentido se nos escapa. El ejemplar apareció entero y enterrado precisamente bajo el umbral de entrada a la casa 200, lo que nos lleva a proponer que fue sepultado en el suelo formado justo en la parte de la casa con mayor connotación simbólica. 2) Junto al lebes se identifica una placa de arcilla quemada de perfiles irregulares (Fig. 3, 2) y sobre ella aparecen depositados escasos pero significativos materiales cerámicos. Destaca el tercio superior de un ánfora ibérica de borde de perfil vertical (Fig. 4, 1), un cuenco de borde recto (Fig. 4, 2) y otro de labio recto al exterior (Fig. 4, 3), y una base plana de una pequeña olla de cerámica a mano (Fig. 4, 4). Por último, aparece el borde de un recipiente de almacenaje (Fig. 4, 5). Este conjunto puede ser interpretado como el resto de un espacio de combustión que, una vez utilizado, fue sepultado ya que, en caso contrario, se hubiesen esparcido las piezas. La aparición a un nivel inferior al umbral y por tanto por debajo del nivel de circulación de acceso a la casa, señala que se empleó en el momento en que se preparaba el solar de construcción de la misma. 3) El tercer elemento de interés es la aparición de un conjunto de fauna entre el que se identificó claramente la cabeza de équido en las proximidades de la placa de combustión y del lebes (Fig. 3, 3). El material analizado lo agrupamos en dos conjuntos establecidos por las características tafonómicas; que denotan dos modos de aporte o dos actos diferentes. Por un lado, restos con evidencias de haber sido consumidos y, por otra parte, un cráneo de équido (híbrido) que no fue consumido y que se depositó como ofrenda. Interesa en primer lugar señalar los restos de la fauna consumida y que lo integran siete piezas dentales de oveja y cabra, la apófisis vertical espinosa de una vértebra torácica, un fragmento de diáfisis de un húmero, un fragmento lateral de un metatarso izquierdo de cabra, un fragmento de una segunda falange y una astilla ósea indeterminada de hueso. Estos huesos presentaban alteraciones relacionadas con el cocinado y el consumo, como las incisiones que se observan sobre la apófisis vertical espinosa de la vértebra (Fig. 5). Los vestigios faunísticos que acompañan a los restos del banquete están formados por el cráneo de un équido, al que únicamente le faltan algunos fragmentos del occipital, y las dos hemimandíbulas en conexión anatómica. El conjunto de restos ha sido consolidado y engasado, para su posterior restauración (Fig. 6). Pese a su estado de conservación ha sido posible separar el cráneo de las mandíbulas y tomar medidas, así como estudiar sus características morfológicas. Sin embargo, hasta que no se lleve a cabo la restauración definitiva, no será posible observar si hay marcas de sacrificio o procesado. -Estudio métrico del cráneo. Las medidas del cráneo y de los molariformes superiores e inferiores han sido tomadas según los criterios de Musil recogidas y modificadas por Castaños (1985-86). Hemos observado un distinto grado de abrasión según la lateralidad, más acusada en la parte derecha del maxilar. La biometría y morfología han permitido establecer la atribución específica, la edad de muerte y el sexo del individuo. Según la morfología de los molariformes se trata de un híbrido, ya que observamos características tanto asinas como caballinas. Se trataría pues de un ejemplar adulto. La ausencia de caninos indicaría que se trata de una hembra, aunque al tratarse de animales híbridos esta característica no es muy fiable. -Descripción de la serie maxilar. Los molariformes superiores presentan el espacio interestilar anterior cóncavo, excepto el P2 y los espacios interestilares posteriores con una tendencia más recta. Los mesóstilos son destacados y acanalados en el P2 y P3. En los protoconos el tabique interno es de forma variable; hay rectos (M3), cóncavos (M2, P2 y P3) y convexos (M1). Los extremos redondeados son predominantes, aunque en M3, P4, P3 y P2 presentan un extremo redondeado y otro agudo. El tabique posterior es sinuoso en P3 y P4; y más recto en el P3 y en los molares. El pliegue caballino es reducido, aunque está presente en casi toda la serie, a excepción del P2 (Fig. 7). Detalle de marcas de descarnado sobre apófisis espinosa de vértebra torácica de ovicaprino. Cráneo de équido tras la extracción y consolidación preventiva. rasgos morfológicos de los molariformes son propios de caballos: protoconos largos, presencia de pliegue caballino, espacios interestilares predominantemente cóncavos y metástilos acanalados. Hemos utilizado el índice protocónico A de la dentadura superior para comparar el individuo de El Puig con el caballo de La Regenta (Sarrión 2003) y observamos que presentan curvas similares (Fig. 8). -Descripción de la serie mandibular. El doble lazo tiene el valle en V, el entocónido es circular en los molares y recto-anguloso en premolares. El valle externo en los premolares es sobre itsmo y en los molares en itsmo. El pliegue pticostilido es simple. El protocónido es convexo y el hipocónido más recto. El metacónido es oval con pedúnculo corto en los molares y de tendencia piriforme en los premolares y el metastílido es oval (Fig. 6). Estos dientes presentan algunos rasgos de caballos y en mayor medida de asnos, como la forma en V del valle lingual y el desarrollo del pliegue pticostílido que se aproxima al itsmo. Al comparar el índice postfléxido del équido de El Puig con el del caballo de la Regenta observamos curvas diferentes con una cierta uniformidad del postflexido entre premolares y molares en el ejemplar de El Puig y una asimetría en el caballo de la Regenta (Fig. 9). En general, los dientes de este ejemplar presentan rasgos mixtos de caballo en el maxilar y de asno más marcados en la mandíbula. Las dimensiones (Fig. 10), analizadas en el contexto de otros équidos de época ibérica del País Valenciano, nos sitúan ante un animal de talla pequeña, similar a los asnos o pequeños híbridos. Considerando los aspectos morfológicos y las dimensiones, podemos concluir que se trata de un híbrido, posiblemente un burdégano, resultado del cruce de un caballo y una asna. Son más pequeños que los mulos, de tamaño similar a los asnos, aunque físicamente se asemejan más a los caballos. -Posibles marcas de bocado en el P2 inferior. Hemos analizado el P2 inferior en busca de alteraciones sobre el esmalte como evidencia del uso de bocado en el équido. En los premolares de los équidos de la Edad del Hierro utilizados para monta y tiro se observa un desgaste abrasivo tanto en el eje mesial como en la superficie lingual que afecta sobre todo al paracónido. Si se utiliza un bocado metálico se produce un desgaste en el P2 que se concreta en la formación de un bisel en el paracónido, en microestrías paralelas localizadas en la superficie mesial e incluso en patologías orales (Brown y Anthony 1998). Este método se ha complementado recientemente con la búsqueda de residuos metálicos en los premolares mediante microscopía electrónica de barrido con microanálisis de rayos-X por dispersión de energías (ESEM/EDX) (Brendey 2011), y que en algunos casos revela que las altas concentraciones de hierro que contenían las superficies dentarias podrían derivar del contacto de bocados metálicos (Iborra et alii 2014). Al analizar el P2 mediante microscopía electrónica de barrido en modo medioambiental (Fig. 11) no presentaba señales de haber estado en contacto con bocados de hierro ya que no hay evidencias de este metal, ni en forma dispersa ni concentrada. Sin embargo, sí que son evidentes los surcos paralelos sobre el esmalte, producidos por fricción, aunque no se puede descartar que sean consecuencia de una determinada alimentación. El estudio métrico del premolar (Fig. 12), del esmalte expuesto y del desgaste del bisel, muestra que el desgaste de la arista frontal del P2 es de 1,8 mm, por lo que no entraría en los parámetros de équidos conducidos con bocado metálico (3 mm) distinguidos por Brown y Anthony (1998). Ante esta falta de evidencias de uso de bocado metálico cabe pensar que el híbrido de El Puig fue guiado mediante cabezal realizado con materiales orgánicos y que los surcos que se observan en el esmalte se produjeron por el uso de un bocado de fibras vegetales o por la alimentación. Por lo que corresponde a ámbitos domésticos y productivos, más acorde con el caso que ahora nos ocupa, encontramos bien representados sacrificios de équidos en el nordeste, y concretamente en el ámbito ilergeta, donde son comunes los enterramientos de équidos completos o de partes de su esqueleto. Nos referimos a los fetos de équidos y otros ejemplares en Els Vilars (Arbeca, Lleida) (Gómez Flix 2003; Nieto 2013), en el campo de silos de Serrat dels Espinyers (Issona, Lleida) (Belmonte et alii 2013), o el enterramiento de restos de caballo en La Moleta del Remei (Alcanar, Tarragona), en concreto las patas de un caballo enterradas en una cavidad rocosa y cubiertos por una losa en el acceso a la plaza del poblado (Belarte y Sanmartí 1997: 12). Estos ejemplos del nordeste suelen ponerse en relación de forma genérica con cultos de propiciación de la fertilidad (Quesada y Gabaldón 2008: 146). En el entorno más próximo podemos citar el depósito del Tossal de Manises (Alacant), un équido de entre 12 y 20 meses de edad, enterrado junto a la muralla, en una fosa tapada con tres grandes lajas de piedra que corta el pavimento interior de una estancia contemporánea a la fortificación, hacia finales del s. iii a.C. Falta casi la totalidad de la cabeza -salvo un canino y algunos incisivos-por lo que es probable que el animal fuera decapitado ritualmente (Quesada y Gabaldón 2008: 148-149). La relación con nuestro caso es interesante en algunos aspectos como la ubicación del ritual en una vivienda, aunque en este caso no se relaciona con la construcción de la casa; también por la decapitación, que en el caso alicantino se muestra por la ausencia de la cabeza y en nuestro ejemplo por su sola presencia. Y el tercer aspecto es su relación con el ámbito púnico, a cuya esfera remite la casa de El Puig. Próximo a este enclave nos encontramos con las referencias a los depósitos de équidos y cánidos junto con cerámicas púnicas, itálicas e ibéricas en los pozos votivos del Tossal de les Basses (Alacant) (VV.AA. 2007), muy semejantes a los localizados en Cádiz. Referirnos al ámbito púnico nos lleva indefectiblemente a citar el pasaje sobre la fundación de Cartago por los fenicios. Justino describe que la ciudad se levantó en el lugar donde se encontró una cabeza de caballo, símbolo de valor y de poder (Justino 18, 5 y ss., citado por Quesada y Gabaldón 2008: 148). Un interesante documento que relaciona el caballo con rituales de fundación. En el caso de El Puig, si aceptamos la influencia semita, debe entenderse en el marco de adopción de estas prácticas en un contexto propiamente ibérico, que es el que define el ritual y lo dota de significados en su esfera social. Lo más relevante, en todo caso es que se trata de una acción ritual en la que se celebró un banquete y se sacrificó un équido, cuya cabeza fue sepultada en los cimientos de la casa para connotar su edificación. UN DEPÓSITO RITUAL EN LA AMPLIACIÓN DE LA CASA El segundo espacio en el que se constata actividad ritual doméstica en El Puig es un departamento de trabajo, denominado ámbito 7000, que forma parte de un complejo doméstico de mayores dimensiones que una vivienda unifamiliar (Fig. 13). Se trata de una gran casa que es la residencia de cuatro familias nucleares, cada una residente en un espacio de hogar con equipamientos domésticos básicos y que Figura 13. Planta de la casa con el ámbito 7000; abajo esquema interpretativo con la estructura inicial en negro y la ampliación de la casa en gris. El ámbito 7000 es un espacio semicubierto de unos 10 m 2 de superficie que se sitúa al sureste de una gran casa y concentra las principales actividades de transformación de la vivienda (Fig. 14). Cuenta con un poyete o banco circular de trabajo realizado con mampostería y con unas dimensiones de aproximadamente 70 cm de diámetro y 50 cm de altura. Probablemente es el soporte de un molino rotatorio circular, hoy en día perdido. En la esquina noroeste se concentra un hogar formado por varias piedras y un relleno de cenizas y tierras con carbones. Por todo el espacio se extiende un pavimento de tierra apisonada y endurecida y que se conserva parcialmente sobre el que se localizó un completo repertorio doméstico, fragmentado aunque in situ. Los treinta recipientes recuperados íntegramente formarían el repertorio de piezas en uso en el momento en que se abandonó la casa y colapsó su cubierta, sellando el depósito, a fines del s. iv a.C. En resumen, nos encontramos ante un espacio semicubierto donde se concentran las actividades domésticas de un amplio complejo habitativo. En él se ubicaron instalaciones para el procesado del grano, el banco del molino, y para la preparación de alimentos, con una gran capacidad de almacenamiento con recipientes para sólidos y líquidos. Además se constata la actividad textil con pondera y fusayolas. En el transcurso de las excavaciones hemos podido reconocer el proceso de conformación de esta casa, desde una vivienda más sencilla, hasta la configuración final en la que se documenta la acción ritual. Es importante entender este depósito en la historia de la casa que pasamos a detallar. La casa tendría su origen a fines del s. v a.C., cuando se construye un edificio inscrito en un rectángulo y que cuenta con sendas habitaciones con dimensiones entre 20-25 m 2, cada una con acceso independiente orientado al norte y con un hogar en su parte central, lo que sugiere que se trata de dos viviendas unifamiliares adosadas (Fig. 13). Pensamos que estaría habitada por dos familias íntimamente relacionadas, pues cooperaron en la construcción unitaria de sus viviendas y es posible que compartieran actividades domésticas. Sin embargo, la existencia de hogares independientes en cada cámara nos induce a valorar Poco tiempo después de la construcción de la casa, a inicios del s. iv, se amplía el edificio con nuevas estancias adosadas al sur, hasta configurar un agregado doméstico de aproximadamente 100 m 2, unas dimensiones considerables para la norma del poblado (Fig. 13). Los departamentos que se construyen en este momento son dos estancias de dimensiones en torno a 20 m 2 con hogares centrales y repertorios cerámicos variados que sugieren que son estancias que pudieron funcionar como viviendas de familias nucleares. Además se construyen los ámbitos 2000 y 7000 que constituyen espacios de trabajo y función auxiliar, un almacén en el primer caso y el espacio de trabajo, en el segundo. En definitiva, esta unidad de hábitat distingue los espacios privados de cuatro unidades familiares y los espacios comunes de almacenaje y trabajo doméstico, por lo que funcionalmente debe considerarse un agregado orgánico. Es en el momento en que se amplía la casa cuando se produce el depósito ritual que analizamos en este trabajo. Los enterramientos de ovicaprinos Por debajo del pavimento de la estancia 7000 aparece un enterramiento de ovicaprinos, dos de ellos prácticamente enteros, a los que acompañaban dos piezas prismáticas de terracota que serían contrapesos de telar y un cuchillo afalcatado (Fig. 15). Durante la excavación no se pudo identificar con claridad la fosa que acogió este enterramiento y únicamente se procedió a recoger la muestra de materiales de forma conjunta mediante un engasado para mantener la forma de deposición original. Una vez en el laboratorio se identificaron los ejemplares de ovicaprinos y los vestigios de un enterramiento infantil. Se trata de un conjunto singular por su homogeneidad taxonómica y por estar vinculado con otros materiales arqueológicos. Se han identificado un conjunto de 589 huesos y fragmentos óseos que pertenecen a dos especies, la oveja (Ovis aries) y el hombre (Homo sapiens). El conjunto de las ovejas está formado por restos de tres hembras de edad adulta: una de 7 años, una de 6 años y otra de 4-5 años, y un feto de óvido, cuya descripción en detalle ha sido publicada (Pérez Jordà et alii 2013: 214-218) por lo que pasaremos a resumir los detalles principales. De los tres individuos adultos presentes en este conjunto hay algunas ausencias de determinadas unidades anatómicas que puede ser debido a que no fueron depositadas o bien, lo que creemos más probable a tenor de las evidencias de la excavación, una alteración del hueso muy fuerte por causa de los factores postdeposicionales. No hay evidencias de alteraciones por causa de los carnívoros como son las mordeduras, por lo que no debió exponerse en la superficie. Sí que se observan marcas antrópicas de sacrificio, deguello, evisceración, desarticulación y descarnado principalmente documentadas sobre los huesos del esqueleto apendicular anterior. Las primeras (cortes pequeños) están localizadas en las epífisis proximal y distal de Figura 15. Composición del depósito ritual los elementos y las segundas de descarnado (cortes de trayectoria más desarrollada) sobre las diáfisis. Otras alteraciones son las producidas por la acción del fuego, que se evidencian sobre un centrotarsal y no en toda su superficie. Este hecho nos indica varias posibilidades, por una parte puede indicarnos que los esqueletos fueron asados con la carne adherida al hueso antes de su consumo. Los restos del perinatal Se han estudiado escasos restos de un individuo fallecido en los momentos próximos al parto (Fig. 16). Se conserva la escápula derecha alterada por procesos tafonómicos. El húmero derecho está casi completo, se observa pequeña erosión en los extremos proximal y distal. Un pequeño fragmento de diáfisis de hueso largo, indeterminado. Hay un fragmento óseo que presenta dudas sobre su filiación humana. Morfológicamente tiene similitudes con el pubis y con el isquion, aunque no podemos afirmarlo con certeza. -Determinación de la edad. En el caso de los perinatales la determinación de la edad se realiza a partir de las longitudes de los huesos conservados. Las tablas comparativas más utilizadas son las elaboradas desde la investigación forense por Fazekas y Kósa (1978). Igualmente se utilizan las referencias publicadas por Jeanty y consultadas para este trabajo en Scheuer y Black (2000). Es importante reseñar que los datos obtenidos son aproximativos, por lo que la elaboración de conclusiones debe estar condicionada ante la posibilidad de que el margen de error sea amplio. En este caso, sería discutible la posibilidad de que el feto pudiera haber nacido vivo y la posible viabilidad a partir de las semanas de gestación determinadas. La única medida válida obtenida para este individuo es la longitud máxima del húmero, si bien la existencia de una zona erosionada nos obliga a ampliar un poco la longitud. Así las cosas, a la longitud máxima conservada de 43'1 mm le hemos supuesto unos milímetros más hasta concluir una longitud máxima aproximada de 45 mm. Estas dimensiones arrojarían una edad gestacional entre ± 28 semanas según Fazekas y Kósa (1998) y las 26 semanas según Jeanty (citado en Scheuer y Black 2000). Conociendo la longitud del húmero podemos aproximarnos a la talla del individuo al nacer. A partir de los restos recuperados podemos confirmar la presencia de un individuo perinatal. Al conservar la escápula y el húmero derechos. Es posible que el individuo hubiera sido inhumado inicialmente en este espacio, habiendo sufrido remociones posteriores a su esqueletización. El reducido tamaño y las semanas de gestación determinadas nos indican que se trata de un recién nacido prematuro, con una talla de 37-38 cm y en torno a las 28 semanas de gestación (sietemesino), margen de la viabilidad en contextos no medicalizados. No obstante aunque se conocen casos de prematuros supervivientes en épocas pasadas, debió ser algo excepcional, estando justificado el fallecimiento del individuo debido a las dificultades de adaptación a la vida extrauterina. No podemos saber si nació vivo o muerto, y en el caso de supervivencia, no sabemos cuánto tiempo sobrevivió, aunque probablemente hubiera sido poco, dada su prematuridad y las complicaciones asociadas a la misma. Nos encontramos ante un depósito singular de tres ovejas y un feto de la misma especie. Los animales se acompañan de un cuchillo afalcatado, posible instrumento sacrificial, y unos ponderales de terracota que nos remitirían simbólicamente a la actividad textil, relacionada con la lana de las ovejas. Junto a ellos se enterraron los restos humanos de un individuo perinatal. Desafortunadamente, no tenemos certezas de si se realizó en un único momento, lo que creemos más probable por la disposición de los restos, o si hubo una secuencia en la incorporación de restos, lo que supondría que nos encontramos con un lugar de memoria vinculado a la casa que se rememoraría cíclicamente. Los vestigios de rituales con ovicaprinos en ambientes domésticos son bastante numerosos en toda la geografía ibérica, y especialmente en el área noreste de la Península Ibérica, como los estudios de síntesis han permitido concluir (Belarte y Sanmartí 1997; Almagro y Lorrio 2011: 305-306; Belarte y Valenzuela 2013). Esos casos ofrecen una casuística tan variada que aporta escasa luz sobre nuestro caso de estudio. De igual modo, la complejidad del fenómeno de los enterramientos infantiles excedería las posibilidades de análisis de estas líneas, por lo que remitimos a los trabajos específicos sobre el particular (Gusi y Muriel 2008). En este trabajo concentraremos nuestra atención en aquellos espacios donde aparecen conjuntamente restos animales e infantiles. En el Puig de Sant Andreu (Ullastret, Girona) destacan los depósitos rituales encontrados en un complejo aristocrático formado por una gran vivienda de más de 800 m 2 y múltiples habitaciones. Los vestigios que primeramente se documentaron fueron depósitos de ovicaprinos junto a inhumaciones infantiles (Belarte y Sanmartí 1997: 14), en un probable espacio de culto, presidido por un hogar sobre un basamento sobreelevado, posiblemente un altar. Esas evidencias iniciales han ido incrementándose en los trabajos recientes hasta documentar 73 depósitos de ovicaprinos (Codina et alii 2009), convirtiendo este lugar en un ejemplo destacado en el panorama protohistórico peninsular. En los espacios B-E, Y, X y L del poblado de La Penya del Moro (Sant Just Desvern, Barcelona) se documentaron restos parciales de inhumaciones infantiles y ovicaprinos, datados en el s. IV (Belarte y Sanmartí 1997: fig. 3), por lo general con restos muy parciales, entre los que destacan restos de cráneo y extremidades. En El Turó de Can'Olivé (Cerdanyola del Vallés, Barcelona) (Belarte y Sanmartí 1997: 11-15) son varios los hallazgos de restos de perinatales en las habitaciones 2, 4, 7 y 8, y que aparecían junto a depósitos de animales en las habitaciones 2 y 8. Destaca el ámbito I donde se localiza el enterramiento de un feto a término, junto a dos gallos y dos ovinos jóvenes que habían sido consumidos (Belarte y Sanmartí 1997: 11-15). Se datan en la segunda fase del asentamiento, en el s. iv a.C. En El Molí d'Espígol (Tornabous, Lleida) se documentan dos perinatales muy mal conservados enterrados en el edificio singular 65, junto a un muro y acompañados de restos de fauna, estando uno de estos fragmentos de hueso intencionalmente cortado y pulido (Belarte y Sanmartí 1997: 18-19). También en Olèrdola (Barcelona), se han identificado los restos de 10 perinatales en una habitación de uso industrial datada en el s. iv a.C., que se pone en relación con el control de la actividad artesanal por parte de una familia de la elite del poblado (Molist 2008: 591-595). En Alorda Park, concretamente en el recinto A de posible actividad ritual, y con cronología entre los s. v y iv a.C., se localizaron cuatro oquedades bajo el pavimento, tres de ellas con depósitos rituales de cabezas y patas de ovicaprinos y en una de ellas con un fémur de un niño de menos de un año que apareció junto a los restos animales (Belarte y Sanmartí 1997: 12). Cabe señalar que en este espacio se identificó una estructura construida de forma troncocónica muy semejante a la del ámbito 7000 de El Puig. En este caso se descartó su función doméstica, ante la ausencia de molino, y se interpretó como el altar base de los sacrificios (Belarte y Sanmartí 1997: 25). Por lo que corresponde a tierras aragonesas, los vestigios conjuntos de inhumaciones infantiles y animales se detectan en El Palomar (Oliete, Teruel), donde se constatan inhumaciones infantiles junto a animales, especialmente ovejas (Almagro y Lorrio 2011: 306). También en El Castillejo de la Romana (Puebla de Híjar, Teruel) se han detectado inhumaciones infantiles junto a huesos de ovicáprido (Almagro y Lorrio 2011: 306). En el norte del País Valenciano se localizan algunos de los testimonios más interesantes de aparición conjunta de restos infantiles y animales. Un sitio destacado es el de La Escudilla (Zucaina, Castelló) donde aparece un recinto de claro carácter religioso donde se documentan 22 inhumaciones infantiles junto con sacrificios de animales y una piedra monolítica de 70 cm de altura. Otros sitios de la misma región remiten a ambientes domésticos más sencillos, donde se realizarían las actividades rituales de forma esporádica. Tal es el caso de El Puig de la Nau (Benicarló, Castelló), en cuyo recinto 38000 se documentan dos inhumaciones infantiles junto a restos de cerdos y lechones (Oliver 2006: 211-212). También en Sant Josep (La Vall d'Uixò, Castelló) se documenta una inhumación infantil junto a restos de un ovicaprino joven (Almagro y Lorrio 2011: 306). Toda esta relación de testimonios muestra distintos patrones que dificultan la interpretación de la relación de enterramiento de neonatos y sacrificios de animales. Quizá de todas las propuestas interpretativas conviene retener dos aspectos para la discusión de nuestro caso de estudio. La primera cuestión se refiere a que nos encontramos con un ritual sustitutorio. La aparición conjunta de restos con el mismo tratamiento ha sido interpretada como el posible vestigio de un ritual religioso semejante en que ambos restos serían sacrificios. También cabría la posibilidad de que se produjese una sustitución de los restos infantiles por animales, pues ambos tienen un idéntico tratamiento (Belarte y Sanmartí 1997: 25-26). Para el caso de El Puig de La Nau, A. Oliver propone el carácter sacrificial de los depósitos y señala una posible sustitución de los niños recién nacidos, por otros muertos, cuya evidencia sería la aparición de depósitos secundarios con escasos restos humanos. En otras ocasiones los niños serían sustituidos directamente por animales, que son sometidos al enterramiento siguiendo las mismas pautas (Oliver 2006: 211-213). El segundo aspecto que nos interesa destacar es la interpretación de estas prácticas que se asociarían a rituales de fundación o remodelación de los espacios domésticos y tendrían como propósito proteger el hogar y sus habitantes, tal y como se comprobaría en un buen número de casos etnográficos y en los testimonios del Mediterráneo Antiguo (Belarte y Sanmartí 1997: 23-24; Oliver 2006: 212-213; Pérez Ruiz, 2014). DISCUSIÓN: FUNDAR LA CASA, ESPACIO FÍSICO Y ENTIDAD SOCIAL A pesar de las incertezas entre las que nos movemos en el análisis de las prácticas rituales descritas, al menos podemos fijar un punto de partida mínimamente sólido para la discusión de sus significados y es que a todas luces se relacionan con ritos de fundación de dos viviendas del poblado, aunque éstas tengan características muy distintas. Por tanto, creemos aceptable la interpretación de estos depósitos en parte como rituales domésticos de fundación de casas y sacrificios propiciatorios del ciclo vital de la casa y sus habitantes. Pero existen otros aspectos que podemos perfilar, para relacionar de forma más estrecha las prácticas rituales con los procesos y el tejido social del oppidum. En concreto nos referimos a extender la fundación de la casa más allá del aspecto material de la vivienda para referirnos a "la unidad social que implementa estrategias para incrementar estatus, riqueza y posición social" (Vives-Ferrándiz 2013: 96). Es decir, ponemos en relación los rituales de fundación analizados con la pretensión de determinados grupos domésticos de reforzar su posición social en el seno del oppidum. Las estrategias de estos grupos domésticos pueden evaluarse a partir de algunas de las propuestas interpretativas sobre el significado de los rituales domésticos en los que intervinieron sacrificios de animales y restos de perinatales. Nos referiremos fundamentalmente a dos propuestas que contribuyen a entender las estrategias sociales desplegadas por los grupos domésticos para consolidar su posición. Se trata del culto a los antepasados y la comensalidad ritual. La posible relación entre el sacrificio de ovicaprinos con el culto doméstico a los antepasados, e incluso relacionado con la figura de un héroe fundador ha sido propuesta por M. Almagro-Gorbea (2009). Según este autor, la importancia de los ovicaprinos, especialmente carneros, en este tipo de sacrificios tendría su origen en un sustrato cultural indoeuropeo con ritos semejantes que se extienden desde la Europa Céltica hasta la India, pasando por las Galias, Roma o Grecia (Almagro 2009: 230-231). Se transpone la importancia de este ritual en las sociedades ibéricas avalada también por su representación en morillos y así como por la documentación de este tipo de sacrificios en el registro arqueológico, como en el célebre bronce de Bujalamé en Jaén (Almagro y Lorrio 2011: 17-77). Uno de los ejemplos mejor conocidos y que nos puede servir para entender mejor este tipo de prácticas entre las sociedades ibéricas es el sacrificio dedicado al antepasado o héroe fundador en Grecia, donde este ritual se desarrollaba conforme a una secuencia muy pautada (Almagro 2009: 238) que puede servir de referencia al caso ibérico. En primer lugar se degollaba al animal con un cuchillo, que recordemos aparece enterrado y asociado a los tres ovicaprinos en el ámbito 7000, para luego proceder, en algunos casos, a la separación de la cabeza con el objeto de desangrarlo completamente, como mostrarían especialmente los casos catalanes. Y es que la sangre tendría un papel esencial en este tipo de ritos, ya que el momento álgido era la libación en honor del antepasado, acto que se llevaba a cabo en un bothros u hoyo excavado en el suelo que tenia la función de conectar simbólicamente con el antepasado. En nuestro caso PRÁCTICAS RITUALES Y ESPACIO DOMÉSTICO EN EL OPPIDUM IBÉRICO DE EL PUIG D'ALCOI de estudio, esta función pudo estar relacionada con las fosas en las que se enterraron intencionalmente los elementos del ritual a modo de mundus o fosa de fundación de las nuevas construcciones. Finalmente, se procedía a descuartizar, asar y consumir el animal en un banquete ritual compartido por los descendientes reales o míticos, aunque en el tema de la comensalidad incidiremos algo más a continuación. Para concluir esta cuestión, nos parece que debemos emplear con cautela la figura del héroe en el caso ibérico, aun pendiente de un análisis de contenido en sus propias coordenadas socioideológicas. Pero ello no es óbice para tener en cuenta la importancia que la figura del antepasado del grupo doméstico o del linaje tendría para los miembros de la comunidad que habitaba el oppidum. Obviamente para el caso de El Puig no nos referiríamos a la figura de un monarca sacro de los iberos del Sur según la interpretación de Almagro, pero ello no invalida la importancia del antepasado en la construcción de las relaciones sociales en otros contextos menos centralizados, como el que nos ocupa. La figura del antepasado común permite la creación de vínculos sociales muy importantes que van incluso más allá de los lazos de sangre. Esta vinculación pudo cimentar las relaciones entre los moradores de la vivienda del sector corona, donde creemos que las unidades familiares podrían corresponderse con un segmento de un linaje ibérico que está cooperando en las funciones productivas y residiendo en un complejo habitacional. La ampliación de la casa para albergar un grupo humano más extenso que la familia nuclear, como ocurre en asentamientos que funcionan de forma orgánica como El Puntal dels Llops o El Castellet Bernabé, se reforzaría en el plano ritual con esta vinculación a un antepasado común (Grau Mira y Segura 2013: 177-194) También es muy posible que este tipo de rituales con connotaciones sociales tan importantes, estuviese presidido por el jefe del linaje quien ostentaría esa función religiosa como descendiente más cercano del antepasado y que serviría para legitimar ciertas desigualdades sociales entre individuos. Ese es el sentido que podemos atribuir al depósito ritual en la construcción de la casa 200, donde una unidad familiar quiso claramente distinguirse en sus pautas residenciales y también desde el punto de vista del control del ritual. Una segunda estrategia que creemos que puede asociarse a las prácticas analizadas es la que se viene denominando en la bibliografía como comensalidad ritual. Ésta se define como una forma de actividad ritual pública basada en el consumo comunal de comida y bebida para un propósito u ocasión especial. Estas prácticas se diferencian del consumo cotidiano, aunque al mismo tiempo el simbolismo ritual del banquete está constituido mediante una compleja relación semiótica con las pautas de consumo diario, donde la comida y la bebida constituyen el medio de expresión y el consumo convival constituye el lenguaje simbólico básico (Dietler 2001: 65-75). En este sentido es interesante destacar los planteamientos teóricos de Michael Dietler (1990Dietler (, 2001)), basados en la combinación de datos tanto de carácter etnográfico como en datos de naturaleza arqueológica. Para este autor es crucial reconocer y entender el banquete como una forma particular de actividad ritual, subrayada por sus efectos dramatúrgicos, con un gran poder para articular las relaciones sociales y como un elemento estratégico de acción política que hace posible la reproducción del sistema. Dietler propone una serie de tipos de banquetes más como una diferenciación heurística que como una tipología formal que denomina como Empowering Feast, Patron-role Feast y Diacritical Feast (Dietler 2001: 75). Para el caso concreto de El Puig el que mejor se ajusta es el primero de ellos. El Empowering Feast (Dietler 2001: 76-82) se define como un tipo de banquete en el que se manipula la hospitalidad comensal con el objetivo de adquirir y mantener ciertas formas de capital simbólico, que se traduce en la capacidad de influir en las decisiones o acciones del grupo, y en ocasiones también de capital económico. En ese sentido, los banquetes asociados a la fundación de las casas analizadas pudieron tener la función de asignar importancia a los grupos domésticos que las poblaron, especialmente en el caso de la casa 200. Si vamos un poco más allá, podemos proponer que las prácticas objeto de estudio en este trabajo pueden corresponder a una forma particular de empowering feast relacionada con la adquisición de capital económico como son las Work Feasts o "fiestas del trabajo" (Dietler y Herbich 2001) donde la hospitalidad comensal es utilizada para organizar el trabajo voluntario colectivo. En este tipo de prácticas, un grupo de personas son convocadas para trabajar juntos en un proyecto durante un día o más y a cambio se les invita a participar en el banquete, apropiándose el anfitrión de los beneficios generados durante las jornadas de trabajo. Estas prácticas de consumo ritual son esenciales para una economía de tipo agrario donde no existe una autoridad política excesivamente centralizada, como una forma de movilización de mano de obra en trabajos comunales, al tiempo que sirven para explotar el trabajo de otros para la adquisición y conversión de capital simbólico y económico, favoreciendo las desigualdades sociales. Por tanto, creemos que el ob-Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 67-84 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.088.015.004 jetivo de las prácticas de comensalidad que podemos inferir a partir del análisis del registro de El Puig puede estar íntimamente relacionado con la movilización de mano de obra, por parte de un miembro o familia destacados en el poblado, para la ampliación del agregado doméstico o para la construcción de la casa 200. En este segundo caso sería especialmente relevante la movilización de fuerza de trabajo para el traslado de piedra con que se edificó la casa, desde las canteras a los pies del oppidum y que hubo de remontarse en un penoso ascenso de cientos de metros de desnivel. Las evidencias presentadas dejan entrever algunas pautas en la acción ritual que conviene resumir en estas últimas líneas. En primer lugar, es destacable la práctica de enterrar restos en la base de construcciones domésticas que están evidenciando la relación que tienen con ritos fundacionales de casas distintas. En un caso se relaciona con una vivienda singular, la 200, en su aspecto y formas constructivas, posiblemente relacionada con la necesidad de expresión del estatus de una familia destacada. En otro caso la vivienda destaca por agrupar un colectivo de cuatro familias nucleares que bien pudieran ser una familia extensa o un segmento de un linaje clientelar. En segundo lugar, se puede pautar la práctica desarrollada en ambos depósitos con dos tipos de elementos distintos: por una parte los restos de un banquete en el que intervienen los ovicaprinos y por otra parte el enterramiento de un elemento singular, bien la cabeza de un equino, bien los restos de un neonato. En tercer lugar, en ambos casos los depósitos rituales pudieran hacer referencia a la actividad económica que supondría la base del sustento y quizá del poder del grupo. En el caso de la cabeza de équido, nos muestra un burdégano que debió emplearse para el traslado de mercancías y materiales y que puede ponerse en relación con la actividad del intercambio. En el otro caso, se evidencia una relación con el pastoreo de ovejas con la referencia a la lana y al trabajo textil expresada en los pondera que se entierran junto a los ovicaprinos. Trabajo de tejido, asociado a las mujeres del grupo, que también puede entenderse como una referencia de género inserta en la actividad ritual. En definitiva, muchas de las prácticas rituales que podemos reconocer entre el registro arqueológico de los pueblos ibéricos remiten a acciones de carácter cotidiano, emplazadas en el ámbito doméstico y en ocasiones íntimamente ligadas a dinámicas sociales y a las formas de entretejer las relaciones entre familias y linajes. Sin la grandiosidad de otras formas de religiosidad más formalizada, como los espacios de culto construidos o las grandes ofrendas de los santuarios, nos ofrecen la posibilidad de identificar y analizar procesos que, pese a su simplicidad, nos ayudan a completar la imagen de la religión ibérica, todavía muy mal conocida. En ese sentido, resulta significativo que en el área central de la Contestania, estas prácticas rituales escasamente conocidas parecen ser las formas predominantes en el periodo anterior a la formalización de los grandes santuarios territoriales como el de La Serreta, básicamente a partir del s. iii a.C. (Grau Mira 2010). Solo con la presentación de estudios de caso contextualizados en sus coordenadas sociales y cronológicas podremos avanzar en el conocimiento de la religión entre los iberos.
La ubicación del santuario ibérico del Cerro de los Santos junto a una de las principales vías de comunicación del sureste meseteño y en el centro de una comarca desprovista de núcleos urbanos de cierta entidad permite subrayar en este artículo su uso continuado como santuario de paso, lugar sacro y seguro al que los caminantes podrían acogerse para pernoctar bajo la protección de la divinidad. La creación de una statio en el enclave en época romana y su dedicación a la diosa Pales no son sino argumentos ulteriores en este sentido. Se identifican además contextos materiales domésticos, distintos de los espacios de culto bien conocidos del santuario, relacionables con esta otra actividad. LOCALIZACIÓN Y ORGANIZACIÓN DEL YA-CIMIENTO En pleno corazón del mundo ibérico, el Cerro de los Santos se alza en el sureste de la actual provincia de Albacete, al este del término municipal de Montealegre del Castillo, y por tanto a medio kilómetro del límite con el término aledaño de Yecla, ya en la provincia de Murcia. Se trata de una zona periférica al Corredor de Almansa e inmediatamente paralela a este, comarca heterogénea desde el punto de vista geográfico pero que comprende la vía más fácil de comunicación entre la costa sureste y el interior meseteño, al conformar un pasillo que corta las estribaciones Prebéticas más nororientales, que se suceden en dirección suroestenoreste, cruzadas por frecuentes ramblas estacionales. Se alternan allí los suelos terciarios y cuaternarios, en general con un alto contenido en carbonato cálcico y muy degradados, con una capacidad de explotación agraria limitada salvo en las cuencas de aluvión. Los recursos hídricos tampoco son abundantes, dado que, aunque las precipitaciones del clima mediterráneo continentalizado propio de la zona rondan los 700 mm anuales, la región es endorreica en su mayor parte, por lo que la disponibilidad de agua en buena medida se circunscribe a las crecidas anuales de las ramblas, a los frecuentes manantiales y fuentes que rara vez fluyen durante todo el año, y a las recurrentes lagunas salobres. En este estado de cosas, predomina actualmente la vegetación arbustiva muy degradada, con manchas de pinares y encinares, y frondosa vegetación de ribera únicamente en torno a las lagunas (Fig. 1). * Agradezco la generosidad con la que la Dra. T. Chapa me ha facilitado el acceso a los datos relativos a sus campañas en el Cerro, así como las amables indicaciones con las que el Dr. S. Montero y la propia Dra. T. Chapa han enriquecido este texto. Agradezco igualmente la amable acogida dispensada por la directora del Museo de Albacete, la Dra. R. Sanz, y por su conservadora, Da B. Gamo. Doy las gracias, en tercer lugar, a los evaluadores anónimos asignados por Archivo Español de Arqueología, cuyos comentarios concienzudos y atinados espero haber aprovechado para mejorar estas páginas. Este trabajo ha podido ser realizado gracias a una Ayuda a la Investigación del Instituto de Estudios Albacetenses, y en el marco del Proyecto de Investigación HAR2011-26096. Se sitúa a unos ocho kilómetros y medio de Montealegre del Castillo, sobre la carretera comarcal 3209 que une la citada población con Yecla y flanqueando por el sur la llamada Cañada de Yecla, por la que discurre precisamente esta vía de comunicación. El punto más prominente del entorno es el monte Arabí (Yecla, Murcia), que domina el horizonte desde sus 1068msnm, y es conocido por sus pinturas levantinas (Ruiz Molina 1999). Por su parte la Cañada corresponde con un pasillo de suelos cuaternarios de aluvión, muy horizontales y con una cierta potencialidad agrícola pero que periódicamente se inundan, ya que recogen la escorrentía de toda la región. Por el contrario, las formaciones calizas que componen el Cerro de los Santos afloran en buena parte de la superficie del mismo, permitiendo el crecimiento de una vegetación muy escasa en algunos puntos de las laderas. Estas son practicables al este, oeste y norte, punto este último en el que se funden con los aportes sedimentarios de la Rambla, en tanto que al sur el cerro se corta de manera abrupta. De hecho, la subida natural al cerro parece situarse al oeste del mismo, pasando por detrás de un pequeño promontorio que se alza en la fachada norte, asomándose sobre la Cañada, y en el que se localizaron los restos de templo allí erigido hacia la primera mitad del siglo ii a.C. (Castelo 1993). En la parte superior del cerro los suelos están en la actualidad erosionados hasta la roca madre, con muy pocas excepciones, pero en las laderas oeste, este y norte aún quedan niveles arqueológicos revueltos sobre los que se percibe abundante material en superficie, pero en los que en los años setenta igualmente se podían observar los surcos de arado que fueron fruto de un fútil intento de repoblar el área con pinos (Chapa 1980: 82). Un pequeño collado, en el que se centraron las excavaciones de finales del siglo xix, separa el Cerro de los Santos del Cerro de la Cañada, al este y sureste. Por su parte, al sur del Cerro el terreno se encuentra enormemente removido, pues a finales de los setenta se abrió una zanja bordeando el Cerro para implementar un sistema de regadío en las parcelas aledañas de la Cañada, sistema que se ha completado con la reciente instauración, en los últimos años, de una enorme balsa de agua para la que se ha debido de desplazar un gran volumen de tierra. El aspecto del Cerro tal y como lo acabo de describir, no obstante, es el resultado de continuos cambios en el paisaje, por lo que la orografía del santuario ibérico pudo ser bastante distinta. Sin ir más lejos, el topónimo, documentado ya desde los Reyes Católicos (Escolapios 2007: n.15), evidencia que en el lugar llevaban ya varios siglos apareciendo esculturas, aunque el hallazgo de estas se disparará hacia 1830, cuando se tala el espeso manto arbóreo que cubría el Cerro (Savirón 1875a: 128; Escolapios 2007: 68; Ruiz Bremón 1989: 18), ocasionando probablemente la erosión de los suelos y el degradado estado actual del montículo. Las continuas actividades de excavadores furtivos, unidas a las campañas intensivas que a finales del xix se llevaron a cabo -P. Savirón (1875b: 195) se preciaba de haber levantado toda la tierra del Cerro, desde la parte inferior de las laderas hasta la cima-, y en menor medida a las que durante el siglo xx se han sucedido, han supuesto una continua remoción del terreno a gran escala, hasta el punto de que cuando los Padres Escolapios, los primeros que excavaron sistemáticamente el yacimiento, llegaron al lugar, se encontraron con unos suelos que por término medio mostraban una potencia de medio metro hasta la roca madre (Escolapios 2007: 68), en tanto que esta aflora hoy, como decía, en buena parte del Cerro (Fig. 2). Al margen de estas actividades clandestinas, en el último medio siglo han desarrollado sucesivas campañas de excavación en el enclave A. Fernández de Avilés y T. Chapa, que recientemente han encontrado continuidad en la intervención dirigida por S. Ramallo, F. Brotons y R. Sanz en septiembre de 2014. UN BREVE COMENTARIO CRONOLÓGICO Tradicionalmente se ha tratado de establecer la cronología del santuario a través del análisis estilístico de los exvotos en piedra aquí recogidos, distribuyéndolos en "series" que se sucederían en el tiempo y buscando paralelos para cada una de ellas en otros yacimientos (en último lugar, cf. Ruiz Bremón 1989; Truszkowski 2006). Ahora bien, este modelo interpretativo presenta, al menos a mi juicio, una doble Figura 2. Fotografía aérea del Cerro de los Santos y la Cañada de Yecla. problemática: emplea de modo apriorístico el concepto de "evolución", progresivo y lineal, según el cual las piezas más pequeñas, menos realistas y de menor calidad serían más antiguas que las más naturalistas y logradas, e intenta anclar esta "evolución" mediante paralelos con esculturas de otros yacimientos, muchas de las cuales, como la Dama de Elche o los exvotos del Cigarralejo, presentan una cronología controvertida que en ocasiones ha sido establecida a su vez de manera tentativa por comparación con las piezas del Cerro de los Santos (cf. por ejemplo, recientemente, Gagnaison et alii 2007: 149-150; Prados Torreira 2010: 233), cayendo así en un argumento circular de difícil solución. Por mi parte, creo que no es necesario asumir una evolución lineal de una supuesta "tipología" escultórica. Desde luego, determinadas técnicas y atributos irían apareciendo o quedando obsoletos, pero lo que no debemos hacer es despreciar la posibilidad de que distintas producciones de diversas calidades fueran coetáneas, dependiendo quizás de la capacidad económica del comitente y de la habilidad del artesano (Quesada 1997: 206), o también incluso de las necesidades simbólicas coyunturales del individuo que deseara depositar su exvoto. Algo que, por cierto, viene siendo aceptado para la toréutica ibérica desde hace ya tiempo (cf. por ejemplo Prados Torreira 1998), y que en relación con los propios exvotos escultóricos del Cerro de los Santos acaba de dar lugar a un trabajo específico en ese sentido (Rueda y González Reyero, e.p.). Las únicas piezas cuya cronología parece más clara serían, desde este punto de vista, las representaciones de varones togados y de cabezas veladas, fechadas por diversos autores entre mediados del siglo ii a.C. y el cambio de Era (García y Bellido 1943: 84-86; Ruiz Bremón 1986: 71-73; Noguera 1994: 210), pero la datación del resto de los exvotos escultóricos no resulta tan evidente. Un método más fiable para delimitar la cronología del santuario será posiblemente el estudio del corpus cerámico. A. Fernández de Avilés (1966: 15) propuso que la frecuentación de este arrancaría en el siglo iv a.C., aduciendo "un minúsculo fragmento de cerámica ática pintada" datable en dicha centuria, cronología que podría compartir igualmente una fusayola de pasta vítrea polícroma, en tanto que los materiales más modernos parecían acercarse al cambio de Era. Esta horquilla temporal sería refrendada años después, con ligeras matizaciones, por T. Chapa, quien documentó en sus excavaciones nuevas piezas áticas datables en el siglo iv a.C. que indicaban el arranque de la frecuentación del lugar, en tanto que las fíbulas, la cerámica campaniense y los escasos fragmentos de terra sigillata hallados sugerían una ocupación con-tinuada hasta comienzos del s i d.C. (Chapa 1980: 100). Los trabajos posteriores de E. Hornero (1990) y J.M. Noguera (1998: 150-151) parecen apoyar esta cronología, así como la tesis de M.L. Sánchez Gómez (2002: 257), si bien esta investigadora señaló el peligro de retrotraer la cronología del santuario al siglo iv a.C. únicamente en base a un puñado de importaciones áticas. Una nueva revisión de los materiales documentados en las excavaciones de T. Chapa y conservados en el Museo de Albacete parece refrendar esta última apreciación. Entre ellos, solamente se han podido contabilizar 25 fragmentos de cerámica ática, la mayor parte de ellos piezas informes de pequeño tamaño e imposible adscripción tipológica, que cuantitativamente suponen un 0,26% del conjunto cerámico recuperado. Además, en todos los casos reconocibles se trata de pequeños vasos para beber, que quizás podrían haberse depositado en el santuario tras haber formado parte del patrimonio de una familia durante generaciones2. Por lo que respecta a la fecha final del santuario, M.L. Sánchez Gómez (2002: 258) entresacó de entre los materiales de las campañas de Fernández de Avilés un fragmento de plato con decoración de pez incisa sobre engobe rojo, un brazalete de bronce, una fíbula de charnela y un as de Augusto o Germánico para proponer un paulatino abandono del lugar entre el siglo i a.C. y mediados del i d.C., lectura que se veía reforzada por los materiales encontrados en superficie durante las mencionadas campañas, a saber, un fragmento de ánfora Dressel 14, varios más de distintas formas de terra sigillata (tipos que sin embargo no aparecieron en las catas de la ladera norte), y una moneda de Adriano y otra más de finales del siglo ii a.C., artefactos que llevan ya a plantear una frecuentación ocasional y residual del lugar durante los siglos i y ii d.C. Conclusiones parecidas pueden extraerse a mi juicio de los materiales recogidos durante las campañas dirigidas por T. Chapa. Así, en las diferentes catas se documentó una gran cantidad de material anfórico, que ya en su día fue calificado de "itálico republicano" (Chapa 1984: 114-117) y que podríamos precisar como ánforas Dressel 1. Más tardíos aún han de ser los ases documentados en las catas 1 y 3, y que pueden identificarse respectivamente con piezas de la ceca de Calagurris (Calahorra, La Rio-EL CERRO DE LOS SANTOS: PAISAJE, NEGOCIACIÓN SOCIAL Y RITUALIDAD ENTRE EL MUNDO IBÉRICO... ja) de época de Augusto3, y a la de Carthago Nova, acuñada por el emperador Tiberio 4. E igualmente en época altoimperial han de fecharse los fragmentos de terra sigillata hispánica hallados, no solo en superficie, como sucedió en las campañas de Fernández de Avilés, sino también a lo largo de la estratigrafía de la cata 1. Mención aparte merecen los materiales documentados por A. Fernández de Avilés en la Cañada de Yecla, y por los que hasta el momento he preferido pasar por alto. En la segunda de las catas abiertas en este sector, se documentó una dependencia rectangular de mampostería, que pertenecía a un conjunto más grande del que nada más conocemos. Asociados a ella, aparecieron materiales tales como abundantes fragmentos de terra sigillata hispánica y gálica datables entre mediados del siglo i y finales del ii d.C. y algunos piezas de cerámica campaniense B, vasos que sirvieron ya a T. Chapa (1983: 648;1984: 118-119) para proponer que se trataría de una villa rústica que se habría fundado en el lugar con posterioridad al abandono del santuario, en tanto que M.L. Sánchez Gómez (2002: 258-259) sitúa el edificio entre finales del siglo i a.C. y finales del ii o comienzos del iii d.C., esto es, coincidiendo en sus primeros momentos con la etapa de uso del santuario. Ahora bien, y aun sin poder obviar la abundancia de la terra sigillata en este sector, sin parangón en el propio Cerro, ha de tenerse en cuenta que igualmente se documentaron, además de las cerámicas campanienses de las que hablaba, un ánfora grecoitálica del tipo D de E.L. Will (Sánchez Gómez 2002: 222) y por tanto datable en la primera mitad del siglo ii a.C.; abundantes vasos ibéricos de diversa tipología (platos, tinajas, botellas, kalathoi), algunos con decoración geométrica pero otros con elementos figurativos, de entre los cuales destaca sin duda un fragmento en el que se conserva una pierna de guerrero calzada con greba (Sánchez Gómez 2002: 183), del mismo estilo que el fragmento decorado con guerreros hallado en la cata 4 de T. Chapa (1984: 123) y asimilable por tanto a los círculos decorativos de finales del siglo iii-comienzos del ii a.C. Elementos todos ellos que parecen apuntar a un inicio de la ocupación de estas dependencias ligeramente más antiguo del que hasta ahora se viene asumiendo, cuando menos abarcando buena parte del siglo i a.C. CONTEXTOS RITUALES Y ESPACIOS DE CO-MENSALIDAD Desde luego, la práctica llevada a cabo en el santuario que se evidencia de una manera más clara en el registro arqueológico es, sin lugar a dudas, la ofrenda de exvotos, tanto escultóricos como, en menor medida, broncíneos. La mayor parte de estos exvotos eran antropomorfos, y todo parece apuntar a que representarían al dedicante. Los mismos aludirían por una parte, digamos en un plano religioso, a la entrega del propio devoto a la divinidad, bien sea en reconocimiento por un favor prestado o bien como anticipo de un don que se aspira a alcanzar, mientras que, en un plano más "mundano", el depósito de estos exvotos en un santuario permitía la exhibición y negociación social de las identidades individuales, al representar ante todo el grupo y en un lugar colectivo la persona social del individuo con todos sus atributos. Una representación que, por supuesto, sería el resultado de la tensión dialéctica entre la individualidad del devoto y los códigos de representación y las convenciones sociales vigentes en el grupo en el momento del esculpido. Otro tanto sucedería con los pequeños exvotos de bronce antropomorfos (Ruiz Bremón 1989: 165-169), así como con las figurillas zoomorfas de bronce y piedra (Jiménez 1943; Ruiz Bremón 1989: 173-174), y las armas, fusayolas, pesas de telar y otras ofrendas depositadas en terrenos del santuario, y alusivas tanto a la identidad social del devoto que las presentaba, como a las propias prácticas rituales ejecutadas periódicamente en el área sacra. Un segundo tipo de ritual que posiblemente se llevara a cabo en el Cerro de los Santos es el del sacrificio. Los hallazgos faunísticos no han sido infrecuentes en las excavaciones, y cuando estos fueron recogidos y estudiados, concretamente en las campañas dirigidas por T. Chapa, su análisis determinó que la totalidad de los restos óseos pertenecían a ovicápridos sacrificados a distintas edades (Soto 1980). El predominio de estos animales en el registro no llama la atención (Iborra 2000: 83-87), pero la inexistencia de otras bestias sí que supone un dato interesante, sugiriendo que no nos encontramos ante contextos de consumo doméstico sino ritualizado. Resultaría interesante mencionar en relación con este tema, de cualquier manera, tres pequeñas árulas de arenisca procedentes del yacimiento, y destinadas quizás a realizar sobre ellas los correspondientes sacrificios. Otra actividad cultual la podemos colegir, en parte, gracias a la iconografía. En efecto, una parte importante de los oferentes fueron representados portando recipientes, manteniendo una serie de regularidades que posiblemente vengan derivadas del respeto a una ortodoxia ritual, gestual, que solo alcanzamos a atisbar: las mujeres sostienen con ambas manos y a la altura de su estómago vasos caliciformes, en tanto que los varones sujetan con la mano derecha unos extraños vasos de cuerpo superior semiesférico y pie troncocónico invertido, aunque en ocasiones también portan vasos caliciformes y escudillas (Ruiz Bremón 1989: 144-146). La repetición reiterada del gesto, así como el protagonismo que los escultores le conceden a la hora de plantear los exvotos, evidencia la gran importancia que este tendría dentro del ritual del santuario, con paralelos de hecho en otros santuarios como Torreparedones (Serrano y Morena 1988). Aunque bien es cierto que, a pesar de que en el conocido relieve de Torreparedones observamos cómo las devotas están realizando una libación, para el caso del Cerro no podemos estar seguros de que estos pequeños vasos contuvieran líquidos o alimentos, y por tanto de que estuvieran destinados a contener ofrendas o a la práctica de libaciones. Me estoy refiriendo tanto al ejemplar descubierto En todo caso, fuera cual fuera, este gesto ritual encuentra su correlato en el registro arqueológico. Y es que ya los padres Escolapios en su Memoria advirtieron que la mayor parte de los vasos que encontraron durante sus excavaciones eran sorprendentemente pequeños, por lo que habían de tener una función ritual (Escolapios 2007: 80-81). M.L. Sánchez Gómez (2002: 134), por su parte, señaló que la cerámica gris comprendía un 49,2% de los materiales recogidos en el yacimiento durante las campañas de A. Fernández de Avilés, y que dentro de esta, los vasos caliciformes eran predominantes, frente a tan solo nueve fragmentos documentados en las catas planteadas en la Cañada (Sánchez Gómez 2002: 115). La segunda forma más habitual dentro de las cerámicas de pasta gris son las tinajillas, que igualmente apenas se documentan sin embargo en la Cañada (Sánchez Gómez 2002: 121). Caliciformes y tinajas de pasta gris, además, tienen en común su pequeño tamaño, no superando en ningún caso los 15 cm de diámetro en la boca y situándose mayoritariamente entre los ocho y los doce (Sánchez Gómez 2002: 135), algo que, unido a su reiteración sistemática en el registro y su concentración en la Ladera Norte, aboga por su función ritual. Por lo que respecta a las cerámicas de pastas claras, de nuevo sorprende el gran volumen de vasos de pequeñas dimensiones, aunque en este caso el predominio no sea tan aplastante, y las proporciones sean similares tanto en la Ladera Norte como en la Cañada de Yecla (Sánchez Gómez 2002). Otro tanto se puede decir, de hecho, del material cerámico recuperado en las catas 1, 2, 3, 5 y 6 de T. Chapa, que en líneas generales se reparte en proporciones similares: la cerámica gris comprende un 41,34% del material cerámico total recuperado en estas catas, porcentaje algo menor que el reseñado para las zanjas de Fernández de Avilés pero aún así bien significativo, en tanto que las cerámicas claras locales suponen por su parte el 57,22%, la cerámica de cocina no llega al 0,88%, y la importada apenas alcanza el 0,55%. Por lo que se refiere a las formas concretas, predominan claramente los vasos caliciformes, seguidos por los cuencos y las tinajas, a los que se suma una presencia residual de botellas, contenedores, jarras y kalathoi. De nuevo destaca, por cierto, el pequeño tamaño de los caliciformes y las tinajillas (Fig. 3, 4 y 5). En definitiva, la amortización de pequeños recipientes en general y de vasitos caliciformes en particular fue abundante, quizás desechados en el lugar tras haber contenido el líquido o la comida entregados a la divinidad, o bien presentados asimismo como parte de la ofrenda que se pretendía realizar ante esta, motivo por el que los caliciformes han aparecido recurrentemente también en cuevas-santuario, necrópolis y en determinados espacios dentro de los poblados (González Alcalde 2009: 89-94). Llama asimismo la atención la abundancia de cerámicas grises de cocción reductora, menos representadas en otro tipo de yacimientos ibéricos contemporáneos, como poblados o necrópolis (Rodríguez González 2012). Por lo que sabemos, todas estas actividades rituales continuaron realizándose una vez que la región cayó bajo el poder de Roma y se integró en la administración provincial, algo que se verificó ya en la primera mitad del siglo ii a.C. En el Cerro no se detecta nivel alguno de destrucción en estas fechas, ni ningún hiato significativo en los materiales cerámicos entre los siglos iii y ii a.C., aunque asegurar de manera tajante que no hubo algún tipo de cesura sería pretencioso por mi parte, dadas la problemática estratigráfica y cronológica del yacimiento antes comentada. Aunque por supuesto, se trató de una "continuidad" cargada de matices. O, dicho de otro modo, una continuidad aparente, que ocultaba el germen de los cambios que habrían de venir, cambios esperables dado que las estructuras sociales, políticas y económicas ibéricas serían profundamente afectadas por la provincialización. Por de pronto, en un montículo situado en la Ladera Norte del Cerro se erigió un templo, cuya importancia simbólica en la conceptualización del santuario hubo de ser fundamental, pues no en vano el templo dominaba la perspectiva que del santuario obtendría el viajero que transitara por la Cañada de Yecla. La monumentalización de los espacios sacros, al fin y al cabo, es un proceso propio de sociedades en rápida transformación (Cardete 2005: 43-44), como en este caso la iberorromana. Por ello, las prácticas cultuales efectivamente no se cancelan en el santuario del Cerro, pero no (o no solo) debido a una paternal tolerancia religiosa por parte del gobierno provincial romano, sino sobre todo porque estas prácticas resultaron fácilmente integrables en el esquema cosmogónico romano, y pese a la conquista continuaban constituyendo una herramienta eficaz para estabilizar y legitimar la estructura social política vigente, en la que ahora Roma y sus autoridades delegadas se situaban en la cúspide. Únicamente era necesario "resemantizarlas", cargarlas de nuevas connotaciones, reorientarlas para adaptarlas mejor a las nuevas estructuras sociales, políticas, económicas y mentales romanas, pero respetando la imagen de inmutabilidad que prestigia a todo fenómeno religioso. Así, la construcción de un edificio monumental, aunque fuera "a la itálica", seguramente no sería vista como una ruptura de las tradiciones para el devoto ibérico, pero su presencia facilitaría la conceptualización del lugar como santuario a los visitantes romanos. Y otro tanto sucedería con la presencia de devotos vestidos con la toga: gobernantes locales que continúan haciéndose representar en el santuario, y que de esta manera aúnan su posición de herederos de la cultura ibérica y de delegados del poder romano, en una doble identidad de ningún modo contradictoria. Ahora bien, en el Cerro de los Santos encontramos otro tipo de contextos, con un registro material bastante distinto. En contra de lo que en muchas ocasiones se ha venido asumiendo, el templo, que parece se levantó en el santuario a mediados del siglo ii a.C. (Castelo 1993; Ramallo y Brotons 1999), no fue la única estructura arquitectónica del Cerro de los Santos. Ya los escolapios señalaron la presencia de "otros muchos cimientos" en los alrededores que no llegaron a excavar, pero que atribuyeron a templos secundarios o a edificios auxiliares (Escolapios 2007: 126). Sin embargo, este dato fue obviado durante mucho tiempo, hasta que en la campaña de 1979 T. Chapa planteó una cata, la 4, al sur del edificio templar y a una cota superior, ya próxima a la cima principal del Cerro de los Santos, cata en la que pudieron ser documentados los muros y derrumbes de al menos dos dependencias con paramentos rectilíneos, cuya planta y superficie total aún nos resultan desconocidas al no haberse podido completar su excavación (Chapa 1984: 115-117) (fig. 6 y 7). Pese a la cercanía de estos nuevos edificios respecto del templo (aunque, a diferencia de este, emplazado en un lugar prominente, posiblemente estos edificios no serían tan visibles desde la Cañada), el distinto carácter de los mismos se hace evidente tanto por los diversos tipos de paramentos empleados (pequeños mampuestos, en vez de sillares), como por el registro material mueble. En efecto, si los análisis paleofaunísticos de los restos óseos documentados en la Ladera Norte determinaron, como antes señalé, que la totalidad de los mismos correspondían a ovicápridos sacrificados, el material óseo de la cata 4, llamativamente abundante, comprendía restos de ovicápridos, bóvidos, caballo y ciervo (Chapa 1984: 116), además de un cierto volumen de malacofauna. También se documentaron abundantes objetos de hierro y bronce, en un volumen mayor que en las catas abiertas en la Ladera Norte. Por último, ya durante la excavación y los trabajos inmediatamente posteriores, llamó la atención a T. Chapa la abundancia de material anfórico en esta cata (Chapa 1984: 115-117). Los recuentos del material cerámico arrojan igualmente diferencias significativas. Si la proporción entre cerámicas de pastas claras y cerámicas grises en el resto del yacimiento estaba bastante equilibrada, en la cata 4 la proporción de cerámica de cocción oxidante asciende a un 89,01% del total, en tanto que la cerámica de cocina está algo más representada, alcanzando de hierro, o el gran volumen de restos faunísticos de diverso tipo) y no tanto con las actividades rituales de libación y sacrificio que proponía en las páginas anteriores que tendrían lugar en la Ladera Norte. En cuanto a la cronología de estos ambientes, comprendía, a juzgar por sus materiales, desde la segunda mitad del siglo iii hasta comienzos del siglo i a.C. (Chapa 1984: 117 y 119; Sánchez Gómez 2002: 260). Su derrumbe y abandono coincidiría a grandes rasgos, por tanto, con el arranque del uso del edificio documentado a los pies del Cerro, en la Cañada de Yecla, durante la campaña de A. Fernández de Avilés de 1963, y en el que, nuevamente, llama la atención la escasez de cerámicas grises y de recipientes de pequeñas dimensiones, mientras que por el contrario abundan los vasos destinados a actividades tales como la preparación, conservación y consumo de los alimentos (Sánchez Gómez 2002: 273-275). Este paralelo entre las estructuras de la cata 4 y la de la Cañada de Yecla, unida a la posibilidad defendida anteriormente de que esta última iniciara su andadura cuando todavía el santuario del Cerro de los Santos estaba en pleno funcionamiento, me llevan a apuntar que quizás la identificación de este edificio de la Cañada como villa rural (Chapa 1983: 648;1984: 119; Sánchez Gómez 2002: 275), identificación que se llevó a cabo únicamente a partir de su cronología y de la función doméstica de sus materiales, deba reevaluarse. EL CERRO DE LOS SANTOS COMO SANTUA-RIO DE PASO La localización del Cerro de los Santos no deja de resultar llamativa. El enclave constituía un importante nudo de comunicaciones, pues se situaba paralelo al Corredor de Almansa, principal pasillo geológico entre el sureste y la Meseta, y a sus pies discurría el Camino de Aníbal que conectaba la costa mediterránea y la Alta Andalucía, en tanto que precisamente en este punto se desgajaba de la citada vía el ramal Castulo-Saetabi, que se abría paso hacia el sur para ganar, en sus dos variantes, o bien Carthago Nova o bien la Alta Andalucía a través de los pasos granadinos (Cf. Y sin embargo, pese a esta supuesta importancia estratégica, el santuario del Cerro de los Santos se emplazaba precisamente en el centro de un (al menos aparente) vacío poblacional. Ante el interrogante de la función del santuario, íntimamente relacionada como se comprenderá con el sentido de su ubicación, M. Ruiz Bremón concibió el enclave como un santuario terapéutico al que los devotos acudirían para remediar ciertas dolencias por intercesión de la divinidad, valiéndose para ello de las aguas ricas en sales sulfatomagnesiadas que son comunes en la zona gracias a los depósitos pluviales estacionales que se forman en esta área endorreica (Ruiz Bremón 1987: 40;1988: 386;1989: 183-188). De hecho, sabemos que el agua y en concreto los manantiales constituyen un elemento de gran importancia simbólica en los santuarios ibéricos (Egea 2010), y en ocasiones algún autor ha especulado incluso con que la totalidad de los santuarios ibéricos tuvieran esta dimensión terapéutica (Blázquez 1977: 326). Además, algunos autores identifican la Egelasta romana, de la que Plinio cuenta que era bien conocida en la Antigüedad por la calidad de sus sales medicinales (Plin., N.H. XXXI 39, 80.), con Yecla (Blanco 1981: 29), o bien con el propio yacimiento de Llano de la Consolación (Sillières 1977: 79-80). Este modelo, no obstante, adolece en mi opinión de un problema de no escasa importancia. Como la propia autora reconoce, todo el sureste meseteño (incluyendo tanto el sureste albacetense como el noroeste murciano) se caracteriza por la relativa abundancia de estas aguas sulfatomagnesiadas, generalmente en forma de frecuentes lagunas y ramblas estacionales (Ruiz Bremón 1989: 187): la laguna del Saladar, la de Pétrola, El Salobral o Agua Salada son solo algunos ejemplos de enclaves en la zona conocidos por sus aguas ricas en sales y en los que se documentan restos ibéricos. Por ello, creo que la proximidad al santuario de topónimos tales como "Rambla del Agua Salada" (esto es, la Cañada de Yecla) o "El Salitral" no resulta demasiado significativa, a mi parecer, para afirmar o negar la función terapéutica del santuario, y desde luego no es argumento suficiente para explicar la ubicación del área sacra concretamente en el Cerro. Máxime cuando hoy sabemos que el planteamiento de P. Sillières acerca de la identificación de Egelasta con el Llano de la Consolación no se sostiene, al haber demostrado el estudio exhaustivo de este yacimiento que se trata de una necrópolis en uso solo hasta la primera mitad del siglo iv a.C. (Valenciano 2000). La segunda hipótesis de lectura del enclave, por cierto no contradictoria con la anterior, es la que planteó en esos mismos años E. Ruano, para quien el Cerro de los Santos constituía un "núcleo geopolítico" al que acudirían gentes de muy diverso origen para dialogar y establecer pactos, alianzas y matrimonios entre sus pueblos, con la divinidad como garante. El principal argumento que esgrime la investigadora para sostener esta línea interpretativa es la aparente diversidad de influencias que exhiben los exvotos escultóricos, diversidad que le permite rastrear el origen de varios de ellos en distintos puntos de Iberia, estableciendo analogías técnicas e iconográficas (Ruano 1988). Como se puede comprobar, el modelo de E. Ruano no justifica la elección del Cerro de los Santos como enclave para el establecimiento del santuario, asunto que la arqueóloga resuelve aludiendo a la "tradicional sacralidad" de la zona (Ruano 1988: 262). Por lo que respecta a su interpretación del lugar como "núcleo geopolítico" de ámbito suprarregional, casi panibérico, si bien podría resultar apropiada para el siglo iii a.C., pierde ya el sentido, desde mi punto de vista, a partir de comienzos del siglo ii a.C., cuando no parece plausible que las autoridades administrativas romanas permitieran que los representantes de las distintas comunidades locales se reunieran para organizarse por sí mismos y forjar sus propias alianzas al margen de las estructuras provinciales; y sin embargo, la mayor parte de las piezas empleadas como argumento para sostener esta hipótesis datan de esta cronología tardía, iberorromana. Por otra parte, las analogías técnicas, estilísticas e iconográficas establecidas entre algunas de estas piezas y las producciones de los diversos talleres peninsulares, aunque en ocasiones sugerentes, no me parecen argumento suficiente para establecer su procedencia concreta. Una última línea interpretativa sobre el Cerro de los Santos se ha desarrollado en los últimos años, algo tímidamente, subrayando la importancia de la proximidad del santuario respecto de la vía de comunicación que discurre a sus pies (Aranegui y Prados 1998: 137-139; Sánchez Gómez 2002: 60.), y planteando para aquel una dimensión comercial además de religiosa (Sanz y Blánquez 2010: 254). Esta dimensión no ha sido aún suficientemente explorada, pero resultaría coherente con lo que conocemos de otros santuarios ibéricos del sureste, muchos de ellos emplazados cerca de la costa (Aranegui 1994a;1994b; Domínguez 2001; Prados Martínez 2010). Ahora bien, resulta complicado encontrar ulteriores argumentos para rastrear la función comercial del lugar, y de hecho escasean aspectos esperables en un núcleo comercial ibérico tales como epígrafes comerciales y marcas de propiedad, juegos de pondera o incluso los propios productos importados. Concluyendo, aún resta por explicar la ubicación del santuario del Cerro de los Santos, y ello pese a que en reiteradas ocasiones se ha reflexionado sobre la aparente inexistencia de un hito natural que evidencie la singularidad (dicho de otra manera, la sacralidad) de este punto en el paisaje: a diferencia de otros santuarios, en torno al Cerro no hay, al menos que sepamos, ninguna fuente ni ninguna cueva, su altitud respecto del entorno no es extraordinaria como tampoco lo es su visibilidad en comparación con otros puntos de las cercanías (Sánchez Gómez 2002: 58-59), y si bien es cierto que en la Antigüedad el Cerro pudo estar cubierto de una masa boscosa (un "bosque sagrado", se ha dicho en ocasiones: Ruiz Bremón 1988: 385), otro tanto podría decirse de amplias zonas de los alrededores. Quizás este enigma derive en realidad de una aproximación desacertada. En última instancia, la búsqueda de un hito natural en el territorio que justifique la implementación de un santuario en un enclave concreto parte de la asunción de que la sacralidad del lugar es una característica inherente al mismo, y que el santuario se instaura cuando una sociedad "descubre" dicha sacralidad. Sin embargo, los paisajes no son marcos espaciales objetivos que los grupos humanos exploran y descubren, sino constructos culturales que las distintas comunidades van forjando a medida que van aprehendiendo-imaginando su entorno. En este sentido, no nos es necesario buscar una característica en el territorio que permita objetivar su singularidad; no tiene mucho sentido tratar de averiguar si alguno de los árboles sobre el Cerro tendría unas características especiales que lo convirtieran en árbol sagrado, o reparar en que, como es el caso, cuando el visitante se acerca al Cerro desde la Cañada de Yecla por el norte-noroeste, esto es, por el camino natural de ascenso, el majestuoso Monte Arabí, hito preponderante en el horizonte y cuyas espectaculares pinturas rupestres los iberos quizás supieron valorar a su manera, se alza precisamente en la vertical del Cerro, superponiéndose a este. Basta con señalar, en mi opinión, que para un determinado colectivo y en un momento dado (quizás el siglo iv a.C., quizás ya a comienzos del iii a.C.), resultó necesario instaurar un santuario en esta zona, y que durante más de tres siglos esta necesidad continuó siendo experimentada, o bien surgieron otras que se superpusieron a la primera y aconsejaron mantener el culto en el lugar. Entre estas necesidades, ya he apuntado que se contarían la negociación y la competición social, como se pone de manifiesto en los ritos allí desarrollados. Ahora bien, en estas páginas querría profundizar también en el papel del santuario en tanto que hito singular, aislado, en una importante vía de comunicación. Y es que el Cerro de los Santos se sitúa, como he apuntado ya en diversas ocasiones, aparentemente en el centro de un vacío poblacional, y la condición de "santuario extraurbano" o "santuario rural" que generalmente se le ha asignado ha llevado a que muchas veces se le considere al margen de las cambiantes dinámicas poblacionales. Por el contrario, en su tesis sobre el poblamiento ibérico en la provincia de Albacete, L. Soria (2000: 514) englobó el yacimiento en la periferia del territo- rio que ella estimaba controlado desde el asentamiento fortificado de Castellar de Meca, aunque reconociendo que se encontraba en una posición más o menos central entre la citada Meca, Chinchilla de Montearagón (Saltigi) y el Tolmo de Minateda, situados a 25 km. en línea recta el primero, y a más de 40 los otros dos. Repárese además en que, frente a lo que parece darse por sentado en esta aseveración, la cronología de estos tres asentamientos principales no es estrictamente coetánea, ni los tres son completamente contemporáneos al Cerro de los Santos. Algo más cerca se encuentra, bien es cierto, el asentamiento de El Amarejo (Broncano 1989), pero aún así la distancia que media entre este y el Cerro es de 15 kilómetros a vuelo de pájaro, y este poblado se abandona a finales del siglo iii a.C., en tanto que el santuario pervive. De hecho, el "asentamiento secundario" (según las categorías de este modelo territorial) más cercano al Cerro, y de hecho contemporáneo al mismo, no pertenecería al territorio de Castellar de Meca, sino al del Tolmo de Minateda, y se trataría de Fortaleza (Fuenteálamo, Albacete). Me estoy refiriendo a un asentamiento situado sobre un cerro escarpado de 934 msnm, y que se levanta sobre su entorno unos ochenta metros, dominando desde el norte la Cañada de Ortigosa, y asomándose a través de la Cañada de los Navarros a la de Yecla, gracias a lo cual desde este punto se divisa el Cerro de los Santos, distante una docena de kilómetros. En la propia Cañada de Ortigosa (por donde, recordémoslo, transcurría la vía Castulo-Saetabi, que ponía en comunicación el Cerro de los Santos y el Tolmo de Minateda), y a escasa distancia de Fortaleza, se conoce también el yacimiento de El Charcón, un pequeño establecimiento rural en llano datable entre los siglos ii y i a.C. (López Precioso et alii 1992: 54). Granjas similares, de clara vocación agrícola y ubicadas para aprovechar los terrenos algo más fértiles de las ramblas, son también Hoyica del Río, Pulpillo y Marisparza (Yecla, Murcia) (García Cano 1997: 30), distribuidas a lo largo de la Cañada de Yecla (esto es, del Camino de Aníbal) y distantes del Cerro poco más de media docena de kilómetros. Algo más allá, bajo la propia Yecla, igualmente se han documentado materiales ibéricos (Ruiz Molina 1991-1992), aunque la entidad y definición del enclave han quedado fuertemente enmascaradas debido al desarrollo urbano del lugar. Finalmente, a una docena de kilómetros al noroeste del Cerro de los Santos se encuentra Jódar (Almansa, Albacete), otro pequeño establecimiento rural en llano con materiales datables entre mediados del iii a.C. y mediados del i d.C. (Soria 2000: 143-145), y que se ubica al otro extremo del paraje denominado Los Quemados, sistema de ramblas que parte de la Cañada de Yecla a la altura del Cerro de los Santos y discurre hacia el corredor de Almansa (Fig. 9). Así las cosas, no encontramos en las inmediaciones del Cerro de los Santos, ni siquiera en un radio asumible para las pequeñas entidades políticas de la época, un asentamiento de cierta entidad con una cronología coincidente con la del santuario, y al que por lo tanto se pudiera atribuir con cierta seguridad la administración de aquel. Las pequeñas granjas rurales en llano que rodean el área sacra no parecen constituir comunidades políticas suficientemente complejas como para generar santuarios de este calibre, en tanto que Tolmo de Minateda y Castellar de Meca se encuentran ya a una gran distancia. Por consiguiente el candidato más probable de comunidad política que administrara el santuario sería quizás Fortaleza, intervisible y no muy lejano, pero en última instancia es muy poco lo que sabemos de este asentamiento amurallado, cuya conexión geográfica con el Cerro en cualquier caso no es evidente, y cuya entidad poblacional tampoco es notable. Ahora bien, ¿por qué pasar de negarle al Cerro de los Santos cualquier relación con las dinámicas poblacionales regionales a asumir que el santuario debe depender forzosamente de una entidad política cívica de una relevancia acorde a los restos encontrado en el área sacra? ¿Por qué asumir sin más para la interpretación de todos los santuarios ibéricos el modelo planteado por F. de Polignac para los santuarios griegos extraurbanos de frontera? Al fin y al cabo, el santuario extraurbano de frontera dependiente de una ciudad es solo un tipo de área sacra. Por lo que al Cerro de los Santos respecta, la gran entidad del santuario y sus exvotos y la escasa densidad demográfica de los alrededores sugieren que al lugar podrían acudir gentes de variada procedencia, incluso pertenecientes a distintas entidades políticas locales. En este caso, por tanto, resultaría quizás más adecuado pensar en un pequeño asentamiento dependiente de un santuario regional, y no tanto en un santuario de frontera dependiente de un asentamiento. Hablo, por consiguiente, de un santuario alejado de los grandes núcleos de poblamiento del sureste meseteño, rodeado de un hábitat rural disperso distribuido por las ramblas que recorren la zona, y quizás relacionado con un posible asentamiento cuya localización desconocemos y cuyos habitantes garantizarían el mantenimiento del culto en el área sacra y se encargarían de atender a las labores auxiliares al mismo. Un santuario que se crea sobre la que ya por entonces era la principal arteria de comunicaciones de cuantas articulaban el sureste ibérico (Grau 2000: 36-37.), y que continuaría siéndolo durante la época iberorromana (Blánquez 1990; Grau 2000: 40), pese a que a la altura del Cerro esta vía discurriera durante algunos kilómetros sin pasar por ningún gran asentamiento. Esta es la circunstancia que, pienso, puede completar la interpretación del Cerro. En una región poco poblada como sería el sureste meseteño en época ibérica, en la que el control de los caminos sería una de las principales fuentes de riqueza, la instauración de un santuario que garantizara a los viajeros un punto seguro en el que reposar y avituallarse lejos de los principales núcleos urbanos, sería de una enorme importancia. La intercesión de la divinidad, en este sentido, se aseguraría a cambio de una pequeña ofrenda, y de quizás un sacrificio. En mi opinión, esta sería la función última que desempeñaría el santuario del Cerro de los Santos en el entramado semántico del paisaje circundante, en cuyo seno constituiría el nodo principal de la comarca. Al fin y al cabo, ya P. Sillières puso en relación el Cerro de los Santos con la statio que los Vasos de Vicarello denominan Ad Palem 5, y que sitúan en el Camino de Aníbal entre Saltigi y Saetabis (Sillières 1990: 272;2003: 271). El mismo topónimo, Ad Palem, no es casual: como el propio Sillières señaló, Pales era una antiquísima divinidad romana, protectora del ganado y de los pastores, por lo que no resultaría extraño que los primeros visitantes romanos de la comarca interpretaran como Pales a la divinidad ibérica que se encargaba de proteger a los viajeros que transitaran la Cañada con sus rebaños (Sillières 2003: 272-273). Unos rebaños que, añadiría yo, para su sustento, requerirían un aporte constante de sal, como la que encontramos abundantemente a lo largo de esta vía de paso, y unos rebaños que además en su itinerancia deberían recorrer este camino en primavera y otoño, coincidiendo por tanto con la fecha en la que los romanos situaban la fiesta de Pales, los Parilia, el 21 de abril. Pero además, tengamos en cuenta que, en el imaginario romano, tanto el culto a la divinidad Pales como la festividad de los Parilia eran consideradas uno de los 5 CIL XI, 3281-3283, 23 y 3284, 25. fenómenos religiosos más antiguos, anteriores incluso a la fundación de Roma en opinión de la mayoría de los autores clásicos (Marcos 2000: 432), por lo que a los soldados romanos que llegaran al lugar no les extrañaría encontrarse un culto como este en estas tierras remotas; y recordemos asimismo que el culto a Pales era en Italia un culto sin templos construidos6, como lo sería el que se había desarrollado en el Cerro de los Santos hasta la llegada de Roma. La identificación del santuario con la deidad romana Pales, por tanto, podría haber sido evidente desde la matriz interpretativa del imaginario romano7. En cualquier caso, a pesar de que existiera un asentamiento en las proximidades, toda statio romana contaba con algún tipo de pequeño establecimiento inmediato a la vía con la infraestructura necesaria para albergar a los viajeros (Sillières 2003: 269). Este podría ser el sentido, en mi opinión, del departamento excavado por A. Fernández de Avilés a los pies del Cerro de los Santos (Fernández de Avilés 1965) y por tanto anexo a la vía de comunicación, cuya cultura material ya he señalado que se componía fundamentalmente de recipientes destinados a la preparación, almacenaje y consumo de alimentos. Seguramente los vestigios que en la misma zona reconoció P. Savirón (1875a: 129) deben ser interpretados en idéntico sentido. La cronología de estos departamentos arranca, como ya dije, a mediados del siglo i a.C., y se extendía hasta finales del siglo ii d.C., cuando el santuario hacía ya tiempo que había quedado abandonado. Pero ello no ha de resultar un problema interpretativo, en el sentido de que a partir de la consolidación de la pax romana no sería necesario el mantenimiento de lugares sacros para asegurar la seguridad en los caminos. Aunque el santuario iberorromano dejara de ser frecuentado, la statio permaneció, y conservó en su nombre el recuerdo de la antigua área sacra que la originó. Tampoco supone un obstáculo en mi interpretación el hecho de que en el santuario comenzaran las actividades cultuales mucho antes de la creación de estos departamentos en la Cañada; al fin y al cabo, funciones análogas a las que estos cumplían podían desempeñar los departamentos situados en el propio Cerro de los Santos, los puestos al descubierto en la cata 4 de T. Chapa, y en los que igualmente la cultura material nos habla de actividades relativas al almacenamiento, preparación y consumo de alimentos. La cronología de los departamentos del Cerro de los Santos, en efecto, discurre entre los momentos fundacionales del santuario y mediados del siglo i a.C., época esta última en la que, seguramente para adaptarse a los requerimientos de una vía romana propiamente dicha, se construiría una nueva statio inmediata a la propia calzada y ya fuera de los límites estrictos del recinto sacro, cancelándose las antiguas estancias, que quedarían de este modo abandonadas. Observamos pues cómo, paulatinamente, los antiguos espacios de "comensalidad" (o al menos de consumo de alimentos con un alto componente ritual) situados en pleno corazón del santuario, han ido desacralizándose a medida que el santuario iba perdiendo importancia, hasta el punto de que terminan "descendiendo" del área sacra y saliendo de sus límites para acercarse a la calzada, quedando reducidos a un mero albergue para viajeros, en tanto que el santuario como tal desaparecía. Con esta nueva aproximación al santuario del Cerro de los Santos, he pretendido arrojar un nuevo vistazo sobre la función de esta área sacra, tratando de analizar más de un siglo de bibliografía acumulada sobre el yacimiento desde una nueva perspectiva, y completándola con el reestudio de los materiales documentados durante las campañas de excavación de T. Chapa en el lugar, muchos de los cuales aún permanecían inéditos. Por lo que respecta a la cronología del enclave, tradicionalmente se ha tratado de establecer mediante el estudio de los exvotos, pero estos no me parecen demasiado fiables en este sentido, pues su análisis ha de partir únicamente de criterios estilísticos, por definición demasiado inseguros debido a circunstancias como el arcaísmo o las variabilidades regionales, y sujeto además al problema de que la mayor parte de las esculturas ibéricas, no solo las del Cerro, llegaron a nosotros descontextualizadas. Mucho más fiable resulta la datación ofrecida por las cerámicas documentadas en el yacimiento: el estudio de los materiales de las campañas de T. Chapa arroja resultados similares a los ya planteados para las campañas de A. Fernández de Avilés por M.L. Sánchez Gómez, y que en su momento ya defendieron respectivamente A. Fernández de Avilés y la propia T. Chapa, según los cuales el santuario se mantendría en funcionamiento fundamentalmente entre los siglos iii y i a.C., aunque se observan algunos (muy escasos) materiales del siglo iv a.C., y ciertos artefactos ligeramente posteriores. Sí que resultan ya más modernas las cerámicas halladas a los pies del Cerro, en la Cañada de Yecla, cuya cronología he propuesto situar entre mediados del siglo i a.C. y finales del ii d.C. En cuanto a las actividades llevadas a cabo en el área sacra, la más claramente documentada es la ofrenda de exvotos escultóricos a lo largo y ancho de la superficie del Cerro. También se detectan prácticas rituales como el depósito de toda una serie de objetos variopintos (desde armas a fusayolas), los sacrificios cruentos de ovicápridos, la libación de líquidos y la amortización de los pequeños recipientes que seguramente contenían aquellos. El estudio analítico de los materiales cerámicos recogidos en la ladera norte del Cerro durante las campañas de T. Chapa evidenció que aproximadamente la mitad de los vasos documentados eran de pasta gris, algo nada habitual fuera de los contextos sacros, y que una proporción significativamente alta del material estaba formada por recipientes de muy pequeñas dimensiones, de entre los cuales destacan con entidad propia los vasos caliciformes. Una cultura material algo distinta se documenta en una serie de pequeñas dependencias auxiliares (documentadas en la cata 4 de T. Chapa) que por el contrario quedaban ocultas a la vista de los visitantes del santuario hasta que estos no se hubieran internado en el mismo. La presencia en estas dependencias de un abundante y variado registro paleofaunístico, de copioso material anfórico y metálico, y de una tipología cerámica muy distinta de la documentada en el resto del santuario (en la que predominan las formas abiertas y de gran tamaño, y en la que las pastas claras sobreabundan frente a las grises), nos hablan de contextos destinados a la preparación y consumo de alimentos, quizás dedicados a la "comensalidad", a algún tipo de comida ritual, o incluso al sustento del personal del santuario y de sus visitantes. Otro tanto se podría decir de las dependencias documentadas en la Cañada de Yecla, que muestran unos materiales más modernos pero de funciones análogas, y cuya cronología parece arrancar precisamente en el momento en el que los departamentos documentados en la cata 4 de T. Chapa son abandonados. Finalmente, en estas páginas se ha discutido la integración del Cerro de los Santos en su territorio. El enclave se sitúa en una comarca poco poblada, caracterizada por un hábitat rural disperso y en el que los núcleos habitados de cierta importancia se encuentran todos a una distancia considerable. Ahora bien, quizás no debamos entender el Cerro de los Santos como un santuario extraurbano de frontera dependiente de una ciudad, como generalmente se ha intentado, sino como un santuario al que acudirían las gentes de las diversas comunidades de la comarca, atendido quizás por los habitantes de un pequeño núcleo aledaño, difícil de identificar por el momento. Por consiguiente, y según este razonamiento, el Cerro de los Santos constituiría el nudo principal de la red simbólica del paisaje circundante, y no tanto un santuario extraurbano situado en la frontera del hipotético territorio de una supuesta ciudad que no encontramos. El santuario constituiría un lugar al que las elites dirigentes de las comunidades circundantes se dirigirían para demostrar su piedad y negociar competitivamente su posición social, y al mismo tiempo sería el único enclave al que los viajeros que transitaban con sus mercancías y rebaños el camino que discurría a los pies del Cerro podrían allegarse para pernoctar y acogerse a la protección de la divinidad, en una zona por lo demás relativamente despoblada. No en vano en época romana florecería en este lugar una statio, que se trasladaría de la cima del Cerro a su base para ajustarse a los requerimientos de las calzadas romanas; y no en vano la citada statio sería bautizada con el nombre de la diosa Pales, protectora de los rebaños y sus pastores, interpretación romana quizás de la divinidad adorada en el lugar. En definitiva, en época ibérica se conjugarían en este espacio sacro extraurbano dos tipos de actividades que se retroalimentaban: la acogida y protección de los viajeros (fundamentalmente pastores) que atravesaran la región, y la negociación y competición social por la preeminencia entre unas elites locales deseosas de demostrar su piedad y su poder. La implicación de las segundas en el santuario favorecería la seguridad de los primeros durante su tránsito por estos lares, en tanto que la presencia de los primeros en el santuario facilitaría que los discursos ideológicos de las segundas se distribuyeran por la comarca más fácilmente. Tensión dialéctica que no obstante se resolverá en época romana, cuando el santuario se abandone, y el lugar quede ya como mera statio. BIBLIOGRAFÍA Almagro, M. 1987: "El área superficial de las poblaciones ibéricas", Los asentamientos ibéricos ante la romanización, Madrid, 21-34.
Las figurillas de encapuchados o cucullati fueron frecuentes en el mundo romano. El característico cucullus fue usado tanto por hombres de baja consideración social como por personas pudientes que deseaban no ser reconocidos; y con esta capucha y manto-capucha, dotados de un significado especial, fueron también representados genii, seres divinos y otras pequeñas divinidades, así como figuraciones que servían como ahuyentadores de espíritus y símbolos protectores. En el ámbito de la antigua Hispania estas representaciones han pasado bastante desapercibidas, lo que obedece a un problema de publicación más que de una ausencia en el registro arqueológico. La revisión historiográfica de las esculturillas de cucullati de terracota y bronce, documentadas hasta el momento en la Península Ibérica, nos permite analizar su procedencia, características técnicas, aportando hipótesis sobre su significado en su contexto arqueológico. PALABRAS CLAVES: arqueología romana; Hispania; religión; magia; tintinnabula. REPRESENTACIONES DE CUCULLATI EN EL MUNDO ROMANO: POSIBILIDADES INTER-PRETATIVAS Los cucullati1 o encapuchados están perfectamente definidos por el uso de una indumentaria o vestimenta específica. Su denominación procede del término latino cucullus y de sus sinónimos cuculla, cucullio y cuculio, derivados a su vez, posiblemente de cullus, culleus, culeus, culeum, es decir, "saco de cuero" (Kerényi 1933: 7). Este término se refiere a la capucha, generalmente redondeada, que cubría la cabeza de su portador, dejando entrever la cara; también se emplea frecuentemente para indicar el manto talar, mencionado en las fuentes clásicas como sagis cucullis, es decir, "sayo con capucha" (Col. Otras prendas como la paenula y la lacerna podían también contar con cucullus (Reinach 1896(Reinach: 1578)). La diferencia con respecto al gorro picudo, el pileus y sus variantes, estriba fundamentalmente en que estos últimos tapaban solamente la parte superior de la cabeza, mientras que el cucullus la oculta por completo, dejando solo visible el rostro (Mart. El origen de esta vestimenta puede derivar de la conocida diphtera griega, un chiton o túnica dotada de gorro (Deonna 1955: 16). Este hábito distinguía a su portador, muy extendido entre la plebe y gente de condición humilde (cucullus vulgaris), trabajadores del campo (Pall. 31), así como viajeros y peregrinos que surcaban los caminos (cucullus viatorius) (Hist. Sabemos de su uso ocasional por parte de personajes de clase social alta para ocultar o encubrir su rostro en situaciones incómodas como la frecuentación de prostíbulos, tabernas vulgares y otros lugares de mala fama o, simplemente, para no ser reconocidos (Cic. Fabricadas principalmente en terracota (Rühfel 1994: 876), pudieron realizarse también en bronce, mármol, alabastro e incluso ámbar, siendo este último material reservado para amuletos o colgantes (Calvi 2004: 175). No podemos tampoco olvidar el empleo de materiales perecederos para su elaboración, como la madera. Aunque no se han conservado figurillas de cucullati, nos consta su uso para la elaboración de otras representaciones votivas descubiertas en santuarios galorromanos (Deyts 1985; Romeuf 2000). El significado de los cucullati localizados es variado, aunque indudablemente sus portadores vienen a representar una naturaleza diferente del resto de ciudadanos al ocultar su rostro o aparecer con la cabeza velada. Esta capucha presenta, además, diversas connotaciones, de modo que fue utilizada en ceremonias de culto, para aproximarse a los dioses y en los diferentes "ritos de paso", como el tránsito al mundo de los muertos, el casamiento, el duelo o en otras celebraciones como el sacrificio, durante las oblaciones, etc. (Deonna 1955: 17, 24-25). Igualmente se relaciona el cucullus con la noche, momento adecuado para los seres sobrenaturales, invisibles en la oscuridad, tanto en la vida terrestre como después de la muerte, a través de las tumbas (Deonna 1955: 29). También vestían esta prenda divinidades de menor rango, como los genios. Los genii cucullati, difíciles de definir con precisión, se han considerado tradicionalmente originarios del ámbito céltico, porque se localizaron en provincias como Britannia, Gallia, Germania y en las regiones danubianas (Egger 1932: 323; Deonna 1955: 60). Se trata de deidades menores bondadosas que vestían el cucullus dotadas de un valor apotropaico para su portador, al que protegen contra el mal (Egger 1948: 90 y ss.;Bulle 1943: 155). No obstante, aunque se suelen hallar en ambientes privados domésticos (D'Ambrosio 1992(D'Ambrosio -1993: 189): 189), es cierto que en el santuario de Wabelsdorf en Carinzia se localizaron dos dedicaciones al Genius Cucullatus datadas en la segunda mitad del siglo II d.C. (Vetters 1948; ILLPRON 701 y 702). Aparecen simbolizados como divinidades individuales, aunque en Britannia se representan también en triadas (Green 2003: 185-187). Numerosas figuraciones de cucullati se muestran con atributos FIGURILLAS DE ENCAPUCHADOS HISPANORROMANOS fálicos (Heichelheim 1935: no 14-16), de modo que algunos incluso son verdaderos falos antropomorfos, quizás con un fin protector del miembro viril (Deyts 1993; Eveillard 1995: 144-145). Como deidades de la fertilidad y la fecundidad, se consideraban también ánimas que otorgaban la vida y protegían a los niños y neonatos; en cambio, en el plano funerario, el cucullus recuerda el sudario con que se cubre a los fallecidos cuando son acompañados en su último viaje (Kerényi 1933: 156; Egger 1948: 105; Deonna 1956: 495). En opinión de varios especialistas, el genius cucullatus representa al fallecido, con aspecto de impúber, que tiene la intención de vivir en un nuevo cuerpo (De Vries 1963; Calvetti 2000: 722). Además de los genii cucullati, existen numerosas deidades, que también aparecen encapuchadas, como Mercurio, Harpócrates y Príapo (Cf. Estrechamente vinculado al mundo terrenal y el funerario, Telesforo es el dios niño encapuchado de la vida y de la muerte que representa a uno de los dioses de la fertilidad y la regeneración (Güntert 1919). Aunque ofrece otras protecciones, una de las más consideradas es la funeraria, que tutela el sueño y la muerte, además de la salutífera (Arist. Se representa con cucullus y manto talar; en ocasiones aparece con atributos como una capsa o caja para guardar medicamentos, vendajes o recetarios en libros (volumina) y papiros enrollados (scrinia) (Roscher 1884: 313; Perea 1997). EL ESTUDIO DE LOS CUCULLATI DE ÉPOCA ROMANA: ESTADO DE LA INVESTIGACIÓN Las referencias a cucullati son frecuentes en la bibliografía de la segunda mitad del siglo xx y ha recibido un mayor interés en las últimas décadas. Se han publicado análisis generales dedicados al estudio de conjunto de estas figuraciones, como las contribuciones de Calvetti (2000), D'Ambrosio (1992-1993) o Rühfel (1994), aunque no llegan a constituir una obra de referencia al estilo de la monografía de Deonna (1955), del que retoman numerosas ideas e hipótesis. Sería necesario, en este sentido, abordar un trabajo de conjunto sobre todas las piezas localizadas, que proponga una tipología en función del significado de tales representaciones. Por lo que se refiere a la Península Ibérica, magníficos trabajos de carácter general como el de Deonna (1955: 15 y 26) mencionan someramente la existencia de cucullati en Hispania, aunque no cita el estudio previo de Taracena (1932). Mucho más completas y detalladas son las dos monografías de Alfayé (2009: 370-371;2011: 50-58) que recogen un gran número de ejemplares documentados en Hispania, con especial atención a la Céltica y con indicación de algunos paralelos en el resto de la geografía peninsular. En esta contribución, queremos plantear un estudio general de las representaciones de encapuchados correspondientes a figurillas de terracota y bronce. Sin poder determinar la existencia de la capucha, pues la pieza no conserva la cabeza, relegaremos su estudio de nuestro análisis general. Tampoco la terracota aparecida en El Majuelo (Almúñecar, Granada) conserva la cabeza (Molina y Joyanes 1984: 251, lámina 3.7), de modo que cuestionamos la hipótesis que plantea su interpretación como encapuchado (Espinosa et alii 1994: 248, nota 128). En otros casos, es la propia iconografía la que nos hace dudar de su interpretación como encapuchados. Es el caso de la figura localizada en Sagunto, que Chabret (1888: II, 230, fig. 45) define como "un penate con cucullus en la cabeza y lepus en la mano izquierda". Estamos de acuerdo con la afirmación de Arasa i Gil (2008: 443) que interpreta la pieza como un Atis por la presencia del pedum y un animal que recuerdan más a la imagen de un pastor. También se han localizado piezas que no muestran rasgos que permitan identificarlas como cucullati, como la terracota depositada en el Museo de Alcoy, aunque algunos autores lo han identificado como tal (Fernández Díaz 1998: 184, lám. 3). De igual modo, ofrece serias dudas sobre su datación e interpretación la figurilla cónica de barro hallada en el yacimiento de Las Cogotas o Mesa de Miranda, que posiblemente procede de niveles prerromanos (Alfayé 2011: 55). Dada la cronología prerromana de las piezas, tampoco incluiremos el análisis de exvotos ibéricos. Resulta muy dudoso también el bronce aparecido en Paredes de Nava (Palencia) que, aunque Alfayé (2011: 56) interpreta como un posible cucullatus, por la descripción que disponemos de la pieza (Marco 2010: 19) y la ausencia de más datos sobre esta estatuilla actualmente desaparecida, preferimos dejarla al margen del catálogo. Las representaciones de cucullati en Hispania: catálogo y contexto arqueológico Presentamos a continuación un catálogo de las 34 figurillas de terracota y bronce de cucullati romanos localizadas en las provincias hispanas, clasificadas de acuerdo con su tipología formal, con el fin de aportar algunas apreciaciones sobre su significado a partir del contexto arqueológico, que conocemos para algunas de ellas (Figs. ¿Estatuas de culto?, ¿figurillas mágicas?: múltiples posibilidades interpretativas La antigüedad de las excavaciones nos impide reconocer el lugar exacto de donde proceden dos figurillas de encapuchados descubiertas en varios yacimientos de la provincia de Burgos. La cronología de la pieza, hoy en día desaparecida, es muy controvertida, pues Esparza (1988: 134-136) la fecha en el siglo iv a.C., datación que ha sido cuestionada recientemente por Alfayé (2009: 370; 2011: 53) quien plantea una cronología altoimperial por comparación estilística con otras piezas de época romana. No parece que ninguna de las dos figurillas fuera realizada para ser colgada, pues no presentan orificios; tampoco aparecen huecas en su interior. Dada la ausencia de datos de su contexto arqueológico, ni podemos confirmar su datación altoimperial ni precisar su interpretación. Respecto a la cronología, debemos decir que mientras En el subtipo A de Clunia, se pueden agrupar seis figuras de terracota (Fig. 2 y fig. 5, no 18-23), que conservan la parte superior y en las que se puede reconocer perfectamente representaciones masculinas vestidas con un manto liso o paenula y que cubren su cabeza con una capucha o cucullus. El rostro, de rasgos formalmente pueriles o infantiles, muestra el óvalo de la cara, los ojos circulares en relieve bajo unas cejas incisas y la nariz ancha y, a continuación, una tenue boca marcada por una ligera hendidura horizontal que esboza una sonrisa y una barbilla marcada. Las dimensiones y similitudes tanto de la capucha (en torno a 2 cm de altura), de la faz (con medidas aproximadas de 2 cm de altura y 1,5 cm de anchura) como de la paenula nos llevan a plantear que fueron realizadas con un mismo molde. De confirmarse esta teoría, la pieza descubierta en el teatro (Fig. 2, no 22), podría haber pertenecido al mismo grupo. Los orificios practicados en sendos laterales son también característicos de este tipo de esculturas. Estas perforaciones, tanto las situadas en la parte inferior del cucullus (Fig. 2 Aunque resulta difícil determinar el contexto exacto de las piezas halladas y, por tanto, su función, muy posiblemente las que tienen apariencia de encapuchados, pudieron servir como ahuyentadores de malos espíritus. No sería irrazonable pensar que representaran a los conocidos genii cucullati que, en relación con las Matres, son divinidades menores de la fertilidad y de la fecundidad, agraria y, del mismo modo, que propagaban la vida, eran símbolos de protección, como detallaremos más adelante. A poco más de diez kilómetros de distancia de Clunia, localizamos la villa de Ciella, en clara relación con la capital conventual. Aunque no se ha procedido nada más que a una excavación de urgencia, mínimamente publicada (García de Figuerola: 1989: 523-526), los materiales arqueológicos, principalmente epigráfico, numismático, cerámico y vítreo, han llegado hasta nosotros a partir de hallazgos casuales. Entre ellos destaca un fragmento de encapuchado muy semejante a los clunienses del subtipo A que conserva la cabeza completa hasta el cuello, habiéndose perdido el manto en su totalidad4 (Fig. 2, no 30 y fig. 8). Esta figura, de 3,3 cm de altura por 2,3 cm de ancho con un óvalo para el rostro de 2 x 1,4 cm, conserva perforaciones a ambos lados de la cara. Tanto su morfología como los detalles faciales, con ojos circulares, nariz ancha y rasgos infantiles, permiten identificarla como un ejemplo más del taller cluniense y encuadrarla cronológicamente, al igual que ellas, en el periodo altoimperial. Más al este, también se han localizado representaciones de cucullati, como la figurilla aparecida en Vareia (Logroño), de 12 cm de altura y 5 cm anchura, que no se ha podido datar con precisión (Fig. 2, no 29 y fig. 9). Fue localizada por Galve y Andrés en el interior de una domus, concretamente en la habitación no 5. Presenta cuatro perforaciones, dos que atraviesan el tocado y otras dos en los laterales, a la altura de los hombros, lo que nos informa sobre su uso para ser colgada, quizás como posible tintinnabulum. Aunque interpretada como divinidad femenina por Bastida y Heras (1988: 29-30), la iconografía cercana a otras representaciones hispanas y extrapeninsulares nos invita a pensar que estamos ante un genius cu- La figura procedente de la tumba infantil de inhumación no 35 descubierta en Cádiz, fechada en la primera mitad del siglo i d.C., simboliza a un personaje masculino, vestido con un grueso manto liso y un cucullus (Lamo Salinas 1983Salinas -1984: 68-69: 68-69) (Fig. 2, no 17 y fig. 10) (Museo de Cádiz, no inv. El cuerpo, cuyas formas se ocultan completamente bajo la vestimenta, es hueco y tiene forma acampanada. La pieza fue realizada a molde y presenta, en la parte inferior, dos orificios practicados antes de su cocción, que debieron servir para sujetar las piernas, que también fueron localizadas durante la excavación (Lamo Salinas 1983-1984: fig. 3, lám. 4). De la capital lusitana, Augusta Emerita, procede el conjunto más numeroso de cucullati encontrados en Hispania que, sin embargo, ha pasado desapercibido en algunos trabajos generales sobre la cuestión (Alfayé 2009: 370;2011: 53). Estas figurillas, depositadas en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, se han fechado a partir del siglo ii d.C. (Gijón Gabriel 2004: 184-188). De la colección, siete piezas (Fig. 2, no 3-9)5 presentan la particularidad de que son huecas y conservan los orificios laterales, por donde se sujetarían brazos y piernas. De entre éstas, la más particular (Fig. 2, no 3 y fig. 11) tiene una altura de 8,8 cm y 4,5 cm de anchura (no inv. La pieza está constituida por el cuerpo y la cabeza en hueco, las extremidades inferiores y dos apéndices superiores macizos. Conserva las dos piernas articuladas por separado, que penden del interior de la figura y actúan a manera de sonaja en la caja cónica hueca del cuerpo y cabeza, lo que producía el deseado efecto sonoro. A ambos lados de la cabeza se sitúan dos apéndices colgantes en forma de órgano genital masculino, interpretadas como elementos fálicos. En la parte inferior se conserva la inscripción incisa en caracteres capitales (Tydides) que posiblemente hace referencia a su propietario6. Las piezas no 5, 6 y 7 no conservan la testa, pero presentan una vestimenta muy similar a la pieza no 16, con una paenula lisa abierta por delante. Tampoco las no 8 y 9 conservan la cabeza, pero se percibe que el cucullus cae sobre la espalda, de forma muy parecida a la pieza no 4 (Fig. 12). Desconocemos el lugar de procedencia de tres de ellas (no 3, 4 y 7), mientras que dos (no 5 y 6) provienen de la Casa del Mitreo, otra del vertedero "Las Tenerías" (no 8) y la última, posiblemente, de los columbarios (no 9). Salvo la no 3 que conserva la cabeza, el resto no nos permite determinar sus rasgos faciales, de modo que desconocemos si se trataría de niños, como es el caso de las piezas no 4, 10 y 11. Seis figurillas más (Fig. 2 y fig. 13, no 10-15)7 procedentes de Augusta Emerita conservan solamente las cabezas cubiertas con cucullus y parte del cuerpo que visten paenula. La presencia de orificios en la parte superior de algunas piezas (no 10, 13, 14 y 15) denota su posible uso para ser colgadas. Desconocemos su lugar de procedencia, salvo de la figura no 15, localizada probablemente en los columbarios, lo que dificulta notablemente su interpretación. De cuerpo entero, sin espacio para insertar piernas y brazos, fue elaborada la pieza no 16 (no inv. 18068), que representa a un niño de rasgos borrados que viste la paenula con apertura en la parte central delantera. FIGURILLAS DE ENCAPUCHADOS HISPANORROMANOS Una vez catalogadas todas las figurillas de terracota pertenecientes a este tipo, podemos concluir que son las representaciones de cucullati más difundidas. A nivel general se trata de piezas elaboradas a molde con barro local, salvo la figura no 27 de Clunia que, aunque similar en cuanto a su posible significado y función respecto a las anteriores, presenta aspectos formales distintos, muy posiblemente realizada a mano. Aquellas que conservan la parte superior, todas, salvo las piezas no 23-27 de Clunia, nos permiten reconocer rostros formalmente pueriles o infantiles con aspecto sonriente. Aparecen vestidos con un manto o paenula y cubren su cabeza con una capucha. Identificadas sus características técnicas y morfológicas, nos cuestionamos su identificación, ¿se trataría de genii cucullati en forma de tintinnabula, muy similares al Telesforo con el que guarda una estrecha relación desde el punto de vista iconográfico y simbólico?, ¿podemos considerarlos símbolos de protección? En nuestra opinión, podemos rebatir algunas posibles interpretaciones, teniendo en cuenta que estas piezas son propias de la dimensión romana, un tipo de iconografía ampliamente difundido en los confines del Imperio, de modo que resulta insuficiente analizarlas exclusivamente en clave de religiosidad y ceremonial céltico, consideradas incluso "representaciones de especialistas religiosos indígenas" (Alfayé 2011: 97-98), cuando en la propia Hispania esta representación también está presente en el periodo bajoimperial, como la figura de terracota de Valentia, que aquí damos a conocer. La indicación del lugar de aparición, características técnicas y morfológicas, así como cronología de algunas figuras que aquí aportamos, nos permiten además aproximarnos más al significado de estas piezas. La mayoría de las representaciones localizadas que pertenecen a este grupo (Cádiz, Augusta Emerita, Clunia (no 18-26), Vareia -Logroño-, Valentia y Ciella) guardan ciertas semejanzas formales y funcionales. Los orificios practicados a ambos lados de la cabeza, bien situados en la parte inferior de la capucha o en la zona superior del mismo, servirían para atravesar un cordón para colgar la pieza 10. También contaban con orificios a ambos lados en la parte inferior de las piezas para que pendieran las piernas de las figuras 11. El hecho de que, además, el cuerpo esté hueco en su parte interior, debajo de la paenula, que tiene forma de tendencia acampanada, nos informa posiblemente 9 El primer estudio de la pieza de Vareia (Logroño) determinó que se trataba de una figura femenina (Bastida y Heras 1988: 29), aunque trabajos posteriores lo interpretan como un genius cucullatus con rasgos infantiles varoniles (Montero 1994: 268; Espinosa et alii 1994: 258). 10 La pieza no 4 de Augusta Emerita fue realizada para ser vista de frente, como nos evidencia el reverso sin trabajar, lo que confirma su uso para ser colgada, probablemente en una pared. Las campanillas fueron empleadas generalmente como ahuyentadores de espíritus y elementos de protección, siendo normalmente colocadas en las entradas de las casas, thermopolia y otros negocios (Blázquez 1984(Blázquez -1985;;VV. Aunque es cierto que, a diferencia de los tintinnabula de bronce, los fabricados en terracota apenas emitirían sonido13, la alta concentración de algunas piezas, como los aparecidos en la denominada Casa no 1 de Clunia, excluye su simple uso como sencillos colgantes en los accesos que emitirían sonido con el traqueteo de las piernas cuando una puerta era abierta. Esta agrupación hace improbable también su uso como muñecos o juguetes. Además los agujeros practicados en los hombros y abdomen de los muñecos son diferentes de los realizados en las representaciones de los encapuchados. El estudio que hemos realizado en detalle de las piezas nos ha permitido asociar estas figurillas a los altares dedicados a las Matres localizados en el mismo lugar (Rodríguez y Salido, 2016), vinculación que se ha podido documentar en otras regiones del Imperio por su valor como genios de la fertilidad agraria y de la fecundidad, así como protectores de la infancia. La presencia de un ambiente salutífero en el subsuelo de Clunia (Palol y Vilella 1986; Gasperini 1992; Cuesta 2011), en clara relación con la superficie (Gómez Pantoja 1999), comunicado a través de pozos, reforzaría la asociación entre los cucullati y las Matres clunienses por su carácter de divinidades vinculadas a la curación en ambientes hidroterapéuticos a través de tratamientos fangoterápicos (Héléna 1931: 233-243, lám. I y II; Bémont et alii 1993: 184, no 42, 44, 54). Es importante destacar que de la veintena de dedicaciones a las Matres aparecidas en territorio peninsular, casi la mitad (8) se localizaron en la ciudad romana de Clunia. Su concentración se explica por la clara vinculación de estas divinidades con fenómenos hídricos, como manantiales (Duratón, Muro de Ágreda y Yanguas), ríos (Canales de la Sierra y La Guardia), pozos (Orense y Porcuna), fuentes (Carmona), termas (Los Bañales) o, como en el caso cluniense, a una cueva con condiciones especiales relacionadas con la sanación (Núñez y Blanco 2002). Esta asociación refuerza la hipótesis de que efectivamente nos encontramos ante divinidades menores conocidas por la epigrafía como genii cucullati (Vetters 1948). Un argumento que apoya esta interpretación es que los encapuchados clunienses no representan a trabajadores, sacerdotes ni oferentes; tampoco su tamaño, perforaciones y forma nos permiten interpretarlos como amuletos. Por otro lado, la ausencia en la representación de los pies descalzos y de objetos portados por los representados como scrinia o volumina nos permiten rechazar su interpretación como Telesforo, hijo de Asclepio. En cambio, estas figuras son muy similares a los genii cucullati encontrados en otras regiones del Occidente del Imperio, pues se mostraban con rasgos infantiles (Deonna 1955: 97; Kerényi 1933: 156 y ss) y presentan la misma disposición del cuerpo y de la vestimenta, sin objetos en las manos, como los cucullati localizados en las regiones septentrionales del Imperio (Deonna 1955: figs. 10-17; Rouvier-Jeanlin 1972: 253, no 604-624, fig. 624). La clara vinculación peninsular de las Matres con áreas de culto asociadas a las aguas, unido a la relación de los genii cucullati con espacios salutíferos termales, bien documentados en Britannia como los de Springhead, Kent y Bath (Green 1992: 104-105) o en la Gallia como el santuario con aguas curativas de Châteauneuf-du-Faou (Finistère, Francia) (Eveillard 1995: 145), vendrían a acentuar esta asociación entre Matres y estos genios, y por tanto, apoyar la idea de que los ejemplares clunienses podrían corresponder a representaciones de genii cucullati, con la particularidad de que se emplean como tintinnabula. Desconocemos el contexto arqueológico de la mayoría de las piezas de Augusta Emerita y la posición concreta de las figurillas de Valentia y Ciella, aunque muy posiblemente algunos de estos ejemplares debieron tener una función simbólica de protección. Aunque desconocemos si las piernas articuladas asociadas a la pieza aparecieron junto a ésta, ejemplares como los clunienses o el de Valentia, también localizados junto este tipo de perniles móviles, nos permite sugerir que la figura debió tener la apariencia que nos lega Blázquez (1984Blázquez ( -1985)). Algunos pasajes conservados confirman que se colocaban en la entrada de un negocio (thermopolium, caupona o taberna), sirviendo como objetos protectores. Así por ejemplo en la Vida de Esopo (16), se dice que un esclavo fue comprado por sus atributos grotescos (panzón, cabezón, canijo y patizambo), de modo que el resto de compañeros de esclavitud pensaban que había sido adquirido por su dueño "para hacer de él un amuleto que proteja el negocio". De igual modo, se colgaban a la entrada de las casas para evitar los malos espíritus. Este podría ser el caso de la pieza localizada en Vareia (Logroño), y quizás algunas de Augusta Emerita y de la pieza de Valentia. El contexto funerario en el que aparecen otras figurillas nos ofrece un dato importante para interpretar, a modo de hipótesis, su significado también como posibles genii cucullati. Generalmente presentan rostros con rasgos infantiles, con expresión dulce y sonriente, y debieron formar parte del ajuar de los enterramientos, con un significado especial, como protectoras de las tumbas, especialmente de niños y recién nacidos. Muy interesante, en este sentido, es la figurilla aparecida en Cádiz que formaba parte del ajuar de la tumba infantil no 35 de inhumación. Por otro lado, el hallazgo de terracotas con capucha en ámbito funerario es frecuente en otros territorios como el itálico (Fortunati Zuccala 1979: 68, fig. 52; Bolla 2010: 66, n. También proceden de contextos funerarios las piezas no 9 y 15 de Augusta Emerita. El sentido protector debió ser similar al que tenían otras figuraciones como la esculturilla encontrada en Verona (Civico Museo Archeologico, no. inv. Este contexto fúnebre se explica por la relación del cucullus con el sudario con que se cubría a los fallecidos cuando eran acompañados en su último viaje (Deonna 1956: 495). De hecho, algunos especialistas como De Vries (1963) o Calvetti (2000: 722) han planteado la posibilidad de que el genius cucullatus representara al fallecido, con aspecto de niño. También en relación a su carácter de divinidades de la fertilidad y la fecundidad, estas figuraciones de cucullati pueden aparecer con atributos fálicos. La pieza no 3 de Augusta Emerita, ya analizada, constituye además un verdadero falo antropomorfo, que debió servir de protector del miembro viril, como los documentados en otras regiones del Imperio (Deyts 1993; Eveillard 1995: 144-145). cucullati broncíneos: esclavos, fieles y encapuchados itifálicos Las representaciones hispanorromanas realizadas en bronce (Asturica Augusta, Tarazona y Pollentia), incluidas en el repertorio de Alfayé (2011: 50-58), encarnan a individuos encapuchados en diferentes actitudes. La figurilla de Asturica Augusta, fechada en el siglo ii d.C., representa a un personaje con la cabeza tapada en el momento de la realización de una ofrenda. Presenta un manto talar con cucullus y sostiene con ambas manos un recipiente que apoya sobre un ara (Bianchi Bandinelli 1966: 674-675; VV. Una imagen muy parecida, procedente de Valfondo I (Tarazona, Zaragoza), se ha fechado en el siglo i o comienzos del ii d.C. Representa un individuo vestido con paenula y cucullus cónico que porta un recipiente semiesférico en actitud de ofrenda (Marco 1989: 124; Alfayé 2011: 56) (Fig. 2, no 34 y fig. 16). Durante las excavaciones realizadas por Gábriel Llabrés en 1927 en Pollentia (Mallorca) (Fig. 2, no 33 y fig. 17), se localizó la figurilla de un varón extremadamente delgado que viste el manto con capucha. Presenta rasgos de un hombre de avanzada edad, bar- funcionalidad cultual de este tipo de figuraciones, un uso y significado de la capucha ya presente en la coroplastia del área céltica (Sopeña 1995; Marco 2010; Alfayé 2009;2011). La ausencia de contexto, en este caso, nos impide precisar más su relación con un posible espacio cultual. Sin embargo, el encapuchado de Pollentia mantiene la mano izquierda oculta bajo la paenula y, en la derecha, porta un objeto que parece corresponder a una antorcha (Perea 1997: 129). En este caso, podría hacer referencia al sentido simbólico nocturno del cucullus, aunque nos inclinamos más por pensar que se trata de una representación de sirvientes que acompañan a sus amos en sus salidas nocturnas, similares a los lanternarii (Meischner 2003: no 18, lám. 22, 23, 1-2 y no 19, lám. 24, 1-3), que visten el característico manto para preservarse del frío (Deonna: 1955: 133). En bronce también se realizó un encapuchado localizado en Castellar de Santiesteban (Jaén), aunque en este caso formando parte de una lucerna del siglo I d.C. que se conserva en el MAN (Fig. 2, no 32 y fig. 18). En opinión de Pozo (1997, 211, 228-229, n 9 25, lám. X.1), representa un cucullatus itifálico vestido con una paenula que le cubre hasta las rodillas y sobresale el falo que constituye el rostrum de la lucerna. La aparición de lamparillas con este tipo de decoración son muy comunes en el mundo romano, pues evocan con motivos eróticos las escenas nocturnas que la lucerna ilumina, asimilando luz y falo como elementos de vida y fecundidad (Deonna 1955: 106-110). Es bien conocida, con una función simbólica parecida, la lucerna localizada en una taberna de Pompeya, de la que penden distintas campanillas (tintinnabula) que presentan también este sentido protector y aparecen asociadas al símbolo de la buena fortuna (British Museum, 1856, 1226. Desconocemos el contexto original de la pieza jienense, pero no podemos descartar su valor protector contra el mal de ojo (fascinum), tan temido en la antigüedad, considerado como la principal causa de las enfermedades y de las desgracias (Lafaye 1896: 983-987; Alvar 2013), aunque tampoco podemos excluir su eventual uso en los lararios como portadores de luz (Bolla 2010: 61). Las figuras hispanorromanas de cucullati o encapuchados nos indican que esta región no quedó exenta de este tipo de figuraciones que responden a los mismos tipos ya conocidos en otras provincias del Imperio Romano. Este estudio nos ha permitido analizar el repertorio iconográfico relativo a estas piezas que representan tanto personajes vestidos con paenula y cucullus, como divinidades menores (genii cucullati), relacionadas con la muerte, el renacimiento y la fecundidad. Aunque nos encontramos con muchos problemas de documentación arqueológica (ausencia de contexto arqueológico, cronología, etc.) y de identificación, hemos podido reconocer al menos 34 piezas correspondientes a encapuchados. Del repertorio publicado por Alfayé (2009: 370-371;2011: 50-58), especialmente dedicado al estudio de las piezas de la Céltica peninsular, que analizaba 13 piezas (Castrillo de la Reina, Quintanas, cinco piezas de Clunia, Vareia, Cádiz, Asturica Augusta, Tarazona, Pollentia, Castellar de Santiesteban), hemos añadido otras 21 piezas más no incluidas en dicho catálogo (catorce de Augusta Emerita, cinco más de Clunia y dos piezas más inéditas, procedentes de Valentia y Ciella). De este modo, hemos podido completar el mapa de representaciones de cucullati hispanorromanas. Una aportación más de este trabajo es el cuestionamiento de ciertas piezas que habían sido interpretadas como encapuchados. En este sentido, tenemos que concluir que en el reportorio de Alfayé (2009: 370-371;2011: 50-58), se interpretan como cucullati tres figurillas (Corduba, Cogotas/Mesa de Miranda, Paredes de Nava) que en este trabajo hemos planteado, a partir de la información disponible, que resultan muy dudosas por diversos motivos. Además de éstas, hemos cuestionado tres más que, aunque consideradas cucullati por otros autores, ofrecen muchas dudas para su atribución como encapuchados. Nos referimos a las piezas de Almuñécar, Alcoy y Sagunto, ésta ya descartada por Arasa i Gil (2008: 443). En este trabajo, hemos diferenciado las piezas en función de su tipología formal, variantes que quizás nos pueden aportar algún dato para comprender su significado. Las primeras (Castrillo de La Reina y las Quintanas) guardan algunas semejanzas formales con las del segundo grupo (Clunia, Vareia -Logroño-, Cádiz, Augusta Emerita, Valentia y Ciella), pero ni están huecas ni presentan orificios en la parte superior para ser colgadas o en la inferior para suspender las piernas. De hecho, la cronología de las mismas continúa siendo objeto de debate en la actualidad, siendo más acertada para nosotros la datación altoimperial que propuso Alfayé (2011: 55). Ante la ausencia de contexto de ambas piezas (Castrillo de La Reina y las Quintanas) resulta cuanto menos difícil precisar más su uso simbólico-cultual o "funcional". Respecto al segundo grupo ya indicado (Clunia, Vareia -Logroño-, Cádiz, Augusta Emerita, Valentia y Ciella), hemos tratado de concretar más el significado de las mismas a partir del análisis de tres repertorios, cuyo contexto se desconocía o no se mencionaba en obras anteriores (Alfayé 2009;2011). Nos referimos a las terracotas de Augusta Emerita, no indicadas en sus monografías, de las que algunas proceden de contextos funerarios, la localización de las cinco piezas procedentes de Clunia (Rodríguez y Salido, 2016) y las dos que damos a conocer en este trabajo: una procedente de Valentia, fechada en los siglos iv-v d.C. y otra de Ciella (Valdeande, Burgos). La mayoría se han datado en época altoimperial, momento en que otras regiones como en la Gallia este tipo de representaciones se difunden notablemente, fechándose el inicio de fabricación a finales del i d.C. (Bémont et alii 1993: 131). Resulta difícil determinar la funcionalidad o significado concreto de las piezas (Alfayé 2011: 97-98 y 118), pero algunas hipótesis planteadas pueden ser cuestionadas. Es el caso de su uso como juguetes, marionetas o muñecos, dada la alta concentración de estas piezas en una sola construcción, la denominada Casa no 1 de Clunia, y debido a que no se parecen ni funcional ni formalmente a este tipo de piezas de época romana. La agrupación de éstas en un solo edificio también invalida la hipótesis de que se trataran de simples colgantes que emiten sonido cuando se abre una puerta. Nos inclinamos más por pensar en su uso como elementos de protección y ahuyentadores de espíritus, algunos considerados como genii cucullati, avalados por su asociación con las Matres en el caso cluniense. Las figurillas de Augusta Emerita, Valentia y Clunia, en contexto urbano, podrían proceder de ámbitos domésticos o comerciales, donde también estaban presentes este tipo de figuraciones que se colgaban en las entradas de las casas y de los nego-cios. Este significado y valor protector de las piezas también está presente en el ámbito funerario como nos informan la pieza de Cádiz procedente de una tumba infantil y dos de Augusta Emerita (no 9 y 15), un valor de protección que también poseían en otras tumbas de época romana localizadas en diferentes puntos del Imperio Romano, como hemos analizado en este trabajo. Desconocemos, en cambio, el contexto del encapuchado de la pieza de Ciella, que bien podría pertenecer a la villa o a la necrópolis próxima a ésta. Respecto a los bronces aparecidos, planteamos su posible interpretación como representaciones de fieles u oficiantes del culto, como los ejemplares de Astorga y Valfondo I. La descontextualización de las piezas nos impide determinar si éstas constituyeron objetos de culto, ofrendas o figurillas mágicas. El bronce de Castellar de Santiesteban, con amplios paralelos en otros puntos del Mediterráneo occidental y su relación con el sentido protector, nos permite apoyar esta última hipótesis. En cuanto a la pieza de Pollentia, podría representar a uno de los típicos siervos que acompañaban a sus amos en los fríos paseos nocturnos. Para finalizar, podemos concluir que los hallazgos peninsulares no permiten determinar o confirmar el origen céltico o mediterráneo de este tipo de representaciones (D'Ambrosio 1992(D'Ambrosio -1993)), cuestión que sigue siendo debatida en la actualidad. No obstante, podemos afirmar que, tal y como se ha planteado recientemente (Alfayé 2011: 57), sería interesante reflexionar hasta qué punto los genii cucullati son propios del ámbito céltico, cuando en regiones meridionales como la propia Hispania, se han localizado este tipo de figuraciones en ciudades como Cádiz, e incluso aparecen en otras norteafricanas como Djemila (Deonna 1955: fig. 15) en fechas anteriores a las triadas de cucullati encontradas en las regiones septentrionales del Imperio. De este modo, las representaciones de Hispania pueden contribuir a pensar que, aunque determinadas prendas con cucullus pueden responder a cuestiones étnicas, como el bardocucullus galo (Mart. 3,8), los cuculli Liburnici (Mart. Las representaciones hispanorromanas aportan más datos sobre el tipo de paenula o sagum. En el caso peninsular, se trata de una prenda pesada, posiblemente de piel o cuero, con cucullus, de una sola pieza que cubre los brazos y llega hasta aproximadamente la altura de las rodillas. Este tipo de vestimenta protege FIGURILLAS DE ENCAPUCHADOS HISPANORROMANOS contra las inclemencias del tiempo, dando movilidad a las piernas, pero restringiendo la de los brazos y manos que, además al carecer de mangas, se debe levantar el sayo cuando se emplean las extremidades superiores para la realización de trabajos y tareas agropecuarias. Las figuras que dejan visibles las piernas, perfectamente constatables en las piezas de bronce (Castellar de Santiesteban, Asturica Augusta, Valfondo I y Pollentia), vienen en cierto modo a confirmar que la imagen que nos legó Blázquez (1984Blázquez ( -1985) ) de la pieza no 1 de Mérida, interpretada como tintinnabulum, con las piernas colgantes en la parte inferior, es correcta. Este tipo morfológico y funcional de la pieza se repite en otros tintinnabula de terracota. El hecho de que se conserve la parte inferior de algunas figurillas (Cádiz, Mérida -no 1-5-, Clunia -no 7-9-, Logroño y Valentia) evidencia que el sayo caería hasta la altura de las rodillas y las piernas se suspenderían, quedando visibles. Además debemos tener en cuenta que, junto a las imágenes, aparecieron piernas correspondientes a éstas, con un tamaño proporcional y con orificios para ser colgadas e incluso realizadas con el mismo material, como en Clunia y Valentia, lo que viene a confirmar la apariencia y funcionalidad de estas piezas. La altura del sayo de dos piezas, que no conservan representaciones de las piernas (Castrillo de la Reina y Las Quintanas), a la altura de las rodillas, nos podría también informar sobre la representación de un sayo de estas características. Las particularidades de estas piezas de terracota, huecas con orificios en la parte inferior y superior, que hemos definido como tintinnabula, pueden ayudar en el futuro a tener más presente este tipo de representaciones y profundizar en la investigación sobre su posible significado en otras regiones, quizás similar al carácter protector que hemos podido detectar en el ámbito hispano. Respecto al cierre y el ajuste de la prenda, las piezas hispanorromanas también pueden aportar algún dato interesante. Algunos sayos se cierran por la parte delantera con una fíbula, como quizás muestra la figura de Cádiz, o van anudados de arriba a abajo, como probablemente indican las representaciones esquemáticas en las piezas de Mérida (no 5-7 y 16), refrendado por los orificios, por donde se haría pasar un cordón, figurados en otro cucullatus de bronce conservado en Tréveris (Rheinische Landesmuseum) (Augenti 2008: fig. 35). El resto de representaciones, como las de Valentia, Clunia y Pollentia, portan sayos completamente cerrados en la parte delantera, de modo que no se abrochan y ni siquiera presentan un pequeño nudo en la parte superior presente en otras figuraciones (Augenti 2008: figs. 50 y 70). Las decoraciones esquemáticas presentes en la pieza de Castrillo de la Reina, con seis círculos en forma de cruz, no podemos interpretarlas, a nuestro modo de ver, como posibles cierres o botones, que también serían comunes en este tipo de prendas (Leroux 1896: 291). En definitiva, el amplio repertorio de representaciones hispanorromanas de encapuchados nos ha permitido plantear hipótesis de partida que esperemos puedan ser analizadas, e incluso cuestionadas o confirmadas en estudios futuros.
Algunos de los obeliscos más grandes erguidos en el Egipto faraónico fueron reutilizados por los emperadores romanos. El artículo se centra en dos de estos monolitos, llamados Laterano y Teodosiano, monumentos que fueron trasladados a Roma y Constantinopla por emperadores cristianos en el siglo IV. Estos magníficos obeliscos presentan más problemas que el resto, y el autor espera que los lectores obtengan un conocimiento más claro de la naturaleza de los mismos. El trabajo analiza los aspectos problemáticos de sus extensísimas historias, y también su reutilización religiosa, ornamental e ideológica. Las diferencias con respecto a sus antiguas funciones en Egipto son algo menores de lo que a priori cabría esperar. PALABRAS CLAVE: Arqueología, obeliscos egipcios, hipódromos romanos, politeísmo, ideología imperial romana. LOS OBELISCOS: FASCINACIÓN ROMANA Y EXPOLIO Trasladar obeliscos de cientos de toneladas de peso a enclaves como Tebas o Heliópolis por las aguas del Nilo y desde las lejanas canteras de Asuán no era precisamente lo que podríamos considerar una tarea sencilla. Más bien era todo lo contrario. Y mucho menos sencillo aún fue sacarlos de Tebas, Heliópolis o Ale-jandría y, cruzando el Mediterráneo, trasladarlos a los circos de Roma o Constantinopla, o bien a los de otros centros urbanos como Antioquía, Arles, Cesarea o Biblos, lugares en los que han quedado vestigios arqueológicos de estos monumentos 1. El despliegue de medios humanos y materiales que era necesario movilizar para llevar a buen término semejantes empresas era ingente, y los conocimientos técnicos tenían que contar con una acreditada experiencia práctica en múltiples aspectos y en todas las fases de la operación. Semejantes exigencias solo podían ser proporcionados con completa competencia por el ejército, tanto por sus ingenieros como por la mano de obra especializada de la marina 2. En este trabajo me referiré a los motivos que animaron a dos emperadores tardorromanos, Constancio II y Teodosio I, a afrontar semejante empresa justamente con dos de los obeliscos de mayor porte que fueron extraídos de Egipto, los cuales acaba- 2 Los aspectos técnicos y logísticos relacionados con la extracción, transporte e izado de los obeliscos egipcios se encontrarán en A. Wirsching, "How the obelisks reached Rome: evidence of Roman double-ships", IJNA 29 (2), 2000, 273-283; Idem, "Die Obelisken auf dem Weg nach Rom", MDAI(R) 109, 2002, 141-156; J.-C. Golvin, R. Vergnieux, "Le transfert de l' obélisque unique de Karnak à Rome: essai de restitution d 'aprés un texte d' Ammien Marcellin", Bibliothéque de l'Antiquité Tardive 5: Mélanges d'Antiquité Tardive. Puede añadirse también un trabajo antiguo de R.P. Duncan-Jones, "Giant cargo ships in Antiquity", CQ 71, 1977, 331-332, que contiene interesantes observaciones. rían sirviendo de monumentales adornos en los circos de Roma y Constantinopla3. Sin lugar a dudas los obeliscos causaron admiración tanto entre los ciudadanos corrientes de Roma como entre sus gobernantes. Plinio por ejemplo comentó muy ampliamente lo notorio que eran estos monumentos por diversos motivos y circunstancias, llegando incluso a componer una especie de "catálogo" de los monolitos Figura 1. Emplazamientos del Laterano y de los otros obeliscos "sixtinos" hacia finales del siglo XVI, donde todos ellos permanecen (del catálogo de la exposición Roma di Sisto V, Roma, 1993, 11). Obsérvese la trayectoria rectilínea entre el punto central del Circo Máximo y la Piazza del Popolo, circunstancia que debió facilitar enormemente el arrastre del obelisco Flaminio a su ubicación actual. egipcios que en su tiempo se encontraban ya en Roma, o sobre los que él tuvo alguna información, aportando no pocas observaciones y datos de gran valor 4. También causaron admiración al emperador Adriano, que no dudó en ofrendarlos a la memoria de su amado y difunto Antínoo. Desde luego no fue el único emperador romano que estuvo relacionado en algún momento con estos monumentos, pues también lo estuvieron en mayor o menor grado Augusto, Tiberio, Calígula y los tres emperadores flavios, junto con Cómmodo, Galieno y los más representativos del Bajo Imperio (Majencio, Constantino I, Constancio II, Juliano y Teodosio I). Adriano en concreto mandó consagrar un obelisco en la nueva ciudad que fundó en Egipto (Antinoópolis) y que estuvo destinado a ornamentar el templo funerario de Osiris-Antínoo, único lugar donde el dios Antínoo era venerado bajo esa forma. Pero en vida aún del emperador, en una fecha que desconocemos, el obelisco fue trasladado a Roma5. Obeliscos "romanos" citados en el texto (aparte del Laterano): A: "Flaminio" (Circo Máximo) en la Piazza del Popolo; B: "Campense" (horologio del Campo de Marte) en la Piazza Monte Citorio; C: "Navona" (Domiciano) en Piazza Navona; D: "Barberini" (Adriano) en los jardines del Pincio; E: "Vaticano" (Calígula) en la plaza de la basílica de San Pedro. A D E B C mando pareja con otro monolito, adornó la tumba de Antínoo, o en todo caso el cenotafio 6. Ya anteriormente el propio Octavio Augusto fue otro de los gobernantes romanos que supo ver las enormes cualidades que los vetustos obeliscos egipcios tenían como ornamentos, como monumentos conmemorativos de diversa índole, y como símbolos o instrumentos del poder político. En el año 13 a.C. Augusto hizo adornar su Caesareum en Alejandría según el patrón egipcio, es decir, flanqueando su entrada con dos obeliscos que trajo desde Heliópolis (donde a su vez el rey Tutmosis III, en un pasado ya muy remoto, los había hecho erigir frente al santuario del dios Sol) 7. Una inscripción conservada en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York nos informa que [P. Rubrius] Barbarus, prefecto de Egipto, fue el dedicante de los obeliscos, y que Pontius fue el arquitecto que dirigió la operación de izado y colocación de los mismos 8. Pero la atracción de Augusto por los obeliscos egipcios también benefició a la Urbs. En el año 10 a.C. trasladó a Roma otros dos monolitos heliopolitanos 9; uno fue colocado en el Campo de Marte (Am. Marc., XVII.4.12), cerca del ara Pacis y del propio mausoleo de Augusto. Lo dedicó al Sol (CIL, VI.702), y formaba parte del Solarium Augusti, una vasta plaza en cuyo centro se alzaba el obelisco a modo de gnomon para, con su sombra reflejada en el suelo, servir al gigantesco reloj y calendario solar (ver Plinio, Nat. El segundo obelisco, procedente de un templo del rey Seti I consagrado al Sol, fue colocado en Roma en el centro de la spina del Circo Máximo, donde todavía se encontraba en la época de Amiano Marcelino (cf. XVII.4.12-23) 11. En la actualidad está emplazado en la Piazza del Popolo, lugar en el que fue hallado en el año 1587 roto en tres piezas 12. El historiador antioqueno afirma que Augusto no se atrevió sin embargo a extraer y trasladar un tercer obelisco, precisamente aquel que Constantino, algunos siglos más tarde, acabaría sacando de Tebas, el llamado Laterano. Teniendo en cuenta todo ello, no nos puede extrañar que tengamos constancia de que solo en la Urbs llegara a haber 8 obeliscos de grandes proporciones y no menos de 42 de tamaño medio o pequeño (sin contar los fragmentos de otros no preservados 13 ). De todos ellos solamente 14 se encuentran hoy erguidos en distintos lugares públicos de la ciudad y en un estado de conservación 12 Cf. Los avatares sufridos por el monolito a lo largo de la Edad Media y posteriormente hasta llegar a su actual ubicación en A. Roullet, op. cit. n. Amiano (XVII.4.12-23) ofrece una traducción al griego de los textos jeroglíficos que aparecen grabados en tres de sus caras, y que fueron mandados redactar por los reyes Seti I y Ramsés (traducidos ahora de forma fidedigna por E.M. Ciampini, op. cit. n. 8 Ambos obeliscos son los comúnmente conocidos con el sobrenombre de "agujas de Cleopatra", probablemente los más representados en las acuarelas y grabados realizadas por los antiguos exploradores y visitantes de Egipto a lo largo de los últimos siglos. Son lo único que queda del Caesareum, gracias a que fueron sacados de Alejandría a finales del siglo XIX y trasladados a sus ubicaciones actuales en Londres y Nueva York. Una recopilación de las fuentes antiguas que los mencionaron y de los dibujos antiguos existentes sobre ellos se encontrará en J.-I. Empereur, op. cit. n. Este obelisco fue llevado a Roma en el siglo IV desde la lejana Tebas. En la actualidad se encuentra erguido frente a la basílica de San Juan de Letrán, siendo ésta precisamente la razón de que hoy se le conozca comúnmente con el sobrenombre de Laterano (en pleno proceso de limpieza y restauración a fecha de abril del 2006). En ese lugar lo volvió a levantar el Papa Sixto V tras "redescubrirlo" en el año 1588, pasando a adornar de esta manera un espacio que por aquella época formaba parte del complejo de edificios y espacios de la residencia de invierno del Papa (fig. 3) 14. El Laterano pesa casi 500 toneladas y fue tallado en un solo bloque de granito rojo en las canteras de Assuán. Lo mandó construir el rey Tutmosis III hacia el año 1490 a.C., aunque sería su sucesor Tutmosis IV el que lo colocaría finalmente en el templo de Amón en Karnak 15. Su primera ubicación estuvo entre el quinto y sexto pílonos, pero más tarde fue emplazado entre el muro trasero (Este) del templo y la puerta oriental más exterior del recinto sagrado, justo sobre el eje principal del santuario 16 (fig. 4). En este segundo emplazamiento no formó pareja con ningún otro obelisco, como era lo usual, sino que constituía por sí mismo un objeto de culto consagrado al dios Sol, tal y como reflejan sus textos jeroglíficos, siendo por consiguiente el centro focal de su propio santuario, que de esta manera revivía 15 Las inscripciones y textos conmemorativos de ambos monarcas están traducidos en E.M. Ciampini, op. cit. n. No fue ni mucho menos el único obelisco erigido por Tutmosis III; junto con Ramsés II, fue el rey que mayor interés y fervor mostró hacia esta clase de monumentos sagrados (cf. J.H. Breasted, "The obelisks of Thutmose III", Zeitschrift für Ägyptische Sprache und Altertumskunde 39, 1901, 56-57). 16 El zócalo que sirvió de cimiento al enorme obelisco en el templo de Karnak fue localizado e identificado hace ya bastantes años por P. Barguet, art. cit. n. 14 Diversas fuentes mencionaron este obelisco en la Edad Media, pero hacia el año 1587 fue en efecto encontrado roto en tres piezas y sepultado casi 7 metros en el suelo. En ese mismo año el Papa Sixto V lo excavó y volvió a izar en el lugar que ocupa en la actualidad (cf. principalmente M.L. Riccardi, art. cit. n. Uno de los más importantes problemas que afectan a la historia del Laterano es precisamente determinar si su destino en Europa fue inicialmente Roma o bien Constantinopla. El historiador Amiano Marcelino, un contemporáneo de la época, y que dejó escrito el mejor y más valioso testimonio del enorme esfuerzo que supuso trasladar hasta Roma el Laterano 18, afirmó que éste había estado destinado a Roma desde el primer momento del proyecto de Constantino (XVII.4.13). Por el contrario la opinión tradicional extendida desde antiguo supone que el emperador Constantino ordenó sacar el Laterano de Tebas con el objetivo de colocarlo como ornamento en su nueva capital Constantinopla 19. La inscripción que con posterioridad grabó su hijo Constancio II en la base del monumento (en la actualidad perdida, pero afortunadamente apuntada por el Papa Sixto V en el siglo XVI) así parece confirmarlo: Patris opus munusque suum tibi Roma dicavit Augustus toto Constantius orbe recepto... Hay que decir que esta opinión tradicional encaja desde luego con la política general de expolios de templos paganos que Constantino practicó a lo largo y ancho de la Pars Orientis para conseguir objetos y monumentos de todo tipo que adornaran su nueva capital 21. De hecho algún autor piensa que bien pudo ser ésta la razón que generó la necesidad de inventariar el patrimonio de Roma y crear para ello, a lo largo del siglo IV, catálogos que enumeraran todos los edificios de cualquier naturaleza que contenía la ciudad, además de los obeliscos y de toda otra suerte de monumentos conmemorativos: estatuas, columnas honoríficas, fuentes, etc. (es decir, la Notitia de regionibus urbis y el Curiosum urbis Romae), y lo mismo se acabaría haciendo en el siglo V para el caso de Constantinopla 22. Otros autores añaden incluso -y matizan-que no solo el Laterano sino también el obelisco de Teodosio I erguido en Estambul fueron extraídos de Tebas juntos y a la vez por el emperador Constantino I para destinarlos a la decoración de los circos de Roma y Constantinopla, y que ambos monolitos se encontra- 17 Esta circunstancia es la que propicia su segundo sobrenombre: el obelisco "único" de Karnak. Sobre la ubicación original del mismo y su excepcional condición de "único" véase, aparte del trabajo de J.H. Breasted (art. cit. n. 15, 56-57), los análisis que recientemente se han hecho del complejo religioso de Karnak (M. Albouy et alii, Karnak. Le temple d'Amon restitué, Paris, 1989, y M. Tosi, Il grande santuario di Amon-Ra à Karnak: l'orizzonte sulla terra, Imola, 2000), en los cuales se describen los distintos santuarios que se fueron erigiendo dentro de su temenos a lo largo de los siglos, así como la estructura arquitectónica de cada uno. 18 ban ya en Alejandría listos para su viaje a Europa cuando el emperador murió en el año 337 23. Pues bien, uno de estos investigadores, G. Fowden, en un trabajo publicado en 1987 exploró esta hipótesis hasta un punto realmente atractivo (aunque a mi juicio un tanto forzado en alguna cuestión concreta, como ahora se verá) que le llevó a despejar la contradicción existente entre la afirmación de Amiano Marcelino sobre el destino original del Laterano -Roma-y el comentario de Constancio II grabado en la inscripción de la base del obelisco que por el contrario sugería que su padre lo había destinado inicialmente a Constantinopla 24. Para empezar Fowden cree que Amiano Marcelino, hasta lo que el historiador pudo saber y tener información, hizo una afirmación en esencia correcta, o más bien, comprensible en el contexto que la hizo. Es innegable que de ella cabe deducir que en el proyecto inicial el Laterano nunca estuvo destinado a servir de ornamento urbano en Constantinopla. Ahora bien, desde el punto de vista de Fowden el traslado de los dos monolitos tebanos -no de uno solo-estaría decidido por Constantino antes del año 324, estando uno de ellos destinado al hipódromo constantinopolitano -el Laterano-y el otro al Circo Máximo de Roma -esto es, el que acabaría en Estambul. Más adelante, a partir del año 326, el emperador encargó a un hombre de su confianza -un alto responsable sacerdotal de los misterios de Eleusis llamado Nicágoras-, que viajara hasta Tebas hacia el año 326 para hacerse cargo de negociar in situ la extracción del Laterano y trasladarlo al puerto de Alejandría 25; de esta manera el magno proyecto se puso en marcha, pero no se materializó hasta el 337 cuando los dos obeliscos se extrajeron de sus respectivos zócalos en el santuario de Karnak y fueron transportados cauce abajo del Nilo hasta los muelles de Alejandría para su embarque con rumbo a Europa; habiendo llegado ya los dos monolitos juntos al puerto alejandrino y quizás en la misma embarcación, y cuando en los astilleros de esta ciudad todavía se estaba construyendo una enorme nave de 300 remos capaz de soportar su transporte por mar, la empresa habría quedado interrumpida por el fallecimiento del emperador el 22 de mayo del año 337. Lo mismo ocurrió con el enorme navío que estaba destinado a transportarlos (Am. Los dos obeliscos quedaron por consiguiente inmovilizados en la metrópoli egipcia durante veinte años, hasta que Constancio II reanudó el viejo proyecto paterno, decidiendo sin embargo que fuera el Laterano el que se trasladara a Roma y no el inicialmente previsto en los viejos planes de su padre. Más adelante, en su debido contexto, discutiremos más ampliamente los motivos que el emperador pudo tener para hacer este cambio de planes y esta elección. Así pues, desde esta perspectiva es como debe entenderse según Fowden la inscripción que Constancio II grabó en el obelisco Laterano que adornaría el Circo Máximo: Constancio II dejó memoria en el epígrafe de que su padre había elegido ese obelisco para Constantinopla; pero el propio Constancio II cambió el plan destinándolo a Roma, de forma que Amiano Marcelino, que sabía que Constantino había extraído un obelisco tebano con intención de llevarlo a Roma pero que no tendría probablemente noticia alguna del otro que se encontraba abandonado desde hacía veinte años atrás en Alejandría, tendría la impresión de que el emperador había extraído un único obelisco de Tebas, el cual había estado destinado a Roma desde el principio. En todo caso, al menos la mitad del viejo proyecto constantiniano se vio cumplido en el año 357 por obra de Constancio II; la otra mitad habría de esperar otros treinta años hasta realizarse. Amiano Marcelino hizo también en su extenso relato sobre el Laterano otras consideraciones que es oportuno comentar brevemente. Afirma que siglos atrás Octavio Augusto se había planteado trasladar este obelisco a Roma desde Tebas, pero que no se atrevió finalmente a hacerlo "porque estaba dedicado como ofrenda al dios sol y situado dentro de un ambicioso templo, que no podía ser profanado, donde sobresalía como la cumbre de todo" (Am. Opino que el argumento (o pretexto) del que se hizo eco Amiano está "cogido por los pelos" y es francamente débil, en todo caso superfluo: todos los obeliscos tenían la misma consideración sagrada en su ubicación original, y su extracción de los templos egipcios podía en todos los casos y sin excepción ser considerada una profanación, es decir, también en el caso de los dos que Augusto trasladó a Roma en el año 10 a.C. En este sentido A. Wirsching supone que Amiano se hizo eco simplemente del viejo 24 La hipótesis y argumentos de G. Fowden ("Nicagoras", art. cit. n. 3) fueron aceptados casi inmediatamente por C. Nicholson, O. Nicholson, "Lactantius, Hermes Trismegistus and Constantinian Obelisks", JHS 109, 1989, 198-200, que incluso lo reforzó con algún argumento añadido. En el primer trabajo el autor explica los rastros en forma de graffiti que Nicágoras dejó en Tebas y en algunas tumbas del Valle de los Reyes que visitó durante su estancia. pretexto que Augusto casi con toda probabilidad habría esgrimido ante su propia opinión pública para justificar su renuncia a la empresa (y que le habría servido para silenciar que en aquellas antiguas épocas la tecnología y los métodos de transporte de los obeliscos no estaba aún preparada para manejar un monolito que pesaba casi 500 toneladas) 27. En todo caso más de cuatro siglos después Constantino juzgó que esa razón ya no era ningún obstáculo, "pensando correctamente -dice de nuevo Amiano-que no perjudicaba en nada a la divinidad si arrebataba de un templo esta obra admirable y se la consagraba a Roma, verdadero templo del mundo entero (id est in templo mundi totius)"28. El comentario de Amiano no deja de ser otra vez en mi opinión un poco cínico. No solo olvida su anterior argumento sobre la profanación en la que habría caído Augusto (y por consiguiente ahora también Constantino) adueñándose del monumento, sino que incluso él mismo parece respaldar y aprobar la decisión que tomó el emperador de sacarlo del santuario de Karnak, afirmando que el emperador obró "correctamente", "sin preocuparse" por una posible profanación, anteponiendo así, al parecer, la divinidad "Roma" sobre cualquier otra. Aparte de la incongruencia argumental, en verdad me suena un poco raro que el expolio de un monumento pagano de su mismísimo santuario fuera respaldado justamente por un autor pagano como Amiano, el cual debería en principio haber estado preocupado de la preservación de los símbolos e iconos del paganismo más ancestral29; así lo demostraba su compatriota Libanio, no dejando de protestar y casi bramar -retóricamente-por los ultrajes y daños que sufrían en su tiempo los santuarios y objetos de los antiguos dioses a manos cristianas; pero incluso también sorprende un poco -solo un poco-que un escritor pagano respalde a un emperador cristiano, por muy ambiguos o complacientes que pudieran parecer algunos de sus actos. O en otras palabras, nada que ver este talante tolerante de Amiano con el de sus colegas y coetáneos cristianos. EL "LATERANO" EN EL CIRCO MÁXIMO: UNA CUESTIÓN DE ARMONÍA SIMBÓLICA Y RELIGIOSA Aceptando la sólida premisa de que Constantino proyectó trasladar a Roma al menos uno de los dos obeliscos tebanos, no puede decirse que le faltaran motivos para acometer tan esforzada y compleja empresa. Algunos autores han supuesto que uno podía haber sido ofrecer a la Ciudad un espectacular monumento con ocasión de sus vicennalia (que se cumplieron en el año 326, y cuya celebración llevó a Constantino a visitar Roma por tercera vez 30 ); o bien podía haber sido un intento de congraciarse con la poderosa comunidad pagana de la Urbs -y con el propio Senado-haciendo donación a la antigua capital de un inequívoco monumento pagano 31; otro pretexto -muy sutil y de signo contrario al anterior-podía haber sido hacerle a la vez un "guiño" amistoso a los cristianos del Imperio, presentándoles un monumento que podía ser vinculado al culto primigenio y único -anterior al surgimiento de los ídolos-que tanto deseaba extender el cristianismo, y que por ende estaba asociado a la Más Alta Divinidad reinante en los Cielos 32. Hay quien se ha decantado recientemente por la segunda posibilidad (es decir, reconciliarse con la pagana aristocracia romana), apoyándose justamente en los motivos de índole política que años después animarían a Constancio II a trasladar y erigir este obelisco en Roma 33. Quiero hacer observar no obstante en este punto que el propio relato de Amiano en todas sus referencias al obelisco no habla en ningún momento de otro motivo para trasladarlo a la Urbs y levantarlo en el Circo Máximo que el puramente ornamental; o si se prefiere: solo el simple deseo de conceder un grandioso regalo que "contribuyera a la belleza de la Urbs" (Am. Marc., XVI.10.17) habría sido el poderoso impulso inicial del proyecto, sin duda retomando el de su padre, cuyo fallecimiento lo había dejado añas atrás en "vía muerta" en Alejandría. En relación con esta cuestión quiero recordar también que el propio emperador Juliano en una epístola dirigida a los alejandrinos (Ep. 59, 443c, ed. Bidez) mencionó el mismo argumento y el mismo motivo para pedir a las autoridades de la metrópoli egipcia que le ayudaran a trasladar a Constantinopla el obelisco que estaba aban- donado a su suerte en Alejandría (el que había llevado hasta allí Constantino y había descartado Constancio II en favor del Laterano): "ayudarme a enviarlo a mi patria... Y tal y como ayudáis a su alimentación -a Constantinopla-, ayudad también a su ornato exterior. No dejará de tener su encanto que en ella se levante un recuerdo de vuestra ciudad, y cuando os acerquéis a ella navegando dirigiréis a él vuestras miradas con alegría" 34. Conviene hacer en este punto algunas observaciones sobre el Circus Maximus en época tardorromana. Sin duda fue ésta su época de mayor esplendor, si bien este vasto edificio público había adquirido su forma definitiva en época del emperador Trajano, cuando quedó pro-fusamente decorado con mármoles de todos los colores y con bronces dorados, y su ancha spina quedó repleta de templetes, columnas conmemorativas, altares, símbolos religiosos y trofeos de todo tipo, pedestales con estatuas honoríficas e imágenes de divinidades. Desde el año 10 a.C. se erguía justo en su centro el obelisco traído por Augusto 35 (fig. 5). Diversas fuentes y evidencias del hipódromo romano (pinturas, mosaicos y testimonios escritos de contemporáneos principalmente 36 ) confirman que en efecto el impulso del edificio en época tardorromana provino justamente del emperador Constantino, al parecer como consecuencia de la rehabilitación general y profunda que el emperador hubo de hacer a raíz de un gran desastre que todo el edificio sufrió durante el reina- 36 Los únicos restos materiales conservados proceden de los períodos anteriores al s. IV: pequeñas estructuras del hemiciclo, el Arco de Tito, y algunos restos procedentes de excavaciones, como porciones de pavimentos y de elementos provenientes de los carceres y la spina (un catálogo completo en J.H. Humphrey, op. cit. n. do de Diocleciano, quedando entonces gravemente dañada su estructura en algunas zonas. El esfuerzo de rehabilitación no quedó solo en una mera restauración, sino que se acometió un complejo proyecto cultural y decorativo muy ambicioso que acabó otorgando al Circo un aspecto todavía más grandioso del que había tenido antaño. Así mismo sabemos, combinando algunos testimonios escritos y las imágenes del Circo Máximo conservadas en varios mosaicos tardorromanos (los conocidos de Piazza Armerina y otros más), que en el euripus perduraron hasta épocas tardías piezas y monumentos escultóricos de clara raigambre pagana, y no solo los obeliscos egipcios 37. Ello no hacía sino resaltar el simbolismo religioso tradicional del edificio, incluso por parte de los propios emperadores tardorromanos que estuvieron involucrados en la decoración del mismo. En este contexto hay pues que situar el proyecto de Constantino de traer desde Egipto otro obelisco para que fuera situado como monumental decoración en la spina del rehabilitado hipódromo romano. Es cierto que no podría ser colocado en el centro de la spina, donde como ya he dicho se erguía el obelisco de Augusto, pero para resaltar su importancia cabía ser levantado en otro punto relevante de esta barrera, esto es, en el centro mismo del eje principal del hipódromo, tal y como en efecto hizo más adelante Constancio II. Además, el obelisco de Constantino sería más espectacular que el de Octavio Augusto, pues era mayor, y era justo el que el viejo emperador no había sido capaz de sacar de Egipto. Amiano proporciona una descripción bastante detallada (XVII.4 completo) de cuál fue el itinerario seguido por el monolito desde Alejandría a Roma, y cómo se pudo llevar a efecto el traslado en sus diversas fases. La embarcación que lo transportaba no tuvo ninguna dificultad cuando cruzó el Mediterráneo. Llegando a la desembocadura del Tíber, remontó el río hasta el Vicus Alexandri, un suburbio situado a 18 kilómetros al sur de la Urbs, sobre la via Ostiensis; el calado de la embarcación y el peso enorme que soportaba hacía aconsejable no remontar el río más allá, so pena de que la quilla del navío tocara fondo y acabara embarrancando 38. Desde allí, una vez colocado el obelisco en un trineo de madera o en una plataforma, fue arrastrado lentamente a través de la puerta Ostiense y de la "Piscina Pública" hasta el Circo Máximo (per Ostiensem portam piscinamque publicam Circo inlatus est maximo), sin duda el camino más directo para hacerlo 39. Pero una vez llegado el obelisco a su destino quedaba la tarea más difícil y compleja de todas, es decir, erguirlo en el euripus. Amiano describe un tanto confusamente cómo se llevó a cabo este complicado trabajo, que parecía -dice-una empresa casi imposible. En esencia hace alusión a que un "bosque" de fuertes pértigas, a las que ataron el obelisco, fueron izando poco a poco la mole de granito haciendo palanca y aprovechando la fuerza bruta de un ejército de hombres (Am. No obstante, se ha realizado recientemente un intento de reconstrucción del método que se utilizó para erguir este obelisco, la clase de máquinas y artilugios que se emplearon, el número mínimo de hombres que debieron participar en la maniobra de izado, y los cálculos técnicos que debieron tenerse en cuenta para posibilitar toda la operación 40. Finalmente, izado ya el enorme obelisco en el euripus del hipódromo, se le colocó en la punta como ornamento una esfera de bronce recubierta con brillantes láminas de oro, y así quedó listo para que fuera inaugurado oficialmente por Constancio II cuando visitó Roma entre el 28 de abril y el 29 de mayo del año 357, durante la segunda prefectura de Orfito, la única vez que estuvo en la ciudad durante su largo ) citan varios de estos monumentos y esculturas documentadas en las fuentes escritas y en los mosaicos y que con seguridad contuvo la spina (ver fig. 5). 38 Es ésta una buena observación técnica de J.-C. Golvin, R. Vergnieux (art. cit. n. Estos autores han hecho así mismo una restitución muy detallada de cuál pudo ser el trayecto más probable realizado por el obelisco desde su ubicación original en el templo de Karnak hasta su destino final en el Circo Maximo, cómo pudo llevarse a cabo este viaje desde el punto de vista técnico, y cómo finalmente pudo ser izado el monolito en el Circo Máximo. Los topónimos que señala Amiano no ofrecen especial dificultad a la hora de identificar todo el itinerario (ver R.J.A. Talbert, ed., Atlas of Classical History, London, 1985, 90, y la voz Piscina Publica en S. Ball Platner, op. cit. n. La puerta Ostiense daba acceso a Roma por el sector sur de la muralla Aureliana. Ya en el interior del perímetro urbano se encontraba la antigua porta Raudusculana que antaño atravesaba la vieja muralla de Servio Tulio. Se accedía luego al distrito que bastantes décadas atrás habían ocupado algunos edificios termales, y que de hecho quedaría dominada en su momento por las monumentales termas de Caracalla. Al parecer el agua que llegaba a estos baños procedía hasta el siglo II d.C. de un depósito ("piscina") que se alimentaba de manantiales locales y no del aqua Appia. Estos edificios termales acabaron dando un sobrenombre popular a la Región XII de la ciudad de Augusto: vicus piscinae Publicae. J.-C. Golvin y R. Vergnieux, art. cit. n. Estos autores se apoyan en el tratado que uno de los ingenieros del Papa Sixto V dedicó a explicar el método utilizado para trasladar y erigir el obelisco que hoy se yergue en la Plaza de San Pedro del Vaticano (ver D. Fontana, Del modo tenuto nel transportare l'obelisco vaticano, Roma, 1590). gobierno 41. Al parecer, poco tiempo después de la ceremonia inaugural, la esfera que remataba el obelis-co fue destruida por un rayo ("alcanzada por el fuego divino"), siendo sustituida por una imagen de bronce y oro que portaba una antorcha (Am. Plinio mencionó a este respecto (Nat. Hist., 36.72) que un tal Facundo Novio -arquitecto de Octavio Augusto del que no sabemos nada más-añadió una bola dorada al obelisco del Campo de Marte traído por ese mismo emperador; su intención al parecer no fue puramente ornamental, sino solo mejorar la "lectura" de la sombra demasiado gruesa que este obelisco (convertido en "aguja" o gnomon del Solarium Augusti) proyectaba sobre el cuadrante solar dispuesto a su pie. El diseño de Facundo Novio debió gustar mucho porque en adelante fue habitual en Roma la colocación de esferas u otra clase de figuras metálicas -generalmente de bronce y decoradas con incrustaciones y láminas de oro-en los pináculos de los obelis- cos egipcios 42. Esta tradición fue continuada por los Papas que siglos después recuperaron estos singulares monumentos para el mobiliario urbano, si bien sustituyendo los adornos paganos por cruces y ornamentos basados en las divisas papales (fig. 6) 43. Constancio II no pudo elegir mejor momento que éste para culminar el proyecto paterno. En efecto, su estancia en la Urbs coincidió con el vigésimo aniversario de la muerte de Constantino (22 de mayo del año 337) y también con sus propias vicennalia, que fueron celebradas por él mismo en Roma según consta en los fasti consulares de Constantinopla 44. Estos aniversarios, como el propio adventus imperial a la ciudad de Roma (y los subsiguientes aniversarios del mismo), así como otras fechas simbólicas relacionadas con los emperadores (profectiones, natales, triumphales, decennalia, vicennalia, etc...), no dejaban de tener consecuencias en un sentido que nos interesa mucho aquí, y es que todos ellos comportaban la celebración de ludi circenses, tal y como recuerda el llamado Calendario de Filocalo con entradas del estilo: Adventus D(ivi) [Constantini] C(ircenses) M(issus) XXIIII; o bien: N(atalis) Traiani. Estos juegos solían ser inaugurados y presididos por el propio emperador aprovechando justamente su presencia en la ciudad y sobre todo cuando eran celebrados en su honor. Y en el año 357, coincidiendo los aniversarios cita-dos más arriba durante la estancia de Constancio II en Roma, sabemos que él mismo presidió la inauguración de los Juegos que justo por esas razones se celebraron en el Circo Máximo (Am. Y qué motivo mejor que éste para ofrendar al pueblo romano un obelisco egipcio, el mayor que jamás se viera en la Urbs, y colocarlo justamente en ese grandioso escenario público. El beneficio político estaba más que garantizado pues suponía ganar popularidad, propagar las virtudes de su persona y de su reinado, y frenar -o aplazar al menos-los malentendidos crecientes con la aristocracia romana regalando a la Ciudad uno de los iconos ancestrales del paganismo. No debe verse ninguna contradicción o incongruencia en el hecho de que el regalo -pagano-fuera ofrecido por un emperador cristiano. El contexto de su visita a Roma lo explica bien. Como han hecho observar acertadamente algunos autores, el adventus de Constancio a la Ciudad fue, en efecto, la gran oportunidad de propagar protocolariamente que la pars Occidentis volvía a estar bajo el control del emperador una vez derrotado el usurpador Magnencio, bajo cuyo gobierno había estado la Urbs hasta pocos años atrás; pero además era también la ocasión de comprobar la lealtad de la población y el senado romanos, abiertamente hostiles hacia el emperador de Oriente incluso antes de la usurpación 46. La visita imperial también vino precedida por la orden de quitar el Altar de la Victoria de su ubicación original, así como de una política general antipagana en asuntos concretos de la que Roma no quedaba excluida (adivinación y magia, sacrificios a los antiguos dioses, clausura de templos, etc.). Comparto la opinión de John Curran de que la visita a Roma debió no obstante producirle a Constancio II una impresión tan grata, tan favorable y quizá tan inesperada para él mismo (dados los antecedentes políticos y religiosos de la Urbs), que su actitud hacia Roma cambió ostensiblemente, pues no solo permitió que el Altar de la Victoria fuera repuesto en su lugar y pasó por alto el hecho de que su legislación antipagana fuera prácticamente ignorada en la Ciudad, sino que incluso pronunció discursos ante el senado, completó todas las vacantes existentes en las listas de los colegios sacerdotales de Roma, atendió complaciente todo lo que de él se esperaba en la celebración de los juegos, y quedó asombrado por los templos de los antiguos dioses y por la grandeza de la Ciudad 47. De hecho todo parece indicar que a partir del adventus de Constancio II en el 357 Roma gozó de un estatus especial en lo que al mantenimiento y práctica de los cultos paganos se refiere (es decir, tolerancia 43 Así, cuando el Papa Sixto V ordenó desenterrar y volver a izar a finales del siglo XVI el obelisco del emperador Calígula en el Vaticano, todavía conservaba anclada en su piramidion la esfera de bronce (que la imaginación popular creyó que guardaba las cenizas de Julio César), y que fue sustituida por el actual adorno que lo remata y que es un auténtico ideograma: una cruz y la estrella montada sobre el trimontium, el emblema de Sixto V que simbolizaba "el distrito" del Viminal, Quirinal y Esquilino (cf. L. Habachi, op. cit. n. Este emblema está presente en otros obeliscos sixtinos, como el Flaminio y el Laterano (fig. 6). 45 Se trata de un calendario que menciona tanto las fiestas cívicas como las relacionadas con los cultos que aún se celebraban en Roma a mitad del siglo IV (los festivales cristianos y los de tradición pagana). Gracias a este precioso documento sabemos que en el período de la dinastía constantiniana cualquier ocasión era buena para celebrar y organizar espectáculos públicos, de manera que, tal y como S. Degrassi hizo observar, "los juegos se incrementaron ad infinitum" (cf. Inscriptiones Italiae, 13.2, Rome, 1963, II, 373. casi absoluta, con la excepción de las prácticas adivinatorias), situación que duró hasta por lo menos el reinado del emperador Graciano, una generación más tarde 48. Así pues, ¿puede extrañar que en este contexto el emperador donara a la Ciudad un colosal obelisco egipcio para ornamento de su espléndido hipódromo? Una última observación es necesario hacer sobre la función que en términos generales tuvieron encomendada en Roma los obeliscos. Podría afirmarse que ésta se adecuó sui generis a dos de las funciones que estos monumentos tuvieron en su contexto cultural más genuino: servir al culto solar estatal y conmemorar los jubileos de los faraones. Respecto a la primera de estas funciones -vinculación solar-se acepta comúnmente que ésta estuvo presente en Roma desde los tiempos de Octavio Augusto hasta época tardorromana 49. Efectivamente, hubo una conjunción entre el monumento, su entorno arquitectónico y los espectáculos circenses que en él se celebraban; el simbolismo solar genuino y remoto de los obeliscos egipcios armonizaba (como anillo al dedo) con el simbolismo solar presente a su vez en los hipódromos romanos, incluso en el tardío contexto cronológico que acogió al Laterano: las carreras parecían rememorar el ciclo continuo y eterno del Sol en el cielo; en el Circo Máximo de Roma hubo un templo dedicado al Sol junto a la línea de llegada; el festival que propiciaba mayor número de carreras en los hipódromos todavía a mitad del siglo IV era el de los Ludi Solis, celebrados el 22 de octubre, etc. Los obeliscos colocados en el euripus de los circos del Imperio no hacían sino añadir otro elemento simbólico de carácter solar a estos gigantescos escenarios públicos, y perfectamente comprensible para toda la gente, porque los obeliscos procedían de los viejos santuarios egipcios consagrados al Sol y ellos mismos lo evocaban. Los escritores cristianos no tuvieron dudas al respecto, y así lo expresó Tertuliano 50, al que siguió de forma literal el enciclopedista Isidoro de Sevilla, que supo además resumir muy bien al final de la Antigüedad el simbolismo solar que estos monumentos habían tenido en general en el mundo romano, tanto para paganos como para cristianos, y en particular en el escenario del hipódromo y las carreras: "(el obelisco) se coloca precisamente en el centro del circo porque el sol cruza por el centro del firmamento. Ubicado a igual distancia de una y otra meta, el obelisco significa la altura y elevación del cielo, ya que el sol, en el decurso de las horas, en su recorrido de un punto al otro, va ascendiendo a la zona central. En lo alto del obelisco está colocado un adorno dorado que ofrece el aspecto de una llama, simbolizando el enorme calor y fuego del sol" 51. Por otro lado los obeliscos encajaban también con la vieja ideología y veneración "solar" -ciertamente venida por vías distintas y diversas-presente en los reinados de algunos emperadores romanos: Nerón, Vespasiano, Antonino Pío, los emperadores Severos, Aureliano, etc.; todavía Constantino I, que acabaría convirtiéndose en el primer emperador cristiano, había dejado patente con anterioridad su afecto y devoción al Sol en su arco de triunfo en Roma o en sus primeras series monetales o en algunos de los panegíricos que le fueron dedicados 52; pero el primero de todos ellos, Octavio Augusto, ya había dejado clara la devoción de los romanos hacia el astro solar, como demostraría el simple ejemplo del horologio del Campo de Marte y su expresa dedicatoria al Sol. No cabe duda de que en este devoto contexto simbólico, y justamente por la enorme simpatía con la que una ciudad como Roma contemplaba todo lo relacionado con el culto solar, los hipódromos fueron los lugares idóneos en los cuales se habrían de ubicar y levantar preferentemente los monolitos egipcios. Aparte del de Augusto en el Circo Máximo, así ocurrió también con el de Calígula, levantado en la spina del circo Gai et Neronis del Vaticano 53; con el de Adriano, destinado inicialmente a honrar a Antínoo y luego erguido en la spina del Circus Varianus próximo a la Via Labicana; igualmente con el de Majencio, levantado en su propio circo sito junto a la via Appia 54,... Por añadidu-ra los circos eran los lugares donde el poder de atracción de estos monumentos se hacía más rotundo, más cercano a la figura del emperador, y donde quizás el pueblo sentía más y mejor su cualidad de donación imperial. Respecto a la segunda función arriba enunciada de los obeliscos -vinculación con los jubileos reales-es necesario decir que, efectivamente, no todo se resumía en la cuestión de cómo armonizaban las enormes posibilidades ornamentales de estos monolitos con una adecuada ubicación en el contexto urbano, ideológico y religioso de Roma. Objetivamente los obeliscos eran ante todo una donación que los emperadores romanos hacían a la Ciudad; se trataba de un regalo excepcional, exótico donde lo hubiera, cuyo ofrecimiento además comportaba un coste desorbitado en todos los sentidos, de manera que los gobernantes tendieron a aprovecharlo también en beneficio propio, ya fuera mediante la mera exhibición pública del monumento, ya fuera difundiendo expresamente -mediante inscripciones grabadas en él-las virtudes de la acción de su gobierno (munificencia, concordia, popularidad, majestad imperial, etc.), ya fuera recordando o conmemorando determinados eventos (aniversarios de diversa índole, victorias militares, derrotas de los enemigos, visitas oficiales a Roma,...). Respecto en concreto a la conmemoración del triunfo sobre los usurpadores del poder imperial (tyranni), los dos obeliscos tardorromanos de los que trata este trabajo tuvieron añadido este cometido: en el caso del Laterano, dejando memoria (Constancio II) del triunfo sobre el vencido Magnencio, y en el caso del de Estambul, celebrando (Teodosio I) la derrota de Máximo. Los obeliscos siguieron pues conservando a lo largo de toda la época romana algo de la esencia de sus dos funciones más antiguas y genuinas, servir al culto solar y propagar las excelencias de la monarquía. EL OBELISCO DE TEODOSIO I EN CONSTANTINOPLA En su extenso relato del traslado del Laterano a Roma, Amiano Marcelino mencionó como de pasada otros obeliscos egipcios que habían sido trasladados también a la Urbs siglos atrás. Por el contrario el historiador antioqueno no hizo mención a ninguno de los que fueron trasladados y erguidos en otras ciudades del Imperio. Este dato afecta también al obelisco levantado por Teodosio I en el hipódromo de Constantinopla en el año 390, si bien es cierto que el planteamiento de las Res gestae de Amiano no incluía la narración de los hechos posteriores al año 378, y además es muy probable que no llegara a tener noticia del evento (o tiempo para mencionarlo antes de terminar la redacción de su obra o antes de fallecer él mismo) 55. En todo caso para el estudio del obelisco Teodosiano dependemos de otras fuentes (fig. 3) 56. En términos generales la historiografía más reciente se ha centrado sobre todo -y hasta un grado realmente exhaustivo-en el análisis de los dos pedestales en los que se apoya, y en particular en las características y detalles artísticos, iconográficos, simbólicos y políticos de sus relieves e inscripciones, todo ello de factura íntegramente tardorromana (o teodosiana en concreto) 57. Por el contrario no ha habido un interés similar por conocer a fondo las cuestiones problemáticas que más conciernen a la historia del obelisco mismo, que son las que en esta ocasión centran mi atención: cuándo fue trasladado a Constantinopla, cuándo se fracturó, y qué significado político quiso dar el emperador a su erección en el año 390. Al igual que el Laterano, el obelisco de Estambul también fue erigido por el rey Tutmosis III en el templo de Amón de Karnak, aunque algunos autores -incomprensiblemente-sitúan en Heliópolis su ubica- ción original 58. Este faraón conmemoró en él una de sus campañas victoriosas en Siria en el año 1457. En sus textos puede leerse que el rey se vanagloriaba de haber llegado a cruzar el Eufrates en esa ocasión y que ofrecía el monolito a su padre Amón-Rá, Señor de Tebas, por haberle proporcionado la victoria; igualmente el obelisco conmemoraba uno de los jubileos del faraón 59. No obstante, y a diferencia del Laterano (recordemos, un obelisco "único"), éste siempre formó pareja con otro ejemplar, siendo la ubicación de ambos la fachada sur del séptimo pílono, sobre el eje transversal -y secundario-del santuario tebano, no lejos del punto donde a su vez estuvo ubicado el Laterano (fig. 4) 60. Originalmente pudo tener una altura de entre 28 a algo más de 30 metros, pero cuando fue izado en Constantinopla al monolito le faltaba casi un tercio de su longitud, pues como ya dije, se fracturó en algún momento de su periplo entre Tebas y Constantinopla 61. Es ésta una cuestión que no deja de tener interés e importancia, además de ser discutida. En efecto, H. Wrede sostuvo que uno de los dos monolitos que Constantino mandó extraer de Tebas llegó roto a Alejandría o se rompió allí mismo (en concreto el que acabaría viajando a Constantinopla en época de Teodosio I 62 ); esta circunstancia provocó según este mismo autor que Constancio II decidiera que fuera el otro monolito, el Laterano (inicialmente destinado a Constantinopla) el que viajara a Roma en el año 357, ya que se encontraba íntegro y tenía un porte superior al otro. No comparto del todo esta opinión, principalmente porque de haberse quebrado el de Estambul en Alejandría, no creo que ningún emperador posterior se hubiera conformado con semejante monumento para llevarlo y erguirlo en Constantinopla; y sin embargo es seguro que el emperador Juliano intentó trasladarlo, como testimonia una de sus propias cartas ya comentada, y que Teodosio I de hecho lo consiguió, de manera que ello podría ser a mi juicio un indicio de que por entonces el obelisco estaba intacto en Alejandría. Si Constancio intentó trasladar por entonces este otro obelisco a Constantinopla a la vez que el Laterano a Roma es algo que desconocemos y a lo que ninguna fuente se refiere. Por su parte Labib Habachi expuso la sugerente teoría de que el obelisco se fracturó en la propia Tebas y por obra de los rebeldes seguidores del rey Akhenaton, que habrían intentado abatirlo y dañarlo; a juicio de este autor es muy "sospechoso" que, si hubiera estado siempre erguido, algunos reyes posteriores como Ramsés II no lo hubieran aprovechado para grabar en él sus propios "cartuchos" (como hizo en numerosos monumentos y obeliscos que conocemos) 63. No obstante, a mí me parece que es muy poco probable que se rompiera en Tebas, ya fuera en la época y circunstancias que supone Habachi o en cualquiera otra posterior, incluida la época romana en la que se realizaron las labores de extracción y embarque en Karnak, pues cualquier proyecto de traslado en esas circunstancias probablemente habría quedado paralizado: no sería aceptable para un emperador romano (para su propia dignidad y prestigio) hacerse con un monumento quebrado ya en el lugar mismo de extracción, teniendo por el contrario la posibilidad de elegir cualquier otro de los que allí permanecían intactos y erguidos. De hecho la opinión comúnmente aceptada en la actualidad supone que o bien el obelisco se rompió en Alejandría una vez hubo llegado al puerto para ser embarcado rumbo a Europa (hipótesis que descarto), o bien el desastre tuvo lugar en Constantinopla, cuando había alcanzado su destino final (la hipótesis más probable a mi juicio). En este segundo caso, y aunque desconozcamos la causa que originó la fractura, ésta tuvo que haber ocurrido desde luego con la suficiente antelación al izado del obelisco en el hipódromo, quizá durante las labores de desembarco en el puerto de la ciudad, o más probablemente durante los preparativos de su erección en el hipódromo 64, pues el complejo pedestal doble que lo sostiene se proyectó expresamente -como todo el mundo supone-para recibir la anchura y las dimensiones de la base de la pieza -rota-que fue izada, y no para la base que habría tenido el obelis-co en origen, que obviamente tendría que haber sido algo más grande (fig. 7) 65. Ello podría explicar por qué el monumento le pudo resultar aceptable al emperador Teodosio: llegado el obe-lisco a Constantinopla era poco menor en tamaño al que se alzaba en el Circo Máximo de Roma, y más adelante, ya roto, el elaboradísimo pedestal que se diseñó para sostenerlo y exhibirlo (con su excepcional decoración escultórica y con toda su "carga" iconográfica, ideológica y simbólica) compensaba el espectacular tamaño del Laterano; incluso las dos bases que lo componían lograron que el monumento se elevara hasta una altura de 25,60 metros. Aparte de la rica decoración en relieves que contienen, la inferior lleva grabadas dos inscripciones, una en latín y otra en griego, las cuales aludían a distintos pormenores Figura 7. Detalles del sistema de apoyo del obelisco de Estambul sobre su pedestal. En "B", los tacos de bronce sobre los que el monolito se asienta sobre la primera base de mármol ("C"). Ésta es a su vez recibida por la segunda ("D"); cuatro tacos de granito la ayudan a soportar el peso y mantener bien equilibrado el conjunto. Obsérvese en "B" la línea de aserrado que sufrió el monolito para poder erguirlo después de haberse fracturado. En "D", el euripus del hipódromo un día de carreras. A B C D de la obra realizada 66. Se desconoce su autor, pero la tarea le habría sido encomendada por el alto funcionario imperial responsable de levantar el monolito, el praefectus Urbi Próculo, como hacen constar los dos epígrafes 67. Ya conocemos las vicisitudes por las que pasó el obelisco "teodosiano" desde su extracción en Tebas (junto con el Laterano) hasta que el emperador Teodosio I logró finalmente conducirlo a Constantinopla. El obelisco ciertamente se encontraba en la capital en el año 390, fecha en la que el cronista oriental Marcelino hizo constar que en la capital "obeliscum in circo positum est" 68. Esta fecha es bastante segura y admite pocas dudas teniendo en cuenta los eventos que mencionan los epígrafes del pedestal y la prosopografía presente en los mismos 69. Es necesario decir no obstante que hace unas cuantas décadas se defendió la hipótesis de que una vez llegado el obelisco a la capital se intentó levantarlo, no en el hipódromo, sino en el Strategeion 70. Se apoyaban en concreto en la omisión flagrante que la Notitia Urbis Constantinopolitanae, redactada ya en el siglo V, hizo sobre el obelisco, y su alusión, por el contrario, a que un "obelisco tebano" fue levantado en aquel edificio 71; concluían esos mismos autores que este monolito fue dañado por un terremoto más adelante, trasladándose entonces la pieza rota superior y más larga al hipódromo. E. Iversen en 1972 rechazó esta hipótesis con argumentos contundentes, y después de él otros autores, siendo en esencia los argumentos en contra que la evidencia textual existente (la del propio obelisco incluida) contradice completamente la omisión de la Notitia; que además un obelisco no encajaba en la decoración de un edificio de carácter militar como el Strategeion (y rompía, añadiría yo, la vinculación tradicional del circo y los obeliscos monumentales); y en fin, que hay constancia arqueológica de que en Constantinopla fueron levantados otros obeliscos en diversos lugares de la ciudad aparte del "teodosiano" (y alguno posiblemente tebano) 72. No existen pues razones suficientes para dudar de que el obelisco fuera destinado desde un principio a formar parte de la ornamentación de la spina del hipódromo de Constantinopla en el año 390, siguiendo así fielmente la tradición de los obeliscos erigidos en los hipódromos de Roma y en particular de los dos que estaban ya levantados en el Circo Máximo, tal y como confirma la observación del tardío Chronicon Paschale, 528, según el cual el circo de Constantinopla se construyó a imitación del Maximus romano. Como éste, su euripus llegaría a estar adornado -a lo largo de los siglos IV a VI-por una numerosa colección de obras de arte y esculturas de diverso porte y carácter (estatuas de dioses y héroes, de emperadores, de personajes públicos, de imágenes y grupos iconográficos alusivos a Roma), y también de diversos monumentos (fig. 9) 73. Pero el obe-Figura 9. En "A" el pseudo-obelisco aparece en línea y detrás del teodosiano, ambos en sus ubicaciones originales. Estado actual de conservación del trabajo de mampostería del pseudo-obelisco ("B"). Ambos monumentos están hoy rodeados por un parque que ocupa la pista del antiguo hipódromo. Ésta y las sombras de los obeliscos se aprecian en el centro de la foto aérea. Fotos del autor y del sistema cartográfico Google Earth (año 2006). En "A", grabado de Onofrio Panviano del año 1600, procedente del De ludis circensibus, libri II, publicado en Venecia, en el cual es posible observar el aspecto ya muy arruinado que presentaba el edificio. En "B", un dibujo del The Freshfield Album (en la Trinity College Library de Cambridge, MS 0.17.2 folio 20) que muestra hacia finales del siglo XVI los monumentos más singulares de la spina, entre ellos el obelisco de Teodosio y el pseudo-obelisco. Imágenes procedentes de S. Bassett, op. cit. n. A B lisco teodosiano necesitaba tener un "compañero" junto a él para hacer mas fiel la copia, y el ejemplar elegido fue un monumento realmente singular, el llamado pseudo-obelisco. Se trata de un monolito de 32 metros de altura cuya factura imitaba a los genuinos obeliscos egipcios (fig. 8), pues estaba construido a base de un trabajo de cantería en piedra que originalmente debió tener un revestimiento hecho con un material desconocido. Ignoramos también su fecha de construcción. Algunas veces se ha atribuido al emperador Constantino VII Porfirogeneta, pero sabemos que éste se limitó solo a restaurarlo en el siglo X, supliendo su revestimiento original -que se debió degradar muy pronto-con placas de bronce, y dejando constancia de ello en una inscripción. Sarah Bassett y Cyril Mango sostienen que fue construido con mucha probabilidad en la misma época en la que el obelisco "teodosiano" fue trasladado al hipódromo, de manera que una vez quedaran emplazados ambos monumentos en el euripus del circo imitaron con fidelidad la spina del Maximus de Roma, tal y como certifica la observación del Chron. Estos dos obeliscos, muy en particular el teodosiano, servían no ya solo de monumental ornamento al hipódromo, sino también de formidable medio de propaganda de la buena imagen pública y del prestigio de los emperadores, funciones ambas tradicionales desde tiempos antiguos, como ya he dicho. El escenario circense siempre poseyó además una formidable importancia política como espacio de expresión popular del demos y de comunicación -bastante precaria pero casi siempre eficaz-entre el gobernante y sus súbditos 75. En este mismo sentido, tal y como ha explicado B. Kiilerich de una forma particularmente exhaustiva, los emperadores tendieron casi siempre a erigir monumentos de carácter propagandístico (sobre todo en la spina del hipódromo pero no solo allí), en los que su imagen de emperador semper victus apareciera intencionadamente asociada a la imagen del auriga victorioso en las carreras 76. Las dos bases cuadrangulares que sustentaban el obelisco constantinopolitano (con las ocho caras resultantes decoradas con bajorrelieves) sirvieron muy bien a esa función, representándole presidiendo las carreras en el palco presidencial (kathisma) acompañado por algunos miembros de la familia imperial y flanqueado por algunos funcionarios 77, y además con las dos inscripciones en griego y latín ya mencionadas publicitando a los cuatro vientos la victoria de Teodosio sobre los "tiranos". Puede afirmarse que toda esta iconografía tenía una lectura simbólica e ideológica mucho más densa y definida que la que pudo transmitir el Laterano en el escenario del Circo Máximo, y además estaba orientada de forma precisa y muy calculada, de forma tal que unas escenas estaban destinadas a ser vistas por los espectadores en general mientras que otras lo estaban solo a los que ocupaban los asientos del kathisma 78. Así pues es relativamente sencillo advertir que los conceptos e ideas que pretendía evocar el monumento teodosiano eran sobre todo los relacionados con "victoria", "legitimidad", "munificencia", "armonía" (del buen gobierno), "sintonía" (entre el gobernante y los gobernados), "lealtad"... Finalmente, todo parece indicar que el obelisco fue levantado cuando Teodosio I se encontraba ausente de la capital, primero atareado en Occidente con la usurpación de Máximo en Galia (resuelta en el 388), luego con la inevitable restauración del buen gobierno del Imperio a través de toda clase de disposiciones y nombramientos emitidos desde Roma, Milán y Aquileya, y finalmente con la pacificación de algunas fronteras del Imperio que habían conocido revueltas. Todo ello postergó su adventus -triunfal-a Constantinopla hasta noviembre del 391. El obelisco fue levantado cuando todavía Teodosio no se había convertido de hecho en el único emperador del Imperio (esto solo sucedería a la muerte de Valentiniano II en mayo del 392). De manera que tampoco parece probable a priori que la motivación del emperador para ordenar el traslado del obelisco desde Alejandría a Constantinopla y su posterior colocación en el circo fuera la celebración del adventus imperial mediante la donación a la ciudad de un formidable monumento, o la de algún aniversario relacionado con el acceso del emperador al poder único del Imperio, tal y como sucedió en el caso analizado del Laterano o de otros anteriores (por ejemplo, el ya mencionado obelisco de Domiciano, trasladado mucho después al circo de Majencio). También hay que descartar obviamente las antiguas motivaciones de tipo religioso. Teodosio se había declarado muy temprano (desde febrero del 380) ortodoxo católico: como es bien conocido, ello no le impidió contemporizar con las elites paganas en determinados momentos (como tampoco el credo cristiano -arrianose lo impidió a Constancio II en la pagana Roma tardorromana), pero desde luego en la última década del siglo IV ello sí le alejaba mucho de considerar a los obeliscos egipcios desde una perspectiva religiosa, ya fuera como monumentos venerados y reverenciados por una primaria devoción popular, o menos aún, como acreditados símbolos de la antiquísima teología solar a la que habían representado (incluso en Roma). El traslado y la erección de obeliscos por parte de los reyes egipcios o por los emperadores romanos puso a prueba una vez más al hombre antiguo sobre su capacidad de acometer grandes empresas -por otra parte acreditada en otras muchas facetas-en las que era crucial una buena combinación de tecnología, movilización de recursos y coordinación de los mismos. A lo largo de las páginas precedentes creo que se ha podido entrever bien que la empresa de trasladar estos monumentos a Europa fue siempre realmente complicada, y los factores que podían arruinarla o simplemente retrasarla y llenarla de dificultades podían ser cuantiosos e inimaginables: como se ha visto, uno de los dos obeliscos que han sido objeto de nuestra atención tardó más de 50 años en llegar a Constantinopla desde la lejana Tebas; tuvo que ser izado roto, no era el que en un principio estaba previsto que llegara, y en el intervalo permaneció muchos años abandonado en las playas de Alejandría. La civilización egipcia, que había sido capaz de levantar estructuras de la envergadura de la pirámide del rey Kheops, no se arredró a la hora de extraer de las lejanas canteras del sur del país bloques de piedra de varios cientos de toneladas de peso, arrastrarlos hasta la orilla del Nilo y transportarlos hasta los grandes santuarios del centro y del norte de Egipto. Creo que a la vista está que la civilización romana tampoco. Por ello, porque nada de lo anterior se hizo sino a través de un notable esfuerzo, es por lo que encaja bien el ligero tono de orgullo que Constancio II y Teodosio I dejaron entrever en las inscripciones grabadas de sus respectivos obeliscos, el primero por haber erguido en Roma un obelisco "cortado y arrancado de la roca tebana" (caesa Thebis de rupe revellit) 79, y el segundo por haber elevado otro en Constantinopla "hacia lo alto de los cielos" (superas elatus ad auras), y "pese a las dificultades" (difficilis quondam...) 80. Por lo demás, los obeliscos constituyeron un capítulo muy relevante en la larga lista de expolios de objetos y monumentos de toda clase que sufrió el país del Nilo a lo largo de toda la época romana 81. Los obeliscos fueron concebidos en origen para servir a la religión, tanto en el contexto del culto solar como en el más "político" de conmemorar los jubileos reales. Quizá por eso de ellos siempre emanó un indudable prestigio como monumentos ornamentales y conmemorativos que ni tan siquiera los sucesivos Papas de Roma dejaron de aprovechar para su propio interés en los siglos más recientes (desenterrándolos, irguiéndolos otra vez y, eso sí, purificándolos de los antiguos "demonios" que los habían dominado mediante cruces de hierro ancladas en sus pináculos). La original función religiosa que tuvieron fue difuminándose y anquilosándose cuando la civilización egipcia -en el propio Egipto-se imbricó con la de los griegos macedonios primero y con la de los romanos después, y en esta misma medida la necesidad de servir a los intereses políticos de los gobernantes no dejó de crecer. La pura inercia -es decir, la pujanza de la tradición desprovista del sustrato religioso-hizo que los gobernantes extranjeros del país del Nilo siguieran irguiéndolos junto a los templos. Todavía lo hizo Augusto en el Caesareum, y antes los reyes lágidas. Pero más allá de Egipto, en Roma y en Constantinopla, desarraigados de su contexto religioso original y trasladados a espacios anacrónicos e incongruentes, se les aprovechó sobre todo para otros fines; o más bien pasaron a ocupar un primer plano algunas funciones y cualidades que habían sido secundarias en el pasado. Es decir, el obelisco demostró ser capaz de adaptarse a cada época, confirmando así una de las principales cualidades para las que fue creado: la eternidad. La erección de obeliscos en el mundo romano fue un acto religioso y político a la par, lo que no tiene nada de extraño teniendo en cuenta la estrecha relación e interdependencia que siempre hubo en el mundo antiguo entre religión y política. Conservaron sin duda algo de la esencia de sus dos funciones más antiguas y genuinas, servir al culto solar y propagar las excelencias de la monarquía a través de la mención honorífica de sus representantes en el poder. Y en efecto, en la Roma de los primeros siglos de la actual Era, desde Octavio Augusto y hasta al menos Majencio, los obeliscos Notas a la tabla: SOBRE-NOMBRE CONTEXTO ORIGINAL EN EGIPTO (1) Los datos contenidos en esta Tabla proceden de los trabajos de Labib Habachi, Anne Roullet, Jean-Claude Goyon et alii y Sarah Basset mencionados en el artículo. (2) Las dimensiones (altura y peso) de los obeliscos es una cuestión muy problemática en general pues varían de un autor a otro, a veces de forma sensible. Algunos olvidan mencionar si la altura que registran se refiere solamente a la del monolito o bien a la suma de la de éste y su pedestal (antiguo y/o moderno). Por consiguiente, las alturas y pesos registrados en la Tabla deben tomarse con esta reserva. (5) El general británico Alexander -que actuó en buena parte como representante de su gobierno-fue solo el último eslabón de la larguísima cadena de esfuerzos e inciativas particulares que desde fines del siglo XVIII consiguieron que la opinión pública inglesa, la Reina y el propio gobierno británico acabaran interesándose finalmente por el proyecto de trasladar el obelisco alejandrino a la ciudad de Nueva York. (6) Ya se ha dicho en el texto que Sarah Basset, Cyril Mango y otros autores han estimado como muy probable una fecha perteneciente a la primera mitad del siglo IV. Se desconoce de qué tipo o material fue el revestimiento original. En la restauración del monumento que se hizo en el siglo X por Constantino VII Porfirogéneta, se le revistió con planchas de bronce muy pulidas, las cuales desaparecieron en el siglo XIII por obra de los saqueos a los que fue sometida Constantinopla por los cruzados. Ubicación Peso (2) y Material siguieron siendo respetados y venerados por las gentes como viejos monumentos sagrados, o como manifestaciones concretas y materiales del simbolismo cósmico del culto solar, tal y como al parecer ocurría en las playas de Alejandría en época del emperador Juliano y sin duda también en la Roma tardorromana. Pero ya mucho antes Augusto había sabido aprovechar todas estas cualidades de los obeliscos dedicando uno al Sol y haciéndole además formar parte preeminente de una vasta estructura de carácter solar (el Solarium); pero al mismo tiempo lo convirtió también en monumento conmemorativo de su conquista de Egipto, de modo nada simbólico, sino muy real y pragmático, haciendo ver con él que ninguna actitud belicosa habría de tener Roma para con el país vencido, y marcando a sus sucesores cuál sería en adelante el criterio central a seguir en su administración: escrupuloso mantenimiento (e incluso asunción) de las tradiciones monárquicas y religiosas del país 82. El Laterano fue en esencia un magno regalo imperial a la Urbs para contribuir a su belleza y monumentalidad -único motivo que menciona explícitamente Amiano-y pudo venir impulsado por dos buenas razones políticas (entre las que sin duda estuvo presente la política religiosa): agradecer de antemano el recibimiento de la pagana Ciudad al cristiano emperador Constancio en el año 357 y realzar la presidencia de éste en los ludi circenses celebrados en el Circo Máximo en honor de él mismo y en el de su padre. La inauguración de un monumento como el Laterano en ese escenario era perfectamente congruente, cumplía exactamente con la tradición, y armonizaba con el simbolismo religioso vinculado al edificio; a nadie sentado en las abarrotadas gradas del circo -de cualquier circo-podía sorprenderle, ni parecerle raro o extravagante ver erguido un obelisco egipcio en la spina. Podemos conjeturar que el gesto de Constancio II supuso en sí mismo hacer ver a la población romana y a sus más altas autoridades que él también era el gobernante y principal benefactor de la todavía muy pagana capital imperial, y que por ello, lejos de molestarle el apego de la metrópoli a los cultos tradicionales de los dioses antiguos, él mismo se presentaba como parte indisoluble de la grandeza de Roma contribuyendo a realzarla con un monumento colosal, exótico y muy pagano. Con la erección del obelisco teodosiano se abandonaron todas las connotaciones y matices de tipo religioso, encubiertos o visibles, en la ya muy cristiana Constantinopla; se respetó el lugar tradicional en el que los obeliscos fueron siempre erguidos en la cultura romana, pero se dió paso solamente a lo puramente político. El obelisco fue desprovisto de casi todas sus funciones anteriores, para quedar convertido primordialmente en un formidable soporte publicitario de la imagen imperial y de la naturaleza de su gobierno. Se irguió en el escenario donde la comunicación entre el emperador y los gobernados era más franca, directa y visible, y el monumento incluso se orientó de tal manera que los diferentes estratos sociales pudieran leer los mensajes imperiales dirigidos a cada uno de ellos en particular; para el conjunto del demos el monolito (como ya había hecho Constancio con el suyo) conmemoraba y evocaba la victoria de Teodosio sobre los tiranos con sus inscripciones e iconografía, de manera que la legitimidad del emperador sobre aquellos que habían intentado arrebatársela quedaba adecuadamente subrayada en él. La imagen triunfal y victoriosa del emperador se apropió definitivamente del escenario lúdico, y la antiquísima y tradicional vinculación entre religión y política, lejos de seguir confundiéndose, cobró una distinción clara en el hipódromo constantinopolitano. En fin, las sensibilidades de tipo religioso que podían haber reflejado o evocado los obeliscos -como en general todas las que real o simbólicamente afectaron al paganismo tardío-fueron restringiéndose cada vez más al selecto círculo de los intelectuales, de los pensadores y de la gente culta a medida que pasó el tiempo; por el contrario, la gente común, la mayoría de la gente, probablemente veía en estos monumentos cosas mucho más primarias (y que los gobernantes se esforzaron por hacer evidentes), tales como símbolos asociados al poder y la munificencia imperial, colosales soportes propagadores de la imagen de los emperadores y de las excelencias de la monarquía, ornamentos inmensos y exóticos generadores de prestigio por la inercia del carácter sagrado que habían tenido en el pasado... Yo creo que acabaron convirtiéndose solamente en esto.
suficientemente estudiados, y los que conocemos parecen ser una muestra escasa de los que realmente debió haber. De los cinco conocidos, el de Berja pertenece a un pequeño núcleo urbano, el de Carmona puede ser un anfiteatro militar y los tres mayores, los de Itálica, Écija y Córdoba, son grandes edificios con características muy similares en el diseño y construidos en un corto espacio temporal. Parten de un óvalo en el que la relación entre sus focos es un triángulo pitagórico con una distancia de 120 pies romanos entre los focos del eje mayor y de 160 entre los del eje menor que marcan el ancho de la arena. El número de arcos de fachada se obtiene de multiplicar por 40 la media de los semiejes y dividirlo todo por el ancho de la cávea, 40R/C, sistema aplicable a la mayor parte de los grandes anfiteatros imperiales salvo el Coliseo y Capua cuyos arcos se obtienen a partir de 50R/C; la altura desde la cota de la arena es 44/7 veces el intercolumnio. La Bética, fue una de las regiones más ricas y densamente pobladas del territorio imperial que tuvo un papel destacado en los acontecimientos bélicos del último siglo de la República, lo que la dotó de las condiciones idóneas para ubicar en su solar un número importante de anfiteatros. Y, al menos parcialmente, parece que fue así. La Bética acoge los anfiteatros más monumentales y de mayor aforo de toda Hispania, aunque lejos de la concentración que se produce en otras partes del Imperio1. La epigrafía nos habla de una importante cifra de referencias (Ceballos 2007; Ceballos y Ceballos 2003) a espectáculos gladiatorios y, no obstante, podemos hablar con certeza de cuatro o, a lo sumo, cinco anfiteatros conocidos en toda la región (Fig. 1), lo que nos hace pensar que debieron ser algunos más; faltan, (Durán et alii 2009: 15-17) con gran probabilidad, anfiteatros en las otras capitales conventuales, Gades (Cádiz) e Hispalis (Sevilla), junto a otros menores ubicados en centros urbanos más pequeños pero con cierta pujanza económica entre los que Berja (Cara 1986) puede ser un claro ejemplo. Existen datos que parecen reforzar esta apreciación. de Guadaira, Sevilla)2, Sisapo (Zarzalejos et alii 2010: 835-837), a caballo entre la Bética y la Tarraconense, Ucubi (Espejo, Córdoba) o Carteia (San Roque, Cádiz) (Thouvenot 1940: 457) este último confundido con los restos del teatro romano3. Aquí vamos a trabajar con los cuatro más conocidos, Itálica, Écija, Córdoba y Carmona, de los que contamos con una información arqueológica suficiente para analizar su forma y diseño. Entre todos componen una muestra significativa del fenómeno gladiatorio y de sus edificios en la Bética. En lo referente a la investigación arqueológica de este tipo de edificios, el panorama no parece muy alentador. El número de anfiteatros actualmente conocidos está infrarrepresentado y ni siquiera el edificio emblema, el anfiteatro de Itálica, ha sido estudiado con la necesaria profundidad, con la salvedad de los primeros trabajos de excavación realizados entre el siglo xix y principios del xx, a los que tenemos que añadir los trabajos de Corzo y Roldán para el coloquio internacional de Mérida de 1992 (Corzo 1994a; Roldán 1994). La mayor parte de los datos, por tanto, son producto de estudios arqueológicos realizados hace tanto tiempo que son difícilmente homologables a las exigencias científicas de hoy día. Con todo, es necesario comenzar a estudiarlos desde diferentes ópticas y escalas, desde análisis generales a estu-dios específicos de cada uno de ellos, y que abarquen desde su diseño, arquitectura, cronología, función y evolución, y, por supuesto, sus implicaciones en la sociedad romana. Consideramos importante incidir en la necesidad de realizar levantamientos planimétricos precisos indispensables para un análisis formal del edificio y para poder restituir su geometría 4. Si analizamos la datación propuesta para estos edificios, observaremos que el panorama que se dibuja es extremadamente homogéneo. El anfiteatro de Itálica se construyó en el siglo ii d.C. dentro del programa adrianeo de ampliación de la ciudad, convirtiéndose en un auténtico paradigma de anfiteatro en nuestra región. El de Écija (Carrasco y Jiménez 2008a) posee muchas características comunes con el modelo italicense y su cronología, establecida en principio por los materiales arqueológicos más recientes recuperados de los depósitos de cimentación del edificio con posterioridad a la época julioclaudia, podría fecharse ya en el siglo ii d.C., quizás de manera coetánea o posterior al de Itálica. La misma consideración podemos hacer del recientemente estudiado anfiteatro de Córdoba (Vaquerizo Gil y Murillo Redondo 2011), donde los materiales sugieren un momento postneroniano o incluso post Flavio. Dedicaremos un amplio espacio a la revisión del estudio de este anfiteatro que nos mostrará una realidad algo diferente a la expresada por sus autores y que revelará importantes concordancias con los edificios italicense y astigitano, lo que puede apuntar a una cronología bastante cercana entre estos anfiteatros. Completamente diferente es el caso de Carmona. El anfiteatro carmonense se fecha en el siglo i a.C., con unas características formales que lo emparentan directamente con los ejemplares más antiguos conocidos de la Campania, en concreto con el de Pompeya. Formal y cronológicamente dista mucho de los otros edificios béticos como consecuencia de un origen y un destino diferentes, como veremos abajo. 4 Mucho se ha debatido sobre si los romanos conocían la elipse y, aun siendo así, si pudieron aplicarla de una manera práctica en el diseño y traza de los anfiteatros. Desde la negación absoluta, hay quien asegura que no la emplearon nunca (Huerta 2007: 217), a pesar del tratado Sobre las secciones cónicas de Apolonio de Perge (262-190 a.C.) Sin embargo, el análisis geométrico de muchos de estos edificios ha mostrado que fueron trazados con verdaderas elipses, caso de Pompeya (Duvernoy y Rosin 2006) o incluso el propio Coliseo (Michetti 2000). Tenían el conocimiento geométrico y varias opciones para su traza solventando cualquier problema, entre ellas el empleo de un elipsógrafo (Duvernoy 2002: 90-91). El anfiteatro de Itálica es el referente de este tipo de edificios en la Bética. Salvado en el último instante de la destrucción absoluta bajo los barrenos y la pólvora para la construcción de un muro de defensa contra las avenidas del Guadalquivir en Sevilla (Ríos 1862: 13), fue objeto de un profundo interés que acabó con su excavación completa (Rodríguez 1991). No obstante, este interés no ha culminado en un trabajo de investigación global que analizase el edificio en todas sus vertientes, un lamento reiterado en las publicaciones sobre el edificio (Corzo 1994a: 187, Bellido 2009: 34). Sin embargo, sí se ha hecho un gran esfuerzo investigador en su aspecto histórico y, en concreto, en el análisis historiográfico y de sus espacios de culto (Beltrán y Rodríguez 2005, Beltrán 2001a, Beltrán 2002). El anfiteatro se situó anexo al lienzo norte de la muralla de la Nova Urbs, junto a la puerta del cardo máximo, uno de los principales accesos a la ciudad. Probablemente su ubicación dependiera, en gran medida, de las condiciones topográficas idóneas para el desarrollo del programa constructivo previsto, pero también debió pesar en la elección la búsqueda de un sitio que fuera muy visible y concurrido. El lugar elegido reunía todas las cualidades, junto a una de las puertas principales de la ciudad y mostrando su fachada oriental a la vía que unía Hispalis (Sevilla) con Augusta Emerita (Mérida) (Fig. 2). Aunque se han propuesto algunas dataciones diferentes, parece consensuado y evidente que el anfiteatro se creó dentro del proceso de la ampliación de la antigua Itálica, en un programa urbanístico y arquitectónico donde destacarían el Traianeum (León 1988) y el anfiteatro5. Medidas similares recoge Corzo en su artículo sobre este anfiteatro y, junto con Wilson Jones, establece que las medidas en unidades romanas corresponden a 520 por 440 pies, utilizando la equivalencia del pie romano igual a 29,57 centímetros (Hultsch 1882: 76, Rottländer 1996). Convienen asimismo en el esquema geométrico generador, aunque en este caso Corzo no lo explicite y lo refleja sólo en una de las ilustraciones (Corzo 1994a: fig. I). Según define Wilson Jones, en este esquema la relación entre los cuatros focos del óvalo es un triángulo pitagórico con razón 3:4:5, con un módulo de 20 pies, de tal manera que la distancia entre los focos del eje mayor es de 120 pies y de 160 la de los focos del eje menor (Wilson Jones 1993: 403). El ancho de la arena queda limitado por los focos del eje menor, 160 pies, mientras que su longitud alcanza los 240, que sumado a los 140 pies calculados para el ancho de la cávea completan las dimensiones globales. Estructuralmente, el edificio está parcialmente soterrado, construyéndose sobre la superficie el equivalente a la media y summa cavea y los tramos de fachada del eje mayor, ya que los constructores aprovecharon una vaguada para servirse de las laderas de las riberas del arroyo para la construcción del graderío. La estructura se sustenta en una serie de 68 ó 72 6 muros radiales con centro en los cuatro focos del Figura 2. Plano de Itálica con la situación del anfiteatro al norte de las murallas de la ciudad. La fachada se articula mediante una serie de 68 arcos apoyados sobre pilares. Más difícil resulta, no obstante, establecer la altura de la misma, el número de órdenes superpuestos y, en definitiva, su aspecto final. Golvin, en la sección transversal propone una fachada de dos arcadas y un ático pero, considerando que el edificio estaba parcialmente soterrado, en las puertas principales del eje mayor debió mostrar tres arcadas superpuestas y un ático ciego (Golvin 1988: fig. XLII.2). Corzo, sin embargo, representa la fachada principal con una doble arcada superpuesta (Corzo 1994a: fig. III), con un orden inferior extremadamente alargado que es la interpretación llevada a la realidad virtual por el proyecto Itálica Virtual (Grande y Rodríguez 2011: fig. 29-30). En principio, para conocer el aspecto exterior es imprescindible deducir la altura de la fachada, que va a depender de dos factores: del ancho de la cávea y de su inclinación. El ancho del graderío está vinculado con el aforo previsto para el edificio y su inclinación, para los grandes anfiteatros imperiales de estructura hueca, generalmente es mayor de 30o e inferior a los 40o7. Conocida la altura, sólo hay que decidir el número de plantas y proporción entre los distintos órdenes que define, en última instancia, la luz de cada arco. Dos son las principales soluciones ante esta circunstancia: seguir el modelo canónico del Anfiteatro Flavio con tres arcadas superpuestas y un ático ciego, como El Djem, o dos arcadas más ático que se convierte en la solución más común, como podemos observar en Verona, Pola, Nimes o Arlés. Wilson Jones, a partir del análisis de la fachada del Coliseo, estableció una división en 6 partes para las dos arcadas superiores, de forma que 1 parte era para el pedestal o podio, 4 para la columna y una para el entablamento. La relación entre el ancho de cada arco, medido de eje a eje de las semicolumnas adosadas, es de un doble triángulo equilátero que, aritméticamente, corresponde a √3 = 1,73 (Wilson Jones 1993: 429-432). El orden inferior, al carecer de podio, tendría 5 partes, en lugar de 6, con lo que su proporción ancho/ alto sería de 1,44. Un acercamiento a estos valores decimales los hallamos en las siguientes fracciones 12/7 para √3 y 10/7 para la proporción del primer orden; de esta manera, una fachada compuesta por una planta baja y un ático con proporción 10/7 y las dos arcadas intermedias de 12/7, alcanzaría una proporción Figura 3. Restitución hipotética de la planta y sección del anfiteatro de Itálica según autor. Esquema de proporciones de la fachada considerando ésta de altura igual al ancho de la cávea y desarrollo de la fórmula para el cálculo del número de arcos en fachada, donde I equivale al ancho de los intercolumnios, R es el radio, L la longitud total del edificio y A su anchura; N es el número de arcos de fachada y C el ancho de la cávea. total intercolumnio/altura de 44/7 coincidente con la aproximación romana a 2π. Con estos datos podemos desarrollar hipótesis sobre la composición de la fachada y la altura de los órdenes (Fig. 4). A partir de lo expuesto, proponemos que existe una evidente conexión entre el perímetro del edificio, su altura, el número de arcos en fachada y el ancho del intercolumnio de los mismos, que se establece con una fórmula que simplifica y resume los cálculos que hemos descrito. El número de arcos en fachada se deduce de la siguiente operación (L+A)/C*10, donde L es la longitud del eje mayor del edificio, A la longitud del eje menor y C el ancho de la cávea; o lo que es lo mismo (4R/C) *10 8, donde R es la media de los semiejes de la planta del edificio. En el caso de Itálica, (520+440)/140*10= 68,57, redondeando a números enteros divisibles entre 4 implica 68 arcos, teniendo en cuenta que el número total de arcos debe ser divisible entre 4 y resultar un número entero de tal manera que cada cuadrante tenga el mismo número de arcos y coincida un vano en cada uno de los cuatro ejes principales. De esta manera, la arcada inferior alcanzaría una altura de 32 pies o 9,49 metros; las arcadas primera y segunda llegarían hasta los 38,5 pies o 11,4 metros; el ático quedaría sujeto a las dimensiones del pórtico que coronaría la summa cavea que podría llegar a 30,7 pies ó 6,6 metros, con lo que la altura del edificio sería igual al ancho de la cávea. Igualmente, si la altura de la primera planta era de 9,49 metros, la altura de la columna sería de 4/5 ó 7,6 metros lo que nos daría un ancho en el imoscapo de 76 centímetros muy cercanos a los 72 cm medidos en campo sin el revestimiento (Fig. 5). 8 Hemos utilizado las medidas que recoge Wilson Jones (1993: 441-442) que, por otra parte, muestran cierto grado de incertidumbre entre las diferentes cifras. El diseño geométrico generador tiene una especial incidencia en el número de arcos de fachada, de esta manera, Pozzuoli con la misma longitud que Itálica tiene un mayor número de arcos puesto que la razón entre radio y ancho de cávea es también mayor al ser ésta última inferior a Itálica; la decisión sobre el número de plantas va a depender de la inclinación dada al graderío. Esta proporción no es exclusiva del anfiteatro de Itálica y también es aplicable a los de Pola, Verona, Pozzuoli o El Djem. Ahora, dividiendo el perímetro entre el número de arcos, obtenemos el valor del intercolumnio: (L+A)*π/2= 1835 /80=22,94, es decir, los 23 pies del intercolumnio del Coliseo. Si se hubiese seguido 40R/C el perímetro tendría 64 arcos de 28,7 pies de anchura, una luz quizás excesiva para soportar la carga de toda la fachada. Otras excepciones son Nimes y Arlés que se resuelven con la elección de la composición de fachada en tres alturas de proporción 12/7 que da un total de 36/7 que multiplicado por 44/7 ofrece el valor de 32R/C. Salonae (Solin, Croacia) tiene 68 arcos en su fachada deducidos a partir de 36R/C, obtenido de una fachada articulada a partir de cuatro órdenes en proporción 10/7 (40/7*44/7= 35,9) (Fig. 6). En resumen, el modelo del anfiteatro de Itálica sería un esquema particular evolucionado de la práctica de construcción de anfiteatros monumentales durante el siglo i d.C., basado en un óvalo de cuatro focos con proporción entre ellos de triángulo pitagórico 3:4:5 en el que el ancho de la arena está limitado por los focos del eje menor; el número de arcos se obtiene mediante la fórmula 40R/C ya utilizada en los anfiteatros de Verona, Pozzuoli y, posteriormente, en El Djem, con el que va a compartir muchos de los rasgos de su diseño general. Este hecho implica que la estructura de la fachada no sería una decisión arbitraria por parte del arquitecto, al contrario, estaría condicionada por el esquema generador de la planta del edificio y la capacidad deseada para el mismo que determina el ancho del graderío. La capacidad del edificio se ha establecido entre unos rangos que oscilan entre los 20000 y los 35000 espectadores (Ceballos y Ceballos 2003: fig. 1), un margen demasiado amplio e incierto como para establecer conclusiones a partir de este dato. Golvin (1988: 380-381) La siguiente pregunta obligada es si Itálica llegó a contar con el número de habitantes suficientes para llenar las gradas o si la capacidad del edificio era superior a la población local. La estimación de población de una ciudad antigua es realmente compleja y ha dado lugar a cálculos que ofrecen cifras muy dispares para las mismas ciudades (Gozalbes 2007). La población de una ciudad quedaría definida por la extensión en hectáreas multiplicada por su densidad, que Carreras ha establecido en 326 habitantes por hectárea para los centros primarios y de 233 para los secundarios (Carreras 1996: 102). Tabla para el cálculo del número de arcos de fachada de los principales anfiteatros romanos. L es la longitud del edificio; A, la anchura; l, la longitud de la arena; a, anchura de la arena; C, ancho de la cávea; P, perímetro del edificio; 40R/C, la fórmula por la que se obtiene el número de arcos; Narc*, número de arcos considerando el número entero más próximo divisible entre 4; Luz*, intercolumnio obtenido a partir de P/Narc*; Narc, número real de arcos del anfiteatro; Luz, ancho real del intercolumnio. Todas las medidas están en pies romanos y han sido tomadas de Wilson Jones (1993: Tabla 3a), salvo las de Córdoba y Écija. ANFITEATROS ROMANOS EN LA BÉTICA: REFLEXIONES SOBRE SU GEOMETRÍA, DISEÑO Y TRAZA sólo un paso por detrás de éste último y comparable a los nuevos de Pozzuoli y Capua. EL ANFITEATRO DE ÉCIJA El anfiteatro de Écija fue demolido en el siglo xix para la construcción de la plaza de toros de la ciudad. De esta manera, la mole que había permanecido visible desde su construcción quedó definitivamente sepultada. Los restos que quedaron fuera del coso se dibujaron y publicaron en el catálogo encabezado por Hernández Díaz, un croquis que, a pesar de su falta de exactitud geométrica, es el documento más completo para la restitución de su forma (Hernández et alii 1951: 70 y fig. 22). En 1995 se realizó una intervención de urgencia que supuso el primer acercamiento arqueológico al anfiteatro astigitano (Carrasco 1999) y cuyos resultados fueron la base para un estudio pormenorizado del mismo (Carrasco y Jiménez 2008a). En ese trabajo planteamos una serie de cuestiones que hemos pretendido desarrollar en este artículo: la importancia del diseño en el estudio de los anfiteatros, la relación geométrica entre todas sus partes, incluido el desarrollo de la fachada, y la posible existencia de un modelo adrianeo en el diseño y construcción de anfiteatros, cuyos mayores exponentes serían Itálica y Écija. El anfiteatro se ubica extramuros, al suroeste del recinto amurallado junto al camino viejo de Sevilla, en una cota elevada unos 10 o 12 metros sobre la del centro de la ciudad. Esta posición en alto y su orientación de 46 grados busca un efecto escenográfico mostrando su puerta principal hacia el centro de la colonia, no condicionada por ningún elemento topográfico ni preexistencia constructiva (Fig. 7). La datación del anfiteatro, a partir de los materiales arqueológicos documentados, es incierta. Durante la intervención de urgencia de 1995 se documentaron los restos correspondientes a la cimentación del graderío y de una parte de la fachada. Los depósitos con material arqueológico significativo fueron las capas correspondientes al movimiento de tierras que sirvió de infraestructura para la construcción del edificio. La naturaleza de las capas otorgó, como era esperable, un registro material que abarcaba desde producciones locales turdetanas, cerámicas romanas de barniz negro y ejemplares de sigillatas itálicas y gálicas entre los ejemplos más recientes. Este conjunto, en el mejor de los casos, nos indica que el edificio se debió construir con posterioridad a la amortización de las piezas más modernas, después de la mitad del siglo i d.C. No obstante, sus características formales lo hacen deudor de las innovaciones introducidas por el Coliseo, lo que haría más coherente asignarle una datación flavia o postflavia (Carrasco y Jiménez 2008 a: 43-44). Definir la planta del anfiteatro astigitano fue un trabajo complejo debido a lo limitado de la superficie del solar objeto de la intervención arqueológica y a la falta de precisión de la información gráfica de los restos todavía visibles en la Écija de postguerra. Tras la corrección de las dimensiones del edificio apoyándonos en la ortofotografía digital de 1956 y en el levantamiento topográfico de 1995, concluimos que el edificio tuvo unas dimensiones globales de 130 metros de largo por 107 de ancho, o lo que es lo mismo, 440 x 360 pies romanos. El ancho del graderío era de unos 30 m de ancho, 100 pies, lo que dejaba una arena de 240 x 160 pies, las mismas dimensiones que las constatadas en el anfiteatro de Itálica. Los muros radiales documentados convergían en un punto del eje mayor que ofrecía una distancia interfocal de 120 pies, lo que vuelve a manifestar las coincidencias con el modelo de Itálica, que ya habían sido destacadas por parte de Corzo, quien señala unas dimensiones para el edificio muy próximas a las que aquí reseñamos (Corzo 1994 b: 242). La traza del edificio se efectuó a partir de un óvalo de cuatro focos con una distancia interfocal en el eje mayor de 120 pies y una relación con los focos del eje menor de triángulo pitagórico 3:4:5, con una distancia entre ambos de 160 pies; el ancho de la arena queda limitado por los focos del eje menor, adquiriendo unas dimensiones globales de 240 x 160 pies (Fig. 8). A partir de la distancia entre los ejes de los dados de cimentación hemos podido establecer que el número de arcos de la fachada fueron 80. La división del perímetro, 1256 pies, entre los 15,3 pies entre los dados de cimentación documentados, darían como resultado 82 arcos; si tenemos en cuenta que las dos puertas principales tendrían un ancho mayor y que el entero más próximo divisible entre 4 es 80, éste sería el número de arcos. Si aplicamos la fórmula ensayada para Itálica, 40R/C, el resultado, considerando las dimensiones en pies romanos, sería el siguiente 40*200/100=80. La fachada estaría configurada en su diseño por tres arcadas superpuestas y un ático ciego. Sin embargo, siguiendo en parte lo observado en Itálica, la arena estaba soterrada con respecto a la cota del perímetro exterior 9 el equivalente a la planta inferior de la fachada (6,5 metros), mostrando al exterior una fachada compuesta por dos arcadas y un ático. No podemos saber si las fachadas de los extremos del eje mayor, las fachadas principales, tenían su base a la cota de la arena, mostrando así el desarrollo com-9 Actualmente la cota de la arena de la plaza de toros está entre 4 y 6 metros por debajo de las de su entorno exterior. pleto de la superposición de arcadas o, quizás lo más probable, el acceso en estos puntos se efectuaría a la misma cota del todo el perímetro, de manera que los túneles de acceso a la arena fueran unas suaves rampas que salvaran el desnivel; en la morfología actual del sitio no se observa ninguna depresión que pudiera indicarnos que las fachadas principales pudieran estar a la misma cota que la arena 10. Estructuralmente la característica más reseñable es que no aprovechan la topografía existente para soterrar el edificio, sino que modifican intencionalmente el terreno; no se trata, por tanto, de una cuestión de oportunismo sino de diseño, de forma que los movimientos de tierra son una parte más de la ejecución de la obra. El anfiteatro se asienta en el borde de la terraza del Genil, en una cota elevada sobre la ciudad y con una suave pendiente hacia la misma. La morfología del terreno no explica la hondonada sobre la que se asienta el anfiteatro que parece una creación intencionada. En cuanto a los materiales y técnica de construcción muy poco podemos señalar puesto que lo único documentado son las cimentaciones; éstas están realizadas en opus caementicium. Para Astigi se ha calculado un área amurallada de 78 hectáreas, aunque este perímetro debe verse sensiblemente reducido a partir de nuevas hipótesis ofrecidas 11; no obstante, estas 78 hectáreas pueden ser válidas si incluimos en ellas el área habitada extramuros. Esta superficie supone un número de habitantes de 25428, ligeramente superior al aforo del anfiteatro. EL ANFITEATRO DE CÓRDOBA Recientemente se ha publicado una extensa y pormenorizada memoria sobre el hallazgo y excavación 10 Con respecto a la restitución que hicimos en su día, hemos añadido el pórtico sobre la suma cávea, un diseño que consideramos más probable (Carrasco y Jiménez 2008 a: fig. 12). 11 El perímetro amurallado de la Écija romana sigue en permanente discusión y no está cerrado. En 1990 se propusieron unos límites (Rodríguez 1990) que después fueron ampliados (Sáez 2004: plano 7), Cuando analizamos el anfiteatro astigitano, ya mostramos las contradicciones de la muralla propuesta con la alineación del circo (Carrasco y Jiménez 2008 a: 25-26) que, posteriormente se han visto corregidas, reduciéndolas considerablemente, (García-Dils 2010: fig. 3), aunque sigue siendo necesaria una revisión de sus límites (Carrasco y Barragán 2011). Se ha defendido que el anfiteatro tenía unas dimensiones globales de unos 178 metros de longitud por 154 de anchura, lo que lo situaría en el segundo mayor anfiteatro de todos los conocidos. Aun asumiendo que una ciudad como Corduba contase con un anfiteatro de este tamaño, lo que resulta absolutamente fuera de escala es la arena. Para la misma se han calculado unas longitudes de sus ejes mayor y menor de 96 y 73 metros respectivamente lo que significa, para mostrarlo de una manera gráfica, que la longitud de la práctica totalidad de las arenas de todos los anfiteatros cabrían en el eje menor de la arena del de Córdoba (Vaquerizo y Murillo 2011: 271-273). En el Coliseo, el eje mayor de la arena llegaba a los 79,4 metros, sólo algo mayor que el eje menor del de Córdoba. Su aforo, deducido por el espacio destinado a su graderío, sería equivalente a los grandes anfiteatros del Imperio, inferior, eso sí, al Coliseo. Según podemos inferir de la planta publicada, la figura geométrica es un óvalo cuyos focos del eje mayor y eje menor mantienen una relación próxima al triángulo equilátero (Vaquerizo y Murillo 2011: fig. 111), aunque no coincidente, con los cuatro puntos dentro de la arena, forma que podría asimilarse al esquema de triángulo equilátero y círculo inscrito definido por Wilson Jones. De haber sido así, la arena sería significativamente menor, de 62 x 35 metros, y también las dimensiones globales del edificio, dado que el ancho de la cávea equivaldría a la mitad de la longitud de la arena. En cualquier caso, con los restos documentados, es difícil establecer la ubicación de los focos del eje menor y, con ello, la forma del edificio. De la misma manera, en el aspecto estructural, la restitución da como resultado un modelo inédito y, en cierta medida, incongruente con la lógica de la construcción romana. Se propone que el anfiteatro cordobés es de estructura maciza, realizado mediante muros de sillería que delimitan unos compartimentos que se rellenan de escombros (Vaquerizo y Murillo 2011: 273-274). Esta técnica se suele emplear para aquellos anfiteatros que aprovechan la morfología del terreno para apoyar el graderío sobre las laderas de las colinas y construir el resto de la cávea con un sistema fácil que no requiere de complejas soluciones técnicas, ni conseguir grandes alturas que obligaran a construir estructuras destinadas a soportar fuertes cargas. En Córdoba, siempre según los autores, el edificio se construye desde un plano horizontal llegando a alcanzar una altura en la fachada superior a los 20 metros (Vaquerizo y Murillo 2011: 276), con un graderío cuya anchura excedía los 40 metros, lo que, en números gruesos, implica un relleno próximo a los 200000 metros cúbicos de escombros para colmatar semejante mole. Para conseguir estabilidad estructural y sostener esa masa sería necesario que los muros de fachada estuvieran ataludados, o dispusieran de potentes contrafuertes. Consecuentemente, en las zonas con mayor relleno, las más próximas a la fachada, debía de haber una mayor compartimentación y estructuras más fuertes para su contención. Sin embargo, nada de eso aparece en lo documentado. Es más, el muro de fachada es con diferencia el de menor grosor de los hallados, y entre éste y el siguiente anillo hay una distancia de cerca de 13 metros sin estructuras intermedias, a pesar de lo cual, en la restitución de la sección de la cávea se dibuja un anillo inexistente 12. Observando casos similares de anfiteatros de estructura maciza es difícil que ninguno alcanzase dicha altura de fachada sin estar parcialmente soterrados o contar con contrafuertes, como los 12 Existe una incongruencia en todo el modelo propuesto que se manifiesta de manera palpable en la sección publicada (Vaquerizo y Murillo 2011: fig. 112). Se defiende una estructura maciza para el sostén de la cávea mientras en la sección se representan las estructuras propias de una estructura hueca; además, dibujan un pilar inexistente entre la supuesta línea de fachada y el último anillo documentado para dar solidez al dibujo. En cualquier caso, estos materiales estaban ya amortizados cuando se construyó el edificio, en una fecha posterior al más moderno de ellos, por lo que consideramos muy arriesgado afirmar una datación julioclaudia para unos contextos que, en su margen más amplio, llegan ya al siglo ii d.C 14. Otra circunstancia, que ya ha atraído la atención de otros investigadores, es la posición que en la secuencia ocupan las estructuras semicirculares que aparecen junto al denominado muro del podio (Hidalgo 2012: 257-259). Los autores la interpretan como ábsides de estructuras religiosas vinculables con el martirio de los primeros cristianos en la arena del anfiteatro. El análisis de la documentación aportada en la memoria nos hace albergar serias dudas sobre la funcionalidad de esas estructuras y sobre su posición estratigráfica, su lugar en la secuencia y, con ello, sobre su datación. Sorprende que, una vez abandonado y expoliado el anfiteatro, desmonten parcialmente el muro del podio para "coser" los cimientos de las tres estructuras absidadas y lograr una perfecta traba con el mismo ya amortizado (Vaquerizo y Murillo 2011: 120); es sorprendente, de la misma manera, que estas estructuras 13 Sería el caso del anfiteatro de Tréveris cuya longitud del eje mayor hasta el límite de la cávea es de 142,6 m mientras que la longitud total hasta la entrada de los túneles es de 210 m; es decir, para sostener los 18 metros de altura del graderío los constructores usaron un talud de más de 33 metros de anchura y las estructuras protegidas por potentes contrafuertes circulares (Kuhnen 2009, Kuhnen et alii 2013). Algo similar sería lo esperable si el de Córdoba hubiera sido de estructura maciza. 14 En las cercanías del anfiteatro se localizó un interesante conjunto de epigrafía funeraria de gladiadores cuya cronología parece ser amplia, a partir de finales del siglo i d.C. (Vaquerizo y Murillo 2011: 480-500), aunque la uniformidad del repertorio ha hecho pensar a A. Ceballos que todos sean producto de unos únicos juegos destinados a conmemorar el ascenso de Trajano (Ceballos 2002: 126-127; cfr. no estén paralelas entre sí, mostrando una alineación divergente que sigue la línea del podio (Vaquerizo y Murillo 2011: fig. 118); por último, todo el espacio en el interior y exterior de estos semicírculos aparecen colmatados con escombros sedimentados en capas regulares que parecen indicar una compactación intencionada, diferente a los depósitos al exterior del podio15. Convenimos con R. Hidalgo en sus apreciaciones estructurales sobre la función de las estructuras semicirculares como contrafuertes de la parte soterrada del anfiteatro de los que existen numerosos ejemplos que este autor aporta en su argumentación. La trabazón entre estas estructuras indica la sincronía de ambas y, con ello, la función estructural de estos contrafuertes para contrarrestar los empujes de las zonas macizas. Entre los numerosos casos con este tipo de contrafuertes encontramos anfiteatros como Ivrea, Tréveris, Imola (Golvin 1988 2006: planos 122, 139 y 146) todos construidos a partir de finales del siglo i d.C. Los restos documentados no definen por sí solos la forma y estructura del edificio, pero sí permiten plantear una propuesta radicalmente diferente a la expuesta por los autores de la memoria, tanto en lo que se refiere a la forma generatriz de la planta del edificio como a su estructura. Los restos analizados se emplazan muy próximos a los extremos del eje mayor en el anfiteatro. Se trata de tramos curvos y muros radiales que, en caso de una estructura oval y no elíptica, deben converger en los focos del eje mayor. Para trazar los focos en el eje menor deberíamos contar con alguno de los muros radiales del graderío en estas zonas y esto no ocurre. Sin embargo, y como bien exponen en la restitución de la planta los autores, los muros radiales parecen converger en dos puntos concretos del eje mayor, lo que indica que estamos ante una forma oval y no elíptica 16. Tras explorar distintas opciones, en función de la curvatura de los tramos circulares y la convergencia de los elementos radiales, aun corrigiendo levemente la dirección del eje mayor, pensamos que los focos del eje mayor se ubican donde los han colocado los autores. En principio, éste sería el punto final con los datos descritos, consiguiendo, como mucho, la longitud del eje mayor del edificio pero no así la del menor. Sin embargo, analizando la distancia entre estos dos focos, observamos que se encuentran a unos 35,5 metros, o lo que es lo mismo, 120 pies romanos. Esta es una distancia que nos resulta muy familiar dado que es el margen utilizado para los anfiteatros de Itálica y Écija. De todas las formas de traza conocidas, sólo la del esquema de Itálica coincidiría con lo poco que conocemos de Córdoba, creándose un esquema común para Itálica, Écija y Córdoba. 16 Hemos contemplado la posibilidad de que su forma geométrica básica fuera una elipse y que, por tanto, los muros radiales convergieran en el centro o formaran un abanico en torno a los ejes, la otra opción posible, como parece ser el anfiteatro de Tarragona. En este caso, el eje mayor iría paralelo a la Avda. de Medina Azahara, lo que solventaría la, en principio rara, orientación del edificio. Sin embargo, la curva del muro más interior, el llamado muro del podio por los excavadores, no coincide con un trazado elíptico que acogiera todas las estructuras documentadas, además, la desviación es tan grande que queda fuera de un margen de error razonable, por lo que sólo nos queda como opción plausible, la que defendemos en el texto. La alineación del eje principal del edificio queda confirmada a partir de las orientaciones de las construcciones que surgieron a su alrededor (Vaquerizo y Murillo 2011: 406-415). Más problemas ofrece el anfiteatro cordobés en el aspecto estructural. El tamaño de la arena es desproporcionado y escasamente funcional, fuera de escala y sin paralelos en el amplio repertorio de los anfiteatros conocidos. Si a esto añadimos que las estructuras semicirculares son contrafuertes, ello supondría que el llamado muro del podio sería el muro que delimitaría la media e ima cavea con el pasillo que lo separaría de la summa cavea. Esto tiene grandes implicaciones en el diseño del edificio; de un lado, la arena debía de ser considerablemente menor que la dibujada hasta ahora; además, el edificio debió estar parcialmente soterrado, la arena, la ima y la media cavea, estando construida sobre la superficie del terreno la mole correspondiente a la summa cavea, de la misma manera que Italica y Astigi. No sería, por tanto, un edificio de estructura maciza, inapropiada para una construcción de este tamaño, completamente exenta, que requeriría de unas estructuras capaces de sostener el empuje de tal volumen de escombros, sino de un edificio de Figura 11. Esquema geométrico de los anfiteatros de Écija, Córdoba e Itálica. En este caso, la fachada no sería maciza, sino articulada por una arcada con varios pisos superpuestos, de la manera habitual en que se mostraban los grandes anfiteatros imperiales desde Verona a El Djem (Fig. 9). Al contrario de lo que es usual en los anfiteatros imperiales, el considerado muro de fachada, el que tendría que soportar más peso, es el de menor espesor. Además, desde el paramento exterior de este muro circular hasta el siguiente anillo hay una distancia de 14,5 metros (unos 50 pies romanos), lo que haría imposible la sustentación del graderío. Pensamos que éste no puede ser el muro de fachada. En los anfiteatros de Pozzuoli, Capua o el mismo Coliseo podemos observar un muro anular distanciado de los pilares de fachada: 14 metros en el caso de Capua, en torno a 17 en el caso del Coliseo y unos 9 metros en el de Pozzuoli, que reservan un espacio destinado a controlar el acceso y salida masiva de los espectadores (Golvin 1988: fig. XXXVI, XXXVIII y XL). Como candidato a fachada, descartada la UE 2017, tenemos la UE 1527, una estructura de sillares de calcarenita, que cuenta con una anchura suficiente para constituir uno de los pilares de la arcada de fachada. De ser ésta la fachada, la longitud del anfiteatro se reduciría a unos 147 metros (500 pies romanos), longitud similar a Verona, superior a Mérida y algo inferior a Itálica, en unos rangos más mesurados. Este pilar tiene la particularidad de no estar alineado con el muro radial (Vaquerizo y Murillo 2011: fig. 79) lo que vuelve a convertirse en un indicio sobre el diseño básico del edificio. Lo habitual en la estructura de los grandes anfiteatros imperiales de estructura hueca es que los pilares de la arcada de fachada estuvieran alineados a los muros radiales que sustentan la cávea, salvo el esquema de Écija que desvincula la articulación de la fachada de la estructura portante del graderío, dejando una mayor libertad al diseño arquitectónico. Con estos elementos estamos en condiciones de proponer un anfiteatro diferente al dibujado actualmente para Córdoba. Aun siendo conscientes de lo arriesgado de la empresa, creemos necesario establecer una hipótesis alternativa que abra el abanico de opciones a contrastar en los imprescindibles trabajos futuros que ayuden a arrojar una luz más nítida a lo que hoy conocemos. El esquema de diseño y traza del anfiteatro cordobés sería el mismo que el descrito para Itálica y Écija, un óvalo de cuatro focos, que mantendrían entre los del eje mayor y los del eje menor una relación de triángulo pitagórico 3:4:5 con un módulo base de 20 pies que daría como resultado un triángulo de 60:80:100 pies. Esto implica que la distancia entre los focos del eje mayor sería de 120 pies y de 160 entre los del eje menor. El esquema italicense implica que los focos del eje menor marcarían el ancho de la arena que quedaría establecida en 160 pies por 240 pies de longitud; el graderío tendría una anchura de 130 pies, lo que determinaría unas dimensiones globales del anfiteatro de 500 x 420 pies romanos. Desde estos focos se trazarían los muros radiales que sostendrían el graderío, entre 64 y 68, 16 o 17 por cuadrante. Ya hemos dicho que el pilar de fachada no está alineado con el muro radial, por lo que su número será mayor que el número de radios. Hemos ensayado con varias series de arcadas en fachada y la única opción posible es la de 72 que, distribuidos a lo largo del perímetro, dan como resultado una arcada de 20 pies de ancho. Puesto que el anfiteatro estaría parcialmente soterrado en una altura equivalente a una de las plantas, el desarrollo vertical de la fachada sería muy similar al reseñado para Itálica, Écija, Nimes, Arlés o Verona, con dos arcadas y un ático ciego. Ciertamente, queda mucho por conocer del anfiteatro de Córdoba como para esbozar una imagen perfilada de su forma y aspecto. Este anfiteatro debió marcar la pauta sobre el desarrollo de los edificios para los juegos gladiatorios en la Bética, no sólo por ser la capital de la provincia, también por la pujanza y riqueza de la ciudad manifestada en la grandiosidad de los edificios romanos conservados, lo que obliga a los que nos dedicamos a esto a poner el foco en los resultados que vaya deparando su investigación. Hemos querido aquí poner de manifiesto las similitudes entre estos tres anfiteatros que, lejos de ser casuales, parecen tener un aire de familia que agrupa a los grandes anfiteatros béticos (Fig. 11). Este modelo permite dibujar, en líneas muy generales, las características básicas de los edificios, tamaño, y aspecto exterior, pero sólo futuras excavaciones podrán aportar datos suficientes para conocer en mayor profundidad el edificio. Aplicando las fórmulas ya ensayadas en el anfiteatro de Itálica, podemos calcular el aforo del anfiteatro de la capital de la Bética. Las 79 hectáreas del recinto amurallado (León et alii 2008: 74) ofrecen una población estimada de 25754 habitantes cifra que sumada a la población establecida fuera de los muros podría alcanzar un número suficiente para colmatar el graderío del anfiteatro. Debemos suponer, por tanto, que las dimensiones del edificio se ajustaban a la población de la capital o la superaban ligeramente. No obstante, no hay que olvidar que estos edificios en los centros administrativos de la provincia captaban un área de influencia superior a la propia ciudad y tenían una función propagandística más allá de su función inmediata, por lo que su capacidad no tenía por qué estar fijada en el número de habitantes de la ciudad. EL ANFITEATRO DE CARMONA El anfiteatro de Carmona es una rara avis que se aparta completamente del resto de los anfiteatros de la Bética que estamos analizando, y de la mayoría de los conocidos en todo el territorio controlado por Roma. Está englobado en el reducido grupo de los anfiteatros republicanos y el único documentado, con suficiente información, fuera de la península itálica 17. Fue descubierto y puntualmente excavado por primera vez en 1885 de la mano de George Bonsor y Juan Fernández López (Bonsor 1887), aunque debió volverse a enterrar por desacuerdos con el propietario; definitivamente comenzó a excavarse en 1970 quedando la práctica totalidad de su superficie descubierta, aunque lamentablemente apenas se publicaron unas páginas de los resultados de las primeras campañas de excavación. En resumen, los trabajos de Concepción Fernández-Chicarro (Fernández-Chicarro 1975; Fernández-Chicarro y Olivella 1977) dibujan un anfiteatro fechable en torno al 27 a.C. por sus características arcaizantes y por el hallazgo de monedas datadas en ese momento sobre la arena del edificio; se trataría de un edificio de grandes dimensiones, con una longitud de 131,2 metros y una cávea con una anchura de 36,2 metros. Quizás el elemento más controvertido, que después tendrá una gran importancia en la deriva de la imagen del edificio, sea la interpretación de que 17 Golvin incluye además de Carmo (Carmona), Ucubi (Espejo, Córdoba) y Antioquía (Antakya, Turquía) pero ninguno de los casos parece tener pruebas contrastadas; el de Ucubi no tiene confirmación arqueológica mientras que el de Antioquía carece de más pruebas que el hecho de haber sido un importante centro de reclutamiento y acantonamiento de tropas entre final de la República y principios del Imperio y la noticia de que César había construido importantes edificios públicos (Welch 2007: 259-260). Welch añade el de Corinto (Grecia) a esta lista aunque nunca ha sido excavado por lo que su adscripción a obras cesarianas parece ser sólo hipotética (Welch 2007: 255-259). No obstante, estos últimos tienen en común su vinculación a César y al establecimiento de tropas o asentamiento de veteranos de guerra. la grada estaba sustentada sobre una estructura de madera, deducido a partir de unas huellas rectangulares talladas en la roca interpretadas como huecos para cimentar las vigas de madera. El anfiteatro se integra en terrenos incorporados en 1970 a la Necrópolis de Carmona, actual Conjunto Arqueológico de Carmona, inserto en áreas de expansión urbana a partir de los años 70 del siglo pasado. Cuando se construyó se eligió un lugar alejado 800 metros de la Puerta de Sevilla, junto a uno de los caminos principales que partían de la ciudad con destino a Alcalá del Río por donde, algunos años después, discurriría la Vía Augusta (Fig. 12); aunque el edificio se asienta sobre una necrópolis, será después de su construcción cuando su entorno inmediato se verá colmatado de las construcciones funerarias que conforman la mayor área funeraria de la antigua Carmo y que configura el núcleo principal del Conjunto Arqueológico de Carmona. Las razones que pueden explicar la elección de un lugar tan alejado de las murallas de la ciudad pueden ser varias, pero entre ellas primó el carácter oportunista de su estructura para lo que se buscó un lugar con la topografía idónea para apoyar el graderío y, con toda probabilidad, ésta fue la mejor opción. Entre el anfiteatro y las murallas de la ciudad se localizaron unas estructuras que se han interpretado como pertenecientes a un circo que pudo alcanzar los 290 metros de longitud aprovechando, igualmente, la topografía de la zona; lamentablemente su documentación ha sido muy parcial y carecemos de información para asignarle una cronología probable, pero en el caso de que fuera coetáneo al anfiteatro, sería otra razón para explicar la distancia del anfiteatro con respecto a la ciudad. Una tercera razón, que argumentaremos abajo, es que quizás los destinatarios del edificio no fueran, en principio, los habitantes de la ciudad (Jiménez y Carrasco 2012: fig. 2). Concepción Fernández-Chicarro asignó una cronología en torno al 27 a.C. por sus características arcaicas y por la presencia de una moneda de esa fecha sobre la arena. Realmente, este último dato no es concluyente pues, aunque la moneda se hubiese depositado en un momento próximo al de su acuñación, lo único que demostraría es que el anfiteatro es anterior a esa fecha. Debemos acudir, por tanto, a otros argumentos complementarios que ayuden a enmarcar el momento de su construcción. Su forma, dimensiones, tipología y estructura, como veremos, son muy arcaicas, emparentadas directamente con el puede ser una cifra de partida cercana a la fecha real de construcción, aunque como veremos, esta cifra puede ser algo superior o inferior dependiendo de la función y contexto histórico de su construcción. Su final parece más incierto. Para Fernández-Chicarro debió suceder entre finales del siglo iii y principios del iv d.C. (Fernández-Chicarro 1975: 860) aunque quizás debamos tomar con cautela estas cifras. El anfiteatro fue totalmente desmantelado dejando como testigo de esa destrucción una potente capa de tierra quemada fechable a finales del iii o principios del iv a partir de 2 monedas de Aureliano registradas en el inventario de los materiales recuperados de la 18 La hipótesis de que el anfiteatro Pompeyano tuvo dos fases constructivas de las que la primera pudo ser un rectángulo con los lados cortos redondeados, formado por líneas paralelas a la actual fachada (Golvin 2012: 29), acerca aún más el diseño de ambos edificios. 19 El hallazgo de unas urnas de tradición prerromana en las cercanías del anfiteatro fechables entre la mitad del siglo i a.C. y mediados siglo i d.C. aporta nuevos datos cronológicos al debate (Escacena y Belén 1994: 251-255). Lamentablemente, la posición exacta de los hallazgos no se conoce. No obstante, durante la elaboración del SICAC (Sistema de Información del Conjunto Arqueológico de Carmona) se realizó una ortofotografía de alta resolución, 5 cm/píxel, que ha permitido observar detalles hasta ahora inéditos de la superficie de la Necrópolis Romana de Carmona, entre los que se han detectado dos estructuras circulares formadas por sendos surcos excavados en la roca con una fosa central, un tipo de tumba ya definido por Bonsor como uno de los más antiguos de la necrópolis (Rodríguez et alii 2012: 135), justo en el lugar reseñado para el hallazgo (Belén 1982: fig. 1). Estas estructuras son claramente posteriores a la erección del anfiteatro por lo que, de confirmarse la asociación de las urnas con estas estructuras, podría limitarse aún más el intervalo cronológico para la construcción del edificio. intervención en el anfiteatro de Fernández-Chicarro (1970: 28). El anfiteatro pudo haberse abandonado antes de su destrucción en un momento que aún no podemos precisar pero no antes de avanzado el siglo ii d.C. como indicaría el hallazgo de una moneda de Antonino Pío sobre la arena (Fernández-Chicarro 1970: 45) lo que concordaría con un culto a Némesis vinculado con los juegos gladiatorios en el anfiteatro (Beltrán Fortes 2001a: 201-202). Estructura, diseño y traza El anfiteatro tiene una forma ovalada, con unas dimensiones totales aproximadas de unos 108 metros en su eje mayor hasta la fachada, y en torno a 98 en el menor, aunque si añadimos el tramo de túnel que sobresalía de la línea de perímetro, el eje mayor alcanzaría los 130 metros. Está construido aprovechando una vaguada natural entre dos colinas, de tal forma que tanto la arena como la casi totalidad de la cávea se talló en la roca, salvo en el sector nororiental, donde fue construida mediante muros anulares de sillares y macizado interior con mampuestos. El alzado de la media y summa cavea fue construido mediante muros anulares de sillería y un relleno de escombros provenientes de la talla de la roca para hacer la arena y parte del graderío. Las gradas no fueron realizadas con estructura de madera como se ha apuntado, dado que las supuestas huellas no son coherentes con la forma del edificio, ni radiales ni alineadas con el eje mayor del edificio y, además, no sólo afectan a la media cávea sino también a la ima que tiene gradas talladas en la roca 20. Planta del anfiteatro sobre ortofotografía. Resaltado en gris el recorrido de la Vía Augusta junto al edificio. ANFITEATROS ROMANOS EN LA BÉTICA: REFLEXIONES SOBRE SU GEOMETRÍA, DISEÑO Y TRAZA huellas rectangulares son producto de una actividad ejecutada cuando el anfiteatro ya había sido abandonado y sepultado. El muro de fachada no ha podido ser documentado ya que fue totalmente expoliado; no obstante, es posible su restitución a partir de tres métodos diferentes pero coincidentes en los resultados. La fachada restituida por Bonsor alineada con el borde del túnel de acceso presenta como principal problema el hecho de que pasaría por encima de tumbas imperiales que se construyeron con posterioridad. En segundo lugar, en los paramentos del túnel de acceso observamos unas entalladuras verticales destinadas a las vigas de madera que sostendrían el techo, que aumentan de grosor a medida que nos acercamos a la fachada puesto que tienen que sostener un mayor peso, y la última y mayor se encuentra a 29,6 metros desde el podio de la arena; en el resto de los paramentos del túnel encontramos una serie de tres entalladuras mucho menores a cada lado que suponemos destinada a sustentar la escalera de madera que permitiría el acceso a la summa cavea. Coincide con estos dos métodos la proporción entre los tres maeniana considerando la anchura citada, así la ima cavea ocuparía dos partes, la media tres y la summa cuatro partes, proporciones que comparte el anfiteatro de Pompeya. La cávea tiene una anchura estimada de 29,6 metros (100 pies), dividida en tres maeniana mediante dos praecinctiones de un metro de anchura. El graderío, al aprovechar la pendiente de la ladera, resulta muy plano con una inclinación de 17o que dificultaba una correcta visión del espectáculo 21. La ima cavea tenía tallada en la roca una serie de cinco gradas destinadas a la colocación de asientos ya que la altura de las gradas no permitía sentarse directamente sobre ellas, mientras que la media y la summa no tenían asientos, al igual que en Pompeya. Los accesos al edificio se realizaban a través de las dos puertas principales ubicadas en los extremos del eje mayor y que permitían el paso a la arena mediante una rampa de 10o de pendiente para salvar la diferencia de cota entre la arena y el perímetro exterior. cas agrupadas en líneas paralelas cuya alineación es divergente con respecto al eje del anfiteatro cuando lo lógico es que formaran líneas radiales coherentes con los focos generadores del óvalo. La fotografía aérea del SICAC (Jiménez et alii 2010) permite observar que estas huellas sobrepasan el ámbito de la summa cavea afectando incluso a las gradas de la ima, lo que evidencia que fue construido con posterioridad y con lo que podemos estar seguros que la grada no fue construida con estructura lignaria. 21 La pendiente de los anfiteatros imperiales suele estar entre 30o y 40o e incluso el pompeyano alcanzaba los 29o, lo que pone de manifiesto el valor anómalo del edificio carmonense (Golvin 1988: fig. 32). Adjuntos a la puerta oriental se han documentado dos accesos hacia la ima y media cavea, mientras que el acceso a la summa debía hacerse desde el perímetro exterior, como en los anfiteatros de Pompeya, el antiguo de Pozzuoli, Cuma o Paestum. Atravesando el graderío norte, en el eje menor, existe un angosto pasillo que, desde el exterior, llega hasta una pequeña habitación bajo el podio y a la arena. Dadas sus características, este paso no debió usarse para el acceso de espectadores sino como porta libitinaria, para la evacuación de los cadáveres resultantes del espectáculo. Este pasaje lo encontramos igualmente en Pompeya en el eje menor pero, a diferencia de Carmona, se encuentra en el costado opuesto ya que este edificio se apoya en dos de sus lados contra la muralla de la ciudad impidiendo la comunicación por estos flancos. La arena se encuentra completamente excavada en la roca; la superficie presenta una altura mayor en el centro con respecto a su perímetro que alcanza una diferencia de cotas en torno a los 20-30 cm. para facilitar el drenaje de la misma hacia un canal que recorre todo el perímetro junto al podio y que vierte en una cloaca, que se sitúa en el extremo noreste. Probablemente la característica más peculiar del anfiteatro carmonense sean las huellas talladas en la roca. Se trata de una larga serie de huellas de distinta forma y dimensiones que pueden agruparse en dos grandes clases: hoyos y canales. Para los primeros, se ha dado como interpretación su relación con el velarium que debía cubrir la cavea y los segundos se han considerado como huellas del drenaje de la arena (Fernández-Chicarro 1975: 859). Una clasificación detallada de las huellas de la arena nos permite hacer una mayor distinción con la finalidad de acercarnos a su posible función. Clasificación de las huellas de la arena sobre malla sombreada obtenida mediante escáner láser del anfiteatro de Carmona. En primer lugar, la morfología de la arena, con una cota superior en el centro y pendientes hacia el perímetro donde se encuentra un canal, es suficiente para garantizar el drenaje; en segundo lugar, la mayoría de los canales están cerrados en sus extremos y sus cotas interiores tienden a la horizontal, por lo que, más que evacuar el agua, la embalsarían. En general, atendiendo a su forma y distribución, podemos pensar que la mayoría de las huellas están relacionadas con los juegos (Corzo 1994 b: 241). Siguiendo el gráfico adjunto, la clasificación distingue los siguientes grupos (Fig. 13): El grupo 1 marca unas pequeñas huellas de poste de un pie romano de diámetro separadas entre sí unos 2,3 metros (8 pies) que describen un óvalo de unos 150 pies de longitud (44,69 m.) y unos 84 pies de eje menor. Su forma es paralela a la del podium del que se separa unos 25 pies (7,4 metros) y parece sugerir que estos huecos sirvieron para cimentar una empalizada o verja destinada a la protección de los espectadores durante las venationes. La existencia de redes sostenidas por postes para la protección de los espectadores está atestiguada en el propio Coliseo y en el anfiteatro de Cartago (Bomgardner 2002: 21 y 134). En segundo lugar, reseñamos las únicas huellas vinculadas inequívocamente con el drenaje de la arena. Se trata de un surco de unos 80 cm. de anchura que recorre todo el perímetro del recinto junto al podio. Un ejemplo similar encontramos en el anfiteatro, datado en tiempos de Augusto, de Luceria (Golvin 1988: 76-77 y fig. VIII.5). El grupo 3 integra unas incisiones o canales de entre 15 y 30 cm. de anchura, con dirección radial convergente en el habitáculo tallado en la mitad del podio del graderío sur. Su funcionalidad es dudosa y, aunque se han vinculado con el drenaje de la arena, su estructura y distribución parecen indicar que se trata de elementos relacionados con el arrastre o, más bien, con la finalidad de alojar maromas que accionaran mecanismos utilizados en los juegos (tales como la apertura de las jaulas) desde la pequeña habitación de servicio ya mencionada que haría las veces de sala de máquinas para la elección de los engranajes. De la pared sur de esta habitación parte un pequeño canal bajo el graderío que termina en una plataforma sobre la media cavea que serviría para transmitir, mediante una soga, el movimiento generado por un torno o artilugio similar colocado en el graderío. Sólo existe, hasta la fecha, un anfiteatro que cuente con estas estructuras: Pompeya. En fotos de finales del siglo xx 22 es fácil ver una serie de huellas radiales y longitudinales similares a las de Carmona entre las que destacan una serie de huellas radiales que acaban en una pequeña habitación bajo el podio sur y que conecta con una plataforma sobre la ima cavea lo que sugiere una maquinaria muy similar a Carmona para accionar mecanismos vinculados con el atrezo de los espectáculos (Bomgardner 2002: fig. 2.1) (Fig. 14). Huellas radiales en la arena del anfiteatro de Pompeya. Extraído de. toda la arena o en este espacio restringido, elevado sobre la arena, que posibilitaba una mejor visión del espectáculo sobre todo en un edificio con tan escasa pendiente. Sobre un modelo tridimensional del edificio hemos verificado la visión desde las distintas partes del graderío y resulta evidente que la arena tendría un amplio espacio muerto invisible para gran parte de los espectadores; la reducción de la arena con la empalizada para las venationes marca el perímetro visible desde la grada por lo que ésta, además de la función de proteger a los asistentes, limitaba la superficie practicable al espacio visible; las luchas de gladiadores se apreciarían mejor sobre un escenario elevado. Los tres surcos centrales orientados entre las dos puertas del anfiteatro tienen dimensiones similares a las del grupo anterior, tanto es así que el surco central puede asociarse al grupo anterior dado que sus extremos coinciden con los surcos extremos del grupo cuatro y se ubica justo en el centro de los mismos. Los dos surcos extremos tienen una longitud no determinada, puesto que parecen dirigirse a la puerta occidental del anfiteatro, mientras que su extremo oriental termina con el surco del extremo este del grupo 4. Su función parece destinada a facilitar el arrastre de algunos elementos vinculados a los juegos desde la puerta occidental hasta el centro de la arena y en sentido contrario. El grupo 6 está compuesto por un gran surco circular de unos 50 pies de diámetro (14 metros) y unos 20-40 cm. de anchura. De manera radial, aparecen cuatro surcos que no traspasan el surco circular y forman una X con respecto a los ejes cardinales del círculo. Estos cuatro canales terminan en un hueco rectangular de unos 80 x 25 cm. Además podemos observar pequeños huecos rectangulares y circulares asociados al surco central. Parece obvio que su objetivo fue el de sostener una gran estructura de base circular e, interpretando los surcos radiales como entibado de la estructura principal, podría tratarse de un gran elemento cilíndrico. Pequeña fosa cuadrada de 1,6 metros de lado a la que se accede por un pasillo de unos 50-80 cm y una profundidad de 1,4 metros. Su construcción implicó la destrucción de uno de los huecos de poste del grupo 1 y parcial de las huellas centrales del grupo 4 lo que evidencia que fue construido con posterioridad. Su función es difícil de establecer puesto que no conecta directamente con la habitación y el pasaje existentes bajo el graderío norte del edificio; sobre su borde cuenta con una entalladura destinada a alojar una compuerta de madera lo que hace pensar en que sus paralelos más próximos son los huecos destinados a elevar los animales desde los sótanos de los grandes anfiteatros de Pozzuoli, Capua y el Coliseo. Posiblemente se trate de una modesta estructura para la elevación de animales a la arena en un intento de actualizar unas instalaciones no pensadas para los sofisticados espectáculos imperiales. En anfiteatro contó con cuatro carceres que flanqueaban los accesos a la arena, eran pequeñas habitaciones de unos 4 metros de lado que posteriormente fueron ampliadas para dar cabida a un espacio con gradas para la espera de los intervinientes en el espectáculo, a modo de los banquillos en los estadios de fútbol. A diferencia de los edificios imperiales que suelen tener formas de traza estandarizadas, los primeros anfiteatros presentan geometrías variadas presentando una gran libertad en los diseños. En el caso de Carmona, el diseñador partió de un cuadrado de 400 pies de lado al que trazó dos líneas paralelas hacia el interior en el eje mayor a una distancia de 100 pies que era el ancho otorgado a la cávea. En segundo lugar, para delimitar el perímetro exterior del edificio y de la arena, se tercia el eje menor mediante sendas líneas que van desde una de las esquinas hasta el encuentro de la línea que delimita la arena en el eje mayor con el lado opuesto; donde cruzan el eje menor, se establecen los límites de la arena; añadiendo los 100 pies del ancho de la cávea obtenemos los límites del edificio en el eje corto. Para obtener los focos del eje menor se trazan sendas circunferencias con centro en el medio de las líneas que delimitan la arena con un radio de 200 pies, de forma que el diámetro sea la longitud total del edificio, y donde cortan el eje menor se sitúan los focos. Los centros del eje mayor se obtienen trazando dos circunferencias con centros en los extremos del eje mayor y un radio equivalente a la distancia entre estos puntos y los focos del eje menor, donde corten el eje mayor se sitúan los otros dos focos. A partir de estos centros se trazan los segmentos de circunferencia necesarios para formas los distintos anillos paralelos que definen el edificio, perímetro de la arena, praecinctiones y fachada (Fig. 15). De esta forma, en la ima cavea se sentarían un total de 950 espectadores, 4600 en la media y 12800 en la summa; aforo que podría verse ampliado si consideramos que los espectadores estaban de pie. La cuestión de si Carmona llegó a contar con el número de habitantes suficientes para llenar las gradas o si, por el contario, la capacidad del edificio era superior a la población local se resuelve rápidamente. El perímetro amurallado de Carmona engloba un área de 50 hectáreas 23 de las que unas 34 fueron ocupadas por edificaciones residenciales en época altoimperial; si aplicamos las densidades definidas por Carreras (1996: 102), Carmona alcanzaría un mínimo de 11650 habitantes y un máximo de población de unos 16500 en época altoimperial. Sin embargo, para los momentos tardorrepublicanos la superficie ocupada de la meseta fue considerablemente menor, colmatando difícilmente unas 15 hectáreas lo que ofrecería una población entre 3500 y 5000 habitantes. Con estos datos podemos observar que los residentes en la Carmona romana nunca fueron suficientes para llenar las gradas de su anfiteatro. Ante estas circunstancias se ofrecen dos posibles explicaciones. Carmona tuvo un papel muy destacado en los acontecimientos bélicos ocurridos en los tres últimos siglos antes de nuestra era; primero como destacada ciudad púnica y después como una de las ciudades romanas más fuertes de toda la Ulterior 24. Quizás estos motivos hubieran sido suficientes para la erección de un edificio destinado 23 Para la extensión de la ciudad en época romana republicana e imperial consúltese los trabajos de Lineros y Beltrán (Lineros 2005, Beltrán 2001 b). 24 Hace poco se ha apuntado que Carmona pudo ser la Akra Leuke púnica, la principal ciudad cartaginesa en la península y sede principal de sus ejércitos (García-Bellido 2010; 2011). a mostrar la potencia de Roma en un territorio en trance de romanización, destinado a un ámbito comarcal, ubicado en la ciudad más emblemática. Esta importancia militar pudo conllevar el estacionamiento temporal o permanente de grandes contingentes de tropas destinados a mantener pacificada la provincia o para la conquista del resto de Hispania. En este contexto, el anfiteatro habría sido construido no tanto para la población local como para los contingentes militares establecidos en la zona, una relación observada en el origen de los primeros anfiteatros (Welch 2007: 79-82). De ser así, el aforo estaría calculado para acoger un contingente de dos legiones más sus tropas auxiliares. No debe extrañar que la fortaleza de la ciudad, que le hizo jugar un importante papel en los acontecimientos bélicos de la última centuria antes de nuestra era, sirviera de refugio y campamento base de las tropas estacionadas en la provincia convirtiéndola de facto en la capital militar. Sin embargo, este hecho debe dejar huella, una huella importante en el registro arqueológico. Siguiendo a Polibio (Plb. 6.26-6.42), un campamento romano para dos legiones y sus tropas auxiliares ocuparía una superficie en torno a las 35 hectáreas para un total de 18600 soldados lo que implica que el impacto sobre el entorno de la ciudad o sobre la ciudad misma sería importante (Smith 1859: 244-251). Pacificada Hispania y alejadas las tropas de Carmo, el edificio pasó pronto a estar desfasado, sobredimensionado en su aforo y carente de las innovaciones aplicadas a los juegos gladiatorios en tiempos imperiales a los que intentó adaptarse, aunque nunca lograría asimilarse a los nuevos grandes edificios que empezaron a construirse en el entorno inmediato, siendo incluso más cómodo realizar los juegos en el foro que en el propio anfiteatro. Al analizar los anfiteatros de la Bética, la primera sensación es que estamos trabajando con una muestra exigua de la variedad de edificios con que debió contar la provincia. De los cinco documentados a día de hoy, dos habían permanecido visibles y exentos hasta finales del siglo xix, Écija, demolido para construir la plaza de toros, e Itálica que nunca se ocultó; Berja, conserva los restos de lo que parece ser un pequeño anfiteatro accesible pero que no ha sido objeto de una intervención arqueológica profunda; el hallazgo del anfiteatro de Carmona es producto de la tozudez de sus descubridores, una intuición que nos ha brindado un ejemplar excepcional; el de Córdoba es el único caso de descubrimiento producto de las actividades arqueológicas urbanas. Ninguno, no obstante, ha sido descubierto y analizado a partir de un proyecto de investigación específico. Esta casuística nos permite tener la convicción de que lo que conocemos es más producto del azar que una representación real de los anfiteatros béticos. Faltan, con pocas dudas, anfiteatros en las otras dos capitales conventuales, Cádiz y Sevilla, de características similares al de Écija. Edificios similares al de Berja debieron estar repartidos de una manera extensa por muchos centros urbanos menores, con capacidad económica para emular a los grandes centros urbanos imperiales. El tercer tipo, representado por el edificio carmonense, corresponde a los anfiteatros militares; edificios construidos por y para los ejércitos romanos acantonados en Hispania que, en la actual Andalucía, deberían ser más abundantes en el siglo i a.C., en los momentos más belicosos que requirieron de una mayor presencia de contingentes militares. En general, deberían ser edificios adaptados en su aforo al tamaño de los campamentos, desde pequeños ludi de entrenamiento a edificios destinados a albergar un gran contingente de tropas, todos de una arquitectura simple y aprovechando la morfología del terreno. Los anfiteatros más monumentales de la provincia están en la capital de la misma, en Astigi, capital de conventus y en Itálica, dentro del gran programa urbanístico de la Nova Urbs adrianea. Todos ellos tienen muchas características similares. Comparten un diseño geométrico común y, hasta el momento, exclusivo de estos edificios béticos: las mismas dimensiones de la arena, estructuralmente, aprovechan la morfología del terreno para soterrar el equivalente a la altura de una planta, o incluso alteran el terreno intencionalmente con la finalidad de no alzar en exceso la altura de la fachada, reduciendo costes y complejidad en la arquitectura. En cuanto a la datación, a tenor de los datos publicados, todos de-bieron construirse en fechas próximas, entre finales del siglo i d.C. y época adrianea, en un período no mayor de 50 años. Todos estos datos apuntan al establecimiento de un modelo regional, obra incluso del mismo grupo de arquitectos, en el que, de momento, no podemos establecer cuál de ellos fue el primero y, por tanto, sirvió de modelo para el resto, dado que las fechas de Écija y Córdoba sólo establecen un momento previo a su construcción. La datación avanzada de estos edificios nos hace plantearnos si en las principales ciudades de la Bética la construcción de anfiteatros monumentales supuso la sustitución de otros anteriores no localizados o si, al contrario, el proceso de construcción de este tipo de edificios de espectáculos monumentales en los principales centros administrativos del Imperio se generalizó a partir de la construcción del Anfiteatro Flavio. En este último caso los juegos gladiatorios pudieron celebrarse en el foro como era habitual. El anfiteatro de Itálica se diseñó estableciendo, en primer lugar, el aforo deseado que determina el tamaño del graderío; posteriormente, considerando una altura de fachada equivalente al ancho de la cávea, se deduce el número de arcos con la fórmula 40R/C. Esta proporción es aplicable a la mayor parte de los anfiteatros monumentales a excepción de Nimes y Arlés, cuya fachada se deriva de 32R/C, o el Coliseo y Capua que, dado su mayor tamaño, el número de arcos se deduce de 50R/C o 48R/C. Finalmente, modificando levemente la inclinación de la grada, el arquitecto podía prescindir de una de las plantas, reduciendo la altura de la fachada, como pueden ser los casos de Verona y Pozzuoli. Una característica estructural muy significativa es compartida con los anfiteatros de las otras capitales provinciales hispanas: el hecho de estar parcialmente soterrados. No obstante, junto a una cronología similar, esas son las únicas características concordantes, puesto que ni su estructura, ni su fachada, altura, tamaño ni diseño geométrico son siquiera similares. En lo relativo a su geometría, Mérida parte de un óvalo en el que la relación entre sus focos es la de un triángulo equilátero25, mientras que Tarragona es un edificio elíptico (Ciurana et alii 2013: 28). Sus tamaños, y con ello sus capacidades, están muy por debajo de la de los anfiteatros béticos. Según los índices con los que hemos trabajado en este artículo, Mérida tendría capacidad para unos 20700 espectadores mientras que Tarragona podría alojar unas 15000 almas. Los anfiteatros analizados de la Bética están entre el grupo más selecto de todo el repertorio de anfiteatros romanos, lo que da idea del deseo de emular a la capital imperial en la monumentalización de sus ciudades y en mostrar una capacidad económica y política para erigir unos edificios cuyo significado trasciende el mero aspecto lúdico. Para finalizar, consideramos necesario realizar un esfuerzo programado y coordinado para la creación de proyectos de investigación específicos que analicen los edificios de espectáculos en la provincia, circos, teatros y anfiteatros, para que no sea el azar el que siga dictando el curso de la investigación.
A lo largo del año 2013 se llevó a cabo un nuevo trabajo de investigación sobre las redes de abastecimiento de agua de la ciudad romana de Baelo Claudia. Más concretamente, se estudiaron sus acueductos y su castellum aquae. El desarrollo de dicho proyecto tuvo como primer objetivo hacer un balance del estado de conservación de los vestigios arqueológicos. Además, permitió destacar la originalidad de ciertos dispositivos, como son los puentes y los pozos de resalto. Por ende, sirvió para mejorar nuestra comprensión acerca de cómo se realizaba la difusión de técnicas itálicas desde la cuenca mediterránea hasta la costa atlántica. PALABRAS CLAVES: Acueductos; pozos de resalto; puentes; técnicas de construcción; redes hidráulicas. El yacimiento arqueológico de Baelo Claudia es uno de los más importantes del Campo de Gibraltar. Gracias a la realización de numerosas excavaciones, se ha puesto de manifiesto el excelente estado de conservación de esta antigua ciudad romana. El estudio de este enclave ha permitido obtener información muy valiosa sobre la época en que dicha ciudad vivió su apogeo. Es sabido que gran parte de los trabajos de investigación se han centrado en la muralla, el centro monumental, las fábricas de salazón y la arquitectura doméstica; sin embargo, faltaba un estudio sistemático de la red de abastecimiento de agua para la ciudad, la cual estaba conformada por tres acueductos. Los restos de esta red poseen varias particularidades técnicas, como son los pozos de resalto o puentes, cuyo estado de conservación nos permite llevar a cabo un análisis en condiciones óptimas. Por esta razón, en el contexto de un proyecto arqueológico puntual que tuvo lugar durante el año 2013 1, se hizo un primer balance de la integridad de los restos arqueológicos de los tres acueductos. En este artículo, únicamente se presentan y analizan los primeros resultados del trabajo de investigación, pues el proyecto todavía está en curso. Principalmente, se obtuvo información sobre los problemas de nivelación, así como varias especificaciones técnicas. Al considerar los acueductos de una ciudad romana, surge una serie de cuestiones sobre las que reflexionar: ¿Para qué sirve el acueducto? ¿Cómo se organiza su construcción? ¿Cuál es el impacto de ésta sobre el territorio? Aunque, a día de hoy, este primer 1 Quiero agradecer por su colaboración a la Junta de Andalucía; al conjunto arqueológico de Baelo Claudia, Ángel Muñoz Vicente (Director), Iván García Jiménez (arqueólogo); Pierre Moret (Director de investigación, CNRS TRACES -UMR 5608, Universidad de Toulouse, Francia); el equipo de investigación con Clémence Mège (arqueóloga SAVL Lyon, investigadora colaboradora del CNRS -Universidad Lumière Lyon), Carine Calastrenc (Ingeniero, CNRS -Universidad de Toulouse), Jean-Marc Fabre (Ingeniero topógrafo, CNRS -Universidad de Toulouse) y Nicolas Poirier (Investigador, CNRS -Universidad de Toulouse); los tres organismos financiadores, la Universidad de Toulouse, el laboratorio del CNRS TRACES -UMR 5608 y la Casa de Velázquez -Madrid. CONTEXTO TOPOGRÁFICO E HISTÓRICO 1.1. La ciudad romana y el sistema de abastecimiento de agua En el extremo sur de la Bética (Fig. 1), la ciudad romana de Baelo Claudia se sitúa en la orilla del Estrecho de Gibraltar, lindando con las costas Atlántica y Mediterránea, cerca de Bolonia (Tarifa). La ciudad se desarrolló, probablemente, merced a la proximidad del mar. Se trataba de un puerto comercial y de transporte de viajeros y, simultáneamente, un puerto pesquero y un centro para conservar el pescado. Fueron identificadas tres fases relativas al desarrollo de la urbe. Las estructuras arqueológicas de la época republicana (finales del siglo ii-principios del siglo i a.C.) se sitúan cerca del decumanus maximus; en esencia, son factorías de salazones y Figura 1. Mapa de la ciudad romana y propuesta de repartición de los barrios abastecidos por los varios acueductos (Borau; IRAA). canalizaciones. En la época augustea, la ciudad se amplió: se construyeron una muralla, un gran edificio en el subsuelo de la basílica y además se implementó la trama urbana de tiendas del pórtico oriental del foro. Gracias al desarrollo económico, la ciudad se transformó nuevamente entre mediados del siglo i y principios del siglo ii d.C., dotándose de un complejo monumental con un foro. Más concretamente, dicho complejo constaba de una plaza en el centro provista de templos (capitolio, templo de Isis), una tribuna de oradores, una basílica, una fuente, un macellum y algunas tiendas. El teatro se situaba al oeste, cerca de las termas de la Puerta de Gades. Sólo se conocen las casas cercanas al puerto. En su mayoría, los edificios públicos fueron abandonados a finales del siglo ii y durante el siglo iii d.C. Aun así, la población siguió viviendo en la ciudad hasta el siglo vii, lo cual se corresponde con el abandono definitivo de la misma (Sillières 1995;Álvarez Rojas et alii 2007; Alarcón Castellano 2009). Los acueductos de Baelo Claudia fueron estudiados parcialmente por P. Paris (Paris et alii 1923) a principios del siglo xx, durante las primeras excavaciones realizadas en el yacimiento (Fig. 2). En 1972, C. Fernández Casado (Fernández Casado 1972) propuso una nueva cronología relativa a estos acueductos, y en 1973 A. Jiménez (Jiménez 1973) realizó una serie de levantamientos de las estructuras elevadas del acueducto de Punta Paloma. En 1995, P. Sillières (Sillières 1995) La importancia del sistema hidráulico podría relacionarse muy probablemente con la expansión de la ciudad durante los siglos i y ii y con su cambio de estatus, pues se convierte en un municipio de ciudadanos romanos (Sillières 1995: 56): los acueductos abastecían de agua los baños, las fuentes públicas, las casas, pero también las fábricas de salazones que requerían agua para limpiar el pescado. Sin embargo, nunca se han realizado excavaciones, por lo que la cronología de los canales no es fiable. A esto ha de sumarse el efecto de los seísmos sobre los acueductos. Importancia de la nivelación de los acueductos para el abastecimiento de agua de una ciudad La principal dificultad que presenta la construcción de un acueducto es el mantenimiento de una pendiente suficiente para que el agua se desplace por (Trevor Hodge 2002). Estas técnicas consistieron en la construcción de muros, puentes y también estructuras más específicas, como son los pozos de resalto. DESARROLLO METODOLÓGICO DE LA AC-TIVIDAD EN 2013 En el marco de este proyecto arqueológico, cada acueducto fue sometido a una prospección superficial sistemática con un doble objetivo: documentar y localizar todas las estructuras visibles en la superficie y, cuando esto fue posible, realizar un primer levantamiento topográfico de los acueductos gracias al sistema GPS, y en algunos casos el más preciso GPS diferencial2. Cabe señalar que el principal obstáculo relativo al desarrollo de esta actividad fue la existencia de abundante vegetación que oculta las estructuras arqueológicas. Este trabajo ha sido completado mediante localizaciones por medio de un UAV3 provisto de una cámara fotográfica, lo que permitió identificar vestigios que no eran accesibles, como el puente del Alpariate. Aun así, este trabajo de investigación debe ser profundizado y afinado para poder comprender de manera detallada cómo se inserta cada acueducto en el paisaje. LOS TRES ACUEDUCTOS: RECORRIDOS Y CARACTERISTICAS FISICAS El acueducto del molino de Sierra Plata El acueducto del Molino de Sierra Plata sigue un trayecto desde el noroeste hacia las termas de la Puerta de Gades, en la ciudad romana (Fig. 3). En línea recta, mide 1,46 km. Se estudiaron sólo dos tramos del recorrido. En primer lugar, un tramo de canal fue identificado aguas abajo de la fuente ubicada en la ladera sudoeste de la Sierra de la Plata (Dardaine et alii 1983: 88). Se compone de dos bloques monolíticos de piedra arenisca tallados en forma de U cuya orientación es noroeste-sureste. La profundidad de la ranura central es de 0,22 m y los bloques tienen 0,45 m de grosor. El canal conserva huellas en su fondo. Por otra parte, en el Conjunto Arqueológico de Baelo Claudia, al oeste del sitio, al norte del portal que da acceso a la carretera CA-2216, se puede observar el canal a lo largo de unos 100 m. El canal está construido en opus caementicium encofrado (arenisca y mortero), revestido de opus signinum. No conocemos el punto exacto en el que el canal entra en la ciudad. El acueducto de Realillo La fuente que abastecía el acueducto de Realillo se sitúa al norte de la ciudad romana, en la aldea Cortijada del Realillo de Bolonia (Dardaine et alii 1983: 88). Esta fuente constituye un afluente del Arroyo del Alpariate, y esta parte no fue estudiada. Según P. Sillières (Sillières 1995: 146), el acueducto de Realillo tiene 4 km de longitud, aunque en línea recta mide 2,3 km. Solamente se estudió el tramo situado dentro del yacimiento arqueológico. Se localizaron tres pozos de resalto: el primero, en el extremo norte, a lo largo de la carretera CA-2216; el segundo, dentro de la ciudad, igualmente en el norte, cerca de la muralla; y el tercero asociado a un muro que sostenía el canal. De los tres pozos de resalto, este último es el mejor conservado. Es muy similar a los otros: la altura interior del pozo es de 1,25 m y la altura exterior es de 1,60 m. La parte expuesta se conserva de manera prácticamente íntegra. Existe una brecha (podría ser la llegada del canal ascendente) en la parte norte, de 0,45 m de ancho en la base del pozo. Fue construido con mampostería de piedra arenisca cuadrangular y mortero gris-blanco. La capa de opus signinum (latericio, cerámica y ánfora probablemente) se conserva en unos 0,95 m de alto y tiene 3-4 cm de grosor, con una capa de DIFUSIÓN DE MODELOS TÉCNICOS ROMANOS nivelación milimétrica de color blanco-grisáceo por encima. A 87 m del pozo, corriente abajo, existe una estructura de planta cuadrangular denominada "cisterna", que termina con un ábside en el lado sur. En realidad, es el depósito de agua del acueducto de Realillo. Está construido en mampostería de piedra arenisca y mortero gris, y revestido de opus signinum (parte interior) de 4 cm de grosor. Las paredes tienen un grosor de 0,95 m. Hace algunos años la cisterna fue excavada hasta el fondo (5 m de profundidad) y rellenada hasta la base de la bóveda. Se identifican once contrafuertes al este y diez al oeste, instalados a intervalos regulares. Éstos miden entre 1 y 1,30 m de largo y tienen una anchura de 0,80 m; están destinados a reforzar las paredes sometidas a la presión del agua contenida en el edificio. Este depósito de agua está semienterrado y tiene, en su parte superficial, más de 1,30 m de altura máxima. La bóveda mide 1,48 m de grosor y claramente constó de una escalera de acceso. No conocemos el tipo de canales de distribución de agua. está envuelto por losas convexas de piedra caliza, que en la parte superior de las paredes están unidas entre sí por una junta de mortero y con algunas piedras de calcarenitas (grosor de 0,13 m). Hay cuatro losas que son todavía visibles y cuyas paredes miden 0,39 m de ancho y 0,50 m de alto. El mortero dentro del canal (que no parece ser un opus signinum con latericio) tiene un grosor de 0,12 m sobre cada pared. A partir de este lugar y a lo largo de unos 2000 m de recorrido, no localizamos estructuras arqueológicas. Es necesario realizar otras prospecciones arqueológicas para estudiar en detalle esta zona (la presencia de abundante vegetación y arena puede esconder buena parte de los vestigios). En una zona ubicada aguas arriba del puente del Conejo, entre los pinos de la zona protegida (antigua zona militar), algunos tramos del canal de mampostería todavía se pueden apreciar a lo largo de varios metros. La construcción ya no es la misma. En este caso, las paredes laterales están hechas con piedra arenisca. En este lugar, podemos inferir que el acueducto se erige por encima del nivel del suelo y atraviesa el arroyo del Conejo gracias a un puente. En la orilla conserva tres pilares elevados que no tienen las mismas dimensiones: van aumentando de tamaño de este a oeste, entre 1,08 m y 1,55 m de largo y entre 1,50 m y 1,53 m de ancho, ocurriendo lo mismo con la luz de los pilares. El pilar 2 conserva un arquillo central y se mantiene sobre aproximadamente 4 m de altura. Son de mampostería formada por bloques de piedra arenisca en la parte inferior y piedras más pequeñas en el nivel superior del arquillo. Las juntas sobresalen frecuentemente, el mortero es de un gris bastante claro y el interior de la mampostería es de color amarillo. El puente del Conejo se ha derrumbado parcialmente sobre el lecho del arroyo. En la orilla oeste, unos tramos de mampostería pertenecen a los pilares del puente que cruza el arroyo. A 35 m de distancia, los tramos del canal -revestido de opus signinum-aparecen entre los pinos. El puente se mantiene intacto a lo largo de 75 m. Tendría trece pilares para soportar trece grandes arcos, además de catorce arquillos. Jiménez estima en 6 m la altura total del puente. No obstante, comprobamos que la restitución propuesta por A. Jiménez no coincide con nuestras propias observaciones en el terreno. Existe una diferencia en la implantación de los pilares. En el estado actual de la investigación es indispensable realizar un levantamiento más preciso para restituir el puente. Al continuar nuestra trayectoria no detectamos ningún vestigio a lo largo de 1000 m de distancia, pero, como ya mencionamos, probablemente la vegetación cubre una parte de ellos. En efecto, A. Jiménez (Jiménez 1973: 281) afirmó que un pozo (probablemente de resalto) se mantenía más cercano del Cortijo de la Torre. Para atravesar el arroyo de Churriana se construyó un puente (Fig. 5), del cual actualmente se pueden reconocer ocho pilares. Sólo un pilar se mantiene a una elevación de más de 7 m con el specus revestido de opus signinum, en la orilla oeste. Está construido con bloques de piedra arenisca calibrados con mortero. Las juntas sobresalen ligeramente y tienen entre 1 y 1,30 cm de grosor. En la orilla este, parte de un gran arco y un arquillo siguen en pie. Este puente es muy parecido al puente del Conejo, y las dimensiones de los pilares varían entre 1,54 m y 2,12 m de largo por Estos datos difieren de las propuestas de A. Jiménez (Jiménez 1973: 281): "la anchura de los pilares, 1,36 m, es constante, variando las longitudes entre 2,06 y 2,17 m". Los otros pilares se derrumbaron en el lecho del arroyo. Cabe señalar un descubrimiento de gran interés, hasta ahora inédito: se trata de un pozo de resalto situado al principio de este puente (como el puente de Chorrera más adelante). La pared del pozo se conserva en sus dos terceras partes. La apertura del canal de salida, en la pared del pozo, es parcialmente visible. El canal ascendente ha desaparecido. La construcción es de buena calidad pero, en el interior del pozo, el mortero (opus signinum) ha desaparecido. El pozo se conserva parcialmente y tiene 0,90 m de altura. No conocemos el tipo de cubierta. Este pozo de resalto se conecta con el puente de Churriana gracias al canal que pasa sobre un muro (extremo del puente). Este muro hace las veces de conexión entre el pozo y los pilares del puente, y es visible a lo largo de 9,30 m, tiene 1,10 m de ancho y 2 m de altura. Se puede ver el mismo muro al extremo del puente en la orilla oeste. Tendría ocho pilares, nueve grandes arcos y diez pequeños. Teniendo en cuenta la topografía, la longitud parece adecuada, pero tal y como hemos visto anteriormente, la restitución (de los pilares) no parece correcta de acuerdo con la información adquirida recientemente. Desde este punto hasta el puente del Pulido, que se sitúa 450 m aguas abajo, ningún vestigio arqueológico ha sido identificado. A principios del siglo xx, después de los primeros descubrimientos de P. Paris, el puente del Pulido fue destruido para construir la carretera CA-2216. Solamente es posible observar los extremos del puente y dos bases de pilares en el lecho del arroyo. P. Paris hizo una fotografía antes de la construcción de la carretera moderna y se logra apreciar en ella el buen estado del puente romano en aquel momento. Tenía tres grandes arcos y por lo menos un arquillo de cada lado. A lo largo de 580 m en línea recta no se ha realizado ningún trabajo de investigación. Sin embargo, para cruzar el arroyo del Alpariate al oeste sería necesaria la construcción de otro puente (Fig. 6). P. Paris también fotografió un pilar en pie y un fragmento de otro caído en el arroyo, que ahora se sitúan en un área privada y cerca del arroyo donde la vegetación es muy densa. Gracias a la utilización de un UAV provisto de una cámara fotográfica, logramos realizar un registro gráfico de los restos de este puente. Al noroeste, se puede identificar un muro que sostiene el canal; después, siete pilares cuadrangulares desplomados sobre su flanco; más al sur, a pocos metros, un octavo pilar igualmente caído, y en el lecho del arroyo un fragmento de un pilar todavía en pie. Los restos son visibles a lo largo de unos 100 m. Una parte del puente fue destruida por la construcción de la carretera CA-2216. En la orilla sur del arroyo, en el sitio arqueológico, se mantiene un extremo del puente -que se desplomó en su flanco sur-y tiene 5,35 m de longitud. Está construido con bloques de piedra arenisca y mortero. Además, el canal está recubierto por una capa de opus signinum. La cimentación del muro sobresale ligeramente unos 7-8 cm. El muro tiene 1,60 m de altura, 1,40 m de longitud y 1,32 m sin su cimentación. El canal es de 0,30 m de ancho y sus paredes, norte y sur, tienen 0,47 m de grosor. El mortero tiene 7 cm de grosor en cada lado y 5 cm en el fondo. El sustrato geológico se compone de arcilla verde y presenta piedra arenisca con una fina capa de cuarzo en uno de los lados. Las losas que se localizan en el suelo sugieren que se utilizaron para cubrir el acueducto. De igual forma, se pueden ver al oeste las mismas losas sobre el acueducto, cerca de la muralla romana. Conforme a lo descrito por A. Jiménez (Jiménez 1973: 282) puente de Churriana, un pozo de resalto permite la conexión entre el muro que sustenta el canal y el puente tangencial. El muro, ahora derrumbado, tiene 0,80 m de altura y un poco más de 1 m de anchura, sobresaliendo 0,25 m. En la orilla este del arroyo, el pozo de resalto se mantiene en sus 3⁄4 partes. Todavía está recubierto de opus signinum. En la Antigüedad, el canal superior, sostenido por el muro, se situaba más alto que el canal de salida. El agua caía en un pozo profundo que mide 1,25 m respecto al canal inferior (no conocemos la altura respecto al canal superior). La altura total de este pozo de resalto es de 1,60 m y su diámetro es de 0,60 m, con mortero de 4 cm de grosor, incluyendo una capa muy fina de cal. Este mortero tiene una alta concentración de latericio. La pared, de 0,50 m de grosor, fue construida con bloques de piedra arenisca y mortero gris claro. El diámetro total del pozo es de 1,60 m. El canal sobre el puente de Chorrera se conserva a lo largo de 19,30 m, aunque falta la cubierta que se componía probablemente de losas de piedra arenisca. El canal de mampostería conserva el opus signinum interior y mide 0,30 m de ancho entre las paredes con mortero de 4 cm de espesor. Las piedras, lógicamente, son de dimensiones más pequeñas en las paredes en comparación con las de la base del puente. El puente tiene tres grandes arcos y dos arquillos. Grandes sillares de piedra arenisca constituyen la bóveda y sus paredes tienen bloques de tamaño mediano. En el extremo del puente, hacia la muralla romana oriental de la ciudad, allí donde hay una cisterna, el canal subterráneo es visible a lo largo de 27,50 m y conserva su altura original. El grosor de las paredes oscila entre 0,38 m y 0,50 m y el opus signinum entre 4-5 cm. Está constituido por una capa de latericio y de un fino enlucido de color blanco. En la parte superior de las paredes forma un cordón de 0,15 m de ancho. Se apoyan parcialmente sobre las paredes laterales del canal. Al oeste, el acueducto pasa a través de la muralla oriental, al norte de la puerta oriental del decumanus. Fue construido probablemente después de la muralla, al igual que la cisterna que se sitúa dentro de la ciu-dad, al final del acueducto de Punta Paloma. Su modo de construcción es muy peculiar y parece realizado con materiales reutilizados como piedra arenisca y caliza con mortero (con algunas inclusiones de latericio). Las paredes están encofradas y se pueden reconocer tejas modernas. Se trata probablemente de una estructura más antigua, reutilizada o reconstruida en la época post-romana. Merecería ser excavada para determinar con precisión la estratigrafía entre el muro, la muralla, el acueducto y la cisterna. La cisterna está bien conservada, ya que sólo su bóveda ha desaparecido. Las paredes del norte, sur y este se ven en la superficie y se distingue en ellas un recubrimiento liso sobre toda la parte superior (0,80 m). El interior está recubierto con mortero y presenta una puerta pequeña que mide 0,80 m de ancho con agujeros en la pared contigua. Las paredes se conservan con unas dimensiones de 1,50 m de alto -1,95 m considerando la parte de la bóveda-, 2,30 m de largo (este-oeste) y 2,20 m de ancho (norte-sur). Más allá no podemos dilucidar si el canal del acueducto se extiende hacia un castellum aquae. Así, el acueducto de Punta Paloma se distingue por su gran longitud y por su construcción en general, ya que dispone de elementos arquitectónicos altamente sofisticados. CARACTERÍSTICAS DE LAS REDES HIDRÁU-LICAS DE BAELO CLAUDIA Este primer análisis técnico de los sistemas de abastecimiento y almacenamiento de agua de la ciudad de Baelo Claudia permite poner de manifiesto la existencia de características similares a otras estructuras hidráulicas romanas presentes en la Península Ibérica y también en el occidente del Imperio romano. A continuación, se presentan dichas similitudes en detalle. Materiales, técnicas de construcción y modelos Los canales: varios tipos Los acueductos atraviesan terrenos de diferentes características. Ciertos indicios reflejan una adaptación de las técnicas al contexto y la utilización de materiales locales (Fig. 7). Por ejemplo, al principio de su recorrido el acueducto de Punta Paloma se sitúa en un terreno inestable de arenas y de dunas móviles. Fue construido con hormigón encofrado (calcarenitas y mortero) y recubierto con piedras convexas atadas a las paredes con juntas de mortero y piedras. El canal Podemos también interesarnos por la forma particular de la cubierta convexa exenta de cargas verticales: ¿dicha forma es dictada por el material empleado? ¿acaso la calcarenita es demasiado desmenuzable para formar baldosas de cubierta? ¿es el contexto arenoso lo que determina esta forma tan peculiar? ¿se trata únicamente de la voluntad de los constructores? Se puede comparar la morfología de estas baldosas con el acueducto de Saintes (Francia), cuya cubierta está tallada en semicírculo en su interior (Bonicelle 2008: 28). La utilización de una cubierta convexa no está muy extendida en el mundo romano, ya que implica un trabajo de talla específica. El modo de la cubierta cambia a lo largo del trayecto del acueducto, convexo y llano. Consideramos que la primera técnica se emplea para constituir un canal hermético, en un contexto muy peculiar, el de las dunas móviles. Después, hacia el puente del Conejo, el terreno continúa siendo inestable a causa de la arcilla y de la calcarenita; al acercarse a la ciudad el terreno está constituido de calizas, margas y arcillas. Los otros tramos del specus del acueducto fueron construidos en opus caementicium, encofrado sin paramentos específicos y de aspecto tosco (Seigne 1999: 82), excepto cuando pasa sobre un muro o un puente. En este caso, está construido en opus caementicium con paramentos regulares. Sólo a nivel de los puentes, las paredes del acueducto tienen paramentos con bloques regulares. En este contexto, la cubierta no se ha conservado. El acueducto del Molino atraviesa terrenos constituidos de asperón, seguidos de arenisca y coluviones, después de arcilla y por último, de caliza, marga y arcilla. Cerca de la fuente, la técnica empleada para construir el specus es sorprendente: se trata de bloques monolíticos que se cimentan probablemente mediante juntas de arcilla (Paillet 2007: 30-31). Este conducto monolítico no es suficientemente grande para contener el agua de una fuente abundante, y más bien se trata de un pequeño canal que abastece un acueducto más grande o se trata de la parte baja del canal (¿acotado por paredes construidas con mampostería?). Además, el modo de construcción cambia a lo largo de su trayecto, ya que en el sitio arqueológico el canal fue construido en mampostería y probablemente recubierto con losas. Estas diferencias técnicas se deben, probablemente, a la adaptación del canal al contexto geológico. Es más difícil estudiar el acueducto de Realillo, porque no se conoce el modo de construcción del mismo. Solamente sabemos que atraviesa diferentes tipos de terreno: calizas areniscas, arcillas, calcarenitas, coluviones en la parte norte y cerca de la ciudad, calizas, margas y arcillas. Los pozos de resalto y el muro que soporta al acueducto fueron construidos en opus caementicium con paredes de bloques regulares (arenisca y mortero). Además, el opus signinum no es empleado en todos los tramos de los canales, o en algunos casos no se conserva (tramos del Molino, de Punta Paloma). Algunas veces fue reemplazado por mortero blancogris. Por el contrario, la cisterna y uno de los pozos de resalto del acueducto de Realillo nos muestran un opus signinum de buena calidad, muy duro, con fragmentos de latericio bastante gruesos y una gran parte de mortero de cal. Para el acueducto de Punta Paloma, este mortero forma un cordón en la parte superior de las paredes; es un tipo poco empleado, pero se encuentra por ejemplo en el acueducto de la Brévenne en Lugdunum-Lyon (Francia) y en Augustodunum-Autun (Francia) (Burdy 2002a; Borau, 2010). Los puentes: algunos modos de construcción peculiares En todos los casos, se aprecia que la construcción de los puentes y de los muros (substructio) que sostenían el canal es de buena calidad. Las piedras de las paredes de los pilares, así como las losas de las bóvedas, son regulares con juntas sobresalientes (Fig. 8). A diferencia de puentes más conocidos como el "Pont du Gard" en Nîmes (Francia) (Fabre et alii 2000) o el puente del Diablo en Tarragona (Costa Sole 2011) con arcos aparejados, los de Baelo Claudia se construyeron en opus caementicium, es decir que las bóvedas son encofradas. Según A. Ventura (Ventura Villanueva 1996: 21), el desarrollo del opus caementicium facilita la construcción de los acueductos, sobre todo a partir de la época augústea. Existe bastante similitud entre ciertos puentes de Baelo Claudia (Fig. 9). Por ejemplo, el puente del Pulido del acueducto de Punta Paloma, únicamente conocido gracias a las fotos de P. Paris (Paris et alii 1923), se puede restituir con las mismas características que las del puente de Chorrera, con alternancia de grandes arcos y arquillos. El empleo de arquillos asociados con grandes arcos no es muy frecuente. Sin embargo se puede comparar con el acueducto de Aqua Sexitana (Almuñécar), que tiene arquillos muy parecidos (Sánchez López 2012: 246-247). También el puente (de carretera) de Mérida es muy interesante, puesto que sus arquillos "tienen como finalidad mejorar la capacidad de desagüe en caso de grandes avenidas, aliviando los empujes que ha de resistir el puente cuando el agua alcanza su nivel. [...] Su uso pervivirá en época imperial, a veces hasta el reina-do de Trajano, aunque al construir pilares cada vez más esbeltos, tienden a desaparecer" (VV. Las comparaciones más pertinentes son las de los puentes de las vías romanas con desaguaderos, gracias a que muchos de ellos tienen arquillos para luchar contra las crecidas de los ríos, por ejemplo los puentes de Villa del Río en Córdoba, de Vial Ruiva (Portugal) y el de "Pont Julien" (Francia) (Duran Fuentes 2005: 38, 56). Los arquillos de los puentes de Chorrera y del Conejo, en Baelo Claudia, se sitúan a casi 8 m de altura respecto al lecho del arroyo, y claramente tienen un papel diferente ya que son arcos de aligeramiento. Según este principio relativo a la construcción, podemos relacionar el acueducto de Punta Paloma con el de Metz (Francia), puesto que las partes vacías prevalecen sobre aquellas que están llenas (Lefebvre 1997: 414). Para A. Jiménez (Jiménez 1973: 292), estos arquillos también se construyen debido al fuerte viento que azota este sector, y que podría dañar las estructuras aéreas4. Aún así, este tipo de arquitectura es muy poco empleado. La morfología y la anchura de estos puentes están ligadas a las dimensiones de los valles que atraviesan, tan los canales y cruzan los ríos son bastante bajos con grandes arcos, como el puente de Alcanadre-La Rioja (Ángeles Mezquiriz 1979: 139-147) -5 m de altura y arcos de 4,80 m de luz-, Cahors en Francia (Rigal 2012: 451) -5 m de altura y arcos de 7,50 m de luz-, o son altos y tienen dos o tres niveles de arcuationes más o menos anchos como el acueducto de Los Milagros de Mérida (Feijoo Martínez 2005; Pizzo 2015) -30 m de altura y arcos de 4,50 m de luz con tres niveles -o de Segovia-28 m de altura y arcos de 5 m de luz con dos niveles (Trevor Hodge 2002: 131). En Baelo Claudia todos los puentes tienen sólo un nivel de arcuationes, con una altura estimada de 7 m para el puente de Churriana y quizás 8 m para el del Conejo. Podemos precisar un aspecto del proceso de construcción de los puentes del acueducto de Punta Paloma, ya que en ciertos casos observamos que las cimbras se apoyan en impostas. Esto se da a menudo cuando los constructores no pueden instalar un puntal directamente sobre el suelo (lecho del río). Tenemos el caso del puente de Churriana, donde hay una imposta en la base del arco 3, mientras que no existe sobre el arco 9 donde los puntales podían apoyarse sobre el suelo (Adam 2008: 189-190). ¿Qué aporta el análisis de las dimensiones de las estructuras hidráulicas? Se observan algunas similitudes entre las estructuras (Fig. 10). Primero, los canales de los tres acueductos son estrechos, 0,33 m de ancho para el acueducto del Molino y 0,46 m para el canal de Paloma, reducido a 0,30 m aproximadamente cuando pasa sobre un puente. Siguiendo esta metodología, es posible evaluar las secciones de los tres acueductos. Para el acueducto de Realillo, no se conocen las dimensiones del canal, pero el muro que lo carga mide 1,12 m de ancho. Si lo comparamos con los otros dos acueductos, las paredes se pueden estimar en 0,30 m o 0,40 m de grosor, es decir, un canal estimado entre 0,32 m y 0,52 m de ancho, probablemente con una altura similar. Naturalmente, la sección en contacto con el agua de cada acueducto es todavía inferior, pues generalmente el nivel de agua en los acueductos se sitúa en la mitad o en los tres cuartos del canal. Para el cálculo de la sección en contacto con el agua se necesita conocer la altura de agua en el canal, dato que por ahora ignoramos. Asumimos que si los constructores realizaron canalizaciones de tal sección, debía ser porque conocían el flujo débil de las fuentes. En la década de 1980 se realizaron estudios hidrogeológicos sobre la distribución de los manantiales en el sector de Baelo, que demostraron la presencia de aguas subterráneas locales de flujo débil -algunos litros por segundo-, pero sin embargo constante durante el verano. El acuífero de Punta baja es un buen ejemplo de ello (Dardaine et alii 1983: 88). Por consiguiente, los acueductos de Baelo Claudia pertenecen a la categoría de los acueductos de pequeña hidráulica. En comparación, hay una diferencia sustancial entre los canales de estos acueductos y el de Gades. Este último, construido en zanja, es de opus caementicium, revestido de un mortero de cal y arena y con una bóveda formada por ocho tablones de 8 ó 9 cm de ancho sobre una cimbra (Lagostena Barrios et alii 2009: 149). Estas dimensiones permiten suponer que un hombre puede ponerse de pie para inspeccionar el interior de la canalización. No es el caso del de Baelo Claudia, pues no necesita pozo de registro, como en el caso de Gades (Lagostena Barrios et alii 2009: 151). Pueden citarse muchos ejemplos similares (Mérida, Lyon, Autun...). Asimismo, las dimensiones de los muros que soportan el canal son bastante regulares y miden entre 1 m y 1,35 m de ancho, como los acueductos de Punta Paloma y de Realillo. Los pozos de Realillo miden 0,95 m de diámetro y los de Punta Paloma 0,60 m. La diferencia de dimensiones entre los pozos puede estar en relación con la cantidad de agua transportada al mismo tiempo que con la pendiente. Estas dimensiones son muy importantes porque son similares a las de los pozos del acueducto de Córdoba. En cambio, si comparamos los pozos de resalto de Baelo Claudia con los otros acueductos del Imperio Romano, comprobamos que son pozos de menor tamaño, como por ejemplo los de Cherchell, Lyon, Autun. En comparación, la luz de algunos arcos del acueducto de San Lázaro en Mérida es también de 3,56 m (Pizzo 2015). La diferencia de luz indica que las cimbras no son reutilizadas sistemáticamente de un arco al siguiente o de un puente a otro; en consecuencia se requiere un mayor esfuerzo por parte de los constructores y aumenta por tanto el coste del trabajo y el abastecimiento de materiales (particularmente madera) (Adam 2008: 189-190). Para este mismo, observamos que la apertura del arco 2 del puente de Churriana corresponde al doble de la anchura del pilar 3. Los pilares del Conejo son cuadrangulares y presentan dimensiones que oscilan entre 1,50 m y 1,54 m de ancho y largo, similares a las de Churriana. Así, podemos plantearnos cuestiones relativas al hecho de que ciertos puentes se parecen pero sin embargo no tienen los mismos módulos. El ulterior desarrollo de las investigaciones y el análisis metrológico de los puentes podrían posiblemente permitir la determinación de los módulos y arrojar luz sobre la existencia de normas, lo cual ya ha sido demostrado en el acueducto del Gier en Lyon (Burdy 2002b: 81-84). Por ejemplo, en España esta normalización es evidente en el caso del acueducto de Andelos, cuyo puente, que posee una anchura de 3 m y está constituido por 108 arcos, atraviesa el Ebro. Además, el desarrollo de esta investigación permitió revisar la interpretación de dos estructuras consideradas hasta ahora como cisternas, que constituían el punto final del recorrido de los acueductos. La primera se sitúa en el de Punta Paloma, contra la muralla; podría corresponder a un estanque de decantación (piscina limaria) que quizás podría compararse con un estanque idéntico al del acueducto de los Milagros de Mérida (Pizzo 2015). Por el momento, es sólo una hipótesis de trabajo que necesita ser confirmada por una excavación arqueológica con el fin de identificar el punto de unión entre el acueducto y esta estructura. Asimismo, la cisterna que constituye el final del acueducto de Realillo (Fig. 11) es en realidad un verdadero castellum aquae -cuyos ejemplares reconocidos en el mundo romano son todavía poco frecuentes-y es muy parecido al de Ostia en Italia (Buckowieki et alii 2008) y al de Itálica en España (Roldan Gómez 1993). En efecto, este hallazgo constituye un descubrimiento inédito. Su profundidad es de 5 m. La población de Baelo Claudia se estima en 2000 habitantes (Alarcón Castellano 2009: 184), de modo que se infiere que, hipotéticamente, cada habitante dispondría de 161 litros de agua. Tiene tres compartimentos paralelos, cada uno cubierto por una bóveda. Los muros perimetrales tienen contrafuertes hacia el interior y hay una escalera que permite entrar en el depósito. Su capacidad se estima en 900 m 3, ya que el nivel de agua se sitúa alrededor de los 2,17 m. La construcción de este depósito se realizó probablemente al mismo tiempo que la del acueducto fechado para el siglo i d.C. Hacia el siglo ii, la ciudad cubría una superficie de 14 hectáreas. A partir del reino de Adriano, alcanzó 52 hectáreas para reducirse de nuevo a 27 hectáreas a finales del siglo iii o a principios del siglo iv (Caballos Rufino et alii 2002: 62). Por otra parte, el castellum aquae de Ostia (Buckowieki et alii 2008) es más grande y tiene como medidas 62 m de longitud, 6,50 m de anchura y 4,50 m de altura aproximadamente. Por un lado se apoya en la muralla tardo-republicana, y por el otro lado queda reforzado por veinte contrafuertes a los que se suman otros tres en el lado oeste, de dimensiones más reducidas. Se han identificado seis fases diferentes. El nivel del agua se sitúa a 2,10 m, es decir a la mitad de la altura total. La capacidad de embalse se estima en unos de 845 m 3. Está fuera de la superficie pero tiene una escalera de acceso, y su construcción, que coincide sin duda con la organización de un barrio en el norte del decumanus a finales del siglo i, se corresponde con la época de Domiciano, es decir, hacia finales de la época flavia. Fue modificado en repetidas ocasiones, particularmente en la época adrianea. En su apogeo durante el siglo ii, la población se estima en 50000 personas, que disponían aproximadamente de 18 litros de agua por cabeza. Problemas de pendiente: los pozos de resalto, una solución original Los pozos observados en Baelo Claudia no son de registro, si no de resalto. En efecto, están colocados en emplazamientos específicos, generalmente en terrenos de fuerte pendiente, y dispuestos, en ciertos casos, por encima de los puentes (Fig. 12-13). Estos pozos, además de frenar el paso del agua, también podrían cumplir la función de almacenaje de sedimentos e impurezas. Este trabajo pone de manifiesto las fuertes pendientes y los problemas de nivelación de cada acueducto. Conocemos la pendiente global de cada uno, pero no conocemos la del canal con precisión. En los acueductos de Realillo y del Molino, se calculó la pendiente en línea recta entre la fuente y las estructuras dentro de la ciudad, aunque ésta no se corres- Figura 13. Perfil longitudinal de los terrenos y de los acueductos. Cuadro comparativo de las pendientes de los acueductos. ponde con el verdadero recorrido. Aun así, permite hacerse una idea del contexto topográfico en el cual los acueductos fueron construidos. Sin embargo, la pendiente de los acueductos puede variar. En efecto, existe una gran diferencia entre la pendiente teórica y la que nos encontramos en la práctica: por ejemplo, según Plinio, la pendiente debe ser de 0,21 m/km (Plinio,N.H.,XXXI 57), mientras que para Vitruvio debe ser de 5 m/km (Vitruvio, VIII, VI,1). Aunque sería necesario realizar un levantamiento topográfico más preciso de cada acueducto, con estos primeros datos podemos entender la necesidad de construir tales estructuras en Baelo Claudia para disminuir la velocidad del agua. La originalidad de estos acueductos reside en la presencia de pozos de resalto, que constituyen una de las manifestaciones más significativas de la habilidad de los ingenieros romanos. La finalidad del pozo de resalto (Fig. 14-15) es salvar un fuerte declive manteniendo la continuidad de una canalización, gracias a la construcción de un pozo semienterrado (Chouquer y Favory 1992; Chanson 1998). El canal del acueducto (canal superior) se conecta a un pozo de profundidad variable en el que en su base presenta un canal de salida (canal inferior). Cuando la inclinación del terreno es demasiado fuerte, varios pozos son asociados formando una cascada de pozos de resalto, y así este dispositivo permite disminuir la velocidad de la corriente dentro del canal. Después de esta caída brusca, el agua tiene un flujo gravitacional normal. Los estudios sobre este tipo de dispositivo son todavía muy escasos. Estas prospecciones permitieron reconocer un número importante Así, dentro del catálogo de soluciones técnicas a su disposición, los constructores romanos utilizaron como "mecanismo de unión" el pozo de resalto. Por el momento, es una hipótesis de trabajo y sabemos que esta investigación debe ser profundizada, porque existe probablemente un número mucho mayor de acueductos provistos de pozos de resalto de lo que se piensa, tal y como se prevé para el acueducto de Sexi (Almuñécar) (Sánchez López 2012: 219), cerca de Baelo Claudia. Siempre es difícil datar un acueducto. Sin embargo, ciertas características arquitectónicas nos permiten formular y confirmar algunas hipótesis. En primer lugar, en el estado actual de nuestros conocimientos, la datación propuesta por P. Sillières (Sillières 1995: 151-152) para el acueducto del Molino parece la más lógica. Hay una relación evidente entre esta canalización (como hemos visto, sólo puede abastecer la ciudad baja) con la construcción de las termas del siglo ii. También hemos demostrado que la presencia de pequeños arcos no era frecuente en los acueductos y, gracias a exhaustivas comparaciones, inferimos que dichos dispositivos son bastante "arcaizantes". P. Sillières señala este aspecto. Por otra parte, el acueducto de Sexi (Fig. 16), dotado de los mismos arquillos, está datado en la primera mitad del siglo i d.C., y sus termas, en conexión directa con el acueducto, se corresponden con la segunda mitad del mismo siglo (Sánchez López 2012: 28). Igualmente, el estudio de varios acueductos provistos de pozos de resalto demostró que el acueducto de Valdepuentes en Córdoba fue construido en la época augústea (Ventura Villanueva 1993: 145-151), mientras que en Cherchell la instalación de éstos se corresponde con la rectificación del trazado del primer acueducto edificado en el siglo i d.C., y de esta forma, data de la primera mitad del siglo ii (Leveau y Paillet 1976: 46, 77, 142). Además, hemos propuesto situar la construcción del acueducto de Montjeu en Autun -para el cual se empleó esta tecnologíaen la época de Vespasiano. Esta datación se realizó gracias al hallazgo de una moneda en el siglo xix en la mampostería de uno de los pozos de resalto (Borau 2015: 67). Hemos observado que el acueducto de Punta Paloma parece atravesar la muralla, que de hecho es posterior. Esta parte de la muralla está fechada, y por consiguiente el acueducto podría ser de la segunda mitad del siglo i d.C., lo cual corresponde al período de desarrollo de la ciudad, como también lo suponía P. Sillières (Sillières 1995: 151-152) y después F. Alarcón (Alarcón Castellano 2009: 184). Proponemos que el acueducto de Punta Paloma fue edificado en la época flavia. Ha sido más difícil realizar la datación del acueducto de Realillo7, el cual presenta también pozos de resalto, aunque lo que suscita un mayor interés es el emplazamiento de su castellum aquae. Como podemos observar en el mapa, el castellum aquae y el acueducto fueron los que abastecían de agua la superficie más grande de la ciudad. Además, su construcción se realizó en el momento en el que se fijaron los límites urbanos datados de la época augústea -el castellum aquae se establece voluntariamente en la parte alta de la ciudad-y se corresponde con el desarrollo de la urbe (como en Ostia) entre la época de Claudio y el siglo ii d.C. El objetivo de esta primera campaña de prospecciones ha sido proponer, por vez primera, un inventario sistemático que comprendiese todas y cada una de las estructuras visibles en la superficie y también evaluar la importancia de estos vestigios todavía poco conocidos. En algunos casos, cuando el acceso era complicado, un UVA permitió la identificación precisa de las estructuras arqueológicas. Comparamos las observaciones realizadas en el siglo xx con nuestros propios hallazgos y también con el cambio del paisaje. Así, este trabajo permitió hacer una primera evaluación e impulsar nuevos ejes de investigación. Por ejemplo, permitió estudiar algunas técnicas de construcción, subrayar las similitudes entre los puentes y también analizar los diferentes tipos de canales y su adaptación a los diversos contextos geológicos (arena, arenisca, etc.). Establecimos una serie de comparaciones con los acueductos de Francia, España, del norte de África y de Italia, y logramos proponer una nueva interpretación de la gran cisterna que conforma un auténtico castellum aquae. Este primer análisis demuestra la difusión del conocimiento técnico de los ingenieros romanos y las semejanzas con los acueductos de la Bética, en particular, los de Córdoba y Sexi. Igualmente, presentamos una primera cartografía de las redes hidráulicas y de las zonas abastecidas en la ciudad. Esto demuestra la existencia de una red bien organizada que permite cubrir los dos tercios del territorio de la ciudad romana. El futuro proyecto se orientará hacia la comprensión y el estudio de la organización de dicha red en la ciudad, y tratará de justificar la presencia simultánea de tres acueductos: ¿la existencia de éstos radica en la insuficiencia del flujo de las fuentes, en el aumento de la población o en otros factores diferentes a los anteriores? La primera nivelación de los acueductos pone de manifiesto las incoherencias topográficas y, por lo tanto, la necesidad de realizar una nivelación más precisa. Este trabajo está directamente relacionado con el problema de los pozos de resalto, que son estructuras tan específicas que permiten formular nuevas hipótesis sobre la cronología de los acueductos. Ulteriormente analizaremos también el abandono de los acueductos, que podría ser consecuencia de movimientos sísmicos (por ejemplo, el colapso del canal cerca del puente de Chorrera), o de problemas relativos a la inestabilidad del terreno. Además, se establecerá el recorrido completo de cada acueducto, con el objetivo de estudiar con mayor precisión las características arquitectónicas (técnicas de construcción, módulos) gracias a lecturas por fotogrametría (con el UAV, por ejemplo). Hasta la fecha, no se ha realizado ningún trabajo sistemático sobre la identificación de todos los tramos de los acueductos. Por lo tanto, esta evaluación inicial -que permitió actualizar el conocimiento que teníamos sobre la ciudad-debe continuarse y ser profundizada de ahora en adelante para determinar las relaciones existentes entre estos acueductos y el sistema de agua dentro de la ciudad romana (Evans 1994). Más allá de ser un recurso fundamental y necesario, el agua cumple también un papel simbólico que representa la adopción de estilo de vida romano. Así, la ciudad de Baelo Claudia es un sitio arqueológico excepcional donde se puede observar, en buenas condiciones, la difusión de modelos técnicos itálicos desde la cuenca mediterránea hasta la costa atlántica.
Desde su descubrimiento en 1998 durante el desarrollo de unos trabajos arqueológicos de ur-1 Este trabajo es parte de los resultados extraídos dentro del marco del Proyecto "La presencia del Princeps: modelos edilicios y prototipos en la monumentalización de las ciudades romanas de Andalucía", HAR 2008-04840, financiado por el Ministerio Español de Ciencia e Innovación con fondos FEDER, dirigido por el Prof. A. Ventura (Universidad de Córdoba), a quién agradezco su inestimable ayuda. gencia2 practicados en el solar no 5 de la céntrica calle Morería de Córdoba, este gran templo de orden colosal ha suscitado el interés de muchos, dada la importancia de tal hallazgo (Carrasco y García, 2004). Este templo se construye a partir del segundo cuarto del siglo i d.C. 3 como edificio principal de un gran conjunto monumental compuesto por una gran plaza abierta hacia poniente, enmarcada por un pórtico columnado en, al menos, tres de sus extremos y en cuyo centro, aunque algo desplazado hacia el Este, se erigía este solemne edificio en eje con el decumanus maximus de la ciudad (Ventura 2007; Peña et alii 2011) (Fig. 1). De sus características conocemos con seguridad sus dimensiones y gran parte de su fisonomía, fruto del estudio tanto de sus vestigios estructurales como de las piezas arquitectónicas custodiadas en los fondos del Museo Arqueológico y Etnográfico de Córdoba (en adelante MAECO). Contaría igualmente con una altura de 30 m circa, resultado de la suma de 3,99 m de la altura de su podio, 16 m de las columnas y 10 m más que habría que añadir correspondientes a su entablamento, cornisa y frontón (Ventura 2007; Portillo 2015). Por fortuna contamos con piezas pertenecientes a gran parte de su alzado con las que han sido calculadas todas estas proporciones. Entre ellas destacan, para este estudio, los dos fragmentos de coronamiento de arquitrabe hallados en el año 2005 en el transcurso de una Intervención Arqueológica de Urgencia en el solar no 4 de la Avda. Ronda Isasa (Paseo de la Ribera) por el arqueólogo R. García Benavente. Estas piezas se encontraban reutilizadas como mampuestos en la cimentación de un muro medieval islámico y fueron interpretadas con buen criterio por A. Ventura, quien las relaciona justificadamente con dicho templo todos con los que contamos. Consideramos que se trata, presumiblemente, de un imoscapo, de no ser así, algo bastante improbable y complicado de demostrar a día de hoy, nos encontraríamos ante un edificio de mayores proporciones que el templo de Mars Ultor, un hecho que estimamos muy remoto. Asimismo durante su análisis, Ventura advirtió rápidamente que seguían el mismo esquema decorativo que presenta el coronamiento de arquitrabe del templo de Mars Ultor en el foro de Augusto, edificio al que este templo tiene como principal referente. Además, estos dos fragmentos cordobeses se aproximan mucho en proporciones a otros aurea templa metropolitanos, como los templos de la Concordia, de los Dioscuros, o el anteriormente citado, igualándolos o incluso llegando a superarlos5. LA IMPORTANCIA DE LA POLICROMÍA EN LA ANTIGÜEDAD Nos adentramos ahora en uno de los temas más interesantes, a la par que polémicos, llevados a cabo en el marco del estudio de la cultura material de la Antigüedad. Los estudios sobre la restitución cromática de la arquitectura y escultura clásicas han suscitado desde sus inicios, gran controversia entre los observadores. Desde comienzos del siglo xix los estudios sobre los vestigios de policromía en la arquitectura y escultura antigua, atrajeron la atención de un gran grupo de estudiosos que con el tiempo y los avances técnicos, se fueron multiplicando y mejorando la calidad de los resultados obtenidos. Trabajos como los de L. Fenger, que en 1886 realizó una gran obra ilustrada donde prestaba especial atención tanto a la arquitectura como a la escultura polícroma (Fenger 1886), G. Treu, quien en su publicación sobre la escultura del templo de Zeus en Olimpia dedicó una parte al color original (Treu 1897), o W. Lermann, que dedicó su obra a la policromía de las korai atenienses, indagando sobre la huella del color en las mismas y realizando pioneros análisis científicos sobre los pigmentos (Lermann 1907), entre otros, abrieron nuevas vías en el conocimiento de la imagen original de las grandes obras de arte de la Antigüedad, además de causar cierta sorpresa y rechazo en el sector artístico de la época (Liverani 2004b(Liverani, 2008)). Célebres escultores decimonónicos como el italiano A. Canova o el danés B. Thordvalsen 6, artistas interesados en la arqueología, abogaban por el ideal estético de J. Winckelmann (Dyson 2008: 20), difundiendo a través de sus obras y actuaciones una férrea concepción neoclásica del mundo artístico clásico y, desestimando por tanto, cualquier huella aparente de color7. Actualmente y a pesar de todos los avances logrados en este campo, contamos con escasos trabajos dedicados a esta cuestión y en general, se trata de un aspecto poco conocido. De entre los autores contemporáneos que han dedicado una gran parcela de su trabajo a indagar sobre esta materia, debemos destacar a S. Zink, quien ha centrado su trabajo en el estudio y reconstrucción arquitectónica y cromática del templo romano de Apolo Palatino (Zink 2008;2009) y a P. Liverani, autor de varias publicaciones acerca de la historia y técnicas de la policromía en el mundo antiguo aplicadas especialmente a la disciplina escultórica. A este último investigador podría considerarse como uno de los mayores impulsores actuales de los estudios sobre el tema, habiendo proyectado incluso alguna exposición monográfica sobre estas cuestiones (Liverani 2004a), como la llevada a cabo en los Museos Vaticanos (17 de noviembre 2004-31 de enero 2005) titulada I colori del bianco. Mille anni di colore nella scultura antica, donde se trataba de forma monográfica la reconstrucción del color original en obras destacadas de la antigua Grecia y la Roma imperial. Habitualmente cuando pensamos en una escultura o en un templo griego o romano, solemos imaginarlo de un color blanco inmaculado. Es un proceso lógico pues es la imagen que, en la mayoría de los casos, ha llegado hasta nosotros a través de las piezas conservadas en los Museos o bien por medio de los vestigios arquitectónicos conservados a lo largo y ancho del Mediterráneo. Es precisamente esa visión impoluta del arte de la Antigüedad la que ha ido conformándose en nuestra memoria colectiva y la que ahora, poco a poco, comienza a desvanecerse con la cada vez mayor profusión de estudios sobre esta materia. Sin embargo, no nos resulta extraño contemplar las numerosas producciones polícromas de otras culturas como el caso de Egipto o Mesopotamia, de las que contamos con infinidad de testimonios que demuestran la cotidianidad en cuanto a la aplicación del color en la arquitectura y la escultura se refiere. El color estaba presente en las vidas de fenicios, egipcios, griegos y romanos, iluminando y armonizando sus ajuares, esculturas y edificios. Incluso una de las civilizaciones prerromanas más representativas de nuestra Península, la cultura íbera, cuenta con célebres muestras del uso del color en sus obras. Las damas de Baza y de Elche son quizá los casos más difundidos de ello (Bendala 2009: 223 ss.). La pintura tiene la capacidad de modelar, aumentando así el efecto de la forma plástica (Brinkmann 2004: 40). De este modo, el artista concebía su obra teniendo en cuenta este elemento y la tarea no se consideraba completa hasta haber administrado esa capa de color que le confería un halo de vitalidad al edificio o a la figura. El color por tanto, formaba parte de la concepción de la belleza de las cosas, jugando en este aspecto, un papel fundamental. En este sentido algunos textos clásicos parecen reforzar esta idea, aportándonos sustanciosos datos acerca de la importancia del color en la plástica antigua (Primavesi 2004: 290-313;2009: 39 ss.). El color no sólo era usado para embellecer las obras, si no que tenía también un acusado carácter simbólico. Se trataba de la herramienta perfecta para resaltar ciertas partes de las obras que, por motivos concretos, se pretendían destacar, atrayendo la mirada del espectador hacia ese punto e intensificando, de ese modo, un mensaje determinado. Este hecho podemos observarlo con claridad en la imagen de la conocida estatua de Augusto de Prima Porta (Liverani 2004b: 240;2005). La capacidad comunicativa del color se hace aquí patente en uno de los elementos fundamentales de esta figura, el paludamentum. Se trata de una de las principales señas de identidad del personaje representado, que lo caracteriza como jefe militar y nos habla por tanto, de su status. El hecho de que este manto se encuentre pintado en color púrpura, provoca que a un simple golpe de vista e incluso con una cierta distancia de la figura, el homenajeado sea, sin lugar a dudas, reconocido. A un nivel más específico de detalle se desarrolla el repertorio iconográfico de la coraza, donde se expone el mensaje político del personaje (Liverani 2004b: 240;2005). En este caso, para contemplarlo e interpretarlo, sería necesario un mayor acercamiento a la imagen, apreciándose así la relación entre las figuras del relieve, que igualmente han sido destacadas a través de la aplicación del color sobre un fondo neutro. Ese mismo sentido simbólico se hace igualmente evidente en piezas como el relieve mitráico y la testa del dios de un alto relieve, ambos procedentes del mitreo de Castra Peregrinorum, bajo la actual iglesia de Santo Stefano Rotondo (Roma), conservados en el Museo Nazionale Romano alle Terme di Diocleziano de Roma. El relieve marmóreo presenta abundantes trazas de policromía, distinguiéndose con bastante claridad cada una de las figuras que lo componen. En este caso el dorado se ha reservado para determinadas partes de la imagen del dios, tales como el rostro y la túnica manicata, creando así un fuerte contraste con el color rojo-purpúreo del manto de la divinidad. La calidez del dorado dota al representado de un brillo y luminosidad sobresalientes, acentuando el carácter sacro y solar de esta deidad. El rojo-purpúreo, aporta nobleza, dignificando a la figura, otorgándole esa nota de distinción que lo eleva sobre el común de los mortales. Lo mismo ocurre con la cabeza del dios en estuco policromado, en este caso, el contraste entre el gorro frigio y la encarnadura de la imagen jugarían el mismo papel que en la imagen anterior, dando lugar a una solución efectista y pragmática, que permite a quién lo observa, identificar de inmediato, al personaje representado. En el caso concreto de la arquitectura, contamos también con numerosas evidencias del uso del color en su superficie. Bien sea remontándonos al célebre Partenón ateniense (Vlassopoulou 2009: 157-159) o a los templos arcaicos romanos decorados con molduras de terracota policromada, hallamos siempre un protagonismo absoluto del color. La importancia de la policromía ha sido subrayada casi desde los inicios de las intervenciones arqueológicas sistemáticas, como las realizadas por el insigne arqueólogo italiano Paolo Orsi, quien en 1923 publica los resultados de los trabajos arqueológicos llevados a cabo en el gran templo arcaico de la ciudad de Caulonia, situada en el sur de Italia (Orsi 1923: 435). Orsi dedica buena parte de su trabajo a la decoración de los elementos arquitectónicos extraídos de dicho edificio, poniendo sumo detalle en la descripción de los mismos y resaltando que, la gran belleza de dichos fragmentos se debe, fundamentalmente, a la policromía. Con estos pocos ejemplos, queda claro que el color era un elemento más en la concepción de la obra, fuese ésta de índole arquitectónica o escultórica, contribuyendo a potenciar su belleza, creando contrastes, definiendo las formas, articulando los espacios, aportando vivacidad o como carga simbólica, debemos pues considerarlo, como un valor ineludible en la lectura del arte de la Antigüedad (Nogales 2009: 250). El peso de la tradición, en cuanto al uso del color se refiere, entre el pueblo etrusco, romano arcaico y griego, es del todo manifiesto y por tanto, forma parte de su lenguaje plástico. Teniendo esta directriz en cuenta podríamos cuestionarnos ¿Por qué entonces iban a apartarlo de sus obras en un periodo artístico tan prolijo como el alto imperio? Bien es cierto, que el uso de marmora que comienza a producirse en Roma a partir del siglo ii a.C., que será difundido especialmente a las provincias occidentales, sobre todo a partir del principado de Augusto (Pensabene 2013a: 23 ss.), sustituirá en muchos casos a la pintura con el empleo de mármoles de color que ennoblecerán los edificios públicos de muchas ciudades del Imperio. Pero aún así, la función del color en la arquitectura no se perderá, aplicándose en ocasiones en zonas muy determinadas, como en los casos de las inscripciones rubricadas (Rebuffat 1995: 23 ss.). Un ejemplo de ello podemos contemplarlo en una inscripción hallada en la Piazza del Colosseo, Roma, perteneciente a la restauración de un templo por parte del emperador Claudio (Friggeri et alii 2012: 273 ss.). Se trata de tres fragmentos epigráficos de un friso-arquitrabe, elaborados en mármol lunense, en el que podemos observar una inscripción realizada con letras incisas a las que se les ha aplicado una capa de color rojo para realzar el texto (rúbrica), de tal modo que pueda efectuarse una lectura más cómoda y clara. Precisamente, el empleo masivo de este mármol italiano para la construcción del templo de la calle Morería, y su relación con el color, constituye un punto importante sobre el que reflexionar. Creemos indispensable conocer la importancia que tuvo este material desde comienzos del periodo imperial, para entender su llegada a Colonia Patricia y su uso como material constructivo en la edilicia pública. Entre el siglo ii y el i a.C., Roma lleva a cabo la conquista del Mediterráneo oriental, especialmente después de la batalla de Magnesia en el 189 a.C., y con ella, la herencia de las monarquías helenísticas fue recibida por la clase dirigente romana de varias formas. Entre ellas la manifestación externa del poder político a través de obras de arte, tales como esculturas de mármol y bronce que irían paulatinamente sustituyendo a las de madera y terracota (Pensabene 2013a: 23 ss.). Estos contactos con el mundo helenístico produjeron en la élite romana, la apropiación de los valores ideológicos y de prestigio inherentes al uso del mármol blanco y de las piedras de color empleados en la arquitectura palaciega, civil, religiosa y funeraria del mundo greco-oriental. El dominio del mundo oriental había supuesto para Roma el control de las principales canteras de mármol del mundo helenístico (Grecia, Asia Menor y Egipto) y por consiguiente, la explotación y distribución de sus abundantes recursos (Pensabene 2013a: 29). Pero la verdadera introducción del már-LA POLICROMÍA DEL TEMPLO DE LA CALLE MORERÍA EN EL FORUM NOVUM DE COLONIA PATRICIA mol en Roma y el Lacio se debe, sobre todo, a la monumentalización de la arquitectura religiosa, con la construcción de grandes santuarios como los de Magna Mater en el Palatino o el de la Fortuna Primigenia en Palestrina, adoptando con ellos, modelos edilicios hasta el momento en auge en las ciudades orientales (Ibid: 25 ss.). Con ello, la arquitectura religiosa se convertirá en el principal canal a través del cual se produzca un cambio significativo en la concepción y expresión del poder tanto en la metrópolis como en todos sus territorios. Las canteras de Luni, además de muchas otras, tales como Teos, Docimio y Simittus, se encontraron ya desde época augústea, sumergidas en una política de control por parte del Estado, quien se encargaba de la gestión de las mismas junto, en el caso del mármol lunense, con la propia colonia de Luna8 (Dolci 1995: 364). Recordemos en este punto que algunos de los grandes complejos edilicios construidos en esta época como el templo de Apolo Palatino (28 a.C.), Apolo Sosiano (completado entre el 32 y el 20 a.C.) o el foro de Augusto en Roma (inaugurado en el 2 a.C.) fueron realizados con este tipo de mármol. El enorme interés que el Estado prestaba a este material queda patente en el uso del mismo en numerosas construcciones oficiales de la época, aumentando su empleo en época julio-claudia y flavia, cuando su uso se hará extensible a otras provincias como Galia e Hispania, donde la élites locales llevarán a cabo distintos proyectos edilicios inspirados en la Urbe (Pensabene 2013a: 426). El material era sin duda, un elemento clave a la hora de emular las construcciones metropolitanas, una forma más de vincularse a la casa imperial, a sus gustos y formas. Podría ser considerado como un componente de prestigio que aportaba a la obra la dignidad y opulencia que habían sido materializadas ya en la arquitectura oficial de la caput mundi y que ahora, era buscada intencionadamente por la clase dirigente de las ciudades destacadas de las provincias occidentales. Sin embargo, la gran exportación de grandes bloques y manufacturas de mármol lunense en el periodo augusteo y julio-claudio está determinada sobre todo por el enorme grado de organización en la producción y distribución de los gigantescos bloques solicitados por las provincias para la erección de sus magnos complejos arquitectónicos, entre ellos, el forum novum de Colonia Patricia. Esta etapa (últimos decenios del siglo i a.C. y buena parte del siglo i d.C.), coincide con el periodo de máximo esplendor en la explotación de las canteras de Luni, que posteriormente, hacia siglo ii d.C., entrarán en declive a causa de una probable sedimentación del puerto de Luni, del desarrollo del mármol blanco propio de producción regional en provincias como Galia o Hispania y a la competencia de distintos mármoles como el Proconeso y otros de origen oriental como el Pentélico, Domicion o Afrodisias (Pensabene 1996-97: 4;1997: 45;2001: 115;2009: 23-27;2012;2013b;2014: 125). ANÁLISIS DE RESTOS DE POLICROMÍA EN EL TEMPLO DE LA CALLE MORERÍA: PLANTEA-MIENTO Y METODOLOGÍA En el caso del templo del forum novum de Colonia Patricia, hemos querido indagar acerca de la posibilidad de que, al menos algunas de sus partes, pudieran haberse hallado policromadas intencionadamente en el momento de su construcción. Algunas huellas superficiales de lo que sospechábamos que podría ser una capa preparatoria para recibir color, conservadas en fragmentos de fustes, o el tratamiento "a gradina" del friso, donde iría alojada la inscripción dedicatoria o de las fasciae del arquitrabe, fueron las pistas responsables de este planteamiento. A continuación se detallan todas estas cuestiones y el procedimiento seguido en dicha investigación, en un intento por definir con el mayor rigor posible, la imagen original de dicha construcción. El análisis fue realizado con el objetivo de determinar la posible existencia de policromía original antigua en un conjunto de 14 fragmentos arquitectónicos marmóreos, adscritos con seguridad al templo romano localizado en el solar no 5 de la calle Morería (Córdoba)9 y a su temenos. Las piezas proceden de la Intervención Arqueológica de Urgencia practicada en el solar no 5 de la calle Morería en el año 1998 o bien de hallazgos casuales10 y habían sido limpiadas previamente con agua y cepillo de uñas tras su aparición. También aparecen sigladas con tinta negra. La observación macroscópica combinada con el análisis lapídeo de alguna de ellas permite determinar que se trata de mármol de Luni (Carrara) 11. Se conservan en el antiguo Silo de Córdoba, hoy almacenes del Museo Arqueológico Provincial de esta localidad, donde se realizó la autopsia, documentación fotográfica y análisis 12 por parte de la empresa local Investigaciones para el Patrimonio Histórico (IPPH). En primer lugar se realizó una autopsia detenida, con luz día y con luz artificial, de las superficies originariamente visibles de todas las piezas, para la localización de vestigios macroscópicos de policromía o de concreciones calcáreas bajo las que pudiesen conservarse restos de pigmentos. En un segundo momento se efectuó una segunda autopsia en condiciones de oscuridad total con luz rasante (focos alógenos de 2000W) de las superficies originales, para documentar posibles líneas incisas de replanteo de la decoración pictórica o desgastes diferenciales en las superficies provocados por los pigmentos. Por último se llevó a cabo el análisis VIL para documentar restos de pigmento azul. El procedimiento fue realizado en la cámara acorazada subterránea del Silo, que reunía las condiciones necesarias de total oscuridad. El color azul se obtenía en época romana con un pigmento sintético muy particular, cuya invención se produjo en el Antiguo Egipto: el Egyptian Blue. En fechas muy recientes G. Verri (2009), conservador del British Museum, ha desarrollado una técnica fotográfica que permite detectar, con relativa facilidad y sin análisis químicos, vestigios de tal pigmento en piezas arqueológicas, denominada Visible Induced Luminescence (VIL) digital imaging (Verri 2009). La técnica se basa en la propiedad que presenta el tetrasilicato cálcico de cobre, compuesto fundamental del pigmento, de absorber la radiación lumínica visible y re-emitir la radiación infrarroja en el rango de 800-1000 nm. A efectos prácticos consiste en excitar al pigmento mediante la iluminación de la pieza que se desea analizar con focos LED de color rojo, en un entorno de absoluta oscuridad, y captar la re-emisión infrarroja mediante una cámara fotográfica digital desprovista del filtro interno de bloqueo IR y armada con un filtro RG 830 en el objetivo (Stylow y Ventura 2013: 307). La eficacia de la técnica es tal, que: "The luminescent emission by the pigment glows bright white... La técnica permite localizar vestigios microscópicos o sub-microscópicos de este pigmento, bien en estado puro (color azul), bien mezclado para conseguir otros colores, como el verde (azul + amarillo) o el púrpura (azul + rojo). Aquellas zonas que conservan restos del pigmento, reaccionan emitiendo, en la imagen fotográfica, una serie de pequeños puntos lumínicos (Fig. 3). La elección de esta técnica estuvo condicionada por las autorizaciones concedidas y por ser la más eficaz para la detección de vestigios de policromía de manera rápida e inocua para las piezas. Evidentemente, una vez establecida la existencia de pigmentos, se hacen necesarios ulteriores análisis microscópicos y químicos como la espectrometría Raman 13, que re-13 A grandes rasgos, la espectrometría Raman se usa para Figura 2. Aplicación de la técnica VIL. Detalle del procedimiento (IPPH). quieren la toma de muestras y la correspondiente autorización administrativa específica en un futuro. El conjunto consta de las siguientes piezas: Piezas 1 y 2 Descripción: fragmentos de placas de un friso con alvéolos para la inserción de caracteres broncíneos, denominadas en epigrafía litterae aureae, interpretado como parte de la inscripción dedicatoria del templo (Ventura 2007). Pieza 2: Alt.: 55 cm. Anch.: 50 cm. Prof.: 21 cm. La observación macroscópica no detectó restos de pigmentación. La superficie del friso no aparece pulida o alisada, sino que presenta un trabajo "a gradina" que induce a sospechar que originariamente sí estuvo pintada. En la pieza 1, la imagen VIL documenta algunas partículas de pigmento azul egipcio luminiscente, distribuidas de forma irregular por la superficie y en el interior de los orificios de anclaje de las letras (Fig. 4). En la pieza 2, La imagen VIL documenta menos partículas de pigmento azul egipcio luminiscente que en la pieza anterior. Además, algunas de ellas se sitúan en la zona de fractura, lo que implica que, en este caso, se trata de contaminación y no de pigmentación "in situ" (Fig. 5). investigar la composición química de determinados elementos, como puede ser la pintura. Contribuye así al conocimiento de los objetos analizados en el momento que fueron producidos y resulta ser una técnica muy útil para tal efecto. El resultado es poco espectacular pero demuestra con seguridad dos cosas: primero, que el friso sí estuvo pintado con azul egipcio, probablemente mezclado con otro(s) pigmento(s) debido a la escasez documentada. Y segundo, que los pigmentos se aplicaron al friso como color de fondo con los orificios de anclaje ya labrados, pero con anterioridad a la instalación definitiva de las letras broncíneas sobre ellos. Descripción: fragmento de toro de basa ática de orden colosal. La observación macroscópica no detectó restos de pigmentación. La imagen VIL muestra sólo 2 partículas de azul egipcio, que se ubican en fracturas, por lo que se trata de contaminación cromática del sedimento arqueológico donde estuvo depositada la pieza antes de su hallazgo. Este resultado es interesante, porque permite deducir que otros elementos del conjunto sí estuvieron pintados de azul, proporcionando con su descomposición el agente contaminante (Fig. 6). Descripción: fragmento de capitel corintio de orden colosal. La observación macroscópica detecta restos de pigmentación de color rojizo. Podría tratarse de bolus armena empleado para el dorado, como se documenta en los capiteles del Templo de Apolo Palatino (Zink y Piening 2009). Se necesitaría realizar espectrometría Raman para la comprobación. La imagen VIL muestra algunas partículas de azul egipcio que, por encontrarse en zonas de fractura, deben interpretarse como contaminación, y no policromía original intencionada (Fig. 7). Descripción: fragmento de fuste acanalado de orden colosal. La observación macroscópica detecta restos de coloración de tono ocre-amarillento en la arista, aunque sin analíticas químicas o espectrográficas no se puede determinar si es pigmento aplicado de forma intencionada o concreción casual (Fig. 8). La imagen VIL sí documenta una significativa concentración de partículas luminiscentes de azul egipcio, aunque algunas de ellas hayan contaminado la zona de fractura, lo que significa que muy probablemente el fuste estuvo originariamente pintado con una mezcla de pigmentos que contenía el azul en una pequeña proporción. Descripción: fragmentos de fustes acanalados de orden colosal. Pieza 7: Alt.: 14,5 cm. Anch.: 12 cm. Prof.: 11 cm. La observación macroscópica no detecta restos de pigmentos. La imagen VIL muestra algunas partículas de azul egipcio que, por hallarse en fracturas, suponemos contaminación (Fig. 10). Descripción: fragmento de coronamiento de arquitrabe decorado con moldura de tipo Bügelkymation. Dimensiones: Alt.: 22 cm. Prof.: 12, 5 cm. La observación macroscópica no detecta restos de pigmentos en las superficies visibles originales (muy escasa extensión conservada del Bügelkymation). La observación con luz rasante documenta trabajo "a gradina" y varias líneas de replanteo o diseño en la cara de contralecho, no visible una vez dispuesto el bloque en obra. La imagen VIL detecta 13 partículas de azul egipcio que, por disponerse en zonas de fractura, interpretamos como fruto de contaminación cromática post-deposicional. Descripción: fragmento de placa de arquitrabe de orden colosal decorado con el contario de separación entre fasciae. La observación macroscópica detecta restos de pigmentación de color amarillo o dorado bajo capas de concreción en las perlas del contario. La longitud de la secuencia "Perlón + 2 cuentas", de 10 cm, permiten atribuir el fragmento a un arquitrabe de dimensiones similares a los del templo de Mars Ultor en el Foro de Augusto. Correspondería a la separación entre la fascia media y la superior (Fig. 12). El escaso espesor del bloque indica que se trata de una placa de arquitrabe de revestimiento, y no de un bloque de epistilio. Presenta restos de la cara lateral de unión con el bloque siguiente. Posiblemente se ubicara decorando la pared lateral de la cella, como sucede en el templo que preside el foro de Augusto en Roma (Fig. 13). La imagen VIL detecta sólo dos partículas de azul egipcio en la fascia inferior, lo que indica que posiblemente estuviera originariamente pintada, aunque no de ese color (contaminación de pincel). Pero también se aprecia una luminiscencia particular en las zonas concrecionadas del contario, de menor intensidad que la propia del pigmento azul egipcio. Podría tratarse de la luminiscencia del oro, similar a la documentada en una letra de bronce dorado de Torreparedones (Fig. 14). La hipótesis más plausible es que las fascias estaban pintadas, tal vez de color rojo como en el caso del Templo de Apolo Palatino, o de púrpura, en cuya mezcla se encuentra presente el azul, mientras que el contario habría estado dorado. Piezas 10 y 11 Descripción: fragmentos de placas lisas de morfología indeterminada. La observación macroscópica detecta restos de coloración ocre, que podría ser concreción post-deposicional. La imagen VIL no muestra restos de azul egipcio luminiscente (Fig. 15). Descripción: fragmento de remate de mobiliario marmóreo (pie o respaldo de Thronos?) decorado con un motivo en espiral similar a una voluta o caracol14. La observación macroscópica muestra restos de coloración ocre-rojiza. Se necesitarían análisis microscópicos ulteriores para determinar si se trata de pigmentación intencionada. La imagen VIL detecta una sola partícula luminiscente de azul egipcio, probablemente contaminación (Fig. 16). Pieza 14: fragmento de cornisa decorada con contario y Bügelkymation. Fragmento de arquitrabe procedente de la calle Morería, Córdoba (IPPH). Fragmento de arquitrabe procedente de la calle Morería, Córdoba. Detalle del arquitrabe que recorre la cella del templo de Mars Ultor, Foro de Augusto, Roma (Fotografía: A. Ventura). Foto e imagen VIL de una letra broncínea con restos de dorado procedente de Torreparedones (IPPH). La observación macroscópica no detecta restos de policromía. La imagen VIL muestra apenas 5 partículas luminiscentes de azul egipcio que, por hallarse sobre zonas de fractura, podemos interpretar como contaminación post-deposicional (Fig. 17). El estudio no arroja demasiados argumentos significativos, pero si los suficientes para valorar la posibilidad de que el alzado de este templo o al menos una parte de él, pudieran haberse hallado pintados en su origen. No todas las piezas analizadas contienen la misma cantidad de partículas de azul egipcio y según su posición, se determina si éstas pertenecieron a la primitiva policromía de la pieza o bien si son fruto de la contaminación post-deposicional. Pero resulta sugestivo el hecho de que la mayoría de las piezas contengan huellas del pigmento (en cualquiera de sus partes), lo que significa que el sedimento arqueológico donde estuvieron depositadas antes de su hallazgo era rico en restos de azul egipcio, debido posiblemente, a que muchos otros fragmentos arquitectónicos se encontrasen policromados, provocando por el contacto con los mismos, su contaminación en determinados casos. El estudio determina que, con seguridad, ciertas partes del templo se hallaron originalmente pintadas con un color que en su mezcla llevaba el pigmento azul egipcio. En el caso del friso (Piezas 1 y 2) el número de partículas halladas es muy escaso, pero la situación de algunas de ellas en el interior de los orificios de anclaje de las letras, es un dato de lo más sugerente, pues demuestra que los bloques fueron pintados previamente a la colocación de las litterae aureae. Además, el tratamiento "a gradina" de la superficie de estos bloques corrobora esta hipótesis, pues se trata de la forma de trabajo habitual aplicada en aquellas zonas donde se pretendiese suministrar alguna capa pictórica. El acabado rugoso de la superficie provocado por la gradina, permite que la pintura se adhiera mejor a la piedra, obteniendo un mayor agarre de la misma al área a decorar. Otro grupo de piezas formado por el fragmento de basa (Pieza 3), dos fragmentos de fuste (Piezas 6 y 7), el coronamiento de arquitrabe (Pieza 8), el fragmento de posible trono (Pieza 12) y los fragmentos de pilastra y arquitrabe (Piezas 13 y 14), presentan escasas partículas de azul egipcio, repartidas tanto en las fracturas como en la superficie, lo que indica que muy posiblemente estuvieron en contacto con otros fragmentos pintados, proporcionando en la descomposición de la capa pictórica, el agente contaminante con el que fueron contagiadas. En consecuencia, no contamos con datos suficientemente firmes para resolver que dichas piezas hubieran recibido tratamiento pictórico alguno. El fragmento de capitel colosal (Pieza 4) conserva restos pigmentación de color rojizo que muy probablemente responda al denominado bolus armena, empleado desde la Antigüedad como capa preparatoria previa al dorado. Se trata de un tipo de arcilla de color rojizo procedente de Armenia rica en óxido de hierro. Por su naturaleza grasa podía usarse con o sin aglutinantes de origen animal como las colas animales y las claras de huevo (Doerner 2005: 273). Constituía el tratamiento perfecto antes de la aplicación del dorado en las piezas, pues provoca una mayor adherencia de la capa dorada, además de producir un Figura 16. Fragmento de posible thronos procedente de la calle Morería, Córdoba (IPPH). Fragmento de pilastra decorada con acanto. Ambas procedentes de la calle Morería, Córdoba. En el edificio podrían apreciarse estas dos texturas y tonalidades, ya que se dejan diferentes partes en mármol blanco intencionadamente. El color se emplearía para apoyar partes específicas del diseño arquitectónico (como los capiteles, arquitrabe y la cornisa). El efecto de un templo de oro se notaría en particular desde la distancia, brillando de forma imponente cuando se veía desde la lejanía. Un análisis comparativo de los resultados no es aún posible, sobre todo porque el análisis sistemático de pigmentos no se ha llevado a cabo en otros templos romanos. En cualquier caso, la mención a los templos dorados está presente en algunos textos clásicos, como es el caso de Ovidio (A. A., 3.113), quien hace una comparativa de estos magnos edificios con la sencillez de la arquitectura previa, extendiéndolo a Roma en su conjunto 18. Las nuevas evidencias resultado del estudio de la policromía en la arquitectura romana, como las que pueden extraerse del templo de Apolo Palatino, muestran que quizá los templos policromados no son mera retórica poética, sino que podrían estar reflejando una realidad construida. Augusto dijo haber reconstruido 82 templos en Roma como cónsul en el 28 a.C., año de la dedicación de Apolo Palatino. Este templo puede haber servido como modelo para una serie de combinaciones de colores que utiliza el dorado como símbolo de la nueva devoción y prosperidad de Roma y por ende, también de las capitales provinciales del imperio. Ante tales resultados, quizá tendríamos que considerar la posibilidad de estar ante la evidencia que probaría el cambio de la Urbs en una verdadera aurea Roma (Zink 2009: 116). Por último, comentaremos ahora otra de las piezas que ha arrojado datos positivos en nuestro análisis, el fragmento de arquitrabe perteneciente a la separación entre la fascia media y la superior. El dato más relevante ha sido la evidencia de trazas de dorado en la zona del contario, que habían permanecido preservadas bajo la capa de concreción que se había ido formando en la pieza con el tiempo. Además, en este fragmento aparecieron también algunas partículas de azul egipcio en la superficie de las fasciae, lo que estaría indicando su más que posible coloración original en un color que tuviera en su mezcla una proporción de este pigmento. Contamos pues con pruebas fehacientes para afirmar que, dicho elemento decorativo, se doraría en un intento por imitar un majestuoso collar de orfebre, al igual que ocurre en las piezas estucadas del arquitrabe del interior de la cella del templo de Apolo Sosiano en Roma, actualmente conservadas en los Musei Capitolini, Centrale Montemartini, creando en el caso del templo de Morería un contraste evidente con la superficie de las fasciae, que contarían con un color más oscuro, probablemente el púrpura, que haría destacar notablemente el efecto del oro. Colores que sin duda, hacen referencia al poder y la realeza, las tonalidades perfectas para casa del príncipe que se hizo dios. La simbología de los colores se hace aquí de nuevo patente, al igual que en el caso del templo de Apolo Palatino, donde el concepto de aurea templa cobra verdaderamente sentido. Se puede pues concluir, que el templo cordobés de la calle Morería se encontraría, al menos en lo demostrado hasta el momento, pintado en algunas de sus partes: fustes, capiteles, arquitrabe (al menos las fasciae y los contarios) y friso, empleando el dorado para destacar los capiteles, los contarios del arquitrabe y las litterae aureae de la inscripción dedicatoria del templo, que iría alojada en friso a diferencia del templo de Mars Ultor, en el que aparece situada en el arquitrabe. Los fustes, fasciae y el friso se decorarían probablemente con el color púrpura, pues de entre las combinaciones posibles, nos parece la más plausible. En el análisis de las piezas no se detectó en ningún caso, cantidades de partículas de azul egipcio suficientes como para determinar que alguno de los elementos arquitectónicos se hallase pintado únicamente con este pigmento. Las proporciones conservadas indicarían su mezcla con otro pigmento, reduciendo por tanto LA POLICROMÍA DEL TEMPLO DE LA CALLE MORERÍA EN EL FORUM NOVUM DE COLONIA PATRICIA las opciones a dos posibilidades 19: verde (mezcla de azul + amarillo) o bien púrpura (combinación de azul + rojo). En este caso, nos decantamos por el púrpura por una cuestión sencillamente simbólica, pues como se mencionó anteriormente, se trata de un color intrínsecamente ligado al poder desde la Antigüedad y por consiguiente, creemos que sería más lógico y adecuado para el sentido último de esta construcción, rendir culto al Divus Augustus (Fig. 18). Por otra parte, el tono oscuro de la púrpura proporcionaría el contraste idóneo para una lectura más clara y cómoda del texto inscrito en el friso, que de haberse dejado en blanco, resplandecería y reflectaría en un día soleado, y en una ciudad como Córdoba, son los más numerosos en el año, difuminando así la dedicatoria e impidiendo su lectura (Stylow y Ventura 2013: 306). Como apunte final, sólo me quedaría hacer una última reflexión. Bien es cierto que las cuestiones relativas a la policromía en los templos alto-imperiales se encuentran en estos momentos, en un estado muy precario de conocimiento, debido sobre todo a la escasez de estudios dedicados a ello. El único ejemplo fiable al que hacer referencia es el citado templo de Apolo Palatino, pero a pesar de ello, confiamos en haber dado un pequeño paso en el intento de ampliar el conocimiento sobre la imagen original de la arquitectura religiosa de esta fastuosa etapa, o al menos, de haber obtenido resultados que nos permitan si quiera cuestionarnos algunas directrices sobre la construcción, decoración y el lenguaje 19 Tampoco se descarta el color rojo aunque con menor probabilidad, pues en su configuración, se usaría probablemente el azul para oscurecer el tono. simbólico de la arquitectura romana de comienzos de la etapa imperial, establecidas tradicionalmente y asimiladas en ocasiones con toda normalidad. Al igual que les ocurría a aquellos eruditos del Neoclasicismo que miraban a la arte de la Antigüedad esperando ver siempre imágenes inmaculadas, quizás ahora debiéramos plantearnos la posibilidad de ver en la arquitectura de este periodo, algo más que el reluciente mármol blanco. No debemos olvidar que otro tipo de construcciones realizadas bajo el gobierno de Augusto como algunos altares, recordemos el célebre caso del Ara Pacis Augustae, se encontraban también policromados con vivos y ricos colores. En este punto cabría preguntarse, ¿Por qué importar mármol de Carrara a la Bética para construir un templo que posteriormente recibiría decoración pictórica? Para responder a este interrogante tenemos que pensar en dos cuestiones diferentes. Por una parte recordemos que no se ha podido comprobar que todo el templo estuviera pintado, sólo hemos podido documentar restos de la decoración en algunas zonas del mismo. Tal y como sucedía en el templo de Apolo Palatino, el esquema cromático contemplaba zonas pintadas y zonas donde permanecía intacto el color del mármol. Es posible que en el caso cordobés se pretendiese establecer esa misma línea decorativa, destacando sólo algunas de sus partes. Oro, púrpura y mármol son, sin lugar a dudas, tres de los elementos que mejor representaban la magnificencia y el esplendor del floreciente imperio. Así lo destaca Ovidio al comparar el arte de la primitiva Roma con la de su tiempo: El empleo de mármol lunense en la construcción del templo de la calle Morería, queda aquí justificado por un doble motivo: uno, como factor de prestigio y medio de conexión simbólica con la metrópolis, ya que, como se expuso en párrafos anteriores, el uso extensivo de este tipo de mármol en la edilicia oficial de Roma, se encuentra bien documentado desde época augustea, y dos, por hallarnos ante el periodo de mayor exportación de las canteras de Luni, que suponía un alto grado de cualificación en la gestión y transporte del mármol, lo que lo haría más asequible y facilitaría su llegada a la capital de la Bética (Pensabene 2004). Ambos factores debieron ser tenidos en cuenta por la élite bética, quienes muy posiblemente idearan y sufragaran la erección del forum novum con la clara voluntad de manifestar su status económico y la pujanza y prosperidad de Colonia Patricia. En cualquier caso, la gran cantidad y calidad técnica del mármol lunense presente en este espacio son signo indicativo de la presencia de maestranzas experimentadas en la construcción de este tipo de complejos (Márquez 2004a: 110; Pensabene-Domingo 2014: 118), quienes trabajarían junto con las oficinas locales de la ciudad, dando forma al deliberado propósito de los ilustres locales, de crear un nexo de unión simbólica a través de formas, materiales y dimensiones, entre Colonia Patricia y la caput mundi.
El nombre canónico Dressel 2-4 se utiliza tradicionalmente en el argot científico para señalar a las ánforas vinícolas más representativas de época romana altoimperial, especialmente aquellas producidas en la vertiente occidental del Mediterráneo. Se trata de una definición genérica y al mismo tiempo ambigua que agrupa tres formas sucesivas de la tabla tipológica de Dressel en CIL XV, con una función económica común a través de un diseño afín, pero con valores diferentes, como vamos a ver, llenos de contradicciones. Desde que André Tchernia diera a conocer en 1971 a la comunidad internacional la existencia de hornos en Cataluña para producir esta clase de ánfora, el concepto de "Dressel 2-4 tarraconense" se ha convertido en una constante que encontramos, en la práctica, ejemplificada en la casi totalidad de los trabajos publicados hasta nuestros días. Para comprender su razón de ser, la naturaleza del nombre, y sus límites científicos como clasificación tipológica, hemos creído necesario llevar a cabo un nuevo análisis general de los datos publicados hasta ahora. Esta labor ha dado como resultado la confección del primer modelo descriptivo con el que poder datar las ánforas layetanas con precisión. Asimismo, la sistematización en el tiempo de sus variantes evolutivas ha hecho posible percibir un cambio en la dinámica comercial de los vinos por la coyuntura "calidad versus cantidad". PALABRAS CLAVES: Hispania Citerior Tarraconensis; Layetania; vino; producción y comercio; tipología ánforas romanas; Dressel 2-4. CASTRO PRETORIO: ORIGEN DE LAS FOR-MAS 2, 3 Y 4 DE DRESSEL El epigrafista y arqueólogo ítalo-alemán Heinrich Dressel (1845Dressel ( -1920)), padre de la anforología romana y del instrumentum domesticum inscriptum, no tuvo intención de hacer una clasificación tipológica de las ánforas romanas cuando se le encomendó la ardua tarea de catalogar y descifrar para el CIL XV las inscripciones escritas sobre esta clase de material cerámico en Roma. Al estudiar de urgencia en 1878 el extraordinario hallazgo de Castro Pretorio, una potente fosa rellenada con ánforas de procedencias diversas, muchas de las cuales todavía enteras y con tituli picti en buen estado de conservación, se percató de la relación existente entre las inscripciones y la forma del contenedor. Dressel comprendió que la relación envase-contenido podría resultar de interés a la investigación para ayudar a determinar el uso de los recipientes anfóricos, lo que le motivó a publicar su primera tabla tipológica con las 19 formas constatadas en este yacimiento (Dressel 1879: 39-40, Tav. Las formas 13, 14 y 17 de Castro Pretorio, objetos del presente estudio, se corresponden a los números 2, 3 y 4 de la tabla tipológica de CIL XV (Figura 1). La edad, el origen y la función de estos tres recipientes afines pudieron ser, hasta cierto punto, resueltos por Dressel con la lectura y el estudio de las inscripciones que portaban. El depósito de Castro Pretorio se formó en un sólo momento con diferentes clases de ánforas de vino, aceite y garum. Dressel (1879: 194-195) fecha ese momento no más tarde de la mitad del primer siglo de la era actual, siendo la datación consular más moderna del año 45 d.C. 1 Cabe pensar pues, que la mayor parte de las ánforas utilizadas para rellenar la fosa hubiesen sido consumidas de reciente durante el período julio-claudio del segundo cuarto del s. i d.C. 2 También se reaprovecharon algunas ánforas de edad más antigua 3, principalmente las de contenido vinario, que suelen estar provistas de fecha consular para indicar el año de nacimiento del vino envasado 4. 1 Siguiendo a Zevi (1966: 211), la datación podría subirse a un momento preflavio por el sello GANTQVIETI en Dressel 20 (CIL XV 2703d), que Tchernia (1964: 419) 2 Dato confirmado por la importante presencia de ánforas globulares Dressel 20 julio-claudias en dicho depósito, con inscripciones a tinta marcadamente arcaicas y de tamaño inferior a las conocidas en el Testaccio. Así como por los habituales sellos béticos que portaban estas ánforas del período Claudio-Nerón (PSAVITI, LVALSA, LCAE, SCLC, MAELIALEX, LVIVCV, MAR, etc.). Por otra parte, entre las ánforas vinarias adriáticas del tipo Dressel 6A existe una alta representación del sello T•H•B (21 ejemplares en CIL XV 2905), datado en Magdalensberg con Calígula por un titulus pictus del año 38 d.C. con la mención explícita a un (vinum) Kalab(rum) producido cuatro años antes (Piccottini 1997). 3 Las ánforas olearias son un buen indicador en este sentido debido a la corta vida del aceite, cuyo consumo suele establecerse para un año o año y medio después del envasado. Se trata del último prototipo oleario de cuerpo ovalado predecesor del ánfora globular. 4 Entre la datación más moderna del año 45 d.C. y la más antigua corría un período de 79 años. Ánforas de edad más reciente se encontraron en un estrato inferior a aquel donde estaban las ánforas con las fechas más antiguas. Entre la mayoría de los envases vinarios de aquel período julio-claudio se colocaron ánforas Dressel 1, algunas pocas septuagenarias y otras de Gran Reserva que los romanos pudientes solían guardar por largo tiempo en sus bodegas. Dressel justifica este hecho, aparentemente insólito, con las odas de Horacio, quien Las tres formas vinarias que han dado nombre a la Dressel 2-4 suman en total medio centenar de ejemplares en las publicaciones de Castro Pretorio y CIL XV. La forma 13 (Dressel 2) es la mejor representada con el 48% de los datos catalogados, seguida a moderada distancia por la forma 14 (Dressel 3) con el 32%, y bastante más lejos la forma 17 (Dressel 4) con el 18%. La escala de estos valores se explica, como veremos, por la distinta edad de los recipientes vinarios y el momento de reaprovechamiento de todas estas ánforas. La forma 13 (Dressel 2), más alta y de cuerpo estrecho, corresponde al modelo característico de la fase julio-claudia. Las formas 14 y 17 (Dressel 3 y 4), de menor altura y cuerpo abombado, son dos modelos ancestrales del período anterior tardoaugusteo y tiberiano. Esta secuencia crono-tipológica debe ser entendida en sentido amplio, pues del examen de las inscripciones consulares vemos que no es fácil establecer una regla absoluta de comportamiento para todos los casos, al existir solapamientos de fechas entre los tres tipos de ánforas 5. El motivo de esta encrucijada bebía vino de treinta y más años (Od. III, 21 v.1) y tenía en sus bodegas reservas de ca. Véase a propósito Tchernia 1986: 201 ss., quien nos habla de los grandes caldos que se consumen envejecidos muchos años después de haberse producido. 5 Tres ejemplares de la forma 13 (Dressel 2) dieron dataciones consulares para un horizonte grosso modo tiberiano: año 13 parece deberse al hecho de que, tras estas tres formas, se esconden vinos de diverso origen geográfico con distintos indicadores económicos, envasados en ánforas afines pero con rasgos morfológicos propios de cada área productora 6. Estos vinos son en gran número de Italia (Campania, Lacio, Etruria), los hay también de las provincias Narbonense y Tarraconense, sólo un ejemplar Dressel 3 similis con escritura griega es supuestamente oriental (CIL XV 4618). Los vinos galos e hispanos tienen, respectivamente, las denominaciones de origen de Béziers y Lauro. Se encuentran registrados indistintamente sobre las formas 13 (Dressel 2) y 14 (Dressel 3), no hay rastro de estos caldos en la forma 17 (Dressel 4). En la actualidad, nos encontramos en condiciones inmejorables para llevar a cabo un análisis más riguroso de las inscripciones de Castro Pretorio, contrastando los datos epigráficos de Dressel (sellos, grafitos y tituli picti) con la abundante información publicada hasta nuestros días. Podemos confirmar que el depósito contó con un nutrido conjunto de ánforas XV 4568). Por otro lado, una campana superior de la forma 13 o 14 (Dressel 2 o 3) lleva dos dataciones consulares de época tardoaugustea, la primera del año 2 a.C. indica el nacimiento del vino, la segunda del año 3 d.C. su envasado en el ánfora (CIL XV 4571). tarraconenses, mayoritariamente de origen layetano, asimilable a las formas 13 (Dressel 2) y 14 (Dressel 3). Hasta siete ánforas de Castro Pretorio se identifican como layetanas por la información de CIL XV, cinco de la presunta forma 13 julio-claudia (Dressel 2), dos para la forma 14 (Dressel 3) aparentemente menos evolucionada. En ambos grupos hay constancia de contenedores fabricados a los largo de las dos vertientes geográficas de la Layetania (Figura 6), la occidental que daba salida al copioso vino "layetano" (comarcas del Barcelonés, Baix Llobregat y Vallés Occidental), y la oriental del afamado vino Lauronense (El Maresme y Vallés Oriental) 7. Los datos epigráficos se resumen en la tabla de la Figura 2. Sobre la base de los siete testimonios que figuran en la tabla llegamos a las siguientes conclusiones. Las ánforas layetanas se identifican manifiestamente con las Dressel 2 y Dressel 3, quedando excluida la Dressel 4 por falta de testimonios seguros 8, a pesar del titubeo de Dressel en la clasificación del ejemplar con sello NP (4626 + 3491 + 3616rr) 9. Al cotejar los rasgos de las ánforas selladas (PHAE, PLOC, NP) con otros paralelos foráneos se observa una clara correspondencia morfológica, sin que existan mezclas de las dos formas con la misma marca. Al cotejar los sellos con las dataciones que proporcionan algunos pecios (Figura 4) se confirma el horizonte julio-claudio de la forma Dressel 2, así como el ciclo de vida anterior de la Dressel 3. La mayor presencia de testimonios de Dressel 2 sobre Dressel 3 se justifica, como ya habíamos avanzado, por el momento de cierre del depósito anfórico de Castro Pretorio, debido al uso mayoritario de contenedores de edad julio-claudia. Este detalle también ha sido corroborado por André Tchernia, quien vio personalmente el material anfórico de Castro Pretorio, y al hablar del sello PHAE nos dice que su forma (Dressel 2) era de lo más común en dicho depósito, con otros siete ejemplares idénticos de cuerpo fusiforme y punta alargada (Tchernia 1971: 73). También resulta de interés los matices de Dressel cuando se vale del atributo similis (CIL XV 4577; 4579) para distinguir variaciones en los rasgos del recipiente, o bien para señalar un estado intermedio o de transición entre las dos formas, o como algo menos o más desarrollado de la forma genuina. HISTORIA DE LA CLASIFICACIÓN DESPUÉS DE DRESSEL La tabla tipológica de CIL XV no fue tenida en cuenta por los arqueólogos durante las décadas iniciales del siglo xx. Los trabajos de Siegfried Loeschcke (1909;1942) en Germania con el material de las excavaciones de los campamentos militares de Haltern y Oberaden tuvieron bien presentes las ánforas roma-FELIX y FELI (CIL XV 3458). La marca AGATHOPV•F se ha localizado recientemente en la bahía de Cádiz, donde está clasificada como ánfora vinaria itálica, pero se excluye el entorno campano-lacial ante la ausencia de los característicos desgrasantes volcánicos (Bernal et alii 2005: 210). Un sello FELIX en cuello de ánfora indeterminada aparece catalogado en CIL XI 6995,42 con un origen de Toscana (inter Cecina et le Ferriere). Conforme a esta escasez de datos, sugerimos con cautela entender la Dressel 4 como una forma itálica afín a la hegemónica Dressel 3 campana, con vidas paralelas, pero con un origen peninsular diferente. Tal vez haya que ver en el factor regional la variabilidad de sus rasgos formales que llevó a Dressel a crear dos grupos diferentes y afines. 9 Se trata de un ánfora alta y cilíndrica acorde al diseño más evolucionado de la Dressel 2 (Figura 8). Dos buenos ejemplos para salir de dudas sobre la tipología asociada al sello NP son el ánfora completa del Estagnon (Fos-Sur-Mer) ( nas, pero bajo otro criterio mucho más genérico de clasificación basado en denominaciones locales que englobaban toda la cerámica romana recuperada en estos yacimientos. Del trabajo de Haltern se deduce la presencia de ánforas Dressel 2-4 en el tipo 66, las que presentan un asa geminada, donde se encuentran algunos ejemplares de origen tarraconense por las descripciones de las pastas (González Cesteros 2014: 161). En el campamento de Oberaden, ocupado con anterioridad a Haltern entre 11-8/7 a.C., se utilizó la forma 78 para designar a estos envases, tratándose de importaciones bastante tempranas de Dressel 2-4, quizá con presencia de las primeras producciones tarraconenses 10. Las tres formas del grupo Dressel 2-4 también tuvieron otras denominaciones locales durante esa época inicial, con correspondencias del tipo Hofheim 73, Pompeii 12 y 35 (CIL IV, supp., tab. Albert Grenier fue el primer investigador francés en mostrar interés científico por la clasificación tipológica del CIL XV. En su síntesis general sobre las ánforas romanas toma en consideración la tabla de Dressel para señalar aquellos testimonios hallados en las provincias occidentales con sus contextos arqueológicos (Grenier 1934: 635-642). Además de reconocer en el tipo 1 de Dressel el ánfora itálica de vino por excelencia de edad republicana, agrupa las formas 2, 3, 4 y 5 sumando los hallazgos de Augst, Cartago, Haltern y Pompeya, con dataciones de finales de la República hasta mediados del Imperio. Nino Lamboglia fue crítico con la tabla de CIL XV al sugerir a los arqueólogos su rechazo como modelo de clasificación general (Lamboglia 1955: 243-244). Por un lado, censuraba su parcialidad, que no estuviera completa con las formas ausentes que habían sido posteriormente añadidas, primero por Pelichet (formas del no 46 al 50; Pelichet 1946), y después por Almagro (hasta la forma 57; Almagro 1951: 105 y ss.). Luego, y no le faltaba razón, reprochaba las numerosas duplicaciones de números que señalaban a formas afines, más propias de ser consideradas variantes de una misma clase de ánfora, tal y como hemos podido comprobar en el apartado anterior sobre Castro Pretorio. Con la idea de poner en manos del investigador un instrumento de clasificación mejorado, rehace la tabla de CIL XV, pero con poco éxito. Lamboglia unifica los tipos afines, suprimiendo los números superfluos y organizando las formas por cronologías. Agrupa los números 3 y 2 10 En los trabajos del material anfórico de Oberaden posterior a la II Guerra Mundial no se han encontrado Dressel 2-4 tarraconenses (González Cesteros 2014: 201; González Cesteros y Tremmel 2013). NOVEDADES SOBRE LA TIPOLOGÍA DE LAS ÁNFORAS DRESSEL 2-4 TARRACONENSES por un lado, y el 4, 5, 36, 44 y 45 por otro, pero concibiendo erróneamente estos últimos como resultado de la evolución de los dos primeros. Acierta con el orden 3 y 2 de las formas vinarias del primer grupo basándose en criterios evolutivos deducibles por las dimensiones de estos envases, pero se equivoca con la cronología de la forma 3, que el autor sitúa ya desde el siglo ii a.C., bastante alejada del momento inicial de la producción itálica en época de Augusto. Este desajuste cronológico confundió a investigadores de la talla de Fernand Benoît, que consideraba las Dressel 2-3 como ánforas republicanas de marcada tradición greco-itálica y con vida propia hasta el comienzo del Imperio (Benoît 1957: 256-258). La agrupación de las tres formas que han dado nombre a la "Dressel 2-4" se detecta, por primera vez, en la obra de Callender (1965: 9-14, "Form 2"). Su criterio se basa en la apariencia general de los tres envases afines, con un apartado descriptivo demasiado general, si bien presta la debida atención a la cronología de los materiales. Tras analizar tanto las fechas de las inscripciones pintadas de Roma, Pompeya y Cartago, como los contextos de yacimientos terrestres en Germania y Britania, ofrece un horizonte cronológico mucho más amplio y preciso que arranca en la segunda mitad del siglo i a.C. y perdura sobrepasado el primer cuarto del siglo ii d.C. El arqueólogo e historiador italiano Fausto Zevi publica en 1966 una excelente síntesis sobre la tabla tipológica de CIL XV. Siguiendo el orden de la numeración de Dressel, revisa minuciosamente los datos epigráficos con el triple objetivo de determinar la cronología, la procedencia y el contenido de las ánforas. Por las dataciones consulares llega a la conclusión de que se trata de cuatro envases análogos, que pertenecieron a una misma época histórica, con el momento comercial más floreciente entre Augusto y Tiberio11. Considera la forma 5 más alejada de las otras tres por su diseño peculiar y porque las inscripciones son normalmente en griego. Entiende las formas 2, 3 y 4 como variantes de una misma familia de ánforas por sus numerosos rasgos en común, pero también observa mayor diversidad de matices (epigrafía, arcilla, dimensiones, peso) respecto a lo señalado por Dressel. En cuanto al origen de estas tres ánforas, su impresión resulta contrariada por el hecho de que tanto la forma 2 como la 3 hubiesen envasado los mismos vinos de Campania, Provenza y Tarraconense. Zevi justifica este hecho, aparentemente insólito, con el fenómeno de las imitaciones de ánforas en Galia e Hispania, donde se copiaron los contenedores de los prestigiosos vinos itálicos, aquellos de Campania en particular, para colocar los productos provinciales en los principales mercados consumidores del Mediterráneo. Al referirse al cuadro tipológico revisionista de Lamboglia, está de acuerdo en considerar las formas 3 y 2 como variantes complementarias para un mismo fin económico, pero le reprocha su incoherente horizonte republicano y no haber atendido las dataciones consulares de Dressel. El trabajo revisionista de Zevi marcó un antes y un después en la manera de concebir esta familia de ánforas vinarias. Con el paso del tiempo se han ido sumando nuevos datos de yacimientos terrestres y submarinos, lo que ha permitido comparar contextos cerámicos, haciendo posible conocer los orígenes y la vida de estos recipientes con una visión económica y social cada vez más detallada y compleja. Hasta aquí este rápido repaso historiográfico sobre las clasificaciones después de Dressel de las formas 2, 3 y 4 de CIL XV. Tras los trabajos de Callender y Zevi, esta agrupación se convirtió en un denominador común, fosilizándose el nombre "Dressel 2-4" hasta nuestros días, como un término popular de clasificación empleado habitualmente por la investigación en su sentido más amplio. "DRESSEL 2-4 TARRACONENSE": ORIGEN Y CRITERIOS DE CLASIFICACIÓN En el primer apartado hemos visto cómo la versión layetana de las formas 2 y 3 se detectó, por primera vez, al estudiar Dressel el material de Castro Pretorio, donde se localizaron tres ánforas con tituli picti que mencionaban el afamado vino de Lauro (Figura 2) recordado por los clásicos entre los mejores caldos de Hispania (Plinio N.H. XIV 71). Igualmente, descubrimos en dicho depósito otras inscripciones sobre vinos layetanos, escondidas detrás de unas fórmulas epigráficas diferentes, menos explícitas, sin la denominación de origen del vino, mucho más difíciles de detectar si se desconoce la zona de producción de los sellos asociados a estas ánforas. La identificación del André Tchernia entró en contacto directo con estos materiales en septiembre de 1969 durante una estancia científica llevada a cabo en Cataluña (Tchernia 1971). Los investigadores locales le abrieron las puertas de los museos de Ampurias, Barcelona, Caldes de Montbui, y Mataró. En el primer apartado de su memoria científica describe las ánforas "fuselées de Léétanie", hoy llamadas Pascual 1, la predecesora de la Dressel 2-4 layetana, definida como un nuevo tipo de envase vinario por Ricardo Pascual en 1960 (Pascual 1962). El segundo apartado lo dedica a la "Dr. 2-4 de Tarraconaise", y es a partir de ese momento cuando esta terminología se empleará de un modo generalizado para clasificar las ánforas de vino altoimperiales producidas a lo largo de la fachada mediterránea de esta provincia romana. Tchernia entiende las Dressel 2-4 como imitaciones de los prototipos griegos de Cos (Grace 1961). Revisando el material anfórico de Caldes de Montbui descubre que los mismos hornos de las ánforas Pascual 1 habían producido igualmente Dressel 2-4, y que esta última se dejaba ver en mayor cantidad. En el Museo de Mataró vuelve a encontrar las dos tipologías asociadas entre el material del alfar de L. Volteilius localizado en el yacimiento de Sot del Camp (Sant Vicenç de Montalt). Pero en esta ocasión acompañando a un tercer tipo de ánfora de cuerpo ovoide, que se definiría más adelante como Layetana 1 o Tarraconense 1 (Comas 1985; Nolla y Solías 1984), para un fase de producción anterior a la Pascual 1 ya en plena época tardorrepublicana. Al estudiar las ánforas Dressel 2-4 con sellos TIBISI y ANTH descubre que el fenómeno productivo sobrepasaba los límites territoriales de la franja layetana, siendo más extenso y con un carácter multiregional, que alcanzaba por el sur la provincia de Tarragona y por el norte el territorio de Ampurias. La producción de ánforas en estas otras zonas se mostraba igualmente diversificada, pero con la novedad de introducir recipientes para conservas de pescado que imitaban algunas formas de la extensa familia Dressel 7-11 de la Bética. En cuanto a las Dressel 2-4 tarraconenses, Tchernia observa variabilidad formal en los acabados, tanto a nivel local como entre áreas productoras, con múltiples y no siempre comunes variantes de labios (simple, redondeado, alto y plano, triangular) y asas (bífidas, semibífidas). Algunos rasgos típicos del material hispano estaban ausentes en las producciones de Italia, pudiendo este detalle resultar de utilidad para diferenciar el origen geográfico de las ánforas halladas en los mercados de consumo. Finalmente, el autor hace una oportuna y necesaria síntesis sobre la cronología de estas ánforas en Cataluña. Sitúa el comienzo de la producción de Dressel 2-4 en un momento tardoaugusteo subsiguiente a aquel de la Pascual 1. Toma el horizonte preflavio de Castro Petrorio como uno de los momentos más tardíos, y sugiere situar la época de apogeo de las exportaciones de vino tarraconense a Roma y Cartago durante la primera mitad del siglo i d.C. Un año después, en 1972, Tchernia y Zevi publicaron conjuntamente una detallada síntesis sobre la presencia de las ánforas Dressel 2-4 de la Tarraconense y de Campania en Ostia. Los autores se percatan de la importancia del estudio de la arcilla para distinguir el origen geográfico de los recipientes afines. En este trabajo llegan a caracterizar fácilmente la pasta más corriente de una parte de las ánforas fabricadas en Cataluña, aquella dura y rojiza ("rouge brique très frane") con abundante desgrasantes de cuarzo, bien visible en superficie, la que caracteriza a las producciones de la Layetania oriental (Figura 6). También ven, sin conocer entonces el origen de muchos sellos de la Layetania occidental, la otra pasta característica, con un componente arcilloso diferente, gris o marrón, con engobe claro y color crema. Por otro lado, los contextos de Ostia confirmaban el horizonte cronológico que ya había sugerido Tchernia. La mayor concentración de materiales tarraconenses se daba en niveles arqueológicos de Tiberio y Claudio. Entre Tiberio y los Flavios los vinos tarraconense y campano fueron consumidos "côte à côte" en Ostia, bajo una disputada concurrencia comercial entre provincias, sin que la presencia de uno provocara la desaparición del otro. A partir del final del siglo i d.C. los testimonios materiales en Ostia son inciertos y casi contradictorios. El estudio de las ánforas de Ostia puso al descubierto los problemas relacionados con la identificación y clasificación de las ánforas Dressel 2-4 por áreas de producción. El análisis se veía limitado por el hecho de tomar los datos en los mercados consumidores de los vinos, en lugar de hacerlo directamente de las alfarerías. Bajo tales condiciones de trabajo, las afinidades entre las formas 2 y 3 hacían casi imposible establecer criterios tipológicos para distinguir los envases itálicos, tarraconenses y narbonenses (Tchernia y Zevi 1972: 35). A la vista del problema, pocos años más tarde, hubo un intento fallido de elaborar un NOVEDADES SOBRE LA TIPOLOGÍA DE LAS ÁNFORAS DRESSEL 2-4 TARRACONENSES sistema objetivo de clasificación basado en fórmulas matemáticas que, mediante un algoritmo, se ponía en relación métrica las diferentes partes del ánfora Dressel 2-4 (Farinas del Cerro et alii 1977). La elección aleatoria de unos materiales que rara vez se conservan completos en los yacimientos terrestres dio lugar a una aplicación incapaz de establecer conclusiones positivas sobre tipología, origen y cronología. En el año 1974 se celebró en Roma el coloquio internacional Méthodes classiques et méthodes formelles dans l'étude typologique des amphores, que tuvo gran repercusión científica, hasta el punto de asentar las bases metodológicas a seguir en el desarrollo de futuros trabajos sobre tipología y caracterización de las producciones anfóricas romanas en general12. El acto contó con la participación del investigador catalán Ricardo Pascual Guash, precursor del estudio de las ánforas de la Layetania y su epigrafía asociada. Con su ponencia se puso de manifiesto la importantísima producción alfarera layetana, con verdaderas industrias cerámicas dedicadas a la fabricación de ánforas Pascual 1 y Dressel 2-4, con una riqueza epigráfica de sellos y grafitos considerable (Pascual 1977). Pascual se vale entonces de la agrupación Dressel 2-3 de Lamboglia para identificar los materiales hallados en Cataluña, sin dar directrices claras sobre cómo diferenciar estas dos formas afines entre sí, describiendo sus rasgos vagamente con la mera intención de distinguirla de la Pascual 1. En el año 1985 se publica el mayor estudio monográfico sobre pecios con cargamento de Dressel 2-4 tarraconense en el Mediterráneo occidental (Sciallano y Liou 1985). Este trabajo marca un antes y un después en la investigación al incorporar importantes novedades que daban respuesta a algunas de las preguntas aquí planteadas con anterioridad. Al tratarse de conjuntos arqueológicos cerrados, los yacimientos submarinos proporcionan las cronologías más precisas con las que fechar las fases de actividad industrial de las alfarerías tomando en consideración la procedencia de los sellos. Por otro lado, se confirma el uso de las formas 2 y 3 de Dressel como envases vehiculares del comercio tarraconense durante el horizonte cronológico ya avanzado por Tchernia. En el siguiente apartado hablamos detenidamente sobre estos pecios con el fin de desvelar su valor clave para comprender y fechar el paso evolutivo de la forma 3 a la 2. Desde esa última fecha hasta hoy, las publicaciones sobre Dressel 2-4 tarraconense no aportan novedades significativas en materia tipológica, sin que por ello desmerezca destacar los siguientes trabajos con variedad de enfoques metodológicos para la investigación. Cabe hablar en primer lugar de la obra de síntesis de Jordi Miró (1988) sobre las producciones de ánforas romanas en Cataluña. En ella se ponen por primera vez en orden, con una visión clara de conjunto, los datos arqueológicos, tipológicos y epigráficos, para analizarlos y confrontarlos en los procesos socioeconómicos del período histórico del comercio del vino tarraconense entre la Tardorrepública y el Alto Imperio. La última revisión en materia tipológica se produce en el año 2008 a cargo de los investigadores Albert López Mullor y Albert Martín Menéndez (2008: 64-75), mediante la elaboración de una síntesis general detallada para cada uno de los tipos anfóricos producidos en el actual territorio de Cataluña. Su finalidad es tratar de definir seriaciones detalladas de variantes para cada entidad tipológica (Tarraconense 1, Pascual 1, Dressel 2-4), ajustándolas con las dataciones de los contextos arqueológicos fiables. El estudio de la Dressel 2-4 no hace sino reafirmar parte de lo ya expuesto hasta ahora. Los autores descartan la forma 4 por falta de testimonios dentro del material estudiado, y consideran más correcto llamarlas Dressel 2-3. Describen por separado las características físicas de las formas 2 y 3, pero al hablar de cronología y difusión las incluyen como un solo grupo Dressel 2-3, como dos envases coetáneos y alternativos, sin reparar en el factor evolutivo del paso de la forma 3 a la 2. Una visión parecida se ofrece en el trabajo de síntesis de Piero Dell'Amico y Francisca Pallarés (2007) sobre las ánforas de la Layetania. Los autores también descartan la forma 4 de Dressel por falta de testimonios tarraconenses. Describen las formas Dressel 2 y 3 con este orden sin observar el factor evolutivo existente con la numeración inversa. Llaman Dressel 3 a la forma de aspecto más arcaico y Dressel 2-3 a nuestra forma 3 'clásica' (Figura 8) por entender sus rasgos como de transición entre las formas 2 y 3 de Dressel. Cerramos este tercer apartado con la reciente publicación de Verónica Martínez Ferreras (2014), "Ánforas vinarias de Hispania Citerior-Tarraconensis (siglo i a.C. -i d.C.)", de indispensable consulta, al presentar el mapa arqueométrico más completo sobre las ánforas de vino en territorio catalán. Esta obra constituye un logro científico importante para futuras investigaciones, al permitir acceder y manejar información fiable, con datos tomados directamente del material cerámico en los centros de producción. Con la caracterización de estos materiales, la determinación de sus propiedades físicas y químicas, tenemos finalmente en nuestras manos un catálogo fundamental con el que distinguir las zonas de origen de las ánforas layetanas, y éstas a su vez de las áreas nordeste y suroeste del litoral de Cataluña. En el apartado anterior hemos subrayado la trascendencia científica que tuvo la publicación del estudio monográfico de Archaeonautica 5 para el desarrollo de esta línea de investigación, al ofrecer la lista más completa de pecios con cargamento de Dressel 2-4 tarraconense, cuyas cronologías siguen siendo el principal referente para datar los sellos y las fases productivas de las alfarerías. Además de confirmarse el uso exclusivo de las formas 2 y 3 de Dressel para transportar los vinos layetanos, existe otro detalle mucho más interesante que no ha sido tenido debidamente en cuenta: las formas 2 y 3 no coexisten en un mismo cargamento, por lo que deja de tener sentido la idea de dos envases coetáneos y alternativos para una misma misión comercial. En cada pecio con Dressel 3 o Dressel 2 la homogeneidad tipológica es absoluta con diferencias mínimas en los acabados (Figura 3). Por lo tanto, la cuestión tipológica se resuelve con la evolución de estas ánforas. El paso de la forma 3 a la 2 se percibe poniendo en relación la forma del recipiente con las dataciones de los pecios (Figura 4). Repasando Archaeonautica 5 vemos cómo la forma 3 se data dentro de un horizonte tardoaugusteo y tiberiano en los pecios de Dramont B, Sud-Lavezzi 3, Planier 1, Chrétienne H, Diano Marina (¿mediado siglo i d.C.?), Perduto 1. Por otro lado, la forma 2 se fecha básicamente en época julio-claudia con los pecios de Petit-Congloué, Grand-Rouveau, Fourmigues, Ile-Rousse, Cavallo 1, Est-Perduto, Barà, Cala Vellana. Tan sólo existe un fleco con la insólita datación tardía de Diano Marina sobre la que hablamos más adelante. En los últimos años se han dado a conocer más cargamentos con ánforas tarraconenses, que confirman y refuerzan lo dicho hasta ahora sobre la evolución de las dos formas y sus cronologías sucesivas. La forma 3 aparece en Grand Ribaud D con fecha ca. La forma 2 la encontramos en el pecio flavio de Marina di Fiori con ánforas de posible origen en el territorio de Tarraco (Bernard 2007). Su datación hacia mediados del siglo i d.C. resulta imposible por la presencia de ánforas Dressel 3, si se acepta nuestro modelo descriptivo (Figura 8), donde la forma 2 sustituye a la anterior en ca. 30 d.C. Tomar la datación tardía de Diano Marina equivaldría a decir que la forma 3 llegó a ser contemporánea de la 2. Este argumento no se sostiene porque los pecios con ánforas tarraconenses jamás combinan las formas 3 y 2 en un mismo cargamento, al tratarse de dos variantes de la misma clase de objeto fabricadas en distintas épocas (Figura 4). La fecha de Diano Marina se basa, en particular, por el estudio de la cerámica de paredes finas y la sigillata itálica de la dotación de abordo de la nave. El repertorio epigráfico de las ánforas layetanas es originario de la zona productora del Baix Llobregat, pero los sellos carecen de paralelos claros y bien datados para confirmarla o desmentirla. Tampoco se puede precisar con los sellos en dolia, caso de los Piranii de Minturno, a quienes conocemos en otros naufragios con ánforas Dressel 3 o Dressel 2 layetanas, debido al uso prolongado de estos contenedores en las naves "cisterna" durante unos cincuenta años. Sin embargo, cabe tener en cuenta el siguiente análisis revisionista para bajar la cronología de Diano Marina a un momento anterior, en el primer cuarto del siglo i d.C. La presencia de ánforas Dressel 9 con rasgos afines a las recuperadas en el pecio Sud Lavezzi 1 (Liou y Domergue 1990: 141-142, 153) apunta a una fecha ante quem 25 d.C. El sello in planta pedis de Sextus Villius Natalis sobre TSI aporta En el primer apartado sobre Castro Pretorio hemos comprobado la importancia de la epigrafía anfórica (sellos, grafitos, tituli picti) para localizar posibles recipientes tarraconenses en una de las colecciones más antiguas de Roma. Este segundo muro fue levantado con más de 2.000 ánforas. Las fechas consulares de las inscripciones pintadas conservadas dieron un horizonte cronológico del segundo cuarto del siglo i d.C. similar al de Castro Pretorio. Delattre (1906: 36, fig. 2) reproduce hasta 20 recipientes cerámicos diferentes, con un predominio notable de ánforas de vino sobre las de aceite y garum, muchas de ellas de origen oriental, entre las que se reconocen también las formas 2 y 3 de la tabla de Dressel (Figura 5). Sabemos por Freed que las ánforas de vino tarraconense estaban holgadamente representadas en el muro de ánforas, habiéndose conservado 108 ejemplares en las colecciones del Museo Nacional de Cartago. Los tituli picti publicados por Delattre se han desvanecido de la superficie del ánfora, pero la autora reproduce con nuevos calcos la mayor parte de los sellos impresos en los materiales del museo. Del examen de todos los datos epigráficos publicados hasta hoy se pueden extraer las siguientes observaciones generales sobre el consumo de los vinos de la Tarraconense en Cartago. Las ánforas tarraconenses de Cartago tienen un origen geográfico variado y disperso por el actual territorio de Cataluña, con mayoría abrumadora de envases layetanos frente a una discreta presencia confirmada de vinos de Tarraco para un momento más tardío (Berni 2010). La mayor parte de los sellos documentados aparecen impresos en la forma Dressel Figura 4. Tabla-resumen de pecios con ánforas tarraconenses producidas en Cataluña agrupados por las formas 3 y 2 de Dressel. A nuestro modo de ver, esta alternancia geográfica en el tiempo tiene una explicación económica, cuyas causas y consecuencias hay que buscarlas en el devenir y el dictado de los grandes mercados consumidores. Durante el primer cuarto del siglo I d.C. es la zona de Barcino, con sus industrias en el Baix Llobregat (Berni 2015) la que acapara el protagonismo comercial con el mayor volumen de las exportaciones, colocando sus abundantes vinos "layetanos", más baratos y de modesta calidad. Posteriormente, ya en época julio-claudia y con la Dressel 2, el modelo anterior de negocios con la disyuntiva "cantidad por encima de calidad" deja de ser rentable económicamente. Para contrarrestar la crisis del vino barato para el consumo, productores y comerciantes apuestan más decididamente por los vinos de óptima calidad, viéndose beneficiados las plantaciones de viñas y los fabricantes de ánforas en la Layetania oriental. Este cambio de estrategia de mercado se percibe igualmente con la información de Castro Pretorio (Figura 2) y los pecios con ánforas layetanas (Figura 4), donde los productos de la vertiente oriental se dejan ver con mayor frecuencia en la Dressel 2. Recordemos, una vez más, el pasaje de Plinio (N.H. XIV 71): "Hispaniarum Laeetana copia nobilitantur, elegantia vero Tarraconensia atque Lauronensia et Balearica ex insulis conferuntur Italiae primis". En tiempos de Plinio el Viejo (23-79 d.C.), los vinos tarraconenses de prestigio eran el Lauronense (Layetania oriental) y el de Tarraco (Marcial XIII 118; Silio Itálico III 369-370 y XV 176-177; Floro, Vergilius orator an poeta II, 8), mientras el llamado vino "layetano" (Layetania occidental) que se consumía en Roma se clasificaba entre los más modestos, baratos, e "infames" (Marcial,I 26; VII 53,6; XIII 118). HACIA UN NUEVO MODELO CRONO-TIPO-LÓGICO Tras este amplio repaso historiográfico sobre el origen de la investigación y los criterios de clasificación tipológica de la "Dressel 2-4 tarraconense" hemos llegado a las siguientes deducciones: • La adopción científica del nombre canónico "Dressel 2-4 tarraconense" se lo debemos al trabajo pionero de André Tchernia del año 1971, influenciado entonces por las clasificaciones generales de Callender y Zevi. • Este término se halla fosilizado en la actualidad. Se emplea con un sentido amplio y ambiguo, sin apenas prestar atención en los detalles formales de las ánforas. • El estudio de las ánforas de Castro Pretorio, Cartago y los pecios con cargamento tarraconense ha puesto de manifiesto el uso exclusivo de las formas 2 y 3 de Dressel, y el rechazo de la forma 4 por falta de testimonios claros. • La forma 3 se data con anterioridad a la forma 2. No son dos recipientes diferentes, coetáneos y alternativos para transportar vino, sino la misma cosa como resultado de un proceso evolutivo que cubre, grosso modo, toda la primera mitad del siglo i d.C. • La Layetania occidental acaparó el mayor volumen de las exportaciones en Dressel 3, y la oriental en Dressel 2. La dinámica comercial entre estas dos zonas productoras de vino se invirtió por la coyuntura "calidad versus cantidad" en el segundo cuarto del siglo i d.C. Cabe a continuación poner sobre la mesa una serie de consideraciones sobre algunos interrogantes que se dan en el actual estado de la investigación y que En el estado inicial de la investigación, Tchernia percibió la magnitud geográfica del fenómeno productivo en Cataluña que sobrepasaba los límites de la Layetania, alcanzando los territorios de Tarraco y Emporiae. Además, con excelente intuición, observó variedades de rasgos en los acabados que podían deberse a factores socioculturales propios de cada zona productora. Aún así, comedido en ese nuevo escenario científico, se decantó por el nombre genérico "tarraconense" para adjetivar a todos estos recipientes. En la actualidad, los avances científicos han superado con creces las expectativas iniciales. Gracias a los aportes de la arqueología, la sistematización de la epigrafía y el mapa arqueométrico recién finalizado por Martínez Ferreras, estamos en condiciones inmejorables para redefinir con criterios histórico-regionales las distintas producciones anfóricas de Cataluña. Por este motivo, somos partidarios de hacer uso exclusivo del apelativo "layetano" para etiquetar las ánforas producidas en la franja costera central de Cataluña, entre los ríos Llobregat (al sur) y Tordera (al norte). Además, la atribución regional "layetana" nos permite rastrear mejor sus datos con la subdivisión que hemos hecho del territorio en dos áreas geográfica con la economía del vino polarizada. Sugerimos pues acotar el alcance geográfico que pesa actualmente sobre el adjetivo "tarraconense" con valor de provincia y nos decantamos por entenderlo como denominación regional de "vino de Tarraco", tal y como ha defendido Ramon Járrega en reiteradas ocasiones al estudiar las ánforas del Ager Tarraconensis (Járrega 2008: 100). La segunda consideración atañe a las edades de las formas 3 y 2 de Dressel. La revisión de los datos Presentamos a continuación el primer esbozo crono-tipológico del ánfora layetana altoimperial (Figuras 8 y 9), con la finalidad de asentar las bases descriptivas para clasificar estos materiales por sus cronologías. El cuadro tipológico es aproximativo, mucho más conceptual que empírico. Será en futuros trabajos cuando abordaremos los datos descriptivos con mayor amplitud de miras. De momento, esperamos que sirva de ejemplo, que marque tendencias en la manera de segmentar la sucesión de las cuatro variantes evolutivas que sugerimos (A-D). Según nuestro modelo tipológico, el período de vida de los envases layetanos se sitúa entre los últimos años antes del cambo de era y el comienzo de la dinastía Flavia (Berni y Miró 2013: 75-81). Un hecho histórico de gran importancia que podría justificar su fulminante aparición, en sustitución y perjuicio del ánfora Pascual 1, sería la fundación de la colonia Barcino hacia ca. 15-9 a.C. Las primeras imitaciones layetanas (A) de la Dressel 3 campana tuvieron entre La razón de ser del término Dressel 2-4 tarraconense es un "sinsentido científico" lleno de contradicciones, heredado desde la publicación de Dressel sobre las ánforas de Castro Pretorio y aceptado por la investigación como dogma. Sus límites son imprecisos por la naturaleza del trabajo de Dressel, quien no tuvo la intención de hacer una clasificación de las ánforas romanas por criterios crono-tipológicos. Las formas 2, 3 y 4 son, a nuestro entender, duplicaciones de la misma clase de objeto con una serie de matices que derivan de circunstancias temporales y geográficas en la fabricación de estos envases. Las formas 3 y 4 tienen un aspecto afín, fueron coetáneas y precedieron a la forma 2. Su desigualdad en el diseño parece deberse a un posible factor regional arraigado entre las producciones itálicas. Las provincias de la vertiente occidental del Mediterráneo comenzaron a producir estas ánforas hacia finales del siglo i a.C., escogiendo como modelo económico la forma 3 del prestigioso vino de Campania. Este detalle es importante, porque nos aclara el motivo por el que no tenemos ejemplares de la otra forma 4 itálica en la Tarraconense. La forma 4 debe ser suprimida de la lista tarraconense para ceñirnos únicamente al grupo Dressel 2-3. Estas dos formas no fueron coetáneas en el tiempo, tal y como se había pensado hasta ahora como envases alternativos para comercializar los mismos vinos de una región. En realidad, la Dressel 2, que datamos desde los últimos años del reinado de Tiberio, es el resultado de la evolución de la forma 3, como recipiente optimizado para el transporte naval de larga distancia, seguramente, con un toque morfológico regional mucho más acentuado. El orden de la numeración Dressel 2-3 carece pues de sentido cronológico ascendente, al ser la forma 3 anterior a la 2. Sería más acertado llamarla Dressel 3-2 aunque resultase extraña la terminología con los números colocados al revés de mayor a menor. Pero aun así, este término se contradice a sí mismo como definición de clase, porque los dos números apuntan a un mismo objeto con valores cronológicos diferentes. Para ser coherentes con una clasificación taxonómica bastará con asignar un único número a esta clase de ánfora, ayudados luego por letras para distinguir las variantes evolutivas, como ya hiciera Nino Lamboglia al estudiar las ánforas Dressel 1 y subdividirlas en tres grupos (A, B, C). En definitiva, se busca un nuevo nombre para referirnos a estos envases de manera segura, con un término científico ajustado a su significado. El tipo Dressel 2-4 debe ser descartado de las clasificaciones anfóricas por las múltiples contradicciones aquí expuestas. Su uso irreflexivo nos ha ofuscado durante todos estos años. No hemos sido capaces de percibir que existía un factor evolutivo tras los rasgos morfológicos cambiantes de estos envases. Desde ahora es posible extraer dataciones relativas más precisas a estos materiales examinando sus rasgos generales. Este trabajo pone en manos del investigador un modelo teórico de clasificación crono-tipológico que permite datar con mayor precisión estas ánforas y su epigrafía asociada. Cabe desde este momento mejorar sus bases descriptivas, afinar las cronologías, sobre todo, analizando el material en los lugares de producción con una visión de conjunto.
Este artículo presenta una investigación centrada en la parte inferior de un sobremolde de lucerna, descubierto durante las excavaciones de El Quemao (Tricio). El molde fue obtenido de una lucerna original del alfarero itálico OPPI ZOSI, comercializado en África del Norte en época antonina. Probablemente, la lámpara original usada para la elaboración del molde fue traída desde África por un legionario o un veterano del Legio VII, asentada en Tritium. Hoy en día este hecho no ofrece duda alguna tras la aparición de diversos moldes, a pesar de lo cual podemos considerar su hallazgo como bastante infrecuente en las provincias romanas y excepcionales en Hispania. A pesar de ir documentándose en los últimos años una importante industria alfarera lucernaria, tanto propia como de imitación, este hecho no se refleja en el número de moldes conocidos. Basta con comparar los centros de producción que elaboraron sigillata y el volumen de moldes hallados, especialmente en los testares, para observar esta desproporción, lo que no debe sorprendernos si tenemos en cuenta que se trata de dos producciones distintas que no tienen por qué desarrollarse conjuntamente, como posteriormente veremos. A estos trabajos hay que añadir otros más recientes que han permitido establecer una producción de lucernas en Hispalis (Vázquez 2012), Carthago Nova (Quevedo 2012), Bracara (Morais 2012), y en sigillata en Tritium (principalmente Amaré 1989Amaré, 1989Amaré -1990;;Morillo y Rodríguez 2008;419-422; Morillo 2012), destacando el conjunto de moldes de La Cabañeta (El Burgo de Ebro-Zaragoza) (Mínguez y Mayayo 2013) y el taller de Elo en El Monastil (Elda, Alicante) (Poveda 2012;2013), etc. * La realización de este trabajo ha contado con el soporte del Grupo URBS (CONAI+D -Gobierno de Aragón) y del proyecto: UZ2012-HUM-02: Caracterización de las producciones cerámicas de mesa elaboradas en los alfares romanos del valle medio del Ebro: las producciones de sigillata hispánicas, paredes finas y cerámica engobada (I.P. Carlos Sáenz). La desproporción que observamos entre moldes hallados y producción constatada, no creemos que esté causada, como planteó Amaré (1987a: 23-24), por su fabricación en yeso 1 y por lo tanto fácilmente degradables. Un molde en yeso bien ejecutado, excepto en una tierra con PH muy ácido, tiende a conservarse en perfectas condiciones, igual que uno de cerámica. Por ello no creemos que sea ésta la causa del limitado número de ejemplares encontrados y que la mayoría de los conocidos en la Península estuviesen elaborados en arcilla, exceptuando unos pocos ejemplares, como el ya mencionado de La Cabañeta, Bilbilis (Amaré y Sáenz 2004), o el inédito de Caesaraugusta (Hernández 2014) 2. Más bien debemos atribuirlo al desconocimiento que tenemos de la ubicación de los alfares-talleres que elaboraron lucernas y por lo tanto de excavaciones que los den a conocer, que no tienen por qué estar vinculados a los grandes centros de manufacturación de sigillata3. Como afirmaba Bernal (1990Bernal ( -1991: 155): 155): "de la distribución de los hallazgos, podemos observar una tendencia a la aparición de centros de estas características en zonas interiores avalada por la dificultad de la penetración de los productos del hinterland". Debido a ello, estas producciones locales se limitaron a cubrir, en lo posible, la demanda del mercado local y poco más, como se desprende del estudio de la ubicación de los moldes aparecidos, así como de las producciones locales constatadas que generalmente están vinculados a centros urbanos importantes, como es el caso de Conimbriga, Bracara Augusta, Carteia, Tarraco, Valentia, Asturica Augusta, Caesaraugusta, etc., sin menospreciar los mercados más restringidos o humildes con producciones de peor calidad, en donde ubicamos generalmente las que se derivan 1 Moldes fabricados en yeso los encontramos ampliamente documentados en otras provincias del Imperio: Panonia (Ivanyi 1935: 26-27, 310, ll. LXIX-LXXIV), provincias africanas (Joly 1974: 83), por citar algunos ejemplos de los muchos conocidos, o como en el caso de los ejemplares de Pompeya realizados mediante una mezcla de polvo de mármol y cal (Cerulli 1977: 56). 2 Se trata de un molde en yeso para lucernas de volutas aparecido en el transcurso de una intervención urbana efectuada en el P.E.R.I. de las calles Las Armas/Casta Álvarez de Zaragoza, bajo la dirección de Antonio Hernández y Jesús G. Franco a quienes agradecemos esta información. de sobremoldes de ejecución más tosca, pero con la que se cubría la demanda existente. Evidentemente detrás de muchas de estas producciones encontramos una copia o imitación de formas importadas, fenómeno que ya se había documentado en época republicana, tanto en ámbitos castrenses como civiles. Así, la fabricación de lucernas Dressel 4 la tenemos constatada en campamentos militares como Herrera de Pisuerga (Morillo 1992: 89-90;1993;1999: 65-66;635-646) y Tarraco (Bernal 1993a: 153), mientras que la Dressel 2 está en Valentia y Tarraco (Vicent 1990: 31-32), documentándose la fabricación de lucernas de volutas en Turiaso, Bracara, Emerita, Isturgi, Italica, Bilbilis, etc., ciudades que también elaboraron lucernas de disco (Turiaso, Tarraco, Bracara, etc.) y de canal (Asturica, Complutum, Turiaso y Bracara), copiando o imitando directamente, desde un primer momento, los modelos itálicos y norteafricanos llegando a emplearlos como base para la fabricación de sobremoldes 4. No obstante podemos considerar sorprendente que el potencial alfarero de Tritium y el valle del Najerilla no se refleje en este tipo de manufactura, al ser casi anecdótica en sus talleres, como posteriormente veremos. Distinto es el caso de Los Villares de Andújar, con la producción de las denominadas lucernas tipo Andújar derivadas de la Dressel 3, ampliamente comercializadas en la Bética desde los años 50 hasta el tercer cuarto del siglo i, también presentes en el norte peninsular al comercializarse a partir de la vía de la Plata, especialmente en el Conventus Asturum (Morillo 1999: 102-104; García et alii 1999), que reproduciría los tipos lucernarios más populares del momento y que, por extensión, eran los de mayor comercialización (Ruiz 2013: 293-297) 5 siendo también elaboradas en talleres de Corduba (Bernal 1993b) y Emerita (Rodríguez 1996: 48-55, 143-144;2005: 278). 4 La bibliografías generada por estos centros es muy amplia, extendiéndose su mención más allá de las pretensiones y espacio de este trabajo, de ahí que nos remitamos al trabajo de Morillo y Rodríguez (2008: 409-414) en el que están recogidas, referenciadas y tratadas las lucernas de volutas, disco y canal. 5 Si observamos otros elementos cerámicos producidos en los talleres isturgitanos, como es el caso de los vasos y cuencos de paredes finas (formas Mayet XXV, XXXII, XXXVIIB), apreciamos similares cronologías (50-75 d.C.), y similar ámbito de difusión y presencia en mercados. Ciertamente no se puede negar cual es el producto "estrella" de ambos complejos alfareros. Podemos reflexionar por qué se produjo una cierta restricción a la hora de elaborar otras manufacturas, lógico en talleres menores, locales o regionales. Sorprendentemente es a la inversa: los grandes complejos alfareros peninsulares no lo hacen cuando tienen los medios y la capacitación, y en cambio los menores sí, optando en el caso de Tritium y su entorno por una especialización frente a una diversificación, y por lo tanto descartando mayores posibilidades comerciales. A pesar de ello, y del potencial de los talleres isturgitanos (Fernández 2013) no se aprecia en periodos posteriores una producción lucernaria, lo que le asemeja con Tritium a la hora de concentrarse en un producto hegemónico que rozaría el monopolio, la sigillata. No podemos obviar que también elaboraron todo tipo de productos, pero de menor recorrido, siendo otros alfares los que se especializarían, por ejemplo en paredes finas, como es el caso de La Maja (Pradejón-Calahorra, La Rioja) de donde proceden los conocidos vasos de Gaius Valerius Verdullus (Mínguez Morales 2008), alfarero que también elaboró vajillas de sigillata en La Cereceda (Sáenz 1994: 90, lám.4, no 19). De ello se deriva una especialización de los talleres que hacía, por ejemplo, que Verdullus tuviese figlinas en distintos lugares, una especializada en sigillata en Tritium y otra en paredes finas y cerámica vidriada en La Maja. En este trabajo no pretendemos efectuar un estudio de los moldes lucernarios peninsulares, todo lo contrario, de ahí que nos limitaremos a referenciar la bibliografía general que los recoge como punto de reseña para su consulta, centrándonos en aquella que podemos considerar como una novedad y aplicarla directamente para el sobremolde del alfarero M. Oppius Sosius aparecido en Tritium. El hallazgo del molde se produjo en el transcurso de las excavaciones realizadas en 1998-1999 en el término de El Quemao distante unos 300 m del actual Tricio, afectado por obras de ampliación y mejora del cruce de las carreteras locales LR-136 y LR-430 que comunica Tricio con Arenzana de Abajo. La excavación puso al descubierto 4 hornos (2 altoimperiales y 2 tardíos), testares y estructuras vinculadas a instalaciones en donde se desarrollaba la actividad (almacenes, zonas de secado, patios y pórticos empedrados, etc.) que permiten establecer una amplia vivencia de este centro que estuvo manufacturando desde época flavia hasta el siglo iv (Sáenz 1999(Sáenz, 2000a(Sáenz, 2000b(Sáenz, 2005)), documentándose los sellos de 12 alfareros: Accunicius, Agilianus, Ca [---] Co [---] Fe [---], Cornelius Paternus, Flaccus Tritiensis, Lucius Aci[---] Sot [---], Lucius Valerius Firmus, Lucius Valerius Paternus, Maximvs, Nas[---] De [---], Paternvs y S. Venvstvs. CCVIII, no 22-27; Sáenz y Sáenz 1999: 90), sin que podamos asegurar que fuese su autor sin que debamos descartarlo ante la ausencia en esta unidad de otros alfareros. En el mismo contexto se recuperó un importante número de cuencos Hisp.8, forma que nunca aparece firmada pero que generalmente están presentes en contextos en los que predominan las formas Hisp.15/17 e Hisp.27, de ahí que debamos considerar que todas ellas configuran un mismo servicio de mesa. Las formas decoradas se limitan a cuencos Hisp.37 del estilo metopado y de círculos, así como fragmentos de sus moldes de procedencia. En el mismo contexto se localizó un pie moldurado de copa Hisp.90, forma apenas comercializada de la que carecemos de ejemplares completos, pero cuya cronología podemos establecer en la segunda mitad del siglo I, con perduraciones en el siglo ii (Romero 1985: 243), estando estrechamente relacionados con el Servicio A. La presencia también de varios vasos Hisp.2 decorados mediante barbotina, técnica que dejará de emplearse ya a mediados del siglo ii, o unas pocas décadas antes, aporta un importante valor cronológico a este contexto cerámico, y por extensión, al molde estudiado. El contexto del molde poco más puede decirnos, ya que, por ejemplo, la numismática es poco representativa, al hallarse únicamente en la UE 2008, situada bajo la unidad anterior, en la que también están presentes las formas firmadas por Agilianus, un as de imitación de Claudio I (R. I.C. 1984, 129, no66) perteneciente a una de las series semioficiales elaboradas en el valle del Ebro y que circularon abundantemente por toda la Península hasta bien entrado el siglo ii 6, de ahí que su valor cronológico únicamente debemos considerarlo como elemento a la hora de establecer el valor de la UE 2006 como post quem al momento de emisión de estas series. Nos encontramos con la valva inferior de un molde que conserva la totalidad del infundibulum circular y 6 Sobre este aspecto hay que recordar como Laffranchi (1949: 41-48) sugirió una posible ceca oficial en Caesaraugusta acuñando en época de Claudio tras la clausura con Calígula de las cecas peninsulares, si bien esta hipótesis ha sido discutida posteriormente por autores como Gurt (1985: 68-69) que ve más bien varios focos o centros de emisión que se corresponderían con toda probabilidad con aquellos talleres que estuvieron emitiendo hasta su cierre en época de Calígula, aunque nunca lo hicieron de modo oficial. Sobre estas acuñaciones nos remitimos al reciente trabajo de Besombes (2006) la parte inferior del rostrum y del margo, presentando en general una buena ejecución. Se realizó en arcilla (Figs. 1 y 2), cuando lo habitual era elaborarlos en yeso, como se desprende de la presencia frecuente de burbujas en las lucernas y el patente desgaste que se transmite a las piezas, manifestada en la degradación de las decoraciones del discus y en otros elementos morfológicos de la lucerna. Por el contrario, no podemos olvidar que un molde de yeso presenta la ventaja de absorber el agua de la arcilla, facilitando el secado de la pieza en su interior, lo que aceleraría el proceso de elaboración y su rápida cocción. Del mismo modo hay que valorar el hecho de que estos moldes no tienen la necesidad de ser fabricados en arcilla, como sí sucede con los moldes que elaborarán otras producciones cerámicas, por ejemplo la sigillata, cerámica vidriada, imitaciones engobadas, etc., dado que no es necesario una manipulación pos-Figura 1. Vista cenital y frontal posterior del molde. Se aprecian tres acanaladuras que acogerían el cordel con el que se sujetarían las dos piezas del molde durante el proceso de fabricación de la lucerna. No debemos olvidar que esta forma, al igual que las lucernas de canal, son los tipos más imitados y fabricados en la península debido a la simplicidad morfológica que presentan, lo que facilitaba su extracción al no presentar excesivas complicaciones decorativas ni elementos formales complicados, como las volutas, lo que exigía un mayor cuidado en su fabricación y por otra parte rápidamente degradables, con la consiguiente pérdida de la nitidez del detalle. De los análisis arqueométricos realizados 7 y una vez comparados con otros análisis efectuados en moldes y productos elaborados en centros alfareros de 7 Los autores desean agradecer la colaboración del Servicio de análisis químico (Servicio General de Apoyo a la Investigación -SAI), Universidad de Zaragoza, obteniéndose los resultados plasmados en la tabla adjunta. La determinación se ha llevado a cabo por ionización en plasma de acoplamiento inductivo-espectrometría de masas. El resultado aparece en la tabla expresado en microg/g. Hay que mencionar que los errores cometidos en una determinación semicuantitativa mediante ionización en plasma de acoplamiento inductivo-espectrometría de masas puede llegar a ser el 30%. La mínima concertación determinable (MCD) se ha calculado como diez veces la desviación estándar de tres lecturas del blanco de medida. terior como ocurre con otras producciones cerámicas en las que se tiene que levantar en el torno la forma mediante el moldeado del cuello, borde y labio. La lucerna resultante de este molde apenas sobrepasaría los 8,5 cm, de ahí que debamos pensar más en un sobremolde elaborado a partir de una lucerna previa, que en un molde original (Fig. 3). Conserva todavía restos de arcilla pegada en sus paredes, a pesar ello se aprecia una especie de engalba blanca muy ligera que cubría la mayor parte de la zona exterior de la valva. Si hacemos caso a Pavolini (1993: 390), la lucerna tras la pérdida de humedad se reduce entorno al 10%, de ahí que la pieza original que sirvió para la elaboración de este sobremolde debió medir aproximadamente 10 cm de longitud y 7 de anchura, similar a los ejemplares conocidos de este alfarero. DIMENSIONES longitud anchura altura Dimensiones de la valva y de la lucerna elaborada en ella La valva presenta en su interior, en lo que será la base del infundibulum, un sello rectangular de 35 x 5 mm. con la lectura invertida de (M)OPPISOSI. Generalmente la marca de este alfarero aparece con el inicial del praenomen M, como se aprecia en las lucernas conocidas, especialmente las norteafricanas. En nuestro caso está ausente, debido a la mala impresión en el momento de la realización del sobremolde, existiendo un espacio al inicio del sello en el que cabe perfectamente la M, que evidentemente no se imprimió bien. La firma apenas se aprecia ya que se encuentra muy desgastada, observándose como las S fueron retocadas debido a una mala impresión, configurándolas casi como Z invertidas. El molde presenta en los extremos tres acanaladuras verticales paralelas y simétricas entre sí de 4 mm de anchura en las que se encajaría un cordaje que mantendría firme, con la mayor presión posible, ambas valvae durante el proceso de secado de la pieza. En cuanto a la tipología es difícil establecer cuál es la variante concreta de lucerna de disco que elaboró. No obstante, por las piezas firmadas conocidas de este alfarero, nos inclinamos a pensar que se tratase de una Dressel 20 que constituye el tipo mayoritario entre las versiones más antiguas de lucernas de disco, cuya cronología, aunque carezcamos de datos Tritium, apreciamos una gran similitud, presentando la característica arcilla calcárea de las manufacturas del valle del Najerilla y una composición similar, según se desprende de la comparativa de elementos traza entre este sobremolde y los moldes de sigillata que en estos momentos estamos analizando (Fig. 5) 8. 8 Actualmente nos encontramos desarrollando un proyecto de caracterización arqueométrica de las manufacturas de Tritium gracias a una serie de ayudas a la investigación otorgadas por el Instituto de Estudios Riojanos -Gobierno de La Rioja, cuyos resultados se encuentran en fase de elaboración. Estos análisis se han realizado en el marco de los proyectos: Caracterización arqueométrica de las producciones cerámicas fabricadas en Tricio (La Rioja) (2010) y Caracterización arqueométrica de las producciones cerámicas altoimperiales LA PRODUCCIÓN DE LUCERNAS EN TRI-TIUM MAGALLUM Hasta el momento, son pocos los moldes de lucernas aparecidos en los centros alfareros de Tritium, pero dada la entidad de este complejo alfarero y su diversificada producción, que no estuvo limitada fabricadas en Tritium Magallum (Valle del río Najerilla, La Rioja) (2011). En ambos proyectos se analizaron moldes cerámicos y productos elaborados en ellos, aparecidos en los testares de diversos centros alfareros del Valle del Najerilla, entre ellos los del alfar de El Quemao de donde procede la pieza aquí estudiada, de ahí que haya sido posible compararla con otros moldes recuperados conjuntamente en el mismo basurero, con los que comparte similar características compositiva. Tabla con los resultados de la determinación semi-cuantitativa de elementos en la muestra obtenida. (1987: 115-117) sugirió como hipótesis la posibilidad de su fabricación amparándose en "el hallazgo de varias lucernas, el hecho de que su elaboración se hiciese con moldes como el resto de la terra sigillata y el dominio de esta técnica por parte de los alfareros; el uso de la misma pasta de la terra sigillata para la elaboración de lucernas, el problema de los homónimos en las marcas y el constituir las lucernas elementos casi indispensables para el alumbrado". En aquellos momentos la hipótesis carecía de la constatación arqueológica necesaria para apoyar dicha aseveración. La confirmación llegaría posteriormente tras el hallazgo de moldes en prospecciones y excavaciones, así como de probinas en Tricio, tal es el caso de una Dressel 5-6 (Amaré 1989), y de lucernas de la misma forma en sigillata en yacimientos peninsulares, de las que se conoce un reducido número (10 ejemplares), pero en constante aumento, especialmente de lucernas de canal, que por sus pastas y barnices atribuimos a los alfares najerillenses (Amaré 1987;1989-1990; Morillo y Rodríguez 2008;419-422). Finalmente hay que valorar la posibilidad de que algunas lucernas encontradas en la Península, que tradicionalmente se han atribuido a CRESCENS, alfarero ubicado en Aquileya, donde se localizaron sus moldes (Buchi 1975: 35-36) y con sucursales en la Panonia, en Szombathély y Pettau (Ivanyi 1935: 315-316), correspondiesen al alfarero de igual nombre del taller de La Salceda (Tricio) datado en los siglos iii-iv (Pradales et alii 1986: 135; Solovera y Garabito, 1985: 121; Garabito et alii 1986: 63-74). A pesar de estas suposiciones contamos únicamente con dos moldes que corroboran a ciencia cierta esta producción en Tritium, así como lucernas desechadas en testares, volumen exiguo para lo que tendría que esperarse del potencial alfarero que emana el valle del Najerilla, interpretándose por Morillo (1992: 100; 1999: 141) como un intento fallido de introducirse en el mercado lucernario, al ofrecer un producto de mediana calidad entre las lucernas tradicionales y las de bronce, no cuajando el experimento. Es difícil entender como disponiendo de una amplia red de comercialización, ésta no se puso al servicio de otros productos, de ahí lo exiguo de su fabricación. Por lo tanto debemos preguntarnos si detrás de ello no existiría una imposición a los alfareros, por la que se excluye todo aquello que no sea sigillata, más allá del entorno más estricto. De ser así, estaríamos hablando de unos gestores o administradores que tendrían la capacidad de imponer sus decisiones sobre los productores. Realizado en arcilla, conserva únicamente la valva superior completa (10,5 cm de diámetro por 3,5/3 cm de altura) con el discus liso sin orificio, rostrum con orificio y ansa (Fig. 6 y 7). No muestra entrantes o salientes para el encaje de las dos valvae, si bien en los laterales presenta acanaladuras para los cordajes de sujeción de ambas. Debido a las dimensiones de las lucernas resultantes (7,5 cm de longitud por 6 cm de diámetro) parece corresponder con un sobremolde para lucernas Dressel-Lamboglia 30B, forma cuyo origen tiene lugar a mediados del siglo iii, si bien su máximo auge productivo lo encontramos en las últimas décadas de este siglo, prolongándose hasta comienzos del siglo v (Bailey 1988: 378-379). El segundo molde corresponde a un hallazgo superficial efectuado en el término de Los Prados junto a Tricio, actualmente en una colección particular (García y Cinca 1991: 183-185) (Fig. 8). Se trata de una valva superior fragmentada para la elaboración de lucernas de disco, posiblemente de la forma Dressel 19 ó 27, siendo las medidas conservadas: 9 cm de largo, por 6,5 cm de ancho y 4 cm de alto. A pesar de su fragmentación se ha conservado la mayor parte del discus decorado con dos motivos en negativos ampliamente extendidos en el repertorio hispánico de Tritium: un ave (similar: Garabito, 1978: tab. La valva, realizada en arcilla, presenta una perforación en negativo para casarla con la valva inferior y tres acanaladuras exteriores para el encaje de los cordajes de sujeción de ambas. Por sus dimensiones no descartamos que se trate también de un sobremolde que debemos fechar a finales del siglo I o inicios del siglo ii, según se desprende de la forma y motivos decorativos empleados. El taller de M. Oppi sOsi y su comercialización El taller lucernario de M(---) OPPI(us) SOSI(us) 9, del que no podemos establecer su ubicación con seguridad, no descartamos que estuviese en el Africa Proconsularis según se desprende de la comercialización de sus productos. Este alfarero perteneció a la familia de los Oppii, cuyas lucernas inundaron durante los siglos i y ii las provincias occidentales y el norte de África. Para Bailey (1980: 99) Oppius sería el fundador de la estirpe alfarera y por consiguiente padre de Caius Oppius Restitutus, siendo otros miembros de la familia los alfareros que firmaron como C.O.R., L.OPPI.RES., M.OPPI.SOSI, así como el ya mencionado C.OPPI. RES, probablemente el más conocido y prolífico de todos ellos, que elaboró una amplia variedad de formas (Dressel 7,17,19,20,22,23, 26 y 28, Loeschcke I, III, IV, V, IX y X), distribuidas en el caso peninsular principalmente en la Bética y zonas costeras de la Tarraconense, especialmente en el área catalana (Amaré 1989-90: 153-154; Moreno 1991: 243-246). 9 Hay que señalar que la firma suele aparecer con varias variantes, principalmente ZOSI o SOSI, con la primera S retrograda, como en algunos de los casos norteafricanos, si bien en nuestro caso su lectura es directa. En cuanto a Oppius, lo encontramos también presente en Hispania, en menor volumen pero con un ámbito comercial similar, concentrándose los hallazgos principalmente en la costa catalana y balear, así como en la Bética y Lusitania, comercializándose a partir de la vía de la Plata (Morillo 1999: 300-301)10, al desarrollarse en Emerita una potente industria alfarera (Bustamante 2011). La ubicación de la oficina de los Oppii ha sido bastante discutida11 hasta que se descubrió en los años 90, en la colina del Janículo de Roma, un taller lucernario en el que se documentaron las firmas de OPPI, C.O.R. y C.OPPI.RES (Maestripieri y Ceci 1990). Posteriormente abrieron sucursales en Montans (Galia Meridional) (Bergès 1989: 110) y en el África Proconsular donde elaboraron, durante todo el siglo ii, directamente estos productos o sus imitaciones (Bonet 1988: 204-205). Serán precisamente estas producciones de donde procedería la lucerna, y derivada de ella, el sobremolde encontrado en Tritium. Fuera de este ámbito norteafricano encontramos varios ejemplares citados en el C.I.L leídos como M. Oppi Zosimi (C.I.L. XV, 6595) que forman parte de las colecciones de la Biblioteca-Museo Oliveriana (Pésaro), Colección Allessandro Castellani, Colección Borgia, musei Kestnerianio, etc., cuyo origen es desconocido o dudoso, pero que previsiblemente procedan de Roma y su entorno, así como un ejem- No obstante, la aparición de una serie de producciones cerámicas elaboradas en el alfar de La Cereceda (Arenzana de Arriba) nos permite pensar que la instalación de esta vexillatio en Tritium se produjo durante el reinado de Domiciano, manteniéndose por lo menos hasta época severa 13. El empleo como motivo decorativo en sigillata de elementos iconográficos monetales, tomados de los anversos con las efigies de miembros de la dinastía flavia, especialmente de Domiciano, su hermana Domitilla Minor, su esposa Domicia y su sobrina-amante Iulia Titi (Sáenz 1996(Sáenz -1997: 549-562): 549-562) no hace más que reflejar el carácter propagandístico alcanzado por algunas de estas producciones durante algunos periodos dinásticos 14. La vinculación de la industria alfarera de Tritium con Domiciano no deja ningún tipo de duda. Por un lado encontramos su efigie como elemento decorativo y su nombre mencionado en inscripciones efectuadas también a molde procedentes del mismo alfar de La Cereceda con la leyenda FORMA (IIX) (I)MPIIRATORII.CAIISARII. DOMITIANO. No cabe duda que estamos asistiendo a la búsqueda del favor imperial por parte de los alfareros, o el refrendo del de Libia (Herramélluri) el trazado de un posible campamento republicano vinculado con las guerras sertorianas. Recientemente, los vuelos efectuados por Didierjean et alii (2014: 165-172) han localizaron junto a este campamento grandes horrea, lo que parecen descartar su temporalidad, si bien hasta que no se realizasen excavaciones no se podrá matizar este aspecto. La combinación de todos estos epígrafes nos permiten establecer la permanencia de la unidad en Tritium por lo menos desde finales del siglo I hasta inicios del siglo iii, según se desprende del hecho de la aparición en alguna de las inscripciones del epíteto Pia. 14 Producciones similares de época antonina encontramos en la figlina de Vareia (Varea-Logroño, La Rioja), que empleó sestercios de Marco Aurelio y Lucio Vero como punzón en los moldes, conservándose las correspondientes leyendas monetales, que en ningún caso hubo intencionalidad de eliminar tras efectuar su impronta. En algunos casos también fueron aprovechados como recurso decorativo los reversos monetales, tal es el caso de la Saluti Augustor(um) que acompaña a las emisiones de Marco Aurelio (Espinosa et alii 1995: 210-217; Espinosa et alii 1996: 343-346). carácter público o semipúblico de una industria que se encuentra estrechamente vinculada con el poder (Sáenz y Sáenz 2014 e.p.). No podemos dejar pasar por alto que la municipalización de Tritium Magallum se produjo en estos momentos, lo que pudo suponer el espaldarazo definitivo para la recién creada industria alfarera, incluso que fuese consecuencia de un plan preconcebido para su desarrollo o, ¿por qué no?, otorgada por el desarrollo alcanzado por la ciudad, derivado de la riqueza generada por dicha industria, de ahí que no debamos descartar que la presencia de esta vexillatio fuese consecuencia de todo ello. Sabemos que numerosos efectivos de la legio VII Gemina fueron destinados al norte de África. Así, los tenemos documentados en epígrafes de Lambaesis y Thamugadi en Numidia y de Carthago en Africa Proconsularis, así como en tégulas en Lambaesis con la denominación legio VII Felix y legio VII Gemina Felix (Roldan 1974, 474, no 722; Morillo y Salido 2013b: 297-299), si bien nos encontramos con problemas a la hora de establecer la fecha precisa de este envío, efectivos y funciones, e incluso de las causas de su desplazamiento. Gagnat (1913: 112) sugirió la posibilidad de dos envíos: un primer envío a Cartago hacia finales del siglo i o inicios del siguiente, y un segundo a lo largo del siglo ii con destino al campamento de la III Augusta en Lambaesis en Numidia. No obstante, tras los nuevos descubrimientos epigráficos y un estudio de los conocidos, Palao (2006: 76) establece un único envío de tropas durante el reinado de Adriano, momento en el que se amplía el antiguo campamento flavio de Lambaesis con el que se relacionarán la mayor parte de los testimonios epigráficos. En algunos momentos, autores como García-Bellido (1950: 464) justifican su desplazamiento por la necesidad de llenar el hueco dejado por el traslado de tropas de la III Augusta hasta Judea para intervenir en la guerra judeo-romana de los años 132-135, si bien no hay datos fehacientes de dicho envío. Tampoco podemos descartar que su llegada estuviese causada por algún tipo de desorden vinculado o derivado de las revueltas de los Mauri, si bien parece poco probable que estos desordenes fuesen la causa, a pesar de lo que se desprende de la epigrafía, que menciona un alto número de legionarios muertos en activo, que pudo corresponderse con disturbios en la zona. Más plausible es que su presencia, desconociendo en el fondo si fueron una o varias vexillationes 15, se LA FABRICACIÓN DE LUCERNAS EN TRITIUM MAGALLUM: UN MOLDE INÉDITO DE M. OPPI ZOSI entendiese como apoyo a la legio III Augusta con la que compartió campamento en Lambaesis y contribuyese, como mantiene Le Bohec (1999: 31), a la administración provincial y construcción del limes africano, teniendo en cuenta su experiencia al haber intervenido también en la construcción del Muro de Adriano. Sin entrar en más matizaciones, lo que queda claro es que su presencia en el norte de África hay que situarla en época antonina, muy probablemente durante el primer tercio del reinado de Adriano y el primer decenio del de Antonino Pío (Palao: 2006, 80) 16. Es precisamente en estos momentos, en el retorno de la unidad a la Península, cuando hemos de pensar que, en la impedimenta de uno de los legionario o en la logística de la unidad, se portasen elementos de iluminación, y más concretamente lucernas, en este caso firmadas por M. Oppius Sosius, correspondiendo perfectamente el retorno a Legio con la cronología de las lucernas firmadas por este alfarero halladas en los yacimientos mauritanos (Bussière 2000: 229). Por otra parte no podemos negar la posibilidad, probable pero difícil de demostrar, que fuese un veterano asentado en Tritium, de los que conocemos algunos epígrafes (C.I.L. II, 2889-2890, 2888 y 2891), dedicado al negocio local, la alfarería, quien utilizase sus antiguos contactos en el norte de África para importar estas lucernas y luego pasase a reproducirlas, o incluso ya la trajese consigo una vez licenciado y volviese a casa con la clara intención de dedicarse a la alfarería. Tampoco podemos descartar que la lucerna procediese de Emerita en donde un miembro de la familia de los Oppii, concretamente C.Oppi.Res, pudo abrir una sucursal desde su matriz norteafricana. No obstante ni en Emerita, ni en la Betica y resto de Hispania, tenemos documentado producción alguna de Oppius Sosius más allá de las piezas de Tarraco y Segobriga, lo que parece descartar esta posibilidad, ya que el origen de dichas lucernas parece más tritiense que emeritano, al estar ambas ciudades en los circuitos comerciales de la primera, al ser su principal proveedor de vajillas de mesa. ¿Sería una de estas lucernas norteafricanas, vinculadas directa o indirectamente con ambientes castrenses, la que se empleó para la obtención del sobremolde? Tritium tenía ya una tradición alfarera importante en la elaboración de lucernas, lo que hace impensable o poco lógico esta actuación, a no ser que presentasen el disco algún tipo de decoración o pecu- 16 No queremos extendernos más sobre estos aspectos al no ser éste el fin del presente trabajo, remitiéndonos al estudio de Palao (2006: 74-81) en el que se trata ampliamente el envío de tropas de la legio VII Gemina a África con la consiguiente bibliografía. liaridad que incitase a ello. ¿Un cierto sentimentalismo de los años pasados en África? Es difícil establecerlo al disponer únicamente de la valva inferior y no de la superior que es la que nos aportaría más información. Es significativo que algunas de las lucernas conocidas estén decoradas con divinidades orientales: Serapis, en uno de los ejemplares de la colección Vermaser de Amsterdam procedente de Túnez firmada como M. OPPI SOSI (Kater 1973: 141; Hornbostel 1973: 247, no 3), y la triada egipcia Isis, Harpócrates y Anubis en dos lucernas, una procedente de Cartago que formó parte de la colección isiaca del comandante Marchant, actualmente en el Museo del Louvre (no. inv. La asociación entre ejército y centros alfareros está sobradamente constada a nivel imperial y hay que ponerla en relación con las múltiples tareas que desarrollan, desde funciones de vigilancia y protección del territorio, hasta labores administrativas y aduaneras. Evidentemente entre éstas pudo encontrarse el control e incluso la administración de las zonas alfareras, de las que eran muy dependientes al necesitar de sus productos para cubrir sus amplias necesidades. Hoy en día ya tenemos claro que desde un primer momento el ejército intervino en la producción cerámica cuando no existía una red comercial capaz de suministrar las manufacturas que requería para cubrir sus necesidades, si bien en Hispania, a partir del periodo tiberiano, desaparecen todas las producciones militares, salvo las latericias, dejando en manos civiles, ya asentados junto a los campamentos, su elaboración y por consiguiente su abastecimiento, por lo que en época flavia, momento de la llegada de la legio VII Gemina, no existió una manufactura propia, exceptuando una vez más el material latericio (Morillo 2008: 287-289;2013; Morillo y Salido 2013a y 2013b). Antes de efectuar una serie de valoraciones y reflexiones sobre el trabajo aquí presentado, debemos efectuar una aproximación a las relaciones entre ejército y centros alfareros que cada día es más clara. Ya desde el desarrollo de los campamentos estables en el noroeste peninsular en época augustea, se ha documentado una producción alfarera propia, princi- palmente vajillas de mesa, lucernas, cerámica común, paredes finas y evidentemente de material latericio (Morillo 2008). Estas producciones son consecuencia de su alejamiento de los centros alfareros lo que supuso un cierto desabastecimiento por la dificultad derivada del transporte, que a su vez se reflejaba en el coste del producto, ya que no hay que olvidar que debía ser bajo para ser accesible a las posibilidades económicas de los legionarios 17. La política de abastecimiento por parte del Estado al ejército romano y los problemas que implica, son cuestiones que atrajeron la atención de distintos investigadores ya a partir de los trabajos de Van Berchem (1937: tb 1977). No es este el lugar, ni es nuestra intención, debatir sobre el sistema de abastecimiento regular al ejército desplegado en las fronteras a través de la annona militaris, cuyas competencias eran asumidas directamente por la prefectura annonae, encargada también de los suministros regulares a la capital del Imperio, que coordinaba las necesidades y el abastecimiento militar entre distintas provincias. Sí en cambio queremos destacar la figura del procurator augusti que tenía a su cargo el abastecimiento a las tropas estacionadas dentro de su provincia mediante la asignando de los recursos económicos necesarios para cubrir las necesidades de cada unidad militar, siempre de acuerdo con el número de soldados y oficiales. Esta autoridad debía centralizar los esfuerzos de los praefecta castrorum, responsables directos del abastecimiento de cada legión y que estarían en contacto directo con los mercatores provinciales o extranjeros, quienes se ocupaban de conseguir las mercancías y hacerlas llegar a sus destinatarios militares empleando el sistema de transporte público o privado (Carreras, 2002: 75). Dentro de esta estructura administrativa jugaron también un papel destacado los beneficiarii, funcionario-inspectores que situados a lo largo de las principales vías del Imperio y en las zonas fronterizas se encargaron del control del tráfico comercial (Carreras, 1997; Nelis-Clément, 2000). Su desarrollo con el paso del tiempo y la necesidad de adaptarse a nuevas realidades socio-políticas, supuso la aparición en el 170 d.C. del subpraefectus annonae, encargado especialmente de los suministros del ejército 18. No podemos obviar el elevado coste del transporte a larga distancia de objetos y productos hacia los campamentos hispanos, más cuando éstos se encuentran en una región periférica que ha sido recientemente conquistada y por lo tanto alejados de las grandes vías de comunicación, de ahí que el ejército se verá en la necesidad de impulsar y desarrollar un sistema artesanal propio destinado a cubrir sus necesidades primarias de objetos manufacturados (Morillo, 1992: 167). La evolución que se producirá desde la primera presencia augustea en los campamentos del noroeste peninsular, hasta su estabilización en época flavia, con la instalación definitiva de la legio VII, permite percibir una progresiva disminución de manufacturas locales, a excepción de determinados materiales, como son los latericios. El posterior desarrollo urbano del territorio y la mejora de las comunicaciones posibilitarán la integración del operativo logístico de abastecimiento militar, dentro de un sistema económico y comercial, perfectamente desarrollado en un ámbito mayor al conventual o provincial, de ahí que la producción propia de artículos manufacturados comience a ser progresivamente innecesaria. La liberalización de los talleres, que se producirá en época de Tiberio-Claudio, supondrá su descentralización, lo que motivará el surgimiento y proliferación de pequeñas instalaciones con costes de producción y transporte más bajos, cuando no mínimos, lo que favorecía su competitividad ante una clientela necesitada de estos productos muy alejada, como en los ambientes castrenses, de los grandes centros alfareros. A día de hoy conocemos el nombre de algunos de estos fliginarius: L. Terentius de la legio IIII Macedonica (Pérez 1989, 199-240), Capit / L. Tere y Q. Tere / Leg. IIII (Pérez 1989: 215 y 1996: 98) estando todos ellos integrados en el organigrama militar, lo que implica directamente o indirectamente al ejército en las manufacturas cerámicas. De esta manera se cubrían sus necesidades elaborando imitaciones, más o menos conseguidas, dejándose de fabricar en el momento en que la legio IIII parte hacia Germania (Pérez e Illaregui 1995; Reinoso Del Río 2007) y el solar es ocupado por el ala II Parthorum, sin que se aprecien a partir de este momento producciones cerámicas locales, si exceptuamos los materiales latericios (Morillo y Salido 2013b: 289-292). Vinculado al campamento de la legio VI Victrix en Legio estarán las producciones de C. Licinius Maximus, L. M. Gen y del "Alfarero de la Caliga", que podemos considerarlos como civiles aunque vinculados cialmente epigráficas) para la organización del avituallamiento al exercitus Hispanicus a partir de Vespasiano. a un ámbito castrense, y el mercado existente en las cannabae (Morillo y García 2001; García 2005;2006) También se elaboraron para la legio IIII Macedonica (Morillo 1992: 64-76, 162;1993;1999, 66) lucernas como la forma Dressel 4, posiblemente los también tipos Loeschcke IA y III y con dudas también la Loeschcke IB, así como variantes del tipo Loesschcke IA, con el sello L.V.I, vinculadas a la legio VI Victrix (Morillo 1992: 296-297; Morillo y García 2001: 154). Evidentemente se fabricaron para autoabastecimiento, alcanzando puntualmente otros acantonamientos como los de Legio y Asturica Augusta, en el marco de las relaciones existentes entre las distintas unidades desplazadas en el noreste, sin que debamos descartar su presencia en campamentos más lejanos, o en fundaciones y establecimientos vinculados con ellos, ya que la aparición de un vaso firmado por L. Terentius en Caesaraugusta (L. TEREN / L. III MAC) (Cebolla et alii 1993: 171-172) nos hace reflexionar sobre este aspecto, teniendo en cuenta que el estudio global de las lucernas de Caesaraugusta está por realizar. La importancia de esta producción y tradición alfarera debió heredarla en parte, por lo menos en cuanto a las producciones latericias, la legio VII Gemina en el momento en que se asienta en Hispania, en el año 74, procedente de Pannonia y ocupa el campamento de la legio VI Victrix, trasladada por Vespasiano en el año 68 a Germania. La legión permanecerá estable hasta el final de la presencia romana en Hispania, constituyéndose junto a sus auxiliares en la única guarnición peninsular, desplazándose temporalmente y por causas puntuales, algunas de sus vexillationes, a los distintos confines del imperio. Hasta aquí una presentación muy general de las producciones militares, o vinculadas a ellas, de época augustea, ya que las efectuadas a partir de época flavia, con la llegada de la legio VII, son las que tenemos que considerar a la hora de efectuar el estudio sobre Oppius Sosius. A partir de estos momentos, las producciones autóctonas de vajillas de mesa se limitarán a la elaboración de paredes finas en el taller de Melgar de Tera (Zamora) (Lion 1997; Gimeno 1990) estrechamente vinculado con el campamento de Rosinos de Vidriales (Carretero 2000(Carretero y 2001)). Iniciadas en el periodo neroniano perdurarán hasta finales del s. ii19, presentando una distribución entorno, o vinculada, al mundo castrense con motivos en algunos casos relacionados con los gustos clientelares de los militares. No podemos olvidar que en el transcurso de las excavaciones del denominado Solar del IRVI en Tricio (inédito) se halló un vaso del tipo "Melgar de Tera" que relacionamos con esta producción y que refrendan las estrechas relaciones existentes entre estos territorios, no solo por la presencia militar, sino por los intercambios cerámicos realizados 20. Si desde los talleres de Tritium se abasteció el noroeste peninsular y por extensión a los campamentos de la legio VII, y anteriormente a los del legio VI, también es lógico pensar que desde estos territorios fuese normal que llegasen sus productos, más cuando vemos un constante trasiego de sus unidades que se desplazan por toda la Península. Estas potentes relaciones comerciales quedarán también refrendadas en la circulación monetal del siglo I, con una mayoritaria presencia de cecas del valle del Ebro 21, y en la epigrafía militar de la legio IIII presente desde primer momento, como no podía ser de otra manera al ser una de las legiones fundacionales de Caesaraugusta, junto a la VI y la X. Tampoco debemos descartar que, tras el desarrollo alfarero de Tritium, hubiese una iniciativa oficial y por extensión, el ejército tomase parte en ella, como en su momento sugirió Bustamente (2008) al relacionar "Cerámica y Poder", así como el papel de la terra sigillata en la política romana, como recientemente nosotros mismos hemos corroborado al estudiar las producciones de La Cereceda (Sáenz y Sáenz 2014 e.p.). 20 Recientemente se ha podido establecer las relaciones existentes entre el alfar de La Cereceda y el abastecimiento de vajillas de mesa de Legio, pudiendo tratarse de una fligina "oficial" vinculada directamente con el mundo castrense, sobre todo si tenemos en cuenta las peculiares producciones de este alfar, caracterizada por los decoraciones con las efigies de los emperadores flavios y las leyendas referentes a Domiciano. 21 Cecas como Caesaraugusta, Celsa, Bilbilis, Calagurris, Turiaso y Graccurris, algunas ya presentes con anterioridad a este momento, tendrán la responsabilidad del abastecimiento monetal de las legiones hasta época de Calígula, prolongándose durante el reinado de Claudio a través de sus imitaciones. Gracias a estas cecas se desarrollará un economía monetal en la región septentrional de Hispania, si bien el abundante monetario procedente de estas cecas, especialmente las series caesaraugustanas, choca con la práctica ausencia de emisiones de Tarraco, Emporiae, Saguntum y Segobriga, entre otras situadas en la Citerior, lo que llevó a Gómez a plantear que será Caesaraugusta la cabeza colonial a partir de la cual fue organizado el abastecimiento general de moneda al ejército (Gómez 2003: 291-307; García-Bellido 2007: 168-169 Volviendo al tema de las lucernas, producto de primera necesidad, no podemos olvidar que se trata de un objeto primordialmente funcional, de intenso uso cotidiano, y por lo tanto propenso a rupturas por su constante manipulación, y más en un ámbito castrense. No vamos a entrar en el refinamiento o no de la tropa que es el potencial cliente de estos objetos, pero sí debemos valorar sus medios y recursos económicos para acceder a ellos, lo que explica cómo en los campamentos del limes, casi el 90 % de las lucernas podemos englobarlas dentro del ámbito de la copia y del producto de baja calidad, al ser adquiridas muchas de ellas por los praefecta castrorum a los mercatores provinciales o extranjeros en grandes "stocks". Estas masivas adquisiciones posibilitaban un mejor precio en detrimento de su calidad reflejado en el poco caso que se hizo a las marcas de dichas lucernas, que en el caso de ser "copiadas" por alfareros locales dejaban mucho que desear, presentándose generalmente borrosas o incompletas por el abusivo empleo del sobremolde, siendo algo secundario dicho sello-calidad / decoración-estética, frente a la función. Por otra parte no podemos olvidar la poca atracción que ejercían las lucernas, más allá de su funcionalidad, en las poblaciones de las áreas periféricas del Imperio, ajenas completamente a la estética y simbología de sus decoraciones, por lo que la calidad se limitaba a su perdurabilidad más que a su ejecución. ¿Podemos englobar en este apartado nuestro sobremolde? Es difícil contestar a ello. Tritium no es un lugar marginal o periférico al encontrase en pleno valle medio del Ebro, integrada en el Conventus Caesaraugustanus, uno de los más desarrollados de Hispania, con una población que desde finales del siglo ii a.C. ya se encuentra en contacto directo con Roma y cruzada por una de las grandes vías peninsulares De Italia in Hispania (It. 448.2) y próxima al Ebro cuya navegabilidad destacó Plinio incidiendo en Vareia (de la que dista 18 millas) como su último puerto fluvial (N.H. III 3,14). Si observamos los sobremoldes aparecidos en la Península ya mencionados con antelación, por ejemplo el conjunto de valvae descubiertas en Asturica (Amaré y García 1994; Morillo 2003: 156-158) apreciamos su "tosca" elaboración y el poco cuidado en la conservación de los detalles, pareciendo algo secundario. Poco podemos decir del sobremolde de Oppi Zosi, al carecer de detalles de su fabricación, más allá de la borrosa presencia de la marca, que sólo tras una cuidadosa limpieza y complicado fotografiado fue posible apreciar. El hecho de que reprodujese lucernas de disco (posiblemente de la forma Dressel 20) es lógico al tratarse de una de las formas más populares y comunes en el litoral mediterráneo y la región meridional, que imitan modelos béticos y norteafricanos (Morillo 1999: 109), si bien está menos presente en las áreas interiores y septentrionales, en donde convive especialmente con las Firmalampen o lucernas de canal, muy populares y fáciles de fabricar debido a su sencillez formal en ámbitos locales, documentándose su fabricación en Asturica, Complutum, Turiaso, Bracara, etc. Hemos visto a lo largo de este trabajo como la interrelación entre Tritium y el ejército es evidente. Es bastante probable que un legionario de la legio VII trajese en su impedimenta personal una lucerna fabricada por M. Oppius Sosius, o ésta viajase en el bagaje de la vexillatio en su retorno desde Lambaesis. Evidentemente el paso siguiente fue su empleo para obtener un sobremolde, tal ver debido al motivo decorativo de su disco que podía ser, o relacionarse, con algún tema oriental (Serapis, la triada egipcia de Isis, Harpócrates y Anubis) siendo un tema, y unas religiones, muy populares en ambientes militares. No debe sorprendernos por lo tanto que se fabricasen en Tritium sobremoldes lucernarios, al ser un centro de gran especialización alfarera, a pesar de que lo habitual es encontrarlos en talleres menores o locales, cuando no en ámbitos periféricos. Que los ejemplares hallados, en El Quemao (Figs. 1 y 2) y la Variante de Tricio (Figs. 6 y 7), y probablemente también en Los Prados (Fig. 8), sean sobremoldes, nos indica que la limitada producción lucernaria de Tritium deba explicarse por su inclusión en el mundo de imitaciones que podemos denominar de necesidad. Parece claro que la fabricación de lucernas no fue prioritaria. Conocer hasta el momento tan sólo tres moldes, y que todos sean sobremoldes, habla por sí mismo. No podemos asegurarlo, pero parece claro que nunca hubo una intención de fabricarlas, más allá de las necesidades locales o propias de los talleres con las que cubrir sus necesidades. Evidentemente, si hubiesen querido, las hubiesen elaborado sin mayor problema, ya que recordamos que llegaron a fabricar también lucernas en sigillata, excepcionales, pero ahí están tanto en época altoimperial como bajoimperial. ¿Se buscó una rápida solución ante una necesidad simplificando el proceso de fabricación mediante la copia? Los alfareros tritienses disponían de medios y preparación para fabricar sus propios moldes, incluso copiar y reproducir las decoraciones de moda en cada momento sin necesidad de crear "vaciados". Es difícil contestar a estos interrogantes, no obstante todo ello se reduce a responder a la pregunta de si se disponía de los medios ¿por qué no se hizo?, disponiendo además de una potente red comercial estructurada en torno a la sigillata para haberlas distribuido sin mayor problema. Recordamos de nuevo el caso del alfarero Gaius Valerius Verdullus, con un taller que elaboró paredes finas y posiblemente también vidrio, en La Maja (Pradejón-Calahorra, La Rioja) y otro de vajillas de sigillata en La Cereceda (Arenzana de Arriba -Tritium) lo que nos permite apreciar como existía una especialización de talleres, que hacía que un alfarero dispusiese de varios ubicados en distintos lugares, fenómeno que ya conocíamos desde la estandarización de la producción alfarera, siendo por ejemplo el itálico Ateius un claro exponente de ello, con talleres de sigillata en Arretium, Pisa y Lugdunum. Por ello no podemos descartar la existencia de alfares lucernarios fuera del ámbito najerillense, pero relacionados con él de una u otra manera. M. Oppius Sosius, perteneciente a una estirpe alfarera, los Oppii, ampliamente conocidos en Hispania, especialmente Caius Oppius Restitutus cuyas lucernas fueron también en sucursales como la de Emerita, cuyas firmas denotaban calidad y distinguían la lucerna, fueron un tentador modelo a copiar, sin ser un caso excepcional en la península, al contar con otros casos como las imitaciones del itálico L. Munatius Threptus en Bracara Augusta (Morais 2012). La práctica ausencia de lucernas de M. Oppis Sosius en Hispania (las pocas conocidas debieron de salir de éste o similares sobremoldes) ya permite contestar a alguna de las preguntas planteadas con anterioridad. No debieron de ser elaboradas con la mentalidad comercial de crear un producto para ser ampliamente difundido, sino más bien para responder a una necesidad puntual o concreta, derivada de un cliente o clientela vinculada de alguna manera con el ámbito castrense, de donde procede la lucerna original, al ser traída bien por un integrante en activo de la vexillatio de la legio VII Gemina, instalada en Tritium tras su estancia en el norte de África, o por un veterano que una vez terminado su servicio a Roma retornaba a casa para dedicarse al negocio local.
es un pequeño templo del siglo xii, en cuya construcción se reutilizaron numerosas inscripciones y elementos arquitectónicos romanos recuperados en alguna de las necrópolis de la cercana ciudad de Clunia. Los elementos descritos no pertenecen a un mismo monumento funerario y quizá ni siquiera son contemporáneos, aunque se observan algunas similitudes entre ellos. En estas páginas se describen los objetos y se realizan algunas correcciones de lectura a las inscripciones romanas. En el Addendum se trata de dos epígrafes romanos existentes hoy en la localidad de Coruña del Conde. La ermita del Santo Cristo de San Sebastián se encuentra situada a unos 250 metros al suroeste de la localidad actual de Coruña del Conde, y forma parte del territorio que en época romana perteneció a la ciudad de Clunia 1. 1 Este trabajo surgió como consecuencia de una revisión de manuscritos epigráficos en el marco del proyecto de investi-Este pequeño templo, una de las más recoletas y preciosas obras del románico burgalés, calificada por Huidobro como "obra de transición al románico con caracteres mozárabes" (Huidobro 1929: 403), consta de una sola nave rematada en un ábside cuadrado, decorado a su vez al exterior con arcos ciegos por dos de sus lados 2. Su planta, definida en ocasiones como "de tipo irlandés" (Whitehill 1932: 469) se ha venido considerando modelo de otras construcciones de la comarca y región. Al estudiar la iglesia de Canales de la Sierra, Gaya Nuño llegó a considerar el ábside gación HAR2012-32881 de la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación del Gobierno de España, que tenía por objeto la provisión de materiales manuscritos para la redacción del Corpus Inscriptionum Latinarum. El trabajo sobre el terreno se desarrolló los días 28 y 30 de julio y el 4 de agosto de 2014, con objeto de realizar la autopsia de las inscripciones y la toma de las correspondientes imágenes. Salvo indicación en contra, todas las fotografías son del autor. Agradezco a los evaluadores anónimos de este artículo sus valiosas sugerencias. 2 La bibliografía sobre el templo es abundante. Sobre el ábside cuadrado de esta ermita, y especialmente sobre los orígenes del modelo y sus paralelos europeos, cf. especialmente Gaya 2003: 20. Por razones que desconocemos, la ermita pasó desapercibida en el volumen dedicado a Burgos por Narciso Sentenach en la serie del Catálogo Monumental de España (1924, manuscrito inédito. CSIC, Madrid), pese a que allí (vol. 3, fol. 32 n.o 130) se dedica una hoja a Coruña del Conde. La excepción a esa communis opinio es Whitehill, que sin argumentos convincentes supuso que la ermita estaba en pie en la segunda mitad del siglo xi (Whitehill 1932: 469). Aquel año se retiró de la construcción "una piedra labrada de dos pies y medio de largo, y uno y medio de ancho, con la inscripción siguiente..." El edificio en su estado actual es un auténtico museo al aire libre, que alberga en sus fachadas y en el interior una gran cantidad de fragmentos de inscripciones romanas y una notable serie de elementos arquitectónicos de la misma cronología (Naval 1920: 279). Esos objetos pudieron proceder de las cercanas ruinas de Clunia; sin embargo, considerando que las inscripciones parecen corresponder a monumentos funerarios y que los elementos arquitectónicos pudieron formar parte de mausoleos -como sugiere la serie de pilastras acanaladas o un bloque decorado con una guirnalda-es más probable que estemos ante los restos del expolio de una zona de la necrópolis cluniense, precisamente aquella situada al oeste de la ciudad romana, en las proximidades de la localidad actual de Coruña del Conde. A ello apuntan también los numerosos hallazgos epigráficos realizados en esta localidad y dispersos actualmente por su casco urbano. No obstante, hay que tener en cuenta que alguno de esos epígrafes es votivo, como ocurre con el altar de Fortuna Redux (vide infra Addendum), lo que excluye que todo el material recuperado en esta ciudad proceda de una de las necrópolis clunienses. La mayor parte de esas piezas de época romana empotradas en la ermita han sido dadas a conocer de una u otra manera. Casi todos los epígrafes se No ha ocurrido lo mismo con los elementos arquitectónicos, citados de forma genérica pero no descritos hasta el momento. Ello y la necesidad de realizar algunas precisiones a las lecturas epigráficas -incluyendo algunas adiciones-me ha llevado a redactar estas páginas con un catálogo de los elementos que forman parte de los muros del edificio. En ese catálogo no he querido omitir aquellas piezas que hubieran podido pertenecer originariamente a la fábrica de la ermita, por lo que ha sido necesario revisar las más antiguas fotografías del templo con ánimo de comparar su estado actual con lo que se ve en esas imágenes. Por suerte, la ermita del Santo Cristo de San Sebastián ha llamado la atención de muchos arqueólogos y de los historiadores de la arquitectura, de manera que ha sido objeto de atención gráfica desde hace más de un siglo. El aspecto actual del templo es el que resultó de las restauraciones de 1775 referidas por Loperráez (1788Loperráez ( /1978, vol. 2: 354), vol. 2: 354), cuyo alcance desconocemos, y el de las intervenciones de las últimas décadas, que no han alterado el aspecto general del monumento. La más antigua imagen que tenemos de la ermita del Santo Cristo es el dibujo publicado por Rodrigo Amador de los Ríos en 1888, firmado por el artista e ilustrador Isidro Gil en 1887 (Fig. 3). El despiece de sillería que aparece en esa ilustración no es el real pero sí lo son los elementos decorados que se ven en el cuerpo saliente de la portada. La comparación de la imagen con el estado actual del edificio muestra que la cornisa había perdido ya algunas piezas y que se encontraba más deteriorada que hoy día. Sin embargo, los elementos arquitectónicos romanos que forman las jambas aparecen en su posición actual, por lo que se puede decir que esta parte del edificio conserva su aspecto original. Otro tanto ocurre si se compara el estado actual con la fotografía publicada por Huidobro en 1929 (Fig. 4) y con la serie editada por Whitehill en 1932 (Fig. 5 a 8). Tampoco hay cambios aparentes en la serie fotográfica realizada por Eustasio Villanueva Gutiérrez (1875Gutiérrez ( -1949)), que se conserva en la fototeca No obstante hay que decir que en esos muros faltan dos epígrafes que originalmente formaron parte de la construcción: uno de ellos es la inscripción CIL II 2799, retirada de la ermita en 1775 (Loperráez 1788(Loperráez /1978, vol. 2: 354), vol. 2: 354) y seguramente trasladada a Burgo de Osma el mismo año. El segundo es "una tabla de mármol latino-bizantina" que Rodrigo Amador de los Ríos dijo haber visto en los muros de la ermita (Amador de los Ríos 1888: 966; Hernando Garrido 2002: 2752). SITUACIÓN DE LOS ELEMENTOS ROMANOS EN LA FÁBRICA MEDIEVAL El despiece de elementos romanos que se conservan en la ermita puede verse con detalle en las Fig. 9 a 12. La fachada meridional (Fig. 9) alberga la puerta de acceso, que forma un cuerpo prominente y que alterna elementos decorativos de la época de construcción con los elementos romanos reutilizados (Hernando Garrido 2002: 2748, con dibujo del alzado). La jamba izquierda está formada por un sillar con decoración acanalada en la mitad de uno de sus lados, que apoya sobre una esquina de pilastra colocada en posición invertida y que está decorada con el inicio de una decoración también acanalada (infra n.o 12 y 13). En la jamba derecha se encuentra a ras de suelo otro fragmento de esquina de pilastra y, sobre él, una pieza similar a la de la jamba izquierda, con una decoración acanalada frontal en la mitad de uno de sus lados (infra no 14 y 15). En la pared de la nave, a la altura de la clave del arco de la portada y a la izquierda de ésta, se encuentra empotrado un fragmento de fuste de columna (infra no 17). Al menos dos de las piezas que componen la línea exterior del arco frontal son también piezas reaprovechadas de una construcción anterior, seguramente de época romana, pues presentan en la parte hoy visible las perforaciones cuadradas destinadas a incrustar las pinzas metálicas durante el transporte y colocación (Fig. 9). En esta misma fachada meridional que ocupa la puerta se encuentran otras cinco piezas romanas muy significativas (Fig. 10). En el cuerpo de la nave está empotrado un fragmento de relieve funerario (infra no 16) y muy cerca de él, pero ya en la pared del ábside, lo que parece la cabecera o parte de la decoración de una estela funeraria romana decorada con flores hexapétalas (infra no 10). En la esquina superior derecha de este lateral del ábside se encuentra un sillar, aparentemente de época romana, decorado con una crátera y un roleo vegetal (infra no 5); debajo de uno de los arcos ciegos se conserva un fragmento epigráfico con restos de una línea de texto (infra no 3) y a ras de suelo otro fragmento de estela con restos de cuatro líneas, ambos en posición invertida (infra no 2). En el testero y fachada oriental del ábside (Fig. 11) (Hernando Garrido 2002: 2749, con dibujo del alzado), las enjutas de la arquería ciega albergan fragmentos de fustes acanalados (infra no 24). Sobre ellos, en la parte alta del muro y cerca del vértice de la cubierta a dos aguas, está empotrado un relieve seguramente alto-medieval con decoración antropomorfa (infra no 25); a su derecha se encuentra un fragmento de inscripción romana (infra no 9). A la izquierda de uno de los capiteles de la arquería, así como debajo del otro capitel, se encuentran dos fragmentos epigráficos de época romana (infra no 6 y 7). En la fachada septentrional (Fig. 12) (Hernando Garrido 2002: 2750, con dibujo del alzado) destaca la presencia de un capitel romano de orden corintio (infra no 23); bajo él se encuentra un bloque con una inscripción aparentemente moderna. En la esquina de los muros septentrional y oriental del ábside, a ras de suelo y apenas visible, está un fragmento de ins-cripción romana (infra no 8) con restos de dos líneas de texto y, en la unión del ábside y el cuerpo de la nave, un fragmento de relieve seguramente romano, colocado en posición invertida (infra no 21). Fragmento de inscripción funeraria en piedra caliza, roto por todos los lados. Fachada meridional de la ermita del Santo Cristo de San Sebastián con detalle de los elementos romanos allí empotrados. Fachada meridional del ábside, en su estado actual, con indicación de las piezas de época romana que están empotradas. de la cornisa de la fachada meridional de la ermita, en la zona de la nave y ligeramente desplazada a la derecha respecto a la portada, y está empotrada entre dos canecillos, con el texto dispuesto hacia abajo. Fachada oriental del ábside, que presenta empotradas algunas inscripciones romanas, un relieve medieval anterior a la construcción de la ermita y, a la derecha de la imagen central, una inscripción seguramente moderna. Fachada septentrional del ábside y unión de éste con el cuerpo de la ermita. Alberga un capitel corintio romano, un relieve seguramente de la misma época, una inscripción romana en el ángulo a ras de suelo y, bajo el capitel, una inscripción moderna. Archivo En el segundo renglón se ve el pie derecho de la A inicial, no identificado en la edición original. La ordinatio no permite determinar si el texto decía Atilia o Atilia[e]; las mismas dudas de caso sirven para el renglón siguiente, en donde hay nexo TE. Es probable que la dedicante sea Atilia Fraterna pero no hay garantía de ello. En la última línea también podría decir [h(ic) s(it-)] e(st) pero la paginación sugiere que se trata de la parte inicial del renglón, por lo que conviene mejor la solución propuesta. que coincide con la de los primeros editores. El tipo de letra y la fórmula empleada aconsejan una datación a finales del siglo i o, más probablemente, a comienzos del ii. Estela funeraria en piedra caliza fracturada tanto por su parte superior como por la inferior; la superficie frontal estuvo antiguamente bien alisada, aunque hoy presenta magulladuras y erosiones debidas a la exposición a la intemperie que, unidas a determinadas manchas de mortero, complican la lectura. La mitad inferior del fragmento está ocupada por una decoración geométrica en la que se observa un círculo que incluye husos tangentes de tallas biseladas que, a su vez, componen una flor; por los márgenes izquierdo y derecho de esta decoración corre un tallado de puntas de diamante que se interrumpe junto al marco rectangular limitado por una doble moldura en el que se encuentra el texto. Se ha perdido al menos la mitad de la zona decorada. Sus dimensiones actuales son (37) x 33 x? cm; el marco del texto en su estado actual mide (20) x 30 cm. La altura de las letras oscila entre los 4 y los 4,5 cm y el texto está alineado a la izquierda salvo en el último renglón, que está centrado. Las interpunciones de las dos últimas líneas son hederae, aunque la de la tercera es menos visible y no fue recogida en la edición original; a ambos lados de la fórmula final hay sendas hederae decorativas. Se encuentra empotrada a ras de suelo en la fachada meridional del ábside, sobre el zócalo que cubre la cimentación, y en posición invertida (cf. Fig. 10). P. r. oculina • ma(tri) f(aciendum) • c(uravit) Bib.: Palol y Vilella 1987: 49 no 41, con foto (AE 1988, 780; HEp 2, 1990, 106) En el primer renglón se distingue bien al inicio la parte inferior de una A, seguida del pie de la T y de una mancha de mortero que enmascara la I; en la parte central se leen las letras LI y, tras ellas, sólo quedan los dos pies, apenas perceptibles, de la A. Las letras están muy separadas unas de otras para ocupar toda la línea. Las dos letras iniciales de la segunda línea apenas son visibles por las manchas de mortero que tienen superpuestas y la N inicial de la tercera está muy erosionada. El nomen gentile de la difunta se encuentra en la inscripción no 1 de esta serie y en un fragmento de epígrafe funerario recuperado también en Coruña del Conde, que alude a un Atilius Eutychus (HEp 2, 1990, 114). Los testimonios para suponer la existencia de una gens Atilia local en el ámbito rural de los alrededores de Clunia son, de esta manera, suficientemente elocuentes. El tipo de letra y el formulario empleado sugieren una datación en el siglo ii. Ángulo superior derecho de un bloque en piedra caliza que pudo pertenecer tanto a un monumento funerario como a una inscripción honorífica. Sus dimensiones actuales son (37) x (45) x? cm. La parte destinada al texto está ligeramente rebajada y limitada por una moldura; la parte conservada mide (30) x (35) cm. La altura de las letras es de 8 cm. Se encuentra en la fachada meridional del ábside, debajo del arco ciego de la derecha y junto al pilar esquinero (cf. Fig. 10). Frente a la lectura original [---] ACCONI, se impone una solución con el dativo de los tria nomina, pues la última letra visible no es una N sino una M y no hay huellas de la I. En cualquier caso, una filiación repartida entre dos líneas es anómala pero no imposible. En el espacio superior hay espacio para un renglón, por lo que, si estamos ante un texto funerario, incluso pudo haber allí una fórmula como D(is) M(anibus), lo que no es descartable. El tipo de letra sugiere datar el fragmento en el siglo ii. Aunque ya no se conserva en la ermita, pues fue descubierto y retirado de aquí en 1775 (Loperráez 1788/1978: II, 354), las paredes de este edificio albergaban también la estela o bloque funerario de C. Pompeius Seranus4, un monumento que hoy se conserva en el palacio episcopal de Burgo de Osma. Paralelepípedo en piedra caliza, fracturado sólo por su costado izquierdo. En su cara frontal presenta un rectángulo ligeramente rehundido, limitado por una cyma recta, en el que aparece una crátera central de la que salen a ambos lados sendos roleos rematados en una flor, de los que se ha perdido el izquierdo. En el listel exterior superior, hoy bastante gastado y con el borde dañado, presenta una inscripción formada por una sola línea de texto, cuyas letras son capitales cuadradas de factura algo irregular y bastante separadas entre sí. Detrás de la primera letra parece adivinarse una interpunción circular. Se encuentra empotrado en la esquina suroriental del ábside, a gran altura, con la superficie decorada orientada hacia el mediodía. Su ubicación ha impedido tomar sus medidas (cf. Fig. 10). La inscripción es inédita. Sobre el monumento, cf. Gutiérrez Behemerid 1998: 110 El primer carácter visible es claramente una L seguida de la interpunción y, a continuación, se reconocen sin dificultad las letras SE y una M con los pies bien reforzados. A continuación podría haber otra interpunción pero no es seguro. La letra inicial del cognomen es una G con la parte inferior curva y no formada con un trazo recto, es decir, en una forma que conocemos bien en las inscripciones de la Meseta desde mediados del siglo i hasta bien avanzado el ii. Siguen con claridad los caracteres RAN, muy bien grabados, y luego, a una cierta distancia, la O final. Grano es un nombre personal hispano que sólo conocíamos hasta el presente en una estela de Hinojosa del Duero (Salamanca)5, aunque la foto publicada no permite corroborar la lectura. Aquí aparece en posición de cognomen y permite saber que la construcción está hecha en nominativo, por lo que habría que pensar en un dedicante del monumento. El tipo y la decoración del bloque sugieren de nuevo que estamos ante una de las piezas de un monumento funerario de grandes dimensiones o de un mausoleo. Salvo que se trate de una pieza reutilizada para grabar el texto, lo que no es descartable, el lugar que ocupa la inscripción plantea muchos problemas. No habría que descartar que las dimensiones del texto situado en el bloque superior impidieran colocar allí todos los renglones previstos y que una última línea fuera desplazada al bloque inferior. El tipo de letra aconseja una datación en el siglo ii. Estela funeraria de cabecera semicircular en piedra caliza, fracturada tanto por su parte superior como por la inferior, con una rotura importante en el ángulo superior derecho y muy deteriorada por el costado izquierdo. El mortero empleado en la restauración del edificio impide ver con detalle los bordes del fragmento y dificulta la lectura de las letras del último renglón. Está decorada con una flor hexapétala inscrita en un círculo, circundada en su parte superior por una serie de puntas de diamante y flanqueada en la inferior por sendas flores de menor tamaño también inscritas en círculo. El perímetro de la estela está recorrido por una cenefa decorada con una espiga continua. El texto se encuentra en una cartela rectangular, sin rebajar, situada debajo de la decoración de la cabecera. Sus dimensiones actuales son (39) x 46 x? cm. La parte conservada de la En el último renglón sólo se reconoce la parte superior de las letras. Pese al acusado desgaste que ha sufrido el fragmento, la lectura es coincidente con la que se dio en 1987. Paralelepípedo en piedra caliza, fracturado tanto por su parte superior como por la inferior. La superficie frontal estuvo en origen alisada pero hoy presenta numerosas lesiones debidas a la exposición a la intemperie. Sus dimensiones son (36) x (55) x? cm. El espacio destinado al texto es una cartela ligeramente rebajada y limitada por una doble moldura; el espacio conservado de esa cartela mide (36) x (45) cm. Las letras son muy regulares y la altura en el único renglón íntegramente conservado es de 6 cm; en esa misma línea hay una interpunción en forma de hedera. Se encuentra empotrado en el testero oriental del ábside, a media altura y junto al capitel izquierdo de la arquería ciega (cf. Fig. 11). - La presencia de una T en lugar de una I en el texto es sólo un error del cantero, que prolongó el trazo superior que debía rematar la vocal. Prueba de ese error es la distancia que hay entre esa letra y la S que le sigue, que es adecuada para una I pero no para una E o una T. La lectura Veter i¬s f(ilius), una atinada propuesta de Leonard A. Curchin (2003, 71-72), evita interpretar la expresión veteres como la evidencia de la presencia en Clunia de una deductio de veterani, pues de otro modo habría que entender que veteres hiciera alusión a los primitivos habitantes del establecimiento colonial (Haley 1992: 161-162). La identidad del monumento original plantea serias dudas debido a la ausencia de fórmulas finales. En todo caso, habría que descartar probablemente un contenido funerario para el texto y suponer que estamos ante parte de un epígrafe honorífico. El tipo de letra y la presencia del cuadro moldurado sugiere una datación entre fines del siglo i y mediados del ii. Paralelepípedo en piedra caliza, correspondiente al ángulo inferior derecho de un monumento funerario formado por varias piezas en forma de paralelepípedo. La superficie frontal estuvo en origen bien alisada y hoy presenta únicamente la erosión consecuente de su exposición a la intemperie. Las letras son capitales cuadradas de excelente factura, muy regulares. Su altura, si atendemos a la A, que es la única que se reconoce prácticamente en su integridad, es de 11 cm en las dos líneas. No hay huellas de interpunciones. El fragmento se encuentra empotrado en el suelo y forma la esquina nororiental del ábside, con la cara escrita hacia el lado norte (cf. Fig. 12). El tipo de letra y el formulario final sugiere una datación en las décadas finales del siglo i o, más probablemente, en el siglo ii. Paralelepípedo en piedra caliza, fracturado por su parte izquierda, con la superficie anterior ligeramente desgastada por la intemperie. Está situado a gran altura y esto dificulta su medición: un cálculo escalado desde el suelo permite saber que sus dimensiones son de unos 22 cm de altura y unos 65 de anchura. Las letras son capitales de factura bastante irregular y muy estrechas, con excepción de la O, que es perfectamente circular; su altura es de unos 12 cm. Pese a su aspecto anómalo, no hay motivos para dudar que estamos ante un texto de época romana. Se encuentra empotrado cerca del tejado en el testero oriental del ábside, a la derecha del relieve figurado con una imagen humana, que preside esa zona de la fachada (cf. Fig. 11). Llama la atención el amplio espacio que existe entre las letras, que se reduce a la mínima expresión entre las dos iniciales. La distancia de los caracteres al borde superior es menor que la que les separa del inferior, mientras que por la parte derecha el bloque no está roto y falta texto. Esto significa que estamos ante una parte de un monumento, seguramente funerario, que estaba formado por varios bloques. El tipo de letra sugiere una datación avanzada dentro del siglo ii o incluso después. Estela funeraria rota por todos sus lados de la que sólo se conserva una parte de la zona decorada, en la que aparecen flores hexapétalas que 35) cm. Se encuentra empotrada en el muro meridional del ábside, aproximadamente a un metro de altura y cerca de la unión con la nave (cf. Fig. 10). Puede tratarse tanto de la decoración de la cabecera como de la del pie y es un tema recurrente en la decoración de las estelas del ámbito regional cluniense. Por el tipo debería fecharse entre los siglos i y ii. Estela funeraria de la que sólo se conserva una parte de la decoración superior, formada por una serie de círculos concéntricos, con decoración aparentemente sogueada. No es posible realizar una descripción completa del fragmento debido a su acusado deterioro y a las múltiples rozaduras modernas. Sus dimensiones son ( 46) x (43) x? cm. Se encuentra empotrada en la parte interior del muro meridional de la ermita, cerca del coro y a 1,5 metros de altura. ELEMENTOS ARQUITECTÓNICOS Y ESCUL-TÓRICOS Las dos jambas de la puerta de acceso a la ermita están formadas con piezas probablemente pertenecientes a un mismo monumento romano (Hernando Garrido 2002: 2752), cuya decoración exterior básicamente estaba caracterizada por el uso de pilastras acanaladas en las esquinas. El monumento original debió ser un mausoleo en forma de altar sobre podio 6, que albergaba la cámara sepulcral y que estaba decorado con pilastras acanaladas de probable orden corintio, como ya se propuso hace unos años (Gutiérrez Behemerid 2000: 89). El análisis de los restos muestra que los bloques no 12-15 pudieron pertenecer a un mismo monumento. mento. Ocupa la parte superior de la jamba izquierda (cf. Fig. 9). Paralelepípedo en forma de pilastra de esquina, con decoración acanalada en dos de sus lados. Sólo conserva un ángulo original, que es el que ahora está hacia el exterior; sus dimensiones actuales son (51) x (30) x ( 26). Ocupa la parte inferior de la jamba derecha (cf. Fig. 9). Paralelepípedo de sección rectangular con decoración acanalada por tres de sus cuatro lados, lo que convierte a esta pieza en la más interesante de toda la serie. Sus dimensiones son (28) x 95 x 56 cm. A la vista de la Fig. 29, correspondiente al plano inferior o superior originales de la pieza, se puede deducir que el monumento original disponía de una pilastra exenta de 56 x 56 cm que se embutía en la construcción con una zona sin trabajar de unos 39/40 cm de anchura. Esas características refuerzan la idea de que el monumento romano original que se desmontó era un mausoleo con pilastras laterales y que pudo tener forma de altar. Tanto en este ejemplar como en el n.o 16 se pone de manifiesto el acusado proceso de "cristianización" que sufrieron algunos elementos romanos reutilizados en la construcción de la ermita, sobre los que se grabaron cruces y todo tipo de grafitos alusivos al culto cristiano de la ermita. Ocupa la parte superior de la jamba derecha (cf. Fig. 9). Fragmento irregular de un relieve en piedra caliza, muy deteriorado por la exposición a la intemperie, que presenta en su parte frontal una decoración formada por una guirnalda festoneada que se ata en su parte superior, como muestran las cintas incisas que aparecen en el extremo superior izquierdo del fragmento; sobre la guirnalda aparece una máscara femenina. Lo conservado sugiere que el monumento al que pudieron pertenecer las pilastras reutilizadas en la puerta de la ermita poseía una decoración de guirnaldas fúnebres en los laterales, un modelo que conocemos bien en relieves funerarios de otras zonas de Hispania (Beltrán Fortes y Baena del Alcázar 1996: fig. 49 Gutiérrez Behemerid 2000: 89; Cebrián 2010: 139-148). Sus dimensiones son (47) x (92) x? cm. Se encuentra empotrado a media altura de esta fachada, cerca de la unión de la nave y el ábside (cf. Fig. 10). fragmento de pilastra acanalada, uno de los tantos elementos romanos reutilizados en la construcción. Pequeño bloque de cornisa o arquitrabe trabajado al trépano con extremo inferior liso seguido de banda inferior curva decorada con cimacio lésbico muy elaborado; presenta dos listeles lisos enmarcando en el centro un grueso astrágalo de perlas muy alargadas y discos planoconvexos enfrentados por su parte plana, banda superior con cimacio lésbico de tipo C, "rais de coeur en ciseau" o "scherenkymation" con círculos muy marcados en la base de los dardos y banda vertical lisa8. Este fragmento puede fecharse en pleno siglo II d.C. El bloque original fue cortado a izquierda y derecha para adaptarlo como canecillo en la construcción medieval. Forma parte de la serie situada bajo la cubierta en la fachada meridional. Dos fragmentos de fustes estriados de dimensiones desconocidas por encontrarse a gran altura, flanqueando la espadaña en la fachada meridional de la ermita. En el de la izquierda se observa el arranque de los canales, lo que significa que se trata de la parte inferior de una columna y que está colocado en posición invertida. No podemos relacionar estas piezas con ningún otro elemento existente a día de hoy en la ermita. Bloque en piedra caliza, roto por su parte inferior y por la derecha, con una escena figurada en relieve en su parte frontal. Sus dimensiones actuales son (62) x (87) x? cm. La escena representa a un hombre barbado, sentado y aparentemente desnudo, que coge con sus manos un báculo o timón; delante de él aparecen varias líneas onduladas consecutivas, lo que llevó a Hinojal (1913: 227) a suponer que en realidad la figura sostiene algo que parece una palmera. En la parte derecha del fragmento, antes de la rotura, parece observarse un prótomo femenino "con dos prominencias terminadas en punta sobre la parte alta de la frente, lo que ha dado motivo para que los habitantes de Coruña digan que simboliza al diablo, cuya creencia no puede ser más errónea" (Hinojal 1913: 227). Todo apunta a que se trata de una pieza de época romana pero sin identificar la escena es imposible asignarle una cronología. El relieve se encuentra empotrado, en posición invertida, en el ángulo nordeste exterior de la nave, en el punto en que se une al ábside (cf. Fig. 12). Fragmento de capitel corintio romano de pequeñas dimensiones, en piedra caliza, del que sólo se conservan varias hojas de acanto de la parte media y el arranque de algunos calículos. Sus dimensiones son (32) x ( 53) cm. Se encuentra empotrado en el interior del muro meridional, cerca del arco triunfal que separa la nave del ábside. Capitel corintio romano completo, en piedra caliza, muy erosionado por la acción de la intemperie en su orientación septentrional. Mide 36 cm de altura y la anchura del ábaco superior es de 41 cm. Por debajo carece de astrágalo y la decoración vegetal se pliega para rematarse en el arranque del fuste, cuyo diámetro es de 20 cm de altura. La decoración está dispuesta en dos coronas de 17 cm de altura cada una, en la superior de las cuales se reconocen las hélices, mientras que las volutas de los ángulos se han perdido. En el costado oriental, más protegido de las inclemencias, se conserva aún la flor que decora el centro del ábaco. Dado que se encuentra empotrado en la fachada septentrional del ábside (cf. Fig. 12), es imposible determinar el estado de conservación de la parte oculta. En todo caso, no se trata de un capitel de pilastra, sino de un capitel romano reaprovechado. Sus pequeñas dimensiones apuntan a la existencia en la zona de una construcción doméstica o, más probablemente, de un monumento funerario al que pudo pertenecer. Aunque no se han podido medir, no parece que los fustes que jalonan la espadaña de la ermita tengan el diámetro adecuado para ponerlos en relación con este capitel. Dos fragmentos de pilastras estriadas, insertos en las enjutas de la arquería ciega del testero oriental del ábside (cf. Fig. 11). Lastra en piedra caliza con representación de una figura femenina en pie, vestida con falda plegada y con el pelo representado como una melena corta, que levanta su mano derecha por encima de la cabeza, mientras apoya la izquierda en la cadera. Se encuentra empotrado en la fachada oriental del ábside, junto a la inscripción no 9, a gran altura y por debajo del coronamiento del tejado a dos aguas (cf. Fig. 11). El aspecto de la figura aconseja datarla en época medieval, seguramente en los siglos anteriores a la construcción del edificio, pues el aparejo contiguo indica que forma parte de la fábrica original. De hecho, Whitehill ya supuso que debía haber pertenecido a un edificio situado en la zona en época anterior (Whitehill 1932: 470). En cualquier caso, el relieve parece ser anterior al siglo xii. El elevado número de elementos arquitectónicos e inscripciones romanas empotrados en este pequeño templo de Coruña del Conde permite ponerlo en relación con la serie de ermitas rurales del conventus Cluniensis que, desde hace décadas o incluso desde hace siglos, se vienen considerando museos epigráficos al aire libre, como ocurre con la ermita de San Sebastián en Gastiáin (Navarra), Nuestra Señora de Elizmendi en Contrasta (Álava), la ermita de la Virgen Blanca de Larraona (Álava), etc. En el proceso de reutilización de estas piezas no parece que hubiera una selección específica para cada uno de los lienzos, más allá del empleo de los bloques de pilastras para las jambas debido a sus grandes dimensiones, lo que estaba justificado en la necesidad de conseguir un apoyo fuerte para el arco de entrada. En el resto de los casos, las piezas salpican las paredes de la ermita de manera aleatoria, colocadas en posición invertida o de lado sin atender a la presencia de texto. En las fechas posteriores a la construcción, los muros del edificio se llenaron de grafitos representando cruces y signos cristianos, pero ninguno de ellos se grabó sobre las inscripciones romanas, lo que significa que habían perdido todo sentido cultural y que no se consideraban evidencias de paganismo, lo que explica que se colocaran con los textos a la vista. Sólo el relieve altomedieval del muro meridional del ábside parece que tiene una colocación específica, seguramente por haber pertenecido, como ya se ha dicho, a un monumento cristiano anterior. Es imposible poner en relación el conjunto de las piezas romanas con un mismo mausoleo o edificio funerario. Si las pilastras, los capiteles y el fragmento decorado con guirnalda remiten a un monumento funerario exento de unas ciertas proporciones, que pudo ser un altar monumental, los fragmentos de estelas revelan enterramientos individuales sin aparente relación. La única vinculación posible entre algunas piezas es de tipo onomástico. Dos de los textos empotrados en la ermita revelan la existencia de una gens Atilia local (no 1 y 2) que conocemos también en otra inscripción de la misma localidad de Coruña del Conde9. Dado que se trata de la única concentración que conocemos de referencias a esta familia en la propia ciudad de Clunia o sus alrededores, hay que admitir que junto a la vía de salida de la ciudad hacia esta zona debió haber una necrópolis en la que se encontraban los enterramientos de estos individuos. De esa misma necrópolis seguramente procede el resto de los elementos empotrados en la ermita, pues incluso los pequeños fragmentos de pilastras, los capiteles de pequeñas dimensiones o el tambor de columna, pudieron pertenecer a edificios funerarios. Los elementos epigráficos incluyen cronologías que van desde finales del siglo i a finales del ii, y a ese mismo siglo ii pertenece el fragmento de cornisa o arquitrabe (n.o 18), lo que significa que la necrópolis de la que parecen proceder las piezas debió estar en uso -principalmente-en esa centuria. Dos inscripciones de Coruña del Conde Entre las inscripciones descubiertas en el territorio de Clunia se encuentra esta dedicación a la Fortuna Redux que vio Palol en 1970 y que luego dio por desaparecida, pues ya había sido retirada por sus propietarios del emplazamiento en que aquél la encontró. Sin embargo, durante mi visita a Coruña del Conde del 30 de julio de 2014 tuve ocasión de ver el monumento gracias a la amabilidad de su actual propietaria. Con el fin de corregir algunos datos en la descripción del soporte y completar la bibliografía, actualizo la descripción y edito la fotografía obtenida -con cierta dificultad-en el emplazamiento actual. El monumento es un paralelepípedo en piedra caliza amarillenta con vetas violáceas de las canteras sorianas de Espejón ("jaspe", Hinojal y Hübner; "piedra jaspeada", Palol y Vilella), un tipo de material usado con mucha frecuencia en la ciudad de Clunia tanto para elementos arquitectónicos como -con menos frecuencia-para inscripciones. El borde superior es el original, salvo que presenta magulladuras y pequeñas roturas propias de su exposición tradicional a la intemperie. Está roto por su parte inferior y en la zona central muestra una fractura que divide la pieza en dos fragmentos. La superficie frontal está pulida y la derecha, la única de las demás que es visible, está muy bien alisada. Sus dimensiones actuales son (138) x 41 x 36 cm. Las letras son capitales de muy buena factura, estilizadas y estrechas, trazadas con mucha elegancia, y su altura es de 9 cm. Aunque con dificultad, se reconocen interpunciones triangulares sin orientación definida. Las noticias más antiguas ubican el monumento "en el patio de la fortaleza [de Coruña del Conde]" (Bassiano y luego Zurita en la scheda inserta en el Codex Valentinus de Galcerán de Castro), En la fachada meridional de la iglesia parroquial de Coruña del Conde, en la esquina de la torre y a unos tres metros de altura, tumbada sobre la línea de imposta (Fig. 41), se encuentra una estela funeraria de la que tenemos noticias desde el siglo xviii, fecha en que se realizaron las primeras descripciones epigráficas de esta comarca. La estela fue incluida por Hübner en CIL II y apareció también en el repertorio de Palol y Vilella, aunque sin foto. La lectura tradicional debe ser revisada a la luz de lo que se ve en la estela, por lo que tratamos de ella a continuación. Se trata de una estela de cabecera semicircular en piedra caliza local, con la parte superior cortada, seguramente para adaptarla como material de construcción en la obra de fábrica de la iglesia (Fig. 42). El área destinada a la escritura está rebajada y rodeada por una faja lisa que recorre el perímetro de toda la pieza. En su parte superior está decorada con una flor circular de botón central (Abásolo 1994: 202), cuyo desgaste la ha desfigurado y puede dar lugar a interpretaciones inexactas. La superficie de la estela estuvo originalmente alisada, aunque hoy presenta numerosas magulladuras y, sobre todo, perforaciones y oquedades debidas a la acción del agua, que seguramente indican que durante varios siglos estuvo caída, con la cara superior hacia arriba, antes de ser reutilizada para esta construcción. Esas lesiones afectan sobre todo a la zona escrita, en la que el desgaste ha hecho, además, que a la zona escrita, en la que el desgaste ha hecho, además que algunos caracteres que leyeron quienes se ocuparon de la estela a finales del siglo xviii estén hoy casi completamente perdidos o, incluso, hayan desaparecido. Las letras son capitales algo irregulares, ligeramente desiguales de tamaño y de grabado no demasiado profundo. Los renglones están levemente inclinados hacia abajo por la parte derecha. Debido al deterioro de la superficie, sólo son visibles las interpunciones de los renglones 2, 4 y 5, que tienen forma de virgula más que de triángulos. En el primer renglón no hay ninguna posibilidad de suponer las letras PIN delante de la G. Las dimensiones de la rotura indican que puede albergar la P leída tradicionalmente, de la que parece haber un leve rastro del asta vertical, y a lo sumo una vocal detrás; dado que quienes vieron la estela hace más de dos siglos creyeron ver delante de la G un asta vertical, la única opción de lectura es Piganco, no P[i]nganco o P[i]inganco como se ha supuesto en ocasiones, con las dos primeras letras hoy ilegibles salvo en el resto de la P que se ha indicado. La O final es de reducidas dimensiones y se encuentra dentro de la C del final del renglón. Frente a la costumbre de restituir una consonante al final del nombre de la gentilidad, es decir, Piganco(n), Gorrochategui (2011: 209) ya llamó la atención hace unos años sobre la condición invariable de esta forma -co que aparece detrás del nombre personal. En la segunda línea, tres de las letras leídas tradicionalmente (E, I, F) ya no son visibles, por lo que las hemos subrayado en la transcripción. La H inicial de la fórmula funeraria está rota en su ángulo inferior izquierdo, de forma que el pie del asta se ha perdido. Al inicio del tercer renglón, el pie de la P aún se ve tímidamente y de la V sólo queda el arranque del asta de la derecha; después se ven bien las letras PILIVS, con lo que hay que descartar las lecciones antiguas de PVPI. EIVS, que aceptó Hübner, y que debieron ser consecuencia de la imposibilidad de leer el texto de la estela bajo determinadas condiciones de luz. Después del nomen gentile del dedicante se encuentra una F longa, como ya indicaron Palol y Vilella, seguida de RA y de una huella que podría atribuirse sin seguridad al asta vertical correspondiente a la T, por lo que ante la falta de seguridad hemos optamos por dar por perdida esta letra. En todo caso, en el espacio existente entre el gentilicio y la Hinojal la vio "en la puerta de la casa núm. 43 de la calle de Cantarranas" y Palol la encontró en 1970 seguramente en el mismo lugar, "en la acera de entrada a la casa de Dña. Lázaro], calle del Obispo Agustín". Más tarde fue retirada de allí, lo que explica que Palol y Vilella la dieran por desaparecida. Se encuentra ahora en el portal de la casa de Da Margarita Ladona, calle Diego Marín 4, sirviendo de banco. Bib.: Bassiano, ms. siglo xvi, f. 210 con distinta división de líneas; J. Zurita, en Galcerán de Castro, ms. de comienzos del siglo xvii, f. (Zurita es la manus ignota de que habla Hübner a propósito de la presencia de ese texto en el Codex Valentinus; cf. Gimeno 1997, 173 no 457); Pighi ms. siglo xvi f.
Este texto pretende analizar la evolución durante los siglos xix-xx de algunos paradigmas en la división histórica entre la Antigüedad y la Alta Edad Media y su repercusión en la Arqueología española. De forma especial se describirá el modo y el momento en que se introdujo el concepto de Antigüedad tardía que desplaza a los anteriores paradigmas. Asímismo se trata de analizar si los elementos de continuidad y proceso conectados al mismo afectan a los orígenes de al-Andalus, discutiéndose si existió un corte brusco y tajante a partir de la invasión árabe y bereber. La división arqueológica entre el fin del periodo romano y la alta Edad Media ha dependido tradicionalmente del relato y de las interpretaciones producidas desde las fuentes escritas. Desde el siglo xix en Europa se han propuesto diversas interpretaciones sobre este periodo, que a su vez se han convertido en los últimos tiempos en materia historiográfica. Su complejidad ha aumentado al demostrarse que con frecuencia el análisis tendía a concentrarse en cuestiones que reflejaban los problemas e intereses de la propia época de quién lo planteaba (Wood 2013). Esas interpretaciones se enmarcaron inicialmente en la dicotomía continuidad/ruptura, para incorporar después la idea de proceso. Simplificando, podemos considerar que este actualizaba por un lado el continuismo mediante el "cambio lento", y por otro llevó al desarrollo de la teoría de los periodos de transición. Tradicionalmente las propuestas europeas apenas penetraron en nuestro país. Por ello la reciente asunción del concepto de antigüedad tardía no es sólo el establecimiento de un nuevo paradigma, sino que puede suponer un cambio muy profundo en la historiografía española siempre y cuando implique la aceptación de la idea de proceso. Pero no son pocos los autores que parecen defender esta opción -o simplemente del continuismo-para el periodo entre los siglos iii y viii, mientras sugieren que con la invasión árabe sí habría ruptura, lo que supone una notable contradicción en la propia base de la teoría que se dice aceptar. Nuestro objetivo es discutir este problema. Para ello analizaremos primero como ha sido históricamente la división entre la antigüedad y alta Edad Media en nuestro país. Los instrumentos para este análisis serán por un lado los textos de las "historias de España", y por otro el examen del desarrollo de los estudios universitarios y de la propia investigación arqueológica. En la última parte analizaremos específicamente el tema del proceso histórico entre el fin del mundo romano y el periodo omeya, primero a través de las investigaciones arqueológicas sobre La Península durante la Edad Media estuvo dividida en numerosos reinos, cada uno con sus propias tradiciones cronísticas. En el siglo xvi se abordará el intento de crear una "historia nacional", que legitimase a la nueva monarquía de los Austrias. Surgen así una serie de obras denominadas invariablemente como "Historia de España...", que presentan algunos rasgos comunes, son universalistas, esencialistas y providencialistas. Así mismo establecen la continuidad entre la monarquía visigoda y el reino de Asturias, y articulan el relato invariablemente en torno a Castilla. La historia de mayor éxito será elaborada por el P. Mariana, que seguirá reeditándose hasta el siglo xix (Mariana 1592; Cirujano et alii 1985; Peiró 2013). La ilustración tratará de construir en el siglo xviii una historia crítica, que prescindiera de todo aquello que no estuviera avalado por la documentación, y que permitiera legitimar a la nueva dinastía borbónica. Ello llevará a la desaparición del universalismo y a una relectura del esencialismo. Para la elaboración de esa historia, en 1738 se funda la Real Academia de la Historia; a través de ella se vehiculará la búsqueda de materiales fiables -documentos, inscripciones, monedas-para la reconstrucción de la historia antigua y medieval (Salvatierra 2013). La arqueología surge por tanto para conseguir esta documentación. El paradigma historiográfico del siglo xviii presenta la Historia de España como una síntesis de aportaciones sucesivas (Wulff 2003: 66 y ss.), de la que ni siquiera queda excluido al-Andalus, a través sobre todo de sus influencias artísticas. En el siglo xix la nueva conciencia nacionalista ligada al concepto de Estado (catolicismo y patriotismo) introdujo nuevos cambios, como una nueva reinterpretación del esencialismo en relación a la asimilación de los pueblos antes y después de la llegada del cristianismo (López Vela 2004: 196-209 y 217-227). La principal obra será la Historia General de España de Modesto Lafuente (1806Lafuente ( -1866)). Para él, los bárbaros hundieron el imperio romano, pero "civilizados" y convertidos al catolicismo por "los españoles" fundaron la primera nación española, cuya destrucción cierra la edad antigua. Fue la invasión árabe lo que dio comienzo a la Edad Media, que se caracterizó por la lucha contra los musulmanes para "recuperar España", lucha unida a la religión católica, de la que emergerá la nación española, que era continuidad de la visigoda. Pero sobre las mismas bases coexistirán otros discursos, como el de Miguel Lafuente Alcántara (1843), relacionados con el regeneracionismo regionalista, que sobre todo en el sur ofrecen visiones "mas positivas" de la aportación árabe. En esta línea tendrá mucha influencia la obra de Reinhart Dozy (1860-63). Este, según Martínez Gross (2009), defenderá que los omeyas llevarán a cabo una "fusión de razas", lo que permitirá a los españoles imponer su cultura a los árabes, y de ello emergerá una nueva raza, la "andaluza". Esta idea se reflejará en obras como la de Joaquín Guichot (1869). A finales del siglo xix Antonio Cánovas del Castillo, director de la Academia de la Historia, concibe una nueva Historia de España (Cánovas 1890-1894), destinada a sustituir a la liberal de Modesto Lafuente. Pero sólo se publicará una pequeña parte. Al faltar toda la sección correspondiente a los siglos viii a xi, es difícil valorar realmente como se concebía la relación entre el final de la antigüedad, el principio de la Edad Media y el periodo omeya, aunque ya daba una notable relevancia al periodo visigodo, al que dedicaba dos volúmenes. Las reformas de la universidad en el siglo xix Los estudios históricos eran realizados por eruditos, autodidactas y miembros de la Real Academia. En la Universidad, la enseñanza y la investigación históricas apenas tenían espacio. Sólo en 1857 la Ley Moyano separó las ciencias naturales de las humanidades, y organizó los estudios de esta última en tres secciones: Filosofía, Literatura e Historia. Esta última sólo podía cursarse en Madrid, Sevilla y Zaragoza. Aunque entre ellos había arqueólogos y arabistas que escribían sobre la historia de al-Andalus, tanto esta como la arqueología estaban ausentes como materia docente en la especialidad de historia (fig. 1). LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX. Entre finales del siglo xix y principios del siglo xx tuvo lugar en Europa una intensa polémica sobre 1 Las tablas cruzan las relaciones de catedráticos de universidad de y los datos de Peiró y Pasamar 2002. la transformación del mundo Mediterráneo, y la no menos importante discusión acerca de si los cambios en el tiempo se producían a través de rupturas 2, o mediante cambios graduales (Dopsch 1918-20). Estos problemas no preocupaban a los historiadores españoles, centrados esencialmente en la política como motor de la historia, y en consecuencia en las rupturas producidas por las invasiones, como se advierte en las principales síntesis que aparecen al final de este periodo. Entre ellas destacan la Historia de España. Gran Historia de los Pueblos Hispanos, de Editorial Gallach, en 1935. Y la Ha de España de Menéndez Pidal, cuyo volumen III, dedicado a los visigodos, aparecerá en 1940. En estas obras el final del Imperio Romano se separa "físicamente" de la invasión germana y del periodo visigodo. En la primera obra citada, su director L. Pericot justificará que esas fases se incluyan en el segundo volumen, como primer capítulo de la Edad Media, indicando que era lo normal, lo que paradójicamente implica reconocer que no era lo habitual. Por su parte Menéndez Pidal, quizá retomando el esquema de la Historia de Cánovas, destina a las invasiones y al periodo visigodo el tomo III de su gran proyecto. Por tanto, frente a las posiciones de Modesto Lafuente, se impone la tesis de que las invasiones germanas habían provocado una ruptura fundamental. Con los visigodos se "completa" España, y a partir de ese momento se defenderá un fuerte continuismo con los reinos cristianos que surgen en el norte peninsular. Ello llevará a la individualización de esta etapa como algo específico, y simultáneamente a su consideración como primera fase de la Edad 2 Sobre todo Henry Pirenne, a través de una serie de textos iniciados hacia 1922, finalizando con la obra póstuma Mohamed et Charlemagne de 1937. Media, lo que constituirá una de las peculiaridades de la historiografía española con respecto a la europea durante las décadas siguientes. Es difícil valorar si el monolitismo que alcanzará este esquema se deberá a que no había especialistas en historia antigua que estudiasen la problemática socioeconómica y que pudieran incorporar las novedades que estaban surgiendo del debate europeo. O bien a que el esquema nacionalista estaba tan extendido que impedía el desarrollo de especialistas que lo discutiesen. En las obras citadas las páginas sobre este periodo fueron redactadas por modernistas o por especialistas en historia del derecho. El nacionalismo continuista también impregna la lectura de la historia de al-Andalus. De forma simplificada, estos defenderán que las principales creaciones realizadas en al-Andalus se debieron a la componente "española", sin que hubiera aportación árabe relevante, lo que llevará a la creación de una nueva construcción ideológica: la civilización hispano-musulmana (Manzano 2000:33-62;2009:203-230). Ello contrastaba con los desarrollos de la investigación europea contemporánea. Lévi-Provençal, en teoría el especialista que mas influyó sobre los arabistas españoles de su generación, en su historia del periodo omeya 3 prácticamente los ignoraba, y rechazaba abiertamente sus tesis sobre la "hispanización". Se ha señalado que, quizá como expresión de una ideología colonial, él defendía un esencialismo islámico, según el cual todas las sociedades islámicas serían básicamente iguales e inmutables a través del tiempo (Martínez-Gross 2009). El desarrollo de la universidad Durante este periodo los estudios de historia se generalizan a todas las universidades. La denominación de las cátedras presenta inicialmente una notable variedad, homogeneizándose progresivamente (fig. 2). En general existía una materia que englobaba desde los orígenes hasta la época medieval. De ella comenzará a desgajarse la prehistoria, apareciendo en Madrid la primera cátedra, la Ha Primitiva del Hombre creada para Hugo Obermaier. Junto a ellas aparecen las cátedras de arqueología, que en el ámbito docente abarcaban no sólo la epigrafía y la numismática, sino también con frecuencia el arte antiguo y medieval, cuya mejor expresión será la cátedra de Arqueología Arábiga (1913-1942) creada para Gómez Moreno, al parecer denominada así porque en Madrid ya había otra cátedra de Arqueología. La historia de al-Andalus seguía sin ser materia docente. El análisis de la producción científica de los historiadores muestra que aún no existían especialistas en historia antigua y que la historia de al-Andalus era competencia de los especialistas en filología árabe. La nueva posición de la arqueología Los comienzos del siglo xx asisten a un importante desarrollo de la arqueología como disciplina científica. Desgajada la prehistoria, la arqueología se irá centrando en el mundo griego y romano, aunque muy relacionada con la historia del arte antiguo y medieval, interdisciplinariedad de la que el mejor exponente será sin duda Manuel Gómez Moreno, el cual a su vez impulsó en parte una incipiente arqueología medieval (Salvatierra 2013). Al desarrollo de estas arqueologías contribuirán la creación en 1907 de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, y dependiendo de esta en 1910 el Centro de Estudios Históricos (CEH) y la Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma (García Sánchez 2010:77-108). Estos organismos impulsarán la formación en el extranjero de los mejores estudiantes. Así será como por ejemplo A. García y Bellido, formado junto a Elías Tormo y M. Gómez Moreno, entrará en contacto con G. Rondenwaldt, que representaba la arqueología como historia del arte, basándose en la historia del estilo, que tanta influencia tendrá en la arqueología clásica española (Blech 2002). Los cambios en las posiciones de este amplio grupo pueden seguirse en parte a través de la revista Archivo Español de Arte y Arqueología, creada en 1925 y separada en sendas publicaciones independientes en 1940-41. UNIVERSIDAD, HISTORIA Y ARQUEOLOGÍA DURANTE EL FRANQUISMO Al terminar la guerra civil, con el dominio de las posiciones filonazis, hubo un intento deliberado y consciente de eliminar la incipiente investigación histórica liberal suprimiendo el Centro de Estudios Históricos y la Junta Superior de Ampliación de Estudios (Gracia 2009) y sometiendo a estrictos controles ideológicos y clientelares lo que pudiera hacerse en adelante, a través de la creación del CSIC (Pasamar 1991). Pero la derrota de los países del eje y la guerra fría, llevarán al régimen a acomodarse a la nueva situación europea, sustituyendo el dominio ideológico de la Falange por el del Opus Dei. En la universidad, si durante la República se había producido una uniformización en la denominación de las cátedras de historia, durante este periodo ocurre lo contrario. Junto a las cátedras de Historia General de España se multiplican otras con diversos perfiles 4 (fig 3). La prehistoria se consolida como disciplina independiente, mientras que sigue sin haber especialistas en historia antigua, materia que ahora en ocasiones aparece unida a la anterior y en otras a la historia medieval. Pero ello sólo en el ámbito docente, ya que como ha señalado A. Dupla "los estudios sobre el mundo antiguo se desarrollan en las cátedras de arqueología, prehistoria, filología clásica e historia del derecho" (Duplá 2001). En cuanto al análisis histórico, el nuevo régimen asumió perfectamente los postulados decimonónicos (Wulff 2003), manteniéndose el viejo modelo sin necesidad de demasiados cambios, e incluso agregando en este campo la producción de liberales exiliados, como la famosa polémica esencialista entre Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro, que son integrados sin problemas. Aunque cada vez más autores mostrarán su indiferencia hacia esta problemática, posición visible en Ferrán Soldevila ya en 1952, o algo después en J. Vicens Vives (Pasamar 2004). El nivel 4 Los datos se han obtenido de las webs de Catedráticos de filosofía en la universidad española, consultadas el 1-7-2013. de generalización a este rechazo puede apreciarse en la Introducción a la historia de España que publica en 1963 la editorial Teide (Ubieto et alii 1986). Simultáneamente es posible apreciar la lenta llegada de los planteamientos europeos. Ello se advierte muy tímidamente en la 2a edición del volumen II de la Historia de España de editorial Gallach, realizada en 1958. El periodo visigodo seguía estando incluido en el volumen dedicado a la Edad Media, pero el tema del final del mundo clásico se había convertido ya en problema historiográfico. El coordinador del volumen, el medievalista Federico Udina Martorell, se hace eco del mismo, admitiendo el avance de los nuevos planteamientos: "cada vez aparece con mayor claridad que la realidad del reino visigodo español queda mucho más llena de luz si se relaciona con lo romano y se lo considera como un fenómeno de epigonismo imperial". Pero pese a este reconocimiento concluirá indicando que "creemos que el Reino Visigodo constituye un periodo inicial y que este es el umbral de la Edad Media. Por consiguiente esta empieza con rigor en el siglo v" (Udina 1958: 3-4). Junto a ello se mantiene la tesis de la continuidad entre la monarquía visigoda y la asturiana. Peor hasta cierto punto es lo que sucede con la historia de al-Andalus. Esta sigue en manos de los filólogos, los cuales ni siquiera reconocen que haya diferencias con las interpretaciones europeas. Ello se pone de manifiesto con la traducción al castellano de la síntesis de E. Lévi-Provençal sobre el periodo omeya a la que ya hemos hecho alusión5. El acusado positivismo de esta obra, y algunos elementos como la afirmación de que "la mayor parte, sin duda, de los centros urbanos de al-Andalus eran los que ya existían antes del siglo viii" (Lévi-Provençal 1950), permitirán a la historiografía española incorporar la obra a las tesis de la "hispanización". Esa obsesión y una evidente falta de rigor llevarán a E. García Gómez, "jefe" de la escuela de arabistas españoles, a exponer en su prólogo a la obra las tesis defendidas por J. Ribera, como si estas no hubieran sido rechazadas por el autor francés (García Gómez 1982: XIX-XX). La contradictoria situación de la arqueología Los estudios historiográficos de las últimas décadas han puesto de manifiesto como la arqueología fue utilizada por el franquismo, sobre todo durante las dos primeras décadas, como un elemento propagandístico (Gracia 2009). Desde el primer cuarto del siglo los arqueólogos españoles, como otros muchos, habían sido muy influidos por la "metodología" de las lecturas étnicas y raciales de G. Kossina (Fernández 2009). Estas propuestas influyeron de forma especial, entre otras épocas, en la arqueología visigoda, cuyos estudios alcanzarán su apogeo en los años cuarenta y cincuenta (Olmo 1991; Salvatierra 1990). Este será uno de los focos de interés de los arqueólogos más vinculados a la dictadura, como J. Martínez Santa Olalla (Blech 2002), que estrecharon lazos con la Alemania nazi, y quizá por ello cuando en 1940 se proyecte abrir la delegación del Instituto Arqueológico Alemán en Madrid (sólo funcionaría en el periodo 1943-45) se estableció como objetivo preferente la época visigoda, designándose director a Helmut Schlunk que había realizado su tesis (1930) sobre el arte de dicho periodo. Pero pese a ese interés, los resultados de las excavaciones visigodas casi no se tuvieron en cuenta en la elaboración histórica. Así, Manuel Torres y Ramón Prieto que escriben sobre las costumbres funerarias en el vol. III de la Ha de España de Menéndez Pidal, emplearán exclusivamente las fuentes escritas. Tampoco se emplean los datos de los enterramientos en la 2a edición de la Ha de España de la ed. Gallach de 1958, pese a reconocer que "en estos últimos años se han intensificado los estudios de los restos arqueoló-gicos visigodos en España, ha crecido su número por las excavaciones de las necrópolis de los invasores" (1958:15). Así mismo, en las secciones que se dedican al traje y sus adornos, al mobiliario o a la vajilla, el texto emplea exclusivamente las descripciones de Isidoro de Sevilla. Es decir, esta arqueología ni siquiera era considerada como "auxiliar" para la elaboración histórica. La misma sólo servía para proporcionar materiales para la historia del arte en la tradición de la Escuela Alemana que, después de la guerra, continuará influyendo en la arqueología española tras la reapertura del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid en 1954, de nuevo bajo la dirección de Helmut Schlunk hasta 1971 (García de Castro 1995). Una arqueología que abordará este periodo centrándose sobre todo en la cristianización y la arquitectura religiosa. Junto a ello se abandonan las investigaciones en arqueología medieval (Salvatierra 2013). Los pocos trabajos se harán desde fuera de la universidad (Roselló 1986). Los cambios en el tardofranquismo A finales de los años sesenta y principios de los setenta se producirá la gran transformación de la universidad española. La Ley General de Educación de 1970 llevará a la organización de las enseñanzas en departamentos, frente a la anterior en cátedras, y se pondrán las bases para la nueva estructura de profesorado, mucho más especializado y numeroso, y que se consolidará cuando las disciplinas se organicen en áreas de conocimiento en 1984 (RD 1988/84). Esa estructura, y la especialización y diversidad de asignaturas que ahora se inicia en los planes de estudios de historia, nos impiden ofrecer un cuadro como los incluidos para los periodos anteriores6. Pero si cabe resaltar algunos elementos nuevos, como la aparición de especialistas en historia antigua que tienden a agruparse en los mismos departamentos frente a la dispersión anterior, y a los que se sumarán los investigadores del periodo visigodo que trabajan con fuentes escritas. Por lo que se refiere a la historia de al-Andalus, hasta los años ochenta la materia seguirá excluida de los programas docentes de historia. (Brown 1971) y a las aportaciones de otros autores (Marrou 1977), la relectura de la época que va del siglo iii al ix. Con independencia de la consideración en que se tengan los escritos de estos autores, hay que señalar que formaron parte de una corriente que rompió con la inercia de la historiografía vigente, ya que por la misma época los historiadores centrados en la economía y la sociedad profundizaban a cerca de las formas y las causas de la gran transformación que sufrió Europa y el mundo Mediterráneo en el mismo periodo, reflexiones realizadas desde múltiples puntos de vista, pero que pueden englobarse bajo el epígrafe de teorías de la transición7. Todo ello llevaría a las concepciones actuales sobre la Antigüedad Tardía (Brown 2012; Cameron 1998; Ward Perkins 2007) que para unos debe considerarse, desde el punto de vista académico, como un nuevo periodo histórico con características propias, que se debate de nuevo entre continuidad, ruptura o proceso. Mientras que para otros es, precisamente, una fase de transición (Salrach 1997). En realidad, como estamos viendo, desde el surgimiento de la historiografía moderna en el siglo xix nunca ha habido dudas de que en esos siglos hubo importantes continuidades, pero también se produjeron profundas transformaciones políticas, económicas y sociales. Aunque la caracterización de las últimas presenta dificultades debido entre otras cosas a la escasez de fuentes de información, hay algunos puntos en los que la mayor parte de los estudiosos están de acuerdo: por un lado el descenso demográfico y el empobrecimiento material entre el 200 d.n.e. y el 600 d.n.e., lo que dejaba a los reinos surgidos de la desintegración del imperio romano dentro de un periodo más conectado con el mundo romano que con el medieval, en el que esas curvas se invertirían. Pero por otro lado, la expansión de la religión cristiana, la afirmación de la iglesia católica como nuevo actor político de primera magnitud en los nuevos Estados, y la continuidad dinástica en varios de esos Estados hasta el siglo ix, acercaba a estos a la Edad Media. La difícil asunción de la idea de proceso En España apenas se tratarán los temas planteados por Peter Brown y sus seguidores hasta avanzados los años ochenta (Arce 2005; López Campuzano 1988). Pero en la década de los setenta se irá consolidado un colectivo de historiadores que, partiendo de las teorías sobre los procesos de transición, ofrecían un amplio abanico de posiciones sobre la periodización entre los siglos iii y x. Desde la historia antigua se asumió lentamente la idea del mundo visigodo como continuidad del romano y su desvinculación de la Edad Media. No puede sorprender que, simétricamente, el rechazo a esos planteamientos fuera defendido sobre todo por los medievalistas. Aunque estos mantendrán este periodo dentro de sus programas docentes, la justificación para ello se fue alejando de las tesis tradicionales. Una muestra es la exposición que hacía José Luis Martín en el prólogo a su La Península en la Edad Media donde, tras una apretada síntesis historiográfica, reconocía que tradicionalmente en España "las fechas inicial y final de la Edad Media han sido elegidas en función de dos ideas claves: los valores religiosos y la unidad política española realizadas a partir de Castilla. Cuyos intereses y cuya historia se han identificado, en muchos casos, con los de España" (Martín 1971: 9). Tras rechazar esa lectura, tratará de ofrecer un nuevo marco integrado en Europa, pero manteniendo que la Edad Media empezaba con las invasiones germanas. Esas posiciones aún pueden atribuirse al limitado desarrollo teórico de la época en que aparece su obra. Al mismo tiempo estos autores mantenían con muy pocos cambios el relato posterior al siglo viii, contemplando la invasión árabe como una ruptura, y manteniendo la continuidad visigodo-asturiana. Sólo Abilio Barbero y Marcelo Vigil trataron de ser coherentes desde el punto de vista teórico. Estos autores rompieron con el continuismo visigodo-asturiano, y como corolario consideraron la "reconquista" una construcción ideológica (Barbero y Vigil 1974). Y poco después tratarán de reconstruir la historia de la Antigüedad y la Edad Media de la península a partir de una concepción de la historia como proceso, señalando incluso que los musulmanes fueron los auténticos herederos en numerosos aspectos de los visigodos (Barbero y Vigil 1978). Algo después la Historia de España dirigida por Manuel Tuñón de Lara, establecerá los parámetros en los que se moverá la historia peninsular en este campo durante las décadas siguientes. Esta obra asume (1983), una especialista en reino nazarí. De esta forma, la propuesta de A. Barbero y M. Vigil era citada y elogiada, para inmediatamente ser manipulada. No obstante hay que admitir que sus hipótesis sobre al-Andalus estaban aún poco elaboradas. Durante dos décadas, desde Lévi-Provençal, no había habido avances en el análisis del periodo, pero precisamente en esos años aparecieron los primeros estudios postcoloniales sobre las sociedades islámicas, que rompían con el esencialismo de la escuela de aquel (Amin 1972;1973). Y en el caso de al-Andalus, apareció la fundamental obra de Pierre Guichard (1976), que al proponer que en al-Andalus coexistieron una sociedad árabe (oriental) y otra indígena (occidental), abriría la puerta a los planteamientos radicalmente diferentes que se desarrollarán a partir de los años 80. Quizá por todo ello las propuestas de Barbero y Vigil no tuvieron espacio. Por otra parte los nuevos desarrollos ya no se apoyarán sólo en las fuentes escritas, sino que la arqueología tendrá cada vez mas importancia a la hora de explicar y comprender el proceso histórico entre la Antigüedad y la Edad Media, como veremos a continuación. LA TRANSFORMACIÓN DE LA ARQUEOLO- ENTRE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y LA ALTA EDAD MEDIA Desde finales de los años sesenta la arqueología española entró en una nueva fase con cambios importantes: formación de equipos, desarrollo de proyectos de investigación, nueva valoración del patrimonio, etc. que a su vez propiciarán en los años ochenta el despegue de la disciplina como profesión, cuando cambie sustancialmente el marco político-administrativo. Estos cambios se reflejarán también en la universidad. En primer lugar las nuevas licenciaturas con ciclos comunes y de especialización, van a permitir que las materias relacionadas con la arqueología ad-quieran más peso. Otro paso esencial se producirá con la individualización de las áreas de conocimiento en 1984, cuando la arqueología conseguirá romper con el intento ideológico-continuista conservador de integrarla en un área de "ciencias auxiliares". A partir de este momento, los miembros de esta área se vieron envueltos en un nuevo debate sobre el ámbito temporal que debía abarcar la disciplina, con numerosas posiciones, desde los partidarios de centrarla en el mundo romano, hasta quienes consideraban que no era conveniente establecer divisiones tajantes en temas relacionados con la cultura material (Abad 2014). Por otro lado, frente al dominio del ámbito religioso anterior, en esta fase los estudios fueron centrándose paulatinamente en el desarrollo urbano y el poblamiento rural (Gutiérrez 2012b), y en el desarrollo de la estratigrafía y el estudio de materiales cerámicos como medio de desarrollar sistemas cronológicos científicos. Paralelamente también habrá arqueólogos en algunas áreas de historia medieval, aunque no sin reticencias. Se centrarán preferentemente en la arqueología de al-Andalus, siendo la investigación cristiana y la bajomedieval muy escasa (Salvatierra y Alcázar 2014). Esta nueva arqueología medieval surge vinculada a la historia, rompiendo con la tradición extrauniversitaria que la había ligado a la historia del arte. Como resultado y pese a algunas fricciones académicas, se empezó a producir una cierta confluencia de especialistas con formaciones distintas, configurándose muy pronto ámbitos comunes de trabajo, y de intercambio de ideas. Hay que mencionar la enorme importancia que tuvieron en estos momentos los trabajos de algunos miembros de la Casa de Velázquez, como A. Bazzana o P. Cressier en el desarrollo de la nueva arqueología de al-Andalus. En los últimos años la obtención de secuencias estratigráficas que se extienden a uno y otro lado del 711 han mostrado la capacidad de la arqueología para contextualizar los cambios (Gutiérrez 2012a;2012b). Ello permite prescindir de fechas emblemáticas e incidir en la continuidad de los procesos. A continuación, a modo de ejemplo de cómo en arqueología se enlazan hoy los problemas en este largo periodo, vamos a dar un rápido vistazo a la arqueología del territorio -urbano y rural-. Por razones de espacio no vamos a tratar de ser exhaustivos ni en temas, ni mucho menos en yacimientos. Durante gran parte del siglo xx se interpretó, a partir de las fuentes escritas, que se había producido una importante decadencia de las ciudades a partir del siglo iii. Y al ser muchas de ellas ciudades relevantes en época islámica, se creyó que los conquistadores las habían ocupado y "revitalizado", llegando a defenderse incluso la recuperación de las curias romanas (Monés 1957). Algunas excavaciones de los años setenta y primeros ochenta parecieron confirmar esta decadencia urbana, al observarse el abandono de algunas zonas, el expolio de edificios, etc. (VV. A partir de los años 90 la investigación pudo establecer que, al final del imperio, al menos una parte de las ciudades peninsulares se transformaron, al convertirse durante más o menos tiempo en la sede de quienes se disputaban el poder entre los siglos iv y vi (Ripoll y Gurt 2000; Olmo 2009) Entre las características de estas ciudades estarían, a nivel urbanístico, el abandono del modelo reticular, la reutilización de espacios públicos, el desarrollo de un nuevo tipo funcional de vivienda, etc. (Gurt 2000(Gurt -2001)). Ello apunta a la existencia de un proceso de ruralización, en el sentido de que las estructuras de habitación se organizan en espacios abiertos con funcionalidades productivas y uso de técnicas constructivas sencillas, y que son comunes tanto a poblaciones con rango urbano, como a los diversos tipos de aldeas (Gutiérrez y Cánovas 2009). Esta hegemonía eclesiástica se habría extendido a las periferias urbanas donde la iglesia se habría hecho con el control del espacio y de la producción, como sugieren los trabajos desarrollados en Mérida (Mateos 1999) o Jaén (Salvatierra et alii 1995; Serrano y Salvatierra 2012), donde dichos entornos han podido ser estudiados. El fin del predominio eclesiástico sobre el territorio solía considerarse resultado directo de la invasión árabe. Pero frente a las afirmaciones catastrofistas excesivamente generales, las fuentes informan de los numerosos pactos de rendición en los que las ciudades jugaron un papel evidente (Chalmeta 1997). Y de la cooperación entre los conquistadores y los obispos y estamentos eclesiásticos (Acién 2000). Por otra parte la escasez de edificios religiosos con señales de haber sido destruidos violentamente, y por el contrario el hecho de que muchos fueran reutilizados, o desmontados sistemáticamente, invita a pensar que el proceso de usurpación de los bienes eclesiásticos fue posterior, quizá como consecuencia de las "expropiaciones" de los emires omeyas, llevadas a cabo para recompensar a sus partidarios. En la periferia de Jaén la desaparición de iglesias o conventos fue seguida de una "colonización" representada por grandes casas agrícolas, a varias de las cuales se asocian necrópolis cristianas, lo que lleva a pensar que se trataría de arrendatarios cristianos, asentados por los nuevos propietarios (Salvatierra et alii 1995; Serrano y Salvatierra 2012). Esta impresión de que tras la conquista se mantuvo inicialmente la situación previa es confirmada por las excavaciones urbanas. Durante gran parte del siglo viii las ciudades siguieron sustancialmente igual y algunas continuaron siendo centros fortificados relevantes (Gutiérrez 2011). No será hasta la segunda mitad del siglo viii y la primera mitad del siglo ix cuando empiecen los cambios urbanos. Entonces Córdoba experimentará un notable desarrollo (Acién y Vallejo 1998), en Recópolis y en el Tolmo de Minateda las estructuras palatinas (laicas y eclesiásticas) se compartimentan, o son sustituidas por viviendas (Gutiérrez y Cánovas 2009; Olmo 2006; VV.AA. 2009) y en Mérida aparecen grandes edificios levantados quizá por la nueva administración (Alba 2009). Numerosas poblaciones relevantes incluidas las sedes episcopales continuarán existiendo, y sólo quedarán abandonadas posteriormente por diversos motivos. Para M. Acién ello "indica que el urbanismo islámico vendrá por otra vía y no tendrá nada que ver con las decrépitas civitates de época visigoda" (Acién 2008a). El análisis del territorio en la época actual implica la confluencia de los resultados de una serie de paradigmas de investigación que buscan la reconstrucción integral del territorio y su estudio diacrónico. Diversos estudios recientes muestran la madurez de estos trabajos, y constituyen al mismo tiempo amplios repertorios bibliográficos (Cordero 2013). En parte, el análisis del territorio implica aún hoy el inventario de lugares y asentamientos y el intento de identificarlos con algunos de los tipos de hábitat recogidos en las fuentes escritas, tanto visigodas como árabes. Pero hasta ahora los resultados han sido muy pobres, dado que sobre el territorio aparecen muchas variantes que no pueden correlacionarse con las magras descripciones textuales. Una parte de los problemas se articulan en torno a la determinación de cómo se produce el paso de la villa romana a los asentamientos rurales característicos de los siglos vi y vii, y como evolucionan estos durante los siglos siguientes, sean estos cristianos o andalusíes. Aunque hay acuerdo en que la villa esclavista entró en crisis entre los siglos ii y iii, siguieron existiendo, aunque fuera bajo otras formas. En la actualidad parece que en el siglo iv la villa residencial llega a su apogeo, para declinar poco después, ya que las grandes villae con mosaicos dejan de construirse como muy tarde en la primera mitad del siglo v (Chavarria 2007) pudieran seguir siendo empleadas en el vi, en esos momentos empiezan a transformarse, señalándose diversas vías. La primera, es la constatación de la conversión de las partes residenciales de la villa en otros usos, unos habitacionales, pero otros con funciones productivas, funerarias o incluso religiosas. La sistematización y discusión del problema que lleva a cabo A. Chavarria, muestra las dificultades de interpretación, debido en gran medida a la pobreza de los materiales y a la dificultad de fijar cronologías. Como recoge dicha autora, una primera interpretación es considerar que había cambiado el modo de vida de parte de las aristocracias, que a pesar de todo seguirían ocupando las villae. El problema es que en general no se encuentran los elementos relevantes que cabría esperar que identificasen a esos aristócratas. Una respuesta a esta cuestión cabe relacionarla con la mención de torres en algunos yacimientos, que en ocasiones se han vinculado a la fortificación de las villae. A. Chavarria lo descarta, señalando que en representaciones musivarias y descripciones muy anteriores ya se señala la existencia de torres, que serían sólo un elemento más de la monumentalización de estos edificios. Estando de acuerdo en la dificultad de defender la fortificación de esos conjuntos, sin embargo caben otras interpretaciones. M. Acién (2006;2008b) señalaba que al menos unos 80 topónimos actuales de las villas romanas tienen el componente en torre, torrecilla, torrejón etc. Y en las fuentes de época visigoda se registra reiteradamente el topónimo turris vinculado a villas. Así mismo, en fuentes vinculadas a la conquista islámica y posterior aparecen thurrus y bursch, con frecuencia como propiedad individual. Esta idea de torres como residencia aristocrática ha sido defendida también por otros autores (Gutiérrez 2011). Por tanto no se trataría tanto de la fortificación de las villae, sino de la sustitución de estas por torres, como el nuevo «modelo» de residencia aristocrática. En consecuencia no habría que buscar fortificaciones en las villae, sino analizar las características de las torres que en numerosas ocasiones aparecen cerca de las ruinas de estas, y algunas de cuyas características constructivas permiten diferenciarlas claramente de las torres bajomedievales. Esto podría explicar porqué desde el siglo vi ya casi no se construyen villae como residencias aristocráticas. No obstante, la existencia de un lugar como Pla de Nadal (Juan y Lerma 2000), indica que el problema está aún lejos de su solución. Todos estos elementos refuerzan la idea de que si el dominio de la iglesia sobre la ciudad era incontestado, su predominio estaba siendo desafiado sobre el territorio. En el siglo vii se había producido la consolidación de una aristocracia laica que disputaría a las instituciones religiosas el control de las poblaciones campesinas, que a su vez trataban de huir de unos y otros hacia la periferia montañosa de los territorios. Este aspecto se relaciona bien con la interpretación de que las aristocracias abandonaron las villae y que estas fueron ocupadas y transformadas por grupos campesinos con diversos estatutos de libertad (Arce 2005; Chavarria 2002;2005). La imprecisión de las fuentes documentales, y la sustitución del término villa por otros (Isla 2001) ha conducido a amplias discusiones sobre su significado. En otro orden de cosas hay también una vuelta a los planteamientos que señalaban que quizá algunas villae pudieron ser el origen de las aldeas visigóticas, aunque los datos son dispares. En el norte peninsular J. Quirós (2011) afirma que hay pruebas de continuidad en algún caso, pero también se conocen algunas aldeas visigodas que nada parecen deber a las villae (Vigil-Escalera 2000;2007). Por el contrario las aldeas visigodas son las que en al-Andalus quizá podrían identificarse con las qura (sing. qarya). Con frecuencia el término se ha traducido por alquería, lo que abriría la puerta a pensar que eran continuidad de la villa clásica. Pero Pierre Guichard (1988) estableció que eran conjuntos homogéneos de casas y de tierras dependientes de varios propietarios (o de una comunidad). En ellas, además de las propiedades individuales, había tierras comunales de montes y pastos. Aunque con una amplia autonomía organizativa, dependían de localidades mayores, o de ciudades. Las fuentes reflejan que su número fue elevadísimo. En el momento de la conquista se designa con este término a algo preexistente, cuando se indica que los miembros de los yund/s sirios se dispersaron por las alquerías (Acién 2008), o las distribuciones de tierras que entre algunos de estos lleva a cabo Artobás, hijo de Witiza (Aguirre y Jiménez 1979). El origen de estos lugares seria diverso, al igual que su evolución. Un buen ejemplo de los problemas que presentan puede ser el vicus Secunda, que pasará a ser la qarya Secunda, y luego a principios del siglo ix un importante arrabal de Córdoba. La dinámica de las poblaciones sin duda no puede ser contenida por como denominemos a los lugares en nuestras clasificaciones. A lo largo de este estudio hemos analizado la posición en la que desde el siglo xix se han situado el periodo visigodo y el primer periodo de al-Andalus. El principal elemento de interés no es la "topografía" concreta donde se sitúen los periodos, cuyo valor es sobre todo académico, sino la interpretación de las relaciones entre los distintos periodos, para poner de manifiesto las diversas lecturas. Hemos expuesto como en España se dibujaron varios paradigmas en abierto disenso con las teorizaciones europeas, y que sólo recientemente se ha tratado de encajar el relato hispánico en el europeo. Así mismo hemos tratado de mostrar como esos paradigmas ocultan unas concretas concepciones sobre el proceso histórico. Desde nuestro punto de vista, el aspecto más interesante para el análisis histórico del concepto de Antigüedad tardía es que en apariencia es incompatible con la idea de ruptura. Aunque a su vez sólo en algunos casos se desligue también del continuismo tradicional, asumiendo que lo que existe es una constante transformación. En este último caso se aproximaría a los planteamientos de lo que se ha definido como "proceso de transición", que en este marco quizá podría considerarse como una "aceleración temporal" de los cambios. En los años noventa la diversidad de relatos que empezaban a construirse en España y las dificultades que encontraban los historiadores para adaptarse, se reflejan en parte en las dudas que expresaba Manuel C. Díaz en la introducción a la gran revisión del volumen III de la Ha de España de Menéndez Pidal (Díaz 1991: 4-5). Desde entonces, un cada vez mayor número de especialistas han asumido que hay un proceso de cambio hasta el siglo viii (Fernández 2002). Más complejo sigue siendo aceptar que la misma teorización es aplicable a partir del siglo viii. En este ámbito hay que invertir los planteamientos existentes hasta finales del siglo xx. Por un lado implica aceptar que el "continuismo visigodo-asturiano" fue una construcción ideológica de los siglos ix-x, y que en consecuencia los reinos cristianos evolucionaron a partir de las poblaciones que habían resistido a romanos, visigodos y árabes, o que se integraron en el mundo carolingio. En uno y otro caso, es posible defender un proceso de transformación sin recurrir a los visigodos (Isla 2002). Por otro lado también es necesario aplicar el concepto de proceso en relación a la formación de al-Andalus. En este ámbito el término "continuismo" alude a las teorías decimonónicas de la Escuela de arabistas españoles a las que ya hemos hecho referencia. Mientras que la posición rupturista presenta una amplia variedad de formas. Todas ellas implican la supuesta aparición de al-Andalus como una sociedad totalmente formada desde el principio. Hay que reconocer que el peso de unos discursos ideológicos repetidos durante doscientos años hace extremadamente difícil sustraerse a esas concepciones. que plantea el periodo entre los siglos iii y x. Somos conscientes de que los ejemplos propuestos son escasos, en gran medida descriptivos y no analíticos, y que hay muchos más elementos que deben desarrollarse, pero el espacio disponible no da para más. De ahí el subtítulo de este trabajo, se trata de aportaciones para una compleja discusión, que en realidad lleva ya mucho tiempo teniendo lugar, como señalaba muy recientemente, en otro contexto, Lorenzo Abad (2014). Deberíamos tratar de que esta fuera más explícita, y conseguir que discurriera por los cauces de las teorías del análisis histórico, y no de los gustos o las preferencias. Finalmente no quisiera enredarme en un nominalismo estéril. Es posible denominar al periodo anterior al siglo viii Antigüedad Tardía y al posterior Alta Edad Media, como últimamente se propone, o hacerlo de cualquier otra forma, pero sólo si no se olvida que siempre será una división meramente instrumental, y que si se le da mayor valor, oscurecerá el análisis hasta impedirlo. Sin duda la metodología arqueológica y la técnica en la recogida de datos van a mejorar constantemente, pero si la capacidad de insertar la información producida en el discurso histórico no mejora al mismo tiempo, esta arqueología carecerá de utilidad. Antes de terminar conviene recordar que las dudas y discusiones a cerca de la cronología de este periodo es común a toda la historiografía europea. Basta recordar que Chris Wickham, autor probablemente de una de las síntesis más potentes que se han realizado últimamente sobre el periodo, optó inicialmente por un «marco temporal reducido» entre el 400 y el 800 (Wickham 2005). Y al mismo tiempo, los coordinadores de la primera obra de arqueología medieval europea, han optado por dedicar su primer volumen al periodo comprendido entre los siglos viii y xii, ante los diversos problemas de periodización existentes en el continente (Graham Campbell y Valor 2007; Carver y Klápště 2011). El problema por tanto es general, y probablemente irresoluble, ya que el proceso histórico, sobre todo si aceptamos que no se produce con rupturas bruscas, no tiene porqué ajustarse a los criterios académicos que se fijaron hace 200 años.
Inaugurada en 1885, la Necrópolis Romana de Carmona es el primer yacimiento en abrirse a la visita pública en España. Este museo ha prestado durante ciento treinta años un continuo servicio a la investigación arqueológica, la educación, el ocio cultural y el turismo, si bien solo el primero de estos aspectos es conocido. A través del estudio del archivo que posee la institución este trabajo profundiza en esos aspectos en el periodo entre 1885 y 1985, permitiendo una aproximación no solo al número de visitantes, sino también a sus características demográficas, al impacto de esta institución en el currículo escolar y en el turismo procedente de España y el extranjero, así como a la imagen que el yacimiento dejaba en los visitantes, normalmente muy alejada de las visiones oficiales sobre el patrimonio arqueológico. La bautizada en 1885 como Necrópolis Carmonense, aunque conocida desde casi los inicios de su andadura como Necrópolis Romana de Carmona (en adelante NRC), fue un proyecto cultural pionero en España, nacido al calor del interés por el pasado y la arqueología característicos de las élites burguesas de finales del siglo xix (Maier Allende 1997y Beltrán Fortes 2002). Esta precocidad viene referida al hecho de hacer visitable un yacimiento tras su excavación, puesto que ya existían ejemplos de museos de iniciativa pública y colecciones privadas accesibles a los visitantes en Andalucía, años antes de la inauguración de la NRC (López Rodríguez 2010: 203 ss.). Allende 1999: 42 ss.), a la par que se adquirían esos terrenos y se adecuaban a la visita pública, completándose la operación con la construcción de un museo de sitio donde exhibir los bienes muebles procedentes de las excavaciones, también el primero levantado en la Península Ibérica (Maier Allende 1999a: 58-66; Gómez Díaz 2006 y Rodríguez Temiño 2010 y 2014a). Los artífices de esta empresa fueron Juan Fernández López y George E. Bonsor. Del primero de los cuales, farmacéutico y erudito local, se tienen pocos datos biográficos, aparte de los mencionados por De la Rada y Delgado (1885: 83-84). Su producción como aficionado tampoco ha dejado una profunda huella, pasando prácticamente desapercibido para la posteridad (Maier Allende 2004 y Ayarzagüena Sanz y Renero Arrivas 2009), aunque su dedicación a la NRC y a la conservación y valorización del patrimonio arqueológico carmonense está siendo reivindicada recientemente (Ruiz Cecilia et alii 2011, Rodríguez Temiño 2014b). Sobre George E. Bonsor, pintor de origen anglofrancés, y su papel fundamental en el amateurismo arqueológico característico de finales del siglo xix y el primer tercio del xx, resulta fundamental la obra de Maier Allende (1999ay 1999b). Comenzada como una iniciativa privada impulsada por ambos eruditos, poco antes de la muerte de Bonsor fue donada al Estado español en 1930, quien ha mantenido su titularidad hasta su traspaso a la Junta de Andalucía en 1984. La pertenencia a la administración pública supuso para la NRC la pérdida de independencia, ya que a partir de 1938 pasaría a estar subordinada al Museo Arqueológico de Sevilla, situación que se ha mantenido hasta 1992, cuando la comunidad autónoma de Andalucía creó para su gestión una unidad específica, el Conjunto Arqueológico de Carmona, nombre con el que se conoce actualmente a la institución en el ámbito administrativo. La NRC ha pasado a la bibliografía arqueológica sobre todo por la investigación de los complejos funerarios que alberga (Rada y Delgado 1885; Bonsor 1931; Fernández-Chicarro 1969; Bendala Galán 1976, entre otros), siendo menos conocidos otros aspectos referidos a su gestión como museo. Si bien esta laguna se viene cubriendo para fechas recientes, queda aún por indagar la mayor parte de su existencia como institución museística. Sin embargo, el archivo del Conjunto Arqueológico de Carmona (ACAC en lo sucesivo) guarda una apreciable cantidad de documentos que arroja luz sobre temas desconocidos de la gestión museística de usuarios y visitantes entre finales del siglo xix y la actualidad. Si bien para los últimos treinta o cuarenta años, todas las instituciones análogas al Conjunto Arqueológico de Carmona pueden ofrecer datos y experiencias valorables, esta institución es prácticamente uno de los pocos yacimientos visitables en Europa con posibilidad de suministrar información fiable sobre su gestión desde finales del siglo xix, ya que la inmensa mayoría comenzó su actividad más tarde. De entre los documentos relativos a sus visitantes guardados en el ACAC, destacan los álbumes de firmas, cuyo inicio data del mismo día de la inauguración solemne de la visita pública1; los partes de trabajos que se remitieron trimestralmente al Ministerio de Educación Nacional entre 1938 y 1975 2, aunque la serie no está completa; las memorias anuales de actividades 3; las estadísticas de investigadores y visitantes 4; así como anotaciones dispersas de ventas diarias de entradas, postales y guías, de Juan Fernández López 5. A ellos deben añadirse otros depósitos documentales, como el de la Biblioteca Municipal de Carmona, con valiosas colecciones de periódicos locales de la época, como La Andalucía (Sevilla), La Revista, El Zurdo, La Sinceridad y La Verdad, todos ellos de Carmona y el último, además, propiedad de Juan Fernández López y de su hermano Manuel. Estas fuentes aportan datos cuantitativos -sin duda los más afectados por las lagunas y la heterogeneidad documental-e información cualitativa fundamentales para perfilar el papel jugado por la NRC como enclave cultural y educativo en su entorno social próximo que, poco a poco, irá incrementándose conforme las prácticas turísticas y el consumo cultural se extienda a amplias capas de la población. Pero sobre todo este cúmulo informativo permite contrastar determinados asertos teóricos en torno a las prácticas culturales, el turismo o la relación entre la escuela y los museos con la realidad dibujada por los datos, así como también acerca a determinados aspectos poco analizados de la figura de George E. Bonsor, auténtico generador de comunidades de usuarios. Por último, los comentarios libremente dejados por los visitantes ofrecen una idea prístina de la imagen que tienen del yacimiento y, por extensión, del monumento histórico y su función social. ANÁLISIS DE LA VISITA PÚBLICA A LA NECRÓPOLIS ROMANA DE CARMONA ENTRE 1885Y 1985 Con todas esas fuentes documentales se ha construido este trabajo que arroja luz sobre la gestión y el uso dado a una iniciativa pionera en el ámbito cultural a escala europea. Aunque en realidad no resulte fácil separar temáticas, como la visita cultural, el turismo o la educación, por cuanto que carecen de límites claros y sus contenidos se solapan al menos parcialmente, en lo que sigue se explicarán estos aspectos de manera segregada para favorecer su exposición. LAS FUENTES DE INFORMACIÓN Y SU VA-LIDEZ Una vez enumeradas las fuentes documentales conviene detenernos sobre su naturaleza y grado de fiabilidad. Como ya se ha explicado en la introducción, son tres las series documentales con datos útiles para la cuantificación anual del número de visitantes: los álbumes de firmas, los partes de trabajo y las estadísticas de visitantes e investigadores. Cada una de ellas tiene sus propias peculiaridades que, además, han cambiado a lo largo del tiempo, lo que ha repercutido sobre su grado de fiabilidad. Aunque no sean estrictamente consecutivas en el tiempo, sino que exista solapamiento entre ellas, cada una de las series ha sido usada como fuente principal para diferentes periodos: los álbumes de firma entre 1885 y 1960, los partes entre 1960 y 1977 y, finalmente, las estadísticas entre 1977 y 1985. Para comprender mejor la necesidad de recurrir a fuentes indirectas durante 1885 y 1960, deben tenerse presente varias circunstancias. En primer lugar, en el periodo en que la NRC era una propiedad privada (1885-1930), su régimen jurídico quedaba al margen de los museos estatales, con lo cual no le era de aplicación la normativa emanada para estos, y por tanto no tenían obligación de llevar la puntual estadística de los visitantes prevista en el artículo 60 del Reglamento general de los Museos regidos por el Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, aprobado por Real Decreto de 29 de noviembre de 1901. Bien es verdad que Juan Fernández López llevó un libro con la contabilidad de los ingresos y gastos donde se recoge el número de entradas vendidas a partir de 1887, pero no deja constancia del número de personas que accedían gratuitamente a las instalaciones que sabemos, por contrastar los datos suministrados por ambos documentos, debieron suponer un nutrido porcentaje. En segundo lugar, entre 1930 y 1940, la pertenencia al Estado de la NRC no supuso la asignación de personal facultativo para su dirección, sino que esta se encomendó de forma honoraria a Juan Rodríguez Jaldón, profesor de dibujo en Carmona, quien se interesó por las pinturas murales de los complejos romanos (Fernández Gómez y Baceiredo Rodríguez 2001), pero que no dejó ningún documento de carácter administrativo. Aunque fue en 1938 cuando se produjo la anexión de facto de la NRC al Museo Arqueológico de Sevilla, esta dependencia se formalizó mediante Orden de 28 de febrero de 1941. Sin embargo, por los motivos que fuesen, parece que Juan Lafita, director entonces del Museo Arqueológico de Sevilla, fue remiso a cumplir con sus obligaciones con respecto a la recopilación de estadísticas de la Necrópolis. Los principales documentos referidos a esa época custodiados en el ACAC son las quejas emitidas anualmente desde el Servicio de Inspección de Museos Arqueológicos ante la absoluta falta de cumplimiento en el envío de estadísticas de visitantes a ese centro directivo, desde el museo de la NRC. Tal actitud es reprochada por el director general de Bellas Artes que pone al museo de la NRC como deplorable ejemplo de incumplimiento de obligaciones. Por otra parte, los pocos años en que los partes de trabajo están completos, el número de visitantes se acerca bastante al obtenido mediante el conteo de las firmas. Con la llegada a la dirección del Museo Arqueológico de Sevilla de Concepción Fernández-Chicarro en 1959, se normaliza el tráfico de documentación administrativa. Esta normalización coincide con una creciente disminución en el número de firmantes en los álbumes, motivo por el que entre 1960 y 1977, las cifras se han tomado de los partes. Entre 1977 (último año con parte) y 1985 nos hemos dirigido a los libros de estadísticas de visitantes e investigadores, cuya llevanza comenzó en 1960 y fueron la fuente de la que se extrajeron los datos de los partes trimestrales. Otro aspecto no menor acerca de los álbumes de firmas ha sido dilucidar si el número de firmantes refleja grosso modo el de visitantes. No cabe, por supuesto, una respuesta categórica a esta cuestión, aunque por ciertos indicios es plausible pensar que, durante la etapa en que han aportado el principal caudal de datos, esta relación fue bastante equivalente. En primer lugar, para Juan Fernández y George E. Bonsor la finalidad de los álbumes, reflejada en la inscripción manuscrita en el primero de ellos y reproducida en un apéndice al Reglamento de la Sociedad Arqueológica de Carmona ([Fernández López] 1887: 18)6, aparece clara: servir como soporte para Como ya hemos explicado, se han realizado chequeos entre los datos aportados por los álbumes y los partes trimestrales de trabajos y los resultados son casi coincidentes hasta la década de los sesenta. No obstante, a partir de 1964 se observa un cambio porque el álbum debió de retirarse de la recepción del museo y sacarse solo para la firma de personajes y arqueólogos ilustres. El uso de los álbumes de firmas ha permitido distinguir entre hombres y mujeres, así como entre nacionales españoles y extranjeros, salvo cuando las firmas eran ilegibles, pero en los informes trimestrales no aparece la desagregación por género, con lo cual esta solo ha podido establecerse hasta la década de los sesenta. Mejor suerte ha habido con los grupos de visitantes ya que en los álbumes no es infrecuente su delimitación, ya sea mediante agrupación bajo un rótulo o una anotación sobre la naturaleza del grupo y, en ocasiones, también la procedencia, encerrada entre líneas o llaves o aislándose del resto de los fir-Necrópolis Carmonense (propiedad de los referidos Fernández y Bonsor) los señores que al margen se anotan; y rogados para que examinasen los trabajos de excavación hechos en el nombrado Campo (...). Unánimemente convinieron en que la empresa esta llevada a término con inteligencia y acierto y con una perseverancia extraordinaria y digna de los mayores elogios, siendo tan plausible la idea, que dejará alto ejemplo que imitar a cuantos estimen las glorias del país (...)". 7 Es bien conocido que Bonsor, que vivió casi veinte años en la casa aneja al museo de sitio, gustaba de llevar anotaciones en cuadernos y hojas sueltas sobre quienes le visitaban, tanto durante esta época como más adelante en su residencia del castillo de Mairena del Alcor (Peñalver Simó [coord.] 2010: 40-160). 8 "Libro de actas de la Sociedad Arqueológica de Carmona. Tampoco resulta raro que pueda establecerse la naturaleza familiar de algunos de ellos, evidenciada por la repetición de apellidos. En el "Libro de cargo y data..." ya mencionado, también se recogen datos que permiten inferir el tamaño de los grupos, corroborado por agrupaciones de firmas realizadas en los propios álbumes, e incluso las visitas individuales. En cuanto a las fechas, indicar que sobre las anualidades no hay mayor problema en su identificación, aunque el hábito de anotar la fecha de la visita tiene distinto ritmo según la procedencia de los visitantes. Mientras que desde muy temprano los extranjeros suelen añadirla junto a la firma, así como la procedencia, los visitantes españoles resultan ser más reacios a escribir esas indicaciones, no siendo frecuentes hasta la década de los veinte del pasado siglo. queología española y de la gestión del patrimonio arqueológico, resulta evidente que el esfuerzo desplegado amerita culminarse con su adecuada interpretación para evaluar su significado y aportación al estado actual de los conocimientos en esas materias. Conviene ahora hacer una ligera alusión a la distribución de hombres y mujeres que visitaron la NRC. Entre 1885 y 1935, periodo en que los conteos de visitantes se han basado en los álbumes de firmas, la proporción entre sexos es de 1 a 3, a favor de los hombres. El comportamiento de la visita femenina está asociado a grupos familiares (o posiblemente amigos). Destaca el alto porcentaje de mujeres en el grupo de usuarios de la NRC generado en torno a la figura de Bonsor, quienes además visitan la NRC acompañando a personas de fuera, con una función marcadamente protocolaria. En la segunda década del siglo xx, comienzan a ser más frecuentes grupos de mujeres que visitan la NRC sin compañía de hombres, en alguna ocasión incluso indicaron la procedencia y el día de la semana en que se realizó la excursión. Entre 1936 y 1985 el porcentaje de firmas femeninas (que no puede asimilarse siempre al de visitantes, como ya se ha indicado) experimenta un incremento al alza tanto por la importancia del turismo, como por la visita de escolares. En este estudio distinguiremos entre visitantes y usuarios, en atención a la frecuencia con que han accedido a la misma y a la mayor amplitud de motivaciones para hacerlo de los segundos frente a los primeros (Castañeda Alañón 2001-2002), ya que ello nos dará pie para entrar en otros aspectos relativos a la pluralidad de funciones que ha jugado la NRC, sobre todo en sus primeros tiempos, a la comunidad de usuarios asiduos generada en torno a ella y a sus primigenios dueños. Iniciales visitantes y usuarios El inicio de la visita cultural a la NRC se puede situar en el denominado acto de inauguración de la NRC, que en realidad fue una apretada jornada vertebrada por una visita guiada por Fernández López y Bonsor a los complejos funerarios excavados o redescubiertos para la ocasión (Rada y Delgado 1885: 7-10), al que sucedieron otras actividades de carácter festivo y cultural 11. Al término de las cuales los asistentes firmaron un acta en un libro, dando comienzo al primero de los álbumes de firmas. Los 29 invitados, elegidos por los anfitriones, procedían del ámbito sociológico en que se movían ambos. Además de los miembros de la Sociedad Arqueológica de Carmona (en adelante SAC), creada dos días antes, asistió "un gran número de personas de reconocida ilustración y entusiastas de los estudios históricos, representantes de las Reales Academias de la Historia y San Fernando, delegados de la Ilustrísima Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de la provincia, de la Excma. Diputación Provincial, de Municipio de Sevilla y las autoridades de esta ciudad [Carmona]" ([Fernández López] 1887: 17). Aunque no se relaciona en la Memoria de la Sociedad Arqueológica de Carmona, existe constancia de la invitación formal a Manuel Sales y Ferré, catedrático de la Universidad de Sevilla, así como del vicecónsul británico en Sevilla y otro súbdito británico residente en la capital, Srs. Johnston y McDougall, que firmaron más tarde, en su primera visita, en el hueco dejado al efecto. Para esta ocasión se diseñó una ruta y un discurso sobre la NRC, al tiempo que se tomó conciencia de la necesidad de establecer un control, por lo que en la página siguiente del álbum, bajo el rótulo "Visitantes 1885", comenzó un reguero de firmas que sin sustanciales soluciones de continuidad ha llegado hasta hoy (Fig. 2). 11 La prensa local y sevillana, invitada al evento, dio cumplida cuenta de la sucesión de actos celebrados ese día. El acceso a la NRC tenía el precio de una peseta, aunque era gratis para quienes fuesen acompañados de algún socio de la SAC cuando, además, asistiesen a una asamblea extraordinaria de la misma, según recoge el artículo 11 de su Reglamento. Si el alto porcentaje de analfabetismo registrado en España (y en la provincia de Sevilla12 ) en esa época no suponía ya una barrera infranqueable para el acceso del pueblo llano a la NCR, este cargo en la entrada sí que debió resultar disuasorio, teniendo presente que un peón en la NRC cobraba un sueldo de 46,50 Pts en 1887 por 31 días de trabajo13. Para la mentalidad del momento los destinatarios eran individuos de las clases acomodadas (Fig. 3), sin especial interés en facilitar la visita a las populares. A la vista de los datos tampoco cabe decir que el acceso fuese masivo. Durante los quince siguientes y no vuelve a aparecer en los álbumes de firma. En ocasiones, esta reiteración queda reflejada en algún comentario bajo la firma, del tipo "Es la segunda vez que vengo y espero que no [sea] la última", o más escuetas: "2 visita". A pesar de lo que podría presagiar la previsión de su Reglamento, el papel jugado por los miembros de la SAC en la repetición de las visitas no resulta especialmente relevante. Solo José Vega Peláez firma con cierta frecuencia y siempre acompañado de otras personas, lo que podría sugerir que tal frecuencia se debiese a una labor de guía de visitantes. Aspecto sobre el que volveremos a incidir más abajo. Otro hecho llamativo en torno a estos grupos de usuarios es el cambio de centralidad de Juan Fernández López a George E. Bonsor y la reacción del primero. Reiterando que la NRC ha estado bajo la égida de Fernández López ab initio y que en los invitados a la inauguración se advierte que son fundamentalmente una proyección de su esfera de socialización, no puede negarse que el influjo de Bonsor se hizo sentir más pronto que tarde y que los integrantes de la comunidad de usuarios durante finales de la década de los ochenta y los noventa están nucleados por él. No nos referimos a los arqueólogos nacionales o extranjeros que vienen a verla, habida cuenta de la notoriedad en el ámbito de la investigación arqueológica de Bonsor, sino a las relaciones sociales a escala local. Muchas de esas personas que firman en el álbum más que interés por ver las ruinas vienen a visitarlo a él, porque vivió en una casa aneja al museo hasta 1907, o a participar en diversos eventos organizados por él en la NRC, como el jubileo celebrado el 22 de junio de 1897 en honor de S. M. la reina Victoria (La Andalucía 26 de junio de 1897). El protagonismo social de Bonsor, al menos en el ámbito de la NRC, eclipsó la figura de Fernández López, quien solo de forma ocasional, cuando acompaña a alguna visita distinguida, firma en el libro después de 1887 o, cuando lo hace, como con ocasión del mencionado jubileo, apostilla señalando bajo su firma su condición de "Copropietario de la Necrópolis Romana". Cuando en 1907 Bonsor fija su residencia en el castillo de Mairena del Alcor, las visitas de este grupo serán más esporádicas, aunque él y su familia vendrán en alguna ocasión a la Necrópolis. El grupo de amistades personales generado en torno a la NRC tampoco aparece en el libro de firmas que Bonsor llevó en su castillo14, donde las coincidencias con los álbumes de la NRC se limitan a las familias de de escalones más bajos de esa pirámide, por ejemplo los etiquetados como "De la rama del comercio". Dentro de los grupos auto-identificados, resalta el de guardias civiles, que periódicamente firman en pareja. Cabría pensar en que fuesen mandados por Ángel Simó para cumplimentar algún servicio, pero resulta curioso que no solo firmen en pareja, sino que además también lo hacen en grupos, con sus mujeres. Es decir, que conocida la NRC por motivos del servicio, posiblemente después acceden a ella con sus familias en el tiempo de ocio. Esta visita de miembros del benemérito instituto fue frecuente entre la década de los noventa del siglo xix y la de los veinte de la centuria siguiente, pero se agotó en los años siguientes. Debido a su creciente notoriedad entre propios y extraños, la NRC se convirtió en uno de los hitos de Carmona y su visita un acto imprescindible en el agasajo a quienes venían a esta localidad por otros motivos. Eso ocurre con las misiones y visitas pastorales que tanto predicadores como miembros de la jerarquía eclesiástica realizan al arciprestazgo de Carmona (Ruiz Sánchez 2009). En todos los casos, se lleva a cabo una gira a la Necrópolis, con obligada firma en el libro, donde quien encabeza la comitiva suele dejar alguna oportuna anotación aclarando el motivo de su visita a la población17, así como alguna frase de tono trascendente ("El Arte para el hombre y el hombre para Dios", anotó Rafael González, presbítero de misión en Carmona en 1902). Este fenómeno de enseñar la Necrópolis en el curso de una visita a Carmona ha sido una constante que llega a la actualidad. Por la institución han pasado dejando su firma los infantes Alfonso de Orleans y Borbón, Carlos de Borbón y Rainiero de Borbón, que estuvieron en 1915; Carmen Polo, esposa del general Franco, en 1967, y el ex presidente de EEUU Jimmy Carter y su esposa Rosalynn en 1997, únicos dignatarios que anotaron además una frase amable agradeciendo las atenciones recibidas durante la visita: "This is one of the most interesting places we have seen! Sin lugar a dudas el grupo más conspicuo de visitantes es el segmento caracterizado por poseer un capital escolar alto. Este amplio grupo podría, a su vez, subdividirse en, al menos, dos conjuntos en función del grado de especialidad con respecto a la temática de la NRC. Por un lado, distinguiremos quienes poseen una vinculación profesional con la arqueología, el patrimonio histórico o los museos, incluyendo también en esta categoría a los cargos de las administraciones culturales, ya que en el periodo objeto de estudio en este trabajo era frecuente que los responsables públicos fuesen reclutados entre profesores universitarios. Por otro, aquellas personas que entran en lo que podría denominarse como "mundo de la cultura", ya tengan vinculación universitaria o no. Quedan excluidas de este apartado las visitas organizadas como complemento a la impartición de asignaturas universitarias, excursiones universitarias o viajes "fin de curso", por cuanto que este modelo de visitas se tratará bajo el epígrafe dedicado a la NRC y el aula. En Yourcenar (1960), quienes además dejaron amables comentarios en defensa del joven guía que les enseñó la NRC. El que podría considerarse como público experto organizó sus visitas tanto de forma colectiva, normalmente en el seno de asociaciones, como sobre todo de manera individualizada, es decir con pequeños grupos, de dos o tres personas, compuestos por familiares, amigos o colegas. El éxito de la primera reunión, llamada acto de inauguración, animó a los convocantes a repetir la experiencia un año más tarde, el 6 de junio de 1886 ([Fernández López y Bonsor] 1889), para la que de nuevo concitaron la presencia ANÁLISIS DE LA VISITA PÚBLICA A LA NECRÓPOLIS ROMANA DE CARMONA ENTRE 1885 Y 1985 de académicos, socios de la SAC, profesores, personas interesadas y políticos 18. Gracias a esas iniciativas la NRC fue visitada por académicos y correspondientes desde fechas muy tempranas, como Juan de Dios de la Rada y Delgado, Celestino Pujol y Camps, Adolfo Fernández Casanova, Francisco de Asís de Vera, correspondiente en Cádiz de la Real Academia de San Fernando, o Luis Martínez Kléiser, individuo de varias reales academias. Entre quienes se acercaron a conocer las excavaciones de forma particular, ignorando si fueron o no invitados de manera específica, destacan en los primeros tiempos (entre 1885 y 1887) Antonio Machado y Núñez, Giner de los Ríos o Manuel Bartolomé Cossío, estos últimos los dos primeros directores de la Institución Libre de Enseñanza. Enraizando con el valor dado por el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza al excursionismo como forma de acercamiento a la realidad y al patrimonio arqueológico, dentro del compromiso regeneracionista de la institución que no solo competían al mundo de la enseñanza reglada (Ortega Cantero 1984), destaca la figura de quien fuese el primer impulsor de este excursionismo a la NRC, Manuel Sales y Ferré (Beltrán Fortes 2004). En efecto, ya en 1883, Sales y Ferré se interesó por ver el desarrollo de las excavaciones junto a José Álvarez de los Corrales, empleado (Gómez Zarzuela 1885: 440) y Siro García del Mazo, propietario de una academia preparatoria para el acceso a la función pública (Gómez Zarzuela 1885: 300), ambos repetidores en las posteriores excursiones organizadas por el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla. En este primer viaje llegaron a Carmona en el tren de la Vega a las 8,30 horas, donde fueron recibidos por George E. Bonsor y los hermanos Fernández López. Desde allí giraron visita a las excavaciones, la puerta de Sevilla y el alcázar de Arriba. El propio Sales y Ferré publicó una crónica sobre esta excursión en El Posibilista (19/04/1883). Dos pasajes reclaman poderosamente la atención de ese texto: el primero, la preocupación por la pérdida de complejos funerarios y ajuares acaecida en años anteriores, confiando en que los nuevos responsables de las excavaciones, "que con algunos de sus amigos han formado una junta para costear los gastos que ocasione su exploración o conservación", recojan todos los materiales en una colección donde pueda estudiarlas el viajero. El segundo, el hecho de que Bonsor captara todo su interés, 18 El recuento de los invitados y el desarrollo de la jornada fue objeto de una detallada crónica en La Andalucía Moderna (08/06/1886), reproducido literalmente en Memorias de la Sociedad Arqueológica de Carmona (1887), páginas 33 a 38. convirtiéndole en el interlocutor de los locales durante la visita, mientras que los hermanos Fernández López quedan relegados a un segundo plano, hasta el punto de equivocar sus nombres y apellidos. Sales y Ferré siguió visitando la NRC, aunque excusase su participación en los actos de inauguración en 1885, y fue durante una de esas excursiones, concretamente en noviembre de 1886, cuando surgió la idea de fundar el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla. La institución nació el 6 de mayo de 1887 (Sales y Ferré 1887: 15 ss.), y apenas un mes más tarde vuelven a la NRC dejando expresa constancia del evento: "En expedición organizada por el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla, visitaron este museo y Necrópolis romana de esta histórica ciudad de Carmona, en 5 de Junio de 1887, dirigidos por el Sr. D. Manuel Sales y Ferré...". En esta ocasión dejaron su autógrafo personalidades como Cano Cueto, individuo de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y director del Ateneo, Feliciano Candau, Carlos Cañal, Joaquín Hazañas y la Rúa, Antonio de las Barras, Javier Sánchez-Dalp o Luis Montoto y Rautentrauch, que conforman un nutrido grupo no solo de historiadores, discípulos de Sales y Ferré y profesores de la Universidad, sino también de intelectuales de la Sevilla finisecular (Beltrán Fortes 2002 y Maier Allende 2002). Sus anuales visitas a la NRC se prolongarán hasta finales de la primera década del siglo xx. Concretamente Joaquín Hazañas no solo fue un asiduo visitante con grupos, sino que procuraba organizar estas excursiones con bastante antelación, pidiendo a los miembros de la SAC que hiciese el favor de buscar acomodo para el almuerzo así como la organización de una gira por la NRC y el resto de monumentos de la ciudad, entre los que destaca la iglesia de Santa María y las puertas de Sevilla y Córdoba19. La potencialidad que presentaba Carmona para la visita cultural y turística contrastaba con sus posibilidades reales, para desesperación de personas conscientes de la pérdida de todo tipo de oportunidades que conllevaba, como Juan Fernández López, que quiso implicar a la Comisión de Monumentos Históricos de Sevilla en la gestión de una apertura para que los visitantes pudiesen acceder a la Puerta de Sevilla, lo que finalmente no logró (Rodríguez Temiño 2014b). A partir de 1888, Bonsor comienza una nueva etapa de exploraciones arqueológicas, al margen del A juzgar por la lista de nombres desplegada en los párrafos anteriores, no exhaustiva pero sí bastante completa, resaltan más las ausencias que quienes dejaron su firma, sobre todo por las intensas relaciones epistolares mantenidas por George E. Bonsor (Maier Allende 1999b) y sus contactos con el mundo del coleccionismo extranjero. No hemos encontrado, por ejemplo, la firma de Arthur Byne ni de su esposa, Mildred Stapley. Los Byne, estudiosos de la historia del arte y la arquitectura en España, fueron comisionados por Huntington para adquirir también obras en su nombre antes de entrar a trabajar para Williams Randolph Hearst (Merino de Cáceres y Martínez Ruiz 2012: 267 s.). Durante ese tiempo tuvieron un sueldo específico para ello y al poco adquirieron el estatuto de conservadores de la Hispanic Society of America. Cuando Arthur Byne llegó a España en 1915, George E. Bonsor llevaba ya años comerciando con Huntington, resulta plausible pensar que el recién llegado se hubiese acercado a visitar NRC, pero no fue así o, al menos, no hemos hallado constancia de ello. Con respecto de los investigadores y arqueólogos del momento, pensamos que la NRC gozó de la consideración de yacimiento científicamente casi agotado, lo que le confirió un carácter marginal como lugar de interés para la investigación arqueológica. Además, a partir de la década de los sesenta, se producirá una eclosión de nuevas excavaciones y yacimientos visitables que fomentarán esa marginalidad, a pesar de la excavación del anfiteatro, hasta que a mediados de la década de los setenta sea objeto de una nueva interpretación. No obstante, sí parece, cuanto estrecho círculo de la SAC (Maier Allende 1999a: 91-132), que le pone en contacto con arqueólogos extranjeros, algunos de los cuales aprovecharon su estancia en la provincia de Sevilla para visitar la NRC. Williams R. Smith, J. F. Mckey y Arthur E. Shipley, del Corpus Christi College de la Universidad de Cambridge, institución de la que Bonsor interesó apoyo para la realización de la prospección arqueológica del Guadalquivir (Maier Allende 1999a: 93), o Jules Richard, de la Société des Antiquaries de L'Ouest, quien además realizó una extensa reseña sobre los descubrimientos de la Necrópolis (Richard 1889), se encuentran entre los iniciales visitantes desplazados de sus localidades de residencia para visitar a Bonsor. A ellos hay que sumar los arqueólogos franceses que trabajaban ya en España, sobre todo Arthur Engel y Pierre Paris, aunque de este último no hemos podido localizar su firma, nos consta que visitó la NRC, sobre la que, además, incluyó un capítulo en su obra Pro-menades... En todo caso, Engel sí fue un asiduo visitante de la NRC donde además pasó temporadas residiendo, a partir de 1889, aunque por la relación hecha en el periódico La Andalucía Moderna (08/06/1886) de las personas invitadas a la visita realizada en 1886 a la NRC, es sabido que ya entonces estuvo allí. Además, llevará a la NRC a otros arqueólogos que trabajaban con él en diferentes yacimientos sevillanos, sobre todo Itálica, como Aurelio Gali Lassaleta e incluso a Archer M. Huntington en 1898 (Álamo Martínez 2009), quien mantenía relaciones comerciales con George E. Bonsor, interesado este en vender su colección de objetos prerromanos a la Hispanic Society of America (Maier Allende 1999b: 139 ss. y Maier Allende 2009). También encontramos firmas de Andrés Parladé, Antonio Blázquez, Manuel Gómez Moreno, Ricardo Velázquez Bosco, Adrien de Mortillet, el Marqués de Cerralbo, Cayetano de Mergelina, Hugo Obermaier, Raymond Thouvenot y Anne Jourdan (de la Casa de Velázquez), así como otras personas que jugarían un papel importante en el futuro de la NCR, como Diego Angulo Íñiguez y Juan Lafita, entre otras menos conocidas, durante el periodo en que la NRC fue privada. Pasada la guerra civil, la NRC comienza poco a poco a entrar de nuevo en los circuitos de visitas de los arqueólogos, Juan de Mata Carriazo, Antonio García y Bellido, Francisco Collantes de Terán, José María Blázquez o Concepción Fernández Chicarro (Fig. 4), son nombres frecuentes desde finales de la década de los cuarenta, junto a miembros del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid o de la Bryant Foundation, en visitas siempre acompañadas de la directora del Museo Arqueológico de Sevilla y de la NRC. Conforme la firma en los álbumes se restrinja a personalidades en menos curioso, que no haya quedado ningún registro, ni firma ni en otro soporte, de Antonio Blanco Freijeiro, quien fue catedrático de Arqueología en la Universidad de Sevilla durante casi veinte años, así como de la numerosa escuela que formó en esa sede, sobre todo porque la NRC fue objeto de atención por algunos miembros de este grupo ([Luzón Nogué y León Alonso] 1996). LA VISITA TURÍSTICA EN LA NRC Con todo, expertos, personalidades, diletantes o integrantes del "mundo de la cultura", suponen un porcentaje mínimo de los visitantes: el público mayoritario ha estado compuesto por desconocidos viajeros y turistas que han accedido a la NRC desde su apertura. La parquedad de la información directa impide analizar procedencias, medios de conocimiento acerca de la NRC o las motivaciones de la visita. Por el contrario, otras fuentes indirectas nos acercan a aspectos desconocidos del turismo en la NRC como la constatación, a través de las anotaciones, de los ingredientes del turismo cultural típico: la complementación de la visita monumental y artística con el interés gastronómico. En 1894 encontramos un grupo de ocho personas, que deja este mensaje: "En 24 de Abril de 1894 visitamos este museo cuyo recuerdo no se borrará de nosotros, y el cual abandonamos impulsados por el aromático e invitante aroma de unos pollos con arroz". Hasta prácticamente la década de los sesenta del siglo xx, resulta imposible distinguir del núcleo de visitantes nacionales quiénes proceden de otras provincias distintas a Sevilla, salvo en contadas ocasiones. El único colectivo al que propiamente puede calificarse como turista es al extranjero por su mayor regularidad en la indicación de los lugares de origen. Ya desde el comienzo de la NRC, la figura de Bonsor sirvió como vehículo de atracción de la comunidad británica residente en Sevilla cuyos miembros aparecen con cierta frecuencia por la NRC, sobre todo la familia del médico John S. Langdon. Este sentido de comunidad aparece muy reforzado por la presencia de personas con funciones de cohesión religiosa (1889, en una visita de un grupo de seis personas de esta comunidad uno firma como "British Champelain of Seville"), pero también por la introducción de costumbres británicas desconocidas hasta entonces en España, como la práctica del fútbol, en la que Johnston, McDougall (también habituales visitantes que habían sido invitados a la inauguración en 1885) y Langdon desempeñaron un papel fundamental (Castro Prieto 2012). Las figuras 5a y 5b muestran que el turismo extranjero a lo largo del siglo xix fue minoritario, con números que no llegan al medio centenar anual, salvo picos anómalos. Los países de procedencia durante este periodo son principalmente Reino Unido, Francia, Países Bajos, EEUU, Noruega, Argentina y Dinamarca. Si bien no puede hablarse de ninguna estacionalidad concreta, se observa una concentración en los meses de primavera. Los visitantes suelen acceder en pequeños grupos de tres o cuatro personas, pero tampoco son infrecuentes los individuos que vienen solos. El relato simulado de la visita de un inglés a Carmona, aparecido en La Revista el 19 de febrero de 1888, bajo el título "Carmona por dentro", muestra, con el tono de parodia que usaron como recurso habitual los regeneracionistas, el comportamiento que podríamos calificar como típico del viajero del momento. Se trata de un hombre que viaja solo, que durante dos días se dedica a ver todo lo que puede, que anota cualquier dato que le llama la atención y Nacionales Extranjeros Figura 5a. El blanco de las críticas del articulista no era la ausencia de infraestructuras adecuadas (accesos, posadas, casas de comidas o indicaciones), ni el uso del turismo como fuente de ingresos (no cuestiona el pago por entrar en la Necrópolis Romana frente al acceso libre de iglesias u otros monumentos como el alcázar), sino la incultura generalizada del pueblo. Una ignorancia que lleva a explicaciones estrambóticas y fantasiosas que decepcionan al visitante, "que anota lo que ve, pero no lo que oye". La denominada por entonces "industria de los forasteros" generó, como en el resto del país, ciertas expectativas económicas en torno a la NRC, al menos en determinados personajes que, como José Lasso de la Vega o José Vega Peláez, frecuentaron la NRC quizás como guías. El primero de ellos dejó esta indicativa anotación en 1898: "Aquí estuvieron (sic por estuvo) la colonia Montañesa, el día 17 de mayo, vieron mucho, tomaron agua... y fuesen y no dejaron nada". En los primeros años del siglo xx, la acción estatal se deja sentir en el fenómeno turístico con desigual acierto (González Morales 2005). Hecho que quizás no se note tanto en la NRC por una mayor afluencia de visitantes cuanto por la aparición de profesionales vinculados al sector. Algunos visitantes firman como intérpretes, incluso como "intérprete del Hotel de Madrid" o "guía de Viajes Marsans", agencia española fundada en 1910, lo que denota la integración de la NRC en los circuitos turísticos del momento, cuyo componente monumental fue esencial. En fechas inmediatas a la Exposición de 1929 celebrada en Sevilla se advierte una afluencia sin precedentes de personas procedentes de Iberoamérica que, en bastantes ocasiones, resultan ser políticos o embajadores con sus cortejos de acompañantes. Después la visita caerá en la década de los treinta y cuarenta debido a la guerra civil y las políticas aislacionistas del régimen de Franco, para remontar en los sesenta con el auge del turismo de masas y la estandarización de los grupos comerciales. En esos años se amplía el listado de países de procedencia, aunque los más habituales continúan siendo de Europa occidental, a los que se une Italia, cuyos nacionales apenas habían estado en la NRC con anterioridad. Uno de los aspectos más llamativos asociados a la visita turística es la necesidad de explicación de los vestigios visitables, a pesar de los excepcionales medios de exposición con que contaba el yacimiento y el museo desde casi sus inicios. En efecto, tanto uno como otro disponían de rótulos identificativos. Incluso se había acondicionado la tumba 118 para dar una idea de las pinturas funerarias enfoscando y pintando la cámara a modo de réplica del original. La obra de De la Rada y Delgado, al igual que un catálogo del que no disponemos de ningún ejemplar, eran asequibles en el museo, aunque parece que no se vendieron más de una docena, entre ambos, en más de veinticinco años de contabilidad20. Pero a pesar de todas estas facilidades, el recurso fundamental ha sido la explicación de viva voz durante la visita. Esta forma de acercamiento al público ha estado presente desde el principio, ya que el acto fundamental en la inauguración fue un gira explicativa, fórmula repetida al año siguiente ([Fernández López y Bonsor] 1889). En esos casos, esta práctica respondía al supuesto mayor conocimiento que tenían los propietarios de la NRC sobre el resto de visitantes invitados, aunque los especialistas discrepasen más tarde de sus interpretaciones (Rada y Delgado 1885: 99-100) o de la ordenación de los objetos en el museo (Sales y Ferré 1887: 103). Pero salvando el ojo experto de unos pocos, para el resto del público el uso de guías es la forma más amena, cómoda y fácil de compensar la dificultad de intelección de lo que se está viendo y la ausencia de conocimientos sobre mundo funerario romano. Miembros de la Sociedad Arqueológica de Carmona y otras personas cercanas a los propietarios, cuyas firmas aparecen de forma frecuente en los álbumes, podrían haber desempeñado ese papel. No obstante, esta función estuvo ejercida por vigilantes o conserjes, de la que además se extraía un complemento económico. Ya Bonsor en carta dirigida a José Ramón Mélida (Maier Allende 1999b: 103) advertía de que esa función había sido asignada a los vigilantes como complemento a la mera guardia. Desde los comienzos, la NRC contó con guardias que cobraban la entrada en un régimen laboral desconocido. Luis Reyes, el trabajador más antiguo de las excavaciones, posiblemente fuese uno de ellos, si no el primero. Sin embargo, el mejor conocido es Fernando Ortiz Escamilla, que empezó a desempeñar esta función a comienzos de la segunda década del siglo xx. Ortiz Escamilla adquirió fama por pasar de ser prácticamente analfabeto a un "erudito orador que asombra con sus explicaciones a los visitantes", en opinión del Ayuntamiento de Carmona en el escrito por el que se unía a la petición de la Comisión de Monumentos para que se le concediese la Medalla al Mérito en el Trabajo, en 1960. Debe reconocérsele un interés autodidacta porque la única preocupación de Juan Lafita, que fuera su jefe directo durante más de veinte años, hacia él era que le otorgasen la condición de guarda forestal para poder llevar insignia y arma de fuego con la que ahuyentar a quienes se colaban en la NRC para robar almendras. Concepción Fernández-Chicarro, a poco de tomar posesión como directora de la Necrópolis Romana en 1959, pediría al Ministerio de Educación Nacional, del que dependía la institución, la dotación de una plaza de auxiliar porque uno de los graves problemas que advertía era que las visitas eran guiadas por el guarda, cuyas explicaciones "carecían de cualquier rigor científico". Su sucesor como vigilante no podía dedicarse a guiar visitas ya que este puesto lo tenía como segunda actividad, pero sus hijos sí. Uno de ello, a comienzo de los sesenta, acaparó cientos de comentarios en varios idiomas en los álbumes de firmas, en agradecimiento por sus instructivas explicaciones. El hecho de que el jeune guide de muchas de estas anotaciones ejerciese esa labor de intérprete entre los siete y los diez años no parecía importar mucho. Tampoco que lo hiciese solo con una retahíla de ideas reelaboradas a partir de los retazos de las que ofrecían Juan de Mata Carriazo o Concepción Fernández Chicarro a los visitantes universitarios o distinguidos a los que atendían y, por supuesto, en un español aderezado con algunas expresiones comunes en otros idiomas extranjeros. Lo cual da idea cabal del fenómeno turístico y el interés por la visita cultural en esa época. La rigurosidad no era tan importante como la disponibilidad de un recurso ameno, simpático y liviano, que colmase la expectativa de salir de la NRC con una idea ligera del interés de lo que se había visto durante la hora y media anterior. Por supuesto, sin que se preguntaran qué hacía un niño de esa edad en un yacimiento en lugar de estar en el colegio, lo que en sus países de procedencia podría ser considerado como causa de un grave escándalo. Se asumía como normal una situación que ya para entonces, incluso en el contexto español, resultaba ciertamente anormal, con esa superioridad, indiferencia y ausencia de crítica que caracterizan la mirada turística. Las explicaciones ofrecidas por este chico no solo colmaban las expectativas de turistas ávidos de cualquier información, sino de también un público que prima facie podría pensarse que sería más exigente. A finales de abril de 1960, una visitante, Khaty Stillis, deja anotado un comentario en forma de queja sobre el joven guía. Poco podría imaginar que al día siguiente serían Marguerite Yourcenar y Gracie Frick quienes defendiesen al chico. A esta familia le sucedió la de su hermano que ya había realizado funciones de guía durante los fines de semana, con lo cual la situación siguió tal cual. El traspaso de la Administración General del Estado a la Junta de Andalucía de la NRC no modificó tampoco el acompañamiento guiado de los visitantes por parte de los vigilantes. Sin embargo, la mayor disponibilidad de medios para la interpretación junto con la asunción de estándares más exigentes en la interpretación del patrimonio cultural, han introducido importantes cambios en esta práctica que, en la actualidad, recae sobre el personal técnico y directivo de la institución o sobre profesionales de la interpretación patrimonial. LA NECRÓPOLIS ROMANA DE CARMONA Y EL AULA La finalidad educativa de los museos es una característica ínsita de estas instituciones prácticamente desde sus orígenes como establecimientos abiertos al público, a partir de la segunda mitad del siglo xviii. Otro tanto puede decirse de los precoces yacimientos visitables. Fuera de nuestras fronteras existen actuaciones similares a la de la NRC, aunque cada una de ellas presente variantes específicas. Por ejemplo, en Cranborne Chase (Dorset, Inglaterra), Pitt-Rivers excavó una serie de complejos prehistóricos que singularizaban ese paisaje, disponiendo los objetos recuperados y algunos otros de carácter etnológico en museos locales con un ánimo decididamente pedagógico (Bowden 1991: 141-150). Sin embargo, la relación entre los museos y las aulas apenas si se materializará a lo largo del todo el siglo xix debido más a la incapacidad y desinterés de la educación reglada que a la reticencia de los museos. En España, el tiempo en que se inaugura y da sus primeros pasos la NRC está marcado por una aguda contradicción, en lo referente a la escuela y a la educación reglada en general. Frente a desarrollos teóricos y prácticos vanguardistas, pero de alcance muy limitado, se abre una práctica sumida en el caos, la incapacidad y la ausencia de medios materiales y humanos, aderezado todo ello de altas dosis de abandono e incompetencia política. Ambos extremos tienen fiel reflejo en la NRC. Las apetencias de limitar la libertad de cátedra del primer gobierno canovista provocaron la renuncia o apartamiento de un pequeño, pero muy activo, grupo de catedráticos de universidades e institutos, cuya respuesta al ambiente represivo de la Restauración fue la creación de la Institución Libre de Enseñanza. Sus impulsores, muy influidos por el krausismo, pensaron inicialmente dedicarse a la enseñanza superior, pero a poco de comenzar, la Institución se orientó hacia la enseñanza primaria y el parvulario (Morales Moya 1984: 86-87). Dentro del ideario pedagógico institucionalista, desarrollado sobre todo por Manuel Bartolomé Cossío, el excursionismo como actividad física y educación moral tuvo un peso importante en el ámbito educativo escolar (Otero Urtaza 1994: 144 ss.). Pero junto a esta modalidad de excursionismo escolar, profesores y alumnos de la Institución Libre de Enseñanza practicaron el viaje de estudios como medio para estar en contacto con la realidad europea y nacional, para abrirse también a la comprensión de la geografía y de la historia, asociadas indisolublemente en la configuración de los territorios. Estos viajes de estudio, de ocho a diez días de duración media, se preparaban con detenimiento y esmero, prestando atención a los lugares que debían ser visitados por diversos motivos, entre ellos su carácter monumental. En una de esas austeras y documentadas escapadas, Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío estuvieron en la NRC, concretamente el 31 de mayo de 1888. Aunque aparecen ellos dos solos como únicos visitantes de ese día, no cuesta trabajo suponer que fuesen Sales y Ferré o Sánchez Dalp, ambos habituales de la NRC, quienes les indicasen la existencia de este nuevo punto de interés en las proximidades de Sevilla. Los cuatro habían hecho un viaje juntos por Europa el año anterior (Morales Moya 1984: 91). En el papel fundamental otorgado al estudio de la historia dentro del proyecto regeneracionista plasmado en la obra de Rafael Altamira, muy influido por los postulados institucionalistas, la visita, el conocimiento de los objetos reales, de las excavaciones arqueológicas como contrapunto necesario a las fuentes clásicas, supone no ya un complemento sino las bases mismas de la renovación del conocimiento sobre la antigüedad (Altamira 1997(Altamira [1891]]: 227 ss.). La idea de movilidad formativa que comportaba el espíritu institucionalista fue llevado a la práctica -como se ha visto-por el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla. Mas al ser muchos de sus miembros profesores universitarios se trasladó al aula este sentimiento, como complemento práctico de la asignatura teórica. Carlos Cañal, Feliciano Candau, Joaquín Hazañas y la Rúa, Joaquín Romero Murube, Francisco Murillo, Diego Ángulo Íñiguez, tanto de estudiante de Filosofía y Letras como ya de profesor, fueron asiduos guías de visitas universitarias. Estas visitas se circunscriben a los alumnos de asignaturas, como Geografía Histórica, Historia Universal o Historia de España, de la carrera de Filosofía y Letras; del resto de licenciaturas no se registran visitas, aunque la NRC sea frecuentada por profesores y catedráticos de ciencias naturales o los responsables del Museo de Geología de la Universidad Hispalense. centros asociados en la provincia, entre ellos el de San Teodomiro en Carmona, propiedad de los hermanos Fernández López, era ciertamente más exigente con los programas educativos ya que fueron muy valorados por la mesocracia liberal. Sin embargo, aunque en los planes de estudio consultados existían asignaturas relativas a la historia de España, no estaba en su ánimo el excursionismo o salir de las aulas para cotejar en el entorno lo que se aprendía en ellas (Real Apolo y Calderón España 2006). Con estos mimbres no resulta extraño que hasta 1906 no se apunten los primeros indicios de personas cuya visita esté relacionada con el ámbito escolar. Se trata de los salesianos de Sevilla y Málaga, pero no hay constancia de que estuviesen acompañados de sus alumnos. No obstante, la presencia en dos ocasiones ese mismo año vincula plausiblemente su visita con finalidades ligadas a la escuela del S. Sacramento, donde se impartía Enseñanza Primaria y Secundaria obligatorias, fundada en 1897 en Carmona, diecisiete años más tarde de la fundación de la primera escuela salesiana en España, ubicada en la cercana localidad de Utrera (Rodríguez Villacorta 2006: 250). En 1913 firma un grupo de responsables salesianos tanto a escala nacional, el Superior y el ecónomo, como de Andalucía y Carmona. Dada la composición del grupo pensamos que estamos ante una visita cultural a la NRC en el marco de una gira oficial al colegio salesiano de Carmona. También en 1904 se produce la primera visita de la Escuela Normal de Sevilla. Los centros normalistas habían vivido desde su fundación, a mediados del siglo xix, bajo unas coordenadas poco propicias a cualquier cambio en la metodología de la enseñanza, a pesar de las habituales reformas de que fueron objeto sus planes de estudio. La escasa dotación económica, su origen y base popular y la falta de demanda social de instrucción, marcaron su desarrollo en la segunda mitad del ochocientos, aunque paulatinamente se potenciaron otros medios educativos, como las excursiones, las visitas monumentales o los certámenes (Ávila Fernández y Holgado Barroso 2006: 134-136). En 1918 firma Isabel Ovín Camps, primera mujer en licenciarse en Ciencias Químicas en España, aunque ejerció de maestra en Carmona en una especie de academia que suplía la ausencia de instituto de Bachillerato en la localidad, pero tampoco consta que llevase a los alumnos. La primera evidencia de una visita escolar compuesta por profesores y alumnos es de 1928, del colegio del Ave María ("Alumnos del Ave María visitaron esta Necrópolis Romana el 23 de enero 928"), a pesar de que su fundador Andrés Manjón rechazaba de plano el ideario ins-titucionalista por contrario a la fe católica (Canes Garrido 1999) 22. A partir de los años treinta se normaliza la visita de alumnos de diversos centros escolares, entre ellos de Carmona. El tenor de las anotaciones refleja la asimilación de la excursión escolar como complemento educativo de las asignaturas impartidas en las aulas: "En la visita que hicieron a esta Necrópolis Romana, los alumnos de Historia de España del Centro Educativo Carmonense, el día 16 de Octubre de 1932, estamparon su firma en este libro de visitas, como testimonio de la admiración que les ha producido esta joya monumental". O "El sábado 24 de diciembre de 1934 visitaron esta Necrópolis alumnos del colegio del Sagrado Corazón de María de la ciudad de Sevilla, admiraron los restos de aquellos preclaros genios y no genios romanos que alumbraron con sus sapiencias y desaciertos toda la invicta vega de Carmona y aquí queda estampada esta reseña de la visita que es firmada en el nombre de todos ellos por (...)". Tras la guerra civil, las visitas escolares vuelven a estar presentes desde 1942, incrementándose de forma paulatina con el paso del tiempo. A partir de los cincuenta son muy numerosas, las firmas del propio alumnado llenan muchas páginas de los álbumes, incluso dejan comentarios (u ocurrencias, del tipo "mens sana in corpore sano") relativos más a la impresión causada por el propio viaje u otros aspectos personales, que a los vestigios que han visto (Fig. 7). Si se hiciese una tabla de qué centro escolar ha dejado más constancias de su visita, el palmarés habría que El contenido de los dos comentarios escolares anteriores, con el tono reverencial hacia la antigüedad y el carácter monumental de la NRC, permite introducir este último aparatado dedicado a la idea de los visitantes sobre este yacimiento y, a partir de ahí, sobre el patrimonio arqueológico. Este tipo de indagaciones sobre la imagen popular de la arqueología, tan de boga en la actualidad de mano de la arqueología pública (Almansa Sánchez 2006), no pueden hacerse con carácter retrospectivo, habida cuenta de las técnicas demoscópicas de investigación. Por ello los álbumes de firmas y sus comentarios suponen una fuente valiosa y casi única para abordar esta temática en épocas ya pasadas. Antes de analizar cualitativamente los asientos dejados por los visitantes, debe tenerse presente la naturaleza de estos testimonios. Aunque firmar en el álbum haya sido casi una obligación de cortesía durante mucho tiempo en la NRC, dejar un comentario no. Pero tampoco ha obedecido siempre a un mero acto volitivo, en ocasiones fue parte del protocolo de una visita formal. Con lo cual resulta útil diferenciar aquellos comentarios escritos como producto de una situación de compromiso, de aquellos otros que corresponden a un deseo espontáneo de quien lo hace. Las situaciones formales usualmente dejan otras huellas: identificación de la persona que firma con señalamiento expreso del cargo que ocupa o título que ostenta, la firma de otras personas que la acompañan, ya sean familiares ya colaboradores de menor rango, o alguna introducción o presentación escrita por el responsable en ese momento de la NRC. Si se excluye la mera anotación de la fecha o el lugar de procedencia, ya que no ofrece información a los efectos que ahora nos interesan, se contabilizan 696 anotaciones, si bien casi la mitad son agradecimientos al joven guía de la década de los sesenta. Otros muchos tienen un contenido meramente denotativo de la presencia en la NRC en tal fecha, usando fórmulas como "En recuerdo de nuestra visita a la Necrópolis Romana de Carmona" o similares. Práctica que se hace bastante común a partir de la década de los cincuenta. Por contra, otras anotaciones presentan un valor connotativo que expresa algún sentimiento o idea sobre lo visto o inspirado en ello, o bien sin relación alguna con la NRC. Estos últimos, entre los clasificables como espontáneos, son los de mayor interés ahora. Las muestras de anotaciones formales suelen ser más frecuentes en los treinta primeros años de vida de la NRC, cuando los propietarios estaban aún vivos y posiblemente recibían o acompañaban a los ilustres visitantes que dejaron esas muestras de reconocimiento, por lo que existen alusiones a ellos. Así, por ejemplo, Francisco de Asís de Vera, de la Real Academia de San Fernando, en visita realizada en 1892 escribe: "Felicito a los Srs. D. Jorge Bonsor y D. Juan Fernández López, por este patriótico descubrimiento de la Necrópolis". Carlos Cañal en 1893, "Apliquen su actividad todos los que en Carmona se dedican a los estudios arqueológicos y con poco más que se descubra lograran mostrar al mundo la historia del hombre en nuestra España". José Lasso de la Vega, congresista de origen local, el 20 de marzo de 1896 anota: "¡Gloria a los descubridores de la Necrópolis Romana. La posteridad les deberá gratitud!". En 1902, Vicente Blasco Ibáñez, también deja constancia de su admiración por la obra de Fernández López y Bonsor, "Admiro el entusiasmo y la fuerza de voluntad de los descubridores de la Necrópolis de Carmona". Incluso también en este tipo de reconocimientos, se advierte el olvido de la figura de Fernández López, Lucas Mallada de la Comisión del Mapa Geológico de España, anota en 1905 "Merece bien de la Patria y de la ciencia el ilustre Extranjero (sic por extranjero) que descubrió y ordenó las riquezas arqueológicas de esta Necrópolis". Años más tarde, en 1926, un visitante de firma ilegible deja "Felicito al señor Bonsor por la preciadísima labor patriótica de reconstrucción arqueológica que con singular acierto ha llevado a cabo". Bien cierto es que en esta segunda fecha, Fernández López había muerto el año anterior y George E. Bonsor estaba en un momento de máximo reconocimiento social, al año siguiente lo honrarían con el nombramiento como hijo adoptivo de Carmona, aunque hacía casi veinte años que ya no vivía en la localidad. Junto a esos reconocimientos de los propietarios y excavadores, un amplio elenco de anotaciones, tanto formales como espontáneas, deja constancia de una idea de la arqueología y la antigüedad como temas solemnes que descubren sorprendentes maravillas dignas de admiración, pero sin conexión alguna con la actualidad: los yacimientos monumentales son joyas que adornan la historia patria. Lógicamente están dejados por nacionales españoles y, dentro de los formales, es el tono más común hasta los años cincuenta. Sin embargo, no creemos que ello soporte la relación entre turismo y nacionalismo, en el sentido de que este haya sido el motor del interés de la visita monumental por parte de los turistas (Díaz-Andreu 2014). Fundamentalmente porque, aun cuando el surgimiento de las naciones moviese la aparición de historias nacionales y la valorización de monumentos que la ejemplificaban, como se ha visto en las páginas precedentes, la motivación nacionalista está totalmente ausente en el ideario de los promotores de la NRC, más acorde con el regeneracionismo finisecular. Además, frente a determinadas campañas de excavación patrocinadas por los organismos públicos, como las de Numancia en 1853 y entre 1861 y 1867, las de la NRC fueron una iniciativa privada, ajenas a la idea de enriquecimiento del acervo cultural español que presidía aquellas (Rivière Gómez 1997). En cualquier caso, debe tenerse presente que este tipo de anotaciones responden a situaciones protocolarias o formales, donde importa decir algo con relación a las grandes narrativas sociales, sean patrióticas o religiosas, pero no dejan de ser puros recursos retóricos. El tema fúnebre también inspira comentarios escatológicos, sobre todo en personas pertenecientes al clero católico. Salvo contadas personas que son expertas, en la mayoría de comentarios se observan imprecisiones terminológicas o conceptuales y, en no pocas ocasiones, dificultad para expresar de forma clara las ideas, debido sobre todo a la improvisación del momento de redactar la anotación. Una persona que se identifica como licenciado en Derecho, en 1895, escribe: "Absorto he contemplado los magníficos ejemplares que han dejado en este sitio las civilizaciones que pasaron del arte en sus diversas manifestaciones; entre ellas y sobre todo, las antiquísimas osamentas de los primitivos individuos de la especie humana, proclaman elocuentemente cómo todo es efímero y pasajero y la inmortalidad e infalibilidad de la existencia de Dios". En 1898 otra persona no identificada deja la siguiente observación: "Los grandes pueblos dejan a su paso grandes obras como huellas". O "Admiro en la Necrópolis Romana el triste fin de la grandeza humana" (1899). Alejandro Leroux, en 1902, deja un mensaje de tono profundamente regeneracionista, "La ciencia regenerará a la sociedad y el arte embellecerá la vida. Ciencia y arte, antiguos y modernos, harán la revolución". En 1905, el presidente del Ateneo sevillano anota, "El estudio de la arqueología es tan importante que mediante él se rectifican los errores de la Historia". La primera anotación en una lengua extranjera, hace una precisión de carácter arqueológico. Y en 1908, en un asiento, se mezclan todos los temas anteriormente aludidos: "Si alguna vez la Revolución arrojara nuestros huesos de sus sepulcros, cuando duerman a la sombra de la Madre Iglesia, gracias a la Arqueología no perecerán: esta atravesará los siglos llevándolos en sus alas y los guardará en un museo ¡Menos mal!". Los comentarios de Tomás Domínguez de Arévalo, conde de Rodezno, y de Martínez Kléiser, periodista y académico sevillano, manifiestan en 1905 una acendrada ideología de corte racial, muy próxima a las que surgirán años después en los totalitarismos europeos, vinculada al pasado manifestado por los restos arqueológicos. Dice el primero: "El descubrimiento del pasado y la investigación histórica proporcionan al hombre dos grandes satisfacciones: una positiva, la verdad, y otra, la ilusión consoladora de ensanchar el pequeño campo en que nos movemos para enlazarlo con la génesis gloriosa de nuestra raza". El segundo, por su parte, anota: "Las razas se perpetúan a través de los tiempos; pero esta perpetuación sólo alcanza de las generaciones el recuerdo. Un pueblo tan fuerte y tan soberano como el de Roma sólo llega hasta nosotros como un sueño del pasado que nos ofrece sus cenizas". Por último en esta serie, reproducimos el comentario de un presbítero en 1941: "Hoy 11 de Noviembre de 1941, mes conmemorativo de los difuntos, visitamos esta Ciudad de muertos recordando en cada tumba su muerte eterna, ya que muchos de ellos ni siquiera guardaron la ley natural. Creo con Santo Tomás que algunos recibirían el bautismo exvoto. Descansen en paz los que vivieron con Dios. Nota: Llovía en fecha ut supra". Otros comentarios minoritarios en este lapso de tiempo, pero no por ello menos relevantes, reflejan una visión mucho más intrascendente, proyectando una opinión personal sobre lo que ve, o aprovechando la ocasión para dejar alguna ocurrencia sin vinculación alguna con los vestigios. En 1891, una de las primeras anotaciones reza: "¡... Y sobre estas tumbas se ven lozanas las higueras chumbas....!". Seis años más tarde, leemos: "A los muertos romanos lo mismo les deseo que a los cristianos RIP". En 1898, otro manifiesta "Uno que no ha visto nada, pero se lo supone todo", quizás debido a la dificultad de comprensión de los complejos funerarios. Hubo quienes prefirieron hacerlo en verso (1910): "¡Oh Necrópolis Romana/ Evocadora evidente/ De recuerdos del pasado!/ Un hombre de edad temprana/ Que es poeta y no es creyente,/ Confiesa haberte admirado". Otras personas dejan también testimonios de sorpresa y admiración desde connotaciones personales. "Me dan ganas de haber sido Romana (sic)", señala una mujer en 1911. Otro, ya en 1920, "Recordando al gran Nerón hay mucho que contemplar en este salón que es muy digno de admiración, para saberlo apreciar". En 1925, "La visita es ligera; cada objeto es un misterio, un pretexto para mirar el pasado, acercándonos al hombre trogolodita". Conforme se avanza en el tiempo, los comentarios muestran mayor desafección con respecto de los vestigios visitados. En 1931, un visitante escribe "La Necrópolis me ha dejado un poco triste. Es algo dramático aquello de los ritos funerarios, las plañideras, etc. Yo, un espíritu de hoy que he vivido en Hollyvud (sic) y que prefiero el cabaret al atrio, la manzanilla de Sanlúcar a los perfumes de Roma; que lejos de evocar la espada, pienso en la suprema felicidad de haber nacido en el siglo xxx (sic)". Por último, dos comentarios en 1941 que conectan, no sin ironía, la dura realidad del momento con lo que ve. "Ya no quedan muertos en los hoyos y para los vivos quedan pocos, poquísimos bollos" (Fig. 8). Más escueto, el segundo escribe la fecha bajo su nombre (el 8 de junio de 1941) y añade "Segundo año racionado ¿Quién verá el tercero?". Estos ejemplos, aunque sean una mínima parte de los existentes dan fiel idea de lo expuesto. La distribución de anotaciones en la horquilla cronológica analizada revela un progresivo aumento conforme avanza el tiempo y se expande el hábito de escritura, hecho observable en la mayor soltura generalizada en aspectos caligráficos como la proporción entre las letras o la grafomotricidad de la rúbrica. Pero esta mayor frecuencia de asientos también fue consecuencia de un crecimiento del culto al yo y a los sentimientos personales, aunque fuesen intrascendentes o anecdóticos, frente a lo que hasta entonces era la objetividad incuestionable de la ruina monumental o antigua, ante la cual había que rendir cumplido tributo de admiración o pleitesía para seguir el comportamiento socialmente sancionado. La distribución de anotaciones de contenido evocador hacia la arqueología o los monumentos como glorias de la patria son más frecuentes entre finales del siglo xix y los primeros decenios del xx, reflejando cómo ha calado en estas burguesías cultivadas que acceden a la NRC tanto un vago sentido regeneracionista, como sobre todo la forma en que se les había explicado la historia, en la cual los vestigios arqueológicos eran meros adornos en un relato historiográfico vinculado a la génesis de España como nación, su conexión con el nacionalismo nos parece indudable, pero laxa. Por otra parte, la casi total ausencia de este tipo de rememoraciones en los cuarenta y su práctica desaparición a partir de los cincuenta, sustituidos por visiones más personales o, sobre todo, anotaciones que pretenden exclusivamente dejar constancia de la visita, contrasta con la ideología dominante y su empeño en las ideas de patria y un reforzado nacionalismo de corte étnico, lo cual revela la poca impregnación social de la que gozaron, más allá de las élites administrativas o algunos profesionales de la arqueología. A modo de apretada conclusión, solo cabe resaltar la importancia y validez de estos documentos, generalmente despreciados en los estudios históricos por su autoría difusa, como fuentes esenciales para el estudio de la gestión de espacios patrimoniales. De la explotación de estos datos debe destacarse el amplio impacto que tuvo, desde sus orígenes, la NRC en el ámbito cultural sevillano, sobre todo en aquellas personas interesadas por la historia y la arqueología, normalmente vinculadas a la Universidad o a asociaciones culturales (el Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla), pero no así en el resto de la mesocracia burguesa tanto capitalina como de la provincia. Llama poderosamente la atención la tardía incorporación de los escolares en la visita a la NRC, pese a la llamada a las visitas patrimoniales que se estaba haciendo desde los círculos institucionalistas, lo que permite deducir que su eco fue más bien tardío en el ámbito escolar español, al menos en este aspecto. Además, se observa un importante cambio entre los visitantes en la década de los sesenta, cuando la visita se masifica al tiempo que se "democratiza", lo cual se manifiesta en la pérdida de interés por parte de los visitantes, quienes hacen gala de un grado de conocimiento y sensibilidad menor que los de años anteriores. Así, estos se muestran ávidos de ver y no de saber, un conocimiento que sí demandaban los primeros visitantes de la NRC. Además, este menoscabo se observa en la simplificación y empobrecimiento de la imagen que se tiene sobre la Necrópolis Romana de Carmona.
Este libro puede definirse como un estudio de la larga duración de la presencia griega en la Península Ibérica, desde el Arcaísmo hasta la época bizantina. El "Oriente" del título sólo serviría para excluir las relaciones con el mundo colonial occidental, lo que no se cumple del todo. La confluencia de diversas especialidades permite la utilización de fuentes variadas para hacer más completo el panorama. Como inicio, se plantea la problemática de las fuentes escritas griegas (Domínguez), entre la arqueología, las tradiciones, la toponimia y los relatos míticos. A través de una perspectiva dinámica se puede llegar a una actitud equilibrada en lo que suele enfocarse como dicotomías irreconciliables. Gracias a este equilibrio se puede atribuir una nueva valoración a los datos sobre la presencia griega en la Península. Domínguez insiste sobre todo en los datos referentes a los procesos de sincretismo, explicables sólo a través de una concepción etnológica flexible, caracterizada por la interacción y no por el aislamiento. El testimonio de la epigrafía muestra que el comercio era la actividad principal, proyectada en la extensión del uso de la misma entre poblaciones locales (J. de Hoz), para lo que no hay que hablar de colonización propiamente dicha. Naturalmente, no todas las inscripciones indican la presencia de población griega, dado que pueden haber llegado por otros conductos, posiblemente fenicios. En general, los escritos locales son más exclusivamente comerciales, lo que colabora a caracterizar los modos de presencia griega. Desde mediados del siglo V se notan cambios indicativos de una presencia más estable, como la escritura greco-ibérica, aunque siempre con un carácter comercial y limitado. Los documentos más significativos muestran un lenguaje habituado a las prácticas comerciales. J. de Hoz pone de relieve, en cualquier caso, la peculiaridad de un documento como el plomo de Pech Maho. El panorama se completa con el estudio de los sellos anfóricos (Tremoleda y Santos). Al parecer, en época helenística predominan las importaciones de vino de calidad desde las islas del Egeo, sobre todo de Rodas. En segundo lugar destacan las ánforas de procedencia grecoitálica, que se encuentran más bien en los poblados ibéricos. Importa el papel de estas prácticas como puente hacia la romanización. Destaca la difusión de la moneda griega en las colonias y entre los pueblos vecinos (García-Bellido). Con los cartagineses se repartieron el influjo sobre el área mediterránea de la Península Ibérica. Los datos indican contactos muy antiguos con los griegos de oriente. Una de las primeras manifestaciones culturales, proyectada en la moneda, es el sincretismo de Heracles y Melkart. También a través de las monedas se documenta la convivencia de poblaciones externas en la Península, en varias localidades, sin necesidad de asentamientos estables, hasta los de Ampurias y Rodas. Así se van haciendo coincidir los datos arqueológicos y las fuentes escritas. La moneda griega también sirvió como instrumento de definición de las entidades locales, en compañía de otros instrumentos como la adopción de mitos fundacionales o de imágenes religiosas, más o menos sincretizadas. En cambio, la presencia de los mosaicos orientales se refiere a la época en que Roma se ha convertido en el eje de las relaciones con occidente (López Monteagudo). La persistencia de inscripciones griegas en mosaicos de Ampurias (Gómez Pallarés) atestigua la intensidad de la presencia helénica a lo largo de la historia de la colonia, aunque también se encuentran inscripciones en asentamientos romanos, como Itálica. De las inscripciones griegas o latinas con nombres griegos se obtiene igualmente la conclusión de que se trata fundamentalmente de usos onomásticos debidos a razones sociales: la presencia de esclavos y libertos dentro del mundo romanizado (Beltrán). Ello no quiere decir que no existan casos indicativos de la presencia de griegos aislados a lo largo de las épocas republicana e imperial. D. Plácido Universidad Complutense F. A. Escudero y M. P. Galve (coords.), Las cloacas de Caesaragusta y elementos de urbanismo y topografía de la ciudad antigua, Institución 'Fernando El Católico', Zaragoza 2013, 492 pp. ISBN: 978-84-9911-231-2. Densísima y oportuna monografía publicada en 2013 bajo la coordinación de Francisco de Asís Escudero y María del Pilar Galve, que arropan su estudio sistemático sobre las cloacas y la gestión de las aquae caducae en la Caesaragusta romana, tan interesante como pertinente, con una puesta al día del tema en una larga selección de ciudades de la Tarraconensis, Lusitania y Baetica, lo que convierte al libro en un estudio de referencia, insustituible como introducción a aquél, y perfectamente complementario de los trabajos que coordinaron en 2011 J.A. Remolá y J. Acero como homenaje al malogrado X. Dupré (que había publicado ya al respecto con el primero de ellos), o los de C. Carreras y J.F. Rodríguez Neila, del mismo año, en lo que se refiere específicamente a Hispania. Hablo de una obra necesaria bajo todo punto de vista, dado el incremento informativo generado a partir de la proliferación sin precedentes de intervenciones arqueológicas en nuestras ciudades históricas; básicamente, preventivas y de urgencia ("solares..., controles o excavaciones en obras de infraestructuras de viales o, en algún caso, en las restauraciones de monumentos históricos", para el caso concreto de Zaragoza; p. 16); un incremento que, sin embargo, no se corresponde bajo ningún punto de vista con el volumen de tierra removida, infinitamente superior. Sea como fuere, en estas tres últimas décadas se ha acumulado una ingente documentación arqueológica de carácter urbanístico y material sobre nuestros más importantes yacimientos urbanos, y es perentorio proceder a su sistematización, relectura y exégesis; algo que, además, cobra visos de estrategia futura tras la crisis, más estructural que pasajera, de la arqueología urbana tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. En los próximos años, de hecho, la actividad arqueológica de Universidades y centros oficiales de investigación, incluidos los servicios municipales de arqueología que consigan sobrevivir y no vean reducidas sus plantillas hasta límites imposibles (los autores principales de la monografía se inscriben en el de Zaragoza) tendrán que centrarse principalmente en la hermenéutica de tales datos; de ahí la pertinencia del libro, por cuanto supone de loable, meritorio y modélico intento en tal sentido: una primera aproximación a los procesos de gestión y eliminación de aguas residuales en la ciudad hispanorromana a partir del magnífico hilo conductor que representan las cloacas caesaraugustanas. Sin duda, un aspecto de gran trascendencia por la significación que tienen estas últimas como testigos no visibles de la planificación urbanística romana, de la trama de la ciudad y de su compleja evolución en el tiempo, intramuros como extramuros. Síntoma, de hecho, del buen diseño, construcción y funcionalidad de muchas de tales cloacas es su uso ocasional mantenido a lo largo de los años, en Roma, por ejemplo, pero también en Caesaraugusta, donde con el tiempo llegaron a hacer uso en sus fábricas de los habituales spolia. En el caso concreto de Zaragoza, sin embargo, la mayor parte de ellas quedaron anuladas y colmatadas, o se hundieron con el paso de los siglos, siendo sustituidas de forma progresiva hasta principios del siglo xx por pozos negros de todas las épocas que, en número superior a los 17.000, minan hoy el subsuelo de la ciudad y han contribuido al proverbial carácter insalubre de la misma durante muchas generaciones. La Lex Irnitana atribuye la construcción de las cloacas a los duunviros, reservaba su vigilancia a los ediles (encargados habituales de las obras públicas), y fijaba la necesidad de un decreto decurional para cualquier obra de edificación o reforma de las mismas (en Roma, a partir de Trajano estas tareas pasaron, por extensión, a los responsables de las aguas del Tíber: curatores alvei y riparum Tiberis et cloacarum urbis). Por otra parte, un edicto pretoriano recogido por Ulpiano (Dig. XXII, De Cloacis 601.3) distingue claramente entre las cloacas públicas y las privadas, que podían ser conectadas a aquéllas con autorización e interdicto expreso (además del correspondiente vectigal o tributum) de los curatores viarum publicarum. La limpieza de unas y otras solía ser realizada por esclavos o convictos, si bien no falta algún testimonio de profesionales que se dedicaban al vaciado y policía de pozos ciegos; tal vez el cloacarius que aparece citado en el capítulo VII.32 del Edicto de Diocleciano. Pues bien, tras una introducción (pp. 13-23) que sirve a los editores para explicitar la fundamentación conceptual y metodológica de la obra (en cuya elaboración han desempeñado un papel relevante las nuevas tecnologías digitales), así como la estructura de la misma, el estudio empieza con la lógica, e imprescindible, revisión de las fuentes antiguas (pp. 25-31). En él se pone en evidencia la escasa atención que los autores de la época, incluido el propio Vitrubio, prestaron a este importante factor de saneamiento y a la profilaxis pública de la urbe romana, base última de toda ciudad que se preciara de tal, elemento definidor de la vida ciudadana, signo distintivo de civilización frente a barbarie. Como ocurrió con la Cloaca Máxima de Roma (utilizada eventualmente para arrojar los cuerpos de ajusticiados, proscritos o maleantes, incluidos aquéllos a los que se quería privar en forma expresa del derecho a una sepultura digna -caso, por ejemplo, de Heliogábalo: Suetonio, Hel. 17, 2 y 7)-, estas galerías sirvieron también para dar salida a las aquae caducae y otiosae de fuentes y cisternas, necesarias además para una adecuada limpieza de las mismas (recuérdese la advocación de Venus como Cloacina, entendida como Purificadora). A dos nuevos capítulos introductorios, destinados, respectivamente, a entender el marco geográfico en el que se ubicó la Caesaraugusta romana, el primero, que firman J.L. Peña, L.A. Longares y A. Constante (II, pp. 37-47), y a recrear la topografía del solar urbano caesaraugustano durante la Antigüedad Clásica, el segundo (III, pp. 49-54), a cargo de L.A. Longares, J.L. Peña y F. Escudero, se entra directamente en materia, mediante el análisis previo de las "Características generales de las cloacas romanas de Zaragoza" (IV, pp. 55-81), que, con la autopsia detallada de su morfología constructiva, dimensiones, dirección, pendiente, relación con otro tipo de canales, intersección entre ellas y bocas, registros y sumideros, depósitos, redes, cronología, reaprovechamientos y un apéndice final de F. Pellicer sobre el material integrante del hormigón que utilizan (pp. 82-83), sirven de conclusiones anticipadas al capítulo sucesivo, invirtiendo así el orden habitual de este tipo de estudios. Hablo del RECENSIONES catálogo sensu stricto (V, pp. 85-240), al que sigue, en un esquema similar, el análisis de los canales y pequeñas conducciones domésticos (en muchos casos destinados al abastecimiento de agua), con una pequeña introducción a su tafonomía (VI, pp. 241-250), e inmediatamente después la relación detallada de los mismos (VII,. Estos dos bloques (capítulos IV a VI) constituyen la verdadera columna vertebral del estudio, el tronco vital, más denso, laborioso y loable de la monografía por el esfuerzo, verdaderamente ímprobo, que representan de organización de datos propios y ajenos, de identificación y sistematización de los restos documentados, y, por supuesto, de interpretación y glosa de los mismos, siempre con base en un material gráfico desigual cuando es de mano ajena, pero espléndido cuando, en cambio, obedece a elaboración propia, y en muchos casos a color. Son sus autores en todos los casos Fco. de Asís Escudero y Pilar Galve, editores de la obra que, sin embargo, no especifican sus nombres en las portadillas de los capítulos que firman, como sí se hace en cambio con el resto de los autores, obligando al lector a deducirlo por defecto. El análisis de cloacas y canales permite a los autores teorizar sobre una gran cantidad de aspectos relacionados en términos generales con el urbanismo de la ciudad romana, el trazado, las plantas o la dinámica de complejos urbanísticos, edificios y monumentos como foros, templos y teatro, el abastecimiento de agua a termas, fuentes, casas o letrinas, y fundamentalmente la red viaria. Las reflexiones sobre esta última ocupan un nuevo capítulo (VIII,, obra otra vez de Escudero/Galve, en el que, con base en la trama cartográfica de cloacas y canales establecidas en los bloques anteriores, se ensayan nuevas hipótesis de interpretación, un modelo teórico, sincrónico y conscientemente parcial sobre la Caesaraugusta romana que es, en último término, la derivación lógica y necesaria del estudio arqueométrico previo (las figuras 369 y 370 son determinantes al respecto), a la que se suma una revisión profunda y contrastada de la cartografía antigua, grabados o cuadros existentes sobre la ciudad desde el siglo xvi; fuentes de extraordinaria importancia, como es bien sabido, para entender la evolución de toda ciudad histórica en el tiempo y también la posible fosilización de su callejero primitivo (en el caso de Zaragoza desde la Salduie prerromana a la Caesaraugusta imperial; vid. en este sentido las figuras 378 a 380, ambas incluidas). Es curioso destacar a tal efecto que, si bien muchas de las calles romanas han dejado un reflejo claro en el trazado urbano hodierno (matizadas, como es lógico, por las mil y una vicisitudes históricas intervinientes a lo largo de los siglos en la configuración física de la Zaragoza contemporánea), hasta que la arqueología los ha ido poniendo al descubierto, ningún monumento romano había dejado reflejo visible en la urbe, con la única excepción de la muralla, reutilizada permanentemente hasta época moderna; o, por lo menos, nadie había sabido identificarlos. Habría hecho falta para ello un estudio específico y detallado con base en la fotografía aérea (incluida la teledetección o el uso, hoy ya tan boga, de drones) y esa misma cartografía; tal vez así podría haber sido reconocido el teatro a partir de la disposición radial de las casas que se construyeron sobre él, o detectada la continuidad del centro de poder caesaraugustano, particularmente de la catedral, antes mezquita, construida sobre una posible basílica cristiana y visigoda, y ésta a su vez sobre el foro romano. Se da paso con ello a tres nuevos capítulos complementarios, quizá incluso prescindibles en una monografía de tintes estrictamente científicos, pero que entiendo encomiables por lo que suponen de afán de exhaustividad, de no dejar fleco alguno suelto. El primero de ellos (IX,, "Presente y futuro de las cloacas romanas de Zaragoza", ofrece una relación de los restos de las mismas -catalogadas en su conjunto como Bien de Interés Cultural-conservados en el subsuelo de la ciudad (los canales han sido destruidos casi en su práctica totalidad), tanto si están musealizadas como si no, si resultan accesibles al público o permanecen cerradas al mismo. De ahí que los autores aboguen por un proyecto que los dignifique y permita su rentabilización pública desde el punto de vista del conocimiento y también patrimonial. "Catacumbas, moros y cloacas" (X, pp. 335-338) hace un repaso de las leyendas y tradiciones existentes en Zaragoza sobre pasadizos y minas que durante siglos han llamado la atención de escritores, eruditos o aficionados, en su mayor parte identificables con la red de cloacas romanas. Sin embargo, a mi juicio, ni el interés ni la enjundia del tema dan para capítulo independiente, ni tal vez sea ésta su ubicación ideal. Algo similar ocurre con "El alcantarillado de Zaragoza de 1907" (X, pp. 339-354), de Susana Villar, que sólo tendría sentido en un libro sobre la red de cloacas de Caesaraugusta por cuanto de ellas pudiera haber sido aprovechado o documentado con motivo de este nuevo proyecto de saneamiento (y en líneas generales no es el caso). A mi modesto entender, los capítulos IX, X y XI habrían podido conformar un solo bloque de derivaciones históricas de los catálogos previos (o, mejor incluso, de historiografía del tema en la propia ciudad de Zaragoza) que, unido al apartado de características que antecede a estos últimos, integran las conclusiones naturales del trabajo, sin duda un poco dispersas. Pero esta es sólo una opinión, y el esquema utilizado tan lícito y razonable como mi contrapropuesta. Viene a continuación un enjundioso y decisivo capítulo sobre "Las cloacas de Hispania. Estado de la cuestión" (XII,, que es en realidad un intento más que digno de actualizar los estudios sobre la evacuación de aguas en un nutrido número de ciudades hispanas. Son síntesis apretadísimas y algo dispares, debido fundamentalmente -aunque no sólo-a las limitaciones del conocimiento existente sobre cada uno de los centros urbanos elegidos, necesitados con carácter perentorio de un proyecto de investigación específico sobre el tema. Se incluyen en total 31 ciudades, agrupadas por provincias. En la: Asturica (M Burón), Baetulo (P. Padrós y J. Sánchez), Barcino (J. Beltrán), Bilbilis (M.A. Martín-Bueno y J.C. Sáenz), Calagurris (J.L. Cinca), Carthago Nova (A. Egea), Complutum (A.L. Sánchez y S. Rascón), Ilerda, Illici, Iluro, Saguntum y Valeria (a cargo de los editores del volumen), Legio (V. García y F. Muñoz), Lucus (E. González), Osca (J. Justes), Tarraco (J.A. Remolá), Toletum (S. Sánchez-Chiquito), Uxama (C. García Merino) y Valentia (N. Romaní y A. Ribera); en Lusitania (pp. 402-409): Aeminium, Conimbriga, Emerita, Olisipo y Pax Iulia, todas ellas a cargo de J. Acero; y, finalmente, en Baetica (pp. 409-426): Asido Caesarina (S. Montañés, M. Montañés y A. Ocaña), Astigi (S. García-Dils), Baelo (D. Bernal et alii), Carmo (R. Lineros), Corduba (J. Sánchez), Italica (A. Jiménez), y Malaca, de nuevo a cargo de F. Escudero y P. Galve. Termina el libro con un nuevo capítulo (XIII, pp. 427-449) sobre el "Aparato gráfico" utilizado, que recoge, con mayor desarrollo, los pies de láminas y figuras distribuidos por el texto; otro, dedicado a la "Bibliografía" (XIV), pp. 451-467), con un pequeño anexo final que detalla las ediciones de las fuen- Queda paliado así, hasta cierto punto, el vacío principal que personalmente detecto en el libro: la ausencia de un bloque final de recapitulación en el que se sinteticen las aportaciones principales del enorme trabajo realizado para el conocimiento de la ciudad antigua, su dinámica urbana y la simbiosis que en todo momento formó con ella su sistema de evacuación de aguas, y su contrastación, aun cuando mínima, supuestas las dificultades de la tarea, con la realidad dibujada para otras urbes hispanorromanas. Son pequeñas limitaciones de estructura y de alcance a juicio de quien esto suscribe que, sin embargo, no restan en absoluto méritos a una monografía tan imprescindible como acertada; antes al contrario, se echan en falta precisamente por el interés sobre el tema que los autores consiguen de inmediato despertar en el lector. Universidad de Córdoba S. Gutiérrez Lloret, e I. Grau Mira (eds.), De la estructura doméstica al espacio social. Este libro agrupa un conjunto de trabajos generados y discutidos en el marco de un proyecto de investigación (Lectura arqueológica del uso social del espacio) y de un workshop internacional celebrado en la Universidad de Alicante en 2012. Así lo indican los propios editores en la presentación, quienes describen de manera sintética el compendio de veintiún trabajos que compone el libro como "diversas interpretaciones de los aspectos sociales derivados del análisis arqueológico del espacio. De épocas y contextos de amplia cronología, pero todos ellos engarzados en preocupaciones similares" (p. También en esta presentación se indican las dos perspectivas fundamentales a las que se acogen los trabajos: "las lecturas diacrónicas del uso social del espacio y las lecturas antropológicas y disciplinares de la domesticidad y los espacios sociales" (p. Desde la Prehistoria hasta el Medievo, distintos yacimientos en la Península Ibérica, Italia y Norte de África acompañan a varios planteamientos teóricos y metodológicos, así como expositivos, que resultan en un buen reflejo de las distintas aproximaciones arqueológicas a un mismo objeto de estudio, la arquitectura doméstica. Todos los trabajos presentados se inician con una breve introducción de corte historiográfico-metodológico que pretende no sólo presentar un estado de la cuestión sobre el estudio de las estructuras domésticas del periodo estudiado en cada caso, sino además subrayar la necesidad de aportar una nueva perspectiva que permita salir de las aproximaciones tradi-cionales, normalmente calificadas como formales o estilísticas y de corte evolutivo según los distintos autores, y justificar las propuestas presentadas. Los trabajos cumplen con ese objetivo de manera desigual, apegándose unos a la presentación de resultados de excavaciones en yacimientos concretos o conjuntos de ellos e introduciendo notas interpretativas finales a modo de primeras conclusiones, caracterizándose otros por plantear un modelo teórico y metodológico concreto ilustrado por un estudio de caso. Solo algunos de ellos (H. Jiménez y F. Prados, y S. Gutiérrez) indican algunos de los límites de las nuevas aproximaciones que se plantean, tales como el riesgo de no contar con excavaciones y secuencias estratigráficas rigurosas para desarrollar análisis sintácticos o de trabajar con plantas idealizadas (o más bien homogeneizadas) que son en realidad el resultado de múltiples fases, representando por ello espacios y usos que no tienen por qué ser sincrónicos. Este aspecto es fundamental, máxime cuando gran parte de la arquitectura tratada no cuenta con alzados que puedan analizarse arqueológicamente. Es también llamativo que casi todos los trabajos (con la excepción de A. Vigil-Escalera) prescindan del estudio de la técnica constructiva, aunque solo lo fuese de los cimientos conservados (también ausentes en algunos de los ejemplos estudiados, como algunos de los expuestos por X. M. Ayán), aspecto que sin duda aporta notable información sobre el contexto social y económico de la estructura construida, entendida esta como un producto propio de un contexto. Aunque el carácter diacrónico dificulta proponer unas conclusiones conjuntas, los trabajos apuntan problemáticas comunes, tal como indican los editores en su presentación, y las cuales dotan de valor al conjunto. Estas cuestiones deben invitar a seguir reflexionando sobre las aproximaciones metodológicas y los objetos de estudio, así como sobre las perspectivas desarrolladas desde otras disciplinas (como la antropología, tratada desde un enfoque crítico por J. A. López Lillo, o la arquitectura, expuesta por D. Marcela) y la correcta aplicación de las múltiples herramientas analíticas con las que ahora se cuenta. Los comportamientos sociales y económicos, que no los culturales, como factores que determinan los modelos de las casas (I. Grau, para la Edad del Hierro, o J. Molina para la casa romana); la relación o no entre dichos modelos y la etnicidad de sus moradores (Y. Bokbot et al., para las viviendas medievales en la zona sur del anti-atlas marroquí, o por E. Fentress sobre las discutidas diferencias entre la casa bereber y la casa árabe), la dificultad de identificar las funciones de las estructuras documentadas (como se trata en los estudios de S. Sisani sobre la domus publicae, de M.-C. Delaigue et al. sobre un granero fortificado en el antiatlas marroquí o de V. Cañavate sobre el patio en la vivienda islámica en al-Andalus), la necesidad de contextualizarlas en los diferentes entornos urbanos o rurales (J. Sarabia para el sudeste peninsular en época romana), o la importancia de realizar estudios regionales antes de hacer planteamientos generales y comparativos (como el de J. Bermejo para la zona del Alto Duero) no hacen sino subrayar la dificultad y complejidad que encierra el análisis de las estructuras domésticas y su interpretación como espacios sociales y económicos independientemente de su adscripción cronológica, a la vez que estimulan la puesta en marcha de nuevas aproximaciones. Tal vez sea pronto para valorar algunos de los modelos interpretativos o de los tipos concretos de estructuras domésticas que se apuntan en algunos de ellos, tarea que corresponderá además a los especialistas de las distintas épocas tratadas, pero sin duda gran parte de los trabajos recogidos recorren vías de estudio RECENSIONES que, aunque transitadas hace tiempo en la arqueología europea, comienzan a serlo por fin en la nuestra, tal como subrayan también gran parte de los autores en sus introducciones. Se presentan en esta obra los resultados sintéticos de las labores arqueológicas realizadas entre 2006 y 2012 en el yacimiento de Torreparedones, situado en el término municipal de Baena (Córdoba), parte de las cuales han sido objeto de publicaciones específicas encontrándose otras aún en prensa. El libro se inicia con un sucinto capítulo dedicado a la historiografía del yacimiento (J.A. Morena), desde los primeros descubrimientos hasta la puesta en marcha de las investigaciones en 2006 que motivan el presente libro. Le sigue otro capítulo dedicado a la ocupación prehistórica (R.M. Martínez) en la que se destacan dos fases, separadas por un periodo de abandono, una durante la Edad del Cobre (3500-2900 a.C.) y otra durante el Bronce Final (1100-850 a.C.). El conjunto se completa con un toracato de época tardoflavia y otras figuras femeninas, sedentes y estantes, alguna de las cuales podría corresponder a Livia. Todo ello muestra cómo el foro de la ciudad se convirtió en el espacio privilegiado del culto imperial, como ocurre en muchos otros puntos del Imperio. La decoración arquitectónica (J. de D. Borrego, A.M. Felipe) muestra claras influencias itálicas aunque con adaptaciones locales. Restos de columnas, basas, pedestales, aras, etc., correspondientes a la decoración del área forense, permiten observar el empeño arquitectónico que la élites de la Torreparedones altoimperial pusieron al servicio de aproximar su ciudad a los modelos vigentes en el entorno, muy en especial en el centro principal, la Colonia Patricia Corduba, con la que los autores observan importantes relaciones. Por lo que se refiere a las necrópolis, fruto de las excavaciones recientes es el hallazgo de la oriental (F.J. Tristell, I. López) donde se han excavado tumbas desde la época altoimperial hasta la tardorromana, así como algunas de época islámica. Para el periodo romano se conocen varias cámaras hipogeas y algunas cremaciones y un par de inhumaciones, mientras que en época bajoimperial predominan las inhumaciones. Se aportan algunos datos preliminares de paleopatología a la espera de análisis más completos. De la necrópolis septentrional (J. Beltrán) no quedan demasiados restos visibles, aunque se han realizado prospecciones geofísicas para tratar de ubicar las tumbas, pero sí informes del siglo xix cuando Aureliano Fernández Guerra exploró la tumba de los Pompeyos al poco de su hallazgo. Gracias a esos datos se reconstruye el monumento como semi-hipogeico y, merced a la epigrafía procedente de las urnas contenidas en el mismo el autor hace un análisis prosopográfico para tratar de mostrar las relaciones entre los miembros de las posiblemente tres generaciones enterradas allí. Es de destacar cómo las que parecen más antiguas presentan nombres indígenas o púnicos mientras que las posteriores, que parecen haber formado parte de las clientelas locales de los Pompeyos, utilizan ya este nomen. El mausoleo debió de construirse en época augustea, en los últimos decenios del s. i a.C. Sobre la Alta Edad Media, J. Varela integra los datos históricos conocidos con las escasas informaciones arqueológicas. Se sugiere que en el yacimiento, en concreto en el castillo de Castro el Viejo se elevaría, tras la conquista castellana en el s. xiii, una ermita en honor de dos mártires cristianas, Nunilo y Alodia, que habrían muerto en el año 851. R. Córdoba presenta los datos documentales conocidos sobre este asentamiento bajomedieval, centrado en torno al mencionado castillo y da cuenta de las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en el mismo en 2013 y que han permitido conocer detalles de su organización y estructura. El último capítulo (R. J. Díaz) trata sobre el poblamiento en la zona entre los siglos xiii y xvi cuando el yacimiento pasa de ser un importante centro dentro del sistema fronterizo frente a los musulmanes hasta el desarrollo de su poblamiento, sobre cuya existencia se pronuncia el autor frente a teorías en sentido contrario. El libro concluye con la bibliografía general y con un resumen en inglés. Hay que destacar la cuidada edición de la obra, acompañada de una gran cantidad de fotografías en color, de excelente calidad, que se convierten en complemento indispensable para seguir los distintos capítulos del libro y para apreciar la amplia y continua labor arqueológica desarrollada, durante los últimos años, en este importante yacimiento cordobés. Universidad Autónoma de Madrid O. Olesti Vila, Paisajes de la Hispania Romana. RECENSIONES Así se van combinando en la lectura del paisaje los relatos de los escritores antiguos, los tratados de los agrimensores y la información de la epigrafía, con el análisis de las estructuras conservadas o de la organización del poblamiento. El resultado es una visión muy completa de los procesos históricos objeto de estudio. Dadas estas premisas y estos objetivos, no deja de resultar sorprendente, por negativo, el formato del libro, que no ha permitido insertar ni una sola imagen ni ilustración. Muchas de las descripciones del registro o de la morfología de determinadas estructuras, que a veces resultan excesivas, podrían haberse aligerado -o incluso eliminado-recurriendo a fotografías, fotointerpretaciones, dibujos y demás. Esto habría potenciado, además, el carácter de alta divulgación que sin duda tiene la obra, y que es uno más de sus méritos. Tal vez esto podrá replantearse en futuras ediciones. El libro se divide en tres partes, que conjugan hitos temporales con hitos espaciales: momentos fundamentales de la trayectoria histórica (las guerras de conquista, el gobierno de Augusto, la dinastía flavia...) así como procesos de cambio generales (la formación de las sociedades provinciales) ilustrados a través de paisajes o territorios representativos de esos momentos y procesos. La primera parte, "paisajes de conquista", se centra en la violencia de la guerra y las primeras formas de ocupación y sometimiento de las poblaciones hispanas. El texto gira en torno a Emporion y el Noreste, y en torno a dos núcleos importantes para entender las guerras celtibéricas: Segeda y Numancia. La segunda parte, "paisajes de integración" aborda tres pilares de la organización y explotación del territorio, principalmente en época republicana: la urbanización (Valle del Ebro), la minería (Carthago Nova) y la explotación agraria (Ilici). Por último, los "paisajes imperiales" giran principalmente en torno al gobierno de Augusto (conquista y explotaciones mineras del Noroeste, los Pirineos, Augusta Emerita) y a los cambios de época flavia (Salamanca). Al final, se incluye una bibliografía temática que recoge las publicaciones sobre las que el autor ha construido el texto, que sirven además de referencia para quienes quieran profundizar en los distintos temas tratados. Dos ideas fundamentales surgen tras hacer un balance general de los casos tratados en el libro: la diversidad (espacial y temporal) de los paisajes romanos y la relevancia del ámbito rural para entender los cambios históricos de esta época. Estas dos cuestiones demuestran la importancia que este enfoque de paisaje ha tenido para renovar la visión sobre la Hispania romana, hasta hace relativamente poco anclada en visiones muy homogeneizadoras, las de la "romanización" que iluminaba los territorios meridionales y mediterráneos y condenaba al subdesarrollo prácticamente todo lo demás, sobre todo cuanto más hacia el noroeste y al atlántico. Desde un punto de vista historiográfico, puede hablarse de la tiranía del modelo urbano y cívico como referente para comprender las sociedades provinciales, dominio que la arqueología del paisaje ha contribuido con éxito a demoler. En este sentido, sin embargo, el libro resulta ligeramente ambiguo. El texto puede dar la idea de un gran peso de los asentamientos singulares, o de los yacimientos destacados, en detrimento del propio concepto, de por sí abierto e integrador, de "paisaje". En esto el autor seguramente se ve condicionado por la realidad de la investigación, sobre todo en lo que respecta al área meridional y oriental de la Península. Bien es verdad que el autor siempre presenta una visión espacial del registro arqueológico, se preocupa por la lectura también espacial de la información escrita, vuelve su vista hacia el territorio, etc... Pero sí es posible rastrear un cierto sometimiento a la tiranía del modelo urbano de "romanización". Así, "el principal mecanismo de control e integración fue el desarrollo consciente y preconcebido del urbanismo, un urbanismo que no debe entenderse simplemente como un proceso de construcción de ciudades, sino como el proceso de generación de entidades políticas con proyección urbana" (p. 450, la cursiva es mía); Roma "considera la urbanización como el paso previo para la gestión y explotación de los territorios dominados" (p. No es posible discutir aquí estas afirmaciones, sólo decir que se mezclan "urbanización" y "constitución de entidades políticas", procesos totalmente independientes y no necesariamente convergentes. Y esto lleva a hablar de procesos "fallidos" o "fracasados": "la urbanización no fue siempre exitosa..." (p. Este amplio recorrido espacial y temporal permite abordar importantes temas transversales que preocupan y suscitan debate en la actualidad entre los investigadores: el modelo de la villa, el estudio de los parcelarios y catastros antiguos, el papel de la minería en los intereses imperiales romanos, el carácter "precario" desde el punto de vista jurídico de las relaciones de propiedad provinciales. Son todos ellos temas relevantes que manifiestan la enorme utilidad del libro como punto de partida para profundizar en multitud de aspectos de las sociedades hispanas. Terminaré con una reflexión breve sobre la idea de "paisaje fósil". Es cierto que algunos paisajes han conservado de manera asombrosa la morfología y las estructuras antiguas (véase Las Médulas, sin ir más lejos) y esto tal vez justifique usar un término estático como "fósil". Pero el concepto de paisaje es, ante todo, dinámico, de modo que es necesario dar un paso más y describir estos paisajes romanos como "vivos", como parte esencial de nuestro presente y de nuestro futuro. Recordemos, por lo tanto, el enorme valor de los paisajes como recursos duraderos y dinamizadores de nuestra propia realidad social. Inés Sastre Instituto Historia CSIC S. Ramallo y A. Quevedo (eds.), Las ciudades de la Tarraconense oriental entre los s. II-IV d.C. Evolución urbanística y contextos materiales, Universidad de Murcia, Servicio de Publicaciones, Murcia, 2014, 344 pp. ISBN 978-84-16038-63-3 La publicación es resultado del coloquio internacional "¿Crisis urbana a finales del Alto Imperio? La evolución de los espacios cívicos en el Occidente romano en tiempos de cambio (s. ii-iv d.C)", celebrado en Cartagena en 2012. En sus diez capítulos, diversos autores desgranan -desde la óptica arqueológica-la evolución urbana y contextos materiales asociados entre los siglos ii y iv d.C. en las ciudades de la mitad oriental de la provincia de Hispania Citerior y de la región italiana de Cispadana, que en cierto modo es tomada como referencia al inicio de la obra. Se traza así un análisis exhaustivo de las evidencias materiales, contextualizadas siempre en el paisaje urbano, que convergen en una misma dirección: la constatación en este periodo de una crisis -o, al menos, transformación-de las ciudades en las provincias occidentales del Imperio. El estudio e interpretación de estas evidencias parte, fundamentalmente, de la premisa urbanística y edilicia, como en el caso del capítulo dedicado a la ciudad romana de Los Bañales, a cargo de J. Andreu, J.J. Bienes y Á. Mención aparte merece el capítulo de J. Pérez, M.C. Berrocal y F. Fernández (pp. 321-339) dedicado a la evolución en el uso y mantenimiento de los edificios para espectáculos en Hispania, tomando como referencia los recientes estudios en el anfiteatro de Carthago Nova. En otro ámbito se mueve también el estudio de la pintura mural hispana entre los siglos ii y iv d.C que elabora, que permite vincular dos ámbitos que se complementan recíprocamente y que, sin embargo, suelen tratarse de forma disociada. Y como hemos referido, también el apartado de J. Ortalli (pp. 13-50 y 51-60), centrado en la actual Emilia-Romaña, difiere en cuanto al marco geográfico pero no en lo concerniente al tema de investigación de la obra ni tampoco en cuanto a los resultados e hipótesis presentados. Se presenta, por tanto, un compendio de evidencias que, a priori, se encauzan dentro del registro material arqueológico y cuyo propósito es apoyar una línea de investigación de creciente actualidad (al respecto, el trabajo, con una cronología mucho más amplia, de Diarte, P. ( 2012): La configuración urbana de la Hispania Tardoantigua. Transformaciones y pervivencias de los espacios público romanos (s. III-VI d.C), BAR, Oxford, o nuestra síntesis: Mata, J. (2014): "Crisis ciudadana a partir del siglo II en Hispania: un modelo teórico de causas y dinámicas aplicado al conventus Carthaginiensis", CAUN,22,. En esta tendencia, estrictamente basada en el análisis y la evolución de las estructuras, el registro del material cerámico o la constatación de fenómenos de abandono o reforma a partir de la interpretación estratigráfica, destaca, por ejemplo, el trabajo sobre Edeta, donde los conjuntos numismáticos y latericios cobran una enorme importancia en la datación de construcciones como el santuario y las termas de Mura y su obligada contextualización a partir de los procesos de reforma monetaria de Caracalla y Diocleciano. También esta misma línea se enmarca el capítulo dedicado al análisis de un posible horreum fluvial y el suburbium portuario en Dertosa, donde se incide en la dificultad en el estudio arqueológico de la ciudad y se descarta la posibilidad de un episodio violento que explicara el abandono de este sector, que queda, sin embargo, sin aclarar. Igualmente, el análisis del ámbito doméstico tarraconense que elabora A. Perich sigue esta misma tendencia, demostrando, a través de la sucesión de compartimentaciones, derrumbes o aportes voluntarios de tierras, el devenir del sector portuario de la ciudad y sus almacenes. La mayor parte de los trabajos, sin embargo, aportan una síntesis en la que se conjuga, no sólo el análisis y contextualización de determinados conjuntos, en particular cerámicos, sino también su adecuada comparación con la epigrafía disponible, la información procedente de las fuentes clásicas y tardoantiguas e, incluso, la revisión y reinterpretación de anteriores campañas arqueológicas. Desde este punto de vista se aborda el capítulo centrado en la ciudad de Los Bañales, donde una gran canti-dad de datos procedentes de las excavaciones -especialmente de la zona doméstico-artesanal y del foro-se contrastan con referencias a códigos legislativos tardíos que contribuyen a explicar, por ejemplo, los fenómenos de reaprovechamiento del material constructivo o la progresiva ocupación del espacio público por parte de instalaciones productivas. Otro ejemplo de este modo de entender e interpretar la ciudad hispanorromana es el apartado sobre Iulia Livica. En él los autores superan el obstáculo derivado de un conocimiento parcial de la ciudad mediante la comparativa con otras ciudades cercanas a partir de referencias literarias, y desmontan la teoría tradicional que explicaba su abandono a causa del fracaso de la urbanización del zona pirenaica, remarcando, por ejemplo, la subsistencia de una cierta actividad comercial a inicios del siglo IV en base a su mención en el Edictum de Pretiis de Diocleciano. Una visión similar contiene el capítulo sobre Baetulo, donde los autores destacan la necesidad de "considerar las distintas intervenciones arqueológicas como parte de un todo, de un único yacimiento, porque tan sólo de este modo, podremos conocer cuáles son los problemas históricos que se plantean y deben resolverse" (p. Se recurre a contextos cerámicos precisos como apoyo para datar las primeras evidencias de transformación en la ciudad, y se recogen los abundantes epígrafes del siglo ii d.C como evidencia de la vitalidad municipal en esa época. Sin embargo, la visión más innovadora de una ciudad hispanorromana es, posiblemente, la que M. Tendero y A. M. Ronda presentan sobre Ilici, cuyo Museo Monográfico acaba de inaugurarse tras una profunda remodelación de sus contenidos y museografía. Al margen de las interpretaciones sobre el abandono de la red de saneamiento de la ciudad o de sus Termas Occidentales, el capítulo constituye un excelente paradigma de la "arqueología de la arqueología", pues se revisan los diarios de excavación de A. Ramos de los años 50 del pasado siglo y se reinterpreta, a la luz de las recientes investigaciones, los hallazgos antiguos. El resultado permite constatar nuevos fenómenos que contribuyen a desechar definitivamente la tesis de la destrucción de la ciudad a causa de la intervención franco-germana. Al igual que las perspectivas y metodologías de estudio, también en el ámbito de la cronología se aportan visiones variadas y de interés. A pesar de que los trabajos se encuadran, lógicamente, en el lapso entre los siglos ii y iv d.C, el estado de la investigación en cada ciudad y el conocimiento sobre cada una de ellas permite recurrir a diversos hechos históricos como determinantes en la evolución urbana. Buen ejemplo de ello sería la valoración de J. Ortalli sobre la incidencia de las razzias germanas, intercalada entre las síntesis arqueológicas de Sassina o Ariminium y cuya evolución desde mediados del siglo iii d.C. quedaría intrínsecamente vinculada a estos fenómenos exógenos. A tenor de ello, el propio autor reivindica el tratamiento conjunto de arqueología e historia "sin ideas preconcebidas, teniendo en cuenta todas las informaciones científicas susceptibles de ser analizadas, valorándolas a nivel individual y confrontándolas posteriormente entre sí a modo de poder inserirlas en un sistema de interpretación histórica coherente y unitario" (p. El capítulo dedicado a Tarraco guarda también una estrecha relación con la posible presencia de elementos francos en la ciudad durante la década del 260 d.C. A pesar de ello, Perich duda de incidencia real de este fenómeno -que contrastaría con la subsistencia de cierta vitalidad urbana y constructiva en el mismo período-y prefiere atribuir el abandono de varias viviendas a la situación económica de ciertas unidades familiares residentes en el suburbium. Por su parte, en los trabajos sobre Los Bañales, RECENSIONES Dertosa, Edeta o Baetulo se proponen cronologías mucho más elaboradas, presentándose abandonos relativamente tempranos (como el del foro de Los Bañales, posiblemente amortizado a finales del siglo ii, o en la ciudad de Iulia Livica) y otros, aparentemente, mucho más sostenidos en el tiempo, como en Edeta donde largos períodos de ausencia de información arqueológica y epigráfica son interpretados como momentos de utilización y mantenimiento de los edificios cívicos hasta mediados del siglo III, momento en que se data el abandono de la mayor parte del núcleo urbano. A lo largo de la obra, por tanto, se aprecian diferentes formas de aproximación al panorama urbano en el tránsito del Alto al Bajo Imperio. Los capítulos sobre Baetulo, Ilici, Iulia Livica y Los Bañales se centran en mostrar retazos de la vida urbana a partir de evidencias constatables en la totalidad de la topografía urbana, si bien se incide con frecuencia en aquellos sectores que más información proporcionan, caso del foro y el barrio artesanal de Los Bañales, los tramos de conducción de agua y saneamiento de Baetulo, o los niveles de abandono de las Termas Occidentales y Orientales de la colonia ilicitana. Desde otro punto de visto, mucho más monográfico, destacan las propuestas de Edeta -donde la atención se concentra en el conjunto del santuario y las Termas de Mura-, la Italia Cispadana, Tarraco -donde se priorizan las evidencias procedentes de contextos domésticos-o Dertosa, donde se centra la atención en varios suburbia, especialmente en el posible horreum fluvial y su actividad portuaria, claves para entender la evolución del comercio del mármol "brocatello", clave en buena medida del auge económico de la ciudad. En esta línea podría considerarse también el último capítulo del volumen, donde se recopila y contrastan las fechas de abandono de edificios de espectáculos y el momento de repliegue o abandono de sus respectivos núcleos urbanos, haciendo hincapié en el anfiteatro de Carthago Nova. Así, desde una visión monográfica, se explican las posibles causas que influyeron en el abandono de estos edificios y su temprana amortización en ciudades secundarias como Emporiae o Mirobriga. En lo relativo al anfiteatro de la capital conventual, se trazan nuevas hipótesis que, en opinión de los autores, podrían contribuir a esclarecer el papel la construcción en el contexto urbano; así, la posible localización de CIL II, 3423 en uno de sus accesos o en el muro del podium, y la interpretación de un panel pictórico de las Termas del Puerto, fechada en época adrianea, como posible conmemoración de una evergesía relacionada con el anfiteatro, demostrándose así su uso aún a mediados del siglo ii d.C., poco antes del colapso de la red viaria de su entorno y, por ende, del abandono del propio edificio. A pesar de la coherencia temática y metodológica existente entre los capítulos, algunos de ellos parecen alejarse de la trama central de la investigación, como el citado trabajo sobre la región Cispadana o el capítulo de A. Fernández sobre la pintura mural de Carthago Nova. Ambos se centran en el marco cronológico dictado por el hilo conductor del volumen, pero desde ópticas totalmente diferentes. El capítulo dedicado a los ciclos pictóricos aborda una temática que suele desligarse de corriente del estudio de los edificios, su soporte natural, tratándose de dos planos que suelen evolucionar paralelamente, razón por la que deberían abordarse de forma conjunta, como en el caso que nos ocupa. La autora recoge y analiza un nutrido elenco de ciclos pictóricos urbanos -mayoritariamente en ambientes domésticos-, diferenciándolos en base a criterios estilísticos, cronológicos y cuantitativos, y vinculando en todo momento las fechas de su elaboración con la actividad edilicia constatada en la ciudad. Por otra parte, en el prólogo se advierte que la inserción del primer capítulo, centrado en la incidencia urbana de las invasiones del siglo III d.C. en Italia, obedece a la necesidad de ofrecer un contrapunto que complemente el resto de trabajos presentados, centrados en el ámbito hispano. A pesar de ello, la importancia atribuida a factores externos en la evolución urbana de la Italia Cispadana no puede aplicarse al caso de Hispania, donde su incidencia es mucho menor y reducida -caso del suburbium portuario de Tarraco-, cuando no descartada por las investigaciones actuales, como se deduce de la síntesis sobre Ilici. En atención a estas consideraciones, es innegable la contribución de este volumen a la actual investigación de las ciudades en Hispania entre los siglos ii y iv d.C. Al margen de las limitaciones de espacio, destaca la coherencia temática general en todos sus capítulos, con las excepciones ya referidas anteriormente, se superan los obstáculos derivados del mero inventariado arqueológico para elaborar comparativas con otras fuentes históricas disponibles y, en muchos casos, se consigue trazar un discurso histórico que analiza y explica las causas que inciden en la decadencia o abandono de algunas de las ciudades hispanorromanas en este periodo. Bien se sabe que el cuadrante noroeste de la Península Ibérica es el terreno de investigación predilecto, por no decir el "campo de juego" del grupo de investigación "Estructura Social y Territorio -Arqueología del Paisaje" liderado por Francisco Javier Sánchez-Palencia, Profesor de Investigación en el Instituto de Historia del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC. Bien se conocen las espectaculares minas de oro romanas que la zona concentra y a las que Sánchez-Palencia ha ido dedicando desde varias décadas toda su atención de arqueólogo e historiador, no sin haber sabido reunir en torno a él a numerosos investigadores, arqueólogos, historiadores, geólogos o geomorfólogos, jovenes y veteranos -muchos jovenes-, dirigiendo o participando él mismo en diversos proyectos de investigación sobre la minería aurífera romana en el Noroeste de la Península Ibérica y su impacto, tanto económico, social, político y cultural como medioambiental y territorial. El nuevo libro que publica tanto como editor científico como autor es otra prueba de todo ello, aunque, como lo indica el título, éste no interesa las bien conocidas áreas mineras del Bierzo y de la Valduerna, sino áreas más alejadas, al sur del río Duero, donde la minería romana no llegó a alcanzar la amplitud que se observa en aquellas aunque abandonó numerosos huellas y vestigios a los que cabía un día u otro prestar la misma atención. Este es el gran interés del libro que reune artículos de extensión variada sobre las labores llevadas a cabo por el grupo de investigación, y en particular entre los años 2007 y 2010 en el marco de un convenio de colaborración entre la Junta de Castilla y León y el CSIC, en las provincias de Salamanca y de Zamora y, jugandose de las divisiones ad-Archivo Español de Arqueología 2015, 88, págs. 283-298 ISSN: 0066 6742 ministrativas actuales, extendidas a zonas aledañas portuguesas (concelho de Castelo Branco) y extremeñas (provincia de Cáceres). La excepción viene del capítulo 3, el único trabajo redactado en portugués y firmado por miembros exteriores al grupo de investigación, Carla Maria Braz Martins y Francisco Sande Lemos (pp. 63-85). Se trata de una síntesis sobre la minería antigua, no sólo aurífera, en la zona del Tras-os-Montes portugués fronteriza con la provincia de Zamora. El área muestra un real potencial arqueominero, rapidamente presentado, y del cual se puede esperar que trabajos futuros permitirán precisar su importancia dentro del contexto de la minería romana en el noroeste hispánico. El artículo no rompe pues la coherencia buscada por el coodinador científico que es reunir en una misma monografía a áreas mineras "marginales" con respecto a los grandes sectores explotados de forma sistemática e intensiva del noroeste de la Península. Efectivamente, el libro da el mayor protagonismo a tres sectores de labores mineras, tanto sobre yacimientos primarios como yacimientos secundarios. Se habría apreciado aquí un mapa general de situacíon de todas estas áreas, difíciles de localizar para quien no es familiar de esta parte del territorio; hubiera utilmente completado los tres mapas que acompañan la corta introducción que abre el libro (figs. 1-3 pp. 14-16) y poco tienen que ver con las áreas objeto de los distintos capítulos que siguen. Una es la zona zamorana fronteriza con Portugal de Pino del Oro, la más al norte de la zona estudiada, que ha llamado recientemente la atención por sus espectaculares baterías de cazoletas para moler el mineral aurífero acondicionadas en la misma roca (cap. 8, pp. 181-215), un conjunto mineromineralúrgico al que el autor, junto con sus colaborradores (A. Beltrán, D. Romero, F. Alonso y B. Currás, también firmantes del artículo en el presente libro con J.L. Pecharromán), ya dedicaron un pequeño y útil opúsculo a modo de guía arqueológica en 2010 y que dio entonces a conocer este conjunto peculiar. Conocido e investigado desde más años, el sector de Las Cavenes del Cabaco ocupa otro de los capítulos centrales de la obra (cap. 7, pp. 135-180). Fue éste uno de los primeros sectores de minería aurífera de aluvión identificados fuera de la zona de mayor concentración de minas sobre yacimientos auríferos secundarios del Noroeste. F.-Javier Sánchez-Palencia, quien firma solo el artículo, propone en este capítulo una síntesis de las labores arqueológicas realizadas desde finales de los años'90 aumentada esto si de un avance de las observaciones hechas por él mismo en zonas vecinas como la de El Pinalejo-Tenebrilla que, junto con Las Cavenes de El Cabaco, conforman un mismo sector minero en las faldas norte de la Sierra de Peña de Francia. Más novedoso desde el punto de vista de la actualidad arqueológica es el tercer sector, al oeste de la S. de Peña de Francia, y su prolongación natural, ya a caballo entre España y Portugal, la cuenca de los ríos Erjas y Bazágueda y su nacimiento en las sierras española de Malvana (Valverde del Fresno) y portuguesa de Malcata (Penamacor-Meimoa). Extraña un poco el haber dedicado dos artículos distintos (capp. Tal vez la preoccupación de los autores (F.-J. Sánchez-Palencia, L.C. Pérez García y A. Rivas para el primero; F.J. Sánchez-Palencia aparece como solo autor del segundo) es dar más relevancia a las respectivas áreas, diferentemente estudiadas y en las que queda aún trabajo por hacer. No es el lugar aquí entrar en el detalle de los resultados presentados en cada uno de los cuatro artículos, muy precisos en cuanto a la descripción y a la evaluación que dan de las labores mineras, su extensión y su organización, y de la infraestructura relacionada con su desarollo, la red hidráulica, los depósitos de agua, o, como en el sector de Pino del Oro, las concentraciones de cazoletas yuxtapuestas. Sí hay que destacar aquí la metodología empleada para estudiar conjuntos de gran extensión de labores mineras. Si el estudio de minas en roca (yacimientos primarios) no plantea dificultades insuperables, salvo por supuesto la de entrar cuando es posible en las cavidades y emprender un verdadero trabajo de exploración, topografía y de excavación, algo que queda en gran medida aquí por hacer, otro asunto es el estudio de los yacimientos secundarios que por su especifidad, extensión y complejidad exigen seguir un estrecho protocolo investigador para llegar a una visión de conjunto de las explotaciones. Sin lugar a dudas se puede considerar a F.-J. Sánchez-Palencia como uno de los mejores especialistas en este tipo de estudios y los trabajos presentados en la obra no contradicen tal apreciación. Comprender estas labores tan particulares, explotadas a cielo abierto con el concurso de la fuerza hidráulica pasa por un trabajo previo, largo y minucioso de fotointerpretación estereoscópica cuyos resultados han de ser contrastados por medio de labores de campo basadas en verificaciones sistemáticas y prospecciones, levantamientos topográficos, secciones y hasta excavaciones puntuales y forzosamente limitadas en extensión, como en Las Cavenes del Cabaco. El detalle con el que son descritos los diferentes conjuntos mineros testimonia del rigor de las labores arqueológicas llevadas a cabo. A su vez la rica documentación planimétrica y fotográfica que acompaña a los textos ilustra todos los esfuerzos que éstas han exigido para sacar el máximo de información de terrenos altamente transformados por la acción humana y que sólo ojos expertos son capaces de distinguir. Entre otros aspectos relevantes de los trabajos presentados destacan los realizados en vista de documentar la fase previa, e indispensable, de la prospección de los yacimientos auríferos cuyos resultados determinaron -o no-su puesta en explotación (ver Plinio el Viejo en la celebre descripción que hace de la explotación del oro en el libro XXXIII de su Historia Natural). A este fin, el grupo de investigación de F.-J. Sánchez Palencia llevó a cabo una labor original de geoarqueología experimental basada en un muestreo sistemático y lavado a la batea de los placeres fluviales, procurando de este modo seguir paso a paso los romanos en su afán de identificar nuevos yacimientos dignos de ser explotados, como en Las Cavenes del Cabaco y en Pino del Oro. En suma, a lo largo de los cuatro estudios, F.-J. Sánchez-Palencia ofrece una verdadera lección de metodología arqueológica. Los planteamientos históricos no son sin embargo ausentes aunque occupan sólo la parte final de los trabajos a modo de "Consideraciones finales" que apuntan a comprender las labores mineras situandolas dentro del contexto espacial, humano, administrativo y cultural propio de la época a la que pertenecen, empezando por definir la relación con los poblados identificados en las mismas zonas mineras. La adscripción a la época romana de la explotación de los yacimientos secundarios, a pesar de la deficiencia de datos cronológicos, no parece deber ser puesta en duda. Anteriormente, la técnica empleada para conseguir el preciado metal era el lavado de los placeres fluviales, lo que el hallazgo en 2010 de una partícula de oro de origen fluvial en un nivel de suelo del castro prerromano de la Ciguadeña en la zona de Pino del Oro ha venido a ilustrar. Queda sin embargo la posibilidad de que los yacimientos primarios fueran de un modo ú otro también objeto de la atención de las comunidades prerromanas pero no aparece claramente en los RECENSIONES trabajos. La identidad de los que llevaron a cabo la explotación de los yacimientos es otro aspecto importante de la réflexion histórica llevada a cabo por las autores. Detrás de estas explotaciones hay que ver a las propias comunidades campesinas locales, empeñadas en el aprovechamiento de todos los recursos disponibles, agropastorales en particular, y las terrazas agrícolas fosilizadas identificadas en las zonas de la S. de la Peña de Francia o de Pino del Oro obviamente participan de esta economía local que de ahora en adelante integra a los recursos minerales. Algo molesto sin embargo se puede sentir uno frente a la forma de presentar a la mano de obra local, como " al servicio de los intereses romanos, para los que actuaba tributando con su trabajo en la minería " (Las Cavenes, p. 177) o como "poblaciones campesinas tributarias" cuya actuación en las labores sistemáticas y extensivas son "coherentes con los intereses y la actuación de Roma en otras areas del noroeste peninsular" (Pina del Oro, pp. 213 y 209 respectivamente). Son formulaciones ambigüas que, sin decirlo, dan todo el protagonismo en estas zonas al nuevo dueño de Hispania, Roma, al igual que lo que se accepta hoy para las grandes áreas mineras del Bierzo o de la Valderna. Pero aquí, las labores, aunque importantes, no tuvieron el impacto que se observa en aquellas. Bien se podría entender esta nueva forma de aprovechamiento de los recursos mineros dentro del proceso evolutivo que experimentan en la época romana las comunidades locales, siendo éstas más atentas en diversificar sus recursos. Si bien es verdad que el punto de partida bien pudiera haber sido una labor sistemática de prospección dirigida por y desde Roma en vista de inventariar de forma exhaustiva los recursos minerales, dejando a las poblaciones locales toda libertad para aprovecharlas dento, esto sí, del nuevo marco administrativo y fiscal. ¿La posible presencia de una unidad militar en la zona de Penamacor-Meimoa en época julio-claudia no podría ponerse justamente en relación con un proyecto de inventario sistemático de la zonas auríferas de esta parte de Lusitania? Esta posible relación entre presencia militar romana y labores mineras también concluye el corto capítulo 8 del libro (pp. 217-229), que presenta un avance de las recientes investigaciones llevadas a cabo sobre otra área menos conocida, en Sanabria, provincia de Zamora, donde las labores mineras detectadas parecen corresponder, y es lo que hace todo su interés, a explotaciones, sino a prospecciones que no tuvieron continuidad Completan la obra tres artículos que, sin ser por supuesto desconectados del tema general, lo abordan de forma distinta. En el muy interesante cap. 10 (pp. 231-242) que cierra el libro, F.-J. Sánchez-Palencia asociado a su colega del CSIC Antonio García investigan el posible uso del mercurio en el proceso de recuperación del oro en las minas de Las Médulas y en las de Las Cavenes del Cabaco. Las altas concentraciones de mercurio con respecto al fondo regional sugieren efectivamente un uso sistemático en las primeras cuando parece haber sido éste menor o casi ausente en las segundas. El trabjao es aquí un avance de una investigación siempre en curso pero que parece ya confirmar la amalgación por mercurio en época romana, aunque de ésta Plinio, al revés de Vitrubio, no diga palabra. Al mismo Plinio el Viejo se dedica el primer artículo del libro, y concretamente, a su descripción de la explotación del oro bien conocida del libro XXXIII de la Historia Natural, de la cual F.-J. Sánchez Palencia junto a Domingo Plácido propone una nueva traducción (pp. 17-34). Ésta no se aparta fundamentalmente de las propuestas hechas hasta hoy, y entre éstas por el mismo autor (p. ej. en el catálogo Las Médulas. Patrimonio de la Humanidad, Madrid, 2002, pp. 138-139), sino que reivindica una traducción "literalmente fiel al texto latino" a fin de "hacer las menos concesiones posibles a la traducción libre" (p. De hecho, la principal matiz que aporta la nueva traducción concierne el próposito de Plinio al describir las diferentes formas no tanto de encontrar el oro en la naturaleza sino de obternerlo. La diferencia es subtil pero condiciona los comentarios que siguen la edición del texto, apoyados en las observaciones hechas por F.-J. Sánchez Palencia en sus propios trabajos de terreno, y entre estos los descritos en la presente publicación en un frecuente vay-vien con el texto pliniano. Destaca aquí la importancia dada por los autores al aurum talutium interpretado aquí en el sentido de oro obtenido por prospección, una etapa de la explotación del oro, secundario pero también primario, y a la que los autores dan mayor protagonismo que lo que se le había dado hasta ahora. También interesan los comentarios sobre los sistemas de explotación. Si bien no vuelven sobre el sistema ya bien estudiado de la ruina montium o arrugia, resaltan las evidencias sobre el uso de la fuerza hidraúlica hasta en yacimientos primarios. En suma, el artículo, lejos de desconstruir todo lo ya escrito sobre y a partir del testimonio de Plinio, ofrece nuevos puntos de vista que enriquecen la discusión sobre un texto imprescindible. Hemos dejado para el final de esta reseña el artículo que forma el capítulo 3 de la obra (pp. 35-62) por contrastar de forma completa con el enfoque que da su cohesión a la publicación y que, como se ha visto, es fundamentalmente arqueológico. Con el título "La epigrafía de las zonas mineras de Asturia Augustana", lo firman Inés Sastre, Alejandro Beltrán y Fernando Alonso, cuyos trabajos anteriores bien conocidos, de la primera autora en particular, apuntan a definir el marco jurídico, administrativo y social del aprovechamiento de los recursos naturales, y mineros entre ellos, del Noroeste hispánico a traves de la epigrafía. El presente trabajo no aporta de este punto de vista grandes novedades, en cuanto a la organización de las explotaciones y al papel jugado por las civitates como intermediarios con las autoridades romanas para el suministro de mano de obra, el protagonismo de los grupos dirigentes locales o el papel del ejército entre otros aspectos, no variando las tesis y los modelos defendidos en otros lugares y en conjunto aceptados por la comunidad científica. El objetivo principal es aquí definir, a partir de una revisión de la (difícil) clasificación cronológica de las inscripciones, el hábito epigráfico de tres áreas del Noroeste, el Bierzo, la Valduerna y la parte occidental de la provincia de Zamora en torno a Pino del Oro. Se puede discutir de la pertinencia de hablar de cada una de estas áreas indiferentemente como "zonas mineras", especialmente la última, cuando en trabajos anteriores era catalogada como "no minera" antes de que los trabajos del grupo de investigación de F.-J. Sánchez-Palencia identificasen una actividad minera en época romana. De hecho, de manera general, parece algo contradictorio este uso (casi un abuso de lenguaje) con la linea oficial que se sigue en muchos trabajos del propio grupo y hasta en los distintos artículos de la presente obra según la cual la minería forma parte de un sistema económico que ha de estudiarse globalmente. Interesante es la perspectiva comparativa que guia a los autores en la definición de la práctica epigráfica y su evolución en las distintas zonas, en particular del Bierzo y de la Valduerna. Muy llamativa es la especificidad de la tercera zona con respecto a estas últimas, marcada por la dominación de epígrafes funerarios, con una fuerte onomástica peregrina; el alejamiento de las grandes áreas mineras del Bierzo y de la Valduerna, objeto de toda la atención por parte de la autoridad imperial romana, explica sin duda en parte esta diferencia. Zamora marca aquí su diferencia, ésta aparecería menos tajante si se comparase con otras zonas rurales o agrestes del mundo romano que presentan un fácies epigráfico semejante (por ej. los Pirineos). Por lo que poco convincente nos parece relacionar aquí la práctica epigráfica con sólo una "aristocracia local muy interesada en consolidar su poder sobre sus propias comunidades" (p. 51) y reductor hablar del hábito epigráfico como de un "lenguaje de poder" propio de las élites (p. Como apuntan los autores no hay una epigrafía especificamente "minera" y ésta ha de ser estudiada tanto dentro de su propio contexto, geográfico, social, económico, cultural, como en el del proceso global de romanización que toca diferentemente y según ritmos distintos las diferentes regiones del mundo bajo autoridad romana. Un buen ejemplo es el conjunto de dedicatorias votivas del Bierzo, al que sin embargo los autores acordan relativamente poca atención. Aquí se ve cómo la práctica epigráfica dio una nueva vida, y en todo caso una nueva visibilidad a cultos locales sin que haya que ver detrás de este "renacimiento" la obra de las solas élites. Son aquí algunas pocas matices que no alteran la apreciación global muy positiva del libro en su conjunto que, sin lugar a dudas, encuentra todo su sitio entre las obras dedicadas por el mismo grupo que F.-J. Sánchez-Palencia capitanea como por otros autores a la minería romana. Una obra útil, acertada y ciertamente importante. Supone para mi todo un honor y un placer poder publicar una recensión acerca de uno de los libros más esperados de los últimos tiempos por parte del investigador que se dedique al comercio en la Antigüedad romana y bizantina. No creo que deba de esconder que me une un especial vínculo afectivo tanto con el doctor Tamas Bezeczky como con el yacimiento arqueológico de Éfeso, donde llevo ya varios años desarrollando mi tarea investigadora y a donde llegué de la mano del Dr. Bezeczky cuanto mi conocimiento de las ánforas y del comercio se limitaba a las regiones más occidentales del mundo romano. Más allá de ello, pienso sinceramente que este libro, publicado por la Academia de las Ciencias de Austria en la serie Forschungen in Ephesos, era necesario desde hacía bastante tiempo. Con su publicación se ponen las bases para comenzar a suplir una serie de carencias que siguen pesando demasiado sobre el mundo egeo de época romana y bizantina y que, sin lugar a dudas, gracias al trabajo del Dr. Bezeczky serán más fáciles de solucionar por parte de investigadores futuros. La aparición de este volumen supone el punto culminante del trabajo desarrollado por su autor a lo largo de prácticamente una década en Éfeso. Un trabajo que ha sido acompañado de numerosos artículos, conferencias y participaciones en distintos congresos, aumentando paulatinamente el conocimiento y difusión de la realidad arqueológica de este importantísimo yacimiento. A pesar de tratarse de un investigador consagrado, con varias obras de referencia a sus espaldas (Bezeczky 1987;1994;1998 etc.), en este trabajo puede observarse la gran experiencia que acumula sobre el complejo mundo de las ánforas y el comercio que, gracias a su investigación en Éfeso, ha podido perfeccionar y presentar a la comunidad científica en forma de un excelente volumen. En él se presentan los materiales de distintos contextos excavados en Éfeso principalmente durante los últimos 30 años. Destaca por encima de todos el Ágora de Tetrágonos, que en época romana es el gran punto comercial de la metrópolis asiática. De este lugar provienen más de tres cuartas partes de las piezas trabajadas para esta publicación, abarcando ánforas que van desde finales de época helenística hasta la Antigüedad Tardía, si bien hay que destacar la alta presencia de piezas de los siglos i a.C. y i d.C. El estudio de este contexto ha sido convenientemente complementado con el material proveniente de otras excavaciones importantes de Éfeso, destacando las de ciertos apartamentos de la llamada "Casa Aterrazada 2", una de las zonas de vivienda más ricas de la capital de la provincia romana de Asia. El investigador especializado se dará inmediatamente cuenta de las dificultades inherentes a un trabajo como el que ha llevado a cabo el Dr. Bezeczky. La presentación de hasta 70 tipos distintos de ánforas1, únicamente es posible en un yacimiento de la envergadura de Éfeso, verdadera metrópolis comercial que estuvo ocupado durante un margen cronológico muy amplio. Erigiéndose en la capital de la provincia romana de Asia a partir del principado de Augusto, fue sin lugar a dudas uno de los puntos comerciales más importantes de todo el Mediterráneo Oriental, llegando mercancías de cualquier lugar del mundo, algo que queda perfectamente reflejado en la presencia de ingentes cantidades de ánforas de todos los rincones del orbe romano. Más allá de ello, el territorio de Éfeso fue extremadamente fértil, produciendo una serie de excedentes que fueron exportados una vez que eran envasados en ánforas. Durante época bizantina inicial la dinámica económica y comercial de la metrópolis asiática, metida de lleno en las grandes corrientes del mundo Mediterráneo, sufre algunas transformaciones con respecto a momentos anteriores. En este sentido, partiendo del material del periodo tardoantiguo trabajado en este estudio, se nos muestra el incremento de las exportaciones efesias entre los siglos iv al vi-vii d.C., materializadas en dos tipos concretos de envases, las ánforas Late Roman Amphora 3 y las Ephesus 56. Esta dinámica económica y comercial queda perfectamente plasmada en este libro, donde se incide en la situación de la investigación en torno a la producción y comercialización de ánforas efesias, asentando las bases para un mejor entendimiento de tan complicada temática. Igualmente importante ha sido la lectura detenida de las fuentes escritas que el autor ha llevado a cabo2, que al ser convenientemente complementada por los datos aportados por la arqueología y por la ayuda de los análisis petrográficos, han permitido al autor establecer la producción y exportación de ánforas (y por lo tanto de sus contenidos) desde Éfeso y su territorio en el largo periodo que va desde el final del helenismo hasta época bizantina. A la hora de estructurar el libro, se presentan cuatro capítulos principales, que van seguidos de otros cuatro apartados menores, entre los que se incluyen dos interesantes apéndices. Todo ello queda completado por una amplia bibliografía, dividida entre fuentes antiguas y publicaciones modernas, a la que siguen los índices de un extenso apartado gráfico compuesto por dibujos de 820 piezas, 830 fotografías de pasta a 20 aumentos y 75 fotografías de láminas finas. El primer capítulo es una necesaria descripción a modo de resumen de la historia de Éfeso y de sus investigaciones arqueológicas. En él se remarca acertadamente la importancia del templo de Artemis, pero también el rol que la ciudad adquiere en época cristiana como uno de los lugares de peregrinación más importantes del Egeo. El siguiente capítulo se centra en describir de manera detallada los contextos de los que provienen las ánforas. Se ponen en relación las ánforas halladas con los contextos y los mismos estratos donde han aparecido, mostrándose una serie de tablas con los estratos principales, que a su vez quedan ligados a los periodos cronológicos y a las piezas trabajadas por el autor. Este apartado cuenta con una aportación del Dr. P. Scherrer, quien describe los contextos que él mismo ha excavado, centrándose en la compleja estratigrafía e interpretación histórica del Ágora de Tetrágonos. Gracias a esta descripción el lector adquiere una buena idea del trabajo llevado a cabo, así como de la importancia que tuvo Éfeso como punto comercial de primer nivel, donde las ánforas son parte de la cotidianeidad de cualquier excavación que se lleve a cabo. Una parte importante del trabajo del Dr. Bezeczky se basa en los análisis petrográficos. Ello se muestra claramente tanto a la hora de caracterizar los distintos tipos de ánforas en los 3 y 4, como en el apartado 7, dedicado de forma exclusiva a la arqueometría y donde aparecen bien reflejados los resultados de los estudios llevados a cabo junto con el Dr. R. Sauer. Este tipo de estudios, a pesar de sus dificultades y de su coste, han logrado ahondar en el conocimiento de una gran cantidad de tipos de pasta de ánforas del Mediterráneo Oriental. Entre los presentados destacan los análisis dedicados a las ánforas locales, que quedan bien reflejados en el capítulo 3, y que han permitido la asociación de nuevos tipos a una producción en Éfeso o sus alrededores, así como la distinción de tres tipos de pasta principales, que en líneas generales están vinculados a distintos momentos cronológicos. La asociación del autor con otros investigadores habla a favor de la visión global de la arqueología que este posee. Una virtud del Dr. Bezeczky es que no duda en ceder terreno a los verdaderos especialistas de determinados estudios, ni en agradecer la colaboración de todas aquellas personas que le han permitido y facilitado su trabajo a lo largo de los últimos años. Puede afirmarse que el cuarto capítulo es el núcleo central de este trabajo. Se trata de una descripción de los 71 tipos planteados por el autor. Dicha descripción se estructura siguiendo un esquema fijo, que se basa en una introducción al tipo de ánfora, que va seguida de la descripción de su forma. En el caso que existan muestras epigráficas asociadas, se continúa abordando el tema de la epigrafía. El siguiente punto se centra en determinar el lugar de origen de cada tipo de ánfora, al que siguen su contenido y su distribución geográfica según datos generales. Por último se realiza una descripción de la pasta conforme a los ejemplares encontrados en Éfeso, que va seguida de unos cuadros petrológicos redactados tanto por el autor como por R. Sauer. Para finalizar cada descripción, se presenta un pequeño catálogo de las piezas de Éfeso, que están referenciadas con dibujos y fotografías del apartado gráfico incluido al final del libro. Como cualquier clasificación tipológica, la llevada a cabo por el Dr. Bezeczky no está exenta de problemas. No obstante, hay que agradecer el amplio apartado gráfico, que ha de ser tomado como un ejercicio de honradez que se echa de menos en numerosas publicaciones, y que ayuda a poner solución a ciertas cuestiones. Hay que admitir que se puede estar más o menos de acuerdo con la descripción que se hace de los tipos, pero desde luego, tanto los dibujos, como la descripción de las pastas ligadas a los mismos (complementada con fotografías a 20 aumentos), son una valiosa herramienta para poder comparar los resultados de cualquier excavación. Si tuviera que hacer una ligera crítica al trabajo del Dr. Bezeczky, esta se centraría en su descripción de la mayor parte de las ánforas hispanas que tiene en Éfeso. Desde mi punto de vista podría haberse realizado una descripción más precisa y actualizada, que contase con datos menos generales acerca de tipos como las Pascual 1, Dressel 7-11, Dressel 12 o Lomba do Canho 67. Creo que esto no ha sido llevado a cabo principalmente porque el autor ha trabajado partiendo de estudios publicados en inglés u otros de un carácter ciertamente general, que no llegan a tener la calidad de lo producido en la Península Ibérica en los últimos años. Este hecho tal vez nos deba hacer reflexionar sobre la propia investigación peninsular y la necesidad de adaptarse a los nuevos tiempos en los que, desgraciadamente, el inglés se está imponiendo como lengua principal también en una disciplina tan ligado a lo humano como es la nuestra. Creo sinceramente que no podemos dejar la difusión de nuestra importante producción anfórica entre los investigadores de habla inglesa, en manos de bases de datos llevadas desde fuera de la Península Ibérica que no comprenden la verdadera problemática peninsular, o de gente que no conoce realmente las producciones hispanas. Afortunadamente, proyectos como "Amphorae ex Hispania. Paisajes de producción y consumo" están poniendo las bases para que esto no ocurra en el futuro. Tras estos capítulos, que ocupan más de la mitad de la obra, el siguiente apartado está dedicado a presentar las cantidades concretas de cada tipo de ánfora, referenciándolos con los contextos de los que provienen. Como ya ha sido mencionado previamente, dos contextos destacan por encima de todos los estudiados por el autor, el Ágora de Tetrágonos y las distintas viviendas de la Casa Aterrazada 2. En relación con ellos se presentan unas interesantes tablas cuantitativas, dividiendo el material en función del periodo en el que ha de ser encuadrado (fig. 28), y también en relación con las principales regiones de producción, separando lo que son producciones de Éfeso y el territorio bajo su control económico, de las importaciones de otras áreas geográficas (Figs. El capítulo 6, de apenas dos páginas y con una versión en turco, se presenta a la manera de un resumen y evaluación rápida de los puntos principales presentados con anterioridad, planteándose rápidamente la evolución comercial y económica de la metrópolis asiática en función del material trabajado. En cuanto al capítulo 7, está dedicado exclusivamente a los resultados de análisis petrológicos, que se dividen entre láminas finas y análisis de minerales pesados. Este capítulo viene a complementar al capítulo 3 y se centra en presentar unos cuadros con las composiciones de los tipos más comunes encontrados en Éfeso, es decir, los tres tipos de pasta locales presentadas ya en el capítulo 3 como A, B, C, junto con los diferentes tipos de pastas asociadas a ánforas de tipo rodio y con ciertas pastas de la costa tirrénica italiana. El capítulo número 8 es el primero de los dos apéndices con los que cuenta el libro. En este caso está dedicado a la figura de Gaius Curtius Postumus, un personaje que aparece en varios sellos de ánforas itálicas encontrados en Éfeso, y que parece que tuvo una especial vinculación comercial con esta ciudad. La importancia de Curtius Postumus radica en que es un personaje histórico que aparece nombrado en varios escritores de época romana y que tuvo una especial relación con Cicerón, pero también con políticos de la altura de César y Octavio. Probablemente ello le permitió tener una posición económica favorable, estando vinculado al comercio y producción de vinos y otros productos de la región de Campania, y actuando a través de sus libertos, como bien puede verse en el caso de Éfeso. T. Bezeczky hace un repaso de la vida, producciones anfóricas y el papel de los libertos de Curtius Postumus, en especial de C. Curtius Mithres quien según Cicerón debió de tener casa en Éfeso. Todo ello queda completado con un excelente apartado gráfico en el que se muestran los sellos más importantes de este personaje encontrados hasta el momento de la publicación del libro. El siguiente apéndice, a pesar de su brevedad, estamos seguro que es uno de los que más satisfacción ha producido al doctor Bezeczky. Está dedicado a la relación existente entre la excelsa familia de los Laecanius Bassus y la ciudad de Éfeso. Esta familia, con amplias posesiones en la zona de Pula (Croacia), como bien conoce el Dr. Bezeczky (1998; etc.) tuvo en la producción y exportación de aceite de oliva a las regiones del Danubio una de sus fuentes de riqueza. Varios de sus miembros llegaron a alcanzar el consulado, pero en época de Vespasiano, las posesiones de Istria pasaron a formar parte de los dominios imperiales. Es en este momento, tal vez como compensación por la expropiación del patrimonio istriano, cuando uno de los miembros de la familia fue nombrado gobernador de Asia, construyendo una fuente monumental en la parte alta de Éfeso. Todo este trabajo queda completado con una amplia bibliografía en la que confluyen distintos tipos de estudios que abarcan todo el mundo mediterráneo y más allá del mismo. En primer lugar se citan los autores clásicos más relevantes que se han usado para este trabajo, pasando después a la gran cantidad de bibliografía moderna consultada. Tal vez en algunas zonas falta citar algunos estudios de interés, sobre todo en la Península Ibérica, pero en su conjunto demuestra ser una recopilación bastante completa para el momento en el que se finalizó el manuscrito, en torno a finales del año 2010 ó inicios de 2011. Simplemente queda decir que estamos convencidos que este libro servirá de modelo y tendrá continuación en las publicaciones de otros investigadores del mundo egeo de época romana y bizantina, entre los que no puedo más que incluirme. En él se nota no sólo el trabajo llevado a cabo en Éfeso, sino el amplio conocimiento de la producción y comercialización de ánforas, tanto en Oriente como en Occidente. Es cierto que el propio lugar de estudio, una metrópoli donde desembarcan todo tipo de mercancías, obliga a ello, pero no hay que quitarle ningún mérito al Dr. Bezeczky quien, gracias a su experiencia, a su amplio grupo de contactos y a los numerosos viajes hechos en los últimos años, ha conseguido sentar las bases para un nuevo desarrollo de los estudios comerciales en esta parte del Mediterráneo. En los últimos años, a la par que asistimos al 'maltrato' de los estudios sobre Epigrafía Romana -mejor que "latina", como adecuadamente matizan los coordinadores del libro que aquí se reseña (p. IX)-en los planes de estudio del denominado Espacio Europeo de Educación Superior, el indiscutible aporte que ésta hace a cualquier aspecto de la Historia de Roma -demostrado, con las más de 2000 inscripciones que, anualmente, son descubiertas en el Occidente Romano-ha estimulado notablemente la producción académica sobre la materia y el inveterado Cours d'Epigraphie Latine de René Cagnat (París 1914) ha empezado a verse sustituido bien por aproximaciones escolares y básicas -acordes con el nivel de profundización que permiten en la materia los actuales estudios de Grado (Schmidt, M., Einführung in die lateinische Epigraphik, Darmstadt 2011)-bien por misceláneas de carácter global (Andreu, J., (coord.), Fundamentos de Epigrafía Latina, Madrid 2009) que, ocasionalmente, parten, además, de catálogos epigráficos especialmente generosos (Cébeillac, M., Caldelli, L., y Zevi, F., Épigraphie Latine, París 2006). En esa última línea -la de las misceláneas colectivas pensadas como herramientas para la profundización-se inscribe el extraordinario manual de Epigrafía Romana que acaba de ver la luz en las series de la prestigiosa Oxford University Press, en concreto en su colección Oxford Handbooks in Archaeology. Se trata de un volumen de casi novecientas páginas incluyendo siete imprescindibles apéndices y un generoso -aunque siempre insuficiente-elenco de imágenes y excepcionalmente bien coordinado por Christer Bruun, del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad de Toronto y por Jonathan Edmonson, reputado estudioso de la Lusitania romana y que profesa en el Departamento de Historia de la Universidad de York. Ambos -desde una tradición, la anglosajona que, como ellos mismos reconocen, no es la más prolífica en investigación epigráfica y que aun no había firmado ningún trabajo académico de estas características-realizan una muy meritoria labor de coordinación editorial, algo que no resulta baladí en una obra que reúne a más de veinte autores diferentes, procedentes de al menos diez países y tradiciones investigadoras distintas, que, pese a ello, presentan sus trabajos muy bien alineados con el objetivo de aportar una panorámica general de los rudimentos básicos para el trabajo del "militant epigrapher" como los autores (p. X) llaman a cualquier investigador -ellos, con acierto, subrayan que el perfil de éste va más allá del de un historiador-que tiene la fortuna de enfrentarse, para su trabajo, con fuentes de naturaleza epigráfica. Huelga decir que este Handbook on Roman Epigraphy cubre con creces ese objetivo y -a nuestro juicio-se convierte en un volumen desde el que acercarse -con una bibliografía riquísima y muy RECENSIONES actualizada-a inumerables aspectos sociales, económicos, religiosos y culturales de la Roma antigua, en particular a partir de la última de las tres partes en que la obra se articula, obra a la que auguramos un notable éxito académico y editorial dada su extraordinaria utilidad rubricada, además, con unos muy adecuados índices temáticos (pp. 851-888) y con una oportunidad editorial fuera de toda duda. Lo complejo y poliédrico del hábito epigráfico y las particulares aproximaciones desde las que la cultura epigráfica resultante -dos conceptos extraordinariamente bien caracterizados en una de las dos aportaciones de F. Beltrán Lloris al volumen (pp. 131-148)-puede ser abordada habían hecho que, hasta la fecha, la tipología básica de las inscripciones -que en este volumen, además, se presenta de un modo clarísimo a partir de la evidente distinción entre inscripciones de contexto público e inscripciones de contexto privado (pp. 99-103)-hubiera sido el hilo conductor que estructurase los volúmenes escolares sobre Epigrafía Latina. Sin embargo -y ello constituye, indudablemente, otra de las singularidades del trabajo editado en Oxford-en esta ocasión los editores han optado por hacer una presentación de la Epigrafía Latina más volcada hacia su utilidad, hacia sus posibilidades interpretativas, de edición y documentales -no en vano el propio Jonathan Edmonson define (p. 5) tres acciones como las básicas de la labor del epigrafista: autopsia, registro e interpretación-pero sin que ello haga incurrir las aportaciones en una erudición que las separe del objeto real del volumen: el estudio y análisis de los tituli como documento material pero, sobre de alto contenido histórico y la presentación de las herramientas desde el que aproximarse a ellas. Por eso -y pensando, como los autores reconocen, en un público que excede al de los historiadores (p. X)-el manual se estructura en tres partes, una primera de carácter conceptual, metodológico y disciplinar (pp. 3-85) -quizás en el que mejor se percibe la madurez de la Epigrafía como disciplina, en particular a partir de capítulos como el dedicado a los recursos digitales, de muy singular tratamiento y muy recomendable (pp. 78-85, por T. Elliott)-, otra que aborda el papel de las inscripciones en tanto que objetos materiales (pp. 86-148) pero profundizando, también, en las motivaciones ideológicas y los valores sociales que estimularon el desarrollo de la cultura epigráfica, y, por último, una tercera -la más extensa y, probablemente, la más original, completa y útil-en la que, sobre la base de lo presentado anteriormente, se aborda la importancia de las inscripciones para nuestro conocimiento de muchísimos aspectos del mundo romano, a saber, los religiosos y cultuales (pp. 398-468), los sociales y económicos (pp. 469-695, el bloque que da cabida a los tipos de inscripciones más usuales del panorama epigráfico romano: funerarias, honoríficas, tituli operum publicorum, inscripciones imperiales, viarias...) y, por último los culturales (pp. 699-782), un apartado éste en el que se profundiza con notable acierto en cuestiones lingüísticas y literarias asociadas al propio hecho epigráfico y que inciden en cuestiones como las de la alfabetización de las sociedades romanas o la del bilingüismo. Si la estructura es ya, per se, extraordinariamente sagaz, más lo son algunos de los puntos en los que los autores se detienen bien para poner al día cuestiones sobre las que se han producido novedades en los últimos años bien para trazar nuevas tipologías porque el caudal documental se haya incrementado y así lo recomiende bien para, sencillamente, compendiar lo que sobre la cuestión era ya conocido. En todos los casos, de todos modos, el manual aporta siempre el extraordinario aditamento de una bibliografía -la que cierra cada capítulo-sabiamente escogida y que hará de aquél, seguro, un buen punto de partida para cualquier estado de la cuestión que quiera abordarse en adelante y el acertado enfoque eminentemente utilitario y práctico de las cuestiones. Muestra de ese carácter es, por ejemplo, la utilísima check-list de buenas prácticas a la hora de editar una inscripción que aborda J. Edmonson en el capítulo primero del trabajo (esp. pp. 7-14) y que va a resultar extraordinariamente útil en adelante o la aproximación que Ch. hace al cursus honorum como herramienta de estudio prosopográfico. Ante un elenco tan amplio de cuestiones -el volumen constituye una miscelánea de Historia de Roma casi sensu stricto-y una pléyade tan amplia -e ilustre y bien escogida (F. Beltrán Lloris, M. Buonocore, G. L. Gregori, M. Horster, M. Kajava, A. Kolb, S. Orlandi, O. Salomies, M. Schmidt...)-de contribuyentes resulta difícil glosar cuáles -al margen de las metodológicas ya antes referidas-son las principales aportaciones de este trabajo. Acaso sí pueden servir como pauta las soluciones que glosábamos más arriba como los modos habituales de acercamiento a las cuestiones tratadas que muestran los distintos capítulos del Oxford Handbook in Roman Epigraphy. Así, se percibe en este libro cómo algunos apartados obedecen a intentos de poner orden en una documentación que se ha incrementado notablemente en los últimos años -así, por ejemplo la tipología que, sobre las inscripciones de carácter público realizan primero F. Beltrán Lloris (pp. 99-103) y después G. Rowe (pp. 299-318), extraordinariamente útil y con vocación de futuro-o cuyo concurso en temas recientemente rehabilitados por parte de la investigación aun está en los comienzos -como sucede con la extraordinaria caracterización que, desde una óptica material pero también social y política, elabora B. Salway Sobre la documentación epigráfica de la Antigüedad Tardía (pp. 364-393)-o se ha revelado especialmente clave para la caracterización histórica del periodo. En este último sentido pueden servir como ejemplos el capítulo dedicado (pp. 153-177) a la República Romana, firmado por O. Sallomies y que constituye casi un extraordinario vademecum sobre la Epigrafía Romana Republicana, tan escasa pero tan fundamental para la caracterización de ese periodo histórico, o el que firma D. S. Potter sobre las inscripciones de carácter narrativo e histórico (pp. 345-363) donde se evidencian claramente las conexiones entre las fuentes literarias y la producción epigráfica oficial de Roma. En otras ocasiones, el acierto del libro estriba en la capacidad de los autores para reivindicar la atención a determinadas cuestiones en constante proceso de actualización en los estudios epigráficos caso de las investigaciones sobre la tradición manuscrita -cuyas aportaciones son extraordinariamente bien sistematizadas por M. Buonocore (pp. 21-41) y que, gracias a la Real Academia de la Historia están aportando tantísimo material en nuestro país-o -y constituye una de las novedades respecto de la tradición de publicaciones académicas en materia de Epigrafía Latina-el asunto de las falsificaciones sobre el que S. Orlandi, L. Caldelli y G. L. Gregori firman (pp. 42-65) uno de los más interesantes trabajos de la miscelánea. En otros casos, finalmente, los autores ofrecen extraordinarias síntesis sobre cuestiones de moda en el último decenio como el evergetismo (pp. 515-536 por M. Horster, con un muy buen análisis de lo que éste supuso para la vida ciudadana en época romana), la dimensión "de género" del hecho epigráfico (pp. 582-604 por parte de L. Caldelli, que se detiene en la imagen que las inscripciones aportan para la caracterización del colectivo femenino), la cristianización de la cultura epigráfica (esp. pp. 453-459, por El resultado, por tanto, es un manual absolutamente magistral no sólo por lo que compendia -abordando cada cuestión, además, como se ha visto, con una visión muy transversal de la que, por otra parte, andan muy necesitados los studia Antiquitatis y que, sin embargo, ha sido siempre consustancial a la investigación epográfica-sino, también, por las posibilidades de estudio ulterior que ofrece al recoger y sistematizar gran parte de lo que hoy sabemos sobre la función que desempeñaron en el pasado -y siguen desempeñando para la construcción historiográfica de aquél desde el presente-las tantas veces citadas litterae quadratae que llenaron los ámbitos públicos y privados de las antiguas sociedades de Roma. En el volumen anterior de Archivo Español de Arqueología (87, 2014), cometimos un error al indicar la afiliación de la autora del artículo: Diana Rodríguez Pérez, «¿La Apoteosis de Heracles o una escena de Apobates? A propósito de una cratera de campana procedente de La Loma del Escorial de Los Nietos (Cartagena, Murcia)»Donde aparece: «Beazley Archive. Universidad de Edimburgo» debería figurar «The Beazley Archive. Universidad de Oxford», que es lo correcto. Este error ha sido corregido en la versión electrónica del artículo. Pedimos disculpas a nuestros lectores. Redacción de Archivo Español de Arqueología
Es difícil compendiar la extensa vida del profesor Blázquez en un breve espacio y sobre todo en unos momentos de tanta tristeza y desaliento por su pérdida. Maestro de tantos discípulos, entre los que me honro, generoso y humano, un hombre bueno y afable siempre cercano a los que teníamos alguna dificultad en nuestra vida. En mi caso han sido tres años y medio de constante apoyo, de visitas a las clínicas y a casa, de llamadas diarias. Su delicada salud en los últimos tiempos me ha permitido corresponder con todo mi cariño y mi agradecimiento a sus desvelos porque se lo merecía y porque me salía del corazón. Su valor humano era igual a su gran valía científica. El prof. Blázquez ha sido un sabio, un pozo de conocimientos, aunque su modestia le hiciera decir repetidamente que sus discípulos ya le habíamos superado. Nada más lejos de ser verdad, él era un trabajador incansable y un lector empedernido, siempre a la última, un conocedor de las fuentes que manejaba con una memoria prodigiosa. Sus excavaciones en Cástulo, en La Loba y últimamente en el Testaccio, sus innumerables viajes, sus cargos de Director del Instituto nas de años con varios Proyectos I+D+i, alguno en la categoría de calidad, proyectos que heredé de mi maestro sin suplantarle, sino con el orgullo de continuar su obra siempre con su colaboración. Él creó una escuela en esta disciplina, elaborando y publicando el Corpus de Mosaicos romanos de España y poniendo en valor internacionalmente los estudios españoles sobre la musivaria romana. De él hemos aprendido que no existen barreras entre la arqueología y la historia antigua y así lo hemos aplicado siempre en el estudio de los mosaicos como documentos históricos. Él nos imbuyó el gusto por los viajes como forma de aprendizaje, qué gran acierto, cuánto hemos aprendido visitando Museos y yacimientos arqueológicos del Norte de África y del Próximo Oriente siempre de su mano, escuchando sus sabias explicaciones, poniéndonos en contacto con sus colegas de reconocido prestigio, haciéndonos participar en congresos, escribiendo artículos, azuzándonos siempre desde nuestros jóvenes comienzos. No ha habido otro maestro que nos haya ampliado nuestros horizontes científicos como él lo hizo. Hemos sido unos privilegiados aprendiendo a su lado. En mi caso, todo lo que soy se lo debo a él, he crecido a su sombra como yo le decía en repetidas ocasiones cuando él con su sencillez de sabio me supervaloraba. Don José se ha ido con las manos llenas, llenas de enseñanzas y de generosidad, de gran humanismo, de ejemplo a seguir y nosotros somos acreedores de tanto como le debemos. Nuestra fidelidad será eterna como lo es ahora su vida. Maestro, antes o después nos volveremos a encontrar. De momento nos queda su maravilloso recuerdo y la enorme suerte de haber compartido con él su gran experiencia de la vida y de la ciencia.
La École Française de Roma organizó, entre el año 2000 y el 2003 y junto a la Unité Mixte de Recherche Archéologies et Sciences de l'Antiquité (Centre National de la Recherche Scientifique, Université de Paris I y Université de Paris X), ocho seminarios en torno al tema "La imagen antigua y su interpretación", tres de los cuales se publicaron ya en los Mélanges de l ́École Française de Rome. El presente volumen reúne tres de aquellos seminarios: "Interpréter les oeuvres disparues. Réflexions et confrontations sur l ́origine et le développement de la narration dans l ́Antiquité» (14/02/2002), un seminario en el que participó la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma del CSIC, junto a otras instituciones como la propia École Française, la Soprintendenza Archeologica della Puglia y la Universidad de Bari. El origen de la obra, que se abre con un recuerdo a Marina Mazzei, explica su cierta apariencia de reunión de cuatro bloques temáticos diferenciados, aunque en torno a una preocupación común por la imagen antigua, en cuanto fuente de análisis histórico que necesita de un acercamiento interdisciplinar, en la frontera entre varias disciplinas tradicionales. Tres prólogos, por parte de F.-H. Massa-Pairault, presentan y son hilo conductor de las hasta 16 contribuciones. Excedería claramente los límites de esta recensión realizar un comentario pormenorizado de cada contribución, por lo que me limitaré a comentar ciertos aspectos, así como otros más generales de la obra. El primero de estos seminarios abordó el análisis histórico de objetos de importancia simbólica en la Antigüedad y de los que conservamos la descripción de los textos clásicos. En su conjunto, estos artículos analizan hasta qué punto podemos acercarnos a conocer estos objetos a través del relato, o si éste respondía más bien a intereses diversos, por encima de la descripción real de un objeto. En el relato se podían proyectar toda una serie de instituciones comunitarias que querían transmitir a la audiencia un orden social determinado. M. Menichetti dedica su trabajo a la interpretación de la descripción del escudo de Aquiles realizada por Homero, que relaciona con los mecanismos de la memoria cultural que ha subrayado J. Assman (1997). Menichetti señala cómo lo que interesa realmente en el relato de Homero es el escudo en cuanto thauma, es decir, algo maravilloso, que sorprende y asombra, símbolo de las cualidades atribuidas a Aquiles. Sus escenas remiten a una red de imágenes símbolo de la legitimidad de un poder heroico y real, mientras que la descripción del escudo recuerda a la audiencia cómo se elabora la identidad heroica. La arqueología ha prestado poca atención al poema pseudohesiodeo sobre el escudo de Heracles, al que se dedica M. Torelli en un trabajo en el que defiende una cronología de inicios del s. VI a.C. para esta obra. Una lectura estructural de este poema pseudohesiodeo, en relación a la cultura figurativa de la época, le ayuda a definirlo como summula de los valores aristocráticos arcaicos. Por su parte, F.-H. Massa-Pairault analiza la descripción que proporcionó Pausanias del larnax de los Cypselidas (Paus., V, 17-5/19-10). Existe en el acercamiento un indudable interés por la estructura del poder arcaico, su organización y presencia en la exégesis de los mitos. Don extraordinario, el larnax de los Cypselidas es el manifiesto de la tiranía corintia en Olimpia, a la vez que permite comprender mejor las funciones variadas desempeñadas por los mitos y la sutilidad de su empleo, reflejando lo refinado y la complejidad de la mentalidad griega arcaica, así como las ideologías que estructuran el pensamiento mitológico de esta época y su recuperación política por parte de la tiranía. En la presentación de las contribuciones al segundo seminario, "Entre narration et abstraction. Études comparatives", F.H. Massa-Pairault recuerda la relación entre las imágenes y la cultura oral o la memoria de una comunidad determinada, lo que añade gran complejidad al análisis iconográfico. La iconografía puede contener, por tanto, tanto acontecimientos como preceptos y modos de comportamiento, cuyos relatos presenta a menudo en símbolos o metáforas. Persiste la pregunta de Whitley: ¿estas imágenes son verdaderamente narrativas o solamente alusivas? (1991). Los símbolos y narraciones de la cerámica geométrica de la Daunia es el tema del trabajo de M. Consiglia, M. Anzivino y M. Mazzei. Producida entre la segunda mitad del s.VIII y finales del s. V a.C., los autores llaman la atención sobre la persistencia de la iconografía del símbolo solar, siempre representado por dos pájaros acuáticos, cuyas numerosas variantes les induce a excluir que pudiera tratarse de un simple motivo de adorno. Esta simbología de las aves, como dos prótomos zoomorfos, se funde en la zona danubiana con el motivo del sol y de la barca solar que llega sobre las aguas, lugar de unión entre la vida y la muerte. Las imágenes, en definitiva, cuentan el relato de su mundo, de un mundo del que deriva su poder. Las dos intervenciones españolas corrieron a cargo de R. Olmos y de T. Tortosa. En su texto, Olmos aborda el tema de la diacronía de los signos, como éstos están inmersos en un contexto y procesos históricos mudables. Los signos pueden contener leyendas alusivas, generalmente etiológicas, de fundación o simplemente paradójicas: sólo lo extraordinario, lo paradoxon, requiere explicación y comentarios entre los interlocutores. Así lo sugieren los leones de Pozo Moro, que evocan el espacio y el tiempo de un príncipe cuyos orígenes dinásticos se vinculan al ámbito sagrado de los dioses. Pero también definen las relaciones de los dioses y los héroes, por lo que justifican la situación política del presente. El artículo plantea la interesante cuestión de la pervivencia y reformulación de los signos, que se ven dotados de continuos nuevos significados a lo largo del proceso histórico, desde la sincronía y desde la construcción de la memoria propia. Por su parte, el texto de T. Tortosa reflexiona e identifica tres formas de narración a partir de las cerámicas del área ilicitana. Para su valoración histórica, es preciso insertar estos reci- La perspectiva se sitúa, por tanto, desde la comprensión y acercamiento histórico al valor social que debieron adquirir estos objetos, comprensibles dentro de los cambios sociales a partir del III a.C. A partir de la relación establecida entre la concepción cosmogónica de los iberos y sus representaciones figuradas (Olmos, 1996), el presente trabajo llama la atención sobre la representación de una naturaleza zoomorfa y fitomorfa, analizando el fundamental papel social y religioso de este medio natural y, especialmente, de conceptos como el surgir vegetal, la eclosión y el dinamismo dentro del código ilicitano. La intervención de A. Rapin subraya cómo la lectura de la iconografía celta requiere una emancipación de ciertos clichés heredados. Examina, así, la escultura del sur de la Galia, cómo ejemplo del efecto de los a priori de los estudios estilísticos tradicionales. Defiende un proceso de evolución específica de esta escultura, que metamorfosea las imágenes figurativas en símbolos abstractos. Fundamental parece su crítica a que los signos de esta escultura se identifiquen, por analogía, con los del repertorio griego. Si los préstamos de imágenes griegas son probables, son más bien los procesos de transformación los que pueden aclarar sus significados en un contexto local. Añade, además, una sugerente idea en cuanto a las repeticiones, que pudieron tener un valor semejante al de los cantos litúrgicos: Una forma de relato organizado, ritmado por redundancias o procedimientos mnemotécnicos para los poemas épicos. El tercer seminario que recoge este libro se dedicó a analizar ciertos conjuntos de imágenes de la mujer en la antigüedad, como medio de acercarse a definir la condición de la mujer y el papel de cada sexo en las instituciones sociales. Se hace preciso, por tanto, dirigirse a la imagen e interpretarla como fragmentos de discursos implícitos, denotando y connotando una condición y una manera de ser determinada, en un acercamiento deudor del desarrollado por Vernant en el análisis de la imagen griega. En este sentido, N. Lubtchansky analiza las mujeres representadas en la tumba del barón de Tarquinia, donde se mezclan escenas que pertenecen al mundo de los humanos con otras del más allá. Dos intervenciones, de M. Menichetti y F. Colivicchi, reflexionan sobre el valor de los espejos y su relación con el ámbito femenino. Ambiguo, multiforme y polisémico, el espejo se asocia normalmente al mundo femenino. Ya sea en los preparativos del matrimonio o en otras ocasiones, el espejo interviene para subrayar el cambio en curso en el papel de la mujer. Por último, me gustaría subrayar cómo la Unité Mixte de Recherche 7041 Archéologies et Sciences de l'Antiquité, que impulsó las iniciativas de los seminarios que esta obra recoge, continúa con su investigación en torno a esta línea, especialmente mediante el grupo Espace, pratiques sociales et images dans les mondes grec et romain (ArScAn, ESPRI), que dirige Agnès Rouveret. Dentro de una perspectiva interdisciplinar que me parece fundamental, este grupo basado en la Maison René Ginouvès de Nanterre aborda esa necesaria reflexión epistemológica sobre la imagen, así como la confrontación de diferentes acercamientos teóricos, como la hermenéutica, la semiótica, el postestructuralismo, la fenomenología o la arqueología cognitiva. Un marco teórico de un interés fundamental en el acercamiento a las imágenes y que, posiblemente por la propia estructura y origen de esta obra, no ha sido posible incluir aquí. Es indudable, no obstante, el mérito de haber logrado publicar estos tres seminarios, con intervenciones que suponen una aportación notable a éste ámbito. La publicación hoy de estas contribuciones en torno a la imagen de las culturas de la Italia prerromana y del mundo griego y romano, testimonia el interés por parte de la propia École Française, pero también la vitalidad de estos estudios, así como su continuidad y fortaleza en grupos de investigación en este caso franceses y en torno al análisis histórico de la imagen antigua. Recientemente ha salido publicado por Alianza Editorial esta nueva traducción, con comentario, del libro III de la Geografía de Estrabón, el dedicado a Iberia. El trabajo ha sido realizado por tres profesores del área de Historia Antigua de las universidades de Alcalá de Henares, Santiago de Compostela y Málaga respectivamente. La traducción, rica en notas, viene acompañada por diferentes capítulos introductorios a cargo de los tres AA. El volumen está así dividido en tres secciones de peso casi equivalente pues, tras las 113 páginas de las distintas introducciones, nos encontramos con la traducción, de 161, y finalmente con las 192 del rico glosario de topónimos, etnónimos y personajes históricos. Para cerrar el libro tenemos una muy útil colección cartográfica, reunida por García Quintela, que muestra la evolución de la imagen de nuestra Península en la tradición geográfica antigua, y finalmente la bibliografía, amplia y actual. Javier Gómez Espelosín se ocupa del primer capítulo introductorio, titulado "Estrabón y su obra". Es una presentación en su contexto histórico y genérico, bien escrita por una pluma muy prolífica en los últimos años. Cierto es que hay alguna afirmación que se podría matizar, como que la obra "constituye el repertorio geográfico más amplio y pormenorizado de toda la Antigüedad que ha llegado hasta nosotros" (p. Convendría recordar aquí la Geografía de Ptolomeo, en determinados aspectos fundamentales mucho más pormenorizada (el propio A. se refiere a ella en otro lugar (p. 31) como "la culminación de toda la tradición geográfica griega"), aunque sin duda sus listados de topónimos con latitud y longitud no dejan espacio para cuestiones etnográficas o en general de geografía económica o humana características del texto estraboniano. Tras tratar de la singularidad de la obra del de Apamea, se refiere a los pocos datos biográficos disponibles, sirviéndose de la última bibliografía al respecto, y con la adecuada dosis de escepticismo en cuanto a las posibilidades de la investigación de determinar las fechas con mucha precisión. Disecciona la 'compleja identidad cultural' de nuestro autor, nacido en el seno de una familia "irremisiblemente implicada en el conflicto romano con Mitrídates" (p. 22), siendo como era profundamente griego, por origen y por formación y cultura, y aún así "bien consciente de que el futuro era ahora ya inequívocamente romano" (p. Pasa revista a su obra histórica, la continuación de Polibio, casi completamente perdida. Gómez Espelosín se refiere también al impacto relativamente leve de Estrabón en la literatura antigua posterior, aunque la situación mejora a partir del s. VI d. C, y llegó a la máxima atención que se le concedió en el S. XIX, que produjo la primera edición moderna, la de Kramer. A continuación aborda el libro dedicado a Iberia, el que más nos incumbe, y el aspecto siempre complicado de las fuentes seguidas por el autor (Polibio y Posidonio principalmente), que por otro lado no llegó a visitar la Península. El A. termina con un breve apartado en el que se pondera la importancia del tratado estraboniano como fuente para el conocimiento de la Hispania antigua ("casi resulta imposible hacer historia antigua de la Península al margen del texto de Estrabón", "primera definición sistematizada e histórica de la geoetnografía ibérica", p. Gonzalo Cruz Andreotti es el autor del siguiente capítulo, "Estrabón y la tradición geográfica". Se trata de un experto en la materia. Ha sido coordinador también de una serie de reuniones y publicaciones en este ámbito en la Casa de Velázquez de Madrid, que han producido sendas publicaciones. Su conocimiento del tema trasluce en estas páginas una buena presentación del estado actual de la cuestión. Un primer subapartado es titulado "Geografía y colonización: la conquista de la ecúmene". En él, el A. se refiere al enriquecimiento empírico de los conocimientos geográficos griegos a partir de las colonizaciones de época arcaica y a cómo esto influyó en el desarrollo de esta ciencia, haciendo un repaso a los principales hitos (Hecateo, Heródo-to...). Sigue una sección centrada en la cartografía y el desarrollo del conocimiento geográfico en relación con las conquistas de Alejandro, marcado por la contribución de personalidades como Dicearco o, particularmente, Eratóstenes, el culmen científico de la geografía previa a Estrabón y el principal referente matemático de éste. En este contexto ubica la contribución de Estrabón, quien no siente, no obstante, tanto una inquietud científica como pedagógica, como deja claro en su libro I, y como señala el A. (pp. 56-57). Finalmente nos encontramos un apartado final dedicado al libro III específicamente, cuyo contenido es adecuadamente presentado, glosado y analizado en estas páginas. El tercero de los autores, Marco García Quintela, es quien contribuye de modo más extenso a esta parte inicial del libro, con dos capítulos. El primero de ellos, más extenso, trata el siempre complejo tema de la etnografía (acerca del cual ya ha publicado con anterioridad), algo que seguramente distingue de modo especial a Estrabón de otros autores de la tradición geográfica o incluso historiográfica griega. El trabajo de García Quintela es muy sólido e informado, presenta una bibliografía muy rica, actual y especializada y nos proporciona los datos necesarios para comprender adecuadamente este fundamental aspecto de la obra. En un primer momento el A. engarza la cuestión en la tradición griega desde Homero, pasando por la literatura clásica (Eurípides, Heródoto, la Atenas clásica en su conjunto, los tratados filosóficos, particularmente Aristóteles y, por su relevancia en Estrabón, Posidonio), para concluir que "sus raíces son muy antiguas, tan antiguas como la propia literatura griega, pero de esas raíces nunca creció un tronco de conocimiento, un modo de explicación diferenciado de otros discursos" (p. En un segundo apartado, el A. aborda la espinosa cuestión de la fiabilidad de la etnografía griega, haciendo una historia breve pero bien argumentada de los diferentes posicionamientos al respecto de la filología moderna. Por último, García Quintela se centra en el libro III, en su vertiente etnográfica, en unas páginas de lectura agradable y jugosa, comentando primero la función de los discursos etnográficos en la obra, "fundamento ideológico de la práctica imperial" (p. 96), analizando después el tema del bandolerismo, "uno de los pretextos evidentes para la conquista y el conjunto de la acción de Roma en la Península" (p. 97) que "es, al mismo tiempo, una noticia, una descripción realista de un modo de vida" (p. 100), tocando brevemente a continuación el desarrollo de la urbanización, y concluyendo con una consideración acerca de la estructuración interna del discurso etnográfico. Una última nota se refiere a la recepción de las "noticias" que aparecen en el texto, no tratadas aquí, y para las que se refiere a las notas de la traducción o a las entradas del glosario. El A. presenta un segundo capítulo titulado "Estrabón y los celtas de Iberia". Un historiador como él tiene una visión al respecto propia de la investigación histórica. De nuevo nuestro autor toca un tema complejo, comenzando por cuestiones básicas de definición, como particularmente la correspondiente al vocablo "celta". El nombre es conocido en autores como Polibio, César, Estrabón, Tito Livio, Plinio y otros, y "no es un término genérico para referirse a los bárbaros" (p. Básicamente el resto del capítulo trata de determinar qué guía a Estrabón en este terreno y qué relación tiene su clasificación étnica con la realidad subyacente, teniendo en cuenta lo que conocemos de los pueblos indígenas por otros conductos. Ser "celta" puede referirse a un modo de vida, a una cultura material determinada, terrenos claramente movedizos, o a algo más objetivo como el hecho de hablar una lengua de un grupo lingüístico bien definido (algo en cualquier caso lejos del alcance de un autor griego), aunque lamentablemente mal conocido para amplias regiones de la Península en época antigua por ausencia de textos indígenas. García Quintela no centra la discusión en el tema lingüístico, pero recoge referencias adecuadas y sí parece concederle la relevancia que sin duda tiene. Al tratar el tema de los movimientos de población intrapeninsulares previos a la romanización, menciona los topónimos en -briga y su distribución, señalando que coincide con las áreas consideradas celtas por Estrabón (p. Conviene señalar aquí que la distribución de estos nombres no es determinante para conocer la extensión de hablas célticas por la Península: ni implican que sea el celta la lengua dominante de las regiones en las que aparecen topónimos de este tipo, ni su ausencia de una región implica que en ella no se hablaban lenguas de este grupo (en Galia, por ejemplo, casi no hay topónimos en -briga). García Quintela hace referencia finalmente a los "tres polos de población céltica" (p. 127) según Estrabón: los celtas del suroeste, los celtas y callaicos del noroeste, y, finalmente, los celtíberos, los más claramente celtas para la investigación moderna gracias a la recuperación de textos célticos indígenas en la región. De la traducción del libro III propiamente dicha se ha encargado Gómez Espelosín. Aparte de su capítulo introductorio sobre Estrabón y su obra, hay alguna referencia ya a la traducción en las páginas de "presentación", no firmadas por ninguno de los tres autores en concreto (pp. 7-13). Hay en ellas una mínima explicación o justificación de la oportunidad de esta nueva traducción. Aunque quizá hubiera sido oportuno explicarse en mayor extensión, hacer una auténtica introducción a la traducción, parece claro que la justificación principal es que los comentarios que acompañaban a las traducciones de García y Bellido (1945) y de Schulten (1952), aunque han sido la referencia durante décadas, han quedado irremediablemente atrás después de los muy sustanciales progresos en el conocimiento de la Península Ibérica en la Antigüedad. La traducción de Meana en Gredos (1992) era ahora la referencia, pero carece de comentario. En ese sentido, el libro protagonista de esta reseña cumple sobradamente merced a los capítulos introductorios ya tratados aquí y con las notas al texto y el muy útil glosario final del que hablaré enseguida. En lo referente a la traducción en sí, los autores argumentan que la publicación, desde 2002, de la edición nueva de Stefan Radt, es un aliciente más para emprender esta tarea. No obstante, la ausencia en el libro de una aclaración (más allá de escasas referencias sueltas, perdidas en las notas al pie, como por ejemplo la nota 57 de III.2) de los pasajes en que esta traducción se beneficia de la nueva edición limita nuestra capacidad de valorarlo. Se echa en falta, en definitiva, unas páginas que toquen con algún detalle los temas más propiamente filológicos que vemos, por ejemplo, en la introducción de Ma José Meana Cubero a la traducción que publicó para Gredos en 1992 (pp. 19-24). La traducción es siempre, como se dice habitualmente, una traición. En cualquier caso, los traductores oscilan entre el respeto a la lengua original y el respeto a la lengua de destino. Estrabón no es un autor particularmente apreciado por su prosa, y los traductores que traten de mantenerse muy cerca del original traerán a su texto expresiones poco elegantes, sintaxis en ocasiones truncada y una cierta dosis de confusión. Nuestros autores manifiestan que su objetivo es que la traducción que presentan sea "lo más clara e inteligible en castellano, evitando casi siempre la literalidad de muchas expresiones a favor de una mejor comprensión" (p. 10), evidenciando que su interés está más centrado en los contenidos de lo que nos cuenta Estrabón que en la forma, la lengua original y su reflejo fiel al traducir. Es una opción perfectamente justificable. En cualquier caso, el resultado final no parece a grandes rasgos alejarse demasiado de los resultados ofrecidos por Meana en 1992. La traducción, en una prosa ágil y accesible, correctamente resuelta, está enriquecida por una miríada de notas con información muy útil, con comentarios de interés, y plagadas de referencias bibliográficas muy actuales y abundantes, que acercan al lector a lo más pertinente de lo que la investigación moderna puede proporcionar en relación con esta obra, gracias al cada vez mejor conocimiento de la Hispania antigua. Pero quizá la principal contribución que este libro pone sobre la mesa es el glosario final, que complementa de modo muy positivo los capítulos introductorios y las notas al pie de la traducción. Las entradas son topónimos, etnónimos y personajes históricos mencionados por Estrabón en su libro III. Cada entrada está firmada por uno de los tres autores. El conjunto proporciona una imagen muy rica de los temas suscitados por Estrabón. La información que los autores ponen a disposición del lector, en comentarios directos y en abundantes referencias bibliográficas pertinentes, ayudan a comprender mejor el libro III de la Geografía y constituye un modo muy agradable de penetrar en los recovecos más ocultos de la investigación histórica y lingüística en torno a la Hispania prerromana y romana. JUAN LUIS GARCÍA ALONSO Universidad de Salamanca CELESTINO PÉREZ, S. Y BLANCO FERNÁNDEZ, J. L. (2006): La joyería en los orígenes de Extremadura: el espejo de los dioses. Ataecina I. Instituto de Arqueología de Mérida. Colección de Estudios Históricos de la Lusitania. En los últimos años, la investigación sobre la orfebrería protohistórica hispana, se ha centrado fundamentalmente en tres aspectos: la contextualización socio-cultural de estos materiales, sus características técnicas y sus atributos simbólicos. Una reciente exposición temporal, con un sugerente título, "El héroe y el monstruo", incide en esta forma de entender la joyería protohistórica, de la mano de A. Perea (2007), comisaria de la muestra, una de las mayores expertas en la materia. Dentro de este marco de investigación, el trabajo que nos ocupa se puede definir como una reinterpretación de la joyería en oro del ámbito extremeño, a la luz de los hallazgos recientes e integrándolo al estudio general del tránsito de la edad del Bronce al Hierro en el ámbito peninsular. La principal particularidad de esta área concreta de la geografía ibérica, reside en la especial riqueza de los hallazgos orfebres del Bronce Reciente y Final, que contrasta con la ausencia de descubrimientos en otros núcleos como Huelva, Cádiz o Sevilla, donde la joyería del oro aparece en contextos claramente relacionados con el orientalizante (a partir del siglo VIII a.C.), cuando las innovaciones técnicas y plásticas del Mediterráneo serán adaptadas por las elites locales de la campiña extremeña, homogeneizándose con los otros conjuntos provenientes de los focos tartésicos a los que hacíamos alusión. entienden la introducción de formas ornamentales orientales como un cambio ideológico, en el que las composiciones tridimensionales locales dan paso a nuevas formas de expresión que portan una posible lectura narrativa, es decir, la pieza deja de tener un significado per se y se concibe como el canal o el significante de formas plásticas orientales en el que una referencia iconográfica o imagen pasa a adquirir un significado concreto. Este nuevo marco ideológico, cuyo mecanismo comunicativo responde a formas orientales, es definido por los autores del libro por medio de lo que denominan como concepto de sustitución que ejemplifican en fenómenos conocidos como la sustitución de la imagen de la paloma como símbolo de Astarté o la montaña como símbolo de Baal. Esto significa, según Celestino y Blanco, que asistimos al paso de una cultura de tradición oral a otra de tradición escrita (...) donde la mitología queda fijada y las tradiciones religiosas están reglamenta-das.... De este modo las joyas extremeñas, a través de significantes orientales, podrían estar reflejando significados religiosos propios como reinterpretación interna de las nuevas posibilidades plásticas planteadas. Esta hipótesis se desarrolla esbozando algunas formas religiosas del bronce a través de su reconfiguración como símbolos repetidos en la decoración de estas piezas: triángulos, trompetillas, aspas, referencias astrales y ánades entre otros. La interpretación de uno de estos símbolos, la llamada piel de toro, desde una perspectiva autóctona se aborda en su propio apartado, donde se rechaza la tradicional lectura de esta morfología como trasunto del lingote chipriota, representado en santuarios asociados a la actividad metalúrgica de la isla (vid. Enkomi) en sus niveles pertenecientes al Tardochipriota III A (Karageorgis 2004: 101). Esta propuesta interpretativa, debería desarrollarse, a nuestro juicio, en forma de trabajo específico, como forma de iniciar un fructífero diálogo sobre los modos de interacción en el ámbito colonial peninsular. El trabajo se completa con un interesante catálogo de los principales hallazgos documentados en territorio extremeño. Con respecto al tratamiento gráfico de la obra, hemos de lamentar la mala calidad de alguna de las fotografías, detalle que coarta, en cierto modo, la apreciación completa de algunas de estas magníficas piezas. Por último, quisiéramos hacer referencia al surgimiento de una nueva colección (cuyo primer volumen tenemos el placer de comentar) que bajo el nombre de Ataecina, divinidad de origen prerromano, vinculada tradicionalmente al territorio situado entre el Tajo y el Guadiana, nace con la vocación de servir de plataforma para los trabajos circunscritos al territorio de la antigua provincia romana de la Lusitania. BIBLIOGRAFÍA BLANCO, J. L. Y CELESTINO, S. (1998): "La joyería orientalizante peninsular: diversidad y particuaridades a la luz de los últimos hallazgos". Este nuevo estudio sobre la necrópolis fenicia del Cerro de San Cristóbal se debe, como no podía ser de otro modo, a su propio excavador, quien, en los meses de abril y julio de 1963, pudo analizar los restos de los enterramientos en pozos documentados en esta elevación situada al oeste de Almuñecar, estudio que se inserta dentro del marco de la colonización fenicia. El libro está articulado en once capítulos, con la consiguiente documentación gráfica y bibliográfica al final del mismo. En el segundo capítulo se exponen las circunstancias del hallazgo, las cuales ya fueron comentadas en la publicación que este autor realizó en 1963 con motivo de la memoria de la intervención publicada en el número 17 de la revista Excavaciones Arqueológicas en España. Tanto en ella como en la obra actual, M. Pellicer hace hincapié en la pérdida de documentación con motivo de la desaparición de algunas urnas de alabastro y la destrucción de sus correspondientes tumbas, así como la problemática que suponía contextualizar determinados ajuares, en poder de particulares, y poder relacionarlos con las sepulturas vacías, que no habían sido excavadas por el autor. La diferencia de este trabajo con respecto a su predecesor estriba en que actualmente los conocimientos que se tienen del comportamiento funerario fenicio y púnico son mayores, lo que hace que la revisión que se realiza de esta necrópolis sea, sin duda, de gran trascendencia. Así, pues, el nuevo análisis que de ella se hace plantea discrepancias con algunos modelos teóricos afirmados anteriormente en torno a la ubicación o distribución del área de enterramientos fenicia en relación con la zona de hábitat, demostrando, por ejemplo, que en Laurita, en contra de lo argumentado por algunos autores, los enterramientos más antiguos se distribuyen lejos del hábitat, ubicándose las sepulturas más recientes próximas al asentamiento. El tercer capítulo se centra en presentar las veinte tumbas que conforman la necrópolis, con sus correspondientes ajuares, algunos de los cuales se muestran más completos ahora, apareciendo piezas que en la publicación de 1963 no se mencionan y que se han podido recuperar durante estos años. Es el caso, por ejemplo, del primer enterramiento, que amplía considerablemente su ajuar con dos pendientes de oro y un colgante con escarabeo del mismo metal precioso. Un caso similar lo constituyen la tumbas 4-9, con la documentación de sus correspondientes urnas de alabastro, así como las sepulturas 10, 11 y 18. En el caso de ésta última, el estudio de la necrópolis de Puente de Noy por parte de F. Molina Fajardo, comentada en el siguiente epígrafe junto a la del Cerro de Velilla y a otras intervenciones llevadas a cabo en diversos puntos de la actual Almuñecar, ha permitido que se pueda considerar a ésta como una tumba en pozo que no se llegó a usar, lo que explica que se hallara vacía, apuntando M. Pellicer la posibilidad de que el individuo que se iba a depositar allí, finalmente se enterrara en la sepultura E-1 de la nueva zona de enterramientos. Esas intervenciones y la revalorización de la necrópolis del Cerro de San Cristóbal por parte del autor dan fe de la importancia de la antigua Sexi, la cual queda inserta en el conjunto de territorios en los que se asentaron los fenicios en el contexto de la colonización. Teniendo en cuenta esto, en el quinto apartado se dedica a analizar un conjunto de elementos de cronología diversa para abarcar una cuestión tan debatida como es la precolonización, entendiéndola como un episodio caracterizado por una frecuentación fenicio-chipriota, siguiendo las rutas marítimas abiertas por los micénicos, enfocada a conocer el territorio, los recursos económicos y la población que lo habita con vistas al establecimiento de futuros enclaves. Ello explicaría objetos tan diversos como el ánfora del Coria del Río o los recipientes de Paterna de la Ribera, por ejemplo, cuya importancia quedaría enfatizada por los recientes hallazgos de cronología antigua evidenciados en Huelva y Cádiz. El sexto capítulo es, sin duda, uno de los más interesantes del libro. En él se realiza un repaso a determinados aspectos relacionados con la necrópolis objeto de este estudio, a saber, el origen del rito de la cremación y su documentación en algunos cementerios peninsulares, como el de Cádiz, Cortijo Montañez, Lagos, Villaricos o Trayamar, por citar sólo algunos de ellos. A excepción de la necrópolis gaditana, en el resto lo predominante es la incineración secundaria, donde la tras la cremación de los restos, se trasladan y depositan en una cista o urna cineraria, según en el caso. En la antigua Gadir también se aprecia esto, pero en los momentos arcaicos se llevan a cabo cremaciones primarias, esto es, en la propia fosa, acaparando, la misma, la función de pira funeraria y casa del difunto. Este aspecto y las características de los otros enterramientos son tenidos en cuenta por el autor en el repaso tipológico que hace de los mismos. Los tres epígrafes siguientes son los que sentarán las bases del capítulo décimo, ya que en ellos se realiza un estudio específico de los elementos de ajuar hallados en la necrópolis de un modo exhaustivo y profundo, algo que se echaba en falta en la memoria anterior. En el primero de ellos, M. Pellicer realiza un ensayo tipológico de los recipientes de alabastro recuperados en Laurita, así como un análisis de sus inscripciones, análisis que ha servido para modificar el faraón de una cartela, atribuida en 1963 a Chechonq II y correspondiente finalmente a Chechonq III, lo cual varía sensiblemente la cronología de la urna, aunque ello no parece afectar a la fecha de la sepultura, que se basa en el material documentado relacionado con la misma, material que centra los dos apartados siguientes. Una novedad que presenta esta monografía en relación con su predecesora es que, junto al estudio de los diversos elementos cerámicos y metálicos comentados, se expone la funcionalidad de los mismos, algo que resulta muy útil para observar el comportamiento funerario de la población allí enterrada y su trasfondo escatológico. Llegados al décimo capítulo, otra novedad con respecto a la memoria anterior estriba en el exhaustivo análisis cronológico que se realiza de los enterramientos, según el material anteriormente comentado, cuestión ésta que permite establecer una secuencia temporal de la necrópolis, algo que resulta sumamente importante ya que, obviamente, no todas las tumbas presentan la misma datación. Esta secuencia cronológica afecta incluso a aquellas sepulturas que presentan dos enterramientos, caso de la tumba 19. El estudio de las dos kotyles protocorin-tias localizadas en el mismo por parte de M. Pellicer a posteriori ha permitido determinar que el nicho A es ligeramente posterior en el tiempo al B, aspecto que subraya el grado de ocupación del cementerio de Laurita. Esta sucesión temporal parece manifestarse en aquellos pozos que presentan dos enterramientos. Como colofón final, las bases cronológicas y culturales son tomadas por el autor para realizar un acercamiento a la población que se enterró en la primera necrópolis de la antigua Sexi, acercamiento que permite vislumbrar la realidad social y cultual de los primeros sexitanos. En definitiva, se trata de una obra amplia, completa y, sobre todo, madura, en el sentido de que en ella se pueden apreciar los conocimientos de la arqueología funeraria fenicia en estos últimos cuarenta años, aplicados al estudio de una necrópolis que, desde su descubrimiento, se perfiló como una de las más importantes de la Península Ibérica, necrópolis que adolecía de un nuevo análisis que permitiera poner en práctica todas aquellas cuestiones que han sido abordadas en los continuos seminarios y congresos que de la realidad funeraria se han ocupado, relacionándola con otros cementerios mediterráneos, algunos de ellos descubiertos recientemente, e insertándola dentro de la corriente colonizadora fenicia. Esta nueva monografía incrementa los estudios que sobre la isla de Ibiza realiza el Museo de Ibiza desde 1986 bajo la dirección de su director J.H. Fernández Gómez y de su conservador B. Costa Rivas. En ella se recopila y se realiza un análisis y estudio tipológico de las navajas de la isla, que proceden en su mayoría de la necrópolis de Puig des Molins y que se encuentran dispersas en varios museos españoles y colecciones. Como bien señala la autora, las navajas de afeitar son elementos originales de la Cultura Púnica respecto a la Fenicia. Son piezas de pequeñas dimensiones, de cobre o bronce, que tienen una lámina en su extremo inferior y un mango de diferente tipología, conservándose en algunas de ella las huellas de uso y su decoración. Aparecen en contextos funerarios, tumbas femeninas y masculinas, de las necrópolis de Cerdeña, Cartago e Ibiza, posiblemente con un carácter votivo. El estudio está estructurado en varios capítulos. Tras una introducción resaltando el material arqueológico y la carencia actual de un corpus, se aborda la historia de la investigación, desde el descubrimiento de las primeras navajas a finales del siglo XIX en Cartago hasta las últimas publicaciones como la magnífica monografía de E. Acquaro (I Rasoi punici. Consiglio Nacionale delle Ricerche, Studi Semitici 41, Roma 1971, 235 pp.), con piezas de Cartago, Norte de África, Cerdeña e Ibiza, o el gran estudio de J.H. Fernández (Excavaciones en la necrópolis del Puig des Molins (Eivissa). Igualmente se resalta el origen de las navajas púnicas que se remonta a piezas egipcias del Imperio Nuevo, así como su funcionalidad que en un principio fueron de uso cotidiano hasta convertirse, posiblemente, en elementos decorativos con arraigado sentido religioso. El catálogo, parte esencial del libro, se organiza en cuatro apartados. El primero se trata de un análisis conciso y claro de la historiografía del siglo XX de las navajas de Ibiza. El segundo contiene el estudio tipológico. La autora propone 8 tipos diferentes en base a criterios morfológicos, e incluye el análisis comparado con otras piezas de Cartago y Cerdeña, estableciendo una cronología para cada uno de ellos. El tercero presenta propiamente el catálogo del material arqueológico, con un total de 189 piezas, de las cuales 105 son inéditas, resaltando algunas navajas excepcionales. En el cuarto apartado se realiza el estudio iconográfico de las decoraciones, no muy numerosas pero propias de la cultura púnica, a veces heredadas de otros ámbitos mediterráneos. Finalmente, todo este exhaustivo análisis del material arqueológico permite a la autora llegar a conclusiones de gran interés sociocultural para el conocimiento del mundo púnicoebusitano. Es de destacar la contribución recogida a título de apéndice del análisis de la composición de los metales de las navajas de Ibiza, por I. Montero, mediante la técnica de espectrometría por fluorescencia de rayos x, cuyos resultados incrementan los estudios arqueometalúrgicos que en los últimos años se están realizando en nuestro país. Igualmente debemos resaltar el gran aparato gráfico, cuyas piezas han sido examinadas y dibujadas in situ, pese a estar tan dispersas geográficamente. En resumen, la obra de B. Miguel Azcárraga constituye un excelente elenco de datos para los estudiosos del mundo púnico, y concretamente del ebusitano, que sin duda convierte este corpus en una herramienta a tener en cuenta para el conocimiento de esta interesante clase de piezas, objetivo prioritario de la autora. VVAA, Economía y finanzas en el mundo fenicio-púnico de Occidente, XX Jornadas de Arqueología Fenicio-Púnica (Eivissa, 2005), Treballs del Museo Arqueològic d ́Eivissa i Formentera 58, Ibiza 2006, 130 pp. y numerosas ilustraciones. Este volumen recoge cinco intervenciones que en 2005 tuvieron lugar en Ibiza con motivo de las XX Jornadas de Arqueología Fenicio-Púnica, en las que se trataron diversos temas sobre economía y finanzas de la cultura fenicio-púnica occidental. En primer lugar aparece la intervención de M. Romero Recio sobre "Economía de la colonización fenicia: Empresa estatal VS. Empresa privada"; tras una visión historiográfica, argumenta a favor del carácter aristocrático de los orígenes de la colonización. J.L. López Castro analiza la producción y comercio entre los siglos VI-III a.C. en las ciudades fenicias occidentales, recalcando la intensa exportación de Cádiz de aceite y vino, a partir del siglo IV a.C., como demuestran los contenedores anfóricos específicos. Igualmente resalta la producción de salazones de pescado que desde el siglo VI a.C. constituyeron otro producto de exportación. Su análisis incide también en cuestiones territoriales tanto de Cádiz como de otros centros fenicios, sobre todo de Baria y de Carteia. A. Perea Caveda, en su estudio "Espacios económicos y relaciones de poder. Consideraciones sobre los modelos de intercambio premonetales en el suroeste peninsular" plantea el uso de modelos explicativos aplicados a la producción e intercambio, sobre todo, de joyería y metales como medio de analizar las distintas fases de este proceso. Así distingue un primer momento, que la autora llama "de ajuste" (siglos VIII y VII a.C.) y un segundo o "de formación de mercado" (siglo IV a.C.) que se observa sobre todo en la ciudad de Cádiz. Todo ello se relaciona con la progresiva complejidad de las técnicas artesanales. En su artículo "Comercio y presencia cartaginesa en el extremo occidente y atlántico antes de las guerras púnicas" J. Ramón Torres analiza por separado las fuentes literarias y las arqueológicas (primordialmente la cerámica de mesa y ánforas) sobre la expansión cartaginesa. Observa, sin embargo, que no siempre coinciden unas y otras debido a diversos problemas entre ellos el escaso conocimiento arqueológico de Cartago más antigua. También cuestiona la imagen que los autores griegos y romanos dan al poderío de Cartago en el Mediterráneo occidental y el Atlántico antes del año 237 a.C. Finalmente J.J. Ferrer Maestro en su estudio "El aprovechamiento financiero de los Bárquidas en Hispania" pasa revista a todas las fuentes que informan de los beneficios económicos que los Bárquidas obtuvieron en Hispania. Al final de su análisis demuestra la gran rentabilidad que para Cartago supuso su presencia directa en la Península Ibérica. Por último, queremos animar a los responsables de estas Jornadas que prosigan nuevos encuentros que, como el caso descrito, nos permitan conocer los avances científicos realizados en la Cultura Fenicio-púnica. FRANCISCO JAVIER GONZÁLEZ GARCÍA (coord.), Los pueblos de la Galicia céltica, Akal Universitaria 252, Madrid, 2007. Este volumen recoge a partir de una aproximación interdisciplinar diversos aspectos de los pueblos que en época protohistórica estuvieron asentados en el territorio de la actual Galicia, del norte de Portugal y de la zona occidental de Asturias y León. Su coordinador es el Dr. Francisco Javier González García, un investigador vinculado al Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente y Paisaje de la Universidad de Santiago de Compostela y conocido tanto a través de sus estudios sobre los poemas homéricos como por sus diversas publicaciones sobre el tema del que se ocupa el presente libro. Además, han participado en la redacción del mismo otros ocho especialistas en variadas materias. Siguiendo los postulados defendidos por el coordinador en el prólogo de la obra, la intención de los autores no es otra que la de interpretar la historia del cuadrante noroccidental de la Península durante el primer milenio antes de Cristo en clave céltica, lo cual no supone caer en los tópicos del celtismo tradicional. Así pues, estos especialistas han sido plenamente conscientes de que en la Galicia protohistórica hubo poblaciones que hablaron una lengua celta y otras cuyo idioma no perteneció a esta familia. Junto al reconocimiento de dicha situación, los autores han sido conscientes de la relevancia de lo cél-tico en la época y zona geográfica estudiadas, por lo que lo céltico ha acaparado una atención prioritaria. En cuanto a la estructura del tomo, hay que señalar su división en seis capítulos, además de contar con un útil apéndice sobre los diversos pueblos mencionados por las fuentes literarias (Estrabón, Plinio, Mela y Ptolomeo) y epigráficas en la Galicia antigua y un comentario bibliográfico que también aporta información valiosa. El libro se abre con un erudito capítulo redactado por el propio F.J. González García acerca de la historiografía céltica en Galicia. De este modo, son expuestas las teorías sustentadas por diversos autores del siglo XIX, cuando el nacionalismo romántico procedió a construir el mito nacional galaico, basado precisamente en el origen celta de los gallegos. Una de las particularidades más sorprendentes de este mito fue la consideración inmutable del celtismo gallego desde la Antigüedad hasta la época en que fue formulado y que dio lugar al nacionalismo racista y antisemita patente en las obras de M. Martínez Murguía, V. Risco y en parte de los intelectuales agrupados en la generación "Nós". En la actualidad, después de haberse superado la negación del celtismo por parte de los investigadores de la protohistoria gallega, ha quedado redefinido el concepto de "celta" a lo lingüístico, sin entrar en las descabelladas consideraciones de una "cultura material" propia. El capítulo segundo, debido a C. Parcero Oubiña, X.M. Ayán Vila, P. Fábrega Álvarez y A. Teira Brión, contiene aquellos aspectos relacionados con la arqueología, el paisaje y la sociedad de la Edad del Hierro gallega. Como es bien sabido, la cultura prerromana del cuadrante noroccidental fue bautizada como "cultura castreña", empleando un elemento tan peculiar como su tipo de hábitat para definir la totalidad de sus manifestaciones culturales durante las Edades del Bronce y del Hierro. Junto a los necesarios apuntes metodológicos, los autores realizan una profunda interpretación (en cierta medida basada en postulados estructuralistas) de las diferentes fases experimentadas por la cultura de los castros desde comienzos del primer milenio a.C. hasta la época tardorromana (en concreto, el siglo IV), poniendo énfasis en las transformaciones palpables en el registro arqueológico correspondiente al siglo IV a.C., cuando un gran número de castros se asienta en los valles, en contraposición al anterior hábitat, que era en altura; en ese momento la tecnología del hierro alcanza asimismo un mayor auge. En realidad, en el ámbito del que ahora nos ocupamos, la conquista romana no tuvo el gran impacto que se podría haber sospechado: eso sí, la estructura de poblamiento quedó modificada debido a la aparición de ciudades, de villae y de otros núcleos poblacionales menores, pero los castros continuaron siendo ocupados sobre todo en las comarcas más interiores casi hasta el fin del dominio romano en Hispania. Igualmente, otra relevante novedad consistió en la puesta en explotación de los recursos mineros por parte de la administración romana, donde destaca, por supuesto, el caso bien estudiado de Las Médulas. Uno de los más interesantes capítulos, dentro del alto nivel general del libro, es el tercero, dedicado por A. González Ruibal a la vida social de los objetos hallados en los castros. En esta parte de la obra destaca el apartado dedicado al comercio entre los habitantes del NO. con los tartésicos y/o los fenicios y posteriormente con los cartagineses, lo cual permitió vincular este rincón de la Península con el complejo sistema mediterráneo, como han demostrado las instalaciones o emporia fun-dados por navegantes procedentes del área iberopúnica andaluza en las Rías Bajas. La organización social y política de las poblaciones protohistóricas del NO. es el tema tratado en el capítulo cuarto por parte de M.V. García Quintela basándose en tres tipos de fuentes: arqueológicas, literarias y epigráficas. Sin duda, la principal referencia literaria está constituida por el libro III de la Geografia de Estrabón, quien a su vez había basado sus informaciones etnográficas en la obra del sabio Posidonio de Apamea, el cual había obtenido diversos datos en el entorno de Décimo Junio Bruto, el general que comandó una expedición costera entre el Tajo y el Miño en 137 a.C. La conclusión a la que llega el prof. García Quintela consiste en considerar culminada la conquista de Galicia por Octaviano Augusto tras el éxito de sus campañas contra astures y cántabros. Fue en esa época (contemporánea a la del mismo Estrabón) cuando se fundaron las capitales conventuales de Lugo, Astorga y Braga. Por otro lado, el autor de este capítulo acepta la polémica existencia de un sistema matrilineal en el NO. (aunque la mayor parte de las inscripciones romanas de Galicia indiquen una filiación patrilineal), que es explicado como un medio para asegurar la reproducción de la sociedad al buscar cierto equilibrio entre hombres y mujeres. Otra situación social puesta de relieve, esta vez con mayor fundamento, por parte de García Quintela es la inexistencia de "gentilidades" durante la época de la conquista y aculturación romana del NO. peninsular. En realidad, los galaicos indicaban su origen mediante la llamada "c invertida" (identificada desde M.L. Albertos como la indicación de un castellum o castro), junto con otros nombres que parecen ser topónimos. El problema de conjugar los datos procedentes de la arqueología y, sobre todo, de la epigrafía con las fuentes literarias, especialmente Estrabón, consiste en realizar un análisis correcto del vocabulario político empleado por el autor de Amasía para describir en lengua griega una realidad conocida sobre una zona periférica del Imperio a través del testimonio de latinoparlantes. De este modo, García Quintela equipara en su estudio de algunos pasajes del libro III de la Geografia el término póleis con los de éthne y populi, entidades políticas todas ellas divisibles en otras menores o de rango institucional inferior, como sería el caso de las aldeas o kómai. Junto a lo anterior, en el presente capítulo, se plantea la existencia en el mundo castreño prerromano de una jerarquía política encabezada por unas figuras que reciben la denominación de "magistrados" y que podrían compararse con los reguli de tipo céltico. Igualmente, las inscripciones han atestiguado la existencia de otros personajes notables que adoptan el apelativo de principes; con seguridad, se trataría de miembros de la aristocracia o de jefes militares anteriores a la conquista romana que habrían aceptado la nueva situación política con la intención de mantener un status de preeminencia en la sociedad galaica. Por lo que respecta al quinto capítulo, señalaremos que su autora, R. Brañas Abad, lo ha dedicado a la religión de galaicos y lusitanos, teniendo en cuenta que las fuentes describen ya unas creencias y unos cultos sincréticos o provinciales, donde unas divinidades polimórficas son además "interpretadas" por parte de observadores ajenos a esa cultura que intentan acomodarlas al panteón conocido por el público griego y romano. De este modo, se intentan desentrañar los aspectos externos de la religión galaico-lusitana, como los sacrificios, la adivinación y sus oficiantes; por supuesto, los santuarios también cobran un relevante interés y, finalmente, son examinadas algunas de las principales divinidades: es el caso de los Lugoves, nombre en plural de la bien conocida deidad céltica Lugus; de Reve, de quien se apunta la posibilidad de tratarse de un rey del Otro Mundo; de Bandua, cuyo campo de acción sería la guerra y las relaciones de dependencia; de Coso, el dios de las reuniones y las asambleas; de las femeninas y polifuncionales Matres y Suleis y, por último, de la agreste Navia. El sexto capítulo corresponde a la "Etnoarqueología del paisaje castreño: la segunda vida de los castros". Arizaga Castro y a X.M. Ayán Vila y consiste en un ameno estudio sobre las pervivencias culturales en la historia y en el sentir de las gentes de todo aquello relacionado con lo "castreño". Es particularmente digno de ser destacado el apartado donde se trata de las leyendas castreñas y su asimilación de una riqueza mítica con los misteriosos y malvados mouros (sin relación con los actuales magrebíes) en el que se recurre a la mitología comparada. Asimismo, merece la pena conocer el comentario de los autores a propósito de los castros en el imaginario colectivo de los gallegos. El libro se cierra con un ya mencionado útil apéndice-catálogo de todas aquellas noticias literarias y epigráficas recopiladas en torno a los diversos pueblos célticos vinculados a los tres conventus creados por Roma en el NO. peninsular. El comentario bibliográfico final, que abarca doce páginas, permite conocer la opinión de los autores a propósito de las principales obras empleadas en la redacción de los diferentes capítulos. Por supuesto, al comentario le sigue la bibliografía general y, al llegar a este punto, queremos señalar un defecto quizás achacable a la editorial (y, en general, a casi todas las empresas españolas del sector): la falta de Índices que permitan acceder directamente al término o al concepto buscado. En resumen, señalaremos que se trata de un libro realizado con sumo esmero que, debido a su carácter recopilatorio pero al mismo tiempo innovador, constituirá una obra de referencia para todos los futuros estudios dedicados a los pueblos prerromanos asentados en la actual Galicia. Martin Luik realiza en el presente trabajo una revisión crítica de los materiales hallados por Adolf Schulten durante las excavaciones que este último llevó a cabo entre 1906 y 1912, en los campamentos romanos que sitiaron la ciudad de Numancia, conservados en la actualidad en el Römisch-Germanisches Zentralmuseum de Maguncia. La propuesta de interpretación de A. Schulten1 de los campamentos numantinos, basada en la exégesis de las fuentes antiguas, ha sido criticada en diversas ocasiones, pero no se han realizado desde entonces excavaciones de envergadura en los yacimientos que rodean Numancia que permitan solventar muchos de los interrogantes planteados2. Por otro lado, a pesar de las facilidades que el Römisch-Germanischen Zentralmuseum de Mainz siempre ha proporcionado a los investigadores para la consulta de los fondos que conserva, la mayoría de los materiales recuperados en los campamentos romanos de Numancia hace ahora un siglo permanecían, hasta la publicación de la obra que aquí se comenta, prácticamente inéditos. La importancia de los datos proporcionados por este libro aumenta si se tiene en cuenta además, que en los alrededores de Numancia encontramos uno de los pocos ejemplos de campamentos republicanos en los que no se superpuso posteriormente una ciudad y en los que se han realizado excavaciones, si exceptuamos Cáceres el Viejo. Este trabajo de Martin Luik se inscribe en el marco de su línea de investigación sobre campamentos romano-republicanos de Hispania y la conquista de El núcleo del libro está constituido por un exhaustivo catálogo, acompañado de dibujos de gran calidad y fotografías de las piezas, en él se presta especial atención a las fíbulas, armas, herramientas y otros pequeños objetos de bronce, así como a distintos tipos de cerámica, en particular las lucernas, cerámica campaniense y ánforas, que se ponen en relación con hallazgos similares de la península ibérica y el Mediterráneo occidental. Los únicos materiales que no se recogen en este volumen son las monedas encontradas en los campamentos numantinos que, como recuerda M. Luik, fueron ya publicadas a principios del s. XX por Haeberlin y examinadas nuevamente, hace ya casi treinta años, por H. J. Hildebrandt3. Die Funde aus den römischen Lagern um Numantia se inicia con una breve presentación de los objetivos de la obra y con una revisión historiográfica de los trabajos del equipo dirigido por A. Schulten, así como de las limitaciones en la recogida de datos que tantos problemas han planteado para la investigación posterior. A continuación se ofrece una breve descripción de los distintos yacimientos que circunvalaban la antigua ciudad de Numancia y de los cinco campamentos superpuestos halla-dos en Renieblas (ubicados a 7 km de distancia del núcleo prerromano), se enumeran los materiales encontrados en cada uno de ellos, y se recogen las dataciones propuestas hasta el momento. Se procede entonces a estudiar las piezas recuperadas ordenadas por tipos de materiales examinando su posible procedencia y su cronología. En primer lugar se analizan las fíbulas, las joyas y otros hallazgos de bronce, como por ejemplo apliques metálicos, instrumental médico y cosmético, utensilios para escribir o pesas y balanzas, las armas (defensiva y ofensivas), así como herramientas, en general relacionadas más con el trabajo del metal y la madera que con la agricultura, así como distintos utensilios de la vida cotidiana. Después se recogen las lucernas, la cerámica campaniense (A y B), la cerámica común (romana y celtibérica) y las ánforas. El trabajo concluye con un capítulo analítico dedicado al tema del abastecimiento del ejército durante la tardía república y con un resumen, tanto en alemán como en castellano, de las conclusiones principales que se han obtenido del estudio de los materiales numantinos. El autor afirma que es posible relacionar los hallazgos de fecha más antigua con las campañas de Catón de 195 a. C., algo que otros investigadores habían puesto en duda 4, si bien sostiene que la mayor parte de los materiales se sitúan a mediados del s. II a. C., en conexión, probablemente, con las guerras numantinas 5. Señala, asimismo, el hallazgo de objetos que pueden ser datados en el s. I a. C. no sólo en Renieblas, sino también en algunos campamentos situados en la circunvalación de Numancia 6. Recordemos que ya A. Schulten había sugerido fechar los campamentos IV y V de Renieblas en época de Sertorio a partir de los datos aportados por las fuentes antiguas, algo que fue descartado posteriormente en el caso del campamento V tras el estudio de las 16 monedas recogidas en el lugar que fueron fechadas en el s. II a. Según M. Luik el conjunto de piezas de cronología más reciente que ha sido posible individualizar debe relacionarse con el establecimiento de la importante vía de comunicación que unía Caesaraugusta y Asturica Augusta, pasando por ciudades como Uxama, Clunia o Numancia y que se corresponde con la vía XXVII del Itinerario Antonino. Los métodos de excavación de Schulten y las deficiencias en el registro estratigráfico con el que contamos impiden resolver algunas cuestiones fundamentales que aún plantea un enclave tan paradigmático por tantas razones como Numancia. M. Luik llega a afirmar que la "asignación de restos arqueológicos a determinados períodos de los campamentos carece totalmente de un fundamento metodológico riguroso" 8. Sin embargo, con este volumen editado por el Römisch-germanischen Zentralmuseum de Mainz se difunde información fundamental sobre objetos que carecían de una publicación adecuada de acuerdo con parámetros modernos y con nuestros conocimientos actuales sobre la distribución y cronología de distintos conjuntos de materiales. Gracias a ello se podrá incluir ahora este conjunto de piezas en el debate científico sobre los campamentos romanos, en el contexto de un resurgir del interés sobre arqueología militar en general en la bibliografía hispana 9. Esta monografía colectiva constituye el primer ejemplar de una colección dirigida por Pierre Aubert, denominada L'architecture de la Gaule romaine, que pretende una puesta al día de diferentes aspectos relacionados con la arquitectura de las provincias galas en época romana. Esta primera obra, dedicada a las fortificaciones militares, ha sido editada conjuntamente dentro de la serie Documents d'archéologie française (no 100), por la Fondation de la Maison des sciences de l'homme y por el Institut Ausonius, adscrito a la Université Michel de Montaigne-Bordeaux 3. Se ha realizado bajo la dirección científica de cinco especialistas internacionales en el campo de la arqueología militar romana: Michel Reddé, Raymond Brulet, Rudolf Fellmann, Siegmar von Schnurbein, así como el investigador holandés recientemente fallecido Jan Kees Haalebos, a quien está especialmente dedicada la monografía. En ella, junto con los anteriores, colabora un nutrido grupo de autores (más de 50) procedentes de varios países europeos (Francia, Alemania, Bélgica, Suiza y los Países Bajos), que presentan los resultados de sus investigaciones, en algunas ocasiones inéditas, sobre yacimientos concretos o en cuestiones transversales sobre la presencia del ejército romano en la Galia y Germania. Esta publicación se enmarca dentro de una fecunda línea de investigación sobre arquitectura clásica muy cultivada en Francia, que ha proporcionado autores de la talla de Roland Martin, René Ginouvès, Pierre Gros y Jean-Pierre Adam. Por otra parte, supone una revisión completa a la luz de los hallazgos de las últimas décadas de el Manuel d'archéologie gallo-romaine de Albert Grenier, cuyo primer tomo, publicado en 1931, estaba dedicado precisamente a las obras militares en Francia. Sin embargo, siguiendo un criterio a nuestro juicio muy acertado, en esta ocasión se ha optado por abandonar el rígido corsé que imponen las modernas (y aleatorias) fronteras europeas, para optar por un ámbito de estudio mucho más coherente desde el punto de vista geográfico e histórico, que abarca las antiguas provincias galas de época altoimperial (Aquitania, Belgica, Lugdunense, Narbonense), además de las dos Germanias (inferior y superior), ocupadas hoy en día por 6 naciones (Alemania, Bélgica, Francia, Luxemburgo, Países Bajos y Suiza). De esta forma se analiza la situación de territorios sometidos a una casuística muy diversa, que abarcan desde las regiones fronterizas militarizadas del limes renano a las zonas inermes de la Galia interior, pero que en época romana se encuentran perfectamente articuladas e interrelacionadas. El objetivo de la obra colectiva es presentar un estado de la cuestión actualizado sobre la arquitectura militar romana en la Galia y Germania romana desde el momento de creación de la provincia Narbonense hasta principios del siglo V d. C., finalidad tanto más ambiciosa cuanto dichas regiones, especialmente los territorios englobados en la actual Alemania, y también en Holanda y Suiza, cuentan con una larga y vigorosa tradición de estudios históricos y arqueológicos sobre el ejército romano y sus asentamientos, que se plasma en una amplísima bibliografía desde finales del siglo XIX. En el extremo opuesto, la información científica disponible en las actuales Francia o Bélgica, con un número menor de vestigios militares romanos documentados y, al igual que nuestro país, con una tradición historiográfica bien diferente, es más reducida y moderna. Para alcanzar sus objetivos los directores de la publicación han optado por una estructura dividida en dos partes: una síntesis arqueológica y un catálogo detallado de fortificaciones. La primera parte de la obra se inicia con dos capítulos introductorios firmados respectivamente por el director de la colección, Pierre Aubert, y uno de los directores de la obra, Michel Reddé. Este último firma asimismo una breve introducción sobre las fuentes disponibles, literarias, epigráficas y arqueológicas, seguido por tres capítulos. El primero de ellos aborda un panorama histórico-arqueológico, en el que diferentes autores presentan la historia militar de la Galia y Germania desde los inicios de la conquista del territorio en el año 125 a. C. hasta el hundimiento de la frontera renana en los primeros años del siglo V d. C. y la irrupción de los bárbaros en las provincias occidentales. Este capítulo se presenta como un laborioso esfuerzo de síntesis en la que los principales establecimientos militares romanos se encuadran dentro de lo avatares históricos en los que se ve inmersa la región, cuyos hitos principales están perfectamente definidos: la incorporación de la Galia mediterránea, la conquista de la Galia interior y atlántica por parte de César, las campañas augusteas y tiberianas en los Alpes occidentales y en la frontera del Rhin, con la creación del primer sistema fronterizo apoyado en campamentos y fuertes estables, la época de Claudio y Nerón, que termina con la revuelta bátava, la estabilización de la frontera a partir de los flavios, los acontecimientos de la época antonina y severa, la quiebra del sistema defensivo altoimperial a mediados del siglo III y su reconstrucción por parte de Diocleciano y la creación de una nueva estructura testimoniada por la Notitia Dignitatum, que permanece en pie hasta su colapso final un siglo más tarde. Para facilitar la comprensión del discurso histórico se ha incorporado una buena tabla cronológica al comienzo del capítulo. En el segundo apartado se plantea un análisis descriptivo de la arquitectura militar a partir de los datos de las fuentes y de los restos conservados. Teniendo en cuenta la amplitud temática se ha optado por una breve descripción, bien ilustrada con figuras, planos, fotografías y esquemas explicativos. El apartado comienza con varios capítulos introductorios. El primero contiene una exposición muy clarificadora sobre los problemas terminológicos que plantean los campamentos romanos en las fuentes clásicas, especialmente la distinción entre castra y castellum, así como la discusión sobre el emplazamiento, el tamaño, la morfología y la disposición interna, discurso que resulta algo breve precisamente por la importancia capital de estas cuestiones para la comprensión de la castramentación romana, que tal vez hubiera requerido una atención mayor. El segundo capítulo analiza de forma global el problema de los materiales de construcción (canteras, aprovisionamiento de madera, hornos y fábricas para material latericio, etc.). A continuación diversos autores analizan las obras y edificios militares tanto desde el punto de vista de su morfología, como de las técnicas constructivas, de una forma breve, didáctica y fácil de comprender, comenzando por los sistemas defensivos, para continuar con edificios interiores (principia, praetorium, casas de los tribunos, barracones, termas, letrinas, valetudinaria, fabricae) y exteriores (cannabae y vici). Al final se abordan como casos específicos los campamentos de marcha y de entrenamiento y las obras fronterizas de defensa lineal propiamente dichas. En el último apartado de esta primera parte, destinada a la introducción histórica y al análisis arqueológico descriptivo de los campamentos, Raymond Brulet aborda en solitario los trascendentales cambios sufridos por el campamento romano tanto en su morfología como en la propia técnica de castramentación a partir de Dicocleciano, que supone entre otras cuestiones el replanteamiento del sistema de frontera altoimperial y la aparición de toda una gama de emplazamientos militares mejor definidos que los de la época precedente gracias a las fuentes literarias disponibles (castra, castrum, burgi, quadriburgia, turris, etc.). Se analizan asimismo los nuevos modelos de edificios interiores de este periodo a partir de los emplazamientos conservados. La segunda parte de la obra consiste en un catálogo de los asentamientos militares romanos de la Galia y Germania ordenados alfabéticamente. La descripción de cada uno de ellos, de extensión variable según el estado del conocimiento, ha sido encomendada a los especialistas que se ocupan de la investigación arqueológica de cada uno de ellos, que presentan en ocasiones información inédita. La descripción se completa con una referencia bibliográfica en cada uno de los yacimientos y diversas fotografías, planimetrías, esquemas y reconstrucciones. Sin embargo, la amplitud de la región incluida en el estudio quizá hubiera aconsejado organizar los yacimientos por provincias antiguas o modernas naciones para facilitar la consulta e identificación. El libro se cierra con la bibliografía básica para el estudio de la arquitectura militar romana en la región y con varias láminas en color, así como un resumen en francés, alemán e inglés y un listado de procedencia de las ilustraciones. El esplendido trabajo que aquí presentamos supone un laborioso esfuerzo de documentación (477 páginas y más de 500 figuras y láminas) y una puesta al día de nuestros conocimientos sobre la arquitectura militar romana en la Galia y Germania, realizado además por los mejores especialistas en la cuestión y con datos obtenidos por los propios autores de la investigación arqueológica sobre el terreno. Una monografía de conjunto que no se limita como suele ser habitual a una época o a un país concreto sino con una clara voluntad de síntesis y análisis global de una parte fundamental del Imperio romano occidental, y que permite replantear numerosos aspectos gracias a la colaboración entre investigadores de diferentes nacionalidades, especialidades y tradiciones historiográficas. Entre otras cuestiones, la aparente estandarización de la arquitectura militar, que implicaría la monótona repetición de modelos arquitectónicos, queda claramente relativizada y puesta en cuestión a partir de la simple lectura de los datos disponibles sobre diferentes asentamientos. La técnica de castramentación romana se revela como algo complejo y sometido a una clara evolución a lo largo del tiempo, por lo que el empleo de diferentes materiales, técnicas constructivas o morfologías depende de diversos factores como la región en la que nos encontramos, el momento histórico, las necesidades reales del ejército romano en cada caso o la voluntad de los responsables militares. Evidentemente esta información deberá ser contrastada con otras provincias del Imperio como las Hispanias, para las que constituye un modelo a imitar en el futuro. Universidad de León FLEUR KEMMERS, Coins for a legion. Studien zu Fundmünzen der Antike (SFMA), 21, Mainz 2006, 289 pp. Gráficos, tablas y mapas numerados independientemente por capítulos. Las excavaciones transcurridas entre 1987 y 1997 en el Hunerberg de Nijmegen, donde sabíamos que se había alojado la legión X Gémina a su salida de Hispania en el c. 71 dC., han proporcionado tan ricos materiales en contexto como para constatar ahora, en la zona excavada, la existencia de un campamento augústeo de c. 42 Ha sobre el que se situarán parcialmente, setenta años más tarde, las canabae de la legión X en tiempos flavios. Esa tropa augústea es muy temprana a juzgar por las aretinas, en especial las de Aco, y sobre todo por las monedas que, en gran masa, han dejado datos tan precisos como para poder señalar la llegada del ejército romano en fechas anteriores a la campaña de Druso del 12 aC.y con ello suponer que Nijmegen fue uno de los campamentos más tempranos del Rhin inferior, anterior desde luego a Vetera u Oberaden. Las publicaciones arqueológicas de J.K. Haalebos, recientemente fallecido, y las numismáticas de F. Kemmers permiten abordar ahora de nuevo, tras mucha polémica iniciada por Ritterling, el tema de la ocupación militar de Gallia en los años previos a la conquista de "Germania". Adelantaré ahora que, una vez más, Agripa es presumiblemente el protagonista de estas gestiones, derivadas de su planificación de Occidente durante su segunda estancia del año19 aC., según Fleur Kemmer (p. Bajo su presencia se habría iniciado la ocupación de la cuenca del Rhin desde un punto tan neurálgico como el de Nijmegen. El abandono del campamento en c. 9 dC. sella el sitio augústeo hasta que nuevamente es ocupado por la legión X, sin que en muchos casos se haya determinado con exactitud la estratigrafía y los materiales de uno y otro. Por ello la A. constantemente debe referirse a la hipotética adscripción de las monedas a uno u otro de los escenarios. Es pena que no se haya aportado una buena estratigrafía conjunta de cerámicas y monedas. La A. dedica una importante parte del libro (págs. 23-117) al asentamiento augústeo y una menor (119-187) al de las canabae legiones flavias, rematando el trabajo con un rico estudio general sobre el abastecimiento de moneda al ejército y sus problemas político y económicos (189-242). Como apéndice se adjunta un "Breve catálogo de los hallazgos de monedas", no recogiendo la totalidad del material sin que sepamos cuál ha sido el criterio de selección. Las dos primeras partes desgranan un estudio de presencias y ausencias en Nijmegen de las monedas más comunes en el Limes. La ausencia de bronces de Lugdunum y la poca presencia de los de Nemausus en este campamento constituyen un dato importantísimo por su anomalía en el Rhin, que obliga a alzar las fechas del comienzo de la ofensiva en el Rhin inferior, muy anteriores a la campaña de Druso del 12 aC. si descartamos la ofensiva Lolliana envuelta en misterio. Sin duda es esta primera parte la más personal y la que aporta datos importantes para la historia del limes rhenano. Ha sido Kemmers quien ha abierto la posibilidad de que el campamento augústeo, para dos legiones, sea anterior a Druso, con mayoría de moneda de plata desde César al año 27 (p. 26) y una mayoría de bronce de los años c. 38-36 aC. de Divos Iulios, Vienna, Copia y una minoría del periodo de 27-10 aC., como las de Nemausus I y Roma de magistrados. La mitad de los bronces son republicanos y casi todo el resto lo es octaviano, anterior al 31 aC. (p. Estos datos, por comparación a lo que conocemos del limes germánico, en Oberaden desde luego, pero también en Dangstetten o incluso en Novaesium, muestran una diferencia abismal, cuya justificación ha de estar en la cronología. A todo ello hemos de sumar en Nijmegen una gran cantidad de moneda céltica que desgraciadamente no proporciona datación precisa. La A. concluye que la existencia de una mayoría de moneda octaviana que proviene del sur de la Gallia, a la que se va sumando moneda céltica según trascurre la marcha de los soldados hacia el N., permite dibujar un mapa del recorrido de la tropa que llega tan tempranamente a Nijmegen. En el Hunerberg, en contraste con el Kops Plateau, no hay moneda de bronce hispánica 1, aun cuando sí la hay de plata de Emerita y Col Patricia, más un importante lote de denario republicano acuñado en Hispania (p. Esta ausencia de moneda hispánica en Hunerberg la justifica Kemmers (p. 59s.), por una supuesta ausencia también en Neuss; sin embargo el dato no es correcto pues en Novaesium (Neuss) hay nada menos que 14 ases y cinco denarios augústeos hispánicos, sin que exista duda de la presencia en ese campamento rhenano de tropa venida de Hispania muy tempranamente. 2 Por ello las semejanzas de Nijmegen con Neuss no pueden argumentarse con estos datos. ISSN: 0066 6742 320 RECENSIONES 1 Procedentes del Kops Plateau son los numerosos bronces hispánicos, todavía ibéricos muchos de ellos, que señalan sin ninguna duda la llegada a Nijmegen de tropa desde Hispania, posiblemente en tiempos de Agripa y quizás en su primera estancia en Gallia en el 38 aC. 2 M.P. García-Bellido, La legiones hispánicas en Germania. Moneda y Ejército, Anejos de Gladius 6, CSIC, Madrid 2004, p. El segundo yacimiento, canabae legionis, nace c. 71, cuando la legión X llega allí e, indudablemente, su circulación es el espejo de la del campamento, con una mayoría de moneda flavia de Vespasiano y Domiciano y restos de circulación julioclaudia que trasporta sin duda la nueva tropa, bien en caja militar bien en sus bolsillos, especialmente la de Claudio que es, como en todos los ámbitos militares, muy abundante (p. 90-92), sobre todo la no romana, la sin titulatura de pater patriae como hemos comprobado en todo el Occidente. P.A. Besombes viene estudiando a fondo el tema desde hace una década y ha llegado a identificar talleres oficiales de claudios sin p.p. distribuidos desde Hispania y Gallia, talleres que sin duda abastecieron estos campamentos como lo hicieron con los hispánicos3 Sería muy interesante poder aislar las emisiones y ver si se pueden integrar en la cartografía hecha por Besombes de la dispersión de la moneda claudia en Occidente. Es muy posible que hubiéramos podido seguir los pasos de la legio X desde Hispania a Nijmegen pasando, quizás, por Bretaña. Naturalmente es la moneda de Vespasiano la mayoritaria en las canabae de Nijmegen puesto que es en este reinado cuando llega la legión, proporcionando un patrón idóneo para determinar las cronologías iniciales de los campamentos en relación con la mayor abundancia de moneda. El abastecimiento de numerario por emperadores difiere mucho del que hemos comprobado en Hispania, muestra clara de la existencia de circuitos diferentes para cada región y de "encargos" de moneda para los distintos ejércitos. Es el caso de los abundantesimos cuadrantes de Domiciano en el limes rhenano, cuya ausencia total en los campamentos hispánicos es un testimonio de las divergencias en la provisión militar. La última parte del libro dedicada a temas generales como: la administración financiera, procedencia y trasporte del numerario, la continuidad en el abastecimiento..., proporciona una revisión general de temas muy discutidos hoy y muy en boga como todo lo que a ejército se refiere. El libro es una espléndida monografía sobre el tema numismático de uno de los campamentos mas importantes de todo el limes rhenano, cuya vieja historia empieza ahora a descubrirse y que va a protagonizar los inicios de la campaña de Germania. Es evidente que el emplazamiento en la desembocadura del Rhin fue uno de los objetivos de la elección, posiblemente de Agripa, pues entre otras cosas permitía el desembarco directo desde Hispania y Gallia de tropas y armamento para su distribución por el Rhin. Muy curioso entre las monedas hispanas del Kops Plateau, es que una importante cantidad sean de Emporion, anómalas en el resto del limes renano, pero explicables en Nijmegen si el traspaso de tropa desde Hispania se hizo por mar. El enfoque que la A. ha dado al estudio de la moneda es histórico y económico, haciendo valer la importancia para los estudios militares del material numismático, sin embargo es pena que no se haya recogido la totalidad del numerario y creado un catálogo completo como es el caso de la publicación de los otros campamentos germánicos o hispánicos, para que pudiéramos utilizarlo como base comparativa. También es pena que no se hayan publicado las monedas dentro de sus estratigrafías para calibrar el grado de perduración de las monedas en circulación y la propia inflación económica, pero ello son "peros" secundarios y hemos de felicitar a Fleur Kemmers por su trabajo y a los SFMA por la integración de este volumen en su prestigiosa serie La presente obra es el resultado de un largo y excelente trabajo de investigación dirigido por el gran conocedor de la moneda visigoda, D. Jesús Vico, académico correspondiente de la Real Academia de la Historia, Doña Maria Cruz Cores y D. Gonzalo Cores. La moneda visigoda documenta el inicio del periodo de soberanía independiente del territorio de Hispania, además de aportarnos muchísima información para conocer la historia política y económica de los siglos VI y VIII. Los visigodos, como otros pueblos bárbaros, emitieron nuevos numerarios que imitaban las monedas de oro romanas y bizantinas con el objetivo de que fueran admitidas en el comercio. En ellas inscribieron los nombres de los emperadores de Occidente y de Bizancio hasta 575-578, momento en el que, por primera vez, apareció en la moneda el nombre del monarca visigodo Leovigildo y el de la ceca donde se emitió. Será entonces cuando la moneda visigoda empiece a adquirir su propia personalidad. El estudio de la moneda visigoda, la menos investigada por las dificultades que presenta, venía necesitando de un Corpus que actualizara el estado de la cuestión de los últimos cincuenta años. En 1952 George C. Miles recogía toda la investigación existente hasta ese momento en The Coinage of The Visigoths of Spain. Leovigild to Achila II, convirtiéndose en la obra monográfica de referencia para el público interesado en este tema. El Corpus Nummorum Visigotorum, tomando como punto de partida la obra anterior, ha conseguido ofrecer una gran cantidad de resultados que permiten avanzar considerablemente en esta línea de investigación, a la vez, que sorprende por los novedosos métodos de estudio que se nos presenta. No podemos dejar de resaltar aquí el importantísimo esfuerzo que se ha hecho también para traducir toda la obra al inglés y distribuir los contenidos en dos columnas por página, una para el texto original y otra para la traducción. Abre la primera parte de la monografía una introducción histórica que aborda el contexto histórico donde nace la moneda visigoda. De forma sucinta se expone la historia de los visigodos desde sus orígenes hasta la llegada islámica a la Península Ibérica y se completa con tablas cronológicas de los otros gobernantes contemporáneos y con breves biografías de los reyes visigodos. A continuación, otro apartado se dedica a la metrología y metalografía de la moneda visigoda, para lo que se realiza una buena revisión y actualización de los estudios de Miles y Grierson 1. El análisis metalográfico ha obtenido interesantes resultados gracias a la aplicación de la técnica analítica por energía dispersiva de RX (EDAX) llevados a cabo por la Dra. Esperanza Salvador Rueda en colaboración con el Dr. Alberto Canto García. El capítulo se cierra con gráficas que nos permiten ver la evolución general de la metrología y metalografía según reyes y provincias. Los autores dedican un capítulo completo a rechazar la teoría de M. Crusafont 2 sobre un posible numerario de cobre visigodo por su similitud con los tremisses de Chidasvinto, Recesvinto y Wamba, datado entre el 624-714. Creen que sería más acertado pensar que, o bien fueron emitidas por las oligarquías nobiliarias del valle del Guadalquivir, o bien por los bizantinos que ocuparon el territorio hispano. Gracias al apartado dedicado a la epigrafía y a las leyendas, donde se explican minuciosamente cada uno de los elementos de los que constan los numerarios, podemos desentrañar hasta qué punto la moneda visigoda imita a la romana y a la bizantina en su diseño, en sus características paleográficas y en sus fórmulas epigráficas. Los dos últimos capítulos de esta primera parte proceden a clasificar la moneda visigoda primero según su tipología y, a continuación, según las cecas de emisión. Según tipología, se constatan catorce tipos diferentes de anversos y diez de reveros que articulan un total de XXIV grupos tipológicos, cada uno con infinidad de variantes de estilo como comprobamos gracias a la gran riqueza de dibujos de las monedas, reproducidos aquí de forma extraordinaria. Esto nos permite apreciar los grupos estilísticos de cada provincia y las similitudes y diferencias entre ellos a través de la producción y estilo de las cecas. El apartado dedicado a las cecas proporciona importantes novedades ya que, además de ampliar en 33 nuevas las 77 que estipulaba Miles, se procede a la reubicación y redenominación de las mismas. Se rompe con la tradicional organización cronológica de las cecas para presentarlas ordenadas alfabéticamente por provincias, como ya había hecho Mateu i Llopis. A las cinco provincias dependientes del poder visigodo que acuñaron moneda, se añade Septimia del territorio francés, con capital en Narbona. Apreciamos entre las cecas visigodas, algunas de nueva creación que se sitúan en sedes episcopales, parroquias y pagui de reciente fundación, pero a la vez, la novedad, sin duda, es la recuperación de muchas oficinas monetarias localizadas en pequeños núcleos de población de los que teníamos información epigráfica en época prerromana. El hecho de que con el Imperio se perdieran sus huellas había llevado a cuestionar la desaparición de estas poblaciones; sin embargo, el resurgimiento de las mismas durante época visigoda apunta a que permanecieron latentes durante todo ese tiempo. Casi quinientas páginas se dedican al Corpus de las monedas (pp. 221-677), el cual presenta numerosas aportaciones no sólo en los resultados mostrados sino en el novedoso método de análisis empleado. El punto de partida de la obra son las monedas con el nombre de Leovigildo puesto que las anteriores tienen dificultad para atribuirlas con seguridad a los visigodos. Las monedas se distribuyen por grupos encabezados por la moneda tipo junto con sus variantes. Le acompaña el dibujo del reverso y anverso y, en casi la totalidad de los casos, la fotografía -color o blanco y negro-de la moneda, de tan excelente calidad que permite apreciar todos los detalles. Frente a las 3.500 monedas que Miles estudió (clasificándolas en 516 monedas tipo, 941 variantes y 1457 piezas diferentes), los autores de esta obra han tenido acceso directo a cerca de 8000 monedas visigodas (644 monedas tipos, 326 subtipos y 2428 piezas diferentes) procedentes de instituciones y colecciones privadas españolas y portuguesas. Estiman que deben ser unas 10.000 monedas las existentes frente a las 4.000 que determinaba el investigador estadounidense. No podemos dejar de detenernos en el considerable avance que este libro aporta en el estudio de las falsificaciones tanto "de época" (pp. 579-588) como "modernas" (pp. 589-677) a las que se dedican capítulos independientes. Miles determinaba un total de 186 tipos de monedas falsas mientras que aquí se detectan 21 tipos del primero de los anteriores grupos y 401 del segundo. De cada tipo se indica el método de fabricación, los metales por los que se conoce la falsificación y una cronología aproximativa de la moneda. Este Corpus ha conseguido sus objetivos muy satisfactoriamente. Por un lado, recoge los resultados de los últimos cincuenta años de estudios y, por otro, gracias a la claridad expositiva de los contenidos, a la sencillez del lenguaje empleado y a la atractiva edición de gran riqueza visual, pone la investigación al alcance de todos aquellos lectores -científicos y coleccionistas-interesados en la numismática visigoda. Además, el hecho de que se trate de una publicación bilingüe la convierte, aún más, en una obra de excelente calidad que, sin duda, dará a conocer estas importantes novedades a la comunidad científica internacional. FÁTIMA PELÁEZ GARCÍA DE LA PUERTA Instituto de Historia, CSIC. MIRELLA ROMERO RECIO, Libros sobre la Antigüedad en la España del siglo XVIII, Madrid, Actas, 2005 El interés por analizar los caminos por los que hemos llegado a entender el mundo antiguo tal y como hoy lo concebimos es una labor propia de nuestro tiempo, cuando ya disponemos de la suficiente perspectiva para interpretar de qué manera los estudiosos modernos han reconstruido e incluso reinventado la Antigüedad. De esta forma, la investigación sobre la historia de las historias que a partir del siglo XVIII fueron editándose en torno al mundo clásico, al margen de ser una labor apasionante, arroja datos fundamentales sobre la naturaleza del propio objeto de estudio que hemos venido en denominar idealmente como Ciencias de la Antigüedad (cf. G. Mora, Historias de mármol: la arqueología clásica española en el Siglo XVIII. En el marco del dinámico Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja, de la Universidad Carlos III de Madrid, donde el equipo dirigido por Jaime Alvar Ezquerra viene realizando una interesante labor que es ya de referencia, Mirella Romero Recio ha trazado en el libro que ahora reseñamos un completo panorama del estado bibliográfico sobre la Historia Antigua en el siglo XVIII español. En este punto, debemos hacer una advertencia, pues hay que hablar más bien de un ejercicio de aproximación a lo que después terminó cerrándose como el conjunto de disciplinas relativas a la Antigüedad Clásica. Esta dificultad añadida, esta buscada y necesaria anacronía, pues se está aplicando una serie de categorías ulteriores a un tiempo en el que todavía tales conceptos están pendientes de su progresiva legitimación a lo largo del siglo XIX, hace, si cabe, más interesante el estudio de la profesora Romero Recio. Su trabajo, precedido de un oportuno prólogo a cargo de Jaime Alvar, se divide en dos grandes apartados: por una parte, un estudio acerca de la construcción de la Historia Antigua en la Europa del siglo XVIII y, por otra, un recorrido en torno a la imagen de la Historia Antigua en la España de ese siglo. Este segundo apartado es el que ocupa prácticamente el cuerpo del libro, y en él se analizan, en primer lugar, las traducciones de libros europeos al castellano para, ya en segundo lugar, recorrer los libros originales españoles que parcialmente han prestado atención a la Antigüedad. Esta diferencia entre traducciones de otras lenguas modernas y libros propiamente hispánicos es muy pertinente, sobre todo si atendemos al contexto investigador en el que se inscribe la autora (el proyecto europeo Bibliotheca Academica Translationum. Traducciones en los estudios clásicos). Sabido es que, una vez que la lengua latina cede su puesto a las lenguas modernas como vehículo científico, se da el singular fenómeno de que el estudio y difusión del mundo clásico a partir del siglo XVIII va a realizarse a través de las lenguas modernas (muy acorde al incipiente espíritu historicista de estos tiempos, las lenguas clásicas pasan a considerarse "lenguas sabias", es decir, instrumentos para conocer el mundo pasado a través de sus fuentes originales, cobrando así también ellas carácter histórico). En un tercer apartado, finalmente, la autora se centra en las escasas monografías españolas dedicadas a la Historia Antigua durante el período estudiado, lo que ha supuesto una labor de investigación exhaustiva y laboriosa que, sin embargo, no termina ahí. En este sentido, lejos de limitarse a un recopilación y organización de los materiales bibliográficos estudiados, la autora ha intentado interpretar las claves (evoco, intencionadamente, esta palabra recordando la "clave historial", tan importante para comprender aquel contexto historiográfico, del padre Enrique Flórez) que condicionaron la percepción de Grecia y Roma. Entre otras claves, debe destacarse la subordinación de la Historia Antigua como tal a los intereses patrios, lo que generó una esperable mayor atención a Roma, la importancia de las traducciones procedentes de Francia y, fundamental también, el peso de la Iglesia Católica. Con respecto al primer condicionante, la autora se hace eco en varios lugares de la intensa labor "patriótica" (entiéndase este término en su sentido más dieciochesco, acorde con la construcción de los Estados modernos desde las ideas ilustradas, p.e., de contrato social, tan lejanas todavía a los incipientes nacionalismos raciales del siglo siguiente) encaminada al estudio de la historia de España. Los hermanos Mohedano y su Historia literaria de España ilustran perfectamente este planteamiento. Con respecto al segundo condicionante, a saber, la preeminencia de bibliografía francesa, la autora aborda hábilmente el manido asunto de la comparación de la situación española con respecto a la de otros países europeos. La inferioridad hispana no justifica, en todo caso, pasar por alto aquello que se llevó a cabo. Es más, a pesar de la preeminencia francesa, también convendría llevar a cabo una aproximación desde otros grupos intelectuales españoles, como el del deán Martí o Gregorio Mayáns, que crearon un peculiar espíritu ilustrado más centrado en la propia tradición hispana del siglo XVI y XVII. Este aspecto también incidió en el propio cultivo historiográfico, de lo que es muestra representativa la obra de Nicolás Antonio reeditada por Mayáns y citada al final de esta reseña. En tercer lugar, el condicionante religioso va a tener una incidencia profunda desde la propia perspectiva de las tensiones ideológicas de la época. No en vano, uno de los compendios de historia más utilizados, como bien dice la autora, es el del jansenista Charles Rollin, fruto de las inquietudes pedagógicas de una concepción de la religión y del mundo tan opuesta a la de los jesuitas, quienes, a su vez, también aportaron obras fundamentales, como el expulso Juan Andrés. Sólo por sugerir otra posible vía de interpretación con respecto a lo que no deja de ser un tema de estudio inagotable, bien merecería la pena analizar, en la línea de lo que hizo Juárez Medina en un fundamental estudio (Antonio Juárez Medina, Las reediciones de obras de erudición de los siglos XVI y XVII durante el siglo XVIII español, Frankfurt am Main-Bern-New York-Paris, Lang, 1988), la importancia de la labor retrospectiva a la hora de editar ciertos libros más o menos relacionados con la historia. El siglo XVIII español se caracterizó por una consciente labor de recuperación de obras ya publicadas durante los siglos XVI y XVII, fruto de un nuevo tipo de lector (y editor) capaz de acercarse a los textos del pasado con el interés y las reservas necesarias. Se trata de la nueva "mentalidad burguesa", en palabras de José Antonio Maravall, que configura la idea de la historia en el siglo XVIII. Por señalar dos ejemplos significativos de las ediciones retrospectivas a las que nos referimos, contamos con la reedición del Teatro de los dioses de la gentilidad, de Baltasar de Vitoria, o la reedición llevada a cabo por el gran Gregorio Mayáns de la Censura de historias fabulosas, de Nicolás Antonio, que volvió a servir de verdadero revulsivo contra los falsos cronicones que todavía contaminaban de fabulaciones la incipiente investigación histórica. No está de más citar aquí unas elocuentes palabras de Mayáns al respecto (1742): "En efeto es una Censura de Historias, i no de qualesquiera, sino de Historias Fabulosas, que con sus ficciones, mentiras, i embustes, han falseado las Memorias de toda la Antiguedad, representando en ella Poblaciones, Personas, i Acciones, que nunca huvo". En definitiva, el libro de Romero Recio nos adentra con buen hacer y desde una interesante perspectiva en el convulso e inagotable siglo XVIII español. Con respecto a la materialidad del libro, resulta todo un solaz de bibliófilo contemplar en la parte central la reproducción de veinticuatro portadas de libros estudiados y, además, un bonito mapa de España tomado de una de las obras de Enrique Flórez. El cobre de esta lámina, probablemente, fue uno de los destruidos durante la Guerra de la Independencia, como nos refiere Pedro Salvá y Mallen en el tomo segundo de su Catálogo de la biblioteca de Salvá (Valencia, 1872). La historia a menudo acaba con la misma historia.
El presente artículo analiza las ollas con forma de stamnos a colletto, vasos contenedores realizados en Etruria durante la época helenística. Estos vasos se caracterizan por tener un canal circular en el hombro, por eso es posible asociar esta forma cerámica con la de los potes meleiros ibéricos y con la de los melopitari grecos. Por eso, las ollas tienen que considerarse específicos contenedores para conservar la miel.
RESUMEN 12345 Las evidencias arqueológicas datan la expansión del cultivo de la vid en el territorio de Kelin durante los siglos v-iii a. C., aunque los primeros indicios se fechan ya en el siglo vii a. C. Una de las singularidades de este territorio es la existencia de estructuras de piedra al aire libre para la producción de vino y aceite. Todas ellas se localizan en una zona concreta del territorio (Ramblas de la Alcantarilla y de los Morenos) (Requena, Valencia) y aparecen asociadas a materiales arqueológicos que permiten datarlas como ibéricas. En este artículo abordamos cómo se organiza el poblamiento Dentro del proyecto de investigación del territorio ibérico de Kelin (Caudete de las Fuentes, Valencia), en 2005 se iniciaron una serie de excavaciones en yacimientos ya catalogados, con el fin de conocer el funcionamiento de los enclaves de pequeño tamaño y ubicados en zonas llanas. Estas actuaciones se completaron además con prospecciones sistemáticas en las zonas aledañas. La rambla de la Alcantarilla pese a tener un caudal muy irregular, tiene un largo recorrido N-S desde las inmediaciones del río Madre, en plena meseta de Requena-Utiel, hasta desembocar en la rambla de La Albosa, ya en el inicio de la depresión del río Cabriel. Esta rambla tiene otra de trazado paralelo y fisonomía muy similar en su lado oriental, la rambla de Los Morenos, con escasos 1,5-2 km de distancia en el tramo final de ambos cursos. Dicha similitud alcanza incluso al ámbito de la Arqueología, pues ambas presentan indicios de una semejante organización del poblamiento en época ibérica. Esto se tradujo en una sistemática explotación del medio y los recursos disponibles en pro de la vitivinicultura y, en menor medida, la oleicultura, tal y como atestigua la presencia al aire libre de lagares y almazaras rupestres, conocidos en la comarca como "pilillas". Hoy en día ambas ramblas están catalogadas como zona de erosión potencial muy elevada6. Es, por tanto, un área cuyo paisaje actual está desvirtuado respecto al que debió existir en la antigüedad, ya que las pendientes y barrancadas que las forman no serían tan marcadas, permitiendo cultivar las zonas de ribera e incluso las laderas y piedemontes (Ruiz Pérez 2011; Pérez Jordà et alii 2013: 156, figs. 2 y 5). La comparación de las fotografías aéreas de 1956 con las ortofotos actuales muestra cómo esta zona apenas ha sido modificada antrópicamente. Más bien al contrario, se han abandonado los campos de cultivo y las pequeñas zonas residenciales, produciéndose paralelamente un aumento de la masa forestal. Esta zona geográfica y sus yacimientos formaron parte, en la época que nos ocupa, del territorio dependiente de la ciudad de Kelin (Caudete de las Fuentes, Valencia) (unos 2000 km 2 ). Los trabajos arqueológicos llevados a cabo han mostrado una ocu-pación ininterrumpida desde el siglo vii al primer cuarto del i a. C., permitiendo estudiar su evolución tanto a nivel urbanístico como de cultura material y recursos económicos. Desde este lugar central se organizaba y administraba el territorio a partir de un patrón de asentamiento jerarquizado, con núcleos de diferente rango y funcionalidad como fortificaciones, pueblos, granjas y diversos establecimientos rurales (Mata 1991; Mata et alii 1997; Mata et alii 2001; Mata 2006; Pérez Jordà et alii 2007b; Quixal et alii 2008; Mata et alii 2009; Moreno 2011). LOS YACIMIENTOS: ESTRUCTURAS Y MATE-RIALES De N a S, siguiendo la rambla, tenemos identificados un total de seis yacimientos, que presentan una gran diversidad en cuanto a entidad, estructuras, funcionalidad y materiales (Fig. 1). Casa de la Alcantarilla Este yacimiento está situado en la ladera occidental de la rambla de la Alcantarilla7, alrededor del caserío que le da nombre y junto a un manantial aprovechado por el mismo. Buena parte de su superficie está aterrazada para cultivo de la viña, aunque también hay áreas yermas y otras abandonadas en épocas recientes. Su prospección sistemática (2006) aportó una dispersión de materiales de unas 12 ha y una concentración de 1,5 ha al SO de la casa. En el corte del camino, que conduce al caserío, se vieron restos de muros8. La superficie a prospectar se dividió en seis sectores (A-F) correspondientes a los campos de cultivo en los que se encontraron materiales con diferentes densidades y horquillas cronológicas (Fig. 2). Material ibérico se encontró en todos ellos, exceptuando el E, donde tan sólo hay escasas cerámicas romanas. El grueso de materiales imperiales se concentra en los sectores E-F, mientras que los A-D albergan la mayoría de los ibéricos. Dentro de estos últimos podemos destacar que las cerámicas más antiguas se encontraron en los sectores D y, sobre todo, el B; mientras que los sectores C y, de nuevo, el D presentaron cerámicas ibéricas del siglo ii a. Por lo tanto, el yacimiento presenta una larga diacronía, con una aparente estratigrafía horizontal, desde los siglos vi-v a. C. por la presencia de un ánfora fenicia occidental (Fig. 3.1), bordes subtriangulares (Fig. 3.5), producciones ibéricas grises, imitaciones de formas clásicas y decoraciones bícromas (Fig. 3.6); del siglo ii a. C. hay barniz negro campaniense, ánforas Dressel 1 y cerámica ibérica con decoración figurada; y de época altoimperial, ánfora africana, cerámica común, TSG y TSH. Entre las cerámicas ibéricas se han documentado la mayoría de los grupos funcionales de la tipología de Mata y Bonet (1992), con predominio de los recipientes de despensa (lebetes y tinajillas) (Fig. 3.3 a 3.6), seguidos de ánforas y tinajas (Fig. 3.1 y 2) y vajilla de mesa (jarros, platos o páteras) (figs. 3.7 a 3.9), así como cerámica de cocina (Fig. 3.12) y piezas menos frecuentes como tejuelos, imitaciones de formas clásicas (Mata y Quixal 2014, figs. 1 y 2) (Fig. 3.10) y una forma indeterminada con engobe marrón tanto por el interior como por el exterior (Fig. 3.11). Además de las importaciones fenicias y romanas, las cerámicas más interesantes son dos fragmentos con decoración figurada compleja y un asa de ánfora ibérica con marca impresa. En los primeros se aprecia la parte delantera de una posible ave con fuertes garras (Fig. 4.1) y el tronco de un ser indeterminado junto a otros elementos vegetales (Fig. 4.2), pero su estado fragmentario no permite mayores precisiones (Quixal 2015: 148 y Fig. 192). El cuño sobre el ánfora tiene forma cuadrada, compuesta por dos triángulos, uno de ellos dividido a su vez en dos triángulos menores (Fig. 4.3). En conclusión, la Casa de la Alcantarilla sería un asentamiento ubicado en cotas bajas, cerca de sus Figura 1. Mapa de la rambla de la Alcantarilla y sus yacimientos. propias tierras de cultivo. Su extensión, la riqueza de sus materiales y su larga diacronía apuntan a considerarlo como un pueblo, es decir, una agrupación de casas de cierta entidad, en ámbito rural, de residencia permanente (Moreno 2011: 75, tablas 9 y 10). Este lagar rupestre se compone de dos piedras con sendas cubetas excavadas (figs. 5.1 y 6). Una de ellas, de forma rectangular con ángulos redondeados, fue utilizada como aljibe. Pese a ello, presenta otras características que permiten defender que se trataba de un lagar: en un extremo tiene un orificio de salida de líquido, tapado con cemento, cuyo caño por el exterior tiene dos niveles, posiblemente para colocar una cerámica o cuña de madera y facilitar la evacuación del líquido. En el borde de la balsa hay varias perforaciones en vertical que permitirían colocar una cubierta. Un poco más apartado hay un pequeño agujero de forma circular y poca profundidad, sin relación aparente con la balsa principal. A pesar de que le hemos calculado una capacidad de 2.646 l (Mata et alii 2009: Fig. 8), no hay que perder de vista que está sobredimensionada, pues la cubeta se modificó para utilizarla como aljibe. La segunda piedra, separada de la anterior, está incompleta y presenta una cubeta circular, también de poca profundidad y con un orificio horizontal de desagüe. Posiblemente funcionaron juntas como ara de prensado, pero no se puede afirmar con seguridad. Un poco más lejos, entre la vegetación natural y el camino, se encontró otra posible estructura, muy incompleta o deteriorada. La prospección de los alrededores proporcionó escasos fragmentos de cerámica ibérica en las viñas situadas entre el barranco y el camino paralelo a la rambla, con una dispersión estimada de 12.300 m 2, pero con tres concentraciones de unos 1.500 m 2. De éstas, la que proporcionó mayor cantidad de materiales era la más alejada del lagar. Todo el material cerámico pertenece a los siglos iv-iii a. C. con muy pocas formas identificadas: algún asa y un plato. Rincón de Herreros sería una estructura al aire libre que pudo tener en sus proximidades alguna casa de campo anexa a las tierras de cultivo y a las estructuras de transformación. En ella no se residiría, pero serviría de almacén de aperos y refugio para los campesinos y, posiblemente, de bodega. Solana de las Carbonerillas Siguiendo el camino hacia el S hay otra pila de piedra (Fig. 5.6), incompleta y desplazada de su lugar original, junto a una antigua carbonera en el cruce entre el camino principal que bordea la rambla de la Alcantarilla y otro que desciende hacia el fondo de la misma. Sólo conserva parte de una cubeta poco profunda, de tendencia rectangular, y un orificio para la salida de líquidos. La prospección de los alrededores dio resultados negativos a nivel de materiales arqueológicos. Rambla de la Alcantarilla Este yacimiento se visitó por primera vez en 1996 junto con Asunción y Rafael Martínez Valle, para corroborar si los bloques calcáreos tallados en forma de cubeta podían ser lagares. Dispersos a lo largo de una amplia zona hay dos lagares con seguridad (figs. 5.2 y 5.3) y un tercero que puede estar roto o inacabado (Fig. 5.4). Además, en visitas posteriores (2003 y 2005) se constató una dispersión de materiales cerámicos en unos 3.200 m 2 y estructuras visibles en superficie cerca de uno de los lagares, razón por la cual se decidió hacer una campaña de excavación. La intervención trajo a la superficie un edificio de poco más de 150 m 2 construidos, de planta rectangular y varias estancias (Fig. 7.1 y 2). El grado de conservación de las estructuras y de los niveles arqueológicos era bastante deficiente, tanto por la erosión como por la vegetación. De los muros sólo se había preservado la parte inferior del zócalo de mampostería, sobre el que previsiblemente se construiría un alzado de adobes. De igual forma la documentación de los niveles arqueológicos fue complicada, ya que tanto los rellenos como los niveles de suelo estaban parcialmente alterados y conservaban poco espesor. Una vez delimitado el perímetro del edificio la excavación se centró en cada una de las estancias individualizadas. La estratigrafía y la remodelación de algunos paramentos ha permitido establecer dos fases constructivas datadas entre los siglos v y iii a. En el extremo N hay una gran estancia sin subdivisiones internas (E1), delimitada por muros de BODEGAS, LAGARES Y ALMAZARAS EN EL TERRITORIO DE KELIN (SIGLOS V-III A. C.)... mampostería por sólo tres lados (S, E y O). En la parte central hay dos estructuras de piedra de planta rectangular que debieron funcionar como bases de postes. La ubicada al O está formada por una gran piedra mientras que la del E está construida con piedras medianas y pequeñas. La ausencia del muro N y las dos bases de poste nos hacen suponer que esta estancia fuera, en realidad, un porche. En el muro S hay un vano que permite la comunicación con el cuerpo central, cubierto, del edificio. Se diferenciaron dos suelos de ocupación sucesivos. El más antiguo está construido mediante una capa de tierra roja colocada directamente sobre el sustrato original y sobre éste un relleno que funcionó como pavimento de la estancia hasta su abandono. La parte central está formada por dos espacios que, a su vez, están compartimentados. Al E hay una gran estancia (E2) de planta rectangular, que se comunica con la E1 a través de una puerta de 1 m de anchura ubicada en el ángulo NO del muro medianero. Está delimitada por muros de mampostería que, en algún tramo, están construidos mediante grandes bloques o lajas de piedra caliza sin carear, dispuestos de forma vertical con un relleno de piedras y tierra. En esta estancia también se pudieron distinguir dos niveles de uso. En el momento más antiguo es un espacio diáfano con un banco de adobes adosado al muro N. En el centro de la estancia había una almazara (Fig. 8) que conservaba una cubeta de planta rectangular excavada en el suelo con diferentes capas de enlucido de yeso. La base es más profunda hacia el lado N, por donde vertería a la canal que hay construida igualmente con yeso en este lado y en la parte E, donde acaba en un orificio circular, igualmente enlucido de yeso y con una profundidad de 0,35 m. Planta de la bodega de Rambla de la Alcantarilla: Fase 1 (arriba), Fase 2 (abajo). Almazara excavada en tierra de la fase 1 de Rambla de la Alcantarilla. BODEGAS, LAGARES Y ALMAZARAS EN EL TERRITORIO DE KELIN (SIGLOS V-III A. C.)... centro de la construcción (E2, E4 y E5), delimitadas por sendos espacios abiertos. La E1 con las bases de postes podría ser un área parcialmente cubierta, mientras que la E3 pudo ser un patio. Su anchura, 4 m, es excesiva para soportar una cubierta y no se han documentado elementos sustentantes. Las remodelaciones sufridas a lo largo del tiempo no modificaron el perímetro exterior, por lo que la superficie útil apenas varió, siendo siempre de poco más de 100 m 2. En su primera fase el edificio funciona como una almazara de la que sólo se ha conservado el sistema de decantación. Es este elemento el que permite defender su uso para la obtención de aceite, ya que la decantación sólo se necesita para la separación de líquidos densos, como el aceite, del agua que contienen sus frutos. Su estructura es similar a la documentada en la vecina Solana de Cantos 2 o en las almazaras del Camp de Túria (Pérez Jordà 2000: 56-57). Es una cubeta alargada, con más profundidad que anchura, que cuenta con un sistema de decantación: un canal lateral que vierte en un orificio final. Éste es un elemento distinto a los documentados hasta el momento en la Península Ibérica, donde sólo se conocía la existencia de pequeñas depresiones construidas en el borde de las cubas; en cambio, es un sistema presente en algunas almazaras del Próximo Oriente (Callot 1984; Frankel 1999). No se ha identificado la estructura destinada a la molturación de las aceitunas, hecho general tanto en las almazaras prerromanas de la Península Ibérica (Pérez Jordà 2000; Martínez Carmona 2014), como en todo el Mediterráneo Occidental, ya que sólo aparecen en Grecia a partir del siglo v a. Hay que pensar, por lo tanto, en otras formas documentadas etnológicamente, como el pisado o el chafado con morteros o rulos de piedra. El registro tampoco aporta datos sobre la forma de prensado, aunque nos inclinamos por sugerir la existencia de una prensa de viga simple que prensaría las aceitunas sobre una plataforma o un ara de piedra que estaría ubicada junto a la balsa. El lugar más lógico sería en el ángulo formado por los muros 1033 y 1011, donde había una serie de piedras en el relleno inferior. Podemos suponer que la viga estaría incrustada en el muro 1011 y tendría una longitud máxima de unos 6 m. Tras la molturación, las aceitunas se introducirían en los cofines y se prensarían junto a la balsa, vertiendo el líquido al interior de la cubeta. Al mezclarlo con agua, el aceite por su densidad sube a la parte superior y va cayendo de forma progresiva en el canal construido alrededor de la cubeta, dirigiéndose a su vez hacia el orificio del lado E, de donde se extrae-En la fase final se anuló la almazara y se construyó un tabique que divida la estancia en dos. En la parte E había un conjunto de piedras que podrían corresponder a una base de poste. El suelo de la habitación era un simple relleno de tierra que cubría las estructuras precedentes. Al O se encuentra la E5, también de planta rectangular. En la fase inicial estaba comunicada con la E2 a través de un vano que, posteriormente, fue sellado. Presenta un pequeño tabique en el muro N y un banco adosado en el ángulo SO. El suelo era una capa de yeso apisonado en cuya parte central se apreciaba una mancha circular con carbones, interpretada como los restos de un hogar. Durante el proceso de excavación no se pudo distinguir, o no se conservaba, el suelo correspondiente al momento en que se tapió la puerta de comunicación con E2. Al S, se encuentra la E4, la más pequeña de las cinco estancias. Está separada de la E5 por un muro que deja un amplio vano de comunicación entre ambas. Es la única que presenta otra puerta de acceso hacia el O, en dirección al lagar I, al mismo tiempo que se intuye un vano de comunicación con la E3, muy mal conservado por lo que se plantean dudas sobre su existencia real. Adosado al muro S hay un posible banco construido con mampuestos. La E3 es otra gran estancia rectangular que delimita la construcción por el lado S. Además de la posible comunicación con la E4, presenta un amplio acceso hacia el E, posiblemente a través de una rampa. Adosado al muro O hay una estructura rectangular (1,9 x 1,16 m), formada por dos muros (0,4 m de ancho) de piedras medianas y pequeñas careadas por el exterior. El interior de la estructura estaba relleno de tierra y algunas piedras, de ahí que se interprete como una plataforma. Los muros que delimitan esta estancia por el S y el E están muy deteriorados e incompletos. Pese a todo, se pudo observar que para su construcción se hincaron verticalmente grandes bloques de piedra, colocando en el interior un relleno de piedras y tierra, posiblemente con la intención de construir una plataforma. Como ya hemos apuntado, este edificio se encuentra a unos 30 m al E del lagar rupestre mejor conservado (Fig. 5.2). Al S de éste, bastante cerca, encontramos dos muros de 6 y 2,6 m de longitud respectivamente, por unos 0'4 m de anchura en ambos casos. Sólo conservaban una hilada y no fue posible determinar si correspondían a la ocupación ibérica o a un momento posterior. Aunque el estado de conservación de las estructuras y la escasez de sedimentación dificulta su interpretación, se puede afirmar que se trata de un edificio formado por tres estancias cubiertas situadas en el la documentación de un borde moldurado de ánfora (Fig. 10.2), tipos más frecuentes en los momentos recientes del mundo ibérico en la comarca (Quixal 2015: 54-60), y ausencia de cerámicas propias de los siglos posteriores. Entre los materiales más destacados, sin duda debemos citar un asa de ánfora con doble marca impresa hallada en superficie (Fig. 4.5). El diseño de ambas impresiones, situadas en arranque del asa y en el centro del nervio, es muy similar a otros encontrados en Kelin y en yacimientos de su territorio, como ya se ha recogido en trabajos anteriores (Quixal et alii 2012: 65-66). Otra pieza singular es una mano de mortero con decoración zoomorfa en uno sus apéndices (Fig. 4.4), un prótomo de bovino u ovicaprino difícil de determinar al faltarle las orejas y/o cuernos, objeto con paralelos en otros yacimientos de la comarca (Mata 1991: 304 y lám. XXII; Iranzo 2004: 90, Fig. 25). A la hora de interpretar los materiales en relación con las unidades estratigráficas en las que aparecieron, obtenemos pocos datos significativos pues el grueso de los mismos que aporta una datación apareció en niveles superficiales o de abandono. En consecuencia apenas sirven para fechar las diferentes fases de ocupación, remodelaciones y anulación de estructuras detectadas durante la excavación. Los restos de fauna son muy escasos, apenas unos cuantos fragmentos indeterminables. En cambio, en la flotación no se recuperaron restos carpológicos, pero sí carbones en diversas muestras procedentes de los suelos de las diferentes estancias (Fig. 11). El número absoluto de fragmentos no es muy elevado (169), pero nos da una idea de los taxones vegetales leñosos que fueron explotados en el yacimiento por sus ocupantes y que, sin duda, estarían presentes en las inmediaciones del lugar. En general, destaca la presencia de los pinos, concretamente del pino carrasco, en más de un 65% de los restos, de los que se han identificado diversos órganos vegetativos: aunque la mayor parte de los materiales corresponden a madera, se ha observado la presencia de varios fragmentos de bráctea de piña, así como algunas ramas muy jóvenes de no más de 3 ó 4 milímetros, que conservaban el diámetro completo con la corteza. En nuestra opinión, ello descarta que el material proceda de elementos constructivos a pesar de la gran abundancia de pino, una especie que se emplea frecuentemente para esta labor en los lugares de hábitat ibéricos (Grau Almero 1990;2002; Pérez Jordà et alii 2011); además, de no existir evidencias de niveles generalizados de incendio. La presencia de ramas pequeñas que se quemarían junto a las piñas apunta a que los carbones pertenezcan a restos de combustible procedentes de fuegos no localizados, ría para meterlo en otro recipiente y proceder a su almacenaje o decantación final. Después de la anulación de la almazara, las actividades que se desarrollaron en su interior debieron estar relacionadas sólo con el lagar, o lagares, de las proximidades. El uso fundamental del edificio debió ser el almacenamiento de las ánforas y tinajas en las que se realizaría el proceso de fermentación del vino. El asentamiento presenta un corpus de materiales escaso, compuesto de un equipamiento básico. Poca variedad de formas cerámicas, la mayoría de almacén, transporte y algo de vajilla de mesa, además de abundante cerámica de cocina (figs. 9 y 10). 10.1 a 10.4), tinajas (Fig. 10.7), lebetes y tinajillas (figs. 10.5 y 10.6) se reparten casi la mitad del total de formas cerámicas, dato acorde con las actividades llevadas a cabo en el edificio (recogida de líquido, almacenaje, fermentación, etc.). Con un conjunto tan limitado es complicado establecer fósiles directores para determinar con exactitud la cronología del lugar en cuestión, aun así hay materiales que nos remiten al siglo v a. C., como las cerámicas con decoración bicroma (Fig. 10.5), las ollas de cocina de borde reforzado con escocia (Burriel 1997: 81- La horquilla cronológica se cerraría en la segunda mitad del siglo iii a. C. con piezas como un kalathos, la presencia de alguna base de pie alto o destinados a las actividades cotidianas de las personas que frecuentaron este edificio. Además de los pinos, se utilizó en segundo lugar madera de Quercus, tanto perennifolio como caducifolio, es decir, de carrasca-coscoja y de quejigo, lo que indicaría la existencia de estas especies dentro del territorio de captación de leña. Junto a los pinos, éstos podrían dar lugar a formaciones mixtas quedando relegados los elementos caducifolios a enclaves umbrosos o a las zonas húmedas de la rambla. Otros elementos de ribera, aunque poco representados, serían los fresnos. Y, por último, los arbustos están representados por los enebros-sabinas y el lentisco. El conjunto de taxones es perfectamente coherente con la zona en la que se encuentra el yacimiento, incluida la vegetación asociada al curso de agua, aunque éste fuera intermitente; por tanto, se demuestra que los habitantes de la Rambla de la Alcantarilla explotaron los recursos leñosos que estaban disponibles en su entorno, eso sí, parece ser que con una clara preferencia por las especies arbóreas, aunque la formación representada debió de poseer un rico sotobosque que está mal conservado en el carbón del yacimiento. Esto puede deberse a una estrategia de economizar el esfuerzo de recolección orientado a obtener especies de mayor calibre, o al uso específico del combustible, una cuestión que no podemos valorar ante la ausencia directa de las estructuras de combustión. El edificio debió de abandonarse pacíficamente pues no hay rastro de incendio y los materiales cerámicos recuperados han sido escasos y muy fragmentados. El reducido espacio cubierto, un hogar muy precario, el dominio de recipientes cerámicos de mediano y gran tamaño, la ausencia de elementos domésticos habituales (pesas de telar, fusayolas, morteros, molinos y herramientas) así como su proximi-dad a los lagares y la presencia de una almazara no permiten pensar en un hábitat estable, siguiendo las directrices que hemos establecido en trabajos anteriores (Mata et alii 2012). Su uso sería más bien una ocupación estacional vinculada a las labores agrícolas de los campos del entorno, siendo el periodo de mayor intensidad el otoño y los inicios del invierno, coincidiendo con los procesos de la cosecha de la uva y de la aceituna y con la elaboración del vino y del aceite (Fig. 12). El lugar de hábitat permanente estaría en Casa de la Alcantarilla, el núcleo desde el que se organiza la explotación de toda esta rambla. El lugar, en el lado opuesto de la rambla del yacimiento anterior, fue visitado por primera vez en 1996. En la ladera se localizó escaso material cerámico y una estructura excavada en un bloque calcáreo, con características que permiten clasificarla como una almazara de 448 l de capacidad (Pérez Jordà 2000: 57, Fig. 8) (Fig. 5.5). La dispersión del material alcanza unos 3.100 m 2, sobre todo en la zona de piedemonte. En 2006 se hicieron cuatro sondeos en la ladera de la montaña y en la zona baja, donde se presumía que habría más probabilidades de encontrar estructuras (Fig. 13). En la zona baja, donde se veían superficialmente algunas construcciones de piedras, se realizaron tres sondeos. Estas alineaciones apenas conservaban una hilada y cubrían un estrato de tierra margosa con algunos fragmentos de cerámica ibérica. Se puede suponer que su función era delimitar dos parcelas diferentes y acondicionar la zona para el cultivo, aunque en la actualidad no quedan restos del mismo. Faltan suponer que fue ésta la madera principal empleada para la elaboración de la estructura. La presencia de otros taxones, así como de algunas ramitas de pino de pequeño calibre, nos llevan a pensar que hay otros elementos carbonizados, además de las propias tablas de madera, que podrían corresponder a restos de combustible de fuegos que se hubieran realizado durante la ocupación del lugar. Para ello, se habría de nuevo obtenido la leña de la vegetación circundante, entre la que documentamos las jaras, los Quercus y de nuevo un elemento asociado a los márgenes de la rambla, en este caso los sauces y/o chopos. Bajo el derrumbe se definió una plataforma de poco más de 5 m de longitud por 2 m de ancho conservados, construida recortando las margas amarillentas; la altura máxima del recorte trasero es de 0,5 m. La planta de la misma es difícil de precisar, pero en el lado O se puede seguir en parte, presentando un perfil irregular con los ángulos redondeados. En el centro de la estancia se conservaba una gran losa de piedra que pudo estar relacionada con el sistema de sustentación de la cubierta. Aunque se desconoce la altura real que pudo tener el recorte trasero en las margas, las viguetas del techo se apoyarían en la parte superior del mismo o bien sobre un realzado de piedras o adobe. Dicha techumbre se sustentaría en la parte frontal sobre un muro construido en el borde de la terraza, cuyos restos se encontraron, sobre la superficie de uso, en paralelo a la terraza. La fuerte erosión impidió conocer las dimensiones reales, la planta exacta y en qué lugar estaría el acceso a la construcción. Éste podría encontrarse en alguno de los laterales o bien realizarse por la parte frontal si las dimensiones de la terraza lo permitían. Tampoco se puede descartar la posibilidad de que fuera una construcción parcialmente abierta, a modo elementos para precisar su cronología, aunque parece posterior a la ocupación ibérica de la zona y anterior al siglo xx, pues en las fotos aéreas de 1956 tampoco se aprecian restos de aterrazamientos. En la ladera se planteó un sondeo justo en la zona en la que se observaba una mayor concentración de cerámicas. En este sentido, se abrió un área en forma de cruz con un brazo siguiendo la pendiente (24 x 2 m) y otro perpendicular (8 x 4 m). La capa superficial era un estrato de tierra amarillenta de escasa potencia con muy poca materia orgánica y con algunas piedras de tamaño medio y grande. Debido a la fuerte erosión, las margas naturales emergen de forma casi inmediata excepto en la parte central donde se documentó un estrato de derrumbe de tierra margosa, con tonos marrones y anaranjados. En la base del mismo había una acumulación de piedras y entre ellas carbones aislados y una mancha formada por la combustión de unas tablas de madera (Fig. 14); éstas, sin embargo, presentaban un alto índice de fragmentación, por lo que resulta difícil aproximarse a su morfología original. Este estrato debe corresponder al derrumbe de una estructura construida que, posiblemente, sufrió un incendio. El análisis de estos restos de madera ha dado como resultado la identificación de un alto porcentaje de madera de pino carrasco (Fig. 11), por lo que podemos Figura 13. Planimetría general de los sondeos y estructuras de Solana de Cantos 2. Estructuras localizadas en Solana de Cantos 2. de cobertizo para refugiarse durante las tareas agrícolas que se desarrollaban en las inmediaciones, ya que la almazara de piedra se encuentra a tan sólo 30 m, la bodega de Rambla de la Alcantarilla a 200 m y el caserío de Solana de Cantos 1 a tan sólo 500 m, donde habría construcciones más estables. A pesar de la flotación del sedimento, los materiales recuperados fueron cerámicas y fragmentos óseos y carbones, sin que se aprecien grandes diferencias entre los recogidos en prospección y durante la excavación. La densidad es muy baja, así como la variedad: almacén (ánfora), despensa (lebes y tinajilla), mesa (botella) y cocina (olla y tapadera) (Fig. 9). Desde el punto de vista cronológico apenas podemos destacar que conviven bordes subtriangulares y moldurados, cerámicas de pasta gris y un borde recto de ánfora, que permiten plantear una ocupación simultánea a Rambla de la Alcantarilla, es decir, durante los siglos v-iii a. A pesar de la mala conservación de los restos, consideramos positiva la campaña de excavación ya que confirmó la existencia de estructuras auxiliares muy simples en el entorno de las almazaras o los campos de cultivo, que explican la localización de conjuntos limitados de materiales cerámicos o amplias dispersiones de los mismos. Como en Rincón de Herreros, podría tratarse de una casa de campo anexa a una estructura de transformación, en este caso una almazara. A diferencia de los lagares, no es necesario que haya construcciones permanentes ya que, una vez prensadas las aceitunas, el aceite no requiere un tiempo de reposo y puede trasladarse directamente al lugar de hábitat. Por su proximidad y cronología, debió formar parte del mismo complejo de transformación que la Rambla de la Alcantarilla. En la actualidad, la comunicación entre ambos puntos es compleja por la profundidad de la rambla; no obstante, dicha incisión puede ser posterior a época ibérica (Ruiz Pérez 2011). Se encuentra a 500 m en línea recta de Solana de Cantos 2, en el mismo lado de la rambla. Se visitó en septiembre de 1996 y se trata de una dispersión de materiales de unos 7.500 m2, a lo largo de unos campos abandonados y otros plantados con vides. Tiene un registro material escaso y poco significativo, por lo que planteamos una ocupación entre los siglos v/iv-iii a. C. simplemente por la ausencia de fósiles directores y su integración en la misma realidad poblacional que el resto de yacimientos de la rambla. Pese a carecer de conexión visual con los otros núcleos, planteamos que pudo ser una casería relacionada con los campos de cultivo de los alrededores y la vecina almazara. EL POBLAMIENTO Y LA PRODUCCIÓN DE VINO EN LA RAMBLA DE LA ALCANTARILLA Las dudas sobre la producción de vino en época ibérica en el País Valenciano se mantuvieron hasta el hallazgo a finales de los años 80 de una serie de lagares asociados a ánforas y semillas de vid en L'Alt de Benimaquia (Dénia). Este conjunto, datado a finales del siglo vii a. C., es el más antiguo de la península Ibérica a fecha de hoy (Gómez Bellard et alii 1993; Bellard y Guérin 1995). La documentación de lagares ha ido paralela a la introducción de análisis paleobotánicos en algunas excavaciones. Éstos nos han permitido observar cómo a partir del siglo vii a. C. el cultivo de la vid y de otros frutales, como el olivo, el almendro, la higuera y el granado, se introdujo en la economía de los iberos (Pérez Jordà et alii 2000 y 2007 a). No obstante, actualmente, todavía no podemos confirmar que la extensión del viñedo vaya de la mano de una expansión de los lagares. Durante el siglo vii a. C. sólo conocemos los de L'Alt de Benimaquia, junto a una extensa circulación de ánforas de tipología fenicia (Bonet et alii 2004; Grau Mira 2007), resultado de un importante tráfico de vino que podría proceder tanto de asentamientos fenicios del Sur peninsular, como de indígenas próximos a éstos (Vera y Echevarría 2013). Este inicio de la producción de frutales y de vino en el País Valenciano va seguido de un periodo (siglo vi a. C.) con una escasa documentación. Va a ser a partir del siglo v a. C., cuando no sólo se vuelva a constatar de forma generalizada el cultivo de frutales sino que por distintos ámbitos del área valenciana se extienden estructuras destinadas a la elaboración de vino y de aceite, tanto en los territorios de Edeta y de Kelin, como en la Illeta dels Banyets (Martínez Carmona 2014; Olcina 2005: 154-156; Pérez Jordà 2000; Pérez Jordà et alii 2013). Los lagares rupestres del territorio de Kelin debieron empezar a funcionar en este momento, a tenor de las cerámicas recuperadas en las excavaciones de las bodegas asociadas y en las prospecciones. Así pues, la vitivinicultura inició su historia en la comarca de Requena-Utiel a partir del siglo vii a. C. cuando se documentan las primeras semillas de vitis en Kelin (Caudete de las Fuentes) (Pérez Jordà et alii 2007a: 330-331) que se completa con estructuras, de cronología posterior (siglos v-iii a. C.), BODEGAS, LAGARES Y ALMAZARAS EN EL TERRITORIO DE KELIN (SIGLOS V-III A. C.)... excavadas en rocas de las ramblas de la Alcantarilla y de Los Morenos. Los primeros indicios de ocupación de la rambla en la época que nos ocupa proceden de la Casa de la Alcantarilla, que pudo fundarse en algún momento del siglo vi a. C. Este yacimiento presenta una larga diacronía, sobrepasando los límites de la propia explotación vinícola y oleícola de la rambla, ya que perdura hasta época romano imperial, mientras que los demás núcleos se abandonan entre finales del siglo iii e inicios del ii a. C. Por ello, y por la riqueza y diversidad de sus materiales, pensamos que sería el lugar de hábitat permanente. Ubicado en la cabecera de la rambla, tiene una visibilidad limitada por la configuración topográfica del barranco, aunque sí que tiene conexión visual directa con el lagar de Rincón de Herreros situado a poco más de 1 km en línea recta en el margen opuesto. Aunque la Casa de la Alcantarilla comenzara su andadura en el siglo vi a. C., la verdadera estructuración del poblamiento para la explotación de los recursos de la rambla se produciría a partir del siglo v a. C., momento del inicio de la ocupación en la mayoría de los yacimientos, independientemente de si su carácter era permanente o estacional. En la vecina rambla de Los Morenos intuimos un modelo de poblamiento parecido. En la margen derecha se encuentra una casería o casa de labor aislada (Casa Berzosilla) y, 820 m aguas abajo, el asentamiento de Los Morenos, con una dispersión de materiales de casi 5 ha y muros visibles en algún punto. En este mismo entorno y a unos 100 m de distancia son visibles unas carriladas, en un tramo del camino que ha sido objeto de una intervención reciente (Martínez Valle 2014: 52 y Fig. 14). Los Morenos pudo ser, al igual que Casa de la Alcantarilla, el asentamiento de mayor rango donde vivirían de forma permanente varias familias, aunque en este caso con una cronología limitada a los siglos iv-iii a. C. por los materiales recogidos en superficie. A unos 600 m hay cuatro lagares excavados en piedra a ambos lados del camino (Solana de las Pilillas) más un quinto al otro lado de la rambla. Las excavaciones iniciadas han sacado a la luz varias construcciones junto a una de ellas y, a pesar de estar mejor conservadas que las de Rambla de la Alcantarilla, tampoco se han localizado hogares ni restos bioarqueológicos. Los materiales cerámicos publicados son ánforas ibéricas, un tonel, tinajillas y platos con decoraciones propias del siglo v a. C., además de cuatro fragmentos de cerámica a mano tosca que son más antiguos que el conjunto anterior y proceden de diferentes unidades estratigráficas y sectores (Martínez Valle 2014: 56, Fig. 15). Uno de los problemas que plantea el cultivo de la vid y del olivo es su escasa resistencia a las he-ladas, lo que puede causar importantes daños en las cosechas e incluso afectar a la vida de las plantas. La altitud y la orografía del altiplano de Requena-Utiel acrecientan el riesgo de heladas, por lo que parece razonable que se buscara desarrollar estos cultivos en las zonas más protegidas. La temperatura media en estas ramblas es entre 1o C y 2o C superior a la del llano y, al mismo tiempo, la intensidad y la duración del periodo de heladas es más reducida por la menor altitud y el abrigo del relieve (Ruiz Pérez 2011: 39), factores que posiblemente condicionaron la elección de esta área como un espacio centrado en estos cultivos (Pérez Jordà et alii 2013: 154), aunque no de forma exclusiva. En este sentido, los datos antracológicos obtenidos en la Rambla de la Alcantarilla y Solana de Cantos 2 pueden estar reflejando estas condiciones más benignas. Junto a los pinos, la presencia de carrascas y quejigos, así como de fresnos, sauces y/o chopos que crecerían junto al cauce, parecen indicar la existencia de enclaves protegidos en las ramblas. Este hecho contrasta, en parte, con los datos de Kelin (Grau Almero 1991; Pérez Jordà et alii 2001), un poblado ubicado a una mayor altitud, con condiciones más frías, lo que favorece el desarrollo de los pinos de montaña. La mayor diversidad de los taxones documentados en la Rambla de la Alcantarilla debe explicarse por cuestiones tafonómicas. En la Solana de Cantos 2 sólo se recuperó material en una estructura, mientras que en el otro caso hay diversas muestras de material disperso (Fig. 11). Ante estos datos, resulta difícil valorar el impacto de la actividad humana sobre el medio, ya que todo apunta a que las recogidas de leña se encuentran más orientadas a taxones arbóreos o arbustivos, pudiendo ser el abanico de especies de matorral mucho más abundante de lo que reflejan las muestras. En todo caso, el desarrollo de actividades agrícolas en enclaves concretos, podría dar como resultado la expansión de los pinares alrededor de los lugares de ocupación, tal y como detectan la mayor parte de los análisis paleobotánicos para esta cronología. Si bien es cierto que no se conocen estructuras para la elaboración de vino o de aceite en el territorio de Kelin fuera de estos (y otros) valles 10, sí que hay elementos que permiten pensar en el cultivo de estos frutales en otras zonas de la meseta de Requena-Utiel. Además de la bodega documentada en la Vivienda 2 de Kelin, hay que señalar la presencia de semillas de vid en varios puntos del mismo yacimiento, así como carbones de vid y de olivo/acebuche en el Cerro Tocón (Requena)11, en un ambiente que no es especialmente favorable para el desarrollo de las variedades silvestres, lo que indica que su cultivo no está constreñido a la orla meridional de la comarca. La construcción de lagares y almazaras rupestres parece responder a una explicación simplemente oportunista: la presencia de grandes bloques de piedra caliza desprendidos de las muelas de las montañas a lo largo de los siglos (Fig. 5). En ellos se han excavado algunas de las estructuras, sin que ello evite que al mismo tiempo se hayan construido otras con tierra, en el interior de los distintos edificios, como en la Rambla de la Alcantarilla (figs. 7 y 8). La ventaja de tallarlos en la roca radica en que su mantenimiento es mínimo, al ser un material mucho más resistente que las construcciones elaboradas con tierra y enlucidas en yeso, que necesitan ser mantenidas continuamente. Al mismo tiempo no ocupan espacio en el interior de una vivienda y únicamente se limpiarían cuando fueran a utilizarse. La construcción o la excavación de lagares y almazaras fuera de las zonas de hábitat, supuestamente junto a los campos de vides u olivos, es una práctica documentada en el Mediterráneo Oriental al menos desde el III milenio a. En la península Ibérica, estas estructuras rupestres son hasta el momento las más antiguas, pero será una práctica que se mantendrá hasta, al menos, el siglo xix d. El motivo que, en algunos casos, explica su construcción es la puesta en cultivo de campos en zonas alejadas de los lugares de hábitat. De esta forma se evita el traslado de los frutos durante el periodo de la recolección y se puede transportar el producto ya elaborado de forma más cómoda. Ejemplos similares se pueden encontrar en la Cataluña interior durante los siglos xviii-xix d. C. con lagares que están en el interior de espacios cubiertos (Ferrer i Alós 2003) y durante los siglos x-xiii d. C. en La Rioja, con simples estructuras aisladas aparentemente sin espacios construidos junto a las mismas (Palacios y Rodríguez 2009). El mosto, antes de fermentar o al finalizar la parte tumultuosa, debería ser trasladado a las tinajas o ánforas que quedarían almacenadas ya en el interior de las viviendas anejas, que funcionarían en realidad como auténticas bodegas. En el caso de las almazaras cabe la posibilidad de que el proceso fuera similar o que por el contrario se produjera un traslado inmediato del aceite a los poblados, puesto que tras el prensado es un producto ya elaborado. Pero efectuar un traslado del mosto o del vino tras la primera fermentación, como se sugiere en las estructuras de La Rioja, resulta problemático, ya que el vino está aún en proceso de elaboración y aumentan las posibilidades de estropear el producto. Siguiendo el sistema de organización que hemos propuesto en anteriores trabajos (Pérez Jordà et alii 2013), los habitantes de la Casa de la Alcantarilla serían los que cultivarían los campos de vides y olivos que plantaron en esta rambla, mientras que asegurarían su sustento a partir de los cultivos anuales (cereales y leguminosas) que desarrollarían en las tierras inmediatas al asentamiento, más ricas que las dedicadas al cultivo de los frutales. Posiblemente las parcelas se estructurarían en torno al cauce de agua que discurriría por la parte central del valle, con algún sistema que asegurara la evacuación de las aguas hacia este arroyo y dejando al menos un camino de circulación en la base de la ladera, de una forma similar a la documentada en Saint-Jean-du-Désert, en el entorno de Marsella (siglos iv-ii a. No es posible determinar si la totalidad de la superficie potencialmente explotable fue puesta en cultivo o si los campos sólo estaban junto a los distintos lagares y almazaras (Pérez Jordà et alii 2013: 153-154, Fig. 5). La estimación realizada de suelos potencialmente cultivables es de unas 43 ha en el entorno del Rincón de Herreros y de 28 ha en la Rambla de la Alcantarilla. Superficie que en el caso de estar totalmente dedicada al cultivo de estos dos frutales exigiría el trabajo de una cantidad importante de mano de obra. Siguiendo la valoración de 147 jornadas por hectárea y año para el cuidado de un viñedo (Gallant 1991: 75-76), el mantenimiento de toda esta superficie podría necesitar del concurso anual de unas 34 personas. Esfuerzo que en los primeros años sería mucho mayor por la necesidad de acondicionar los campos, excavar las zanjas o cubetas para plantar las viñas y cuidarlas durante varios años hasta que se iniciara la producción. En este caso no se trataría, por tanto, de pequeñas explotaciones familiares que dedican una parte de sus parcelas a un cultivo complementario que pueda tener algún valor especulativo o comercial, sino que se realiza una inversión destacada en el cultivo de dos frutales. Ello exigiría necesariamente un cierto grado de organización, algo habitualmente asociado a la acción de grandes terratenientes o a sociedades con formas estatales (Zamora 2000: 144). No es tarea fácil estimar la población de los diferentes lugares de hábitat y más aún si no se cuenta con excavaciones en extensión. Sin embargo, la cifra BODEGAS, LAGARES Y ALMAZARAS EN EL TERRITORIO DE KELIN (SIGLOS V-III A. C.)... propuesta de 34 personas útiles para el trabajo en el campo no es inalcanzable teniendo en cuenta la existencia de un asentamiento como la Casa de la Alcantarilla. Además de la aproximación a la superficie cultivada, también es interesante realizar un cálculo sobre la cantidad de vino que se podría producir (Mata et alii 2009: 138, Fig. 8; Pérez Jordà et alii 2013: 156). En el caso de Rambla de la Alcantarilla sería de algo más de 3000 l, teniendo en cuenta los dos lagares incompletos (Solana de las Carbonerillas y lagar II de Rambla de la Alcantarilla). Este cálculo no se puede realizar para el aceite ya que este producto no necesita un periodo mínimo de reposo, aunque una almazara como la de la Rambla de la Alcantarilla tiene una capacidad muy pequeña; mientras que otras, como la de Solana de Cantos 2, con un ara de prensado y una cuba de mayores dimensiones, tendría una producción más destacada. Las cifras obtenidas para todos los lagares conocidos son superiores a las del territorio edetano y cercanas a las proporcionadas por la Illeta dels Banyets (Mata et alii 2009: Fig. 8). En consecuencia, una parte de la producción se dedicaría al autoconsumo, pero otra necesariamente podría dirigirse al mercado comarcal o regional. De este modo los productores de vino y aceite conseguirían aquellos bienes que no producen y de los que son deficitarios, como recipientes cerámicos, útiles metálicos y objetos de prestigio, entre otras cosas. Los beneficiarios de esta producción serían los habitantes de los poblados fortificados (Muela de Arriba, Cerro de la Cabeza, Requena, etc.) y de la ciudad, Kelin, ya que en esos lugares es donde se concentran los bienes de prestigio, tanto cerámicos como metálicos o de otra índole, distanciándose considerablemente de los restos que se han documentado en la propia Casa de la Alcantarilla. Otro de los aspectos que permite ilustrar mejor esta idea es la presencia de marcas precocción sobre ánfora en la comarca, algunas de ellas idénticas (figs. 4.3 y 4.5)13, que permiten plantear redes de distribución del vino y el aceite desde los lugares de producción (Casa y Rambla de la Alcantarilla; Los Morenos y Solana de las Pilillas) hacia el lugar central (Kelin), donde se ha documentado una importante bodega en una de las
RESUMEN 12345678 Este trabajo pretende ofrecer los primeros resultados obtenidos mediante el análisis arqueológico, estilístico y geológico de la iglesia de San Pedro de La Mata, de sus materiales constructivos y decorativos y de sus canteras. La combinación de estos estudios (y metodologías) ha permitido reconocer la forma originaria de la iglesia, determinar la procedencia de sus materiales y caracterizar así la habilidad de los talleres responsables de su obra y decoración. * Los resultados recogidos en este artículo se deben al pro- PALABRAS CLAVE: arqueología de la arquitectura; arquitectura eclesiástica; escultura arquitectónica; talleres; canteras; granito; mármol; Guarrazar; Los Hitos; Arisgotas. La iglesia toledana de San Pedro de la Mata (Sonseca) es uno de los monumentos claves en la historia y arqueología de la Tardoantigüedad y el Altomedievo de la Península Ibérica. Arqueólogos, historiadores e historiadores del arte se han interesado por ella, siendo frecuente su presencia en las principales monografías que se han ocupado de estudiar la cultura material y el arte de la provincia toledana y de la Península Ibérica en dichos periodos (Camps 1940, Schlunk y Hauschild 1978, Fontaine 1978y Caballero y Latorre 1980, entre otros). A pesar de su importancia, esta construcción ha carecido sin embargo de trabajos arqueológicos que permitiesen avanzar en su caracterización y datación con argumentos suficientes. De este modo, su mayoritaria adscripción a la segunda mitad del siglo vii se ha basado en un argumento principal, de índole documental, y en otros de carácter tipológico, aunque casi siempre basados en el primero. Este asume la noticia recogida en las Relaciones Topográficas de Felipe II (1576), en las cuales los vecinos de Casalgordo responden al capítulo 36 de la siguiente manera: "en el termino de este pueblo al prado de la Menditilla hay cimientos, de poblacion antigua, que no hay memoria de su poblacion, y hay una ermita muy antigua, que no hay noticia de su fundación, que se llama Campo de la Mata, en la cual hay un letrero que se dexa leer, que dice: BANBA ME FECIT, y esta ermita es tan antigua que no hay noticia de su fundación" (edición de Viñas y Paz 1951: 248). A pesar de que ignoramos el desarrollo completo del texto de esta inscripción hoy perdida y por ello si este "Bamba" puede identificarse con el rey visigodo Wamba (672-681), y de que tampoco tenemos la seguridad de que esta pieza perteneciese a la iglesia y por lo tanto de si estaba situada en un contexto primario o secundario (reutilizada), se ha aceptado de forma acrítica su veracidad, convirtiéndose en el principal fósil director para la datación del edificio y constituyendo la base de los demás argumentos cronológicos 9. Entre estos, de corte fundamentalmente tipológico, destacan los referentes a la forma de la planta, al tipo de fábrica y a la escultura de la iglesia. Respecto a su planta, es Gómez- Moreno (1919: 9) el primero en referirse a ella como cruciforme. Este, basándose en los datos inéditos de Cedillo, cataloga la planta de la iglesia como cruciforme incluida en un rectángulo, sugiriendo que todas las habitaciones de los ángulos serían primitivas. Schlunk y Hauschild (1978: 90 y 221-223) aceptan esta propuesta: aunque dudan de las habitaciones oc-cidentales (no representadas en su planta), consideran originales los vanos de la nave transversal y el muro sur de la nave occidental, por lo que terminan afirmando su existencia. Caballero (1980: 501-503), por su parte, considera que un ábside original de planta de herradura al interior y recto al exterior, según el modelo de la cercana Santa María de Melque, habría sido sustituido por uno rectangular en un segundo momento, mientras que las habitaciones angulares se habrían añadido en un tercer momento. Recientemente, Recio y Sánchez (2003) proponen una primera iglesia de planta cruciforme, con un ábside reforzado con contrafuertes laterales y con bancos interiores, y sin habitaciones. Todas estas reconstrucciones datan la iglesia primitiva en la segunda mitad del siglo vii, situándola junto a un grupo de iglesias (Santa Comba de Bande, Orense; San Pedro de La Nave, Zamora; São Frutuoso de Montélios, Braga; y Santa María de Melque, Toledo) atribuido a la misma centuria y representante de los distintos momentos evolutivos de este tipo de planta en la Península Ibérica (Utrero 2009: 134-136). La calidad constructiva de sus muros alzados en técnica de sillería tallada en granito y unida a hueso ayudó a asentar esta cronología, caracterizada por la recuperación de esta técnica y la de los abovedamientos según las propuestas tradicionales para la arquitectura peninsular (Hauschild 1972: 279, aunque la describe erróneamente como técnica de sillería en las esquinas y de mampostería en los lienzos y la hace corresponder con la técnica mixta tardorromana; Schlunk y Hauschild 1978: 213). Aunque en este apartado son claves las iglesias arriba citadas (sin olvidar San Juan de Baños, Palencia, y Santa María de Quintanilla de las Viñas, Burgos), mejor conservadas, conocidas y estudiadas que La Mata, esta es un hito seguro en términos cronológicos gracias a la citada inscripción, por lo que su referencia es obligada para descartar dudas sobre otras obras de datación incierta (como Ventas Blancas, La Rioja, por ejemplo; Hauschild 1972). Pero es en el estudio de la escultura decorativa en el que La Mata ha gozado de mayor protagonismo. Los fragmentos conservados se han integrado dentro de un grupo de escultura arquitectónica dispersa y descontextualizada en su mayoría, localizada, grosso modo, en la ciudad de Toledo y entorno inmediato. Ya el conde de Cedillo (1903de Cedillo ( -1919: 30 y 55: 30 y 55) atribuye las piezas reutilizadas en las iglesias de Arisgotas y Casalgordo al conjunto de La Mata y lo fecha en el siglo vii en virtud de la referencia a Wamba. Gómez-Moreno (1919: 9) lo relaciona con las producciones de Guarrazar (Guadamur) 10, siendo ambos grupos repre-SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... sentación de las últimas producciones visigodas. Su discípulo Camps (1940: 452 y 499) considera que las piezas de La Mata son antecedente de los frisos de las iglesias de La Nave, Quintanilla y Bande, relación que confirmará más tarde el mismo Gómez-Moreno (1966: 122), y subraya cómo su evolución posterior explicaría ciertas decoraciones de época califal realizadas en Toledo, concretamente los motivos de tallos sinuosos y hendidos unidos por "anillos" o "nudos". Schlunk (1945a: 318;1945b: 199 y 1947: 266 y 285) asume lo expuesto hasta ahora y no duda en situar el origen para estas fórmulas decorativas en la influencia de la plástica bizantina que desembarca en la corte toledana en la segunda mitad del vii, destacándose los frisos de La Mata por representar la "palmeta bizantina" (V. infra). Schlunk (1947: 258) es también el primero en deducir la existencia de un edificio distinto a La Mata, al cual pertenecerían los materiales reutilizados en las casas e iglesia de Arisgotas, con motivos decorativos claramente diferentes. Esta sospecha será confirmada por las excavaciones del yacimiento de Los Hitos años después (Balmaseda 1998), de donde procederían dichos materiales. Schlunk (1970: 181-182) refuerza además la relación del grupo de La Mata con los talleres de la corte merced a su parecido con ciertos elementos en piezas señeras como el marco de la placa del Credo epigráfico y otra en el callejón de San Ginés. La aparición de nuevos fragmentos en las excavaciones de San Juan de Baños refrendará además la idea sobre la irradiación de estos tipos hacia la meseta norte y, en cierto modo, ayudará a interpretar los frisos toledanos como impostas de las bóvedas (Schlunk y Hauschild 1978: 90). En los años setenta, el número de piezas se incrementa gracias a las labores de limpieza y restauración en la iglesia de La Mata promovidas por la Dirección General de Bellas Artes (1972-77) y a las tareas de excavación en el yacimiento de Los Hitos (1975-82). Se constatan entonces las diferencias entre las piezas de ambos lugares y se realiza una primera catalogación (Balmaseda 1975(Balmaseda y 1998)), aunque la descontextualización de los fragmentos recuperados ha dado lugar a no pocas confusiones posteriormente. En este punto, es importante subrayar cómo las relaciones, principalmente formales, entre los diferentes grupos decorativos y el peso de un Toledo Visigodo en la historiografía tradicional han conllevado la recreación de un entorno geográfico que habría presenciado en la segunda mitad del siglo vii un florecimiento artístico. De este serían reflejo los con el tesoro y la inscripción del presbítero Crispín del 693 (Gómez-Moreno 1919: 11, leyó 743; lectura aceptada por Camón 1950: 110), ambos conservados en el MAN. yacimientos citados de Melque, Los Hitos, Guarrazar y La Mata (Zamorano 1974, Leblic 2007y Barroso et alii 2010, 2011y 2012, entre otros), así como las evidencias escultóricas descontextualizadas, que no arquitectónicas, provenientes de las localidades toledanas de San Pablo de los Montes y de Belvís de la Jara, empleadas estas últimas para reforzar la hipótesis de la presencia monástica visigoda, como ha demostrado Moreno (2008). Este conjunto se convierte pues en marco obligado para entender la escultura arquitectónica del territorio toledano. Algunos estudios defendieron la datación "mozárabe" de La Mata (Camón 1950: 110, por las decoraciones, y Puig i Cadafalch 1961: 137, por la planta y el arco de herradura), sin alcanzar gran repercusión en la comunidad científica del momento (Utrero 2006). Sin embargo, la renovación de los modelos explicativos referentes a la arquitectura y escultura tardoantigua y altomedieval (Caballero 1994(Caballero -1995) ) y, en concreto, la propuesta de una nueva datación e interpretación de la iglesia de Santa María de Melque (Caballero y Moreno 2013), como ejemplo paradigmático de ese conjunto toledano, afecta de pleno a San Pedro de La Mata. Tanto su escultura decorativa, como su técnica constructiva en sillería o su posible abovedamiento, entre otros caracteres, se entienden ahora como consecuentes de la presencia de la cultura islámica en la Península, obligando a retrasar su cronología a un momento necesariamente posterior al año 711. Es de nuevo aquí la escultura arquitectónica argumento principal en La Mata. La abundancia de frisos en Toledo y su entorno se explicaría por la presencia de edificios abovedados, resultados estos de la asimilación de tipologías foráneas en las que estas piezas decoradas son de especial relevancia, pues funcionarían como impostas de las cubiertas (Caballero 2013: 197). En la misma línea, los talleres de La Mata y de Guarrazar han sido emparentados con otras producciones andalusíes (Cruz Villalón 2000: 271-272), retomando en cierta manera, aunque desde otra perspectiva, la propuesta de Camps (1940). En este mismo sentido, Hoppe (2004: 348 y 360) interpreta los anillos como elementos de sujeción de los tallos vegetales en la llamada "decoración a espaldera" de los jardines islámicos y considera que el tema del "racimo con borde", presente en Guarrazar y del cual los racimos de La Mata serían una simplificación, correspondería a una "moda" importada a la Península por artistas de la Siria paleoislámica. Por lo tanto, una inscripción, descontextualizada y perdida; un conjunto de fragmentos decorativos, igualmente descontextualizado así como heterogéneo; y diversas aproximaciones a algunos de sus elementos, la planta y la técnica constructiva principalmente, han sido los argumentos manejados para datar La Mata, siendo su ruinoso estado de conservación, así como la imposibilidad de practicar excavaciones en una iglesia construida, como veremos, sobre un lanchar de granito, razones añadidas para que haya ocupado un lugar secundario, aunque siempre presente, en el corpus de arquitectura y escultura tardoantigua y altomedieval de la Península Ibérica. ANÁLISIS ARQUEOLÓGICO DE LOS ALZA-DOS CONSERVADOS La iglesia de San Pedro de La Mata (Fig. 1) se encuentra a 28 km al Sur de la ciudad de Toledo, en el término municipal de Sonseca, pedanía de Casalgordo, junto al camino conocido como de la Peña del Rayo y próximo al inicio del arroyo Colmenarito. Como ya hemos mencionado, su construcción sobre un lanchar de granito hace que la arqueología de la excavación no tenga cabida y convierta a la arqueología de la arquitectura en la única metodología aplicable para su conocimiento. Nuestro análisis arqueológico de la estructura conservada ha sido de carácter parcial, por lo que la secuencia obtenida es igualmente incompleta (Fig. 2). A pesar de ello, los alzados analizados han permitido definir la configuración del edificio original así como identificar su inmediata ruina, la cual afectó a gran parte de su estructura, y su posterior restauración bajomedieval. Aunque la secuencia obtenida alcanza lógicamente hasta nuestros días, exponemos aquí únicamente las dos primeras etapas (altomedieval y bajomedieval) con el objetivo de centrarnos en la primera. El edificio originario se construyó sobre un lanchar de granito (UE 1000), previamente trabajado para la obtención de un plano regular sobre el que alzarlo. Este afloramiento, junto a otros del entorno (V. infra), funcionó al mismo tiempo como cantera, proveyendo a la obra con material extraído in situ. Los sillares graníticos (porfídicos y de grano medio) fueron diseñados seguramente con regla, como delata su forma trapezoidal, cortados a pie de obra y perfectamente ajustados a hueso, quedando la junta sellada al exterior y rellena con mortero de cal al interior. El empleo de engatillados, visibles en las caras ex-Figura 1. Vista interior de la iglesia desde el ángulo Noroeste de la nave transversal. Diagrama estratigráfico, secciones longitudinales del interior de la nave transversal hacia el Oeste y de la nave principal hacia el Sur, y planta de la iglesia (destacados con trama coloreada los tramos identificados como originarios). teriores y en los lechos interiores de los paramentos, refuerza la trabazón de los muros y el de sillares comunes, tallados con planta en "L", la de los ángulos de encuentro entre los pilares del crucero y entre los muros perpendiculares. Los sillares forman hiladas regulares, tendentes a la horizontalidad, colocándose los de mayor tamaño en la zona basal, lo que otorga mayor consistencia a los arranques de unos muros que carecen de cimientos (Fig. 3). De forma esporádica se emplean algunos sillares de granito beige de reducido tamaño. El grado de meteorización de la piedra impide reconocer posibles huellas de las herramientas de trabajo en ella. Aunque debemos suponer el empleo de andamios (y cimbras) para el alzado de una fábrica en piedra como esta, estos prescindieron de agujas, tal como evidencia la ausencia de mechinales de obra originarios. Aunque Recio y Sánchez (2003: 300) interpretaron como tales los "orificios, de forma cuadrangular" visibles en las partes originales de los muros del ábside y del anteábside, estos huecos cortan los sillares (alguno rompe groseramente varios sillares a la vez) y están presentes únicamente en la parte baja de los paramentos exteriores indicados. Es por ello que pensamos que pueden corresponder con la posterior introducción de un suelo (de madera) en las habitaciones angulares y relacionarse con los bancos de mampostería de estos espacios, los cuales se adosan igualmente a los muros originales de ábside y anteábside, pero no pueden considerarse mechinales de obra. Este edificio tenía un ábside rectangular, precedido por un espacio de anteábside de la misma forma, aunque de mayor amplitud, que daba paso a una nave transversal con crucero delimitado por cuatro arcos torales en herradura y a una nave occidental. De todo ello (Fig. 2), conservamos únicamente el tramo inferior de los muros del ábside (UE 1003), del anteábside (UE 1011) y de los pilares que sostenían los arcos del crucero (UE 1012), alzados todos ellos en la fábrica de sillería antes descrita (Fig. 3). El ábside debió contar con un arco de embocadura, el cual debió descansar sobre una pareja de columnas (y posibles impostas), las cuales ocupaban el ángulo (E-O 60 cm, N-S 41 cm) generado por el estrechamiento de los extremos occidentales de los muros laterales del ábside (ver planta en Fig. 2). Este hueco está hoy ocupado por el arco (UE 1007) alzado en la siguiente etapa (Fig. 1). Su forma pudo ser en herradura, por analogía con el arco sur del crucero, del cual conservamos únicamente los salmeres y la primera pareja de dovelas. Los canceles, cuyos carriles (UE 1002) se tallaron en el sustrato geológico, quedaban así detrás del arco Figura 3. Alzado del muro sur del espacio del anteábside, con el vano oriental de la habitación angular y el pilar oriental del crucero. de embocadura. Estas huellas dejan un paso estrecho (31 cm) y asimétrico, ligeramente descentrado hacia el Sur, por lo que creemos que el carril norte fue ampliado en un segundo e incierto momento. Las puertas laterales documentadas en los muros del anteábside y en el occidental de la nave transversal confirman que la iglesia contaba con habitaciones angulares tanto en el lado este como oeste. Las primeras (UE 1011), con una luz de 1,12 m, carecían de cierres, como evidencia la ausencia de huellas correspondientes en el suelo y la forma recta de sus jambas (Figs. Daban paso a habitaciones, de las cuales únicamente conservamos los arranques de sus muros orientales, perpendiculares a los del ábside (Fig. 4). Recio y Sánchez (2003: 299) consideran que estos arranques corresponden a los restos de una pareja de contrafuertes laterales (norte y sur). Sin embargo, su posición en las cabezas occidentales de los muros y la presencia adicional de puertas laterales sin cierres, las cuales requieren necesariamente un espacio cerrado contiguo, creemos que justifican su interpretación como parte de los muros orientales de dichas habitaciones. 2 y 5), cuyas dovelas sólo se conservan parcialmente en el vano norte, albergaron unos cierres, tal como demuestran sus jambas con planta en "L". La orientación de las mochetas evidencia que las hojas de las puertas se cerraban de Oeste a Este, es decir, desde lo que hoy es exterior (Fig. 5). La colmatación de la parte baja de ambos vanos impide confirmar la presencia de goznes, los cuales deberían, de existir, estar tallados igualmente en el sustrato geológico. La forma de las jambas confirma así la presencia de espacios también en el lado oeste de la nave transversal, flanqueando a la nave principal. El estado de conservación del edificio, prácticamente perdido en su mitad noroeste, que no su análisis parcial, impide conocer sin embargo si estos espacios fueron habitaciones o naves, así como reconocer sus dimensiones originales. ¿Cómo se cubrían estos espacios? Las diferentes respuestas a esta cuestión ofrecidas por la investigación precedente (recogidas en Utrero 2006: 521) ejemplifican la dificultad de proponer una reconstrucción. La planta cruciforme podría acoger bóvedas de cañón en el ábside y las naves y una bóveda vaída o sobre pechinas en el crucero. La dimensión de la Figura 5. Lado oeste de la puerta occidental del tramo norte de la nave transversal. Arranque del muro oriental de la habitación norte perdida. posterior ruina del edificio, con los muros laterales del ábside y anteábside vencidos hacia el exterior y la práctica desaparición de los restantes muros, parece indicar la presencia de cubiertas pétreas. El citado empleo de engatillados y de piezas comunes en los ángulos de muros perpendiculares debe entenderse como un recurso estructural que cobra sentido cuando hay bóvedas que sostener, porque mejora la resistencia al deslizamiento de los sillares así ensamblados y pretende evitar además el giro de muros sometidos a distintas cargas y con diferentes grosores (como son los hastiales y los longitudinales que soportan las bóvedas de cañón). Llama sin embargo la atención que se cuidase la fábrica del edificio, pero no así sus proporciones, evidenciando un fallo de proyecto que no podemos explicar. Mientras que el ábside era un espacio seguro, con una luz de 2,60 m y unos muros de 1,10 m de grosor, que podía por ello soportar una bóveda de cañón sin dificultades, tanto el anteábside como la nave transversal asumieron un notable riesgo al aumentar sus luces a 3,50 m y reducir el grosor de sus muros a 0,69 m. Este factor debió contribuir a la ruina inmediata de la estructura 11. Estos espacios cumplían una función litúrgica concreta, como prueban las huellas del altar de soporte único (UE 1001), de planta circular (24 cm de diámetro, 9 cm de profundidad), y de los canceles (UE 1002) del ábside con función de santuario único y las correspondientes huellas de la serie de canceles (UE 1035) del anteábside, este con funciones de probable coro o espacio reservado para el clero, el cual accedería desde las habitaciones orientales documentadas a través de los vanos descritos. La pérdida de la práctica totalidad de la nave transversal impide saber si esta se dotó de puertas laterales en sus lados norte y sur, como las que se abrieron posteriormente (conservadas actualmente), y cómo se producía por ello la circulación en el edificio. Respecto a los altares y canceles, cabe señalar que en el extremo oriental de la nave oeste hay otra pareja de rozas horizontales y otro hueco circular, atribuidos respectivamente a un tercer juego de canceles y a un segundo altar. A diferencia de las huellas del ábside y del anteábside, aquí los cortes en la roca de los posibles canceles no alcanzan los muros laterales (quedando aún más distantes si pensamos que la nave oeste originaria debió ser más ancha que la actual, en torno a 3,50 m, tomando el anteábside como referente) y el hueco del posible altar es de menor tamaño (17 cm de diámetro). Además, su ex-11 Aspecto que nos hizo rechazar en su momento que la iglesia estuviese abovedada (Utrero 2006: 156-157), ignorando entonces que fue precisamente este factor el que generó su ruina. traña ubicación en la zona oeste del edificio nos hace dudar de su interpretación y creemos que pueden corresponder a usos posteriores. Según Sastre (2013: 194), el único ejemplo comparable en la Península Ibérica es el de Santa Marta de Astorga (León), con un altar también situado en el Oeste, aunque aquí los canceles se sitúan al Este del altar, no al Oeste como en La Mata. A pesar de esta singularidad, Sastre (2013: 188) considera que el altar occidental de La Mata es eucarístico. Esta primera iglesia se ornamentó con frisos tallados en mármoles grises y blancos, decorados con motivos vegetales y dispuestos en la base de las bóvedas y de los arcos torales, como en el meridional del crucero, de donde fueron robados en época contemporánea (huecos visibles en Figs. La presencia de estos frisos es motivo adicional para sugerir el abovedamiento del edificio (Caballero 2013: 198). Actualmente no conservamos ninguna de las piezas decoradas en posición primaria. Algunas fueron reutilizadas como material constructivo en las fábricas posteriores (bajomedieval y contemporánea), mientras que aquellas que no se perdieron entraron a formar parte de los conjuntos conservados en los museos de Santa Cruz y de Arisgotas, así como reaprovechadas en distintos lugares de esta última población. Estas piezas son analizadas tanto estilística como petrológicamente en los siguientes epígrafes. Ruina de la primera iglesia Esta iglesia debió arruinarse muy pronto, provocando que los muros de la mitad oriental y los pilares del crucero se conserven a una cota muy baja y regular (en torno a 1,50 m), mientras que haya apenas dos hiladas en el muro sur de la nave oeste y nada del resto de los muros (muro norte de la misma, nave transversal y habitaciones de los ángulos). Aunque ignoramos la suerte que pudieron correr los muros hasta su reconstrucción en la etapa posterior, parece que la puesta en carga de la bóveda del crucero, un espacio ligeramente más largo (4 m) que ancho (3,60 m), delimitado por pilares trabados entre sí, funcionando en realidad como soportes seudo-cruciformes, y por arcos torales de herradura, debió generar unas cargas excesivas, las cuales no fueron recogidas adecuadamente por los muros de dos hojas, carentes de núcleo, de las naves. En términos comparativos, es significativo llamar la atención sobre la estructura de Santa María de Melque, cuyos muros tienen grosores superiores a 1,50 m y los espacios que rodean el crucero no superan los 4,60 m, manteniendo una relación de 3:1 (luces: muros) que no se respetó en SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... que se protegió con una cubierta de madera y teja. Los datos demuestran además que pudo contar con una habitación en el ángulo suroccidental, como refleja la presencia de una pareja de vanos, uno en el muro sur de la nave central y otro en el muro occidental del brazo meridional de la nave transversal, ambos de medio punto y fabricados del mismo modo. Estas puertas comunicarían el interior de la iglesia con una estancia de forma y tamaño desconocida en este lado del edificio. La adscripción de esta etapa, aun por definir en toda su dimensión espacial, a una amplia cronología bajomedieval se debe a las menciones recogidas en la documentación escrita y a la manera de hacer de la obra. Referencias anteriores a la de las Relaciones topográficas de Felipe II (1576), testimonio también de su existencia entonces, y recopiladas por Ballesteros (1994: 51), permiten proponer el uso del edificio ya a partir de mediados del siglo xiii. Esta obra pertenece claramente a otro contexto cronológico y tecnológico, en el cual no se extrae material de cantera y se realizan formas (arcos de medio punto tanto en los vanos de entrada a la nave transversal como en el arco de embocadura del ábside) propias del medievo. Tampoco puede asemejarse con construcciones posteriores atribuidas genéricamente al mudéjar popular de la zona, como ejemplifican las propias iglesias parroquiales de Arisgotas y Casalgordo (siglos xv-xvi, sin referencias concretas), alzadas además en mampostería, ladrillo y tapial. De ahí, que nos parezca más apropiada su datación en el bajomedievo que en fechas posteriores. ANÁLISIS DE LOS MATERIALES DECORATI-VOS PROCEDENTES DE LA IGLESIA Uno de los principales obstáculos para el análisis del conjunto de piezas atribuidas a San Pedro de La Mata es la temprana dispersión y reutilización de gran parte de ellas, tanto en las etapas posteriores del edificio como en otros lugares, así como su pronta confusión con los materiales procedentes de los otros yacimientos ya citados (Guarrazar y Los Hitos). De un conjunto de 158 fragmentos analizados, 74 pueden atribuirse con seguridad a La Mata12. La Mata, con una relación 5:1 en las naves, y que se tradujo en un riesgo inasumible por los soportes. Las habitaciones angulares, posiblemente cubiertas en madera, si atendemos a ejemplos análogos (como Bande, por ejemplo), poco pudieron hacer, pues únicamente servirían de refuerzo a las esquinas y ángulos de encuentro, pero no a las zonas centrales de los muros. Este edificio permaneció sin restaurar hasta la etapa bajomedieval. No se constata una reconstrucción altomedieval o "mozárabe", como habían propuesto otros estudios (Caballero 1980 y Recio y Sánchez 2003, de acuerdo con el estudio del edificio, y Balmaseda 1998, de la decoración). Transcurrido el tiempo, el edificio volvió a utilizarse como iglesia, para lo cual se realizaron una serie de obras que lo modificaron sustancialmente. Se reconstruyó el ábside realzando sus muros (UE 1004), se insertaron bancos laterales en él (UE 1009) y se alzó un nuevo arco de embocadura (UE 1007), esta vez de medio punto, cuyas jambas amortizaban además los carriles de los canceles de la etapa previa (Figs. Del mismo modo, el anteábside y, al menos, el arco meridional del crucero (UE 1015), el muro sur de la nave occidental (UE 1018) y el muro oeste del brazo meridional (UE 1025), así como del brazo septentrional, fueron reconstruidos (Fig. 2). Conocemos cómo era el arco sur de la nave transversal por la fotografía no 22 de Cedillo (1903de Cedillo ( -1919)), en la cual se conserva un arco de medio punto análogo al conservado en el lado oeste del mismo brazo meridional. Todas estas obras tienen relaciones estratigráficas directas entre sí que confirman su carácter coetáneo, así como su posterioridad con las de la primera etapa, y comparten además los mismos rasgos tipológicos: sillería granítica gris porfídica y de grano medio reutilizada, procedente de la etapa previa, combinada con nuevos sillares de granito beige y grano fino, tendentes a la soga y con ripios de cuarcita rojiza y trozos de granito (Fig. 3). Fragmentos de materiales constructivos (tejas) y decorativos, también originarios de la etapa previa, son reutilizados con la misma función, quedando en la mayoría de los casos su decoración rota y oculta. En el arco sur del crucero, se combinan dovelas reutilizadas y sillarejos heterogéneos formal y geológicamente, colocados burdamente para recrear la forma en herradura. El alzado de los muros y las huellas observables en las fotografías antiguas parecen indicar que este edificio, a diferencia del previo, no se abovedó, sino de nueva incorporación (A_MV70). Más allá de los límites geográficos para una dispersión "razonable" de las piezas, consideramos además como originarias de La Mata un fragmento en la iglesia del siglo x en Granja de Retortillo (Burgos) y otro (M56) catalogado como de Tamajón (Guadalajara) en el Museo de los Concilios (Gamo 2014). Schlunk y Hauschild (1978: 222) atribuyen también a La Mata una pieza en un Museo de Buenos Aires, extremo que no hemos podido confirmar. La dispersión de las piezas y la heterogeneidad de los conjuntos actualmente conservados deben pues considerarse a la hora de realizar su análisis y de intentar definir grupos. Nuestro estudio parte del corpus de Balmaseda (1998), el cual diferencia cinco tipos con subtipos vinculados de acuerdo con los motivos decorativos. A él sumamos algunas de las piezas del Museo de Arisgotas y diecisiete piezas nuevas 13. Nuestro análisis propone grupos decorativos (Fig. 6), que no tipos, establecidos por la combinación de variables (función, diseño, técnica, petrología y medidas, cuando las piezas están completas). Se compone de frisos de imposta tallados en mármol gris, con motivos de roleos vegetales de dos digitaciones con anillas que cobijan racimos y trifolias 14. En dos casos (M2 y M61) presentan veneras contrapuestas a hojas de palma dispuestas en sentido horizontal. Presentan biselado de perfil angular, escasa profundidad e incisiones para destacar los trazos confluyentes. Sus rasgos funcionales, técnicos y materiales son idénticos a los descritos en el Grupo Ia, pero cambia el diseño, con motivos vegetales incluidos dentro de círculos tangentes anillados. Se trata de frisos de imposta y piezas con función indeterminada (fragmento con forma triangular, M77). Aunque con ligeras variaciones (M1 y M32), es coincidente con el grupo I desde 13 Museo de Santa Cruz No 19256; imposta con venera del arranque oriental del arco sur del crucero (fotografías de Cedillo y Gómez-Moreno); una fotografiada por Luis Caballero y perdida; tres conocidas por fotografías del archivo del Deutsches Archäeologisches Institut de Madrid (D-DAI-MAD-DKB-00830, 00832 y 00834); una en la Granja de Retortillo (Burgos) y al menos dos reutilizadas en la obra de mampostería y tapial que cierra el lado oeste de la nave transversal en época contemporánea (frisos tallados en mármol gris). En Arisgotas, dos frisos: uno en el Museo (A_MV70) y otro en la cara interior del muro de cierre de la iglesia parroquial (A_I71). Gómez- Moreno (1966: 122) llama "capullo" al fruto y "tulipán" a la hoja y Balmaseda (1998) "palmeta" al fruto y "trifolia" a la hoja. Nosotros denominamos "racimo" al primero, ya que este es en realidad la estilización de un racimo de uvas, y "trifolia" al segundo. La construcción de las iglesias parroquiales de Casalgordo y Arisgotas en los siglos xv-xvi hizo uso de numerosos fragmentos decorados procedentes de La Mata. La dispersión de sus piezas se acentuaría seguramente a partir de su desacralización en torno al año 1775, cuando se retira el tejado y las puertas para su posterior venta por orden del arzobispo de Toledo (Ballesteros 1994: 50-52) y de su posterior reconversión en casa de labor, cuya obra de mampostería y tapial, como ya se ha indicado, cuenta con material reaprovechado. Durante el siglo xx, sucesivos testimonios gráficos y textuales permiten seguir su proceso de deterioro. Los del arco meridional del crucero aparecen en sus fotografías y en las coetáneas de Gómez-Moreno, publicadas estas por Camps (1940: 572, fig. 347). Durante la campaña de la Dirección General de Bellas Artes (1972Artes ( -1977) ) se halló una considerable cantidad de piezas decoradas, concretamente sesenta y cinco según Balmaseda (1998: 241), las cuales pasaron al Museo de Santa Cruz de Toledo; se retiraron los frisos reutilizados de la iglesia parroquial de Casalgordo; y se compraron varias piezas a vecinos de Sonseca (M18, M19 y M44). Algunos fragmentos, conocidos por fotografías contemporáneas, se perdieron antes de su ingreso en el museo. También entonces se retiró el sellado del vano oeste del brazo sur de la nave transversal, labor que permitió documentar dos nuevas piezas decoradas: la M2 (con motivo de venera), depositada en el Museo de Santa Cruz; y la M37, robada en 1975 (Caballero y Latorre 1980: 502; según Balmaseda 1998: 241, ambas fueron sustraídas). Las labores agrícolas y las búsquedas intencionadas han hecho que varios frisos de La Mata hayan ido apareciendo a lo largo de los últimos años en manos de habitantes de Casalgordo, Arisgotas, Sonseca (M20, M21, M46, M47, M48, A_C28, A_C53, A_I11 y A_I71) y Toledo (M25). El Museo Visigodo en Arisgotas, un depósito heterogéneo que alberga un total de treinta y ocho piezas donadas por los vecinos y procedentes tanto de La Mata como de Los Hitos, cuenta con piezas de la primera catalogadas ya antes de nuestra llegada (A_MV58 y A_MV66) y con otras SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... Grupos decorativos identificados ilustrados con las piezas más significativas. * Altura máxima -mínima y anchura máxima -mínima (a partir de piezas con estos parámetros completos). ** Según numeración de Balmaseda (1998). Si la pieza no consta en el mismo, es definida de forma descriptiva y según su ubicación actual. Para las piezas de Arisgotas, según numeración de Maquedano (2001), con inclusión de piezas a partir del no 70. Las abreviaturas indican su ubicación en el pueblo de Arisgotas (A), en el Museo Visigodo (MV), reutilizadas dentro del callejero (C) o incrustadas en la iglesia parroquial (I). con los canteros en la obra para cortar los sillares y las piezas de los frisos, sin que podamos asegurar si los mismos canteros realizaban o no ambas tareas. Las piezas se decoran de la siguiente manera. Primero se dibujan sobre la superficie las trazas del diseño. Estas, en el caso que nos ocupa, no parecen utilizar una plantilla, como demuestra el hecho de que el diseño de cada pieza sea distinto y de que algunas no se sometan a la secuencia racimo-trifoliaracimo (M6, M14, M43 y A_C53). Tampoco se respeta siempre la disposición lógica de los elementos vegetales: que los racimos cuelguen y las trifolias se yergan. Sí parece emplearse el compás para el diseño de los círculos del grupo III. Los motivos vegetales no se interrumpen, siendo comunes a varias piezas y sólo en ocasiones cierran limpiamente, coincidiendo seguramente con los encuentros de esquina. Posteriormente se tallan con un cincel de hoja estrecha (aprox. 1 cm de anchura), obteniéndose un resultado desigual en función de la destreza de quien la ejecuta y de la calidad del material. Esta conclusión nos hace por tanto estar en desacuerdo con Balmaseda (1998: 314), quien justifica las diferencias de calidad en el resultado por la presencia de ejemplos del siglo vii que funcionarían como modelos para imitaciones de siglos posteriores. Las distintas piezas cumplirían diferentes funciones. Como apuntaron Schlunk y Hauschild (1978: 90) y Caballero (2013: 197), los frisos correrían longitudinalmente por los paramentos internos, actuando como impostas en bóvedas de medio cañón. Aunque Caballero y Latorre (1980: 507) anotaron la existencia en los muros del presbiterio de una hilada regularizadora entre los 1,40 y los 1,60 m que vincularon a la presencia de una hipotética faja decorativa perdida, consideramos que esta cota sería muy reducida para contar con frisos en ese punto, ya que la luz de los espacios (ábside 2,60 m y naves 3,60 m) invita a reconstruir muros de mayor altura (no inferiores a 3,50 m), elevando necesariamente la posición de los frisos. Otras piezas decoradas con veneras (M1, M2 y M61) servirían como impostas para el arranque de los arcos; la M1 es la única decorada en dos de sus caras, evidenciando su posición primitiva en una esquina saliente. Piezas como estas, aunque no podemos asegurar si estaban en uso primario, fueron fotografiadas en dicha posición por Cedillo y por Gómez-Moreno en arco toral sur del crucero. En algunas (M18) se advierte cómo parte de su cara superior fue trabajada a cincel, lo que evidencia su posición saliente del plano del muro. Respecto a las placas decoradas de los grupos III y IV, su grosor puede indicar un posible uso como canceles; de hecho, la pieza A_MV66 posee un sistema de machihembrado. Respecto a la pieza triangular del grupo II, ignoramos una óptica decorativa y técnica, diferenciándose por el empleo de caliza de grano muy fino, no de mármol. Se compone de placas de función indeterminada, decoradas con tramas geométricas de difícil restitución, entre los que destaca el uso del motivo acorazonado y una doble "uñada". Se tallan a bisel, acusado y de cierta profundidad, sobre una caliza porosa. Ninguna pieza se halla completa. Compuesto exclusivamente por una placa decorada en caliza blanca conservada en el Museo Visigodo de Arisgotas (A_MV66). Se diferencia por el uso de este material, pues su función, calidad técnica y ornamentación permite aproximarla al Grupo II. Excluimos de esta clasificación los tipos de friso II (roleos con anillas y zarcillos, M33 y M34) y V (entrelazos, M58, M59 y M60) de Balmaseda (1998), ya que se alejan de las constantes que sabemos con certeza se expusieron en el edificio. Los diseños del tipo II se componen de roleos de tres digitaciones y zarcillos que no aparecen en el resto de las piezas procedentes del edificio y son sensiblemente más estrechos (17,5 cm). El tipo V se compone de frisos con entrelazo de dos cabos distintos entre sí y con anchuras diferentes a los de La Mata. De hecho, estas cinco piezas fueron recogidas por la Dirección General de Bellas Artes en los años 70 en el entorno del yacimiento y reutilizadas en edificios próximos, procediendo las M34 y M59 con seguridad de la iglesia parroquial de Casalgordo. El análisis de los frisos aporta otros datos técnicos sobre su manufactura y puesta en obra, rasgos que consideramos similares a otros analizados en frisos de Los Hitos (Balmaseda 1998) y de Arroyo del Soto (Móstoles; Rodríguez et alii 2015). Primero, el estudio confirma que el mármol empleado no es material (romano) reutilizado, como podría haberse dudado en el caso de que únicamente los frentes de los frisos fueran visibles por estar en obra. El examen de las piezas no evidencia huellas de utilizaciones previas. Al igual que los sillares de los muros, las piezas no presentan ángulos rectos entre sí, adquiriendo forma de cuña y delatando de nuevo su traza a regla. Las caras fueron desbastadas a pico, careciendo de cualquier labor la cara posterior, y rematadas las aristas de los ángulos de la cara vista con cincel. Las piezas serían introducidas en la fábrica formando hiladas por los mismos operarios que aparejan la sillería granítica, procediendo a su talla in situ o a pie de obra, como refleja la continuidad de los mismos motivos en distintas piezas. Las pequeñas diferencias de altura entre las piezas de un mismo friso se deberían a las ondulaciones propias de las hiladas de sillería trazadas a regla. Este dato confirma la necesidad de contar SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... su función. Balmaseda (1998: 298) considera que es un remate de ventana y la relaciona con las placas de similar forma de Marmelar y Beja (ambas en Portugal) y Pla de Nadal (Valencia), ejemplos todos ellos sin embargo en contextos no originarios, por lo que tampoco ayudan a proponer una hipótesis funcional para la pieza de La Mata. Finalmente, podemos decir que el conjunto procede de un mismo taller (sobre este concepto, ver Caballero y Utrero 2012: 428) formado en el ambiente técnico localizado en Toledo y alrededores y a cuya cabeza se sitúan las producciones de Guarrazar15 (Fig. 7b). Las afinidades decorativas y técnicas con estas son incuestionables y han sido señaladas insistentemente en la historiografía precedente, como ya hemos indicado. A talleres formados en este mismo ambiente, aunque codificados en diferentes motivos ornamentales, deben adscribirse ejemplos próximos a los nuestros, tales como los roleos de Arisgotas/Los Hitos (Balmaseda 1998), las piezas de Mezquitillas (Caballero y Sánchez-Palencia 1983: 400), Móstoles (Rodríguez et alii 2015) y Toledo (Barroso y Morín 2007: n os 229, 230 y 233). Todas ellas carecen de un estudio de carácter productivo, lo cual limita el establecimiento de relaciones de interdependencia. ANÁLISIS GEOLÓGICO Y CARACTERIZACIÓN PETROGRÁFICA DE LOS MATERIALES La identificación y caracterización de los materiales pétreos empleados en San Pedro de la Mata es fundamental para conocer su origen y para entender cómo se organizaron los talleres que participaron en su obra y decoración. Para ello, se han aplicado de manera seleccionada y razonada diversas técnicas geológicas que han optimizado la toma de muestras y la obtención de información, siendo la petrografía la técnica inicial, a la cual deben sumarse otras complementarias en posteriores fases de trabajo. Este estudio incluye además una serie de tareas que van desde el análisis de la documentación y bibliografía de carácter histórico y geológico a la toma de muestras en el edificio, con el fin de correlacionarlas con las recogidas en entornos geológicos susceptibles de haber sido explotados en el pasado. El objetivo final es identificar las litologías presentes en el edificio y localizar sus canteras. Una vez analizados arqueológicamente los alzados y realizada una identificación visual de los materiales, se han seleccionado muestras de los tipos litológicos presentes en el edificio, identificándose las siguientes litologías: granito gris y granito beige, mármol gris y mármol blanco y cuarcitas. Las variedades graníticas tienen un uso estructural como sillares heterométricos, con una proporción de 3:1 para los granitos grises. El empleo de mármoles se reduce a los elementos decorativos, reutilizados después como material constructivo. Los materiales cuarcíticos (cantos y ripio) pertenecen también a fábricas posteriores, por lo que no se han caracterizado en esta primera fase de trabajo. Contexto geológico, canteras y áreas de explotación. San Pedro de La Mata se sitúa a 2 km al Norte de los primeros relieves de los Montes de Toledo, representados por la Sierra de Yébenes y de Castañar, concretamente en la Hoja Geológica 685 (Los Yébenes). El contexto geológico es el de la Zona Centro Ibérica, presentando los rasgos petrológicos y estructurales propios de la misma (Julivert et alii 1977), caracterizada por la gran extensión de granitos y granitoides (Vera et alii 2004: 14). La iglesia se alza sobre los afloramientos del plutón granítico de Sonseca, orlado este por una banda de metamorfismo de contacto en dirección E-O que afecta a los materiales cambro-ordovícicos, que se corresponden con el flanco Sur del anticlinorio de Sonseca-Navahermosa. Los afloramientos del Plutón granítico de Sonseca son cartografiables en el cuadrante noroeste de la hoja mencionada, estando en el entorno de la iglesia cubiertos en parte bajo materiales cuaternarios (cantos, bloques cuarcíticos, gravas y arenas). La prospección ha permitido localizar las siguientes canteras. Las rocas graníticas del entorno de La Mata son rocas alóctonas que originan metamorfismo de contacto en los metasedimentos encajantes, destacando generalmente por sus relieves positivos en el paisaje, generación de lanchares y disyunción en bolos, siendo frecuente la existencia de un lajamiento subhorizontal y fracturaciones en direcciones N 15oE y N 5oO (Pérez González et alii 1990: 40). Se definen dos áreas donde se han extraído bloques de granito (Fig. 8): una a 250 m de distancia al Noreste de la iglesia (Área A) y otra a 400 m al Suroeste (Área B), con superficies de afloramiento de 3,60 ha y 2,80 ha respectivamente. En ellas, se conservan numerosas huellas del uso de cuñas, sillares cuadrangulares adosados al macizo rocoso o a medio retallar y en otros casos, huellas de extracción de bloques con las necesarias rozas a pico. En la denominada Área A se identifican hasta un total de cuatro frentes antiguos, parcialmente tapados por depósitos probablemente de desechos de cantera procedentes de las explotaciones de su entorno inmediato y con huellas de uso de cuñas de diversos tamaños. La existencia de marcas con diversos estados de conservación y tamaños, huellas de actividad extractiva en bolos y frentes, abandono de frentes con la reactivación de otros, y colmatación de vaciados con restos de extracciones posteriores y derrubios superficiales evidencia la superposición de sucesivas fases de explotación en el área, tanto del granito gris como beige. En el Área B se identifican un total de cinco frentes antiguos con huellas de uso de cuñas, bloques a medio retallar, etc. Se da también la colmatación parcial de vaciados y el ocultamiento de frentes en su parte delantera por derrubios superficiales y posteriores restos extractivos. En esta área se extraía granito gris. Es así evidente la existencia de una actividad extractiva a lo largo del tiempo en las áreas señaladas, hecho que, junto al ocultamiento parcial de frentes antiguos por colmatación de rellenos, hace probable la desaparición de trazas de explotaciones coetáneas a la construcción de La Mata. Con el fin de realizar un estudio petrográfico comparativo con las muestras obtenidas en el edificio, se tomaron muestras en las Áreas A y B de las dos variedades graníticas. En el paraje conocido como "La Estrella", situado a 3 km al Suroeste de La Mata, a los pies de los Montes de Toledo, afloran materiales carbonatados de la edad del Cámbrico inferior, afectados por metamorfismo de contacto producido por la intrusión de rocas graníticas, correspondiéndose con mármoles, calizas macrocristalinas o bien skarns (Pérez González et alii 1990: 7). Estos materiales aparecen en forma de afloramientos aislados y con escasa continuidad lateral, estando en su mayor parte borradas sus estructuras sedimentarias. En esta zona se diferencian dos áreas de explotación (Fig. 9): una próxima a la fuente de Rafael, en la que destaca una explotación abandonada en la década de los 90 del pasado siglo, según testimonio oral, y que borró cualquier traza o indicio de extracción histórica de este material; y una segunda área, en el entorno de la fuente del Machero (propiedad privada), donde se han identificado hasta seis vaciados antiguos asociados a la explotación de mármol. En general son explotaciones no muy profundas, con frentes de explotación de 1 a 1,50 m, plantas pseudocirculares en algunos casos y con marcas de corte y material suelto de cantería. Aquí también se seleccionaron muestras para su caracterización petrográfica. Asimismo, mediante el estudio de la fotografía aérea, a 9,5 Km al Oeste del paraje de "La Estrella", en la finca privada del Castañar (Mazarambroz), se localizó una cantera en un pequeño afloramiento de materiales carbonatados similares a los descritos. La imposibilidad de acceder a ella impide confirmar, por el momento, si fue explotada para labrar elementos decorados. En este caso, las labores en los años 60 del pasado siglo, asociadas a la fabricación de terrazo según testimonio oral, hacen probable que se haya borrado también todo rastro de actividad extractiva pasada. Desde un punto de vista macroscópico, se diferencian dos tipos de granito atendiendo a su color y granulometría: granito gris y granito beige. En ambos casos se trata de una roca homogénea, compacta y coherente. El granito gris es una roca leucocrática, inequigranular, con textura porfídica, con fenocristales prismáticos de feldespato y tamaños que en ocasiones superan los 3 cm, con cuarzo de tamaño medio y micas con cierta tendencia al agrupamiento. En el edificio se distingue este granito en estado avanzado de arenización, debido a la probable explotación de bolos graníticos previamente alterados. El granito beige o rosado se corresponde con una roca granuda, mesocrática, con textura fanerítica, equigranular de grano fino, con un mayor porcentaje en máficos y con oxidaciones. Al microscopio óptico de polarización (POL) 16, el granito gris se observa como una roca plutónica, que 16 Las láminas delgadas para su posterior observación microscópica han sido realizadas por el Servicio General de Preparación de Rocas de la Universidad de Salamanca (USAL); las observaciones en el microscopio óptico de polarización, correspondientes microfotografías y comparación con muestras seleccionadas en canteras han sido llevadas a cabo en los Laboratorios del Instituto Geológico y Minero de España (IGME). Para las descripciones microscópicas, se ha utilizado un microscopio de luz polarizada modelo NIKON Labophotpol con el equipo de microfotografía incorporado NIKON Digital-Sight DS-L1. presenta textura porfídica, hipidiomórfica, holocristalina e inequigranular. El tamaño de la mayoría de los cristales es medio (2-3mm), aunque los feldespatos presentan tamaños mayores. Respecto a su mineralogía, presenta como minerales esenciales: cristales de plagioclasa (36%) como fenocristales o como componentes de la matriz de grano medio; cuarzo alotriomorfo (30%) que en ocasiones aparece como agregados policristalinos formados por individuos de hábito con cierta tendencia al redondeamiento; secciones subidiomorfas de feldespato potásico (25%); y como mineral máfico principal, biotita pardo-rojiza formando láminas subidiomorfas de buen tamaño, o bien moscovita en forma de agregados (9%). Como minerales accesorios, se ha identificado circón, como inclusiones en los cristales de biotita, con frecuentes halos de desintegración; y como secundarios, sericita por alteración de los feldespatos plagioclasas, más común en sus núcleos y clorita por alteración parcial de la biotita. Esta roca se clasifica como un Monzogranito (Fig. 10). Respecto al granito beige, su textura es hipidiomórfica, holocristalina y equigranular, siendo el tamaño de los cristales menor, en el rango de grano medio a fino. En cuanto a su composición, sus minerales esenciales son: plagioclasa (35%), cuarzo (30%), feldespato potásico (10%) y un gran porcentaje de minerales máficos, biotita (25%). Se trata de un monzogranito biotítico (Fig. 11). En lo que se refiere al mármol, macroscópicamente se identifican dos tipos: mármoles grises y mármoles blancos. Independientemente de su coloración, se trata de una roca homogénea, compacta, coherente y densa, con textura fanerítica, siendo la variedad blanca de mayor tamaño de grano que la gris. Ambas están formadas mayoritariamente por carbonatos. Desde el punto de vista microscópico, se trata de una roca metamórfica con textura granoblástica, constituida por un conjunto de cristales con tendencia al empaquetamiento hexagonal y con presencia de puntos triples a 120o aproximadamente. En cuanto a su fábrica, es una roca isótropa, monominerálica, constituida por un mosaico de cristales de calcita más o menos equidimensionales, con líneas de exfoliación bien marcadas y maclas sin deformar. La existencia de estos rasgos texturales permite interpretar como singenéticos a los minerales formadores de la roca, no observándose deformaciones postmetamórficas intragranulares. La roca se clasifica como un mármol. Como se indicó en la descripción macroscópica, se han identificado dos tipos: mármol gris, empleado con mayor frecuencia, y mármol blanco. Ambos presentan rasgos texturales similares y se corrobora al microscopio óptico de polarización (POL) la diferencia en Figura 11. A, B. Microfotografías de Monzogranito biotítco, muestra seleccionada en sillar la iglesia 2,5x/0,07 (A, nicoles paralelos. C, D. Microfotografías del aspecto textural de la muestra tomada en cantera (Área A), al Noreste de la iglesia. Monzogranito biotítico con alteración de sus ferromagnesianos 2,5x/0,07 (C, nicoles paralelos. A: Pieza decorativa Museo de Arisgotas, mármol blanco. B, C: Textura granoblástica de la muestra extraída en la pieza decorativa, microscopio de polarización 2,5x/0,07 (B, nicoles paralelos. D, E. Microfotografías del aspecto textural de la muestra seleccionada en las canteras de "La Estrella", fuente Machero 2,5x/0,07 (C, nicoles paralelos. D, nicoles cruzados), obsérvese el mayor tamaño de los cristales (2-3mm) respecto a los de la figura 6, y la similitud de rasgos texturales entre muestra de pieza decorativa y muestra de cantera. SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... cuanto al tamaño de los cristales formadores de la roca, presentando mayores tamaños los del mármol blanco (2-3 mm) (Fig. 12). En el caso de los mármoles, se ha realizado el análisis químico con fluorescencia de rayos X (FRX) 17. Tanto para las muestras de canteras como para las piezas decorativas, los valores de elementos mayores expresados en porcentaje del óxido correspondiente (% CaO) y pérdida por calcinación (% PPC) son los esperados, no destacando ningún elemento mayor, a excepción de la muestra de mármol gris de la pieza decorativa que presenta valores superiores al resto en % SiO 2 y sensiblemente más elevados en % Al s O 3, % Fe 2 O 3 y % P 2 O 5 (Fig. 13). La caracterización petrográfica ha permitido por lo tanto identificar los materiales pétreos empleados en la construcción y observar características que llevan a descartar zonas y reducir el número de posibles áreas de procedencia, siendo interesante realizar otros estudios comparativos para obtener mayor información en ambos campos 18. 17 Los análisis por Fluorescencia de Rayos X fueron realizados en los Laboratorios del Instituto Geológico y Minero de España (IGME). La determinación de elementos mayores se realizó mediante fusión con tetraborato de litio (0.3:5.5) en perladora PerlX ́3 y medida en equipo Magix de Panalytical con tubo de Rodio mediante programa Carbonatos. La pérdida por calcinación se realizó mediante gravimetría por calcinación a 950o (PTE-QU-006) y la determinación de Sodio se ha analizado por Absorción Atómica (Equipo VARIAN FS-220) con fusión con metaborato de litio (PTE-QU-035). 18 Se prevé completar el estudio con otros métodos analíticos geocientíficos, como la determinación de tierras raras (REE) mediante el ICP-MS, por ser elementos constitutivos principalmente de la red cristalina de los carbonatos; la medición de los isótopos estables C y O en muestras de piezas decorativas y canteras; y el estudio de catoluminiscencia, para El análisis arqueológico confirma que la iglesia primitiva (Fig. 2) tenía un "núcleo" cruciforme principal (ábside, anteábside, nave transversal y nave oeste) rodeado por cuatro habitaciones, las cuales ocupaban sus ángulos y a las cuales se accedía por sendos vanos (posiblemente adintelados y sin cierres los orientales, con arco de herradura y con cierres los occidentales). Aunque la reconstrucción de Schlunk y Hauschild (1978: 222) propone la existencia de vanos en los muros orientales de estas habitaciones, comunicando con el exterior, el estado de conservación del edificio impide confirmar tal hipótesis. Este edificio debió además abovedarse en piedra, de ahí su temprana ruina, y decorarse con frisos que funcionarían como impostas de bóvedas y arcos. El estudio descarta también que el ábside estuviese reforzado por contrafuertes en los extremos occidentales de sus muros laterales, que tuviese bancos interiores y que la nave occidental sea la original. Recio y Sánchez (2003: 300) así lo habían propuesto, refiriéndose en concreto a las hiladas inferiores de la nave, considerando que las puertas (en eje N-S) también serían originales, como supusieron Schlunk y Hauschild (1978: 221-223). En nuestra opinión, de esta nave central sólo se conservan las hiladas inferiores del muro sur y la puerta es de época bajomedieval. Los bancos también son originales para Fontaine (1978: 444) y para Barroso et alii (2011: 51, siguiendo a Recio y Sánchez 2003, también en su reconstrucción general), pero su distinta fábrica (material granítico gris reutilizado, calzado con fragmentos de ladrillo macizo y tejas, y con las juntas selladas con encintado) y su relación de adosamiento a los muros confirman su adscripción bajomedieval. Un altar de soporte único y dos series de canceles separaban y protegían el ábside-santuario y el anteábside-coro respectivamente. Schlunk y Hauschild (1978: 222, fig. 132, M80) recogen además el hallazgo (supuestamente en el año 1928) de un fragmento de pilastra de altar elaborado en mármol blanco y decorado con una cruz y reutilizado en "el muro" (sin concretar donde). El hecho de sea una pieza descontextualizada y de que su planta cuadrada no se corresponda con ninguna huella en el suelo de la iglesia nos hace dudar realizar comparaciones con los resultados petrográficos obtenidos. Igualmente, deberán caracterizarse petrográficamente las calizas de las placas y piezas de los Grupos II-IV. Análisis por Fluorescencia de Rayos X + Absorción Atómica (Sodio). Resultados % CaO y pérdida por calcinación (PPC) para las muestras de mármol gris y blanco seleccionadas en las piezas decorativas y canteras. de su adscripción al edificio. Sastre (2013: 80 y 364) lo clasifica dentro del grupo de aras A 2b (evoluciones e imitaciones del ara de cruces patadas), variante 1 (Melque-El Trampal) y taller emeritense, y añade que, junto a la cruz, parece observarse parte de la cola de un ave. Por el mismo motivo, tampoco creemos que el ara romana reutilizada como altar cristiano (con loculus en el lecho superior), depositada en la iglesia parroquial de Arisgotas, realizada en mármol blanco y de origen desconocido, proceda de La Mata (como también opina Sastre 2013: 140 y 371). La fábrica originaria de la iglesia es de sillería granítica tallada ex profeso y obtenida en un radio próximo al edificio (400 m), como también lo es su material decorativo, elaborado en mármoles grises y blancos extraídos también en canteras cercanas (3 km). La construcción exclusiva en material de cantera es una característica que distingue la obra original de las refacciones posteriores, las cuales echarán mano de material reutilizado para su obra y decoración. Este detalle nos sitúa además en un horizonte tecnológico en el que existe actividad extractiva y, con ella, canteros, el cual se adscribe en la Península Ibérica y en el Occidente europeo a fechas no anteriores a los siglos viii-ix (Mannoni 2007: xlvii-xliv y Caballero y Utrero 2013: 74-76). Ciertos detalles técnicos en el diseño y corte de la piedra, como el ajuste de los sillares con engatillados o codos (Azuar 1995: 132 19 ) y su traza con regla (Caballero y Utrero 2013: 73-74), tampoco se constatan con anterioridad a esas fechas. Por otro lado, el hecho de que el mármol para las piezas decorativas proceda del entorno inmediato permite cuestionar la hipótesis tradicional que defiende el papel de la ciudad de Toledo como centro proveedor de escultura (Balmaseda 1998: 308) e introduce la posibilidad de la existencia de talleres que actúan a escala local para su elaboración. Es más, la exclusividad de los motivos identificados como propios de La Mata (racimos y trifolias) invita a pensar en la actividad de un taller propio con indicios de haber participado en la decoración de otros edificios, hoy desconocidos, en la periferia de Toledo. Indiscutiblemente la ciudad actuaría como foco para la formación y la especialización de grupos de decoradores, pero nuestro análisis prueba que la ejecución de las piezas se llevaría a cabo a pie de obra. El uso de mármol de cantera supone una importante novedad frente a otros conjuntos citados, como el de Santa María de Melque, donde todo el mármol es de origen romano reutilizado y sus frisos son de granito posteriormente estucado (Caballero 2013: 192-197). Las canteras localizadas en este trabajo evidencian una relación directa entre las alturas de los frisos y el afloramiento del sustrato rocoso, condicionando la extracción de material la existencia de planos subverticales. Esta característica geológica facilitaba sin duda la labor extractiva de un material apreciado por sus propiedades para la labra y la definición de los motivos decorativos. Estos no se ajustan sin embargo a la confección de fustes de planta circular (columnas propuestas para el arco de embocadura del ábside y como soporte del altar), los cuales posiblemente fueron reutilizados, como en otros ejemplos peninsulares (Utrero y Sastre 2012: 322-323). La proximidad de las canteras favorecía además la labra a pie de obra, tanto de los sillares como de los frisos, al conservar el material un mayor grado de humedad y ser, por tanto, más fácil de tallar (De Juan y Cáceres 2007: 335). Respecto a la escultura y como ya hemos indicado, las propuestas sobre la cronología de los talleres toledanos en general y del grupo escultórico de La Mata en concreto basculan entre finales del siglo vii y finales del siglo viii. A los argumentos estilísticos ya enunciados, sumamos ahora otros de índole estratigráfica. La existencia de una pieza con dos fases decorativas procedente de Carpio del Tajo y publicada por Jiménez de Gregorio (1965: 177-178) a partir de un dibujo aporta un interesante dato para secuenciar nuestro grupo en un momento posterior al predominante en el siglo vii, puesto que la decoración "tipo Guarrazar" se realiza tras amortizar el típico friso de círculos secantes. La existencia de talleres escultóricos activos en la Península a partir del siglo viii parece cada vez más segura a tenor de recientes estudios (Cruz Villalón 2000, Hoppe 2004, López Pérez 2013, Caballero 2013y Real 2014, entre otros), por lo que la horquilla cronológica manejada para nuestro grupo puede superar con naturalidad la fecha del 711 y adentrarse en la alta Edad Media. Así se explicarían las afinidades técnicas y ornamentales entre nuestras piezas y ejemplos propios de la cultura andalusí de cronología califal apuntada por autores previos. Estos argumentos se suman a los expuestos anteriormente en referencia a las características técnicas de la fábrica de la iglesia, al proceso de explotación de canteras que estas reflejan y a la tipología de los altares y permiten en conjunto defender una cronología posterior al año 711 para La Mata, sin que podamos aun precisar si nos encontramos a finales del siglo viii o ya en el siglo ix. Aunque el carácter incompleto del edificio no permite reconstruir la serie de accesos y el tama-SAN PEDRO DE LA MATA (SONSECA, TOLEDO). CONSTRUIR Y DECORAR UNA IGLESIA ALTOMEDIEVAL... ño y forma de los espacios con los que contaba, la identificación de habitaciones en los ángulos y la delimitación con canceles del ábside y del anteábside no contradirían la tradicional atribución monástica de la iglesia, cuyas estructuras asociadas desconocemos. La comunidad promotora contó con recursos suficientes para explotar canteras de granito y de mármol y ornamentar la construcción con elementos litúrgicos y decorativos, aunque los constructores arriesgaron demasiado en su proyecto y ejecución, escatimando en el grosor de los muros (y, por ello, en la cantidad de material) y sobredimensionando los espacios, todo lo contrario que en Melque, donde la masificación de los primeros y la reducción de los segundos aseguró la estabilidad y conservación de la iglesia. A mayor cualificación de los artesanos, menor es el riesgo de ruina y el coste de la obra, por lo que la ruina se convierte en un fenómeno inesperado, que en el caso de La Mata parece que no tuvo cuenta arreglar.
El ara Pacis Augustae, con toda su magnificencia como obra de arte y todas sus poderosas implicaciones políticas como creación del poder imperial, era esencialmente un altar, es decir, un lugar de culto oficial sometido a una determinada reglamentación religiosa y dotado de un calendario ceremonial específico. En consecuencia esta investigación ha sido ideada y desarrollada para presentar, discutir y, en su caso, dar respuesta a los problemas que presenta el ara Pacis como lugar de culto. El debate se integra y articula en el contexto más amplio de la naturaleza de las arae en la práctica cultual romana y se sustenta en el análisis de la tradición textual del ara Pacis y la propia evidencia arqueológica. Como resultado, se presenta el proceso de institución del ara Pacis Augustae en toda su extensión y complejidad, tanto en sus aspectos propiamente rituales como en su plasmación monumental. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. PALABRAS CLAVE: Augusto; Principado augusteo; Roma augustea; Religión romana; Arqueología romana. La identificación del altar exhumado en el Campo de Marte romano con el ara Pacis Augustae de los 1 [EMAIL] http://orcid.org/0000-0001-6949-9768 textos epigráficos -establecida en las últimas décadas del siglo xix-fue el comienzo de una exégesis sobre el monumento que se prolonga hasta nuestro tiempo. Un repaso atento a los títulos publicados desde entonces muestra que han sido las cuestiones arqueológicas, arquitectónicas, iconográficas, políticas o prosopográficas las que han centrado la atención de los investigadores. Pero desde luego esta nómina de intereses no agota en absoluto las posibilidades de estudio de esta espléndida obra augustea. Para un historiador de la religión romana resulta una paradoja el hecho de que los problemas relativos a la naturaleza religiosa del altar hayan sido tradicionalmente marginados, tratados parcialmente o sencillamente soslayados. El ara Pacis Augustae, con toda su magnificencia como obra de arte y todas sus poderosas implicaciones políticas como creación del poder imperial, era esencialmente un ara, es decir, un lugar de culto oficial sometido a una determinada reglamentación religiosa y dotado de un calendario ceremonial específico. En consecuencia esta investigación ha sido ideada y desarrollada para presentar, discutir y, en su caso, dar respuesta a los problemas que presenta el ara Pacis como lugar de culto2. LOS LUGARES DE CULTO DE ACUERDO CON EL DERECHO PONTIFICAL La tradición reconocía explícitamente al colegio pontifical como la autoridad máxima en la designación del tiempo y lugar de cada uno de los ritos públicos. Esta labor requería de los pontífices la determinación de la categoría o condición de cada uno de esos tiempos y lugares. Respecto a los tiempos, que no interesan directamente a la discusión que aquí se sostiene, bastará con decir que los pontífices establecieron dos categorías fundamentales de días: por un lado los dies festi y profesti y, por otro, los fasti y los nefasti (para el desarrollo de estas nociones, Delgado 2003: 167-169). La caracterización de los loca sancta resulta problemática; según Valeton (1892: 338-354), en sentido técnico todo lo que era inauguratus era sanctus; un templum es un ejemplo paradigmático 3. No obstante, la sanctitas no era exclusiva de los loca inaugurata. En un sentido más amplio todas las cosas inviolables en virtud de un sanción (sanctio), como los muros o puertas de una ciudad, eran consideradas sanctae (Cic., Nat. Los lugares que eran objeto de los ritos solidarios de la dedicatio y consecratio (vid. 2.2.4.) obtenían la categoría de loca sacra, que es la que aquí interesa especialmente. Por medio de esas operaciones rituales determinados lugares (y objetos) eran sustraídos al mundo profano y se transformaban religiosamente en aptos para el culto divino (Macr.,Sat.,III,3,2; id.,ibid.,III,7,3). Obsérvese, sin embargo, que había una importante diferencia jurídico-religiosa entre un 3 El rito de la inauguración era siempre y exclusivamente oficiado por un augur, si bien su intervención en este sentido estaba sujeta a la solicitud expresa de un magistrado o sacerdote -habitualmente el pontifex maximus -competente (Delgado Delgado 2009: 22-23). La ceremonia comportaba cuatro fases consecutivas, según la precisa reconstrucción de Valeton 1892: 354-381 (aceptada por Catalano 1960: 280-291 y Linderski 1986: 2261-2279): a) la consulta de la voluntad de Júpiter a través de la toma de auspicios; b) la 'liberación' del lugar, es decir, su purificación ceremonial; c) la delimitación ritual del lugar, que se constituía siguiendo la estructura de decumanus y cardus y, por ello, presentaba una forma cuadrangular; d) effatio del locus, esto es, la fórmula ritual en la que el augur enunciaba los límites del templo (certis verbis definire); era el rito conclusivo que otorgaba eficacia a toda la operación anterior. templum y un ara, pues el primero era también un locus inauguratus y la segunda no. LAS ARAE COMO LUGARES DE CULTO En la práctica cultual estaban destinadas a recibir la parte principal de las ofrendas debidas a su dios titular, los exta de la víctima (o víctimas) sacrificada, que se cocían en una marmita (Delgado 2012: 461-462) sobre el focus (parte superior de ara). Junto al ara solía instalarse habitualmente un foculus (Scheid 1990: 326-330; Siebert 1999: 93-95), un pequeño fuego de forma circular, metálico y generalmente plegable (Scott Ryberg 1955: pl. LVI, fig. 86), destinado a las ofrendas no cruentas (vino, incienso, pastelillos; Delgado 2005) que precedían al sacrificio propiamente dicho en la fase ritual que se conoce con el nombre de praefatio (Huet y Scheid 2004, con fuentes y bibliografía). La institución de un ara Desde el punto de vista del derecho pontifical, las arae eran lugares de culto pertenecientes a la categoría de loca sacra, como ha quedado establecido. Pero aun destinado a uso cultual mediante su 'transformación' ritual, un ara era un locus publicus, es decir, un lugar dependiente de las autoridades reconocidas por el estado y de uso público, estatal. Por esta razón sólo podía instituirse iussu populi y en ningún caso por decisión de un particular. La iniciativa para la erección de un altar dependía en primer lugar de un acto formal emanado del pueblo; sin su mandato específico no era posible mantener legalmente el carácter sacro del altar y, por tanto, no era apto para el culto divino (Cic., dom. La consulta popular sobre la conveniencia de erigir un altar pasaba, no obstante, por una deliberación previa del Senado (Liv.,IX,46,(6)(7). Una vez tomada una decisión, serían los magistrados com-RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE petentes (en virtud de su poder ejecutivo) quienes propondrían formalmente al pueblo la cuestión para su aprobación. El colegio pontifical y la lex arae Una vez tomada legalmente la decisión de levantar un altar, correspondía al colegio pontifical estudiar las condiciones bajo las que se iba a constituir (cf. Wagner 1729, como trabajo pionero y aún digno de estudio). Su primera preocupación era asegurarse de que no se contravenía ningún principio fundamental del derecho pontifical, especialmente en lo que atañía a la titularidad del ara. La tradición legal custodiada por el colegio exigía que cada ara estuviera dedicada a una única divinidad, pues no se "podía sacrificar correctamente una sola víctima a dos divinidades a no ser que estuviesen bien diferenciadas" (Liv., XXVII,25,9; además Cic.,nat. deor.,II,61; Val. Posteriormente el colegio estudiaba y fijaba el estatuto del ara, es decir, la lex arae, que se grababa en el propio altar (Cic.,dom. Los vestigios epigráficos de tres importantes leges ararum -lex arae Tiburtinae (Inscr. Todas las leges ararum se redactaban, pues, siguiendo el formulario establecido para el altar de Diana en el Aventino, adaptado naturalmente en los detalles a las particularidades de cada caso. Es interesante constatar que los contenidos del formulario ritual tipo de estas leges ararum recogían dos clases de prescripciones fundamentales: por una lado, las que determinarían su levantamiento (ubicación, límites, orientación) y, por otro, las que regirían su uso cultual (autoridades oficiantes, divinidad titular, fórmula de la dedicación, ofrendas, calendario ritual, protección sacra). Deduzco de esta organización de los contenidos que el ius pontificum establecía dos momentos o fases rituales distintos y separados en el tiempo en la institución oficial de un ara. Los confines sacros del altar En la primera fase se definirían las condiciones espaciales que marcarían el levantamiento físico del altar: delimitación del area sobre la que se construiría, es decir, de sus termini en lenguaje técnico, y establecimiento de los propios confines, regiones, del ara. A la primera de estas operaciones rituales alude explícitamente una inscripción de Domiciano con dedicación de un ara a Vulcano con motivo del incendio de Roma en tiempos de Nerón (incendiorum arcendorum causa): "haec area, intra hanc definitionem cipporum clausa veribus, et ara... A continuación se fijarían los límites del ara misma, tal como recogen la lex arae Narbonensis ("...hanc aram dabo dedicaboque, his legibus his regionibus dabo dedicaboque...uti infimum solum huiusque arae titulorumque est...") y la lex arae Salonitanae ("... quandoque tibi hodie hanc aram dabo dedicaboque, ollis legib [us] ollisque regionibus dabo dedicaboque... uti infimum solum huius arae est"). Como se infiere claramente del lenguaje técnico empleado en las fórmulas epigráficas, la definición de los termini del area y las regiones del ara estaba prevista para establecer la extensión de la propiedad sacra y, en consecuencia, los derechos sobre ella. Pero la evidencia epigráfica disponible, aun con todo su valor informativo, es parcial y limitada. Las ceremonias serían sin duda más complejas de lo que reflejan las inscripciones, que hay que suponer simples resúmenes escritos de un proceso ritual mucho más rico formal y simbólicamente. Un precioso pasaje del libro cuarto de las Historiae (IV, 53; cf. D.C., LXVI, 10) de Tácito ayuda notablemente a completar el cuadro resultante del análisis estrictamente epigráfico. El fragmento en cuestión remite al momento inicial de la restauración del Capitolio tras un incendio devastador (Townend 1987; Wardle 1996), y en él se relata, con precisión y detalle, la solemne ceremonia de lustración del área donde se levantaría el nuevo templo que tuvo lugar el 21 de julio del año 70. Un rito de naturaleza similar debía seguirse muy probablemente también en el caso de las arae y, en general, de todos los loca sacra. La lustratio areae era un acto de defensa, protección y definición del espacio, como insiste recientemente Scheid (2005: 148), y no una ceremonia de purificación, como a menudo se explica. En el caso expuesto por Tácito, la celebración se inicia con unas acciones preliminares destinadas a establecer las condiciones propicias para el feliz desarrollo de todo el acto (XI kalendas Iulias, serena luce, spatium omne quod templo dicabatur evinctum vittis coronisque), La doctrina pontifical reconocía los arbores felices como una categoría de árboles de significado especialmente propicio en la práctica cultual (Macr.,Sat.,III,20). La ciencia etrusca, por su parte, reconocía además una categoría opuesta por su significado, los arbores infelices, y establecía los remedios rituales para expiar su sentido negativo (Thulin 1909: 94-98). 5 Marte actúa en esta ceremonia estricta y exclusivamente como defensor del territorio, como corresponde a la función que ejerce en el contexto del sistema politeísta romano. Los romanos reconocieron siempre y únicamente la guerra como provincia de Marte, según ha probado definitivamente Dumézil (1974 2: 213-256). 6 Se trata probablemente de la vieja piedra del dios Terminus, que se mantuvo en el sitio cuando se levantó allí el Capitolio (Townend 1987: 245-246). El sentido de esta operación no era, por tanto, colocar la 'piedra fundacional', como se ha pensado. la evidencia de la lustratio preservada en Catón (de agric. Las leges ararum citadas prescriben expresamente el rito de la dedicatio y reproducen su formulario oficial, en el que se incorpora también sus confines sacros: datación consular, autoridades oficiantes, divinidad titular, límites rituales, ofrendas, calendario de sacrificios y fórmulas propiciatorias. La tradición literaria romana (especialmente el discurso de domo sua de Cicerón) y cierta evidencia epigráfica, aportan detalles complementarios muy valiosos para conocer mejor esta ceremonia. Se sabe de esta manera que comportaba en realidad dos actos rituales, la dedicatio propiamente dicha y la consecratio, que ambos estaban indisolublemente ligados y que ambos dependían solidariamente de la colaboración entre un magistrado cum imperio (o bien de un magistrado extraordinario elegido para ese fin concreto [Mommsen 1887, II,1: 243-244; Ruggiero 1895a: 164-170]) y un pontífice (habitualmente, aunque no necesariamente, el pontifex maximus). En esta doble ceremonia (Cic., dom., 136-139) le correspondía al pontífice pronunciar en primer lugar (verba praeire) la solemne fórmula dedicatoria (sollemnia pontificalis carminis verba), que seguidamente y a su dictado el magistrado tenía que repetir (cf. lex arae Salonitanae: C(aius) Domitius Valens IIvir i(ure) d(icundo) praeeunte, C(aio) Iulio Severo pontif(ice), / legem dixit in ea verba quae infra scripta sunt...). Oficiaba siempre capite velato, tocando a la vez con su mano una de las regiones del ara (o templo), postem tenere, como indicando simbólicamente la transferen-RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE cia de la propiedad en favor de la divinidad (Serv.,ad Georg.,III,16). Hasta en los mismos gestos lo seguía el magistrado que intervenía casi simultáneamente (Liv.,II,8,7). En cuanto a la fórmula, que el pontífice llevaba por escrito para la ocasión (Cic.,dom.,139), nuestro conocimiento depende por entero del protocolo conservado en las leges ararum. Todo el oficio se desarrollaba habitualmente con la presencia del colegio pontifical en pleno, flámenes y rex sacrorum incluidos (Cic.,dom.,135). Una última cuestión hay que dilucidar todavía acerca de la dedicación de un locus, y es la que tiene que ver con las normas de derecho augural que regían las condiciones espaciales en que debían ser ejecutadas determinadas acciones, olvidadas por completo en todas las discusiones académicas. El ius augurum establecía que ciertas decisiones o acciones de magistrados y sacerdotes (listado en Valeton 1895: 26-55; Catalano 1960: 253-261) tenían que ser tomadas o ejecutadas en un espacio inaugurado, esto es, en un templum. Entre ellas se encontraban probablemente los ritos de la dedicatio-consecratio, como infiere perspicazmente Catalano (1960: 254 y 256-257; cf. Valeton 1895: 54-55) de un pasaje de Cicerón (dom., 138): "censorem hominem sanctissimum, simulacrum Concordiae dedicare pontifices in templo inaugurato prohibuerunt". Si esto fuera así, habría que suponer que al menos una parte del area en la que se asentaba el altar debía haber sido previamente inaugurada (ya que el ara misma no lo estaba), lo que obliga a pensar en una intervención augural en algún momento previo, probablemente en la primera fase ritual. Los efectos jurídico-rituales de la dedicación ya se indicaron en el capítulo precedente: el altar y el terreno sobre el que se había levantado adquirían la categoría de loca sacra, pasando a depender de la administración del estado y convertirse en aptos para el culto divino. EL ARA PACIS AUGUSTAE COMO ALTAR: LA TRADICIÓN TEXTUAL La discusión de los problemas propiamente religiosos y cultuales que plantea el ara Pacis Augustae ha de integrarse necesariamente en el contexto más amplio de la naturaleza de las arae en la práctica cultual romana, y de ahí el sentido de la investigación de los capítulos precedentes. El ara Pacis era en definitiva una ara, y su establecimiento como tal debió estar regido por los mismos principios jurídicoreligiosos que los de cualquier otra ara pública del estado romano. El estudio anterior guiará y amparará, pues, el curso del que sigue. Las circunstancias históricas que motivaban la erección de un altar formaban parte de la historia particular de cada ara, y desde luego interesan especialmente, pero son pocos los casos en que se conocen los detalles precisos. En este sentido el ara Pacis puede considerarse una feliz excepción. El testimonio principal es el conocido pasaje de las Res Gestae 7, que presenta a un senado discutiendo los honores que habían de tributarse al emperador por su retorno de Hispania y Galia, tras despachar allí con éxito sus asuntos, en el año 13 a. e. Como resultado de ese debate, se decidió que había que consagrar (consacrandam censuit) un altar a la Pax Augusta en el campo de Marte, y que magistrados, sacerdotes y vestales debían sacrificar en él anualmente (anniversarium sacrificium facere). Aunque la iniciativa del honor fue indudablemente del senado, el colegio pontifical tuvo que intervenir de alguna manera en la discusión. Los pontífices presentes por su condición de senadores solían ser consultados en materia de culto público (en otras ocasiones se remitía la cuestión al propio colegio para que emitiera su parecer, su responsum, en sentido técnico) antes de tomar una decisión definitiva y redactar el texto del senadoconsulto (cf. Cic., Att., IV, 4, 1, con Delgado 2010: 262-263). Dión Casio (LIV, 25, 3) habla de un plan alternativo que fue rehusado por el propio Augusto -erigir el altar en la misma Curia -, lo que pudiera sugerir una división de opiniones y por tanto un cierto debate en el seno de la institución. En cualquier caso, el tema de discusión ya tenía precedentes en la cámara de los patres, que en el año 19 a. e. había aprobado la concesión de una altar a la Fortuna Redux por la vuelta a Roma del emperador tras tres años y medio de ausencia 8. Aduce en su favor la relación entre la Fortuna Redux y la porta triumphalis en Roma y una supuesta significación triunfal de la forma y decoración del ara Pacis. La asociación va más allá de lo que la evidencia permite y el contexto consiente. Ninguna fuente conocida alude a una ley específica votada por el pueblo para sancionar la decisión senatorial, como era exigencia constitucional en la República. La ausencia de testimonios formales no es desde luego en este caso evidencia probatoria decisiva, pero también hay que considerar que por esta época la actividad comicial del pueblo se había reducido notablemente. Los fasti Amiternini (a) y Antiates (b) fijan el 4 de julio del año 13 como el día en que se 'constituyó' el ara Pacis 9. Por su parte, los fasti Praenestini (c), Caeretani (d) y Verulani (e) señalan el 30 de enero del año 9 a. e. como el día en que se dedicó el altar 10. Esta evidencia epigráfica establece expresamente dos momentos distintos y separados en el tiempo en la institución del ara Pacis, exactamente como cabría esperar atendiendo al modelo teórico propuesto en el capítulo anterior. Para el primer momento se usa la expresión técnica constitutio, para el segundo la ya conocida dedicatio. Los mismos términos se documentan en las entradas de los fasti concernientes al ara Fortunae Reducis: constituta el 12 de octubre de año 19 a. e. (f. Amiternini) y dedicata el 15 de diciembre del mismo año (f. Ambos momentos, en cualquier caso, son señalados como feriae (publicae) ex senatus consulto, lo que también los empareja y equilibra en cuanto a su estimación cultual. Las consideraciones del párrafo anterior obligan necesariamente a desestimar la vieja opinión de Wis- 11 Fasti Amiternini [12 oct.]: "Fer(iae) ex s(enatus) c(onsulto), q(uod) e(o) d(ie) Imp. 7]) y no tenía valor ritual alguno. Welin (1939) ya vio con razón que sería incongruente que un senadoconsulto se conmemorase como feria publica (y en ello lo siguen Hanell 1960Hanell: 69-71 [aunque cf. id. 1935-36-36, donde acepta la opinión de Wissowa] y Fishwick 1993: 208), pero además se elude la implicación incuestionablemente cultual que se deriva del binomino constitutio -dedicatio. La naturaleza religiosa -ritual-del término constitutio queda en mi opinión fuera de toda duda.: "Eo die a[r]a Furtunae Reducis dedicatast, quae Caesar[e]m [ex transmari]nis provincis red[uxit]. Establecida esta primera cuestión conviene preguntarse por lo que entraña exactamente la 'constitución' de un altar. Welin (1939: 507-511) pensaba (y con él Momigliano 1942: 231) que la constitutio celebraría el día del regreso de Augusto de las provincias en el año 13 (en lo que creía una analogía con la constitutio del ara Fortunae Reducis), el adventus Augusti. Se olvida aquí que Augusto entró en Roma de noche en ambos casos (a su regreso de Oriente y de Galia), pues quería evitar expresamente el encuentro con el pueblo en ese momento (D.C. LIV, 10, 4 y LIV, 25, 4) y que, por otra parte, el adventus Augusti apenas tenía relevancia festiva en el calendario celebrativo de la ciudad 12. Hanell (1960: 69-70) entendía, a su vez, que la constitutio arae debía ser un acto ritual de 'consagración' ("Einweihung") del lugar donde se levantaría el altar; sería el primer acto de la consecratio, completado posteriormente por la dedicatio. El autor sueco malinterpreta totalmente la naturaleza de los actos de la dedicatio-consecratio, y su hipótesis no se corresponde en absoluto con la práctica cultual romana (véase capítulo anterior). Fishwick (1993: 204 y 208-209) señala en su notable revisión de la cuestión que la constitutio era el primer paso del proceso de instauración de un altar y que implicaría muy posiblemente una serie de ritos, aunque su naturaleza es oscura al no haber sobrevivido evidencia directa de ellos. Sugiere, por analogía con la 'constitución' de un templo, que el asunto principal sería delimitar y consagrar ("to define and consecrate") el recinto del futuro monumento, y quizás también nominar a la divinidad a quien se levantaría el altar. Naturalmente RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE Fishwick está en lo cierto en los términos generales en que presenta la constitutio (aunque no es afortunado el uso del término "to consecrate"), pero deja sin resolver, como los que lo precedieron, la cuestión de los ritos concretos celebrados. Por mi parte, creo que se puede avanzar sustancialmente hacia una definición más precisa de la ceremonia de la constitutio atendiendo al proceso de instauración de un ara, que nunca se ha incorporado a la discusión que se mantiene en este capítulo. La concordancia entre el modelo teórico establecido en el capítulo precedente y los testimonios epigráficos formales del ara Pacis (y ara Fortunae) es patente, lo que permite deducir con bastante seguridad una serie actos rituales que los romanos asociarían a la 'constitución de un altar'. De esta manera, considero que la constitutio arae es una expresión técnica del lenguaje pontifical que designaría el primero de los dos momentos rituales fundamentales en la 'creación' de un altar público. Aludiría así específicamente a la fase en la que se definían los límites rituales del espacio destinado a la erección del ara, que necesariamente debía preceder a la construcción del monumento y a su dedicación formal. Si mi hipótesis fuera correcta, habría que entender que tal fase comportaría al menos los siguientes actos: a) la definición ritual de su espacio mediante una lustratio areae; b) probable inauguración de una parte del area a efectos de la futura dedicatio; c) delimitación de los termini del area sobre la que se construiría el altar; d) establecimiento de las regiones de la futura ara. Tres años y medio después de su constitutio, el 30 de enero del 9 a. e., fue dedicada formalmente el ara Pacis Augustae (evidencia epigráfica en 3.2.). El día fue elegido cuidadosamente por Augusto para hacerlo coincidir con el natalicio oficial (cf. Kienast 2004: 83) de su mujer, Livia. La naturaleza y desarrollo de la dedicatio-consecratio pueden ser deducidos de la práctica oficial romana tal y como se ha presentado en el segundo capítulo de este trabajo. Se debe suponer la presencia de dos oficiantes principales, magistrado cum imperio y pontífice, ambos capite velato y tocando con sus manos una de las regiones del ara, pronunciando el uno a continuación del otro las sollemnia verba fijadas ya sobre el monumento como su lex arae. Ante la presencia del colegio pontifical convocado para la ocasión se enunciarían el nombre de la divinidad tutelar, Pax Augusta, los termini del area sacra y las regiones del propio altar, el tipo de víctima debida, el calendario ritual del altar y las fórmulas propiciatorias, que cerrarían la recitación. Concluida la ceremonia, el ara Pacis adquiriría su pleno reconocimiento como lugar de culto oficial del estado romano. La identidad de los oficiantes es materia de conjetura, pero es difícil no pensar en Augusto como uno de los dos actores principales y no considerar probable la presencia de otro miembro de su familia (valórese en este caso el día elegido para la ceremonia). Otro opción sería Druso (el Mayor), hermano de Tiberio e hijo de Livia, presente en Roma en enero del año 9 para asumir su consulado (murió en Germania a finales de ese año [Kienast 2004: 69]); aunque no era pontífice bien podría haber oficiado como magistrado. El sacrificio prescrito en las Res Gestae ante el altar introduce en este debate un problema nuevo. El texto (citado en cap. 3.1) establece que magistrados, sacerdotes y vírgenes Vestales han de ofrecer un anniversarium sacrificium, pero no indica explícitamente el día en que habría de hacerse. Para unos, el sacrificio tendría lugar el día de la constitutio, por lo que el 4 de julio sería la festividad más importante del altar; para otros, el de la dedicatio y, por la misma razón, el 30 de enero tendría un significado más relevante. Welin (1939: 506-507, al que sigue Momigliano 1942: 231) defiende la primera posición amparado en la situación del ara Fortunae Reducis, pues la lectura combinada del texto de las Res Gestae y los fasti Amiternini (evidencia en cap. 3.2) sugiere efectivamente que el sacrificio se corresponde con el día de su constitutio (el 12 de octubre). Faltan en su exposición de pruebas, sin embargo, dos importantísimas inscripciones de los fratres arvales que mencionan un sacrificio ante el altar el día 30 de enero 13 (además del pasaje de Ovidio [fast., I, 709-722] que señala el mismo día14 ). El conocimiento de estas inscripciones es precisamente lo que alimenta la indecisión de Hanell (1960: 68-68) ante la cuestión, mientras que para Fishwick (1993: 206-208) constituyen indicios (ciertamente no concluyentes por sí mismos) de que la festividad de la dedicatio se convertiría en la conmemoración más importante del altar. La propuesta de Riemann (1942de Riemann (: 2093de Riemann ( -2094) -que conoce la evidencia de los arvales-, por último, contempla dos sacrificios: el decretado por el senado en las Res Gestae se referiría expresamente al día de la constitutio; el del día de la dedicatio habría que sobreentenderlo y no necesitaría de ninguna resolución específica. El descubrimiento de una nueva inscripción de los arvales, aparecida en 1978 y publicada en 1980, da nueva luz al viejo problema y obliga a reorientar los términos en los que se había discutido. El texto confirma definitivamente que el día de la constitutio del ara Pacis se conmemoraba igualmente con un sacrificio: "A(nte) d(iem) (quartum) non(as) Iulias [4 de julio del año 38 d. e.] / Taurus Statilius Corvinus promagister collegii fratrum arvalium / nomine in Campo ad aram Pacis Augustae vaccam inmolavit. / Adfuerunt Paullus Fabius Persicus, M. Furius Camillus, Appius / Iunius Silanus" (CFA 12c, l. Con esta nueva información ya no cabe la discusión sobre la mayor o menor importancia que los romanos habrían concedido a uno u otro día. En realidad no veo razones objetivas, al margen incluso de esta evidencia, para estimar diferencias entre uno y otro. Cada una de las dos ceremonias conmemoradas tenía su propia identidad y producía sus propios efectos rituales, y ambas eran imprescindibles para que un monumento adquiriese plenamente la categoría de ara y fuese a todos los efectos un locus sacrum. En lo que respecta al decreto senatorial, habrá que suponer ahora que la expresión anniversarium sacrificium tenía un sentido menos restrictivo de lo que hasta este momento se pensaba y que la ambigüedad que se le atribuía era sólo aparente. Tal como está redactado el texto de las Res Gestae bien pudiera entenderse un sacrificio anual pero en cada una de las dos feriae publicae: constitutio (4 de julio) y dedicatio-consecratio (30 de enero). De la misma manera, ahora las inscripciones de los arvales imponen una nueva interpretación de la prescripción de las Res Gestae que parecía indicar la presencia conjunta ante el altar de magistrados, sacerdotes y vírgenes Vestales. Los fratres arvales sacrificaban solos en cada una de las fechas del calendario ritual del ara, oficiando su promagister ante la presencia de tres miembros de la sodalidad. Así pues, los commentarii de los arvales son una fuente de inestimable valor para establecer más allá de toda duda el calendario ritual ordinario del altar, pero también para deducir la organización de la práctica cultual y conocer la modalidad del sacrificio allí celebrado. Dos veces al año, el 30 de enero y el 4 de julio, una representación de cada uno de los cuatro grandes colegios sacerdotales, de arvales y tal vez de otras sodalidades, además de las vestales, acudía al altar y ofrecía una vaca en sacrificio en nombre de cada unos de sus colegios. Junto a ellos, pero también a título propio, una delegación de magistrados sacrificaba de igual manera. La inmolación en cada caso de una sola víctima implica necesariamente, por otro lado, que el altar conocía una única divinidad titular, que era Pax Augusta. Naturalmente esto no es obstáculo para que ocasionalmente se pudieran incorporar otros dioses a los actos cultuales, pero siempre lo harían en calidad de 'invitados' o 'colaboradores' y en una posición subordinada (cf. Scheid 2005: 58-83). Téngase en cuenta que cada dios del estado romano ejercía una única función (tenía una solo dominio funcional) -si bien podía desarrollarla en diferentes territorios o 'campos de acción'-, de tal manera que circunstancialmente necesitaba la ayuda de otras divinidades para cumplir una determinada misión (Delgado 2012: 454-457, 460-462). La institución del altar supuso al mismo tiempo la incorporación de Pax Augusta a la nómina de los dioses de Roma, gozando desde ese instante de un culto público. Como ya señaló Wissowa (1902Wissowa ( -1909;;id., 1912: 334-335), fue ese el momento en que la personificación divina de la paz, reconocida ya en ciertas acuñaciones de época cesariana y en la tradición poética latina de comienzos de la era imperial (Weinstock 1960: 44-52), recibió su impulso definitivo al certificarse su acta de nacimiento como diosa oficial del estado romano. Determinada la naturaleza de Pax Augusta y sus asociaciones funcionales con otras deidades queda aún por dilucidar la cuestión del dies natalis. El asunto es relevante, pues la fecha de nacimiento oficial de un dios era uno de los criterios que determinaba su importancia relativa en el conjunto del panteón (cf. Wissowa 1912: 23-32). En la teología pontifical la mayor o menor antigüedad de un culto tenía su efecto en la jerarquía divina. Sin embargo la asociación no cuenta con pruebas formales que la avalen, y las fuentes que existen dejan lugar a una duda razonable. Así los calendarios epigráficos fijan como feriae publicae las dos fases rituales que comportaba la institución de un altar, es decir, tanto la constitutio como la dedicatio-consecratio. Por otro lado, aceptar la hipótesis supondría al mismo tiempo excluir a la divinidad titular del altar de los actos rituales de la fase de la constitutio arae, pues sería contradictorio invocarla si se supone que aún no tenía existencia oficial. Estos argumentos me inclinan a considerar como dies natalis oficial de Pax Augusta el 4 de julio del año 13, el día de la constitutio (vid. cap. 4.4). EL ARA PACIS AUGUSTAE COMO ALTAR: LA EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA Hasta ahora esta investigación ha descansado exclusivamente en las aportaciones y problemas de la evidencia textual. La recuperación de la propia ara Pacis Augustae 16, uno de los grandes hitos en la historia de los trabajos arqueológicos en Roma 17, 16 Acepto aquí sin reservas que el altar exhumado en el Campo de Marte es el mismo al que los textos dan el nombre de ara Pacis Augustae. Los argumentos en contra de la identificación que en su momento propusiera Weinstock (1960) fueron refutados brillantemente por Toynbee (1961). 17 Duhn (1879; 1881) tiene el mérito de haber sido el primero en identificar las piezas conocidas del monumento con de veneración a una divinidad augusta, tan frecuente a partir del reinado del primer emperador. El título de la nueva divinidad implicaba ciertamente la 'revolucionaria' idea de que los beneficios que sobre el Imperio propiciaría la Pax se vincularían también a la intervención de Augusto (cf. Fishwick 1991). El altar no sólo honraba pues a la recién creada divinidad, sino también y singularmente al propio Augusto. En adelante, cuando se sacrificara anualmente ante el altar de la Paz Augusta, el emperador reinante estaría recibiendo culto público de manera indirecta. A partir de ahí, su culto se ligó a la protección y estabilidad del Imperio, lo que explica su relación con dioses con competencias funcionales muy próximas (cf. Delgado 2012: 456), tales como Concordia o Salus, o complementarias, como Jano. Augusto rechazó estatuas en su honor que le ofrecían el senado y el pueblo, y en su lugar levantó (no se especifica el lugar) una a Salus publica, otra a Concordia y una última a Pax. Las afinidades funcionales entre las tres diosas se advierten igualmente, aunque de manera más sutil, en la rama de olivo con que se las representa. A los ojos de los romanos, el aspecto abstracto de las funciones divinas (soberanía, defensa, buena fe, vigor guerrero...) se podía materializar en determinados animales o plantas, que se vincularon a los dioses de Roma ya en un tiempo remoto. La rama de olivo es el símbolo, en este caso, de la función de protección y estabilidad del estado que encarnan Pax, Salus, Concordia, así como también Felicitas, Honos, Securitas o Virtus (Delgado 2012: 454-457; cf. Wissowa 1912: 334-335). Las asociación específica entre Pax y Jano (señalada ya por Wissowa 1902Wissowa -1909Wissowa: 1721;;id. 1912: 334) la demuestra un fragmento de los commentarii arvales del año 6615, en que se sacrifica una vaca a Pax, junto con otras víctimas a Júpiter, Juno y Minerva ante arcum [Iani gemini ---], con motivo del cierre del templo (Suet., Nero, 14). Scott Ryberg (1949: 92-94) sugiere además, amparada en esas asociaciones, que muy probablemente el año en que se cerraron por tercera vez las puertas del templo de Jano durante el El altar estaba situado topográficamente en una zona exterior al pomerium (Riemann 1942(Riemann: 2085(Riemann y 2087)), que señalaba el límite ritual de los auspicios urbanos (sobre este concepto de derecho augural, Magdelain 1969Magdelain -1970)). Se trataba por tanto del punto en que Augusto, regresando de las provincias por la vía Flaminia, debía deponer su imperium militiae antes de traspasar la línea pomerial y asumir las poderes propios del imperium domi (cf. Mommsen 1887, I: 61-75). Como observó Torelli (1982: 29-30), era desde luego un lugar propicio para edificar el altar de la Paz. A efectos de la práctica cultual, el ara Pacis estaba orientada hacia el nordeste (acimut 75o), de manera que el oficiante pudiera sacrificar en dirección este dada la disposición del altar con único acceso por el frente oeste (Gros 1976: 147-153) (Fig. 1). Arquitectura del altar (fig. 1 y 2) El ara Pacis se compone de un recinto de base cuadrangular, de 11,65 m. en los frentes abiertos y 10,625 m. en los laterales, y el altar en sentido propio -también cuadrangular-que se levanta sobre tres gradas en su interior. Los frentes se abrían respectivamente a la vía Flaminia y al Campo de Marte, y permiten el acceso al interior bien directamente (este) bien a través de una escalinata (oeste) que da paso, a su vez, a otra que asciende hasta el altar (Moretti 1948: 135-196). La cara externa del recinto, cuyos muros se elevan hasta los 6,30 m. desde la base, presenta dos registros con decoración escultórica. El inferior recorre todo el perímetro del monumento y muestra una riquísima ornamentación floral con guirnaldas de acanto dominando la composición. El superior (figs. 4-5) desarrolla en sus lados menores una escena procesional en la que se distinguen miembros de la familia imperial, con el propio Augusto a la cabeza (lado sur), y otro grupo de personajes (lado norte). En los frentes este y oeste destacan cuatro escenas, 18 La relación entre ambos monumentos que Buchner (1976y, con él, entro otros, Zanker [1992: 175-177] o Elsner [1991: 52-53]) supuso en su momento al considerar al primero un gigantesco reloj solar (la sombra del obelisco-gnomón se proyectaría sobre el ara Pacis en el aniversario del emperador) está siendo cuestionado por nuevos estudios. En la actualidad el llamado horologium Augusti se entiende como una meridiana solar (Heslin 2007; DeLaine 2012). concede al historiador de la religión romana el raro privilegio de añadir a sus fuentes el monumento mismo. Naturalmente también le exige nuevos esfuerzos de evaluación e interpretación de la información que aporta y los problemas que suscita. Téngase en cuenta que en lo que sigue me ceñiré estrictamente a los límites del presente estudio, de tal manera que sólo consideraré aquellas cuestiones que tienen que ver con las líneas de investigación ya abiertas de una u otra forma. Los materiales arqueológicos que han permitido reconstruir el ara Pacis tal como hoy se conoce se encontraron bajo el edificio sito en la Via in Lucina conocido sucesivamente como Palazzo Paretti, Fiano y actualmente Almagià. En la Roma de Augusto el lugar pertenecía al área septentrional del Campo de Marte, una zona aún no urbanizada en la que la vía Flaminia era el eje vertebrador de las construcciones monumentales (Coarelli 2008: 342-349, 391-399). El Campo de Marte comenzó a adquirir presencia en la topografía urbana de la ciudad precisamente por las importantes intervenciones de Augusto (y Agripa), que eligió este espacio como lugar predilecto de construcciones ligadas a su gobierno, de fuerte contenido dinástico (La Rocca 2013: 92-105). Su región el ara Pacis de los textos. Para esas campañas decisivas en la recuperación y ensamblaje de las piezas la obra fundamental es la de Moretti (1948: 55-208), director de la excavación. Este título contiene también la más detallada descripción de la arquitectura del altar; para los fragmentos residuales, Rossini (2006: 94-99). Utilísimo también para datos particulares, con mucha documentación y fuentes complementarias, Riemann (1942). De las obras impresas con aparato gráfico, es excepcional la de Moretti (1948), con un volumen complementario de 39 láminas con diseños y fotos de calidad y tamaño inigualados; para los detalles Rossini (2006). También de obligada consulta Scott Ryberg 1955: láms. Existen dos páginas web especializadas que ofrecen cuidados y completos repertorios fotográficos de todo el conjunto, con imágenes de altísima resolución que me han sido de gran ayuda para esclarecer detalles importantes (particularmente de la zonas donde el examen in situ [diciembre de 2013] es más complicado): "Arachne. Ara Pacis Browser" [URL]. de/arapacis), que depende del Archäologisches Institut de la Universidad de Colonia, y "Ara Pacis Augustae. En cuanto a la descripción de los propios 'relieves históricos', Koeppel (1987) es el autor fundamental (aunque sus identificaciones puedan ser discutibles); sigo aquí a efectos de referencia la numeración que establece. RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE Figura 1. El ara en su estructura arquitectónica. organizadas por pares, protagonizadas por personajes de la tradición legendaria romana y divinidades. La cara interna presenta igualmente un registro inferior que recorre todo su perímetro decorado con pilastras a modo de tabulae y otro superior (Fig. 3) en el que se suceden festones, bucráneos y páteras. El altar en sentido estricto también estaba profusamente decorado, pero sólo se conserva una parte del pequeño friso que recorría toda la mensa de sacrificio por ambas caras. La cara externa del lado norte (Fig. 8) presenta una procesión de víctimas -tres animales-escoltada por personal cultual; la interna (Fig. 6) muestra seis personajes femeninos -sin duda las vestales-precedidas por dos masculinos y seguidas igualmente por otro masculino. De la cara externa del lado sur apenas quedan unos fragmentos reconocibles (Fig. 9); de la interna sólo sobreviven vestigios de dos personajes masculinos (Fig. 7). Los confines sacros del ara pacis augustae La forma cuadrangular del recinto y la decoración de su cara interna (Fig. 3) han intrigado a la investigación moderna casi desde el descubrimiento mismo del ara. Gardthausen (1891, I: 853) y -de forma más elaborada- Pasqui (1913: 290-297) suponían que recreaba un sencillo recinto de madera cubierto con una suerte de baldaquino que se habría levantado improvisadamente en el lugar para celebrar el sacrificio del 4 de julio del año 13, el día de la constitutio del altar. La hipótesis fue bien recibida por los historiadores y de una manera tácita o explícita fue aceptada en la literatura especializada hasta bien entrado el siglo xx (por ejemplo Riemann 1942Riemann: 2088)). En la actualidad, sin embargo, esta interpretación ha sido desplazada por la hipótesis de Torelli, convertida ahora en communis opinio (Elsner 1991: 54; Marco 2002: 108, n. Su argumento principal es que el plano casi-cuadrado del recinto, con sus anguli y tabulae, muestra una "surprising analogy" con el templum augural que describen las fuentes literarias. En mi opinión, ninguna de las dos propuestas tiene en cuenta la naturaleza religiosa del ara. Considérese, en primer lugar, que Torelli parece aceptar la existencia de un recinto previo que habría guiado el diseño del edificio posterior, como suponían Gardthausen y Pasqui, aunque convertido en su hipótesis en templum minus o templum in terris (y aquí no sé si los comprende como una misma realidad augural). En cualquier caso, es precisamente ese énfasis en el carácter augural del ara Pacis el mayor problema para aceptar su interpretación. La planta del complejo monumental del ara Pacis ilustra claramente la naturaleza delimitada del locus (Fig. 2). El perímetro del área sacra queda perfectamente definido por las cuatro lastras angulares de mármol que marcan las cuatro esquinas; sobre ellas surgían a su vez las pilastras angulares del recinto. En su interior, los confines del altar (sus regiones) se identifican con los límites exteriores de su propia base. El diseño cuadrangular del recinto del ara Pacis obedece, en definitiva, al hecho de que las paredes exteriores constituían los mismísimos termini del area propiedad de la divinidad tutelar del ara, de Pax Augusta. Y se recordará aquí de nuevo la fórmula de la delimitación del area del ara de Vulcano: "haec area, intra hanc definitionem cipporum clausa veribus..." (vid. cap. 2.2.3). Nada impide pensar que en el momento original de delimitación del área los quattuor anguli se fijaran mediante cippi y el perímetro se estableciera con tabulae. La originalidad del diseño del ara Pacis Augustae estriba básicamente en el levantamiento de paredes siguiendo ese circuito del área, lo que naturalmente debe estar en relación con la decisión de desarrollar un programa escultórico conmemorativo monumental como nunca antes se había concebido para altar alguno. Nada más propio para un altar. definición un templum. Según el derecho pontifical, ya se ha explicado, una ara era un locus sacrum, es decir, un lugar ritualmente dedicado y consagrado (vid cap. 2.2.4). Un templum (in terris) era, además, un lugar inaugurado 19 (vid. cap. 1). En el primer caso, los oficiantes son magistrado y pontífice, en el segundo, el oficiante único es el augur; la definición ritual de los loca sacra formaba parte del saber de los pontífices -ius pontificium-, la de los loca inaugurata del de los augures -ius augurum-. Un altar no debía ni podía ser inaugurado -por más que una parte del area sobre la que se alzaba debiera haber sido inaugurada a efectos de la dedicación (vid. cap. 2.2.4; cf. Catalano 1978: 473) -porque no era un lugar apto para consultar a Júpiter ni para celebrar reuniones políticas (cf. Delgado 2010: 263-264). En resumen, el ara Pacis no era un templum in terris. Tampoco obviamente un templum minus, realidad augural distinta a la anterior. La confusión me parece que deriva del hecho de que tanto las arae como los templa (in terris) eran lugares delimitados, y suele confundirse el ars mensoria con la disciplina auguralis. 568) La procesión representada en el registro escultórico superior de la cara externa de los lados menores (S. y N.) del recinto (figs. 4-5), así como su relación con las escenas cultuales esculpidas en las caras externa e interna del lado norte del propio altar (figs. 6-9), ha generado también un intenso debate académico que aún sigue abierto y divide a la investigación. Para unos (Moretti 1948: 281-282), los frisos representan ceremonias celebradas en dos momentos distintos de la institución del altar, la constitutio (en el exterior) y la dedicatio (en el altar interior); para otros, los más, una única ceremonia histórica sería el punto de partida de los escultores para el conjunto del diseño. También hay quien niega todo carácter histórico en sentido estricto a la fuente de inspiración del programa escultórico, como Torelli o Koeppel. Torelli (1982: 43 y 54-55; id. 1999: 72) lo supone recreación ideal de los actos de recepción del emperador (con ocasión de su vuelta de las provincias) que en realidad nunca tuvieron lugar; los relieves no mostraban las cosas "como habían sucedido", sino "como habrían debido suceder". Koeppel (1988: 99-100; cf. Billows 1993), lo cree representación 'libre' de alguno de los actos celebrativos con ocasión del regreso de Augusto, y en absoluto testimonio directo de la fiesta de constitución del altar. Se encuentra igualmente, ya por último, quien prescinde por completo de las circunstancias históricas precisas en las que se erigió el altar y estudia extemporáneamente los motivos sacrificiales del programa escultórico (Elsner 1991). En mi opinión, el contexto celebrativo y detalles precisos del conjunto escultórico en discusión sugieren, por un lado, una unidad narrativa de todas las escenas, y remiten, por otro, a un ambiente propiamente histórico 21 y de carácter indudablemente cultual. Entiendo, en este sentido, que hay una estrecha relación conceptual entre la 'historia' de la fundación del altar y los motivos representados en los relieves del recinto y del propio altar. Considero, además, que el único hito de esa historia compatible con el programa escultórico es la ceremonia de la constitutio, pues naturalmente la dedicatio-consecratio aún no se había oficiado cuando se encargó el trabajo. La improbabilidad de la representación -aún idealizada -de una escena que nunca había tenido lugar (como quiere Torelli o, con matices, Koeppel), que cuando se celebró nunca tuvo relevancia cultual, que no se corresponde con el ambiente sacrificial de los frisos y que contradice los testimonios formales de las fuentes literarias (vid. cap 3.2), me parece aún mayor. De los actos que comportaba la constitutio arae, tal como la he reconstruido y para seguir con mi hipótesis, la lustratio areae era con mucho el de mayor solemnidad y significado ritual, por lo que estimo que tanto la procesión de los lados Norte y Sur del recinto, así como la escena de sacrificio del altar, constituyen una versión esculpida de esa misma ceremonia. Mi convencimiento en este punto se apoya también en los paralelismos que advierto entre la ceremonia descrita por Tácito (vid. cap. 2.2.3) y la escena representada en el ara Pacis Augustae, especialmente significativos teniendo en cuenta que se trata de fuentes de muy distinta naturaleza. El ambiente general de la procesión es indudablemente ritual, marcado expresamente por ministri 22 21 Que contrasta significativamente con las escenas representadas en los paneles de los frentes este y oeste, ambientadas en la tradición legendaria de Roma y con alusiones a los fundamentos divinos y dinásticos del poder y la prosperidad romanos. Un estado de la cuestión de la importante discusión sobre estos paneles, que no corresponde propiamente a esta investigación, se encontrará en Rossini (2006: 30-47). Los ministri eran jóvenes servidores de culto de rango subalterno, con un estatus social próximo al de los victimarii. Los camilli, por su parte, se acercaban cultual y socialmente a los pueri et puellae patrimi matrimique y, como ellos, eran ingenui, nobiles, impuberes y patrimi Figura 3. Cara interna, registro superior de lado sur. Bucráneos, festón y pátera. IX (detalle [diseño E. Paolini]). portando acerrae (caja para incienso) y gutus (jarra de libaciones) 23, así como por los ramus ¿felices? que llevan algunos personajes del cortejo (friso sur: Koeppel 1987: no 24, 34, 35; friso norte: no 1, 14, 29 ) y las coronas de laurel de casi todos los participantes (sobre la planta, Steier 1927) (Fig. 4). Tal vez los propios festones de la cara interna de las paredes del recinto (fig. 3), e incluso la ornamentación floral Figura 4. Cara externa, registro superior del lado norte. Cara externa, registro superior del lado sur. Era ésta una cualidad con especial significado en la práctica cultual oficial, y se exigía a los jóvenes que participaban en determinadas ceremonias del culto público y a los que actuaban como asistentes de los colegios sacerdotales (Marquardt 1885: 229-230; Wissowa 1912: 491, n. No es infrecuente, por lo demás, la relación familiar entre los jóvenes asistentes y los oficiantes, como se demuestra entre los arvales, donde un 25% de pueri conocidos eran hijos o nietos de miembros del colegio (Scheid 1990: 535-536 y 547-549). Su presencia en los ritos tenía por lo general un valor más simbólico que práctico, pues lo que se requería realmente de ellos era que estuviesen presentes, habitualmente acompañando las acciones de los oficiantes adultos (Scheid 1990: 539-540). En la ceremonia descrita por Tácito (cap. 2.2.3), los pueri acompañaban precisamente a las Vestales cuando éstas realizaban "aspersiones con agua de fuentes y ríos". Entre los jóvenes representados en el ara Pacis al menos uno porta un ramus (Koeppel 1987: friso norte, no 41), indicio de la integración de los niños en contexto ritual de la escena esculpida. La procesión se completa en el friso norte (Fig. 4) con senadores, tal vez caballeros25 y quizá una representación del pueblo (cf. Riemann 1942(cf. Riemann: 2102)). Giuseppe Moretti (1948: 245-248) identificó ciertos personajes de la comitiva senatorial como rex sacrorum, quindecimviri, augures, flaminica Dialis y regina sacrorum. Pero ni los velati, ni los motivos que decoran dos de las acerrae, ni los ministri que las portan, son prueba alguna de la presencia de quindecimviri, septemviri o augures en el cortejo. Los tres velati del friso norte (Koeppel 1987: no 8, 18, 23) bien pudieran ser senadores que como sacerdotes llevaran su vestimenta oficial en tan grave ceremonia, aunque no tendrían realmente ninguna conexión específica con los ritos que allí se celebraban. Es posible igualmente que las figuras veladas hubieran sido introducidas en el grupo senatorial sencillamente para crear la impresión de solemnidad religiosa (Scott Ryberg 1955: 44). En cuanto a los motivos de las acerrae, han de relacionarse simplemente con la naturaleza misma del objeto cultual que los contiene, en alusión a los contextos rituales en que se emplea el incienso. En una (Koeppel 1987: no 24) figuran (Fig. 4) un minister portando un canistrum (en un lateral), y tibicen (flautista), trípode y bóvido (en cara frontal). Por lo que respecta al trípode, nada tiene que ver con el de Apolo, sino que se trata muy probablemente de una representación de un foculus, destinado a las ofrendas no cruentas entre las que se encontraba el incienso (vid. cap. 2.1.). Por otro lado, Fless (1995: 79) ha mostrado la estrecha asociación entre los tibicines y los altares y trípodes -foculi-(en la otra acerra [Koeppel no 7] se aprecian un tibicen -en un lateral-y un bóvido -en cara frontal-). Los ministri (no camilli), por su parte, no estaban adscritos al servicio de colegios sacerdotales concretos, por lo que su presencia no puede aducirse como prueba de la participación de uno u otro de ellos. El primero era por ese entonces el pontífice más antiguo en ejercicio (como lo era también Plautius Aelianus en el caso citado por Tácito), exceptuando a Lépido, si todavía vivía por esas fechas 26. Los togados que lo preceden y lo siguen en la procesión probablemente eran miembros del propio colegio pontifical (Koeppel 1987: no 15, 17). Agripa, por su parte, era el magistrado de mayor rango y edad después del propio emperador (Kienast 2004: 71-73; como igualmente lo era el pretor Helvidius Priscus). Todo parece indicar, pues, que eran los oficiantes de la lustratio. Se han aducido, sin embargo, ciertas inconsistencias cronológicas que se opondrían a una interpreta-26 Lépido fue cooptado como pontífice poco después del 63 y elegido pontifex maximus a la muerte de César, en el 44 (Rüpke 2008: 515, no 508). Debió morir muy probablemente en el año 13, como cree Bowersock (1990: 383), aunque no es posible fijar exactamente el mes ni, por supuesto, el día. De esta evidencia parece deducirse, como suponen Bowersock y Scheid (2007: 45-46), que el emperador retrasó algo su elección formal para hacerla coincidir con la fecha tradicional de los comicios sacerdotales, el mes de marzo, aunque seguramente fue propuesto para la función (nominatus) ya en el mismo año 13. Se me permitirá añadir aquí que mi acuerdo con Bowersock se ciñe estrictamente a su razonamiento en esta cuestión cronológica y no se extiende naturalmente a su interpretación del friso sur del ara Pacis como la celebración del pontificado de Augusto (Bowersock 1990: 388, 390-394). RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE ción de la escena en relación con los acontecimientos del 4 de julio del año 13. Todas ellas son más aparentes que reales. La primera es la imposibilidad de celebrar una ceremonia como esa el mismo día en que se dictaba el senadoconsulto con la concesión del altar. Lo cierto en este caso es que no hay razón ni prueba alguna que obligue a creer que ambos actos tenían que coincidir en el tiempo, y en realidad lo más probable es que la decisión senatorial precediera unos días a la ceremonia de la constitución del altar (cf. Riemann 1942Riemann: 2094;;Fishwick 1993: 209). La segunda es que Agripa probablemente no estaba en Roma en la fecha en cuestión, en la que insisten sobre todo Torelli y Koeppel. Se trata de una simple presunción. Se sabe con certeza que Agripa estuvo en Oriente hasta comienzos del mismo año 13, que hacia mediados de ese año se acordó prorrogar un quinquenio sus poderes tribunicios y su imperium proconsulare y que partió para el Ilírico a comienzos del 12 (Kienast 2004: 72). Parece muy razonable suponer, con Scott Ryberg (1949: 87-88), que la renovación de sus poderes coincidiría con su regreso a Roma, a la par que lo hacía también Augusto desde las provincias occidentales. Por otro lado, las propias Res Gestae atestiguan la colaboración regular de ambos en asuntos de la vida cívica romana, como la elaboración del censo del año 28 (8, 2) o la celebración de los ludi saeculares del 17 (22,2). La tercera y última, también esgrimida por Torelli y Koeppel, es que el flaminado de Júpiter estaba vacante en ese momento. La réplica requiere aquí una argumentación algo más detallada. Es indudable que los cuatro flámenes representados en la procesión de lado sur (Koeppel 1987: no 20, 22, 23, 24) (Fig. 5) no pueden ser otros que los tres flamines maiores y el flamen Iulialis. Los flámenes mayores, Dialis, Martialis y Quirinalis, estaban situados jerárquicamente por encima de los otros doce en virtud del rango superior de las divinidades a las que servían (y no por su condición de patricios), que formaban la vieja tríada arcaica (Dumézil 1974: 153-290). En cuanto al cuarto flamen, parece segura la identificación con el consagrado al culto de Julio César divinizado, pues no cabe otra posibilidad 27. Los cuatro flámenes (junto 27 Este friso es precisamente el monumento más antiguo del arte oficial donde aparecen los grandes flámenes, que se distinguen por su laena y sobre todo por el albogalerus (o albus galerus), bonete terminado en un apex (de especial significado simbólico y ritual, consustancial a la propia función sacerdotal: Delgado Delgado 2012: 458-459). De los tres flamines maiores conocemos el nombre de dos: el Dialis, Ser. Cornelius Lentulus Maluginensis, el Martialis, L. Cornelius Lentulus; el flamen Iulialis era por entonces Sex. Si los flamines estuvieran representados según el orden jerárquico oficial, habría entonces que entender con los otros doce minores), formaban parte del colegio pontifical desde la mismísima instauración de la República (cf. Delgado 2006), y por ello su presencia tras los pontífices en la procesión parece responder perfectamente a su lugar en la organización interna de la institución. Ahora bien, la presencia cierta del flamen Dialis en el conjunto escultórico no es prueba del carácter ideal de la representación, como se ha sostenido a menudo. En un pasaje en que se relatan acontecimientos del año 11 a. e., Dión Casio (LIV, 36, 1) señala de pasada que "por ese tiempo fue designado el sacerdote de Júpiter por primera vez desde Merula". Frente a la imprecisión del autor griego, Tácito (Ann., III, 58) concreta que transcurrieron setenta y dos años entre estos dos momentos 28. Así pues, en el 13 el flaminado de Júpiter no estaba vacante, pues lo ocupaba Ser. Una vez esclarecidas estas cuestiones cronológicas, propuestas interpretativas como las de Torelli o Koeppel (también la más reciente de Rehak 2001, quien supone que el Dialis fue añadido al friso como cambio de última hora) parecen aún más forzadas e innecesarias. La disposición de los personajes, que parecen dirigirse en procesión desde los lados sur y norte hacia el frente oeste que daba acceso directo al interior del recinto, sugiere claramente una continuidad narrativa y ritual con las escenas esculpidas en el friso del altar. En la cara interna del lado norte (Fig. 6) se identifican sin problemas las seis vírgenes vestales, con tunica, stola y suffibulum (Koeppel 1987: no 2-7) 29, que el primero de ellos es el Dialis. Puede que marchen, sin embargo, en orden inverso, pues de los cuatro sólo el último porta en su mano derecha un commoetaculum (Siebert 1999: 267, no 73), tal vez como signo de su rango. 28 Y no setenta y cinco, como consta en un buen número de ediciones modernas de los Annales y oportunamente ha señalado Bowersock (1990: 392-393). El Mediceus (Laurentianus 68, 1) es el único testimonio de Annales I-IV, y en III, 58, 2 la lectura es: "duobus et septuaginta annis post Cornelii Merulae caedem neminem suffectum...". Desde Lipsius, pero sobre todo a partir de Lachmann, los editores han tendido a corregir duobus por quinque; así lo hacen Geo. Pero ya I. Bekker, en su edición para Weidmann (Leipzig 1831), advertía que la enmienda quinque obedecía simplemente al intento de armonizar las fechas de Dión Casio y Tácito. La lectura del ms. es aceptada en la edición del libro III a cargo de A. J. Woodman y R H. Martin para C.U.P. (Cambridge 1996). 29 Representadas en orden decreciente en tamaño, probablemente por exigencias compositivas más que como alusión a diferencia de edades (Scott Ryberg 1955: 41-42 (1955: 44-45) destaca que en contraste con el apex que corona el galerus de los flamines maiores, en este flamen el galerus está adornado con una suerte de protuberancia esférica, que es un distintivo precisamente de los flamines minores. T. Statilius Optatus (Rüpke 2008: 902, no 3137), se representa un galerus que en lugar de apex lleva una especie de botón, lo que parece autorizar la interpretación de la historiadora norteamericana. 31 Para tener el colegio al completo quedaría únicamente por reconocer entre los miembros del cortejo al rex sacrorum. Para del colegio pontifical en la ceremonia de la dedicatio (véase capítulo 2.2.4), parecería razonable suponer igualmente su asistencia a la lustratio areae, el rito más solemne de la constitutio arae. Aquí el primer problema que se presenta al historiador es la identificación de la especie y el sexo de las propias victimae, sobre los que se han suscitado ciertas dudas (Weinstock 1960: 54; Toynbee 1961: 154). Al respecto, me parece poder confirmar que de los tres animales, el que encabeza el cortejo es indudablemente un óvido, cubierto de lana y de buen porte, con vestigio de lo que podría ser pequeño Scott Ryberg (1955: 42) podría ser el togado a la cabeza de la procesión de víctimas (Koeppel 1987: no 14); para Koeppel (1987: no 26) es el personaje togado, capite velatus, con hacha sacrificial al hombro, que sigue inmediatamente al último de los flámenes del friso exterior del lado sur (Fig. 5). En el primer caso la identificación se funda en la relación cultual entre el rex sacrorum y Jano (cf. Delgado Delgado 2006: 198-199); en el segundo en el lugar que ocupa el personaje en la procesión. Pero véanse, por ejemplo, las opiniones de Hanell (1960: 76 y 83), para quien el togado con hacha es un lictor flaminius -mientras que el rex sacrorum debía estar representado en el friso del lado norte -o Fless (1995: 48-50), que lo considera posiblemente un flaminius camillus. Las diferentes atribuciones lo único que prueban es que no hay una base segura para una identificación irrefutable. La presencia del rex sacrorum en el cortejo es probable, pero no se puede tener por cierta. RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE Figura 7. Cara interna del lado sur. Togado, capite velatus, y personaje con galerus, probablemente un flamen minor (Koeppel 1987, no 1-2). cuerno curvo sobre lado derecho de su cabeza; probablemente un carnero (muy próximo en su representación a los carneros reconocibles en las suovetaurilia del arte oficial [Scott Ryberg 1955: 104-119, con figs. 17, pl. VII y 54 a -61, pl. XXXV -XLI] y distinto, a su vez, de la oveja que figura bajo la diosa en el 'panel de Tellus' del propio altar). Lo siguen dos bóvidos, el primero más corpulento y con porte algo mayor, en el que no se aprecia atributo sexual alguno; probablemente buey (contrasta claramente con las representaciones figuradas de los toros de las suovetaurilia, con órganos sexuales prominentes) y vaca respectivamente. El segundo y más importante problema es la interpretación del sentido de esta asociación de víctimas. En una ceremonia de lustración, como entiendo que es el caso, debería esperarse una praefatio dirigida a Jano y Júpiter y unas suovetaurilia a Marte. El primer rito, incruento habitualmente, "abre el sacrificio con un homenaje al dios de los comienzos [Jano] y al dios soberano [Júpiter], para garantizar el éxito de la empresa", como explica Scheid (2005: 149), "el segundo consagra las víctimas a Marte y expresa el deseo del sacrificante". En mi opinión lo que se representa en el ara Pacis es una variante de la praefatio tradicional 32, motivada por la introducción de una divinidad nueva en el panteón oficial de Roma (y no una lustratio 'ordinaria', como la del templo capitolino, que tiene como fin únicamente restaurar o reafirmar los derechos de unas divinidades ya existentes sobre la propiedad del 32 Y en ningún caso puede interpretarse como representación del sacrificium anniversarium previsto por las Res Gestae, como piensan entre otros Cooley (2009: 156-157), pues no sólo no tendría sentido esculpirlo cuando aún no se había celebrado, sino que además ya se ha probado (vid. caps. 3.4 y 3.5) que tal sacrificium consistía únicamente en una vaca. solar). El orden de las víctimas es aquí importante, pues señala a Pax como la divinidad principal y a Jano y Júpiter como los dioses que de alguna manera la están presentando o introduciendo en el panteón romano (cf. Scott Ryberg 1949: 91; ead., 1955: 42; vid. cap. 3.6). La escena en cualquier caso expresa claramente el mismo significado simbólico que la praefatio incruenta. En cuanto a las suovetaurilia, bien pudo estar representada en esa misma cara, en el lado sur, donde la decoración original se ha perdido casi por completo. En los fragmentos conservados (Fig. 9) se reconocen tres victimarii en limus y la pezuña de un bóvido (Koeppel 1987: no 1-4), lo que asegura al menos una escena de sacrificio. Ya se ha visto (cap. 2.2.3) que una de las tres víctimas ofrecidas a Marte era precisamente un toro. También desde el punto de vista compositivo parece muy propia la disposición de las escenas de sacrificio en el friso, las dos en la misma cara externa, una en su lado norte (praefatio) y la otra en el sur (suovetaurilia). La historia del altar tras su fundación es apenas conocida. El culto regular debió comenzar el año siguiente de su dedicatio-consecratio y el 30 de enero del año 8 a. e. se oficiaría el primer sacrificium anniversarium. Los registros de los arvales del año 38 d. e. confirman la continuidad del culto hasta esa fecha, e indicios de su extensión en el siglo son un RELIGIÓN Y CULTO EN EL ARA PACIS AUGUSTAE Figura 9. Cara externa del lado sur.
A continuación presentamos un análisis del aparato pictórico presente en la capilla para culto doméstico, el sacrarium, hallada in situ en la Casa del Larario del yacimiento romano de Bilbilis. Una banal decoración pictórica permitió que la atención del espectador se centrara en la ornamentación figurada realizada en estuco. Así, una serie de personajes mitológicos, transmisores de un lenguaje simbólico totalmente intencionado, interceptan las molduras y cornisas que en su día recorrieron y por tanto decoraron dicha estancia y también el larario que a modo de altar estaba inserto al fondo del ambiente objeto de nuestro estudio. La ciudad romana de Bilbilis (Calatayud, Zaragoza), con más de 30 ha, controló el paso hacia el Ebro, la costa levantina y la Meseta, lo que la hizo * Este trabajo se enmarca dentro del proyecto de investigación La decoración parietal en el cuadrante NE de Hispania: pinturas y estucos (S. ii a.C.-s. vi d.C.) Tras más de cuarenta años de investigación del yacimiento, se estima que su origen debió ser en torno al siglo i a. C. y su ocaso definitivo en el siglo iv d. La Bilbilis indígena era celtibérica y debió situarse en las alturas del cerro de Bámbola y parte del de San Paterno, cerca de la actual Calatayud y de tres cursos fluviales, el Jalón, el Jiloca y el Ribota. Sus habitantes pertenecieron al grupo de las tribus celtibéricas de los lusones, de quienes fue su capital. Participaría tanto en las guerras sertorianas como en el enfrentamiento entre César y Pompeyo, episodios que supusieron contactos cada vez más frecuentes entre indígenas y romanos. El punto de inflexión en Bilbilis vino de la mano de Augusto y sobre todo de Agripa, verdadero artífice 2 Algunos de los textos clásicos con los que contamos para el conocimiento del presente yacimiento son los siguientes: el principal autor es Marcial (Epigramas, X 103, passim), el más ilustre de los bilbilitanos, que es el encargado de aportarnos la mayor parte de la información conocida sobre Bilbilis. Mención aparte de Marcial, las referencias sobre Bilbilis son escasas. Se cita por vez primera en Estrabón (Geografía, III 4, 13), que la trae a colación a la hora de hablar de los celtíberos. Además, la encontramos en los textos de Plinio (Historia Natural, XXXIV 14,144). Será Ptolomeo (Geografía, II 6, 58), ya en el s. ii d. C., quien nos proporcione la situación de la ciudad a través de sus tablas; y en el Anónimo de Rávena (IV 43,16). Paulino de Nola la menciona en uno de sus poemas (Poema,. Referencias a este lugar y al río denominado por algunos como Birbilis también se hallan en la correspondencia entre Ausonio y Paulino de Nola entre los años 390 y 394 (Ausonio, Epístola,. Sobre el término Birbilis, sin embargo, hay que ser muy cautos tal y como nos recomienda J. J. Iso en el comentario expuesto en la nota 12 de las pp. 716-717 de la obra Aragón antiguo: fuente para su estudio. Citado es igualmente por el historiador del siglo ii Justino (Epítome, XLIV 3,8). Por último, mencionamos también la cita de San Isidoro (Etimologías, XVI,21,3). en última instancia de la organización urbanística y territorial de Hispania. En esta nueva fase, la población indígena adopta ya la cultura y modo de vida romanos de forma decidida. La ciudad es elevada al rango de municipium con el apelativo de Augusta, hecho que puede considerarse consecuencia directa de haber contado anteriormente con el derecho romano y por la ventaja de tener entre sus gentes a colonos itálicos. Comienza entonces el proceso de monumentalización de la localidad que se prolongaría durante todo el reinado de la dinastía julio-claudia; una planificación urbana que previó la convivencia perfecta entre espacios públicos y privados (Sáenz y Martín-Bueno 2004: 257-273). C., momento en el que la ciudad atraviesa una pequeña crisis, la dinastía flavia y antonina y la extensión del Ius latii a todos los hispanos, suponen para Bilbilis una continuación de su desarrollo. A juzgar por los últimos datos recabados (García y Sáenz, 2015), será ya en el siglo ii d. C. cuando la ciudad entre en crisis y, aunque parece que se mantuvo cierto poblamiento residual en los siguientes siglos, poco a poco la ciudad fue abandonándose, trasladándose la población a un nuevo emplazamiento de reciente fundación: Qal'at Ayyud (Castillo de Ayyud). Entre todos los espacios domésticos documentados en el yacimiento (Martín-Bueno y Sáenz 2001Sáenz -2002: 128): 128), destaca la Casa del Larario -anteriormente conocida como Casa del Ninfeo 3 -en la cual se han exhumado conjuntos pictóricos de gran relevancia. A continuación, acometeremos brevemente la descripción de esta vivienda para luego centrarnos en el estudio de su aparato decorativo pictórico y, sobre todo, en estuco, material en el que creemos que se materializa un particular lenguaje simbólico. 3 Esta denominación se debía a la presencia de unas estructuras semicirculares identificadas, en las primeras excavaciones efectuadas, con una fuente monumental, es decir, un ninfeo (Martín-Bueno 1991: 177-178, Guiral y Martín-Bueno 1996: 347-422). Los trabajos más recientes han permitido comprobar su conexión con una domus de considerable tamaño, en la que se documentan estructuras artesanales relacionadas con la elaboración de vino, con las que parece estar vinculada. LA CASA DEL LARARIO 4 La Casa del Larario se sitúa en la zona central del yacimiento; a sus pies discurría el cardo maximus que unía las termas, el foro y las barriadas orientales de la ciudad, lo que es indicio de que nos encontramos en uno de los lugares privilegiados del yacimiento. Cronológicamente, la estructura presenta dos fases constructivas: la primera, fechada en la segunda mitad del siglo i a. C., y la segunda en época flavia, momento en el que se debieron construir las piletas de forma semicircular y las estancias de uso artesanal relacionadas con la vivienda (Guiral e Íñiguez 2011). C. se llevan a cabo distintas reformas arquitectónicas, consistentes en la eliminación de varios muros, el levantamiento de otros y el tapiado de algunas puertas. La casa no parece ir más allá de finales del citado siglo, siguiendo así la tónica general del yacimiento. Se dispone en terrazas, adaptándose a la orografía del terreno, hecho que afectó a la distribución interna de sus habitaciones. Aunque con toda seguridad la vivienda se articulaba en diversos pisos, solamente se conserva el principal que daba a la calle. Según se deduce de la planimetría (Fig. 2), la casa estuvo dividida en dos sectores. El primero es la zona residencial que presenta una típica planta itálica con dimensiones plenamente vitrubianas (Sáenz et alii 2006a: 411). Destacan el tablinum (H.11), sólo separado del atrio mediante una fina línea de teselas rojas, el triclinium (H.4) y dos cubicula (H. 12 y 21). Sin duda, la estancia más significativa es la habitación (H.13), interpretada como un sacrarium provisto de un larario. La más reciente campaña de excavación realizada en el ambiente (H.5), identificado con un pasillo, parece confirmar la hipótesis de C. Sáenz según la cual allí se localizaba la escalera que daba paso a la segunda planta. El segundo sector de la vivienda es el correspondiente a la zona artesanal, de servicios y almacenes, que flanquea a la domus por ambos lados: en la parte oriental se sitúa una zona de almacenes (H.14, 17-24, Figura 2. En la sección occidental, destinada a uso artesanal, por el momento, destaca el espacio (H.20), identificado con un torcularium para la elaboración de vino. 2.1. sacrarium provisto de larario (h.13): estructura y decoración La Casa del Larario cubre un amplio lapso temporal. Debemos tener en cuenta que ya estaba pintada en el último cuarto del siglo i a. C. (Guiral e Íñiguez 2011); sin embargo, es a partir del siglo i d. C. cuando datamos la mayor parte de los conjuntos pictóricos que nos ofrece, algunos de los cuales se conservaron in situ, otros se desplomaron sobre el pavimento de la misma estancia que decoraban, y otros fueron hallados en ambientes distintos a su lugar de origen. Se trata así de una morada representativa tanto de la dinámica pictórica del yacimiento en general como de las distintas formas en que podemos exhumar este material arqueológico. Pero es sin duda el sacrarium provisto de larario (H.13) el que ofrece el conjunto decorativo más importante de la vivienda. Antes de acometer el análisis de dicha estructura, hemos de llamar la atención sobre un aspecto importante. El término lararium (Bassani 2003: 154;2008: 56-59) sólo se utilizó en la tardoantigüedad, de tal forma que la primera vez que lo tenemos atestiguado es en la Historia Augusta (Alejandro Severo, 29, 2 y 31, 4); también en una inscripción de Benevento datada en época de Maximino el Tracio (CIL IX, 2125). Hay constancia del empleo de otras nociones tales como sacellum o aedes (Hübner 1973: 964, línea 42-967, línea 62), para designar al lugar destinado al culto privado, para el cual, por otro lado, no se necesitaba un ambiente concreto en la domus romana, ocupando así varios espacios diversos según la necesidad; ejemplo de ello sería el pasaje de Petronio (Satiricón, LX). Los estudios arqueológicos sobre los lararios de Pompeya parecen confirmar esta hipótesis ya que se pueden encontrar en el atrio, peristilo, cubicula o en las estancias de servicio (Clarke 1991). Interesante es el estudio de P. W. Foss (1997) sobre la ubicación de los lararios en las cocinas -los más numerosos, al parecer (Fernández 2003: 391-392)-dotando de un carácter divino a la acción, no sólo de comer, sino de preparar los alimentos (Elia 1962: 561). Por su parte, de la palabra sacrarium parece indicar tanto el lugar de culto público de una divinidad a menudo mistérica, como el lugar dentro de la vivienda donde se llevaban a cabo los sacra privata sujetos al Ius civile. Estamos ante una estructura religiosa perteneciente a la arquitectura doméstica romana, donde seguramente se realizarían los rituales propios de una familia, cuyo fin último sería proporcionar protección divina a su morada (Orr 1988: 294). No hace otra cosa que indicarnos una actuación religiosa en el ámbito privado, de lo que podemos deducir la existencia en esa casa de una devoción íntima. Sin embargo, también se ha reconocido en este tipo de construcciones una utilización de las mismas por parte del paterfamilias a modo de escaparate de cara a las relaciones clientelares, ya que demuestra que sigue las directrices básicas del mundo divino en el núcleo de la sociedad romana, en su casa familiar. Las principales divinidades veneradas en los lararios eran los lares5 y el Genio -principio generador, esencia y fuerza vital de todo ser, vinculado en el mundo romano a la procreación, juventud e inteligencia. Sus dotes variaban en cada persona; en los lararios lo habitual es encontrar la representación del Genius del paterfamilias como alguien maduro, con una toga que le cubre la cabeza, y en actitud sacrificante-, los penates (infra), los antepasados y Vesta, como garante del fuego del hogar (Pérez Ruiz 2007-2008: 200 y 204, 2010: 108, 2014: 39-72). En muchos lararios, además, suele aparecer una serpiente como la imagen zoomorfa del Genius del parterfamilias; a veces acompañada por su compañera Iuno (Orr 1978). La forma básica sería un nicho, como en la Casa (IX 3, 12) de Pompeya. El segundo tipo, llamado aedicula, es el que simula un templete -aedes-en miniatura. El tercero, se correspondería con aquellos que son paneles pintados en la pared, que podemos ver por ejemplo en la Casa (IX 7, 3). Otros tipos menos abundantes en la zona campana también han sido descritos, como las capillas que son una habitación para tal fin y que se han denominado sacrarium -que pueden contienen también un altar en su interior como es el caso que aquí presentamos-o también aquellos que son unos simples altares portátiles como en Herculano (V 17) (Boyce 1937: 10; Orr 1978: 1577, láms. Centrándonos en la estancia hallada en la Casa del Larario, ocupa un espacio de pequeñas dimensiones -1,92 x 1,16 m-dedicado al culto familiar, un sacrarium (Figs. Presenta una forma rectangular con tres paredes principales y una cuarta, abierta al atrio, en la que se situó el vano de acceso. Pero además, al fondo de la habitación hay un altar escalonado con tres repisas en el cual, a juzgar por las improntas dejadas en negativo, descansarían dos columnitas que sustentarían a su vez un frontón, de tal forma que nos hallaríamos ante un larario tipo aedicula. Excepto la pared donde se situaba el altar -pared norte-, el resto -las cuales conservan in situ una altura de 1,50 m aproximadamente-, estaban formadas por un zócalo de piedra y un recrecimiento de adobe, con una viga de madera como elemento de separación entre ambos sectores. La pared correspondiente al altar contó con una estructura de adobe adosada al muro (Payueta et alii 2009: 30 y 34). Un aspecto sobre el que debemos detenernos es la entrada a la capilla (Fig. 5). Tal y como apreciamos en la imagen, la pared derecha giraba interiormente mientras que la izquierda lo hizo hacia el exterior. Por otro lado, y a juzgar por el informe de excava-Figura 3. Imagen del larario de la Casa del Larario de Bilbilis vista desde el atrio (Foto Archivo Escuela Taller de Restauración de Aragón II). Exposición del larario de la Casa del Larario de Bilbilis en el Museo de Calatayud (Foto de P. Uribe). Vista de la entrada al larario de la Casa del Larario de Bilbilis (al fondo, el atrio) (Foto Archivo Escuela Taller de Restauración de Aragón II). Posteriormente, se decidió reducir el vano a través de la aplicación de dos pequeños tramos de adobe a ambos lados del mismo, uno de los cuales, el situado a la izquierda, seguramente estuvo coronado por un capitel -hipótesis establecida por la disposición del adobe y por la existencia de un fragmento de basa perteneciente a una posible pilastra (fig. 6)-quizá para darle cierta solemnidad al conjunto. El conjunto hallado en su mayoría in situ, presenta un mortero 6 en el que se distinguen tres capas 6 El informe no proporcionó datos acerca del mortero de las molduras. Tampoco las pudimos estudiar directamente en de preparación en las que disminuye el tamaño del árido y conglomerante, y también el espesor de la capa cuanto más se acerca a la superficie pictórica. Los análisis efectuados revelan como componentes principales la cal mezclada con áridos, materiales a los que se les sumó el yeso, sin duda para jugar con los tiempos de fraguado de la mezcla. Éste adquiere mayor importancia en las capas exteriores de los fragmentos parietales, siendo protagonista, por otra parte, en todas las capas del mortero planificado para cubrir el techo. En cuanto al sistema de sujeción, la capa de mortero que se adhirió al muro conserva las improntas del adobe sobre el cual se situó. Debido a los intersticios propios de la superficie, no fue necesaria la realización de otro procedimiento para este fin. Las pilastras de los laterales, presentan improntas de las incisiones de agarre entre los morteros. Cabe destacar también que aparecen las huellas de las cuerdas que en su día rodearon las columnillas del templete; un sistema de sujeción ampliamente documentado en Bilbilis como método de ahorro para forrar estructuras de madera (Payueta et alii 2009: 34). Los fragmentos del techo contaron con el característico entramado de cañas para reforzar la adhesión a la cubierta, documentado gracias a las improntas dejadas por las mismas en el mortero. Finalmente, en los reversos de algunas de las molduras, se conserva la señal producida por de los anclajes de madera. La capa pictórica se ha conservado relativamente bien. A pesar de ello, hemos documentado trazos preparatorios impresos marcando la mitad de los interpaneles -cuya huella incita a pensar que fueron realizados mediante un cordel, algo extensible con toda probabilidad al resto de las líneas maestras-y trazos preparatorios pintados en negro bajo los filetes blancos que flanquean las bandas que enmarcan los paneles rojos. No podemos apuntar la presencia de una paleta cromática variada. Destaca la utilización del azul egipcio, del blanco, del negro procedente del carbón, del ocre, del rojo proveniente del óxido de hierro en su mayoría -aunque también se documentó el rojo cinabrio, si bien en muy pocos fragmentos-y del verde. Los análisis indicaron que estos colores se aplicaron sobre una capa de cal, característica de la técnica al fresco, aunque se aprecian igualmente ciertos retoques en seco. En cuanto al orden de ejecución, en el zócalo primero se cubrió el fondo de rosa y luego se salpicó sobre él el color rojo, luego el verde, en tercer lugar este sentido, ya que actualmente se hallan incrustadas en un soporte con el fin de facilitar las labores de restauración. el negro y finalmente el blanco. En los paneles laterales, el rojo de fondo se dispuso primero, después el negro de las bandas exteriores y más tarde el verde. En último lugar fueron pintados los filetes blancos que delimitan las bandas. En los dos paneles sobre los que se asienta el altar escalonado, el color blanco, al ser el de fondo, fue extendido en primer lugar, posteriormente el negro de los filetes y el verde de las bandas y, finalmente, el rojo. Pensamos que el azul egipcio y el rojo cinabrio se reservaron para pequeños detalles del panel de fondo situado por encima del altar, mientras que para el resto de la decoración se optó por una pobre gama cromática con predominio de pigmentos más económicos en consonancia con la austeridad pictórica mostrada por la ausencia de repertorio ornamental. Esto sin duda contrasta con las figuras de estuco seleccionadas para adornar la capilla: eran las que realmente sustentaban el aparato decorativo del conjunto. Fueron los artesanos encargados de trabajar el estuco los que demostraron su gran pericia técnica. El esquema pictórico de la estancia es muy simple. Se basa en la sucesión de paneles separados por bandas y diferencia claramente dos zonas, por un lado las paredes y por otro el frente. Comenzando por los muros laterales, cuentan con un zócalo de 29 cm de altura salpicado sobre fondo de color rosa con manchas, gotas y motas verdes, negras y blancas bastante gruesas, seguido de un filete blanco de 1 cm, una banda negra de 3 cm y un filete de 0,5 cm. Estos elementos dan paso a la zona media que muestra una decoración simétrica consistente en paneles rojos. Las medidas de dichos paneles son las siguientes: de los situados a la izquierda, el más cercano al altar tiene unas dimensiones de 1,18 x 0,75 m, y el más alejado de 1,18 x 0,41 m. Todos están encuadrados por una banda verde y una negra. La banda verde, de 2 cm, se halla flanqueada por filetes blancos de 0,5 cm. En los ángulos exteriores, se disponen cuatro -o dos en algunos casos-puntos en diagonal, y dos lengüetas a cada lado del comienzo del motivo. Están separados entre sí por bandas negras, de 7 cm cuando se disponen verticalmente, y de 2 cm cuando lo hacen de manera horizontal, también flanqueadas por filetes blancos. La zona superior precedida de estas dos bandas, es de color blanco. No sabemos la anchura de la con hasta 24 cm de anchura horizontal. En ellas se depositarían las divinidades, las árulas y las ofrendas. Los elementos de estuco recuperados nos permiten reconstruir un larario tipo aedicula, con dos columnas rematadas por sus correspondientes capiteles corintios, policromados en verde y rojo, sobre los que apoyaba el entablamento que sostenía el tímpano, cuyos ángulos estuvieron adornados con apliques también pintados, de los que se ha recuperado el torso de una figura infantil (infra). Se trata, por tanto, de un larario ambicioso, una estructura construida sobre el podio y no incrustada; un templete que además se insertaría en una suerte de capilla o sacrarium. Finalmente, algunos fragmentos son indicativos de la existencia de un techo de fondo blanco, decorado a base de elementos vegetales en tonos ocres y verdes. Desgraciadamente, debido a la mala conservación de los mismos, no podemos concretar más al respecto (Fig. 7). Cornisas, molduras y apliques Mención aparte merecen la serie de molduras y apliques hallados en el transcurso de la excavación, que describiremos a continuación, estableciendo también hipótesis acerca de su ubicación. La denominada como "Cabeza 1" 7 (Fig. 8.1) forma parte de la esquina de una moldura -21,5 cm de largo x 31,5 cm de ancho x 8,6 cm de alto-, donde el ángulo está decorado con un rostro masculino. Ésta y la siguiente cornisa están formadas por una 7 Los nombres con los que identificamos las figuras son los proporcionados en el informe de la Escuela Taller de Restauración de Aragón II. faja seguida de un óvolo, un filete y una gola. Por último, dos filetes dan paso a un cuarto de bocel que finaliza la composición. La "Cabeza 2" (Fig. 8.2) también es parte de la esquina de una moldura -19,8 x 8,8 x 12,3 cm-, donde el ángulo está decorado con un rostro de características muy similares al anterior. Posiblemente ambas molduras se situaron en las esquinas superiores de la habitación. Su disposición, con la mirada dirigida hacia la parte inferior, indica que esta se proyectaba directamente sobre el orante. Su ángulo izquierdo está decorado con un rostro masculino que mira hacia el lateral del mismo lado. Uno de los filetes de la moldura está pintado de rojo. Su composición, simple, comienza con una faja seguida de una gola que da paso a un filete y a una nueva gola. Otro filete da paso al cuarto de bocel que finaliza la moldura. Otra de las molduras está decorada con una hoja de acanto8 (Fig. 9.2). En el informe elaborado por la Escuela Taller de Restauración de Aragón II, la describen como una moldura de enmarque en forma de U (96,5 x 25 x 14,5 cm). Efectivamente, cuenta con esta disposición, pero su misión no sería la de enmarcar el conjunto sino que recorrería la parte superior interna del templete. Comienza con una faja, seguida de un filete, una gola y un cuarto de bocel. Contaría en las esquinas con apliques moldurados de los cuales se ha conservado el de la izquierda, un busto infantil mofletudo, con cabello corto y ondulado, con una impronta semicircular en el cuello, y cuyos ropajes se pintaron con los colores predominantes de la habitación, rojo y verde. Las piezas desarrolladas hasta 13 cm por debajo de la moldura en la parte inferior del frontón indican que hubo un desarrollo de la estructura más allá de esa zona, y que además estaba decorada, aunque la mala conservación no nos permita añadir más datos al respecto. Contamos con dos capiteles (fig. 11.2) -14,8 x 13,2 x 12,8 cm-que coronarían las columnitas de la aedicula, seguramente realizadas en madera y revestidas de estuco. Están aquéllos formados por cuatro hojas de acanto sobre las que se disponen cuatro florones. Cubren en parte el capitel en sí, el cual se dispone en forma de trapecio invertido formado por cuatro cuerpos cilíndricos que se unen a una superficie plana. Los colores predominantes son, una vez más, el rojo y el verde. También conservamos dos basas (fig. 11.1) -12,3 x 8,5 x 5,5 cm-que parecen querer simular la basas columnas de orden corintio, formadas por dos toros, uno de los cuales se pintó en blanco y el otro en rojo, separados por una falsa escocia formada por un listel. En cuanto a la restitución de las paredes del sacrarium, no queda duda: el hallazgo de la mayor parte de los fragmentos in situ y la correcta metodología empleada por el personal de la Escuela Taller de Restauración de Aragón II permiten conocer perfectamente la disposición de los muros laterales de la capilla, y la parte concerniente al podium y al pequeño altar escalonado de la aedicula (figs. 3 y 4). Más problemas hemos encontrado a la hora de intentar restituir la conexión entre el frontón y las columnas, y la disposición de las molduras y del resto de los elementos de estuco. La hipótesis principal era, observando cómo se mostraban los fragmentos pintados de la parte inferior del frontón, que éste quedaba adosado al muro y dichas piezas decoradas pertenecían al fondo de la pared. Sin embargo, tal localización presentaba ciertos inconvenientes, sobre todo porque no permitía unir el frontón con las columnas, que quedaban varios centímetros por delante, a juzgar por los huecos de las mismas presentes en el primer escalón del altar, cuyo diámetro coincide perfectamente con las basas que se han conservado (fig. 11.1). El siguiente problema fue la restitución de las cuatro molduras con apliques figurados. Era evidente la ubicación en una zona de esquina de las dos primeras (figs. 8.1 y 2). La situación de la tercera, más pequeña que las anteriores y decorada además con una franja roja (fig. 9.1), planteaba mayores dudas, lo mismo que la cuarta moldura en forma de U (fig. 9.2), aspecto que incitaba a pensar que enmarcaba algún elemento o decoración. La clave para conectar todos los elementos y, por tanto, para solucionar esta serie de cuestiones, la hallamos buscando posibles paralelos de la aedicula objeto de nuestro estudio. Existen numerosos ejemplos documentados de esta tipología concreta en la zona campana, de los cuales el más importante para discernir los problemas de nuestro caso es el larario presente en el vidriarium de la Casa dei Principe di Napoli (VI 15, 7-8), concebido también como un edículo en forma de templete en la parte superior de un podio. Está formado por cuatro columnas revestidas de estuco rojo y amarillo, de basa cuadrada en este caso y dotadas de capiteles adornados con hojas de acanto. Sobre un sector amarillo denominado "atico" -zona entre las columnas y el frontón que también creemos que existiría en nuestro larario-delimitado en su parte inferior por una moldura, apoya el frontón enmarcado por otra moldura azul, interrumpido por un arco de medio punto (Boyce 1937: 55, n. En el interior del templete, la moldura situada directamente encima de las columnas continúa, rasgo muy importante ya que nos da la clave para restituir una de nuestras molduras (fig. 9.2) de similares características. Basas (1) y capiteles (2) de las columnas que sustentarían el frontón del larario de la Casa del Larario de Bilbilis (Foto Archivo Escuela Taller de Restauración de Aragón II). Existen varios motivos que, además de arrojar luz sobre las características técnicas y estilísticas del conjunto pictórico, nos permiten acotarlo cronológicamente En primer lugar, es necesario detenernos en la zona inferior. Los zócalos moteados a manchas sobre fondo rosa son característicos de la segunda mitad del siglo i d. C. (Guiral et alii 1986: 277-278;Íñiguez Finalmente, quedaban por situar las molduras con apliques de cabezas masculinas en el centro. La mirada e inclinación de éstos, así como el ángulo de la propia moldura, no dejaba lugar a dudas de su disposición en los rincones superiores formados por las paredes laterales en su unión con el muro de fondo, "observando" así al orante. El larario bilbilitano simula un templo de orden corintio, en el que incluso el altar escalonado podría simular la plataforma o krepis del mismo, con la particularidad de que las columnas apoyarían en el primer escalón y no en el último. Larario de la Casa degli Amorini dorati (VI 16, 7-38) en Pompeya. Detalle de cómo la moldura recorre la estructura en la parte superior interna (Foto de N. Blanc). Por otra parte, probablemente debamos ver en el uso del color blanco para la zona inferior del altar un intento de aportar mayor luminosidad a la habitación, tal y como ocurre, por ejemplo en el santuario de Villards d'Héria en la Galia (Eristov y Groetembril 2006: 59). En lo que respecta a la zona media, en varios de los ángulos que forman los filetes que enmarcan bandas existen puntos dispuestos en diagonal -de uno a cuatro-con dos en los laterales, acompañados de dos lengüetas que cortan los filetes. Se trata de una característica que tiene sus orígenes en el III Estilo, tal y como podemos ver en la Pirámide de Caius Cestius en Roma (Bastet y De Vos 1979: tav. LXII, 117) y se mantiene por lo menos hasta el siglo II, disponiéndose a veces de forma vegetalizada y abigarrada. Su finalidad era simular el sombreado característico del II Estilo (Bastet y De Vos 1979: 128). Igualmente, la pintura provincial nos proporciona varios ejemplos indicativos de la temprana difusión de este ornamento ya en este periodo, normalmente asociado a los característicos filetes triples de encuadramiento. Así, entre otros lugares, lo podemos comprobar en las paredes de Vié-Cioutat (Sabrié et alii 1984: 152). En la península ibérica lo observamos en varios conjuntos fechados en el III Estilo: en la Casa de Hércules de Celsa (Mostalac y Guiral 1990: 164), en Baetulo (Padrós 1985: fig.6), en Tiermes (Mostalac y Guiral 1990: fig. 2d; Guiral y Mostalac 1994: 255, lám. XVII), Uxama (García Merino 1991: lám. VII), o en las pinturas halladas en los niveles de destrucción del foro de Bilbilis (Guiral y Martín-Bueno 1996: 46). También está constatada su presencia en filetes simples, tal y como comprobamos, por ejemplo, en la sala VII de Soissons (Defente 1987: 170, fig.13). Por último, cabe detenernos en el sistema compositivo. Se trata de un sistema banal basado en la alternancia de paneles separados por bandas; algo que se conoce en el mundo provincial desde comienzos del siglo i d. C., de tal forma que únicamente pueden encuadrarse en el IV Estilo las pinturas que presentan esta organización por la cronología del resto de elementos. Es cierto que en este conjunto contamos con un marcador cronológico, la banda verde de separación que en las provincias, y muy particularmente en el yacimiento bilbilitano, es un motivo característico de la segunda mitad del siglo i d. Será ya en el siglo II cuando dicha banda sea pintada en color azul (Fincker et alii 2013: 322). Los motivos en estuco, por su parte, nos permiten aproximarnos al lenguaje simbólico del sacrarium objeto de nuestro estudio. El busto de niño situado en la esquina izquierda del frontón (Fig. 10)10 se dispone, casi a modo de acrótera, en la esquina izquierda de la moldura que enmarcaba el frontón de la aedicula. No hemos encontrado ningún larario cuyo frontón se decore de la misma manera por lo que, para realizar el estudio iconográfico, hemos acudido a otras figuras, también relacionadas con este tipo de estructuras religiosas, que sin duda han arrojado luz sobre esta desconcertante cuestión. Nos referimos a los personajes similares presentes en los recipientes de terracota utilizados para ofrecer a las divinidades determinadas sustancias, o para realizar libaciones. Algunos autores clásicos nos hablan de esta práctica, por ejemplo, Ovidio (Fastos, II 631-635): "Vosotros, los buenos, poned incienso a los dioses del parentesco (según se dice, ese día principalmente hace acto de presencia la Concordia) y ofrendad alimentos, que el platito que se envía, prenda de honor que ellos agradecen, alimente a los Lares de vestidos sueltos" (Trad. Los autores A. D'Ambrosio y M. Borriello ( 2001), han sido los encargados de realizar un completo catálogo de estos utensilios hallados en Pompeya, documentando una variada tipología de los mismos, con una cronología igualmente amplia, que comprende tres tipos fundamentales: thymiateria -incensario de tradición helenística-árulas y quemaperfumes (D'Ambrosio y Borriello 2001: 13-14). Para la figura objeto de nuestro estudio nos interesa, dentro de los quemaperfumes, aquella clase denominada "quemaperfumes en forma de cuna" -categoría F dentro del catálogo-(Fig. 14), los cuales presentan una suerte de cuenco semicilíndrico, y casi siempre un aplique figurado en su parte superior, cuya iconografía es variada. La serie más numerosa es la que muestra el busto de un niño, vestido con túnica y toga, y portando en su cuello la bulla, amuleto propio de esa edad -si bien hay figuras que no la portan, tal y como ocurre en la terracota hallada en la Via dell'Abbondanza (IX 12) (Inv. Los cabellos, cuando se conservan, se disponen en mechones más o menos rectos que caen de forma casi paralela en una corta franja sobre la frente, similar al peinado de época julio-claudia (D'Ambrosio y Borriello 2001: 61). Curiosamente, aquellos en los que todavía podemos observar los pigmentos con los que fueron revestidos, exhiben la misma gama cromática que hallamos en nuestra figura, es decir, el blanco como color principal, acompañado de rojo y verde, y el negro para los detalles (D'Ambrosio y Borriello 2001: 9, fig. 105). A. D'Ambrosio y M. Borriello (2001: 16) afirman, tras un análisis pormenorizado de las 290 piezas que comprende su catálogo, que aquellas de las que se conoce su lugar de origen -sólo de 77-provienen mayoritariamente de lararios, algo por otra parte obvio dado el carácter de la pieza (Di Capua 1950: 60 y ss.). Más complicado resulta, por otra parte, interpretar la elección de bustos de niños para el aplique figurado de este tipo de objetos. Los autores no han encontrado paralelos materiales ni referencias en los autores clásicos que expliquen la utilización de esta iconografía concreta. Debido a que la mayoría de sujetos portan la toga praetexta y la bulla, creen que tal recipiente pudo ser utilizado específicamente (D'Ambrosio y Borriello 2001: 18) para la ceremonia según la cual los niños realizaban el paso a la edad adulta ofreciendo Figura 14. Quemaperfumes en forma de cuna con apliques simulando bustos de niños conservados en el Museo de Nápoles (Inv. Se consideraba un momento muy importante en la vida de un infante el paso a la edad adulta consagrando los símbolos infantiles en el acto religioso que suponía la solemnitas togae purae, es decir, su entrada en la iuventas. Normalmente, tenía lugar en el decimoséptimo año, pero podía ser antes o después según la voluntad paterna. El día fijado para tal ceremonia era el 17 de marzo, en los Liberalia, que en la antigua Roma se celebraban en honor al Padre Liber, dios de la fertilidad y del vino, asimilado posterior y lógicamente a Baco. No deja de ser curiosa la relación entre tal ritual y el citado dios, algo que podría dar explicación a la supuesta presencia de esta deidad en nuestro larario. Ovidio (Fastos, III 770-777) nos informa en el siguiente pasaje: "Me resta descubrir por qué se da a los niños la toga de la libertad en tu día, Baco refulgente. Será, bien porque tú pareces siempre un niño o un joven, y tu edad es intermedia entre el uno y el otro, o bien porque tú eres padre y los padres encomiendan a sus hijos sus prendas queridas a tu cuidado y protección." B. Segura) La ceremonia consistía en depositar la bulla y la toga praetexta delante de las imágenes de los dioses protectores de la casa, y varios autores clásicos, como Propercio (Elegías, IV 1) o Persio (Sátiras, V 30-34), nos informan de ello: "Más tarde, cuando la bula de oro te fue quitada de tu joven cuello, y ante los dioses maternos vestiste la toga de ciudadano, entonces Apolo te inspiró algunas cosas en su canto y te prohibió pronunciar palabras en el Foro insano." "Tan pronto como a mí, atemorizado, dejó de custodiarme la púrpura y la bulla quedó colgada en ofrenda a los Lares de ceñida toga, cuando unos colegas complacientes y los pliegues de mi toga blanca recién estrenada me permitieron pasear impunemente los ojos por toda la Subura..." R. Cortés) Volviendo a la figura que nos ocupa, y siguiendo con la premisa que tratamos de mantener y demostrar según la cual nada es banal en la decoración romana, creemos poder documentar aquí una reminiscencia de tales prácticas. No contamos con la presencia de la bulla pero, ante este hecho, podemos establecer dos hipótesis: por un lado, podría simplemente faltar dicho elemento, como en la figura que hemos citado más arriba (Inv. 1243); por otro, quizá debamos pensar que se ha perdido. A pesar de que la zona del cuello se halla bastante desgastada, sí se atisba una ligera impronta de un objeto esférico en esta zona, lo cual incitaría a pensar que, efectivamente, el personaje infantil portó en su día este amuleto. Iconográficamente, además, cuenta con unos rasgos y un peinado similares a este tipo de figuras. Por ello, nuestra conjetura no resulta descabellada aunque sí difícilmente demostrable. Las molduras interrumpidas o limitadas por apliques figurados -y más concretamente por cabezas de diversos personajes-que encontramos en el larario y el sacrarium, no fueron un recurso ajeno a la decoración romana de diversos ambientes, aunque no han llegado hasta nosotros muchos testimonios de su utilización. Tres de los paralelos más similares al caso que aquí observamos bastan para afirmar de antemano que las molduras con apliques no pueden ser consideradas como un marcador cronológico. El primero de los ejemplos a los que nos referimos se encuentra en la Villa de Petraro en Stabia (De Caro 1987). La mayoría de los ambientes de esta vivienda, sepultada tras la erupción del 79 d. C., fueron erigidos ya en el siglo i a. C. De ellos nos interesa el espacio termal, posiblemente también construido en esa primera fase, pero remodelado tras el terremoto que asoló el territorio en el año 62 d. Se decidió redecorar el caldarium con una serie de estucos de los cuales son sumamente llamativos los presentes en el techo de dicha habitación. Varios apliques figurados, muy similares a los que aquí exponemos, pueblan las molduras que enmarcan los distintos casetones ornados a su vez por otras figuras en bajorrelieve. Todos se presentan de perfil aunque ligeramente girados hacia el espectador. El segundo paralelo que hemos hallado, se aleja mucho más de la cronología que proponemos para la construcción del sacrarium. Se trata de las molduras decoradas con apliques figurados recuperadas tras la construcción del hotel Meridien cerca de Palmira. La función concreta del edificio al que pertenecían, datado en el siglo iii d. A pesar de su fecha tardía, las autoras encargadas de su recomposición han documentado la manifiesta influencia helenística presente en estos elementos (Allag et alii 2010: 200; Allag 2015: 336). Los apliques que decoran las cornisas son de variadas formas: syrinx, cornucopias, pájaros y skyphos, entre otros (Allag et alii 2010: 204-207), pero son sin duda los dos grupos de cabezas similares a las que ahora estudiamos, las que tienen mayor interés. El primer grupo está compuesto por dieciséis cabezas de entre 22 y 11 cm que representan máscaras, erotes, figuras femeninas y masculinas pertenecientes al mundo dionisiaco. En la misma posición se encuentran los cincuenta y cuatro ejemplares del segundo grupo, de 9 a 11 cm. Llama la atención la ausencia de máscaras, aunque seguimos encontrando los tipos dionisiacos. En el caso de las figuras sin identificar, se mezclan las representaciones realistas con otras más caricaturizadas. En tercer lugar, debemos nombrar las máscaras, hojas de acanto y el personaje barbado -ornamentos realizados en estuco para la decoración de cornisas molduradas-aparecidos en un basurero de Blanes (Mérida) pero probablemente pertenecientes a un edificio público o a una importante domus, fechados en los márgenes cronológicos del IV Estilo (Heras et alii 2015: 467-468). De las denominadas como "Cabeza 1 y 2" (figs. 8.1 y 8.2) ningún atributo característico ha llegado hasta nosotros de estas figuras. Se trata de dos personajes masculinos que, desde lo alto, miran -¿O vigilan?-al orante situado frente al altar. Podríamos pensar que se trata de una imagen de los dioses lares, pues su culto está ampliamente documentado en toda la península ibérica (Alarcão et alii 1969: 226, mapa 1, Portela 1984: 161, fig. 2). Se constata su presencia en la religión romana desde época muy antigua, como protectores de los campos y, por extensión, de la familia, en su papel de divinidades domésticas (Portela 1984: 153). Se mostraban habitualmente como una pareja de figuras juveniles de expresión afable, vestidos con túnica corta -por las rodillas-con la cabeza normalmente coronada por flores, con una pátera en una mano y un cuerno de la abundancia en la otra; si bien estos objetos podían ser sustituidos por otros, como un rhyton (Hild 1877(Hild -1919: 947-948): 947-948). Lo normal es encontrar este tipo de figuras pintadas o en bronce, si bien contamos con algún ejemplo elaborado en otro tipo de material, como el lar de mármol procedente de Mérida y conservado en el Museo Arqueológico de Badajoz (Inv. De todas formas, no podemos utilizar el material del cual está realizado como argumento en contra a la hora de avalar o no la hipótesis según la cual los apliques en estuco que analizamos representan a los dioses lares. No debemos olvidar el curioso fenómeno que ocurre en nuestro sacrarium: hay una elaboración en estuco de ornamentos que teóricamente se ejecutaban en otros materiales, tal y como ocurre con el busto infantil cuyos paralelos más cercanos son recipientes de terracota. Sin embargo, lo cierto es que ninguna de las dos figuraciones que aquí estudiamos cuenta con los atributos propios de los lares. Creemos, no obstante, que ambas cabezas representan a divinidades que velaban por el cumplimiento de las funciones religiosas. Uno de los dioses estrechamente vinculado con los lararios era Dioniso (infra). Pero no sólo es una divinidad muy relacionada con este escenario de culto sino que podría estar ligada a este larario en concreto. Recordemos nuevamente que contamos con otra figura de estuco, el personaje infantil del frontón, cuya imagen, según nuestra hipótesis, supone un recuerdo de la ceremonia de la toga praetexta y la bulla, la cual que se celebraba en las fiestas de las Liberalia en honor a Baco. Entrando una vez más en el terreno de la hipótesis, podemos pensar que la impronta semiesférica que se encuentra en el lado superior izquierdo de la cabeza 1 (fig. 8.1), es el hueco dejado por una de las uvas que coronan a Dioniso en numerosas ocasiones. Al disponerse el personaje con la cabeza inclinada hacia la parte inferior, la corona de uvas se habría dispuesto naturalmente mucho más cercana al rostro. Evidentemente, se trata de conjeturas que no deben enmascarar el análisis global del conjunto. Pueden tratarse de simples figuras masculinas sin un significado más trascendental, si bien por nuestra parte seguimos apostando por el hecho de que nada es banal en la decoración romana, más tratándose de un ambiente cultual. En lo que respecta a la cabeza en moldura con franja roja (fig. 9.1), si observamos de manera general esta figura realizada en estuco, sólo podemos afirmar que se trata de un personaje masculino dispuesto de perfil. Una mirada más detallada sobre la pieza deja entrever un motivo en relieve a la altura de la mejilla que termina de manera apuntada. Tras buscar minuciosamente paralelos que portasen el mismo atributo, planteamos la hipótesis de que estamos ante Hércules, que se cubre con uno de sus principales y más conocidos atributos, la piel de león, la cual consiguió tras superar con éxito el primero de sus doce trabajos mandados por Euristeo: matar al feroz león de Nemea y despojarlo de su piel. Hasta nosotros sólo habría llegado la parte perteneciente a la mandíbula inferior del animal. Hércules es una de los personajes mitológicos más representados en la Antigüedad, como una figura infantil, como un joven, o ya como personaje adulto y barbado. Nuestra pieza, obviamente, cuenta con las características propias de una persona joven, principalmente porque no lleva barba. Muchos son los paralelos que existen de imágenes en todo tipo de soportes de Hércules joven portando la piel de león. Encontramos formas muy similares si atendemos 151). Destaca también el busto de mármol conservado en el Museo Arqueológico de Atenas (Inv. 366), de Alejandro Magno caracterizado como Heracles, portando la piel de león (Fig. 15). En ella podemos observar cómo el colmillo del animal se posiciona de la misma manera que en nuestra figura. En cualquier caso, somos conscientes de lo arriesgado de la propuesta y, por ello, todo lo anteriormente dicho debe quedar en el terreno de la hipótesis dado el estado de conservación de la imagen. Tal y como lo hemos planteado, podríamos argumentar que estarían representados en este larario, en estuco, los dioses penates, de los cuales habríamos identificado a Dioniso (Fig. 8.1) y Hércules (Fig. 9.1). Estarían acompañados por al menos dos dioses más, uno que no hemos podido reconocer (Fig. 8.2), y otro, no conservado, que seguramente se dispondría de manera simétrica al aplique que interpretamos como Hércules, es decir, debajo del ángulo inferior derecho del frontón. Los dioses penates formaron parte de las divinidades asociadas al fuego del hogar, normalmente localizados en los lararios a modo de figurillas de bronce o pintadas. De origen dudoso, posiblemente en un primer momento se tratara de divinidades arcaicas encargadas de proteger el penus acogidas también como garantes de la seguridad familiar, para pasar más tarde a configurarse como realidades concretas y personificadas en deidades específicas. Esta ambigüedad original es la que explicaría su capacidad de adoptar cualquier forma, divina o humana. Así pues, todo el panteón romano era susceptible de aparecer representado en los lararios, sobre todo, aquellos que el paterfamilias consideraba como modelos a seguir. Cierto es que hay una serie que sistemáticamente se repite por su evidente cercanía al género humano. De forma directa, la excavación no proporcionó ningún elemento que ayudara a la tarea de fechar el conjunto. La propia construcción de la casa en el último cuarto del siglo i a. C. y su duración hasta el siglo ii d. C. ofrecía un amplio espacio temporal en el que incluir estas pinturas. Indirectamente, y a pesar de la riqueza de los materiales realizados en estuco, es la decoración parietal pintada la que nos ayuda a conocer la cronología del conjunto. En primer lugar, el verde de las bandas no posee cristales de azul egipcio -particularidad que sí se da en las decoraciones pictóricas fechadas en la primera mitad de la citada centuria, tal y como demostró C. Guiral en su estudio sobre los conjuntos bilbilitanos (Guiral y Martín-Bueno 1996: 447)-lo cual impide, efectivamente, fechar el larario en la primera mitad del siglo i d. C. Las propias bandas verdes, además, al ser un motivo de separación entre los paneles medios, representan una característica propia de la segunda mitad del siglo i d. C. Esta sospecha parece avalarse gracias a otro recurso propio de este periodo: el zócalo rosa moteado con manchas sin ningún tipo de cuidado. Ya ha sido plenamente demostrado el valor social que se le daba a la capilla destinada para el culto doméstico en Hispania, como un componente más de la autorrepresentación del dominus de la vivienda (Pérez Ruiz 2012;2014: 38). De hecho, muchos de los lararios conocidos están construidos en las principales habitaciones de la casa, como tablina o triclinia; a veces detrayendo un espacio de las mismas, como en la Casa de las Rosetas de Osca (Juste 1994: 153; Pérez Ruiz 2012: 244); o dispuestos como espacios adyacentes a ellas, tal y como ocurre en nuestro caso 11. En el sacrarium que hemos analizado, no sólo su ubicación denota esta suerte de legitimación del poder del propietario sino también su decoración. Cierto es que las pinturas de esta capilla son simples, casi banales; pero esto sin duda es provocado porque el peso ornamental recae sobre los elementos estucados en forma de apliques en las molduras que recorren la habitación y que están presentes también en el propio templete. Su calidad técnica y simbolismo iconológico denotan una pretendida puesta en escena destinada a ser vista por más público que el orante individual. Otras habitaciones con la misma funcionalidad situadas en algunas viviendas de Hispania son también ejemplo claro de este fenómeno: es el caso, entre otros, del sacrarium de la Casa Triangular de Clunia (De Palol 1994: 76-81, Bassani 2005: 81-82, Pérez Ruiz 2012: 244), ricamente pavimentado con un mosaico; o del perteneciente a la Casa de las Rosetas de Osca (Pérez Ruiz 2014: 254), que junto con el tablinum, son las únicas dos estancias pavimentadas con opus signinum de esta vivienda. Los lararios hispanos, según M. Pérez Ruiz (2012: 245), tienen una popularidad similar a los del territorio itálico, donde la mayor suntuosidad de los mismos sólo se debe a que las casas también son de dimensiones superiores. A la citada autora le llama la atención que sea una estructura -o habitaciónmuy destacada en las distintas plantas domésticas de la península ibérica -obtienen una atención muchas veces superior a la recibida en la península itálicade forma, además, muy temprana, ya en el siglo i a. Una tradición romana, por tanto, encontró en nuestro territorio un gran recibimiento como práctica habitual entre las poblaciones preexistentes. Nos parece esta una tesis acertada, aunque dadas las características de la estructura examinada, creemos que en la Casa del Larario de Bilbilis los habitantes fueron itálicos o descendientes de ellos. Por nuestra parte, también destacamos que esta habitación jamás fue destruida por poblaciones posteriores -que no dudaron en modificar o incluso derrumbar otras estancias-. Las capillas y rituales domésticos provocarían en ellas cierto respeto; incluso pudieron estar influenciadas por la superstición. Domina en el sacrarium de la Casa del Larario de Bilbilis la dualidad. Por un lado, ha quedado probado el juego que se establece entre lo público -habitación situada en el atrio al lado del tablino, ricamente decorada-y lo privado -espacio pequeño donde sólo cabe el orante que practica determinados rituales mientras es "vigilado" por determinadas figuras divinas-. Además, esa duplicidad está presente en los mismos elementos decorativos. Tomando como ciertas las hipótesis anteriormente formuladas, estamos ante una serie de ornamentos que, en estuco, reproducen la iconografía de los elementos que tradicionalmente decoraban de forma diferente otras superficies, o estaban elaborados de distinto material. Sería el caso de los rostros que ornamentan las cornisas, si admitiéramos que están representando a divinidades propias de las capillas, templetes o nichos para el culto doméstico -fueran lares o penates-ya que normalmente se disponían en bronce o incluso pintadas en los muros del larario, y no en las molduras de estuco. Ocurriría lo mismo con el busto infantil que orna el frontón, el cual creemos que supone una reminiscencia de la decoración de esos quemaperfumes de terracota y en forma de cuna que se utilizaban para realizar determinadas ofrendas. Sea como fuere, el sacrarium de la Casa del Larario de Bilbilis supone un unicum que refleja aquí el origen itálico de talleres y comitentes, utilizando los primeros técnicas y cartones compositivos plenamente itálicos para reflejar la religiosidad doméstica absolutamente romana de los segundos, que decidieron mostrar orgullosos su devoción en algún momento de la segunda mitad del siglo i d. C. BIBLIOGRAFÍA Alarcão, J., Étienne, R. y Fabre, G. 1969
Tradicionalmente considerada una villa el yacimiento de Mas Gusó (provincia de Girona) corresponde en realidad a un edificio público. Su existencia hay que contextualizarla en el marco de las estructuras que la autoridad romana establece para el control territorial muy ligada a la creación de una nueva red viaria y un sistema de recaudación fiscal. También se analizan las razones de su pervivencia hasta el siglo iii d. C. muy ligadas a su relación con la cercana ciudad de Emporiae. El yacimiento de Mas Gusó se halla situado en la llanura ampurdanesa (provincia de Girona) a unos cinco kilómetros de la ciudad de Emporiae y cerca del poblado ibérico de Puig Moragues, sobre una pequeña elevación rocosa (Casas y Soler 2004: 3-4), (Fig. 1). Se trata de un edificio cerrado de planta cuadrangular, con una sola puerta de acceso, estructurado alrededor de un patio central, y con una gran tendencia a la distribución simétrica de los espacios El yacimiento ha sido objeto de trabajos arqueológicos intermitentes desarrollados a lo largo de las dos últimas décadas y ha sido tradicionalmente interpretado como una villa, de hecho era considerada una de las villas más antiguas del nordeste peninsular (Fig. 2). Recientemente ha sido objeto de una reinterpretación atendiendo a las muchas peculiaridades que presentaba y que lo alejan de las villas tradicionales (Casas et alii 2015: 245-262). En resumen, estas diferencias abarcan aspectos tanto técnicos como estructurales e históricos. C.) es muy anterior al fenómeno de aparición de las villas en este territorio, un proceso que va íntimamente ligado al de la propia fundación de las ciuitates. Además, en la primera reforma del conjunto, en la tercera década del siglo i a. C., convertido en un nuevo edificio de planta claramente itálica, se utilizó el opus incertum hecho muy poco habitual en edificaciones privadas en la zona anteriores a época augustea, cuando el uso del mortero parece concentrarse en las edificaciones públicas y militares (Palahí et alii 2015: 193-198). El tema de las reformas también incide en las diferencias entre este edificio y las villas. Así, entre inicios del siglo i a. C. y finales del ii d. C., el edificio solo sufrió mínimas intervenciones durante el principado de Augusto, hecho muy extraño, por no decir inédito, en edificios productivos y residenciales como las villas que se adaptaron a las nuevas necesidades que iban surgiendo tanto en la producción como en las modas y comodidades con que empezaron a contar los espacios destinados al propietario (Burch et alii 2013: 135-141; Palahí 2013). Además, cuando estas reformas se producen, a finales del siglo ii d. C., se centran en la construcción de unos pequeños baños dotados de letrinas y un gran horno de pan. Tanto las letrinas como el gran horno (por sus dimensiones), resultan casi inéditos en los establecimientos rurales de la zona, mientras que la mayoría de ellas Figura 2. Planta general con todas las estructuras de época romana. MAS GUSÓ: UN ESTABLECIMIENTO MILITAR DE ÉPOCA ROMANA EN EL SUBURBIUM AMPURITANO disponen de termas desde mucho antes (Vivó et alii 2006, 131-157). En lo referente a la arquitectura y distribución del edificio también presenta características que lo distinguen de aquellos edificios. Para empezar, su propia estructura, de forma cuadrangular, cerrada, con un solo acceso, muy diferente de las villas del territorio, concebidas como espacios abiertos con grandes pórticos de acceso. Además, no se han localizado espacios productivo y de transformación asociados, a lo largo de toda su historia. Por todas estas razones, planteamos una nueva interpretación del edificio de Mas Gusó como un edificio oficial, público (Fig. 3). Esta interpretación permite explicar su larga pervivencia y, al mismo tiempo, sus escasas modificaciones, incluso se podría plantear una utilización intermitente, de baja intensidad, a lo largo de más de ciento cincuenta años, entre los inicios del siglo i y la segunda mitad avanzada del II. También permite explicar la ausencia de espacios productivos y la utilización, en época tan temprana, del mortero, difícil de justificar en una construcción privada 6. La posibilidad más factible, dada su estructura que recuerda poderosamente los principia y praetoria de los campamentos legionarios, es la de considerar Mas Gusó, al menos en la última fase de su historia, como una statio, una pequeña construcción militar situada sobre los caminos y encargada de asegurar el orden público y de luchar contra el bandidaje 7. En la fase inicial, dentro de la segunda mitad del siglo ii a. C., podría haber constituido un praesidium, la morada de tropas romanas que controlaban el territorio. En definitiva podemos plantear que arquitectónicamente la estructura de Mas Gusó podía responder a un pequeño edificio de tipo militar-administrativo. El siguiente paso, y sin duda el más importante, consiste en intentar clarificar cuáles podrían ser su función y las razones de su construcción. LA DEFENSA TERRITORIAL A FINALES DEL SIGLO ii A. C. En los últimos años, las investigaciones de ámbito territorial en el nordeste peninsular han tenido un importante crecimiento tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo. El estudio de la evolución de diferentes espacios o territorios de la zona de lo que actualmente configura Cataluña ha permitido a los investigadores analizar los patrones de asentamiento en época ibérica y su proceso de transformación desde el momento de la llegada de los romanos a la península 8 6 No queremos desdeñar la posible existencia de algún edificio privado de época republicana que utilice el mortero, pero creemos que en esos casos habría que analizar con atención la posible filiación del propietario, ya que podría tratarse de altos magistrados o representantes de la autoridad romana que usaran en beneficio propio, o para su residencia oficial, los equipos humanos y técnicos de las legiones. 7 En su estudio sobre la statio de Segisamo, Gómez-Pantoja resume las distintas interpretaciones funcionales que se han planteado sobre este tipo de instalaciones. Así, se han relacionado con el cursus publicus, la vigilancia de caminos, privilegiando su ubicación en los principales cruces viarios, como lugares de almacenaje y recolección de la annona militaris a partir de época de Septimio Severo o, incluso, con funciones policiales con algún tipo de poder jurisdiccional (Gómez-Pantoja 1992: 270-271). 8 Para la zona de Gerona podemos citar el proyecto de investigación destinado a analizar el territorio del noreste catalán desde el momento de la romanización hasta el Bajo Imperio (Nolla et alii 2010; Burch et alii 2013). En Tarragona a lo largo de los últimos años se ha desarrollado un gran proyecto interdisciplinar analiza el territorium de Tarraco (Prevosti y Guitart 2010a; Prevosti y Guitart 2010b; Gorostidi, 2010)), y uno de anterior había estudiado la zona de la Cossetania Figura 3. De todos estos trabajos, y siempre con matices, se obtiene una visión de conjunto que permite apreciar una evolución bastante similar y la definición de una serie de fases que, con ritmos diferentes, se van sucediendo y que, en cierta medida, culminarían en época de Augusto. Que hablemos de fases no implica la existencia, desde el principio, de una planificación previa por parte de las autoridades romanas, ya que, de hecho, inicialmente ni siquiera se puede hablar de la existencia de una voluntad de conquista a gran escala. En un primer estadio de la ocupación y expansión territorial, los generales y magistrados actuaron de forma empírica, adaptando sus acciones a la coyuntura local (Le Roux 2009: 149) y a las necesidades militares o económicas de cada situación. En el momento de la llegada de los ejércitos romanos a Ampurias, durante las guerras púnicas, en el nordeste peninsular el territorio se estructuraba esencialmente a partir de una serie de poblados elevados, generalmente fortificados, que controlaban y explotaban el territorio inmediato. La presencia de asentamientos de pequeñas dimensiones, extendidos por las llanuras, era en general, escasa (Burch et alii 2010: 27). C. se dividió la parte conquistada de la Península en dos provincias, Ulterior y Citerior, pero hay que tener presente que en aquellos momentos una provincia no era otra cosa que un espacio de dominio sometido al pago de tributos y bajo el mando de un magistrado con imperium, lejos de lo que representaría en períodos posteriores (Ruiz de Arbulo 2009: 253). Todo parece indicar que a lo largo de la primera mitad del siglo ii a. C., Roma se valió de la estructura preexistente, aprovechando la red de oppida como centros de control territorial. Después de la revuelta indígena del año 195 a. C., Roma privilegiaría algunos de estos asentamientos, a los que promocionó, mientras que obligó al abandono de otros, premiando a aquellos que se pusieron a su lado y castigando a los que se rebelaron o a aquellos que habían sido más claramente filopúnicos en el conflicto anibálico. Otras razones debían influir también en las decisiones tomadas, como la potenciación de aquellos oppida que podían resultar esenciales para el control de las principales vías de comunicación o el castigo de otras comunidades que, quizá demasiado poderosas, podían representar un problema para las nuevas autoridades. Algunos de los pequeños poblados podrían también (Guitart et alii 2003a(Guitart et alii y 2003b)). Otros estudios han analizado la evolución de zonas determinadas en períodos históricos más acotados, como los de Arrayás (2005) para Tarraco, o los de Olesti (1996;2000) y Ruestes (2002) para el Maresme. ser abandonados precisamente por esta política de alianzas que como pago, podría incluir la absorción del territorio de algunos de estos oppida (Burch et alii 2010: 27-30). El control del espacio y, sobre todo, el dominio de las vías era esencial para Roma, inmersa en una política expansionista y que necesitaba asegurarse el paso de los ejércitos y del material y víveres que estos precisaban. Por esta razón, muy probablemente en estos hábitats ibéricos, o al menos en algunos, debió existir una presencia militar romana, una pequeña guarnición que no sólo asegurase la lealtad de las élites indígenas sino que recaudara el tributum, el impuesto de guerra y que, quizá de forma no planificada, fue introduciendo algunas de las costumbres y modelos itálicos. Aunque no parece que en esta primera mitad del siglo ii a. C. se impusiera un sistema impositivo regular, y que Roma se conformó con el cobro de tributos de guerra e impuestos vinculados directamente con las necesidades de los ejércitos (Ñaco 2003: 261-262), era necesario crear mecanismos que permitieran asegurar su recaudación. A mediados del siglo ii a. C. la situación política cambió de forma sustancial. No solamente el nordeste hispano se hallaba cada vez más alejado del frente bélico sino que una vez finalizado el sitio de Numancia (133 a. C.) la Península entró en un período de relativa paz, una condición necesaria para poder establecer una política fiscal planificada y de gran alcance (Ñaco 2003: 261). Esta misma situación pudo afectar a las élites indígenas pero en un sentido diferente. La paz suponía un elemento de descomposición de los grupos que basaban su cohesión y riqueza en la guerra. Esta descomposición de los grupos de guerreros obligó a las élites a buscar nuevas fuentes de riqueza (Wulff 2006: 247) y estas, ligadas a la explotación de los recursos y el comercio, las ató cada vez más a los intereses de las autoridades romanas. Por otra parte, la nobilitas romana estaba cada vez más interesada en las provincias y su explotación y este hecho se refleja en la creación de amplias redes clientelares (Arrayás 2007: 48-49; Olesti 2010b) que además se convirtieron en armas políticas en las luchas internas que removían la República. A finales del siglo ii a. C., la situación sociopolítica había cambiado, la economía de guerra era menos necesaria, y el noreste hispano no sólo constituía una retaguardia aparentemente alejada de cualquier actividad bélica sino que después de varias generaciones de convivencia, tanto la sociedad indígena como las autoridades romanas estaban en disposición de emprender nuevas vías de explotación territorial y de relaciones sociales. A este sustrato que ya se había ido creando a lo largo de las décadas anteriores, hay MAS GUSÓ: UN ESTABLECIMIENTO MILITAR DE ÉPOCA ROMANA EN EL SUBURBIUM AMPURITANO que añadir, con un papel decisivo, las necesidades e intenciones de la metrópolis, que sería, al final, quien reorientaría de forma determinante el proceso, y que aparece, ahora sí, más interesada en ordenar y explotar el territorio de forma planificada. Olesti resume este proceso destacando el hecho de que las autoridades romanas contemplaran la urbanización como una estrategia viable para la gestión territorial. Las transformaciones se pueden resumir, en la presencia de asentamientos de clara filiación itálica en los oppida o sus alrededores, un descenso de los poblados secundarios, la aparición de nuevos establecimientos itálicos, la proliferación de asentamientos de filiación indígena en el llano, y una multiplicación de los pequeños campos de silos, en un proceso de privatización de las rentas agrícolas y la aparición o potenciación del cultivo de la viña. Este nuevo modelo territorial comportaría la creación de catastros que habían de permitir un control impositivo (Olesti 2010a: 26-41) y constituirían, en definitiva, la plasmación práctica de los nuevos intereses de Roma por el control y explotación territorial. El nuevo panorama se podría resumir en tres aspectos, siempre interrelacionados: una reestructuración territorial, una reforma fiscal destinada a la creación de un sistema impositivo regular y una importante reforma viaria. Esta reorganización debía ir de la mano de una mayor integración de las élites locales en el aparato socioeconómico y político romano. En este aspecto es importante la comisión senatorial que se trasladó a la península en el año 133 a. C. (Apiano, Iber., 16.99), al parecer con la misión de reorganizar la explotación agraria y reformar la fiscalidad (Pina 2009: 224). Se desconocen sus objetivos concretos y hasta que punto se alcanzaron, pero su presencia ya resulta indicativa de un cambio en los planteamientos de épocas anteriores. De su importancia también habla el hecho de que a principios del siglo i a. La presencia de estas comisiones a lo largo de las últimas décadas del siglo ii a. C. se hace patente en algunas de las nuevas provincias y territorios ocupados. Así, en Cartago, una comisión de diez senadores dirigida por Escipión reorganizó el territorio y realizó un catastro para facilitar la imposición de tributos. Similar reorganización se produjo en Asia y en Grecia tras la toma de Corinto en el 145 a. Precisamente el establecimiento de catastros y la repartición de tierras son algunos de los principales argumentos para plantear una modificación del sistema fiscal (Olesti 2010a: 35; Arrayás 2007: 55) 10 y constituyen una prueba de la implicación directa de las autoridades romanas en la reorganización territorial (Sanmartí 1998:16). También a partir de este momento se detecta un aumento del flujo comercial entre la Península Ibérica y la italiana (Uroz y Molina 1998: 130). Especialmente en las zonas más pacificadas hay un aumento del comercio, ya sea a través de productos de primera necesidad tradicionales como los cereales, pero también con el inicio de la producción vinícola con fines exportadores11. Si hasta entonces la presencia de mercatores, negotiatores y publicani, podía hallarse muy vinculada a las zonas donde desarrollaba su actividad el ejército, ya que su principal fuente de negocio provenía de los botines de guerra y los esclavos que proporcionaban las conquistas y los productos que vendían a estos mismos ejércitos (Rubio 1998:170), el establecimiento de un flujo comercial más estable en las zonas pacificadas debió comportar el asentamiento de algunos de estos negociantes y sociedades en estos territorios, especialmente en los puertos, y puntos viarios importantes. Quizás con estos grupos podrían asociarse algunas de las nuevas construcciones detectadas en los poblados y sus inmediaciones. ACTIVIDAD VIARIA Y EDILICIA Del listado de transformaciones que se detectan en el territorio elaborado por Olesti (supra) queremos centrar nuestra atención en tres aspectos concretos: En cuanto a la reforma viaria, a partir del último tercio del siglo ii a. C., con la ocupación del sur de la Galia y la creación de la provincia de la Galia Transalpina, ya era posible la comunicación terrestre directa entre las penínsulas itálica e hispánica siguiendo una vía que, según Polibio, ya estaba señalizada cada ocho estadios (Polibio, III, 39,8). Esta nueva realidad territorial tuvo pronto su reflejo en la red viaria con la creación de la Vía Domitia y la fundación de Narbo Martius, pero también en el norte hispano. Los miliarios de época republicana encontrados a día de hoy en Cataluña, muestran una intensa actividad destinada a la creación y mejora de vías 12, con una especial incidencia en aquellas que penetraban hacia el interior 13, especialmente hacia la zona del valle medio del Ebro, donde se desarrollaba, en esta época, una importante labor urbanizadora. Se trata de intervenciones ejecutadas por procónsules y que hay que inscribir ya dentro de una planificación 12 En el nordeste peninsular se han localizado tres miliarios (IRC I, no 175,176 y 181) erigidos por Manio Sergio, procónsul de la Citerior el año 120 a. 13 Los miliarios de Manio Sergio marcaban una vía que partía de un campamento militar cercano a Auso (Vic) en dirección a la zona del Vallés mientras que los de Quinto Fabio Labeo unían el campo de Tarragona con la zona de Ilerda (Mayer y Rodà 1986; Lostal 1992). de largo alcance y no como una intervención puntual o improvisada. Al mismo tiempo se produce, como ya hemos señalado, una importante actividad edilicia y urbanística en los viejos oppida. En muchos de ellos se detectan importantes obras, con la creación de edificios y estructuras donde cada vez es más evidente la influencia de la arquitectura helenística y romana. En muchos de los poblados ibéricos del nordeste hallamos a finales del siglo ii a. C., programas de renovación urbanística que contemplaban estos dos elementos: el refuerzo o monumentalización del sistema defensivo, en especial las puertas, y la presencia de estructuras y la construcción de edificios con características y elementos de clara filiación itálica. Así, el oppidum de Sant Julià de Ramis presenta indicios de reformas importantes en su sistema defensivo que comportaron una remodelación de las murallas del lado occidental (las mejor conocidas a día de hoy) y, probablemente, de la puerta situada en este sector (Burch et alii 2011: 118-138). Al mismo tiempo en que se produjeron estas remodelaciones urbanísticas, se construyó un templo de concepción itálica en el extremo oriental del poblado, en un punto dominante, claramente visible desde grandes distancias (Burch et alii 2001: 72-108). También en otros poblados se detectan este tipo de remodelaciones en el perímetro defensivo. Tal vez el ejemplo más claro sea el del oppidum de Burriac donde se reformó el acceso utilizando grandes bloques regulares de piedra (opus quadratum); similar actuación tuvo lugar en Olérdola donde se remodelaron las murallas usando la técnica del opus quadratum y dotando la puerta del recinto de dos torres de flanqueo (Olesti 2010a: 28-31). Pero no sólo los poblados ibéricos fueron objeto de reformas en estos momentos. En la ciudad griega de Emporion se construyó, a mediados del siglo ii a. C., una nueva muralla con la entrada principal en el lado meridional y con una puerta monumental en el lado oeste que conectaba con el puerto (Burch et alii 2010: 64-65; Aquilué 2012: 30) y en Tarraco se levantó la nueva muralla que unía la parte alta y el viejo oppidum indígena. Además en los dos asentamientos se detecta la existencia de unos castra hiberna o un praesidium a lo largo del siglo ii a. En el caso de Ampurias, poco se conoce del campamento, muy arrasado por la construcción de la ciudad romana. A pesar de ello se conservan indicios del praetorium o principia que ocupaba su espacio central, una estructura rectangular, situada donde posteriormente se ubicaría el foro, con unos muros construidos con sólidos zócalos de grandes bloques de piedra caliza de tipo ciclópeo y un alzado de si- llares de opus quadratum. Asociado a este edificio se conservan unas grandes cisternas y los restos de una gran nave con columnas, posiblemente un horreum. En el caso de Tarraco, las nuevas murallas ampliaron la superficie del castrum militar prolongando el perímetro hasta la zona portuaria, integrando el campamento romano y la ciudad ibero-romana en un único asentamiento. Estructuralmente, los nuevos tramos de muralla se apoyan sobre zócalos de piedra megalítica similares a los de la fase inicial, pero mucho más bajos, mientras que los alzados están constituidos por dos muros paralelos realizados en sillería, con tirantes perpendiculares y un relleno interior de adobes. Los nuevos lienzos llegarían a una altura de hasta doce metros (Mar et alii 2012: 86) A los fenómenos de remodelación de murallas y de aparición de edificios que reúnen elementos de filiación itálica, de los que hablaremos posteriormente, podemos añadir la construcción de nuevos templos en los núcleos urbanos o en sus proximidades. Se trata de edificios de estilo toscano o jónico que, por tanto, siguen ya modelos claramente helenísticoromanos. Estos nuevos edificios, debían estar dedicados a divinidades romanas, a menudo asimiladas a otras preexistentes, ibéricas, o a las divinidades tradicionales locales revestidas de una iconografía mediterránea, a través de un proceso de sincretismo que muestra ya el nivel de asimilación o de romanización alcanzado por las poblaciones indígenas, y, especialmente, por sus élites. Para Bendala (2003: 31) en época bajo-republicana Roma hizo de la arquitectura una obsesión colectiva con la idea de que las élites debían contribuir a la dignitas de la ciudad constituyéndose en evergetas de una actividad muy politizada. Así, los núcleos urbanos se convirtieron, además de en centros administrativos, en escenarios de propaganda ideológica. En este sentido habría que ver si las élites locales hispanas también entraron en esta «competición» constructiva, en un intento por halagar a las nuevas autoridades, en lo que sería una muestra de su alto nivel de identificación con las clases dirigentes romanas y sus ideologías (Uroz 2008: 473), o si, sobre todo en los casos de edificios de estructura más claramente itálica, la iniciativa correspondió directamente a Roma. El tercer aspecto, muy relacionado con el anterior, es la aparición de estructuras de clara filiación itálica en el interior de estos poblados o en su entorno inme-diato. Quizás el caso más paradigmático sea el de ca L'Arnau situado en las proximidades del poblado de Burriac (Cabrera de Mar). En este asentamiento se han identificado algunos edificios de clara filiación itálica y, por encima de todo, unos baños públicos (Martín 2004). LOS NUEVOS ASENTAMIENTOS DE FILIACIÓN ITÁLICA DE FINALES DEL SIGLO ii A. C. Fue en este lapso de tiempo, que abarca el último tercio del siglo ii a. C. y el primer tercio del i a. C., cuando hay que situar cronológicamente la construcción y, a menudo, también el abandono, de un pequeño número de asentamientos, con algunas características claramente itálicas en su concepción y un marcado carácter militar. Uno de estos edificios es el de Can Tacó (Rodrigo et alii 2013). Este yacimiento se sitúa en los municipios de Montmeló y Montornés del Vallés (Barcelona), ocupando la cima de un pequeño monte que domina la confluencia de los ríos Congost y Mogent, uno de los ejes vertebradores de la red de comunicaciones de la comarca como punto de salida hacia el litoral barcelonés (Fig. 5). El yacimiento ocupa una superficie de aproximadamente 2500 m2 ordenados en cinco terrazas, a las que se adaptan las distintas construcciones. El complejo está formado por dos cuerpos unidos. La terraza superior estaba ocupada por un edificio de Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 117-132 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.089.016.006 planta cuadrangular, que se extiende a las terrazas colindantes, y rodeado por un porticado que se asienta sobre una terraza inferior, creando muy probablemente un criptopórtico, con dos posibles torres en el lado sur y otra al norte, donde debía situarse la puerta. Los muros del edificio fueron construidos en piedra seca y el alzado de adobes, mientras que el muro perimetral se construyó con un paramento exterior de piedra y un relleno interno de guijarros, usando la técnica del emplécton. El complejo disponía de dos cisternas, una situada en la terraza superior y la otra en el pasillo exterior de mediodía. En el lado norte existían dos extensiones del edificio que, en planta, presentan una orientación distinta a la del cuerpo principal, adaptándose al terreno. Al este, encontramos el llamado edificio o cuerpo 1 con una superficie de 300 m 2 y una planta cuadrangular, mientras que en el lado oeste, se sitúan algunas estancias de planta más irregular. Este espacio disponía de una entrada propia, de m. de abertura que ha provocado que las instalaciones de esa zona fueran interpretadas como un almacén. En lo referente a la pavimentación y decoración, las excavaciones han recuperado restos de pavimentos de opus signinum con teselas y elementos parietales decorados (primer estilo pompeyano). El edificio fue construido durante el último tercio del siglo ii a. C., en un espacio donde no se conservan indicios de una ocupación anterior, y fue abandonado a principios de la centuria siguiente. Inicialmente fue interpretado como un castellum14 pero en las últimas publicaciones el equipo de arqueólogos que lo estudia ha optado por definirlo como un espacio residencial vinculado a una autoridad itálica, muy probablemente un militar. Olesti presenta una interpretación distinta para este yacimiento apuntando la posibilidad de que se trate de una mansio, concretamente, la de Semproniana. El yacimiento de Puigpelat se sitúa en las proximidades de Valls, en un punto elevado que domina el llano del rio Francolí, al noroeste de Tarraco (Díaz 2009(Díaz y. El estado de conservación de las estructuras era muy deficiente, especialmente en la terraza superior, pero se pudo apreciar la existencia de vestigios de ocupación desde inicios del siglo ii a. C. Los restos se limitan a una fosa y algunos niveles con materiales, mayoritariamente ibéricos, pero donde se hallaron también ánforas itálicas y algunos elementos de tipo militar (proyectiles). Hay que señalar que la datación de estos primeros elementos coincide cronológicamente con el abandono del poblado de Els Vilars (Valls) en el contexto de la campaña catoniana. Los restos conservados pertenecen a un complejo defensivo fechable a principios del siglo i a. C. Esta fortificación ocupaba una superficie de 1.750 m 2 con una planta que se adaptaba a la topografía del entorno. En la terraza inferior se situaba el acceso, una estrecha abertura que daba paso a un pasillo encajado en un foso y que conducía a un espacio sobreelevado, un intervallum prácticamente libre de construcciones, mientras que era en la terraza superior donde se situaban la mayoría de construcciones. De esta edificación superior sólo se conservan la fachada sur y parte del cuadrante noreste. El espacio ha sido reconstruido como una estructura de planta cuadrada, de 40 m. de lado con los ángulos protegidos por torres circulares o cuadradas según el sector (Díaz 2013: 358). El edificio fue abandonado en época augustea y desmontado a conciencia, probablemente para evitar que pudiera ser de utilidad a un hipotético enemigo. Este asentamiento controlaba una vía que permitía cruzar la sierra prelitoral y ha sido interpretado más como un punto de control e intercambio que como una auténtica fortaleza, quizás una turris specula o burgus speculatorius (Díaz, 2013: 364). El yacimiento de Monteró (Camarasa) que se halla situado en posición elevada, sobre el río Segre ha sido interpretado como un castellum que estuvo en funcionamiento entre el 125 y el 75 a. Distribuido en terrazas, disponía de una muralla exterior de 1'5 m de anchura, presidido por un edificio complejo con elementos de clara filiación itálica (pavimentos de signinum, paredes estucadas) y otros más simples así como un taller metalúrgico. La presencia de materiales ibéricos ha sido interpretada en el sentido de la presencia de tropas auxiliares en el asentamiento (Olesti 2010a: 33). En Sant Miquel de Vinebre, que se localiza en lo alto de un pequeño monte que domina el río Ebro y uno de los pasos que permitían la comunicación entre la zona interior y el litoral tarraconense, también ha sido señalado un posible castellum (Olesti 2010a: 33), aunque su estructura responde mucho mejor a la de un pequeño poblado de barrera (Genera et alii 2005). Con una superficie de 1.500 m2, y protegido por una muralla en el lado norte dotada de una torre en el punto más débil, presenta una estructuración que se adapta a las terrazas naturales del terreno. Su forma es más compleja que la de otros de los asentamientos descritos, con un urbanismo pseudourbano, con una trama de calles este-oeste y norte-sur. Habría estado MAS GUSÓ: UN ESTABLECIMIENTO MILITAR DE ÉPOCA ROMANA EN EL SUBURBIUM AMPURITANO va desde considerarlo un castellum (Maia 1986) hasta interpretarla como una casa agrícola fortificada (Moret 1990; Id. 2004) o un establecimiento relacionado con la explotación minera del territorio, o un punto comercial de intercambio de productos manufacturados itálicos por lingotes metálicos (Gonçalves y Carvalho 2004: 66). Las últimas excavaciones han demostrado que el edificio no constituye una estructura aislada sino que se integraría en un conjunto más amplio de construcciones 16. Su evolución presenta dos fases, la primera situada entre finales del siglo ii a. C. e inicios del siguiente y la segunda, entre segunda década del siglo i a. La existencia de diferentes yacimientos en la zona con unas características similares fue interpretada, en su momento, como una red de defensa a lo largo de las vías de comunicación. Últimamente se ha puesto en duda esta interpretación, tanto por la cronología más tardía 17 de algunas de estas estaciones (que se situarían en época de César), como por ocupar espacios que no tienen un especial valor estratégico (Cadiou 2008: 320). En su interpretación de este tipo de edificios, Teichner y Schierl los relacionan con los establecimientos rurales fortificados existentes en el ámbito helenístico del Mediterráneo oriental y atendiendo a su presencia como elemento central de conjuntos mayores, proponen considerarlos como estructuras de protección usados por los «pioneros» que habrían ocupado el territorio entre finales del periodo republicano y los inicios de la época imperial (Teichner y Scherl 2010: 106-107). LA COYUNTURA Y LA FUNDACIÓN DE MAS GUSÓ De todos estos datos se pueden extraer algunas conclusiones respecto a la nueva coyuntura creada a lo largo del último tercio del siglo ii a. Lo más destacable es que en este proceso se seguían empleando, como principales elementos estructuradores, algunos de los viejos oppida, en los que se iban introduciendo progresivamente más elementos de tipo romano (almacenes, baños, templos, casas con elementos itálicos,...). A nivel administrativo se 16 Una situación similar, con un edificio compacto central y un conjunto de construcciones a su alrededor, se da en otros yacimientos como Cerro da Vila (Teichner y Scherl 2010: 106) o Castelinho dos Mouros (Gradim et alii 2010). 17 Uno de los grandes problemas de algunos de estos yacimientos es su datación. Así, por ejemplo, Maia fecha el Castelo de Lousa en época augustea (Maia 1986) mientras que estudios más recientes lo sitúan en el segundo cuarto del siglo i a. C. (Gonçalves y Carvalho 2004: 65). ocupado desde el último cuarto del siglo ii a. C. y, después de una modificación del sistema defensivo realizada a principios del siglo i a. C., fue abandonado alrededor del año 44 a. C. La reforma citada afectó esencialmente las estructuras defensivas, con la creación de una nueva muralla avanzada dotada de contrafuertes internos. El equipo que lo estudió considera que, mientras que la estructura inicial se puede enmarcar dentro de un sistema de construcción de tradición ibérica, la reforma responde claramente a sistemas y metrologías de tradición itálica (Genera et alii 2005: 113-114). Fuera del área catalana también podemos hallar otros establecimientos similares. Por citar sólo un ejemplo en el valle del Ebro, cabría referirse al yacimiento de la Vispesa, en la provincia de Huesca. Ocupa la cumbre de una pequeña elevación sobre los ríos Segre y Cinca, controlando la vía que comunica Ilerda con Osca. El poblado ibérico que originalmente ocupaba este espacio fue abandonado a lo largo del siglo ii a. C. y sustituido por una edificación de planta cuadrangular asentada sobre un complejo basamento y organizada, aparentemente, alrededor de un patio central, dotado de una cisterna. Su abandono se situaría en época sertoriana. También los trabajos realizado en la zona murciana han proporcionado importantes resultados. Los trabajos realizados en el cerro de las Fuentes de Archivel y, especialmente en el cerro de la Cabezuela de Barranda -donde se ha excavado parte de un complejo de planta poligonal irregular probablemente estructurado alrededor de un patio central-formarían parte de un sistema de control territorial. Su cronología sería posterior a los analizados hasta ahora y se relacionarían probablemente con los enfrentamientos entre César y Pompeyo (Brotóns y Murcia 2008: 49-66). Más polémica es la interpretación de algunas construcciones de la zona lusitana que tradicionalmente habían sido definidas como castella y usadas como paralelo para este tipo de edificaciones. El más característico de estos yacimientos es el Castelo da Lousa, cuyo edificio central dibuja una estructura cuadrangular, con poderosos muros perimetrales y una distribución interna dispuesta alrededor de un patio central similar a un atrio. Las interpretaciones dadas a este yacimiento cubren un amplio abanico que las cuales la información disponible es mucho más exigua (Burch et alii 2010: 49). Este proceso, que fue bautizado en los años 80 del siglo xx como el Gran Cambio (Nolla y Casas 1984: 24 -26) ha sido interpretado por Guitart como un proceso planificado por las autoridades romanas para desarrollar las nuevas provincias (Guitart 2010), proceso en el que jugaría un papel importante el asentamiento de población itálica, ya fueran veteranos de las legiones o agricultores desplazados sobre todo por la crisis de la agricultura itálica (Guitart et alii 2003b: 146). En este contexto hay que considerar todos estos asentamientos que hemos descrito someramente. Todos estos yacimientos tienen en común, más allá de su adscripción como enclaves militares, su cronología, ya que la mayoría fueron construidos a lo largo del último tercio del siglo ii a. C. y abandonados durante el primer tercio del siglo i a. ¿Cuál era su función? A nuestro entender su aparición iría íntimamente unida a otros movimientos que se observan en el territorio y a los cuales hemos hecho referencia en el apartado anterior. El establecimiento de una red viaria o la creación de un sistema impositivo regular y, en definitiva, el establecimiento de un sistema de control y explotación territorial más intensa y directa que requería la existencia de construcciones que actuasen como puntos de control, pero también como centros administrativos o, incluso, de recaudación. Para ello se utilizaron, a nuestro entender, diversas fórmulas, aprovechando al máximo, al menos en un primer momento, estructuras preexistentes. Así, en aquellos puntos donde los viejos poblados ibéricos continuaban ejerciendo su papel como centros de poder y administración, se potenció su actividad, produciéndose una transformación en su estructura en un intento que casi podríamos definir como de reconversión, según el cual sobre la base indígena se fueron introduciendo elementos que cada vez acercaran más aquellas agrupaciones urbanas a las ciudades tal y como las concebían las autoridades itálicas, adaptándolas para asumir las nuevas funciones administrativas. Las reformas urbanísticas, la construcción de elementos simbólicos como los templos y la introducción de elementos de filiación itálica, serían buena muestra de este proceso. En este contexto, la aparición de edificios de raigambre itálica y la creación de cecas podría relacionarse con el nuevo sistema administrativo-tributario que se iba imponiendo y la intensificación de los intercambios comerciales. En otros lugares se construyeron edificios ex profeso para realizar esta tarea administrativa y de podría plantear que a finales del siglo ii a. C. se había intentado seguir usando los grandes oppida ibéricos como centros administrativos y de control. Y con esta función debería relacionarse la monumentalización de algunos de estos conjuntos y la aparición de algunas estructuras de clara filiación conceptual itálica a las que hemos hecho referencia. Este intento de «romanizar» los poblados, tenía como última intención la de favorecer una mayor integración entre el nuevo poder y las élites locales que tendría un claro reflejo en el aspecto religioso, como hemos visto, cuando se crearon templos de planta itálica, pero dedicados no a nuevas divinidades importadas sino a entidades locales que serían romanizadas a través de un proceso de sincretismo. Este aspecto aparece también en otras zonas de la Península, como en Caravaca (Murcia), donde se detecta ya un entendimiento entre las élites locales y Roma que se expresa a través de la adopción de elementos claramente romanos (antefijas, tegulae,..) en un santuario ibérico (Ramallo 1991). Algunas décadas después del momento de inicio de este proceso monumentalizador de varios oppida, que debe interpretarse como un síntoma de continuidad y, incluso, de promoción, hay otros que fueron abandonados, sustituidos por ciudades de nueva planta. C. se produjo un cambio en el paisaje de los espacios urbanos que resultó trascendental y que definiría de forma casi definitiva el panorama urbano del noreste a partir de entonces y a lo largo de toda la historia romana. En este período de tiempo se fundaron toda una serie de nuevas ciudades. Así, tanto en Tarragona como Ampurias, los dos principales centros urbanos de la zona desde el mismo momento de la llegada de Roma, alrededor del año 100 a. C. se fundan sendas ciudades de estructura claramente itálico-romana. En ambos casos, la presencia itálica era ya importante, dado que habían sido las principales bases militares de la zona y el punto de llegada de ejércitos y comerciantes. De hecho la nueva ciudad de Ampurias se construyó en una zona hasta entonces ocupado por un praesidium militar, junto a la vieja ciudad griega (Tremoleda 2008: 84-86; Burch et alii 2010: 61-62). Pero junto a estas dos ciudades que representan en buena medida la continuidad natural de los asentamientos preexistentes, encontramos otras que sustituyendo a anteriores núcleos urbanos, hay que considerarlas fundaciones ex novo que se situaron en espacios distintos al que ocupaba el hábitat que sustituían. Dentro de este grupo habría que considerar las fundaciones de Iluro y Baetulo, en la costa, o las de Gerunda, pero también Aeso y Iesso, en el interior, de las cuales disponemos de datos arqueológicos firmes, o las de Blandae y Aquae Calidae alrededor de control, siempre adaptándose a la situación y a sus ocupantes. Algunos, como el de Sant Miquel de Vinebre o Monteró, muestran una estructura y un regusto ibérico en su aspecto físico y podrían ser obra de un grupo donde predominase el elemento indígena, quizás tropas auxiliares, destinadas a este importante punto de control. Sería inconcebible pensar que, en este período, las autoridades romanas permitieran la construcción de complejos fortificados en el territorio fuera de su supervisión y ámbito de influencia, por lo cual hay que pensar que su existencia está vinculada a las necesidades y prioridades de las autoridades provinciales. Otros, como Puigpelat y can Tacó muestran claramente un aspecto mucho más itálico. Ya hemos comentado como las interpretaciones sobre can Tacó oscilan desde su caracterización como castellum hasta la de considerarla una mansio, con la postura intermedia de definirlo como un edificio residencial perteneciente a alguna autoridad militar romana. Hay que señalar que los dos asentamientos se sitúan en las proximidades de un poblado ibérico abandonado desde principios del siglo ii a. C., es decir, ocupan espacios estratégicamente importantes, pero donde no se conservaba una estructura indígena que pudiera asumir las diversas funciones de administración y control. La mayoría de estos asentamientos fueron abandonados a principios del siglo i a. C., coincidiendo a menudo con dos fenómenos importantes que en realidad responden a una misma cuestión; las guerras sertorianas y la creación de nuevas ciudades ex nouo de características ya plenamente romanas. En realidad la segunda consideración es, en gran medida, resultado de la primera, aunque cabría enmarcarla en un proceso iniciado algunas décadas antes, con la fundación de la ciuitates de Tarraco y Ampurias. Después del conflicto sertoriano, Pompeyo dio un importante impulso a un programa de creación de nuevas ciudades que, como decimos, probablemente ya se había iniciado con anterioridad. Los viejos poblados ibéricos fueron abandonados y la ciuitas pasó a convertirse en el elemento estructurador del territorio. Muchas de las viejas piezas usadas en la administración y control desaparecieron, innecesarias ya, en la nueva coyuntura, absorbidas sus funciones por los nuevos centros. El yacimiento de Mas Gusó se inserta claramente en este contexto. Su momento de fundación coincide con el de los otros yacimientos señalados. También hay que recordar que, como en el caso de can Tacó y Puigpelat, se localiza en las proximidades de un poblado ibérico aparentemente abandonado algunas décadas antes. El hecho de que la construcción romana se ubicara en un lugar que ya había sido ocupado desde mucho an-tes, aunque fuera de forma intermitente, demuestra su importancia estratégica, vinculada a un viejo camino conocido desde siempre con el «camí d 'Empúries» que comunicaba la costa y la vieja ciudad con el interior (Casas y Sanmartí 1980: 59-63; Nolla y Casas 1984: 63-64). Su vinculación con aquella es evidente y se mantuvo a lo largo de toda su historia. Pero a diferencia de las otras estaciones, Mas Gusó no fue abandonado a lo largo del siglo i a. C. y continuó existiendo hasta el tercer cuarto el siglo iii. A diferencia de muchos de los otros, no cayó en desuso y probablemente para dilucidarlo debamos profundizar en el conocimiento arqueológico de su territorio más inmediato, para descubrir qué elementos o circunstancias se dieron en esta zona que hicieran necesario mantener aquel edificio o que lo dotaran de una funcionalidad concreta y diferenciadora de los demás. Algunos sectores concretos del territorio continuaron manteniendo una función militar hasta el principado de Augusto. Así, en el oppidum ya abandonado de Sant Julià de Ramis se mantuvo una torre de vigilancia con una pequeña guarnición (Burch et alii 2011; Burch et al. 2013). Tal vez las pequeñas reformas detectadas en Mas Gusó en época augustea puedan interpretarse como una adaptación del edificio a nuevas funciones dentro del programa de reformas administrativas emprendidas por el emperador. A partir de ese momento, el edificio pudo entrar en un proceso de letargo, con un uso residual y, quizás, con largos períodos de baja actividad, pero conservando las estructuras en buen estado ya que la reforma detectada en el complejo a finales del siglo ii no lo afectó. Al contrario, lo aprovechó, ampliándolo con nuevas dependencias. Esta última remodelación, como veremos, tampoco parece ajena a unas circunstancias en las que el elemento militar vuelve a estar claramente presente. Los dos añadidos introducidos en estos momentos, un balneum y un horno doméstico de grandes dimensiones, parecen denotar una reocupación intensiva y más o menos constante del espacio. El balneum constituía un elemento esencial en la concepción social y de relaciones de época romana y su presencia en una construcción donde se vivía habitualmente resultaba prácticamente obligada. Su inexistencia en época alto-imperial indicaría un uso residual del edificio. Por otro lado, la presencia de un horno de pan de grandes dimensiones marca la posibilidad de alimentar a un contingente apreciable de individuos, una novedad también en relación con la anterior etapa 18. Habría que señalar también el hallazgo durante los trabajos arqueológicos desarrollados el año 2013 de una caliga militar, en un lugar secundario; un nivel de abandono situado fuera del edificio, junto a la fachada norte, mezclada con otros materiales de los siglos ii y iii de nuestra era, y dos o tres clavos sueltos (claui caligarii), en estratos también tardíos. Es cierto que aunque las fuentes asimilan este tipo de calzado exclusivamente con su uso militar, también podían existir casos en que fueran utilizadas por civiles que en virtud de su profesión se veían obligados a realizar largas caminatas (Rodríguez et alii 2012: 147-150) pero su presencia en Mas Gusó no deja de ser un hecho importante que hay que analizar no de forma aislada sino como parte de un conjunto de datos. Tampoco se detecta, en esta fase, ningún elemento que permita relacionar el edifico con una ocupación de tipo productivo o agrícola. Una vez más, la recuperación de Mas Gusó para funciones ligadas al ejército, la presencia de un pequeño contingente durante un periodo de tiempo que debió considerarse, entonces, de larga duración, explicaría las reformas del conjunto. La sociedad romana se hallaba a finales de la segunda centuria de la era, en una situación de profunda crisis e incluso el trono imperial fue puesto a la venta, como también debieron serlo algunos altos cargos provinciales. A esta situación política habría que añadir la peste que había asolado el imperio unos años antes y los problemas de seguridad, con las razias de los mauri en el sur de la península ibérica o las revueltas provocadas por el hambre. Entre éstas habría que resaltar el llamado bellum desertorum, con grandes grupos de bandoleros (latrones) formados entre otros por desertores y campesinos arruinados que afectó la zona fronteriza entre la tarraconense y la narbonense y que acabó convirtiéndose, bajo el mando de Materno, en un auténtico ejército que asoló la Galia entre los años 187 y 188 hasta ser derrotados por el entonces gobernador de Aquitania y posteriormente efímero emperador Pescennius Niger (Ruiz de Arbulo 2011Arbulo -2012: 568): 568). No hay que olvidar tampoco el conflicto militar que llevó a la creación de la dinastía severa y que tuvo gran trascendencia en la Citerior, bien documentada para la zona de Tarraco, donde el gobernador se alió con uno de los aspirantes al trono, Clodio Albino. Este conflicto acabó con la batalla de Lugdunum el año 197. En el bando perdedor se alineaba buena parte la nobleza provincial de la Galia e Hispania y su derrota dio lugar a una gran campaña represiva por parte de Septimio Severo (SHA, Sev., 12; Arce 1988: 33-52). En este contexto de inestabilidad que se desarrolló a lo largo de la segunda mitad del siglo ii disponemos de diversos indicios que se pueden relacionar con una reactivación de la presencia militar en el territorio ampuritano 19. Emporiae era una ciudad que ya hacia algunas décadas que se hallaba en dificultades y que iba perdiendo paulatinamente su importancia. Aunque se ha documentado una frecuentación de algunos espacios hasta el tercer cuarto del siglo iii, el mantenimiento de la red de calles no parece ir más allá de la segunda mitad del siglo ii. Los indicios de frecuentaciones posteriores se concentran en el área del foro, las grandes cisternas públicas y, curiosamente, los baños públicos de la insula 30, tratándose generalmente de niveles depositados sobre estratos de destrucción de los distintos edificios y no asociados a nuevas estructuras (Tremoleda 2008: 96). Con estos datos, los últimos estudios realizados en la ciudad apuntan hacia una ocupación militar de la misma en las últimas décadas de su existencia y lo relacionan con dos elementos epigráficos. Por un lado, la existencia de una dedicatoria a Júpiter erigida en nombre del grupo por el centurión Junio Víctor, comandante de una uexillatio de la Legio VII Gemina, como conmemoración del día del águila (IRC III, no 14) y que demuestra la presencia de un destacamento militar en la ciudad durante un período que hay que situar en la segunda mitad del siglo ii. La segunda inscripción es un pedestal dedicado al que fuera último patrón conocido de la ciudad (IRC III, no 33), un militar al que le fueron concedidas una serie de condecoraciones 20 y que no puede ser anterior al año 217 21 (Tremoleda 2008: 96-97). Especialmente relevante nos parece la inscripción hallada en el foro que hace referencia a la presencia en el territorio de una uexilatio de la legio VII Gemina. ¿Qué motivó la presencia de la unidad militar en la 19 Esta reactivación de la presencia militar puede hacerse extensible a otras ciudades como Tarraco. Ruiz de Arbulo relaciona la presencia, en la ciudad, de unos centuriones entrenando a un contingente de jinetes con la posible creación de una cohors equitata para atender posibles conflictos en un momento especialmente turbulento (Ruiz de Arbulo 2011-2012). 20 En la ciudad hay documentada una amplia nómina de patrones, todos ellos a lo largo del siglo i a. 21 En la inscripción se citan a los emperadores Severo y Antonino divinizados. MAS GUSÓ: UN ESTABLECIMIENTO MILITAR DE ÉPOCA ROMANA EN EL SUBURBIUM AMPURITANO vamente cercana23 demuestra una importante actividad de tipo militar en esta región durante la segunda mitad del siglo ii, actividad que hay que relacionar con los momentos convulsos vividos en la época. Vincular su presencia con una actividad desarrollada en Emporiae o la cercana estación de Mas Gusó resulta tentador aunque hoy por hoy no pueda pasar de una mera hipótesis de trabajo. La última prueba de la fuerte vinculación que Mas Gusó mantuvo con la ciudad de Emporiae y los hechos que allí se desarrollaban la encontramos en el propio momento de abandono del establecimiento, ya bien entrado el siglo iii, muy poco antes del momento que la arqueología detecta el abandono de gran parte de la ciudad romana, o del asentamiento que ocupaba entonces el antiguo solar urbano. ciudad? El abanico de posibilidades es muy amplio, desde problemas de orden público hasta un problema de bandolerismo (Ruiz de Arbulo 2011-2012: 568), pasando por la vigilancia de un territorio fronterizo, o tareas relacionadas con el cobro de tributos y con la annona, sin olvidar las consecuencias de la guerra civil que llevó a Septimio Severo al poder, con una misión estable o puntual (Palao 2006: 306). En todos estos aspectos, pudo jugar un papel importante el establecimiento de Mas Gusó, si nuestra interpretación como statio es acertada. A todo este conjunto de datos podríamos añadir una última pieza. Los beneficiarii consulares constituían una clase superior dentro del escalafón de los soldados, con más paga y algunos privilegios. Sus funciones suelen estar relacionadas con el officium del gobernador o de las legiones y por ello su presencia suele concentrarse en las capitales provinciales como Tarraco o en los principales campamentos militares (Gómez-Pantoja 1992: 66). A pesar de ello Le Roux señala, entre las misiones que podían ejercer, la protección de los graneros provinciales, la realización de trabajos como correos rápidos, la participación en las requisiciones y la vigilancia de rutas pudiendo estar destinados a las stationes (Le Roux 1982: 70), como sucede en Segisamo (Gómez-Pantoja 1992). Las inscripciones conocidas de estos beneficiarii se datan entre mediados del siglo ii y las décadas centrales del III (Cebrián 1995: 77). En la actual población de Figueres, situada al noroeste de Ampurias y distante unos 28 km de Mas Gusó, se conserva una inscripción funeraria dedicada a un beneficiarius consularis (IRC III, no 184) y fechada en la segunda mitad del siglo ii. La zona de Figueres se sitúa en las cercanías de la Via Augusta y de la mansio de Iuncaria. A pesar de ello, Le Roux, consideró que por tratarse de una inscripción funeraria dedicada por un familiar -su hermano, concretamente-no tenía ninguna relación con el lugar donde el soldado desempeñó sus funciones (Le Roux 1982: 270). Por el contrario, otros autores consideran que muchos de los veteranos acababan adquiriendo propiedades y asentándose en las cercanías de los lugares donde desempeñaron sus destinos, razón por la cual, lugares como Tarraco, capital provincial y con un contingente militar, presentan un gran número de inscripciones de veteranos (Ruiz de Arbulo 2011-2012: 567). La posible actividad de este beneficiarius en la mansio de Iuncaria22 o en otra ubicación relati-
El presente trabajo aborda el estudio del poblamiento entre los siglos v a. C. en el sureste peninsular y, en particular, en los valles del Quípar y del Guadalentín. Se presenta así por primera vez un análisis de conjunto, diacrónico y comparativo, del poblamiento ibérico en toda el área meridional de la región de Murcia y de las dinámicas que marcaron su transformación con el mundo romano. Con la ayuda de un Sistema de Información Geográfica, se ha recopilado y revisado toda la información arqueológica relativa a los 202 yacimientos documentados en estos territorios, analizándola de forma combinada con aquella relativa a su contexto espacial (vías de comunicación, potencialidad agrícola de los suelos, recursos naturales, explotación tradicional e histórica, etc.). Todo ello nos permite, por un lado, trazar la evolución del poblamiento en estos territorios ofreciendo una visión de largo recorrido hasta ahora ausente en los estudios regionales y, por otro, insertar este sector murciano en los procesos que definen este periodo en otras áreas del sureste, en especial, en las vecinas tierras alicantinas y andaluzas. All the archaeological information of these territories (202 sites) has been compiled, reviewed and analysed through a Geographic Information Sys-* El presente trabajo se enmarca dentro del proyecto de investigación ALHIS ('Archaeology, Landscapes and Heritage in the Iberian Southeast'), MSCA-IF-2014-EF-654906, el cual está financiado por el programa Horizon 2020 de la Comisión Europea. El sureste peninsular constituye una de las áreas más interesantes para el estudio del mundo ibérico y de las primeras centurias que definen la ocupación romana en la península. Su localización en una zona marcada por múltiples influencias culturales, los hallazgos que han aportado los importantes yacimientos datados en dicho periodo y la presencia de Carthago Nova en la costa regional, son sólo algunos de los factores que justifican tal interés. A pesar de ello, el conocimiento que actualmente se tiene del poblamiento de dicho periodo en los actuales territorios murcianos es muy desigual. En este sentido, y frente al área del Segura o del Thader, tal y como lo citan las fuentes antiguas, abordada en diversos estudios (Lillo 1981; Santos 1992), no encontramos trabajos de conjunto sobre el poblamiento ibérico y romano en los territorios más meridionales de la región y, en particular, en dos zonas claves como son los valles del Quípar y del Guadalentín (Fig. 1). Éstas, no quedan tampoco englobadas en el trabajo de Lillo (1981), a pesar de que éste constituye la síntesis más completa sobre el poblamiento ibérico murciano realizada hasta la fecha. La escasa información arqueológica disponible durante décadas sobre dichos territorios meridionales para el periodo indicado ha sido el principal factor que ha condicionado su escaso protagonismo en la historiografía regional y, a nivel más general, en aquellos trabajos que han abordado el análisis del mundo ibérico en el sur peninsular. Han quedado así al margen de muchas de las cuestiones analizadas en estos últimos en conexión con el paisaje y el territorio ibérico, tales como los procesos de centralización de la población, los modelos de explotación territorial o el desarrollo de agregaciones de carácter étnico (González et alii 2014; Mayoral 2004; Ruiz y Molinos 2007; Sala 2012), aspectos prácticamente desconocidos en estos sectores murcianos. Afortunadamente, los trabajos arqueológicos desarrollados durante las últimas décadas en yacimientos como el santuario de La Encarnación, el Cerro del Castillo de Lorca o los castella de Archivel y Barranda, están transformando dicho panorama. Los datos ofrecidos por dichos centros confirman el enorme interés de esos territorios meridionales murcianos para comprender las dinámicas históricas y territoriales de dicho periodo y ponen de manifiesto la necesidad de un análisis de conjunto de los mismos. Este es precisamente el objetivo del presente estudio, el cual lleva a cabo una revisión, una puesta al día y un análisis comparativo del poblamiento ibérico y romano en las cuencas media y alta de los valles del Quípar y el Guadalentín entre los siglos v a. C., enmarcándolo en las dinámicas poblacionales definidas durante este periodo en otras áreas del sureste y articulando su análisis en función de las propias transformaciones internas observadas en ambos territorios 2. 2 El presente trabajo constituye una síntesis actualizada de los principales resultados de nuestra tesis doctoral, titulada La Bastetania ibérica y su integración en el mundo romano, presentada en la Universidad de Murcia y dirigida por el pro-Figura 1. Localización del área de estudio en el sureste peninsular. El estudio presentado se basa en el examen de un total de 202 yacimientos3 de cronología ibérica y romana localizados en los términos municipales de Lorca, Totana, Aledo, Puerto Lumbreras, Caravaca y Cehegín (Fig. 2 y 3). A nivel metodológico, hemos partido de los datos aportados por las prospecciones de superficie desarrolladas durante la revisión y actualización de la Carta Arqueológica regional4, de aquellos que han ofrecido las prospecciones sistemáticas desarrolladas en determinados sectores de dichos territorios, como es el caso del valle del Corneros o el área del Estrecho de las Cuevas, y de la información recopilada a partir de la bibliografía arqueológica disponible sobre los yacimientos de esta zona meridional. Del mismo modo, se ha llevado a cabo la consulta y revisión de todos los materiales recuperados en dichos yacimientos durante las prospecciones y/o excavaciones realizadas y depositados en diversos museos regionales, como los de Cehegín, Lorca y Caravaca de la Cruz5. Se han visitado también los yacimientos más destacados así como aquellos más problemáticos, a fin de lograr una mejor definición cronológica de los mismos y conocer de primera mano los rasgos que definen su localización en el paisaje. Toda la información arqueológica recogida se ha completado además con otros datos de interés relativos a los territorios de estudio (topografía, recursos naturales, aptitud agrícola de las tierras, ejes viarios y ganaderos, etc.) y con el material cartográfico de la zona disponible en el Instituto Geográfico Nacional (mapas topográficos, cartografía histórica, fotografía aérea, modelos digitales del terreno, etc.). Finalmente, ese amplio y heterogéneo conjunto de datos ha sido integrado, gestionado y analizado a través de un Sistema de Información Geográfica, utilizando el software ArcGIS 10.2, a partir del cual se ha procedido al estudio comparativo de ambos valles murcianos6. fesor Sebastián F. Ramallo. Agradecemos los comentarios y sugerencias de los evaluadores que han contribuido a mejorar notablemente el artículo inicialmente presentado. Se ha tomado como base para el análisis del poblamiento las propias dinámicas internas observadas en el área estudiada, constituyendo las transformaciones advertidas en estos territorios los principales puntos de referencia cronológica en torno a los que se articula nuestro trabajo. Finalmente, los estudios desarrollados en otros sectores murcianos, así como también en otras áreas peninsulares próximas (Adroher y López 2004; Chávez et alii 2002; Martínez y Muñoz 1999y 2002; Mayoral 2004; Moratalla 2005), han sido claves como marco comparativo en el que insertar el desarrollo observado en ambos valles regionales. Somos conscientes de los límites y la complejidad que subyacen al estudio aquí planteado y de que en un futuro nuevos datos pueden quizás matizar o completar algunos de los muchos aspectos indicados a continuación. En cualquier caso, consideramos fundamental abordar por primera vez un estudio comparativo y de conjunto de estos territorios meridionales murcianos, que permita no sólo conocer el desarrollo de los mismos durante el periodo indicado sino también insertar dichas zonas dentro del marco más amplio del mundo ibérico y romano del sureste, el levante y el sur peninsular. EL TRÁNSITO AL IBÉRICO PLENO Y LOS PRIMEROS CAMBIOS EN EL POBLAMIEN-TO (vi-v A. C.) Para comprender la dinámica evolutiva y la articulación del territorio que se advierte en el área meridional murciana desde finales del v a. C. y especialmente a lo largo de los siglos iv-iii a. C., cabe atender al panorama que caracteriza estos territorios durante las centurias previas y sobre todo a los cambios que se advierten en el tránsito de los siglos vi-v a. A lo largo del Ibérico Antiguo el valle del Guadalentín y su afluente, el río Corneros, constituyeron uno de los principales ejes de conexión de estos territorios con la Alta Andalucía. Como resultado, un amplio número de establecimientos aparecen localizados en sus márgenes, emplazados no sólo junto a esas vías naturales de comunicación sino también próximos a aquellas tierras más aptas para las actividades agropecuarias. Entre todos ellos destaca el núcleo emplazado en la Torre de Sancho Manuel, no lejos del curso del Guadalentín (Fig. 4). Se trata de uno de los pocos centros excavados de este periodo, mostrando sus materiales claras similitudes con los stacar aquellos relativos al estudio de las cuencas visuales e intervisibilidad, análisis de las áreas de captación de recursos de dichos yacimientos y análisis de rutas óptimas. documentados en el Castellar de Librilla (grandes contenedores similares a los tipos V. K. 5 y 6 de Librilla, platos con labio vuelto tipo III. El poblamiento de este periodo muestra una especial concentración en el entorno del Corneros, donde se documentan numerosos centros, como los localizados en La Bodega de Abajo, Casa de la Venta, El Albardinar, El Churtal y La Parroquia (Martínez y Muñoz 1999) (fig. 4). Más allá de este sector, el paisaje de estas centurias aparece completado en la comarca por el oppidum localizado en el Cerro del Castillo de Lorca, centro principal de toda esta zona y que ya en este periodo aparece a la cabeza del poblamiento del valle. El tránsito entre los siglos vi-v a. C. representa un punto de inflexión en el poblamiento de estos territorios, marcado por la desaparición de la mayor parte de los yacimientos del periodo anterior. Dicha desaparición es especialmente visible en el valle del Corneros, donde ninguno de dichos centros aparece ocupado en las centurias siguientes. Se observa así, a partir del v a. C., un cambio en los ejes viarios de esta zona meridional, marcado por el abandono de dicho valle a favor del vecino eje del Quípar, que parece convertirse ahora en la nueva ruta hacia tierras andaluzas (López-Mondéjar 2009). En este sentido, apuntan algunos de los hallazgos localizados en esta última zona de estudio, como las cerámicas áticas halladas en La Chopera o el conocido centauro de Los Royos (Caravaca de la Cruz), que sólo pueden comprenderse en conexión con la inserción de esta zona interior murciana en las rutas de intercambio por las que a partir de ahora circularán los productos griegos por tierras del sureste. El panorama descrito para el Corneros puede además hacerse extensivo hasta la vecina comarca almeriense de Los Vélez, donde se ha documentado también una evolución similar en el poblamiento, marcada por la desaparición de numerosos asentamientos en el entorno de la ruta que continua desde el Corneros y por un escaso poblamiento en todo este sector que no volverá a reactivarse hasta época republicana (Martínez y Muñoz 1999: 84-85). En este marco la principal cuestión que se plantea es qué factores estuvieron tras dichos cambios y, aunque resulta complejo vincular éstos a una causa concreta, sí podemos señalar dos aspectos a tener presentes. Por un lado, las transformaciones que desde la centuria anterior afectaron al mundo púnico del sureste, definidas por la expansión del núcleo de Villaricos (Almería) (Cámalich y Chávez et alii 2002: 95-98); por otro, los cambios documentados a nivel económico y poblacional en las vecinas tierras andaluzas, granadinas y jiennenses (Adroher et alii 2002: 46-52). Éstos últimos coinciden además cronológicamente con los observados en la zona meridional murciana siendo precisamente el panorama que ofrecen las tierras orientales granadinas el que muestra claros paralelos con el área de estudio. También en esta zona andaluza se observan, en el tránsito de los siglos vi-v a. C., importantes cambios en el poblamiento con la desaparición de numerosos centros, así como transformaciones en las redes de intercambio (Aguayo y Adroher 2002: 9-17), panorama que encaja especialmente con el descrito para estos momentos en el valle del Guadalentín y, en particular, en el Corneros. Una situación similar se documenta también en el entorno del Segura y en la zona meridional alicantina. Aquí, el abandono de diversos asentamientos se ha puesto en conexión con cambios de tipo económico y comercial y, en última instancia, con los fenómenos que afectaron al mundo fenicio en este periodo (Moratalla 2005: 99-101). Al margen de los factores que marcaron dichas transformaciones, lo cierto es que el paisaje que se observa en los valles de estudio, y concretamente en el Guadalentín, a partir del siglo v a. C. es muy distinto al de las centurias anteriores. Únicamente aparecen ocupados el Cerro del Castillo y un número reducido de centros dispersos en las proximidades del Guadalentín, la depresión prelitoral y el sector de los altiplanos de Coy-Doña Inés. En el valle del Quípar, atendiendo al número de yacimientos constatados, el panorama no parece en principio muy diferente, si bien los materiales muestran una mayor inserción de este sector en los ejes de intercambio. En esta zona sólo podemos plantear una ocupación durante el siglo v a. C. en dos centros: el oppidum de Los Villares y el establecimiento rural emplazado en La Chopera, cuyo patrón de asentamiento muestra claros paralelos con los núcleos lorquinos. Localizado también en ) y cerámica pintada (incluidos algunos fragmentos de cerámica bícroma, y fragmentos decorados con pintura rojiza geométrica de bandas y líneas paralelas y onduladas, así como con los típicos tejadillos)7. Durante nuestra visita al yacimiento, localizamos además dos fragmentos de cerámica ática, uno de ellos de figuras rojas, del pintor del Fat Boy de la primera mitad del siglo iv a. C. Junto a La Chopera, el otro núcleo que vemos ocupado durante el v a. C. en el valle del Quípar es el oppidum de Los Villares (Fig. 5). Su patrón de asentamiento unido a su cultura material y su amplia extensión, hacen de él un yacimiento destacado, otorgándole un carácter especial dentro del poblamiento del valle. Destaca además su localización en el área del Estrecho de las Cuevas, punto destacado en el paisaje y sector clave en la ruta hacia Andalucía, con una importante ocupación desde época prehistórica. Las prospecciones realizadas recientemente en el yacimiento, dirigidas desde la Universidad de Murcia, han puesto de manifiesto la amplia dispersión del material ibérico en su superficie y el considerable tamaño que debió alcanzar este núcleo, revelando su importancia entre los centros de este periodo en el sureste. Asimismo, su emplazamiento le ofreció además destacadas ventajas desde el punto de vista de las comunicaciones y una inigualable defensa, a la que cabe sumar la que le otorgaron sus murallas. Los datos aportados por las prospecciones de superficie realizadas muestran un claro hiatus entre el final de este asentamiento y el inicio de la ocupación, ya en el siglo iv a. C., del localizado en el vecino cerro de Los Villaricos (Fig. 5). Desafortunadamente, sin embargo, y a pesar de su enorme interés para comprender las dinámicas poblacionales en esta área murciana con anterioridad al iv a. C., la ausencia de excavaciones impide conocer mejor el desarrollo del oppidum en este periodo. En cualquier caso, queda claro el destacado papel de dicho centro en el paisaje del valle durante los momentos previos a esa cuarta centuria, un panorama que muestra claras similitudes con el indicado para el valle del Guadalentín. En la comarca lorquina el núcleo emplazado en el Cerro del Castillo, bajo el actual casco urbano de dicha población (Fig. 5), aparece también definido en el siglo v a. C. como el centro principal de todo este sector. Las excavaciones realizadas y las tumbas monumentales documentadas en su necrópolis y datadas en esa quinta centuria (Martínez Rodríguez 2008; Ramos y García 2004: 110), reflejan una amplia complejidad social y la presencia de una elite indígena destacada en dicho asentamiento. Si su proximidad al curso del río y a tierras especialmente aptas para el cultivo apuntan a las actividades agropecuarias como la principal base económica de este núcleo, los hallazgos documentados muestran también un amplio desarrollo de las actividades artesanales y de intercambio. Ejemplo de ello es la presencia del horno de tradición oriental hallado en el sector de La Alberca con una cronología del siglo vi a. C., asociados al cual aparecen diversos fragmentos de ánforas fenicias del tipo R-1 (Martínez Alcalde 2006). En conexión con dichas actividades no podemos descartar que, dentro del nuevo contexto del sureste, marcado a partir del v a. C. por el auge de Villaricos, el Cerro del Castillo reorientase su economía en función de los intercambios con dicha zona andaluza, con la que ya al menos desde la centuria anterior existía una clara conexión y que se encuentra ahora en clara expansión, tal y como parecen reflejar los materiales de importación documentados en dicho centro (Martínez Alcalde 1998). En general, la presencia de ambos oppida y los escasos yacimientos documentados en el v a. C. en los dos valles analizados muestran un modelo de poblamiento centralizado y jerarquizado en dichos territorios. Si bien es cierto que nuevos trabajos de campo pueden dar a conocer otros centros, el número claramente inferior de los núcleos localizados para este periodo en comparación con las centurias siguientes lleva a pensar que tal escasez de asentamientos no responde únicamente a un vacío de investigación. De este modo, será ya durante el iv a. C. cuando se adviertan nuevos cambios en estos territorios, coincidiendo con el desarrollo que adquieren también otros sectores regionales y las vecinas tierras de Andalucía oriental (Lillo 1981: 78; García Cano e Iniesta 1984: 74-75; Santos 1992). Vista aérea de los oppida localizados en los valles de estudio (Los Villares, Los Villaricos, Cerro del Castillo de Lorca) y del santuario del Cerro de la Ermita de La Encarnación. EL MUNDO IBÉRICO DE LOS SIGLOS IV-III A. C. EN LOS VALLES DEL QUÍPAR Y EL GUADALENTÍN El tránsito entre los siglos v-iv a. C. marca un nuevo periodo de cambios en el Sureste peninsular, incluidos los territorios meridionales murcianos. Es en estos momentos cuando se observa el desarrollo de los principales oppida regionales (Santos 1992: 41-45), marcado por la consolidación en el territorio de aquellos ocupados durante el periodo anterior, como el Cerro del Castillo de Lorca en el Guadalentín, y por el surgimiento de otros nuevos, como Los Villaricos en el valle del Quípar. Precisamente dichos cambios en el poblamiento, visibles también en los valles analizados, se han relacionado en otras áreas regionales con el desarrollo de otra serie de transformaciones de tipo socioeconómico (Lillo 1985: 274-276; Santos 1992: 191-192). En los valles de estudio el siglo iv a. C. se define por la consolidación de los dos grandes núcleos comarcales, el Cerro del Castillo y Los Villaricos. Éste último inicia su ocupación precisamente en esa cuarta centuria (García Cano 1992), momento en el que se produce también en el valle del Quípar el desarrollo de un amplio poblamiento secundario de carácter heterogéneo. En su mayor parte se trata de centros de reducida extensión (apenas 1 ha) situados en pequeños cerros y lomas de escasa altura. Aparecen localizados en torno al valle del Quípar y en los sectores de altiplanos próximos a dicho curso fluvial, sin presentar restos de defensas artificiales. Asimismo, se localizan en zonas especialmente aptas desde el punto de vista agropecuario que permiten ponerlos en conexión con la explotación de estos territorios (Fig. 6), aspecto al que también apuntan los hallazgos documentados en aquellos que han sido excavados. En concreto, la necrópolis del Villar de Archivel ha ofrecido elementos que reflejan la importancia de la ganadería en esta zona del interior regional, una actividad histórica y tradicionalmente documentada de forma amplia en este sector y de la que las múltiples vías pecuarias que discurren por él son también un claro reflejo. En muchos de los enterramientos excavados en dicha necrópolis aparecen abundantes pesas de telar y otros elementos vinculados con actividades ganaderas, como tijeras de esquilar (Brotóns 2008). El surgimiento del oppidum de Los Villaricos coincide también en este sector con el desarrollo del santuario de La Encarnación (Ramallo et alii 1998: 11-69) (fig. 5). Este lugar de culto, cuyo origen cabe vincular directamente a la presencia del oppidum, apunta al desarrollo de un proceso similar al documentado en otras zonas ibéricas próximas, como el valle del Segura, la zona jiennense y la alicantina (Ruiz y Molinos 2007: 111-120), marcado por la afirmación geopolítica de las élites locales en el territorio y en el que la aparición de los lugares de culto juega sin duda un papel destacado. Un panorama similar al trazado para el valle del Quípar se observa también en el área lorquina donde, sin embargo, no se aprecia un incremento destacado en el número de asentamientos con respecto al periodo anterior. Así, y aunque junto al oppidum del Cerro del Castillo, que continua ocupado, surgen ahora nuevos centros en otros sectores comarcales, el número de los documentados es menor en comparación con el Noroeste regional y, sobre todo, con respecto a los que veíamos en este territorio durante los siglos vii-vi a. C. Todos ellos ofrecen una extensión similar a los localizados en el área del Quípar, presentando algunos un tamaño más amplio como es el caso de los emplazados en Los Cantos y en el Coto de los Tiemblos (que superan las 2,5 has). Todos muestran, al igual que los del Noroeste regional, una clara vocación agrícola, caracterizándose su registro material por la presencia de numerosos recipientes de almacenaje ibéricos (tinajillas de borde moldurado y sin hombro, similares al tipo A. II. 2 de Mata y Bonet; otras con hombro ligeramente marcado del subtipo A. II. 1, propio del Ibérico Pleno; así como ánforas y tinajas lisas y pintadas con decoraciones geométricas), a los que cabe sumar también la aparición de otras formas cerámicas (escudillas con bordes sin diferenciar, platos del tipo A. III. 1 con borde exvasado, forma típica de los siglos v-iv a. C. en El Cigarralejo (Bonet y Mata 2008); cuencos de borde recto del tipo III. Desde el punto de vista económico, un análisis de conjunto de esos nuevos yacimientos localizados en ambos valles pone de manifiesto la importancia de las tierras de cultivo como elemento fundamental en el desarrollo y en la propia decisión locacional de dichos asentamientos, aspecto al que debemos sumar las actividades ganaderas 8. Cabe pensar así para ambas zonas en una economía fundamentalmente agropecuaria que se vio además completada en el caso de los oppida con actividades de intercambio y de tipo artesanal, las cuales constituyeron sin duda un elemento clave en el desarrollo socioeconómico de dichos centros. En conexión con estas últimas están precisamente los materiales áticos recuperados en Los Villaricos y, sobre todo, en el Cerro del Castillo de Lorca (García Cano 1992; Ramírez 2004: 177), así como también la balsa de decantación del siglo iv a. C. y los restos de hornos documentados en este último asentamiento (Gallardo et alii 2007; Martínez y Ponce 1999). El emplazamiento de ambos oppida condicionó además la propia distribución del poblamiento, ya que ningún asentamiento aparece localizado en sus proximidades, debiendo quedar dichas áreas directamente bajo el control y la explotación de dichos centros. Se advierte así en este periodo, desde el punto de vista organizativo y socio-político, una clara jerarquización del poblamiento a la cabeza del cual se sitúan, tanto por su extensión (que alcanza las 7 ha en el caso de Los Villaricos y las supera ampliamente en el del Cerro del Castillo), como por su emplazamiento estratégico y su amplia continuidad cronológica, esos dos oppida. Junto a ellos, queda todo un conjunto heterogéneo de asentamientos de distinto carácter. Si bien la ausencia de trabajos de excavación en la mayor parte de ellos dificulta en ciertos casos su caracterización, a grandes rasgos, y atendiendo a su entidad, es posible establecer para ambas zonas de estudio una diferenciación entre diversos tipos de establecimientos. En primer lugar, destaca toda una serie de pequeños asentamientos o granjas (0,5-1 ha), de carácter eminentemente agropecuario, como los localizados en Cañada Alba y Vilerda en el valle del Guadalentín, y los situados en Casa Serrano, Cerro de Mairena y Era Alta en el del Quípar. Se trata del conjunto más numeroso, en el cual quedaría integrado aproximadamente el 65% de los asentamientos de este periodo documentados en ambos valles. Todos ellos responden al patrón de asentamiento indicado anteriormente, definido fundamentalmente por posiciones aptas para la explotación agropecuaria del entorno; corresponden a más de la mitad de los núcleos de este periodo y su cronología no va más allá de finales del iii -inicios del ii a. C. Probablemente la desaparición de muchos de ellos deba ponerse en conexión no tanto con la presencia púnica en Cartagena, que no parece afectar directamente al poblamiento de estas Figura 6. Yacimientos documentados en el valle del Quípar durante los siglos iv-iii a.C. y potencialidad agrícola de las tierras en las que se emplazan. zonas, sino más bien con la conquista romana de dicho núcleo y con los cambios que el nuevo contexto sociopolítico implicó, especialmente para aquellos asentamientos emplazados cerca de los principales ejes de comunicación como lo fueron ambos valles regionales (Sala 2012). Entre los materiales documentados en ellos podemos destacar el predominio de recipientes anfóricos y de almacenamiento. Asimismo cabe señalar la aparición de otras formas cerámicas con decoración geométrica, como un cuenco de borde recto del tipo III. 9. de Bonet y Mata (2008) en Vilerda, soportes cerámicos, y una boca de cantimplora y un posible kalathos en el yacimiento de Era Alta. En este último se ha hallado también un fragmento de una pátera ática de barniz negro (siglo iv a. C.) y cerámica de barniz rojo (Fernández y Serrano 1995). En segundo lugar, queda un conjunto de centros de número más reducido, cuya extensión (1,5-2,5 ha) y registro material muestran una mayor entidad. Estos núcleos, que vemos en ambos valles y que representan aproximadamente el 30% del total de centros documentados en este periodo, presentan también una mayor continuidad en su ocupación, extendiéndose hasta los siglos ii-i a. C. a juzgar por la aparición de producciones itálicas en su registro material. Un rasgo común a todos ellos es su emplazamiento junto a los ejes naturales de comunicación con el Guadalentín y el Segura y en puntos clave, como el Cerro del Carro (en cuyas proximidades se sitúa el hallazgo del centauro de Los Royos) o el Barranco de la Junquera (Fig. 6). Entre estos asentamientos destacan, próximos al Quípar, núcleos como los localizados en el Cabezo de la Fuente de los Morales, la Loma de la Casa Nueva y el que debió quedar asociado a la necrópolis del Villar de Archivel. En la zona lorquina podemos señalar los emplazados en el Coto de los Tiemblos, donde se observan restos de murallas, y el asentamiento de Los Cantos. A este último se han vinculado los restos escultóricos hallados en la necrópolis de la Fuentecica del Tío Garrulo, cercana a dicho centro. En general, todos los establecimientos encuadrados en este segundo grupo no sólo contaron con sus propias necrópolis en las proximidades, sino también con pequeños espacios de culto al aire libre cuya cultura material se reduce a la presencia de pequeñas ollas y cuencos, siguiendo un patrón similar al de los yacimientos de este tipo documentados en el área granadina (Adroher y López 2004: 259-260; Adroher y Caballero 2012: 234). Uno de los aspectos que llama la atención con respecto a ellos es su patrón de asentamiento. Si bien aparecen, como apuntábamos, junto a ejes viarios destacados, la localización de algunos en zonas prácticamente llanas, como es el caso de Los Cantos y, muy probablemente, del núcleo al que quedó vinculada la necrópolis del Villar de Archivel (Brotóns 2008), muestra un modelo de ocupación distinto al que tradicionalmente se ha definido para los centros de este periodo y claramente relacionado con la explotación agropecuaria de estas tierras. Una de las cuestiones que surgen con respecto a este segundo grupo de centros secundarios es su relación con respecto a los dos grandes oppida documentados en el área de estudio y dentro del marco social y político de estos territorios. La ausencia de excavaciones en dichos centros impide por el momento definir mejor tales aspectos, si bien la presencia en algunos de ellos de determinados tipos de enterramientos (pilar-estela junto a Los Cantos, empedrados tumulares en El Villar de Archivel) y las propias murallas del Coto de los Tiemblos reflejan la presencia de individuos que adquirieron un cierto rango social en esos asentamientos, que bien pudieron estar ligados al grupo aristocrático residente en esos oppida. Un caso distinto es el de Los Cantos, cuya localización se define por un cierto aislamiento con respecto a las áreas más directamente controladas por esos dos oppida, y que pudo tener un desarrollo más autónomo con respecto a aquellos. En todo caso, y hasta que nuevos trabajos de campo aporten más datos en este sentido, cualquier planteamiento en esta línea es meramente hipotético. Finalmente, en una última categoría de establecimientos cabría incluir el localizado en el Cerro de la Cueva IV, no lejos del Estrecho de las Cuevas y del oppidum de Los Villaricos, con el que presenta una relación visual directa. Su emplazamiento estratégico, en un cerro de fuertes pendientes y acceso complicado, y los escasos materiales que ha ofrecido, le otorgan un carácter muy distinto a otros centros, definiéndolo más como un punto de vigilancia y control ligado al oppidum que como un espacio de hábitat (López-Mondéjar 2010: 18) (Fig. 7). No hemos documentado ningún establecimiento de este tipo en el valle del Guadalentín, siendo el citado núcleo del Coto de los Tiemblos el único que, si bien con un carácter distinto, pudo ejercer una función de control sobre el eje de comunicación que representa la vereda de la Rambla de Caravaca. Volviendo a los rasgos sociopolíticos que definen este periodo, el modelo de poblamiento y las distintas categorías de asentamientos indicadas reflejan ante todo la existencia de una sociedad jerarquizada. Los ejemplos más claros los tenemos en el Noroeste regional donde, a partir del siglo iv a. C., algunos de esos nuevos centros secundarios muestran en sus necrópolis una generalización del armamento, así como importaciones áticas, objetos de adorno y enterramientos cuya tipología denota el rango de los individuos a los que pertenecieron (Brotóns 2008). En cualquier caso lo cierto es que la mayor parte de los elementos de carácter suntuario recuperados en ambas zonas se concentran en los oppida y en los espacios vinculados a ellos (necrópolis y santuario). Ejemplo son las numerosas importaciones áticas y el carro ibérico recuperados en la necrópolis del Cerro del Castillo (García Cano 2004; Ramírez 2004), así como los elementos realizados en metales preciosos y las representaciones de guerreros en piedra del santuario de La Encarnación. Todos ellos son expresiones de la presencia de un grupo aristocrático que controla el acceso a dichos productos y la redistribución de los mismos. El esquema social que se dibuja es así similar al propuesto para otros ámbitos del Sureste, como el área granadina y la vecina cuenca del río Mula, en este caso a partir de los datos aportados por El Cigarralejo (Adroher y López 2004: 97-112; Santos 1996: 118). Nos encontramos ante una sociedad formada por una amplia población dedicada a actividades de tipo agropecuario, que habita en general en esos centros secundarios, granjas y aldeas agrícolas. De forma complementaria, cabe pensar en la existencia de individuos dedicados también a actividades artesanales y de intercambio, las cuales han sido especialmente constatadas en las excavaciones realizadas en el actual casco urbano lorquino. Minoritariamente, como ha planteado Brotóns (2008), encontraríamos a quienes desempeñan funciones guerreras, sin que ello excluyese su participación en esas actividades productivas. Quizás fueron precisamente estos individuos los que se hallaron a la cabeza de esos núcleos secundarios de cierta entidad a los que anteriormente nos referíamos. Finalmente, queda la élite indígena residente en los oppida, que organizará estos territorios y con la que esos otros grupos debieron mantener una relación de dependencia como se ha documentado también en otros ámbitos ibéricos meridionales (Ruiz y Molinos 1993). En general, en base a todo lo indicado, y siendo conscientes de la necesidad de que nuevos datos nos Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 133-162 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.089.016.007 permitan concretar mejor muchos de los aspectos señalados, podemos plantear la presencia de un modelo definido por dos territorios políticos diferenciados y centralizados en torno a los dos grandes oppida comarcales. Cada una de dichas unidades geopolíticas estuvo además controlada por una aristocracia a la cual quedarían vinculados como clientes los habitantes de esos otros núcleos destacados dispersos en el territorio. Precisamente la aparición en estos últimos de productos áticos, como muestran algunas de las tumbas del Villar de Archivel, permite pensar en la circulación de los mismos dentro de los linajes clientelares ligados a esa aristocracia dirigente. Ningún otro núcleo de los documentados en estos territorios meridionales murcianos alcanzó la importancia de esos dos centros ni jugó un papel territorial similar. Baste en este sentido una mirada comparativa a los datos que han ofrecido las necrópolis excavadas en esta zona, y la clara diferenciación que muestran las sepulturas documentadas en el oppidum del Cerro del Castillo y aquellas del asentamiento localizado en las proximidades de Archivel. Reflejan así la distinción entre los aristócratas dirigentes y residentes en el oppidum y aquellos individuos que, si bien contaron con cierto prestigio social y poder económico, como denotan dichos enterramientos, disfrutaron sin embargo de un estatus diferente a los primeros, marcado por su relación de dependencia con respecto a ellos. Los dos oppida controlaron de forma directa las tierras de su entorno más inmediato, como refleja la ausencia de asentamientos en sus proximidades, configurándose de este modo como centros económicos y sociopolíticos de estos territorios (Fig. 7). Además, a través de esas redes de dependencia, pudieron ampliar su control más allá de ese entorno inmediato dando cohesión a ambos valles favorecidos por el marco natural que conforman las cuencas altas del Quípar y el Guadalentín. La extensión del área de influencia de ambos centros debió quedar así determinada por los propios límites que definen los rasgos geomorfológicos del paisaje en el que se insertan, y por la presencia en sus proximidades de importantes oppida ibéricos como Molata de Casa Vieja, Las Cabezuelas y El Cigarralejo, así como de otros núcleos destacados como el establecimiento púnico de Villaricos en el litoral almeriense. Todos ellos aparecen establecidos a una distancia media cercana a los 40 km, tal y como se advierte también en aquellos oppida documentados en tierras granadinas y en otros sectores del Sureste ibérico (Soria 2000). Por lo que respecta a la explotación de los recursos del entorno, y más allá de los territorios directamente controlados por esos oppida, no podemos descartar una cierta autonomía en este sentido de centros secundarios como los localizados en Los Cantos, El Villar o el Coto de los Tiemblos. Su localización a una cierta distancia de esos asentamientos principales, evitaría que entrasen en competencia con aquellos. Asimismo, los hallazgos documentados en algunos de ellos reflejan la importancia económica que adquirieron entre la población ciertas actividades, como la ganadería y el trabajo textil (Brotóns 2008). Desde una perspectiva de conjunto el modelo de poblamiento, la organización territorial y la evolución de los valles de estudio a lo largo de los siglos iv-iii a. C., muestran claras similitudes con el panorama que se ha descrito para las vecinas tierras andaluzas. Aquí, a partir del siglo iv a. C., se advierte también un importante incremento del poblamiento que afecta a todo el sector oriental granadino y especialmente al entorno de la población de Basti (Baza). El mejor reflejo de dicho proceso es la colonización y puesta en explotación de nuevas tierras a través de toda una serie de centros de carácter secundario con un modelo de ocupación y explotación del territorio muy similar al de aquellos documentados en los valles de estudio y, en particular, al que vemos en el valle del Quípar. La consolidación de los dos principales oppida de ambas zonas, Los Villaricos en tierras murcianas y Molata de Casa Vieja (Almaciles) en el área granadina, se produce precisamente en estos momentos (Adroher y López 2004). También el patrón de asentamiento y el modelo económico propuesto para las altiplanicies granadinas en este periodo es similar al que debió desarrollarse en esos territorios meridionales murcianos. Basado fundamentalmente en las actividades agrícolas, y completado, en algunos casos, con el control de las rutas de mayor interés económico (Aguayo y Salvatierra 1987: 235-236), encaja también con el que muestran los centros secundarios surgidos a partir de esa cuarta centuria en el valle del Quípar. Se aprecia así una dinámica poblacional similar en ambos territorios durante los siglos iv-iii a. C., a la que cabe sumar también las similitudes en el registro material (como las tipologías funerarias documentadas en El Villar de Archivel). Finalmente, un último aspecto que refleja paralelos entre ambas zonas es la aparición de los pequeños espacios de culto al aire libre a los que hacíamos referencia anteriormente, y de los que por el momento no tenemos constancia en otros sectores del sureste más allá del área lorquina de Coy (Adroher y López 2004: 97-115; Adroher y Caballero 2012: 234). En cualquier caso, como quedará de manifiesto MÁS ALLÁ DEL VALLE DEL THADER: POBLAMIENTO Y DINÁMICAS TERRITORIALES EN LAS COMARCAS... en su actuación ante Roma, esas similitudes no deben leerse en ningún momento como resultado de una cohesión de tipo político o territorial entre ambas zonas (Adroher et alii 2002: 37-38). El panorama es distinto en el área lorquina, donde a partir del v a. C., el desarrollo de Villaricos y el abandono del Corneros, cambian la tendencia de los siglos vii-vi a. C. mostrando una menor conexión entre estos territorios y el interior andaluz. En cualquier caso, lo cierto es que ninguno de los valles de estudio experimenta los cambios que son visibles en las tierras más próximas al curso del Segura y en toda la zona meridional de Alicante desde finales del iv a. C. El tránsito entre esta centuria y el iii a. C. viene marcado en estos últimos territorios por importantes transformaciones, que han querido verse como reflejo de una crisis de carácter sociopolítico y económico (Moratalla 2005: 107; Santos 1992: 41-45). Así, y si bien entre finales del v a. C. y durante el iv a. C. el panorama es aun similar al de los valles analizados (Sala 1996: 21-22; Gutiérrez et alii 1998Gutiérrez et alii -1999)), la situación cambia a partir de fines de esa cuarta centuria y la evolución de los territorios meridionales alicantinos viene marcada por el traslado de poblaciones y el abandono y desaparición de numerosos asentamientos (Abad 1987: 162; Santos 1992: 44), transformaciones que se observan también en las cuencas del Segura y del río Mula, pero que no parecen afectar a los sectores más meridionales de la región. Éstos, como indicábamos, muestran una dinámica distinta y una mayor continuidad a lo largo de este periodo que encaja mejor, especialmente en el caso del valle del Quípar, con la señalada para las tierras granadinas. EL POBLAMIENTO TRAS LA CONQUISTA DE CARTHAGO NOVA (SIGLOS ii-i A. C.) La fundación de la ciudad de Carthago Nova en el 227 a. C. significó la presencia estable de los púnicos en el Sureste peninsular. A pesar de lo que cabría pensar, y de los cambios que se observan en el ámbito alicantino tras la llegada de los bárquidas, el poblamiento de los territorios meridionales murcianos, y dejando a un lado el entorno de Cartagena y el ámbito litoral, no parece estar marcado por grandes transformaciones que podamos vincular a estos momentos. Aun así, es cierto que el breve periodo de presencia bárquida en la región es mal conocido en estos territorios meridionales y, si bien el poblamiento no parece mostrar grandes cambios, no podemos descartar transformaciones a otros niveles. Los cambios que sí se aprecian deben ponerse más en conexión con la Segunda Guerra Púnica y con los enfrentamientos entre romanos y púnicos, siendo ya a inicios del ii a. C. cuando se ha datado por ejemplo la amortización del sector artesanal de la Torre de Sancho Manuel, la monumentalización del santuario de La Encarnación y la aparición de los nuevos establecimientos rurales en el valle del Quípar, todos los cuales muestran ya materiales itálicos junto a los propiamente indígenas. Si bien la presencia púnica implicó sin duda contactos con el mundo ibérico del interior regional, como reflejan algunos de los hallazgos documentados (Matilla y González 2004), los intereses púnicos debieron centrarse, de forma particular, en las tierras litorales y su entorno más inmediato que, desde el punto de vista económico, respondieron a los objetivos buscados por la instalación bárquida en esta zona peninsular, ofreciendo ricas zonas mineras, sal y esparto (Wagner 1999: 269). Así, tras el breve periodo de ocupación púnica, es la conquista romana de Carthago Nova la que da paso a un nuevo periodo de cambios y reordenación territorial en todo el Sureste, ya en el tránsito de los siglos iii-ii a. C. Por lo que respecta al poblamiento se observan nuevas transformaciones con respecto a las centurias previas. Éstas vienen marcadas en el valle del Quípar por la desaparición de muchos de los centros del periodo anterior, incluido el Cerro de la Cueva IV, y la aparición de otros de nueva creación. Mientras, en el área lorquina, se advierte una cierta continuidad en el poblamiento, sin que podamos advertir un cambio significativo en el número de centros con respecto al periodo previo. Si bien la ocupación del territorio y el patrón de asentamiento ofrecen aún claras similitudes en ambas comarcas con el panorama descrito para los siglos iv-iii a. C., se advierten ciertos cambios. Así, sin abandonar aquellas zonas habitadas durante las centurias previas, se ocupan ahora nuevos sectores, como el área de Torralba en Lorca con el establecimiento de Los Alagüeces o el entorno de la actual población de Caravaca de la Cruz y el sector de altiplanos de Barranda en el valle del Quípar (Fig. 8). La mayor parte de esos nuevos centros se sitúa en pequeños cerros, lomas y terrazas fluviales, sin un aparente interés por controlar visualmente el territorio. Esta decisión locacional refleja una cierta continuidad en el modelo económico de las centurias previas, como muestran los establecimientos documentados en el Cerro de la Cueva I, la Casa de Mairena y el Altico de Barranda, en el área del Quípar. A pesar de ello, en esta última, el mayor número de centros y la ocupación de nuevos sectores apuntan a una explotación más intensa y variada del territorio. Ambos se sitúan próximos a la población de Caravaca de la Cruz, en un área donde no tenemos documentada una ocupación durante el periodo anterior. Sin embargo, y mientras la extensión de la Fuente de la Teja apenas sobrepasa las 0,06 ha, tamaño similar al de otros centros de esta zona, la de Santa Inés alcanza casi 1 ha. En ambos yacimientos se ha constatado una explotación de tipo agrícola, tal y como refleja la abundante presencia de cerámicas destinadas al almacenamiento y conservación del excedente agrícola producido. En el caso de la Fuente de la Teja dicha explotación fue completada con el desarrollo de algún tipo de actividad metalúrgica (Murcia 2010). Ésta, documentada en los trabajos de excavación, debió tener un carácter muy secundario, si bien muestra la presencia de actividades complementarias a las agropecuarias en algunos de esos nuevos centros. En cuanto al valle del Guadalentín, y junto a los núcleos que continúan ocupados del periodo anterior, como es el caso del Coto de los Tiemblos y Los Cantos 9, aparecen también nuevos centros que transformarán el paisaje del valle y que, a diferencia de los surgidos en los siglos iv-iii a. C., se mantendrán ocupados a lo largo de todo el periodo altoimperial, hecho que contrasta también con lo que sucederá con la mayor parte de aquellos localizados en el Noroeste regional. 9 Entre los materiales recuperados en dichos yacimientos que muestran su continuidad en este periodo cabe destacar la aparición de cerámica campaniense A en Los Cantos (entre ella, un fragmento con una decoración interior formada por dos líneas blancas pintadas, tal y como suele caracterizar a las formas Lamb. 31b y, más raramente, a la Lamb. 33 b, ambas datadas entre mediados del siglo ii y mediados del i a. C.) y también en el Coto de los Tiemblos (dos fragmentos de Lamb. En este último yacimiento aparecen también pequeños informes de cerámica de paredes finas. Por lo que respecta al modelo de organización territorial que define los siglos ii-i a. C. continuamos observando una clara jerarquización en el poblamiento encabezada por los oppida de Los Villaricos y el Cerro del Castillo. Su continuidad como centros articuladores del paisaje en ambos valles refleja la pervivencia de las estructuras socio-políticas y territoriales ibéricas, como se ha señalado también en otros sectores del sureste peninsular (Chapa y Mayoral 1998:74; Keay 1996). Las élites locales continuaron a la cabeza de la sociedad, beneficiándose del interés romano por mantener el status quo en estos primeros momentos, asegurando así el control y la explotación de estos territorios a través de las propias estructuras sociopolíticas y económicas desarrolladas por el mundo indígena (Grau 2003: 62-67). Clara expresión de ello es la transformación edilicia experimentada por el santuario ibérico de La Encarnación, con la construcción de dos templos de tipo itálico (Ramallo 1991). La conquista romana de Carthago Nova no significó para estos territorios meridionales una ruptura radical con respecto al periodo anterior, si bien supuso el incremento de los contactos con Roma en todo este sector del Sureste a través de las vías naturales de comunicación que representan los ejes fluviales regionales. Dichos contactos tienen su mejor expresión, más allá del citado santuario, en el propio registro arqueológico de los yacimientos de ambos valles, el cual refleja la progresiva llegada de producciones itálicas que conviven aun en estas centurias (y lo harán hasta bien entrado el periodo imperial) con aquellas indígenas. Ejemplos de esos productos itálicos se documentan en numerosos yacimientos del valle del Quípar, donde observamos ánforas Dressel 1A (135-50 a. Especial interés tiene, en particular, el yacimiento de Campo Coy, localizado en la ruta que une los altiplanos lorquinos y el valle del Quípar. En él se ha documentado la presencia de un bol helenístico, decorado con hojas superpuestas, vaso que generalmente suele aparecer en conexión con el comercio campano y por tanto se localiza junto a ánforas itálicas y campanienses. Este es el caso del recuperado en Campo Coy, que responde a una de las formas más difundidas en el área peninsular, el B.H.R. 8 (de perfil jonio), datada en torno a los años 225-25 a. Un panorama similar se observa también en el valle del Guadalentín, donde el Cerro del Castillo de Lorca ofrece un amplio conjunto de importaciones datadas en este periodo, entre las que se incluyen diversas monedas de la primera mitad del siglo ii a. También la llegada progresiva de influencias itálicas caracteriza los inicios de este periodo en los territorios granadinos más próximos a estas zonas regionales, y particularmente en la zona de Baza. Éstos muestran también el claro interés romano por mantener en funcionamiento las estructuras indígenas, observándose la continuidad de aquellos núcleos que ocupaban puntos clave en los ejes de comunicación o que jugaron un papel destacado en la organización territorial (Keay 1996: 147-177; Chapa y Mayoral 1998: 74). Esa continuidad, que en algunas zonas de Andalucía oriental se extiende a lo largo de los siglos ii-i a. C. (Chapa y Mayoral 1998: 66-67), muestra sin embargo una clara ruptura en la comarca granadina de la Puebla de Don Fabrique, en la que el panorama de finales del ii a. Esta situación contrasta especialmente con la que se documenta en el valle del Quípar, donde la monumentalización del santuario de La Encarnación y los materiales itálicos utilizados en su decoración, son en cambio una clara expresión de la alianza entre Roma y las élites locales (García Cano 2008; Ramallo 1991). Esa distinta actuación romana y la respuesta indígena muestran, al margen de la evolución paralela que se observa en ellos desde el siglo iv a. C., y como ya indicara Adroher (1999), la ausencia de una unidad política entre ambos territorios. Cabe pensar que fue precisamente la actuación independiente de cada oppidum la que, en la mayor parte de los casos, marcó el destino de estas tierras, como reflejan los casos concretos de Los Villaricos y Molata de Casa Vieja (Adroher y López 2004: 140-144, 151-152). A ello cabe añadir el papel que esos núcleos pudieron desempeñar durante la Segunda Guerra Púnica y que influiría de forma decisiva en su posterior evolución, como también pudo hacerlo su inserción en determinadas redes de intercambio y ejes de comunicación. Por lo que respecta a aquellos territorios situados al norte del valle del Segura, el panorama muestra también cambios importantes durante los siglos ii-i a. C., sin que podamos ver, sin embargo, una evo- lución similar a la de los valles analizados. Cada sector refleja un desarrollo distinto y los conflictos que definen el mundo romano a inicios del i a. C. marcarán la dinámica poblacional de estas centurias (Sala 2012). En el sur alicantino se advierte ya desde el ii a. C. un descenso en el número de centros documentados, especialmente en sectores como la depresión meridional, donde hasta entonces se había concentrado el poblamiento, y la desembocadura del Segura donde muchos centros son abandonados. En los valles interiores alicantinos destaca la desaparición del importante oppidum de La Serreta y el desarrollo de nuevos asentamientos en su entorno, cuyo origen se ha relacionado con la desaparición de aquel (Grau 2003: 62). Todo ello ha llevado a sugerir una transformación de la estructura territorial del periodo anterior, claramente en conexión con la presencia romana (Moratalla 2005: 109). Frente a esas áreas, otras zonas alicantinas, como el valle medio y alto del Vinalopó, se caracterizan por la aparición de centros de nueva creación emplazados tanto en zonas llanas como en altura y de establecimientos encastillados, los cuales reflejan la inestabilidad que define el periodo en esta área (Abad 1987: 165-166; Moratalla 2005: 109; Sala 2012). En general, el panorama descrito para algunas de esas zonas alicantinas muestra ciertas similitudes con el que se documenta en los territorios septentrionales murcianos, marcado por la destrucción del enclave de Coimbra del Barranco Ancho (García Cano 2008). Esa situación contrasta, sin embargo, con la de los valles analizados, donde se observa la continuidad de los dos grandes oppida, sin advertirse cambios destacados hasta época de Augusto. En ambas zonas de estudio, la pervivencia de dichos centros y el propio registro material de los asentamientos de este periodo muestran la convivencia entre elementos ibéricos e itálicos. A pesar de ello, el proceso de integración de estos territorios en el mundo romano a lo largo de los siglos ii-i a. C. refleja ciertos rasgos particulares en cada una de ellas. En el valle del Quípar la llegada de Roma aparece marcada por la monumentalización que experimenta el lugar de culto ibérico, hecho que refleja la alianza entre Roma y las élites locales que controlan y organizan el territorio vinculado al oppidum de Los Villaricos y al santuario. La transformación de este último, unida a la continuidad del oppidum muestra la aceptación y adaptación, por parte de las comunidades ibéricas de estos territorios, de las nuevas tradiciones culturales romanas y apunta a un proceso de carácter fundamentalmente socio-político, definido por esa alianza con Roma. A ello cabe sumar un segundo factor que manifiesta también la importancia de los aspectos socio-políticos en la dinámica de estos territorios a lo largo de este periodo. A mediados del siglo i a. C., y nuevamente de la mano de Roma, otro acontecimiento influirá también de forma decisiva en el mundo ibérico del interior regional murciano: los enfrentamientos entre los partidarios de César y los de Pompeyo. Dichos conflictos tendrán su mejor reflejo en la instalación de los castella localizados en el Cerro de las Fuentes de Archivel y La Cabezuela de Barranda, destinados al control de la ruta de acceso a la Alta Andalucía a través de estos territorios interiores (Brotóns y Murcia 2008 y 2014) (Fig. 8). Precisamente con dicho conflicto deben ponerse en conexión las transformaciones que se observan en el poblamiento comarcal en la segunda mitad del siglo i a. Por lo que respecta al área lorquina, su proximidad a Carthago Nova marcó la llegada de influencias romanas desde un momento más temprano. Reflejo de ello son ciertos materiales documentados en el Cerro del Castillo, como los hallazgos numismáticos fechados, como indicábamos, ya en la primera mitad del ii a. Toda esta zona del valle del Guadalentín debió quedar inserta tras la conquista de dicha población en la órbita económica de Cartagena y en los nuevos ejes viarios ligados a ésta. En este sentido, la reactivación de las rutas con el alto Guadalquivir y, ya en el siglo i a. C., la instalación de la vía Augusta fueron claves en el desarrollo de esta comarca murciana (Fig. 10), poniendo de relieve la importancia de los factores económicos en el proceso de integración de estos territorios. AUGUSTO Y LAS NUEVAS TRANSFORMA-CIONES DEL SIGLO I Con Augusto se inicia un nuevo periodo de cambios caracterizado ya de forma clara por la llegada e instalación de itálicos y la consolidación de un nuevo modelo de ocupación y explotación territorial, marcado por transformaciones en los ejes de comunicación. La ruta que discurría por el Noroeste regional durante el Ibérico Pleno parece quedar ahora en segundo plano, mientras se confirma definitivamente el eje lorquino con la instalación de la vía Augusta, como refleja la epigrafía documentada y la propia distribución del poblamiento (CIL II, 4936-4943; Martínez y Muñoz 1999; Martínez y Ponce 2014) (Fig. 10). Insertos en este nuevo panorama viario, los distintos centros documentados en las proximidades del Guadalentín experimentarán un destacado impulso a lo largo de las dos primeras centurias del Imperio. Se observa, ya a partir de época augustea en el área lorquina, y desde el i también en el interior regional, un notorio incremento del número de asentamientos con respecto a aquellos documentados en los siglos ii-i a. Dicho aumento es especialmente llamativo en el valle del Guadalentín donde de apenas una decena de centros se pasa a casi 60 yacimientos en el i d. C. El incremento es también importante en el Noroeste regional, si bien no tan amplio, pasando aquí de unos 33 centros a más de 50. La mayor parte de esos establecimientos de nueva creación aparecen dispersos por el territorio, ocupando prácticamente todo el espacio comarcal en ambos valles y centrándose especialmente en aquellas tierras más aptas para el desarrollo de las actividades agropecuarias, como la depresión prelitoral lorquina y los sectores de altiplanos de dichos valles, zonas que aparecen densamente pobladas a partir del siglo i. Ese desarrollo del poblamiento y la mayor intensidad que se advierte en aquellas áreas que veíamos ocupadas ya desde los siglos previos parece apuntar a un incremento de la explotación agrícola. Junto a ese incremento en el número de asentamientos el gran cambio que se advierte en estos territorios meridionales a partir de este periodo viene marcado por la puesta en marcha de la nueva vía romana y por la recuperación del poblamiento en todo el valle del Corneros. Será precisamente junto a dicho eje donde se localice un buen número de los establecimientos de este periodo, muchos emplazados próximos a sectores ocupados durante los siglos vii-vi a. C. Ejemplos de ello son, entre otros, los yacimientos documentados en la Casa de la Venta, Casa del Rollo, El Jardín y La Fuensanta. En este último abundan los recipientes de transporte y almacenamiento, apareciendo también cerámicas de cocina itálicas, cerámica de paredes finas, terra sigillata hispánica (Hisp. En el Jardín, se ha recuperado también terra sigillata aretina de buena calidad, cerámica de barniz rojo pompeyano y producciones de paredes finas (un fragmento similar a la forma Mayet XXX-VIII) (Sánchez et alii 1998(Sánchez et alii y 2010)). Del mismo modo, y más allá de las tierras más próximas a ese eje de comunicaciones, también los núcleos que aparecen en otros sectores más alejados muestran cambios en la distribución del poblamiento y el patrón de asentamiento con respecto al periodo anterior. Así se observa en los centros localizados en Altobordo, Asprodes, Torralba, El Baldío, El Rincón o El Lomo, en el área lorquina, o los situados en El Cortijo del Villar de Pinilla y La Tercia. Éstos, junto a otra serie de establecimientos aparecen precisamente localizados en las proximidades de Los Villaricos, en una zona hasta entonces no ocupada y probablemente bajo el control directo de dicho oppidum, y que a partir de ahora vemos explotada a través de estos pequeños centros rurales (Fig. 9). Otro de los aspectos que llama la atención al analizar estos nuevos establecimientos altoimperiales es su registro material. Éste ofrece una cierta diferenciación entre los yacimientos localizados en el área lorquina y aquellos emplazados en el área interior regional. De este modo, y si dicho registro está ya definido por producciones romanas, estos últimos centros muestran una pervivencia de las cerámicas de tradición indígena (Lechuga 1988). Así lo demuestra su aparición en yacimientos como los de Casa de Aroca, Casa de la Loma, Cortijo del Villar, Casa de Torre Mata, Casa Grande y la Ermita de Singla, entre otros, todos ellos de cronología altoimperial y en los que no hay documentada una ocupación durante las centurias previas. El mejor ejemplo, sin embargo, lo constituye en este sector regional la necrópolis de Casa Noguera (Archivel) en la que, aun a mediados del I, se documentan rituales de incineración que incluyen el uso de recipientes de tradición ibérica (Brotóns 2003: 28; García y Martínez 2004). En general, todos los cambios indicados para las comarcas analizadas coinciden también con las transformaciones que, a partir del siglo i, se observan en otros territorios próximos. En este sentido, y si durante las centurias previas aún se advertían procesos distintos vinculados al propio desarrollo y actuación de cada oppidum, en época altoimperial el panorama entre todas estas zonas se presenta mucho más homogéneo. Al igual que en los valles de estudio, también en las vecinas tierras granadinas desaparecen a partir del siglo I aquellos núcleos de las centurias anteriores que aun persistían, siendo sustituidos por nuevos centros de claro patrón romano (Adroher et alii 2002: 56-59). En las tierras meridionales alicantinas la llegada del mundo romano vendrá marcada también por la aparición de asentamientos de diverso tipo dedicados a la explotación agrícola de dichos territorios, incluidas ya algunas villae. Todos ellos sustituyen así muchos de los poblados ibéricos de época anterior ahora abandonados, desarrollándose un hábitat rural disperso basado en pequeñas explotaciones agrarias de diverso carácter y entidad (Abad 1987: 162; Poveda 1991: 75-76). Un panorama similar es el que ofrecen los territorios de estudio, donde muchos de esos nuevos centros surgen en las proximidades de los dos grandes oppida comarcales, poniendo de manifiesto la definitiva desarticulación del modelo organizativo ibérico iniciada ya durante el periodo previo. No sólo desaparecen los yacimientos secundarios documentados durante los siglos ii-i a. C. y aquellos que se mantenían desde el Ibérico Pleno, sino que también esos oppida, si bien continúan ocupados, pierden progresivamente el papel clave desempeñado durante las centurias anteriores. En este sentido la aparición de algunos de esos establecimientos rurales y de villae en las proximidades de ambos núcleos, apunta a un cambio en el modelo de explotación de dichas tierras con respecto a las centurias previas, siendo ahora esos nuevos asentamientos y no los oppida los que estarán tras su explotación. Un proceso similar se documenta también en otros sectores del sureste, como en el entorno del vecino Tolmo de Minateda (Albacete) donde dicho centro pierde paulatinamente su rol central a favor de esos nuevos establecimientos rurales (Sanz 1997: 26-27). Por lo que respecta al nuevo ordenamiento, se observa en el valle del Quípar una cierta articulación espacial de los nuevos centros rurales que surgen en esta primera centuria. Éstos se distribuyen de forma homogénea a lo largo del curso fluvial aunque no se han documentado por el momento trazas que nos lleven a plantear una posible centuriación en esta zona así como tampoco en el ámbito lorquino. Lo que sí parecen reflejar determinados hallazgos es la presencia de población itálica en estas tierras meridionales ya desde el siglo i d. C. En este sentido pueden interpretarse la estatuilla de Mercurio hallada en El Villar y que apunta a la presencia de un larario en dicho centro y la lápida romana aparecida al pie del Cerro del Calvario, también de finales de esa primera centuria. A todo ello cabe sumar la presencia de esculturas y pinturas, algunas como las de la Quintilla, con claros paralelos en el área itálica (Martínez Rodríguez 1996; Ramallo 1995) 10. Atendiendo a todo lo indicado, podemos señalar que no es hasta bien entrado el periodo imperial cuando podemos dar por concluida la total integración de ambas áreas de estudio en la órbita romana. Las dos primeras centurias del Imperio vienen así marcadas en estos territorios meridionales murcianos por la convivencia entre tradiciones ibéricas y romanas manifestada en la cultura material de esos centros. Si bien las transformaciones y rupturas que definen el proceso de integración no parecen ser bruscas en los valles de estudio, la presencia romana se irá dejando sentir cada vez de forma más clara en el poblamiento y los modos de vida y explotación de estos territorios. Prueba de ello es esa ocupación de nuevas áreas o los materiales itálicos, cada vez más abundantes, que irán sustituyendo progresivamente a las producciones de tradición ibérica en el registro arqueológico (Brotóns 2008; Martínez y Ponce 1999). El panorama descrito se mantendrá hasta el tránsito de los siglos ii-iii, momento en el que se observa de nuevo, y en conexión con los cambios que afectarán a todo el hinterland de Carthago Nova, una importante transformación en el poblamiento de ambas comarcas, y especialmente en el ámbito lorquino. Ésta tendrá su mejor reflejo en la desaparición de un buen número de esos centros altoimperiales y en el surgimiento de otros, que muestran ya un patrón de asentamiento y un modelo de ocupación del territorio distinto al de los siglos i-ii, definido por la búsqueda de posiciones estratégicas en el paisaje de estos valles murcianos (Brotóns y López-Mondéjar 2009). Partiendo de todo lo indicado a lo largo del amplio recorrido diacrónico presentado en este trabajo, varios aspectos se desprenden del análisis de los territorios meridionales murcianos. Todos ellos resultan claves para comprender las dinámicas observadas en ambos valles y, en general, en el sureste peninsular, entre los siglos v a. Al margen de la evolución particular de cada sector, una perspectiva de conjunto del sureste durante el Ibérico Pleno, y concretamente a lo largo del siglo iv a. C., muestra el desarrollo de un proceso común a todo el territorio murciano, marcado por la afirmación de los grandes oppida y de sus territorios socio-políticos. Es en éste en el que cabe encuadrar la consolidación de los núcleos de Los Villaricos y el Cerro del Castillo de Lorca como centros principales y articuladores del poblamiento en ambos valles de estudio, que se articulan aquí como unidades políticas diferenciadas. En torno a ellos se desarrolló una red de centros secundarios de diversa entidad que mantuvieron lazos de dependencia con dichos oppida, tal y como refleja la presencia en algunos de ellos de determinados tipos de enterramientos y ajuares clara-MÁS ALLÁ DEL VALLE DEL THADER: POBLAMIENTO Y DINÁMICAS TERRITORIALES EN LAS COMARCAS... mente vinculados a individuos con un cierto estatus social y riqueza. En este sentido, destaca el desarrollo adquirido por un número reducido de centros, como el Coto de los Tiemblos, Los Cantos o el asociado al Villar de Archivel, residencias probablemente de esos grupos clientelares. El análisis presentado pone de manifiesto la existencia de interesantes paralelos durante el periodo ibérico y hasta el i a. C. entre las dinámicas poblacionales definidas para los territorios murcianos estudiados, y particularmente para el valle del Quípar, y aquellas documentadas en el área oriental granadina. Al margen de los cambios observados en la Puebla de Don Fabrique a finales del ii a. C., tanto el patrón de asentamiento, como el modelo de ocupación y el carácter de ciertos yacimientos (espacios de culto) documentados en el área andaluza oriental muestran una evolución paralela de ambos territorios. A ello cabe sumar las similitudes que, también desde el punto de vista cultural, se han señalado tradicionalmente entre ambas zonas (Chapa y Mayoral 1998: 65). En el caso lorquino, esas similitudes con el mundo ibérico andaluz son particularmente más claras a lo largo de los siglos vii-v a. C., siendo el hallazgo del carro ibérico documentado en la necrópolis del Cerro del Castillo ya en el v a. C. un claro reflejo de ello. A partir de este momento, sin embargo, se advierte un cambio en dicha tendencia, que debemos poner en conexión con la expansión púnica en el área almeriense y con los cambios que se producen en los ejes de intercambio, incluido el valle del Corneros. Todo ello afectó a las conexiones entre la zona lorquina y las tierras andaluzas interiores y, como sugieren la estructura en forma de piel de toro (Cárceles et alii 2011) y las importaciones de origen púnico documentadas en el oppidum lorquino a partir del v a. C. (Martínez Alcalde 1998: 30-32), pudo provocar una reorientación de los intereses económicos del Cerro del Castillo y un mayor contacto con las áreas almerienses más próximas a Villaricos. El proceso de integración romano presentó un carácter propio en cada uno de los valles de estudio, siendo la actitud de los propios oppida la que determinó y marcó el destino de los núcleos a ellos asociados, como queda de manifiesto también en las regiones limítrofes (andaluza y alicantina). Esa distinta actuación e intereses en cada territorio tanto por parte de las élites locales como de la propia Roma dio lugar también a un modelo de integración en el que más allá de los criterios comunes que definen dicho proceso, predominan ciertos rasgos diferenciados en cada valle. Roma supo adecuar en todo momento su actuación al carácter propio de cada área, adaptando e integrando un mundo indígena, comple-jo y heterogéneo, y beneficiándose en los primeros momentos de sus propias estructuras de control y explotación territorial para transformarlas lentamente. Así, mientras dicho proceso aparece definido por la alianza con Roma en el caso del Quípar, expresada en la monumentalización de La Encarnación, en el Guadalentín se presenta impulsado por los contactos económicos y comerciales del Cerro del Castillo con ese mundo romano. Asimismo, la reactivación de las comunicaciones entre el litoral y el Guadalquivir ya a finales del i a. C. y, en particular, la instalación de la vía Augusta, conducirán a la plena integración del valle del Guadalentín en la órbita económica de Cartagena. Finalmente, desde Augusto, y especialmente a partir del i, el análisis de estos territorios al sur del río Thader pone de manifiesto nuevas transformaciones en el poblamiento que conducirán a una homogeneización del paisaje en todo el Sureste. Dichos cambios irán progresivamente dando paso a un modelo definido ya claramente por los intereses romanos y en el que los nuevos asentamientos rurales, y entre ellos especialmente las villae, adquirirán un papel fundamental como unidades de explotación territorial. Los nuevos criterios de ocupación romanos diluirán las diferencias que a lo largo de las centurias previas caracterizaron el poblamiento y su evolución en ambos valles así como en las vecinas tierras andaluzas y alicantinas, y Carthago Nova se convertirá sin duda en el punto de referencia cultural, económico y socio-político de todo el sureste. BIBLIOGRAFÍA Abad, L. 1987: "El poblamiento ibérico en la provincia de Alicante", Iberos. Adroher, A. 1999: "Galera y el mundo ibérico bastetano. Nuevas perspectivas en su estudio", J. Blánquez y L. Roldán (eds.), La cultura ibérica a través de la fotografía de principios de siglo 1, Madrid, 375-384. Adroher, A. y Caballero, A. 2012: "Santuarios y necrópolis fuera de las murallas: el espacio periurbano de los oppida bastetanos", C. Belarte y R. Plana (eds.), Le paysage périurbain en Méditerranée occidentale pendant la Protohistoire et l'Antiquité, Tarragona, 231-244. Adroher, A. y López, A. 2002: "El impacto romano sobre los asentamientos ibéricos en la alta Andalucía: las intrabéticas septentrionales", C. González y A. R. Padilla (eds.), Estudios sobre las ciudades de la Bética, Granada, 9-48.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. con un anexo de Ignacio Montero 3 Instituto de Historia del CSIC RESUMEN 123 Estudiamos un aequipondium o contrapeso de balanza realizado en bronce con representación figurada de una divinidad femenina. Apareció en la fachada portuaria de Tarragona y está conservado en la colección del Museu Nacional Arqueològic de Tarragona (MNAT). Destacamos su peso excepcional de 38 kg, el mayor, con diferencia, de todos los aequipondia hasta ahora conocidos en el mundo romano. Pertenecería a una gigantesca statera o balanza de brazo, que hoy denominamos romana. Esta balanza estaría necesariamente montada en un gran bastidor o machina, capaz de pesar cargas enormes de hasta 1500 kg o más. Por el lugar de hallazgo y sus altas cualidades artísticas y técnicas proponemos relacionarlo con la balanza pública (ponderarium o sacomarium) del puerto de Tarraco. La divinidad femenina representada debe ser una imagen de Aequitas, la Equidad, numen protector de las justas transacciones en las pesas y medidas de los mercados. KEY WORDS: Aequipondium; statera; machina; Tarraco; ponderarium; sacomarium; Aequitas. El ponderal que analizamos en este trabajo fue encontrado en el núm. 16 de la calle Smith, cercana a la fachada portuaria de la ciudad de Tarragona, cuando se hizo la cimentación de una nueva casa en el año 1971 (PAT 2007, num. La entrega de la pieza al entonces Museo Arqueológico Provincial fue efectuada por Francesc Ros Ribal, miembro de la Reial Societat Arqueològica Tarraconense el 3 de diciembre del mismo año. Desde entonces forma parte de la colección expositiva del hoy Museu Nacional Arqueològic de Tarragona con el número de inventario 36999. Se trata pues de un hallazgo descontex-4 Estamos en deuda con F. Tarrats y J.A. Remolà, director y conservador del Museu Nacional Arqueològic de Tarragona, por la ayuda que nos han proporcionado para efectuar la autopsia de la pieza. También hemos de agradecer a Joan Carbonell (Universidad Autónoma de Barcelona), Nuria Rafel (Universidad de Lleida), Carla Corti (Modena) y Norbert Franken (Berlín) por sus comentarios y sugerencias en diferentes momentos del estudio. Agradecemos igualmente al arquitecto Giovanni Tuzio, director del Museo Campano, sus referencias sobre el relieve con la gran statera conservado en Capua. También las facilidades que nos han proporcionado Ramon Rosich y Jordi Puig, director y conservador del Museu de la Vida Rural de l'Espluga de Francolí para examinar una gran romana de 1905 conservada en su institución. Los desarrollos epigráficos están extraídos de la base de datos Clauss-Slaby. Gracias por último a nuestra buena amiga Romana Erice (Ayunt. Zaragoza) por la lectura del texto, sus observaciones y aportación bibliográfica. Las noticias que pudo reunir W. Pérez (2007: 71) señalan tan solo la presencia de grandes estratos de tierras de relleno, arenas estériles y lo que se define como un fragmento de pavimentación viaria antiguo. Retenemos de cualquier forma como primer criterio de análisis la aparición en la vaguada portuaria de la ciudad. Se trata de una pieza bien conocida, reproducida repetidas veces en catálogos de exposiciones que han resaltado ante todo la belleza de su ejecución y sus altas cualidades artísticas y técnicas. Estuvo presente, por ejemplo, en la exposición Tàrraco, objecte i imatge (1987); la exposición sobre los Bronces Romanos en España (Caballero 1990: núm. 345 -I. Salcedo-); o la exposición Tarraco capitale del Musee Saint Raymond de Toulouse en el año 2006, (núm. 5.37 -P.Sada-). Hasta ahora, la investigación se había centrado esencialmente en describir las características artísticas de la imagen femenina que la decora y en su posible identificación con la diosa Diana. Hasta la última ficha de catalogación publicada por P. Sada y D. Cazes (2006) no se ha llamado la atención de forma suficiente sobre lo que creemos debe ser el principal elemento de interés de esta pieza: un peso muy elevado de 38 kg que representa, como veremos a continuación, un unicum excepcional entre todos los aequipondia hasta ahora documentados, a considerable distancia del siguiente. Un ponderal móvil con este peso, de manejo fráncamente incómodo, debía corresponder a una statera o romana de dimensiones excepcionales, destinada al control de cargas enormes. Se trata de una bellísima pieza de gran tamaño realizada en bronce que representa el busto de una figura femenina apoyado sobre una base circular finamente moldurada. Sus dimensiones son 36 cm de altura por 20 cm de ancho y 15 cm de diámetro en la base. La presencia en la parte superior de la cabeza de un aro grueso sin decorar obturado todavía hoy con los restos de hierro de un gancho, permite definir sin lugar a dudas esta pieza como el contrapeso deslizante que Vitrubio (X, 4) denominaría aequipondium. La base de la pieza aparece sin acabar de trabajar y de ella aflora un elemento central de hierro rodeado por una colada de plomo. Es decir que el interior de la pieza había sido rebajado desde su parte inferior y por ella se insertó un elemento de hierro recogido y completado con plomo fundido. Tanto el vástago de hierro central como el plomo circundante sobresalen ligeramente del plano de base de forma absolutamente descuidada. Sabemos que los aequipondia de las balanzas de brazo, normalmente realizados en bronce, solían ser rellenados con plomo para obtener así pesos prefijados Figura 3. Detalle de la anilla maciza superior conteniendo todavía restos del gancho de hierro de suspensión del contrapeso. Vista de la base del contrapeso con elemento central de hierro ensartado tomado con plomo fundido. Las marcas de navaja fueron realizadas en el momento del hallazgo en los años 1970 para comprobar la profundidad del plomo. sobre los múltiplos y submúltiplos de la libra. En este caso, dado el gran tamaño y peso de la pieza, parece que se prefirió encajar también una pieza de hierro junto a la habitual colada de plomo. El peso del ponderal en su estado actual es de 38 kg; unas 116 libras romanas. Si a este peso le sumamos el necesario gancho superior de anclaje al brazo de la balanza realizado en hierro -del que aun quedan restos en la anilla de coronación-y que debería sumarse al peso de nuestra pieza, creemos correcto redondear el peso total del contrapeso completo en unas 120 libras. Sorprende la razón que pudo justificar utilizar un ponderal de un peso tan elevado en una statera o romana. La utilización de grandes y pesados ponderales de piedra era frecuente en las balanzas de dos platos por la necesidad de equilibrar la totalidad de la masa a pesar. Y ello ocurría incluso en el comercio minorista. Una pequeña nave de 12 m de eslora naufragada en la costa adriática de Valle Ponti (Comacchio) a fines del siglo i a. C. incluía entre su carga de lingotes de plomo un ponderal en piedra de 100 libras de peso (c. Se trata de un ponderal muy cuidado, realizado en piedra calcárea con forma troncocónica que incluye en su parte inferior una pequeña cavidad con material extraído para controlar así un peso exacto, asa superior de hierro enmangada con plomo fundido y epígrafe T RUF(ius?) Este pesado ponderal de la nave de Comacchio estuvo destinado sin duda a controlar el peso de los lingotes transportados para su venta al detalle con una gran libra o balanza de dos platos. Pero el funcionamiento de una statera era muy diferente y su contrapeso o aequipondium nunca precisaba alcanzar magnitudes tan grandes. Era mucho más simple alargar el brazo para el contrapeso. La mayor parte de los aequipondia que vemos hoy en las vitrinas de los Museos fueron utilizados en balanzas para fines comerciales o domésticos y tenían magnitudes mucho menores, en torno a una libra romana (de 327,45 o 322,56 gr). Así ocurre por ejemplo con los 60 contrapesos de la región del Modenese revisados y medidos por R. Tarpini (2001: 311), o los inventariados por F. Chaves y R. Pliego (2007) en la Península Ibérica, con nuevos ejemplares que siguen apareciendo de forma frecuente (ver por ejemplo Erice 2015). En el completo y muy útil catálogo de Norbert Franken (1994) sobre los aequipondia altoimperiales, tardoantiguos y altobizantinos, destaca como pieza de mayor peso un contrapeso de Budapest de 14,490 kg UN AEQUIPONDIUM DE PESO EXCEPCIONAL Y LA BALANZA PÚBLICA DEL PUERTO DE TARRACO (Franken 1994, 195 CE4), al que luego nos referiremos (ver Fig. 12). Conocemos también en el Musee de Picardie de Amiens un contrapeso, aparecido con posterioridad a la obra de Franken, con imagen juvenil de Baco y un peso de 14,800 kg. Este contrapeso galo, fabricado en bronce con relleno de plomo, apareció en un depósito de bronces de Dury (Somme) y fue publicado por P. Querel y M. Feuguere (2000). Pero de las casi 50 libras que alcanzan ambos contrapesos, como decimos los más grandes de todos los hasta ahora publicados, encontramos ahora en Tarragona una pieza que dobla en mucho sus magnitudes alcanzado prácticamente las 120 libras. Y ello resulta bien extraño ya que manejar un contrapeso de 38 kg sobre el brazo o scapus de una romana debía representar una tarea fráncamente incómoda. Podemos asegurarlo después de haber movido y examinado la pieza personalmente. Además, un contrapeso de este tamaño y peso debería precisar como scapus de guía una gruesa barra de bronce o hierro sin duda de enormes proporciones. Una balanza así tan solo pudo funcionar colgada de una viga o de un gran caballete a modo de las grandes machinae mencionadas por Plinio. Acercarnos a las características de esta balanza gigantesca debe ser pues el primero de los temas a tratar. LAS BALANZAS DE BRAZO O RO-MANAS Los romanos, como todas las sociedades desde la Antigüedad a la época moderna, utilizaron conjuntamente dos sistemas de balanzas para pesar todo tipo de productos y objetos: las balanzas de platos y las balanzas de brazo. La balanza de platos (libra, talentum, trutina) fue la balanza clásica de egipcios y griegos. Consistía en un largo brazo horizontal (scapus), aguantado por un punto central, fiel o fulcro (iugum, fulcrum), con dos platos (lances) situados en ambos extremos colgados a la misma altura por medio de anillas (asa) y cadenas. En uno de los platos se colocaba el producto a pesar y, en el otro, se igualaba su peso mediante unos ponderales fabricados con valores de medida preestablecidos (DA, s.v. libra -E. La segunda variedad de balanza corresponde a la statera o balanza de brazo que tiene su origen en el principio físico conocido como ley de la palanca, habitual en el mundo antiguo desde época helenística y definido entre otros por Arquímedes de Siracusa. Es la balanza que conocemos hoy con el nombre genérico de "romana", elemento omnipresente en todos los mercados y en el mundo agrario hasta la aparición de la balanza electrónica en los años 1970. La statera consiste en un brazo horizontal (scapus) con un fiel o fulcro (iugum) en posición desplazada que divide el brazo en dos partes muy desiguales. En la primera, a muy poca distancia del fiel, se colocaba el producto a pesar sobre un plato sostenido por cadenas y un gancho de suspensión. A continuación, sobre el brazo más largo, de sección ovoidal o romboidal, y dotado de marcas de control, se hacía deslizar un contrapeso (aquipondium) hasta conseguir la nivelación horizontal de la balanza con la masa anterior. La definición de Vitrubio (X, 3, 4) lo explica de forma sintética y clara: "Todo esto se puede comprobar en las balanzas denominadas estáteras. Cuando el asa, que es el centro, está colocada cerca del brazo que sostiene el peso y el cursor se desplaza hacia la otra parte del brazo, al moverlo por los puntos marcados, cuanto más se desplace hacia el extremo equilibrará un peso realmente gravoso con una pesa bastante menor debido a la nivelación que se alcanza del brazo y al desplazamiento del cursor respecto del centro. El escaso peso del cursor adquiere en un instante una mayor fuerza y propicia que suavemente y sin brusquedad se eleve un peso mayor hacia lo alto". Por su comodidad, exactitud y fácil manejo, las staterae fueron las balanzas más utilizadas en el comercio romano al detalle. El Edictum de pretiis del siglo iv acredita que la carne se compraba a peso, tan solo los animales más pequeños se vendían por cabezas. Y efectivamente los relieves funerarios ostienses muestran conocidas escenas de compraventa en carnicerías que cuentan con staterae para pesar las piezas de carne. Pompeya ha proporcionado un número considerable de romanas y lo mismo ocurre a lo largo y ancho del mundo romano (DA, s.v. libra (E. Micron); Di Pasquale 2004: 294-295). El origen de la statera no es conocido con precisión, aunque S. Isidoro proponía en sus Etymologiae situarlo en la Campania: Campana a regione Italiae nomen accipit ubi primum usus repertus est. Estamos hablando fundamentalmente de balanzas dedicadas al comercio minorista, equipadas con brazos de entre 30 y 50 cm de longitud y contrapesos de 300 gr a 3 kg. El aequipondium del puerto de Tarraco, con sus 38 kg de peso, debería desplazarse por medio de un gancho de hierro del que todavía quedan restos soldados por la corrosión a la anilla superior. El scapus o barra de esta balanza debió ser un grueso brazo también de hierro o bronce macizo que pudo llegar a tener perfectamente dos metros de longitud o quizás más. Una statera de tal tamaño evidentemente debía estar suspendida de un sólido elemento de soporte, un sistema de envigado o un gran caballete construido ad hoc, formando lo que Plinio denomina una machina. La epigrafía de la Urbs recoge tres ejemplos mencionando a los mensores machinarii frumenti publici (CIL VI, 85; 9626; 3383), aunque éstos, en las representaciones figuradas, utilizaban preferentemente las grandes librae o básculas de dos platos o plataformas representadas por ejemplo en el sepulcro del pistor Eurysaces en Roma. Conocemos sin embargo dos bellísimos y precisos relieves figurados que muestran también en acción dos gigantescas staterae de brazo montadas en machinae. El primero, procedente de Neumagen y datable en los siglos ii o iii d. C., está conservado en el Rheinisches Landesmuseum de Trier (Inv. Se trata de un relieve funerario de dimensiones cuadradas (h: 50 cm) que muestra a un personaje, protegido por un largo delantal, moviendo el contrapeso de una gigantesca statera suspendida Figura 6. Relieve funerario mostrando una escena de carnicería con presencia en el lado derecho de una romana para el pesaje de la carne. Placa funeraria procedente de Roma conservada en Dresde (Franken 1994, D 4). Utilización de una machina para el pesaje de los panes en el relieve superior del sepulcro de Eurysaces en Roma. En este caso se trata de una libra tradicional con dos platos. Los ponderales debían ser añadidos sucesivamente en uno de ellos hasta llegar a equilibrar el producto a pesar. del techo o bien de un gran caballete de soporte. La balanza incluye un gran plato circular de pesada colgado de cadenas ocupado por un enorme fardo de contenido indeterminado, con dimensiones que obligaron incluso a deformar su imagen en el relieve. La escena muestra algunos detalles técnicos de interés. En primer lugar se aprecian claramente en la statera los dos fulcros colocados a diferentes distancias en los dos cantos opuestos del brazo. La báscula estaba pues diseñada para medir dos tipos de magnitudes diferenciadas, de mayor y menor pesada, sencillamente invirtiéndola. Una práctica técnica que se ha mantenido inalterable a lo largo de la historia. En segundo lugar el extremo del brazo por donde circula el contrapeso se encuentra encajado en el interior de un cuadrado metálico independiente a modo de sostén y tope. La finalidad práctica de este elemento, muy frecuente en estas grandes machinae, era impedir la sacudida del brazo al colgarse en el otro extremo el elemento a pesar antes de poder equilibrar la balanza con el contrapeso. El segundo ejemplo, no recogido por Franken, es un magnífico relieve funerario conservado en la sala II del Museo Campano de Capua (num. reg. 315/645; h. Se trata de un bloque de mármol blanco aparecido en el siglo xviii en las cercanías de la iglesia de la Magdalena de Capua, perteneciente también sin duda a la decoración exterior de un monumento funerario. El relieve muestra una escena de control de pesos por medio de una gran statera ante la cual figura un personaje o magistrado sentado en una silla. A su lado, un mensor sosteniendo en su mano izquierda un políptico o libreta de tablillas para las anotaciones, verifica con su mano derecha el equilibrio de una gigantesca romana, colgada una vez más de un techo o caballete cuyas dimensiones exceden a la escena. El bloque solo conserva el extremo de pesada de la gran balanza, con su brazo insertado de nuevo en un cuadro metálico cuadrangular pero esta vez junto al fulcro colgado de lo alto. Del brazo corto pende un gran plato suspendido por cadenas y sobre el mismo se han colocado apilados para su pesaje cuatro elementos que podrían ser quizás lingotes o panes de cobre. El principio de la ley de la palanca es muy simple: respecto al fulcro o eje de suspensión la nivelación de pesos en una statera o romana encontrará el equilibrio en el momento en que la fuerza total hacia la izquierda sea igual a la fuerza total hacia la derecha. La fórmula, por tanto, será la siguiente: P (peso) x DP (Distancia del peso al fulcro) = C (contrapeso) x DC (distancia del contrapeso al fulcro). Es decir que si colgamos en el extremo de un brazo un peso de 100 kg (P) a 2 cm de distancia del fulcro (DP), este brazo encontrará su equilibrio colgando por ejemplo un peso de 5 kg (C) a 40 cm de la distancia opuesta al fulcro (DC), siendo 100 (kg) x 2 (cm) = 5 (kg) x 40 (cm). Pero el mismo equilibrio se obtendría también colocando un peso menor, de tan solo 2 kg Figura 8. Funcionamiento de una gran statera montada sobre un caballete o viga. Relieve funerario de Neumagen conservado en el Rheinisches Landesmuseum de Trier. Relieve funerario de Capua con escena de control de pesadas por medio de una statera de gran tamaño pero de la que solo se ha conservado el extremo de carga y el fulcro. La aplicación práctica de esta ecuación P x DP = C x DC para fabricar una romana consiste técnicamente en mantener fijos los parámetros DP (distancia del peso al fulcro) y C (magnitud del contrapeso). De esa forma, desplazando el contrapeso sobre el brazo en una serie de pruebas previas, resultará posible establecer las marcas de una regla graduada a lo largo del brazo o scapus con valores consecutivos a partir de 0 en el fulcro de origen (DC1, DC2, DC3...). Así podremos despejar para cada una de ellas el valor correspondiente a P en nuestra ecuación. De esta forma, como nos decía Vitrubio, con una statera podremos saber el peso de un determinado producto colgándolo en el extremo menor del fulcro y a continuación desplazando el contrapeso sobre la regla graduada hasta que la balanza alcance el equilibrio. Y existe además una segunda posibilidad complementaria. Como el brazo de medida debe ser colocado de canto para facilitar el desplazamiento del contrapeso por medio de un gancho de anclaje resulta posible colocar dos fulcros uno por cada canto de la barra y para cada uno de ellos hacer variable la distancia DP (del peso al fulcro). Así variará la relación de fuerzas y con una misma balanza podremos obtener pesadas mayores o menores y a su vez de precisión menor o mayor. ¿PARA QUÉ PESADAS PUDO ESTAR CONFIGU-RADO ESTE AEQUIPONDIUM? Evidentemente, la respuesta precisa a esta pregunta dependerá de las diferentes magnitudes fijas de la balanza en la ecuación de la palanca. Para imaginar que aspecto y características podría tener una statera que utilizara un contrapeso de 38 kg hemos utilizado como paralelo técnico una gran romana fabricada en Almería en 1905 conservada en la colección del Museu de la Vida Rural de l'Espluga de Francolí (Tarragona). Se trata de un magnífico ejemplar firmado por S. Morales, fabricado en hierro colado con una longitud total de asta de 2,30 m rematada en una bola de bronce, barra de sección romboidal y 4,5 cm de grosor. Posee dos fulcra o ejes invertidos, uno situado a 18 cm del punto de pesada para magnitudes menores Figura 10. Gran romana fabricada en Almería en 1905 conservada en la colección del Museu de la Vida Rural de l'Espluga de Francolí que dirige Ramon Rosich, también en la imagen. Con un asta de 2,30 m, esta magnífica romana representa un paralelo muy próximo para imaginar el aspecto y las dimensiones que pudo alcanzar la statera a la que pertenecería nuestro aequipondium. finidos, con el derecho más hundido que el izquierdo. Las córneas y pupilas de los ojos, ligeramente rehundidos, estuvieron sin duda resaltados con pequeñas placas de pasta vítrea, hueso o cuerno. La nariz es larga y rectilínea. La boca, pequeña y carnosa, está cerrada remarcando una expresión serena y severa, ausente, con los ángulos externos bien dibujados. Las orejas se esconden bajo el volumen de cabello. Como ya hemos descrito, la cabeza y el cuello se inclinan hacia la derecha al modo griego rompiendo así una excesiva frontalidad. Los cabellos, realizados con gran detalle, alcanzan un gran volumen en todo su perímetro. Están peinados a partir de una raya central bien visible en la parte trasera y quedan recogidos por una cinta que resalta dos trenzas, una primera de gran volumen situada frontalmente en lo alto del cráneo y una segunda trasera a modo de moño cubriendo la nuca. Los cabellos sobrantes se extienden con bucles sobre ambos hombros dotando a la imagen de una gran plasticidad. La forma de los ojos y el toque de trépano son ya propios de una cronología imperial avanzada. Si el contrapeso hubiera estado cortado a la altura del cuello se podría dudar si esta gran masa de cabellos trenzados pudiera corresponder a la figura juvenil y amanerada del Apolo del Liceo según el famoso modelo helenístico creado por el genial Praxíteles (LIMC s.v. Aquí sin embargo el carácter femenino queda definido sin lugar a dudas por la combinación de los senos abultados cubiertos por un suave quitón de lino, túnica femenina por excelencia. Podemos descartar que se trate de una Afrodita / Venus que en ocasiones también presenta una trenza semejante, ya que entonces la desnudez sería el requisito iconográfico indispensable. Por todo ello, la atribución de la imagen ha podido concretarse por eliminación sin entrar en más detalles como una Artemisa / Diana (Caballero 1990: núm. 345 -I. Una atribución que podríamos aceptar sin reservas si la pieza hubiera sido de tamaño mucho menor (Simon y Bauchhenss 1984). Por tratarse de una pieza destinada a una báscula excepcional creemos que su lectura iconográfica debe ser distinta. Las imágenes de divinidades son muy habituales en los contrapesos. Existe una amplia variedad tipológica e iconográfica para los aequipondia bien estudiada junto a los pondera por distintos trabajos de Carla Corti (2001a;2001b: espec. Los contrapesos más pequeños podían adoptar formas geométricas cónicas, o bien representar ánforas, bellotas, cáscaras de caracoles, manos, etc. Al aumentar los tamaños y acercarse los pesos a la libra romana y sus múltiplos las formas se generalizan como pequeños bustos con todo tipo de de entre 80 y 230 kg según la regla graduada y otro a tan solo 7 cm para magnitudes mayores de entre 240 y 620 kg de pesada máxima, también marcadas en el asta en posición invertida. El contrapeso de esta balanza es de 21,7 kg. Si situamos nuestro contrapeso en una statera de las mismas proporciones, que por tamaño se aproximaría fielmente a los ejemplos citados en los relieves de Capua y Neumagen y sustituimos el contrapeso por nuestro aequipondium de 38 kg obtendríamos la siguiente posibilidad de pesada máxima: P x 7 cm = 38 kg x 200 cm siendo por tanto P = 1085 kg. Es decir más de una tonelada de pesada máxima. Si la distancia DP hubiera sido algo menor, de por ejemplo 5 cm lo que también parece apropiado a partir de los relieves citados tendríamos: P x 5 cm = 38 kg x 200 cm siendo por tanto P = 1520 kg. Una pesada máxima de tonelada y media. Ciertamente la machina asociada a un contrapeso así tenía que estar destinada primordialmente a controlar magnitudes enormes. No puede ser casual que este aequipondium pese 38 kg (repetimos, sin el gancho de anclaje) tan próximo a las 120 libras romanas, a pesar de que eso signifique que se trata de un elemento grande y muy pesado, engorroso de manejar para deslizarlo sobre el asta o scapus y que dificultaría mediaciones de precisión. Se trataba ciertamente de una balanza destinada únicamente a efectuar grandes pesadas. TIPOLOGÍA Y LECTURA ICONOGRÁFICA Hasta el momento, nuestro contrapeso tarraconense era considerado en términos generales como la representación de una divinidad femenina (Franken 1994, 195 CE1) y más concretamente una posible imagen de Diana (Caballero 1990: núm. 345 -I. Creemos posible ahora concretar esta atribución con una nueva propuesta que nos parece mucho más adecuada para las características excepcionales de la pieza. El busto femenino lleva una túnica griega o quitón sin mangas, anudada por medio de dos fíbulas circulares de disco a la altura de los hombros, dibujando los senos abultados y recorriendo la espalda mediante un juego de pliegues propio de un sutil tejido de lino fino y delicado, y no de la rústica lana propia del arcaico peplos. No dispone de mangas y los brazos, como es habitual en los contrapesos, están únicamente proyectados, rematados con dos brazaletes de disco que sirven de topes finales. La cara se observa fina, orbicular y estilizada, girada hacia la derecha con expresión ausente. Las cejas se presentan marcadas y los ojos muy bien de- mente en los recursos costumbristas propios de la vida cotidiana. Pero se trata, recordémoslo de nuevo, de ejemplares de tamaño infinitamente menor al tarraconense, de 300 gr de peso frente a los 38000 gr de nuestra pieza. Son por tanto órbitas de uso muy distintas. Y precisamente por ello existe otra posible lectura iconográfica que nos parece mucho más apropiada. El Nationalmuseum de Budapest conserva un gran aequipondium encontrado en una fuente de Mitrovica, la antigua Sirmium, a inicios del siglo xix, de nuevo decorado con un busto de deidad femenina (Franken 1994: 195, CE4). Es una pieza de dimensiones también considerables, con una altura de 27,5 cm y un peso de 14,490 kg, el tercero mayor conocido tras nuestro ejemplar y el aequipondium con imagen de Mercurio del Museo de Amiens. El contrapeso de la romana de Sirmium representa -en somero arte provincial ya tardío-el busto de una mujer con el cabello recogido, como siempre de brazos truncados, cubierta por una túnica de cuello representaciones figuradas: niños, atletas, guerreros, emperadores, actores cómicos, personajes heroicos, y sobre todo bustos de divinidades. Las romanas a las que pertenecían todas estas piezas eran siempre, recordémoslo, instrumentos de control de las actividades cotidianas de compra y venta con contrapesos de magnitudes próximas a la libra de peso, en torno a los 322 / 324 gr. Todos ellos han sido recogidos de forma monográfica por Norbert Franken (1994) en un amplio estudio iconográfico sobre un amplísimo catálogo de 429 ejemplares. Encontramos en ellos a Zeus / Júpiter dominante con barba y corona de laurel; Juno, Apolo y Diana, Mercurio, Dionisos o bien los sátiros y silenos de su cortejo, Attis, divinidades femeninas galeadas tipo Minerva o Roma, Hércules, Júpiter Amón, Isis y Serapis, Marte, Jano, Eros,... También emperadores toracatos o heroizados y todo tipo de imágenes diversas: atletas, aurigas, luchadores, púgiles, bustos de hombres y mujeres jóvenes o adultos, niños, esclavos nubios o incluso cráneos conviviales. Franken escogería precisamente la pieza tarraconense como portada de su obra, pero no pudo realizar la autopsia directa de la pieza (Franken 1994: 195 CE1). Por ello, tras recordar que el tipo de peinado con trenza podía corresponder a una Venus, Diana o quizás también Fortuna, prefirió simplemente considerar la imagen como una "deidad femenina". Por su diversidad, la elección de imágenes figuradas para los aequipondia parecen basadas simple-Figura 11. Ejemplos de contrapesos con imágenes de divinidades. A la izquierda Diana, a la derecha Attis y Mercurio. La doble trenza superior en una imagen femenina vestida con túnica corresponde tradicionalmente a representaciones de la diosa Diana. Aequipondium encontrado en Sirmium, conservado en el Nationalmuseum de Budapest. La Equidad poseyó por tanto una estatua, signum, pública, en una colonia africana casi 90 años antes cerrado, expresión serena y ausente. Pero lo realmente destacable en esta pieza es que la parte inferior del busto deja paso a una banda lisa que contiene la inscripción EQUETAS con letras sobresalientes en altorrelieve (CIL III, 6015, 1). Se trata por tanto de una imagen de Aequitas, la Equidad. Hemos de hacer notar que no se trata de un ejemplo aislado. En Pompeya, CIL X, 8067 recoge grabada sobre otro aequipondium la inscripción X Equi(tis/tas). De esta forma, las dos únicas menciones epigráficas conocidas sobre aequipondia conteniendo nominales se concretan por igual en torno a esta virtud divinizada: la Equidad. La Aequitas latina, como la griega Epieíkeia designa genéricamente un principio ético propio y necesario en las relaciones humanas que debe ser esperado por parte de quien ostente el poder jurídico o administrativo. Se trata del equilibrio como ideal natural en el trato entre los humanos reconocido como principio determinante al que debe acercarse también la Justicia, más estricta y rígida en su aplicación (v. por ejemplo Robles 2013). Así lo reconocía Elio Donato (adTer. Ad, I, 26), el gramático del siglo iv d. C., en una bella frase transmitida luego a la filosofía cristiana: Inter ius et aequitatem hoc interest: Ius est quod omnia recta et inflexibilia exigit, aequitas est quae de iure multum remittit, "Entre la noción de derecho y la de equidad existe esta diferencia: el derecho exige rectitud e inflexibilidad; la equidad es la que modera en buena parte el derecho". La iconografía de la Equidad, transmitida básicamente por la numismática, muestra una figuras femenina drapeada, con la cabeza descubierta, en posición sentada o alzada, llevando como atributos la balanza y la cornucopia, haciendo así corresponder el equilibrio con la abundancia (LIMC, s. v. Junto a la balanza, la Equidad puede portar también el globo en referencia a la propaganda imperial y la lanza o quizás mejor, como también se ha propuesto, la pertica o vara de diez pies necesaria en los repartos y delimitaciones agrarias. Su aparición en la iconografía monetal se inicia con aureos, denarios y ases de Otón y Vitelio en la crisis del 69 con inscripción Aequitas Augusti. Los reproducirán más adelante denarios y sextercios de Adriano y Antonino Pío con la misma iconografía y se popularizarán a fines del ii d. C. con las emisiones de medallones de Septimio Severo (LIMC s. v. Estas nuevas emisiones severianas muestran una relación de la Equidad con que aparecieran en Roma sus primeras representaciones monetales. La Aequitas, para Christol (2001Christol (: 2143)), es en estos ejemplos una segura referencia a la abstracción divinizada garante de la corrección de los pesos y medidas, responsabilidad de los ediles en la vida cotidiana del macellum. La iniquitas latina podía referirse por igual a la desventaja de un lugar, por ejemplo para la batalla, iniquitas loci en César; pero también a la mala disposición de las cosas, iniquitas rerum, que utiliza Cicerón. En sentido general se refiere por igual a la injusticia o maldad. El castellano diferencia el sentido de la "inequidad" como una falta de equidad, diferente a la "iniquidad", directamente la maldad. La Aequitas latina debía de cualquier forma corregir los malos comportamientos del mercado, especialmente los originados por pesos y medidas falseados. Una lucha eterna y constante, para la cual nada mejor que los propios ediles proporcionaran a los lugares de compra y venta elementos técnicos necesarios y verificados, como sabemos ocurrió en la Pesaro romana: En Pisaurum, los dos ediles proporcionaron pues la romana hecha en bronce y los ponderales que garantizaran públicamente las transacciones impidiendo así los engaños. Otros epígrafes citados por M. Christol (2012: 2144 y nota 44) asocian ya directamente a la Aequitas con estas mejoras técnicas. En Filipos, Macedonia, el epígrafe AE 1935, 49 muestra a los ediles dedicando conjuntamente ponderales y una imagen de la Equidad: Aequitatis Augusti et mensuras...d(e) s(ua) p(ecunia) f(aciendas) c(uraverunt) in id opus coiectum est ex mensuris iniquis aeris p(ondus) XXXXIIII. En la Narbonense, un epígrafe procedente de Murvielles-Montpellier, grabado sobre una mensa ponderaria, muestra la dedicatoria repetida Aequitati Aug(usti) por parte del edil C. Masclius Masculus. La Equidad, como divinidad aislada o asumida como virtud del poder imperial, Aequitas Augusti, aparece pues como la divinidad responsable de los pesos y medidas públicos, compañera por tanto en los macella de los otros dioses garantes del comercio como Mercurio o Hércules. La interpretación de la imagen femenina que muestra el ponderal encontrado en el puerto tarraconense debe por tanto ser realizada desde dos ópticas complementarias: los elementos iconográficos propios de la imagen y las características técnicas de su soporte. Los primeros remarcarían la cinta o diadema, el sutil ropaje femenino y la gruesa trenza del peinado que cuadrarían perfectamente con una imagen de Diana o también Fortuna, siendo además cierto que ambas deidades aparecen representadas frecuentemente sobre los aequipondia del comercio minorista y el uso doméstico particular. Pero ahora debemos valorar que la imagen, sin presentar símbolos iconográficos incontestables, puede también ser interpretada de una forma más precisa teniendo en cuenta la función de su soporte. En base a las evidencias epigráficas que acabamos de comentar, creemos mucho más lógico interpretar la imagen representada como la propia Aequitas al igual que ocurre en el aequipondium tardío de Sirmium, allí con el nombre claramente señalado. En ambos casos contemplamos imágenes femeninas adultas, de gesto tranquilo y ausente, vestidas con túnica sin ningún otro atributo específico que no sea su propio soporte. Desde luego, la trenza frontal del ejemplo tarraconense es uno de los atributos propios de la diosa Diana pero en ningún momento resulta excluyente para otras divinidades, sobre todo para una cronología imperial avanzada. En una imagen que nada puede asir, pues carece de brazos, los símbolos iconográficos propios de Aequitas, como la balanza y la cornucopia carecen de lugar. La lectura iconográfica radicaría entonces simplemente en el carácter de elemento técnico de la propia imagen. La imagen de la diosa decoraba un contrapeso enorme que debía desplazarse a lo largo del brazo de una gigantesca romana colgada de un caballete o viga. Una gigantesca machina de pesaje que hemos de interpretar necesariamente como de carácter público y en la cual sin duda la presencia de Aequitas, era la que mejor aseguraba la imprescindible fiabilidad de la báscula. UN PONDE-RARIUM O SACOMARIUM EN EL PUERTO DE TARRACO Toda balanza es un instrumento oficial de medida que para tener sentido precisa de una verificación oficial y así ocurría también en el mundo romano (Ahreus y Rottländer: 1993). Un trabajo publicado por A. D. Pérez Zurita (2011) se ha dedicado de forma específica a estudiar cuales fueron estas medidas de control y administración de los pesos y medidas en el occidente imperial romano. Resulta un útil complemento de trabajos anteriores de Carla Corti (2001aCorti ( y 2001b) ) que ya hemos comentado, y UN AEQUIPONDIUM DE PESO EXCEPCIONAL Y LA BALANZA PÚBLICA DEL PUERTO DE TARRACO sabemos por iguales referencias epigráficas que un segundo juego de piezas de referencia estaba también disponible en el templo de Cástor y Pólux en el foro romano. En último lugar, la inscripción CIL VI, 282 fue dedicada en Roma por un pretoriano a un Hércules "de los ponderales": Herculi / ponderum / Q(uintus) Aemilius / Vibianus / b(ene)f(iciarius) tr(ibuni) coh(ortis) III [---] / O V. Los foros de todas las ciudades romanas actuaron como lugares de mercado y por ello tuvieron que contar entre sus instalaciones con un lugar para situar los elementos de control de pesos, medidas y volúmenes bajo supervisión de los ediles. Las fuentes epigráficas lo denominan ponderarium u officina ponderaria. Contenía habitualmente una mensa con distintas cavidades destinadas al control de volúmenes en base al modius, reglas de medida de longitudes y balanzas (ya fueran librae de dos platos o staterae de brazo y contrapeso con sus ponderales respectivos). También es posible que este lugar público de control estuviera situado, con mayor propiedad, en un macellum o mercado de abastos vecino a la plaza forense (De Ruyt 1983; Chanskowski y Karonis 2010). Nada sabemos en Tarraco sobre la ubicación de estos elementos concretos. Ni a nivel estructural ni por hallazgos epigráficos o de cultura material. Aunque en distintos trabajos hemos podido sugerir cual era el aspecto general de las plazas yuxtapuestas que fueron conformando el foro de la colonia, allí el único edificio bien conservado es la gran basílica jurídica construida en época de Augusto y Tiberio (Mar y Ruiz de Arbulo 2011; Mar et alii: 2012). Un edificio público destinado primordialmente a la actividad judicial urbana de los duoviros y la del propio gobernador provincial durante toda la época julio-claudia en relación al conventus y la provincia. Siendo Tarraco una ciudad portuaria, y además capital provincial, sin duda tuvo que existir un segundo punto de control oficial de pesos y medidas situado en el propio puerto. Tanto para las propias transacciones privadas como para el control fiscal de la actividad portuaria. El barrio portuario tarraconense rodeaba la vaguada portuaria y el vecino paleocauce del río Tulcis, conformando un espacio muy amplio que constituía en sí mismo una entidad independiente extramuros separada de la propia ciudad quizás incluso jurídicamente. Resulta igualmente útil la lectura de Mariagrazia Rizzi (2013) en la Revista internacional de Derecho Romano en un trabajo sobre los repetidos fraudes metrológicos documentados en las sociedades griega y romana. Sabemos por Festo de la promulgación ya en el siglo iii a. C. de una lex Silia o lex de ponderibus plebiscitaria que reglamentó las medidas de áridos y líquidos fijando penas para los transgresores (Cloud 1985(Cloud y 1996;;Pérez Zurita 2011: 125-126) pero la situación nunca pudo ser regulada de una forma estable y global por lo que las reformas de control se fueron sucediendo durante toda la Antigüedad. Un avance importante debió producirse en el año 47 d. C. durante el mandato en Roma de los ediles M. Articuleius y Cn. Turranius que asumieron parece que con éxito un proceso oficial de tipificación de balanzas y ponderales. La norma que establecieron estos ediles romanos fue tenida como modelo a seguir como mínimo en Italia y quizás en todo el Imperio occidental ya que han sido diversos los hallazgos de balanzas y ponderales conteniendo fórmulas del tipo ponder(a) exact(a) [M(arco?)] Ar [ti] culei [o] Cn(aeo) Tur(ranio?) aedil(ibus) (CIL X, 8067.1 de Herculano); exacta ad Artic(uleianam) cura aedil(ium) (CIL X, 80672.2, de Herculano); iuss(u) aedili( um Las staterae incluían igualmente registros específicos de control de sus medidas y funcionamiento. Tales registros significaban que una balanza, ya acabada, con su plato, cadenas y contrapeso era verificada en Roma para su correcto funcionamiento y a continuación recibía un marcaje específico acreditativo. La marca de verificación era incluida por puntillado en la pieza mencionando únicamente su adecuación a las medidas oficiales a través de la expresión exacta in Capitolio, además del nombre y títulos del emperador como elemento de datación. Así lo demuestran algunos testimonios muy claros como la statera de Nápoles (CIL X, 8067.3), las dos encontradas en Valencia (AE 1989: 475; AE 2009: 655; Aranegui 1989) Destacaría en primer lugar el gran muelle de pilares (opus pilarum), barrenado en el siglo xix, que al igual que en Puteoli protegería el anclaje de las naves facilitando al mismo tiempo la evacuación de los lodos arrastrados por el río y evitando el arenamiento de la rada (siltation). Conocemos por la arqueología algunos de los horrea portuarios e incluso sabemos que en la Antigüedad tardía se desarrolló un barrio residencial portuario con un nivel adquisitivo importante (Pociña y Remolà 2001 y 2003; Macias y Remolà 2011; Mar y Guidi 2010). Al igual que ocurre en otros puertos cosmopolitas como Delos o Puteoli, la epigrafía documenta en el puerto tarraconense la existencia de templos, algunos dedicados a divinidades extranjeras que nos recuerda la presencia de las stationes de distintas comunidades de navegantes, establecidas en los puertos para facilitar los intercambios construyendo auténticos "consulados del mar" donde rendían culto a sus divinidades nacionales y ante cuyos altares podían cerrarse los tratos mediante juramento. Todos estos elementos debían hacer de la fachada marítima de Tarraco un auténtico escaparate internacional (Mar y Ruiz de Arbulo 2011). Tarraco era, además de una colonia romana, también una capital provincial, lo que significa que su puerto tuvo que estar al servicio no tan sólo de la ciudad y de su agger sino también del gobierno provincial y de su fiscalidad. Tuvo por ello que contar con las instalaciones apropiadas para que los procuratores pudieran controlar un comercio interprovincial por vía marítima que estaba grabado por el impuesto específico de la quinta et vicesima venalium mancipiorum y verificar en general el cargamento de todas las naves llegadas a puerto. Una instalación fiscal de este tipo evidentemente tuvo que incluir instalaciones de medida, con modii y básculas para que los mensores pudieran realizar las comprobaciones oportunas. Una instalación así parece del todo apropiada en cualquier La decoración del vaso puteolano de Praga, que reproducimos aquí, muestra a la derecha el gran muelle de pilares (pilae) junto al mar (pelagu), decorado con arcos culminados por esculturas de tema marino (cuadriga de hipocampos de Poseidón y cuadriga con tritones sonando conchas). A la izquierda, se desarrollan en terrazas los grandes monumentos, calles y barrios de la ciudad: Stadiu(m), Solariu(m), Strata post Foru(m), Amphiteat(rum), Theatru(m), (el barrio de) Decatria, etc. En el centro, el templo elevado de Isis (ascensu Domini). Junto al mar se dibujan los edificios de la ortesiana rip(a), la ribera puteolana ocupada por grandes y lujosas villae, el Inpuriu (por Emporium, el barrio portuario extraurbano) y por último el Sacoma(rium) o gran báscula pública vecina al gran muelle de pilares. En el puerto de Tarraco, un pequeño epígrafe grabado con letra cursiva antes de la cocción sobre el pivote de un ánfora asimilable a una Dressel 20 (MNAT, 45227) ha permitido sugerir a G. Fabre, M. Mayer e I. Rodà (IRC V, 138) la lectura Ad saco(marium) / T(arraconense, -arraconis). Para nuestros objetivos se trataría de un magnífico refrendo de la gran balanza pública portuaria pero hemos de mostrarnos prudentes. Las Dressel 20 fueron ánforas de aceite producidas de forma exclusiva en las riberas del Baetis y si el grafito se grabó ante cocturam el sacomarium citado debió corresponder a alguno de los grandes puertos fluviales béticos y no a Tarraco. Pero el pequeño tamaño del fragmento quizás permita una lectura tipológica diferente (no hemos podido todavía realizar la autopsia) La necesidad de controlar el peso de productos en magnitudes de toneladas nos indica en Tarraco la importancia del tráfico portuario interprovincial y la necesidad de su control efectivo con fines fiscales tanto en las salidas como en las llegadas de productos de todo tipo. No podemos precisar de momento si existió una relación con productos de la minería o la construcción monumental en mármol. Una posibilidad todavía poco estudiada para la época romana sería valorar la minería de la plata y el plomo de la vecina comarca del Priorat, atestiguada desde la época fenicia y protoibérica y mantenida a lo largo de las épocas medieval, moderna y contemporánea, por ejemplo en las minas de Bellmunt. Ignacio Montero, Instituto de Historia, CSIC. Madrid La toma de muestras se realizó en las instalaciones del propio Museu Nacional Arqueològic de Tarragona. Por un lado se tomaron partículas del metal mediante una abrasión controlada en una zona de la base. A partir de esta micromuestra, en el Microscopio electrónico de Barrido del Instituto de Historia se analizaron los pequeños restos extraídos para determinar la composición del metal. Se realizaron tres análisis diferentes en partículas distintas, seleccionándose aquellas que estuviesen más limpias de corrosión. Por tanto se trata de una aleación cuaternaria o mixta. Este tipo de aleaciones son frecuentes a partir del siglo iii y iv d. C. y suelen interpretarse como producto de metales reciclados, en los que no hay un control preciso de cada uno de los elementos aleados. Llama la atención el que se emplee para una figura o estatua de metal colado ya que las aleaciones de esculturas romanas de época imperial suelen ser de bronce plomado normalmente con proporciones variables entre 65-80 % Cu, 15-30 % Pb y 5-10 % Sn según recoge y sintetiza Dungworth (1997) y hemos confirmado en algunas piezas analizadas por el Proyecto Arqueometalurgia de la Península Ibérica. También se extrajo una muestra del plomo de relleno de la base, en este caso mediante un taladro con broca de 1,25 mm. La muestra se recogió en un tubo de polipropileno, químicamente inerte y libre de metales y fue enviada para el análisis de isótopos de plomo al Servicio de Geocronología y Geoquímica (SGIker) de la Universidad del País Vasco. La técnica utilizada ha sido espectrometría de masas de alta resolución y multicolección con fuente de plasma acoplado inductivamente (MC-ICP-MS Neptune). El resultado obtenido no permite interpretar un origen claro del plomo. El reciclado de plomo es una práctica frecuente y las ratios isotópicas obtenidas muestran que no hay coincidencia (Fig. 17) con los datos conocidos del área minera de La Unión en la Sierra de Cartagena y otras zonas del Sureste como Mazarrón o Sierra Almagrera y Cabo de Gata en Almería. Tampoco se pueden relacionar con otras áreas como Linares o Sierra Morena, por lo que lo más probable es que se trate de una mezcla del plomo en circulación, aunque con un origen mayoritario en el Sureste. Fondo de un ánfora con grafito cursivo IRC V, 138: Ad saco(marium) / T(arraconensis, -arraconis), realizado ante cocturam.
El propósito de este artículo es reconstruir la historia del intento fracasado de crear una escuela catalana de arqueología oriental con sede en Atenas. Dicho proyecto fue ideado y financiado por Francesc Cambó en 1928, y contaba con la colaboración científica de Pere Bosch Gimpera y con el trabajo sobre el terreno de Josep Gibert i Buch. Entre sus principales resultados conviene destacar las excavaciones llevadas a cabo en Naxos y, sobre todo, en Siquem. Sin embargo, diversos problemas personales, económicos y políticos entre las personas implicadas en dicho proyecto provocaron que finalmente no se concretase. Durante el primer tercio del siglo xx era ya una evidencia palmaria que España había quedado completamente al margen del desarrollo de la arqueología del Próximo Oriente como disciplina académica. La ausencia de intereses coloniales en la región y la situación interna del país durante la segunda mitad del siglo xix explican la ausencia de España en el desarrollo de la arqueología del Próximo Oriente (Del Olmo 2012: 150s.). Con todo, es cierto que se produjeron algunos episodios aislados dignos de mención, como la expedición de la fragata Arapiles por el mediterráneo Oriental en 1871 (Pascual 2001), o las actividades anticuaristas del P. Bonaventura Ubach, fundador del Museo Bíblico de Montserrat, quien logró reunir la mayor colección de antigüedades del Próximo Oriente en el estado español (Camps 1979; Valdés 2001; Vidal 2010). Sin embargo, lo cierto es que ninguna de aquellas aportaciones tuvo un mínimo impacto a nivel internacional. Los grandes centros del orientalismo antiguo de Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos e Italia en ningún momento hubieron de volver la vista hacia alguna aportación surgida del estado español. Una de las figuras más relevantes de la arqueología española de la primera mitad del siglo xx, Pere Bosch Gimpera, era perfectamente consciente del subdesarrollo del Orientalismo Antiguo en España. En cualquier caso, consciente de ese déficit, que suponía una verdadera anomalía en el panorama académico occidental, Bosch trabajó para introducir los estudios de arqueología del Mediterráneo Oriental en la universidad española. En este sentido, dedicó mucho esfuerzo a la publicación y sucesivas reediciones de la que él consideraba como una de sus grandes obras: Historia de Oriente (2 vols.) Asimismo, también intentó conseguir que alguno de sus discípulos se convirtiera en especialista en Arqueología Oriental. Ciertamente, dicha asignatura ya formaba parte del plan de estudios de la licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona a principios de los años 30. Sin embargo, era impartida por José Vicente Amorós Barra,2 un especialista en numismática de la Península Ibérica (Beltrán 1960; Campo 2009) que estaba lejos de ser un referente en el ámbito del orientalismo antiguo. Bosch pretendía normalizarla, situando al frente de la misma a un verdadero especialista en la materia. Según el testimonio de Lluís Pericot, el escogido por Bosch para esa labor fue Salvador Espriu, uno de sus últimos estudiantes en Barcelona (Pericot 1974: 9), quien incluso parece que llegó a obtener una beca del conde de Cartagena para estudiar Egiptología en el extranjero. Sin embargo, el estallido de la guerra civil primero, y las necesidades económicas de su familia después, alejaron a Espriu del mundo de la Arqueología y de la Historia Antigua (Fullola y Gracia 2010; Pons 2013: 179ss.). Con todo, ahora sabemos que Salvador Espriu no fue en realidad la primera opción de Bosch para la formación de un especialista en arqueología oriental. Ese lugar con rigor corresponde a Josep Gibert i Buch, otro alumno de Bosch que, a finales de los años 20 y principios de los 30 del s. xx participó en diversas excavaciones arqueológicas en Grecia y Palestina. De hecho, como veremos, Gibert fue una pieza más dentro de un complicado entramado político-académico destinado a la creación de una escuela catalana de arqueología en Atenas, tarea en la que se hallaba implicado, además de Bosch, el político y mecenas Francesc Cambó. 3 El propósito del presente artículo es el de analizar la trayectoria arqueológica de Gibert, verdadero pionero olvidado de la arqueología oriental en el estado español. JOSEP GIBERT I BUCH, APUNTES BIOGRÁ-FICOS Josep Gibert i Buch (Girona 1903-Barcelona 1979) obtuvo el título de bachillerato en 1919 en el Instituto de Girona, con una calificación media de Notable. Ese mismo año ingresó en la Universidad de Barcelona para cursar la licenciatura de Filosofía y Letras (sección de Historia), grado que obtuvo en 1925. Durante la licenciatura entró en contacto directo con Bosch, con el que realizó en 1921-1922 las asignaturas de Historia antigua y media de España e Historia universal antigua y media, 4 obteniendo la calificación de notable en ambas. 5 Asimismo, cursó con José Vicente Amorós las asignaturas de Arqueología (1921Arqueología ( -1922) ) y Numismática y Epigrafía (1923)(1924), recibiendo las calificaciones de sobresaliente y notable respectivamente. 6 También es posible que Gibert, durante el periodo 1919-1924, participara en las reuniones y asistiera a los cursos organizados por el Seminario de Prehistoria e Historia Antigua, creado por Bosch en 1916 en la propia universidad. Así, durante su etapa como estudiante, el Seminario organizó, entre otros, diversas conferencias de Schulten sobre sus excavaciones en Numancia (1919), la Ora Marítima de Avieno (1920) o el Estudio filológico-histórico en los seminarios alemanes (1920); además de cursos monográficos como "La civilización ibérica y la etnografía de la segunda Edad del Hierro", impartido por Bosch en 1920-1921, o "Las fuentes literarias acerca de la geografía antigua de la Península", dictado de nuevo por Schulten ese mismo año académico (Gracia 2011: 198ss.). Con todo, durante su estancia en la Universidad de Barcelona, Gibert no se significó por un interés específico por la arqueología y el mundo antiguo. (responsable de la traducción al catalán de obras clásicas grecolatinas) y Fundació Bíblica Catalana (encargada también de la traducción al catalán del texto bíblico). Sobre la figura de Cambó véase, por ejemplo, Riquer (1996). 4 Bosch, disconforme con el nombre de ambas asignaturas, había optado por impartirlas a su manera, dedicando una de ellas a la enseñanza de la prehistoria y la otra a la historia antigua (Serra 2013: 10). 5 Con todo, algunas de las clases a las que asistió Gibert fueron impartidas por el discípulo de Bosch Gimpera Josep de Calassanç Serra Ràfols, encargado de substituirle durante sus frecuentes viajes a Alemania, Francia, Madrid o durante sus estancias arqueológicas en los yacimientos de Tivissa, Tossa, Alcoy y Calaceite (Serra 2013: 11 De hecho, tal y como reconoció él mismo unos años después, su principal tema de estudio en aquellos momentos era la investigación de los efectos de la piratería sobre las costas catalanas y baleares en época moderna. 7 Tras su paso por la universidad, y una vez obtenida la licenciatura, Gibert se trasladó primero a Madrid y después a Egipto, estableciéndose en Alejandría en octubre de 1927. 8 Durante su estancia en la ciudad se dedicó, entre otras, a labores periodísticas, poseyendo el carnet de "corresponsal literario en Oriente" 9 del periódico barcelonés La Publicitat, periódico creado por uno de sus grandes protectores, el político y escritor catalán Lluís Nicolau d'Olwer. 10 A pesar de que en aquellos momentos, Gibert todavía no había optado por dedicarse a la arqueología, durante su estancia en Egipto sí realizó algunas tareas directamente relacionadas con la disciplina. Así, entre sus escritos para La Publicitat encontramos un texto del 18 de febrero de 1928 dedicado a los nuevos descubrimientos relacionados con la tumba de Tutankhamon, hallada seis años antes. 11 En el artículo, Gibert describía los resultados obtenidos por Howard Carter en la campaña de excavaciones de 1927-28, cuyos trabajos se habían centrado en el estudio e inventario de los materiales de la tercera y cuarta cámaras de la tumba. Tal y como reconocía Gibert en una carta dirigida a Nicolau, en su artículo simplemente se había limitado a traducir una noticia publicada en la prensa francesa. 12 Una carta de 2 de enero de 1928 alteró por completo la trayectoria posterior de Gibert. En aquella misiva, Bosch le informaba acerca de las intenciones del político y mecenas catalán Francesc Cambó de crear una escuela catalana de arqueología en Atenas. Escritor y político, fundador del partido político catalanista Acció Catalana. Sobre la figura de Nicolau d'Olwer véase, por ejemplo, Vilà (2009). 13 Dicho intento transcurrió en paralelo al proyecto, también fallido, para la creación de un Instituto Arqueológico Español en Atenas, impulsado, entre otros, por José Ramón Mélida (Bellón 2010: 128ss.). catalán se formara específicamente en arqueología clásica, oriental y prehistórica con los arqueólogos del Instituto Arqueológico Alemán de Atenas, más concretamente con Gabriel Welter, 14 amigo personal de Cambó. Según afirma Bosch en sus memorias, cuando Cambó le expuso la idea, él pensó que la persona idónea para el puesto era Josep de Calassanç Serra Ràfols, uno de sus primeros discípulos. Sin embargo, Serra Ràfols rechazó la propuesta, esgrimiendo su temor a perder su plaza como ayudante técnico en el Servicio de Excavaciones Arqueológicas de la Diputación de Barcelona en caso de marchar a Grecia. Ante la negativa de Serra Ràfols, Bosch le ofreció el puesto a Gibert, al que definía como un antiguo alumno suyo, poseedor de un "cierto espíritu de aventura" (Bosch 1980: 127). En este caso Gibert sí aceptó la propuesta, instalándose en la isla de Egina en octubre de 1928, 15 y recibiendo de Cambó una pensión mensual primero de 15 y después de 20 libras esterlinas (Mirambell 1997b: 47). Durante los tres años siguientes Gibert participó en diversas excavaciones arqueológicas en Grecia y Palestina. A pesar de que durante ese período Gibert fue acumulando cada vez mayor experiencia en arqueología de campo, Bosch, Welter y Cambó coincidían en la necesidad de que adquiriera una formación teórica más sólida, planteándole la necesidad de completar sus estudios de arqueología en Alemania. Formado en las universidades alemanas de Estrasburgo y Leipzig, además de en Roma, desarrolló prácticamente toda su carrera arqueológica en el Deutschen Archäologischen Institut de Atenas. En Grecia participó en la excavación de monumentos tan significativos como la Linterna de Lisícrates, el Olimpeion o el Templo de Atenea Niké, además de las excavaciones en Naxos, Egina y Siquem a las que nos referimos en el presente trabajo. Arqueólogo polémico y hoy prácticamente olvidado (a su muerte no se publicó ninguna necrológica en revistas científicas), se caracterizó, entre otros, por su reticencia a publicar los resultados de sus excavaciones, hecho que le valió numerosas críticas. Por desgracia, las cartas enviadas a Gibert por Francesc Cambó, Lluís Nicolau D'Olwer o Bosch Gimpera citadas por Mirambell (1997aMirambell ( y 1997b) ) se hallan actualmente perdidas. Dicha correspondencia, conservada por su sobrino Jordi Gibert, se extravió tras la muerte de éste en 2010 (Mirambell, comunicación personal). en cambio, le recomendaba realizar sus estudios en Múnich. 17 Gibert, finalmente, adoptó una solución de compromiso y pasó los primeros meses de 1931 estudiando en Múnich, para trasladarse a Berlín a finales de abril de ese mismo año. De su estancia en Berlín, apenas tenemos noticias. En cambio, en una carta dirigida a Bosch el 14 de abril de 1931, le detallaba el trabajo realizado en la capital de Baviera: [Theodor] Dombart), cerámica grega (prof. [Hans] Diepolder) i topografía grega i oriental (prof. 18Sin embargo, tras su dedicación intensiva a la arqueología durante el periodo 1928-1931, Gibert abandonó la disciplina de forma súbita. Según Enric Mirambell, dicho abandono se produjo como consecuencia de los trastornos provocados por la guerra civil que, entre otros, llevaron a su maestro Bosch al exilio (Mirambell 1997a: 40). Pero, en realidad, dicho abandono se debió más probablemente a circunstancias estrictamente personales, así como a la pérdida de interés de Cambó en la proyectada escuela catalana de arqueología en Atenas. Por lo que se refiere a esas circunstancias personales a las que nos referíamos, resulta especialmente significativa y sincera una carta que Gibert envió a Nicolau, 19 donde le confesaba abiertamente sus dudas sobre su futuro como arqueólogo: "Dons, Senyor Nicolau, d'aqui que em pensó que no arribaré mai a arqueólec, i menys a director de la nostra projectada escola; caldrá cercar un algú que tingui una vocació mes forta, i, mes encara que això, un temperament d 'ermitá". 20 Más específicamente, Gibert reconocía que la labor arqueológica en Grecia le parecía la mayor parte del tiempo tremendamente aburrida y solitaria: "Jo no puc seguir a Grecia, i no puc seguir-hi perquè m'aborreixo. 21 Ni tan siquiera la posibilidad de abandonar las excavaciones en Egina y dirigir él mismo una misión en Epidauro le despertaban el más mínimo interés: 22 21 ["Yo no puedo seguir en Grecia, y no puedo seguir porque me aburro. He sido siempre un bohemio entre los bohemios, y calcule por tanto cómo he de sufrir dentro de mi soledad; el verano aún se puede soportar, pero el invierno... Porque esta es la única causa, el estar demasiado solo; si sigo así jamás me convertiría en arqueólogo: la neurastenia o la cocaina me matarían. En caso de continuar ha de ser con una única condición: la de que se me permita tener una compañera, lícita ya que el puritanismo de los habitantes de las islas no me permite tener una amiga. Piense, senyor Nicolau, que todavía no tengo 25 años; los griegos de pueblo enclaustran a sus hijas tal vez por vestigios de un atavismo turco. Y yo estoy verdaderamente necesitado de una mujer: como compañía y como hembra. Perdóneme, señor, que le escriba así de crudo"]. 22 ["Ahora bien, Egina, comparada con Epidauro, es un París o un Berlín; Gibert no podría resistir ni una semana, y Welter quiere que esté de uno a dos años. Y es el mismo Welter el que me ha dicho muchas veces que Grecia no ha sido excavada ni conocida debido al aburrimiento que enseguida afecta al arqueólogo. Y yo he sido un bohemio entre los bohemios. Y me encuentro muy a gusto en este mundo"]. LA ESCUELA DE ARQUEOLOGÍA DEL MEDITERRÁNEO ORIENTAL QUE NO PUDO SER... Si bien es verdad que después de escribir esas palabras, Gibert todavía permaneció varios años primero en Grecia y después en Palestina, al tiempo que viajó a Alemania para continuar con su formación, también es cierto que las mismas dejan entrever un prematuro agotamiento de su vocación arqueológica. Asimismo, a esa crisis vocacional se sumó el duro enfrentamiento entre dos de sus principales protectores, Cambó y Welter, a lo largo de 1931, enfrentamiento que, a buen seguro, contribuyó a minar la carrera arqueológica de Gibert. El germen de las disputas se sitúa en la decisión del gobierno alemán en 1931 de retirar los fondos de financiación para las excavaciones de Welter en Grecia y Palestina, como consecuencia de la gravísima crisis económica que sufría el país en aquellos momentos. Cambó se comprometió con Welter a asumir él mismo la financiación de los trabajos, aportando un total de 20.000 marcos anuales, siempre y cuando se cumplieran una serie de requisitos: que Gibert participara en las excavaciones, que una parte de los objetos recuperados en Siquem se trasladara a Cataluña, y que la publicación de los descubrimientos se hiciera en primera instancia en catalán. 23 A pesar del acuerdo inicial entre Cambó y Welter sobre la cuestión, lo cierto es que la gestión del mismo dio lugar a un agrio enfrentamiento entre ambos. Así, en una carta de Cambó a Gibert de 20 de enero de 1931, Cambó hacía referencia a un primer malentendido con Welter, quien le había planteado un ultimátum que Cambó no estaba dispuesto a aceptar (Mirambell 1997b: 46). Los ecos de la disputa llegaron hasta Bosch, quien el 4 de febrero enviaba una carta a Gibert señalando que en cuanto Cambó regresara a Barcelona, se reuniría con él para rebajar tensiones y mirar de solucionar el asunto (Mirambell 1997: 40). Aparentemente se pudo reconducir la situación, ya que el 26 de agosto Cambó se dirigía de nuevo a Gibert para comunicarle que Welter había dado marcha atrás, normalizándose las relaciones (Mirambell 1997b: 46). En este mismo sentido se sitúa una carta de 18 de setiembre, donde Cambó le comentaba a Gibert el contenido de una reunión mantenida con Welter en Atenas, en la que este último se había comprometido a enviar a Cambó un proyecto detallado de las futuras excavaciones que pensaba realizar en Grecia y Palestina gracias a la financiación aportada por Cambó (Mirambell 1997b: 46). Sin embargo, la situación sufrió un nuevo deterioro, esta vez definitivo. en Palestina sin hacer absolutamente nada. Cambó contestaba el 12 de octubre de forma contundente: 24Cambó, harto de los enfrentamientos con Welter, llegó a ofrecer la dirección de las excavaciones arqueológicas en Siquem al P. Bonaventura Ubach, para que formara tándem con Gibert al frente de las mismas (Díaz 1962: 191). Sin embargo, Ubach rechazó la propuesta, prefiriendo continuar su labor de traducción y comentario de la Biblia al catalán, por lo que Welter siguió al frente de las excavaciones hasta 1933, cuando fue substituido por Ernst Sellin, quien ya se había encargado de los trabajos en Siquem en 1913Siquem en -1914Siquem en y 1926Siquem en -1928.. Asimismo, las firmes promesas acerca de la posibilidad de que Gibert se convirtiera en el director de una futura Escuela Catalana de Arqueología en Atenas se fueron diluyendo inexorablemente con el paso del tiempo. Así, en una carta de Cambó a Gibert de 18 de marzo de 1930 ya encontramos una primera variación significativa respecto al plan inicial. En dicha carta, Cambó le comunicaba la posibilidad de que el Institut d'Estudis Catalans crease una sección de arqueología de Grecia y Próximo Oriente que, desde luego, iba a estar al cargo de Gibert (Mirambell 1997b: 45). El 22 de agosto Cambó volvía a escribirle en términos parecidos, aunque ya sin especificar a qué institución concreta se iba a vincular Gibert en un futuro: 26El debilitamiento del compromiso de Cambó con la financiación del desarrollo de la arqueología catalana en el Mediterráneo Oriental fue creciendo de forma paulatina. En dicha carta afirmaba que no estaba dispuesto a renovar su subvención de 20.000 marcos. Defendía su postura argumentando que la situación política, tanto nacional como internacional, era excesivamente confusa. En su opinión, la evolución de la autonomía de Cataluña en el marco de la Segunda República sería decisiva para saber si merecía la pena continuar con la apuesta planteada años atrás o era mejor abandonar el proyecto definitivamente (Mirambell 1997b: 46s.). A todos esos problemas debe sumarse también el alejamiento progresivo entre Bosch y el propio Cambó. En 1944 vendió su colección fotográfica (consistente en 268 fotografías y 6 postales, la mayoría de las cuales hacen referencia a su Girona natal y alrededores a finales del siglo xix y principios del xx) al Archivo Histórico de la Ciudad de Barcelona, colección que hoy forma el denominado Fondo Josep Gibert i Buch (Domènech et alii 2007: 242). Por lo tanto, la carrera arqueológica de Gibert, al que Bosch había llegado a definir como "uno de los más preciosos factores de la arqueología catalana",31 fue fugaz y terminó de forma abrupta, fruto tanto de unas circunstancias adversas como de una deriva personal cada vez más alejada de la disciplina. Ciertamente, de haber prosperado la figura arqueológica de Josep Gibert, podría haber modificado de forma decisiva el desarrollo de la arqueología del Mediterráneo Oriental en el estado español, adelantando varias décadas su pleno desarrollo, integración y normalización en el ámbito universitario ibérico. En los dos apartados siguientes analizaremos con detalle la labor arqueológica desempeñada por Gibert en Grecia y Palestina durante el periodo 1928-1931. LAS EXCAVACIONES EN GRECIA Durante ese periodo participó activamente en dos de las excavaciones en las que se hallaba su maestro Welter: Naxos y Egina. Con todo, rápidamente dio muestras del poco entusiasmo que le suscitaba su estancia en Grecia: "De bo no hi ha mes que el cel, el mar, i els morts; per lo demes, en dir-li que hi manca fins l'aigua, dolça, eh?, en tindra prou per imaginar-se com la Grecia no es precisament un Eden". 33De aquellos primeros días de estancia en Grecia conservamos un interesante retrato de Welter, del que De sus trabajos en Egina, donde excavó un mínimo de seis semanas,35 apenas conservamos alguna referencia. Tal vez la más significativa sea una información recogida en una carta de Gibert a Cambó de 21 de diciembre de 1929, donde afirmaba estar escribiendo una guía (¿arqueológica?) de Egina,36 guía que finalmente no parece que llegara a publicar. Mucho mejor conocemos sus trabajos en Naxos, gracias sobre todo a la aparición de un breve artículo donde resumía los principales resultados obtenidos durante la campaña de 1930 (Gibert 1931). En este sentido, destacaba el hallazgo en la colina de Palatia de los restos de la entrada al templo del siglo vi a. n. e., atribuido a Apolo o Dionisio, que Gibert relacionaba directamente con la tiranía de Lygdamis y del que subrayaba que se trataba de una fundación ex-novo, ordenada erigir por el tirano en un lugar sin evidencias de haber tenido un uso religioso previo. Asimismo, Gibert se refería también a la realización de diversos sondeos en el sur de la isla que habían permitido documentar el desarrollo del periodo cicládico, al tiempo que destacaba el hallazgo de vasos decorados con representaciones guerreras que, según él, ofrecían el testimonio material de las invasiones dorias. Gibert terminaba su exposición describiendo las excavaciones de un santuario que databa en torno De nuevo son las excavaciones en Naxos y no en Egina las que ocupan más espacio en su correspondencia con Cambó. Allí podemos comprobar como Gibert le enviaba cartas describiendo el curso de las investigaciones, unas cartas que, además, iban acompañadas de dibujos de las piezas más significativas. Con todo, a Cambó el resultado de las excavaciones le parecía interesante desde un punto de vista histórico, aunque poco relevante en lo referente al número y calidad de las piezas recuperadas: 37 De hecho, uno de los aspectos más destacables de la correspondencia con Cambó es comprobar el interés del político catalán en determinados objetos arqueológicos que él consideraba excepcionales. 39 En este sentido, no podemos descartar que la ausencia de hallazgos espectaculares desde un punto de vista artístico fuera otra más de las causas que contribuyeron a fomentar el creciente desinterés de Cambó por su proyecto arqueológico en Oriente. 37 ["Sus cartas semanales me dan un gran placer. Con ellas y con sus dibujos, voy siguiendo el curso de sus trabajos en Naxos cuyo resultado, hasta ahora, no es extraordinario, aunque, arqueológicamente, confirman la invasión de todo el mundo griego por la cerámica micénica"]. 38 De hecho, para Cambó coleccionismo y arqueología eran actividades prácticamente idénticas (Cambó 1987: 403). Sobre la figura de Cambó como coleccionista de arte véase Jiménez-Blanco y Mack 2007: 223ss. 39 ["El dibujo que me envía de un fragmento de vaso micénico, es impresionante: conviene que usted haga todos los esfuerzos imaginables para encontrar los complementos que faltan: si el vaso se hallara completo, sería una de las grandes piezas de la cerámica micénica"]. Welter fue el director de las excavaciones arqueológicas alemanas en Tell Balata (la antigua Siquem) entre el verano de 1928 y 1933, compaginando esa labor con sus excavaciones en Naxos y Egina. Lo cierto es que conocemos bastante mal el trabajo realizado por Welter en Siquem. De hecho, cuando George Ernest Wright se hizo cargo de las excavaciones en el yacimiento en 1956, lamentaba profundamente lo poco que había publicado Welter sobre su trabajo allí durante el periodo 1928-1933(Wright 1965: 29): 29), con un único artículo que trataba de resumir sus años como director de las excavaciones de Siquem (Welter 1932). El estudio de la documentación de Gibert nos indica que su colaboración con Welter en Siquem se inició en otoño de 1930. Más problemático resulta conocer cuándo terminó. La última noticia que relaciona a Gibert con Siquem es una carta de noviembre de 1931. 40 A partir de ahí, ningún dato nos permite asegurar que Gibert acompañara a Welter en Siquem en las campañas de 1932 y 1933, año en el que fue substituido por Sellin. De hecho, como veíamos antes, en mayo de 1932 Gibert ya trabajaba para la Junta de Museus de la Generalitat republicana, por lo que probablemente podemos concluir que la labor de Gibert en Siquem terminó a finales de 1931. Por desgracia, la falta de publicaciones de Welter sobre sus trabajos en Siquem no la podemos suplir a partir de escritos de Gibert. Según se desprende de su correspondencia con Cambó, Gibert le enviaba periódicamente informes de sus trabajos allí. De hecho, en una carta de 8 de septiembre de 1930, Cambó se comprometía a utilizar sus contactos para tratar de que aquellos informes se publicasen en alguna revista de prestigio: "Ni Welter ni yo creemos conveniente que sus informes y notas vayan a la prensa diaria". 41 Sin embargo, Bosch se mostraba del todo contrario a que Gibert publicara sus trabajos sobre Siquem en algún foro académico. Así, en una carta de 5 de abril de 1931, Bosch le señalaba explícitamente la necesidad de ser prudente y terminar de forma correcta su periodo de formación en Alemania, antes de publicar sus trabajos en revistas arqueológicas: LA ESCUELA DE ARQUEOLOGÍA DEL MEDITERRÁNEO ORIENTAL QUE NO PUDO SER... debe, no solo a la escasez de publicaciones a la que antes aludíamos, sino también a la calidad del trabajo realizado así como a la formulación de algunas interpretaciones polémicas, hoy ya superadas. En este sentido, y además de la ya mentada identificación del supuesto templo de Baal-Berit, debemos referirnos a la polémica entre Welter y Sellin acerca de la interpretación del denominado templo-fortaleza excavado por el propio Sellin en 1928. Sellin, en función del hallazgo de un betilo (maṣṣebah) en el exterior del edificio, interpretó el conjunto como un ejemplo de típico templo cananeo de la Edad del Bronce. Welter, en cambio, consideraba que el edificio funcionó únicamente como fortaleza, aceptando la posibilidad de que durante la fase final del mismo fuese utilizado brevemente también como espacio de culto. Las posteriores excavaciones de Wright confirmaron la validez de la propuesta de Sellin (Campbell 2014: 96s.). Otro de los planteamientos polémicos de Welter hacía referencia a la misma identificación de Tell Balata, que según él no se correspondía con la antigua Siquem, sino con la denominada "Torre de Siquem", mencionada en Jueces 9: 46-47. La ciudad de Siquem, por el contrario, consideraba que se hallaba situada bajo los edificios de la actual Nablus. También esta opción ha sido descartada por la investigación posterior. Asimismo, Sellin denunció que, al retomar las excavaciones en Siquem en 1933, pudo comprobar la falta de cuidado con la que se había estado trabajando durante la dirección de Welter. A modo de ejemplo, Sellin señalaba que la cerámica y otros objetos hallados en el interior del edificio que Welter había interpretado como el templo de Baal-Berit estaban almacenados en cajas, sin ningún tipo de orden o de registro (Wright 1965: 31). De hecho, estas quejas sobre el trabajo de Welter en Siquem también las había mostrado Gibert en su correspondencia con Cambó, en las que, como hemos visto, acusaba al arqueólogo alemán de cierta desidia en el ejercicio de sus funciones. Sellin, si bien reconocía que las excavaciones de Welter en Siquem estaban siendo objeto de burla tanto en Alemania como en el extranjero, de forma muy elegante atribuía los déficits de las mismas al hecho de que Welter en realidad era un arqueólogo clásico que, por diversas circunstancias, se había visto obligado a asumir la dirección de las excavaciones de un yacimiento de una cronología y un ámbito cultural con los que estaba poco familiarizado. Más categórico se mostraba Wright, quien directamente acusaba de negligencia al Instituto Arqueológico Alemán, por haber situado al frente de las excavaciones de Siquem a un arqueólogo especializado en arquitectura clásica, que desconocía por completo la cerámica cananea, y estan els problemes arqueològics; de la bibliografia i dels mitjans de treball que hi ha. L 'escriure ja vindrà després". 42 A tenor del silencio de Gibert sobre Siquem necesariamente hemos de concluir que en este punto concreto siguió las indicaciones de Bosch, quedando inéditos los informes enviados a Cambó. Por desgracia, ninguno de dichos informes se conserva actualmente en los archivos del Institut Cambó. 43 Únicamente una noticia de prensa publicada en La Veu de Catalunya sintetiza en pocas líneas el trabajo desarrollado por Gibert en Siquem. 44 La noticia, sin duda basada en los mentados informes de Gibert a Cambó, detallaba que durante 1931 los trabajos se habían concentrado en la muralla de la ciudad, descubierta durante la última campaña dirigida por Sellin en 1928. Dicha muralla era definida por Gibert como la muestra más completa de fortificación cananea de la Edad del Bronce conocida hasta el momento. Asimismo, la noticia también hacía referencia a las excavaciones de un edificio del Bronce Medio, que Welter, de forma un tanto apresurada, había identificado como el templo de Baal-Berit mencionado en Jueces 9: 4. Trabajos posteriores concluyeron que en realidad se trataba de una residencia privada erigida en una de las zonas nobles de la ciudad (Wright 1965: 29). El estudio de la correspondencia entre Gibert y Cambó señala el descubrimiento de la muralla de la ciudad como el hallazgo que más atrajo la atención del mecenas, que pretendía darlo a conocer a nivel internacional como el resultado más notable de la empresa arqueológica catalana que estaba patrocinando en Palestina: "El que convé es que treballin de valent fins haver descobert un gran troç del mur de Sichem que figurará com a descoberta catalana". 45 En general, las excavaciones de Welter-Gibert en Siquem constituyen un periodo un tanto oscuro y polémico en la historia del yacimiento. Y ello se 42 ["Respecto a lo que decía de hacer trabajos y publicarlos creo que no es necesario pensar en eso, por ahora. Ahora en lo único que debe pensar es en trabajar mucho y enterarse V. de cómo están los problemas arqueológicos; de la bibliografía y de los medios de trabajo que hay. Lo de escribir ya vendrá después."]. 45 ["Lo que conviene es que trabajen duro hasta haber descubierto un gran trozo del muro de Sichem que figurará como un descubrimiento catalán"]. Gibert sobre su vocación arqueológica, sus disputas con Cambó, la falta de financiación...). Años después, y por otras circunstancias, se repitió la historia en la figura de Salvador Espriu, designado por Bosch para convertirse en el especialista que Gibert no pudo o no supo ser. Tampoco Espriu tuvo éxito en la empresa, por lo que Bosch marchó al exilio sin haber podido cumplir su deseo de introducir los estudios de orientalismo antiguo en su universidad, perpetuando de esta forma la ausencia de la arqueología del Próximo Oriente en el estado español. El olvido prácticamente absoluto que ha cubierto la figura de Gibert lo podemos atribuir, sin demasiadas dudas, al carácter marginal de sus aportaciones arqueológicas. Ciertamente, su carrera fue muy breve, no dejó por escrito trabajos relevantes sobre arqueología oriental y, por supuesto, no creó ningún tipo de escuela. Sin embargo, con rigor, su figura posee el mérito evidente de su carácter pionero y, como tal, debe aparecer por derecho propio en todos los intentos de reconstrucción de la presencia arqueológica española en Oriente. Está claro que Gibert fue el precedente olvidado de empresas arqueológicas posteriores en el Próximo Oriente protagonizadas, ya en los años 60-70, por Emilio Olávarri, Joaquín González Echegaray o Martín Almagro Basch. 46BIBLIOGRAFIA que, por lo tanto, era del todo incapaz, por ejemplo, de establecer secuencias cronológicas fiables (Wright 1965: 33). Volviendo a la figura de Gibert, está claro que su aproximación a la arqueología de Palestina de la mano de Welter, más que una ayuda, resultó ser un auténtico hándicap. Así, tanto los déficits de Welter en dicho campo como su enfrentamiento con Cambó fueron factores que salpicaron de dificultades la experiencia arqueológica de Gibert en Siquem, tras la cual optó por abandonar definitivamente la disciplina. La historia que hemos descrito hasta aquí, construida en torno a la figura de Josep Gibert i Buch, la podemos resumir como la historia de tres fracasos. El primero de esos fracasos es el referido al propio Gibert. La documentación disponible demuestra que fueron las circunstancias (la generosa oferta y las promesas de Cambó, la renuncia de Serra Ràfols, el apoyo de Bosch) y no una verdadera vocación las que lo encaminaron hacia el mundo de la arqueología oriental. Sin embargo, las distintas dificultades, tanto personales como profesionales, que experimentó entre 1928 y 1931 bastaron para truncar una trayectoria que había nacido con unas expectativas muy altas. El segundo fracaso se refiere al proyecto arqueológico nacionalista de Cambó. Como hemos visto, Cambó fue modificando paulatinamente sus planes iniciales en torno a Gibert y el desarrollo de la arqueología catalana en el Mediterráneo Oriental (escuela catalana de arqueología en Atenas > sección de arqueología de Grecia y Próximo Oriente en el Institut d'Estudis Catalans > traslado del proyecto a la Fundació Bernat Metge). Según él fue la compleja coyuntura política de los años 30 la que le llevó a plantear todas aquellas modificaciones y, finalmente, a desistir de sus planes de financiación de su ambicioso proyecto arqueológico. A buen seguro, a ese elemento debemos añadir otros de índole estrictamente personal, como su paulatino distanciamiento (incluso enfrentamiento) con Welter y Bosch, o la ausencia de hallazgos arqueológicos espectaculares que, desde su punto de vista, justificaran la inversión realizada. Claro está que la principal víctimas de aquella situación fue Gibert, la persona escogida para liderar un proyecto que, finalmente, no cuajó. Por último, el tercer fracaso es el de Bosch. Su voluntad, digna de todo reconocimiento y elogio, de potenciar el desarrollo de la arqueología oriental en la Universidad de Barcelona, fue doblegada sin remedio por un cúmulo de factores adversos (las dudas de
En el siguiente artículo se analiza un departamento con probables funciones sagradas en el asentamiento ibérico de La Serreta (Alcoi-Cocentaina-Penàguila, Alicante). En esta habitación se recuperó un excepcional conjunto material que incluye algunos de los mejores ejemplos de cerámica con decoración figurada de estilo narrativo, una plaqueta de terracota que representa una divinidad nutricia, vajilla de importación e instrumental especializado de orfebre. Las características de este destacado conjunto nos llevan a definir el espacio como un depósito singular y una habitación representativa con posibles funciones religiosas que contribuiría a articular las complejas relaciones sociales y políticas del oppidum ibérico a finales del s. III a.C. INTRODUCCIÓN: LA DIVERSIDAD DE LAS PRÁCTICAS Y ESPACIOS RELIGIOSOS ENTRE LOS IBEROS 1 No cabe duda del importante avance producido en el conocimiento de los aspectos religiosos del mun-do ibérico en los últimos años. La proliferación de la actividad arqueológica de campo ha aportado nueva información con la que iluminar y revisar la documentación proveniente de antiguos trabajos. Pero no sólo se ha producido un importante acopio de evidencias, también han proliferado las propuestas de ordenación, clasificación y síntesis de los lugares religiosos y las prácticas que albergaron 2. Estamos ante un paradigma abierto y por tanto fecundo y creativo. La evaluación del objeto arqueológico, protagonista absoluto en los estudios pioneros, adquiere hoy un nuevo sentido al interrelacionarse con la información contextual, su asociación con otros elementos y su concreta ubicación en el espacio y el tiempo. Así la evaluación de las formas arquitectónicas y la ubicación de los lugares religiosos en la trama urbanís-1 Trabajo realizado dentro de los proyectos de investigación, «La construcción de la naturaleza desde el poder: imáge-nes de la Grecia arcaica y de la cultura ibérica» (HUM2005-00213), «Romanización comparada: los casos de Ilici y Elo» (HUM2006-09874) patrocinados por la Dirección General de Universidades e Investigación, Ministerio de Ciencia e Innovación y Ajudes per a Equips Emergents 2007-GRE07-2P de la Universitat d'Alacant. El estudio relacionado con la matriz de bronce y el bloque de plomo se integra en el marco del Proyecto «Bases para una investigación arqueométrica y tecnómica sobre metalurgia en la Prehistoria y Antigüedad. La Península Ibérica» financiado por el Plan Nacional de I+D+I (HUM2006-06250) que dirige A. Perea dentro del más amplio Proyecto Au, desarrollado en el Instituto de Historia, CCHS, CSIC, Madrid. Agradecemos a D. Josep María Segura Martí, director del Museu Arqueològic Municipal Camil Visedo d'Alcoi, el permiso y todas las gestiones que nos facilitaron el análisis de los materiales arqueológicos. Las figuras 2, 4, 8, 9 y 10 han sido elaboradas a partir de dibujos de Emilio Cortell, Museu d'Alcoi; la figura 14 es de Sara Olmos. 2 El lector interesado encontrará las síntesis más recientes en el catálogo de la exposición Les Ibères (1997), 135-151, en el número monográfico dedicado a los espacios de culto del Quaderns d'Arqueologia i Prehistòria de Castelló, 18 (1997) tica o en el paisaje, hoy proporcionan importantes claves de comprensión de los espacios sacros. Recordemos al respecto que los más importantes intentos de clasificación de los lugares de culto toman como referencia su relación con las áreas de hábitat, con el tejido urbanístico y su interrelación con el paisaje natural. De ese modo se distinguen entre los espacios de culto vinculados a núcleos urbanos y aquellos emplazados en un entorno rural y varios asentamientos; dentro de esta horma se clasifican la variedad de espacios reconocidos. La bibliografía al respecto es amplia 3. Tampoco debemos olvidar los importantes avances en el campo de la iconografía, especialmente a partir de su inmersión en el entorno mejor conocido de la imagen mediterránea y su sentido dentro del propio proceso de las sociedades ibéricas. Ha sido este un campo crucial en que se han logrado precisar los códigos de representación ideológica de las aristocracias ibéricas 4. Los avances descritos en estas gruesas pinceladas no pretenden más que mostrar a partir de mojones significativos el largo trecho recorrido en el conocimiento de la expresión religiosa ibérica. Pero también debemos hacer referencia a las cautelas con las que debemos movernos en un campo tan difícil como fascinante. Y ello nos lleva a reflexionar sobre algunos aspectos referidos a las posibilidades y limitaciones de la ar-queología, la principal forma de acercamiento a los aspectos religiosos de la sociedad ibérica. En primer lugar, nuestros caminos de aproximación nos remiten a la materialidad de los cultos y prácticas religiosas que enfocamos desde el prisma mejor conocido de la religiosidad mediterránea. Nos situamos ante evidencias que se apartan de los contextos funcionales de uso doméstico o económico y que destacan por su carácter singular, su monumentalidad o su recurrencia. Son espacios y objetos que despuntan sobre las restantes evidencias por el cuidado en su realización material, la aparición recurrente de determinados tipos de objetos que denotan una deposición selectiva e intencional o la localización de conjuntos de objetos con nula funcionalidad práctica. Estas combinaciones, y otras posibles, no siempre son lo diáfanas y elocuentes que quisiéramos para reconstruir la actividad religiosa. De ese modo en ocasiones se habla de «espacios singulares» en los que se produce la intersección de los poderes políticos y religiosos, habida cuenta de la ligazón entre la esfera ideológica y del poder de las sociedades antiguas. Las evidencias nos sitúan ante las prácticas religiosas de mayor visibilidad arqueológica, bien por lo destacado de su materialidad, bien por la frecuencia y reiteración de las actividades. Los bien conocidos santuarios étnico-territoriales fueron los primeros y principales sitios religiosos ibéricos en reconocerse precisamente por el acondicionamiento monumental de los lugares de culto o por la densa aparición de exvotos, en cualquiera de sus manifestaciones, de forma reiterada y repetitiva. Son las expresiones religiosas en las que intervienen un mayor número de participantes y atañen a la mayor parte de la comunidad, por lo que podríamos denominarlos «cultos oficiales». Más difícil es reconocer las prácticas religiosas más humildes que se escaparían de nuestros modos de aprehensión e interpretación. Ante este panorama, debemos ser conscientes de las dificultades que se derivan del estudio de los espacios y prácticas religiosas. Los problemas no sólo emanan de la necesidad de mayor acopio de información y ejemplos, que sin duda contribuirán en el futuro a clarificar infinidad de aspectos, sino de la propia naturaleza del objeto de estudio. Habida cuenta del mosaico cultural ibérico, la heterogeneidad de la documentación y la propia versatilidad del fenómeno religioso, los intentos clasificatorios deben permanecer necesariamente abiertos. Pensamos que la búsqueda de símiles, paralelos o patrones a los que asociar los espacios que analizamos en cada caso concreto no debe constituirse como una norma rígida, más bien debe ser una inferencia débil. Con ello queremos ad- La habitación sagrada que ahora centra nuestra atención es un espacio integrado en la trama urbanística de la ciudad de La Serreta de Alcoi (Alcoi, Cocentaina, Penàguila; Alicante), el asentamiento principal de la región central de la Contestania en época clásica (Fig. 1). La Serreta es un conjunto arqueológico formado por un gran oppidum que cuenta con un santuario territorial y una necrópolis de la llamada época plena, es decir principalmente en los ss. IV y III a.C. Los recientes trabajos de caracterización del enclave y su papel en la organización del paisaje ibérico contestano han permitido reconocer la dinámica de ocupación del oppidum y su papel predominante en la organización del poblamiento en la región de Alcoi 5. Tras una primera etapa de ocupación correspondiente principalmente al s. IV a.C., durante el s. III a.C. se produce una ampliación de la ciudad a partir de la ocupación de las laderas meridionales del cerro en el que se ubica el oppidum. Posiblemente a fines de esta centuria o muy a inicios de la siguiente acaba de forma repentina la vida en el poblado y sus estancias y departamentos se sellaron con los ajuares en uso en el momento de su abandono. La recuperación y análisis arqueológico de estos conjuntos cerrados permiten reconocer la importancia del enclave a partir de sus evidencias materiales y reconocer la singularidad de algunas asociaciones, como la que ahora nos ocupa. La versatilidad y diversidad de los espacios religiosos ibéricos a la que nos hemos referido en las primeras líneas de este trabajo no se aprecia únicamente cuando observamos el conjunto de la cultura ibérica, también ocurre en oppida particulares donde en ocasiones se identifican varios lugares sacros. Valga como ejemplo el oppidum de Edeta (Llíria, Valencia) donde se señala la existencia de un templo urbano en los departamentos 12, 13 y 14 de la manzana 4 y una habitación con posibles actividades rituales de carácter doméstico en el dep. 41 de la manzana 7, ambos con características y funciones distintas 6. También se da esta variedad en el oppidum de La Serreta, donde se apuntan diversos puntos de referencia sacros. El primero de ellos es el célebre santuario localizado en los años 20 en la parte cimera de la montaña a partir de la acumulación de terracotas votivas 7. Este espacio se vincula claramente a la acrópolis de la ciudad y sin duda también al espacio comarcal, dada la búsqueda intencional del lugar de mayor prominencia visual desde el entorno con la finalidad de favorecer la agregación del paisaje político que presidía el oppidum. El segundo punto sacro se ubica en la fortificación de acceso a la ciudad. En el estrato de tierra que sirve de regularización del terreno y asiento de las estructuras de la torre y puerta de acceso oriental se encontraron algunos materiales que por su naturaleza sugieren una deposición inten- cional de carácter votivo8. Se trata de vajilla de barniz negro, un oinochoe de cerámica figurada que muestra a un guerrero a pie, presto al ataque, al que sigue su caballo y representado entre vegetación floral (Fig. 2), tres terracotas pertenecientes a dos cabezas femeninas de distintos tipos y un grupo de varias figuras. Estos materiales en la base de la fortificación llevan a pensar en la práctica de un rito fundacional que sancionase la construcción de la obra defensiva. El tercer punto donde situamos prácticas religiosas en el seno de la ciudad de La Serreta es el departamento F1 al que dedicaremos atención en este trabajo. En este caso se trata de una habitación de apariencia doméstica inserta en el entramado urbano de la ciudad del s. III a.C., pero con un repertorio material y algunas características de su construcción que diferencian claramente el espacio. ASPECTOS CONSTRUCTIVOS Y ESPACIA-LES DE LA HABITACIÓN SACRA DE LA SERRETA La singularidad de la habitación de estudio viene dada por el destacado ajuar que se recuperó en su in-terior. Este conjunto se identificó durante el proceso de revisión de las excavaciones antiguas en la Serreta de los años 50 realizada por uno de nosotros9. Aquella investigación permitió contextualizar un conjunto que reunía algunas de las piezas destacadas del oppidum, especialmente en lo que corresponde a la concentración de un singular conjunto de imágenes en soportes diversos, como a continuación se detallará. Sin embargo, aunque el repertorio material es la característica más evidente de la excepcionalidad del espacio, el análisis detallado de las particularidades constructivas y su interrelación con la trama urbanística de la ciudad ofrece datos relevantes para la interpretación de la habitación y su importancia. La habitación sacra es el departamento número 1 del sector F10 (Fig. 3) que constituye un barrio de un típico poblado en ladera cuya morfología urbanística se adapta a las empinadas laderas del cerro en que se emplaza La Serreta. Este sector está formado por 29 departamentos que se extienden a lo largo tres terrazas paralelas situadas hacia el sureste del yacimiento y entre las cotas 1.009 y 1.000 m s/n/m. Su disposición por las laderas se realiza en forma de alineaciones alargadas, con terrazas que siguen las curvas de nivel. Sobre estas plataformas se construyen los departamentos, que se adosan lateralmente. Este tipo de urbanismo geomórfico constituye un sistema flexible que se adapta a las condiciones topográficas del lugar. A la altura de la terraza central y separado por unos 15 m de las restantes estancias, se localiza el departamento 1, cuya ubicación y características constructivas lo apartan del patrón mostrado por los restantes departamentos. Le falta el muro oriental, donde presumiblemente se situaría el vano de acceso. La cámara se encuentra aislada del resto de departamentos, pues a diferencia de los restantes habitáculos del sector no aparecen construcciones adyacentes. Sin embargo, no podemos precisar a qué distancia empezarían a aparecer nuevas estancias debido a la falta de excavaciones en su entorno. Los restos conservados de los muros son altos zócalos de piedra, realizados con mampuesto irregular trabado con barro y cuyo espesor es de aproximadamente 45-50 cms. La forma de las construcciones y la disposición junto a la plataforma sugiere la probable existencia de dos alturas en esta estancia: una planta baja que corresponde a las estructuras aún conservadas hoy día y cuyo acceso se realizaría desde la plataforma intermedia y un altillo sobre la cubierta de esta primera cámara al que se podría acceder desde la terraza superior. Este esquema organizativo se ha reconocido en las recientes excavaciones en el sector I 11 y es posible suponerlo en otros departamentos de poblado con idéntica disposición y construcciones semejantes, aunque no podemos asegurarlo debido a las carencias del registro documental. No consta la detección de ningún equipamiento o elemento constructivo doméstico que pueda observarse en la actualidad o llamase la atención de los excavadores en su momento. Únicamente se alude a un pavimento de tierra apisonada sobre el que se localizaron los hallazgos arqueológicos. Al respecto, debemos hacer mención de las escasas referencias disponibles de la excavación realizada por el lejano año de 1956. Esas mismas carencias de la documentación disponible afecta a la contextualización de algunos materiales. Por ejemplo, sabemos de la existencia de un gran lote de instrumentos de hierro con regatones, clavos, anillas, una azada, cadenas, rejas de arado, etc. aparecidos en el sector 12, pero desconocemos cual de ellos pudo aparecer en la estancia n.o 1 13. El barrio o sector F fue erigido durante el s. III a.C., a juzgar por las evidencias arqueológicas recuperadas en su excavación, y por tanto, cabe atribuir esa misma cronología a la construcción de la habitación 1. Es precisamente con este barrio de la ladera con el que se vincula estrechamente el departamen-to de estudio y cabría relacionar su edificación con el proceso de ampliación de la ciudad y, en un sentido más amplio, con la constitución del nuevo marco ciudadano a fines de la época ibérica plena. En este caso una procesión de tres varones a caballo, del que se conserva sobre todo el que se sitúa a la izquierda del asa, que es el que ini-cia el desfile y el que ha sido pintado en primer lugar. Es un varón barbado que enarbola lanza, falcata al cinto y gran escudo oval. Va calzado con espuelas. La tercera figura es imberbe y lleva al cinto puñal recto. Podría expresar una agrupación de varones Esta jarra es sin duda relevante, pero lo que la diferencia del caso que nos ocupa es el modo de aparición, pues en la habitación F1 destaca la concentración de un gran número de piezas, mientras que en la cámara F9 aparece aislada. En el departamento F1 ha sido hallada una reducida pero significativa muestra de vajilla helenística de barniz negro principalmente campaniense A 16. Estas piezas han aparecido en escaso número, apenas dos piezas de vajilla de mesa y una lucerna, parquedad de aparición que se compadece bien con las pautas distributivas observadas en el oppidum de La Serreta, donde hasta el momento no se conocen conjuntos numerosos hallados en un único espacio. La inexistencia de amplios lotes abundaría en la importancia y el valor de estas piezas que llegan mediante circuitos redistributivos de los bienes de prestigio procedentes del comercio mediterráneo. Por lo que se refiere a las formas concretas aparecidas en el departamento, se trata de un cuenco de la forma Lamb 2717 (Fig. 5, 1), hasta el momento la más abundante entre las piezas del poblado de la Serreta, como se documenta en la fortificación de acceso18, en el sector B19, en el Sector I20 y en otros departamentos del sector F21. La segunda forma atestiguada es el plato Lamb 36, atestiguado por un fragmento de pared y arranque de borde22. Estos platos también aparecen en otros repertorios del poblado, como en la fortificación de acceso anteriormente citada, pero su hallazgo es menos frecuente que los cuencos. La tercera de las piezas de importación merece una atención especial, pues se trata de una lucerna helenística de cuerpo cilíndrico con pequeña moldura en el disco que corresponde a la forma Ricci D23 (Fig. 5, 2). Estas lámparas son poco usuales en los poblados ibéricos y a diferencia de otras piezas de importación, nunca fueron imitadas por los ceramistas ibéricos. Por ello se ha propuesto que la iluminación estaría estrictamente regida por los ritmos diurnos o bien por el empleo de otros recipientes, como los pequeños cuencos de cerámica común empleados como lámparas 24. No hay otros recipientes que hubiesen podido emplearse para iluminar en la estancia que nos ocupa. Y cabe destacar que piezas idénticas del entorno cercano las encontramos en contextos religiosos, como los que se consideran lugares de culto edetanos: el templo de Sant Miquel de Llíria y el departamento 1 de El Puntal dels Llops25. Esta circunstancia nos indica la importancia de la iluminación artificial o el simbolismo asociado a la lucerna como portadora de luz en estos contextos litúrgicos. El estudio de la vajilla helenística importada nos faculta para situar con claridad el momento de abandono del espacio, dada la precisión con la que hoy se conocen estas piezas en los contextos ibéricos. En efecto, las piezas estudiadas se corresponden con un repertorio correspondiente a la producción de campaniense A que es habitual en poblados ibéricos del último momento de la época clásica ibérica, a fines el s. III s. II a.C. 26. Frente a esta datación clásica, en la investigación actual existe una tendencia a la revisión de este aserto, proponiendo que la llegada de esta facies cerámica podría corresponder a los momentos de la Segunda Guerra Púnica a fines del s. III a.C., puesto que estos tipos ya están presentes en la Cartagena Bárquida27. Además del indicador cronológico preciso, las vajillas plantean la cuestión de la vinculación de la presencia bárquida en el área en los momentos de la Segunda Guerra Púnica. En otras ocasiones se ha señalado la clara vinculación comercial de La Serreta con El Tossal de Manises en la costa de Alicante28 de donde procederían los productos del Mediterráneo que se encontrarían en la ciudad del interior. La intensa impronta púnica en el fortín alicantino ha llevado a su excavador29 a proponer que la construcción de El Tossal se debe a la política bárquida de fortalecer su presencia en el litoral oriental de la Península. Ello supondría una proximidad geográfica y una presencia comercial, cuanto menos, que no debe obviarse para comprender qué sucedía en La Serreta. Por lo que respecta a nuestro estudio, no debe perderse de vista el elemento púnico como vector transmisor al mundo ibérico de prácticas y creencias religiosas de raigambre mediterránea, especialmente intensa en la zona sudoriental de la península. Las cerámicas ibéricas constituyen el lote de materiales más numeroso recuperado en el espacio sacro. Se trata de un conjunto muy uniforme formado por cuarenta y dos piezas pertenecientes a 5 tipos formales distintos y funcionalmente destinados únicamente a servir de recipientes de almacenaje y despensa (Fig. 6). Es decir, un elenco muy limitado de tipos dentro de la amplia tipología que ofrece la vajilla ibérica reconocida en el asentamiento de La Serreta y que, como veremos, nos servirá para aproximarnos a las prácticas realizadas en el lugar. Un segundo aspecto que conviene destacar de inicio se refiere a la decoración de estos recipientes, pues existe un reducido número de vasos que acogen decoraciones de tipo excepcional con la aparición de motivos de carácter figurativo humano y vegetal que conforman complejas escenas y ricas composiciones. Dedicaremos un epígrafe especial a estos vasos de especial riqueza decorativa, veamos primeramente una breve descripción formal y funcional del conjunto de vasos 30. La cerámica ibérica corresponde exclusivamente al tipo fino de pasta clara, sin que aparezcan las cerámicas de cocina realizadas con pastas groseras de desgrasantes vistosos y de cocción reductora. En esta cerámica fina predomina la decorada con motivos pintados de tipo geométrico, bien a base de líneas o filetes o composiciones más complejas en que interviene el pincel múltiple y el compás para crear motivos como círculos concéntricos, los denominados tejadillos, etc... Corresponden a esta cerámica decorada las piezas de despensa o almacenaje doméstico con formas como urnas de bordes moldurados, con nueve ejemplares de tamaño mediano, o los kálathoi, representados por tres ejemplares, uno de pequeño tamaño y motivos geométricos y otros dos de mayor porte con decoraciones complejas. Encontramos también ocho lebetas de diversos tamaños; predominan los grandes recipientes abiertos con decoración de líneas y filetes, pero aparecen piezas menores con bordes planos y moldurados. Completan este conjunto ocho grandes tinajas contabilizadas a partir de elementos formales como sus bordes o por ejemplares casi completos, como el denominado Vas dels Guerrers y otras piezas con decoración vegetal. La cerámica común sin decorar está representada en nuestro espacio de estudio por las típicas ánforas de cuerpo de odre, hombro redondeado y ligero borde saliente con labio almendrado con un total de trece ejemplares. Ánforas a las que hay que añadir otros tres ejemplares que presentan bordes distintos, bien de labio plano en dos casos o uno de perfil cuadrangular y cuello cilíndrico que imita las producciones de ánforas ibicencas del tipo ramón T. 8.1.3.1. realizada en pasta ibérica local. La primera observación que debemos realizar ante este elenco es que nos encontramos claramente ante AEspA 2008, 81, págs. 5-29 ISSN: 0066 6742 un contexto que se aparta del que podríamos considerar propio de un ámbito doméstico del poblado de La Serreta, perfectamente reconocido gracias a las citadas excavaciones en el sector I y la revisión de otros repertorios. En primer lugar, cabe mencionar la absoluta ausencia de cerámicas de cocina y vajillas de mesa que permitan suponer la presencia de un grupo doméstico preparando y consumiendo sus alimentos habituales. A lo sumo podría pensarse en el uso de la vajilla de barniz negro, un cuenco y un plato, para cubrir el servicio de mesa, pero son escasas dos piezas para tal fin y no explicarían la carencia de cerámicas para cocinar los alimentos. En segundo lugar, predominan los recipientes de despensa y almacenaje cuya capacidad de conservación de productos, en caso de encontrarse en uso al mismo tiempo, excedería ampliamente las necesidades de una unidad doméstica. Antes bien, la concentración de 16 ánforas, quizá en un altillo 31, casi triplican las seis recuperadas en la unidad doméstica identificada en el sector I 32, aunque se aleja de otras concentraciones notables, verdaderos almacenes identificados en el mundo ibérico. A las ánforas hay que sumar la capacidad de conservación de productos de las restantes piezas que, en un tamaño u otro, todas parecen responder la función de despensa, desde los kálathoi que pudieron conservar frutos carnosos conservados en miel hasta los grandes recipientes para almacenamiento de áridos, cerveza, vino o incluso agua, como parecen sugerir los análisis realizados en ejemplares de otros yacimientos ibéricos 33. Deberemos retener este rasgo funcional del conjunto cerámico a la hora de aproximarnos a la función del espacio sacro. LAS CERÁMICAS IBÉRICAS CON DECORACIÓN Sin apartarse de la función de almacenamiento atribuida, como hemos dicho, algunos vasos acogen una decoración pintada de carácter excepcional de carácter figurado. En concreto nos referimos al pithos con decoración figurada conocido como el Vas dels Guerrers, el kálathos de la paloma, el kálathos de la eclosión vegetal y otros dos pithoi con motivos vegetales en una banda central. 31 Carecemos de datos concretos para la ubicación de las ánforas en un altillo del departamento F1, pero apuntamos esta posibilidad por comparación en el modo de aparición en el departamento del sector I. 32 Olcina Domenech, M., Grau Mira, I. y Moltó Gisbert, S. (2000) cit. (n. Se trata de una gran tinaja de forma ligeramente ovalada de 66 cm de altura y 59 cm de diámetro máximo, con el borde engrosado y grandes asas trenzadas (Fig. 7). Se trata de la principal muestra de decoración figurada de estilo narrativo, también llamado Oliva-Lliria, de La Serreta34. Muestra la representación de jinetes e infantes armados en escenas de iniciación, caza y combate, acompañados de una profusa decoración vegetal. A través de la narración en un gran friso continuo se recrea una secuencia de tres hazañas (Fig. 8): la primera de ellas muestra un joven que se enfrenta a una fiera; la segunda representa a dos jóvenes jinetes que cabalgan a la caza de un ciervo; la tercera escena plasma un combate singular de infantes. Todo ello envuelto en el tiempo mítico que sitúa la música que hace sonar una joven con su diaulós en el inicio de las escenas. Estos episodios relatan en progreso e intensidad gradual la historia o biografía de un héroe, a través de un proceso iniciatico. Kálathos de la eclosión vegetal. Se trata de un vaso de forma cilíndrica con el borde plano vuelto al exterior (Fig. 9). Se conserva incompleto, pues le falta su base. La pasta cerámica es de color anaranjado claro en su superficie y ligeramente más oscura en su sección. La decoración está pintada en tonos rojizos y cuenta con motivos de dientes de lobo en el borde del vaso y principalmente un gran friso central enmarcado por bandas y filetes; en esta banda se dispone la decoración vegetal compleja y profusa, en la que abundan los brotes y zarcillos, las esquematizaciones en forma de estrella y una franja vertical con ajedrezado jalonada de espirales. Estos elementos se disponen en torno a una gran hoja de hiedra de forma lanceolada de la que parten la mayor parte de los brotes vegetales. En la parte opuesta del vaso se pinta una hoja tripétala representada en sección que preside el panel decorado. Es un recipiente de cuerpo de tendencia cilíndrica, aunque ligeramente troncocónico (Fig. 10). Posee el borde moldurado, la base cóncava y como elemento de sujeción sendas asas horizontales trenzadas, de la que se conserva una. La pasta cerámica es anaranjada clara y con una capa de barbotina rosada en su superficie; características que comparte con el Vas dels Guerrers y nos llevan a presumir que tal identidad técnica se debe a que proceden del mismo artesano y posiblemente de un mismo lote de realización, conjetura que se avala con la similitud de algunos motivos decorativos y del asa trenzada descrita con función únicamente decorativa y que singulariza simbólicamente el vaso. La decoración está pintada en tonos vinosos y se compone de un gran friso delineado entre bandas y filetes en el que aparece como motivo central una gran paloma picoteando un bulbo, posiblemente una cápsula de adormidera en eclosión 35. En la parte posterior del friso aparece una gran hoja de hiedra lanceolada que se acompaña de lianas y tallos. Bajo el amparo que forma la visera del asa horizontal se pinta una esquematización de brote vegetal, comúnmente llamado zapatero, de gran tamaño. En la zona inferior, independientemente del friso central decorado, aparece una banda de semicírculos concéntricos entrelazados. Pithos vegetal I. Gran vaso bitroncocónico con borde almendrado y hombro ligeramente marcado que se conserva incompleto, pues le falta el tercio infe- 35 Este mismo motivo de la cápsula de adormidera aparece en otra tinajilla de La Serreta, la núm. 2335. este motivo vegetal ha sido recientemente objeto de un detallado estudio. Véase Mata, C., Badal, E., Bonet, H., Collado, E., Fabado, F.J., Fuentes, M., Izquierdo, I., Moreno, A., Ntinou, M., Quixal, D., Ripollés, P.P., Sorial, L. ( 2007 rior y parte de la zona superior (Fig. 11). Posee el borde engrosado. La pasta cerámica es de color anaranjado y la decoración pintada en tono vinoso a base de bandas y filetes que separan dos frisos: en el superior aparecen motivos vegetales que no se pueden identificar con claridad al faltar parte de las paredes del vaso, pero se intuyen grandes hojas de hiedra, zarcillos, etc. El friso inferior está compuesto por un conjunto de pequeños círculos concéntricos unidos de forma horizontal y alternando con líneas en zigzag, por debajo aparecen tejadillos verticales que compartimentan el espacio en metopas en las que aparecen semicírculos concéntricos, arriba, y líneas en zigzag, debajo. Gran vaso bitroncocónico con borde almendrado y hombro ligeramente marcado que se conserva incompleto, pues únicamente se recuperó el tercio superior (Fig. 12). La pasta cerámica es de color anaranjado claro y la decoración de color vinoso a base de filetes que separan dos frisos, el superior con motivos fitomorfos, con restos de dos grandes hojas de hiedra con forma lanceolada y zarcillos que las contornean. El friso inferior está ocupado por tejadillos en sentido vertical y segmentos de círculos concéntricos. LA PLAQUETA DE TERRACOTA Una de las piezas más emblemáticas de la Serreta es la conocida terracota comúnmente conocida como el grupo de la Diosa Madre (Fig. 13). Aunque tradicionalmente se asocia al santuario, se encontró en la habitación que nos ocupa. Se trata de una plaqueta de arcilla rojiza modelada a mano de 18 '2 cm de anchura y 16' 7 de altura que muestra un grupo de personajes en tamaños y actitudes diversas y que están realizados a partir de un modelado manual de la arcilla de forma esquemática. Preside la escena una gran figura femenina central incompleta, pues carece de la cabeza, y que acoge en su seno a dos niños pequeños a los que amamanta. Dentro del esquematismo de la representación es posible apreciar un gran manto o velo que cae de la cabeza y que acogería a las figuras lactantes, aunque es difícil distinguir los brazos del pliegue del vestido. Sin embargo, numerosos paralelos apoyan esta función del mostrarse y simultáneamente acoger, que es protección bajo el manto divino. Por ejemplo, el mismo motivo y esquema de representación, la acogida bajo el manto a dos lactantes aparece en la escultura de la diosa nutricia de Megara Hyblaea (Fig. 14) 36. Está sentada en un trono que constituye la parte trasera de la pieza. Esta figura central se acompaña de sendas parejas de mujeres e infantes de proporciones menores a las de la señora sentada, en sus laterales. Los rostros se realizan con un simple pellizco de arcilla en el que individualizan algunos rasgos, como los bucles del cabello que penden de ambos lados de la cabeza. La figura de la derecha acoge a la figura infantil con el brazo derecho posado sobre el hombro -un gesto familiar-mientras que con el izquierdo toca el regazo de la figura central o el mismo trono, como también aproxima su brazo a la figura sedente la figura infantil. Por su parte, las figuras de la izquierda tocan el diaulós que dan sentido singular a una escena envuelta en el entorno de la música37. Entre estas figuras y el personaje central aparece una paloma. Una segunda paloma se situaría probablemente en el espacio simétrico del trono, a la izquierda. La pieza tiene una base plana y un reverso liso con un agujero central debido a las necesidades técnicas de fabricación. Presenta, por tanto, una única cara decorada, para ser mostrada de frente38 sobre una pequeña peana o bien en una hornacina. Este grupo no es único en el yacimiento de La Serreta. De procedencia indeterminada, pero probablemente de la zona de la acrópolis dónde se ubica el santuario, proceden al menos dos figuras muy semejantes a la de la habitación F1. Un fragmento muestra una mujer con el brazo derecho junto al cuerpo y el izquierdo adelantado para acoger probablemente a una figura de menor tamaño (Fig. 15). Tendríamos muy probablemente a una madre, o una adulta, con un niño. Esta figurilla es del mismo taller que el de la plaqueta y responde a un grupo similar, si bien la disposición de uno de los brazos es inversa. Lo que es seguro en este segundo caso es que el brazo que se adelanta acogería una segunda figura. Una segunda terracota con similar peinado femenino dobla el brazo izquierdo por el codo tal vez en el gesto de entrar en contacto con un objeto o personaje a su derecha (Fig. 16). Posiblemente pertenecen a un grupo que ofrece variaciones mente, presentándose, que recuerdan la placa. Entre ellos destaca la parte inferior de una terracota incompleta que muestra tres figuras. Conforman probablemente un grupo originario en el que la figura central sería sedente de mucha mayor anchura y a su derecha dos personajes de pie cuyo cuerpo se inclina hacia el personaje central. El esquema que proponemos es el de dos devotos junto a la efigie de la diosa (Fig. 17). En este caso parece que se reproduce el motivo por un taller distinto. Otras terracotas muy fragmentarias corroborarían la existencia repetida de imágenes votivas en que lo importante es la representación de grupos, tal vez familiares, generalmente en su mostración frontal. El motivo del fiel que se aproxima a la imagen divina lo describe un fragmento cerámico de La Serreta (Fig. 18). El hombre en este caso llega desde la izquierda y toca con su mano el respaldo del trono de la divinidad. Delante del trono la gran silueta negra puede ser la prótome de un animal, como un lobo, que enmarca y protege el trono, se intuyen rasgos del ojo y las fauces abiertas. Pero sobre todo nos interesa el gesto del fiel. Los dedos excepcionalmente se marcan con incisiones sobre la superficie cerámica para subrayar el gesto sagrado del contacto. Es el mismo gesto de la mujer y el niño de la izquierda en la placa de terracota. En definitiva, nos encontramos con la presentación ante la diosa que se transforma en un motivo ante el espectador. Disuelve la espacialidad en frontalidad, recurso plástico propiamente ibérico. LA HERRAMIENTA DE ORFEBRE Los hallazgos arqueológicos de herramientas que podemos asignar con exclusividad al trabajo del oro o de la plata son extraordinarios por diversas razones. En primer lugar porque las herramientas del orfebre son objetos que pueden llegar a ser muy especializados, incluso personalizados, fabricados por el propio artesano adaptándose a su forma de hacer y trabajar; formas y medios que se transmiten durante generaciones, se transforman y reciclan, de manera que el resultado es una ausencia del documento arqueológico. En el lado contrario tenemos las herramientas versátiles que pueden ser utilizadas para cualquier trabajo metalúrgico sin distinción; entre ellas estarían toda una serie de objetos de bronce, como punzones, cinceles, varillas, martillos y moldes que pudieron emplearse durante alguna fase del proceso de transformación de cualquier metal. Una tercera categoría de herramientas serían aquellas fa-claras con nuestra placa, pero que a su vez muestran una unidad de taller. Otros elementos relacionados con este grupo es el fragmento de busto femenino muy desgastado y de mayor tamaño a los descritos hallado en los niveles fundacionales de la fortificación de acceso al oppidum39 y cuyo gran tamaño ya fue relacionado en la publicación original como posible referencia de la figura central de la plaqueta de la diosa nutricia. Otros fragmentos procedentes de la acrópolis muestran grupos de varias figuras dispuestas frontal-LA HABITACIÓN SAGRADA DE LA CIUDAD IBÉRICA DE LA SERRETA AEspA 2008, 81, págs. 5-29 ISSN: 0066 6742 bricadas en materiales perecederos que tampoco han sobrevivido al paso del tiempo; la cuerna y las maderas duras son materiales perfectamente válidos para determinadas tareas de orfebrería y actualmente todavía se utilizan mazas de madera para la fase final de procesos de deformación plástica; pero también algunos materiales marinos como conchas o jibias, y otros vegetales y animales, como textiles y sustancias ácidas o aglutinantes. Existe, no obstante, otra fuente de información que nos permite conocer el tipo de herramientas que se utilizaban en los distintos procesos técnicos del trabajo orfebre, que son las huellas y microhuellas de trabajado. Cada herramienta deja sobre la superficie del metal, o en su estructura interna, una huella característica que es prueba de su existencia y utilización; lo mismo que la propia herramienta se desgasta y deforma según las peculiaridades de su propio uso. Otra cosa es que seamos capaces de ver e interpretar estas huellas correctamente. En general, la lupa binocular de altos aumentos es la herramienta más versátil y útil para el investigador. Por otro lado, la analítica no destructiva para el conocimiento de la composición química del metal o la aleación que estemos estudiando, por cualquiera de los métodos que actualmente están al alcance del arqueólogo, es un paso previo ineludible para no errar en nuestras interpretaciones. Estos fundamentos metodológicos se han utilizado en el estudio de la extraordinaria herramienta encontrada en el departamento F1 de La Serreta de Alcoy. El hallazgo de esta herramienta es extraordinario porque se trata de la primera vez que se encuentra una herramienta compleja, es decir compuesta por dos piezas, en un contexto arqueológico controlado. La primera pieza es una matriz de bronce con improntas en negativo, y la segunda es un bloque de plomo de dimensiones similares al de la matriz que sirve para distribuir la fuerza del golpe en un proceso de estampación. No obstante, la matriz está pensada igualmente para utilizarse en procesos de deformación plástica directos con hilos y láminas de metales nobles. Examinaremos primero la pieza de bronce. La llamada matriz de Alcoy es un paralelepípedo de base cuadrangular ligeramente irregular, fabri-cado en bronce, que pesa 316,40 grs y mide en torno a los 6 cm de lado y 1.5 cm de grosor. Sus seis caras se encuentran trabajadas en hueco con diferentes motivos y formas para trasladar al oro o la plata. Se trata de la parte pasiva y estática, aquella que recibe la fuerza del golpe, de una herramienta especializada en procesos de deformación plástica; la parte activa y móvil se realizaría con herramientas versátiles como martillos, cinceles y punzones de diferentes tamaños y formas, que no se han conservado, utilizadas directamente, o mediante la intermediación del bloque de plomo para distribuir la fuerza y facilitar la estampación en algunos procesos. Actúa, por tanto, como yunque y como matriz, y sobre sus seis caras o mesas de trabajo se pueden transformar hilos, alambres, láminas delgadas y chapas gruesas para fabricar tanto elementos estructurales o partes de joyas, como elementos ornamentales figurados. Es por ello que puede ser mejor definida como una herramienta multiuso. Es importante la descripción de todas las caras para una mejor comprensión de la herramienta y su utilización. Nombraremos las dos caras de base cuadrangular mediante letras, y con números las cuatro caras rectangulares laterales. Describimos los motivos en hueco a través de su positivado en molde de silicona. Cara A (Fig. 19): el centro del cuadrado que constituye esta cara está ocupado por un motivo de doble círculo con semiesfera central, que es punto de convergencia para cinco espacios rectangulares e irregulares, delimitados por líneas y ocupados centralmente por un motivo cuadrangular de menor volumen Marcando el eje de uno de los ángulos de esta misma cara, aparece un rostro frontal en forma de dos ojos enmarcados por un arco abierto y prolongado que figura las cejas, de cuya parte central surge la nariz (Fig. 20). El trazo es muy superficial, de manera que no creemos se trate de un motivo útil para trasladar al metal, sino de una marca o advocación. Lo mismo ocurre con la figura que aparece en el ángulo contiguo, algo más centrada con respecto al lado del cuadrado, trazada de manera más superficial aún. Se trata en este caso de un círculo de puntos que encierra un motivo trazado a línea en forma de bulbo con prolongación recta que se ha descrito como caduceo (Fig. 21); en el espacio puntillado aparecen dos pequeñas estrellas enmarcando al anterior. Todos estos motivos ocupan un espacio plano y liso que presenta multitud de microhuellas fruto del constante golpeteo de diferentes herramientas al trabajar sobre su superficie. La cuantificación de la anchura es imprecisa debido a las curvaturas y al desgaste producido por el uso. En efecto, la oquedad de cada motivo es relativamente profunda y está delimitada por un área de deformación del metal en forma de halo estratificado; cada estrato corresponde, teóricamente, a una utilización de la herramienta para estampar el motivo correspondiente sobre una gruesa chapa de metal que suponemos era plata. La fuerza necesaria para conseguir trasmitir la forma al metal noble se consigue mediante sucesivos golpes de martillo, un proceso repetido que llegó a deformar notablemente el lado correspondiente a las cabezas de mayor tamaño. Se podría pensar que sobre estos zoomorfos se pudieron haber estampado finas láminas de oro o plata. No fue así, puesto que en ese caso no se hubiera formado el halo estratificado que va hundiendo cada vez más el motivo en la masa metálica. Estamos seguros de que la matriz se utilizó durante un periodo muy prolongado de tiempo para estampar gruesas chapas de plata como las utilizadas en la fabricación de algunos brazaletes ibéricos, de los denominados acintados, que después señalaremos. Cara 1 (Fig. 24): el rectángulo que delimita esta cara actúa como un yunque de estrías, es decir, una mesa de trabajo marcada por distintas líneas, estrías y espacios para dar forma a finas láminas de metal noble o a pequeños alambres y cintillas. Los motivos concretos que aparecen son de izquierda a derecha: moldura oblicua; moldura ancha recta; tres molduras contiguas de distinto tamaño; moldura ancha enmarcada por líneas. Cara 2 (Fig. 25): esta cara está muy deformada porque es la que corresponde al arranque de las cabezas mayores de lobo de la cara B; la oquedad de los motivos zoomorfos y la deformación por trabajado han reducido la superficie útil, un hecho que el orfebre había previsto de antemano porque sólo se marcaron dos molduras paralelas en el espacio central. Cara 3 (Fig. 26): yunque de estrías y matriz. La secuencia de motivos es la siguiente: tres molduras de tamaños decrecientes muy superficiales; impronta profunda con el volúmen de media bellota con esferilla inferior; dos molduras muy separadas y superficiales; ancho espacio plano separado por dos finas líneas; tres moldurillas finas y superficiales. Cara 4 (Fig. 27): igual que la cara anterior, se concibió como yunque de estrías y matriz. Todas las estrías que aparecen en esta cara son angulares y relativamente profundas, por contraste con el resto de las caras que hasta ahora se han descrito, que marcan molduras curvas; estas características facilitan el trabajo no sólo de láminas, sino de hilos. La secuencia de motivos es la siguiente: tres molduras iguales juntas; tres molduras separadas por espacios curvos; bellota muy superficial enmarcada por molduras. El estado de conservación de esta herramienta multiuso es muy bueno, con una pátina homogénea y estable. Los bordes aparecen con melladuras y están suavizados por el desgaste de uso; también hemos observado pequeñas huellas de golpes y ralladuras de distintas herramientas, fácilmente visibles con luz rasante. Por el contrario, según se desprende de la observación de los moldes de silicona, todos los motivos en hueco están perfectamente delimitados y marcados, es decir, la herramienta estaba en perfecto estado de uso cuando se depositó en el departamento F1. El mantenimiento de una herramienta de este tipo implica limpiar las oquedades para dejarlas libres de restos del trabajo anterior y rehacer los motivos que se hayan deformado por el uso, sobre todo en el caso de las cabezas zoomorfas. Hemos realizado una analítica completa por el método PIXE40 para conocer la composición del metal, en una serie diferente de puntos de los que resulta una aleación de base cobre con contenidos en estaño en torno al 10% y alrededor del 3.5-4% de plomo. Igualmente realizamos un barrido en la bellota que presenta una huella más profunda para ver si detectábamos restos de algún metal noble; en efecto pudimos medir la existencia de plata que pensamos procede de los restos del material trabajado sobre la herramienta. Es un paralelepípedo de dimensiones muy similares al de la matriz, con un peso de 292,93 grs que conserva las improntas de su última utilización (Figs. En su momento no se identificó como herramienta porque presentaba una inscripción en caracteres ibéricos, y se clasificó como un plomo ibérico inscrito de los habituales 41. El plomo es un metal flexible pero inelástico, que funde a muy baja temperatura (327 oC); es muy resistente a la corrosión y a los ataques de determinados ácidos porque se reviste de una capa protectora de LA HABITACIÓN SAGRADA DE LA CIUDAD IBÉRICA DE LA SERRETA AEspA 2008, 81, págs. 5-29 ISSN: 0066 6742 óxido, por todo ello es un metal que desde la prehistoria fue más útil de lo que generalmente se piensa, no sólo aleado con cobre, o sustituyendo al estaño para la producción de bronces llamados plomados, sino en su estado puro, por ejemplo, para la construcción, obras públicas, y en pequeños arreglos caseros, como lañas para los recipientes cerámicos. Su enorme ductilidad y ausencia de oxidación son las cualidades por las que se utilizó también como herramienta pasiva en procesos metalúrgicos como la orfebrería, en combinación con otras herramientas, actuando como apoyo, transmisor o distribuidor de una fuerza aplicada a la conformación de láminas o planchas metálicas. Este es el caso de la matriz y el bloque de plomo encontrados conjuntamente en el departamento F1. La descripción del proceso concreto de estampación con matriz y bloque de plomo está descrita con todo detalle en el capítulo «De opere quod sigillis imprimitur» del tratado De Diversis Artibus escrito por el monje Teófilo en el siglo XI 42. La matriz se sitúa sobre un apoyo firme, con el motivo para estampar en negativo hacia arriba; encima colocamos la lámina metálica, que no debe ser muy gruesa; sobre la lámina disponemos el bloque de plomo y con un martillo pesado golpeamos con fuerza sobre él hasta que el motivo de la matriz queda impreso en la lámina. El bloque de La Serreta presenta una serie de huellas que coinciden con las de uno de los laterales de la matriz. Pensamos que esta técnica indirecta de estampación no se pudo utilizar con las improntas de los prótomos de lobo porque el motivo es demasiado profundo y estaba pensado para estampar chapas excesivamente gruesas para esta técnica en particular, aunque es adecuada para todas las demás. Otro tipo de huellas que aparecen sobre esta pieza podría indicar la interposición de un fino textil entre la lámina y el bloque (Fig. 28), lo que responde a la necesidad de evitar las manchas que el plomo puede causar al entrar en contacto directo con una lámina de oro, y que después son muy difíciles de eliminar. Finalmente, sobre la cara opuesta a las huellas hasta ahora comentadas aparecen otras de herramientas, como si se hubieran trabajado láminas metálicas directamente sobre el bloque de plomo, actuando éste como apoyo flexible para un proceso de repujado. Es en esta cara donde en el momento final de su utilización, se grabó la inscripción de caracteres ibéricos (Fig. 29), que aparecen perfectamente impresos, por lo que tenemos que suponer que una vez inscrita, la herramienta no volvió a utilizarse. La excepcionalidad de este doble hallazgo no radica únicamente en su naturaleza de herramientas especializadas, sino en la información que contiene sobre el conocimiento técnico, la organización artesanal, económica e ideológica en la que se inscribe el orfebre ibérico. Desde el punto de vista estrictamente funcional, la herramienta multiuso de Alcoy presenta sorprendentes similitudes con el yunque de estrías del depósito francés de Génelard (Saône-et-Loire), del Bronce final, el conjunto de útiles para el trabajo del metal más completo de Europa 43. Entre otras muchas herramientas para todo tipo de trabajos de deformación plástica, incluía un paralelepípedo de base cuadrangular, en bronce, de dimensiones similares al de Alcoy, cuyas caras menores constituyen mesas de trabajo con distintos tipos de estrías para estampar finas láminas y conformar hilos, probablemente en metales nobles. Las dos caras mayores son lisas y funcionan como simples apoyos para el trabajo. Evidentemente se trata en este caso de una convergencia tecnológica curiosa, sin más significado que la persistencia de una buena solución para un problema técnico; también hay que recordar que el conjunto contenía otros yunques de estrías de formas diversas y adaptados a las diferentes necesidades del trabajo de metales de base cobre 44. En la Península ibérica conocemos, hasta la fecha, sólo dos ejemplos de yunques de estrías y ambos son de pequeño tamaño, concebidos para trabajos de poca envergadura o para el de metales nobles. El primero procede de un depósito del Bronce final de La Mazada (Zamora), y se trata en este caso de una herramienta desechada por fallo de fundición que la rompió en dos trozos. La mesa de trabajo es casi circular y en ella aparecen una serie de estrías paralelas para la deformación de pequeñas láminas o alambres 45. El segundo ejemplo procede de excavaciones de urgencia en la calle Méndez Núñez de Huelva y data del periodo orientalizante 46. En este caso la mesa de trabajo es rectangular, dividida en varias zonas con distintos tipos de molduras, además de un motivo de tres círculos formando triángulo. Estos objetos mencionados ponen de manifiesto que el yunque de estrías fue una herramienta relativamente extendida entre los artesanos metalúrgicos de toda Europa desde el Bronce final en adelante. Más raro es el hallazgo de matrices con motivos figurados para estampar y ello sólo a partir de la Edad del Hierro. Estos motivos pueden ser de dos tipos, en hueco o en relieve; por ejemplo, sabemos que las placas cuadrangulares que forman parte del cinturón de oro de Aliseda con una escena de lucha heroica entre hombre y león, y otras donde figura un grifo, se estamparon en una matriz 47; éste sería el ejemplo más antiguo dentro de nuestro territorio peninsular. Las matrices en bronce más conocidas son las que formaban parte del ajuar funerario de la tumba 100, llamada del orfebre, de la necrópolis ibérica de Cabezo Lucero, en Guardamar del Segura (Alicante). Más de medio centenar de objetos especializados en bronce y hierro, entre las que había una treintena de pequeñas matrices con diversos motivos figurados en relieve, componían un juego de herramientas que incluía un yunque de cubo con mesa de trabajo circular y lisa, muy deformada por el uso 48. Una herramienta compleja, compuesta por dos piezas de bronce, es la recuperada recientemente en el yacimiento de Segeda (Calatayud), que en un primer momento se identificó como trefiladora 49. Podría tratarse más bien de una prensa para estampar o conformar láminas o varillas. Se encontró en el espacio de habitación contiguo a la llamada casa del lagar. La herramienta de bronce de Alcoy es el único ejemplo que combina en un mismo objeto las funciones de yunque de estrías y matriz en hueco con motivos figurados. La iconografía de los prótomos de lobo es otra de las razones de excepcionalidad. En efecto, procedentes de tesorillos ibéricos de plata 50 conocemos toda una serie de joyas, anillos y sobre LA HABITACIÓN SAGRADA DE LA CIUDAD IBÉRICA DE LA SERRETA AEspA 2008, 81, págs. 5-29 ISSN: 0066 6742 todo brazaletes, que presentan prótomos zoomorfos rematando los extremos abiertos de un aro acintado; las variante son múltiples, y el grado de esquematismo de las cabezas muy diverso, hasta el punto que las identificaciones oscilan entre serpientes, lobos e incluso caballos, variabilidad zoológica que probablemente responda a la realidad, pero que no suscita acuerdos entre los estudiosos actuales. De entre todos los ejemplares, destacamos una pareja de brazaletes procedente del tesorillo de Córdoba, hoy en el Museo Británico 51, por su semejanza con las que aparecen en la matriz de Alcoy. Evidentemente no se trata de la misma impronta, pero los recursos de la esquematización son los mismos: perspectiva cenital y contigüidad de los elementos anatómicos alineados simétricamente en torno al eje del hocico. Parece redundante, y por tanto inútil, el hecho de que se hayan trabajado cuatro improntas de cabezas de lobo agrupadas en parejas por tamaños, una el doble que la otra, sin más diferencia aparente. La constatación de las medidas ha puesto de manifiesto que existe un pequeño escalonamiento en los tamaños, en el rango del milímetro, que separan las cuatro improntas. Hemos encontrado un rasgo similar en otra matriz, ya de época romana, con cuatro cabezas de serpiente agrupadas igualmente por parejas, procedente de Alchester (Oxfordshire), hoy en el Ashmolean 52. Este modo de disponer las improntas no puede responder más que a una razón económica derivada del modo de producción, probablemente orientado hacia un mercado que controlaba los precios de manera muy ajustada, lo que indica el alto grado de mercantilismo que alcanzó la producción orfebre en época ibérica. No debemos olvidar que hacia mediados del siglo IV a.C. los orfebres de la ciudad de Cádiz se regían por un modo de producción altamente desarrollado, con una oferta de productos seleccionados por precios y fabricados en serie 53. Otros motivos iconográficos presentes en la matriz son dos bellotas, de diferente tamaño y configuración. El motivo es muy frecuente en la orfebrería ibérica desde época orientalizante hasta la romana, y sería tedioso enumerar los ejemplares conocidos, pero todos ellos están relacionados con objetos que hacen alusión a la fecundidad, como las bellotas de la diadema áurea de extremos triangulares de La Puebla de los Infantes (Sevilla) 54, o con objetos rituales como los vasos de cuello abocinado de Tivisa 55, conjunto asociado a otros objetos en donde la imagen del lobo es protagonista. Las improntas de Alcoy presentan todos los rasgos de este fruto de manera detallada y naturalista. La roseta que preside la cara A podría ser una esquematización de la más orgánica orientalizante, pero quizá en este caso deberíamos suponer que el orfebre estaba más interesado en representar un ombligo, la semiesfera central con su significado cosmogónico, que el conocido elemento vegetal. Un esquema similar aparece en un colgante de plata del conjunto de Salvacañete 56 que reproduce una patera en miniatura con omphalos rodeado de un doble círculo y líneas marcando unos pétalos geometrizados. En cuanto a lo que hemos considerado marcas o advocaciones, en cualquier caso improntas no funcionales, parecen responder igualmente a ese espíritu mercantilista que se desprende de la propia organización de la herramienta, si aceptamos la interpretación del símbolo encerrado en el círculo puntillado como un caduceo, y los dos ojos como el rostro frontal de una diosa que podría asimilarse a Tanit. No creemos que deban ser leídas como marcas de orfebre, más bien parecen dedicaciones a la divinidad que puede propiciar y proteger el proceso de producción dentro del entramado económico del grupo. Con respecto al bloque de plomo con inscripción que completa la utilización de la matriz de bronce, tenemos que destacar lo excepcional de su hallazgo, pues si bien se conocen algunos pequeños fragmentos de plomo asociados a herramientas de metalúrgico, nunca se había encontrado un bloque de las dimensiones y características como el que presentamos en esta ocasión. En este sentido, la valoración conjunta del ajuar aparecido en el departamento F1 es determinante para conocer la naturaleza de este extraordinario hallazgo. Es insólita la acumulación de imágenes y piezas excepcionales que por sí solas destacan entre el amplio repertorio material de la cultura ibérica y que aparecen concentradas en un sólo departamento de un oppidum, de ahí la importancia incuestionable del espacio. Las piezas acumuladas en la cámara 1 nos llevan a pensar en dos grupos de funciones y prácticas distintas: mostrar y guardar o utilizando una dicotomía en términos mas connotados religiosamente: ostentar y conservar, como estrategia de la memoria que es la tesaurización. Se ostentan, pues, imágenes que transmiten mensajes de carácter no-verbal mediante unos códigos iconográficos compartidos y preciosos, articulados sintácticamente. De forma simultánea se guardan de forma colectiva productos e instrumentos, es decir, se agrupan las bases materiales de la pervivencia del grupo. Ambas funciones aparecen interrelacionadas pues son los mensajes ideológicos los que permiten y avalan la tesaurización. Trataremos de ofrecer algunas lecturas derivadas del análisis contextual y cruzado de los datos disponibles para dotar de sentido al espacio y las prácticas que albergó. Iniciaremos nuestras reflexiones fijando la atención sobre la acumulación de imágenes. La habitación es un microcosmos espacial que acumula un riquísimo conjunto de elementos que están entre si estrechamente vinculados. Ese conjunto permite una lectura nueva y enriquecedora del espacio. La plaquita es en sí misma una representación gráfica de ese espacio sacro. Estamos ante un mundo exclusivamente femenino presidido por la figura divina, caracterizada por sus proporciones superiores y por su centralidad en la escena. Ella preside y articula el espacio, se muestra en él. La diosa acoge a los dos lactantes en su seno y a ella se acercan la mujer de la izquierda con otro niño, al que presenta. El grupo de la derecha -de nuevo una mujer y probablemente una niña-realizan un acto cultual a través del diaulós. Es un indicio de la vinculación y aprendizaje de la música en el entorno sacro. La figura de la auletrís nos enlaza con el Vas dels Guerrers. La figura ritual -muchacha que pertenece a la diosa-nos introduce en el relato mítico del vaso: la iniciación de un joven a través de tres momentos o pasos: la lucha con el monstruo, la caza del ciervo acompañado de un igual, un compañero ya iniciado, a caballo y por último, el certamen heroico, la lucha que lo introduce definitivamente en el mundo de los adultos y le concede el estatus de guerrero57. Hay pues una prolongación entre la placa votiva y el vaso, a través de una secuencia de edad. El amamantamiento no agota su ámbito de actuación de la diosa. La kourotrophía debe ser larga, no concluye con el don de la leche de la generosa nodriza divina. La Señora se seguirá ocupando de los niños y los jóvenes que parecen con las mujeres en la plaqueta y también del joven protagonista de la historia narrada en el Vas dels Guerrers. Como una presencia invisible o acaso mostrada en su símbolo vegetal que aparece en las escenas que relatan la iniciación modélica del joven. La roseta, que acompaña al joven jinete y al guerrero, es vigor de su rostro y de sus piernas así como del caballo por él cuidado, podría ser una alusión al poder y presencia de la Señora en su territorio. El mensaje parece claro, es la Diosa quien protege y cuida al héroe. Con su participación en la exaltación de los valores heroicos sanciona el poder del elegido y el orden social desigual establecido sobre la base de la superioridad del príncipe. La naturaleza se erige como escenario de los sucesivos pasos de iniciación. La sobreabundancia y el dinamismo de los elementos vegetales se muestran claramente en los grandes vasos figurados. Y entre ellos aparece el ave, representada en la terracota y el gran kálathos. El ave cumple diversas funciones en el ámbito divino. En la plaqueta acompaña el trono y a la diosa, como en la dama sedente del Cigarralejo y la misma dama de Baza. Cuidan y fecundan su jardín, como vemos en el gran cálato, donde la gran ave pica en las granadas o adormideras. Y anuncian la muerte del ciervo herido en el Vas dels Guerrers, posándose en el lomo del cuadrúpedo. Es una forma de indicar que también el ciervo es posesión divina. Por último la presencia del lobo, como animal de fronteras. Las flautas de la auletrís con vestido ritual del gran vaso están rematadas con cabecitas de lobo, precisamente casi en contacto con la escena del enfrentamiento del adolescente con la fiera. El mismo instrumento musical nos indica que está configurado así para ritmar una hazaña precisa. El lobo cubrirá la cabeza del ya iniciado en las sucesivas hazañas de este vaso. Pero además la matriz de orfebre repite a diversos tamaños la cabeza frontal del lobo que remata pulseras en plata de los aristócratas. De nuevo un signo de la vinculación de la divinidad y el iniciado. Apuntemos un segundo aspecto. La terracota es una imagen de grupo, pues la Señora amamanta a dos pequeños y junto a ellos aparecen posiblemente dos madres que presentan sus hijos a la Diosa. Se refuerza la idea de participación múltiple. Han sido bendecidos el mismo día y han recibido la misma leche de la Diosa 58. Nuevas fórmulas que nos muestran los nuevos lazos que van más allá de los vínculos consanguíneos y que estructuran las formas de agregación social en el oppidum ibérico. Junto a estas imágenes se conservan otros bienes materiales. Ya nos hemos referido al predominio absoluto de las funciones de almacenamiento y despensa del amplio conjunto de recipientes cerámicos. Ello sugiere que en el departamento F1 se concentraban la producción de un amplio colectivo de campesinos, un grupo suprafamiliar, captada y almacenada al amparo de prácticas religiosas. Quizá se tratase de las primicias y otras porciones de los frutos del campo y del trabajo ofrecidas a la divinidad que preside el lugar. Junto a la producción agrícola envasada en recipientes cerámicos también se guardan los medios de producción, en especial el excepcional instrumento de orfebre y algunas herramientas agrícolas que se mencionan en las notas de excavación pero que hoy no han podido ser reconocidas. Esta misma asociación se encuentra en algunos espacios edetanos y en otros lugares 59. Ello nos sitúa en la intersección de las prácticas religiosas y socioeconómicas del oppidum. Los aspectos sacros y simbólicos cimientan las relaciones que permiten la vinculación de un grupo social, la captación de excedentes y el control de los medios de producción por parte de los grupos dominantes de la sociedad. Es decir, procesos ideológicos que avalan la formación y consolidación de la sociedad clientelar ibérica definida por A. Ruiz y M. Molinos 60. En este caso concreto, se trataría de la ubicación de prácticas religiosas de carácter colectivo en una dependencia urbana con una clara función de agregación y vinculación social. En el contexto social ibérico de esta época se han superado las relaciones consanguíneas propias de la sociedad parental y se deben crear nuevos vínculos identitarios que permitan la construcción del nuevo linaje aristocrático. El fundamento del nuevo modelo social reside en la existencia de un estamento aristocrático que institucionaliza su posición preeminente y un grupo dependiente que se vincula al aristócrata. Cabe por tanto, reforzar los lazos ideológicos que reformulan las relaciones de grupo y sancionan la posición predominante del grupo aristocrático. Y en esas claves de lectura se puede interpretar las imágenes y los mensajes que transmiten. Las prácticas religiosas dirigen su objetivo hacia el afianzamiento unas fórmulas de relación ciudadanas bajo nuevos vínculos políticos sancionados con prácticas rituales. Es el ámbito de lo sagrado el que arropa los procesos sociales que nos ayudan a entender la articulación suprafamiliar ibérica y la complejidad que adquiere a través de diversos grupos de edad y género. El tema no es nuevo, pues ejemplos semejantes se diseminan en contextos mediterráneos61 que nos aportan luz para interpretar los testimonios ibéricos y dan cuenta de la intensidad de las relaciones en ese entorno cultural. Otras cuestiones y temas de extraordinario interés surgen a medida que profundizamos en el análisis de esta habitación sagrada. Las relaciones entre el artesanado especializado y el ámbito religioso requerirían un estudio pormenorizado. También los aspectos de representación espacial y perspectiva de las imágenes, pues las dos piezas principales se proyectan con esquemas de presentación diferentes: la frontalidad de la plaqueta frente a la circularidad del vaso decorado; una requiere estatismo, el otro movimiento. Por último, la profundización en los temas aludidos de la forma y significado de la iniciación en el mundo ibérico deberán ser objeto de futuros trabajos que aborden esta temática específica. En fin, escogimos algunas claves de lectura entre tantas otras que se acumulan como lo hicieron los preciosos objetos de esta cámara singular.
Una aproximación a la lengua y a la identidad de los habitantes de Ilduro (Cabrera de Mar, Barcelona) El origen de este estudio se encuentra en el aumento en los últimos años tanto cuantitativo como cualitativo de las inscripciones ibéricas procedentes de los yacimientos del Valle de Cabrera de Mar, en especial de los que forman el asentamiento tardo-republicano. Las inscripciones ibéricas de Cabrera de Mar, que sobrepasan ya los 50 ejemplares, forman uno de los conjuntos más numerosos del corpus ibérico. Cualitativamente, cabe destacar la reciente identificación como abece-3 Quisiéramos agradecer a Albert Martín (arqueólogo municipal de Cabrera de Mar) su inestimable colaboración durante el transcurso de nuestra investigación, así como el habernos permitido estudiar, ilustrar y publicar materiales hasta ahora inéditos. También quisiéramos agradecer a la Dra. Dolors Zamora (Centre d 'Estudis d' Arqueologia i Historia de Mataró) su colaboración a la hora de asignar una cronología lo más precisa posible a las piezas con las que se ha trabajado. Finalmente, agradecer a Carlos Velasco (Universidad Autónoma de Barcelona / ASOME) la ayuda prestada durante el proceso de digitalización de los dibujos procedentes de publicaciones antiguas. darios incompletos de los dos textos de una fusayola de Can Rodon, que es uno de los escasos ejemplares de abecedarios paleohispánicos conocidos. El municipio de Cabrera de Mar se ubica en el valle del mismo nombre situado en la comarca del Maresme a 28 kilómetros al NE de Barcelona y estructurado a partir de tres montañas principales que delimitan un espacio semicircular, abierto al Mar Mediterráneo por su cara sur. Los flancos oeste y este están delimitados por las montañas del Montacabrer, el Turó de l'Infern y el Turó dels Oriols (6) respectivamente, mientras que el valle queda cerrado en su parte septentrional por la montaña de Burriac (1), lugar donde se asentó entre los siglos vi y i a. C. un importante oppidum ibérico conocido actualmente con este mismo nombre, pero al que probablemente correspondería el nombre de Ilduro en época ibérica. En las proximidades del oppidum ibérico se han identificado dos necrópolis, la de Can Rodon de l'Hort (2) en el actual centro urbano de Cabrera de Mar i la del Turó dels Dos Pins (3) en una colina cercana. A los pies del oppidum se localiza un campo de silos distribuidos en las fincas de Can Miralles, Can Modolell (4) y Can Bartomeu (5). En el actual casco urbano de Cabrera de Mar se localiza un importante asentamiento de época tardo-republicana que ha sido interpretado como un centro urbano de origen itálico fundado ex novo por la administración romana para tutelar el proceso de colonización en la antigua Layetania ibérica (García et alii 2000). Inicialmente documentado en las fincas de Ca l'Arnau y Can Mateu (7) y que con toda certeza se extiende a la parcelas vecinas de Can Benet (13), Can Rodon de l'Hort (9), y Can Masriera (8) y posiblemente también a las conocidas como Can Pau Ferrer (12),l'Hostal (11) y Mas Català (10). El asentamiento y el oppidum ibérico parece que conviven durante casi tres cuartos de centuria funcionando aparentemente como una única unidad, al menos económicamente hablando (Sinner y Martí 2012; Sinner 2015). Los estudios de circulación monetaria en el Valle de Cabrera de Mar proporcionan indicios suficientes para considerar que el taller que acuñó mo neda ibérica bajo el epígrafe Ilduro se situó en el valle, ya que casi el 30% de las monedas localizadas en él pertenecen a esta ceca, distribuyéndose de forma equilibrada entre el oppidum y el establecimiento tardo-republicano (Sinner y Martí 2012). La teoría clásica sitúa el taller en el que acuñaron las primeras emisiones de Ilduro en el oppidum (Villaronga 1979: 23; Untermann, 1975: 190); no obstante, la documentación en el establecimiento tardo-republicano de restos compatibles con la actividad de un taller monetario y de acuerdo con otras propuestas similares que aso cian otras cecas ibéricas del área catalana con fundaciones de época tardo-republicana como Baitolo (Padrós, 2001: 69) e Ieśo (Pera 2001: 60), se ha propuesto ubicar la ceca en el propio asentamiento tardo-republicano (García et alii 2000: 41; Martín y García 2002: 203; Martí 2004: 360; López y Martín 2010). Este trabajo se estructura en un primer apartado en el que se describen brevemente los yacimientos del Valle de Cabrera donde han aparecido inscripciones ibéricas, a continuación se relaciona el corpus, se analizan en detalle las novedades más significativas y se realiza un estudio de conjunto y finalmente se presentan las conclusiones del trabajo. Hasta la fecha han sido diferenciadas hasta cinco fases distintas que ocupan un extenso marco cronológico que engloba, con toda certeza, desde el siglo vi a. C. hasta la primera mitad del siglo i a. Mapa de los yacimientos analizados y del número de inscripciones ibéricas documentadas en cada uno de ellos. La necrópolis de Can Rodon de l'Hort es conocida en la bibliografía arqueológica desde finales del siglo xix (Rubió de la Serna 1888; Barberà 1968Barberà y 1969Barberà -1970) y a día de hoy se conocen 14 tumbas pero que aún no han sido excavadas en su totalidad. De características muy similares a las de su homónima de Dos Pins, parece que puede fecharse entre finales del siglo iv a. Excavada durante la campaña llevada a cabo en 1986-1987 la necrópolis conocida como El Turó dels Dos Pins (García 1991; García y Zamora 2005) se compone de un total de 94 tumbas cuyos loculi funerarios -siempre de forma cilíndrica-están excavados en la roca y nunca sobrepasan el metro de diámetro. La cronología de esta extensa necrópolis parece ocupar toda la segunda mitad del siglo iii a. C. y se prolongaría hasta el principio del siglo ii a. El conjunto de silos Can Modolell -Can Miralles (Pujol y García 1982-1983), se compone de hasta 14 silos de importante capacidad, es amortizado en su mayor parte a finales del siglo iii a. C, si bien algunos silos ya habían sido amortizados en la segunda mitad del siglo iv a. C y otros pocos lo fueron a mediados del siglo ii a. CAMPO DE SILOS DE CAN BARTOMEU (5) El conjunto de silos de Can Bartomeu, se compone de 30 silos de los cuales 5 fueron amortizados a lo largo del tercer cuarto del siglo iii a. C. y 8 en el período que corresponde a la amortización de las necrópolis, finales del siglo iii / principio del siglo ii a. El Turó dels Oriols está situado a medio km de distancia del poblado de Burriac y tiene una altitud de 325 m. Marià Ribas (1994) excavó tres silos en los años cincuenta en una de sus laderas cerca del núcleo de Agell de Dalt indicando la existencia también de restos de muros que prospecciones posteriores no han podido confirmar. Este yacimiento ha aparecido en la bibliografía científica con diversos nombres -Ca l'Arnau, Can Masriera, Can Mateu, Can Benet, Can Rodon de l'Hort, etc.-que se corresponden con las diferentes parcelas o propiedades en las que se han ido realizando intervenciones arqueológicas. No obstante, y a todos los efectos, debe ser considerado como un único yacimiento. A día de hoy la superficie por la que se extiende este asentamiento superaría las tres hectáreas. Las construcciones puestas al descubierto presentan en general unos rasgos bastante homogéneos, y entre ellas se han podido identificar tanto espacios residenciales de diverso tamaño, como talleres, almacenes e instalaciones productivas. También se han puesto al descubierto diversas calles que articulan y ordenan una buena parte de las construcciones. Un elemento destacable y excavado hasta el momento casi en su totalidad son unas termas públicas comparables a sus contemporáneas de la península itálica. La cronología de este asentamiento abarca aproximadamente desde mediados del siglo ii a. C. hasta el primer cuarto del siglo i a. A la luz de las últimas excavaciones en Can Rodon de l'Hort algunos autores (Martín y García 2007: 71) han valorado la posibilidad de que tanto Can Rodon de l'Hort, como L'Hostal y Mas Català formen Figura 2. Localizadas en el año 1997, las termas de Ca l'Arnau fueron casi totalmente excavadas durante el año siguiente, a diferencia del resto de estructuras existentes en la parcela y que tan solo fueron delimitadas. Este complejo de baños públicos, que ya ha generado una importante bibliografía (García et alii 2000: 36-38; Martín y García 2002: 200-204), estaba formado en el momento de su abandono por cuatro habitaciones principales: el apodyterium o vestuario, el tepidarium o sala tibia, el caldarium o sala caliente -con una piscina o alveus de uso comunitarioy el laconicum o sauna. Además, se documentaron otras estancias destinadas aparentemente al servicio y relacionadas con el funcionamiento del complejo termal, como hornos, depósitos de agua, etc. La interpretación y cronología del edificio, sin embargo, son claras aun con las muchas preguntas que suscita en los niveles tipológico y arquitectónico. El complejo ocupa toda una terraza que, evidentemente, fue nivelada para poder erigirlo. Las construcciones situadas inmediatamente al sur presentan una cota más baja y una nivelación diferente, mientras que las emplazadas más al norte están situadas a una cota sensiblemente más alta. Todas estas construcciones, prácticamente aún sin excavar, todavía no dejan entrever con claridad la disposición de las calles entre ellas, pero no hay ninguna duda de su carácter claramente urbano. El eje viario que, por supuesto, no arroja ninguna duda es el curso de la riera. C., quedan muy pocos complejos termales comparables en todo el Mediterráneo occidental. La existencia de un conjunto termal como el de Ca l'Arnau en una fecha tan temprana hace pensar en la presencia de gentes itálicas4 en el valle de Cabrera de Mar o en unas élites locales fuertemente influenciadas por el estilo de vida y la cultura itálica. De hecho, es el mismo fenómeno que se detecta también en otras zonas de dicha península, como es el caso de la colonia latina de Fregellae ya desde finales del siglo iii a. Los baños parece que cuentan con una acometida de agua exterior que se canaliza desde la montaña y de la que han quedado algunas evidencias en uno de los muros exteriores de las termas. Se denomina como Can Mateu al conjunto de las construcciones situadas inmediatamente al sur del complejo termal. Se trata de estructuras seguramente de tipo residencial organizadas en dos grupos claramente diferenciados dependiendo de sus distintas orientaciones y que salvan el desnivel natural mediante terrazas que recortan el terreno. Ello se debe, sin duda, al hecho de intentar adaptarse de la mejor manera posible a la orografía del lugar en el momento de planificar unas construcciones de cierta extensión y envergadura sobre una superficie en absoluto lisa y de variable resistencia a los trabajos de nivelación. La intervención llevada a cabo durante los años 1997-1998 afectó solo a cuatro de las estancias más meridionales, lo que permitió saber que fueron utilizadas como habitaciones domésticas entre el tercer cuarto del siglo ii a. C. y el primero del siglo i a. C. Sin embargo, aún es difícil matizar cómo se relacionaron con el resto de los ámbitos que están todavía por excavar, aunque parece que formaron parte de un complejo de gran formato y no de piezas de tipo más individual a la vista de la planta general y de sus posibilidades de circulación. El hallazgo de al menos una inhumación infantil en los niveles fundacionales permite documentar la existencia o pervivencia de un rito funerario practicado ampliamente durante la época ibérica5, dato que quizá pueda ser significativo a la hora de valorar el origen de una parte de los pobladores del asentamiento o, al menos, el de los de esta parte del mismo (Sinner 2015: 15-16). En el año 2003 una nueva intervención arqueológica -realizada esta vez en la parcela conocida como Can Masriera, situada delante del barrio de La Guardiola y en el lado oriental de la riera de Cabrera de Mar-permitió documentar unas estructuras muy dañadas por los procesos posdeposicionales y poco conocidas que fueron interpretadas por sus excava-DEL OPPIDUM DE BURRIAC A LAS TERMAS DE CA L'ARNAU. UNA APROXIMACIÓN A LA LENGUA Y... dores como los restos de un posible templo o lugar de culto (Oliveras, 2003). Gracias a un estudio preliminar de los materiales cerámicos recuperados durante el trabajo de excavación, fue posible determinar que los restos arquitectónicos hallados eran contemporáneos a los de Ca l'Arnau-Can Mateu y Can Benet, ampliando de nuevo no solo la superficie construida de este importante asentamiento de la época tardo-republicana, sino también su margen más oriental, que se extendió a ambos lados de la riera del municipio. Un estudio reciente sobre el yacimiento6 defiende la posibilidad de que se trate de un templo provincial de pequeñas dimensiones y marcadas influencias itálicas -tegulae, imbrex, revestimientos de mortero, presencia de opus signinum, etc.-y posible planta in antis. El templo -tercera fase de ocupación del yacimiento-podría fecharse en sus inicios en el último cuarto del siglo ii a. C., mientras que el abandono del mismo se sitúa en un momento avanzado del primer cuarto del siglo i a. C. debido a la abundante cantidad de ánfora Dressel 1C de producción local recuperada (López y Martín 2008: 33-34). Este sector se encuentra dividido, a grandes rasgos en dos antiguos niveles de cultivo diferentes. El nivel inferior es conocido en la bibliografía arqueológica desde finales del siglo xix, por el hallazgo de la necrópolis del período ibérico pleno ya analizada con anterioridad. En la terraza superior, los restos arqueológicos más importantes corresponden a construcciones de época tardo-republicana y ocupan más de la mitad oeste de la parcela y buena parte del cuadrante suroeste adentrándose también en la terraza inferior, justo a poniente de donde se excavó la necrópolis ibérica se cruzan dos calles formando un ángulo recto. La principal de ellas, con una anchura de más de cinco metros, discurre en sentido norte -sur y se supone que tiene una longitud superior a los cincuenta metros (Martín y García 2007: 71). El lado este de dicha calle parece estar ocupado por una sucesión de estancias o talleres -algunos de ellos dedicados a la producción de hierro-, mientras que el lado oeste alberga, al menos, una vivienda de considerables dimensiones que aún no es muy bien conocida dada la escasez de trabajos que se le han dedicado. La cronología de todas estas construcciones es similar a la registrada en las construcciones del sector occidental de la riera, y lo mismo se puede decir de los detalles constructivos. Además, se han documentado un conjunto de tres silos colmatados en el siglo v a. C. y en el extremo norte del solar, separado de los restos arqueológicos de cronología anterior por una serie de aportaciones aluviales de dos metros de espesor, se ha documentado un centro productor de ánforas Dressel 2-3 y vasos de paredes finas que funciona durante el siglo i d.C. y posiblemente hasta inicios de la siguiente centuria (López y Martín 2010 y 2011). Mas Català se localiza en el lado este del Torrent de Sant Feliu, formando parte de una elevación en pendiente que llega hasta el Turó dels Oriols. El yacimiento se compone de seis silos, dos de los cuales fueron amortizados en época ibérica además de dos estructuras de hábitat. Una de estas estructuras presenta elementos constructivos de tipo itálico que recuerdan a los utilizados en los demás sectores del asentamiento tardo-republicano, tales como tegulae e imbrices además de revestimientos en las paredes interiores. De la segunda prácticamente arrasada poco se puede decir, pero sabemos que presentaba una serie de agujeros excavados en la roca que han sido interpretados como los restos de un posible almacén de ánforas (Pérez Sala y García 2002). El yacimiento fue interpretado como dos pequeños asentamientos rurales en el llano y cuya función se relacionaría con actividades agropecuarias. La cronología de estas estructuras abarca desde mediados del siglo ii a. C. hasta el primer cuarto del siglo I a. Sin lugar a dudas, tanto por su ubicación, como por sus cronologías constructivas y de abandono, parece más que factible que estemos ante otro sector más del asentamiento tardo-republicano. En lo que a l'Hostal se refiere, situado en la actual calle Pere Jaume Català de Cabrera de Mar, resulta complicado precisar la extensión y función de unas estructuras en gran parte destruidas debido a la actividad constructiva actual. Destacan un pozo amortizado durante la primera mitad del siglo ii a. C. y un depósito de 2 x 2,5 m y más de 3 m de profundidad cuya capacidad estimada sería de 17500 l amortizado a lo largo del tercer cuarto del siglo ii a. Si bien el pozo y el depósito parecen responder a un momento anterior, la construcción de la estructura se desarrolla en paralelo al crecimiento del asentamiento tardo-republicano, por lo que parece difícil que no tenga relación con el mismo. En un momento aún poco conocido, pero en el que el proceso de despoblación del valle de Cabrera de Mar como centro urbano aún no parece estar muy avanzado, se detectan los primeros cambios relacionados con la obtención de excedentes siendo el mejor ejemplo de ello el centro productor localizado en la parcela conocida como Ca l'Arnau (Martín y García 2007: 72-78). Estos se reflejan inicialmente en la presencia de un tipo de producción local muy minoritaria y todavía mal conocida que elabora ánforas imitando las formas itálicas más populares en el valle hasta el momento -greco-itálicas, Dressel 1A y Dressel 1C, siendo estas últimas las más habituales (Martín y García 2007: 72.)-. Entre la riera de Cabrera de Mar y el torrente de Sant Feliu, se encuentran evidencias de esta fase productiva que fueron descubiertas en 1997. En esta ocasión, los trabajos de excavación documentaron un vertedero de ánforas del tipo Dressel 1 Citerior en la parcela identificada como Can Pau Ferrer. Parece que la cronología de este vertedero debe situarse dentro de la primera mitad del siglo i a. C., y hay que vincular su existencia -obviamente-con la presencia de un nuevo alfar próximo, aunque aún desconocido. Excavado entre 1999 y 2013, los trabajos arqueológicos permitieron localizar y documentar dos calles perpendiculares entre sí que separaban un grupo de habitaciones de aspecto modesto de los lujosos restos de una domus de la que se conocen un total de más de 200 m 2 de superficie construidos y hasta ocho ámbitos o habitaciones -seis de ellas pavimentadas mediante la técnica del opus signinum, al que incorporaron teselas blancas y negras a modo de ornamento (Martín y García 2007: 70)-. La decoración siempre incluye motivos geométricos, desde alineaciones alternas de teselas a trazados más complejos -como sucesiones de esvásticas con cuadrados intercalados-; todo ello, usualmente combinado con superficies rectangulares compuestas por una trama de rombos a modo de emblema. La cronología de los restos se puede dividir en tres momentos diferentes: un primero constructivo -domus y edificaciones aledañas-fechado alrededor del 125 a. C., un segundo en el que se detectan nuevos niveles de uso en las estancias aledañas a la domus y datado entre el 100 a. C. e inicios del siglo i a. C. y un momento final en el que se abandona todo el sector y cuya cronología puede fecharse en torno al 80-70 a. La cronología de estas estructuras, contemporánea a las estructuras de Ca l'Arnau-Can Mateu, amplió considerablemente la superficie conocida para este asentamiento hacia el sur. CATÁLOGO DE INSCRIPCIONES IBÉRICAS La primera inscripción conocida procedente de Cabrera de Mar, aparte de la leyenda monetal de Ilduro, fue la taza umbilicada procedente de las excavaciones en el siglo xix en Can Rodon de l'Hort (2.1) con el texto sosian. También a principios de los 90, el propio Ribas (1994) publicó un pequeño esgrafiado cerámico del Turó dels Oriols (6.1) que había localizado a mediados de los cincuenta. La última publicada (Ferrer i Jané et alii 2011) es la fusayola de Can Rodon (9.1) que contiene un par de textos kutukiŕbitatikoukebosekoTm / kutakituŕsborbioko que se identifican como dos abecedarios incompletos no-duales. Del primer signo sólo se aprecia un trazo que podría corresponder a un signo a o un signo bi, mientras que el segundo parece un signo l1 63: Así pues la lectura sería (])al o (])bil, que quizás fuese la forma abreviada de bilake, ya presente en 1.11 y que también se documenta en varios ejemplares de un mismo sello sobre mortero, uno de ellos (K.5.4) de La Caridad (Caminreal), y que podría ser la forma iberizada del latín FLACCVS. Alternativamente, también se podría reconstruir un antropónimo ibérico como por ejemplo bilos (Untermann 1990: no 39; Rodríguez Ramos 2014, no45). Excepto Barberà, el resto recogen explícitamente la presencia de la inscripción, aunque sin transcribir los signos. Con la cautela exigible a una inscripción sólo conocida por dibujo, en principio los dos signos dibujados en el lateral de la suela podrían ser leídos en ibérico como bi y u, por lo que la lectura sería un familiar biu que podría ser interpretado como variante o forma abreviada de un formante antroponímico ibérico bien conocido, biuŕ (Untermann 1990: no 43; Rodríguez Ramos 2014: no50), presente por ejemplo en biu (B.4.1) y en biunius (H.11.1) y documentado en la forma biuŕ en Cabrera de Mar en 2.2, biuŕtir. 5.1.-Esgrafiado probablemente incompleto por la derecha de dos signos fragmentados en la pared externa de una taza umbilicada. El primero probablemente es un ba1, menos probablemente también podría ser un e1 con los trazos cortos y en posición baja, mientras que el segundo es probablemente un ŕ3 pero quizás también podría ser un be1. Así pues, 63 La referencia a los signos codificados es la definida por Untermann (1990, 245). la lectura más probable sería baŕ[. La secuencia baŕ figura aislada como tal en algunas cerámicas (por ejemplo E.1.75 y C.19.1) o en algún caso acompañada del morfo ḿi (B.1.61), no obstante, teniendo en cuenta los otros textos realizados en paredes externas de vasos de producción local en Cabrera de Mar, probablemente no se trate de un antropónimo abreviado, sino de un texto de cierta complejidad del que solo se han conservado los dos primeros signos. Podría tratarse de un antropónimo formado a partir de baŕka, que se interpreta habitualmente como variante del más frecuente balke (Untermann 1990: no 25; Rodríguez Ramos 2014: no24); por ejemplo presente en el antropónimo baŕkageŕ (C.25.3). Alternativamente, cabe indicar que baŕ es una variante de abaŕ, supuestamente 10 (Orduña 2005; Ferrer i Jané 2009) que aparece en combinaciones del tipo baŕbin (por ejemplo F.9.7), supuestamente 12, aunque este texto no sería en principio un contexto propicio para el uso de numerales. 5.2.-Esgrafiado de dos signos probablemente incompleto por la izquierda en la pared externa de una taza umbilicada. El primero parece un ḿ4 y el segundo es un claro i1: ]ḿi. A pesar de su brevedad, se puede suponer plausiblemente que el texto era bastante más largo, ya que el uso del elemento ḿi al final del texto requiere al menos la presencia de un antropónimo seguido quizás de algún otro morfo. La partícula ḿi es frecuente tanto en las inscripciones de propiedad como en las inscripciones funerarias (Untermann 1990: 172; Ferrer i Jané 2006: Anexo 6). 7.6.-Esgrafiado de cinco signos completo en la base de una cerámica de barniz negro. El primer signo es mucho mayor que el resto y su trazado es irregular, pero parece que no puede ser otra cosa que ś3. El segundo y el tercero están afectados por una fractura, pero se identifican bien como a2b, y l1. Del cuarto sólo se conserva la base, pero teniendo en cuenta el resto de signos, parece que debe identificarse como otro a2b. El quinto no está completo pero se identifica claramente como i1. En la variante en śalei se documenta en el antropónimo śaleitaŕtin (Ferrer i Jané 2012) en varias de cerámicas de Can Rossó (Argençola). 7.9.-Esgrafiado completo de dos signos en la base de una cerámica de barniz negro: ke1 y r1. Podría ser la forma abreviada de un formante antroponímico (Untermann 1990, no CERDV documenta al antropónimo CERDVBELVS (Livi 20.20), kerte en la leyenda monetal kertekunte (A.6.6) o kertaŕ documentado en balakertaŕ en una cerámica de Azaila (E.1.65). 7.10.-Esgrafiado incompleto por ambos lados de cuatro signos de unos dos cm de altura, realizado antes de la cocción en un fragmento de unos 8,5 cm de un borde de tubulus de las termas de Ca l'Arnau. El primer signo aunque fragmentado es un claro e1, mientras que el segundo también es un claro ś1. El tercero es probablemente un signo a2b con el trazo vertical disimulado por la fractura antigua que divide el fragmento en dos mitades. El arranque de este trazo en la parte superior se aprecia, aunque con dificultad, pero el resto ha desaparecido probablemente por el desgaste de los bordes. Del cuarto signo solo se conserva un trazo diagonal que podría corresponder a un signo l1, ś1 o ka1, menos probablemente tu, ya que se debería de apreciar el arranque del trazo de la base. Quizás también n2 o i2 con el trazo inicial en diagonal. Así pues la lectura sería: ]eśa+[ que no contiene ningún elemento familiar. Probablemente se trate de un compuesto, donde el fragmento conservado contiene la parte final del primer elemento y la inicial del segundo. En el supuesto de que se tratase de un antropónimo bimembre, podría estar compuesto por los formantes ]eś y a+[ o alternativamente por ]e y śa+[. Entre los antropónimos ya documentados beleśaiŕ (F.7.1) podría encajar con los signos documentados en esta inscripción. 8.1.-Esgrafiado de cuatro signos probablemente incompleto por ambos lados realizado en un fragmento informe de cerámica de barniz negro. Del primer signo solo se conserva un pequeño trazo vertical en la base, quizás, a, bi o ḿ, el segundo es un signo ba2, el tercero es un signo ŕ7 y el cuarto podría ser ba2, o, incluso e. Las lecturas más probables serían ]abaŕ+ [ o ] ḿbaŕ+[. Ambos elementos admiten otras interpretaciones, abaŕ como posible numeral, supuestamente 10 (Orduña 2005; Ferrer i Jané 2009), y ḿbaŕ como elemento del léxico común (Ferrer i Jané 2006: Anexo 15), pero el contexto parece más favorable a la interpretación antroponímica. 9.3.-Esgrafiado completo de dos signos en la base de un plato de cerámica de barniz negro. El primero podría ser un signo ba1 y el segundo un signo l1. También se podría leer girado 180o de forma que el primer signo fuese ḿ y el segundo ba1, que quizás podría ser la forma abreviada del formante antroponímico ḿbaŕ, (Untermann 1990: no 137; Rodríguez Ramos 2014: no170) o quizás el numeral latino VI. 9.5.-Esgrafiado de dos signos quizás completo conocido solo por dibujo en la base de una cerámica de barniz negro. El primero es un signo ba1, mientras que el segundo presenta dudas ya que aunque aparentemente podría ser un signo o1, probablemente sea un signo n disimulado por la rotura del barniz de la pieza. Así pues la lectura propuesta sería el familiar ban en detrimento de oba o bao, secuencias poco frecuentes en ibérico, aunque algún ejemplo hay: oba (E.1.398). En cambio para ban los ejemplos son múltiples, entre otros: B.4.6, D.9.1, E.1. No obstante, la interpretación de ban cuando aparece aislado es poco clara. 10.1.-Esgrafiado completo de dos signos realizado en la base de una píxide de barniz negro (Pérez-Sala y Garcia 2002: 8 y p. El texto no presenta problemas de lectura, tite, con las variantes ti4 y te2. El primer signo está dibujado en la editio princeps como un signo en forma de T, pero las fotografías permiten corregir este signo en un signo ba, ya que el trazo superior es en realidad una erosión del barniz. Los dos siguientes son claros un l1 y un ke2. Así pues, la lectura restaría balke, que es un formante antroponímico (Untermann 1990: no 25; Rodríguez Ramos 2014: no24) ibérico relativamente frecuente, presente por ejemplo en los antropónimos BALCIADIN y BALCIBIL en la Turma Salluitana o en balkebiuŕ en el plomo de Castelló (F.6.1). Esgrafiado quizás incompleto por la izquierda de dos signos realizado en la pared externa de una cerámica de barniz negro (Cela et alii 2002: 51 y 60, lam. Los signos identificados son ka1 e i1. La lectura sería kai que como en otros dos ejemplos de este mismo conjunto de yacimientos (1.6 y 1.13) podría corresponder al nombre latino CAIVS / GAIVS. También hay alternativas de interpretación ibéricas como podría ser kaisur (Untermann 1990: no 66; Rodríguez Ramos 2014: no73), aunque no es de los más frecuentes, se documenta en kaisuranaŕ en un plomo de procedencia desconocida de la zona catalana (C.0.1). Esgrafiado aparentemente completo de dos signos realizados sobre la pared externa cerca del cuello de una jarrita entera bicónica de cerámica gris ibérica (Cela et alii 2002: 50 y 59 lámina 6 figs. 2) sólo conocida por el dibujo publicado. La lectura es dudosa, especialmente del segundo signo que habría que interpretar como un mal dibujo de un ka1 o de un ke10 o quizás de una a2. La sinuosidad del signo s2 tampoco es habitual, quizás estuviera realizada antes de la cocción. El dibujo no aclara si el esgrafiado es completo o podría continuar por alguno de los extremos. Así pues, la lectura sería: (])s+(]). 12.1.-Esgrafiado de dos signos conocido sólo por dibujo en una base de cerámica de barniz negro. No es posible determinar si está completo. Los signos identificados son a1 y s1. No obstante su posición no parece natural, quizás falte algún signo entre ellos. Tal como está el dibujo la lectura es (])as(]). Entre los posibles formantes antroponímicos que encajarían en este fragmento estaría asai (Untermann 1990: no 16; Rodríguez Ramos 2014: no14). En este trabajo se han relacionado 66 inscripciones localizadas en yacimientos de Cabrera de Mar susceptibles de ser ibéricas, aunque dos se clasifican como marcas indeterminadas y al menos otras cinco en forma de aspa podrían también serlo. La mayoría, 39, figuraban dispersas en distintas publicaciones, mientras que 27 son inéditas, fundamentalmente procedentes de las últimas excavaciones en el casco urbano de Cabrera de Mar: Ca l'Arnau, Can Mateu, Can Masriera, Can Benet i Can Pau Ferrer. La mayor parte de las inscripciones, 34, proceden del poblado de Burriac, necrópolis y asentamientos satélites del poblado. Una cantidad similar, 32, aunque con una proporción más acusada de signos aislados, proceden de los yacimientos del actual núcleo urbano de Cabrera de Mar que conforman el asentamiento tardo-republicano. Si descontamos las inscripciones de un solo signo, normalmente no contabilizadas en los corpora de inscripciones ibéricas, el número de inscripciones de los yacimientos de Cabrera de Mar sería ya de 39, lo que sitúa el conjunto entre los diez municipios con más inscripciones por detrás de Azaila, Nissan-lez-Ensérune, Llíria, Sagunt, Ullastret y Sigean. Además hay que destacar especialmente la potencialidad futura del yacimiento de Burriac, ya que a pesar de ser uno de los oppida ibéricos más extensos, es uno de los menos excavados, lo que permite prever que en cuanto sea posible realizar excavaciones intensivas, el descubrimiento de nuevas inscripciones aumente exponencialmente. En cuanto a las novedades, entre las inéditas cabe destacar una de las de Ca l'Arnau / Can Mateu (7.6) que contiene un antropónimo ibérico de un solo formante śalai, ya documentado en otros antropónimos bimembres. También hay que destacar una de las cerámicas ibéricas de Can Bartomeu (5.2) de la que sólo se conserva el final ḿi, pero que con seguridad se tratara de una inscripción considerablemente más larga, como mínimo con un antropónimo y quizás con algún elemento léxico adicional. También es significativa la inscripción realizada antes de la cocción sobre el tubulus de las termas de Ca l'Arnau (7.10), con un texto fragmentado, pero que podría estar identificando al productor ibérico de los tubuli. De algunas de las inscripciones ya conocidas se publica por primera vez la fotografía, como las dos cerámicas de barniz negro de Burriac (1.11 y 1.12), las dos cerámicas de barniz negro de Mas Català (10.1 y 10.2) y las dos cerámicas ibéricas de Can Bartomeu (5.1 y 5.2). Algunas de las ya publicadas lo habían sido en publicaciones de carácter arqueológico, donde no se había especificado la lectura. Es el caso de las dos cerámicas de barniz negro de Mas Català (10.1 y 10.2) respectivamente con lectura tite y balke, ambos interpretables como antropónimos de un solo formante. Muchas de las inscripciones relacionadas, 25, están formadas por un solo signo, casi todas sobre cerámicas de barniz negro, sin que siempre sea claro de que se trate de un signo ibérico con algún tipo de significado léxico y no de una marca de contenido indeterminado, como podrían ser los signos ta que podrían ser simples marcas en forma de aspa (1. No obstante la ausencia de claros grafitos latinos induce a optar por la interpretación ibérica en los casos dudosos. En algunos casos podrían ser latinos como bilake (1.11), y quizás bil(ake) (1.12), por FLACCVS, que también podría ser ibérico (Moncunill y Velaza 2011: nota 7). En las inscripciones más complejas también aparecen antropónimos como agi (1.2), bantoŕ(e) y baleśketin (4.2). En la distribución de los antropónimos se aprecia una clara tendencia favorable al oppidum y sus yacimientos satélites (17) que presenta un mayor número de antropónimos que en el asentamiento tardo-republicano (9). En los casos anteriores, aunque es el supuesto más probable, el uso de la escritura ibérica, no asegura al 100% el uso de la lengua ibérica, puesto que se trata de antropónimos aislados. El uso de la lengua ibérica se confirma en el caso de biuŕtir, ya que parece que habría que interpretar la r final como el morfo (a)r. Más claramente sería el caso del uso del morfo ḿi (Untermann 1990: 172; Ferrer i Jané 2006: Anexo 6) una de las cerámicas ibéricas de Can Bartomeu (8.2) y una de las cerámicas del Turó dels Dos Pins, donde también se usa el conocido baikar (Ferrer i Jané 2011). Así como, el uso del conocido egiar (Ferrer i Jané 2006: Anexo 14) una cerámica gris de Burriac, donde también se usa el morfo nai, variante del ya mencionado ḿi. Algunas inscripciones (1.1) siguen perdidas, como es el caso del dolium procedente del poblado de Burriac (Ribas 1952: 40-44). La lectura MLH (C.7.7) es lise+kaese, pero una lectura más prudente sería (])+is++kaeś+([). Entre las dudosas destaca el peso o colgante de plomo procedente de Can Miralles-Can Modolell (4.1). Con cuatro signos aislados, dos de ellos cruces, un signo ti y otro no interpretable como signo ibérico, probablemente se trate de simples decoraciones sin valor lingüístico. Caso aparte es el de los dos textos de la fusayola de Can Rodon (Ferrer i Jané et alii 2011; Velaza 2012b: 283.) recientemente identificados como probables abecedarios no duales abreviados (Ferrer i Jané 2014) por presentar la irregularidad estadística de constar de un solo segmento lo suficiente largo sin ningún, o casi ningún, signo repetido, cada uno con un orden diferente, kutukiѓbitatikoukebosekoTḿ, en el texto superior, y kutakituѓsborbiokou en el texto inferior. La cronología de la mayor parte de las inscripciones se corresponde a los ss. ii -i a. C., por el tipo de soporte, todas las de barniz negro Calenas, Campaniense A, así como las ánforas itálicas y locales del tipo Pasqual 1 (1.9 y 1.10), los dolia (1.1 y 1.19) y el tubulus (7.10). Mientras que por el contexto, también serían de esta cronología algunas de las grises (11.2), la tapa de cerámica común (1.8) y las dos fusayolas (9.1 y 4.2). C. y la cerámica gris de Burriac (1.2) con paleografía arcaica, podrían ser más antiguas, aunque estas tres últimas las contabilizamos entre las de cronología indeterminada. La paleografía de las inscripciones es bastante regular, prácticamente todas utilizan las variantes más modernas de los signos correspondientes a la variedad de abecedario no-dual que es el abecedario también usado en las inscripciones monetales y prácticamente el único usado en los ss. ii y i a. Las únicas excepciones son la inscripción de la taza umbilicada de la necrópolis de Can Rodon (2.1) que usa la variante s3, la de la cerámica de barniz negro de Rosas de la misma necrópolis (2.2) que usa la variante r5, la cerámica gris de Burriac (1.2) que usa la variante a7, la variante e4 de tres trazos, y la variante ki6, simultáneamente con ki1. Y quizás también una de las inscripciones de Can Masriera (8.2) donde aparecen ŕ5 y quizás ba2. Sin embargo, no hay ningún indicio claro de uso del sistema dual (Ferrer i Jané 2005), casi no hay ninguna variante compleja, a excepción de un signo tu2. Adicionalmente, entre las inscripciones de cronología más antigua susceptibles de usar el sistema dual se detectan incoherencias en el uso de las variantes simples como sería el caso de ti en biurtiŕ y en tigir y de ka en baikar. La mayor parte de las inscripciones están realizadas sobre cerámicas de barniz negro, pero las inscrip-DEL OPPIDUM DE BURRIAC A LAS TERMAS DE CA L'ARNAU. UNA APROXIMACIÓN A LA LENGUA Y... ciones más largas se encuentran sobre cerámicas ibéricas comunes oxidantes, bantoŕenm ́ibaikar (3.1), y presumiblemente, ]ḿi (5,2) y sobre cerámicas ibéricas grises ]+arnai: agiegiar (1.2). También la posición de la inscripción es diferente, ya que en las de barniz negro siempre está en la base o en la pared inferior en el caso de los platos, lugar donde no es visible con la cerámica en posición de uso. En cambio, en las cerámicas ibéricas comunes (2.1, 3.1, 5.1 y 5.2), grises (1.2, 3.2 y 11.2) o hechas a mano (1.8), la posición mayoritaria es en las paredes exteriores de forma que la inscripción sea visible mientras se usa la vajilla. Al menos tres de los casos proceden con seguridad de necrópolis, 2.1 de la de Can Rodon y 3.1 y 3.2 de la del Turó dels Dos Pins. También entre ellas se encuentran las inscripciones de cronología más antigua (2.1, 1.2, 3.1, y 3.2). Probablemente todos estos factores están indicando de forma coordinada el cambio que se produce, en general en el territorio ibérico, y en particular en el valle de Cabrera como consecuencia del proceso de colonización. Cuantitativamente el uso de la escritura aumenta, pero la complejidad de las inscripciones disminuye, quedando reducidas en la mayor parte a la indicación del nombre en la base como indicador de la propiedad. Las características generales a nivel arquitectónico existentes en algunos sectores del asentamiento tardorepublicano, de concepción claramente itálica, y en particular la existencia de un conjunto termal como el de Ca l'Arnau en una fecha tan temprana hacía pensar en la presencia de gentes itálicas en el valle de Cabrera de Mar o en unas élites locales fuertemente influenciadas por el estilo de vida y la cultura itálica. El análisis de los testimonios epigráficos en el valle de Cabrera de Mar apunta claramente a la segunda alternativa, puesto que muestra un dominio absoluto de la escritura ibérica sobre la latina, no sólo en el oppidum, sus necrópolis y asentamientos satélites, sino también en el asentamiento tardo-republicano. Si hubo itálicos, estos debieron ser una minoría y no dejaron testimonios escritos, puesto que no conocemos un solo grafito post cocturam procedente del asentamiento tardo-republicano en el que el autor se haya servido de la lengua o el alfabeto latino sin ninguna duda. En este sentido, aclarar que el esgrafiado latino con un tria nomina realizado ante cocturam (A.VAL.A) sobre una tapadera de producción local procede del centro productor de Ca l'Arnau del segundo cuarto del s. i a. C, sin relación con la ocupación urbana previa (Sinner et alii 2014). Parece claro que durante los ss. ii y i a. C. tanto en el oppidum como en el asentamiento tardo-republicano, la escritura ibérica fue la empleada habitualmente por sus habitantes, al menos en la esfera de lo doméstico o privado, lo cual plausiblemente es indicativo de que la composición étnica era mayormente ibérica. Entre las novedades epigráficas presentadas indicativas de esta realidad, cabe destacar la inscripción realizada antes de la cocción en uno de los tubuli de las termas de Ca l'Arnau y que podría estar identificando al productor ibérico de los tubuli. Sólo cuatro inscripciones, tres en Burriac y una procedente del asentamiento tardo-republicano, podrían representar nombres personales de origen latino, kai/GAIVS i bilake/FLACCVS, aunque para todos ellos hay alternativas de interpretación ibérica. De confirmarse que sean efectivamente nombres latinos, el supuesto más plausible, es que fuesen personajes locales, posiblemente relevantes, que en estos momentos ya habían adoptado nombres de tipo latino posiblemente en consonancia con un estilo de vida "a la romana". El uso de nombres personales de tipo latino entre los iberos es un hecho bien documentado gracias a los jinetes ilerdenses de la Turma Salluitana (CIL I, 709). En base a los documentos epigráficos, el valle de Cabrera de Mar parece tener más en común con otros núcleos de tradición y carácter indígena como por ejemplo Azaila (Beltrán 1995: 189) o el oppidum de Ca n'Oliver (Cerdanyola del Vallès), donde la epigrafía ibérica es claramente mayoritaria, que con aquellos en donde la presencia itálica es un hecho consumado y la epigrafía latina es claramente mayoritaria, como Valentia (Valencia) (Hoz et alii 2013) y La Cabañeta (El Burgo de Ebro, Zaragoza) (Díaz y Mínguez 2011: 82), ambos destruidos en las Guerras Sertorianas, momento en que se abandona el valle de Cabrera de Mar. Quizás un buen paralelo con el asentamiento tardo-republicano del valle de Cabrera de Mar lo encontramos en el yacimiento arqueológico de La Caridad (Caminreal, Teruel) (Herce et alii 1991). Aquí y, al igual que ocurre en el asentamiento tardo-republicano, se documenta claramente la existencia de técnicas y estilos constructivos de carácter marcadamente itálico -especialmente en la conocida domus de Likine-, pero en donde hasta el momento, la práctica totalidad de las inscripciones publicadas son indígenas (Vicente et alii 1993). Incluso las fundaciones de época tardo-republicana que emiten moneda ibérica como baitolo (Torra 2009) e ieso (Pera 2005), presentan características epigráficas en la primera mitad del s. i a. C. similares a las detectadas en Cabrera de Mar con claro predominio de la epigrafía ibérica sobre la latina. La hipótesis que Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 193-223 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.089.016.010 considera que estas emisiones de moneda ibérica, se inician con la fundación de época tardo-republicana (Padrós 2012: 54) probablemente sea correcta; no obstante se debe tener en cuenta que, de acuerdo con los estudios epigráficos, en esta cronología el componente poblacional de estas fundaciones debería ser abrumadoramente ibérico, incluyendo a la autoridad emisora, que usa la lengua, la escritura y una iconografía ibérica en las emisiones monetales. Respecto de la hipótesis de J. de Hoz (2009de Hoz (, 2011) que defiende que la lengua ibérica fuese meramente vehicular en el territorio ibérico al norte del rio Mijares, que ya ha sido rebatida de forma exhaustiva en dos trabajos recientes (Ferrer i Jané 2013; Ballester 2014), sólo indicar que los datos procedentes de Cabrera de Mar están en sintonía con los del resto del territorio ibérico y contradicen también los presupuestos de esta hipótesis. La antroponimia ibérica es la única documentada con claridad y el uso de la lengua ibérica se realiza mayoritariamente en objetos del ámbito personal y sólo de forma secundaria en objetos del ámbito comercial. Por ello no nos cabe duda de que la lengua ibérica era la lengua vernácula de los habitantes de Ilduro, topónimo por otra parte también claramente ibérico. Así pues, aunque en el asentamiento tardo-republicano la presencia de edificios públicos y privados similares a sus contemporáneos itálicos, como las termas de Ca l'Arnau o las suntuosas domus de Can Benet o Can Rodon, indican que ya se encuentra muy integrado en las rutas, el comercio y el modus vivendi de tipo itálico, los documentos epigráficos, emisiones de la ceca Ilduro incluidas, apuntan que incluso en el asentamiento tardo-republicano, el valle de Cabrera de Mar mantenía durante el s. ii a. C. y hasta la primera mitad del s. i a. C. un marcado carácter ibérico.
El conocimiento de la ocupación visigoda y paleoislámica en el valle del Ebro resulta un tanto difuso, más por falta de investigaciones y por la escasa visibilidad de los asentamientos, que por un efectivo despoblamiento. En este artículo presentamos los resultados de nuestras investigaciones en el yacimiento de Los Pedregales, en la provincia de Huesca, un conjunto complejo en el que se encuentran materiales de diversas cronologías (romanos, altomedievales, modernos...) junto con numerosas estructuras pétreas en un área completamente alterada por procesos erosivos. Una minuciosa prospección y la excavación de algunas estructuras en el marco de un estudio geoarqueológico, nos ha permitido explicar la ocupación principal del yacimiento como un campo de silos datado entre los siglos vi y ix, que aporta una nueva referencia para la comprensión de los paisajes rurales antiguos y las comunidades campesinas dispersas que los ocupan. En el artículo se describen e interpretan las estructuras, se estudian los materiales más relevantes, especialmente los cerámicos, y se contextualiza el yacimiento con relación al poblamiento y los procesos históricos que afectan a este territorio. El estudio de los sistemas de poblamiento altomedievales, la configuración de los espacios agrarios y su evolución, constituye una problemática para la que obligatoriamente se hace necesario el aporte de la Arqueología, tanto en su vertiente territorial como ambiental, y representa una línea de investigación abordada y demandada por medievalistas que trabajan en diferentes ámbitos geográficos (Quirós 2009, Laliena 2010, Vigil-Escalera 2013b...). De especial interés y dificultad resulta la transición del mundo tardorromano al musulmán (cfr. Salvatierra 2015), periodo relativamente desconocido en el valle del Ebro, circunstancia que, como recoge Rodríguez (2014: 321) haciéndose eco de las opiniones de otros especialistas (cfr. Hernández y Bienes 2003, Laliena 2010), no parece achacable a un supuesto despoblamiento sino a la carencia de investigaciones arqueológicas. Por ello la incorporación de datos concretos, muchos de ellos registros arqueológicos difusos, difíciles de identificar y de estudiar debido a su escasa perceptibilidad en el paisaje, pero que denotan la importancia y generalización de un poblamiento rural disperso, suponen aportaciones de interés para la comprensión de esas comunidades y su evolución en un periodo en el que persiste cierto déficit de información. De hecho, muchos de los trabajos más recientes y relevantes en este campo derivan de proyectos de gestión patrimonial ligados a la construcción de infraestructuras que obligan a la realización de prospecciones intensivas y excavaciones de cierta amplitud (Rodríguez 2014; Frangin et alii 2014), estrategias que, no sin problemas (cfr. Vigil-Escalera 2013a: 142), están poniendo de relieve los elusivos registros que parecen caracterizar estos momentos. En este sentido creemos que Los Pedregales, situado en la Hoya de Huesca, es un buen ejemplo de ese tipo de yacimientos y puede aportar nuevos datos de interés para la caracterización de esas comunidades rurales y su evolución en el contexto del Ebro Medio. Pero además, este sitio representa un buen ejemplo Figura 1. LOS PEDREGALES (LUPIÑÉN-ORTILLA, HUESCA): CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO... de los procesos erosivos más recientes que no sólo están desmantelando rápidamente el propio yacimiento, sino que transforman y, en ocasiones modifican de forma radical los rasgos de los espacios agrarios, constituyendo un buen referente para el estudio de los cambios ambientales de naturaleza climática y/o antrópica que caracterizan las etapas finales del Holoceno y que justificaron nuestra intervención inicial en este lugar. De acuerdo con tal planteamiento, en este artículo pretendemos presentar un nuevo yacimiento que puede contribuir al conocimiento de las comunidades campesinas que caracterizan esas etapas, su implantación en el territorio y los procesos de continuidad que parecen experimentar. A la vez supone una llamada de atención acerca de las dificultades que plantea el reconocimiento de este tipo de sitios ante la alteración que presenta el registro arqueológico en contextos con elevado potencial erosivo. Para acometer estas cuestiones procedemos al análisis y evaluación del yacimiento, presentando las estructuras, cronología y los restos materiales, una comparativa a nivel peninsular que sirve para identificar la coyuntura económicosocial en la que se desarrollan estas comunidades y su contextualización local, a través de una visión del poblamiento en la Hoya de Huesca. EL YACIMIENTO DE LOS PEDREGALES Está situado junto al río Sotón 9, uno de los pequeños cauces subsidiarios del río Gállego que drenan el sector occidental de la Hoya de Huesca, franja de terreno caracterizada por tierras llanas muy productivas, de vocación cerealista, que se extienden al Este del propio río Gállego, entre la sierra de Loarre al norte y el actual embalse de la Sotonera (Fig. 1). Junto a él pasa la llamada Cabañera Real, tradicional vía pecuaria que, con trayectoria N-S, conecta el centro del valle del Ebro con las sierras exteriores y el Pirineo. El yacimiento se extiende sobre un antiguo cono de deyección desarrollado a los pies de la plataforma estructural miocena denominada Saso Plano, hasta el río Sotón, configurando una superficie llana, con suave pendiente hacia el río. Esta superficie ha experimentado diferentes transformaciones, configurándose en su forma definitiva a partir de la acumulación de un paquete de sedimentos finos de potencia variable, 30-9 Coordenadas UTM 698690 4669906 (ETRS89, zona 30 N) 40 cm en el entorno del yacimiento, que es la base del suelo agrícola actual y que incorpora materiales arqueológicos medievales, modernos y, tal vez romanos, de procedencia incierta. Actualmente está muy afectada por la erosión, favorecida por un barranco con trayectoria S-N y una densa red de incisiones laterales en forma de cárcavas, donde también son evidentes las alteraciones antrópicas relacionadas con remociones de tierras. Los restos arqueológicos se concentran en la margen izquierda del referido barranco, un sector de badlands de unas 2 ha, siendo perceptibles tanto en la superficie denudada como en los cortes dejados por incisiones y pequeñas cárcavas (Fig. 2). No se descarta que el yacimiento se extienda por los campos vecinos al Oeste de la Cabañera Real, camino que limita la zona erosionada y que está actuando de barrera ralentizando las incisiones remontantes, circunstancia que ya debió obligar a modificar ligeramente su trazado. Se trata de un conjunto de más de cincuenta acumulaciones de piedras calizas con formas de aspecto tumular y poco más de 1 m de diámetro, en ocasiones prácticamente cónicas, distribuidas sin orden aparente en una estrecha franja entre el camino (O) y el barranco (E) (Fig. 3). La intensa erosión está desmantelando esas acumulaciones y los depósitos subyacentes que han quedado expuestos. Además hay que anotar la presencia de algún muro de mampostería y también son visibles varias estructuras circulares excavadas en el sustrato limo-arcilloso rellenas por un tipo de sedimento ligeramente grisáceo. Por todo el yacimiento hay material cerámico de cronología romana pero, sobre todo, medieval y moderna. Parte de ese material no proviene de las estructuras, sino que está incorporado en la capa superior que configura el suelo actual y está siendo exhumado por la erosión, propiciando la mezcla de los diferentes grupos cerámicos en superficie. También se encuentran abundantes huesos de animales, algunos estratificados entre las acumulaciones pétreas, así como restos relacionados con el vertido de escombros y basuras recientes. Ante la enorme transformación y el complejo palimpsesto de restos que confluyen en este lugar, uno de los principales retos ha sido identificar el tipo de estructuras que integran el yacimiento, de manera que sea factible explicar su función principal y los procesos que han incidido en su formación y evolución. En este sentido el estudio geoarqueológico realizado nos ha permitido verificar algunas cuestiones sobre la naturaleza del yacimiento y las, en cierto modo, enigmáticas acumulaciones pétreas10. breve excavación arqueológica bajo la dirección de Fernando Pérez Lambán, José Luis Peña y Jesús V. Picazo. La actuación se centró en varias acumulaciones de piedras (estructuras 1, 2, 3, 5 y 9) y un muro conservado en superficie (estructura 7). verticales e incluso cóncavas, con trayectorias que apuntan formas "abovedadas". Los rellenos incorporan elementos de origen antrópico, concretamente algo de cerámica, restos de fauna, carboncillos y/o cenizas, que recuerdan contextos tipo basurero, junto con depósitos limo-arcillosos y masas de piedras. Todas estas características se ajustan bien a los criterios que ofrecen diversos especialistas para la discriminación de silos, es decir, pozos excavados en el suelo destinados, fundamentalmente, al almacenaje de grano, respecto a otras estructuras (cfr. En lo que hemos podido observar, no se conserva ninguna sección íntegra de esos silos en la que se aprecie su forma, más allá de comprobar que los fondos son planos y que se apuntan perfiles cerrados de boca estrecha. Tampoco tenemos referencias directas para determinar su altura11. De hecho, la superficie en la que fueron excavados ha desaparecido casi por completo, aunque como hipótesis podemos relacionarla con la que sirve de base al muro documentado (estructura 7), actualmente reducida a un pequeño tramo horizontal aislado entre cárcavas. La mayoría de los silos se excavaron en un sustrato formado por arcillas rojizas y depósitos limoarcillosos. Constituyen litologías blandas, fáciles de trabajar y relativamente impermeables, bastante adecuadas para la instalación de estos dispositivos, pero también se erosionan con facilidad y rapidez 12, lo que justifica que en muchos sectores hayan desaparecido y, con ello, los silos que podían contener. De hecho, en numerosos casos solo se aprecian indicios residuales de esas estructuras (fondos arrasados, cúmulos de piedras dispersas, etc.). Por otra parte, los silos, una vez terminan su vida útil como contenedores, pasan a ser receptores y acumuladores de materiales diversos, según sea su proceso de abandono, amortización o reutilización. Los rellenos de las estructuras negativas y las formas aparentemente caprichosas, con aspecto tumular que actualmente presentan, son el resultado de intervenciones antrópicas y procesos naturales, que han generado un patrón estratigráfico relativamente regular y repetido en la mayoría de las estructuras. En cuanto a los rellenos, de abajo a arriba podemos encontrar: En la base de los silos y, en ocasiones, de forma interestratificada, se encuentran depósitos laminares de arenas muy finas con disposición horizontal entre las que se identifica algún carboncillo. Parecen el resultado de la infiltración de agua y lavado de paredes, proceso que podría darse en silos abandonados y total o parcialmente vacíos. Algunos silos presentan capas cenicientas con cerámicas y huesos (estructura 3, Fig. 7). En otros casos estos mismos restos se encuentran algo más dispersos. Corresponden a depósitos de basuras que tienden a acumularse en el fondo de esas estructuras tras su abandono. También se ha identificado la porción delantera de un bóvido en conexión anatómica entre los bloques superiores de una las acumulaciones (estructura 9, Fig. 8) 13. Parece responder al uso típico del silo una vez abandonado como "contenedor último de productos en descomposición", por lo que no es raro encontrar partes anatómicas de reses, animales completos o, incluso, cadáveres humanos (Vigil-Escalera 2013a: 132; Roig 2013). En el caso que nos ocupa, es de suponer que este uso secundario obedece a una intención profiláctica, puramente práctica, como viene siendo habitual en muchas sociedades tradicionales más allá de otras posibles interpretaciones (cfr. Es común en todas las estructuras documentadas un potente relleno más o menos homogéneo de tipo arcilloso, compacto, con inclusiones de bloques y cantos calcáreos, abundantes carboncillos y algún resto óseo y cerámico. Parece tratarse de un relleno antrópico, cuyo objeto es el sellado de los silos una vez amortizados (cfr. Este relleno suele 13 Por la superficie del yacimiento se observan otros restos óseos en conexión, pero no se puede asegurar su relación con las estructuras negativas puesto que la presencia de basura actual y escombros nos indica la utilización de este espacio hasta fechas muy recientes como vertedero. Vista cenital de la acumulación de piedras antes de la intervención. Planimetría superficial y de los sectores excavados. Teniendo en cuenta esta secuencia acumulativa, el hecho de que las concentraciones de piedras aparezcan en positivo con formas aproximadamente troncocónicas y con escasa matriz puede explicarse por erosión diferencial del sustrato arcilloso en el que está excavado el silo, mucho más blando que los rellenos, y el subsiguiente lavado del material fino existente entre los bloques calizos. Además, conforme se produce la erosión diferencial y la exposición de las acumulaciones de piedras, estas tienden a desmoronarse lateralmente con caída de bloques por los lados de las formas resultantes, más o menos troncocónicas. Entre esas piedras suele aparecer una losa plana, más grande (50-60 cm.), que funcionaría como tapadera para la boca del silo. Losas con esas características se encuentran por todo el yacimiento, tanto aisladas como entre las acumulaciones de bloques (Fig. 9), mostrando una disposición que, una vez erosionado el contenedor, recuerda a la documentada en otros silos medievales (cfr. Completa el panorama descrito la identificación de alguna estructura circular prácticamente arrasada, afectada por procesos activos de piping, pero que conserva la base con indicios de rubefacción perimetral y, de nuevo, una losa plana en el centro (Fig. 10). Esta morfología y la incidencia de fuego es uno de los rasgos señalados por Vigil-Escalera (2013a: 129-131) que ayudan a identificar los silos, cuya función sería consolidar las paredes o sanearlo después de su uso. Lo habitual es que estos silos se agrupen formando campos sin un orden determinado, lo que convendría con la amplitud y dispersión de los restos documentados. El patrón lineal que parece identificarse en la distribución (Fig. 3), no es sino el resultado del modelado generado por las incisiones en forma de surcos profundos y barranqueras con trayectorias casi paralelas en la dirección del barranco principal, Sur-Norte. ser intencional y oportunista, aprovechando el material que se tiene a mano. Por tanto es lógico pensar que se aprovecharan las arcillas y limos del sustrato (componente principal), materiales de construcción, las piedras que cubrían los propios silos, basuras de los alrededores, etc. 4. Una mayoría de los supuestos silos presentan acumulaciones importantes de piedras calizas en apariencia ordenadas que dan lugar a formas circulares. Sus orientaciones también son relativamente regulares. En algunos casos se disponen de forma completamente vertical (estructuras 1, 4 y 8) y suelen estar pegadas al límite del pozo. En otras se encuentran inclinadas convergiendo hacia un punto más o menos central (estructura 9, así como algunos bloques de las estructuras 1 y 3). Semejante disposición se ajusta bastante bien al relleno, natural o intencionado, de una depresión circular parcialmente colmatada como pudieron ser los silos. Restos esqueléticos de B. Taurus tras la primera limpieza de bloques. Acumulación de piedras con losa en el centro. A la derecha silo 1 del Vilot de Montagut, de cronología islámica (Alonso et alii, 2002: 255), en cuyo fondo se observa una losa de cierre y bloques. Se enviaron dos muestras de carbones recuperados en las estructuras 1 y 2 al laboratorio de la Universidad de Gröningen para su datación por AMS. Los resultados obtenidos se han calibrado con el programa CalPal online para la obtención de valores medios y el programa Calib v.7 sobre la curva INTCAL13 para la estimación de los intervalos de máxima probabilidad. Fondo de un posible silo con losa en el centro y signos de rubefacción perimetral. LOS PEDREGALES (LUPIÑÉN-ORTILLA, HUESCA): CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO... cedencia, formando una especie de palimpsesto que es necesario descomponer y limpiar de "ruido" para concretar el significado de cada conjunto. En el cuadro adjunto (Fig. 11) presentamos un resumen de los tipos de materiales y los contextos en los que aparecen. Hay que precisar que, independientemente de los recuperados en superficie, los que aparecen estratificados se vinculan a dos contextos bien definidos: los rellenos de los silos, que incorporan casi exclusivamente cerámicas grises altomedievales así como huesos de animales consumidos, y la capa superior que conforma la superficie actual y que incluye cerámicas a torno oxidantes medievales y/o modernas. Por todo el yacimiento encontramos numerosos fragmentos componiendo un conjunto integrado por cuatro grupos cerámicos: producciones romanas, cerámicas grises toscas altomedievales, cerámicas más o menos finas de cocción oxidante y cerámicas vidriadas. Esta composición podría explicarse por un uso prolongado del lugar, pero hay que tener presente la incorporación de materiales derivados de entornos próximos, su integración en la capa superior del suelo y, finalmente, su exposición en superficie tras la erosión de esa capa. Tal vez por ello, esa heterogeneidad de la cerámica superficial no concuerda con el resultado de las excavaciones, pues a partir de ellas se documenta un conjunto homogéneo, integrado casi exclusivamente por cerámicas grises, toscas, elaboradas a mano y/o a "torno lento". Cerámicas de época romana En las diferentes prospecciones realizadas se constata el hallazgo de cerámicas romanas de época republicana, entre ellas dos fragmentos de cerámica de barniz negro tipo B, algún fragmento de cerámica fina oxidante, una pared de ánfora republicana tipo Es el grupo cerámico más relevante. También son muy frecuentes en toda la superficie del yacimiento formando concentraciones que pueden proceder del desmantelamiento Figura 12. Conjunto de cerámicas recuperadas en los silos (E1, E2, E3, E5) y otras estructuras (E7), tanto en la superficie de los mismos como en sus rellenos. Dressel, localizada entre los materiales superficiales recuperados en la estructura 5, y un fragmento de pared oxidante con engobe marrón-rojizo. No contamos con datos estratigráficos ni superficiales que nos permitan estimar una procedencia concreta para estas cerámicas. Sí hay que señalar que algunos fragmentos presentan fracturas y aristas con indicios de rodamiento, mayor que para cualquier otro grupo cerámico, por lo que hay que tener en cuenta la posibilidad de cierto grado de movilización. Cerámicas comunes con cocción reductora localizadas en el punto no 11. de los citados graneros subterráneos (conjunto no 11, Fig. 13). Se trata de cerámicas grises, relativamente toscas, elaboradas a partir del uso de pastas con proporciones medias y elevadas de desgrasante de dos tipos diferentes. El primero corresponde a inclusiones angulosas y bastante regulares de cuarzo, mica y, tal vez, feldespato, por lo general de tamaño medio-fino, que parecen proceder de la trituración e incorporación intencional en la arcilla de algún tipo de granito. Más escasas son las pastas con granos redondeados de cuarzo o cuarcita, combinados con algún punto micáceo y otros componentes más difíciles de identificar de visu. Posiblemente, estaban incorporadas de forma natural en los depósitos aluviales empleados como materia prima para la elaboración de las cerámicas. El modelado de las piezas se llevó a cabo mayoritariamente a mano, aunque en algunos fragmentos se pueden observar líneas formadas por el uso de tornetas o tornos bajos de giro lento, lo que explica las irregularidades en el espesor de algunas paredes, relativamente gruesas comparadas con producciones posteriores. Los tratamientos de superficie, cuando aparecen, suelen ser muy sumarios, por lo general leves alisados, que confieren a la pieza un aspecto tosco y descuidado. La coloración gris oscura de los fragmentos, tanto al exterior, como en corte, es resultado de cocciones reductoras, probablemente en hornos de cámara única o doble excavados en el terreno 14. Las formas identificadas son, en general, bastante simples: fondos planos o levemente convexos, cuerpos con perfiles sinuosos para una eficiente distribución del calor, cuellos poco marcados y bordes abiertos con labios planos, redondeados o apuntados. En algunos casos presentan un bisel interno o una ligera inflexión junto al borde destinada a asentar la tapadera. En su mayor parte deben corresponder a marmitas, ollas y, en general, formas destinadas a la transformación de alimentos en caliente, tal como se deduce de las marcas de combustión, a modo de fogonazos, en la superficie exterior. Este tipo de ollas con perfiles en S presentan una amplia dispersión por toda la península a pesar de la existencia de variaciones regionales. Los modelos que identificamos en Los Pedregales no difieren de las formas básicas documentadas en el valle del Ebro y en buena parte del norte, oeste y centro peninsular (cfr. Tal vez el rasgo más peculiar sea la presencia de una carena baja en algunas piezas (Fig. 12, 68-69 y fig. 13, 484 y 486), que parece configurar un fondo convexo en vez de plano que recuerda la morfología inferior de algunas marmitas. La función concreta de estas formas es difícil de determinar. Se ha sugerido que, a diferencia de cazuelas y ollas abiertas, destinadas principalmente a obtener con cierta rapidez guisos relativamente secos, las pequeñas ollas de boca estrecha servían sobre todo para llevar a cabo cocciones lentas a elevadas temperaturas de preparaciones semilíquidas (sopas, hervidos, estofados, etc.) Estas producciones siguen siendo objeto de atención por el interés y, en cierto modo, ambigüedad cronológica que presentan, habida cuenta de su origen tardorromano y su continuidad en contextos andalusíes (cfr. En el ámbito del NE peninsular los mejores paralelos pueden rastrearse en el conocido yacimiento de El Bovalar (Serós, Lérida), en las riberas del bajo Segre, donde se ha documentado un amplio y poco estandarizado repertorio de principios del siglo viii, compuesto principalmente por orzas, ollas y sobre todo jarras de mediano y pequeño tamaño con marcas de fuego (Cau et alii 1997). Tam-bién se han identificado en el hallazgo parcialmente inédito del Sisallar (Sobradiel, Zaragoza), junto a los restos de un hogar o una hoguera, interestratificada en un cono de deyección, con fecha 496 ± 53 cal AD (Constante et alii 2011: 278) Estos apuntes cronológicos ratifican los momentos iniciales de la ocupación del yacimiento a finales del siglo vi y proyectan su continuidad hasta mediados del ix. Pero además aportan una nueva referencia que confirma el origen preislámico de esta clase de cerámica modelada, cuya forma característica y básica, la olla con perfil en S, más allá de las diversas variantes regionales, aparece de forma recurrente en contextos tardoantiguos de tradición visigoda (Alba y Gutiérrez 2008: 586). Parece claro, en todo caso, que la conquista islámica y la integración de este sector del valle del Ebro en los dominios omeyas, deducible de la aparición de feluses acuñados en el siglo viii (Fig. 16), no supuso ningún tipo de cesura tecnológica a corto plazo. Las tradiciones alfareras, al menos, se mantuvieron con escasas alteraciones durante algunas décadas. Desde un punto de vista estrictamente tecnológico, estas cerámicas, fabricadas en ambientes domésticos con ayuda de procedimientos muy básicos y poco especializados, resultan plenamente coherentes con la arquitectura de almacenaje representada por los silos. Ambos son productos de la generalizada simplificación de las cadenas operatorias en los procesos de trabajo (Azkárate y Quirós 2001; Arthur 2006: 167; Alba y Gutiérrez 2008: 586), característica de las formas de producción campesinas que siguieron a la desarticulación del entramado económico del sistema de villae a partir del siglo V, basadas en la preeminencia de la producción para el autoconsumo de la unidad doméstica (Wickham 2005 ̧ Quirós y Vigil-Escalera 2006). Entendemos que, a pesar de ciertos datos, estas cerámicas modeladas participan de esa estrategia productiva de carácter doméstico (Alba y Gutiérrez 2008: 586), lo que no es contradictorio con la identificación de producciones a mayor escala en hornos medianos y grandes a partir del siglo x 15, incluso su difusión/comercialización fuera del ámbito local, probablemente ya en el seno de una estructura económica diferente (Travé y Padilla 2013: 114), aunque permanezca el gusto por un tipo de producto muy asentado en la población ya que cumple sobradamente sus necesidades funcionales. Cerámicas a torno de cocción oxidante Disperso por toda la superficie del yacimiento, se ha recuperado un lote cerámico caracterizado por el modelado sobre tornos rápidos combinado con la cocción en ambientes oxidantes. En general, se trata de fragmentos de ollas y jarras de cuellos acanalados y decoraciones incisas realizadas a peine o pintadas. El contexto tecnológico de estas cerámicas resulta claramente distinto -y posterior-al grupo de cerá-15 La identificación de los dos hornos de doble cámara en ladera en el Castellar de Meca para la cocción de cerámicas grises torneadas (Coll y García 2010) puede apuntar en esta línea, pero desde luego resulta más significativo de ese posible cambio algunos grandes centros productores de cerámica gris, como los de Cabrera d'Anoia y Casampons, que parecen absorber otros talleres menores y cuya producción pudo abastecer a buena parte de la Cataluña central (Travé y Padilla 2013: 114). LOS PEDREGALES (LUPIÑÉN-ORTILLA, HUESCA): CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO... micas altomedievales, lo que se aviene con el hecho de que, en líneas generales, no compartan los mismos niveles estratigráficos. Sí que es cierto que los silos excavados son pocos, pero llama la atención que en los rellenos solo se haya recuperado un fragmento de cuello de una posible botella o jarra con pasta muy depurada, color ocre claro e incisiones verticales realizadas a peine en la estructura 3 (Fig. 12, 116) que podría vincularse con la Forma E de Gutiérrez (1986: 159). Por ello parece dibujarse un panorama dominado por las cerámicas grises de tradición preislámica, en el que se incorporan otras producciones que suelen considerarse más tardías, no anteriores al siglo ix, pero que bien podrían anticiparse (cfr. Independientemente, la mayoría de las piezas torneadas de cocción oxidante se han encontrado en superficie o estratificadas en las capas superficiales del yacimiento, sin que puedan vincularse a contextos bien definidos. Entre ellas destacan los fragmentos de un cántaro pintado con bandas y ondas en negro sobre engobe crema, un tipo documentado en niveles islámicos del arrabal meridional de Zaragoza, sobre todo en el siglo xi (Gutiérrez y De Miguel 2010: 439). Estaba integrado en la capa que conforma la superficie actual (Fig. 14), de la que parecen proceder los numerosos fragmentos de esta clase cerámica que se encuentran por toda la zona, especialmente en la superficie de la estructura 5 (Fig. 12). Caso distinto es el de tres fragmentos pertenecientes probablemente a un mismo vaso con cuerpo globular y superficie ondulada/acanalada, elaborado con pasta ocre-anaranjada de buena calidad (Fig. 12, 136). Fueron recuperados bajo del nivel de derrumbe del único muro documentado en el yacimiento (estructura 7). El valor cronológico de los mismos es limitado, así como las posibilidades de conexión de este contexto con el resto de las estructuras negativas. Se han recuperado unos pocos fragmentos dotados de cubierta vidriada. Para su fabricación se emplearon pastas claras de tonos amarillentos bien depuradas y vidriados, más finos en la cara interna, de tonos pálidos, verdes y amarillos. Destaca un fragmento del cuello cilíndrico, localizado en la superficie de la estructura 5, que apunta a una jarra de cronología cristiana. Presenta superficie acanalada y vidriado en tonos verdosos (Fig. 12, 236). En la misma línea se han identificado tres fragmentos de un jarro, parte del pico vertedor y una banda decorada con eses enlazadas en la unión del cuello y el cuerpo globular (Fig. 22). El interés de este fragmento radica en el procedimiento de fabricación, a molde, que lo vincula con una serie de formas destinadas el servicio de alimentos y bebidas, sobre todo jarras, documentadas en entornos urbanos de la mitad septentrional de la península Ibérica en contextos del siglo xiii y principios del xiv, como Zaragoza, Tudela, Logroño, Vitoria, Pamplona, Burgos, Valladolid, etc. (Ramón 2013). Su aparición en medios rurales es más rara, pero su presencia ha sido registrada en las Cinco Villas, concretamente en Corral de Calvo (Luesia, Zaragoza), donde se recuperó un amplio conjunto de cerámicas similares (Paz et alii 1992). Se han encontrado dos pequeñas monedas de base cobre que apuntalan algunas de las apreciaciones cronológicas que venimos exponiendo. De especial interés resulta el hallazgo en la superficie de la estructura 5 de un felús del tipo Frochoso IIa (peso 2,2 gr; diámetro máximo 15,2 mm), datado en el emirato dependiente (711-756), con la leyenda No dios si / no Dios en el anverso y Mahoma [es] el en / viado de Dios en el reverso (Frochoso 1996 y 2001) La aparición de feluses del emirato dependiente en el valle del Ebro no es rara. Dejando a un lado el nutrido conjunto de ejemplares hallados en las intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en los últimos años en los cascos urbanos de Zaragoza y Huesca, en su mayor parte todavía pendientes de publicación, cabe citar algunos hallazgos aislados en las inmediaciones de estas mismas ciudades, caso de Juslibol y Pastriz (Lasa 1990: 253), cerca de la capital del Ebro, o los procedentes de los alrededores de Huesca (Domínguez et alii 1996). En contextos más periféricos, merece la pena mencionar el conjunto de 21 feluses hallados en La Mina (Selgua, Huesca) y el ejemplar documentado de forma aislada en Alcañiz (López Sánchez 1992; Lasa 1990: 254). Además del inestimable valor cronológico de la moneda de Los Pedregales, coherente con los datos aportados por la cerámica, por un lado, y la datación radiocarbónica, por otro, el felús constituye un importante indicio del grado de penetración, a través de las acuñaciones monetarias, de la emergente administración islámica en medios claramente rurales del siglo viii, hecho que contrasta con la marcada tendencia hacia el autoconsumo que evidencian los silos y las cerámicas de cocción reductora. La otra moneda es un dinero moderno, probablemente una acuñación de Felipe IV de 1641 realizada en la ceca de Solsona. Se trata de un tipo, Crusafont 159, de acuñaciones relativamente corriente que se producen durante la Guerra dels Segadors (Crusafont 2001). Con apenas 0,7 gr de peso y 14 mm de diámetro, presenta en el anverso busto del rey a izquierda con la leyenda CIVITAS * 16[4]1 y orla de puntos. En el anverso cruz patada con roeles en cuadrantes 1o y 4o y tres puntos en 2o y 3o, leyenda COE-LS-ON-A terminando con dos puntos y orla de puntos. También procede de un contexto superficial, pero se encontraba bajo la capa superior que conforma el suelo actual, aparentemente desprendida de la misma, por lo que no guardaría relación con el campo de silos sino con los procesos erosivo-sedimentarios que afectan posteriormente a ese lugar. Resultan muy abundantes en superficie, donde se encuentran porciones de esqueletos en conexión anatómica. Por contra los restos estratificados en el interior de los silos, suelen ser huesos más o menos aislados, completos o fragmentados. Aunque la muestra no resulta significativa por su pequeño tamaño y todavía se encuentra en fase de estudio (Sierra et alii 2015), se observan algunos aspectos que merece la pena reseñar, como el predominio de la fauna doméstica, sobre todo los huesos de oveja/cabra de diferentes edades que constituyen el grupo más representado. No hay selección de alguna parte del animal pues aparecen todas las porciones esqueléticas (craneal, axial y apendicular). En ocasiones presentan marcas de carnicería y de mordeduras de perros o zorros que como es norma tienden a concentrarse en las epífisis de los huesos largos (Fig. 18). Los bóvidos están presentes en todos los silos intervenidos. Se ha registrado un metacarpo (estructura 1), dos astrágalos en la estructura 3, uno más en la 5, con numerosas marcas de cortes, y tal vez un fragmento craneal con marcas de carnicería en la estructura 2 (Fig. 19). Además de estos restos fragmentarios, destaca parte de un esqueleto en conexión anatómica recuperado en la estructura 9, bajo las piedras superiores de la acumulación (Fig. 8). Se identifican las extremidades delanteras y caja torácica con costillas, esternón, parte de las vértebras y una pequeña porción de maxilar junto con fragmentos de piezas dentales de un ejemplar joven de Bos taurus. Tomando como referencia el grado de fusión de las epífisis (Habermehl 1975, Silver 1980, Grigson 1982) Completan el conjunto pequeños huesos de conejo, un tarso-metatarso de ave, un fragmento de concha de molusco bivalvo y un caparazón casi completo de tortuga (Fig. 20), de unos 9 cm de longitud, sin otros huesos craneales o postcraneales, que debió incorporarse al depósito ya en esas condiciones. Por tanto nos encontramos ante un conjunto dominado por bóvidos y ovicápridos. Este predominio, al menos desde el siglo viii, resulta recurrente por su diverso aprovechamiento, siendo más escasa la presencia de cerdos (Quirós 2009: 649) que, en el conjunto que presentamos, parecen estar ausentes. Seguramente el pequeño tamaño de la muestra condiciona esta apreciación, pero tampoco podemos perder de vista alguna práctica de tipo cultural o social que vincula el consumo de este animal a grupos de estatus elevado (Sirignano et alii 2014: 143). Asimismo, el predominio de individuos adultos, tanto en bóvidos como en ovejas y/o cabras, apunta a un aprovecha-miento de productos secundarios, práctica común en estos periodos. Pero lo más significativo del limitado conjunto óseo es el hecho de que los restos recuperados en el interior de las estructuras negativas corresponden a desechos de consumo de animales habituales en las comunidades campesinas, como confirman las marcas de carnicería y la exposición al fuego de algunos fragmentos. Esos restos probablemente formaban parte de contextos tipo basurero, estuvieron expuestos a la intemperie durante cierto tiempo, lo que justifica las marcas de mordeduras de perros 16 y/o zorros, así como los signos de meteorización, y se depositaron en el interior de los silos tras su abandono. La presencia de un esqueleto casi completo de una vaca joven (Fig. 8), no contradice la idea del uso de los silos, una vez amortizados, como vertederos incorporando no sólo basura doméstica sino también cadáveres de animales no aprovechados. LOS PEDREGALES Y LOS CAMPOS DE SILOS ALTOMEDIEVALES La presencia de campos de silos es un fenómeno generalizado en el contexto peninsular. Se conocen desde el Neolítico y son frecuentes en el Calcolítico, Edad del Bronce, Época Ibérica y Alta Edad Media. En Los Pedregales, las fechas obtenidas y los materiales asociados, remite a silos altomedievales de cronología visigoda e islámica, pero hay indicios que apuntan la posibilidad de perduraciones posteriores. Los campos de silos son un tipo de yacimiento bien conocido, con numerosos ejemplos en el cuadrante NE peninsular, ya sea en las zonas más próximas de Huesca o Cataluña (Esco et alii 1988; Alonso et alii 2002; Roig 2013), en la provincia de Teruel (Herrero y Loscos 2010) y otros ámbitos del centro y norte peninsular (cfr. Estos campos reúnen un número muy variado de estructuras y, como en el caso de Los Pedregales, se ajustan a una cronología aparentemente prolongada ligada al mundo altomedieval. Su origen parece remontarse a época visigoda, con continuidad en época islámica y perduración en época cristiana 17. 16 Estudios isotópicos realizados sobre perros de yacimientos altomedievales de la provincia de Álava revelan un patrón alimenticio muy similar al humano, por lo que se deduce que fueron alimentados con desechos domésticos (Sirignano et alii 2014: 145), en la línea de lo observado en el conjunto de Los Pedregales. 17 Su inicio se documenta a partir de la segunda mitad del siglo V y, sobre todo, en el siglo VI tanto Cataluña (Ollich et En el área catalana se conocen algunos ejemplos que apuntan a ese origen tardoantiguo, caso de la villa de Aiguacuït, abandonada en el siglo vi, sobre la que se instala un conjunto de 14 silos y otras estructuras (Coll et alii 1997), el gran campo de L'Esquerda, con no menos de 66 silos datados entre los siglos v y vii, destinados al almacenaje de grano y rellenos de basura una vez amortizados (Ollich et alii 2012: 207) o los silos asociados al poblado visigodo del Bolavar, con final en los inicios del siglo viii (Palol 1986). Mención aparte para el área de Barcelona merece el caso de Can Gambús-1 (Roig 2013: 147-152), un gran asentamiento ex novo de inicios del siglo vi a finales del viii, con 1,7 ha de extensión y en el que 233 de las 324 estructuras documentadas son silos. Estos aparecen repartidos por todo el yacimiento, algunos alineados, otros agrupados, pudiendo estar asociados a las estructuras superiores, entre las que se documentaron nueve recortes de cabaña. Algunos ejemplos más tardíos se registran en la provincia de Teruel, donde se han estudiado varios campos excavados recientemente (Herrero y Loscos 2010), que denotan la perduración de estas estructuras hasta fechas relativamente avanzadas, como es el caso del campo localizado en la Calle de la Iglesia de Torrelacárcel, con 38 silos datados en los siglos xi y xii pero con una reutilización cristiana entre los siglos xiii y xv o el de la localidad de Fuentes Calientes, situado en una zona de huertas e integrado por 22 silos, con origen islámico en torno a los siglos x-xi y perduración en época cristiana hasta su sellado definitivo en el siglo xv. Las formas y dimensiones de estos silos también son relativamente variadas (cfr. En el campo de Torrelacárcel (Teruel), donde se han encontrado los más completos, se observan tipos bitroncocónicos, troncocónicos o acampanados, cilíndricos y globulares (Herrero y Loscos 2010). Su tamaño es notable. En los esquemas reproducidos se puede estimar una altura que ronda los 2 m y fondos o diámetros máximos entre 1,50 y 2 m. Estas dimensiones se encuentran próximas a los límites máximos documentados en los silos de renta de Treviño (Quirós 2009: tabla 2) y están ligeramente por encima de las dimensiones estimadas para los supuestos silos de Los alii 2012, Roig 2013) como en el País Vasco (Quirós 2013) y la zona centro (Vigil-Escalera 2013a). Hacia los siglos x y xi, los silos parecen más relacionados con la especulación y el almacenaje de rentas señoriales y alodios y diezmos eclesiásticos. Y finalmente durante la Baja Edad Media el almacenaje en silos va remitiendo en el contexto de la nueva economía feudal (Quirós 2013: 174). En la zona centro los silos desaparecen entre los siglos xiii-xiv en las zonas urbanas, mientras que pueden perdurar algo más en las zonas rurales (Vigil-Escalera 2013a: 142). En este sentido los silos de Los Pedregales se ajustarían más a capacidades en torno a los 25-30 hl, y, por tanto, parecen corresponder a silos "familiares" para las reservas anuales de la unidad doméstica, antes que silos destinados al almacenaje de rentas, cuyas capacidades parecen oscilar entre los LOS PEDREGALES (LUPIÑÉN-ORTILLA, HUESCA): CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO... agujeros de poste, puede producir falsas impresiones y, tal vez, no sea un hecho tan excepcional la conexión en los mismos espacios de silos y construcciones tipo cabaña20, conformando las estructuras habitacionales de pequeñas comunidades campesinas. En el caso que nos ocupa, los restos de basura doméstica en los rellenos y de un muro junto a los silos, parece revelar la existencia de un establecimiento rural de este tipo, lugar desde el que se explotaría el entorno inmediato en las márgenes del río Sotón, con un importante potencial cerealista. De hecho, la ubicación de Los Pedregales se corresponde bastante bien con la tendencia observada en otros asentamientos visigodos, como La Cuesta de la Calera o El Regollar, situados en llano, sobre terrazas con buenos suelos agrícolas en las proximidades del río Jalón, incluso junto a una vía pecuaria (Rodríguez 2014). Es un patrón que puede rastrearse en la ubicación de las villas tardorromanas y que parece tener continuidad en época islámica, coincidiendo con la localización que suelen presentar las almunias21, normalmente situadas en zonas bajas, planas y próximas de las zonas de irrigación (Sénac 1991: 399). Pero tampoco podemos descartar que este campo de silos y el asentamiento asociado pueda estar ligado a alguno de los poblados conocidos en el entorno próximo, como el enclave denominado Valcorbera, un poblado en altura de cierta entidad, localizado 1,5 km al E de Los Pedregales. Se han identificado estructuras y materiales altomedievales sobre la cima de un destacado cerro, así como restos de un establecimiento romano anterior situado al pie del mismo, circunstancias que denotan la continuidad de la ocupación y la explotación de los mismos entornos desde época romana, pero una coyuntura social diferente marcada, entre otras circunstancias, por la inestabilidad. Cualquiera que sea el caso, el campo de silos de Los Pedregales parece el resultado acumulativo a lo largo de varios siglos del uso y amortización de silos por parte de una comunidad campesina formada por unas pocas unidades domésticas, que tratan de proteger y gestionar sus recursos en el contexto de nuevas estrategias económicas, tanto productivas como para la gestión del almacenaje (Vigil-Escalera 2013a: 141). En este sentido, el yacimiento se integraría en un paisaje agrario formado por pequeñas comunidades dispersas en este sector de la Hoya de Huesca, que reproducen la ocupación tradicional, heredada de época romana, tras la desarticulación del sistema socio-económico antiguo, aprovechando el potencial cerealista de la zona y apoyadas en la explotación de cabañas ganaderas en las que parecen tener un especial peso los rebaños de ovejas-cabras y el ganado vacuno. Este tipo de asentamientos rurales, abiertos y en llano constituirá, el sustrato básico del sistema de poblamiento jerarquizado que se impone entre los siglos v al ix, en cuya cúspide se encuentra la ciudad, y que cuenta con un escalón intermedio formado por una amplia variedad de asentamientos encastillados (Vigil-Escalera 2013b: 207). LOS PEDREGALES Y EL POBLAMIENTO TAR-DOANTIGUO E ISLÁMICO EN LA HOYA DE HUESCA Esas consideraciones sobre el yacimiento de Los Pedregales se perciben al valorar algunos datos del poblamiento de este sector de la Hoya de Huesca derivados de intervenciones clandestinas22, de informaciones documentales y de prospecciones arqueológicas. A pesar de la escasez y parcialidad de las investigaciones, tenemos algunas certezas como es la presencia significativa de asentamientos rurales de cronología romana con origen en época alto imperial y perduración hasta el Bajo Imperio. La carencia de estudios exhaustivos sobre el periodo nos impiden determinar la naturaleza de los diferentes sitios, ya sean pequeñas granjas, villas de tamaño medio o incluso establecimientos mayores, como la población de Calagurris Fibularia, citada por las fuentes latinas y medievales y cuya ubicación desconocemos, aunque se viene situando en las inmediaciones de Bolea (Esco y Sénac 1987: 150-151). A ellos se les une un largo listado de hallazgos menores y sin estudios específicos, que formarían parte de la retícula de establecimientos rurales que cultivan las productivas tierras de este territorio. Todos estos enclaves nos permiten entrever, a partir del siglo ii d. C., un paisaje antropizado, producto de la explotación agraria de las fértiles tierras de la Sotonera. Los cambios políticos, económicos y culturales que se suceden entre los siglos v y xi, a la fuerza tuvieron que influir en la población de esta área, pero resulta muy complicado analizar, a través del registro arqueológico conocido, esta evolución salvo en lo que concierne a la dinámica del poblamiento. Hasta el siglo V, el hábitat está concentrado en asentamientos situados en el terreno llano, sobre elevaciones escasamente destacadas, pero a partir de los siglos v-vi surgen nuevos emplazamientos en alto, de carácter defensivo, que se distribuyen en el entorno de Huesca y Bolea (Esco y Sénac 1987). Como ejemplo podemos citar la parte superior de Castillón (Puibolea) o Valcorbera (Lupiñén-Almudévar). Este cambio no supondrá necesariamente la desaparición de los enclaves del llano, como pone de manifiesto el propio yacimiento de Los Pedregales, sino que convivirán ambos modelos, configurando ese poblamiento dual, aparentemente jerarquizado, que comentábamos anteriormente y que perdurará durante los primeros tiempos de ocupación islámica, siendo, estas comunidades mozárabes las responsables de la explotación agrícola del territorio (Esco y Sénac 1987: 151). A partir del siglo viii contamos con las aportaciones del trabajo de Ph. Sénac (2000) en el que recoge los establecimientos rurales del entorno de Huesca citados en las fuentes. Sería interesante poder documentar arqueológicamente estos lugares pero, aunque no tengamos este contraste, la referencia a estos pequeños establecimientos rurales a lo largo de los siglos x-xi evidencia una ocupación del territorio relativamente densa. En relación con ello, otro fenómeno importante que corrobora la entidad de ese poblamiento disperso y la importancia agraria y estratégica de este territorio es el gran esfuerzo que se realizó en la construcción de una red de torres defensivas que protegían esta rica franja fronteriza. A los que podríamos añadir las posibles torres del castillo de Artasona, atalaya Rosel, castillo de Becha... Así, en época altomedieval, podríamos diferenciar dos momentos en lo que se refiere a la forma en la que la población habita y explota el área. Inicialmente, siglos vi-ix, la población se distribuye en pequeños establecimientos rurales en el llano a la vez que surgen una serie de poblados en altura que denotan inestabilidad y en los que prevalece la idea de defensa y control de los entornos próximos, sin que se aprecien cambios significativos tras la conquista islámica, en las primeras décadas del siglo viii o incluso en el siglo ix. A partir de los siglos x-xi, de nuevo se impone el hábitat en el llano en lugares muy próximos a los antiguos asentamientos romanos. Sin duda esta coincidencia obedece a varios factores, entre los que destacamos el hecho de que se trata de los lugares más favorables (cultivos, agua, comunicaciones...) y la posibilidad de reaprovechar los materiales constructivos procedentes de los arruinados asentamientos romanos en las nuevas construcciones medievales. Estos asentamientos del llano se ven reforzados y protegidos por un nuevo tipo de construcción defensiva, las torres. Su función se limita al control del territorio e implica la existencia de una autoridad efectiva de tipo supracomunitario que ordena y gestiona el territorio, reflejando, ahora sí, un cambio significativo con relación a la estructura económica y social de la etapa anterior. En primer lugar hay que destacar que el yacimiento de Los Pedregales es un conjunto sumamente transformado para cuya interpretación ha sido necesario un análisis geoarqueológico a partir del cual ha sido posible deducir que corresponde a un campo de silos de cierta extensión. La apariencia actual de un espacio acarcavado, jalonado de concentraciones de piedras no es sino el resultado de los procesos erosivos que han modificado el yacimiento, desmantelando la antigua superficie, incidiendo sobre las arcillas y limos del sustrato donde se han excavado los silos y dejando expuestos sus rellenos, más consistentes, que adquieren el aspecto de estructuras tumulares al estar coronadas por acumulaciones pétreas. A su LOS PEDREGALES (LUPIÑÉN-ORTILLA, HUESCA): CONTRIBUCIÓN AL CONOCIMIENTO... vez, la erosión acelerada que afecta a este sector está resultando catastrófica, provocando el rápido desmantelamiento de las diferentes estructuras y la dispersión de sus materiales. Independientemente de la presencia de materiales romanos superficiales, la ocupación principal es altomedieval y está representada por el campo de silos. Las dataciones obtenidas apuntan a una cronología de los siglos vi y vii que pueden marcar los momentos iniciales, si bien a nivel peninsular comienzan a documentarse a partir del siglo v, tanto en la zona centro (Vigil-Escalera 2013a: 141), como en yacimientos catalanes (Ollich et alii 2012). A su vez, dentro de esos silos, las pocas cerámicas que aparecen son bastante uniformes: cerámicas a torno-mano, grises, relativamente toscas con intrusiones puntuales de cerámicas a torno oxidantes. Este tipo de producciones tanto en yacimientos aragoneses, como levantinos o catalanes suelen vincularse a periodos tardoantiguos o paleoislámicos, alrededor de los siglos v-ix, por lo que la cronología del campo de silos, en sintonía con las fechas obtenidas, podría llevarse a época visigoda con extensión a época emiral, anterior al siglo x. No obstante, por toda la zona abundan las cerámicas a torno oxidantes de cronología islámica y posterior, por lo que podemos pensar que la ocupación continúa en los siglos x-xi, e incluso en el siglo xiii, por la presencia de producciones cristianas vidriadas. Pero de nuevo debemos tener en cuenta que algunas de esas cerámicas pueden proceder de otros contextos próximos pues aparecen estratificadas en la acumulación superior que configura la superficie actual, un cono de deyección que incorpora materiales finos y medios y con ellos restos cerámicos derivados de su ubicación original. Con la erosión de esa superficie y el depósito que la soporta, las cerámicas terminan de dispersarse por todo el yacimiento, contribuyendo a conformar esa imagen bastante confusa del mismo. De acuerdo con la cronología central y el tipo de estructuras documentadas podemos plantear la hipótesis de que nos encontramos ante un pequeño establecimiento rural y un campo de silos asociado que se fue formando en un proceso acumulativo a lo largo de un periodo de tiempo de varios siglos a través de sucesivos usos, reutilizaciones y amortizaciones de los graneros subterráneos. Este tipo de establecimientos parece ser una herencia residual del sistema de villae de época romana, que plasman la transformación de una economía integrada y dirigida, en formas de producción básicamente domésticas, conformando una red de pequeñas comunidades campesinas básicamente autosuficientes en lo que se refiere al aprovisionamiento de recursos básicos agrícolas y ganaderos (cfr. Sirignano et alii 2014: 146), relativamente dispersas y formadas por unas pocas unidades familiares, lo que no significa comunidades cerradas, más o menos aisladas en una especie de autarquía productiva. Este cambio queda bien reflejado en las producciones cerámicas ligadas al ámbito doméstico, en la gestión de la producción y, como se viene repitiendo, va asociado a un clima de cierta inestabilidad, lo que potencia el establecimiento de estos campos de silos como forma de ocultar y proteger los recursos del grupo, así como el desarrollo de ocupaciones en altura donde se instalaría otra parte de la población. Ambos tipos de asentamiento, los pequeños establecimientos en llano, abiertos y directamente localizados en las zonas de elevado potencial productivo, junto con poblados en altura de cierta entidad, que proporcionan seguridad y desde los que se ejerce cierto control sobre el territorio inmediato, configurarían un tipo de poblamiento dual, dentro de un modelo jerarquizado cuya cúspide sería la ciudad, que es perfectamente reconocible en la Hoya de Huesca y que, en líneas generales, parece que es el que se impone en otros ámbitos peninsulares (Vigil-Escalera 2013b: 207). En los procesos de transformación que parecen experimentar estas comunidades domina la continuidad. Tras la desarticulación del "modelo romano", las formas sociales que se imponen a lo largo de los siglos v, vi y vii se mantienen relativamente estables, pero incluso, tras la conquista islámica, desde la perspectiva actual, no parece que experimenten cambios relevantes. Ahora bien, sobre estas mismas comunidades campesinas, a pesar de su pequeño tamaño, descansa el desarrollo agrario subsiguiente. Continúan ocupando espacios muy productivos en los que parece apreciarse un proceso expansivo y una transición desde la relativa autogestión, al control progresivo de las élites, mucho más centralizado, que se plasma por la generalización de las torres de vigilancia a partir de fechas algo más avanzadas, en torno a los siglos x-xi, tal vez vinculadas con los cambios y el mayor control que ejerce el estado islámico tras el establecimiento del emirato independiente. Queremos expresar nuestra gratitud a diferentes entidades y personas que nos han ayudado a sacar adelante este trabajo. En primer lugar al Ayuntamiento de Lupiñén-Ortilla por las facilidades proporcionadas para la realización de la excavación. A los arqueólogos Jonathan Terán y Alejandro Martín de la Universidad de Zaragoza y a la estudiante de Geografía María
RESUMEN 123 En este estudio se presenta el hallazgo de un anfiteatro romano en la ciudad de Contributa Iulia Ugultunia, en el noroeste de la Baetica. Las primeras investigaciones llevadas a cabo en el edificio han permitido su identificación a partir de la aplicación de una batería de técnicas no destructivas. La realización de una serie de sondeos arqueológicos han confirmado los trabajos de prospección y facilitado un primer análisis arquitectónico de este nuevo anfiteatro que se añade a los conocidos en la península Ibérica. Esta primera publicación del anfiteatro de Contributa Iulia Ulgultunia presenta un complejo arquitectónico fácilmente adscrito a una tipología específica de edificios de espectáculo que, sin embargo, presenta soluciones arquitectónicas peculiares que plantean una serie de hipótesis sobre las capacidades técnicas de los ejecutores y la dicotomía existente entre la planificación teórica y la ejecución material del anfiteatro. Desde hace algunos años, el yacimiento de "Los Cercos" está siendo objeto de numerosos estudios 4 que tienen como objetivo principal el conocimiento exhaustivo de la antigua ciudad de Contributa Iulia Ugultunia 5 (Fig. 1). Si bien los primeros trabajos se centraron en la realización de excavaciones arqueológicas en el interior del recinto adquirido por la administración, que coincidía con la zona central de la antigua ciudad en la que destacaba la aparición del espacio forense (Mateos et alii 2009: 7-32; Mateos y Pizzo 2013: 1425-1458; Mateos y Pizzo 2014: 181-201), a partir del año 2011 llevamos a cabo una actividad continuada basada en una serie de métodos no destructivos: la fotografía aérea, geofísica y reconocimiento de superficie, que han sido fundamentales para 4 Proyecto de Investigación dentro del Plan Regional de Investigación de la Junta de Extremadura con No de referencia PRI09B152. 5 Las fuentes clásicas en las que encontramos referencias directas acerca de la ciudad de Contributa Iulia Ugultunia son escasas; la principal y más conocida se refiere al párrafo de Plinio en el que se describe la parte céltica de la Beturia incluida en su obra Historia Natural. Además, encontramos mención directa de la ciudad en el Itinerario Antonino, que la emplaza en el trayecto del Item XXIII Ab ostio fluminis Anae Emeritam usque y en el Anónimo de Ravena. el conocimiento de la estructura espacial del sitio, la delimitación del recinto amurallado, el diseño urbano, las zonas públicas o la actividad extramural (Mateos et alii 2014: 109-133; Mateos et alii 2015: 101-121). Es precisamente en esta zona extramuros donde se documenta una gran anomalía de forma anular situada en el flanco oriental del cerro, a unos 30 metros de la muralla de la ciudad, y que identificamos, ya desde el principio, como un posible anfiteatro, a la espera de su confirmación arqueológica. José Antonio Barrientos cita su posible existencia en un manuscrito inédito fechado en 1845 en el que lo describe como "un terreno circular y espacioso en dirección E", que según el autor "marca el local del circo" (Ortiz 2002: 103), en un sitio en el que la tradición local sitúa allí un lugar denominado "el toril", definida como una profunda hondonada delimitada por un desnivel. A pesar de no existir una identificación clara con un anfiteatro, sino la vinculación con un posible circo, se plantea, por primera y única vez, la presencia de un edificio destinado a los espectáculos en el solar objeto de nuestras investigaciones. Hasta ahora no ha sido localizado algún indicio que pueda estar relacionado con dicha construcción y, debido a la desaparición de la inscripción, tampoco es fácil establecer exactamente su procedencia real. Las investigaciones arqueológicas que el Instituto de Arqueología-Mérida desarrolla en el yacimiento desde el año 2007 han llevado, recientemente, a la configuración de una ciudad romana con una pequeña extensión de área urbana amurallada (aprox. 5 ha.), Contributa Iulia Ugultunia, cuyo restos presentan cierta complejidad y originalidad en la elección de las soluciones arquitectónicas empleadas (Fig. 2). El hallazgo del anfiteatro se produjo en las últimas intervenciones efectuadas en el yacimiento, en el ámbito de un proyecto de investigación centrado en la aplicación de una batería de técnicas no destructivas, que se han revelado fundamentales para un correcto diagnóstico arqueológico de las evidencias arquitectónicas y su posterior excavación 6. 6 Se trata de la actividad "Revalorización de las zonas arqueológicas mediante el empleo de métodos no destructivos", desarrollada en el marco del proyecto "Red de Investigación Tranfronteriza Extremadura Centro Alentejo" (RITECA II), y que tuvo al yacimiento arqueológico de Contributa como uno de los principales "laboratorios abiertos" de experimentación. Mapa de localización del yacimiento arqueológico de Contributa Iulia Ugultunia. IDENTIFICACIÓN DEL ANFITEATRO DE CON-TRIBUTA IULIA UGULTUNIA Como ya se ha comentado supra, la toma de conciencia sobre la importancia de los restos del anfiteatro ha tenido un carácter gradual. La memoria sobre la presencia en ese lugar de un elemento singular vinculado al pasado romano puede remontarse al menos hasta mediados del siglo xix. En ese momento, los terrenos en los que se localiza el conjunto están pasando de un aprovechamiento ganadero como dehesas, a su roturación para el cultivo del cereal. Aunque suavizada por décadas de laboreo, esta depresión en el terreno ha pervivido hasta el presente, produciendo una "anomalía" en el terreno, fácil de percibir a través de numerosas imágenes satelitales y fotografías aéreas que son ampliamente accesibles a través de diversos servidores de Internet como Google Earth o del PNOA (Fig. 3). En ellas se aprecia con gran claridad un anillo con unas dimensiones aproximadas de unos 70 por 65 m, con un grosor de la totalidad de la cávea de entre 12 y 13 m. El factor que hace tan visible esta anomalía es la composición del terreno en superficie, ya que el trazo anular está compuesto por un sedimento arcilloso de tonos anaranjados que contrasta con la tierra del sembrado. Dicha existencia es de hecho perceptible con claridad sobre el terreno. Con la orientación de estos primeros indicios, en 2012 se decidió indagar más en profundidad para contrastar la posible existencia de estructuras arqueológicas en el subsuelo y valorar su significado. La primera etapa de esta aproximación consistió en la realización de una campaña de fotografía aérea de baja altitud. Al estar el terreno enteramente dedicado al cultivo del cereal, el lugar presentaba unas condiciones idóneas para la identificación de marcas (crop marks) de crecimiento diferencial (Edis et alii 1989 o trabajos más generales de arqueología aérea en Campana et alii 2005). La combinación adecuada del momento de maduración de las plantas (a inicios del mes de mayo), con la incidencia oblicua de la luz solar a primera hora de la mañana, tuvo como fruto unos excelentes resultados en la detección de una gran densidad de indicios de este tipo (Ortiz et alii 2014). En el caso particular que nos ocupa (Fig. 4), tanto el perímetro interior como el exterior del anillo quedaron nítidamente definidos por marcas de crecimiento negativas. Esto indicaría que hipotéticamente la delimitación de esta anomalía consistiría en dos grandes muros concéntricos, siendo el interno de trazado casi circular y el externo de tendencia ovalada. Aunque más difuminadas, se distinguían también en el interior del anillo y en sentido perpendicular una serie de marcas negativas, que se interpretaron como posibles muros radiales. Fue igualmente posible definir bien la relación entre esta estructura y el conjunto de la ciudad, ya que las marcas dibujaban con claridad el trazado de la posible muralla, a unos 15 metros al Oeste, así como el contorno de una serie de unidades negativas que reflejan la ordenación del espacio periurbano y facilitan una contextualización topográfica del edificio. La excavación posterior de una de ellas mostró que se trataba de canalizaciones poco profundas, al menos parcialmente excavadas en el lecho rocoso, y que podrían tener una función de drenaje del terreno. Más allá de la identificación visual de las marcas, las fotografías tomadas en esta campaña sirvieron de base para la realización de una restitución fotogramétrica que incluyó todo el sector del anfiteatro (Fig. 5). Como resultado de este proceso, pudimos generar una ortoimagen geo-referenciada de las crop-marks que, una vez integrada en la estructura de capas de un Sistema de Información Geográfica, fue de gran valor para poder contrastar esta información con la aportada con otros métodos no destructivos de los que se hablará a continuación. Estos datos, fueron además la clave para una localización precisa de los indicios y para plantear las catas de excavación orientadas a su contrastación. A partir de ese punto se realizaron otras campañas de fotografía aérea, en las que cabe destacar la utilización de sensores diseñados para captar información más allá del espectro visible. En este sentido constituyeron una gran aportación los datos visibles en la parte del espectro electromagnético correspondiente al infrarrojo térmico (Caldwell 2000). Dado que esta radiación es una función de la temperatura de la superficie de los objetos, la cámara puede calcular y ofrecer una imagen del calor emitido por estos últimos (emisividad). Como en otros muchos métodos no destructivos, la clave para que esto permita identificar elementos enterrados con nitidez consiste en que exista un contraste en la emisividad de los mismos y la del terreno circundante. En el caso de Contributa, la toma de imágenes con el terreno en barbecho y sin vegetación, junto con la escasa potencia estratigráfica del sitio, fueron factores sumamente favorables (Fig. 6). Fue así posible delimitar con bastante claridad la estructura del anillo, que se dibujaba como una zona "caliente" gracias a la mayor emisividad del material arcilloso que lo componía. Esto corroboraba la idea de su diferente composición, sugiriendo la existencia de un aporte artificial que sería contenido por los muros de delimitación. Con el objetivo de mejorar aún más nuestra comprensión de los indicios detectados mediante la imagen aérea, se desarrolló un programa de prospecciones geofísicas. Los mejores resultados fueron los aportados por la lectura de conductividad eléctrica aparente del suelo (Fig. 7). Esta técnica consiste en el registro de la capacidad de los diferentes materiales para transmitir o dejar pasar una corriente eléctrica en un volumen de terreno dado (Dabas 2009; Serrano et alii 2014). Para ello se utiliza una serie de cuchillas metálicas, que se introducen en la tierra y actúan como electrodos. Dos emiten la corriente eléctrica a través del suelo, que es captada por los restantes electrodos que actúan a modo de sensor, recogiendo la medida. El equipo empleado (Veris 3100, fabricado por la estadounidense Veris Technologies Inc) está dotado de un total de seis cuchillas, permitiendo su configuración, tanto la toma de datos de la capa más superficial (0 a 30 cm) como una medida de conductividad a mayor profundidad (hasta 90 cm). El sensor está instalado en un remolque que se desplaza sobre el terreno con la ayuda de un tractor, ya que este sistema es habitualmente utilizado para la toma de datos en parcelas agrícolas. Por tanto, resultó sencillo cubrir con rapidez una amplia extensión, que incluía todo el espacio en torno a la muralla y los alrededores de la anomalía circular. Las mediciones son registradas con un intervalo de un segundo, y se vinculan en tiempo real a su posicionamiento con una precisión centimétrica. Para cubrir el terreno se realizaron pasadas regulares y paralelas a una velocidad constante. La orientación de las parcelas en sentido casi perpendicular a la de las estructuras enterradas fue una variable determinante para la captación de anomalías en el subsuelo con nitidez, ayudando además a descartar patrones generados por la propia actividad agrícola. Por el contrario, el espaciado medio entre las pasadas (entre 1 y 1,5 m) era claramente limitado para la detección de elementos de origen antrópico (muros, zanjas, pavimentos, silos etc.). Sin embargo, esto no resultó problemático en el caso del anfiteatro, dada la gran escala de las estructuras objeto de estudio, de manera que la resolución de las imágenes generadas fue suficiente para su identificación. Más complejo resultó el tratamiento de los datos mediante un proceso de corrección, interpolación y posterior normalización para compensar las distorsiones provocadas por los contrastes de humedad y compactación del terreno. Por lo que respecta a los resultados, en su conjunto el área abarcada por nuestro objeto de estudio, mostró registros bajos de conductividad, que indicaban de nuevo el contraste de su composición respecto del Figura 6. Imagen de la zona del anfiteatro en la banda del infrarrojo térmico (Mateos et alii 2015: 128). Mapa normalizado de la conductividad eléctrica aparente del terreno (hasta los 90 cm de profundidad) en la zona del anfiteatro. Los tonos oscuros indican la presencia de estructuras enterradas. A raíz del proceso de identificación del anfiteatro realizado con el empleo de las técnicas no destructivas citadas y su posterior confirmación mediante una serie de sondeos arqueológicos en diferentes áreas del edificio, es posible proponer una primera configuración arquitectónica y una aproximación tipológica a sus características estructurales. El anfiteatro de Contributa aprovecha completamente la topografía existente en el área elegida para su construcción (Fig. 2), insertándose en una cuenca natural del terreno, que es adaptada y modificada para la realización del edificio, con significativos aportes de material para las elevaciones del graderío. El anfiteatro, según lo conocido hasta este momento, podría pertenecer al tipo general muy difuso de edificios "a structure pleine", con forma aproximadamente circular y con cávea parcialmente enterrada, identificados por J. C. Golvin (1988: 75, 97). En el ámbito de esta primera clasificación resulta difícil, con los datos a disposición, establecer su vinculación con las categorías de cáveas con terraplenes continuos o compartimentados, debido a las peculiaridades de sus cimentaciones y la "originalidad" de ciertas soluciones arquitectónicas empleadas que analizaremos posteriormente. Desde un punto de vista general, se trata de un anfiteatro con arena de forma aproximadamente circular y cávea ligeramente más ovalada, supuestamente con dos accesos enfrentados en el lado norte y sur del edificio (Fig. 8a). La elección del lugar para la edificación del anfiteatro presentaba a los constructores las ventajas de un espacio naturalmente configurado desde el punto de vista topográfico y posteriormente modificado con el aporte de una gran cantidad de material (tierra) empleado en la realización de las dos partes de la cávea. LOS PRIMEROS RESULTADOS DE LA EXCAVA-CIÓN ARQUEOLÓGICA Y LAS TÉCNICAS CONS-TRUCTIVAS DEL ANFITEATRO DE CONTRIBUTA Tras las prospecciones efectuadas, se han realizado en la zona del anfiteatro cinco diferentes sondeos arqueológicos en áreas puntuales para la configuración arquitectónica de los restos. La excavación se ha planteado con el objetivo de confirmar la existencia del edificio reconocible en las fotos áreas, las fotografías térmicas, el georadar y la magnetometría y, sobre todo, definir algunas de las características arquitectónicas principales: diseño del anfiteatro y tipología edilicia, morfología y tipología general del edificio, técnicas constructivas, soluciones arquitectónicas específicas empleadas en la realización del anfiteatro contributense y primera aproximación a la cronología. De los cinco sondeos, dos se han efectuado en la zona occidental y tres en la zona oriental, definiendo en su totalidad las distintas partes del anfiteatro (Fig. 8b), a fin de responder a los cinco objetivos citados anteriormente. En el primer sondeo (S1), en la zona central del lado occidental, se ha documentado un solo tramo de estructura muraria escalonada de 1,50 m de grosor, 3 m de longitud y 1 m de altura conservada, correspondiente a la delimitación externa del edificio (Fig. 9). Del lienzo conservado, es posible apreciar una fábrica irregular de mampostería de cuarcitas, dioritas y pizarras aparejadas de forma desordenada y elementos constructivos unidos con tierra. Resulta interesante el escalonamiento del muro en su lado interior que podría pertenecer a un refuerzo continuo más bajo, empleado como solución técnica en este sector del edificio, probablemente en relación con la pendiente topográfica muy pronunciada existente en la zona. La orientación de esta estructura no se corresponde con los restos encontrados en el siguiente sondeo (S2) donde la proyección del muro anterior es ocupada por una sistema de escaleras de doble rampa enfrentada (Fig. 10). Estas estructuras ocupan en anchura la zona exterior del perímetro, adosándose a un muro de dimensiones inferiores y manteniendo aproximadamente el grosor de la delimitación perimetral del anfiteatro. Este elemento estratigráfico y constructivo es fundamental para interpretar las rampas en el ámbito del proyecto original del edificio, lejos de la posibilidad que se trate de un añadido posterior, como ocurre en algunos anfiteatros que utilizaremos sucesivamente como paralelos para esta solución arquitectónica. Las rampas, conservadas con una altura de 1,70 m presentan 7 escalones la septentrional y 10 escalones la meridional, con anchura min. de 1 m y máx. de 1,30 m y pisada de entre 27 y 44 cm. Ambas escaleras se construyeron con mampostería de cuarcitas y pizarras de grandes dimensiones para la pisada de los escalones y fragmentos lapídeos de tamaño más reducido en sus bases. El paramento de las rampas presenta un aparejo muy irregular de elementos del mismo tipo y el uso muy abundante de cuñas estruc- Figura 10. Detalle de las rampas de escaleras de acceso al anfiteatro en la zona occidental, sondeo 2 (S2). turales entre los mampuestos. La rampa meridional se caracteriza por la existencia de un anta apoyada al muro perimetral del edificio que, a partir del quinto escalón, se inserta en la construcción de la escalera. El muro citado, en este sector presenta también una fábrica muy irregular con elementos constructivos aparejados con tierra, al igual que la escalera y una fragmentación mayor. En este punto del conjunto monumental se produce un evidente problema de materialización del diseño teórico del edificio. Además del error indicado entre la construcción del muro de S1 y las estructuras presentes en S2, se puede observar otra solución arquitec-tónica original en la realización del muro adyacente a las rampas, construido con un trazado lineal a lo largo de 3,50 m de longitud y con un grosor reducido. En este caso, la línea interior del paramento no respeta el trazado curvilíneo, retomado en el lienzo externo situado en la extremidad suroccidental del sondeo (Fig. 11a y b), tratándose de un tramo lineal continuo como ya se ha indicado. Esta deformación del perímetro del edificio en esta zona produce una evidente solución de continuidad con el lienzo curvilíneo que representa un punto de contacto de diferentes etapas de la construcción. A diferencia del sondeo anterior S1 en el que la estructura de delimitación se realizó con un muro único, el S2 presenta una delimitación formada por dos muros independientes, conservados por una altura máxima de 1,35 m que sirven de paramento y un relleno interno del mismo material vertido al final de la construcción de ambas estructuras. Entre las escaleras y el lienzo murario citado, en la extremidad suroccidental, se documenta la presencia de los restos de un contrafuerte (Fig. 12) situado entre ambos paramentos y construido con los mismos parámetros ya analizados. En el siguiente sondeo arqueológico (S3), se ha podido constatar la totalidad de la anchura de la cávea del anfiteatro (Fig. 13) y el entramado de estructuras que componían los niveles de cimentación de la misma. La delimitación externa del edificio se realiza en este sector con la misma solución arquitectónica del S2, con dos muros paralelos construidos de manera independiente y un relleno interior. En este caso, ambos muros terminan en un contrafuerte de planta cuadrada del mismo grosor, mejor conservado respecto al anterior. En este tramo de estructura externa del anfiteatro se observa otro error relevante en el trazado del paramento meridional, en la solución edificio. Sin embargo, la ausencia de restos parecidos en el S5, realizado en proximidad de la supuesta puerta norte simétrica a la anterior, invita a plantear esta posibilidad como mera hipótesis de trabajo a la espera de datos más contundentes que se puedan aportar en intervenciones sucesivas. En el S4 se han documentado restos en relación con las cimentaciones de la cávea que presentan mayor claridad y corresponden a la tipología de las subestructuras que caracterizan, generalmente, la construcción de los anfiteatros romanos (Fig. 15). Se trata, en este caso, de los mismos muros de delimitación de la arena y el exterior del edificio ya documentados en los anteriores sondeos. Sin embargo, al interior, en el sector de la cávea, se evidencian dos muros paralelos de 60 cm de anchura (uno de ellos en el perfil de la excavación) que forman un alveolo cuneiforme de 1,80-2,50 m. El muro exterior de delimitación del perímetro del anfiteatro presenta una doble anchura y crea un espacio central posteriormente relleno de unión con el lienzo ligado al contrafuerte. Aquí (Fig. 8) se produce un cambio de orientación para intentar seguir un trazado curvilíneo que se realiza uniendo lienzos de muros rectilíneos con cambio de orientación, debido evidentemente a la incapacidad de seguir ejecutando un diseño teórico más complejo como es la realización de estructuras curvas. no destructivas citadas anteriormente (Figs. 3-7), y a la presencia de alguna estructura en relación con la misma puerta o las carceres del anfiteatro, que deberían encontrarse en proximidad de este sector del El muro de delimitación de la arena (Fig. 17a y b), en cambio, presenta una técnica mucho más cuidada, con materiales aparejados según hiladas aproximadamente horizontales y el empleo muy abundante de un mortero muy consistente de cal y arena. En S5, finalmente, realizado en proximidad del lugar donde debería estar la puerta norte del anfiteatro, se realizó una intervención con el objetivo de confirmar la presencia de estructuras similares a S3. Como es posible observar en la planimetría de las excavaciones efectuadas (fig. 8), las estructuras existentes presentan una nueva solución arquitectónica para las cimentaciones de la cávea, con un muro central construido sobre tierra de 1,10 m de anchura que divide en dos partes casi iguales el espacio entre los muros de delimitación del anfiteatro (Fig. 18). Desde el punto de vista técnico-constructivo se observa la misma situación analizada en los sondeos anteriores, con estructuras de aparejos irregulares realizadas con mampuestos y tierra, mientras que la delimitación de la arena se construye con una estructura de mampuestos y mortero. con niveles de tierra arcillosa (Fig. 16). Se trata de la misma técnica constructiva empleada en el tramo anterior, diferenciado simplemente por la presencia de contrafuertes de unión entre ambas estructuras y un aparejo más cuidado. En el caso de S4, la técnica de la delimitación externa es muy irregular y se emplean mampuestos de diferentes tamaños unidos con tierra. En la totalidad de los sondeos arqueológicos efectuados se han documentado grandes niveles homogéneos de tierra con presencia de arcilla y pequeños fragmentos lapídeos, situados entre las estructuras de las cimentaciones de la cávea y en los niveles de amortización de los mismos. Este dato indica claramente que, a partir de un nivel de alzado que es imposible determinar de puntual debido a la calidad y al estado de conservación de los restos arqueológicos, el anfiteatro de Contributa se construyó con tapiales cuyas degradación y derrumbe han formado una gran mancha de diferente color en el terreno y una evidente anomalía en el terreno, permitiendo la identificación de este edificio. Es necesario indicar que esta técnica constructiva está ampliamente difundida y es mayoritaria en la construcción de la ciudad, observándose en diferentes tipologías de edificios. A pesar de las variantes habituales en la construcción de los zócalos de piedra, realizados con el uso o no de mortero y con aparejos distintos, es posible reconocer una idea común que emplea la asociación de cimentaciones de piedra y alzados de tapiales como solución prioritaria de diferentes proyectos edilicios, entre ellos la muralla, la totalidad del área comercial en la zona de acceso a la ciudad, la zona norte del foro y el santuario en la zona sur cercana al anfiteatro. SOLUCIONES TOPOGRÁFICAS Y ARQUITECTÓ-NICAS PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL ANFI-TEATRO DE CONTRIBUTA Como se ha señalado anteriormente, la elección del lugar para la construcción del anfiteatro de Contributa Iulia Ugultunia se realizó con una estrecha vinculación con las características topográficas del emplazamiento y los diferentes cambios de nivel del terreno, fundamentales para la realización de los distintos sectores del edificio (Fig. 2). Sobre estas condiciones topográficas naturales la elección del espacio del anfiteatro acarreó a los constructores una serie de problemas de configuración espacial y arquitectónica que se reflejan en los restos materiales documentados tras los sondeos arqueológicos efectuados en el área en cuestión. Uno de los factores que más llama la atención del anfiteatro contributense es la dificultad manifiesta a la hora de realizar el trazado curvo de las estructuras de delimitación y la materialización del diseño teórico. En la totalidad de los sondeos realizados, es posible apreciar varios errores en la definición de los tramos circulares de los muros, obviados con la solución más sencilla de unir lienzos rectilíneos, no se trató de elecciones específicas debidas a las condiciones topográficas del terreno, visto que dichas estructuras no parecen desarrollar una función concreta de contención, por su tipología, posición topográfica y técnica edilicia. Las mismas estructuras cuadrangulares registradas en el muro de delimitación externo del anfiteatro (Fig. 12), no presentan las características típicas de contrafuertes con una función estructural determinada por las necesidades orográficas, sino más bien una serie de elementos de separación topográfica de los diferentes tramos de construcción del muro a los que se adosan o unen los lienzos teóricamente circulares. Es probable, en nuestra opinión, que dichos elementos sirvieran, además, como punto de apoyo para grandes elementos de madera empleados en la ejecución de la parte más elevada del edificio de espectáculos. La presencia de una doble rampa de escaleras en la zona suroccidental del anfiteatro indica que, probablemente, el acceso se realizaba mediante rampas distribuidas a lo largo del perímetro externo del edificio (fig. 10), o en sitios específicos para la correcta distribución del público, en lugar de un sistema de puertas distribuidas regularmente en el recinto. Se trata, evidentemente, de una hipótesis de trabajo derivada de estas primeras excavaciones arqueológicas que necesita de una confirmación fundada en nuevos sondeos y excavaciones sistemáticas que permitan configurar, de manera más definitiva, el aspecto general del anfiteatro de Contributa. Desde el punto de vista estratigráfico, las escaleras se adosan posteriormente a la construcción del muro perimetral, hecho que, sin embargo, no indica su pertenencia a una etapa posterior de remodelación, sino simplemente a una fase de obra que prevee la construcción de las rampas en un segundo momento. La presencia de rampas de escaleras situadas paralelamente a los muros perimetrales de los anfiteatros constituye un recurso bien conocido y, sin embargo, no muy empleado como solución arquitectónica de acceso a las diferentes zonas elevadas de estos edificios. Los casos más monumentales se encuentran en Pompeya (La Rocca y De Vos 2004: 256-266), Pola (Golvin 1988: 159), Itálica (Corzo 1994:187-212), o Theveste (Tebessa; Golvin 1988: pl. XIV, 3), con soluciones lejanas a la contributense, muy vinculadas al aspecto exterior de los anfiteatros que exaltan la monumentalidad de los accesos, con recursos estructurales simétricos y perfectamente integrados en el diseño teórico del edificio. Entre las escasas soluciones parecidas a la documentada en Contributa Iulia, en contextos de anfiteatros de poca envergadura arquitectónica, se pueden indicar exclusivamente los anfiteatros de Vallensium (Martigny; Wiblé 1985: 146-147), con estructuras parcialmente de madera o en Herdoniae (Ordona), en Apulia (Golvin 1988: 84-85, pl. VIII, 8). En este último anfiteatro, las escaleras se añaden en una segunda etapa de época de Trajano para mejorar los accesos al edificio. En Segodunum, en la Gallia Aquitania (Golvin 1988: 82, pl. VIII, 2.), se documentan rampas en la misma posición que Herdoniae, con el objetivo de conducir exclusivamente a zonas privilegiadas del anfiteatro. En el anfiteatro de Ampurias, finalmente, se plantea la posible existencia de una rampa de escalera muy poco habitual, realizada con una estructura perpendicular al anfiteatro en su acceso oriental (Sanmartí-Grego et alii 1994: 124). EL DISEÑO TEÓRICO DEL ANFITEATRO Y SU MATERIALIZACIÓN EN EL TERRENO Con los datos disponibles, es posible intentar una primera aproximación a la reconstrucción del diseño teórico del anfiteatro basada en las principales reglas geométricas que se emplean, generalmente, en la construcción de estos edificios 7. Se trata, evidentemente, de un ensayo basado en los datos que del trazado del anfiteatro ofrecen las diferentes prospecciones y los primeros datos de las excavaciones arqueológicas que podrán ser susceptibles de nuevas aportaciones en un futuro que prevé la excavación completa del conjunto. Con los datos existentes, podemos observar algunos elementos que hacen de este complejo un conjunto bastante original respecto a su proyecto y ejecución. Si se observa la planimetría derivada de las anomalías en el terreno (Fig. 3-7) y el resultado de las excavaciones (Fig. 8) se configura un anfiteatro con una planta aproximadamente regular de ca. Las dimensiones indican el empleo de la circunferencia en la planificación geométrica del edificio y, efectivamente, si se superpone dicha figura al diseño de la arena (Fig. 19), se observa una buena aproximación de la teoría a la ejecución material. El problema se amplifica, en cambio, en la realización de las delimitaciones exteriores del edificio, donde no hemos podido encontrar una forma geométrica más cercana a la realidad. En este sentido, las pruebas realizadas empleando la circunferencia también para el externo del anfiteatro o un óvalo, no permiten establecer qué tipo de planificación teórica se empleó 7 Para la complejidad teórica y práctica del diseño de los anfiteatros romanos véase con detalle Wilson Jones 1993: 391-441. Agradecemos al Dr. Carlo Inglese su ayuda en la elaboración de la figura relativa al diseño teórico del anfiteatro de Contributa. con poco cuidado y sin el empleo de morteros, con tierra. En el caso de la arena, en cambio, se percibe un trazado más regular, acompañado por estructuras aparejadas con materiales más regulares dispuestos de manera más organizada y el uso de morteros de arena y cal que revisten la parte interna de los muros en el paramento hacía la arena. Estos datos podrían indicar que, efectivamente, se asignó una importancia primaria al trazado del espacio destinado a los juegos y, a partir de ello, se realizó el resto de la construcción. En este sentido, resulta más fácil trazar una circunferencia en el suelo con el empleo de cuerdas desde un centro, mientras que las operaciones se complican en la realización de la parte destinada a la cávea. La escasa familiaridad con la tipología de estructura realizada provocó una serie de errores que no afectan solamente a la simetría del conjunto, sino también a las diferentes soluciones de unión entre los muros y a la planimetría misma del edificio. En este caso, se pasa de un diseño casi circular del interior a una figura externa de la cávea que no representa una circunferencia y tampoco un óvalo o elipse, trazándose lo mejor que se pudo el espacio del graderío. En defensa de estos planteamientos es necesario indicar que en la construcción de anfiteatros del mundo romano se percibe, con bastante frecuencia, la en la construcción del perímetro del edificio. Como podemos observar en las superposiciones del diseño teórico sobre la realidad arqueológica, existen una serie amplia de errores de cálculo y trasmisión a la obra que caracterizan la planimetría del anfiteatro de Contributa. Parece evidente, en nuestra opinión, que en la construcción de este complejo arquitectónico se empleó mano de obra escasamente cualificada para la realización de edificios que requieren amplios conocimientos geométricos para su correcta definición. Es indiscutible que el proceso de edificación, en la fase del diseño y proyecto, se fundó en una buena dosis de improvisación, en tiempos rápidos, quizás vinculados con un momento histórico concreto de la ciudad. Vista la realización material y los resultados de la traslación del modelo al terreno, resulta bastante clara la ausencia de un proyecto preparatorio complejo, sustituido por una serie de operaciones a pie de obra que han generado graves errores de simetría. Existe una diferencia evidente en la construcción geométrica de la arena y del perímetro exterior que se traslada, también, al ámbito de la realidad arqueológica y de las técnicas constructivas empleadas. El muro perimetral se realiza con materiales muy irregulares aparejados en todos los casos documentados Figura 19. Propuesta de estudio geométrico del anfiteatro con las diferentes soluciones teóricas empleadas y la materialización real de la obra. Conocemos distintos anfiteatros de la misma tipología cuyas planimetrías no se caracterizan específicamente por la correcta ejecución de sus partes. La complejidad del diseño de estos trazados geométricos asociada a técnicas constructivas, generan los mismos problemas en varios contextos geográficos y, de manera casi sistemática, en edificios con pocas pretensiones y en relación con una tipología concreta de anfiteatros rurales de origen militar. Entre ellos se recuerdan los de Tomen-y-Mur, Thina, Chichester, Dorchester, Gemellae y Albenga (Golvin 1988: pl. X), o de Egnatia (Donvito 1988: 41). Parece que un cierto margen de error en conjuntos arquitectónicos de esta envergadura y en relación con técnicas edilicias poco complejas, podría entrar en las reglas constructivas de esta tipología de conjuntos. En el estado actual de la investigación, no conocemos elementos reales para la reconstrucción fiable del aspecto general del anfiteatro. La morfología de las cimentaciones, la presencia de abundantes niveles de tapiales que han sepultado totalmente el edificio y la tipología de las cimentaciones documentadas en los sondeos, indican, con mucha claridad, un edificio bastante pobre en las soluciones arquitectónicas de los alzados. Se trataría, probablemente, de un complejo monumental caracterizado por superficies encaladas al exterior y estructuras de madera al interior, correspondientes estas últimas a los graderíos y los diferentes elementos de separación de los espacio. Respecto a las decoraciones posibles del complejo no se conservan datos. Únicamente, en la zona en la que se implantó el conjunto monumental, se ha recuperado una pieza bastante original (Fig. 20), actualmente conservada en la sede del futuro centro de interpretación del yacimiento, que consiste en un gran bloque escuadrado de granito con un anillo metálico en su parte superior. Sus dimensiones son 67,5 x 67,5 49 cm y las dimensiones del anillo metálico 14 x 9,5 cm. En este bloque es posible observar algunos detalles relativos a la producción de la pieza. En las zonas laterales de la misma se conservan las mortajas que alojaban las cuñas para el recorte de la piedra, realizado mediante el empleo de un trazado rectilíneo en la parte superficial que servía de guía para la extracción de las dimensiones correctas. Del trazado se conservan todavía algunos tramos no eliminados en el proceso de extracción. La pieza presenta mucha similitud con un elemento recuperado en el teatro de Clunia, interpretado como una argolla para la sujeción de animales. En este caso, a diferencia del bloque del anfiteatro de Contributa, se aprecia una inscripción con el promotor del edificio, el edil de la ciudad G. Tautius Semanus (Gutiérrez et alii 2006: 303, 310). Una pieza similar a la nuestra se ha documentado en el anfiteatro de Chester, en Inglaterra. En este caso, el bloque se sitúa en el centro de la arena y se ha interpretado como un posible elemento para atar a los animales durante los espectáculos (Wilmott 2008: 142-143). Esta interpretación se ha planteado sobre la base de un dato iconográfico presente en un mosaico de la villa romana de Bignor (Fig. 21), en el West Sussex (Wilmott 2008: lám.22). Esta hipótesis que nos parece lógica a la luz de la tipología de edificios en la que se encuentra, no descartaría quizás la posibilidad de que estos elementos situados en el centro de la arena sirvieran también para tender las correspondientes cuerdas para la definición del perímetro geométrico de la arena y el resto de la cávea. Figura 20. a y b Bloque escuadrado de granito con arandela metálica en la parte superior. APROXIMACIÓN CRONOLÓGICA AL ANFITEA-TRO DE CONTRIBUTA IULIA UGULTUNIA En el estado actual de la investigación sobre el anfiteatro, limitada en esta fase a su identificación topográfica y tipológica, es difícil calibrar definitivamente una cronología para su construcción. En los sondeos realizados para confirmar los datos de las prospecciones geofísicas y la interpretación de las fotografías aéreas, se han excavado una serie de contextos estratigráficos que permiten orientar aproximadamente una fecha amplia para la edificación del conjunto. La cantidad de materiales recuperados durante las intervenciones arqueológicas es muy escasa. Este dato que, por un lado, dificulta un estudio sistemático para una definición cronológica, resulta fundamental, en cambio, para justificar la validez del análisis. En este sentido, los pocos fragmentos cerámicos pertenecen a contextos homogéneos que son el resultado de los derrumbes de las estructuras en tapial que formaban los alzados del edificio. Este elemento indica que el material contenido en ellas constituye un terminus post quem muy válido por su clara pertenencia al momento de construcción de los alzados del anfiteatro (Fig. 22). Mosaico de la villa romana de Bignor en el West Sussex con representación de una pieza parecida a la figura anterior documentada en Contributa (Wilmott 2008: lám.22). Materiales cerámicos procedentes de los sondeos del anfiteatro. Uno de los contextos estratigráficos que más datos aportan al planteamiento cronológico es la UE 7033, que corresponde claramente con uno de los estratos de derrumbes de la estructuras del anfiteatro. Se trata de un nivel que se identifica con la destrucción de las estructuras internas de tapial del edificio y, por tanto, la cronología de dicho material estaría íntimamente ligada con la fase de construcción, a pesar de la escasa cantidad de fragmentos cerámicos. En él aparecen un borde de sigillata itálica de un cálix tipo R. 2 (n. 1), un borde de sigillata gálica Drag. 3) y un borde de un plato en cerámica de imitación tipo Peñaflor del tipo Mart. Aunque el cáliz podría presentar una cronología más antigua focalizada en época augustea, es la Drag. 27 en su variante b/c y el fragmento de Peñaflor los que nos fecharía el estrato a mediados del i d. Una de las primeras unidades que permite establecer el terminus post quem más evidente para esta construcción es la UE 7032. En ella aparece, una vez más, un galbo de cerámica de imitación tipo Peñaflor perteneciente a un plato Mart. También se localiza un borde de Drag. 4) y un cuarto de círculo de un plato del taller de Tricio de la forma Hisp. Este último fragmento aportaría una datación post quem de finales del i d. C., a muy tardar de época trajanea debido a la amplia tendencia achatada que presenta el cuarto de círculo8. La cronología evidenciada por el escaso material cerámico aparecido debe de considerarse con la debida cautela que impone esta primera aproximación general al estudio de este edificio. EL ANFITEATRO EN EL URBANISMO DE CON-TRIBUTA El anfiteatro de Contributa Iulia Ugultunia pertenece al grupo de edificios para espectáculos situados extramuros, en una posición ligeramente descentrada, en este caso al sureste del centro urbano. En nuestra opinión, en una ciudad de dimensiones tan reducidas (5-6 ha), la colocación de este edificio en el lugar en el que se encuentra es casi obligatoria, debido a la función que el mismo desarrolló en relación con espectáculos ofrecidos no solo para los ciudadanos de Contributa, sino para un territorio rural muy amplio vinculado con la ciudad. A este respecto es necesario recordar que nos encontramos en una ciudad cuyo origen procede de un fenómeno administrativo de contributio (Rodríguez Neila 1977: 55-61) fundado en la integración de dos o más núcleos de población con entidades urbanas y jurídicas distintas que pasan a una gestión única centralizada de un territorio que podría alcanzar una gran extensión. La inserción urbana de los anfiteatros es una cuestión muy discutida y las variables que hay que tener en consideración están relacionadas con la misma configuración de las ciudades y, sobre todo, los recursos topográficos existentes en cada contexto. Es difícil asimilar el modelo intra y extramuros a reglas urbanas precisas y a soluciones constructivas peculiares si no se analiza anteriormente, muy a fondo, el ámbito geomorfológico de estas implantaciones. Excepto en los anfiteatros que pertenecen a programas edilicios muy concretos, como es el caso de Mérida (Mateos y Pizzo 2011: 173-193), por ejemplo, las reglas de implantación urbana responden casi siempre a criterios prácticos de gestión de los espectadores o a la presencia de lugares naturales parcial o totalmente aprovechables para la construcción. Es este el caso del anfiteatro de Contributa que se edifica en estricta relación con la muralla de la misma. A raíz de las prospecciones geofísicas efectuadas en la zona se han podido identificar algunos elementos de caracterización de las relaciones urbanas del edificio. Es posible observar la relación con la ciudad por la cercanía de la muralla que en su parte interna presenta un trazado muy evidente de vía perimetral que desde el interior de la ciudad facilita el acceso a la zona del anfiteatro, mediante la posible presencia de una puerta que se abría en el recinto amurallado. Al exterior es posible reconocer otros diferentes caminos periurbanos que conectaban el edificio con las zonas rurales cercanas y una serie de infraestructuras, visibles en diferentes restituciones gráficas, que podemos asociar con conducciones hidráulicas que servía para el aprovisionamiento hídrico del anfiteatro y de la misma ciudad y con canales de evacuación de aguas hacía el este y noreste del territorio cercano. En la extremidad sur de la ciudad (Fig. 4), en una posición muy cercana al anfiteatro se ha podido identificar y excavar un pequeño santuario urbano caracterizado por la presencia de un templo tetrástilo central, un recinto y un pozo en el que se ha identificado una pequeña ara votiva dedicada a Fontanus y Fontilis (Mateos y Pizzo 2015). Este santuario ocupa la misma zona de la ciudad que en el panorama urbano se configura como otra gran área exenta de contextos de viviendas y con una vocación cultual y de espectáculo. La posición del anfiteatro extramuros es muy frecuente en la ordenación de muchos de estos complejos, entre ellos recordamos, por la cercanía exterior a las murallas, solamente el de Ampurias (Sanmartí-Grego et alii 1994:119-138), fechado en época julio-claudia, similar al anfiteatro de Contributa en las aproximaciones al diseño teórico y a los escasos recursos económico empleados, Caparra (Cerrillo 1994: 311-326) y Segobriga en la Tarraconense. Este último anfiteatro, datado entre época tiberiana y vespasianea (Almagro y Almagro-Gorbea 1995: 139-176.), presenta también los mismos errores de trasmisión de los conocimientos teóricos a las prácticas constructivas que hemos registrado en Contributa, a pesar de que los materiales lapídeos y las técnicas constructivas empleadas en Segobriga son totalmente diferentes a las documentadas en Contributa. Aquí, como hemos observado, el empleo de lapídeos se limita exclusivamente a los zócalos de cimentación de las estructuras, siendo los alzados en tapial. Fuera del territorio hispánico, la difusión de estos edificios en una posición extramuros, no directamente relacionados con las murallas, como el caso de Mérida, y sin embargo muy próximos a ellas, dependen del espacio disponible en el interior de las ciudades, la elección de determinados programas urbanos y la diacronía de las actividades edilicias o hechos puramente organizativos. Se recuerdan, entre estos anfiteatros cercanos a la muralla y ciudades de pequeñas dimensiones el de Venafrum (Venafro; El marco tipológico de nuestro edificio no presenta paralelismos con el resto de los anfiteatros existentes en la Baetica, todos ellos de carácter monumental y estrictamente vinculados con reglas constructivas y económicas de gran envergadura, en relación con la intervención de promotores de otra índole social y fruto de programas urbanísticos mucho más complejos. Con esta premisa, el ejercicio comparativo tiene que orientarse inevitablemente a otros tipos de anfiteatros, más bien relacionados con otros territorios y funciones (Fig. 23). Resulta muy complejo, en el estado actual del conocimiento sobre el anfiteatro de Contributa Iulia, establecer hipótesis contundentes sobre los detalles tipológicos del edificio que adquiere cierto significado en relación con anfiteatros británicos o gálicos estrictamente relacionados con establecimientos militares. En la planimetría del anfiteatro de Chester, por ejemplo, realizada tras las primeras excavaciones arqueológicas publicadas en 1930 (Wilmott 2008: 38) se observan elementos estructurales de distinta tipología que podemos comparar lejanamente con las soluciones peculiares empleadas en la construcción del anfiteatro de Contributa. La similitud se basa en este caso en las diferencias evidentes en el caso de la primera etapa del anfiteatro de Chester, respecto a las subestructuras que componen los alveolos de contención del graderío, en el que se observan tramos de muros cuya construcción emplea estructuras distintas dependiendo de la zona del anfiteatro en la que se encuentran. La comparación con el anfiteatro de Contributa, con las debidas distancias de monumentalidad del anfiteatro británico, es posible sobre todo en los muros perpendiculares y paralelos a la delimitación exterior del edificio y en los elementos cuadrangulares (Fig. 24) situados para enlazar probablemente un doble muro de delimitación (Collingwood y Richmond 1969: fig. 42). Respecto, en cambio, a la planimetría con tendencia circular, se ha podido definir que la configuración interna del anfiteatro depende de un trazado extremadamente sencillo que, como hemos observado no se corresponde con el trazado exterior que adquiere Figura 23. Tipología de anfiteatros similares al edificio de Contributa (Golvin 1988). Las planimetrías con tendencia circular parecen típicas, en Britania, de los anfiteatros con delimitaciones perimetrales en madera, por obvias razones vinculadas a una más fácil realización del trazado circular, como se observa en el caso de la primera fase del anfiteatro de Londres (Wilmott 2008: 94; Bateman 1997: 50-85) o de Silchester (Fulford 1989). En nuestro caso, sin embargo, se trata de una elección específica que no tiene relación con los materiales empleados en la construcción de arena y cávea, sino con los conocimientos geométricos y técnicos constructivos a disposición en ese momento. En Hispania, también, existen diferencias entre las subestructuras que sustentan el graderío, como es el caso del anfiteatro de Segobriga, caracterizado por soluciones constructivas diferentes de alveolos en las partes internas del edificio y un mismo diseño tendencialmente circular, caracterizado por varias irregularidades en la materialización del trazado (Almagro y Almagro Gorbea 1995: 139-176). El paralelo más cercano de nuestro anfiteatro es, sin duda, el de Caparra, pequeña ciudad de la Lusitania, en la que se ha excavado parcialmente en los años noventa del siglo pasado un anfiteatro de pequeñas dimensiones situado extramuros, relativamente cerca de la muralla de la ciudad. Para esta estructura se han planteado correctamente una serie de cuestiones constructivas e históricas que presentan muchas similitudes con el anfiteatro analizado en esta contribución (Cerrillo 1994: 311-326). Según las referencias comparativas que hemos atribuido al anfiteatro de Contributa Iulia Ugultunia sería lógico asociar este tipo de construcción con edificios relacionados con instalaciones militares que, en el sucesivo desarrollo de las ciudades no sufren remodelaciones o reconstrucciones de sus estructuras originales. Nos encontramos, pues, con un edificio vinculado a situaciones históricas que parecen contradecir la hipótesis del origen de Contributa como ciudad fruto de un proceso de unificación de varios núcleos urbanos en un centro administrativo y político único. En el estado actual de las investigaciones sobre esta ciudad todo apunta en esta dirección, sobre todo la extraordinaria presencia de espacios públicos en relación con las reducidas dimensiones y la configuración simbólica de su muralla. Los datos arqueológicos existentes hasta el momento no nos permiten plantear que la fundación de la ciudad pueda tener un origen militar. Con estas dificultades, es difícil plantear una propuesta definitiva de reconstrucción arquitectónica del edificio debido a la ausencia de tramos de graderío que conserven la inclinación del mismo, elemento fundamental para establecer una relación entre la anchura de la cávea y su altura. La elección de amplios terraplenes de los que desconocemos su efectiva colocación en alzado, obliga a pensar en un altura reducida para este edificio y a soluciones arquitectónicas excesivamente sencillas de realizar. A partir de estos primeros datos proponemos una primera aproximación muy general al aspecto que pudo tener el edificio, respetando principalmente, en esta fase de la investigación, la distribución de las partes del edificio en relación con su topografía en el lugar en el que se encuentra (Fig. 25). El objetivo de esta primera propuesta es evidenciar la posición del anfiteatro en el urbanismo de la ciudad, su relación con el marco territorial de pertenencia y reflejar algunos datos muy evidentes en las prospecciones no destructivas, las fotos aéreas y las prospecciones en el terreno9. Debido al nivel de arrasamiento de las estructuras y al completo derrumbe de los alzados en tapial, no será posible realizar reconstrucciones de los elevados sobre datos reales, existentes, como ya se ha visto, solo para las cimentaciones del anfiteatro. Es necesario tener en cuenta que los datos arqueológicos que hemos presentado en las páginas anteriores son todavía escasos para plantear una configuración general y definitiva del anfiteatro de Contributa Iulia Ugultunia. Este primer acercamiento a la tipología del edificio y a sus características arquitectónicas esenciales, necesita de un estudio más sistemático en relación con las actividades que se desarrollarán en el yacimiento. De este modo, el trabajo propone su identificación y un primer análisis de los elementos detectados a partir de las prospecciones aéreas y geofísicas, la confirmación de los datos mediante un número limitado de sondeos arqueológicos y una hipótesis de trabajo sobre la planificación formal del edificio que puede no ser definitiva. Esta primera aproximación al anfiteatro de Contributa Iulia Ugultunia sitúa en el panorama arquitectónico peninsular de época romana un nuevo edificio de espectáculos construido en una pequeña ciudad en el ángulo noroccidental de la Bética, en el límite provincial con la Lusitania. El hallazgo de un nuevo anfiteatro es el fruto de una serie de trabajos sistemáticos llevados a cabo en el yacimiento por el Instituto de Arqueología desde el año 2007 y, sobre todo, el resultado de la integración de diferentes campos disciplinares que han facilitado un conocimiento exhaustivo del conjunto y la distribución topográfica de los ámbitos urbanos principales. El proceso de descubrimiento e identificación del edificio, si bien existían desde antiguo indicios que apuntaban a su localización en ese lugar, se ha producido mediante la aplicación combinada de una serie de métodos no destructivos, lo que ha permitido delimitar con claridad su morfología y generar una imagen preliminar de su estructura interna y dimensiones. Esta fase de la investigación se validó con la ejecución de diferentes trabajos de excavación que pusieron de manifiesto las características arquitectónicas y el estado de conservación del edificio. La valoración de los diferentes métodos empleados ha sido fundamental no solamente para el descubrimiento del conjunto, sino también, en el ámbito estrictamente metodológico, para una directa comparación de los sistemas de análisis en relación con el mismo objeto de estudio. Entre las técnicas no destructivas reseñadas anteriormente cabe destacar la aportación de la prospección aérea y la geofísica de conductividad eléctrica aparente. En ambos casos, la experiencia desarrollada en Contributa es novedosa en el marco de la investigación sobre las ciudades romanas del cuadrante suroccidental de la Península Ibérica, con las excepciones igualmente recientes de casos como Ammaia (Corsi y Vermeulen 2012) y Regina (Álvarez et alii en prensa). En este ámbito de estudio y concretamente en el caso de Contributa se ha podido demostrar la alta capacidad de los métodos citados para la detección de estructuras enterradas y la realización de trabajos diagnósticos en zonas arqueológicas complejas. Esta línea de investigación integrada con los métodos tradicionales de la arqueología clásica, abre en el mencionado contexto regional un campo de análisis con un gran futuro y un enorme potencial de aplicaciones específicas a otros yacimientos arqueológicos. Sin embargo, en este breve apartado conclusivo, queremos destacar que la verdadera capacidad como herramientas de detección de estos procedimientos reside en la posibilidad de utilizarlos de manera combinada e integrada en un único sistema interpretativo. En este sentido, cada método y sensor registran propiedades físicas y químicas diversas del objeto de estudio, de modo que es imposible generar una imagen definitiva del mismo empleando exclusivamente una técnica. Los datos concretos de cada herramienta metodológica han ofrecido puntos de vistas particulares del terreno estudiado y conjuntamente han permitido la identificación de diferentes áreas urbanas e infraestructuras (vías, puertas, muralla, torres, recintos sacros, espacios comerciales, ¿termas?), entre ellas, el anfiteatro objeto de este trabajo. En cuanto a la interpretación de los datos que se han recogido en relación con la zona extraurbana del anfiteatro, más allá de la valoración del edificio en sí y sus heterogéneas soluciones constructivas, las marcas de cultivo, la imagen térmica y la prospección geofísica devuelven la imagen de un paisaje periurbano complejo, con largas estructuras lineales negativas que podrían responder a tareas de drenaje y encauzamiento del agua y un edificio rectangular de grandes dimensiones al costado del anfiteatro sobre el cual apenas sabemos nada y que será objeto de trabajos futuros en la misma línea de investigación (aparte de la muralla que define la posición extramuros de estas estructuras). Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo a raíz del descubrimiento del complejo monumental se han planteado, en esta primera etapa, como un primer avance al conocimiento del anfiteatro. Los cincos sondeos efectuados se han planificado con la idea de identificar la forma geométrica del anfiteatro y empezar a comprender sus características constructivas. Desde el punto de vista de la conservación, hemos podido observar anteriormente el mal estado en el que permanecen las estructuras, con un nivel de arrasamiento, coincidente en muchos casos, con el cambio de técnica edilicia empleada en la construcción. Se trata, como hemos indicado, de un anfiteatro realizado con un zócalo de piedra sin morteros con un alzado en tapial cuya composición y coloración ha facilitado, en parte, la identificación del conjunto. Una de las peculiaridades que es necesario recordar es el cambio que se ha registrado en las soluciones arquitectónicas empleadas en la construcción de las cimentaciones de la cávea del edificio. La presencia de tres distintos tipos de alveolos para la contención de la tierra en la que apoyar el graderío y los abundantes errores de materialización del diseño arquitectónico indican claramente que los constructores emplearon conocimientos técnicos muy básicos que se fueron adaptando progresivamente al desarrollo de la obra en función de las dificultades topográficas y orográficas de las diferentes áreas. Como se ha observado, los paralelos que hemos indicado se limitan a aspectos concretos y soluciones específicas del anfiteatro y presentan un valor meramente referencial, debido a la discordancia entre las tipologías existentes y nuestro caso específico. Desde el punto de vista arquitectónico, nuestro anfiteatro presenta similitudes con anfiteatros de campos de legionarios en proximidad de centros urbanos. Sin embargo, el tipo de ciudad en la que se encuentra y el papel de organización y gestión que la misma desarrollaría en un territorio muy amplio, nos aleja de esta situación histórica y arqueológica. Nuestro anfiteatro no es un simple ludus, como se conocen para la zona de Britania (Tomen-y-Mur, Dorchester, Aldbourgh o Cirencester; Wilmott 2008: 38), presentando un aspecto más vinculado con la progresiva adquisición del papel vertebrador del territorio desempeñado por Contributa, como se viene observando en estos años de investigación en el yacimiento. Creemos que, en esta ocasión, nuestra comparación más razonable es necesario buscarla en el territorio más cercano, en la vecina Lusitania, en el anfiteatro de Caparra, evitando complejas comparaciones con edificios y modelos pertenecientes a ámbitos territoriales y situaciones históricas diferentes. En nuestra opinión, la construcción del anfiteatro pudo pertenecer a un momento de bonanza económica del centro urbano que, tras haberse dotado de las in-EL ANFITEATRO DE CONTRIBUTA IULIA UGULTUNIA. IDENTIFICACIÓN Y PRIMER ANÁLISIS... fraestructuras necesarias para la gestión del territorio y para la monumentalización de los espacios existentes, favorece la realización del anfiteatro. Ante la ausencia de datos epigráficos y arqueológicos sobre el tipo de promoción de esta obra podemos avanzar solamente alguna hipótesis. La incapacidad técnica y ejecutoria de un proyecto y un modelo de edificio complejo que necesita evidentemente de mano de obra especializada, indicaría, de alguna manera, un presupuesto económico reducido para su construcción. Es evidente a raíz del análisis de las estructuras que no se pudo emplear en el caso del anfiteatro de Contributa el conjunto de soluciones arquitectónicas necesarias para la construcción de un anfiteatro monumental. En este sentido, este primer análisis arqueológico del anfiteatro de Contributa plantea la posibilidad de que el evergetismo privado pudo jugar un papel determinante en la construcción del edificio10. Se trata de un edificio que, por su tipología, elección de materiales y técnicas constructivas empleadas indicaría una promoción de este tipo (Golvin 1988: 295). Sin embargo, a la luz de los datos existentes, sería imposible expresar alguna hipótesis concreta al respecto. Este trabajo deja abiertas, además, varias cuestiones fundamentales sobre el edificio. Una de las tareas futuras necesarias es el conocimiento de la totalidad de la planimetría y las soluciones técnicas empleadas, ya que la limitación de los sondeos realizados ofrecen varios elementos interpretativos muy claros pero aún no definitivos. Este dato sobre la reconstrucción global de la cávea, por ejemplo, será fundamental para efectuar un estudio cuantitativo sobre la capacidad de espectadores fundados en datos arqueológicos reales y no hipotéticos. Nuevas excavaciones ayudarían a analizar el proceso de construcción completo del anfiteatro y las dinámicas de evolución y abandono de este edificio sobre los que no tenemos datos muy precisos. Y, principalmente, debemos ampliar nuestro conocimiento sobre los promotores de la obra y las razones de la construcción. Es significativo desde el punto de vista del estatuto jurídico de Contributa que la ciudad tuviera un anfiteatro, siendo su espacio urbano tan reducido. En ausencia de datos epigráficos es difícil definir las razones ideológicas que impusieron su construcción y, sobre todo, quien pudo pagar esta obra que, aun siendo de escasa calidad, constituyó
RESUMEN 12 En este artículo se presentan las últimas novedades de las excavaciones en la necrópolis hispanorromana de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz). En paralelo, junto con documentación arqueológica inédita, se realiza una reflexión general sobre la importancia del análisis contextual en el caso de las necrópolis que, por encima de aproximaciones teóricas, se apoya en la materialidad de las distintas prácticas funerarias. Toda interpretación, indefectiblemente abierta a debate, deberá apoyarse en un escrupuloso trabajo de campo que tenga en cuenta las particularidades de este registro y la dificultad de su documentación. La ciudad hispanorromana de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz) se emplaza en un lugar estratégico como es el estrecho de Gibraltar, una zona permeable y dinámica desde el punto de vista histórico y cultural (Fig. 1). Baelo, que puede presumir de haber sido objeto de investigaciones durante más de un siglo, se ha convertido en un magnífico laboratorio de estudio, tanto por ser centro de múltiples intervenciones y proyectos científicos, como por su magnífico estado de conservación. La enorme potencialidad de la ciudad y de sus necrópolis ha sido valorada en numerosas ocasiones, sobre todo a la hora de analizar su desarrollo a escala regional, y ha servido de base para ascender a las escarpadas cumbres de la teoría arqueológica, desde las tesis más tradicionales de orientación colonialista a los más recientes estudios post-coloniales; ha servido, por tanto, de ejemplo para abordar algunos de los diversos fenómenos que englobamos bajo el nombre de "romanización", como la adopción de modelos urbanísticos romanos, la construcción de nuevas identidades o la etnogénesis, así como las perduraciones del sustrato cultural previo a Roma (Paris et alii 1926; Remesal 1979; Sillières 1997; Bendala 2002 Tanto el espléndido conjunto urbano, en el que destaca por su óptimo estado de conservación el área del foro, con su imponente conjunto de templos y su basílica, como las termas, el macellum, el trazado viario, la factoría de salazones o la muralla, pero igualmente el área periurbana donde se han excavado recientemente unas termas "marítimas" desconocidas, y donde se sitúa la necrópolis oriental objeto de este trabajo, han servido para plantear durante los últimos cien años numerosas hipótesis, constructos históricos de diversa índole y publicar un sinfín de trabajos de referencia sobre el urbanismo, la economía o la religión, así como otros más específicos sobre las factorías de salazones, el teatro, los templos, la epigrafía, las necrópolis o el paisaje (Sillières 1997; Bonneville et alii 2000; Dardaine et alii 2007; Arévalo y Bernal 2007). Desde 2009 un equipo coordinado por los aquí firmantes han centrado sus estudios en la necrópolis oriental que, desde las profusas excavaciones desarrolladas por P. Paris y G. Bonsor entre 1917 y 1921, apenas habían sido objeto de atención, a excepción de campañas puntuales como las llevadas a cabo por A. Bourgeois y M. del Amo en 1969 o las de J. Remesal, entre 1972 y 1974 (Paris et alii 1926; Bourgeois y del Amo 1970; Remesal 1979). Nuestro objetivo de partida fue la recuperación de los viejos trabajos, la indagación en las antiguas lecturas, efectuadas desde métodos y posicionamientos teóricos tan alejados de los recientes, pero que han sido fundamentales para construir unos cimientos sobre los que levantar nuevas propuestas. En esas nuevas "viejas" lecturas, hemos encontrado un volumen de información clave para alcanzar nuevos horizontes interpretativos, así como la confirmación de la calidad de lo hecho y publicado, a excepción de algunos aspectos a todas luces insalvables por el escaso interés en documentar contextos estratigráficos en la primera mitad del s. xx, o a la irreparable -aunque justificada por los años transcurridos-pérdida de documentación y de materiales provenientes de las antiguas campañas. Junto con ese trabajo de pesquisa historiográfica, unido a la digitalización de imágenes y planos, se han planteado nuevas intervenciones arqueológicas, para revestir de actualidad estratigráfica y de contexto todo ese volumen de información (Prados y Jiménez Estas nuevas actuaciones han documentado sepulcros inéditos que han sido lógicamente exhumados atendiendo a la metodología actual de excavación, registro y conservación (Fig. 2). Es por ello que queremos, a través de estas líneas, poner el acento sobre la importancia de la contextualización arqueológica, a través de los sistemas de excavación y registro, como única forma de alcanzar lecturas plausibles, alejadas necesariamente del relativismo a veces imperante en nuestra disciplina, enmascarado bajo la capa de la posmodernidad (Nilsson-Stutz y Tarlow 2013). No por una excesiva prudencia hemos de renunciar a tratar de ser resolutivos, sabiendo que para el caso funerario nos movemos en los tortuosos terrenos de la interpretación y de la ideología del arqueólogo responsable. Excavación, registro/documentación y descripción serán la única base para ulteriores interpretaciones, estas sí indefectiblemente efímeras. Valga este texto como llamada a la necesidad de la comprobación empírica, a pie de campo, de los posicionamientos teóricos -nada desdeñables-, por otro lado, pero que necesitan de una materialidad a la que a día de hoy sólo se puede arribar desde el trabajo de campo, no necesariamente, pero sí desarrollado in situ. Si el fin último es alcanzar un mayor índice de conocimiento y de objetividad, hemos de acudir a ese juicio pertrechados de todas las herramientas posibles. La naturaleza de esta compleja necrópolis, reflejo nítido de una sociedad mixta y cambiante, como veremos, sólo puede ser reconocida sobre el terreno, observando todos y cada uno de los indicios, hasta los detalles más nimios: desde un pequeño amuleto, hasta los más llamativos, como su organización "urbana" y su posición en relación con la ciudad y con el entorno, pasando por sus fases, sus monumentos y su contexto socio-histórico. EL CONTEXTO EN ARQUEOLOGÍA FUNE-RARIA. MÁS ALLÁ DE LA EXCAVACIÓN ARQUEOLÓGICA La Arqueología de la Muerte tiene como objetivo restituir el comportamiento de las sociedades del pasado de cara a la muerte y, particularmente, de cara al cadáver. Se trata, por lo tanto, de una arqueología que estudia los "gestos" funerarios. La Arqueología hace hablar a esos elementos que se documentan en una deposición funeraria, siendo necesariamente el "objeto biológico" -el cadáver-, el más importante y que suele centrar el interés del investigador (Roberts 2013: 89). Pero serán los objetos propios del ajuar, de los ritos o de las ofrendas, su selección, su forma y, sobre todo, su ubicación dentro del depósito, relacionados entre sí y con el "objeto biológico", los que deberán completar la información que irremediablemente se omite en el análisis forense. El estudio contextual, pues, nos acerca al conocimiento del espacio en el que se encuentran todas las evidencias, y estas se pueden interpretar, precisamente, gracias a su posición en ese espacio y a la relación existente entre ellas. A partir de esta elocuente apreciación de I. Hodder, en la introducción a la obra en que analiza contextualmente los significados simbólicos (Hodder 1987: 1), se refleja un hecho evidente, pero tantas veces soslayado: el contexto va más allá de la relación de los objetos con su espacio físico o social. Y es que los objetos pueden tener diversos significados: podemos hablar de cómo se emplearon, lo que nos informa sobre las características sociales, los sentimientos personales y las creencias religiosas de los usuarios; también podemos analizarlos a partir de sus características tecnológicas y también desde su morfología. Lo evidente es que los objetos forman parte de códigos que desde la Arqueología deberíamos poder descifrar. Pensamos que las excavaciones de la necrópolis de Baelo han de ser clave para aprovechar esa información que proporcionan los objetos, siempre Al investigar arqueológicamente una necrópolis como la de Baelo, en el marco de un proyecto de conservación y puesta en valor, es necesario efectuar un estudio contextual, y no sólo porque así lo exija la administración. La cultura material en contexto funerario multiplica las posibilidades de interpretación, en sus dos categorías principales: ajuares, como objetos que están en relación directa con el difunto, y ofrendas y otros elementos rituales que lo acompañan. No por ello se ha de establecer una lectura que equipare los objetos a una categoría estanca (estatus, género, etnia, etc.). Es por ello que las imperantes críticas posmodernas ponen el punto de mira en que los objetos no representan estatus socioculturales, y que a través de ellos no es posible establecer un rango, o mucho menos una identidad, sino que hay que tener en cuenta otros factores como la ideología o las acciones individuales, la "agency" o iniciativa (que no agencia). Los ajuares y otros objetos funerarios informan de las relaciones sociales, mostrando la complejidad de los vínculos entre ideología, acciones particulares y cultura material. Pero presentar como resultado de un estudio que la realidad es compleja o relativa, en nuestra opinión, no es una conclusión válida para un trabajo histórico-arqueológico. Quizás el historiador deba exigirse más, aun siendo en todo momento consciente de esa complejidad y de lo efímero -o relativo-de su propuesta. Hasta cuando sea superada por ulteriores investigaciones, esa propuesta será cimiento de futuros planteamientos. Por otro lado, las deposiciones intencionadas en las tumbas de determinados objetos, como la cerámi-ca (Fig. 3), y la asociación entre cada uno de ellos, serán clave para analizar los gestos funerarios (Denti 2013: 17). Esta "arqueología de los gestos" (ritual), será absolutamente dependiente de la "arqueología de los objetos" (contextual). La clave de la realización del estudio de una necrópolis será calibrar entre una "arqueología de la presencia" (en cuanto al elemento tangible, o sea, el objeto) y una "arqueología de la ausencia" (en cuanto a los gestos, las acciones o los individuos). Por ello es evidente que sólo con una cuidadosa y detallada excavación podremos estudiar algo que no vemos, pero que los objetos nos pueden ayudar a ver. El contexto cultural en el caso que nos ocupa será primordial, debido a cuestiones tan básicas como que en el pensamiento romano encuentran difícil acomodo manifestaciones religiosas destinadas a asegurar la inmortalidad del alma (Scheid 1998). El peso de la tradición local, por lo tanto, será clave para comprender los procesos y restituir las actitudes ante la muerte, y ello es evidente en el caso de Baelo. Hasta mediados del s. i, un alto porcentaje de los sepulcros evidencian la esperanza en una vida de ultratumba, para la que se instalan elementos de protección del alma. Junto a estos aparecen otros que, según la norma religiosa romana (Toynbee 1971: 133), cuidan de los restos "físicos" y no tanto espirituales del difunto en el sepulcro, que se convierte desde la deposición en su nuevo hogar. La lectura en contexto estratigráfico de estos objetos y su cotejo con otros espacios funerarios, en su contexto cultural, nos han llevado a enmarcarlos dentro del ámbito de lo neopúnico (Prados 2011; Prados y Jiménez 2015: 199), que no es sino una etiqueta cultural, artificial y tomada de la filología, pero que se corresponde con un determinado tejido socio-histórico propio del ámbito del estrecho de Gibraltar y de la baja Andalucía, que pone el acento en la importancia del legado fenicio-púnico y su perduración en época romana (Bendala 2002 y 2012; Mora y Cruz 2012). Igualmente, el complejo universo de las prácticas privadas o la etnicidad dificultarán sobremanera llegar a cualquier tipo de conclusión general, aunque la norma religiosa pueda ser común en las ciudades (Scheid 2005: 208). De ahí la importancia de observar cada detalle y ponderar cada una de las evidencias, buscando el equilibrio entre la tradición local y la innovación, entendida en el marco de los procesos de emulación o mímesis de una sociedad como la baelonense, que tan rápidamente quiso vivir "a la romana". Ya hemos aludido a la dificultad que acarrea tratar de conectar la identidad social y la cultura material (arqueológica), un ejercicio teórico en opinión de algunos (Morris 1992). Para determinados investigadores la cultura material no puede reflejar la identidad, que es una atribución individual cuya lectura tratamos de realizar desde el presente, con las dificultades que conlleva (Lowenthal 1985: 52; van Dommelen 2014: 45). Evidentemente, el ritual funerario puede presentar una imagen idealizada o una construcción de una meta no alcanzada en la vida, así como reflejar una identidad deseada. Aun teniendo en cuenta estas premisas, el estudio de la muerte en su contexto supondrá siempre un punto de partida (Fowler 2013: 523) y ofrecerá información de enorme relevancia sobre la identidad, tanto como el propio ritual, que aun sabiendo que no es estático, tampoco es espontáneo, y mucho menos improvisado (Rappaport 1999, 32). La documentación textual romana nos habla de la importancia del rito funerario en el marco de las relaciones sociales y la comunidad. Exposición del cadáver, cortejo fúnebre, laudatio y erección de los monumentos funerarios quedan bien reflejados en la literatura romana (Toynbee 1971; Scheid 2005: 164), pero apenas sabemos nada de las manifestaciones privadas o de ciertos actos colectivos como los banquetes, y menos aún de otros elementos propios de esta necrópolis como por ejemplo el papel real de los célebres "muñecos", las llamativas tallas antropomorfas que tanta literatura científica han generado (Remesal 1979; Jiménez 2007Jiménez y 2008;;Vaquerizo 2008Vaquerizo y 2010;;Prados 2011, etc.) y que acompañan los sepulcros en Baelo. El estudio del contexto arqueológico sí que puede dar respuesta a algunos interrogantes atávicos, y aportar luz sobre aspectos concretos tales como los ritos de tratamiento y eliminación del cuerpo, las deposiciones funerarias en un nuevo espacio que deberá ser definitivo, y la elección/discriminación de determinadas categorías de objetos como parte del ajuar. Igualmente los restos de un peculiar y frugal banquete funerario excavado en 2014 (Fig. 4), pueden arrojar información sobre la instalación de este rito en Baelo en fechas tempranas del s. i, además de reflejar el consumo de atún en ambiente funerario por parte de la elite urbana. También la propia estructura de la necrópolis, el paisaje funerario generado a partir de la organización de los sepulcros en las distintas fases, bien especificadas a partir de la estratigrafía, aporta información sobre la concepción de la muerte y la necesidad de reservar un espacio óptimo para ella. Nuevas informaciones relativas al "objeto biológico", y por tanto menos simbólicas, están por venir con el avance de la investigación en los próximos años, a la espera de los resultados de las analíticas en curso: demografía, polimorfismo genético, dieta, patologías, etc. EL ESTUDIO DE LA NECRÓPOLIS COMO REFLEJO DE UNA SOCIEDAD CAMBIANTE Sabemos de la potencialidad del análisis de la "dimensión social" que se puede desarrollar a partir del estudio de las prácticas funerarias (Saxe 1970; Binford 1971; Morris 1992), si bien siendo siempre conscientes de la ambigüedad inherente a las mismas, dado que cualquier tipo de "lectura social" es necesariamente subjetiva y sujeta por tanto a múltiples factores (Chapman 2013). Toda aproximación a la lectura social de los espacios funerarios va a depender, en concreto, de tres aspectos principales que podemos sintetizar: la realidad económica y social, la ideología religiosa y el peso de las tradiciones (Blaizot 2009a: 313). En este sentido, nuestra aproximación al mundo funerario romano ha de liberarse de nuestra percepción actual de la muerte y el hecho funerario, marcado por la invisibilidad y la pulcritud que contemplan la muerte como un trámite rápido, aséptico, y separado de la vida cotidiana. Hoy los camposantos se sitúan lo más apartado posible de los centros urbanos y tras muros lo suficientemente altos como para ocultarlos totalmente. Nada más alejado de la percepción de la muerte por los romanos, que la entendieron como algo habitual y cotidiano, parte natural de la vida tanto como el propio nacimiento. Por ese motivo las necrópolis no sólo no se escondían de la mirada de los vivos, sino que eran elementos protagonistas a las entradas de las ciudades. Eran además lugares visitados no sólo el día del enterramiento, sino frecuentados con posterioridad para la realización de distintos ritos en honor del difunto. Sabemos bien que la mentalidad humana lleva implícita la idea de que el momento de la muerte es tan sólo un paso hacia una segunda vida, generalmente mejor que la primera. Pero junto a las creencias en la trascendencia en el más allá, la muerte es el reflejo de otras muchas cosas: conductas, ideología, religión, superstición, etc. Advierte D. Vaquerizo sobre el especial cuidado que se ha de tener a la hora de pasar a interpretar los mensajes que emanan desde las manifestaciones públicas y privadas de la muerte. La muerte es el escenario ideal para la autorrepresentación, espejo de la familia o del grupo social al que pertenece el difunto (Vaquerizo 2010: 13) y por ello se ha de tener presente que el registro que localizamos en las excavaciones es claramente intencionado, emplazado con diversas motivaciones no siempre ligadas únicamente al acto funerario. No es preciso señalar que el difunto no elige en última instancia qué tipo de funeral, de sepulcro o de rito desea para sí... Pero no sólo eso, la muerte en su realidad material que es la necrópolis, es reflejo y síntesis también de la comunidad urbana a la que pertenece, como receptáculo de memoria y "carta de presentación" de la misma orgullosamente expuesta ante la entrada (Zanker 2000). En el caso de la ciudad portuaria de Baelo, pues, tiene sentido que encontremos una necrópolis donde mar y puerto sean elementos principales, como veremos. La ubicación de las necrópolis romanas es por tanto coherente con el carácter urbano de dicha cultura, caracterizada por la separación de los espacios con diferente funcionalidad. Aunque todo es ciudad, la urbe de los vivos y la urbe de los muertos, a su alrededor, están convenientemente separadas. En primer lugar, por la muralla, espacio simbólico que encarna el pomerium trazado por Rómulo, que rodea y limita el espacio de hábitat, y donde estaba prohibido enterrar a los muertos según la Ley de las XII tablas, que se quebrantó sólo en contadas ocasiones (Rascón y García 2011; Ruiz Bueno 2013). Pero en el caso de Baelo, las necrópolis estaban separadas de la urbe además por dos cursos de agua: el arroyo de las Villas en el caso de la necrópolis occidental y la chorrera Jiménez en el caso de la oriental; esta última pudo incluso haber estado rodeada de agua por sus cuatro lados a modo de una isola sacra (Prados 2015a, 96). Creemos interesante señalar que el elemento acuático, ya sea el mar, como los pequeños arroyos, las marismas o la laguna litoral que avecinaron la necrópolis (Alonso et alii 2007), desempeñaron un papel desde el punto de vista simbólico como purificador del espacio funerario, algo que hunde sus raíces en la tradición fenicio-púnica de la zona (Prados et alii 2011). Las necrópolis formaron parte, pues, de la ciudad que rebosaba los límites de la muralla, de ese espacio periurbano que no podemos entender de forma separada a la ciudad y que constituye, de hecho, un fiel reflejo de sus dinámicas sociales e históricas (Goodman 2007: 2 y ss.). Las periferias urbanas albergaron también edificios de espectáculos, residencias aristocráticas, huertos y jardines, e infraestructuras diversas, pero nos interesa subrayar cómo sólo las necrópolis fueron exclusivas de estos espacios y, por tanto, parte esencial de los mismos (Fernández Vega 1994). En Baelo, según apuntan nuestras excavaciones, la necrópolis está restringida a los muertos y el único reducto que puede ser usado por los vivos, que es la vía sepulcral construida a mediados del s. i, fue en pocas décadas ocupada parcialmente por sepulcros (Fig. 5), al menos en sus márgenes, lo que evidencia por un lado la gran densidad de enterramientos de la necrópolis y por otro, como consecuencia de lo primero, la exclusividad del uso funerario en este espacio. Ya en el s. iv tenemos algunos monumentos funerarios de cierta entidad que irrumpen y amortizan la vía claramente, como la gran tumba de inhumación con mesa de ofrendas adosada que apareció junto a un acotado altoimperial (Fig. 6). Nos parece claro, por tanto, que en Baelo la ciudad crece con su necrópolis, con una clara delimitación de los distintos usos del suelo (Prados 2015a). Aunque algunos enterramientos con el tiempo sí que ocuparán otros espacios de la ciudad, como el teatro, las termas occidentales o las áreas próximas a la muralla (García 2015: 105 y fig. 8), la documentación arqueológica que manejamos hasta el momento indica que aparentemente la función funeraria de esta necrópolis nunca fue sustituida por otra actividad, pues todo apunta a que ya en época antigua se abandonó siendo aún espacio funerario, y los materiales que aluden a otros usos son muy posteriores. Al respecto incluso cabe señalar nuevos usos funerarios del espacio en época medieval tras un hiato de varios siglos (Prados 2015a). No encontramos por tanto, como en otras ciudades, una usurpación de áreas de la necrópolis por otros usos, como los industriales, lo que a nuestro parecer se debe a lo arraigado de la cultura urbana, una continuidad en el uso de los espacios, un respeto hacia los lugares sagrados, y al hecho de estar la necrópolis bien delimitada por cursos de agua. Seguramente también a que Baelo no debió tener la densidad poblacional de otras ciudades. Pero también hubo de influir el hecho de que las industrias salazoneras estuviesen dentro de la ciudad, un rasgo que es característico, aunque no el único, de las ciudades romanas del Círculo del Estrecho (Bernal 2006), lo que dejaba más espacio liberado en el entorno periurbano. De todas formas, tal y como ha puesto de manifiesto el reciente descubrimiento de unas termas suburbanas, es aún mucho lo que nos queda por conocer del territorio periurbano de Baelo (Bernal et alii 2013). La información arqueológica que manejamos apunta a que la de Baelo es una auténtica ciudad de los muertos, creada a tal efecto, siguiendo ese concepto de Estrabón (Geo. XVII) que en la bibliografía más Figura 6. Imágenes de la excavación del mausoleo tardorromano equipado con mesa de ofrendas (siglo iv) que amortiza la vía funeraria en este sector. En otros lugares, sin el hondo arraigo del concepto de lo urbano y sin la planificación que refleja la necrópolis oriental, las necrópolis se instalan en espacios periurbanos, muchas veces inicialmente como sepulturas aisladas que generan en su entorno pequeños grupos de tumbas menores. Un tema que ha llamado la atención tradicionalmente en Baelo es la escasez de viviendas, de espacios dedicados a lo doméstico, cuando por lo demás cumple a la perfección los rasgos de una ciudad romana en cuanto a organización urbana y monumentalidad. Esto nos remite a la doble naturaleza de la ciudad, la urbe como materialización de la civilitas y escenario de la vida pública, y el territorio productivo como caras de una misma moneda. La clave está sin duda, por tanto, en el territorio y en el espacio periurbano, donde, como ya señaló M. Ponsich (1988: 96 y ss.), estarían las cabañas donde habitarían los pescadores que irían itinerando de una orilla del Estrecho a otra en función de la temporada del atún. Cobra interés la consideración jurídica del litus, el espacio de tierra bañado por el mar, un espacio inestable entre este, que era dominio público, y la tierra que puede estar sujeta a propiedad, y cuya única excepción de ocupación fueron precisamente las cabañas de pescadores (Alemán 2013; Masi 2014). Así consta en el Digesto de Justiniano: In mare piscantibus liberum est casam in litore ponere, in quam se recipiant, "los pescadores tienen derecho a establecer su casa en la orilla del mar para guarecerse" (D 1.8.5.1. Además de la ubicación y la relación de la necrópolis con la ciudad y otros elementos periurbanos, es necesario tener en cuenta otros significados como por ejemplo su carácter simbólico. A pesar de la importancia para el conocimiento de la mentalidad romana de aspectos como la visibilidad o la percepción del espacio, estos han sido apenas abordados por la investigación dedicada al mundo funerario romano, con el añadido de que contamos con textos que, al contrario que para otras épocas, nos asisten en este tipo de estudios (Pearce 2011). Ello abre una línea de investigación apenas explorada que aportará una gran riqueza a nuestra visión de la religiosidad romana, al tener en cuenta el papel de los monumentos funerarios en el paisaje, su relación con otras actividades y espacios, así como su relación, visual o espacial, con elementos que les confieren prestigio (Mischka 2012). Estos aspectos resultan especialmente interesantes en el caso de las ciudades portuarias y las necrópolis costeras, al entrar en juego la visibilidad del camposanto desde el mar. En Baelo, tanto la necrópolis oriental como la occidental serían visibles, no sólo por los viandantes que se aproximaran a la ciudad por las rutas terrestres, sino también por las embarcaciones que se aproximaran a su puerto. Se trata, por tanto, de verdaderas necrópolis portuarias, según un patrón que parece repetirse en otras ciudades del Estrecho como Gades, Carteia o Tingi (Jiménez Vialás 2015). Además, la cercanía no sólo del mar sino de zonas pantanosas, "espacios intermedios" como marismas o lagunas litorales, tiene un carácter evocador de tránsito entre la vida y la muerte, que concuerda perfectamente con el simbolismo funerario del viaje (Ruiz-Gálvez 1995: 25), lo que enlaza a su vez con el Estrecho como confín del mundo conocido o camino al más allá, atributos de los que quedaría recuerdo aún en época romana (Blánquez et alii 2012). LA MATERIALIDAD DE LA MUERTE EN BAELO. ANÁLISIS DE LAS PRÁCTICAS FU-NERARIAS Denominamos prácticas funerarias a todos aquellos actos que se realizan en la necrópolis y que se caracterizan por la voluntariedad de su ejecución, generando por ello unas evidencias materiales óptimas para reconstruir las distintas actitudes humanas ante la muerte. Las prácticas funerarias son las responsables de dejar un registro arqueológico intencional, afectado solamente por procesos tafonómicos, en contraposición al que se puede localizar en otros yacimientos, donde este será involuntario, sometido a los cambios derivados de los procesos postdeposicionales. El carácter repetitivo de muchos de estos actos nos permite reconocer un conjunto de gestos y de ritos funerarios coherentes, al tiempo que nos ayudan a estudiar los cambios, la incorporación de nuevas creencias y su evolución. En paralelo, analizar esos cambios nos facilita observar el conservadurismo de algunas de las prácticas, su perduración a través de los años y apreciar su vínculo con determinadas identidades o grupos. Una de las primeras prácticas a analizar será el tratamiento de los restos del difunto. Para el periodo objeto de estudio y en el sector de la necrópolis que hemos excavado, hay que señalar la elección prácticamente exclusiva de la cremación como ritual de eliminación del cuerpo. En la necrópolis oriental las inhumaciones comienzan a aparecer a partir del s. iii d. C. (Fig. 7), y así se constata tanto en las excavaciones antiguas como en las desarrolladas actualmente (Prados 2015b: 109). El protagonismo del personaje enterrado se ponía de manifiesto a través de los objetos depositados en el interior de la cámara (ajuar), y su rol social se 4.1. Dentro de la tumba Las cremaciones que se han excavado son depósitos secundarios, ya que todas están ubicadas en un lugar diferente al ustrinum. En cualquier caso, las cremaciones aparecen guardadas en urnas de piedra de diferente tipología, en vasos de cerámica y, en algún caso, directamente sobre el suelo dentro de fosas previamente habilitadas para ello, a veces con algunas lajas de piedra colocadas como base. La escasez de huesos en los depósitos es indicativa, además, de un proceso de selección desarrollado directamente sobre la pira, por lo que la presencia del difunto en la tumba fue claramente simbólica, propia de una sinécdoque ritual (Tarlow 2013). Esta recogida de hueso, por lo que hemos ido viendo, es una pequeña parte del total si se compara con la masa teórica experimental expuesta en diversos estudios de referencia (Herrmann 1976; MacKinley 1993). Ninguno de los elementos contenedores tiene trazas de rubefacción, por lo que no estuvieron presentes directamente durante la combustión. Sí lo estuvieron otros objetos personales, como veremos a continuación. Estos datos nos hacen plantearnos la existencia podía reflejar en los elementos que se colocaron fuera (ofrendas y otros indicios del ritual) y que provenían de unas celebraciones colectivas que, como se ha dicho, suponían la auto-afirmación de un determinado grupo. En esta misma línea habría que observar el monumento funerario, donde además se podrían medir otras cuestiones vinculadas con el estatus o la riqueza. Proceso de excavación del conjunto funerario 6B. Se trata de una inhumación infantil en ánfora salazonera tipo "Puerto Real 2" (siglo iii). Se observan las distintas partes que lo componen, restos de la cubierta, enterramiento, espacio para ofrendas, depósito para las cenizas y área de banquete ritual. En las tumbas más sencillas y que se corresponden con la fase más antigua (que fechamos hasta mediados del s. i) las urnas de piedra guardan los huesos más grandes, así como los fragmentos del cráneo y las mandíbulas. Los huesos más afectados por la combustión aparecen a veces localizados en el mismo sedimento que cubre las urnas. En todos los casos dentro de los contendedores aparecen tanto huesos como cenizas y carbones, algo diferente a lo que se observa en las cremaciones del vecino oppidum de la Silla del Papa, más próximas a los rituales protohistóricos y donde las urnas únicamente albergan huesos. Dentro de las urnas se documentan algunos objetos que acompañaron al cadáver en el momento de la cremación (depósito primario) y otros que fueron incluidos después junto a los huesos (depósito secundario). Se trata de un dato interesante pues esos elementos seguramente eran empleados por el difunto en vida y no fueron necesariamente colocados después, como los otros que se recogen en buen estado sin traza alguna de termoalteración. Los objetos del depósito primario suelen ser estrictamente personales. Son des-de un espacio de cremación colectivo, aún por localizar, sobre todo porque en todas las excavaciones realizadas hasta la fecha en esta necrópolis no se ha documentado con total seguridad un ustrinum como tal. Incluso dudamos sobre que la cámara que contiene cenizas en los característicos recintos dobles de Baelo lo sea, aunque tantas veces se haya repetido esta identificación (Remesal 1979; Jiménez 2008; Prados et alii 2014). Estas cámaras, que aparecen al norte o al sur pero siempre en la parte más alejada de la vía sepulcral, no presentan trazas de combustión. Sí es cierto que contienen cenizas, como es el caso de la llamada "tumba de las guirnaldas" excavada por Bonsor y recuperada en 2010, si bien las paredes no presentan resto alguno de la combustión. La excavación de un sepulcro complejo en 2014 (CF6) compuesto de diversas áreas (Fig. 8), entre las que destaca una zona abierta para la celebración de un banquete fúnebre y un espacio cuadrangular excavado en el suelo, delimitado por una pequeña capa de tierra amarilla y relleno únicamente de cenizas (Fig. 9, imagen 7), nos hace plantear si estos espacios de los recintos dobles pudieron funcionar como depósito de cenizas tacables las cajas de sellos o porta-amuletos, como una de bronce localizada en 2012, que pudo albergar cabello del difunto, cera, o alguna sustancia aromática impregnando un tejido, y de la que conocemos paralelos en necrópolis de ambientes púnicos como las de Ibiza (Alfaro 2007: 41). También son frecuentes los collares con cuentas de pasta vítrea, de distintos tipos y colores, y de un acentuado gusto punicizante, y algún otro objeto de adorno personal como colgantes o pendientes de oro, como el exhumado en 2014. De los objetos que se depositaron después, dentro de las urnas, destacan por ejemplo los objetos de tocador (pinzas, agujas, acus crinalis de hueso o espejos de bronce) y de adorno personal como pulseras o fíbulas. Algunos de los objetos se podrían atribuir a un determinado género, a pesar de los problemas que ello plantea debido a la dificultad de cotejarlos con los restos biológicos cremados. Sí consideramos llamativo que los elementos del ajuar a los que se les puede atribuir un perfil femenino están mayoritariamente incluidos dentro de urnas de piedra, como si se reservase este contenedor para cremaciones femeninas. Como los aspectos relacionados con las identidades, la cuestión del género tiene un enorme interés en esta necrópolis y está por desarrollar. Como la etnicidad, no sólo se expresa en un tipo de tumba o en un epitafio, sino también en los objetos de uso cotidiano y en los que se relacionan con el vestido (Carroll 2013: 573), es por ello que su detallado estudio, en paralelo al futuro análisis de los restos óseos, habrá de ser clave para ampliar información. En lo que concierne al material cerámico, existe para las deposiciones del s. I un ajuar tipo. Aunque es complicado reducir la descripción por razón de espacio, hay que aludir a la especial variabilidad que se observa. El dato quizás más relevante es la discriminación del uso de terra sigillata en el interior del sepulcro (que en cambio aparecerá con cierta profusión al exterior, formando parte de rituales postdeposicionales). Para época Julio-Claudia e inicios de la dinastía Flavia el esquema de ajuar más frecuente lo compone la caja de piedra o la urna cerámica como contenedor de cenizas. Normalmente son formas globulares sin asas o jarras monoansadas que podían contener en su interior, además, un vaso de paredes finas o vidrio. Los contenedores cerámicos aparecen cubiertos por un cuenco de cerámica común, y pueden estar acompañados por ungüentarios de cerámica o vidrio, además de diversos objetos metálicos como clavos y otros vasos cerámicos a modo de ofrenda. Se ha documentado la deposición de lucernas pero con una peculiar disposición: en el sepulcro complejo (C-6) excavado en 2014, con los huesos recogidos en una pequeña fosa, una lucerna apareció boca abajo directamente sobre ellos (fig. 9). En el sepulcro circular (C-5) de la misma campaña otra lucerna boca abajo cubre los huesos; otras veces las lucernas se ubican fuera de la tumba, sin contacto con los huesos, y en su posición normal, como si se tratase de una ofrenda posterior. La posición de la lucerna evidencia un gesto funerario y debemos encontrar una respuesta. En contextos galorromanos la ubicación de la lucerna junto a los huesos o quemada con ellos es un rasgo arcaizante; parece que allí desde época de Augusto se generaliza el uso de las lucernas en los ajuares pero siempre como depósitos secundarios correspondientes a las ofrendas (Bel et alii 2009: 139). También en contextos africanos se vinculan con individuos infantiles y según la postura de la lucerna, el gesto podría tener dos lecturas: la oposición a las tinieblas de la muerte, si está en su posición original, lista para iluminar al difunto en el más allá, o más bien lo contrario, sin función alguna y sólo para simbolizar el carácter irremediable de la muerte (De Larminat 2012: 309) si está boca abajo y por tanto inutilizada. En otras necrópolis también se han conseguido aislar los materiales cerámicos que acompañaron al difunto en la pira funeraria, como en Porta Nocera (Pompeya), donde aparecen piezas que contuvieron perfumes o alimento (Tuffreau-Libre 2013: 171). Estas piezas que, como en Baelo, se colocaron después dentro de los sepulcros, muestran signos evidentes de alteración térmica, y muchos de ellos presentan impactos propios de fracturas voluntarias, indicio de un evidente gesto de amortización ritual (Tuffreau-Libre 2013: 173) que también observamos en nuestro caso de análisis. De los elementos que encontramos junto a la tumba, pero en el exterior, como parte del depósito secundario, destacan en primer lugar las monedas. El conjunto de monedas recogido en contexto arqueológico es muy significativo, aunque no es demasiado abundante. Las piezas aparecen siempre fuera del contenedor a excepción de un denario de Tiberio hallado dentro de una caja de piedra (Remesal 1979: 31, tumba XX). Además, aparece una única moneda por conjunto funerario y no por sepulcro, es decir, por grupo o familia y no por individuo, como cabría esperar. Esta es la razón que esgrimimos para plantear que no se trata de óbolos para el pago ritual al barquero Caronte, tan clásico de la tradición grecorromana. La ubicación de estas monedas tendría un valor de protección o profilaxis, en una línea similar a la que ha sido señalada para algunas tumbas de la necrópolis de Cádiz y que se vincula con la perduración de la religión púnica (Arévalo 2010: 517). Tampoco parece casualidad que haya una especial predilección por el uso de monedas antiguas, casi reliquias, como amuletos, y que éstas presenten con frecuencia en sus tipos una iconografía vinculada con el dios Melkart. Son monedas procedentes de cecas diversas y que podrían reflejar un culto específico dentro de este ambiente funerario ligado a una divinidad masculina de tradición púnica. Un ejemplo es el uso de una moneda acuñada en Carmo a finales del s. ii a. C. que presenta una cabeza de Melkart a la izquierda en el anverso. La inhumación infantil en ánfora (tipo Puerto Real 2) excavada en 2014 (fig. 7), fechada en un claro contexto del s. iii d. C., presentaba sobre el pecho, y no en la boca, un as de Claudio acuñado en Roma hacia el año 41. ¿Estaban aún en curso estas monedas? Si únicamente hemos documentado una moneda por conjunto funerario, en cambio, aparece un clavo de bronce retorcido junto a cada una de las deposiciones. La aparición de estos clavos se asocia a enterramientos de cremación como los aquí expuestos y a inhumaciones infantiles (Vaquerizo 2011: 219), relacionado pues con un rito específico para las muertes prematuras. No cabe otra función para ellos, debido a su posición muestra de un claro ejercicio intencionado. Se han localizado igualmente varias llaves, que como las monedas, aparecen emplazadas fuera de las deposiciones. El uso de llaves entre los objetos que se colocan fuera de la deposición puede ser leído desde distintos puntos de vista: se puede tratar de las llaves que abren las puertas del más allá o de las de la casa que habitarán los difuntos en su vida de ultratumba. Las lecturas son múltiples, si bien el amplio volumen de información que se maneja permite profundizar en las mentalidades, y facilita la reconstrucción de las manifestaciones religiosas y el reconocimiento de las supersticiones. En cuanto al ritual, concretamente la ceremonia que se desarrolló durante el entierro, hay un aspecto importante que es preciso subrayar: no se encuentra terra sigillata, la clásica vajilla de mesa de la época, dentro de las deposiciones, quedando este espacio reservado para el vidrio y los vasos de paredes finas o la llamada "cáscara de huevo" (Remesal 1979: 45). Por el contrario sí es frecuente localizar fragmentos de sigillata dispersos sobre los niveles que cubren los enterramientos. 24/25) usadas para beber y libar líquidos sobre los sepulcros, que una vez usados eran amortizadas, seguramente lanzadas y rotas contra las estelas. A la hora de interpretar son tan importantes los objetos que están en relación directa con el objeto biológico, tanto dentro como fuera del sepulcro, como las prácticas funerarias que se documentan "sobre la tumba" es decir, por encima del nivel de "uso funerario", en lo que hemos llamado "nivel de circulación" (Prados et alii 2014) entendido este como de uso y frecuentación esporádica por parte de los vivos (Fig. 10). En este sentido uno de los grandes hallazgos que hemos realizado ha sido la localización de la vía funeraria principal que, saliendo de la puerta oriental de la ciudad, vertebra la necrópolis y proporciona una información de enorme relevancia sobre cómo se organizó el paisaje funerario. También lo son, en de ser fundamental para tratar de atribuir una funcionalidad, más allá que lo que nos sugiera su soporte pétreo o su apariencia (Fig. 11). Se trata de estelas que marcan en la vertical la ubicación de sepulcros (Fig. 12) y que distan de estos entre 30 cm y 1 m. Como cualquier monumento, son la plasmación física, por encima del sepulcro y en la misma escala que los vivos, del difunto enterrado. Pero también delimitan un sepulcro colectivo, por lo que no siempre han de leerse en el plano individual. A veces son de calcarenita, en forma de columna con una pequeña base, otras veces son cilíndricos y otras simplemente se trata de cantos rodados, con una de las caras planas que es sobre la que se apoya. La propia evolución de la necrópolis a lo largo del s. I conlleva que estas estelas vayan variando tanto su tamaño como su forma, apareciendo tipos complejos rematados en forma de frontón y acroteras. Con la necesidad de señalar nominalmente las sepulturas que conlleva la incorporación de la epigrafía sobre soporte pétreo en la necrópolis, hecho que fechamos en la segunda mitad del s. i, los tipos se multiplican y surgen otros señalizadores de tumbas como las arae funerarias o los podios. En las estelas y en los espacios circundantes encontramos el registro de la celebración de diferentes ritos vinculados con la comensalidad. Sobre las estelas se rompen vasos cerámicos de paredes finas o de terra sigillata que habían sido empleados en banquetes funerarios o en ceremonias de libación. En torno a las estelas hemos recogido los fragmentos dispersos en un diámetro de entre 2 y 3 m de formas destinadas a la ingesta de líquidos que, seguramente, fueron amortizadas tras un único uso. Todos ellos muestran signos evidentes de destrucción voluntaria y fuertes impactos. una escala menor, los niveles de circulación que se localizan en torno a las sepulturas, a veces de una entidad que permite denominarlos como diverticula, siguiendo la nomenclatura clásica, y otras veces solamente pequeñas áreas, a veces incluso pavimentadas con cantos rodados, en las que se detectan numerosos elementos propios del ritual particular y colectivo. Sobre la tumba será evidentemente el monumento funerario el elemento más significativo. Además de señalizadores de sepulcros, los monumentos son la plasmación de las experiencias colectivas, de la memoria acumulada y un reducto en el que se intentaron asegurar las perspectivas futuras a través de una arquitectura imperecedera. En algún caso baelonense se trata de superestructuras monumentales, que acentuaban el protagonismo y la preeminencia del grupo gentilicio, que entroncaba genealógicamente a través del memorial externo con un personaje significativo de la familia, algo que se vislumbra en la necrópolis de monumentos circulares de la Silla del Papa (Moret y Prados 2014). Como es lógico, los monumentos más prestigiosos ocuparían un lugar preeminente del espacio periurbano, como una evidente manifestación de ostentación. Dado que se conoce bien la tipología de monumentos funerarios de la necrópolis de Baelo (Paris et alii 1926; Remesal 1979; Prados 2015a) no nos detendremos en describir los tipos. Por el contrario, sí observaremos uno de los elementos más sencillos y a la vez más interesantes de la necrópolis: las estelas funerarias, a veces equiparadas a los célebres muñecos o genios funerarios tan característicos de esta necrópolis (Remesal 1979; Vaquerizo 2008; Jiménez 2007; Prados et alii 2014; Prados 2015b entre otros) y que no trataremos en esta ocasión aquí, o con "betilos" por su carácter anicónico (Seco 2010). Una vez más, su contexto ha Sobre la libación, hay que señalar que no se ha documentado ningún tipo de hueco habilitado para las profusiones, como tampoco existen estructuras para la celebración de banquetes que, como sucede en Tarraco (Ciurana 2011: 343) serían parcos y sobrios. Ya se ha apuntado que en la campaña de 2014 pudimos excavar los restos de un banquete ritual celebrado delante de un sepulcro evidenciando, entre otros elementos, el consumo de túnidos (Fig. 4). Junto a los vasos y platos de TSG rotos aparecieron numerosos elementos orgánicos de los que las vértebras y las aletas dorsales de los túnidos eran las más características. Si acaso, en los monumentos emplazados junto a la playa, que fechamos en el s. ii d. C., alguna de las estructuras externas puede interpretarse como parte de triclinios o mensae. Se trata de tumbas más complejas y que apuntan a un rito distinto, más cercano a las costumbres itálicas, que conlleva la acogida de eventuales visitantes. Para los sepulcros de la primera fase, pues, no se constatan elementos arquitectónicos erigidos ex profeso para celebraciones o ritos colectivos. Como otros elementos de profilaxis, cabe destacar la aparición de conchas colocadas en las cabeceras de algunas tumbas. La simbología de las conchas se relaciona con el renacimiento y la eternidad, en clara relación con el mundo de la muerte y el más allá. Aunque se ha relacionado con los cultos a Mitra y con el cristianismo en fases posteriores, nos parece de nuevo un elemento religioso que se suele asociar al ritual funerario fenicio-púnico y que tiene paralelos en las necrópolis de Cádiz (Niveau de Villedary 2004; Mesa y Niveau de Villedary 2014: 80). En el caso púnico, además, estos elementos aparecen vinculados a tumbas infantiles, como en el ejemplo ibicenco del Puig des Molins (Gómez Bellard y Gómez Bellard 1989: 224). Igualmente hemos localizado un útil de sílex negro junto a una de las estelas. Se trata de un acto llamativo porque es un objeto claramente exógeno que fue colocado voluntariamente sobre la tumba. El hecho de tratarse de un ejemplar único quizás le reste importancia, pero lo hemos querido citar porque este tipo de ofrenda se repite, de nuevo, en otras necrópolis costeras púnicas como las de Cádiz (Niveau de Villedary 2009: 171) o en la necrópolis romana excavada junto a la colonia fenicia de Toscanos (Arteaga 1988: 137). De los elementos que se colocan sobre el sepulcro hemos de volver a mencionar los clavos, que adquieren gran protagonismo. Los ejemplares de Baelo aparecen hincados junto a las estelas y generalmente retorcidos. A pesar de que se han buscado diversas explicaciones para la aparición de clavos, generalmente relacionadas con cajas funerarias o con las estructuras y armazones de madera de las piras (Bel et alii 2009: 117) la explicación de la funcionalidad de los clavos de Baelo ha de ser similar a la vista en el párrafo anterior para otros elementos profilácticos. Cabe indicar sobre los clavos que detectamos una cierta evolución que arranca con el uso de algunos modelos de bronce, bastante estilizados en las primeras cremaciones, que se van sustituyendo por otros mucho más gruesos y de hierro en las más recientes. En 2014 excavamos dos pequeñas estelas funerarias que iban acompañadas de sendos clavos (Fig. 13). Estos habían sido colocados, cuidadosamente, en paralelo al suelo y con la cabeza tocando el cuerpo de la estela. Su pertenencia a la estructura funeraria queda descartada, ya que fueron colocados sobre el enlucido de la estela. Es decir, fueron depositados directamente sobre la estela, una vez que esta había sido terminada. Lo que ya no podemos saber es si lo fueron en el momento del enterramiento o algo después, en una visita posterior a la tumba. Queremos destacar lo frágil y efímero de este registro, dado que por encima de ese depósito tan sólo quedaba el nivel de abandono de la necrópolis. Quedó sellado, por tanto, ese ritual, que sin duda debió de estar presente en otras sepulturas de la necrópolis pero que dada esa aludida fragilidad no ha llegado hasta nosotros. De este modo podríamos explicar la abundancia de clavos descontextualizados en los niveles de circulación de la necrópolis. En cuanto a su definición, se trataba de un curioso ritual claramente postdeposicional, que puede tener diversas lecturas. Nuestra propuesta -abierta-es que fueron colocados en una visita posterior al sepulcro puede que con la intención de fijar el alma de esos difuntos a la tierra, quien sabe si para detener pesadillas nocturnas o algún tipo de sentimiento de culpa por... ¿una muerte prematura? Toda necrópolis, como toda ciudad, participa de rasgos universales y propios. No podemos por ello generalizar las lecturas ni buscar paralelos alejados tan solo por similitudes formales, pues los códigos cambian y difícilmente pueden ser los mismos. Por ello hay que ser riguroso en las descripciones, en la toma de datos y en la documentación, tratando de generar un registro que pueda ser de nuevo interpretado por investigadores, a la luz de otros datos o de nuevas líneas de análisis histórico (Fig. 14). Hemos de asumir la subjetividad propia de nuestra interpretación, así como que muchas de nuestras lecturas estarán envueltas en las estrategias de dominación social del presente. El análisis contextual implica un análisis social tanto como la relación entre el arqueólogo y su objeto de estudio, y más aún cuando se trata de un registro cargado de intencionalidad como es el funerario. Ya hemos apuntado que para determinados autores la conexión entre la identidad social y los elementos materiales habrá de ser necesariamente teórica ya que se trata de una percepción contemporánea. Aunque de las evidencias materiales se puedan inferir identidades diversas (género, edad o etnia, por ejemplo), esa inferencia estará sujeta a la propuesta del investigador. Un buen número de elementos que se constatan en la necrópolis de Baelo no sobrevienen con la fundación de la ciudad hispanorromana ni mucho menos, algunos ya están instalados en la zona previamente, como se refleja en la necrópolis de la Silla del Papa (en lo que concierne, por ejemplo, al rito de cremación, a la existencia de monumentos funerarios de planta circular, al fenómeno del betilismo o a la presencia de piezas cerámicas triangulares en contacto con las deposiciones funerarias). Incluso la característica talla de figuras antropomorfas sobre la calcarenita local con rasgos negroides o gestos grotescos ya se documenta en la vecina necrópolis fenicio-púnica de la Isla de las Palomas de Tarifa (Prados et alii 2011). Determinadas evidencias, que parecen generalizadas en el estado actual del conocimiento, sí son concluyentes y nos ayudan a caracterizar mejor las actitudes ante la muerte de los antiguos baelonenses: el uso exclusivo de la cremación hasta el s. iii d. C., el hecho de que la vajilla empleada para el difunto sea exclusivamente para contener líquidos (generalmente jarras monoansadas de bocas estrechas y formas cerradas para beber, frecuentemente cerámica de pa- redes finas de los tipos más sencillos y arcaicos). En cambio encontramos fuera de la tumba terra sigillata gálica, y desde mediados del s. I, hispánica, que crece porcentualmente, en formas abiertas, óptimas para el consumo de sólidos (pero por parte de los vivos en el marco de las distintas ceremonias postdeposicionales); luego existe un universo de detalles, de pequeños objetos que aparecen como parte del ajuar pero a los que es imposible atribuir valores generales, al pertenecer al ámbito más íntimo del difunto y de su familia. La dimensión social sí se manifiesta en la elección del tipo de tumba, alguna ciertamente monumental, y en aspectos tales como la celebración del banquete, el primer reflejo de un acto comunitario localizado y que refleja un comportamiento por parte de la elite y un interés en manifestar la "memoria pública" que proclama el prestigio del difunto y de su grupo a través del consumo de productos distinguidos (atún) y de la destrucción de vajillas finas. Se tratará, en definitiva, de la necrópolis de una ciudad levantada ex novo pero que consta de una élite local que quiso aparentar ser romana, pero que en la intimidad familiar reflejó también otros procesos, otras esperanzas y otras necesidades. Esta comunidad local, al habitar una ciudad de frontera, abierta y portuaria, verá instalarse de forma paulatina nuevas gentes que irrumpirán con fuerza en la vida cotidiana y en la necrópolis, generando un horizonte "mestizo" en el que se fusionará el sustrato bástulo-púnico con la voluntad de alcanzar una vida "a la romana". Nuevas actitudes ante la muerte, nuevos ritos y una mayor variedad de monumentos (como las cupae) llegarán desde mediados del s. i (fig. 2). Junto al nuevo estatuto municipal otorgado por Claudio, las reformas y construcciones que se detectan en otros espacios de la ciudad como la basílica o el foro (Sillières 1997) afectarán también a la necrópolis (Prados et alii 2014; Prados 2015b). La construcción de la vía sepulcral (cubriendo enterramientos de las primeras fases) que la arqueología nos ha permitido fechar con firmeza en ese momento, será el nuevo eje vertebrador de la necrópolis y marcará la organización, tamaño y orientación de los nuevos sepulcros. La vía y la nueva organización "urbana" de la ciudad de los muertos (véase de nuevo la fig. 1) será también la plasmación definitiva de la consecución del anhelo de los baelonenses de presentarse como nuevos romanos, en un espacio funerario tipificado y públicamente reconocible. Eso sí: tan solo el contexto arqueológico nos permitirá tratar de reconocer las identidades y profundizar en los sentimientos más íntimos, conservadores o no, de cada una de las familias que emplearon ininterrumpidamente esta isola sacra como cementerio durante más de tres siglos.
5 mapas y un índice analítico de términos. El presente libro es el resultado editorial de la adaptación de la tesis doctoral del Dr. Jesús Bermejo, defendida en el departamento de Arqueología de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2011. La obra publicada se centra en los espacios domésticos romanos de la Meseta nordeste durante la época imperial, acotando así, el periodo de estudio respecto el trabajo de investigación. El estudio de Bermejo es un magnífico ejemplo sobre el empleo conjunto de diversas herramientas arqueológicas, el uso de las mejores metodologías analíticas que ofrece la historia antigua y la perspectiva etnológica de la sociedad que se investiga. Tres disciplinas que desgraciadamente no se coordinan lo suficiente. Los resultados son más sugestivos y profundos, como es evidente, que cuando se trabajan estas materias por separado. Así se llega a obras como "Arqueología de los espacios domésticos romanos", que permiten reflexionar y analizar sobre ámbitos de la vida de los romanos que se quedan muchas veces sin explorar. Un trabajo que aborda la problemática de los restos domésticos del Alto Duero en época imperial desde el estudio sistemático de su cultura material, una perspectiva metódica que permite analizar las diversas actividades domésticas desarrolladas por las domus y villae del territorio y algunas de sus prácticas sociales. Hasta esta investigación, para este tipo de análisis arqueológico en época romana solo se contaba con la obra de la Dra. Allisson sobre los espacios domésticos de Pompeya (2004); un claro referente de este trabajo, así como el trabajo previo del mismo Dr. Bermejo (2007Bermejo ( -2008)). El libro está dividido en tres grandes bloques diferenciados. En la primera parte se establece y se delimita el objeto de estudio, se contextualiza el trabajo y se describen su metodología y sus objetivos. El segundo gran bloque hace un repaso general de la arquitectura doméstica imperial de la Meseta nordeste, tratando los aspectos sociales, económicos y materiales que intervienen en su formación. Finalmente, el tercer bloque analiza dos casos de estudio y reconstruye la posible vida doméstica de los restos arqueológicos. El libro incluye un CD con las bases de datos de estos dos ejemplos domésticos. Después del marco cronológico y geográfico de la obra, el libro ofrece un breve repaso sobre el estudio de las unidades domésticas en las ciencias sociales, algunas de sus escuelas y la evolución de esta especialidad, dando pistas de las cuestiones esenciales que abordará el trabajo. A partir del estudio material de los restos domésticos, el trabajo de investigación del Dr. Bermejo quiere contestar a preguntas vitales para comprender la inmensidad del ámbito privado, como son la relación entre el individuo y la sociedad, la familia y el estado, entre la producción y el consumo, la macroeconomía y la microeconomía, entre otras. El gráfico representado en la pág. 42, muestra claramente algunos de los temas sociales que se pueden analizar en las uni-dades domésticas pre-industriales y que son el objeto de la obra. En el siguiente capítulo el autor proporciona un repaso al marco teórico del registro arqueológico, se exponen sus procesos de formación en el ámbito doméstico y la descripción de los principios básicos de la "Household Archaeology". El resultado es la creación de un notable manual sobre la metodología de esta rama arqueológica y su aplicación en época romana. Una vez terminado este bloque de contextualización de la obra, se abordan los aspectos sociales, económicos y materiales de los espacios domésticos del área de estudio. En el primer punto de este apartado se procede a la descripción de todos los elementos que intervienen en la formación de una casa romana, desde su marco jurídico hasta su decoración final, pasando por su diseño y todas las facetas de su arquitectura y técnica. Aunque este capítulo es designado como la arquitectura doméstica de época imperial en la Meseta nordeste, vuelve a funcionar como un manual, en este caso de la construcción de una unidad doméstica acomodada en época imperial. A través de los diferentes ejemplos que ha proporcionado la arqueología del alto Duero y algunas de sus características se abordan todos los aspectos que intervienen en el proceso constructivo y arquitectónico, así como los diferentes materiales y técnicas utilizadas. En el siguiente capítulo, "El instrumentum domesticum", encontramos una de las partes centrales del trabajo, donde se analiza la cultura material recuperada de las unidades domésticas de la Meseta nordeste. Pocas veces los libros de arquitectura doméstica, sobre todo las monografías dedicadas a amplias zonas de estudio, se adentran en un estudio profundo de los restos materiales hallados en el interior de las casas. Aparte de su información cronológica, se reflejan aquellos materiales que destacan por sus características decorativas, por su singularidad o por sus condiciones de conservación, pero no se consideran las consecuencias productivas, sociales y económicas de dichos artefactos. Este capítulo pretende suplir esta carencia en el estudio de las domus y villae romanas. El análisis de todos los artefactos relacionados con las diversas actividades que se desarrollaban en la unidad doméstica permite al autor profundizar en todas las dimensiones de una casa romana. Las conclusiones de este capítulo conjuntamente con toda la información arquitectónica del capítulo anterior, permiten acceder a la realización del principal objetivo de este estudio: descifrar parte de las actividades económicas y prácticas sociales que se realizaban en las casas romanas del alto Duero durante el período imperial. Las conclusiones se exponen en el capítulo consecutivo, donde se describen las actividades registradas de producción y de consumo, en definitiva todas aquellas actividades con connotaciones sociales, ideológicas y económicas de la vida cotidiana de la región. Este bloque central del libro pone de manifiesto todo el background arqueológico y antropológico de la obra y nos recuerda el propósito final de un estudio sobre los espacios domésticos del pasado. Finalmente la última parte del libro nos desglosa dos casos de estudio, uno de contexto urbano y una villa. Tanto la "Casa del Acueducto" de la ciudad romana de Tiermes (Soria), como la villa de "La Dehesa" (las Cuevas de Soria) son dos yacimientos paradigmáticos del patrimonio arqueológico de la provincia de Soria. Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 293-304 ISSN: 0066 6742 recuperados entre sus paredes y las formas productivas y económicas que surgen de cada uno de ellos, ayudando a comprender la individualidad de producción de cada unidad doméstica. Todo el trabajo realizado en los apartados anteriores concluye con unas reflexiones altamente reveladoras, que no solo obligan a replantearse los conceptos aprendidos sobre economía y microeconomía de las diferentes regiones del imperio romano, sino en cómo generalizamos procesos históricos diversos y complejos. Como bien nos introduce el autor: "este libro se puede definir como una historia del nordeste de la Meseta castellana en época romana a través del registro arqueológico de los espacios domésticos". El Dr. Bermejo, a partir de la profundización de dos ejemplos domésticos de estudio, nos introduce en toda la complejidad social y económica de la unidad doméstica acomodada de la Meseta romana, es de esperar que más casos de estudio permitan ser más conocedores de toda la trama social que se desarrolla en el ámbito doméstico. Pero sin lugar a dudas, la gran aportación de esta obra a la arqueología peninsular es la aproximación a los espacios domésticos romanos desde la perspectiva antropológica de este espacio ("Household Archaeology") con una metodología analítica historiográfica innovadora, en un contexto donde priman los estudios arqueológicos de arquitectura y arte. El autor en este trabajo pone de manifiesto su parte formativa en la tradición americana y parte del mundo anglosajón europeo arqueológico. Por tanto, este trabajo nos permite aprender y enriquecer el conocimiento sobre nuestro pasado cotidiano romano y cómo mejorar y obtener otros puntos de vista sobre el objeto de estudio. Ante el miedo de encontrarme con otro ejemplar de un ensayo de agrupación de todas las tipologías existentes entorno a ciertas clases cerámicas, de los que en España tenemos numerosos ejemplos, me enfrento a una lectura que promete ser tediosa a la vez que aburrida para este caluroso verano de 2015, impensable para nadie razonable que intente luchar contra la siesta con temperaturas que superan los desagradables 40 grados a la sombra en la ciudad de la Alhambra. Justo 400 páginas, que superan con creces las dimensiones de la mayor parte de los citados (y otros sin citar); pero sólo al cogerlo entre las manos y abrirlo empiezan a notarse algunas diferencias... es agradable a la vista, maquetación suave, sin estridencias y tapa ligera, todo ello lo convierte en un volumen de formato manipulable en contextos de trabajo de laboratorio: objetivo cumplido. Incorpora al final unas fotografías a color... por fin alguien se da cuenta de la importancia del aspecto visual después de seis décadas clasificando cerámica por las pastas... La portada llama la atención, un interesante juego de encastre a modo de puzzle entre dos platos de pescado bien distintos y cuyas fracturas parecen coincidir. Juego de intelecto sutil, pues no han intentado unirlo, manteniendo las diferencias... los editores son conocedores del alcance del trabajo, saben que rellenan un hueco, pero que sólo lo hacen de forma parcial... el tema sigue abierto. Lógicamente, pero no todos lo tenemos claro cuando publicamos algo. Al abrirlo una primera ojeada nos deja pasear por casi 1.200 años de Historia de la cerámica. A ver qué nos depara. Son todas las que están, pero no están todas las que son. Siempre habrá más, nunca es suficiente. No se equivoque el lector, sólo hablamos de imitaciones... ¿por qué? En la presentación los editores dejan claros los objetivos, hay que poner orden en las estanterías de las imitaciones donde las baldas han caído y todo se mezcla. Y ello porque a pesar de haberse trabajado mucho sobre estas producciones apenas hemos sido capaces de saber qué representan, ni técnica ni simbólicamente. Sin embargo se pretende en esta obra incorporar tres esferas interpretativas: económica, social y cultural. Todo ello dentro del campo de la comensalidad, a la que incorporan algunas de las presunciones que se albergan en el postcolonialis-mo... se habla de hibridación, de identidad, de etnicidad... esto promete. Encima algunos guiños a la Escuela de los Annales (la longue durée de Braudel). El libro no parece apto para ceramólogos a la clásica. Para el primer capítulo, con ambición introductoria de carácter conceptual contamos con uno de los mejores ceramólogos anforistas romanos: Darío Bernal quien derrama su vasto conocimiento sobre esta categoría cerámica, pero, precisamente por ello, quizás sea uno de los puntos flojos de su sección. El libro no se centra precisamente en las ánforas, sino en la vajilla de mesa, lo que hace que muchos de los ejemplos aportados para ilustrar el discurso estén fuera de lugar, especialmente cuando habla específicamente de producciones no anfóricas tras haber agotado el tema en el epígrafe anterior. Las ánforas, sin duda, no se portan igual que las cerámicas de mesa, ni social, ni cultural ni económicamente, y ni tan siquiera arqueográficamente. Por otra parte, entre párrafo y párrafo pierde la opción de introducir al lector, de forma gradual, en el valor de la hibridación (inspirándose tal vez en Latour), sin que llegue a entrar en los problemas del término más reciente, a la vez que preciso, de entanglement. Pueden además observarse algunos desórdenes terminológicos como epistemología y heurística. Estos deslices no anulan en absoluto un texto de gran valor historiográfico, pues en él el autor nos regala una vez más un trabajo fino, elegante y bien escrito, con una cantidad de información exorbitada, propia de su abundante bagaje arqueológico. Curioso el encargo de Sáez Romero, con la frescura de la juventud y a pesar de ello con años de experiencia; no obstante esa juventud le gasta malas pasadas, como mezclas terminológicas utilizando expresiones de la sabia pero poco práctica (nada internacionalista) propuesta de Bádenas y Olmos a la par de expresiones anglo-grecas. Interesante resultan algunas ideas que el autor desperdiga pero no desarrolla pues no es el lugar (helenización y mercantilización). Frente a ello desarrolla una RECENSIONES historia de la investigación limpia, breve como necesariamente requiere este tipo de trabajos, pero con los hitos adecuados correctamente elegidos. Sin embargo, cuando vamos a entrar de lleno en el tema nos volvemos a tropezar con los paralelos anfóricos, donde este autor tiene igualmente un merecido reconocimiento que hace que a veces se pierda en la bruma de una larga discusión. Por otra parte hubiese sido interesante ponerse en el lugar del lector y establecer una mejor correlación entras las figuras y el texto; es el caso de los continuas referencias a las tipologías de Camposoto (como en el capítulo siguiente). Entre este amasijo de interesantes datos encontramos algunas interpretaciones algo forzadas, como en la relación existente entre estas producciones y las de origen ático. En el siguiente capítulo se observan las tendencias del anterior, es lo que tiene ser el mismo autor. Esta vez, sobre las cerámicas grises, sí se atreve con la cuantificación, especialmente con los materiales procedentes del taller de Villa Maruja, pero no llega muy lejos. Quizás la utilización de dichos porcentajes en el capítulo final relacionándolos con los tres contextos funcionales analizados podría dar un mejor juego interpretativo. Me gusta particularmente el ensayo de establecer una diferencia entre los contextos de consumo y los contextos de producción en el análisis general de la clase cerámica, ya que muchos autores no somos capaces de captar esa sutil diferencia que ayuda notablemente cuando se trabaja en los centros de consumo más o menos alejados de los centros productores, buscando a veces inútilmente paralelos funcionales. Magnífico el apartado relacionado con las conclusiones relacionadas con las implicaciones económicas, sociales y culturales. El texto de las producciones tipo Kuass lo firma Ana Niveau de Villedary... Uno de los mejores capítulos desde mi punto de vista. Organizado, directo, sin circunloquios, con notas a pie de página realmente buenas criticando la independencia de los alfares gadiritas respecto al mundo cartaginés. Muy interesante e incisivo el necesario capítulo conceptual sobre copia, imitación o versión, y que podría haber sustituido sin problema el capítulo introductorio del volumen ya que presenta una bibliografía más actualizada del problema. El texto es fácil de leer, lo que se agradece contra el tedio de la ceramología. Deja al lector un buen gusto de boca por una introducción suave, clara y concisa del tema. Acierta en la formulación de las preguntas que gotean en el texto y de forma lineal se engarzan con el eje objeto de la publicación. A pesar de que la autora realiza una propuesta funcional de cada tipo, ésta resulta un poco inconsistente pues no tiene en cuenta el problema de la plurifuncionalidad de los objetos y por la falta de un conjuntos contextualizado. La evolución de la producción está muy bien contextualizada, tanto desde el punto de vista histórico como propiamente arqueológico. Las imitaciones de Kouass de Violeta Moreno es otro trabajo bien estructurado; la importancia de esta aportación reside fundamentalmente en la identificación y llamada de atención de las imitaciones de Kouass en el hinterland gadirita; sería no obstante, sugerente analizar el comportamiento de esta clase en relación con otras desde un punto de vista porcentual, para entender adecuadamente su representatividad en ciertos contextos. No me parecen muy claras algunas adscripciones tipológicas. Por otra parte no merecía la pena haber incluido el capítulo de análisis funcional por la falta de contextos adecuados. Me ha gustado el ensayo sobre la cronología de uso comprendiendo bien la diferencia entre amortización e intrusión, lo que no suele quedar muy claro en la mayor parte de las publicaciones de tipologías cerámicas. Por otra parte, es muy seductora la sutil propuesta de considerar a Peñaflor dentro de la tradición de estas imitaciones tipo Kouass. El capítulo de F. J. García Fernández supera los límites epistemológicos del volumen. Interesante, provocativo y muy criticable (por todo lo anterior) el capítulo introductorio de la Turdetania, entrando de lleno en temas de etnogénesis, en coherencia por ser uno de los investigadores que junto a Eduardo Ferrer más ha trabajo este sujeto. También es muy interesante la parte donde se centra en el comportamiento de las diversas producciones cerámicas y su permeabilidad a influjos externos, así como sus consecuencias. Ciertos contrapuntos a Andalucía oriental, sin embargo, deberían ser revisados. Magnífico estudio sobre los antecedentes historiográficos, claro y conciso, muy analítico. Al igual que sucede con las referencia a Camposoto, resulta difícil seguir el discurso con las continuas referencias a las tipologías de Escacena sin que el autor facilite una lámina o figura con un cuadro esquemático de esa tipología. Merece la pena como lectura más allá de la ceramología fría tipológica. El siguiente título asociado a las imitaciones de barniz negro, de la mano de Ramos Suárez y García Vargas empieza con una estructura muy clara, organizado y con las ideas bien definidas, aunque utilizar el C-14 para datar cronologías tan bajas resulta poco útil (Patio de Banderas de Sevilla). Cuando se describen los grupos no acabo de entender el I, un barniz no se puede bruñir, a diferencia de un engobe, por lo que sospecho que en realidad tiene mucho más que ver con el fenómeno de la Gris Bruñida Republicana de lo que los autores dejan entrever. Por otra parte dan en la diana del problema de definir imitaciones dentro de los grupos productivos regionales en cada producción, imitación de imitación, y ésta, a su vez, ¿de quién? El problema se agudiza en campos tan regionales y tan ricos culturalmente. Creo que hay algunos problemas de asignación tipológica, pero asumibles. Bustamante y López Rosendo firman el texto sobre imitaciones de sigillata. Interesantes aportaciones en la estadística respecto a la frecuentación de los grupos, pero sin establecer los parámetros utilizados. El tema del fenómeno Peñaflor es, quizás, una de las mejores aportaciones de este trabajo. A veces tienen un problema con una palabra que utilizan y creo entender que no en su significado tradicional, como es adolecer, lo que a veces hace que no se comprendan correctamente las frases donde dicha palabra aparece; por otra parte no creo que merezca la pena establecer un simple listado de excavaciones donde aparecen dichas piezas, si no se envuelve en un contexto funcional o, al menos, cronológico. Interesantes confrontaciones funcionales-culturales en la zona de Riotinto, si bien, aunque pudiendo, no llegan demasiado lejos en su interpretación. Vázquez y García Vargas se centran en las imitaciones de sigillatas en Sevilla capital. Por un lado está bien porque permite contextualizarlas adecuadamente, pero hubiese ganado más interés si hubiesen ampliado el espacio geográfico a tratar. Resulta un poco repetitivo en la historiografía respecto al capítulo anterior. Muy buena es la nota 7 respecto a lo que el cambio de color de una pieza no indica que sea un desecho de alfar, lo que, aunque es una obviedad, sigue provocando que se prodiguen alfares que no siempre lo han sido en verdad. Me gusta el capítulo relacionado con las implicaciones económicas, sociales y culturales; las explicaciones son geniales especialmente en lo que toca a las motivaciones que provocaron el desarrollo de centros de producción en el Valle del Guadalquivir, así como la disquisición de que en todo momento son numéricamente Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 293-304 ISSN: 0066 6742 más importantes las verdaderas sigillatas que las imitaciones, especialmente en contextos urbanos. Para mí agradablemente astuta me parece la nota 15, con una buena crítica a las interpretaciones clásicas que intentan hilvanar la existencia de estas producciones. Otra vez Vázquez nos lleva al mundo de las imitaciones de las producciones africanas, un tema que ya es de sobra conocido en otras áreas peninsulares, pero que en el mediodía aún no ha tenido suficiente calado. No más por tratar de enfrentarse a tamaño esfuerzo es de alabar su trabajo. El tema es necesario, pero no lo trata con fuerza ni energía suficiente. Demasiado tipológico por oposición a la mayor parte de los capítulos precedentes, y, siendo un tema con unas posibilidades enormes de extraer una cantidad de información inigualable, se le escapa de las manos al centrarse en solamente dos excavaciones de urgencia en la ciudad de Sevilla; y aunque no son propias de este volumen, pero quizás algunas menciones a la importancia tan enorme que porcentualmente tiene las imitaciones de las africanas de cocina hubiesen sido bienvenidas. Vázquez y García Vargas vuelven a coger la pluma juntos para hablarnos sobre las producciones tardías meridionales, serie muy conocida, y por cierto, bastante homogénea en sus características. Resulta acertado apostar por mantener la terminología a pesar de las críticas recibidas y otras que pudieran surgir en un futuro, pero la homogeneización terminológica es algo que aún está pendiente en nuestra disciplina y hay que abogar por ella. Por cierto, la cronología me parece muy baja, pudiéndose elevar algo más ya que en contextos en Granada y Almería se asocia con ARSW A y ARSW C, lo que podría suponer que una cronología del siglo IV para el inicio de la producción es demasiado tardía, ya que el siglo III definiría mucho más acertadamente el inicio de la producción. Para terminar, como no podía ser de otra forma, los editores realizan unas reflexiones en voz alta, que dejan entrever, especialmente, la gran cantidad de problemas a lo que nos enfrentamos aún, a la excesiva visión simplista de algunas escuelas y de muchas publicaciones, y a poner el dedo en la llaga sobre los aspectos que no pueden seguir ignorándose. Curiosa la propuesta de hacer asociaciones para crear servicio, lo que permite entender mucho mejor los probables cambios gastronómicos y de consumo. Disiento sobre las interpretaciones de la Gris Bruñida Republicana. Muy curioso y sugerente igualmente el análisis explícito del fenómeno de la imitación, que va más allá de las lagunas de distribución o de precios más asequibles. En general habría unos comentarios que realizar. En primer lugar hubiese sido de agradecer que se informara al lector sobre el papel de las láminas al final del volumen. Yo tardé tiempo en darme cuenta de sus referencias en los diversos textos. Los típicos problemas de la maquetación. También sería bueno que se hubiese homogeneizado la terminología, pues las referencias tipológicas no son siempre las mismas (apostar a veces por Joan Ramón o por Mañá para las tipología anfóricas, o por Lamboglia o por Agora de Atenas para los barnices negros áticos); también me ha llamado la atención la casi total ausencia de contextos bien publicados y completos como los de Carteia, que entra perfectamente dentro del ámbito de estudio y que, desde mi punto de vista, hubiese enriquecido notablemente el volumen en diversos capítulos. En todo caso, y a pesar de algunos huecos que el lector puede encontrar o simplemente echar a faltar, tras la apuesta más importante en ceramología arqueológica del proyecto Dicocer en su momento, tiene en las manos una herramienta útil y diseñada, en parte, para su uso en los laboratorios de investigación. Este volumen aporta otro modelo que empieza a demostrar el importante cambio que supone en la epistemología de los trabajos sobre cerámica antigua en la sustitución del concepto de fósil guía por el de contexto, en sentido más amplio y profundo que el meramente arqueográfico. Y no, efectivamente se llega con facilidad a la conclusión de que no es un simple manual de ceramología arqueológica; esta obra es una reflexión actualizada, útil e inteligente sobre los contextos, sus funciones, sus cronologías y las inferencias sociales que el lector puede imaginar en el interlineado que cada autor deja entrever en cada capítulo, coordinados de forma coherente, lo cual es mucho. Que sea bienvenida y bien leída. Universidad de Granada Hugo Obermaier, El hombre prehistórico y los orígenes de la humanidad. Estudio preliminar de Carlos Cañete y Francisco Pelayo: "Entre culturas y guerras: Hugo Obermaier y la consolidación de la Prehistoria en España". CLXXII + 278 pp. ISBN: 978-84-940991-1-3 RECENSIONES Los grandes temas tratados se resumen al principio de la obra: el debate sobre la existencia del 'hombre terciario', la contribución de Obermaier para actualizar los nuevos hallazgos e introducirlos en el circuito científico y cultural español, los conflictos generados entre ciencia y creencia, bien estudiados para el siglo xix pero con cierto vacío para las primeras décadas del siglo xx por lo que la aportación aquí realizada es también novedosa; la cuestión del africanismo, trascendental para comprender la paleoetnología de nuestra península de la época y no pocas cuestiones relacionadas con las identidades y los discursos nacionalistas; y, además de nuevos datos biográficos sobre H. Obermaier, otra cuestión importante: la relación del mismo con la doctrina de los círculos culturales ("Kulturkreislehre") que, como señalan, ha sido poco tratado por nuestra historiografía especializada. Aunque la presencia, trascendental para la prehistoria española, de Obermaier en nuestro país podría ser leída como parte de una política científica de incorporación de especialistas en líneas de investigación determinadas, los autores demuestran que la misma se debió a una serie de factores personales, institucionales y políticos que desembocaron, en 1923-24, en la creación de la Cátedra de Historia Primitiva del Hombre, si bien es cierto que instituciones como la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas o el Museo de Ciencias Naturales acogieron en un primer momento a Obermaier dentro de su estructura orgánica y le permitieron, esta vez desde dentro, la realización de su labor profesional en nuestro país. Otra cuestión es si su papel en España y su excepcionalidad al conseguir una Cátedra respondieron a un proyecto externo más que interno. El libro analizado fue sin duda un referente académico para varias generaciones -se llegaron a realizar ocho ediciones-y con independencia del debate, también estudiado por los autores sobre la armonía entre ciencia y religión, es decir, que pese a las susceptibilidades que pudiese despertar el tema del origen de la especie humana, fundamentalmente en la España franquista, siguió teniendo aceptación académica y continuó siendo actualizado por otros autores de prestigio, como A. García y Bellido o L. Pericot. Pero su trasfondo también se entronca con aspectos más profundos en lo esencialista, como la correlación entre la hipótesis que sostenía la existencia del 'hombre terciario' y la consecuente aceptación de una especie preadamita, es decir, con rasgos más propios del reino animal y sin los atributos inferidos de la acción creadora de un Supremo Hacedor identificados, en su caso, con la espiritualidad, la existencia de un código de creencias ritualizadas y artefactos (u obras de arte) que las reflejasen. Este debate hunde sus raíces en el siglo xvi, incluso en fuentes islámicas previas, recogidas por Averroes (Sanjay 2010), y cuyo principal exponente, declarado hereje por la Iglesia Católica, fue Isaac La Peyrère (Popkin 1987; Livingstone 2008) y que A. Schnapp ha relacionado con un intento frustrado de aparición de la disciplina prehistórica (Schnapp 2008). Creo que queda suficientemente expuesta por los autores la capacidad de Obermaier para no sólo introducir o actualizar los hallazgos que se iban produciendo en todo el mundo en el campo de la paleoantropología sino también para discutir sobre los mismos, sobre su encaje en la cada vez más compleja cadena de restos fósiles que se iban incorporando al registro. Un caso paradigmático escogido por los mismos es la crítica de Obermaier a los restos del conocido como 'Hombre de Piltdown' (Eoanthropus Dawsoni), para los que esperaba nuevos datos que pudiesen esclarecer su adscripción ante las dudas puestas en evidencia por el contexto (Cañete y Pelayo 2014: LXIX) y que, como sucedió con el citado Hombre Terciario (citas unas veces entrecomillado y otras con mayúscula: elegir), no tardarían en caerse del debate historiográfico. A todo ello hay que añadir una prolija búsqueda bibliográfica relacionada con dos aspectos: por un lado, aquélla que se utiliza para comprobar el impacto científico de la obra de Obermaier, y no solo en revistas especializadas sino también en aquéllas relacionadas con el debate entre ciencia y religión, es decir, toda una pléyade de publicaciones católicas que recogían en sus páginas las disposiciones tanto de la política oficial del régimen franquista como la encíclica dictada por Pío XII en 1950 (Humani Generis, Sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica); por otro, el desarrollo del texto recoge el propio proceso historiográfico, es decir, un bien documentado trabajo de recopilación de las distintas ediciones de la obra y sus variaciones temporales, en las que queda de manifiesto la incorporación de nuevos datos a las mismas y, finalmente, el impacto de las nuevas teorías en un marco temporal y social cambiante. A todo ello hay que añadir una regresión a los orígenes de la polémica entre el transformismo y la doctrina católica, la creación de instituciones destinadas a conciliar ciencia y creencia o a combatir directamente la vía materialista abierta a cuestionar los fundamentos de la cosmogonía creacionista. Es en este ambiente donde el idealismo metafísico de investigadores como Obermaier se aleja del materialismo, donde aparecen vías alternativas y donde aparecen las primeras reacciones oficiales de la Iglesia, cuando en 1909 establecía la realidad histórica del Génesis. Por otra parte, también es aclaratoria la articulación de los capítulos destinados a las tesis africanistas y a la repercusión de la teoría de los círculos culturales en nuestro país, en ambos casos, tratados desde una perspectiva introductoria hasta sus implicaciones directas con las ideas al respecto de H. Obermaier. En definitiva este encuentro entre paleoantropología, ciencia y religión configura una línea de fondo del discurso, una amalgama que nos remite a nuestra historia cultural o social reciente y que debe considerarse como una de las principales aportaciones de la obra. Como ya puso de relieve M. A. Querol (2001) nuestro país ha adolecido de una fuerte resistencia a la aceptación del modelo evolucionista debido a la hegemonía de la cultura católica y a su participación en la educación reglada en la práctica totalidad del siglo xx. Aún hoy son palpables las resistencias e injerencias de este tipo de cuestiones personales (libertad de credo) en nuestra formación, en nuestro diseño curricular básico, en un hecho por otra parte colectivo, como debería considerarse la investigación científica en el ámbito de la paleoantropología. De este modo, se nos ha presentado a una especie humana con unas cualidades sobredimensionadas respecto de los no-humanos, los 'monos', distinción que permite, al fin y al cabo, no sólo separar y distinguir, sino justificar el hecho dogmático de la creación. Por otra parte, la existencia de una teoría o cultura hegemónica, la católica, habría supuesto un sesgo de autocensura para el desarrollo de esta línea de investigación en nuestro país al suponer un riesgo real para el desarrollo de cualquier carrera académica o científica en un marco en el que la creación de la principal institución nacional destinada a la investigación científica (el CSIC en 1940) estaba participada por la jerarquía eclesiástica y aceptaba en sus bases orgánicas y teóricas la existencia de una ciencia basada en la providencia y en una misión social doctrinaria. Al contexto de esta dinámica puede añadirse la relevancia que para la paleoantropología del siglo xx tuvieron personas directamente relacionadas con el El planteamiento cerrado y basado en objetivos concretos queda satisfactoriamente resuelto al combinar un proceso de presentación detallada de cada uno de los temas para ser desarrollado con posterioridad en los detalles oportunos, en la complejidad de los mismos. El estudio se ha basado exclusivamente en el análisis crítico tanto de la obra tratada como del resto de aportaciones del autor analizado en sus publicaciones a la vez que en su interrelación con el marco historiográfico coyuntural a las mismas. Creo que es una aportación que confirma y ratifica el papel protagonista de H. Obermaier en nuestra historiografía arqueológica. Este volumen de Bibliotheca Isiaca es el tercero de una serie que Laurent Bricault inauguró en 2008 y cuyo objetivo es constituirse en recurso de información y materiales lo más completo posible para los estudiosos de los cultos isíacos. Los tres volúmenes hasta ahora publicados cumplen este objetivo de manera realmente encomiable, tanto por la calidad como por la variedad de los recursos que ofrecen. Este tercer volumen incluye una sección de artículos sobre cuestiones concretas relacionadas con los temas isíacos, tanto de presentación de nuevo material como de interpretación de material conocido; una segunda parte dedicada a suplementos de los principales repertorios isíacos; y una tercera sección de crónicas bibliográficas. Un índice de referencias bibliográficas y de términos en francés, general pero bastante completo, cierra el volumen. Todos los artículos y suplementos tienen numerosas fotografías de muy buena calidad. El artículo que abre la primera sección, de Laurent Bricault, "Une dédicace-double d'Éphèse pour Ptolémée, Arsinoé, Sarapis et Isis", p. 7-10, es una reinterpretación de material ya conocido. El autor relaciona dos fragmentos de Éfeso ya publicados independientemente, identificándolos como una dedicación doble, de un tipo bien conocido en el Egipto helenístico que asocia el nombre de la pareja real al de una o varias divinidades, y datando la inscripción en época de Ptolomeo IV y Arsínoe III, en la primera fase de difusión isíaca, que, sin ser iniciativa lagida, sí se comprende en el contexto de afirmación y legitimación del poder de los soberanos de Alejandría, contexto que explica otros testimonios de Éfeso y la probable existencia de un santuario de la familia isíaca en la acrópolis entre el 217-197 a.C., durante la 3a guerra siria. Varios son los artículos de presentación del material isíaco en lugares determinados. El de Dan-Augustin Deac y Rada Varga, "Isiac Cults in the Settlements of Apulum (Dacia Apulensis)", pp. 11-19, es un estudio de los cultos isíacos en Apulum durante los siglos ii y iii d.C. dentro del contexto isíaco de la Dacia. El autor presenta un catálogo de 14 objetos entre los que se encuentran altares con inscripción, gemas, moldes cerámicos, estatuillas de bronce y una estatua de mármol de Isis. El testimonio de tres altares votivos dedicados por personajes de la alta administración romana a Isis y Sarapis son indicio de la existencia de un santuario a Sarapis en el praetorium consularis fundado en época de Marco Aurelio. La diffusione dei culti isiaci in Sardinia" (pp. 21-37), minimiza los efectos del senatus consultum del 19 d.C., que sancionaba a los devotos de superstitiones extranjeras a alejarse de Roma, causa a la que generalmente se atribuye la rápida difusión de los cultos isíacos en Cerdeña, y señala la importancia de la producción y exportación del trigo cerdeño y la gran movilidad de los centros portuarios. Un repaso a los testimonios isíacos en la isla (fundamentalmente inscripciones, gemas, esculturas y lucernas) demuestra que estos se encuentran en los grandes puertos, siendo el interior en cambio muy pobre en hallazgos. En la misma línea, el artículo de Emanuele Greco y Valentino Gasparini, "Il santuario di Sibari -Casa Bianca" pp. 55-72, presenta los testimonios de un Iseum en la colonia latina de Copiae, antiguas Síbaris y luego Turii. Después de una introducción sobre la riqueza urbanística e intelectual de Turii, los autores se centran en la descripción arqueológica del templo y en los testimonios isíacos de la dinastía flavia, destacando el conjunto arquitectónico claramente ligado al templo como excepcional para el conocimiento de prácticas rituales isíacas, aunque no desarrollan este aspecto ni lo relacionan con testimonios literarios o documentales que confirmen el uso de dichos rituales. El artículo de Jean-Louis Podvin, "Objets 'isiaques' du Château-Musée de Boulogne-sur-Mer", pp 117-120, presenta a modo de catálogo con comentario los objetos isíacos del museo de Boulogne (cabeza de mármol de Sarapis, terracotas de éste y otros dioses y un bronce), la mayoría de procedencia desconocida; y aparte objetos de carácter marcadamente local. El mismo autor dedica también a la catalogación y comentario de objetos el artículo "Médaillons d 'applique et moules de terre cuite à décor isiaque", pp. 121-137, que analiza apliques de medallón y moldes de terracota, procedentes sobre todo del valle del Ródano a comienzos de época romana y de la posterior Panonia, para establecer su función. Después de un repaso bibliográfico sobre estos objetos hace un catálogo organizado por tipos ico-RECENSIONES nográficos, con los datos básicos, una breve descripción y unas referencias bibliográficas. Se plantea la posibilidad de que muchos fueran moldes de pasteles para fiestas relacionadas con el culto isíaco. Los apliques para vasos, posiblemente de vocación cultual, podrían servir también independientemente como votivos, como demuestran algunas inscripciones. A una cuestión de interpretación iconográfica cultual está dedicado el artículo de Michel Malaise, "Anubis et Hermanubis à l' époque gréco-romaine. Who's who?", pp. 73-93, especialmente interesante tanto por el desarrollo de la argumentación, el tratamiento conjunto de fuentes arqueológicas, documentales y literarias, y lo convincente de las conclusiones. Tras un estado de la cuestión sobre las diferentes teorías relativas a la identidad del dios Hermanubis, el autor demuestra cómo el Anubis egipcio, de iconografía muy clara con cabeza de chacal adopta, en época helenística, una vestimenta griega y atributos del dios Hermes, adoptando en época imperial cabeza humana juvenil, calathos, lotus, un perro a sus pies, caduceo y la palma de Anubis. Sería un caso similar a la evolución de Isis como Isis-Afrodita. De una cuestión de interpretación isíaca general, en este caso de función divina más que de iconografía, trata el artículo de Richard L. Gordon y Valentino Gasparini, "Looking for Isis 'the Magician' (hk 3 y.t) in the Graeco-Roman World", pp. 39-53. Partiendo del atributo de maga de la Isis egipcia, los autores insertan la discusión en un tema muy actual, especialmente en el tratamiento de los cultos isíacos: el de la apropiación de cultos extranjeros mediante un proceso de readaptación a las necesidades y mentalidad de las culturas de llegada. Un ejemplo especialmente claro de este proceso es precisamente el que sufre la diosa Isis mediante la pérdida de su carácter mágico, que la mentalidad grecorromana no estaba preparada para aceptar. Para enmarcar este proceso en el general de apropiación de los cultos egipcios, los autores dedican la parte central del artículo a la recepción de la cultura religiosa egipcia por la cultura grecorromana, distinguiendo una fase tardía de las divinidades faraónicas del fenómeno específicamente grecorromano de los cultos isíacos. El antiguo poder mágico se transforma en cierta manera en el poder de hacer milagros, más propio del mundo grecorromano a partir de época helenística. De orientación metodológica es el artículo de Sander Müskens, "A New Fragment of an Architectonic Hathor-Support from Rome: Aegyptiaca Romana Reconsidered", pp. 95-116. Partiendo de un elemento arquitectural con decoración isíaca aparecido en la colina del Palatino, en la Domus Flavia, y la identificación como parte del mismo de una pieza del depósito del Museo de las termas de Diocleciano, el autor, después de un comentario sobre este tipo de soportes en Egipto desde el Imperio Nuevo, centra su estudio en rechazar la idea de que éste y otros muchos objetos isíacos supuestamente encontrados en la misma área sirva de testimonio para pensar en un culto isíaco allí localizado, demostrando que la mayor parte son de procedencia desconocida o material reutilizado. A lo largo de varias páginas insiste en algo que en realidad es una base metodológica bien conocida por cualquier estudioso del mundo antiguo: la necesidad de estudiar las piezas en su contexto. También pone en discusión el término aegyptiaca debido a su ambigüedad y a su poco rigor a la hora de incluir unos u otros objetos de origen o influencia egipcia. El término aegyptiaca, como otros utilizados para ciencias de la antigüedad es, efectivamente, ambiguo, pero nace de una convención que resulta utilísima para los investigadores, que en general saben muy bien a qué se refiere un autor cuando lo utiliza. A pesar de que el artículo es decons-tructivo sin proponer alternativas, es verdad que a menudo los llamados aegyptiaca son de procedencia desconocida y a veces no se es suficientemente riguroso a la hora de aceptar o rechazar una posible procedencia antes de su estudio. El suplemento III (pp 139-195) al Recueil des inscriptions concernant les cultes isiaques, de L. Bricault, 2005 (RICIS), presenta en primer lugar un complemento a inscripciones ya publicadas en esta obra y sus dos primeros suplementos, ofreciendo nuevas lecturas, interpretaciones, fotografías, o referencias bibliográficas sobre aspectos relacionados. En muchos casos no se especifica en qué consiste el complemento, lo que hace inevitable acudir al RICIS. Las páginas 180-195 están dedicadas a nuevas inscripciones entre las que hay algunos textos de gran interés, como por ejemplo las cuatro actas de manumisión en Titorea en Fócide (106/0414-0417), que completan un grupo de otras 11 ya encontradas en el mismo lugar, donde Sarapis es el "comprador". El suplemento termina con un índice de palabras, uno de tipos de inscripciones y unas concordancias. El segundo suplemento (pp 207-244) a la monografía de gemas y joyas con la imagen o nombre de Serapis de R. Veymiers 2009 (Ἵλεως τῶ φοροῦντι. Sérapis sur les gemmes et les bijoux antiques) también tiene una primera parte de complemento a documentos ya publicados y una segunda de documentos nuevos con un lema con los datos básicos, descripción del objeto y referencias bibliográficas. E 17; V.CB 17, CC 9; A 50-54), etc. Sí contiene índice de láminas y una introducción sobre los distintos tipos de objetos e iconografía en relación con los ya presentados en la monografía incial. El primer suplemento (pp. 245-284), al Sylloge Nummorum Religionis Isiacae et Sarapiacae, dirigido por L. Bricault, 2008 (SNRIS) presenta complementos y correcciones a la primera edición siguiendo el mismo esquema. Tampoco este suplemento tiene índices de ningún tipo, aunque va seguido de 19 láminas de fotos muy buenas. El resto del libro está dedicado a una utilísima crónica bibliográfica que recoge las referencias isíacas aparecidas desde el último volumen (además de suplemento a la de éste) con un comentario que, sin ser crítico, sí ofrece al lector el contenido y aportación principal de cada obra. A esta crónica le sigue otra dedicada exclusivamente a la bibliografía sobre objetos y divinidades egipcios en Istria e Illyricum, realizada por Mladen Tomorad. La variedad de los artículos refleja la enorme complejidad del tema isíaco en cuanto a cronología, lugares de adoración, etapas y formas de difusión, lenguas y pueblos involucrados. El carácter interdisciplinar de esta colección, donde los documentos escritos aparecen tratados junto con los materiales, y la importancia que se le da a objetos que sólo recientemente han empezado a ser estudiados de manera sistemática como fuente para los cultos antiguos (monedas, gemas y otros objetos menores), hacen de ella un recurso completísimo para cualquier estudioso del mundo isíaco. Además, la combinación de artículos de interpretación con la presentación de material nuevo, y la puesta al día de repertorios de las fuentes escritas y materiales pone de relieve algo fundamental que a veces se olvida en la ciencia interpretativa y teórica: que los estudios del mundo antiguo tienen que partir siempre, y no alejarse, de las fuentes primarias, adaptándose y aceptando en muchos casos su parcialidad o escasez. La villa de Almenara de Adaja-Puras ha formado parte de la bibliografía de las villae hispanas desde finales del siglo xix, cuando apareció el primer mosaico de este espléndido yacimiento, hasta nuestros días. Las innumerables vicisitudes por la que pasaron sus excavaciones constituyen un claro ejemplo de cómo un bien patrimonial extremadamente valioso puede acabar abandonado y desatendido durante años y, consecuentemente, casi arruinado. Por fortuna, la villa de Almenara-Puras ha sido rescatada del olvido tras la redacción de un Plan Director por la arqueóloga Margarita Sánchez y el arquitecto R. Valle e iniciado en el año 1996 mediante diversos convenios entre la Diputación de Valladolid y la Universidad de Valladolid que abarcaban tanto las labores de restauración como las de excavación/reexcavación. Estas últimas fueron dirigidas por la Dra. Margarita Sánchez Simón bajo la supervisión de la Prof. Carmen García Merino, catedrática de la Universidad de Valladolid a quien la Diputación vallisoletana tuvo el acierto de encargarle esta ardua tarea. El resultado, después de algo más de una década de intenso trabajo y dedicación al citado yacimiento, se resume en este sugestivo libro cuya reseña y valoración realizaremos en las páginas que siguen. Una lectura apresurada de esta obra conduce a una primera apreciación un tanto engañosa: es una guía del yacimiento y de su musealización pero, en realidad es algo más que una guía. Su contenido responde a una amplia presentación de la villa vallisoletana y su devenir histórico como fruto de un trabajo arqueológico riguroso en el que se concentran múltiples elementos descriptivos y analíticos hasta conformar un cualificado discurso histórico sobre este importante enclave de la arqueología meseteña. El libro se ha estructurado en dos partes. La primera parte comprende dos capítulos de los cuales el primero (Capítulo I) centra su atención en los aspectos informativos relativos al Museo de las Villas Romanas (MVR) y a la historia del descubrimiento del yacimiento. En el texto sobre el MVR se explica la complejidad de todo el conjunto patrimonial de Almenara-Puras integrado por diversas salas y edificios como la Sala de Exposiciones sobre las villae romanas, el edificio que protege las ruinas de la villa, las áreas de servicio del Museo así como un nueva edificación situada a unos metros del Museo que recrea una vivienda señorial de época romana con una finalidad netamente didáctica. Todo el conjunto ha recibido algunos galardones entre los que cabe destacar la Medalla Europa Nostra en el año 2004. Este primer apartado finaliza con un breve apunte sobre el descubrimiento del yacimiento en el que se trazan las líneas principales de la larguísima historia de las intervenciones habidas en Almenara-Puras que arrancan del año 1887 y llegan hasta el presente. El Capítulo II de esta primera parte incluye la guía de la residencia señorial tardorromana, es decir, de la visita a la parte del yacimiento que normalmente se denomina como pars urbana dentro del complejo rural. La claridad explicativa del texto se complementa con la nitidez de los planos y la excelente cali-dad de las imágenes fotográficas. La descripción del conjunto arquitectónico se inicia con una serie de consideraciones sobre los aspectos sociales de los ocupantes de la vivienda tardía junto con un esbozo sobre las cuestiones productivas que se abordan en páginas posteriores. La descripción del conjunto se ciñe necesariamente a la estructura planteada para realizar la visita al Museo que implica que el acceso a la villa no se realice por la puerta principal sino por la zona oriental donde se inicia el recorrido a través una amplia pasarela en la que se han instalado los paneles informativos. En este amplio paseo se pueden observar algunas peculiaridades del edificio como las dos áreas porticadas a cielo abierto y la multiplicación de ambientes de recepción y banquete. La villa posee unas dimensiones considerables si bien conocemos modelos de villas hispanas más extensas. Pero considerando esta profusión de espacios ceremoniales, las autoras utilizan expresiones como "conjunto de aire palaciego", calificativo que se repite a lo largo del texto con términos similares como "palacio campestre" o "sala de residencia palaciega" al referirse, por ejemplo, a la monumental sala trícora del ala noreste. El empleo del término "palacio" aplicado a las villas tardías ha sido objeto de largas discusiones por parte de algunos autores (por ejemplo, Arce versus Hidalgo sobre Cercadilla), un debate en el que todos los que investigamos este tipo de arquitectura hemos participado con diferentes propuestas tal y como nos hemos planteado en el caso de la villa de Carranque a cuyo edificio más tardío y monumental (la imaginaria "basílica" de Fdez-Galiano) hemos denominado como "edificio palacial" (Fernández Ochoa y García-Entero) amparando este apelativo en el valor polisémico del término en los fuentes textuales que no hace referencia necesariamente a los palatia imperiales o a los utilizados por los emperadores en provincias. El Capítulo III cierra esta primera parte rompiendo ligeramente el discurso vinculado a la villa de Almenara-Puras para adentrarse en cuestiones conceptuales muy del gusto de la profesora García-Merino que acostumbra a explicar con admirable precisión las nociones y rudimentos básicos de la arqueología, en este caso, los relativos al estudio de la villae romanas y al devenir general de los yacimientos arqueológicos. Es un capítulo breve, dirigido a los visitantes menos formados en esta materia y cuya finalidad educativa se justifica quizá por la necesidad sentida por las autoras de explicitar no solo los conceptos sino también el contexto de otros yacimientos del mismo tipo que otorgan carta de naturaleza a la propia villa vallisoletana. La segunda parte de la obra se organiza en dos capítulos. Un primer capítulo (Capítulo I) se ha dedicado a la secuencia ocupacional del yacimiento y un segundo capítulo (Capítulo II) recoge una información complementaria sobre aspectos cronológicos, arqueométricos y técnico-constructivos del yacimiento. El Capítulo I es más largo del libro y ofrece la posibilidad de profundizar en los datos que avalan el discurso histórico sobre el yacimiento. Incluye el perfil ocupacional de la zona desde los fases pre y protohistóricas hasta la configuración de la villa romana y sus entornos. La bondad de las tierras de la cuenca del río Adaja y de los arroyos cercanos ha hecho de esta comarca un espacio apto para el asentamiento humano desde el neolítico hasta la romanidad como demuestra la presencia de los famosos "campos de hoyos/basuresros", tan propios de las dos mesetas sobre todo a partir del Calcolítico, o los enterramientos tipo Cogotas I también documentados en la zona. Existe una continuidad manifiesta durante el Hierro II en estos parajes si bien sus rasgos físicos aún no se han podido definir con precisión. RECENSIONES Nos ha interesado, especialmente, la ocupación de la zona durante los siglos i y ii d.C., es decir, los restos atribuibles al periodo altoimperial y su relación con los orígenes de la villa señorial tardorromana. Parece que la explotación de una tierra tan fértil y húmeda (zonas del Arroyuelo y el Monduengo) propició la existencia de un establecimiento agropecuario cuyos restos inconexos impiden conocer la extensión y características de este primer hábitat romano bien prospectado y datado por el hallazgo de materiales de época altoimperial. Con algunas dudas pendientes de resolver sobre esta primera fase ocupacional, lo que sí parece evidente es que entre el siglo iii d.C. y los inicios del iv d.C. se crea un primer edifico residencial, es decir, una primera construcción "tipo villa" que sigue los modelos propios de las residencias campestres romanas. Restos de edificaciones alargadas y unas termas junto con los informes bioarqueológicos permiten presuponer la existencia de una villa altoimperial del siglo iii/ inicios del iv arrasada en el momento que se construye el complejo tardío. Resulta del máximo interés la constatación de esta información aunque subsistan algunas dudas al respecto. En este sentido cabe recordar que, en numerosas ocasiones, el interés por exhumar los restos monumentales de una villa ha supuesto el olvido o el desinterés por la información de otras fases menos llamativas del asentamiento y, en consecuencia, se han omitido importantes datos acerca de la secuencia históricoarqueológica de la zona ocupada por la villa tardía. Por fortuna, creemos que se ha ido superando aquella etapa de la investigación interesada, salvo excepciones, por lo que podríamos llamar las "villas-alfombra". No obstante, dentro del estudio de las villae hispanorromanas aún quedan cuestiones pendientes como la distinción cronológica de los establecimientos "tipo villa" de modo que pueda asegurarse si su implantación responde a una acción de época tardía y no a un proceso de continuidad desde el Alto Imperio. Dicho de otro modo, será necesario comprobar si bajo las edificaciones tardías existieron auténticas villas altoimperiales con morfología y función de tales o si nos encontramos ante pequeñas granjas privadas, ajenas al significado económico-administrativo de la villa romana, por más que algunas de ellas pudieran ser el origen de una explotación tardorromana conceptualmente equiparable a una villa. A tal efecto, estimamos que no se trata únicamente de documentar materiales altoimperiales en un yacimiento tardorromano, muchos de los cuales suelen hallarse en posición secundaria, sino de reconocer estructuras de villae asimilables a establecimientos pertenecientes a los momentos de uso altoimperiales. Se podría afirmar, por tanto, que las villae altoimperiales son todavía las grandes desconocidas debido a diversos motivos, entre otros, la exigua conservación de los restos emergentes. Si bien es cierto que muchos de los testimonios de estos asentamientos han sido parcial o totalmente destruidos por los nuevos edificios suntuarios no lo es menos que nuestro desconocimiento procede, en bastantes ocasiones, de una práctica de excavación poco rigurosa. En consecuencia, las excavaciones de Almenara constituyen una inestimable evidencia acerca de uno de los posibles modelos de implantación de las villas hispanorromanas. Volviendo sobre el libro de la villa de Almenara-Puras, tras estos significativos preliminares, el capítulo que estamos comentando se adentra en el análisis de los testimonios de la monumental villa tardorromana datada en la segunda mitad del siglo iv hasta bien avanzado el siglo v d.C. Al contrario que en la guía de la visita (primera parte, Capítulo II), las autoras abordan ahora el estudio completo del edificio analizando estancia por estancia con la ayuda de unas ilustraciones excelentes. Se trata de una exposición que comprende el examen de los elementos constructivos y ornamentales (mosaicos y pinturas, que también se tratan de forma específica en el apartado de información complementaria o Capítulo II) junto con la referencia a las instalaciones productivas de la villa y a los restos de las posibles necrópolis. Sin lugar a dudas, este capítulo constituye la parte medular del libro que sin perder de vista la intención didáctica, pone de manifiesto la profundidad del análisis arqueológico derivado de la investigación que ambas autoras han realizado a lo largo de los años. Finalmente, el ya citado Capítulo II sobre "información complementaria" es una mezcla de cuestiones que completan la información arqueológica sobre el yacimiento, algunas de la cuales fueron tratadas en artículos publicados con anterioridad por las mismas investigadoras. Además de la reseña sobre la ornamentación (mosaicos y pinturas) o sobre los datos polínicos de las lagunas próximas al yacimiento, se presenta una selección de materiales sobre la cronología inicial del yacimiento y sobre el uso final de la zona residencial sin olvidar una breve referencia al hábitat postromano y a los yacimientos del entorno. Ciertamente esta parte del libro, demasiado escueta, creemos que no es sino una especie de apunte preliminar de algo que suponemos llegará de la mano de futuras publicaciones. Porque la obra que comentamos no es una memoria monográfica de las excavaciones de Almenara-Puras sino un libro-guía de contenido amplio y profusamente ilustrado sobre una villa romana y su contexto a partir de una investigación rigurosa y precisa que se atisba detrás de cada capítulo de la obra. Como todas las publicaciones de C. García Merino (sola o con su equipo) este libro nos deja el regusto de un trabajo serio, la certeza de un conocimiento histórico muy bien transmitido. Da lo mismo que sus trabajos planteen certezas o incertidumbres, sus ideas son siempre convincentes y expuestas con una admirable claridad a través de un perfecto lenguaje castellano que revela, a su vez, la coherencia discursiva de quien posee una profunda experiencia de campo en el mundo de la arqueología romana. Carmen Fernández Ochoa Universidad Autónoma de Madrid. Manuel Bendala Galan, "Los hijos del rayo". Los Barca y el domino cartaginés en Hispania. Manuel Bendala ha mostrado siempre una fina sensibilidad para reconocer los delgados hilos de una vieja cultura en la urdimbre renovada de un tejido posterior. El mundo púnico le interesó siempre, pero sobre todo en su faceta de permanencia durante su convivencia con el romano. Este libro que reseñamos es el manual de este fenómeno histórico, importante por la amplia dimensión territorial que abarca y por el detalle con que aborda los argumentos y porque su lectura nos proporciona un gran bagaje científico. En realidad no sólo trata de los Barca e Hispania sino de todo el Mediterráneo occidental bajo la hegemonía de Cartago, más especialmente Hispania como al A. le gusta llamar a Iberia, y lo hace para rescatar el topónimo del Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 293-304 ISSN: 0066 6742 acervo latino. Hispania es el nombre fenicio dado a la Península de la misma manera que Iberia es el nombre griego. El objetivo principal de la obra es salvar, rescatar -como en el caso del nombre Hispania-, dejar al descubierto, los sólidos cimientos púnicos de época de los Barca en los que se asienta la obra romana, cimientos que han sido durante muchos siglos revocados con estuco romano, tanto en lo material como en lo espiritual, y la ciencia no ha sabido ver lo mucho de púnico que tiene la Historia Antigua de Hispania. Es un libro que sin alguna duda representa un hito en nuestros estudios, del que se partirá para los futuros trabajos sobre cartagineses y romanos en Hispania. En él se hallan documentos e interpretaciones que seguirán obligándonos a todos a discutir y a enfrentarnos "por culpa de los púnicos" pero ahora con conocimiento de causa. La Romanización, dice el A. es "un gran agujero negro" que ha engullido el legado histórico de tantos otros pueblos limítrofes que fueron enemigos de Roma y, con el objetivo de aislar lo cartaginés, Bendala retoma toda la historia de Cartago y de Hispania desde época prebárquida aunque se centre en los años de dominio de Amílcar, Asdrúbal y Aníbal, y va desgranando la gran herencia que la cultura cartaginesa ha dejado a los hispanoromanos, de la que vivirán hasta los comienzos del Imperio. El libro consta de una Introducción y seis capítulos 1o.-El sesgo historiográfico, 2o.-Crónica militar y política, 3o.-Cartago e Hispania antes de los Barca, 4o.-El proyecto político de los Barca, 5o.-La organización estatal y urbana de los Barca en Hispania, 6o.-A manera de epílogo: la herencia púnica en la Hispania romana El A. aborda a lo largo del recorrido tres temas trascendentes de una cultura: la Política, la Sociedad y la Economía, cuyos contenidos estudia y entrelaza gracias sobre todo a tres tipos de documentación: la urbanística, la arquitectura y la numismática. La Política la aborda desde dos perspectivas, la ideológica que adquiere gran peso en el libro puesto que defiende la inclusión de Cartago sí, pero sobre todo de la familia Barca, en la cultura y en la concepción monárquica del helenismo de los Diadocos, inmersa ésta en una profunda "helenistización", una palabra que crea precisamente para denominar este fenómeno que se está produciendo en el Mediterráneo. Una ideología del poder que en los Barca adquiere el tinte de Monarquía con cariz dinástico, promulgada sobre todo por Asdrúbal, quien bebe de esas aguas alejandrinas y desde luego participa del movimiento de la imitatio Alexandri tan arraigado entre los monarcas orientales. El otro foco, muy alejandrino también, es la praxis política, las ambiciosas campañas militares que conocemos tan bien por las fuentes literarias, aunque siempre sesgadas, a las que el A. dedica muchas páginas a lo largo del libro para reenfocar su interpretación. In extenso se emplea en la crucial cuestión de nuestra historiografía cartaginesa ¿Cómo hemos de interpretar el anéktato de Polibio 2,1,6? Para Bendala no hay duda de que Hispania, como Cerdeña, Sicilia y el Norte de Africa, formaba parte del territorio político-militar de los cartagineses desde el s. iv, mucho antes de la llegada de los Barca, y no sólo bajo una hegemonía cultural y económica sino como una eparchía. La numismática ofrece aquí un argumento en contra de esta propuesta y es la falta de moneda cartaginesa acuñada en la Península con anterioridad a la llegada de los Barca, producción que sin embargo sí encontramos en abundancia en Sicilia y Cerdeña. Los hallazgos de moneda de El Gandul y Montemolín que se han querido fechar en el s. iv aC. y que el A. trae a colación no son argumentos válidos, a mi juicio, porque una fecha tan temprana como la que se les ha adjudicado se contradice con los ejemplares más modernos del conjunto y, sobre todo, porque no se trata de moneda hispano-púnica sino de numerario importado de otros territorios que sabemos, esos sí, fueron eparquías cartaginesas. Con la llegada de los Barca se produce desde luego un dominio político-militar, una eparchía, que Asdrúbal parece querer convertir en Reino y en Estado como bien argumenta Bendala con las fuentes literarias, las monedas y los impresionantes datos arqueológicos de tantas y tantas ciudades que están dando información sobre urbanismo, murallas, templos, palacios, santuarios, altares y monedas... (pp. 199-261), en Carmo, Carthagonova, Baria, Cástulo, Carteia, Tarraco, Ituci, Belo, etc. etc, documentación acompañada de mapas, planos y fotografías, algunas inéditas como las ilustraciones de la muralla de Cástulo. En este recorrido urbano encontramos un tema novedoso que vertebra en el tiempo y en el espacio el dominio de la familia bárquida y es la nueva propuesta de localicación de Ákra Leuké en Carmona (pp. 216-218) que yo ofrecí, pero que Bendala refuerza ahora con más argumentos, sobre todo arquitectónicos, pero también territoriales, como es el de su papel nuclear viario en la estructuración del dominio de los Barca. Una primera capital que mantiene su protagonismo durante todo el periodo de conquista y que es el último lugar que se pierde en el 206. También se dedica mucha atención a Cartagonova, como es lógico, pero además a Sagunto, Tarraco, Castulo, Belo, Carteia y otros lugares que cartografían un denso panorama de la actuación bárquida. Esta estructuración política del Estado bárquida conlleva que Hispania penetre en la geografía real del Mediterráneo y, como el A. dice, pase de constituir un espacio mítico en los relatos literarios a un espacio político en la geografía de la oikouméne. Junto a estos documentos Bendala ha utilizado la moneda como fuente esencial en su argumentación y hemos de recalcar que no se trata de buscar paralelos o justificaciones a sus propuestas teóricas nacidas de otro tipo de documentación, sino que la moneda ha sido fuente original de sus propuestas interpretativas en muchos casos, como en la defensa de una ideología monárquica, incluso dinástica, "en el discurso político" de los Barca. Los epígrafes púnicos monetales le han servido para delimitar zonas y plantear cuestiones trascendentes en cuanto a la extensión de la ocupación territorial púnica y a lo enraizado de su cultura. Por ello es pena que el A. no haya aplicado el mismo interés a la epigrafía púnica de Hispania, cada día más rica y variada en sus soportes y en sus categorías. Un recuento de epígrafes púnicos, no ya monetales, sino domésticos, religiosos y privados nos hubiera dado un testimonio de su apoyo a antiguas propuestas de que el púnico pudo ser la lengua vehicular del territorio meridional de Hispania, y tan arraigada como para que en el s. ii a. C. se siguiera utilizando de manera doméstica para hacer unas cuentas en la propia Carmona, aunque el A. sí incide en que la ciudad de Tagilit en tiempos de Tiberio todavía contramarca sus monedas en escritura púnica; pero un repaso a los epígrafes púnicos hubiera enriquecido y, hoy, consolidado el panorama extenso de la cultura púnica en Hispania que él viene defendiendo hace años. La sociedad hispano-cartaginesa es otro de los focos importantes en la obra, sobre todo en cuanto a la aristocracia y realeza descritas por la literatura se refiere: dux, rex, regulus, dunastés, basileús; un tema atrayente por el mestizaje que el A. desvela entre la sociedad ibérica y la cartaginesa (pp. 167-198). Las esposas de Aníbal y Asdrúbal eran princesas íberas y a través de esta sociedad monárquica local penetran rituales aristocráticos RECENSIONES en los hábitos sociales de los Barca. Bendala ilustra el tema con un largo comentario sobre los funerales de Viriato y los relieves de Osuna con representaciones del ludus Hispanus, cotejándolos con el sepelio de Amílcar y de Publio y Cneo Escipión, en los que se percibe una gran tradición de instituciones ibéricas como devotio y fides y la misma heroización, cuyos efluvios habían ya llegado a Hispania también desde Oriente. Como epílogo subraya el A. la prolongada inercia que la cultura cartaginesa y su estructuración territorial mantuvo después de la conquista de Hispania por los romanos, más aún, se trató de una herencia estatal que tanto romanos como itálicos asentados en Hispania preservaron en los dos siglos siguientes. En el 206 Roma era un pueblo de ladrillos mientras que Carmona, Cartagonova, Cástulo, Carteia... eran auténticas ciudades, metrópolis con lujos y comodidades; pero lo que Roma heredó en el mismo momento de la conquista fue una administración y un territorio estructurados estatalmente que le permitieron mantener y desarrollar los beneficios materiales y sociales que el gobierno bárquida había planeado para el sostenimiento de una eparchía, incluso de un reino. El poner en valor esta herencia púnica y su poso en nuestra cultura antigua es el objetivo de los Hijos del Rayo y será el éxito del libro, que el A. dedica a los investigadores pero también al gran público, cuidando mucho su lenguaje y proyectando su concepción sobre un gran panorama territorial en cuyo recorrido el lector aprende, estructura sus conocimientos y se plantea muchos interrogantes que, en casos, ya estaban sobre el tapete, en otros muy nuevos, cuya aceptación requerirá discusiones científicas para las que este trabajo va a servir sin duda de acicate. Es un libro cuya lectura fluye con facilidad, lleno de documentación que no pesa porque está bien integrada en el discurso y profusamente ilustrado, que se yergue en punto de partida para todos los futuros trabajos de investigación sobre los cartagineses en Hispania. El presente volumen constituye la tercera entrega de un proyecto, el Corpus dos mosaicos romanos de Portugal, iniciado por J. M. Bairrão Oleiro y continuado por la "Missão Luso-Francesa dos mosaicos do Sul de Portugal". Los volúmenes anteriores se dedicaron al conventus Scallabitanus, con el estudio de los mosaicos de la Casa dos Repuxos, en Conimbriga (vol. I, 1), y al conventus Pacensis, con el estudio de los mosaicos de la Villa de Torre de Palma (vol. II, 1), editados en 1992 y en 2000, respectivamente. El volumen actual, publicado en el año 2013, se centra, como el anterior, en el conventus Pacensis. Sin embargo, a diferencia de los dos que lo preceden, en él se estudian todos los mosaicos de una zona, el Algarve Este (vol. II, 2), y no se limita a los mosaicos de una casa de ciudad (caso de la Casa dos Repuxos), ni a los de una villa rural (caso de la Villa de Torre de Palma). Analizado dentro del proyecto en el que está inserto, podemos decir que continuidad e innovación se encuentran unidas en este volumen. Continuidad, en cuanto permanece en la dirección J. Lancha, quien se había hecho cargo de la dirección del volumen anterior, junto a P. André, y porque continúan también muchos de los colaboradores, como Pierre André, Adilia Alarcão, Rui Nunes y Catarina Viegas. Innovación, por la incorporación de Cristina de Oliveira a la codirección, por la parte portuguesa, lo cual garantiza al mismo tiempo la continuidad necesaria al proyecto del corpus. Innovación también por las incorporaciones de Lidia Catarino, Fernando Pedro Figueiredo, Maria Carlos Figueiredo, José Frade y Alice Oliveira, que fortalecen un equipo interuniversitario e interdisciplinar del que ya se aprecian los resultados en este volumen y que se presenta como absolutamente necesario para los futuros volúmenes del Corpus dos Mosaicos de Portugal. La continuidad se da también en el aspecto tipográfico y en la estructura del trabajo, que, como en las entregas anteriores, consta de un volumen de texto y de otro con la documentación gráfica y fotográfica. La innovación está presente, en este último caso, en el soporte material con la documentación gráfica y fotográfica, que ya no es en papel, como en los volúmenes anteriores, sino en CD, con los inconvenientes, pero también con las ventajas que esto supone. Si para algunos esto es un posible inconveniente, pesan más las ventajas, no sólo económicas, ya que el material documental puede ser más extenso y en color, además de que la consulta de las ilustraciones (láminas y figuras) se hace con una perfecta visualización del conjunto y existe la posibilidad de ampliar detalles que de otro modo se perderían. De todos modos, llama la atención, por parecernos innecesaria, la repetición en el CD de las figuras incluidas en la primera parte del texto, así como la diferenciación entre láminas (planches) -en números romanos-y figuras -en números árabes-, cuando no se aprecia un criterio claro para su diferenciación y podrían incluirse todas ellas en una misma lista con numeración consecutiva. A cambio, no estaría de más incluir en la ficha de los mosaicos de la segunda parte del volumen las referencias gráficas imprescindibles para saber el lugar que ocupa cada mosaico en el yacimiento (figura), lo cual facilitaría mucho la lectura. En el volumen de texto también se busca, y se logra, mantener la estructura utilizada en las dos entregas anteriores, lo que, en realidad, viene a convertirse en una seña de identidad del Corpus dos Mosaicos de Portugal. En el caso de Torre de Palma se habían tenido en cuenta los presupuestos planteados por J. M. Bairrão Oleiro, las pautas desarrolladas en los corpora de otros países y, además, en el planteamiento y en la estructura del trabajo se reafirmaban una serie de aspectos propios e innovadores. Entre ellos destacaba el estudio de la villa en su contexto arqueológico, histórico, económico y arquitectónico, que se consideraba fundamental, y que propició que los veinticuatro mosaicos que conformaban el corpus no fuesen vistos tan solo como si tratase de obras de arte. Además, la estructura adoptada impedía que el trabajo se convirtiese en una espesa monografía sobre la villa, con la ventaja añadida de hacer claramente perceptible la especificidad de los mosaicos. Esta misma idea parece ser la que subyace en las 596 páginas del Corpus do Algarve Este, también estructuradas en dos partes, precedidas por una introducción, agradecimientos, listas de abreviaturas de obras y de artículos, bibliografía general y lista de ilustraciones. En la primera parte se desarrolla un estudio detallado del contexto arqueológico y arquitectónico de los diferentes sitios con mosaicos: Faro, Milreu, Cerro da Vila, Amendoal, Vale de Carneiro, Montinho das Laranjeiras, Cacela-a-Velha, Tavira, S. Domingos d ́Asseca, Quinta da Trinidade, Marim, Torrejão, Loulé y Retorta. Los lugares más importantes -Faro, Milreu y Cerro da Vila-se analizan de forma individual, mientras que los restantes lugares son estudiados globalmente. En distintos apartados se tratan las fuentes concernientes a la densidad de sitios de la zona desde el xix hasta hoy, se hace la descripción de los lugares en su estado actual, el estudio del contexto arqueológico y arquitectónico de los mosaicos, el retrato sociológico de los comitentes, y se encuadran las villas del Algarve en su contexto ibérico. Además, se incluye un apéndice sobre el "santuario de las aguas" en el caso de Milreu. Esta primera parte es, sin duda alguna, de gran interés y riqueza, ya que en ella no se descuida ninguno de los aspectos que han de ser tenidos en cuenta en un yacimiento en vistas a su interpretación histórica. La documentación antigua de esta zona, aunque abundante, era también confusa y en muchos casos dispersa, como dispersos estaban los fragmentos de mosaicos y los restos materiales muebles distribuidos en museos y colecciones, sin indicación de procedencia. La recopilación, ordenación y revisión que se realiza en el trabajo es sistemática y exhaustiva, por lo que su importancia no pasa desapercibida para cualquiera que haya intentado acercarse a los yacimientos de la zona. No es menor el interés de los datos aportados por el análisis de los diferentes materiales en los yacimientos, ni la valoración e interpretación de los sitios que se realiza a partir de los datos obtenidos. Por eso, la lectura de esta primera parte proporciona una excelente visión de detalle de cada sitio, del contexto del que proceden los mosaicos, de los materiales que los acompañan y, al final, una visión de conjunto del yacimiento y de la zona. Por todo ello, es de agradecer el esfuerzo que supone la novedad de que en este volumen se recojan y estudien los mosaicos de un área geográfica concreta, y no un único yacimiento. Resulta por tanto positivo el acercamiento a la idea general que se tiene acerca de lo que debe ser un corpus nacional, desde que en el año 1957 se presentase el primer volumen del corpus nacional de la Galia, realizado por H. Stern, que se dedicaba a algunos mosaicos de territorio belga. En contrapartida, el mantenimiento de la estructura bipartita, con la división en capítulos de la primera parte y, dentro de ellos, la subdivisión en apartados a que hemos hecho mención antes, tiene todo el sentido para un solo yacimiento, pero no tanto en este caso. En pocas palabras, es inconveniente porque fragmenta la lectura, la entorpece y la hace muy fatigosa para el lector que, si desea centrar su atención en uno de los sitios en concreto y en sus mosaicos correspondientes, tendrá que buscar en diferentes lugares de la obra, saltar de un lado a otro y, casi siempre, habrá de recurrir al índice para encontrar el lugar exacto entre las numerosas páginas del trabajo. En la segunda parte se estudian los pavimentos de las ciudades y de las villas, hasta conforma r un corpus de 87 ejemplares. También en este caso se siguen las pautas establecidas en el volumen anterior, pues si en Torre de Palma acababa con el número 24, aquí se comienza por el 25. En el estudio de los mosaicos se sigue una ficha muy completa y minuciosa en la que se tienen en cuenta la técnica de colocación, la estrategia de ejecución, el estado de conservación, las restauraciones antiguas y modernas y el estudio del color de las teselas. Todo ello se completa con una descripción pormenorizada del mosaico, en la que se utiliza un procedimiento y un lenguaje estandardizado, que ya se había incorporado anteriormente, y una comparación con los mosaicos de otros lugares. Casi la mitad de los mosaicos que conforman el corpus proceden de Milreu (42) y, por primera vez, son descritos, expuestos, y estudiados de forma detallada. El análisis pone de manifiesto la gran riqueza del repertorio figurado marino en las diferentes dependencias de la villa, en el santuario de las aguas y en la fuente, y la existencia de mosaicos parietales y, posiblemente, de un mosaico de bóveda. Por otra parte, esta riqueza se corresponde perfectamente con la que se aprecia en una parte de la materia prima utilizada (teselas vítreas, teselas con hoja de oro), en las estructuras arquitectónicas de este lugar y en la riqueza de sus acabados con crustae de mármol, pinturas, decoración esculpida y abundancia de estatuas imperiales, que hacen de Milreu un lugar sobresaliente. Le siguen en cantidad Cerro da Vila, con sus termas y su fábrica de garum, con quince ejemplares, entre los cuales llaman la atención dos sectiles, Amendoal con ocho y, por último, Faro. En este caso, llama la atención que solo se tenga referencia de cuatro ejemplares y que solamente uno de ellos esté bien conservado, sea figurado y muestre una gran riqueza iconográfica, tanto en la figuración del Océano como de los vientos que lo flanquean. Pero sobre todo, destaca la inscripción del mosaico, que permite establecer hipótesis sobre los dedicantes, posiblemente los IV viri de la ciudad de Faro (Ossonoba), y sobre la función pública del edificio al que pertenecía. En las comparaciones con los mosaicos de otros lugares, las autoras encuentran -como también se había señalado ya en Torre de Palma-evidencias de parecido con los mosaicos africanos, hasta el punto de considerar la existencia de un taller itinerante africano trabajando en la zona entre finales del siglo ii y iii d.C. En los últimos capítulos se presenta un estudio de la paleta de color utilizada por los mosaístas y un estudio geológico y petrográfico. En ambos casos se continúa una práctica de análisis comenzada ya en los mosaicos de Torre de Palma y se abren posibilidades muy poco explotadas en otros corpus provinciales, lo cual permite un acercamiento muy provechoso a los recursos utilizados por los talleres que trabajan en la zona. Para finalizar, habría que señalar una última novedad en este volumen, como es la utilización de dos idiomas, el portugués y el francés. Es ésta una novedad a la que en realidad ya estamos acostumbrados, no en las redacciones de los corpus, pero sí en las publicaciones de actas de congresos, simposios y reuniones científicas, lo que resulta una práctica tan saludable como lo son los equipos interdisciplinares que colaboran en este trabajo. En resumen, más allá de los matices indicados, estamos ante una obra amplia, profunda, abarcadora, variada y rica, con análisis, interpretación, mucho trabajo y, desde luego, conocimiento.
Su compromiso con la sociedad fue sin duda el que le llevó a desempeñar importantes cargos de responsabilidad pública, sobre todo desde 1979 a 1984 (primero como Subdirector General de Arqueología, luego como Director General de Bellas Ar-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 MANUEL FERNÁNDEZ MIRANDA Arqueólogo e Historiador Aunque la labor científica y educativa de Manuel Fernández Miranda se haya centrado esencialmente en el campo de la Prehistoria, condicionado por una rígida y por él mis mo criticada concepción de la Historia (Rev. de Occidente, 81, 1988de Occidente, 81, y 152. 1994)), creemos que su contribución trasciende ampliamente ese estricto campo cultural y no precisamente en grado cuantitativo, sino por su amplia visión social de la Historia como ciencia y del Patrimonio Histórico como conjunto de bienes accesibles a todos los ciudadanos. Seguramente. muchos de los que le conocieron o trataron no saben que sus primeros pas, os como investigador se dedicaron al estudio de la terra sigila ta. Más conocida es la importancia de sus trabajos sobre la colonización fenicia en el Mediterráneo Occidental. Pero, aun conociéndolo, es posible ignorar determinados campos de su actividad. Para unos puede ser, en efecto, el especialista en el mundo colonial que escribe sobre Huelva y los tartesios, para otros el que realizó trabajos de arqueología submarina en aguas baleares, o quien se preocupó de los pueblos del norte de la península ibérica, o quien inició los trabajos en Recópolis. Los campos donde su cita es imprescindible son muy numerosos. Por ello, no es nuestra intención hacer un simple repaso a sus aportaciones científicas o académicas. Más bien queremos resaltar la capacidad de un hombre que supo combinar perfectamente la proyección científica, educativa y divulgadora de su profesión, de forma que su labor trascendiera claramente el mundo de los especialistas y alcanzara una infrecuente dimensión social. Tal logro no se produce nunca de forma casual y ciertamente exige, como fue el caso, una adecuación de los esfuerzos personales a las necesidades de la sociedad. El artículo citado del año 1994 no sólo pone de relieve los rasgos historiográficos, las preocupacio-nes sociales y la personalidad comprometida de l investigador objeto de estudio, Vere Gordon Childe, sino que se constituye en reflejo de la misma actitud de Manuel Fernández-Mi randa. Allí se define bien el equilibrio entre lo nuevo y lo viejo en el plano metodológico. entre la actividad profesional tes). Fue ese mismo compromiso el que le dio fuerzas, a pesar de no pocos sinsabores, para mantener hasta su fallecimiento (era entonces presidente de la Junta de calificación, valoración y exportación de bienes del Patrimonio Histórico Español) una vinculación mayor o menor, pero permanente, con los organismos que pudieran servir de cauce para poner al servicio de la sociedad su labor intekctual, en la administración central. en la autonómica o en la local. Ahora bien. tal presencia no era en absoluto el producto de una visión dirigista de la vida cultural que tuviera como manifestación concreta la construcción de formas de Estado que le sirvieran de paraguas. Muy al contrario, el objetivo que siempre persiguió en su participación en los organismos públicos consistía en el logro de la corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad civil. En esta linea, su biografía se ve coronada por su vigorosa participación en la Fundación José Ortega y Gasset y en el Instituto Universitario del mismo nombre, convertidos así en el eje desde donde pudo organizar multitud de cursos, seminarios y conferencias y desarrollar proyectos de investigación de participación múltiple, al haber sabido atraer hacia dichas organizaciones a un si número de colaboradores, individuales y colectivos, públicos y privados. Su llegada a la administración se produjo en un momento crucial dentro de la reciente historia de nuestro país, a caballo entre la consolidación del tránsito a la democracia y la articulación del nuevo Estado de las Autonomías. Fue una época sin duda de gran ebullición cultural, de una intensidad sostenida en la reordenación de los instrumentos de regulación y gestión de nuestro patrimonio histórico. El protagonismo de Manuel Fernández Miranda en este proceso fue determinante para la consolidación de nuevos modos de concebirlo, adecuados a la realidad histórica contemporánea. En su específica dedicación al patrimonio arqueológico dio una muestra más de hasta qué punto concebía la historia como una unidad, crisol donde fundir los restos del pasado en una visión contemporánea del mundo, en los planos social, político y cultural. Ya antes de que se generalizasen las grandes exposiciones multitudinarias sobre diversos y variados temas culturales, que han invadido nuestra sociedad como verdaderos acontecimientos a lo largo de la última década, él se preocupó activamente por promocionar la sali~a de las colecciones arqueológicas almacenadas ci expuestas en nuestros museos a la búsqueda del gran público, en espacios no arqueológicos. Son hitos, por ejemplo, en este sentido, la ex: posición sobre Los Iberos ( 1 983) del Palacio de Velázquez, que se intercambió con la del Templo Mayor de Mh•ico, o la del Origen y EwJ/11ción del Homhre ( 1984) en la Biblioteca Nacional, fruto de una colaboración hispano-francesa. Además, el hecho de haberse celebrado dentro de un cspiritu de proyección y colaboración nacional e internacional contribuyó notablemente a poner de moda el mundo de la arqueología desde un rigor científico y sin caer en fáciles chovinismos. Se trataba de actuaciones espectaculares, escaparate popular de una realidad profunda. En efecto, su impacto público facilitó el incremento de las dotaciones presupuestarias y dio un fuerte impulso a la actividad investigadora, que a su vez generó nuevos proyectos de divulgación y difusión de la arqueología. Resulta así evidente, en último término, que la rentabilidad social de la cultura se cimenta tanto en el rigor científico de los profesionales que se dedican a ella, como en su transcripción para facilitar un acceso mayoritario del público. De ahí que «celebrase» su llegada en 1982 a la Dirección Gral. de Bellas Artes invitando a todos los españoles a entrar gratuitamente a todos los museos públicos. Pero, a la par, en el primer lustro de los ochenta, ante la ilusionada mirada de los especialistas, se incrementaba notablemente el volumen de las publicaciones dedicadas al campo de la arqueología desde el Ministerio de Cultura. Incluso aparecieron nuevas series o publicaciones periódicas, algunas de ellas lamentablemente interrumpidas con posterioridad, con lo que no pudo alcanzar el efecto perseguido, que pretendía recopilar sistemáticamente los resultados de la ciencia. En efecto, en lo que a publicaciones se refiere, Manuel Fernández-Miranda fue extraordinariamente generoso, porque no sólo acogía para su publicación, sino que también promovía estudios monográficos, síntesis, guías divulgativas, repertorios y animaba con su estímulo la celebración de congresos, dedicados a temas muy diversos, siempre que tuviesen una contrastada calidad. El detalle, en las formas y en los contenidos, resultaría aquí excesivamente prolijo. Como único ejemplo, bajo su iniciativa aparecieron por primera vez los resúmenes de todas las actividades arqueológicas realizadas cada año, que afortunadamente en este caso sí han tenido continuidad, desarrollada en muchas ocasiones a través de las comunidades autónomas. Cualquiera que haya trabajado con él o a su lado ha podido comprobar la importancia que concedía al trabajo en equipo. Es muy posible que tal rasgo fuese una virtud casi inherente a su carácter, pues se trata de un aspecto de su personalidad científica que ha puesto de relieve todo el que lo conocía en este campo. Seguramente, es una consecuencia de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa su infinita capacidad de convicción y de su inigualable inclinación al movimiento convergente de las voluntades. La proyección externa de sus caracteres personales quedaba determinada por los rasgos de generosidad y liberalidad que lo definían. Por eso. en su caso. este conjunto de cualidades. gracias a la conjunción con su sensibilidad social, quedó elevado a rango institucional. Así. nunca dejaba alamparo del mero voluntarismo personal los resultados de su propia capacidad de convocatoria, por lo que desde la Universidad, desde el Mini sterio de Cultura o desde la Fundación Ortega y Gasset imprimía a sus iniciativas un sello rigurosamente profesional, enmarcadas siempre dentro del organismo al que pertenecía y habitualmente pensadas para que se llevaran a cabo por medio de amplios equipos de trabajo. Por ello es perdurable su obra institucional. Es posible que su desaparición nos prive del motor, pero la maquinaria quedó terminada. Ya nadie se atreve a plantear dudas sobre el carácter interdisciplinar de los estudios arqueológicos o, en concreto, sobre la presencia imprescindible de un arqueólogo en casi todas las actuaciones de conservación o de protección reali zadas sobre el patrimonio histórico. Sin duda, es absolutamente seguro que se habría alcanzado tarde o temprano, por las mismas necesidades del desarrollo social y cultural. pero de hecho fue durante su gestión administrativa cuando se generalizó. También durante su gestión administrativa se normalizaron por primera vez los consejos asesores de especialistas y se potenciaron enormemente las ARQUEÓLOGO f: HI STORIAIJOR AEspA. b7. 1994 deándosc de numerosos colaboradores, algunos esfuerzo s «extra». El último de ellos está representado por la organización de una gran exposición sobre los Astures, sobre sus orígenes prehistóricos, sobre la Asturia romana y sobre su transición al Medievo. Nuevamente la visión global y de conjunto se desprende de su personalidad individual y la supera. Esperamos que su rea lización sea un homenaje póstumo a su persona y a sus ideas. Todo lo dicho y seguramente mucho más que podrían testimoniar otros. entre los muchos que lo trataron desde diferentes ángulos, quedó reflejado como fel iz logro social en la nueva Ley del Patrimonio Histórico ( 1985 ), de la que sin duda fue él su principal responsable. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
La investigación arqueológica de los campamentos de campaña romano-republicanos localizados en el curso inferior del río Ebro permite una nueva perspectiva de estudio sobre los inicios de la conquista romana en la península ibérica. PALABRAS CLAVE: Prospecciones arqueológicas. El objeto de este artículo es presentar la documentación arqueológica más reciente sobre los primeros momentos de la conquista romana en la península ibérica. Esta aportación se basa en los resultados iniciales de las prospecciones arqueológicas en dos yacimientos del curso inferior del río Ebro: la Palma (l'Aldea, Tarragona) y el Camí del Castellet de Banyoles (Tivissa, Tarragona). El proyecto de investigación sobre los campamentos militares de época republicana en el bajo Ebro3 se inició el año 2006. Hasta el momento se han realizado dos campañas de prospección en la Palma y una en el Camí del Castellet de Banyoles. Los resultados son preliminares, pero sugieren que se trata de sendos campamentos romanos de campaña, el primero de la Segunda Guerra Púnica, el segundo datable durante el primer decenio del siglo II a.C. (Fig. 1). El conocimiento de los establecimientos militares temporales en la península ibérica ha progresado enormemente en los últimos años (Morillo 2003). Entre estos asentamientos, los campamentos de campaña son los que presentan un carácter más provisional, ya que pueden tener una duración muy corta, de tan sólo un día, o de meses o incluso años, todo depende de consideraciones estratégicas y de la duración del conflicto. Su construcción responde a criterios de eventualidad y por ello generalmente fueron levantados con materiales ligeros, de fácil y barata obtención como la madera, la tierra, etc. Por su corta duración y por el carácter perecedero de estos materiales, son yacimientos casi invisibles, muy difíciles de identificar. Ello explica su escasez generalizada y hasta fechas muy recientes los datados entre finales del siglo III e inicios del siglo II a.C. eran prácticamente desconocidos. En cambio, las fuentes escritas hacen continua referencia a su existencia durante las diferentes campañas de la Segunda Guerra Púnica. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos mencionar los 8000 soldados estacionados en el campamento de Sucro en el 206 a.C. (Livio XXVIII, 24, 5). Igualmente hay que señalar el establecimiento de un campamento situado en la desembocadura del Ebro, con tropas sucesivamente comandadas por Lucio Marcio (Livio XXV, 37, 6-7), Claudio Nerón (Livio XXVI, 2) y Publio Cornelio Escipión (Livio XXVI, 41, 1-2). Asimismo, hay que recordar que entre Tarraco y el Ebro también se establecieron otras guarniciones, probablemente de menor entidad (Livio XXVIII, 42, 3-4). Como ya hemos comentado, la constatación arqueológica de este tipo de asentamientos es escasa y muy reciente. Para el período que nos ocupa hay que destacar la investigación de los campamentos relacionados con la batalla de Baecula en el 208 a.C., alrededor del Cerro de la Albahacas (Santo Tomé, Jaén). El yacimiento está en proceso de estudio, por lo que aún se conocen pocos datos, pero sobre todo destaca su gran extensión, justificable por tratarse de un gran campo de batalla (Bellón et alii 2002-03). Por otro lado, el proyecto de investigación centrado en la ciudad celtibérica de Ségeda parece haber localizado en los Planos de Mara el campamento romano que sitió la ciudad en el 153 a.C. Se trata de una altiplanicie con una extensión aproximada de 10 hectáreas, donde no se aprecian estructuras cons-truidas, pero sí una gran dispersión de materiales cerámicos, principalmente ánforas contemporáneas a las documentadas en el campamento de Nobilior en Renieblas. La topografía, extensión y situación del yacimiento, el tipo de evidencias cerámicas y su dispersión, son elementos que inducen a sus investigadores a considerarlo un campamento de campaña (Burillo 2007, 285). A estos dos asentamientos militares podríamos añadir otros probablemente relacionados con la campaña de Catón, pero de difícil concreción cronológica, como el campamento Rasa junto a Numancia (Morales 2007, 271) o el campamento I de Renieblas (Luik, Müller 2006). Finalmente, fuera del período cronológico contemplado, pero muy interesantes desde el punto de vista conceptual, son los castra aestiva de la cornisa cantábrica de finales del siglo I a.C. (Peralta 2002). LA SEGUNDA GUERRA PÚNICA EN EL BAJO EBRO El principal escenario de los combates durante la fase inicial de la Segunda Guerra Púnica en la península Ibérica fue el curso inferior del río Ebro. Por lo tanto, en esta zona han de localizarse los campamentos de campaña de las tropas romanas y cartaginesas entre el 218 y el 209 a.C. Uno de estos campamentos, quizás el más importante de las tropas romanas destacadas en la zona, es el de la Palma (l'Aldea, Baix Ebre). El yacimiento se sitúa en la ribera izquierda del Ebro, junto a su antigua desembocadura, sobre una terraza fluvial a unos quince metros de altura sobre el río (Fig. 2). Hay que recordar que el delta es una formación posterior a la época romana e incluso se ha especulado sobre la posibilidad de que el río dibujase un estrecho estuario entre Amposta y Tortosa, facilitando aún más su navegación. No entraremos aquí a defender las inmejorables condiciones geoestratégicas del lugar, paso obligado de todo tipo de comunicaciones (Noguera, en prensa). De hecho, en la actualidad el yacimiento ha sufrido continuas remociones de tierra debido a la construcción de diversos ejes viarios: por él discurren la autopista AP7, el ferrocarril Barcelona-Valencia o el antiguo ferrocarril de Tortosa a la Cava. En relación con esta importancia no es de extrañar que el lugar fuera escenario de encarnizados combates durante diferentes períodos de la historia, por ejemplo durante la toma de Amposta por los carlistas o durante la batalla del Ebro de 1938, cuando tropas de la XIV Brigada Internacional realizaron un san- griento ataque de diversión en esta zona. Como es de suponer, los trabajos de prospección han recuperado gran cantidad de proyectiles y metralla correspondientes a estos enfrentamientos. Volviendo al período que nos ocupa, la dispersión de materiales arqueológicos de finales del siglo III a.C. sugiere una extensión del yacimiento que se podría aproximar a las 30 Ha., pero actualmente la transformación urbanística del entorno limita los trabajos de investigación a una superficie de unas 7 Ha. El campamento ocuparía así un terreno llano, provisto de agua y bien comunicado. Sus límites naturales serían el escarpe de la terraza fluvial al Este, el curso de un antiguo barranco por el Norte y la línea de costa antigua por el Sur, mientras que por el Oeste el paisaje ha sido transformado profundamente, de manera que cualquier defensa artificial o límite natural habría desaparecido. La primera campaña de investigación, realizada durante el mes de agosto de 2006, se centró en la prospección sistemática del yacimiento (Fig. 3). En la zona A1, de 17.000 m 2, no se pudo trabajar por haberse convertido temporalmente en un vertedero incontrolado. La zona B1, de casi 40.000 m 2, fue labrada superficialmente para facilitar la prospección visual. Posteriormente fue dividida en 131 unidades Fig. 2. Mapa de la antigua desembocadura del río Ebro, con la situación del campamento romano de la Palma. Las líneas discontinuas marcan la extensión máxima del asentamiento y la zona donde actualmente se realiza el trabajo de campo, con las unidades de prospección de la campaña de 2006. Planta de las zonas prospectadas sistemáticamente en el yacimiento de la Palma, con el resultado de la prospección mediante el uso de transects de 300 m 2 (zona B1) y mediante la georeferenciación de cada fragmento cerámico (zona B2). Los puntos corresponden a fragmentos de ánforas greco-itálicas, las cruces a fragmentos ibéricos. de 30 metros de largo y 10 metros de ancho, que fueron prospectadas sistemáticamente por un equipo de siete personas, equipadas con detectores de metales. Se recogieron 419 fragmentos cerámicos, de los cuales el 72 % corresponden a ánforas greco-itálicas, el 24 % son ibéricos y un 4 % son indeterminados. Finalmente, en la zona B2, de 10.000 m 2, se realizó una prospección sistemática prescindiendo de transects, pero situando cada fragmento cerámico mediante una estación total. En este sector se recogieron 129 fragmentos, de los cuales el 54 % corresponden a ánforas greco-itálicas, el 41 % son ibéricos y un 12 % son indeterminados. Como se puede apreciar, la presencia de fragmentos de ánfora greco-itálica en las zonas B1 y B2 es significativa, tanto en porcentaje como en dispersión. Las ánforas greco-itálicas recuperadas tienen los pivotes macizos y alargados, con los bordes inclinados unos 45o (Fig. 4), y se pueden datar entre finales del siglo III e inicios del siglo II a.C. (Lyding Will 1982). Hay que resaltar la ausencia total de vajilla de barniz negro campaniense A, y también que la mayoría de los fragmentos de cerámica ibérica corresponde a material de transporte y almacenaje. Finalmente, durante esta primera campaña únicamente se recuperaron tres monedas y tres glandes de plomo (Fig. 5). La segunda campaña de prospección, realizada en septiembre de 2007, se concentró en una franja de terreno paralela al río Ebro de 15.000 m 2, una zona donde la campaña anterior había detectado una especial concentración de materiales (Fig. 3). Previamente se rebajó el terreno unos 20-30 cm para intentar identificar estructuras constructivas. El resultado fue totalmente negativo, ya que no apareció ningún indicio de muros, fosos o agujeros de poste. En cambio, la prospección mediante detectores de metales proporcionó diversos glandes de plomo y fíbulas de bronce, pero sobre todo un lote de 24 monedas, de las cuales 17 fueron amortizadas durante la Segunda Guerra Púnica. Este conjunto aún está en estudio, pero podemos avanzar su composición. Se trata de cuatro bronces romano-republicanos acuñados entre el 217 y el 212 a.C., cinco monedas hispano-cartaginesas del 221-218 a.C., dos cartaginesas (una de ellas procedente de Cerdeña), un divisor de bronce de Massalia, y una dracma y cuatro divisores de Emporion, uno de ellos probablemente una imitación ibérica de un tetartemorion4. Las siete monedas restantes corresponden a tres piezas de Jaume I de la ceca de Valencia, una de Fernando VII, una del Bajo Imperio, una de la segunda mitad del siglo XIX y una moneda indeterminada. Este conjunto de monedas es análogo en cronología y composición al lote en manos de coleccionistas particulares, estudiado recientemente junto a las tres monedas recuperadas durante la campaña de 2006 (Noguera, Tarradell, en prensa). De estas 103 piezas, 75 fueron amortizadas durante la Segunda Guerra Púnica. El lote está constituido por 31 monedas romano-republicanas, 25 hispano-cartaginesas, 7 cartaginesas, 1 divisor de Emporion, 1 divisor ibérico de imitación de Emporion, 3 tetradracmas helenísticas, 1 bronce de Hierón de Siracusa, 2 bronces de Neápolis, 1 de Gadir y 3 de Ebusus, aunque estas últimas podrían corresponder a la circulación del siglo II a.C. Hemos podido identificar 3 monedas de plata y 28 de bronce de la República romana, acuñadas an- ni un sólo ejemplar de cronología más antigua. Finalmente, podemos añadir una moneda de bronce de Arse que también podría haber sido amortizada a finales del siglo III a.C. El hallazgo reciente e inédito5 de una pieza similar en el poblado ibérico de els Estinclells (Verdú, Lleida), en un contexto arqueológico fechado en la misma época, permite encuadrarla entre el lote de monedas antiguo. El resto de las monedas, que no trataremos aquí, está formado por acuñaciones ibéricas y romanas de finales de la República y del Alto Imperio. Estas monedas, en una cantidad meramente testimonial, vienen a confirmar que la terraza de la Palma fue continuamente ocupada, seguramente en relación con su posición estratégica sobre un nudo de comunicaciones, y en particular con la probable existencia de un paso del río Ebro por este lugar. Como podemos observar el conjunto es excepcional y prácticamente no podemos compararlo con ningún otro yacimiento conocido. Es importante destacar que del total de 92 monedas recuperadas hasta el momento y amortizadas con toda seguridad a finales del siglo III a.C., únicamente 13 son de plata. El hecho de que predominen las monedas de bronce de poco valor confirma que se trata de un lugar donde las monedas están en uso y circulación y que no es un ocultamiento. Se trata de un conjunto numismático coherente con los hechos narrados en las fuentes: monedas romano-republicanas y de las ciudades griegas aliadas de Emporion y Massalia (Fig. 8). Por otra parte, las monedas púnicas son muy abundantes, especialmente las hispano-cartaginesas. Ello podría explicarse por las cuatro derrotas consecutivas que sufrieron los cartagineses en las proximidades: Cissa (218 a.C.), en la batalla naval del Ebro (217 a.C.), Hibera (216 a.C.) y quizás en Intibilis (215 a.C.), por lo que los romanos se habrían apoderado de sus pertrechos (Livio XXI, 60, 9). La cronología inicial de la Palma podría relacionarse con la estabilización del conflicto en la línea del Ebro en el 218 a.C., o bien a partir de la victoria naval romana en su desembocadura en el 217 a.C. En cualquier caso, su existencia parece segura en el 210-209 a.C. La cronología final creemos que tiene que vincularse con la conquista de Cartago Nova en el 209 a.C., y el desplazamiento del conflicto hacia el sur. Desde el punto de vista numismático, la ausencia de victoriatos, denarios, quinarios y sestercios sugiere que el conjunto fue amortizado en una fecha anterior a la aparición del sistema del denario en el 211 a.C. Pero las fuentes escritas son explícitas en cuanto a la presencia en el 209 a.C. de Publio Cornelio Escipión en la desembocadura del Ebro, con las nuevas tropas llegadas a la Península. Por lo tanto, si tenemos en cuenta la ausencia de estas monedas en la Palma, parece que estos refuerzos llegaron desprovistos del nuevo numerario. De hecho, ni siquiera en las etapas finales del conflicto Roma pagó a sus tropas de Iberia con las nuevas monedas. 9-14: Monedas hispano-cartaginesas (Villaronga, 1973) estos momentos, reflejada en la rebelión de los soldados romanos del campamento de Sucro en el 206 a.C. a causa del impago de su salario, a pesar de que el mismo Escipión ocasionalmente les hubiera retribuido con los bienes conseguidos sobre el terreno (Polibio XI, 28, 3-6). Por lo tanto, la ausencia de monedas de la serie del denario en la Palma confirmaría la hipótesis de su llegada a la Península después del 206 a.C. (García-Bellido 1993, 332). En definitiva, es posible que la diversidad y la procedencia del conjunto responda al numerario que había en circulación en la península itálica antes del 211-209, sumadas a las acuñadas en la península Ibérica, ya sea indígenas, griegas, púnicas e incluso quizás acuñaciones romanas. Evidentemente, la importancia del campamento residía en el control de la desembocadura del Ebro, un lugar de alto valor estratégico y paso obligado de los ejércitos que utilizaron la vía Heraklea en sus desplazamientos. Esta zona fue escenario de los diversos intentos cartagineses por expulsar a los romanos y hacer llegar refuerzos y suministros a las tropas de Aníbal en la península itálica (Fig. 9). En el 217 a.C. se produce la derrota naval cartaginesa en la desembocadura del Ebro, en el 216 la batalla próxima a Hibera (Tortosa?) y en el 215 Intibilis (la Jana?). Poco a poco los combates se van desplazando hacia el sur y es posible que en el 212 los romanos tomasen Sagunto. Dada la proximidad y la importancia de la cuenca del Júcar para internarse hacia el interior de la Península y, por ende, al alto Guadalquivir, no podemos descartar que el campamento de Sucro se estableciese por estas fechas. Así, se perfilaría un avance romano por etapas, dejando bases en la retaguardia, por lo que no creemos que los dos Escipiones osaran internarse en el alto Guadalquivir antes del 212, ya que para ello habían de contar con una serie de campamentos y guarniciones que jalonaran el camino. De hecho, después del descalabro en el sur, L. Marcio y T. Fonteyo consiguen reconstruir un ejercito reuniendo tropas estacionadas en diversos destacamentos (Livio XXV, 37, 4-5) y retirarse a las posiciones originales del año 217. Es en estos momentos cuando se produce la primera mención de la existencia de un campamento en el río Ebro, en principio geográficamente imprecisa:...se acordó elegir un jefe del ejército en los comicios militares después de fortificar el campamento al lado de acá del Ebro, relevándose unos a otros en la vigilancia de la empalizada y en los puestos de guardia... Posteriormente, la llegada de refuerzos al mando del propretor Claudio Nerón permite concretar su localización junto al río: Este ejército embarcó en Puteólos y Nerón lo condujo a Hispania. Llegó a Tarragona con las naves, desembarcó allí las tropas, y después de varar las naves armó también a las tripulaciones para incrementar el número de tropas; partió hacia el Ebro y se hizo cargo del ejército de Tiberio Fonteyo y Lucio Marcio (Livio XXVI, 17, 2-3; trad. Finalmente, la concentración de tropas y naves ordenada por Escipión Africano en el 209 a.C. precisa su localización en la desembocadura: En Hispania, a principios de la primavera, Publio Escipión botó al mar sus naves y mediante un edicto citó en Tarragona a las fuerzas aliadas auxiliares, y ordenó a la flota y las naves de transporte dirigirse de allí a la desembocadura del río Ebro. Después de dar orden de que acudieran también allí las legiones desde los cuarteles de invierno, él salió de Tarragona con cinco mil aliados para unirse al ejército (Livio XXVI, 41, 1-2; trad. Un comentario posterior de T. Livio, en boca de Fabio Máximo, recuerda la llegada de Escipión a Hispania y confirma la localización de un gran campamento junto a la desembocadura del río: Navegando a lo largo de las costas de Italia y de la Galia en un mar libre de enemigos abordaste con tu flota a Ampurias, una ciudad aliada; desembarcadas las tropas, las condujiste hacia unos aliados y amigos del pueblo romano, a Tarragona, por parajes que no ofrecían el menor peligro; posteriormente la marcha desde Tarragona fue atravesando guarniciones romanas; junto al Ebro estaban los ejércitos de tu padre y de tu tío... Por lo tanto, creemos que las consideraciones geoestratégicas, los indicios arqueológicos y las fuen- LOS ENFRENTAMIENTOS CON LOS PUEBLOS IBÉRICOS DEL VALLE DEL EBRO Inmediatamente después de ser derrotados y expulsados los cartagineses de la Península en el 206 a.C., Escipión tuvo que enfrentarse al primer levantamiento indígena, encabezado por la tribu de los ilergetas comandados por Indíbil y Mandonio, a los que se añadieron otras tribus colindantes (Polibio XI, 32; Livio XXVIII, 24, 3-4). La insurrección fue sometida pero al año siguiente se reprodujo liderada por los mismos protagonistas. Los procónsules L. Cornelio Léntulo y L. Manlio Acidino atravesaron el territorio ausetano para someter a los sublevados, concentrados en territorio sedetano (Livio XXIX, 2, 1-2). En el 200 a.C. nuevamente el procónsul C. Cornelio Cetego obtiene una victoria en territorio sedetano (Livio XXXI, 49, 7). En el año 197 el procónsul C. Sempronio Tudetano es derrotado y muerto en un lugar indeterminado de la nueva provincia de la Hispania citerior (Livio XXXIII, 25, 8-9). En este período se produce una sublevación generalizada que provoca el desembarco en Ampurias de un ejército consular al mando de M. Porcio Catón (Livio XXXIV, 8, 4). A pesar de la victoria inicial y de sus esfuerzos no parece que la sublevación se pueda dar por extinguida ya que el mismo cónsul ha de someter nuevamente a los sedetanos, ausetanos y suesetanos (Livio XXXIV, 20, 1). Incluso la represión de Catón no fue definitiva ya que después de su marcha el pretor S. Digicio perdió la mitad de sus tropas (Livio XXXV, 1, 1-2). De los hechos narrados por las fuentes podemos sacar varias conclusiones. En primer lugar, que en los primeros años del siglo II a.C. se produjeron incesantes rebeliones indígenas contra los romanos y probablemente habría que añadir otras que no quedaron reflejadas por escrito. Igualmente hay que constatar la fragilidad de los tratados de paz establecidos seguramente porque en la mayoría de las ocasiones incluían unas condiciones muy severas para los indígenas. También parece evidente que el principal escenario de los combates fue el interior del valle del Ebro, en tierras de los ausetanos, ilergetas, sedetanos y suesetanos. Finalmente, hay que suponer que si Tarraco continuaba siendo la principal base de operaciones romana, muchas de sus incursiones se habrían realizado atravesando el territorio de los ilercavones, en el bajo Ebro (Fig. 9). En este contexto el poblado del Castellet de Banyoles (Tivissa, Ribera d'Ebre) adquiere una gran importancia geoestratégica. Se trata del mayor asentamiento ibérico al sur de Cataluña, un oppidum ilercavón de 4,2 ha que controla el curso del Ebro a su paso por la depresión de Móra, así como la vía de acceso que, desde el interior del bajo Aragón, territorio ausetano, se dirige hacia la costa y por ende hacia Tarraco. De hecho, está justo encima del vado que facilita el paso del río siguiendo esta ruta (Fig. 10). Desde principios del siglo XX se han sucedido los hallazgos fortuitos y espectaculares. Los llamados tesoros de Tivissa están formados por páteras, pendientes, colgantes, brazaletes y anillos de oro y plata, así como monedas de plata y bronce. A raíz de estos descubrimientos entre los años 1929 y 1943 se realizaron las primera intervenciones arqueológicas, con la excavación de las dos torres pentagonales que protegen la entrada y de un barrio junto al acceso (Serra Ràfols 1941; Vilaseca, Serra Ràfols, Brull 1949; Serra Ràfols 1964-65). Con posterioridad se realizó alguna intervención puntual y se halló un nuevo tesoro. Probablemente hay que relacionar la abundancia de objetos de plata y plomo con la proximidad de las minas de galena argentífera situadas en la cuenca del río Siurana. Así lo sugiere el hallazgo de hornos y toberas destinados a la transformación del mineral (Vilaseca 1945, 80; Asensio, Miró, Sanmartí 2005, 621), e incluso se ha propuesto que el Castellet de Banyoles pudo acuñar moneda de plata (Tarradell-Font 2003-04). Desde 1998 se suceden las excavaciones programadas (Asensio, Miró, Sanmartí 2002; Asensio, Miró, Sanmartí 2005), confirmando un nivel homogéneo de Todo ello indica una estructura económica y administrativa organizada, propia de un gran centro de poder político que controlaba el territorio circundante (Noguera 1998). Pero nuestro interés se centra ahora en el yacimiento recientemente localizado más allá del angosto paso de cinco metros de anchura y cien metros de longitud que restringe el acceso al poblado, el Camí del Castellet de Banyoles (Noguera 2007, 314). Ocupa una extensa plataforma de 11 Ha, prácticamente llana, delimitada al oeste por el estrecho paso adyacente a las torres del poblado y al este por un segundo estrangulamiento de apenas veinte metros de anchura (Fig. 10). La prospección arqueológica realizada el mes de noviembre de 2007 ha incidido sobre 4,3 Ha., siguiendo uno de los dos métodos utilizados en el yacimiento de la Palma, es decir, la prospección sistemática de unidades de 300 m 2, de manera que los resultados pudieran ser comparados. Los materiales aún están en estudio, pero podemos avanzar algunos datos que creemos significativos. Así, por ejemplo, en toda la superficie prospectada se recuperaron fragmentos cerámicos ibéricos e itálicos, excepto en la hectárea de terreno inmediata a la entrada al poblado, de manera que creemos que esta zona nunca fue ocupada. De los 708 fragmentos recuperados en los campos más alejados, el 88 % corresponden a cerámica ibérica, mayoritariamente material de transporte y almacenaje, mientras que el 12 % son fragmentos de ánforas greco-itálicas. La presencia de cerámica a mano o vajilla campaniense A es ínfima, casi inexistente (fig. 11a). Las ánforas greco-itálicas son similares a las recuperadas en la Palma, con bordes inclinados unos 45o (Fig. 12), de finales del siglo III o inicios del siglo II a.C. La cuantificación presentada es significativa sí la comparamos con el análisis de los materiales procedentes de las excavaciones del interior del poblado (Fig. 11b), donde únicamente el 0,5 % de los fragmentos corresponden a ánforas greco-itálicas y el 1 % a campaniense A, mientras que el 98 % de los fragmentos pertenecen a producciones locales (Jornet 2006). Por lo tanto, creemos que hay que descartar la posibilidad de que el yacimiento sea una continuación extramuros del hábitat. Por el contrario, otros indicios refuerzan la hipótesis de un asentamiento militar, como los 23 glandes de plomo recuperados, siempre sin leyenda (Fig. 13), así como un posible portaestandarte de hierro, un pequeño halcón de plomo y otros objetos metálicos (Noguera en prensa). Al igual que en la Palma, la prospección no ha identificado restos de construcciones, como tampoco lo hizo la profunda rasa excavada hace pocos años para renovar el conducto de gas que atraviesa completamente el yacimiento. Pero quizás el dato más significativo es el lote de 13 monedas de plata y 24 de bronce procedente de colecciones particulares (Tarradell-Font, Noguera en prensa) y de hallazgos fortuitos (Serra Ràfols 1949, 200), al que hemos añadido un tetartemorion de Emporion recuperado durante la campaña de prospección de 2007. Seis de las piezas de bronce aún no han podido ser consultadas, pero probablemente se trate de monedas romano-republicanas. En cualquier caso, el resto de las piezas, excepto tres, pertenecen a emisiones encuadradas cronológicamente entre la Segunda Guerra Púnica y los primeros levantamientos de los iberos. La mayoría de las monedas son romano-republicanas (Fig. 14). Las presentamos divididas en varios lotes según la cronología de sus emisiones y el metal de que están compuestas: el primer lote consta de 4 bronces anteriores a la aparición del denario, el segundo está formado por 16 monedas de plata y bronce del 211-208 a.C., mientras que el tercer lote lo componen 3 bronces del siglo II a.C. Los cuatro bronces romano-republicanos anteriores al denario, de la serie semi-libral de los años 217-215 a.C., son una uncia y tres semiuncias (Fig. 15, 5). Estas piezas son muy escasas en Cataluña, a excepción del yacimiento de la Palma. De las dieciséis monedas del 211-208 a.C., nueve son monedas de plata de la República romana. Estas emisiones concuerdan cronológicamente con las emisiones romano-republicanas ha-lladas en el poblado del Castellet de Banyoles (Tarradell-Font 2003-04), con la diferencia de que allí sólo se han hallado denarios y victoriatos; mientras que en el Camí del Castellet de Banyoles se han recuperado divisores de plata: un quinario y tres sestercios. Las siete monedas romanas restantes de finales del siglo III a.C. son de bronce: tres ases (fig. 15, 6), un semis, dos triens (Fig. 15, 7) y un sextans. Cuatro de estas piezas fueron acuñadas en Cerdeña y una de ellas reacuñada sobre un bronce sardo-púnico (Fig. 15, 8), hecho bastante frecuente en el nominal sextans de estas emisiones (Crawford 1974, 13), mientras que las otras tres son de la emisión anónima RRC 56. Completan el conjunto unas pocas monedas emitidas en la Península: una dracma (Fig. 15, 9) y un tetartemorion de Ampurias, dos dracmas de imitación ibérica de Ampurias (Fig. 15, 10) y un bronce de Neápolis (Campania). Ésta última es una pieza de la serie Cabeza masculina/Jinete (Fig. 15, 11), realmente excepcional y correspondiente a las últimas emisiones de la ciudad. Los pocos ejemplares que conocemos son de la serie Cabeza de Apolo/Toro androcéfalo, como los encontrados en el campamento romano de la Palma. Finalmente, las monedas del siglo II a.C. son poco numerosas, únicamente tres bronces RRC (aunque alguno de los inclasificables o aún no clasificados también podrían ser de esta época) y un ejemplar ibérico de la ceca de Lauro. Cronológicamente es un lote que se desmarca de los anteriores y hay que relacionarlo con los bronces ibéricos recogidos en los niveles superficiales del poblado. Seguramente proceden de una reocupación posterior del asentamien- to, fechada a partir de finales del siglo II a.C., pero con unas estructuras constructivas actualmente casi arrasadas (Asensio, Miró, Sanmartí 2002). Como podemos observar, la principal diferencia entre el conjunto de monedas procedente del interior del poblado ibérico y el conjunto de monedas procedente del campamento del Camí del Castellet de Banyoles es el lote de monedas de bronce romano-republicanas acuñadas a finales del siglo III a.C. Hasta el momento en el hábitat ibérico no se ha hallado ningún ejemplar. De hecho, habitualmente, estas monedas se relacionan con la presencia de tropas romanas como es el caso del campamento de la Palma. La cronología del poblado y del campamento del Castellet de Banyoles viene dada por la presencia de victoriatos, denarios, sestercios y quinarios, lo cual permite datar ambos yacimientos con posterioridad al 211-209 a.C., la fecha de inicio de acuñación. Pero como hemos comentado, parece que estas últimas monedas no circularon en la Península durante la Segunda Guerra Púnica. Además hay que recordar que en la Palma abunda el numerario del bando púnico, mientras que en el Camí del Castellet de Banyoles es inexistente. Estas monedas debieron ser retiradas de circulación después de la derrota y retirada cartaginesa, por lo que hay que suponer que su ausencia es debido a que el yacimiento es posterior al 206 a.C., e incluso creemos más apropiada una fecha entre el 200 y 190 a.C., ya que había de transcurrir un cierto tiempo hasta conseguir retirar la totalidad del numerario púnico. Este período se ciñe mejor al momento en que los romanos someten a las tribus ibéricas del interior del valle del Ebro. En el estado actual de la investigación no podemos afirmar si el campamento localizado fue el que acabó destruyendo el oppidum del Castellet de Banyoles, ya que también se podría tratar de un destacamento aliado, sobre todo por su proximidad al poblado. Pero existen algunos indicios que podrían sugerir lo contrario. Así, por ejemplo, la cronología del campamento es coincidente con la destrucción del hábitat, un hecho ya de por sí a tener en cuenta. En segundo lugar, la existencia de una «tierra de nadie» de 300 metros de longitud entre ambos yacimientos (una distancia demasiado reducida, todo hay que decirlo). En tercer lugar, la diferencia significativa en los porcentajes cerámicos y en los conjuntos numismáticos sugieren dinámicas de aprovisionamiento diferentes para los dos yacimientos. Finalmente, muchos de los glandes de plomo fueron recuperados en la vertiente norte del poblado, mientras que no se ha documentado ninguno en las vertientes sur y oeste. Ello conduce a pensar en un ataque por la vertiente más accesible, evitando el acceso angosto y bien fortificado. Para acabar, el alto porcentaje de material ibérico recuperado en superficie podría hacernos pensar que estamos ante un asentamiento militar con tropas indígenas auxiliares. Pero en este caso no creemos que el material sea definitorio ya que, en palabras del mismo Catón, «bellum se ipsum alet» (Livio XXXIV, 9, 12), por lo que el ejército romano se abastecería sobre el terreno, de manera que creemos lógico recuperar material de transporte y almacenaje local en un campamento legionario. A partir de la documentación presentada creemos pertinente realizar una serie de reflexiones mediante la comparación de los datos recuperados en estos y otros asentamientos similares: • Los campamentos de campaña presentan una densidad muy baja de material cerámico en superficie. Por ejemplo, durante la prospección de la Palma se recogieron 125 fragmentos cerámicos por hectárea (118 frag./Ha. en la zona B1 y 129 frag./Ha. en la zona B2, utilizando diferentes métodos de prospección), mientras que en el Camí del Castellet de Banyoles se recuperaron 163 fragmentos cerámicos por hectárea, por lo tanto estamos ante concentraciones de material similares. • La dispersión de estos materiales es muy elevada, originalmente unas 30 Ha en la Palma, 9 ha en el Camí del Castellet de Banyoles, 10 Ha. en los Planos de Mara y quizás más de 100 Ha. en el Cerro de las Albahacas. Es evidente que estamos ante concentraciones de tropas importantes. A título de ejemplo, se ha calculado que una legión en época imperial ocuparía una extensión cercana a las 20 Ha. • Ninguno de los campamentos de campaña mencionados (a excepción de los campamentos numantinos, con una problemática específica) ha proporciona-do restos de estructuras constructivas. Éste es un aspecto que muy probablemente viene determinado por el tipo de materiales empleados y por la remoción de los suelos producida por los trabajos agrícolas. En el caso de los yacimientos estudiados en el bajo Ebro, estamos convencidos de que el suelo original ocupado por las legiones romanas ya ha desaparecido, de manera similar a la documentada en los Planos de Mara (Burillo 2007, 285). Así se explica que en un mismo estrato removido recuperemos monedas de finales del siglo III a.C., imperiales, medievales o modernas. La única posibilidad para documentar contextos arqueológicos cerrados probablemente pase por identificar depósitos naturales o depresiones artificiales donde se conserven materiales de la época, como los documentados alrededor del Mont Auxois durante la batalla de Alesia (Reddé et alii 2001). • La vajilla itálica propia del momento, la cerámica campaniense A, es minoritaria, casi inexistente. No se ha recuperado ningún fragmento en la Palma, apenas cuatro en el Camí del Castellet de Banyoles y según referencias del investigador principal del proyecto de Ségeda, son también muy escasas en los Planos de Mara6. Es evidente que los legionarios no realizaban largas y duras marchas carga-dos con frágiles platos o vasos de cerámica, sino que con el equipo debían transportar recipientes más resistentes, de piel, madera o metal. La ausencia de vajilla en los campamentos legionarios se repite en los castra aestiva de las guerras cántabras, donde no se ha documentado cerámica sigilada (Peralta 2002). • En la misma línea, también queremos destacar que no hemos recuperado ningún tipo de cerámica de cocina. La dieta básica de las tropas debía ser el pan, la polenta y la carne asada o cocida, de manera que los utensilios debían ser fácilmente transportables, ligeros y resistentes, lo que evidentemente excluye la cerámica (Herreros, Santapau, Sanfeliu 2006). • En cambio, la mayoría de los fragmentos recuperados pertenecen a materiales de transporte y almacenaje. Así, en la Palma el 66 % de los fragmentos cerámicos recuperados pertenecen a ánforas grecoitálicas, mientras que en el Camí del Castellet de Banyoles son un 12 %. Evidentemente, en el primer caso estamos ante un campamento situado en un punto donde las naves de transporte romanas descargarían directamente sus avituallamientos. Pero aún así, el resto de materiales de procedencia local mayoritariamente también son ánforas y tinajas, tanto en la Palma como en el Camí del Castellet de Banyoles. • Algunos de los bordes de ánfora greco-itálica de la Palma o del Camí del Castellet de Banyoles posee un perfil antiguo, pero la diferencia formal quizás no sea debida a una diferencia cronológica, sino a la diversidad de alfares de fabricación (Asensio, Martín 1998, 142). Por lo tanto, no parece un elemento muy útil para diferenciar entre yacimientos de la Segunda Guerra Púnica o de inicios del siglo II a.C. • La recuperación de glandes de plomo en ambos yacimientos es habitual. En el Camí del Castellet de Banyoles son especialmente numerosos, quizás como consecuencia de la hipotética batalla librada contra el oppidum. En este sentido, creemos interesante destacar que el alcance efectivo de este tipo de proyectil (Quesada 1997, 476) coincide con la separación entre la entrada al poblado y el probable límite del campamento, establecido a partir de la dispersión del material en superficie, unos 300 metros. Creemos también significativo que hasta el momento no hayamos recuperado ningún tipo de punta de flecha, por lo que el arco no parece un arma utilizada por los contendientes. • La extensión de ambos campamentos permite plantearse la cantidad de tropas albergadas. Así, en el caso de la Palma, las 30 hectáreas identificadas y las llanuras que lo rodean permitirían alojar sin problemas una de las mayores concentraciones de tropas y naves romanas durante la Segunda Guerra Púnica en la Península, los aproximadamente 30.000 soldados comandados por P. Cornelio Escipión justo antes del ataque a Cartago Nova. En el caso de las 9 hectáreas del Camí del Castellet de Banyoles, se trataría de un cuerpo inferior a la legión. La única referencia de las fuentes escritas a las fuerzas de este tamaño a inicios del siglo II a.C. en la zona del Ebro son las siete cohortes comandadas por Catón, aproximadamente unos 3.000 soldados (Livio XXIV, 19, 11), aunque evidentemente podría corresponder a otra situación, no reflejada en las fuentes. Evidentemente muchas de las ideas propuestas son hipótesis que han de comprobarse en el futuro. El proyecto de investigación aún está en sus fases iniciales de desarrollo ya que hay previstas nuevas campañas de prospección y, llegado el caso, de excavación. En un futuro inmediato también se preve realizar prospecciones geofísicas así como fotografías aéreas en diferentes momentos del día y del año y desde diferentes perspectivas. Igualmente está en marcha el estudio de los objetos metálicos recuperados. Sin duda todo ello redundará en un mejor conocimiento de estos yacimientos y permitirá corroborar, matizar o rechazar muchas de las hipótesis planteadas. Pero creemos que era necesario presentar las novedades cuanto antes, aunque fuera de forma escueta, para permitir avanzar en nuestro conocimiento sobre estos asentamientos militares y sobre los inicios de la conquista romana en la península ibérica.
elegido para estudiar la evolución de lo:.:.i~tema~ de intercambio prc-monetale~. Se plantea un modelo explicativo ba~ado en el analisis económico. tomando como tipo diagnóstico lo!> brazaletes de oro debido a s u compleja tccnologia. Al entrar en prensa, en la primavera de 1994, se modificaron cuestiones formales siguiendo las sugerencias del comité de redacción. Por lo demás, los datos y las conclusiones no han sufrido cambios desde su finalización. Agradezco muy sinceramente los consejos y criticas de quienes leyeron el manuscrito, M. Ruiz-Gálvez, M. l. Martinez Navarrete y T. Chapa. Evidentemente, el producto fi. nal sólo es de mi responsabilidad. La investigación que presento aquí como hipótesis de trabajo tiene por objeto el análisis de un cambio de larga duración en los conceptos de «valor» y «demanda», fenómeno que afecta directamente a los sistemas de intercambio de las sociedades con economías precapitalistas y premonetales. En estos sistemas de intercambio se ha observado una tendencia a la mercantilización que ha sido objeto de polémica entre prehistoriadores, arqueólogos y antropológos, en lo referente a las formas o modelos económicos adoptados, ritmo del cambio, y sobre todo, consecuencias en la organización politico-social de los grupos a los que afecta. Esta no es una historia de acon1ecimientos, es una historia de estructuras y por tanto, abarca un espacio temporal amplio. aquél que considero clave para la comprensión del proceso, entre finales del 11 milenio y la aparición de la moneda en la Península (hacia el siglo 1v a.C.). Sin embargo. analizo el acontecimiento como paradigma. En nuestro caso, el acontecimiento es el dato arqueológico materializado en el depós ito de Vil lena. El depósito arqueológico sería la acción histórica suspendida, la «fosi li zación» de un hecho, los «restos de la bata! la». Vi llena es un ocultamiento de objetos metálicos perteneciente al Bronce Final, compuesto por 9 Kg. 112 gr. de oro, además de algunas piezas en plata y hierro. Este tipo de depósi tos es un fenómeno característico, aunque no exclusivo, de esta larga etapa, y puede responder a motivaciones muy variadas: escondrijo en momentos de peligro, ofrenda votiva o propiciatoria a la divinidad, ofrenda funeraria, señalización territorial, cte. Suelen carecer de contexto arqueológico pues se sitúan preferentemente en lugares aislados o inaccesibles, como terrenos pantanosos, las aguas de un rio o la grieta de una roca; aunque también existen escondrijos dentro de poblados. El análisis de su intencionalidad, ser o no ser recuperados, está en la base de sus distintas localizaciones. La fase de cambio a l sistema monetario es progresiva, y conlleva cambios sociales profundos; pero este análisis todavía no se ha abordado desde la arqueología. Como ejemplo de esta fase menciono otro depósito, de características muy distintas al anterior; se trata de la necrópolis de Villaricos, donde se enterró una población ibero-púnica entre los siglos v1 y 111 a.c. En este caso los ajuares mortuorios, mayoritariamente del siglo 1v, constituyen depósitos de l'IW.-1. 1994 cará~ll.:r run~rarin. pcnnanentcs, y por tanto sin in-lcn~ión de ser recuperados. Además de otros objetos. se incluyeron pequeños adornos y amuletos de oro. El estudio de este depósito no se aborda en profundidad. sino que ha servido de marco final. o contrapunto del depósito de Villena. Villaricos constituye por sí mismo objeto de investigación independiente. y no tiene cabida en estas páginas por razones obvias. pero ese trabajo ya se está abordando; sirvan estas líneas para dejar constancia de su interés!. El oro es el material arqueológico que mejor refleja ese cambio estructural que analizo en Vi llena, puesto que se constituye en objeto de deseo prácticamente en todas las culturas. desde la Edad de los Metales a la actualidad. La reciente investigación sobre sistemas económicos durante la pre y protohistoria ha estado condicionada por una dicotomía entre opuestos. Dentro de los estudios sobre economía mediterránea, los más avanzados hasta la fecha, se han propuesto dos modelos de funcionamiento: aquél que defiende una estrategia exclusivamente agraria y por tanto autónoma, y aquél donde el consumo y los intercambios exteriores, comerciales o no, estarían en el origen del desarrollo. La primera tendencia, llamada también autonomista o minimalista, surge de las concepciones socioeconómicas de Max Weber y la escuela historiográfica alemana (Snodgrass 199 1 ), mientras que la segunda tiene su base conceptual en Werner Sombart (Sherrat y Sherratt 1991; Knapp 1993: 340). Esta dicotomía tiene su reflejo en la polémica sobre el papel que la ciencia de la economía debe jugar en el análisis arqueológico y antropológico, polémica que se manifiesta a veces de manera cruda porque entra de lleno en el proceloso campo de la ideología. La cuestión de fondo se puede resumir en dos líneas de pensamiento: aquélla que niega la val idez de los planteamientos conceptuales desarrollados por la economía de mercado para el análisis de las sociedades precapitalistas; y aquella otra que practica cierto «actualismo» porque reivindica la validez atemporal de algunos comportamientos. El ejemplo más claro de esta discusión se planteó ya en las primeras décadas de nuestro siglo con el estudio de la economía y sistemas de cambio entre aborígenes primitivos. Por ejemplo, se discutía la existencia de un «dinero primitivo» con las características que definen el actual (Dalton 1965(Dalton. Por su parte los actualistas defienden. desde sus posiciones, la trascendencia de la iniciativa individual y la búsqueda de beneficio en los cambios tecnológicos y sociales (por ejemplo Adams 1974); y digo «actualistas» porque desde posiciones supuestamente sustantivistas. subyace en cierta medida un discurso que incorpora categorías de comportamiento «económico» actuales, algo que no critico sino que considero inevitable y probablemente deseable. Ante la evidencia arqueológica de la existencia de intercambios durante la Edad del Bronce en Europa, una nueva dicotomía vino a establecerse desde posiciones formalistas y sustantivistas. Esos intercambios tendrían para los primeros una justificación basada en razones económicas, mientras que para los segundos las razones eran sociales. Ambas teorías respondían a modelos recogidos por la antropología económica sobre intercambios en sociedades precapitalistas. Los intercambios basados en el don o regalo establecen una relación de dependencia del recipiendario frente al donante, y por tanto su mecánica se mueve dentro de una esfera social; podrían definirse como intercambios recíprocos. Por el contrario, el intercambio basado en la mercadería, el intercambio comercial. no implica relación personal entre las partes, y por ende se mueve dentro de una esfera estrictamente económica. El espíritu de la mercadería y el espíritu del don (Mauss 1971; Sahlins 1977) se han venido considerando como profundamente opuestos, fundamentalmente contrastables y mutuamente excluyentes (Appadurai 1986: 11 ). Según A. B. Knapp ( 1988: 167) el modelo donmercadería sería una versión de la distinción entre «valor de uso» y «valor de cambio» establecida por Marx. Esta distinción es para algunos autores (Rowlands 1986: 745) el apoyo argumental de su creencia en una lógica capitalista, oculta en las sociedades primitivas, sobre la explotación del valor excedentario del trabajo. Basándose en las ideas de Marx, Mauss y Lévi-Strauss, C. A. Gregory (1982A. Propone además un «método de clasificación» que comienza con formas de intercambio basadas en el don dentro de sociedades ciánicas, hasta llegar a Ja práctica mercantil en las sociedades complejas con Estado, con una serie de fases interrne-1 l:»p.,. 1 l)l).j t\Llt"li\ Pl: RI.:\ días com.:spondientes a las distintas formas de organización social. Este método ha s ido. sin embargo. muy contestado. Según estas críticas. part iendo de una determinada estructura social no se puede dedm: ir directa ni automáticamente una técnica de intercambio. Para lan Morris ( 1986). que analiza el don en la sociedad arcaica griega entre los siglos vrrt a,., a.C.. existe suficiente evidencia. literaria y arqueológica. para defender que el mecanismo del don seguía siendo practicado dentro de sociedades complejas que. además. obtenían beneficios de un comercio organizado. Para Bernard Knapp ( 1988: 150-152) el modelo don-mercadería es insuficiente como expl icación y sólo refleja la vieja polémica entre forma lismo versus sustantivismo, que habría que sustituir. en su opinión, por una dicotomía alternativa: producción versus consumo. Esta discusión ha sido recogida por los prchistoriadores a la hora de interpretar determinadas manifestaciones arqueológicas. como son los depósitos. Sus respectivas pos turas se decantan por aspectos muy diferentes del problema. en función de la variedad de ámbitos culturales y cronológicos de los que se ocupan. Mientras que el primero parte de la distinción entre depósitos votivos versus depósitos utilitarios que permita el análisis de las tendencias de larga duración y la elaboración de modelos deposicionales. buscando una información de tipo económico; para el segundo el fenómeno responde a motivaciones políticas y económicas, como método del control del valor y como método de control político; finalmente, para Knapp, la intencionalidad del depósito no es más que un señuelo y aboga por la necesidad de un a nálisis individualizado dentro de los contextos espaciales y socioeconómicos específicos. En la reciente discusión sobre la interpretación de los depósitos prehistóricos, a raíz de la publicación del artículo de Bradley «Exchange and social distance» ( 1985), Rowlands (1986Rowlands (, 1987) ) achaca a este autor trasponer los actuales valores europeos sobre el estado-nación a las comunidades de la Edad del Bronce, dentro de un discurso actualista. En definitiva, Je reprocha legitimizar las ideologías actuales, interpretando el pasado. Aunque dentro de un discurso crudamente ideológico, en la discusión subyace la vieja oposición formalista-sustantivista. Creo que el investigador debe actuar con libertad e independencia, pero también creo que no debe renunciar a su ideología. La respuesta de Bradlcy (en Rowl ands 1986: 747) es en este sentido muy ilustrativa: «En la práctica. los arqueólogos trabajan construyendo modelos sobre posibles funcionamientos de los sistemas socioeconómicos del pasado y los contrastan con los datos cmpiricos que les proporciona su material de estudio. Si se li mitan a la abstracción. habrú muy poco de cspccilicamcrue arqueológil:o sobre el proceso y el rcsul1ad~1 será una historia conjetural, muy estimulante pero inconcluyenlc. Deben intentar evitar presupuestos etnocéntricos, pero no pueden medir la vulidez de cualquier interpretación simplemente investigando las influencias que han intervenido en su configuración. Si la teoría se discute solamente en términos de teoría. no tiene sentido relacionar este difici l ámbito con el registro arqueológico». La investigación que estoy desarrollando sobre el proceso de me rcantilización requiere la definición de un marco conceptual puesto que los modelos en los que se basa surgen de tres disciplinas con un desarrollo diferenciado: arqueología, antropología y economía. La relación entre arqueología y antropología hia s ido tema de debate de varias generaciones de investigadores (por ejemplo Binford 1971; Hodder 1982; Estévez y otros 1984; A lcina Franch 1991 ). En esta polémica mis planteamientos científicos pueden resumirse en lo expresado por el ya clásico trabajo de Robert McC. Adams en lo referente a la necesidad de ampliar la base conceptua l de la investigación en arqueología: «Sería necesario... tener en cuenta más profundamente la investigación etnohistórica, histórica y etnográfica sobre comercio que ya se ha hecho eco de una serie mucho más variada y rica de paradigmas de investigación» ( 1974 en 1992: 143). En cuanto a la discusión formalismo-sustantivismo, fuera del marco estrictamente ideológico, se expresa actualmente de una manera mucho más matizada y madura (por ejemplo Knapp 1988). Personalmente creo que el concepto de utilidad en economía es válido para el análisis de una sociedad premonetal y precapitalista, pero no acepto Ja trasposición mecánica y acrítica de todas las categorías de la economía neoclásica. Por ejemplo, la bipolaridad de los conceptos oferta-demanda de la economía de mercado, deberían sustituirse por los de valor-demanda en una economía precapitalista. En este sentido el análisis de algunos economistas actuales, que cstudi<in las rdacioncs de poder. 1rascicnde la visión mecanicista y hipo lar de oferta-ckmanda para proponer una alterna! i \'a más \'ital is ta y tripartita basada en la jcrarquía-1111: rcado-valores (Anisi 1992 ): entendiendo por jerarquía ((aquel sistema de poder en el que el procedimiento utilizado para regular la actividad de los indi,•iduos sometidos es un conjun-!O de órdenes» (ihid.: 40): entendiendo por mercado «aquel sistema de poder en el que el procedimiento de transmisión de los deseos e s la proposición de un cambio material; incluyendo dentro de lo material d tiempo que los individuos pueden entregar para some1crsc durante él a un conjunto de órde-IH!s» (ihid.: 42 ): y entendiendo por sistema devalores cwquclla forma de desarrollarse e l poder en el que el prnccdimicnto de transmisión de los deseos sea el cstablccim iento de persua siones» (ihid.: 43 ). Con este breve m:.1rco discursivo. paso a definir muy resumidame nte algunos de los conceptos que forman parte de e sta investigación. Entiendo por «mercantilismo» la definición dada por la Academia de la Lengua porque es suficientemente general desde el punto de vista de la economía de mercado, y convenientemente concreta desde un análisis de la sociedad precapitalista: «sistema económico que atiende en primer término al desarrollo del comerc io, (pr incipalmente al de exportación]. y considera la posesión de metales preciosos como signo característico de riqueza». Es importante determinar los diferentes conceptos de «valor». Más arriba apuntamos que la distinción marxiana entre «valor de uso» y «valor de cambio» ha sido utilizada por los antropólogos para argumentar la dicotomía entre un sistema de intercambio basado e:n la reciprocidad o la redistribución y otro basado en el comercio. Sin embargo estas categorías no se ajustan perfectamente a las situaciones de las economías premonetales. George Dalton ya apuntó en 1977 que el significado de lo que él denominaba «objetos de valor primitivos» era uno de los peor comprendidos e interpretados por la antropología económica. Reducir estos objetos, como collares y brazaletes de concha del círculo de intercambios ku/a, cerdos, pieles o hachas de piedra, a una función simplemente monetaria era ignorar la riqueza y complejidad de simbolismos y utilidades. Más recientemente Colin Renfrew (1986) Un concepto fundamental para el análisis del proceso de mercantilización es el de «esferas de intercambio>>. Fué definido por G. Dalton ( 1977¡ en su revisión de Jos e.latos que en los ai1os 20 había recopilado el antropólogo W.E. Armstrong en la ísla Rossel. La distinción entre diferentes esferas de intercambio ha sido una constante en la investigación antropológica. lgor Kopytoff ( 1986: 71) recoge como ejemplo las tres esferas de intercambio identificadas por Bohannan entre los Tiv de Nigeria. Dentro de la primera esfera se intercambian objetos de primera necesidad; en la segunda solamente objetos de prestigio; y en la tercera el intercambio se refiere al cambio de estado de las personas. como la compra de esposas. Los objetos o bienes intercambiados dentro de una esfera nunca pueden sustituir a los de otra (ver también Gregory 1980: 648-649). Este mismo autor introduce el concepto de «mcrcanti lización» que define como la tendencia de todo sistema a considerar íntercambíable el mayor número posible de objetos. Esta tendencia explicaría la general aceptación de la moneda al ser introducida en sociedades premonetales. El proceso de mercantil izacíón sólo se vería entorpecido por lo inadecuado de las propias técnicas de intercambio, y su fase final es el sistema de íntercambío monetario ( Kopytoff 1986 ). Este proceso de mercanti lización se completa conceptualmente con lo que A. Appadurai ( 1986) denomina «vida social» de los objetos. Determinados objetos tiene n cierta potencialidad para convertirse en producto de intercambio bajo determinadas circunstancias, o de pasar de una a otra esfera de intercambio a Jo largo de su biografía cultural. MÉTODO Y DATOS ARQUEOLÓGICOS El método empleado en el análisis del proceso de mercantílízación en sociedades premonetales ha sido la elaboración de un modelo explícatívo socioeconómico que, teniendo en cuenta el marco discursivo anterior, verifique el mayor número de datos arqueológicos posible. Sin embar-go. ha faltado el análisis lccnolúgico. y la síntesis se ha hasa<lo en la aproximación tipológico-comparativa e histÓrÍC(H; ultural. en esta síntesis. el <lato que ha condicionado en mayor medida la investigacíún ha sido la supuesta asociación del depósito al asentamiento de Cabezo Redondo, asociación que se limita a la proximidad geográlica de ambos hechos arqueológicos, recordemos que la distancia entre uno y otro es de 6 km.. y al hallazgo en su entorno de un segundo tesoril lo, de características muy distintas del de Vi llena. pero que incluía un fragmento de hruzaletc con púas. La consecuencia inmediata ha sido la presunción de que la sociedad que fabricó, consumió y ocu ltó Villcna fué la misma. Finalmente. en el plano ideológico, la investigación ha sufrido de «localismo exacerbado», propiciado por su descubridor (Soler García 1965) que ha hecho del depósito emblema y símbolo de su localidad. Está compuesto por 28 brazaletes, 1 1 cuencos, 2 fra scos y 13 objetos fragmentados que pueden describirse como revestimientos o apliques. todo ello en oro. Completaban el conjunto 3 frascos de plata y un posible brazalete de hierro, además de restos de este mismo metal adheridos a uno de los revestimientos de oro, y ámbar en otro. El peso total del oro es de 9 Kg. Es importante tener en cuenta el estado en el que se encontraban las piezas. Los brazaletes de oro presentaban huellas de uso y un corte que abarca un segmento de los mismos. de tamaño variable, en ocasiones un limpio corte con los extremos a ras. Los cuencos se encontraron en perfectas condiciones, lo mismo que los frascos. Los revestimientos podrían interpretarse como restos de guarniciones ornamentales de algún tipo de armamento, quizá una o varias espadas (Perea 199 1: 103 ), aunque este es un dato hipotético. Las huellas de desgaste por uso solamente han podido verificarse en los brazaletes. La técnica de fabricación de los brazaletes -cilíndricos, con decoración de molduras, púas y calados-ha sido tema de prolongadas discusiones debido a lo intrincado de su topografía, sin que se haya llegado a un acuerdo (Perea 1991: 98-100). Nuestro reciente estudio (Armbruster, Perea 1994) ha comprobado la complejidad y sofisticación de la tecnología empleada. Los brazaletes fueron vaciados a la cera perdida, partiendo de un modelo de cera que se fabricó, con toda seguridad, mediante el empleo de un torno horizontal, lento, de rotación alternativa y accionamiento con arco; este mismo tipo de torno se empleó igualmente en el acabado y pulido de la pieza vaciada (el proceso de fabricación se detalla en Armbruster, Perea 1994). Hay que tener en cuenta que estamos en un momento en el que todavía no Por supuesto. desde d Neolítirn y anto:s. existen sistemas rotativos para la perfora-1: iú11 <le objetos por desgaste; esta tecnología nn tiene rdat.:ión directa. ni deriva en la herramienta rotati,•a a que me refiern. puesto que en el primer caso la pie/a a po: rforar pcrm anccc lija. girando el perforador; 111 il.'ntras que en C' I segundo. es la pieza la que gira solidariamcnh! uni<la al torno hasta conseguir darle forma. Tampm;o podemos hacer una dcri\'ación directa entre este tipo de torno y el torno de al farero. o viceversa. puesto que ambas herram icntas no se rela<.:ionan mecani<.:amcntc, tampoco tiene nada que ver su manejo. ni las propiedades l'ísicas del material trabajado en cada una de ellas. En definitiva. lo que se desprende del estudio tecnológico de los brazaletes de Villcna es que el entorno tecnológico donde se hubieran fabricado estaba más avanzado de lo que tradit.:ionalmcnte ha supuesto la investigación. Otro dato 1.k importancia es el de la heterogeneidad de estas piezas: algunos de los brazaletes presentan una suntuosidad y calidad técnica superior a otros. U resto de las pic1.as han sido fahricadas con técnicas perfectamente documentadas en Ja época: batido de láminas y decoración con punzones y <.:ínceles. Excepción hecha de las dos piezas de hierro. cmpkado como material de adorno. por lo que se ha supuesto una primera y temprana uti li zación de este metal. qui/á de origen metcorítico. lo que implicaría un estadio tecnológico inicial del tr.ibajo del hierro. El microcontexto de abandono del depósito era una rambla. utili/ada en 1963 como gravera. situada a unos 6 km. del ase111amie11to pn: históríco de Cahe/o Redondo con el que la historiografía lo ha asot.:iado tradicionalmente. El macrocontexto es la vega de Vi llena. un amplio corredor cuya característica más sobresaliente es su situación estratégica como con fl uencia de caminos naturales que ponen en comunicación la costa mediterránea con Andalucía y la Meseta. La importancia de esta zona ha sido recientemente valorada por M. Ruiz-Gálvez ( l 992b) en su estudio sobre el sistema soc ioeconómico durante la Edad del Bronce peninsu lar. El río Vinalopó es la vía de penetración hacia el litoral y a lo largo de la Prehistoria se ha comportado como frontera o límite entre grupos culturales. Esta zona Figura 1.-Dispcrsión de hallazgos con brazaletes o anillos tipo Villena: 1 Villena (Alicante). 2 Cabezo Redondo (Villena, Alicante). 3 Abía de la Obispalía (Cuenca). 4 La Torrecilla (Madrid). 14 El Torrión ( Navamorales, Salamanca). 15 León? (procedencia dudosa).:\l ll'lt\ l'l• RI:\,, cucnta. 1) cont<Jba. i: on sufo: kntc:. rccursos naturaks. lo que cxplica la dcnsidad y riquc; ra dc yacimientos y hulla1.gos arqueológicos de todas las épocas quc la han car:u.:tcrizudo (ihicl. El último dnto urqueológico a tener en cuenta es la dispersión de los tipos. No existen paralelos tipológicos exuctos de los cuencos. de los frascos ni dc los fragmentos de upliqucs para podcr tru.ar un mapa de dispersión geográfica. Para los cuencos se ha apuntudo un origen centroeuroreo (Almagro (iorbea 1974 ). Só lo es posible trazar ese mapa con los brazaletes y otras piezas de tipología similar fabricadas con la mismu técnica de torno y cera perdida. aparecidas únicamente en la Península ( fig. 1 ). El mapa muestra un primer foco en el distrito portugués de Evora. y otros hallazgos más esporádicos que conectan esta zona con el N.O. peninsular: desde aquí, una serie de hallazgos sueltos conei: tan el N.O. con Villena por la Meseta none. Todos estos hallazgos se componen de un brazalete y excepcionalmente dos; recordemos que Villena tiene 28. Considero Vi llena un depósito heterogéneo y diacrónico por las siguientes razones: -Diversidad funcional entre adornos, armas y vajilla. -Diversidad en el valor tecnológico de piezas de distintos tipos. -Diversidad de calidad técnica dentro de un mismo tipo, como los brazaletes. -Distinto grado de conservación entre los distintos grupos funcionales. Además de estas consideraciones hay que tener en cuenta que ningún otro depósito de oro conocido, perteneciente al Bronce Final, es comparable en peso al de Villena. Por ejemplo, el de Berzocana pesa 1 Kg. Todos ellos están compuestos fundamentalmente por torques y brazaletes, pero el dato que sorprende es la regularidad en el peso de estos conjuntos. Todos ellos se sitúan en la mitad occidental peninsular. Finalmente, planteo la cuestión de hasta qué punto los hallazgos aislados, compuestos por una sola pieza, no podrían igualmente considerarse depósitos. Todos estos datos que acabo de exponer me inducen a considerar, primero, que el depósito de Vi llena no tiene carácter de tesoro personal como se ha venido defendiendo (Ruiz-Gálvez 1989: 53) puesto que sobrepasa en exceso Ja tónica del resto de Jos hallazgos de su entorno cronológico; segundo, que el tipo diagnóstico son los brazaletes y por ello el análisis del modelo se centrará en esta clase de objetos. El gráfico de la fig. 2 es un resumen del modelo explicativo que propongo. He contemplado los tres aspectos ineludibles de todo análisis económico: producción, distribución y consumo. Estas tres variables están relacionadas, primero, con sus correspondientes manifestaciones arqueológicas: tecnología, mecanismos de circulación y dispersión geográfica respectivamente; y segundo, con la variable temporal expresada en términos relativos. Las variables producción y distribución son las que van a definir el valor, y por tanto, la naturaleza de la propiedad (Barret 1985: 95-98), de ahí que su expresión a.rqueológica en una determinada tecnología, circula- El modelo Villcna parte de dos presupuestos. Segundo: el origen de los brazaletes está en el S.O. peninsular. y no en Villcna. por razones tecnológicas y de concentración de hallazgos. El ámbito peninsular con las condiciones tecnológicas que hicieran posible el surgimiento de una técnica como la de los brazaletes de Villena se daba únicamente en el mundo de la metalurgia atlántica, y no en el levante. En la biografía de los brazaletes del depósito de Villena se pueden distinguir dos grandes momentos, o mejor, se han movido por dos ámbitos de interés muy distintos: el de los intereses sociales, y el de los intereses económicos. que en el gráfico se representan con dos esferas, inferior y superior. El paso de una a otra esfera supone un momento de crisis de valores. dificilmente cuantificable desde e l punto de vista temporal. pero de graves consecuencias en la estructura social. Dentro de la esfera social existen dos momentos. El momento de surgimiento de los brazaletes dentro de una sociedad cuya economía se apoya, cada vez con más peso, en la metalurgia y el intercambio de materia prima y sus derivados, en cuanto a los recursos no subsistenciales (para una completa y compleja visión de la economía atlántica ver Ruiz-Gálvez 1987, J 992b ). Probablemente estos intercambios de metales no nobles tuvieran ya un carácter comercial, como parece poder demostrarse a través de los depósitos de bronces (Barceló 1992: 265-266). Sin embargo, el control de las redes de intercambio generó una rivalidad personal por el poder que se manifiesta en la ostentación de riqueza (ibid.: 267). Los brazaletes serían objeto privilegiado de esa ostentación, no sólo por ser de oro, sino por estar fabricados con una tecnología nueva, compleja y controlada desde el poder y, por tanto, inaccesible. El objeto se convierte así en algo sagrado, la producción y su tecnología se controla a través de esa sacra) ización, y sólo se distribuye en un circuito de intercambios ceremoniales, a través de regalos entre personas del más alto rango, probablemente dentro de un patrón de alianzas políticas matrimoniales o territoriales (Ruiz-Gálvez 1988). Ejemplos de esta primera fase sería el brazalete de Estremoz y algunos de los mejores ejemplares de Villena. El origen podría situarse en el Alto Alentejo portugés donde existe una concentración de hallazgos de alta calidad técnica. La segunda fase supone la dcsacralización del objeto de prestigio y su paso a bien restringido. La producción aumenta. la tipología se diversifica y la distribución se extiende tanto al N. como al S. de la zona de origen. aunque se mantiene el mecanismo de intercambio a través del don o regalo no ceremonial. El paso a la esfera de valor económico se deduce de una producción y distribución más abiertas, con aparición de piezas de muy distintas calidades que en ocasiones pueden calificarse de deri vaciones o imitaciones (estas piezas quedan recogidas en el artículo de Armbruster, Perca 1994). Todo ello nos habla de una diversidad en el consumo. y la distribución de hallazgos parece indicar una vía de penetración hacia levante por la Meseta Norte. La legitimación del poder no se establece a través de la ostentación s ino de la posesión y acumulación de riqueza, que se intercambia y se mueve a través de mecanismos y circuitos comerciales. Finalmente llegamos a la fase en que los brazaletes son considerados material de desecho y entran en el circuito internacional de materias primas. No hay producción, probablemente porque Ja tecnología hace tiempo que se ha perdido -o ha quedado concentrada de manera residual en zonas del N.0.puesto que nunca se aplicó a otro material fuera del oro, o a lgún otro que se haya conservado en el registro arqueológico. Este circuito internacional puede identificarse con el que se desarrolla a lo largo del siglo v111 a.C. entre la zona atlántica y el Mediterráneo central, cuya manifestación arqueológica es la metalurgia tipo Baióes-Vénat (Ruiz-Gálvez 1986; Sherratt y Sherratt 1993) en un momento en e l que Jos fenicios vienen ya instalándose en nuestras costas. El depósito de Vi llena probablemente se fué formando, con otros elementos como los cuencos o Jos revestimientos, a lo largo de su viaje desde el occidente peninsular hasta levante; de ahí su heterogeneidad formal y cronológica. Parece coherente que e l lugar de ocultamiento sea precisamente el área de Villena (Ruiz-Gálvez 1989, l 992b), posiblemente un Jugar neutral de intercambio, en un entorno de cruce de caminos cercano al río Vinalopó, vía de penetración al mar. Este lugar neutral es e l que permite a un objeto considerado de prestigio en su Jugar de origen pasar a comportarse como una mercadería en una transacción comercial (Bradley 1985: 697). Pero ¿cuál era su destino final? Como acertadamente apunta M. Ruiz-Gálvez ( 1990: 336) desde el asentamiento de Peña Negra (Alicante) se divisa el mar, a unos t 5 Km. En su interior se ha documentado, a lo largo del siglo v111 a.C., un taller de fundición que empleaba como Así parece confirmarlo la evoluc ión del asentamiento en su siguiente fase orientalizante, con un desarrollo urbano y una mezcla de población a rtesanal indígena y extranje ra (González Prats 1986). Las desembocaduras de los ríos Segura y Vinalopó debieron ser excelentes lugares de arribada para una navegación esencialmente de cabotaje ( Ruiz-Gálvez l 992b: Sherratt y Sherratt 1991: 357). En opinión de Ruiz-Gálvez ( 1989: 55: 1992b) Ja ocultación de Villena se explicaría en la lucha por el monopolio comercial con el Mediterráneo. Pero mientras ella argumenta que el origen y fabricación de los brazaletes tuvo lugar en la zona levantina, y sus congéneres occidentales serían una consecuencia del posterior comercio en dirección Este-Oeste. yo defiendo lo contrario por las razones ya expuestas. Además de un homenaje a Aldous Huxley, este apartado sólo pretende cerrar, armoniosamente, el transcurso de unos acontecimientos iniciados durante el Bronce Final. Cuatro siglos después del ocultamiento de Vi llena, el ejemplo de Villaricos (Almería) cumple un proceso que la colonización fenicia no hizo más que acelerar. Este importante pero mal conocido yacimiento fué excavado por el ingeniero belga L. Siret ( 1906) a finales del siglo pasado. Sacó a la luz 2000 tumbas de inhumación e incineración cuyos ajuares fueron revisados y reordenados en 1951 por M. Astruc. Más recientemente M. J. Almagro Gorbea (l 984, 1986) reexcava cuatro de los enterramientos en cámara que había excavado Siret, volviendo a reordenar el material antiguo conservado en el Museo Arqueológico Nacional. Esta historia de la investigación, además de las tumbas saqueadas, reutilizaciones y superposiciones que presenta la necrópolis, ha sido la causa de una gran pérdida de infonnación contextual. En Villaricos convivió una población de origen fen icio junto a un grupo indígena, con una econo-mía basada en e l com~rcio de sus productos industriales: metalu rgia del plomo y de la plata, salazón de pescado y producción de púrpura (Auhet 1986). Esta convive ncia no es extraña pues se documenta, como acabamos de señalar y en una fase anterior. en el poblado de Pciia Negra (A licante). Entre los ajuares es corrien te encont rar pequeños adornos de oro, como amuletos. pendientes. anillos y cuentas de co llar que pueden fecha rse entre finales del siglo,., y el 11 1 a.C.. aunque el grueso pertenece al siglo 1v a. Estamos, pues, en un mome nto en el que el paso a la monetización está a punto de producirse; existen instrumentos de cambio basados en el metal, con un s is tema de pesos regularizado (Planas, Martín 1993 ): recordemos que hace dos siglos se acuñó la primera moneda en el Mediterráneo oriental (García-Bell ido 1984-85). Será necesaria una especial cí rcunstancia poi ítica. la llegada de los Bárcidas a la Península, para que el fenómeno de la acuñación se produzca (ihid. Esto es lo que refleja el material áureo encontrado en los aj uares funerarios del sigl o 1v a.c. en Vi lla ricos. La escala del valor y el ámbito social de la demanda han variado por completo. El oro ya no se pesa e n kilos s ino e n décimas y centésimas de gramo, mientras que el sector social que tiene acceso a él parece haber aumentado en determinada proporción a la disminución del peso. Esto no quiere decir que el oro esté al alcance de una mayoría; por el contrario, sigue siendo privativo de una élite, pero su valor y la organización social donde se inscribe impide que se amortice totalmente en las tumbas. Hemos visto una sociedad jerarquizada, basada en la competencia personal cuyo poder se manifestaba en la ostentación y consumo conspicuo de bienes durante el Bronce Final. Ahora, en el siglo 1v, encontramos una sociedad de carácter aristocrático, cuyo poder se basa en la supremacía de unos linajes sobre otros, con un sistema de transmisión de riqueza hereditaria (Ruiz, Molinos 1992: 237-239). Amortizar el oro en las tumbas equivaldría a disminuir el nivel de riqueza de los herederos (Chapa, Pereira 1991 ), por ello encontramos en Villaricos piezas de ajuar que son sólo s ímbolo o reflejo de ese nivel social al que debió pertenecer el difunto: uno o dos pendientes, algunas cuentas de oro y poco más en lo que se refiere al metal noble. La producción, analizada desde su aspecto tecnológico, muestra una organización artesanal y económica que controla el gasto en oro mediante el peso, hasta la centésima de gramo -y no es una licencia literaria-. La transformación de la materia prima se hace a través de un sistema de producción per-
El siglo v111 a.C. es el momcn10 de la recuperación. por primera vez desde el colapso del sistema a fines de la Edad del Bronce. de un verdadero comercio internacional a gra n escala. cuyos protagonistas más activos serán fenicios y griegos. En este trabajo queremos analizar algunos aspectos de es te fenómeno. desde el Egeo al extremo Occidente. que. a traves de una vas ta red de rutas comerciales. permitió una amplia interacción multinacional. Entendemos así el comeri.:io internacional corno un factor clave en el proceso de cambio económico. social y político de las áreas mediterráneas inmersas en este complejo ((sistema-mundo». Estamos asistiendo en estos últimos años a la revítalización de un viejo debate, largamente sostenido y nunca olvidado, pero situado ahora en un pun. to crucial gracias al planteamiento de nuevos modelos teóricos y al avance producido en la investigación arqueológica con la ayuda de nuevos instrumentos de análisis: me refiero al problema de la caracterización de los sistemas económicos de las sociedades antiguas, precapitalistas, el papel del comercio y los intercambios, los mecanismos a través de los cuales se desarrollan, y sus consecuencias en el or-den social y político, y, en definitiva. en el proceso histórico del cambio cultural. Superados ya los modelos invasionistas y difusionistas de la Arqueología tradic ional historicista para ex pl icar el cambio cultural, y con las aportaciones teóricas y metodológicas de la Arqueología sistémica (Renfrew. 1969(Renfrew., 1984)), especialmente en lo que se refiere a la valoración de las formas de especialización e intercambio que promueven complejidad, esto es, estratificación social, integración política y especialización institucional, y del sistema de intercambio en el proceso de interacción entre los diferentes subsistemas que conduce al cambio cultural (Schortman y Urban, 1987), nos encontramos hoy ante nuevos enfoques en los que se redimensiona el papel del comercio y de los intercambios bajo una perspectiva mucho más amplia (Me C. Adams, 1974). La valoración de los aspectos sociales, políticos y simbólicos del intercambio es el rasgo predominante de los nuevos enfoques. Por una parte se ofrece hoy una visión más completa. subrayando lo que Melas ( 1991, 389) llama la «sociología artefactual», que «implica la consideración de dos cuestiones dialécticamente relacionadas: el efecto de la organización socio-económica y política sobre la distribución e intercambio de artefactos, y el papel de los artefactos y su intercambio marcando esferas de interacción social». Por otra, se subraya el valor de la demanda y del consumo en el movimiento de productos (Sombart, 196 7; Sherrat, 1991Sherrat,, 1993;;Knapp, 1993) y la importancia de los intercambios para extender el control sociopolítico de las élites a través de la influencia económica, del poder coercitivo y la legitimación, entendiendo que el poder se obtiene a través del control monopolizador sobre ciertos productos de prestigio (incluidos los extranjeros) que constituyen la riqueza. y que el control y manipulación de riqueza es el factor clave en la constitución del poder político (Brumfiel y Earle. Pero además. las nuevas perspectivas también se amplían cultural y geográficamente. En el análisis del desarrollo de las sociedades complejas en el Mediterráneo y Europa en la Edad del Bronce se entiende el comercio no sólo como un factor clave. sino también con un caracter internacional dentro de «Un sistema mundial cosmopolita caracterizado por un cierto grado de integración cultural y política» (Melas, 1991. Este sistema económico y social global. que deriva del modelo de Wallerstein sobre el «sistema-mundo» ( Wallerstein. 1974; Rowlands, Larsen, Kristiansen, 1987; Champion, 1989), concibe las sociedades individuales como partes interligadas de unos centros de desarrollo en el contexto mediterráneo (Rowlands, 1987). Son estos vinculas sociales y económicos existentes entre unidades políticas de la Edad del Bronce los que constituyen el nuevo punto de referencia, superando el análisis aislado. como entidades geográficas separadas. entendiendo que «el comercio estaba dialécticamente ligado a un mundo fuertemente entretejido, contribuyendo a su integración y beneficiándose de ella, a través de una interacción multinacional que operaba en una vasta red de extensas rutas comerciales» (Melas, 1991, 391 ). Estos nuevos enfoques teóricos han sido aplicados al análisis del comercio y el intercambio de las sociedades precapitalistas del Próximo Oriente, Europa y Mediterráneo, sobre todo durante la Edad del Bronce y época romana, pero son escasos aún los trabajos referidos a la Edad del Hierro, y especialmente a los primeros siglos del 1 milenio a.c. Para el mundo griego quizás el peso de las teorías clásicas weberianas, especialmente de Hasebroek ( 1965) y Fin ley (1973), hayan retrasado la entrada de nuevos análisis renovadores. Dentro de las nuevas corrientes teóricas, la aproximación más reciente, y más completa, con una base arqueológica, es la de S.y A.Sherrat ( 1993 ), que nos ofrece además una visión de conjunto más amplia, trascendiendo el marco del Egeo, para integrar el comercio griego en el crecimiento económico de todo el Mediterráneo en los primeros siglos del 1 milenio. Para los Sherrat, una de las fases más cruciales en el desarrollo de la economía mediterránea es la transición de la• Edad del Bronce a la del Hierro. Durante este periodo de transformación social fundamental, las economías dominantes del segundo milenio dieron paso a formas menos centralizadas de organización económica que caracterizaron un nuevo periodo de crecímicnto acelerado que duró todo el primer milenio. El nuevo modelo empezó a tomar forma en los siglos anteriores al 1000 a.C. en el proceso que marca la desaparición de los centros pal aciales de la Edad del Bronce y las nuevas fuerzas soc iales que fueron liberadas por su disolución. En este nuevo modelo fue fundamental la disolución del control estatal del comercio de productos de lujo, y la creación de un marco económico nuevo. En respuesta a la erosión del control directo de la actividad económica surgieron nuevas formas de poder político. en las que la definición territorial cobró una importancia vital. tanto a nivel de las nuevas ciudades estado, como de los nuevos imperios basados en el control político-militar. Como en la Edad del Bronce, las estaciones comerciales de ultramar relacionadas con Ja adquisición de materias primas se establecieron en áreas menos desarrolladas, en la periferia del mundo urbano, a lo largo de todo el Mediterráneo. Los requerimientos de tributos, el comercio y el gasto militar derivado de los conflictos surgidos por la definición territorial, incrementaron la necesidad de remanentes en lingotes, que fueron adquiridos por la exploración de ultramar y la intensificación de las empresas mineras. Si, en palabras de los Sherrat ( 1993, 3 74 ), «en el 1000 a.C. gran parte del Mediterráneo era efectivamente prehistórico, hacia el 500 a.c. estaba formado por una serie de zonas bien diferenciadas dentro de un sistema-mundo. La transformación no se debió a la difusión pasiva de la 'civilización'. sino a una intervención y respuesta activas», y «ni difusión ni autonomía pueden describir adecuadamente la naturaleza de este proceso de desarrollo, sino una co-evolución dentro de los límites, cada vez más amplios. y la especialización de un creciente sistema-mundo». Es en este marco teórico donde pretendemos anal izar diversos aspectos del comercio internacional mediterráneo durante el siglo vm y sus consecuencias económicas, sociales y políticas en determinados ámbitos, y muy especialmente en la península ibérica. EL DESARROLLO DEL COMERCIO INTERNACIONAL MEDITERRÁNEO EN EL SIGLO VIII A.C.: EL EGEO El siglo vm es el siglo que asiste al gran despegue económico de Grecia, a la consolidación de nuevas estructuras sociales y políticas, y especialmente de la polis, a su expansión demográfica, a la consolidación de las relaciones interegionales, a la gran cxpansión comcrcial y al comienzo de la expansión colonial. Es el rnmm: nto en el que también asistimos a la consolidación de determinadas expresiones simbólicas. engarzadas íntimamente en la cstructura social. como son la consolidación de un lenguaje artístico geométrico. la consol idación de unos rituales y la monumentalizaeión de l o~ espacios destinados al ritual. el surgimiento de la escritura griega y la composición de los Poemas Homéricos. elementos todos ellos vehículos de manifestaciones ideológicas de valor y estatus. y factores de cohesión al servicio de las estructuras de dominio. Creemos que uno de los factores clave en este proceso de desarrollo económico. social y político fue la inmersión de las ciudades griegas en el comercio internacional mediterráneo a partir del siglo 1x, pero especialmente en el siglo v111. El análisis de determinados fenómenos socio-económicos. íntimamente relacionados. así nos lo confirman: 1) la intensificación de la producción, y la especiali1.ación de la misma. pensada ya no en la subsistenc ia o en la simple redistribución intraregional. sino en el intercambio a larga distancia; 2) la búsqueda de nuevos mercados y la creación de establecimientos comerciales en el Mediterráneo central; 3) la aceleración del proceso de consolidación del predominio de determinados grupos sociales que controlan los medios de producción y/o el aprovisionamiento de productos de valor y su redistribución. y de grupos sociales que controlan las redes de intercambio. El proceso no se desarrolló de la misma forma en todas las po/eis. ni a la misma escala. Eubea y Corinto serán las grandes protagonistas de la expansión económica griega, precisamente por ser las grandes protagonistas griegas del comercio internacional. Atenas, pionera de la expansión comercial en el siglo 1x, tendrá en el siglo v111 un desarrollo más vinculado con la explotación de los recursos del territorio, pero no será ajena al comercio y a la generación de riqueza que éste promovió. El siglo 1x había asistido al incremento de las comunicaciones marítimas dentro del Egeo y de los intercambios con el Próximo Oriente. El estimulo de los intercambios a larga distancia y la incipiente inmersión en el comercio internacional de determinados centros -Atenas y Lefkandi especialmentehabían promovido un inicial desarrollo económico. Pero es a partir de comienzos del siglo v111, del Gemétrico Medio 11, cuando se consolida este proceso expansionista. En este momento las costas del Atica comienzan a repoblarse, hay una vigorosa actividad marítima, un aumento en los niveles de producción cerámica, cuyos productos se extienden y alcanzan a casi todos los centros del mundo griego, contribuyendo a crear una koim~ estilística en el Egeo. Durante esta época las producciones cer;ím kas át icas llegan al Levante: a Ch ipre y a la costa Siria. Es el momento también de la expansión corintia hacia l1a<:a, hacia el camino occidental. Eubea. por su parte. poco ckspués del 800 cstú realizando sus primeros movimientlls hacia las costus occidentales de Italia. La expansiún griega ha<:ia la búsqueda de mercados ¡¡tract Í\'OS Jonde l" llnscguir no sólo materias rri mas. especialmente mctaks. sino también objetos de valor. productos de lujo.lleva a comerciantes griegos. eubeos y cicládicos espcdalmcnte. a estab lecer pequeños asentamientos en las costas levantinas, caso de Al Mina. Por su parte, las importaciones orienta les. que habían aparecido en Grecia durante el siglo 1x -pateras fenicias de bronce, objetos de fayenza, pasta vítrea y marfil. escarabeos, etc.-y que a comienzos del v111 habian sufrido una recensión. vuelven a aparecer sobre todo en Ática y Eubea traídas por comerciantes fenicios en su búsqueda de los metales de estas regiones. Pero será a partir del 760/ 50, del Geométrico Reciente, cuando asistamos a la definitiva expansión económica de Grecia, y a la recuperación de un verdadero comercio internacional. A partir del 770 el Ática entra en una nueva fase de prosperidad económica. Hay un aumento de población y una expansión de la ciudad (Coldstream. La actividad económica de Atenas se traduce ahora en la intensificación de la producción agrícola, especial mente del olivo, y metalúrgica, destinadas en gran parte a abastecer la demanda exterior. Llegan nuevas importaciones levantinas. intercambiadas por productos como el aceite, e nvasado en las famosas ánforas SOS que encontraremos por todo el Mediterráneo, otros productos agrícolas. y por la plata del Laurión. Sin embargo, sus producciones cerámicas, con los vasos del estilo del Dipylon a la cabeza. aunque alcanzan un nivel de calidad y de expresión simbólica monumental, no alcanzan el nivel de exportación del periodo anterior. Hacia el 730, durante el LG ll, hay un cambio de orientación en Atenas, que prefiere explotar y colonizar su propio territorio antes que lanzarse decididamente a la aventura comercial (Coldstream, 1977. Si a mediados del siglo v 111 Atenas era aún una ciudad marítima con intereses comerciales, a partir del 730 los atenienses se concentran en la agricultura, y serán estos productos la base de la riqueza y prosperidad ateniense, que serán exportados y entrarán en las rutas comerciales internacionales a través no sólo de los comerciantes atenienses. sino también de otros intermediarios: fenicios, corintios y eubeos principalmente..•I t.'. 1994 El desarrollo económico l.k Eubea. sumamcnic evidente a partir Je mediados del siglo 1x. parece estar basado en dos factores de gran importancia: su ventajosa posi<.:ión geográfica. en las rutas que unen las zonas sur y norte del Egeo y. por tanto. con las rutas hat: ia las ricas 1.onas metalíferas del norte. y. especialmente. y tal y como han propuesto investigaciones recientes (Bakhuizen, 1976). el desarrollo de una industria del hierro de alto nivel tecnológico basada en la explota<.:ión de las mi nas locales. Esta innovación tecnológica posiblemente permitió. entre otras ventajas. el incremento de los niveles de producción alimentaria con la mejora de las técnicas de explotación agrícolas. y el consiguiente desarrollo demográfico. observable en el progresivo aumento de las zonas de habitación. La comercialización de excedentes y la posible exportación de productos de la industria local del hierro, bien en lingotes o en productos terminados (recordemos la fama. literaria, de las «espadas calcidias»: Bakhuizen. 1976, 43 ), favorecieron a partir del siglo 1x el establecimiento de relaciones comerciales con los fenicios. a los que se debe Ja presencia en detenninadas tumbas de Lelkandi del siglo 1x de ricas importaciones orientales: oro. marfil, fayenza (Coldstream. l 977. Son todo estos elementos causas y signos de un progresiva prosperidad económica y de una cada vez mayor complej idad social que culminará en la segunda mitad del siglo vu1. Efectivamente, para Eubea, la segunda mitad del siglo v111 representa el clímax de su actividad comercial. que se extiende desde las costas levantinas hasta Italia Central. Es el momento de mayor auge, cuando la nueva ciudad de Eretria alcanza su mayor tamaño, cuando se construye el Hecatonpedón de Apolo Dafnéforo. cuando las tumbas de determinados representantes de grupos sociales dominantes, por ejemplo en la necrópolis de la Puerta Oeste de Eretria (Bérard, 1970), muestran una gran concentración de riqueza y una exhibición y consumo ostentoso de objetos de prestigio, cuando en esas mismas tumbas aparecen importaciones orientales -cerámica chipriota, escarabeos fenicios, calderos orientales-, cuando las producciones cerámicas eubeas, especialmente los escifos de pájaros, influidas por el estilo ático y el corintio (imitaciones de cotilas protocorintias), se difunden en gran cantidad y en una gran área, confirmando la vitalidad de sucomercio y de su competitividad comercial, rasgo este último que se traduce en la imitación de las ánforas áticas de aceite SOS (Johnston y Jones, 1978). Los vasos exportados llegan a Delos, Naxos, Samos, ltaca, Zagora, Creta oriental y Macedonia. Las localidades chipriotas de Salamina, Kition, Amatonte, Kourion y Pafos fueron visitadas por comerciantes eubeos. Pero su principal puesto comercial en el Levante fue Al Mina. donde las cerámicas eubeas son muy frecuentes a partir del 740. y donde llegaron a inspirar imitaciones locales (Coldstream. En cuanto a su expansión comercial hacia Occidente. los primeros signos de su interés por los ricos mercados centro italianos se datan en el periodo anterior. y se traducen en la llegada de vasos de estilo MGll; escifos de semicírculos colgantes y escifos de pájaros de una metopa. A partir de la creación del establecimiento de Pitecusa en 770 y de las primeras fundaciones colonia les a partir del 750. la intensificación de la actividad comercial eubea en esta zona, en concurrencia con otros comerciantes griegos y orientales, dará un impulso extraordinario al comercio internacional mediterráneo, una de cuyas terminales será precisamente Pitecusa. pero de e llo, hablaremos más adelante. El comercio eubeo ofrece. en mi opinión, un matiz importante, diferenciado de otras poleis, que conviene destacar. Aparte de la importancia que pudo tener en él la industria del hierro, la comercialización de los excedentes agrícolas, o la exportación de su producción cerámica -que en ningún momento alcanza el nivel de la corintia-, creo que su papel podría entenderse también como de intermediarios. como agentes de articulación comercial de tres grandes áreas de producción e intercambio en esta época: el Levante, e l Egeo, incluyendo sus regiones septentrionales donde los eubeos establecen redes comerciales secundarias, y el Mediterráneo central. Pero, al igual que en Corinto, esta actividad debió estar controlada por una minoría social, que, como hemos visto, a partir de este momento muestra sus mayores niveles de expresión de dominio. En cuanto a Corinto, la tercera de las po/eis en juego, se había convertido al comienzo de este periodo en el principal poder comercial de Grecia. Ya a comienzos del siglo v111, durante el MGII, la expansión de la polis de Corinto coincide con un incremento de sus actividades exteriores. Los productos cerámicos corintios, especialmente los escifos de chevrones verticales, comienzan a documentarse en el Mediterráneo central, aunque quizás vehiculados por los eubeos en sus primeros movimientos exploratorios de las posibilidades de los ricos mercados centroitalianos (Coldstream, 1977, 167). Pero es a partir de mediados del siglo v111 cuando Corinto se lanza a la expansión comercial, como salida frente a un exiguo y escasamente productivo territorio, y aprovechando su ventajosa posición geográfica en el Istmo con acceso a dos mares. Es ahora cuando se constata un reforzamiento del sector agrario me- e.liante la adición de territorio. cuando se establece un puesto comercial en llaca. cuando se funda el templo de Hcra Limneia en Perachora (una importante zona para el control de la navegación en el Golfo de Corinto). cuando se fundan Siracusa (733 a.C'.) y Corcira (709 a.C.). la primera llevada a cabo por un oikistés perteneciente a la familia oligárquica dominante. Es también ahora cuando se produce una intensificación en los niveles de producción de determinados productos. tanto naturales -especialmente el aceite-como manufacturados. y el desarrollo de una artesanía cada vez más especial izada ( Roebuck. l 984b ), y todo el lo consecuencia de una cada vez mayor demanda exterior estimulada por la expansión hacia el Occidente de los comerciantes corintios. La formación de grupos de poder que basan su dominio en el control de los medios de producción y de distribución. no sólo interior, s ino cada vez con mayor fuerza, exterior. provocó un cambio en el poder político, hecho datado según Diodoro hacia el 747, que ahora ya no está en manos de una monarquía hereditaria, sino de una cada vez más poderosa oligarquía mercantil. la de los Baquíadas. El éxito comerc ial de Corinto se debe, entre otras causas, a la formación de un artesanado altamente especializado cuyos productos son altamente competitivos en los mercados internacionales. En primer lugar, por su volumen de producción, que podríamos considerar ya industrial, y comercialización, destacan las cerámicas finas, que se exportan ahora a los principales centros griegos continentales e insulares -donde influyen sobre el desarrollo de los estilos geométricos locales-, hacia el Levante y, sobre todo, al Mediterráneo central. Son estas producciones las primeras en recoger -en el llamado estilo protocorintio-los estímulos artísticos procedentes de Oriente. confiriendo al estilo corintio un dinamismo y vitalidad que Atenas, ya a fines del período, no supo mantener. Entre estas cerámicas destacan las coti las hemiesféricas del tipo Aetas 666: 1 l:''fJ:I. li 7. J l)<)-1 1: iún agrkola y artcsanul. y el 1:01111: rcio exterior. apoyado por iniciativas aristocráticas como la fundación de establc1: irnicntos y colonias en ultramar o el dominio de zonas como Pcrachora o Oclfos, fue el que condujo el sinel' ISl1Hl tle Corinto. el que llevó a cabo Ja creaciún de la polis, como marco político e institucional para el cjercicio de su dominio y manten imicnto de su posición de privilegio. Las causas de la expansión fenicia han sido ya expuestas por otros autores (Frankenstein, 1979; Aubet, 1987, con la bibliografia sobre el tema): las 1 imitaciones topográficas de su territorio y su sobrcexplotación y consiguiente caida en los rendimientos, el desequilibrio entre crecimiento demográfico y capacidad de los recursos locales, la necesidad de abstecimiento externo, el desarrollo de industrias de manufacturación especializadas para compensar las importaciones. y la búsqueda de materias primas para atender a sus necesidades. La historia de la expansión comercial de Tiro, íntimamente ligada al desarrollo económico y político del Próximo Oriente, comienza en el siglo x, pero es en la segunda mitad del 1x cuando los acontecí m ientos políticos, especialmente la presión del imperio asirio, imponen la reorganización de su estrategia comercial y su decidida «Vocación occidental». S. Frankenstein ya subrayó la estrecha interdependencia existente entre las ciudades fenicias y el imperio asirio, especialmente durante Jos siglos v111 y v11. Un factor esencial del imperialismo asirio fue el control sobre el comercio interegional: Asiria requería materias primas, especialmente metales, para sostener su desarrollada producción agrícola y su industria artesanal, y para sostener su máquina de guerra. El tributo impuesto sobre las ciudades fenicias fue más bien una imposición económica con vistas a reorientar su actividad económica y comercial hacia Asiría. Se convirtieron así en los principales suministradores de materias primas al imperio asirio. Para atender las nuevas demandas dentro del sistema comercial regional, las ciudades fenicias se vieron forzadas a incrementar el nivel de producción de las manufacturas necesarias para los intercambios, a extender sus relaciones de intercambio y a extender su acción fuera de las redes comerciales tradicionales (Frankenstein, 1979). El cierre a los mercaderes de Tiro del acceso a los metales anatólicos fue un elemento más que marcó el viraje hacia Occidente de la política económica y comer-cial de Tiro en husca de nuevas regiones metalifcras y nuevos mercados de abastecimiento tle metales. La fundación de Kition a fines del siglo 1x marca el primer punto en la expansión hacia Occidente. Pero la presencia fenicia en aguas del Egeo fue anterior a la fundación de Kit ion y al establecimien10 griego en Al Mina. Cuatro yat.:imicntos egeos tienen una especial importancia para estos primeros signos <le contactos con los comerciantes fenicios: la necrópolis de lú: ra111eikos en /\tenas, las nc~cró polis de Lefkandi, de Teke en Cnossos. y la de Seraglio en Cos. Creta y el Dodecancso formaban parte de las usuales rutas comerciales del Mediterráneo oriental, pero Eubea y Ática deben considerarse desde el punto de vista fenicio como puntos terminales. La mayoría de los hallazgos datan de mediados del siglo 1x: una patera fenicia de bronce hallada en la tumba 42 del Kernmeikos, objetos de de adorno de fayenza en la tumba de Ja Mujer rica del mismo cementerio. En Lefkandi son cientos Jos objetos de fayenza encontrados en las tumbas, entre ellos una figurita de lsis amamantando a Horus, y una figurita de Ptah-Osiris, sellos de esteatita de estilo egiptizante y escarabeos. También se encuentran los primeros objetos de oro: anillos y adornos para el pelo en forma espiral. importados de oriente (Coldstream,J 982b,264 ). Hay, por tanto, evidencias de comerciantes fenicios en el Egeo durante el siglo anterior a la fundación de Al Mina, en una época en que las importaciones griegas al Mediterráneo oriental eran bastante raras. Estos objetos de lujo orientales indican, más que visitas ocasionales, un intercambio comercial regular, aunque a pequeña escala. Sin embargo, evidencian un intercambio de alto nivel, pues el producto que los fenicios recibían a cambio no debía ser otro que la plata de las minas del Laurion, que comienzan a explotarse justo en este momento. Eubea no podía proporcionar directamente este metal precioso, pero si el hierro, y actuar como intermediario y abastecer la demanda fenicia a través de su red comercial establecida con Macedonia y Tesalia, es decir, con la plata de las regiones septentrionales del Egeo, y posiblemente esclavos. Se ha sugerido que la presencia fenicia en el Egeo no consistió exclusivamente en el establecimiento de intercambios comerciales, sino también, lo que es más decisivo para el futuro desarrollo de una artesanía especializada griega-sin hablar de la adopción del alfabeto fenicio-, en el asentamiento de maestros joyeros orientales, sobre todo en Ática y Creta a partir del siglo 1x (Coldstream,l 982b,266 ). A través de ellos se introduciría la técnica del granulado y diversas formas y motivos decorativos de Otra forma de empresa fenicia en el Egco, que implica tanto a comerciantes como a artesanos. se deduce de la presencia de importaciones y de imitaciones locales de diversas fabricas chipro-fcnicias. especialmente en el Dodecaneso y Creta. Las formas son principalmente vasos de perfumes del tipo Black-on-Red. Las primeras importaciones de este tipo aparecen en Cos hacia el 850. Pronto surgen las primeras imitaciones en el estilo MG, pero también como contenedores de perfumc. Parece que los fenicios habían establecido una pequeña factoría de perfumes en Cos donde envasaban el producto localmente con la ayuda de alfareros griegos. Lo mismo ocurrió en Knossos hacia el 800. Primero se creó la demanda a través de las importaciones, y luego se satisfizo con perfumes envasados localmente en una pequeña factoría llevada por fenicios residentes. con ayuda de al fareros griegos (Coldstream, l 982b, 268; Frankenstein, 1979, 275 ). La asociación de fen icios y griegos en el comercio del perfume alcanza una nueva forma de expresión a mediados del siglo v111. En Rodas se establece una factoría de perfumes que emplea alfareros orientales. Aquí los envases siguen muy de cerca los modelos orientales en fábrica, forma y decoración: además de las formas Black-on-Red, vemos copias bastante precisas de los oinocoes de boca de seta con engobe rojo, y jarros basados en el estilo chipriota White Painted IV de inspiración siria. Rodas. la isla más próxima a Fenicia, fue donde una comunidad fenicia de artesanos y comerciantes residentes pervivió más tiempo (Coldstream, 1982b. De la importancia de Rodas en el comercio internacional, y de la conjunción de intereses comerciales griegos y fenicios, nos hablan también determinados tipos de objetos, como los sellos escaraboides del grupo del Tocador de Lira y los aríbalos ácromos, recientemente atribuidos a fábrica rodia, ampliamente distribuidos por el Mediterráneo oriental e Italia por agentes orientales (Martelli. Esta temprana presencia fenicia en el Egeo, durante la época de formación de su poderío comercial, no tuvo el caracter de una empresa decidida y a g ran escala. El comercio asiático le proporcionaba todavía los productos y rendimientos necesarios para el sostenimiento de su estructura y mecanismos. Cuando, a partir del siglo v111, la presión asiria imponga otra estrategia comercial, y especialmen te la necesidad imperiosa de suministrar plata en grandes cantidades, la actividad fenicia no se dirigirá al Egeo, sino hacia el Mediterráneo central y, sobre todo, al extremo Occidente, donde los recursos eran sutícicntcmente importantes. y los poderes locales suficicntcmcntc débiles. o. mejor dicho. las economías peri férirns. como para producir pingües beneficios y sustentar la gran invl.!rsión que supone el comercio a larga distancia. GRIEGOS Y FENICIOS EN EL MEDITERRÁNEO CENTRAL Durante la primera mitad del s iglo v111, y antes de la fundación de las primeras colonias. los comerciantes eubeos habían penetrado en el Mar Tirreno y comerciaban con los habitantes de Etruria y Campania. La atracción fundamental de estas regiones era la abundancia de metales, especialmente hierro. Encontramos a lo largo de las costas tirrénicas de la península itálica importaciones eubeas del MGll: escifos de chevrones o de pájaro en Pontecagnano, Capua. Vcycs y Tarquinia, y una cratera en Pescia Romana ( Coldstream. En las costas meridionales. cuyo atractivo se basaba en los productos agrícolas y ganaderos, hay indicios de la temprana presencia eubea en lncoronata. donde encontramos un escifo de chevrones MGII y una protocotila corintia, así como en Otranto, donde también encontramos numerosas importaciones griegas del MG ll. En Sici lia las importaciones de Villasmundo, especialmente un escifo de semicírculos colgantes y otro ele chevrones, también nos informan de los contactos de las poblaciones locales con los comerciantes eubeos en la primera mitad del siglo v111 (Coldstream, 1977, 233). Hacia 770 los eubeos establecen Pitecusa. el primer puesto comercial permanente griego, uno de los grandes centros de intercambio internacional del Mediterráneo central durante el siglo v111. Su situación geográfica era enormemente favorab le. a las puertas de las rutas que conducen hacia las ricas fuentes del metal de E Iba en el norte de Etruria, y de las rutas de abastecim iento y circulación del mineral y que conectan con el inmenso y rico mundo de la Europa central. en la costa de una fértil región -Campania-donde también los productos agrícolas podrían constituir un elemento de intercambio, aunque en estos primeros momentos no a tan gran escala como el metal, y a las puertas de un amplio y rico mundo de poblaciones indígenas que podían constituir un foco de demanda y consumo de productos griegos de extraordinarias posibilidades. Y también, en un punto neurálgico de comunicaciones, donde confluirán diversas rutas del comercio internacional mediterráneo. Po r otra parte, Martelli defiende una distribución por agentes orientales de los objetos rodios. especialmente los aríbalos ácromos, las «vogelperlen» en pasta vítrea y los sellos escaraboides del grupo del Tocador de Lira, cuya distribución en Grecia. muy limitada, y en el Mediterráneo Oriental apuntan a los comerciantes semitas y a su actividad en el puerto de Rodas, en probable conexión con la compañía oriental allí instalada desde mediados del IX (Martelli, 1991(Martelli,, 1050)). Además, la fuerte presencia de cerámicas de engobe rojo en la misma Pitecusa, y además cerámicas de «sabor» fenicio-occidental, especialmente los platos con tondo en reserva similares a los de Huelva (Fernández Jurado, 1987, 356), nos hablarían d e un interés y una presencia fenicia activa en esta región. extendiéndose hasta Etruria, y actuando desde sus bases en el Mediterráneo central: Sicilia, Cartago o Cerdeña. La presencia de materiales fenicios en Populonia (Martelli, 1981, 404 ), en la Etru.ria septentrional. en las mismas fuentes del metal. es un argumento más en favor de esta idea. La misma variedad de importaciones se encuentra en Cumas. la colonia eubea fundada hacia el 750 en tierra firme, frente a Pitecusa. Junto a la cerámica eubea encontramos cerámica corintia, imitaciones pitecusanas y algunos aríbalos rodios. Entre los objetos de metal. destacan las fíbulas de plata de tipo etrusco y otros objetos de adorno personal. Son numerosas también las importaciones orientales: cscarabeos. sellos Nord-sirios y un cald4! ro de bronce con prótomos de toro de tipo urartiano o nords irio. muy similar al hallado en la tumba principesca de la Puerta Oeste de Eretria. donde posiblemente ll egaría a través de estos centros mercantiles (Coldstream. Es precisamente a partir de la segunda mitad del siglo v111, cuando se introducen también en los ajuares etruscos importaciones griegas (Coldstream, 1977, 232). El mercado etrusco integra estos productos griegos en un esquema de valor de alto nivel. como productos de lujo, pues tanto las cerámicas finas como el vino y el aceite griegos aparecen precisamente en las tumbas principescas. como la Regol ini Galassi, Capanna y Monte Albatone 4 de Cerveteri (Rizzo, 1990, 27). Hagamos ahora un rápido repaso de la actividad fenicia en el Mediterráneo central. Aunque las actividades comerciales levantinas en esta región, en conexión con el tráfico de metales con base en Cerdeña, se pueden rastrear desde el siglo x (Niemeyer, 1984; Strom, 1991 ), nos centraremos en el momento del establecimiento de relaciones y centros permanentes. es decir. el siglo v111. Según las fuentes escritas los tirios fundan Cartago en el 814 a.C., pero los hallazgos más antiguos de la necrópolis de Juno datan de hacia e l 730. Sin embargo, el hallazgo en el tofet de Salammbo, bajo los primeros niveles de urnas del tofet, de una pequeña cámara con ofrendas entre las que se encontraban importaciones griegas de mediados del v111, acercó la cronología a las fechas históricas de la fundación. Las importaciones halladas consistían en cerámica eubea y corintia (cotilas EPC), procedente de Pitecusa. Aunque Coldstream hablaba de un grupo homogéneo de vasos datados entre 740-71 O (Coldstream, 1977, 240), Bisi defiende la hetereogeneidad de estas importaciones del depósito de fundación del tophet, donde ve dos componentes, uno eubeo anterior, y otro corintio más tardío, en un arco cronológico que se extiende desde el 770 al 680 (Bisi, 1983, 712). Recientemente, nuevas excavaciones han repetido el hallazgo de importaciones geométricas, incluso algo más antiguas: una cotila del tipo Actos 666 y un escifo corintio de chevroncs del MGl l, además de los escifos de pájaros eubeos. ya de la segunda mitad del \'111 ( Vegas. La presencia de estas importaciones del MGll ha hecho pensar a Bisi que hay una fase en la que los fenicios debieron frecuentar las rutas hacia el mar Tirreno paralelemente al tráfico precolonial griego hacia las costas de Etruria. Lacio y Campania. en un momento anterior a la fundación de Pitecusa ( Bisi. La presencia en Tarquinia de objetos de fayenza. un cscarabeo en esteatita y una jarra con boca discoidal bícrorna nord-siria. en contextos de fines del 1x y comienzos del v111. hablan en favor de esta idea (Martelli, 1991(Martelli,, 1056)). A fines del siglo v11 1 los fenicios fundan Motya en la costa occidental de Sicilia. Aquí también se encuentran importaciones e imitaciones griegas fechadas entre 720-71 O: aribalos EPC, cotilas, y escifos del tipo Thapsos. e imitaciones fenicias de escifos subgeométricos. En Sulcis (Cerdeña), donde los fenicios se habían establecido desde mediados del v111, de nuevo encontramos importaciones geométricas ( Bernardini. 1988): fragmentos de coti las del tipo Actos 666 de fabricación pitccusana, fragmentos de oinocoes, un escifo de chevrones -en un contexto posterior al 750-, así como producciones locales de clara inspiración eubea. Junto a e llos, un numeroso grupo de copas escifoides de fabricación fenicia, que asume directamente del Geométrico Fina l griego su inspiración decorativa y formal, un grupo también representado en las colonias fenicias de Occidente, donde son especialmente abundantes ( Rouillard. Los hallazgos de Sulcis prueban la estrecha relación existente entre este establecimiento fenicio y Pitecusa, demostrando, una vez más, la conjunción de intereses comerciales entre eubeos y fenicios en esta ruta que conduce desde el Levante al Mediterráneo occidental (Bernardini, 1988(Bernardini,, 1991 ) ). Todos estos datos sugieren que debió existir un interés comercial fenicio en las regiones centro-italianas, a las que acudían desde sus enclaves estratégicos situados en puntos desde donde controlaban las principales rutas comerciales que unían el Levante y el Egeo con el Mediterráneo central y occidental. En realidad podríamos hablar de una concurrencia de intereses entre fenicios y griegos por acceder a las ricas posibilidades que les ofrecía el mercado etrusco en cuanto a la adquisición de materias primas y a la salida de sus propias manufacturas. La ruta hacia esta zona está marcada por hallazgosdatados en e l primer cuarto del vm por Niemeyer, y en los años centrales del v111 por Mar-telli: Ni1: mcyer, 1984; Martclli.199 1-<lcFrancavilla Marítima y Pitecusa. El acceso al mercado etrusco por parte de los fenicios ya en la segunda mitad del siglo v111 se constata en la presencia de cscarabeos del grupo del Tocador de Lirn rodios -si admitimos con Mai1elli su vehiculación por agentes orientales. y no por los mismos griegos de Pitecusa-. y una patera fenicia de hroncc del tercer cuarto del \'111 en Vctulonia, o en los escarabeos de fayenza y el riton de bronce asirio de fines del siglo en Veyes. o en la sítula de faycnza con e l escarabeo del faraón Bocchoris encontrada Tarquinía, gemela de otra de Motya, o el cuenco trípode de Castel de Decima (Martelli, 1991 ), o el material fenicio de Populonia (Martell i. Lo dificil es saber si ese acceso se realizó directamente o a través de Pitecusa. donde cada vez son más numerosos los elementos que pueden constatar una presencia comercinl fenicia. incluso ánforas con inscripciones que apuntan la presencia de comerciantes fenicios ( Büchner, 1982. Estos centros fenicios asentados en el Mediterráneo central. en el triángulo formado por Sici lia occidental, Cerdeña y el Golfo de Túnez, con el centro neurálgico en Cartago, proporcionarán acceso también a las redes comerciales indígenas que alcanzaban el área at lántica a través del Sur de España, Sur de Francia y Baleares ( Ruiz Gálvez, 1986). Pitecusa fue una de las puertas, aunque no la única, a través de la cual Etruria se integró, y con ella sus redes comerciales con Europa central. en el comercio internacional mediterráneo. El establecimiento de relaciones de intercambio con el Oriente y el Egeo pondrá en marcha una serie de mecanismos de interacción que darán como resultado un cambio en las estructuras socio-económicas etruscas. En palabras de D' Agostino, «El contacto con una sociedad más avanzada, de las que estas cerámicas griegas son el signo tangible, no fue ajeno al cambio operado en e l terreno socio-económico del mundo proto-etrusco. Pero si este mundo no hubiera contenido en sí mismo la premisa de una fuerte cohesión política y una relativa dinámica estructural, el impacto podía haber tenido un efecto muy diferente» (D' Agostino, 1985, 46) Estas transformaciones culturales y sociales se podrían explicar, con la matización final de D' Agostino, en términos de respuesta de una periferia al impacto de un área central, de forma que el desarrollo político de Etruria se entendería como una consecuencia natural de su subordinación económica al área central egea y oriental. 1994 dart ( 1989) recicntcmcntc ha rriticado esta visión «simplista» dc L'.truria conHl periferia. visión que considera las rclacioncs entre etruscos y orientales asimétricas en 1~rmi1rns de desarrollo l! conómico. En realidad no hay e\•idcncias de extracción de recursos de un <irea en henclicio exclusivo de otra. Hay una estructuración politica y económica territorial en d period~i \'illano\'Íano. con arcas especializadas en diferentes tipos de producción. que marcó la ruptura l!n la uniformidad cultural y política de Italia central. Sin embargo esta especialización no dcnota una dcpendcncia económica de un área con respecto a otra en el scmido estructural marcado por la relación centro-peri feria. El segundo desarrollo político. operado en el siglo v111. es un proceso gradual. continuación de lo iniciado en el periodo anterior. Los centros de poder etruscos s implemente explotaron la oportunidad presentada por la presencia de comerciantes mediterráneos. y de los productos que introducen, para adquirir un nuevo medio de expresión de estatus y consolidar el cambio político. La importancia de la extracción de metales es reducida y no es causa del desarrollo socio-polí tico (Stoddart, 1989). En palabras de M. E. Aubet, «el comercio de la plata fue el objetivo principal de la expansión fenicia al extremo Occidente. Y obtención y producción de plata equivale a hablar de Gadir y de su hinterland inmediato, Tartessos» (Aubet, 1987, 228). El origen de las primeras expediciones fenicias a occidente, por tanto, aparece re lacionado con la riqueza argentífera de la península ibérica y, especialmente, de Tartessos. Tiro iba a ser Ja primera en explotar y rentabilizar todo ese potencial económico. La instalación de las primeras factorías o establecimientos fen icios en el sur de la península ibérica data de comienzos del siglo v111. El primer establecimiento fue Cádiz, fundado a comienzos del siglo, según testimonian las excavaciones recientes en el Castillo de Doña. Blanca, una fundación fenicia contemporánea de Cádiz. En torno a la bahía, una zona intensamente habitada por población indígena, se desplegó un entramado político y económico distribuido en tres puntos: el santuario de Melqart en la isla actual de Sancti Petri, con un importante significado religioso y económico, la ciudad de Gadir, como metrópolis y centro político administrativo, y el Castillo de Doña Blanca, próximo a l poblamiento indígena de la campiña, como avanzadilla y punto de comercio (Ruiz Mata, 1993, 45). A partir del segundo cuarto uel \'111 surgen tlivcrsos asentamientos fenicios cn la costa mcridionaJ mcditcrránca. desde Málaga a Almería: Morro de Mczquitilla. Guadalhorcc, Al-mu1kcar y Adra. El establecimiento de estas colonias fenicias se explica en función de Gadir. como centros de apoyo al control del acceso a los metales del á rea tartésica. y como centros agríco las. Pcro su principal valor económico y político, además de dar solución a la crisis demográfica de la metrópolis y a su fundamental carencia de recursos agrícolas. residió en su papel como centros desde donde se controlaba. y monopolizaba. el acceso a los metales merid ionales. Sin embargo. sin un aprovechamiento intensivo de los recursos del territorio inmediato no se justificaría una permanencia prolongada de una población oriental tan densa. Son pequeños centros autárquicos dotados de territorio y de recursos propios, que comercian con las poblaciones del interior. aunque a pequeña escala, y que basan su riqueza en la explotación agrícola, ganadera y marítima. y en su vinculación al gran centro comercial que fue Gadir ( Aubet, 1987). Es en este marco donde se inscriben las importaciones griegas geométricas. de las que quisiera hablar con cierto detenimiento, pues son signos evidentes de la complejidad de rutas y de la internacionalización del comercio de este momento. En primer lugar las halladas en el área tartésica, en Huelva. De allí procede el fragmento más antiguo hallado en la Península, aunque desgraciadamente fuera de contexto: una pixida ática del MG ll. Si hace algunos años yo misma proponía un retraso en su llegada a Huelva, basándome en su presencia en contextos de la segunda mitad del v111 en yacimientos del Próximo Oriente, y en la posible larga «vida» y circulación de un objeto de prestigio (Cabrera, 1986(Cabrera,, 1988-89)-89), hoy en d ía creo que podemos aceptar su llegada a Huelva en la fecha de su fabricación, es decir, en una fecha cercana al 770-760. Tenemos hoy más documentos que permiten sustentar esta hipótesis: los hallazgos de cerámicas MGll en yacimientos fenicios centromediterráneos. Realmente, éste es el periodo de máxima expansión de los vasos áticos, y es el momento en que se produce el acercamiento de los fen icios peninsulares al mundo tartésico, a través de, como dijimos antes, de un sistema de intercambio basado en la reciprocidad, en el intercambio de dones, de objetos de lujo -la píxida ática-, y de prestación de servicios altamente especializados: la construcción del muro de sillares del Cabezo de San Pedro. Pero en Huelva se han producido también otros hallazgos g riegos de época geométrica: dos escifos PALO~!,\ CAl! ONI'. r eubeos de la segunda mitad del \'111 y una cotila del EPC. del último cuarto del v111. Dt: bemos señalar que, hasta la focha es1as son las únicas importaciones griegas halladas en la dudad Je Huelva y en las proximidades. datables con seguridad en época geométrica. Además de estas importaciones halladas e n el área tartésica. conocemos ya un número relativamente importante de vasos griegos en las colonias fenicias. En primer lugar. y como datos inéditos, presentaré los hallazgos realizados e n el Castillo de Dña. Se trata de un fragmento de un escifo eubeo. que por su tamafio no podemos encuadrar en ningún tipo concreto. pero que si n duda es LG. En segundo lugar un ánfora corintia del tipo A. hallada en niveles perfectamente fechados en la segunda mitad del v111, y un ánfora ática SOS del mismo momento. Hay otros dos fragmentos geométricos recientemente recogidos y que aún estoy estudiando. por lo que no puedo adelantar su fábrica ni su tipo. En las recientes excavaciones reali zadas en el Cerro del Vil lar, en Guadalhorce, se ha encontrado un ejemplar casi completo de ánfora SOS. pero no del tipo ático. sino eubeo, de fines del v111 (Cabrera, en prensa). del mismo tipo que a lgunas encontradas en Italia. Los únicos ejemplares protocorintios que se han hallado completos son las dos cotilas de la tumba 19 de la necrópolis Laurita en Almuñecar. una de e llas del EPC, de fines del v111, y otra del primer cuarto del v11. considerada una cotila de imitación posibleme nte realizada en Pitecusa (Cabrera, 1988-89). En Toscanos se han hallado fragmentos de cotilas protocorintias, pero aquellos con la zona inferior negra han aparecido en los estratos IV A y IVB, mientras que aquellos con decoración orientalizante con campo reservado y radios sobre e l pie han aparecido en los estratos IVC y V, más tardíos. Los primeros fragmentos podrían ser del EPC. del último cuarto del siglo v111; los segundos del MPC, de la primera mitad del siglo v11 a.c. Un dato interesante proporcionado por los hallazgos de Toscanos es que entre ellos también se encuentran fragmentos que pertenecen a cotilas de imitación realizadas en Pitecusa, completando así el dato propordonado por la necrópolis Laurita sobre las relaciones, cada vez más evidentes, entre la colonia eubea y las colonias fenicias occidentales. Junto a las cotilas de Almuñecar y Toscanos hay que situar otro fragmento hallado en el Cerro del Peñón, perteneciente a una cotila protocorintia, pero de dificil fechación, aunque probablemente de la primera mitad del \'11. pues no se han encontrado ct! rámicas fenicias más antiguas. Junto a las imporwciones protocorintias se sitúan las importaciones de ánforas aticas SOS. En Toscanos aparecieron en los estratos IV A-By 1 VB. Los fragmentos publ ica<los corresponden a la zona del cuello, con la típica decoración SOS. y con el canu: tcrístico listel en relieve bajo el borde. a la zona del hombro con bandas reservadas. y a la zona del pie. Niemeyer lecha el más antiguo a fines del v111, y el resto a comienzos del v11. Pero. teniendo en cuenta que. como proponíamos más arriba, Toscanos IV se puede subir al siglo v111. debemos considerar una techa más antigua para todos ellos. Este conjunto de importaciones griegas nos permite esbozar ahora un panorama más preciso de los circuitos comerciales en los que se integran. Si analizamos las importaciones protocorintias y las ánforas SOS áticas. vemos que bay una especial concentración de estos productos en el Mediterráneo central. de nuevo en Italia. De hecho. las cotilas protocorintias tuvieron una amplia circulación en Italia continental y en Sicilia, pero las ánforas SOS se concentran en gran número en Pitecusa, donde además fueron imitadas localmente. Shefton ya apuntaba que fue en este punto donde los fenicios consiguieron e l aceite ático que luego llevaron a las factorías del área del Estrecho, así como las cotilas protocorintias y las cotilas de imitación pitecusanas halladas en Almuñecar y Toscanos (Shefton, 1982). En efecto, creemos que los datos que hoy poseemos confirman esta idea, pues los escifos eubeos y el ánfora eubea de Guadalhorce apuntan hacia esa misma región de Italia central. ¿Cuál es el valor de las importaciones griegas en el contexto social peninsular? En general, podemos decir que el valor de un producto forma el criterio principal para su significación simbólica. Los productos de riqueza son las afirmaciones principales del estatus social. Pero ¿cuál es el criterio para calificar un objeto como producto de lujo'? Depende del contexto, pero en general podemos invocar varios criterios. Según Appadurai ( 1986), los productos de lujo son bienes cuyo principal uso es retórico y social, son signos encarnados. La necesidad a la que responden es fundamentalmente política y tienen los siguientes atributos: restricción a las élites, complejidad de su adquisición -en función o no de una «es-caseZ» real-, virtuosismo semiótico, es decir, capacidad de contener mensajes socialmente complejos. conocimiento especializado como prerequisito básico para su consumo «apropiado», y alto grado de vinculación de su consumo al cuerpo, persona o personalidad. Podríamos añadir también, con Me- las ( 1991 ). el alto costo di.' su producción. los costes del trnnsportc y su carnctcr exótico. La s importaciones griegas en Tartcssos se integran en el esquema económico y social fenicio. como productos de lujo que forman parle de las relaciones de reciprocidad basadas en un sistema de intercamb io de regalos con las élites tartésicas a cambio de la plata. El resto de las importaciones aparecen e n contextos de hábitat -Torre de Doña Blanca-. en almacenes comerciales -en Toscanos y posiblemente Guadalhorce-. o indefinidos -Cerro del Peñón-. Pero. precisamente, la existencia de estos grandes almac•enes. o centros comerciales como la Torre de Dña. Blanca. denotan la existencia de una organización administrativa. pública y mercantil perfectamente coordinada y centralizada, así como la presencia de una «burguesía» mercantil especializada y altamente cualificada (Aubet, l 987). Las importaciones griegas deben verse como productos consum ibles por esta «burguesía», como productos de prestigio que, por su exotismo y calidad intrínseca, se apartan de la tónica general de otras producciones cerámicas. La forma y el contenido de las necrópolis parece apuntar en el mismo sentido. En la necrópolis Laurita, de las 17 tumbas publicadas (Pellicer, 1962), todas tienen como urna ci neraria un vaso de alabastro o de mármol de fabricación egipcia, piezas excepcionales, que en origen contenían vino de calidad. procedentes del saqueo de tumbas reales egipcias o quizás procedentes de regalos ofrec idos por los faraones al rey de Tiro. Hay, por tanto, una cierta uniformidad e igualdad en las tumbas en base al elemento principal del ajuar funerario. Las diferencias entre ellas son más sutiles. Pero, precisamente, la tumba que contenía las dos cotilas protocorintias es la única que tenía un ajuar más completo: el conjunto típico «jarro de boca de seta-jarro piriforme», y un huevo de avestruz, además de la cerámica griega, y es la única que contenía un fragmento de hierro. Y si reconocemos el valor simbólico y de prestigio del oro o la plata, debemos reconocer también el del hierro en este momento. Aunque hay tumbas con pequeños elementos de oro o plata, son aquellas que no tienen conjunto típico ni huevos de avestruz. El conjunto típico aparece en otras tres tumbas, de las que sólo una contenía metal: un pequeño aro de bronce. Podemos, por tanto, permitirnos el establecer un valor elevado para los "vasos griegos, pues aparecen en una de las tumbas más significativas desde el punto de vista simbólico y de prestigio. En Trayamar no aparecen las importaciones griegas, pero ello quizás se deba, entre otras posibles razones. a que aquí la ostentación y manifestación de dominio no se expresa tanto a través del ajuar. como a través de la monumcntalización del espacio funerario. de una arquitectura especializada al servicio de una familia que pertenece a la oligarquía mercantil. De todas formas. sólo nuevos hallazgos en contextos bien definidos, nos ayudarán a precisar estas cuestiones. que hoy por hoy sólo podemos apuntar y sugerir a nivel de hipótesis. ¿,Qué repercusiones tuvo el comercio y colonización fenicia para el desarrollo de la sociedad indígena tartésica'? Tartessos fue el lugar hacia el que se dirigió la búsqueda de metales. y donde los fenicios, en conjunción con los poderes locales, establecieron todo un sistema comercial basado en la expl otación de las minas, la elaboración del mineral y su canalización hacia los centros de comercialización. Los fenicios provocaron un cambio en cierto sector de la actividad económica de esta región: frente a una metalurgia basada exclusivamente en el cobre durante el Bronce Pleno y Reciente. será ahora, a partir del siglo v111, cuando por primera vez se documente una actividad metalúrgica orientada a la explotación de las minas de plomo argentifero de la zona de Sierra Morena para el beneficio de la plata (Ruiz Mata, 1989, 235). Pero no sólo se produce un cambio de actividad extractiva y productiva, sino también un salto cualitativo y cuantitati vo. La intensificación y el cambio en la producción sólo se pudo producir, con resultados económicamente ventajosos, gracias a la introducción por parte de los fenicios de novedades tecnológicas, y entre ellas la de la copelación, que permitía el beneficio de la plata y su rápida separación del plomo (Ruiz Mata, 1987. El control de estos medios de producción estaba en manos de un sector minoritario y dominante de la sociedad tartésica, cuya fisionomía no es facil de conocer con precisión. La ausencia de enterramientos del Bronce Final anteriores al establecimiento de relaciones con el mundo fenicio impide conocer determinados aspectos de la estructura social y, en especial, la posible existencia de un acceso diferenciado a la riqueza. Quizás, como se ha propuesto, las estelas del SO. reflejan la existencia de élites sociales. quizás caudillos guerreros, en un momento avanzado del Bronce Final (Barceló, 1989, 205 ), e inducen a hablar de una sociedad segmentada. Sin embargo, la excavación de un túmulo funerario en la necrópolis de Las Cumbres, junto al Castillo de Doña. Blanca, con enterramientos indígenas anteriores a la presencia fenicia, y otros donde se integran ajuares fenicios, que estuvo en uso a lo largo del siglo v111. indica la existencia «de una sociedad incipicntcmente estratificada. que participa colet.:tivamente en el hecho crí1 ico de la muerte de uno de sus miembros. Así sugiere el mismo componente de los ajuares. con escasas diferencias. y desde luego tampoco se advierten grandes diferencias en la propia estructura de los enterramientos. No obstante. en los momentos finales se perciben atisbos de resaltar diferencias sociales» (Rui7 Maia y Pércz, 1989. Será. por tanto. a partir del estublecimiento de relaciones con los fenicios cuando se constate una c larajerarquización social y un acceso claramente diferenciado a la riqueza. proceso que se agudiza a partir del siglo v11, como denotan la estructura monumental y ajuares ostentosos di! las tumbas «principescas» tartésicas (Aubet. Es la actividad comercial, y la inmersión de las élites tartésicas en el comercio internacional mediterráneo la que o rigina la aceleració n del proceso de cambio y una rápida transformación de los sistemas económicos y sociales, y una nueva estructuración social basada en un cada vez mayor desigualdad entre sus miembros. Asimismo. consolidó una estructuración y jera rquización del territorio en función de la actividad metalúrgica y en función de su comercialización a través de Huelva y de Cádiz. principal receptor de la plata tartésica. y detentador del monopolio de su comercialización en e l Mediterráneo. Los comerciantes fenicios impusieron sobre las élites tarrésicas. que controlaban los medios de producción. la demanda de consumo de nuevos productos, altamente significativos. que. al introducirse en una nueva «esfera de intercambio» adquieren una nueva significación como bienes de prestigio. La necesidad de consumir productos de lujo para la reproducción del sistema social, motivó la intensificación de la producción. muy especialmente metalúrgica, aunque también agropecuaria. y la extracc ión de excedentes. que proporcionaron bienes para el intercambio. La legitimación y consolidación de las estructuras de dominio necesitaron de la importación de productos como textiles, perfume. orfebre ría, marfiles, vasos de alabastro, huevos de avestruz, bronces, vajilla cerámica fenicia -y griega, aunque en menor medida-y vino y aceite, que sólo se podían adquirir a cambio de productos de la metalurgia, especialmente la plata. Los productos intercambiados por la plata tartésica denotan la existencia de un s istema de comerc io típicamente colonial: la producción de auténticos artículos para la «exportación», como son los envases de perfumes, y una serie de objetos de lujo y prestigio -joyas, marfiles, bronces-. o las mismas importaciones griegas, destinados a la élite tartési-ca. La concentraci ón. esrccia lmcntc evidente en el siglo posterior. di! productos de lujo o dones de prestigio en zonas estratégicas como Huel va. Aliseda o C'ástulo. y formando purtc Je ajuares funcrurios principescos. demuestra el 111terés de Gadir hacia las poblaciones que controlaban las principales vías de comunicación yaccesos hacia los recur~os mineros y agropecuarios del interior. « Una constante del comercio en la Baja Andalucía fue el sistema de reciprocidad. que aparece circunscrito a los sectores privilegiados de la sociedad tartésica. Y e l intercambio de metales por vino. aceite y perfumes es indice de un poder d esigual y de una situación típicamente colonialista. Una situación en la que el intercambio se lleva a cambio entre sociedades desiguales, sólo podía traer dos consecuencias también típicamente coloniales: un cambio social en el seno de la sociedad indígena, desde el momento en que determinados sectores de la población::;e incorporan ni circuito comercial fenicio y se benefician de la situación, y un agolamiento de los recursos del territorio a largo plazo.» (/\ubet, 1987, 253). En definitiva. los fenicios establecieron en el Occidente una esfera comercial que se convirtió en una nueva área periférica. donde iniciaron la explotación de ciertos recursos e incrementaron la explotación de otros. A través de la é lite local como intermediaria. el excedente de los recursos domésticos fue producido para el consumo fenicio. Las relaciones de los fenicios con la población indígena produjo cambios en el seno de estas sociedades en términos de dependencia económica y política dentro de un sistema comercial tanto regional como internacional. Los fenicios. en palabras de S. F rankenstei n. impulsaron la incorporación inicial del Sur de la Península en la red comercial mediterránea como una periferia dentro del sistema regional asiático occidental ( Frankenstein, 1979, 290). Quisiera finalizar haciendo un balance de todo lo expuesto hasta ahora, y resumir el papel de las importaciones griegas en el marco del comercio internacional mediterráneo del siglo v111. Las importaciones españolas son un elemento más, junto con las del área italiana o levantina, y cada una en su contexto, que nos ha permitido acercamos a ese complejo mundo del comercio y de los intercambios. A través de ellas, y repito que como uno de los muchos elementos que forman parte de este proceso. extraemos las siguientes informaciones: La recuperación. por primera vez desde el colapso del sistema comercial de fines de la Edad del Bronce, de un verdadero comercio internacional a gran escala.'17. La expansión y crcdmiento de los centros. primero en el Levante. mús tarde en el Egeo. en un movi miento progrcsÍ\l) desde Oriente a Occidente. y que implicarú a un numero cada ve/ más amplio de comunidades y de arcas gcográlicas. La exi:-tcncia en este comercio internacional mediterráneo del ~iglo'111 de un complejo entramado. con di\crsas redes comerciales establecidas entre el Levante. (irccia. Mediterráneo central y Mediterráneo occident; tl. así como redes comerciales sec undarias. que amplian considerablemente el radio de acción. La existencia de un mercado internacional de metales. con grandes centros de intercambio en diferentes zonas. que a su vez establecen redes comerciales secundarias dependientes, siendo el mela) el ar1iculo que hizo posible la articulación entre los mercados locales y los mercados interegionales. El protagonismo decidido en este comercio internacional de fenicios y griegos. particularmente eubeos y. qui zás desde un poco más tarde, corintios, en una si mbiosis comercial donde. de 1nomento, no hay rutas ni arcas restringidas, sino concurrencia de intereses y posiblemente colaboración, llegándose a hablar de «aventura conjunta» (Sherratt, 1993 ). Sin embargo se anuncia ya la competición comercial y la necesidad de definición territorial, y de acceso exclusivo a determinadas materias primas, a través de la fundación de colonias, proceso que en el siglo siguiente dará lugar a la definición de rutas exclusivas (Sherratt, 1993). La participación en este sistema de intercambio de productos manufacturados que. al entrar en redes comerciales diferentes. adquieren un valor diferente -por ejemplo, las cerámicas griegas en las redes comerciales secundarias fenicias-. La «intemacionalizacióm> de determinados contenidos semánticos -sociales. religiosos. estéticos, que acompañan a los productos intercambiados, contenidos que circulan de un extremo a otro del Mediterráneo, y que penetran en el tejido cultural en diferentes grados y a diferentes niveles -en las peri ferias no penetrarán más allá, como los mismos productos, del nivel de la élite que los demanda-, koiné que será más evidente y generalizada a partir del siglo v11. La aceleración, como consecuencia de este comercio internacional. de un proceso de cambios sociales y económicos que afectan tanto a los grandes centros -Levante, Grecia, y en una ampliación del centro, las colonias fenicias y griegas-como a las periferias -especialmente, por lo que nos atañe, la sociedad indígena peninsular-: -Consolidación de clases dominantes que ba-san su poder en el control uc los medios <le producción yl o distrihución interior y exterior ue los excedentes. y legitiman su predominio en el prestigio que les confiere el intercambio y acumulación de bienes de lujo. -Consolidación en las periferias de una estrati licación social. en la que las élites basan su predominio en su incorporación al sistema comercial extranjero. -El cambio en la estructura económica de las periferias donde se impone la intensificación de la explotación para atender a la nueva demanda. en situaciones 1ipicamente colonialistas de esquilmación y agotamiento futuro de los recursos. -La dependencia mutua entre comerciantes e indígenas, generada a partir del sistema de oferta y demanda fuertemente establecido entre ellos. -La incorporación gradual de las economías periféricas a una economía de mercado premonetal, con las repercusiones de índole económica, politica y social que el lo conlleva, pero que. por su amplitud. merecen el espacio de otro trabajo. AuuET, M. E. ( 1984): «La aristocracia tartésica durante el periodo Orientalizante», en Opus lll, 445-
El 21 de agosto pasado falleció en Mérida D. José Álvarez Sácnz de Buruaga. D. José como lo conocíamos todos. D. José fue el alma de la Arqueología emeritense desde su establecimiento en el Museo de Mérida en 1945 hasta su retiro en 1985. D. José «vivía)) en la Iglesia de Santa Clara, que fue Museo durante tanto tiempo hasta la creación del nuevo. espléndido. original, que realizó el arquitecto Rafael Moneo. D. José y Santa Clara constituyen en mi recuerdo un conjunto entrañable, inolvidable. Las piezas del Museo, los capiteles, los relieves, las estatuas. las inscripciones eran allí tan absolutamente familiares, sobre todo para D. José, que formaban parte de su biografía personal. D. José las conocía todas, las encontraba todas y, sobre todo, hacía participes a todos cuantos las visitábamos de su conocimiento y su estudio. La generosidad era una de l¡is grandes virtudes de D.José. Generosidad con los investigadores, con los científicos. Recuerdo cómo una fría mañana de enero fuimos descubriendo y desempolvando los relieves de armas que luego publicaría Fabiola Salcedo (ver Lucenrum n°2, 1983, pp. 243 y ss.), o cómo me contaba las circunstancias de éste o aquel hallazgo. D. José era el cronista de Emérita, el sabio local, indiscutible, el punto de referencia para el investigador. Generosidad y sencillez, D. José fue calladamente recuperando el patrimonio de la ciudad, impulsando y vigilando las excavaciones y preparando eficazmente el gran Museo -su gran ilusión-porque su gran ilusión era Mérida (romana, visigoda, islámica, moderna, dieciochesca) y las Antigüedades de Mérida. Afabilidad y amabilidad, en tantas ocasiones con todos quienes solicitaban su consejo, su ayuda. su información. D. José fue, además, el gran impulsor de los estudios emeritenses porque animaba siempre y continuamente a su estudio. Sus frutos se están viendo ahora. tanto en el Museo. donde su hijo José María Álvarez como director y su hija política Trinidad Nogales Basarrate y sus colegas y colaboradores, desarrollan una actividad investigadora y científica de primera magnitud, como en el Patronato de la Junta de Extremadura para las excavaciones y conservación del patrimonio que están renovando los estudios arqueológicos emeritenses de manera ejemplar, basta pensar en el barrio de Morerías o en la Basílica de Santa Eulalia. La bibliografía de D. José da muestra también de otra, fundamental, vertiente: la de investigador. Su último libro, por ejemplo, <<Materiales para la Historia de Mérida 1637-1939», Badajoz, 1994, re-sulta imprescindible para el investigador y sigue la tradición de Moreno de Vargas. Pero su interés fue desde los prob lemas de la fundación de la colonia hasta los acueductos, desde las primitivas basílicas emeritenses a los mosaicos, en una serie de artículos que sugeriría, desde aquí, que se publicasen todos en un volumen por su valor para cualquier estudioso de Mérida a través de su historia. D. José era el alma de Mérida, de Emerita. Su pasión era Emerira, y supo transmitírnoslo. Recuerdo y agradecimiento son nuestro mayor tributo.
La forma de atrihucuin a rintorc~ anónimo) de los'al>ol> ÚllCOl> íuc inven1ada ror Uca71cy iransformando el mé1odo aplicado a la pin1ura ital iana primero por Morelli y luego por Bcrcn)on En cs1c irabaJO ~e 1n1en1a anali.1.ar cómo y cuándo ha'urgido el mé1odo. en qui! c mi:.1c. cómo:.e empica. cuálc:.'o")U~ f1Crl>pCCltV3S y dónde C:.Cán l>US limilaCiOnCS. 1>7. l IJ 'J4' 1 Boardman. en Beazley anci Oxford. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa'" W. Da vis. «No veo más de lo que ven todos, pero me he adiestrado en lijanne en lo que veo». Todos aquel los que se han ocupado o nos ocupamos en el estudio de la cerámica griega nos enfrentamos cotidiana e inevitablemente al hecho de tener que atribuir un vaso a un grupo o a un pintor determinado. El trabajo resulta complejo y laborioso. Tengo la intención de abordar aquí el tema de la atribución de vasos no firmados a pintores concretos, cómo y cuándo ha surgido y se ha desarrollado el método, en qué consiste, cómo se emplea, cuáles son sus pers pectivas, dónde están sus limitaciones. Mi esfuerzo no conseguirá hacer más fáci l el camino a los que lo elijan, pero espero que lo encuentren menos incierto. Los vasos griegos por su gran calidad artística y por el atractivo de sus complejas escenas narrativas atrajeron desde muy pronto la atención de los estudiosos. Desde el siglo xv111, con los descubrimientos de las tumbas etruscas. y sobre todo en el x1x. con la formación de las grandes colecciones en los muscos europeos. los investigadores se fueron interesando cada vez más por e l estudio de la cerámica ática. Lo primero que fascinó a los eruditos de los siglos xv111 y principios del x1x fueron las escenas mitológicas que decoraban muchos vasos griegos, imágenes que permitían «vern las narraciones de textos griegos y latinos; pero muy pronto los vasos griegos pasaron a ser objetos coleccionables por su belleza intrínseca. Los expertos comenzaron a aproximarse a su estudio asumiendo de forma natural los métodos de investigación propios de los historiadores del Arte. Así, a lo largo del siglo xx, el estudio estilístico. la precisión cronológica, la atribución a pintores y el análisis evolucionista del desarrollo de la cerámica ática de figuras negras y rojas han sido, y en gran parte siguen siendo, las líneas principales de la investigación en este campo. Esta forma de ver y de acercarse al estudio de la cerámica se debe en gran medida a los trabajos que desarrolló John Davidson Beazley, que sentó las bases del método atribucionista y que compiló en sus obras inmensas listas de pintores de vasos. Su clasificación y atribuciones deben mucho al método positivista, taxonómico, de la historia del Arte de Morelli. Gracias al trabajo precursor de Beazley a lo largo de este siglo se ha avanzado de fonna espectacular en el conocimiento de la cerámica ática y de los pi ntores de vasos. Centenares de pintores han sido identificados y mil lares de vasos atribudos. A pesar de todo, son aún muchos los vasos que no se han relacionado con un artista y muchos los pintores que no se han reconocido. La lag.una es mús grunde en el ultimo periodo de fi guras rojas. justo antes del cc:-.e de la producc ión de \'asos pintados en Atena:-. Bca; lcy abandonó en parte el estudio de estos vasos del último periodo. de baja calidad artística y de temas y eJerncione:-rcpetiti'vos. donde el método qu i;-á produzca un resultado menos brillante. Sin embargo en la actualidad cada ve7 se valorn y se reivi ndica más su estudio1 • El método de Bea1.h:y fue y aún es criti cado. Muchos piensan que otras aproximaciones cicntilicas son quizá más adecuadas para el estudio de la cerámica antigua y descalifican abiertamente el método. como algunos historiadores del Arte hacen con el conocimiento pericial. al que consideran «como una activ idad intrínsecamente conservadora y provista de anteojeras que se limita a reforzar el mercado del arte y eludir los problemas importantes centrándose en minucias particulares e insignificantes» 1, pero e l mi smo autor continÚ•l un poco después afirmando que el conocimiento pericial -como el método de Beazley-merece ser analizado de cerca y no descalificado. No podemos negar que. gracias al trabajo de Beazley, se han conseguido importantes avances. en absoluto insigni fi cantes en nuestro conocimiento de la Grecia antigua, y no sólo en el estudio de la cerámica ática. El método que inició Beazley ha sido tomado por otros autores y aplicado a otros tipos cerámicos antiguos. Así Trendall ha hecho una labor tan enorme como la de Beazley en el estudio de la cerámica de Italia y Sicilia 3 • Amyx y Benson en el de la cerámica corintia~. se ha aplicado también a la cerámica laconia ~. etc. Queremos aquí hacer una serie de reflexiones sobre el método, criticado pero aún en vigor, cuyo valor y resultados no deben despreciarse aunque otras aproximaciones al estudio de los vasos áticos sean simultáneamente posibles. riml. Historia de las imágenes, en P. Burke (ed.) EL METODO DE BE/\ZLEY Las atribuciones di: vasos. una prác.:t ic.:a tan frecuente ahora. no siempre fue habituul. kan de Witte en 1836. cuando el estudio de lo:-vasos griegos estaba en sus albores y ni siquiera se diferenciaban producciones áticas de otras, como las etrusco-itálicas. fue el primero en señalur que dos vasos eran del mismo estilo. M[1s tarde. otros autores. como Klein, continuaron en la segunda mitad del siglo x1x las tentativas de agrupar los vasos firmados. siguieron Hauser y sobre todo A. Furtwangler que fue el primero en catalogar los vasos en un museo ordenados por fábrica. periodo y estilo••. Pero estos primeros intentos de estudiar las enormes colecciones que reunían los museos. producto de las excavaciones de l XIX. según su estilo y darles una atribución, quedan restringidos. con pocas excepciones. a los vasos firmados. Fue el primero en atribuir vasos no firmados a pintores ya conocidos y en reunir vasos que se asemejaban entre si por su estilo y eran a su vez diferentes de otros. La mejor forma de explicar estas semejanzas en el dibujo era suponer que representaban el trabajo de un artista concreto 7 • Estos conjuntos son bautizados por Beazley con un nombre convencional dado al pintor anónimo. Los nombres se toman del lugar de conservación de l «vase name», del tema iconográfico representado, de la fonna del vaso. del nombre del yacimiento, de alguna peculiaridad en las figuras representadas, etc. Un gran paso se ha dado al desvincular la mano de un artista de la de un individuo histórico concreto que firmaba sus vasos. En su primer trabajo en 1908 el estudioso inglés aún continúa la tradi ción heredada y no aborda el estudio de artistas. Luego, cuando publica su artículo «Kleophrades», reúne varios vasos clasificados por su estilo como pertenecientes a una misma mano~. En este caso se conoce el nombre del alfarero pero no del pintor, pero eso, el nombre, es lo menos importante y lo que nos interesa no es conocerlo sino reconocer el pintor y su estilo 9 • A partir de aquí del Arte fue también el primero en utilizar la fotografía sistemát icam ente corno instrumento de estudio. El método atribuc ionista nace li gado a la fotografía, que permite comparar en la mesa de trabajo las distintas obras simultáneamente. M orelli tuvo contactos con la Arqueología C lásica a través de Jean Paul Richter. La correspondencia entre ambos fue publicada por las hijas de este último 11 • Es sorprendente quizá, como señala Kurtz' ". que la célebre hija de Jean Paul Richter. Gisel la, después conservadora en el Metropol itan de Nueva York, no introdujera e l método aplicado a los vasos griegos, aunque fue una de las primeras en admitir públicamente la importancia de la contribución de Beazley. Bernard Berenson era ya muy conocido en Londres cuando Beazley se graduó. El joven ing lés conoció la obra de Berenson, dado que estaba interesado por la pintura italiana, de la que tenia grandes conocimientos, así como por la pintura flamenca Morclli. nunca dibujó 1'. A s u muerte sus notas y fi.itografías pasaron a la Uniwrsi<lad de Harvard como las de 13eazlcy pasarán a Oxford. _ No es extraño encontrarnos en los escritos de Bc;l/lcy y de otros expertos referencias a ta pintura ital iana e incluso comparaciones puntua les con los pintores del Cerámico. rclercncias y wmparaciones que nos indican cómo el método de Ucazlcy es hijo y deudor, a veces demasiado. de l aplicad() a la pintura italiana. Por ej emplo, de las figuras del Pintor de Kleophrades Beazley escri be que «colocan firmemente los pies más separados que las de Euthymides, una actitud que nos recuerda a Signorell i» 11 •• Otros autores como Gisella Richter comparan explícitamente el método de atribución de vasos: «Las personalidades individuales se destacan tan claramente como en la pi ntura del Renacimiento y se distinguen del mismo modo» 17 • El estudioso inglés trabajó en gran medida condicionado por su conocimiento de los pintores italianos y de l func ionamiento de sus escuelas y talleres. Sobre todo e n sus primeros artículos se puede observar esta dependencia de Beazley del método ap licado a la pintura ita liana. Como bien señala Robertson 1 ~ la influencia directa de Morelli y Berenson se muestra en la utilización de la palabra «Master» para s us pintores anónimos. En su trabajo sobre e l «Maestro» de Berlín 1 • aísJa un grupo de vasos y los califica de «School-pi eces», como «directas y conscientes imitaciones». Robertson piensa que quizá Beaz ley ten ía e n la cabeza de una forma demasiado modélica e l funcionamiento del estudio de un pintor ita liano como el «de Boticelli o Be llini donde apre ndices y asistentes producían obras de los dise-11os del maestro»20. Esto ha suscitado una de las princ ipales críticas al método, como veremos después. Aún en trabajos recientes los orígenes y la dependencia del método se hacen explícitos. Por ejemplo Williams no se resiste a la tentación de comparar algunos pintores griegos con los del quattrocento en su estudio sobre el dibujo de la figura humana e n las dos primeras generaciones de pintores de figuras rojas Los pintores italianos del Renacimiento y los pintores <le vasos de Atenas tienen muchos puntos en común. su prcornpat.:íón por el domíni{) del c:;pacio o su inter~s por la figura humana; dos momentos histórkos lejanos en el tiempo y en el espacio reunidos al ser anal izados bajo la luz de un mismo m~to<lo. Pcni.;.en qut: consiste el método? ENTRE EL DETECTIVE Y EL PSICOANALISTA Las bases son la observación y la comparación. Kurtz nos recuerda que las bases del método de Morclli son «el cuidadoso escrutinio de los detalles. especialmente de aquellos que un artista reproduce tan regularmente que pueden ser considerados tan característicos de su mano como su escritura» 22 • La forma de razonar que utilizan Beazley, o Morelli. es la misma lógica de la inducción que empleó ya el Zadig de Voltaire -publicado en 1747-. «El método llegó a convertirse en la piedra angular de lo que a veces se denomina ciencia COl~jeturai». El modo de razonar es común a varias ciencias, como la Geología, la Arqueología, la Medicina, la Literatura o la Historia del Arte 1 •'. A la científica preocupación positivista se añade un pensamiento más humanista, un interés por el hombre como individuo, una curiosidad por rastrear, a través de una serie de indicios, la huella de una persona concreta. El método que aplicó Morelli. o Beazley, es similar al de un buen médico. cuyo reconocimiento y valoración de pequeñas disti ne iones es el factor esencial para un diagnóstico acertado. Mediante la observación y reconocimiento de los pequeños detalles variables, Beazley puede atribuir un vaso no firmado a un pintor anónimo. Aplicado a desvelar los complejos mecanismos de la mente humana, Sigrnund Freud desarrolló la técnica del psicoanálisis. El mismo señaló la relación íntima de esta técnica con los métodos aplicados por el Dr. Morelli a la Historia del Arte ~s. Lo más revelador son los rasgos triviales. los que habitualmente se desechan. se trata de desenmascarar. de seguir pistas, de detectar a través de lo accesorio, de encontrar allí donde el esfuerzo personal es más débil. La conclusión a la que conducirá el razonamiento es un misterio para e l que desconoce el método. Si los pasos intermedios no se hacen explícitos. el resultado se revela como algo asombroso para el no experto. El asombro que reflejan Watson o A Ido ante Sherlock Holmes o Guillermo de Baskerville es seguramente similar al que despertaba Beazley con sus acertadas atribuciones aparentemente incomprensibles y su prodigiosa memoria cuando observaba. por ejemplo, que un fragmento de Florencia pertenecía a un ánfora del pintor de Berl in en el Louvre 11'. «La contribución real de Morelli al estudio del Arte fue que ideó un método mediante el cual las distancias entre la atribución y la obra de Arte podrían ser tan efectivamente salvadas que estaríamos facultados para decir que es virtualmente cierto que una pintura concreta es la obra de un determinado artista. El argumento de Morelli es éste: todo artista verdadero está abocado a la repetición de ciertas formas o modos de hacer característicos» 27 • Las composiciones. la forma de colocar los personajes en la escena. sus posturas y actitudes es algo que se realiza de forma consciente y müs que algo propio de la individualidad del artista. pueden depender de corrientes artísticas concretas de un momento determinado. Pero los peque1ios detalles. la manera de mover Ja mano al trazar una línea. de dibujar un ojo o una oreja es lo que analiza el método pues es Jo que distingue la mano de un individuo de la de otro. «Bcazlcy adoptó una versión del sistema de Morclli analizando la representación del detalle. especialmente anatómico. mediante el cual se puede detectar la «escritura» de un pintor. bien ya se repita la representación inconscientemente por lo trivial, o se adopte conscientemente y se mantenga. Lo trivial es a menudo lo más informativo.» ~• Lo primero es el análisis y conocimiento de la anatomía humana. En los vasos áticos y en el arte griego en general el rema es el tratamiento del cuerpo humano, vestido o desnudo. Hay que observar y conocer las distintas partes del cuerpo y conducirse con un método similar al de un forense o un botánico «buenos poderes de observación. y concentración. y razonamiento de la clase que supuestamente tienen el botánico o anatomista»~•'. Como Morelli, Beazley analiza de forma continuada y detalladamente cada una de las partes del cuerpo, por ejemplo el ojo 30, la oreja, o el tipo de pie •ll. A veces el especialista utiliza para el análisis estilístico una terminología que nos hace preguntarnos si estamos ante un trabajo sobre cerámica griega o hemos abierto un manual de anatomía•~. Beazley contrasta además el detallado análisis estilístico, casi de anatomista, de la figura humana. tomado del modelo de Morclli. con otros datos pro-~• Boardman. cit., (nota 1 ), p. " En el mismo articulo continúa p. 74. pios de su material de cstu<lio: rnnw el anúlisis de las decoraciones \'cgctalcs. de las caras secundarias. las grecas o motivos que enmarcan las escenas. y observa no sólo el trabajo del pintor s ino del alfarero: la fórma del vaso. sus proporciones. etc. ". «Las formas de los vasos y sus decoraciones son guías exactas para la atribución: los expertos. por lo tanto. combinan el análisis morel liano del dihujo con observaciones sobre el trabajo del alfarero y sobre el t rahajo de 1 dccoradorn 1'. La rnn t inua obscrvac ión y el anülisis de los elementos son los primeros componentes del método del «buen expcrtoH pero falta algo: la comparación y la memoria visual. Una vez que se han aislado las características concretas de un pintor es necesario confrontarlas con las de otros. La intuición se convierte en conclusión a partir de la observación de un gran número de detalles. lo que implica comparar un vaso con otro, un dibujo con muchos otros, con todos los que el investigador conozcn. El «connoisscurn almacena todos los datos en su memoria. (<Memoriza el sistema y pasea por el Louvre o el Musco Británico: no tendrás duda de en qué vasos está presente o en qué vasos está ausente» • ". Para atribuir es necesario observar todos los detalles. Son precisamente éstos, lo que se repite, lo secundario, el dibujo rápido e inconsciente, lo trivial, lo que ofrece información. Beazley observó también el dibujo de las caras secundarias, decoradas con las «mantle-figures», los jóvenes en himation que se repiten continuamente en las caras posteriores de muchos vasos de figuras rojas. Son escenas en las que se representan menos elementos y donde las líneas se reproducen con mayor regularidad. Incluso se siente obligado a defender el valor estilístico de estos jóvenes del reverso a los que dedica su atención. aunque Beazley seguía pretiriendo apoyarse en sus atribuciones en el análisis de la cara principal. Trata el tema por ejemplo en su estudio sobre el Pintor de Aquiles. Las figuras del reverso, observa, se repiten de la misma manera en distintos vasos pero prefiere dar la vuelta al vaso y comprobar que en la cara principal «las piernas, pies, manos, caras, vestidos están dibujados de la misma manera» 3 ~. Para desarrollar el método Beazley se apoya en la técnicas a su alcance: el dibujo y la fotografía. El dibujo era la técnica tradicional ya casi totalmente abandonada por la fotografía. Esta colma las ansias de objcti\'idad cicntifi<.:a. frente a la subjetiva interpretación di.' un dibujo. La fotografía se había impuesto en la ejecución tkl ('or¡ms 1'a.mru111.•l111i-''""'w11. frcmc a la tra<liciún monumental cuyo mejor ejemplo es la edición con dibujos <le tamai'to natural <le A. Furtwiingkr y K. Reichol<l •-. El CV A, impulsado por E. Potticr prl.'lirió fri: ntc a la interpretación subjcti\'u y sckcti\'a de la tradición monumental. objetivar. recoger. identificar, documentar a través de la técnica más objetiva de la fotografía"'. 1:3eazley utiliza los dos métodos, pero para él era muy importante el valor de los dibujos en el estudio de la cerámica griega, tanto. que los terminaba aunque no tuviera intención de publicarlos y recomendaba para aprender a distinguir un estilo de otro. dibujar. dibujar la forma del vaso, la composición y sobre todo los detalles, dibujarlos más grandes que en el original: de esta manera, dice, el estudioso descubririi muchos datos que se hubieran pasado por alto si no se hubiera dibujado 1' 1 • En los dibujos debe primar la claridad y la exactitud intentando conseguir la máx ima fidelidad y objetividad.;,Cómo dibujar la decoración pintada de un vaso griego? D. von Bothmer distingue muy bien entre dos tipos de dibujo: el dibujo libre y los calcos ~0• El mismo 1:3othmer nos explica que Beazley empezó utilizando el primero pero pronto se desanimó dado el tiempo que esto suponía y el frecuente mal resultado. Fue precisamente Karl Reichold quien, en l 908, cuando Beazley lo visitó en Münich, introdujo al joven en una técnica que resultaba totalmente nueva para él, el calco, que permite ajustarse a la superficie curva del vaso reproduciendo una escena completa que en una fotografía quedaría inevitablemente deformada y mutilada. De esta manera para Beazley el dibujo es una copia fiel, objetiva, del original. En el estudio de la cerámica griega es preferible sin duda a la fotografía. La fotografía no puede reproducir la escena completa en muchos vasos de curva pronunciada. A menudo en la reproducción fotográfica se pierden detalles, como el barniz diluido,' 1 <iri<•d1isclw11 Va.vl'nmalerei. Es natural que Ueazky, en sus notas personales pretiriese tomar algunos detalles o algunas figuras compktas dibuja<las. El estudioso SI.' acerca asi al trabajo del pintor del Cerámico. casi con el mismo esfuerzo fisico. reproduciendo cada línea. cada detalle. El trabajo. el proceso creativo del pintor gril! go. de cada pintor, se siente más próximo. y el estudioso puede captar detalles que de otro modo no advertiría. De alguna manera. a través del dibujo. el connoisscur «posee» el objeto representado. Beazley pone gran cuidado en la ejecución de su:; dibujos, desde la elección del papel que en un principio adquiría en la misma tienda que Reichold, hasta la utilización de los liipiccs. más blando para las líneas en relieve o las fue rtemente barnizadas, más duro y ligero para las líneas interiores, un lápiz oscuro para las inscripciones o rojo at1adido, etc. 4 1 • Para llegar a tener un conocimiento profundo de la cerámica griega y llegar a convertirse en un «Connoisseur» es necesaria la experiencia directa, el contacto físico con el material. Es necesario familiarizarse con el material y llegar a conocer los vasos y los estilos de los pintores tanto que el experto se sienta confortable con ellos, casi como si se tratara de viejos amigos 41 • Beazley educaba en este sentido a sus alumnos, como recuerda Bothmer en las clases del viernes en la casa del maestro. Al principio, durante el té, Beazley pennanecía silencioso «obviously deep in thought», a las 5 llevaba a sus alumnos a su estudio adyacente y durante dos horas les enseñaba fotografías y fragmentos que les permitía tocar 4.1. El profesor da unas reglas básicas, 1 O mandamientos que expone en algo más de dos páginas H donde recalca que hay que ocupar la mayor parte posible de tiempo observando los vasos directamente, no a través de fotografías o dibujos. El trabajo con fragmentos desarrolla y agudiza el sentido para diferenciar estilos. El método que Beazley generalizó para la cerámica ática no está exento de riesgos. No todas las atribuciones propuestas, ni siquiera por Beazley son correctas. Siempre es posible que los det¡¡lles de un pintor que individualizamos y que nos conducen a una atribución sean copiados del maestro por los alumnos o se deban más que a dos artistas distintos "Bothmcr, «The executions of the Drawings». p. H Así ve M. B. Moore a M. Robertson en la recensión que hace de su 1 ibro: The ar/ of vase-painting i11 Classi('t1/ Athens, en American Joumal of Archarology. 1994 a cambios introducidos por un vtcJo pintor, o se pueden confundir artistas estrechamente ligados. Todo esto lo reconoce el propio Beazley 4'. Aunque, sin duda, la mayor parte de lo atribuido por Bcazlcy fueron aciertos. El método morelliano de atribución se presta mejor al análisis del dibujo de lineas de la cerámica griega que al de los trazos de pincel de la pintura italiana. Los vasos griegos bien conservados son numerosos en todos los museos importantes y nos han llegado prácticamente intactos. sin repintes, que por otra parte se pueden detectar fácilmente lo que es otra ventaja frente a la pintura al fresco o tempera 4 h, Una de las mayores aportaciones de Beazley fue su extensión del método. que aplicó no sólo a los vasos de gran calidad. sino a toda la cerámica griega, hasra la más humilde. Beazley, heredero del pensamiento de fines del x1x. creó un método de trabajo seguido y continuado por muchos otros, una forma de trabajar «que ha condicionado fuertemente nuestra manera de aprehender la cerámica ática» • 7 y el arte griego en general. UNA CUESTIÓN DE EXPERTOS «El éxi to incondicional de Beazlcy. autoridad incontestable. y su desgana para explicar por escrito cómo miró los vasos griegos. encubrió las sutilezas -y peligros-de la atribución para muchos arqueólogos clásicos que ahora esperan una atribución de algún «especialista en vasos» 4 H. El razonamiento detectivesco de Beazley y de otros expertos. cuyos pasos no son explicados. y cuyos resultados se ofrecen como algo casi incuestionable. se presentan como incomprensibles al profano. como algo sorprendl! nte. aunque para el investigador que conoce el método la conclusión sea «elemental». Esto produjo un efecto sin duda no deseado por Beazley. Las atribuciones de los expertos y mucho más las del maestro de Oxford han sido repetidas mecánicamente. sin critica. y tomadas corno dogma. Aunque uno de los méritos de Beazley es hacer posible que el método sea utilizado por otros también. lo cierto es que debido en gran parte a que no explicó su método por escrito. la atribución se ha convertido en algo de y por especialistas. Esta cuestión de expertos. no argumentada. conserva un aire misterioso donde se erige casi como único argumento el criterio de autoridad. Esta es una de las •• Kunz. i: ritica:-. mú:-. imponantc~. la utili1ai: iún dd ml:w<lo c:-.tú unida al autoritari:-.mo. a una frci: ucnte renuni: ia a la argumenw1: iú11 racional y arda a la rcputat: ión perslrna 1 1''. La cxdusi\ i un pintor al que nos ha faltado el valor. la seguridad o la decisión de atribuirlo sin reservas. Los argumentos que apoyan las atribuciones y d lenguaje es muchas veces impreciso. por ejemplo G. Richter afirma que un vaso está hecho M la manera de» un pintor porque «las graciosas figuras y atractivas composkiones se derivan directamente de las creaciones del Pintor de Meidías, pero no tienen el toque delicado del maestro»; o un vaso se atribuye a un grupo porque «el delicado, amplio estilo del dibujo. sitúa la pintura en el grupo del pintor de Jena» ~0• por citar sólo algunos ejemplos de una forma frecuente de escribir. Las dificultades en comprender la terminología no se reducen sólo a los no iniciados sino tambien a algunos estudiosos. ¿Cómo delimitar y definir una «atractiva composicióm> o «un toque delicado))? Boardman nos dice que «las relaciones entre pintor y alfarero, y los criterios que definen la relación maestro-alumno o de taller son a veces claras. a veces no. Beazley encontró necesario indicar una distinción entre un vaso de un pintor y un vaso a la manera de ese pintor; y que «manera». «imitación», «Seguidor», «escuela», «círculo», «grupo)), «influencia». «relación» no son, en mi vocabulario. sinónimos. No todos los estudiosos son capaces de seguir todas estas distinciones» 51 • Pero ni Beazley ni Boardman dicen claramente cuáles son esas diferencias. Pero en general en el uso de un vocabulario más''' V. Gaskell, ll isloria de las imágenes, en P. Burke (ed.). Formas de hact'r historia. 1946, p. prl.!ci~1> y rnmprensihlc para el estilo dc un pintor tamhién se ha a\'an1a<lo. Se intentan enumerar de una rorma sencilla y clara. abandonando metáforas poéticas. las características de un pintor. Basta leer la bibliografla de los liltimos años. las síntesis <le Boardman o de Robcrtsnn que intentan scr intcligi-bk~ y completas <:. DESPU ÉS DE UEAl.Ll:Y Hace ya casi 25 ai)os. el 9 de mayo de 1970, que murió John Beazley. Su obra transformó profundamente nuestro modo de vcr la cerámica griega. Desde su mucrtc muchos han consolidado y continuado su obra publicando numerosas monografias <le pintores ya identificados por el maestro <i. Con estos trabajos las listas de pintores de Beazlcy se hacen visibles con ilustraciones de los vasos, pero salvo excepciones. no se trata más que de una continuación en la misma línea ~J con una extensa bibliograt1a especializada ". Desde 1980 los especialistas se reúnen en unos coloquios sobre cerámica griega que se celebran regularmente. y que comenzaron con la intención de• organizar el trabajo despues de Beazley ~". Las investigaciones de la Universidad de Oxford derivan aún en gran medida de la línea iniciada por Beazley. Tras su muerte en 1970 se trasladó el archivo del profesor con las fotografías, las notas y los dibujos al Ashmolean Museum 57 • Donna Kurtz,, _'/' l. " 7. 1 1 1 1 1-l (.\l{\11'',,(111 / rrn..;úlo es:-u an.:hi\era:-.i110 que grat: ias a su trabajo ha t: on,•crtido este lugar en el t: entro mundialmente m;b importante rara el estudio de la eerárnica Íl li ca pintada. Ln 1979 ~e ruso en marcha un plan para inlbrnwtitar el arehivu y puhliear wld<'nt!a a la:-. li:-tas <le l3ea1lcy ". A pesar <.kl éxito. o prccbamcmc por ello. el mc1odo sigue reeihicndo c: ritkas. Se atat•a tanto:-u'alrde1 como la apmximaeiún al estudio <le los'asos griegos adopiada por lka;d ey. Algunos critil: an la arhitraric<lad del método mismo. Desde l 93 7 que recibió ya esta critica J e E. Pott ier''' hasta nuestros días. no ha dejado de ser atacado por esta ra1:ó11. 13oardman lo defiende y afinna que el método <<puede no satisfacer a la nueva Arqucologia. pero es necesario que no nos avergoncemos de poder usar nuestros ojos como nuestros instrumentos. La coherencia de un grnpo de vasos atribuido a una mano por Bea..dey puede ser demostrada por el análisis computcrizado de detalle»"". Robertson también defiende el método de Beaz lcy aunque su en tusiasmo no le impide reconocer que algunas de las atribuciones de Bcazley. sobre todo las que se refieren a artistas menores, pueden ser discutidas. aunque otras. como los vasos adscritos al Pintor de Berlín o al Pintor de Pan son tan inconfundibles a sus ojos como los grabados de Durero o Utamaro ft'. Ciertamente el porcentaje de aciertos de Beaz ley fue espectacular. Pero naturalmente e l ac ierto depende de la capacidad del experto. No todos poseen los ojos de Beazlcy. su increíble capacidad y memoria. Es necesario que asumamos la arbitrariedad del método, la posibilidad de error y es conveniente que los estudiosos usen una terminología clara y precisa y expliquen el por qué han llegado a una atribución dada. separando los criterios estilísticos de los que no lo son. El cam ino puede ser desandado por otro más fácilmente. A pesar del riesgo, sigue siendo útil explota r la posibi lidad que se abrió con Beazley de relacionar un vaso con un taller o pintor concreto y su método es el único medio de que disponemos, no ex iste alterna! iva, es una acti-'ídad alin nt: eesaria:-:i bien no en t: ll<llllll lin en sí mi:-111:1 sino c::onrn mcdio para obtener una gran variedad tk resultatlos. Otra! inca <.k ataque no se refiere al método en si sino a:o.U utili/itción por los l! Spl'l: lalistas, una Clllli.CClh..'11Cla sin duda no dc~.:ada por lka1ky. Lo sinh.'tÍ/a bien Hoffmann: 1d•. l 1111lujo de Uea/lcy y de la c:-euela de Oxford aecntuarü lo que d.:sde ángulos de ohscr\'ación más externos ~e ha denominado la manía de la atribución;1 wlkrcs y pintores, que se ha eon\'crtido tal vez cxagcru<.lamcntc en un fin primordial del experto en vasos griegos»••~. Bcazlcy y sobre todo sus seguidores nos han hecho creer que lo más importante de cualquier vaso griego es quién lo ha pintado. La manía de la atribución ha perjudicado. a mi juic io. el avance del estud io. Muchos expertos han tomado como dogma las listas de Beazky y se han preornpado bien de arnpl iarlas con nuevos vasos o bien de fruccionarlas. multiplicando el número de pintores "' como todo avance. No se conc ibe un catálogo de vasos griegos sin sucorrespondiente atribución. aunque es frecuente que no se preste atención u otros aspectos del vaso. como sus imágenes. sus procedencias. cte. Es natural, pues. que en los ultimos años muchos estudiosos -particularmente los procedentes de campos estructuralistas o antropológico-sociológicos-, ataquen tanto el método en sí como la aproximación desde esta óptica al estudio de la cerám ica griega""'• Robertson, que defiende con entus iasmo el método de Beazley. tiene la impresión de que toda s estas manifestaciones de descontento tienen algo que ver con la aplicación de un método tomado de la Hi storia del Arte a producciones artesanales no realmente artísticas"'. Cree «que la premisa de la que parte Beazley ignora una profunda di fcrcncia entre las dos manifestaciones <trtisticas, y este error para reconocer esta diferencia ha tenido malas consecuencias para el estudi o»"" y que «f uc el movimiento de artes y oficios de finale s del x1x, un movimiento fundado en parte en el puritanismo. en parte en una reacción contra los métodos de producción mecanizados, lo que dió a la cerámica el estatus de arte. Bcazh:y. llevado por esta almósfera llevó este concepto hasta los griegos. que habrían n:ído anti: la idea de que su cerámica fuera tan estimada; y haciendo esto lkazley distorsionó nuestra visión del arte griegm).. -. Esta discusión estéril sobre si se deben considerar o no producciones artísticas los vasos griegos c.: reo que está en nuestros dias supernda. Lo que si se critica a Hea'lley es haber tomado el método de los estudios de pintura italiana y haberlo aplicado. quizá demasiado mednic.:amentc al principio, a producciones muy distintas. Esto le lleva a utilizar una aproximación al estudio y una termi nologia poco apropiada como hemos señalado antes. Parece que Beazley veia el funcionamiento de los talleres del Cerámico como los estudios de los pintores italianos donde aprendices y asistentes producían obras de los diseños del maestro. Como señala Robertson. por lo que sabemos del funcionamiento de los talleres de Atenas. esto no era así. Cada taller debía tener uno o dos decoradores principales y otros que aprendian el oficio. en algunos casos parece que se producía una relación maestro-alumno -p.e. en el caso del Pintor de Berlín, Pintor de Aquiles, Pintor de la Phiale'' x. Debido al enorme peso de Beazley que centró toda su atención en el estudio de la cerámica figurada, la balanza se ha descompensado y la cerámica ática se ha dividido artificialmente en dos grandes bloques: la figurada y la barnizada, y su estudio es abordado muchas veces por especialistas distintos. Los trabajos siguen caminos paralelos pero sin unirse, a pesar de que eran producciones de los mismos talleres. Es necesario abordar el estudio conjunto de la cerámica ática sin despreciar las producciones barnizadas, hay que buscar la relación entre ambas, relación que podemos encontrar en el análisis de los Tht! ar1 11/:.. p. 5. datos arqueológi1: os'"'. l lay que superar la pura atribut.:ión sin negar su utilidad y no despreciar otras aproximaciones al estudio que pueden ser simultáneas. Es necesario también ser conscientes de los puntos débiks del método. Las atribu<:ioncs son inevitablemente subjetivas. F.I experto debería asumir la arbitrariedad del método y hacer aparecer sus atribuciones como inciertas. evitando así el peligro de lo que se da como auténtiw. La inseguridad nos lleva a argumentar, a explicar, a dibujar. mientras que la atribución «segura». y misteriosa. podría en algún caso conducir al experto y a sus lectores por un camino falso. Difícilmente podrán salir de él si desde la entrada no se ha empezado a desenrrollar el ovillo. A pesar de las comprensibles críticas, el método es válido y uno de los méritos de Beazley es habernos salvado de una visión estrecha y reducida de la cerámica griega tal como tenemos, por ejemplo, del arte prehelénico. Podemos seguir la manera en la que el arte griego se ha desarrollado casi durante 300 años si no con nombres propios, sí con personalidades concretas. Gracias a eso conocemos mejor la evolución de la cerámica que la de la escultura u otros objetos menores. El estudio estilístico y la atribución es un medio por el que podemos llegar a conocer con gran precisión cuestiones no sólo de evolución artística sino históricas, iconográficas, etc. Debemos tener siempre presente los resultados a los que nos encaminamos y que queremos obtener. «Debemos elegir la descripción que estipulemos que nos da historia y leer a partir de ella» 70 • El método, como todos los métodos, tiene en sí mismo una validez relativa. Lo importante son los resultados que obtengamos a partir de él y la calidad de estos resultados. ••V. p.c. mi trabajo 11La cerámica ática de Anda lucia en el siglo 1v. El «taller del Pintor del Tirso Negro».
En los último años -dese.le 1990 hasta su fallecimiento en febrero de 1995-he tenido la fortuna de frecuentar a Massimo Pallottino en muchas ocasiones. tanto en conferencias científicas como en reuniones de trabajo. Emanaba, siempre, autoridad y experiencia. criterio. diplomacia y energía. Era uno de los grandes sabios cuya opinión hay que escuchar siempre. Pallottino era hombre de vastos conocimientos y de larga experiencia en el mundo académico romano e internacional. Yo tuve, además, el honor (y la responsabilidad) de sucederle en la Presidencia del AIAC, tras el breve paréntesis de Charles Pietri. Y pude aprender de él la enom1e importancia que otorgaba a los Institutos y Escuelas extranjeras en Roma y a la colaboración internacional en nuestra disciplina. Pallottino había participado activamen1e no sólo en la creación de la U11io11e lntema::iu11a/e deg/i /nsti-1u1i di Storia. Archeo/ogia e Sroria del/'Arte en la que se encuentran todos los centros de investigación ubicados en Roma, sino también en la de la Associazione lnrernazionale di Archeo/ogia Classica, asociación que nació con la idea de salvar las bibliotecas alemanas en Roma, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente el AIAC creó los Fasti Archaeologici y patrocina la organización de los Congresos Internacionales de Arqueología Clásica.
No hay un uso lusitano de la escritura. sino un uso ocasional de l alfabeto latino para escribir lusitano. El caso celtibérico es muy diferente. Existe un modelo de uso de la escritura muy generalizado en el Mediterráneo antiguo con anterioridad a la expansión del modelo creado en la Atenas clásica. El uso celtibérico de la escritura, que aquí se ilustra en las distintas categorías de texto que se nos han conservado. se integra en ese modelo, que en sus diversas variantes ha podido servir a sociedades de tipos bastante diversos. La cuestión está relacionada con la del origen del uso de la escritura entre los celtíberos, y la influencia latina en ese uso, pero por el momento no cabe dar una explicacación segura de estos problemas sino tan sólo plantear hipótesis alternativas. En un artículo anterior me he ocupado de los usos de la escritura en las sociedades del área no indoeuropea de Hispania, de cómo esos usos se explican en un contexto social determinado y de cómo distintos modos de vida han dado lugar a distintos tipos de textos y distintas formas de utilizar la escritura 1 • En éste pretendo hacer lo mismo con el área en que dominaban las lenguas indoeuropeas 2 • Dadas las fuertes diferencias culturales que separan la Hispania indoeuropea de la no indoeuropea, es de esperar que los modos de usar la escritura en una y otra zona sean también diferentes, y que, a pesar de la considerable variedad que encontramos en el área no indoeuropea. ninguna de sus provincias epigráficas aparezca reproducida sin más en el ámbito «céltico», por utilizar una expresión tradicional y cómoda, aunque a mi modo de ver equivocada, que sirva para recoger a los distintos pueblos hispanoceltas y occidentales, de la misma forma que «ibérico» a menudo sirve para recoger a los distintos pueblos no indoeuropeos, ibéricos y no ibéricos. De hecho la primera gran diferencia viene dada por la ausencia de alfabetización prerromana en gran parte de ese territorio 3, que contrasta fuertemente con la casi total generalización de la escritura en el «Powem. cubre en parte e l mismo campo pero sin oc uparse de los celtiberos y con información insuficiente, aunque en un contexto más ambicioso que no deja de tener interés a pesar de las dudas que suscitan sus conclusiones. ~ Con ello en realidad no queda completo el panorama de la Hispania antigua desde el punto de vista aquí adoptado, ya que es posible que la zona al N. del Ebro. en el valle medio del río, sin ser indoeuropea no pertenezca tampoco propiamente al ámbito epigráfico ibérico. El problema es si realmente tenemos derecho a considerar ese territorio como alfabetizado en época prerromana.' ((A lfabetización» no es quizá una expresión del todo correcta para referirse a la di fusión de escrituras que en el caso más típico, el semisilabario ibérico, sólo parcialmente son alfabéticas, pero podemos perdonar lo que se pierde en exactitud por lo que se gana en comodidad. En cuanto a <(prerromano», en este contexto no implica cronología, sino ascripción a una lengua hablada en H ispania ya antes de la llegada de los romanos. D,\Df:.S CEL TIUf: RICA Y LUSIT,\N:\ Y LA 1 -SCRITLIRA área no indoeuropea. Sólo los celtíberos y los lusitanos parecen habernos dejado inscripciones, pero creo que si valorumos adecuadamente los pocos textos de los segundos tenemos que relati vizar, hasta casi negarla, la noción de epigrafía lusitana~. Las inscripciones lusitanas conservadas son sólo tres, y todas al parecer del mismo caracter. inscripciones rupestres religiosas: faltan por completo tipos banales de epígrafe como los grafitos de propietario o las inscripciones sepulcrales. Por otra parte dos de las tres inscripciones conservadas se inician con una proclamación en lalin de la identidad del o los autores de la redacción. Todo esto, unido a la poco definida ortografía utilizada, me hacen creer que en realidad nunca llegó a haber una auténtica epigrafía lusitana porque nunca existió una adaptación propiamente dicha del alfabeto latino al s istema fonológico de la lengua lusitana, que diese paso a una tradición de enseñanza y a la aparición de usos de la escritura propiamente lusitanos, en lengua lusitana transcrita de acuerdo con un sistema convencional propio. El contacto con e l mundo romano sin embargo llevaría a ciertas comunidades lusitanas, en las que había un número de individuos bilingües entre los que se daba un cierto grado de alfabetización en latín, a desarrollar una sensibilidad para los valores simbólicos de la escri tura, y e llo haría que en ciertas ocasiones solemnes requiriesen de algunos de esos individuos alfabetizados la redacción de un texto en la lengua local en que quedase constancia del acontecimiento, no por supuesto para que fuese leído por la masa de la población si no para enfatizar adecuadamente lo extraordinario de la ocasión. La transcripción en alfabeto latino del texto lusitano sería en cada caso un acontecimiento singular, que no crearía una tradición grafematica y que sólo contaría como antecedente con los hábitos existentes en la adaptación al latín de los nombres propios indígenas, geográficos, personales o de deidades, que servirían de guía a los poco avezados escribas en la resolución de la inhabitual tarea que les había sido encomendada. Nos quedamos pues reducidos a la epigrafia celtibérica como reflejo único de una sociedad hablante de una lengua indoeuropea que ha conocido y usado la escritura en la Hispania prerromana. El caso celtibérico, comparado con los que ya conocemos en la Península, es una vez mas peculiar, diferente a los demás, pero a la vez, y por sorprendente que a primera vista pueda parecer, más similar al de otras muchas sociedades mediterráneas que los estudiados en el artículo precedente. Por ello. antes de considerar la escritura celtibérica en términos más definidos, quisiera insistir sobre un modelo que ya he uti lizado en otras ocasiones ~. y que en mi opinión permite dar cuenta de la mayor parte de los, digamos «idiomas de escritura», o conjunto de prácticas y usos de la escritura que caracterizan a una soc iedad dada, en el Mediterráneo antiguo en época prehclenistica, o. en el caso de Grecia, con anterioridad al desarrollo del modelo ateniense clásico''. Prescindiendo de casos especiales creo que puede afirmarse que la escritura e n el mundo c lásico y su periferia fue en general un conocimiento limitado a los miembros de las clases superiores y a los profesionales de ciertas actividades técnicas. La adopción de la escritura se produjo en la mayor parte de los casos respondiendo a incenti vos prácticos y económicos, y su función más extendida, aunque no la más llamativa, fue práctica, y en buena medida privada, e incluía sobre todo la redacción de estados de cuentas diversos, rótulos, notas personales, breves mensajes e instrucciones de variados tipos. registros, actas y relaciones, y en general la anotac ión de operaciones económicas con e l tin de conservar memoria de sus detalles durante el tiempo limitado en que podían considerarse todavía no conc luídas. Si no conservamos muchos testimonios de esta clase de textos se debe al caracter perecedero de la mayor parte de los materiales utilizados como soporte, y a la actitud del mundo antiguo hacia este tipo de datos, muy distinta de la nuestra, que no los consideraba de interés fuera del período más o menos reducido de su utilización directa. Si el mundo ibérico proporciona un número de documentos de ese tipo desproporcionadamente alto 7 en relación al total de los epígrafes conservados y en comparación con otras culturas es, en parte aunque no exclusivamente, por la utilización de un soporte, e l plomo, menos perecedero que otros habituales en el Mediterráneo~. En torno a estas funciones básicas se desarrollaron secundariamente otras varias, a menudo mucho más visibles en el testimonio arqueológico, y que desde el punto de vista de su valor simbólico para ~ Hoz, de.: en prensa: «Paleohispanic Societies»; t995: «Escrit uras», pp. 61-62. • A falta de un estudio general satisfactorio vid. Harris: 1989: Ancienl Literacy. las sociedades en cuestión pudieron llegar a ser más significativas que los usos prácticos mencionados. En la esfera privada estas funcione!> incluían textos conmemorativos, habitualmente portadores de una fuerte carga social como indicadores de status, tal como ocurría con las, inscripciones honorarias, votivas o sepulcrales. En una situación intermedia entre los usos prácticos y los simbólicos se encontraban las inscripciones de propiedad, incluyendo los tipos más sencillos de inscripción votiva o sepulcral. Por otra parte existían, tanto en la esfera privada como en las restantes a las que nos referiremos. formas muy diversas de combinación de los aspectos prácticos y simbólicos. Dentro de este modelo, que desde luego excluye algunas de las sociedades antiguas mejor conocidas. como la ateniense del c lasicismo avanzado. no podemos esperar un uso amplio de la escritura para definir situaciones legales, para garantizar derechos o para facilitar el cumplimiento de las obligaciones, pero sí encontramos un cierto papel de la escritura en la vida pública. Algunos aspectos de la legislación, algunas deci siones de la comunidad o acuerdos, por ejemplo tratados internacionales. que se consideraban de partic•ular importancia o simplemente adecuados para ser objeto de una conmemoración material, se hacían públicos por escrito, y a la vez pudo desarrollarse en un cierto grado la e laboración de registros. y hasta iniciarse embrionariamente los archivos oficiales. Los aspectos simbólicos de afirmación de la comunidad y su ideología, o la ideología de los grupos dirigentes, fueron particularmente significativos en todos estos usos. La religión se benefició también del uso de la escritura. Por una parte se desarrollaron en su esfera textos paralelos a los que hemos visto en la esfera pública, es por ejemplo el caso de las leyes sagradas, pero a la vez surgieron tipos específicos, como los textos oraculares o el registro de las tradiciones o de los hechos significativos de los santuarios. Por supuesto, como en el caso de la epigrafía pública, el factor ideológico era esencial en estos casos. Por último la literatura podía existir en forma escrita o en forma oral, pero en cualquier caso desde este punto de vista el papel de la escritura resulta limitado dentro del modelo que estamos considerando. De hecho no creo que exista gran diferencia en la perspectiva de una historia social de la alfabetización entre una cultura que no conoce ninguna forma de literatura escrita y otra que depende básicamente de recursos orales para la creación, publicación y transmisión de la literatura, en una medida limitada se sirve de la escritura en la composición y transmisión, y no lo hace en absoluto en el proceso de publicación. Este es el tipo de relación entre escritura y literatura que asigno al modelo aquí propuesto. Como en parte se ha visto en lo ya dicho. los motivos de la utilización de la escritura se mueven entre dos polos, el uso puramente práctico, escribir para poder recordar o para transmi tir una comunicación a quien está ausente, y el puramente simbólico, el texto que no es necesario leer. que incluso qu izá nadie o casi nadie puede leer, pero que por su sola presencia confiere prestigio o cualquier otro tipo de valor ideológico. sacralidad por ejemplo. Probablemente este último extremo no era muy frecuente en el mundo mediterráneo antiguo, a diferencia de Egi pto ~ o Mesopotamia donde los muros de templos y palacios estaban adornados de multitud de textos que prácticamente nadie, ni los reyes cuyas glorias celebraban, podía comprender. Pero sí eran normales formas diversas de, digamos, mestizaje en que ambas funciones, la práctica y la simbólica, se combinaban en grados muy diversos. La cuestión, aparte su interés en sí, que es muy grande, tiene un efecto útil para el estudioso actual. ya que las funciones simbólicas suelen ir unidas a variedades de soporte más o menos ricas y, por ello, a menudo más o menos duraderas, que en sí mismas nos informan sobre ciertos aspectos del papel de la escritura en una sociedad dada y a la vez hacen posible que algunos textos lleguen hasta nosotros 10 • En todo caso antes de ir más allá debo insistir en que este modelo, que no es sino eso, un modelo en el sentido weberiano, un útil de trabajo, tiene todavía un caracter inicial y rudimentario, pero que puede ya ayudarnos a evitar el error más habitual, y el de consecuencias más graves para la historia de las culturas y de las sociedades antiguas, que con excesiva frecuencia se ha producido desde que se inició el moderno interés por las cuestiones de historia de la escritura, y que puede asociarse de modo particular a las influyentes obras de J. Goody 11 • Es lo que • Cuando hablo de mundo mediterráneo es10y utilizando un concepto que no sólo es geográfico sino también cultural. y.:n ese s entido no es contradictorio excluir de é l al antiguo Egipto aunque de hecho poseyera una extensa costa mediterránea.'" En este sentido con viene diferenciar claramente uso de la esc ritura y expresión epigrafica, que es un concepto mas reducido. aunque por falta de testimonios a menud<l dependamos de nuestra información sobre la segunda para deducir el alcance del primero. En general en re lación con el modelo propuesto podemos hablar de una expresión epigráfica arcaica. como precisamente en relación con los celtíberos ha subrallado f. 11 Un ejemplo característico en el campo especifico de la filología clásica lo ofrece E. A. Havelock; vid. p. ej. Havelock: 1981 ( = 1978): «L 'alfabetizzazione». B. Street ha llamado el «modelo autónomo» 1 ~. es decir el conjunto de ideas sobre la escritura teñidas de determinismo tecnológico que dan por supuesto que la mera posesión de ésta en una sociedad produce automáticamente una serie de desarrollos no sólo sociales sino incluso psicológicos. que quedarían particularmente a la vista en la evolución de la cultura griega desde la adopción del alfabeto hasta la aparición de Aristóteles. Frente a este modelo Street coloca el «ideológico», es decir el representado por teorías que ponen el énfasis en el modo en que los hábitos o modo de vida de las sociedades que adoptan la escritura condiciona el uso que hacen de ésta. Está claro por lo dicho anteriormente que aquí propugnamos un <<modelo ideológico», pero conviene advertir que a pesar de sus excesos el «modelo autónomo», o mejor dicho una versión suavizada de él que preferiría denominar «modelo tecnológico», no deja de tener validez. Por otro lado lo que en este momento nos interesa es una cultura específica, la celtibérica, y por lo tanto más que perfeccionar el modelo como tal debemos utilizarlo como instrumento de comprensión. Desde este punto de vista es obvio que una de sus limitaciones mayores es su escasa consideración del punto de vista cuantitativo, ya que acomoda por igual culturas con muy distinto volumen de producción escrita, pero a pesar de todo creo que es útil para comprender mejor cualquiera de ellas considerar como un grupo todas las sociedades que han desarrollado las funciones de la escritura arriba descritas, es decir la mayor parte de las griegas e itálicas pre-helenísticas, y separarlas de otras que muestran diferencias cualitativas unidas normalmente a otras cuantitativas que pueden llegar a ser enormes. Un evidente punto de ruptura lo representan por ejemplo la nueva conciencia de las potencialidades cívicas de la escritura o el nacimiento de géneros literarios técnicos dependientes de ella que aparecen contemporáneamente en la Atenas clásica. El uso celtibérico de la escritura responde, según creo, al modelo propuesto. Los celtíberos aprendieron a escribir de los íberos -aunque vid. infra-, y la epigrafía, por ahora relativamente escasa, que de ellos nos ha quedado, muestra textos de caracter público y privado, aunque no documentos económicos privados de caracter práctico, lo que puede tal vez atribuirse a su posible existencia en soportes perecederos; no hay que olvidar sin embargo que a la vez que recibieron de los íberos la escritura podrían haber recibido el uso de las láminas de plomo como material de escritura, y sin embargo no tenemos plomos celtibéricos 11 • En todo caso hay obvias diferencias entre los usos epigráficos de ambas culturas, lo que dada la dependencia histórica de la una con respecto de la otra apunta a un distinto contexto social de los usos escriturarios. Concretamente la epigrafía celtibérica conocida incluye inscripciones de propiedad y sepulcrales, leyendas monetales, un par de textos oficiales sobre broncetal vez tres-1 ~. inscripciones votivas aunque casi exclusivamente en escritura latina, marcas de construcción, un documento privado sobre bronce de función desconocida. y un buen número de tesserae hospitales 1 ~. Cada uno de estos tipos plantea sus propios problemas. pero podemos agruparlos en categorías mayores que facilitan su comprensión, en especial si contraponemos textos privados a textos públicos y textos de exhibición a textos internos. Los grafitos cerámicos de propiedad pertenecen a un tipo relativamente banal, bien conocido en las más diversas culturas 11'. Albalate 17 y Graccurris 1 x han proporcionado un grafito cada una, y Caminreal dos 19, mientras que sendos grupos proce- 11 Recientemente se ha publicado uno -Fietcher, D. & Pérez Vilatela. L.: 1994: «Dos», pp. 361-364 -. pero de procedencia desconocida y anómalo no sólo por el hecho de tratarse de: un plomo s ino porque el texto de una de sus caras se explica mej or como ibérico. La situación cada dia menos clara de los numerosos documentos que están entrando en colecciones particulares sin pasar por un análisis técnico adecuado hace necesario. según creo. prescindir de momento en estudios generales de todos aquellos que resulten anómalos. " El último bronce aparecido en Botorrita. al parecer mero fragmento. se conoce sólo por la prensa. y no será considerado aqul. En las referencias utilizo la numeración que en su dia tendrán las inscripciones celtibéricas en MLH, y que ya ha s ido adelantada parcialmente por J. Untermann en algunas publicaciones -1990: «Comentarios». passsim; 1994: «Anotaciones», 388; 1995: «Epigrafía», especialmente 208, mapa 2-, y una segunda referencia a diversas publicaciones recogidas en la bibliografia. que permita identificar el texto por el momento. Por lo tanto se entiende que las siglas formadas por K + números van implícitamente precedidas de MLH: de citar inscripciones no celtibéricas utilizaré la referencia completa. Untennann el que me haya facilitado lo que en su dia será el corpus celtibérico de M LH en su estado actual de elaboración. " Los g rafitos numantinos son de dos c lases, letras sueltas o abreviaturas y textos propiamente dichos2 -'. Los textos figuran en recipientes de tipos diversos que hasta hace poco carecían de un estudio ceramológi co adecuado, pero ahora Arlegui ha podido confirmar la fecha avanzada de los textos~\ en el siglo 1 a.C. e incluso a lgunos ya dentro del siglo 1 d.C. En cuanto a la interpretación de los textos, en un trabajo anterior he intentado demostrar que podría tratarse de indicaciones de propiedad no relativas a un individuo s ino a una familia 2 \ y los posteriores hallazgos de Caminreal parecen confirmar la idea Los grafitos de Botorrita son en general meras marcas o abreviaturas sobre cerámica campanie nse en su mayor parte; sólo dos de ellos presentan un interés mayor, un fragmento de campaniense B con un grafito lamentablemente incompleto pero que tenia s in duda cierta longitud 21', y una pátera campaniense. de la que los editores no dan descripción más precisa. en la que se grabó lo que sin duda, aunque no deja de plantear ciertas dificultades, es una fórmula onomástica completa 27 • ~• K.9.2-8 = Sup. 34;K. l.4-15; Beltrán Martinez: 1983 En relación con los grafitos cerámicos conviene mencionar. aunque sólo sea de pasada, las marcas sobre pesas de telar 1 ". que en algún caso son claramente abreviatura de un nombre. y un caso aislado de inscripción sobre una fusayola. procedente de Monreal Z (K. 7. Todavía conviene añadir aquí, aunque no se trate de cerámica, otras inscripciones sobre un objeto de uso. Un fragmento de un gran plato de bronce, aparecido en Gruissan (K. 17. l = M LH JI 8.3. 1 ), en lo que fue e l el puerto antiguo de Narbona, y otro recipiente, en este caso de plata ~q. que fue hallado al parecer en Monsanto (Castelo Branco). Po r último el corpus de inscripciones celtibéricas sobre vajilla incluye dos páteras con escritura latina, procedentes de Tiermes (K. 1 1.1-2) y hoy perdidas por lo que dependemos de la lectura de Fita sobre el o riginal y de Hübner sobre fotografias; e l texto mayor plantea varias dificultades de interpretación 30, y no estoy seguro de que la interpretación más banal como inscripción de propietario sea correcta. Surge la tentación de interpretar ambas páteras como ofrendas procedentes de un mismo lugar sagrado 31, realizadas por distintas personas, mientras que dos inscripciones de propiedad celtibéricas en objetos iguales y con procedencia común pero relativas a dos distintos propietarios resultan poco verosími les. Finalmente entre las inscripciones cuyo objeto es definir o atribuir su soporte a algo o alguien podríamos incluir las marcas sobre tambores de columnas de Botorrita3 ~, que probablemente tenían por finalidad la determinación de su orden una vez desmontados. Como se ve el número de grafitos, o más generalmente, de inscripciones de propiedad celtibéricas, no es muy elevado, pero antes de sacar conclusiones sobre la mayor o menor familiaridad de los celtíberos con la escritura convendrá matizar algunos extremos, en especial que los hallazgos son re- 6. Las lápidas sepulcrales celtibéricas entroncan por una parte con la lradición ibérica y por otra anuncian las estelas de época romana de la zona e incluso los tipos rústicos, sobre peñascos, que en época imperial encontraremos en algunas zonas de la Hispania indoeuropea 1.1. Su número es todavía hoy muy escaso, y curiosamente el ejemplar más interesante no procede de Celtiberia, sino de Ibiza H. Las restantes inscripciones sepulcrales son menos significativas. La influencia ibérica, del tipo de estelas del Bajo Aragón, se manifiesta en un par de estelas con decoración figurada procedentes de Peñalba de Castro, Clunia (K.13.1 = Sup. 95; K.l3.2 = MLI XXX-VI) 35; ambas muestran la escritura redundante propia de la influencia latina. Los fragmentos de El Pedregal (Guadalajara), rudos, de dudosa lectura y uno al parecer perdido. no es seguro que sean sepulcrales • 1 ". Si parecen sepulcrales, por el contrario, otras piedras rústicas, procedentes de Langa de Duero (K.l2.1 = Sup. Torrellas (K.8.1 = MLH XIV) n, de dudos a interpretación, y Trébago (So.) 1 )3 ", la lápida celtibérica más recientemente aparecida. De nuevo tenemos que señalar que la epigrafía sepulcral celtibérica es numéricamente muy pobre, y de nuevo tenemos que matizar la afirmación. En este caso sin embargo no hay motivos para achacar el problema en parte a la ausencia de exploración arqueológica ya que las necrópolis celtibéricas si han sido objeto de la continuada atención de losarqueólogos w. La epigrafía rupestre celtibérica por ahora se reduce a sólo dos puntos, la cueva de San Garcia BU con una inscripción en caracteres ibéricos de 3 ~ Al parecer existe otra piedra celtibérica inscrita procedente de Clunia, aún inédita..~> MLH XXXVIla (K.4.1-2) y b. El fragmento a se conserva actualmente en el MAN de Madrid. lectura todavía insegura "'. pero que por su s ituación muy occidental diticilmenle puede ser otra cosa que celtibérica, y el importante conjunto de Peñalba de Villastar, cuya epigrafía es básicamente latina o celtibérica en alfabeto latino. El conjunto gráfico de Peñalba de Villastar está conslituído por casi tres kms. de cantera de caliza clara, expuesta a Norte, Levante y Mediodía, en la parte superior del monte de Peña Iba, al que da nombre. en la cuenca alta del Turia. y dominando el acceso al estrecho de Villel que controla la ruta desde e l Medite rráneo al interior s iguiendo el curso del mencionado río. Fue descubierto por Cabré y publicado en 191 O, junto con lo que es todavía la mejor descripción del lugar~1 • En la cantera se hallan cazoletas, grabados geométricos, figuras humanas o tal vez divinas y animales, a veces aisladas, a veces formando auténticas escenas, y un considerable número de inscripciones, no sólo ce ltibéricas en alfabeto latino sino también ibéricas de dudosa adscripción y varias latinas al parecer de distintas épocas, entre ellas una conocida cita virgiliana en el mismo tipo de letra que alguna de las celtibéricas. Falta todavía un estudio s istemático, detenido y con recursos suficientes del lugar pero no cabe duda de su caracter religioso; en parte tiene características comunes con los abrigos ibéricos 41, pero se distingue de ellos por su envergadura incomparablemente superior. Cabré lo consideró un santuario de frontera, en el que coincidían gentes de etnias dis-tintas~\ y la idea es atractiva, pero tampoco hay que perder de vista su posición estratégica, arriba mencionada, que podría explicar al menos una parte de los grabados e inscripciones como paralelos en función a los ibéricos de la Cerdaña. En todo caso la magnitud del conjunto obliga a pensar no en un simple lugar de paso sino en un auténtico santuario, visitado exprofeso por gentes diversas con una cierta frecuencia; la hipótesis de Untermann, según la cual los textos que nos interesan se deberían a peregrinaciones realizadas hacia el cambio de era, y que no durarían más allá de una generación 44, resulta muy plausible en lo que se refiere a la epigrafía celtibérica pero no debe ser necesariamente extendida a la vida religiosa del lugar, que sin duda fue mucho más larga. Por su parte la epigrafía celtibérica del lugar se desglosa en veinte epígrafes -dicciseis en MLH. K. 3.3-18-•~. algunos de ellos en realidad divisibles en más de una inscripción, aunque a veces no sea fácil llegar a una conclusión definitiva, lo que, unido a algunas dudas sobre el caracter celtibérico o latino del texto (en especial no 14, y también 13 y las dos primeras líneas de 2= K.3.18) •h, nos deja con un máximo provisional de 25 inscripciones. de las que tres están perdidas tras haber sido arrancadas de la roca • 7, quince se encuentran en el Museo de Barcelona integradas en once piezas •x, y e l resto debieran hallarse en la cantera de Peñalba. donde por otra parte no seria de extrañar, dada la ausencia de una exploración lo suficientemente larga y con infraestructura adecuada, que se puedan detectar otras inéditas. Para varias de estas inscripciones no existe una lectura adecuada por razones diversas, en algunos casos porque el desgaste de la roca lo hace imposible. De las que pueden ser leídas con garantía. al menos en una parte significativa de su texto. y dejando de momento a un lado la inscripción mayor, destaca la presencia de NNP (nombres de persona), que incluso parecen agotar en algunos casos la totalidad del texto (n° 2, 10-3), con o sin mención de grupo familiar. En ocasiones encontramos ténninos que pueden pertenecer al léxico común, como el posible título VERAMOS (n" 5 y 6). Un caso especial es el de TVROS, atestiguado (con la variante TVRROS) en seis ocasiones (na 6, 7a, 7b, 8, 9, y K.3.17)• 9 • Puesto que el NP Turos y 4 j K.3. 17"' d e Góme 7 Moreno. podría estar en e scritura la1 in a. El número de veinte epígrafes es la suma de los dieciocho incluidos en n'' 1-17 de Gómez Moreno el n" 7 corresponde claramente a dos epígrafes-más dos publicados en 1977 por J. Untermann (vid, n. siguiente), ya que no me parece posible que uno de estos coincida con 6+ 11 de Gómez Moreno.'" «Suplemento», pp. 326-330. seguida de la de MUI K.3. que es la refe• rencia de Peñalba. De las inscripciones publicadas por J. Untermann como «textos inéditos 1 y 11» en 1977: < <En torno», pp. 16-20, la primera e s K.3.17, la segunda parece haber sido excluida de MLH; de esa misma publicación proceden las deter• minaciones por medio de letras minusculas de algunos de los números de Gómez Moreno. vid. Untermann, op. cit., 13-5. aunque repartidas en dos piezas). sus derivados era frecuente en la Hispania antigua, e incluso en otras zonas de Europa 5 ", podría pensarse en una simple coincidencia entre diversos devotos, pero algunos datos plantean dificultades. por lo que no puede desecharse la propuesta de Untcnnann, que ve en turos un posible teónimo o término de culto como votw11 o don u m 5 1. La inscripción mayor de Peña Iba es sin duda uno de los textos más importantes del mundo hispánico prerromano. Sobre su lectura existen escasas dudas. y hay muchas cosas que resultan evidentes desde el primer momento. en especial la forma verbal SIS-T A T, correspondiente a una raíz bien conocida en las lenguas indoeuropeas y con buenos paralelos en usos sacrales. de los que se puede citar por tratarse de un caso muy vulgarizado el de la inscripción votiva de Satricum, pero sobre todo lo más significativo es la presencia de LUGUEI. sin duda dativo del teónimo céltico bien conocido. Pero a pesar de algunos progresos recientes, y a pesar de que la inscripción ha sido estudiada repetidas veces ~1 • sigue planteando graves problemas de interpretación, aunque nadie parece dudar de que se trata de una inscripción de caracter religioso, votiva o en la que se conmemora alguna acción sacra!. Una parte importante de las monedas correspondientes a cecas que las fuentes históricas atribuyen a los celtíberos presentan en sus leyendas rasgos gramaticales bien definidos que se dejan interpretar en el marco de la lingüística indoeuropea ~4 • Esos rasgos reaparecen en otras cecas no identificadas por las fuentes, a menudo asociadas a rasgos propiamente numismáticos visibles también en las monedas celtibéricas, lo que nos permite incluir en un mismo ámbito lingüístico e histórico unas y otras cecas. Datos secundarios utilizables como indicios de localización geográfica, tales como distribución de hallazgos, valores emitidos, clases de metal acuñado, o peculiaridades gráficas El propio Un1ermann agrupa las cecas celtibéricas en una serie de regiones. la del Ebro. la de Celtiberia septentrional y la del Jalón y el Henares ~7 • Un importante descubrimiento reciente obliga sin embargo a replantear algunos aspectos de la geografia numismática cehibérica. La ceca A.9 1, taníuüa. situada por Untcrmann por razones tipológicas <<im mittleren Kchiberien», no lejos de Sigüenza (A. 77), Segeda (A.78), y las cecas no localizadas A.85 okalakom. A.87 roturkom, y A.88 sama/a, ha resultado corresponder al caslro de Vi llasviejas de Tamuja. Botija CC, donde parecen ser abundantes los hallazgos de estas raras monedas 58, y que conserva el topónimo cehibérico mínimamente transformado en el nombre del riachuelo que corre a su pie, y que pudo originalmente haber dado nombre al asentamiento celtibérico ~~. La nueva identificación de la ceca A.9 1, que está siendo generalmente aceptada w. abre perspectivas insospechadas no hace mucho sobre la epigrafia celtibérica, ya que parece que, aparte los movimientos más o menos antiguos de gentes de la Meseta hacia varias zonas del S.O. de los que existen indicios arqueológicos e historiográficos 61, parece que hay que contar también en fecha avanzada con desplazamientos de celtíberos en el sentído más estricto y en posesión ya de su escritura. por lo que hay que tomar en consideración un territorio mucho más amplio en los intentos de identificación de las muchas cecas celtibéricas que carecen de ella, " Untermann. También aquí se podria mencionar el precedente de J. Caro BaroJa sigutendo las huellas de los numismatas de la generación anterior. Información sobre los distintos inventarios de leyendas monetales celtibéricas debidos a distintos autores, y que podemos considerar superados, en de Hoz: 1986: >. pp. 63-64.!' 61 Hoz, de.: en prensa: «La inscripción>>; en prensa: «Arcas>>; en prensa: «Tartesio>>. y porque cabe incluso la posibilidad de que aparezcan en Extremadura inscripciones celtibéricas de otros tipos h~. La cronología de la moneda celtibérica dista de estar clara. y lo mismo ocurre con el problema. ínlimamentc relacionado, de su interpretación histórica"'. En todo caso a la vista de la bibliografia de Jos últimos años•~. que viene a coincidir con ideas tradicionales de numismatas como Oómez Moreno o Amorós. creo que la hip61esis con mucho más plausible situaría el nacimiento de la moneda celtibérica, como consecuencia más o menos directa de las imposiciones fiscales de Roma, en los años de organización de la conquista que tienen su centro en la presencia en Hispania de Graco (180-178); es seguro en todo caso que la moneda celtibérica ex_islia ya durante la guerra numantina. Por supuesto no todas las cecas acuñaron desde el primer momento, y algunas debieron empezar a emitir en fecha muy avanzada, próximo ya el s. l. Otro resultado significativo de la bibliografía reciente ha sido lajerarquización de las cecas; sólo algunas en efecto, cuyo papel administrativo fue al parecer central en un determinado territorio, acuñan plata, mientras que otras subordinadas se limitan al bronce 65 • Quedan sin embargo muchos detalles por entender desde este punto de vista, por ejemplo en qué medida esa jerarquía tiene antecedentes en época prerromana, y desde el punto de vista de este estudio en qué medida la acuñación de bronce, aunque sin duda una consecuenciaa de la de plata, respondió a circunstan-•! En Villasviejas ha aparecido. aparte algunas marcas en cerámica. un interesante óstracon en escritura meridionai-Hermindez Hernúnde1., F.; 1985: «NuevoS>>: llernández Hernánde:z.. A.: 1989: Excavaciones-• pero parece que hay que atribuirlo a los predecesores de los celtiberos en la zona. Por otra parte hay noticias sobre la posible procedencia extremai'la de alguna de las téseras de origen desconocido recientemente publicadas. y existe alguna importante pieza epigráfica celttbérica inédita que prooederia de esa zona. Agradezco varias noticias en este sen tido a M. Almagro-Garbea. Martín y J. Pelliccr. Beltrán sin embargo es partidario de una cronología baja que no comparto. y parece aceptar una Interpretación de la moneda celtibérica como fenómeno fronterizo que en mi opinión no sólo es errónea sino que contradice sus propias ideas sobre la función de esa moneda; mejor que de frontera podríamos hablar de domin io sin romanización. aunque por supuesto el dominio implica ya un proceso incipiente que en su dla puede convertirse en roman ización. 61 Burillo, F.: 1983Burillo, F.: •1984: «Sobre la situación»: 1986: «Sobre el territorio)). cías internas de las ciudades celtibéricas y constituye un fenómeno más autóctono, y por lo tanto más significati vo como índice de familiaridad con la escritura, que la de plata, cuyo interés desde este último punto de vista es limitado, dada la fuerte dependencia de la administración romana que según todos los indicios presupone. Por otro lado es de suponer que la moneda de bronce «corriera» mucho más que la de plata, y por lo tanto que jugase un papel más significativo en el fenómeno, difícil de valorar pero sin duda importante, de familiarizar a amplios grupos con los signos escritos. En cuanto a las leyendas propiamente dichas, se trata en su totalidad de topónimos o adjetivos derivados de topónimos y de s ignos sueltos o abreviaturas de dificil interpretación. Los nombres, por el contrario, se dejan interpretar con facilidad y se reducen a un pequeño número de formas gramaticales, cuya identificación tradicional tal vez sea necesario revisar en ciertos casos M, sin que eso afecte a los problemas de definición lingüística y adscripción a ciudades que son los que en este momento nos interesan. Las téseras constituyen un rasgo distintivo del uso celtibérico de la escritura, nacido de la convergencia de un modelo clásico y de un aspecto importante de las prácticas sociales celtibéricas. Se trata de un conjunto de documentos de extraordinario interés en estrecha relación con otros dos grupos, téseras celtibéricas en escritura latina y téseras propiamente latinas 67 • Dentro del grupo estrictamente celtibérico contamos con documentos de cierta longitud, la tésera de Luzaga y la recientemente publicada de El Burgo de Osma (So.), y breves, de Monreal, Sasamón, Cabeza del Griego, Palenzuela, París, La Mesa de Belorado, La Custodia y de procedencia ignorada. A ellas debe añadirse la planchuela de Numancia, que creo no admite otra interpretación. Excepto ésta y la tésera de Luzaga y algunas que "" La interpretación tradicional puede verse en MLH 1, 84-88; las nuevas propuestas en Vi llar: 1995: E.~tudios; en prensa: «Nueva interpretación». ". a las que hay que añadir ahora K.25.1 ( Palenzucla Pl 11 • El elemento común a todas estas téseras es la mención de una comunidad política, y puede ser ejemplificado con la más compleja: K.0.5: /ihiaka 1 kohika: kaí-Todas ellas llevan una indicación que las define como (<(tésera) de (la ciudad) X». En algunos casos. como el citado. además del adjetivo encontramos una indicación añadida que implica un texto más explícito. «tésera (o similar) de (la ciudad) X». Una confirmación de esta lectura la tenernos en la tésera latina de Las Mcrchanas cuyas dos primeras líneas se leen les(s)eraiCaurie(n)sis; el adjetivo latino cauriensis es a Caurium ( Ptol. El segundo grupo de téseras celtibéricas breves se caracteriza por contener simplemente uno o varios nombres personales. A este tipo pertenecen la bien conocida tésera de París, K.0.2, y además. 1 7 ~, y posiblemente K.O. l 2 y K.O. 13 77 • Estas téseras. que pueden ser ejemplificadas con la siguiente: K.0.9: retukeno: ui.s•al 1 ikum, «(tésera) de Retukenos, (del grupo familiar) de los Visalikos». se pueden dividir en tipos distintos según que semencione un NP, con o sin indicación de grupo familiar. o tan sólo un grupo familiar. Si algunas téseras dudosas correspondiesen efectivamente a este grupo. también en él, como es en realidad de esperar, podría aparecer un término. generalmente abreviado. relativo a la tésera o al pacto. En resumen, hasta aquí hemos encontrado téseras en las que se menciona tan solo una de las partes 7 " Hoz. J. de.: 1986: «La epigrafía», pp. 66-77: de este trabajo y Ho;.t, de.: 1988: «llispano-celtic», pp. 20 t-205 procede la clasificación de las téseras cellibéricas utilizadas en éste y otros trabajos recientes. 71 Esta téscra plantea ciertos problemas: puede ser una lista de nombres de persona que constituirían colectivamente una de las partes de un pacto, o puede pertenecer en realidad al tipo de tésera más amplio. con mención de ambas partes. una en cada cara: en ese caso aletrwres: puede ser un N P o un étnico referido a una comunidad política. La línea A coincide plenamente con el posible texto de una tésera unilateral en que se menciona a una comunidad política, la B con el de una tésera unilateral en que se menciona a un individuo •~. es decir tenemos combinados los dos primeros grupos que hemos visto. El caractcr de la línea Ces mucho más hipotético, pero bi.ftiros tiene paralelos como NP y ueiso!,• es un nominativo concertado con ese NP, cuyo dativo, ueisui, aparece en la tésera de Luzaga, y debe significar un cargo que juega algún papel en el área institucional a la que pertenecen los pactos de hospitalidad. Aunque carece de paralelos /astiko tiene que ser el genitivo de un NP *laj: fikos que designará al padre de Pistiros. La línea C por lo tanto contendrá posiblemente un tercer dato relati-'" No incluyo en la clasilicación K.18.2 -Labeaga. 50 -porque se encuentra en un estado que no permite pronunciarse. Tampoco incluyo algunas téseras inéditas que conozco pero que van a ser publicadas por sus descubridores. La tésera menciona las dos partes pactantes. contiene la P<\labra kortika, y tal vez incluya también la mención de un testigo o magistrado. " 2 La expresión «unilateral>> procede de Untermann -1990: «Comentarios>>, p. 359-y es una forma adecuada de referirse a las téseras en que sólo se menciona a una de las partes. vo al establecimiento del pacto, mencionando por ejemplo un magistrado que ha actuado como testigo o como responsable de su formali zac ión. En resumen. las téseras de hospitalidad parecen ser pactos entre dos partes de disti nta magnitud, por un lado un individuo o un grupo familiar, por otro una comunidad po lítica. Las téseras breves incluyen simplemente la mención de una de las partes. En el primer grupo se menciona por medio de un adj etivo a la comun idad política pactante; probablemente estas téseras estaban en poder de los individuos o grupos familiares que habían pactado con esa comunidad, a la que naturalmente no pertenecían; el pacto les confería quizá unas ciertas garantías jurídicas similares a las que poseían los miembros por nacimiento de la comunidad en cuestión H'. En el segundo grupo tenemos textos que mencionan a un particular o a un grupo familiar. Representan el tipo complementario del que previamente hemos mencionado, aunque también podrían testimoniar pactos entre grupos familiares e individuos, o entre dos individuos. Al tercer grupo. en el que se mencionan ambas partes paclantes, pertenecen las téseras que plantean auténticos problemas de interpretación. En el caso de las téseras, como en el de la epigrafia rupestre, el uso de la lengua celtibérica no desaparece con el de la escritura ibérica. Junto a las téseras ya comentadas y a las propiamente latinas, en escritura y lengua latina por muchos rasgos indígenas que conserven, existe un pequeño grupo de téseras en escritura latina y lengua celtibérica cuyas caracteristicas las aproximan más a las primeras que a las segundas~4 • El tipo más simple no sólo de los que conocemos sino de los posibles, el mero nombre propio, plantearía problemas de identificación, ya que como propio puede no pertenecer propiamente ni al sistema del latín ni al del celtibérico, y para adscribir la tésera a una u otra lengua necesitaríamos algún rasgo gramatical definido que puede faltar. La tésera atulikum (K.0.6) por ejemplo aparecería en alfabeto latino probablemente como ATVLIQVM, tanto si el grabador pretendía expresarse en esa lengua como si pretendía hacerlo en celtibérico. •• En principio acepto la o pinión común que. de acuerdo con los documentos latinos. ve en las téseras celti béricas tes timonios de pactos de hospitalidad. Conviene sei\alar sin embargo que, e n una sociedad como la celtibérica, la hospitalidad podría no ser la única relación en que una contrasei\a con nombres resultase conveniente. Asi lo indican al menos los paralelos griegos primitivos -cf Gauthier. op. dt.-, pero de momento carecemos de cualquier indicio concreto en Hispania. El tipo siguiente en si mplicidad es el de lihiaka 1 koftika: kw: (K.0.4 ), representado en alfabeto latino por el hallazgo reciente de Monte Cildá (PA, K.31. 1 ) "~.Se trata de una tésera del tipo de manos entrelazadas en bulto semirredondo en la que se Ice TVRIASICA 1 CAR, que ha sido puesta en relación con Turiaso como testimonio de un pacto entre esta ciudad y la del lugar del ha llazgo. posiblememe la Vellica de las fu entes, pero en ese caso esperaríamos *TVRIASONIC A. Tenemos que pensar más probablemente en una base •Turiasiai *Turiasai *Turiasium! *Turiasum en e l s upuesto habitual de que la formación en -V-ka esté formada sobre un N L, aunque en realidad no cabe excluir la pos ibilidad de un deri vado de un NP, es decir de *Turiasus. 1 " 6, plantean aún. a pesar del reciente estudio de J. Untermann. problemas de interpretación. e incluso an algún caso no asequible en la actualidad, de lectura. pero lo más probable es que todas ellas, o al menos las dos primeras. contengan mención, a veces con abreviaturas poco claras, de las dos partes pactantes. En el caso de K.l5.1 cabría la posibilidad de que sólo incluyese la referencia a un individuo, CAISAROS, con indicaciones adicionales como el patronímico. 1 O. Además de las téseras existen algunos pequeños bronces celtibéricos cuya clasificación plantea problemas. En general se tiende a interpretar como tésera cualquier objeto metáli co menor con texto celtibérico que no tenga otra función obvia. pero en realidad no hay motivo para excluir otras posibilidades cuando el análisis del texto por si mismo no demuestra que efectivamente se trata de una tésera. Los pequeños bronces en cuestión son K.O. 7, K.O. I4, K.O.IS, K. 1.2 y K.2 1. K.O. 7 es sin duda el más interesante, si exceptuamos K.O.I 4 sobre cuya autenticidad tengo dudas que, hasta que no exista un análisis técnico de la pieza, me aconsejan prescindir de ella ~7 • K.21. l es un fragmento demasiado pe-"' Peralta. Ambos AA. vuelven a la lectura de Fita en la tésera de Paredes de Nava. probablemente con razón. " 1 Ha y varios indicios. aunque ninguno se puede considerar una prueba: el más significativo es la forma retukeno con una ke tumbada que no se justifica en el 1cxto ni tiene paralelos. La palabra entera parece copiada de K.0.9. en donde la adaptac ión a la forma de del fin de la téscra justifica la postura anómala del signo. Entre tanto K.O. I4, el ll amado <<bronce res)), ha dado lugar a varios estudios: Burillo: 1989Burillo: -1990Burillo: (1993)) queño para poder identificar su función x~; K. l.2 es una placa de bronce decorada procedente al parecer de excavaciones clandestinas en Botorrita que se reutilizó como soporte de escritura. pero que ha llegado a nosotros en un estado tan fragmentario que es imposible pronunciarse sobre su función xq; K.0. 15 es un pequeño cuadrado de bronce de grosor superi or al esperable en una tésera o tablilla inscrita • m. pero no sé si adecuado para una pesa ya que no conozco su peso, que carece una vez más de procedencia conocida y por lo tanto no está libre de sospechas VI, y en todo caso no es clasificable por el momento. Sólo cabe por lo tanto comentar el llamado «bronce de Cortono»: Una vez más su procedencia es ignorada, pero parece auténtico por algunas peculiaridades gramaticales que dincilmente habiesen sido asequibles a un falsario en la fecha de su aparición. Se le ha interpretado como tésera de hospitalidad 92, y es posible que así sea pero faltan elementos probatorios. La organización del texto, ciudadosamente pautado, aisla al final una especie de firma, «Buntalos en Cortono», que podría corresponder también a la mención como tercer elemento del testigo o magistrado actuante en un pacto de hospitalidad que hemos visto en algunas téseras. El comienzo de la primera línea no es legible, pero sí queda clara la secuencia final... -oboi kortono, que podría corresponder a un dativo de tema en -ocon /o:/' conservada, determinado sin duda por un genitivo, «de Kortonm>. El dativo podría indicar una de las partes beneficiarias de un pacto de hospitalidad, pero en ese caso en las téseras conocidas la otra parte parece ir indicada en nominativo. Una especie de dirección parece una hipótesis a considerar, y de hecho, si no se tratase de un bronce, la estructura general del texto parecería compatible con una misiva de algún tipo. En cuanto 91 Sobre todo teniendo en cuenta que aparte un NP bien conocido, letontu, el resto de la inscripción es anómalo: aus: SO+, con del tipo Luzaga, Caminreal, MÓnsanto y K.0.7, muy distinto del de Botorrita, y un último s igno difícilmente identificable aunque tiene un. parecido no muy próximo al signo de Botorrita invertido, por lo que los editores han leído sos, es decir una forma pronominal atestiguada en Botorrita 1. lo que gramaticalmente tampoco resulta muy satisfactorio. al vo~;abulario, falta el específico de las téseras, aunque ueitui podría ser una variante gráfica o fonética de ueisui, atestiguado en la tésera de Luzaga y en nominativo en la de Arecorata (K.O. JI). La única otra palabra para la que se ha hecho una propuesta de interpretación es arkatohesom ~'.y de ser correcta esa propuesta difícilmente se conciliaría con una tésera de hospitalidad. En resumen, el bronce de Cortono puede ser un indicio de que todavía desconocemos clases enteras de documentos celtibéricos de cierto interés institucional, ya que sin ese interés no se justificaría el uso del bronce. El primer bronce celtibérico de Botorríta apareció en 1970 en las llamadas «Eras Bajas>>. término de Botorrita, a unos veinte kilómetros al sur de Zaragoza. sobre el río Huerva y al pie del Cabezo de las Minas, donde se asentaba la antigua acrópolis de Contrebia Belaisca, ciudad de la que procede, además de Botorrita 1 y algunas piezas menores ya mencionadas y del bronce aún mayor del que enseguida me ocuparé, un bronce latino republicano' 14 • La zona arqueológica de «Eras Bajas» corresponde a un conjunto de construcciones al parecer de carácter agrícola de las que formaba parte un patio en el que aparecieron los dos fragmentos del Bronce, ambos sin duda fuera de su contexto original aunque no necesariamente muy alejados. Los materiales que permiten fechar el momento de destrucción de la zona son fragmentos de cerámica campaniense By C, y una lucerna de tipo romano republicano. Como fecha ante quem tanto de Botorrita 1 como de los restantes grandes bronces -el romano está claramente fechado en el 87 a.C.-se impone la de la destrucción de la ciudad, fijada por las investigaciones de M. Beltrán en época sertoriana 95 • Un problema que no queda claro desde el punto de vista arqueológico, pero que el análisis interno del Bronce permite dar por resuelto, es el de la relación entre ambos fragmentos y ambas caras escritas; se trata de un documento único, redactado probablemente por una sola manoq 6 • La cara A consta de once líneas que se extienden a todo lo largo de ambos fragmentos, la cara B de nueve que, en general, no traspansan los límites del fragmento mayor, •l Untermann: 1989: «arganto-> >. aunque el primer trazo de la primera letra de la sexta y la sépti ma se han perdido en la fractura y por lo tanto fueron grabados con anterioridad a ésta ~7• La escritura de ambas caras corresponde a una misma tradición paleográfica; hay una cierta diferencia entre los signos de la cara A, más pequeños y más cuidados, y los de la cara B, pero nada se opone a que en ambos casos la mano de escriba haya sido la misma, trabajando con más descuido en la cara B que. como veremos. tiene un carácter secundario con respecto a la A. El bronce fue publicado por A. Beltrán, tras a lgunas noticias previas. en 197 4 ••~. y su i nterpretacción tiene tras de sí una ya complicada historia que he resumido en otro lugar ~~. No hay que olvidar que también en 1980 se halló el bronce latino, publicado con ejemplar rapidez por G. Fatás, que naturalmente contribuyó a poner de manifiesto el interés arqueológico de Contrebia Belaisca, pero además facilitó en algunos puntos, especialmente onomásticos, la interpretación de l bronce celtibérico1'"'. De hecho puede decirse de la cara B que se trata, sin duda, de una 1 ista de personas caracterizadas por un título y correspondientes a distintas subdivisiones, locales o de otro tipo, dentro de la comunidad cívica de Contrebia Belaisca, lo que a su vez parece indicar que el texto contenido en la cara A tiene carácter público y una cierta importancia, jurídica o religiosa, para esa comunidad. Pero la cara A, a pesar de una nueva serie de intentos de interpretación global basados en la nueva lectura w•, sigue resultando incomprensible, en el sentido de que, incluso cuando alguno de los intentos de traducción no es demostrablemente falso y reúne las características básicas que debe poseer un desciframiento textual, es decir no chocar directamente con e l sentido co-., Cf. nota anterior. "' Beltrán Martinez: 1974 mún -cuestión ésta basta nte desatendida por algunos desc ifradores de tex tos antiguos-. coherencia gramatical interna y con respecto a lo que sabemos del sistema gramatical en que se integra el texto. y verosimilitud histórica e n varios sentidos que no es éste el lugar de desarrollar, no por ello el desci framiento queda demos trado. ni tampoco alcanza un alto grado de probabil idad. Hacen falta pruebas específicas, que normalmente sólo aparecen cuando podemos traspasar a otros textos los criterios en que se basa e l pretendido desciframi ento, es deci r cuando éste muestra capacidad de predecir, y dado lo escaso de los materiales celtibéricos no es posible a pi icar por ahora esta comprobación. A pesar de todo creo que podemos pretender que entendemos la estructura general del bronce en cuanto documento porque sus di versas partes o contienen repeticiones que se justifican mutuamente a la luz de otros documentos antiguos en lenguas conocidas o contienen elementos celtibéricos ya comprobados, NNP por ejemplo. Creo, como creía en 1974, que esa estructura es la adecuada para un documento normativo. algún tipo de reglamento, pero sólo un mej or conocimiento del bronce permitirá comprobar si la expresión /ex sacra que utilicé entonces es adecuada; /ex confiere al texto una dignidad que no sé si es la que le corresponde. pero por el momento los textos de otras culturas antiguas que parecen más prometedores como paralelos son las leyes epigráficas; en cuanto a sacra. la justi ficación del uso de esa palabra estaba sobre todo en la interpretación de tokoitoskue sarnikiokue como NND, algo que ahora no me parece tan seguro aunque no sea improbable 102 • En todo caso creo que estamos ante un documento normativo, de referencia posible aunque no seguramente religiosa. cuya estructura general entendemos 10 3, y eso nos permite planteamos la posible existencia de paralelos en otras culturas antiguas, sobre todo en la Italia republicana, que permitan entender mejor la función de l bronce en su contexto histórico. Ese enfoque fue el que adopté en 1974, en el libro escrito en colaboración con Luis Miche lena 10 \ y en un artículo de 1986, y en el que ahora Los paralelos latinos presentados en 1974 eran las leyes de Luceria (C IL F 401 = ILLRP 504) y Espoleto (C IL 1 1 366 = ILLRP 505 & 506), y el elemento más signi ticativo en la comparación era el patrón formado por oraciones prohibitivas seguidas de condicionales que creí poder identi ticar en Botorrita. Esta interpretación general es aceptada en la mayoría de las interpretaciones del bronce 11 "', a pesar de las diferentes etimologías propuestas para el fundamental sintagma uta o:~kues 1117, al igual que generalmente se admite el caracter normativo del bronce. Otro texto que ya en 1974 me parecía comparable. no sólo en los aspectos en que lo eran las leyes citadas, sino como paralelo para la estructura global de la primera cara del bronce, era la ley volsca de Vellitrae (Vetter n" 222). El problema de esa estructura global es en el que ahora podemos insistir tomando en consideración el conjunto de los textos normativos latinos del siglo 11 y primera mitad del 1 a.C 1 ux. El bronce se articula en tres componentes principales 11111 • A) enunciado general, con función similar a un título (oraciones 1 o 1-11. líneas 1 o 1-2) 8) parte central prescriptiva (11-IX. 2-1 O) C) conclusión en que se indica la autoridad responsable. y quizá algunas circunstancias de tiempo (¿fecha?) (X, 10-1 ), de la que es un suplemento la lista de la cara B. Una organización tripartita similar. con dos breves componentes que sirven de marco y otro central "" lloz. de.: en prensa: «Thc Botorrita». 10 " Cf lo dicho a propósito de las téseras sobre la dependencia de la cpigralia celtibérica de la latina, y lo que se dirá más abajo en términos generales.'"" Eichner (pp. 52-55) distingue un preámbulo( = 1 y 11). dos partes principales (= 111-VII +VIl• IX) y una formula conclusiva ( = X); no propone una estructura en un nivel superior al de la oración, pero sus títulos para 1 y X son «The heading» y «The proclamation»: finalmente Meid tras afirmar que 1 «schHigt das Thema an» (p. 36) añade «die genauere Spezification des Nichterlauben», interpreta 111-IX como «ein mittlerer Bloclo> (p. Todos los autores consideran que la lista en B es complementaria de X. Parece por lo tanto que podemos admitir que existe una cierta unanimidad en las líneas básicas de la segmentación del bronce. y más extenso, es por supuesto frecuente en innumerables textos de las más diversas culturas. y la hallamos normalmente en leyes y edictos romanos republicanos. pero resulta significativa la marcada diferencia que existe entre los elementos marco de Botorrita y los correspondientes de los documentos romanos 1111 • La indicación de autoridad es no sólo elemento característico de A) sino casi obligatorio en todos los documentos latinos prescriptivos 111 • A veces el dato se combina. como en este caso, con un resumen del texto, en otras ocasiones encontramos información adicional. por ejemplo de fecha. Variantes de este tipo, que no voy a describir aquí, pueden verse en mi artículo ya citado, donde también se discute el bronce latino de Contrebia, único caso aparente en que se menciona una autoridad de la que emana el texto pero no se menciona en su parte introductoria. En cuanto al elemento B), es obvio que los paralelos no pueden ser muy próximos, puesto que aquí el texto depende más directamente de su argumento, pero sí encontrarnos en Botorrita 1 patrones que recuerdan otros normales en los documentos romanos, como ya indiqué en 1974 11 \ aunque hoy es posible ir más lejos en esa dirección «si quis + imperativo>>, y «qui est X + imperativo». Podríamos sacar la conclusión de que Botorrita 1 sigue básicamente un modelo romano, pero se trata de nuevo de patrones muy comunes, visibles en diversas culturas, y sin negar no sólo el estímulo sino tampoco el modelo romano, me inclino a pensar que las diferencias de organización general entre el documento celtibérico y los romanos implican un cierto grado de tradición local independiente. La discrepancia más llamativa estriba en la selección de motivos para las partes A) y C). Para los romanos al parecer lo primero que era necesario 1111 Se ha sugerido (Es ka, J: 1989: Towards. pp. 13-16, siguiendo a Flcuriot) que un término de comparación más adecuado para Botorrita 1 serian las leyes municipales de época imperial, ya que proceden de la propia Hispania. pero aparte la distinta cronología y contexto histórico, hay que tener en cuenta que si esas leyes han aparecido en H ispania ha sido por puro azar; se trata de copias locales de documenros que se redactaban en la propia Roma, y su utilidad para nuestro tema, que no se puede negar, deriva de que en ellos se mantenía una tradición latina que estaba ya consolidada en los textos republicanos. 111 Ejemplos en de Hoz: en prensa: «Thc Botorrita>>. II J Reenvío de nuevo a Hoz, de.: en prensa: «The Botorrita». 1 " En todos estos casos.«imperatiVO)> debe entenderse como «imperativo o permisivo». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa acerca de un documento normativo era la autoridad de la que emanaba. su legitimación. mientras que los celtiberos podían dejar ese dato para el final. o incluso prescindir de ~1. como parece que oc urre en Botorrita 3, quizá porque en su más simple marco constitucional resultaba obvio. Más adelante volveré sobre los problemas de la relación entre documentos celtibéricos y romanos. pero de momento me interesa s ubrayar que la satisfactoria estructura lógica de Botorrita l. que primero menciona su tema (A). luego lo desarrolla (8). y finalmente indica la autoridad responsable y probablemente la fecha ( C'). tiene paralelos independientes de los que el más llamativo me sigue pareciendo el de la inscripción de Vellitrae (Ve. El tercer gran bronce de Botorrita apareció en octubre de 1992 11 ". en circunstancias todavía un poco confusas. En todo caso no hay ningún motivo para poner en relación el lugar de hallazgo y la función del bronce, que indudablemente fue des plazado en fecha no determinable. al menos por el momento. Se trata de una placa de bronce plomado, que tuvo en origen c. 52 cm. de altura. c.73 de anchura y 0,4 de grosor. y que ha llegado a nosotros en un fragmento mayor. correspondiente a los dos tercios izquierdos. de c. 50 cm., otro de dimensiones reducidas, correspondiente al ángulo in fe r ior derecho, y un centenar de pequeños fragmentos correspondientes al tercio superior derecho. Para s u exposición la placa estaba provista en su borde superior de dos grupos de tres orificios formando triángulos en algunos de los cua les se conservan todavía los clavos originales. Afortunadamente la totalidad del texto se encontraba en el fragmento mayor. y aunque sólo una parte es directamente legible porque se encontraba en buen estado en el momento del hallazgo. o porque posteriormente ha podido ser restaurada, la práct ica totalidad puede ser restituida gracias a las excelentes radiografías disponibles 117, a pesar de la fuerte corrosión. El texto comprende dos lineas que corren por la mitad izquierda de la par~e surcrior del bronce. y cuatro columnas. las tres primeras de sesenta lineas. la c uarta de cuarenta 11 x. De lo dicho anteriormente se deduce que una parte importante de la mitad derecha no se llegó a grabar. tal vez por una mala paginación. tal vez porque ya en la antigüedad se advirtió que el bronce en esa parte tenia serios defectos de fundición. Distribución de líneas. espacios libres, sangrados. etc.. plantean problemas de interés que en algunos casos afectan a la correcta comprensión de la estructura del texto, pero no hay lugar de entrar aqui en esos detalles. que han s ido cuidadosamente estud iados por F. Beltrán 1111 • C iñéndonos a lo que el texto en s í mismo nos permite decir sobre su estructura está claro que se trata esencialmente de una lista de personas que ocupa en su totalidad las cuatro columnas. Las dos líneas iniciales. que tienen un ta maño de letra mayor que e l de las columnas. deben de ser por lo tanto un título o introducción o ambas cosas a la vez. a juzgar por los paralelos en otras epigrafías a los que luego me referiré. Su texto resulta sin embargo por ahora incomprensible. y en cuanto a su estructura gramatica l sólo cabe señalar un posible verbo en 3a persona de plural. lo que podría indicar que los miembros de la lista eran s ujetos de una acción real izada o, mucho menos probablemente desde el punto de vista gramatical, recibían permiso par realizarla, y un posible demostrativo en genitivo de plural que, como es frecuente en los paralelos mencionados, introduciría los nombres que figuran a continuación. La lista propiamente dicha contiene 542 palabras que se agrupan en categorías bien definidas. NNP en nominativo (241 ), en parte desconocidos hasta ahora pero a menudo ya atestiguados en el repertorio celtibérico o de la Hispania indoeuropea, NNP en genitivo (52), normalmente en forma abreviada pero cuya función se deduce de su posición en las entradas de la lista a partir de algunos casos no abreviados, y adjetivos en -ko-, tipo bien conocido en celtibérico en la fOt"maci ón de étnicos, de nombres de grupo familiar y de epítetos de topónimos. en genitivo de plural (20 1 ). Además hay varios ejemplos de la conjunción -kue y un corto número de palabras dudosas. Las entradas de la 1 ista están formadas por dos elementos básicos, los NNP en nominativo y los "' Me referiré a las dos lineas superiores como 0. 1 y 0.2. a las columnas por su número de orden. seguido. tras punto. del de la linea que deba mencionar, es decir 1.1, 4.5. etc. LAS SOCIEDADES Cf:L TIBERICA Y LUSlT Y LA I: SCRITURA adjetivos en genirivo de plural (Gpl), y se organizan en dos tipos principales pero presentan frecuentes desviaciones del patrón más habitual. El esquema nuclear, tipo A. está formado por esos dos elementos, NP + Gpl. y en él los NN P parecen ser los protagonistas del texto mientras que, dada su aparente función. me referiré a los adjetivos como determinantes. Ejemp los de este simple esquema los tenemos en 1.9,.~tll'a IIWitdokum, 1.1 O, elkua raiokwn, etc. Prescindo aquí de alguos ejemplos problemáticos de este tipo. Un segundo esquema, ligeramente más complejo, tipo B, añade a los dos elementos mencionados un tercero. un nuevo N P. pero que en este caso está en genitivo 120 • La interpretación de estos NNP constituye uno de los problemas más importantes del bronce; de momento los llamaré clasificadores. El número total de NNP atestiguados como clasificadores es dificil de decidir. ya que no todas las abreviaturas son identificables. pero no parece inferior a 27, mientras que el número de entradas con clasificador es de 45 o 46; en dos ocasiones (2.38, 3.46) dos clasificadores parecen ir juntos. No estamos en condiciones de decidir con seguridad si el clasificador es un elemento necesario de cada entrada. es decir si allí donde no aparece está implícito en el contexto, pero parece más probable que no sea así. Otros esquemas más complejos. en que aparecen varios NNP, unidos a veces por kue, complican singulanncntc la estructura del texto, pero sin modificarla en lo esencial. En conjunto las entradas complejas con kue me parecen justificarse porque en ellas figuran elementos entre los que existe una relación especial. El resto de las entradas complejas, y posiblemente la agrupación de algunos de los elementos que aparecen en e l tipo complejo con kue, deben responder probablemente al azar que ha condicionado el proceso de información; cuando los redactores de.! bronce, o de su minuta previa, recibían un dato lo anotaban, cuando recibían varios juntamente los incluían en una sola entrada si era posible, es decir si pertenecían a un mismo grupo expresado por un detenninante, pero dos datos de un mismo grupo podían hacerse accesibles sucesiva pero separadamente, con lo que a la llegada del segundo el primero estaría ya recogido, lo que daría lugar a la presencia de un mismo determinante en entradas distintas pero contiguas tal como está atestiguada en el bronce en varios casos.'l<l Aunque en algunos casos podrían ser nominativos usados como caso neutro, al margen de las relaciones gramaticales. De acuerdo con lo expuesto, la estructura general del listado en que básicamente consiste el bronce se nos muestra en principio bastante clara, aunque no sin ambigüedades y problemas. Fundamentalmente se trata de una 1 ista de personas representadas en la casi totalidad de los casos por su nombre propio y otros elementos. Es la función real de esos elementos lo que deberíamos comprender para captar el sentido del documento. Ante una entrada como 2.42, koitu kuinikum tinuno.í:. uno piensa inmediatamente en fórmulas onomásticas de inscripciones celtibéricas como la tésera de París (K.0.2), luho.~ a/i.wkum aualo kl!. o latinas que reflejan hábito celtibéricos, corno la tabla contrebiense, L VBBVS VRDlNOCVM LETONDON IS F, en que encontramos una secuencia idéntica excepto por la indicación explícita de la filiación al final. que sabemos interpretar corno NP + indicación de grupo familiar + NP del padre en genitivo. En principio parecería lógico interpretar 2.42 como «Coitu. del grupo familiar de los Cuinicos, hijo de Tirtu», pero sin embargo existen ciertas dificultades para esta lectura. El número de NNP correspondientes a clasificadores es muy bajo en proporción tanto al número de personas en cuestión como al de NN P de los protagonistas de la lista a los que determinan. Por otro lado si los clasificadores fuesen padres de los protagonistas esperararíamos, tratándose de dos generaciones sucesivas de una misma comunidad, similares repertorios de NNP, pero en realidad las coincidencias son escasas, sólo afectan a NNP muy frecuentes entre los protagonistas aunque no a todos los que tienen esta condición, y ninguno de los NNP aparentemente no celtibéricos que encontramos en la lista de protagonistas aparece entre los clasificadores. En contrapartida, los clasificadores más frecuentes, que a juzgar por sus abrev iaturas y por los casos en que aparece completa la forma de genitivo serían letontu, me/mansos•. memu, skirtu. tirtu y ultatu, no reaparecen en su mayor parte entre los protagonistas. Por otra parte la comparación del conjunto antroponímico del nuevo bronce con el que ya conocíamos en Contrebia Belaisca también es significativa 121 • Hay que tener en cuenta que hasta ahora lo que conocíamos eran NNP de personajes de la aristocracia local, es decir que de existir distintos repertorios onomásticos celtibéricos socialmente delimitados, fenómeno bastante común y casi esperable 122, la onomástica que hasta ahora conocíamos en Con-trebia sería la de la aristocracia. Pero la proporción en ella entre número de individuos y número de NNP era muy cercana a la que encontramos en el caso de los clasificadores, y muy distinta a la de los protagonistas del nuevo bronce, a lo que se añade que hay una homogeneidad mucho mayor entre los NNP de clasificadores y la previa onomástica contrebiense. aristocrática como hemos indicado, que entre ésta y los NNP de protagonistas, y que hasta ahora en Contrehia faltaban por completo los NNP aparentemente extranjeros. griegos. latinos o ibéricos. que encontramos entre los protagonistas del nuevo bronce pero no entre los clas ificadores. Todos estos datos podrían explicarse, aunque desde luego no constituyen una demostración, en el s upuesto de que el listado de NNP de Botorrita 3 se refiera a gentes de condición baja o al menos no elevada, y que, a pesar de la apariencia inicial de entradas como la citada 2.42, los clasificadores no sean en realidad indicaciones patronímicas. Ahora bien, el computo de los clasificadores se modifica sustencialmente si hay NNP repetidos. y si excluimos que se trate de patronímicos es posible que tantas veces como se mencione un NP se haga referencia a un mismo individuo. Aún así las coincidencias y discrepancias de repertorios entre clasificadores y protagonistas de una parte, y entre cJasi ficadores o protagonistas y onomástica previa de otro. son indicio suficiente de la existencia de dos repertorios onomásticos en Contrebia Belaisca, aristocráti el uno, más popular el otro. representados en el bronce respectivamente por los clasificadores y los protagonistas. Lo dicho sobre los clasificadores afecta di rectammente a la cuestión de los determinantes. Si el aparente indiscutible patronímico de 2.42 no es probablemente un patronímico, se plantea de inmediato la cuestión de si el aparente indiscutible adjetivo indicador de pertenencia a una familia o agrupación suprafamiliar es realmente tal. Algunos determinantes coinciden sin más con adjetivos ya atestiguados en fórmulas onomásticas celtibéricas o más frecuentemente de la epigrafla latina del área indoeuropea hispana, pero son sólo dieciseis casos, algunos de ellos poco seguros, de entre 84 determinantes atestiguados en el bronce. Por otra parte los adjetivos parentales se derivan en principio de NNP, y dado el rico repertorio de éstos que nos proporciona el bronce esperaríamos encontrar un número alto de coincidencias con el repertorio de determinantes, pero esas coincidencias son mínimas, y lo mismo ocurre cuando comparamos los determinantes con los clasificadores y con la onomástica aj ena al bronce. Otra peculiaridad estriba en la formación misma de los determinantes. entre los que abunda el sufijo -sko-. muy raro entre los adjetivos parentales seguros. Otro argumento, aunque no muy significativo. contra el caracter de indicació n fami liar de los adjetivos estriba en la distribución de los repetidos. sin ningún sistema coherente al parecer. y en la frecuencia con la que se suceden entradas distintas con un mismo determinante. Por último. en algunos casos los determinantes aparecen agrupados en parej as, es decir que el determinante de un NP es a su vez determinado por un segundo adjetivo, fenómeno que no tiene paralelos en los adjetivos de familia tal como conocíamos su uso hasta ahora. Es evidente que en 2.3, loukaniko uiritúkum, la pertenencia a los Loucanicos y a los Viriascos no son dos adscripciones incompatibles, lo que dada la frecuencia de ambos determinantes, que excluye que uno de ellos represente una categoría anómala. introducida sólo a efectos de diferenciación, hace pensar en la posibilidad de que los determinantes no representen una clase única de grupo, familiar o de otro tipo, sino que incluyan categorías diversas. Los datos que hemos examinado no permiten sacar ninguna conclusión firme sobre los determinantes; a lo sumo podemos establecer algunas presunciones. Personalmente considero que los determinantes pueden pertenecer a categorías diversas. entre las que sin duda parece haber adjetivos parentales, es decir indicaciones de la organización familiar a la que pertenecían algunos de los protagonistas del bronce, pero pueden existir también indicaciones de otro tipo, profesionales, de status o locaJes, a las que sólo podremos acercarnos por la vía más que arriesgada del análisis semántico que en este caso sólo puede tener base etimológica, pero con los datos de que disponemos no es fácil o incluso posible llegar a precisar, sobre todo porque en general desconocemos la base sobre la que se ha formado el adjetivo, y porque aunque estuviesemos seguros de haber identificado su etimología tropezaríamos con el problema de que los NNP se forman a menudo sobre bases del vocabulario común, lo que podría impedirnos determinar si el adjetivo en cuestión se habla formado sobre un N P, y era parental, o sobre un lexema común, y era por ejemplo técnico; ante una forma como uiriaskum no sabemos en efecto si deriva por ej. de un NP *Viriasos o si se ha formado directamente sobre el sustantivo viria m. Hemos llegado así a la conclusión de que Botolll Virla está atestiguada explicitamente por Plinio (NH 33, 39. en pi.) como palabra celtibérica; el supuesto NP no aparece sin embargo entre los NNP celtibéricos recogidos por Albertos: 1979: «La Onomástica)), y Luján,: en prensa: «La onomástica». rrita 3 es una lista de personas a cuyo NP se añaden uno o dos datos que pueden ser la indicación de grupo familiar y el patronímico, o una indicación de grupo no precisable y de relación -¿,dependencia p ej.?•con un individuo. Es posible incluso que la preocupación fundamental de los redactores fuese la identificación clara de cada miembro de la lista. más que atenerse a criterios coherentes de denominación, por lo que según los casos utilizasen un tipo de datos u otro. con lo que no sería imposible que c iertas entradas correspondiesen efectivamente a la fórmula de denominación familiar con patronímico o sin él, y otras definiesen al protagonista por su pertenencia a un grupo no familiar, con indicación o no de un personaje con e l que ese grupo guardase algún tipo de relación. ¿Pero qué clasificación epigráfica se puede dar a una lista de estas características? La epigrafía celtibérica es resultado de diversas influencias foráneas, básicamente ibéricas como demuestra la escritura misma utilizada, y latinas como demuestran los tipos de documento, y es en ese contexto de contactos con tradiciones diversas. ya desarrolladas. como debemos intentar valorar los posibl es significados de una lista celtibérica. No faltan ejemplos de listas sobre materiales nobles y no perecederos en e l mundo antiguo 1!\ resultado de los peculiares condicionamientos intelectuales y las particulares instituciones de la comunidad política que ha decidido su erección, y que en el caso de las ciudades celtibéricas nos son escasamente conocidas. Algunas generalizaciones son s in embargo posibles.La lista es en efecto por su propia naturaleza un documento de caracter práctico, cuyo contexto esperable es un archivo más o menos formalmente definido, en el que se deposita sobre un soporte de fácil manejo y bajo precio. Para que una lista sea inmortalizada en un material noble y para que sea expuesta en público debe recibir una reinterpretación que no puede ser sino ideológica, lo que normalmente implica que Jos miembros de la lista son importantes políticamente, lo que puede incluir razones económicas, o desde un punto de vista religioso. Hay que recordar sin embargo que un número considerable de los NNP que figuran en el bronce corresponden a mujeres, lo que en la mayor parte de las comunidades poliadas del Mediterráneo antiguo nos llevaría a pensar en una lista relacionada con la religión 125. Dado Jo poco que sabemos de la sociedad celtibérica no tenemos datos para afirmar • He reunido posibles paralelos epigráficos a Botorrita 3 en AAVV: en prensa: El tercer bronce. capítulo IX. m No faltan listas de mujeres en los paralelos a los que se refiere la n. anterior. o negar la posibilidad de una lista de personas con propiedades o con derechos económicos de cualquier tipo entre los celtíberos, en la que se incluyesen mujeres, pero lo más probable es que finalmente la masiva presencia de NNP femeninos en el bronce se explique porque de una u otra forma éste esté relacionado con e l culto o con alguna forma de organización religiosa 13. Una discusión del uso que los celtíberos hacían de la escritura no puede pasar por alto el fenómeno sorprendente de los repetidos hallazgos de grandes bronces epigráficos en Botorrita. Ningún otro yacimiento celtibérico ha proporcionado nada comparable a los tres grandes bronces contrebienses, ningún yacimiento hispánico en realidad, e incluso fuera de la Península Ibérica, en zonas del Mediterráneo donde la civilización ha aparecido antes y se ha desarrollado en época pre.hclenística o preimperial con mayor sofisticación y con mayor riqueza de variables. una similar sucesión de hallazgos sería algo sorprendente y exigiría una explicación. Una explicación lógica incluiría dos notas; en primer lugar sería esperable que el yacimiento en cuestión se hubiese distinguido en la antigüedad por características especiales que explicarían la abundancia de documentos sobre un material noble -y en este sentido la abundancia será naturalmente relativa porque en esas circunstancias especiales se podían dar grados muy diversos, una cosa es Atenas y otra Ateste-, y en segundo lugar supondríamos que el lugar había sido objeto de una exploración arqueológica de cierta intensidad. Un ejemplo típico podría ser Olirnpia, donde se unen la intensidad del estudio arqueológico y la peculiar posición del yacimiento en e l mundo griego antiguo que atrajo no sólo la publicación de textos institucionales de los propios eleos, sino también de inscripciones de muchos otros estados que buscaban una referencia internacional. Botorrita s in embargo es un yacimiento sólo muy parcialmente excavado, y Jo que es más importante, todos los grandes descubrimientos epigráficos se han producido al margen de la excavación regular de la acrópolis, donde según veremos sería de esperar que, de haber existido un digamos nucleo epigráfico público, se hallase éste; por otra parte nada indica que la antigua Contrebia Belaisca jugase un papel especial en el mundo celtibérico que haga esperar en ella una densidad excepcional de hallazgos epigráficos 12 b. Lo único excepcional de Botorrita es que, junto con Numancia. es el único asentamiento celtibérico que ha sido excavado hasta cierto punto, pero como ya he dicho esto no exp lica los grandes hallazgos; explica tan sólo los pequeños. Ahora bien, si ni las características antiguas de la ciudad ni las modernas de su exploración tienen caracter excepcional. su actual.situación anómala debe ser resultado del azar, y por lo tanto lo que podamos deducir de los usos epigráficos de la ciudad podrá ser transferido. con las debidas cautelas, a otras ciudades celtibéricas del mismo ámbito cultural y similar entidad, incluídas por supuesto las probablemente más importantes Segeda o Bilbilis. Ambas cuestiones, azar y caracter no atípico de Botorrita, merecen algún comentario. Dado lo poco explorados que están los asentamientos celtibéricos podríamos pensar que el azar se reduce a la simple fortuna que ha llevado a clandestinos y a arqueólogos enfrentados en operaciones marginales o de salvamento, no originadas en un proyecto científico de exploración. a tropezarse con tres piezas excepcionales, pero como ya he dicho lo que no es normal es que esas piezas se hayan conservado desde la antigüedad en un yacimiento de las características de Botorrita. El azar por lo tanto más que al hallazgo se refiere a la conservación; por azar en la destrucción de Contrebia se salvaron, y quedaron ocultos, y por tanto no pudieron ser posteriormente reaprovechados. un cierto número de bronces epigráficos. cuatro al menos, tal vez más. Esto implica que lo que se salvó fue, empleando la palabra en un sentido no técnico, un auténtico archivo. Un archivo propiamente dicho por supuesto no parece que pudiese existir en la Contrebia del siglo 1 a.C., cuando se trataba de una institución recientísima en la propia Roma; lo que sí pudo existir y probablemente existió fue un lugar, sin duda recinto sagrado de algún tipo, en el que la costumbre privilegiase la exposición pública de documentos, contribuyendo con sus propias connotaciones al valor simbólico que, entre otras funciones, poseían sin duda las inscripciones sobre materiales valiosos expuestas a la vista de la comunidad 127 • La multiplicidad de hallazgos en Botorrita podría explicarse por alde vista epigráfico por encontrarse en una zona que servia de centro regional a la administración romana, pero aunque esto podría explicar la aparición de otros documentos similares a la tabula contrebiense, dilicilmente justifica la multiplicación de epígrafes indígenas digamos autónomos. E incluso la presencia de la tabula contrebiense en Botorrita parece deberse sobre todo a que se trata de la ciudad «neutral>) geográficamente más próxima a las comunidades litigantes. 127 Hay sin duda mucho de cierto en la tendencia reciente a valorar sobre todo en términos simbólicos los documentos pú guna circunstancia relacionada con la ruina de ese recinto. que habría fac il itado la preservación de un cierto número de documentos. aunque es preciso reconocer que los datos que se tienen sobre el lugar de hallazgo de los tres grandes bronces no favorecen esa hipótesis. Pero como ya he dicho no hay ningún moti vo para pensar que Contrebia se caracterizase por una más decidida vocación epigráfica que cualquier otra ciudad de la Celtiberia. al menos de la Celtiberia Citerior. e incluso es de suponer que la presencia de epígrafes públicos sería mayor en centros política y económicamente más significativos como Bilbilis y Segeda. Cabe por lo tanto extrapolar a esas ciudades la existencia de archivos públicos en el sentido informal en que podemos hablar del archivo de Contrebia. Dar un paso más y esperar. puesto que se trata de ciudades totalmente inexploradas 1211, que en su día podamos conocer una parte de esos archivos. es sin embargo pura confusión de la realidad y el deseo, puesto que como ya he dicho el caso de Botorrita debe haber sido de alguna forma excepcional. Entre los celtíberos, aunque sin duda tuvieron que exisrir textos de tipo económico, no conocemos por ahora ningún caso siquiera meramente pos ible. sin duda porque los materiales utilizados eran perecederos. Aún así resulta significativo que el azar no nos haya conservado ni un sólo testimonio, y más aún el que, al adoptar la escritura ibérica. los celtiberos no hayan a la vez adoptado la costumbre de uti lizar el plomo como soporte barato si los u~os económ icos hubiesen jugado un papel decisivo en el proceso de recepción de la escritura 1 2-1. Esto nos plantea un problema, ya que las motivaciones económicas y un contexto de relaciones mercantiles proporcionan en los casos conocibles fuera de la Península el soporte histórico en el que se produce la transmisión de una ecritura, y lo mismo hemos podido hipotetizar con razones a mi modo de ver de peso en e l caso tartesio e ibérico. La cuestión se plantea de forma más confusa en el mundo celtibérico. En general los indicios que tenemos sobre el blicos antiguos. aunque quizá se está exagerando en la negación de otras funciones como la comun ica tiva o la de registro, pero no es éste el lugar para entrar con profundidad en esa cuestión' 2 " Al hablar de Bilbilis no me refiero a la Bilbilis romana, sino a su antecesora celtibérica. cf. Buri llo: 1983-1984: «Sobre la situación». 11 " F.l plomo en el mundo ibérico parece estar ligado a las actividades económicas tanto en el momento de su introducción. probablemente ligada a la adopción de la escritura, como en sus usos posteriores. Vid. en último lugar de Hoz: 1994: «Griegos>). desarrollo de la epigrafia cchibérica apuntan a la influencia romana como factor fundamental'"'. tanto en los tipos de documento como en sus soportes. a pesar del hecho indiscutible y de importancia mayor de que la escritura u ti! izada. con algunas excepciones no muy numerosas y al parecer tardías. fu ese una adaptación de la ibérica. No cabe excluir sin embargo que los romanos hayan podido fomentar en Hi spania en un primer momento el uso de la lengua ibérica fuera de sus limites originales. como hicieron con ciertas lenguas locales otras potencias conquistadoras en distintos momentos de la historia.. 11, y con ello también el uso de la escritura levantina. Los grandes bronces se nos aparecen. desde el punto de vista de la epigrafia latina, como copias libres; la idea de un texto normativo y público fue probablemente romana de la misma forma que el soporte material en bronce es claramente de inspiración romana 1 ) 1 • El modelo romano debió influir también en la organización interna del texto, al menos en el caso de Botorrita 1 en que esa organización tiene una cierta complejidad. pero por otra parte las pos ibilidades de organ ización de un texto normativo en una sociedad de tipo poliado. como Roma todavía lo era aunque en un grado extremo de desarrollo y Contrebia había llegado a ser aunque en un estadio incipiente, que se expresaba en una lengua indoeuropea, no eran demasiado variadas. Que las coincidencias de patrones entre Botorrita 1 y ciertos documentos romanos fuesen resultado de desarrollos independientes no es im posible. De hecho no hay ninguna relación posible entre el texto volsco ya mencionado y el mundo celtibérico. pero ambos testomonian un modo natural de expresar que una autoridad anuncia un permiso o una prohibición relativa a un lugar, sagrado o no, que tanto en el caso volsco como en el celtibérico podría depender de una tradición de proclamaciones orales. Una situación similar a la de los grandes bronces es la que encontramos en las téseras de hospitalidad. Las formas materiales, soporte, elaboración artística, estructura de los contenidos, son de origen clásico, pero sirven para dar expresión a instituciones indígenas sin duda de origen prerromano que afectan a la expresión lingüística en ciertos aspec-110 Hoz. J. de.: 1979 tos. y la tradición indígena puede modificar incluso el lenguaje figurativo introduciendo la perspectiva ceni tal propia del mundo celtibérico 111 • Incluso cabria plantearse si los téseras de estructura geométrica compleja. que no parecen tener antecedentes clásicos. y de las que al parecer existen ejemplares anepigrafos. no continuarían una tradición de contraseñas puramente local. anterior a la aparición de la escritura. Tradiciones di versas. prel iterarías. existieron sin duda con anterioridad a la recepción de la escritura por los celtíberos, y al margen de si esa recepción fue previa o no a la llegada de los romanos. la influencia de éstos se ejerció sin duda, en pan e al menos, sobre tradidiciones de ese tipo. En Botorrita 1 la material idad de la tabla de bronce denuncia la presencia romana pero las peculiaridades que en su momento mencioné delatan el caracter indígena del documento, mientras que existirían sin duda rasgos que eran comunes a las tradiciones de romanos. celtiberos y muchos otros pueblos antiguos. Creo por lo tanto que la epigrafla celtibérica se desarrolló probablemente bajo la influencia de prácticas latinas. El problema estriba en determinar si ese estímulo fue exclusivo, es decir si los celtiberos adoptaron la escritura ibérica ya bajo influjo romano. o si se ejerció sobre una epigrafia celtibérica previa, menos desarrollada, y en ese caso en qué fecha recibieron la escritura los celtíberos. En realidad carecemos de datos por el momento para dar una respuesta medianamente razonable a estas cuestiones, pero creo que podemos establecer tres hipótesis posibles conci liables en mayor o menor grado con nuestra información, que el progreso futu ro de los descubrimientos permitirá matizar o en su caso excluir. Los romanos han podido ser el factor determinante que ha llevado a los celtíberos a adoptar la escritura ibérica u~. En ese caso las relaciones institucionales entre el poder romano y las comunidades celtibéricas habrían sido un cauce imaginable en e l que éstas habrían podido advertir ventajas suficientes en el documento escrito, portador de una seguridad menos precaria que la de la palabra de un general u oficial romano, que podría haberlas llevado a requerir los servicios de escribas ibéricos. En los primeros momentos del contacto entre celtíberos y romanos parece obvio que estaba excluida la posi- bilidad de que aquéllos pudiesen disponer de escribas que utilizasen e l alfabeto latino. Por otra parte en las zonas fronterizas con el mundo ibérico las primeras relaciones entre romanos y celtíberos han podido desarrollarse utilizando como lengua vehicular la lengua ibérica 11 \ bien porque fuese la única que poseían en común algunos celtíberos y algunos romanos, bien porque utilizasen los servicios de intérpretes ibéricos que podían ser a la vez escribas. Por último no hay que olvidar la posibilidad. con buenos paralelos históricos. de que los romanos, una vez que se hubiesen familiarizado con la lengua y la escritura ibéricas en los primeros momentos de la conquista -tal vez aprovechando esperiencias previas de comerciantes itálicos-y hubiesen comprobado s u amplia difusión como lengua y escritura de civilización y comercio, la hubiesen adoptado de forma sistemática para sus relaciones con los diversos grupos indígenas. fomentando su uso y contribuyendo a su expansión. En el caso de los celtíberos este esquema encajaría particularmente bien con el desarrollo de las acuñaciones. que al ser de inducción sin duda romana podrían haber recibido su alfabeto como una creación artificial en el marco de unas relaciones de dependencia que podían ir desde la simple apropiación territorial a la imposición de un tributo sin presencia efectiva romana. En todo caso Jos romanos habrían sido conscientes de la extensión y la importancia política del conglomerado celtibérico y, sin renunciar al uso de la escritura ibérica, habrían impulsado la adaptación de ésta a la lengua céltica local, introduciendo así la escritura junto con la moneda en territorios donde antes no se utilizaba, y propiciando a la vez la aparición de otros usos epigráficos más complejos queJas leyendas monetales. Dentro de este esquema la aparición de la escritura en la sociedad celtibérica se situaría en una fecha no exactamente precisable pero poco posterior a los primeros contactos intensos de romanos y celtíberos, lo que de momento no está en contradicción con los indicios cronológicos que poseemos sobre los documentos conservados. Por supuesto esta hipótesis quedaría automáticamente desautorizada con la aparición de cualquier inscripc ión celtibérica fechada en el siglo 111 a.C., pero de momento contra ella sólo existe una objección de peso, la variante de escritura celtibérica de tipo occidental o meridional, escasamente utilizada en las IJl Entiendo por mundo ib~rico el de cultura material ibérica, en el que se utilizaba como lengua vehicular el ibérico, con independencia de la lengua que se hablase localmente, cf Hoz, de.: 1993:<cLa lengua». En ese sentido, algunas zonas orientales del mundo celtib~rico han podido formar parte del mundo ibérico. monedas incluso en su zona propia ""• Tant o si se trata de una variante arcaica, rápidamente sustituida en el valle del Ebro por el tipo Botorrita que es a la vez el normal en la epigrafia monetal. como si nació en la zona de Luzaga por estímulos llegados directamente del mundo ibérico del S.E. o al menos edetano, no es fácil ponerla en relación con la presencia romana. y por otro lado, si es un resultado exclusivo del encuentro de celtíberos e íberos no se ve por qué no habría ocurrido lo mismo con la otra variante que es la utilizada preci samente por los celtíberos más ibcrizados en su cultura material 137 • En una segunda hipótesis podríamos Sl, lponer que la ausencia de documentos económicos celtibéricos es puro azar, y que. como en otros casos en la Península Ibérica, la adopción de la escritura por parte de los celtiberos ha respondido al modelo usual en el Mediterráneo antiguo. es decir que se ha producido en el contexto de activos contactos mercantiles con el mundo en que se utilizaba la lengua y la escritura ibéricas. La información arqueológica no parece ser por e l momento lo bastante precisa como para apoyar o negar esta hipótesis. pero desde luego no hay indicios positivos a su favor y si una objección importante a la que ya me referí antes. Si los celtiberos hubiesen recibido la escritura ibérica en ese ámbito de relaciones no es verosímil que no hubiesen recibido junto con ella la costumbre de servirse de tablillas de plomo como soportes de escritura, y en ese caso resulta casi increíble el que no nos haya llegado ningún testimonio a pesar de las limitaciones de la exploración arqueológica del mundo celtibérico, máxime tras los ya bastantes años que los buscadores clandestinos llevan saqueando impúnemente el territorio con ayuda de detectores de metales. Nos queda finalmente una última hipótesis que no tiene ninguna objección importante en su contra, aunque por su propia naturaleza di ficilmente pueden esperarse testimonios positivos que la apoyen. La influencia cultural ibérica en ciertas comunidades celtibéricas ha sido sin duda muy fuerte; los grupos dominantes celtibéricos han debido participar más directamente de esa influencia, que probablemente se ejerció en parte a través de las relaciones de hospitalidad entre las aristocracias locales "" Hoz, J. de.: 1986: "La epigrafia>>, pp. 52-55. m F. Beltrán -1995: «La escritura». p. 197 -aunque inclinándose también a ver el estimulo romano en la expansión de la epigrafia celtibérica, cuentan con una cierta alfabetización anterior inducida por los iberos. de una y otra cultura. Podemos imaginar en ese contexto, en el que sin duda hay que contar con celtíberos que hablaban además de su lengua alguna de las lenguas vecinas. euskera en ciertas zonas del val le del Ebro. la lengua de los sedetanos fuese cual fuese en otras 1 1 ", que el ibérico como lengua vehicular alcanzó también a los celtiberos y con ella la escritura por medio de la cual se expresaba. Que algún aristócrata celtíbero. habituado ya a convivir con el mundo escrito ibérico, se decidiese a adaptar a su lengua el semialfabeto levantino, resulta un episodio verosímil; una vez realizada la adaptación, en realidad las adaptaciones puesto que sabemos que al menos fueron dos, sería preciso, a falta de las ventajas prácticas concretas que juegan el papel fundamental en las adaptaciones en un contexto comercial, que un número importante de los pares del adaptador viesen con é l e l interés de la escritura como recurso simbólico para expresar permanentemente valores o referencias institucionales, caso de las téseras de hospitalidad, y asegurasen así el apoyo colectivo imprescindible para que una escritura se consolide y se transmita a las generaciones sucesivas a través de un sistema organizado de enseñanza. Los tipos de documento conservados no contradicen en absoluto esta hipótesis, que en principio implicaría una fuerte limitación social en el uso de la escritura entre los celtíberos, aunque en un segundo momento se podría haber producido una cierta transmisión vertical en el interior de su sociedad. Hallazgos futuros permitirán quizá definir mejor el nivel social en que se desenvolvía la escritura celtibérica, pero por ahora los pocos grafitos cerámicos, únicos testimonios que no tienen claramente un caracter público o aristocrático, no permiten sacar conclusiones, aunque es curioso que en el único caso en que proceden de una excavación moderna y bien controlada, hayan sido hallados en lo que es sin duda un edificio de excepcional factura arquitectónica 139 • Esta última hipótesis no es sólo la única que no s uscita alguna o bjección importante sino que implica un modelo que permitiría explicar otros casos de adopción de la escritura en los que el modelo económico no parece válido. Podría ser aplicado por ejemplo en la propia Península Ibérica al caso de la escritura del S.O., en e l supuesto de que el desarro-1 •' • El juicio contrebiense nos indica que un sedetano podia llevar un NP vascónico...:....fatás: 1980: Contrebio, pp. 95-96pero eso no nos dice nada sobre la lengua local, tan sólo sobre las relaciones culturales de la zona. Sobre la compleja situación lingüística de la zona vid. de Hoz: en prensa: «El poblamiento». llo futuro de la investigación no permita justificar dentro del modelo mercantil el uso de una versión simplificada de la escritura tartesia por los habitantes de las pequeñas comunidades a las que corresponden las necrópolis de la cultura del Hierro 1 del S.O., y excluya el que, además de las lápidas sepulcrales, de obvio valor simbólico y correspondientes a un número muy restringido de sepulcros dentro de cada necrópolis, hayan conocido con carácter no excepcional otros tipos de epígrafe. Igualmente ciertos casos de adopción de la escritura en Italia y Asia Menor, así corno la expansión del alfabeto a algunas zonas periféricas del mundo griego, y desde luego la aparición de la escritura líbica, podrían explicarse con un modelo simi lar. En conclusión creo que la epigrafía celtibérica representa un caso más del modelo epigráfico prehelenístico, aunque uno caracterizado por un uso no excesivamente a lto de la escritura. Con ella tenemos cuatro comportamientos epigráficos muy diferenciados en las sociedades paleohispánicas que conocieron la escritura. Los tartesios, las gentes del S.O. y las de la Alta Andalucía no parecen haber conocido ni siquiera el modesto grado de vulgarización de la escritura que se dió entre los celtíberos, y posiblemente podremos decir lo mismo de los turdetanos, herederos de la cultura tartesia, a pesar de las referencias griegas a su cultura literaria. El caso ibérico sin embargo fue diferente, y podemos estar seguros de que la alfabetización entre los íberos fue mucho más lejos que entre Jos celtíberos, aunque participaban del mismo modelo prehelenístico de uso de la escritura. En las distintas provincias epigráficas paleohispánicas hay una relación clara entre la estructura social y el uso de la escritura, pero sabemos demas iado poco como para poder precisar de qué modo funcionaba esa relación en los detalles. Como en las restantes áreas de escritura mediterráneas, incluidas hasta cierto punto las mejor conocidas, es decir Grecia y Roma, rara vez podemos pasar de generalidades. Podemos decir que el uso de la escritura precisa de un cierto grado de desarroJJo social y económico, y que por eJJo no es casual la fecha y las circunstancias en que cada región de la Península se va incorporando a la práctica de la escritura, es decir la cultura tartesia y su zona periférica no más tarde del siglo vrr, la cultura ibérica desde al menos el siglo v, Jos celtíberos tal vez ya en el siglo 111 en la zona del Ebro, económicamente más compleja, pero sólo con los comienzos de la romanización en la Meseta, eJ resto de los pueblos paleohispánicos ya bajo domi- nio romano y en genera l si rviéndose de la lengua lat ina como lengua vehicular y de cultura. Pero desde luego no se trata sólo de una cuestión de progreso cultural. si no más aún de desarrollo económ ico y socia l que impli ca en cada caso de adopción de la escri tura la existencia de una sociedad jerarquizada con cierto grado de especialización económica y un comercio relati vamente desarrollado. Podemos decir también que la escritura es necesaria para alcanzar ciertas formas complejas de organización social. pero ninguna de las sociedades paleohispánicas, todas ellas com parati vamente sim ples, puede servirnos como ilustración de ese principio, obvio pero no por ello menos dificil de analizar. Más al lá de las condiciones muy generales que he mencionado no estamos en condiciones de establecer un conj unto de relaciones específicas entre el uso de la escritura y la estructura de una sociedad dada. Nada que podamos detectar en la actua lidad podría llevarnos a predecir que la cu ltura tartesia no desarrollaría una epigratia más variada y abundante, o que los íberos sentirían su peculiar atracción por el plomo como soporte de escri tura documental. El modelo general que he descrito más arriba fue común a jefaturas y a poleis a pesar de la signi fi cativa diferencia política entre ambos tipos de sociedades, y aunque es evidente que la ideología cívica desarrollada en muchas po lei~• pudo contribuir y contribuyó de hecho a la expansión de las funciones de la escritura en ellas, y que la epigrafia y otras prácticas escritas de la Atenas clásica hubiesen sido imposibles sin esa ideología. la mayor parte de las poleis de la misma época no avanzaron gran cosa por ese camino. En conclusión podríamos decir que la escritura fue adoptada por las diversas sociedades paleohispánicas cuando su desarrollo económico y social había alcanzado un nivel en que ello era posible, y que en general el volumen, variedad y peculiaridades del uso de la escritura de cada sociedad paleohispánica deben ser considerados a la vez una consecuencia y un elemento integrante de la intrincada combinación de rasgos que definí an su cultura.
Lo:. trabajos de excavación y rc:.tauracii>n del templo 1.k Sanla Lucia del Trampal { Alcué!>car. Estc conjunto. unido al gran número de monumcn1os ancpigrafos. constituye la evidencia del mayor:.antuario de esta divinidad conocido hasta la fecha. sólo comparable al del dios lusi tano E11do111! llirns. La revisión de todos los testimonios de Araednu hallados en Hispania permite ver que su culto se extendió por las regiones orientales de la provincia de Lusitania y que, ocasionalmente, e ntró en contacto con el cullo de Proserpina. Turihri-K"ITumbriga. el enclave principal del culto. pudo estar dentro del territod11m de Emalra A11¡.:11sru, no lejos del templo de S; mta Lucia y cerca del parnje de «Las Torrecillas». LAS INSCRIPCIONES LATI AS OE SANTA LU<.:iA 01•.L TRAMPAL AEspA. ftX. 1995 nave con crucero y tres pequeños absides. que sus excavadores consideran construida en época visi-goda~. Durante los trabajos de excavación y en la posterior restauración apareció un conjunto de monumentos romanos con inscripciones, que habían sido reempleados en las sucesivas fases edilicias, alguno de los cuales presentaba un extraordinario grado de conservación tfig. En estos mismos trabajos se exhumaron algunas otras piezas que permanecían semiocultas por la vegetación, y aún en los alrededores se documentaron más monumentos epigráficos desconocidos hasta la fecha. Si una parte de los ejemplares ha podido ser retirada de las construcción. otros -incluso algunos con texto-han debido permanecer empotrados, por lo que su documentación fotográfica presenta mayores dificultades. Junto a los monumentos con inscripción, en la intervención arqueológica aparecieron elementos anepígrafos o fragmentos que pertenecieron en su día a aras y estelas fracturadas de antiguo. Las referencias bibl iográticas sobre el templo y sus al rede• dores son numt: rosas: L. Téllez et ulii. «Desc ubierta i:n Alcuescar una basilica visigoda». «Basílica hispanovisigoda de Alcués<:ar. «Iglesia hispano-visigoda de Santa Lucia. en Akuéscar (Cáccres). Declaración de monu• mento histórico-artístico». en BRA 11 179. 397: id.• «Er• mita de Sania Lucia(/\ lcuéscar, Cáceres). Declaración de monumento histó rico-artístico». Espatio, Tiempo y Forma. «La basilica hispano-visigoda de Alcuéscar (Cáceres)». «Un grafito en el cimborrio central de la iglesia visigoda de Santa Lucia del Trampal, Alcuéscar (Cáceres)». 1989, pp. 262-271: E. Cerrillo. <<Arqueologia de los centros de culto en las iglesias de épocas paleocristiana y visigoda de la Península Ibérica: ábsides y santuarios», Cuadernos de arqueología de la Universidad de Navarra 2, 1994, pp. 270 y 280, figuras 7 y 8. estudio que figura a continuación se han individual izado estos últimos elementos, pese a la evidencia de que algunos de ellos son fragmentos de monumentos epigráficos. Santa Lucia del Trampal se ubica en la ladera oriental de la sierra del Monesterio. al pie del pico del Centinela, en el extremo oriental de la sierra de San Pedro. La zona posee diversos acuíferos, algunos muy próximos al propio templo y ante ella se extiende una fértil llanura limitada en su extremo occidental por el cerro que sirve de asiento hoy a la localidad de Montánchez • 1 • Con una riqueza natural que incluye la minería de hierro, el lugar dispone además de buenas comunicaciones. ya que al otro lado de la sierra del Monesterio discurre la Vía de la Plata, el gran eje que de norte a sur atravesaba Lusitania por el interior. El término de Alcuéscar, antes del descubrimiento de este nuevo conjunto epigráfico, ya había proporcionado otras tres inscripciones. Una de el las es el epígrafe funerario de Pacufa, procede: nte del paraje de «Las Torrecillas» 4. la segunda es un texto funerario, de lectura no confirmada aún, encontrado en las proximidades de la población 5, y la tercera es una dedicación a Mercurio de la que hablaremos en el apartado 5. Aunque el topónimo «Trampal», indicativo de áreas de pastos con o sin vegetación, es frecuente en la región, hay que señalar la hipotética procedencia de los alrededores de Santa Lucía, y por lo tanto en relación con el conjunto que vamos a describir, de tres epígrafes funerarios que Roso de Luna encontró en Arroyomolinos de Montánchez ~. en el valle situado a los pies de Santa Lucía; el editor se limita a indicar que proceden de «Los Trampales», lo que podría aludir a los alrededores de la ermita de Santa Lucía;.sin embargo, por necesaria prudencia omitimos su inclusión en el conjunto. •' Sobre los recursos naturales de la región y la ventajosa po• sición geográfica del templo. tfr. L. Caballero l.'/ alii, Ex1remt1• d11ru arqueológica 2. op. cit. en nota 2. p. 498. • A. Gon7,ález Cordero et alii, «Nuevas aportaciones a la epigrafía de Ex tremadura». XVI Co• loquios Históricos de Ex/remadura, Trujillo 1987. p. XVI Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo 1987. p. Según los primeros editores el texto dice Maci/ila C{ai) f(ilia)/ Anus/an(norum) LXV/h(ic) s(ita) e(st)ls(it) t(ibi} t(erra) /(euis): seria ésta la primera huella en Hispania de este gen1ili• cio latino. Sc con:.cr\ a l'll un pequeño ha -b1tún1l<i al fHl' tkl cc: rro en que'e hallo. LI nombrc de la di\ inidad:.úlo ha:.ufr1do una snnori1: ac1on de la dcntal en l. J. y presenta una grafia formalmente mús correc ta quc otros 1es1imo111 os del encla ve de Sanla Luda. Los e pítetos de. lfoee'i-"", es<.: rito' sobre la cabecera del ara lal y como ocurre en los núms. 2 y 1 I, c:-.tún abreviado: en las tres 1.:onsonante' hahi1ualcs l!n el <.:onJunto ( 1•itl. it~/m a pu na Jo 5 ). pero se añade el ndjc1" o T11rihrige11sis, seña lando la vi m:u laciún di.:I culto a Turihngo ( 1 1 id. i11/i•a apartado 8 ). Je 5.5 l.'.m. con una intcrl inl•a reducid¡¡ de apena-, 1-1.5 un. f"nd~1 el texto e~1:• 1:1rwyaJo en el margen i1qu1crdo de l l-.Oponc. 11 a! lpcrto formal tk la:. letra!'> c:i algo difcrcn11.: al de otro:. textos de San ta Lucia. 1 a rc-..t 1t uc1ú rt de: la-. línea:-.:! y.\ concuerda ha... Cuerpo central dc un arad~ gra n1111 que aparcrn 'i en 1990 l" mpotrado en e l muro::.1tuacln e ntre el pórtico sur) la habitación 1rascra mcmlional del templo de Santa Lucia. La fa lta del píe y el coronamiento se debe;.1 s u rc utilinció11 como mat erial tic co11struccic'111 en las di fl.'n.'tH cs fases edi licias, que ha lk• vado incluso a retal lar d co!>tado derecho. aunque sin ufoctar al texto. La s letras cstan profundamente grabadas y se conservan bien cn el centro y parte superior de la:-11pcrlicic escrita. que mide 52 • 27 cm. La allura de las lc1ra:-.. mu) irregular 1ncl11:,o den t ro de una m1:.ma linea. o:-cila en1n: lo:-(1) los 7 crn. exccplo ~.-n la:i.lo:. últimas. cuya: lctra:, 1111i.len entre 5 y (l c m. Sólo en la penúltima linea sé ob:-cn a una 1111crpunción. El nombre y los cpítt.:tos de In clivinidnd aparecen en las cu a lro primeras 1 i neas.:tll 11l(UC a 1 com icrv:o de la quinta alin se observan tratos de una vocal que del:)\: pertenecer a la desincm: ia en dati vo del nombre de A1aeci11C1. En la primera linea. entre las dos t.:onsu1Hmtes iniciales aparece en el epígrafe un tra-10 cin.: ular bastante claro. para e l que el escultor rc:.cn ó un cierto espacio. y que:-.ólo puede ser una O. 1::-.ta lectura introduce una in ve rsión e n el orden dc los epítetos con res pecto al lexto núm. 7 de e:-te repertorio y con respecto a una dedicación a Sa/11s dc la vecina Mornánchcz ( 1•id. i1¡/i•a). por lo que hemos optado por mant1.:ncr estas últimas t: videncias como referencia de desarrollo para las abreviaturas. Del e ug11mm •11 'u lo quedan la' tre:-. ktra' l.'.l'ni ralo.. 10...,llltl.'11.:1111.:... para'ug.l.'ru l'"'a n:::-ti tuc1ón. e:-un error del grabador al... u::-trtuir la G in ten odli •'a• quc tlebia figuraren la minuta a escribir. por una'ocal ( 1•id. in/ra apartado 3 ). In di vi nidad se observa la so11oril'.ac i611 de las consonantes que ya es corriente 1.:11 el conjunto, así como la reducción de la desinencia. Sin embargo, no e~ habitual la abreviatura en la forma en que aparece e n el texto. que sólo conocemos en dos inscripciones dl.' Sevilla y del balneario cacereño de Baños de Mo ntcmayor ~s. h1..:1 nomhrc del dedican te npan: cc una'e/ m:b el c11.i.:11<J111t •11 Scllt'rtf\. tan frecuente en c~te con.1 unto de Sa nta Lucia, y e l 11m11c11 Po111111., -', solam.:nte Pese a que quedaba espacio sufic1cn1c a la ucrccha. d autor de l texto rehusó empkar en la segunda linea una.:xprcsión mas aconk como el d:11 ivn l 11nhrig(e11s1), optando por la supr.:sión de la cun-sonan1c y haciendo una abreviación «:-.ll: ibica». m: ordc 68,1995 con los rasgos de impericia latina que contiene el texto. La sonorización de las consonantes en el nombre de ta divinidad pone este epígrafe en relación con el texto núm. 6 del conjunto y con una ins• cripción de Medellin (Badajoz) 11 • Curiosamente, mientras la grafía -ae en la desinencia del nombre de A taecina se ha mantenido con valor gráfico. el grabador ha optado por la forma Adegina frente a Adaegina. En el nombre del dedicante falta, por la rotura del soporte, el praenomen. Su nomen Caesius Cresces es una forma anómala de Crescens 37, cuya frecuencia en Hispania evita cualquier comentario. En esta grafia inusual sólo conocemos otros dos ejemplos además de éste de Alcuéscar 3 ~: uno procedente de Trujillo (Cáceres) 311 y otro de Villagarcia de la Torre (Badajoz) ~0• Las proporciones del soporte son superiores a la media de Santa Lucía no tanto en su altura (no debió alcanzar los 100 cm a juzgar por la rotura) como " C IL 11 605; M. de Monsalud. «Nuevas inscripciones visigóticas y roman 1, BRA H 30. 159; Caesia Osif Sequnda. en Villamesias (Cáceres): M. Roso de Luna, «Nuevas inscripciones romanas de la región norbense», BRAH 47, 1905, p. Sus 3 7 cm frontales máximos obligan a ponerlo en relación con los restos de la cabecera núm. 2, de dimensiones similares. Los restos de pintura roja en el interior de las letras constituyen una auténtica rareza en la epigrafía hispana sobre granito, habida cuenta de que lo corriente es que ésta aparezca sobre inscripciones en mármoles y calizas. Al decir de Plinio 4 1, uno de los usos corrientes del minio era su empleo en la decoración de inscripciones; en H ispania existen multitud de epígrafes que presentan aún restos de pintura roja mejor o peor conservada; aunque la mayor parte de ellos proceden de la Bética y del ámbito emeritense 4 ~. no faltan los ejemplos fuera de estos territorios. A partir de los testimonios conocidos hay que descartar toda posibilidad de emplear esta característica como indicador cronológico, ya que conocemos testimonios inéditos fechables hacia el cambio de Era en e l sureste peninsular y las inscripciones italicenses con pintura roja pueden alcanzar los momentos finales del siglo 11 o comienzos del siglo 111 d.C. 4 Es ésta la tercera de las dedicaciones a A taecina en la forma Domina Turibrigensis Ataecina, que en esta inscripción abrevia el epíteto referido al topónimo y presenta una curiosa geminación de la denta.! después de sonorizarla. Cab1..•cera ck 1111 ara de grnnit1) hallada en la cerca m: cidcn1nl <le Santa Lllda. con una pcqu~na perforación circu lar superior que no nos atrcvcria111os a cali l"ic: tr de.fontl11s y restos d1..• una moldura antes de la frat: tura. La!) dimensiones del fru gmcntn son 32.. 30' JO cm: e l;írca escrit a mide 7' 26 cm y la a ltura de las letras en la ún1ca 1 inca cnnscr\'ada es de 7 cm. l.os tipos d<.: estas lctr: ts son poco uniformes y. mientras las dns primeras licncn un aire próximo a la c uadrada. lcis cuatro (1l1i111as son mu y cstili -1adas. Se conserva en el ex tcrior <l<.:I templo ck Santa Lucía. Al final de la primera línea no se observan restos de ningún trazo hori1ontal que haga pensar en un nexo para la dcdicat: ión en dativo, por lo que. por chocante que sea, neccsaria1nentc la E dcbít\ figurar al comienzo de la segunda, ya en e l cuerpo central del ara; la estructura que esto supone in vita a imaginar la presencia del epíteto T11rihrige11sis antes del nombre de Awecina. El uso de la cabecern del monumento para in iciar la escritura relac iona este epígrafo con los núrns. La grafía del texto conservado ev idencia una all'\élH.'1:1: th,nlul:I di.'/-1w. l;.i de1: ornc ión está cons tituida por una dobk in o ldurn que rndca to<la l a picLa: i.:n el pie i!~ una única molJura la que separa el ca mpo epigráfico ele 11na prnlongación irregular prcparnJa para clavar en el suelo y sostener en pie el monumento. JO cm; l<l nltura de las letras en ht prim era lincu es de 6,5 cm, que se reducen a 6 cm entre las linea::. 2 y 6; en la séptima línea sólo miden 4.5 cm. La interlí nea osc ila entre los 3 y los 3,5 cm, sa lvo entre las líneas 4 y 5, en Joncle sólo mide 1 c m. Presenta i111crpuncioncs ci rcul ares en todo el texto. Las letras ~on capitales de surco profundo y buena fa c111ra, con una cierta unilOnnidad. La O es cnmplctaml! ntc circu lar en las líneas primera y tercera. Sa lvo en la invocación dd com ienzo, los carac.•1en.:s tienen una cie rta esti li zac ión en relación con su anchura. Aunque a primeri:I vista la linea inicial contiene una invocación del tipo!(011i) o(p1i1110) /// [URL]. el examen del epígrafe demuestra que la letra inicial es una D, cuyo arco se ha trazado con un s urco menos profundo. Se conserva en el ex terior del tem plo de Sa nta Lucía. wllado po r la p arte <l c n~c h a <lc l soportl' hn hec ho dcsa pan.:cc r la fJ que dcbin li gu rar al lina l <.k la SL'-~urH.la linc:-i. pos iblc111L'lllc l 1gada a la N. puc ~ l;i pri -~1cra k1rn de l.J es L'inranicntc una 1 •correspondien te al nomlm: del dc d1 ca ntc: iras l'Sta le tra s<.: consc n an una serie tk lnvos que no pert e necen a nin guna klra s.i no que so n gu ipes y arnña1n:--del so pMt c. En la primi..:ra linea se observa una pcquc i\;1 inkrpum:1ú n circ ul ar. Se conserva en e l exterior tk la iglesia de Sa nta Luc ia. Es éste e l ún ico e pígrafe conservado e n San ta Lucía que empl ea tan lacónicn dedicatoria ¿¡hrev iando c.k l(irma peculiar tanto el nombre de la di vinidad co mo su e píteto (vid. i1(/i•a apartado 5 ). co n e l 4uc coinc ide cn las dimcnsi\) lll':-. hori1011tales de l sopori c. aunque en aqué l e l coronamiento es mú:-..:i mpk y las molduras ~on mas e laborada~. lejos de la ~i mple ins inuu c ión vis ibl e en este caso. Parte superior de un ara tic granit o, con el coronamiento reta llado y muy erosionado. que apareció formando parte Jcl esca lón s uperior de la pui..:na cent mi del pórt ico s ur de Santa lucía. Aparent emente el rnonum e nlO pertenece al grupo de art1e de cn -ro1rnm icnto 110 moldurado, pero e l fu erte rctall rido que ha su frido impide confirmar o desmentir esta sospecha. En su estado ac 1ual, e l soporte mide 148 J x 30.5 >< [24] cm. y e l ca mpo e pigrúlico se reduce a un úrea de 28 x 14 cm; la alt ura de las ktras osti ln en tre los 5 y los 6 cm y no hay res tos de intc rpuncioncs. El tex to presenta c.lilicu\1adc::; de kl'iura debido al ac usado de terioro dt: los rasgos. espct ia lmc nlc en la prim e ra linea. Parte superior de un úru la de granito sin dilcrcnciadón de cabcc.:eru que proci: dr del molino:.11uado al suroc: stc de ~anta Lucia (H 1 loli11eta del Trampal»): 1.. •11 la cima de la r ahccrra presenta una perforación recta ng ular e.le 6,5 "..¡ cm en la posición del já c11/11s. 1 íncai. de texto con restos de una cuarta. La altura de esta Ci. de 3.5. 4 )' 4 cm respectivamente. con 1 cm de 1n tcrlínca. La cara f'ron ial ha s u frido un tremendo dele• noro excepto en la parle rrn-1' > ce rcana al muro. en dnnde ~s tc ha prc:.cnado el texto de las dos primcras lineas. Los rnsgos paleogrülic.:os parecen rn;i " ruidaclos que en otros epígra fes de l lugar aunq ul.' no nos atrcvcnw:-a ver l.!11 ello ningún indic ador cronológico. Su:. d1mcn-'mnc' actuales'oo 50 • ~ 1 21 cm L J superficie e:.cnw'c encuentra hastan1c cro-'11111ada y sobre ella aparcccn una' cric de letra:-. 1k Jtlkrl 1dcnt11icac1ón que hacen pen'.ir cn un rcapro-' l 'l' lwm1cnto del:.oporti: para rnscnbir encima un'i.:gundo IC\ 10. f:n cfccw. frcntl' a letras dl• pcquc1iu 1an1aiio y buena foclura c1111w las que aú 11 quedan en lth t:\trcmo~'upcnor e 1n1Cnor. otros tr: lLos son <ll', Cu1dado:-.. si n guardas la hon1011talrd,1d y clarami: ntc dr frrentcs A,¡ en i:I {ingulo, uperior i1q111crdo qucda una /. muy clar:a, "mi lar a la que aparece al 1111c10 de la i1lt11na linea. otro tanto se puede dcnr de la S del ángulo -;upa1or l/qu1crdo 1111.'\oll' l,1. 1\par1: ntementc no taita texto por lo' márgcnc-, lall'ralcs. 11 111H¡11c e l c: am pu epign'1 fí en ocupa toda la..;uperlic11:' isihk y alguna:-ktra ~ qu1.•dan semim.:ul-la~ por el propio muro. h1 la primera linea la le1rn i\lh~'""•''"'''""'"""'• p.::!07. 1•11rl. "'"..:"" pnr la derecha la in!)cript: ión no h:i ~ufrido mu1ila-..:1o nes. Tanto L'n la ~cg undn como en la scx la y:.~p-11 rna 1 incas la supcrlit: ic esc rit a presenta a lg1111!> di:11: rioro:-. que afecia n a la inscript.:ión y no e:-de:.cartahle la presencia de una déci ma linea. 1 n la si.:x ta linea se pueden recon ocer bien las letra:. cen-1rak!>. inc luida la O de peq ueño wmaiio. pero a l i.:otn il'l1/0 se observa un tnvo aparentemente verncal que no podemos ide nt i licar con seguridad: al tin: il d<.: la linea la rotura im pide precisa r la letra perdida. l•.n la séptimo linea la primern lclra parc1.:c una fJ. seguida de FE y del grup<) -BHI claramente leg ible. En la 1.1Cta \ a la prim era k 1rn es una E con 1oda seguridad. Con esta:-. duda:.. rl'mini.:iamo~:1 unn in terpretación equivoca ele esta /Ona de la inscripción. Se o bsen a una pl.'qucña int1: rpunción c1r1.:u lar en la tercera lín.:a. LAS INSCRIPCIONES LATINAS D E SANTA LUCÍA DEL TRAMPAL:H:.. " pA. El nombre del difunto (o difunta) ofrece diversas posibilidades de desarrollo como Va/er(io/ -ia) o Valer(ia110/-iana), siempre dentro de la extrañeza de que esta familia nominal sea empleada para denominar a un individuo de condición servil. En las líneas 6-8 podría figurar un elogio del difunto/a, aunque no es descartable que estemos únicamente ante el nombre de quien dedica la inscripción en su condición de.ft11niliaric11s. Familiarirns es un sustantivo con una característica desinencia de influjo griego n que parece ocasional en la literatura antigua xu; es más frecuente el adjetivo de la misma forma para el masculino"', aunque en todos los casos deriva de un adjeti-voJamiliaris, que con frecuencia remite el signifi-'• M. lcumann, l. 2 • 1 El susiantivo ji1111i/i(I se empica hatiitualmente para referir• se al conjunto de esclavos y libertos de una gens o de un personaje. Así aparece en algunos epígrafes colectivos de pan1cones destinados a albergar los restos de l conjunto de sirvientes de un grupo. A nivel ciudadano.jiJmi/iu puh/ica es el conjunto de siervos y libertos públicos que atienden una comunidad. de lo que no fallan evidencias en la epigrafía: cf'r. El mismo sentido servil parece aceptado por las fuentes antiguas: c: fr. La literatura sobre el término y s us implicaciones históricas es muy amplia: R. Martin, «Fami lia rustica. 1972, Paris 1974, pp. 267-298, es probable que deba entenderse también aquí la pertenencia a una.f{1milia, entendiendo como tal el conjunto de siervos de un individuo o un colegio funeraticio integrado por esclavos; no es descartable que bajo la formajamiliariC'lls se esconda aquí la pertenencia a una familia puhlica que, ocasionalmente, aparece como dedicante en algunos textos funerarios. Esta relación con el marco de lo servil vendría apoyada por la condición de uema del difunto. Verna, e l indicativo de la condición servil del difunto -más que un wgnome11-, aparece en Hispania sobre una quincena escasa de testimonios compitiendo con el mucho más popular seruuslserua. La forma abreviada uer(na) se documenta sólo en una pequeña parte de los ejemplos x•. El uso de Dis Manihus sugiere datar el texto a partir del siglo 11 d.C., mientras que el empleo de este tipo de altares funerarios, una práctica corriente en amplias zonas de la Lusitania norte, aconseja una cronología tardía dentro de ese siglo o las primeras décadas del 111 d.C. 25. Parte superior de una estela de granito con cabecera semicircular hallada en e l depósito de agua s ituado al oeste de Santa Lucía. En la parte superior presenta un creciente lunar colocado hacia arriba, limitado por una incis ión que corre paralela al borde del monumento y que sólo se conserva en la mitad derecha del mismo. Bajo e l creciente figuran dos líneas de texto y algunos trazos de una tercera. Sus dimensiones son [42] x 34 x 15 cm. El campo epigráfico mide 25 x 24 cm; la altura de las letras oscila en torno a los 5,5 cm., con una interlínea similar. En el segundo renglón se o bserva una interpunción circular. Se conserva en el Museo Arqueológico Provincial de Cáceres. L::I nombre dl'. la di l'unta no ofrece demasiadas parti cul3ridades. Las inscripciones de Hispania registran un buen puiiado de ejemplos. in predilecc ión por unn u otra Lona dd tcrritorio "'': aparte de alguna mención explicita. dn la impresión de que mucho:; de e-;tos 1es1i111onios son epígrafes funerarios de libertas.!1011iul-i11s es. en cstl' caso, un 110111e11 l atino ~• del que los pocos ejemplo~ hispanos proc1.:den de la Lusita nia ~•. Ex iste además un nombre pt'rsonal 111digena simi lar "'' cuyos tcst1111oni(lS. curiosamente. prm.:cJ en 1: imbicn del mism() úmbito lusitano',". 33 y 36. decorada con sencillas molduras para separar el l'ustc de la cabece ra. Fo rmaba parte de la cerca occi den tal de San1a Lucía. La pane inferi or fue retallada para acomodarl a a su uso arquitectónico, y s us d imensiones actuales son l 93 J x [38,5) x 30 cm. 36. Ara con cabecera y plinto decorados con sencillas mold,1ras hori zontal es que se encuentra empotrada en la cara externa del muro no rte del úbside central de Santa Lucia, forma ndo esquina. La parle visible de l monum ento es uno de los lateral es y probablemente Ja parte inferior del plinto. lo que permite conocer s u g randes dimensiones, 111 x4 l,5 x 27 cm, que la convierten en uno de los soportes más importantes del conjunto. 16. to, si ll egó a se r grabada, queda oculto en la construcc ión. Su grado de deterioro es máximo y resulta impoi.ihlc reconocer i.us proporciom•:. originales sal\ o en la cabecera. en donde parece adl\ inarsc una lí11ca horiwntal bajo la que e itúu el campo epigdfico. En su lu1eral i1quicrdo aún se observan lres pequeñas molduras casi planas dibujadas por cuatro incisionc¡, hori10111alc.. En la at•tual idad mide'. lll ):.e c: nn:-.i:n;1 en t• I exh: nnr Jel h: mph; de San 1,1 1 Ul' l:t..n. 1'!! 1ei (.1h.llk1t1 ""'''''"',,,,,,,,, /1111b11t,c 4. l ). no ex isten elementos individuales suticientcs para asegurar la datación de ninguno de los epígrafes. por lo que a priori carecemos de criteri o para ordenar las invocaciones en una sucesión temporal. También como era de imaginar. tampoco las fórmulas de consagración de los textos arrojan luz sobre este particular (fig. 42). Los devotos de A1ac>cina en El Trampa l entregaron en sus 111in11tas al artesano tanto fórmulas canónicas como expresiones justificativas del carácter especial de su invocación, tales como la conocida ex uisu o la enigmática oh ro(---). La comparación de estos elementos con la grafía del texto, el ti po del soporte o sus rasgos pa leográficos ha sido inútil por la pobreza de los resultados. El espectro onomástico de los fieles de A taecina en El Trampal es breve por el acusado deterioro de los textos. y al mismo tiempo muy heterogeneo (fig. 43). Una gran parte de las inscripciones sólo conserva la zona superior con e l nombre de la divinidad, habiéndose perdido las líneas que contenían e l nombre del dedicante; inc luso los nombres conservados presentan lagunas y e lementos dudosos. Por ello. e l magro repertorio del que disponemos no se puede considerar representati vo del conjunto. Sólo seis indi viduos testimonian la plena ci udadanía con el uso de tria nomina; los gentilicios, salvo aquellos que se explican en el ámbito emeritense y turgaliense ( Caesius. Norhanus) registro existe población indígena, tal condición queda oculta por un altísimo grado de latinización onomástica. Tal ci rcunstancia tiene dos lecturas. De una parte estamos, i: on toda probabilidad, en el 1erri1ori11111 de E111l 'l' ilt1. lo que explicaría la predominancia de formas onomásticas mús propias de los medios urbanos de esta época que de los enclaves rurales de la región. Si el santuari o de Alaecinu fue un centro religioso con tanta tradición como evidencian los múlliplcs testimonios que conocemos no sólo en el Trampal. su relativa cercanía a la co lonia augustea debe ser motivo suficiente para asegurar allí la presenci a de fieles de extracción urbana. hecho que se pudo ver favorecido por los procesos de interpre/a- tio a los que más tarde aludiremos (i;1fi•a apartado 8). La segunda lectura puede hacerse en términos de latinización onomástica. En efecto, en este reducido repertorio 5 individuos portan el cognomen 4. En tres casos, los altares sobre los que figuran como dedicantes son piezas idénticas entre sí. con plinto y coronamiento casi cúbicos, sin molduras y aparentemente obra de una misma o.fficina. Por añadidura, cuatro de estos cinco ejemplares son los únicos que en el conjunto de e l Trampal contienen todos los elementos posibles en la invocación a Ataecina. es decir, dea domina sancta Turibrigensis Ataecina, y en tres de ellos en el mismo orden. Aparentemente estamos ante cinco altares de los que al menos cuatro bien pudieron ser contemporáneos. En Hispania Seuerusl-a es el más popular de los cognomina latinos por delante del Ru.fí1sl-a que tanto éxito tuvo en la latinización onomástica de los territorios situados entre el Miño y el Duero. También en el territorio de Emerita Seueral -us es un cognomen frecuente; allí conocemos hasta el presente quince testimonios. casi todos ellos en ins- Mientras existe un cierto consenso sobre la extensión de un numen como Fla11ius a consecuencia del impacto jurídico de l edicto de Latinidad de Vespasiano de los años 73-74 d.C., carecemos de evidencias sobre las modificaciones onomásticas producidas en Hispania por otro tipo de cambios jurídicos. Sabemos que el año 212 d.C. Caracalla general izó la posesión de la ciudadanía, aunque cabe sospechar de la escasa utilidad de esa medida en áreas cuya integración venía produciéndose con fuerza en los últimos 140 años, y en las que este privilegio sería un bien casi común. Sin embargo, a la vista de los testimonios epigráficos a los que estamos haciendo referencia, con la concentración de los cognomina Seuerusl-a en un mismo momento histórico, debemos plantear la hipótesis de que estemos ante el eco onomástico de esa medida en estas regiones del sur cacereño. Bien es cierto que Seuerusl-a es un cognomen muy bien documentado desde el siglo 1 d.C.; también lo es que se encuentra tanto en áreas rurales como urbanas. Sin embargo, hay que señalar su mayor difusión en áreas con menor intensidad del fenómeno urbano o con mayor resistencia a la latinización onomástica como es el interior de Lusítania. Sólo en la provincia de Cáceres se concentran más del 10 por 100 de l9s testimonios conocidos en His-.., Debemos estos datos a la amabilidad de J. L. Ramirez Sadaba (Univ. Si tenemos en cuenta la aparente datación tardía de los epígrafes votivos de El Trampal, podríamos estar ante la evidencia onomástica de la aplicación de cambios jurídicos personales a com ienzos del siglo 111 d.C. Por añadidura, Annius, Cuecilius, lulius o Norhanus no son gentilicios ocasionales que permitan establecer relaciones familiares con grupos de la peri feria; estámos ante nomina populares, corrientes e n quien abandona su onomástica indígena para sustituirla por nombres de resonancias latinas. Llama la atención en el registro onomástico la ausencia de nombres indígenas puros, que son corrientes en la región. En efecto, faltan los Tongius, Viriatus, Boutius, lubaecus o Tanginus, por citar sólo algunos ejemplos al azar. Si Ataecina es una divinidad indígena, los nombres personales de sus fieles no parecen evidenciarlo. Sin embargo, hay que tener en cuenta que en un centro de culto tan popular, cuya existencia se dilata durante más de dos siglos, el temenos o el espacio destinado a albergar las dedicaciones monumentales de los devotos no mantendría de forma permanente cuantos exvotos y altares allí fueran depositados. En la tradición de este tipo de centros, incluso hoy día, se produce una renovación periódica de las ofrendas para dejar lugar a nuevas dedicaciones. En el santuario de A taecina también es probable que los viejos altares fueran apartados progresivamente del área sagrada para reemplearlos en construcciones o destruirlos, dejando así espacio para las nuevas ofrendas. Eso explicaría que el conjunto epigráfico del que disponemos sea relativamente reciente, como veremos al hablar de la cronología, y explicaría también la ausencia de un horizonte onomástico antiguo. Sin embargo, entre los fieles registrados en estos epígrafes siguen existiendo individuos de extracción rural, indígenas que lo son por su ascendencia familiar, hijos o nietos de quienes evidenciaron tal condición con su onomástica unas generaciones antes, pero ahora con nombres latinos. Las mismas consideraciones serían válidas para los difuntos señalados en las estelas funerarias reempleadas en Ja construcción del templo de Santa Lucía (fig. 45). En ellas, y no sólo por su aspecto formal, rezuman también ecos de indigenismo bajo nombres como Bouia o Norbanus. Sin embargo, la mayor antigüedad de algunos de estos epígrafes respecto a los altares. ofrece un panorama más acorde con lo que cabría imaginar en el ámbito regional. L AS ARAJ:: Y EL CONTEXTO REG IONAL Los altares de Santa Lucía del Trampal se apartan tipológicamente de los monumentos con inscripciones votivas que conocemos en su ámbito regional. Frente a ejemplares que presentan elementos formales estereotipados como puluini, acróteras o frontones triangulares confi>culus bien definido. los ejemplares de Alcuéscar son poco más que un fuste rematado en ambos extremos por cubos o ejemplares con molduras insinuadas por sencillas incisiones. Alrededor de estos esquemas gravita todo el conjunto con muy pocas excepciones. Las di ferencias entre unos y otros ejemplares permiten, no obstante, establecer las siguientes categorías: l. Arae con.fuste diferenciado (fig. 46) Pertenecen a esta categoría al menos seis monumentos del grupo que estudiamos (núms. Este tipo de altares tienen claramente diferenciado el fuste de la cabecera y el plinto gracias a una reducción de su anchura. Una característica común es la total ausencia de decoración en todos los elementos. el superior y el inferior casi cúbicos, con una sobriedad que gar-----------., 68. 1995 rantiza la percepción visual de la inscripción. Sólo en un caso la cabecera ha sido emp leada para introducir parte de la invocación (núm. 4). Es dificil referirse a paralelos forma les exactos para este tipo de monumentos; con las salvedades que impone la lejan ía. deben anotarse las si militudes que presentan con un a ltar dedicado a Navia en Castro del Picato (Guntin. Lugo) "'. y el eco que tienen de dos ejemplares más cercanos, las dedicaciones a Arentia y Are111ius hal ladas e n Coria. 7, 11, 33, 35, 36, 41 ), que guardan ciertas similitudes con los del grupo anterior, pero que como e lem ento diferenciador de elementos sólo introducen molduras muy sencillas de medio bocel. De ntro del grupo aún cabría distinguir dos tipos; el primero estaría integrado por las cabeceras núms. 7 y 11 en las que el fuste experimenta una reducción de anchura, y un segundo (núms. 33,35,36,41) en donde no se puede establecer esta diferencia y cuya ejecució n es mucho más s imple. En este último caso, aunque pueden considerarse altares por pertenecer al co111j unto y disponer en un ejemplar (núm. 41) de perforación superior seguramente para exvoto, más podríamos hablar de c ipos o monolitos debido a la lejanía formal con los altares clásicos. Arae de cabecera decorada con molduras simples (fig. 47) No conservamos ningún ejemplar completo de este tipo de monumento, cuya cabecera está decorada en su totalidad con incisiones horizontales que dibujan molduras planas muy senci llas. Los ejemplares más completos son los n úms. Probablemente pertenece a esta misma categoría el pequeño altar dedicado por Licinius Rusticus (núm. 21) a una divinidad que no aparece en el texto y que también debe ser Ataecina. El estilo de la p ieza núm. 5 está más próximo a los patrones c lásicos y parece individualizar un ele- mento superior, aunque faltan los puluini y elfornlus que cabría esperar. No es fácil encontrar paralelos a este tipo de monumentos y menos aún en la provinc ia de Cáceres. aunque se puede traer a colación el altar funerario de M (a}rtia en la Vega Baja de Toledo"". que aprovecha estas molduras planas para colocar el texto. Podría también perte necer a este tipo la parte inferior de un ara hallada en Aldeia de Santa Margarida (conc. ldanha-a-Nova, dist. Castelo Branco) 1 rn 1 • El tipo recuerda vagamente la forma de un altar de Braga que conserva el Museo Pío XII de Ja localidad wi y aún más la de otro ejemplar de Minhotaes (conc. Braga), conservado en la misma institución to!, que Tranoy data con reservas en la segunda m itad del siglo 11 o a comienzos del siglo 111 d. Sólo un monumento del grupo de Santa Lucía del Trampal encaja en esta categoría próxima a los esquemas canónicos del altar romano, aunque desgraciadamente es un texto casi ilegible probablemente no dedicado a Ataecina (núm. 18). Los paralelos formales de este monumento son corrientes, pero por su relativa proximidad a l á rea cace reña citaremos únicamente un ejeinplar de Orgaz tc 13 • 5. Arae de tipologías diversas (fig. 48) Una serie de altares bien por su deterioro, bien por su aspecto general, son difici lmente adscribibles a alguna de las categorías precedentes. Es e l caso del núm. 9, la pieza más llamativa del conjunto por su ordenada grafia y por conservar restos de pintura roja en las letras. Aparentemente se podría adscribir a la primera categoría que hemos enunciado, pero la separa de ella sus proporciones. Es el caso también de la núm. 15, que carece de cabecera diferenciada y presenta una pequeña oquedad superior; o la núm. 12, perfectamente conservada y que parece un monolito dispuesto a ser hundido en el suelo. "" G. Alfóldy, «Epigraphica Hispanica 10. lnsch riften von Unfreien aus Toledo und Umgcbung», ZPE 6 7, 1987. pp. 252 El panorama de los altares y monumentos de carácter votivo en el área regional, entendiendo como tal unos límites que desbordan las tierras cacereñas por el sur y el oeste, muestra en términos generales una tremenda falta de homogeneidad. La muestra ilustrada por Gamer para las dos Beiras o Extremadura, aunque escasa, sirve para poner de manifiesto la coexistencia de pequeños altares realizados por officinae sin experiencia ni referentes clásicos con ejemplares elaborados y de mejor calidad formal. En casi todos los casos, sin embargo, el elemento común es el granito empleado como material, algo corriente no sólo para los altares, sino para toda la producción epigráfica en amplias regiones del conuentus Emeritensis y en el ángulo nororiental del Pacensis. En un área que, grosso modo, integra gran parte de la Beira Baixa, e11 el distrito portugués de Castelo Branco, y un ancho pasillo del centro-sur cacereño, incluyendo obviamente la zona de Alcuéscar y sus alrededores, se observan, incluso en fechas avanzadas del Principado, una serie de afinidades muy importantes en los rasgos onomásticos, en las creencias y en las modalidades formales del hábito epigráfico. Uno de los centros más importantes para realizar tal evaluación continúa siendo ldanha-a-Velha, cuyo registro epigráfico muestra peculiaridades que se mantienen más allá de la actual frontera entre España y Portugal. Este área contiene una apreciable cantidad de textos votivos a divinidades indígenas, sólo comparable a las evidencias de las regiones de Minho, Trasos-Montes y Beira Alta. En este espacio, hasta bien entrado el siglo 111 d.C. al menos, la religión indígena se manifiesta con mucha fuerza, poniéndose de manifiesto por la multiplicación de los teónimos y por un hecho sobre el que ha llamado Ja atención A. Tranoy para zonas más septentrionales, la elaboración de un sistema de abreviaturas comprensibles para los fieles de cada culto 104 En los diferentes enclaves de esta región, muchos de ellos lejos de la categoría de ciudades o municipios con que podemos referirnos a otras zonas peninsulares, los hallazgos epigráficos y, más aún, la microtoponimia de esos hallazgos, evidencia un sin fin de concentraciones muy alejadas, salvo excepciones, del esquema de grandes necrópolis o centros de culto que podemos aplicar en otras áreas. Dentro de cada uno de estos grupos es posible establecer afinidades formales o de contenido entre un monumento y otro, pero no es tan fácil hacerlo con la concentración vecina. Dicho en otras palabras, en la región que nos ocupa no parece fácil identificar of]icinae lapidarias que hayan trabajado para áreas extensas; por el contrario, parece que estamos ante canteros que se ocupan de atender las necesidades de un entorno muy reducido. Pese a este carácter individual de la producción no faltan las referencias a prototipos ya establecidos o a los cánones clásicos. De hecho estamos ante poblaciones que poseen una fuerte impronta latina, pero que mantienen hábitos y formas de organización autóctonos. Esta dispersión de los trabajos epigráficos lleva a la identificación múltiple de esti los locales, de afinidades comarcales, contemporáneas de las vecinas, pero diferentes en la ejecución. Por circunscribirnos a las dedicaciones de Ataecina y no prolongar este excursus, basta aducir el ejemplo de los altares de Herguijuela {Cáceres), semejantes entre sí pero distintos a otros del contorno; o la homogeneidad formal de las dedicaciones de Malpartida de Cáceres, empleando el exvoto en forma de cabra para soldar a sus pies una placa con la inscripción. En otros cultos aún podríamos aducir las dos arae ge- LAS ESTELAS Y LOS TALLERES REGIONALES El reempleo de estelas funerarias y de otros tipos de inscri pciones romanas en monumentos posteriores es habitual en casi todo el mundo romano, máxime en aquellas zonas cuya riqueza epigráfica ha ofrecido una extraordinaria cantera de la que extraer piezas ya trabajadas ( figs. 49 y 50 ). En el ámbito regional de Alcuéscar esta práctica es corriente durante la antigüedad tardía. Las estelas funerarias. por su especial formato, sirven en más de una ocasión como umbrales para apoyo de canceles en templos tardíos; al respecto hay que referirise a Ja basílica de lbahernando 111 \ fechada por un texto en el año 635 d. C. 11111, en donde una estela funeraria romana sirve de umbral en el acceso al ábside con los correspondientes recortes para la inserción del cancel, exactamente igual que en el templo de Santa Lucía de Alcuéscar 1117; el mismo fenómeno se reproduce en la iglesia de El Gatillo de Arriba (término municipal de Cáceres), en donde la estela alcanza los 185 cm de longitud conservada (fig. 51) 10 M; otros ejemplos del reempleo de este tipo Las estelas reempleadas en Santa Lucía del Trampa I pertenecen a un tipo de monumento de grandes proporciones y remate en cabecera semicircular. En líneas generales el prototipo es habitual en muchos ámbitos de occidente. aunque las tradiciones locales y el peso del indigenismo determinan un sin fin de variantes. Aunque no faltan en amplías zonas de la Tarraconense, en donde hay grupos bien definidos en el valle del Ebro 110 • Lara de los Infantes (Burgos) 111, Ubeda y Santo Tomé (Jaén)11 ~. otro muy interesante en el área valenciana de La Safor 11'. etc., la mayor parte de las estelas de cabecera semicircular producidas por talleres hispanos lo fueron en las dos márgenes del bajo Duero, cerca de la desembocadura del Tajo y en áreas muy específicas del sur de Galicia y centro de Extremadura. En cada una de iglesia de.!poca paleocristiana y visigoda de El Gatillo de Arriba (Cáccres)». A partir de fotografias de F. Patricio Curado). estas zonas se manifiesta la actividad de una o varias ojflcinae que generalmente trabajan para ámbitos locales muy restringidos, lo que nos pennite identificar su trabajo por el nombre de un enclave próximo al área en que se concentran las estelas. Algunos de estos talleres tienen una larga tradición en los estudios historiográficos; es el caso del grupo de Vigo ( Pontevedra) 11 4, que destaca por el tamaño de sus ejemplares y peculiaridades decorativas como el empleo de figuras humanas. o de los grupos de Braga 115 y de Picote (conc. Miranda do • en el distrito de Braganc;:a; este último guarda una gran relación con otros conjuntos muy numerosos y uniformes de las vecinas provincias de Zamora y Salamanca (Muelas del Pan. Otros talleres o grupo de ellos que confeccionan estelas con cabecera semicircular, como e l del concelho de Torres Vedras (distrito de Lisboa) 11'1, se han conocido en fecha más reciente. En el ámbito extremeño tampoco faltan las u./licinae que fabrican este tipo de estelas, en ocasiones con cartelas para el texto, como las que aparecen en Alcuéscar. Sin embargo. el tamaño de estas piezas suele ser más reducido que el de las estelas que s irven de umbrales en Santa Lucía del Trampal. El núcleo más importante de monumentos de este tipo es e l de la necrópolis de «Mezquita» en lbahernando 1 w, que constituye el punto clave para entender el hábito epigráfico en el mediodía cacereño..4EspA. 1995 La costumbre de señalar una cartela para el texto es una práctica escultórica común en muchas oficinas lapidarias del mundo romano. En el ámbito cacereño no escasean los ejemplos; sin embargo, es más dificil esgrimir testimonios de estelas de cabecera circular con cartela en este ámbito regional: las pocas estelas de este tipo proceden, curiosamente, del área más próxima a Alcuéscar, y se localizan en Torre de Santa María 111 • Salvatierra de Santiago m y Cáceres 11 1, aunque en todos los casos citados sus dimensiones son menores que en los ejemplos de Santa Lucía. La búsqueda de monumentos de dimensiones similares a los del Trampal en Extremadura y en áreas próximas nos permite esgrimir un buen número de ejemplos, aunque sin una correspondencia fo rmal precisa con los epígrafes de Alcuéscar. Generalmente son piezas apenas trabajadas, sin cartelas para contener el texto, que llegan a alcanzar los 220 cm de altura en el caso del ejemplar de Alconétar (Garrovillas, Cáceres). La dispersión geográfica de estos grandes monumentos señala una mayor concentración en el cuadrante suroriental de la provincia de Cáceres, en un área relativamente próxima a Alcuéscar; algo más al suroeste, ya en provincia de Badajoz, la excepción a todos los cánones modulares es la tosca estela de pizarra de Siruela (Badajoz), que alcanza los 290 cm de altura 114 • Al menos nueve estelas cacereñas alcanzan o superan los 1 75 cm de altura 12 \ excepción hecha de las de Santa Lucia del Trampal. dura», BRAH 40. Talavera la Vieja Si nos adentramos en el centro y norte de Portugal es fáci l encontrar algunas estelas que recuerdan formalmente los ejemplares de Santra Lucía del Trampal. Es el caso de dos ejemplares procedentes de Vila Boa (conc. Guarda), muy cerca de tierras cacereñas, que, aún fracturados. superan los 170 cm de altura, se rematan en cabecera semicircular y poseen cartelas de texto Ut•; curiosamente. como los testimonios cacereños, también estas dos estelas fueron reaprovechadas como material de construcción. aunque en esta ocasión como jambas de puertas (fig. 51 ). Próximas modularmente, pero ajenas al ámbito estético al que nos referimos, son dos preciosas estelas de granito procedentes de Braga, con cabecera semicircular y cartela para texto, profusamente decoradas 127, o la estela de granito de Favaios (conc. Vita Real), con sus 180 cm de altura 12 M. Más al este, ya en distrito de Braganc;a y en el área en que se encuentran las estelas de tipo Picote. junto a la comarca zamorana de Sayago, se pueden ver también estelas de grandes dimensiones pero tampoco re lacionables estilísticamente con el grupo que nos ocupa: es el caso de los ejemplares de Pinhovelo (conc. Vimioso) y Sanhoane (conc. Al sur y este de Alcuéscar, en el suroreste peninsular, desaparecen las estelas y aras de grandes dimensiones como las que se encuentran en zonas más septentrionales. Baste como ejemplo decir que los dos mayores ejemplares del conuentus Pacensis, una estela de granito de Aldeia da Mata (conc. Portalegre) 130 y un cipo de lumachela proce-(ihitl. p. El Gatillo de Arriba (Cáceres. Tras este rápido repaso a las semejanzas modulares y composit ivas de estelas extremeñas y portuguesas. conviene detenerse en un ejemplar mucho más cercano geográficamente a los del Trampal y que puede aclarar algunas dudas sobre la ubicación de la necrópolis que sirvió de cantera a los constructores de Santa Lucía. Hace unos años fue dado a conocer un epígrafe que servía de asiento en un molino de aceite en Alcuéscar y que había s ido traído de las cercanas ruinas de «Las Torrecillas». El monumento es una estela de granito con cabecera semicircular iJi, de poco más de un metro de altura, que presenta una doble cartela con dos textos funerarios y un creciente lunar superior. La semejanza formal con las estelas de Alcuéscar es alta, hasta el punto de que el ancho y el grosor de la pieza están en la línea de los ejemplares que sirven de umbrales en Santa Lucía del Trampal. La única diferenc ia sensible, la altura, no parece ser un obstáculo, ya que en los ejemplares de Santa Lucía el texto ocupa sólo la parte superior del monumento, mientras el resto de la estela se encuentra sin trabajar. En el ejemplar ya aludido de «Las Torreci llas» da la impresión de que la parte inferior se ha perdido a juzgar por la fractura visible, por lo que no es descartable que nos encontremos ante un monumento del mismo tipo. En algunas de las estelas de Santa Lucía del Trampal se puede ver un creciente lunar en la cabecera. Frecuentemente ésta es la única decoración que presentan muchos ejemplares en este ámbito regional. Un rápido repaso por los monumentos del área cacereña muestra lo corriente de estos crecientes lunares en la parte superior de las estelas, pues se pueden ver en epígrafes del área próxima a Alcuéscar. en la periferia del trifinium de Norba, Turga/ium y Emerita (lbahemando, Salvatierra de Santiago, Santa Cruz de la Sierra, Torre de Santa María, Vi llamesías, Escurial, Valdefuentes, Robledillo de Trujillo) 133, en el propio enclave de Turga/ium 134, en el área En el conjunto de monumentos de Santa Lucía del Trampal figuran tres cupae1 3 ~ anepígrafas. pertenecientes a un tipo corriente en amplias regiones del suroeste peninsular que no falta aisladamente en otras zonas de Hispania. Frente a los ejemplares en forma de medio tonel con señalam iento de aros en relieve. típico del área alentejana, los ejemplos de Alcuéscar pertenecen a un modelo más sencillo disperso por áreas del Algarve, Be ira Litoral, regiones de Olisipo y Mérida y áreas próximas 1 ~• ción di recia con d rnlto de E11c/011ellic11s 1;". aunque a la vista de la proliferación del tipo en Italia, oriente y A frica parece más prudente relegar esra sugerencia 1; 1 • Aunque una de las <'11/"''-' de Santa Lucía se encuentra empolrada y no es posible saber si posee decoración lateral. da la impresión de que el único ejemplar con la superficie 1rabajada es el núm. 49, que presenla dos círculos concéntricos en la cara frontal. En el ámbito cacereño conocemos un buen número de monumentos de este tipo, aunque desgraciadamente casi todos ellos anepígrafos o con e l texto borrado u oculto. Cabe recordar los 12 ejemplares ilegibles identificados en la muralla de Coria, los 3 del castillo de Trujillo también ilegibles o el empotrado en la mural la de Cáceres cerca de la torre de Espaderos 14 ~. La excepción es uno de los ejemplares de la muralla de Caria. aparecido hace unos años al derribar una casa adosada a la muralla, que contiene la dedicación funeraria realizada por Q11i111i11s [Procjulus y Titia [---ja para su hijo 1; 1 • En 1-lispania, tradicionalmente este tipo de monumentos se han asociado con los ámbitos fuertemente latin izados de la Bética occidental. centro y sur de Lusirania y cosra norte de la Tarraconense -donde destaca la extraordinaria serie de Barcino-; sin embargo, recientes descubrimientos están ampliando su área de dispersión a puntos del noroeste peninsular y norte de Extremadura, como lo prueba ya serie cacereña ya mencionada y los 24 ejemplares empotrados en la muralla de Astorga i;;_ En el caso extremeño es muy probable que la extensión de este tipo monumental sea consecuencia de la vitalidad de los talleres emeritenses. Las estelas funerar ias empotradas en el templo de Santa Lucia o ha lladas en sus alrededores ofrecen un abanico cronológico que va de fines del siglo 1 d.C. a comienzos del 111 d.C. Tales extremos encierran también la parte sustancial del hábito epigráfico en Hispania. por lo que no aportan ninguna novedad. Sin embargo, el estilo y contenido de los ejemplares que sirven de umbrales parece uniforme y sería testimonio de la existencia de un área funeraria. cuya ubicación ya hemos discutido, en uso a fines del siglo 1 o comienzos del 11 d.C., una fecha en que la producción epigráfica en el sur cacereño es muy importante, probablemente como consecuencia del cercano influjo de la capital provincial de Lusitania. Otro grupo de estelas, con encabezamientos del tipo D(is) M(a11ih11s) o D(is) M(a11ih11s) s(acrum), datadas ya desde comienzos del siglo 11 hasta comienzos del 111 d.C., responden a los tipos habituales en amplias áreas de la Extremadura española y el Alto Alentejo. Son los tipos elaborados en granito y calizas locales, corrientes en casi todas las necrópolis de esta zona, que testimonian altos porcentajes de población indígena en diferentes grados de latinización. Más dificultades ofrece la datación de los altares dedicados a Ataecina. Aludiremos luego a ello, pero adelantaremos aquí que las evidencias epigráficas de los textos hallados en las provincias de Toledo, Badajoz y Cáceres, antes del descubrimiento de Santa Lucía del Trampal, ofrecen fechas que van del siglo 1 al 111 d.C.; en consecuencia, la propia presencia de Ataecina como objeto de las dedicaciones carece de valor cronológico. Más éxito puede proporcionar el análisis de la paleografía comparada con la de textos funerarios del ámbito regiQnal regularmente datados. El material empleado como soporte de los epígrafes de Santa Lucia, un granito procedente de los muchos afloramientos de la región, es tan incómodo para nuestra interpretación de los textos como para su grabación en la antigüedad. Los artesanos que e laboraron los altares sacaron, por añadidura, poco partido de un tipo de soportes que otros talleres supieron elaborar con más cuidado. En la ejecución de los textos se adivina una mezcla de manos con diferentes grados de experiencia que van desde la meticulosidad de quien inscribió la dedicación hecha por [-.} Caesius Cresces (núm. 9) hasta e l exagerado descuido de quien ejecutó la inscripción núm. 14. En medio queda un amplio abanico de resultados que no sirve relacionar con la cronología, pues la tosquedad de los rasgos suele ir pareja con una inexistente paginación e incluso con la omisión del pautado en quien carecía de la habilidad suficiente para mantener una línea horizontal de escritura. En general, estamos ante una o.ff¡cina u o.tficinae que, salvo en contadas ocasiones, dieron salida a sus pedidos con la tranquilidad de disponer de una clientela segura y poco critica con el resultado. Las grafias que adoptan los di fercntes textos son, en general, la obra de manos descuidadas y no tanto un reflejo de más alta o baja cronología. La falta de uniformidad en los rasgos de unas y otras inscripciones es patente (fig. 52). Sin embargo, algunos tipos mantienen unas constantes forma-les que se pueden asociar fác ilmente con otros textos más fácilmente datables. En varios epígrafes la R no se cierra y sólo un ángulo indica el inicio del segundo apoyo; la misma característica puede verse en estelas de mediados del siglo 1 d.C. en Salvatierra de Santiago y Herguijuela 145 • en una del siglo 11 en Abertura 14 \ en otra funeraria de Trujillo datable en el siglo 11 d.C. 14 7, o en otra de Torre de Santa María, de comienzos del siglo 111 d.C. 14 x; sin,., llAE 33!! y 943/CPIL Cáccrcs 437 (Salva1icrra) y CPIL Cáceres 756 (Herguijucla). 1 " J. L Gamallo y H. Gimeno. « ln~cripciones del norte y sudoeste de la provincia de Cáccrcs: revisión y nuevas aportaciones». La B no llega a cerrarse en algunos textos y, con frecuencia, supera en tamaño al resto de los tipos, excede el margen inferior o cabecea hacia la derecha: los mismos rasgos se ven en una inscripción de Cáccres y en un texto del siglo 11 e n Torreorgaz 1 ~11 o en la estela de Torre de Santa María, de fine s del siglo 1 o comienzos del 11 d.C. •s 1 • La A carece en muchas ocasiones de travesaño horizontal. La parte superior de la Ses, con frecuencia. desproporcionada con respecto a la inferio r. La N se sue le inclinar a la derecha como ocurre en todo el ámbito regional durante los siglos 1 y 11 d.C.. sin necesidad de abundar en los ejemplos. La P en algunos casos no llega a cerrarse, como ocurre en el epígrafe trujillano al que ya hemos hecho referencia 151, etc. En general, y con las cautelas a que obligan las consideraciones paleográficas en estas áreas rurales de la antigua Lusitania, los textos de las dedicaciones a Ataecina en El Trampal parecen el eco de las grafias regionales del siglo 11 avanzado y de comienzos del 111 d.C. Que el santuario de Ataecina allá donde estuviese existió antes de esta fecha es innegable, aunque no parece que dispongamos en e l conjunto de las evidenc ias epigráficas de su primera etapa. V /\LORACIÓN DEL CONJUNTO En el catálogo de los textos y soportes con el que se inicia este estudio hemos hecho referencia al preciso lugar de hallazgo de cada uno de e llos. Nótese que bajo una misma unidad, Santa Lucía del Trampal, se incluyen aquí epígrafes procedentes de varios lugares, todos ellos próximos entre sí, como son la ladera del Cerro de San Jorge, la «Charca de Santiago», el molino situado al suroeste de Santa Lucía («Molineta del Trampal»), la finca situada al sureste de Santa Lucía y el propio templo en cuestión, al que hemos adscrito dos altares conservados en casas particulares de Alcuéscar, pero también dedicados a Ataecina, que en su día fueron encontrados aquí. El conjunto epigráfico romano de Santa Lucía del Trampal está integrado por 49 soportes monu- mentales. 30 de ellos con inscripción, y por un grafito grabado sobre el enl ucido del cimborrio sur en una de las actuaciones sobre el edificio; en total, 31 inscripciones y 19 elementos anepígrafos o con el texto empotrado sin que sea posible precisar si existe. En un conjunto de inscripciones romanas como el hallado en la provincia de Cáceres, que debe rondar ya los 900 textos, estas 31 inscripciones de Santa Lucía apenas suponen un 3,5 por 1 OO. pero cualitativamente tienen una enorme trascendencia. ya que incluyen 15 dedicaciones a Ataecina y varios fragmentos de otros textos votivos. En el cómputo peninsular de las evidencias de este culto estamos, como luego veremos. ante algo más del 40 por 100 de los testimonios. lo que confiere a los caracteres internos de los textos una cierta relevancia a la hora de valorar su desarrollo y obliga a plantearse la razón de ser de tal concentración de evidencias. Al hablar de las estelas que sirven de umbrales en Santa Lucía del Trampal hemos aludido a una pieza muy semejante traída de las ruinas de «Las Torrecillas». El enclave, conocido desde comienzos de siglo, entró en la bibliografia arqueológica en 1900 a raíz del hallazgo casua l de unas termas mientras se realizaban labores agrícolas. Lo exhumado, un hypocaustum en perfecto estado de conservación. fue motivo de un amplio informe de J. Sanguino Michel («Memoria sobre los descubrimientos hechos en Alcuéscar, 1900» ), a la sazón secretario de la Comisión de Monumentos de Cáceres, fechado el 28 de junio de 1900 is.' y leído en la siguiente sesión de la Real Academia de la Historia'~J. Ante la importancia de los restos el propio Sanguino llevó a cabo excavaciones en el lugar, lo que le permitió descubrir todo el hypocaustum y comprobar la dilatada cronología del asentamiento, que ofreció denarios republicanos, monedas de los siglos 11 y 111 e incluso una fracción dejó/lis de Constantino. La siguiente noticia que tenemos de este enclave es la recuperación de la estela ya referida, y no hay que olvidar que del mismo lugar puede proceder parte de una escultura representando a Diana, así como un símpulo y un cuchillo, objetos todos que alberga el Museo de Cáceres 15 ~. Habida cuenta de que en ningún otro lugar de las cercanías se han hallado estelas del mismo tipo, es is) Real Academia de la Historia. Sección de Anligüedades. provincia de Cáceres. 1995 muy probable que tanto la estela conservada en el pueblo de Alcuéscar como las que sirven de umbrales en Santa Lucía procedan del mismo enclave, el ubicado en «Las Torrecillas», cuya entidad viene probada por los trabajos en parte inéditos de J. Sanguino en 1900. • Si es relativamente fácil establecer las relaciones formales de las estelas. no lo es tanto en el caso de los altares. Parece claro, sin embargo, que los monumentos de este tipo empleados en la construcción del templo de Santa Lucía fueron traídos también de algún paraje cercano. La evidencia de este acarreo estriba en que sirvieron incluso para la construcción del castillo de Montánchez, como demuestra la presencia, a la derecha de su puerta principal. de una cabecera de altar con dos huecos pequeños en su parte superior, similar a las que se encuentran en el Trampal 156. De lo expuesto en e l apartado 3 y de las consideraciones anteriores es fácil llegar al convencimiento de que todos los altares fueron trasladados desde un mismo lugar, que sirvió de cantera para la actividad edilicia en todo el territorio. Bajo esta perspectiva, dispondríamos de suficientes argumentos para denominar o.fflcina al centro o taller que produjo los diferentes altares, ya que se trata de una producción homogénea en lo formal con un mismo destino en el contenido 157 • Suponemos, por tanto, que las estelas halladas en Santa Lucía del Trampal proceden de una sola necrópolis y que los altares fueron traídos de un solo centro de culto. La cuestión estriba en saber si ambos, necrópolis y centro de culto, pertenecen a una misma unidad demográfica; es decir, si todo el conjunto es evidencia de un solo enclave habitado, sea cual sea su naturaleza. •i• L. Caballero y J. Rosco. Exrremad11ra Arq111! < 25.Sx(-) cm. in Los criterios terminológicos están expuestos en G. Susini. El muestrario formal aquí estudiado ofrece una nutrida representación de los dos tipos de monumentos en que se manifiesta frecuentemente el hábito epigráfico de una comunidad: los altares y las estelas funerarias: el contexto regional del sur cacereño nos ha enseñado que estos dos tipos de soportes constituían la casi única actividad de las <?f./icinae lapidarias de la zona: ocasionalmente los talleres podrían haber labrado miliarios o algún que otro pedestal del que no tenemos evidencias, pero al sur de la línea Norha-Turgalium la producción epigráfica apenas tiene variedad. Entre las estelas funerarias de cabecera semicircular halladas en Santa Lucía se echan de menos las piezas de pequeñas dimensiones, entre 80 y 100 cm de altura, corrientes en muchas de las necrópolis de los contornos; la explicación debe estar en el acarreo selectivo de aquellos materiales que se ajustaban a las necesidades edilicias. Puesto que el objetivo de los constructores del templo era emplear estas piezas en los umbrales, como se hace en El Gatillo o en lbahernando, sólo los ejemplares de mayores dimensiones servían a este propósito. Probablemente en la necrópolis quedaron otras muchas piezas, inutilizadas por el paso del tiempo, reempleadas en otras construcciones de la zona o, simplemente, aún por descubrir. Las piezas más pequeñas, de las que tenemos algunas evidencias ocasionales en el conjunto, están rotas en su parte inferior y no es descartable que fueran también grandes estelas, ya que en ellas sólo la parte superior era ocupada por el texto. En el caso de los altares debemos hacer un planteamiento d istinto. Salvo un epígrafe dedicado a los Lares Viales y los escasos textos casi ilegibles o fragmentarios. se trata de inscripciones relacionadas con el culto de Ataecina. Desde un punto de vista cuantitativo sólo la presencia de un santuario sirve para explicar este abultado número de evidencias votivas en una comunidad de los contornos. Y al mismo tiempo se echan en falta los epígrafes a otras divinidades que sabemos que tuvieron culto en la región: Mars, lupiter, Salus o Bellona. De ellas hay testimonios incluso en lugares tan próximos como Montánchez o el extremo occidental del término de Alcuéscar, muy cerca de Santa Lucía, pero faltan aquí. La comunidad cuyo santuario sirvió de cantera para este acarreo de material de construcción disponía de un panteón muy restringido; tanto, que prácticamente se circunscribe a una sola divinidad. La presencia de un epígrafe dedicado a los Lares Viales no es un argumento en contra, pues bien pudo pertenecer a una de las vías de entrada o salida de la población. En tales condiciones, es fácil intuir que xo l. Entre las inscripciones relacionadas con el culto a Ataecina se suelen considerar algunos textos en los que no aparece expresamente el nombre de la di vinidad, aunque la proximidad geográfica al área central del culto y la presencia de los característicos epítetos dca so11c1a induzcan a suponerlo. Sobre este criterio generalista no existe, ni mucho menos, unanimidad; de hecho, un nutrido grupo de las inscripciones tradicionalmente relacionadas con Alae- dna pueden ser descartadas hoy por diferentes motivos. Aunque tal adscripción es heredera de las tesis de Leite de Vasconcelos. la polémica bibliográfica tiene sólo un par de décadas y se puso de mani tiesto en los coloquios celebrados para conmemorar el bimilenario de A ugusra Emerita. Frente a la postura tradicional 15 ~, allí se llegó a plantear la identificación de esta dea sw1c1u, en omisión del teónimo. con el ~ulto de Cibeles 1 ~• 1 • Los términos deus! dea remiten en principio a dioses de origen indígena o a los correspondientes rroce, sos de i111erprewtio'"''. pero en ningún caso parecen exclusivos de una sola divinidad. No faltan en Hi spania las invocaciones a dioses precedidos del sustanti vo deus! tlea 1'' 1; podrían ci tarse los ejemplos de Aesculapius. Nept111111s La disposición de los diferentes elementos parece sugerir que en la primera linea figura un tria nomina abreviado del dedicanie. que invoca a los Lares reseilados en las lineas segunda y ter• cera. siguiendo una tradición de abreviar el nombre del dedicante que no escasea en las áreas occidentales de Hispania. En Hispania son pocas las divinidades cuyo favor se invoca anteponiendo al teónimo las expresiones dea sanctu o deus sa11c111s. Sin embargo. los escasos testimonios disponibles son suficientemente elocuentes e interesa traerlos a colación para mostrar que los epítetos de Ataecina no son, en absoluto. exclusivos de su culto. De Elvas (disr. de Portalegre). no lejos del área en que se manifiesta e l culto de Ataecina. procede una inscripción dedicada a la dea sancta 811rru-lobr[ig}ensis •M. Leite de Vasconcelos incluyó este testimonio en el repertorio de Ataecina a partir de los epítetos que porta esta divinidad de nombre desconocido, aunque referida a un topónimo en la probable forma Burrulobriga'" 1 • La identificación entre ambas divinidades, aún mantenida en fecha reciente tnK, parece inviable como ya sugirió Albertos'oq. Fuera de estas divinidades de carácter estrictamente indígena. aún otros dos dioses romanos figuran en los textos hispanos bajo la imprecación deus S (/l/('fll.'i: se trata de Euel//US,., y de Siluun11s 17 ~. De los ejemplos aducidos se puede desprender que, aunque en el caso de Ataeci11a son denominaciones frecuentes. los epítetos deusldea sa11cwslrn11cw distan mucho de ser exclusivos de una sola divinidad. Efectivamente. en el área extremeña la ausencia de otras evidencias epigráficas por el momento invita a ver testimonios de Ataeci11a tras las referencias a una Jea sane/u con omisión de teónimo. pero no debe olvidarse que en este mismo ámbito suroccidental de Híspania tuvo una cierta difusión el culto de Proserpi11a que. por interpretatio con Ataecina, también fue denominada dea sancta; sólo en el registro epigráfico de El vas. lugar en donde el culto de Proserpi1w tuvo un imponante arraigo, es denominada Proserpina sw1ctt1, Pro.,•erpina seruatrix y dea Pro.,•erpina 11'. El que Atat.'cina aparezca asociada a Proserpina en los epígrafes de Mérida y Cárdenas 11 & no es motivo suficiente para ver tras las dedicaciones a Pro- serpit1e1 la evidencia del culto a A taecina y viceversa. puesto que de los mencionados epígrafes emeritenses se desprende que no llegó a realizarse una completa hypostasis 177 y que cada una de las dos divinidades mantuvo su propia personalidad. Con esta prevención creemos que deben descartarse algunos testimonios aducidos por Leite de Vasconcelos 17 M y muy especial mente el texto de Castilblanco de los Arroyos (Sevilla) m, en el que únicamente puede leerse Proserpina sancra ixn. y no referencia alguna a Aruecina. 1995 Con mayor motivo no creemos que puedan adscribirse al culto de A1aeci11u dos textos de Alcalá del Río (Sevilla) publicados hace una década ixi en los que se invoca respectivamente a Proserpinfuj y a una Sancta Deo. Un primer elemento en contra de la adscripción es la identidad de los dedicantes, de onomástica oriental; uno de ellos es un sent11s Caesaris.Tenemos que convenir con J. D'Encarna~ao que la omisión del tcónimo en el segundo de los epígrafes induce a pensar que en ambos casos nos hal lamas ante evidenc ias del culto de Proserpina, sin que el uso de los epítetos Sancta Dea en este caso permita inferir relación alguna con Awecina •~l. Quizá haya llegado el momento de eliminar de los repertorios de Ataecina el grupo de inscripciones del suroeste peninsular en donde sólo se invoca a una dea sancta, sin especificar a cuál de ellas se alude, habida cuenta de la frecuencia de la terminología y de la imprecisión de las invocaciones. Salvo que en el futuro aparezcan evidencias contundentes sobre la presencia de su cu lto en alguno de estos enclaves, proponemos eliminar del registro de Ataecina las siguientes referencias: 4. Tejada de Tiétar (Cáceres). A pesar de tan pobre evidencia documental este fragmento ha sido inexplicablemente asociado en los últimos años a Ataecina'"". Los mismos problemas de atribución presenta un texto fragmentario de lbahernando (Cáccres) " 11 • editado a comienzos de siglo, en cuya primera línea Fidel Fita 1 ~2 transcribió S(aluti) s(acrum); a la vista IRCP. p. 357. núm. 28!!. con el resto de la bíbliografia. que sugiere la identificación con Aiaccina únicamente a partir de los epítetos; ltt edición de este oscuro tex10 grabado sobre el borde 1k un \'aso de piedra depende del 111anuscri10 de Ccmiculo y de las ob:.crvac ioncs de Pérez Baycr; dado que no se puede confirmar la similitud lkl lugar de hallaz-• go i: on el otro icxto procedc111e de Quintos, no se puede garantizar la d.,., La primera lectura de esta inscripción (M. M. Alves y A. M. Monge, «lnscricao votiva de Vila Verde de Ficalho. 661) incluia un desarrollo sa11N(a)I! pia(e) Se111m1[sj en 1.2-3; tal desarrollo. como bien han sugerido los editores de l.'A1111éc• r: pigraphique. podría corregirse en la forma.rnnct(u)e Fla(11i11s).''il!11em/s/ o similar. lo que elimina el anómalo epíteto Pía. que no está ates1iguado en otros textos: t:/i" además la edición de M." «Descubrimientos arqueológicos en Extremadura», REstExtr. Para conclu ir con el grupo de inscripciones que invocan a una deo sanclll quisiéramos traer a colación un epígrafe procedente tam bién ckl suroeste peninsular y que puede ser objeto de dist intas interpretaciones. Nos referimos a una de las <los inscripciones que conocemos como procedentes de S. Clemente (conc. Braga) "". cqui\'Oc amcntc atrib uido 1ambil'.•11 a la nwmia di' inidad. Aunqu~ no l'S habitual. la:.u:-.1itt1• dún de.•//; pro 1::''"..,e encuentra co n cierta rr~•cucn Clil en cpíg.rnlc:. \nti 'o'•'111 lJUl' mcrei'ca otra con-,i<l.:rac1ón que la estrictamente grúlica. pues afcct:t:1 /Onas con fuerte impron ta romana'''". 7 del con• junto. en donde el segundo de los ~ustan ti vos no ararece abreviado. Fuera d el grupo de inscripciones de Alcw.!!>car....Jtaecina sólo es denominada do-111i11a en lus <lcd1cat:1ones de La Bienvenida, Mcdc• lli n. Salvatierra de Santiago y Sac liccs (Cuenca) 1'' (núms. El hecho <le que. f taeci1w sea invocada como e/ca do111i11a H111e •w rc:.ucl ve ciertai. dudas en la lectura de alguno~ epigrafés del ambito regional de Alcuéscar. como ahora'crcmos y. al mismo tiempo. representa una ten tadorn sugerencia para dcs::irrollar grupo:; de abreviaturas de dudosa interpretación en otros cpigrafes. 5 y 6 de Santa Lucia del Trampal atestiguan la costumbre de dirigirse a Ataecina bajo la invocación d(---) d(---) s(---). cuyo desarrollo en la fomrn t/(ea) d( o111i11a) s(<mclll) ilumina la inscripción núm. 7 del mismo conjunto. Sí analizamos el registro epigráfico de Alcuéscar y Montánchez previo al descubrimiento de Santa Lucia del Trampal. veremos que se conocían ya dos inscripciones votivas que. curiosamente. emplean las mismas abreviaturas iniciales aunque seguidas del nombre de Mercurio y Bellona. respectivamente. La primera de estas inscripciones, si atendemos al relato de C. Callcjo sobre el hallazgo'''~. procede del Valle de la Zarza. unos cinco kilométros al suroeste de la ermita de Santa Lucía. junto a la carretera que une Cáceres y Mérida (básicamente la antigua «vía de la Plata»), casi en el límite entre las provincias de Cáceres y Badajoz t YY, y bastante más lejos de Alcuéscar (unos 9 km en línea recta) que lo que afirma Calleja; para el erudito cacereño el texto de la inscripción dice: D. Para justificar el desarrollo d(ii) d(eahusque) s(acrum) (sic) en su edición del texto, Callejo alega que <da referencia a los dioses y diosas es frecuente en la provincia» [de Cáceres]! Sin embargo. esta frecuencia. hasta donde conocemos y excluyendo los testimonios de Liberllibera, sólo incluye cuatro testimonios con un mínimo de garantías, pese a tratarse en algunos casos de lecturas muy dudosas que habría que confirmar: dl! abus tlebus... «Nuevo repertorio epigráfico de la provincia de Cácercs». 1970. pp. La restitución del contenido de las dos últimas líneas del texto no dejaría ser un ejercicio especula• tívo a Ja vista de la irregularidad de los trazos y del posible retallado que parece ponerse de manifiesto en la cuarta linea de la foto publicada por Callejo. Sin embargo, a la vista del registro epigráfico del vecino templo de Santa Lucia. y con las evidencias para el orden de los términos y desarrollo de abreviaturas que proporciona, no cabe duda de que las tres primeras líneas de este antiguo texto de Alcuéscar deben decir: La segunda de las inscripciones a las que hemos aludido fue editada originalmente como procedente de Montánchez y hallada en la llamada «Alquería de la Quebrada» 20 \ salvo que existiera un topónimo similar en las proximidades, en término de Montánchez sólo se conoce un lugar que responda al topónimo de «La Quebrada». y está situado a unos dos km al sureste de la localidad, al pie del piJo Montánchez, de 994 metros de altura, que es el te- Tanto el anónimo editor inicial (muy posiblemente Fíta) como Hübner supieron ver en la cuarta línea las iniciales de los tria nomina del dedicante, pero las propuestas de desarrollo para las abreviaturas iniciales no coinciden: d(is) d(eabus) s(acrum) (BRAH) y d(onum) d(e) s(uo)? A la vista de los textos de Santa Lucía del Trampal, nos atreveríamos a proponer el siguiente desarrollo para el texto: ios Anónimo [F. fita'!], «Epigrafia romana de Montánchez. 191)5'.'J S(<•11ents:':'J Si para el desarrollo de las abreviaturas iniciales no parecen existir dudas. más hipotética y puramente conjcturul es la restitución del nombre del dcdicante. Un personaje que invoca a A1aed11a en una de las inscripciones de Santa Lucía del Trampal (c:/i•. supra núm. 8) porta este nombre y el cog11ome11 Se1wr11s es muy frecuente en el ámbito comarcal y en el propio conjunto de Santa Lucía. Los parajes de «Alquería de la Quebrada» y «Santa Lucía» están ubicados en las dos sierras que ílanquean el fértil valle en que se ubica Arroyomolinos de Montánchu y separados entre si por una distancia de unos seis km: de ahí que no nos atrevamos a confim1ar esta tentadora identificación. En el área de Alcuéscar-Montánchez parece que alcanzó una cierta popularidad la forma deus domi-1111.'ildea domi11a para invocar a diferentes divinidades y no sólo a Awedna. liemos visto que también los cuhos de Mercurio y de Bellona se vieron afectados por esta práctica. y aún disponemos de otros dos testimonios sobre la misma en el propio enclave de Montánchez. aunque en este caso con omisión de,\'l 1t1C'/uslsc111cta que sí figuraba en las inscripciones ya citadas. El primero de los textos está grabado sobre un ara que se encontró empotrada en una casa de la localidad de Montánche7, sin que se pueda precisar el lugar del término en que apareció. El segundo figura sobre un ara que se conserva empotrada en el castillo de Montánchez. con los 1'"' A. Oonzálcz Cordero et al//, op. cit. en nota 4. pp. 298-301. núm. 12. lám. 11 • HEp l. A falta de una autopsia definitiva del texto. parece que en la lcc1 ura cditad:i falta el nombre del dcdicantc. posihlemcnlc situado tras la fórmula dedicatoria. I:n cua lquier caso. los cuatro textos propuestos si rven para demostrar cuán popular era esta peculiar invocación 2' 1 ~ tanto para la propia A! aecina como para otras divinidades romanas y onentales en los alrededores de Alcuéscar y Montánchez. Quidt el conjunto de tc~ti monios más intert!• santc sea el situado en el concclho de Santo Tirso (<list. De aquí proceden. entre otras. tres inscripciones votivas que emplean este esquema de dedicación si n respetar el mismo orden en todos los textos. El primero y mejor conservado de los textos está dedicado a un Deus Domenus C11. ws Neneoecus! ltt según todos los editores. Pero la foto publicada por Moreira no deja lugar a dudas sobre la existencia de una M en la cuarta 1 inca, con lo que el nombre de la divinidad debe leerse Nemeoecus. La segunda inscripción está dedicada a un Do-111(i1111s) Deus Nf--jeoec[••lm que todos los editores Icen N{en]eoec{us] pero que. por paralelo con la anterior. debe ser N[emjeoec[usj. "" « Descubrimientos arqueológicos en Extrema-dura11. 240 con el resto de la bibliograíla.'" 397 - u111i1w) A(raeci11u); sin embargo. las fotos publicadas no garantizan siquiera estas letras, pues da la impresión de que la supuesta A puede ser una N con el brazo derecho casi perdido en el canto del fuste; quizá habría que revisar de nuevo el texto, pues no es descartable que en las dos líneas inferiores de la cara frontal deba leerse d(eae) d(ominae) N! abiae, lo que añadiría un nuevo registro al conjunto de testimonios de esta divinidad. Los dos últimos textos a considerar en este rápido repaso a algunos epígrafes peninsulares emparentados con los de Ataecina nos lleva a dos inscripciones del norte de Portugal procedentes de Giela (feg. y conc. Arcos de Valdevez, dist. de Viana do Castelo). Los dos textos. hallados en un mismo lugar y conservados en el Museo del Seminario Pío X 11 de Braga, están dedicados a una divinidad de nombre desconocido que en uno de los textos se identifica Del contenido del segundo texto se puede inferir que la dedicación comienza con la expresión do(minus la) sa(11l•f11sl a), como bien sugieren los editores del texto, aunque no sea posible determinar si estamos ante una dedicación a algún tipo de Lares o a otra divinidad; A. Tranoy ha propuesto para ambos textos una cronología de fines del siglo 11 y comienzos del 111 d. C. En cualquier caso, los dos ejemplos s irven para ampliar el repertorio de inscripciones votivas que emplean formularios s imilares a los de Araecina y nos enseñan a ser cautos a la hora de identificar con la divinidad lusitana cualquier grupo de a breviaturas por muy similares que 111 M. Cardozo, Ca1úlog11 do M11se11 de Arq1t<'oiogiu d11 Sociedade Martins Surnumtu /. 448, núm. 6. nios dedicados a lsis en sus importantes centros de culto de la Bética: sin embargo, faltan las referencias anónimas que sí conocemos e n otros lugares del 1mpcrio 225, y a las que habria que sumar ahora una de las inscripciones de Alcuéscar (núm. 12). ALGUNOS TESTIMONIOS EXCLU IDOS DEL CU LTO A ATAECINA 1. lbahemando (Cáceres). Parece diflcil de aceptar el testimonio de un ara conocida desde 1900, que contiene la dedicación realizada por un tal Vi-ria111{.\j a una divinidad que se ha querido identi ficar con Alaecina m. El z~• La primera noticia de este texto figura en una anotación marginal del legajo 9-7848-21 (Antigüedades. Cáceres) de la Real Academia de la Historia; se trata de un escrito de la Comisión Desde Hübner se han res uelto las abreviaturas de 1.2 entendiendo el siguiente desarrollo: A (tw! cinae) A(ugusrae) /(ibens) d(e)...; tal desarrollo podría. en todo caso. modificarse en la forma A(taecinae) a(nimQ) l(ibens) d(e), como había propuesto también Hübner a modo de alternativa, que eliminaría la inexplicable conversión de Ataecina en divinidad augustal; sin embargo, no deja de ser aventurado suponer que bajo la primera letra de esta línea deba entenderse la presencia de Ataecina, toda vez que faltan todos sus epítetos y que no es la única divinidad atestiguada en el solar cacereño con esa inicial. Castro de Rocha (Padrón, Coruña) ~~7 • Como supone G. Pereira. puede ser una falsa lectura del teónimo, sin que se pueda descartar una interpolación a partir de un texto previamente existente. No existen argumentos epigráficos ni geográficos suficientes para desarrollar Ad(aeginae?) en la primera línea del epígrafe. El carácter funerario del texto plantea ciertas dificultades para ver al mismo tiempo una invocación a Ataecina, máxime delante de la dedicación a los dioses Manes y con la tímida abreviatura Ar(aecinae). Quizá habría que pensar en otra solución para esta abreviatura. de M o numento~ Histórico-Artísticos de Cáccres en donde se not ifica el descubrimiento de la necrópolis romana de «MeLqui• tan y se índica que este otro rnonumcnt o figura empotrado en una vivienda de la localidad: como en todos los textos entonces encontrados. la precipitación editorial llevó a darl o a conocer en el 811lt'IÍ11 de lu Reul Acudemiu de la His111ria segú n la trans• cripc ión realizada por el alcalde de la localidad: ediciones: E. Hübner, «Inscripciones romanas sepulcrales de lbahernando», Rel'isJU di! Mo111t11tl!11/os d1' Ore11. ~<' 15, 1945, pp. 12-15; J. M. García. op. cit. en La mayor parte de los testimoni os <le Ataecina conocidos en H íspania han s ido objeto de repetidas ediciones lo que. en casi todos los casos, nos ex ime de nuevas consideraciones de lectura. Si n embargo, algún texto ha pasado desapercibido hasta el presente y en otros cabría hacer algunas matizaciones, por lo que nos detendremos brevemente en ellos antes de establecer la relación definitiva de los testimonios. En el apretado repertorio epigráfico de Cáceres publicado por M. Beltrán a mediados de los años 70 apareció el fragmento inferior de un monumento procedente de la <<Dehesa Zafrilla» (Malpartida de Cáceres. Cáceres) 2311, cuyo deterioro impidió incluso la oportuna referencia del epígrafe en L'Année Epigraphique. Conservaba únicamente tres líneas de texto, la primera de ellas prácticamente perdida y unos toscos trazos verticales decorando la parte inferior. Por las dimensiones (57 x 45 x 27 cm) fue catalogada como estela y su texto fue interpretado como parte de una mención funeraria. De Malpartida de Cáceres conocemos siete inscripciones hasta el presente, de las cuales dos de carácter funerario proceden de la finca «Las Breñas» 2 J 1, otras dos aparecieron en diferentes lugares del pueblo sin que se pueda preci sar su lugar de origen 2.1 2, y otras tres fueron halladas en la citada <<Dehesa Zafrilla». En este último lugar, los dos textos identificados hasta la fecha están dedicados a Atae- cina (cfr. infra núms. 1 O y 11) y grabados sobre plaquitas metálicas soldadas a estatuillas de cabritas, por lo que la re lectura de la parte conservada en este tercer texto puede hacerse sin demasiado riesgo. Para reafirmar más el carácter votivo del texto, en la parte inferior aparece un esquematismo antropomorfo consistente en un trazo vertical rematado en un círculo superior con los brazos hacia arriba representados por trazos formando ángulo recto ( fig. 54 ); en las estelas decoradas del suroeste son corrientes imágenes similares pero con los brazos hacia abajo; en este caso, a la luz de los paralelos en grabados pre y protohistóricos, no hay duda de que se trata de un orante m y dispondríamos de la pri- Esta dedicatoria introduce una tercera variante en las invocaciones a A1aeci11a de Malpartida de Cáceres. ya que tampoco cxistia uniformidad en las otras dos [de(ll).\'(am•ta) A (taecina) T(urobrigensis) y d(ea) s(ancta) T(11rohrigensis) Ad(aedna) respectivamente), pero emparenta el enclave con el conjunto de Santa Lucia de Alcuéscar, en donde esta fórmula está presente en cinco epígrafes. El hallazgo de tres epígrafes dedicados a Ataecina en la dehesa «Zafrilla» de Malpartida de Cáceres obliga, al mismo tiempo. a plantearse la existencia en el lugar de un santuario de segundo rango o de un centro de culto de upo familia r dedicado a esta divinidad. Un segundo epígrafe que conviene revisar procede de Salvatierra de SantiagoTM que ya Roso de al pie de los Alpes: A. Behrán Martlnez. «Orantes. fertilidad y antepasados en el arte J)rehistórico: disgresiones sobre un tema universah>. Agradecemos a Mauro S. Hernández sus Indicaciones en este sentido. m M. Roso de Luna. p. 123. núm. 10;J. R. Mélida, Cuta/ogo mo,,unwfltal de E.fpañu. Este testimonio amplía el área de dispersión de los testimonios de Ataecina por el sureste cacereño. al tiempo que confirma una fórmula de invocación ya conocida por un epígrafe de Medellín y por tres de Alcuéscar, con uno de los cua les (núm. 10) guarda una extraordinaria similitud. Tras las consideraciones realizadas aquí y en los apartados precedentes. la relación de testimonios de Ataecina en Hispania. previos al hallazgo de los textos de Alcuéscar. es la siguiente (fig. 55): • 3 15 •• 14 Figura 55.--0istribución de los testimonios del culto de A1C1t'd1111 en Hispania. La numeración corresponde a la del inventario. Quedan fuera de la ilustración el testimonio de Cagliari y el de Saelices. por las razones expues tas en la nota 257. adosada a las patas de una cabra, con letras punteadas N 7. D(ea) s(ancla) T(urobrigensis) Ad(aecina). «Dehesa Zafrilla», en Malpartida de Cáceres (Cáceres) l 4 x. Grabada en una placa adosada a las patas de una cabra de bronce. m Este tipo de escritura es corriente en muchos ambientes de tradición indoeuropea en occidente. Se emplea sobre soportes metálicos, tanto para téseras como para señalar objetos personales. Cfr. ejemplos J. Untermann, «Las téseras del poblado prerromano de La Custodia. Una gran parte de las especulaciones sobre el significado del nombre y las funciones de la divinidad se han venido apoyando en la posible relación del nombre de Ataecina con el término irlandés adaig, que significa «noche», cuando hoy parece que la mencionada palabra irlandesa sólo está atestiguada a partir del siglo vm y, por lo tanto, excede temporalmente la época prerromana. Y romana 261 • Habrá que esperar, 200 Sobre las dificultades de establecer el lugar de procedencia del eplgrafe, cfr. nota 257. 2 " Opinión de J. de Hoz en M.a P. García y Bellido, op. cit. en nota 177,p. 73. pues, a que filólogos e historiadores de la religión vuelvan a aunar criterios sobre nuevos argumentos para ver resuelto este antiguo debate. Las vacilaciones gráficas en el nombre de Ataecina deben ser, en su mayor parte, debidas a rasgos de pronunciación y a una transcripción poco rigurosa. Pero sea cual sea el motivo, lo cierto es que hoy disponemos de un elenco de variantes excesivo, especialmente si tenemos en cuenta el reducido número de testimonios para cada una de ellas. El espectro de las denominaciones se amplía aún más con la la introducción de otros elementos nominales en el formulario, como puede verse en la fig. 56.. ll:.\fl.-1.'1X. 1995 JUAN MA Uf-L Al3t\SC: AL PALAZÓN Si consideramos únicamente las variantes del nombre de la divinidad ( fig. 57) di sponemos de 24 ev idencias epigráficas: presc indiendo inc luso de los epítetos, e l panorama es desolador:¡ 15 variantes para designar a la mi sma divin idad! El muestrario incluye todo tipo de geminaciones, reducciones de diptongos o alternancia de sordas y sonoras. En la restitución de las lagunas de los textos el espacio perdido sugiere a veces la forma a transc ribir, pero es imposible con este regis tro saber cuándo estamos ante sordas o ante sonoras. Bien podría decirse que la única unanimidad de los fiel es de AtaL'cina estribó en la designación de una vocal para abreviar el nombre de la divinidad. La única forma que enc uentra un cierto consenso entre las variantes mostradas en la fig. 57 es A taecina. que aparece sobre textos de Tala vera de la Reina. Caleruela y Mérida, con un total de 4 testimonios. El panorama expuesto plantea inconvenientes de envergadura para explicar la mayor antigüedad de unas formas u otras, la mayor antigüedad de las refe renc ias con sonidos sordos sobre los sonoros o viceversa, pues la cronología relativa de los diferentes textos no permite establecer un orden que coincida con la variación de las grafias y, aparentemente, a falta de criterios de datación más precisos. coexisten formas que desde un punto de vista lingüístico podrían cons iderarse consecutivas. La explicación de este proceso se debe s implemente a la dificultad de transcri pc ión del nombre de la divinidad en un ambiente con fuerte arraigo de l latín como instrumento de comunicación oral, con serias insuficiencias en su escritura. A ello debió sumarse una práctica epigráfica heterogénea en cada una de las áreas, como hemos puesto de manifiesto al hablar de la tipología de los altares y, cómo no. un desconocimiento rea l del nombre de la divinidad, conocida secularmente en estos ambientes con fuerte peso del med io indf gena. El nombre de la div inidad venerada en el conjunto e pigráfico de Alc uéscar y en el resto de los epígrafes que ya hemos reseñado debió ser A taeci-11t1, a la que se le añade un e píteto referido a la localidad en la que debió ser considerada divinidad tutelar y los sustanti vos tlea o domina (o ambos en el caso de Alcuéscar) al comienzo de las invocaciones. Así, la form a Dea Ataecina Turohrigensis!h! podría considerarse que inc luye la mayor parte de los elementos comunes a muchas de las dedicaciones 11 • 1 • aunque no necesariamente en ese orden. CARACTERÍSTICAS D EL CU LTO Ataeci11a ha recibido una gran atención por parte de los historiadores de la religión:M, no sólo en razón de la frecuencia de s us testimonios, sino por la interpretatio de que parece ser objeto con Proserpinu e n algunas regiones de l s uroeste penins ular. Asociada a este culto de connotaciones infernales 1 h~, Araecinu se viene considerando también una divinidad de carácter infernal 1 "" pese a las reticencias expresadas en su día por Le ite de Vaseoncelos. que veía en ella un culto agrícola Jn 7, algo que hoy no se considera excluyente. Según Blázquez la asociación con Proserpina vendría por e l carácter infernal de Awecina y no por el carácter agrícola de ambas. En esta asignación de funciones y de espacios algunos trabajos recientes sugieren también para A1aeci11a'"~ Sobre el nombre de la ciuJnd y la s alternancia de las voces T11mhri~a! La aplicación de criterios restrictivos a la hora de identificar testimonios del culto a Ataecina ha hecho variar también la geografía de esta divinidad. Si hace unos años se suponía que el culto de Ataecina se extendía entre los ríos Tajo y Guadalquivir, y más específicamente en las riberas del Guadfana, con testimonios en los cuatro conventos jurídicos suroccidentales 277, hoy se puede afirmar que sólo ocasionalmente desborda el Guadiana hacia el sur, al tiempo que han aumentado las evidencias en las riberas del Tajo (fig. 55). La localización en el mapa de las evidencias de Ataecina dibuja hoy un área muy concreta en el área central de Extremadura. que en el triángulo Norba-Turgalium-Emerifa alberga 27 de los 35 testimonios (77, l por 100). Ta l con-centración empuja a considerar seriamente la posibilidad de que en esta comarca estuviera situado el centro emisor del culto. el núcleo -no diremos ciu-dad~ que permitió denominar a la divinidad como Awecina Turihrigensis o Turohrigensis. Sin embargo, los testimonios epigráficos invitan a pensar en la existencia de varios centros cultuales. más allá de la devoción individual que empujara a cualquiera de los fieles a levantar un ara a Atuecina en su lugar de residencia y. como se ha dicho recientemente. desborda nuestras previsiones de que las divinidades prerromanas tengan un culto exclusivamente local n~. Sobre la base de las evidencias documentales, son tres los lugares en donde podemos situar santuarios de Ataecina: Proximidades de Santa Lucía del Trampal (Alcuéscar, Cáceres). Catorce son los altares dedicados a Ataecina hallados en el templo citado o en sus alrededores. como hemos visto más arriba. Su individualidad formal respecto a otros monumentos de su entorno refuerza la hipótesis de que se trate de un conjunto homogéneo, trasladado hasta aquí desde un solo lugar y no resultado de una requisa heterogénea de material constructivo en la comarca. Refuerza esta idea el altar dedicado por licinius Rusticus (núm. 21 ), que omite el teónimo, lo que sólo se entiende en el ámbito de un santuario sobradamente identificado por los fieles y la población del entorno. Dehesa Zafrilla de Malpartida de Cáceres. Conocida por los dos exvotos en forma de cabrita soldados a una placa con inscripción, un tercer documento releído ahora por nosotros (vid. supra apartado 5.4) permite albergar la idea de que en e l enclave existiera un centro dedicado a A taecina. Dehesa El Palacio, de Herguijuela (Cáceres). Proceden de aquí dos arae, una de ellas dedicada a la Daea sancta Turibrige(nsis) (sic) y otra que simplemente invoca sancta e sacrum. La semejanza formal entre los dos monumentos y su idéntica procedencia no deja lugar a dudas sobre la identificación. Tanto en Mérida como en la vecina Cárdenas se concentran otros cuatro testimonios de A taecina; Sin embargo, los epígrafes no proceden de un mismo lugar, pues sabemos que uno de ellos fue hallado en el embalse de Proserpina, al que da nombre y los otros proceden del área urbana exceptuando el citado de Cárdenas. Es poco probable pues que en Mé-rida existiera un santuario dedicado a A tal:'cill(I. y los cpigrafes parecen más el resultado de devociones individuales. Tal cons ideración nos lleva a una cuestión más espinosa. la de la existencia o no de una organización alrededor del culto. Casi todos los testimonios de que disponemos parecen abonar la idea de que la elevación de a ltares a Ataecina fue resultado de iniciativas particulares que concluyeron con la inserción del nombre del devoto en el texto votivo. Sin embargo, dos inscripc iones escapan a esta cons ideración. La más importante de e llas es e l texto de Bienvenida en e l que, si aceptamos la restitución de una de sus editoras, habría que entender [cul}tirilws suis collectis ma(gistri) f(ecerunt) ~7'1, q ue evidencia una intención colectiva y una cierta institucionalización del culto, con las reservas que lo fragmentari o del texto impone. La segunda inscripc ión a referir aqu í es el releído epígrafe de Mal partida de Cáceres, en donde con toda clarida d se dice d(eae) d( vmi11ae) s(a11c•tae) posuerunt (vid. supra); es decir, un grupo de fiel es impulsaron la colocac ión del referido altar. En este último caso la referencia a un colectivo tiene más lógica s i tenemos en cuenta que a llí probablemente existió un centro de culto1 x 0 • En este epígrafe aparece, al mismo tiempo, la imagen de un o rante e n s u pa rte inferior, representado con una serie de trazos esquemáticos pero suficientes; tal imagen evoca contextos gráficos de la Hispania mediterránea y es la única representación de este tipo que conocernos en el marco de las rel igiones indígenas en la Hispania de tradición indoeuropea. Una de las características del culto de Ataecina fue el uso de exvotos de bronce probablemente usados en conjunc ión con a ltares. De forma fehaciente sólo conocemos dos exvotos de Malpartida de Cáceres, en Jos que las figuras de cabritas en posición erguida van soldadas a placas con e l texto que contiene la dedicación a Ataecina. A partir de estos testimonios podemos inferir que otras figura s simjlares conservadas en diferentes museos extremeños, tanto en España como en Portugal, son indicios de la existencia del culto, como ya había supuesto en su día Leite de Vasconcelos y como ha seguido defendiendo la mayo r parte de la historiografía m. m R. López Melero, op. cit. en nota 26, p. 95. ~•0 No es fácil interpretar la dedicación a Atul! cinu supuestamente procedente de Saelices (Cuenca). en la que se citan a unos Vlenses?, por lo que la excluimos de este comentario. en una peana. de cuyas características poco sabíamos hasta e l hallazgo de los monumentos de A lcuéscar. En efecto, en algunas culus s obre el coronamiento. sino un par de muescas. a veces a largadas. que parecen destinadas a permitir la colocación sobre el monumento de los correspondientes exvotos. Pero ni estos altares conservan huella del bronce que allí debió colocarse, ni las fig urillas conservan adherenc ias del materia l con e l que fueron fijadas a los altares. Sin embargo, llama la atención que los vástagos que permitían tal unión estén rotos e n a lgunos ejemplares, por lo que podríamos imaginar que fueron arrancados de forma violenta probablemente para recuperar la pieza una vez que la dedicación había perdido su sentido o que se hab ía perdido la memoria del dedicante. Antes de pormenorizar los hallazgos conviene señalar que de Torrejoncil lo, lugar de donde proceden varios de e llos, no existe todavía ningún tipo de evidencia epigráfica, por lo que todas las valorac iones deben hacerse con cautela. La re lación sumaria de los exvotos que con seguridad o de fo rma bastante probable deben relacionarse con el cu lto de Ataecina no es hoy demas iado extensa y, excluido e l ejemplar de La Aliseda!x 2 que parece pertenecer a otro ambiente temporal, se reduce a los ejemplares cacereños de Malpartida y Torrejonci llo 2 x> y a a lgunas piezas portuguesas: cultos. y no sólo a l de Ataecina. por lo que quizá habría que e vitar generalizaciones y restringir e l marco de Ataecina a la~ figurillas de cabras que has1a ahora lcnemos evidenciadas. Por otra parte. un cri1erio menos selectivo llevaría a 1ener que defender el culto de Ataecina en areas geográficas muy extensas. prácticamente en toda Lusitania, algo para lo que hoy carecemos de evidencias. Sobre las implicaciones de estas y otras imágenes animales en Lusi1ania. cfr. A. García y Bell ido. Mal partida <le Cáceres (Cácercs, Museo Balaguer. de Vilanova y la Geltrú/ Barcelona) 2 ~~. Figura de bronce que representa una cabra cuyos cuartos delanteros se apoyan en una placa rectangular que contiene la inscripción: los traseros van soldados a otra pieza ci 1 índrica que se une por detrás a esta placa. El extremo inferior de la placa termina e n un resa lte, seguramente partido. destinado a insertar en una peana. Malpartida de Cáceres (Museo Arqueológico Nacional. Cabrita en posición erguida con las cuatro palas soldadas a dos placas rectangulares, una de ellas con inscripción votiva, que con luyen en una peana dispuesta a ser engarzada en un soporte. Medellín (Badajoz, Museo de Mérida): Dos cabritas dispuestas paralelamente y unidas por las patas mediante dos placas m. En algunas arae de Santa Lucía del Trampal se observan en la parte superior dos huecos paralelos que podrían corresponder a la colocación de piezas de este tipo con las patas soldadas. Cabrita exenta con los cuartos delanteros y traseros agrupados formando dos puntos de apoyo aptos para incrustarse en la cabecera de un ara. Cabrita similar a la anterior, con los cuartos delanteros agrupados en un vástago para incrustar en un soporte. Cabrita del mismo tipo que las anteriores pero con los extremos de las patas partidos. Cabría la posibilidad de que los hubiera perdido al ser arrancada de un pedestal. Cabrita exenta en posición erguida, sin agrupamiento de las patas y con el cuerpo finamente trabajado simulando la pelambrera. Cabrita en posición de trote con una mayor simplificación de los rasgos. Torrejoncillo (Cácercs, Museo de Cáceres). Cabeza de una cabrita de mayores proporciones que las anteriores (3,5 cm de altura) con una tosca indicación de los rasgos 2 "~. El Museo de Evora guarda exvotos de cabras que Leite de V. relaciona con este culto~••'. Entre el gran número de exvotos y figurillas prerromanas de bronce conservadas en el Museo Arqueológico Nacional, la mayor parte procedentes de los grandes santuarios ibéricos del área de Sierra Morena, existe un apreciable repertorio de representaciones animales que no están excesivamente lejos desde el punto de vista conceptual de los exvotos de Ataecina cacereños y portugueses. Sin embargo, es dificil encontrar paralelos formales suficientemente elocuentes para relacionar alguna de esas representaciones con el referido culto, máxime cuando muchas de ellas proceden de colecciones antiguas y se ignora su procedencia. Una excepción podría hacerse: la de una representación de una cabrita con los cuernos muy pronunciados que tiene un tratamiento estético muy parecido al de los bronces de Torrejonc illo y que se asemeja más a las figuras animalísticas extremeñas que a las de los santuarios ibéricos, sin que sea posible conocer su procedencia y establecer de forma fehaciente esta relación 2 • 4 • La cronología de los testimonios de culto a Ataecina permite aventurar su vigencia durante los tres primeros siglos de la era, como ponen de manifiesto los epígrafes que la mencionan. Aunque algunos de ellos ofrecen serias dificultades de datación, otros pueden ser fácilmente adscritos al siglo l d.C., como ocurre con el de Quintos m; no es fácil considerar contemporáneo el de Medellín (CIL ll 605), que Hübner consideraba litteris profundis et vetustis, pero que invoca a una Domina [T}uribri[g(ensis) No exi ste un patrón de referencia para definir a los devotos de Awec: ina; ya hemos aludido al carácter heterogéneo de los dedicantes de los textos de Santa Lucia. En el resto de los testimonios. aunque la onomástica de los fieles se ha perdido en algunos epígrafes. el espectro coincide básicamente con el de la población de las distimas zonas, sin que exista una mayor presencia de individuos de origen indígena i•m. La razón de fondo debe buscarse en el profundo enraizam iento del culto en fechas avanzadas del Principado y en los procesos de interpretatio con divinidades romanas y orientales que favorecían la generalización del culto. Pero al mismo tiempo. un rápido repaso por la onomástica de los dedicantes y su zona de origen puede hacerse sin dificultad con el apoyo del registro onomástico de cada una de las comarcas. Es decir, en áreas con fuerte presencia de onomástica de origen prerromano. los dedicantes de Awecina se ajustan a esta definición. mientras que en la proximidad de los grandes centros urbanos como Beja o Mérida la onomástica latina o grequizante es dominante. Lo mi smo puede decirse de rasgos propios como la om isión del sustantivo.filius en ti 1 iaciones o de las anomalías gráficas en los textos. E n todos los casos hay una correspondencia precisa con las tradiciones epigráficas de los contornos y no se pueden establecer caracteres comunes que hagan pensar en un colectivo específico. Para concluir esta valoración general del culto debemos referirnos a la relación epigráfica entre los cultos de Ataedna y de Proserpina. Sobre el culto de Proserpinu en Hispania no disponemos de un repertorio ep igráfico abultado; los escasos testimonios conocidos. que siguen faltando en la Tarraco-11ensis ~~1 • proceden mayoritariamente de El vas y de s u territorio, en donde conocemos cinco epígrafes dedicados a esta divinidad 2 ~M; aún en Lusitania disponemos ahora de otra evidencia epigráfica en La 1• y 1111111i.rn11í1irn.v. Garrovi lla ( Badajo;) ~"•'; en la Bctica conocemos un epígrafe en Castilblanco (Sevilla) ""' y aún otros dos en Alcalá del Río (Sevilla) 1111 • Junto a estos testimon ios explici1os hay que consignar aquí aquellos textos en que aparece junto a Awecina en Mérida. Cárdenas y en un epígrafe inedito de Salvatierra \o~. En algunos de estos textos se la denomina seruatrix. su11cw. tlea o s1111c•1a tlea. como en uno de los textos sev illanos. Aunque el número de evidencias sigue creciendo con respecto a cómputos realizados hace sólo una década, nótese que su área de distribución no rebasa por el norte e l Guadiana; justamente lo contrari o ocurre con Ataec: ina, que en contadas ocasiones transgrede hacia el s ur esta línea. De la di spersión de los testimonios de una y otra divinidad se des prende que la zona de contacto de ambos cultos fue. evidentemente, el área emeritense. lo que explicaría los procesos de i11terpretario que en la ciudad o al sur de ella pudieran producirse. Tal observación impide generalizar sobre la interpretatio de Atae<:im1 y Proserpina. La propia evidencia epigráfica muestra que no se ha realizado una auténtica hypostasis y que ambos cultos tienen áreas específicas de desarrollo. Habría que traer a colación ahora los epígrafes que mencionan sólo a una dea sancta y que hemos descartado más arriba como evidencias de Ataecina. Nótese que cinco de ellos proceden de Mérida. Mértola, Beja y Serpa, sobre o a l sur de la latitud de Mérida. Si en esta regi ón merid ional Proserpina es denominada con los epítetos que ya hemos visto antes, es fácil deducir que estas tácitas alusiones a una deo sancta deben referirse a Proserpina y no a Ataecina. En la mi sma línea de duplicación de topónimos, desde la obra de Resende en 1593 y con ecos en los trabajos de J. Fragoso de Lima, se ha llegado a suponer la existencia de dos ciudades de nombre Arucci: una cercana a Aroche (Huelva) y otra, de nombre Nvuu Ar11cci (!! ) en Moura y cercana a Corte de Messangi l. de donde procedía la inscripción que mencionaba a un [TuJrubrige(n)sis-'"'. La duplicación del torónimo Arucci fu e consecuencia de una lectura interesada del texto CI L 11 963. Esta inscripción. hallada en los alrededores de Aroche (Huelva), fue trasladada a la ciudad portuguesa de Moura en el siglo xv1; la restitución que Mommsen 1tio sugirió de este texto dice: Caludi}/Cae[sa}ris Aug(usti) German[ici}lmatri A11g(11sti) n(ustri)lciuitas Aruccitana • 1117, cuyo único inconveniente es el aparente anacronismo del adjetivo nusrer en un momento "" E. Albcrtini. En la linea de la discusión geográfica, hace una veintena de años L. García Iglesias sugi rió un camino intermedio. que armonizaba parte de las tesis ya expuestas y que consistía en identificar Turnbriga con Arucci, pero no con el núcleo onubense, si no con el portugués defendido por Fragoso. En los últimos años ha vuelto a cobrar fuerza en determinados círculos la teoría de Albertini a la luz del paisaje arqueológico onubense: J. González.112 ha reunido los argumentos para remitir Arucci a los alrededores de Aroche (Huelva), cerca de la localización que sugiere también para Turohriga, armonizando así sus impresiones con el texto pliniano; sus consideraciones topográlicas siguen las expl icaciones de tipo arqueológico expuestas en su día por J. M.a Luzón, quien en el «Ll ano de San Mamés», a unos 2,5 km al norte de A roche, encontró el podio de un templo 3 L'. sugiriendo la identificación de esta Aruccí onubense con Turvbriga. Tales hipótesis han encontrado eco en los trabajos de A. M.a Canto, que opta por identificar las ruinas del «Llano de San Mamés» con T11rohriga. co111rih11w de Arucci, y sede del culto de A1aeci-11a 111: y en los de J. González. quien es partidario de leer las letras MTF que figuran sobre un tubo de plomo allí encontrado 11 • en la forma 111(1micipi11111J T(11rohrige11sis)./(ecit) 11 ". Sobre la misma base argumental. la prudencia de que siempre hizo gala M.a L. Albertos (q.e.p.d.) sugiere tener en cuenta como probable esta ubicación. aunque sujeta a las naturales reservas • 117 • Si no ha faltado la polémica al tratar de ubicar Turohriga sin chocar con el texto pliniano. tampoco los argumentos epigráficos han dado mejor resultado. Habida cuenta del epíteto alusivo a este núcleo que suele acompañar al nombre de Ataecina. los hallazgos de evidencias de su culto han sido guia inevitable para situar la c iudad allá donde se producían los descubrimientos. Todas estas hipótesis sobre bases epigráficas responden a intentos de ubicar T11robriga en áreas más septentrionales que las aludidas. casi siempre en la Extremadura española. tratando de afirmar así el carácter lusitano de la divinidad. Así se ha buscado Turohriga en Torre de Santa Maria (Cáceres)' 1 ~. Cabeza de Buey (Badajoz) 11 ~. Cerca de Almorcón (Badajo:t)J~", en las cercanías de Mérida 121, y cerca de Bienvenida (Badajoz) 1!~, lugar este último en el que parecen incidir un buen número de estudios sobre topografia antigua de Extremadura.1! 1 • No encontramos motivos suficientes. ni de índo le geográfica ni de tipo epi-gráfico. para entender la propuesta de ubicar en Cancho Roano (Zalamea de la Serena. Badajoz) un culto «dedicado a una diosa antecesora de la Awecina posterior». como propuso hace unos años J. Maluquer 1 ~•. que considera a Altt<•cina «pervivencia de la gran diosa indígena y funeraria de la época megalítica». No abundan los Turohrig en.,•es en la epigrafta latina. Sólo cuatro tes timonios componen un exiguo pnnorama en el que la mayor parte de las referencias al topónimo deben buscarse en los epí1etos de A1aeci11a. Las referencias son las siguientes: 1. Aroche ( Huelva) La inscripción es de un extraordinario interés puesto que vincula el culto de A taecina con el núcleo de Turuhriga pero no a 1ravés de los epítetos de la divinidad, sino por la origo del dedicante. «Corte de Messangil» (Vale de Vargo. conc. de Serpa, dist. de Beja). Hace más de cuarenta años Abel Viana dio a conocer en una nota periodística un texto procedente de este lugar y que. aparentemente, menciona un Turnbrigensis 121 • El texto ha perdido la parte izquierda de todas sus líneas, pero es fácil ver una inscripción funerar ia de un joven de diecisiete años cuyo nombre plantea ciertos problemas de restitución: la paginación sugiere que hemos perdido el praenomen y el inicio del nomen, para el que no encontrarnos solución posible si no es admitiendo un error de transcri pción por parte de los primeros ed itores; en cuanto a su cognomen, es fác il restituir Masculus, probablemente precedido r111•rihriK "t1' i"¡ rur(ihrig.•11. \i.1¡ r11r(1hrig.•11si. 1 •(ig<'nsis) forihri (g1 •11.vi.•/ Turihri (g1•11,,•is) T1trihri (gi:11si restitución, se debe descartar que la referencia topográfica que incluye forme parte de una dedicación a A taecina. Por el contrario, parece una mención de origo en la forma Turubri[gensisl 32 ~. Esta relación no incluye el e nigmático topónimo que figura sobre una tésera procedente del castro de Las Merchanas (Lumbrales, Salalamanca), cuyo texto dice: tes(s)era Caurie(n)sis magistratu Turi{---1 330; m Sobre las dificultades de establecer el lugar de procedencia del e pfgrafe, cfr. noca 257. m J. f emandes-Mascarenhas, 1-'ornos de cerámica e 0111ros vestigios romanos do Algarve, Lourenco Marques 1974, pp. 22 ss.; lectura mejorada en IRCP. p. JJo A. Tovar, «El Bronce de Luzaga y las téseras de hospitalidad latinas y celtibéricas», Emerita 16, 1948, p. 82, núm. 8; id., 1949, op. en el documento se viene aceptando la referencia a Caurium (Coria. Cáccres). pero es difícil entender que el magistrado anónimo lo sea de Turihdga habida cuenta del lugar del hallazgo. Curchin ha llegado a sospechar si Turi[---1 no es. en reali dad, más que parte del nombre del magistrado que suscribe el pacto correspondiente, como había insinuado Tovar en 1948. El documento, probablemente pre-tlavio a juzgar por la referencia a un magistratus si aceptamos la argumentación de Haley, debe aludir a un núcleo ubicado cerca de su lugar de hallazgo. Con los precedentes ya considerados, disponemos de dos tipos de referencias para conocer e l nombre del antiguo enclave que fue sede del culto de Ataecina 331; de una parte, los epítetos de la divinidad y, de otra. las referencias de origo. Los primeros aluden a Turibriga/Turobriga en 20 ocasiones, exceptuando otras 5 en que su nombre sólo se abrevia con una letra; las segundas. como hemos visto, sólo suman 4 hallazgos. A primera vista llama la atención la falta de uniformidad en el conjunto de los testimonios (fig. 58). Las opciones que tenemos para el nombre del enclave que es sede del culto son tres: Turobriga. En la fig. 59 se recogen también las referencias abreviadas del topónimo o de los adj et ivos que de él derivan. Pese a la disparidad gráfica, parece mayoritaria la acepción Turibriga, en gran parte inducida por la preeminencia de esta cas sobre objetos del Museo Arqueológico Nacional», RABM 61. JJ i No ha tenido ningún eco la tesis de Leite de Vasconcclos de suponer que el nombre de la ciudad derivase de un radical -ltur que hubiera perdido la vocal inicial. Desde los primitivos trabajos de Tovar esta suposición parece descartada por los filólogos; cfr. 82; id.• 1949, op. Por ello, salvo argumentos evidentes en contra. en las inscripciones procedentes de este enclave hemos optado por la restitución Turihrigensis. El nombre de Turibriga pertenece a un nutrido grupo de topónimos en -briga. integrado por al menos 89 testimonios según el recuento realizado por M." L. Albertos m, que constituye un claro e leme nto céltico 111 no siempre antiguo ni relacionado con poblaciones prerromanas ( /11/iobriga. Los estudios de J. Untermann y M." L. Albertos han puesto de manifiesto que el reparto geográfico de este grupo de topónimos en -hrigu coincide con el área de hallazgos de toponimia y onomástica indoeuropea.i.1 4, con especial incidencia en la mitad norte de Portugal, sur de Galicia y curso del Tajo. El conjunto de estos topónimos en -briga es extremadamente heterogéneo y, con frecuencia, no es posible encontrar una forma indígena anterior de la que puedan derivar; es el caso de /11/iohriga. Brutohriga o A11g11stohriga. cuyos radicales son evidentemente latinos y deben considerarse topónimos formados en el momento de llevarse a cabo la promoción jurídica del núcleo urbano; a lgo parecido sucede _ en Conimbriga, en donde no conocemos un término indígena previo. Sin embargo, estas difi cultades no siempre existen. Nótese que algunos de estos topónimos están formados a partir de nombres personales latinos o epítetos imperiales a los que se añade el término -briga; por lo mismo cabe imaginar que existan otros formados a partir de nombres indígenas 33 ~ o": Una ciudad de nombre Dessohriga. tradicionalmente ubicada en la divisoria de Burgos y Palencia m. podría tener alguna re lación con e l antropónimo Desical De.uica, del que todos los ejemplos proceden de Lara de los Infantes (Burgos).l.lh; Tongobriga, un empla- zamiento en territorio de Vettones, conocido gracias a una inscripción de Brozas (Cáceres) que menciona a los 11ica11i Tongohri [gjenses m podría ponerse en relación con el antropónimo Tongius/ Tongius, que es frecuente en ese ámbito regional; más dificultades habría para relacionar un topónimo como LüCOhriga, tradicionalmente identificado con la ciudad de Lagos, con un nombre como L1.1cu11. pese a que los tres únicos testimonios conocidos proceden del centro/sur de Portugal 11 ~ y uno de ellos de un punto tan meridional como Moncarapacho (Olhao. Faro) Al valorar el conjunto epigráfico de Santa Lucía del Trampal hemos sugerido la posibilidad de que todos los monumentos hubieran sido acarreados desde un mismo núcleo que tuvo a Ataedna como divinidad tutelar y que este paraje estuviera próximo al templo de Santa Lucía, opinión ya expuesta en varias ocasiones 3 "". La dificultad estriba en saber si estamos ante el centro principal, e l Turibrigensis, o ante otro lugar de culto sec undario. La resolución de este conflicto pasa por la observación de la fig. 55. con el reflejo cartográfico de los hallazgos de A taecina. Puede comprobarse que, salvo las evidencias ubicadas junto al Tajo en el límite entre Toledo y Cáceres y los escasos testimonios al sur del Guadiana, casi todos los a ltares de Ataecina se encuentran en un área muy reducida cuyo perímetro prácticamente puede tener a Santa Lucía del Trampal como epicentro. 1995 A la vista de estos datos sugerimos identificar ese centro de culto aún desconocido, pero de cuyas evidencias epigráficas disponemos, con la Turibriga que tuvo a Alaedna por divinidad tutelar. El único inconveniente, y no pequeño aunque soluble, de esta hipótesis viene dado por la probabilidad de que el área de Alcuéscar perteneciera históricamente al territorium de Emerita. Si hacemos caso a Agenio Urbico. la pertica emeritense se extendía en ambas márgenes del A nas y su superficie era apreciable tanto hacia el norte como hacia el sur. Los limites septentrionales de este terrirorium emeritense suelen situarse muy cerca de la línea que hoy separa las provincias de Cáceres y Badajoz, que coincide aproximadamente con la divisoria de vertientes definida por la cacereña Sierra de San Pedro y su continuación oriental en la Sierra de Montánchez 3 41; según este planteamiento, el área en que se ubica la iglesia de Santa Lucía del Trampal forma parte del territorium emeritense 342 • En este espacio los veteranos ocuparon en un primer momento los extremos más alejados del casco urbano y del curso del río m y, también según Agenio Urbico, en el ager emeritense había un lucus consagrado a Feronia cuya extensión alcanzaba los 1.000 iugera 344 • M." P. García y Bellido ha sugerido en varios trabajos recientes la identificación de este /ucus Feroniae con uno de los silua publica que existían al norte de la perrica, posición geográfica que encaja bien con la ubicación del templo de Santa Lucía del Trampal; en tal caso, sería factible suponer que Ataecina fue objeto de una nueva interpretatio y que el santuario ubicado en las cercanías de Santa Lucía del Trampal fuera el centro cultual de ese lucus F eroniae que mencionan las fuen-J 41 J. L. Ramír•ez Sádaba, «La demografia del territorium emeritense (excepto •e l casco urbano) según la documentación epigráfica», Studia Historica [Salamanca] 10- 11. 132; A. Alonso et alii, «Tres ejemplos de poblamiento rural romano en tomo a ciudades de la vía de la Plata: Augusta Emerita. Norba Caesarina y Capara>>, St11dia Historica [Salamanca] l 0- 11. • Los argumentos expuestos parecen sobradamente convincentes. máxime observando el paisaje actual del área y su riqueza natural, y sólo encuentran obstáculo en la hipotética existencia de Turibriga en si misma como ciudad. Un problema que tiene solución histórica. Pese a las repetidas evidencias sobre el nombre del núcleo en que Ataecina fue divinidad tutelar, no conocemos una sola de su condición de centro urbano. Más aún, la importancia del santuario no puede aducirse como argumento para justificar tal condición cuando un centro de culto como el de Endovelico en Terena, con mayor trascendencia epigráfica, carece de ella. La imagen que podemos formarnos de Turibriga -o Turobriga en una acepción más generalizada a partir del texto pliniano-es la de un enclave, quizá sólo un espacio acotado con algunas viviendas en su interior, que servía para depositar los exvotos y colocar las arae dedicadas a A taecina. La imagen es probablemente la de un temenos como ha supuesto M.a P. García y Bell ido 346 • Turibriga seria, de esta manera, no una ciudad, ni siquiera un núcleo de cierta entidad del que se habrían hecho eco con mayor frecuencia los autores clásicos, si no un peque1'lo uicus o, si se quiere por la falta de evidencias urbanas, un pagus ubicado dentro del territorium emeritense y administrativamente vinculado a é l, identificable físicamente con un paraje cercano al templo de Santa Lucía de A lcuéscar y uno de los tantos puntos oscuros del texto pliniano sobre Ja Beturia 347, que continúa siendo un problema geográfico de primera magnitud en la historia de la Híspania romana J 4 R. Existe un cierto consenso, apoyado en confusas informaciones literarias de nuestras fuentes antiguas, a la hora de aceptar la extensión de los Yettones por amplias zonas del sureste cacereño 349 • Aunque autores como Estrabón y Plinio 350 se limiten a dec ir que entre el Tajo y el Guadiana habitaban, entre otros, muchos grupos de vettones y pese la parca información de Ptolomeo, da la impresión de que esa presencia vettona en estas tierras del mediodía cacereño fue algo más que un puro episodio. Desde hace unos años, y con las evidencias gráficas proporcionadas por M." P. González-Conde. parece fácil admitir que el límite entre Carpetanos y Vettones, es decir, el límite oriental de estos últimos, cruzaba de norte a sur la provincia de Toledo planteamiento de Jos limites de la provincia romana de la Bética». HAnt 4, 1974. pp. 77 ss.; J. Francisco Martín, «Cuestiones en torno al límite occidental de la Bética», en Actas del I Congre.m de Historia de Andalucía. Andalucía en la Antigüedad, Córdoba 1978, pp. señalado por la presencia o ausencia de los llamados verracos. Si sabernos que tales manifestaciones escultóricas son características de esta etnia, también es verdad que no lo son en exclusiva, pues los hallazgos se extienden a zonas más occidentales y septentrionales, alcanzando el norte de Portugal. Sin embargo, hasta el presente sólo el hallazgo de un ejemplar en Totanes -'~1 -la excepción que confirma la regla-trasgrede por el este una línea que pasaría cerca de Talavera de la Reina dejando a su izquierda los verracos documentados (el área vettona) y a su derecha un territorio carente de ellos (el área carpetana) m. Si por el oriente disponemos de argumentos tan sólidos, la cuestión se diluye cuando analizamos el límite meridional, que entra en conflicto con el objeto de nuestro estudio sobre los epígrafes de Alcuéscar. A partir de la información de las fuentes se viene aceptando que e l límite meridional de los Vettones alcanzaría casi el curso del Guadiana, llegando a sugerirse en alguna ocasión como referencia la Sierra de Montánchez m. Dentro de este espacio quedarían englobados, en consecuencia. muchos de los conocidos emplazamientos indígenas y de tradición indígena del sur cacereño, incluyendo por supuesto los enclaves que hasta el momento han proporcionado esculturas de verracos: Cáceres, Torremocha y Botija, con seis ejemplares en este último lugar 354 • Botija, o más exactamente el yacimiento arqueológico de Villasviejas del Tamuja dentro de su término, constituye una referencia inexcusable en este relato debido a que, pese a su presencia en un territorio que aparentemente se puede identificar como vettón, parece apartarse de este patrón en el análisis numismático, como ha demostrado M." P. García y Bellido Jss, que considera celtíbero este núcleo. Pese a las ambigüedades en la descripción regional de Plinio y otros autores de comienzos del Principado, un autor como Prudencia, nacido a mediados del siglo tv pero que publica su obra hacia el; si G. López Monteagudo, Esculruras: oomorfas celtas de la Península Ibérica, Madrid 1989, p. Los testimonios de soldados del Ala Vettonum son sólo tres hasta la fecha: 1. Las evidencias epigrlificas de la unidad son además un diploma del año 103 d.C. hallado en.Malpas, entre Chester y Shrewsbury, que incluye al ala Hisparroru"' Yet1011um c. 16' Cfr. la diacuaión en G. Alfüldy, op. cit. en nota 236, pp. paleográficos muy irregulares. comunes a las o.fftcinae que trabajan el granito en el oriente cacereño y en las zonas toledanas próximas, que se pueden encontrar a los largo de los dos primeros siglos del Principado. Tampoco la cronología de la unidad puede servirnos de auxilio en esta tarea, ya que se forma en la primera mitad del siglo 1 d. C. y es evidente que el texto puede ser posterior. Sin embargo, hay que destacar que Bassus no ostenta los tria nomina propios de un auxiliar que retorna a su patria, sino el sencillo nombre personal de un indígena que carece todavía de los privilegios de la ciudadanía; por otra parte, en el epígrafe se señala con claridad la condición de eques y no la de uet(eranus). Bastarían estos argumentos para suponer que la. dedicación se hace en el momento del enrolamiento en la unidad y no en la fecha de su licencia. Es muy poco probable que unidades como el ala Vettonum siguieran recibiendo contingentes desde su lugar de origen décadas después de haber abandonado la Península con destino a los diferentes frentes; por el contrario, el testimonio onomástico de los veteranos de los auxilia parece sugerir una incorporación paulatina a las unidades de contingentes humanos enrolados en las zonas de destino. En otras palabras, no parece factible suponer que Bassus fuera enrolado en una leva posterior al traslado a Britania de su unidad, y más probable es que pertenezca al contingente inicial de la misma. Esta argumentación permitiría datar el epígrafe a más tardar en época de Claudio, lo que nos aseguraría una de las más tempranas evidencias del culto de Ataecina. Lo más probable es que Bassus fuera reclutado en su ciudad de origen ( Turobriga) para una unidad recién formada, el ala Hispanorum Vettonum, integrada por contingentes demográficos uniformes. Según eso, Turobriga sería por descontado ciudad vettona y su integración como un enclave no privilegiado en el norte del territorium emeritense -según vimos más arriba-nos permitiría dar la razón a Prudencio y suponer que la deductio emeritense J 62 se hizo, al menos parcialmente, sobre territorio vettón. cgu 1da tk un 1 rato'ert 11.:a 1 antes de la rotura: t ra:. ésta nn hay di lirnl1a d en ver la L. 1: on un [111gLiln muy marcado y profundo_ seguida de do~ 1rn1u
Presentamos en este articulo un ejemplar excepcional de 1hy mia1erion orientalizante procedente de Extremadura. Centran nuestra atención Ja descripción y el estudio iconográfico de la pieza. a la vez que replanteamos el análisis contextual y funcional de estos objetos en Ja península ibérica. En un trabajo reciente abordábamos el estudio de los rhymiateria orientalizantes en la península ibérica aprovechando la presentación de nuevos ejemplares (Bandera y Ferrer, 1992). En é l hacíamos algunas propuestas sobre la hipotética función social de dichos objetos después de valorar su tipología e iconografia y de a nalizar sus contextos arqueológicos. Sin duda los resultados a los que llegamos entonces se vieron condicionados por la escasa documentación existente y por lo fragmentario de las piezas, de manera que pusimos nuestras esperanzas en ulteriores aportaciones y en una documentación cualitativamente más reveladora. La oportunidad no se ha dejado esperar y contamos ahora con un panorama en parte modificado. Estando ya en prensa e l c itado estudio tuvimos conocimiento de un nuevo timiaterio, excepcional en todos sus aspectos: buen estado de conservación, estructura casi completa, procedencia y circunstancias de hallazgo identificadas, aparte de su singularidad y belle.za plástica (fig. 1 ). Si a estas características le sumamos los análisis arqueometalúrgicos a los que el quemaperfumes ha sido sometido, así como la posibilidad de identificar otras posibles piezas más a partir del nuevo ejemplar, creemos justificado un segundo acercamiento a la problemática genera<la en tomo a estos objetos, en el estado actual de la investigación. ----un allo porcentaje tk plomo) en la Lona interior di.' la mi:-.nw. h1 cl c1hamhla.1c tk la... di-;t111ta:-. pk•1a:-. J1:l Lim1a1erin SI.' han u11li1ado lo:-. sist cnHh de pasador. pc:-.ta1ia-.. con rcmacht•.; y 111ad1ihcmbrado. pl..'ro no se han dl..'ll' l..'tado prrn:l..'MlS ck snltladura. Otra técnica 11ti l11ada, observada al 111ii: roscopio. c:. la ckl cinn: lado para determinar los rasgo:-. anatómicos de las cnriátid..:s y los ad1H•no:-. del'est ido y del tocado ( ligs. Funcionalmente el CLHljunto se co111po111: de do:. elemento:-.: un ~oportc. i!n el cual S\.' distinguen trc:-. partes dclin1das como pie. fuste y ca¡ntel:) el qt11.:mador. formado por la cai'okta y una ch: tpa. sujeta a su perímetro por tre~ remaches, que lo cubre en pnrtc ( lig. Formalmente, el timiateno es complejo por el numero de picn1:-. que lo estructuran. De abajo hacia arriba, el primer cuerpo que cnco11lramo:. e• h1 base del demento soporte. Lo forma una pieza cilíndrico-cónica. hueca. en forma <le trompeta invertida sostenida por tres garras tic felino ( figs. 2. El extremo superior es liso y presenta un orificio para el remache que lo nseguraba con la parte inferior del l'u:-.te. Por el contran0 el extremo inferior. abocinado, se adorna con un engrosamiento de St'C• ción scmicircu lnr del que parten las garras de felino. Éstas son también de cuerpo hueco con cuatro dedos y llevan un v; lstago paralelo al dcsarrol lo de la pala, que actúa de refuerzo (fig. 6). Toda la base fue fundida en una ~ula pii..:La. la peor con:-.cn ada al recibi r d gran pl•so del l'Onjunto. lo que origmo po.,1blcmcnll..'.;u deterioro y rotura ya desde antiguo. 1• I fti-.tc de 1 -..1)pMtl.'.. que se.;urcrponc a la ba:.c.,•-..1:'1 com 1H1c~t o p1)r'aria~ p1c/'a~ independiente:-.. que..,¡: c11~ar1an l'n un:i barra de hnrncl'. mac11a y de:-.ccl'iéin rircu l:1r que hacl' de l'jc ( líg:,. Vb1:1111fcnnr tld tripod.: de la ba:.c Foto P \V1111.:. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 1 miiad inferior dnJHk encaja la hase. y otro menor l!n la mitad s uperior. l• I pcrlil cxierinr de la 111c1a es roscado en el 1ranrn \'isihlc de la misma. y li:-;o en la pan1.: omita por la flor de lila del cuerpo que se k ~uperpo n e. Este y el elemento siguiente son dos picLas iguaks. Ambas son cilindricas, con l la. a la que se fija la barra-eje interior del ruste y en la qu e encaja un «capitel» con cariátides que es d que marca las diferencias rncis nornb lei; con todos l o~ timiatcrios oriental izantes conocidos has-'a e l momento (figs. 2, 8). El «ca pi1eh). complejo en su composición, cstil clabl)ra<lo en una sola pic1a fundida en molde. En él héty 1rcs parles rerfectnment e diferenciadas. La inferior es una chapa circular (refundida). con molduras lat era les. de la que parten hacia abajo tres resta-ña~ doblada:. y con un pequci1l1 on ficio p; ira 1n1rnducir e l remache que garanliza la s11jcciún de la pieza con la gola del cx1rc1110 superior del fuste ( figs. 01ra. intermedia. cstú formada por lrcs tiguras!~meninas dispul'slas simétricarnenlc con runción de cari;íJidci;. Y por último. un aro maci10 de sección circular cnlal'.a las ln:s figuras a la altura (,h: la cabc;a (rigs. ~. Las tres figura s son idénticas. En actitud estante, sos1ic11i;n una tlor que germina entre sus manos ( figs. 9, 1 O. 1 1 ), y es1á 1 ) ricnmcllle ves1idas con una l tlll i ca larga y cst rccha. de mangas igual 111cn1c largas y eue ll o cerrado. que deja ver los pies. En los bordes de las mangas y del cuell(), en la zona tk los hombros. a:o:i como en dos franjas a lo largo de la falda. se disponen handas rellenas con im: isioncs entrecruzadas que representan galones y bordados de malla. El ca bel lo enmarca el rostro apoyando sobre los hombros y luce una banda ce ntra l reticulada similar a las del vestido. Sobre la cabeza se dispone un remate llora! de perfil bitroncocónico y exvasado, decorado igua lmente con tres bandas verticales rcticu- lad:t:y M.:parad11 dl' L'lla pnr un collarino. Cada ligura Sl' remata l 'on un pivotl' cilíndn rn macim que cnl'aja con el 4ui:111ador por si~h:m:t de machihembrado. Úln en L' I an\'crso y totalmc111c plana:-; en su part e posterior. y nrn cst.:aSt) intér('s por la r..::prcscnl s anatómico:-.: así. h's pecho:-se insi nú an l'on!-.Í lllp lc:. incisionl's cirw larcs y las orejas. muy csquemát icas, han s ido Jespla;:ada~ por enc ima de los ojos hasta las sienes. La i: ara t•s angu losa. de nari7 picuda y ojos almendrados, tksl'ltidantlo toda expresión armoniosa y est0tica. F.n cuanto al quemador ( fig. 14 ), e::. un ¡;m: nco de pcrfi l quebrado. mac iLO y muy p1: sado. con tres orilicios en la base y cuerpo ga llonado con un total de -tX gajos radiales a manera de péta los <le unn ros<icca ( lig. 15 J. Sobre él una pieza que lo cubre e n parte. cuya fu1 wió11 sería evitar que se desparramaran las brasas. y posi blemente servir de soporte a un a tapade ra calada que!'alta (lig. Es una corona t• in: ular cuyo borde intcri1)f se eleva romo una pleti na. y cnn tres pcq uc1io: orilicios en el perímetro ex terior done.le se insertaban los rcmacbes que la sujetaban ni borde de la ¡;azolcta -q ucmador, de los que se conservan dos i11 si111 (l'ig. RELACIONES Y PARALl •. La adscri pci ón de l timia1crio a uno de los grupos que propusimos rn la reciente ordenación 1 ipológica de los timiaterios orientalizantc:-pcninsu lan.:s ( Bamkra y F crrcr, 1992, 50 ss.. lig. 57). pero 1111cntra-. que i:n l.'I timiatcrin onuhl.'n-,c adl1pta forma p1ram1dal. de par1.•J...., 11:-a!> co11 moldur:h 1:11 lo~ trc:.'1.'rtlcc~) en lm. arco~ que rorman la... ~arra-. (de cinl.'.'n dedo~). en L 'I c'< lrl.'tnciH) la... garra-. "o~t k nen un l: uerpn cón ico. p1H' In que se rc lad1rna ig11a lmcntl' con los 1 imi: iterios tk Cústu lo ( Bln1q11L•1. XCV. l.átn. lJ5 B ). o dí.'I Cerro dl.'I Pctión ( icmcycr y Schuhan, 1 %:'i, 76 y fig. 1 ). todo!\ con ha se~ semejantes aunque s1 11 trípode de garra:-. A es1:1 se rie de parale los 1' 111•mtilcs de la hase se poclria añadir 1ambié11 el soportl.' del 1lm11io1erio11 hall aún (j unto con un jarro y un braserillo) c 11 La~ Fraguas (Talawra de la Re ma. Toledo). del que 'c' llo se tiene rcícrcncias por lo:. dibujo:. de una rnl.'mona cmtllda por Jiménc7 de la l l:l\c l.'n 1860. arc hiq1da l~n la ~ccrctaria de la Real Academia dl.! la! li stona ele Madrid, y dada a conocl.!r en publ icacioncs rl.!cicntcs ( Maruto. 2 ); dato que nos permite situar un nuc' o punto de dispersión e n la cuenca del Tajo medio ( tig. Mapa de: 1:1 pcninsula ibérica con la dispersión de lo~ timiaic: rios: 1) Lu Joya (Huelva) [Garrido y Orta. l IJ?X) 2) Safora (Portugal) [Almagro-Gorbca. Sevilla) (O ria y otros. Córdoba) [Bandera y Ferrcr. Jaén) (Bandera y Fcrrcr. 1987: Olmos, 1991] Con respecto al fuste (figs. 7 y 8) comprobamos que su morfología es de aspecto similar a otros ejemplares peninsulares como los de Alhonoz (López Palomo, 1979;198la, 245;198lb), Los Villares de Andújar (Bandera y Ferrer, 1992, 47, fig. 1 ), el del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (¿Despeñaperros?) y el del Museo Arqueológico Provincial de Sevilla (¿Bajo Guadalquivir? Almagro-Gorbea, 1974, 42, figs. 1 y 43; fig. 2), respondiendo todos a la misma composición de un enchufe cilíndrico, encajado al pie y sujeto por un pasador, y un fuste con dos o tres capiteles de sépalos de lilas (el superior rematado en gola moldurada y tres orifi- cios) que ensamblan con la parte superior; pero la elaboración y articulaciún denotan una proceso de rea lización distinta. Técnicamente el sistema de fuste segmentado en piezas independientes huecas. ensartadas en una barra maciza de la misma aleación (fig. 1 ). está más próximo al utilizado en La Joya. que a los soportes de 1 itas macizos y de sección octogonal que poseen aquellos otros. No obstante la desigualdad en la ornamentación del vástago. a base de estrias horizontales y otras particularidades. obligan a considerarlo como una variante dentro del mismo grupo (11). puesto que manifiesta los rasgos definitorios de clasificación del tipo. basados principalmente en la técnica de fundición de la pieza. en la unión de la base con el cuerpo intermedio mediante un pasador y en e l ensamblaje de l fuste rnn la cazoleta mediante tres perforaciones (Bandera. Como queda dicho, el cuerpo de las cariátides es el gran diferenciador de esta pieza por su novedad formal y por la información que nos trasmite de alegorías de carácter oriental que amplía la documentación conocida y enlaza con otras pervivencias posteriores. Si partimos de un esquema formal. en la documentación peninsular las cariátides repiten con escasa variación el de las figuras hathóricas encontradas en la tumba de incineración de Estacar de Robarinas en Cástulo, hace ya algunas décadas ( Blanco. Esas figuritas (también tres) tienen las mismas dimensiones y técnicas de e laboración, mantienen la misma actitud fronta l con una flor entre las manos. en este caso un papiro sin tallo y lucen túnica con ajustada falda decorada por tres bandas verticales de bordado de malla, pero con mangas cortas y escote triangular. Las diferencias se marcan principalmente en el peinado, con dos bucles de extremos enrollados en espiral, en las orejas bovinas a la altura de los ojos como clara iconografía de Hatho r; y también en el capitel que sost iene sobre la cabeza, esta vez en forma de lirio apoyado en doble collarino (fig. 13). Aunque las tres cariátides de Cástulo se encuentran muy deterioradas por la acción del fuego. el lo no nos ha impedido reconocer algunos otros e lementos que llevan a reconsiderar la inte rpretación hecha por Blanco ( 1965, 39). Una revisión detenida y directa de las piezas 4 indica que sin duda formaban • En el Museo de Linares. Concepción Choclán, les facilidades que nos proporcionó. rarte de un soporte de timiati.:rio como las cariátides del de Villagarda de la Torre. Extraña en este sentido que no se puedan idcntili1.:ar otras partes tan sólidas y di ficilcs de deformar como el sororte. quizás de fuste con los c~1pitcles vegetales. si bien podemos argumentar que. o no se quemaron con el el ifunto rara ser reutil izadas. incinerándose sólo las figuras hathóricas por su posible canicter religioso: o que el thy111iaterion no era exactamente igual al cxtreme1io, a lo que contribuye el carácter orgánico de los di versos conjuntos documentados hasta la fecha. ninguno exactamente igual a otro. Sin embargo. hemos creido identificar la chapa sobre la que irían montadas las figurillas hathóricas, de características y diámetro similares a las del timiaterio cxtrcme rio. y la cazoleta que estaría realizada en chapa 1 isa sin decoración (Blanco, 1965. La identificación realizada pnr Blanco como parte de un lehes de carácter ritual. que hasta la fecha se mantiene. fue acertada y no la aleja de nuestra interpretación. si consideramos que Blanco encontró también asas. probablemente de un «braseríl lo» o pátera; que se desconocían timiaterios o piezas de estructura simi lar al que presentamos; y que la mezc la y deformidad de los útiles incinerados con el difunto dificultaba el reconocimiento de otras partes. Si paralelizamos e l conjunto con una producción extrapeninsular, comprobamos que la disposición de cariátides soportando un contenedor para libaciones o quemador de esencias, responde al proceso de la sustitución y antropomorfización de símbolos de divinidades en objetos rituales y de ofrendas. que se desarrolla a partir de finales del siglo vu a.C. y que se documenta en el Mediterráneo oriental. A este fe nómeno responde el perirrhanteríon. gran recipiente de mármol con pedestal de tres o cuatro figuras femeninas, a veces con más de un metro de a ltura, cuyo tipo se deriva de Siria o Chipre y que. disperso en círculos de influencia griega. se ha documentado exclusivamente en santuarios como los de lsthmia (cerca de Corinto), Olimpia, Samos. Su forma puede ser contrastada con la crátera de bronce que Coleo de Samos y sus compañeros mandaron hacer con el diezmo de las ganancias obtenidas en Tarteso y que «Consagraron en el Hereo sobre un pedestal compuesto por tres colosos de bronce... hincados de hinojos» (Heródoto, IV, 152). Quizás otra evidencia del origen oriental (sirio-fenicio) del formato sea la serie de figuritas montadas sobre animales (o partes de éstos) que se dicen siriofenicias y se datan en el siglo vu a.C. (Moorey, 1973 ). Un;s pcr\'ivcncia de esos n: cipientcs puede ser un qucmapcrfume en hrom:c hallado en una tumba del siglo,. a.c.. en Urnm Udhcinah (Amán ), de quc.:mador con tapadera de calados triangulares. sostenido por una cariátide con fl or en la cabeza. mano sobre el' icntre y túnica ado rn ad~1 en el cuello (Zayadinc. Todos estos paralelos deben ser con~itlcrados tanto por el fom1ato como por su simbología y función (cultual y funeraria). aunque lógica mcn1e son de estilo y cronologías distintas. Otros paralelos a las cariátides del timiaterio por la forma. el estilo cgiptizantc y la técnica de labrado {unquc en piedra) son algunos exvotos femeninos ded icados en el templo de Afrodita de Golgoi en Arso (Chipre) y fechados en e l siglo v1 a.c. Son jo\cnes estantes vestidas con túnica similar a las peninsulares. que sostienen una ílor de loto en la mano derecha (Cesnola, 1885, lam X, 12; XXVI. Considerando por último el quemador (figs. 14 y 15). éste repite el perfil de la cazoleta del 1hy111ia-terim1 del Cerro del Peñón. el cual solamente dispon e de 45 gallones y de un solo orificio central ( N iemeyer y Schubart, 1965. 76. fig. 1) para la fijación al soporte. La morfologí a responde al tipo de phiale mesomphalos en plata, bronce y cristal, derivado de prototipos fenicios y ampliamente documentado en contextos funerari os y santuarios del Med itemíneo oriental y Etruria desde el siglo v11 a.C. (Strong. Es posible que el quemador, como indica la forma de la arandela fijada en su borde. quedara finalmente cubierto por una tapadera si milar a la de La Codosera, con triángulos calados y cérvido tumbado. y a la del timiaterio de Safara, con un toro encima (García y Bellido, 1957, 128-129; Almagro-Gorbea, 1977, 246, 247, figs. 87-88). Tipo de tapadera al que podrían pertenecer también otras piezas aisladas como el ciervo de la colecc ión Calzadilla, y los toros de Alcalá del Río (Olmos y Fernández-Miranda, 1987, figs. 7 y 8 y 9) y de Cástulo (Blázquez. Precisamente hemos creído identificar también un fragmento similar de tapadera calada en una de las amalgamas fundidas de la tumba de incineración castulonense de Estacar de Robarinas. La figura que coronaría la tapa sería el caballito en reposo, dotado de dos remaches, en realidad un ciervo con la cornamenta partida (Blanco, 1965, 28). La tapadera calada ha sido identificada en uno de los trozos informes de bronce que se conserva en el Museo de Linares y que no figuraba en las láminas de la publicación. Contrastando las semejanzas y diferencias mor-fo -técnicas del timiatcrio de Vil lagarcia de la Torre con los peninsulares y ex1rapeninsu lares, deducimos lo mismo que ya maní fcstamos para el grupo 11 de nuestra clasificación (Bandera y Fcrrer. 1992) ante la pregunta sobre su centro de producción. Según nuestra,•aloración. apoyada también en piezas di: orfebrería. se trata. si n duda. de una producción peninsu lar. propia de una fase: ivanzada del período orientali zante (mitad del siglo v1 a.C.), en la cual una nueva generación de artesanos ha modificado los esquemas morf'ológiCl>S de los prototipos orientales e introducido cambios, quizás ante la propia demanda de la población o por adaptación a verdaderos sincretismos religiosos (cariát ides). El diferente estilo que presentan las cariátides. modificados algunos elementos como la flor con tallo. las orejas y el vestido, en relación a la de Cástulo, da muestras de una mano o taller distintos. Sin embargo el formato de las figuritas indica la circulación de posibles modelos a partir de los cuales los broncistas sacaban moldes que después eran retocados según la pericia o gusto del artesano. Por otro lado la cazoleta. que modifica parcialmente la del timiaterio de El Cerro del Peñón (Málaga). y la utilización de garras en la base cónica (mezc lando elementos de distintos tipos), nos animan a proponer la ubicación del centro de fabricación en la zona del sureste de la región extremeña, a lo que conducen también otros bronces orientalizantcs (Bandera, 1994 ). ESTUDIO ICONOGRÁFICO DEL TIMIATERIO Durante las últimas décadas ha s ido una constante la búsqueda de indicadores válidos entre las fuentes escritas y arqueológicas para poder determinar el tipo y grado de proyección de la religión y de los cultos orientales en la península ibérica a partir del período orientalizante. Fruto de este interés es la abundante bibliografia sobre el tema (Alvar, 1991; Blázquez. Creemos que la pieza que presentamos puede suponer una aportación valiosa en esta línea. El conjunto completo constituye una unidad iconográfica en si desde la base hasta la cazoleta y, a la vez, cada parte tiene un valor iconológico propio de manera que forma un recorrido temático, con sentido ascendente, que culmina en el recipiente donde se quema el perfume. El mundo vegetal y animal silvestre, que expresa la sacralidad del acto a través de una serie de especies (roseta, papiro, loto, león, ciervo, toro, entre otros), relacionadas también con el mundo de ultratumba, con la representación figurada de la di- vinidad y con la plasmación de sus atributos y de sus dominios, esta aquí representado de manera simplificada en la base del soporte. Ejemplos iconográficos de esta relación divinidad-animales en el ámbito orientalizante peninsular lo constituyen, entre otros, el vaso de Valdegamas (Blanco, 1953: Olmos y Fernández-Miranda, 1987) y la dama de Galera ( Marín, 1978, 28). donde la diosa Astarlé está flanqueada por dos leones tumbados y dos esfinges respectivamente. lo que constituye una escena alegórica del poder que ejerce la diosa sobre la naturaleza (O lmos, 1992, 18). Pero en otras manifestaciones se abstrae considerablemente esta alegoría quedan.do reducida a pequeños animales colocados sobre los bordes del recipiente litúrgico, o bien a garras de felinos que sostienen otros símbolos de la diosa, como en los timiaterios de El Higuerón y Robarinas (Cástulo), La Joya y Villagarcia de la Torre. Pero rara vez el artesano tartésico se limita a la representación de un sólo elemento alegórico, sino que, como en este caso, llega a extremos desorbitados. De forma que e l recorrido iconográfico se conti núa en el fuste adornado con lilas, interpretado como un tallo floral que soporta el altar de aromas consagrados (Culican, 1980). Es éste el elemento más frecuente entre los pebeteros hispanos y está ampliamente difundido por el Mediterráneo, no solo como objeto mueble sino con sus representaciones en sellos (Bandera y Ferrer, 1992, 57 ss.), en marfiles (relieve de Ninive representando las puertas del templo de Melkart en Tiro: Barnett, 1956, 87 ss.), en bronces (puertas de Balawat), en edículas de terracotas y en estelas, determinando en todos los casos un lugar o función sacra (Moscati, 1988, 163;649, 388). No obstante, por si no estaba c lara Ja alegoría, e l artífice insiste coronando el fuste con las cariátides. La disposición de las figuras sosteniendo un lirio florecido simboliza la epifanía o manifestación de la divinidad a los hombres. Pero, por la indumentaria y por su núme•ro, representan más a jóvenes oferentes, a sacerdotisas consagradas a l culto de Astarté, que un icono de la diosa misma, cuya presencia se manifiesta a través del perfume sagrado. Y, por ello, creemos ver en este conjunto una materialización de cultos y rituales análoga a la que se produce en otros centros del Mediterráneo en torno al siglo vu a.c. y a la que responde tanto la producción de los perirrhanteria en santuarios griegos, como los exvotos de Arso (Chipre). En la península ibérica esta antropomorfización debió arraigar por la presencia de orientales asentados en sus tierras, y conservarse en la tradición durante largo tiempo, siendo quizás una manifestación de este fenómeno las cariatides de Cilstulo, Villagarcia y la de La Quéjola (Alban: tc). En todas ellas el vestido o la desnudez juvenil. la actitud oferente. la flor o la paloma que portan en la mano y su relación con el pcnnuk la vinculan con el ámbito de Astarté/ Afrodita. en el que servirían posiblemente como heteras o siervas de la diosa (Olmos y Fcrn<Ín<lez-Miranda, 1987. El culto a esta divinidad se ex1endió por todo el Meditcrranco con las colonizaciones desde un arcaísmo temprano, con una serie de rasgos comunes característicos que se destacan de los posibles s incretismos con otros cultos locales anteriores (Grotanelli, 1981, 109-137; Olmos, 1991, 103-104 ). La iconografia está documentada en los santuarios chipriotas dedicados a Afrodita/ Astané, como el ya mencionado de Golgoi en Arsos, donde la diferencia con otros exvotos dedicados a una d ivinidad de la fertilidad más antigua del mismo santuario, se evidencia tan sólo en e l estilo y en la técnica de elaboración. Simbo logía y función coinciden en los casos peninsulares. si bien en e l ejemplar albaceteilo. •de cronología posterior, la estética helen izante se hace patente frente al modelo egiptizante más arcaico de los timiaterios de Cástu lo y Villagarcia de la Torre, como también el estilo aqueménida modifica el de Amán. Por último, la cazoleta, recipiente donde se queman las esencias como parte del ritual sacro donde los aromas personifican a la divinidad. en el caso del pebetero que nos ocupa, es en realidad una gr.an roseta, s ímbolo de Astarté, la germinación de una flor abierta que emite el olor sagrado. ANÁLISIS CONTEXTUAL Y FUNCIONAL La relación iconografia-función es dificil de analizar a partir de una documentación descontextualizada. Sin embargo, en lo que se refiere a los timiaterios peninsulares, sí hay suficientes elementos como para poder realizar un acercamiento interpretativo. La lectura iconográfica de las partes y del todo sugiere, en este timiaterio extremeño, un conocimiento profundo del lenguaje simbólico y cultual de representaciones y atributos de divinidades orientales, en este caso las de Astarté, y por tanto muy distante de la posible interpretación de un artesano profano no familiarizado con la simbología religiosa oriental (o con una s incretización indígena); y aunque haya elementos que pueden estar representados según las corrientes estilísticas del momento, no faltan los componentes fundamentales de su contenido reli- gioso. Sin embargo por las l.'.ircunstanl.'.ias del halhvgo no hay seguridad en su adscripción a un contexto funerario o cultual, necesitando para ello la valoración lle otros elementos en conjunrns contex-tuali1.allos. La Joya. su pl.!rlenencia a un ajuar funerario es i nequírnca ((iarrido. En la composición de cstl.! ajuar, así como en el de otras tumbas (n'' 5. 18, pozo A), están representados una serie de símbolos e iconografías. alusivas a la divinidad funeraria: palmetas, flores de loto, cabezas hathóricas. granadas. felinos. cérvidos. rosetas. etc.. en los objetos del servicio ritual (jarros. braserillos y fuentes) y en adornos personales o de tocador. También a un contexto funerario pertenece el quema perfumes de Los Higuerones (Cástulo. Jaén) pero. hallado dentro del túmulo y no en la tumba de pozo. ha sido interpretado como una ofrenda ritual. De este ejemplar cabe destacar por una parte el soporte del pebetero que mantiene la morfología convencional del pie cónico y capitel de sépalos con la cazoleta. a la que se añaden tres animales sedentes; y por otra los restantes objetos que lo acompañaban en el depósito: una esfinge tocada con la corona real y un toro, ambos en actitud sedente y con remaches, que indican su sujeción al mismo o a un tipo parecido de recipiente (Blázquez. A un entorno funerario análogo pertenece el ajuar de la incineración de Estacar de Robarinas donde se documentaron las figuras hathóricas. De la misma manera los símbolos están presentes en las urnas cerámicas que contenían las cenizas del difunto, decoradas con rosetas, lotos y palmetas simplificadas. motivos estrechamente relacionados con los pintados en los huevos de avestruz de Villaricos o en las cerámicas de Carmona (Blanco, 1965; Blázquez y Valiente, 1982), todos de nuevo en contexto funerario. En otros enterramientos con igual o menor riqueza, también aparecen algunos de estos símbolos de Astarté, pero representados en ricos objetos de adorno personal como los de Aliseda, Sines (Bandera. XX-XXI) y Villanueva de la Vera (González Cordero y otros, 1993, 249, lam.I), o en ajuares más humildes como el del conjunto no 2 de la necrópolis de A~jucén (Mérida, Badajoz), donde se depositó un brazalete de bronce rematado con palmetas que repite la misma tradición de La Aliseda, Carmona, etc. (Enríquez y Domínguez, 1991, 39, fig. 5, 5). Si bien todos estos timiaterios, por sus contextos e iconografía, podrían ser relacionados con una di-vinidad funeraria. existen también representaciones <le los mismos símbolos en ámbitos no sepulcrales o mal rnntextuali1.ados (Marin. La rata de felino del Musco Provincial uhia que describe Estrabón ( 111, l. 9) abre nuevas cxrcctativas de aná-1 isis y de raralelos. La diosa venerada en este santuario al aire libre, Luz Divina (el planeta Venus en época romana -si bien el culto «oficial» en e l santuario finalizó en c l siglo 11 a.C.-) era la guía <le navegantes y rcscadorcs después del crepúsculo. cuando la luz solar había desaparecido del horizonte. La doble advocación de conductora de los difuntos en el mundo de ultratumba y guía de los marineros durante la noche. creemos que puede sincretizarse en el culto a Astarté. Algunos exvotos del santuario pueden ser un argumentos en favor de esta identi ficación. como son las láminas de plata con ojos troquelados, identificadas normalmente como los «ojos de Astarté». Un ejemplo análogo de 1hy111iaterion asociado al culto de Astarté lo encontramos en el yacimiento submarino de Punta del Nao. donde algunos autores ubican el santuario de Venus Marina que menciona A vieno ( Or. 1992, 20-21 ). a partir de los depósitos supuestamente votivos, recuperados en los alrededores de La Caleta y de aquel accidente geográfico. Se trata del trípode de terracota decorado profusamente con palmetas, lotos y flores de lis que se agrupan formando un «árbol de la vida». sustentado por tres atlantes egiptizantes con el brazo sobre el pecho. y coronado por una gran palmeta de cuenco cercana a la boca del recipiente que expediría los perfumes rituales (Blanco, 1970. La concepción simbólica, así como la cronología (siglo v1 a.C. ), lo relacionan con el ejemplar extremeño. Por otro lado. el contexto del que procede el soporte de Alhonoz, aunque confuso, ha sido interpretado por algunos autores como una favissa ritual, perteneciente a una construcción del período orientalizante previa al gran edificio de época ibérica (Almagro-Gorbea y A. Domínguez, 1988-89; Bandera y Ferrer, 1992). La sacralidad del lugar puede quedar afianzada también por una lámina de plata decorada con los «ojos de Astarté» hallada en un recipiente cerámico del estrato 11, de época ibérica que en los ajuares de ambos ambientes se represen-1an unas iconografías de inspiración oriental que en su lugar de origen son de carácter simbólico y sagrado (Lagaree. 556). l os universos vegclal (roseta. palmeta. flor de lis. loto. papiro). a ni mal (toro. ciervo. leones o esfinges) y humano (sacerdotisas) son los que encarnan a la divinidad y dan forma a un rito en una de cuyas facetas se queman plantas aromáticas. En la iconografia orienta l las tres especies pueden s imbolizar a las diosas Hathor y Astarté (la lsthar sumeria). Sin embargo la fusión de las dos representaciones en una sola advocación, la de Astar-1é. está atestiguadá en Oriente. en Chipre. donde también se gesta e l culto de Afrodita/ Astarté (concretamente en Pafos) sincretizado con otros ritos a una divinidad de la fertilidad. Es con la conquista de esta isla por el faraón Amasis en el 570 a.C. cuando se populariza la iconografia de Hathor en vasos pintados. esculturas y capiteles de entornos sacros (Hermary. Sin embargo. si los contextos cultuales de la Algaida o de la Punta del Nao dejan lugar a pocas dudas sobre la función sacra de los objetos rituales allí depositados, los documentados e n enterramientos pueden tener una doble lectura. bíen como parte de un servicio ritual claramente oriental. o, según se ha expuesto a menudo (Aubet, 1977-78; Id, 1984), como objetos de prestigio indicadores tan sólo del estatus social privilegiado del difunto y de su poder adquisitivo. Ya hemos expresado anteriormente nuestra opinión a l respecto (Bandera y Ferrer, 1992, 59-60), valorando la posibilidad de la presencia de individuos orientales. artesanos y/o comerciantes, que desarrollaban sus actividades en el entorno de las élites y que se enterrarían según sus creencias y ritos utilizando un servicio de vajilla tradicional. Esta hipótesis puede acreditarse si tenemos en cuenta el uso de iconografías específicas en la liturgia funeraria, que, como ya hemos argumentado, gira en tomo al universo de la Astarté fenicia. Lejos para nosotros de representar sólo una moda «orientalizante» potenciada por los colonizadores fenicios, la documentación de estas iconografías en enterramientos debemos relacionarla más bien con la advocación funeraria de esta diosa; como la que se inscribe en la Astarté de El Carambolo (Sevilla) interpretada por algunos autores como «Astarté de la gruta/tumba (funeraria)» y viendo en elJa unas «pervivencias cananeas (ugarlticas) en el culto fenicio» (Olmo,199la,(367)(368)(369)(370)(371)(372). La advocación ttrt hr (strt hr en la estatuilla sevillana) traducida como «Astarté de la tumba» se basa según Ci. del Olmo. en argumentos como los conicxtos regio-funerarios en los que siempre aparece esta ad' ocación en los te:< tos ugariticos y la función en la mitología ugaritica de Anat/Ashtarte como «enterradora» de Baál. la diosa baja a los infiernos en busca de Aa: il rara devolverlo a la vida. «conjugando así de manera clara su relación con el mundo de los mucnos y el de la fertilidad». El carúctcr funerario de la diosa no sólo queda puesto de manifiesto en la mitología oriental «sino también en el uso cúltico-f'unerario fenicio-púnico» al ser abundantes los contextos funerarios donde se documenian estatui llas de la diosa. Un comentario aparte merece la tumba de incineración de Estaca r de Robarinas y la composición de su ajuar. Junto con las urnas decoradas, el broc he de cinturón o el timiaterio, e l difunto se enterró con su panoplia de armas. espada y lanzas. Este ajuar funerario puede ser considerado como anómalo dentro del conjunto de enterramientos denominados «tartésicos oriental izantes» si atendemos a la integrac ión de armas en é l y a las características tipológicas de éstas. La empuñadura de la espada, de antenas, con botón central y escotaduras laterales. y las lanzas (dos o tres). aunque fabricadas e n hierro, guardan evidentes paralelismos tipológicos con la espada de Dalias (Almería), con las armas de la Ria de Hue lva. y con las grabadas en a lgunas estelas decoradas (concretamente la de Carmona), como ya señalara Blanco ( 1965. Se pueden distinguir, por tanto, en un mismo contexto dos tradiciones diferentes, una indígena y guerrera de hondo arraigo y con origen en el Bronce Final y otra oriental que entierra a sus difuntos acompañados de objetos de culto. Un fenómeno de dualidad que se repite también en necrópolis de la periferia tartésica, como en El Carpio y en Las Fraguas en el valle del Tajo (Femández-Miranda y Pereira, 1992, 71 ). En estos casos e l rito oriental debió ser e l predominante porque la mayoría de los factores que determinan el sepelio y el enterramiento, deposición bajo tierra. urnas con símbolos funerarios, servicio ritual, etc., son foráneos. La contrapartida podemos verla en las estelas decoradas del SO. más recientes, en las que se continúa una práctica precolonial donde dominan los factores autóctonos: ausencia de enterramiento, ajuar de guerrero, lápida grabada, pero aparecen otros elementos de origen oriental (carros, espejos, peines,...; Ferrer y Mancebo, 1991 ). Podríamos hablar en algunos casos de mestizaje, en otros de fenómeno de difusión cultural, en otros incluso de modas seguidas por las élites para diferenciarse del resto de la sociedad, pero cada vez es menos discutible la pre- se nt: ia en centros importantl!S, corno en Cástulo. de in<li" iduos o grupos de orientales que se entierran según sus ritos de origen. Por ello creernos que la utilización conjunta de un servicio ritual y de una iconografía concreta. ambos referentes al culto funcra rio de Astarté en enterramientos considerados tartésicos. debe ser tomada como índice de definición cultural o. al menos, como una evidencia del tipo y origen de creencias y tradiciones del difunto sin que por ello éstas estuvieran generalizadas en el conj unto <le la población. A la hora de proponer una cronología de la pieza. si contamos exclusivamente con el análisis estilístico y con la relación de paralelos hispanos y extrapeninsulares, nos tendríamos que atener a una datación genérica dentro del período orientalizante, entre fines del siglo v111 y el siglo v1 a.c. (Bandera-Ferrer. Sin embargo es posible una mayor aproximación cronológica siguiendo argumentos espaciales e iconográficos. Por un lado. la localización del hallazgo en las cercanías de Llerena es indicativo de una serie de características compartidas por otros bronces orientalizantes extremeños. La zona sureste de la provincia de Badajoz es la que, durante la fase más avanzada del período orientalizante, recibe el influjo o la presencia directa de elementos procedentes del valle del Guadalquivir. Sin embargo la ruta frecuentada en estos contactos no se corresponde con la vía utilizada durante el Bronce Final y la primera fase del período orientalizante. Esta última seguía el camino natural que comunicaba la costa atlántica con las tierras extremeñas y la Meseta norte mediante el curso del Guadiana (en un primer tramo), y con la falla de Plasencia y los puertos naturales de Béjar y Tomavacas que atraviesan las provincias de Badajoz y Cáceres. La ruta tenía sentido SO.-NE. y está bien definida por la abundancia de yacimientos y hallazgos que relacionan el área portuguesa y onubense con las submesetas (Alvarez y Gil, 1988; Ferrer, 1993, 186) y, según nuestra interpretación, explicaría la presencia de objetos orientalizantes tan al norte como el jarro de Coca (Segovia), el conjunto de Las Fraguas en Talavera (Toledo) y los materiales de Villanueva de la Vera (Cáceres). Sin embargo, a partir del 600 a.C. este camino deja de ser frecuentado produciéndose un cambio de sentido, de dirección SE.-NO, por causas no del todo claras pero de consecuencias evidentes. A partir de este momento se intesifican los contactos con el valle del Guadalquivir en detrimento del área onubense. Las vías naturales seguidas coinciden con los va lles excavados por los afluentes de la margen derecha del Guí! dalquivir. concretamente con el Ribera de Huéznar. donde se ubican Llerena y Villagarcía de la Torre. y con el curso del Guadiato, que pone en comunicación Córdoba con Medellín y donde Cancho Roano cobra sentido (Alvarcz y Gil. Por otro lado, si nos apoyamos en la iconografía y en su relación con Chipre y las costas sirias. hay que considerar que el tipo de Hathor tal como aparece en el timiatcrio de Cástulo y en el bronce Carriazo está relacionado con el éxito de su iconografia a raíz de la conquista de Chipre por el faraón Amasis en el 570 a.c. Esta fecha puede ser utilizada como término post quem, a partir del cua l justificar la presencia de estos motivos en el sur de la Península, posiblemente ya en la segunda mitad del siglo v1 a.c. Apoya esta misma cronología la serie de exvotos en piedra dedicados a la diosa Afrodita/ Astarté en templos chipriotas como el de Golgoi, datados en el siglo v1 a.C., que, aunque fuertemente helenizados, repiten el esquema formal fenicio-egiptizante. Otra cuestión planteada es la funcionalidad de estos objetos, sobre la que ya dejamos constancia de la dificultad que entraña este tipo de análisis por la escasez de contextos seguros y por el peligro que supone importar modelos foráneos exactos en la sociedad tartésica (Bandera y Ferre r, 1992 ). Sin embargo, partiendo de los escasos datos contextualizados, del análisis de los procesos técnicos y de la iconografía, llegabamos a la conclusión que los timiaterios tenían una función simbólico-religiosa y funeraria para la población colonial fenicio-púnica y, en el ámbito tartésico, posiblemente la misma, siendo un indicio de población orienta (artesanos metalúrgicos, orfebres, comerciante) relacionada con la élite tartésica (incluso se puede hablar de mestizaje) y asentada en los poblados del interior del valle del Guadalquivir, Extremadura y Levante. Para apoyar esta hipótesis de comportamiento, disponemos en la actualidad de aportaciones teóricas, más o menos matizables, y datos arqueológicos difíciles de interpretar de otra manera, que unificados pueden avalar la teoría de la presencia y el establecimiento con carácter permanente de grupos emigrados de Oriente, concretamente del área siriopalestina. Estamos de acuerdo con J. Alvar ( 1991, 354) en que «la presencia de objetos de culto fenicios en el interior, en ambiente indígena, no tiene porqué ser testimonio... de la aceptación de la religión fenicia por parte de los autóctonos, s ino que puede ser síntoma de la presencia de fenicios asentados e ntre indígenas» y en que <da superestructura ideológica es menos proclive al cambio, pues es la estrategia destinada a preservar el sistema y darle coherencia en iodos sus sentidos; por el lo, se afirma que las prácticas funerarias son muy conservadoras» (Alvar. En este sentido. para nosotros, la utilización de un programa iconográfico determinado o de unas imágenes de significación funeraria, como es e l caso de las Astarté, en un contexto funerario tartésico, es indicativo de las creencias o tradiciones mantenidas por e l enterrado y no sólo una moda o elementos de prestigio que realzan la categoría del personaje sepultado (Aubet, 1977-78; Id, 1984). De ser así. las él ites (y otros grupos según la variedad de tipos de tumbas y ajuares) se enterrarían con cualquier objeto de e levado valor y acceso restringido, independientemente de su iconografía y de su función. Esta no parece ser la norma sino todo lo contrario. La funcionalidad de los artículos que acompañan al difunto en la vida de ultratumba Uarras, «braseri llos», timiaterios, marfiles decorados, huevos de avestruz) se puede enmarcar en lo que conocemos como el servicio ritual o en símbolos de vida y resurreción en e l más allá (por ejemplo los huevos de avestruz) de inequívoco origen orienta l. Con respecto a la iconografía, ya hemos hecho referencia a cómo los universos vegetal y animal s ilvestres y el humano s imbolizan los atributos y poderes de Astarté, o la misma adoración a la divinidad enterradora y resucitadora. Pero en el caso de las cariátides quizás tengamos e n e llas una manifestación no sólo del culto a Astarté en el sur de la Península, sino también de la existencia más temprana de la hetería o prostitución sacra antes de su derivación profesionalizada conocida a través de la fuentes helenísticas y romanas (Olmos. Serían el antecedente del timiaterio de La Quéjola, reflejo sin duda de la dispersión de ideas, creencias y costumbres por esa vía de comunicación antes mencionada del Guadiana con la cabecera del Guadalquivir y que fácilmente se introduciría en el sureste de la Meseta. Así cuestionado, cobra sentido para nosotros la idea expuesta recientemente por algunos autores de que el considerado hasta ahora mundo funerario tartésico no es tal, sino los cementerios de colonos orientales instalados en el interior del valle del Guadalquivir (Belén y Escacena, 1992; Escacena, 1989; Id, 1992). No creemos que debamos insistir más en esta argumentación. tema suficientemente debatido en favor de una auténtica colon ización agricola (Cionzálcz Wagner, 1983y 1986: Alvar-Gonzálcz. Pero si quisiéramos llamar la atención sobre algunos datos que implican la vigencia de una superestructura ideológica y. probablemente religiosa. de origen oriental, en puntos tan distantes como Cancho Roano o Montcmolín. Según las últimas interpretaciones, el palaciosantuario extremeño responde, por paralelos en planta y en funcionalidad. a un complejo donde las actividades económica, sagrada y res idencial se compaginan. siguiendo modelos documentados en el norte de Siria (Almagro-Gorbea, l 993a; l 993b; Almagro-Gorbea y Dominguez, 1988-89: Almagro-Garbea y otros, 1990). En Montemolín, los estudios más recientes, referidos sólo a la última construcción orientalizante (edificio D), han permitido documentar las actividades desarrolladas en sus dependencias y relacionarlas con el sacrificio de animales, partición y manipulación de carne, seleccionada según la especie y edad de la víctima (Bandera y otros, 1994 e.p.). En conexión con este contexto se documentan, almacenados en una estancia, recipientes cerámicos con decoración pintada geométrica y figurativa y motivos iconográficos que nos son familiares: toros, grifos, esfinge, lotos, palmetas, rosetas (Chaves y Bandera, 1986; Id, 1993 ). Apuntamos sólamente, remitiéndonos a dicho estudio, que tanto en Grecia como en el á rea siriopalestina, el acceso al consumo cárnico debía ser pn::cedido de un sacrifico ritual, donde las funciones religiosa, económica y alimenticia se enlazaban. No es frecuente que se produzcan hallazgos de objetos tan interesantes como el timiaterio de época orientalizante cuyo estudio analítico ahora encaramos. La compleja estructura vista en su despiece y Ja composición de las aleaciones de las partes integrantes son un excelente compendio de la tecnología de taller del artesano broncista que dio cuerpo a este objeto litúrgico. Para la determinación de la composición de las aleaciones se ha empleado la técnica espectrométrica no destructiva por fluorescencia de rayos-x s cuyos análisis se anotan en la tabla adjunta (fig. 19). Los resultados ponen de manifiesto el empleo sistemático de bronce temario, es decir, una aleación de cobre, estaño y plomo. Como es bien sabido, Jos bronces plomados tienen especial interés para'Se ha utilizado un espectrómetro Keves Mod. La superficie del detector es de 80 mm 2 • Una breve descripción de la técnica se encuentra en, S. Rovira, 1985. el fundidor porque la presencia de plomo amplía considerablemente el intervalo de solidificación de la colada y ello permite que el metal fundido, al mantener una fase líquida durante más tiempo, se adapte mejor al relieve interno del molde, reproduciendo con mayor fidelidad el modelo. Pero tienen, en cambio, el inconveniente de su menor resistencia mecánica, Jo que provocó ya de antiguo la fractura de Ja base del trípode que soportaba todo el peso del conjunto. Ello se debe a que el plomo, por ser muy poco soluble en el cobre fundido, queda segregado al solidificar y, por tratarse de un metal blando y facilmente deformable, allí donde se han formado segregados de plomo la aleación ofrece menor resistencia mecánica. Una primera cuestión que cabe plantearse es si todo el metal empleado es fruto de un proceso de preparación único o, por el contrario, el fundidor preparó varias coladas. Para ello es necesario estudiar el reparto de los componentes mayoritarios, tratando de averiguar si existe alguna norma entre ellos. No conviene, sin embargo, utilizar las cifras absolutas de la composición sino relativizarlas con respecto al 100 % de cobre, que es el componente principal, y con ello evitaremos Ja influencia mutua de estaño.. y piorno en el cálculo de las proporciones. El cuadro 1 (fig. 20) representa gráficamente los cocientes 100/ (Sn] y 1 00/(Pb) ~. es decir la cantidad proporcional de estaño y plomo que el fundidor añadió en cada caso a una cantidad dada de cobre. En la columna del estaño aparecen dos agrupamientos en tomo a los valores 5 y 6, y unos pocos puntos dispersos, lo cual parece indicar dos tipos básicos de liga cobre-estaño caracterizadas por la adición de aproximadamente J /5 6 1 / 6 de estaño a una cantidad dada de cobre 7 • Pero los bronces ternarios. contienen tambié n •El slmbolo encerrado entre corchetes significa la concentración de ese elemento con relación al 100 % de cobre.' Asumimos que el artesano ut ilizaba relaciones ponderales para calcular las cantidades a fundir, en lugar de los porcentajes. En el mi smo cuadro 1 (fig. 20) se observa una distribución mucho más a leatoria del contenido de plomo, que conviene explicar en función del comportamiento de los metales en disolución H. La rutina de trabajo aconseja fundir primero el cobre y el estaño, obteniendo un bronce binario con un determinado coeficiente 100/ (Sn]. y añadir luego el plomo. Como se ha dicho. la solubilidad del plomo en el cobre es baja, quedando segregado. Debido a la mayor densidad del plomo, tiende a bajar lentamente hacia el fondo del c risol, resultando así una una aleación poco hom ogénea~. Cuando el metal líqui- •No podemos entrar en detalle aqui en estas cuestiones de índole lisieo-quimica. que se estudian mediante los anagramas de fa. ses correspondientes. 1.:onsultables en cualquier manual de me• talurgia teórica. en el capitulo de termodinámica de las aleaciones. • La cinética de estas disoluciones es compleja y tiene que ver. en tre otros mecanismos. con lo formación de las redes cristalográficas al solidilic11r. Como la solubilidad entre el estaño y el plomo es grande en estado liquido. una parte del estaño presente será arrastrada por el plomo. En relación con estas cuestiones véase, por ejemplo, la obru de Scoll ( 1991 ). do del crisol se \'icrte en varios moldes, las piezas n.:sultanrcs mostrarán tasas medias de plomo distintas a pesar de proceder de la misma colada, mientras el coeficiente 100/(Sn] se mantendrá más estable dentro de ciertos límites de variabilidad. Así se explica la mayor di spersión de los valores del plomo en el cuadro 1 (fig. 20) cuando los del estaño tienden a un cierto agrupamiento. En el cuadro 2 (fig. 21) se ha reflejado la correlación entre los valores relativos de estaño y plomo de cada análisis. La existencia de varios tipos de aleación (A, B, C y D) es evidente y ello indica la preparación de diferentes coladas. Es probable que la aleación A fuera, a su vez, subdivisible en dos o más (por una cuestión de volumen de meta 1 ), pero se hallan tan próximas en términos cuantitativos que la mejor interpretación sugiere la preparación de dos o más coladas con los mismos ingredientes. La identificación de los puntos del cuadro 2 ( fig. 21) permite conocer las partes del thvmiaterion elaboradas con cada colada: •.. la 111alcria prima Je partida (d cohre, pues es el responsable principal del aporte de menores const ituyentcs) es la misma para los bronces A y l3, y r es la masa de metal, mayor es el consumo de combustible. Pero hay una limitación dada por lu capacidad calórica <lel carbón y el tamaño y condiciones del hogar o muflu empleado. Si la masa a fundir es excesiva. el consumo de combustible es muy superior al teórico debido a las pérdidas y disipaciones del sistema y al mayor tiempo necesario para la fundición. Por otra parte, con cantidades de metal fundido grandes el crisol se maneja con mayor dificultad cuando se ha de aplicar al relleno de muchos moldes de pequeña capacidad. El tiempo requerido para la operación tarnbicn es mayor y puede hacer que parte del metal solidifique en el propio crisol. aumentando las pérdidas. Por estas razones, el fundidor experto calcula con precisión la cantidad de metal en función de un tamaño rentable de crisol y de un número determinado de moldes por colada. Así se explican las diferentes coladas observadas en el thymiaterion que nos ocupa que, probablemente, remitirían a cantidades relativamente similares a excepción de la tapa del recipiente. Pocas son las investigaciones llevadas a cabo acerca de las aleaciones de piezas orientalizantes halladas en la Península, reducidas prácticamente a dos trabajos: uno relativo a los bronces tartésicos de la Necrópolis de la Joya, Huelva (Escalera, 1978) y otro dedicado a la bandeja sevillana encontrada en El (jan<lul ( Rm ira l 9Xl)) 1 ". Conviene traer a colación. en primer lugar, d 1lty111iaterio11 <le La Joya. con algún paralelo formal con el que nos ocupa como las tres flores de loto del fuste o los pies rematados l.!n garras de ti! lino. El ünico análisis publicado formula un bronce bi nurio polm: ( 97, OS 0;,, Cu. 2.6 o•í-, Sn ). pl.!ro no sabemos a qué pieza del montaje corresponde (Escalera 1978. 2 16, 227 ). probablementc a alguno de los platillos rwjados pues este tipo <le aleadón rcsulta muy con\'cnicntc para conformar chapas <le bronce 1 1 • Si por la via analítica no es posible establecer comparaciones con el ejemplar de La Joya, no por ello las aleaciones encontradas en la picia extremeña resultan chocantes en el conjunto de los materiales tartésicos conocidos. donde las pie7.as de fundición suelen ser bronces ternarios con formulaciones muy diversas, respondiendo esta apreciación a un uso tecnológico muy común en toda el área mediterránea ( Rovira l l)89, 223 ). rio de los materiales de La Joya (Huelva)». En J. P. Garrido y E. M.a Orta: «Excavaciones en la Necrópolis de la Joya (Huelva)». RovJRA LLORJ: Ns, S. ( 1985): «Métodos analíticos aplicados al estudio y conservación de materiales arqueológicos».
En el debate sobre los ritos de fundación de nuevas colonias romanas, sólo un reducido número de ciudades han aportado evidencias arqueológicas que permiten esbozar cómo se materializaban los procedimientos sacros que conocemos por las fuentes escritas. Gracias a la revisión de la planimetría de las excavaciones en los aledaños del foro de la colonia Tárraco, excavado en la década de los años veinte del siglo pasado, podemos aportar nuevos datos a esta discusión. A partir de la identificación del auguraculum o templum augural de Tárraco, también se pone de manifiesto la relación que podía existir entre estos espacios sacros y la morfología urbana. Si los orígenes fundacionales de la misma Roma han sido y siguen siendo uno de los temas de debate más controvertidos de la arqueología y la historiografía clásica, la fundación de nuevas colonias, y los procesos rituales que la acompañan, con frecuencia se reducen a una explicación más o menos genérica. Nuevos hallazgos arqueológicos, tanto en Roma como en las provincias del imperio, junto a las nuevas líneas interpretativas que se han abierto en el estudio de la ciudad romana están obligando a modificar la valoración crítica, que la historiografía tradicional hace de los elementos míticos y rituales en los procesos de formación urbana. 1 Nos proponemos con este artículo, aportar nuevos datos arqueológicos referidos a la ciudad de Tárraco, que contribuyan a enriquecer el debate sobre el proceso que rodeaba la fundación de las ciudades romanas. Estamos habituados a pensar que las referencias literarias a rituales de fundación forman parte de tradiciones míticas y que rara vez se llegaron a plasmar sobre el terreno. Los datos arqueológicos que poco a poco van aflorando, sugieren en cambio que la fundación de una ciudad romana requería efectivamente la realización de todo un conjunto de ceremonias y rituales y que incluso algunos aspectos del espacio físico de la nueva ciudad quedaban condicionados por el procedimiento religioso que había rodeado su fundación. La ciudad antigua estaba constituida por algo más que un trazado de calles o un conjunto de construcciones públicas y privadas que acogían una comunidad de ciudadanos; en las sociedades clásicas la religión estruc-EL AUGURACULUM DE LA COLONIA TÁRRACO: SEDES INAUGURATIONIS COLONIAE TARRACO * POR CRISTÒFOR SALOM I GARRETA ** Universitat Rovira i Virgili. "Sucedía también, con frecuencia, que se establecían colonos, o conquistadores, en una ciudad ya edificada, y aunque no tenían que construir casas, porque ningún inconveniente había en ocupar las de los vencidos, debían, sin embargo, practicar la ceremonia de fundación, es decir, establecer su propio hogar, y fijar los dioses nacionales en la nueva morada" Numa Dionisio Fustel de Coulanges, La ciudad antigua, Madrid 1982, 133. Archivo Español de Arqveología, Vol. 79, págs. 69-87, 2006 ISSN: 0066 6742 * Debo agradecer de forma especial al Dr. Ricardo Mar su inestimable ayuda con el tema de los ritos de fundación y su plasmación en las colonias romanas, y la fecunda discusión en el marco del Seminari de Topografia antiga de la Univ. ** Técnico del Ayuntamiento de Tarragona y profesor de la Universidad Rovira i Virgili (Tarragona). turaba todas sus manifestaciones sociales y en particular la propia conciencia del espacio urbano, por lo que su intervención para constituir un nuevo asentamiento era un requisito indispensable. Los elementos mítico-religiosos quedaban expresados a través de ritos configurados en base a la tradición cosmológica del pueblo fundador. En el caso de una metrópolis como Roma, la comunidad afirmaba su identidad a partir de un origen mítico: un héroe fundador, la intervención directa de una determinada divinidad, etc., o, en el caso de las colonias romanas, por lo general, el haber sido establecidas bajo unas determinadas condiciones trascendentes: la caída de un rayo en un lugar concreto, una surgente de agua, una grieta en una roca, y otros signos de la naturaleza, interpretados según una precisa reglamentación sacra. Estos recursos facilitaban la cohesión del cuerpo social y servían también como rasgos distintivos respecto a otras comunidades. La fundación de una colonia requería la conformidad de la divinidad. Para ello, la religión romana disponía de un amplio repertorio de prácticas rituales y de ceremonias. La "validación" del nuevo asentamiento se llevaba a cabo mediante la interpretación de ciertos signos por los augures. Una "ciencia" que desarrollada por los etruscos y otros pueblos itálicos, como latinos, oscos, samnitas y umbros 2, acabó por considerarse una especialización romana: mos patrius en palabras de Cicerón 3. Todos los actos oficiales exigían como paso previo la consulta de los auspicios, por ello las fuentes escritas definen dicha práctica como fundamentum rei publicae 4. La religión romana también disponía de otros ritos "adivinatorios" como la aruspicina o interpretación de las entrañas de animales sacrificados. Esta disciplina, reservada a sacerdotes etruscos, no tenía la consideración ni el prestigio de las prácticas augurales. Un ejemplo claro de esta distinción se encuentra en el episodio que llevó a la anulación de la elección consular para el año 162 a.C. En un primer momento fueron los harúspices los que advirtieron a Tiberio Sempronio Graco, cónsul del año anterior, de irregularidades en la ejecución de los ritos a lo que él exclamó indignado: An vos Tusci ac barbari auspiciorum populi Romani ius tenetis et interpretes esse comitiorum potestis 5. Fuese o no una maniobra política, ofi-cialmente T. Sempronio Graco reaccionó sólo a partir del momento en que el colegio de los augures le envió una carta en que se le comunicaba que se había creado un vitium en el proceso de elección, por lo que Escipión Nasica y Marco Fígulo, cónsules electos, debían abdicar. 6 A través de las fuentes escritas conocemos los principales rituales que formaban parte de la fundación de una colonia romana. En particular el establecimiento de una sede inaugural o templum para la observación de los fenómenos y signos enviados por los dioses, el trazado ritual del perímetro sacro del nuevo asentamiento, realizado con un arado, y el establecimiento de un centro ritual para la nueva ciudad. Los distintos ritos utilizados por Roma no le eran exclusivos, sino que se pueden considerar comunes entre los diversos pueblos de Italia. Así, el rito de fundación que se basa en el uso de un arado para marcar el límite sagrado de la ciudad se consideraba de tradición etrusca, sin que ello impida que se incorpore cómodamente a la práctica romana, resultando imprescindible. 7 Incluso algunas colonias, como Emerita, Celsa, Caesaraugusta en Hispania, o Sicyon y Beyrut en oriente, eligen como motivo conmemorativo para sus acuñaciones locales la representación del fundador con el arado y los correspondientes bóvidos. La sacralización del lugar donde el hombre tiene que habitar, práctica común entre numerosos pueblos, se materializaba mediante la segregación del suelo que tiene que ocupar la nueva ciudad que se marca y diferencia del resto. De este modo queda libre de la influencia de espíritus y potencias hostiles que pudiesen contaminar o interferir en el desarrollo de la comunidad. Tanto Varrón como Catón resumen de qué modo se llevaba a cabo este rito de segregación mediante el arado 8. Según relatan, el magistrado fundador de la nueva colonia unía un buey y una vaca en una yunta, el buey por el lado exterior y la vaca por el interior. A continuación, con la toga ceñida y cubriéndose la cabeza con el extremo de ella, tomaba el arado, cuya reja era de bronce, y marcaba, en el sentido antihorario, el límite perimetral de la ciudad con un surco sagrado que era inviolable: el sulcus primigenius. Su sacralidad queda ya patente en el mismo episodio del mito fundacional de Roma, con el fatal desenlace de la muerte de Remo, tras saltar por encima del surco trazado por su hermano Rómulo, piadoso fundador y fratricida. También se ponía de manifiesto en los detalles del proceso ritual, incluso el arado se llevaba inclinado para que la tierra cayese en un solo lado, y si caía en la vertiente exterior se recogía para depositarla en el interior, al marcar los accesos a la ciudad, el magistrado levantaba el arado por donde tenían que situarse las puertas. De todo ello se tenía la consideración de que el poemerium era inviolable. 9 El acto civilizador del rito del arado estaba asociado al establecimiento de un mundus en la nueva colonia, entendido como la fosa fundacional y centro cosmológico de la misma. La fosa consistía en un pozo poco profundo, una grieta natural, o unas cámaras subterráneas; en todo caso, siempre es un orificio en el suelo virgen, o en la roca natural, que pone en contacto la colonia con las divinidades infernales. En su interior se depositaban unas "cosas buenas", que las fuentes no precisan, y las primicias de la tierra10. Éstas últimas, tan estrechamente asociadas a la agricultura, nos están refiriendo a la ofrenda como signo de la génesis urbana. Las fosas fundacionales tienen un sentido de permanencia y de centro, se encuentran situadas o bien en el foro o en espacios públicos de gran carga simbólica para la colonia y acostumbran a ser objeto de una monumentalización específica. Para la topografía urbana hay otro aspecto relevante y, aunque no sea generalizable, puede existir una relación espacial entre los distintos espacios simbólicos que intervienen en la fundación de la colonia: el mundus-fosa fundacional y el templum utilizado por los augures para "inaugurar" la ciudad 11. Para validar la nueva ciudad era necesaria una señal de los dioses y así tener la certeza de contar con su visto bueno, ahí tenían su papel los ritos adivinatorios de los augures. Su función no era la adivinación de los acontecimientos futuros, sino que sus ritos iban dirigidos a determinar, en el caso de fundación de ciudades, si el emplazamiento escogido por el magistrado era el correcto y contaba con el beneplácito de las divinidades, en especial de Júpiter, divinidad que otorga los auspicios públicos 12. Se trata de la inauguratio y era fundamental para iniciar con buen pie la vida de la nueva colonia. Cicerón remonta sus argumentos en pro de la antigüedad de los augures a la Iliada, donde Calcas es calificado como "el mejor de los augures" 13. Ya en la literatura épica nacional, no podía faltar la mención al relato fundacional de Roma en el que Rómulo, no sólo aparece como el conditor, o fundador auspicante, sino que también ejerce como augur 14. El papel simbólico de Numa como estereotipo de rey piadoso queda fijado en la tradición histórica de Roma convirtiéndose en el organizador de la religiosidad romana 15; de este modo, su misma ascensión al poder debía ser sancionada por Júpiter, por medio de los auspicios 16. Según Tito Livio, la intervención de los augures en los asuntos de Estado se convirtió en indispensable con el quinto rey, Tarquinio Prisco 17 y así continuó a lo largo de la República, en la que sus altos magistrados se sometían escrupulosamente al ritual de ser "inaugurados". Una muestra de la consideración que se tenía respecto a las decisiones de los augures es la abdicación de los cónsules electos para el 162, antes citada, y en la que por un olvido del cónsul saliente, T. Sempronio Graco, que debió consultar los auspicios por segunda vez y no lo hizo, quedó invalidada toda la elección. Al final de la República, la práctica de los augures había decaído o al menos así se puede considerar para algunos de los procedimientos augurales que se encontraban en cierta decadencia, de lo que se lamentaba Cicerón. Esto se debía más a la "mala practica" de los augures, rutinaria, que a la falta de validez de la ciencia augural. En todo caso Cicerón critica los auspicia ex tripudiis por falta de rigor al haber quedado reducidos al uso de los pollos sagrados 18. Por el contrario la inauguratio en la fundación de nuevas colonias tenía la consideración de acto de Estado y era una práctica imprescindible en cualquier fundación. La dificultad de interpretación que entrañan los procedimientos de la ciencia augural, en buena parte se debe tanto a su misma complejidad como a la falta de fuentes de información directas. A pesar de ello se pueden al menos esbozar las principales partes de este ritual 19. La inauguratio debía iniciarse con una plegaria y a continuación el augur empuñando el lituus20 fijaba los límites del templum celeste, delimitando el campo de observación. Varrón nos transmite la formulación que se seguía en el auguraculum de la Arx, el principal de Roma, advirtiendo que las fórmulas cambiaban según el lugar; aunque como indica Linderski, las variaciones estarían en función de los accidentes geográficos, los árboles propios de cada colonia, o alguna construcción, que serían utilizados, en cada caso, como puntos de referencia en la acotación del campo de observación 21. El templum del cielo tenía su correspondencia en el suelo con un espacio cuadrilátero, cercado, orientado según los puntos cardinales, aunque sin que ello requiriese de mucha precisión, y con una sola entrada 22. El augur junto al magistrado y promotor de la colonia que observa los signos (auspex) se situaban posiblemente al oeste del templum desde donde se realizaba la observación de los presagios: la contemplatio, sobre todo el vuelo de las aves, así como su dirección y, de este modo, poder sancionar o no la validez del emplazamiento escogido para la nueva ciudad. Una vez determinado el campo visual, el augur anunciaba los fenómenos, signa, tanto propicios como desfavorables que debían ser tomados en consideración. Seguía la observación, contemplatio, en la que el auspex escogía, en su papel de observador, los fenómenos que después tenían que inter-pretarse. En base a ello el augur procedía a la posterior conturmio, o interpretación según una reglamentación preestablecida. Todo ello podía alargarse a la espera del augurio favorable hasta otro día, alio die, y en caso de que no fuese así, se podía optar por considerar que no se había llevado a cabo correctamente el ritual por lo que se había incurrido en vitium y todo se debía repetir desde el inicio. Una serie de elementos documentados por Serra Vilaró en las excavaciones de los años 20 permiten plantear algunas cuestiones significativas del modo como la práctica augural se plasmaba efectivamente en la fundación de una colonia romana. Las excavaciones arqueológicas en el ensanche de Tarragona El crecimiento urbano de Tarragona se intensificó tras del derribo en 1854 de parte de las murallas que encorsetaban la ciudad. Existían dos vías en parte urbanizadas a mediados del siglo XIX: la calle Unió, anterior al derribo de las murallas, que ponía en comunicación la Parte Alta de la ciudad con el puerto y la calle del Gasómetro que debe su nombre a la fábrica de gas allí instalada a partir de 1857. Entre estas dos calles se llevó a cabo la abertura de otras que, a modo de retícula más o menos ortogonal, corresponden a las actuales Cervantes, Réding y Gobernador González en sentido Este-Oeste y las de Fortuny y Soler en sentido Norte-Sur. A todas ellas se suma la calle Lleida, antigua calle de Ronda que transcurría paralela a la muralla y por lo tanto sigue un trazado oblicuo respecto a la trama formada por el resto. Dentro de esta área se urbanizó también una plaza con el nombre de Plaza del Progreso, hoy Corsini, donde en 1915 se inauguró el Mercado Central. Toda esta zona estaba ocupada por parte de la trama urbana de la ciudad romana, su plaza forense y sus edificios relacionados como la basílica jurídica. La orografía sobre la que se asentó la colonia romana dista mucho de la que se percibe en la actualidad. La presencia de una colina situada donde estaba proyectada la cuadrícula decimonónica representaba una dificultad, de manera que, primero las calles y luego las manzanas por ellas delimitadas, se tuvieron que excavar en la roca hasta conseguir la rasante deseada. Emili Morera, contemporáneo a las transformaciones producidas por el ensanche, describe así la envergadura de la obra: "Por las calles de Réding y del Gobernador González se llega á la de Ronda, á la plaza del Progreso y á otras vías abiertas á regular profundidad en virtud de sus oportunas rasantes; y la verdad es que, cuando el desmonte de los solares para las edificaciones modernas haya arrasado toda aquella montaña, parecerá poco menos que imposible que la población pudiera haberse levantado antes á 25, 30, 40 y hasta 50 metros de altura, (...)"(sic.) 23. De este modo, para la formación del ensanche decimonónico, en toda esta zona de Tarragona, resultaba imprescindible llevar a cabo la remoción de volúmenes enormes de tierra y roca, obra que tuvo como consecuencia la desaparición de la mayor parte de los restos arqueológicos. La monumentalidad de los edificios romanos de la zona ya había tenido eco en la bibliografía anticuaria local con la publicación, en 1573, del "Libro de las Grandezas" de Ponç d'Icard en el que comenta el "templo de San Fructuoso", edificio reutilizado primero como iglesia y luego convento que se encontraba en la cima de la colina y que estaba acompañado de una plaza enlosada, así como una pormenorizada descripción del recorrido de la muralla 24. No será hasta mediados del siglo XIX cuando la necesidad de suelo y la urbanización del nuevo ensanche pondrán al descubierto de forma masiva los restos de la ciudad romana. El por entonces Inspector de Antigüedades, y erudito local Buenaventura Hernández Sanahuja, intentó documentar los vestigios a medida que la formación del ensanche los iba haciendo desaparecer. Las descripciones de Hernández, dejando a parte sus especulaciones interpretativas, constituyen la mayor parte de la información contemporánea a los descubrimientos arqueológicos y ponen en evidencia que los edificios correspondientes al centro cívico de Tárraco presentaban, hasta ese momento, un buen nivel de conservación, ignorados, pero a salvo, durante siglos 25. primer tambor y la tercera parte del segundo contraacanalados 28. Este tipo de columnas se utilizan mayoritariamente en los porticados, por lo que sería plausible atribuirla a las columnatas del porticado del templo llamado "de San Fructuoso" situado a escasa distancia, en la cima de la colina. Además Serra describe la superposición de dos cisternas romanas, dedicando a ello la mayor parte del texto, una planta, alzados, sección y fotografía. Las cisternas probablemente pertenecerían a casas tardo republicanas que fueron desapareciendo a medida que el área forense de Tárraco iba ampliándose y monumentalizando con la construcción de nuevos edificios públicos. En este sentido, la presencia de pavimentos realizados con mortero de cal y polvo de cerámica triturada, decorados con líneas de teselas oblicuas formando rombos, y que fueron amortizados por el criptopórtico sudoeste del foro, así como una cisterna doméstica inutilizada por la construcción de la basílica julio-clau- dia, son testimonios de la existencia de casas de cronología tardo republicana que se incorporaron al suelo público para las sucesivas ampliaciones y reformas del área central forense. Además de estos restos, Serra también describió una estructura de escasa entidad que él identifica con una "pérgola" o un "ambulacro". Ésta consistía en un rebaje en la roca natural para formar un plano de 4,45 por 4,05 metros y que el arqueólogo describe como un patio cuadrangular, en el que: "cada ángulo y en la mitad de cada espacio entre ángulo y ángulo, y en el centro de este cuadrado, había una tosca piedra de 0,25 metros a 0,35 metros de diámetro y 0,20 metros de espesor, con un hoyo en el centro de unos ocho centímetros de diámetro, (...)" 29. La planta general de las excavaciones de Serra (fig 7.) constituye la única representación gráfica de las nuevas manzanas de casas con los restos arqueológicos documentados e incorporados en el mismo plano. Se puede observar que en la manzana D aparece la estructura que Serra califica de ambulacro o pérgola. El dibujo coincide con la descripción de Serra: en planta dibuja dos lados de un cuadrado con sus esquinas; en la mitad de cada lado y en los extremos se dibuja un ensanchamiento que se corresponde con las piedras citadas. El dibujo refleja también la posición del bloque central. Serra interpretó esta sencilla estructura sin darle mayor importancia, sin embargo ésta presenta algunas características que permiten una interpretación más compleja. El aspecto que llama más la atención del monumento de Tárraco es su orientación respecto a la trama urbana. La estructura cuadrangular se trazó siguiendo, de forma bastante aproximada, la orientación de los puntos cardinales. Esta orientación resulta anómala respecto a la trama urbana de este sector de Tárraco, que queda definida por la basílica jurídica, la ínsula, y las vías que la delimitan que se orientan aproximadamente en sentido noreste-suroeste. Junto a esta observación hay que añadir que la supuesta "pérgola" se encontraba alineada con el eje transversal de la basílica. LOS TEMPLA AUGURALES EN EL URBANISMO ROMANO La estructura que acabamos de describir puede ser interpretada de modo diferente al que propuso Juan Serra Vilaró. Para ello contamos con un cierto número de estructuras que pueden considerarse análogas, aparecidas en diferentes puntos del Occidente Mediterráneo. Se trata de estructuras arquitectónicas orientadas según los ejes cardinales que rompen con la orientación de las respectivas tramas urbanas y que en un contexto colo-nial pueden ser identificadas como templa augurales. Estos elementos tienen su reflejo en la topografía urbana y están revelando parte de los mecanismos simbólicos de la génesis de cada colonia. Se trata de restos de escasa entidad material pero que sin duda tenían un alto valor simbólico y su construcción estaba en relación con las ceremonias y ritos asociados a la fundación de cada una de estas ciudades. Citaremos a continuación los casos de Roma, Cosa, Bantia y Pollentia 30. Roma (fig. 1) Tito Livio, en su relato de la elección de Numa Pompilio como rey, hace mención del auguraculum oficial de la metrópolis que se encontraba en la Arx 31. Allí se consultaban los auspicios públicos y desde ese lugar se inauguraban tanto los magistrados como las asambleas. Por ello, la sede de estas últimas, el Comitium, estaba en relación con el auguraculum mediante las scalae Gemoniae que unían ambos edificios. A partir de la propuesta de Giannelli para la ubicación del templo de Juno Moneta, más al este de la tradicional, unas estructuras arquitectónicas arcaicas realizadas en opus quadratum y situadas en el jardín de Santa Maria de Araceli pasaron a ser candidatas a interpretarse como pertenecientes al auguraculum 32. Aunque exista una propuesta para el auguraculum de la Arx, los restos arqueológicos de que disponemos no resultan de mucha ayuda para establecer similitudes con edificios en las colonias. Por lo que se refiere a la dirección de la spectio sabemos que ésta era en dirección Sureste, siguiendo la Sacra via hasta los Montes Albanos 33 trucción anterior al edificio imperial. Gracias al hallazgo de terracotas decoradas, ésta ha podido ser interpretada como un templo de grandes dimensiones construido en el siglo VI a.C. La existencia de dicho templo hace difícil imaginar que un auguraculum palatino pudiese estar situado en este emplazamiento desde época arcaica. Como señala Coarelli, sea o no el Auguratorio palatino una recreación anticuarista republicana, el caso es que era un "fósil", sin función práctica y con un papel puramente conmemorativo y simbólico 38. El primer ejemplo excavado y publicado en el que se identifican estructuras arquitectónicas vinculadas al nacimiento de una colonia es el de la ciudad de Cosa, fundada en el 273 a.C. en los antiguos territorios del noroeste de Vulci en Etruria meridional. Su acrópolis se encuentra situada al sur de la ciudad, y en ella se construyó el templo capitolino de triple cella. Bajo el Capitolio se identificaron los restos de una estructura cuadrada de unos 7,40 metros de lado, orientada según los puntos cardinales aunque con unos 12 grados de desviación, que se identificó como el templum augural de la ciudad. Cosa nos ofrece un ejemplo muy interesante en el que los distintos espacios rituales que intervienen en el proceso fundacional están estrechamente relacionados entre sí. Al norte del templum y siguiendo el mismo eje N-S, a una distancia de 3 metros, hay una hendidura en la roca de entre 2 y 2,5 metros de profundidad y 1 de longitud. Sus excavadores encontraron restos de materia vegetal descompuesta rellenando el fondo de la grieta 39. La grieta ha sido identificada como el mundus de Cosa, y su posición de centralidad es manifiesta, ya que fue tomada como centro geométrico del templo capitolino que se construyó encima. La oquedad natural es un accidente natural buscado intencionadamente por su valor sacro, al ser un punto de comunicación con las divinidades infernales. La presencia de material vegetal en el fondo del relleno de la grieta coincide con la mención que hace Ovidio respecto a la ofrenda de las primicias de la tierra que eran arrojadas en el mundus por los fundadores 40. La identificación del auguraculum de Cosa adquiere mayor relevancia histórica si la ponemos en relación con el urbanismo fundacional de la colonia y con la organización territorial del agger cosanus. El eje del foro, marcado por la posición del comitum y de la curia, se corresponde con la spectio del templum augural, que coincide además con la vía que unía el foro con el recinto del Capitolio 41. Del mismo modo, las visuales principales del auguraculum sirvieron para orientar la parcelación del territorio cosano distribuido a los colonos que participaron en la fundación de la ciudad. Ambas circunstancias ponen de manifiesto la profunda relación que existía entre los rituales fundacionales y la plasmación sobre el terreno de los rasgos urbanísticos esenciales de una nueva colonia. El templum augural de la antigua Bantia, hoy Banzi en la provincia de Potenza, constituida en municipium entre el 80 y el 60 a.C. es el ejemplo mejor conocido de los documentados hasta el momento. En 1962 aparecieron fortuitamente, durante las obras de construcción de la caldera del parvulario municipal, seis cipos alineados en dos filas y con una inscripción en la cara superior en cada uno de ellos. Mario Torelli estudió el conjunto, interpretó las inscripciones e identificó la construcción como el templum augural de Bantia 42. En 1967, al año siguiente de la primera publicación, se excavó al norte de los primeros cipos y se obtuvo la confirmación de la correcta identificación del monumento bantiano, con la aparición de 3 cipos más 43. Representa un caso hasta hoy excepcional por sus características: un cuadrilátero orientado según los puntos cardinales, de 9,2 x 8 metros de lado. Esta última medida es aproximada ya que se documenta con el hallazgo fortuito de 1962 y no por la excavación rigurosa de 1967. Las medidas del monumento de Bantia son sensiblemente superiores a las del templum de Cosa. El rectángulo con los 9 cipos estaba delimitado por un cercado de palos de madera de los que se pudo documentar los orificios en el suelo de 40 cm de profundidad. La función de esta cerca se interpretó como el límite sacro del templum. Los cipos con diámetros entre los 29 y los 34 centímetros tienen grabada una inscripción en su cara superior que se corresponde con las divinidades, y signa favorables o adversos. Torelli ha llevado a cabo su estudio, y con dos rectificaciones de Lindersky, la interpretación de las inscripciones de los cipos está aceptada como: En el eje Oeste-Este, el que constituye el mejor auspicio: FLUS(a), SOLEI, IOVI; para la hilera situada más al norte: 44. C(ontraria) A(ve) A(uspicium) P(estiferum), T(--) A(ve) AR(cula), B(ene) IU(vante) AV(e); y para la hilera sur: C(ontraria) A(ve) EN(ebra), R(emore) AVE y SIN(ente) AV(e) A escasa distancia del templum, en su lado oeste, aparecieron dos basamentos rectangulares, que medían 1,65 por 0,45 m, separados por una distancia de 3,70 metros y que Torelli interpreta como el lugar desde donde se observaban los signa 45. La cronología de este auguraculum se estableció en la segunda fase de excavación, siguiendo una metodología arqueológica, y sitúa su construcción entre el 75 y el 50 a.C. para quedar abandonado al poco tiempo 46. Esta cronología encaja perfectamente con la fecha de concesión a Bantia del estatuto de Colonia. A pesar de las dimensiones de la planta, alejadas de los ejemplos citados en Cosa y Bantia, resulta extremadamente sugerente la posición y orientación del posible templum de Pollentia respecto a su Capitolio. Coincide en sus rasgos principales con las características del ejemplo de Cosa, en particular en lo que se refiere a la relación del templum augural con el mundus. De ser así, la presencia de un mundus bajo la cella central del Capitolio no resultaría extraña. Desgraciadamente, el Capitolio de Pollentia se encuentra muy mal conservado. Su restitución ha sido posible solamente a partir de las huellas dejadas por el expolio de sus muros 48. No conserva nada de sus pavimentos interiores y por lo que tenemos noticia, por el momento, no se ha documentado ninguna grieta ni brecha natural, ni oquedad que pudiese haber sido utilizada como un elemento ritual asociado con el mundus. EL TEMPLUM AUGURAL DE TÁRRACO Y LA FUNDACIÓN DE LA COLONIA CESARIANA Los dos templa augurales que conocemos de un modo más preciso, en Bantia y Cosa, tienen una serie de características que también se dan en Tárraco. Cuando Serra documentó la estructura aparecida en Tarragona, dedujo, tal y como ya hemos visto, que a pesar de su estado de conservación fragmentario, se trataba de una estructura rectangular. A su vez, a partir de la planimetría (fig. 7) del mismo arqueólogo, se pone de manifiesto que su orientación corresponde con los puntos cardinales. Por otra parte, la elección del emplazamiento, un lugar elevado de la topografía de la zona, fue inequívocamente intencionada. El suelo del cuadrilátero estaba recortado en la roca natural de la ladera de la colina, mientras que su entorno no presentaba ninguna muestra de haber sido objeto de parecida regularización. Por todo ello, en Tárraco, al igual que en Bantia y en Cosa, es posible restituir el monumento como una plataforma rectangular, prácticamente cuadrada, construida para la observación de las aves, y orientada respecto a los puntos cardinales 49. La posición de los cipos incisos de Bantia, coincide con la situación de las piedras perforadas de Tárraco. En los dos casos se situaban en los vértices, en el punto medio de los lados y en el centro geométrico del rectángulo. En Tárraco, estos orificios de 8 cm de diámetro debían ser en realidad encajes para fijar piezas verticales: tal vez palos de madera o tal vez cipos como en el caso de Bantia. En definitiva, en las tres ciudades, sus auguracula, aunque son de escasa entidad arquitectónica, tuvieron un papel primordial en el momento de fundar las respectivas colonias, para ser abandonados al poco tiempo o superados por la construcción de otros edificios. 49 Respecto a la forma rectangular de los auguracula, hay un detalle que es necesario mencionar. Existe una gran similitud entre las proporciones de los templa de Bantia y Tárraco: el lado mayor mide 1,1 veces el lado menor. Para establecer esta relación, hay que tener en cuenta que las medidas del templum de Bantia son precisas en lo que se refiere a los 9,2 metros de la longitud este-oeste, al haberse documentado arqueológicamente y con precisión los tres cipos del lado norte. No se puede decir lo mismo de los 8 metros de la longitud norte-sur, que es aproximada, al pertenecer las otras dos hileras de cipos al hallazgo fortuito de 1962. Una pequeña variación haría de las proporciones de los templa de Bantia y Tárraco iguales. Por otro lado, hay un factor urbanístico que, al igual que en los ejemplos que conocemos, también se da en Tárraco. Como hemos tenido ocasión de ver, tanto los auguracula de Roma como el de Cosa mantienen una estrecha relación con los edificios específicos para la reunión de la asamblea. Los dos auguracula de Roma se relacionaban respectivamente con el comitium y con los saepta y el auguraculum de Cosa a su vez, con la posición del comitium en el foro. Conviene recordar, para entender mejor el caso de Tárraco, que los comitia se documentan únicamente en los foros de las colonias más antiguas: Cosa, Alba Fucens, Fregellae y Paestum. A partir de finales del siglo II a.C. las funciones judiciales del edificio asambleario fueron asumidas por la basílica, que adquirió mayor importancia en la organización del espacio forense, dando como resultado la desaparición del comitium 50. Mientras se producía esta reelaboración del modelo de foro, el rito de establecer un templum augural seguía siendo un elemento imprescindible en el discurso simbólico de la fundación de la ciudad. De este modo, tanto en Bantia como en Tárraco, con fechas fundacionales relativamente próximas, el templum augural se debió relacionar con la parte del foro más eminentemente civil. Ello explicaría en el caso de Tárraco la posición del auguraculum respecto al lugar donde más adelante fue construida la basílica jurídica. Aunque Tárraco tuvo un destacado papel durante la tardo república, no fue colonia romana hasta época de Cesar cuando se convirtió en la Colonia (Iulia) Vrbs Triumphalis Tarraco 51. Hasta ese momento su organización sería la propia de una ciudad, que aunque sujeta al poder de Roma y con la presencia de los grandes contingentes militares, continuaba siendo jurídicamente una ciudad "libre" o más probablemente federada 52. A lo largo de todo el siglo II y la primera mitad del I a.C. la ciudad había ido creciendo, incrementando su población con la instalación de itálicos, probablemente procedentes, del Lacio centro-meridional y de la Campania, y en menor medida romanos movidos por las posibilidades de crecimiento económico que ofrecía una ciudad portuaria con la presencia estacional de grandes ejércitos 53. Un ejemplo de posibles nuevos habitantes podrían ser los soldados que en el 180 a.C. Tiberio Sempronio Graco licenció en Tárraco, cuando fue pretor en la Hispania citerior, sin la adscripción a una determinada colonia 54. La existencia de casas republicanas en la zona del foro, amortizadas por los edificios públicos que se construyeron a posteriori son un reflejo de esta Tárraco anterior a la fundación como colonia 55. A lo largo de este periodo también se construyeron importantes obras públicas, cuya iniciativa y ejecución se deben a Roma. Tanto la llamada "segunda fase" de la muralla como la construcción de la cloaca máxima de Tárraco constituyen una muestra de la gran envergadura de las infraestructuras urbanas que se llevan a cabo durante la segunda mitad del II a.C., mucho antes de convertirse en colonia 56. Esta Tárraco precolonial debía disponer de los correspondientes edificios de culto, su centro político y los equipamientos de diversa índole propios de una ciudad. Es posible que el foro colonial fuese ya un espacio público antes de la fundación cesariana, así lo sugiere la aparición cercana de una inscripción dedicada a Pompeyo Magno (RIT 1) que, como consecuencia de la victoria de Cesar fue girada y grabada en su cara posterior con una inscrip-ción dedicada a Mucio Scaevola (RIT 2) 57. A pesar de ello no se ha documentado arqueológicamente resto alguno que, de momento, pueda ser interpretado de forma clara como perteneciente a una plaza o a un edificio público "precolonial" en este emplazamiento. En conclusión, todavía hoy estamos faltos de una propuesta convincente que explique la evolución urbanística de Tárraco durante los aproximadamente 175 años de su historia pre-colonial. Sin embargo, disponemos de información relativa al trazado de la retícula de fundación de la colonia, probablemente cesariana. La arqueología ha aportado elementos que confirman que, como mínimo, esta zona de Tárraco fue urbanizada siguiendo un modelo de manzanas regulares de 120 pies de anchura por 240 pies de longitud. Cada insula por tanto, media 1 por 2 actus (1 jugerum de superficie), y las calles que separaban estas insulae medían 20 pies de anchura 58. Anotar que la trama urbana podía quedar parcialmente interrumpida, si la topografía del terreno así lo exigía, por ejemplo, debido a la presencia, detrás de la basilica, de la colina con el templo de San Fructuoso en lo alto. La interrupción del trazado teórico de una de las vías en sentido NE-SO a la altura de la actual calle Réding, por unos restos arqueológicos que documentó Serra Vilaró y que están situados precisamente donde debería discurrir la vía, pueden avalar esta propuesta. A pesar de que esta colina pueda interrumpir la trama, si se prolonga la retícula urbana sobre el plano, el auguraculum queda situado en eje respecto al trazado de una de las vías que tienen la dirección NE-SO. Esta axialidad es precisamente la que en un primer momento atrajo la atención sobre la sencilla estructura rectangular, ya que el eje sobre el que se emplazó el auguraculum es el mismo que el de la basílica jurídica y también de parte de la plaza foro. Por lo que concierne a la otra dirección del auguraculum (NO-SE), éste se halla también centrado, pero en lugar de coincidir con una calle, (lo que lo situaría en una intersección), se encuentra aproximadamente en la mitad de longitud de una insula (a unos 120 pies de la línea de fachada). Aunque la fundación jurídica de la Colonia Tárraco no supuso la ocupación de una ciudad enemiga, vencida por las armas, existía igualmente la obligación de cumplir con los ritos de fundación para la nueva comunidad, formada por los antiguos habitantes, y quizás con la incorporación de nuevos colonos entre los que habría que repartir las nuevas parcelas urbanas y rústicas 59. Según esta propuesta, podemos imaginar como se llevó a cabo la constitución religiosa de la colonia Tárraco. A partir del escrupuloso cumplimento de los ritos, y en especial de la inauguratio realizada desde el auguraculum situado en la falda de la colina, se trazaron las nuevas parcelas urbanas, que tuvieron que convivir con las calles ya existentes de la Tárraco republicana, ya que la nueva fundación incorporaría la antigua Tárraco, agregando los terrenos que hasta la fecha habían tenido escasa densidad de edificación, ahora ordenados con la nueva trama colonial. En relación con este tema, resulta interesante comprobar que las aparentemente extrañas medidas de la planta del auguraculum parecen obedecer a algún criterio. Los 4,45 m., de un lado son aproximadamente 15 pies romanos, pero en cambio, los 4,05 m., del otro lado no corresponden a un equivalente en pies entero, ni a un fraccionario razonable. En cambio, si se calcula la diagonal del rectángulo, a partir de las medidas que da Serra Vilaró en su memoria, el resultado es de 6 m., distancia que equivale a 20 pies, y que precisamente se corresponden con el ancho de las calles. Si prestamos atención a la posición que ocupa la estructura rectangular del auguraculum en a la trama urbana, se podrá comprobar que el ancho de la calle del modelo urbano y la posición de la diagonal del auguraculum encajan perfectamente. La estrecha relación entre la situación del auguraculum y el trazado urbano obedecería al papel de los augures en la fundación colonial. Su intervención no finalizaría con la inauguratio sino que, también tendrían un papel en el establecimiento de los límites de la ciudad y en su diseño interior. En este sentido, recordemos a Atius Nevius, el augur por excelencia de la tradición romana, y el procedimiento augural que utilizó, estableciendo límites y compartimentando su vid para encontrar el mejor racimo de uva y ofrecerlo como sacrificio al encontrar ). Para una reinterpretación de la inscripción RIT 2 ver Ruiz de Arbulo, J., "La fundación de la colonia Tárraco y los estandartes de César" en Jiménez, J.L, Ribera, A. (eds.), Valencia y las primeras ciudades romanas de Hispania, Valencia 2002, donde se propone para Mucio Scaevola el papel de praefectus para la ejecución de los ritos de la fundación como colonia. 58 Desde la excavación de Serra en los años 20 se conoce la anchura de las insulae al documentarse la fachada completa de una de ellas. 59 La discusión esta centrada en el problema del origen de los ciudadanos de la nueva colonia. Una posibilidad es que se tratase de los ciudadanos de la Tárraco precolonial, honrados con la concesión del titulo de colonia por el apoyo prestado a Cesar en la batalla de Ilerda, a los que cabría sumar los ciudadanos romanos hasta entonces aglutinados bajo la fórmula de conventus civium Romanorum. Otra posibilidad diferente, menos probable desde nuestro punto de vista, es que se tratase de veteranos de Cesar incorporados a la nueva comunidad jurídica como fruto de una deductio. Hoy por hoy no existen pruebas concluyentes que permitan descartar categóricamente ninguna de ambas hipótesis. Sobre el tema ver Alföldy, G., Tarraco (coll. unas cerdas extraviadas 60. Del mismo modo, los distintos tipos de suelos, a decir de Varrón, se establecen como Romanus, Gabinus, peregrinus, hosticus o incertus según los augurios públicos, por lo que las determinaciones de los augures son las que acabarían por delimitar los distintos suelos 61. A pesar de que, según el agrimensor Higinio, el cálculo de los límites y la dirección de las vías dependía de la disciplina etrusca de los harúspices, también deja abierta la interpretación a que otros fuesen competentes en esta materia 62. En realidad, en la fundación de la ciudad sería el augur quien tomaría las determinaciones necesarias relativas a los límites y también respecto a su parcelación interior y exterior. Higinio especifica que el emplazamiento de la groma para el diseño de las vías y de las parcelas se situaría según lo que determinase el procedimiento augural: "posita auspicaliter groma" 63. Visto el ejemplo de Cosa en que la parcelación de su agger está en función del conjunto auguraculum-mundus de la colonia, no resultaría extraño que, en Tárraco, la posición inicial de la groma, desde donde se comenzó a describir la forma urbana de la Tàrraco colonial estuviese determinada por el auguraculum, incluso que él mismo pudiese ser el punto de inicio para el trazado urbano. EPÍLOGO: LA EVOLUCIÓN URBANA DEL ÁREA CENTRAL DE TÁRRACO La reinterpretación de datos procedentes de las excavaciones antiguas (Juan Serra Vilaró), combinadas con el examen atento de los nuevos datos arqueológicos, nos ha permitido dibujar, en sus principales trazos, el nacimiento del foro de la colonia cesariana de Tárraco. Una metodología de trabajo, que, en el caso de Tarragona abre un camino importante a la revisión de su topografía antigua. Esto resulta particularmente evidente cuando examinamos la evolución del foro colonial en época imperial. Podemos imaginarnos que, de forma similar a la inauguratio de Numa en Roma 64, a los pies del auguraculum se agrupó la nueva comunidad cívica para asistir, en escrupuloso silencio, a los ritos de la inauguratio de Tarraco como colonia. Desde aquí, el corazón de centro simbólico de la ciudad, se debió iniciar la monumentalización de centro político con la construcción de su foro. Ceremonias y rituales cívicos confluyen, como no podía ser de otro modo, en la definición del centro cívico de una Colonia Romana. Unas décadas después de las ceremonias fundacionales, en época julio claudia, probablemente con Tiberio a juzgar por la decoración de sus capiteles, el foro fue dotado de una gran basílica jurídica presidida en su eje transversal por una aedes Augusti. Todo el edificio fue proyectado según el eje compositivo fijado por la situación del auguraculum. Uno de los elementos principales en la articulación del foro cesariano sería, naturalmente, el templo capitolino. Su planta, en base a su anchura y a la proporción de sus cellae, conservadas como hemos visto en el recinto del "foro local", se correspondería probablemente con el modelo del Capitolio de Roma y su orientación sería la misma que el resto de la trama urbana 65. Hipotéticamente podemos suponer que su recinto se adaptaba a la trama urbana ocupando la anchura de dos insulae de 120 pies. Dibujo realizado a partir de la superposición de los diferentes planos antiguos mediante un sistema GIS. El resultado es que el auguraculum está orientado según los puntos cardinales con una leve desviación de 8o y situado a 34 pies de un extremo de insula y 36 del otro. Teniendo en consideración la escala del plano utilizado como base, publicado en 1932, y que las insulae reconstruidas no dejan de ser un modelo, hay que valorar el resultado como una aproximación pero que no deja de ser un éxito de precisión. 65 El Capitolio se puede identificar por conservar parte de los cimientos de la triple cella de culto claramente visibles en el recinto del "foro local" desde la excavación de 1928. Se trata de un peripteros sine posticum y con una anchura de 100 pies, la longitud no se puede verificar arqueológicamente al haberse arrasado en el siglo XIX por la urbanización de la calle Gasometro. A nivel gráfico se ha restituido con las proporciones de los templos tuscánicos. Actualmente un equipo de investigación de las universidades de Lleida, Girona y Rovira i Virgili (Tarragona), dirigido por J. Ruiz de Arbulo y en colaboración con el Museu d'Història de Tarragona, está llevando a cabo la reexcavación del templo, que sin duda permitirá definir con mayor precisión el área central de Tárraco. En este sentido, ver el reciente artículo de Ruiz de Arbulo, J.; Vivó, D.; Mar, R., "El capitolio de Tárraco. Identificación y primeras observaciones", en (Vaquerizo, D.; Murillo, J.F. Eds.), El concepto de lo provincial en el mundo antiguo. Esquema del foro de Tárraco de finales del siglo I d.C. sobre el modelo de insulae de 1 x 2 actus. Las dimensiones de la plaza se han restituido a partir de la basílica como límite norte y de la hilera de tabernae abiertas de espaldas al foro como límite meridional. A la derecha se sitúa el capitolio que dispondría de una plaza porticada a una cota diferente de la del foro. El muro póstico del templo interrumpe una de las calles en sentido norte-sur. El auguraculum está emplazado en el que sería eje de simetría del conjunto basílica-foro y la distancia entre sus vértices es la misma que la anchura de las calles. La zona tramada como "posible templo" es el gran edificio romano, convertido en iglesia medieval dedicada a San Fructuoso y destruido en el siglo XVII (Dibujo: R. Mar, R., Salom, C.). Entre basílica y Capitolio se sitúa lo que Hernández denominó, en el siglo XIX, "Gimnasio" y Serra "plaza de las estatuas", del que hoy en día se conserva un pavimento de hormigón de mortero de cal con pequeñas piedras y fragmentos de ánfora. En este pavimento se encuentran los cimientos de 5 basamentos, muy reconstruidos por los trabajos de restauración de los años 60 del siglo pasado y que han enmascarado los restos originales. Aunque no està completamente identificado el proceso de transformación de este espacio, en un principio parece estar relacionado con los porticados de la plaza del capitolio, espacio que más tarde se modifica. Nos falta por determinar cual era el límite del foro por el frente meridional. En los últimos años dos intervenciones arqueológicas en la calle Gasometro (números 32 y 36) han aportado datos sobre su posible cierre 66. En la intervención del número 36 aparecieron estructuras que han sido identificadas como el criptopórtico de la plaza forense. La alineación de este criptopórtico encaja con el modelo urbano de insulae, confiriendo una anchura a la plaza del foro con sus porticados equivalente a 240 pies, longitud de una insula. A su vez, al sur del criptopórtico, los arqueólogos excavaron en el núm. 32 de la citada calle, (en el 36 no se documentan), una serie de tabernae abiertas hacia el sur, (con la misma dirección y sentido que el resto de edificios de este modelo urbano), cuya construcción se situaría en un contexto de último tercio del I d.C. Su excavador las asocia a una posible reforma urbanística del sector al sur del foro, ya que hay referencias a modificaciones en otros solares de la zona en esa misma cronología 67. Al observar la planta teórica, según este modelo, resulta que si prolongamos este cierre de la plaza en todo su frente (4 insulae de anchura), la zona del Capitolio, tal y como restituimos hipotéticamente el templo, con unas dimensiones de 100 pies de ancho x 120 pies de largo, el espacio libre de plaza delante del Capitolio queda extremadamente menguado. La cronología flavia de las tabernae, que pertenecerían a un edificio público fruto probablemente de la modificación de la plaza del foro, da pié a plantear la hipótesis de que el espacio destinado originalmente a foro fuese más extenso y que en esa época se compartimentó para generar un nuevo espacio público más al sur del foro colonial. Otra cuestión que llama la atención es la posición excéntrica de la plaza forense respecto a la planta general de la ciudad. Gracias a los dibujos y descripciones de viajeros y humanistas de los siglos XVI y XVII se puede reconstruir el recorrido de la muralla en esta parte baja de Tárraco. A partir de esta documentación se puede situar el tramo de muralla que unía, con un largo lienzo dotado de torres, el actual casco antiguo con la parte baja de la ciudad, lugar donde se ha documentado el hábitat ibérico y republicano. Parte de este lienzo se situaría aprovechando las estribaciones de la colina de San Fructuoso y así ganar altura mejorando la defensa de la futura ciudad. En parte este recorrido estaba muy próximo a los edificios del foro, quedando el centro administrativo y judicial de Tárraco muy desplazado a uno de los extremos de la planta general de la ciudad. Esta situación, podría tener una explicación si se pone en relación con el emplazamienxto del auguraculum. Era preferible emplazar los auguracula en proximidad a las murallas para dominar visualmente tanto la ciudad como su agger 68, como en el ejemplo de la ciudad de Cosa, donde se llevó a cabo la parcelación desde los edificios simbólicos de su acrópolis 69. Finalmente, cuando R. Mar introduce su análisis sobre la decoración arquitectónica del Recinto de Culto imperial, reconoce en Tárraco el modelo de "ciudad Teatroide", forma con la que Diodoro compara la ciudad de Rodas 70. Este sistema de implantación, fundamentalmente elaborado a partir de terrazas a distintos niveles, presentado junto a los santuarios helenísticos del Lacio como antecedente urbanístico del conjunto del llamado "foro provincial" construido durante los flavios, sería aplicable al resto de la ciudad. Así, un grupo de edificios públicos nos sirven para ejemplificar como se pudo plasmar en el caso de Tárraco. El teatro, de cronología augustea, se disponía en un nivel inferior, a una cota próxima a la del nivel del mar, junto a él, un ninfeo anexo que monumentaliza el desnivel natural con un revestimiento de opus quadratum formando un nicho monumental con una cascada de agua 71. Otros edificios pertenecerían a este mismo nivel, tan próximo al mar y a las instalaciones portuarias, como las termas públicas conservadas en la calle Sant Miquel 72 y que funcionarían de un modo similar al teatro y su ninfeo: apantallando el desnivel de la roca con su construcción. Por encima de estos edificios, se definiría un nivel superior, situado en la carena natural que queda definida hoy en día por las calles Zamenhoff y Caputxins. A parte de la misma elevación, algunos vestigios de arquitectura pública dan cierta continuidad a la idea de esta ciudad "Teatroide", con edificios públicos como el documentado en Caputxins 33-37, muy cercanos al corte natural, algunos elementos arquitectónicos que habían caído al nivel inferior como los hallados en el solar de Castaños número 1 (contíguo a las escaleras de la misma calle), o las columnas que Pons d'Icart menciona, que se hallaban muy próximas al corte, y que hasta inicios del siglo XVI se conservaban en pié, cuando cayeron a causa de un terremoto. La explanada de la plaza del foro se alzaba en un nivel superior y ésta a su vez se veía superada en altura por un frente de edificios forenses sobreelevados respecto a la plaza. Es el caso de la basílica jurídica, el edificio contiguo, que Serra denomina "plaza de las estatuas", y el Capitolio, que cerrarían el frente longitudinal del foro por su lado noreste. La misma dinámica de ciudad escalonada se encuentra en el mismo recinto del "foro local", donde se conservan pavimentos a una cota significativamente superior a la de la basílica y los edificios y calles adyacentes. Finalmente, en un plano superior se alzaba la colina donde se instaló el auguraculum y donde se hallaba el templo con su plaza enlosada, reconvertido en iglesia medieval dedicada a San Fructuoso. Por los distintos desniveles que ofrece la orografía, se hace virtud de la necesidad, ofreciendo, la ciudad, una panorámica desde el mar formada por una serie de terrazas escalonadas, que en un in crescendo culminaba, a partir de la década de los años 70 d.C., con el gran conjunto provincial de la parte alta de Tárraco.
En el s. II a.C. se emiten en el nordeste de Hispania monedas con el nombre de étnicos conocidos por las fuentes escritas. Se plantea el problema de si responden a una organización territorial en circunscripciones que, curiosamente, corresponden con las regiones y principales populi que cita Plinio. Por otro lado estas cecas podrían corresponder a localidades que pudieran tener otro nombre. Nuestro conocimiento de la etapa que media entre la pacificación de Catón a inicios del s. II a.C.1 y la comprobada fundación o refundación de ciudades a fines del mismo y sobre todo a inicios del siguiente en el nordeste peninsular es muy escaso. Roma se ha asentado en la zona y las fuentes escritas se orientan hacia el interior aún no domeñado, no ofreciendo prácticamente información sobre las consecuencias de la asunción de la conquista a partir de la realidad con que se encontraron. Creo que lo que podamos suponer que ocurrió se derivará sobre todo a través de la numismática, tan prolífica en la zona en esta etapa y, en concreto, la que en sus leyendas podemos reconocer como nombres de populi atestiguados por fuentes anteriores o posteriores, hecho casi insólito en otras zonas peninsulares. No pretendo ni mucho menos realizar un estudio numismático, sino basarme en los datos de los especialistas en ese campo con el fin de intentar pergeñar a través de sus datos la posible huella de una primera organización propiciada por los conquistadores. Se ha incidido en muchas ocasiones que, en la Hispania republicana, las monedas con caracteres indígenas son el único documento propio que nos han dejado las ciudades, o, si queremos, las sociedades poliadas o estados, dado el valor polisémico del término ciudad. El resto de la información a este respecto es la escasa que proporcionan las fuentes escritas clásicas y, aún menor, las epigráficas, en cualquier caso pocas veces indígena. La singularidad que ofrecían las emisiones del nordeste peninsular, básicamente en Cataluña, que abarcaban desde fines del s. III hasta, quizás, antes del meridiano del I, es manifiesta en cuanto al alto número de cecas y características incluida una cierta uniformidad, en contraposición a lo que ocurría en otras zonas, hasta el punto que se ha planteado si, a excepción de los indiketes, podemos hablar con propiedad de pueblos ibéricos al norte del Ebro (García-Bellido 1998) que, eso si, utilizaron la ibérica quizás como lingua franca en sus documentos epigráficos. De las cecas catalanas me ocupé hace ya más de una década (Pérez Almoguera 1996) con el fin de intentar vislumbrar a través de ellas los indicios de posibles organizaciones territoriales que Roma llevó a cabo durante tan dilatado periodo de tiempo, a pesar de la carencia de horizontes estratigráficos claros que permitieran afinar las posibles cronologías, problema que continua por desgracia vigente. Vuelvo a ocuparme del tema AEspA 2008, 81, págs. 49-73 ISSN: 0066 6742 centrándome en un aspecto que apenas traté en la ocasión anterior, pues si bien me ocupé de la organización del s. II en que tiene lugar la multiplicación de cecas, no incidí lo suficiente en lo que pudieran representar las que llevan nombres de étnicos, de populi (llamados sólo por Livio en ocasiones gentes; Rodríguez 1996, 63) conocidos por las fuentes escritas, frente a las que lo hacen claramente de ciudades. Sobre ellas trataré aquí. La mencionada uniformidad de las emisiones ibéricas ha hecho pensar en «una sugerencia por parte de la administración romana» (Ripollés 2005, 198) cuando no en una imposición que estimula las iconografías y grafías indígenas, aunque también se hayan supuesto, y no pocas veces, como resultado de una decisión propia de las diversas ciudades. Por mi parte creo posible que reflejen la primera organización realizada por Roma tras la asunción de la conquista, bien con la pacificación de Catón que significaría un cambio importante en la implantación territorial o quizás tras la de Tiberio Sempronio Graco de otros territorios al oeste (Campo 1998, 40), pero en cualquier caso antes de 154 (García-Bellido 1993b, 104) teniendo en cuenta la aparición del denario ibérico, aunque se han propuesto fechas incluso posteriores, en torno a 133 (recientemente, de nuevo, López Sánchez 2005, 511), datación excesivamente tardía a nuestro entender aún cuando es posible que sea entonces cuando se multipliquen las cecas con la aparición de nuevas. Quizás antes del meridiano de siglo sería una fecha adecuada si estas amonedaciones las relacionamos con la presencia de un aparato fiscal romano no existente con anterioridad de forma regular al menos antes de 171 pero sí ya en 133. El problema es que no siempre resulta claro que las acuñaciones fueran para satisfacer una función fiscal, sobre todo si se tiene en cuenta la abundancia de bronce -que no responde a una lógica fiscal ni es codiciado como botín de guerra-sobre la plata (Ñaco 1999; Aguilar-Ñaco 1997;Ñaco-Prieto 1999) que sí podría servir para ese fin y que es acuñada por pocas cecas. Además tanto para las emisiones de plata como para las de bronce se ha venido defendiendo el uso de módulos que es posible que en realidad respondan a una tradición indígena (García-Bellido 2001), incluso premonetaria, con lo cual la cronología de las monedas ya no dependería de tipos romanos, como es el caso discutido de la aparición del denario. No está de más recordar que los iberos conocían la moneda -o la economía monetaria-antes de acuñar, por sus contactos y comercio con los griegos. En su mayor parte se trata de cecas que no habían emitido con anterioridad ni dracmas ni divisores. Tan solo perviven tres de las que lo habían hecho: iltir ́ta, iltir ́ke y kese y solo las dos últimas ostentan nombre relacionado con populi, iltir ́ke con los ilergetes o con los ilercaones y kese con los cesetanos. Junto a estas y a otras con nombres de ciudades, aparecen en el s. II también en Cataluña, y en genitivo, las cecas de aus ́esken, laies ́ken y untikesken que claramente nos remiten a ausetanos, layetanos e indiketes. Iltir ́ke utilizará ahora también el genitivo (iltir ́kesken). Más al oeste, sedeisken se refiere de forma clara a los sedetanos, y quizás, aunque más discutible, sesars y bar ́s ́kunes pueden hacerlo asimismo a suesetanos y vascones. De hecho se trata de los populi de cierta entidad que mencionan las fuentes escritas y, además, coinciden con las regiones y pueblos que dos siglos después nos aparecen en la descripción del nordeste de Hispania de Plinio. La pregunta inmediata es si ello significa que reflejaban una organización basada en las realidades étnicas que, evidentemente en época de Plinio ya no tenían vigencia, pero pervivía el recuerdo de que la tuvieron en un momento. Tan sólo notamos a faltar dos pueblos de Cataluña, cerretani y lacetani, que plantean problemas que trataremos más adelante, como haremos también con el de los iacetani más al oeste. No entraré en el problema sobre lo que se esconde tras los nombres de etnias que mencionan las fuentes y nuestra ignorancia sobre la percepción que de ellas tendrían los indígenas incluidos en las mismas por griegos y romanos (Grau 2005, 108) pues lo seguro es que las diversas etnias nunca habían constituido estados unificados, contando cada una con diversas ciudades independientes aunque es posible que se crearan a partir de un ethnos tribal, ya desde el s. VI, que solo volverían a unirse en especiales casos de guerra bajo la dirección de caudillos o reyezuelos con aptitudes militares (Gracia 2006, 37). Aunque correspondieran sólo a una realidad percibida por los conquistadores y no tan claramente por los indígenas en todos los casos, nos interesa que Roma las consideró en alguna medida para sus intereses y las monedas de que tratamos serían un indicio de ello. Frente a lo que ocurre para los estudiosos de la génesis y evolución de los pueblos prerromanos, el que las fuentes sean generalmente tardías, inmediatamente anteriores, contemporáneas o posteriores a la Segunda Guerra Púnica, benefician nuestro propósito. Como hemos visto, las de Cataluña y la inmediata aragonesa de los sedetanos, es decir las del área ibérica, a excepción de la de los cesetanos, tienen la característica de presentar la lectura en genitivo ibérico -sken. La cuestión básica era si se trataba de Aunque se ha pretendido que corresponderían a pueblos, mi opinión es que se trata de emisiones ciudadanas pues no hay ejemplos claros en el mundo de la Antigüedad en sentido contrario y, por otro lado, el populus suele tener una ciudad-cabecera que ostenta un nombre relacionado con el mismo (Abascal-Espinosa 1989, 17). La discusión es dilucidar si con anterioridad a la etnia un grupo da nombre a la ciudad o si la etnia aparece unida al surgimiento del estado como conciencia de grupo (Burillo 1996, 112). Creo que la ciudad es la que había dado en un momento dado nombre al populus y no viceversa como sería el caso de kese en nominativo. Al menos en lo que se refiere a aus ́esken hay cierto consenso en que se trata de una ciudad (Untermann 1992, 25) y el mismo caso sería al de sedeisken (Beltrán 1996, 31). ¿Eran continuadoras de otra ceca?, o mejor, ¿tenían algunas ciudades doble nom-bre, uno propio y otro relacionado con el populus del que en algún modo venían a ser su cabecera? Es posible que Roma considerara oportuno que, en una suerte de capitalidad o no pero relacionada con una organización territorial ostentara el nombre del étnico sin que sea preciso suponer una contributio, es decir que se tratara de un núcleo nuevo formado por la instalación en el mismo de diversos núcleos menores anteriores, como ocurre en fundaciones posteriores, aunque también republicanas, que ostentan nombre indígena (Abad-Bendala 1995, 17-18). De hecho no esta claro cual fue el fin que pretendió Roma con estas cecas. Procede recordar aquí lo que F. Burillo (1998, 215) proponía para los celtíberos que, evidentemente, no participaron de la organización a que nos referimos: la etnia no llegó a imponerse a la ciudad políticamente, pero subyace como realidad social y puede emerger en momentos políticos determinados. Si prescindimos de las dracmas y divisores ortodoxamente helenos de Emporion y Rhode, las llamadas dracmas ibéricas son las más antiguas monedas del nordeste peninsular, mejor conocidas en los últimos años tras la publicación de la monografía de L. Villaronga y la revisión de su ya clásica obra de 1979 (Villaronga 1998; Id. Es bien sabido que lastran su estudio, no hay que olvidarlo a la hora de establecer conclusiones, la escasez de estas monedas que suman menos de 800 ejemplares en total. El hecho es que siguen apareciendo nuevas, aunque con cuentagotas, que incluso nos informan de cecas desconocidas hasta entonces -el caso notable de ku Y documentada con cinco dracmas y troqueles o cuños de plomo en Tivissa, posible ubicación de una ceca (Tarradell 2003(Tarradell /2004)-, y no hay motivo para pensar que no aparezcan más. Por su lectura, algunas pueden identificarse con localidades antiguas conocidas, otras no tanto y otras es prácticamente imposible, pero con todo, parecen circunscribirse a la actual Cataluña. Con dudas serias, tan sólo una ceca se ubicaría en Aragón, belsa, belsekuai o belses ́alir, recientemente conocida, de la que contamos con 7 ejemplares, que en opinión de Villaronga (1998, 63) pudiera ser la posterior colonia de Celsa, pero ello no es por otra parte seguro. Las atribuciones a cecas fuera del nordeste, a excepción de los casos singulares de arse, con seguridad anterior a las que tratamos, y de s ́aitabi, son dudosas. Su área de emisión coincide con el mismo territorio que acuñará posteriormente denarios y bronces ibéricos, a excepción de una extensión del valle medio del Ebro en su orilla izquierda que no había acuñado previamente. Por tanto considero que, con todas sus limitaciones y la prudencia necesarias, comparar estas primeras emisiones con las posteriores a la actuación de Catón -momento que creo de asunción de la conquista-nos darán un indicio de cómo actuó Roma por vez primera sobre la realidad que encontraron en el nordeste a su llegada, pues además del breve periodo de acuñación atribuido a dracmas y divisores -fines del s. III y años inmediatos a pesar de la ausencia de estratigrafías precisas-son contemporáneas, o casi, de los primeros tiempos de presencia romana en la península. No hay ninguna ceca ibérica al norte del Ebro datable con seguridad antes de la Segunda Guerra Púnica, aunque veremos que se ha propuesto que tar ́akon lo hizo antes (en contra Villaronga 1994b, 19). De hecho fue precisamente la guerra lo que hizo aumentar el volumen de plata acuñada por las necesidades de los ejércitos conten-dientes (García-Bellido -Ripollés 1998) y en Cataluña había al menos menas de plata en el Priorat, Pirineo y Prepirineo explotadas ya desde siglos antes (Rafel et al. prensa). En cualquier caso, en los tesoros de Ullastret y del Turó de Montgrós, fechado a inicios de la contienda, no había dracmas ibéricas, sólo de Emporion (Campo 1998, 31). Así, las llamadas dracmas ibéricas constituyen un reflejo de las realidades poliadas con que se encontraron los conquistadores y se suele convenir que fueron éstos los que propiciaron, si no impusieron, las acuñaciones, aunque se ha propuesto la posibilidad de que pudieran haber sido los propios indígenas que estaban contra Roma los que lo hicieron (De Guadán 1956, 116; Villaronga 1998, 99). Es cierto que podía argüirse como argumento a favor que la principal ceca de entonces por el número de emisiones, iltir ́ta, la posterior Ilerda, era la ciudad cabecera de los ilergetes, el pueblo que sólo o en coalición con otros vecinos se distinguió por su tenaz oposición a Roma sin parangón con otros del nordeste. Si hubiera que deducir por la mayor o menor cantidad de monedas la importancia de una ciudad, habría que convenir que esta última ceca, con 66 ejemplares de dracmas -con leyenda iltir ́tar, iltir ́tas ́alir, iltir ́talirustin o iltir ́tasalirnai-y 21 de divisores -con leyenda tir ́ta, iltir ́ta o iltita- (Villaronga 1994a, 41, núms. 50 A, 53;514, núm. 50 B), era la más importante a fines del s. III y, además, junto a kese y a un ejemplar de sikara, la única que habría emitido divisores. Creo que incluso estas monedas debieron ser consecuencia de imposiciones romanas (Pérez Almoguera 1993-1994), como pudiera deducirse cuando Livio, aparte de las referencias a los hispanos en general impelidos por P. y Gn. Escipión a la satisfacción de numerario para pagar a su ejército (23,48,4), indica que, ya en 218, los ilergetes hubieron de pagar dinero tras una operación de castigo (21,22,8), y en 206 se le exigió a Mandonio lo mismo, y de nuevo al año siguiente, junto a vestuario y alimentos, una vez muerto Indíbil (21,29,35). 37) repite la imposición de un tributo a Indíbil, pero también en 211 Asdrúbal exigió dinero al mismo. E. García Riaza (2002, 15-16) hace hincapié en que ya en 218 se les exige pecunia, lo que no sucede con otros pueblos que han de pagar bienes, y aunque no se puede desechar que no contaran con ceca propia y los pagos pudieran hacerse en metal en bruto, la abundancia citada de iltir ́ta frente a otras cecas nos mueve a pensar que sí. Junto a las ya documentadas antes, iltir ́ta, iltir ́kesken y kese, aparecen en el s. II, como indicaba, nuevas cecas que significaron un cambio considerable con respecto a la realidad anterior. Como se observa y ya se ha visto, las que ostentan nombre étnico menos kese y las más orientales sesars y bar ́s ́kunes en el límite o fuera del área ibérica, aparecen con el sufijo -(e)sken, el genitivo ibérico exclusivo de leyendas monetales (De Hoz 2002), de la misma manera que aparecen también en el mismo caso, en griego naturalmente, las de Emporion y Rhode, y en latín, algunas de la propia Roma, si bien en este caso no es lo normal. Se ha sostenido que no está por lo demás claro si se trata de un sufijo que forma étnicos o localicios o sólo indica funciones específicas de un topónimo (Luján 2005). En realidad el genitivo sería -en, propio de los antropónimos, y la -k sería un polarizador, siendo quizás -ken el genitivo de los tribónimos (Rodríguez Ramos 2005, 28-29). En lo que hace a kese, el que aparezca en nominativo puede explicarse por ser las continuadoras de las anteriores dracmas y divisores que ya aparecían en el mismo caso además, quizás, del carácter singular de Tarraco como base principal romana de la citerior, mientras en lo que se refiere a las orientales sesars y bar ́s ́kunes, se trata de un caso diferente por no ser la lengua ibérica la reflejada en ellas. A menudo se ha señalado que el hecho de aparecer el nombre de la ceca en genitivo indicaba su condición de monedas tribales, a lo que siempre hemos propuesto que son ciudadanas y tras ellas hay una localidad emisora que en algunos casos podía tener doble nombre. Que no es algo exclusivo de las que ostentan nombres de populi lo muestra la utilización en cecas que no se discute su atribución ciudadana, como otobes ́ken, arsesken, ikalesken, o ur-kesken, si bien ninguna con seguridad se encontraría en el área que estudiamos pues son ciudades edetanas, contestanas o bastetanas. Para otobes ́ken, no obstante, se ha propuesto la ubicación posible en Cataluña o Aragón aunque también se ha hecho en la zona edetana. El hecho de ser la única que no corresponde a un étnico nos mueve a pensar su no adscripción a nuestra zona, aunque desde luego no es seguro. Además la cronología de su única emisión es muy posterior a las que tratamos. Recalquemos que todas las que se emiten en el área catalana e inmediata aragonesa en genitivo, son en su totalidad con un nombre que coincide con los etnónimos conocidos por las fuentes y lo hacen en el s. II. En ella, las ciudades con nombre no relacionado con étnico lo hacen siempre en nominativo. El por qué del uso del genitivo no esta claro, pero permite suponer que todas ellas debieron comenzar al unísono y formar parte de un mismo proyecto organizativo o recaudatorio. En cualquier caso no parece que sea algo casual. La interpretación de que quizás se deba a una tradición indígena (Beltrán 1993, 262) no parece clara. Bien es cierto, como hemos visto, que después de todo las dracmas y divisores de Emporion y Rhode tienen su leyenda en genitivo plural, pero también lo es que ello no ocurre en las dracmas ibéricas salvo que, único caso, la leyenda iltir ́kes fuera abreviación de iltir ́kesken, lo que no considero probable dado que también encontramos la lectura iltir ́kesalirban. Por lo tanto el genitivo étnico sería una novedad del s. II, aunque la dificultad es precisar en que momento concreto. Las nuevas monedas nos hablan de una jerarquización en base a la emisión o no de plata. Las que lo hacen, y por ello serían auténticas capitales regionales, se reducen a iltir ́ta, kese y, en menor medida aus ́esken. Al oeste también lo hicieron sesars, bar ́s ́kunes, bols ́kan y la quizás sedetana kelse -aunque según Ptolomeo era ilergete-pero sólo a partir de 133 constituyendo un caso diferente similar al de otra ceca suesetana o vascona como sekia, que también emitirá denarios. El que no lo haga untikesken se explica por hacerlo Emporion, después de todo la misma ciudad. Junto a ellas las otras cecas de la primera mitad y mediados Idel s. II -siempre con las dudas de si antes de mediados se emiten-, iltir ́kesken, laies ́ken y sedeisken, emitiran solo bronce como lo harán también otras cecas con nombres ciudadanos: ar ́ketur ́ki, eus ́tibaikula, ilturo y la problemática lauro en Cataluña, en la primera mitad de siglo, y las mismas más ore, y, las más problemáticas, abar ́iltur, masonsa -pudiera ser aragonesa-y os ́kumken en la segunda. En Aragón y Navarra, emitirán bronces en la primera y segunda mitad de siglo arsaos, a mediados bols ́kan y alaun, y en la segunda mitad iltukoite, ontikes, tir ́sos y um ́anbaate. De ellas no trataremos al no relacionarse su nombre con étnicos. Tampoco nos referiremos, salvo un caso precisoel de los jacetanos-y por el mismo motivo a las nuevas cecas que aparecen a fines de siglo o ya a inicios del I. El fenómeno que nos interesa afectó sólo al área ibérica del nordeste y al área izquierda del Ebro medio, no dándose en los vecinos pueblos celtas donde por otra parte Plinio tampoco menciona regiones, y donde las únicas cecas que encontramos con posible nombre étnico son las de teitiakos ́, titiakos ý titum (García-Bellido & Blázquez 2001, 365-369) en algunas opiniones de los titos, del valle del Jalón, aunque ello no resulta claro: tanto la primera como la segunda se han considerado de los berones y quizás relacionada con Tritium Magallum -no las respectivas Tritium berona y várdula-, la primera emitiendo en el s. I, mientras la segunda lo haría en la segunda mitad del II. En cuanto a titum pudiera aludir, pero la fecha de sus escasas emisiones, fines del II e inicios del I, la diferencia claramente del momento que tratemos. Analizaremos a continuación cada una de las cecas del nordeste con nombre étnico y los problemas que plantean individual y colectivamente. DE NUEVO LA DUALIDAD KESE-TAR ́AKON kese es la única ceca con nombre de étnico que no aparece nunca en genitivo y, desde luego, por su acuñación en plata y la cantidad de su numerario una auténtica capital regional que emite desde el s. III al I a.C. Sólo en algunas ocasiones aparece con la forma keseku (-ku indica pertenencia u origen; Villaronga 2004, 111; Marqués de Faria 2001, 99). Al mismo tiempo nos encontramos ante el único caso en la zona que tratamos, fuera del especial untikesken-Emporion, que cuenta con un alto grado de aceptación de que se trata de una localidad con doble nombre, pues no sería sino Tarraco, la principal base romana de la citerior y futura capital provincial (entre otros, Beltrán 1984, 169; Keay 1996, 157; Otiña-Ruiz de Arbulo 2000; Roldán-Santos 1997, 11; Siles 1976, 23; Tovar 1989, C-570) que, con la leyenda tar ́akon, emite dracmas a finales del s. III. El problema es que también se registran dracmas y más recientemente también divisores con leyenda kese que, razonablemente, creo, serían coetáneas o casi de las anteriores, lo que admite pensar en la posibilidad de dos localidades diferentes al menos en el s. III (García-Bellido-Blázquez 2001, 32, 240). Por otra parte, si la última fuera la Cissa o Cissis que mencionan respectivamente Polibio (3, 76, 5) y Livio (21,60,61) en sucesos alusivos al año 218 claramente diferenciándola de Tarraco, nos encontraríamos ante otro argumento para suponerlas dos localidades diferentes en esas fechas (Mayer-Rodà 1986; Alföldy 1991, 23), pero esta última no necesariamente ha de ser la misma que Cese a pesar de su parecido toponímico (Pou-Sanmartí-Santacana 1993, 183). Cissa o Cissis no se encontraba en la costa, aunque no muy alejada (Arrayás 2006, 31), y era además un oppidum parvum de escasa importancia como prueba su no mención en tiempos posteriores. Se ha propuesto su ubicación incluso lejos de Tarragona, en las leridanas Guissona e incluso Molí d ́Espigol en Tornabous (Sanmartí-Santacana 2005, 34) dado que tras la batalla en ella acaecida fue capturado el régulo ilergete Andobales. En una interpretación extrema, se ha negado incluso su existencia suponiéndola una creación de fuentes posteriores -no olvidar las fechas en que escriben Polibio y aún más Livio-, una invención propagandística para adornar un momento no propicio a las tropas romanas quizás tras una batalla que se dio no lejos de Tarraco (Otiña-Ruiz de Arbulo 2000, 132). Los partidarios de que tar ́akon y kese fueron dos localidades diferentes han tratado de interpretar el hecho de que Cese, al ser tan insignificante, fue posteriormente absorbida por Tarraco (Alföldy 1991, 23), o bien que la última fue una fundación romana sobre una realidad anterior llamada Cese -o junto a ellacon la que acabaría por identificarse, por lo que en principio no sería sino una dipolis (Abad-Bendala 1995, 17). Se trataría en todo caso de una unión temprana, como indica la acuñación de dracmas con ambos nombres (García-Bellido & Blázquez 2001, 240). La cuestión no es fácil de dirimir, pues por un lado Tarraco es un nombre tan ibérico como Cese (Alföldy 1991, 18), aunque se haya pensado que, aunque de origen griego, es latino (abundancia de topónimos de raíz tar-en el Mediterráneo; Otiña-Ruiz de Arbulo 2000, 132) y, por otro, las fuentes escritas parecen indicar que Tarraco existía con ese nombre en 218, con lo que estrictamente no sería, según la famosa cita de Plinio (n.h. 3,21), una obra de los Escipiones más allá de un acondicionamiento como plaza fuerte romana y centro administrativo (Pena 1984, 77). Con los datos de la arqueología, Tarraco se había considerado fundación romana ante la falta de indicios arqueológicos anteriores a época republicana en su solar, pero el registro, ya hace años de restos et al. 1993), invalidaron esa creencia. Posteriormente, los datos sobre el mismo han aumentado. Recientemente se ha propuesto la posibilidad de la previa convivencia de la población ibérica con la fortificación romana de los Escipiones y una posterior posible fundación romana de la segunda mitad del s. II por parte de Escipión Emiliano -con ello sería cierto lo de Scipionum opus-siendo, como antes se indicaba, una dipolis hasta época cesariana (Járrega 2004). El que a partir del s. II no se acuñe más con el nombre de tar ́akon, convirtiéndose kese en la más importante ceca del nordeste, redunda en que debía tratarse de la posterior capital provincial. Los cesetanos o cosetanos nos aparecen ubicados en el campo de Tarragona, teniendo como vecinos a los ilercaones o ilercavones al sur, los layetanos al norte y los ilergetes -y quizás los lacetanos si se puede hablar de este pueblo-al oeste, y no contó, ni en el s. II ni en el siguiente con ninguna otra ceca conocida. Kese hace referencia evidentemente a este pueblo y presumiblemente debe tratarse de su ciudadcabecera o, si queremos, su capital y esta no podía ser sino Tarraco en los momentos que tratamos. En su momento sostuve que las más antiguas monedas tarraconenses eran las dracmas con leyenda tar ́akon, aunque se expresaran dudas sobre su atribución (Campo 1997, 43) hoy no aceptadas tras la aparición de nuevos ejemplares (Villaronga 1998, 150), a las que siguieron las de kese. Consideré la posibilidad de que no hubiera dracmas con este último nombre, en razón de que los pocos ejemplares atribuidos presentaban cierta dificultad en su lectura (Villaronga 1983, 43; Id. 1998, 156) hasta el punto de que se había propuesto situarla entre las cecas dudosas, pudiendo tratarse incluso de una leyenda no auténtica o una imitación sin sentido (De Hoz 1995, 319). Por ello parecía prudente no pronunciarse tajantemente hasta que nuevos ejemplares con lectura más segura aclararan el problema. Otro problema es que a los primeros bronces de kese se les suponía anteriores a 220 a.C., pues el metal y la metrología los relacionan más con el mundo hispano-cartaginés que con el emporitano-ibérico, y según L. Villaronga, con la metrología propia del sur de Italia y Sicilia. No soy quien para contradecir a los especialistas en numismática, pero quisiera recordar una vez más que desgraciadamente no hay confirmación arqueológica de ello y que en principio parecería más plausible suponerlas de los primeros tiempos de presencia romana y llevar los primeros bronces al s. II, o como mucho muy a fines del anterior. No obstante, si ello fuera cierto, tar ́akon y kese pudieron acuñar al unísono. La explicación de que la primera leyenda alude a la ciudad y la segunda a los habitantes de la misma y sus alrededores (Villaronga 1998, 156), no parecía convincente, pero de alguna manera venía a sugerir que se trataba de la misma localidad. El problema volvió a adquirir primacía con la publicación de unos singulares divisores de dracma, concretamente una hemidracma y dos óbolos con leyenda clara, uno de ellos keses ́alir y los otros keseku, a los que no se ha tenido en cuenta en trabajos recientes que trataban de la cuestión, lo que extraña siquiera sea por la importancia que tiene el que por primera vez se documenten divisores de esta ceca. Es cierto que el primer divisor conocido, horadado en la parte de la leyenda (García Garrido-Montañés 1989, 48) planteaba algunas dudas y fue incluido por L. Villaronga entre los divisores inciertos de finales del s. III (Villaronga 1994a, 78 con leyenda kes? ku), pero no en su posterior estudio sobre las dracmas. Las dudas se despejaron con la publicación de las otras dos piezas en que la lectura no ofrecía problema alguno (España 2000; Benages 2001, 18, 22-24), siendo recogidas como una «serie rara» en la reedición, puesta al día, de la veterana obra sobre la numismática antigua de Hispania de L. Villaronga, aceptando su autenticidad (2004,(110)(111). Se trata de unas piezas originales por varios motivos. En primer lugar el sufijo -s ́alir, interpretado de antiguo como «plata», era hasta ahora exclusivo de las dracmas, sobre todo de las de iltir ́ta, pero también de las de tar ́akon, iltir ́ke, belse, eru y olos ́rnr ́.betase (Villaronga 1998, 158), y en ningún caso aparecía en los pocos divisores conocidos. En lo que respecta a -ku, ya hemos visto que aparecía también en dracmas. En segundo lugar, singular es asimismo la iconografía de estas piezas: cabeza de medusa de frente en el anverso y lobo en el reverso. La medusa, con pelo ensortijado, no se representa con la lengua fuera, como es corriente en los modelos en que sin duda se inspira, pero con todo nos remite a Sicilia, e incluso Etruria o Tracia, aunque no sea de forma mimética. En todo caso no hay paralelos en dracmas y divisores ibéricos. En cuanto al lobo, es bien conocido como motivo característico de iltir ́ta, tanto aislado como bajo Pegaso en dracmas y junto a ruedas en divisores como después lo seguirá siendo en sus monedas de los s. II y I (Pérez-Soler 1993), pero también bajo Pegaso AEspA 2008, 81, págs. 49-73 ISSN: 0066 6742 aparece en las menos prolíficas cecas de or ́ose y belsekuai -en esta, en una dracma, jabalí en vez de lobo- (Villaronga 1994a, 41 ss.), pero en ningún caso en monedas de kese, en cuyas dracmas aparece un delfín bajo Pegaso, que se representa también en monedas posteriores, salvo que el interpretado como perro con las costillas marcadas fuera en realidad un lobo como en las monedas de iltir ́ta. No obstante aparece en escaso número, al igual que el caballo, también en ocasiones representado. La cronología plantea dudas, como por lo demás también para el resto de dracmas y divisores -el que la k en creciente sea antigua no nos sirve para el caso-, con lo que se nos vuelve a plantear si kese y tar ́akon correspondían a dos ciudades diferentes, aunque próximas, o se trataba de la misma. Le evolución posterior de las cecas, hemos visto, nos inclina a pensar que se trata de la misma, pero no podemos aseverar si una leyenda precedió a la otra visto el breve segmento cronológico que se atribuye a estas primeras monedas ibéricas del s. III aunque, por otro lado, su circulación se prolongara hasta aproximadamente el año 180 (Campo 1990, 40). Tarraco no vuelve a aparecer en la numismática hasta poco antes del cambio de era, ya con caracteres latinos, cuando era colonia -desde época de César, unas décadas antes de la emisión de estas monedas-y capital provincial. Dejará de hacerlo tras Tiberio, aunque excepcionalmente acuñara en tiempos de Galba durante la crisis del 69. El por qué este nombre desaparece durante toda esta etapa no está claro, sobre todo si se repara en que la ciudad es durante mucho tiempo el único centro romano del nordeste peninsular mencionado con este nombre por las fuentes. Podemos admitir que en ella, junto al aparato romano, las elites indígenas componían un ente político (¿el cesetano?) que sí emite. Teniendo en cuenta que durante mucho tiempo la moneda no fue acuñada para usos comerciales, sino para el pago de unos servicios necesarios a la administración (García-Bellido 1993b, 99), pagos que harían las ciudades indígenas, no las romanas o latinas, Roma optaría por el nombre del pueblo indígena de la zona -o uno de los dos nombres de la ciudad-quizás como cabecera de una circunscripción, lo que haría después con los otros principales pueblos con las monedas en -sken del s. II. Tan longeva como kese, aunque no tan prolífica, es la ceca de iltir ́ke-iltir ́kesken que emite desde el s. III hasta un momento indeterminado del I. M. Cam-po (2005, 78), que la considera lacetana, cree a través del conjunto termal de Can Mateu, que h. 90 la ceca ya había emitido la mayor parte de su producción, pero pienso que es posible que ya entonces hubiera dejado de emitir definitivamente, si bien en fecha reciente. Es por lo demás, también junto con kese la única cuyo nombre nos pone en contacto con un étnico -en realidad con dos como veremos-en dracmas y divisores. En el s. II e inicios del I sólo acuñó bronces, aunque se le haya atribuido un denario de la Biblioteca Nacional de París (Collantes 1997, 248). ¿Es posible que la localidad emisora tuviera otro nombre como en el caso anterior? Desde el s. II aparece en genitivo -iltir ́kesken-, pero también con la forma iltir ́kes -¿abreviación del genitivo?, nos hemos referido a ello-y, antes en dracmas iltir ́kes ́alir, con lo que evidentemente se está refiriendo a una localidad en nominativo. Siguiendo el proceso conocido del paso del ibero al latín, en que la t tras la l es muda, la segunda i se transmuta en e, y la k equivale a c o g, nos daría una lectura latina para la ciudad de Ilerca o Ilerga (De Hoz 1995, 320), nunca mencionada ni por las fuentes ni por la epigrafía, pero que nos sugiere dos de los más significados étnicos conocidos y que a su vez designan a dos regiones de Plinio, los ilergetes y los ilercaones o ilercavones, el primero el más importante sin duda en cuanto a extensión territorial de la actual Cataluña, con centro en torno al Segre y extensión hasta la zona de Huesca incluyendo esta ciudad, el segundo ubicado en el Bajo Ebro. Si se tratara de los ilergetes y teniendo en cuenta que ostentando el nombre del étnico sería, o habría sido, su ciudad más importante, el problema es que no sólo no nos consta ninguna con ese nombre y una ceca, iltir ́ta, la posterior Ilerda, ejerce con sus abundantes emisiones una capitalidad monetaria indiscutible. El nombre de la última está aparentemente relacionado con el étnico, pero no es cierto: si así fuera habría que pensar en unos hipotéticos ilerdetes o ilertetes. Emite desde el s. III y continúa en los dos siglos siguientes (Pérez Almoguera 1996, 42), constituyendo la ceca más importante del interior. Incluso en el s. II acuña plata en un número superior a kese (Campo 2002, 84) y junto a esta y a untikesken, es la que tiene más continuidad (Villaronga 1994b, 28). Coincide la cronología de sus emisiones con las de iltir ́ke, por lo que en principio habría de tratarse de dos cecas diferentes, salvo que se pensara que se produjo un caso similar a kese-tar ́akon que pudieron emitir al unísono tratándose de la misma localidad, pero, como hemos visto, ello ocurrió en un breve periodo de tiempo y no es el caso que nos (Pérez Almoguera 1999). En cualquier caso, al no afectar a la numismática es un problema en el que no incidiremos más. La mayoría de especialistas en numismática han supuesto a iltir ́ke ceca ilergete y se han buscado diversas explicaciones para separarla de iltir ́ta. Ya en 1931 J. Hill creyó que la últimas era para uso interno representando a la ciudad, mientras las de iltir ́ke representarían al pueblo ilergete (Garcés 2002, 188), con lo que podría tratarse de la misma ceca. En contra podría argüirse la abundancia de iltir ́ta sobre la otra y la citada duración de ambas, aunque es cierto que en el s. II iltir ́ke sólo acuñó bronces. L. Villaronga (1961), tras el estudio del tesoro de Balsareny, propuso dos cecas distintas dentro del territorio ilergete, iltir ́ke correspondería a los ilergetes orientales -comarcas de la Segarra o el Solsonés-, el iltir ́ta a los occidentales, opinión sostenida también por J. Untermann (1975, A-19, 206; TIR K/J 31, 91), en atención a los hallazgos, abundantes en el territorio comprendido entre Solsona, el Cardener, la Segarra y el Plà de Bages. La opinión de que iltir ́ke sería la principal ciudad ilergete a fines del s. III, quizás oriental, y la posterior iltir ́ta se situaría en territorios más al este conquistados posteriormente en un momento impreciso (De Hoz 1995, 320-321), parece contradecirse por el hecho de emisión de dracmas al unísono y por el hecho de que la arqueología muestre una temprana iberización en la zona ilerdense. Aún más recientemente se ha propuesto identificarla con el antecedente del municipium altoimperial de Sigarra que conocemos por la epigrafía, indicando su notable presencia en Iesso (Guissona) y sobre todo en Els Prats del Rei donde su ubica el municipio Sigarrense (Guitart-Pera 2004, 194). Allí, en sondeos realizados hace unas décadas, de 20 monedas recuperadas 19 correspondían a iltir Incluso recientemente se ha llegado a proponer de forma forzada para encajar con las fechas que parecen desprenderse por la arqueología de la fundación de Sigarra, que sus primeras emisiones habría que llevarlas, en contra de lo sostenido, a una fecha tardía, fines del s. II o inicios del I -¡justamente en el momento que se considera que han desaparecido o desaparecen las que presentan el genitivo -sken de los etnónimos y la arqueología muestra nuevas fundaciones que parecen indicar una nueva organización territorial!-, haciéndolas contemporáneas de la nueva fundación, o refundación, romana de Sigarra (Padrós 2005, 527) sin tener presente la brevedad del lapso de tiempo que habría entonces que suponer para el amplio número de sus emisiones, e ignorando, y ello es más importante, que iltir ́ke ya emitió dracmas, como hemos visto a fines del s. III o inicios del II. Además, la aparición de un tritetartemorion de una desconocida ceca de sikarbi o sikara (Villaronga 1994a, 513, núm. 31; Marqués de Faria 2000, 64 propone leer sigara) hace que se suponga que su nombre era ya a fines del s. III el que tendría después el futuro municipio. Sin embargo, a pesar de ser conocida por este única moneda, es interesante reseñar que en las que aparece la leyenda iltir ́kes ́alir se representa en su reverso un jinete con pilum y escudo redondo a la espalda, como en sikara, y que Ptolomeo en el s. II d.C. sitúa, y ello lo creemos de sumo interés, a Sigarra como localidad ilercavona (II,6,66). Si a los ilercavones se les sitúa en el Bajo Ebro, por la situación geográfica de Els Prats de Rei, es difícil admitir su adscripción a esta etnia, por lo que suele considerarse un error del alejandrino (Pera 1994), y más concretamente «una disposición aberrante que se desencuadra del étnico en que se incluye» (Gómez Fraile 1997, 200). ¿A que podría deberse esta adscripción? No sería el único caso en que se ha supuesto un error: similar es el caso de la adscripción de Gerunda a los ausetanos, Iacca a los vascones, o Celsa a los ilergetes. En principio podemos pensar que si Els Prats de Rei era sikara no podía ser iltir ́ke (Pérez Almoguera 2001-2002), salvo que supusiéramos un caso paralelizable a kese-tar ́akon, lo que parece poco probable al ser este último un caso singular como hemos visto y significaría identificar sikara con la cabecera de los ilergetes o de los ilercaones y nada hace pensar en ello. Otras propuestas de ubicación, como el yacimiento de cierta entidad de Monteró, junto a Camarasa donde predominan entre las de bronce (Crusafont 1989), carecen de argumentación fundamentada. La dispersión de las monedas de iltir ́ke es amplia, pero son sobre todo abundantes en el occidente barcelonés y el oriente leridano como hemos visto. Si así fuera, en ambos casos no se trataría de un etnónimo y, en Cataluña, todos los genitivos -sken corresponden a alguno. Pero también es frecuente en las zonas ribereñas del Ebro, a través de cuyo afluente principal, el Segre, llegan al mediodía galo donde fueron imitadas. También se ha propuesto que estas imitaciones se explicarían mejor si se tratara de una ciudad marítima (García-Bellido & Blázquez 2001, 187), y aquí entra la posibilidad de relacionarla con los ilercavones. Es en efecto discutida su relación con este último pueblo, centrado en el Bajo Ebro, y aún más considerarla la antecesora de Dertosa, su principal localidad altoimperial, la actual Tortosa (Pérez Almoguera 1995, 311-325; Id., 1996, 41), que emite en tiempos de Augusto y Tiberio con la lectura MVN. ¿Por qué se indica en ellas la referencia al étnico o a la región de los ilercavones cuando no se hace en la titulatura de cualquier otro municipio? Parece un recuerdo de iltir ́ke pasado al latín (=Ilerca), es decir, en su nomenclatura municipal seguiría apareciendo el nombre de la ciudad anterior. Un dato a remarcar es, en cualquier caso, que la monedas de Dertosa de época de Tiberio presentan en el anverso la contramarca de palma, lo que ocurre también con las de iltir ́ke de lo que ya había llamado la atención Villaronga (Diloli-Corominas-Arola 2001, 546). Los divisores de bronce del s. II representan en el anverso un protomo de caballo o medio Pegaso. Lo cierto es que de no ser una ceca ilercavona, se trataría junto con el posible de los ilergetes que hemos visto, de la única de las regiones que cita Plinio en el nordeste que no contaría con ceca homónima durante el s. II. ¿Significaría ello que, ocupando los ilercavones el Bajo Ebro y parte de la provincia de Castellón, el río Hiberus vendría a marcar lo que podríamos denominar una frontera monetaria y se vio excluida de esta organización nororiental? La atribución a los ilercavones no es nueva. Ya en el s. XIX J. Zobel propuso la posibilidad de que se tratara de una ceca tarraconense y Botet i Sisó se aventuró a apuntar a este pueblo (Garcés 2002, 188), lo que volvió a proponerse en la década de los sesenta y en las siguientes del pasado siglo (Martín Valls 1967, 49, 108; Fatás 1993a, 226). Sería además la Hibera de la Segunda Guerra Púnica (Liv. XXIII, 26-28), nombre que también conservará Dertosa en su titulatura municipal como muestran las citadas monedas. Es cierto que las fuentes escritas no mencionan a ambas conjuntamente, lo que no obsta para considerarla la misma. Una explicación de ello podría concretarse en que Dertosa fuera el nombre de la localidad, Ilerca el de la civitas que vertebró el territorio, e Hibera haría alusión a su ubicación a orillas del Ebro controlando su desembocadura. Si Hibera era uno de los nombres de iltir ́ke, extraña que Livio no se refiera a ella con este nombre (Llorens-Aquilué 2001, 15), pues Hibera se menciona en la Segunda guerra púnica y dada la antigüedad de las monedas de iltir ́ke podían ser contemporáneas. Con todo, no parece que sea un argumento contundente: las fuentes tampoco mencionan a laie, auso o untika y en el s. II emiten con estos nombres. Parecía apuntar en la dirección de que se tratara de una localidad marítima el que se hubiera propuesto para iltir ́ke un inicio de sus acuñaciones a mediados del s. III, fecha muy temprana, anterior a las otras cecas catalanas que acuñaron dracmas (García-Bellido & Blázquez 2001, 187), en virtud de su iconografía -cabeza varonil-que parecían imitar estáteras de Tarento (Villaronga 1994a, 36, núms... La documentación de la misma cabeza en ejemplares de iltir ́ta (Villaronga 1998, 70, 112) hizo rectificar esta apreciación y se convino que no podía ser anterior a 218. Más dificultad hay en identificarla con la Tyriche que menciona Avieno en la desembocadura del Ebro (o.m. 496-503) como ciudad rica y antigua, pero señalemos -quizás no pase de ser una casualidadla similitud del nombre con iltir ́ke2. Lo que no parece posible, como bien estudió M.J. Pena (1989), es que haya que pensarse en un origen tirio para la misma. Si se trata de la antecesora de Dertosa, no hay desde luego que suponer forzosamente que su núcleo urbano se ubicara en el mismo lugar que el del municipium, pues aunque, hasta hoy, la arqueología muestra que los restos en Tortosa apenas alcanzan los últimos decenios previos al cambio de era (Genera 1993), se supone fundada o reubicada, como tantas otras, a fines del s. II o inicios del I (Diloli 1996, 44). Expuesto los argumentos de las posibles adscripciones -a ilergetes o a ilercavones-, el problema vemos que dista de estar resuelto, pero tengamos presente que los ilergetes contaron con una auténtica capital monetaria, la prolífica iltir ́ta que en el aspecto monetario jugará en el interior el mismo papel que kese en la costa, lo que hacía que los ilergetes se identificaran con ella. Esta singular riqueza monetaria esta en relación directa con la de este pueblo y el papel que jugó en la Segunda Guerra Púnica. Si se considera que los pueblos ibéricos del nordeste contaban con un 50 % dedicado a cereal, en la zona ilergete llegaba al 75 % (Alonso 2000). Otro hecho a tener en cuenta es que, en casi todos los casos, no sabemos si las etnias ibéricas estaban fragmentadas en diversas entidades políticas o bien constituían una sola, pero para los ilergetes durante la Segunda Guerra Púnica parece que etnia y territorio político se identifican (Sanmartí-Santacana 2005, 31) pero en contra juega que las etnias no constituían estados centralizados, pero si fuera cierto dada esta identificación de todo el territorio con iltir ́ta no era necesario establecer entre ellos por parte romana una ceca con el nombre del populus. Ello redundaría en una probable pertenencia de iltir ́ke a los ilercavones, pero no podemos sostener una u otra adscripción basándonos en argumentos aparentemente lógicos, pero sin comprobación. El problema, como expresé en otra ocasión, sigue igual de abierto como cuando hace una década A. Domínguez (1997, 128) se refería a que la dispersión conduce a situarla en torno a Solsona «aunque también se ha propuesto Dertosa (Tortosa)». LAS OTRAS CECAS DEL ÁREA «IBÉRICA» CON NOMBRE ÉTNICO Las que evidentemente ostentan un nombre relacionado con étnico en el s. II las relacionaremos por orden alfabético. El mayor o menor espacio que se les dedica es consecuencia del mayor o menor problema que plantean y en modo alguno reflejan otro tipo de graduación. aus ́esken.-Es la única ceca que en el s. II emite plata junto a kese e iltir ́ta, aunque en menor cantidad que estas (Villaronga 1994a, 185), pero en cualquier caso ello indica capitalidad regional. No consta que hubiera dracmas con este nombre y no hay indicios de que pudiéramos suponerla sucesora de otra con nombre distinto. No es la única ceca ausetana, pues también se considera tales a ore y a eus ́ti-eus ́tibaikula que tampoco emitieron dracmas. Citada como ciuitas por César (b.g. Que la arqueología parezca indicar un reducido núcleo urbano no es motivo para no suponer su primacía, dado que ello parece ser una característica de los municipios imperiales del interior catalán. El nombre ha perdurado en la actual comarca de Osona (de Ausona) si bien según Ptolomeo el territorio de los ausetanos sería más amplio, abarcando la cuenca del Ter incluyendo la ciudad de Gerunda, lo que no suele aceptarse por motivos geográficos (Burch-Nolla 1995). Una cuestión que no podemos dejar al margen es la posible existencia de un pueblo homónimo situado en el Bajo Aragón. Frente a la opinión generalizada, ello ha sido aceptado, sobre todo por investigadores aragoneses, sosteniendo que los ausetanos de Cataluña no constituían el pueblo que tuvo tan importante papel en los acontecimientos de 218 (Jacob 1987-88; Burillo 1998, 134; Id. 2001Id. -2002)), sino que se trataría de otro situado al sur del Ebro, con el que incluso se han querido relacionar las estelas funerarias prelatinas bajoaragonesas. Para ello se sigue la aparente lógica de las campañas que refleja el texto de Livio que los ubica no lejos del gran río (21, 61). Con respecto a ello ya se había insinuado que tal ubicación era un error de Livio (Beltrán 1984, 169), cosa no extraña, pues cuando el autor relata sucesos que no tienen lugar en la costa estricta las descripciones son poco precisas (Richardson 1986, 35 ss.), además de escuetas y breves. Sin entrar en la polémica, lo seguro es que las monedas se refieren a la ciudad cabecera de los ausetanos de Cataluña, al igual que las fuentes escritas imperiales. laies ́ken.-Las monedas exclusivamente de bronce del s. II con esta leyenda se relacionan sin problemas con los laietani que habitaban las comarcas barcelonesas del Barcelonés, el Vallés y el Maresme. Este pueblo es citado en diversas ocasiones por las fuentes escritas, también como laeetani, y a veces confundido por su homofonía con los lacetani, cuestión sobre la que volveremos más adelante. Estas fuentes en ninguna ocasión se refieren a una localidad de nombre Laie, que sería la emisora. Tales son baitolo, eus ́tibaikula -no es seguro si fue layetana o ausetana-o ilturo y quizás la no ubicadas de abar ́iltur, lauro y os ́kumken, que lo hicieron, también en bronce, a la vez que laies ́ken en buena parte; sólo baitolo es con seguridad posterior. Sin embargo nuestra opinión varias veces expresada es que corresponde a una ciudad que a su vez había dado origen al nombre del populus. Como en otros casos, cabe la posibilidad de que la localidad emisora tuviera más de un nombre. No hay dracmas con este nombre, pero si que las hay con el de una única ceca layetana, bar ́keno de la que se conocen cuatro ejemplares con leyenda nítida (Untermann 1975, 180; Villaronga 1979, 113; Id. 1998, 154) a las que hay que añadir otras con leyenda bakerno y otra con leyenda invertida de derecha a izquierda (Collantes 1995, 329-330), nombre que evidentemente nos remite a Barcino, Barcelona, colonia desde época augustea -Fauentia Paterna Barcino-que recupera, tras dos siglos de silencio en la numismática y las fuentes escritas, el nombre que tenía a la llegada de los romanos, prueba de que este no se había perdido aunque no aparezca en ningún tipo de documento durante dos siglos. Aunque no acuñará con posterioridad, es suficientemente mencionada por las fuentes escritas y la epigrafía. Sin embargo no han dejado de ponerse objeciones y se ha supuesto que estas dracmas no corresponden a la antecesora de Barcino (Campo 1997, 43), sino a una ceca ubicada en el área dominada por los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, opinión que no es generalmente compartida. Aceptada la identificación, no creemos arriesgado suponer que a fines del s. III bar ́keno era la principal localidad layetana. Las monedas de laies ́ken siguen cronológicamente a las anteriores, ¿pudiera tratarse de la misma localidad? Lo creemos posible, con lo que nos encontraríamos ante otro caso de doble nombre como kese-tar ́akon. Las principales objeciones en contra no parecen de peso: al que los hallazgos de monedas de laies ́ken se encuentren principalmente en el interior, que han propiciado que se ubique en una lugar desconocido del Llobregat medio (Villaronga 1982, 169), se puede oponer el que, por el mismo motivo, iltir ́ta -por hablar de la ceca más conocida, sin que sea un caso único-habría que situarla en la costa. En cuanto a que no parece creíble que estuviera tan cercana a otra ceca como fue baitolo, el posterior municipio de Baetulo (Badalona), se puede argüir el que la última no emite hasta ini-cios del s. I, o como muy pronto en el tránsito del II al I, momento de su fundación y cuando laies ́ken ha dejado ya de hacerlo (García-Bellido & Blázquez 2001, 52-53), con lo que no son por tanto contemporáneas. También se ha hecho notar que, hoy por hoy, el principal poblado layetano en cuanto a extensión a inicios del s. II era el de Burriac, en Cabrera de Mar, identificado con la ceca de ilturo, que fue destruido por Catón y reocupado unos cuantos decenios después (Sanmartí-Santacana 2005, 186), pero no creemos posible que correspondiera a la ceca de laies ́ken, no tanto por su empequeñecimiento tras las campañas de 195, sino porque emite con el citado nombre de ilturo durante todo el s. II (García-Bellido & Blázquez 2001, 196-198) cuando también lo hace la ceca con el nombre del étnico. La colonia augustea se fundó ex novo en el llano de Barcelona, lo que presupone que su predecesora indígena y republicana no se encontraría muy alejada. Los datos con que contamos nos mueven a situar el principal núcleo prerromano en la montaña de Montjuic, orientado hacia la desembocadura del Llobregat, donde podría situarse el puerto. Tal poblado ha desaparecido por los diversos trabajos de envergadura efectuados en la montaña y sus inmediaciones, pero se ha llamado la atención de que podía tener una extensión similar al de Burriac, aunque no se puede asegurar por lo poco que de este sabemos. Por otro lado, la investigación de unos silos de gran tamaño indican allí un importante centro comercial desde el s. IV cuando menos (Padró-Sanmartí 1992, 191; Blanch et al. 1994; Barberà-Dupré 1984, 67), lo que abunda en su posible papel de cabecera del populus. No es pues del todo cierto que no se acepte que pueda ser Barcelona por falta de pruebas arqueológicas o documentales (Domínguez 1997, 127). sedeisken.-Es un genitivo que se relaciona con los sedetani, el pueblo ibérico más oriental ubicado en el valle medio del Ebro, al oeste de los ilergetes, claramente diferenciado de los edetani, a pesar de la confusión que había generado un pasaje de Ptolomeo que hacía edetanas a ciudades sedetanas (Fatás 1973; Untermann 1992, 24), por lo que carece de sentido suponer la emisión de las monedas de sedeisken en Edeta (propuesto por Tovar 1989, C-549, T9) o en otro lugar levantino. Tales monedas se fechan en la primera mitad del s. II, constituyendo la más antigua ceca de este pueblo (Beltrán 1993, 248; Burillo 1995, 168), al que se atribuye un amplio territorio y que cuenta además con más cecas sobre todo desde la mitad avanzada del s. II: kelse, alaun, lakine, iltukoite, otobesken, saltuie y usekerte -si bien las dos prime- ras no es seguro que fueran sedetanas-, en general poco prolíficas (Domínguez 1997, 146). La cuestión es que si el nombre de un étnico corresponde al de una localidad que, al menos en un tiempo, fue la más importante del mismo y dio nombre a un populus, no aparece ninguna con este nombre ni en las fuentes escritas ni en ningún otro tipo de documento, pero si en las propias monedas que también en el s. II emiten en nominativo con leyenda seteis -no creemos que se trate de una abreviatura del genitivo-, pero por lo expresado del silencio de cualquier otro documento nos preguntamos si pudo tener otro nombre. La realidad es que no hay ninguna conocida que pueda suponérselo. Aunque se siga sosteniendo que son propias de un étnico y no de una ciudad (Villaronga 1994a, 219), G. Fatás indicó, a mi entender acertadamente, que sedeis fue un lugar que debió de representar entre los sedetanos el mismo papel que Edeta entre los edetanos o kese entre los cesetanos (Fatás 1989, 402; Beltrán 1996, 31) y que se trató de una ciudad importante se desprende de su buena representación en el tesoro de Azaila, aunque no deja de llamar la atención el que no acuñara plata (García-Bellido & Blázquez 2001, 350). Su ubicación, desconocida, se supone en el Ebro, quizás cerca de donde desemboca su afluente Aguas Vivas (Burillo 2001, 193). El área de dispersión de sus monedas no ayuda tampoco a su ubicación (Beltrán 1995, 104) y se ha apuntado que pudiera tratarse de una de las ciudades que en el valle medio del Ebro desaparece en beneficio de otras que luego encontramos con importancia política y que acabarán tornándose en romanas (Martín Bueno 1993, 110). Desde inicios del s. I la ciudad que destaca entre los sedetanos en saltuie, la antecesora de la colonia Caesaraugusta, que contará con una sola emisión, también en bronce, en el tránsito del s. II al I, en un momento en que seteisken ya no lo hace. Su importancia vendrá acrecentada por el hecho cercano cronológicamente de ser elegida por la administración romana como centro de reclutamiento según el conocido Bronce de Ascoli o Turma Salluitana, en un lugar fronterizo entre iberos, celtíberos y vascones. ¿Es posible que esta condición fronteriza sea causa del traslado del centro principal del populus a esta en detrimento de sedeis? En este sentido podría considerarse a saltuie como sucesora de la anterior, pero no en cuanto a ubicación, pues no hay el menor indicio que nos haga suponer que era la misma localidad con doble nombre como en otros ejemplos que hemos visto. saltuie.-Según la arqueología, es una más de las nuevas fundaciones «a la romana» del nordeste de fines del s. II y, sobre todo, inicios del I, pero con habitantes y rectores indígenas. La fecha es cercana al citado Bronce de Ascoli y también a la tabula aenea Contrebiensis donde también aparece mencionada. En el s. I emite también kelse, futura colonia Celsa al este, pero por su situación se ha dudado que fuera sedetana -Ptolomeo la considera ilergete-o en cualquier caso ciudad fronteriza (Beltrán 1996, 49), aunque en la segunda mitad del s. II parecía destinada a ocupar en una amplia región el papel que tendría después Caesaraugusta, la sucesora de saltuie. untikesken.-Esta ceca, sin discusiones atribuida a los indiketes, ubicados en l ́Empordà, emite, como ceca única de este pueblo, desde inicios del s. II exclusivamente en bronce -ases, semis, cuadrantes y sextantes-hasta un momento impreciso de la primera mitad del I, siendo además una de las pocas en que aparecen nombres de magistrados indígenas -algunas veces nombres latinos iberizados-y marcas de valor (García-Bellido-Blázquez 2001, 387). Una única fuente, tardía, menciona una localidad de nombre Indica (Steph. Si así fuera, se explicaría que no acuñara plata; ya lo hacía la ciudad focense que emitía dracmas y divisores desde el s. V, aunque no hay unanimidad en cuanto al momento en que dejó de hacerlo, pues si se ha propuesto que ello ocurrió en la primera parte del s. I, otras veces se ha hecho en el meridiano del s. II (Campo 1997, 47) siendo de bajo peso sus últimas dracmas tras acuñar gran cantidad durante la Segunda Guerra Púnica. En cualquier caso sabemos, por los tesoros, que continúan circulando hasta las primeras décadas del I. También se ha propuesto que la no acuñación de plata de untikesken pudiera deberse a que, al ser aliada de Roma, pudo verse libre de los pagos que debían de satisfacer otros pueblos (García-Bellido 1993 b, 113). No es sin embargo unánime la opinión de ubicar Indica en Emporion, e incluso tampoco que existiera una localidad con este nombre. Admitiendo que su existencia fuera real, se ha llamado la atención de que pudiera tratarse de Ullastret (Sanmarti-Santacana 2005, 35), el poblado ibérico más extenso de los conocidos indigetes que llegó a ocupar 17 ha en el ibérico pleno, es decir entre 400-200. Sin embargo la destrucción del mismo en las campañas de Catón representó prácticamente su desaparición, restando sólo una población residual (Martín 1997, 15), por lo que parece más plausible situar la ceca en Emporion. LAS CECAS OCCIDENTALES DE SESARS Y BAS ́KUNES-BAR ́S ́KUNES Nos hallamos ante dos cecas al occidente de las anteriores, evidentemente no ibéricas como éstas, una quizás vascona y la otra celta que además no está claro, como veremos, que sus nombres aludan a étnicos aunque en muchas ocasiones ello se ha sostenido. sesars.-Se ha querido ver su relación con los suessetani, pueblo que suele situarse en el norte aragonés, junto a los sedetani, con centro en las Cinco Villas aunque también se ha propuesto hacerlo más al oeste (Fatás 1993a), incluso en tierras vasconas. Posiblemente contaban con un sustrato vascón con influencias ibéricas claras (Beltrán 2006, 225). Tal pueblo es mencionado exclusivamente en sucesos situados entre 211 y 184 a.C. por las fuentes, por lo que se ha supuesto que pudo ser absorbido posteriormente por otros (Plácido 1997, 56), aunque en contra estaría la posible mención de Plinio como una de las regiones a la que pertenece Osca -Suessetania, mejor que Uessetania, nombre desconocido por otras fuentes escritas o numismáticas-(n.h. 3, 24) y el que si sesars se refiere a ellos era importante en torno a mediados del s. II, pues, aunque en una producción limitada, emitió plata. En los primeros decenios de este último siglo se cita su capitalidad en Corbionem, localidad de ubicación desconocida destruida en 184. sesars emitió también bronces (García-Bellido & Blázquez 2001, 349), pero tanto en plata como en bronce en el s. II, con una cronología ante quem de 133, constituyendo, significativamente las primeras emisiones monetarias de Aragón (Villaronga 1994a, 209) al menos en lo que a plata se refiere. Deja de emitir en la segunda mitad de siglo sin que, como hemos visto, podamos precisar la fecha, pero no deja de ser llamativo que Osca, ubicada según Plinio en la región suesetana, también emitiera plata y bronces con la leyenda bols ́kan en la segunda mitad del s. II, en un momento incierto, llegando hasta inicios del siglo siguiente. Aunque se ha propuesto la leyenda bols ́ken (Rodríguez Ramos 2001-2002, 432-433), con la que nos encontraríamos ante otro genitivo en -sken, la versión latina del nombre, Osca, parece invalidar esta posibilidad (Gorrochategui 2006, 125) ¿Podría por tanto ser bols ́kan la continuadora de sesars que emite cuando esta ha dejado de hacerlo? Desde luego los denarios oscenses son similares a los de ésta (Collantes 1997, 344). Más arriesgado sería suponer que se trata de la misma localidad con doble nom-bre, el del étnico y el de la civitas, pues la tendencia general es ubicarla en la oscense Sesa, al sudeste de la capital, aunque sin otro argumento que el parecido toponímico. El caso es que cuando emite bols ́kan quizás las regiones habían dejado de tener su función, y desde luego se conviene que Osca era ilergete, pero no había perdido el recuerdo de su anterior pertenencia como muestra el texto de Plinio del que luego trataremos. Además de las dos cecas mencionadas, los suesetanos contaron con una tercera, sekia, identificada con Ejea de los Caballeros, que emite en la segunda mitad del s. II. bar ́s ́kunes o bas ́kunes.-Evidentemente fuera del área ibérica, como decíamos, es la lectura que presentan monedas, en nominativo (Gorrochategui 2006, 125), datadas en la primera parte del s. II y la primera del I que se han puesto en relación con el pueblo de los vascones (Velaza 1995, 210), aunque también se ha sostenido la imposibilidad de ello al considerarse bars ́ ́kunes/bas ́kunes nombre indoeuropeo, de raíz celta (opinión de J. Untermann; Gorrochategui 1995, 200; Amela 2000, 18). En cualquier caso, sea o no vascona, se trataría de otra ceca con doble nombre, por cuanto las monedas citadas presentan a la vez las leyendas benkota y bentian, apareciendo ambos a la vez en determinados ejemplares y la primera sólo en otros con la leyenda bars ́ ́kunes/bas ́kunes, por lo que se ha propuesto al último como etnónimo y a benkota como nombre de la ciudad (Fatás 1989, 385, 393; Id. En cuanto a bentian, se ha considerado otro etnónimo, desconocido por las fuentes. A. Domínguez (1997, 141-142) considera que benkota es el nombre de la ciudad que acuña monedas indistintamente para los bars ́ ́kunes/bas ́kunes y para los bentianos. Sea como fuere, por el hecho de emitir plata, además de bronce, nos encontramos ante una capital regional y cuadraría más con su atribución a los vascones que a cualquier otro de los populi conocidos, lo que parece certificar la abundancia de hallazgos en Navarra, donde se sitúa el mismo. La ceca se suele ubicar en la actual Pamplona (Domínguez 1997, 143; Tovar 1989, T-30), en virtud de los hallazgos y sobre todo de tratarse de la principal ciudad de los vascones que habría sido rebautizada en el s. I como Pompaelo, justo cuando la ceca deja de emitir. La ubicación no es unánimemente aceptada por considerar poco contundentes los argumentos a favor (García-Bellido & Blázquez 2001, 55). Se ha propuesto hacerlo también en Sangüesa-Rocaforte, en el extremos del territorio vascón, identificándola con la Baskunsa que menciona, en noticias referidas a 924, Ibn Hayyan (Canto 1997, 65) en base a su similitud toponímica. Lo que parece menos claro es que Pamplona hubiera sido la ceca de olkairun que conocemos por unas pocas monedas de la segunda mitad del s. II (Perex 1986, 186). Así pues, si correspondiera a la antecesora de Pamplona, el pacto entre Pompeyo y los vascones implicaría la sustitución de la denominación benkota por Pompeilun-Pompaelo. La arqueología nos muestra la ocupación del solar pamplonés desde fines de la Edad del Bronce, aunque no alcanza un desarrollo urbanístico importante hasta, precisamente, época de Sertorio y Pompeyo (Mezquiriz 1978, 29-30; Amela 2000, 17), motivo no suficiente para negar la presencia de una ceca al menos ya centenaria en ese momento. LAS REGIONES DE PLINIO Y LA GEOGRAFÍA DE PTOLOMEO El ocuparnos aquí, una vez más, de las regiones que Plinio menciona en su descripción de Hispania es por el hecho de que las que corresponden al nordeste peninsular coinciden, casi en su totalidad, con los nombres de étnicos que aparecen en las monedas del s. II: «Regio Ilergaonum, Hiberus amnis, navigabili commercio dives, ortus in Cantabris haut procul oppido Iuliobriga per CCCCL p. fluens, navium per CCLX a Vareia oppido capax, quem propter universam Hispaniam Graeci appellavare Hiberiam; regio Cessetania, flumen Subi, colonia Tarracon, Scipionum opus sicut Cartago Poenorum; regio Ilergetum, oppidum Subur, flumen Rubricatum, a quo Laeetani et Indigetes. 3,4,[21][22], y más adelante, aparte de referirse a pueblos citados en el párrafo anterior, cuando trata de los conventus, al hacerlo al Caesaraugustanus, entre los populi que a el pertenecían dice que Caesaraugusta se halla en la regionis Edetaniae y que los oscenses en la regionis Suessetaniae o Uessetaniae (III, 4, 24). De hecho precedidas por la palabra regio aparecen Cessetania, Ilergaonum, Ilergetum, Sedetania y Suessetania. Es evidente que la región Cesetana se puede relacionar con la ceca de kese, las de los ilergaones o de los ilergetes -problema que ya hemos visto-, con la de iltir ́ke, a los layetanos con la de laies ́ken, a los ausetanos con la de aus ́esken, a los indigetes con la de untikesken, a los vascones, con dudas, con la de bar ́s ́kunes/bas ́kunes, a la región de los sedeta-nos -así es como hay que interpretar los edetani aquí mencionados como sedetani tras el ya veterano estudio de G. Fatás-con la de sedeis, y a la suesetana posiblemente con sesars. Nos restan los pirenaicos jacetanos o lacetanos y los ceretanos sobre los que volveré más adelante. Recordemos que no es la primera vez que las regiones nos aparecen citadas, pues Livio menciona la regio Ilergaonum et Contestanorum (fr. 91) (Pérez Vilatela 1988, 11), la primera abarcando territorios hasta pleno centro del País Valenciano, en sucesos de las guerras sertorianas de 77-76, pero se trata de una cita puntual que en ese caso es posible que se refiera sólo a una indicación geográfica, una amplia zona determinada donde ubicar los sucesos. Antes que otra cosa es preciso preguntarnos sobre qué sentido tienen las regiones en Plinio y, sobre todo, cómo ponerlas en relación con una situación dos siglos anterior al ilustre escritor en el nordeste peninsular. Desde luego si como se ha apuntado reflejan una realidad de mediados del s. II, las regiones cuadrarían con una posible organización territorial en los momentos en que se emitieron las monedas y se basarían para ella en una realidad indígena -los populi-pues, después de todo, Roma desde los primeros tiempos de su presencia tuvo una clara comprensión de las realidades variopintas de Hispania y, más concretamente, de aquellos componentes institucionales que mejor podían amoldarse a sus esquemas organizativos (Rodríguez Neila 1998, 101). Sorprende que Plinio se refiera en el mismo texto a regiones y a conventus iuridici cuando se conviene que los segundos sustituyeron a las primeras quizás desde época augustea años antes del cambio de era (Ozcáriz 2006, 51), bien que en menor número, y englobando cada uno a diversos populi. La pregunta es si las regiones que menciona tuvieron alguna vez un sentido más allá del puramente geográfico. Precisamente que no tuvo otro que este último suele ser la opinión mayoritaria, sobre todo cuando vemos que el mismo autor menciona a la regio Cantabrorum y a la regio Asturum (IV, 34, 111) que, por razones evidentes de cronología no pueden situarse en el conjunto de las que menciona para el Mediterráneo, la cuenca del Guadalquivir y el valle medio del Ebro. Simplemente no pudieron ser regiones republicanas. Si exceptuamos estas dos polémicas, todas se circunscriben exclusivamente al área ibérica: aparte de las que nos afectan del nordeste, las Bastitania, Contestania y Edetania, las tres con una territorialidad mucho más amplia, son las otras mencionadas. E. Albertini, en su clásico estudio sobre las di- visiones administrativas hispanas, creyó que las regiones de Plinio tenían una función militar y fiscal, sobre lo que volvió R.C. Knapp indicando que ello ocurrió exclusivamente en las zonas romanizadas de temprana conquista a diferencia de las posteriores que se estructuraron en populi, haciendo hincapié sin embargo que tenían un criterio más geográfico que étnico (Knapp 1977, 79) aunque llevaran el nombre del pueblo más importante de cada zona. Otros autores siguieron posteriormente esta postura, pero lo cierto es que ignoramos su función real y si tuvieron en realidad alguna práctica (Untermann 1992, 26). Es verdad que parece apoyar su simple contenido geográfico el estudio reciente de la regio Edetana, sobre todo a base de su realidad arqueológica, para la que se concluye que todo parece indicar que carece de todo sentido político (Mata 2001, 264) que es ejercido por lo menos por tres ciudades en su territorio -mucho más extenso que las del nordeste por otra parte-, siendo además sus límites imprecisos y tampoco queda clara la homogeneidad de rasgos culturales propios a través de la arqueología. No obstante es posible que el nombre que en principio designaba sólo el territorium de una civitas importante en época ibérica, desde el s. II lo haga a uno mayor -por primacía, influencia, pactos o absorción-que pudo ser aprovechado por Roma en su primera organización territorial. Similar conclusión a la edetana se ha propuesto para la contestana (Grau 2005), suponiendo que los más antiguos pueblos que tendrían características comunes se fragmentaron en diversas civitates que, antes situaciones determinadas, se unirían en coaliciones bajo la primacía de una de ellas, reapareciendo en alguna manera el antiguo étnico o sus lazos de identidad. Es verdad que la Segunda guerra púnica con su política de alianzas indígenas, facilitara la comprensión de algo común entre ellos a los ojos romanos. Pero ni los edetanos ni los contestanos contaron con moneda con el nombre del étnico que da a su vez nombre a la región, ni ningún otro documento ni ninguna otra fuente escrita aparte de Plinio se refiere a ellas. Esto último es extensivo a todas las demás regiones. Parece en principio cierto que la voz regio tiene en Plinio un carácter no unívoco pues la utiliza refiriéndose a étnicos, a veces a una zona geográfica e incluso a veces a zonas donde no existe un étnico que se pueda vincular con la misma (Capalvo 1986, 56-57; Fatás 1987) y por ello no resulta claro que tuvieran carácter administrativo. Sin embargo al norte del Ebro contamos con monedas que nos hacen pensar a que las regiones fueron algo más que una designación geográfica, aunque ignoremos su concreta finalidad, siendo lícito preguntarse si no se trataba de la primera organización territorial administrativa y también fiscal. Es interesante sin embargo la observación de J.M. Roldán (1983, 169), referida a las regiones de Plinio, de que cada una contaba con un centro de acuñación en plata, lo cual en el s. II no es cierto: ni sedetanos, ni layetanos ni ilercavones lo tuvieron. El problema es que, como antes decíamos, ninguna otra fuente aparte de Plinio las menciona -como por lo demás tampoco los conventus-y, evidentemente, en el último cuarto del s. I d.C., es decir en su época, no tendrían ninguna función territorial desde la municipalización augustea. Por qué Plinio se refiere a ellas no esta claro, máxime cuando el mismo estuvo en Hispania, en la Citerior como procurator, precisamente mientras trabajaba en su obra y hay que suponer que la conocería bien. Se acepta que sus fuentes principales, aparte de su experiencia personal, fueron el Orbis pictus de Agripa concluido en el 14, el llamado Breviario de Augusto y las informaciones de Varrón escritas en el meridiano del s. I cuando en su calidad de oficial pompeyano, conocía asimismo bien la península. En cualquier caso se trata de obras que, en mi opinión, corresponden a un momento en que las regiones no tenían razón de ser aunque en el caso de Varrón no se hubiera producido aún el proceso de municipalización. Seguramente se conservaba el recuerdo de las mismas lo que sugiere un notable enraizamiento y una singular importancia en su momento. El que no se mencionen en las fuentes republicanas puede explicarse tanto por la escasez de las mismas en los momentos en que pudieron estar activas como al propio carácter de las mismas, centradas entonces en las guerras contra los celtíberos y lusitanos, no ocupándose apenas de las zonas donde el poder de Roma se había afianzado. Al menos hemos de considerar posible que Plinio utilizara, en su erudición y su ingente curiosidad, otras fuentes desaparecidas. Curiosamente no lo hizo con la Geografía de Estrabón, completada en el año 7, que parece no haber conocido (Howatson 1991, 341). El geógrafo griego menciona a diversas etnias, no regiones, entre ellas, en la costa, a los indicetes di-vididos en cuatro partes, entre ellos los leetanos y lartolaietes -sólo por él mencionados, quizás los dos se refieren a los layetanos-y «otras tribus» hasta Emporion (4, 8) y, en el interior, jacetanos, ilergetes, vascones y cerretanos (3,4,(10)(11). Salvo el caso de los lartolaietes y con la ausencia de los ausetanos y los ilercaones, vienen a coincidir con las regiones plinianas. Es evidente que tampoco tenían sentido los étnicos en la división territorial de época de Estrabón. La otra fuente geográfica, la que representa la obra de Mela, escrita en tiempos de Claudio, no menciona a étnicos, solo provincias y ciudades, lo que muestra, a pesar de la brevedad de su texto -y ello es algo desde luego a tener en cuenta en cuanto a escasez de nombres de ciudades-, unas provincias hispanas que en este aspecto no se diferencian en nada de cualquiera otras del Imperio plenamente romanizadas. Sin embargo en el s. I d.C. no se había perdido el recuerdo de los antiguos étnicos que no tenían ninguna plasmación práctica en la organización territorial, y ello es extensivo al siguiente como muestra la Geographías Hyphégesis de Claudio Ptolomeo. Por supuesto, aún más claro que Plinio por cuanto es cronológicamente posterior, las etnias que menciona no tendrían ninguna operatividad política ni otras claras en su momento (Untermann 1992, 29). En realidad en la obra de Ptolomeo se mezclan diversas fuentes gestándose una realidad anacrónica (Gómez Fraile 1997, 188, 195). Ptolomeo que como es sabido relaciona a las ciudades precedidas del étnico a que pertenecen, cita en la costa a ilercaones, cosetanos, layetanos, indigetes (2,6,(16)(17)(18)(19), y en el interior, edetanos -mezcla a éstos con sedetanos a los que no nombra-y luego de nuevo ilercaones, vascones, ilergetes, ceretanos, ausetanos, castellanos, iacetanos -se ha querido leer lacetanos por la inclusión en ella de Iessos, actual Guissona-, indigetes y layetanos (62-72). Si exceptuamos el problema jacetanos-lacetanos-layetanos que luego trataremos, la ausencia de suesetanos, y la extraña mención de castellanos, no citados por ninguna otra fuente y ninguna de las ciudades que les atribuye localizadas, el panorama coincide con las regiones plinianas, aunque se ha sostenido que, en general, las etnias de Ptolomeo son incompatibles con las últimas (Pérez Vilatela 1988, 13). Los castellani habría que situarlos entre layetanos, lacetanos y ausetanos, quizás en el Montseny y la Selva (TIR K/J 31, 58). Por lo demás, las numerosas contradicciones e irregularidades que se han señalado en la obra de Ptolomeo hacen que se hayan de manejar sus datos con mucha cautela, hasta el punto que si es posible, conviene utilizar otras AEspA 2008, 81, págs. 49-73 ISSN: 0066 6742 fuentes y darles mayor credibilidad (Jordán 2006, 84). Como fuere, F. Burillo cree que Ptolomeo reflejaría en su obra datos que podían estar en uso en la segunda mitad del s. I y serían las mismas que utilizaron Estrabón o Plinio, y que se trataría de la distribución resultante de los cambios sufridos tras los enfrentamientos bélicos del s. I (Burillo 1998, 14, 330; Id. Por mi parte me inclino a creer que, en atención a los datos numismáticos, ello sucedió antes, como veremos. Volviendo a Plinio, hay otro problema interesante basado en el orden en que cita las diversas regiones siguiendo la costa, y es la mención de la ilergete entre la cesetana y la layetana, lo que ha dado origen a suponer unos ilergetes costeros diferenciados de los del interior en torno al Segre, a los que por cierto no mencionaría. Este último hecho creo que es suficiente para suponer que se trata de éstos y no hay que pensar en dos pueblos con el mismo nombre como se propuso para los ausetanos, pues si lo hace es porque se trata del más importe de los pueblos del interiory desde luego limítrofe con los cesetanos-, como queda claro en las fuentes alusivas a la Segunda guerra púnica. Sin embargo, considerando que Plinio se refiere a los ilerdenses como surdaones (n.h. 3, 4, 24) -es un problema no resuelto el que se esconde tras esta única y extraña mención-, se ha propuesto la presencia de unos ilergetes costeros, donde además se situaría la Athanagia que Livio mencionada como capital ilergeta en 218 (21, 61, 6-7) y que éstos serían los ileragautai de Hecateo en el s. VI (Jacob 1987(Jacob -1988, 137), 137), a los cuales pertenecería, siguiendo a Plinio, la localidad de Subur citada también por Mela (2, 90) al norte de Barcino y como cosetana o cesetana por Ptolomeo (II, 6, 17) y de localización desconocida si bien costera (TIR K/J-31). Esta postura tuvo una cierta fortuna hace unas décadas (Iniesta 1989, 351-352, 357), pero en general hoy no es aceptada, al menos con el mismo éxito que el otro doblete anteriormente tratado de los ausetanos. Si en el caso de las regiones edetana y contestana no era factible, en las del nordeste ha querido verse una cierta posibilidad de identificación arqueológica, al menos en el caso de cesetanos y layetanos (Arrayás 2006, 216 ss.) gracias a los intensos trabajos realizados en las comarcas del Alt y del Baix Penedés y del Garraf (diversos de J. Sanmartí y J. Santacana) y al estudio de N. Rafel (1979) de la circulación monetaria en el Penedés donde la mayoría de la ceca de kese es más que manifiesta, mientras la de laies ́ken lo es en la vecina zona norte del Garraf. Precisamente allí habría que situar el límite entre las dos en la franja costera, en la que por cierto nada hay que pueda hacer pensar en una ilergete entre ambas. Algo más al interior el limite entre ambas vendría a estar marcado en los términos de Martorell y Castellbisbal, separados por el conocido puente del Diable que aún hoy sirve de separación a comarcas, la del Penedés por un lado y de las del Vallés y Baix Llobregat por otro y que, en el Alto imperio, señalaba los límites de Tarraco de los de Barcino (Gurt-Rodà 2005, 159). Por mi parte más al interior creo que la separación de la Cesetana de la Ilergete debía coincidir, en sus líneas esenciales, con la que hubo entre las civitates altoimperiales de Tarraco e Ilerda entre las que no mediaba ninguna otra colonia ni municipio conocido. Que no hubiera otra ciudad entre ambas no sería extraño a pesar de la distancia que separa sus núcleos urbanos, pues por ejemplo la Lex riui Hiberiensi, hallada en 1993, muestra como el territorium de Caesaraugusta llegaba hasta la actual Gallur, a unos 50 kms. de Zaragoza (Beltrán 2005, 129-139) y hay que suponer otro tanto, al menos, hacia el este. Los territorios de Tarraco e Ilerda debieron ser singularmente extensos. Las regiones en el nordeste, si alguna vez tuvieron una función con este u otro nombre creo que no pudo ser sino en el s. II, en un momento impreciso del mismo pero que creo muy posible tras la «pacificación» catoniana o poco después, tal como muestra la cronología de las monedas con nombre de étnico que, salvo kese e iltir ́ke, desaparecen a partir del meridiano del s. II, seguramente después pero antes de su final. Por ello no creo que fueran sustituidas por los cambios que comportó la nueva organización augustea, sino que se produjo varios decenios antes de la misma. Una nueva organización nos es sugerida por la arqueología entre fines del s. II y el primer tercio del s. I a.C. en que tienen lugar la fundación y «refundación» de diversas ciudades -Aeso, Iesso, Ilerda, Gerunda, Iluro, Baetulo...-ortodoxamente romanas en su morfología, pero sin status romano o latino como muestran sus monedas en caracteres indígenas, habitadas por indígenas en parte ya romanizados en sus elites -véase los tres caballeros ilerdenses con nombres latinos de la turma Salluitanay que creo que formaban parte de un plan global que desde Liguria organizaba el territorio a la romana hasta los límites de la recién domeñada Celtiberia donde aún fueron importantes las guerras hasta inicios del s. I (Pérez Almoguera 1994). De hecho la municipalización cesariano-augustea no hacía sino oficializar una realidad ya de facto que antes habría sustituido a las regiones. Ya hemos visto cómo no consta moneda étnica para los ceretani así como el problema que plantean los iacetani por la semejanza de su nombre con los lacetani, de los que tampoco consta moneda, y con los laeetani. Citados los ceretani por Plinio (n.h. 3,22,23), se trataría del único de los pueblos importantes -aunque sin duda menos que sus vecinosque, se conviene, careció de moneda. Se trata de un pueblo pirenaico cuyo nombre ha perdurado en la actual Cerdanya y que posiblemente tuvo organización municipal en Iulia Libica, la actual Llivia, pero del que no consta ninguna ciudad más. Citados como ceretes por Avieno (ora 550), lo será después también por Estrabón (3,4,11) y Ptolomeo (geog. La iberización de su territorio fue tardía y limitada, no documentándose hasta el último tercio del s. II (Olesti-Mercadal 2005). No obstante se considera iberos a los ceretani (Untermann 1992, 31), apareciendo en antropónimos como el kules-kere de Pech-Maho o el bilos-kere de Binéfar. Con todo a partir de esa época, y por encuadrarse en su territorio el nacimiento del Segre constituyendo un camino natural entre Narbo e Ilerda quizás estuviera englobado en la órbita de la moneda ilergeta, y ello quizás pudiera ser extensivo a sus vecinos lacetanos. Sin embargo se ha apuntado la posibilidad de que hubiera una ceca temprana, de la que se conocen tres dracmas en que ha querido leer kerir aunque la lectura plantea dudas (Collantes 1997, 236) que lógicamente se habrían emitido durante la Segunda guerra púnica o época inmediata. L. Villaronga (1994a, 40, núm. 26) propone sin embargo la lectura erur, lo que invalidaría la adscripción. No podemos encontrar una explicación clara de esta singularización con respecto a sus vecinos en lo que hace a la ausencia de moneda. ¿Por su ubicación pirenaica?, ¿por contar que sepamos con una sola ciudad como menciona Ptolomeo y no fuera preciso crear una región?, ¿por estar relacionados los ceretes con los ausoceretes que menciona Avieno y en realidad fue su capital monetaria aus ́esken? Creo que la explicación más plausible es que, como indicábamos, la iberización se produce en un momento en que desaparecen -o han desaparecido-las leyendas con nombre étnico. Los lacetani plantean otro problema diferente, derivado de la similitud, casi homófona, con los iacetani y también con los laietani, lo que se considera que ha proporcionado confusiones ya en las fuentes antiguas. Por lo menos en un caso (Livio,21,60,3) hay motivos para suponer que se trata de layetanos por situar los acontecimientos en la región costera (Untermann 1992, 21). Se ha llegado incluso a negar hace un tiempo la existencia de los lacetanos y proponer que las fuentes se refieren a uno u otro de los otros dos pueblos mencionados, postura retomada con nuevos argumentos recientemente (Broch 2004), pero también ha habido quien negaba la condición de populus a los iacetani y no a estos por la misma razón (Beltrán 1999(Beltrán 2001, 70-71;, 70-71; Id. 2006, 225), tratándose la última sólo de una comunidad urbana que además no parece vascona como a veces se ha sostenido, aunque tampoco ibera ni celta, que emite sólo a fines del s. II, si no después, y el primer tercio del I (García-Bellido & Blázquez 2001, 169). Según ello las alusiones al pretendido pueblo pirenaico lo serían en realidad a los lacetanos, sometidos en 195. Los lacetanos no emitieron monedas en el s. II no sólo con el nombre del populus sino con el de ninguna de las localidades que les atribuye Ptolomeo, pero es que tampoco constan en ningún otro documento epigráfico. 5), pero menos claro resulta la de Plinio (nat. 3, 22) -de primordial importancia en nuestro caso como hemos visto-en que no esta claro si se refiere a estos o a los iacetani. Ptolomeo menciona a los jacetanos, aunque los defensores de la existencia de lacetanos lo consideran un error (Sanmartí-Santacana 2005, 37) por las ciudades que este último les adscribe: Lesa, Udura, Ascerris, Setelsis, Telobis, Ceresus, Bacasis, Iessos, Anabis y Cinna. Demasiadas ciudades en principio, prácticamente desconocidas a excepción de Iessos que difícilmente se podría adscribir a los jacetanos por corresponder a una localidad, Guissona, que se encuentra en la región que tradicionalmente se asigna a los lacetanos. El alejandrino sitúa a estos precisamente al este de los ilergetes, pero no hay que olvidar que también el nordeste menciona a unos desconocidos castellanos. Por lo demás, a la ciudad de Iacca la sitúa entre las vasconas. El problema no es fácil de dilucidar, pero lo cierto es que si existió este pueblo, no emitió moneda con su nombre como los demás, lo que resulta extraño y redundaría de alguna forma en un argumento más, aunque no contundente, para quienes niegan su existencia. De cuanto acabamos de ver, puede extraerse el siguiente cuadro en el cual, a través de las regiones y populi que menciona Plinio, se tienen en cuenta todas las cecas del nordeste con nombres relacionados con étnicos, la fecha de su funcionamiento, si se pueden considerar capitales monetarias por su emisión de plata o no, y su otro nombre posible no relacionado con el étnico. Del cuadro se infiere que durante el s. II -en el caso especial de kese y en el dudoso de bar ́s ́kunes hasta el siguiente-, en el nordeste peninsular se emiten monedas con nombre de étnico que coinciden con las regiones y los populi que en el s. I d.C. menciona Plinio, en un momento en que ya no tendrían ningún sentido práctico dado que la municipalización era un hecho desde tiempos de Augusto y, entre las ciudades y las provincias, los conventus iuridici, también conocidos por Plinio, vendrían a ser la circunscripción intermedia entre ambas, por lo menos en el aspecto judicial. Los conventus iuridici por otra parte tuvieron una extensión territorial superior a las regiones y no sabemos si las sustituyeron dada la diferencia cronológica que separa las monedas que pudieran reflejar a las mismas y la mención en que por primera vez -y única en realidad-se menciona a los últimos. Cabe pues pensar que en el s. II una especie de regiones -ignoramos si esta fue su designación-con el nombre de étnicos tuvieron alguna función relacionada con la organización del territorio, al menos en el nordeste peninsular, bien que ignoremos concretamente cual por falta de datos, sin duda la primera tras la asunción de la conquista, que pudo tener lugar tras la pacificación de Catón o a partir de 180 o como mucho mediados -no creo en una fecha tan tardía como 133 también propuesta-, de la que nada nos informan las fuentes escritas o epigráficas. Esta primera organización desaparecería, si atendemos de nuevo a la numismática, a fines del mismo mejor que a inicios del I, cuando se comprueban nuevas fundaciones o refundaciones «a la romana» pero aún básicamente habitadas por indígenas, que nos muestra la arqueología y la numismática. Es significativo que ya en 90 a.C. el conocido Bronce de Ascoli o Turma Salluitana nos mencione a los caballeros indígenas que reciben la ciudadanía por su ciudad de origen sin la menor indicación de tribu o pueblo «que ya no jugaba ningún papel político a inicios del último siglo a.C.» En cuanto a las cecas con nombre étnico cuya lectura aparece con el genitivo -(e)sken, que es exclusivo en el nordeste peninsular de etnónimos, menos otobes ́ken que por lo demás pudiera ser edetana, podemos suponer su final a fines del II coincidiendo con la nueva organización territorial mencionada que se plasma en los primeros tiempos del siguiente. Dos sin embargo plantean dudas. Una de ellas es iltir ́kesken aunque se supone que h. Quizás, visto lo que ocurre con las demás y teniendo en cuenta la incertidumbre con que nos movemos en la cronología numismática, es posible que precisamente antes, quizás no mucho, de esa fecha también dejara de hacerlo. La otra es untikesken, que se acepta su funcionamiento en la primera mitad del I. De ser así, podría explicarse por tratarse de Emporion -que a su vez emite plata quizás hasta inicios del s. I-, caso especial al ser la ciudad aliada desde los primeros momentos de presencia romana que continuara emitiendo hasta la fusión municipal de las dos comunidades. El caso singular queda reflejado en el hecho de que en algunas monedas figuren magistrados con nombres latinos iberizados en la segunda mitad del s. Distinto es lo que sucede con kese, que aparece siempre en nominativo, y tiene además, como corresponde a la principal base romana provincial, una longevidad muy superior a las otras, abarcando desde fines del s. III con sus dracmas y divisores hasta quizá en torno al 70. El problema de lacetani y cerretani, sin cecas con nombre étnico conocido -y en realidad de ninguna otra localidad atribuida a los mismos en el s. II-, aparece muy relacionado en el primero por su confusión con iacetani y laietani, que ha llevado incluso a proponer su no existencia. Sin ser tan drásticos, su posible escasa entidad pudiera ser una causa. Los cerretani fueron un pueblo montañés iberizado tardíamente sin poblaciones de importancia y con escasa demografía. En cuanto a sesars y bar ́s ́kunes, si es que se refieren a populi, se comportan de manera distinta, quizás porque la primera si se encontraba en el área ibérica, era en su linde y la segunda simplemente no lo hacía y posiblemente llegara en sus emisiones hasta las Guerras Sertorianas. Varias de estas cecas fueron sin duda auténticas capitales monetarias: las que acuñaron plata. Fueron kese, aus ́esken, sesars y bar ́s ́kunes. En principio pudiera resultar extraño que no lo hiciera iltir ́kesken, teniendo en cuenta que había emitido dracmas con anterioridad. Si se refiere a los ilergetes, el papel de emisora monetaria fue iltir ́ta, ceca prolífica sólo comparable a kese en cuanto a importancia y número de emisiones que también lo hizo en plata. En cuanto a los indiketes, untikesken sólo acuñó bronces porque la plata la acuñaba Emporion. La otra cuestión que planteábamos es si las que emiten con nombre étnico tienen a su vez otro nombre. De entrada hay un caso que suele aceptarse: kese es la misma localidad que tar ́akon que emite también dracmas con ese nombre a fines del s. III, pero prevalecerá desde el s. II el del étnico. En cualquier caso no deja de llamar la atención que en un determinado momento, aunque breve, emitiera con los dos nombres. Al sur del Ebro, y por tanto fuera del área que estudiamos, contamos con el conocido caso de arse-Saguntum aunque las fuentes nada nos dicen de los arsetanos como populus y sólo emitió con ese nombre. Otro caso es el de untikesken-Emporion, pero aquí se trata de una ciudad doble y el indígena no aparece hasta el s. II. Como fuera, es posible que el caso de kese-tar ́akon funcionara bien para los intereses romanos y fueran el precedente para que en el s. II aparecieran las otras monedas con nombre étnico, bien que en genitivo. ¿A alguna de estas podemos suponerle otro nombre? Hemos apuntado la posibilidad -nunca más bien dicho-de que laies ́ken fuera la misma que bar ́keno, pero en los otros casos no tenemos, si cabe, ningún argumento, aunque no sería extraño que lo tuvieran hubieran emitido o no moneda con el mismo. Resta el caso de iltir ́kesken, que por las dracmas hemos de suponer a una localidad llamada iltir ́ka nombre que ha de corresponder a ilergetes o ilercavones, siguiendo las normas con que pasa el ibero al latín. No creemos que sea iltir ́ta la principal localidad y ceca ilergete, con la que desde fines del III se debió identificar todo el populus lo que puede explicar que la regio no contara con una ceca con nombre étnico. Parece en principio más lógico atribuirla a los ilercavones, con lo que habría otra regio con monedas con nombre étnico que a su vez sería el de la ciudad, quizás llamada también Hibera o Dertosa, pero tampoco podemos en absoluto aseverarlo. Al menos la distribución de hallazgos de sus monedas no cuadra. Cuales eran los fines de Roma al promocionar la emisión de monedas con nombre étnico no resulta tampoco claro, pues no en todos los casos es fácil admitir que a través de documentos monetarios los indígenas se identificaran con una localidad aunque llevara el nombre tribal, si bien su sentido de pertenencia a un pueblo no se habría perdido a pesar de que su marco era ya la ciudad y casi todos ellos contaban con más de una. Si el fin era ese, no afectaría más que a unas elites, pues no está claro que la moneda se generalizara aún en el s. II para unos cotidiano y mucho menos pensar que, salvo una minoría, nos encontraramos ante sociedades alfabetizadas. ¿Se trataba de un fin recaudatorio basado en una organización territorial que a su vez se basaba en los principales populi? El hecho de que no todas precisamente acuñaran plata permite, como mínimo, plantear la duda. Regio o populus Plinio Ceca con etnónimo Cronología Plata Otro nombre
El articulo presenta, en primer lugar, los resultados de las excavaciones arqueológicas realizadas en la ciudad hisranoromana de Lahitolosa (La Puebla de Castro). situada en el prepirineo oscense. los vestigios exhumados permiten establecer su cronología (desde el s iglo 1 a.C. hasta el inicio del siglo 111 d.C). Han sido descubiertas las termas, parte de ciertas viviendas y un sector del foro. Del último. destacamos el edificio público descubieno en 1994: construido a comienzos del siglo 11 d.C.. en su interior apareció un importante conjunto de inscripciones honoríficas. Se trata de un templum al Genius Municipalis, que posiblemente fue utilizado como curia. Los elementos epigráficos que lo decoraron permiten conocer parte de la élite rectora del ya Municipium Labillilosanum. Su existencia se deduce de dos origene.~. Boletunus y Barbotanus, presentes respectivamente en varias inscripciones halladas precisamente en Coscojuela de Fantova. El boleiano Lucio Valerio Materno aparece en dos epigrafes. En época romana, la vertiente meridional de los Pirineos estuvo jalonada por una serie indeterminada de ciudades cuyos territorios se extendian entre la montaña y el somontano. De oeste a este surgen casi de forma alineada Pompaelo, lacea, Osea, Labítolosa, Aeso y Auso. A esta lista hay que añadir algunos yacimientos arqueológicos que podrían ser interpretados como ciudades, aunque la carencia de fuentes al respecto impida atribuirles el nombre que poseyeron en la Antigüedad. Es el caso de Solsona (Lérida) o de la supuesta villa de Coscojuela de Fantova (Huesca). El ejemplo contrario lo constituyen dos núcleos conocidos epigráficamente a través de sendas origines y supuestamente denominados Boletum y Barbolum, que no pueden ser ubicados con seguridad en un punto concreto de la zona prepirenaica central 1 • Todavía nos faltan muchos de los datos necesarios para poder establecer la definitiva geografia histórica de los Pirineos hispanos. El descubrimiento de Labitolosa es una prueba palpable de las lagunas informativas ante las que nos encontramos a la hora de estudiar la romanización de los Pirineos 2 • Nin.gún autor antiguo lamencionó. Su ausencia de las obras de Plinio el Viejo y de Ptolomeo es especialmente significativa, ya que sobre ellas se ha fraguado la geografia histórica de la Península Ibérica. La noticia de su existencia se produjo al ser descubierto, seguramente por casualidad, un pedestal dedicado a Mareus Clodius Flaceus por los ciues Labito/osani et incolae. El nombre de Labitolosa se creó a partir de dicho gentilicio 3. touo. lm. exn.:pcwrtalcs halla1go:-. cptgdlico~ qlh.: ha n lcnrJu lugar en 199~ han 'acaclo de nuc' o a la lu/ pane de lo que fue el munlctpto de lo... Jcl que ronoccnHh adem;},.dg.uml:. co Pro' incial de Zarago1a. La segunda lclra de la úhima line:t es la Q dl' LahttQiosani. por un pequeño macizo calcáreo cuya ci ma alcanza los 633.26 m. Presenta, de fonna disimétrica. un corte casi vertical hacia e l norte mientra. que hacia el sur, es decir. hac ia el valle de l Éscra, tiene una inclinación menos fu erte, ya que está sua vizada por una pendiente bastante larga cortada por un ll ano. Sobre 111' 1 la \t: rtl~:nl~: mcndwnal:-.t.' dc:-.arrollo..:1 hahllat anllguo.1 a lll't: rópoll,. s1n embargo. fue;i lluada al 111)• WC 'ill' de la c:-tructuras rumana:-. alli t." da \'Ía perduraban se ellllHnamn para poder crear una tcrraLa in fcrhlr. Ln partl' "urerior de los muros fue <kmolida. y ~:n c.:l peor <k lo' casos. se destruyeron por compkto las parcJ.:s antiguas. Ta les difcn: ncias en el estado de t: onscrvación pule'dcn ubscn•arsc en el pnlpiu edllicto termal mientras ~u s muros septentriona les <.:onscn an trt:~ metro:-. de su al/ndo. el:-.uclo que cubría una explanada ub1cada en cl sur del edilicio desapareció como const: cuen<.:m de la creación en dicho espaciO de una! erra/a inferior. Las nw; rnas dcsigunldadcs se observan en el roro. En el mismo solamente escaparon a la destrucción agrícola los l•dificws s ituados en su lado septentrional. /.os resulwdos aún parciale.v di! /u t 'Xctll'(lcifÍII El objetivo inicial de nuestros trabajos arqueológicos fue determinar la cronología de la ciudad y a é l dedicamos la primera campaña, llevada a cabo Caslro). tnfn tm c llc In campana de excavac ió n utqucuh 'lglca de 19'>3. Cllt' \llr n.-~ en el ntutHcipiu ti c l11hiudosu t La l 'ucbln de C' a~1ro. Situación <h: Luhitulosu y plano general del ya<.:imienlo. l. Jad romana. con indicarión del templo del Genio del mun icipio. de las tcr-nw~ y de In necr6pol is (N). 2. l.tma de mayor densidad de los vestigios. Las investigaciones posteriores no han modificado dichos resultados. Los restos materiales más antiguo¡, descubiertos en el Cerro del Calvario corresponden a algunos fragmen tos di.! cerámica campaniense del tipo B, fechado en la primera mitad del siglo 1 a.C. Por el momento. la estructura más antigua que conocemos es el muro erigido en opus quadratllllt que surge en un extrcn1o del camino moderno que recorre el yacimi!!nto de nordeste a sureste. Oc los materiales cerámicos hallados en su cimentación se deduce que fue edificado a finales del. iglo 1 a.C. Un corte cstratigrálico rea lizado en la ¿ona sureste del Cerro del Ca lvario proporc ionó los restos de una vivienda construida durante e l reí-, ---------;-••---------1 pr.wfur 1l1um Figura 4. Figura S.-Planta del templo del Genio del municipio, probablemente la curia de Labito/osa, con los zócalos descubiertos en su interior. l. Muros de las construcciones augusteas exhumadas bajo el vestíbulo. Las inscripciones corresponden a los números 13 (dedicatoria al Genio del muo icipio) y 20 (dedicatoria a M. Clodius F/accus), así como a las letras A (dedicatoria a Sex. Junius Si/uinus), B (dedicatoria a L. Aemi/ius Attaeso) y C (dedicatoria a Cornelia Nei/la). nado de Augusto •. La posteri or exhumación parcial de las te rmas y del foro aportaron sendos paralelos para esta última refe rencia cronológica: en ambos sectores han podido identificarse los vestigios de las primitivas construcciones que los ocuparon. cuya real ización. en opus quadratum o en mampostería trabada con barro. tuvo lugar en época augustea 111 • Las estratigrafías realizadas proporcionaron además los ele mentos necesarios para datar con certeza el abandono de la ciudad, c uya fecha es sorprendentemente precoz. Ya en los primeros sondeos observamos la total ausencia de fragmentos cerámicos del siglo 111 d.C. La carencia más significativa es la de la sigillata clara africana de tipo C. ya que los restos de recipientes pertenecie ntes a tal familia cerámica suelen estar presentes en los yacimientos del valle del Ebro ocupados en dicha centuria 11 • La excavación de los edificios públicos aportó los mismos resultados; los niveles de abandono, tanto de las termas como del edificio al Genio del municipio, proporcionaron algunas monedas de época antoniniana 11, fragme ntos de vasijas de sigi-/Jata hispánica altoimperi al y algunos restos de sigil/ata africana del tipo A. Sin embargo. entre todos estos objetos, no se halló ningún fragmento de sigil/ala hi spánica tardía o sigillata africana de tipo C. Todos estos datos permiten suponer que la ciudad fue habitada poco tiempo. Los primeros asentamientos sobre el Cerro del Cal vario se produjeron en el transcurso del siglo 1 a.C. El incipiente núcleo de población se desarrolló rápidamente; en época augustea, el número de edificios que lo componlan aumentó de forma considerable, al mismo tiempo que se construyó un centro público o foro, del que algunas construcciones se erigieron en opus quadratum. El crecimiento de la ciudad continuó a lo largo del siglo 1 y del primer cuarto del siglo 11 d.C. con la edificación de nuevas viviendas y monumentos públicos pero, al parecer, su uso fue limitado 11 Paz Peralta, J. A., Cerám ica de mesa romana de los siglos 111 al 1'1 d.C. en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, 1991. pp. 175-183.'' Un sestercio de Marco Aurelio con la efigie de Faustina la Joven, acui'lado c:n. Estas monedas pudieron ci rcular aproximadamente hasta el periodo 200-210 d. C. puesto que. como el resto de la ciudad, ya esta ban abandonados a comienzos del s iglo 111 d.C. Gracias a los elementos descubiertos en las cuatro campañas de excavación que hemos realizado hasta el momento, comenzamos a vislumbrar el urbanismo de Lahitofosa. La ciudad ocupó una decena de terrazas orie ntadas en dirección oeste a este. El foro, cuya localización se conoce con exactitud, presentaba también esta orientación, lo mi smo que el conjunto termal, construido sobre una terraza infe rior situada más al sur, 16m por debajo del centro público. Poco sabemos de la red viaria, puesto que sólo se ha descubierto una calle. exactamente la que bordeaba las termas por su parte oriental y a la que denominamos por el momento cardo maximus. Evidentemente, estas observaciones están basadas en datos aislados. Para conocer de forma precisa la organización urbanística de una ciudad como ésta, e rigida sobre una pendiente, sería necesario sacar a la luz una superfici e antigua mucho más amplia de la que hasta ahora ha sido exhumada. Sin embargo, el estado actual de las investigaciones arqueológicas permite presentar dos de los principales monumentos públicos de Lahitolosa. cuya excavación está prácticamente concluida. Se trata de las termas y de uno de los edi ficio s del foro, el cual conservaba en su interior una extraordinaria serie epigráfica. Este es el objeto principal de nuestro estudio. El conjunto termal ( figs. 3 y 4) En la actualidad, una gran parte de los baños labitolosanos ha vuelto a ver la luz. Las estancias en las que estaba dividido tal edificio se disponen siguiendo un plan axial, como suele ser habitual en este tipo de termas de modestas dimensiones (26 m por 13 m). La primera sala al este corresponde al frigidarium. Medía alrededor de 9,5 m de longitud por 7,80 m de anchura y estaba pavimentada con un opus spicatum. En su lado meridional presenta un ábside semicircular, en cuyo interior se situó la piscina destinada a los baños fríos por inmersión. La estancia siguiente se ha identificado como el tepidarium, que mide 9,50 m de longitud y 4,80 m de anchura. Más allá encontramos la celia so/iaris, habitación cálida donde se realizaban baños en agua caliente, ya fuera por inmersión en el solium o por aspersión, utilizando agua dellabrum. Esta sala, que tradicionalmente ha sido denominada caldarium, adopta una planta rectangular, prolongada por un ábside en su parte sur. La piscina del so/ium está apoyada contra el muro septentrional y la pila del labrum ubicada en el centro del ábside. Una cuarta estancia, cuya forma también es absidial, se sitúa a modo de prolongación de la celia soliaris en su parte oriental; pero lo curioso es que no existe puerta alguna que permitiera la entrada a dicha sala, lo que hace pensar que se trata del primitivo labrum que. por causas diversas, fue clausurado y reemplazado por uno nuevo, ubicado, como hemos visto, al sur de la celia soliaris. El hypocaustum, destruido en algunos sectores, se conserva íntegro en toda la mitad septentrional de la tercera sala. Tiene una altura de 1,05 m y se eleva sobre pequeños pilares compuestos por ladrillos rectangulares superpuestos, salvo en la parte norte, sobre la que se apoyaba el solium, donde éstos fueron reemplazados por una hilera de pequeñas bóvedas de cañón, también realizadas con ladrillos. La obra pudo ser fechada gracias a los datos aportados por un corte estratigráfico realizado en el extremo suroeste del edificio, concretamente junto al paramento externo del muro meridional: su construcción tuvo lugar a mediados del siglo 1 d.C. sobre unas estructuras augusteas que fueron previamente arrasadas 13 • Estas últimas, realizadas con mampuestos de piedra caliza unidos con tierra, podrían ser restos de viv iendas privadas. El edificio del Genio del municipio (figs. 4 y 6) En una gran parcela situada en el centro del yacimiento y denominada el Campo de la Iglesia, descubrimos durante las dos primeras campañas dos pedestales honorífi cos que, a pesar de haber sido reutilizados en los muros de las terrazas agrícolas, conservaban el texto epigráfico 14 • De este mismo lugar proceden las dos inscripciones halladas con anterioridad's. así como la mayoría de los elementos arquitectónicos que hoy están reunidos en el pórtico de la iglesia de La Puebla de Castro. Animados por estos interesantes datos que parecían indicar la presencia del foro, iniciamos nuestros trabajos en la zona. Sin embargo, las catas llevadas a cabo en 1990 y en 1991 únicamente ofrecieron un arrasado muro en opus quadratum y parte de la superficie de una l l El hallazgo de una moneda del emperador Claudio, atrapada en el opus signinum del suelo del tepidarium, confirmó esta cronologla. explanada. Ambas estructuras pueden datarse en época augustea'h. En 1993 la excavación fue trasladada a las terrazas que estaban justo encima de las estudiadas. En la campaña del año 1994 se exhumó por completo la construcción que había comenzado a vislumbrarse el año anterior. De la misma destacaremos el conjunto epigráfico hallado en su interior. El edificio, cuyas dimensiones son importantes, presenta un desigual estado de conservación: bueno en su mitad norte y deteriorado en la sur. Tales diferencias son el resultado de la utilización agrícola del lugar. en el que se realizaron dos te rrazas. La superior cubrió de tierra la parte norte de la construcción. Ésta protegió los restos arqueológicos. permitiendo así que el muro septentrional conservase casi tres metros de su alzado. La altura de las paredes laterales di sminuye al mismo tiempo que la pendiente avanza. Sobre el sector meridional del edificio. en cambio. se construyó la terraza inferior, lo que supuso la destrucción de las estructuras allí existentes hasta su cimentación. A pesar de todo, pueden reconocerse su forma, sus dimensiones y sus componentes: era rectangular, medía 18,30 m de longitud en sentido norte-sur por 1 1 de anchura y estaba compuesto por dos estancias. La primera es de un vestíbulo de 4 m de profundidad por 9,60 m de anchura que daba acceso a una gran aula de 11 m de longitud por 9,60 m de anchura. La obra fue erigida en opus caementicium recubierto por un paramento en opus uittatum poco cuidado. La fachada del edificio, abierta a la plaza foral, se realizó en un opus quadratum formado por grandes si llares de arenisca. La construcción está sostenida por fuertes cimentaciones. La sala principal todavía guarda su pavimento de opus signinum y parte de sus muros, cuyas paredes interiores estuvieron pintadas. Podemos conocer la situación y la anchura de su puerta de acceso (4,40 m) gracias a las huellas conservadas de su umbral y del inicio de una de sus jambas. De lo que fue el vestíbulo no queda sino la base de los muros. El resto, incluido el suelo, fue destruido por los agricultores para instalar la terraza. La entrada hasta su interior, probablemente desde la plaza foral, se realizarla por el lado sur. Una puerta de anchura similar a la del aula se abriría en dicho muro meridional. La desaparición del suelo del vestibulo permitió excavar todos los niveles arqueológicos, alcanzando incluso en algunos sectores el terreno virgen. Los resultados de dichas operaciones han sido satisfac- La e xcavación in iciada c:n 1993. únicamente descubrió el ~e n tro del intenor dd aula: ~n l l)(J4 ~e avanzó des de el interior dc la sala hasta los muros laterales de cierre. J un!U a las paredes este. oeste y norte se hallaron vei ntiún Lóca fos de brecha cafizH rosácea o amarillenta y dos bas\!s de arenisca. La altura de estos osci la en tre los 34 cm y los n cm y su anchura entre los 98 cm y l os 63 cm. Tallados de un modo si milar. lodos presl! nlan:-.nbre c: l plinto inkrior una banda llHlldurada l'Oil1puc: sta ¡wr un c uarto de b~)ccl y una cima recta rn\ e rsa 1. Ll nmj unl o se completa con do::. grandes;úcalos situado-; a ambos flan cos de la puerta. qll(: miden 2. Estil n t'<)nnado., por varios hlclqucs de: aren isca esc ulpido~ p1)r ~u ca ra C\lerna c:n f'orma de ci ma recta ill\ e r~a. Cada;óca lo debía sostener un dado o 111.!10 en rorma de parale lepípedo rectúngulo que. a su \ l'l, tu vo que soportar un coronamiento 1 ". Con:--L'rvamos cuatro bl otlucs en tero::. y vario:. fragmen tos de otros: los dados completos. de nuevo rcal izados ~•n bredw ca liza, miden l! ntrc 90 y 95 <.:lll de al tura. por 62 a 77 cm de anchura por 63 a 72 cm de grosor. SI¡!.Uic: ndu la llflnlugia t:\lah lco: od:c ¡wr lluunc1 ti lo:. 1 '3pluquc t' l, cs sos campos epigráficos, limitados por un marco con figura de gola, están situados en la cara frontal de dichos bloques. Se ha encontrado un coronamiento entero, dos casi completos y varios fragmentos de otros, todos ellos de brecha caliza (0, E y F en el plano del edificio, fig. 5), cuyas alturas varían entre los 22 y los 33 cm. Labrados de la misma manera, adoptan la forma de una cornisa moldurada coronada por un cimacio, el inicio del cual se sitúa entre 5 y 8 cm hacía atrás del borde de las cornisas. Éstas se componen de las molduras siguientes: talón recto y cima recta o cuarto de bocel recto e invertido. Sobre esta base tripartita, se apoyaba la estatua del personaje al que estaba dedicado el texto inscrito en la cara frontal del neto. Dos de las bases ubicadas junto a la pared septentrional se realizaron de un modo diferente. Los tres elementos, zócalo, dado o neto y coronamiento, fueron tallados en bloques de arenisca superpuestos que, a continuación, fueron revestidos con pinturas. En su cara fronta l se colocó la placa con el texto epigráfico. Del mismo modo, los dos grandes zócalos de arenisca que flanquean la puerta pudieron haber soportado bloques cubiertos por placas epigráficas. Dos de los dados epigráficos permanecía aún in situ, tal como fueron dispuestos en la Antigüedad. Destacaremos, por su importancia, aquel que se apoya sobre el más grande de los zócalos, presidiendo así el interior del edificio desde el muro norte: se trata de una dedicatoria al Genio del municipio. A sus pies apareció casi completo el coronamiento que lo cubría y que todavía conservaba las huellas de las plantas de la estatua que soportaba (fig. 6 y O en el plano del edificio, fig. 4). Como la mayoría de las efigies cultuales, ésta sería seguramente de bronce. tal vez argénteo o dorado. Tal suposición viene avalada por el hallazgo de varios fragmentos de dicho metal sobre el suelo de la sala, troceados seguramente para facilitar su fundición. Estos descubrimientos permiten suponer que contra el muro norte pudieron apoyarse nueve estatuas con sus bases y ocho contra cada uno de Jos muros laterales. Pero de dicho conjunto sólo conservamos los zócalos, cuatro dados completos, un importante fragmento de otro y una gran cantidad de restos pétreos (una decena con escritura), así como parte de al menos tres coronamientos. Nada queda de las estatuas. A continuación, analizaremos algunas de las importantes inscripciones descubiertas en Labitolosa. Dadas las características de este trabajo, no se realizará un estudio epigráfico exhaustivo. Éste será objeto de trabajos posteriores, junto con los restantes materiales labitolosanos. Así pues, no aparecerán todas las inscripciones descubiertas y aún las que lo hacen no presentarán todos sus elementos. No comenzamos por el epígrafe principal, dedicado al Genio municipal y esencia del monumento, sino por otro erigido en honor de un labitolosano ya conocido, Marcus Cloclius Flan•us. Tal orden está justificado por el interés cronológico de esta primera inscripción. Dedicatoria a Marco Clodio Flacco (n° 20 de la.flg.5 y figs. 4 y 7) Sobre uno de los zócalos situados junto al muro este del edificio por su pared interna, se yergue, todavía en la misma posición en la que fue colocada originariamente, la base que sostuvo una estatua del ya mencionado Marcus Clodius Flaccus. El soporte epigráfico es un dado de brecha cal iza rosácea, al que se quiso dar la forma de un paralelepípedo rectángulo. Algunas deficiencias del bloque original, así como la falta de destreza del artífice son la causa de las pequeñas irregularidades que se observan en la cara frontal: su forma general ligeramente trapezoidal y la de su superficie suavemente cóncava. El campo epigráfico, rodeado por un marco moldurado, mide 73 cm de altura por 50 de anchura. Su texto está escrito en capitales cuadradas y desarrollado en doce líneas, en las que fueron destacadas con las letras más grandes la onomástica del dedicado y la mención de los dedicantes 19 • Los restantes renglones epigráficos ven reducida progresivamente su altura (desde los 4 cm de la línea 3 hasta Jos 2,5 de la linea ll ). Marco, inscrito en la tribu Galería, duumviro en dos 1 • Las lineas 1 y 2 miden 5 y 4,6 cm respectivamente; la mención de los herederos. presente en la decimosegunda linea, fue realizada con letras de 4 cm de altura. Su carrera ) sus \'ir! Udl.!s eran rc li!!adas cn los pcdcs talc ~ t¡Ue SOSIC11Í; tn Sil ~ esl iiiUiiS. CXj)IICS ltiS C ll los esp: tCI(lS rúblicos de la ciudml. De dichas bases conoc íamos dos, a la~ que hay que añadir este nuevo ha lla; g.o. Recordarcmo~ brevemente el con1cn ido de las do~ primeras inscrípcionc!., puesto que ésws aparccerün continuall\entc l'll nuestras re lercncim•. La primera, posiblcnk'll!l' descubierta en el siglo\'\ 1"", era precisamente aque lla qw.: prescnlaba e l nombre de la ciudad. Se tra ta del pedesta l dedil: ado a Flaccus por los cíues Lahito!o.wwi et i11co /ue ~•. 11;d r.:-inado d~• Vcspa::.i;m,). La ~•-..plicn..:ill11 dt:l P•1rquc rccibma la t1udad:.1nía romana e l antcpa~ado de le cabal k-ro labi! Oitl!-> l)liC!->..ili:1r. pucslo que C(l! loccm s pcnúd ico-; en cs1a; nna ¡k-.dc la épm:a r.:.'puhli cana'. La segunda fHl • s1bilidad c:-la cmigra~.•iún. La tercera ínll: rprctación:-.eria la promociún jurídica de la ci udad con amerioríc..lad a la llcg:1da de Vt: spa!->ianü al poder: la donación globa l de la t'iuita., a iodos lo:-c iudadanos o l:t conc~.~~ió n del derecho la11no a la ciudad. Marco ('! odio l•la magi!->lratura::. y saccrclocitb de l. r~hitulo,,o, la t: ua l yat.:ra un mun icipio. Así lo hi111 y de sus honores lol: ak:s los lc>.tos cpigrúf 'icos ml' ncionan e l duum\ ira ro, q ue con- siguió en dos ocasiones. y e l posterior flaminado. Alcanzados ya los principales honores labitolosanos y poseedor de una indiscutible influencia local. vio su prestigio engrandecido con la recepción de un tribunado de legión. con el que se le introducía en el ardo equester. Esto es lo que sabíamos hasta 1994, año en el que una novedad con respecto a la carrera de nuestro personaje se menciona en el nuevo epígrafe. Tras la expresión del cursus local, el texto revela otro honor de Clodio: adlectus in quinque decurias ab Impera/ore Hadriano Caesare Augusto. Seguramen- te, Marco Clodio se integró en el ordo iudicum como ducenarius. miembro por tanto de la cuarta o de la quinta decuria. He aquí el paso que precedió a su ennoblecimiento con su posterior acceso al nrdn equester. La causa de que la mención de juez no fuera inscrita en los pedestales conocidos con anterioridad pudo ser la falta de espacio. En ellos la comunidad y los decuriones le agradecían los servicios prestados a la ciudad a través de la citada fórmula. uiro praestantissimo el ciui optimo. ob plurima erga rem publicam suam merita, la cual ocupaba un sector importante de la superficie epigráfica. El cursus de C/odius fue resumido a los cargos locales y al más importante. el tribunado que significaba su entrada en el ardo equester. Aún así, las letras se vieron constreñidas dentro de la superficie epigráfica. La dedicatoria de Cm•ne/ia Neilla fue el fruto de razones privadas y no mencionadas. El campo epigráfico pudo albergar la expresión de su nombramiento como juez. ya que quedó espacio para ello 2 s. Gracias a la expresión epigráfica del citado honor judicial puede deducirse un importantísimo dato de la vida de Clodio Flacco: la cronología. Fue Adriano quien lo nombró juez de las cinco decurias. Algunos años más tarde, cuando la inscripción fue realizada, este emperador aún vivía (no aparece calificado como diuus 26 ), Jo que nos lleva a afirmar que al menos el final de la carrera política de Clodius tuvo lugar bajo el mandato de Adríano, aunque bien pudo comenzar su cursus local durante el reinado de Trajano. Las otras dedicatorias en honor de este mismo personaje son contemporáneas a ésta, u Pflaum, H.-G.• Les juges des cinq décuries originaires d' A friquc, Antiquités Africaines. 189, observó la ausencia del titulo de jue2 en el relato de algunas carreras cuando sus protagonistas ya hablan conseguido el acceso al ordo equester. 1 • Al parecer. dada la adversidad que le rodeaba cuando murió, Adriano no fue declarado diuus inmediatamente después de su defunción, lo que para el caso que nos ocupa. permite ai'tadír unos meses a la fecha ante quem, en la que concluyó su reinado puesto que en todas ellas presenta como último título el g rado de trihunus militum legionis //JI Flauiae. El texto aclara que Clodio realizó su servicio militar en Moesia Superior. Evidente. nosotros podíamos conocer tal circunstancia. puesto que la legión 1111 Flavia tuvo su campamento en Singidunum 11 (la actual Bclgrado). en la frontera occidental de dicha provincia. pero quienes no tenían porqué saberlo eran los Labitolosuni. que fueron informados así de lo lejos que estuvo su exalcalde y benefactor en cumplimiento de sus funciones 1 ~. Dentro de los caminos seguidos por los notables locales en la búsqueda de la ascesión social. e l de Clodiw; es típico de un rico o ligarca provincial sin antecedentes familiares en los ordines superiores, pero con influyentes amigos en Roma. Tras una fructífera carrera política en su ciudad natal. seguramente jalonada con donaciones evergéticas, el emperador decide entregarle una distinción menor incluyéndolo en las decurias judiciales. Con el paso del tiempo y con el aumento de sus relaciones romanas, el ya maduro oligarca fue ennoblecido con su entrada en e l ordo equester que, como suele ser habitual en estos casos. se oficializó a través de un tribunado angusticlavo de legión 2'~. Éste era el titulus definitivo que expresaba su posición social. 9, 3. en esta ciudad estaba situado el campamento de la 1111 Flavia en época de Adriano. Esta misma localización mantiene la Dígn. Marcus Clodius Flaccus se desplazó realmente hasta Moesia Superior. 77 cm ck anchura y 72 cm de grosor y el t ócalo. sobre e l que se apoya.:12 cm de altura por lJX de ant: ho y 90 de grosor. 1•.1 coronamiento se hal ló a sus pies, conscrvnnd1J precisamen te las huella:. de las plantas de la estatua que sostuvo. El texto se inscribe en la cara frontal del neto. rodeado por un marco moldurado. El campo cpignílico mitk 69 cm de altura por 57 t:m <k' anchura. Las letras son capitales cuadradas de excelente ractura. La primera y la última línea son las más altas (miden 7,2 cm de altura), las in teriores (de la 2 a la 4) poseen un tamaño inferior (5 cm de altura). Traducción: Al Genio del municipio labirulosano. Labre\ edad rw reduce b imponancra de c-.. te tcxl o. (iractas a 01. puetkn plantear::.~.• cuatro rnt~.•rcsanlc:-. obscrntcinne-.. l_;t rrimera com: rc rne a la pmrta función tkl ed ilicio y:-u rge de la posic iún ocupat!a por la c:-.tatua tk l Gc•niu.,.\funici¡wfi,• La rni:-.ma prc:-.idía el espacio in terior del mon urncnlo sobr~.• el que -;e imponía co n su;; rmponantes dimensione:-.. La Sl 'gun da obscn al' ión tl.'ndra l' Oill(l objeto ni auror d..: l;l dedicatllria.,\farcus ( "lndiu., Flucc u., acrüa en..:1 lacónico rnto como dcdicantc. Su nomhre no cstf1 acnmpañado ror fó rmula dedicatoria o'crbll alguno. pcnl el mensaje cpignitico no llo de scr comp k to: fue él quicn pagó la t'slat ua dd Genio 11 • Su nombre presidía JUnto a hr di' 1nidad el 1111crior de la construcción. E~t c prola gun~:>nh l derllfll de la sala lleva a pcn:-.ar t¡Ul' Clodio Fbccn fue e l C\l'rgetes que rega ló a la ci udad no sólo la c:.ta tua del Genio. sino también e l edi fi cio que dd1ía albergarla. Ciracias al epigrnfc a nteri or, poseemos un hito cronológico de la \'ida de l benefactor labitolosano. Recordemo!) que sus últi rmb honores los recibió en vida de Adriano. aunque sea impo:-.iblc fechar con más precisión el resto ele su cursus. sobre todo d 1nicio. Ademas, la brc\'cdad de la dedicatoria al G' enius impide sabe r en qué mome nto de la vi da de Marco Clodio Flaeco tu \'o lugar su ere cció n'~. Tras las incógnitas. ex po ndremos nuestra hipótes is: la promoción social conseguida por este personaje indica que fue ge neroso con su ciudad mientn. ls eje rcía las magistraturas loca les, ya que su prestigio llegó a o ídos del emperador. La donación del edific io pudo tener luga r al inicio su carrera labit olosana. e ntre e l 11 O y el 120 ú.C. aproximadamente 1 ". aunque la pusibi lidad de que lo mandara construir ya siendo eques romanus no debe ser desl: chada por comp leto. Nuestro te rce r comentario se refe rirá al s raws de la ci udad menc ionado por este nu~..~vo epí grafe: municipi11111 Lahir11losonum. Las estruc turas admini strati vas y los órganos de gobierno labitol osa nos rra nsmitidos por la s inscripc iones conocidas co n anterioridad eran propi os de una ciudad que había " Dos son la, cslatuas ~rígida~ al (ie/1111. 1 d.: una.:iudatl de la Ci11.>rim• y s ufra ga das con fondos privado>, que ~e conservaban con anterioridad al desc ubrimiento de és1a. Un quinq ue nal de 7úrruco mandó rcali1.ar er Jes/JJIII del petlc~ ral. a~í cunw d pc:-.n de pla ta que la insa i¡H:Í<In indtca ( 15 libr:b) q u.: la cstattoa era p cquc tia. 1:1 scg.untlt) ejemplo pcrtl'llC<.:l' al munt ci ptun.'' Olra rr:m<lln p<lStbilid acl e~ q ttc c'tc personaje fuera d padre tlcl <:ltbalil'ro honrado pübl t<:amcntt.; en 1rcs ocastonl)s, ya q ue ést<: era hijo de Marro. "' 01ra pOsibi lidad es que hubtcra oc upado ya alguna mag tstralllra loc:;tl, si n que tal circuns tancia fuera expresada. Si no" atencnw:-. a la dataetón de la figurad ~ Marl.'ll Clod 10!•laceo. rw dn•tnu-. afirmar que l.ahuolo.w fue pronwc10nada po iÍIII.:amcntc con la co ncc:.i ón de l e:-.tat uto muntcqxtl nln anl crrtmdad a la fecha propuesta de 1 10-120 d.C. ". Desta~arcllHIS. pllr Ctltillhl. la \anac: tón grüfíca prese ntL' en el nombre de la ~iudad: f_ahirulo.\ll pur Luhirolosu. Diremos para finaliLar qué uH: Iuso la Btblia apoya la idea del ttso gcncralt:;radu de la cncúustica en la decoración mural de los edilicios. 1-:.n el Libro de los Macabeos. cscn to t:n griego en el siglo 11 a. C. Icemos: < <de 1::1 misma f 'ornw que el arqttitccto de un edilicio nuevo ttene que ocuparse de toda la cstrudura mil' ntras qui l!n se encarga de dc<.:orarla con pinturas a 1<1 encáustica debe husear lo que es apropiado a la omartlenta<.:ión» 1 ~. C01 CLUS IO l:.S Los estudios quím icos de las muestra s de pintura mural romana examinadas s ugieren dt! forma lc hacien\e que los pigmen\t)S se cncontrab<m fijado s nl soporte medio de un aglutinante compuesto por cera de abejas y jabón potásico. Los exámenes microscópicos rcvdaron una • Ella podría ser una esclava liberada de Marcus Clodius F/accus, con quien comparte el nomen. La rotura del soporte epigráfico impide conocer su cognomen. El prestigio que en Labitolosa gozaban los Cornelii y los Clodii se unió con estos dos personajes quienes, además. pudieron heredar una parte de la fortuna de Cornelia Neil/a. La fractura del bloque no permite conocer con exactitud el inicio del texto. Cornelia Neilla puede estar expresada en dativo como receptora de la dedicatoria. El hecho de que en este epígrafe, a diferencia de los anteriores, se indicara el nombre de los herederos avala tal interpretación. Otra posibilidad sería considerar que falta el nombre del dedicado que, como en los ejemplos precedentes. recibiría tal homenaje ex testamento Corneliae Neillae, en cuyo caso el nombre de esta generosa labitolosana estaría inscrito en genitivo. Hemos creído conveniente presentar dos de los numerosos epígrafes que han llegado hasta nosotros en un estado sumamente fragmentario. Se trata de una placa y de un bloque. Placa de mármol blanco muy deteriorada. De hecho. sólo se puede recomponer una pequeña parte de ella, aunque se conserven varios trozos inconexos de otros sectores. Todavía pueden observarse restos de los clavos que la sujetaron verticalmente. Parece imposible que estuviera expuesta en las paredes internas del edificio. La escasa distancia existente entre los zócalos, por tanto entre los pedestales y estatuas que se apoyaban sobre ellos, lo impide, ya que no quedaba el hueco necesario para que la placa fuera visible. El epígrafe debía estar fijado a alguna de las estructuras en arenisca mencionadas con anterioridad. Recordemos los dos grandes zócalos situados a la entrada y los dos pedestales realizados en este mismo material adosados al muro Norte. El grosor medio de la placa es de 2,2 cm. Las letras son capitales cuadradas de ductus triangular muy profundo. Las letras de la línea 1 miden 6,3 cm de altura. Los ejem- plos hispanos en Abascal Palazón, cit. (n. El cognomen conserva incluso la forma griega, presentando la N en el nominativo. La forma Phllemon por Pltllemo no es inhabitual. Un paralelo onomástico puede hallarse en nuestra cuarta inscripción: Lucius Aemilius Attaeso. ¿Sería dicho personaje el mismo que aparece inscrito en esta placa y, por tanto, aquél que recibió la estatua que estaba sostenida por uno de los pedestales en arenisca? Es posible, aunque no se puede afirmar con seguridad. Fragmento de un bloque epigráfico. La unión de varios fragmentos de un neto, hallados en los niveles de derrumbe, permite obtener el texto siguiente. Hemos considerado necesaria su presentación por dos motivos. El primero tiene que ver con sus características morfológicas. Este texto fue inscrito con caracteres menos cuidados, mucho más verticales y de ductus menos profundo que los anteriores y sobre un bloque de caliza gris, mientras que los otros eran de brecha rosácea o amarillenta. Tales particularidades parecen indicar que dicho soporte epigráfico fue realizado de forma separada y con posterioridad a los cinco primeros. Pero el motivo principal es la palabra.flamini presente en su reducido texto, alusiva al cargo sacerdotal del dedicado. Estamos ante la segunda mención de un receptor de los honores locales labitolosanos. Recordemos que el primero y hasta ahora el único era Marco Clodio Flacco. En líneas anteriores hemos insistido en el hecho de que el pedestal que sostuvo la estatua del Genio municipal ocupa una posición preeminente dentro del interior del edificio: en el centro del muro posterior de cierre, culminación del eje longitudinal del edificio. Tal ubicación solía estar ocupada por la estatua cultual de un templo, lo que indica que la primera misión de la construcción labitolosana era la de albergar la efigie o simu/acrum de la personificación religiosa de la ciudad 47 • Nos hallaríamos, por tanto, ante un templo en honor al Genio del municipio. Desgraciadamente, pocos son los edificios con los que poder avalar dicha interpretación. Cierto es que existen numerosas dedicatorias al Genio de la ciudad 48, descubiertas principalmente en las provin-47 Sobre la figura del Genio de la ciudad, su culto y su iconografla cfr. Genlus, 111, pp. 469-473. cias africanas e hispanas. pero se desconoce. sa lvo muy escasas excepciones. e l tipo de monumento en el que estuvieron expuestas. A través de los corpora hispanos se pueden llegar a conocer alrededor de 15 inscripciones cuyo dedicado era el Genio cívico. pero desconocemos su procedencia arquitectónica exacta "'v. Sólo conocemos tres excepciones y ninguna de ellas es hispana: se trata de las de Tigzirt y T imgad en el Norte de Africa y la de Philippoi en Macedonia. Su original idad se basa en el hallazgo de la dedicatoria al Genio de la ciudad dentro del propio monumento al ser exhumado. El primer ejemplo perteneció a Philippi (Philippoi). colonia augústea de Macedonia. El edificio allí descubierto está ubicado en el ángulo suroeste del foro ~'1 • En su interior fue hallada una dedi- 51 • A pesar de que sus dimensiones son mayores que las del monumento labitolosano (media 23,73 m por 13,87 m), ambos tienen en común el esquema de su planta, dividida en pronaos y celia. La construcción fue fechada gracias a otro pedestal, hallado también en el interior de dicho edificio, que estaba dedicado a Faustina la Joven. El templo del Genio de Philippi fue realizado en el tercer cuarto del siglo 11 d.C. El segundo monumento que debe ser tenido en cuenta se halla en la localidad argelina de Tigzirt, la antigua lomnium, probablemente un pagus perteneciente al territorio de Rusuccuru. municipio de Mauritania Cesarea 52 • A pesar de que las tareas arqueológicas realizadas en este yacimiento no fueron muy amplias, permitieron la completa exhumación de un interesante edificio cuyo estado de conservación es •excepcional. Al ser descubierto, conservaba en el dintel de la puerta de la celia la dedicatoria al Genius municipii Rusuccuritani realizada por Caius lulius Felix entre el 209 y el 212 d.C. El texto epi- 401, 1060. SI. n La dificil interpretación de los tres centros urbanos de la ciuitas de Rusuccurru ha provocado la aparición de diversas hipótesis: Bourlier, Ch. y Gavault. La hipótesis mh moderna, producida por Lapone, J. P., Le statut municipa. l de Rusuccuru, L'Africa romana, 10-11, 1992, pp. 419-437, localiza en Tígzirt el pagus de lomnlum y a 20 km de Tigzirt, exactamente en Dellys, la propia ciudad de Ru. 1•uccuru, capital del municipio. gráfico no deja lugar a dudas: nos hallamos en presencia de un templo dedicado al Genio del municipio. El mencionado evergetes regaló a la ciudad el templo y la estatua de dicha divinidad: <ctemplum et statuam sua pecunia fecit et dedicauit» ~-'. Existen sin embargo imponantes diferencias entre dicho monumento y el de Labilolosa, no sólo en su morfología sino también en sus dimensiones: el edificio africano se compone de un patio y de una celia y mide 13.7 5 m de largo por sólo 6.40 m de ancho. Pero el ejemplo más signifi cativo y conocido se halla en Timgad. la gran ciudad fundada por Trajano en Nurnidia. El ed ificio en cuestión está ubicado en el sector Oeste del yacimiento, fuera de la muralla. Enfrentado al mac: ellum de Sestius, bordea la cal le que surge del Arco llamado de Trajano. Su identificación pudo realizarse gracias a dos inscripciones. una de ellas s umamente fragmentada s 4, cuyos textos eran idénticos: la dedicatoria al Genius coloniae. C., cumpliendo y comple- tando la promesa ob honorem jlamonii perpetui de su hermano, el evergetes Caius Publicius Veranus mandó realizar desde los cimientos el templo con s u estatua cultural en el interior «aedem a solo cum statua fec(it)». Los gastos alcanzaron los 64.500 sestercios 5 s. El santuario, aceptablemente conservado, está dividido en dos partes, un patio rodeado de pórticos, en cuyo centro se sitúa el altar, y el propio templo, que se yergue sobre un alto podium; el pronaos y la celia se alcanzan a través de una gran escalera monumental de 16 peldaños 56 • Junto a estos paralelos arquitectónicos, debemos presentar ciertos epígrafes que, si bien no están arqueológicamente relacionados con un edificio, su lJ CIL, VIII, 8995. El estudio completo de ambos textos fue realizado por Tourrenc, S., La dédicace du temple du G~nie de la colon ie de Timgad, Antiquités Afrlcaines, 2, 1968, pp. 197-220. u Tourrenc, cit. (n. S4), 207, realiza la siguiente reconstrucción del texto: ttGenlo coloniae Aug (usto) Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa texto alude a la construcción religiosa que estudiamos. Como lo hicieran las de Tigzirt y Timgad. otras 15 inscripciones aproximadamente mencionan un edificio consagrado al Genio bajo la denominación templum o aedes ~7• Todos los epígrafes excepto uno provienen de las provi ncias africanas, pero precisamente esa excepción es hispana, ya que apareció en la lusitana Bobadella <x. Las referencias literarias al respecto son mucho más escasas, únicamente se conocen dos alusiones de Amiano Marcelino sobre el templo del Genio de Alejandría 5 ~. Los datos arquitectónicos se completan con otros relativos al culto del Genio de la ciudad, a este respecto dos inscripciones halladas respectivamente en Ostia y en Obulco, ciudad de la Bética 60, mencionan a los sacerdotes del Genio, ambos denominados sacerdos. Evidentemente. la dedicatoria al Genius descubierta en la ciudad prepirenaica hi spana no ofrece tanta información. A pesar de todo, creemos que las similitudes del edificio labitolosano y de dicha inscripción con los ejemplos citados en lineas anteriores permiten afirmar que los restos exhumados formaban parte del1emplum dedicado al Genius municipii Labitulosani. La estatua del Genio del municipio no estaba sola dentro del edificio. Recordemos la extraordinaria galeria de retratos que se exponía adosada a las paredes internas. Su existencia y magnitud se deduce del gran número de zócalos descubiertos en el interior del monumento M. La presencia de dicho conjunto honorífico es la gran singularidad del edificio labitolosano, ya que no tiene parangón en los citados templos del Genio clvico descubiertos en Philippoi, Timgad o Tigzirt. Para poder hallar dentro de una construcción romana un ciclo escultórico comparable, hay que buscar en el interior de las basílicas, curias y algunas galerias forales, aunque rara vez las estatuas y los pedesta- (Tarragona, 1988), Sabadell, 1992. pp. 227-250. jt Amm. M are., XXII, 11, 7 y XX III, les descubiertos en el interior de dichos edificios alcancen el número de los del monumento estudiado. Ciertamente, es extraño encontrar en el interior de un templo un ciclo honorífico como aquel ante el que nos hallamos. La sacralidad de dicho espacio no concuerda con la exposición pública de los homenajeados, que implica su posición en un lugar frecuentado. La solución más acorde con los paralelos descubiertos en otros ed ificios, es la que piensa que además de su función religiosa, el templo del Genio municipal albergó diferentes tareas re lacionadas con la administración de la ciudad. en las que podían estar implicados los personajes representados en las estatuas que lo decoraban. Nos referimos a las reuniones del consejo decurional. Una hipótesis similar fue propuesta para explicar el ya citado templo de Tigzirt: «le temple de Tigzirt, dédié comme il convient au Génie local, est, en réalité, la curie du munícipe de Rusuccurru» ~1• Pero las reducidas dimensiones de su celia (la superficie interna es inferior a los 30m 2 ) dificultan tal interpretación 6 \ La sala principal del edificio labitolosano, en cambio, ofrece e l espacio necesario para poder servir de aula donde llevar a cabo los consejos decurionales. El interior del edificio mide 100 m 2 de los que si eliminamos el espacio ocupado por los pedestales, obtenemos 60m 2, en los que bien pudieron reunirse los aproximadamente sesenta decuriones que tendria la ciudad~>-~. Sin embargo, este argumento presenta una objeción: la ausencia de restos o marcas de gradas que sirvieran de asiento a los decuriones y de tribuna a los magistrados y a los diversos oradores. Estos elementos pudieron ser de madera y, por tanto, móviles, como en la curia de Timgad, donde tampoco hubo gradas laterales de obra M. A los pies del Genius municipí Labitulosani, que presidía la asamblea, podía colocarse un pequeño estrado de madera sobre el que se erigiría el magistrado o el decurión que estuviera en el uso de la palabra; los decuriones se sentarían en hileras de sillas (tres a " 1 Euze nnat, cit. (n. •J Además, la población exhumada en Tig2irt era probablemente sólo un pagus; según Laporte, cit. (n. 52), el centro politico de municipio de Rusucurru se hallaba en Dellys, a 20 km de la primera localidad mencionada: consecuentemente. el foro de la ciudad con su respectiva c uria ten ia que estar tambien en Dell ys y no en Tigzin... la /ex Jrnitana, rúbrica XXXI. especifica el numero mini- La planta y las dimensiones del edificio labitolosano no contradicen la hipótesis que considera la doble función del monumento como templo del Genio municipal y curia. Dadas sus características. se integra perfectamente en el modelo constructivo del templum ordinis, definido por J. Ch. Balty~>~>, cuyo mejor exponente es la curia de Timgad. Puesto que la interpretación de dicha construcción africana como curia ordinis es segura 1' 7, su comparación estructural con e l monumento de Labitolosa aporta interesantes deducciones. Los dos edificios se asemejan en la forma y dimensiones de sus respectivos vestíbulos: éstos guardan proporciones similares con respecto al aula a la que daban acceso, ya que la profundidad de ambos es aproximadamente 1/3 de la de sus respectivas salas principales (relación de 4/ll en Labirolosa y de 5/16 en Timgad). La anchura interior de los dos monumentos también es casi idéntica (9,60 m en el primero y 9,90 m en el segundo). Además, las dos aulae adoptan una forma rectangular bastante corta, prácticamente cuadrada la de Labitolosa ( 11,1 O m por 9,60 m) y ligeramente más alargada la de Timgad (16m por 9,90 m). Evidentemente, las similitudes formales y estructurales existentes entre el monumento hispano y la curia africana son significativas. La última característica mencionada, esto es, la forma cuadrada del aula, permite relacionar la construcción de Labitolosa con otra curia identificada con certeza. Concluiremos las comparaciones entre el edificio labitolosano y los africanos anteriormente citados tomando en consideración un último elemento formal: las dedicatorias honoríficas 6 ~. Al ser exhumada la curia de la colonia trajanea de Timgad, se.. En este edificio se encontró el famoso album municipal de Timgad: Chastagnol, A., L'album municipal de Tímgad, Bonn, 1978. Otra significativa inscripción descubierta en su interior fue una dedicatoria a la Concordia ordinis (CfL, VIII, 2341 y 17811 ). •• La función de tal construcción fue deducida con acierto de una dedicatoria al Genius senatlls Cuiculitanor(um) hallada en su interio' r: A E. 1916, 17, 5. •~ Un expresivo texto epigráfico italiano muestra que era un hecho habitual exponer estatuas en el interior de la curia, siempre y cuando su autor hubiera obtenido el permiso decurional. CIL, XI, 3614. «in curia m fuerunt Pontius Ce/sus dictator. descubrieron en su interior seis pedestales, dos de ellos a la entrada (recordemos a este respecto los dos grandes zócalos de arenisca presentes junto a la puerta del aula labitolosana), dos adosados a Jos muros laterales y otros dos a la pared posterior de cierre. Dentro de la curia de Cuicu/ se expusieron al menos cinco pedestales honoríficos. Los paralelos entre el edificio labitolosano y los norteafricanos nos ofrecen los suficientes argumentos para pensar que el ordo decurionum de Labitolosa se reunía en el templo del Genius Municipalis bajo la protección de tal divinidad civica. El temp/um Genii se convertía así en eltemplum ordinis 70 • Sin embargo, tal afirmación, aunque avalada por todos Jos paralelos citados, también encuentra ejemplos divergentes. En efecto, algunas ciudades tuvieron dos edificios diferentes para albergar de forma independiente cada una de las funciones que atribuimos al de Labitolosa. En Philippoi, el templum Genii se halla en uno de los laterales del foro y la curia en otro 71 • Dicha separación es aún más radical en Timgad y en Tigzirt. La gran colonia de Numidia poseyó dos edificios, uno consagrado a su Genio colonial y otro dedicado a alojar las reuniones del ordo. La identificación de ambos, realizada gracias a diversos epígrafes, es segura. Entre uno y otro existe una distancia de 200 m. En Rusucurru, el templo y la curia no estaban en el mismo núcleo urbano, puesto que uno se encuentra en Tigzirt y la otra probablemente en Dellys 72 • Estos ejemplos obligan a recobrar la prudencia y a considerar que, a pesar de las obvias diferencias existentes entre nuestra pequeña ciudad prepirenaica y las citadas colonias militares, bien pudo tener Labitolosa, como ellas poseyeron, dos edificios diversos: un templum al Genio municipal (el que ahora estudiamos) y una curia independiente. La continuación de la excavación con sus consiguientes descubrimientos podría permitir un día afirmar que el edificio exhumado en 1994 sirvió al mismo tiempo de templo al Genio municipal y de curia. Pero, desgraciadamente, nunca conseguiremos conocer la estructura completa del foro. Su parte me-10 Recordemos que la curia nace en Roma como un tenrplum, un lugar sagrado unido al comitium. 11 En líneas anteriores mencionábamos las características de dicho templo. El argumento uti lizado fue la presencia en su interior de un graderlo, uno de los pocos que se conocen en el imperio. ridional y, con ella los edificios públicos que la delimitaban por este sector, fue destruida en las labores agrícolas de aterrazamiento del Cerro del Calvario. Epigrafía y estratigrqfia: la datación del ed(ficio En líneas anteriores hemos comentado la gran novedad que presentaba el pedestal en honor de Marco Clodio Flacco hallado en la última campaña: un hito cronológico 73 • Tras una brillante carrera municipal y antes de ser introducido en el ardo equestre ocupando un tribunado angusticlavo, este labitolosano fue elegido juez de las cinco decurias por Adriano. Cuando la mencionada dedicatoria fue realizada, dicho emperador todavía vivía. Partiendo de esta datación, hemos intentado fechar la erección del monumento al Genio municipal 74 cuya posición y características formales e ideológicas permiten afirmar que es contemporáneo de la construcción del templo. La obra pudo ser una donación evergética realizada a comienzos de su carrera, esto es, durante el reinado de Trajano o a comienzos del de Adriano, aunque no podemos eliminar por completo la posibilidad de que lamandara erigir a su vuelta de Mesia Superior. Todos estos datos epigráficos adquieren su verdadera importancia al compararlos con los arqueológicos. Desgraciadamente, la estratigrafía no es del todo fiable, ya que son muy pocos los fósiles directores hallados en los diferentes niveles anteriores al monumento, e incluso éstos presentan una cronología imprecisa. Además, dichos estratos, excavados sólo en la zona del vestíbulo donde, recuérdese, el suelo había desaparecido, pudieron ser alterados por obra de las tareas agrícolas que los cortaron y removieron para implantar la terraza inferior. Los fósiles directores más modernos, de entre los que se han encontrado en el nivel de destrucción anterior a la realización del monumento (UE 070 17), son algunos fragmentos de sigillata hispánica que pertenecieron a dos vasijas con la forma Drag. Pero esta referencia es demasiado vaga, ya que dichos recipientes se fabricaron durante bastante tiempo: su producción comenzó hacia la década de los años 70 d. C. y continuó a lo largo de todo el siglo 11 d.C. 75 • Sin embargo, ante la calidad de su pasta cerámica y de su barniz y ante el tipo de sus motivos'l Ver el come~tario a la inscripción número l. 14 Ver el comentario a la inscripción número 2. u C/. Contrlbutlon ci l 'histoire économlque de la Pénln11ule lbérique sous I' Emplre romain, Parla, 1983, 1, pp. 83-85. decorativos. estos vasos, hallados en la UE 07017. no pueden ser datados con posterioridad al primer cuarto del siglo 11 d.C. Las conclusiones extraídas de los restos arqueológicos se complementan con aquellas deducidas de los datos epigráficos. En líneas anteriores hemos propuesto a modo de hipótesis que la donación evergética de C lodio tuvo lugar a comienzo de su cursus municipaJ 7 b. La excavación avala tal elección. Los fragmentos de las vasijas Drag. 3 7 que fechan la disposición del suelo en opus signinum del vestíbulo son muy probablemente anteriores al 125 d.C. La década 110-120 d.C. concuerda con los datos epigráficos y ceramológicos. de ahí que sea ésta la fecha que atribuyamos a la construcción del edificio labitolosano consagrado al Genio municipal. EL MUNICIPIO DE LABITVLOSA Y SUS NOTABLES EN ÉPOCA DE ADRIANO Los hallazgos que se han producido gracias a las cuatro campañas de excavación han aumentado considerablemente el corpus epigráfico labitolosano. Cuando comenzamos nuestras tareas arqueológicas se conocían tres inscripciones. En la actualidad. el número se eleva a treinta y dos. Siete son grafitos sobre instrumentum domesticum y veinticinco inscripciones pétreas (diez de ellas prácticamente completas, las quince restantes son fragmentos de bloques y placas). Elementos diversos y variados de lo que fue la vida de Labitolosa aparecen ante nuestros ojos expresados en dichos textos, fundamentalmente en los epígrafes públicos. La conjunción de todos los datos permite ampliar nuestro conocimiento sobre la historia y la organización política de la ciudad en general y sobre su status en particular. Destacaremos los descubrimientos epigráficos de 1994, que aumentan ostensiblemente la información existente sobre la élite labitolosana, antes reducida a cuatro nombres. Labitu.losa y LabitQiosa (fig. 1 y 8). Aunque se trate de una cuestión de grafla lingüísticamente explicable, no podemos dejar de citar las dos variedades del nombre de la ciudad: Labitolosa y Labitulosa. Recuérdese de nuevo la mención ciues Labitolosani presente en el primero de los pedestales descubiertos en el Cerro del Calvario, de la que se deriva la primera versión 77 • El bloque está muy deteriorado, ya que su superficie se ha cuarteado y alterado, provocando la posterior desaparición de algunos fragmentos del campo epigráfico, sobre todo de las últimas líneas, entre ellas aquella que conserva la expresión que nos interesa. A pesar de todo, se han podido reconocer restos de trazos curvilíneos que pertenecen a una O (fíg. La segunda versión, Labitu! osa. surge de la mención municipi Lahitu! osani inscrita con toda nitidez en el pedestal del Genius municipa/is descubierto este año. Evidentemente, se emplearon las dos gra fias y. además. casi de forma contemporánea. La hipotética explicación aportada por la fonética histórica es la siguiente: la tercera vocal del nombre oficial de ciudad podía ser una u átona que evolucionó a una o tónica 7 x. Tal fenómeno lingüístico latino, frecuente a partir del siglo tv d.C.. comenzó a producirse en época republicana. Significativos ejemplos de sus más precoces manifestaciones escritas pueden leerse en la epigrafia hispana 7 ~. de los cuales, algunos de los más antiguos aparecieron. según A. Camoy, en Aragón xu. como también sucede con los ejemplos de la evolución de e a ¡x 1 • Aunque falta la prueba definitiva xl, tales paralelos permiten considerar que el nombre de la ciudad era Labity_losa. más tarde municipium Labitulosanum, aunque ya a comienzos del siglo u d.C. la tercera sílaba se pronunciara con un o larga. El texto público dedicado al Genio, personificación de la ciudad. presenta la grafia antigua y oficial, recuerdo culto frente al habla corriente en aquel momento. La segunda forma, más moderna, aparece en un pedestal erigido por subscripción popular. Quien se encargó de su redacción, escribió el nombre de los ciudadanos tal como se pronunciaba, con una o larga. La historia política de la ciudad A la hora de reconstituir la historia de Labitulosa. junto a los datos ya sabidos, debemos tener en cuenta los nuevos elementos conocidos gracias a la " C/L 1/, 3008 = 5837; t:{. nota 3.'" • 1 No existen textos versificados en los que aparezca el gentilicio o el topón im o, por lo que desconocemos la cantidad de la vocal de la tercera silaba; no existe tampoco un topónimo romance que asegure su evolución. campaña de 1994. Nos referimos a la identificación y cronología del monumento foral, asi como al contenido de los textos epigráficos. El descubrimiento en 1992 del segundo pedestal erigido en honor de Marco Clodio Flacco provocó nuestra primera reflexión sobre la evolución política de la ciudad en general y sobre su promoción jurídico-política en particular ~J. Los nuevos datos, si bien no resuelven de forma definitiva el problema, avalan con fuerza las hipótesis expuestas en el citado estudio. La ausencia de Labirulosa en las fuentes literarias antiguas ha sido señalada al inicio de este trabajo. Destacaremos ahora las consecuencias relacionadas con el estatuto de la ciudad que pueden deducirse de su omisión en la Historia Natura/is. Los párrafos que Plinio dedicó en esta obra a la Hispania Citerior son la mayor descripción conocida sobre la situación estatutaria de las ciuitates de dicha división administrativa x 4 • Aunque el texto fue realizado en el tercer cuarto del siglo t d.C., presenta las ciudades con el status que tenían al comienzo del gobierno de Augusto, puesto que en estos momentos fue escrita la fuente de la que Plinio extrajo la mayor parte de dicha información. Cita la práctica totalidad de los núcleos privilegiados en aquellos momentos pero no hace Jo mismo con los oppida stipendiaria y con las comunidades contriburae, cuyo número era mucho más elevado w 5. Lo más probable es. por tanto, que el olvido de Labitulosa en dicho texto fuera debido a su poca importancia, esto es, a la no posesión de una condición privilegiada tras la primera organización augustea, aunque nada nos indica que ésta no le fuera otorgada en época julio-claudia. Tal conclusión podría encontrar una objeción arqueológica, ya que los restos exhumados demuestran la existencia de un foro construido con anterioridad a la época flavia, exactamente durante el reinado de Augusto. Algunos de sus vestigios, sumamente deteriorados, han visto la luz en el transcurso de nuestras campañas de excavación 86 • Sin embargo, del hallazgo de dicho centro público, cuya morfología se desconoce, no puede deducirse que la ciudad " M. Navarro Caballero, cit. (n. 18 En cambio, el edificio foral exhumado en 1994 fue erigido mucho más tarde, a comienzos del siglo 11 d.C., sobre las modestas estructuras augusteas que le habían precedido en tal espacio. Su realización debió formar parte de un programa creado algunos años antes de ser comenzado el edificio, seguramente a finales del siglo 1 d.C. En un momento concreto, la ciudad arrasa su centro público y lo vuelve a levantar de forma monumental. Dichas tareas constructivas solían tener lugar en las ciudades romanas hispanas precisamente cuando éstas recibían una promoción jurídica, y tal vez también política, que las definía como tales. Un status romano implicaba la necesidad de una serie de edificios donde pudieran desarrollarse las actividades de gobierno propias de una ciudad romana, así como una imagen monumental acorde con dicha condición. La reconstrucción del foro labitolosano sería, por tanto, la consecuencia lógica de su promoción jurídica y política. La fecha de tales tareas arquitectónicas no se aleja mucho de la donación del derecho latino a Hispania por parte de Yespasianogx. A este privilegio jurídico seguiría el político con la entrega del reglamento municipal, que la ciudad poseía con toda seguridad, puesto que así Jo indica la dedicatoria al Genius municipii Labitulosani. La promoción municipal pudo recibirla de la mano de uno de los hijos 11 Recordemos las palabras de Agrícola, en las que narra como animaba a los britanos a que construyeran edificios a la manera romana (templos, foros, casas... ). Era una estrategia: «conseguirán asl aprender nuestras costumbres y llevarán a menudo la toga. Poco a poco se dejarán seducir por nuestras costumbres, por nuestros gustos por los pórticos. las termas y los banquetes refinados. Ingenuamente llamaban civilización a lo que en realidad era su esclavitud», Tac., Agric., XXI. Wiegels, R. Das Datum der Verleihung des ius Latii an die Hispanier, Hermes, 106, 1978, pp. 196-198 La tercera y última de nuestras fuentes de información es la epigrafía. La famosa primera inscripción labitolosana era una dedicatoria de los ciues e incolae a un personaje que había sido fluir y.flamen de la ciudad. Dichas menciones institucionales permitían deducir que la ciudad poseía un status munic ipal. La segunda dedicatoria a Marco Clodio Flacco, descubierta en 1992 •m, aportaba además una alusión al consejo decurional. El status municipal de la ciudad se confirma en 1994 con la dedicatoria al Genius municipii Labitulosani. Además, uno de los textos epigráficos descubiertos este mismo año, la tercera dedicatoria a Marco Clodio Flacco, permite datar todas las citadas menciones' 11 institucionales. A comienzos del siglo 11 d.C., la ciudad era un municipium 92 • El resto de los datos fueron grabados sobre sus correspondientes pedestales en época de Adriano ~3~ salvo la fragmentaria mención de un flamen. que pudiera ser posterior 94 • De los textos epigráficos surge, por tanto, una constatación cronológica, nos presentan la organización municipal de la ciudad durante la primera mitad del siglo 11 d.C. Tal observación está de acuerdo con la identificación de Labitulosa como un municipio de derecho latino a partir de la época flavia. Sin embargo, no podemos dejar de citar un elemento que podría presentar una objeción; se trata de la tribu Ga/eria en la que estaba inscrito Clodio. A esta observación podría añadirse otra, como es la mención municipium sin calificativo (Fiauium, por ejemplo) del epígrafe 2. ¿Suponen estas referencias que nuestra ciudad obtuvo un status privilegiado con anterioridad a la época flavia? La respuesta positiva es posible, pero no es, ni mucho menos, la úni-., Sobre la datación de este epígrafe y de los restantes a través de su relación con él, remitimos al comentario de la inscrip• ción número l.., Kecordemos que tal fecha se obtiene de la datación de la inscripción del Genio municipal. Ver a este respecto el comentario del epígrafe 2.' 1 El nuevo monumento erigido en honor de M. Clodius Flaccus apona la datación adrianera. Sin cerrarnos totalmente a otras soluciones que pudieran ser aportadas por posteriores hallazgos, concluiremos diciendo que la mayoría de los datos •• Esta es In opinión de Pons, J.. Por su parte, Wicgels. 118. presenta la inscripción pero no da su opinión al respecto.'"' Ver inscripción n. l. "' Sabemos que en Ebusus. municipium Flauium, vivían personas inscritas en la tribu Galería, RIT 389. Lo mismo sucede en otros núcleos urbanos que eran municipios navíos: Laminium (CJL 11. Inscripciones romanas inéditas de la provincia de Jaén, 1, Cuadernos de Prehi. vtoria d~t la Universidad de Granada. Gracias a los últimos. podemos suponer que la ciudad fue privilegiada en época fluvia; a propósito de At>.ro. y de sus numerosos ciudadanos romanos. unos de la Galerlu y otros de la Quírina, cf. la opinión de Mayer. VI Col./oqui internacional d'arqueologia de Puigcerdti (Puigcerdti, 1984). Precisamente en la dedicatoria del Genius aparece denominado sólo como muni• cipium Laminltani (CIL 11,3228). extraídos de los tres tipos de fuentes parecen indicar que Lahitulo. w recibió el derecho latino gracias a la donación general realizada por Vespasiano. La promoción politica municipal pudo llegar más tarde, aunque debamos recordar que a comienzos del siglo 11 d.C. ya la poseía. La élite lahitolnscmo de la primera mitad del siglo 11 d. Gracias a los textos descubiertos en 1994, unidos a los elementos ya conocidos, podemos recrear una parte de la sociedad de un municipio hispano de la primera mitad del siglo 11 d.C. Ciertamente, los personajes que aparecen en los epígrafes no eran los más desfavorecidos económica y socialmente. Entre los notables labitolosanos de la época, se hallaban personas procedentes de familias que poseían la ciudadanía romana desde antiguo. Es el caso de Marco Clodio Flacco. inscrito en la tribu Galería. que llegó a ser caballero romano. Tal progre- sión social sería posible gracias a sus relaciones en la capital provincial y en la propia Roma, factibles en esta época para un rico oligarca de un pequeño municipio hispano. Los recursos de Clodio al integrar el ordo ecuestre debían ser de al menos 400.000 sestercios. En Labitulosa hubo por tanto hombres bien relacionados y ricos. A partir de la época flavia, el ius Latii permitirá a otras ricas familias labitolosanas obtener la ciudadanía romana tras la recepción por parte de sus representantes masculinos de los honores locales. Los cognomina de Cornelio Neilla y, sobre todo, de Lucius Aemilius Attaeso parecen atribuir un origen indíge- na a sus poseedores. Ambos podían formar parte de la segunda o tercera generación de ciudadanos romanos de sus respectivas familias, de las que surgirían algunos de los primeros magistrados y decuriones del nuevo municipio tlavio. Hasta la esfera o ligárquica de la ciudad ascendieron también algunos libertos enriquecidos, que heredaron el prestigio y el dinero de sus patroni. Es el caso de Corne/ius Philemon y Clodia [--).a quienes suponemos herederos de la generosa Cornelia Neilla'~<~. El azar ha permitido que podamos relacionar a casi todos los personajes en tomo a la figura de Cornelia Neilla. ya que tres de los pedestales conservados son dedicatorias honoríficas que ella ordenó realizar a través de sendas disposiciones testamentarias. Los destinatarios fueron M. Clodius F/accus. Sex. lunius Siluinus''"'y L. Aemílíus Attaeso 1111 • Un cuarto epígrafe la menciona. pero esta vez parece ser la receptora del homenaje de sus herederos. uno de ellos seguramente su liberto (texto 5). Podría tratarse de la esposa de un notable fallecido que se encargó de mantener la dígnitas de su familia erigiendo los homenajes honoríficos debidos a ciertos conciudadanos. Haciéndolo en su testamento permitió además que sus herederos, como responsables del cumplimiento de su difunta voluntad, se congraciaran con dichos notables. Por el momento, ignoramos si entre ellos existió otro punto de unión que su «amistad» con Cornelia Neilla y su destacada posición social. Sin embargo, la situación de sus estatuas dentro de la supuesta curia es una prueba del importante papel político que pudieron ocupar en la ciudad. Estos personajes. cuya dedicatoria se exponía junto a la personificación de la ciudad, serían decuriones y, tal vez, antiguos magistrados, ya que parece extraño que el consejo permitiera erigir la estatua de un simple privado en la sede sagrada donde tenían lugar sus reuniones. La condición decurional puede ser atribuida sin problemas a Marco Clodio Flacco 102. Sex. lunius Siltlinus y L. Aemilius Attaeso serían otros miembros del consejo. Esta idea concuerda con la que hacía de Cornelia Neil/a la esposa de un decurión fallecido. La erección de las estatuas a través de sus herederos, era el homenaje a los compañeros más cercanos de su marido que éste no tuvo tiempo de realizar. Las paredes del templo al Genio y probable curia estuvieron decoradas con las efigies de los rectores 100 Recordemos que este personaje recibió ademas una dedicatoria honorífica de parte de Gaius Grattius Senilis. cf. Magallón. 102 El reglamento municipal flavio que regía en la ciudad de lflli, similar al que pudo tener Labitulosa, preve que los magistrados fueran elegidos entre los decuriones. rúbrica XXI. de la ciudad, aquellos personajes pertenecientes a un número reducido de familias, las más ricas y prestigiosas. Sus miembros, honrados en el interior de este importante edificio público, dominarían los honores locales al menos durante varias décadas 10.1. Los restos arqueológicos y, sobre todo. el excepcional conjunto epigráfico descubiertos en el foro del Cerro del Calvario nos desvelan la vida de Lahitulosa, una de las ciudades que controlaron la zona pirenaica en época romana y de la que casi nada se sabía. Habitado a partir del siglo 1 a.C., este núcleo de población no dejó de crecer hasta la primera mitad del siglo 11 d.C. Labitulosa recibió la llegada de dicha centuria siendo ya un municipio. Tal promoción política, corolario de su romanización, tuvo lugar seguramente en época flavia y provocó la monumentalización de su centro público, del que el exhumado templo al Genio municipal fue uno de los elementos. En esta tarea constructiva participó la élite labitolosana, de la que los textos epigráficos permiten conocer una pequeña pero significativa parte. En las paredes internas del edificio foral descubierto en 1994 se exponían, apoyadas sobre sus respectivas bases honoríficas, las efigies de los notables, aquellos personajes cuyas riquezas y prestigio les permitieron ocupar los honores del municipio Jabítolosano. Los que han llegado hasta nosotros, inscritos en sus correspondientes pedestales, vivieron durante la primera mitad del siglo 11 d.C. Sus nombres y sus honores públicos reflejan la estructura social propia de las élites municipales hispanas durante tal siglo. 101 Un ejemplo cercano de las estrategias familiares de los notables que dominaron la política local lo hallamos en Aeso (lsona. Lérida), ver el estudio de Fabre.
Los últimos datos arqueológicos dc las nccró pofü ibéricas sirven de base para apoyar la tesis de que la sociedad ibérica prerromana. del sureste peninsular. es una ~ociedud de clases en la que se hace necesario un mccani,m\l de integración de tipo estatal; en este caso con 1111 fuerte componente aristocrático. «El estado... está destinado a reglamentar el funcionamiento de Ja sociedad de tal manera que éste permita la constante reproducción de las condiciones económicas, jurídico-políticas e ideológicas. que aseguren una reproducción de las relaciones de dominación de una clase sobre las demás» (Harnecker, M., 1973, 121). En este párrafo encontramos el núcleo del problema sobre qué es el estado y, por tanto, cómo reconocerlo en las comunidades protohistóricas objeto de nuestro análisis. Las preguntas que hemos de contestar son si en el seno de aquellas sociedades se dan las relaciones de clase, y cómo atestiguarlas a partir del registro arqueológico. En las páginas siguientes se trata de abordar este tema, en el caso concreto del mundo ibérico del sureste peninsular, entendido éste en un sentido amplio. Cuando hace unos años publicaba el estudio sociológico de la necrópolis de El Cigarralejo (Santos Velasco.. l.A.. 1989) establecía tres criterios para intentar acercarnos a la estructura social ibérica de la cuenca del Segura. entre los siglos v1-11 a.c. a) Los monumentos funerarios. b) Las cerámicas de importación. e) El armamento. a) La mayoría de los monumentos funerarios de la región corresponden a la fase ibérica antigua (550/525-450/425 a.C.), documentándose una destrucción de los mismos ya a principios del siglo v a.c. (Ruano, E.. 207), momento a partir del cual la arquitectura funeraria monumental va desapareciendo. b) Frente a los vasos de importación aislados, documentados en la fase antigua, y que parecen responder a un intercambio de dones. entre miembros eminentes de las comunidades indígenas y agentes coloniales, más que a un tráfico sistemático; en la fase plena, el volumen de importaciones es sustan-Rl: l• Ll •.XIONES SOl! 11¡1¡4 cialrrn: nt<: mayor. repartiéndose entre un sector de la pohlación minoritario. pero de cierta amplitud relativa (el 30 por 100 de las tllmbas de El Cigarrakjo. o el 17 por 100 de las de 13aza contienen cerámicas griegas: Santos Velasco, J. A., 1989. e) Por su parte, las armas en general. y las espadas en particular. son más escasas en las necrópolis antiguas (ponía enton.ces los ejemplos de El Molar, La Solivella y La 13ohadilla: Santos Velasco..l. 88). que en tas necrópolis de la fase plena. Recientes excavaciones parecen confirmar esta hipótes is. En Los Villares (Albacete). la panoplia no se documenta en el siglo v a.c. salvo excepciones (Blánquez, J.. Y en Cabezo Lucero (Alicante) la mitad de las 14 tumbas o puntos. datables en el s iglo v a.C. poseen:.rmas, mientras que más de la mitad de los 64 puntos del siglo 1v a.c. documentan armamento ~. Habría un cuarto criterio, que aparece de forma implícita en autores como A! magro Gorbea. En opinión de estos investigadores, el espacio funerario y sagrado de las necrópolis antiguas está reservado a muy pocos individuos, e incluso lo forman únicamente enterramientos aislados. como ocurre con las tumbas monumentales de Pozo Moro (Albacete) y de El Prado (Jumilla, Murcia). Sin embargo, desde fines del siglo v a.C. la ocupación de aquel espacio se amplia, apareciendo las grandes necrópolis de la Fase Plena, formadas por centenares de tumbas (El Cigarralejo, La Albufereta, El Cabecico del Tesoro, Baza). Hecho que parece tener también confirmación en recientes estudios, como el de Cabezo Lucero. donde tan sólo 14 sepulturas se fechan en el siglo v a.c., mientras 71 lo hacen en el siglo 1v a.c.'. En 1989 propuse que estos cambios. que se atestiguan en el mundo ibérico de la cuenca del Segura, respondían al tránsito de una organización tribal Uefatura compleja) a una sociedad de clases de carácter aristocrático. Ya que aquellos fenómenos se pueden interpretar como un contraste muy marcado entre uno o unos pocos personajes de élite que, en la fase antigua, se entierran bajo monumentos, acceden a los escasísimos bienes exóticos de origen greco-púnico, y tienen derecho a portar armas; frente al resto de una comunidad que ni accede al espacio funerario, ni al mercado de importaciones, ni al uso de armas. A falta de más datos y a título de hipótesis, nos hallaríamos ante unos grupos en los cuales emerge un miembro, como un jefe, frente a un conjunto social más o menos homogéneo. Por el contrario, du-rante la fase plena. el acceso de mús individuos a los espacios funerarios. al mercado de cerámicas de importación. y al derecho a llevar armas son reflejo de una sociedad más estructurada y compleja, donde ya no se da una tajante dicotomía individuo (¡jefe'!) I resto de la población. sino una dicotomia grupo aristocrútico dominante y, tal vez. sus clientes/resto de la población dependiente 4 • Las diferencias cuantitativas, en el material arqueológico, entre las fa~cs antigua y plena. tomadas en su conjunto, tienen tal relieve que se convierten en diferencias cualitativas, exponentes del cambio cultural y social que se da entre ambos periodos. Cambio que se resume en el surgimiento y consolidación de una aristocracia armada dominante que se configura, en la fase plena (450-425/325 a.C. aprox. ), como clase social dominante, con todas las connotaciones económicas y políticas que conlleva este término. Contamos con más datos, procedentes del registro funerario. que nos ayudan a argumentar. más allá, cómo se define esa sociedad de clases. Desde fines del siglo v1 a.c. han aparecido aquellos miembros eminentes de la sociedad, que se entierran bajo tumbas monumentales y que desde, al menos, los comienzos del siglo v a.C. se representan a caballo, símbolo de su estatus. Así lo demuestran los monumentos de Porcuna (Negueruela. Son el precedente inmediato de la aristocracia que se afirma en el período siguiente, la fase plena, cuando se documentan las llamadas «tumbas principescas)), en cuyos ajuares aparecen bocados de caballo~. Su constatación'es paralela a la de lo que podemos considerar un séquito de jinetes, de equites, como se advierte en El Cigarralejo (Santos Velasco, J. A., 1989, 92). En e l siglo 1v a.c.. el princeps no se halla aislado, si no apoyado en un grupo secundario de «caballeros». que forman parte o están vinculados a la c lase dominante por lazos de dependencia. Por otra parte. en el conjunto mayoritario de las tumbas del siglo 1v a.c. la extrema complejidad de los ajuares funerarios, y de las acum ulaciones de elementos ricos en los mismos. reflejan una sociedad muy compleja y estructurada en distintos niveles y posibilidades de acceso y acumulación d e la riqueza. Es probable que. por entonces, haya surgido un pequeño segmento social intermedio, formado por artesanos y comerciantes e nriquecidos. a juzgar por ciertos datos arqueológicos (Santos Velasco. A tenor de lo expuesto parece justificado proponer que la Fase Plena, momento de apogeo de la cultura ibérica, se asienta sobre una estructura social compleja, que ya podemos considerar de clase. De nuevo, e l registro funerario nos ayuda a completar esta hipótesis. ¿QU IÉN SE ENTIERRA EN LAS NECRÓPOLIS? DESARROLLO DE UNA SOCIEDAD GENTILICIA El hecho de que en las necrópoli s ibéricas no esté representada toda la población es algo unánimemente aceptado 8 • No obstante, es todavía pronto para decidir si aquéllos que tienen derecho a usar ese espacio sagrado son sólo los propietarios, como sugieren algunos autores (Plácido, D., et al., 1991, 193) entre otras cosas, y como señalan esos mismos investigadores, porque desconocemos qué tipo de propiedad dominaba entre aquellos pueblos 9 • Dato im-prescindible para conocer muchas cuestiones. entre otras. cuáles eran las Relaciones Socia les de Producción. algo que es del todo neccs; irio para comprender los fundamentos socio-económicos de la cultura ibérica (Plácido. De cualquier modo, aunque no sepamos con exactitud quiénes constituían aquellos grupos que se enterraban en las nccrópol is que conocemos. en este hecho encontramos la primera gran diferenciación soc ial. que se establece e n el seno de las comunidades ibéricas: los grupos dominantes y sus vinculados. tal vez clientes, que tienen derecho a l uso de aquel espacio sagrado; y los grupos dependientes o dominados. que no dejan constancia en e l registro arqueológico funerario. S i ésta es la s ituación estaríamos ante la primera evidencia de que el mundo ibérico se estructura como una sociedad de clases. puesto que si se tratara de una sociedad preclasista, basada en relaciones de parentesco, las exclus iones se establecerían por grupos de edad y sexo, lo que no parece ser nuestro caso al menos en la fase plena 111 • Ahora bien. la afirmación de que en ese periodo. en las necrópolis, sólo se representa la c lase dominante habría que matizarla. pues junto a las ricas tumbas de los miembros de élite encontramos un alto porcentaje de sepulcros que podemos considerar «pobres». en El Cabecico del Tesoro (Quesada, F., 1987-88), Baza (Ruiz, A. et al., 1992), Coimbra del Barranco Ancho (García Cano, J.M.. 1992), Castel Iones de Ceal (Chapa, T. y Pereira, J., 1992) y El Cigarralejo (Santos Velasco, 1989). El problema es saber a qué sector social pertenecen estas tumbas y, hoy por hoy, no se puede dar una respuesta segura. Aquellas tumbas «pobres» podrían corresponder: 1) A algunos miembros de las c lases dependientes. 2) A los miembros menos favorec idos de los grupos dominantes, o linajes secundarios, que adquieren el derecho de ser e nterrados en el espacio sacro de las necrópoli s por sus lazos, más o menos cercanos, con los linajes d e la élite. 3) A individuos o linajes que han establecido relaciones de dependencia militar o religiosa, con miembros de la c lase dominante. 4) A grupos de edad/sexo, como es el caso de la necrópolis alicantina de Cabezo Lucero (Aranegui, C. e t al., 1992). Allí Jos análisis de laboratorio han dado como resultado que las tumbas más ricas'17. 1994 pertenecen a individuos masculinos adultos, siendo mayoritariamenti..: menos ricas las tumbas femeninas e infantiles. En una primera lectura. esto nos estaría indi cando que los grupos de edad y sexo son los socialmente dominantes. en este lugar, y nos hallaríamos. por tanto, en un estadio social preclasista. No obstante. habríamos de tener en cuenta varias circunstancias. a) La necrópolis de Cabezo Lucero es muy singular. Cifra elevada si la contrastamos con las de otros yacimientos, aunque dentro de unos parámetros regulares: El Cigarralejo (31 %), Cabecico del Tesoro (21 %), Los Nietos (38%), Coimbra del Barranco Ancho (24%, ver Sánchez Meseguer, F. y Quesada, F., 1992, 370). Pero, en el período siguiente (3 75-300 a.C.). las armas están presentes en un 60% de las sepulturas, y la cerámica ática en el 74%. La riqueza de los ajuares con cerámicas griegas es tal que sólo se puede calificar de espectacular y, de nuevo, de singular. La interpretación de necrópolis especializada en un sector militar dominante. dada por sus excavadores {Aranegui, C., et al., 1992, 178), parece lo más acertado. b) El hecho de que armas y cerámicas áticas subrayen, en esta necrópolis. la distinta posición social de los hombres adultos, pudiera tener otras explicaciones, aparte de la ya señalada singularidad del yacimiento; dado que el problema no es que continúen existiendo las relaciones parentales, como vínculo de cohesión. La cuestión es si éstas son, o no, las relaciones sociales dominantes, en el siglo 1v a.c.. De hecho, en todas las sociedades precapitalistas el parentesco constituye un lazo social básico, pues es el nacimiento en el seno de los linajes dominantes o dominados, lo que determina la pertenencia de los individuos a una u otra clase. Una explicación alternativa para esta necrópolis alicantina pudiera ser que se está evidenciando la importancia de la continuidad de los vínculos de parentesco, en una sociedad de clases de carácter gentilicio 11 • También hemos de tener en cuenta los datos procedentes de otros yacimientos. En la necrópolis de Los Villares (Albacete, Blánquez, J., 1990) no se desprende que haya un vínculo directo entre Ja ri-que7.a del ajuar y el binomio sexo/edad. Por otra parte, sabemos que existen ricas tumbas femeninas, como la de la Dama de Baza (Presedo. F. 1982). de una mujer joven. de alto rango, que además se enterró con una panoplia completa de guerrero, símbolo de su pertenencia a la clase dominante; o la tumba 22b de Los Vi llares (Blánquez. J.• 1990, 434), que contiene dos probables abrazaderas de lo que pudo ser un puñal o espada corta, y que se data en la segunda mitad del siglo v1 a.c. También contamos con ricas tumbas infanti les, con armas, como la tumba 36 de Los Villares (500-450 a.C., Blánquez, 1990. En estos casos lo que se nos está poniendo en evidencia es la relevancia que ha cobrado la pertenencia a un linaje dominante y no a un grupo de edad o sexo. Términos que podemos interpretar como la superación del parentesco y el surgimiento de un nuevo tipo de relaciones sociales más complejas: las de clase. En este sentido, si la circunstancia básica que concurre en la aparición del estado es la existencia de una sociedad clasista. pues: «cuando una sociedad de clases está consolidada también lo está el estado» (Bromlei y Pershits, 1985, 62); en el mundo ibérico, al menos en su Fase Plena, nos hallamos ante ello. En la fase antigua es difícil discernir si también estamos ante una estructura social de clases, pues los datos que tenemos, tanto de aquel período, como del precedente, son muy pobres. Este es un punto de discusión sugerente, pero habrá que esperar a que más excavaciones nos proporcionen datos sobre el mundo funerario, entre los siglos v111-v1 a.c.. No obstante, no podemos descartar que ya en la fase antigua existieran clases sociales, como nos sugieren datos, ahora, aislados, como las citadas tumbas 22b (rica mujer adulta) y 36 (tumba infantil con armas) de Los Villares; o la T-91 de Cabezo Lucero (rica tumba infantil con armas), fechada entre 450-425 a.C., un momento inicial, o de tránsito a la fase plena. Si a esto añadimos que las transformaciones sociales son más rápidas que las que se aprecian, a través de la cultura material, en la arqueología de las necrópolis, debido a las profundas raices que tienen los componentes ideológicos de la muerte, en cualquier sociedad (Morris, l., 1980, 209), pudieramos estar desde fines o mediados del siglo v1 a.c. ante una sociedad clasista, en el mundo ibérico del Sureste, aunque ésta no se represente como tal en los ajuares funerarios, más que en casos aislados. No seria esta t'.ircunstan<.:ia un ejemplo si ngular en el Mediterráneo. En un ambiente semejante al nuestro. el vi llanoviano. tanto Torell i ( 1981 ), corno Bartoloni ( 1989) son de la opinión de que la igualdad de los contenidos de los ajuares funerarios del Villanoviano Inicial es más formal. que sustancial. Las comunidades vi llanovianas. en la primera mitad del siglo 1x a.c.. pudieron presentar diferencias netas de riqueza. entre sus miembros. pero éstas no eran representadas a través de los ajuares, debido a condicionamientos de carácter ideológico. ¡,Sería éste también el caso del Período Ibérico Antiguo? 12 • A este respecto, no podemos dejar de tener en cuenta que, en la cultura ibérica, nos hallamos ante un proceso de transición, de un modo de producción comunitario, a otro de clase. en el que se darían situaciones intermedias, no claramente definidas. Pero las ricas tumbas femeninas e infantiles no sólo nos acercan a la cuestión de la división de la sociedad en linajes dominantes y dominados, dicho de otra manera en clases antagónicas. si no que también, implícitamente, nos informan sobre la reproducción del sistema social. Reproducción que se sustenta sobre dos pilares: la propiedad y la herencia. Ya Nicolini apuntó que el oro no se documentaba, en las necrópolis ibéricas, salvo en raras ocasiones y nunca en abundancia, porque no era un mero símbolo de estatus, sino que s u uso continuado cumplía un papel esencial en la transmisión hereditaria de bienes de carácter familiar. Chapa Brunet y Pereira ( 1991 ), abundando en esa idea, son de la opinión de que se evitaba amortizar piezas de oro y plata, en las tumbas, porque la estructura social se fundamentaba más en la pertenencia a un linaje, que en la competición personal. La élite ibérica asentaría su poder en el control de los medios de producción (ganado, tierras, comercio y minas) y los lazos familiares asegurarían la transmisión hereditaria del poder y, por tanto, de la reproducción de la élite como grupo diferenciado. Asl se comprendería la profusión de objetos caros (pero sustituibles) en las sepulturas, y la ausencia de otros, como el oro, cuyo valor real predominaría sobre el simbólico, haciéndolo imprescindible para mantener el nivel de riqueza de los descendientes. u En todos mis trabajos anteriores se"alo que la sociedad clasista se define en la fase plena.y que el periodo antiguo podemos caracterizarlo como una organización tribal avanzada. Por el momento y en el sureste, es más prudente continuar con esa hipótesis. No obstante, nuevos datos están evidenciando situaciones que nos hablan ya para la fase antigua de una posible sociedad de clases, y este hecho es necesario exponerlo, a la espera de que una documentación más rica confirme o refute esta otra hipótesis. Estaríamos ante una aristocracia hereditaria que transmite su fortuna de padres a hijos, facilitando asi la acumulación de riquezas en manos de ciertas familias, lo que no sólo consolidaría la diferenciación entre linajes ricos y pobres. sino la reproducción de los linajes dominantes. a lo largo del tiempo ( Engels. 121 ): lo que redunda sobre el carácter gentilicio de la sociedad ibérica. Sobre este punto. contamos con otros datos. de nuevo del registro funerario. Me refiero a los monumentos y necrópolis de Pozo Moro y Porcuna. vestigios ambos de formas de organización gentilicia. Ello se infiere por una circunstancia: en torno a los monumentos se organiza, tras un hiatus, una necrópolis de la fase plena. En el caso de Pozo Moro. un pequeño cementerio se art icula alrededor de la torre, a partir de 450 a.C.. El grupo que se entierra en ese momento rememora, en el gran monumento turriforme, a un individuo, a mitad de camino entre lo heróico y lo sacro 1'; a un jefe o a un monarca, fundador del linaje dominante que es sepultado más tarde. En opinión de Almagro, los nuevos enterrados guardarian vínculos de parentesco o de filiación social, con el personaje del monumento ( 1983. En Porcuna, este fenómeno se da dos veces consecutivas. Existe una necrópolis de época orientalizante (siglos v11-v1 a.C.), hay un hiarus, se levanta y destruye el monumento, hay un segundo hiatus. y se documenta la necrópolis del siglo 1v a.c.. La comunidad de Obulco parece guardar un recuerdo histórico/mltico con aquel lugar. generación tras generación, a lo largo de cuatro siglos. Allí.se enterraron los antepasados; y Jos grupos que se van enterrando con posterioridad descenderían de forma real o ficticia (mitica), de un antiguo grupo dominante, que legitima a los nuevos grupos dominantes, su poder, y formas de control social, con el uso del terreno sagrado del cementerio 1 ~. Contamos con un caso semejante, pero esta vez asociando poblado y necrópolis, en El Oral y El Molar (Alicante), al que no se puede dejar de hacer mención, tras sus recientes publicaciones. El Molar es un pequeño yacimiento (del que se conocen alrededor de 30 sepulturas), fundamentalmente de Ja Fase Ibérica Antigua. cuyos materiales, recuperados en una vieja excavación, han sido reestudiados, y permiten fechar el lugar entre 580-375 a.c. aproximadamente; desde el final del período orientalizante, a un momento central <.k la fase ibérica plena. Los materiales muestran una gran riqueza: escultura monumental, copas <le Siana, y otros vasos griegos (cráteras, ánforas), esca rabeos. aribalos de fayenza. broches de cinturón. cte. (Monraval. Todo lo que sugiere la interpretación del yacimiento como un cementerio de la élite emergente. en los inicios del siglo \'I a.C., que perpetúa su ocupación hasta el período de consolidación de las aristocracias locales, en la primera mitad del siglo 1v a.C. Esta necrópolis corresponde al poblado de El Oral. de 1 ha. de extensión, y amurallado, cuya excavación es del máximo interés, pues aporta nuevos datos a la visión que teníamos del Bajo Segura, en Epoca Antigua. En él se han documentado varias unidades domésticas, entre las que sobresale, por la calidad de los hallazgos la JIIL (con fragmentos de huevos de avestruz, asador y olpe de bronce, y fragmentos de cerámicas griegas). Sus excavadores datan este hábitat entre fines del siglo v1 a.c. y 450 a.c. aproximadamente, momento en el que se abandona y su población se translada a la Escuera (Abad, L. y Sala, F., 1993, 91 y SS.). A Ja vista, tanto de los ajuares domésticos, como de los funerarios, surge la pregunta de si nos hallamos ante el asentamiento y necrópolis de un linaje dominante de la fase antigua, que hundiría sus raíces en el período orientalizante, y que utiliza el espacio sacro de El Molar, en exclusiva, a lo largo de varias generaciones. Incluso, cuando se ha abandonado e l poblado de El Oral, a mediados del siglo v a.C., los descendientes y miembros de aquel linaje de elite continuarían sepultándose allí donde lo hicieron sus antepasados hasta un momento comprendido entre 375-350 a.C. Hipótesis que se enmarcaría en el seno de una sociedad de carácter gentilicio y con fuertes vínculos de dependencia. Estos últimos son otro dato más a tener en cuenta, a propósito de la complejidad social del sureste ibérico. Por las fuentes escritas sabemos que existen Ja devotio y lafides, que crean situaciones de dependencia militar, al margen del parentesco (Prieto Arciniega, P. 1978, 142). En el registro arqueológico no contamos con una documentación, por mínima que sea, que nos permita advertir la existencia y articulación de las formas de dependencia, a no ser aquel séquito de equites, que aparece en la fase plena, que pudiera estar constituido por individuos ligados a los linajes dominQntes, bien por lazos de parentesco, bien por lazos de dependencia militar. Lo cual no excluye una tercera posibilidad, que se dieran las dos situaciones, al mismo tiempo. No obstante, el profesor M. Torelli, en una de sus intervenciones en el Coloquio «iconografía ibérica e itálica: pro-puestas de interpretación y de lectura». celebrado en Roma. en noviembre de 1993, sugería la posibilidad de analizar este tipo de relaciones, a partir de los denominados silicernia, de la necrópolis de Los Villares (Blánquez, J.. Un caso semejante pudieran ser las «tumbas principescas» 200 y 277 de El Cigarralejo (Cuadrado, E.. 1987). por ser contemporáneas y datarse ambas en el segundo cuarto del s iglo 1v a.C. (ver Santos Ve lasco. ¿Son las tumbas de los más altos representantes de dos linajes aristocráticos diferentes, o uno de ellos representa un linaje ligado al otro, por lazos de dependencia? CONSIDERAC IONES FINALES Después de revisar estos datos, el siguiente paso sería tratar de definir cada período del iberismo, desde el punto de vista de su estructura social. A. Ruiz Rodríguez ha propuesto para la Andalucía oriental un modelo según el cual: «La fase antigua se caracteriza por un sistema monárquico de carácter parental que, con la ca ida del mundo tartésico, a fines del siglo vi a.C., entra en crisis (destrucción del monumento de Porcuna hacia 500 a.C.). En el transcurso del siglo v a.c. se da paso a un modelo atomizado o nuclearizado de carácter aristocrático, que tan sólo pretende asegurar el papel de las aristocracias locales, a partir de un sistema de servidumbre clientelar, que destruye los antiguos sistemas parentales vigentes. Más tarde, la crisis del siglo 1v a.c. es exponente del agotamiento del sistema nuclearizado y parece actuar en la definición de nuevos grupos étnicos (oretanos, bastetanos). Se consuma en esta nueva fase un reencuentro con la monarquía, pero ésta se presenta ahora con la crudeza del sistema aristocrático y fundamentada en la propiedad del territorio» (Ruiz, A., 1990, 20). Muy probablemente el modelo de la cuenca del Segura sea semejante, a grandes rasgos, a éste, aunque teniendo en cuenta matizaciones culturales y cronológicas. Si aceptamos la hipótesis de una estructura tribal desarrollada, para la fase antigua, un estadio de organización avanzado, inmediatamente previo al de la sociedad de clases, que se define en la fase plena, nos hallaríamos ante una forma de organización centralizada suprafamiliar (como pueden sugerirnos los grandes monumentos tipo Pozo Moro), pero basada en comunidades, cuya base de cohesión es todavía el parentesco, en línea con lo que propuso, en su día, Domínguez Monedero, para Ja fase antigua (1984. 153). con la sa lvedad del uso del concepto de jefatura 1'. Durante la fase plena, la consolidación de las aristocracias locales y la sustitución del parentesco por relaciones sociales de clase entrarían en contradicción con el antiguo poder centralizado de la tribu, que se rompería atomizándose en una pluralidad de poderes comarcales, marcados por una cierta isonomía entre linajes aristocráticos. En concordancia con la propuesta de Ruiz Rodríguez y Molinos ( 1993 ), para el Alto Guadalquivir: un modelo aristocrático plurinuclear. No estamos ante formas de estado, territorial, centralizado y defi nido política y jurídicamente, sino atomizado, pero. lo esencial, de naturaleza de clase, d onde la superestructura política está aún si n desarrollar, o lo está incipientemente. La aparición del estado se traslada así a la formación de una aristocracia y a la concentración del poder en manos de ciertos individuos que encaman el poder general (Godelier, M., 1980, 611 ). En época ibérica, han surgido dos de los elementos básicos de una organización estatal: las clases sociales y la coerción. Al primer componente ya se ha n dedicado las páginas anteriores. Sobre el segundo. la coerción, únicamente señalar que se deduce por la importancia del armamento en las necrópolis, los asentamientos fortificados, y las destrucciones de poblados y necrópolis 16 • Más tarde, tras superarse la crisis de fines del siglo 1v a.c. pudo volverse a poderes regio nales, centrados e n las ciudades homónimas de sus respectivos pueblos (Basti/bastetanos, Oretum/oretanos), como sugiere Ruiz Rodríguez en e l Alto Guadalquivir (1990,20). En la zona del Segura pudo darse un fenómeno análogo, en torno a Ilici, aunque nos faltan todavía más datos de campo para poder sustentar firmemente esta hipótesis; lo que no impide exponerla a título preliminar (ver Santos Velasco, 1992) 17 • is En la actualidad parece más apropiado volver a las antigua denominacion de tribu, descartando la de jefatura. cuyo contenido ha sido objeto de critica, por autores como F. Nocete ( 1984) y D. Plácido, J. Alvar y C. González Wagner ( 1991 ). "Sobre estas últimas se han enunciado multitud de hipótesis. Recientemente Chapa Brunet ( 1993) advierte que, al menos, parte de los monumentos destruidos no lo fueron por acciones violentas, síno porque estaban en desuso, desde tiempo atrás. Este problema es muy complejo y seguramente muchas de las hipótesis formuladas no son excluyentes, sino complementarias. 11 A este respecto, destacar que Ruiz Rodrlguez y Molinos ( 1993,268) proponen la definición de la unidad territorial contestana sobre la base de la dispersión del llamado estilo de Elche de la pintura vascular. 1an sólo volver a señalar que e l criterio utilizado para la caracterización de la sociedad ibérica. a l menos en las fases plena y baja, como una sociedad dotada de formas estatales arcaicas. ha sido la ex istencia de clases sociales antagónicas. Desde luego. hay que dejar el debate abierto puesto que, incluso desde una óptica materialista, cabe plantearse la aparición del estado únicamente cuando éste se define políticamente y no sólo cuando lo hace su es1ructura social. En este sentido. habría que l lamar la atención sobre la necesidad de la toma de postura teórica del arqueólogo-h istoriador que trata estos temas, ya que no estamos ante un debate de materiales arqueológicos tangibles, sino ante una discusión dotada de una fuerte carga política e ideológica. Con la falta de una definición clara se corre e l peligro de caer en un afán «modernizador» que no es sino un espejismo, ya que estos postulados. tienen una larga trayectoria historiográfica: «El estado nace de la necesidad de refrenar los antagonismos de clases y también en e l seno del conflicto de esas clases» (Engels, F., 1884, 1980,.
tipos de territorio: étnicos. políticos. económicos. socialt:s o religiosos. Tambien se discute el valor que la moneda jugó en la Antigüedad como imagen de una ciudad o un territorio. trayendo a colación la del jinete ibérico y las monedas sicilianas Hispa11orum. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa' Los documentos que voy a presentar en este resumen han sido tratados por mi en otros lugares con otros objetivos pero, como es lógico, tanlo las discusiones bibliográficas como los paralelos documentales están alll ya planteados y me parece mejor obviarlos ahora e. n lo posible. Naturalmente las referencias van a pie de página para quienes estén interesados en una argumentación más detallada.' El convencimiento de los historiadores del siglo pasado de que la moneda era un documento básico para la reconstrucción de muchas facetas de nuestras antiguas ciudades, había atraldo a este campo a especialistas en varias materias ajenas al estudio de numerario, animando a su vez a los numfsmatas a buscar fuera de su demasiado restringida especialidad las razones históricas que provocaron el fenómeno de la acuñación. Nombres de tan variadas especialidades como Th. Mommsen, A. Alfóldi, L. Breglia, L. Müller, L. Robert, K. Kraay, M. Gómez Moreno o J. Zobel, son dignos de mención por sus aportaciones. Después, los estudios han discurrido • Este trabajo fue le ido en el congreso internacional la penlnsula ibérica en la Antigüedad: imagen de un terriwrit>, celebrado en Toledo, mayo de 1993. Agradezco a los organizadores -Domingo Plácido y Javier Sánchez-Palencia-el que me permitan publicarlo aquí. en general por vías más especializadas y con objetivos tan parciales que han hecho perder a unos y otros el interés por la colaboración y a la vez la perspectiva de lo que en realidad buscaban, comprender la moneda en su historia y aprovechar la moneda para la Historia. Hoy, el movimiento pendular parece dirigirse de nuevo hacia su antiguo rumbo, aprovechando el evidente desarrollo metodológico de ciertas parcelas de la numismática, como la metrología, la tipología y la circulación monetaria, para objetivos de interés histórico más general, pero la verdad es que, así como esas parcelas numismáticas han gozado de un excelente desarrollo, estudios teóricos o de síntesis no han sido frecuentes, por lo que para un tema como «moneda y territorio» cuento con pocos soportes sólidos sobre los que trabajar, y mi contribución va a ser más un planteamiento de posibilidades, con sus ejemplos, que una aportación teórica, cuya síntesis pudiera presentarse como definitiva. Es evidente que la moneda hispánica no se ha empleado todavía como documento fundamental para los trabajos de delimitación territorial, ni para los estudios sobre la imagen de un territorio, pero es indudable que puede jugar un papel muy importante en ambos casos. La moneda es un objeto arqueológico más a la hora de ayudar a la delimitación del territorio de una ciudad o de un estado bien sea éste político, comercial o religioso, y de verificar las transformaciones que ese territorio sufre en su extensión durante una época. La información que nos proporciona a través de su dispersión y procedencias es semejante a la de cualquier otro objeto arqueológico poseyendo sin embargo dos considerables ventajas: el hecho de que lleve escrito su topónimo y el de que sus emisiones sean consecutivas, con cronologías reta-132 MONEDA Y TERRITORIO: LA REALIDAD Y SU IMAGF.N AEspA, 68. 1995 tivas. y en muchos casos absolutas. muy precisas. proporcionando una información continua y datable. Pero la moneda es además un documento oficial, el emblema elegido por las elites ciudadanas como representación de la comunidad, por ello la interpretación de sus tipos puede dar valiosa información sobre la imagen que el estado quiere proyectar de sí mismo, o la que el resto de las comunidades políticas. ajenas a esa ciudad, adquieren de ella a través de su imagen monetal. Para la imagen que proyecta ese territorio al exterior es la moneda un objeto importante. cuya riqueza informativa depende naturalmente de la variedad de cecas y de iconos de la zona en estudio. Son mucho más explícitos por ejemplo, los trabajos posibles en este aspecto con el numerario griego que con el romano, y más con el hispánico que con el galo. Los testimonios aquí elegidos, desprovistos de su ropaje teórico, sirven para dos tipos de estudio: I, la realidad: delimitación de un territorio geográfico -étnico, político, económico, social o religiosoen los que la moneda actúa como un documento arqueológico más, testigo hoy de una cultura material de ayer; y 11. su imagen: fenómenos ideológicos en los que la imagen monetal de una ciudad o de un territorio, muchas veces copia iconográfica de otros iconos ajenos sin contenido propio en sus inicios, es recargada de una nueva iconología y transformada en el emblema de una comunidad, tanto por los propios ciudadanos como por gentes ajenas a ellos, auténtica bandera étnica, fomentando un espíritu nacionalista de homologación de los ciudadanos y de éstos con la comunidad. La continuidad del documento numismático permite seguir su evolución, a través de hitos precisos, de ese desarrollo siempre lento y longevo, de las ideologías nacionales. No entraré aquí a comentar los problemas que plantea la delimitación de los territorios étnicos a través de su cultura material. Los procesos continuos de copia y aculturación ocurren en niveles tan profundos que en muchísimas ocasiones se han bo-rrado las huellas de la entidad cultural propia. Los restos lingüísticos vienen en ayuda de esta falta de documentación material clara, permitiendo delimitar ciertos territorios étnicos a través de los topónimos, antropónimos. etc. En el caso de Hispania. la riquísima documentación monetal con los topónimos escritos en ella ha proporcionado información segura, por su extensión en el espacio y homogeneidad en las formas y en el tiempo, para delimitar territorios culturales de los que las fuentes no nos habían dado suficientes datos. Uno de los más claros hoy es el de íberos y celtíberos, y uno de los más versátiles es el de la situación de gentes púnicas en el territorio bético (fig. 1 ), que según las fuentes deberíamos adscribir sólo a las costas mediterráneas donde se hallarían las grandes colonias de Abdera, Sexi, Málaca y Gades y los libiofenicios citados por los historiadores 2 • En las fuentes se omite empero cualquier enclave púnico al interior cuyos territorios han sido sin embargo localizados hace tiempo gracias a sus monedas: Abla. ltuci, Ursa, Vesci, Olontigi, etc. y ahora Turriregina, Arsa y Tagilit 3 • Pero no sólo los topónimos, sino un estudio de la iconografia monetal, ha llevado a identificar como púnicos los iconos de Obulco, Ulia, Carmo e Ilipa, o los de Bailo y Salacia 4 • Todas estas características externas de las monedas púnicas, entre las que es primordial la epigrafía, permiten formar cuatro grupos diferentes: a) el 1 Recientemente he defendido, con argumentos numismáticos. la diferencia cultural entre vacceos y celtiberos: «Los ámbitos de uso y la función de la moneda en Hispania», /11 Congreso histórico-arqueológico hispano-italia110, Toledo. septiembre 1993, en prensa. Respecto a los «libyfoinikes» de nuestras fuentes deben responder en griego a una formación gramatical similar a la de «Syrofoinikes» de Lucano y Juvenal. refiri éndose unos a los cartagineses y otros a los fenicios del este. forma semejante a la utilizada para nombres étnicos compuestos como «Keltibercs», los celtas de Iberia, según H. M. Hoenigswald. Debo esta referencia a J. de l loz. l B. Mora, «La s cecas de Malaca, Sexs, Abdera y las acuñaciones púnicas en la ulterio baetica» en Numismática Hispanopúnica. Vil Jornadas de Arq11eologíafenicio-p1inica. «Sobre las dos supuestas ciudades béticas llamadas Arsa», Anas 4-5. «Célticos y púnicos en la Beturia según sus documentos monetales», en Celtas y túrdulos: la Beturia, Cuadernos Emeritenses 9, Museo Nacional de Arte Romano, Merida 1995, pp. 257-291. Para una recopilación y comentario de los eplgrafes fenicio-púnicos en Hispania ej. C. Alfare, «Epigrafla monetal púnica y neo-púnica en Hispania», Glaux 1, Milán 1991, pp. 109-154; para Tagilit ead. «Una nueva ciudad púnica en Hispania, TGL YT -res publica Tagilitana, Tijola (Almerla)», AEspA 1993, pp. 229-243. • Cf comentario en M. P. Garcla-Bellido, «Las religiones orientales en la penlnsula ibérica: documentos numismáticos», AEspA 1991. pp. 37-81. • VfS!" 11 • l'i,g ura 1 J e las <:o lonias mi1s anti guas con un letrero fenicio o púnico normali 1.atlo <.:omo Gadcs. A bdcra y Scxi: h) d tic las o tras ~i udadc s no citadas por las rucmcs como púnicas pero cuya i! pig, rafía púnica 1wrmalizatla las dc1cc1a como tales Tagilit. lltH.:i. Urso('! ): y e) aquéllas c uyos li! trcros están e:::.critos en un neo púni co aberrante. denomi nadas desde Zobd 1.:01110 libi ofonices y fo rmantlo un g rupo compacto alredetlor de Gadcs y otro en la Ueturi a túrdula. Su cu ltura está en pleno proceso de trasformación gridíca lo que pro voc<t una falta de normativa que ditícu\\a sobremanera l a lectura ele sus epígrafes: As ido, Oba, Bail o. Lascu ta, lpt ucí y ¡,V1.:sci? en la trascusta gaditana. y Turrircc ina m ás Ar. a en la Bc turia túrdula donde e ncontramos sus monedas y son t:i tadas por las fuentes; ti) podrían sum arse o tras cecas c uya iconog rafía es clarnmentc púnica y sus c.:oncx io ncs con e l lenguaj e utili zado en las estelas cartaginesas de los siglos 111-11 a.c. es intimo, haciéndome pe nsar que. aunq ue su leyenda sea latina, s u población de e lite hubo de contar con púnicos. Este es e l caso de Carmo, cuya arqueo l ogía ha puesto de manifiesto una l arga perduraci ó n púnica en los hábitos funerarios de la elite hasta e ntrado el... las flll'lllc:-. literaria:. a pnmcra vista pa recían trasmitir: m:b nlin. l.'!'. posible que a j u1gm por l:l escritma y la iconogralia nHrnctnk:. algunos de su:-. gru-JH>' urbanos hayan \cn1du tk Afrka en el siglo 111 d ada la:.orprcndcntc:.1m11ltud de su lenguaje icu-nog1úlico con las c:.tclas cartagin..::ms eniado!> aqui desde l.'ntoncei.. para lo' que el rago pudo cons1:.llr prCCIS n la que en las fuentes literarias se adjudicaba a los cdtibl•ros. \accco,. vc11ones. etc _. de otra no intlol'Uropca quc corría por el levante y sur penin~ular'. L a" l 'Ul' lllt'' l11 erana:-y la l111giii...t1ca prcc1"\an: tdem:i:-. qu1:. tk 1.', lth tcrn111mi... rcJ.111\ amc11tc hnmngcnco:.. habían -.alidt1 gentes para bu-.ca r a:,-1..'ntamicnw t' ll /onas qu1..• e1n1c.1me111l• 110 k-. corre:-pnndian Uno ele lo:-c:i-.o' lllÚl\ co1H>1.:1d1h en l lt:.pan1a 1..•, e l de la lkturi a cc h1ca ck-..a11:1 p11r Plmio -1.1 J-1..t-) t¡llL'. conw ~I tlt: nunc1a. po:-.L 'l' topón imo:. rd -t1cos qui: difieren de lo: tilrn' de la lktica. /\dcm:• 1,. la propi.1 Lu-;1ta111a hab1a rccilmlo pobl ación «t:é lt1n t». cmpar1.'ntada con lo:. celtihcro:i.. tulla' ía en ép11ca romana [URL] }.l. s cé lli clb. aml-11 dc cierta cu ltura material mesc11.:1ia presente en alguno~ ca-;tros y nccrópoli:-.. l lny ex is ten tla1os co n111ndcn1 cs de l ascn1amicn1n en esas 11 erras dl• {'¡•/rici y CC'/tihcri g racias a las montdas de la ciudad d snhn.: e l • ~•rri lnrtn \nscbn.:n lu h lad i\1111¡,tu u,..f<'lll. H9llugoslirl •.,.,...• t-1gura 4. -Mapa de los hallazgos de moneda de sekobirikes. es muy probable que la Segobris republicana se hallara en la Meseta norte, entre el Duero y el Pisuerga, allí donde se concentran sus monedas republicanas (fig. 4). Una expansión de los celtíberos hacia Carpetania, posiblemente dirigida por los romanos, explicaría el yacimiento de Segóbriga imperial en Cabeza de Griego sin restos importantes de fase anterior, y la frecuente aclaración en las lápidas funerarias de esta ciudad de que quienes allí yacen son Celtiberi, explicación inútil si se hallaran en su propio territorio. Estos nombres étnicos no son frecuentes en las inscripciones a no ser en aquellos casos en que el individuo se halla lejos de su patria. Lo constatan con frecuencia los soldados• hispanos que van a morir al limes germánico o aquéllos otros que lo hacen en zonas limítrofes de su territorio, donde la mezcla con otras poblaciones diluye indudablemente la esencia étnica de sus individuos: Cantaber cons-Dr. J. Maluquer, en prensa desde 1986; e/ una nueva versión en «L11 monedas de Segobria y el yacimiento de Clunia» en AEspA 1994, pp. 24S•2S9. tatado en Alava, Navarra y fuera de la Península; Celtiber en Galicia, Asturias y zonas marginales de Celtiberia, y Vetto, usado como cognomen en zonas colindantes del territorio vetton 15 • La moneda no puede colaborar a la delimitación del territorio político de una ciudad, su chora, pero sí a la del territorio ocupado por ella o dominado allende sus fronteras. Aunque parezca anómalo, la moneda da más luz para determinar estos últimos tipos de territorio que para aislar aquél. El valor intrínseco que toda moneda antigua posee provoca su is C.f. recopilación en M.C. González Rodríguez. las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispania. circulación incluso fuera de su territorio; ello. más el hecho de que las ciudades sin ceca usen la moneda de las ciudades cercanas, no nos permite delimitar con detalle el territorio propio de una ciudad por su circulación monetal, aunque en principio podamos decir que el lugar donde esa moneda se concentra, el epicentro de su circulación, debe corresponder a la ciudad acuñadora, pero las ondas de dispersión no delimitan un territorio al ser afectadas por un sin fin de incidencias económicas que nada tienen que ver con las políticas. Sin embargo, los condicionantes fiscales que la política de Catón impuso en las dos provincias hispanas obligaron a un distinto tipo de moneda, plata y bronce en la citerior, solo bronce en la ulterior. Fue posiblemente la recolección del impuesto en plata, cuando los pretores no desearan en especie, lo que aconsejó a ciertas ciudades de la citerior a acuñar plata para su pago 16 • Burill o ha querido ver en estas ciudades las cabezas de un territorio jerarquizado, donde el resto de los núcleos urbanos no acuñarían moneda o sólo emitirían bronce, planteamiento general que puede muy bien ser cierto y de enorme valor histórico 17 • Pero, son las situaciones de ocupación temporal de un territorio las más fácilmente rastreables a través de las monedas. Un excelente ejemplo es el que ofrecen las monedas hispanas de bronce en los campamentos del limes germánico en el tránsito de eras. No sabemos con seguridad cuándo es el traslado de cada una de las legiones desde Hispania a Germanía, ni dónde llegan exactamente, por lo que se ha hecho un tanteo pensando que en Germanía los grandes desplazamientos de las legiones tienen lugar a raiz de las grandes derrotas. Dos horizontes se utilizan para los primeros traslados: el posterior a la c/ades lo/liana c. -15 y el posterior a la derrota de Varus c. +9. Tras la primera, la preocupación imperial de una posible destrucción de todo lo conseguido hasta entonces en esa frontera, conllevó una acumulación de legiones traídas desde muy diferentes puntos del imperio, entre ellos Hispania, y asentadas en diversos campamentos de Germanía. En algunos casos éstos fueron de vida muy corta quedando por tanto poco rastro arqueológico para identificar las tropas allí asentadas pues no han aparecido, ni es de esperar que aparezcan, sellos legionarios que las denominen. Los más tempranos y con cronologías más precisas (fig. 5) son los que partiendo de Vetera 1 (no 3) se fundan en el curso del Lippe: Oberaden ( no 6 ), con vida desde el -1 1 hasta el -9/8, y su sucesor Haltern (no 4) desde el -8 hasta el +9 en que tras Ja derrota de Varus es también abandonado. La presencia de sigillata y de moneda de Roma y Nemausus en esas latitudes es ya indicio claro de territorio castrense, puesto que una y otras son objetos importados y traídos sólo para abastecer a una población inmigrada con necesidades ya adquiridas y bien desarrolladas en una zona que todavía no conoce esa cultura material romana, permitiendo determinar, sólo con su presencia, un territorio castrense. A esta moneda traída de fuera se une la céltica acuñada en la zona y que penetra en el campamento a través de las canabae que muy tempranamente se asientan en su derredor, moneda que sin embargo nunca llega a superar en abundancia la de Nemausus o Roma. Pero, así como de la aretina no podemos decir sino que procede de Italia y las monedas de Roma o Nemausus son tan mayoritarias que deben llegar por muy dí ferentes vías, entre ellas el propio aerarium Saturni, las otras monedas minoritarias dan una información preciosa sobre la relación entre sus lugares de origen y las tropas allí asentadas. En Oberaden el numerario recogido en excavación consta de 328 monedas repartidas de la siguiente forma 18: Es indudable. como hace años propusó Gíard, que la moneda de Nemausus jugó un papel claramente estatal y, en el caso que comentamos, su altísima presencia indica que las tropas asentadas en Oberaden fueron pagadas por Roma con este tipo de moneda, ella constituye el 92% del numerario del campamento 19 • De entre las minorías, la mone-'" J. S. Kuhlborn & S. Schnurbein (Hrsg). M:b tarde podrcmo:-. ckctr que F.mporion pasa a 111tegrar~c en el mcn: ado pti11ico. posiblemente:-.ici lin 1w y gaditano. por la cnpi:t de lo:. tipos monctalcs de cab: tl lo parado. cmhlcma cn los siglos 1\ -111 de In!\ c iudades cartagi nesas ( li g. 8 ): giro económico que i.c \C refrendado. una \C/ más, por las únforns 1.k Anda lucia occiden tal que se encuentran en la l'lguni X M,111a; da da: prop1.i •\tnpu rr.1s. El dat1i podria ju:-.tifi1: ar 11110...' iajl!... sicmpn: en se ntido [bus u:-.-Ma'''"'a• en rnyo pul! rtO los comerciantes del barco Je.pin ll1t)neda ebu-.11ana y no al contrarío puci.. dadti la ahundancíu de moncua ma... sa liota. habrian qucJaJt1 de l'lla tc~1imnnio!-. en l: busus. Otro Jato 1mportantc e!\ la concentración de p1c/a~ e n Contci.rnnia ) su c¡¡s1 ausencia en la t.:o!\ta sur pcnmsular. h e\ 1dc11tc. rnmo ya su ponianrns. que la redistribucit'ln de la cerüm tcti {11 ica. t.:ampaniensc y otros objetos de lujo hacia la!> ricas /Ollas del alto (iuadalqui vi r. hubo de hat.:crsc por el interior a tra vés de encla ves contestanos. donde a su ve/ se c:.irguian productos o especies. posihlementc metalíferos y agrarios. del interior. La moneda de Ebusus e:-. aquí un cl; iro documento de dclimita<.:ión del circuittl costero de un territorio comercial. Cierto tipo de ex plotaciones económicas conlleva una margi nación territorial de grupos socia les, úclco" homogencti:-di.' producc:1ún l..'onformando un ll 'rrt ltmn CL" onó1111cu ~ rcl rgiu-..o d tfercnc 1ado. l l..'ncl1Hh c111on ns de cxplotm•iún m1111: ra:y agraria:-.;Jjlllgélr. adl..'más tk ror \'ariados inatcriaks arqucolúgkos, pur l as tcscras y la:-nrnnéda:-. acu1•1adas i11,•iw. la:-. contrnmarcadas n la!' > l)ll\.' pn-;ccn una 11pt1-log1a l..'spedlic:a ( li g. 1no:-.. ru rc: cc11 prl..'L" i.;a f11l' 111 C de los rc:-ortl's de true• qu e normak:-. cn socicd11clc:-. de l'Stas épocas. Para ellos. cnmo para los Sllldados en 1111 campamcnH>, es má s imprcsci nd1blc la posesión tk un rwmcrario qui.'. rara la poh lac iún urbana: por c l ic) AEspA. 1995 cuando éste escasea lo retienen ilegalizándolo por medio de contramarcas privadas, lo «falsifican» con copias de monedas de Cástulo -las «Barbarisierungerrn del Limes germánico-, téseras de plomo, o lo parten para disponer de numerario!•. Más aún, se acaban de publicar unos lingotitos de cobre de unos dos centímetros de longitud con los pesos de ases, semises y cuadrantes procedentes en su mayoría de Linares (Cástulo), que vinieron sin duda a substituir la moneda cuando ésta escaseaba 30. Estas téseras o esas monedas contramarcadas, con valor adquisitivo exclusivamente en el territorio económico cerrado que las emite, permiten detectar esas sociedades cerradas, cuya población se caracteriza además por una gran mezcla étnica: celtíberos, cántabros, galaicos, galos o norte-africanos creando ambientes culturales muy sincréticos y extraños al resto de la población. Incluso los cultos religiosos en estos territorios son diferentes a los que conocemos en las zonas urbanas más próximas. Es el caso del culto a Vulcano, inexistente en los ámbitos ciudadanos, del que Brommer escribía «... dass wir Mühe haben. in Spanien überhaupt eine Darstellung oder Erwahnung des Gones zu linden.», afirmación que confirmaba A. Blanco años después; y sin embargo, se constata un denso culto a través de la iconografía monetal en las zonas mineras. Téseras monetales y monedas con la efigie de Vulcano (fig. 1 O a), procedentes de zonas mineras del valle del Guadalquivir, indicando que sólo en esos ambientes existía el culto al que Ciceron -de nat. Deorum 1,84-se refiere como similar al de Vulcano pero con nombre diferente, posiblemente un culto prerromano anquilosado, habiendo trascendido su rara denominación a las elites romanas de la República 31 • Área territorial de culto La moneda es un documento esencial para determinar cuál es la evolución del culto estatal de las 1 • El fenómeno de la copia en ámbitos carentes de suficiente numerario está bien atestiguado en todo el Limes germánico y en España en las minas, cf F. Chaves. «La circulación monetaria en las cuencas mineras de Riotinto y Cástulo». He podido conocer más ejemplares gracias al Sr. Gabaldón (Badajoz). ciudades que acuñan y cuáles las interpretationes que éste sufre. Para estudios de religiosidad urbana contamos con fuentes arqueológicas y literarias, reiterativas muchas veces en estos aspectos. Pero existe otro tipo de cultos de raíces preurbanas. más difíciles de delimitar, que incluyen normalmente territorios amplios y en general fronterizos. Me refiero a santuarios rurales que han podido jugar un papel socio-económico importante, situados muchas veces en un cruce de caminos. del que dependen cultualmente pueblos varios. Para España se conocen mál, pero tanto en el mundo fenicio como helénico o itálico hay buenos ejemplos de la función de estos enclaves y de su importancia y pervivencia en época romana 32 • La Numismática podría revelarse como un documento esencial para delimitar este tipo de territorios si pudieramos comprobar que esos «grupos tipológicos» o «zonas de influencia», tenidos como conjuntos de ciudades secundarias que copian Ja imagen monetal de la urbe más importante, son en realidad testimonio de un culto común que, con ciertas jerarquías o sin ellas, afecta a los núcleos urbanos asentados en ese territorio. El más claro, por los abundantes datos literarios que poseemos sobre él, es el del santuario-mercado gaditano, interpretado desde hace mucho como el centro económico de ciudades cercanas a Gades, inmersas en un mismo circuito cultual y económico demarcado por ciudades que emiten con imágenes de Hércules. Todo ello ha obligado a plantearse si Gades no capitalizaba un territorio cultual mayor que el comprendido en las Gadeira 33 • La representación en monedas de objetos sacros, los altares gaditanos en las monedas de Lascuta por ejemplo, podría indicar una relación más íntima entre éstas y aquél, la existencia de auténticas anfictionías o dependencias. Sabemos por el bronce de Paulo Emil io que los lascutanos eran Hastiensium servei, cuya ciudad era el lugar de re- constituir silva publica, y de una extensión de 1.000 yugadas, 2.500 m 2 • 36 Es indudable que la denominación de Feronia se debe a la interpretatio Romana de una divinidad indígena que ha de ser la hoy atestiguada allí gracias a la epigrafia, Ataecina. Esta interpretatio nos va a proporcionar mucha información para determinar la esencia de la divinidad del Trampal. Feronia es una divinidad posiblemente sabina en cuyos dos santuarios más importantes, Capena y Tarracina, poseía un lucus propio sito en Capena,. La arqueologla atestigua la carencia de habitación romana én esa zona: E. Cerillo y J. M. Fernández, «Contribución al estudio del asentamiento romano en Extremadura. Cf comentario más detallado en M. Abascal en este mismo volumen. sobre el cruce de cáminos entre etruscos, sabinos y latinos. Su prerrogativa principal era la protección de las aguas y con ello su esencia de dispensadora de la salud, atribuciones bien constatadas en las fuentes literarias donde se la denomina «ninfa de Campania» (Ser., Aen. VIII, 564) o se la describe como Feronia Terracinae viviendo bajo el lacus. Pero además, como portadora de agua, era protectora de la producción agropecuaria, especialmente del grano como muestran dos basas dedicadas a la diosa en su témenos de Ca pena calificándola de salus y frugifera 37 • Sin duda son los exvotos hallados en las excavaciones en Tarracina, miembros humanos y animales, " M. Torelli, cit. El culto a Ataecina se extendió por todo el territorio emeritense y más allá, homologándose textualmente la divinidad con Proserpina tan sólo en la propia Emerita en los dos conocidos epígrafes uno de ellos encontrado preci samente en el pantano de la colonia, relacionando a la diosa con las aguas al igual que la erección de su santuario en un lugar lleno de manantiales como El Trampal 19. Es interesante constatar que la homologación de las dos divinidades -Proserpina= Ataecina-se hace sólo allí donde la romanización había arraigado más, aun cuando en ambas inscripciones se citen los nombres de ambas, indicando que no se ha hecho una auténtica hypostasis. cal en este mis mo vó lumen no existe ninguna otra traducción. Las monedas podrían mostrar que el culto a Ataecina en el territorio emeritense es muy anterior al estat>lecimiento de la colonia, y que ésta no vino s ino a romanizar a una divinidad bien arraigada en aquél, llamándola Proserpina en la capital de la provincia, Feronia en su luc11s, y posiblemente Tanit en las ciudades púnicas de la Beturia túrdula, región a la que según Estrabón (3,2, 15) pertenecía Emerita. Las monedas augus teo-tiberianas de la propia Emerita son los mejores testimonios del proceso de aculturación que Ataecina sufre. Como ninfa de Emerita y patrona de la ciudad la vemos en los bronces que hacen alusión a la fundación de la colonia, representando en reverso la yunta fundacional (fig. 13 a). Es indudable que la imagen del anverso con la leyenda EMERIT A A VGVST A a su derredor ha de ser la divinidad principal que representa la ciudad, la «ninfa emeritense», hija del rio Guadiana. el Aqueloo de cuya sangre nacen las ninfas, que aparece efigiado en la emisión paralela (fig. 13 b). Pero además, Emerita efigia una cabeza femenina diademeda, única en las acuñaciones hispanas que podría hacer referencia al eplteto de Dionisio de Halicarnaso citado: filostéfanos, amante de las diademas (fig. 13 c
E~c: uela Es pariola de Hisrnria y Arqueología. ('SIC Roma RESUMEN La personificación de Alejandría pucd.: representarse. en ocasiones. como la pro vinci<1 romana de A frica. Por c.: sta razón, ambas imágenes l;e han confundido frecuentemente..:11mo en los casos que presentamos. La autora trata d e analizar e l origen y rnzó n e.le es ta identidad icono gráfica y propone como focwr Jiferenciador d origen étnico del receptor de la imagen. Me resulta significativo encabezar este artículo parafraseando uno ya clásico y célebre de E. Babelon cuyo título evidenciaba el conflicto entre dos imágenes casi idénticas 1 • Esta misma duda, trasladada ahora al binomio Africa-Alejandría, ha planeado como una sombra, durante casi setenta años, sobre numerosos estudios parciales o globales sobre el tema. Consciente de la dificultad que encierra el problema de identificación iconográfica entre una imagen y otra, es mi objetivo en este trabajo ofrecer una posible solución al mismo. La ciudad de Alejandría estuvo representada en época romana a través de diversas personi ficaciones. ademús de por las divinidades protectoras por antonomasia de la ciudad: lsis y Serapis. Las primeras imágenes de Alejandría parecen haber sido las representadas e n dos mosaicos encontrados en Tell Tima•¡ en los que aparece una personificación femenina tocada con una proa de navío. Uno de ellos, firmado por Sophilos, está fechado hacia el 200 a.C.; el segundo, de autor anónimo, se realizó hacia mediados del siglo 11 a.c.! La identificación de ambas imágenes con Alejandría se puso en duda, no obstante. tras observar que ambos constituyen sendos retratos de reinas helenísticas, lo cual, desde mi punto de vista, no invalida su definición como la capital egipcia. No son pocos los casos en los que los monarcas helenísticos se identifican con la figura de alguna divinidad o personificación; además, ambas figuras están tocadas con sendas proas de navío. símbolo de ciudad costera que acompañará a la personificación de Alejandría hasta el siglo tv d.C. 3. Esta alusión al carácter portuario de la ciudad constituye, por tanto, uno de los tipos iconográficos de Alejandría. al que denominamos «naval>>. ~ Ambos mosaicos realizados en opus vermiculatum y descubiertos en Thmouis (Tell Timai, en la zona del Delta del Nilo). En general, sobre la iconografia de Alejandría. ver Jentel 1981. p. J Por ejemplo, la imagen del calendario de 354 d.C.. conocido por un dibujo del siglo xvu. Alejandría aparece de pie, coronada de espigas y dos barcos al fondo, Stern, H.. le calendrier de 354. En In 1•• mitad del siglo 1 a.C.. cntra en escena otro tipo iconográfico de Alejandría, cuya extensión tempora 1 superará a los anlcriorcs. ya que será representado has1a el siglo,. tLC. El elemento definidor de esta otra imagen cs la corona mural. La primera vez quc vemos esta Alejandría torreada es en los denarios republicanos acuñados por M. Aemilius L11pid11s (72-50 a.C'.) ~.y no la volveremos a encontrar hasta el 112 <l.C.. en las monedas de Trajano. Alejandría se presenta entonces en una escena de sacrificio junto al emperador. que realiza una 1 ibación sobre un altar'. La misma fórmula es utilizada en monedas de Cómodo 1 •• La personificación visee ahora quitón largo y manto, respondiendo así a la imagen de la Tyche de Antioquia 7 • Desde el punto de vista plástico, el tipo de corona puede ser muy elaborada, como en el caso de los denarios de Lépido o de la estatuilla en plata encontrada en el Esquilino (Roma, fin del s iglo 1v o principios del v d.C.) "o, por el contrario, constituir un simple bonete de torres esquemáticas. corno sucede en la mayoría de los casos. Para ~elamente a estas imágenes, aparecen otras en las que Alejandría va tocada con una flor de loto", espigas 10 o simplemente, sin tocado 11 • Los atributos que acompañan estos tipos de Alejandría expresan Ja dicotomia guerra-fertilidad propia de las personificaciones territoriales, a través de distintos mensajes: a) El triunfo: palma, corona, vexil/um. b) El dominio: cetro. e} La riqueza agrícola: espigas y fruto s. En cuanto a los elementos que la afilian al mundo egipcio están presentes diversos símbolos de la fauna y flora del país, como el cocodrilo, las uvas, así como otros de carácter religioso 12, algunos de 11 Como en el fresco IJlUral de la Casa de Melcagro, en Pompeya, en el que la figura central ha sido interpretada como Alejandría. 12 Existen otros tipos femeninos con atributos isíacos, que bien podrían ser interpretados como Alejandría y/o lsis, ver Jentel 198 t, p. Junto a estos tipos iconográficos. existe otro heredero directo de las imágenes de Alejandro Magno y definido por la posesión de un atribulo: las exuviue elephantis. Este elemen10. que comparte con la personificación de la provincia romana de A frica. ha sido la causa de definir como Alejandría imágenes que. en mi opinión, no lo son "'-Será. por tanto. esta fórmula visual la que ocupará nuestra atención e n las páginas que siguen. La primera imagen -del tipo que denominamos «alejandrino», por su derivación de la imagen de Alejandro-comúnmente aceptada como personifi cación de Alejandría es la que aparece en las acuñaciones neronianas del 65/ 66 d.C. 17 y seguirá representándose hasta el siglo 111 d.C., siempre en alternancia con los otros tipos iconográficos señalados más arriba 1 ~. (fig. 1 ). 1994 FJ\BIOLA SALCEDO (iARCES A partir de este momento. cf conflicto visual con la imagen de África está abierto y es ahora cuando propongo una diferenciación entre ambas basándonos en dos distintas categorías de criterios: 1) de carácter puramente plástico, y 2) de carácter iconológico. Es en este último donde intervienen el factor histórico y el político-propagandístico. Comencemos con los primeros. Si analizamos detalladamente las imágenes en busto de Alejandría en la numismática • ~. observaremos que las exuviae e/ephantis tienden a ajustarse totalmente a la cabeza, formando casi un bonete que deja ver el rico peinado de rizos. Pero si bien en estas representaciones cabe la posibilidad de confusión, no ocurre lo mismo en las de cuerpo entero. En ellas, a diferencia de África, que viste quitón largo, Alejandría se presenta siempre en atuendo de amazona: quitón corto, c lámide y endomys 20. Puede aparecer aislada 2 1 o acompañada de diversos personajes: a) con el emperador, en gesto de coronación 12, adventus H o reverencia 2 \ y b) con Neilos y Roma, en gesto de saludo, señalando así su vinculación mítica con el primero y su relación de igualdad con la segunda 25 • El problema se plantea cuando tenemos imágenes en busto representadas en soportes iconográficos no numismáticos y carentes de leyendas alusivas. Es entonces cuando entran en juego otros argumentos de carácter histórico, y nuevamente es la numismática la que nos brinda la clave de interpretación. Todas las serit!s monetales en las que aparece la figura de Alejandria, tanto en su tipo alejandrino, es decir, con exu\'iae elephantis. como en casi todos los demás, fueron acuñadas en Alejandría y destinadas a la circulación loca l o provincial 2'. Esta situación hay que entenderla dentro del marco histórico general del Egipto romano. Si bien puede resultar excesivo, como ha mantenido la historiografía hasta hace poco tiempo, considerar Egipto como una propiedad personal del Emperador! 7, lo cierto es que esta provincia desempeñó un papel excepc iona l con respecto al resto del imperio 2 H. Expresión directa de esta voluntad de mantener parte de la tradición lágida fue e l carácter de la moneda. Augusto, al final de su reinado, reactivó la ceca de Alejandría acuñando monedas en bronce que, continuando la tradición de las últimas series numismáticas de C leopatra, basaban su metrología en la dracma griega y sus fracciones 29 • Tanto estos bronces como la plata, que a partir del séptimo año del reinado de Tiberio (20 d.C.) vuelve a emitirse con la denominación tetradracma de vellón Jo, serían exclusivamente de circulación egipcia J t. Con ello se evitaban posibles fluctuaciones de su valor a causa de los mercados exteriores, convirtiéndose en moneda fiduciaria, sujeta a continuas devaluaciones n. Las tasas y otros impuestos con los que Egipto debía contribuir al Estado los realizaba sobre todo en especias, trigo y aceite, principalmente l.l. Por su parte, los comerciantes que en- " Tácito, Híst. Sobre lo que supuso la era augustea frente a la tradición ptolemaica en Egipto, ver Bowmann/ Rathbone 1992, p. 1' Dos d1:: las peculiaridades más sobresalientes que la diferenciaban del resto de tas provincias eran: 1) el gobernador no pertenecía al rango senatorial, sino al ec uestre; 2) los senadores romanos tenían prohibida la entrada en Egipto a no ser con el permiso explícito del emperador, quizá como prevención ante el levantamiento de otro Antonio o bien para evitar la adquisición de propiedades por parte de aquéllos. En época de Diocleciano es cuando se abolirá el privilegio de la ceca de Alejandría, Bowman/Rathbone 1992, p. Jl Las tetradracmas de Tiberio tenían un 25% de plata; Nerón redujo la proporción a un 16%: Marco Aurelio, a un 6% y finalmente, las de Dioclecíano sólo contaban con un 1 %, Curtis 1969, p. x. Tampoco se acuñó plata de manera regular. Sobre este problema, ver Burnett, A., Amandry, M.. Ripolles, P.P., Roman Provincia/ Coínage, Londres/París 1992, 1, p. traban en l.::gip111 cs1aban obligados a l."ambiar su moneda por la alejandrina nada más llegar a puerto' J. Oc hecho, salvo raras excepcio nes. no se han encontrado monedas alejandrinas fu era de Egipto. En suma. la mon eda acuiiada en A lcjandría estaba dcs1inada. en primer luga r. al sa lario de los. oficiales del gobierno. al de la guarni ción permanente y al de las tropas 1empora les esrncionadas en Alejandría: c11 segundo luga r, al comerc io i111crno de Alejandría y al de és1a rnn olras ci udades cgipl"ia s; cn tcrcl.!r lugar. a la difusiún de la propaganda imperial dentro de Egi pt o. Dudo pues. que la imagcn monetal de Alejandría no sa ldria fu era de Egi pto, el conllic10 entre dos im ágenes iguales y ofic iales sería inex isten1c. Ahora bien. el sigu icnle problema que se plantea es la razón por la cual se uti lí7a en un mom ento dado cstn fó rmula iconográfica. La respuesta está cn C'I principal destinatario ele la moneda, es decir, el ejército. Durante el siglo 1 d.C. había dos legiones establecidas de forma permanente en el doble ca mpamento de Nicópolis, en Alejandría: la L egio 111 Cire11airn y la legio XXII Oeijowriana'\ ambas nutridas. en gnrn parte. de soldados procedentes de la Legin 111 A11gmta. establecida en África. Ya hemos sciialado que la primera va que aparece la imagen femenina con la pie l de ckl"antc y la leyenda ALE.\"ANDRIA es con las tetradracmas de ve ll ón 11 e roni ~111a s. Puc~ bit:n. fue prccisamcn1c en ti empos de Nerón cuando encontramos un;i alta concentración de soldados africanos en las lil as de ambas legiones. especialmente en la Deijotariana. A Ira• vés de la prosopogra lfa sabt: mos de la i.'Xistcnc ia de mús de 2000 so ldados establecidos en Akjandría en el ve ran o del 66 d.C.'''. destinados probablcmi.'nll.! a las campaiias c.-1ucas ia11as o a aplacar la re vuelta de los judíos d e A lejandria. Esta densidad J e indi,•iduos de origen a fri cano en el cjerci10. si bien. con el 1ic: mpo. encontró i::quilibrio con la de otras etnias. se mantu vo en un nivel elevado hasta tiempos de Trajano y Antonino Pío. En el 108 d.C., Trajano despla1ó la /1 I Cire11airn a la provim: ia de Arabia y di so lvió la XXII Deijotariww. pero creó una nue vu, la /1 Traimw Forli.\ P. en la que jun to a kgionarios de origen asiútico y egipcio. había una gran masa de soldados procedentes de África y Numidia •~. " 1) el arni.:ano. lJUICJl podría asi Cslilr ramili.1ri1ado con Id monetla. ) 21 d cgipi.:i11. para quil'n la itn:\gl'n 110 íl.',,U lt: irí:t 11111.:\ a a:-u tradición i1.:nntigrófka.'inculada a lo::. monan:a:-. p1ok111aicos y que:-e prc,,..:ntaria cnmo ali• lC11tica heredera de la del rumiador de la ciudad. Con el 1i c mpo. pa-;aria a 11H: orporar:-.i.: al e knco o s..:ril.' ck im: igcncs referidas a /\lcja ndria y así. por un c ie n o háhi tn'is11al. se: llcgari:1 a 1den1i• fil'.:tr esta imagen 1.:011 la ciudad. El cí rculo se cie rra. de e.-; I¡¡ manera. La imagc.:n que la provincia de África <1dop1a como cmhlc m:i no es otra que la tk las reinas p10le111aka..,'".!::-ta dig ie regresa u Akjandria con un dob le signifi cado según las dos etnia:. r..:ccptoras de la imagen: África para los africa no:-.. Alejandría para l1h egipcio!-. Teniendo <:sto pres.ente. asi como el hecho de que la Alcjandria tocada con e.n11'iue eleplw11ri.1 só lu representa una pequeiia parte del conjunto tk toda::. las imágenes de Alejandría. podcnws propo ner como hase de trabajo que las personificaciones femeninas que lucen la pi el d e elefante sobre la cabeza halladas fuera del ámbito cgapcio. es decir, destinadas a un públ ico imperial. deben interpretarse como África y no como Alcjan<lria. Un <locum cntn qm: apoya esta idea es, pnr eje mplo. la pintura pompeya na de la Casa de Meleagro • 111 • En c::.te fre sco. la figura centra l, entronizada y portadora de una situ la no es otra que Alejandría, mientras que la que cstú a su naneo i1quicrdo, con quit ón largo y tocada con las e.rnviae eleplwnris. es África. ( lig. También;;il mundn pompeya no pertenecen ot ras imágenes, objeto de polémica confusión iconognitica, en algunas ocasiones. Una de e llas es un mednl lón de aplique e n bronce del Museo Nacional de Nápo lcs • 11 (fig. 3). Del centro del medallón, dividido en tres círculos concentricos decorados con molduras, sobresal e casi en''' Monedas de Ckopa1rn 11 / 111 de Paphos. dd 11 7 a.c. "'( Regio VI. IJ). l•pncii de Vcs pnsiano. 1 •• 11111ad,,. bulto redondo. un buslll femeni no tocado con la piel de e lefante. Se trata de una obra de excelente ca lillad en la que el juego de luz y sombra que forman los bucles acararnlados del cabel lo, además del tono 11a1t1rnlis ta general me i111pt1l sa a enmarcnrla dcnlro de la cmricntc ilusinnis1ica íl avia. 1 -:sla imagen, i ncs ex-pucs1as mús arriba. ~ino por otro fac tor a wncr en consi1.kración: la actitud. El gesto lipi fi cado de aflicción que transmite la figura. que: apoya el mentón so bre la mano, no lo muestra jamás Alejandría. lo q11e sí sucede, por el contrario. con 01ras de Áfrl1.:a, como el 1.'tllallc de Viena'\>el relieve de villa Bell etti en Roma •.1. Otra de las figuras erróneamente interpretada como Alcja ndria o Egipto es la pintura desaparecida de un termopolio de Pompeya ~' ( fi g. A ambos lados de la puerta de ingreso cst oro de Uoscorcalc 4 h. en l.i que la polisemia de atributo!> conjugada con la filiación de la pieza han susci tado una larga polémica en cunnltl a su defini ción iconográfica (lig. L as posturas fundamentales en este debute•' han sido Pero además, hay otros puntos a considerar. Uno de ellos es que Alejandría no era una divinidad. lo que sí pudo haber sido A frica. o al menos, haber gozado de un cierto sentido religioso. Todos los elementos, sin embargo, que aparecen rodeando a la figura, son una clara referencia al mundo religioso. Es cierto que algunos de ellos, como el uraeus y el sistro, en tanto atributos de lsis, acompañan también la personificación de Alejandría, aunque no de manera exclusiva. La propia África los lleva en algunas imágenes de monedas adrianeas. Pero también hay que tener en cuenta los otros atributos. Todos hacen referencia a divinidades del panteón grecoromano, si bien muchos de ellos están presente en la iconografia de raigambre púnica norteafricana: delfín, león, pantera, cuarto creciente, s istro, uraeus ~0• Es decir, todos los elementos hacen referencia a ese uní verso iconográfico africano que asocia la religión greco-romana con la semita. Las alusiones, por ejemplo, al sol y a la luna pueden interpretarse como referencias a /uno Caelestis, máxima divinidad, junto a Saturno, del panteón romano africano. Incluso los atributos propios de Diana -arco y carcaj-se pueden interpretar de la misma manera, ya que Tanit se asimiló a la Artemis itálica 51 • Así pues, teniendo en cuenta: 1) que la imagen femenina con piel de elefante ya está definida como África en el siglo 1 a.C.; 2) que gran parte de los atributos de Jos que se acompaña están presentes en la iconografia púnica norteafricana; 3) que algunos de ellos son propios de África; 4) que la imagen de Alejandría con piel de elefante es un fenómeno prácticamente local, y 5) que el programa iconográfico del tesoro de Boscoreale responde a patrones oficiales, podemos concluir que la imagen de la pátera es la personificación de África. Llegados a este punto, es necesario considerar un factor adicional pero de gran importancia para la valoración general de la pieza. La figura representada, por su dignificación y la superabundancia de atributos, excede la tónica general de las imágenes de África. Como ya sugiriera Linfert 52, se trata del retrato divinizado de Cleopatra Selene. Esta ima-'° Los vemos en las acuñaciones de los reinos de Numidia y Mauritania, Mazard, J., Corpus Numorum Numidiae Mauretaniaeque, Parls 1955, passim. " Nochmals zur «Afrika» Schalc von Boscorealc», en Alessandria e il mondo el/enisrico-romano, Studi in onore di A chille Adriani, Roma 1984, pp. 351-358, donde compara la figura de Boscorcalc con la imagen de Cleopatra Setene junto a Juba 11 en el camafeo Gonzaga, discurso inicial de este trabajo. Hay y, sobre todo. puede haber casos si mi lares en los que se plantee de nuevo la duda con la que empezamos este articulo. Mi propuesta de que todas las imágenes femeninas con e.n11•iae elephantis, contextualizadas en un ambiente extraegipcio, son Africa no pretende ser una fórmula tija. Lo que si creo es que funciona como una premisa -que por su carácter histórico-puede constituir una base sólida para el análisis ulterior. El caso de Alejandría es único. No lo vemos en el resto de las provincias, pero es que Alejandría y Egipto son un caso excepcional frente al resto del Imperio. El emitir una imagen oficial, coincidente con otra imagen también oficial, responde, como hemos propuesto a dos objetivos distintos pero coníluyentes en el espacio y en el tiempo. Ambos tienen como punto de mira la comunicación visual con dos comunidades o etnias: 1) la africana asentada en Alejandría, y 2) la propia egipcia.
mayor ro lnr y en ti gura más almcndnH.la ". \' rL•cnll.: Camarero. prc:-.bttcro que prcscnctó b venta, rdicre que el phllt: to qulln'ano-. cristalc" o piedra!. que lcnian algunas de lal. alhajas: do:-. dc é!.ta'i > Alirma qut: las fund1o de llliC\O cmpkúndolas en el u!>o ue:-.u platería. Fs claro que la:-alhaja:-.. que Manuela pre1.en ta primero a aquel. han sufrido una c tcrta lransl'ormación ante!\ de ser ofrecidas al plalero: las dos cadenas!)C han con' ~nido ahora en c uatro Joyas scparada1., los t: uatro eslabones de hoja de peral son ahora tres, y las cuatro esmeraldas han desaparecido. Probablemente lu jóvcn uniera los elemt.:n-IOS di versos que vió el sacristan l'mmando dos cade nas. y despué!., vol v ró a dcs haccrlus. restando y las joyas desaparecidas, a través de declaraciones de testigos coetáneos y partiendo de los fragmentos conservados. Una de las piezas más significati vas debió ser la gran cruz-relicario con alfa y omega pendientes. de la que sólo quedan dos láminas de revestimiento en oro y piedras preciosas y una de las letras. El Tesoro de Guarrazar fué descubierto casualmente a raiz de grandes lluvias tormentosas descargadas en Guadamur (distante 11 km de Toledo) a fines de Agosto de 1858. Había sido ocultado en dos hoyos o «cajas» revestidas de hormigón romano, que tenían una profundidad de 1,60 m y dejaban un hueco en cuadro de 0,75 m t. Cada uno de Jos depósitos tuvo un hallador distinto. Fué el primero Francisco Morales, labrador de 40 años, quien desarticuló muchas de las joyas, y vendió fragmentos y componentes en viajes frecuentes a los obradores de plateros toledanos. El francés A. Herouart, profesor en Toledo y amigo de Morales, adquirió las alhajas que éste aún tenía en su poder y se hizo con la tierra donde apareció el tesoro; en las excavaciones que ambos practicaron sólo descubrieron algunos colgantes y componentes menores arrastrados por las aguas. Herouart vendió las joyas al diamantista José Navarro, quien recompuso algunas de las coronas, rescatando lo que aún no habían fundido los plateros de Toledo. A comienzos de Enero de 1859, Navarro marcha a París y negocia la venta de las ocho coronas y seis cruces pendientes al Gobierno francés. El 2 de Febrero publican la adquisición diversas revistas galas. El rápido eco de la noticia en España desató la intervención de la Comisión Provincial de Monumentos, primero, y la del Gobierno de la nación, después, que inició la rápida reclamación diplomática 2, una investigación judicial y excavaciones arqueológicas en el lugar. El segundo lote sufrió también continuadas mermas por ventas de su descubridor, Domingo de la Cruz. En Marzo de 1861 acabó ofreciendo a la reina Isabel JI las joyas que le quedaban, entre ellas la corona de Suintila. Hoy, tras numerosos avatares, las joyas remanentes del Tesoro de Guarrazar se conservan en tres instituciones: El Museo de C/uny parisino guarda tres coronas 3 (la de Sonnica [ n° 153 ], con cruz pendiente, otra decorada con arquillos [n° 155] y la ter-cera de retícula abalaustrada [n° 154)), una cruz colgante [ n" 156 ), la R pendiente de la corona de Recesvinto [n° 157), que iniciaba el nombre del monarca, otros dos colgantes [no 160-161] y cuatro elementos de suspensión [n° 158-159). En el Museo Arqueológico Nacional de Madrid se conservan las alhajas devueltas por Francia en 194 1 \que son seis coronas (la de Recesvinto [n° inv. 52561], el Alfa colgante y otros fragmentos y piedras sueltas [n° inv. Finalmente en el Palacio Real de Madrid s aún quedan, procedentes del segundo lote, la corona del abad Teodosio, la cruz del obispo Lucecio, una esmeralda grabada, además de pedrería y colgantes desprendidos. Un gran fragmento de corona de retíc.ula y un florón con colgantes, de donde hubo de pender otra corona, desaparecieron en Octubre de 1936, igual que la corona de Suintila había sido robada en 1921 •. La documentación procedente de la investigación judicial, conservada en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares 7, permite conocer nuevos datos sobre las circunstancias del descubrimiento, sus autores, y el destino que siguieron algunas de las joyas. La encuesta no resultó satisfactoria por las ocultaciones y mentiras de no pocos declarantes claves, la desconfianza ante el Juzgado y la premura con que éste actuó, presionado por el Ministerio de Fomento. En una primera parte (28-Ji l/2-lV-1859), el Juzgado de la Instancia de Toledo se constituye en Guadamur y toma declaración a los sujetos relacionados con el hallazgo; después (4 a 8-IV), ya en Toledo, declaran los plateros y testigos de las ventas. Tras recibir el expediente, el Ministerio de Fomento lo devuelve para que se amplíen algunos puntos y, desde el 6-V al 7 VII, el • Museo Arquelógico Nacional. López Serrano, M., «Ane visigodo: Arquitectura y escultura. Anes decorativas de la época visigoda. Adiciones», en Historia de España (dirigida por R. Menéndez Pidal), t. Las joyas de Guarrazar estuvieron largos ailos conservadas en la Real Armerla, después en una vitrina en la Biblioteca, y hoy se guardan seguras, fuera del circuito expositivo del Palacio. 6 Lázaro, J., El rol¡o de la Real Armerla y las coronas de Guarrazar. Ramos Ruiz, C., Catálogo de la documentación de Archivos, Bibliotecas y Museos Arqueológicos del Archivo del Ministerio de Educación NacloiUJI. Juzgado realiza nuevas actuaciones. En esta última fecha se remite toda la información a Madrid. • Para rastrear la cantidad y composición de las joyas que constituyen el tesoro perdido de Guarrazar, es preciso examinar las noticias de los declarantes en la encuesta, el fundamento de los rumores reflejados en los informes y el conjunto de los objetos completos y fragmentados que lograron rescatarse, en especial los del segundo lote. Advirtamos, como premisa, que la mayoría de las alhajas se hallarón enteras y no «en pedazos», como expresaron una y otra vez Morales y Herouart compinchados. Los descubridores, primero, hicieron el destrozo y desmontaje de muchas de aquellas, para llevarlas a vender a la ciudad; después, los propios joyeros, en casos concretos, consumarían la fundición de los fragmentos ofertados, según consta por sus declaraciones. Los plateros que declaran son: José Gómez, Felipe Rodríguez, Mateo Gamero y Martín Vicente Velasco, todos con tienda abierta en la Calle Ancha de la ciudad, que entonces, como ahora, era su principal arteria comercial. En Las respuestas a la doble pregunta se hallaría la clave para intentar una evaluación del tesoro perdido de Guarrazar. El Promotor Fiscal les cita «para que digan si han mercado alhaja alguna a algunos vecinos de la villa de Guadamur, especifiquen quién eran éstos, la clase de alhajas que les vendieron, su calidad y procedencia[... ], precio que abonaron para su adquisición, dónde se encuentran estas» K. Las respuestas sólo admiten algún caso específico de compra, inducido por afirmaciones o citas de otros testigos. José Gómez 9 reconoce la adquisición de joyas a Manuela de la Cruz, ante el testimonio de ésta y otras dos personas que presenciaron la operación 10 • Manuela, hermana del segundo descubridor dice que encontró en el arroyo que atraviesa la villa de Guadamur «dos cadenas, al parecer de oro, y las que tenían cinco o seis piedras azules y blancas, y una de ellas la siguiente inicial M, y también contenía piedrecitas muy pequeñas de color blanco como cristal». El 26 de Agosto se las presentan al tío Pepe, el sacristán (José Guille~mo Sánchez), quien las describe como «una cadena de cuatro corazones de oro, cada uno'de media onza, pesada por él, cuatro esmeraldas grandes engarzadas en oro, dicha cadena 1' t ---------------------------1e111a en lllt.:dto una 1\1 adorn.tda de ptedrn~ prccl\1--;,, ~ conw 1\) pact Ai1ade qtH:... úlo t•low tenía de J1'-'"ll dt? cn1co a ctnco) llll'dl:l llll/a~ ( 150 1 (,5 gr-.. ) 1\ launcto •am.:hct.'e~o.n: LtriO dd •\ ) unt, tllltl..'tllu) pnmo de \lrtnucla. a qurcn.tcompañó en el 'taJe Jc' e tila a 1 oled o. h.thla de « lllla cmkna con l•,Jabonc' Ctlll Jo, cl:t\ o,, olra al fHJrcccr Jc mc1al doradn)'a na-. pil.'dr~h como 1npacto~) tafíro:-.»:. Ciúmct drce l}ttc l'Olllprú a Manuela «do~ pcdactltlS de catkna de alambre de orn liso. tk largo cada una co mo dl• uno~ cuatw Jcdns y d alambre. que era rcdlHldn.'cría de gn11.~..,o como un allikr Jc lo~ comunc~. tre:-. c~lahtl llc:-. en llgura de htlJa de peral u coratOII, 1amhrl:n dt: uro. ligurando la lllll'tal 1 u <.. Jc la que pt: ndcn trc:-. tafiro., taladradn:-. por mcdto). pa, ando por t:l la ladro. un alfiler o ganchrtt1 <k uro.) tlcspué:-. lt.'nta una pcrla que e:-.taba pa~ada tlmucna por el ira~cur \0 del tiempl)». Cree que -;~.•n trian para:-,oslcncr algun adorno. collar o ltimparn y. an 1e unos Lalirns que k pre!--enta e l.luct nmw clcmcnw:; romparau -:.umnndo otros. para vender en Toledo. Cuatro e~ Ja-bone~ de hoja de peral tenían cada una de las cuatro cauenas que suspendían la corona de Suintila (frcnlc a los ci nco de la de Rcccs'vt nlo), y es harto pusi-11 l kcl. de JO•III-I l\5'1. hlc que la otra t: orona. 1k la LJIIl', pJo -.e...:on~en aba pal 'll' de la crut ct~lgnnlc) la lll: ll' OI Ia que anmlab:t lo-. ~u-.pen~orm~. Colgante en forma de Alfa!N" lnv. didas interiormente por tabiquillos que dejan espacios triangulares habitados por granates o vidrios rojos. En contra del pareo de la omega con el alfa del MAN. estarían sólo aparentemente los pinjantes de la letra. que Gómez describe compuestos de tres zafiros taladrados. pasados por un ganchito de oro y después una perla. La combinación de zafiro rematando en perla es extraña, pues sistemáticamente los pinjantes siempre rematan en zafiro, amatista o piedra equivalente. Pero el alfa tambien debió tener pinjantes. En la zona inferior de la letra del MAN falta el ribete de bolitas encadenadas, denotando un corte en la delgada lámina; allí irían soldados los enganches de los pinjantes desaparecidos. Debieron ser muy pequeños los adornos pendientes, en proporción al tamaño de la letra. El presbítero Camarero se aparta de la descripción de Gómez y parece dar a entender que las piedras azuladas colgaban de los tres eslabones (de hoja de peral) de una de las cadenas 15 • La versión del hallazgo propalada por Manuela resultó poco creíble e incluso su primo Mauricio declara que, en vez del arroyo del pueblo, fué en la Fuente de Guarrazar donde encontraría las joyas'~>. Es más verosímil que el conglomerado de joyas que Manuela manipuló formasen parte del lote hallado por su hermano Domingo y que aquella las sustrajese, haciendo creer que las había encontrado por su cuenta. El haber recurrido como acompañante para el viaje de la venta, no a su hermano, sino a un primo incrédulo a su relato, y los tardíos lamentos de Domingo de la Cruz de que «le hubiesen arrebatado algunas joyas, entregadas sin su consentimiento a los plateros de Toledo» 17, avalan la deducción. Fué la de Manuela, sin duda, una de las primeras ventas de objetos de Guarrazar en Toledo (según Camarero, en uno de los primeros ocho días de Septiembre'M) y la más sonada. En sus declaraciones, se refieren a ella como conocida «de público» varios personajes de Guadamur. Contrasta con el sigilo y reserva que guiaron las intermitentes ventas de los descubridores en Toledo, que no lograron despertar la atención de los miembros de la Comisión de Monumentos. 17 Madrazo, P. de, •«Orfebrerla de época visigoda. Coronas y cruces del Tesoro de Guarrazar», en Monumentos Arquitectónicos de España. Guadamur en su tienda diciéndole si quería comprarle unos pedacitos de oro y un poco de plata. oxidada ya y en pedazos. que según éstos demostraban por su abuevación (sic) debían haber compuesto una especie de taza o vaso antiguo... los pedazos de oro formaban una especie de hojas de adorno los unos. otros una especie de cruz con engastes. pero ya sin piedras y tres trocitos de cadena de oro como de cuatro dedos, formadas en eslaboncitos» Los fragmentos de plata pesaron 24 onzas (720 gr.) y los de oro de 12 a 13 onzas (360/390 gr.).Consigna que tanto el oro como la plata se hallaban con tierra, «por donde se infiere que habría estado todo enterrado». Lo compró todo en 3.000 reales y fué a parar al crisol de su establecimiento. Anota que la plata, fundida, mermó hasta unas doce o catorce onzas. Los trozos de plata debían ser suficientemente grandes como para manifestar la curvatura envolvente (abuevación) que sugirió al platero la forma de taza o vaso. Por el peso del conjunto muy bien pudo tratarse de un cáliz. No conocemos ningún ejemplar de época visigoda, aunque los textos (conciliares y otros) citan el caliz con cierta frecuencia 1 u. Con la carta que escribe el rey Recaredo al Papa S. Gregario anunciándole su conversión, le envía un cáliz de oro, engastado su exterior en piedras preciosas 21 • En la época posterior mozárabe se citan en los inventarios de monasterios calices de oro con pedrería, pero la mayoría son de plata 22 • Desde antiguo, los cálices de plata revestían su interior de oro para hacerles inalterables al contacto con los elementos del vino. Menos verosímil parece laposibilidad de ser un recipiente de mayor tamaño, como los acetres litúrgicos, que se utilizan para trasportar el agua bendecida. Fragmentos de plata oxidada, con decoración repujada de una figura se guardan en el MAN, ingresados con el lote de Navarro. Son minúsculos y no se puede apreciar curvatura alguna en su volúmen. Por el repujado de la decoración puede pensarse en láminas de aplicación que recubrirían quizá algun recipiente. No creemos guarden relación con los trozos comprados por Gamero. Las piezas de oro serían eslabones sueltos en forma de hoja de peral, correspondientes a una cadecelona, 1963, p. Gómez-Moreno, M., Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX al XI. Cita otros de estailo o de marfil y quizás de vidrio. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa na de sujección de gran corona, y una cruz colgante de forma no común (expresión «especie de cruz»). Finalmente el joyero Martín Vicente Velasco, citado en la declaración de su colega Fe lipe Rodríguez JJ, como adquirente de «varios pedazos de oro en figura circular. que eran sumamente antiguos», se escabulle afirmando que eran pedacitos de eslabones de una cadena de reloj y no denotaban antiguedad 24 • La posible conexión de la cadena con Guarrazar la sugirió Rodríguez por la época de la compra (Diciembre). Muchas de las cadenas suspensorias de las cruces pendientes y otras pequeñas coronas están formadas por eslabones circulares o por círculos alternando con otras piezas pequeñas en forma de 8. Hasta aquí lo que los plateros toledanos confiesan haber comprado. Pero debió ser mucho más. Domingo de la C ruz le confesaba a D. Antonio Flores, secretario de la Casa Real. que arrancaba de vez en cuando alguno de los colgantes de la coronas, «que vendía juntamente con otras piezas sueltas a los orífices toledanos» 2 ~. Ninguno de los joyeros cita a Morales ni a De la Cruz, que hubieron de ser muy conocidos por la frecuencia de las visitas. Aquel vendería en un lapso que abarca desde los últimos días de Agosto del 58 hasta fines de Septiembre o inicios de Octubre, tiempo en que pone el tema en manos de Herouart; y el segundo durante un período más largo, quizás hasta Marzo del 59, cuando, según la declaración de Francisco Pérez, los plateros «se negaron a verificar la última compra de alhajas que les ofrecieron los Cruces (Mariano y Domingo de la Cruz), temerosos de ser descubiertos por la autoridad superior de la provincia o por la Comisión de Monumentos Artísticos.» Esta institución había comenzado sus actuaciones sobre el tema Guarrazar a fines de Febrero, y una órden del Gobernador civil al Alcalde de Guadam ur (27-11) le conminaba a recoger cuantos objetos ya extraídos del terreno [de Guarrazar] o de los otros inmediatos, sepa existen en el pueblo, remitiéndolos inmediatamente a la Comisión de Monumentos por su conducto. Más tarde, el l O-IV, entre los acompañantes del Ministro de Fomento, que se desplazó a Guarrazar para constituir la Comisión de Excavaciones, figura un diamantista tasador del Monte de Piedad de Madrid, y aquel dia se compra un lote de u Decl. de 5-IV -1859. 8. restos de joyas presentados por vecinos de Guadamur, pagando por todo un montante de 998 reales ~1'. Hubo también viajes de los plateros toledanos a Guarrazar. Les guiaría su curiosidad ante el goteo de ofreci mientos, e l propósito de salvaguardar la confidencialidad. y la certeza de que se trataba de un tesoro recientemente rescatado, como declaró Gamero al ver la tierra que acompañaba a las joyas. Consta el viaje de Gómez a Guadamur, a principios de Septiembre, si bien afirma que no consiguió entrevistarse con quien lo cit6 17 • También Navarro viajó con Herouart a Guadamur. Hay que suponer que tos plateros no fundirí an sus adquisiciones de modo instantáneo, sino según las necesidades de su comercio. Cuando Navarro decide adquirir a Herouart el lote de j oyas que aún no había vendido Morales, es porque ve posibilidades suficientes de reconstrucción a partir de lo que le ofrecen. Él y Herouart recorren por separado las joyerías toledanas recuperando los objetos de Guarrazar aún no devorados por el crisol 2 x. La operación debió realizarse entre fines de Octubre y Diciembre, pues en los primeros días de Enero del 59 Navarro ya está en París con sus joyas reconstruidas; acaso comenzase a fines de Septiembre, si nos atenemos a su afirmación. Mas, para evaluar lo recuperado en Toledo, es preciso averiguar el conjunto básico comprado a Herouart. En una carta al Ministro de Estado, en la que Navarro pretende justificar su actuación, exagera la fragmen tación de las coronas; tan sólo los dos semicírculos de la de Recesvinta se hallaban completos, pero les habían arrancado todas las piedras, excepto un zafiro y cuatro o cinco perlas. «Los trozos de que se formaban las otras siete se hallaban tan dispersos que D. A. Herouart por su parte y yo por la mia hemos tenido que recorrer las platerías de Toledo para reunirlos. Ha habido letra que he hallado en tres trozos, rota, sin duda, con objeto de hacer saltar las piedras y pesar el oro. Quasi todo se ha hallado en el mismo estado. Por las últimas letras he dado cuanto se les ha antojado. Hay una pequeña cruz que da principio a la inscripción por la que querian un aderezo.» La hipérbole del diamantista es manifiesta si se constata el estado actual de las coronas. Dos de las de retícula abalaustrada y la decorada con arquillos en Cluny necesitaron los cuidados intensivos de Navarro; otras l • Documento del Ministerio de Fomento (Dir. Amador de los Rlos,J., op. cit., p. No es concebible que se embarcara en una empresa dineraria tan subida (72.400 reales le pagó a Herouart, según éste) sin tener entre manos los componentes esenciales de las coronas. Y aunque estuviesen privadas de pedrería, mucha de ésta debía hallarse en poder de Hérouart/Morales. El joyero Felipe Rodríguez declara que en Septiembre u Octubre Herouart le enseñó por amistad una cajita redonda de cartón conteniendo piedras de cristal, zafiros, amatistas, topacios, esmeraldas y perlas 30 • Algunas piedras, perlas y fragmentos de corona de retícula, fácilmente vendible por trozos, sí recuperarían el francés y Navarro; y sobre todo, los colgantes y elementos de suspensión de cadenas y cruces. Reconoce en su declaración Felipe Rodríguez que Navarro se presentó en su establecimiento preguntándole si había comprado algunas alhajas antiguas o alguna parte de ellas, y su respuesta fué negativa 31 • José Gómez, en cambio, silencia sus contactos con Navarro, pero los conocemos indirectamente por el testimonio del profesor de Instituto, Antonio Aquino, que acompañó a Amador de los Rios, comisionado por la R. Academia de la Historia, en sus pesquisas por. la ciudad; dice que en casa del platero, Amador pidió le enseñase lo que tuviese procedente de Guarrazar. La respuesta fué que nada conservaba porque todo lo había vendido a Navarro, incluidos cuatro zafiros con los que pensaba hacer unos pendientes a su señora, accediendo a las repetidas instancias del diamantista; sin embargo le hizo a Amador unos dibujos de parte de las alhajas que compró 32 • No es aventurado pensar que si Morales no viajó a Madrid con Herouart para intentar vender las coronas a Navarro (aquel contestó negativamente ante el juez 33 ), el viaje del francés y Navarro a Guada-N Según Caillet (op. cit., pp. 218 y 222) las tres coronas hoy remanentes en Cluny hubieron de sufrir una nueva reparación entre la fecha de su adquisición (Febrero) y el 25 de Mayo del mismo año, según factura del restaurador. No se precisa el alcance de la intervención que pudo limitarse a resoldar elementos que se habían desunido. A la corona decorada con arquitos le colocó Navarro en el interior de la banda circular diez patillas de refuerzo, sol~adas para consolidar los fragmentos del conjunto. Dos de las coronas de retícula abalaustrada del MAN. muestra numerosas soldaduras por su interior, y una de las de chapa repujada cuenta con una lámina diagonal incrustada en su interior, que salva una rotura antigua. Sobre la opinión de Navarro acerca de la composición de las alhajas que restauró, léase su carta al Ministro de Estado de 1 7-"111-1859.. 32 Decl. de S-lV-1859. n Decl. de 30-111-1859. mur tuviese por objeto asesorarse sobre la identidad de los establecimientos a los que vendió objetos Morales y sobre detalles de la forma primitiva que tenían las alhajas con suspensiones y colgantes más complicados. La descripción de las joyas, que hace el descubridor en sus declaraciones • 1 \ traduce una fina observación y larga contemplación de detalles. Que algunas joyas de Guarrazar llegaron también al comercio de Madrid lo demuestra la tardía adquisición de unos fragmentos de cadena, de 5 1 y 20,6 cm., constituidos por los típicos eslabones circulares alternando con otros en 8. Herouart y Morales no vendieron todo a Navarro. Al menos aquel se reservó algunas piezas y entre ellas una corona, con las que pensaba negociar por su cuenta. El 22-Vlll-1860, el francés escribe una carta al Ministro de Fomento sobre una «cruz coronada», que le había presentado días antes, a fin de que el Estado la adquiriese y conservase en un museo español 3 ~. Las negociaciones no dieron fruto y Herouart acabó enajenando al Museo de Cluny la novena corona (de retícula abalaustrada con cruz pendiente, C. n° 154 ), ingresada en Marzo de 196 1. Acompañaban a la joya, dos eslabones de suspensión en forma de hoja de peral con un fragmento de cadena (C. n° 158) del mismo tipo que los adquiridos después a Nicolás Jean, un florón de suspensión, cuatro pequeños motivos en oro engasta-14 Decl. de 30-111 y 13-V de 1859. No se sabe cómo llegaron las cadenas a manos de Nicolás. Acaso el primitivo posesor quiso vender anónimamente en la capital del reino para evitar posibles complicaciones que hallaría la venta en Toledo. O pudo ser Nicolás Jean uno de los numerosos agentes que compraban en España para importantes coleccionistas y museos europeos de la época. J.de D. de la Rada y J. de Malibrán, Memoria que presentan al Sr. Ministro de Fomento. dando cuenta de los Irabajos practícados y adquisiciones hechas para el Museo Arqueológico Nacíonal. cumpliendo con la comisión que para ello les fué conferida. Los autores. comisionados por e l Gobierno para la incautación de piezas con destino al MAN. toparon con algunos agentes en tierras castellanoleonesas. El remanente del segundo lote del Tesoro habla sido donado a la Reina en Mayo de 1861. 36 Herouart habla de sus <<comitentes», a los que intentará persuadir para que hagan amplias concesiones en el precio. No pasa de ser una argucia de trato comercial. Conocedores de las a-ctuaciones anteriores y de los rumores fantasiosos propalados por el francés, los miembros de la comisión, creada por el Ministro para dictaminar éste y otros asuntos, aconsejaron no ceder a las muy exageradas pretensiones económicas del vendedor. En el MAN., aparte de las coronas y cruces regresadas de Francia. existe un conjunto de elementos sueltos, venido del Gabinete de Antigüedades de la Biblioteca Naciona l. al constituirse el Museo. Está compuesto de tres lotes 3 ~. entre los que destaca el procedente de la venta de Navarro, que incluye el «brazo» de gran cru=. como pieza principal. a) En realidad el llamado «brazo» (n° inv. Formaban parte de una c ruz patada. Ambas haces tienen decoración menuda, calada, de roleos vegetales, sobre los que van ancladas, en cabujones de plato, piedras de varia especie, forma y tamaño. y perlas y nácares, todo dispuesto en formaciónes triangulares, unidas por ramos con hojas simétricas. Las planchas forrarían un alma de madera, pero ignoramos si eran anverso y reverso de un único brazo o, por el contrario formaban una de las caras de la cruz, que por el lado contrario tendría decoración distinta. La comparación con otras cruces semejantes en factura y época hace más creíble la segunda hipótesis. El primer documento que habla de su existencia es una anotación (de A. Fernández Guerra) en la que se hace balance de lo actuado por el Juzgado toledano y se aconseja una ampliación de la información fiscal sobre determinados puntos aún oscuros. El octavo era: «¿qué otros objetos halló o compró [Herouart] al Morales demás de las coronas? ¿En poder de quién para el brazo de cruz grande de que ha dado razón Morales y las otras cruces descubiertas?» 39 • La instrucción reservada del9-V -1859, procedente de la Fiscalía del Juzgado de 1 • Instancia J > Según Caillet, op. cit.• lo menudo no fué inventariado, pero es mencionado por P. Mérimée en un articulo en Le Monifeur Universel de 17-111-1861, recogido en P. Mérimée, Etudes sur les arrs du Moyen Age. El catálogo de Caillet no parece recoger el florón. los peque~os objetos de oro y los dos zafiros. n El primero lo forman los fragmentos de oro y pedrería adquiridos a vecinos de Guadamur, el 10-IV-1859, por el Ministro de Fomento, llegado al pueblo para constituir la Comisión de Excavaciones; el segundo abarca lo hallado por esta Comisión; el tercero comprende todo lo enajenado por José Navarro al Estado, a fines de 1860.'' La anotación, sin fecha expresa. debió ser hecha entre el 8-IV, dla en que se envia el expediente a Madrid, y el 19-IV (del 1859), fecha en que el Ministerio se lo devuel ve al Fiscal de Madrid. La R. O. comunicada por el M. de Fomento procediendo a la ampliación es de 29-IV -1859. de Toledo, recibido ya de Madrid el diligenciado devuelto, establece las lineas de la pesquisa. los testi gos que han de ser nuevamente interrogados y las preguntas a que se han de someter. Una de las preparadas para Herouart es la doble de la anotación de Fernández Guerra, pero en la segunda se omite la referencia a Morales 40 • Los plateros habían declarado el 5-V-1859. El 11 del mismo mes Jo hace Herouart. pero. de las dieciseis preguntas que figuraban en la instrucción destinadas al francés, la única que no le formulan es ésta sobre el brazo de la c ruz~ 1 • En Abri l, pues, ya se sabía que la cruz había sido destruida y tan sólo había sobrevivido «un brazo» de ella. Oficialmente el Juzgado no esclareció la identidad de su entonces posesor. A comienzos de Jul io del siguiente año, por gestiones conducidas quizá por D.A.Femández Guerra a través de un amigo del platero Navarro, que era también «persona de la confianza del GobiernO>>, el diamantista presenta al Ministro de Fomento el fragmento de cruz con todo el lote de piedras y colgantes que aún tenía en su poder 42 • Una comisión se constituyó en el Ministerio para examinar la importancia de las joyas y la conveniencia y montante de la compra 4 3 • Reunida el 29-JX-1860, aconsejó la adquisición del conjunto y, puesto que Navarro se había negado a fijar precio, contentándose con lo que le diesen, cifró en 10.000 reales el pago razonable. En el documento, los comisionados refieren que «... es voz también de persona muy enterada de los objetos hallados en Guadamur 44 que hay un bácu lo de oro y una cruz del propio metal completa»(... ]. Por último, dícese que el platero Gamero guarda de la misma procedencia «muchos objetos de oro del propio carácter eclesiástico (... ) Estudiando el ex-•• En las declaraciones de Morales ante el Juez, no hay referencia alguna al brazo de la cruz. O la confidencia se hizo en conversación privada,o acaso hubo una equivocación de informante. 41 A las preguntas que figuraban en el documento, el juez ai\ade tres nuevas cuando Heouart es interrogado.., Vid. el extenso documento del Ministerio de Fomento de 20-XII-1860, del que se reproducen algunos párrafos entrecomillados más abajo. El recibo de depósito del conjunto en el Ministerio está datado a 11-Vll-1860. u Presidida por el Director General de Instrucción Pública, estaba formada por los Srs. Antonio Delgado, Francisco Bermúdez Sotomayor, José Godoy Alcántara, Aureliano Femández Guerra y el platero Sr. Larra. La comisión dictaminó asimismo en contra de las pretensiones económicas de Herouart sobre la novena corona ofrecida en venta. Con anterioridad, Hartzembusch y Femández Guerra hablan intervenido decisivamente en la fijación de los versos de la lápida sepulcral de Crispln, consultados por la Comisión de Ex ca vac iones... Se alude a D. José Amador de los RJos. ( y la omega. clásicas ya en el mundo visigodo. Según áquel, la de los Angeles no era una cruz procesional estricta, sino que se guardaría en el tesoro de la catedral para ser llevada precediendo al obispo en ocasiones solemnes 50 • La asociación del «alfa» del MAN. (n° inv. 52560) y de la <Wmega)) vendida por M. de la Cruz en Toledo. a la cruz de Guarrazar parece de todo punto correcta; su tamaño y decoración con cabujones concuerdan con la pieza toledana. El propio Schlunk recuerda la raigambre de las letras en las cruces altomedievales de occidente y, sobre todo, en el ámbito visigodo a partir de la abjuración de arrianismo, como proclamación simbólica de la consubstancialidad divina del Hijo, que aquella herejía negaba 51 • Nos inclinamos a considerar las planchas del MAN. como el anverso de los brazos de la cruz y no el revestimiento de ambas caras de un sólo brazo. Es dificil concebir que una cruz de proporciones, materia y decoración semejantes careciese de inscripción dedicatoria, ostentándola en el reverso otras más modestas y pequeñas del mismo Tesoro. La decoración calada de roleos vegetales y ramos es muy igual a la que corre por la banda central de la corona de Recesvinto, de la que penden, en su base, las letras que proclaman la ofrenda del rey. Respecto a los «carbones», la sugerencia de los miembros de la comisión de compra no parece descaminada, pues si no son reliquias ¿por qué se han conservado? 52 De aceptar la opinión de los comisionados, ignoramos en qué parte de la cruz estarían alojados los fragmentos de madera. Ya se ha aludido a los receptáculos de la cruz de los Angeles; Schlunk recuerda que la intersección de los brazos de la cruz siempre se consideró lugar privilegiado para guardarlas, pues fué allí donde reclinó su cabeza el Señor 53 • b) En el lote de Navarro se incluían unosfragmentos de lámina de plata decorados en repujado, a los que antes se aludió (n° inv. En la relación firmada por A. Femández Guerra 54 figuran bajo el n° 2 como «dos pedazos de plata oxidada que presentan la cabeza y los ropajes como de un ángel. Son pequeños y los acompañan otros varios so Schlunk, H., op. cit., p. Schlunk, H., op. cit., pp. 26 y ss. 51 Seria conveniente efectuar un análisis para determinar el tipo de madera y poder comparar sus resultados con otros que se hayan hecho a reliquias de la Vera-Cruz. Sobre reliquias de la Vera-Cruz en la Hiapaoia visigoda, cfr. Schlunk, H., op. cit., pp. 9 y u. Recientemente han sido limpiados, y unidos algunos de ellos 5 \ pero su oxidación ha deteriorado la superficie del anverso y la decoración se aprecia con dificultad. Compónese ésta de una figura, al parecer femenil, su cabeza velada o nimbada y su túnjca con profusos pliegues. La postura, sedente o en pié, no aparece clara y unos rasgos en la zona derecha, a la altura del rostro, pueden ser interpretados como la palma de la mano extendida o parte' de un ala. ¿Es una Virgen?, ¿una orante?, ¿un ángel? La figura posee un cierto resabio clásico común a muchas del arte paleocristiano. En el ámbito visigodo no recordamos paralelos cercanos; la Anunciación del entalle de la esmeralda, procedente de Guarrazar, y Jos personajes plasmados en escultura arquitectónica presentan una estética diferente. Tan sólo la Virgen de la fibula circun Por D. Antonio Sánchez Barriga, Restaurador del MAN, hoy en el ICRBC. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lar de Turuñuelo ( Badajoz), hoy en el MAN.. parece prestarse a cierta similitud, causada quizás por e l repujado en metal de ambas piezas. No hay datos para averiguar si e l personaje estaba aislado o formab" parte de una escena más amplia. Por la decoración repujada, los fragmentos de plata hubieron de ser acaso el revest im iento de algún recipiente o cajita de madera u otro metal menos noble. No hay horadamien1os para los clavitos de sujección en los m inúsculos restos conservados; la lámina bien pudiera ir incrus tada mediante un enmareamiento. El catálogo que hace H. Buschhausen ~.. de los re licarios palcocri stianos recoge numerosas figuras de orantes parecidas. e ) La mayor parte de la copiosa pedrería suelta (zafiros, esmera ldas, cristales de roca, vidrios, perlas, cuentas de oro, etc.) procede del lote de Navarro, adquirida por él a Herouart/ Morales y a los plateros toledanos. Hay un par de colgantes iguales a los que ostentan cruces y coronas (n" inv. Un tercero, menor. y dos fragm entos de cadena de eslabones circulares y en 8. son lo más sign ificativo. Resta examinar el conjunto conservado en el Palacio Real de Madrid. constituido por las joyas que, tras frecuentes enajenaciones, aún permanecían en poder de Dom ingo de la Cruz. Pasaron apropiedad de la Corona por la ofrenda que de ellas hizo éste a la reina Isabel 11, en Mayo de 1861. Era sabido en Guadamur que Domingo y su hermano «se habían encontrado varias alhajas en los terrenos del primer descubrimiento» y que habían vendido en Toledo ~7• No pudieron ocultar el hecho, aunque sí la magnitud del hallazgo. La in vestigación judicial centró sus pesqu isas en Herouart y Morales principalmente, porque ellos habían sido el origen de la emigración de las coronas a Francia. Mas, desde el planteamiento inicial se pensó en que Domingo fuera interrogado 5 ~. 84, BS. etc. s• Francisco Pérez. teniente alcalde de la vi lla. en decl. de 31-111• 1859. afirma que Herouart se lo aseguró en conversación privada. los De la Cruz tenian una tierra lindante con las Huertas de Ouarrazar. ~• Vid. el doc. del M. de Fomento de 24-111-1 859, encabezado como lnstrucdón reservadu para el Promotor Fiscal de Toledo. en orden a la información que.ve le manda hacer de orden de S. M. «Deberán asimismo ser inte rrogados Domingo de la Cruz y D. Mauricio Sánchez sobre el dia o tiempo en que adquirieron varios objetos y si los hallaron por si o cómo los hallaron. Al primero convendria interrogarle sobre el dia en que llevó aToledo objetos del hallazgo para venderlos y a quién los vendió». da al j uez en s u declaración de 30-111 -1859 estajante: «Que jamás se ha encontrado alhajas u objetos preciosos y de consiguiente no los llevó a vender a Toledo ni a ningún punto» ~~. Las ventas frecuen tes en Toledo. confesadas por él más tarde. debieron producirse con disc reción, y los plateros en sus declaraciones no le descubrieron. Después, ante la difi cu ltad de dar sal ida a sus joyas. optó por obsequiar dos de ellas a la Reina ~>~•. Fué D. Antonio Flores, ilustre periodista y secretario de intendencia de la Casa Rea l. quien. instigado por la soberana, se ganó la confianza del Domingo y. en Guadamur s upo persuadirle de que donara todo lo que escondía. Al Sr. Flores debemos las declaraciones que le arrancó a l segundo descubridor del Tesoro, trans mitidas por J. Amador de los Ríos, J. de D. de la Rada y Delgado y P. de Madrazo, primeros observadores y estudiosos del conjunto de la Armería. Refiere Madrazo que Domingo de la Cruz «noticioso del hallazgo de sus convecinos, lograba la dicha de tropezar con e l segundo depósito. contiguo al primero y aún intacto. Sacó de é l, si hemos de atenemos a su dicho. unos como cinturones de oro y pedrería y una grande y magnífica corona. otras coronas lisas y pequeñas. varias cruces de chapa sencilla y muchos objetos diminutos de ignorado uso. Llevólo todo a su casa, metiólo en unas ollas de barro que tuvo escondidas con gran secreto. No se determ inó a hacer pedazos las coronas; limitóse a arrancar de vez en cuando algunos de s us arambeles, que vendía juntamente con las otras piezas sueltas a los orífices toledanos. [... ] Mos tróse pesaroso de haber des truido otras muchas joyas, no sin do lerse de que le hubieran arrebatado algunas, entregadas sin su consentimiento a los plateros de Toledo y refirió al Sr. Flores que entre las alhajas habla unas que llamaba cinchos de oro y piedras preciosas, que serían tal vez talabartes o cinturones o acaso diademas; y una paloma de oro que probablemente fué una pixis sacra o vaso eucarístico». M La narración de Domingo de la Cruz, contradic-.. La corona del abad Teodosio y la cruz de Lucecio. En la dec isión inOuyó su tío Juan. maestro de Ouadamur. que le acompañó a Aranjuez para presentar las a lhajas a la Reina. 8; Amador de los Ríos, J.• tiJI. cit.. p. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa toria en aspectos. dada a la imprenta por Madrazo, ha acompañado casi todas las reseñas del Tesoro de Guarrazar magnificando su volúmen y variedad y lamentando su parcial destrucción. Más segura in formación suministra el mermadísimo conjunto del Palacio Real. hoy compuesto por la corona del abad Teodosio, la cruz de Lucccio, una esmeralda con entalle de la Anunciación. y la pedrería y colgantes sueltos de rigor. a) La corona de Suintila (n° inv. 2638), joya principal del lote (y acaso del conjunto del Tesoro) fué robada de la Armería de Palacio en 1921 y no se ha vuelto a saber de ella h 2 • Era la más antigua; existen buenos estudios, dibujos y fotografías, pero, por desaparecida, conviene apuntar una breve descripción. Compuesta por dos chapas dobles de oro, semicirculares, articuladas mediante bisagras, de 6 cm. de altura, que forman un diámetro de 22 cm. Lisa la interior, tiene la externa en sus bordes dos aros sobremontados, algo más resaltado el de abajo. La banda media se decora con fila de grandes rosetas de ocho pétalos, encerradas en círculos tangentes, con una perla o un zafiro (alternados) alojados en receptáculos en el centro de cada una de aquellas. También los aros superior e inferior aparecen cuajados de una sucesión de zafiros cabujones y perlas. De unos pequeños ojetes, que nacen del borde inferior, cuelgan las cadenitas que sostienen las letras componedoras de la inscripción +SVINTHILANVS REX OFFERET, en forma y estructura semejantes a las de la corona de Recesvinto. Sólo sobrevivían doce más la crucecita inicial. A cada letra suceden una capsulita cuadrada conteniendo una piedra o vidrio, una perla, una cuentecilla de oro y, rematando, un grueso zafiro. De cuatro anillas soldadas al borde superior de la banda arrancan las cuatro cadenas, compuestas por cuatro eslabones en forma de hoja de peral calada, con el vértice arriba. Las cadenas se reúnen en un florón formado por dos azucenas, contrapuestas a una bola achatada y facetada de cristal de roca. De los seis pétalos de cada azucena cuelgan pinjantes constituidos por un cono de oro, una perla y un zafiro o amatista. Una cadena con eslabones circulares y de ocho alternados sostiene la cruz desde la base del florón. Formada por los fragmentos de dos cruces idénticas 6 1, muestra, tras el ensamblaje, un medallón cir-~2 Vid. ¡ Refiere Madrazo, op. cit.• p. 34, n• 1, que cada uno de los dos fragmentos se componia de dos aspas y el medallón central y que no siendo posible restaurar las dos cruces, se acordó sacrificar uno de los medallones y hacer una sóla cruz, si bien ésta resulto incompleta. cular central que, en una de las caras, lleva alojado un zafiro, y en la otra, un cristal de roca, rodeados de una corona de perlas alternadas con cuentas de oro. Del medallón parten cuatro tallos, cada uno de los cuales, en complicado diseño. se divide en dos revolviéndose hacia dentro y dando orígcn luego a otros dos que, siguiendo direcciones oblicuas, se bifurcan y revuelven nuevamente. Los tallos se adornan con incisiones y caladuras en las que se dejaban ver granates, y un zafiro cabujón (en los cuatro primeros tallos) o perla (en los ocho vástagos extremos) señala cada intersección. Los espacios resultantes revisten forma de palmeta bizantina con el vértice hacia el medallón central. De los vástagos más inferiores cuelgan sendos pinjantes. b) Había también un florón de suspensión (n° inv. 2643) de otra corona desaparecida, de composición análoga a la de la ofrenda de Suintila; la bola de cristal de roca es aquí más aplastada. Los pinjantes de los pétalos de la azucena inferior tienen un zafiro excesivamente grueso, que resulta discordante si aplicamos los parámetros estéticos de las coronas de Suintila y Recesvinto. El florón y la doble cruz pendiente denuncian la existencia en el lote de Domingo de otra corona, cuya soberbia factura debía ser semejante a la de Suintila, ofrenda probable de otro monarca. e) Que el segundo depósito contenía asímismo coronas de retícula abalaustrada lo demuestra el gran fragmento (n° inv.2642) de una de ellas (en realidad media corona), desaparecido junto con el florón anterior, «en los trastornos sufridos por el Palacio de Oriente en otoño de 1936}) 64 • Compuesto por tres filas de balaustres horizontales y seis verticales, que dejan 5 mallas o espacios libres arriba y otros tantos abajo. Faltan tres clamasterios en la parte que se conservaba. Se colgaba abierta en amplio semicírculo mediante dos alambres anclados en los extremos. d) La esmeralda sin pulir, grabada con la escena de la Anunciación, mide 2 >< 1,5 cm. Su cara principal presenta dos facetas donde aparecen los dos personajes sacros. Debió estar engastada en algunajoya perdida «mediante un perno que penetraba en ella y cuya señal es visible» 65 •./) Unos fragmentos de perlas, piedras sueltas y algún pinjante completan lo entregado por Domingo de la Cruz. La adquisición de los restos del segundo lote puso 6< López Serrano, M., op. cit., p. El agujero es bien visible en la parte superior y se aprecia con mayor di ficuliad en la inferior por causa del enmarcamiento que la rodea. en evidencia que los objetos habían sido hallados completos y que lo mismo había que deducir para lo descubierto por Morales. El cambio de dueño permitió detener, como en una instantánea, un proceso de descomposición de las alhajas, llevado a cabo durante cerca de tres años por el Cruz. Había piezas íntegras, otras que comenzaban su desintegración perdiendo los pinjantes (corona de Suintila); algunas se hallaban demediadas (corona de retícula), otras, desaparecidas, habían dejado algún testigo de su ser (florón y fragmento de cruz colgante; esmeralda). Y otras. en fin, de cuya existencia sólo sabemos si aceptamos la confesión de su descubridor y destructor. Asimismo, el conocimiento detallado de las nuevas joyas que contaban con sus aderezos íntegros disipó las dudas, que algunos ins inuaban. sobre la autenticidad del conjunto de C luny y permitió un cotejo con las restauraciones efectuadas por Navarro. En la corona y cruz de Suintila las piedras estan colocadas cuidadosamente alternando zafiros y perlas, o éstas con cuentas de oro, etc., detalle, que el diamantista no supo o pudo imitar. Salvo matices como éste, la labor de Navarro en una corona tan complicada como la de Recesvinto se apreció meritoria; únicamente la disposición de las letras colgantes, que reunió, estaba carente de sentido. Los dos hoyos que contenían el Tesoro de Guarrazar eran de dimensiones y capacidad semejantes. Nueve coronas y seis cruces, con sus respectivas cadenas y colgantes, que componían el primer conjunto (Morales/Herouart), cabían sobradamente en uno de los escondrijos y aún quedaba amplísimo márgen para las piezas destruidas. El segundo lote, muy aminorado, estaba formado por al menos cuatro coronas (incluida aquella de la que sólo restaban el floron y parte de la cruz colgante), tres cruces y posiblemente la gran cruz de la que se guardan partes en el MAN. Si postulamos un cierto equilibrio entre el volúmen de ambos conjuntos, queda espacio para admitir el rel.ato de Domingo de la Cruz; los «cinchos» de oro y pedrería (al menos dos) y la paloma de oro y piedras finas, de tamaño natural debieron salir del segundo escondite. D. José Amador de Jos Rios, que pasó largos días en Guadamur, dirigiendo las excavaciones ordenadas por el M. de Fomento, y en Toledo, recabando información de los plateros, confirma que tanto éstos como los labriegos de aquella villa hablaban de la paloma 66 y la describían descansando en una peana,. Amador de los Rlos, J., op. cit., p. En no 4 transmite la confidencia de una persona entendida y con~X: edora del asunto, de que esta paloma habla sido arrojada al Tajo por el platero también de oro adornado de labores. J uzga el sabio profesor con acierto que la joya se destinaría a la custodia de la Eucaristía. Recipientes o vasos sacros en forma de paloma empleados para tal fín son conocidos por textos literarios desde el siglo 11 1. H. Leclercq ~>7 cira a Tertuliano y a S. Juan Crisóstomo y demuestra que su uso se prolongó al menos hasta el final del siglo vt. por un texto de Gregario de Tours, quien refiere de un miembro del ejército del rey Sigeberto que penetró en la basílica de Saint-Dcnis para saquearla e intentando destruir una paloma de oro con su lanza, erró el golpe y encontró la muerte. También servían como depós ito del oleo sagrado para la unción bautismal en muchos baptisterios. Se lamenta Leclercq de que ningún ejemplar antiguo de tales palomas haya llegado hasta nosotros, pero lo explica por el alto valor material de estos objetos, fáciles de robar y fundir. Enumera también Amador entre los objetos perdidos «d(j 'erentes cíngulos o hálteos y algunos collares» M. Aquellos serían los «cinchos)) que Domingo refirió al Sr. Flores había él destruido. Tales joyas pudieron tener un carácter militar, como prendas del traje real, herederas de los «cingula militiae» tardorromanos, muy conocidos en numerosos ejemplares ~•1 • Tenían carácter de insignia oficial, símbolo del rango de quien lo portaba. Los emperadores y personajes consulares vesti dos a la moda bizantina acostumbran llevar cinturones de oro y gemas. En un medallón de oro de Valente y Valentiniano aparecen ambos príncipes adornados cada uno con un ámplio cinturón gemado, en el que va prendido delante un adorno en forma de «bulla» 70 • Es seguro que en la corte visigoda, muy influenciada por la que la adquirió, temeroso de represalias por el eco en la prensa de la indignación patriótica que la venia en Francia había originado, y añade: «algún tiempo después se nos dieron nuevos avisos de que realmente existla la paloma y la misma especie ha traído de Toledo el Sr. Flores... 1> Cfr. también Madrazo. Pero nótese que la obra de Amador es dieciocho años anterior al escrito de Madrazo. •' Leclercq, H., en DACL.. s.v. Un pasaje de la Vida de S. Basilio, atribuida a Amfiloque. refiere que el santo, «habiendo llamado a un orfebre, le encargó hacer una paloma de oro puro en la que depositó una porción del Cuerpo de Cristo y la suspendió encima del altar santo como una figura de la paloma sagrada que apareció en el Jordán, encima del Señor, en su bautismo». 68 Amador de los Ríos, J., vp. cit.. p. 6 " Eran de cuero recubiertos por una serie de plaquetas de metal con adornos calados o en relieve. Un estudio reciente sobre algunos de Hispania es el de Pérez Rodríguez-Aragón, F., «Los cíngula militiae tardorromanos de la Península Ibérica>>, en BSAA. Cfr. también Floriani Squarciapino, M., en EAA, JI, s.v. >. pompa bizantina, desde Leovigildo. se usaron semejantes cinturones en ceremonias señaladas. El «balteus» era propiamente el tahalí o talabarte que. llevado en banderola, servía de soporte a la espada. En el Bajo Imperio había ejemplares ricamente enjoyados. Pero también había cíngulos de oro litúrgicos: Leclercq aporta una cita de un texto del siglo v111 en el que se menciona, entre los vasos sagrados y las vestiduras preciosas, un cinturón gemado y perlado que el sacerdote usaba cuando celebraba la Misa71 • Y Amador recuerda que en el 943, el obispo de Dumio. Rudesindo. donó al monasterio de Celanova dos cíngulos de oro cuajados de pedrería y otros varios de plata. uno de los cuales era gemado 72 • Parece más aceptable para el caso de Guarrazar la ofrenda regia de una prenda señalada y de alto valor material y simbólico, en clara consonancia con corona y cruz. Que las donaciones reales posteriores incluían tales elementos, lo demuestra la de Ordoño 1, que ofrece ante el altar de Santiago del monasterio de Sobrado un conjunto de joyas, entre las que había un bálteo ornado con piedras preciosas 73 • No menos fiables considera Amador las noticias de ciertos vasos. lámparas. acetres y otros objetos de uso incierto, que las vagas descripciones de los informantes no supieron o quisieron despejar. Destaca aquel «cierta especie de cilindro de oro ornado de labores, que se dice tenía a uno de sus extremos un remate esférico de cristal de roca: los labriegos lo designaban con el nombre de «bastón de Reces-vinto>>, y algunos añadían que ostentaba también una cruz.¿Sería tal vez un cetro. ofrecido por algún rey visigodo[... ] como las coronas y bálteos?» 74 • Sería incompleta la enumeración de joyas perdidas del Tesoro de Guarrazar sin la mención apuntada en el informe de D. Antonio Martín Gamero a la Real Academia de la Historia, de la que era correspondiente. Fué D.Antonio, como miembro de la Comisión Provincial de Monumentos, uno de Jos primeros en investigar los sucesos de Guarrazar, en la villa como en Toledo. Relatando el descubrimiento de Las alhajas dice que encontraron unos vecinos de Guadamur. «según los mismos han referido. una especie de caldero, que. por creerle entonces de plomo, arrojaron y estuvo bastantes días rodando por aquellas inmediaciones: y después un gran pedazo de oro compuesto de dif'erentes piezas aplastadas y del tamaño de una cabeza de toro [... ] La figurada cabeza de toro fué entregada por los descubridores a D. Adolfo Herouart. con quien tenían relaciones íntimas». Recoge varias de las versiones que sobre el hallazgo circulaban en Guadamur; la cita arriba transcrita está enmarcada en el relato que considera más verosímil. Parece sugerir que el caldero era en realidad de plata. Rada y Delgado lo afirma abiertamente 7 ~. Una carta anónima, aparecida en la prensa toledana de la época, que atribuye el hallazgo del grueso del tesoro a Herouart, dice: «... logró el francés descubrir una caja, al parecer de plata, de figura de urna y de cerca de media vara de larga, la que oxidada enteramente. según él ha manifestado, se deshizo toda al ponerse en contacto con la atmósfera... » 7b. Hasta aquí las noticias sobre el hallazgo de piezas que se perdieron. La solvencia de algunas contrasta con la debilidad de otras. Pese a las diferentes apreciaciones de los testigos, las joyas vendidas por Manuela dejan sufície.nte constancia de su ser y forma; lo mismo puede afirmarse de los fragmentos descritos por Gamero. Las confidencias de Domingo de la Cruz a D. Antonio Flores. muy imprecisas, deben tenerse por sustancialmente verídicas y se ven corroboradas por testigos anónimos toledanos, que informaron a Amador, investigador meticuloso y ponderado. Paloma. cinturones y collares son objetos existentes en la cultura material de la época. Diferente apreciación con reservas merece el informe de Martín Gamero. Cuando la Comisión Provincial de Monumentos, de la que era miembro, declara ante el Juez 77, sobre el contenido de las actas de las sesiones relativas al tema de Güarrazar, dice que «los fundamentos en que estribaban sus acuerdos eran las noticias que corrían en la ciudad como ciertas o como probables. en rumor vulgar y que su celo no despreciaba por cuanto podían con-1 $ Rada: y Delgado, J. de D., (<Coronas de Guarrazar que se conservan en la Armería Rea l de Madrid», en Museo Español de Antíguedades, 111, 1874, pp. 113-132: «[Una pobre mujer! halló piedras preciosas, trozos de oro y una especie de caldero que juzgó de hierro y luego resultó ser plata)). 16 Reproducida en Alonso Revenga, P. A.• op. cit., pp. 26 y ss. ducir a la averiguación de los sucesos... » La investigación judicial ignoró el hallazgo del supuesto caldero de plata, y lo mismo debe decirse de la caja/ urna que la carta anónima atribuye a los labios de Herouart. El comportamiento de éste en el asunto del tesoro dista mucho de ser honrado y sincero. Más seguras son las deducciones extraídas de la observación de las alhajas fragmentadas y menudencias conservadas en los tres centros aludidos. Conviene advertir que los dos lotes primitivos del tesoro no se mantuvieron estancos, sino que. a través de los joyeros toledanos que compraron a ambos descubridores, se mezclaron piezas. Así, objetos del conjunto de Domingo pudieron parar en manos de Navarro o Herouart, mediante las recuperaciones hechas a los plateros de la ciudad. De lo arriba examinado se deducen como joyas perdidas, de las que hasta ahora no se tenía pública noticia, las siguientes: -Un conjunto defragmentos de lámina de plata, cuya conformación y peso sugieren con verosimilitud que habrían compuesto un cáliz u otro recipiente sacro semejante. -Un colgante de oro con piedras preciosas engastadas en forma de omega, que con el alfa del MAN. pendería de la gran cruz, dos de cuyas planchas de revestimiento se conservan en el mismo museo. -«Una especie de cruz con engastes» (compra del platero Gamero). Hemos intentado vislumbrar, ayudados por algunos documentos y por la comparación con la cruz de los Angeles, cómo estaría constituida la gran cruz de Guarrazar, joya excepcional en el conjunto, y su posible función de relicario. El mismo destino puede apuntarse (con mayor reserva) para e l recipiente (cajita?) que decorarían como revestimiento las laminillas de plata con decoración repujada del MAN. La iconografia y estilo sugieren paralelos en relicarios paleocristianos y protobizantinos. La macolla a islada que estuvo en el Palacio Real denuncia la existencia de otra corona muy semejante a la de Suintila, que se perdió en los crisoles toledanos. A ella pertenecerían una cruz colgante fragmentada, que fué sacrificada para completar la que adornaba a la corona de Su in tila, y algunos eslabones de hoja de peral sueltos, conservados en Cluny yMAN. De los conjuntos de piezas sueltas hay que separar primero las cadenas, de varios tipos: a) las constituidas por eslabones de hoja de peral (tres vendidos a Gómez, dos en Cluny, y varios que compró Gamero), que suman al menos siete, pero debían ser más. Es probable que las cadenas de la corona de Suinti la contaran con cinco eslabones (igual que la de Recesvinto ), en vez de los cuatro que tenía cuando fué donada 7 x; aún quedarían algunos desti nados a suspender la corona perdida por Domingo de la Cruz. b) Las cadenas con eslabones ci rculares alternando con otros en forma de 8. Son de esta especie los dos fragmentos de N. Jean (n" 159) y otro (n" 158) de Herouart, en Cluny, y otros dos fragmentos en el MAN. e ) Cadenillas con eslabones revueltos en U. Pueden ser de este tipo los dos pedacitos de cadena de oro liso comprados por Gómez. pues apunta que el grueso del alambre era como de un alfiler común, y Mauricio Sánchez añade que los eslabones eran de dos clavos. d) Finalmente, como indeterminados. aparecen los «tres trozos de cadena de eslaboncitos», comprados por Gamero. Los eslabones del tipo a) que se conservan son sensiblemente iguales, mientras que los que componen las cadenas de los tipos h) y e) en las coronas y cruces de los museos varían en tamaño y grosor. Tampoco es constante la relación de un tipo de cadena con una determinada clase de joya; la tendencia es emplear las cadenas de eslabones revueltos en U para unir la diadema de las coronas menores con el florón o anilla de suspensión, y las de elementos circulares alternados con otros en forma de 8 para colgar las cruces o las propias coronas a partir del florón o anilla. Pero no siempre se cumple. Queda la incógnita de la intervención restauradora de Navarro, condicionada por el material recuperado. Pero también es muy posible, como ya manifestó Amador 7' 1, la coexistencia de talleres distintos en riqueza y medios; •se fundaba en la muy baja ley del oro empleado en las coronas pequeñas y en la pobreza que reflejan algunos tipos en las inscripciones. El.florón aislado de Cluny, mencionado por Mérimée, pudo pertenecer a alguna de las coronas que no lo tienen; una de las de retícula del MAN recoge sus cadenas en una anilla, mientras que las otras dos cuelgan de sendas azucenas. Los pinjantes sueltos (dos en Cluny, tres en el MAN. y varios más en el Palacio Real) pueden llenar las pocas faltas que hoy tienen las preseas y clamar por alguna otra de la que fueron adorno.'" Ambas coronas tienen idéntico diámetro (22 cm) Comparada con la de Recesvinto, más estética, la suspensión de la corona de Suintila resulta forzada y parece exigir cadenas algo más largas. Paloma. háculo. cinturones y collares. sólo conocidos por testimonios orales anónimos. recogidos y calibrados por q uienes anduvieron en las primicias de la investigación. completarían el tesoro perdido de Guarrazar. tesoro que. pese a las grandes amputaciones sufridas. continúa ostentando el primer lugar entre la orfebrería altomedieval.
Las placas de cinturones múltiples. son un conjunto de piezas conocidas en Europa oriental y central (incluida Italia), en el Imperio bi zantino. en Persia, en Asia central y China. En Europa están datadas desde finales del siglo v 1 hasta principios del siglo v111 ( Werner, 1974). En Asia se documentaron hasta el siglo pasado. En la Península Ibérica, piezas semejantes eran prácticamente desconocidas. El hallazgo de una placa «vertical» de este tipo de cinturón nos permite valorar los problemas en un nuevo contexto. La pieza 1 que nos ocupa fue descubierta en la villa romana de Saucedo, situada en el ténnino municipal de Talavera de la Reina, junto a la población de Talavera la Nueva, durante el transcurso de la primera campaña de excavaciones efectuada en 1982 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Los cab111011cs conticnl.'n fra gmc1110s de' idriu o pasta'itrca (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 por el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid y bajo la dirección del profesor M. Bendala Galán. Como consecuencia de los trabajos arqueológicos se detectaron en la villa dos fases constructivas. La primera datada en el Alto-Imperio, concretamente en la segunda mitad del siglo1 d.C. y la segunda fechada desde época Bajo-lmperial del siglo 1v d.C., hasta época visigoda avanzada del siglo v111 d.C. (Ramos y Durán, 1985, 237). La primera fase, en la que apenas se halló material quedó datada por el hallazgo de algunos fragmentos de Terra Sigillata Gálica decorada (Dragendorff 29) y lisa (Dragendorff 24-25) fechados en la segunda mitad del siglo 1 d.C. A esta primera etapa corresponden los restos de una estructura con ambiente central circular y suelo de opus signinum con una moldura en cuarto de bocel característica de un espacio de carácter hidráulico. Probablemente se trate de un pequeño estanque rodeado por un muro concéntrico, en el que se abren cuatro pequeños ambientes cuadrangulares opuestos entre si, formando una planta cruciforme. La estructura más parecida a la de Saucedo es la que se encuentra en la villa portuguesa de Mexil Moreira Grande (Abicada, Faro), de la que desafortunadamente tampoco conocemos su funcionalidad (Gorges, 1979, pi. No existió una continuidad entre las dos fases constructivas. pues se advierte una ruptura con respecto a la planificación anterior. Al ambiente circular de la primera fase se le superpuso una habitación rectangular, dividida en dos compartimentos, que por el material hallado, parece corresponder a lugares relacionados con dependencias dedicadas al almacenamiento de enseres. Estos ambientes se verán afectados por un incendio que los destruirá violentamente. Es precisamente en este lugar, bajo la capa de cenizas y derrumbe, donde apareció Ja pieza que ahora estudiamos. Correspondiente a la segunda fase, se hallaron al oeste de las dependencias descritas, una serie de habitaciones con ricos pavimentos musivos próximas a un área termal. Estas dependencias de mayor lujo que las descritas anteriormente, debieron formar parte de la vivienda del dominus y su familia. Posteriormente en época visigoda, esta zona residencial fue reutilizada y transfonnada en basílica, a la que se añade una piscina bautismal de planta cruciforme (Ramos Sáinz y Castelo Ruano, 1992, 115-13 7 y Ramos Sáinz. La pieza es una placa vertical ligeramente curvada realizada en hierro con una decoración damasquinada en plata y latón. Esta presenta en la parte superior un remate semicircular y en la parte inferior dos apéndices circulares. La pieza tiene en su reverso tres remaches, dos en la parte superior y uno debajo del apéndice extremo. Las dimensiones son: longitud: 106 mm, ancho: 21 mm, grosor: 5 mm, e l diámetro de los apéndices: 20 mm. La superficie, especialmente en la mitad de la parte superior de la pieza, se encuentra en mal estado de conservación debido a la corrosión. Por esta causa las láminas del damasquinado faltan casi totalmente en esta zona. Está decorada en su totalidad con la técnica de damasquinado, presenta láminas de plata en disposición vertical, horizontal y radial todas ellas enmarcadas por filamentos también en plata. La placa está circundada por láminas paralelas realizadas en plata y latón., En la parte superior de la pieza se documenta una lámina central en disposición vertical. A ambos lados se colocaron láminas finas horizontales y paralelas. En la mitad de Ja parte superior (prácticamente destruida) y en concreto en el lateral izquierdo se aprecian dos pequeñas láminas verticales un poco más anchas que las dispuestas en horizontal. En los dos extremos de la parte superior existen láminas verticales. Los dos apéndices circulares separados por una lámina horizontal presentan tres círculos concéntricos. El central, de latón. presenta un cabujón con vidrio de color granate. Los dos círculos restantes se rellenan con láminas de plata en disposición radial. El círculo interior presenta cinco puntos irregulares situados en el extremo final de los radios. En el interior del circulo más exterior. y cada tres filamentos, se coloca en la parte superior un punto. La decoración de los dos apéndices no es completamente exacta (tig. La pieza está formada por un cuerpo macizo de hierro forjado. cuya superficie vista exh ibe una decoración damasquinada con diseños geométricos. alternando tonos metálicos de color plateado y dorado. El análisis cualitativo espectrométrico por fluorescencia de rayos X (EDX) del metal del damasquinado indica que las laminillas plateadas son, efectivamente de plata, mientras que las de color dorado son de latón (aleación cobre y cinc). No se ha podido determinar la composición cualitativa de estos metales debido a Ja configuración del analizador, que mezcla las señales del hierro del soporte y de las laminillas de plata y latón. En estas condiciones. una parte de la señal correspondiente al cobre puede corresponder a impurezas de este metal en Ja liga de la plata (cosa muy frecuente en época medieval) y no sólo al latón. En cualquier caso, los tipos básicos de aleación presentes quedan suficientemente garantizados. El estudio bajo la óptica del microscopio metalográfico detecta la técnica de damasquinado empleada para fijar las láminas decorativas a l soporte. El avanzado estado de corrosión del hierro no permite distinguir las posibles camas que sirvieron para fijar la lámina al soporte. En todo caso no se trata de un damasquinado con hilo martilleado hasta laminarlo sino de una aplicación de láminas que luego fueron recortadas con ayuda de punzones o cincelillos de Análísis de la técnica decorativa. Paralelos peninsulares y extrapeninsulares La pieza es única por el momento en la península ibérica, aunque existen algunos hallazgos con decoración damasquinada muy semejante a la que presenta la placa de Saucedo. Entre éstos podemos mencionar los frenos de caballo que se conservan en las colecciones de la Armeria Real y del Instituto Valencia de Don Juan (Palol. 1957, 298-302, láminas 111 y IV), de gran interés para el estudio que aquí presentamos, aunque se trata de hallazgos sin contexto, y cuya decoración se caracteriza por tener laminillas dispuestas en horizontal, vertical y radial. También habría que citar dos placas circulares con estribos pertenecientes a un arnés de caballo; proceden de un hallazgo casual realizado en Solosancho (Avila), conservadas en la colección Gómez Moreno del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (PaJol, 1957, 302 y Zeiss, 1934, 67). Según Posac en esta misma colección se conservaban «diversas piedras de origen visigodo» procedentes también de Solosancho (Posac, 1952, 63). Los motivos decorativos son: círculos concéntricos que enmarcan otros entre los que destacan: entrelazados punteados, zig-zag, celdillas y cuadrículas (Zeiss, 1934. lám. 27, 1-3). Todo el conjunto de hallazgos remite al mundo merovingio, donde existen piezas muy semejantes en tumbas de guerreros con ajuares muy ricos. Los motivos de los arneses antes descritos se repiten en las placas de cinturones del tipo Bülach identificados por Werner ( 1953, 31, láms. Estos elementos de cinturón están bien fechados en la primera fase de la etapa IV de Bohner, datada en la primera mitad del siglo v11 d.C. (Bohner, 1958y Ament, 1976). El estudio de las necrópolis del período merovingio permite conocer que también el tipo de placa hallado en Saucedo, formaba parte de los ajuares funerarios. En Europa central y concretamente en el cementerio de München-Pasing (Baviera), sepultura número 2, encontramos tres placas verticales de un cinturón múltiple casi idénticas a la que aquí presentamos (Fig. 2•a). Otra placa vertical de las mismas características que las citadas anteriormente fue encontrada junto a las piezas de un cinturón múltiple en la necrópolis, hoy destruida, de Peitiug Ldkr. Estas cuatro piezas permiten reconstruir la decoración de la placa de Sauceda. En su descripción indicamos la existencia en la parte superior, y en concreto en el lateral izquierdo, de dos pequeñas láminas verticales mas anchas que las dispuestas en horizontal: se trata del extremo final del travesaño de una cruz. El brazo vertical lo forma la lámina central ya aludida en la descripción. Las placas de München-Pasing son casi idénticas aunque se pueden constatar algunas diferencias notables: en los ejemplos bávaros la lámina central está formada por dos láminas verticaks paralelas decoradas con motivos circulares estampillados y en el ejemplar de Saucedo por una sola lámina sin decoración. Existen también pequeñas diferencias en la decoración de los dos apéndices, los ejemplos procedentes de Baviera presentan un solo círculo de mayor anchura con hilos en disposición radial; entre los radios no se advierte la presencia de puntos que sí se constatan en la placa de Saucedo. Historia de la inves tigación El fenómeno de los cinturones múltiples en España es prácticamente desconocido por lo que nos parece necesario resumir los estudios realizados por diversos investigadores alemanes, húngaros, franceses e italianos. Estos estudiosos se preocuparon de muy diversos temas que hemos agrupado de la siguiente manera: a) Definición, distribución y tipología; h) Intentos de reconstrucción y funcionalidad; e) Estatus social de los poseedores; d) Cronología; y e) Tecnología. a) Definición, distribución y tipología. El primer autor que describió las placas de cinturones múltiples fue Nils Áberg en 1923, aunque no determinó cuál sería su funcionalidad. Los ejemplares procedían de las necrópolis del Norte de Italia (Nocera Umbra, Castel Tros]no, Chiusi y Arcisa). Determinó la existencia de tres tipos distintos: bizantinos realizados en plata, oro o bronce que presentan decoraciones con diversos motivos grabados o acuñados: medallones centrales con animales o crismones en su interior, zarcillos y cuentas que rodean todo el contorno de la pieza. La producción germana se caracterizaría, según Áberg, por presentar decoración damasquinada. Los motivos decorativos pertenecen al llamado «Estilo Animal 11», estilo que también se documenta en Europa Central. Los ejemplares del estilo mixto presentan motivos decorati-(/ -• (/ l•1gura 2. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Joachim Werner ( 1953) publicó un estudio sobre la necrópoli s de Bülach (cantón de Zürich, Suiza). A través del análisis de los ajuares pudo determinar la existencia de varios tipos de cinturón para guardar los puñales. Los fechó a través de la estratigrafía horizontal, cronología que sirvió de base para estudios posteriores. En esta necrópolis no se documentaron cinturones múltiples, pero se hallaron cinturones con tres placas del tipo denominado «Bülach». De una cronología más reciente que el tipo «Bülach» son las placas denominadas «Bem Solothum» que presentan una decoración damasquinada realizada con la técnica de «placage» (damasquinado en á reas) realizada en plata y latón (Fig. 2b). Los cinturones formados por este último tipo se encuentran situados en la periferia de la necrópolis. Junto a éste último tipo Wemer menciona el hallazgo de una placa decorada con la técnica de damasquinado que él describió como en decoración en celdillas (Plattiert). Ambos tipos serían contemporáneos. Joachim Wemer en 1955, en su estudio sobre el cementerio de Mindelheim (Baviera) pudo observar la existencia de cinturones múltiples compuestos por varios tipos de placas, entre ellas, tres eran alargadas y estaban dispuestas verticalmente. Debido a esta disposición denominó a estas piezas «placas verticales». Además pudo observar que la decoración damasquinada en celdillas era exclusiva de las placas que componían los cinturones múltiples ( 1955, 11 -13 ). Rainer Christlein en 1966 distinguió la existencia de dos grupos de cinturones, según la longitud de las placas. Las placas verticales del Tipo A presentan un apéndice en forma de «Ü» mientras que las del Tipo 8 se caracterizan por tener un apéndice circular. Ambos tipos A y B tienen distintos motivos decorativos realizados con la técnica del damasquinado. La mayoría de las piezas del tipo 8 presentan en el reborde un damasquinado de puntos. A estos grupos pertenecerían las placas con decoración del «Estilo Animal Il» (Tierstil Il). Los mismos motivos decorativos también se encuentran en las placas del cinturón halladas en Tuggen, Suiza. R. Christlein pudo distinguir según la estratigrafía horizontal del cementerio cuatro fases (Fig. 3 ). Fecha las placas colgantes con la mayor longitud (de más de 7 cm} al final de la fase m (segundo o tercer tercio del siglo vil d.C.} (Christlein, 1966, lárn. Para la datación absoluta se basa en el trabajo de H. Zeiss sobre el tesoro de Akalan y en algunos ajuares datados por monedas. Peter Paulsen en 1967, basándose en el trabajo de Zeiss, desarrolla la evolución de los cinturones múltiples hallados en Rusia Meridional, que a través de los ávaros habrían llegado a l sur de Alemania y a Italia. El autor supone que las hileras de puntos damasquinados eran una imitación de las hileras de las cuentas acuñadas que presentaban los cinturones bizantinos. También considera que los cinturones y especialmente los que presentan motivos animales, que él identifica como serpientes y no como animales fantásticos, podrían ser fabricados sólo para ser depositados en los enterramientos, tendrían por tanto un significado simbólico (Paulsen, 1967, 1, 40-52;182-188; taf. Alessandra Melucco Vaccaro en 1978 reunió las placas de cinturones múltiples aparecidas en Italia, A lemania y Suiza que eran conocidas hasta esa fecha, con ocasión de la restauración de unas placas damasquinadas procedentes de las necrópolis italianas de Nocera Umbra y Castel Trosino. L. Plank en sus investigaciones realizadas sobre el cinturón de tipo Civezzano expuso la posibilidad de que estas placas damasquinadas pudieran haber sido fabricadas en la Italia Longobarda, opinión que posteriormente compartió A. Melucco y que extendió a algunos de los tipos de cinturones múltiples damasquinados. Melucco Vaccaro, sin emplear los trabajos de Christlein, elaboró una tipología de las decoraciones damasquinadas. Estableció la existencia de cinco tipos: entre ellos el de listeles o celdillas. A este último tipo correspondería la placa de Saucedo. A. Melucco Vaccaro en 1978 confirma la existencia de una analogía cronológica a ambos lados de los Alpes. A través de las fuentes escritas, cree que estos individuos pudieron haber sido funcionarios del Estado con posesión de tierras y de hombres. Poseerían conocimientos de escritura ya que alguno de los cinturones presentan inscripciones con frases que hacen referencia a los textos bíblicos o bien dedicaciones. b} Intentos de reconstrucción y funcionalidad. La composición de los cinturones múltiples comenzó a ser definida por Lászlo en 1955, le siguieron otros estudios entre los que podemos mencionar los realizados por Moosbruger-Leu ( 1960) y Christlein (1966). Lászlo reconstruyó los cinturones múltiples aparecidos en sepulturas muy ricas de guerreros ávaros, entre ellos los hallados en Kunágota (Kom. Tolna), que estarían realizados de la manera siguiente: en el centro una len- Los hallazgos realizados e n 1960 por R. Moosbrugger-Leu en la ig lesia parroquial de Tugge n (Kt. Schwyz, Suiza) permitieron conocer algo más sobre la composición de los cinturones múltiples. El descubrimiento consistió en una sepultura colectiva en la que habían s ido depositados tres individuos con sus respectivos ajuares (Fig. 4c). En la sepultura número 1 Moosbrugger-Leu pudo distinguir, gracias a los estudios de J. Werner, la existencia de un cinturó n múltiple para guardar el puñal y otro cinturón para envainar la espada. A diferencia de las sepulturas de Mindelheim, esta tumba conservó el cinturón múltiple casi completo, compuesto de al menos veintidós placas. Basándose en la placa decorativa de un escudo encontrado en Stabio (Kt. Tessin, Suiza) (Fig. Sa), intentó reconstruir la composición del cinturón (Fig. Se), hecho que no le resultó fácil porque éste no formó parte de la indumentaria del difunto, sino que se depositó junto a las armas, al lado de una de las piernas. Debido a esta ubicac ión y a la descomposición del cuero las placas no se conservaron en s u lugar original (Fig. 4c). Gracias al hallazgo de algunas láminas metálicas que se conservaron en los remaches de una de las placas verticales halladas en Tuggen, el autor pudo determinar que éstas podían traspasar el cinturón, una tira rematada con una placa pequeña colgante y una segunda tira interpretada como parte de la sujeción del puñal (Fig. 4b). S78 fundación de Recópolis Rainer Christlein ( 1966) en sus estudios sobre la nec rópolis de Marktoberdorf (Ldkr. Marktoberdorf, Regierungsbezirk Schwaben, Baviera) determinó los siguientes puntos: 1) cinturones múltiples en treinta y seis sepulturas, de éstos sólo cinco presentaban placas con decoración damasquinada; 2) en dieci-sÉis sepulturas, el cinturón formó parte de la vestimenta del difunto, en claro contraste con lo constatado en las sepulturas descritas anteriormente; 3) en la sepultura no 40 se pudo ver con claridad que las tres placas verticales se encuentran en posición paralela y con los apéndices hacia abajo (Fig. 5d). Además pudo deducir que éstas estaban colocadas en la espalda del difunto. Debido a esta situación cree que estas placas no tendrían como función sujetar el pui\al sino que podrían sostener una bolsa, ya que ésta, por lo general se llevaba colocada en la espalda: y 4) en las tumbas números 40 y 196 (Fig. 6) se encontraron junto a la cadera del difunto dos placas. una con un o rificio y otra con dos ganchos. Tanto el orificio como los ganchos pudieron utilizarse para introducir un cordón que sirviera para sujetar la vaina del puñal. R. Christlein cree que la mayoría de las placas verticales de pequeño tamaño (colgantes) estaban situadas e n el lado derecho del cinturón. Por tanto las placas tendrían la siguiente dispos ición: las tres p lacas verticales con apéndices irían en la espalda para llevar una bolsa; las placas con ori fi cio o con ganchos, en e l lado izquierdo para s ujetar la vaina del puñal: y e l resto de las placas pequeñas colgantes irían colocadas e n el lado derecho y solo te ndrían una función decorativa. Este in vest igador observó que los cinturones depositados en las tumbas no presentaban siempre todos los tipos de placas posibles. También pudo deduc ir que las placas pequeñas colgantes de más de 70 mm de longitud estaban depositadas en sepulturas que se hallaban en la periferia de la necrópolis, se trataba por tanto de las tumbas más modernas del cementerio. En su trabajo sobre la necrópolis de Dirlewang (Ldkr. Mindelheim, Baviera) desarrolla más las investigaciones sobre los ci nturones múltiples. Las placas halladas en la sepultura no 38 le permiten confirmar la distribución asimétrica de las placas colgantes a ambos lados de las tres placas verticales que iban situadas e n la espalda (Fig. 7a e) Estatus socíal de los poseedores. H. Zeiss en 1935 fue el primero que planteó la posibilidad de que las placas de cinturones múltiples debieron formar parte de la indumentaria de los guerreros, H. Zeiss indicó que las placas también se encontraban depos itadas en sepulturas ávaras. Su presencia en estas tumbas y los hallazgos de cuños para realizar las decoraciones en Hungría, le permite llegar a la siguiente conclusión: los ávaros habrían transmitido estas formas a la Europa central y a través de los longobardos éstas habrían llegado basta Italia. Frauke Stein publicó, en el año 1967, un trabajo sobre sepulturas halladas en Alemania con ajuares muy ricos fechadas a finales del siglo v11 e inicios del siglo vm que fueron identificadas como sepulturas pertenecientes a la nobleza. Estos planteamientos sociales fueron el comienzo de una larga discusión sobre la posibilidad de identificar la posición social de los individuos, a través de los ajuares depositados en las sepulturas (Werner, 1968; Steuer, 1968; Steuer y Last, 1969; Steuer, 1982; Sasse, 1982). En tn:s de ~sta:-:-e hallaron t: inturonc... múltipk-. y en dos tk ellas se depositaron también armas y arreo.; de caballo. h1 la tercera. pcrrcnccicnte a un niiio menor de dns aiio~. só lo se documentó el cinturón. 1::.!> interesan te 1'\! ~altar que IOda:-. la~ placas presentaban en la corrosión del hierro restos de te.1idos y plumas. l.as placa.; que l'orrnaba11 parte del ctnlllrón deposiiado en la tumba infantil conservaban tejido:-. de lan ) idcntilicado por Christlein. aunque Paulscn no cita la obra de este Íll\ cs11gador. L n l 9X5 Uta '1ln h' eclkn publlcú una sepultura hallada en Moos-llu rgstall ( icdcrhaycrn. fü1\il 'l' a). l: sta tumba pcncnei: ia a un g rn:m.:ro y en su interior ~e hallaron do~ c111turoncs: urw ckl llpo «Ct\el/a• ll(l>I para guardar la e'\pada y otro rnult iple:t\. La inv1,,•:-.11gadora. has~i ndosc en e l trabajo de Mclucc1> Val:c: trn. considera que los dos cintuwncs pro<.:cden de talleres ubicados en la Italia Longoharda ( Frccden. 14 -15). e/) Cm11olo[.!Í •'incia de Estambul, Turquía) que prc~cnta pb11.:a... oro encontradas en Alemania e Italia que posteriormente serían denominadas como placas de cinturón múltiples (Zciss. J. Werner llega a través del análisis de la estratigrafía horizontal del cementerio de Mindelheim ( Baviera) a la siguiente conclusión: «en las tumbas de este cementerio los cinturones con tres placas son de una fase más antigua y los cinturones múltiples de una etapa más moderna» (Werner, 1955, 11-13) J. Stein recopiló en 1967 las tumbas que presentaban, entre los objetos depositados como ajuar, cinturones múltiples decorados con la técnica de «Placage» y entre el los los denominados en decoración de celdillas: estas sepulturas fueron consideradas como las de cronología más moderna de las necró-poJis de estilo merovingio. Para esta datación se basó en las observaciones realizadas por Werner. La autora observó que las placas de «celdi llas» presentaban, muy a menudo, pequeños cabujones de almandines o pequeños círculos realizados en latón. Además algunas de ellas presentaban como decoración láminas rectangulares de plata. Las placas de celdillas en particular y el cinturón múltiple en general se hallarían sobre todo en Ja zona oriental con necrópolis merovingias tardías y caracterizarían Ja fase A de la cronología relativa elaborada por Stein para la Edad Merovingia tardía, mientras que la fase B está definida por cinturones con hebillas simples y lengüetas muy largas (überlang) ( Fig. 3) (Stein,196 7, Taf. H. Ament, basándose en los estudios de Christlein realiza en 1976 una crítica a la cronología propuesta por F. Stein. Para él existirían dos grupos distintos de armas y cinturones en la fase A de Stein. Los cinturones múltiples pertenecerían al grupo más antiguo. La investigadora Ursula Koch a través de las investigaciones realizadas en la necrópolis de Schretzheim (Ldkr. Dillingen, Baden-Württemberg) pudo elaborar una cronología relativa de seis fases que abarca desde el 525 hasta el 680 d.C. En las fases V y VI se documentan cinturones múltiples; las sepulturas que los contienen están situadas en la periferia > «Daraus ergibt sich, dass in dcr Bclegung des Griibcrfeldcs die dreitciligen Gamituren in einen Alteren und die vielteiligcn Oamituren in einen jilngercn Abschnitt gehl: iren.» de la necrópolis. La autora observa que el tipo de placas decoradas con celdi llas no se documenta por lo que llega a la conclusión de que éstas son posteriores a la fase VI (Koch, 1977, 30-35;129-131 y taf. Para el estud io de nuestra pieza son importantes las placas de los cinturones con decoración en ce ldillas o Wabeng Plattiert halladas en las sepulturas no 1 O y 12 de la necrópolis de Giengen an der Brenz (Fig. 7c). Ambos ejemplares se pudieron fechar a través de la estratigrafía horizontal entre las sepulturas más modernas de la necrópolis (Paulsen y Schach-Dorges, 1978, 105 -109 y Taf. Las cronologías expuestas por Koch ( 1977) y Schach-Dürges ( 1978) fueron confirmadas por Christiane Neuffer-Müller en 1983 a través del estudio de la necrópolis de Kirchheim am Ríes (Ostalbkreis). Los restos del único cinturón formado por placas decoradas con celdillas procede de una tumba datada en la fase IV de Christlein (posterior al 680). En 1992 Lars J ~rgensen publicó un trabajo sobre Ja cronología longobarda en Italia. En el estudio se presenta Ja evolución tipológica de las placas de cinturones múltiples. A. Melucco Vaccaro a través de las restauraciones llevadas a cabo en las piezas de Nocera Umbra y Castel Trosino, pudo conocer la tecnología empleada en la fabricación de las placas. Se confirmaron y precisaron las conclusiones expuestas por Sal in ( 1957), Moosbrugger-Leu ( 1967) y France-Lanord (Salín y France-Lanord, 1943). Melucco Vaccaro distingue la existencia de tres técnicas distintas para la realización de la decoración damasquinada: a) el conocido como «auténtico» (elaborado de dos maneras diferentes); b) Plattierung (damasquinado en áreas). y e) Bandierung (damasquinado en bandas) (Melucco Vaccaro, 1978, 9-75). A través de un proyecto dedicado al estudio de los objetos conservados en el Museo de Prehistoria y Protohistoria de Berlín y realizados con la técnica de damasquinado, se analizaron las placas de cinturones múltiples. Los resultados obtenidos en la investigación fueron publicados en 1994 por Gussmann, Born, Riederer, Illerhaus, Goebbels y Riesemeier. 1 a~ placa., rn lgantc:. y la:-. kngüeta:-. pnm: 1pak~ SI.' t: arat.:tcr11aban por prc:.cntar dos lúminas unida:. c11 'u hol'(ll' a tra vé:- Olduda en c11lm.:; é:.ta nn 1.:ir 4. (i l 1gura li a l • ~quem.i de fabnl•;inon!.egún úussmann. Adcmús están caracteri1ados pnr prcscniar un damasquinado de tiandas anchas compuestas por hilos o lám111as: el! ercer grupo está caractcriLado por el uso de hilos que no cstan retorcidos y por la pro: scncia de un Jamasquinado en úrea realiza<ln con lúm1nas. Las placas de c111111roncs mlil! iplcs decoradas con celdillas serian segú n Mcnghin damasq uinadas con hilos y no con láminas. Mcnghin utili.w el térmi no «wa bentauschiert» (Mcnghin. 1 )...,:..¿.~ Figura tJ. " • h y e T; ib l a~ de la cronología long.obard<i en Italia. st: gún.l(ilrgcnscn. 1 ~1 dn 1uró n múl 11pk cmplc.:adn en 1: urop:1 centra l rara g uardar el puiial. sería 1 ~1 forma m: is e'olucit)nada de lus c i111u rones cm pléados para guard ar este lipo de arma. Su dcsarrollo vendría determinado por la ~-v nlución lipológit.:a del puti al. C.:.sle arn tH olcnsi-''a se c:.1raclL'ri1ó por 11.:nc r e n l.' I sig ln' y du rante gran parte del siglo \' I una long itud 1m: nor que l os eje mpl ares document ad os a finales del siglo'1 y durante todo el s iglo \' 11. El cinturún pél ra el pu1ial c: orto. kw:, y estrecho, sc/11110/. eon una longitud tota l menor de 50 cm y una anchura entre 3 y 4 cm. se caracteri zaba por ser estrecho y presentar tan sólo una he billa sin placns ( ti g. F.I ru1ial ancho. hrl'it. que solía presentar unas dimensiones rnt re 3.3 hasta 5,8 cm de anchura y en tre 27-52 cm de longitud, req uería un ci nturón más anc ho con hebilla y placas. Los ci nturones pert enecientes a este segundo tipo se caracterizaron e n los primeros mome ntos por tener t res placas. una unida a la heb illa. o tra afrontada a ella y una terc era si tuada en la espalda. Los ej emplares mús mode rnos de este tipo de ci nturón presenta- 1 1 d1.•,arrollo del c111 t11Hi 11 múhiple fue reali1ado rwr Chrrstlcin quien S\.' 1.:-.k trpo. con frecuencia. pre..,cntaba una dccontl'IÚn damasquina da formando csptrnlc!>.. Una forma mús cvolucionnda la cncont ramo~ en l'I ti po d1..• Tuggcn (tipo O d1.: Ch ristlci n). El cinturón estaba compuesln por pl acas vertica les tamb ién en forma di.' ((U)) iin crt ida. pero e n \.'Sta ocasión más alargada que en los CJetnplarc!-anteriores, rematada: por un apéndice tamh1én l'll «U». aunque en esta ¡1cas1ó11 m;h cerraua. La tlernración era Jama:-quinada dd lla111ado estilo Animal 11. Junto a C!>tOi> motivos dc-corall\OS podemo:. encontrar, en la mayoría de las placas. una decora1: ió11 rc; tl 11.<tda a ba!'.c di! puntos. motivos qu e tamhién se documentan en la placa ha llada e n Sauccdo. l'hris1lci n no incluyó en su clasificación las placas decoradas con celdillai. ( Fig. 10). ya que éstas no formaban parte de los ajuares Jcpositados en las tumbas que él empleó para reali;;ar su sistematización. llas nparccii'> junto a ntra:-. que eran taracterís1ica:- ta placa presenta paralelos en la zona de Alemania me ridional y utilil'a la decoración de pcquelios cabujones. que esias pic1as alenuinas presentan pa nt da tar el tipo «Bern Solothurirn a finales del siglo \ 11 o inicios del siglo \ 111. L;1s placas con dccoradón e n celdillas se documentan junto a placas con decoración real i1ada a base de líneas para l e l a~ en disposición vertical. ho- ( Figs. Ambos ti pos de placas presentan las mismas formas y el mismo esquema decorativo inc luídos los pequeños cabujones de almandines o vidrio, lo único que varía es la técnica de realización. Por esta razón creemos que estos dos tipos son contemporáneos. Las placas decoradas con láminas en disposición vertical. horizontal y radial las denominaremos a partir de ahora lipo Sa11cedo. Hemos podido observar cómo en muchas de las necrópolis que presenlaban depositados en sus tumbas cinturones múltiples, aquellos que tenían una cronología más moderna eran los denominados «tipo Tugger o Christlein Tipo B». En aquellas necrópolis donde también se documentó la existencia de placas decoradas con celdillas. se pudo determinar que éstas eran de una cronología posterior al tipo Tuggen ( Paulsen y Schach-Dórges, 1978, 105-109 y Neuffer-Müller. Esta cronología se puede también confirmar a través de la evolución tipológica: las placas verticales decoradas con celdillas y las del «tipo Saucedo» presentan dos apéndices circulares y sin embargo las del tipo Tuggen se caracterizan por tener un solo apéndice con forma oval. Las placas «Tuggen» serían una evolución de las placas con apéndice en forma de «U» y a partir de ellas se desarrollaron las de apéndice circular. La datación absoluta del cinturón múltiple se basa en los estudios de Zeiss quien por primera vez lo pone en relación con el hallazgo del tesoro de Akalan (Zeiss, 1935, 17-18). En sepulturas merovingias de época tardía se han encontrado muy pocas monedas y las halladas forman parte de sortijas o collares, por lo que no sabemos si éstas estaban o no en ci rculación en el momento de ser depositadas en los enterramientos. Christlein para datar más precisamente su fase lll cita el hallazgo de nueve anillos, de ellos sólo cuatro se encontraron depositados en eJ interior de las tumbas. La sepultura masculina no 4 hallada en 1891 en el cementerio de Pfahlheim (0. A. Ellwangen, Würllemberg) (Wemer, 1935, 100, no 46) y una sepultura femenina de la necrópolis de Wonsheim (Kr. La sepultura de Pfahlheim es de gran interés para nuestro estudio ya que contenía placas colgantes de un cinturón múltiple de l Tipo A de Christlein y placas damasquinadas con decoración de espirales pcr-1enecien1es al atalaje del caballo: este tipo de decoración se halla también en placas del tipo A que forman parte de cinturones múltiples. A ichach-Friedberg) contenía una moneda que en un primer momento fue idcn1ificada por Chrisllein como un ani llo y que pos1eriormente Stein y Dannheimer lo interpre1aron como un colgante (Fig. 11 ). La moneda en cuestión se trataba de un sólido de Constans 11 y Constante IV. Durante las investigaciones realizadas por Stein, Christlein y Ament. la moneda fue datada entre los años 659-668. En 198 1 Hahn realizó un corpus de monedas bizantinas. Tras su publicación H. Overbeck dió una nueva crono logía del sólido de Au. Cree que pertenecería a Constans 11. Alzey-Worms) presentaba un anillo con un sólido de Childebert identificado como hijo del Maior Domus Grimoald. La moneda hallada en la sepultura de Au data las placas decoradas con celdi llas y una «hebilla)> con placa rígida decorada con hilos horizontales y verticales, decoración documentada en la placa denominada «tipo Saucedo» (Fig. 1 a y b). Nosotros pensamos que esta «hebi lla» pudo formar parte de un cinturón con placas del tipo Saucedo. H. Ament en su trabajo sobre cronología tardia merovingia cita otras sepulturas con monedas de reyes merovingios y anglosajones cuya cronología no se conoce con precisión pero que pueden datarse a los largo del siglo v11. En las sepulturas que estudió Christlein no se documentaron placas de cinturones múltiples decoradas con celdillas o del llamado «tipo Sauceda», por lo que definió su fase IV por la desaparición de los cinturones múltiples. Sin embargo en otros cementerios si se documentó el hallazgo de placas de celdillas y «tipo Saucedo», 1-igura 11. F.sta rnnc l u~ión está confirmada a Ira' és del lrnll<11go en una tumba de Münchcn-Pasing que conteníu un cinturón mliltiplc con placas del denominado «tipo Saucedo». Por tanto es posible que los cinturones con una sola hebilla y los cinturones con placas de celdillas y de tipo Saucedo hayan sido contemporáneos, aunque el uso de estos últimos no habría e tado muy extendido. Tan sólo se locali/arían en algunas necrópol is. En conclusión este tipo de cinturón mliltiplc seria el más moderno, teoría que viene a confirm<1rse a través del hallazgo reali/ado en la necrópolis de Au, donde se documentó la moneda de cronologia más reciente de todas las conocida y halladas en sepulturas merpvingias. Si tenemos en cuenta que esta moneda fue utilizada como un colgante y que no sabemos la edad a la que murió el individuo que la poseía. pensamos que dcbie-ron pasar muchos años dcspucs de la acur'lación de la moneda. por lo que la cronología que po! iccmos es una cronología post quem 662 <l.C. ( Steuer 1977 ). La moneda más moderna hallada en el yacimiento de Saucedo pertenece al reinado de Witiza (698-710), cuya fecha podría indicamos la cronología ame qm•111 de la placa. Esta fecha ante quemes importante para la datación ya que un año de pué se produjo la llegada de los árabes a la península ibérica. A partir de esta fecha parece muy probable que cesaran los co111ac-1os entre el centro y sur peninsular y el mundo merovingio y longobardo. En muchas sepulturas masculinas encontradas en necrópolis de Baviera, Württcmberg y Suiza se po-día observar la presencia de diversas placas depositadas en la cintura. muy próximas al puñal. A través de minuciosos estudios se pudo determinar que estas placas presentaban diversas formas (hebilla, lengüeta principal, colgantes, verticales) (Fig. le) y en aquellos casos en que fue posible comprobarlo, se pudo ver que éstas casi siempre se encontraban en la misma posición. Todos los cinturones presentaban tres placas con apéndices. Estas en disposición horizontal se encontraban situadas en la espalda del difunto y con los apéndices hacia abajo. La placa de Saucedo es una de estas piezas, denominadas como placas verticales. Cuando los cinturones múltiples no formaron parte de la indumentaria del difunto, sino que fueron depositados después, se pudo apreciar con claridad la posición de la hebilla y de lo que hemos denominado lengüeta principal, que siempre se encuentran en posición contrapuesta. Es interesante resaltar que muchos cinturones carecían de hebilla, por lo que el cinturón pudo abrocharse de otra manera. Algunas piezas identificadas como hebillas nunca ll eva ron aguja por lo que éstas podrían haber tenido una disposición vertical y servir para sujetar algún utensilio o el puñal. Esta suposición se confirma puesto que las lengüetas principales a menudo son mayores que la abertura de la hebilla. U. Koch observó que en la tumba no 30 de la necrópolis de Herbolzheim (Kr. Heilbronn) aparecía una pieza metálica interpretada como una presilla para pasar la lengüeta principal. En esta tumba se documentó también una hebilla que fue considerada como un elemento secundario del cinturón múltiple (Koch, 1982, 460, lám. 34). A través de la posición que presentan todas las piezas depositadas en la tumba no 40 de Marktoberdorf, se puede reconstruir la disposición en la que fue colocado el cinturón. Se observa que todas las piezas con dos remaches situados a la misma distancia, estaban unidos a la correa del cinturón (Fig. Sd). Las piezas denominadas como colgantes estaban compuestas por dos tipos de placas. Las primeras son de pequeño tamaño con dos remaches que irían unidas al cinturón. De ellas partía una tira de cuero que estaba rematada en su extremo final por el segundo tipo de placa caracterizado por tener una mayor longitud (Fig. le). En esta tumba también se pudo apreciar que seis placas colgantes estaban situadas al lado derecho de las placas verticales y sólo dos se encontraban en el lado izquierdo. Como se puede ver a través de la historia de la investigación. era común que las sepulturas con cinturones múltiples tuvieran un puñal o sax, el arma más común de los hombres de la época merovingia. Por ejemplo en la necrópolis de Eichstetten ( Baden-Württemberg) cerca del 80% de los hombres adultos poseía un sax. sin embargo pocos eran los cinturones que presentaban decoración damasquinada (Sasse, 1989 y Sasse, e.p). A través de este dato podemos observar que este tipo de decoración está documentada principalmente en sepu lturas que contenían otras armas además del puñal: espadas. umbos de escudos. espuelas, ata lajes de caballo, etc. Christlein en su estudio sobre la calidad que poseían los ajuares definió los atalajes de caballo como característicos de enterramientos muy ricos (grupo cualitativo C. Christlein. En la necrópolis de Eichstetten se pudo observar cómo los umbos de los escudos aparecían solamente en las sepulturas más ricas de este cementerio pertenecientes scgúry la terminología de Christlein, al grupo cualitativo B. Se incluyen por tanto en las sepulturas más ricas del grupo B. De gran interés para valorar los cinturones tipo Tuggen o los cinturones con celdillas debemos mencionar algunas sepulturas como por ejemplo la sepultura no 6 de Niederstotzingen (Baden-Württemberg) con un cinturón múltiple damasquinado y un cinturón de tipo Civezzano para guardar la espada, un umbo de escudo, una lanza y atalajes de caballos. Muy semejante a esta sepultura es la tumbano 26 de Giengen an der Brenz (Baden-Württemberg). En las dos necrópolis Niederstotzingen y Giengen se conservaron restos de diferentes tejidos y plumas (Hundt, 1978, pp. 149-1 63) Tenemos que recordar la ya mencionada sepultura de Tuggen (Suiza) en la que los hombres ricamente armados están sepultados en una pequeña iglesia. La misma riqueza se documenta en los enterramientos de Ascheim (Baviera) y en los de Dürbheim (Baden-Württemberg). En los tres últimos casos se trataría de una pequeña necrópolis de la élite que tendría una función militar. Muy importante para esta interpretación nos parecen los cinturones múltiples encontrados en enterramientos infantiles, de pequeño tamaño pero con una rica decoración damasquinada muy semejante a la representada en los cinturones de los adultos. LA TÉCNICA DE PRODUCCIÓN DE LAS PLACAS CON CELDILLAS Y LAS PLACAS DEL TIPO SAUCEDO Entre las piezas bávaras y la placa de Sauceda existen pequeñas diferencias en cuanto a la decoración. pero éstas a simple vista no parecen importantes. Sin embargo, si se quiere responder a la pregunta de si la placa de Saucedo procede o no del mismo taller o por lo menos del mismo grupo de talleres que produjeron las piezas bávaras nos parece necesario analizar la técnica de damasquinado. Se deben tener en cuenta los resultados obtenidos por las investigaciones de Melucco Vaccaro y Gussmann que les permitieron conocer los distintos tipos de damasquinado que podrían presentar las piezas. Las placas con celdillas así como las de tipo Saucedo presentan en su anverso, por lo general, una decoración de damasquinado en bandas. Los análisis de las placas pertenecientes a los dos tipos conservadas en la Prahistorische Staatssammlung de Munich y realizados con un microscopio que permite ver los objetos aumentados hasta 70 veces su tamaño natural, demuestran que las bandas horizontales de las celdillas que componen la decoración son en realidad un damasquinado realizado con dos o tres hilos. Esta variante es técnicamente idéntica al denominado «damasquinado en áreas». Las bandas verticales de la pieza analizada que probablemente procede de -Weilheim (Baviera) podrían ser producto de una sola lámina (fig. 10). Las decoraciones circulares externas que presentan los apéndices de la placa procedente de München-Pasing están compuestas por dos láminas. Es dificil apreciar si los hilos empleados en la decoración de esta pieza fueron o no previamente retorcidas, como Gussmann había observado en otros ejemplares. La estructura que se constata en las decoraciones horizontales y radiales es muy extraña. Los motivos radiados se realizan con hilos dispuestos en círculos concéntricos, por eso se observan fisuras circulares. En la parte superior de la pieza se documentan fisuras verticales entre las líneas en disposición horizontal que demuestran que la plata fue colocada en hilos verticales. Se podría suponer que se trata de una decoración englobada dentro de la primera variante del damasquinado en áreas y bandas. A manera de hipótesis proponemos el siguiente proceso de realización: el primer paso consistiría en la preparación de!a superficie del hierro (Fig. l 2a), con un punzón se marcarían los círculos concéntricos y los motivos radiales (Fig. 12b). Una vez hecho el diseño se trabajaría con la técnica del damas-quinado en áreas; sobre las incisiones reali zadas. como ya dijimos mediante punzón, se colocarían los hilos que eran presionados con los dedos, ya que no se observan evidencias del uso de un martillo. Por último se quitaría los restos de la plata de aquellas zonas que no habían sido previamente preparadas. Las bandas anchas verticales de München-Pasing también se componen de algunos hilos paralelos (Fig. 12b). Todas las piezas analizadas en Munich presentaban superficies previamente preparadas para recibir el damasquinado. Las bandas anchas de la placa de Weilheim? presentaban como preparación dos líneas incisas paralelas que enmarcaban líneas horizontales (Fig. 10). La decoración que tienen los rebordes de todas las placas presentan la técnica denominada «damasquinado auténtico o damasquinado de hilos». La placa de Sauceda parece estar elaborada con una técnica distinta a la de los ejemplares bávaros. Según los análisis llevados a cabo por el Dr. Rovira se puede suponer que el damasquinado en bandas estaría real izado mediante láminas simples ( Fig. J 2c ). Sin embargo al igual que en las piezas de München-Pasing las bandas radiales del apéndice más externo presentan algunas fisuras transversales. La superficie sobre la que se colocaron las láminas horizontales está previamente preparada con incisiones transversales, la zona donde se colocó la lámina ancha vertical presenta por su parte dos líneas incisas longitudinales. Los puntos que alternan con las láminas radiales estaban realizados con la misma técnica que los ejemplares centro-europeos analizados por Gussmann ( 1994,146 ). La placa de Sauceda, hasta ahora única en la Península Ibérica, ha sido identificada como una de las tres placas verticales de un cinturón múltiple. Está ricamente decorada con la técnica de damasquinado y pertenece al grupo de los cinturones con placas decoradas con celdillas, grupo que puede fecharse a finales del siglo v11 o inicios del v111. Las tres placas verticales con los apéndices circulares hacia abajo estaban colocadas en la parte posterior del cinturón. Tenían casi seguro la función de sujetar una bolsa. En uno de los laterales del cinturón se guardó el puñal o sax. En este período y concretamente en Europa central se pudo demostrar que cinturones múltiples con placas ricamente decoradas con damasquinado aparecían con gran frecuencia en sepulturas de hombres con ricos ajuares compuestos por armas y atalajes de caballos. aguja escutiforme (luque Moraño, 1979, 165-178, lám.111). Las decoraciones damasquinadas de estilo semejante a la placa de Sauceda están presentes en la Península Ibérica tal y como se puede apreciar en los frenos de caballo conservados en la Real Armería de Madrid y en el Instituto Valencia de Don Juan, así como las dos placas de Solosancho (A vil a). todos ellos de procedencia desconocida y dados a conocer por Palo! ( 1957, 298-299, lám. 111 y IV). La presencia de una pieza con esta significación social podría darnos una idea de la población situada en la villa de Sauceda. Desconocemos si en este caso su poseedor tendría el mismo status social que aquellos que los poseían en Europa Central. Por lo menos podríamos decir que también aquí sería un objeto característico de los jinetes. La presencia de una basílica con piscina bautismal podría indicarnos la existencia de un asentamiento de un nivel social elevado.
Este artículo presenta los datos de las intervenciones arqueológicas realizadas en La Genestosa (Casillas de Flores, Salamanca) en los años 2012 y 2013. Gracias al estudio de los materiales recuperados (cerámicas, vidrios, pizarras numerales), del estudio de las viviendas y de los análisis polínicos, se puede comprender la dinámica del paisaje rural en este sector del centro de la península ibérica. Se detecta la colonización de espacios de uso flexible con fines ganaderos, que serían la consecuencia de una iniciativa por grupos campesinos con diferencias internas, quienes crearon nuevos asentamientos. C.) conllevó que determinados espacios húmedos se convirtiesen en áreas críticas, condicionando los patrones de asentamiento. PALABRAS CLAVE: ganadería; campesinado; época posromana; patrones de asentamiento. CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Martín Viso, I., Rubio Díez, R., López Sáez, J. A., Ruiz Alonso, M. y Pérez Díaz, S. 2017: "La formación de un nuevo paisaje en el centro de la península ibérica en el periodo posromano: el yacimiento de La Genestosa (Casillas de Flores, Salamanca)". El estudio del paisaje constituye una vía importante para el análisis de las sociedades humanas del pasado. La implementación de pautas de aprovechamiento sobre el espacio natural responde a los intereses de los grupos sociales, a necesidades productivas que no pueden explicarse por motivos puramente de subsistencia, intereses que pueden oponer a distintos grupos y que están en continua transformación. Por tanto, no se trata de un puro contenedor sobre el que tienen lugar las actividades humanas y los acontecimientos sino que es un medio para el desarrollo de tales actividades. De esta manera, se concibe como una arena conflictiva, por la contraposición de intereses y la superposición de significados, y dinámica (David y Thomas 2008; Gil-Romera et alii 2010; Kluiving y Guttmann-Bond 2012). El análisis de este objeto de estudio precisa de un acercamiento pluridisciplinar, que permita comprender los componentes ecológicos y humanos que lo han construido y modificado a lo largo del tiempo (Pérez Díaz y López Sáez 2012; Orejas y Ruiz del Árbol 2013; Fernández Mier et alii 2014). Por tanto, es necesaria también una estrategia multidisciplinar, que incluya la excavación y el estudio de los materiales obtenidos, la aplicación de análisis de laboratorio, con especial hincapié en la palinología, y finalmente una interpretación del paisaje. En este artículo aplicaremos esa metodología a un caso particular, el yacimiento de La Genestosa, dentro de un marco más general, el centro de la península ibérica durante el periodo posromano. La dinámica del centro de la península ibérica durante los siglos v a vii está dominada por el colapso del sistema romano y las respuestas que se dieron desde las sociedades locales ante este nuevo contexto. Esta situación es común a todo el territorio europeo occidental que había estado sometido al control romano, dando lugar a una sociedad distinta que la literatura más actual define como posromana, frente a epítetos como tardoantigua, demasiado apegados a una pervivencia de los modelos romanos (Wickham, 2013). A partir del segundo cuarto del siglo v, las estructuras imperiales dejaron de funcionar y se abrió un proceso de ausencia de control estatal hasta la afirmación del reino visigodo a finales del siglo vi. Como consecuencia de ello, las civitates, que habían sido el eje de la articulación sociopolítica del territorio, perdieron buena parte de su relevancia. Algunas de ellas se convirtieron en obispados y pudieron mantener una centralidad en el periodo posromano, pero su influencia en el ámbito rural fue escasa. En cambio, surgieron asentamientos rurales fortificados situados en una altura relativa: los castella. Estos pueden haber sido los "lugares centrales" desde donde se afirmó una elite de poder con bases locales sustentadas en la detracción tributaria, que posteriormente se integró en el reino visigodo, aunque conservando su autonomía (Castellanos y Martín Viso 2005; Quirós Castillo 2013a; Vigil-Escalera 2015: 265-269). Por último, el registro arqueológico pone de relieve la emergencia de nuevos asentamientos rurales, que algunos estudios identifican como aldeas habitadas por comunidades campesinas, debido a su semejanza con otros casos peninsulares (Quirós Castillo 2011). En definitiva, hay una fuerte transformación durante este periodo, que generó nuevos paisajes rurales. EL PAISAJE RURAL POSROMANO EN EL CEN- TRO DE LA PENÍNSULA IBÉRICA El estudio de los paisajes rurales durante el periodo posromano en el centro de la península ibérica está condicionado por las dificultades del registro arqueológico. Un aspecto importante es la escasez de excavaciones sistemáticas. Sin embargo, en los últimos años se ha avanzado gracias sobre todo a la arqueología preventiva. El mejor ejemplo procede de la región de Madrid, donde las grandes obras de infraestructuras y de urbanización han permitido reconocer un relativamente amplio número de asentamientos rurales que habrían surgido entre los siglos v y vi y que han sido excavados en área. Estos lugares serían la imagen de un profundo cambio social que habría traído consigo la configuración de una densa red de aldeas, las cuales convivían con asentamientos menores (granjas), y se habría producido una profunda transformación del paisaje (Vigil-Escalera 2007ay 2009; López Sáez et alii 2015b). Sin embargo, la extrapolación de este dato a las zonas del centro peninsular situadas en el valle del Duero no es de momento automática. Se han podido documentar algunos sitios rurales que podrían asemejarse a las aldeas que se proponen para otras regiones peninsulares (Quirós Castillo 2013b). En el caso del suroeste de la cuenca del Duero española, se han podido identificar algunos asentamientos rurales de la época, como La Huesa, Prado de Abajo, Los Melgares, El Cuarto de las Hoyas, Lancha del Trigo, La Legoriza, Las Henrenes o Monte el Alcaide (Nuño González 2003; Ariño et alii 2012; Storch de Gracia 1998; Gómez Gandullo 2006; Gutiérrez et alii 1958; Díaz de la Torre et alii 2009; Paricio Alonso y Vinuesa Chao 2009). La cultura material y la organización de los asentamientos en forma de unidades domésticas yuxtapuestas, son similares a los ejemplos de posibles aldeas en otras zonas peninsulares, con la salvedad de un mayor uso de zócalos en piedra en las construcciones (Tejerizo 2012, 189). Algunos de los lugares citados, como La Legoriza y Monte el Alcaide, podrían definirse mejor como lugares de producción y no como asentamientos rurales. En Prado de Abajo y Los Melgares, hay una frecuentación sin que se pueda hablar de estructuras de vivienda, una imagen coincidente con los datos procedentes de la prospección intensiva del área de La Armuña, al norte de la actual ciudad de Salamanca (Ariño Gil et alii 2002). Ahora bien, es posible que la aparente dispersión de los hallazgos de La Armuña encubra la existencia de asentamientos poco concentrados, organizados en torno a núcleos diferenciados, que se han identificado con aldeas, como ocurre en El Pelícano (Arroyomolinos, Madrid) (Vigil-Escalera, 2013). A pesar de estas deficiencias, disponemos de indicios a partir de ciertos datos de difícil lectura. Uno de ellos proviene de las denominadas pizarras "visigodas", inscripciones realizadas sobre ese material, datadas entre los siglos v al vii (Velázquez Soriano 2004). Su acumulación en castella, civitates, centros de gestión de la producción y en posibles lugares religiosos las vincularía con las necesidades y habilidades de las élites civiles y eclesiásticas de la región (Martín Viso 2013). Las pizarras con textos escritos nos proporcionan una información escasa e impresionista del paisaje, si bien destaca el relevante papel de las noticias sobre la ganadería, una actividad que está relativamente bien documentada, aunque también hay referencias al cultivo del olivo o de la fresa (García Moreno 1983; Velázquez Soriano 2004: pizarras 40, 53, 76, 97 y 103). En el caso de las pizarras numerales, es decir aquellas compuestas únicamente por líneas con cifras en signos romanos, la información sobre el paisaje es nula. Su concentración en determinados puntos podría relacionarse con el control de peajes sobre mercancías organizado desde algunos castella (Díaz y Martín Viso 2011) (Fig. 1). Otros datos proceden de las tumbas excavadas en la roca. Este tipo de inhumaciones es especialmente frecuente en las áreas de suelos paleozoicos, que predominan en las estribaciones del Sistema Central (Fig. 2). Por desgracia, la extrema acidez de los suelos graníticos elegidos para este tipo de inhumación ha provocado la ausencia generalizada de restos óseos y de ajuares. No obstante, en la región portuguesa de la Beira se han podido datar por C14 restos óseos procedentes de una de esas tumbas en el siglo xi, mientras que otros espacios funerarios compuestos por este tipo de sepulcros se relacionan con yacimientos de los siglos ix-x (Nóbrega et alii 2012; Tente 2012: 290-291). Al mismo tiempo, algunos indicios parecen señalar que este tipo de sepulcros pudo estar ya en uso en el periodo posromano (Rubio Díez 2015). En los últimos años se han desarrollado estudios que integran a estos sepulcros en su paisaje. Un aspecto importante es que aparecen mayoritariamente como tumbas ais-ladas, algunas de ellas de gran calidad técnica, que contrastan con una edilicia mucho más pobre. Esta aparente paradoja podría explicarse a través de la hipótesis de que los individuos enterrados en dichos sepulcros componían solo una pequeña fracción de los habitantes en el ámbito rural, pues no se detectan este tipo de enterramiento en ámbitos urbanos durante el periodo posromano en el suroeste de la meseta del Duero. La mayoría de la población campesina se enterraría en formatos menos monumentales, como las tumbas de lajas y sobre todo las de fosa simple, estas últimas de difícil identificación en zonas con suelos paleozoicos muy ácidos, como los que predominan en amplios sectores de la región. Por el contrario, los individuos enterrados en sepulturas excavadas en la roca se han interpretados como personas con una especial relevancia para las sociedades locales, posiblemente antepasados prestigiosos convertidos en ancestros, cuya presencia en el paisaje servía para reforzar la identidad grupal. Esta hipótesis, ya planteada en otros trabajos (Martín Viso 2012; Rubio Díez 2015: 156-158), permitiría entender mejor la función de esos sepulcros mayoritariamente aislados o en pequeños grupos -que no reflejarían la demografía de ese periodo-y visibilizaría a unas elites de menor escala que las aristocracias, cuya plasmación arqueológica en el Noroeste europeo ha sido tratada recientemente (Loveluck 2009), aunque en esta zona no parecen haber sido muy potentes. Los análisis específicos sobre determinadas zonas de media montaña en esta región, como ocurre con la Sierra de Ávila, han podido señalar la fuerte relación entre algunos espacios funerarios compuestos por tumbas excavadas en roca diferentes de los patrones aislados, ya que son necrópolis segmentadas que se extienden por varias hectáreas aunque sin una densa ocupación funeraria, y la reclamación de áreas ganaderas por parte de comunidades dotadas de diferencias internas en este periodo (Martín Viso y Blanco González 2016). Por consiguiente, se ha identificado una conexión entre la configuración de un nuevo paisaje y la presencia de estas tumbas que dotarían de significado a ese paisaje, aunque a través de patrones muy diversos, pues se trataba de soluciones locales aplicadas por comunidades igualmente locales, en la que los sepulcros podrían funcionar como enterramientos de elites dentro de esa escala social. Esta propuesta parece funcionar en el caso del suroeste de la cuenca del Duero y en otras regiones del centro de la península ibérica (Tente 2015), lo que no significa que sea un modelo aplicable a todos las zonas en las que se de-tectan ese tipo de sepulcros, ya que, bajo la imagen de un proceso uniforme, se agrupan realidades muy dispares que deben ser estudiadas en su contexto. Un último grupo de indicios proviene de los análisis polínicos. En el área septentrional de la zona de estudio, la prospección de la comarca de La Armuña permitió observar cómo en el periodo posromano hubo un incremento de la actividad pecuaria, aunque se mantuvo la producción cerealística. Esa modificación coincide con la eclosión de un nuevo patrón de asentamientos (Ariño Gil et alii 2002). Pero la mayor parte de los análisis polínicos se han centrado en las áreas montañosas en torno al Sistema Central y demuestran que durante el periodo posromano (450-700) se produjo un incremento de la deforestación por fuego en las áreas de montaña, lo que puede relacionarse con una mayor presión antrópica vinculada a la formación de pastizales para el ganado. E igualmente se observa en general una diversificación de las estrategias productivas con una mayor presencia del olivo y del castaño (López Sáez et alii 2014; Blanco González et alii 2015). Uno de los factores que explica esta readaptación es el denominado episodio frío altomedieval (450-950), que trajo consigo temperaturas más bajas y un aumento de la aridez (López Sáez et alii Figura 2. Tumbas excavadas en la roca en Álamo Blanco (Villar de Ciervo, Salamanca). Sin embargo, la causalidad social no puede obviarse: esta situación se produce en un momento de debilitamiento de los marcos sociales, políticos y económicos hasta entonces dominantes. LA GENESTOSA: FASES DE OCUPACIÓN Y MATERIALES RECUPERADOS Estos planteamientos permiten encuadrar el caso de un sitio específico: La Genestosa. No se trata de proporcionar un patrón que sirva de modelo para otros lugares sino de estudiar cómo se formó un nuevo paisaje en un ámbito local. La Genestosa se encuentra en el suroeste de la actual provincia española de Salamanca, en el municipio de Casillas de Flores, muy cerca de la frontera entre España y Portugal. El entorno se articula en torno al arroyo del Mazo de Prado Álvaro, un modesto curso fluvial que nace en territorio portugués, atraviesa la frontera y, tras 8,5 km de recorrido en sentido oeste-este, desemboca en el río Águeda (Fig. 3). El arroyo discurre por un área de suaves relieves correspondiente a la penillanura paleozoica salmantina, jalonada en este sector por pequeñas lomas y cubierta por un denso rebollar que alterna con algunos claros destinados a pastizales (Fig. 4). Este ámbito ha sido prospectado en varias ocasiones, poniéndose de manifiesto la existencia de un complejo conjunto de estructuras adscribibles a época posromana, distribuidas en seis yacimientos (Paniagua y Álvarez 2013; Rubio Díez 2015). En sentido descendente encontramos así los sitios arqueológicos de El Pueblito, con dos tumbas excavadas en roca y tres núcleos con estructuras de hábitat; La Genestosa, que describiremos a continuación en detalle; Casas de Prado Álvaro I y II, cada uno con dos tumbas y en el segundo caso con posibles estructuras residenciales asociadas a los sepulcros; La Casa del Figura 3. Situación del Arroyo del Mazo (Casillas de Flores-El Payo, Salamanca). Mazo con tres tumbas rupestres y un posible poblado coetáneo situado a 200 m de distancia, dividido en dos conjuntos; y Dehesa de Villar de Flores, con otras tres tumbas (Fig. 5). El cuadro que se proyecta en superficie es el de distintos focos integrados por cabañas individuales o bien agrupaciones de hasta 10-12 edificios, emplazados a media ladera sin ocupar el lecho de los fértiles vallejos. La Genestosa ocupa ambas vertientes del arroyo del Mazo de Prado Álvaro y se estructura en varios nú-cleos en un área de 49 ha. Los elementos apreciables en superficie corresponden al menos a dos ocupaciones distintas, centradas en momentos posromanos la primera de ellas y bajomedievales-modernos la segunda (Fig. 6). La intervención arqueológica implicó la excavación en tres enclaves distintos del yacimiento, que hemos denominado sectores I, II y III, todos en la zona septentrional. El primero de ellos engloba los vestigios de al menos cinco estructuras de hábitat evidenciadas por cúmulos de mampuestos y lajas de granito, junto con cuatro tumbas excavadas en roca diseminadas por una superficie de 2,8 ha. El segundo, ubicado unos 300 m al sureste, en el paraje de El Cañaveral, se localiza sobre la cima y las laderas de un alomamiento delimitado en sentido longitudinal por dos suaves vaguadas que drenan el agua hacia el suroeste. Se han documentado aquí en torno a una decena de estructuras constructivas a las que se asocia un nuevo sepulcro rupestre, en una superficie de apenas 0,5 ha. El sector III se sitúa en el extremo nororiental del yacimiento y aproximadamente 230 m al este del anterior, de nuevo sobre una loma de suave relieve y su caída suroccidental. Aparecen aquí, entre el robledal, ocupando una extensión de 2,4 ha, diversas estructuras edilicias que podrían vincularse, unos 80 m al sur, con una posible necrópolis en la que parecen convivir estructuras de bloques de granito hincados en el terreno -quizás tumbas de lajas-con varios sarcófagos exentos fracturados. Lejos de estos tres ámbitos, sobre la margen opuesta del arroyo, encontramos otras dos tumbas excavadas en roca, separadas ente sí unos 930 m. En el amplio espacio intermedio entre estos sepulcros y los focos antes descritos se documentan varias estructuras dispersas que podrían corresponder tanto a espacios residenciales como productivos, como es el caso de un posible enclave metalúrgico con abundantes esco-rias de hierro en torno a un montículo. Por otro lado, en la zona central del área arqueológica localizamos un último foco con abundantes restos en superficie, en las inmediaciones del caserío de La Genestosa, donde se aprecian varios microrrelieves que indican la existencia de diversas construcciones, entre ellas quizás una iglesia (García Martín 1982: 126 y 136). Este lugar podría corresponder al emplazamiento de una granja de la Orden de Alcántara, datada entre finales del xiii y mediados del xviii (Palacios Martín 2000: doc. 353). La intervención arqueológica en la Dehesa de La Genestosa se desarrolló en dos campañas estivales, en 2012 y 2013. Aunque en el primer año se efectuaron cinco sondeos, únicamente dos de ellos (3 y 4) han proporcionado datos relevantes. Ambos sondeos se ubican en el sector II de la Dehesa de la Genestosa, es decir en el pago de El Cañaveral, y se encuentran a unos 45 m de distancia entre sí (Fig. 7). El objetivo era englobar la planta de dos estructuras de hábitat cuyo trazado podía percibirse en superficie con cierta facilidad, con una superficie de 78,75 m 2 para el sondeo 3 y 80 m 2 para el 4. El sondeo 3 presenta una secuencia integrada por cinco fases cuyo arranque, en orden cronológico, corresponde a una cubeta de forma sub-circular de la que únicamente se observa el fondo, excavado en el sustrato geológico arenoso, Figura 6. Delimitación del yacimiento de La Genestosa, con la ubicación de los principales restos en superficie y las distintas áreas de alta densidad de hallazgos. Esta subestructura aparece cubierta, ya en la fase II y mediando una interfacies de arrasamiento, por unos paquetes de tierra interpretados como echadizos de nivelación. Sobre estos depósitos se construyó una cabaña de planta circular/ovalada irregular con una superficie interna de unos 25 m 2. En la construcción se aprecian dos aparejos diferenciados: en el extremo suroeste encontramos un tramo de unos 4 m formado por cuatro grandes sillares graníticos bien escuadrados, uno de los cuales presenta dos entalles en su lateral exterior de manera que debe interpretarse como material reutilizado. El resto de la estructura presenta un aparejo formado por una doble hoja de mampuestos y lajas irregulares de granito clavados sobre el terreno o -más esporádicamente-colocados en horizontal, con un relleno intermedio de tierra, cantos de granito y cuarzo y abundante material latericio -sobre todo tegulae-muy fragmentado y presumiblemente reutilizado. Este zócalo serviría de base a un alzado en materiales perecederos, posiblemente postes verticales conectados por un entramado vegetal cubierto por un revoco de barro. Así se desprende de los fragmentos de revestimiento con improntas vegetales en negativo detectados entre los derrumbes. Aproximadamente en el punto central del espacio interior encontramos un hoyo de poste excavado en la roca, de notable amplitud, destinado a servir de asiento a un pie derecho de madera. También al interior de la estancia se documentó un pavimento de grandes losas de granito, probablemente reaprovechadas de algún edificio previo. Dentro de esta fase de ocupación, se detecta un muro al noreste de la cabaña, cuyo trazado parece responder a una estructura exterior perimetral, más o menos concéntrica respecto a la cabaña, con un espacio intermedio a modo de "pasillo". La fase III de este sondeo corresponde a un momento de abandono y arrasamiento, con una serie de estratos de colmatación y derrumbe. Posteriormente se observan dos fases más que corresponderían al desplome del alzado suroeste del edificio y al nivel vegetal correspondiente al suelo del bosque (Fig. 8). El sondeo 4 dispone de una estratigrafía algo más compleja. Se ha podido documentar una estructura de época romana altoimperial en la esquina suroccidental, compuesta por ladrillos y alguna laja de Figura 7. Topografía del sector II, El Cañaveral, y ubicación de los sondeos 3 y 4, con la posible localización de otras estructuras de hábitat apreciables en superficie. en época posromana con objeto de allanar el terreno para proceder al levantamiento de una cabaña. En este momento el edificio antiguo se encontraría ya parcialmente desplomado y sus restos habrían servido de cantera para la nueva edificación. Esta interfacies marca el comienzo de la fase IV, caracterizada por una nueva ocupación definida por un vertido de tierra destinado a crear una superficie de piso y a la vez un nivel de preparación para el levantamiento de las estructuras murarias. Éstas definen una gran construcción ovalada con un aparejo en general análogo al que se observa en el sondeo 3, de doble espejo y relleno, con alzados en materiales perecederos. La edificación presenta una planta alargada en sentido SO-NE, con una superficie interna de 34 m 2. La fase V representa el abandono de este edificio, mientras que las fases VI y VII, corresponderían a una pequeña trinchera, quizás de expolio, que afectó al tramo sureste del edificio posromano, y al nivel vegetal superficial respectivamente (Fig. 9). Por consiguiente, se puede hablar de la presencia de un edificio de planta ortogonal de época altoimperial, del que habríamos documentado su extremo septentrional, una construcción que, tras piedra clavada sobre el terreno dibujando una planta rectangular. Podría tratarse de un contenedor, quizás de líquidos a modo de lagareta o almazara. En un momento algo posterior, pero sin hiatos claros y posiblemente también en época altoimperial, el entorno se reorganizaría o ampliaría, implicando el fin del uso de la estructura y su soterramiento. En esta etapa se remodeló el edificio ortogonal al que se asocia la estructura descrita, una construcción definida por cinco tramos murarios organizados a partir de un muro maestro de 5,60 m de longitud y dirección SO-NE del que parten en perpendicular en dirección sureste otros dos paramentos. Estos muros se asientan directamente en el firme rocoso y su fábrica es de mampostería en seco a base de bloques de granito que se disponen en horizontal formando hiladas. La siguiente fase engloba los estratos de derrumbe del edificio ortogonal, unos niveles integrados fundamentalmente por acumulaciones masivas de mampuestos graníticos junto con abundantes fragmentos de imbrices y tegulae. La cota superior de dichos derrumbes se sitúa a la misma altura que la superficie de destrucción de los muros romanos debido a un arrasamiento efectuado Figura 8. Vista aérea del sondeo 3 a la conclusión de los trabajos. De todos modos, se pueden identificar dos tipos de producciones: una minoritaria, formada por vasos elaborados a torno con arcillas depuradas y compactadas, destinados al servicio de mesa y con acabados cuidados, que correspondería a productos romanoscasi siempre con cocciones oxidantes-o "de época visigoda" -cocidos en ambientes reductores-; y otra mayoritaria, de pastas más o menos granulosas y porosas -en las que se aprecian desgrasantes medianos y grandes de cuarzo y mica-, que denota en general una menor preocupación por los acabados, con recipientes destinados por lo común a la cocina y el almacenaje y en muchos casos realizados a torno lento. En el primer grupo la diversidad tipológica es notable, mientras que en el segundo las formas son menos variadas, predominando las series olla/ollita, orza y dolium con algún ejemplar de barreño, cuenco y plato/tapadera. Buena parte de éstos últimos podría su abandono, quedó sepultada por el levantamiento de una nueva estructura, en este caso ovalada y con una edilicia completamente distinta. Un aspecto destacable es que junto a este sondeo, apenas 12 m al este, se encontró una tumba rupestre, posiblemente coetánea a la cabaña posromana. Se ha recuperado un numeroso conjunto cerámico. No obstante, el estudio de las producciones cerámicas posromanas en el interior peninsular está lastrado por una serie de problemas: la escasez de investigaciones basadas en excavaciones arqueológicas fiables de contextos posromanos y altomedievales; la generalizada ausencia de cerámicas importadas debido al colapso de los circuitos de intercambio a gran escala; y la dificultad para realizar precisiones cronológicas debido a la monotonía de formas y decoraciones como resultado de un descenso tanto en la complejidad técnica como en la especialización de los artesanos (Ariño y Dahí 2008; Dahí 2012). En La Genestosa, debe añadirse además el problema de la residualidad (Vigil-Escalera y Quirós 2013: 361), ya que los estratos de fases posromanas aparecen contaminados por Figura 9. Vista aérea del sondeo 4 a la conclusión de los trabajos. ser de fabricación local, a tenor de la composición de las pastas y de diversos indicios hallados en las excavaciones -desechos de cocción, elementos auxiliares de hornos-. Las cocciones son muy variadas, con muchos casos de tonalidades heterogéneas en las arcillas que parecen estar denunciando un escaso control del proceso de horneado. En el caso del sondeo 3, y ciñéndonos exclusivamente a la producción posromana, se hallaron más de medio millar de piezas. Se distinguen vasos de atribución romana (de nuevo TSH, con formas Hisp. 29 con decoración burilada al exterior, Hisp. 37 y un posible plato Hisp. 15/17), así como ejemplares de cierta calidad, que podrían relacionarse con la vajilla característica de época visigoda: piezas de pastas depuradas, tonalidades grisáceo-negruzcas fruto de cocciones reductoras y cuidados acabados. En cuanto a los materiales no cerámicos, reviste un especial interés el borde de un vaso troncocónico de vidrio verdoso, perteneciente a la forma Isings 106, una posible candela para iluminación decorada al exterior con una línea blanca opaca. Los estratos de derrumbe y abandono correspondientes a las fases III, IV y V entregaron un total de 1071 fragmentos cerámicos. Junto a piezas residuales correspondientes a la ocupación altoimperial, contamos con variada cerámica común romana y las típicas producciones piezas residuales de la ocupación altoimperial, cuatro galbos de cerámica de tradición indígena y dos vasos de paredes finas con engobes rojizos. Encontramos otras piezas de pastas depuradas o semidepuradas aunque de filiación posromana, como un plato de imitación de sigillata tardía y siete fragmentos de pastas grisáceas bien decantadas, junto con dos cerámicas estampilladas de color grisáceo-negruzco. Pero las piezas más numerosas son aquéllas elaboradas con arcillas más o menos granulosas, muchas de las cuales estarían realizadas a torno lento (Fig. 11). Otro aspecto relevante es que en dos estratos correspondientes a la fase V del sondeo 4 se hallaron ocho pequeños fragmentos de pizarras con inscripciones numéricas, que corresponderían a tres piezas distintas (Fig. 12). El mal estado de preservación, debido a la exfoliación, ha impedido la conservación de líneas completas, pero las características se asemejan a las que se conocen en otros casos, incluyendo la presencia de trazos horizontales que separan cada una de las líneas en forma de renglones (Velázquez Soriano 1989: 30-33). Este dato es muy interesante, ya que este tipo de inscripciones se vienen datando en el periodo posromano, aunque hay algunas excepciones (Martín Viso 2013; Cordero Ruiz y Martín Viso 2012). Por otro lado, el hallazgo de La Genestosa se suma al escaso elenco de casos en los que se han podido documentar estos materiales en contextos arqueológicos identificados como asentamientos rurales abiertos. No disponemos de dataciones absolutas para estos momentos en el sondeo 4, aunque las cronologías disponibles en el sondeo 3 nos pueden servir de referencia para encuadrar tales hallazgos en un intervalo que comprendería los siglos vi y vii. Los datos procedentes del pago de El Cañaveral permiten situar el inicio de su ocupación a finales del siglo i d. C. con una vigencia a lo largo del siglo ii, aunque no sabemos si alcanzaría la tercera centuria -sólo algunos recipientes como los tipos Hisp. Los fragmentos de TSH, varias cerámicas de tradición indígena y algunos vasos de paredes finas, junto con el fragmento de vidrio descrito como cuenco de costillas (Marcos Herrán 2010) son los materiales diagnósticos que corresponden a estos momentos posromanos. La fecha C14 disponible para este marco cronocultural, procedente de la UE 416 del sondeo 4 (Fig. 13), arroja un intervalo de calibración entre principios del siglo i y todo el siglo ii (22-209 cal d. C.), lo que se ajusta a los datos procedentes del análisis de los materiales. El paraje permaneció deshabitado durante aproximadamente dos siglos y medio, para ser de nuevo ocupado a partir de mediados o finales del siglo v. Así lo indican las cerámicas estampilladas halladas en la fase IV del sondeo 4, unas producciones habituales en la Meseta Norte y que parecen remitir a contextos de la segunda mitad del siglo v y principios del siglo vi y a producciones vinculadas a la presencia de ciertas elites (Quirós Castillo 2013a; Sastre et alii 2014). Como elementos definidores de este nuevo periodo de ocupación posromano cabría señalar las pizarras numerales y los distintos vasos asimilables a las cerámicas reconocidas para los siglos vi y vii (Vigil-Escalera 2007b: 378; Larrén et alii 2003: 292; Pérez y González 2010: 58). La fecha radiocarbónica disponible para esta fase IV, procedente de la UE 321 del sondeo 3 (Fig. 13), corrobora el inicio de la ocupación posromana entre mediados del siglo v y el siglo vii (436-643 cal d. C.), con mayor probabilidad hacia 578 cal d. C. El momento final de ocupación en los sectores intervenidos es más difícil de precisar, si bien la inexistencia de fases posromanas diferenciadas -a excepción de la cubeta del sondeo 3-y la similitud de los materiales con los conjuntos posromanos Figura 12. Pizarra numérica procedente de la UE 408 de La Genestosa. Archivo En definitiva, nos encontramos con un poblado de época posromana formado por cabañas que amortizan una ocupación altoimperial, presumiblemente de menor tamaño, tras un hiato de unos dos siglos al menos de abandono. Se trata, por tanto, de una nueva fase de ocupación con unas características muy distintas. Una buena muestra es la diferente tipología constructiva, que se observa sobre todo en el sondeo 4. Este poblado arroja una cultura material caracterizada por la masiva presencia de cerámicas comunes de cocina, elaboradas posiblemente a torneta y de forma local. Se constatan, sin embargo, cerámicas procedentes tanto de la ocupación altoimperial (residuales), así como algunas producciones de mayor calidad y vidrios, que son poco numerosos en este tipo de asentamientos rurales abiertos de época posromana. A ello se suma la presencia de fragmentos de pizarras numerales, que serían un indicio cronológico pero también de prácticas sociales asociadas a la necesidad de llevar a cabo una contabilidad. Cerca de este poblado se halla una tumba rupestre antropomorfa, posiblemente coetánea, aunque carecemos de evidencias que permitan datarla, como es frecuente en el centro peninsular. Este patrón parece repetirse, como ya se ha advertido, a lo largo del curso del arroyo del Mazo del Prado Álvaro con otros posibles casos semejantes. El estudio palinológico se realizó en el sector II del yacimiento arqueológico Dehesa de la Genestosa (pago de El Cañaveral), más concretamente en sus sondeos 3 y 4 (Fig. 5). Del primero proceden 6 muestras correspondientes a las fases II y III antes descritas; del segundo 3 más de las fases II, III y V. El tratamiento químico de las muestras (10 gr de sedimento) ha sido el usual en los estudios arqueopalinológicos (Burjachs et alii 2003). Los microfósiles no polínicos se identificaron básicamente según López Sáez et alii (1998Sáez et alii (, 2000)). En la validación de los datos obtenidos se han aceptado las directrices estadísticas y tafonómicas expuestas en López Sáez et alii (2003Sáez et alii (, 2006Sáez et alii (, 2013a)). Siempre que se ha dado una muestra por válida, el número de granos de polen contados o suma base polínica (S.B.P.) ha superado los 200 procedentes de plantas terrestres, con una variedad taxonómica mínima de 20 tipos polínicos distintos. En el cálculo de los porcentajes se han excluido de la suma base polínica los taxa hidro-higrófilos y los microfósiles no polínicos, que se consideran de carácter local o extra-local, por lo que suelen estar sobrerrepresentados. Además, se han excluido de ésta Cardueae, Cichorioideae y Aster debido a su carácter antropozoógeno. El valor relativo de los palinomorfos excluidos se ha calculado respecto a la S.B.P. En la Fig. 14 se representa el histograma palinológico referido al análisis polínico llevado a cabo en La Genestosa, para lo cual se han empleado los programas TILIA y TGView (Grimm 1992(Grimm, 2004)). Los diferentes morfotipos, polínicos y no polínicos, aparecen representados, de izquierda a derecha, por árboles, arbustos, herbáceas, hidro-higrófitas (Cyperaceae) y hongos coprófilos. Para una mejor lectura diacrónica de la evolución del paisaje se han agrupado las muestras de ambos sondeos en un mismo histograma de acuerdo a sus fases cronotipológicas (Fig. 14). En la fase II del sondeo 4, correspondiente a la primera ocupación del yacimiento en época romana altoimperial (siglos i-ii cal d. C., Fig. 13), el paisaje se encontraba relativamente forestado con un porcentaje de árboles bastante alto (65,7%). En estos momentos el bosque del entorno del yacimiento estaría constituido por un denso robledal de Quercus pyrenaica (20%), acompañado de ciertos elementos mesófilos como el abedul (Betula) y el avellano (Corylus), así como por una flora arbustiva característica de estas formaciones forestales supramediterráneas subhúmedas a húmedas, básicamente brezales (Erica arborea, E. australis), jarales (Cistus, 8,6%) y retamares (Cytisus/Genista), junto a acebos (Ilex aquifolium) y tejos (Taxus) dispersos (López Sáez et alii 2015a). A nivel regional, se presentarían encinares (Quercus ilex, 4,8%) hacia el fondo de valle, alcornocales (Quercus suber, 1,4%) en suelos más profundos, pinares de pino resinero (Pinus pinaster, 1,5%) en situaciones soleadas sobre suelos esqueléticos, y, finalmente, pinares altimontanos (Pinus sylvestris, 4,8%) a mayor cota altitudinal en las montañas circundantes de la Sierra de Francia (López Sáez et alii 2010a, 2010b). Las zonas de ribera estarían pobladas de alisos (Alnus, 6,2%). En esta fase romana es reseñable la documentación, a nivel palinológico, de diversos cultivos, tanto arbóreos como herbáceos. Entre los primeros se registra la presencia de castaño (Castanea, 4,8%), nogal (Juglans, 6,7%) y olivo (Olea europaea, 7,1%); y entre los segundos el cultivo de cereales (Cerealia, 4,3%), ya que su porcentaje es suficientemente alto para admitir la existencia de parcelas cultivadas en la inmediatez del yacimiento (López Sáez y López Merino 2005). De igual manera, en este intervalo cronocultural se confirma cierta presión de tipo pastoral, tanto por la presencia de herbáceas antropozoógenas (Chenopodiaceae, Urtica dioica, Plantago lanceolata) como de hongos coprófilos (Cercophora, Podospora, Sordaria, Sporormiella), cuyos altos valores son claramente indicativos de la incidencia in situ de la cabaña doméstica (Behre, 1981; López Sáez y López Merino 2007). Actividades agrícolas, ganaderas y de arboricultura habrían dado lugar a un impacto antrópico relativamente importante, abundando entonces ciertos elementos de la flora nitrófila (Cichorioideae, Cardueae, Aster) típicos de ambientes ruderalizados. La relativa abundancia de elementos hidro-higrófilos (Cyperaceae, 14,8%) sería indicativa de condiciones climáticas húmedas, las cuales ya han sido puestas de manifiesto en otros registros polínicos del Sistema Central durante los siglos i y ii cal d. C., en un momento de incremento progresivo de las temperaturas (López Sáez et alii 2014). Durante la fase III del sondeo 4, tras el final de la primera ocupación, probablemente a finales del siglo ii cal d. C. según la fecha disponible (Fig. 13), aunque ésta se solapa en su marco cronológico con la antes citada, el bosque se recupera paulatinamente de la actividad antrópica: los robles incrementan notablemente su representación porcentual (34,1%), lo mismo que los alisos (8,1%) y el resto de especies arbóreas citadas en la fase anterior. En cambio, las especies arbóreas cultivadas (castaño, nogal, olivo) disminuyen bruscamente sus valores (2-3%), indicando probablemente el cese de su cultivo pero la permanencia local de algunos de estos árboles abandonados. El cese de la antropización del paisaje conduce Figura 14. Histograma palinológico del yacimiento de La Genestosa. El desarrollo de tales actividades económicas conllevó una profunda degradación del robledal (Quercus pyrenaica 8,6-10,1%), la desaparición de algunos elementos arbóreos sensibles a la antropización como el acebo y el tejo (Abel Schaad et alii 2014), la proliferación de la flora nitrófila (Cichorioideae, Cardueae, Aster) vinculada a la actividad antrópica así como de helechares (Pteridium aquilinum> 10%) y pastizales de gramíneas (Poaceae> 13%) que ocuparían los espacios abiertos en el bosque. Desde un punto de vista paleoclimático, este intervalo cronológico se desarrollaría dentro del conocido Episodio frío Altomedieval (450-950 cal d. C.), caracterizado por la disminución de las temperaturas y condiciones bastante áridas (López Sáez et alii 2014). En la fase II del sondeo 3 de La Genestosa este periodo desfavorable queda reflejado por la disminución de los pastos húmedos de Cyperaceae (<2%), la reducción del bosque de alisos (< 4%), la proliferación del abedul (5-6%) y, sobre todo, por una mayor significación de los pinares altimontanos (Pinus sylvestris 9-10%) favorecidos por estas condiciones más restrictivas (López Sáez et alii 2013b). Finalmente, la fase III del sondeo 3 y la fase V del sondeo 4 de La Genestosa corresponden a un nuevo periodo de abandono y arrasamiento del yacimiento, probablemente entre los siglos vii y viii cal d. La desocupación del sitio provoca, de nuevo, la recuperación del robledal (38-40%) y su cohorte de elementos acompañantes como el avellano (Corylus 6,5-8,3%), el tejo (Taxus 2-3%) y el acebo (Ilex 1-2%), recuperándose también el aliso y disminuyendo el abedul y los pinares altimontanos según las condiciones climáticas fueron siendo progresivamente menos áridas (aumento porcentual progresivo de los pastos húmedos de Cyperaceae). En estos momentos no hay testimonio palinológico alguno ni de actividades de arboricultura ni tampoco de cerealicultura, e igualmente están ausentes los hongos coprófilos y los elementos antropozoógenos indicativos de presión pastoral. En definitiva, el abandono del yacimiento durante esta etapa condujo a todo cese de actividad antrópica en el área, reduciéndose sensiblemente las herbáceas nitrófilas (Cichorioideae< 2%). De nuevo, la preponderancia de Glomus (9-25%) debe ser asociada a procesos erosivos relacionados con el desmantelamiento del yacimiento. NUEVOS PAISAJES, NUEVOS ASENTAMIEN-TOS, NUEVAS ESTRATEGIAS EN ÉPOCA POS-ROMANA Los datos procedentes del análisis polínico muestran cómo en la fase asociada a la ocupación de La Genestosa en los siglos vi-vii se produjo una deforestación del entorno, con un aumento de las actividades agrarias y sobre todo ganaderas. Este patrón coincide con lo que en términos generales se advierte en todo el sector del Sistema Central, aunque la evidencia parece indicar una mayor presencia de otras actividades en otros ámbitos del Noroeste peninsular (Sánchez Pardo 2013). Este desarrollo de la ganadería, lejos de ser el resultado de una tradicional orientación económica de estas tierras, debe entenderse como una opción que se toma en determinados contextos temporales y sociales. Resulta llamativo que este fenómeno coincida con el episodio frío altomedieval (450-950 d. C.), caracterizado por una disminución de las temperaturas y una mayor aridez. Es obvio que las variaciones en el clima, por pequeñas que sean, afectaron a todas las sociedades preindustriales. Sin embargo, estos cambios no explican por sí solos las opciones productivas o la construcción de nuevos paisajes. Estos se formaron en un contexto social, económico y cultural preciso que marcó las posibilidades de adaptación de los grupos humanos. LA FORMACIÓN DE UN NUEVO PAISAJE EN EL CENTRO DE LA PENÍNSULA IBÉRICA EN EL PERIODO... Las áreas clareadas, situadas en espacios boscosos, parecen haber sido zonas de uso marginal en el centro peninsular durante el periodo romano, como avalarían los datos de la fase II del sondeo 4 (siglos i-ii d. Los niveles de presencia de árboles son relativamente altos en ese periodo, por lo que la intensidad de la ocupación no parece haber sido muy alta. En cambio, esos valores descienden claramente durante la ocupación posromana, lo que nos habla de un profundo cambio. En tal sentido, las áreas de bosque, como La Genestosa, al igual que las de montaña funcionarían como zonas de utilización flexible, que en determinadas circunstancias pudieron ser objeto de una intensificación de su uso, pero que pudieron ser abandonadas bajo otros contextos. Es el modelo de intensification and abatement defendido por Horden y Purcell (2000) para definir el comportamiento de los espacios agroganaderos mediterráneos. El bosque de La Genestosa pudo haber funcionado como un área de ocupación flexible, con una especial intensificación en el periodo posromano como consecuencia del avance de la actividad ganadera. Hay que preguntarse entonces por las razones de esa opción. Un aspecto importante es el colapso de las redes económicas dirigidas hacia centros urbanos o internacionales, que alcanzó un grado particular de intensidad en un sector donde las civitates tenían un peso relativo menor que en otras zonas. Un indicio claro es la prácticamente nula presencia de materiales de importación en los contextos del siglo v, así como el progresivo deterioro de la circulación de cerámicas de distribución suprarregional como la TSHT (Vigil-Escalera 2015). Por otro lado, Wickham (2008) ha señalado cómo durante el periodo posromano la agencia social de los campesinos se incrementó y pudieron gestionar la producción de manera más autónoma. Como consecuencia, se optó por una estrategia productiva de menor especialización y mucho más diversificada, en la cual se integraba la ganadería (Lewitt 2009). Esta solución vino facilitada en el caso del centro peninsular por las condiciones edafológicas, con una acusada acidez de los suelos, y morfológicas, por la cercanía y fácil acceso a espacios de media y alta montaña, lo que explicaría que, al contrario de lo que parece inferirse de los datos de otras regiones europeas, en el centro peninsular disminuyera la masa boscosa en estos siglos (Hoffmann 2014: 66-67). Por tanto, la rarefacción de los mercados urbanos e internacionales y la diversificación productiva como estrategia constituyeron los factores que explicarían el avance de la ganadería. Esta orientación se produjo en un momento de modificación climática, por lo que determinadas áreas para el pasto se convirtieron en zonas críticas, debido al aumento de la aridez. En buena parte de las comarcas al norte del Sistema Central, los espacios más húmedos, en especial los cauces de ríos y arroyos, parecen haber sido los escenarios más propicios para la formación de zonas de pasto de especial relieve. El entorno del arroyo del Mazo del Prado Álvaro posee esas condiciones y esto explicaría la relevancia adquirida en este periodo. La Genestosa permite plantear la hipótesis de una colonización interna sobre áreas que durante al menos un par de siglos habían estado poco o nada antropizadas. Zonas con una función marginal en el agrosistema tardorromano recibieron ahora una mayor atención, incluyendo la deforestación. Sus posibilidades como espacios de pasto explicarían ese interés, con una actividad mucho más acusada que en los siglos altoimperiales. No obstante, algunos datos procedentes del entorno serrano salmantino ponen de manifiesto que estamos ante una región con un fuerte dinamismo económico a lo largo de este periodo, incluyendo la producción oleícola y la metalúrgica (Ariño et alii 2004-05, Gómez Gandullo 2006). La colonización trajo consigo la configuración de nuevos asentamientos humanos, emplazados cerca de las áreas críticas de pastos situadas en el piedemonte serrano. Es el caso de El Cañaveral, formado por una decena de estructuras residenciales. Pero La Genestosa, como se ha señalado, tiene otros núcleos semejantes separados por tan solo 300-400 metros. Por desgracia no poseemos datos que permitan saber si tales núcleos fueron ocupados al mismo tiempo que El Cañaveral, aunque la repetición de algunas pautas, como las evidencias edilicias en superficie (zócalos con paramento de granito de doble espejo) y la cercanía con tumbas excavadas en la roca, parecen avalar esa posibilidad. Tampoco sabemos si estos núcleos formaban distintos asentamientos o si podrían estar agrupados mediante un patrón laxo de concentración. En este último caso, podría tratarse de aldeas semejantes a la imagen que nos proporciona el sitio de El Pelícano (Arroyomolinos, Madrid) (Vigil-Escalera 2013). Pero la presencia de tumbas en cada uno de estos núcleos nos hace pensar en grupos con espacios funerarios propios que generaron identidades diferenciadas. En definitiva, no podemos afirmar con claridad que estemos ante una aldea o ante varios núcleos que no llegarían a conformar agrupaciones aldeanas. Este aspecto queda abierto, aunque nos inclinamos por una identificación en forma de poblado de menor envergadura que una aldea, semejante al concepto del hamlet inglés. De todos modos, importa menos la calificación del asentamiento como la identificación social de sus habitantes. El análisis de los materiales obtenidos en La Genestosa es elocuente en ese sentido. La cerámica Para interpretar adecuadamente estos datos, hay que encuadrarlos en la evidencia material hallada. Un aspecto importante es que se trata de materiales que aparecieron en niveles de derrumbe, salvo el fragmento de vidrio, por lo que se documentan en un momento de abandono de su uso. En el caso de la cerámica estampillada, se trata de un porcentaje ínfimo sobre el total y en lo que se refiere al vidrio solo contamos con un fragmento diagnóstico. En cuanto a las pizarras, su número está muy por debajo de las concentraciones asociadas a posibles oficinas contables. Por tanto, no son elementos que definan en términos generales el estilo de vida de los habitantes de La Genestosa. Sin embargo, ponen de relieve la presencia de individuos que participaban en redes de intercambio supralocales, quizá ocupando el último escalón de dicha red. E igualmente señalan la vinculación con elites que podían exigir la captura de excedente in situ: la pizarra no es un material local, pero sí lo es en Lerilla, castellum relativamente cercano, por lo que se puede conjeturar que provenía de allí (Martín Viso 2015). Ahora bien, no había aquí una oficina contable, sino que debió ser una necesidad puntual por utilizar ese sistema, ni existían grupos capaces de sostener la demanda de ciertas producciones. Puede decirse que en el interior de los residentes en La Genestosa existían diferencias, una suerte de "elites campesinas" conectadas con el exterior. Sin embargo, el horizonte en el que se movían no era propiamente elitista. Por consiguiente, la colonización fue realizada por grupos campesinos con diferencias internas y con vínculos muy puntuales con elites exteriores. Ahora bien, la colonización de estos espacios conllevó la reclamación de derechos sobre un nuevo paisaje. Una posible estrategia para conseguirlo pudo haber sido la utilización de determinadas tumbas excavadas en la roca y la memoria de los ancestros a ellas asociadas. En La Genestosa, estos sepulcros se emplazan sobre las áreas críticas de pasto y junto a los núcleos residenciales. Podrían haber sido tumbas de fundadores pioneros, miembros relevantes de las comunidades campesinas -fuera de los círculos aristocráticos tardorromanos o posromanos-, cuyo recuerdo garantizaba la posesión de esos pastos y la cohesión de las comunidades allí asentadas. En definitiva, un paisaje que mostraría un acusado papel de la agencia de unos grupos campesinos que no eran socialmente homogéneos. Esto no significa que este patrón sea aplicable a todo el territorio peninsular, ya que este no funcionaba como una unidad sino como un conjunto abigarrado de regiones con desarrollos muy diferenciados. Por ejemplo, en la zona litoral de la Tarraconense se han podido documentar una serie de asentamientos campesinos, de dimensiones variadas, que muestran un elevado número de silos. Estos rasgos se han relacionado con la captación fiscal organizada por los obispos de la zona y plasmada a finales del siglo vi en el De fisco Barcinonensi (Roig Buxó 2013). Más al sur, en el territorio de la civitas de Eio-Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), se ha subrayado el papel de los emplazamientos de aldeas posromanas en las cercanías de antiguas villae, lo que podría ser una evidencia del LA FORMACIÓN DE UN NUEVO PAISAJE EN EL CENTRO DE LA PENÍNSULA IBÉRICA EN EL PERIODO... peso de las aristocracias propietarias en el desarrollo aldeano (Sarabia Bautista 2014). Sin embargo, las características de los lugares identificados en Cataluña difieren de la descripción que podemos hacer de La Genestosa y de otros sitios semejantes en el suroeste de la península ibérica. Por otro lado, la capacidad de actuación de los obispos de la zona de estudio no parece haber sido muy efectiva (Martín Viso 2007), ni se detecta un sistema vilicario denso. Por tanto, hay que pensar la formación de los asentamientos rurales en la península ibérica como un conjunto muy variopinto de situaciones, con distintos grados de intervención de las aristocracias y de la agencia campesina. En el suroeste de la meseta del Duero, el impacto del campesinado y de las elites asociadas a esos grupos humanos parece haber sido muy superior al de unas aristocracias supralocales poco visibles, cuya actuación quizá convenga no sobrestimar. Los datos obtenidos a partir de la intervención sobre el pago de El Cañaveral, en La Genestosa (Casillas de Flores, Salamanca), permiten conocer mejor algunos aspectos del paisaje rural posromano en el centro peninsular. La combinación de los resultados de la excavación y de los análisis palinológicos muestra cómo un espacio marginal en el periodo tardorromano fue objeto de una profunda transformación. El entorno del arroyo del Mazo del Prado Álvaro sufrió una deforestación asociada a la intensificación de la actividad ganadera. Se trata de un ejemplo más de un fenómeno bien documentado para este periodo, pero que aquí además puede vincularse con otros factores. Uno de ellos es la formación de un nuevo tejido de asentamientos, cuya edilicia y evidencia material indica una población campesina. La presencia de rasgos que identifiquen a una elite supralocal es escasa y pueden comprenderse mejor cómo débiles signos de la conexión entre algunos individuos del asentamiento y redes sociales de mayor envergadura. El protagonismo de la colonización recayó en los campesinos, quienes optaron por reforzar la actividad ganadera como una fórmula para soslayar la desaparición de mercados urbanos e internacionales y para diversificar su producción en un contexto de mayor capacidad de agencia social del campesinado. El cambio hacia un clima más árido y frío facilitó esa orientación hacia la ganadería, apoyada en los propios condicionantes geológicos de la zona. Sin embargo, los factores socioeconómicos fueron los que en definitiva desencadenaron el proceso en esta zona de piedemonte. Ahora bien, esas nuevas condiciones posibilitaron que ciertas áreas, como las situadas junto a los cursos estacionales, se convirtiesen en zonas de pastos críticos. El emplazamiento de los núcleos residenciales se explica en esas circunstancias, que implican la presencia de diversos grupos humanos que competían por los recursos. Se necesitó implementar una estrategia de reclamación de derechos, para lo que se utilizaron las tumbas excavadas en roca como representación monumental de los ancestros. La consecuencia fue la configuración de un nuevo paisaje, con nuevos asentamientos y nuevas estrategias de aprovechamiento y de legitimación de los derechos. Un paisaje que es dinámico. La datación radiocarbónica procedente del momento de abandono del sondeo 3 se sitúa a comienzos del siglo viii (Fig. 13). Este abandono no parece haberse debido a ningún proceso externo (conquista musulmana) sino que fue consecuencia del dinamismo del propio paisaje y de las comunidades residentes. No es posible afirmar si sucedió así en el resto de los núcleos ni podemos argumentar ninguna causalidad. Comprender el abandono dentro de la dinámica del paisaje supone otro reto al que habrá que hacer frente. Este trabajo ha sido financiado por los Proyectos de Investigación CRATAEM Colapso y regeneración en la Antigüedad Tardía y la Alta Edad Media: el caso del Noroeste peninsular (HAR2013-47889-C3-1-P) y DESIRÈ Dinámicas socio-ecológicas, resiliencia y vulnerabilidad en un paisaje de montaña: el Sistema Central (9000 cal. Agradecemos a Francisco Javier Marcos Herrán su ayuda en la realización de los dibujos de las cerámicas, a Inés Centeno Cea por su colaboración en el análisis de las cerámicas y a Sergio Rastrero Sánchez por su apoyo y disponibilidad en las distintas campañas de excavación de La Genestosa.
En Segobriga, varias incineraciones de la necrópolis de las parcelas números 45 y 46, fechada en la segunda mitad del siglo i d. C., contenían elementos de cerraduras y accesorios metálicos en bronce y hierro, pertenecientes a siete cofres de madera o capsae. Principalmente, contuvieron objetos de aseo personal femenino y fueron quemados junto a la difunta en una práctica funeraria de gran difusión por las provincias romanas. Presentamos aquí la revisión y estudio de los materiales y una propuesta tipológica de los cofres, teniendo en cuenta los paralelos conocidos en el resto del Imperio. En el paraje de Los Vallejos, a 2.400 m del pomerium de la ciudad y en el costado norte de la vía, se documentaron dos recintos funerarios que, aunque muy arrasados, presentaban unas dimensiones de fachada de 26,5 m y 26,22 m respectivamente y, al menos, 20 m de profundidad (Abascal et alii 2008: 17). A unos 200 m al suroeste de estas estructuras en el paraje de Pinilla se hallaron los restos de un tercer recinto funerario junto al basamento de un monumento funerario, de 3,30 x 2,85 m. Una cuarta área funeraria se sitúo a 1.150 m de la ciudad, cortado por la carretera actual que da acceso al Parque Arqueológico. Conserva dos muros de mampostería que delimitan un recinto de 15,20 m de fachada y en su interior se aprecian los restos de una potente incineración, de 3 m de longitud y 70 cm de potencia. El último recinto funerario documentado se localiza a 800 m de la muralla segobrigense en el paraje Corral de la Virgen. Se conservan tres muros de opus caementicium, que delimitan un espacio interior de 84 x 72 m, aunque no conserva el muro de fachado que, posiblemente, se situase sobre la actual carretera. De aquí proceden varios monumentos epigráficos de carácter funerario como la estela dedicada a Saturninus, uno de los esclavos del flamen provincial de la Citerior, Gaius Grattius Glaucus (Abascal 1999: n. IV.1, 290-291 con la bibliografía anterior) y un fragmento de bloque con mención a una esclava de nombre desconocido (Abascal 1999: n. En el interior de otra área funeraria de similares características debieron situarse las incineraciones excavadas por M. Almagro Basch (1979), a 1.000 m de la ciudad y al sur de la vía, en la denominada necrópolis de las parcelas números 45 y 46 del paraje conocido como Corral del Tío Cayo (Fig. 1). LA NECRÓPOLIS DE LAS PARCELAS NÚME-ROS 45 Y 46 DE SEGOBRIGA Se trata de una necrópolis de incineración, en parte removida por los trabajos agrícolas, que documentó un total de doce tumbas 3. 1, 2, 5 a 8 corresponden a cremaciones secundarias en ollae ossuariae de vidrio, incrustadas en el interior de unos bloques cúbicos de piedra caliza para su protección. Estos bloques presentan una oquedad ovoide en la que se colocó la urna y se cubrió con una losa de piedra caliza. Se dispusieron directamente sobre la tierra y, aparentemente, sin ningún tipo de señalización epigráfica. 1 y 2 corresponden a fosas de planta rectangular, de 1 m de profundidad, rellenas de potentes niveles de cenizas junto a restos de la madera utilizada en la pira funeraria. Las urnas de vidrio, protegidas por cistas de piedra, se hallaron en el interior de estas fosas, por lo que se trataba de busta, en los que los restos óseos del difunto quedaron en el mismo espacio donde se había producido la cremación. Por otro lado, las urnas n. 5 y 6 aparecieron en el interior de una construcción de planta rectangular, lo que permite apuntar vínculos familiares entre los difuntos, mientras que las n. 7 y 8 se encontraron 3 La excavación de esta necrópolis se realizó en un área de 90 x 40 m. El hallazgo se produjo de manera fortuita durante las labores agrícolas. 3, 4 y 5, concluyendo los trabajos arqueológicos en 1976 con la excavación de las tumbas n. El resto de las sepulturas n. 3, 4, 9, 10, 11 y 12 se caracterizaban por el hallazgo de manchas de ceniza, en las que se localizaron algunos elementos de ajuar funerario pero no estaban asociadas a urnas cinerarias. Sólo en las sepulturas n. M. Almagro Basch describió los restos de una potente incineración en el interior del recinto funerario donde se colocaron las urnas n. La construcción, de planta rectangular, presentaba unas dimensiones aproximadas de 4,90 x 9,80 m, con una estancia cerrada de 1,50 m de longitud al fondo. Los muros estaban realizados con mampostería y no se localizó el muro de fachada, lo que podría indicar que el recinto estaba abierto por su lado noroeste. El ustrinum se situaba en el ángulo suroccidental de la construcción y ocupaba un área de 3 x 3 m y una profundidad de 1 m, mientras que las ollae ossuariae se localizaron delante de la pira funeraria. Por otro lado, las sepulturas n. 7 y 8 presentaban un cenicero de planta circular, de 2 x 1,5 m, junto a las urnas funerarias (Fig. 2). Los elementos de ajuar hallados en la excavación de las tumbas presentaban elementos comunes como son cerámica pintada de tradición indígena, cubiletes de cerámica gris, ollas de cerámica de cocción reductora, urnas de cerámica común, ungüentarios de vidrio, algunos de ellos deformados por la acción del fuego, y distintos elementos de cobre o aleación y hierro relacionados con capsae o cofres de madera que constituyen el objeto de estudio en este trabajo. C., atendiendo a la tipología del material vítreo, aunque una revisión de los tipos repertoriados aconsejan una datación en la segunda mitad de esta centuria. Los recipientes de vidrio utilizados para contener los restos óseos de los difuntos se corresponden con ollas globulares de borde vuelto de la forma Isings 67a, cuyos ejemplares más tempranos datan de época de Claudio-Nerón aunque perdurarán a lo largo de todo el siglo ii (Isings 1957: 87). Este tipo de olla fue la forma en vidrio más utilizada como urna cineraria y está atestiguada en un buen número de necrópolis altoimperiales4, debido principalmente a su forma globular, que favoreció su reutilización como urna cineraria. Su uso secundario como olla ossuaria aparece hacia la mitad del siglo i d. C., se generalizó en las últimas décadas del siglo i o inicios del ii y siguió utilizándose a lo largo de todo el siglo ii. Las urnas de vidrio aparecen generalmente protegidas, bien por cistas de plomo 5, o por cistas de piedra 6 (Fig. 3). Los ungüentarios de vidrio documentados en las incineraciones de la necrópolis segobrigense confirman la cronología en la segunda mitad del siglo i d. 1 se hallaron cuatro ungüentarios tubulares, forma Isings 8, de color verdoso o verde azulado, cuyo tipo más temprano se fecha en época julio-claudia para hacerse muy frecuente en la segunda mitad del siglo i (Isings 1957: 24) junto a un vaso forma Isings 12, que aparece desde época de Augusto-Tiberio hasta Claudio-Nerón (Isings 1957: 28); en la tumba n. 2 se documentaron ungüentarios de la forma Isings 8, junto a ejemplares de la forma Isings 6 y 28b, de forma piriforme, que aproximan la datación a la segunda mitad del siglo i d. El numeroso conjunto de ungüentarios de vidrio de las tumbas n. 5 y 6 corresponden a las formas Isings 6 y 28b, mientras que en la tumba n. 10 se localizaron ungüentarios de la forma Isings 28b/82B1, con altos cuellos cilíndricos y cuerpos reducidos, fechados a partir de la segunda mitad del siglo i d. C. 7 béticas, como en Singilia Barba, presenta una cremación en urna de vidrio protegida por cista de plomo y ambas alojadas en el interior de un bloque paralelepípedo de arenisca, de producción local, y cubierta del mismo material (Fernández Rodríguez y Romero Pérez 2007: 407). Sepulturas en urnas de vidrio alojadas en el interior de cistas cúbicas de piedra se documentan también en Gallia: vid. Dumoulin (1964: 102-104, fig. 18), tumbas n. 19 y 30 de la necrópolis de Apta Julia (Apt, Vaucluse). 7 El panorama en las necrópolis hispanas es similar pudiendo seguir su evolución en las necrópolis de Ampurias: la Figura 3. EL MOBILIARIO METÁLICO DE LAS TUMBAS 2, 5 y 6 de la necrópolis segobrigense, Almagro Basch identificó algunos elementos de cobre o aleación y hierro que formaron parte de cajas de madera y que también fueron quemadas junto a los cadáveres (Almagro Basch 1979: 240 y 242). La restauración del material metálico hallado durante la excavación de esta necrópolis y su estudio posterior han permitido identificar otros elementos de cerraduras y accesorios metálicos, pertenecientes a siete capsae 8. forma Isings 6 está presente en las incineraciones de época de Tiberio-Claudio; el tipo Isings 8 aparece en época julioclaudia popularizándose en la segunda mitad del siglo i; el tipo Isings 28b es muy frecuente y acompaña al ajuar de numerosas incineraciones de la necrópolis ampuritanas, observándose una evolución tipológica en su forma, de cuello corto en las incineraciones más antiguas (tumba 14, con una moneda de Claudio) y más largo a partir de época flavia (tumba 5, con una moneda de Domiciano); por último, el tipo Isigns 82B1 está presente a partir de las últimas décadas del siglo i d. También el estudio cronotipológico de los ungüentarios de vidrio presentes en las necrópolis de Lugdunum concluye que la forma Isings 6 está bien atestiguado en época augustea y durante la primera mitad del siglo i d. C., comercializándose hasta época flavia. En la segunda mitad del siglo i d. C. se incorporan otras formas, entre ellas, el tipo Isings 8, que aparece en la primera mitad de esta centuria aunque se hará frecuente a partir de la segunda mitad del siglo i. Junto a ella, la forma Isings 28b/82B1 se encuentra en incineraciones de la segunda mitad del siglo i, predominando en la primera mitad de la centuria siguiente, vid. Robin y Silvino 2012: 182-184. 8 La restauración del material metálico de los ajuares de esta necrópolis se llevó a cabo en la campaña de excavaciones Presentamos, a continuación, el catálogo de las piezas de metal halladas en la excavación de esta necrópolis: El ajuar funerario está depositado en el Museo de Cuenca, mientras que la urna de vidrio, la caja de piedra y los fragmentos de ungüentarios se conservan en el Museo de Segóbriga. Entre los objetos de cobre o aleación, que formaron parte de una caja de madera, se encuentran los siguientes elementos (Fig. 4): Pestillo de una cerradura con sistema de apertura por elevación. Dimensiones: 8 x 1,9 x 0,5 cm. Tiene forma rectangular y presenta pequeñas perforaciones, que se corresponden con el diseño de los dientes de la llave. Conserva huellas de fuego 9. del año 2006 por M.a Dolores Torrero y Víctor Rodríguez. Las excavaciones de ese año fueron financiadas por la Consejería de Cultura de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y el Servicio Público de Empleo de Castilla-La Mancha (SE-PECAM). Directores de la excavación: Juan Manuel Abascal, Martín Almagro-Gorbea y Rosario Cebrián. 9 Los pestillos para cerraduras que se abren por elevacióndeslizamiento como el de la necrópolis segobrigense en Dei-Figura 4. Accesorios de bronce de un cofre recuperado en la excavación de la tumba n. Dimensiones: 12,6 x 7 x 0,1 cm. Conserva cuatro clavos de hierro de anclaje a la madera en cada uno de sus extremos, de 5 cm de longitud. En el centro de la placa posee otro clavo de hierro, de 8 cm de longitud, que pudo servir para el enganche de una anilla, que sirviese para facilitar la apertura de la tapa de la caja, tirando de ella (Gáspár 1986: taf. 70 Dimensiones: 10 cm y 4,7 cm de longitud conservada, respectivamente. La cadena tiene sección cuadrangular y está realizada a partir de hilos trenzados con disposición loop in loop en su variante doble, procedimiento que le provee de un aspecto compacto y resistente como elemento de suspensión (Bandera 1986: 522-523, fig. 8 B). El fragmento de mayor longitud conserva en uno de sus extremos dos armellas de alambre de cobre o aleación unidos como eslabones para su unión al siguiente tramo de cadena, de 8 cm de longitud. 6 Dimensiones: 4,8 cm de longitud conservada. Presenta sección cuadrangular y forma de arco. Este tipo de asa presenta los dos extremos doblados para recibir una armella de alambre con cabeza en forma de anilla para su sujeción a la estructura de madera de la caja (Riha 2001: 32, Taf 9, 120). Durante los trabajos arqueológicos se distinguieron tres capas, atendiendo a la coloración de los estratos. Almagro Basch indica que las diferentes capas individualizadas en el interior del ustrinum no correspondían a diferentes incineraciones, sino que "son consecuencia de una misma y única incineración llevada a cabo en este lugar y que con toda seguridad es común a ambas tumbas" (Almagro Basch 1979: 226) 10. La capa 1 tenía 40 cm de profundidad, era de color pardo claro, había sido removida por los trabajos agrícolas y presentaba pocos objetos, situados de forma dispersa. La capa 2 presentaba una potencia de 10 cm, era de color pardo oscuro y en su excavación se localizaron escasos materiales. Por último, la capa 3 era de color negro, con una potencia de 50 cm y presentaba abundantes elementos de ajuar, afectados por la acción del fuego, junto con restos de madera quemada. Sin duda, la denominada capa 2 corresponde al nivel de sellado intencional de la incineración con tierra que, al verterse sobre las cenizas aún calientes, adquirió ese tono parduzco. El ajuar funerario y los bloques cúbicos de piedra caliza de estas sepulturas se conservan en el Museo de Segóbriga. Los elementos de metal insertados en cofres de madera, que se hallaron en su excavación, son los siguientes (Fig. 5): Dimensiones: 7,9 x 6,7 x 0,08 cm. Presenta forma rectangular y está decorada con dos filetes plegados, que enmarcan la cerradura. Está provista de seis orificios de fijación con clavos a la madera. La entrada de LAS CAPSAE DE LA NECRÓPOLIS DE INCINERACIÓN DE LAS PARCELAS NÚMEROS 45 Y 46... Elementos de metal pertenecientes a varias capsae halladas en la excavación del ustrinum asociado a las tumbas n. Arqueología 2017, 90, págs. 29-51 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.090.017.002 la llave se sitúa ligeramente desplazada a la derecha del eje central de la placa, por un orificio que tiene forma de T inversa; en el ángulo superior izquierdo de esta abertura se conserva una pieza móvil que sirvió para tapar el ojo de la cerradura; en la parte posterior de la placa se conserva la chapita con un punto de soldadura para unir esta pieza. Encima de la ranura por donde entró la llave, presenta otro rebaje rectangular, de diseño horizontal. En la parte superior derecha conserva una ranura para insertar una pletina de seguridad, de dirección vertical (tumbas 5 y 6, n. Dimensiones: [9,5] x [7,5] x 0,1 cm. Presenta decoración punteada, con hojas lanceoladas enmarcadas por una línea quebrada y un filete de puntos. El ojo de la cerradura está incompleto y se sitúa en la parte derecha de la placa. Presenta una abertura en ángulo recto a la izquierda de la ranura por la que entró la llave donde quedó fijada una pletina de seguridad, que inmovilizó el pestillo, impidiendo la apertura de la cerradura. Dos pequeños orificios de sección rectangular se observan a ambos lados de la parte inferior de la placa para la sujeción del pestillo de la cerradura (Sigges 2002: Taf. Fragmento de placa de cerradura. Dimensiones: [4,2] x [4] x 0,1 cm. Presenta decoración punteada con hojas lanceoladas, enmarcadas por dos filetes de puntos en relieve, el interior de mayor grosor. [4,7] x [4,5] x 0,1 cm. Presenta un orificio de sección circular para sujeción, mediante un clavo, a la madera. A ambos lados de esta perforación, presenta sendas aberturas en ángulo recto, que no se conservan completos. Cobre o aleación y hierro. Placa de cerradura y palastro. Dimensiones: [5,4] x 6,3 x 0,6 cm. La placa de la cerradura está realizada en cobre o aleación y presenta forma rectangular. Está decorada por una línea de puntos en relieve junto al borde. La entrada de la llave se realiza a través de una abertura en forma de L. Conserva varias pequeñas ranuras en la placa, de sección rectangular, por las que asoman los enganches de anclaje del mecanismo de la cerradura. Unida a la placa de la cerradura se conserva la caja de hierro o palastro, donde se conserva una varilla de bronce, dispuesta verticalmente, que mediante un resorte sujeta el pestillo. Dimensiones: 5,9 x [5,2] x 0,1 cm. Presenta dos pequeñas ranuras para la fijación de la varilla que sujeta la parte móvil de la cerradura. Conserva un fragmento de bronce unido a la placa. Dimensiones: 7,5 x 4 x 0,2 cm. Presenta forma lanceolada; su cuerpo está decorado con tres líneas incisas que sugieren una decoración vegetal y en la parte inferior dos filetes de desarrollo horizontal enmarcan un elemento pasante, de sección rectangular, fijado por su parte interior y destinada a insertarse en una ranura de la cerradura. Conserva la bisagra en la parte superior, sujeta con la lámina de bronce y restos de los dos clavos para su fijación en la tapa de la caja (Ancel 2012: 389, pl. 54, n° Dimensiones: [7] x 2,2 x 0,3 cm. No se conserva completa. Tiene forma rectangular y presenta en su parte superior parte de la armella de anclaje a la madera. Tiene perdido en su parte inferior el elemento pasante de cierre del cofre11. Dimensiones: 5 x 2,5 x 1,8 cm. Llave en forma de L para apertura de una cerradura por deslizamiento. Para abrir el cofre, tras introducir este tipo de llave, sus dientes levantan las levas y dejan libre el pestillo, haciéndolo correr hacia atrás con el mismo mango de la llave. Dimensiones: 2,3 cm de longitud. Diámetro: 1,2 cm. Cabeza hemisférica, decorada con dos círculos concéntricos. Vástago plano, que presenta un orificio de sección circular en su extremo inferior. Este tipo de clavos se utilizaron para la fijación de las placas de cerradura en cofres y permitieron, de forma fácil, extraer el dispositivo para su mantenimiento o reparación (Allason-Jones 1985). Fragmento de engarce de cadena, conformado por un hilo de alambre. Dimensiones: 1,5 cm de longitud. Presenta anilla circular rematada por un orificio circular. El cuerpo de la llave presenta varios trazos horizontales en relieve, cuatro junto a la anilla y otros cuatro junto a la tija. El paletón está doblado 90o respecto a la tija y presenta seis dientes, alineados en dos filas. Corresponde al tipo V de D. Gáspár (1986: 49-5 Dimensiones: 6,5 x 2,5 x 1,5 cm. Llave en forma de L para apertura de una cerradura por sistema de elevación-deslizamiento. Diámetro de la anilla: 4,8 cm. La cadena presenta sección cuadrangular y está realizada a partir de varios hilos de alambre de bronce que se entremezclan. Conserva el inicio de una anilla forrada con alambre y utilizada para colgar12. Dimensiones: 2,5 cm de longitud. Dimensiones: 4,1 x 4 x 0,3 cm. Conserva parte de la varilla que debió sujetar el pestillo de la cerradura. Durante su excavación se identificaron dos niveles de ceniza, de 20 cm de potencia cada uno, que hicieron pensar a M. Almagro Basch (1979: 234) la posibilidad de que se tratase de dos incineraciones distintas o, tal vez, de dos momentos de una única cremación. Los elementos de ajuar junto con restos de madera quemada se documentaron en el nivel de cenizas superior (nivel 1), mientras que en el nivel inferior sólo se localizaron cuarenta y un clavos de hierro (nivel 2).Esta incineración no está asociada a ninguna urna cineraria por lo que se corresponde con un ustrinum. El material está depositado en el Museo de Segóbriga. Se encontraron los siguientes elementos metálicos (Fig. 7): Diámetro: 2,6/3 cm. Algunas de ellas conservan la armella de hierro de unión a la madera. Dimensiones: 5,8 cm de longitud. Cabeza aplanada y vástago de sección cuadrangular. Veintisiete fragmentos de cadena trenzada con disposición loop in loop en su variante doble. Uno de los tramos de cadena se conserva completo y presenta una longitud de 10 cm, que termina en ambos extremos en los dos aros formados por los hilos de alambre utilizados en el trenzado para su unión a otro tramo. Otro fragmento conserva una armella de alambre de bronce que une dos tramos de cadena. Treinta y cinco fragmentos de placas. Algunas de ellas conservan lados rectos y perforaciones de sección rectangular para la colocación de un clavo. Se corresponden con los ángulos de refuerzo de, al menos, un cofre (Fig. 6). Fragmento de placa de palastro. Dimensiones: 3,5 x 3,4 x 0,2 cm. Presenta un extremo original, de perfil rectilíneo. Placas de refuerzo de, al menos, un cofre, halladas en la excavación de las tumbas n. Seis cabezas de clavos de cerradura en forma de cabeza de león con las fauces abiertas, fundidos a la cera perdida13, uno de los cuales está completo. Diámetro: 2,3 cm. Altura: 1,4 cm. Sección circular. El interior es hueco; uno de ellos conserva parte del vástago de hierro, unido al bronce mediante plomo, para su fijación a la madera (Riha 2001: 78). La cabeza del clavo se compone de tres círculos huecos decrecientes y un triángulo, que forman el rostro estilizado de un león. El primer círculo de mayor tamaño es liso, el segundo está decorado por líneas incisas que sugieren la melena del león, en el tercero se representan los ojos y las fauces abiertas y, por último, en el triángulo se ha dibujado el hocico (Fig. 8). Longitud: 2,1 cm. Cabeza plana y vástago de sección cuadrangular. Dimensiones: [2,9] x [2,1] x 0,1 cm. Conserva sólo los vástagos de anclaje. Seis fragmentos de una placa formada por dos placas de cobre o aleación unidas a una central de hierro, que pueden corresponder a la misma pieza. Accesorios de metal de una caja de madera recuperada en la excavación de la tumba n. Clavos leontomorfos de sujeción de la placa exterior de una cerradura procedentes de la tumba n. La forma de estas cajas es muy variada, aunque capsa y scrinium se emplearon para designar a las pequeñas cajas portátiles, que presentaban forma circular siguiendo la cita de Plinio (Hist. nat. Sin embargo, el término capsa designaba también a las cajas que contuvieron perfumes, objetos de tocador y aseo personal de las mujeres (E. Saglio, v. capsa en Daremberg y Saglio 1877, vol. I.2: 911-912) dentro del denominado mundusmulieris 14. Entre las distintas acepciones de la palabra cista se encuentra el de una caja de uso personal -para guardar los juguetes de los niños, ropa, joyas, objetos de aseo, etc.-, con tapadera y provista de una cerradura o candado (E. Fernique, v. cista en Daremberg y Saglio 1877, vol. I.2: 1202). Estas cajas fueron fabricadas en madera, marfil o metal y como elementos accesorios dispusieron de pies, anillas y cadenas para colgarlas, bisagras, cerrojos, placas de cerradura, llaves, asas, tapa-clavos, elementos decorativos y piezas esquineras. El uso de estos cofres está atestiguado desde época prerromana. En Egipto, Grecia y Magna Grecia se han hallado algunos ejemplares y frecuentemente su imagen se reproduce en la pintura de los vasos griegos o en relieves marmóreos, siempre con tapadera, que se abría con bisagras situadas en uno de sus lados (Bordenache1988: 138, nota 12). Las necrópolis de 14 La expresión mundus mulieris se recoge en Dig. En la excavación de la tumba n. Se encontraba removida por los trabajos agrícolas y sólo se pudo documentar una fina capa de cenizas en la que se hallaron los siguientes materiales metálicos, que pudieron pertenecer a un cofre (Almagro Basch 1979: 237) Dimensiones: 3,3 cm de longitud y 0,3 cm de grosor. LOS COFRES HALLADOS EN CONTEXTOS FUNERARIOS Los términos capsa, arca, scrinium, cista, loculus y pyxis definen, de manera general, un mueble donde Figura 9. Improntas en barro de un entalle halladas en la excavación de la tumba n. la ciudad etrusca de Praeneste han proporcionado un buen número de cistae, cajas cilíndricas de bronce, muy suntuosas, provistas de tapa, asas figurativas, pies y cadenas, destinadas a contener objetos de cosmética femenina, que se fechan hacia el siglo iv a. C. Denominadas "beauty-cases" en la bibliografía italiana, las capsae para guardar ungüentarios de perfume, pigmentos y accesorios para el maquillaje y aseo personal femenino estaban realizadas generalmente en madera y contaban con compartimentos interiores (Virgili 1989: 83). Los elementos metálicos asociados a ellas tuvieron un papel funcional y ornamental y son, en ocasiones, la única evidencia arqueológica de su presencia en contextos funerarios debido a que fueron quemadas junto a la difunta. Para aproximarnos a su imagen contamos con algunos ejemplares recuperados en ambientes domésticos, sobre todo, en las ciudades vesubianas15. Las capsae aparecen también representadas en la iconografía funeraria, encontrando dos ejemplos significativos fechados en el siglo I a. C en Ortona dei Marsi (Italia). Uno de ellos es el ara de Poppedia P(ublii) f(lia) Secunda (CIL IX, 3826) donde aparece la imagen de una caja de cosmética, de planta cuadrangular, con cerradura y dos anillas de las que cuelga el asa (Fig. 10) y el otro corresponde a la estela de Peticia P(ublii) l(iberta) Chiteris (CIL IX, 3824) bajo cuyo texto se tallaron en relieve varios objetos femeninos: un par de sandalias, un espejo y una capsa con cerradura (Letta 2012: 39). También en un relieve funerario fechado a mediados del siglo ii d. C. yhallado en Virunum (Zollfeld, Austria) se representa a una sierva de corta edad, vestida con una túnica de manga corta ceñida a la cintura ysujeta a los hombros con dos fíbulas, que sostiene con su mano derecha un cofre rectangular con pies, cerradura y asa en su tapadera, y con su mano izquierda levanta un espejo (Fig. 11). En el centro, debajo del frontón triangular, está representada una capsa con cerradura y asa, junto a otros objetos de aseo femenino. Relieves funerarios procedentes de las provincias de Noricum y Pannonia con representación de mujeres con espejo y capsae. En el centro de la imagen, la estela de Viricum (Imagen: Museo Arqueológico de Cracovia, htttp://www.ubi-erat-lupa.org/ monument.php). El hallazgo en contextos funerarios de piezas ligadas al sistema de una cerradura se relaciona con este tipo de cofres, así como apliques, bisagras o llaves, que fueron igualmente utilizados en la fabricación de este mueble portátil 16. En las necrópolis de época altoimperial es habitual el hallazgo de cofres, donde aparecen formando parte de ajuares funerarios femeninos y esporádicamente vinculados a tumbas masculinas (Schwanzar 2001, 216). Entre el material recuperado en la excavación de las tumbas n. 5 y 6 de la necrópolis segobrigense se encuentra una placa de bronce, de perfil circular, de 11,2 cm de diámetro (n. de inv.: 76/V/42), y una varilla, de sección circular, de 5 cm de longitud y 0,2 cm de diámetro (n. de inv.: 76/V/15), que corresponden a los restos de un espejo, muy alterado por la acción del fuego, y que pudo formar parte de los objetos guardados en el interior de una de las capsae procedentes de estas sepulturas (Fig. 12). 16 Su hallazgo en contextos domésticos se relaciona con cajas fuertes -arcae-, donde guardar objetos de valor, armarios y cofres para la ropa u objetos personales. Entre otros ejemplos, arca del peristilo de la villa B de Oplontis o el de la casa de Caecilio Giocondo Fausto y Felice Niccolini de Pompeya (Adam 2012: 126). Una singular arca, de origen campano, fue hallada en Turiaso (Tarazona, Zaragoza), que constituye el único ejemplo en Hispania, vid. M. Beltrán Lloris (2004). La práctica de colocar un cofre entre los objetos de ajuar funerario, ya sea como ofrenda primaria o secundaria, estuvo muy extendida en las provincias occidentales del Imperio. En la Gallia, cuando no fueron utilizados como contenedores cinerarios 17, su presencia en las tumbas se vincula con los objetos personales que contuvieron (Feugère 1993: 137-140). La reconstrucción de estas capsae halladas en necrópolis, a partir de los elementos en metal conservados, muestra cierta homogeneidad tipológica en cuanto a su tamaño y sistemas de cerradura 18, mientras que las diferencias se observan en los elementos que la decoran. Estas cajas fueron ensambladas a partir de tablas de madera unidas con clavos y reforzadas en los ángulos con placas metálicas 19. Presentan tapa que proporcionó una mayor altura al cofre; para su apertura una simple cinta de cuero o goznes de alambre pudieron servir en las cajas más sencillas para tal fin pero, generalmente, se utilizaron bisagras metálicas, con un ala fijada en el canto de la tapa y la otra en el de la caja (Feugère y Manniez 1993: 282, fig. 257, n. En ocasiones, dispusieron de un cajón superior que se deslizó sobre ranuras en los costados de la caja (Riha 2001: 71, Abb. En la cara frontal se situaron las cerraduras, accionadas con llaves, embutidas en la madera y placas de re-17 Los cofres utilizados como contenedores de las ollae ossuariae o depósitos de incineración están documentados durante época altoimperial. Un ejemplo excepcional del empleo de un cofre como contenedor de una urna cineraria de vidrio se excavó en Les Sintiniers en Ormes (Marne, Francia), vid. Félix-Sanchez et alii (2015). 18 Para el estudio del mecanismo, funcionamiento y tipos de cerraduras empleados en época romana para el cierre de cofres, baúles y arquetas, preferentemente en el ámbito doméstico, pueden verse los trabajos de C. Fernández Ibáñez (1990y 2007), donde describe los sistemas de apertura con llaves del tipo elevación, deslizamiento y giro, partiendo de la primera clasificación propuesta por W. H. Manning (1989) y recoge los hallazgos hispanos. Sobre el sistema de funcionamiento de una cerradura de giro y su utilización desde las primeras décadas del siglo i d. C., vid. A. Duvauchelle (2002), a partir de un hallazgo en una tumba de incineración (n. 233) en el interior de un recinto funerario de la necrópolis de Avenches-En Chaplix (Suiza). 19 Uno de los primeros trabajos de sistematización fue el de A. Radnoti (1957) que estudió los cofres aparecidos en la necrópolis del castrum de Intercisa (Budapest, Hungría). Años más tardes, A. Birley (1977) dio a conocer las llaves y cerraduras halladas en el campamento romano de Vindolanda (Gran Bretaña), D. Gáspár (1986) publicó el material de Pannonia estableciendo siete tipos en base al diseño de su cara frontal y sistematizando también los mecanismos de la cerradura, y G. Wlach (1990) llevó a cabo el estudio de los cofres de la necrópolis de los castra de Lauriacum (Enns, Austria). Más reciente es el trabajo de E. Riha (2001) sobre los elementos de metal de cofres y cajas de Augusta Raurica. fuerzo al exterior. Contaron también con asas, más o menos elaboradas, que se situaron, sobre todo, en las caras laterales del cofre o en la tapa para facilitar su apertura. A veces, unas cadenas sirvieron para colgar y/o transportar el cofre (Riha 2001: 34). En cuanto a sus dimensiones, A. Radnoti (1957: 242-247) estableció, a partir del estudio de las cajas y sus accesorios metálicos de Intercisa, una anchura de 27-34 cm y un altura de 21-28 cm, con una proporción de 4:5, mientras que la altura de la tapa ocupó 1:4 de la altura total del cofre. Algunos ejemplos de capsae halladas en la excavación de áreas cementeriales y reconstruidas a partir de los elementos metálicos se encuentran en Roma, concretamente, en la tumba 650 de la necrópolis de via Collatina (Buccellato et alii 2008: 30). Otro ejemplo lo hallamos en una de las incineraciones (tumba 58) de la necrópolis de San Donato en Urbino, donde se recuperaron algunas piezas metálicas del sistema de una cerradura, muy similar a una de las capsae de las tumbas n. Durante la excavación de una necrópolis en Chiusi se halló la urna cineraria de Thana Presnti Plecunia Umranalisa, cuyo nombre conocemos por la inscripción pintada en su tapa y fechada en la mitad del siglo ii a. C. En su interior se halló una caja, que contenía un ungüentario, un peine, unas pinzas para depilar y varios anillos 20. En un buen número de necrópolis galas se han identificado también este tipo de cofres. Por ejemplo, entre los objetos situados en el interior de la cista, donde se depositó la urna cineraria de la tumba 22 de la necrópolis gala de Apt (Vaucluse), se hallaron cuatro placas de hueso que conformaron los pies de un cofre, una bisagra de hierro, algunos elementos en bronce de la cerradura y dos tramos de una cadena trenzada (Dumoulin 1964: 103 y fig. 24). También en la excavación de un enterramiento de inhumación en sarcófago en Niort (Deux-Sèvres), fechado en el último cuarto del siglo i d. De la necrópolis de Wederath/Belginum procede otra caja de madera con accesorios de metal y cuero21, de 23 cm de longitud y 25 cm de profundidad (Dewald y Eiden 1989: 323). Mientras en la necrópolis de Kohlberg (Folkling, Francia) un cofre fue quemado junto con la difunta (tumba 90) hacia el 50 d. C. y sirvió para guardar objetos de aseo personal, entre ellos, un espejo, una espátula y liberado el cerrojo (Stead y Rigby 1986: 68-71) 22. Por otro lado, los hallazgos de restos metálicos vinculados a cofres entre los elementos de ajuar en necrópolis hispanas se limitan a las incineraciones n. 23 Necrópolis de Ballesta: incineración n. 25 Esta necrópolis fue excavada a finales de 1979 por un equipo del Museo Arqueológico de Sevilla, hallándose un área cementerial con más de 100 tumbas de incineración en urna. En una de estas incineraciones se hallaron in situ casi todos los elementos metálicos de un cofre (una cerradura, una pletina de cierre, varias anillas, restos de una cadena, varios apliques y placas de refuerzo), que hoy se exhibe reconstruido en una vitrina de aquel Museo, vid. Fernández Gómez 2005: 6, (tumba 9) en la necrópolis del Polígono de Poniente de Corduba, en cuya excavación se hallaron restos de una cadena, apliques y varias piezas de una cerradura pertenecientes a un pequeño cofre (Morena 1994: 160-161, figs. 1, 2 y 4, láms. Con todo, la presencia de cofres o de elementos de cofres en las sepulturas está atestiguada durante todo el período romano (Castella et alii 1999: 351), aunque son más frecuentes en la segunda mitad del siglo i d. C. 26 Principalmente, contuvieron objetos de aseo personal femenino y fueron quemados junto a la difunta en una práctica funeraria en la que aquella capsa, que le había acompañado en vida, lo hacía ahora a su muerte, también en su último viaje (Virgili 1989: 83), evitando su utilización por cualquier otra persona. LA RECONSTRUCCIÓN DE LOS COFRES DE LA NECRÓPOLIS SEGOBRIGENSE Las circunstancias de hallazgo de las tumbas de la necrópolis de las parcelas 45 y 46 de Segobriga, removidas por los trabajos agrícolas, y la escasa documentación arqueológica disponible del descubrimiento de los elementos metálicos de cofres en los niveles de incineración de las sepulturas, dificultan su reconstrucción. Es evidente que es difícil definir los modelos específicos de capsae a partir del material conservado, Figura 13. El hallazgo de tres llaves28 y cuatro sistemas de cerradura entre el material metálico recuperado en la excavación de las incineraciones de las tumbas n. 5 y 6 de la necrópolis segobrigense evidencia la existencia de cuatro cofres. Al primero de ellos se adscribirían una placa de protección de la cerradura y uno de sus clavos de fijación, una pletina de cierre, un asa y una anilla con su armella de unión a la madera (Fig. 5,n. Estas piezas idénticas, asociadas también a una capsa, se han hallado en la necrópolis suiza de Courroux, donde el mismo sistema de cerradura, un asa simple y dos anillas se disponen en su cara frontal. Su reconstrucción propone un cofre cuadrado de circa 40 cm de lado (Martin-Kilcher 1976: 61, Abb. En Hispania, contamos con dos ejemplares similares. El primero en una tumba de incineración hallada en una excavación realizada en 1995 en el estadio municipal de fútbol de Mérida, donde una capsa formó parte del ajuar funerario de un niño de corta edad, junto a jarritas y ungüentarios de vidrio, cerámica y una bulla (Márquez y Ayerbe 2012: 160-161, fig. 52). 1 identificada en las tumbas n. puede realizarse a partir de la similitud de los elementos en bronce con los de una caja conservada en el Römisch-Germanischen Zentralmuseums de Mainz, procedente de la tumba de una mujer, fechada a principios del siglo i d. C, de una necrópolis hispana30. Se trata de una caja circular, cuya tapa quedaría unida al abrirse al cuerpo mediante una anilla y dos tramos de cadenas. Esta tapadera llevaría un asa y contaría con varias cadenas sujetas con anillas para colgar la caja, mientras que varios apliques la decorarían. Por otra parte, la placa de la cerradura y su pletina de cierre muestran una decoración vegetal, presente en un ejemplar hallado en la colonia griega de Pithekoussai en la isla italiana de Isquia (Künzl 1994: 623 y 625, Abb. Este cofre encuentra también un paralelo en la necrópolis de Carmona, concretamente en la incineración n. J. Bonsor (1931: 66, XXXIV) publicó los dibujos de los materiales metálicos hallados en su excavación propios de un cofre, entre los que se encontraban varios tramos de cadena, una pletina de cierre, un palastro y llave de hierro unida a la placa exterior de bronce, con forma de piel de toro y decoración vegetal punteada, un asa y una placa de refuerzo, indicando que también se encontró un espejo31 (Fig. 16). Todos estos elementos se asemejan a la capsa segobrigense con la excepción de la pletina de cierre pero es idéntica a varios ejemplares adscritos a época visigoda por J. Bonsor (1931: 121, LXX), que fueron encontrados en la excavación de las denominadas Tumba del Elefante y del Triclinium de Carmo. A una tercera capsa correspondería una placa exterior de una cerradura que conserva la caja de hierro o palastro, donde se aloja el mecanismo de apertura, y una llave (Fig. 5, n. Sería posible adscribir los fragmentos de placas de refuerzo de cobre o aleación hallados en la excavación de las tumbas n. 5 y 6 a esta tercera caja teniendo en cuenta que los ejemplares conocidos de los cofres anteriores no presentan este tipo de piezas. Por otra parte, la placa decorada con hojas lanceoladas, enmarcadas por dos filetes de puntos en relieve (Fig. 5, n. 3 y Fig. 17.2) podría pertenecer a la placa exterior de otra cerradura al conservar además parte de su ojo, en el que cabe una de las llaves en L (Fig. 5, n. 3), cuyo tamaño no corresponde al resto de mecanismos de apertura conservados. De esta manera, serían cuatro los cofres existentes en estas dos tumbas de la necrópolis segobrigense. Por último, el cofre de la tumba n. 10 conserva seis clavos en forma de cabeza de león, que embellecieron la placa exterior de la cerradura, y once anillas utilizadas como bisagras para el giro de la tapa superior, de unión de las cadenas situadas en las caras laterales y de decoración en placas de refuerzo dispuestas en la cara frontal. De uso muy corriente en el mobiliario doméstico, los clavos leontomorfos32 decoraron puertas, asas de sartenes, pies de braseros, sarcófagos, soportes epigráficos, fíbulas e, incluso, remos y timones de barcos (Riha 2001: 78). Su cronología se sitúa entre mediados del siglo i y finales del ii d. C., aunque su presencia aumenta durante la segunda mitad de la primera centuria en tumbas de incineración (Félix-Sanchez et alii 2015: 324). 6) en la provincia de Alicante. Este tipo de clavos, junto a otros elementos metálicos de cofres, se han hallado en varias necrópolis de incineración de Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alemania. En algunas de ellas, estos clavos sirvieron para fijar la placa exterior de una cerradura decorada con círculos concéntricos y con sistema de apertura de rotación. 211 de la necrópolis de incineración de Septfontaines-Dëckt (Luxemburgo) en una placa de cerradura, mientras que en la sepultura n. 27 de la necrópolis de Les Sintiniers en Ormes (Marne, Francia), ocho clavos idénticos fijaron la placa exterior de la cerradura a la madera (Félix-Sanchez et alii 2015: 321-322, fig. 10a) y, por último, en la necrópolis de la Thure en Solresur-Sambre (Bélgica) otros dos clavos leontomorfos tuvieron la misma función (Riha 2001: 58, Abb. De esta manera, los seis clavos con cabeza de león hallados en la tumba n. 10 de la necrópolis segobrigense debieron servir para fijar la placa exterior de una cerradura, que no se ha conservado. Esta capsa encuentra su paralelo más exacto en el cofre utilizado como cista de protección de una olla ossuaria de vidrio en la sepultura n. 37 de la necrópolis de incineración de Les Sintiniers en Ormes (Marne, Francia). Se trata de la tumba de un adolescente, de sexo indeterminado, fechada en la segunda mitad del siglo i o principios del ii d. Placas de cerradura de los cofres n. 3 (1) y 4 (2) halladas en la excavación de las tumbas n. Como elemento decorativo y refuerzo del cofre se utilizaron placas de bronce, de 2,7/3 cm de anchura, cinco en la cara frontal y posterior, tres en las caras laterales y dos entrecruzadas en la superior e inferior (Félix-Sanchez 2015). El estado excepcional de conservación de la sepultura permitió documentar el cofre en su posición original, con la cerradura, placas decorativas y de ángulo, bisagras y anillas con cadenas, que nos permite deducir la posición de las once anillas que se hallaron en la tumba n. Dos anillas de cobre o aleación (Fig. 7, n. 1e y 1i) presentan un volumen excesivo de concreción de Figura 18. Propuesta de restitución de los cofres hallados en la necrópolis de las parcelas números 45 y 46 de Segobriga. hierro para pensar que se trata del remache de hierro de fijación a la madera y que se reconoce claramente en, al menos, una de ellas (Fig. 7, n. De ello se deduce que el cofre de la tumba 10 dispondría de cadenas, conformadas por eslabones de hierro y fijadas mediante anillas a sus caras laterales, que sirvieron para colgar o transportar la caja. 1c y 1d) se utilizaron como bisagras de la tapadera, unidas a la tapa y a la parte superior de la cara posterior del cofre con simples goznes de alambre de hierro 33 y otras tres anillas tuvieron una función decorativa, situándose en las placas de refuerzo de la cara frontal del cofre, de la misma manera que el ejemplar hallado en Les Sintiniers en Ormes. Por último, otras dos anillas pudieron situarse en la parte superior del cofre para la sujeción de otra cadena a modo de asa 34 (Figura 18.4). En la vida diaria, los cofres tuvieron distintos usos desde guardar el instrumental quirúrgico de los médicos hasta su utilización casi exclusiva por las mujeres como cajas donde llevar consigo los objetos cosméticos o joyas. El aspecto simbólico que representarían estas cajas para la muerta explicaría su presencia en sepulturas a partir de mediados del siglo i d. C. en necrópolis de las provincias occidentales del Imperio. Los pequeños cofres de madera identificados en las tumbas n. 2, 5, 6 y 10 de la necrópolis de las parcelas números 45 y 46 de Segobriga se localizaron en el interior de ceniceros con restos de carbones de la madera quemada y, por tanto, reducidos a cenizas en la pira funeraria. En su excavación se recuperaron algunas piezas cerámicas ennegrecidas, numerosos ungüentarios de vidrio, en ocasiones deformados por la acción del fuego, un espejo y los herrajes de los cofres, que debieron depositarse durante la cremación del cadáver y, por tanto, corresponderían a ofrendas primarias 35. 24, reproduce el sistema de bisagra con simples anillas hallado en la tumba 2370 de la necrópolis de Wederath, fechada en la segunda mitad del siglo i d. C. Asociado a este cofre, se encuentran también clavos leontomorfos. 35 Los elementos de metal, que formaron parte de los cofres, no presentan deformaciones que puedan relacionarse con un proceso de quemado intencional. En todo caso, los efectos del calor en piezas metálicas son prácticamente invisibles, salvo que se lleven a cabo análisis metalográficos (Montero y Rovira 2002). Las cerraduras y los accesorios de metal de las cajas se elaboraron por artesanos que utilizaron distintos procedimientos de fabricación para conseguir una producción en serie, desde fundición en moldes hechos a torno o a la cera perdida para apliques, asas y clavos decorativos hasta el martillado de láminas de bronce36. Esta actividad manufacturera debió tener una importante función comercial, lo que explicaría el hallazgo de piezas idénticas en el ámbito geográfico de la Europa Central y Occidental. A través de las mismas rutas comerciales, que distribuyeron los productos cerámicos de La Graufesenque a partir de época de Claudio desde el puerto de Narbona y la ruta fluvial Ródano-Rin, pudieron llegar los cofres listos para su venta o, al menos, los herrajes o los moldes para su fabricación en un taller local y su montaje posterior en una estructura de madera. Estilísticamente, los cofres de la necrópolis segobrigense encuentran sus paralelos en áreas cementeriales de Francia, Suiza, Bélgica y Luxemburgo pero también en Hispania, donde las necrópolis de Augusta Emerita y Carmo han proporcionado algunos ejemplares casi idénticos. Si bien las placas de cerradura, asas, bisagras y apliques de los cofres hallados en Segobriga se reparten por todas las provincias del Imperio y se documentan, de forma aislada y con cierta frecuencia, en el ámbito doméstico. Estos elementos de metal, que desempeñaron un papel preferentemente funcional en los cofres, se vinculan a un tipo de mobiliario más bien modesto, en contraposición a la rica ornamentación figurada de arcones, cajas fuertes y armarios que encontramos en las ciudades vesubianas. Las capsae de la necrópolis segobrigense podrían asignarse a los grupos V y VI de la propuesta tipológica establecida por D. Gáspár (1986: 55, Abb. 43 y 44) para los cofres hallados en Pannonia, reservados a los ejemplares con cerraduras, asas y placas lisas de refuerzo, sin adornos, y en los que están ausentes placas broncíneas con apliques figurados o bajorrelieves. En Segobriga, estos objetos de la vida cotidiana llegados de otras provincias a través del comercio, encontraron su mercado en una población romanizada, formada por clases sociales dinámicas, abiertas a las influencias externas y a las modas imperantes. La presencia de cuatro cofres en el ustrinum asociado a las tumbas n. 5 y 6 de la necrópolis segobrigense podrían sugerir su vinculación a una familia con estatus social privilegiado, teniendo en cuenta además que contó con un mausoleo construido al pie de la principal vía funeraria de la ciudad. Sin embargo, el uso de estas cajas no fue exclusivo de clases sociales elevadas, pues su hallazgo en varias incineraciones de siervos y libertos en un sector de la necrópolis noroccidental excavada bajo el circo así parecen confirmarlo (Cebrián y Hortelano 2016: 148-149).
La reinterpretación cristiana de los monumentos de la Antigüedad en la Roma de Sixto V (1585-1590) El proceso de constitución del Estado Pontificio y su transformación en una estructura absoluta y centralizada se sitúa en el pontificado de Sixto V (1585-1590), cardenal Felice Peretti2, que será quien lleve a cabo, especialmente en política interna, una serie de iniciativas y proyectos urbanísticos y edilicios que contribuirán a afirmar un nuevo sentido del poder y de la organización y desarrollo de la ciudad, "reconfigurando por medio de la red viaria su organismo entero" (Portoghesi 1985: 68). Ya como cardenal, Felice Peretti, se había distinguido por sus iniciativas edilicias de gran estilo (Pastor 1950: 424), como lo demuestra la construcción de una villa, en la llanura que separa el Esquilino y el Viminal, que encargó a Domenico Fontana (1543-1607) 3. Esta villa, denominada Montalto, en homenaje al lugar de nacimiento de Sixto V, estaba en un lugar lleno de evocaciones clásicas. En época de Augusto, se hallaban allí los jardines de Lolia Paulina, a la que por celos mandó asesinar Agripina 4. 3 Nacido en Melide, llega a Roma como estuquista y comienza su tímida carrera de arquitecto, colaborando con Giacomo della Porta, en S. Luigi dei Francesi. En 1574 conoce al cardenal Peretti, y ello le supone un cambio en su vida profesional con sus trabajos en Santa Maria Maggiore, Villa Montalto y posteriormente en la renovación urbanística de Roma. Su biografía ha sido tratada por Ippoliti (1997) en el Dizionario Biografico degli italiani Volumen 48. 4 "Había oído decir cierto día que la abuela de Lolia Paulina, esposa del consular C. Memmio Régulo, que mandaba los ejércitos, había sido la mujer más hermosa de la época; hizo traerla en seguida de la provincia en que mandaba su marido, obligando a éste a que se la cediera; la tomó por esposa y la repudió poco después, prohibiéndole que jamás tuviese comercio con ningún hombre" (Suetonio: Cal. Por su parte Tácito (Ann.: XII, 22) "Agripina, terrible en sus odios y enemiga de Lolia porque había sido su rival en el matrimonio del príncipe, preparó contra ella imputaciones [...] Claudio, Al cardenal Peretti, le maravilló el sitio, al norte se veía la imponente mole de las Termas de Diocleciano y al sur su iglesia predilecta: Santa Maria Maggiore. Delante de ella se abrían tres viales, con hileras de cipreses, que se unían hacia dos fuentes con leones adornadas con esculturas antiguas. Ricamente decorado con estatuas, bajorrelieves y otros fragmentos de antiguos mármoles, estaba también el vial de en medio que conducía a la villa, que poseía tres pisos. En la parte posterior de esta villa, que como los viñedos florentinos, estaba coronada por una pequeña torre con un mirador, se disponía otro vial con cipreses, que se cruzaba con otro que venía de la segunda entrada, y que estaba junto a las Termas de Diocleciano (Fig. 1). La impresión que suscitó la villa fue enorme, y el propio papa, Gregorio XIII, no vio con buenos ojos que un cardenal franciscano y pobre como Peretti, hiciese tal ostentación, y le suprimió todos los subsidios; sin embargo la amenaza de parar los trabajos no se consumó, pues Domenico Fontana ofreció al prelado todos sus ahorros, con el sin escuchar a la acusada [...] propuso que, en consecuencia, se confiscaren sus bienes y fuera exiliada de Italia [...] A Lolia se le envía un tribuno que la empuje a la muerte". Grabado con "Planta y alzado del jardín y viñas del Papa Sixto V, hoy del cardenal Paolo Sevelli Paretti". fin de acabar la obra, aunque es probable que fuese el duque de Toscana quien acudiese en su ayuda (Pastor 1950: 427). El día de su coronación en el Laterano, 5 de mayo de 1585, Sixto V, no celebró allí el tradicional banquete al Sacro Colegio Cardenalicio, sino en su amada villa. Precisamente en ella, Sixto V, seguramente con el concurso de Fontana, alcanza a entender que la causa del abandono de esta zona, se debió a la destrucción del acueducto que suministraba agua a las Termas de Diocleciano por los ostrogodos, en 537. A partir de este momento se plantea la necesidad de reemprender la tarea de reconstruir los acueductos y potenciar la repoblación de las zonas altas de Roma. El mismo día de su toma de posesión comunicó la decisión de reestablecer el acueducto de Acqua Alessandrina, construido por el emperador Alejandro Severo, entre los años 222 al 225, y en esos momentos en ruina. La fuente de este acueducto se encontraba en las posesiones de los Colonna, en las Colinas de Pantanelle, en la zona de Palestrina. A tal fin se constituyó una congregación bajo la presidencia del cardenal Medici, con la que no solo se pretendía que se encargase de llevar el agua al Esquilino, Viminal y Quirinal, sino también a otras zonas de la ciudad. Las obras fueron inicialmente dirigidas por Mateo Bertollini da Castello, y se destinaron unos 300.000 escudos para ellas. El acueducto fue llamado Acqua Felice, en honor a su nombre (Fig. 2). Sin embargo, las dificultades fueron muy grandes. En primer lugar se tuvo que destituir a Bertollini, y nombrar a Domenico Fontana, ayudado por su hermano Giovanni. Las labores en los manantiales eran complicadas pues la distancia entre Palestrina y Roma era grande, a lo que había que añadir las dificultades del terreno, y la amenaza de la malaria sobre los trabajadores. Después de muchas fatigas y mayor necesidad de dinero, en agosto de 1586 por fin el agua llegó al Quirinal, en octubre el papa la vio manar en su villa de Montalto y en 1587 llegó al Pincio, a la famosa Villa Medici. En agosto de ese año donó al cardenal Azzolini, agua para su villa en Piazza Maggiore. También fuentes públicas, como las de S. Maria dei Monti, Campo Vaccino, Aracoeli y Piazza Montanara, y por fin una fuente en el Quirinal, que llevaba agua junto a las famosas estatuas de los caballos (Pastor 1950: X, 431). La completa apertura del Acqua Felice, tuvo lugar en 1589 en la fiesta de la Natividad de la Virgen. El importante momento fue celebrado en un poema por Torcuato Tasso (Opere: II-560). El pontífice, impulsa en poco tiempo, otra serie de actuaciones, no sólo con el objeto de hacerlas realidad, sino también con la intención de visualizar a través de ellas un nuevo orden, un sentido más potente de la autoridad pontificia, que causara la admiración y la sorpresa entre sus contemporáneos. Ya en la reforma de la Curia -bula Immensa Aeterni, de 22 de enero de 1588-, constituyó una congregación para las calles, puentes y acueductos, y además creó los Magistri Viarum, uno por cada rione. También conocemos, que el pontífice mostró varias veces su descontento con el trabajo, tanto de la autoridad comunal, como con los magistri viarum, según deduce Spezzaferro (1983: 369) de la lectura de los avvisi. Del plan del pontífice, se posee un testimonio gráfico en un fresco realizado por Cesare Nebbia y Giovanni Guerra, en la Biblioteca Vaticana, y que se considera el testimonio más importante de cómo sería el plano sixtino de la ciudad, aunque recoge sólo un aspecto parcial del mismo, en especial las nuevas vías que se proyectaban en la ciudad alta, la edificada en las colinas, todavía medio sepultada -siempre con la intención de devolver a Roma su esplendor-, y que él quería renovar. Junto a estos proyectos aquí representados, el plan sixtino contemplaba también otros en la ciudad baja, con dos sectores, el que se extendía desde el Capitolio y el curso del Tíber y el que abarcaba la parte de la ciudad baja, por el río hasta el Vaticano, es decir los rioni del Trastevere y del Borgo (Fig. 3). En el fresco de la Biblioteca Vaticana, se colocó la leyenda: Dum rectas ad templa vias santissima pandit//ipse sibi sixtus pandit ad astra viam, que manifiesta su deseo de poner de relieve que el principal objetivo de su plan era la construcción de las vías, como ya había manifestado en la bula del 13 de diciembre de 1586: Egregia Populi Romani, en la que el papa, restaurando el uso de celebrar en las capillas papales de las siete basílicas, disponía un nuevo plan de calzadas iam vias latas et directas patefecimus y sustituir también la muy distante de San Sebastiano fuori le Mura por la más cercana de Santa Maria del Popolo. Esta red que finalmente habría conectado las siete basílicas, realizaba el sueño de Gregorio XIII5 y de muchos otros predecesores de Sixto V, que no habrían logrado realizarlo. A este respecto, Spezzaferro (1983: 371) acepta la interpretación del plano in syderis formam, dada por F. Bordini (1588), en el sentido de que responde a una estructura estelar y a una simbología de la Virgen cuya basílica de Santa Maria Maggiore tenía para el papa especial importancia en su programa; también se justifica de este modo con una explicación religiosa lo que en un principio responde a una estructura esencialmente astrológica, que era muy apreciada en la cultura urbanística del momento (Fig. 4). Que el deseo de Sixto V era la construcción de esta red de caminos que conectase directamente las principales iglesias de Roma, no sólo está atestiguado por la literatura de la época, sino por el propio arquitecto Domenico Fontana (1590: c.87v.), que dirigió estas, y casi todas las obras del papa: El objetivo de todo este programa, es según Fontana, la construcción de una red viaria que facilitara el camino a los peregrinos, lo que además se acompañó de medidas que fomentasen el repoblamiento y el relanzamiento de la actividad edilicia y comercial. Este es el sentido de la bula Decet Romanorum Pontificem, de 13 de septiembre de 1587 por la que se concedieron privilegios a aquellos que se construyeran o se fuesen a vivir a las vías Felice y Pía. Spezzaferro (1983: 373), afirma que con el pretexto de facilitar las peregrinaciones, y renovar antiguos ritos y ceremonias en las capillas pontificias de las siete basílicas, Sixto V con su arquitecto Domenico Fontana, lleva a cabo su voluntad de ampliar la ciudad, impulsando la más gigantesca operación urbanística jamás vista hasta entonces en Roma, lo que demuestra por ejemplo, que su deseo de transferir la dignidad basilical de S. Sebastiano fuori le Mura a Santa Maria del Popolo, era simplemente instrumental, al servicio de su programa urbanístico. De este modo, aunque sin restarles valor, los motivos religiosos son en gran parte meramente estratégicos al servicio de una idea más general de la ciudad. Con el programa se pretendía algo más ambicioso, que el mero allanamiento de los caminos a los peregrinos. El objetivo era repoblar aquella parte de Roma intramuros que se encontraba semisepultada y desierta. En este sentido, deben entenderse sus palabras recogidas en su bula Suprema Cura Regiminis del 19 de febrero de 1590, dada con ocasión de la terminación del acueducto Felice, que algunos consideran su testamento urbanístico. En ella se reafirma sobre su programa de vías, acueductos, obeliscos e iglesias, en el convencimiento de que una renovación de la parte alta de la ciudad, contribuirá al desarrollo de la más baja. Al mismo tiempo, resalta la idea de que el papa como soberano temporal de Roma tiene que velar por la mejora de las condiciones para que la ciudad pueda desarrollar mejor el papel universal, espiritual y religioso, que le corresponde, y no partiendo de una admiración hacia el pasado histórico, hacia una magnificencia perdida que debe ser restaurada como tal, sino que sirva de estímulo a la comprensión de las causas de aquella pérdida, interviniendo sobre esa "grandeza antigua", con el fin de construir las estructuras idóneas para realizar una nueva grandeza (Spezzaferro 1983: 377). Una dialéctica, en suma, entre la "Roma Sacra" y la "Roma Profana", que pone en marcha una reinterpretación y una renovación con la finalidad de demostrar la definitiva hegemonía de la "Roma Sancta" (Fagiolo y Madonna 1985, Fagiolo 2004: 13-14). El programa parte del análisis del urbanismo romano antiguo. De este modo, se considera que las partes altas de la ciudad imperial, que fueron la cuna de Roma, donde se habían desarrollado los núcleos de población que le dieron origen y donde se edificaron las primeras basílicas cristianas, se abandonaron porque los acueductos que les suministraban agua se arruinaron. Esta circunstancia de falta de infraestructura había provocado que la población se asentara en las zonas bajas, más cercanas al río, que eran menos sanas y corrían un peligro constante con las crecidas del Tíber. La acción que se consideraba prioritaria era reequilibrar el territorio, reestableciendo de nuevo el suministro de agua a la zona, recuperando, en suma, la función urbana de las colinas. Todo ello, naturalmente, sin renunciar al desarrollo y mejora de las zonas bajas. Las nuevas vías se conectarían con las antiguas consulares dentro de la ciudad, mejorando la viabilidad de aquellas. De este modo, la nueva red se construye en conexión estrecha con la preexistente, con dos series de ejes paralelos y otros transversales. Dos con dirección noroeste y sureste, respectivamente. El primero de tales ejes era el constituido por la calle que partía de Porta Salaria -al final de la Via Salaria-y cruzando la Via Pia, donde la Porta Pia se unía a la Via Nomentana, llegaba a Porta San Lorenzo, final de la Via Tiburtina, de donde proseguía hasta la Porta Maggiore, donde unían la Via Casilina y la Via Prenestina. El segundo, el más conocido, es aquel que partiendo de la Piazza del Popolo, esto es de la Via Flaminia, cruzando la Via Pia alle Quattro Fontane y costeando por Santa Maria Maggiore, alcanzaba también la Porta Maggiore. El tercero de estos ejes es, también, aquel que partiendo al sur del Laterano, o sea en el punto en que se unían la Via Tuscolana y la nueva Via Appia, alcanzaba hasta el Coliseo y aquí debería haber continuado hasta los pies del Capitolio, y que se habría unido, a través de la Via Lata, con Piazza del Popolo y de otro lado, a través de la Via Papale, con el Vaticano (Fig. 5). El cuarto eje, también solo en proyecto, era aquel que partiendo de Porta Settimania -prolongando Via della Lungara-, habría atravesado el Trastevere mediante la proyectada construcción de un nuevo puente, llegando hasta la Basílica de San Paolo y también a Porta San Paolo donde termina la Via Ostiense. Si consideramos estos ejes con los que los cruzarían transversalmente, de este a oeste, resulta claro que el cruce de las dos series habría producido una especie de red que aseguraría una nueva comunicación entre todas las zonas de la ciudad. Y aunque la red sixtina, también puede ser vista desde la conveniencia de mejorar el acceso de los peregrinos, no cabe duda de que respondía a hacer más cómodo las comunicaciones entre la ciudad y el campo, y una mejor comunicación dentro de la ciudad, en especial de las mercancías que proviniendo de muchos puntos de la campiña, llegaban a Roma desde muchas y opuestas entradas (Spezzaferro 1983: 380). De los ejes no realizados, el del Coliseo merece un especial comentario. Su no ejecución pudo deberse a las muchas dificultades que planteaba su construcción, Figura 5. Plano de las vías proyectadas por Sixto V sobre la planta de Roma. En trazado fuerte se aprecian las realizadas, Santa Croce, Sistina y Stradone di S. Giovanni y en discontinuo las que no se acometieron. Fuente: Grassi (2011): 193, figura 2, tomada de Quaroni (1959: 46-47 El entusiasmo que en el Renacimiento concitaban las ruinas antiguas, no pudo impedir que el vandalismo que se perpetraba contra los edificios medievales no se extendiera también a los romanos. La mayoría de los papas de la Roma renacentista obtuvieron materiales para sus nuevas fábricas tanto de los edificios romanos como de los cristianos. Pero no sólo los papas, los arquitectos a su servicio también veían como natural expoliar las ruinas, tomando de aquí y de allí materiales, más o menos delicados, para sus edificaciones. De este modo, Bramante o Fontana, no creían estar haciendo ningún mal si destruían restos de la Antigüedad. De este modo, Fontana no se queja del hecho de que se destruyeran parte de la Termas de Diocleciano para hacer más cómodo el acceso a Santa Maria degli Angeli6. También veremos cómo Fontana, estima de lo más conveniente la reutilización del Coliseo como manufactura de la lana, anteponiendo la utilidad y la conveniencia social, a cualquier otra consideración. No serán los artistas, ni los arquitectos, sino los Conservatori de Roma, los que alcen su voz y procuren defender los monumentos. Será en el pontificado de Sixto V cuando ello se produzca con gran claridad, con ocasión de varios proyectos del pontífice, que llevaban aparejados la destrucción de importantes monumentos. Acogiéndose a la bula7 de Pío II (1458-sentando las bases de un concepto de propietà vincolata o speciale, en el que se observa una influencia de la legislación romana y la distinción entre res publicae y res sacrae (Verdugo 2015:17-23). 8 Durante la Edad Media, Roma ejerce una gran fascinación y un atractivo religioso con la consecuente peregrinación, pues en ella se hallan las tumbas de Pedro y de Pablo y la sede del vicario de Cristo. El primer cambio que va a producirse será el de una actitud diferente hacia los restos del pasado. Éstos seguirán siendo amados o temidos, no comprendidos ni cuidados, pero se observa un nuevo interés hacia ellos. De este modo, si se recorre el itinerario anónimo de Einsieldeln (h.800) se aprecia no sólo la exactitud con que son citados los monumentos paganos de la ciudad de Roma sino también sus referencias topográficas. De igual modo, en 1107 el arzobispo Ildeberto de Tours evocaba en un poema latino las ruinas y las estatuas que había podido admirar en Roma. La peregrinación dará lugar a una literatura para peregrinos que producirá en el siglo xi, la Graphia Aureae Urbis Romanae, que es atribuida al diácono Pietro di Montecassino (h. Este interés, que poco a poco se va abriendo en la mentalidad medieval hacia la Antigüedad, aparece de nuevo reflejado en la representación de la ciudad de Roma en la bula de Ludovico el Bávaro (1282-1347) realizada con motivo de su coronación en 1328 que en opinión de Franchetti (1994: 27-28), representa una Roma convencionalmente condensada en antiguas arquitecturas e inserta en un imaginario ligado a un valor general: la continuidad ideal del Imperio Romano, presentado con la leyenda Roma caput mundi regit orbis frena rotundi, enmarcando el valor de la coronación en la disputa entre Imperio y Papado. En la bula puede verse o Du Perac (Fig. 6), así como otro de autor anónimo del siglo xv en el Codice Salisburgensis 10. También es cierto que Sixto V, no puede considerarse un depredador de las ruinas antiguas. Cuando sólo era un humilde franciscano poseía el libro de Marliani (1534) sobre antigüedades romanas, y como papa mantuvo una estrecha relación con el anticuarioarqueólogo Fulvio Orsini y aceptó que le dedicara, en 1585, Louis de Montoise (Demontiosus) su obra Gallus Romae Hospes (Pastor 1950: 455). Incluso la destrucción del Septizonium se debe a una medida de orden público, pues amenazaba ruina y de hecho se demuele tras la caída de varias columnas del pórtico. Lo que sorprende es la falta de visión restauradora, una constante en todo el Renacimiento y, cómo no, en la Contrarreforma. Sólo se atienden los edificios que tengan una utilidad, especialmente para el culto. La razón de que algunos monumentos antiguos han llegado hasta nosotros, no es otra que su reutilización como iglesias. No hay un culto al monumento per 10 El dibujo de Sangallo se encuentra en el Codice Barberiniano en los Uffizi. Florencia; el del copista de Giorgio Martini en el Codice Saluzziano 148, en Biblioteca Reale, f. 84 v de Turín; el de Dosio, en los Uffizi, Florencia y el anónimo del Codex Salisburgensis en Salzburgo, Universitätbibliothek, in.ms.Ital. El de Heemskerck en Kupfertischkabinett, Berlín. Sobre el Septizonium véase a Tata (2005: 210-213). restauración por parte de Domenico Fontana, que la dota de un nuevo pedestal. XLV; Hülsen 1913: 16), el basamento de la columna Antonina 13 o Aureliana presentaba una gran inestabilidad, se encontraba parcialmente enterrado hasta su tercera hilada y había sido expoliado de gran parte de sus revestimientos marmóreos. La puerta de entrada estaba cegada con materiales y escombros para reforzar la columna, y el fuste presentaba numerosas lesiones y exfoliaciones, con una gran cavidad que estaba reforzada con un muro de ladrillos. En definitiva el monumento corría serios peligros de conservación. De ahí la intervención de Fontana. Se conserva en el Archivo Vaticano (Archivio Segreto Vaticano. Archivum Arcis Armadio B.3) un expediente titulado: Libro della spesa fatta da N. S. Papa Sisto V alla colonna Antonina e Traiana, que está fechado el 7 de junio de 1590, en el que se detallan todos los trabajos realizados y figuran las autorizaciones del gasto con las firmas del pontífice, de Fontana y del perito Prospero Rocchi. La dirección y el boceto de las estatuas de San Pablo y San Pedro correspondieron a Fontana. Las estatuas de cuatro metros de altura fueron modeladas por Tommaso della Porta en bronce dorado, participando en la de Pedro también Leonardo Sormani da Sarzana y en la de Pablo, Costantino de'Servi y Bastiano Torrigiano (Fontana 1590: I, 86). Se realizaron en la fundición del Palacio Vaticano, el bronce se obtuvo de cañones y de puertas de antiguas iglesias. Silla Longhi, Matteo Castello y otros volvieron a esculpir los relieves de la Antonina que se destruyeron después de los trabajos de los canteros, utilizando para ello mármoles obtenidos de la demolición del Giovanni Cavallini, escritor de la mitad del trescientos a hablar de una habitación del emperador Antonino junto a la columna, que él había hecho historiar con las imágenes de los romanos ilustres y de sus gestas (Colini 1955: 33; Graf 1915: 114). Poco a poco la columna irá dando nombre al barrio, y se convertirá en el elemento de más relieve, emergiendo sobre las casas y huertas. Será llamada la columna maior por creerse que era mayor en altura que la de Trajano. La iglesia de S. Andrea fue destruida con ocasión de la visita de Carlos V a Roma, al objeto de dejar expedita la columna, corriendo la misma suerte que S. Nicola alla Colonna Traiana. 13 En la Roma de Sixto V, la columna de Marco Aurelio era denominada Antonina pues aún no se había descubierto la erigida a Antonino Pío por Marco Aurelio y Lucio Vero. Su ubicación in situ fue desechada tras los daños sufridos por un incendio del apeo de madera que la sostenía en 1759 y que conocemos por un grabado de Piranesi (1762: fig. 440). Su basamento con la apotheosis y decursio, con la firma de Eraclide, y una inscripción dedicatoria (CIL VI, 1004, CIL VI, 31223= ILS 347) se encuentra en el Giardino della Pigna del Museo Vaticano desde 1787. se, salvo los cargados de intencionalidad, como son el caso de las columnas trajana y antonina, que son símbolos del pueblo y del senado de Roma. Las columnas de Trajano y Marco Aurelio La primera es aislada convenientemente y la segunda 12 es objeto de una amplia 11 Sabemos que era ciudadano romano y Procurator Montis Farinae en 1578. El periodo entre la muerte de Tedellini y la llegada de Boario, fue un interregno, en el que no hubo ningún Commissario, lo que supuso una quiebra con la etapa anterior, que fue aprovechada por determinados sectores para incumplir la normativa de protección dictada por el camarlengo Cornero de 28 de mayo de 1572 y las acciones de los Conservadores, con las que se pretendía un mayor control sobre la extracción de materiales de los monumentos. Sin embargo, estas normas se relajan entre la muerte de Tedellini en 1584 y el nombramiento de Boario en 1585. El pontificado de Sixto V se caracteriza por un gran número de licencias de excavación y actividad constructiva sin precedentes y un aumento considerable de licencias de exportación que incluye materiales tanto para el extranjero como para la construcción de iglesias o tumbas (Ridley 1992: 126). 12 La columna de Marco Aurelio dañada y maltratada por la intemperie y los hombres, estaba constreñida entre casas y la pequeña iglesia dedicada a S. Andrea. Durante el periodo difícil que siguió tras las destrucciones de Roberto Guiscardo (c.1084) el monasterio se vio obligado a ceder en arrendamiento la pequeña propiedad en la que se incluía la columna, hasta que en el 1119 el abad Pedro reivindicó la propiedad y la columna con amenazas de excomunión. El texto de esta interesante reivindicación se encuentra en una inscripción en el pórtico de San Silvestro in Capite. 15 En un documento de 25 de marzo de 1162, quizás el más antiguo referido a la conservación de un monumento arqueológico, los senadores romanos declaran solemnemente proteger la Columna: "por el honor de todo el pueblo romano, la Columna no deberá ser jamás dañada por nadie, y permanecer así como está integra e incorrupta hasta que el mundo dure", y establecían, además, que aquel que le produjese algún daño sería castigado con la pena de muerte y la confiscación de todos sus bienes: "restitvimvs salvo ivre parochiali ecceliae ss. apostolorum philippi et jacobi et salvo honore publico vrbis eidem columnae, ne vnquam per aliqvam persona obtenta investimenti hvius restitvtionis dirvatur, avt minvatur, sed vt est ad honorem ipsivs ecclesie et totivs popvli romani integra et incorrupta permaneat dvm mundvs dvrat, sic eivs stante figvra. qui vero eam minvere temptaverit persona eivs vltimvm patiatvr supplicivm et bona eivs fisco applicentvr". En los honorarios de Fontana se incluían numerosos gastos, tales como los trabajos de los canteros, los de los andamios, llamado "castello", que es minuciosamente descrito, el traslado de la estatua desde la fundición a la plaza, la "capra" o pequeña grúa construida encima de la columna para colocar la estatua, que tuvo que colocarse dos veces, toda vez que la colocación de la estatua de San Pablo mirando hacia la calle que viene desde Piazza del Popolo no satisfizo al pontífice, y se cambió su orientación colocándola hacia San Pedro. También se incluían los gastos del pedestal de la estatua. En cuanto a la intervención propiamente dicha sólo puede objetarse el tratamiento que Fontana dio al friso decorado, que no fue conservado en su totalidad, sólo en dos de sus lados, procediendo a su eliminación en los otros dos. En opinión de Colini (1955: 35) del fresco sixtino del Vaticano, parece deducirse que en un primer momento se pensó dejar en su lugar los relieves revistiendo el basamento por debajo de ellos con lastras marmóreas que portarían la inscripción conmemorativa de la "reinterpretación" cristiana de Sixto V, regularizando los travertinos interpuestos entre ellos y el plinto de la columna, sobre los cuales se habrían colocado los emblemas papales y utilizando finalmente el resalto para apoyar en los ángulos cuatro estatuas. Parece ser, continúa Colini, que probablemente este sería el proyecto formulado en tiempos de Gregorio XIII para la sistematización de la columna y del que se da noticia en el Avviso del 1 de agosto de 1574 y que se conserva en la Biblioteca Vaticana (Urb. Pero en el momento de ejecutarse el proyecto, con la intervención de Fontana, prevalece la idea de revestir todo el basamento. En este sentido Fontana no sólo lleva a cabo una serie de operaciones de "consolidación estática" sino que también, participando de los principios de restauración reintegradora, tan en boga en su tiempo, completa las lagunas de los relieves históricos, aplicando incluso una falsa pátina de oxalato para nivelar las partes rehechas con las originales (González-Varas 2003: 139). El papa perseguía una clara intención con estos dos monumentos, quizás los más representativos de la Roma antigua: su cristianización. Las dos columnas eran el símbolo de los probablemente más grandes emperadores: Marco Ulpio Trajano, Optimus Princeps 14 y Marco Aurelio, el emperador filósofo. Además LA REINTERPRETACIÓN CRISTIANA DE LOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD EN LA ROMA... columnas eran los símbolos, junto con el Capitolio, del poder civil romano. Sixto buscaba la confirmación de su poder absoluto, y para ello se sirve de la supremacía del cristianismo frente al paganismo, como ya habían puesto de manifiesto algunos de sus predecesores, en especial Pío IV con la construcción de Santa Maria degli Angeli. El pontífice en un claro sentido de propaganda ordena colocar en lo alto de la columna trajana al apóstol Pedro y sobre la aureliana, Pablo. Los nuevos príncipes o emperadores de Roma, los Rómulo y Remo serán ahora, Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, como ya se recogía en la bula del año jubilar de 1343 por Clemente VI, en la que se dice de ellos que son "gloriosos príncipes de la tierra [...] lámparas o faros de la fe, columnas de la Iglesia -ecclesiarum columnae-"16. El punto de vista de Sixto V sobre los monumentos antiguos era muy diferente del pensamiento de los hombres del Renacimiento. Para él, el mundo pagano había sido vencido por el cristianismo, y por consiguiente los restos de aquél sólo tenían razón de ser en función de la exaltación de la gloria de Cristo y de su Iglesia. De acuerdo con esta convicción, las columnas no debían testimoniar sólo la gloria de Roma sobre los dacios o los marcomanos, sino que tenían que transformarse en monumentos a la victoria del cristianismo (Pastor 1950: 451). Por ello en el lugar que habían ocupado las estatuas de los emperadores aparecían ahora aquellos "nuevos príncipes" señores espirituales de Roma, como puede observarse en la moneda conmemorativa de 1587 (Fig. 7), en cuyo reverso se muestra a los apóstoles sobre las columnas con la leyenda del Magnificat: exaltavit•humiles17, en una clara alusión al destronamiento de los emperadores de sus tronos. El 28 de septiembre de 1587 fue colocada con toda solemnidad sobre la columna trajana la estatua de Pedro, un personaje totalmente desconocido en época del Emperador Trajano (Fig. 8). Un año después el 27 de octubre de 1588 se colocó sobre la columna de Marco Aurelio la estatua de Pablo; un filósofo cristiano arrebataba su puesto a un filósofo estoico (Fig. 9). Tras un pontifical en S. Lorenzo in Lucina se adscribió la columna trajana al patriarca de Jerusalén Gonzaga y la de Marco Aurelio a Camilo Gaetani patriarca de Alejandría. Con esta intencionalidad, afirma Pastor (1950: 452), aparece con claridad la mentalidad del humanista cristiano, que muestra a los ojos de todos que bajo la guía de la Providencia, todas las acciones de la Antigüedad pagana, tanto en la guerra como en la paz, en la ciencia y en el arte, habían tan solo servido como base sobre la que se erige el cristianismo. A esto se añade, además, otra particularidad que marca la diferencia de la percepción de la Antigüedad en este momento, respecto a épocas anteriores. Para la Iglesia, los monumentos antiguos, estaban realizados por mano de obra esclava, como afirmaban muchos padres de la Iglesia. Bajo aquellas hermosas y colosales fábricas, estaba la sangre y el padecimiento de muchos esclavos, seguramente cristianos en gran número, que construyeron todos estos edificios al servicio del or- sustitución del Capitolio, evidenciara la nueva realidad del poder papal absoluto que Sixto V quería afirmar. Precisamente si examinamos con detalle el plano de Bordini (Fig. 4) vemos como aparece situada sobre el Capitolio la "Roma Sancta" a una escala mayor al modo de Dea Roma portando en su mano como Palladio una escultura de San Pedro, en el lugar que debería ocupar una Victoria (Fagiolo 2004: 13, fig. 5). Todo ello es consecuencia, como ya venimos repitiendo, de las nuevas ideas de la Contrarreforma, como se aprecia en muchos testimonios contemporáneos a estas "cristianizaciones" de edificios paganos, que alaban con verdadero entusiasmo estas medidas, entre los que destacan Torcuato Tasso (1544-1595) que en su Opere II, 466 celebra con verbo inflamado el triunfo de la cruz sobre el obelisco del Laterano, o Bordini (Carmina: I, 23) sobre el de Santa Maria Maggiore. Ya hemos visto la intención de Sixto V, expresada en su bula Suprema Cura Regiminis del 19 de febrero de 1590, de intervenir sobre la "grandeza antigua" de Roma, con el fin de construir las estructuras idóneas para realizar una "nueva grandeza" cristiana. Los monumentos antiguos de Roma habían sido construidos con una intencionalidad política y religiosa, que no tenía continuidad y, en algunos casos, significaban el "enemigo" que había sido abatido. Respecto a esta realidad, no cabía otra respuesta que despojarlos de toda simbología original y ponerlos al servicio de la ideología cristiana, dándoles así un nuevo sentido y una razón para su conservación. Evidentemente eran objeto de admiración pero a la vez testigos de una ideología que fue adversaria del cristianismo, que había "renacido" en parte con el humanismo, colocando a la Iglesia en una situación difícil, de cohabitación con unos dioses paganos que no habían sido olvidados del todo, como ocurrió en la Roma de León X. Esto explica, por ejemplo, el suceso al que Seznec (1987: 216) denomina "la defenestración de los dioses del Capitolio por Sixto V", y que nos refiere Pastor (1955: 454). Según parece, Gregorio XIII, permitió que el Senado colocara en la torre del Capitolio una estatua de Júpiter, flanqueada por otras de Apolo y Minerva, conjunto escultórico que tal vez sea el representado en el fresco de autor anónimo (Ackermann 1968: fig. 52) del Palazzo Massimo alle Colonne, recogido por Arckermann (1968: 63) y que él fecha entre 1550 y 1560, es decir en los pontificados de Julio III a Pío IV. Con independencia de qué pontífice autorizó la erección de estas estatuas, indudablemente en un período de más tolerancia; Sixto V, que desde que era cardenal había protestado de ello, tan pronto accede al trono, obliga a desmontar estos dioses del Capitolio, lugar en el que en la Antigüedad habían sido honrados. El Apolo y el Júpiter fueron alejados a otras gullo, el espíritu guerrero y de la sensualidad, es decir al servicio de "fuerzas enemigas de Dios" (Pastor 1950: 453). Por todo ello, y por la natural presencia del Maligno, antes de colocar las estatuas de Pedro y Pablo sobre las columnas, éstas fueron sometidas a ritos exorcistas para expulsar de ellas a los malos espíritus. En la oración de la bendición podemos leer: Te conjuro o piedra creada por Dios en nombre del Padre omnipotente, en nombre de Jesucristo, su Hijo nuestro Señor, y en la virtud del Espíritu Santo, a fin de que tú seas purgada, porque portas la imagen del príncipe de los apóstoles, y permanezcas libre de toda mancha de paganismo y de toda hostilidad de perversidad espiritual. Otro proyecto que ambicionaba el papa era el de crear una gran plaza entre la Columna Trajana y la iglesia franciscana de Santi Apostoli, este proyecto contemporáneo a las bien conocidas intervenciones de despaganización efectuados por el papa en el Capitolio, dirigidos en realidad a redimensionar el poder municipal del que gozaban los nobles desde Gregorio XIII (Spezzaferro 1983: 374), parece mostrar el deseo de construir otro nuevo centro, que con el espiritual de San Pedro o el temporal de S. Giovanni in Laterano, aportase un sentido ciudadano, que en dependencias menos importantes y sólo se permitió la Minerva a la que se "cristianizó" cambiando su lanza por una cruz, cargándola de esta forma de un importante carácter simbólico cristiano: la "sabiduría" antigua coincidía de este modo con la fe cristiana. También Sixto V, en su deseo de cristianizar, consultará 18 a la curia sobre la conveniencia de eliminar los sobrenombres paganos de algunas iglesias de Roma, como S. Maria sopra Minerva, cuestión que sin embargo no fue realizada, tal vez porque estas denominaciones estaban muy arraigadas entre la población. En cuanto a otras intervenciones, merece destacar la restauración de las estatuas de los llamados Alejandro y Bucéfalo, también conocidos por Aquiles, Cástor y Pólux, Colosos, Dioscuros, Caballos de Diomedes, Domadores de Caballos, Caballos en mármol, y cuyas primeras referencias se encuentran en la Mirabilia Urbis Romae, y que con toda seguridad se encontraban erigidos (Haskell y Penny 1990: figs. 70/71) en el Quirinal desde la Antigüedad (Haskell y Penny 1990: 151). La restauración fue llevada a cabo entre 1589 y 1591 bajo la dirección de Doménico Fontana, por los escultores Flaminio Vacca, Leonardo Sormani y Pier Paolo Olivieri (Pastor 1955: 456). Precisamente Flaminio Vacca ponía en relación el grupo escultórico con las ruinas cercanas existentes en la Villa Colonna, conocida como Frontispizio de Nerón, al reconocer en el basamento de las esculturas algunos elementos arquitectónicos de dichas ruinas. Precisamente estos basamentos, que fueron modificados en la restauración sixtina, podrían datarse en la tardoantigüedad, tal vez colocados tras el terremoto del 442, y poseían unas inscripciones latinas con la frase: Opus Fidiae y Opus Praxitelis. Estas inscripciones fueron modificadas por Fontana y su equipo, corrigiéndose el nombre de Fidiae por el de Phidiae. Asimismo, se aceptó la interpretación de Onofrio Panvinio, publicada en 1588, que relacionaba las estatuas con las termas de Constantino situadas en el Quirinal y consideraba que habían sido traídas desde Alejandría, e identificaba como Alejandro y Bucéfalo. Esta interpretación fue muy controvertida y las famosas estatuas del Quirinal fueron objeto de gran debate arqueológico. Nos interesa sólo dejar aquí el testimonio de la labor restauradora de Sixto V, que mantiene un equilibrio entre destrucción de monumentos antiguos que no pueden integrarse en la "grandeza cristiana", como el Septizonium o el propio Coliseo, que pretendió destinar a fábrica, con otros 18 Diarium audient. Archivio segreto pontificio (ASR) LII, 19, cit, por Pastor (1955: 455, nota 1). que cristianiza, como las columnas o los obeliscos, o integra en la remodelación de espacios urbanos como estas estatuas del Quirinal. El Coliseo como fábrica de lana El proyecto de Fontana de establecer en el Coliseo una manufactura de la lana (Fig. 10), debe ponerse en conexión con la política social de Sixto V, quien además de establecer ayuda para los campesinos, y asilos para los mendigos, estaba empeñado en crear estructuras económicas que permitieran el relanzamiento de actividades productivas. Una de ellas era la lana, para la que creó junto a la Fontana di Trevi, unos laboratorios para el arte de la lana, de cuya memoria ha quedado una inscripción de 1586, que decía: Sixtus V pont. Estas medidas del pontífice son el resultado de su política social, y se encuentran en el Avviso del 17 de diciembre de 1585, donde dice que el papa: "ha resuelto encontrar el modo de que la pobre gente pueda vivir de su fatiga y para ello quiere introducir el arte de la lana y de la seda", tal objetivo viene después confirmado por el propio Domenico Fontana, en su proyecto de convertir el Coliseo en la sede de esa manufactura de la lana, "acciò ivi facesse l 'arte della lana per utile della città di Roma" (Fontana 1590: II-18). Nuevamente se aprecia la tendencia ya experimentada en el proyecto miguelangelesco de Santa Maria degli Angeli19 de la falta de interés Por último, tampoco debe verse en la actitud de Miguel Ángel un sentimiento de veneración hacia los restos antiguos en el sentido humanista, pues él se hallaba ya muy lejos de ese espíritu. Lleno de una profunda religiosidad como muestran sus producciones, se había liberado del "peso del pasado" y de la arquitectura antigua, como puede apreciarse en su proyecto de San Giovanni, y era capaz de hacer una arquitectura sin recurrir a modelos antiguos. Si limitó su intervención al mínimo y dejó las antiguas ruinas como las había encontrado no era por veneración al pasado, ni por las restricciones económicas, sino por que participaba del espíritu de la inscripción papal, sin duda, como afirma Arckermann (1968: 108-109), el triunfo de la Virgen le debió parecer más solemne cuando todavía permanecían en pie las aulas de sus enemigos. caso, incluso se iba más lejos, pues ni tan siquiera se piensa en el carácter simbólico del Coliseo, la tradición señalaba el lugar donde numerosos cristianos habían sido ejecutados y alcanzado el martirio. Ahora sólo se busca la utilidad de emplear la gran mole antigua para albergar en ella una fábrica de lana y seda. Sólo podemos intuir que tal vez el papa buscaba contraponer a la idea de lujo y ociosidad de los antiguos romanos impíos, la laboriosidad del nuevo pueblo cristiano de Roma. El traslado del obelisco Vaticano y su reinterpretación como monumento cristiano. El valor simbólico del obelisco La verticalidad es una de las expresiones formales del pensamiento mitopoyético, entendido éste como capacidad de crear mitos. Plano del proyecto de Doménico Fontana de convertir el Coliseo en fábrica de lana, Milizia (1813: lámina 19). blecer un vínculo con los poderes invisibles, con la divinidad. Ello está presente desde la cultura megalítica y es desarrollado en su máxima expresión por los egipcios a través de sus obeliscos (Giedion 1986: 416-426). La evolución pasa desde las columnas monolíticas de los templos piramidales de Gizeh, pasando por los de la Esfinge, junto al templo de Kefren y la mastaba de El-Faroum, de Sepseskaf (2480), último rey de la IV Dinastía. Son en principio bloques megalíticos que van refinándose y puliéndose y cuyo origen debe ponerse en relación con el benben, un menhir que se convierte en la montaña primigenia sacada del caos por Atón. El resultado final de esta evolución será el obelisco egipcio, una sublime pieza cargada de sentido religioso, identificada con la creación de Atón. Los obeliscos se relacionan también con el sol, con Rà, como vemos en los santuarios solares de la V Dinastía (2480-2350) con forma de torre en tres dimensiones, como ocurre en el obelisco de Nauserre, que se elevaba 30 metros o en la pirámide de Neferirkare sobre la que se colocó otro. Su forma definitiva será la de una aguja esbelta de piedra que simboliza el rayo de Rà, la estabilidad y la fuerza creadora, con el uso del triángulo isósceles, que abarca aspectos de la fertilidad masculina y femenina (Giedion 1986: 329). Son erigidos delante de los templos, y sus lados, por lo general, presentan inscripciones jeroglíficas en las que se recogen el nombre y los títulos del rey que había ordenado su construcción, la divinidad a la que había sido consagrada y la narración de acontecimientos políticos o históricos en cuya conmemoración se había alzado. Todo ello lo convierte en un monumento cargado de intención política y religiosa, expresión del poder soberano. Los obeliscos, construidos en granito, basalto gris o cuarcita, como las pirámides, estarán rematados por un vértice o piramidón realizados en un material como el bronce, el oro, la mezcla de bronce y oro o de una piedra imperecedera como el basalto, símbolo final de la eternidad, de la expansión de los rayos del sol y morada de los dioses. La contemplación de los obeliscos causó una gran impresión entre griegos y romanos. Para Plinio (NH, XXXVI, 64-68) los obeliscos son objeto de rivalidad entre los reyes y estaban consagrados al dios Sol. En su opinión el primero que erigió un obelisco fue Mefres, es decir Tutmosis III, que reinaba en Heliópolis. Los romanos supieron ver su significado de representación del poder y su valor de eternidad. Por ello quisieron trasladarlos a Roma, Alejandría y más tarde a Constantinopla, para conmemorar que aquel imperio, que se remontaba a tiempos inmemoriales pertenecía ahora a Roma. Además, al igual que los antiguos reyes orientales, se aprehendían también de su carácter religioso. De este modo, no constituye solo un trofeo, sino una manipulación intencionada dirigida a captar los poderes sobrenaturales que se atribuían a los obeliscos. Ahora bien, su reutilización como spolium no será mimética, y así mientras que en Egipto los obeliscos estaban situados delante de los templos, los romanos les darán un uso distinto pues se colocarán a la vista de todos en los nuevos "espacios figurativos" (Zanker 2002: 216-229), que se irán conformando desde Augusto, con un efecto de propaganda política, con una clara manipulación de piezas de un pasado muy remoto. También se colocarán como spina de los circos o como gnomon del Solarium Augusti en el Campo Marzio, con un uso más acorde, en este caso, con su sentido de pieza en honor al sol. Los primeros obeliscos trasladados a Roma (D'Onofrio 1967, Aja 2007) son el llamado Flaminio y el Solare. Ambos fueron traídos de Egipto por orden de Augusto 20 en el 10 a. Marc.: XVII, 4,12), cerca del Ara Pacis y del propio mausoleo de Augusto, fue alzado en Montecitorio por Giovanni Antinori en 1790, donde se ha recreado el orologgio di Augusto. Con ocasión del transporte de estos obeliscos, Augusto (Plinio NH: XXXVI, 70) donó una de las naves que los había transportado que permaneció anclada en Puteoli, dada la gran expectación que producía en el pueblo estos transportes. Tras este traslado se produce el del obelisco originariamente alzado en el Foro Julio de Alejandría por el prefecto Cornelio Galo por orden de Augusto alrededor entre el 30-28 a. C., que no tiene jeroglíficos. Este circo fue una de las pocas obras emprendidas por Calígula, que fue más tarde ampliado y mejorado por Nerón, de ahí su nombre: Circus Gaii et Neronis. El emperador Claudio hundió la nave que Calígula había utilizado para trasladar el obelisco, la más admirable que se haya visto nunca en el mar (Plinio NH: XXXVI, 70) para construir el puerto de Ostia. Traslado y reubicación del obelisco Vaticano A finales de 1585 se decide trasladar el obelisco Vaticano que permanecía in situ junto a la sacristía de San Pedro (Fig. 11), en el centro de una plaza, donde se suponía estaba la spina del circo comenzado por Calígula y terminado por Nerón. El nuevo lugar era la plaza de San Pedro, cuya cúpula se hallaba en construcción (Fig. 12). El traslado de este obelisco de granito rojo, con una altura de 25,35 metros y un peso de 327 toneladas, era un reto para la tecnología de la época. Y a ello se enfrentó Domenico Figura 11. La pintura muestra la ubicación del obelisco antes de su traslado a S. Pedro, probablemente copia de algún modelo antiguo, dada la fecha de su realización. LA REINTERPRETACIÓN CRISTIANA DE LOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD EN LA ROMA... damento de cada uno de aquellos movimientos tal como lo hice después en la realidad (Fontana, 1590: I,6)." La propuesta de Fontana fue rechazada, toda vez que el cardenal Medici, era partidario de un proyecto presentado por el arquitecto Francesco Tribaldesi. Sin embargo, el Papa personalmente, impuso el nombramiento de su protegido y amigo el 25 de septiembre de 1585. En 1586, Fontana lleva a cabo el traslado y la noticia se difunde por toda Europa. El gran éxito de Fontana es el de haber conseguido unas técnicas para el traslado que nada tenían que envidiar a la tecnología de la Antigüedad, consiguiéndose de este modo no solo emular a los antiguos sino incluso superarlos. El relato de la operación del traslado y de la reinterpretación del obelisco como monumento cristiano impregnado del espíritu de la Contrarreforma, nos viene por la fuente directa de Fontana y de su libro, ya citado, y por Pastor (1955: 459-468), al que seguiremos en nuestra exposición. Fontana, con la ayuda de su hermano Giovanni, comenzó por excavar los cimientos para el nuevo emplazamiento del obelisco en la Plaza de San Pedro donde se encontró una dificultad añadida al comprobar que se trataba de un suelo fangoso. Esto retrasaba la pretensión del pontífice de que el obelisco estuviera listo para la Navidad de 1585. Se construyó una estructura de palafito reforzada con cemento preparado con puzzolana. La segunda fase del proyecto consistió en la construcción de la armadura de madera y hierro, que permitiera levantar el obelisco y arrastrarlo sobre rodillos de madera. Para este fin, el papa concedió a Fontana la capacidad de adquirir toda la madera y el hierro necesario en el Estado pontificio. En la primavera de 1586 fueron derribados una serie de edificios situados en las cercanías del obelisco al objeto de crear espacio para la armadura. La primera operación sobre el obelisco fue su revestimiento con esteras y tablas, sostenidas por abrazaderas de hierro, a las que se fijaron carruchas y poleas también de hierro. Toda esta cubierta y sus mecanismos fueron rigurosamente pesados porque la capacidad de las cuerdas y de la armadura tenía que ser la adecuada para soportar el peso del obelisco, que fue calculado por Fontana en aproximadamente un millón de libras romanas. El 30 de abril de 1586 fue el día que se eligió para proceder a la elevación del obelisco. El día anterior, el propio Fontana y todos los que iban a intervenir en los trabajos participaron de la Eucaristía y se dijeron tres misas al Espíritu Santo la mañana del día 30. La operación levantó una gran expectación y a duras penas se controlaba a la gran multitud que quería presenciar el espectáculo. Para las autoridades, en especial para el cardenal Montalvo y otros miembros del Sacro Colegio, para el gobernador del Borgo, Michele Peretti y para la sobrina del papa Camila Peretti y los embajadores, se levantó una tribuna. En un lugar estratégico Fontana colocó un escaño elevado desde el cual podía dirigir y controlar la operación. Tras una breve oración, y mediante un toque de corneta se dio la señal, poniéndose en marcha los 40 cabestrantes. Reinaba un sobrecogedor silencio, que solo se interrumpía con las órdenes de Fontana y del ruido de las máquinas. A las cinco de la tarde se había completado la primera parte de la operación, el obelisco estaba separado de su base, y quedó dispuesto para poderlo recostarlo sobre un arrastre de madera. Un disparo desde el Castel Sant'Angelo anunciaba a Roma el feliz acontecimiento. A continuación, se retiraron las piezas de metal a través de las cuales el obelisco apoyaba sobre el pedestal. Seguidamente envió al papa: la esfera de bronce23, que la tradición consideraba la urna de César, y que fue examinada por Fontana, quién comprobó que no presentaba abertura alguna. El trabajo más peligroso consistente en depositar el obelisco en el arrastre se realizó el 7 de mayo. Fontana fue conducido hasta sus habitaciones con trompetas y tambores celebrando su triunfo. El 13 de junio se procedió a su transporte sobre rulos de maderas hacia San Pedro, donde debía nuevamente ser alzado (Fig. 13). Esta operación, debido al calor fue pospuesta hasta el otoño. Se construyeron unos sólidos cimientos con travertino y se colocó en ellos una primera piedra con el nombre de Sixto V, con una medalla suya y otra de Pío V, benefactor del nuevo papa. Para poner de pie nuevamente el obelisco, se construyó otra armadura de madera y quedó fijado el día 10 de septiembre para la ejecución de los trabajos. La fecha no es caprichosa, cuatro días antes del 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, a quién debía consagrarse el obelisco, con una clara intención de "reinterpretación" cristiana. Así mismo, existe otro propósito en el papa, aprovechar la vuelta del embajador francés, Giovanni di Vivonne, tras un periodo de interrupción, y la visita del duque de Luxemburgo, para hacer ostentación de su poder y de la habilidad de su arquitecto, y ordena que los invitados accedan por Porta Angelica hacia la plaza de San Pedro, para que asistan a la operación de alzado del obelisco. La mañana del día señalado se repite el mismo ritual que el 30 de abril, Fontana y los suyos participan de la Eucaristía y se dicen dos misas. A las primeras órdenes de Fontana se ponen en movimiento los 40 cabestrantes con 800 hombres y 140 caballos. Lentamente comenzó a moverse el obelisco y poco a poco terminó alzándose en su nuevo emplazamiento. Cincuenta y dos veces se debió tirar hasta alzarlo del todo, culminándose con trompetas y disparos desde el Castel Sant'Angelo. Fontana se convirtió en ese momento en el hombre más famoso de Roma. El cavaliere della guglia recibió del papa el título de cavaliere dello sperone d'oro y la ciudadanía romana y una pensión de 2000 escudos junto a otros regalos y prebendas, como puede apreciarse en una medalla a él dedicada en 1586 (Fig. 14). Los efectos de la colocación del obelisco fueron enormes no sólo en Roma, sino en el extranjero. Hay abundante correspondencia de los embajadores dando noticia del suceso y de esta proeza de la ingeniería, realizada por vez primera en el mundo, muchas de estas cartas acompañan reproducciones de las máquinas y técnicas de Fontana 24. El propio arquitecto lo dejó reflejado en su obra: Della Trasportazione dell'obelisco, cuya primera edición es de 1590. En opinión de Porthogesi (1985: 74), es una fuente privilegiada para la historia arquitectónica y urbanística de Roma. En efecto, el libro constituye 24 Pastor (1955: 464, nota además una de las primeras obras en las que se recoge un proceso de reubicación de una pieza arqueológica de gran tamaño, y en él se explican con todo lujo de detalles, tanto el proceso de preparación de la pieza, como de recolocación en su nuevo emplazamiento. Es una memoria de intervención arquitectónica sobre un elemento arqueológico, a la vez que una justificación de su nuevo emplazamiento. Las láminas, muy cuidadas, son ilustrativas al respecto e indica de una forma didáctica los pasos que se han seguido en el traslado. Es un libro técnico, que muestra los adelantos que en esta materia se habían alcanzado en la Roma del siglo xvi. No es el relato de un acontecimiento extraordinario, sino una descripción de las dificultades técnicas, de las propuestas realizadas y en definitiva de la justificación del éxito obtenido. Unas técnicas que servirán de punto de partida para futuros trabajos similares (Marconi, 2004: 45-56). El acontecimiento se incorporó a planos, gráficos y grabados destinados a los visitantes e incluso se recogió la escena de la elevación en un fresco que aún se conserva en la Biblioteca Vaticana (Fig. 15). También fue muy celebrado con poesías, algunas con forma de obelisco. Entre dichos poemas destaca el compuesto por Pompeo Ugonio (1587). Mención especial merece el opúsculo de Pietro Angelo Bargeo (1586), en el que celebra la eliminación de todos los testimonios paganos, que se inserta en la nueva actitud de la contrarreforma hacia el paganismo. Esta actitud de "gloria cristiana" frente a la "gloria pagana" a la que venimos refiriéndonos, se materializa en estos actos de reinterpretación de piezas antiguas en el seno del ideario cristiano. El obelisco, al igual que las columnas, también será exorcizado y sacralizado. La ceremonia tuvo lugar el 26 de septiembre de 1586 un año después de la decisión papal de trasladarlo y se inició con una solemne misa en honor de la Santa Cruz, dicha en San Pedro por el obispo Ferratini. Tras la misa, el papa acompañado por el clero se trasladó hasta el altar dispuesto delante del obelisco, donde Ferratini bendijo la cruz que debía ser colocada en el vértice del obelisco. Seguidamente éste fue sometido a una ceremonia de purificación toda vez que había servido al culto pagano de los emperadores, y desde ahora estaba al servicio de Cristo. Con el canto O Crux, ave spes unica y el de Vexilla regis prodeunt se elevó la cruz hasta lo alto y reemplazó a la esfera de bronce que durante tantos siglos lo había rematado. Finalmente Sixto V concedió indulgencia plenaria a quienes venerasen esa cruz y pidieran por el papa y por la Iglesia. Asimismo, se acuñó una medalla conmemorativa (Fig. 16). Para hacer más evidente su concepto de "gloria cristiana", el papa respetó la inscripción de Calígula en la que se hace referencia a Augusto y a Tiberio, pero al mismo tiempo y sobre el lado del obelisco que daba a San Pedro ordenó insertar otra (Fig. 17 en la que se decía que lo había arrebatado a esos emperadores y dedicado a la Santa Cruz, al mismo tiempo y en el lado este del pedestal inscribió: Finalmente, en el lado oeste, hizo esculpir las siguientes palabras que resumen el triunfo del cristianismo sobre el paganismo, reinterpretando el obelisco como el símbolo de la eternidad de la Iglesia y de Cristo, siempre vencedor, rey y señor (Fig. 18). La colocación del obelisco en su actual emplazamiento, además de su carácter simbólico, respondía a un esquema de centralidad, unido al proyecto de Sixto V de alargar la plaza de San Pedro hasta el Tíber, convirtiendo de este modo al obelisco en el punto de referencia visual para los peregrinos que acudieran a la tumba de San Pedro, como ahora ocurre con la apertura en 1936 de la Via della Conciliazione obra de Piacentini, quien se inspiró en bocetos de Carlo Fontana (McClendon 1989: 38-39; Baxa 2004: 1-20 y Agnew 1998: 229-240). El obelisco con San Pedro al fondo se convertirá en una imagen icónica del Vaticano (Fig. 19) hasta nuestros días. La colocación de otros obeliscos en Roma En 1587, un año después del primer obelisco se coloca otro delante de la basílica de Santa Maria Maggiore. Este obelisco de una altura de 14,57 metros, carece de jeroglíficos y procedía del Mausoleo de Augusto; yacía roto en dos fragmentos en el Puerto de Ripetta, lugar donde se desembarcaba la madera (Pastor 1955: 468). La inscripción de su pedestal recuerda cómo la Virtud divina había obtenido la victoria del cristianismo sobre el paganismo. También hay una referencia al pesebre conservado en Santa Maria Maggiore, donde había nacido el Salvador, en tiempos de Augusto. En tal sentido en la inscripción se hace mención a la le- Paralelamente a la colocación del obelisco de Augusto en Santa Maria Maggiore se coloca otro en el Laterano. Esta pieza reúne unas especiales características en atención al lugar donde se va a instalar. El Laterano es la primera iglesia cristiana de Roma, la primera concesión de Constantino en un claro ambiente de hostilidad pagana. Para enfatizar la gloria cristiana sobre el paganismo, se elige una pieza excepcional: el obelisco más alto de los existentes en Roma, una altura de 32 metros, que además es el de mayor antigüedad. Se trata del obelisco traído por Constancio, aunque el proyecto es de Constantino, de nuevo una pieza que asocia simbólicamente a un emperador con el edificio ante el cual se coloca. El obelisco procedía del templo de Amón de Tebas y había sido erigido en los reinados de Tutmosis III y Tutmosis IV, en el siglo xv a. C. Ya Augusto pretendió transportarlo, pero desistió de la empresa. Finalmente, Constantino, queriendo emular la intención de Augusto, ordenó su traslado, que se realizó en época de Constancio. Para su transporte se construyó una nave con 300 remeros. XVI, 1, 4, 17) nos ha dejado el relato del traslado. Fue colocado en la spina del Circo Máximo. Sobre las vicisitudes de la pieza se tienen pocos datos. Se hallaba caído y roto en tres fragmentos. A finales del otoño de 1587 Fontana, tras su excavación, lo trasladó al Laterano, siguiendo la misma técnica usada para el de San Pedro, quedando erigido el 10 de agosto de 1588, día de San Lorenzo. El obelisco fue rematado con la señal de la cruz, símbolo de la Iglesia triunfante 25. Sobre su pedestal se esculpió la siguiente inscripción: "Constantino, vencedor por la Cruz, qué bautizado por Silvestre, propagó la gloria del signo de la redención"26. En la primavera de 1589, Fontana, levanta otro obelisco en el cruce de las tres calles que salen de la Piazza del Popolo, provenía del Circo Máximo, y tenía jeroglíficos de la época de Seti I y de Ramsés II, el faraón que había oprimido a los hebreos, según la tradición judeocristiana. Había sido transportado desde Heliópolis por mandato de Augusto. Junto a la inscripción de Augusto, el papa ordenó insertar otra dos, una dedicada a la Santa Cruz y otra, referida a la dedicación del monumento por Augusto al Sol. Ella dice: "Más bello y más alegre me elevo delante de la Iglesia Aquélla, de cuyo virginal seno en los tiempos de Augusto nació el sol de la justicia". Junto al obelisco se colocó una fuente diseñada por Fontana. De esta forma se embelleció la Piazza a la que se accedía por la Porta del Popolo, que era la primera imagen de Roma y su Iglesia que percibían los cientos de peregrinos que accedían por esta puerta. Tal actuación mereció una medalla conmemorativa (Fig. 20). La muerte prematura de Sixto V, en 1590, supuso la paralización al menos temporal de los proyectos de colocar obeliscos en la plaza Navona y en los espacios existentes ante San Paolo fuori le mura y Santa Maria degli Angeli. El programa de embellecimiento de la ciudad con los obeliscos mereció la acuñación de otra medalla conmemorativa (Fig. 21) pues representaba una inno-piezas antiguas para los propósitos de la Iglesia podía adoptar muchas formas, pero el mensaje era el mismo: la connotación pagana de la pieza era suprimida, y se transformaba en un monumento que fortalecía el propio edificio de la Iglesia como ocurre con los obeliscos en la "reinterpretación" sixtina. El uso extendido de erigir columnas monumentales emprende una decidida inflexión contrarreformista, utilizando las antiguas columnas monumentales para el nuevo mensaje. Sixto V intensifica este esfuerzo propagandístico con la rededicación de las columnas de Trajano y de Marco Aurelio, así como otras numerosas antigüedades. La recolocación del obelisco Vaticano, realizada por Fontana, a instancias de Sixto V, y la erección de otros en distintos lugares como puntos focales de la reorganización de rutas de peregrinos, demuestran la intención de utilizar piezas cargadas de paganismo con el fin de que puedan conmemorar la Iglesia primitiva -así el obelisco Vaticano recuerda los mártires del circo-, y celebra la gloria de la Roma de Sixto V, que vemos en las medallas; en los frescos de Guerra en el Laterano, donde las columnas escoltan al obelisco Vaticano (Fig. 22) o en dos monumentos del propio pontífice, diseñados por Fontana, uno efímero: su Catafalco y otro su tumba, erigidos en Santa Maria Maggiore. En el primero, para sus exequias, Fontana coloca las columnas de Pedro y Pablo, con los obeliscos rodeando la cúpula de San Pedro (Fagiolo 2004: 14, fig. 6) y en el segundo -llamado a permanecer hasta el final de los tiemposen la escena: "El gobierno temporal de Sixto V con la Justicia y la Paz" aparece representado el obelisco Vaticano. Todo ello denota la importancia que para el pontífice tenía la reinterpretación de estas piezas. Todo este "teatro" es propio de la ideología contrarreformista a la vez que artificio barroco al servicio de las nuevas ideas dominantes. Y al igual que el Estado Romano lleva a cabo en la época de Augusto una "recolección" de piezas, a modo de botín, del Egipto subyugado (Cantino 1984: 176), trasladando a Roma los obeliscos, símbolos en su imaginación del poder conquistado, Sixto V hace lo mismo expropiando, precisamente estos obeliscos, como símbolos abatidos del paganismo, y los recoloca llenándolos de una nueva simbología, a la vez que rememora el pasado glorioso de los Césares, que sin embargo son vencidos por el cristianismo. Son por tanto, monumentos a la gloria y triunfo del cristianismo sobre los ídolos abatidos, a la vez que referencia del pasado antiguo sobre el que se asienta la gloria de la Iglesia en una nueva Roma, renacida gracias al poder temporal de los papas y al Concilio de Trento. Así mismo, se hace referencia al poder de los papas al realizar obras de ingeniería que se suponían sólo habían podido ser ejecutadas en la Antigüedad. Estos obeliscos adquirirán una notable fama y se convertirán en símbolos de poder, y de este modo, más tarde, Napoleón, emulando a Augusto y los Césares, llevará a cabo su expedición a Egipto y trasladará obeliscos a París; las nuevas ciudades americanas también se dotaran de estos obeliscos como Washington o Buenos Aires; y finalmente Mussolini en el Foro Itálico de Roma también erigirá en 1932 el suyo.
El presente trabajo aborda el estudio detallado y preliminar del yacimiento arqueológico de Campo Real/Fillera (Sos del Rey Católico/Sangüesa, en el límite entre las actuales provincias de Zaragoza y Navarra) con especial atención a su etapa romana. Se procede a la revisión del material arqueológico y epigráfico procedente del lugar, se defiende la condición de enclave urbano del yacimiento y se plantea una hipótesis respecto de su identificación con las ciudades que las fuentes antiguas atribuyen a los Vascones. Para quien esté mínimamente versado en la Arqueología navarro-aragonesa, el topónimo Campo Real evoca uno de los conjuntos arqueológicos más referidos en la bibliografía específica, uno de los más interesantes y también uno de los peor conocidos. Desde que a comienzos de los años setenta, A. Marcos Pous y A. Castiella 1, primero, y M. Martín-Bueno 2, después, llamasen la atención de su potencial arqueológico, las noticias sobre el enclave han estado reclamando una revisión del mismo y un replanteamiento de su función en la Antigüedad y más en tan rico entorno arqueológico como el que le rodea: la Valdonsella aragonesa 3 -de la que forma parte-, el término municipal ya navarro de Sangüesa -con el que el yacimiento limita y sobre parte del cual se extiende 4 -y la -en lo arqueológico-tremendamen-* El presente artículo se integra en los trabajos que sobre poblamiento romano en el solar de los Vascones viene desarrollando el Grupo de Estudios Avanzados en Historia Antigua coordinado desde la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y del que forman parte los firmantes del mismo. 4 Pocas áreas resultan tan extraordinariamente ricas en documentación arqueológica romana como la del término municipal de Sangüesa y los colindantes de Sos del Rey Católico -hacia el Sur-, Cáseda, Gallipienzo y Eslava -hacia el Suroeste-, Aibar -hacia el Oeste-y Lumbier -hacia el Norte-pues prácticamente en todos existen notables evidencias arqueológicas de época romana. AEspA 2008, 81, págs. 75-100 ISSN: 0066 6742 te fértil comarca de las Cinco Villas de Aragón -a la que pertenece jurídicamente el municipio zaragozano de Sos del Rey Católico que acoge la mayor parte del yacimiento-comarca sobre alguno de cuyos yacimientos hemos publicado revisiones de conjunto bien recientes 5. El enclave, que también se conoce en la bibliografía como Campo Real/Fillera 6, ocupa parte central de la llanura abierta entre las últimas estribaciones de la Sierra de la Peña -en la provincia de Zaragoza-y la Sierra de Leire -ya en Navarra-, llanura surcada de Oeste a Este por el curso del río Onsella y cerrada hacia el Noroeste por el cauce del río Aragón y por las primeras estribaciones de la citada Sierra de Leire. Se trata, por tanto, de un amplio espolón de terraza atravesado, además, actualmente, por el Canal de Bardenas y por la carretera A-127 que enlaza los municipios de Sos del Rey Católico y de Sangüesa a través de la recoleta aldea de Campo Real. Entre los kilómetros 96 y 97 de dicha vía, y en torno a la Casa del Boticario y al Corral de María Mola -a ambos lados del citado Canal-se concentra la mayor parte del material arqueológico, aunque éste se extiende también por la parcela de El Regadío, al otro lado del Onsella, ya en territorio actualmente navarro (Fig. 1). Al margen de algunas vagas noticias en la historiografía tradicional7 y en trabajos de J. Altadill8 o Fig. 1. Foso defensivo del citado oppidum de la Edad del Hierro; 3. Área principal de la ciuitas romana en la terraza alta del río Onsella; 4. Área subsidiaria y de territorium de El Regadío, sobre la terraza baja del Onsella; 5. Ruinas de la iglesia románica. Durante los meses de Enero y Mayo de 2008 21 hemos recorrido el área con el objetivo de delimitar su extensión, valorar su posición y dar noticia del material arqueológico que en él se aprecia y de aquél al que -conservado en propiedad particular o bajo la custodia de diversas instituciones públicas-nos ha sido posible acceder. Esta valoración la hacemos conscientes de que transcurridas ya tres décadas de los primeros trabajos las confusas noticias sobre la procedencia y lugar de conservación de gran parte de dicho material y la -a nuestro juicio-escasa importancia otorgada al enclave por la bibliografía precedente justificaban, por sí solas, un replanteamiento de la cuestión precisamente ahora que una 1986, 180, n. También, a partir de las anotaciones de su cuaderno de campo, en Maruri 2006, 281 donde, respecto de Campo Real/Fillera anota su vinculación a la uia Caesaraugusta-Pompelo, después valorada por Jimeno Jurío 1966, 310 y especialmente por Magallón 1987, 155. No ha resultado muy bien valorada en la bibliografía específica (Martín-Bueno 1980, 177 o Beltrán Lloris 1986(b)) y tampoco, desde luego, goza de muy buena prensa entre los Sosienses la labor del P. Escalada y de la colección arqueológica que aquél fue conformando en el Castillo de Javier y que, más tarde, se incorporaría al Museo de Navarra. Aun conscientes de la importancia que el patrimonio tiene como elemento identitario no queremos dejar pasar la oportunidad que nos brindan estas líneas para, cuando menos, demandar una cierta comprensión y, como consecuencia, una mejor consideración de los trabajos de F. Escalada. Como él mismo relata (Escalada 1943, 70) muchas veces su comprometida mediación salió al paso de graves -aunque inocentesagresiones de los lugareños a determinados objetos arqueológicos recuperados en la época. Si justa nos parece la reivindicación que, tradicionalmente, Aragón ha hecho sobre parte de esos sugerentes materiales que -a través de Javier-hoy se conservan en el Museo de Navarra, justo nos parece también poner en valor el esfuerzo de este sacerdote por transmitir datos fidedignos sobre antigüedades que, de no haber sido por él, a buen seguro se habrían perdido para siempre, y de subrayar el indudable mérito de su trabajo que, sin duda, ha ejercido un considerable y justificado liderazgo en la Arqueología navarra. 13 Marcos Pous y Castiella 1974, 114-117, que constataron elementos arquitectónicos reparovechados en los Corrales del Boticario y de Mola, restos de un capitel corintio, de un canal para conducción de agua y fragmentos de Campaniense A y B, de terra sigillata hispánica, de cerámica común y de cerámica de paredes finas. 14 Gorges 1976, 352 que lo catalogará como uilla otorgándole una extensión de hasta 9 kilómetros cuadrados (!). alegación al Plan General de Ordenación Urbana del municipio de Sos del Rey Católico plantea la posible construcción de un complejo urbanístico residencial y recreativo en la zona aunque, al parecer, sin afectar en absoluto al yacimiento arqueológico objeto de estudio en estas páginas 22 hecho que, desde luego, mucho nos congratula pero que, sin embargo, estamos convencidos ofrece una coyuntura más que apropiada para el replanteamiento del estudio del yacimiento, pendiente desde hace muchos años y para el que aquí sólo pretendemos esbozar las reflexiones que el trabajo sobre el terreno y la autopsia del material procedente del mismo nos han sugerido. ESTUDIO ARQUEOLÓGICO Y EPIGRÁFICO DEL ENCLAVE VALORACIÓN DEL YACIMIENTO Como ha podido percibirse desde el comienzo de estas páginas, si de algo creemos estar convencidos es del carácter urbano en la Antigüedad del enclave de Campo Real/Fillera. A favor de dicha realidad hablan diferentes elementos territoriales así como algunos otros de carácter arqueológico que presentaremos más adelante en un apartado específico aunque nos referiremos a ellos -a modo de preámbulo y a la vez de argumento de esta afirmación-también en estas líneas. En primer lugar, y como ya se anticipó, la zona ofrece las mejores condiciones geoestratégicas para la ubicación de una ciuitas antigua. Así, ocupa una amplia terraza flanqueada por dos cursos fluviales, el río Onsella -al Norte-y el río Aragón -al Oeste-a partir de los cuales poder hacer productivos los alrededores por medio de unos usos del suelo que hay que suponer eminentemente agrícolas 23 y de una actividad económica de carácter posiblemente industrial de la que algunos materiales arqueológicos todavía conservados in situ en la zona -especialmente un conjunto de hasta tres prensas de aceite o vino y el contrapeso de una cuarta-son prueba irrefutable. En segundo lugar, el material arqueológico -especialmente cerámica pero también pequeñas lajas de piedra arenisca que debieron ser empleadas para la cubierta de las viviendas en lugar de las usuales tegulae, menos presentes en el lugar-se extiende de manera discontinua por una superficie en ningún caso inferior a las 35 hectáreas lo que, a nuestro juicio, es razón más que suficiente para descartar el seguir manteniendo la identificación del enclave en cuestión con una uilla rústica. A esas aproximadamente cualquier caso, el más próximo a la ciuitas romana sobre la que aquí reflexionamos. Dotado de un evidente uallum defensivo de entre 40/50 metros de ancho y tal vez 5 de profundidad 28, el asentamiento ocupó una estratégica posición en el control del curso del Onsella -sobre cuya orilla Sur se erige-y debió ser -tal vez junto al aporte de población de poblados del entorno tales como Puy d'Ull, Los Cascajos, El Castellón, o El Castellar, todos bien conocidos y todos en el término municipal de Sangüesa 29 -el antecedente más directo del enclave romano (Fig. 3). De igual modo, en época tardoantigua y altomedieval, la supuesta ciudad debió acabar sus días en la forma de un notable despoblado que ocupó, precisamente -entre otras áreas-el solar del antiguo oppidum protohistórico y con el que hay que poner en relación el conjunto de piezas medievales que durante años fueron acumulados en la finca de Peña30, otras a las que más tarde se aludirá, los restos aún visibles de una pequeña iglesia altomedieval (Fig. 4) y de un posible torreón defensivo, el referido puente sobre el Onsella, las alusiones al lugar -y también a otros próximos-en la documentación medieval31 y la sugerente interpretación dada al topónimo Fillera -en relación con algún notable fundus tardoantiguo y ya hispanovisigodo-por G. Fatás y F. Marco32. Las muy sugerentes y extraordinarias noticias recientemente aportadas por J. Fernández33 en torno al irregular hallazgo de un soberbio tesorillo de denarios flor de cuño de la ceca de arsaos no demasiado lejos de Campo Real/Fillera -en el área de El Sasillo-no hacen sino constatar la intensidad del poblamiento en la zona ya antes de la continuada presencia romana al margen de alimentar hipótesis de reducción del solar a las comunidades citadas en las fuentes antiguas sobre las que más adelante volveremos aunque sea sólo con carácter provisional. De igual modo, a este respecto, la excelente ubicación del enclave al pie de la encrucijada de caminos que, desde Iacca -por un lado-y desde Caesaraugusta -por otro-se dirigían hacia Pompelo34 y que -posiblemente-pueda tener en el denomi-Fig. Imagen del poblado protohistórico de Campo Real/ Fillera con detalle de su foso defensivo, en primer término. El caso de Los Cascajos ofrece -tal vez-la información más atractiva. Según han constatado los trabajos en superficie de Armendáriz 2004, 216-218, todo parece indicar que éste fue un enclave -a no más de cinco kilómetros en línea recta al Noroeste de Campo Real y seguramente desprovisto de la naturaleza de campamento que se le ha querido otorgar (Labeaga 1987, 21-22)-que debió tener una corta vida a juzgar por la escasa cantidad de material arqueológico que arroja en superficie pese a las evidencias de su perfecta configuración urbanística, que ofrece foso y muralla aún perceptibles, y a los hallazgos -al abrir el camino que lo corta en su cara suroccidental-de monedas de turiasu, sekobirikes, unitkesken o kaiskata, entre otras. Resulta sugerente pensar que -como está constatado sucedió en otras áreas del territorio vascón en los comienzos de la conquista y a lo largo de ella (Armendáriz 2004, 621-625 y Andreu 2004-2005, 285-286)-tal vez la instalación de la ciuitas que proponemos ubicar en Campo Real/Fillera acarreó una profunda transformación de las pautas de ordenación del territorio en la zona provocando -como está constatado más tarde, por ejemplo, para el caso de Pompelo (Armendáriz 2005, 51-54)-el abandono de los antiguos oppida indígenas y el traslado de su población al llano. En cualquier caso, tómese esto sólo como una hipótesis de trabajo pues no puede ser presentada de otra forma ante la acuciante ausencia -por el momentode bases estratigráficas tanto para los oppida referidos como para el propio enclave de Campo Real/Fillera. A este respecto -y conscientes de que, en cualquier caso, la imposibilidad de realizar catas arqueológicas nos obliga a ser extremadamente cautos-la información proporcionada por la fotografía aérea -no sólo la de los vuelos de finales de los años 50 y mediados de los 60 antes referidos sino también la que obra en poder del Servicio de Información Territorial de Navarra (Fig. 5) y hasta la de vuelos previos a la apertura del Canal de Bardenas (Fig. 6)permite apreciar la existencia en la parte central del yacimiento -al Suroeste del actual Corral del Boticario-de -cuando menos-dos grandes y diáfanas estructuras de en torno a 80 metros de largo x 35 de ancho y que, orientadas hacia el Nordeste, parecen asimismo estar flanqueadas por una serie de tramas de calles más o menos perceptibles a su alrededor -tanto al Norte como al Sur de las mismasque sugieren la existencia de una cierta planificación ortogonal e hipodámica en el lugar (Fig. 7). A espe-ra de que algún día puedan llevarse a cabo actuaciones arqueológicas en la zona, las dimensiones de las huellas de dichas estructuras convierten en atractiva la hipótesis de que en dicho lugar nos encontrásemos ante un área de carácter público dentro de la ciuitas -tal vez varias dependencias abiertas de un espacio porticado multifuncional o, en función del hallazgo de pavimentos de mosaico con motivos marinos en el yacimiento, relacionadas con una edificación termal-, idea ésta que parece encontrar refrendo en el hecho de que las zonas ocupadas por las supuestas estructuras ofrecen, curiosamente, menos material arqueológico en superficie que sus inmediatamente vecinas 36 lo que permitiría -con prudencia-des- 35 Así, por ejemplo, Columella, Rust., 1, 5 desaconseja ubicar las uillae al pie mismo de las vías, patrón éste que cuenta con diversos ejemplos en el repertorio hispánico (Fernández Castro 1982, 40-47). 36 La historia de la investigación arqueológica ofrece no pocos casos de fiascos y sorpresas a partir del empleo de la técnica de la fotografía aérea (un ejemplo reciente, por el contrario, de la utilidad de la misma puede verse en Ceraudo y Piccarreta 2004 y, para el caso hispano en Navarro, Palao y Magallón 2007, 171-195 y 395-427, con bibliografía). No debe, pues, descartarse que los negativos de edificaciones que, indiscutiblemente, se aprecian en las imágenes aéreas puedan corresponder a alguna corraliza moderna -aunque nos parece que de haber sido así habría una proliferación de negativos de estructuras más notable y no de trazas tan nítidas como el que actualmente se percibe-. La interpretación que aquí se ofrece se plantea sólo como posible hipótesis a partir de la explotación de un indicio más de cuantos ofrece el lugar. De estar dichas estructuras revelando edificaciones romanas latentes es evidente que -por las dimensiones y pese a que la planta parezca aconsejar una interpretación en esa línea-éstas no parecen corresponderse ni con templos (generalmente no mayores de 40 metros de largo: Mierse 1999 y Stamper 2002), ni con insulae (normalmente más pequeñas: V. V. A. A. 1991), ni con basílicas (algo mayores que los templos pero en ningún caso tan amplias: Mar y Ruiz de Arbulo 1987, 37). La opción de un área porticada multifuncional nos parece la más plausible máxime en un enclave que debió centralizar un intenso poblamiento rural como, de he-cartar un uso habitacional para las mismas. Tal vez -en este sentido-el notable tamaño de algunos de los sillares que -fruto de las continuadas labores agrícolas-han sido arrojados por los campesinos a las lindes de las fincas que ocupan la zona en cuestión alimentaría la hipótesis funcional propuesta para esta área del yacimiento a espera de ulteriores comprobaciones arqueológicas, de todo punto deseables. Por último, y como ya en su día sugirieron los estudios de A. Marcos Pous y de A. Castiella 37, dada la procedencia del área del Corral de Mola -al Sureste del referido Corral de Boticario y, por tanto, del área central de la ciuitas-de al menos dos de las tres inscripciones recogidas en la zona -las dos de carácter funerario-; a juzgar por la concentración de material ornamental a uno y otro lado del Canal de Bardenas -entre éste una tabula ansata anepígrafa sobre placa de arenisca local (Fig. 28), un fragmento de mármol de revestimiento, las cuatro columnas que se guardan en el Museo de Zaragoza (Fig. 8), varios de los capiteles que se custodian en varias colecciones particulares de Sos del Rey Católico, un pequeño tambor de columna aún conservado in situ (Fig. 18), un posible e interesante puluinus con motivos vegetales y relieve antropomorfo 38 (Fig. 24(a)) en propiedad de una colección de Sos del Rey Católico a la que oportunamente nos referiremos y presumiblemente vinculado a algún altar funerario monumental-y, por último, teniendo en cuenta las aludidas antiguas noticias del P. Escalada sobre el hallazgo de tumbas de incineración 39 en las obras de construcción del Canal es bien probable que la zona comprendida entre éste y el Corral de Mola pudiera constituir la necrópolis de la ciuitas o, cuando menos, eso invitan a intuir el conjunto de las evidencias arriba constatadas. Es, además, en esa zona -tal vez más alterada y colmatada por la extracción de tierra en las obras de construcción de la citada obra hidráulica-donde, precisamente, decrece notablemente la presencia de material cerámico en superficie y donde el carácter ornamental y suntuario del que aflora -también en las terreras colmatadas a una y otra orilla del Canal-creemos puede alimentar la hipótesis que -con valor de simple posibilidad-aquí planteamos y abundar por tanto en el carácter urbano del yacimiento de Campo Real/Fillera y en su mejor comprensión territorial. ESTUDIO DEL MATERIAL ARQUEOLÓGICO MATERIAL ARQUEOLÓGICO Como se ha dicho, evidencia clara del potencial arqueológico del área de Campo Real/Fillera es, de forma indiscutible, la calidad del material arqueológico que ha proporcionado el enclave o que aún se conserva in situ, reflejo, por supuesto, además, de la cho, parece sucedió en el vecino enclave de Los Bañales (Beltrán Lloris 1976, 163-164 y Lasuén y Nasarre, en prensa, s. pp.). El ya referido -y en breve comentado en detallehallazgo en el yacimiento de material musivario de época presuntamente altoimperial, de amplias teselas, en blanco y negro y con motivos aparentemente marinos (Fig. 16) invita a no descartar que dichas huellas puedan corresponder a algún tipo de conjunto termal (al respecto, puede verse Nielsen 1990, 68-71, con algunos probables paralelos, que, en cualquier caso, nos limitamos a anotar). Sin embargo, por lo antes advertido, ésta no deja de ser una hipótesis que deberá ser refrendada -o no-con ulteriores datos arqueológicos, si los hubiera. 38 Descrito y dibujado inicialmente por Lostal 1984, 23, permanece inédito pese a que los trabajos de Gamer 1989, 37-38, NA 23 (lám. 140 e-f) anotaron otro puluinus mucho más modesto procedente de los alrededores Javier y que, en buena lógica, también pudiera guardar relación con Campo Real, sin que esto pueda demostrarse por el momento. Trabajos recientes sobre este tipo de soportes (Beltrán Fortes 2004, 101-110) ofrecen algunos paralelos sugerentes que permiten establecer -como simple hipótesis-la vinculación de la pieza a algún monumental altar funerario (Gamer 1989, 124-126) importancia del que ha debido perderse bien por la acción erosiva del Onsella bien por la ya comentada actividad de furtivos y detectoristas. Un primer apartado en este sentido lo constituye el conjunto de piezas de carácter ornamental o arquitectónico. Un grupo de éstas -el conformado por los capiteles-centró la atención de un excelente trabajo monográfico de E. Ariño, C. Guiral, P. Lanzarote y G. Sopeña que nos eximirá aquí de consideraciones más profundas al respecto 40. De los diez capiteles que estudiaron estos investigadores -muestra de un estilo marcadamente local que no nos parece deba excluir la vinculación de las piezas a algún conjunto de naturaleza pública-cuatro -todos ellos jónicosse exhibían en la antigua Sala 8 del Museo de Zaragoza (Fig. 8) 41 y ocho -cuatro jónicos y otros cuatro corintios-se repartían entonces -y todavía hoy-en varias colecciones particulares. En el transcurso de los trabajos de revisión del material que hemos llevado a cabo hemos tenido acceso a uno de los capiteles corintios conservados en el atrio de la casa de Dña. Isabel Rubio 42 -en la Avenida de Zaragoza, 14, en Sos del Rey Católico-y a otro jónico de volutas y hojas de agua conservado en el patio interior de dicha vivienda (Fig. 9) habiéndose perdido, además, otro corintio exhumado en su día en el área del Corral de Mola. Además, hemos podido estudiar el conjunto -un capitel corintio, uno jónico, un tambor de columna muy dañado y un fragmento de friso ornamental (Fig. 10)-custodiado en dicho municipio zaragozano por Dña. Soledad Vera -Fernando el Católico, 29-propietaria de las fincas anejas al Corral del Boticario en el que ya A. Marcos Pous y A. Castiella constataron la presencia de abundante material arquitectónico reutilizado 43 e incluso documentaron un hoy perdido capitel corintio 44. Todavía en la actualidad se conservan in situ en dicho corral hasta dos fragmentos de columna corintia acanalada -empotrada en el ángulo de uno de los muros laterales del patio del citado corral, recientemente remozado-y se aprecian evidencias de al menos dos fustes más de columnas embutidos en la moderna construcción de la citada edificación (Fig. 11), conjunto que añadir a los tres que -reutilizados-sirven de sostén a la techumbre del corral ubicado al oeste del Corral de Boticario (Fig. 12), al pie del vado que desciende desde Fillera hasta el cauce del Onsella pasando por el estribo 40 Ariño, Guiral, Lanzarote y Sopeña 1991, 97-98. 42 Vaya desde aquí nuestra gratitud particular a la familia Pérez Gayarre -en especial a Dña. Isabel Rubio-, a Dña. Soledad Vera y a su familia -ambas familias vecinas de Sos del Rey Católico-, a Dña. Loli Ibáñez -del Palacio de Sada, en la misma localidad zaragozana-, al personal de la Casa de Cultura del Ayuntamiento de Sangüesa, a los Hermanos Capuchinos de dicha localidad navarra, al personal de la Sección de Arquelogía del Servicio de Patrimonio Histórico del Gobierno de Navarra, a D. Ángel Navallas -de la Asociación Cultural Enrique de Albret de Sangüesa-, al P. Juan C. Labeaga -cronista oficial de dicha localidad navarra-y a otra familia de Sos del Rey Católico -propietaria de un notable lote de material procedente, especialmente, del área del Corral de María Mola y que ha preferido permanecer en el anonimato-, por la amabilidad que nos han dispensado en el transcurso de nuestras investigaciones no sólo permitiéndonos acceder a sus colecciones arqueológicas y epigráficas sino también facilitándonos datos sobre el lugar de procedencia de las piezas en ellas custodiadas y noticias varias sobre el yacimiento objeto de estudio. 43 Un notable conjunto de fustes de columna -de hasta cinco ejemplares-procedente del área este del yacimiento se conserva hoy en una colección particular de Sos del Rey Católico (Fig. 13). A los capiteles hasta aquí mencionados hay que añadir uno jónico muy bien conservado y uno aparentemente corintio bastante dañado que -procedentes también del área del Corral de Mola, al este del Canal de Bardenas-se conservan en la misma colección y que en su día fueran -en parte-someramente descritos por J. Lostal 45 (Fig. 14). Un segundo conjunto de capiteles romanos -uno jónico de factura idéntica a los conservados en el Museo de Zaragoza (Fig. 8) y otros dos tardoantiguos (Fig. 15)-está hoy repartido por tierras navarras. Se trata de material recogido en su día por el P. Escalada para la colección conformada durante años por los PP. Jesuitas en el Castillo de Javier y después llevada al Museo de Navarra 46, conservándose hoy en el almacén que el Servicio de Patrimonio Histórico del Gobierno de Navarra tiene en Orvina (Pamplo- 45 Lostal 1984, 22. 46 Así, en los cuadernos de campo de los PP. Escalada y Recondo, recientemente editados (Maruri 2006) hay referencias a «un capitel dórico romano (...) de la Pardina de don Luis Salvo (...), jurisdicción de Sos mugante con Sangüesa» (véase, al respecto, Maruri 2006, 287, no 140); a «un capitel y una basa romanas traído de cerca de Sos, cedidos por la casa Machín» (Maruri 2006, 337); y, por último, a «un capitel romano de volutas jónicas y sin fuste cedido por la Vda. de Mola en Sos» (Maruri 2006, 337) de los cuales, al menos el primero y el último -por los datos aportados-parece deben ser puestos en relación con el enclave de Campo Real/Fillera. Sin embargo, en nuestro trabajo de revisión del material arqueológico que, procedente de la colección del P. Escalada, se conserva hoy en el Servicio de Arqueología del Gobierno de Navarra no hemos podido localizar la basa romana «cedida por la casa Machín»; el capitel procedente de la finca de dicha familia ha resultado ser de factura ya medieval (Fig. 15(c)); el «capitel dórico romano (...) de la Pardina de don Luis Salvo» no es sino una basa de columna bastante dañada; y el «capitel romano de volutas jónicas (...) cedido por la Vda. de Mola» es, efectivamente, un capitel jónico (Fig. 15(a)) de factura muy semejante a los conservados en el Museo de Zaragoza (Fig. 8). Junto a estos materiales, hemos constatado también -como se ha anotado más arriba-un capitel (Fig. 15(b)) de tipo tardorromano debidamente siglado «Fillera» y que, por el tipo de sigla debió ser recogido no ya por el P. Escalada -que acostumbraba siglar las piezas con números (Maruri 2006, 274)sino por el P. Recondo -que siglaba haciendo notar la procedencia de la pieza en letras negras de buen tamaño-pero del que, en cualquier caso, no hay mención explícita en su cuaderno de campo (Maruri 2006, 318-361). Sin embargo, tal vez lo más representativo del material arqueológico recuperado en nuestros trabajos sea el conjunto -hasta ahora inédito salvo escueta referencia de J. A. Lasheras y de D. Fernández-Galiano49 -de cerca de algo más de veinticinco fragmentos de pavimento musivo en teselas blancas y negras que -procedente del área central del yacimiento, al Oeste del Canal de Bardenas-se guarda hoy en una colección particular del municipio de Sos del Rey Católico junto con los capiteles y columnas arriba constatados (Fig. 16). Sus actuales propietarios han aventurado, incluso, una propuesta de reconstrucción del mismo que permite constatar la presencia de motivos vegetales -al menos una crátera con hojas de palmay animales -tal vez un perro o, más probablemente, un hipocampo-todo ello enmarcado por un doble marco que debía encuadrar toda la escena. Por el tamaño de las teselas, la talla de las figuras en ellas representadas y la presunta amplitud del área cubierta por el pavimento -que espera y merece, desde luego, un ulterior y monográfico estudio-nos parece que dicho mosaico debe ponerse en relación más con un área pública que con una de naturaleza doméstica y, como se ha dicho, tal vez de función termal sin que, en cualquier caso, esto -que había sido supuesto por algunos autores en función de los restos de una conducción hidráulica en piedra documentados por A. Marcos Pous y A. Castiella50 -, pueda constatarse hasta que no se lleve a cabo el estudio en detalle del Fig. 10. Colección de material arqueológico de Campo Real -capitel corintio (a), fragmento de friso ornamental (b), y capitel jónico (c)-en propiedad de Dña. Soledad Vera, en Sos del Rey Católico, procedentes del área del Corral del Boticario. na) y que habrá que añadir a un segundo capitel de factura tardorromana (Fig. 22) que se conserva en una colección particular de Sangüesa sobre la que más adelante volveremos. Todo este conjunto -que eleva la cantidad de capiteles romanos a doce y que ofrece, de hecho, algunos tipos, como el jónico con tres ovas de la colección de Dña. Soledad Vera (Fig. 10(c)) tal vez de cronología tardo-republicana o augústea47 conviviendo con otros con hojas de agua como motivo decorativo, como el jónico custodiado por Dña. Isabel Valero (Fig. 9 Conforme a las antiguas noticias de F. Escalada respecto del hallazgo de «capiteles (y) fustes de columnas 52 » al abrir el Canal de Bardenas, todavía en la actualidad se aprecia abundante material ornamental y arquitectónico en las terreras generadas a uno y otro lado de aquél y que hay que añadir al friso arriba mencionado conservado en casa de Dña. Soledad Vera, en Sos del Rey Católico (Fig. 10(b)). Así, y como piezas más representativas -y al margen de numerosos sillares de labra romana, algunos de notables dimensiones, que también se observan al pie del «Camino Viejo de Sangüesa» (Fig. 17)-, pueden citarse un fragmento de cornisa en arenisca moldurada, un pequeño fragmento de tambor de columna igualmente moldurada (Fig. 18), una pieza de mármol rosáceo de revestimiento, algún sillar con guías para el encaje de grapas o de otros sillares, y la tabula ansata anepígrafa que oportunamente será comentada en el estudio del material epigráfico. 52 Escalada 1943, 169. gos de varios epitafios en la zona remiten a la posible presencia de la necrópolis de la ciuitas en el área o, al menos, eso nos parece puede intuirse con bases verosímiles a la luz de dichos hallazgos. A nuestro juicio -porque nos permite constatar algunos aspectos de la vida económica del enclaveresulta especialmente interesante el hallazgo -en otro orden de cosas-de hasta un total de cuatro torcularia de aceite o de vino de los que apenas había dado cuenta hasta ahora la investigación53. De tres de ellos del área oriental del yacimiento (Fig. 19), cerca del Corral de María Mola, al pie del camino que desde la carretera A-127 se dirige hacia dicho complejo. El primero de ellos -sin duda el más monumental y el mejor conservado (Fig. 19(b))-exhibe perfectamente las evidencias de las ranuras sobre las que discurrían las vigas de madera con que se ponía en marcha la prensa 54. La pieza central de un cuarto torcularium ha sido documentada en el yacimiento de El Regadío, ya antes comentado (Fig. 20). A este interesante conjunto de hallazgos de naturaleza económica habría que añadir el de una rueda de molino fragmentada recuperada en el área central del yacimiento en el contexto de los trabajos de revisión del enclave de los que dan cuenta estas líneas y que habría que enlazar con las noticias de piezas semejantes transmitidas por el P. Escalada 55 y ya antes aludidas. En relación al material cerámico, poco puede añadirse respecto de los datos que, sobre la cuestión, arrojaron en su día las prospecciones sistemáticas de A. Marcos Pous y de A. Castiella 56 -cuyos resultados fueron debidamente cartografiados, por tipos, en el Atlas de Prehistoria y Arqueología Aragonesas 57 - 54 Se trataría de una prensa de líquidos del tipo 12 de Brun 1986. Agradecemos a Yolanda Peña, de la Universidad Autónoma de Madrid, la colaboración prestada en la identificación y valoración de estas piezas. y las más recientes -ya en el área de de El Regadío-del aludido J. C. Labeaga 58. Acaso la constatación de que, efectivamente, además de la sigillata hispánica se aprecian en superficie fragmentos de sigillata itálica y de gálica que permiten aportar más datos al supuesto floruit del enclave en época altoimperial romana, perfectamente refrendado por parte del material arqueológico arriba analizado. Es en dicho momento -y al menos hasta finales del siglo II d.C., época en la que habría que fechar la moneda de Adriano hallada en Campo Real/Fillera por J. C. Labeaga 59 -en el que, por otra parte, está constatado que debieron experimentar un notable desarrollo no sólo los enclaves vecinos de la comarca de las Cinco Villas de Aragón -especialmente el yacimiento de Los Bañales 60, por citar el caso mejor co-58 Labeaga 1987, 33-37. 60 Andreu 2004-2005, 287-288 y Nasarre y Lasuén en prensa, s. pp. nocido-sino también otros igualmente próximos como el de Santacrís de Eslava -aún en el valle del río Aragón-que ve cómo se levanta su monumental necrópolis en el último cuarto del siglo II d. Por su parte, la presencia de un buen número de fragmentos de dolia en los yacimientos menores ubicados al otro lado del río Onsella encaja perfectamente con el panorama típico del poblamiento de los territoria urbanos en época romana. Aunque tal vez exceda los objetivos del presente trabajo -centrado en la fase romana del yacimiento estudiado-sí queremos llamar la atención del extraordinario lote del material tardoantiguo y medieval procedente del enclave y que es, sin duda, AEspA 2008, 81, págs. 75-100 ISSN: 0066 6742 muestra clara del potencial de dicho horizonte cronológico. Así, y además de dos monumentales sarcófagos de piedra arenisca con tapa a doble vertiente conservados en una colección particular -uno de ellos decorado con un Crismón (Fig. 21) y recientemente estudiado62 -hemos constatado la presencia de un capitel que, hallado por J. C. Labeaga -que amablemente nos informó de su existencia-se conserva hoy en la vivienda de D. Ángel Navallas, en Sangüesa. Se trata de una pieza profusamente decorada -y con motivos muy parecidos a los de un capitel de Castiliscar lo que permite suponer un cierto arraigo de dicha tipología en la zona63 -pero no exenta de motivos de inspiración romana (Fig. 22) como, de hecho, sucede también con los referidos sar-cófagos64 y con un hermoso pie de altar visigodo hoy conservado en el Depósito Arqueológico del Gobierno de Navarra (Fig. 23 65 ). Seguramente ya al periodo medieval, deba también ser adscrito un hermoso canecillo con motivo figurado que -procedente del área del Corral del Boticario-se conserva hoy en casa de Dña. Soledad Vera (Fig. 24(b)); un capitel con motivos animales, ya de corte románico, conservado en una colección particular de Sos del Rey Católico (Fig. 25(a)); y -entre otras piezas-hasta seis monumentales pilares de arenisca y una columna recogidos en los campos próximos al despoblado medieval (Fig. 25(b)) y tal vez relacionados con las ruinas de la iglesia -de clara obra altomedievala la que antes aludimos. LA EPIGRAFÍA DE CAMPO REAL/FILLERA En el conjunto de la riquísima epigrafía romana de las Cinco Villas66 es aparentemente poco lo que supone el material epigráfico romano que, con seguridad -y al margen de otras piezas procedentes de la jurisdicción de Sos del Rey Católico pero de las que no se cuenta con una procedencia mejor definida67 -ha sido recuperado en el área de Campo Real/Fillera. En concreto, tres epitafios que pasamos a estudiar a continuación (n. tivamente) y una cuarta pieza, anepígrafa (n.o 4), que, sin embargo, nos parece de extraordinario interés al menos en el contexto de la que -muy probablemente y como se ha apuntado más arriba-pudo ser la necrópolis de la ciuitas aquí estudiada. N.o 1.-Cupa funeraria de arenisca (47 x 39 x 77) dañada en su lado izquierdo con fractura que ha afectado ligeramente a la línea segunda del texto y desgaste que recorre el campo epigráfico de arriba abajo. Campo epigráfico (39 x 43) enmarcado por moldura triple a modo de arquillo decorativo apoyado sobre pilastras con decoración vegetal muy gastada y sólo conservado en el lado derecho. La superficie interior está rehundida para el encaje de la urna cineraria. Caracteres capitales rústicas (4,5-3,5) y ausencia de signos de interpunción. La pieza fue hallada en el transcurso de labores agrícolas junto al Corral de María Mola, a la vez que la estela que estudiaremos a continuación (n.o 2) según testimonio de la actual propietaria de la pieza. Hoy se guarda -reutilizada como jardinera e invertida-en el patio de la vivienda de Dña. Isabel Rubio, en Sos del Rey Católico, gracias a cuya ama-bilidad pudimos verla y fotografiarla en la Semana Santa de 2008 (Fig. 26). Al margen del extraordinario interés que ofrece el soporte -se trataría, pues, de una nueva cupa que añadir a las ya conocidas para la zona, tanto en el entorno de Sofuentes como en el de Los Bañales de Uncastillo68 -y con un aspecto -en fórmula y en decoración-muy semejante al de la que, con alusión a una posible Spes mater, se conserva hoy en el Corral de Bardají de la vecina localidad de Uncastillo, la N.o 2.-Estela de arenisca (137 x 42,5 x 24) con remate triangular decorado con moldura doble y representación de un creciente lunar en relieve. Campo epigráfico (35,5 x 48,5) enmarcado por moldura doble y dañado por una fractura que partió la pieza en dos en el momento de su traslado del lugar del hallazgo al de su actual conservación, fractura que fue subsanada con un aplique de cemento que ha afectado sobre todo a la l. Caracteres capitales cuadradas de excelente factura (5/4,5-3, en l. Procede del Corral de María Mola, en Fillera. Hoy se guarda en una vivienda particular de Sos del Rey Católico donde -gracias a la espléndida hospitalidad de sus propietarios-pudimos verla y fotografiarla en la Semana de Pascua de 2008 (Fig. 27). El primer elemento que merece la pena destacar respecto de esta pieza es la presencia de un creciente lunar con los cuernos hacia arriba como motivo decorativo del remate de la misma70 especialmente porque éste está atestiguado también en otra cercana inscripción recuperada en la supuesta necrópolis de Los Bañales de Uncastillo (ERZ, 51) y en una segunda procedente de Javier (IRMN, 49) lo que permite atribuir al motivo un cierto predicamento en la documentación epigráfica de la zona. Desde el punto de vista onomástico, a pesar de la origo Eturissensis del difunto -por tanto, relacionable con la Iturissa de Ptolomeo y los Itinerarios71 y que, como señalara A. Ma Canto, tal vez debamos corregir por Eturissa72 una vez que es ésa la variante que soporta el registro epigráfico-su gentilicio, Terentius -bien atestiguado en Hispania73 -, apenas ofrece en la zona un lejano paralelo documentado en un ara de Cirauqui erigida a [L]osa por T[e]rent [i]us Martialis (AE, 1982, 587) de igual modo que su cognomen -Maternus-no ofrece demasiados casos dentro del territorio vascón (HEp5, 629, de Olóriz, e IRMN, 43 de Gastiáin, en su versión femenina74 ). N.o 3.-Bloque de arenisca ((35) x (46) x 41) partido en su parte superior -con fractura que ha dañado la primera línea del texto-y en el ángulo inferior izquierdo. Caracteres capitales de tipo rústico (4,5-4), sin signos de interpunción y muy desgastados en la parte central de la pieza. 4, la S aparece fuera de la caja de la ordinatio. Al parecer, y según sus primeros editores, la inscripción procede de Fillera aunque ellos mismos precisan que «no se conservan datos seguros» (Castillo y Bañales 1998, 5) sobre su hallazgo. En 1985, cuando los referidos investigadores de la Universidad de Navarra la fotografiaron, se conservaba en la Casa de Cultura de Sangüesa de donde parece pasó al Convento de los Capuchinos. La hemos buscado en ambos lugares donde, sin embargo, no hemos podido encontrarla. Probablemente se haya perdido. Al margen de los comentarios ya antes consignados respecto del gentilicio Valerius y su arraigo en la zona, resulta necesario referir aquí la también notable presencia del cognomen Flauus en algunas piezas del repertorio epigráfico próximo. Así, éste está presente en inscripciones de Barbarin (AE, 2002, 798), Eslava (AE, 1994(AE,, 1048) ) o Sofuentes (AE, 1977, 479) lo que remite, de nuevo, a un ámbito geográfico -el de las Cinco Villas de Aragón/Navarra Media Oriental-que parece ser el del área de influencia del enclave que aquí estudiamos. N.o 4.-Fragmento lateral izquierdo de una placa de arenisca (61 x (65) x 22) con tabula ansata moldurada ((58) x 43) grabada en su interior y de la que se ha perdido toda el ansa derecha debido a la fractura de la pieza. El soporte, anepígrafo, tal vez pudo contar con un texto pintado hoy, en cualquier caso, perdido. Procede del lado Oeste del Corral de Mola. Se conserva in situ esperando su incorporación al Museo de Zaragoza, al que informamos de su hallazgo en Febrero de 2008 (Fig. 28). Pese a su aparente parquedad, varias son las consideraciones que nos sugiere la epigrafía recuperada en el área de Campo Real/Fillera. En primer lugar, la naturaleza funeraria de los textos recogidos unida a la diversidad de sus soportes -no se olvide que dos de ellas (n. os 1 y 2) fueron halladas en un área muy reducida-nos ofrece un sugerente escenario para la restitución del paisaje epigráfico de la necrópolis de la ciuitas estudiada. En ella debieron convivir bloques y placas de carácter arquitectónico (n. os 3 y 4) -al servicio de los monumentos funerarios que parecen sancionar los notables hallazgos de material arquitectónico en la zona y el puluinus con retrato funerario arriba aludido (Fig. 24(a))-con estelas (n.o 2) y cupae (n.o 1), convivencia que, por otra parte, también parece constatarse, por ejemplo, en las vecinas necrópolis de Los Bañales de Uncastillo 75, Cabezo Ladrero de Sofuentes 76, o Santacrís de Eslava 77. Por otro lado, la presencia de un individuo con mención de origo, el Eturissensis G(aius) Terentius Maternus, parece subrayar, como un elemento más, el carácter urbano del enclave pues dicha mención de la ciudadanía de procedencia parece más frecuente en la epigrafía urbana que en la de los territorios rurales 78, además de ilustrar sobre el atractivo que -del tipo que fuera-ejerció el enclave. Por último, la constatación de una cupa -hasta la fecha la más oriental y septentrional del territorio vascóny el notable protagonismo de los Valerii como grupo familiar también constatado en el área circundante permiten integrar perfectamente el enclave de Campo Real en los patrones de aculturación, poblamiento y sociedad típicos de la zona y que ya en su día fueran descritos por F. Beltrán 79. La constatación de una nueva ciudad romana en el área nororiental del territorio que las fuentes antiguas atribuyen a los Vascones no nos parece deba considerarse como algo excepcional. Acaso sí por la concentración de enclaves urbanos que ofrece la zona 80. En cualquier caso, la temprana integración de Fig. 28. Fragmento de una tabula ansata anepígrafa conservado in situ en el área del Corral de Mola. 80 Como ya se hizo notar más arriba (véase nota 4), en un radio no superior a los 30 kilómetros estarían constatadas, cuando menos, las siguientes comunidades urbanas: Los Ba-toda el área -y de sus comunidades protohistóricasen la órbita de Roma -hacia el 195 a. C. tenemos al ejército romano interviniendo en la ciudad de Iacca y diez años más tarde asediando Corbio, comunidades ambas algo más hacia el Este 81 pero en cualquier caso no lejanas-y, también, sus muy excelentes posibilidades económicas -perfectamente constatadas por la activa circulación de numerario indígena de cecas bien lejanas en algunos de los oppida protohistóricos de la zona y después debidamente multiplicadas por la red viaria romana-, justifican su tupido poblamiento en época clásica. Es, precisamente, la estratégica posición del yacimiento la que explica la continuidad de la vida urbana -seguramente redimensionada en cada época: muy notable en época alto-imperial y tardoantigua, igualmente importante en época protohistórica, y menor, en cualquier caso, en su facies ya medievalo, en cualquier caso, del poblamiento en la zona incluso en época tardía, más allá de la incidencia de invasiones cuyo efecto está constatado en lugares bien ñales de Uncastillo, Santacrís de Eslava y la ciuitas de los Iluberitani de Plinio (Plin.,HN. 3,3,24), si es que ésta -como vimos-puede reducirse a Lumbier. Pero, seguramente, a ellas debe añadirse el Cabezo Ladrero de Sofuentes que -pendiente de un estudio detallado en su dimensión arqueológica-fue seguramente solar de alguna unidad urbana romana (Fatás 1976, 88 y Beltrán Lloris y Paz 2003, 156). AEspA 2008, 81, págs. 75-100 ISSN: 0066 6742 próximos82 y en línea, además, con lo que sucedió, por ejemplo, en la vecina ciuitas de Los Bañales de Uncastillo que terminó sus días en la forma de extensos fundi como los que documentan los yacimientos de La Sinagoga y La Estanca, en los alrededores de la actual localidad de Sádaba 83, ambos, en cualquier caso, con raigambre alto-imperial. La reducción del sitio de Campo Real/Fillera con alguna de las ciuitates citadas en las fuentes debe, en todo caso, considerarse un problema menor máxime cuando otras de las reducciones propuestas para las comunidades atribuidas a los Vascones son sólo probables y cualquier nuevo hallazgo puede modificar el actual estado de cosas 84, sin embargo, sí parece lógico que nos detengamos en algunas consideraciones al respecto. Si la Corbio suessetana parece debe buscarse algo más hacia el Gállego 85 y la Nemanturissa de los listados de Ptolomeo 86 -aparentemente paralela a Andelo pero algo más al Oeste 87 -estuvo en Santacrís de Eslava 88, a la hora de trazar nuevas propuestas de reducción, la investigación -cuando menos-ha de preguntarse por las cecas de acuñación que, normalmente, se vienen adscribiendo al grupo vascón 89, que operaron en el solar atribuido por las fuentes a esta etnia, o cuyas leyendas, al menos, admiten una base eusquérica 90 una vez que para el resto de las comunidades vasconas citadas en las fuentes literarias existen tentativas de reducción más o menos sólidas. En este sentido, la irregular procedencia de la zona de El Sasillo -a apenas tres kilómetros al Oeste del área de Campo Real/Fillera-de un completísimo tesoro de denarios de arsaos casi flor de cuño -por tanto de escasa circulación 91 -permite -junto con la habitual búsqueda del solar de dicha ceca por la zona Oriental de Navarra y Occidental de Aragón 92 y junto con la mención a un Arsitanus en una inscripción de Sofuentes (AE, 1977, 476)-aventurar la posible ubicación de dicha comunidad sino en Campo Real/Fillera sí al menos en una zona no muy lejana. Que el citado epígrafe de Sofuentes -que podría fecharse avanzado el siglo I d.C.aluda a una origo Arsitana autoriza a suponer que la antigua ceca indígena devino en época alto-imperial en una comunidad urbana cuyo nombre guardó relación con el del antiguo rótulo monetal. Resulta pues, plausible, pensar que Campo Real/Fillera pueda corresponderse con esta comunidad e incluso que ésta sea la Arsi que, en su peculiar concepción de las etnias y en su particular metodología de atribución geográfica, Ptolomeo alude entre los Edetanos 93. Sea como fuere, todo parece indicar que ulteriores trabajos habrán de tomar en cuenta la -a nuestro juicio sólida-documentación de un nuevo enclave urbano en una de las áreas, sin duda, más atractiva del solar que las fuentes antiguas atribuyen a los Vascones. Es deseable que futuras actuaciones arqueológicas en la zona y, desde luego, el sensacional ritmo con el que se están produciendo los hallazgos epigráficos en las áreas limitáneas -en especial en toda la Navarra Media Oriental 94 -permitan avanzar en la hipótesis de reducción que aquí hemos propuesto y, desde luego, y sobre todo, en la mejor comprensión del papel desempeñado por esta ciuitas en tan interesante área y en tan dilatado arco cronológico. En dicho papel, además de en su evidente desarrollo durante, cuando menos, la época alto-imperial, deberá profundizarse en el estudio de su languidecer tardoantiguo que, a juzgar por parte del material aquí presentado y por la perduración del lugar en la documentación medieval, debió ser también ciertamente notable.
En las últimas décadas, la cerámica de tipo Kuass se ha convertido en un indicador cronológico fiable de época prerromana y republicana en el sur peninsular (S. iv-i a. Pero su valor no se limita sólo a este contexto: la cerámica utilizada para el consumo de alimentos es particularmente interesante para entender los gustos y opciones tomadas en el momento de la compra de estos productos por parte de las comunidades antiguas. El hecho de que se trate de un objeto exógeno, cuya tradición cerámica inspirada en el repertorio ático, no debe relegar a segundo plano el papel de sustrato local en términos de aceptación / rechazo de ciertas formas. El objetivo de este estudio fue dar a conocer un conjunto grande y sin precedentes de cerámica de tipo Kuass en un territorio particularmente estratégico para la distribución de productos en la Antigüedad, como es el área urbana de la antigua ciudad de Myrtilis, de modo a establecer bases sólidas para, posteriormente, elaborar un análisis comparativo macro regional. Grupos de fabrico de Mértola
Los trabajos de excavación arqueológica desarrollados en el yacimiento de Santa María de Abajo (Carranque, Toledo) entre 2009 y 2011, centrados en el espacio ocupado por el palacio tardorromano, nos han permitido conocer una larga secuencia ocupacional desarrollada entre época romana y los primeros años del siglo xx. En el presente trabajo presentamos el estudio de los contextos cerámicos asociados a los niveles emirales. PALABRAS CLAVE: Carranque (Toledo); estudio cerámico; contextos estratigráficos; período andalusí. INTRODUCCIÓN Y SECUENCIA DE OCUPA-CIÓN El yacimiento arqueológico de Santa María de Abajo (Carranque, Toledo) ocupa una extensión de circa 18 hectáreas en una terraza de la margen derecha del río Guadarrama. A lo largo de más de treinta años, diversas intervenciones auspiciadas por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha han puesto al descubierto varios edificios y estructuras (Fig. 1) que desde 2003, y bajo el amparo de su declaración como Parque Arqueológico, son visitables. Desde 2004, las intervenciones se han centrado en la resolución de cuestiones interpretativas sobre los edificios excavados con anterioridad y en la obtención de la secuencia estratigráfica mediante la excavación de sectores concretos ya intervenidos previamente por el equipo anterior 5. En este sentido cabe contextualizar los trabajos desarrollados entre 2009 y 2011 en el espacio del palacio tardorromano que se sitúa en el extremo norte del yacimiento y que han permitido conocer una larga secuencia que abarca una ocupación iniciada en época romana y que culmina en los primeros años del siglo xx (García-Entero et alii 2014) 6. Queremos ahora presentar el estudio del material cerámico procedente de los contextos emirales localizados en estas intervenciones. No obstante, antes de abordar el análisis cerámico, queremos exponer brevemente las fases identificadas con el fin de conocer la secuencia ocupacional detectada y matizar algunas cuestiones planteadas en un trabajo preliminar previo (García-Entero et alii 2014) y que afectan a los horizontes tardoantiguos y andalusíes. Hemos podido documentar una primera fase constructiva (fase 0) identificada únicamente en el costado occidental del edificio palacial y formada por dos cimentaciones murarias y una zanja junto a niveles de frecuentación que han aportado escasos materiales cerámicos -muy fragmentados y rodados-de cronología altoimperial. Estas estructuras resultarían amortizadas en la fase 1b por la construcción del cuerpo occidental añadido a la planta original del edificio palacial. En un momento tardorromano que no es posible determinar a partir de la documentación estratigráfica disponible, se construyó un gran edificio civil de representación, de más de 2000 m 2, diseñado con un marcado eje axial norte-sur y levantado sobre una potente cimentación. Siguiendo modelos de la arquitectura palatina definida a partir de época tetrárquica, esta construcción está concebida para acoger toda una serie de ceremonias encaminadas a poner de manifiesto el poder y estatus del propietario del 6 Este sector del yacimiento fue objeto de excavación entre 1988 y 2003, periodo en el que el edificio palacial fue íntegramente sacado a la luz. No existe, no obstante, información estratigráfica de estos trabajos de excavación. edificio 7. El estudio realizado ha permitido identificar dos momentos constructivos (fases 1a y 1b) que pertenecen, sin embargo, a una misma planificación edilicia. Así, en el primer momento (1a) se llevó a cabo la construcción del cuerpo central del edificio al que se añadió el bloque occidental (1b) en el que no se utilizaron los sillares de granito que sirvieron de asiento al alzado del cuerpo central. Este edificio perdió su función original en torno a mediados del siglo v d. C. (García-Entero et alii e. p. a), iniciándose a partir de este momento un largo proceso de reocupación del espacio. De este modo, en época tardoantigua detectamos una serie de estructuras negativas junto con dos elementos de combustión, así como la creación de una estancia en el exterior oriental del antiguo palacio para lo que se reaprovechó material constructivo de parte del edificio palacial (fase 2). Amortizando esta ocupación, surgió una necrópolis (fase 3), a la que es posible asociar más de un centenar de tumbas (García-Entero et alii e. p. b; García-Entero y Vidal 2012) y que parece surgir en torno a un edificio de culto cristiano apenas intuido por piezas pertenecientes a su decoración arquitectónica (placas de cancel, cimacios, molduras y fragmentos de capitel). La decoración marmórea de este edificio ha sido objeto de especial atención en los últimos años. Planta general del yacimiento de Santa María de Abajo (Carranque, Toledo). (Equipo de Investigación de Carranque). CONTEXTOS CERÁMICOS EMIRALES DEL YACIMIENTO DE CARRANQUE (TOLEDO) construcción de decenas de estructuras de almacenaje en silos, grandes fosas de extracción y un pozo que aprovechaba el agua del nivel freático. Durante un largo período entre un momento indeterminado del siglo x y las primeras décadas del xii (fase 5), el solar parece objeto de un abandono generalizado que arqueológicamente se manifiesta en la ruina parcial de las estructuras y en la ausencia de contextos fechables en esta cronología. En el año 1136, y en el contexto de las disputas entre los límites de los territorios de Toledo y Segovia, se menciona por vez primera la iglesia de Santa María de Batres. En este año Alfonso VII donó el castillo de Calatalifa, entre cuyas tierras se halla la iglesia de Santa María de Batres, a la iglesia de Segovia 8. Es posible localizar esta iglesia (fase 6) en el sector norte del antiguo edificio palacial que en este momento se mantenía aún en buena medida en pie. En torno a la iglesia surgió una necrópolis además de una serie de estructuras murarias de gran solidez que quizás sea posible vincular con el monasterio documentado textualmente desde 1152. La siguiente fase atestiguada (fase 7) se corresponde ya con la ermita de Santa María de Batres mencionada en las Relaciones Topográficas de Felipe II de 1576 en las que se menciona una ermita junto al río Guadarrama de la que apenas se conserva una capilla de bóveda de piedra y ladrillo 9; ermita que estuvo en funcionamiento hasta mediados del siglo xix, momento en que, cesado ya el culto, comenzó su abandono y ruina que culminaría con el derrumbe de la bóveda que cubría 8 Sabemos que en 1089 Alfonso VI concedió a la catedral de Toledo las iglesias al Sur de la sierra del Guadarrama, si bien no se menciona en este momento específicamente la Iglesia de Santa María de Batres. Es en 1136 cuando se alude por vez primera a esta iglesia a propósito de la donación que hace Alfonso VII, a la iglesia de Segovia, de la fortaleza de Calatalifa con sus términos, entre los que se incluye la iglesia de Santa María de Batres. Unos años más tarde, en 1148, en la Bula de Eugenio III a Don Raimundo, Arzobispo de Toledo, se confirma la pertenencia de la iglesia de Santa María de Batres a la Iglesia de Toledo lo que permite contemplar la devolución al obispado toledano unos años antes. En 1152 Alfonso VII da a la catedral de Toledo las heredadas que de él tiene el monje Hugo, a condición de que sean cedidas a su vez al monje Hugo y a los monjes de Santa María de Batres, aunque sometidos al arzobispo de Toledo. Por último, un año más tarde, este monarca dona a favor del monasterio de Santa María de Batres, de su abad Hugo y de sus sucesores, una heredad entre Rinales y Turrelium. 9 "Hay una ermita que se intitula Santa María de Batres, al Oriente una legua desta villa, junto al río de Guadarrama desta parte, donde no hay más que una capilla de bóveda de piedra y ladrillo, que es muy antigua, dícese haber sido monasterio y abadía de templarios y lo demás de la dicha iglesia esta puesto por el suelo, esta ermita tiene termino de algunas tierras que comienzan desta parte del dicho río y pasa de la otra parte, y esta anexado al monasterio de monjas de la villa de Griñón". La última fase arqueológicamente identificada en el complejo ocupado por el antiguo edificio palacial tardorromano (fase 8) se corresponde con una ocupación contemporánea en la que, con gran parte del edificio ya arruinado, al menos una de las habitaciones de la antigua ermita resultó cobijo para una serie de ocupaciones marginales de diversa índole. METODOLOGÍA DEL ESTUDIO REALIZADO En este trabajo presentamos el estudio pormenorizado del material cerámico de un conjunto de unidades estratigráficas seleccionadas atendiendo a criterios estratigráficos y de representatividad del material asociado. Se trata del estudio de la cerámica asociada a quince contextos de época emiral (Fig. 2), con un total de 2407 fragmentos analizados que se corresponden con un número mínimo de 152 individuos 10. Asociados al horizonte emiral, y exceptuando la ue 10109, los estratos estudiados constituyen rellenos intencionados de estructuras negativas. La ue 10542 constituye el último de los rellenos de un pozo localizado en la zona sureste del edificio. Por último, la ue 10109 constituye una unidad estructural muraria perteneciente a la fase plenomedieval del yacimiento (fase 6), que fue parcialmente excavada 10 Para establecer esta cifra se han tenido en cuenta exclusivamente los fragmentos de bordes. El estudio ahora presentado se ha realizado de forma conjunta con los materiales cerámicos asociados a la fase tardoantigua del edificio palacial de Carranque, habiéndose analizado un total de 4728 fragmentos pertenecientes a un número mínimo de 486 individuos asociados a 71 unidades estratigráficas. Buena parte del material cerámico de los rellenos estudiados no presentan rasgos morfológicos que nos permitan determinar con certeza su pertenencia a un horizonte tardoantiguo o emiral. Por motivos de espacio presentamos aquí únicamente los contextos cerámicos emirales; los contextos tardoantiguos han sido estudiados en García-Entero et alii, e. p. a. Arriba, localización de las unidades estratigráficas emirales estudiadas. Abajo, relación estratigráfica de las uuee del horizonte emiral mencionadas en el texto. con el fin de completar la secuencia estratigráfica del edificio. Presentamos ahora el estudio de los materiales cerámicos de estas unidades estratigráficas en las que hemos identificado la presencia de ocho grupos cerámicos denominados como B1, B2, B3, B4, B5, B6, B7 y B10 (Fig. 3). Como hemos indicado, presentamos el estudio cerámico de quince unidades estratigráficas vinculadas con el horizonte emiral. Por razones de claridad expositiva, se presentan ahora las características formales y tecnológicas de los ocho grupos cerámicos identificados en este horizonte emiral. Se trata de un conjunto de piezas (24% del total analizado) realizadas a torno, de cocción oxidante, aunque se han localizado algunos ejemplares de cocción mixta. Las pastas son depuradas, con desgrasantes cuarcíticos y micáceos de pequeño tamaño, y coloración clara de tonalidades anaranjadas y rosáceas. Al exterior, las piezas suelen presentar alisado y, en algunas ocasiones, una ligera aguada o engobe blanquecino. Al interior, son generalmente bien apreciables las huellas de torno y algunos ejemplares presentan también acabado alisado. También hay algunos casos de decoraciones acanaladas horizontales, por lo general poco marcadas, y alguna decoración incisa (10313/402). Como particularidades, cabe destacar la localización de tres fragmentos de una misma pieza con engobe rojizo al interior, (10727/31) así como otro fragmento con pintura negruzca, también al interior de la pieza (10601/6). Funcionalmente, el grupo B1 está conformado por cerámica de mesa, presentando formas dedicadas al servicio o al consumo directo como cuencos, vasos o tazas y jarros. Destaca la presencia de "jarritos" de boca ancha con carena y una única asa, diferenciadores del registro emiral frente a momentos posteriores en los que se añade una segunda asa (Alba y Gutiérrez 2008: 602). En todo el conjunto se constata un único fragmento atribuible, quizás, a un ataifor (10366/17), forma cuya generalización se atribuye ya a época califal (Alba y Gutiérrez 2008: 605). Piezas similares a las englobadas en este grupo están muy presentes, incluso de forma mayoritaria, en los contextos andalusíes del interior peninsular 11. De esta forma, parece constatarse que la presencia de grupos tecnológicos análogos, con diferentes subtipos o variaciones, se atestigua en la Marca Media durante todo el periodo tardoantiguo y altomedieval. En definitiva, el carácter común de este grupo tecnológico, su presencia generalizada en multitud de contextos y su amplio arco temporal, impide una utilización fiable como indicador cronológico. En relación a la decoración pintada presente en este grupo y realizada a base de trazos negros o rojos de grosor variable, cabe señalar, desde un punto de vista cronológico, que la pintura a trazos aparece en la Meseta ya a lo largo del siglo viii 12, mantenién-11 El grupo cerámico B1 guarda relación directa con el grupo G1 y sus subtipos, establecido por M. Retuerce para la cerámica andalusí de la Meseta (Retuerce 1998: 66). En La Indiana y Fuente de La Mora (Madrid) se han localizado tipos tecnológicos equivalentes en el designado como Periodo IV (mediados del siglo viii-mediados del ix) (Vigil-Escalera 2003). 12 Esta decoración es la nombrada A-2-a y A-2-c por M. Retuerce quien la relaciona de forma genérica con el periodo Omeya en la Meseta (Retuerce 1998: 406-407), en una propuesta cronológica hoy superada. Así, en el yacimiento de Hernán Páez, en Toledo, se constata la aparición de cuencos a torno rápido con trazos verticales sinuosos de color marrón o naranja, dispuestos en columnas paralelas y extendidas desde el borde hasta la panza del recipiente, rodeando toda la pieza, en un yacimiento que se fecha en el siglo viii a partir de sus tipos cerámicos (ollas a torno de tradición visigoda, ausencia de cerámicas vidriadas, etc.) También en la provincia de Toledo, en el yacimiento de Las Jariegas, se señala la aparición de pintura rojiza en contextos del siglo viii (Fernández y Chico 2010). Estas cronologías tempranas para la aparición de cerámicas a Figura 3. Grupos cerámicos detectados en el horizonte emiral de Carranque. dose en la centuria posterior y a lo largo de todo el horizonte cultural andalusí. Grupo cerámico formado por piezas a torno de cocción oxidante, de pastas depuradas, con desgrasantes de pequeño tamaño de cuarzo y mica que constituye el 25% del total de fragmentos analizados. Presenta unas pastas especialmente características: porosas, ligeras y pajizas, de color blanquecino, con tonalidades ocres, amarillentas o verdosas, que en ocasiones presentan evidencias de uso de material orgánico. De forma general presenta acabados alisados al exterior y huellas de torno anchas muy marcadas al interior. De forma muy habitual en este grupo se localizan paredes decoradas con estriados horizontales muy marcados en el exterior de la pieza. Desde el punto de vista funcional y formal, el grupo está integrado por piezas comunes de mesa, en su mayoría dedicadas al servicio o a la pequeña contención de líquidos como botellas, jarras o cántaros. En muchos de los casos estas piezas presentan asas de cinta acanaladas y bases convexas. La presencia de este tipo tecnológico está ampliamente atestiguada en numerosos contextos andalusíes de la Meseta, en mayor o menor porcentaje, incluso desde épocas tempranas 13. En ocasiones, se ha propuesto torno con decoración pintada se confirma en el yacimiento de la Vega Baja de Toledo, donde ya en la primera mitad del siglo viii aparecen cerámicas pintadas con trazos rojos, marrones y negros (Juan y Cáceres 2010, Gómez Laguna y Rojas 2009, Peña et alii 2009). También en el Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete) en el Horizonte II fechado en la segunda mitad del siglo viii d. C., aparece cerámica pintada (Gutiérrez et alii 2003). Estas cronologías de la segunda mitad del siglo viii para la presencia de decoración pintada en las cerámicas andalusíes se corrobora en el arrabal de Ṡaqunda en Córdoba, ocupado entre 750 y 818, con abundante presencia de cerámica pintada con trazos lineales y aspas, realizados a pincel, goterones o directamente con los dedos, en tonos ocre, rojo y negro (Casal et alii 2005). En Melque (San Martín de Montalbán, Toledo) se documentan piezas pintadas a trazos rojos o negros en la fase de destrucción del monasterio a mediados del siglo ix (Caballero et alii 2003: 249-258). En Segóbriga (Saelices, Cuenca) las decoraciones rojizas realizadas con óxido de hierro se consideran casi exclusivas del mundo emiral (Sanfeliú y Cebrián 2008: 210). 13 El grupo tecnológico B2 podría corresponderse con el subtipo G1a de la clasificación de pastas propuesta por M. Retuerce (1998: 66). Es habitual la localización de piezas de pastas blanquecinas, pajizas y porosas en diferentes contextos del mismo ámbito geográfico en el que se inscribe Carranque como en algunos contextos rurales del sur de Madrid que este tipo de pastas porosas, especialmente utilizada en formas dedicadas a la contención de líquidos, responde al paulatino establecimiento de "una tradición claramente islámica" llamada a sustituir de forma progresiva a la tecnología cerámica de épocas anteriores (Alba y Gutiérrez 2008: 602). Siguiendo esta argumentación en relación al contexto que nos ocupa, puede plantearse, en términos muy generales, que la amplia presencia de este grupo tecnológico en todo el lote ahora analizado podría descartar la posibilidad de que estemos ante un conjunto especialmente temprano 14. Se trata de un grupo de presencia minoritaria en el conjunto estudiado (2%) caracterizado por presentar piezas de factura a torno y cocción oxidante, excepto en algunos casos donde se aprecia cocción mixta, con nervio de cocción de color oscuro al interior. Las pastas son poco depuradas con desgrasantes de tamaño medio-grande, e incluso muy grandes en algún caso, de cuarcitas y micas. Su principal característica es la presencia de un engobe rojizo a la almagra al exterior o, en algunos casos, al interior de la pieza. Algunos fragmentos presentan decoración a peine al exterior a la altura del hombro (10313/97). Funcionalmente se trata de cerámica común de mesa, en especial formas relacionadas con los líquidos. Además de su implicación estética, el uso de la almagra para revestir las piezas ha querido explicarse como una respuesta tecnológica que busca dotar a la pieza de "un sentido profiláctico, con la misión de conservar los líquidos" (Alba y Feijoo 2003: 491). La presencia de cerámicas engobadas a la almagra está bien documentada en contextos andalusíes del centro y sur de la Península, desde cronologías tempranas hasta la plena Edad Media 15. 14 En referencia a esta cuestión puede destacarse el caso de la Cora de Tudmir donde este tipo de pasta no suele estar presente en los registros más antiguos, generalizándose a lo largo del siglo ix (Gutiérrez 1996: 51). 15 De forma habitual la utilización de engobes a la almagra se ha considerado como propia de la zona emeritense (Alba y Gutiérrez 2008: 602), sin embargo, su uso parece estar extendido, en mayor o menor medida, por todo el territorio andalusí. En la Meseta, M. Retuerce distingue dos grupos definidos por presentar acabado engobado rojizo al exterior; el grupo G1b caracterizado por pastas bien depuradas, y el grupo G2b CONTEXTOS CERÁMICOS EMIRALES DEL YACIMIENTO DE CARRANQUE (TOLEDO) en consonancia con lo que sucede con el grupo B2, este tipo cerámico permite establecer una cronología post quem muy genérica, que fecha el lote cerámico necesariamente después de las primeras décadas del siglo viii cuando comienza a difundirse el universo cerámico paleoandalusí. La generalización de su uso en épocas posteriores imposibilita una datación más precisa, aunque sí parece detectarse un uso muy abundante en la segunda mitad del ix. Se trata del grupo más abundante localizado en los contextos analizados (36%) formado por piezas a torno de cocción reductora o mixta, aunque se detecta algún ejemplo oxidante. Las pastas son poco depuradas con desgrasantes gruesos y muy gruesos de cuarcita y pequeños y medios de mica dorada y plateada. Presentan colores variados, normalmente anaranjados, aunque también marrones, grises y negruzcos. La mayoría de piezas de este grupo presenta huellas de fuego predeposicional. También una pieza del grupo tecnológico B4 presenta doble banda con decoración horizontal de puntos incisos (10313/51). En cuanto a forma y función, este grupo engloba la cerámica común de cocina, representada por ollas, cazuelas y alguna orza con huellas de fuego. Debe destacarse que dentro de este grupo se distinguen algunas piezas con presencia de mica de mayor tamaño, de hasta 2 mm 16, que formalcon pastas más bastas (Retuerce 1998: 66-67), sin precisar cronología y aludiendo a una expansión geográfica generalizada. Por citar algunos ejemplos paradigmáticos de la Meseta, en la fase emiral de Vega Baja de Toledo, está presente esta técnica principalmente en jarras y cuencos (Juan y Cáceres 2010: 296-301, figs. 3 y 4). En Melque (San Martín de Montalbán, Toledo) se localizan abundantes piezas con engobe rojizo en la fase de destrucción del monasterio datada a mediados del siglo ix (Caballero et alii 2003: 249-250). En La Indiana (Pinto, Madrid) la cerámica de engobe rojizo es utilizada, entre otros elementos, para caracterizar el repertorio cerámico como "paleoislámico" del siglo ix (Vigil-Escalera 1999). En Recópolis (Zorita de los Canes, Guadalajara) se documentan producciones a la almagra en la fase de consolidación de los linajes bereberes en la primera mitad del siglo ix (Olmo 2011: 54, fig. 11) y, con las mismas cronologías, se detectan piezas similares en Segóbriga (Sanfeliú y Cebrián 2008: 206-209, figs. 7 y 11). 16 De forma habitual, se considera el uso de desgrasantes micáceos muy visibles como un rasgo propio de la cerámica de cocina tardoantigua y altomedieval. Este elemento parece tener una intencionalidad reflectante que permite piezas con mejor resistencia al choque térmico (Gutiérrez 1996: 53-54). En cualquier caso, tampoco puede descartarse que la profusión mente se trata de ollas con un repertorio idéntico al del resto del grupo. La mala conservación de la mayor parte de las piezas, recuperadas casi todas de forma parcial y muy quemadas por uso, así como la heterogeneidad de sus rasgos, su carácter común y su observación solo a nivel macroscópico, no permite hacer grandes precisiones cronológicas o culturales. Por tanto, no es posible establecer analogías precisas con otros contextos, más allá de asociar de forma genérica este grupo a la mayoría de repertorios de cerámica común de cocina, presentes en la práctica totalidad de los yacimientos andalusíes de la Meseta y, en general, de toda la Península. Se trata de un grupo cerámico en el que se han agrupado las piezas comunes de contención y almacenamiento (4%). Son piezas de factura a torno o modeladas a mano, en el caso de los grandes contenedores, con cocción oxidante o mixta. La pasta es poco depurada, con desgrasantes cuarcíticos medianos y grandes, aunque también se aprecian micas de tamaño pequeño. En algunos casos se evidencia la inclusión de material vegetal en las pastas gracias a la presencia de trazas en las paredes de las piezas. Los colores son variados, aunque predominan las tonalidades anaranjadas y rojizas. En las piezas de tamaño medio suelen marcarse las huellas de torno al interior. No se documentan acabados interiores ni exteriores significativos. La decoración es escasa aunque algunos contenedores de gran tamaño presentan cordones de digitaciones que recorren la pieza 17. En este grupo, principalmente definido por sus pastas poco depuradas, se encuadran diferentes formas destinadas de micas de gran tamaño tenga una intencionalidad estética, como se ha propuesto para otras formas (Alba y Feijoo 2003: 491), o incluso que responda a una introducción involuntaria (Gutiérrez 1996: 54). 17 Este tipo de decoración parece tener también un sentido utilitario para unir las diferentes partes constitutivas de la pieza (Alba y Gutiérrez 2008: 602 La utilización de pastas poco depuradas vinculadas a la función de contención es un lugar común en los yacimientos andalusíes de toda la Península, desde cronologías tempranas hasta la plena Edad Media (Alba y Gutiérrez 2008: 602). En la Meseta, la mayoría de formas de tamaño medio y grande dedicadas a la contención presentan este tipo de pastas no depuradas, sin advertirse grandes transformaciones tecnológicas ni formales "a lo largo de los cinco siglos andalusíes" (Retuerce 1998: 359). Grupo cerámico (4% del total analizado) conformado por piezas a torno, de cocción generalmente mixta y pastas depuradas, con desgrasantes cuarcíticos y una gran cantidad de micas plateadas y doradas de tamaño pequeño. La principal característica de este grupo es su acabado bruñido y con engobe al exterior, de tonalidad marrón y marrón-rojizo. Este grupo está compuesto por cerámica común de almacenamiento formada, casi exclusivamente por cántaros de gran tamaño, de bases convexas y bocas anchas. La aplicación de engobes marrones o rojizos sobre paredes bruñidas, en piezas de gran tamaño dedicadas a la contención de líquidos, está ampliamente atestiguada en contextos andalusíes de diferentes cronologías 18. De forma similar a las piezas de mesa con engobe a la almagra (grupo B3), la aplicación de bruñidos y engobes en piezas de contención parece tener funcionalidad profiláctica, así como para facilitar su limpieza (Alba y Feijoo 2003: 491). Grupo cerámico en el que se insertan las piezas vidriadas. En todos los casos se trata de cerámicas a torno, de cocción oxidante, y pastas muy decantadas de tonalidades claras, generalmente rosáceas. La presencia de piezas vidriadas es muy escasa, representando menos del 1% de todo el conjunto analizado, con fragmentos de pequeño tamaño, que nos impide determinar en la mayor parte de los casos la forma de la pieza. Sin embargo, llama la atención la amplia variedad de tipologías y acabados. Se han distinguido siete tipologías de vidriados, con piezas monócromas y polícromas, en algunos casos con trazos de pintura. Estas cerámicas pertenecen al grupo designado como "cerámica vidriada arcaica" o "cerámica de Pechina", fechada de forma genérica en la segunda mitad del siglo ix y caracterizada por poseer un vedrío de excelente calidad, generalmente de diferente color en cada una de sus caras y con una amplia gama cromática (Retuerce et alii 2009: 733). Es habitual, también, la presencia de bastoncillos aplicados con punzamientos al exterior de la pieza, como documentamos en alguno de los ejemplos estudiados (10258/8) y el uso de pintura. Este tipo de cerámicas 19 se fechan a partir del siglo ix d. C. "convirtiéndose en un indicador preciso de la segunda mitad de dicha centuria y de los 19 Cerámicas bícromas han sido bien datadas gracias a su aparición en ocultaciones de "tesorillos" en el tercer cuarto del siglo ix (Canto y Retuerce 1995). En el arrabal de Sabular, en Córdoba, se ha documentado un interesante conjunto de cerámicas vidriadas que, junto a los bien atestiguados vedríos monócromos y bícromos, incluye la presencia de "pintura" negra y decoración aplicada a la barbotina. Este conjunto cerámico se fecha en la segunda mitad del siglo ix o principios del x (Salinas 2013). Es interesante señalar que en el también cordobés arrabal de Ṡaqunda, destruido en 818, no aparece todavía cerámica vidriada (Casal et alii, 2005). En el centro peninsular, los vedríos más tempranos se constatan en Melque (San Martín de Montalbán, Toledo), donde las primeras piezas con esta técnica se vinculan a la fase IC de abandono del monasterio, fechada a mediados del siglo ix (Caballero et alii 2003, Caballero y Moreno 2013: 187). También en Calatrava la Vieja (Carrión de Calatrava, Ciudad Real) la cerámica vidriada "arcaica" se fecha a partir de la segunda mitad del siglo ix (Retuerce et alii 2009: 733). En los últimos años, los trabajos de V. Amorós sobre los contextos estratigráficos del siglo viii en El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), han permitido retrasar la aparición de cerámica vidriada en verde y/o melado a finales del siglo viii (Amorós 2011: 189-190), aunque estas cronologías tan tempranas no se han constatado por el momento en los centros de producción peninsulares, por lo que se trataría, según la autora, de importaciones de los talleres orientales. colmata una estructura negativa que corta estructuras de almacenamiento tipo silo. En relación a sus materiales, se trata del conjunto cerámico más numeroso excavado en el edificio palacial y sus entornos, con presencia de todos los grupos cerámicos detectados para época andalusí a excepción del grupo B10. En todo el conjunto se localiza un único fragmento de cerámica vidriada (B7) (Fig. 8): parte de un asa de pequeñas dimensiones de sección circular y vedrío intenso de color verde oliva. Respecto a las formas de cocina (grupo B4) (Figs. 6 y 7) se constata un alto volumen de ollas, mayoritariamente de borde exvasado y labio bífido (F4C de Retuerce), en algunos casos también con cama interior (F4D). Aparecen tapaderas, de variada tipología y algunas orzas, así como un fragmento de olla trípode (Fig. 7, 10313/63). Documentamos también abundantes fragmentos de bordes de boles o jarros, así como un buen número de jarras con borde moldurado o labio invasado con pestaña, pertenecientes a los grupos B1 y B2 (Figs. En estas últimas piezas de mesa se detecta la alternancia de bases convexas y planas, ejemplares con decoración estriada al exterior de la pieza, con decoraciones a peine y con pintura de color negruzco con trazos horizontales y verticales. En el grupo B3 (Fig. 6) se constata la aparición de dos jarras de borde recto engrosado triangular, en uno de los casos con decoración horizontal de puntos incisos. Destaca, asimismo, el hallazgo de tres fragmentos posiblemente de una misma pieza pertenecientes al grupo cerámico B6 (Fig. 8). Se trata de un cántaro, de base convexa y asa de cinta acanalada, con labio invasado engrosado de sección triangular, moldurado al exterior. UE 10109 (Fig. 10) Se trata de un muro dirección N-S que configura, en la fase medieval cristiana (fase 6), un nuevo espacio rectangular de grandes dimensiones en el ala oriental del antiguo edificio palacial. El muro fue parcialmente excavado en 2010 para determinar la estratigrafía de la zona. Los materiales cerámicos localizados en su fábrica nos ofrecen una datación post quem para la construcción de esta estructura que sabemos se sitúa sobre un estrato de abandono que sella la ocupación andalusí, última fase de ocupación islámica y la posterior construcción del monasterio cristiano. A esta unidad se asocian cerámicas de mesa de los grupos B1 y B2, y cerámicas de cocina del grupo B4. Se detecta un único fragmento con decoración pintada de trazo vertical grueso y color rojizo (grupo B1). Junto con primeros años del siglo x, en ausencia de los primeros verde y manganeso" (Alba y Gutiérrez 2008: 589). En general se trata de jarritos y candiles posiblemente fabricados en la zona suroccidental de al-Andalus, en los talleres urbanos de Málaga y Pechina. Grupo compuesto exclusivamente por cerámica común de almacenamiento realizada a torno de cocción oxidante que constituye apenas el 1% del total analizado. Se trata de unas piezas con pastas depuradas con presencia de desengrasantes cuarcíticos y micáceos de tamaño medio y coloración rojiza, anaranjada y rosácea. Estas cerámicas están caracterizadas especialmente por poseer siempre una lechada blanquecina al exterior que cubre toda la pieza. Presentan huellas de torno anchas muy marcadas al interior. Se trata de un grupo muy homogéneo y fácil de detectar por su característico color de pasta y su siempre presente lechada blanquecina. Formalmente se trata de piezas dedicadas a la contención y el transporte, generalmente cántaros. No se detectan paralelos exactos de este grupo formal en la Meseta, sin embargo, la aplicación de aguada o engobe blanquecino en cerámicas de almacenamiento y transporte de líquidos está bien atestiguada en el cercano yacimiento de Olmos (El Viso de San Juan, Toledo) (Martínez Lillo 1988: 96) y en la Vega Baja (Toledo) (Gómez Laguna y Rojas 2009: 791, lám. 2). Estudio cerámico por unidades estratigráficas Presentamos a continuación el análisis de los contextos cerámicos de cada una de las unidades estratigráficas estudiadas. Se trata del relleno de una gran fosa (ue 10314) localizada en el exterior oriental del edificio palacial y sólo parcialmente excavada. La gran extensión de esta estructura negativa podría indicar su vinculación con la extracción de áridos, al igual que sucede con la fosa ue 10598. Estamos ante un depósito detrítico con gran cantidad de material orgánico y abundantes piezas cerámicas y evidencias de fuego postdeposicional. La abundancia de materiales cerámicos, su diversidad y su estado de conservación parecen indicar sin duda la presencia de un hábitat de época emiral en los entornos del edificio tardorromano. Este relleno pieza presenta cuerpo elipsoide acanalado con base convexa y marcado arranque de carena en el hombro y asas de sección oval. Se trata del relleno del silo ue 10316, localizado en el exterior oriental del edificio tardorromano. Ambas unidades están cortadas por la fosa ue 10314 que lo secciona en su parte superior. Esta unidad presenta escasa presencia de material cerámico. Destacan tan sólo dos fragmentos de pared de cerámica vidriada: uno de ellos con vedrío blanco al interior y exterior y con pintura negra al exterior (10315/7); el otro con vedrío verde al exterior y verde oscuro al interior y estrías al exterior (10315/33). Se trata del relleno del silo ue 10365, excavado en el exterior oriental del edificio palacial. Se constata la presencia de cerámica de mesa de los grupos B1, B2 y B3, así como cerámica de cocina B4 y almacenamiento de los grupos B5 y B6. También están presentes cerámicas del grupo B10. En relación con el repertorio formal, se constata la presencia de ollas, con labios ligeramente engrosados, junto a un alcadafe, una botella, un ataifor (10366/17), una tapadera y un jarro. Destaca la abundante presencia de bordes rectos apuntados que tanto podría pertenecer a boles como a jarros. Cabe destacar la presencia de todos los grupos cerámicos de tradición andalusí detectados en nuestro estudio, a excepción de las cerámicas vidriadas (Grupo B7). Esencialmente se localizan fragmentos de cerámica de mesa de los grupos B1 y B2, en algunos casos ejemplares prácticamente completos. Se atestiguan bases planas o ligeramente convexas y acabados estriados o acanalados en el caso de las cerámicas del grupo B2. También atestiguamos la presencia de ejemplares de cocina (grupo B4) y fragmentos de cerámica de almacenamiento de los tres grupos identificados (grupos B5, B6 y B10). Respecto al repertorio formal se constata la presencia de ollas, de borde bífido o con moldura exterior, dos botellas con paredes estriadas, jarros de bordes biselados y una taza-vaso con decoración estriada. estos grupos cerámicos aparecen fragmentos informes de grandes contenedores tanto con acabado grosero (grupo B5) como con acabados engobados y bruñidos (grupo B6). También está presente un fragmento de asa horizontal de un contenedor con aguada blanca al exterior (grupo B10). Respecto a las formas, se detectan jarras, de labio estriado o moldurado, fragmentos de ollas y orzas, un disco de pan, un posible atifle y un bol. Esta estructura negativa y su relleno se localizan bajo el muro de época medieval cristiana ue 10109; este hecho ha determinado la excavación parcial de esta estructura. Esta unidad sedimentaria tiene escasa presencia de cerámica, perteneciente a casi todos los grupos cerámicos andalusíes detectados exceptuando los grupos B3 y B5. Destaca la presencia de un único fragmento de cerámica vidriada, de pequeñas dimensiones, con vedrío melado amarillento al interior y exterior de la pieza y pintura negra de trazo grueso vertical al exterior, sobre unos baquetones con incisiones (Fig. 10. Respecto a las formas cerámicas asociadas a esta unidad, sólo podemos reconocer con seguridad una tapadera (10258/2). Ambas unidades están cortadas por la fosa ue 10314 que lo secciona en su parte superior, si bien no se aprecian diferencias cronológicas en los conjuntos cerámicos de ambas unidades sedimentarias. Asociadas a este relleno, se encuentra cerámica de mesa (grupos B1 y B2), cocina (B4) y almacenamiento (B5, B6 y B10). Aparecen también tres fragmentos de cerámica vidriada: una base convexa con vedrío verdoso al interior y exterior (10307/18), un fragmento informe vidriado verdoso al interior y blanquecino al exterior con pintura negra de trazo vertical grueso (10307/71) y otro fragmento informe con vidriado blanco al interior y exterior con restos de pintura verde al exterior (10307/72). Respecto a las formas, se constata la presencia de boles, con labios biselados, y de fragmentos que tanto podrían pertenecer a boles como a jarros. Se documenta una jarra de borde de pestaña, una tinaja y un disco de pan. Aparece también una olla prácticamente completa, de la que se ha perdido tan sólo el borde (10307/6). Esta CONTEXTOS CERÁMICOS EMIRALES DEL YACIMIENTO DE CARRANQUE (TOLEDO) UE 10453 (Fig. 12) Se trata del relleno de la fosa ue 10452 que corta el plano de combustión localizado en el espacio P1009 perteneciente al horizonte visigodo del edificio palacial (García-Entero et alii e. p. a). Asociada a este relleno documentamos escasa presencia de material cerámico entre el que destaca una jarra del grupo B1 de borde recto engrosado triangular (10453/5) y una olla de borde bífido con moldura interior del grupo B4 (10453/1). Documentamos escaso material cerámico con fragmentos de mesa (grupos B1 y B2) y cocina (B4) de formas indeterminadas. Uno de los fragmentos del grupo B1 presenta carena con pared estriada al exterior (10473/3). Asociada a esta unidad aparece cerámica de mesa de los grupos B1, B2 y B3, junto a fragmentos cerámicos de cocina del grupo B4. Destaca el hallazgo de dos grandes fragmentos de tinaja con decoración exterior de cordel con digitaciones del grupo B5 y un fragmento de tapadera de engobe marrón asociada al grupo B6. Asociada a esta unidad se halla cerámica de mesa de los grupos B1, B2 y B3, junto a abundantes fragmentos cerámicos de cocina del grupo B4. Destaca un fragmento de borde invasado estriado de una jarra engobada perteneciente al grupo B6 (10540/18) y dos fragmentos de galbo con trazos de pintura roja y negra. Se han localizado fragmentos pertenecientes a tres jarras, con bordes invasados triangulares o moldurados, una olla con el clásico borde invasado de labio bífido con cama interior y una cazuela. UE 10542 (Fig. 13) Se trata de un vertido intencionado localizado sobre un potente estrato de colmatación natural, que constituye el último de los rellenos del pozo ue 10541 localizado en el exterior oriental del edificio palacial. Asociada a esta unidad se vincula cerámica de mesa de los grupos B1 y B2, junto a fragmentos cerámicos de cocina del grupo B4. También se constata la presencia de cerámica de almacenaje de los grupos B6 y B10. Destaca una olla de cerámica de cocina del grupo B4 de la que se conoce prácticamente el perfil completo, de borde exvasado bífido, perfil globular y base convexa (10542/4). Del mismo grupo se constata también la presencia de una orza con borde exvasado moldurado (10542/1). 14 y 15) Se trata del relleno de la fosa ue 10598 localizada en el exterior NE del edificio palacial y sólo parcialmente excavada. La gran extensión de la fosa a la que colmata podría indicar su vinculación con la extracción de áridos al igual que sucede con la fosa ue 10314 ya comentada. Estamos ante un depósito detrítico con gran cantidad de material orgánico y abundantes piezas cerámicas con evidencia de fuego postdeposicional. La abundancia de materiales cerámicos, su diversidad y su estado de conservación parecen indicar la presencia de un hábitat de época emiral en los entornos del edificio tardorromano. Se trata de un amplio conjunto cerámico en el que aparecen representados todos los grupos identificados en época emiral a excepción del grupo B10. Del servicio de mesa (B1 y B2) (Fig. 14) se localizan botellas, jarras de borde moldurado o acanalado, con bases planas y convexas, y algunos ejemplares con decoración estriada exterior. Destaca también la presencia de una taza y un fragmento de galbo con pintura de trazos rojizos al exterior de la pieza. En el caso de la cerámica de cocina B4 (Fig. 14) aparecen principalmente ollas, de labio bífido o recto engrosado triangular. Destaca la presencia de un alcadafe y diversos contenedores de almacenamiento, así como un cántaro del grupo B6. En todo el conjunto se localizan tres fragmentos de cerámica vidriada B7 (Fig. 15): un borde recto engrosado triangular, con vedrío melado (10599/59) y dos fragmentos de pared con vedrío verde al interior y exterior con posibles restos de trazos pintados gruesos negros (10735/8). El análisis de los contextos cerámicos seleccionados del horizonte emiral del yacimiento de Carranque procedentes en su totalidad del espacio anteriormente ocupado por el edificio palacial, ha permitido individualizar ocho grupos tecnológicos; tres de ellos dedicados al servicio de mesa (B1, B2 y B3) compuesto por boles/cuencos, vasos/tazas, jarros, jarras y botellas, un grupo destinado a la preparación y cocción de alimentos (B4) en el que se identifican ollas, cazuelas y alguna orza además de anafe, discos de pan y olla trípode, tres grupos destinados a la contención y almacenaje de líquidos y sólidos (B5, B6 y B10) entre los que se encuentran tinajas, cántaros de distintos tamaños y alcadafes, y, por último, un octavo grupo (B7) en el que hemos englobado las producciones vidriadas entre las que se encuentran, a pesar del estado fragmentado de las piezas analizadas, algún "jarrito". Como se ha visto, tanto en las piezas destinadas al servicio de mesa como en las destinadas al almacenaje de alimentos, han sido los diferentes acabados que presentan los que han determinado su clasificación en cada uno de los grupos tecnológicos propuestos. A tenor del estudio realizado, todos los indicios apuntan a una formación de los estratos analizados en la segunda mitad del siglo ix o en los primeros momentos del x. En este sentido, queremos destacar que toda la cerámica asociada al horizonte andalusí analizada aparece realizada a torno, una técnica que se generaliza de nuevo en el siglo ix. Debemos subrayar también la presencia de "jarritos" de boca ancha con carena y una única asa, diferenciadores del registro emiral, frente a momentos posteriores en los que se añade una segunda asa. Subrayamos igualmente la práctica ausencia de ataifores -salvo UE 10601 (Fig. 15) Se trata del relleno del silo ue 10600 localizado en el exterior NE del edificio palacial. Documentamos escasa presencia de material, con cerámica de mesa de los grupos B1, B2 y B3, junto a fragmentos cerámicos de cocina del grupo B4. Se documentan también fragmentos de contenedores de los grupos B5 y B6. Respecto al repertorio formal, solo hemos podido aislar un bol del grupo B1, de borde biselado (10601/4), y una jarra de borde invasado engrosado triangular perteneciente al grupo B3 (10601/1). 15 y 16) Se trata del relleno de la fosa ue 10726, una estructura negativa de gran extensión y poca potencia (circa 40 cm) que no ha sido delimitada por completo ya que continúa más allá del área intervenida. Se sitúa en el lateral occidental del edificio palacial, en contacto con la parte superior del cuerpo formado por el patio central. Se atestigua la presencia de materiales cerámicos de todos los grupos identificados. Así cerámicas de mesa de los grupos B1, B2 y B3, con presencia de bases planas y convexas y un fragmento de galbo con decoración de pintura negra y trazo fino vertical con engobe rojizo al interior. Cabe señalar también un fragmento de galbo con decoración a peine con bandas cruzadas del grupo B6 y dos fragmentos de un gran contenedor con aguada blanca al exterior del grupo B10. Destaca también la presencia de un único fragmento de cerámica vidriada (grupo B7) que corresponde a un borde exvasado redondeado, con vedrío verde intenso al interior y exterior, perteneciente a una botellita (Fig. 16, 10727/29). En el caso de la cerámica de cocina del grupo B4 destaca el hallazgo, junto a las tradicionales ollas de labio bífido con bases convexas y planas, de un anafe (Fig. 16, 10727/30). En el repertorio de mesa aparecen jarras y cántaros, junto a una taza/vaso. Los trabajos arqueológicos que venimos desarrollando en el yacimiento de Carranque (Toledo) en los últimos años nos permiten conocer la secuencia de ocupación de este importante enclave del interior peninsular. De especial relevancia para conocer el tránsito entre la Antigüedad y la alta Edad Media en este sector del interior de la Meseta es la investigación llevada a cabo en el espacio ocupado por el palacio tardorromano situado en el sector norte del la pieza 10366/17-u otras formas abiertas que se generalizan en época califal. La presencia de cerámicas con decoración pintada, constatada con claridad en la Marca Media a partir de la segunda mitad del siglo viii, encaja también con la cronología que proponemos, así como la presencia de cerámica a la almagra, englobada en nuestro grupo B3, muy abundante en contextos del interior peninsular en la segunda mitad del siglo ix. Es el repertorio de la cerámica vidriada (grupo B7) el que nos permite ajustar la cronología propuesta. Como hemos visto con anterioridad, la llamada "cerámica vidriada arcaica" se fecha en la actualidad con solvencia en la segunda mitad del siglo ix, no avanzando su fabricación más allá de los primeros momentos del siglo x. Consideramos que la ausencia en Carranque de producciones verde y manganeso es también un argumento sólido para sostener esta cronología. A tenor de lo expuesto podemos concluir que todos los estratos estudiados presentan un material homogéneo, sin diferencias sustanciales que nos permitan determinar una secuencia temporal. Aún en los casos en los que hemos podido determinar la presencia de una secuencia constructiva -como sucede en el caso de los silos rellenos por las uuee 10307 y 10315, que fueron cortados por la gran fosa colmatada por el relleno ue 10313-, no hemos podido contemplar esta secuencia cronológica en el estudio de sus materiales. Tampoco detectamos la presencia de materiales más avanzados en la unidad estratigráfica que necesariamente se generó más tarde, tras la reocupación del yacimiento a finales del siglo xi o inicios del xii. Así, en los materiales presentes en el muro ue 10109, vinculado, creemos, con la construcción del monasterio de Santa María de Batres, no encontramos evidencias materiales que puedan fecharse con posterioridad a principios del siglo x. Como hemos tenido ocasión de indicar, los elementos disponibles para comenzar a caracterizar el hábitat emiral de nuestro yacimiento, cuya fase de ocupación se situaría, como acabamos de ver, en la segunda mitad del siglo ix o a inicios del siglo x, son relativamente escasos y constituyen mayoritariamente estructuras negativas que cortan los niveles tardorromanos y visigodos precedentes. A pesar de las dificultades que implica trabajar en un espacio intensamente intervenido con anterioridad al trabajo realizado entre 2009 y 2011, podemos afirmar que la ocupación andalusí ahora detectada en el yacimiento de Carranque a partir de las actuaciones desarrolladas en el solar del antiguo palacio tardorromano, se caracteriza por una intensa presencia de silos en el flanco oriental del edificio tardorromano, junto con otras estructuras negativas de difícil interpretación: en la zona de la cabecera del edificio palacial, tanto en el flanco oriental como en el occidental, donde se documentan grandes fosas que creemos poder vincular con la extracción de áridos. Relacionada también con esta ocupación andalusí, constatamos la amortización de un pozo cuya construcción suponemos de esta fase emiral si bien no tenemos confirmación estratigráfica. El edificio palacial tardorromano continuaba en buena medida aún en pie en este momento, como así pone de relieve la presencia de una inscripción realizada sobre una de las columnas del complejo tardorromano 21 que implica la existencia de un expolio generalizado y sistemático de su material lapídeo en época andalusí. La continuidad de los trabajos arqueológicos más allá de los límites impuestos por la adecuación para la visita de este sector del Parque Arqueológico permitirá avanzar en el conocimiento del hábitat andalusí instalado en el yacimiento de Carranque. 21 A pesar de una primera interpretación de la inscripción como coránica (López Lancha, 2001), recientemente se ha propuesto una nueva lectura según la cual la inscripción aludiría a la propiedad, ya en la fase andalusí, de los marmora del edificio palacial tardorromano (Rodríguez Morales y Viguera Molins, 2014).
Producción de cerámicas griegas arcaicas en Huelva Greek archaic ceramics manufactured in Huelva Fernando González de Canales Cerisola1 Real Academia de la Historia/CEFYP Jorge Llompart Gómez2 In memoriam de nuestro recordado amigo Leonardo Serrano Pichardo, a cuyo abnegado esfuerzo debemos la recuperación y estudio de numerosas cerámicas griegas de Huelva. RESUMEN 12 A fines de la década de los 80 del siglo pasado fue diferenciado en Huelva un conjunto de cerámicas griegas arcaicas caracterizadas por una pasta de coloración verdosa amarillenta. La procedencia de estas cerámicas, desconocidas hasta la fecha en otros yacimientos, había permanecido sin determinar. El presente trabajo demuestra una producción in situ fundamentada en la exclusividad de la localización, las particularidades formales y decorativas de los tipos documentados, las anomalías malformativas de un ejemplar anfórico y, definitivamente, los resultados de los análisis de arcillas mediante difracción de rayos X y activación neutrónica. El primer método evidenció la formación durante la cocción de fases cristalinas compatibles con la composición de los materiales arcillosos ricos en carbonatos de los depósitos locales; el segundo, una estrecha similitud entre la composición química de las cerámicas y dichas arcillas locales. Un hallazgo particularmente llamativo lo constituye la detección de oro y plata en las pastas cerámicas. Las mismas determinaciones analíticas en dos muestras de otro grupo mal delimitado de cerámicas griegas arcaicas, caracterizadas por pastas de coloraciones variables entre anaranjadas, rojizas y amarillentas, engobes rojizos y escasa calidad, señalan que una parte de estas cerámicas, o quizás la mayoría, también fueron producidas localmente. PALABRAS CLAVE: Grecia del Este; alfares; Tarteso; difracción de rayos X; análisis por activación neutrónica; plata. XVIII-XIX y LV-LVIII; Domínguez Monedero e. p.). Aunque no por todos los autores, la asociación a abundantes restos fenicios determinó que fuesen vinculadas a actividades comerciales de esa filiación. Igual atribución ha sido propuesta para algunos hallazgos aislados de cronología posterior, en concreto, un par de escifos asignados al geométrico tardío eubeo y una cotila protocorintia (Cabrera Bonet 1990: 44-46 y 87 fig. 1.2-4). A fines del siglo vii a. C. va a iniciarse una nueva fase, ya incuestionablemente en relación con actividades griegas directas, que perdurará hasta comienzos de la segunda mitad del siglo vi a. C. A tenor de la exigua superficie excavada del hábitat antiguo, los numerosos fragmentos depositados en el Museo de Huelva reflejan la llegada de cientos de miles de vasos griegos, con una alta representación de producciones de Grecia del Este. 3 Acompañan a estos vasos una serie de inscripciones sobre soportes cerámicos importados y de tradición local, entre las que sobresalen dedicatorias a Heracles (Domínguez Monedero 2010), Hestia (Dubois y Pedrero independientemente en Llompart et alii 2010) y, con muchas probabilidades, Nike (Domínguez Monedero, en García Fernández et alii 2009). A subrayar también el epígrafe "Niethoi", interpretado en relación con un antropónimo local helenizado (Fernández Jurado y Olmos Romera 1985) y, alternativamente, con un teónimo celta (Almagro Gorbea 2002y 2004). Desde otra perspectiva, la banda cronológica definida por las cerámicas e inscripciones es acorde con los relatos de Heródoto sobre las relaciones establecidas por samios y foceos con Tarteso. Asimismo, las características geográficas del entorno del estuario del Tinto-Odiel, en cuya margen se ubica Huelva, así como las del curso del río Tinto, responden a las referencias literarias sobre la ciudad-emporio y el río Tarteso que tienen su primer origen en época arcaica (González de Canales 2014). Dentro del amplio repertorio referido, es mérito de los doctores Fernández Jurado (1990: vol. 1, 158 y 248) y Cabrera Bonet (1990: 61-62) la individualización de un grupo de cerámicas, hasta la fecha desconocidas fuera de Huelva, caracterizadas por una pasta de coloración verdosa amarillenta con puntos negros y decoración mediante la aplicación de una pintura negra poco consistente. El presente trabajo trata de verificar dicha hipótesis desde la exclusividad de la localización, las características formales y decorativas, la predilección de la población griega por la vajilla propia tradicional y el estudio analítico de las pastas cerámicas y de las arcillas de los depósitos locales. Como muestra ilustrativa de las formas y decoraciones han sido seleccionados 27 vasos cerámicos de pasta verdosa amarillenta (Munsell entre 5Y7/2, 5Y7/3 y 5Y6/3) con la siguiente categorización: seis copas (Figs. Aunque conservando las restantes características del grupo, el color de la pasta de algún ejemplar es más blanquecino que verdoso amarillento, por lo que no puede excluirse alguna inclusión errónea. Ocasionalmente, en lugar del color negro habitual, las decoraciones muestran tonalidades rojizas, marrones u olivas por dilución / alteración del color original o, quizás, anomalías de cocción. El estudio experimental de las pastas cerámicas fue realizado mediante análisis mineralógico por difracción de rayos X (método de polvo), análisis químico por activación neutrónica y, en un caso, microscopía electrónica de barrido. Por los dos primeros métodos fueron analizadas tres copas y un posible enócoe de pasta verdosa amarillenta, además de una copa de pasta amarilla (Munsell 10YR7/6) y un cuenco de pasta amarilla rojiza (Munsell 5YR7/8) adscritos a un amplio grupo de vasos griegos mal delimitado, de pastas variables entre anaranjadas, rojizas y amarillentas, frecuentes engobes rojizos y calidad deficiente, que convencionalmente ha sido designado como "Grupo H". Los seis especímenes analizados (Fig. 9) proceden de una recuperación de materiales de un solar correspondiente al actual número 4 de la Calle Méndez Núñez (Fig. 10.2). Aunque junto a los mismos se recuperaron otros vasos griegos de cronología bien establecida (círculo del Pintor de la Gorgona, copas de de los Pequeños Maestros, etc.), la falta de una estratigrafía precisa aconseja contemplarlos dentro del marco cronológico, entre fines del siglo vii a. C. e inicios de la segunda mitad del siglo vi a. C., que encuadra todos los vasos de Huelva vinculados a una actividad griega directa. De cada fragmento cerámico se obtuvo una muestra de unos tres gramos para análisis de laboratorio, quedando el material sobrante en reserva para posibles comprobaciones ulteriores o ampliación del estudio. Después de desprender las capas superficiales para eliminar los pigmentos de las decoraciones y las adherencias del medio, se procedió a una cuidadosa limpieza con agua destilada a ligera presión y, más tarde, repetidamente mediante alcohol absoluto. Con posterioridad, las muestras fueron pulverizadas en un mortero de ágata. Para el análisis por difracción de rayos X, las muestras pulverizadas fueron tamizadas hasta obtener un tamaño de partícula inferior a 63 μm. Las partículas se dispersaron sobre un portamuestras de vidrio untado con pasta de silicona para obtener un polvo desorientado. El análisis se realizó en un difractómetro Bruker D8 Advance (Universidad de Huelva), usando radiación Kα del Cu monocromada, a 30 mA de intensidad y 40 kV de tensión. Las muestras se rodaron entre 3 y 65° de 2θ, a una velocidad de 2°/ min. Los difractogramas de polvo se interpretaron con el programa informático McDiff 4.2.5, usando los ficheros JCPDF para la identificación de las fases Figura 9. Cerámicas analizadas de pasta verdosa amarillenta. 1: Asa de copa; 2: Labio de copa; 3: Hombro de posible enócoe decorado con lengüetas; 4: Galbo de copa. 5: Labio de copa de pasta amarilla; 6: Borde y cuerpo de cuenco de pasta amarilla rojiza. Las proporciones de las fases identificadas se estimaron a partir de la intensidad de los picos de difracción más característicos, aplicando el método de los poderes reflectantes (Schultz 1964). Los análisis por activación neutrónica fueron realizados en los laboratorios Actlabs (Activation Laboratories Ltd.) de Ancaster, Ontario, Canadá, acreditados conforme a la norma ISO/IEC 17025. Además de muestras pulverizadas de las seis cerámicas analizadas por difracción por rayos X, fueron remitidas otras dos muestras, también pulverizadas en mortero de ágata, de unas arcillas margosas, tradicionalmente utilizadas en la producción alfarera local, que conforman la unidad litoestratigráfica Formación Arcillas de Gibraleón (Civis et alii 1987). Esta formación miopliocénica de arcillas y margas de coloración gris azulada a gris verdosa, aunque en los metros más superficiales Una de las muestras de la citada formación se tomó a cinco metros de profundidad de las canteras de Gibraleón, un pueblo a 15 kilómetros de Huelva del que la formación recibe su nombre; la segunda, de un afloramiento, a unos 20 metros de profundidad, en la ladera sur del Cabezo (montículo) del Conquero, a menos de un kilómetro del antiguo hábitat bajo el centro histórico de la ciudad actual. En ambos casos, las arcillas margosas mostraban una coloración ocre por oxidación (Fig. 13). Por microscopía electrónica de barrido acoplada con espectroscopía de energías dispersas de rayos X (SEM-EDX), el tercer método utilizado, fueron analizadas las inclusiones negras descritas en las cerámicas de pasta verdosa amarillenta. El análisis se realizó en un microscopio FEI Quanta 200 equipado con un espectrómetro de microanálisis digital EDX Génesis 2000 (Universidad de Huelva) a partir de una de las cerámicas (Fig. 9.4) estudiadas por los métodos anteriores. Las copas de pasta verdosa amarillenta (Figs. 1 y 2.5-6) responden a la tipología de las "copas jonias" A2, B1 y B2 de Villard y Vallet (1955: 14-34),5 si bien las dificultades para la tipificación a Aún representando las copas los recipientes más frecuentes para beber, similar uso adquieren los cántaros (Fig. 2.7) y cuencos (Figs. Otro vaso documentado, la lécane (Fig. 3.11), es un reci-piente abierto y poco profundo de uso diverso, con asas horizontales y pie anular. Como ejemplos de contenedores cerrados para verter líquidos de forma controlada han sido seleccionados un enócoe de borde trilobulado (Fig. 4.12) y varios fragmentos atribuidos a olpes decorados con una "wavy line" en el cuello (Fig. 4.13-15). Vinculadas también al simposio, para mezclar vino con agua, se encuentran las cráteras (Fig. Figura 14. Difractogramas de polvo de las muestras de cerámicas de pasta verdosa amarillenta (muestras 1 a 4) con identificación de los picos característicos de las fases presentes. Composición mineralógica de las cerámicas de pasta verdosa amarillenta: proporciones (% en peso) de las fases identificadas. Entre las ánforas, un espécimen ostenta en el hombro una decoración conformada por círculos concéntricos y bandas verticales (Fig. 6.19); otro, con una "wavy line" en el cuello, presenta un borde y cuello irregularmente ovalados por "fallo de horno" (Fig. 6.20). Finalmente, destacan una tapadera que luce una corona de lengüetas (Fig. 7.22) y una terracota con forma de capitel jónico (Fig. 8.25). Respecto al estudio mineralógico, los cuatro fragmentos cerámicos de pasta verdosa amarillenta analizados por difracción de rayos X muestran una composición muy similar (Figs. Las principales fases identificadas son: cuarzo (SiO2), anortita (CaAl2Si2O8), diópsido (CaMgSi2O6) y gehlenita (Ca2Al2SiO7). No obstante, se aprecian algunas diferencias cuantitativas en las fases. El cuarzo es la fase más abundante en todas las muestras, con proporciones variables entre 42 y 56%. El diópsido es un silicato calco-magnésico perteneciente al grupo de los piroxenos que se encuentra en contenidos comprendidos entre 21 y 31%; en estas mismas proporciones aparece también la anortita, una plagioclasa de composición cálcica. Por último, la gehlenita es un aluminosilicato cálcico presente en porcentajes inferiores (<10%). Las dos muestras de cerámicas del "Grupo H" están compuestas por cuarzo, calcita y mica (Figs. A diferencia de las cerámicas de pasta verdo-Figura 16. Difractogramas de polvo de las muestras de cerámicas del "Grupo H" (muestras 5 y 6) con identificación de los picos característicos de las fases presentes. En relación con los resultados de los análisis por activación neutrónica (Fig. 18), se observa entre las ocho muestras una cierta similitud en el rango de concentraciones de un buen número de elementos químicos, tanto mayoritarios (Ca, Fe y Na), como minoritarios y trazas (Co, Cr, Cs, Hf, Rb, Sb, Sc, Th y Yb) y elementos de tierras raras (Ce, Eu, La, Lu, Nd y Sm). Aunque unos pocos elementos (As, Ba, Br y U) presentan algunas oscilaciones destacadas, éstas se registran no sólo entre los tres grupos de muestras diferenciados (cerámicas de pasta verdosa amarillenta, cerámicas del "Grupo H" y arcillas de los depósitos locales), sino también entre muestras del mismo grupo. Un gran interés reviste la presencia testimonial de oro a nivel de ppb en tres cerámicas de pasta verdosa amarillenta y en la de pasta amarilla (muestra 6) y, sobre todo, de una cantidad significativa de plata en las cuatro cerámicas de pasta verdosa amarillenta (hasta 243 ppm la muestra 2) y en la de pasta amarilla rojiza (muestra 5), mientras que en las arcillas de los depósitos locales no se detectan. Por último, un destacado número de elementos no alcanza el límite mínimo de detección de la técnica en las ocho muestras: Hg con una excepción (< 1 ppm), Ir (< 5 ppm), Mo (< 1 ppm), Ni (< 20 ppm), Se (< 3 ppm), Sn (< 0.02 ppm), Sr (< 0.05 ppm), Ta (< 0.5 ppm), Tb (< 0.5 ppm), W (< 1 ppm) y Zn (< 50 ppm). En cuanto al análisis por microscocopía electrónica de barrido de las inclusiones negras de las cerámicas de pasta verdosa amarillenta, evidenció en el ejemplar estudiado un alto contenido de óxidos de hierro y titanio, junto a sílice y otros elementos mayoritarios como aluminio y magnesio (Fig. 19). Las características formales y decorativas de los vasos de pasta verdosa amarillenta (lengüetas, "wavylines", rosetas, círculos concéntricos...) se encuen- tran bien atestiguadas en Grecia del Este. Algunas ausencias, como la de copas decoradas con múltiples líneas paralelas muy finas, quizás se expliquen porque implican cierto virtuosismo no asumido en manufacturas de escasa calidad; la de copas B3, salvo futura aparición, podría obedecer a una disminución general de la producción de cerámicas de pasta verdosa amarillenta para la época de dichas copas. Una producción local inspirada en Grecia del Este es favorecida por: La alta representación en Huelva mientras que no se constatan en otros ámbitos. El dudoso atractivo comercial de unos vasos de escasa calidad en un emporio al que llegan las mejores cerámicas áticas y laconias: su interés parece limitado a un uso local sin mayores pretensiones. El hallazgo de un ánfora con deformaciones de fábrica (Fig. 6.20). Si fue desechada al salir del horno estaríamos ante una producción local; si no lo fue, plausiblemente también, pues es difícil que fuese admitida en el flete de un barco al que esperaba una larga singladura. A excepción del cuarzo, las principales fases cristalinas reconocidas por difracción de rayos X (diópsido, anortita y gehlenita) contienen una proporción significativa de calcio en su composición, y por lo tanto se interpretan como productos finales de las reacciones en estado sólido que tuvieron lugar durante la cocción de la pasta cerámica entre carbonatos (calcita y dolomita) y ciertos minerales de la arcilla, tales como illita y esmectita (Fernández-Caliani y Pérez-Macías 2007). Estas fases son compatibles con la composición de los materiales arcillosos ricos en carbonatos (arcillas margosas miopliocénicas) que predominan en el sector occidental de la Depresión del Guadalquivir (Galán y González 1993). En presencia de cuarzo, la calcita probablemente reaccionó a unos 900o C con illita, uno de los filosilicatos más comunes de las arcillas, para formar anortita (Cultrone et alii 2001). La gehlenita también pudo haberse formado por reacción entre los minerales de la arcilla (illita) y los carbonatos a partir de 800o C (Peters e Iberg 1978). Respecto a la cristalización del diópsido, tiene lugar a una temperatura similar y probablemente se formó a partir de la reacción entre carbonatos, en este caso dolomita, y cuarzo (Cultrone et alii 2001). A diferencia de las cerámicas de pasta verdosa amarillenta, las dos cerámicas del "Grupo H" contienen calcita estable en su composición, por lo que se interpreta que fueron cocidas a temperaturas más bajas, por debajo de 900o C. En este caso, la calcita no reaccionó con los minerales de la arcilla para dar lugar a la formación de fases de cocción de alta temperatura, como diópsido, anortita y gehlenita. Los análisis por activación neutrónica demuestran una gran homogeneidad en la composición química de las ocho muestras, sin que los rangos de variación de algunos elementos químicos señalen procedencias diferentes, al registrarse no solo entre los tres grupos diferenciados (cerámicas de pasta verdosa amarillenta, cerámicas del "Grupo H" y arcillas de depósitos locales naturales), sino también entre muestras del mismo grupo. La composición química de todas las cerámicas está fuertemente correlacionada con la composición de las arcillas de los depósitos naturales donde se tomaron las muestras, con coeficientes de correlación Pearson superiores a 0.80 (Fig. 20), lo cual sugiere su utilización como materia prima para la fabricación de los productos cerámicos. Por otro lado, las distancias entre el hábitat y estos depósitos, 15 kilómetros y menos de un kilómetro, convienen a la estimación de que los alfareros solían abastecerse de arcillas procedentes de un radio de pocos kilómetros (Mommsen y Kerschner 2006: 105). La falta de detección compartida por todas las muestras de determinados elementos químicos (Hg con una excepción, Ir, Mo, Ni, Se, Sn, Sr, Ta, Tb, W y Zn) también apoya un origen autóctono para las cerámicas. Al mismo tiempo, la similitud con la composición de las arcillas de los depósitos descarta contaminaciones detectables durante la primera fase de manipulación de las cerámicas para la preparación de las muestras. La excepción viene constituida por la presencia testimonial de oro en cuatro cerámicas y, más significativa, de plata en cinco, mientras que no se detectan en los depósitos locales. La contaminación de las cerámicas de Huelva por metales preciosos debe relacionarse con el transporte para su fundición de minerales aureo-argentíferos del Cinturón Ibérico de Piritas (gossan y jarositas terrosas), entre los que las jarositas de Riotinto ofrecieron concentración de hasta 6.800 ppm de plata y 50 ppm de oro (Salkied 1987: 14). El frecuente hallazgo de hornos de fundición y escorias de plata en la ciudad desde tres siglos antes de la presencia griega (González de Canales et alii 2004: 145-152) evidencia la intensidad que en la misma alcanzaron las actividades metalúrgicas encaminadas a beneficiar plata por la técnica de la copelación. Las escorias incluso llegaron a ser utilizadas como elemento constructivo en las edificaciones. Alfares y áreas metalúrgicas no debieron de estar muy distanciados facilitando la contaminación por metales preciosos de las arcillas destinadas a la producción cerámica. Una segunda posibilidad es que la contaminación hubiese tenido lugar en un momento posterior, cuando ya en desuso las cerámicas permanecieron largo tiempo en el medio acuoso común a los estratos profundos de las zonas bajas de la ciudad, desde el que habría penetrado la plata en las cerámicas. Esta explicación, que justificaría la presencia de plata en cerámicas de época romana de Jerusalén y otras ciudades israelitas y en cerámicas de Corinto de diferentes períodos, encuentra fuertes apoyos en la detección de plata en el interior de la pasta de un jarro adscrito al Hierro Antiguo de Tel Dor (108.4 ± 3.6 ppm en la base del recipiente) que contuvo un depósito de 8.5 kg de plata (Adan-Bayewitz et alii 2006 y 2010). Sin entrar en otras consideraciones no exentas de complejidad, como las reacciones o los fenómenos de retención y concentración que en la estructura arcillosa pudo experimentar la plata, en el caso de Huelva acaso converjan las dos posibilidades expuestas. Como última anotación, el alto contenido de óxidos de hierro y titanio, junto a sílice y otros elementos mayoritarios como aluminio y magnesio, determinado por miscroscopía electrónica de barrido en las inclusiones negras de un ejemplar de pasta verdosa amarillenta, sugiere que estas inclusiones tienen su origen en la formación cuaternaria superficial de los cabezos (montículos) de Huelva, rica en cantos silíceos y óxidos de hierro, conocida como "Alto Nivel Aluvial" (Pendón y Rodríguez Vidal 1986-1987). Quizás fueron agregadas a la arcilla por su capacidad desengrasante. Una producción en Huelva de cerámicas griegas caracterizadas por una pasta verdosa amarillenta, además de por la exclusividad de la localización, es favorecida por el limitado interés comercial de unos vasos de escasa calidad e, igualmente, por el hallazgo de un ánfora deformada durante el proceso de cocción. El análisis por difracción de rayos X evidenció la presencia de fases estables a temperaturas superiores a 900o C (diópsido, anortita y gehlenita), generadas durante el proceso de cocción por reacciones químicas entre los minerales primarios (silicatos y carbonatos) de materiales arcillosos ricos en carbonatos compatibles con los depósitos locales. Aunque el número de muestras es limitado, la excelente correlación observada en todos los casos entre la composición química de las cerámicas y las arcillas de los depósitos locales mediante análisis por activación neutrónica confirma dicha producción in situ y abre una puerta a futuras investigaciones que permitan estudios estadísticos de cierta amplitud. Ello requerirá una labor previa dirigida a identificar todas las cerámicas griegas arcaicas de Huelva procedentes de numerosas excavaciones que permanecen inéditas. Por último, la presencia en las pastas cerámicas de metales preciosos no es difícil de explicar en un centro receptor de ricos minerales aureo-argentíferos para su tratamiento y comercialización. Además de las cerámicas de pasta verdosa amarillenta, dos análisis de cerámicas adscritas a un amplio conjunto caracterizado por pastas anaranjadas, rojizas o amarillentas, engobes rojizos y escasa calidad, que por razones operativas ha sido denominado "Grupo H", demuestran también una producción local. Algunos de los engobes rojizos recuerdan los que ostentan las cerámicas fenicias exhumadas en el mismo yacimiento. Un programa de investigación con mayor número de análisis plausiblemente diferencie en este grupo el alcance de las producciones locales. Asimismo convendría determinar el grado de contaminación por oro y plata de los sedimentos antrópicos profundos en que permanecieron inmersas las cerámicas. El establecimiento de alfares griegos en Huelva no sorprende habida cuenta de la tendencia de los griegos a manufacturar cerámicas no sólo en las colonias, sino en determinados lugares donde residieron durante un tiempo prolongado. En Náucratis, por ejemplo, utilizaron arcillas egipcias para la fabricación de vasos cerámicos (Dupont 1983: 36, nota exigencia se extendía a todas las cerámicas de mesa, en particular a los vasos para beber (Boardman 2006: 52). Como en otros asentamientos, la producción local de cerámicas griegas satisfaría esa necesidad reduciendo la dependencia de las importaciones. El cese de la producción coincidiendo con la interrupción de las relaciones griegas con Tarteso a inicios de la segunda mitad del siglo vi a. C. redunda en la identificación de los alfareros con jonios afincados en la ciudad. Huelva se suma así a los hábitats que durante un período de su historia fueron residencia de una población griega productora de vasos cerámicos consustancialmente vinculados a sus tradiciones. Agradecemos al director del Museo de Huelva, D. Pablo Guisande Santamaría, y a través de su persona a todo el personal de la institución, las facilidades y atenciones recibidas durante la investigación. Con D. Enrique Carlos Martín Rodríguez, conservador del museo, nos encontramos en deuda por su apoyo y permanente estímulo. A la desinteresada labor de D. César Alberto Campos Bayo debemos las ilustraciones fotográficas de las cerámicas catalogadas. Capital importancia ha revestido el asesoramiento para el estudio analítico de las arcillas de D. Juan Carlos Fernández Caliani, Profesor de Cristalografía y Mineralogía de la Universidad de Huelva, y de D. Juan Aurelio Pérez Macías, Profesor de Arqueología de la misma universidad. Naturalmente, cualquier error es responsabilidad exclusiva de los autores. A todos, muchas gracias.
3 [EMAIL] / ORCID iD: http://orcid.org/0000-0002-4791-9407 RESUMEN Se presentan los resultados de estudios arqueométricos realizados sobre diversos materiales (mineral, sedimentos de lavado, litargirio) recogidos en las recientes excavaciones de un complejo de talleres de época tardorrepublicana vinculado a la producción de plata y plomo en el distrito de Carthago Nova. Además de permitir la determinación de la signatura isotópica del complejo arqueológico, los isótopos de plomo contribuyen, conjuntamente con la arqueología y la epigrafía, a una mejor comprensión de la organización de la actividad minera y metalúrgica en la Cartagena romana.
El presente artículo aborda el estudio de las lúnulas halladas en la necrópolis de El Castillo (Castejón, Navarra). Proceden de tumbas fechadas entre la segunda mitad del siglo vi y el siglo iii a. C. Estos objetos están escasamente representados en los yacimientos de la Edad del Hierro. El conjunto analizado es el más numeroso de los documentados en la Península Ibérica. Los objetos de indumentaria y adorno aportan una información esencial para el conocimiento de las sociedades protohistóricas. La función del vestido no se limitaba a la protección del cuerpo frente a factores de tipo climático o medioambiental. Al igual que los elementos de adorno, también era un reflejo de valores jerárquicos, políticos, económicos, religiosos, estéticos, etc. (Sousa 2007: 23). Este propósito todavía resulta más evidente en contextos ritualizados, como es el caso de las necrópolis. Los tejidos, por su condición de materiales orgánicos, no han dejado huella en el registro arqueológico. Sin embargo, sí se documentan elementos metálicos que, al margen de su valor estético, se encontraban directamente relacionados con la vestimenta. El número de ejemplares identificados en la necrópolis de El Castillo es de 296, lo que indica que se trata de piezas ampliamente representadas en los rituales funerarios. De ellas, 155 corresponden a fíbulas, 1 a un broche anular, 26 a broches de cinturón, 14 a láminas de refuerzo de los citados cinturones, 34 a grapas, 50 a botones y 16 a lúnulas. Los testimonios aportados por las fuentes escritas e iconográficas subrayan el papel otorgado a la indumentaria como elemento de distinción social, que alcanzaba su expresión máxima en las ceremonias de carácter sacro, entre las que se incluyen los actos fúnebres. En este contexto, las lúnulas deben ser consideradas como objetos de difícil acceso, por el valor intrínseco de los materiales utilizados y por la destreza técnica que requería su elaboración. Al margen de cuestiones estéticas, se les atribuye connotaciones de carácter simbólico-religioso y actuaban como elementos de prestigio que indicaban el estatus de su poseedor. Asimismo, la ausencia de armas en las tumbas con lúnulas y su reiterada asociación con determinados elementos de adorno muestran, como veremos en este artículo, una pauta probablemente relacionada con cuestiones de género. Aunque, como bien señala I. Izquierdo, estas vinculaciones entre ajuar y género deben ser investigadas en profundidad y no asumidas (Izquierdo 2007: 253). Las lúnulas son objetos con forma de creciente lunar elaborados sobre láminas delgadas, generalmente en metales preciosos como el oro y la plata. Dependiendo de la presencia o de la ausencia de remates o terminaciones han sido interpretadas como collares y, en ocasiones, como pectorales. Suelen estar decoradas con motivos geométricos o figurados que se realizaron mediante el empleo de técnicas como el troquelado, el repujado, el puntillado o la incisión. Estas piezas se documentan sobre todo en el extremo occidental de Europa, a lo largo del iii y ii milenio a. C. El mayor número de ejemplares se registra en Irlanda y Gran Bretaña durante el Bronce Antiguo. En la Península Ibérica, corresponden a esta etapa algunas piezas halladas en Galicia y el norte de Portugal (Almagro-Gorbea 1995; García-Vuelta y Armada 2003). A partir del Bronce Final la proporción de lúnulas desciende de forma significativa, probablemente por el apogeo de los torques, y comienzan a fabricarse en metales menos valiosos como el bronce. Pese a ello, las lúnulas no deben considerarse como exclusivas del Calcolítico y de la Edad del Bronce. Su origen se remonta al Neolítico y continuaron utilizándose durante toda la Edad del Hierro hasta que, finalmente, fueron asimiladas por la cultura romana. Las propiedades profilácticas atribuidas a las lúnulas explican su representación en amuletos y en insignias del ejército romano. La singularidad de estas piezas y las dificultades que plantean la identificación y la recuperación de este tipo de materiales justifican, en parte, la escasez de datos y la falta de investigación. No existen corpus o estudios de conjunto que analicen las lúnulas localizadas en la Península Ibérica. En este sentido, debemos recordar que el conjunto que aquí presentamos es el más numeroso de cuántos se conocen hasta la fecha y el que procede de un contexto arqueológico más fiable y preciso. LA NECRÓPOLIS DE EL CASTILLO Y SU CONTEXTO La necrópolis de El Castillo se localiza en el extremo occidental del valle medio del Ebro, al norte del municipio de Castejón, una circunscripción situada en el límite territorial que marca la frontera entre la Comunidad Foral de Navarra y La Rioja (Fig. 1). El yacimiento se extiende por la terraza inferior de la margen derecha del río Ebro, al sureste del cerro de El Castillo, donde se ubicó el poblado. La distancia que separa ambos espacios es de apenas 450 m, lo que denota la intención por parte de la población viva de incorporar a su contexto social el lugar donde reposaban sus antepasados. La imagen actual del entorno de la necrópolis difiere significativamente del aspecto que debieron tener estos parajes en época protohistórica. La explotación de los terrenos con fines agrarios y, en fechas recientes, la construcción de dos centrales térmicas de ciclo combinado y de un polígono industrial, han modificado sustancialmente el paisaje (Fig. 2). El trazado sinuoso del Ebro y del lento fluir de sus aguas, como consecuencia de una interminable sucesión de meandros, conformaron el escenario más propicio para franquear el cauce. No en vano la principal fuente de ingresos de la localidad de Castejón, hasta la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del s. xix, provenía de la tasa cobrada a los viajeros por el paso en una barca de una orilla a otra del Ebro (García Paredes 2002: 20). Las condiciones geoestratégicas de este enclave, controlando el vado del río y las rutas comerciales, son elementos claves para entender el grado de desarrollo social y económico alcanzado por esta comunidad. El espacio funerario ocupaba una amplia superficie, que pudo superar las 2 ha. Sin embargo, el área no roturada, donde las estructuras funerarias (e. f.) mantenían su disposición original, se limitaba a una parcela de, aproximadamente, 3.000 m 2. Presentaba el aspecto de una pequeña loma artificial, como resultado de la acumulación de las construcciones tumulares. Hasta la fecha se ha intervenido en una tercera parte de su superficie. El número total de estructuras funerarias identificado y delimitado es de 194, aunque el proceso de excavación y registro solo se ha completado en 178. Las tumbas de El Castillo constituyen conjuntos cerrados, con materiales que pueden seriarse y fecharse con una cronología relativa que, a su vez, se puede contrastar con la que proporciona la estratigrafía. Las superposiciones, reutilizaciones e intrusiones observadas en el desarrollo de la excavación, a través de la estratigrafía, han permitido establecer una secuencia de los conjuntos. Catálogo de las piezas En El Castillo se han identificado 16 lúnulas que fueron depositadas en el interior de nueve sepulturas del área intacta de la necrópolis (e. f. En la mayoría de las sepulturas se recuperó una única pieza, exceptuando los tres ejemplares hallados en la e. f. 149 y los seis identificados en la e. f. El metal utilizado en la fabricación de estos objetos es el bronce y las láminas tienen, en todos los casos, espesores iguales o inferiores a 1 mm. Ocho de las lúnulas están completas o se ha podido reintegrar la mayor parte de su estructura y las otras ocho se encuentran fragmentadas. En su estado de conservación ha influido de forma decisiva la exposición al fuego de la pira funeraria. Al tratarse de piezas que tienen como soporte láminas muy delgadas, el calor ha causado alteraciones muy significativas en su morfología original. Algunos ejemplares quedaron totalmente fragmentados y otros sufrieron importantes deformaciones. El resultado del proceso es un material frágil que puede aparecer fracturado y diseminado en cientos de pedazos, lo que dificulta en gran medida las labores de extracción e identificación de las piezas. Esta circunstancia, unida al carácter exclusivo de este tipo de objetos, justifica, en parte, la escasez de referencias en las necrópolis del valle medio del Ebro y, en general, de todo el ámbito peninsular. También justifica la existencia de múltiples interpretaciones ya que, con frecuencia, los fragmentos de lúnulas suelen aparecen en los inventarios clasificados como apliques, placas decoradas, diademas, etc. En lo que hace referencia a las dimensiones, las lúnulas de El Castillo tienen longitudes máximas que oscilan entre los 18 cm de los ejemplares 154.22 y 170.8 y los 35 cm de una de las piezas halladas en la e. f. Estas piezas, como se ha indicado anteriormente, destacan por su carácter simbólico-religioso y por su riqueza decorativa. Todos los ejemplares catalogados presentan decoración, con motivos realizados mediante las técnicas de repujado y/o de troquelado. Predominan los elementos geométricos (líneas de puntos, círculos concéntricos, triángulos, rombos, etc.), aunque también se recuperaron dos lúnulas excepcionales con decoración figurada (152.63 y 152.64). El conjunto recuperado en la necrópolis de El Castillo es el más numeroso de los hallados hasta LAS LÚNULAS DE LA NECRÓPOLIS DE LA EDAD DEL HIERRO DE EL CASTILLO (CASTEJÓN, NAVARRA) Figura 4. Necrópolis de El Castillo. Plano del área intacta de la necrópolis de El Castillo con la dispersión de las lúnulas. la fecha en territorio peninsular y evidencia la perduración de estos objetos y su uso en los rituales funerarios del valle medio del Ebro durante la Edad del Hierro. Se documentan en sepulturas de las tres fases de ocupación identificadas en la necrópolis. La distribución de los ejemplares indica la existencia de algunas variaciones significativas (Fig. 6). A esta etapa corresponden las lúnulas asociadas a las e. f. En este período las lúnulas son más estrechas y la decoración se limita a una línea de puntos repujados delimitando el contorno de las piezas. Lúnula 46.6: depositada en el interior de un recipiente de materia orgánica utilizado como urna, junto con otros objetos que formaban parte de la indumentaria del individuo incinerado, como un broche de cinturón de escotaduras abiertas y un garfio, un torques de junco macizo y terminales en forma de tampones o una fíbula de pie vuelto de tipo navarro-aquitano. Tiene 30 cm de longitud y una anchura máxima de 2,6 cm. Conserva ocho pequeñas perforaciones, de entre 1 y 1,5 mm de diámetro para la sujeción al vestido, una de ellas situada en uno de los extremos de la lúnula. Presenta decoración geométrica repujada, con una sencilla línea de puntos delimitando el contorno de la pieza (Fig. 7). Diseños similares, aunque realizados con técnica de puntillado, también se documentan en algunas lúnulas de oro de la Edad de Bronce, como la de Cabeceira de Bastos (Braga, Minho) (Comendador 1998: 49, fig. 48). Lúnula 123.4: hallada en el interior del depósito de cenizas, formando parte de un ajuar austero, donde también destaca un pequeño vasito de ofrendas que presenta restos de decoración grafitada. La pieza está Figura 6. Distribución de las lúnulas identificadas en la necrópolis de El Castillo por fases. Conserva una de las perforaciones situadas en los extremos, de 2 mm de diámetro. Sin embargo, a diferencia del resto de las lúnulas catalogadas, no contaba con perforaciones en el borde inferior de la pieza. La decoración es similar a la descrita en el ejemplar 46.6 (Fig. 9). En esta etapa se han documentado diez lúnulas asociadas a cinco enterramientos (e. f. Este porcentaje es el más elevado de las tres fases. En este periodo las lúnulas tienen una presencia más destacada en los ajuares y se diversifican las técnicas y las temáticas decorativas. 152 es el enterramiento de arquitectura más compleja, de mayores dimensiones y con el ajuar más destacado de todos los túmulos excavados de la Fase II. En esta tumba se han identificado seis lúnulas y la mayoría de los fragmentos fueron depositados en el interior del recipiente cerámico utilizado como urna, junto a piezas de vajilla metálica, objetos de adorno y otros elementos que formaban parte de la indumentaria (Fig. 10). Lúnula 152.23: es uno de los ejemplares mejor conservados de todo el conjunto. Tiene una longitud de 20 cm y una anchura máxima de 5 cm. Todavía son visibles ocho pequeñas perforaciones de 1 mm de diámetro para la sujeción al vestido, una de ellas situada en uno de los extremos de la pieza. Presenta decoración geométrica troquelada, con tres líneas paralelas en resalte que crean dos espacios con bandas de triángulos (Fig. 11). En la simbología celta y celtibérica, las líneas quebradas representan el tránsito hacia el mundo celeste a través del mundo acuático, que actúa de puente permitiendo la purificación y el tránsito al Más Allá (Jimeno et alii 2004: 210; Lorrio y Sánchez de Prado 2009: 408). Aparecen con frecuencia en las placas articuladas con decoración figurada Figura 10. Lúnulas depositadas en el interior de la urna de la e.f. Doble banda de triángulos (Foto Gabinete Trama S. L.). Lúnula 152.63: fue diseñada para ser exhibida con el ejemplar 152.64, ambos se recuperaron juntos, en el interior del recipiente utilizado como urna cineraria. Las dos piezas se encontraban muy deformadas, como consecuencia de haber participado en el ritual de cremación2. Los efectos del calor también explican la ausencia de algunos fragmentos y el deterioro de la superficie del metal, debido al incremento de la oxidación. La lúnula 152.63 tiene una longitud de 29 cm y una anchura máxima de 8 cm. Conserva en el borde inferior seis pequeñas perforaciones, de 1 mm de diámetro, para la sujeción al vestido. Presenta una decoración figurada, con una escena de temática agrícola obtenida mediante técnica de repujado. Lúnula 152.64: tiene una longitud de 24 cm y una anchura máxima de 7 cm. Conserva seis pequeñas perforaciones, de entre 1 y 2 mm de diámetro, para la sujeción al vestido, una de ellas situada en uno de los extremos de la lúnula. Presenta decoración figurada de temática cinegética (caza de ciervo), obtenida mediante técnica de repujado. Lúnula 152.40: tan sólo se conservan dos fragmentos, con una longitud total de 4,3 cm y 1,9 cm de anchura máxima, que formaban parte de uno de los extremos de la pieza. Presenta decoración geométrica troquelada, formada por una retícula de rombos (Fig. 13). Estela diademada de Granja Toniñuelo (Jérez de los Caballeros, Badajoz). Fragmento de lúnula con decoración geométrica de rombos (Foto Gabinete Trama S. L.). su interior (un broche de cinturón, tres fíbulas, una lúnula y un botón hemisférico). Se hallaron veintiséis fragmentos, los ocho de mayor tamaño han permitido reconstruir gran parte de su estructura. En origen tenía una longitud aproximada de 18 cm y una anchura máxima de 3 cm. Conserva cuatro pequeñas perforaciones de entre 1 y 2 mm de diámetro para la sujeción al vestido, una de ellas situada en uno de los extremos de la lúnula. Al igual que el ejemplar 152.65, presenta decoración geométrica repujada y troquelada, con la habitual línea de puntos delimitando el contorno de la pieza y al interior una única fila horizontal de círculos concéntricos. La única particularidad es el hecho de combinar en los círculos las dos técnicas decorativas descritas, el troquelado para el motivo central y el repujado para definir el perímetro exterior (Fig. 16). Lúnula 155.6: se hallaron sesenta pequeños fragmentos en el interior del recipiente utilizado como urna, sin que haya sido posible reconstruir su estructura. Presenta decoración geométrica repujada y troquelada, con una línea de puntos delimitando el contorno de la pieza y, al interior, círculos concéntricos (Fig. 17). Lúnula 170.8: en el proceso de excavación se recuperaron cinco fragmentos de mayor tamaño y otros dieciocho de menores dimensiones, con los que se ha podido reconstruir su estructura. En origen tenía una longitud aproximada de 19 cm y una anchura máxima de 3,5 cm. Conserva una perforación de 2 mm de diámetro en el borde inferior de la pieza para la sujeción al vestido. Presenta decoración geométrica repujada, con una sencilla línea de puntos delimitando el contorno de la pieza (Fig. 18). Lúnula 174.5: depositada en el interior de la urna y, de forma previa a su colocación en el contenedor Lúnula 152.65: no se ha podido reconstruir su estructura exacta. Conserva cinco fragmentos, uno de ellos se encontró fuera de la urna, en el depósito de cenizas. La longitud total de los trozos recuperados es de 21,4 cm y la anchura máxima de 4,5 cm. En el borde inferior todavía se observan ocho perforaciones de 1 mm de diámetro para la sujeción al vestido. Presenta decoración geométrica repujada y troquelada, con la habitual línea de puntos delimitando el contorno de la pieza y al interior una única fila horizontal de círculos concéntricos (Fig. 14). Lúnula 152.66: se ha recuperado un único fragmento, de 3,1 cm de longitud y 1,3 cm de anchura máxima, que formaba parte de uno de los extremos de la pieza. Presenta decoración geométrica troquelada con una línea en resalte delimitando el contorno de la pieza y, al interior, puntos repujados (Fig. 15). Lúnula 154.22: formaba parte del ajuar de una pequeña tumba de encachado tumuliforme, que destaca por la variedad de piezas de indumentaria halladas en Figura 14. Fragmentos de lúnula con decoración geométrica (Foto Gabinete Trama S. L.). Fragmento de lúnula (Foto Gabinete Trama S. L.). cinerario, la placa fue plegada sobre sí misma. Tiene 24,5 cm de longitud y una anchura máxima de 6 cm. Conserva en el borde inferior de la pieza tres pequeñas perforaciones de entre 1,5 y 2 mm de diámetro, para la sujeción al vestido. Presenta decoración geométrica repujada y troquelada, con una línea de puntos delimitando el contorno de la pieza y, al interior, dos bandas enfrentadas de bastones verticales rematados en botones circulares (Fig. 19). Estos motivos los encontramos formando parte de las decoraciones plásticas de las cerámicas vettonas y en dos cascos celtibéricos procedentes de la necrópolis de Almaluez (Soria), que se fechan en el s. Fase III (2a 1⁄2 s. iv -s. iii a. En esta etapa se han documentado cuatro lúnulas asociadas a dos enterramientos (e. f. Los círculos se agrupan en columnas verticales de tres unidades en la zona central (cuatro filas en el ejemplar de menor longitud, seis en el intermedio y ocho en el de mayor tamaño), que dejan paso en los extremos a columnas de dos unidades y/o a una única unidad de mayor diámetro (Fig. 23). En la sepultura 7 de la cercana necrópolis de La Torraza (Valtierra, Navarra) se recuperó un ejemplar de idéntica factura, fue clasificado como diadema. Todo apunta, por tanto, a que se trata de piezas que fueron elaboradas en un mismo taller. Las siluetas de las lúnulas de El Castillo, a diferencia de los modelos característicos de la Edad del Bronce, son más abiertas y carecen de remates diferenciados para su sujeción al cuello. En su lugar presentan pequeñas perforaciones en los extremos y a lo largo de todo el borde inferior de las piezas, lo que indica que para su exhibición debían ser previamente cosidas a la vestimenta. Por este motivo, a pesar del evidente carácter estético de estas lúnulas, son objetos estrechamente vinculados a la indumentaria. Ocupaban el espacio comprendido entre los hombros, el cuello y el pecho y lo habitual es que se utilizara una sola pieza, aunque las lúnulas en los rituales funerarios, el porcentaje desciende notablemente respecto a la etapa anterior. Lúnula 128.16: procede del interior de un túmulo con anillo perimetral de adobes. El ejemplar se encontró fragmentado y deformado, con uno de los pedazos depositado en el interior de la urna. Las labores de consolidación y restauración han permitido reconstruir gran parte de su estructura. En origen tenía un longitud aproximada de 25 cm y una anchura máxima, en su zona central, de 5,9 cm. Conserva dos pequeñas perforaciones, de entre 1 y 2 mm de diámetro para la sujeción al vestido, una de ellas situada en uno de los extremos de la lúnula. Presenta decoración geométrica repujada y troquelada, con una línea de puntos delimitando el contorno de la pieza y al interior círculos concéntricos. Pese al deterioro, todavía se distinguen cuatro de esos círculos (Fig. 21). Lúnulas 149.10: Los tres ejemplares catalogados con este número de inventario fueron hallados en el interior del depósito de cenizas de un enterramiento delimitado por un anillo perimetral de cantos rodados, junto a los recipientes que formaban parte del servicio cerámico y a otros objetos de indumentaria y adorno personal (Fig. 22). A pesar de sufrir las consecuencias del ritual de cremación, son los mejor conservados de todo el conjunto, junto con el ejemplar 152.23. Las tres piezas fueron portadas por un solo individuo y por esta razón, son de distintas dimensiones. La más pequeña se situaba en la parte superior, la más próxima al cuello, tiene una longitud de 24 cm y una anchura máxima de 6 cm. La segunda se colocaba inmediatamente debajo de la anterior, ocupando una posición central, tiene 31 cm de longitud y una anchura máxima de 6,5 cm. La tercera se ubicaba en la parte inferior, tiene 35 cm de longitud y una anchura Tipo 1: en este grupo se incluyen los ejemplares más estrechos, con anchuras máximas de entre 2-3 cm, y que presentan contornos algo más cerrados, en forma de "U", con una menor distancia entre los extremos. La decoración se limita a una sencilla línea de puntos repujados que delimita el perímetro de la pieza. Este modelo está representado por las dos lúnulas (46.6 y 123.4) halladas en enterramientos fechados en la Fase I (2a 1/2 s. vi -principios s. v a. Tipo 2: en este grupo se incluyen ejemplares con contornos más abiertos y con anchuras máximas de entre 3 y 6 cm, con casos excepciones que pueden llegar a alcanzar los 7-8 cm, como es el caso de uno de los ejemplares figurados de la e. f. A este modelo corresponden las catorce lúnulas identificadas en túmulos de la Fase II (2a 1/2 s. v -1a 1/2 s. iv a. A partir de la decoración y de su distribución en las lúnulas se han establecido tres variantes: -Variante A: al igual que en las piezas del tipo 1, una sencilla línea de puntos repujados delimita Figura 26. Correlación entre las estructuras funerarias y las lúnulas de la necrópolis de El Castillo. Tipología de las lúnulas identificadas en la necrópolis de El Castillo. Estudio iconográfico de las lúnulas con decoración figurada Las lúnulas 152.63 y 152.64, como se ha indicado anteriormente, son las únicas de todo el conjunto que presentan decoración figurada. Fueron depositadas en el interior de la urna cineraria del enterramiento 152 y, como se deduce tanto de la disparidad de sus tamaños como del programa iconográfico, fueron diseñadas para ser exhibidas juntas por un mismo individuo. Lúnula 152.63: el proceso de identificación resultó muy complejo por el acusado deterioro que presentaba la pieza, como consecuencia de haber quedado expuesta al fuego de la cremación. Pese a ello, se ha identificado una escena de temática agrícola (Fig. 27). En primer término se sitúa una figura humana esquemática de pie, con el ojo destacado por un círculo. Lleva el brazo derecho alzado en actitud de sostener una vara o fusta y, con el brazo izquierdo, maneja un arado sujetándolo por la esteva, que llega hasta la reja (Fig. 28). Desde esta parte, en sentido horizontal, una línea de puntos representa al timón de cama curva, el cual estaba uncido a una pareja de cuadrúpedos, posiblemente de bueyes. En la parte inferior de la lúnula se sitúa la figura de uno de los animales de tiro. La posición del segundo coincide con un fragmento no conservado y únicamente se observan dos trazos diagonales paralelos que podrían corresponder a los cuartos delanteros. En segundo término, en la parte superior de la pieza, la escena se repite, aunque se aprecia con menor nitidez. Un segundo personaje, también de pie, guía otra yunta de animales de tiro. La iconografía del labrador arando la tierra se asocia a ritos indoeuropeos relacionados con la fertilidad de la naturaleza y con la renovación (Dumèzil 1954; Lucas 1990: 293). Precedentes a este tipo de Lúnula 152.64: la escena representada es de temática cinegética (caza de ciervo), obtenida mediante técnica de repujado. Al igual que en el caso anterior, el proceso de identificación de los motivos resultó complejo. Aparecen dos figuras esquemáticas enfrentadas. Una figura humana, en primer término, que se representa de pie y con el ojo destacado por un círculo. Sostiene con el brazo izquierdo un escudo circular cóncavo visto de perfil, mientras que con el derecho parece empuñar una lanza. Del animal se aprecian con claridad los cuartos traseros, junto a los que se observa una línea quebrada, y el lomo. Los puntos del repujado de los cuartos delanteros y la cabeza no se distinguen con tanta nitidez. La escena está presidida por símbolos astrales situados en la parte superior de la pieza, una luna y un sol, ocupando el centro y uno de los extremos. El contorno de la lúnula queda delimitado por una línea de puntos repujados (Fig. 30). Los ciervos, junto a las aves, son los motivos zoomorfos mejor representados en el valle del Ebro. Existen referentes en soportes de cerámica, bronce e incluso en grabados y pintura sobre piedra. Imágenes de venados se han documentado en poblados como Cabezo del Lugar (Azaila, Teruel), Cabezo Moleón (Caspe, Zaragoza), El Morredón (Fréscano, Zaragoza) o La Coronilla (Lardero, La Rioja) y en santuarios rupestres como el de Peñalba de Villastar (Teruel) (Díaz Ariño et alii 2011: 113-115, fig. 4,5 y 8). La iconografía del ciervo en la cultura céltica y celtibérica encierra connotaciones de carácter religioso y funerario. Unas atribuciones que subyacen en las placas ornamentales con figuras de ciervos que aparecen en las necrópolis celtibéricas de Carratiermes (Montejo de Tiermes, Soria) (Argente et alii 2001: 114-115), Quintanas de Gormaz (Soria) (Lorrio y Sánchez de Prado 2007: 520, fig. 12.5) o Navafría (Clares, Guadalajara) (Lorrio y Sánchez de Prado 2009: 520, fig. II-2), en ámbitos fechados entre los s. vi -iv a. C. y que, de igual forma, pueden aplicarse al referente más cercano localizado en el valle medio del Ebro, la figurita de bronce procedente de la necrópolis de La Torraza (Valtierra, Navarra) (Maluquer 1953: 264-265; Castiella 2007: fig. 28) y también al colgante de bronce del poblado de Cabezo Morrudo (Fuentes de Ebro, Zaragoza) (Marco y Royo 2012: 313, fig. 7.1). Las escenas de caza del ciervo son más habituales en el territorio ibérico. No deben interpretarse como la plasmación de una mera actividad cinegética, sino como el escenario de una acción heroica, el personaje o los personajes representados demuestran su valía enfrentándose a este animal (Chapa 1985: 92). Sirva como ejemplo la escena del Vaso Cazurro (Barcelona), donde dos varones con jabalinas persiguen a la carrera a unos ciervos (Fig. 31). Una composición que se repite a caballo en el vaso de los guerreros de La Serreta (Alcoi, Alicante) (Olmos y Grau 2005: 92-94, lám. VII), o en el vaso de la caza de los ciervos del Tossal de Sant Miquel (Lliria, Valencia) (Bonet et alii 1995: 174, fig. 84). El escudo y la lanza aparecen constantemente en la iconografía celtíbera e ibérica, tanto en escenas de caza como en combates entre guerreros. La combinación de estas dos armas también se reproduce con relativa frecuencia, como se documenta en la escultura del jinete en pie frente al enemigo vencido del herôn de Obulco (Porcuna, Jaén) (Negueruela 1990: 171), en el vaso de los guerreros del Tossal de Sant Miquel (Lliria, Valencia) (Bonet et alii 1995: lám. XIX), en el kalathos de El Castelillo (Alloza, Teruel) o en el vaso de los guerreros de Numancia (Garray, Soria) (Romero 1999). La representación de escudos circulares cóncavos vistos de perfil se registra tanto en el ámbito ibérico como en el celtibérico, donde las referencias más ilustrativas las hallamos en el broche de cinturón de la necrópolis vettona de La Osera (Chamartín de la Sierra, Ávila) (Quesada 1997: fig. 304), en el pomo del puñal de la sepultura 32 de la necrópolis vaccea de Las Ruedas (Padilla de Duero, Valladolid) (Sanz Mínguez 1997: 86) y sobre todo en las cerámicas del Tossal de Sant Miquel (Lliria, Valencia), en vasijas pintadas como el vaso de la batalla naval o el vaso de la doma (Bonet et alii 1995: fig. 27 y 61, lám. XX y XXV). Esta perspectiva también se advierte en los escudos de algunos de los guerreros representados en las cerámicas numantinas (Schulten 1931: lám. XXVI.5) y en el del guerrero celtibérico pintado del abrigo del Barranco de los Frailes (Mosqueruela, Teruel) (Lorrio y Royo 2013: fig. 5). Los escudos vistos de perfil, en ocasiones, han sido erróneamente interpretados como arcos, por el parecido formal que guardan con estas armas. En la lúnula de El Castillo la posición del brazo derecho, alzado y con ademán de empuñar una lanza, descarta cualquier posibilidad de que el objeto reproducido sea un arco. Además, como bien señala Quesada, sería absurdo situar un arco sin tensar en un contexto de caza, en el que debiera figurar con la cuerda dispuesta para el disparo y en las manos del cazador (Quesada 1989: 182). La presencia de dobles espirales y de líneas quebradas en forma de series de eses junto a la grupa de Figura 31. En contextos de caza, este tipo de trazos se utilizan para señalar las secuencias onomatopéyicas de los movimientos de los cazadores y de las presas (Pastor 2010: 481). El ciervo, por su condición de animal psicopompo e intermediario, también facilita las relaciones con el mundo celeste. En este caso, la esfera celeste está representada por un sol y una estrella, símbolos astrales relacionados con el paso del día a la noche, una temática muy vinculada a contextos funerarios y a rituales de tránsito al Más Allá. Las escenas reproducidas en las lúnulas con decoración figurada de la e. f. 152 forman parte de la narrativa iconográfica de culto al antepasado esencial, al "Héroe Fundador" de la estirpe. Los mitos vinculados a Teutates o al "Heroe Fundador" estuvieron ampliamente extendidos entre las élites celtibéricas e ibéricas y constituyeron la base ideológica de las sociedades protohistóricas de Europa Occidental. Las principales gestas de este héroe mítico, siguiendo las tesis defendidas por autores como Almagro-Gorbea y Lorrio (2011: 63-68), pueden deducirse y reconstruirse a través de la mitología comparada, ya que parten de un fondo común indoeuropeo al que se suman influencias greco-orientales. La representación del labrador arando la tierra se relaciona con el episodio en el que el héroe, ya en su condición de rex, enseña a manejar el arado. La presencia en la lúnula de El Castillo de un segundo labrador debe asociarse al mito indoeuropeo de los "gemelos divinos", los dos primeros hombres del inicio del tiempo nacidos en último término del fuego (Pérez Vilatela 2009: 73-82; Almagro-Gorbea y Lorrio 2010: 164-165). Un mito que alcanzó una amplísima difusión y que en Grecia está ilustrado por personajes como Cástor y Pólux y en Roma por Rómulo y Remo. En Hispania se ha propuesto esta interpretación para los gemelos que aparecen situados en los brazos de la diosa, en la terracota del santuario de La Serreta (Alcoi, Alicante) (Almagro-Gorbea y Lorrio 2011: 66, fig. 22.B). Por otro lado, las hazañas individuales de caza y de lucha formaban parte de las pruebas ordálicas que el héroe debía superar durante su etapa de exposición y alejamiento iniciático (Almagro-Gorbea y Lorrio 2011: 66). Funcionalidad, asociaciones y cronología Las lúnulas, por su escaso número, pueden considerarse como elementos excepcionales en los yacimientos arqueológicos del territorio peninsular. Las piezas recuperadas en la necrópolis de El Castillo constituyen el conjunto mejor contextualizado y el que presenta una cifra más elevada de ejemplares. El origen de las lúnulas se remonta hasta el Neolítico. Sobre la génesis de estos objetos existen dos corrientes diferenciadas: los que abogan por un origen oriental y los que respaldan un origen occidental. Los defensores de la primera tesis señalan que, en civilizaciones como la egipcia y la hitita, existen distintos elementos de adorno con formas de crecientes lunares que pudieron ser el germen de las lúnulas. En Egipto, ya en el Imperio Antiguo, se utilizaron diversos collares ceremoniales, como el Menat o el Aegis, con formas de media luna. El Aegis podía ser macizo y elaborarse en metales como el oro y el bronce. Asimismo, para los hititas los collares en forma de media luna tuvieron una especial trascendencia desde finales del iii milenio a. C. Por su parte, los que apoyan la segunda teoría argumentan que los testimonios de lúnulas en el área portuguesa puede retrotraerse hasta finales del iv milenio a. Pertenecientes a esta misma etapa, también se han hallado placas de Figura 32. LAS LÚNULAS DE LA NECRÓPOLIS DE LA EDAD DEL HIERRO DE EL CASTILLO (CASTEJÓN, NAVARRA) piedra caliza con forma de lúnula y con decoraciones geométricas incisas en el área de Lisboa (Gomes 2011: fig. 8) (Fig. 33). Algunas de ellas proceden de ámbitos funerarios, como el ejemplar de la necrópolis de Baútas (Mina, Amadora) (Gonçalves et alii 2004: 129). Estos ejemplares guardan una notable semejanza con las piezas de arcilla que se documentan en Europa Central durante el Bronce Final y comienzos de la Edad del Hierro, conocidas como "Mondhörner". La etapa de máxima difusión de las lúnulas en el extremo occidental de Europa coincide con el final del Calcolítico y con el Bronce Antiguo. A este período corresponde la mayoría de los ejemplares fabricados en oro, con el foco principal centrado en Irlanda y Gran Bretaña. En la Península Ibérica, las piezas registradas se concentran en el ámbito territorial de Durante el Bronce Final se observa un descenso acusado en el número de lúnulas, que se atribuye al auge de nuevos elementos de adorno como los torques. Pese a ello, en la Península Ibérica esta circunstancia no supuso la desaparición de las lúnulas, como atestiguan las representaciones iconográficas y el registro arqueológico. Un ejemplo de esta realidad lo constituyen los objetos de estas características que se documentan en las estelas diademadas, en conjuntos como el de Hernán Pérez (Cáceres) (Almagro Basch 1972: 86-91; Santos 2009: fig. 1.1-4) y en estelas aisladas como las de Torrejón El Rubio V (Cáceres) (Santos 2009: fig.5) o Granja Toniñuelo (Jerez de los Caballeros, Badajoz) (Bueno y Balbín 1997: fig. 23; Santos 2009: fig. 1.9), entre otras (Fig. 34). Las líneas actuales de investigación plantean una cronología situada entre el Bronce Final y comienzos de la Edad del Hierro (Santos 2009) y las vinculan al mundo funerario (Celestino 2001: 259-260). Las referencias a lúnulas no abundan a lo largo de la Edad del Hierro, aunque sí son suficientes para constatar una pervivencia y para advertir una evolución, tanto en los modelos como en las técnicas y los materiales. Los modelos cerrados y con remates diferenciados para su sujeción al cuello, característicos de la Edad del Bronce, comenzaron a convivir con otros más abiertos y que, en ocasiones, se colocaban entre los hombros, el cuello y el pecho, cosidos a la vestimenta. Las decoraciones geométricas sencillas, realizadas mediante técnicas como la incisión o el puntillado, fueron dando paso a composiciones más complejas para las que recurrieron a técnicas como el repujado o el troquelado. Por último, en este período también se produjo un descenso muy significativo de las piezas de oro, así como la irrupción de piezas realizadas en plata y bronce. Un ejemplo temprano, fechado en el s. viii a. C., es la lúnula de bronce de procedencia caucásica del Museo de Pyatigorsk, que presenta decoración de círculos concéntricos troquelados similares a los registrados en las necrópolis de La Torraza (Valtierra, Navarra) y El Castillo. En la Península Ibérica, en esta etapa inicial de la Protohistoria, al margen de la posible perduración de las estelas diademadas, apenas contamos con referencias. Una de las más singulares es el casco de plata con decoración repujada de Caudete de las Fuentes (Valencia) (Graells y Lorrio 2013: 158, fig. 6), atribuido erróneamente a las Cuevas de Vinromá (Castellón) (Maluquer 1970: 98, fig. 4) (Fig. 35). Atendiendo a su estructura, se ha relacionado con el tipo Vilanova II, lo que le otorga una cronología situada hacia el s. viii a. Esta pieza presenta decoración geométrica. En los laterales se sitúan sendos motivos con forma de cuarto lunar aunque, atendiendo a la naturaleza del objeto, podría responder a la representación de cuernos. Elementos que, en ocasiones, se añadían a los cascos para dar una imagen más feroz del guerrero. En la Península Ibérica, modelos con cuernos aparecen representados desde el Bronce Final, en las estelas del Suroeste (Quesada 1997: 551). A partir del s. vi a. C. comenzaron a documentarse lúnulas con decoración figurada formando escenas complejas. Es el caso de la pieza de bronce hallada en el Santuario de Hera en Samos, en la que se representa el mito de la victoria de Heracles sobre Gerión (Corzo 2004: 39). En la Península, en la necrópolis de La Tosseta (Guiamets, Tarragona), se recuperó un ejemplar fechado hacia el s. vii a. C. que fue deno-minado como "torques plano" y que estaba decorado con series equidistantes de tres líneas transversales en relieve (Vilaseca 1956; Ruiz Zapatero 1985: 171, fig. 48.C). En contextos del s. vi a. C., se clasificó como posible navaja un fragmento de bronce con forma de lúnula depositado en el sepulcro 6 de la necrópolis de Can Bech de Baix (Agullana, Gerona) (Palol 1943: 264, fig. 3; Almagro-Gorbea 1977, fig. 12). En el ajuar de esta misma tumba se recuperó un pendiente con forma de creciente lunar. Una asociación que también se registra en la e. f. En el interior de la urna, además de las lúnulas, fueron depositados distintos objetos metálicos de indumentaria y adorno, entre ellos dos arracadas de oro de parecida estructura (152.25). Los pendientes con morfología de creciente lunar son objetos que alcanzaron una amplia difusión y que formaron parte de la orfebrería céltica, celtibérica e ibérica hasta la llegada de la cultura romana. Piezas con forma de lúnula también se registran en la orfebrería ebusitana, como es el caso de la lámina de oro depositada en el Museo Arqueológico Nacional (San Nicolás 1986: 69 y 85, fig. 23). Las referencias más próximas a El Castillo proceden de dos necrópolis del valle medio del Ebro, fechadas entre los s. vi y iii a. C. En la sepultura 7 de La Torraza (Valtierra, Navarra), en el interior del recipiente cerámico utilizado como urna, se localizó una lúnula con una composición decorativa idéntica a las halladas en la e. f. Asimismo, en La Atalaya (Cortes, Navarra) se menciona la existencia de un elevado número de pequeños fragmentos de placas decoradas que, en algunos casos, se adelgazan en los extremos y que fueron relacionadas con la existencia de piezas similares a la recuperada en la tumba 7 de La Torraza (Maluquer y Vázquez de Parga 1956: 416-417). Al otro lado de los Pirineos, en la necrópolis de Avezac Prat (Bagnères-de-Bigorre, Midi) también se documenta un ejemplar de bronce, con decoración de círculos concéntricos (Pilloy 1899: Pl. Por último, en los siglos que precedieron a la llegada de la cultura romana, también se registran evidencias del uso de lúnulas. En el ámbito ibérico, resulta muy significativa su probable presencia en algunas representaciones femeninas halladas en ámbitos sacros y funerarios, en contextos datados en los s. iii -ii a. C. Esta circunstancia se observa en un exvoto femenino de terracota del santuario ibérico de La Serreta (Alcoi, Alicante) (Juan i Moltó 1987Moltó -1988;;Aura y Segura 2000: 220) o en las llamadas "damitas" del monumento funerario de la necrópolis del Corral de Saus (Moixent, Valencia), aunque en este último caso también podría tratarse de torques A la información que aporta la iconografía, se une el hallazgo de ejemplares tan vistosos como la lúnula de plata del tesoro de Chão de Lamas (Miranda do Corvo, Coimbra) (Fig. 37), la lúnula de oro de Viseu (Beira Alta) (Silva 1986: 253), la lúnula de oro y las tres de plata del tesoro de Pragança (Cadaval, Lisboa) (Raddatz 1969: lám. 85-87) o el ejemplar de bronce de Llyn Cerrig Bach (Anglesey, Gales) (Macdonald 2007). Junto a ellos, también se han registrado otro tipo de piezas de orfebrería de menor tamaño pero con la misma mor-fología, como es el caso de los doce pendientes de plata del tesoro de Salvacañete (Cuenca) (Arévalo et alii 1998: 259, fig. 3 y 4). Las lúnulas, al margen de las connotaciones simbólico-religiosas y apotropaicas que puedan derivarse tanto de su morfología como de los motivos representados, tenían una función estética. Los ejemplares de El Castillo fueron diseñados para su colocación a la altura de los hombros de sus propietarios, fijados a la vestimenta. Para este fin disponían de pequeñas perforaciones en el borde inferior y en los extremos. Esta disposición, que dejaba libre el cuello, permitía lucir las lúnulas y combinarlas con collares. En siete de las nueve tumbas en la que se recuperaron lúnulas, también se catalogaron cuentas de collar (e. f. El caso más relevante es el de la e. f. En el contenedor de materia orgánica, depositado en el interior de la cista, introdujeron una serie de objetos de adorno y de indumentaria, entre ellos un torques macizo sogueado y una lúnula. Por tanto, es probable que ambas piezas fueran exhibidas a la vez por el mismo individuo. La condición de objetos excepcionales también convertía a las lúnulas, al igual que otros elementos de adorno e indumentaria, en marcadores sociales y económicos. Los ejemplares documentados corresponden preferentemente a tumbas de grandes dimensiones y/o con ajuares muy destacados, como sucede con las e. f. Asimismo, por el aludido carácter exclusivo de estas piezas, debieron disfrutar de una especial consideración durante los rituales funerarios, como lo demuestra el hecho de haber recuperado diez de las dieciséis lúnulas identificadas dentro de los recipientes utilizados como urnas. Un patrón que se repite en la sepultura 7 de la necrópolis de La Torraza (Valtierra, Navarra) (Maluquer 1953: 254). En lo que respecta a la relación que mantienen las lúnulas con el resto de objetos recuperados en los túmulos, el aspecto más relevante es la total ausencia de armas, que podría interpretarse como una pauta relacionada con cuestiones de género. No obstante, en algunos casos, sí aparecen asociadas a elementos que aparecen en tumbas preferentemente masculinas, como son los utensilios metálicos vinculados con ritos de sacrificio y banquete, en concreto a dos cuchillos en la e. f. 149 y a un cuenco de plata y una pátera de bronce en la e. f. Los ajuares de las sepulturas con lúnulas, salvo excepciones como las e. f. 123 y 155, presentan un importante número de elementos de indumentaria y
Los trabajos arqueológicos llevados a cabo durante las dos últimas décadas en el sur del territorio portugués han cambiado sustancialmente el cuadro de información disponible para el análisis de la transición entre los finales de la Edad del Hierro y el inicio de la presencia romana en esta región. En este trabajo se pretende presentar una visión actualizada de los elementos arqueológicos que caracterizan estos momentos, interpretándolos a la luz de las nuevas perspectivas que permitan una mejor comprensión del proceso de romanización del territorio actualmente del sur de Portugal. Cerâmica de tipo Kuass de contextos romano-republicanos de Faro (segundo Sousa, 2009, modificado). Com efeito, a baliza cronológica que marcou o início do período republicano na costa algarvia coincide com o apogeu das importações anfóricas itálicas no Extremo Ocidente (Bernal Casasola et alii 2013: 359), uma fase durante a qual uma "(...) convulsa situación en la Península Itálica durante estos mismos años parece haber favorecido la inmigración de numerosos itálicos a la P. Ibérica (Diodoro 5.36) y haber generado con ello las bases de una "romanización" creciente de las estruturas económicas en Hispania" (Bernal Casasola et alii 2013: 359).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0. La producción y comercio de derivados del pescado fue para el área occidental del Mediterráneo y su apéndice atlántico un recurso estratégico clave durante la Antigüedad. En particular, su producción y comercio fue un ingrediente principal de la economía de la Bahía de Cádiz y de la ciudad fenicio-púnica de Gadir. Esta importancia de la pesca, la sal y las salazones se tradujo en la creación de una importante red de infraestructuras productivas y en especial de gran número de chancas para salar el pescado y de alfarerías donde se manufacturaron los envases anfóricos para el transporte. El crecimiento exponencial de los datos arqueológicos disponibles sobre chancas, alfares y ánforas gaditanas en las últimas décadas permite ahora tener una visión precisa del modelo territorial y de la morfología de estos centros industriales, así como de la evolución formal de los envases. Presentamos aquí una aproximación a una de las etapas de mayor esplendor de esta economía marítima basada en la salazón, centrada en el análisis de las evidencias del siglo v a.C. de la bahía gaditana. En este caso, partiendo de los datos de alfares y saladeros, se propone una cuantificación teórica de la productividad de estas infraestructuras (número de ánforas fabricadas, cantidades de pescado y sal manejados por la industria, etc.) y de la estandarización de las formas, medidas y pesos de las ánforas locales del momento. La producción de ánforas para el transporte de las salazones de pescado de la Bahía de Cádiz durante la Antigüedad ha sido abordada desde múltiples perspectivas metodológicas por una densa historiografía generada principalmente a lo largo de las últimas décadas, la cual ha contemplado desde análisis con Archivo Español de Arqueología 2017, 90, págs. 219-246 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.090.017.010 enfoques puramente tipológicos hasta estudios históricos o de examen de contextos arqueológicos de producción y comercialización. Ahora bien, hasta el momento, una vía apenas explorada ha sido la relacionada con el cálculo de los sistemas de capacidad y peso ligados a estas producciones anfóricas destinadas al transporte de mercancías, así como la aplicación de este tipo de estudios cuantitativos al examen de la estimación del potencial de productividad de los centros artesanales gaditanos. Estas experiencias de cuantificación comenzaron hace años con iniciativas como la Association on Computer Applications and Quantitative Methods in Archaeology International Society (http://caa-international. org/), para el desarrollo de métodos matemáticos y computarizados para la investigación arqueológica, y actualmente se encuentran muy extendidas en la generalidad de equipos arqueológicos a escala global aunque hayan tenido una escasa implantación en el ámbito local gaditano. En este trabajo se presenta un avance de nuevas investigaciones interdisciplinares desarrolladas en esta línea, para lo que se han tomado como primer estudio de caso los ambientes industriales fenicios tardoarcaicos de la bahía gaditana durante el siglo v a. C. El objetivo esencial ha sido establecer una primera aproximación a la cuantificación de los volúmenes totales de producción de los géneros envasados en ánforas y comercializados desde este foco durante dicha centuria. Obviamente, no se trata de una elección casual, pues a la oportunidad brindada por un registro arqueológico cada vez más abundante y contextualizado, se une el hecho de que Gadir fue sin duda una de las principales ciudades portuarias del ámbito fenicio-púnico occidental durante el periodo objeto de atención. Por ello, y por las conexiones comerciales establecidas por la ciudad hacia el Mediterráneo central y oriental, el interés de las conclusiones que se presentan en este trabajo excede el marco del análisis local o regional. La metodología seguida para afrontar esta tarea de cuantificación ha combinado la selección y estudio detallado tradicional de los contextos e ítems arqueológicos significativos con el tratamiento informático de estos datos (dibujos de cerámicas, planos y alzados de estructuras, etc.) mediante software especializado en el procesado gráfico (AutoCad) y matemático (Mathematica). En el caso de las capacidades de carga o contenido de los hornos alfareros y piletas analizados para esta primera experiencia analítica, se ha procedido a su muestreo y estudio a partir de recreaciones en 2D, elaboradas sobre la base de los planos de las estructuras originales y atendiendo a sus particularidades arquitectónicas. Para el estudio de las ánforas se han seleccionado 25 ejemplares completos o casi completos de una misma serie tipológica (Ramon T-11213), con el fin de no alterar los resultados obtenidos en la cuantificación volumétrica. Así, se ha procedido a la reconstrucción digital de los ítems seleccionados mediante el dibujo de su perfil en 2D, para su posterior análisis matemático. Para el cálculo de las capacidades de los contenedores estudiados, se ha utilizado un método relativamente simple, empleando los perfiles digitalizados en dos dimensiones en forma de spline vectorial (interpolación de una curva suave a partir de coordenadas) de estos objetos. Para ello, se ha tomado una serie de puntos de control a intervalos normalizados, en la spline del perfil interior de cada recipiente de estudio. El método utilizado ha consistido en varios pasos (Fig. 1A). En primer lugar se ha redibujado cada perfil interno de cada ánfora utilizando el programa de dibujo vectorial AutoCad, desde donde se han estipulado también puntos de control a intervalos normalizados para la obtención de las coordenadas (x, y) necesarias para el cálculo matemático posterior. Estas coordenadas serán dadas a priori en puntos Cad. Seguidamente, se ha procedido a tomar las cotas entre el eje de revolución definido por la base y la boca del objeto (x) y estos puntos de control (y). En cada caso individualizado, se ha estimado una longitud máxima del eje de revolución hasta el arranque del labio de cada ítem, teniendo en cuenta un espacio vacío de contenido para la inclusión de un sellado plástico, opérculo o tapadera destinados a hermetizar estos contenedores (Fig. 1B). Para evitar la acumulación de errores de cálculo, los puntos Cad obtenidos mediante esta metodología se han escalado mecánicamente a posteriori conforme a las medidas de cada base primaria de dibujo en centímetros. A continuación, estos puntos se han trasladado al software de cálculo computacional Wolfram Mathematica, redibujando cada perfil a modo de spline mediante sus coordenadas (x, y) escaladas (Fig. 1C). A cada conjunto de datos se les ha aplicado un método numérico de cuadratura (método de aproximación de integrales) para aproximar el volumen hipotético de cada uno de los objetos de estudio. Este cálculo se ha repetido sistemáticamente para todos los ejemplares estudiados, con el objeto de crear un conjunto de datos suficientemente contrastado para su posterior consideración estadística. Asimismo, se ha repetido cada operación en las ánforas que no conservaban el perfil completo, de manera que para estos cálculos se han considerado tanto los datos reales (conservados) como los estimados (partes interpretadas y restituidas a partir de los casos que sí conservaban íntegro el contorno). Finalmente, se ha procedido a la interpretación y análisis estadístico de estos datos, a fin de hallar las medias aritméticas aproximadas necesarias para la argumentación y justificación de los análisis defendidos en nuestras hipótesis. Aunque el método utilizado por nosotros difiere en el proceso del cálculo matemático de la spline interior del ánfora, se aproxima a otras experiencias de cálculo recientes sobre recipientes cerámicos (vide. Otros métodos de cuantificación volumétrica han sido planteados en los últimos años sobre materiales prerromanos de diversa tipología y enmarque geográficocultual (algunos ejemplos en Lawall 2000; Vanhove y Constales 2002), resaltando el ámbito de las ánforas griegas, en el cual este tipo de acercamientos está mucho más generalizado (significativamente: Grace 1949; Wallace 1986; Monachov 2005). Para la estimación de las cantidades globales de producción obtenidas a partir del análisis conjunto de ánforas, hornos y chancas ha debido acudirse prioritariamente al empleo de paralelos arqueo-etnográficos, que en cierta medida han permitido corregir y matizar las posibles desviaciones de los cálculos. No obstante, cabe advertir en esta introducción que los resultados obtenidos no pretenden constituirse como un nuevo paradigma cuantitativo, sino más bien se presentan como una primera referencia sobre la que seguir sumando información (procedente de nuevos talleres artesanales, pecios, etc.) y por tanto continuar afinando la estimación total del impacto comercial de los productos gaditanos envasados en ánforas durante la fase de esplendor inmediatamente posterior al final de la fase arcaica. En este caso, se ha decidido ceñir este primer avance de conclusiones al marco de la etapa de pro-Figura 1. Representación gráfica de la metodología empleada para el cálculo de la volumetría de las ánforas estudiadas (A) y aproximación matemática de la spline interior del perfil conservado del ánfora a partir de las coordenadas obtenidas en AutoCad (B). En la parte inferior (C), ejemplo de cálculo del volumen interno de una de las ánforas incompletas del pecio ibicenco de Tagomago (perfil del ánfora a partir de Ramon 1995). Por tanto, el periodo objeto de atención en estas páginas se centrará entre las últimas décadas del siglo vi a. C. y los dos primeros tercios del v a. C., momento para el cual existe un amplio y sólido registro arqueológico estratificado que permite afrontar una primera tentativa de análisis como la acometida en estas páginas. Asimismo, cabe recordar también que se trata de una de las fases históricas de mayor interés para la bahía gaditana prerromana, pues no sólo corresponde al momento de transición entre los modelos territoriales y socio-económicos coloniales y urbanos, sino al del "triunfo comercial" de Gadir y de sus salazones de pescado, dando lugar a una de sus etapas de mayor proyección internacional y prosperidad. LAS CUENTAS CLARAS: BASES MATERIALES Y CUANTITATIVAS DE LA PROPUESTA El análisis cuantitativo que defienden estas páginas se sustenta en unos cimientos arqueológicos cuya solidez ha sido generada por la acumulación de décadas de excavaciones preventivas y sistemáticas, así como de estudios que han venido poniendo el acento en el vital papel de las actividades alfareras y conserveras en la Bahía de Cádiz durante la Antigüedad (Fig. 2). Será necesario para sustentar nuestras tesis presentar ahora los datos relativos a los tres pilares fundamentales objeto de estudio: en primer lugar, las ánforas de transporte fabricadas en el siglo v a. C. en Gadir y usadas para el comercio, sobre las cuales se detallarán sus características tipo-cronológicas y volumétricas; en segundo lugar, los hornos alfareros donde se cocieron estos envases, cuya autopsia permitirá determinar la tendencia general en cuanto a capacidades productivas de este tipo de instalaciones en el periodo estudiado; y por último, las chancas, y en particular la volumetría de las piletas, aspecto que irá de la mano de algunas reflexiones sobre los productos elaborados en ellas y en definitiva a los posibles contenidos transportados en el interior de las ánforas. Las ánforas gadiritas de los dos primeros tercios del siglo v a. C.: formas, cronologías y volúmenes El catálogo de envases de transporte gadiritas tardoarcaicos (excluyendo formas de gran porte como los pithoi, usualmente consideradas como destinadas al almacenamiento) se reduce a unas pocas formas entre las cuales las de tipología fenicia derivadas de los modelos arcaicos copan la práctica totalidad del volumen global de la producción. Las ánforas T-11213 (Maña-Pascual A4 antiguas, grupo GDR-1.1 en nuestra reciente propuesta; Cfr. Sáez 2014a) son formas bicónicas descendientes directas de las formas "de saco" arcaicas (Fig. 3), que han sido ligadas tradicionalmente a la gran expansión comercial del negocio salazonero gadirita de la etapa tardoarcaica/clásica (Ramon 1995: 235). Se trata del primer eslabón de la familia anfórica más característica de la región geohistórica del Estrecho en época prerromana, extendiéndose sus versiones más recientes aún más allá de la conquista romana. Las bocas de T-11213 suelen presentar una cierta tendencia a quedar invasadas, es decir, con tendencia a cerrarse, conservando grosso modo las dimensiones que tenían sus antecesoras en cuanto a diámetros de borde (usualmente, entre 12-14 cm). La tipología de los labios puede ser un indicador Figura 2. Esquema del modelo territorial de Gadir en época púnica, con indicación de la ubicación de los yacimientos conserveros y alfareros más relevantes citados en el texto (a partir de Sáez Romero 2014a). cronológico y tipológico de interés, aunque no puede trazarse una asociación inequívoca entre formas de labio y perfiles en base al material disponible, por lo que procede tomar estas indicaciones como regla general en la cual no son infrecuentes las excepciones (Ramon 1995: 234-235). En cuanto a la longitud y diámetro máximo del cuerpo, parece que las versiones más antiguas de fines del siglo vi e inicios del v a. C. se iniciaría en los talleres gadiritas una tendencia a generar contenedores más alargados (aunque sin una pérdida significativa de diámetro máximo, que se mantiene entre los 44-48 cm, siendo más frecuentes los mayores de 45 cm). Este estiramiento preludia una característica de las posteriores T-11214/5 (GDR-1.2), llegando a incrementar la talla de los contenedores en unos 10 cm respecto a prototipos iniciales (manteniéndose normalmente en torno a 96-108 cm; Fig. 3). Si consideramos el conjunto de la muestra analizada en estas páginas, es decir, el grupo tradicional-mente reconocido como Ramon T-11213 sin matices de evolución interna, los datos son algo distintos (Fig. 4). En concreto, la longitud máxima de los envases (hasta el labio, excluyendo por tanto el espacio para el cierre del ánfora) se situaría en torno a los 102,78 cm, siendo la mínima registrada de 85,64 cm. La media de longitud total de la muestra es de 91,91 cm, considerando conjuntamente las ánforas completas y las reconstruidas por el interior y desde el fondo hasta el comienzo del labio. En cuanto a los diámetros máximos, el superior sería de 44,32 y el mínimo documentado de 34,58 cm, situándose la media de los diámetros máximos del cuerpo de la muestra en 39,68 cm (Fig. 5). La experiencia en el análisis de estos horizontes materiales/cronológicos sugiere sin embargo que estas normas generales no parece que puedan servir como referencia cronológica indiscutible para individuos aislados o fuera de contexto, pues no debieron ser pocos los casos de encabalgamientos productivos en el seno de los talleres locales en particular en la transición entre los siglos vi-v a. Por ello, para el cálculo volumétrico hemos estimado que cada recipiente no iría colmado hasta el borde de cada ánfora, sino que su llenado permitiría la hermetización a posteriori de cada recipiente. La longitud máxima de la curva spline de cada recipiente viene condicionada por esta estimación, realizada siguiendo en cada caso la forma individualizada de cada ánfora. Ello explica, junto a otras cuestiones, la oscilación en la longitud máxima estimada para obtener el volumen de cada ejemplar. La fabricación de este tipo (T-11213) que da origen a la serie debió extenderse entre los decenios finales del siglo vi y el inicio del último cuarto del siglo v a. Desde su identificación, estos contenedores han sido asociados de forma casi mecánica al transporte de las conservas de pescado citadas por las fuentes clásicas, especialmente tras la difusión de los resul- no cerrar la puerta a la posibilidad a otros contenidos (vinos locales, salazones cárnicas, otros derivados agropecuarios, etc.). Siguiendo la metodología descrita más arriba, el análisis volumétrico de la muestra de 25 ánforas T-11213 propuesta para este estudio permite inferir que la media aritmética del volumen contenido en estos ítems se aproximaría a los 52,93 litros. Hay que tener en cuenta que para obtener esta media se han utilizado 8 ejemplares completos y 17 casi completos, siendo el mínimo de la longitud conservada utilizada para este fin de 55,82 cm y teniendo en cuenta, como defendimos más arriba, que la media de la longitud de estas ánforas (hasta el arranque el labio) es de 91,91 cm. De esta manera, el máximo de los datos reconstruidos se aproxima en los casos más extremos a un tercio del ánfora completa. Con todo, la reconstrucción inferida sigue la spline del perfil propuesta por los ejemplares completos, por lo que puede aceptarse que el posible error acumulado por estos datos estimativos no ha debido alterar en demasía los resultados obtenidos. La reconstrucción del perfil de los ejemplares incompletos se basa en un conocimiento empírico profundo de estos contenedores que permite su restitución mediante paralelos y analogías morfológicas (pues en alfares como Camposoto, Villa Maruja-Janer o Torre Alta, entre otros, se cuentan por centenares los fragmentos de fondos hallados en los testares junto a los individuos reintegrados con perfiles casi completos). Por ello, presuponemos que los cálculos aproximados a partir de estas reconstrucciones están bien asentados metodológicamente; no obstante, los cómputos matemáticos constatan que los ejemplares muestreados se sitúan en una horquilla longitudinal que difiere en 5-15 cm medios de longitud. La oscilación longitudinal de la muestra debe entenderse entonces debida a los diferentes talleres, momentos cronológicos y evolución tipológica de cada uno de los contenedores, cuestión que en el futuro quizá permita inferencias más profundas para la ordenación de la serie. Respecto al peso del contenido de estas ánforas, merece la pena recordar que un taco seco de las medidas de Corinto (7,5 x 3,5 x 11,8 cm), después de dos/tres semanas de curación y por tanto deshidratado y listo para transporte, tendría un peso aproximado en torno a c. Partiendo de esta base Figura 6. Resultados de la experimentación para la reproducción de los procesos de producción del tàrichos: fragmento de piel y escamas de atún documentado en Corinto (A); trozo de atún en fresco cortado según las medidas de Corinto (B); y estado final de la conserva tras tres semanas de permanencia bajo la sal (C). Sin embargo, partimos de un problema metodológico en cuanto al cálculo de la media de los pesos de las T-11213, pues hay que admitir que sólo disponemos de los datos que nos proporcionan 6 ejemplares casi completos pero fragmentados (Fig. 5). Estos datos varían mucho, lógicamente, dependiendo del total conservado, por lo que hay que considerar tanto el rango (es decir: los ejemplares fragmentados pesan entre 11,8-20,3 kg) como la media de estos ejemplares fragmentados (14,5 kg). Por todo ello, parece que las ánforas gadiritas cuyo peso fragmentado conocemos serían muy semejantes a la observada por Zimmerman-Munn ( 2003) en Corinto, que pesaría unos 14 kg. A este respecto, el ánfora casi completa G de Camposoto (Fig. 5) pesa 14 kg casi exactos, lo cual supondría un peso bruto total de nada más y nada menos que circa 71 kg por ánfora (Fig. 7). Aún con los datos escasos que poseemos, y siempre dentro del terreno de la hipótesis, es muy posible pensar que esa cifra pueda estar cercana a la media, siempre suponiendo un contenido a partes iguales entre atún y sal (aunque es posible que una vez salado y seco fuera necesaria menos sal, o ninguna, para el transporte). Los hornos alfareros: tipologías y capacidades productivas En las tres últimas décadas, el panorama respecto a esta cuestión ha variado desde una absoluta carencia de referencias arqueológicas hasta la existencia de un creciente conjunto de excavaciones publicadas que actualmente ilustran con amplitud los alfares prerromanos de la bahía gaditana. El grueso de estas instalaciones parece haberse desarrollado entre el tramo final del siglo vi a. C. y los inicios de la etapa romana en el solar de la denominada Antipolis (actual San Fernando), cuyas condiciones naturales hacían de esta mitad meridional del hinterland insular un escenario idóneo dada la abundancia de recursos básicos y la accesibilidad a las vías acuáticas. Sería prolijo glosar ahora la ingente cantidad de excavaciones y puntos documentados a lo largo de los últimos años, así como la no menos masiva bibliografía generada en consecuencia. Sin embargo, cabe citar para la fase puede suponerse, por tanto, que un volumen de 309,75 cm3 equivale a c. Así, si dividimos el contenido del ánfora en volúmenes iguales de sal y atún 3, ésta portaría un total de circa 28 kg de pescado y 29,11 kg de sal (medida a 1,1 kg/l), lo que supone un peso neto total de 57,12 kg para el contenido. Si bien es posible pensar que la cantidad de sal y pescado envasados se medirían según su peso y no su volumen, por lo que quizás deberíamos pensar en aproximadamente c. 28 kg de sal por ánfora, lo que nos daría un peso neto de en torno a 56 kg. Estos cálculos son evidentemente una aproximación ya que debió darse un margen de variación debido por ejemplo a que la cantidad de sal envasada podría ser sensiblemente menor, aún más si tenemos presentes paralelos etnográficos contemporáneos mucho mejor documentados4 (Spínola, 2004: 78; Pérez-Rendón et alii 2009: 22-24). Para calcular aproximadamente el peso bruto total de cada ánfora, habría que añadir el peso del envase. da en estos hornos ha posibilitado que ambas fuentes puedan ser cruzadas con el fin de intentar asentar las primeras bases de cuantificación de dicha actividad manufacturera, lo que podría arrojar interesantes datos acerca de los volúmenes de producción anual de cada centro, así como una primera aproximación al tonelaje global de la misma. Así, en este caso nos centraremos en la fabricación de envases anfóricos para el transporte comercial, contenedores directamente vinculados a la circulación mediterránea de las salazones de pescado locales. Para nuestro acercamiento preliminar decidimos seleccionar algunas de las estructuras mejor caracterizadas desde el punto de vista cronológico y en un grado de conservación suficiente como para permitir una reconstrucción ajustada de la superficie útil del laboratorio (cámara de cocción) que a su vez permitiese una aproximación cuantitativa de su capacidad objeto de nuestra atención casos particularmente destacados y que serán eje central de nuestras propuestas, como Camposoto (Ramon et alii 2007) o Calle Real (Lavado y Sáez 2009), en los cuales se han exhumado estructuras fornáceas y vertederos datados en el curso del siglo v a. C., y otros emplazamientos como Villa Maruja-Janer donde, además de grandes áreas de testar (Bernal et alii 2003; Sáez y Belizón e. p.), en la actualidad se están excavando nuevos hornos correspondientes a sus fases de actividad tardoarcaica. A partir del análisis de este nutrido conjunto de hornos alfareros gadiritas parece factible (y hasta imprescindible) seguir dando pasos adelante en su estudio más allá de su caracterización tipológica y tecnológica y abrir nuevas líneas que hasta ahora la escasez de bases arqueológicas no había permitido explorar. Paralelamente, el progreso en la definición tipo-cronológica de la producción anfórica desarrolla-Figura 8. Propuesta de fórmulas de carga de cocciones de ánforas T-11213 en el horno H-1 del taller de Camposoto. de carga ideal. Del mismo modo, también ha primado como criterio de selección contar con información suficiente como para asociar tipos anfóricos concretos a la actividad de cada uno de estos hornos y particularmente que en los casos estudiados se constatase sin lugar a dudas la producción del tipo T-11213. Hay que señalar que necesariamente se trata en todos los casos de reconstrucciones basadas en hornos cuya arquitectura ha debido de ser restituida parcialmente ya que, desafortunadamente, ninguno conservaba íntegramente el alzado del laboratorio y prácticamente todas las estructuras analizadas habían perdido también la parrilla o la cubierta del corredor de alimentación. Existe por tanto un razonable margen a la duda en cuanto a los espacios físicos calculados para la superficie de los laboratorios, lo que indefectiblemente implica que la agrupación de las ánforas en su interior pudo ser algo distinta de la propuesta por nosotros. De igual forma, la disposición de los envases dentro de la cámara pudo adoptar un buen número de fisonomías, pues calculada la superficie relativa de las ánforas a la misma escala, hemos podido comprobar que es muy posible que su ajuste pudiera corresponder a criterios de optimización y ordenación sistemática, cuestión que puede trasladarse a las diferentes variables factibles en lo relativo a su apilamiento en dos o más niveles superpuestos. Asimismo, no se tiene constancia directa de que la cocción de ánforas se preparase en hornadas monográficamente dedicadas a un tipo, al contrario, parece que debió implicar cocciones mixtas compartidas por múltiples clases cerámicas. Se trata por tanto de un primer paso que deberá ser complementado en el futuro con nuevas experiencias teóricas desarrolladas desde la perspectiva de la virtualización, pero también a partir de la Arqueología Experimental a través de la recreación física de alguno de los ejemplos seleccionados y de los procesos de fabricación. La industria cerámica de la etapa tardoarcaica se encuentra en la actualidad razonablemente bien representada en base a los tres conjuntos de estructuras documentados en Camposoto, que serán tomados aquí como paradigma de referencia de entre las varias decenas de talleres que debieron estar diseminados por el territorio rural insular meridional produciendo en paralelo (Sáez 2008(Sáez, 2014a(Sáez y 2014b)). Tomando como principal criterio discriminatorio el estado de conservación, seleccionamos el denominado H-1 de Camposoto como modelo para la experimentación (Fig. 8), debido a que gran parte de la parrilla y algunas hiladas del laboratorio se han preservado, dejando escaso margen a la duda respecto a la delimitación del espacio de carga interior con un diámetro casi circular de unos 2,4 m. Hemos partido de la hipótesis de que, para garantizar una mayor estabilidad, las ánforas habrían sido colocadas bocabajo (con el labio apoyado sobre la parrilla), lo que habría permitido un mejor encastre de hiladas sucesivas bien posicionadas entre las del nivel inferior o sobre los fondos apuntados de éstas. En este sentido, es frecuente encontrar diferencias de coloración notables entre los fondos y el resto del cuerpo (con un predominio de tonos más oscuros o rojizos), lo que podría estar indicando precisamente que esta práctica del encastre debió ser frecuente durante los procesos de cocción. Las combinaciones para maximizar la capacidad de carga del laboratorio obviamente son más numerosas que la que proponemos, especialmente si consideramos la mencionada interacción entre clases cerámicas (probablemente ánforas, pithoi y comunes de cierto volumen) en un mismo esfuerzo de cocción, y sobre todo si -como parece lógico-los intersticios entre los individuos más voluminosos fuesen rellenados por ítems de menor porte que ayudarían a rentabilizar el proceso pero también a calzar las ánforas/tinajas. Dado que el diámetro del horno habría rondado los 240 cm y teniendo en cuenta que la anchura media de las T-11213 halladas en el yacimiento se situaría en torno a los 43 cm, ha sido posible calcular que la capacidad de este horno H-1 se aproximaría a los 18-20 envases en una primera hilera situada sobre la parrilla, siempre que todos los envases fueran colocados bocabajo para facilitar su estabilidad (Fig. 8A). Según nuestros cálculos, tanto una disposición ordenada como otra desarrollada a partir de un rellenado menos regular desde las paredes hacia el centro arrojan cifras similares, habiéndose evitado además en cualquier supuesto el que las bocas de las ánforas tuviesen contacto directo con los huecos de las toberas de la parrilla. Es posible que fragmentos cerámicos, arcilla cruda (o semi-cruda, en forma de adobes o fragmentos de adobes) u otros elementos hubiesen sido usados por los artesanos gadiritas para evitar un efecto reductor en la cocción del interior de las ánforas, dejando para ello un espacio entre las bocas y el suelo de la parrilla. Aunque desde nuestra perspectiva actual cuenta con menos opciones (dado también su menor capacidad de optimización de la carga), no es posible descartar una colocación en sentido inverso de las ánforas dentro del laboratorio (boca arriba), pudiendo usarse para su sostén y separación de la parrilla los soportes de tipo carrete bien documentados en la propia producción del alfar de Camposoto contemporánea a la actividad de estos hornos tardoarcaicos. Sobre esta hilada inferior, en cualquiera de las dos posiciones posibles y en distribuciones más o menos El estudio del Horno 2a del mismo taller (Fig. 9A), prácticamente gemelo al H-1 en dimensiones y técnica edilicia, ha arrojado unos datos idénticos en lo referido a la cuantificación de su producción, lo que duplicaría el potencial del taller durante su fase vital inicial. Posiblemente otro horno (H-4) de tamaño medio, aunque menor que los anteriores, también habría funcionado durante el siglo v a. C., aunque no es segura su vinculación con la producción de ánforas. El cálculo aproximado de su capacidad, en el supuesto más optimista, permite sospechar que un máximo de 11 ánforas del tipo T-11213 podrían haber sido alojadas en el laboratorio del H-4 (Fig. 9B), aunque la morfología irregular de su planta y su deficiente estado de conservación impiden tener la deseable certeza en lo relativo al diámetro de su cámara de cocción. Una cifra aún menor arroja la experimentación realizada sobre la planta del horno H-3 (pareja funcional del H-2a y por tanto contemporáneo a su actividad; Fig. 9C), cuya forma elipsoidal determina un difícil encaje de las T-11213 limitando sus posibilidades hasta los 6 envases por cocción (es posible que por sus dimensiones y cercanía a un horno mayor, el H-3 fuese dedicado a otras producciones de menor porte). Así, una hornada conjunta de las estructuras H-1, H-2a y H-4 habría supuesto una capacidad de producción muy notable de ánforas y elementos de gran volumen (en el supuesto más regularizadas, probablemente se habría colocado una segunda hilera que quizás pudo aprovechar los huecos entre ánforas para quedar a una altura media, añadiendo 12 contenedores más y aportando al mismo tiempo mayor solidez a esta colocación pseudo-piramidal, al impedir el movimiento de la hilera inferior. Sobre estas prietas y estables dos primeras tandas habrían podido apilarse una o dos capas más: en el primer caso, probablemente encastradas sobre los fondos del primer nivel (con un máximo de nueve); y en el segundo, repitiendo la estructura de las dos hiladas iniciales (encastradas sobre sus fondos, aportando un máximo de 33 ánforas). En el primero de estos supuestos, la cámara de cocción habría debido elevarse desde el paleosuelo apenas algo más de 1-1,2 m (Fig. 8A.), mientras que en el segundo, la posible cúpula habría tenido un desarrollo completamente aéreo de un mínimo de 1,5 m (Fig. 8B). En resumen, la opción de una carga más estandarizada y con dos niveles (cuatro hiladas muy juntas) haría posible una cocción en cada hornada de unas 60 ánforas, mientras que el supuesto basado en un alzado del laboratorio menor (tres hiladas, con la superior considerablemente reducida) arrojaría una cifra no superior a 39-40 ánforas por esfuerzo de cocción. La propuesta de reconstrucción que hacemos de la cubierta del laboratorio es apenas una estimación de altura y morfología basada en la tendencia general a suponer, por paralelos etnográficos y arqueológicos (Hodges 1971; Luzón 1973; Falsone 1981; Dawson y Kent 1984; Cuomo di Caprio 1984y 1992; Anderson 1989; Hasaki 2002; Cardona 2011), que estos espacios se habrían cubierto con cúpulas someras o provisionales más o menos apuntadas, aunque en realidad nada impide pensar igualmente que la cubierta de estos espacios se conformase mediante el apilamiento desordenado de elementos cerámicos desechados, barras de adobe u otros objetos reaprovechados y perfectamente removibles para controlar la entrada/ salida de aire y humo. Hay que considerar además que, en la generalidad de casos, parte del alzado de esta cámara superior habría estado bajo el nivel de suelo (quizá 1 m o más como media, si bien existieron casos muy superiores como el H-3 de Camposoto, con casi el doble de laboratorio soterrado; Ramon et alii 2007), lo que habría simplificado la ejecución de estos alzados aéreos de adobe. Además, este carácter semisubterráneo de los laboratorios parece sugerir que probablemente la carga se realizase desde arriba, posiblemente provocando la necesidad de tránsito de los propios artesanos por encima de la parrilla durante el proceso de colocación. En total, el Horno 1 de Camposoto insinúa que, como poco, pudo producir en un solo proceso de optimista, alrededor de unas 140-150 ánforas por cada hornada conjunta). Partiendo de la posibilidad de una cocción semanal (cuatro al mes), nuestros cálculos ofrecen una cifra promedio quincenal para el conjunto de estos dos hornos tardoarcaicos principales de Camposoto de entre 80 y 120 ánforas, lo que en un régimen regular con climatología adecuada habría generado un mínimo de 320-480 ánforas al mes entre ambos hornos principales (si sumamos la citada aportación del H-4 (unas 44 ánforas en el supuesto más optimista) y del H3 (unas 6 ánforas como máximo) parece que puede asegurarse el medio millar mensual. Ahora bien, es probable que nunca se alcanzasen estas cifras dado que, recordemos, los hornos posiblemente combinasen la producción de estas ánforas con pithoi, jarras biansadas, lebrillos y otros recipientes comunes que habrían ocupado buena parte del volumen de los laboratorios reduciendo por tanto sensiblemente la cifra. Además, es muy factible que el proceso de producción de las piezas a cocer y de reparación de las estructuras fornáceas conllevase más tiempo del margen de una semana, por lo que consideramos más probable la cifra de dos cocciones al mes (es decir, un máximo de 160-240 ánforas al mes para la producción de los hornos principales de Camposoto). Tomando como referencia este último supuesto y sospechando una actividad reducida a los dos hornos principales del taller, sostenida a lo largo de todo el año dos veces al mes habría supuesto una cifra máxima de 1.920-2.880 ánforas (que se verían reducidas a 1.280-1.920 si consideramos una temporada reducida a 8 meses al año). En el caso de cuatro cocciones mensuales, incluso si tomamos una referencia prudentemente reducida a unos 400 individuos de media al mes (considerando pérdidas por cocciones defectuosas y espacio dedicado a otro tipo de piezas), la actividad alfarera de este taller sostenida a lo largo de todo el año habría generado una masa anfórica del orden de 4.800 envases; sin embargo, si nos ceñimos a calcular la producción sólo durante la temporada climatológica más favorable, coincidente con las migraciones atuneras entre marzo y octubre, la cifra se reduciría a unas 3.200 (2.400 si aún consideramos un menor ritmo productivo de unas 300 ánforas/mes). En cualquier caso, aun en supuestos muy cautelosos, se trata de números realmente estimables de envases para el comercio de los dos primeros tercios del siglo v a. C. (Fig. 10), periodo de actividad de estos hornos tardoarcaicos de Camposoto (no inferiores en todo caso a más de un millar en cualquiera de los supuestos considerados). Si elevamos el enfoque hacia la producción global generada por las áreas alfareras de la Antipolis gadirita, debemos considerar que este tipo de horno pudo ser un modelo frecuente en este periodo (como parecen sugerir los recientes ejemplos exhumados en Calle Real o Villa Maruja-Janer), aunque cabe ser prudentes al respecto hasta contar con más casos excavados. Suponiendo que así fuese, y que cada taller activo en la primera mitad del siglo v a. C. dispusiese al menos de un horno similar al H-1 de Camposoto, contando que son un mínimo de veinte las localizaciones insulares que ofrecen ya indicios de actividad durante dicha centuria (seguramente reflejo de un número mucho mayor), la producción conjunta anual de tipo estacional -entre marzo y octubre-ascendería a unos 25.600 envases (si partimos de una producción media semanal de 40 ánforas y 160 al mes) o unos 38.400 (si consideramos la frecuencia 60 ánforas/semana y 240 al mes). Las cifras no varían demasiado si reducimos el total a una cocción cada quincena, dado que si atendemos al modelo de alfar ejemplificado por Camposoto parece probable que cada localización contase al menos con dos o más hornos de este tipo de gran formato. Estas cantidades se incrementan notablemente si añadimos los cuatro meses considerados climatológicamente desfavorables y ajenos a la campaña migratoria atunera, lo que no excluye el que se pudieran fabricar envases antes para su almacenamiento previo (generando así un stock aprovechable en una o varias anualidades 5 ) o su utilización para el envasado de 5 En un trabajo muy reciente se han recopilado interesantes evidencias relativas a la perduración en uso durante todo el año de alfarerías de época romana imperial del valle del Gua-otros productos como el vino (hay que recordar que la vendimia tradicionalmente se desarrolla en el mes de septiembre y que existen indicios de ella en otras áreas de la bahía púnica; Ruiz Mata 1995). Las piletas de salazón: tipologías y capacidades productivas El acercamiento cuantitativo a las realidades conserveras gaditanas ha sido hasta ahora una vía totalmente inexplorada, e incluso hasta no hace demasiado la única planta publicada de un saladero (Las Redes, El Puerto de Santa María, Cádiz) no permitía, debido a su esquematismo, discernir el volumen o la tipología propia de las pilas de las chancas púnicas locales. Por fortuna, el corpus de datos disponible actualmente referido a los saladeros de la bahía gaditana (Ruiz Mata et alii 2006; Sáez 2014a y 2014b) permite ahora avanzar nuevos pasos adelante en este aspecto de la investigación, ligando un conocimiento preciso de la morfología de las balsas a otras informaciones no menos fiables sobre las capacidades productivas del sistema conservero de Gadir. Las conclusiones de este apartado quedan insertas inevitablemente en el terreno de la hipótesis, y en ningún caso las cifras propuestas constituyen ningún tipo de referencia fija sobre la que pudieran sustentarse ulteriores hipótesis de interpretación aplicables a otros ámbitos o a niveles superiores de análisis histórico del asentamiento. En este sentido, debemos ser conscientes de que al menos otros dos factores esenciales dalquivir relacionadas con la manufactura de ánforas para el transporte oleario. Diversas inscripciones incisas y tituli picti han hecho posible determinar el que las ánforas de este tipo pudieron ser fabricadas años antes de su utilización, lo que obliga a ser cautos en los contextos de consumo respecto a un posible décalage entre el momento de fabricación, la comercialización y su amortización definitiva previas a la compra del envase por su destinatario final (Broekaert et nos son por ahora plenamente desconocidos, hurtando la posibilidad de construir cuantificaciones (tanto de volúmenes producidos como de cantidad de unidades/ producto comercializadas) dotadas de la deseable fiabilidad: por una parte, la inexistencia de datos sobre la morfometría y productividad de las salinas, y si existieron cauces alternativos de abastecimiento de sal para la confección de esta salazón costera (como la sal gema o de surgencias salobres del interior de la provincia gaditana); y por otra, la inexistencia de datos acerca de las dimensiones concretas de los cargueros gadiritas destinados a comercializar las ánforas en las que preponderantemente fueron envasadas dichas salazones, pues la práctica inexistencia de pecios excavados impide por ahora estimar con garantías cuestiones como el tonelaje o el número de envases que dichos mercantes pudieran haber transportado en un solo flete (o si fue frecuente su combinación con materias primas en bruto y otras manufacturas). Por ello, el objetivo de este análisis no es construir un esquema cuantitativo del comercio conservero gadirita al completo, sino más bien tantear la posibilidad de cuantificar el volumen de producto susceptible de ser fabricado y envasado en los centros industriales locales. Una valoración de los datos contenidos en la tabla adjunta (Fig. 11), derivados únicamente de las informaciones más fiables de los saladeros excavados, deja claro que las capacidades de producción generales desplegadas por las chancas de estructura púnica fueron bastante limitadas, aunque en conjunto consiguieron generar un volumen de producción y de emisión de envases de transporte destacados a escala mediterránea (Sáez 2008;2010;2014ay 2014b). La relativamente limitada capacidad de producir salazones y salsas saladas de estas agrupaciones de piletas de tipo púnico es patente si comparamos casos concretos bien contrastados en el propio escenario gaditano o regional de época romana imperial (Hesnard, 1998; Wilson 2006; Expósito 2007; Marzano 2013; Trakadas 2015), o también a ejemplos como el proporcionado por las instalaciones coetáneas de Sicilia (Botte 2009). Podemos tomar los complejos salazoneros de Puerto-19 (Puerto de Santa María, Cádiz) (Gutiérrez 2000) y Plaza de Asdrúbal (Cádiz) (Muñoz et alii 1988) (Fig. 12) como ejemplos representativos de "saladeros-tipo" continentales e insulares, respectivamente. El primero muestra una capacidad máxima de sus balsas de la fase tardoarcaica de 5,8 m 3 (si éstas contasen con 1,5 m de alzado) o 7,75 m 3 (considerando una elevación de 2 m de alto de la pared interna de las cubetas). Por su parte, en el segundo caso el volumen potencial se incrementaría hasta los 9,74 m 3 (cuatro pilas de 1,5 m de alzado) o incluso podría alcanzar los 13 m 3 (si estas piletas midieran unos 2 m de profundidad) en su etapa de funcionamiento tardopúnica. Desafortunadamente, en Plaza de Asdrúbal no es posible por el momento discernir si todas las balsas corresponden a su fase inicial o si parte corresponden a ampliaciones tardías del complejo púnico. Incluso este último caso de saladero insular, conjunto que parece mostrar en general una mayor capacidad que sus homólogos continentales (si atendemos al paralelo ofrecido por la chanca cercana de San Bartolomé), languidece en cuanto a potencial productivo si lo comparamos con los modelos de factorías inmediatamente sucesoras en el ámbito local periurbano de Gades (como la localizada en Teatro Andalucía, Cádiz; Cobos et alii 1997), que habrían compartido parcialmente los decenios en torno al cambio de Era con instalaciones tradicionales como la ubicada en la propia Plaza de Asdrúbal (Sáez 2014a y 2014b). Como parámetro general para los saladeros activos en el siglo v a. C. en la bahía gaditana, el registro arqueológico disponible sugiere que la nota común predominante (en relación a la función y operatividad de las pilas, siguiendo el modelo estudiado en Puerto-19 o San Bartolomé) es una aparente escasa capacidad de las chancas, normalmente dotadas apenas de una o dos parejas de piletas. En todos los casos excavados y mínimamente investigados hasta el momento tanto en el ámbito insular como en el con- tinental, el modelo de chanca parece repetir siempre los mismos parámetros en cuanto al espacio dedicado a la ubicación de las piletas estancas, que serían el "espacio-eje" sobre el que se vertebraría el resto del inmueble (Sáez y Bernal 2007). Probablemente el modelo más repetido habría sido el representado por centros como Puerto-19, arrojando en el supuesto más optimista un volumen útil situado en torno a los 5,5-5,7 m 3 (unos 5.700 l, considerando un alzado de 1,5 m), con unas diferencias mínimas entre ambas pilas en cuanto a dimensiones y morfología, puesto que es repetitiva la aparición de plantas de tendencia oval o pseudo-rectangular con los ángulos muy redondeados. No obstante, los datos ofrecidos por el saladero de San Bartolomé (con una capacidad de producción de 5.460 / 7.280 litros, estimando sobre 1,5 y 2 m de alzado de las balsas respectivamente) ilustran que posiblemente los saladeros de mayor envergadura ubicados en el ámbito insular de la isla Kotinoussa pudieron haber duplicado estos volúmenes, al menos en fases avanzadas de su actividad, dado que perduraron en uso durante centurias las mismas pilas heredadas de la tradición local tardoarcaica. Se trataría por tanto de una configuración estandarizada, pero cuya concepción dotaría de limitada capacidad productiva a estas instalaciones (sobre todo si se considera como única hipótesis válida la idea de que el producto piscícola a comercializar pudo realizarse en exclusiva en el interior de estas piletas). Es posible apuntar algunas hipótesis de trabajo, si bien, dada la relativa carestía de datos arqueológicos directos y la parcialidad de las citas literarias conservadas, apenas puede realizarse un acercamiento preliminar a estas cuestiones (García Vargas 2008). Así, es evidente que todo este debate necesita de una renovación de las vías de aproximación y de las metodologías empleadas para su análisis, siendo imperativa la irrupción en escena de baterías de analíticas arqueométricas de residuos realizadas sobre las paredes de las balsas estancas de las factorías, así como una mayor atención sobre los restos de paleocontenidos conservados en el fondo de estas pilas (con una aportación de la arqueoictiología hasta ahora mínima en el ámbito gaditano o en relación a ánforas gaditanas; Bernal et alii 2014a y 2014b). Del mismo modo, la realización de un acercamiento desde la Arqueología Experimental parece configurarse como una de las líneas más prometedoras, pudiendo recrear estos escenarios productivos de la forma más precisa posible, lo que permitiría verificar las sospechas y propuestas que desde hace décadas vienen sucediéndose en la literatura científica regional (algunas novedades sobre la reproducción de estos derivados piscícolas en laboratorio en García Vargas et alii 2014). Mientras no disponemos de dicho marco de comparación, nuestra interpretación de los datos gira en torno a la posibilidad de que los productos salados sólidos secos (tàrichos) hubiesen constituido desde el inicio la totalidad o el grueso de la producción gadirita, sin que por ahora sea posible confirmar el desarrollo de subproductos de tipo gàron en las factorías locales hasta al menos la etapa tardopúnica avanzada (momento para el cual la epigrafía y testimonios literarios como el conocido debate del garum sociorum hispano parecen disipar las dudas sobre la producción y circulación de estos derivados en ámbito occidental). En cualquier caso, la cuestión de mayor relevancia es que, bien en pilas de mampostería como en el interior de las propias ánforas (y/u otros recipientes cerámicos susceptibles de ser transportados), el procedimiento de salado podría haber sido muy similar al salprensado descrito por Columela (considerado una referencia válida desde García y Bellido 1942), cuyas recetas pudieron efectivamente beber de la propia tradición artesanal local de época púnica. En síntesis, estos salprensados consistirían en capas alternantes de sal y pescado bien selladas por una última capa de sal, sobre la cual se dispondría un elemento plano con suficiente peso para presionar el contenido hasta hacer aflorar la salmuera, que sería retirada gradualmente durante el proceso de elaboración. El tamaño de las piletas y su escaso número, considerado en relación a un volumen pesquero que se puede presuponer mucho mayor que su capacidad total, a un abastecimiento de sal abundante y a una producción anfórica de números muy elevados, resulta un elemento cuanto menos llamativo en este paisaje conservero gadirita, pues no existen razones evidentes que justifiquen porqué las chancas no contaron desde momentos iniciales con un mayor número de espacios estancos dedicados al salado de las capturas. De este modo, es posible que la función de las pilas, elemento central en la arquitectura de los saladeros gadiritas no fuese la de meros receptáculos transicionales del producto a salar, sino que contasen con un papel más concreto y relevante. Es decir, considerando la posible existencia en Gadir de prácticas como la fabricación de kerameia (productos directamente realizados en las ánforas, sin necesidad de un paso por piletas, bien en trozos o en forma de salsas), cabe la posibilidad de que las balsas estancas fuesen destinadas a la elaboración de productos concretos o de una calidad más elevada. Es posible incluso elucubrar acerca de la posibilidad de que estas albercas de capacidad moderada (en ningún caso parecen superarse los cuatro ejemplares en un mismo complejo, con un máximo total de 12 m 3 de capacidad) pudiesen haber servido específicamente para fabricar las versiones locales del gàron, mientras que el tàrichos pudo ser masivamente producido en las propias ánforas -o pithoi-inmediatamente tras las capturas en el mar o en tierra a pie de playa. Las piletas hubiesen ofrecido un espacio de trabajo que facilitaría el remover puntualmente la mezcla salada y el añadido de cantidades homogéneas de otros aditivos que dotasen de personalidad la receta local, permitiendo la remoción del contenido en un corto espacio de tiempo y su trasvase a ánforas para iniciar de nuevo el proceso. Todo lo expuesto se encuentra obviamente en el terreno de la hipótesis, aunque creemos interesante que se incluya esta posibilidad largamente soslayada en el debate conservero regional. La cuestión de las posibles kerameia gadiritas, opción que hasta ahora no había sido discutida en la historiografía regional, abre además otros debates de no menos interés sobre la interpretación que se ha venido ofreciendo sobre determinados hallazgos vinculados a los ambientes artesanales insulares y continentales. El hecho de que tanto la salazón de pescado en trozos como las salsas saladas pudieran realizarse directamente en ánforas o pithoi abre la puerta, desde nuestra perspectiva actual, a que no sólo los puntos dotados de piletas pudiesen ser centros emisores de estos productos, multiplicando la complejidad de lectura arqueohistórica del fenómeno y más aún sus posibilidades de valoración cuantificada (rompiendo así definitivamente los esquemas un tanto rígidos heredados por la historiografía regional, que hasta el momento ha utilizado únicamente la presencia de pilas estancas como indicador inequívoco de chancas susceptibles de ser consideradas centros manufactureros de interés). Es posible por tanto sospechar una mayor diversidad formal en los actores que intervinieron en la producción de estos subproductos, al menos en la etapa prerromana de la bahía, si bien posiblemente los establecimientos dotados de estructuras específicas debieron asumir gran parte de la actividad y generar la mayoría del volumen total de las exportaciones. Sobre este último tema cabe reflexionar por ejemplo sobre sugerentes indicios como los estimables restos de pescado localizados en diversos alfares insulares y su cercanía a las propias salinas, que abren la posibilidad de que se hiciera la salazón en ánforas directamente en los talleres cerámicos productores de los contenedores de transporte (algunas evidencias en este sentido en niveles tardoarcaicos de Camposoto; Ramon et alii 2007). Convendrá por tanto dejar abierta la puerta y vigilar desde la perspectiva arqueológica la existencia de talleres secundarios o móviles en estos mismos escenarios gadiritas, conviviendo con las propias chancas principales dotadas de piletas de obra, lo que quizá podría explicar la conversión tardía de emplazamientos como Luis Milena (Bernal et alii 2011) en lugares dotados de piletas y vinculados tanto a actividades haliéuticas como alfareras. Se trata de una sugerente posibilidad que podría haber incrementado la capacidad productora global del asentamiento gadirita (sumando las varias decenas de alfares insulares activos desde la fase tardoarcaica) y que podría además haberse practicado también directamente a bordo de los pesqueros desplegados en caladeros alejados de la bahía6. Es más, dicho procedimiento pudo darse también en asentamientos costeros quizá vinculados con actividades marítimas o pesqueras gadiritas en el Golfo de Cádiz que hasta el momento no han aportado indicios de balsas salazoneras (con lugares como La Tiñosa o Tavira, ampliamente discutidos, como ejemplos más sobresalientes; Ferrer 2004 y Arruda 2006). En definitiva, una vía de análisis que habrá que implementar y dotar de mayor profundidad y contenidos en un futuro cercano, pero que alerta sobre el carácter diversificado de estas actividades artesanales y sus dificultades actuales de definición o rastreo arqueológico y mucho más de su cuantificación absoluta. LA EXPORTACIÓN GADIRITA DE PRODUC-TOS ENVASADOS EN ÁNFORAS EN EL SIGLO V A. C.: DISCUSIÓN DE LOS DATOS CUAN-TITATIVOS Dentro de este escenario experimental en el que nos movemos es posible ampliar aún algo más este tipo de acercamiento teórico si cruzamos en nuestra hipótesis el análisis de capacidades de las ánforas de transporte, las estimaciones productivas de los hornos alfareros y la problemática de la productividad y función de las pilas conserveras, todo ello matizado por la aplicación de las variables de climatología y estacionalidad en el caso de los centros productores y de los propios contenidos conserveros. ¿De la pileta al ánfora? La frecuencia de producción como variable Una de las preguntas esenciales dentro de la definición del ciclo productivo de los saladeros fenicio-CONTANDO LA HISTORIA. EXPERIENCIAS DE CUANTIFICACIÓN Y ANÁLISIS VOLUMÉTRICO... púnicos del Estrecho es sin duda la relativa a la determinación de la función precisa de las pilas estancas, que tradicionalmente se han ligado a la confección del producto estrella destinado a ser comerciado envasado en ánforas. Esta asunción, una relación mecánica que se estableció a partir de una extrapolación directa de los datos de época romana a momentos precedentes, parece haber fosilizado en la historiografía moderna y contemporánea con enorme solidez, tanta que resulta sorprendente que en ningún trabajo específico sobre estas instalaciones regionales encontremos ni siquiera un atisbo de plantear un debate esencial: ¿sirvieron las piletas para fabricar gáron o para el tárichos, o bien para ambos indistintamente? e incluso, ¿se utilizaron las piletas de los considerados como saladeros sólo para actividades relacionadas con subproductos ícticos? En nuestro caso, y siguiendo particularmente el ejemplo proporcionado por Puerto-19 y sus indicios vinculados a la producción vitivinícola en la bahía (Ruiz Mata 1995), cabría extender aún más allá la duda y plantear directamente la pregunta de si estos elementos centrales de los edificios industriales fueron consagrados a una función múltiple desde sus inicios, versatilidad relacionada con las diferentes etapas del año y con las cambiantes necesidades de los centros. Acerca de la posible estacionalidad de la actividad cabe plantear un par de variables, determinantes dado que afectan directamente al ritmo y la cadencia de la temporada productiva. Es decir, que los procesos de elaboración debieron estar sincronizados con las temporadas pesqueras (en cuanto a las capturas estacionales, grosso modo de abril a octubre), salineras, agrícolas (vitivinícolas esencialmente) y alfareras. Como premisa de partida cabe apuntar que obviamente el tipo de pescado empleado como materia prima debió influir decisivamente en muchos casos en el tipo de salazón a fabricar, pues no todas las carnes eran aptas para concentraciones altas de sal, tal y como se ha propuesto para el caso de la corvina (García y Ferrer 2006: 20-21). Y asimismo, porque carnes altamente apreciadas y valoradas como la del atún rojo pudieron estar sujetas a una disponibilidad estacional, estando limitadas a su vez por la evolución de las técnicas pesqueras. La conserva sólida de pescado o tárichos respondía evidentemente a la maceración (y necesaria deshidratación) en sal, cuyo potencial como antiséptico detenía el proceso de degradación de la carne y permitía el procesado de productos que podían aguantar hasta varios meses antes de su consumo7. Una vez despiezadas (dejando aparte cabezas, colas, aletas, columna, etc.) y evisceradas las capturas de gran tamaño como el atún, eran desangradas y limpiadas antes de proceder a su troceado en porciones, que siguiendo las referencias del mundo griego podían recibir diversas denominaciones según su forma o cantidad de sal añadida (Curtis 1991: 6; García Vargas 2001: 22; Mylona 2008: 86, table 7.2). El proceso exacto de manufactura no ha quedado transmitido en las fuentes ni tampoco hallazgos arqueológicos han permitido documentarlo (pues las piletas suelen quedar abandonadas limpias o con escasos restos), habiendo preocupado esta cuestión en ámbito regional ya desde las posiciones etnoarqueológicas manejadas por M. Ponsich y M. Tarradell (1965: 103) y más recientemente ha sido resumido tanto para salazones como para salsas (García Vargas 2001: 22-25). Si nos guiamos por las indicaciones del gaditano Columela (De Re Rustica, XII, 53, 4), quizá una vez pasados unos 15-20 días de maceración en las pilas, el producto a salar podría ser traspasado a recipientes cerrados (¿ánforas?) en los que se disponían capas de pescado y sal hasta llenarlo. Dicho proceso no difiere demasiado del desarrollado aún actualmente en la costa gaditana para la obtención de mojamas (salazón seca), si bien no es posible asegurar si el producto púnico era consumido en ese formato o bien rehidratado y cocinado antes de su consumo final. Si estos hipotéticos parámetros temporales corresponden a los manejados por los gadiritas, y teniendo en cuenta el papel del atún estacional como actor principal del tárichos local, habría que pensar que quizá el producto que llegaría a las mesas corintias o atenienses correspondería como mínimo a la captura del año anterior, lo que requeriría de estructuras de almacenaje y mantenimiento en la bahía que asegurasen el correcto desarrollo del proceso y cuyas condiciones de temperatura y humedad fuesen altamente estables (a lo que habría que añadir posibles retrasos debidos, por ejemplo, al periodo de resinado interior de las ánforas, proceso que los análisis químicos más recientes parecen señalar como habitual en la producción gaditana). Es evidente en todo caso que no existe un mínimo consenso en cuanto a los procedimientos y tiempos mínimos de fabricación, longados lapsos de tiempo en desplazamientos entre ambos extremos del Mediterráneo incluso cuando éstos tenían un ciclo continuo o anual. A propósito de la evaluación del tráfico entre Gadir y Corinto en el siglo v a. C., Zimmerman-Munn (2003: 212) ha propuesto una duración de en torno a un mes en el viaje de ida y vuelta en condiciones climáticas óptimas, lo que reduciría las posibilidades de conexión prácticamente a un flete anual, clasificado por esta autora como seasonal affair (preferentemente en primavera-verano). Considerando todo lo expuesto, en suma, resulta evidente que esta variable temporal relativa a la frecuencia de obtención de un producto acabado, envasable y exportable es uno de los grandes vacíos de información de toda la ecuación, y que únicamente a través de ejercicios de experimentación arqueológica de escala real será posible obtener datos fiables al respecto que permitan mejorar las estimaciones propuestas en estas páginas. Propuestas preliminares de cuantificación Finalmente, combinando las informaciones sobre los procesos de pesca y elaboración con las obtenidas en apartados precedentes, sobre las ánforas, los talleres alfareros y la morfometría de los saladeros gadiritas, es posible ahora avanzar hacia nuevos planos de la discusión sobre la economía de base marítima gadirita de época tardoarcaica. La primera de estas variables a considerar es el envase cerámico usado para la comercialización, íntimamente ligado en cuanto a su análisis volumétrico y cuantitativo al de los propios alfares productores. En este caso, el estudio se ha centrado en el tipo T-11213 fabricado en la etapa tardoarcaica de forma masiva en instalaciones como Camposoto y otras similares diseminadas por la Antipolis insular y usadas con certeza en las fases iniciales de saladeros como Puerto-19 o San Bartolomé. Desde el tramo inicial de la historiografía se había supuesto una capacidad para estas ánforas en torno a los 47 (Rodero 2000: 295) o 45 litros (Zimmerman-Munn 2003: 200, nota 43, opinión cimentada en los ejemplares documentados en el Punic Amphora Building corintio). Sin embargo, como ya se avanzó en el apartado 2.1, nuestros análisis basados en 25 ejemplares completos o casi completos localizados en el taller de Camposoto y en contextos con atribuciones fiables señalan que la capacidad media de las producciones de la parte central del siglo v a. C. debió aproximarse a 53 litros. Partiendo de estos datos y tomando como referencia un asentamiento de porte medio como Puerto-19, es posible llegar a algunas conclusiones preliminares sobre las necesidades de abastecimiento anfórico de las chancas dotadas de balsas estancas (Fig. 13). Así, una pileta como la P1 cuyo volumen podemos estimar en torno a 3 m 3 (en torno a 3.000 litros) podría haber permitido rellenar un máximo de 57 ánforas de este tipo (si consideramos la media de nuestra muestra en torno a 53 l/ánfora), que sumados a la capacidad estimada para la pileta de menores dimensiones (la P2, de unos 2,8 m 3 y 2.800 litros, es decir, 53 ánforas, suponiendo un alzado interior de 1,5 m) supondría que un total de unas 110 ánforas T-11213 podrían haberse rellenado a partir de estas balsas, respetando Figura 13. Estimación de la producción y envasado de las chancas gaditanas consideradas en este trabajo (tomando como referencia un alzado medio de las piletas de 1,5 m, y considerando una estimación a la baja para San Bartolomé con sólo tres piletas). EXPERIENCIAS DE CUANTIFICACIÓN Y ANÁLISIS VOLUMÉTRICO... la proporción igualitaria de sal y pescado en el interior de los contenedores cerámicos. Probablemente la cifra debió doblarse en establecimientos insulares como Plaza de Asdrúbal, que parece contó al menos durante parte de su vida activa con cuatro piletas de similar morfología (con un máximo total de 9.670 litros) a las de las instalaciones continentales (es decir, capaces de rellenar unas 182 ánforas del tipo T-11213). Si consideramos como cifra de referencia la media calculada de capacidad de las pilas gadiritas (2,39 m 3 / 2.390 litros en un alzado teórico de 1,5 m por pileta), el número de contenedores susceptibles de ser rellenados se reduciría a unos 45 por balsa, por lo que incluso en el caso de las factorías de mayor potencial por número de estructuras estancas apenas se rebasarían teóricamente las 182 ánforas para las cuatro piletas propias de los saladeros insulares. En el caso de los situados en el área portuense, incluso considerando unos 2 m de alzado (7.740 litros, unas 146 ánforas), el total de ánforas necesarias quedaría reducido a aproximadamente dos tercios en el caso de ejemplos como la Fase I de Puerto-19 datada circa 525-425 a. C. (110 ánforas para el caso de 1,5 m de alzado de las cubetas). Desde una perspectiva macroterritorial, la extrapolación de estos números arroja poca certeza por ahora, dado que desconocemos si toda la geografía conservera de la bahía reprodujo estos modelos estructurales tipo Puerto-19 o Plaza de Asdrúbal y, sobre todo, cuántas fueron las células encargadas de elaborar las salazones a envasar en las ánforas (Sáez 2014a y 2014b). Dejando al margen la probable fabricación de éstas también siguiendo el procedimiento de los ya citados kerameia (directamente en ánforas en lugares no dotados de pilas, tanto en la bahía como a bordo), a modo de hipótesis, es posible plantear una cifra optimista de unos 15 centros continentales y otros cinco en la isla gaditana (Fig. 14, Hipótesis 1). Virtualmente, trabajando de forma coordinada, esta veintena podría haber generado una demanda mínima de unas 2.250 ánforas y 119.500 litros (considerando 45 ánforas por pileta, con los insulares con cuatro piletas cada uno y dos en cada uno de los continentales). Cabe, no obstante, considerar un número menor de chancas en todo el arco de la bahía, quizá con no más de tres factorías insulares y una decena de grupos de pilas en la campiña portuense (Fig. 14, Hipótesis 2), lo que rebajaría considerablemente la demanda por debajo del millar y medio de individuos (concretamente sobre 1.440 envases, en cualquier caso, con un volumen global de 76.480 litros sobre la media de 53 litros por ánfora). Un factor adicional a contemplar es la duración del proceso de manufactura (es decir, el tiempo efectivo en que estaría ocupada cada pila antes de ser trasvasado su contenido a las ánforas), y paralelamente, el periodo anual de utilización de las propias balsas, y si estas estuvieron sujetas a la estacionalidad del atún rojo o si fueron usadas todo el año alternando con otras especies no migratorias. En el primer caso, como ya adelantamos, quizá sería posible contemplar la producción de salpresados una o dos veces por mes (lo que significaría un mínimo de unas 2.250 quincenales ó 4.500 ánforas al mes en la opción más poblada de chancas (Hipótesis 1), mientras que si el producto manufacturado fue únicamente algún tipo de gàron local este margen podría haberse visto ampliamente reducido al alargarse los plazos de maceración del producto. En cuanto a la sujeción a la estacionalidad, en el supuesto de que la actividad de las piletas hubiese estado constreñida a los meses de paso de estas especies pelágicas más atractivas (en sentido amplio, actualmente de marzo a octubre), la cantidad mínima de ánforas demandada para cubrir las necesidades de todas las chancas gadiritas durante ocho meses (si Figura 14. Estimación hipotética de la producción de los centros salazoneros de la Bahía de Cádiz (en ánforas y litros, considerando un alzado de 1,5 m para las piletas). Estos datos toman mayor interés si los cruzamos con los derivados del examen de los hornos tardoarcaicos de Camposoto, que en este caso son especialmente representativos dado que las T-11213 fueron envases casi exclusivos en esta etapa y constituyeron la principal referencia gadirita en el comercio exterior. En síntesis, el análisis de las capacidades de los principales hornos del taller (suponiendo unas dos cocciones al mes en vista de la propuesta que presentamos más arriba) habría producido en un alfar dotado de dos hornos del tipo de los principales de Camposoto (H-1 y H-2a) una media de entre 320 y 480 ánforas quincenales, suponiendo que dichas estructuras se hubiesen dedicado casi en exclusiva a este menester (lo que no parece probable, pues la actividad de estos centros parece muy diversificada, incluyendo pithoi y otras formas de gran porte). En el caso concreto de Camposoto podría sumarse a estos hornos principales un tercer horno algo más pequeño (H-4) pero capaz de cocer piezas del tamaño de ánforas, igualmente activo durante el siglo v a. C. Como ya señalamos anteriormente, sumando la capacidad potencial de este trío de estructuras productivas, en cálculos optimistas la producción total podría haber hecho llegar la cifra hasta un máximo en torno a medio millar de ánforas al mes. Suponiendo una producción estimada a la baja (es decir, unas 300 ánforas por mes para estos centros8 ), y tomando en consideración una actividad estacional o puntual ligada a la pesca y no superior a los ocho meses al año (de marzo a octubre), obtendríamos que cada uno de estos alfares habría sido capaz potencialmente de cocer unas 2.400 ánforas por temporada. Desde una perspectiva macroterritorial para el global de la antipolis insular, y suponiendo que el número de hornos activos de gran capacidad pudiese haber alcanzado los 40, las informaciones derivadas del análisis de capacidad de los H-1 y H-2a de Camposoto hacen pensar en una horquilla de producción de envases situada entre los 25.600 (80 por quincena y centro) y los 38.400 (120 por quincena y centro) en una temporada de carácter estacional. Se trataría en cualquier caso de cifras que marcarían unos mínimos productivos, pues parece bastante improbable que los múltiples talleres insulares contasen con un solo horno, ya que los ejemplos excavados nos hablan de potentes instalaciones con dos o más hornos principales como ilustra el repetidamente citado ejemplo de Camposoto (Ramon et alii 2007). De este modo, los números arrojados por las capacidades de los saladeros gadiritas analizados y los alfares coetáneos parecen reflejar una nada sorprendente coincidencia en líneas generales, aunque es palpable el hecho de que el potencial productivo de los talleres cerámicos parece superar con amplitud la capacidad estimada de las piletas de generar producto. Así, como antes desarrollamos, en una opción optimista calculamos unas 2.250 ánforas por mes demandadas por las factorías conserveras (4.500 suponiendo un mínimo de dos recogidas de producto terminado al mes), mientras que una actividad a la baja de las alfarerías (150/quincena) podría haber dado lugar a unos 6.000 contenedores al mes sobre la base de veinte centros dotados de dos hornos de gran tamaño (sin tener en cuenta la posibilidad, antes apuntada, de una producción alfarera diversificada). Por tanto, aunque todas las cifras aportadas puedan ser discutibles y susceptibles de ser matizadas por nuevos descubrimientos y trabajos de tipo territorial que ayuden a fijar con más garantías el número de centros activos en cada etapa, parece claro que el número de ánforas debió superar con creces la demanda interna generada por los saladeros de la bahía (Fig. 16). Esta "anomalía" podría explicarse por muchos cauces entre los cuales, como ya se dijo, no podemos descartar la fabricación en masa de kerameia (salazones directamente elaboradas en los contenedores). También el envasado en ellas de otros productos (¿vino? ¿manufacturas agropecuarias? ¿salazones cárnicas? ¿grano?) o el almacenaje de stocks anfóricos para siguientes temporadas podrían ser otras opciones a contemplar. Incluso, como se ha llegado a proponer en otros trabajos, no es posible desechar la posibilidad de que los envases vacíos pudiesen haber sido comerciados hacia otros centros regionales para ser rellenados en destino (como se ha propuesto para algunos centros costeros del suroeste ibérico; Arruda, 2006), aunque por ahora los indicios en este sentido son a nuestro parecer demasiado débiles. De lo que no cabe duda es que el sistema articulado en torno a la producción conservera alcanzó volúmenes enormes y se basó en unas infraestructuras plenamente planificadas y sostenibles desde la perspectiva cuantitativa. Esta planificación y adecuación entre los ritmos de fabricación de los envases y del producto final a comercializar sugiere un enfoque excedentario sobre las necesidades y debe hacernos reflexionar sobre el enorme desarrollo político y urbano de la Gadir tardoarcaica, pues sólo la existencia de una administración y legislación específicas habrían podido sostener este espectacular despliegue económico con un no menos importante reflejo en la planificación territorial de la bahía. Queda como línea a profundizar en el futuro si ambas actividades (uso de piletas y producción cerámica) estuvieron sujetas a la estacionalidad de las migraciones atuneras, o si la participación de saladeros donde el atún era un elemento constante o el uso de otros peces no migratorios de menor porte/ calidad podrían haber ayudado a mantener el ciclo productivo encendido durante casi la totalidad del año. Un aspecto que no es posible valorar en términos absolutos, pero que parece que tampoco debió representar un obstáculo al desenvolvimiento de la industria bien en temporada o durante todo el año, pudo ser el abastecimiento de sal, que a través de los tajos de evaporación o de la importación de sal gema interior se presume que no habría representado problema alguno (pudiendo acopiarse bien en almacenes, en condiciones de seco, o directamente en las ánforas sobrantes para la temporada siguiente). Se trata de una interesante vía de análisis cuantitativo que de momento queda postergada hasta que sea posible obtener una idea precisa de las dimensiones, capacidades y ciclo productivo de las salinas antiguas de la bahía gaditana, sobre las cuales por el momento apenas hemos comenzado a debatir aspectos generales como su propia ubicación en base a un panorama paleogeográfico aún no completamente fijado (Alonso et alii 2003(Alonso et alii y 2007;;Arteaga y Schulz 2008). Si se parte de una equidad en volumen de pescado a salar y sal usada para alternar las capas tanto en pilas como en ánforas, y también de la volumetría de los saladeros considerados en el supuesto más optimista (Fig. 14, Hipótesis 1) las 36.000 ánforas necesarias estacionalmente para transportar sus contenidos significarían en teoría un total de unos 954.000 litros de sal necesarios (y otros tantos de pescado) para rellenar estas ánforas o pilas (suponiendo como decimos una paridad de ambas magnitudes, lo cual podría no corresponder estrictamente a la realidad con una posible primacía de la sal, considerada aquí con un peso promedio para la sal marina seca de 1,1 kg. por litro, estimaría una demanda total de 1.049.400 kilos de sal). No es posible asegurar que éstas fuesen las propor- ciones necesarias para el proceso en la Antigüedad, y otras opciones son viables para el método de trasvase de la salazón desde las piletas hasta las ánforas (por ejemplo, considerar que se cambiaría de sal en el proceso, lo que aumentaría sustancialmente las necesidades de abastecimiento de sal de cada chanca). Desgraciadamente, no poseemos datos siquiera cercanos a la cantidad de sal producida por los tajos labrados en las marismas de la bahía en época antigua, pero puede ser indicativo el hecho de que entre el tramo final del siglo xviii y mediados del xx, momento de esplendor de las salinas de la bahía gaditana, la productividad media superó con asiduidad las 200.000 t anuales (Torrejón 1997(Torrejón y 2008)). Este mismo autor ha sugerido una productividad media para el tajo o cristalizador estándar de estas salinas de evaporación artesanales de unas 30-40 fanegas (equivalente a 55,5 litros por fanega; vid. Torrejón 1996), lo que sugiere que en el mejor de los casos un tajo de tipo tradicional podría haber dado lugar a unos 2.220 l de sal en cada temporada (teniendo en cuenta un régimen de explotación de 3-4 rasas durante el periodo entre junio y septiembre). Debe hacerse constar que por ejemplo para el entorno de la antigua Antipolis, la posterior Isla de León, los registros indican que para el año 1563 se labraron o estaban en posibilidad de explotación 7.932 tajos (Franco Silva 1995 y 1997), lo que potencialmente habría podido generar hasta unos 13,2 millones de litros de sal. En este punto, la comparativa con las estimaciones volumétricas de las ánforas necesarias para la producción gadirita desarrolladas supra sugieren que siguiendo el supuesto de paridad sal-pescado habría sido necesario en torno al millón de litros o poco menos para cubrir esas necesidades (obviando kerameia y otros posibles usos, alimentarios o no, dados por la población estable de la bahía a la sal), y otros tantos de pescado, envasados en un número aproximado a 36.000 ánforas. De forma indirecta por tanto es posible inferir que el volumen de salinas activas en la bahía debió ser elevado ya en época prerromana, o que al menos se dispuso de líneas de abastecimiento regular -incluyendo la llegada de sal del interior y de otros estuarios-que permitieran satisfacer esta alta demanda para las conservas y otros usos cotidianos (el consumo anual de sal en España en los dos últimos siglos ha oscilado entre los 6 y 9,5 kg. por persona). Para el caso de la fabricación de kerameia a bordo de los pesqueros, en destinos alejados de la bahía, cabría valorar además la posibilidad de abastecerse directamente en otros enclaves, especialmente en el Atlántico, tanto en la fachada tingitana como en el cuadrante suroeste ibérico. VALORACIONES FINALES Y PERSPECTIVAS DE INVESTIGACIÓN En definitiva, podemos concluir que el estado precario de nuestros datos cuantitativos y valoraciones del registro es inversamente proporcional al inmenso interés que este tipo de informaciones podría suponer para modificar y corregir nuestra actual visión de la industria conservera púnica occidental. Aún en este momento inicial de las investigaciones, y considerando los límites cronológicos autoimpuestos en este primer avance, cabe señalar que los cálculos realizados ponen de manifiesto y dan soporte con cifras concretas a una idea generalizada en la historiografía: que la ciudad tardoarcaica de Gadir, sus templos y su actividad portuaria y marítima se encontraron durante buena parte del siglo v a. C. en el primer plano internacional al menos como potencia regional de referencia. Quedan, no obstante, muchos aspectos por perfilar y sobre todo por dotar de más recorrido, algunos de ellos capitales para el futuro de los estudios económicos regionales. Uno de ellos es sin duda la determinación de la existencia de estándares de pesos y su relación con los patrones monetarios de cada época, cuestión en la que se está trabajando actualmente, lo que podrá ayudar a dar el salto a la estimación de aspectos vinculados al precio de las salazones gadiritas y a su valor en los mercados locales y extra-regionales. Sería sin duda interesante poner en relación las macrocifras calculadas en este trabajo con diversos aspectos de abastecimiento civil y militar, en función de las necesidades alimenticias de cada contexto histórico preciso, así como los cambios que diacrónicamente pudieron sucederse sobre estas necesidades. Por otro lado, la aplicación del método CONTANDO LA HISTORIA. EXPERIENCIAS DE CUANTIFICACIÓN Y ANÁLISIS VOLUMÉTRICO... descrito a otros contenedores cerámicos puede llevar a hilvanar interesantes conclusiones sobre costumbres alimentarias que, a pequeña escala, tienen igual interés que las hipótesis macroespaciales presentadas. Otro aspecto a abordar es sin duda el relacionado con la interpretación más puramente histórica de los análisis económicos, y su relación con otros fenómenos a escala mediterránea, lo que no puede desconectarse del rastreo sistemático de la distribución de los propios envases anfóricos gadiritas y de la identificación de las oscilaciones o cambios en las rutas y escalas marítimas desarrolladas en cada periodo. El conocido contexto del Punic Amphora Building de Corinto resulta de interés como fuente de datos y de discusión inicial para ambos aspectos. Los restos de ánforas púnicas encontrados en el edificio y su entorno permitieron suponer que entre 400 y 500 ánforas T-11213 habrían sido sistemáticamente fracturadas por el cuello para sacar su contenido piscícola y realizar un consumo in situ o en la propia ciudad, considerando además que la urbe habría podido ser un foco redistribuidor de este tipo de mercancías hacia otros destinos en Grecia continental y el Egeo (Zimmerman-Munn 2003). Según esta línea argumental, sólo la distancia, el carácter exótico y sobre todo la llegada en grandes cantidades justificarían el establecimiento de estos viajes desde el otro extremo de la oikoumene, estimándose como normales los mercantes de entre 100 y 500 toneladas para esta ruta 9 y recordando la autora la cita pliniana (NH, 19. Aunque interesantes, desafortunadamente es por ahora imposible verificar o refutar estas hipótesis cuantitativas de Zimmerman-Munn, pues prácticamente no disponemos de una imagentipo de un carguero del Estrecho aparte del ejemplo ibicenco de Tagomago (Ramon 1985), que parece que debió cargar un gran número de ánforas de esta región hacia algún puerto del Mediterráneo central en el tramo final del siglo v a. El peso bruto estimado en nuestra hipótesis para cada ánfora, como desarrollamos más arriba, se aproximaba a los 71 kg, arrojando, por tanto, una cantidad muy parecida a la calculada por esta autora. falta de contexto de los envases no permite estimar números absolutos ni peso de la estiba. Es evidente que el objetivo de cuantificación y que el potencial en cuanto a modificar nuestros parámetros de análisis histórico mediante el uso de nuevas herramientas sugieren que este tipo de tentativas teóricas deberían ser más habituales en muchos escenarios en los cuales se desarrolla la Arqueología de la Producción, o en general, investigaciones teóricas sobre las estructuras y desarrollos de la economía antigua. Las perspectivas a corto plazo en este sentido son verdaderamente positivas para el caso de la bahía gaditana protohistórica. Entre ellas figura el ampliar estas estimaciones a otras fases de la vida de la ciudad antigua y establecer en la medida de lo posible comparativas con otras urbes pujantes del momento, así como cruzar estos datos relativos a las infraestructuras productivas y comerciales con otros no menos importantes como los demográficos (y no sólo atendiendo a la población vinculada a estas faenas artesanales y mercantiles, sino también a su relación con el global de los habitantes de la bahía prerromana). En este grupo de vías por explorar, algunos de los déficits señalados a lo largo de estas páginas apuntan a que la Arqueología Experimental, los ejercicios de cuantificación y las actividades subacuáticas sistemáticas (que aporten información sobre tipos de cargamentos y buques) deberían crecer en un futuro muy cercano como vías de investigación complementarias preferentes para estas cuestiones. En concreto, como ya sugerimos en relación a las escasas certidumbres relativas al proceso de elaboración del tárichos y del gàron, la recreación a escala real de las instalaciones y las ánforas podría ayudar decisivamente a despejar no pocas incógnitas tratadas en estas páginas, y la excavación integral y publicación de pecios extremooccidentales se muestra como una necesidad acuciante que de momento mantiene anclados en la sombra no sólo interrogantes relativos al tonelaje o número de ánforas desplazadas, sino también a las rutas y mecanismos de estiba o formación de los fletes. Como conclusión final, una breve reflexión metodológica. Consideramos que las hipótesis teóricas planteadas en estas páginas han puesto en evidencia que, pese a que en muchas ocasiones los análisis sobre las ánforas suelen restringirse a cuestiones puramente tipológicas, estos no son los únicos datos que potencialmente pueden extraerse de su estudio. Esta propuesta para la Gadir del siglo v a. A pesar de la falta de descripciones literarias directas o contextos arqueológicos más explícitos, no cabe duda de la importancia de aplicar estos métodos, así como de la necesidad de la recogida en detalle de datos como el peso de los recipientes vacíos, la densidad de la cerámica o los mínimos y máximos de la longitud y diámetros de los vasos. De este modo, la aplicación de herramientas matemáticas y estadísticas a estos contenedores podrá dar lugar a la consecución de conclusiones interesantísimas que permiten seguir avanzando en la reconstrucción de la historia económica y social de la Antigüedad.
RESUMEN 1234 En el presente artículo se analizan los más de 30 silos abiertos durante los siglos x y xi en el interior de la basílica altomedieval de Dulantzi (Alegría-Dulantzi, Álava). El texto pretende alcanzar un doble objetivo. Por un lado, presentar a la comunidad científica este importante conjunto de silos del que hasta el momento sólo se había dado noticia escuetamente. Para ello, se aportarán todos los datos arqueológicos que ha proporcionado el estudio, tanto de los continentes (capacidad, morfología, situación, etc.), como de los contenidos (tipos de rellenos y material localizado en ellos). Por otro, continuar con el debate historiográfico sobre la presencia de silos en iglesias altomedievales. En este sentido, estructuraremos nuestras reflexiones en torno a tres ejes: las razones que explican el elevado número de silos abiertos en Dulantzi; su posible relación con la captación y almacenamiento de rentas eclesiásticas; y, finalmente, su excepcionalidad: ¿fue Dulantzi un caso singular o, por el contrario, su modelo explicativo puede ser extrapolado a otros yacimientos altomedievales del entorno? Europe" celebrado en Vitoria-Gasteiz en el año 2011 supuso un antes y un después a la hora de "comprender la complejidad de las relaciones sociales que se establecen en torno a los procesos de gestión de las cosechas, su almacenaje a corto y largo plazo, los sistemas de captación de rentas y, en general, las formas de articulación de la arqueología agraria de las sociedades altomedievales" (Quirós 2013: 11). Las actas de este congreso posibilitaron, en efecto, un conocimiento actualizado de los últimos estudios realizados a nivel europeo sobre las estructuras de almacenaje existentes en la Alta Edad Media. Se trató, además, de un trabajo en el que coexistieron aportaciones, tanto de la documentación textual y etnoarqueología, como fundamentalmente de la arqueología, y que, por lo tanto, permitía obtener una visión multidisciplinar de esta cuestión. De este modo, se profundizaba en aspectos taxonómicos, resolviendo cuestiones formales como qué es un silo, qué tipologías y capacidades presentan, etc.; e interpretativos, recalcando la importancia que tenían estas estructuras de almacenaje, en muchos casos únicos testimonios conservados para entender el comportamiento de las sociedades altomedievales. Finalmente, gracias al análisis comparativo de la distinta casuística estudiada, se pudo establecer una serie de pautas de comportamientos generales. Una de ellas fue la presencia de silos en las iglesias altomedievales, fenómeno estudiado por muchos de los autores que participaron en dicho congreso. Entre ellos, destacaremos a J. Roig, por ser Cataluña el lugar donde más extensamente se ha investigado el tema (y consecuentemente donde mejor se conoce), y J. A. Quirós, por haber tratado la problemática en nuestro territorio. Ambos autores abordan detenidamente esta cuestión, analizándola desde la perspectiva social y funcional. De forma general, J. Roig relaciona la presencia de estos silos con el almacenaje del excedente agrícola que genera el alodio de la iglesia a lo largo del siglo x, así como con el diezmo eclesiástico (Roig 2013: 168-169); J. A. Quirós, por su parte, considera que, hasta esa fecha, la casuística documentada en el País Vasco no permite establecer aseveraciones generales sobre su interpretación (Quirós 2013: 186). Aun así, este investigador recoge alguna de las hipótesis que habían sido planteadas hasta el momento para explicar los casos documentados en nuestro territorio. Podemos destacar dos de ellas. Por un lado, la que ofrecen I. García Camino y M. Neira para el silo hallado en el interior del templo de Santa Lucia de Gerrika, en Bizkaia, datado entre los siglos ix y x. Estos autores, siguiendo a grandes rasgos las propuestas para territorio castellano de F. Reyes (Reyes 1991: 89-90) o para Cataluña de V. Farías (2007), interpretan esta estructura como un lugar de almacenaje de los excedentes generados por las comunidades campesinas, como forma para escapar a la presión señorial (García Camino y Neira 2007: 370). Por otro, la que el mismo J. A. Quirós formula para explicar el elevado número de silos presentes en el interior de la basílica de San Martín de Dulantzi. Este autor propone que el templo (y con él los silos) estuvo durante los siglos ix y x en manos de elites locales que disponían de una importante capacidad de almacenaje y, por ende, de captación de rentas (Quirós 2013: 184). Este breve análisis al estado de la cuestión peninsular de dicho fenómeno no hace sino resaltar la importancia del caso de San Martín de Dulantzi. De hecho, y aunque tenemos en cuenta que cada territorio tiene una problemática propia que responde tanto a su propia realidad histórica como al mayor o menor desarrollo de la investigación, sorprende el reducido número de silos presentes en el interior de las iglesias estudiadas (tanto en Cataluña, como en el País Vasco), en relación con los encontrados en Dulantzi. Hay que tener en cuenta que, gracias a una nueva intervención arqueológica efectuada en este yacimiento en el verano de 2014 (Loza y Niso 2015), el número total de silos interiores ha sido ampliado a 35, el doble de los que se conocían en el momento de celebrar el congreso internacional. Ello indudablemente incrementa las capacidades hermenéuticas del yacimiento. Por esa razón, y dado que han pasado varios años desde que se plantearan las primeras hipótesis sobre los silos presentes en el interior del templo de Dulantzi, hemos considerado oportuno elaborar un trabajo que, aportando nuevos datos, aborde de forma monográfica estas problemáticas5. EL YACIMIENTO DE SAN MARTÍN DE DU-LANTZI El yacimiento de San Martín de Dulantzi se localiza al norte de la actual villa de Alegría-Dulantzi (Álava), a escasos 15 km de Vitoria-Gasteiz (Fig. 1). La villa de Alegría fue fundada por iniciativa de Alfonso XI en el año 1337 sobre la aldea de Dulantzi, documentada desde el siglo xi y situada en proximidad de la sede de Tullonium, una de las ciudades de los várdulos mencionada por Ptolomeo y nuevamente citada en el Itinerario Antonino (Gurruchaga 1951: 222-231). Secuencia general del yacimiento Hasta el momento dos han sido las actuaciones arqueológicas realizadas en este yacimiento, que cuenta con un total de 800 m2 de superficie intervenida y una amplía secuencia histórica documentada desde la protohistoria hasta la actualidad. Esta secuencia, desarrollada en varios trabajos anteriores (Loza y Niso 2012 y 2015), se puede resumir en ocho fases: FASE 1. C. Varias estructuras excavadas en el estrato geológico a modo de posibles fondos de cabaña de planta irregular y de grandes dimensiones pertenecientes a una ocupación de la Edad del Hierro. C. En época altoimperial se detectan dos momentos de ocupación. Un primer poblamiento basado en estructuras perecederas con pavimento a nivel de suelo y semiexcavado. Otro posterior que parece circunscribirse a los últimos años del siglo i d. C. o ya a la siguiente centuria, con estructuras murarias pétreas en torno a una calle. A partir del siglo iii se produjo una importante reestructuración en el asentamiento de la que apenas se han conservado restos constructivos. Atendiendo a la documentación escrita, parece que la función parroquial de esta iglesia pervivió más allá de la fundación de la villa de Alegría en 1337, probablemente hasta el siglo xv (Portilla 1978: 249-259). Transformaciones posteriores asociadas al urbanismo de la villa. Los siglos vi al xii d. Serán los siglos vi-xii (fases 3-6) los que se tomarán en consideración en este trabajo, por ser aquellos en los que se han detectado silos. El punto de partida es la construcción, en los años centrales del siglo vi, de un gran edificio eclesiástico que modificó totalmente el hábitat preexistente, convirtiéndose durante casi 700 años en el foco vertebrador de todo el lugar. A pesar de no haberse podido excavar en su totalidad y de que lo encontrado se encuentra notablemente alterado por actividades posteriores, ha sido posible reproducir su planta basilical de 315 m2 de superficie 6, perfectamente orientada este-oeste. Al este se ha documentado su cabecera, seguramente tripartita. De la misma se conserva la sala central, identificada con el sanctuarium, y la cámara sureste, de funcionalidad funeraria constatada, que también pudo hacer las veces de sacrarium 7. La parte central del complejo estaría ocupada por el aula, dividida en tres naves, cuya parte más cercana al sanctuarium pudo haber servido también de acceso restringido al clero, a modo de chorus 8. El aula tam-6 Se trata de una estimación mínima teniendo en cuenta los restos de la iglesia que se han documentado, ya que todavía falta por descubrir la zona de los pies y el cierre de la nave septentrional. Además, hay que tener en cuenta que algunas partes del edificio ya están perdidas irremediablemente como consecuencia de construcciones modernas. 7 Por su parte, la cámara noreste se encontraría bajo una vivienda actual. 8 La presencia de un posible espacio restringido en el aula es una propuesta que todavía sólo alcanza el grado de hipótesis y que se sustenta en la no aparición de enterramientos en esa bién tendría un uso funerario en toda su superficie, a excepción del anteriormente mencionado coro. Por último, al sur de esta gran sala central y aparentemente de forma exenta, se ha identificado el baptisterium, con una piscina de inmersión central. La zona de los pies no ha podido ser registrada, por lo que no es posible determinar cómo cerraba el edificio. En sus primeros años de vida, la basílica fue utilizada como lugar privilegiado de enterramiento. Hasta el momento, se han documentado 30 inhumaciones datadas entre la segunda mitad del siglo vi y el siglo vii: 20 en el aula, 3 en el sacrarium y 7 al exterior de la basílica, en un espacio también de privilegio y quizás delimitado para ello, sin que se hayan detectado en el sanctuarium y el baptisterum, posiblemente por su mayor componente litúrgico. Estos enterramientos estaban inhumados de forma ordenada en fosas, simples o colectivas, con los individuos generalmente descansando en ataúdes de madera armados con clavos. Además, muchos de ellos estaban acompañados en su ritual funerario por distintos objetos de prestigio, algunos de ellos de clara influencia norpirenaica. Al exterior se detectaron, asimismo, diversas estructuras excavadas de aparente carácter doméstico: agujeros de postes, rozas, fondos rehundidos de cabaña y silos. La basílica anuló algunas de ellas, mientras que otras funcionaron con ella hasta su amortización, en muchos casos motivada por la ubicación a partir del siglo viii de un nuevo cementerio exterior. Este nuevo espacio funerario coincide con el abandono de la necrópolis de prestigio interior. Se trata de un cementerio muy denso y longevo que se extiende por gran parte del yacimiento, conviviendo con un buen número de estructuras domésticas, entre ellas varios silos abiertos en los siglos x-xi 9. El interior de la basílica conoció en el siglo x una nueva e importante transformación, con la apertura de un gran número de silos de almacenamiento subterráneo que se fueron excavando y amortizando de forma diacrónica hasta finales del siglo xi o principios del siglo xii, fecha que coincide con la ruina y desmanteárea, en la presencia del arranque de una estructura muraria adosada a la primera pilastra de separación de las naves y en el hecho de que el acceso al sanctuarium debió estar abierto. 9 Puede sorprender la ausencia de silos durante la fase 5 (finales del siglo vii d. C.), sobre todo porque en este momento se detectan un gran número de estructuras domésticas al exterior del edificio eclesiástico. En nuestra opinión, las características particulares de la intervención arqueológica, que no permitieron la excavación en extensión de todo el yacimiento, pueden ser las razones que expliquen esta ausencia. Otra cuestión diferente es que no hayan sido identificadas en el interior del edificio eclesiástico, circunstancia que sí responde a un fenómeno particular del uso de la basílica en este periodo. lamiento definitivo del edificio de culto (Loza y Niso 2016). La presencia de estos silos, siempre ubicados en su interior, es el objeto de estudio de este trabajo. ANÁLISIS DEL CONJUNTO DE SILOS DOCU-MENTADO En las páginas anteriores se ha realizado un breve resumen de la secuencia general del yacimiento, ampliando la información de aquellas fases que más interesaba destacar para contextualizar debidamente el trabajo. Corresponde ahora analizar los silos que, como se ha visto, se agrupan en dos momentos cronológicos. El primero de ellos se data en los siglos vi y vii d. C. En esta etapa ya existía un hábitat integrado por distintas estructuras rupestres, entre las que se englobaban varios silos de almacenaje pertenecientes a la comunidad que habitaba Dulantzi, con anterioridad a la erección del edificio religioso. Estos silos responden, en consecuencia, a una casuística diferente a la planteada en este trabajo, por lo que únicamente nos centraremos en el análisis de las estructuras de almacenamiento pertenecientes a la segunda etapa, asociadas a la basílica de San Martín y fechadas entre los siglos x y xi. Su estudio lo dividiremos en dos apartados. Uno primero referido al continente, es decir a la propia estructura arqueológica; y otro segundo relativo al contenido o, lo que es lo mismo, al material arqueológico recuperado en su interior (principalmente cerámico), puesto que, como veremos más adelante, permite ser utilizado como herramienta taxonómica (indicador cronológico) y hermenéutica (principalmente para comprender los procesos formativos en arqueología). Los silos como estructura arqueológica Atendiendo a la situación de los silos respecto a la iglesia se pueden diferenciar dos conjuntos. Por un lado, los 35 silos localizados en su interior. Por otro, tres silos localizados al exterior, concretamente a unos ocho metros al sureste de su cabecera y en el mismo espacio en que se sitúa el cementerio comunitario (Fig. 2). Silos al exterior de la basílica Se trata de tres silos coetáneos a los registrados al interior del edificio. Sólo conservan su mitad mediainferior, al estar muy afectados por distintos arrasamientos, presentando unas dimensiones en torno a 1,2 m de diámetro conservado y una capacidad estimada de 1.000 litros (Fig. 3). Comparten las mismas relaciones estratigráficas, ya que cortan a enterramientos de la fase más antigua de la necrópolis comunitaria (finales del siglo vii d. C.) y están cortados por sepulturas de la fase más moderna de esta misma necrópolis, cuyo uso final se sitúa a principios del siglo xii d. Silos al interior de la basílica Al interior de la basílica de San Martín se registraron un total de 35 silos10. Su cronología, situada entre el siglo x y los primeros años del siglo xii, ha sido establecida principalmente a partir del material cerámico aparecido en sus rellenos de amortización, ya que las relaciones estratigráficas no permitían acotar una horquilla cronológica lo suficientemente válida. Más adelante profundizaremos en su cronología, abordando los problemas a los que nos hemos tenido que enfrentar para determinar el momento de su apertura y del posterior proceso de abandono. Ahora nos centraremos en las cuestiones relativas a su morfología y localización. Los silos se sitúan en todo el espacio disponible de la iglesia, horadando la mayor parte del suelo de la nave y del ábside (Fig. 4). Tan sólo se respetan los elementos funcionales (columnas de separación de las naves, escalón de acceso al ábside) y litúrgicos/funerarios (tenante de altar, tumba privi- 1. El estudio de la cerámica registró una mayoría de producciones vinculadas con las denominadas "cerámicas oxidantes sin manipular", integradas por los Grupos V y VI, con porcentajes parejos del 34% para cada uno. Junto a ellas aparecían las llamadas "cerámicas groseras manipuladas", identificadas con los Grupos I y II, que mostraban también importantes porcentajes del 9,5% y del 19,5% respectivamente15. A estas cerámicas de fabricación local se añadían dos producciones importadas de escasa representatividad (Grupos IX y X) 16. El análisis estadístico descrito no casaba, sin embargo, con ninguno de los conjuntos cerámicos de referencia establecidos en trabajos anteriores (Solaun 2005 y 2013; Azkarate y Solaun 2016). Por un lado, la representación de los Grupos I y II (junto a la presencia del Grupo X) revelaba cronologías situadas en los siglos ix-x, si bien entraban en contradicción con los porcentajes detectados en los Grupos V y VI, los cuales apuntaban, por el contrario, al siglo xii. Morfológicamente, las anomalías también eran evidentes. Aunque la mayoría de vasos documentados podían ser datados hasta fines del siglo xi o la primera mitad del siglo xii (Jarro 1.1, Jarros 4.1 y 4.2, Cántaro 1.1, Orzas 4 y 5), la forma más representada era la Olla 3 (en sus tres versiones, Olla 3-II, Olla 3-V y Olla 3-VI), con casi la mitad de las formas reconocibles, circunstancia que nos aproximaba nuevamente a contextos de los siglos ix-x. En la misma línea se manifestaban otras piezas menos representadas, pero no por ello menos indicativas, como las asociadas a los Grupos I y X (Cazuela 1, Olla 1 y Olla 8). Por el contrario, existían varias piezas del denominado IGLESIAS, RENTAS Y SISTEMAS DE ALMACENAMIENTO EN EL PAÍS VASCO DURANTE LOS SIGLOS X Y XI... Cántaro 2-V, cuya cronología retrasaba irremediablemente el conjunto cerámico hasta el siglo xi o la primera mitad del posterior siglo xii (Figs. Nos encontrábamos, por tanto, ante una ausencia de sincronía en el corpus cerámico que obligaba a repensar su datación y las circunstancias que dieron lugar a la formación de los estratos que lo contenían. Conocer el modo en que los artefactos se presentan en el registro arqueológico constituye uno de los principales instrumentos para identificar los procesos deposicionales durante la ocupación, el abandono y el post-abandono de los yacimientos (Azkarate y Solaun 2013: 78-87). Del registro arqueológico exhumado en San Martín creemos no equivocarnos mucho al señalar que no existen depósitos en fase al interior de los silos; o, lo que es lo mismo, que los rellenos de los silos se formaron tras el abandono de las estructuras de almacenamiento, por lo que en ningún caso el material recuperado debe asociarse al uso original de ellas. Además, y en contra de lo que pudiera parecer, las destacadas tasas de material residual de los rellenos (importante asunto sobre el que más adelante volveremos), parecen descartar el uso de los silos como basureros, entendidos estos como lugares de descarte periódico. Todo apunta a que la gran mayoría de los rellenos se formaron como consecuencia de dos procesos deposicionales posteriores al abandono de los silos; los causados por acciones de construcción y destrucción. -Depósito constructivo (Fig. 11.1). A diferencia del depósito de destrucción, este tipo de niveles está originado intencionadamente por el hombre y su formación obedece generalmente a la necesidad de nivelar, regularizar o preparar el terreno de cara a una posterior urbanización. En San Martín son la inmensa mayoría y pensamos que su depósito fue realizado principalmente con el objetivo de crear un suelo de obra que facilitase el metódico proceso de desmantelamiento del edificio eclesiástico17. Nos encontramos, por tanto, ante un depósito secundario en el que se mezclan materiales depositados en fase con otros residuales. -Depósito de destrucción (derrumbe post-ocupacional) (Fig. 11.2). Con este término, acuñado por M. B. Schiffer (1988), nos referimos a la acción natural causada por efecto de erosiones o deslizamientos naturales del terreno que, en el caso de San Martín, provocaron el derrumbe parcial de las paredes de los silos. Se trata de rellenos compuestos por las propias gravas y arcillas del sustrato geológico, sin apenas intrusiones, depositados siempre en la zona inferior del silo. Durante el proceso de estudio nos apercibimos también de que muchos fragmentos cerámicos procedentes de los diferentes depósitos constructivos que rellenaban los silos pegaban entre sí, incluso con fragmentos recuperados en los rellenos de abandono de la basílica, lo que hacía coincidir el final de muchos silos con el del edificio religioso (Figs. En concreto, de los 35 silos registrados al interior del templo, 22 contenían material asociable, situación de la que se pueden extraer dos importantes conclusiones. Por un lado, que la gran mayoría de silos fueron amortizados a la vez, de manera coetánea a la destrucción de la basílica. Es decir, que los silos que iban quedando en desuso no eran rellenados18, sino que permanecían vacíos, protegidos seguramente por una tarima de madera dotada de un sistema de cubiertas que permitía el acceso a ellos, al modo en que se disponían los entarimados de los cementerios parroquiales habilitados al interior de las iglesias 19. Por otro lado, que los rellenos de amortización de los silos fueron acarreados, casi con total seguridad, desde un basurero existente en las inmediaciones20. La análoga composición de estos rellenos, integrados mayoritariamente por restos cerámicos y constructivos (sillares, fragmentos de celosías y columnas), sugiere la presencia de un basurero consolidado que, atendiendo al patrón de gestión de los residuos, puede clasificarse como especializado (Azkarate y Solaun 2013: 83-85; Vigil-Escalera 2013: 135). Este tipo de basureros, situados generalmente a cielo abierto, origina contextos pluriestratificados de residuos que, al ser reaprovechados en actividades constructivas, forma depósitos con un alto grado de residualidad. Y es precisamente este último aspecto, el de la residualidad, en el que creemos que se encuentra el origen de las anomalías detectadas en nuestro estudio cerámico. La presencia de basura secundaria utilizada como material de relleno de los silos produce estratos en los que se mezclan materiales en fase con otros residuales, distorsionando la datación proporcionada por la cerámica. En nuestro caso, como señalamos anteriormente, en un mismo estrato se mezclaban materiales de los siglos ix al xii, acompañados de otros de época romana y tardoantigua derivados de las primeras fases de ocupación del lugar. No obstante, partiendo de que lo silos y sus rellenos son estratigráficamente anteriores a la construcción de la segunda iglesia (datada en la segunda mitad del siglo xii) y de que la datación absoluta de un estrato se establece en función del material datable más moderno contenido en el propio estrato y que le es coetáneo, siempre que no se trate de una intrusión (Carandini 1997: 36), podemos estimar el momento de amortización de los silos en el siglo xi o los primeros años del siglo xii, período en que se datan los materiales más modernos. Esta cronología, aunque no permite distinguir el proceso diacrónico completo mediante el cual se fueron abriendo los silos, sí permite considerar que estuvieron en uso hasta estas fechas. Respecto al momento de apertura de los primeros silos, pensamos que su cronología no puede adelantarse más allá del siglo x, muy posiblemente a las últimas décadas de esta centuria. El hecho de que la mayoría de los silos estratigráficamente más antiguos fueron rellenados con los mismos aportes de basura que los silos más tardíos sugiere un escaso margen de tiempo entre todos ellos, ya que las condiciones geológicas del terreno (graveras) provocan el rápido colapso de sus paredes. De hecho, aunque se registraron seis estructuras (uuee 390, 458/492, 494, 500, 504 y 506) amortizadas mayoritariamente por el derrumbe de las paredes (depósitos de destrucción), los escasos materiales cerámicos recuperados no permiten datarse nunca antes del siglo x. En definitiva, la ausencia de contextos cerámicos en fase anteriores a la décima centuria nos lleva a proponer una cronología para los silos situada entre los siglos x y xi. Los silos y sus rellenos: los datos carpológicos No queremos cerrar este capítulo sin hacer un breve comentario sobre los interesantes datos que ha proporcionado el estudio carpológico de los macrorrestos vegetales recuperados al interior de los silos 21. 21 El estudio carpológico está siendo realizado por Itsaso Sopelana. Queremos agradecer su disposición a la hora de proporcionar los datos necesarios para este trabajo. Ya señalamos anteriormente que no parecen existir depósitos en fase rellenando estas estructuras, por lo que el material recuperado al interior no puede asociarse con el uso originario de los silos. Sus rellenos debieron ser mayoritariamente acarreados desde un basurero existente en las inmediaciones, en los que entremezclaban numerosos restos cerámicos, constructivos y, curiosamente, también vegetales. En efecto, sorprende sobremanera, la gran cantidad de semillas carbonizadas aparecidas en los rellenos de amortización que, aunque no podamos asociar fehacientemente con los cultivos almacenados en los silos, permiten reflexionar sobre los residuos existentes en proximidad a San Martín, gestionados y quizás pertenecientes a la propia iglesia. El estudio carpológico determinó que el trigo era, con un 95% del registro total, el principal cereal, seguido muy de lejos por la cebada (2%), el lino (2%) y otros cultivos como el mijo, el panizo, la avena, las leguminosas y las plantas silvestres (1%) (Fig. 13). Estos datos contrastan con los proporcionados por los rellenos de dos silos datados en el siglo vi, anteriores a la construcción de la basílica, en los que el mijo y el panizo, cereales de ciclo corto, son los más representados con un 85% del total. Por su parte, el trigo y la cebada apenas suponen el 15%. Los datos también difieren de los obtenidos en otros contextos contemporáneos a Dulantzi. Por ejemplo, aunque en Gasteiz se documenta en los siglos xi y xii una profunda transformación en la estrategia agrícola, orientada a la disminución de la cebada y al progresivo aumento del trigo, el porcentaje de este último cereal nunca superará el 50% (Azkarate et alii 2013: 432-442). Todo apunta, en consecuencia, a una excepcional concentración de trigo en San Martín durante los siglos x y xi, un cereal enormemente valorado en transacciones y pagos en renta. No parece descabellado pensar, por lo tanto, que la gran proporción de trigo documentado en el yacimiento no sea consecuencia tanto de la estrategia agrícola desarrollada en Dulantzi, como del contexto privilegiado en el que se encuentra. Como se ha referido más arriba, el presente trabajo arranca de las problemáticas aportadas en el congreso sobre "Horrea, Barns and Silos". Sobre dichos puntos de partida se ha definido el objetivo principal del trabajo: tratar de comprender el fenómeno de los silos asociados a las iglesias altomedievales, dentro del marco peninsular, ejemplarizado en el templo de San Martín de Dulantzi. Esta necesaria contextualización y las consecuentes comparativas regionales resultan de gran importancia, dado que el País Vasco destaca precisamente por el reducido número de silos asociados a iglesias altomedievales. Un hecho, quizá explicable a partir de los escasos templos de dicha cronología intervenidos arqueológicamente de forma extensiva, circunstancia que ha dificultado la elaboración de propuestas interpretativas de carácter general (Quirós 2013: 184-186). El hallazgo de los silos de San Martín de Dulantzi ha alterado este panorama yermo, aportando nuevos y valiosos datos que abren la puerta a la comprensión de la relación iglesias-silos en nuestro territorio. Para ello, sin embargo, es imprescindible llevar a cabo un esfuerzo interpretativo que justifique la apertura de tal cantidad de silos en la basílica durante el último siglo de su existencia. Dicho esfuerzo pretende dar respuesta a las siguientes cuestiones: ¿Quién lo hizo? ¿Cómo explicar la anomalía que representa San Martín en el contexto alavés y vasco en general? La presencia de silos en San Martín se constata desde la Alta Edad Media. Sabemos con seguridad que algunos de ellos eran anteriores a la construcción de la basílica en los años centrales del siglo vi, pudiendo existir otros que también fueran previos o coetáneos a sus primeros momentos de uso, nunca superando el siglo vii. Estas estructuras subterráneas deben interpretarse, sin más problemas, como silos domésticos de almacenaje de la comunidad que vivía en Dulantzi, antes o durante la construcción de la basílica. El volumen de excedente que pudieron acumular es complicado de estimar, puesto que todas han llegado muy alteradas por la estratigrafía superior. De hecho, ni siquiera es posible establecer con seguridad el número exacto de silos en uso durante este momento. En cualquier caso, parece claro que dichas estructuras de almacenaje, junto con otros elementos de carácter doméstico, conformaron un importante hábitat altomedieval previo al edificio eclesiástico. Durante los siglos viii y ix no se registran silos en el yacimiento, si bien es posible que al exterior de la basílica, en algunas zonas no intervenidas, pudiera haberse abierto alguno. Quizá la presencia a partir del siglo viii de una extensa y densa necrópolis comunitaria condicionó el empleo de dichas estructuras. No obstante, y como veremos más adelante, la convivencia de funciones funerarias y de almacenaje en ciertos espacios no parece mostrar que dichos usos fueran mutuamente excluyentes. Es a partir de las últimas décadas del siglo x cuando parecen documentarse los primeros silos en el interior del templo. Este hecho no coincide con ninguna reforma estructural en el edificio eclesiástico, que continúa desarrollando sus funciones litúrgicas. Su espacio circundante sigue además empleándose como cementerio comunitario y es en este momento cuando precisamente alcanzará su máxima extensión. Las sepulturas de dicha necrópolis conviven, de hecho, con otras estructuras domésticas, entre las que sobresale un conjunto de tres silos. Así pues, el único elemento discordante con el periodo anterior lo representan estas estructuras de almacenaje subterráneas, documentadas tanto en el exterior como, sobre todo, al interior del templo. Hasta el momento se han detectado 35 silos en el interior del edificio de culto. Sabemos que todos no funcionaron de forma simultánea, sino que se fueron abriendo, utilizando y colmatando desde el siglo x hasta la ruina definitiva del templo en la primera mitad del siglo xii. Los indicios disponibles parecen sugerir, en efecto, que estas estructuras no se realizaron de manera coetánea, siguiendo un plan preconcebido, sino que se fueron abriendo en función de las necesidades del momento, aunque siempre en el interior del edificio. Este emplazamiento evidencia un notable interés, por parte de los propietarios del lugar, de almacenar siempre el excedente agrario en este limitado espacio, a pesar de las dificultades que dicha tarea pudiera conllevar. Ahora bien, ¿cómo fue posible abrir un número tan elevado de silos en un edificio religioso en uso? Para responder a esta cuestión hay que acudir al capítulo anterior, destinado a entender el proceso formativo de los rellenos de amortización de los silos. Señalábamos aquí que la gran mayoría de silos fueron amortizados tras la ruina del templo, si bien muchos de ellos ya debían encontrarse en desuso. Así, los silos que se iban abandonando no eran posteriormente rellenados, sino que permanecían vacíos sin mayor problema; una circunstancia que solo puede entenderse con la presencia de una tarima de madera, dotada de un sistema de cubiertas, que permitía el desarrollo de las funciones cultuales en la basílica y, a su vez, el acceso a los silos. La presencia de este suelo flotante de madera haría innecesaria, al fin y al cabo, la amortización de los silos tras su abandono, a excepción de aquellos que iban a ser afectados por la apertura de otro en su misma posición. Ello no implica, por supuesto, que el control por parte de poderes privados no pueda ser anterior, sino que es en este siglo cuando estamos en condiciones de identificarlo sin demasiados problemas. Con iglesia señorial nos referimos, por tanto, a aquellos templos controlados por poderes privados, en contraposición a los dominados por la jerarquía diocesana y considerados públicos. Este significado es independiente a la naturaleza de los propietarios, que podían ser laicos (familias nobiliares, monarquía o comunidades aldeanas) o religiosos (monasterios u órdenes militares). Fundaban estas iglesias con intereses materiales y espirituales y las donaban, compraban y enajenaban como cualquier otra propiedad. En ocasiones incluso estos poderes laicos y religiosos se confundían, siendo difícil poder establecer una neta diferenciación entre ambos, al menos durante la Alta Edad Media y hasta el siglo xi. De hecho, F. J. Fernández Conde define su cuarto modelo de monacato altomedieval a partir de miembros destacados de familias importantes que fundan iglesias/ cenobios, viviendo en ellas como si fueran monjes, aunque sin someterse en la práctica a ninguna regla y empleándolas como instrumentos para cohesionar y aumentar su patrimonio (Fernández Conde 2000: 276-277). Por otro lado, tampoco parece existir para estos siglos, salvo casos puntuales, la nítida diferenciación entre clero regular y secular que sí se constata a partir del siglo xii. Así lo consideran diversos medievalistas. R. Sharpe advierte que "debemos intentar evitar exagerar la distinción entre comunidades regulares y seculares" (Sharpe 1992: 101-102), mientras que J. Á. García de Cortázar considera que antes de mediados del siglo xi resulta difícil distinguir, salvo casos concretos, el papel de multitud de monasterios con pequeñas y escasamente reguladas comunidades, de templos parroquiales o de otras unidades de convivencia y explotación del territorio (García de Cortázar 2008: 29). F. J. Fernández Conde, por su parte, va algo más allá: "Quizá en este período -siglos viii y x-resulte impropio o anacrónico hablar de clero regular y secular en cuanto realidades eclesiásticas contradistintas. Sólo más tarde, cuando se definan perfectamente los límites entre iglesia o monasterio IGLESIAS, RENTAS Y SISTEMAS DE ALMACENAMIENTO EN EL PAÍS VASCO DURANTE LOS SIGLOS X Y XI... de sus almas), económicas (cohesionar, aumentar y asegurar su patrimonio), de prestigio y estatus y como instrumento para introducirse en las propias comunidades rurales (diferenciación social y perpetuación de su memoria) (Fernández Conde 2000: 276-277; Wood 2006: 445; Davies 2007: 215-216; Larrea 2007; Azkarate y García Camino 2012: 345-346). El análisis de la documentación escrita confirma el control señorial y monasterial de las iglesias alavesas en este momento. Un diploma de Fortunio, último obispo de Álava, fechado en 1085, en el que renuncia a diversos derechos a favor del monasterio de San Juan de la Peña (De Mañaricua 1964: 139) y el acuerdo del obispo de Calahorra, Sancho de Grañón, de principios del siglo xii (Llorente 1808: 7-10), dan perfecta cuenta de que las iglesias, más allá del plano teórico, estaban ajenas a la autoridad diocesana. El escenario comenzó a cambiar en la primera mitad del siglo xii, siendo el punto de inflexión el diploma de 1135 firmado por el obispo de Calahorra Sancho de Funes. En éste se establecía de forma efectiva el arcedianato de Álava y la percepción de rentas en iglesias del entorno en lo que parecen ser los primeros esbozos de una jerarquía administrativa diocesana en territorio alavés (Carl 2011: 150-151; Sáenz de Haro 2012: 466). No obstante, el proceso de expansión y consolidación de los poderes episcopales en Álava fue largo y difícil, extendiéndose durante ese siglo y buena parte del siguiente. De hecho, todavía a finales del siglo xii había que entender el mapa de iglesias el Álava como un complejo tapiz en el que se interrelacionaban de forma continua y dinámica los poderes episcopal, monástico y nobiliar, en no pocas ocasiones de forma conflictiva. En este enrevesado escenario era posible tanto que el obispo arrendase el cobro de sus rentas a la nobleza26 como que un papa regulase las parroquias integradas en dominios monasteriales, como hizo Celestino III en el decálogo de derecho canónico diocesano que promulgaba una bula de 1192 27. La debilidad del poder diocesano, incapaz todavía de imponerse sobre el resto de actores en liza, es visible en otras disposiciones de dicho decálogo: la prohibición de edificar capillas u oratorios (punto 3) o distraer, vender, enajenar o hipotecar bienes de una iglesia (punto 4) sin permiso del obispo, así como la exhortación a los laicos de no imponer a las iglesias nuevos gravámenes (punto 6) (Sáinz Ripa 1994: 389-390; Rodríguez R. de Lama 1979: 109-112). Hasta la segunda mitad del siglo xiii no estamos en condiciones de afirmar que los poderes diocesanos controlasen en Álava las iglesias del mundo local. Fue la concordia de 1257 entre el obispo de Calahorra Jerónimo Aznar y los clérigos de su cabildo catedralicio la que muestra por vez primera los profundos cambios acaecidos sobre el panorama anterior. En ella se mencionan nada menos que 424 templos alaveses plenamente articulados en la jerarquía diocesana (arciprestazgos y arcedianatos) y que pagaban los impuestos eclesiásticos exigidos (Rodríguez R. de Lama 1989). La documentación escrita refleja con claridad, por lo tanto, que los poderes diocesanos no se impusieron en Álava de forma rotunda hasta bien entrado el siglo xiii y que hasta ese momento pervivió el modelo basado en iglesias propias que hundía sus raíces en la Alta Edad Media. Todos estos indicios sugieren, en definitiva, que San Martín era en el siglo x una iglesia señorial asociada a una familia de cierta entidad territorial. Pero, ¿qué papel jugaron en este contexto los silos de almacenaje abiertos en su interior a partir de la segunda mitad de esa centuria? ¿Cuál fue la razón de que la iglesia adquiriese una nueva función de almacenamiento complementaria a la actividad litúrgica? 4.2. Es importante precisar, tal y como hemos adelantado más arriba, que son pocos los silos que se han identificado asociados a iglesias en el País Vasco (Quirós 2013: 184). En Álava apenas se conocen una veintena de estas estructuras en edificios religiosos, de las que sólo ocho se ubican en el interior 28. El dato resulta relevante por dos motivos. Primero, porque evidencia las sustanciales diferencias de Álava con otros territorios peninsulares, como Cataluña, donde los silos tuvieron una presencia mucho mayor en contextos eclesiales. De hecho, a primera vista podría decirse que San Martín de Dulantzi se asemeja a ciertos yacimientos catalanes, como la iglesia vieja de Sant Menna en Senmanat, Barcelona (Coll et alii 2001). Pero si tenemos en cuenta las particulares características del territorio, estos parecidos no son más que aparentes. El ensagrerament, un fenómeno clave de la historia medieval catalana, no parece que haya tenido apenas influencia en el País Vasco 29. Asimismo, y como se ha explicado en el apartado anterior, tampoco existen poderes episcopales fuertes en la zona, mientras que la creación de las sagreras, parroquias y el comienzo de la percepción de rentas eclesiásticas se identifica en Cataluña con iniciativas episcopales. Así, R. Martí cifra en más de 276 las actas de consagración y dotación de iglesias que lideran obispos catalanes entre los siglos ix y xi (Martí 2006: 155-157), algo sin parangón en nuestro marco geográfico 30. Segundo, porque la escasez de silos asociados a iglesias alavesas subraya la excepcionalidad del caso de Dulantzi. Parece que los propietarios de las iglesias señoriales alavesas prefirieron otro tipo de sistemas de almacenaje frente al silo excavado en el suelo. Es probable que las rentas ligadas a estos templos se guardaran en estructuras adosadas en materiales perecederos, como sugirió L. Sánchez a partir de las ménsulas identificadas en los muros norte y oeste de las iglesias de su grupo 4 (Sánchez Zufiaurre 2007: 291, 328). Por lo tanto, la singularidad de Dulantzi se debe, no sólo a la apertura de silos en el interior del templo, sino sobre todo a la profusión con la que se desarrolló dicha tarea. Los treinta y cinco silos hallados en su interior, habiendo podido excavar sólo la mitad meridional del templo, dan fe del profun-29 Aunque se haya identificado algún dextro, como en la localidad alavesa de Gopegi, o se haga mención a ellos en la documentación (Sánchez Zufiaurre 2007: 140) no se evidencian las consecuencias sociales y económicas que el fenómeno tuvo en Cataluña. 30 Con todo, es importante subrayar que la titularidad y el control diezmal por parte de actores privados no fue algo totalmente ajeno al territorio catalán, a pesar de la importancia que alcanzaron aquí los poderes episcopales. En el caso del Rosellón, y a diferencia de los condados al sur de los Pirineos, no parece que los cellers (equivalente de las sagreras) sigan una iniciativa episcopal, sino que fueron instrumentalizados de forma exclusiva por los señores, tanto laicos como eclesiásticos (Catafau 2007: 216-217). Por otro lado, tampoco los investigadores de la Cataluña peninsular han negado cierta influencia, siempre matizada, de la iniciativa privada (Villaginés 1988: 136-139; Martí 2006: 157; Farias 2007: 75). do contraste existente con el resto de evidencias del marco alavés. La ausencia de documentación escrita compromete sobremanera la tarea de definir la naturaleza de los excedentes que se almacenaban en estas estructuras. Podrían provenir tanto de las rentas asociadas al propio templo, como tratarse específicamente de censos eclesiásticos, que podrían además haber sido aportados de forma voluntaria o ser parte de un sistema de captación obligatorio. Del mismo modo, los silos y graneros reflejan sólo una parte de los censos eclesiásticos. En los textos se diferencia el diezmo mayor (granado), que se entregaba fundamentalmente en especie (el pan, la producción cerealística y, en aquellas regiones donde se produjesen, el vino, la producción ganadera o el lino) y el diezmo menor (menucias), que solía pagarse con dinero y que diezmaban otros productos menos rentables y duraderos como los hortícolas y frutales. También se mencionan otros censos como las ofrendas a pie de altar, las primicias, las cuarentenas, los mortuorios y las cenas (Fernández Conde 1987: 77-79; Díaz de Durana y Guinot 2010: 71). Con todo, y pese a estas limitaciones, es factible que los silos abiertos en San Martín evidencien la captación y almacenamiento del diezmo mayor por parte de la familia propietaria del templo. Así lo sugiere la clara intención de emplear como lugar de almacenaje el espacio interior de la iglesia31. Un empeño por el que prácticamente agotaron todo el espacio útil del edificio de culto y que sugiere una finalidad legitimadora. En un momento en que la familia propietaria no contaba con un relato consolidado para justificar el pago de censos eclesiásticos, como sí tuvo unos siglos más adelante la Iglesia a través de la institución parroquial, aprovecharon la importancia del lugar físico y sagrado32. Al fin y al cabo, las rentas se pagaban y se guardaban en la iglesia porque eran dadas a Dios, como proveedor de todos los bienes que tenían las gentes de este mundo (Díaz de Durana y Guinot 2010: 69). No obstante, parece poco probable que se tratase de una red cerrada en la que la apropiación de dichas rentas se fijase bajo términos territoriales, como IGLESIAS, RENTAS Y SISTEMAS DE ALMACENAMIENTO EN EL PAÍS VASCO DURANTE LOS SIGLOS X Y XI... ocurrió con la parroquia. El documento de Sancho de Grañón, al que hemos hecho referencia más arriba, muestra que los individuos podían recibir servicios pastorales en un templo y pagar los censos eclesiásticos en otro diferente 33. La singularidad de este yacimiento en nuestro territorio impone, para concluir, una pregunta obligada: ¿fue Dulantzi la excepción o la regla? Esto es, ¿podríamos aventurar en ámbito alavés un origen señorial y anterior a la parroquia del diezmo y de otras rentas eclesiásticas? En el curso actual de las investigaciones, con el escaso número de silos hallado y los problemas para identificar otro tipo de estructuras de almacenaje, no es posible ir más allá. Existen indicios que apuntan con cierta seguridad a que este modelo primigenio de percepción diezmal sin connotaciones territoriales pudo desarrollarse en Dulantzi, pero nada más. Desconocemos si se trata de una excepción, lo que explicaría el carácter atípico del yacimiento y quizá el poder y ámbito de influencia de sus propietarios, o de una regla, con lo que otras familias también percibieron estas rentas en sus iglesias, almacenándolas en graneros u hórreos que no hemos sido capaces de reconocer. Será, en cualquier caso, la información aportada por las futuras investigaciones la que permitirá resolver dicho interrogante.
PALABRAS CLAVE: Iliberri; cerámica griega; cerámica ática de figuras rojas; copas de pie alto; copas de pie bajo; taller cerámico; taller de pintor. Las cerámicas griegas áticas de figuras rojas de Zacatín (Granada, España) Inmaculada de la Torre Castellano 2 Amparo Sánchez Moreno 3 RESUMEN 123 A los pies del oppidum ibérico de Iliberri en la ciudad de Granada, una excavación de urgencia en la calle Zacatín ha permitido desvelar una fosa, en cuyo interior fueron exhumados entre diversos objetos, 5000 fragmentos de cerámica (mayoritariamente griega, aunque también ibérica), así como recipientes de vidrio de origen griego. No obstante, su contexto preciso y su función están todavía por determinar. El material cerámico griego está compuesto por vasos áticos (2000 fragmentos) y presenta un carácter formal et iconográfico muy homogéneo. Nos encontramos mayoritariamente frente a copas de pie bajo, escasas copas con pie alto (forma poco abundante en la península Ibérica a la excepción de Ampurias) y de escifoi. Este conjunto podría ser datado hacia el segundo cuarto del siglo iv a. C., siendo principalmente atribuible al pintor de Viena 116, así como ciertas piezas al Grupo FB o al pintor de Meleagro. De naturaleza excepcional, por su volumen y homogeneidad, este hallazgo permite y permitirá ahondar en las cuestiones de estructuración y de organización de los talleres de cerámica de Atenas, así como sobre las modalidades de su transporte. EL YACIMIENTO DE ZACATÍN Y EL OPPIDUM El oppidum de Ilturir/Iliberri sólo recientemente ha sido objeto de estudios que permitan conocer la entidad de su trama urbana así como de los componentes sociales, religiosos, territoriales, paisajísticos o económicos de lo que supuso el origen y desarrollo de un núcleo urbano que, como otros coetáneos y vecinos, surgió como consecuencia de un proceso de sinecismo que agrupó a diversas poblaciones creando en el actual barrio granadino de El Albaicín uno de los asentamientos ibéricos más importantes del sureste peninsular y Alta Andalucía (Fig. 1), pero uno de los peor conocidos, a pesar de que ya en los años 60 del pasado siglo xx era objeto de un estudio sistemático una de sus necrópolis (Arribas 1967). Y es que una serie de circunstancias poco acertadas ralentizarían el conocimiento arqueológico de este yacimiento multifásico. Por un lado, la propia historia de la arqueología de la ciudad, iniciada a mitad del siglo xviii de la mano de un curioso personaje, Juan de Flores, quien falsificó con nocturnidad y alevosía el registro arqueológico para intentar confirmar la existencia en el suelo granadino de una ciudad romana que estuviese a la altura de la que, según las fuentes clásicas, había sido sede de uno de los primeros concilios de la cristiandad a principios del siglo iv d. Por otro, la existencia de una ciudad homónima muy cercana, de la que se conocían bien sus restos medievales, Medina Elvira, situada a unos 15 km al Oeste de la actual ciudad de Granada, y que polarizó gran parte de los estudios historiográficos hasta el punto de que, según algunos autores (Mora 1998), el debate en torno a la ubicación de la ciudad romana y la medieval en el Albaicín o en Sierra Elvira fue uno de los que más enfrentamientos produjo en la historiografía española del siglo xix. Las excavaciones sistemáticas y de urgencia que empezaron a desarrollarse en la ciudad de Granada a partir de 1982 ayudaron a definir el diseño de las diversas tramas urbanas en las distintas fases de ocupación, aunque más profundamente en los períodos romano y medieval que en la ibérica. Ello ha permitido que diversos estudios recientes hayan aportado una gran cantidad de información sobre la ciudad romana (Orfila 2011, con amplia bibliografía), en detrimento de lo que conocemos sobre la fase protohistórica, lo que ha sido resaltado en la historiografía reciente, señalando la escasez de datos con que se cuenta en la actualidad y el problema que ello provoca a la hora de entender un espacio ligado a la Bastetania ibérica, a pesar de las críticas acerca de este concepto cultural que empezaron a surgir en este momento (Adroher 2008). Todas las publicaciones siguientes no hacían sino resaltar la necesidad de enfrentar un estudio de conjunto que finalmente ha tenido lugar en una tesis doctoral defendida por una de nosotras (Sánchez Moreno 2016). Y el caso es que algunos artículos especializados publicados en estos dos últimos decenios habían profundizado en las fases prerromanas, pero sin a analizar con detenimiento la cantidad de datos que han visto la luz gracias a este estudio de conjunto. Tras la defensa de este trabajo de investigación las ideas se han aclarado bastante, y surgen nuevas proyecciones de investigación que permitirán en breve avanzar notablemente en el conocimiento del oppidum de Iliberri tanto en su distribución urbana como en sus contextos social, económico, religioso y paisajístico. Por su parte, los trabajos precedentes ya habían resaltado la importancia de ciertos hallazgos, y la tesis defendida hace un exigente hincapié sobre el alto valor de algunos de estos hallazgos, contextualizándolos tanto en el espacio como en el tiempo. Así ya podemos proponer que apenas un siglo después de la fundación del oppidum hacia el 675 a. C. (Adroher y López 2001), se proyectó una gran reforma urbana que supuso la creación de nuevos lienzos de muralla que crearan un espacio intramuros que duplicaba el de la fase fundacional. Iliberri (quizás con el nombre de Ilturir) debió sufrir la crisis del siglo vi a. C., tras lo cual el único argumento que tenemos desde la arqueografía para conocer su continuidad es la existencia de varias necrópolis (Mirador de Rolando y Mauror), la presencia de material ático en algunos sedimentos, el depósito que centra este trabajo (calle Zacatín) y poco más. Es posible que hayan tenido lugar reformas urbanas importantes de las que apenas vemos la punta del iceberg, quizás en la construcción del depósito de agua de la calle Álamo del Marqués (Lozano et alii 2008), el cual se amortizó un par de siglos más tarde, presumiblemente. En la fase tardoibérica la ciudad emite moneda, cuatro series que siguen planteando problemas de clasificación, pero que denotan la importancia social y económica de este núcleo urbano. Algunos elementos repartidos en diversos hallazgos nos permiten considerar que Iliberri se sitúa como centro de consumo y redistribuidor de un comercio con marcado carácter mediterráneo, lo que hace que encontremos todo tipo de producciones cerámicas, barnices negros campanos y etruscos, boles griegos, ánforas itálicas, adriáticas, del bajo Guadalquivir, de la bahía de Cádiz y Málaga; importaciones de kalathos y de jarritas monoansadas de gris de la costa catalana permiten igualmente identificar una potente fuente de interrelación con las costas levantinas peninsulares. Entre todos los hallazgos que se asocian a época ibérica en el casco antiguo de la actual ciudad de Granada, sin lugar a dudas uno de los más interesantes es el que centra el presente trabajo, del depósito votivo ibérico junto al rio Darro, en la calle Zacatín (Fig. 2). Dicho contexto fue localizado en 1999, y fue inicialmente interpretado como restos de un depósito de carácter funerario (Pachón 1997(Pachón -1999;;Rambla y Cisneros 2000; Rambla y Salado 2002), y así fue considerado hasta que un equipo en el cual estábamos integradas dos de las autoras de este trabajo, encaró desde el año 2004, un proyecto de análisis pormenorizado de los documentos arqueográficos recuperados en la excavación, fruto de lo cual se han llevado a cabo diversas publicaciones que insisten en su carácter votivo, pero al margen del ámbito funerario (De la Torre 2008; Rouillard y De la Torre 2014; Adroher et alii 2015; Sánchez Moreno et alii 2015). El conjunto mueble recuperado se compone de unos 5.000 fragmentos de cerámica (griegas especialmente, pero también ibéricas comunes, ibéricas de barniz rojo y algunos fragmentos aislados púnicos), repartidos en casi 40 kg, a lo que se unen otros materiales de otra naturaleza como elementos metálicos (destacando un trípode), hueso trabajado (una placa decorada inspirada en motivos orientalizantes), restos de huevo de avestruz, arcilla cocida (sobre todo fusayolas) y elementos de pasta vítrea de los que destaca un nutrido grupo de ungüentarios que han sido ya presentados en un trabajo específico (Vílchez et alii 2005). Estructuralmente se trata de una fosa poco profunda excavada junto a los arenales de depósito del río Darro, al exterior de la muralla del oppidum y por el momento sin ninguna asociación de rituales que indiquen su pertenencia al ámbito funerario. No hay datos para saber si se integraba dentro de algún complejo estructural de mayores dimensiones, ya que la excavación se centraba en un pequeño solar que no permitía la apertura en open area, lo que imposibilitó que los excavadores pudieran tener la posibilidad de contextualizar adecuadamente el hallazgo (Rambla y Salado 2002). La gran cantidad de material ático permite identificar cronológicamente este depósito en una fase coetánea a la datación del pecio de El Sec, dentro del segundo cuarto del siglo iv a. C., aunque aún se podría precisar algo más esta propuesta; aunque en este trabajo se presentan solamente las cerámicas griegas de figuras rojas, las de barniz negro también han sido objeto de un estudio monográfico y cuya composición tipológica y porcentual también parece apuntar en la misma línea (Adroher et alii 2016). El material, en líneas generales, está muy rodado, especialmente los vasos áticos figurados, lo que nos permite considerar que pudieron haber sido arrojados a la fosa una vez rotos o con el suficiente ímpetu como para que fracturaran en pequeños fragmentos al caer con tanta fuerza contra el suelo. Por su parte, el agua del río ha provocado un proceso de erosión tal que evita, en numerosas ocasiones, que los fragmentos puedan ser reconocidos y, en consecuencia, puedan clasificarse adecuadamente. El fuego parece que también debió jugar un importante papel en el ritual, ya que muchas piezas presentan restos de estrés térmico incluso en las zonas de fractura, lo que indica que se quemaron tras su fragmentación (Adroher et alii 2015). LAS CERÁMICAS ÁTICAS DE FIGURAS ROJAS A partir de 2.000 fragmentos de cerámica ática de figuras rojas de pequeño tamaño excavados en parte de una fosa (Rambla y Salado 2002) donde se habrían arrojado cientos de vasos el tratamiento y estudio de todo este material ático de figuras rojas nos ha permitido presentar 79 individuos bien identificados4. Por supuesto hay muchos fragmentos que quedan aislados, sin poderse remontar, ya que parte de la fosa (la mitad o más) no fue objeto de excavación al quedar fuera del solar afectado por la intervención arqueológica. Una característica importante de este conjunto es la homogeneidad del repertorio de formas y la cronología de las piezas, con alguna ligera diferencia en el último caso. Las formas consisten casi exclusivamente en vasos del servicio de bebida, copas de pie alto y copas de pie bajo, copas-escifoi o escifoi y un solo vaso cerrado (Fig. 3). La gran mayoría de las piezas puede ser datada en el segundo cuarto del siglo iv a. C., aunque contamos con dos copas de pie bajo (049 y 060) del último tercio del siglo v a. C., periodo al cual pertenecen dos piezas de barniz negro, una "Copa Cástulo" (Rambla y Salado 2002: fig. 4, 10; Adroher et alii 2016: fig. 3, 2-3), un "bolsal" (Rambla y Salado 2002: fig. 5, 12), con un escifo de tipo "Saint Valentín" y copas de pie alto de principios del siglo iv a. La ausencia de orificios de reparación y de cualquier restauración es otra característica común de estos vasos, un argumento que refuerza la hipótesis de que se trata de un depósito compuesto por piezas que no fueron utilizadas, o que fueron poco utilizadas, lo que ocurriría seguramente con las piezas más antiguas; todas las piezas del segundo cuarto del siglo iv a. C. debieron ser adquiridas en un corto espacio de tiempo (en vista de la homogeneidad de los vasos), y se usaron para un acto preciso realizado en un momento dado, por lo que el depósito de Zacatín es un excepcional conjunto cerrado. De seis copas de pie alto, cinco presentan características parecidas, tanto formales como por el estilo y la iconografía 5, y una última copa (083) es objeto de debate. Se trata de copas del tipo "B" de Bloesch (Bloesch 1940). Ornamentación bajo las asas: una palmeta vertical, rodeada en la base a un lado y otro de volutas que sostienen pequeñas palmetas rodeadas de follaje (056, 057, 058), o de pequeñas palmetas (042, 083) o de volutas (055). Uno de nosotros (P. R.) propuso su atribución a un taller del segundo cuarto del siglo iv y la señora Kleopatra Kathariou tuvo la amabilidad de discutir estos análisis, proponiendo de manera más categórica su atribución al Pintor de Meleagro al que ya hizo referencia el ponente. Le damos las gracias y en este análisis seguimos esta reflexión en la estructuración de los talleres de este periodo. a De la copa 042 (Fig. 4a) queda legible un fragmento de borde decorado en el interior del labio por rosetas de puntos. La ornamentación bajo las asas está constituida por una palmeta enmarcada por dos pequeñas palmetas. A: dos personajes enfrentados; a la derecha, lo único visible es una mujer con un moño (similar a Londres BM, 21 E, Curti 2001: n. Diámetro del vaso: 17 cm. El fragmento de 055 (Fig. 4a) es una parte del fondo del vaso. Medallón rodeado por una greca. Eros desnudo de perfil hacia la derecha, sosteniendo en cada mano un objeto de difícil identificación (¿fíala en la mano izquierda? ¿aribalo en su mano derecha?). Exterior A: probablemente dos personajes cara a cara. A la izquierda, dos piernas desnudas de perfil hacia la derecha; a la izquierda, parte inferior de un himatión (¿?). Longitud máxima conservada: 16 cm. El fragmento de 056 (Fig. 4a) es una parte del fondo del vaso. Lagunas a la izquierda y abajo. Joven de frente con el torso desnudo, (¿de pie o sentado?), cabeza de perfil hacia la derecha, el brazo izquierdo levantado sosteniendo probablemente un ritón. Ropa anudada a la altura de la cintura. Lleva un gorro (¿un pilos?), del que se escapan, cubriendo la nuca, mechones de pelo rizado. El brazo se dobla por encima de una pilastra coronada por una voluta. En el campo, a la izquierda de la cabeza, dos halteras contiguas. En el exterior, se observa, en la cara A, la parte inferior de dos personajes enfrentados: a la izquierda, probablemente Eros, del que se ve a la izquierda el extremo inferior del ala, y enfrente a un personaje en himatión. Longitud máxima conservada: 15 cm. El fragmento de 057 (Fig. 4b) es parte del fondo de la copa. Eros desnudo de perfil hacia la derecha. Sostiene en su mano derecha un estrigilo encima de un luterio. Cabello corto rodeado de un filete reservado. Exterior A: Eros frente a joven con himatión. Longitud máxima conservada: 18 cm. El fragmento de 058 (Fig. 4b) conserva el pie y una parte del fondo del vaso. Medallón rodeado por una greca interrumpida por rectángulos reservados con cruz punteada. Eros desnudo de perfil mirando hacia la derecha; alas desplegadas. Cabello con rizos caídos rodeado por un filete reservado. Sostiene en su mano derecha un estrigilo encima de un altar con volutas. A: Eros (¿sosteniendo un aribalo?) frente a un personaje en himatión. B: probablemente idéntica escena; solo se conserva Eros dirigiéndose hacia la derecha. Longitud máxima del vaso conservada: 15,5 cm; diámetro de pie: 7,7 cm; altura pie: 4,1 cm. El fragmento 083 (Fig. 4b) es parte del fondo de una copa. El medallón (diámetro: 13 cm) está rodeado por un círculo reservado. Se reconoce una base o un pie mirando hacia la derecha (¿?); por encima, siguiendo la curvatura del medallón, una línea ondulada. Se podría avanzar la hipótesis de una concha de donde surgiría Afrodita como en la pélice de Olinto (Tesalónica, Museo Arqueológico, 685; BA 14847: LIMC II, s. v. La línea ondulada podría ser también la cola de un tritón. La cuestión sigue abierta. Longitud máxima conservada: 10,4 cm. Estas copas constituyen un lote que presenta la misma forma de copa, la elección de una iconografía bien definida, una organización y una composición de la decoración muy parecidas, incluso idénticas, un sistema decorativo que se repite y una manera de pintar muy similar. Se observan una serie de constantes en la iconografía. Así, en el medallón, un solo personaje cubre el centro del espacio, y siempre a la derecha, un altar. En el exterior, de manera repetitiva, dos personajes de pie uno frente al otro. Los medallones presentan una iconografía que ofrece una cierta variedad solamente en los accesorios y atributos; en tres casos sobre cuatro se trata de Eros, que en dos ocasiones tiene un estrigilo (057 y 058), lo que es raro y constituye una característica propia de este lote 6; en el caso de la copa 056, estamos siempre en un ambiente de palestra con halteras en el campo. El altar se refiere a la ofrenda, los personajes, Eros o jóvenes, al mundo de la palestra; más allá de algunos casos en los que Eros que sostiene un estrigilo, las escenas que asocian Eros y atletas están bien documentadas en el Pintor de Meleagro 7. Los accesorios y atributos, fíala, halteras, estrigilo, cuerno para beber están reunidos y asociados en una variada mezcla de universos que son los de la ciudad griega, los banquetes, la palestra y Eros. La atribución al taller del Pintor de Meleagro, ya sugerida por la iconografía, se basa también en el estilo: así los Eros que se encuentran en las copas de Zacatín son tratados, por ejemplo, de la misma manera que en la copa de Eretria 1530 (Kathariou 2002: MEL 106, pl. 37B) o en la crátera de Würzburg H 4643 (Kathariou 2002: MEL 28, pl. 13B), o de nuevo la mujer que lleva un moño de la copa 042 es cercana a la de la copa de Londres, BM E121 (Curti 2001: n. Todas estas filiaciones, si uno sigue Kathariou y Curti, convergen para proponer una fecha en el momento final de producción del taller, a principios del siglo iv a. (Fig. 5) Dos copas de pie bajo se distinguen por su cuerpo con perfil de curvatura continua, su pie ligeramente oblicuo, convexo (049) o biconvexo (060), sin mol-6 Vemos algunos casos de Eros sosteniendo un estrigilo; así en el Pintor de Meleagro: BA 17837 (Museo de Eretria 1530, Kathariou 2002: MEL 106, pl 37 una copa de pie alto, datada en el "período tardío" por Kathariou); y la hidria BA 11847 ("late IV") del Museo Británico, E239 (CVA, Br. 7 De estas asociaciones varias se encuentran sobre cráteras: nos remitimos a Curti 2001, n. 132 (en este caso una copa de pie bajo). 133 está situada en la "fase reciente") y Kathariou sitúa en el "período tardío" el vaso MEL 106 (ver supra, nota 3). duras y una pared gruesa (4.5 mm). Esta forma se identifica como copa "plain rim" en la serie de vasos de barniz negro del Ágora de Atenas (Agora XII, n os 474 -482) y se data entre 450 y 425 a. La copa 049 presenta un perfil completo con asa incluida. Medallón rodeado por una greca continua; cabeza masculina de perfil con petaso hacia la derecha; cabello caído sobre la sien. Altura: 4,8 cm, diámetro de boca: 15 cm, diámetro de base: 8 cm. La copa 060 también presenta un perfil completo, aunque no conserva las asas. Medallón rodeado por una banda continua de "z" (zetas); palmeta con pétalos alargados desplegados. Exterior: barniz negro con el interior del pie con rojo intencional. Altura: 3,9 cm, diám. boca estimado: 13-14 cm; diam. pie estimado: 7,5-8 cm (Cf: para la palmeta: Estas dos piezas son excepcionales por su iconografía, muy inusual en este tipo de copas. El mismo tipo de copa, con curvatura continua, se encuentra en la necrópolis del Mirador de Rolando (Granada) (Trías 1967-1968: p. Copas de pie bajo con cuerpo de curvatura continua y resalte interno (Fig. 6-12) Las copas de pie bajo, con cuerpo de curvatura continua y con resalte interno constituyen el conjunto más importante (57 de 79 individuos) y se caracteriza por su gran homogeneidad, tanto por la forma como por el tratamiento de la ornamentación y de la iconografía, con un repertorio reducido. La forma es similar a la que se identifica en el Ágora de Atenas con el nombre de "stemless cup, delicate class" (Agora XII: n. 474 hasta 492) y se caracteriza por un cuerpo de poco espesor, un pie moldurado que a veces reserva la superficie de apoyo 9. Las dimensiones son muy similares de una pieza a otra: diámetro de cuerpo entre 14 y 16 cm, diámetro de pie entre 7 y 8 cm (pero lo más frecuente 7 cm) y una altura entre 4 y 4,8 cm. La decoración consiste en una palmeta bajo la zona de las asas, y en palmetas o volutas a un lado y otro de las asas; LAS CERÁMICAS GRIEGAS ÁTICAS DE FIGURAS ROJAS DE ZACATÍN (GRANADA, ESPAÑA) Figura 5: Copas de pie bajo y cuerpo de curvatura continua. en el fondo externo del pie: círculos reservados. El medallón está generalmente rodeado por uno o varios círculos reservados. El pintor, o los pintores, de estas copas compartían el mismo gusto por la decoración llenando todo el espacio, ya se trate del medallón o de los exteriores. No se dejan espacios vacíos y pintan los atributos que sostienen los jóvenes llenando el espacio entre la escena del medallón y su mismo límite, o el espacio entre los dos personajes de los exteriores. Los rasgos comunes de estas copas se presentan a continuación y resaltaremos solamente los rasgos distintivos de cada uno de los siete grupos definidos a partir de la iconografía del medallón. El contorno de la cabeza de los jóvenes en himatión o desnudos es impreciso, con una protuberancia hacia la derecha para representar la nariz; el volumen del cabello se realiza con una mancha negra y los mechones son raros. La boca está marcada, en todo caso, por un punto. El tratamiento de los pies varía según el joven esté desnudo o vistiendo un himatión. El sexo de los jóvenes desnudos casi no se indica. No parece que se puedan establecer conexiones privilegiadas entre la decoración del medallón y los reversos. Más allá de estos rasgos generales, que pueden ser a veces matizados, la clasificación aquí propuesta El joven de pie y de perfil mirando hacia la derecha, está vestido con un largo y ancho himatión señalado solamente con algunos trazos verticales; la anchura de la prenda es a veces tal que ocupa casi todo el espacio del medallón (013,021,041); el cuello es tratado solamente por dos muescas entre la parte superior del manto y la cabeza; el himatión cubre a menudo los pies (008, 009, 010, 013, 014, 015, 020), pero en otros casos (006, 007, 012, 017, 018, 019, 021, 026) los pies están esbozados por una punta hacia la derecha; la planta del pie se ajusta entonces a la curvatura del medallón. Estos elementos tienen sentido cuando el joven tiende un brazo por encima de este luterio o de este pilar, colgando lo que nosotros identificamos como un aribalo, aunque el cordón necesario para sostenerlo no sea visible (010, 012); el aribalo también puede estar presente, pero suspendido en el vacío (007, 011, 016, 026). En un caso (012), tenemos un joven con un estrigilo y quizás también un aribalo. Eros en un medallón, en ese período cronológico, está atestiguado con mayor frecuencia en copas de pie alto (ARV 2: 1522-1525). En los dos primeros Eros es tratado de manera similar, dirigiéndose hacia la derecha, volando en uno (001) y caminando en el otro (002), brazos hacia adelante, sosteniendo en la mano derecha un tejido delimitado por puntos (001) o una caja (002). Los atributos o accesorios son el ritón (024), o un disco con una cruz y cuatro puntos inscritos (038). Figura 6. c: Medallones con joven vestido con himatión. c exterior, dos jóvenes en himatión están cara a cara. Cabe señalar que en ambos casos el pelo no se trata como una mancha negra compacta, sino en negro diluido, con mechones en el primer caso. El caso del Eros del vaso 031 es un poco diferente, con un cuerpo tratado como el de los otros jóvenes desnudos estudiados anteriormente, los brazos hacia delante (mano izquierda sosteniendo una caja) encima de un altar, pero con alas. En el exterior, dos jóvenes en himatión están cara a cara. La copa 003 lleva en el medallón un personaje alado, de perfil hacia la derecha, por encima de dos volutas. Sus rasgos son aquellos de los jóvenes desnudos; las piernas dobladas, los brazos tendidos hacia adelante. El dibujo de las manos sorprende: podemos ver un dibujo particularmente burdo o garras, todo también mal dibujado. Eros o híbrido, el debate sigue abierto, especialmente en ausencia de cualquier comparación válida. El tratamiento del cuerpo pintado en el medallón es muy parecido al de los jóvenes desnudos, aunque en este caso la superficie erosionada hace muy difícil cualquier lec-tura. El personaje corre hacia la derecha, en dirección de un altar, llevando en su mano izquierda lo que parece ser una caja. Brazo derecho hacia atrás. La presencia de una cola orienta hacia la identificación con un sátiro, pero ningún otro atributo es legible. La cola situada alta en el arco de la espalda no puede ser un obstáculo para esta identificación; esta misma disposición se encuentra por ejemplo en vasos del Pintor de Jena (ARV 2: 1511, 6; Paul-Zinserling 1994: pl 2,1). En el exterior, en ambas caras, dos jóvenes en himatión enfrentados. (Fig. 9) De esta copa subsiste un fragmento de medallón (ancho 4:4 cm) con una cabeza inclinada hacia la izquierda y un cuerpo de frente, vestido. Distinta de las piezas anteriores, con su cabello en negro diluido, su ojo tratado con un triángulo y una ceja marcada es parecida a obras del Pintor de Jena. Las cabezas, que ocupan todo el medallón, están de perfil hacia la derecha a excepción de dos piezas (043, 046). El pelo está siempre cubierto por un sakkós de contorno redondeado que se adapta rigurosamente al círculo del medallón, a veces limitado por una línea de puntos (046), o un sakkós de contorno acanalado y delimitado por rosetas de puntos (045), del que escapan a veces mechones sobre la frente (048) o en la oreja (047, 048, 051). La ceja a menudo se marca con un trazo grueso. En algunos casos el medallón está decorado con un animal o un híbrido. En el vaso 004, el cuerpo de un animal, de perfil hacia la derecha, lleva una línea de puntos sobre el dorso; exteriores con un personaje en himatión. El grifo está presente en dos casos (028, 081), de perfil hacia la derecha; destacamos el primer caso en el que la decoración pintada se realizó Figura 6. e: Medallones con joven desnudo. e sobre un vaso ya ornamentado con estrías impresas. El fragmento de medallón 065 tiene pintado parte del cuerpo con arranque de ala de una esfinge sentada de perfil a la derecha. Exteriores: 084, 075 (Fig. 10b) La copa 084 ilustra bien el caso de las caras exteriores, donde se oponen una cabeza femenina y un joven en himatión. La cabeza es tratada como en los medallones, con un sakkos de contorno redondeado del que se escapan mechones de pelo que cubren la oreja; el ojo en triángulo bajo la línea de la ceja. La misma composición se puede encontrar en la copa 075, con a la izquierda una cabeza femenina de perfil hacia la derecha, y a su derecha un disco con puntos (¿tímpano?). Quedan algunos casos de difícil lectura. 033 muestra cierta similitud con el vaso 001, pero Eros no puede vestir una prenda como la que aquí dibujan unas líneas verticales. El caso de la copa 041 es particularmente difícil de leer: se puede ver una cabeza de perfil hacia la derecha con un sakkós con rosetas de puntos en la parte posterior, pero el significado de la línea ondulada vertical y el círculo negro arriba no ofrecen una lectura segura. El 069 parece coincidir con la parte derecha de un medallón; reconocer aquí las piernas de una figura sentada es una hipótesis que sigue siendo difícil de defender, por falta de espacio para que haya un torso y una cabeza. Estas 57 copas de pie bajo presentan innegables puntos en común: la forma, el tamaño, la ornamentación, el tratamiento de los exteriores, la elección de la decoración de los medallones. Esencialmente son los rasgos que han permitido a Beazley atribuir tales piezas al Grupo de Viena 116 (ARV 2: 1526-1527), una formulación adecuada cuando se distingue, precisamente en este grupo, algunos ejemplos con rasgos comunes bien explícitos. Por un lado la distinción entre medallones con joven en himatión, joven desnudo o cabeza de mujer está presente en ARV 2. Varios yacimientos ibéricos han venido a enriquecer las series conocidas por el profesor de Oxford, notablemente el pecio de El Sec (Arribas et alii 1987) en la Bahía de Palma de Mallorca, donde se encuentran estos tres principales tipos de decoración, aunque existen matices. En Zacatín también hay piezas de la misma forma y el mismo estilo, con otras escenas: tal es el caso de Eros, con un ejemplo cercano en Trieste (BA 10334); el grifo se atestigua en una tumba de la necrópolis de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete), o la Esfinge, en un fragmento de Ensérune (ARV 2: 1527,2; CVA Coll. El ciervo que se puede reconocer en la copa 004 está presente con más frecuencia en askoi (véase, por ejemplo, Oxford V 540 = BA 6020). Estos pocos ejemplos de conexiones entre piezas de Zacatín y otras colecciones y otros lugares confirman la pertenencia al mismo grupo del Pintor de Viena 116. Gracias al número de ejemplares/piezas conservado es posible (en el siguiente capítulo) proponer una reflexión sobre las modalidades de trabajo en este taller. Entre las copas de esta forma, solo una (064) puede ser asignada a otro grupo, al del Pintor de Jena. La primera (066) tiene una pared delgada, un labio poco marcado, un diámetro de 20 cm, y la Figura 6. g: Medallones con joven desnudo. g decoración cubre toda la altura del cuerpo y del labio. A: muy borrado; a la izquierda, de perfil hacia la derecha, un sátiro (¿o Dionisios?), llevando un tirso y, en frente, un brazo de un personaje dirigido hacia la izquierda con un tímpano; en el labio interno, ramas con pintura superpuesta blanca (borradas) con hojas de hiedra reservadas. El segundo grupo de copas-escifoi está más atestiguado (6 ejemplares) y se caracteriza por una ranura exterior fuertemente marcada, un diámetro de borde entre 12 y 17 cm; la ornamentación bajo las asas consiste o bien en una palmeta enmarcada por palmetas (073), o bien en volutas (076, 078, 082); en un caso (076), el labio interior está decorado con hojas en pintura superpuesta. Una decoración incisa y estampillada en el fondo interno del vaso está atestiguada en dos casos: palmetas radiales rodeadas por un círculo de punzones en cruz (076), y palmetas enlazadas rodeadas por un círculo de puntos (080). Todas estas características son las que caracterizan 2.5. A esta misma forma pertenecen dos conjuntos, en primer lugar un escifo de tipo "Saint-Valentin" (061) y cinco atribuibles al Grupo del Pintor de FB. El escifo de "Saint-Valentin" encontrado en Zacatín se caracteriza por su forma compacta, su baja altura de 6,9 cm (diámetro de borde: 9 cm, diámetro de pie: 7 cm). Bajo lengüetas verticales, la decoración está constituida de una banda de hojas opuestas que alterna motivos reservados con barnizados. Este vaso es una de las pocas piezas sometidas al fuego. Los otros cinco escifoi tienen como primera característica un perfil convexo-cóncavo muy pronunciado (diámetro de pie entre 4 y 6 cm). En tres de ellos, solo se ha conservado la parte inferior del cuerpo o el pie; la ornamentación consiste en palmetas verticales (070, 071, 072). En la cara A del escifo 094, dos personajes en himatión afrontados (faltan las cabezas) y entre los dos se superpone un círculo limitado de puntos, un disco reservado y un aribalo. La cabeza conservada de un joven con himatión de perfil hacia la izquierda (079) se caracteriza por una prominente nariz, una boca sin detalle y un himatión que llega hasta la barbilla. Askos: 059 (Fig. 15) En el estilo de figuras rojas, el único vaso cerrado es un ascos de colador (059), de 9 cm de ancho. La decoración consiste, en una cara, en un animal cuadrúpedo (perro) corriendo y en la otra, una liebre. Frente al perro, una voluta. La cazoleta perforada se decora con un filete negro. A la vista del repertorio de formas producidas en El Cerámico de Atenas, el depósito de Zacatín es muy particular. El mismo depósito es especial comparado con lo documentado en los yacimientos (poblados y necrópolis) de Andalucía, donde junto a los vasos para beber (incluyendo copas de pie bajo y escifoi) se cuenta con numerosas cráteras (Rouillard 1991: 181-185). Aquí, en Granada, dentro del repertorio de la primera mitad del siglo iv a. C. se han privilegiado en este depósito los vasos para beber. La copa de pie bajo es la más abundante, probablemente debido a su comodidad de transporte y sobre todo de acondicionamiento; estas copas son fáciles de superponer y apilar, más que las copas de pie alto, que, sin embargo, están presentes. Los vasos áticos de figuras rojas de Zacatín son un buen indicador de las producciones del siglo iv a. C. cuando ciertos talleres producen en masa series de piezas muy repetitivas. Lo que el comanditario ha elegido, y/o lo que el comerciante ha proporcionado viene de algunos de los talleres más prolíficos, como el del Pintor de Viena 116, y de un taller muy cercano a éste, el de los pintores que constituyen el Grupo FB. Lo mismo podemos decir para los vasos del Pintor Q y del Pintor de Meleagro halladas en Zacatín, piezas de las más tardías de su producción. Observando el conjunto de este depósito cuya constitución puede ser datada en el segundo cuarto del siglo iv a. C., es perceptible una evidente filiación entre las piezas, lo que permite responder a cuestiones sobre la estructuración de talleres, algunos de los cuales, como el del Pintor de Meleagro, tienen una larga vida útil (Villard 2000: 7; Kathariou 2002). Las opciones iconográficas participan plenamente en esta homogeneización del material. Los accesorios y atributos, fíala, ritón, halteras, disco, aribalo, estri- La amplitud del contenido del depósito de Zacatín al pie de Illiberris, la antigua Granada, que reúne lo esencial del repertorio de vasos para beber áticos de figuras rojas, permite profundizar en las cuestiones de producción y distribución de esta vajilla en el curso de la primera mitad del siglo iv a. C. En efecto, se cuenta con 6 copas de pie alto, 57 copas de pie bajo con cuerpo de curvatura continua y resalte interno, 2 copas de curvatura continua, 7 copas-escifoi, 6 escifoi y un askos y, lo que es de mayor interés en este conjunto, se detecta por una parte una gran similitud iconográfica y estilística entre todas estas piezas, testimoniando así características propias de un momento en las producciones áticas y, por otra parte, la existencia en los ejemplares de la misma forma de constantes y de elementos compartidos por diversas piezas, desde la forma a la iconografía, a la decoración y a la ornamentación. Proponemos reconocer así un "lote", que se puede definir como un conjunto de vasos que presentan una misma forma, una elección iconográfica, una organización y una composición casi idénticas, un sistema decorativo que se repite, y una manera de pintar muy similar10. Este estudio -claramente preliminar-tiene por objeto, a partir del caso del Zacatín, profundizar tanto en cuestiones de producciones dentro de un taller o de un "Grupo", en cuestiones de cronología, asuntos ya estudiados (Curti 2001; Sabattini 2000; a menudo siguiendo las intuiciones de Beazley y Villard 2000), pero que seguirán suscitando preguntas y debates. En el conjunto de 57 copas de pie bajo, de curvatura continua y resalte interno, de Zacatín se observan algunos lotes, lo que por supuesto se aplica a otros lugares. Cada sitio ha recibido lo transportado tal cual o en lotes. Algunos lugares reciben muchos lotes, como Zacatín, cuando otros reciben alguno que otro o sólo uno. Podemos analizar tales situaciones con estas copas de pie bajo, incluyendo el análisis del caso Zacatín, y el cargamento del barco de El Sec hundido en la bahía de Palma de Mallorca y datado en el segundo cuarto del siglo iv a. Personaje no identificable. las copas con medallón decorado con un Eros (001, 002) y aquellas decoradas con una cabeza femenina, constituyen otros lotes. La comparación entre el cargamento de El Sec y el depósito de Zacatín nos arroja luz sobre la composición de los lotes. Las copas de El Sec 047, 048 y 049 tienen en el medallón un joven en himatión, brazos hacia delante y, debajo del brazo, un disco reservado con una cruz rodeada de puntos; este tipo no está atestiguado en Zacatín, donde sin duda encontramos el mismo esquema, pero el joven tiene un aribalo realizado con un círculo reservado con un punto central (Zacatín 011 y 016). El caso del joven en himatión, brazos hacia adelante por encima de un luterio en forma de cuenco hemisférico está presente en Zacatín (008, 009, 010), pero no en El Sec. El joven en himatión puede tener en Zacatín (019, 020), su brazo por encima de un simple pilar, esquema documentado en la tumba 43 de Baza (Presedo 1982: 79, fig. 52, pl. XX); pero en la misma tumba 43 de esta necrópolis estaban también depositadas dos copas con el medallón con un joven en himatión de perfil a la izquierda (Presedo 1982: 86, fig. 53 y 54, pl. XVIII). Así, en el mismo conjunto cerrado de Baza se encuentran reunidas piezas de dos lotes. Los medallones con joven desnudo de perfil a la derecha, frente a un luterio constituido por un sencillo cuenco de Zacatín (005, 032, 035) se encuentran en el pecio de El Sec (52,53,55); pero, aunque el esquema es el mismo y el tratamiento del dibujo idéntico, hay una diferencia notable: en el primer lote el joven está sosteniendo un estrigilo, que no es el En el repertorio de copas con joven desnudo de perfil hacia la derecha, hay una similitud perfecta entre la copa de Zacatín 030 y el medallón de Ullastret n. Otros lotes están bien atestiguados con copas cuyos medallones están adornados con una cabeza femenina. En Zacatín, en 8 de las 10 copas, la cabeza está de perfil hacia la izquierda, un sakkós redondeado contiene el cabello; este mismo esquema con el mismo tratamiento se encuentra tanto en Olinto (Olynthus V: 149, n° 261, pl. 118) como en Ullastret (Girona) (Picazo, 1977: 56, 144, pl. XXIII, 2 BA = 31809); se observa en El Sec las mismas cabezas de perfil, en diez casos (n. 58 a 67), pero a la izquierda; en dos casos, el mismo tipo de cabeza de perfil a la izquierda se atestigua en Zacatín. En el conjunto de Zacatín, una sola pieza con la cabeza de perfil a la derecha no tiene el sakkós de contorno que se ajusta rigurosamente al círculo del medallón, sino un sakkós de contorno acanalado y delimitado por rosetas de puntos (045). El repertorio de El Sec marca alguna que otra especificidad con las cabezas de Arimaspos de perfil a la derecha (68 y 69), un tipo ausente en Zacatín, pero que se encuentra por ejemplo en El Cigarralejo (Mula, Murcia) (Rouillard 1975: 38-39, pl. XXI-XXIII): uno de nosotros (P.R.) había propuesto reconocer la mano de un pintor, el Pintor del Cigarralejo, que se caracteriza por rasgos faciales más angulares que en las realizaciones del Pintor de Viena 116. La cabeza de grifo es una decoración menos atestiguada para los medallones de copas de pie bajo, pero el diseño es muy similar de un sitio a otro: Zacatín Contamos con tres casos de medallones decorados con un Eros (001, 002, 031), aunque el caso de la pieza 003 está sujeto a discusión, lo que indica que Zacatín recibió un lote de piezas raramente documentadas en otra parte; citamos un ejemplar de Trieste S 465 (10334 BA). En Zacatín las copas de pie bajo están generalmente atestiguadas con varios ejemplares con el mismo tratamiento, y rara vez se encuentran ejemplares únicos. Las piezas de los lotes presentes en Zacatín se encuentran en otros sitios de la Península; pero cada uno de estos lugares tiene piezas de uno o dos lotes. El cargamento de El Sec no contiene los mismos lotes que los que llegan a Granada. Los lotes presentes en Esta investigación preliminar nos conduce así a formular la hipótesis de la existencia de producciones de pequeños lotes, diseminados, que se encuentran aislados o asociados en un sitio y cuyas piezas pueden ser asociadas en una tumba, como es el caso en la tumba 43 de Baza (Presedo 1982: 66-86). El análisis de cinco copas de pie alto 042, 055, 056, 057, 058 (la copa 083 está demasiado fragmentada para suscitar cualquier reflexión) ha permitido mostrar la existencia de un lote tanto por la iconografía como por el tratamiento de los personajes, la ornamentación y la forma de estos vasos, parecidos unos a otros (Rouillard y De la Torre 2014 y supra cap. 2), y una atribución al Pintor de Meleagro. Uno de los caracteres constantes de las copas de pie alto de este Pintor es la presencia en el medallón de uno o dos personajes bien centrados y bien destacados; en este lote de Zacatín, el personaje es único y centrado. Sin duda nos encontramos con ciertos rasgos de otros pintores: así, la ornamentación de las caras exteriores es muy cercana a copas de los Pintores de Jena o Q. Otro ejemplo, con la copa de S465 de Trieste (BA 10334), cuyo medallón está decorado con un Eros, atribuido al Pintor de Viena 116, pero que constituye un caso muy particular en el repertorio de las obras de este Pintor, en el que el medallón está generalmente congestionado por atributos, accesorios y elementos ornamentales. De hecho, estas copas de pie alto constituyen un lote muy particular, algunos de cuyos atributos se encuentran en los Pintores de Jena o Q. Por otro lado, el conjunto más importante del depósito de Zacatín lo constituyen la masa de copas del Pintor Viena 116 y algunos vasos del Grupo del Fat Boy. A estos dos conjuntos, se suman copas-escifoi y entre todas estas piezas se observan "des citations" 11 que participan en la determinación de un estilo de un momento. Por lo tanto, las cuestiones de la duración y la estructura de los talleres deben ser contempladas en conjunto. Eros constituye un ejemplo de tema tratado más o menos de la misma manera en estos dos conjuntos y esto vale para los sistemas de ornamentación. Estas filiaciones pueden desarrollarse a lo largo de un cierto tiempo, pero podrían ser compartidas dentro de un gran taller, que cuenta con muchas manos que recurren a esquemas comunes realizados de manera diferente. Esta es probablemente la cuestión central a la que sólo respuestas parciales (pero a veces contradictorias...) pueden ser aportadas. El análisis de las asociaciones en las tumbas -y el caso de Spina es ejemplar (Massei 1978 La primera mitad del siglo iv a. C. cuenta con talleres de larga vida, sin duda con muchos artesanos y muchas manos, como se ha señalado, en primer lugar, a partir de cráteras o pelikai, por Talcott y Philippaki (1956: 9-10), Villard (2000), Kathariou (2002) o Langner (2013), o a partir de escifoi (Sabattini 2000). Gracias a estos trabajos, a menudo basados en gran parte en el análisis de las formas, sabemos que el Grupo de Telos está a caballo entre el primer y segundo cuarto de siglo iv a. C. (Talcott y Philippaki 1956: 9); sabemos ahora que el Pintor de la Amazona estuvo activo hasta finales del siglo iv a. Las modalidades prácticas de funcionamiento de estos talleres a menudo se nos escapan; pero se reconoce la existencia de "piu artigiani" en el taller del Pintor de Meleagro (Curti 2001: 39) que dentro del Grupo FB: "they are a good many hands", como observa Beazley (ARV 2: 1484), una observación amplificada y luego fuertemente argumentada por Sabattini (2000), o ahora, como hemos mostrado, una producción en lotes del pintor de Viena 116. Otros datos contribuyen a una mejor comprensión de las condiciones 12 Completamos para la Península Ibérica, con tres conjuntos cerrados que cuentan con copas de este pintor: el ustrinum de Baza (Granada), con copas de Viena 116 y copas-escifoi de barniz negro (Presedo 1982: 262-264, fig. 213 -216); la tumba 24 de Senda en Jumilla (Murcia), con copas de Viena 116, escifoi del Grupo FB y el cuenco de borde entrante (García Cano, 1997: 37, 99-102 y 309-312; la tumba 1 de Ceal (Jaén) de septiembre de 1956, con tres copas de Viena 116 y un escifo del Grupo FB (Chapa et alii 1998: 55-56, 192-195, fig. 24, 1-3). de producción: las copas del Pintor de Viena 116 y algunos vasos del Grupo del Fat Boy comparten el mismo gusto por la decoración sobrecargada hasta el punto de que Beazley (ARV 2: 1482 y 1526), sugería ya que un mismo taller reunía a artesanos que producían estos skyphoi y estas copas; otra información fundamental la ha proporcionado el estudio de Norbert Eschbach (Eschbach 2014): que el mismo horno del Cerámico, de finales del siglo iv a. C., fue utilizado para cocer todo a la vez, desde ánforas panatenaicas, a vasos de barniz negro y pelikai de figuras rojas decoradas con cabezas de Amazonas y grifos, y para diferentes clientes. La constitución de este depósito de Zacatín suscita todavía interrogantes porque no disponemos de la estratigrafía para el material ático. El análisis del material ático sugiere la existencia de dos conjuntos. El depósito pudo ser efectuado en dos momentos o, más bien, en un solo momento con piezas ya utilizadas por los habitantes de Iliberri (incluyendo las copas de pie alto) a las que se asocian una gran cantidad de vasos (copas de pie bajo del Pintor de Viena 116 y escifoi del Grupo FB) del segundo cuarto del siglo iv a. C. El material de barniz negro, ático también, sugiere la misma idea con un pequeño conjunto de piezas del final del siglo v a. C. (con copas de tipo "Cástulo") y un conjunto muy abundante de cuencos con borde entrante del segundo cuarto del iv a. Cualquiera que sea la historia de este depósito, los vasos griegos constituyen un buen comienzo para suscitar debates sobre la vida de los talleres atenienses de la primera mitad del siglo iv a. C., con sus filiaciones, sus "citations" y sus pequeños lotes expedidos desde un extremo al otro del Mediterráneo y que nosotros encontramos reagrupados de manera diferente en función de las vicisitudes de los tráficos. Nota: Todas las fotografías incluidas en las figuras son de los autores del artículo. CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Rouillard, P., De la Torre Castellano, I. y Sánchez Moreno, A. 2017: "Las cerámicas griegas áticas de figuras rojas de Zacatín (Granada, España)".
El libro de M. J. Merchán (de ahora en adelante M.) pertenece a la colección CSIR-España. Su estructura y objetivos son muy similares a los de la obra precedente de dicha serie: el estudio de J. M. Noguera acerca de la escultura romana segobriguense (J. M. Noguera, Segobriga (Provincia de Cuenca, Hispania Citerior), CSIR 1-4, Tarragona 2012), que recensioné en AEspA 2014, 87, 287-288. Habida cuenta de la similitud entre ambas obras, voy a analizar el libro de M. utilizando un discurso muy parecido al que usé en la recensión del trabajo de Noguera. Los volúmenes editados del CSIR-España se dividen en dos grupos. El primero está destinado a publicar esculturas romanas halladas en España en función de su lugar de procedencia; el segundo a estudiar problemas concretos de la plástica hispanoromana. El estudio de M. es el quinto fascículo del primero de los grupos mencionados y su objetivo es publicar la totalidad de los testimonios escultóricos romanos procedentes de Écija (Los volúmenes publicados del primer grupo son: M. Claveria, Los sarcófagos romanos de Cataluña, CSIR 1-1, Murcia 2001. Beltrán, Esculturas romanas de la provincia de Jaén, CSIR 1-2, Murcia 2002. Rodríguez Oliva, Los sarcófagos romanos de Andalucía, CSIR 1-3, Murcia 2006. J. M. Noguera, Segobriga (Provincia de Cuenca, Hispania Citerior), CSIR 1-4, Tarragona 2012. A. S. Moreno Pérez, Pollentia (Islas Baleares, Hispania Citerior), CSIR 1-6, Granada-Tarragona 2016. Los volúmenes publicados del segundo grupo son: J. A. Garriguet, La imagen del poder imperial en Hispania. S. Vidal, La escultura hispánica figurada de la Antigüedad tardía (siglos iv-vii), CSIR 2-2, Murcia 2005). Habida cuenta de que no se conoce ninguna otra escultura astigitana que pueda añadirse a las 124 piezas catalogadas por M., puede afirmarse que el libro ha cumplido este objetivo. La obra se inicia con un prólogo escrito por P. León y T. Nogales (pp. 13-15), un apartado de agradecimientos (p. 17) y una introducción (pp. 19-27), que se divide en dos partes: por un lado, un resumen de la historia de la investigación y el estado actual de la cuestión (pp. 19-26); por otro, una explicación de la metodología adoptada en el trabajo (pp. 26-27). A continuación el libro se estructura en cuatro bloques: En él se incluyen 107 piezas y dos anejos en el que se recogen 17 más. El catálogo (para cuya organización cf. p. Las piezas catalogadas contienen la siguiente información: número dentro del catálogo, nombre de la pieza, lámina correspondiente, procedencia, lugar de conservación, número de inventario -que falta en algunas entradas, como por ejemplo en cat. no 1, 2, 8, etc.-, material, dimensiones, estado de conservación, bibliografía, comentario y datación. Análisis tipológico, estilístico e iconográfico (pp. 77-126). En este bloque se estudian los aspectos concernientes a tipos estatuarios, dataciones estilísticas y detalles iconográficos de las piezas astigitanas mejor conservadas (p. Este capítulo se divide en tres apartados fundamentales: en el primero se analizan los materiales en los que fueron realizadas las esculturas astigitanas (piedra local: pp. 128-129; mármoles: pp. 129-133; bronces: pp. 133-134; plata: p. 134); en el segundo se indagan las técnicas de labra de las piezas (modelado y trabajo del mármol: pp. 136-137; elaboración por partes y sistemas de encaje: pp. 137-138; reparaciones antiguas: p. Este capítulo busca ofrecer una visión general de la configuración edilicia de Écija, presentando una lista de los edificios y ambientes susceptibles de haber albergado la decoración escultórica catalogada (p. El capítulo se divide en función de las zonas en las que pudieron estar colocadas las esculturas astigitanas: plaza de armas (p. 158); otros espacios y edificios públicos (termas: pp. 158-159, otros edificios públicos de difícil catalogación: p. Los méritos fundamentales del trabajo son los siguientes. (I) Haber realizado análisis de las piezas que, a mi juicio, son correctos y muy completos en casi la totalidad de los casos (sólo tengo dudas en el caso de los análisis estilísticos. Para ellas cf. infra). (II) Ilustrar con al menos una fotografía la mayoría de las piezas contenidas en el catálogo (las únicas entradas que no han sido ilustradas son las incluidas en los dos apéndices: hermas retrato y pedestales estatuarios.. (III) Incluir listados bibliográficos exhaustivos de los estudios realizados anteriormente sobre cada pieza. (IV) Aportar un nuevo corpus estatuario a los ya conocidos de la Península Ibérica. En la mayoría de los casos M. utiliza para concretar sus dataciones (de las piezas recogidas en el catálogo, sólo el retrato de Nerón/Vespasiano puede ser datado con seguridad, cf. cat. no 14, pp. 38-39) paralelos que no tienen cronología absoluta y no da preferencia a piezas hispanas. Si tomamos como ejemplo la amazona astigitana (cat. no 5, pp. 33-34) pueden apreciarse bien ambos errores. M. utiliza únicamente esculturas no hispanas como paralelo (p. -En el caso de la cabeza de Hermes de Boston ( Lo más adecuado desde un punto de vista metodológico hubiese sido aplicar el análisis estilístico usando como paralelos: en primer lugar, piezas con datación absoluta procedentes de Hispania; en segundo, estatuas-retrato hispanas, cuyas dataciones puedan ser aseguradas por la preservación de las cabezas; en tercero, piezas con datación absoluta con independencia de su procedencia (Esta metodología ha sido utilizada por ejemplo en C. Schneider, Die Musengruppe von Milet, Mainz 1999, 26-37). Mientras no se aplique un método similar, las dataciones estilísticas de las esculturas de Écija propuestas por M. no podrán ser aceptadas y deberán ser contrastadas en próximos estudios. Quiero terminar resaltando un último mérito del libro de M.: ha convertido a Écija en la tercera ciudad hispano-romana cuyo ornato estatuario se ha publicado por completo. Hasta la fecha sólo Tarragona (E. M. Koppel, Die römischen Skulpturen von Tarraco, Berlín 1985) y Segobriga (J. M. Noguera, Segobriga (Provincia de Cuenca, Hispania Citerior), CSIR 1-4, Tarragona 2012) habían recibido un tratamiento similar. Si se toman como referente los últimos tres catálogos publicados del CSIR-España (J. M. Noguera, op. cit. M. J. Merchán, Écija (Provincia de Sevilla. A. S. Moreno Pérez, Pollentia (Islas Baleares, Hispania Citerior), CSIR 1-6, Granada-Tarragona 2016) puede presagiarse que los futuros volúmenes de la serie contribuirán a solucionar esta carencia. David Ojeda Universidad de Córdoba La obra ofrece un excelente estado de la cuestión sobre la producción vitivinícola en tiempos altoimperiales, atendiendo equilibradamente a la historiografía precedente, a las fuentes literarias y arqueológicas, y a las diversas propuestas de la teoría económica en su aplicación a la Historia. Focalizada particularmente sobre la provincia Tarraconense, se exploran nuevas perspectivas de la investigación, se avanzan resultados de la arqueología experimental y se aboga por la realización de estudios de microeconomía regional. El libro de Antoni Martín i Oliveras que reseñamos fue merecedor del Premi d'Arqueologia Memorial Josep Barberá i Farràs en su duodécima edición. El trabajo responde al interés por sintetizar el estado del arte en la investigación de la vitivinicultura en el occidente del imperio romano, tanto en su vertiente de estado de la cuestión como en la de nuevas perspectivas teóricas y metodológicas que permitan avanzar en la actual frontera del conocimiento de la temática. La obra ofrece una notable estructura de diez capítulos a través de la cual su autor aborda las diferentes perspectivas y problemáticas que se concitan en torno al cultivo de la vid y la producción de sus derivados en la antigüedad romana. Así, tras algunos apartados introductorios, se trata secuencialmente de los aspectos ambientales y geológicos, de las fases y tareas que condicionan la viticultura y la vinicultura, y de cuestiones técnicas y tecnológicas que se relacionan con las fases de transformación de los productos agrícolas. En los capítulos siguientes se abordan diversas perspectivas relacionadas con la teoría del análisis económico: modelos, escalas, indicadores productivos, procesos de circulación, entre otros. También se destina un último capítulo a cuestiones culturales-ideológicas relacionadas con la cultura romana del vino. RECENSIONES Metodológicamente el autor trata cada capítulo con similar sistema, planteando sintéticamente la problemática oportuna, apoyado siempre en la historiografía, y en bastantes epígrafes recurriendo a las fuentes primarias literarias y arqueológicas, y complementándola con la perspectiva de la experiencia de su actividad profesional e investigadora, particularmente en el marco del proyecto del parque arqueológico Cella Vinaria de Teià y en la aplicación de los postulados de la arqueología experimental. Frecuentemente apunta a lo largo de su análisis las perspectivas y futuras líneas de investigación que propone recorrer para avanzar en al conocimiento de la temática, en particular aplicadas al contexto de la provincia Tarraconensis y de la Laietania, pues se plantea desarrollarlas en el marco de su tesis doctoral en curso. La edición de la obra es muy correcta y está profusamente ilustrada, con un centenar de imágenes que incluyen gráficas, esquemas, útiles tablas, infografías, fotografías, mapas, croquis y dibujos arqueológicos. Bien anotada, ofrece además una bibliografía actualizada. Entre los objetivos de la obra, Antoni Martín se propone un análisis de la cadena productiva del sector que permita inferir el grado de rendimiento y la productividad del viñedo, y posibilite la definición de los patrones-tipo de las explotaciones, un planteamiento aplicable mediante su investigación al estudio de la regio Laietana. Particularmente interesante me parece el enfoque sobre la investigación de los estadios de la cadena productiva vitivinícola. Constituye en mi opinión uno de los aspectos que deben recibir mayor atención en los estudios de economía de la antigüedad romana, en el sector agropecuario pero también en otros sectores como el minero-metalúrgico y el pesquero-conservero, por citar dos especialmente relevantes para la economía de Hispania. Saber hasta que punto el proceso, sus distintos elementos desde la producción primaria hasta el consumo, está participado por los possessores, conocer cómo evoluciona a lo largo del tiempo la interdependencia entre los mismos, profundizar en el rol de las redes familiares y clientelares que sustentan el tráfico de mercancías entre los puertos del imperio, conocer las conexiones entre los mecanismos que activan, respectivamente, las economías de mercado y de prestigio, constituyen todas ellas problemáticas conectadas con el estudio de las cadenas productivas. La obra se inspira en su tercer capítulo en los enfoques de la Arqueología Espacial y la Arqueología del Paisaje, atendiendo a cuestiones relativas a la evolución e incidencia climática, las condiciones geológicas, edafológicas y pedológicas, valorizándolas como elementos importantes para comprender las transformaciones del paisaje, y éstas transformaciones como factor destacado para el estudio más preciso de las parcelaciones y los catastros históricos. No se descuida en la redacción del capítulo la "percepción latina" de algunas de las cuestiones que, en términos modernos, se plantea la Arqueología del Paisaje, un enfoque que resulta especialmente estimulante para retroalimentar la investigación. Se aborda a continuación, aunque separadamente, la problemática del cultivo del viñedo y la de la vinificación. Respecto a la primera cuestión se revisan ordenadamente los procesos de cultivo -preparación del terreno, organización del viñedo, su plantación y propagación, técnicas como el injerto y la poda-y se exponen algunas experiencias actuales de la investigación en el campo, como son los proyectos de estudios genéticos de las poblaciones vegetales (entre los cuales el SIVVEM -Spanish Vitis Microsatellite Database) o los proyectos de viñas experimentales, entre las cuales resulta pionera la experiencia campana, que fue liderada por la Dra. Ciarallo y que contó con los testimonios fosilizados del ager Pompeianus. Respecto a la vinificación trata el autor de sus tareas, desde la vendimia hasta el depósito del mosto en la cella vinaria, incidiendo sobre algunos de los debates historiográficos aún abiertos sobre ciertos aspectos del proceso. La fermentación, la vinificación y el envejecimiento se abordan posteriormente, bien desde los conocimientos vinícolas actuales, bien desde el análisis de las fuentes primarias latinas. Muy ilustrativa es la explicación de las prácticas y los tratamientos aplicados a los mostos que los agrónomos registran, que no son sino parte del saber empírico y tradicional desarrollado frente a unos procesos químicos que condicionaban la potencial cosecha. La adición de azúcares, la cocción, la maceración, la aportación de sales, cales, cenizas, harinas, especias, el empleo de resinas, la combinación de vinos, todo ello parte de los tratamientos aplicados a los mostos que se encuentran en la base de la diversidad vinaria que se registra tanto en las fuentes literarias como en los tituli picti anfóricos. Pero también otra expresión más de una sociedad dinámica en la que se generó una mentalidad experimental e innovadora, posiblemente potenciada por sus propios procesos socioeconómicos, que permitió cierto avance técnico y tecnológico. Precisamente el análisis de la innovación tecno-funcional en ciertas fases del proceso de transformación agrícola es objeto del capítulo 6. Es este el capítulo central y más extenso de la obra, donde se analizan especialmente las tareas mecánicas de prensado a través de un exhaustivo estudio de la prensa de viga romana, y en el que se ponen en valor los resultados de la intervención arqueológica en el yacimiento romano de Vallmora en Teià. En su primer epígrafe se revisa la información literaria (particularmente Catón, Plinio, Vitruvio, Herón de Alejandría) e historiográfica (especialmente la obra de J.-P. Brun) sobre el ingenio de prensado; mediante la arqueología experimental se profundiza en el análisis técnico y funcional de la prensa, y también se clarifican cuestiones como la terminología latina de los elementos, los materiales y tipos de maderas empleados en su construcción, las técnicas de construcción, o las variables dimensionales de las prensas conocidas. La mecánica y la efectividad productiva recibe en el capítulo una atención destacada pues conduce al análisis y el objeto de las innovaciones técnicas identificadas arqueológicamente, destacando entre ellas las fosas de maniobra y contrapesos tipo arca lapidum, descritas por Plinio (N.H. XVIII, 327). Todo el capítulo está profusamente ilustrado y las conclusiones del mismo abren interesantes vías de investigación arqueológica para un mejor conocimiento de las unidades rurales de explotación dedicadas al vino. Los siguientes capítulos (7, 8 y 9) se centran en aspectos más relacionados con la teoría económica. Y el décimo a los "aspectos ideológicos". Aunque el autor declara cierto eclecticismo entre las escuelas sustantivistas y formalistas, su análisis de los aspectos económicos tiende hacia posiciones modernistas. Así se expone la aplicación de la Teoría de la Producción, el esquema del Sistema y la Estructura Económica, principios como los de la Escasez y Eficacia Económica, la Ley de Rendimientos Decrecientes y la de la Oferta y la Demanda en un capítulo donde predomina la historiografía anglosajona y que muestra pocas conexiones con las fuentes literarias latinas. Abunda en cambio en la necesidad del análisis microeconómico como marco para analizar la cade-Archivo Español de Arqueología 2017, 90, págs. 299-311 ISSN: 0066 6742 na productiva y alcanzar los modelos económicos predictivos que expliquen la evolución regional de la viticultura en un espacio histórico dado como la Tarraconense. Así se ensaya la aplicación de parte de este modelo al caso del viñedo romano en el capítulo octavo, reflexionando sobre los rendimientos vitícolas y vinícolas o sobre los costos de producción. Y en el siguiente capítulo sobre la escala de productividad en la distribución marítima de las merces y los factores endógenos y exógenos que la condicionan, en este caso con una mayor argumentación histórica, entre las cuales las aportadas por la investigación en el campo de la producción de envases anfóricos y el valor de estos artefactos como indicador económico. Queda para las páginas finales un aspecto que en mi opinión resulta central para la problemática histórica planteada y que quizá mereciera una posición inicial en el argumento de la obra: las consideraciones culturales sobre el viñedo, la vid y sus derivados. Quizá desde postulados primitivistas parece fundamental plantearse la naturaleza ideológica del fenómeno económico y del bien analizado, una cuestión que está presente en la investigación aunque un tanto difusa y sólo concretada en el capítulo décimo. Pues los derivados vinícolas se sitúan entre los bienes de prestigio y de consumo, y, en este último caso, no parece siquiera constituir un bien de primera necesidad, como otros alimentos de origen agrícola. Además su uso y función requiere de una comprensión históricamente endógena, y, por ejemplo, su carácter medicinal y apotropaico se minimiza en la historiografía frente a su valor estrictamente económico. En realidad no deja de ser esta la naturaleza de la problemática de la economía antigua, la coexistencia de una economía de prestigio o emocional y una economía de mercado o racional, ambas integradas en un mismo contexto cultural y cronológico y cuyos matices con frecuencia se nos escapan. Para concluir, la obra de Antoni Martín i Oliveras constituye un excelente punto de llegada y un mejor punto de partida para avanzar en los estudios históricos agroalimentarios en general y vitivinícolas en particular, de clara aplicación a relevantes espacios productores hispanos. El autor pone en valor su conocimiento histórico y arqueológico, además de recurrir a disciplinas agronómicas y económicas, sintetiza en la obra su percepción de la problemática, identifica los problemas, propone líneas que los supere y promete, en definitiva, futuros e interesantes resultados de su investigación en curso. Lázaro G. Lagóstena Barrios Área de Historia Antigua Universidad de Cádiz Antonio Caballos Rufino y Enrique Melchor Gil (eds.), De Roma a las provincias: las elites como instrumento de proyección de Roma, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla -UCOPress. "El libro que con estas letras prologamos es el resultado del merecido homenaje que los miembros del Grupo ORDO ('Oligarquías romanas de Occidente') le brindan al Profesor Juan Francisco Rodríguez Neila con motivo de su jubilación administrativa y en reconocimiento a su excelente y meritoria trayectoria académica e investigadora" (p. Con esta emo-tiva dedicatoria firmada por los profesores A. Caballos y E. Melchor comienza el prólogo que inaugura la obra De Roma a las provincias: las elites como instrumento de proyección de RECENSIONES condiciones fue utilizada por las elites romanas como un arma política para denostar al adversario. El segundo bloque, II. Movilidad, funcionalidad y relaciones de las elites (pp. 115-240), acoge seis trabajos que comparten un mismo objeto de análisis: los viajes y desplazamientos de personas y la difusión de ideas e instituciones. Al estudio del primer aspecto han contribuido A. Bancalari, A. Álvarez Melero y C. Castillo. A. Bancalari aborda el tema de la libre circulación de personas y grupos en el Alto Imperio (pp. 117-130), deteniéndose en aspectos relevantes como los procesos migratorios, los viajes de los emperadores y las modalidades de identificación personal. A. Álvarez Melero, por su parte, analiza los desplazamientos de la mujer romana (excepción hecha de las clarissimae) con independencia de su ubicación geográfica y su condición jurídica y socioeconómica (pp. 131-158), un análisis que tiene por objeto conocer las circunstancias de su movilidad. Por último, C. Castillo focaliza la atención en el acceso de las elites béticas al rango senatorial (caso de los familiares de Séneca) (pp. 175-182), una integración alcanzada durante el Alto Imperio que enraizaría en el traslado de determinadas elites romano-itálicas a Hispania Ulterior durante la República. Toman en consideración la difusión de ideas e instituciones y la movilidad social y geográfica de personas los trabajos de I. Salcedo de Prado, E. Tobalina y M. Díaz de Cerio. I. Salcedo de Prado analiza el flujo de notables africanos hacia Roma como consecuencia de la extensión de las relaciones de amicitia en Africa por parte de senadores norteafricanos afincados en la Urbs (pp. 159-174), una relaciones que habrían constituido, en opinión de la autora, un "instrumento efectivo de promoción sociopolítica". En clave de promoción sociopolítica interpreta también M. Díaz de Cerio el desempeño de sacerdocios relacionados con el culto imperial por senadores de origen hispano (pp. 215-240), una circunstancia cuyo cenit habría que situar entre los reinados de Domiciano y Adriano. Por último, sin abandonar la esfera de la religión romana, E. Tobalina pone el foco de atención sobre el colegio de los pontífices en Roma durante el período julio-claudio (pp.183-214), comparando su prestigio, composición y funciones con las de los colegios pontificales instituidos en las colonias y municipios provinciales. Finalmente, el ámbito local centra la atención de los capítulos que conforman el tercer bloque: III. En él tienen cabida casi dos tercios de las contribuciones que engrosan la obra (un total de dieciocho). Inaugura esta sección una novedosa propuesta de G. Pereira-Menaut sobre los munera en las ciudades romanas (pp. 243-246), resaltando su importancia como factor condicionante de la vida ciudadana. En la esfera de los munera habría que situar el papel desempeñado por los magistrados locales como defensores y garantes del orden romano, una cuestión analizada por R. C. Knapp que desmitifica la imagen de la ciudad romana como un espacio de convivencia alejado del conflicto (pp. 419-446). El resto de contribuciones, habida cuenta de su contenido, podrían distribuirse en cuatro apartados: el fenómeno de la auto-representación entre los miembros de las elites municipales; identidad y proyección social, política y económica de las elites hispanas; homenajes a notables y patronazgo cívico; y cuestiones de religiosidad y administración municipal. El primero estaría integrado por los trabajos de S. Lefebvre, S. Zoia y M. Rodríguez Ceballos -J. S. Lefebvre dedica su contribución al estudio de los formularios epigráficos relativos a la concesión de loci sepulturae a miembros de las elites locales (pp. 341-386), señalando que su uso sería la expresión de una voluntad de imitar el modus vivendi romano y el testimonio de una plena integración cultural. S. Zoia analiza las causas de la escasa representatividad epigráfica de las elites Mediolanenses y el mayor protagonismo de otros grupos con importantes medios económicos (pp. 447-472), grupos a los que la autora ha calificado de "elite epigráfica". Por su parte, M. Rodríguez Ceballos y J. Salido abordan la vertiente material de la autorepresentación a través del estudio del empleo de la caliza de Espejón como soporte epigráfico de prestigio y elemento de ornamentación arquitectónica entre los miembros de la elite cluniense (pp. 633-668). El segundo apartado estaría formado por las contribuciones de J. Gómez-Pantoja -J.-V. Madruga, I. Rodà -H. Ortiz de Urbina y S. Marcos. J. Gómez Pantoja y J.-V. Madruga presentan un estudio prosopográfico acerca de Cocceia Severa (pp. 247-272), un miembro destacable de la elite norbense cuyo matrimonio con P. Numisius Superstes de Regina le habría reportado el flaminado provincial en Colonia Patricia. I. Rodà y H. Royo han centrado su interés en el productor de tegulae L. Herennius Optatus (pp. 313-340), intentando determinar la ubicación de sus figlinae a través de técnicas de análisis arqueométrico. M.a C. González y E. Ortiz de Urbina dan a conocer los resultados de investigación sobre la procedencia y el cursus honorum de M. Iulius Serenianus, único notable procedente del Noroeste que desempeñó el flaminado provincial en Tarraco (pp. 523-546). Cierra este apartado S. Marcos con una contribución sobre las relaciones personales y familiares en Lusitania como instrumento de proyección sociopolítica y económica, incidiendo en la integración de las elites itálicas mediante el establecimiento de alianzas matrimoniales con miembros de las elites locales (pp. 591-616). El tercer apartado estaría compuesto por los trabajos de A. Caballos y E. Melchor. A. Caballos da a conocer tres fragmentos epigráficos procedentes del teatro de Itálica (pp. 273-286), de entre los que destacan un fragmento de mensa marmorea dotado de inscripción que el autor identifica con un probable altar de consagración relacionable con la primera fase de monumentalización marmórea del teatro a comienzos del siglo i d. C., así como un homenaje a un posible duunviro adscrito a la tribus Galeria. E. Melchor, en cambio, pone el foco sobre las relaciones de patronazgo cívico entre miembros de las elites senatorial, ecuestre y decurional y las civitates hispanas (pp. 473-494), documentando que buena parte de los patronos de rango senatorial poseían estrechos vínculos con Augusto, lo que a su modo de ver sería un indicio de la subordinación del patronazgo cívico al poder imperial. Por último, en el apartado dedicado a religiosidad y administración municipal podrían incluirse las contribuciones de F. Marco -S. Santos, D. Fasolini, R. de Castro-Camero, A. D. Pérez Zurita, N. Santos, M.a L. Sánchez de León y C. González Román. La primera de ellas formula algunas apreciaciones sobre la función y ornamentación del ara de Roda de Eresma (ERSg 57), concluyendo que podría haberse tratado de un ara votiva consagrada a una divinidad autóctona de carácter solar (pp. 287-312). En este mismo ámbito C. González Román reflexiona sobre la pervivencia del dios indígena Netón en Acci (pp. 617-632), determinando que habría sido asimilado por las elites locales a Marte. En otro orden de cosas, D. Fasolini prueba el elevado rendimiento de la aplicación de las nuevas tecnologías en el tratamiento y estudio de la documentación epigráfica relativa a la adscripción tribal de los ciudadanos romanos (pp. 387-398). R. de Castro-Camero fija su atención en los mecanis- En cuanto a los aspectos formales de la obra, el volumen presenta una excelente y cuidada factura debido a su impresión en papel satinado, encuadernación con tapa dura y sobrecubierta ilustrada a color. Cada capítulo dispone de dos breves resúmenes (uno en el idioma original del texto y otro en inglés o español), un aparato crítico sólido y un listado de referencias bibliográficas. Además, el texto en algunos capítulos ha sido acompañado de tablas, gráficos e imágenes en blanco y negro. En términos generales, la obra ha sido pergeñada en torno a un proyecto científico coherente que ha cumplido con solvencia los objetivos planteados. En conjunto, las veintiocho contribuciones dan sentido pleno al propósito del libro, pues no sólo aproximan al lector a las ideas y valores de las elites romanas, sino que permiten conocer a través de casos concretos los procesos de asimilación y emulación de dicho ideario por las elites provinciales, una elites que -como reza el título de la obraconstituyeron un poderoso instrumento de proyección de Roma. David Espinosa Espinosa Departamento de Historia I Universidad de Santiago de Compostela María Cruz Cardete del Olmo. El dios Pan y los paisajes pánicos: de la figura divina al paisaje religioso. Editorial Universidad de Sevilla. Si siempre, y a pesar de la gran tradición historiográfica y de la inabarcable bibliografía, el estudio de la religión griega supone un reto al investigador, el tratar de figuras "marginales" dentro del panteón helénico supone no ya un reto, sino un auténtico desafío. El dios Pan representa, como pocos, la alteridad de una figura divina en el mundo griego organizado en torno a la polis o a la confederación; o, al menos, esa es la imagen tópica que se ha transmitido del dios-cabra (o cabrero) y de su país original, Arcadia. El presente libro, que en el momento presente solo podía deberse a la pluma de Cruz Cardete, no es un tratado analítico que aborde de manera sistemática y academicista al dios Pan sino, más bien, como ya denuncia el título, un estudio sobre los paisajes pánicos, como la autora se encarga también de aclarar en las primeras líneas de la Introducción. A lo largo de esta y del primer capítulo, "De la figura divina al paisaje religioso", la autora insiste en esta concepción del paisaje como elemento cultural y como construcción social más allá de los componentes estrictamente biológicos; es esta una tendencia reciente en los estudios históricos y arqueológicos que huye del determinismo geográfico y muestra el papel de las sociedades humanas como creadoras de esos paisajes en los que desarrollan sus actividades y sobre los que proyectan aquellos elementos que sirven para su elaboración y definición; y, en esos paisajes, las figuras divinas juegan un papel no solo relevante sino, sobre todo, seminal. A lo largo del capítulo, Cardete va presentando, con una bibliografía exhaustiva y una discusión siempre aguda, las distintas aproximaciones posibles al paisaje, en especial al religioso, como construcción demarcada por oposiciones relevantes, sintetizadas al final del mismo. El segundo capítulo, "Pan desde el Medievo a la actualidad" explora cómo este dios ha sido percibido, con el auge del Cristianismo, como la personificación, patente incluso en la iconografía, del Demonio. A través de un recorrido literario y figurativo, nos ilustra la autora sobre los usos y visiones, hasta el momento contemporáneo, de la figura de Pan. No estoy seguro de si la ubicación de este capítulo en el libro es la adecuada ni tampoco hasta qué punto la recepción del dios griego nos ayuda a entender su figura en la Antigüedad aunque sí, sin duda, sirve para ver los usos que el mismo ha tenido en nuestra cultura. El capítulo tercero, "Del dios cabrero y cazador al paisaje económico" se inicia comentando una serie de imágenes griegas, de diversas épocas, que representan al dios Pan y su progresivo proceso de antropomorfización desde la cabra originaria; de ahí pasa al ambiente propio del dios, Arcadia, en el que el dios Pan muestra su multivalencia, bien presentada por la autora, de "dios cabra y cabrero, animal, humano y cazador" pero, al tiempo, protector de la agricultura, la cual requiere de las actividades del dios para su desarrollo. Ello le lleva a analizar la transhumancia (o quizá solo transterminancia o transtermitancia) en Arcadia como factor importante de su economía, jalonada además por diversos santuarios extraurbanos dispersos por el territorio que sirven para caracterizar los límites entre las áreas urbanas y el territorio agreste. Completa el capítulo el análisis de uno de estos santuarios, el de Berecla, en los contrafuertes meridionales del Liceo y sus exvotos que aludirían a la faceta cazadora de Pan. Nos da la impresión de que se podría ir algo más allá en el estudio de la extracción social de los oferentes si la distinción entre exvotos de terracota y de bronce se hubiese afinado más puesto que el valor intrínseco del material es ya de por sí un indicador económico y social y la autora podría haber abundado más, a través de este análisis, en su discusión sobre la sociedad que está tras estos exvotos; aun compartiendo su visión de que no estamos ante toscas figuras ofrecidas por pastores desposeídos, no podemos perder nunca de vista que, por muy bien elaborada que esté una figura de terracota (y la autora hace hincapié en este aspecto), su valor será siempre muy inferior al de un objeto de bronce. La discusión queda además algo desdibujada cuando uno de esos exvotos, de gran interés, que representa a un zorro colgando, es presentado como una terracota en el texto, mientras que en la imagen que lo acompaña se le considera (correctamente) de bronce. El capítulo cuarto, "Del dios de la Arcadia al paisaje identitario" aborda en primer lugar las rivalidades, dentro de Arcadia, entre quienes aspiran a ser el lugar originario del dios, en especial, entre Tegea y Mantinea. Ello le da pie para reflexionar sobre la construcción de la identidad étnica en el mundo arcadio; es partidaria la autora de que la identidad arcadia es de un tipo bastante laxo y que las afiliaciones que realmente importa-ban se centraban más en el mundo más próximo de las poleis. El cambio en esta tendencia lo sitúa Cardete, de forma acertada, en la fundación de Megalópolis de la que asegura que transforma un concepto (Arcadia y arcadios) de carácter regional en otro de tipo político y cultural. Ejemplifica las tensiones de su construcción política en el diferente trato que reciben Trapezunte y Licosura, que se oponen (entre otras) al proceso sinecístico; mientras que los cultos de la primera son desarraigados y trasladados a Megalópolis, los de la segunda, en especial la Despina, son integrados en la nueva polis. En Licosura, Pan desempeña un papel fundamental, con carácter mántico, y su figura es utilizada para la construcción de la identidad arcadia promovida desde Megalópolis. En ese proceso, el monte Liceo, sede del culto de Zeus, pero también de Pan, juega también un papel fundamental. El capítulo concluye con la expansión de Pan fuera de Arcadia, en especial en Atenas donde la figura de ese dios sirve para crear paisajes que responden a los intereses de esta polis durante el siglo V, desde articulación del espacio interno hasta la búsqueda de relaciones y contactos externos. El capítulo quinto, "Del dios de lo agreste al paisaje de frontera" aborda la presencia de Pan en diversos santuarios extraurbanos en Arcadia y resalta la autora cómo su carácter de dios agreste no impide que sea un dios poliado. El capítulo se completa con el tratamiento de algunos de los rasgos asociados al dios, la música desenfrenada, el sexo compulsivo y, en especial, el pánico y la panolepsia, que representan las dos formas de posesión por el dios. En el último capítulo, "Del localismo a la universalidad", se aborda la expansión del culto de Pan al mundo romano y, ya en el mismo, su progresiva conversión en el dios de la totalidad, en especial entre los neoplatónicos. En las conclusiones, quizá en exceso breves y sintéticas, se recogen algunas de las ideas desarrolladas a lo largo de la obra. El libro se inicia con un prefacio de Philippe Bourgeaud, uno de los más reconocidos especialistas en el culto del dios Pan y está adecuadamente ilustrado con fotografías, cartografía y planos de calidad bastante aceptable y siempre pertinentes. Una exhaustiva bibliografía concluye esta obra, que representa una aproximación muy personal al papel conformador de paisajes (entendiendo este concepto en múltiples sentidos) de esta divinidad en Arcadia y fuera de ella. Parte la autora de una amplia serie de trabajos propios en los que ha abordado muchos de los problemas metodológicos a los que se enfrenta este libro y, tal vez por ello, solo quienes hayan seguido estos trabajos puedan enfrentarse bien pertrechados a muchos de los debates ante los que nos sitúa esta obra; quizá un primer capítulo más extenso, en el que la autora hubiese expuesto de manera más sistemática algunos de los resultados de sus investigaciones hubiese sido recomendable y ello, a su vez, quizá habría descargado algunos otros capítulos (en especial el IV) de debates teóricos que se entremezclan con la presentación de las informaciones. Para concluir, me da la impresión de que, tal vez, la multiplicidad de connotaciones que el término "paisaje" está adquiriendo en parte de la historiografía contemporánea debido, claro está, al auge de la así llamada "Arqueología del paisaje", subsume en este concepto cuestiones que, si bien son abordadas por la autora, quedan algo desdibujadas cuando uno reflexiona sobre el libro tras su lectura. Se habla de construcciones de identidades étnicas, del proceso de conformación del ethnos arcadio, del papel de Megalópolis como impulsora de la etnicidad arcadia, de la creación, manipulación, reelaboración (y apropiación) de tradiciones míticas con fines políticos, del uso, remodelación, redefinición y recontextualización de espacios sacros, de la economía de las ofrendas como medio de aproximación a la situación socio-política de los oferentes, de las variaciones iconográficas tendentes a la progresiva antropomorfización de un ser de rasgos primigenios animales, etc., etc. Todo ello puede contribuir a definir o a conformar "paisajes" pero, al menos esa es mi opinión, ese carácter globalizante del concepto difumina, siquiera parcialmente, la multiplicidad de aspectos que, con el trasfondo del dios Pan, son abordados en esta obra, la cual supone una novedad muy necesaria en el panorama de los estudios sobre la Antigüedad griega en nuestra lengua. Universidad Autónoma de Madrid Ricard Andreu Expósito. La Geometría de Gisemundo. Edición crítica bilingüe y estudio del Ars Gromatica Gisemundi. Ofrece esta obra de Ricard Andreu una equilibrada aproximación al texto de Gisemundo, en la que aspectos históricos y filológicos son tratados con igual rigor. Este breve tratado era ya conocido, tanto a partir del manuscrito de Ripoll, base de esta edición, como del de París. Algunos autores se habían ocupado de él, en particular L. Toneatto, pero el trabajo monográfico de Andreu se ha convertido, sin duda, en la referencia esencial en el estudio de esta obra en el contexto del conjunto del Corpus Agrimensorum Romanorum. Efectivamente, la publicación viene a enriquecer y completar el corpus de textos técnicos sobre agrimensura romana y a argumentar su perduración durante la Antigüedad tardía y la alta Edad Media. Aporta, además, información específica sobre la Península Ibérica. Destacan en la publicación tres aspectos: en primer lugar, el estudio de la filiación, transmisión e historia del manuscrito, que permite proponer un stemma, una cronología y la existencia de un manuscrito anterior hispano y en letra visigótica. En segundo lugar, la fijación y edición del texto y, por último, algunas propuestas interpretativas preliminares sobre el contenido y el contexto histórico del texto y de algunas de sus fuentes. Ricard Andreu, tras un análisis del estado del manuscrito, argumenta su datación en torno al 800-820 (anterior al de París, del siglo ix), el origen visigótico de la copia y los motivos de su inclusión en el archivo de Ripoll. Muy reveladora resulta la investigación sobre las fuentes de Gisemundo, no solo por su papel para comprender los objetivos del autor y su perfil, sino también para valorar el peso que los tratados de los agrimensores imperiales conservaban y para completar nuestro conocimiento de algunos de ellos, en especial de una de sus fuentes básicas, las Casae Litterarum. La mano de Gisemundo se aprecia en las introducciones, los nexos y las referencias religiosas, además de, posiblemente, en la redacción de algunos fragmentos, quizás de parte de la discriptio Hispaniae. Entre sus fuentes Andreu identifica más de una decena, desde algunos de los más destacados mensores imperiales, como Frontino, Higinio, Higinio Gromático, Sículo Flaco, Agenio Úrbico, a obras como las citadas Casae Litterarum o los Libri Regionum, así como autores tardíos, como el Pseudoboecio, Isidoro u Orosio para la discriptio Hispaniae a la que aludiremos. Parece Gisemundo un autor interesado en cuestiones prácticas, quizás él mismo agrimensor o geómetra, que atribuye a su texto una función didáctica. Resulta de enorme interés considerar que los conocimientos y praxis desarrollados bajo el imperio de Roma seguían vigentes y que adquirieron un nuevo sentido en el contexto de una Hispania con focos de poder visigodo y bizantino en conflicto. La determinación de los límites de las propiedades, los tipos de controversias y las formas de resolverlas, las condiciones del suelo y su vertiente jurídica continuaban importando en los siglos vi al xi. El manuscrito de Ripoll está desordenado e incompleto y R. Andreu propone una recomposición del mismo en ocho secciones y tres libros, que guían la estructura en la que se basa su edición: el primer libro incluye cuestiones introductorias, los textos tomados de las Casae Litterarum, las referencias a la deontología de los agrimensores y un texto que enlaza con el segundo libro. Este incluye diez capítulos (tres de ellos perdidos), los siete conservados sobre De spatio terminorum inter se continentium. El tercero, los apéndices isidorianos, es apócrifo. El corazón de la obra es el trabajo de establecimiento del texto, presentando la versión en latín y una traducción en castellano, tras la edición en catalán que ofreció el autor en su tesis doctoral. Ricard Andreu ha realizado un cuidadoso trabajo, que tiene siempre en cuenta lecturas y propuestas anteriores, en un necesario y rigurosos aparato crítico. Desde el punto de vista de los contenidos, dos aspectos resultan particularmente relevantes. Por una parte, la aportación de la obra de Gisemundo para el estudio de las listas de las Casae Litterarum (sobre todo de la primera lista y en parte de la segunda). En este estudio se atiende tanto a cuestiones terminológicas (proponiendo interpretaciones para vocablos como compagina, significare o litterae capitaneae/ liberaneae), como históricas, considerando la utilidad que estos textos sobre litigios por el límite de propiedades conservaban. Por otro lado, del mayor interés es la discriptio Hispaniae incluida en el libro segundo de la obra de Gisemundo, en parte basada en Orosio y en parte en una fuente bizantina no identificada, datada entre la mitad del siglo vi y el primer cuarto del vii. Ricard Andreu pone la relación esta fuente de la discriptio con operaciones de agrimensura bizantino-visigodas. En este contexto se detallan los términos que marcan límites administrativos, tomando como referencia la provincia Cartaginense. Las menciones a provincias, a ciudades y a otros topónimos, así como a trifinia remiten tanto a referencias clásicas en los textos de agrimensura, como a una nueva realidad geográfica que se ordena desde Cartagena. Sin duda, este fragmento del Ars Gromatica Gisemundi pasa a ser una referencia ineludible para el conocimiento de la geografía de Hispania en la Antigüedad tardía. Sin duda, tanto la investigación sobre los aspectos técnicos (incluido el vocabulario), como históricos, incluidos en este tratado tiene aún mucho recorrido. Profundizar en ello contribuirá a enriquecer la investigación sobre la ordenación del territorio bajo el dominio de Roma y la perduración y adaptación de estas prácticas en los siglos posteriores. Una de las colecciones privadas de cerámica griega más importantes de Portugal es, sin duda, la reunida por D. Manuel de Lancastre, que cuenta con 31 ejemplares de distintos estilos y periodos. En el presente libro se presentan 15 de estas piezas en una cuidada edición realizada por la Universidad de Coimbra y con unas ilustraciones de excelente calidad, a pesar del pequeño formato del libro. Las piezas se agrupan según sus estilos y periodos; se presentan dos olpes de estilo etrusco-corintio, cinco vasos de figuras negras (dos copas de tipo A, una copa de los Pequeños Maestros, un ánfora de cuello y un escifo), cuatro vasos de figuras rojas (dos copas, un lécito y una hidria) y cuatro cerámicas apulias de figuras rojas (una crátera de campana, un coe, y dos copas de pie bajo). Las piezas son cuidadosamente descritas y atribuidas, cuando ello es posible, a los diferentes estilos y pintores y sus paralelos son asimismo mencionados. Se trata, en todos los casos, de piezas procedentes del mercado de antigüedades, por lo que sus contextos de procedencia son desconocidos; como suele ser habitual en estas piezas, su estado de conservación suele ser bueno o excelente y, en algunas ocasiones, se trata de vasos de gran calidad, como la excelente ánfora de cuello de figuras negras atribuida a la manera del Pintor de Antimenes, que presenta en su cara B a Eros y Thanatos transportando el cadáver de Sarpedón. Entre las figuras rojas, destaca una cílica del Pintor de Villa Giulia que presenta en su exterior una escena de palestra, en la que un lugar importante lo ocupa la representación de dos jóvenes lavándose en un labrum o perirrhanterion. Asimismo, un lécito del Pintor de Bowdoin presenta una Nike realizando una libación ante un altar. El libro presenta el texto en versión bilingüe, portuguésinglés, lo que sin duda servirá para dar mayor proyección al mismo. Aunque, en ocasiones, es justamente denostada la publicación de piezas antiguas sin contexto arqueológico conocido, el propio carácter de la cerámica griega, portadora de iconografías en sí relevantes, es siempre de interés a causa del uso de las mismas en estudios de más amplio recorrido. Algunas erratas presentes en la obra, advertidas por los autores, son enmendadas por medio de una fe de las mismas que acompaña al ejemplar. Universidad Autónoma de Madrid. Maria Isabel Vila Franco. Moneda antigua y vías romanas en el Noroeste de Hispania. 154), mas o número de entesouramentos cresce de forma significativa de 21 para 40, como atrás se referiu. La necrópolis vetona de La Osera (Chamartín, Ávila, España). Alcalá de Henares 2016, 2 vols. ISBN 978-84-451-3518-1 Son muchas las excavaciones arqueológicas que a lo largo de los años han quedado sin publicar por unos motivos u otros, unas por negligencia de sus directores y otras por fuerza mayor. Entre éstas una de las más llamativas por la importancia del yacimiento y la gran cantidad de materiales que había proporcionado, fue la necrópolis llamada de La Osera, en Chamartín de la Sierra, en la provincia de Ávila. Había sido descubierta en 1931 por Antonio Molinero, veterinario apasionado por la arqueología (Mariné 2012: 15), que ejercía su profesión por los pueblos de Ávila, el cual puso el hallazgo en conocimiento de D. Juan Cabré, que por entonces se hallaba excavando en Las Cogotas, castro cercano a cuya cultura pertenecía precisamente el recién descubierto y su necrópolis, elocuentemente denominada La Osera (Baquedano 2004: 385). Y juntos, Molinero y Cabré, comenzaron a excavar en aquella necrópolis a partir de 1932. Quiso el destino, sin embargo, que un par de años más tarde, en 1947, falleciera D. Juan Cabré, y quedara la memoria correspondiente a tan importante necrópolis sin publicar. Había sido, sin embargo, costumbre suya llevar a las excavaciones a su hija Encarnación, joven estudiante. Y ella le fue ayudando a medida que su edad y su formación se lo iban permitiendo, hasta acabar, Archivo Español de Arqueología 2017, 90, págs. 299-311 ISSN: 0066 6742 finalizados sus estudios en la Universidad, codirigiendo con su padre las propias excavaciones. Y aunque nunca volvieran a pedir permiso para continuarlas, puestos de acuerdo Encarnación y Molinero, publicaron, en 1950, una espléndida memoria que recogía los resultados de los trabajos en uno de los sectores en que parecía estar dividida la necrópolis, al que llamaron Zona VI (Cabré et alii 1950), la más recientemente excavada, y en la cual ya había tenido Encarnación responsabilidades de codirectora. Y en la memoria dieron a conocer la magnitud del yacimiento, su riqueza y sus características esenciales, que la integraban por completo dentro de lo que ya se llamaba, por iniciativa de Cabré, Cultura de Las Cogotas. Los otros cinco sectores, excavados cuando Encarnación era todavía muy joven, parecían estar condenados al silencio para siempre. Habían quedado, sin embargo, muy bien documentados, por ella misma, y por el propio Cabré, gran aficionado al incipiente, entre nosotros, arte de la fotografía, de cuyo uso en excavaciones fue uno de los pioneros (Blánquez Pérez y Rodríguez Nuere 2004). Es la documentación que ha aprovechado en nuestros días, para redactar con ella su tesis doctoral, Isabel Baquedano Beltrán, la cual, conocedora de los hechos, no dudó en tomar contacto con la ya anciana Encarnación y conjuntamente, uniendo los conocimientos y las ganas de trabajar de la joven arqueóloga y el celo y la generosidad de la familia Cabré, ha permitido que ahora puedan analizarse los documentos, identificarse los materiales, que se guardan en el Museo Arqueológico Nacional, reconstruirse los conjuntos y darles a conocer. Un trabajo de titanes si pensamos que se trataba de más de dos mil tumbas con sus ajuares. El resultado han sido dos espléndidos volúmenes, uno para recoger toda la documentación gráfica de campo y laboratorio, de tumbas y ajuares, y otro para analizar, estudiar, comparar y sacar conclusiones. Conclusiones a las que no hubiera podido llegar en su tiempo el propio Cabré, pues es mucho más lo que ahora se conoce y los medios de que disponemos, que los que él hubiera podido utilizar en su día para tratar la abrumadora cantidad de datos que tenía. Siempre que ha sido posible, y para establecer con ellos un nexo de continuidad, la autora ha seguido las pautas marcadas por los arqueólogos en su publicación de la Zona VI, teniendo en cuenta además los resultados alcanzados en otros yacimientos paralelos excavados con posterioridad, entre ellos el de El Raso de Candeleda, en el que, durante bastantes años, hemos trabajado nosotros. La primera pregunta que se hace la autora es el por qué de la distribución en zonas de la necrópolis y de la existencia en ellas de dos tipos de enterramientos, aunque se trate siempre de incineraciones, pero situadas en unos casos, la inmensa mayoría, en hoyos, y en otros bajo túmulos de diversas formas, levantados a base de piedras, curiosamente vacíos a veces, pero que en su conjunto nos hablan, dice Isabel Baquedano, de la importancia que en estas sociedades se daba a la muerte y de la conciencia que estas gentes tenían de la existencia de algo más allá de ella, lamentando las limitaciones de la Arqueología para poder llegar en este campo a conclusiones de mayor trascendencia. A pesar de todo, intenta adentrarse en este tan íntimo campo espiritual del ritual y las creencias religiosas y a él dedica todo un extenso capítulo, que titula "Dioses, astros y astrónomos: el dibujo de la necrópolis", y encabeza con una elocuente cita del Génesis, "Dios puso las estrellas en el firmamento para guiar a la Humanidad", lo cual ya nos advierte de lo que va a ser su contenido y manifiesta el interés de la autora por estos temas y el dominio que tiene sobre ellos. Y es que Baquedano, con ayuda de los sistemas informáticos, ve en la posición de los túmulos y de las En la arquitectura de las tumbas parece ver la autora una clara evolución cronológica, partiendo de los grandes túmulos de la fase antigua hacia los pequeños de la más moderna, con un solo enterramiento e incluso sin él. Algo que en El Raso nosotros no pudimos constatar en las zonas excavadas, pero que sí intuíamos pudiera darse en unos túmulos inmediatos de la zona de Las Guijas, aparentemente expoliados, en los que no fue posible excavar (Fernández Gómez 1997: 115ss). Por eso establecíamos la secuencia cronológica a partir de la presencia o no en las tumbas de cerámica a torno, o de su mayor o menor frecuencia en los ajuares, algo que la autora no puede hacer en La Osera, pues no aparecen tumbas con solo cerámica a mano, lo que le mueve a pensar que las gentes se instalaron allí, fundaron el castro, cuando ya se había generalizado el uso del torno. Y pone su probable origen en el cercano poblado del Cerro de Los Castillejos de Sanchorreja, que a lo lejos se divisa, cuya vida termina precisamente en ese momento de la aparición de la cerámica a torno y la fundación de Chamartín. Al carecer de indicios en la cerámica, tiene que dar valor cronológico a la más o menos profunda posición estratigráfica de las tumbas y a las superposiciones que se observan en ellas. Todo lo cual no va a incidir en absoluto a la hora de establecer conclusiones, pero sí al fijar comparaciones y decidir, por ejemplo, cuándo desaparecen las cerámicas a mano con decoración a peine, sin duda las más características en todas RECENSIONES estas necrópolis, en las que son muy abundantes, mientras no aparecen con la misma frecuencia en los poblados, de los que en ocasiones, como sucede en El Raso, y podría suceder en alguno de los recintos de Chamartín, se hallan absolutamente ausentes. Se fija a continuación Isabel Baquedano en el ritual funerario, recordando primero cuanto sobre este ritual conocemos por los relatos históricos de la Antigüedad que nos narran los funerales de algunos personajes heroicos, y afirmando después que el hecho de integrar aquellas gentes en sus ajuares funerarios las armas, arreos de montar, adornos y objetos de uso personal, incluso alimentos, y posiblemente hasta alguno de sus sirvientes o seres queridos, lo que explicaría la presencia de los enterramientos múltiples, ponen de manifiesto la creencia de aquellas gentes en una vida ultraterrena. Está dedicado otro capítulo a analizar la población, su número y su posible estructura social, que basa la autora en los datos que pueden desprenderse de la riqueza de los ajuares de las tumbas descubiertas, aunque el número de variables es tan amplio que nos pueden hacer llegar a conclusiones erróneas. Por ese motivo nosotros hemos considerado siempre más lógico calcular el número de habitantes de estos poblados basados más en el número de casas que se conservan en él, que en el de tumbas de sus necrópolis. Y basados en ese número hemos calculado una población, para estos grandes castros de la Meseta, de un par de miles de habitantes cuando menos, mientras que si nos basamos en el número de tumbas de sus necrópolis apenas rebasan unos pocos centenares, entre 325 y 440 individuos, nos dice la autora, la cual, recogiendo los datos aportados por unos y otros arqueólogos, también se adhiere a la tesis de los miles de habitantes, por considerarla, dice, más verosímil. Otro problema sería la razón de tan numerosa población, que no se da ciertamente en poblados de momentos anteriores. Y la razón podría hallarse en el proceso de aglutinación de la población dispersa que, al surgir los momentos de intranquilidad política que provoca la llegada en actitud belicosa de cartagineses y romanos, se refugian en los poblados. Y así se explicaría, en ese proceso, que dura más de un centenar de años, que en Chamartín el núcleo inicialmente fortificado se amplíe con un segundo recinto, y posteriormente con un tercero, que no llega a cerrarse por completo, quizá porque ya la victoria de los romanos sobre los indígenas era completa y, vencidos éstos, se impuso la pacificación con todo lo que ella significaba. En El Raso, tantas veces citado por la autora para establecer comparaciones, hemos observado nosotros que las gentes que están enterradas en su necrópolis no son las mismas que vivieron en el poblado fortificado. Que este es de un momento inmediatamente posterior, en el que ya han desaparecido por completo las cerámicas a mano, tan frecuentes en los ajuares de las tumbas, sobre todo las decoradas con los elocuentes motivos a peine. Algo similar podría suceder en Chamartín, a juicio de la autora, donde la necrópolis estudiada correspondería solo al primer recinto, el poblado inicial. Por lo que cuando éste, años más tarde, tenga necesidad de ampliarse, no se tiene inconveniente en cubrir con la nueva muralla las tumbas de unas personas de las que ya no se guardaba memoria. Son todas cuestiones a debatir que no podrán aclararse mientras no se excave con más intensidad en el poblado, y en cada uno de sus tres recintos, para poder compararlos entre sí y con la necrópolis, y sacar conclusiones. El último capítulo lo dedica la autora a un minucioso estudio de todos los materiales recogidos en los ajuares de la necrópolis, mostrando en diversos gráficos su frecuencia y situación en los diversos sectores, y en algunos mapas su distribución en la Pe-nínsula y el camino de las influencias que pudieron recibir. Entre los objetos de adorno destaca el gran número de fíbulas encontradas, sobre todo las típicas anulares y las de pie levantado con resorte bilateral. Es elocuente, sin embargo, constatar, para situar la necrópolis en su periodo cronológico correcto, que no aparece ningún ejemplar en omega, ya de época romana, que sería interesante saber si aparecen en algún lugar del poblado, para admitir o no su estricta coetaneidad con la necrópolis o su mayor perduración, posiblemente hasta época de César, como queda patente en El Raso con los numerosos ases y denarios recogidos, las fíbulas en omega y algún tipo de bocado de caballo que no aparece nunca en la necrópolis (Fernández Gómez 2011: 280 y 325). En resumen, un magnífico libro. Por la gran cantidad de documentación que aporta, con la frecuente reproducción de los diarios de Cabré, los dibujos de Encarnación y los propios de la autora sobre los materiales del Arqueológico Nacional, y por los numerosos análisis, cuadros, gráficos, estadísticas, etc., que presenta de unos materiales que es imprescindible tener en cuenta para el conocimiento de lo que fue la Segunda Edad del Hierro en la Meseta de Castilla. Un libro, por tanto, que merece nuestra felicitación y agradecimiento y que puede servir de ejemplo para el estudio de los materiales de otras muchas excavaciones que se hallan sin publicar en los olvidados fondos de nuestros museos. Como merece nuestra felicitación la generosidad de la familia Cabré, la cual, una vez terminados sus estudios la Dra. Baquedano, ha entregado como legado toda esa documentación original, más de 200 carpetas, a la Universidad Autónoma de Madrid, donde se halla a disposición de los investigadores interesados en ella. Nuestra felicitación, por tanto, para ambos y para ambos nuestro agradecimiento.
El artículo ofrece una revisión crítica sobre el uso de formulae pedaturae en termini sepulcrorum hispanos, al tiempo que analiza en detalle y con criterio de exhaustividad sus áreas de dispersión, tipos de soporte y materiales empleados, tamaño de los acotados, fórmulas y léxico de la indicatio, perfil social de quienes la utilizaron, y cronología. Todo ello desde un profundo contraste con lo que se detecta en otras grandes ciudades del Occidente del Imperio, y una mirada final a las interesantes novedades de Colonia Patricia Corduba, capital de la provincia Baetica, en la que los autores vienen centrando su trabajo. En el mundo funerario romano la pedatura, o indicación expresa y escrita de las medidas del lo-cus sepulturae3 (por regla general sobre soportes muebles, pero a veces también sobre la propia estructura del monumento funerario; Cenerini 2005, 137; Zaccaria 2005, 201), representa una práctica epigráfica de extraordinario interés que ha ocupado a numerosos investigadores en los últimos años, centrados en las distintas zonas del Imperio donde se documentan este tipo de inscripciones (bibliografía reciente en Cresci Marrone, Tirelli 2005). Por supuesto, no faltan estudios referidos a Hispania, que nosotros mismos hemos tenido ocasión de actualizar en algunos trabajos recientes (Vaquerizo 2002a(Vaquerizo y 2002b;;Sánchez Madrid, Vaquerizo 2008). La costumbre de disponer recintos funerarios en las áreas de necrópolis parece remontar a la Grecia clásica, donde nacen con carácter familiar (lo que no impedía que en su interior cada tumba individual contara con su propia señalización), obedeciendo a un reparto racional del terreno extramuros. Sin embargo, y por lo que se refiere a Roma, no hay seguridad en cuanto al origen, ni tampoco el momento exacto en que comienzan tales parcelaciones del espacio funerario, destinadas en último término y como es bien sabido a fijar, reservándolo, el terreno destinado a la muerte, a separar lo sagrado de lo profano, a distinguir lo privado de lo público, dotándolo al tiempo de garantías jurídicas y convirtiendo el locus sepulturae en testimonio imperecedero de memoria, uno spazio vitale per il dopo (Sartori 2005, 169). 1 Área de Arqueología. Universidad de Córdoba ( [EMAIL] ) 2 Investigador contratado. Universidad de Córdoba ( [EMAIL] ) Hay que remontarse a finales del siglo II a.C. para encontrar en Roma los primeros ejemplos de termini sepulcrorum con referencias explícitas a las dimensiones del recinto funerario, en coincidencia con un aumento de la producción epigráfica de carácter funerario en la Urbs. Entre los primeros ejemplos romanos conocidos se cuenta la inscripción funeraria en travertino del cónsul Servius Sulpicius Galba (CIL I2, 695 = CIL VI, 31617) (Gregori 2005, 106), en la que ya consta la pedatura del locus sepulturae, expresada mediante la fórmula parcialmente abreviada: ped(es) quadr(ati) XXX, que tradicionalmente ha venido siendo interpretada como treinta pies cuadrados. En cambio, el texto alude en realidad a la longitud del lateral del terreno reservado por el recinto, que alcanzaría, por tanto, los 900 pies cuadrados (p.c., en adelante), lo que se aviene mucho mejor con la importancia del personaje, así como con los restos conservados de su monumentum, construido en bloques de peperino en una zona comercial junto al Tíber salpicada de grandes horti propiedad de familias senatoriales. Además, no debió ser el único de estas características, como demuestra la tumba cercana de los Rusticelli (Hesberg 2005, 62 ss.) y se constata en otros muchos casos4 (Gregori 2005, 90 y 99). Tal vez, en consecuencia, debamos aplicar esta misma interpretación a los termini hispanos que emplean dicha fórmula. En estas mismas fechas (finales del siglo II a.C.) deben encuadrarse cinco epitafios más de liberti, lo que refleja, de entrada, que desde el primer momento se trata de una práctica compartida por los más diversos sectores sociales de la Roma tardorrepublicana, preocupados sin excepción por dejar constancia de la superficie de su sepulcro, más por una cuestión práctica que de estricta representación o vanidad (CIL I2, 1339 = CIL VI, 22541; CIL I2, 1376 = CIL VI, 25642; CIL VI, 38114; CIL I2, 2997a; y Gregori 2005, n.o 14). Así lo relejan también algunas fuentes (Cicerón, Phil. En las primeras décadas del siglo I a.C. atestiguamos el uso epigráfico de la pedatura en una amplia serie de tituli sepulcrales procedentes de Roma que ocuparían dos o más ángulos de sus respectivos recintos funerarios, como demuestra la recuperación de varias inscripciones gemelas. Paralelamente, aparecen también expresiones referidas a medidas cuadradas del terreno (CIL I2, 1313 = CIL VI, 1816), con la pedatura expresada bajo la fórmula q(uoquo versum) p(edes). Las dimensiones de estos recintos funerarios romanos republicanos con plasmación epigráfica de la pedatura se sitúan en una media aproximada de 320 p.c., en claro contraste con los ejemplos documentados fuera de Roma para estas mismas fechas y los que pasarán a ser habituales en la propia capital pocas décadas después, aquéllos y éstos mucho más reducidos -vid. infra-, lo que sin duda resulta bastante clarificador sobre el paisaje funerario de la época. A partir de este momento observamos una rápida difusión de la indicatio pedaturae por las regiones centrales y septentrionales de la península itálica, con escasa incidencia al sur de Roma; proliferación que alcanzará pronto a las necrópolis urbanas y rurales de las provincias occidentales más rápidamente «romanizadas», como fueron la Gallia Narbonensis y la Hispania Ulterior Baetica (Stylow 1995, 227; Vaquerizo 2002b, 171; Christol, Janon 2002). En la primera, de los más de 150 termini sepulcrorum documentados, dos tercios (más de un centenar) proceden de la capital provincial, Colonia Narbo Martius, a la que siguen en número de hallazgos Vasio Vocontoriorum, con casi una treintena, y otros emplazamientos de la Narbonense, como Carpentorate, Aquae Sextiae, Apta, Baeterrae, Arelate o Massilia. Inscripciones dobles con indicación de la pedatura las hay documentadas en la importante colonia augustea de Nemausus (CIL XII, 4042a-4042b), y no faltan además referencias en la zona a cipos cuádruples, como los recuperados en Béziers, que delimitaron los ángulos de un locus abierto (Christol, Janon 2002, 121-122; también, 123, para A pesar de que, según comentábamos más arriba, se trata de un tema relativamente bien tratado por la comunidad científica en las últimas décadas, lo cierto es que no paran de producirse nuevos hallazgos, hasta el punto de que el número de termini hispanos conocidos hasta la fecha de cierre de este trabajo ha superado ya, con creces, los ciento sesenta. Hablamos, por tanto, de un salto cuantitativo substancial respecto a las treinta y seis piezas recogidas por Vives en 1971-1972 (ILER 3560-3595), y a las noventa y cuatro recopiladas por Rodríguez Neila a finales del siglo XX (Rodríguez Neila, 1991, Cuadro IV). A este respecto, conviene tener en cuenta que nuestro cómputo último (159 ejemplares) prescinde conscientemente de los últimos hallazgos Segobrigenses 5, de una decena de tituli de difícil o imposible identificación como tales -aun cuando hayan podido ser leídos o transcritos como termini sepulcrorum por otros autores-, de las estelas y cipos anepígrafos que desempeñaron el mismo papel de hitos señalizadores o terminales del locus, y de algún ejemplar en el que no constan de modo explícito las dimensiones del recinto6. Un panorama, en consecuencia, más rico y de mayor complejidad, que hacía necesario un nuevo intento de aproximación crítica a estas singulares expresiones epigráficas, esbozado en sus líneas esenciales en otro trabajo anterior (Sánchez Madrid, Vaquerizo 2008). Si trazamos un plano de dispersión de este tipo de epígrafes sobre el mapa de la Península Ibérica (Fig. 1), se observa una presencia casi exclusiva de los mismos en el tercio meridional de aquélla, con dos focos principales: el área bética que engloba la mitad septentrional del conventus Astigitanus y la meridional del Cordubensis, en una amplia franja circunscrita entre Sierra Morena y la Subbética (es decir, el valle del Guadalquivir y las campiñas de Jaén, Córdoba y Sevilla), y el conventus Emeritensis, con la mayor concentración en Augusta Emerita y Metellinum (cfr. Finalmente, con una representación siempre decreciente los constatamos también en los conventus Carthaginensis, Hispalensis y Gaditanus (Fig. 2). Concentra más de la mitad de los ejemplos hispanos, casi dos tercios de ellos procedentes de la capital conventual, Astigi, y de su entorno inmediato (27 casos-33,75%; n. os 1-27), así como de Tucci y su ager (22 casos-27,5%; n os 28-49). El resto, exceptuando Sosontigi (5 casos-6,25%; n. os 50-54), aparecen con una ratio mínima en diversos municipia y, fundamentalmente, en ámbitos rurales del conventus. -Conventus Emeritensis, LUS (36 casos; 22,64%): En Lusitania, la mayor parte de los hallazgos conocidos se concentran en el caput provinciae, Augusta Emerita, que con sus 24 ejemplares aparece como una de las la primeras ciudades hispanorromanas en número de termini -por delante incluso de Astigi, si no tenemos en cuenta los recuperados en el territorio inmediato de ésta-, aglutinando casi tres cuartas partes de los conocidos en el conventus (72,73%; n. os 111-137). -Conventus Cordubensis, BAE (18 casos; 11,32%): De nuevo, la Colonia Patricia Corduba (en su calidad de capital provincial y conventual) y su ager concentran el mayor volumen de hallazgos, aunque en número muy inferior a los ya comentados (10 casos-55,56%; n os 81-90). Destaca en este sentido la gran diferencia con Astigi, muy próxima geográficamente, y no más necesitada de espacio que Corduba, por lo que debió tratarse de modas lo-5 Finalizado nuestro estudio, nos ha llegado un avance sobre la reciente excavación de la necrópolis noroccidental (bajo el circo) de Segobriga (Abascal et alii 2008), en la que está siendo documentada una interesantísima via sepulcralis jalonada en ambas márgenes por recintos de diferentes tamaños, señalizados mediante cipos anepígrafos y también con expresión de la pedatura. Ya se conocía otro ejemplo en la ciudad (no 158; vid. infra), pero en esta ocasión varios de los termini aparecen in situ, delimitando (en número de hasta cuatro) espacios no siempre cerrados que parecen reflejar una planificación previa y organizada del terreno extramuros (los recintos que han conservado los tituli con indicatio pedaturae comparten medianeras), y se corresponden exactamente con los valores expresados por la epigrafía: entre 225 y 260 pies cuadrados, con una cierta tendencia a los 15 pies de fachada, aun cuando las medidas no siempre son regulares. La necrópolis, conformada por enterramientos de cremación comprendidos entre época de Augusto/Tiberio y los inicios del siglo II d.C., fue parcialmente amortizada para la construcción del circo en la segunda mitad del siglo II d.C. (provocando un desplazamiento de la vía hacia el Norte), lo que ha favorecido su conservación. Como es lógico, estos hallazgos no son considerados en nuestro trabajo por cuanto buena parte de ellos se encuentran todavía inéditos y su número crece conforme avanzan las labores arqueológicas. No obstante, somos plenamente conscientes de la gran importancia que revisten a la hora de valorar en sus justos términos la dispersión geográfica de este hábito funerario en la Citerior, así como las posibles razones de su introducción en el interior de la Meseta Sur, muy posiblemente de la mano del comercio (¿itálico?; ¿gálico?; ¿bético...?). -Conventus Tarraconensis, CIT: Sólo conocemos un ejemplar (0,63%) procedente de Saguntum (n o 159) y, de nuevo, como ocurría con el titulus recuperado en Carthago Nova, parece estar mostrando una intrusión en la provincia citerior de prácticas típicas de la Bética, ya que por sus rasgos paleográficos y las características del soporte encaja mal con el ambiente epigráfico levantino (comentario crítico de G. Alföldy en CIL II2/14, 407) 10. -Conventus Scallabitanus, LUS (1 caso-0,63%; n.o 147). MATERIALES Y TIPOS DE SOPORTE Existe cierta disparidad en la nomenclatura aplicada por la comunidad científica internacional a los soportes utilizados para la expresión de la pedatura. Nosotros nos serviremos con frecuencia de su acepción como termini por ser, junto con la de estelas (que no aparece nunca en los textos epigráficos), las más aceptadas en la literatura al uso (Zaccaria 2005, 200-201), pero lo cierto es que cuando los tituli aluden de forma expresa a los soportes (algo ya de por sí bastante raro) lo hacen de forma mayoritaria como cippi, una expresión constatada desde época tardorrepublicana que se mantendrá viva durante los primeros siglos imperiales. Entendemos por «estela» una piedra de poco grosor, con el eje principal en el sentido de la altitud, destinada a ser clavada en el suelo y vista de cara; siempre con particularismos locales, aunque va evolucionando. Por su parte, el término «cipo» suele aludir a un bloque de piedra con tendencia prismática o cilíndrica, que para algunos autores se diferencia de la estela sólo por el grosor 11. Atendiendo a su acepción primigenia, cippus se empleó con el 7 Así se interpreta, de hecho, en las necrópolis de la Cisalpina, donde los recintos representan la primera realidad funeraria de carácter monumental a la que se asocia epigrafía propiamente latina, trasladada al Norte por inmigrantes relacionados con el comercio (Cresci Marrone 2005, 307). De todos es sabido que comerciantes del más variado signo llevaban viniendo a Hispania desde el comienzo mismo de la conquista (quizá incluso antes). Habría, pues, que buscar el origen geográfico de los portadores de este hábito epigráfico en regiones (itálicas, o quizá gálicas) donde ya estaba de moda. Curiosamente, este último hace clara referencia a la origo bética del difunto (Stylow 2002a, 354), lo que puede abundar en la idea expresada más arriba. Por otra parte, resulta interesante el uso de la fórmula hoc monumentum conditivom se vivo fecit loco suo... sibi et suis, en uno de los pocos ejemplos hispanos de titulares que reservaron su locus sepulcri (para él y los suyos) en vida (vid. también, por ejemplo, nuestro no 155, con la expresión vivi fecerunt). Como ocurre con otros epígrafes suburbanos y rurales, las grandes dimensiones del acotado se explican por disponerse éste en el propio fundus. 9 Algún investigador ha transcrito este epígrafe como Privat(um) / P(edes) LV, interpretándolo en relación con uno de los escasos itinera privata documentados epigráficamente en Hispania (Gil 1996, 336). Otros, sin embargo, lo ven como terminus sepulcri, ofreciendo lecturas dispares: Privatu(s) / p(edes) l(atum) V (González 1991, no 865) o privatu(m) / p(edes) LV (Stylow 2001, 102 n. Nosotros suscribimos esta última opción. 10 La inscripción alude al matrimonio compuesto por Oppia Montana y Gnaeus Baebius Eros Chilonianus, liberto de la familia saguntina de los Baebii, quien reservó su acotado funerario y construyó la tumba familiar en sus propios jardines, negando de paso cualquier potestad fiduciaria sobre ambos a sus herederos: hoc monumentum heredem non sequetur (sobre la problemática de esta fórmula, vid. Orlandi 2004). Bonneville establece el término «estela» para soportes cuyo espesor sea inferior al tercio de la anchura de la cara frontal, y «cipo» si lo supera; por su parte, Cebrián sostiene que debemos hablar de «cipo» cuando el grosor de la pieza supere el pie romano. En cualquier caso, el límite entre ambos conceptos es muy difuso, y no reglado. Será en época augustea cuando surge en Hispania, y particularmente en Baetica -en plena eclosión del 'epigraphic habit'-, la estela como soporte epigráfico, con unas características generales y estandarizadas (como el remate semicircular o redondeado) y diversas variantes o subtipos que analizaremos más adelante. Estos soportes actuarían como cipos terminales ubicados en las esquinas del recinto funerario, y coexistirían durante el siglo I d.C. con dos de las tipologías de tituli sepulcrales béticos más tempranos: los bloques paralelepípedos y las placas de gran formato, concebidos para ser encastrados en construcciones de obra: bien en la alineación mural de cerramiento del locus, bien formando parte del frontispicium del monumento funerario. El carácter múltiple de muchos de estos cipos y estelas explica la aparición ocasional de piezas idénticas, en número variable, destinadas en origen a ocupar dos o las cuatro esquinas del locus. Del mismo modo, contamos con cipos terminales de planta cuadrangular cuya cara superior aparece trabajada con un remate de «crucero de cañón», por tratarse a la vez de elementos señalizadores y delimitadores ubicados justo en las esquinas de un recinto con estructuras de cerramiento de baja altura (vid. como ejemplo CIL II2/7, 345). Esta última práctica, que debió ser bastante común en las necrópolis romanas 13, aparece plenamente corroborada por la epigrafía, a través de expresiones como: ille cippos sua impensa IIII dono dedit (CIL II, 1367); area cincta cippis numero IIII (CIL VI, 13070); loco empto quo Tiburtini positi quattuor demonstrant (CIL VI, 24047), o quattuor sepulcrum terminis clusi meum (AE 1932, 33). Tampoco faltaron loca en los que el número de cipos requeridos fue mayor (siete, ocho), debido a lo irregular del terreno (AE 1914, 219; CIL XIV, 3857). En Roma (donde existe un catálogo cercano a las mil inscripciones), se han documentado arqueológicamente diez casos con cuatro ejemplares, alrededor de una veintena con tres, y al menos ciento treinta cipos gemelos, lo que ha llevado a suponer que el método habitual de señalización pudiera haberse servido de cipos con tituli inscritos sólo en fachada, utilizando para la parte trasera de los recintos métodos alternativos más baratos (Cfr. De los 159 ejemplares hispanos aquí estudiados, 40 (25,16%) son de tipología desconocida (las piezas se perdieron, y hoy contamos únicamente con referencias o descripciones antiguas carentes de información precisa a este respecto); sin embargo, el análisis de los 119 restantes nos ha permitido establecer una tipología básica de los soportes empleados en ellos (Fig. 3 ISSN: 0066 6742 rita (con un único ejemplar). Ofrecen, a su vez, varias variantes, como la documentada en Ostippo (n.o 58), con dos líneas a modo de frontón rematando el campo epigráfico, otras en las que el campo epigráfico de remate semicircular se quiebra en sus ángulos inferiores para asemejarse a una tabula ansata (n. os 4, 61, 62 y 80), o el ejemplar astigitano (n.o 26) cuyo campo epigráfico presenta un marco moldurado (bocel). -I.A.3: Estelas con coronamiento semicircular o redondeado y el campo epigráfico cuadrangular rebajado. Se trata de un tipo poco usual (16 casos-13,44%) y bastante disperso, sin concentraciones aparentes en ninguna de las zonas. La indicación de la pedatura suele grabarse fuera -por encima-del campo epigráfico, reservado para el resto de texto. Ofrece también una variante, definida por el empleo de un cymatio inverso para enmarcar el campo epigráfico (n os 55 y 60). -I.A.4: Estelas con coronamiento semicircular o redondeado, campo epigráfico cuadrangular rebajado y, sobre éste, otro campo de remate igualmente semicircular o redondeado y rebajado. Es una modalidad que aúna los subtipos I.A.2 y I.A.3, y aparece en 9 ocasiones (7,56%): Carruca?, Monturque, El Rubio, La Guijarrosa, Hispalis, Corduba, Asta Regia o Ceret. El texto epigráfico puede ocupar únicamente el campo superior, de remate semicircular (n.o 63), dejando vacío el rebaje cuadrangular inferior, o a la inversa, con la inscripción en el campo inferior rebajado (n. os 64 y 103); del mismo modo, contamos con tres ejemplares (nos 78, 79 y 90) en los que la indicación de la pedatura ocupa el campo superior y el resto del texto epigráfico el área inferior. Existe una interesante variante de este tipo marcada por la presencia de una roseta esquemática -hexapétala y con botón central-en relieve decorando el área rebajada superior, que actuaría como frontón semicircular. Esta solución decorativa la encontramos en un ejemplar de El Rubio (junto a Astigi, n.o 66), así como en sendas piezas del conventus Gaditanus (n. os 101 y 102) 16. I.B: Estelas rectangulares con coronamiento semicircular o redondeado rebajado en la cara anterior. Muchas de ellas quedaron integradas en estructuras constructivas, como elementos delimitadores del acotado funerario, o como parte integrante del propio monumento. Un ejemplar astigitano (n.o 7) presenta doble inscripción en sus caras anterior y posterior, lo que parece confirmar su utilización en la primera de las modalidades. -I.B.1: Estelas rectangulares con coronamiento semicircular o redondeado rebajado en la cara anterior y el campo epigráfico liso. Es la más empleada (13 casos-10,92%), con una cierta concentración en Augusta Emerita (6 ejemplares) y presencia también en Corduba, Igabrum, Castro del Río, Astigi, Iliturgi o Monterrubio de la Serena. -I.B.2: Estelas rectangulares con coronamiento semicircular o redondeado rebajado en la cara anterior y el campo epigráfico rebajado. Aparece únicamente en Astigi (2 casos-1,68%), con dos variantes: la primera siguiendo el esquema más simple (n.o 8), y la segunda de ellas con el campo epigráfico enmarcado por una moldura (n.o 25). I.C: Estela rectangular con el campo epigráfico, de remate semicircular o redondeado, rebajado en la cara anterior. Contamos con un solo ejemplar (0,84%) procedente de Astigi (n.o 1), por lo que se trata de una variante tipológica nada habitual. I.D: Estela rectangular con el campo epigráfico, cuadrangular o rectangular, rebajado en la cara anterior: se adscriben al tipo tres ejemplares (2,52%), origen a su vez de tres categorías diferentes. La primera de ellas (Iponoba; n.o 56), presenta un rebaje cuadrangular en el que se inscribe la pedatura y el nombre del difunto, dejando fuera el epigrama; justo lo contrario de lo que ocurre en Epora (n.o 97): en este caso es la formula pedaturae la que sale del espacio rebajado. Por último, una interesante pieza castulonense (n.o 154) presenta el campo epigráfico rebajado y, bajo éste, un área cuadrangular excavada y decorada con una guirnalda en relieve que por su tosca factura parece obra de un marmorarius poco diestro, seguramente de taller local. Se trata de un tipo de soporte escasamente representado (sólo 5 casos; 4,2%). Su considerable tamaño, así como la presencia en algunos de ellos de huellas de anclaje o de ferrei forcipes, confirman su pertenencia a estructuras de gran formato, en las que irían encastrados. Con todo, resulta complicado determinar con precisión su lugar exacto de colocación. Así ocurre con dos ejemplares incompletos procedentes del ager Tuccitanus (n. os 46 y 47), mientras en un bloque cordubense con acusada tendencia horizontal (n.o 82) es posible intuir su ubicación sobre la puerta de entrada al sepulcro o, cuando menos, en un lugar destacado de la fachada. Otras dos inscripciones más de Corduba (n. os 85 y 86) -vid. infra-, fueron recuperadas in situ, actuando como jambas de acceso al locus sepulcri. Son pocos los ejemplos de placas con indicación de la pedatura constatados en nuestro catálogo (9 casos-7,56%). Fueron concebidas para ser encastradas en otro tipo de soportes (habitualmente estructuras murarias). III.A: Placas de gran formato. Irían ubicadas en las fachadas de los sepulcros, con independencia de su tipología. III.B: Placas de pequeño formato. Por lo general se asocian con el cierre de loculi destinados a acoger los restos de cremaciones, o con otro tipo de enterramientos como las cupae. También fueron dispuestas ocasionalmente en el propio suelo. Hemos documentado dos ejemplares, procedentes ambos de la Vega sevillana (Italica, n.o 105; e Ilipa, n.o 108). En síntesis, el análisis detallado de los tipos de soporte nos permite observar diferencias claras entre las tres capitales conventuales que testimonian su uso (Fig. 4). En Astigi están representadas prácticamente todas las modalidades, aunque resultan mayoritarias las estelas con el campo epigráfico rebajado y rematado en semicírculo (Subtipos I.A.2: 9 casos; I.B.2: 2 casos; y I.C: 1 caso); menor presencia tienen los tipos con el campo epigráfico liso (Subtipos I.A.1: 3 casos; I.B.1: 1 caso), y las placas de gran formato (III.A: 1 caso). En Corduba, por su parte, predominan las estelas con el campo epigráfico liso, sin rebajar (Subtipos I.A.1: 3 casos; I.B.1: 2 casos), así como los bloques paralelepípedos (Tipo II: 3 casos), en un claro reflejo del importante proceso de monumentalización arquitectónica que experimentan sus necrópolis durante los primeros siglos del Imperio. Por fin, Augusta Emerita repite la casuística cordubense en lo que al uso casi exclusivo de estelas con campo epigráfico liso se refiere (Subtipos I.A.1: 8 casos; I.B.1: 6 casos; sólo un ejemplar presenta el área del titulus rebajada: Subtipo I.A.2), si bien no documenta el uso de placas. Existe, pues, una modalidad básica y predominante de estela (Subtipo I.A.1), de campo epigráfico liso, sin molduras o decoración, presente en buena parte del territorio conventual cordubense y emeritense, mientras que en el Astigitanus arraigan con más fuerza los modelos de estela de uno o dos campos rebajados. Desde el punto de vista de la materia prima utilizada, los soportes objeto de estudio siguen la tónica general de la epigrafía inicial hispana, particularmente bética: usan de manera generalizada piedras locales (111 casos-69,81%), frente a una exigua aparición de tituli grabados sobre mármol (12 casos-7,55%, cinco de ellos en Augusta Emerita)17 (Fig. 5). Desconocemos el material empleado en 36 de las piezas, lo que supone el 22,64% del cómputo global. Entre el material lítico de carácter local documentado hemos de anotar el uso predominante de calizas (74 casos-46,54%) y areniscas (11 casos-6,92%), sobre todo en el ámbito de los conventus béticos y en Castulo. Salvo dos piezas de la Bética, todas las estelas realizadas en granito (19 casos-11,95%) proceden del conventus Emeritensis. A partir de época augustea destaca el número de epígrafes sobre calizas micríticas duras o «piedras de mina», cuya gran variedad cromática resalta el primor de muchos de ellos; este tipo de calizas proliferan entre los soportes de los conventus Cordubensis y Astigitanus, por la cercanía de sus puntos de extracción, en el ámbito de Sierra Morena y el Sistema Subbético. La definitio pedaturae, como aparece denominada en algún titulus (InscrIt X-V, 1086; Cfr. Gregori 2005, 89), se manifiesta en las inscripciones funerarias mediante un amplio y heterogéneo elenco de fórmulas más o menos estereotipadas que persiguen un único objetivo: fijar públicamente e in situ las dimensiones exactas del locus sepulturae para asegurar y preservar la inviolabilidad del mismo, en cuanto domus aeterna (CIL I 2, 1214=VI, 10.096; Cfr. Dicho de otra manera: en Roma, el espacio destinado para usos funerarios era protegido tanto por el derecho civil como por el derecho sacro 18, y mediante la práctica de la pedatura se reservó a la epigrafía (según parece, de manera bastante eficaz, por cuanto apenas se contemplan en todo el Imperio multas funerarias asociadas a este tipo de indicaciones -vid. infra-) la función de garante público del locus, al menos desde la segunda mitad del siglo II a.C. 19. Testimonio evidente de ello es que en la inmensa mayoría de los casos los nombres de los fallecidos aparecen en nominativo (o como mucho en genitivo), contrarrestando así cualquier duda sobre la titularidad de los recintos, que sólo muy raramente fueron objeto de donación (Cresci Marrone 2005, 310 ss.). Sin embargo, no cabe descartar que pudieran ser vendidos (en su totalidad o sólo parcialmente), bien por parte de empresas constructoras especializadas, bien entre particulares, como se documenta con otros tipos de tumbas; sólo era necesario que no hubieran recibido enterramientos con carácter previo, puesto que era la deposición de los restos la que otorgaba la sacralidad al locus sepulcri (Remesal 2002, 372 ss.). Como ocurre con los tipos de soporte, los formularios utilizados en los epígrafes hispanos son un trasunto de los modelos o referentes itálicos; siempre los mismos, por cierto, con independencia de la forma o la piedra utilizada, y con muy pocas excepciones, como es el caso de Cosconia Materna, Mirobrigensis e hija de Lucius (n.o 145), quien reguló por orden testamentaria todo lo relativo a su sepulcro (testamento poni iussit), empleando una fórmula inédita en Hispania para expresar la pedatura del acotado: locus sepulturae tot. No ocurre así en otras zonas del Imperio, en las que dicha fórmula se enriquece con expresiones desconocidas aquí, como area o solum para designar el locus (Christol, Janon 2002, 123), u otras bastante singulares a veces (locus emptus; latus/longus intro; in fronte/intro, in fronte/ retro...; al efecto, vid. por ejemplo Gregori 2005, 79 ss., o Zaccaria 2005, 202). A partir de la documentación manejada, podemos distinguir cuatro niveles de información en la expresión epigráfica de la pedatura (Fig. 6 En este mismo sentido, creemos de interés reseñar algunas prácticas singulares o de relevancia, que dejan entrever el complejo entramado jurídico, social, familiar y propiamente personal que implicaban este tipo de prácticas. Así, por ejemplo, la explicitación de todos los detalles relacionados con la reserva del locus, su mantenimiento y su disponibilidad de uso a través de la vía testamentaria. Además del caso de Cosconia Materna señalado más arriba, contamos con el de Lucius Virrius Fidus VI (n.o 25), que fijó en su testamento las dimensiones del locus propio y del reservado a su padre, Lucius Virrius Senecioni (n.o 26), o el de Septimia Severa (n.o 59). Quizá resulte significativo que los tres casos se adscriban al conventus Astigitanus. Contamos igualmente con varios ejemplos de indicationes pedaturae insertos en carmina sepulcrales de enorme interés (n.o 46 y 117), algunos de ellos repetidos en piezas diferentes (n.o 56 y CIL II2/5, 399); esto parece abundar en la idea de que tales repertorios, cuya cronología parece centrada en el siglo I d.C., eran frecuentes entre la gente modesta (Puerta, Stylow 1985, 322-323). Por fin, otras expresiones de menor importancia ilustran modalidades locales, como la locución dic qui legis sit tibi terra levis con abreviatura (n.o 1), cuando en los epigramas latinos suele aparecer de modo desarrollado (sin sincopar); la fórmula lege et vale, dirigida al viandante, en el titulus sepulcralis de Graecia Modesta (n.o 123), o el empleo del plural referido a un epitafio individual en la expresión dicite qui legitis sit vobis terra levis, probablemente por un error del lapicida (n.o 14). Como en otras provincias del Imperio25, en Hispania (sobre todo, en Baetica y en Lusitania occidental) el considerable volumen de termini sepulcrorum documentados hasta la fecha nos permite profundizar por medio de la Epigrafía en la jerarquización por tamaños de los acotados sepulcrales, sus valores medios, su disposición topográfica y su incidencia (cualitativa y cuantitativa) en el paisaje funerario periurbano; aspectos que no siempre encuentran la debida correspondencia arqueológica. Así ocurre en Astigi (también en Hispalis, aunque a menor escala), donde la profusión de evidencias epigráficas alusivas a loca sepulturae contrasta llamativamente con la escasez de recintos documentados con metodología arqueológica. Por el contrario, en la capital bética, donde sólo contamos con nueve casos de indi-itanus); quoquo versus pedes: 3 casos (1 en Astigitanus, 1 en Cordubensis y 1 en Hispalensis). Como excepción, contamos con una fórmula inhabitual y única en el repertorio hispano: pedes tot (no 103), con la que se indica la medida del lado, por lo que suponemos que se refiere a un locus cuadrangular. 22 Con las siguientes variantes: in fronte pedes: 6 casos (2 en Astigitanus, 2 en Emeritensis, 1 en Cordubensis y 1 en Gaditanus); in fronte latum pedes: 4 casos (en Astigitanus); in agro pedes: 2 casos (en Emeritensis); locus in fronte pedum: 1 caso (en Astigitanus); in fronte pedes latum: 1 caso (en Carthaginensis). 23 Todas estas expresiones encuentran paralelos en otros lugares del Imperio. 24 A ellos ha venido a sumarse una nueva pieza documentada recientemente en la necrópolis noroccidental de Segobriga, no incluida en nuestro catálogo (vid. supra): un cipo de remate redondeado que, como es habitual allí, recoge únicamente la expresión de la pedatura, sin incluir el epitafio del titular del recinto, quizá reflejado in extenso en su estela funeraria, que acompañaría a la deposición de sus restos. Sólo en uno de los casos aparece la referencia in agro; en los demás se indican las medidas in fronte, como ocurre con el que ahora nos interesa: In.f(ronte).p(edes)/XVIIS(emis) (Abascal et alii 2008, 51 ss., Fig. 31 catio pedaturae, los recintos de obra vienen proliferando estos últimos años en todas sus necrópolis (vid. una última puesta al día en Ruiz Osuna 2007, 56 ss.), y finalmente en Mérida hay testimonios más que sobrados de recintos de obra y acotados epigráficos, aun cuando aquéllos superan a veces, sobradamente, las dimensiones medias reflejadas en los tituli (vid. infra). Toda esta casuística incide en la idea de que ambas prácticas pudieron complementarse, pero también ser excluyentes. No hay que olvidar, a este respecto, el enorme nivel de destrucción y saqueo al que han sido sometidas secularmente las necrópolis urbanas en Hispania, así como el escaso o nulo rigor metodológico de muchas de las intervenciones arqueológicas desarrolladas hasta nuestros días (en lo que, sin lugar alguno a dudas, Andalucía se lleva la peor parte), por lo que ambos factores podrían estar limitando de forma significativa el número de epígrafes conocidos, como lo hacen en la propia Roma, donde llama la atención el reparto diferencial del número de hallazgos entre sus diferentes áreas extraurbanas (Gregori 2005, 93-94). Esta circunstancia se detecta también en otras necrópolis importantes del occidente del Imperio, caso de Sarsina, donde apenas existen testimonios epigráficos de formulae pedaturae, mientras que, paradójicamente, sus tumbas suelen ocupar espacios bastante regulares en torno a los 18 x 20 pies de media (lo que parece hablar de una parcelación ex profeso, similar a la del fundus de Horatius Balbus que comentamos más abajo) (Cenerini 2005, 138). No podemos, sin embargo, precisar por el momento los principios que rigen una u otra costumbre, probablemente ligada a tradiciones culturales diferentes o a problemáticas socioeconómicas muy particulares; con independencia de que cada ciudad desarrollara, y de forma muy acusada además, sus propios hábitos epigráficos, a veces diferenciados sólo por matices menores, como el tipo de soporte. Por consiguiente, éste es un aspecto sobre el que (ya lo indicábamos más arriba) será preciso continuar profundizando, conforme avance la investigación o se produzcan más novedades. De las 13 inscripciones hispanas que recogen sólo una dimensión, 11 dan la medida in fronte y 2 la medida in agro, mientras de las 101 que recogen las dos, 96 anteponen los datos in fronte y sólo 5 el valor in agro. En 54 de estos epígrafes la medida in fronte es la mayor, en 14 prima la medida in agro, también en 14 coinciden ambos valores (a pesar de indicarse por separado in fronte e in agro) y 19 son dudosas (no han sido definidos con exactitud los numerales que acompañan a la fórmula) (Fig. 7) 26. La tendencia general es, por tanto, que las medidas in fronte superen, o como poco igualen a las in agro (particularmente en los conventus Emeritensis y Astigitanus), lo que parece demostrar que la cotización de las fachadas (privilegiadas, a la hora de aportar visibilidad al monumento) fue más o menos la misma que la del fondo; algo que detectamos también en Roma (Gregori 2005, 91 s.), pero que no siempre ocurre en las necrópolis del Occidente del Imperio 27, y que quizá en Hispania se explique por el ya de por sí pequeño tamaño de los acotados. 27 Vid. diversos casos en Cresci Marrone, Tirelli 2005; particularmente Buonopane, Mazzer 2005, 332, quienes fijan en el 71% el número de recintos que presentan medidas mayores in agro en las necrópolis de Altinum, donde el 16% son recintos cuadrados, y sólo en el 13% de los casos las medidas in fronte superan las in retro. 28 A pesar de que trabajamos con el catálogo completo, y partiendo de que no todos los ejemplares conservan el numeral relativo a las dimensiones del recinto, en los cómputos y porcentajes que realizaremos a continuación tendremos como referencia los siguientes valores totales: medida in fronte: 136 casos; medida in agro: 118; superficie total: 116. Cifras de contraste con lo que ocurre en otros lugares del Imperio importantes por el número de tituli con indicatio pedaturae documentados (caso por ejemplo de Roma, Ostia, o las necrópolis de la Cisalpina) pueden encontrarse en Buonopane, Mazzer 2005, 332 Detectamos una lógica -aunque no privativaconcentración de loca de grandes dimensiones en municipia de segundo orden y ámbitos no urbanos, relacionados en algunos casos con villae de categoría indeterminada (n os 45, 50, 51, 71, 75, 78 y 156). Sorprende que seis de los ejemplos citados (con excepción del n.o 156: Carthago Nova), procedan de un área rural muy localizada del conventus Astigitanus; una circunstancia que ha sido interpretada como una traditio o casuística local, y no fruto de una reciprocidad causal entre los grandes acotados y la rusticitas (López Melero, Stylow 1995, 230). Todo ello contrasta claramente con la proliferación de referencias epigráficas a recintos de medidas más reducidas en las principales coloniae y municipia del tercio sur peninsular, si bien cada una de ellas ofrece particularidades concretas en la distribución de sus áreas y espacios funerarios que indican dinámicas propias, difíciles de unificar. Observamos, de hecho, una cierta regularidad en las ciudades más importantes que testimonian esta práctica. Así, el 50% de los acotados astigitanos presentan 12 pies de fachada, y prevalece el módulo de 12 x 10 pies en un tercio más de los casos. Por su parte, en Augusta Emerita, los 12 pies in fronte copan el 40% de los casos y se definen las mensurae de 12 x 8 pies como el módulo distintivo de la capital lusitana, aun cuando existe cierta variedad. En este sentido, coincidimos con J. C. Saquete (2002, 216 ss.) cuando invoca la prudencia a la hora de entender estas medidas atribuibles con exclusividad a la carestía o la limitación del espacio funerario disponible, por cuanto en Mérida, por ejemplo, se han constatado arqueológicamente grandes recintos de obra de más de 300 pies de lado, verdaderas áreas funerarias de funcionalidad última desconocida hasta la fecha (Méndez Grande 2006, 380, Figs. 2, 7 y 9) 29 que no encuentran correspondencia en la epigrafía; algo que pudo ocurrir también en el resto de ciudades analizadas, y que en alguna medida se opone a la hipótesis de una parcelación estandarizada entendida generalizada y unívocamente. Por el contrario, en Corduba todos los termini sepulcrorum bien documentados delimitan loca cuadrados: el 80% bajo el módulo de 12 x 12 pies, que podríamos considerar provisionalmente como módulo base de una po-sible planificación de la topografía funeraria local similar a la documentada por ejemplo en Altinum, donde el 45% de los recintos inventariados presentan medidas múltiplo o comprendidas en el valor 20 para el valor in fronte 30. Prueba de la intervención municipal en la organización topográfica del espacio funerario la tenemos además en algunos termini de la Narbonense cuyos titulares hacen constar explícitamente que fijaron sus respectivos loca p(ermissu) de(curionum) (CIL XII, 412, 713, 3179 y 3233; Cfr. Se establece, pues, una relación de concordancia entre las dimensiones de los recintos documentados en la Hispania meridional y los casos conocidos para la propia Roma y las ciudades más destacadas de Italia 31 o de la Narbonense, donde priman los acotados de entre 10 x 10 y 15 x 15 pies, según las ciudades y las zonas (Christol, Janon 2002, 121). Ahora bien, en nuestra opinión esta notable analogía no debe ser interpretada en modo simplificado como fruto del proceso de imitatio Urbis desarrollado en otros aspectos desde los talleres epigráficos provinciales, ya que la indicación de la pedatura es una práctica funeraria que depende en esencia de la decisión personal o la tradición familiar, además de las circunstancias y peculiaridades locales: presión demográfica, necesidad o demanda de suelo, precios, existencia en las leges municipales de disposiciones reguladoras de la distribución, medidas y protección de los loca sepulturae, incidencia de la violatio sepulcri, etc. (a este respecto, López Melero, Stylow 1995, 230;y Purcell 1987, 33 ss.). De entre los recintos hispanos constatados epigráficamente, contamos con 18 tumbas colectivas, en su mayor parte propiedad de liberti (8 casos-44,44%) 32. Tres pertenecieron a ingenui (16,67%) 33, una a servi 29 Como en otras necrópolis del Imperio, este tipo de acotados pudieron acoger horti y las más variadas dependencias. Así se observa, por ejemplo, en la tumba de la gens Caesennia, en Isola Sacra: un sepulcrum macereis circumclusum (es decir, rodeado por un muro quod facit iugerum) de 300 por 96 pies y una cronología de finales del siglo I d.C., que es el mayor de todo el conjunto, diez veces más grande que la más grande de las tumbas documentadas en la necrópolis (Helttula 2007, 3 ss., n. 30 30 para el valor in retro, o in agro, que en conjunto llegan a alcanzar una representatividad del 60%. Por el momento no se ha podido determinar si tal planificación fue una iniciativa pública o privada, aun cuando a partir del hallazgo de series de recintos contiguos y homogéneos en anchura y profundidad, los investigadores se decantan por la segunda hipótesis (Buonopane, Mazzer 2005, 331). Vid. infra el conjunto de estas mismas características recientemente excavado en Avda. de Ollerías, al Nordeste de la Colonia Patricia. 31 Para ser exactos, algo por debajo de las superficies medias de los loca aquileyenses o boloñeses, pero ligeramente superiores a las de Roma, debido (en principio) a la escasez de suelo disponible en la superpoblada capital imperial. Una comparativa detallada de las mensurae loca sepulturae documentadas en estas ciudades ha sido objeto ya de trabajos anteriores, por lo que no insistimos en el tema (vid. Rodríguez Neila 1991, 72 ss. Como se detecta también en Roma (Gregori 2005, 96 ss.), estos recintos hispanos con deposiciones múltiples no presentan dimensiones superiores a los loca individuales: 14 casos (82,35%) se sitúan por debajo de los 150 p. c. 35, mientras predominan las fachadas de 12 pies in fronte, dentro, por tanto, de los parámetros habituales. Finalmente, no faltan en Hispania algunos ejemplos de termini en los que fueron modificadas las loci mensurae en fecha posterior a la de su primera elaboración (así se comprueba también en necrópolis de la Cisalpina; Cresci Marrone 2005, 311 ss., fig. 12 ss.). Destaca CIL II2/5, 403 (n.o 75), procedente de Castro del Río (Córdoba), en el que las cifras iniciales fueron aumentadas de CL a CCXXV, en el caso de pedes in fronte, y de CXXX a CL en el de pedes in agro, probablemente por la agregación al primer locus de un nuevo terreno, que amplió de manera considerable la disponibilidad del espacio funerario. Hasta el momento, los estudios al uso no han podido detectar una relación directa entre el estatus jurídico de propietarios y titulares y el uso o las dimensiones de sus respectivos acotados funerarios. Como dejan bien claro el reflejo epigráfico y análisis recientes en algunas de las necrópolis más importantes del Imperio Occidental (Donati 1965; Cébeillac 1971; Baldasarre 1987;D'Ambrosio, De Caro 1987; Ortalli 1987; Purcell 1987; Reusser 1987; Steinby 1987; Cresci Marrone, Tirelli 2005), el uso de estos recintos funerarios fue común a los más diversos sectores sociales, sin que el tipo de fórmula empleada, o el mayor o menor tamaño de su superficie pueda ser entendido en sentido estricto como un indicio cuantitativo -nivel económico-o cualitativo -nivel social-de los usuarios, de su carácter individual -para un solo enterramiento-o colectivo, del tipo de monumento elegido, o del nivel de aculturación y la procedencia de los usuarios (Cenerini 2005, 139). 15-18) (fórmula esta última no documentada en Hispania), y con frecuencia fueron el tipo de tumba elegido por 34 Hablamos de recintos con tres (incerti, n.o 84; dos libertae y un esclavo, no 109; una ingenua, una liberta y un libertus, n.o 117) y dos enterramientos (ingenuus y liberta, n.o 24; incertus y liberta, n.o 38; incertus e ingenua, n.o 65). También en Emilia Romagna se observa que mientras recintos de cierta amplitud acogen muy pocos enterramientos, éstos se multiplican a veces en otros más pequeños 36. M. Heinzelmann, en su estudio sobre tumbas y tituli sepulcrales de las necrópolis ostienses observa entre los siglos I a.C.-I d.C. valores similares entre ingenui y liberti, tanto por lo que se refiere a la posesión de las mismas, como a su tamaño. Sólo conforme se avanza hacia los siglos II y III es posible apreciar un cierto predominio de los segundos, preferentemente Augustales, en ambos valores. De hecho, casi la totalidad de las grandes construcciones funerarias de esta época pertenecen a libertos, quienes a sus grandes disponibilidades económicas debieron sumar la imperiosa necesidad de autorrepresentación (Heinzelmann 2000, 111 ss., Diagrama 12). No es el único caso, detectándose en algunas necrópolis del Norte de Italia cómo en ocasiones, y por razones que no debieron diferir mucho de las expresadas más arriba, los libertos se reservaron loca sepulturae más grandes que los ingenui; aunque también se constata, como es lógico, el caso contrario (Campedelli 2005, 179). Desde este punto de vista, el análisis de los termini sepulcrorum hispanos arroja datos de enorme interés. De las 159 inscripciones estudiadas, 127 (79,87%) aportan alguna información acerca del difunto o difuntos enterrados en el recinto 37, ascendiendo a 147 el número total de individuos documentados (72 de sexo masculino, 73 de sexo femenino y 2 de sexo indeterminado), sin contar los dedicantes. Nos hallamos ante un universo social bastante significativo en el que sobresale someramente el núme-ro de manumitidos sobre el de ciudadanos libres en los conventus Astigitanus (31 liberti -43,06%-, frente a 27 ingenui -37,5%-) y Emeritensis (16 liberti -45,71%-, frente a 7 ingenui -20%-), en contraposición con la paridad registrada en el Cordubensis (5 liberti -33,33%-y 5 ingenui -33,33%-), mucho menos representativo. Este predominio de liberti es normal en la epigrafía funeraria romana; particularmente por lo que se refiere a los tituli con expresión de las loci mensurae. Desde época tardorepublicana, y sobre todo julio-claudia, los liberti supieron emplear con destreza y vigor el 'habito epigráfico', además de otras prácticas culturales (aunque lógicamente variara en detalle según la zona, la época o el objetivo), como vehículo de promoción, autoafirmación y ascenso dentro del jerarquizado y complejo entramado social, relacionándose con las elites locales y ocupando gran número de ellos -caso de los Augustales-una posición de prestigio que les permitió primar económicamente sobre la plebs ingenua. En función de estos datos, observamos una primera, y lógica, corriente migratoria desde ciudades pequeñas a otras de mayor rango (n.o 29, y 88-8940 ), pero también el proceso contrario, protagonizado por indivi-duos que abandonan las grandes ciudades en beneficio de ámbitos locales o rurales de menor entidad, a veces de la mano del comercio, los negocios (Melchor 2006b, 270), u otras mil causas (n.o 3041 ). Como ya vimos, varios de los titulares fijaron sus acotados funerarios por vía testamentaria, mientras otros establecen de modo explícito en su epitafio la propiedad y el destino de los mismos, principalmente mediante la fórmula sib(e)i et su(e)is (n.o 47, o 156). En cuanto a los dedicantes, figuran sólo en trece de las inscripciones, poniendo en evidencia un reparto paritario entre libres de nacimiento (5 casos seguros y 1 posible) y manumitidos (4 seguros y 2 posibles). Por lo que se refiere a relaciones conyugales, contabilizamos dos ejemplos que ilustran diferentes casuísticas: el matrimonium entre libres (n.o 20) y el concubinatus entre serviles (n.o 155). Por último, destacan las honras de un collegium funeraticium a uno de sus miembros (n.o 105), así como la dedicación por parte de libertos a su patrono (n.o 116), o de libertos entre sí (n.o 81). A.U. Stylow ha fijado un horizonte cronológico para los termini sepulcrorum hispanos de poco más de un siglo, entre la eclosión en época augustea -concretamente en Baetica-del 'epigraphic habit' como elemento crucial de la maquinaria propagandística y de autorrepresentación al servicio del Princeps (cfr. Del mismo modo, establece como terminus post quem una larga serie de tituli en los que junto a la indicación de la pedatura aparece ya la consagración a los dei Manes43, fórmula funeraria que se generaliza en Hispania, salvo contadas excepciones, a comienzos de la segunda centuria (López Melero ISSN: 0066 6742 Stylow 1995, 227-228; Stylow 2002a, 361), medio siglo después de que empiece a detectarse en Roma (Gregori 2005, 107). Nos encontramos, pues, ante un fenómeno con una delimitación geográfica y temporal aparentemente muy marcada, cuyo declive ha sido puesto en relación con la aparición en la Hispania de época trajanea de otros modelos y prácticas epigráficas, como la proliferación de multas o penas sepulcrales, o el éxito y difusión de los altares funerarios (Stylow 2002b, 174-175). Sin embargo, con independencia del papel que pudieran haber jugado estos últimos (en lo que por el momento no entramos, por exceder los límites de nuestro trabajo), lo cierto es que hasta la fecha se conocen muy pocos testimonios de sanciones funerarias en el Occidente romano, y los dos únicos casos hispanos contabilizados -uno en el corazón de Baetica y otro en la capital de Lusitaniaintroducen cierto sesgo en esta visión, al incluir ambos, además, la indicatio pedaturae 44. El primero de ellos (conventus Astigitanus; CIL II2/5, 236, n.o 51), que fija un recinto de 50 pies in fronte por 50 in pedes, fue documentado a mediados de los años 90 en el entorno de Sosontigi (Alcaudete (Jaén), y tiene como titular a Fabia Albana, Aiungitana (municipium de localización incierta), quien en su titulus sepulcralis establece una multa de 20.000 sestercios para aquéllos que pudieran violar su sepulcro, haciendo beneficiario al municipium (López Melero, Stylow 1995, 233 ss.;Stylow, López Melero 1995). La segunda aparece en un fragmento de inscripción sobre lápida de mármol conservado en una colección privada de Mérida (Conventus Emeritensis; n.o 133), que especifica también la indicatio mensurae de un posible hortus funerario con cenador y pozo (Saquete 2002). Sólo resulta legible el valor in agro: 12 pies, que si pensamos en un recinto cuadrado dibuja un espacio excesivamente reducido para que pudiera acoger todos los elementos indicados, por lo que es posible que esté fijando las dimensiones del locus sepulcri, en el que se levantaría el monumentum en sentido estricto (construido post mortem). Su cronología debe ser subida a los inicios del siglo II d.C. (A.U. Stylow, com. personal), lo que le resta cualquier excepcionalidad, englobándola en el pano-rama general del resto de Hispania. No se ha conservado la filiación del propietario del conjunto, que establece en la misma inscripción una pena sepulcral de cuantía desconocida (mínimo: 10.000 sestercios), de la que, en caso de venta o alienación del monumento, hace beneficiario al fisco imperial; en un trasunto de otro tipo de fórmulas, como la de hoc monumentum heredem non sequetur (Orlandi 2004), o de expresiones mucho más directas, que adoptan la forma de amenazas, maldiciones, o incluso ruegos y buenos augurios para quien respetara la última voluntad del propietario (Papi 2004). Todo ello parece llevar aparejada una cierta desconfianza en las garantías jurídicas que aconsejaba completar su efecto invocando la sacralidad del locus o la intervención de fuerzas divinas o infernales. Si tenemos en cuenta que los principales núcleos urbanos donde se concentran termini sepulcrorum son destacadas colonias augusteas (Augusta Emerita, Corduba, Astigi), parece lógico pensar que fueron los nuevos colonos quienes introdujeron en Hispania la costumbre funeraria de indicar las dimensiones del locus sepulturae, junto con el empleo de la estela de remate superior redondeado como soporte de sus respectivos tituli (vid. supra). El mismo Stylow (2002b, 175) ha sugerido como principal vehículo de difusión de la pedatura en el sur peninsular a los veteranos del ejército romano deducidos y asentados en dichas colonias, junto con un escueto grupo de inmigrantes civiles, procedentes de las regiones itálicas y gálicas donde esta práctica se hallaba ya plenamente extendida. Dicha hipótesis, que en principio no encontramos demasiado problema en suscribir, parece encontrar su refrendo epigráfico en algunos epitafios como el de Lucius Virrius Fidus (n.o 25), militaris de la Legio VI Victrix, sepultado en la capital astigitana, o el de Quintus Ancarius Navus (n.o 32) 45 Parece, pues, evidente que las legiones fueron uno de los más importantes agentes transmisores de esta costumbre funeraria, marcadamente itálica, hasta las colonias de la Narbonensis y de la Hispania Ulterior, si bien por el momento resulta imposible determinar posibles estadíos intermedios. Por otra parte, son contados los epígrafes hispanos con loca mensurae pertenecientes a miembros del ejército o que dejen entrever algún tipo de precedente gentilicio en este sentido, por lo que no debemos descartar la posibilidad de que tal práctica obedezca, o esté reflejando sencillamente la ordenación catastral del espacio funerario en el momento de la deductio colonial, a juzgar por lo que ocurre en los principales centros urbanos donde se constata (Saquete 2002, 216). Sin olvidar que la mayor parte de la población ni siquiera se planteó la necesidad de reflejar epigráficamente las dimensiones de su locus sepulcri, quizá ya señalizado mediante cualquier otra fórmula (muros, vallas, altares, cipos, estacas, columnas, árboles, setos, alineaciones vegetales 47..., o tituli picti sobre madera 48 o piedra 49, hoy perdidos); algo que, como es lógico, relativiza cualquier afirmación al respecto. 5) mantiene que se trata de un colono galo. 47 El uso de altares como elementos señalizadores está bien documentado en Roma o en Pompeya. Sirven para fijar los límites del acotado funerario y dejar constancia de su carácter sacro. Columnas se conocen en el caso de la pirámide de Gayo Cestio, en Roma, y alineaciones vegetales comienzan a percibirse en diversos lugares del Imperio, incluida la propia Roma (Hesberg 2005, 63-65). Todas estas modalidades aparecen en las necrópolis de la Cisalpina, destacando por ejemplo las de Aquileia o Altinum (Tirelli 2005, 255 ss., Figs. 48 Al igual que ocurrió con la delimitación exterior de los recintos, las más recientes investigaciones sobre el tema no descartan el uso de la madera también para las estructuras funerarias, como alternativa a las tumbas y monumenta de obra o sillería (Cafiero 2005, 291). Evidencias de un uso híbrido son los rebajes practicados en la inscripción recuperada en las proximidades de Castro del Río (no 75), destinados a acoger las estacas que cercarían la enorme superficie delimitada; lo mismo ocurre con dos estelas gemelas procedentes de Ilurco (CIL II2/5, 705-706). 49 Así ocurre en el sector funerario de C/ Muñices, junto a la via Augusta vetus, en plena necrópolis oriental de Corduba (Liébana, Ruiz Osuna 2006). Este complejo proceso de planificación (o cuando menos «lotización») y monumentalización de las áreas sepulcrales -con independencia de que crecieran de forma desordenada o discontinua50 -encuentra fiel reflejo en el paisaje funerario de Corduba, cuyos suburbia vienen testimoniando una extraordinaria proliferación de recintos y acotados funerarios (sin distinción aparente entre las diversas áreas funerarias), a pesar de que la información de que disponemos se ve bastante limitada por la gran pérdida de datos que la particular problemática arqueológica de la ciudad ha provocado estos últimos años. Es un tema que, tras su definición inicial en algunos de nuestros propios trabajos (Vaquerizo 2002a(Vaquerizo y 2002b;;Vaquerizo, Garriguet, Vargas 2005), acaba de ser revisado por A. Ruiz Osuna (2007, 56 ss.), quien ofrece un catálogo exhaustivo y sin precedentes, ilustrativo por sí mismo de la enorme importancia que las tumbas monumentales, y muy en particular los recintos51, desempeñaron en la capital de Baetica desde finales de época republicana hasta mediados del Imperio. Los acotados funerarios cordobeses reflejan, casi sin excepción, medidas de 12 x 12 pies, observándose (cuando ha sido posible comprobarlo) una total correspondencia entre la realidad arqueológica y lo datos epigráficos. Los recintos eran fijados mediante cipos, simples empedrados o alzados de mampostería, tapial o sillería sobre cimientos de cantos rodados, y por lo general fueron estructuras a cielo abierto, a las que se accedía saltando el muro o elemento delimitador perimetral52, si bien algunos de ellos contaron igualmente con puertas más o menos monumentalizadas, caso de Avda. de (Vaquerizo 2002a(Vaquerizo y 2002b)); pero lo habitual fue que sirvieran para la deposición de enterramientos menos ostentosos, directamente en tierra, o en estructuras sencillas, sin orden ni número prefijado, y que se mantuvieran en uso durante varias generaciones. Destacan, por su singularidad y su alta cronología, los recintos documentados bajo los grandes monumentos circulares de Puerta de Gallegos, construidos en la primera mitad del siglo I a.C., la fecha más antigua acreditada hasta el momento por el mundo funerario cordubense (Murillo et alii 2002, 253): de planta rectangular, orientación cardinal, y delimitados en su primera fase por muros bajos de adobe o tapial sobre pequeños zócalos de cantos, acabarían siendo sepul-tados por una avenida del arroyo inmediato. Sobre ellos, y respetando su alineación, se construyeron otros (en número indeterminado, aunque pudieron ser identificados cinco), ya en mampostería, que al menos en el caso del mayor ofrece en su interior un espacio circular (diámetro igual a 8,5 pies) dividido en dos compartimentos de uso diferenciado. Hasta el momento no contamos en la ciudad con más ejemplos claros de recintos bipartitos, con una zona para la disposición de las piras, y otra para la deposición de las ollae ossuariae. En la mayor parte de los casos parece que las cremaciones se realizaron fuera, en ustrina que pocas veces han sido localizados, y que cabe suponer de carácter familiar o comunitario. Finalmente, los recintos cordubenses se disponen de manera prioritaria en torno a las principales vías que rodean la ciudad, o en áreas funerarias bien planificadas, con base en diverticula de uso estrictamente funerario que rentabilizan el aprovechamiento topográfico del espacio, racionalizan el tránsito y facilitan el acceso a las diferentes tumbas. Todas estas características han quedado claramente refrendadas por un reciente hallazgo sin parangón hasta la fecha 54: una via sepulcralis localizada al nordeste de la ciudad, cerca del ramal de la via Augusta que penetraba en la colonia por esta zona (Melchor 1995, 79 ss.), por lo que en puridad parece tratarse de una vía secundaria, de finalidad estrictamente funeraria. Orientada, grosso modo, en sentido Este-Oeste, dan fachada a ella (sólo por su margen meridional) una amplia serie de recintos contiguos, delimitados por jambas y cipos que recogen con preminencia la formula pedaturae, en su expresión más sincopada: L(ocus) p(edum) XII, valor que equivale a una superficie cuadrada de, justamente, 12 x 12 pies (144 p.c.), coincidente al milímetro con la real (Fig. 10). Dos de estos termini incluyen debajo de la indicatio pedaturae tres letras de tamaño algo menor y grafía también menos cuidada (¿quizás por haber sido grabadas en un momento posterior y por una mano diferente?): VIC, sin interpunción apreciable entre ellas, que podrían corresponder a la fórmula onomástica abreviada, tal como se documenta en otros lugares del Imperio, caso de Aquileia, en la Cisalpina, donde en ocasiones los termini así señalizados remiten a otra inscripción principal, o titulus maior, que contiene la información convenientemente desarrollada (Zaccaria 2005, 201, Figs. Esta hipótesis podría quedar corroborada si se confirma que la excavada es en realidad la fachada trasera de los monumentos, pero necesita de un análisis en profundidad de la prosopografía que nosotros no hemos abordado, por lo que debe ser entendida con la máxima cautela. Como hemos dicho, se trata de un sector bastante alejado de la cerca muraria (alrededor de un kilómetro), en el que sorprende la monumentalidad de sus expresiones funerarias, y que por otra parte sean todos los recintos idénticos en superficie (también sus fachadas muestran una gran uniformidad, pero al menos en lo que nos ha llegado de ellas no son idénticas, ni mucho menos, lo que parece indicar un cierto afán por individualizarlas). Tales circunstancias sugieren la existencia de parcelaciones con medidas estándar y fines específicamente funerarios (a cargo quizá de la curia), o tal vez la actuación de evergetas, El conjunto de Ollerías fue construido en el siglo I d. C, pero el aprovechamiento funerario de la zona se mantuvo (con una intensidad que por el momento desconocemos) hasta los siglos finales del Imperio, lo que favoreció la ocupación parcial de la vía, y tal vez de los propias tumbas monumentales, no descartándose por consiguiente las superposiciones. Los recintos se asocian de manera prioritaria a enterramientos de cremación (en algunos de los casos, las piras fueron dispuestas en el interior de los mismos), sin que falten las inhumaciones, de cronología tardía o indeterminada. En uno de ellos se dispusieron varios enterramientos infantiles en ánfora junto a su muro occidental, lo que deja entrever la posible existencia de compartimentaciones interiores. La superficie de estos acotados, que coincide exactamente con la media de los conocidos en la ciudad, aparece algo por debajo del promedio hispano y bastante reducida con relación a los del entorno más inmediato -con excepción de Astigi-, pero similar a los valores de la propia Roma, donde se detecta un cierto predominio de las medidas entre 10 y 14 pies in fronte, con el vértice máximo en los 12 (Eck 1987, 64). Curiosamente, no ocurre así en Ostia, donde M. Heinzelmann (2000) ha comprobado que los recintos oscilan de manera mayoritaria entre 20 y 30 pies de fachada, con el centro de gravedad en los 20. Con todo, estas medidas se ven algo matizadas por épocas, de forma que entre los siglos I a.C. y I d.C. las indicaciones entre 10 y 30 pies representan el 70% (20-30 pies, 46'7%; 10-20 pies, 23'3%) 56, mientras ya avanzado el siglo I se inicia un ensanchamiento del espectro (tumbas más pequeñas o más grandes, disminuyendo los valores medios), que ya no se interrumpe hasta el siglo III d.C., y que el autor atribuye a la disminución de los enterramientos de carácter colectivo (Heinzelmann 2000, 109 ss.). Los valores reducidos de los recintos cordobeses no resultan extraños si tenemos en cuenta la fuerte demanda de espacio funerario que debió padecer una ciudad capital de conventus y de provincia, caracterizada por una gran presión demográfica -al menos, en los siglos iniciales del Imperio 57 -, una mermada disponibilidad del terreno y un alto precio del mismo 58. Por otra parte, como en la Urbs y en otras muchas ciudades del Imperio occidental, a estos condicionantes hay que añadir algunos más etéreos e inaprensibles, como el papel de los gobiernos municipales en la planificación, estructuración topográfica y vigilancia de las áreas de necrópolis, el uso de determinadas estructuras o fórmulas epigráficas como elementos de autorrepresentación y prestigio en el marco de un paisaje sepulcral extraordinariamente racionalizado, la localización y dimensiones de las parcelas funerarias, las particularidades personales y familiares y su nivel de proyección pública, el miedo a la violatio sepulcri, o las costumbres y tradiciones locales o importadas (quizá, incluso, una mezcla bien dosificada de todo ello). Todos estos hallazgos van devolviendo, día a día, a las necrópolis cordubenses el aspecto de verdaderas viae sepulcrales, monumentales y bien organizadas (a pesar de que, con el tiempo, esa primitiva planificación se fuera diluyendo), similares en todos sus extremos a las de las ciudades más romanizadas del Imperio occidental. Es el caso, por ejemplo, de Altinum, donde se ha supuesto la existencia de un programa público de reglamentación topográfica de sus 55 Este hecho podría estar abundando en la idea de que existiera una parcelación previa del espacio funerario, como han supuesto algunos investigadores:... la forma aperta, delimitata da cippi, viene indirettamente documentata dala modularità delle misure dei lotti di terreno e per la necessità giuridica di distinguere una certa fascia di terreno da un'altra accanto, mentre nella forma chiusa, il muro o un'altra delimitazione assumono il significato di un vero e proprio monumento (Hesberg 2005, 62). 56 Esta estandarización de valores encuentra un reflejo prácticamente especular, desde tiempos de Augusto hasta época de Claudio, en las tumbas de las necrópolis de Porta Romana y Via Laurentina. 57 Razón que parece igualmente atribuible a Roma, y tal vez también a Ostia, de forma que en ésta el mayor tamaño de los acotados funerarios podría obedecer a una fortuna media más alta de sus habitantes, enriquecidos por el comercio (Heinzelmann 2000, 110). 58 J. M. Abascal se inclina por este condicionante a la hora de justificar la considerable variación en las dimensiones de los recintos funerarios entre las diferentes regiones del Imperio (Abascal 1991, 224). No obstante, la información disponible al respecto (incluyendo los sistemas de propiedad y adquisición o compraventa de loca) es escasísima, incluso en la propia Roma, donde los precios oscilan, aunque llegaron, de hecho, a ser considerablemente elevados (Gregori 2005, 95-96). espacios funerarios combinado con iniciativas privadas (Buonopane, Mazzer 2005, 331), que habría dado lugar a un paisaje funerario en el que conviven sin norma fija recintos, monumenta, y tumbas del más variado tipo, distribuidos conforme a lotes de diferente tamaño, aparentemente predefinidos (Tirelli 2005, 254; Cipriano 2005, 278 ss.). ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO. Resulta difícil sintetizar en unas líneas las múltiples derivaciones de un tema que, habiendo sido tratado hasta el momento por numerosos autores, continúa sin embargo por resolver en esencia, supuestos fundamentalmente el volumen considerable de material conservado y la falta de contexto arqueológico que afecta a la mayor parte de las piezas conocidas, lo que nos priva de datos preciosos y precisos sobre la disposición topográfica de los termini sepulcrorum con indicatio pedaturae en las necrópolis hispanas, el número y la morfología de los soportes utilizados en cada acotado, su combinación con otros sistemas de fijación de medidas que no han dejado huella arqueológica, o el mayor o menor determinismo cultural detectable a la hora de elegir el comitente una u otra fórmula. Es posible que los recientes hallazgos en Segobriga (aún en curso en el momento de escribir estas líneas), contribuyan de manera importante a la resolución de algunos de los problemas enunciados, pero, mientras dicha publicación llega, entendemos modestamente que nuestro estudio se convierte en el análisis de mayor alcance realizado hasta la fecha sobre una manifestación funeraria que, dependiendo en último término de la voluntad explícita del testador o de la familia del fallecido, gozó en cambio de una importante repercusión pública, capaz de otorgarle validez de documento jurídico, aun cuando en el marco del derecho privado. La práctica epigráfica de reflejar las mensurae de los acotados funerarios sobre soportes pétreos se documenta arqueológicamente en Roma desde finales del siglo II a.C. (la fijación de acotados funerarios podría, sin embargo, remontar más atrás), trasladándose a las provincias Gallia Narbonensis e Hispania ulterior desde finales del siglo I a.C., seguramente cuando empiezan a morir los primeros colonos de las deductiones augusteas. En Hispania contamos ya con más de ciento sesenta casos seguros (un valor similar al de la Narbonensis, que ronda la misma cifra), centrados en un arco cronológico bastante preciso, comprendido entre los siglos I y II d.C., y en una zona muy concreta, limitada casi a las provinciae Baetica y Lusitania (conventus Astigitanus, Emeritensis y Cordubensis), aun cuando no faltan ejemplos, hasta hace poco puramente testimoniales, en otros puntos de la Península (conventus Carthaginensis, Tarraconensis, Scallabitanus), a donde parecen haber llegado en su mayor parte desde Baetica. Decimos «hasta hace poco», porque este panorama se ha visto alterado en los últimos meses con los hallazgos Segobrigenses, que podrían llegar a repetirse en otras ciudades del interior peninsular, por lo que queda pendiente de valoración el papel que en la difusión de este hábito epigráfico pudieran haber desempeñado comerciantes, mercatores y negotiatores (además de veteranos del ejército), y la procedencia de los mismos. Hablamos de una costumbre privada de origen itálico, traída quizá en principio por el ejército (pero no sólo), que tuvo una considerable acogida en determinadas colonias de fundación augustea (o contemporáneas a Augusto), adoptando medidas y fórmulas semejantes a las de los más grandes núcleos de población del Imperio, como Ostia o la propia Roma, de donde debió ser importada. No obstante, en el estado actual de la investigación59 resulta arriesgado intentar establecer los orígenes exactos del proceso, en el sentido de si hubo un foco único de origen o, por el contrario, es más correcto hablar de poligénesis (destaca a este respecto la posible venida a Baetica de gentes procedentes de la Narbonensis, que pudo desempeñar un escalón intermedio entre el área itálica y la peninsular hispana). La falta de información arqueológica fiable a la que aludíamos más arriba, así como la escasa precisión cronológica que deriva de los termini conservados limita de manera considerable cualquier intento de reducción en este sentido. De hecho, los ejemplares más antiguos -en torno al cambio de Era-proceden de puntos geográficos alejados entre sí, que abarcan prácticamente todos los conventus analizados (Astigitanus, Hispalensis, Carthaginensis, Cordubensis...), y otro tanto ocurre con su desaparición, en la que tampoco detectamos patrón alguno. Por eso, si tuviéramos que pronunciarnos lo haríamos por una respuesta intermedia, al entender que el fenómeno penetró en la Península de la mano de la colonización romana (de procedencia y características últimas muy diversas) y, en consecuencia, se convierte en un reflejo de su propia complejidad, puesto que bajo ningún concepto puede ser entendida en términos unívocos, lineales o sincrónicos. Quizá, en cambio, estos mismos argumentos sirvan para explicar -cuando menos, parcialmente-esa cierta comunidad de hábitos epigráficos que hemos podido detectar en centros urbanos tan lejanos y de perfil tan diferente como Emerita Augusta y Colonia Augusta Firma Astigi, cuyos tituli sepulcrales usan fórmulas llamativamente similares para la indicatio pedaturae. Nos consta, en efecto, la notable proliferación de estos termini en determinadas ciudades, como Astigi, Tucci, o Emerita Augusta, pero desconocemos en realidad las razones que la motivaron, y si hubo algún tipo de concomitancia o razón diferencial entre ellas. Es más, mientras dichos núcleos urbanos vieron sus necrópolis invadidas por este tipo tan particular de expresión funeraria, en sus territorios inmediatos o en ciudades cercanas no son siempre representativas. Sirvan como ejemplo los casos de Astigi y Corduba -separadas por apenas medio centenar de kilómetros-, donde el número de piezas documentadas es bastante diferente, y las que se conservan presentan además peculiaridades específicas tanto en lo que se refiere al tipo de soporte (en la forma, porque en ambas ciudades prima el uso de materiales locales) como a las fórmulas empleadas. ¿Bastaría, en este sentido, argumentar como causa las distintas procedencia geográfica o tradición cultural de los contingentes de colonos o de los veteranos asentados en una y en otra? Pues realmente no lo sabemos. Los estudios en este sentido (históricos, políticos, sociales, prosopográficos, comerciales, cro-nológicos...) no están lo suficientemente avanzados y, en consecuencia, no nos cabe más que elucubrar. Tendremos que esperar a una maduración mayor del tema para, conforme avance la investigación, intentar nuevas vías interpretativas y poder contestar con algo más de precisión ésta y otras preguntas. Desde el momento de su aparición, en todas las zonas donde se ha documentado, la práctica de la indicatio pedaturae sobre soportes pétreos es utilizada por las más diversas clases sociales, sin que se observe una correlación clara entre estatus jurídico, profesión y uso o no de termini sepulcrorum conteniendo las medidas del locus, o entre aquéllos y el tamaño de los acotados. Sólo en algunos casos es posible observar entre los propietarios una ligera predominancia de individuos de condición libertina, que debieron encontrar en este tipo de usos una forma bastante efectiva de salvaguardar su tumba, al tiempo que de autorre-presentación. Por el momento, en Hispania contamos sólo con dos ejemplos de cipos triples y cinco dobles (uno de éstos sin expresión de la pedatura, y dos de ellos en la capital de Baetica); faltan, pues, termini cuádruples (o incluso en mayor número), que sí se documentan en otras regiones vecinas, caso de la Narbonensis. Es posible, en consecuencia, que sólo se utilizaran cipos de piedra para la fachada monumental del monumento o del locus, fijando los otros ángulos con materiales menos costosos que no habrían dejado huella arqueológica y han pasado desapercibidos hasta el momento. VAQUERIZO GIL -Universidad de Córdoba SEBASTIÁN SÁNCHEZ MADRID -Investigador Contratado. Convenio GMU-UCO En el número anterior de Archivo Español de Arqueología se publicó un artículo con este mismo título, en el que se abordaba por primera vez el reflejo de las mensurae sepulcri sobre tituli sepulcrales hispanos, estudio que tantas novedades viene aportando al mundo de la investigación arqueológica estos últimos años. Debido a un error por nuestra parte, no se publicó lo que había sido concebido como sostén básico de nuestra argumentación. De ahí que, aprovechando ahora la generosidad del Comité de Redacción de AEspA, hayamos decidido darlo a conocer aunque sea desgajado de su formato original. ANEXO -Catálogo de epitafios hispanos con indicación de la pedatura
Se analiza un conjunto de estructuras halladas en el sector no roricntal del cerro del Molinete (C artagena). Consisten en un edículo pavimentado con 1Jp11s sig11i1111111 en el que se halla inscrita una dedicación a Atargatis asociado a una serie de cubetas e instalaciones de carácter hidrico. Al lado. restos de un g ran basamento que podrian constituir el podium de un templo. La cro nología de tinale:. del siglo 11 a.C. indica la pcne1ración directa de esros c uhos desde oriente y su trasmisió n a tra vés de los esclavos y libertos s irios, bien documentado!> en la epigratia de la ciudad. El cerro del Molinete ocupa un lugar destacado en la topografia arqueológica de Carthago Nova tanto por su situación estratégica como por la peculiar conformación que el relieve y las dimensiones le infieren; desde su cima se domina el puerto comercial antiguo situado al oeste y el estero al norte, lo que le convierte en una magnífica referencia visual para los navegantes en su aproximación a la ciudad a la vez que para sus habitantes desde el centro de la misma (fig. 1). Estas circunstancias han determinado una larga e intensa ocupación de su suelo que se ve reflejada en la gran cantidad de c imientos de distintas épocas y en la complejidad de las estructuras superpuestas. Los testimonios más antiguos acerca de dichas ocupaciones se local izan en la zona más septentrional, en el denominado sector A-1, y consisten en una serie de habitaciones alineadas construidas con muros de mampostería irregular a base de piedras desbastadas y careadas trabadas con barro y con suelos de tierra batida. Entre el material cerámico hallado en los cortes de este sector (X/9y /25 a X / 16-Y / 26) destacan fragmentos de cerámica de barniz negro del taller de Rosas, del taller de las «pequeñas estampillas» y cerámica ca lena de relieve que permiten rastrear una ocupación al menos desde inicios del siglo 111 a.C., aunque el mayor volumen corresponde al siglo 11 a.C. con un predominio absoluto de la campaniense A. En cualquier caso, dadas las circunstancias de la excavación, es hoy muy dificil vincular con precisión este material con las estructuras existentes, aunque sin duda permiten obtener un marco general muy aproximado del proceso y las fases de ocupación del cerro. En este sentido, la amplia ocupación del cerro, especialmente intensa entre los siglos xv1 y x1x, ha determinado fuertes contrastes en la conservación del depósito estratigráfico que aparece muy alterado por cimientos, aljibes, pozos ciegos y basureros. Por otra parte, zonas muy amplias de la cima del cerro aparecen arrasadas hasta la roca de base, mientras que la ladera meridional, presenta un potente depósito con estratos de relleno y colmatación de época reciente. A ello hay que añadir la construcción de la muralla de Felipe 11 que contorneaba la cima del cerro por su ladera norte y que, como se ha podido observar posteriormente, recortó estructuras ubicadas en la ladera septentrional. Todo ello provoca una dificil lectura de la deposición estratigráfica tanto en sentido vertical como horizontal. En este scc1or precisa mente se ubican los restos del molino-ermita de San Cristóbal y bajo t i los rcslos de un conjunlo motrnmcntal de época romano-repub licana. siendo. por tanto. junto con la plataforma superior. la zona hasta ahora mcis fruc: tifcra en lo que a la exhumación de cstntcturas cdi li<:ias se refiere. HISTORIA DE LAS EXCAVACIONES A pesar de esta intensa ocupación y de las continuas altcra ICI JLO Rl: PUULll'ANO DEl>ll /\DO J\,\T ARCiATIS l• N CARTll:l<iO \'01'.•I l/:•,•pA. 199-l se remonrnn u principios del presente sigl o uunque su ejecución no ~e 1 leva a cabo hasta la década de los setenta. En 1974. la Dirección General de Bellas Anes comunicó al Ayuntamiento de la ciudad la necesidad de realizar una prospección arqueológica previa a cua lquier remoción de tierras: estos trabajos fueron llevados a cabo por Pedro San Martin Moro. director del Musco Arqueológico de Cartagcna 1. Las excavaciones:-.e iniciaron en octubre de 1977 con noventa peones procedentes del paro obrero, bajo la dirección de San Martín y la vigilancia directa de Saturnino Agüera, guarda de monumentos del Ministerio de Cultura. Asistieron como co l aboradore~ alumnos de la Universidad de Murcia y los entonces licenciados M. Ros Sala y J. Pérez Ballester. El yacimiento se dividió en ejes de coordenadas X e Y. ori entados norte-sur con cuadrículas de 6 por 6 m. Se determinaron tres sectores de actuación que correspondían respectivamente a tres zonas distintas del cerro. El sector A. situado en la parte alta y septentrional de la colina, que discurría paralelo a la muralla del siglo xv1 y que a su vez fue subdividido en los sectores A-1, el más occidental y A-2, situado hacia el este; el sector B. emplazado junto al molino-ermita de San Cristóbal. en una plataforma amesetada situada en la zona oeste del cerro; y por último el sector C, ubicado en la ladera meridional, con su límite inferior situado en la calle de la Aurora. Los tres sectores ofrecieron resultados positivos en cuanto al hall azgo de restos arqueológicos de épocas romana y prerromana. El sector A-1 proporcionó las habitaciones ya mencionadas mientras que en la zona más oriental {sector A-2) se pusieron al descubierto los restos de un basamento de gran envergadura situado junto a un pavimento epigráfico de opus signinum y una serie de piscinas de diferente tamaño y profundidad. En este mismo sector pero ya en la zona de ladera se halló una gran cisterna encuadrada por muros realizados por bloques regulares de basalto junto a restos de pavimento de mortero hidráulico. El sector B, proporcionó restos de habitaciones de cronología tardía superpuestas a un gran edificio de época tardo-republicana al que probablemente pertenecían varios sillares de arenisca, un friso dórico con metopas 1 Las escasas referencias a estas intervenciones en San Mar• tln. P.: La arqucologia urbana en Cartagcna. 1985(Lisboa, 1986), 184, y tambic!n San Martln Moro, P. A.: Canagena: Conservación de yacimientos arqueológicos en el casco urbano. Arqueología de las ciudades modernas supupues1as a las antiguas. En el sector C se constataron una serie de construcciones romanas bajo una potenie capa de escombros modernos. Los materiales arqueológicos hallados en estas excavaciones de 1977 y 1978 se encuentran almacenados en unas 500 cajas en los fondos del Musco Arqueológico Municipal de Cartagena. ordenados por cuadrículas y con referencias a las profundidades excavadas en cada uno de los cuadros. Del análisis de este material cerámico se deducen. a grandes rasgos. las siguientes consideraciones: una ocupación indígena en la parte superior del cerro atestiguada por las cerámicas de barniz negro y por las cerámicas ibéricas pintadas 1; sobre este núcleo indígena se instalará. según la interpretación tradicional emanada de la lectura de Polibio, la fortaleza de Asdrubal. que de momento no podemos relacionar con estructuras de esta cronología aunque sí con algunos materiales cerámicos. Tras la conquista romana de la ciudad se aprecia un fuerte dinamismo en la ocupación de este cerro atestiguado por el gran volumen de material datable en el siglo 11 a.c. La ocupación del mismo continúa durante todo el período tardo-republicano hasta inicios del siglo 1 de nuestra era. en que se constata en la ciudad un proceso de renovación urbanística en el que el Molinete queda fuera de la nueva reordenación urbana. Tras un largo período de abandono se documenta de nuevo una ocupación tardía del cerro, concretamente en el sector 8, constatada por la presencia de materiales cerámicos de los siglos v1-v11, en los que destacan T. S. africanas D, lucernas con motivos cristianos y cerámicas de cocina tosca local. En época medieval debió quedar abandonado a juzgar por los escasos fragmentos hallados y no se ocupará de nuevo hasta inicios del siglo xv1. Desde las excavaciones efectuadas en 1977-78, tan sólo se han realizado dos campañas de limpieza, una en 1985 y la otra en 1990, a pesar de que la importancia de este cerro en época republicana impone ya una nueva revisión de los conjuntos excavados anteriormente y en su mayoría inéditos. Con estos objetivos efectuamos en noviembre de 1993 una campaña de limpieza y dibujo de los restos arquitectónicos excavados en el sector A-2, junto a la apertura de algunos sondeos estratigráficos con el objeto de clarificar la pertenencia del basamento descubierto en 1977 a algún tipo de edificación, determinar dimensiones y funcionalidad de la mis-\ 1 I I i' \'\ 111.1.,t l.t \1..•1 que c11mproh.tr 1.1 1..'\l'\tl'IH.'t.1 de p11... Sobre la rol'a h:t 'il') cubriendo c... te h:t:-urcro 11Hli' 1-<luali.rnmm. Ull rl'lkn11 con ma lcriaks ucl:-iglo \\ 1-\\ 11 y sobre l: ste va n os estratos d1..• re ll eno; p or ú l1imo. el sudo y lo-; muros de una'ivii; nda moderna cubrían la totalidad del dcpó:.110. Del aliado.:xtenor de 1.:... tw. 1 a' trt:" hilada" r1. •,tanll''• con bloqu.:... ma: regulare' <k \-1 a 2(J cm. de largn por 20 total de altura estimada de 1,60 m., alzado que enrasa en gran medida con el nivel de roca recortado (figs. 6 y 8). Este ~Izado se ha conservado en el frente occidental del edificio mientras en el lado oriental, hasta ahora excavado, ha desaparecido por completo. En este lado se han podido determinar las dimensiones del basamento por los recortes de la roca, que permiten reconocer el ángulo noreste y por las huellas de los sillares de arenisca disgregados sobre la roca de base. En el frente sur, orientado hacia el centro de la ciudad, que correspondería a la fachada y a la escalera monumental de acceso al edificio, se ha podido reconocer sólo la rampa recortada sobre la roca sobre la que posteriormente asentaban los peldaños, flanqueada por sillares de arenisca que determina- l:n el ángulo noroeste de l cdilic:i\1 se extienden las estructuras de un conjunto sacro compuesto por 1in pcqucrio edícu lo y una sa la con pi:-cina. La ca pilla tiene una s dimensi()nes de 4.50 m. de larga por 5.57 m. de ancha y el ingrL•so se reali.1.a por e l lado este a tra vés de una entrada. de 1.00 ó 1.5 0 rn. de anchurn. con escalones. En e l interior y en e l eje de la entrada encontramos la dedicación de l ed ículo. inscripción enmarcada por una ca rtela de 0,75 m. de ancha por 1.00 m. de larga. rea li1.ada cun tcsl•l as blancas de 10-1 2 mm. de lado y co locada de lante de un espacio si n pavimentar de 2.30 rn. de a ncho por 2.50 m. de largo. que podría estar ocupado po r un altar para sacrifici()s o quiléi por un pedestal con la imagen de la di vinidad. Al o este del mismo y unido a él. encontramos otro espacio ~in pavimento (k 1.70 m. de átH.:ho por 2,00 m. de largo, donde podemos ubica r una posible cubeta que recogiera y canalizara los restos del sacrifJcio realizado junto al altar, o bien una banqueta adosada al muro de cierre oesh.: de Ja capilla (fig. 7). l•.I ed ificio cst:í pa vi mentado con opus sig11i1111111 de color rojizo con un prepar.ado de ca l. arena y cerámica machacada y con un ntclus de piedra medinna. La inscripción se puede transcrihi r de la siguiente forma: en el primer renglón e l nombre de la di vi nidad A[T]AR[G]I\ TE con letras de 15 cm. de alturn: el segundo renglón apenas se Ice. E. 1: 1 OO. que tan'1)lll -.l.' i: on,cn an m:... pt•queria:. te-.t• la... dd angul11 sup1: ri11r l/qu1crdn de la letra': la tcn: cra k -1 ra -.t: h;I perdido p<H' cnmpkto. Hk•rar:.l' -.1 t(.'nemo-. en C'uent:i la t'orm.1 de la rotura ) una 1c... da que:.e conscn a entre las ktra:. 6 y 7 tk la'ci, tunda linea, una A. una t\1 11 también una 1:. l• n el tercer y cuarto renglón parct•c dara la l<mmila SAi LV ITE E"l IEO MELIVS, con ll-tra tk 12-1 O cm.' ( fig 9). Hasta ahora, que no: wtros sepamos. e:. la únil:a in1'rripción sobre pa-' illlenlo donde aparc<.:c el nombre original de la diosa en caractl 'rl':. la1inth. Su" paralelo:-1rnb prúx1n111-.:.e hallan;,1cmpre en ciud; ufl'., del t.k<litcn-ánéo oricn-1:11 a:-i como en la 1:.la de Delo:. domk:-1e111pn: aparece t 'on t' aractcrc... griego:.. l:n el Mcditerr: ineo central y 111.:t.:idcntal:.e difumk con el nombre romano tk la Oe11 Srrio.' La Dea.S)•ria de los romanos. Atargatis entre los sirios o también conocida como Derceto en Ascnlón. cm la divinidad femeni na más importante del panteón si ri o. El mayor centro de cu lto se ha llaba en 1 licrápolis. la antigua ciudad de Bambykc En los santuarios dedicados a esta di vinidad un elemento imprescindible era el estanque sagrado donde se criaban peces, que no podían ser capturados ni comidos salvo para los sacrifi cios y sólo por determi 1 nados sacerdotes. Este carácter sacro estaba muy vilrlculado con distintas leyendas que corrían en torno al origen de la diosa. que incluso a veces era representada con la mitad inferior del cuerpo en forma de pez' 1 • También en el santuario existía un espacio reservado para bueyes, caballos, osos y leones, todos ellos domesticados, que eran asimismo considerados ani males sagrados ( Luc. Todo esto estaba en estrecha relación con su carácter d!e gran díosa de la naturaleza que era considerada además, en asociación con su pareja masculina Hadad, diosa de la fertilidad y la vida y protectora de las c iudades en que se le rendía culto y de ahí la torre qL1e en las representaciones iconográficas coronaba su cabeza 10 • El culto a Atargatis estuvo muy difundido en Siria y Mesopotamia donde se produjo una asimilación con las principales divin idades femeninas de los diversos pueblos y ciudades. aunque siempre debieron permanecer ciertas diferencias locales que se reflejaban en numerosas facetas atribuidas a la diosa 11 • Su culto se propagó hasta los más recónditos lugares del Imperio a través de comerciantes y esclavos sirios que, sobre todo en el siglo 11 a.C., afluyeron hasta los más importantes puertos deJ Mediterráneo. Centros importantes de culto fueron los de Edessa 12, Harrán, N isibis. Heliópolis 13, Damasco, Dura Europos 14 y Palmira 15 • En Ascalón la diosa era ad-• Luc. Las kycndas que se contaban de la diosa han sido rec ogidas por C'umonr F.. en Daremberg-Saglio, s.v. Según una de ellas, los peces habrían encontrado un huevo de grandes dimensiones en el Eufrares y lo habrian deposirado i.:n la orilla donde habría sido incubado por las palomas. dando nacimiento a la Dl!a.~l'rict. En otra versión, la diosa habría cai do al estanque de Bambyque de donde habría sido salvada por los peces. En otra leyenda, la diosa y su hijo Cupidón se habrían arrojado al Eufrares para huir de Typhon, y allí habrían sido transformados en peces. Por ultimo. en otra versión, la diosa avergonzada por un desliz cometido con el joven Syrio se habría arrojado al estanque sagrado donde habría sido transformada en pez; en esta versión la hija concebida habría sido alimentada por las palomas. De ahi el carácter sagrado que estos animales tenían en el entorno de la mitología de la diosa.'o Cumont, F.. en Daremberg-Saglio, s. v. 11 Drijvers, H. voeada bajo d nombre de Derccto. nombre que también recoge Estrabón (Geogr. Particularmente importante fue su veneración en Delos donde el culto era administrado desde finales del siglo 11 a.C. por sacerdotes atenienses 1''. Con la expansión romana y siguiendo las rutas de conquista, soldados de las legiones y tropas auxiliares se convi rtieron en el principal vehículo de propagación del culto a la divinidad. Paralelamente, sacerdotes y fieles ambulantes, que celebraban los ritos alrededor de imágenes portátiles de la diosa. alcanzaban poblac iones de menor entidad e incluso latifundios y explotaciones agrícolas donde eran numerosos los esclavos o libertos sirios, que mantenían vivas sus tradiciones religiosas (Apul. En Roma se constata el culto desde la época neroniana, aunque su introducción se debió producir en el siglo 11 a. C.. agrupándose muy probablemente en conexión con otros cultos orientales, en la zona portuaria del Tiber, lugar de máxima concentración de mercaderes orientales así corno de libertos y esclavos de esta misma procedencia. Se ha vinculado también con esta divinidad el santuario hallado en el Gianicolo 11 aunque los principales testimonios 1 • Una inscripción del 128 a.C. recuerda la dedicatoria de un edilicio y de algunos altares a Hadad y Atargatis, realizados por el sacerdote de Hierápolis Achaios vid. Sfameni Gasparro. Sobre el santuario de Gianicolo. l'id. entre otros Nicole. Las excavaciones fueron realizadas por Gauckler en 1906 y se individualizaron tres fases distintas. El primitivo santuario estaba dedicado a la ninfa (o a las ninfas) Furrina, como parece deducirse de una inscripción hallada en este lugar dedicada a lupitl!r Kerannios y a la ninfa citada. A este período correspondería el muro de cierre del peribolo del lucus y los restos de una canalización identificados bajo los muros del templo. La segunda fase estaba representada por un largo muro de aterrazamiento al que se adosaban dos estancias paralelas pavimentadas con mosaico, y por alineaciones regulares de ánforas situadas a un nivel inferior y dispuestas, bien clavadas sobre la punta o bien acostadas sobre la panza. Las estructuras de esta fase mantienen aún la orientación del edificio precedente norte-sur y su construcción se situa a finales del siglo 11 d.C. Sobre este edificio se construye en el siglo 1v el santuario más monumental formado por tres sectores unidos entre si pero diferentes en su forma. La orientación del nuevo conjunto es ligeramente divergente respecto al anterior. El centro lo ocupa un gran patio rectangular donde se abre el ingreso principal situado en el muro sur. Al este se adosa un segundo cuerpo de forma mixtilínea. mientras que en el extremo opuesto cierra el conjunto un edificio de planta basilical precedido por una especie de nártex dividido en sentido transversal por tres habitaciones comunicadas tan sólo longitudinalmente. El edilicio basilical presenta una nave central terminada en forma absidial y rematada por un nicho hemisférico de grandes di- proceden de la zona de los Orti Mattei, donde a juzgar por las inscripciones pudo existir otro importante centro de culto a la Deu Syriu ix. Otros testimonios de la di fusión del culto provienen de Amiterno. Baia, Gnatia 1' 1, Brindisi 10 y Po: auoli, don y Sihnios (identificado con Mercurio). 2-ló piensa por el contrario que el culto se habría cstahle1: ido en la zona del Trastcvcre o en sus alrededores y que el s; in luario del Gianicolo. que probablemente estaha dedicado a /11pi1t•r lldiopolitamis. no tenia nada que ver con la Dt'u 5)'1' iu.'" 33-66. especialmente 50-53, sugiere los Horrea Galbana como posible emplazamiento para los cultos siriacos ya que en esta zona se concentraban desde fina les del siglo 11 a.<:. grandes masas de esclavos. ASIMILACIONES Y ASOC I AC IONES En oriente ya hemos visto como el pare<lro habi• tual de la diosa es el dios sirio Ha<lad. Sin embargo. en su difusión hacia occidente, y especialmente a partir <lel culto en el santuario delio. se observa una separación entre ambos cada vez mayor y la preeminencia en las ciudades de un culto independiente a lu Dea Syria, hermanada a veces con otras divinidades. En el ya mencionado santuario de Delos, Atargatis aparece asociada a Hadad en una inscripción dedicada por Achaios. sacerdote hierapolitano. en e l 12817 a.c. (ID. 2226); a estas mismas divinidades consagra Diophantos la gran escalera del santuario, en un momento anterior al 11817 a.C. (ID. 2283 ). mientras que la misma pareja junto a Asklepios forman una triada a la que. en un momento anterior al 11817 a.C.. se dedica también un edículo y otras construcciones anexas (ID. A partir del 1 18 a.C. el santuario es regido por sacerdotes atenienses y la Atargatis siria es ahora asimilada a Afrodita, a la que incluso a veces se añade el apelativo de Siria. A Hadad, Afrodita y Asklepios dedica un grupo de terapeutas la exedra en el año 112/ 1 1 1, mientras que otras dedicaciones a título.privado corresponden a Isidoro de Hierápolis (ID. Esta asociación a Asklepios incide en parte en e l carácter salutífero de la diosa y podría estar en relación con todo el conjunto hídrico que en el conjunto de Cartagena se asocia al edículo de culto. En este sentido también cabe destacar la inscripción délica sobre plomo (ID. En cierto modo, ese mismo carácter podría deducirse también de la fónnula pro salute ---A ug(usti) Germanici empleada en una dedicación Deae Syryae hal lada en Roma (CIL. Por otra parte, en ambiente fenicio una asociación similar se produce entre Eshmun y Astarté en e l santuario de Bostan, cerca de Sidón 27 y está clara la asimilación del dios púnico con el Esculapio griego e incluso la identidad iconográfica y también de cualidades entre la fenicia Astarté y la siria Atargatis. En Nora está asimismo atestiguado el culto a una divinidad salutífera, probable- (C'IL. También una inscripción tasia parece reflejar, aunque con algunos problemas de identificación. esta asociación entre ambas divinidades 1 " e incluso, desde el punto de vista iconográfico, Turcan sugiere su presencia en una escena de sacrificio metroaco de un bajo-relieve hui lado en Vi en ne.1 1 • En cualqu ier caso. y al margen de estos sincretismos y asociaciones, conviene recalcar el carácter de divinidad aislada que adquiere la diosa en su expansión hacia occidente. ANÁLISIS DE LAS ESTRUCTURAS Desde el punto de vista tipológico, hay que distinguir, en primer lugar, la existencia de dos posibles edificios de culto encuadrados en un mismo complejo pero individualizados entre sí. El más monumental. y en consecuencia, de mayores dimensiones, corresponde probablemente a un templo de tipo itálico inscrito en un rectángulo 3:2 con una relación 1,5. que ocupa el espacio central de un posible témenvs delimitado al oeste por un muro de sillares de arenisca. Desde el punto de vista edi licio destaca la forma en que está construido el basamento y el podium sobre el que se debió levantar el edificio prop iamente dicho. El templo se encuadra por características. proporciones y materiales utilizados, en toda la tradición tcmrlar de la arquitectura tardorcpublicana. aunque la forma en que se erige e l ¡>o-di11111 recortando la roca de base y revistiéndola con un forro de peque1ios bloques de tu ro. remite también a ciertos cdific ios sacros de inspiración grccohclcnistica. La anchura del edificio nos permite. en una primera aproximación, reconstruir una fachada tetrástila tal vez con capiteles jónicos de tipo itíilico (con volutas en diagonal) que sigue las corrientes al uso en la arquitectura religiosa de la época tardorepuhlicana de finales del siglo 11 o los primeros años del 1 a.C. Sin embargo, dado lo arrasado de todo el conjunto. el único elemento arquitectónico hallado en el entorno del santuario es una basa toscana de caliza micritica gris compuesta por plinto, bocel y listel. de 0,48 m. de diámetro 1 ~. que encuentra su paralelo más inmediato en un ejemplar del pórtico de l Foro de Ampurias JJ ( fig 12). Fundamentalmente, en la arquitectura de época tardo-republicana, elementos toscánicos y dóricos suelen ser utilizados en pórticos o espacios abiertos de carácter público 14 • También procede del Molinete, aunque quizás del sector B. un capitel.i.ónico-itálico con volutas en diagonal trabajado sobre caliza gris, de 60 cm. de diámetro en el sumoscapo y una longitud de 84 cm. en el lado del ábaco que no concuerda, ni en dimensiones, orden y material, con los elementos arquitectónicos hallados junto al edificio monumental del sector B (fig. 13 ). El ancho cana l situado bajo el ábaco, el equino decorado con un kyma jónico de tres ovas parcialmente cubierto por las semipalmetas de tres lóbulos con el superior inclinado hacia arriba hasta tocar la superficie superior del ábaco y el collarino de perlas y astrágalos nos, remiten a un amplio conjunto de capiteles itálicos característicos de los siglos 111-inicios del 1 a.c. En cierto modo una interpretación más local de este tipo de capitel, bien representado también por otros tres ejemplares distintos de la misma Cartlwgo Nova. nos proporcionan los ejemplares procedentes del santuario de la Encamación • 15 • En cualquier caso, tanto un elemen- to Clllno 01ro. i.t.1ccp1.11no'... u pertcncnn~l al h: lllphl. 11 Jcl ¡un/111111 que parecen dcductr!\C de la incltnactún de la rampa y las impron• 1;1, de arenisca 1dent1ticad:b en el lado oeste. noi. lle'a a considerar el ai.pecto del frontal:.imi lar a l del Capitol1Um de Cosa. aunque en ci.te caso i.e tra• le de un templo 10-,cantco con ct'lla tripantta. l:n cuanto a dimens i one~ se halt.1ria próximo a los pa• ramctros de l templo rcpuhlicano de Va:.tog1rard1 (10,81 " 17.92 " l.83m. )re~tit uidocnal..-:adocomo H templo par1.•cc oeup.1r el c~paeio ccn1ral ) el eJe de'>ttne1na de un rec11110,,tero (l 1é111e11v' cu)o" l11n11c, no hemos podido uknt 1 licar con prccbtón pero que:.e puedc:n 111tu1r por las escasas tratas consenada' y sobre 1mlo pur la propia topogralia del lern: no en que se asienta. Do:. si llares de arenisca. matennl u1ili1.ado parn la platafürma de cimentación IC y a igual distancia por el lado oriental. lo q ue noi. proporciona una andrnru tolal para la tcrr: va de c. En cuanto a la longitud total en e l eje 1 rnr1e-sur, es mils difícil de dc1er-mi11ar dado que la mura lla de l siglo xv1 ha corlado el cdi licio. Por el sur. en correspondencia con el frente de la fachada del edilil•io. el limite vendría determinado por el contorno de la propia k~rraza situado aproximadamente a unos 4 m. respecto de la la.chada. mientras que ror el norte es difícil discernir el final. dado que la muralla del siglo xv1 ha cortado transversalmente las estructuras. Sin embargo hay que sospechar que el edificio no se prolongaría mucho más de los limites conocidos dado el fuerte desnivel que existe en la parte posterior, que en parte debió ser utilizado precisamente para reforzar el carácter defensivo de la muralla. En principio. y a juzgar por los testimonios conservados, habría que intuir por tanto un espacio cerrado por tres lados con anchos muros, aunque de momento sea imposible señalar la existencia de otro pórtico. al modo de las plazas porticadas de los santuarios de Asklepios o de Serapis en Ampurias que, en cierto modo, podrían constituir los paralelos más próximos. En el ángulo noroeste de este recinto y en la parte posterior del templo. se hall an situados el edículo dedicado a Atargatis y las instalaciones hídricas con él vinculadas. En este caso la estructuración e interpretación de este sector del edificio es más compleja. ya que los paralelos son mucho más reducidos y la tipología más variada. Además los conjuntos arquitectónicos que conocemos son, salvo el santuario de Delos, en su mayor parte complejos monumentalizados en época imperial avanzada y que ofrecen pocas concomitancias con el del Molinete. La única referencia válida desde el punto de vista cronológico y arquitectónico nos la proporciona el santuario delio monumentalizado en las dos últimas décadas del siglo 11 a.c. Inicialmente las distintas estancias del santuario se estructuraban en torno a un patio cuadrado al que se accedía a través de unos propyleos con fachada tetrástila; previamente, una larga escalera permitía salvar el desnivel desde la terraza inferior. Estos propyleos comunicaban además este sector del santuario con una larga terraza proyectada hacia el norte y bordeada hacia el oeste por un pórtico en forma de «7t» destinada a las ceremonias del culto. Junto al brazo septentrional del tripórtico existía una profunda cisterna en la que se podría rememorar el mito del «descenso del lago», mientras que el extremo septentrional del santuario estaba ocupado por salas de banquete y de baño tras las cuales se hallaba el otro ingreso al santuario 37 • Ya de época imperial, en el santuario de los dioses palmyrenses de _Dura Europos, donde una inscripción fechada en el año 37 d.C. recuerda la cons-'' Un breve resumen en Bruneau, Ph, y Deucat, J.: Guide de Delos. 1983, 225-227. trucción de un recinto sacro ( "t ó 7t o v) dedicado a la diosa. las caril las de culto y salas de banquete se organizan en torno a un patio cuadrado 1 ~. En Pal mira. en el santuario de Baalshamin, donde está atestiguado el culto a la diosa por una inscripción bilingüe (111. n" 45). las salas de culto y banquete se organizan sobre todo al norte del gran patio rectangular, que sistematiza la mayor parte del complejo. al tiempo que las instalaciones hidráulicas relacionadas con el culto se hallan frente al templo y junto al altar de los sacrificios w_ Complejidad. dimensiones y, en definitiva, el carácter monumental de los santuarios mencionados hacen que las concomitancias que podamos señalar sean muy reducidas y que sea preciso buscar otras referencias más próximas en santuarios y capillas de tipo doméstico vinculadas a otras divinidades de procedencia oriental o norte-africana con atribuciones o cualidades similares a nuestra Atargartis. En todos ellos es una constante la existencia de piscinas rituales que se asocian a las capillas de culto propiamente dichas. En Nora, el llamado «alto lugar» de Tanit conserva un basamento rectangular donde se articulan espacios cuadrados y rectangulares y al lado una serie de piletas para abluciones. En esta misma ciudad, el templo neo-púnico, de planta compartimentada, conserva en el centro del complejo una cisterna excavada en la roca y otra más pequeña de tipo bañera 40 • En ambiente púnico, los templos de Solunto y Selinunte presentan varias habitaciones de dimensiones y características distintas estructuradas en un espacio cuadrangular y con funciones diversas. En Solunto el altar se halla sobreelevado en una plataforma de piedra de 2 x 1 m. con inclinación hacia una pileta impermeabilizada de 1 x 0,50 m. rellena de materiales combustibles y huesos de animal. Una cisterna, una bañera y un recipiente para el agua situados al oeste parecen evidenciar la purificación de los animales antes de ser sacrificados 4 1 • CRONOLOGIA Y EVOL UCIÓN El primer problema que se plantea es determinar si el edículo con sus instalaciones anejas y el basa-A 1:'.~¡1.•I. (, 7. RAMALLO i\SENSIO Y E. RU IZ VALOERAS mento del templo son contcmponíneos y han sido realizados dentro de un mismo programa arquitectónico o si, por el contrario, corresponden a dos fases distintas aunque separadas por un corto espacio de tiempo. En este sentido sorprende. pese a la orientación común de ambas estructuras, cierto desnivel que existe entre las dos construcciones ya que la plataforma del basamento aparece ligeramente rehundida respecto a la habitación con inscripción y además no ocupa el lugar más elevado de este sector. En principio hay que considerar una cierta diacronía entre ambos edificios aunque los años transcurridos no debieron ser muchos. Por otra parte, tipología edilicia y materiales de construcción nos remiten sin duda a época republicana. Las rocas tufoides que constituyen el material utilizado para el alzado del muro exterior del basamento, proceden de los afloramientos próximos del Cabezo Beaza (andesitas y doleritas piroxénicas) y se hallan ampliamente documentadas en la edilicia de la ciudad 41 • Teselas de este material fueron también utilizadas en pavimentos de opus sig11in11111 del siglo 1 a.C. Asimismo el aparejo de opus relicu-/at11m de la Torre Ciega está realizado con andesitas de Cabezo Beaza. así como los anillos exteriores y contrafuertes del anfiteatro. Por el contrario, no se ha constatado el uso de este material en el teatro romano construido en los últimos años del siglo 1 a.c. Por otra parte, las areniscas calcáreas de color amarillento utilizadas en la plataforma del basamento, proceden sin duda de los afloramientos próximos de Canteras, situados al noroeste de la ciudad. Se trata de un material que por su fácil extracción y abundancia fue ampliamente utilizado durante la época bárquida y romana, aplicándose a diversos usos. Destacan los ya citados fragmento s de friso dórico con triglifos y una cornisa con kyma jónico hallados en el sector B del Molinete y fechados en época republicana. Para el edículo de Atargatis tenemos una referencia cronológica bastante precisa proporcionada por el propio pavimento de opus signinum que sirve de soporte a la inscripción. Esta técnica de pavimentación se baila ampliamente difundida en Cartagena al menos desde finales del siglo 11 a.C. y pervive hasta plena época augustea. Durante todo este período, un momento de gran desarrollo corresponde a finales del siglo 11-inicios del siglo 1 a.C. Se ha' stipe Jovi furario [-m}onimentom, datado. t------r--') En cuanto al material cerámico recogido en las excavaciones de 1977-1978, destacan ampliamente las cerámicas de barniz negro republicanas. cuyo repertorio vamos a reseñar brevemente. Esta producción continúa presente a lo largo del siglo 11 a.c. con formas L. 8, 5, 6 y fondos decorados con círculos concéntricos y estampillas en forma de hoja. Del mismo ámbito caleno también proceden otros productos de la segunda mitad del siglo 11 a.C. con formas de campaniense B L. 1, 3 y 5. Del área etrusca encontramos ejemplares de campaniense B con formas L. 1, 3, 5, 6 y fondos decorados con sellos alternados de palmetas y flores de loto. El marco cronológico que ofrecen estos productos está fundamentalmente centrado en el siglo 11 a.C. e inicios del siglo 1a.C. 4 v,. Un contexto más homogéneo ofrecen los materiales cerámicos procedentes de la excavación clandestina arriba mencionada que destruyó parte de los niveles depositados bajo el pavimento de opus signinum. El material desechado. amontonado sobre el pavimento, siempre con reservas debido a su origen, ofrece una cronología centrada en torno al 140-120 a.c. El conjunto to componen algunos fragmentos de campaniense A, entre los que destaca un fondo decorado con círculos concéntricos muy similar a los fondos de pátera L. 5 encontrados en et pecio de Giannutri cuya cronología data del 140-130 a.c. 50, cerámicas de cocina itálica pro- " Segun M. Vegas, las ollas de borde almendrado con pastas anaranjadas y superficie exterior con pátina cenicienta son frecuentes en contextos republicanos del siglo 11 y t a.C. Presentes en Gobii. Pollentia y como ajuar de cocina en el pecio de Albenga (fechad o hacia el 90-80 a.C.). No aparece n en contextos da-1ables•en epoca augt'tstea. En cuanto a las fuentes de borde bífido co n base plana y paredes ligeramente curvas. Vegas 14, es un tipo muy común en época republicana y augüstea y han sido halladas en Numancia. Vegas M.: La ceramiru común romana en el /.frditerranefl Oct•1den111/. " Segun el sistema de M. A. llcsnard que con siste en rela• cionar Ja altura del labi o con su grosor máximo. puede estable:• cerse un11 evolución progresiv¡1 de las ánforas Dressel 1, como ha sido argumentado hace unos años por E. Sanmartí en su estudio sobre las ánforas del campnnwnto numantino de Peña Re- CULTOS EN C-lRTHAGO NOVA EN ÉPOCA REPUBUC' ANA El texto de Polibio (X, 1 O, 7-11) nos ofrece el documento más amplio y explícito sobre los cultos difundidos en la ciudad durante el siglo 11 a.C., fecha de su visita. En su descripción de la ciudad nos dice: {<La colina más alta está al este de la ciudad y se precipita en el mar; en su cima se levanta un templo a Asklepio. Hay otra colina frente a ésta, de disposición similar, en la cual se edificaron magníficos palacios reales construidos, según se dice, por Asdrubal, quien aspiraba a un poder monárquico. Las otras elevaciones del terreno, simplemente unos altozanos, rodean la parte septentrional de la ciudad. De estos tres, el orientado hacia el este se llama el de Hefesto, el que viene a continuación, el de Atetes, personaje que, al parecer, obtuvo honores divinos por haber descubierto unas minas de plata; el tercero de los altozanos lleva el nombre de Cronos» 54 • Salvando los problemas de orientación que ya fueron puestos de relieve por A. Beltrán 55, la historiografía tradicional viene interpretando el cerro de la Concepción con la colina donde se hallaba el templo de Asklepios; en el cerro del Molinete se situaba el palacio (arx) de Asdrubal, mientras que donda y más recientemente en el campamento de Renieblas V. Esta metodología también es aplicable al grupo de las grec-0itálicas de manera que, si 111 relación es igual o menor a 0,50, se puede asimilar a la forma Will b, más propia del siglo 111 a.C. e inicios del siglo 11 a.C.: si la relación es mayor. como el caso de las formas del Molinete, se asimilaría a Will d, da1able en la primera mitad del siglo 11 a.c. Estas ánforas están presentes en Cartlwgo en los momentos anteriores a su destrucción y en los mismos contextos en Ampurias. Sobre la presencia de ánforas grecoitálicas y Dressel 1 en Carthago. 55 Beltrán, A.: Topografia de Carthago Nova. San Jose y Despcñapcrros correspondían respectivamente con las colinas dedicadas a Cronos. Por otra parte, la antigüedad de los cultos en la historia de la ciudad ha sido asimismo repetidas veces puesta de reli eve, señalando la transposición y asimilación de las viejas deidades púnicas en sus equivalentes greco-romanas. Asklepios, sin duda la divinidad más importante en la ciudad durante gran parte del período republicano, es una transposición del Eshmun de Carthago donde el dios tenía un templo que era el más bello y rico de la ciudad. Cronos se ha identificado con Baal-Hammon (quizá transposición del Hadad sirio), mientras que en Hefesto se ve un s incretismo con el púnico Chusor ~•. Sin embargo, y pese al acuerdo casi unánime en la investigación, no existen testimonios arqueológicos que sustenten cada una de las identificaciones. El culto a Esculapio/ Eshmun debió estar muy arraigado en la ciudad desde sus orígenes, como lo estuvo en todas aquellas ciudades portuarias y especialmente en aquéllas rodeadas o próximas a lagunas o esteros de aguas semipantanosas que debían provocar frecuentes enfermedades. Al caso más conocido de Ampurias se podrían añadir otros más. De momento se han vinculado con la divinidad algunos tipos iconográficos reflejados en las emisiones monetales y también en el ara hallada (o en un primer momento conservada) en el Monte Sacro. Pero no existe ningún elemento arqueológico que se pueda atribuir sin reservas al templo hipotéticamente situado en la cima del Castillo de la Concepción ~7 • ~• Koch, M..'AAHTH:E, Mercurius und das phoniklsch-punische Pantheon in Neu khartago. Sanmartin, J.: La nueva capital: el contexto púnico de Qarl-Hadast. ~' Precisamente en la ladera noroccidental del citado cerro fue hallado en 1989 el teatro romano que junto al anfiteatro siluado en la ladera nororiental confieren a esta 1.0na un papel destacado en cuanto a la arquitectura relacionada con los espectáculos. Sin embargo los trabajos de excavación realizados en la cima del monte. junto al actual Castillo de la Concepción han ofrecido muy escasas evidencias de construcciones romanas. tan sólo en la remoción reciente de los restos medievales y moder• nos se han localizado, asentados directamente sobre la roca. los restos de un muro de cierta entidad que no ha podido ser investigado en profundidad dado el ritmo acelerado de los citados trabajos de adecuación. Para los cultos a Salus y Esculapio. vid. Beltrán, A.: El ara romana del Museo de Barcelona y su relación con el culto de la Salud y Esculapio en Carthago Nova. A.: El culto a la Salud y sus representaciones en Elche y Cartagena. En Roma el culto a Esculapio se introduce en el 293 a.c. con motivo de una epidemia que asolaba la ciudad. Su templo se construyó en la isla Tiberina. probablemente sobre un culto anterior a Tiberinus, divinidad de las aguas y personificación del do. Dcs1.:onocemos el lugar del halla; rgo y d templo al que a 1 udc la inscripción C 1 L. 11. 342 1 que menciona lu existencia de arcos y ¡Ji ltms? ( [forjnices cola 11111e w! dem) tradicionalmente vinculada a un acueducto que desde la Fuente de Cubas transportaba el agua a la ciudad''. pero que podria aludir también a otras instalaciones hidricas de caractcr cultual relacionadas con el templo de Esculapio donde eran un elemento indispensable como se ha documenwdo \.'ll los santuarios orientales de Epidauro. 1.2)'' 1 • Este culto al Dios de la medicina se ex tiende incluso fuera de la ciudad y se halla representado en la Cueva Negra de Fortuna. posible santuario rupestre de carácter terapeútico dedicado, al menos en parte, a las ninfas donde aparece mencionado un: wcerdos Asc11/epi Eh11,,•ita11i "''. La relación. e incluso posible dependencia. de este enclave con la metrópolis cartagenera parece más que evidente. Por el contrario, la ausencia de información arqueológica o epigráfica para los cultos o templos documentados en las fuentes escritas se completa con los testimonios que. para otras divinidades desconocidas en la literatura greco-latina referida a la ciudad, han sido recuperados en distintos puntos de su casco urbano. El culto a lsis y a Serapis se atestigua en Cartagena a través de dos inscripciones halladas en el Molinete y en la calle Jara. Para la primera inscripción Koch duda. sin mucho fundamento. de que la procedencia original haya podido ser el cerro del Molinete. e incide en su carácter doméstico, restituyendo en la segunda linea in.1•110 ma(nsj(ionem} 61 • Sin embargo la existencia del edículo de Atargatis en la misma colina podría hacemos pensar en un segundo santuario o al menos una capilla de culto doméstico, dedicado a las dos divinidades egipcias. En este sentido es interesante destacar la proximidad de los santuarios de Serapis y el de la Deo Syria en la isla de Delos 62, donde también hallamos documentado el Zeus Kasios del ancla cartagenera y la inscripción funeraria de Brindisi (C IL. A.: Las lápidas latinas religiosas y conmemorativas de Cartagena, A EspA.. Vid. por ejemplo, Schatzmann. A. U. y Maycr, M.: Los tltuli de la Cueva Negra. Lectura y comentario literario y palc: ográfico. 347-352.., El cullo a la Magna Mater se introduce en Roma en e l 204 a.c. en un ambiente de crisis polftica, militar y religiosa producido por la segunda guerra púnica. El templo se contruye sobre el Palatino en el interior del pomerium, ya que la diosa no era considerada una divinidad extranjera. y se inaugura en el 191 a.c. donde se documenta la existencia de una comunidad de fieles de lsis y la presencia de un s~H.:crdocio común entre Cibdes y Atargatis " 1 • Otro tcstiminio de la introducción olícial del culto de lsis en Cartlwgo No1'lt \ endria representado por las emisiones de luba 11 y Ptolomeo acuñadas en la ciudad a comienzos del siglo 1 d.C. donde se manilicstan de forma clara los a1ribu1os mús cspccificos de la diosa egipcia. F.n este caso. el culto. quizás sincretizado al de Tánit/D(•a Caeles1is. se instituiría di! forma pública de la mano de los propios magistrados honorarios " 4 • Mucho más interesante es el pequeño.wcellum excavado en e l año 1993 en el Cabezo Gallufo, junto al puerto de Santa Lucia. Consiste en dos habitaciones inscritas en un recinto rectangular de 10.45 x 5. 79 m. con un único acceso orientado hacia el noroe:-.1e. La estancia de la derecha presenta tres basamentos reciangularcs. paralelos a los muros. frente a los que discurre la inscripción rea-li1ada con teselas blancas sobre el cemento rojizo del opm "igninum con In leyenda M(urcus) At¡11i11i( 11s) M(ard) /(iher1us) A11drol /ovi Statori d(e) s( 11a) p(ecunia) qur(uvil)l f (ihe11s) m(erito). La estancia de la izquierda muestra en el centro el ara de ofrendas y rebancos adosados a las paredes. En la parte posterior y separada por un muro más estrecho. hay un espacio reservado de menores dimensiones con una cubeta comunicada con el exterior por medio de un canal que atrav iesa longitudinalmente la habitación anterior. En principio, y a juzgar por el texto de la inscripción e incluso por las características edilicias del edículo, se trata de una advocación de carácter privado realizada por un ti-•• En este mismo contexto es muy >ugcrcntc la existencia de unos ¡¡ralitos sobre platos de ceranuca J~ barn11 negro con el tcxtc1 EAP que podrían corresponder a una fórmula abreviada de tAPIAIIl/61) (lig. Aparecieron entre un abundante lote de material de los siglos 11 al 1 u.l'. muy cerca Jel conjunto que cstamiis anali7.ando y podría habi:r formado parte de un posible depósito votivo o de ofrendas siguhmdo una tradición frecuente en d mundo oriental y norteafr icano. Queremos agradecer las valiosas sugerencias y observaciones del Dr. Sanmarti Grego en lu identificación de estos grafi1os. asl como de los doctores de 1101 y Lillo. en cuanto a los problemas de interpretación. 81, vid. lnicsta, A. "' vlii.: Grafitos prelatinos sobre cerámica en Murcia. La primera y segunda letra se pueden identificar sin problemas como uno sigma y una alfa, vid. por ejemplo Larfeld. El problema se plantea en la interpretación de la última letra que parece mas una pi que una rho, que seria lo más lógico. P.: Las religiones orientales en la Península Ibérica, AEspA. 1: 2. berto de una de las más importantes familias vi nculadas con las explotaciones mineras 6 ~. Sorprende esta advocación por parte de un liberto griego. que remite a la más vieja tradición de los orígenes de Roma, ya que el templo de lupiter S1ator fue fundado por Rómulo tras real izar un voto a la d iv inidad para que detuviera s us tropas en huida frente al avance de los sabinos: este acontecimiento se produjo en las inmediaciones de la puerta Mugonia al pie del Palatino donde. en consecuencia. fue erigido el temploM. Las estructuras de este arcaico templo han sido frecuentemente identificadas con un basamento existente junto al arco de Tito b 7 aunque esta interpretación ha sido rebatida recientemente por el equipo español que realiza las excavaciones en este sector Murcia, 1994. Aquinlu Stratonice aparece lambién en un a inscripción fu nerari a de época tardo-republicana o augustea (CIL 11 3448). El otro templo ofrecido a esta divinidad fue dedicado por Q. Cecilia Metcllo Macedónico en el 146 a.C. en la zona del Campo Mando Meridional. Obra de Hermodoro de Salamina fue el primer edificio en Roma construido íntegramente en mármol. Conocemos su forma por la descripción de Vitruvio (11 1, 2, 5) y por algún fragmento de la Forma Urbis, y en nada se asemeja al sacellum de Cartagena, ya que en nuestro caso el edificio responde más al tipo de capilla de carácter doméstico y casi privado que a un gran edificio público. Sólo la existencia de dos estancias contiguas podría rememorar, de lejos, los dos cultos encuadrados por el porticus Mete/Ji. el más antiguo de Juno Regina y e l instaurado por Metello a lupiter Stator. De momen-10 se nos escapa la razón que subyace en esta advocación y su probable relación tipológica con el prototipo palatino 69 ya que el templo de Hermodoros es, según Vitruvio, un perí ptero canónico. Por otra parte, desconocemos cualquier posible relación en-.,,, trc la familia de los Aquinios. uno de rnyos libertos dedica el edificio, y la <k los Mctcllos. En cierto modo. la ubicación del edificio. en una posición suburbana y en la faldu del monte que domina el actual puerto de Sama Lucia. una de las ensenadas mejor protegidas en toda la bahía de Cartagcna y muy probablemente uno de los puertos o embarcaderos de la ciudad romana. responde a la advocación del dios «que detiene a los que huyen». Otras divinidades atestiguadas en la ciudad cuya proyección fue menos importante o, al menos, no es tan conocida, son For11111a. atestiguada en una de las cmu.> del teatro. • Esta selecc ión de divinidades refleja ya el carácter heterogéneo y variopinto que caracteriza durante toda su historia la religión de la ciudad y que, en realidad. es un claro reflejo del carácter cosmopolita de sus ciudadanos. En ella se concitan cultos de la más rancia tradición romana con otros fuertemente arraigados entre la población semita, como el de Hércules Gaditano, heredero del Melqart fenicio. Si aceptamos la situación de la topografia de la ciudad transmitida por Polibio, quien sabemos que visitó la ciudad hacia mediados del siglo 11 a.c.. esto es algunos decenios antes de la construcción del conjunto que aqui analizamos, al cerro de Molinete no correspondería ninguno de los cultos principales mencionados por el autor. Se plantea entonces el problema de la identificación de los restos asociados a la capilla de Atargati s. Hemos señalado más arriba la estrecha vinculación que para los romanos existe entre Magna Mater y Dea Syria. Aunque de momento no disponemos en Cartagena de testimonios epigráficos sobre el culto a la gran diosa frigia, sin embargo, en la Cueva Negra de Fortuna, hallamos en su ya citada inscripción 11/4 una mención de los Phrygia numina (Cibeles y Attis) a los que en una ceremonia cul- 10 Como síntesis para la religión romana en Canagena, Blazqucz. No disponemos de espacio ni es nucs1ra intención analizar de forma minuciosa todos estos cultos representados en la ciudad. tual se ofrecc.:n o colocan estatuas o ic.lolillos • 1 • En la pcninsula ibérica. su culw está ampliamente documentado en la Bética y Lusitania. mientras que cn la Tarraconense las dedicaciones más frecuentes:.on a su compañero Allí:.'!. Sin embargo. no hay que ol v1dar otras mani festacioncs epigráficas e iconográficas de la divinidad femenina que demuestran la extensión del culto en los alr..:dedore:. de Cartagcna. En i: ierto modo. se puede rastrear un sincretismo claro con Cibeles-Magna Afau!r en la inscripción de Maz•1rrón dedicada a h1 T<'rl' a Mal<!r. que es también un claro testimonio de culto a estas grandes divinidades femeninas protectoras de la naturaleza y la fecundidad. herederas de la primitiva Diosa Madre. En principio. pues. no parece contraproducente esta interpretración, aunque sabemos que el culto a la Magna Muter se difunde en las provincias occidentales del Imperio a pan ir de la época imperial. Otra probabilidad contempla la asociación de la capilla de Atargatis al santuario de Esculapio o a alguna otra divinidad de cankter salutífero, que en la i: iudad gozaron de gran predilección. Ya hemos mencionado el caracter protector que en algunas ocasiones presenta la Dea Syria a la que se hacen votos pro.'ialute... Sin embargo somos conscientes del problema topográfico que esta interpretación plantea. ya que tradicionalmente el citado santuario, heredero del templo de Eshmun, se situaría en el Castillo de la Concepción. Conocemos el funcionamiento de estos edificios y su ritual a través de los Asdepieia orientales de Kos, Epidauro, Gortys, Paros, Pérgamo y Atenas n. Elementos fundamentales de todos ellos eran la estancia o espacio destinado al rito de la incubatio donde los enfermos pasaban la noche, el pozo/cisterna. instalaciones de carácter hidráulico (canalizaciones) además de las aras para el sacrificio y fuentes destinadas a las abluciones y al baño ritual 74 to<lo L' I proceso el agua jugaba un papel fundamental. 1-.n m11: strn casn cxisti..:n instalaciones <le carácter hi<lr:1ulirn junto al templo, incluso la alineación <le ú11 foras se podría interpretar con un carácter ritual y. adcmús. hacia c:I este existe lo que parece una gran cisterna asociada a pavimentos de mortero hi<lrüulico pero. salvo en las habi1aciones vinculadas <J la estancia de cullo. no podemos establecer una rrc lm: ión espacial c111re los restantes elementos intcgrúndolos en un programa arqu ilectónico unitario. Mucho más imrnrtantc es, en cambio. el agua y las construcciones de carácter hidráulico en el sector B del Molinete asociadas a grandes sillares y elementos arquitectónicos que denotan la existencia de otro gran edi ticio cuya interpretación desconocemos por completo. Por el contrario. no conocemos ningun resto de estas características en el cerro de la Concepción, si bien aquí ta erección de la fortaleza medieval ha podido transformar en gran medida su fisionomía original y borrar los restos de las cons.trucciones preexistentes. En cualquier caso. y sobre todo en el cerro de la Concepción, se plantea también el problema del agua ya que, de no existir surgencias naturales, su conducción hacia ta cima parece incluso más problemática que para el Mo linete. De cua lquier forma, de aceptar esta nueva ubicación del santuario de Esculapio, tal como la propuso ya Lozano 75, habría que suponer un error de orientación o ubicación en Polibio. El escritor habría confundido ta colina oriental por la occidental y, de esta manera. la acrópoli s (arx) de Asdrubal habría estado situada en e l cerro de la Concepción. que por su topograf1a tiene más aspecto de acrópolis o fortaleza, sentido éste que ha mantenido hasta nuestros días mientras que sobre la col ina más aplanada, la occidental. se hallaría el templo de Esculapio, donde además no se han constatado ni identificado indicios del palacio de Asdrubal. También cabe pensar que con posterioridad a la visita de Polibio se trasladara el culto del cerro de la Concepción al cerro del Molinete, aunque esto parece más dificil de creer. teniendo en cuenta la tradición que tiene este culto en la ciudad. Cabe una última posibilidad y es que se trate de un culto independiente a Salus. pues ambos cultos debieron gozar de la predilección entre la población, sobre todo si tenemos en cuenta la proximidad de las zonas pantanosas del Almarjal, aunque no se nos escapa que tanto Hygaea como la citada Sa/us solían •estar asociadas, en cuanto a ubicación espacial, con Esculario "". La vinculación de esta <liosa con Atargatis está atestiguada en Ocios en la inscrirción sobre bronce ( 1 D. 2233 ). En este contexto de divinidades de tipo terapéulko hay que considerar también al dios egipcio Serapis, atestiguado en l lispania desde la primera mitad del siglo 1 a.C.''. No resu lta pues extrai1a su advocación en Cartagcna si tenemos en cuenta el continuo trasiego de l ejército y sobre lodo la abundante población suritá lica y oriental existente en la ciudad. Ya hemos señalado por otra parte la relación espacia l que en Delos existe entre el santuario de la Dea Syria y los Serapieia. por lo que no es desacertado intuir la posible existencia de uno de estos santuarios o lugar del cu lto sobre el cerro, aunque de momento no podamos identificarlo con los restos más monumentales situados junto a la capilla de Atargatis, que, por otra parte, parece ligeramente posterior. De cua lqu ier forma, y al igual que sucede en Ampurias, el carácter de divinidad salutífera, además de protector de marineros y comerciantes. e incluso su asimilación a Esculapio con el que compartía incluso los ritos terapéuticos, favorecieron sin duda su difusión en la ciudad portuaria. donde las relaciones con los principales puertos del Mediterráneo (Alejandría, Delos, Pozzuoli, etc.) fueron frecuentes. En este contexto de relación con los principales puertos del Mediterráneo y concretamente con las provincias orientales a través del puerto delio, encuentran su justificación las dos anclas de plomo halladas a comienzos de siglo en el litoral cartage-"' El wl10 a Sa/11s se in1rodm:e en Roma d.: manera oficial hacia el 303. junio a 01ros cultos foráneos orientales y su 1em• plo, si1uado en el Quirinal junio a la purtu su/uturis. habría sido dedicado por el consul del 311 a.C.. C. /u11i11. r Buh11/cm. La asociación de Salus y Esculapio se conslata en Frege/lae donde se levanta un santuario monumen tal aterrazado siguiendo los modelos helenísticos en los años centralc!s del siglo 11 a.c. que se instala sobre 01ro cu lto anterior dedicado a alguna divinidad de las aguas. La identificación del complejo como santuario dedicado a Esculapio viene asegurada por la inscripción del aliar y por una estatua femenina en terracota con la dedicación SA LU-TE (Coarelli 1986. Los documentos más an1iguos de su presencia en Hispania están constituidos por el santuario de Serapis en Ampurias, íechado poco antes del comedio del siglo 1 a.C.. vid. Sanmarti et alii. up.c: it. (n. 74), 119-135. y la pilastra de terracota del campamento romano de Castra Cal! cilia datada hacia el año 80 a.C. vid. Garc!a y Bellido, A.: El culto a Serapis en la Península Ibérica, BRAH. En una inscripción de legio dos hermanos invocan a Esculapio. Salus, Serapis e! sis. vid. Alvar, J.: El culto a lsis en Hispania, la religión romana e11 Hispania, Madrid, 198 1. Otra propuesta consistiría en identificar el templo itálico del cerro del Molinete con una dedicación a la Venus-Afrodita, advocación que es frecuente en los santuarios costeros del Mediterráneo occidental y que como hemos señalado insistentemente se identifica también con Atargatis. Dada la estrecha refación que a veces se establece entre la siria Atargatis y la fenicia Astarté es también interesante señalar el sincretismo de esta última divinidad como Afrodita/ Venus que está atestiguado en Erice, considerado uno de los mayores santuarios de la diosa fenicia en occidente. Conocemos la ubicación, topografla y alzado de este santuario a través de su representación en una moneda de C. Considio Noniano (c. 60-57 a.C.) donde se refleja un edificio tetrástilo de orden dórico rodeado de una cinta mural terminado en torres rectangulares. Las fuentes escritas recogen una restauración realizada según Tácito por Tiberio y según Suetonio por Claudio, quien habría restaurado, dice, el templo de Venus Ericina 81, vinculado a su vez a otro 1 • Fita. F.: Inscripciones griegas, latinas y hebreas, BRAH. 1906, 157-8 Durante la época republicana los cultos, salvo c:l de lupiler Stal1Jr. o so n sincretismos <le divinidades púnicas o son cultos de procedencia oriental; sólo a partir <le Augusto comenzamos a tener atestiguados cultos oficiales de la religión romana y sobre todo aquéllos especialmente vinculados al emperador. Estos cultos «extranjeros» en Cartagena est;:in vinculados con una población artesana de libertos y comerciantes instalada muy probablemente en los barrios periféricos de la ciudad. Es evidente que son importados directamente desde oriente quizás a través del mundo delio. o bien desde las regiones del sur de Italia (especialmente la Campania) y en consecuencia en esta transmisión Roma no desempeña e l papel de intermediario. En este contexto comenzamos también a vislumbrar representaciones simbólicas. como la de l pavimento del opus si~11i1111111 de la plaza de la Merced. compuesta por un crec iente lunar y un haz de tres rayos. que nosotros inicialmente vinculamos a una abstracción púnica del sol y la luna, pero que sin duda hay que relacionar con alguno de estos cultos «no oficia les» x.'. El hecho de introducir elementos de canícter simbólico en los mosaicos es frecuente en algunas casas de Delos xJ y se repite con frecuencia en pavimentos de opus signinum del norte de Afríca y la Sicilia púnica xs. El mundo delio, como ya intuíamos. juega seguramente un papel fundamental en la transmisión de una gran parte de estos cultos y si Delos es en el Mediterráneo oriental el gran puerto que centraliza y redistribuye las mercancías de oriente, además de ser el primer emporio para e l comercio de esclavos, Carthago Nova se con figura durante época republicana, como años más tarde nos recordará Estrabón (111,4,6), como el gran puerto del Mediterráneo occidental, receptor y redistribuidor de mercancías procedentes de oriente e Ita! ia y probablemente centro del lucrativo comercio de esclavos en occidente. No en vano en la segunda mitad del siglo 11 y primera mitad del siglo 1 a.c. las minas de plata se hallaban' 1 Coarelli. Ramallo, S.: Nuevos mosaicos en e l área de Canagcna. Por otra parte la existencia de un intenso tráfico maritimo con la isla de Ddos se refleja muy bien en la gran cantidad <.k éÍnforas vinarias de fabricación rodia. los lagl'lloi hallados precisamenle. en 1.:uanto al 1 itoral murciano se refiere. en la propia Carthago N o1•a. Los Nietos y Puerto de Mazarrón. importantes núcleos de explotación mi ncra y comercio, las cerámicas de relieve del tipo conociuo en la bibliogralla como de «Megara» fabricadas probablemente en la costa de Asia Menor, e inc luso otros productos de carácter suntuario"". 50-53. de transmisión de estos cultos orienta les hacia occidenté puede estar constituido por algunas regiones del sur de Italia y Sicilia de donde procede también un numeroso contingente de inmigrantes que controlan parcialmente el comercio y. sobre todo. el próspero negocio de la explotación minera. Las concomitancias con algunas de las inscripciones halladas en estas regiones son también muy signi ficativas. En cualquier caso, el reducido carácter de nuestra intervención arqueológica, provoca que los resultados que se rroponen queden abiertos a discusión y, sobre todo. pendientes de la extensión de la actuación arqueológica a la totalidad del cerro. Sólo así podremos valorar en su justa medida el papel desempeñado por el cerro del Molinete en la historia de la ciudad durante los últimos siglos de Ja República.
Con este artículo Archivo Español de Arqueología admite en sus páginas una nueva línea de inves- tigación que puede crear conflicto con la línea editorial que la revista ha mantenido hasta ahora. En el artículo se plantea la lectura de un edificio histórico aplicando el método arqueológico por antonomasia, la estratigrafía, a los contextos constructivos -{<lectura de paramentos»-como se hace a los deposicionales. Esta innegable novedad va unida al desarrollo de lo que se comienza a denominar arqueología de la arquitet: tllra, disciplina que, gracias a trabajos como éste, irá desarrollándose en un futuro cercano tanto en la adecuación de sus instrumentos como en el desarrollo de su aparato teórico. Este método supone disciplinar el análisis de la arquitectura, una «línea de investigación>> de larga tradición en nuestro país que pretendemos, incardinándonos en ella, desarrollar y poner al día. Su evolución ha venido condicionada por la dialéctica científica que exigía para la renovación de paradigmas ya tradicionales y asentados con marchamo de ortodoxia, la creación de nuevos instrumentos de análisis más adecuados y capaces. Su apl icación a casos concretos, como éste, obliga éticamente a dar a conocer sus resultados, de modo que se facilite el avance de la discusión con los nuevos datos conseguidos, pues no se trata solamente de la presentación práctica de un método, sino también de una discusión histórica. Además cada lectura debe darse de modo que nuestros colegas puedan verificar con la mayor fiabilidad posible el proceso de investigación seguido, para criticar o corregir, con conocimiento de causa, las conclusiones a que se ha llegado. Estas exigencias son propias de nuestra arqueología actual, cada vez más profundamente acentuadas, suponiendo este trabajo una respuesta adecuada a ellas. Frente a las «memorias» de difícil comprensión y accesibilidad al público no específicamente experto, deben potenciarse este tipo de artículos breves, redactados con sencillez y claridad -no reñidos con el rigor y la precisión científica exigida-, sintéticos y, sobre todo, que contextualicen históricamente los elementos materiales, como creo se consigue en este caso. Un último problema es el de su límite cronológico. Tradicionalmente en Archivo Espmiol de Arqueología no se rebasaba la cronología visigoda, de acuerdo con fundamentos académicos que hoy consideramos anticuados. Hace pocos años se decidió dar un paso más y aceptar la presencia en sus páginas del «arte» asturiano. Es evidente que el edificio como objeto arqueológico es un contexto temporal e histórico indivisible y que la problemática de la época visigoda está íntimamente vinculada a la de los primeros siglos medievales. Por ello creemos que Archivo debe defender y acoger este tipo de trabajos, de modo que genere la discusión científica de nuestros esquemas académicos, caducos, y, mientras, potencie el nacimiento de nuevos y adecuados cauces de expresión investigadora, como los que en su momento dieron lugar a su propio nacimiento y más tarde al de Trabajos de Prehistoria. APORTACIONES AL DEBATE SOBRE La Iglesia de San Román de Tabillas es actualmente una parroquia rural que fue. en origen, una fundación monástica. Su fábrica. muy mistificada por sucesivas refacciones llevadas a cabo durante doce siglos de historia. posee una relevancia especial no sólo por conservar el recuerdo de dos fases constructivas adscribibles a periodo prerrománico. sino por la posibilidad de ubicarlas cronológicamente con relativa precisión. Es por ello por lo que San Román de Tabillas puede constituir una aportación interesante para un debate historiográfico sobre la arquitectura prerrománica cuyo nudo gordiano está construido, precisamente, por los desacuerdos cronológicos. 1 Este articulo no es una memoria de excavación: sus páginas tratan de reflejar, de forma sintética, los resultados de una experiencia concreta llevada a cabo en la iglesia de San Román de Tabillas y que forma parte de un proyecto multidisciplinar orientado a la revisión de los planteamientos consensuados sobre la arquitectura prerrománica peninsular. El análisis estratigráfico de las construcciones históricas se está revelando como un poderoso instrumento capaz de descodificar con criterios objetivos la compleja infom1ación histórica que ocultan los monumentos edificados. Su aplicación en una iglesia como San Román, de rica secuencia constructiva, trata de ser una alternativa hermenéutica que ofrezca nuevas posibilidades interpretativas a nuestra arquitectura más antigua. Se ha llegado a deci r que estudiar arqueológicamente castillos (alguien podrfa pensar que también iglesias de origen monástico como la de San Román de El progresivo deterioro que venía sufriendo la iglesia parroquial de Tabi llas 2 a raíz del hundimiento parcial de su cubierta, motivó que se pusiera en marcha un programa de restauración del edificio dirigido por J.l. Lasagabáster y J. Arregui, arquitectos de la Diputación Foral de A lava. Al poco de iniciarse los trabajos, y ante la complej idad que denunciaban las primeras intervenciones, se nos solicitó un primer informe sobre la secuencia constructiva de la iglesia que, aunque venía siendo considerada como una parroquia rural de valor arquitectónico secundario, presentaba indicios suficientes como para recibir una atención más específica 3 • Un primer aná-Tabillas) sin situarlos en el contexto estricto de su dominio es un ejercicio que puede llegar a ser tan complejo -las planimetrías y los alzados son difici/es de obtener-como trivial (Barceló, M. et a/ii. Compartimos plenamente esta idea de M. Barceló, entendida en el contexto de su magnifico trabajo sobre la arqueología extensiva y el estudio de la creación del espacio rural. Descontextualizada. sin embargo -tal y como ha llegado a nuestros oídos en alguna ocasión-. puede convertirse en un arma demagógica contra determinadas praxis arqueológicas. Del mismo modo que a nadie se le ocurre descalificar el trabajo de un paleógrafo que realiza la transcripción de un manuscrito, tampoco puede cuestionarse la aportación de quienes efectúan la lectura de los documentos construidos. 2 Respetamos la ortografía del Nomenclator Oficial de la Diputación Foral de Á lava. La iglesia se encuentra sobre un peñón •calizo que domina la localidad de Tabillas, ubicada junto al río Omecillo. en el valle alavés de Valdegobia. l Como indicábamos en otro lugar (Azkarate, A. et alii, 1995). la profesionalidad de los arquitectos restauradores resultó definitiva para abordar una intervención con los criterios más rigurosos, posibilitando un descubrimiento importante que, de otra manera, hubiera pasado desapercibido. Del mismo modo, se evitó también que durante el proceso de restauración quedara oculta, quizá irreversiblemente, una información inestimable para la historia de la arquitectura religiosa. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lisis, en efecto, denunciaba ya la existencia de varias etapas constructivas, dos de ellas de singular interés por su cronología prerrománica: una circunscrita a la zona del ábside, con testimonios significativos de haber estado cubierta por una cúpula de toba sobre pechinas, y la otra -conservando buena parte de su paramento original en los lados meridional y occidental del aula-con dos vanos originales y una aparejo de notable calidad. La tercera etapa, románica, había dejado numerosos elementos decorativos, aunque muy alterados y descontextualizados por la ruina sufrida por el edificio en época posterior. La fábrica de San Román, finalmente, reflejaba la existencia de varias fases más relacionadas con diversas intervenciones de época bajomedieval, moderna y contemporánea. Todo ello -varias fases prerrománicas, una iglesia románica, reformas posteriores y, sobre todo, la posibilidad de fechar documentalmente las fases más antiguas-convertía a Tabillas en un monumento de notable relevancia y --dentro de su humildad morfológica-en una de las síntesis de arquitectura religiosa más interesantes de la Comunidad Autónoma Vasca. En consecuencia, se optó por interrumpir las obras mientras no se efectuase un trabajo previo de documentación y análisis del templo, conscientes de la gran responsabilidad que se asume en cualquier intervención restauradora de un edifi cio mixtificado por el tiempo y poseedor, por lo tanto, de una rica información histórica que hay que «leer» con los criterios más rigurosos. El proceso de actuación en San Román de Tobillas, una vez paralizadas las obras, fue el siguiente: 1°) Vaciado sistemático de las referencias documentales (primeros testimonios altomedievales, libros de fábrica, etc.) y bibliográficas conocidas. Las experiencias llevadas a cabo tanto en San Román como en otras iglesias alavesas (Azkarate, A., et a/ii: 1995) nos ha demostrado la importancia de esta labor para la comprensión global de la secuencia diacrónica de un monumento construido. 2°) Excavación arqueológica del interior de la iglesia. 3°) Documentación exhaustiva de la fábrica del templo por medio de la fotogrametría analítica informatizada. 4°) Análisis estratigráfico del edificio («lectura de alzados»), en coordinación con los trabajos de limpieza, descubrimiento y apertura de muros y vanos y de consolidación de pinturas. Cuando se escriben estas líneas se está llevando a cabo la última de las fases, la restauración ~e la iglesia, restauración que se proyecta teniendo en cuenta las conclusiones ofrecidas por los estudios previos, de modo que sea lo más respetuosa posible con todos Jos restos llegados a nosotros, poniendo en valor las distintas etapas y permitiendo la comprensión de los distintos períodos constructivos. Como se ha venido reiterando desde diversos foros, el estudio de una construcción histórica debería tratar de forma unitaria tanto la propia estructura edificada como el contenido arqueológico de su subsuelo, lo que exige, en otras palabras, que las intervenciones en uno y otro sean sincrónicas y estén articuladas además por un mismo sistema de análisis. En nuestro caso, y para la excavación interior de San Román, adoptamos el sistema estratigráfico de registro por contexto simple que se deriva de los planteamientos metodológicos expuestos por E.C. Harris. El estudio del edificio se abordó mediante el «análisis estratigráfico de construcciones históricas», método de trabajo que parte, como es sabido, de los mismos principios teóricos «harrisianos». Este origen común, sin embargo, no debe hacernos olvidar que los testimonios conservados en alzado no se ajustan estrictamente a las leyes fundamentales que rigen las relaciones estratigráficas de un depósito arqueológico en el sentido tradicional, circunstancia ésta que ha motivado la aparición de una metodología específica para el análisis de este tipo de estructuras. Su objetivo fundamental es el de identificar, individualizar y analizar las diversas «unidades constructivas» que componen un edificio para -una vez establecidas sus relaciones estratigráficas recíprocas-descubrir las claves que posibiliten la lectura de una secuencia diacrónica mixtificada por los diversos avatares sufridos a lo largo de los siglos. Como señala recientemente R. Parenti, «el patrimonio arquitectónico, ya sea un monumento o la vivienda más modesta, es como un enorme registro que recoge en su estructura una gran cantidad de datos. Datos que la mayor parte de los investigadores deben poder descodificar con criterios uniformes y transmisibles si queremos que no se pierda la gran masa de observaciones y que se conviertan en las informaciones necesarias para que avancen nuestros conocimientos» (AA VV, 1995, 19). Aunque de génesis reciente, este método de trabajo cuenta ya con un volumen bibliográfico notable, italiano en su mayor parte. Acaba de publicarse, afortudanamente, un monográfico en castellano (AA VV, 1995) que, además de contar con firmas tan cualificadas como las de R. Parenti y G.P. Brogiolo, ofrece también aportaciones teóricas del máximo interés, as! como diversas experiencias llevadas a cabo en la Torre de Hércules (La Coruña), Santa Eulali a de Mérida, San Pedro el Viejo de Arlanza (Burgos), San Martín de Prado (Lalín, Pontevedra) o País Vasco. Su reciente aparición nos evita, en consecuencia, la tarea de extendernos en aspectos teóricos, aunque conviene señalar que nuestra praxis no difiere sustancialmente de la manera de trabajar que se refleja en los distintos trabajos que se recogen en el monográfico mencionado. Resulta obligado, no obstante, hacer referencia a ciertos aspectos puntuales de nuestra intervención en Tabil las. Y comenzaremos por comentar, muy brevemente, algunas cuestiones relacionadas con la terminología, materia ésta en la que resulta difícil lograr un consenso generalizado 4 • En nuestra experiencia de campo hemos venido utilizando fichas de diverso tipo con las que tratábamos de cubrir las necesidades derivadas del análisis estratigráfico en cada caso concreto. Todas ellas -y a pesar de sus ligeras variablestrataban siempre de registrar los diversos modos en los que se presentan las <<unidades estratigráficas» (U.E.): Jos «contextos simples» ~. las «Unidades constructivas» 6 y las «interfaces» 1. Por cuestiones meramente prácticas y de operatividad, optamos por distinguir las U. E. de la excavación, a las que numeramos desde el n° 1 en adelante (hasta un total de 150), de las U.E. del edificio, cuyos índices numéricos se inkiaron a partir del n° 1000 (hasta 1419). El sistema de numeración, como es habitual en estos casos, fue aleatorio, estando siempre controlado por un índice que evitara duplicaciones y permitiera la recuperación de guarismos que, por diversas circunstancias, hubieran quedado inoperativos. El análisis estratigráfico de la fábrica del templo (la «lectura de alzados») se realizó una vez finalizada la excavación, sirviéndonos de las magníficas • Sobre la propia denominación del método, cfr. • «Elementos constructivos» para nosotros m ismos recientemente (Azkarate, A. el alií. 1995). «elementos estratigráficos» para Caballero, L. ( 1995 ), USM (Un ita Stratigraflche Murarie para la bibliografia italiana). «elementos arquitectónicos» para Coll. J. et a/ii ( 1992). «estratos verticales» para Harris. Cfr. la ilustrativa nota de Caballero. L. (1995: 46) sobre la deficiente traducción al castellano del término interface de la bibliografla inglesa. Hacemos uso de «inter-faces>> no como equivalente del plural de interface, sino como plural de <<interfaz» (<<faz-cara, superficie de una cosa). También «solución de continuidadll, etc. restituciones fotogramétricas llevadas a cabo por los arquitectos P. Latorre, y L. Cámara. Ello nos eximía de la realización de los croquis acostumbrados en otros casos. agi lizando el proceso de análisis. Los criterios para la identificación e individualización de las distintas U.E. estuvieron mediatizados por las características tanto del edificio a anal izar como del propio equ ipo de trabajo. Fueron, en efecto, varios los factores que nos aconsejaron proceder a la identificación de las «unidades constructivas» x con los criterios más puristas y académicos: por una parte, la previsión de que -debido a las reducidas dimensiones del edificio-el número final de U.E. identificado no fuera excesivo; por otra, la constatación de que la fábrica de San Román presentaba numerosas reutilizaciones y refacciones menores que aconsejaban su identificación individualizada; y, finalmente. la presencia en el equipo de trabajo de algún colaborador joven que, por su corta experiencia, debía estar guiado en su modus operundi por una ortodoxia que no resulta necesaria, sin embargo, en otros equipo compuestos en su totalidad por arquitectos y arqueólogos de probada veteranía que pueden permitirse -evitando identificaciones redundantes de U.E. y ahorrando tiempo-la aplicación de otros criterios como los de la coetaneidad o la funcionalidad constructiva. Consecuencia inevitable -aunque previstade este maximalismo metodológico fue la aparición de U.E., tanto constructivas como interfaciales, redundantes unas veces y de carácter secundario otras que, aunque se mantuvieron tanto en el corpus de fichas analíticas como en el listado resumido, no pasaron a los diagramas periodizados ni al aparato gráfico final. Una advertencia, finalmente, para concluir este capítulo. Aunque resulte casi preceptiva la publicación de un listado de U.E. que resuma el contenido de las numerosas fichas resultantes del análisis estratigráfico efectuado, la reducida extensión de un artículo de estas características nos impide incluir una relación de las 569 U.E identificadas, así como la totalidad de planimetrías generadas por el estudio efectuado. Queremos hacer constar, no obstante, que la documentación completa -cinco volúmenes dedicados al análisis estratigráfico del edificio y dos a la excavación-está depositada en el Servicio de Patrimonio Histórico del Departamento de • Entendidas como «la unidad construida menor. individualizable estratigráficamente -un fragmento de muro o de ventana. un mechina!. una pieza de forjado. un relleno... -equivalente al estrato geológico o al contexto del yacimiento» (Caballero, L. 1995, 39). Arquitectura y Urbanismo de la Diputación Foral de Álava y que es de consulta pública y de libre acceso, por tanto. para quien quisiere analizar, cotejar o corregir. si fuera preciso, algún punto del trabajo efectuado". Los resultados de la excavación practicada en el interior de la iglesia parroquial de San Román de Tobillas deben dividirse en dos zonas bien diferen-ciadas -la nave. por una parte, y el presbiterio, por otra-. La primera de ellas, con una estratigrafía profundamente alterada por los enterramientos practicados en s u interior desde época bajomedieva l. ofrece una secuencia poco variada y de escaso interés arqueológico. La zona del ábside, por el contrario, ocultaba datos de indudable valor. como veremos. El primero de los contextos 111 del aula estaba constituido por un entarimado de tablazón orienta-Figura l.-Sección longitudinal de la excavación efectuada en la iglesia. do en dirección E-W (U.E. 4) y claveteado sobre vigas o durmientes dispuestos perpendicularmente (U.E. 5). Este potente nivel de enterramientos se encontraba profundamente alterado, por lo que se decidió no individualizar las escasas inhumaciones que permanecían in situ -de cronología, además, muy reciente-. Sabemos que las inhumaciones en el interior de las iglesias se generalizaron en el País Vasco fundamentalmente • Es necesario indicar también que la intervención en Tobi• llas estuvo motivada tanto por el interés científico que ofrecia la iglesia (fases prerrománicas) como por el valor del análisis estratigráfico de cara a una diagnosis restauradora. Aquí presentamos, fundalmentalmente, los resultados relacionados con el prerrománico. Hubo, sin embargo, otro arduo trabajo igualmente pormenorizado que se preocupó de las fases siguientes (de gran valor para los arquitectos restauradores) pero que no tiene cabida en una publicación de esta naturaleza. Está previsto que todo ello se publique, en breve, e11 un monográfico financiado por la Diputación Foral de Álava. desde el siglo xtv, afectando a todos los grupos sociales. A modo de ejemplo puede recogerse el testimonio de 1384, en el que el abad Don Pedro funda la iglesia vizcaína de la Asunción, en Cenarruza, autorizando a todos los cofrades, <<prelados e caballeros e clerigos e escuderos que han o ovieron devocion en la dicha iglesia» a elegir sepultura en su interior (!. Más difícil resulta, sin embargo, precisar el momento final de esta costumbre. Los Libros de Fábrica de San Román deTobillas hacen referencia, en el año 1738, a una •u Haremos mención únicamente a las U.E. más significativas, con ánimo de sintetizar lo más fundamental de la secuencia arqueológica. Obviaremos, por tanto, las U.E. resultantes de intervenciones secundarias de época moderna y contempo ránea. A modo de ejemplo, prescindiremos en esta rápida desc ripción de las U.E. 7, 8 y 10 por constituir reparaciones secundarias de fecha reciente, de otras como 9, 1 S, 23 que responden a pequeños cortes y rellenos sin relevancia estratigráfica o, finalmente, de un grupo ( 115-118, 126, t 36. 137) que se refiere a la ciment. ación de la capilla que se abrió en el lado de la epistola a fines del siglo XIV o comienzos del xv. La relación estratigráfica de las U.E. recogidas en el texto pueden cotejarse con los diagramas simplificados que ofrecemos en el aparato gráfico. obra efectuada en el zimeterio''. Pero e l testimonio resulta insuficiente, habida cuenta que el término «zimeterio» es sinónimo frecuentemente de «atrio» o «pórtico» de la iglesia. Sabemos, además, que en las iglesias vizcaínas se estaba procediendo todavía en la primera mitad del siglo XVIII a la reforma de los suelos de los templos para racionalizar mejor el reparto del las sepulturas 11 y parece ser que, hasta el siglo XIX, constituye una costumbre todavía viva. Es por ello, por lo que incluimos las U.E. 20 y 28 en una horqui lla cronológica que abarca desde ca. fines del siglo x111 hasta la primera mitad del siglo x1x. Las U.E. 20 y 28 apoyaban directamente sobre la roca madre, en la que se habían practicado algunas fosas de enterramiento de origen bajomedieval. aunque profundamente alteradas por las reutilizaciones de siglos posteriores (U.E. 128-135, etc.). Además de ello, la excavación de la nave descubrió la existencia de dos silos: el primero de ellos (U.E. 43) ubicado en el ángulo NE del aula, y el segundo (U.E. 90) enclavado en el ángulo SW del ábside y sobre su mismo umbral. El contenido de sus rellenos (U. E. 42 y 91) no ofrecieron información cronológica alguna. De su ubicación, sin embargo --ajustándose a la planta del edificio--y del hecho de estar sellados por el nivel de enterramientos, cabe deducir para ellos un abanico temporal circunscrito a las primeras centurias del medievo. El último dato de interés procedente de la nave lo constituye un agujero de poste excavado en la roca (U.E. 63) y reforzado por una estructura circular de piedras (U.E. 6 1). Emplazado en el eje axial de la iglesia, a la altura de su vano principal de acceso y cubierto por los enterramientos, conservaba en el interior de la cavidad circular --además de su relleno habitual (U.E. 62)--una placa de arci ll a destinada a cimentar la base de un poste (U.E. 82). Su funcionalidad y cronología, en un principio oscura, quedaron explicadas por una estructura similar localizada en e l ábside. Al iniciar nuestra intervención, la zona absidial poseía una cota ligeramente sobreelevada respecto al suelo de la nave y estaba pavimentada por un enlosado con sus gradas de acceso correspondien-11 Libros de Fábrica de San Román de Tobillas, Libro Segun• do, no 7. Garcfa Camino. arqueólogo de la Diputación Foral de Vizcaya. -Sección transversal de la excavación realizada en el ábside. 20 cm de espesor, estaba compuesto de tierra oscura con abundantes restos de cal, fragmentos de teja, restos óseos, etc. (U.E. 2) 11. Bajo este contexto apareció, en perfecto estado de conservación, un nuevo en losado (U.E. 3) -procedente de la reforma de• Vigila del año 939-constituido por pequeñas losas cuadrangulares y una gran losa central que, una vez levantado, resultó ser el tablero de un altar de la primera iglesia prerrománica. Este pavimento descansaba en una cama de tierra y argamasa de ca. 6 cm de potencia ( U.E. 29) y que se superponía, a su vez, a un suelo grisáceo de arcilla muy compacta de ca. Este último contexto posee una relevancia particular por ser el nivel más antiguo que se adosa a la cimentación del ábside y constituir, por tanto, el piso de tierra de la iglesia que construyó A vito a comienzos del siglo IX. No cabe duda a este respecto por ser el primer contexto que, adosándose a las paredes del ábside, descansa sobre las fosas de cimentación. La U.E. 30, o primer suelo prerrománico aparecía cortado por una tumba de fosa simple (U. E. 38) reforzada lateralmente con lajas, cubierta también por lajas dispuestas a doble vertiente y con su esqueleto en posición (U.E. 92). Ubicada junto al paño meridional del ábside, esta sepultura está muy bien acotada cronológicamente por la U.E. 30, a la que corta, y la U.E. 3, que la cubre. En otras palabras, entre los años a.q. IJ Sabemos por los Libros de Fábrica que durante los siglos xv11 y XVIII el ábside tuvo, al menos, dos entarimados más. En relación con ellos hay que situar una grada constituida por seis bloques regulares de caliza (U. E. 14) que, ubicados sobre el paquete de enterramientos (U.E. 20, 28)., servfan de acceso al presbiterio hasta la última reforma (U.E. 1 ). -Diagrama simplificado de la excavación. El primer suelo prerrománico cubría, a su vez, varias U.E. de interés: una placa cóncava de arcilla, de gran dureza (U.E. 37), que coincide en su emplazamiento en el mismo eje axial que veíamos para la base de poste descrita en la nave (U.E. 61-62). Tanto uno como otro debieron servir, quizá, de pie para el andamiaje utilizado en la construcción de la primera iglesia prerrománica. Apoya U.E. 37 en dos nuevos contextos (U.E. 34 y 36) que, por su contenido abundante en restos de mortero, cal y arena, deben responder al momento de obra de la primera iglesia prerrománica. Cubiertos también por el primer suelo prerrománico (U.E. 30) podían identificarse tanto la fosa de fundación de la iglesia que construyera A vito (U.E. 31) como los depósitos que la rellenaban (U.E. 35). Ambas unidades cortaban clarísimamente un contexto de especial relevancia (U.E. 25) tanto por su significado como por su contenido arqueológico. Se trata de un paquete grisáceo de ca. 20 cm de espesor, constituido por ceniza y restos de escombros, que responde a la explanación efectuada en el momento previo al inicio de las obras de construcción de la primera iglesia prerrománica de San Román. Esta U.E. cubría una estructura circular excavada en la roca y que ocupaba la zona central del ábside (U.E. 93). Aunque desconocemos su funcionalidad, los restos cerámicos recogidos en s u relleno (U.E. 94) le conceden una cronología romana. h) Datos más relevantes La zona absidial ofrece, tal y como acabamos de ver, la secuencia cronológica más completa del lugar de San Román de Tobillas: 1°. una estructura de período romano: 2°, un nivel de explanación de comienzos del siglo tx cortado por las fosas de fundación del ábside; 3°, suelo de la primera iglesia prerrománica, adosado a los paños absidiales y cortado también por una sepultura: 4°. enlosado de la segunda iglesia prerrománica que perdurará hasta época moderna; so, enlosado del siglo XIX. Fijémonos ahora en algunos de los elementos que merecen ser destacados por su especial relevancia. Descripción: corte practicado en la roca arenosa, de estructura casi circular. El repertorio cerámico que aportó esta unidad se compone de 17 fragmentos, entre los que pueden distinguirse las siguientes producciones: 1 ) 5 fragmentos pertenecientes a otros tantos vasos de TSH y entre los que únicamente es posible reconocer un borde almendrado perteneciente, con toda seguridad, a una forma D.37. 2) 5 fragmentos de TSHT, entre los que destaca la presencia de un fondo, posiblemente de una forma 37, y de otro fragmento que conserva algún trazo de su decoración. 3) Fragmento único de cerámica engobada asimilable a las características producciones altoimperiales del Valle del Ebro. 4) 6 fragmentos de cerámica común, cinco de los cuales pertenecen a servicios de mesa y uno a una pieza de cocina identificable con un plato de borde engrosado. Dadas las reducidas dimensiones de los fragmentos y su cronología diferenciada, el pequeño conjunto de materiales procedentes de esta U.E. permite constatar únicamente la existencia, en este lugar, de un asentamiento romano que se prolon• gó en el tiempq desde, al menos, el siglo 1 de nuestra Era hasta fihes del Imperio. Sus estructuras y niveles estratigráficos fueron profundamente alterados con las construcciones de comienzos del Alto Medievo. Este nivel, interpretado como el resultado de una limpieza y explanación de lugar realizada por el abad A vito antes de proceder a la construcción del atrio en honor de Sanctorum Romani et Sanctio Aciscli. J. del, 1950: 1-3). ofreció un total de 18 fragmentos cerámicos que pueden ser agrupados. técnica y formalmen te, en cinco categorías. 1) Único borde provisto de labio moldurado de TSHT. 2) 12 fragmentos, 1 1 de ellos pertenecientes a un mismo vaso. Se trata de una orza globular de pequeño tamaño y fondo plano, realizado a torneta y cocida en atmófera reductora. lo que le proporciona un tono gris muy homogéneo tanto en la superfiecie como en la sección del vaso. El desgrasante utilizado es de granulometría y naturaleza variable, predominando las cargas de tipo calizo y cuarcítico. Además de los desgrasantes, la pasta contenía desde el momento de su modelado -quizá de forma intencional-cierta cantidad de material orgánico que ha producido la presencia de abundan1es vacuolas. La superficie externa de estos vasos se decoró mediante bandas peinadas horizontales no muy profundas que. en el caso del recipiente comentado, se han completado con pequeños segmentos peinados verticales, componiendo una decoración del tipo habitualmente denominado de <<retícula incisa». 3) 8 fragmentos, cinco de ellos pertenecientes a dos vasos diferentes. aunque muy similares en su ejecución. Son vasos de superficies muy irregulares, elaborados a tometa utilizando pasta bien decantada en la que se observa la presencia de una ligera carga de desgrasantes calizos muy finos. En todos los casos pueden apreciarse las huellas de un doble proceso de cocción: uno inicial de tipo reductor y una postcocción oxidante, cuya intensidad varia sustancialmente en los dos vasos, y que ha proporcionado superficies externas de aspecto rojizo. Se trataba, sin duda, de piezas de buen tamaño y cuerpo globular, pero resulta imposible determinar su tipo exacto dado el reducido tamaño de los fragmentos recuperados. La superficie externa de estos vasos recibió una decoración pintada, a base de óxido de hierro, formando motivos complejos en los que se pueden reconocer ondas y haces de trazos irregulares dispuestos de forma radial. 4) Otro fragmento puede identificarse con una pequeña jarrita carenada provi sta de un asa de cinta decorada con profundas incisiones ovales. Presenta una arcilla depurada, modelada seguramente a tor-.. \ -1 1... ----" -n~ta. qu~• rcc rbrú una co~:cu1n reductora y una rntcn -~a po ~t cocc rón oxrdn ntc. Exccpcrón hecha del borde de TS HT. el conjunto cerámico tiLle proporcionó esta U.E. ofrece un panorama muy coherente en c• l que se encuentran rcpreserll. en el yuc incluíanw~ las orzas globulares con decuracrún de «retícula inc isa)) a peine, se trata de un tipo distribuido pnr urr ampl ío territorio del norte peninsular que abarca ('antabria. Valladolid y. so ore todo. León, donde su preem inenc: ia ame otros grupos cerümicos ha llc\'ado a considerarla como un tipo genuino de aquella región (Gutrérrez. Dentro de nuestro entorno más cercano, por el contrario, no resulta tan frecuent e. En la Comunidad Autónoma Vasca, en efecto, sólo se documentan hasta el momento do piezas ••: la primera de ellas en la,\ \/J.-\R \11 (, \1~ \1 -01 Al \. -----de htcn•o hay que l>l.'t' ialar que. ptlr el llH>tnl! nlO. ¡wrccl! muy poco frec ue nte en el Paí:; Vasco. dontk únicamente está prese nt e en el yaci mknto vi¿caíno de Rancs (García Cami no. 1.. 19~9: 59). siendo muy abundante. en cambio. en e l rcsw de lo!) terri torio:-. del norte pcn in:;ular. Arm iñón o Santa l:.ufcmia de Macstu. donde vienen stcnJ o li.!chados e n siglos mús tardíos (1/uc/em, 63). No falla n, no obstante, ejem plos rclt.~tiva mcntc cacan os como el de l burgalés cas till o de Cam argo e n el que las datacioncs rad iocarbúni cas rcalitadas permite n ~.!leva r la fecha de este tipo de dccoracion~:s hasta períodos más coherentes con las fechas que nosotros proponemos. LA FÁBRICA DE SAN ROMÁN A) Fases prerromúnic: as (/igs. n''.J-10) a) Prerrománi co 1 (a.q. año 822) De la primitiva construcción levantada por el abad A vito quedan todav íti en San Román importantes testimonios que han pasado desapercibidos hasta el presente. Abside primitivo de testero recto: La.fosa de ctmenttwiún ahtata para la construcción del áh~t tk corta los ni ve les antrópicos que existían en d lu gar. La cimentación c~t á construida a hase de grandes b loques. mampuesto:. de tam~iio diverso y lajas. todo ello apenas ~in trabaja r o ligeramente desbastado (.1.::. Un icumcmc en la c:-.q ui na sudorienta! se conscrvu un sill ar careado con talla a aLuela cara cterí sti ca de es te p rimer período prcrrom<í ni l:o. Las lajas se utili i'aron para regularitar la linea de astcn to de la primera hilada en al.t: ado. U na veL construida la cimcntactón en la zanJa. at¡udl a se ca lt ó con mampuc •to y ripio. Los grande:-. bloques a los que nos referíamos se aprecian, f'u nd a m c ntalm ~: nt c, en los lados N y S del úbs ide, po r s u int eri or. El alzado conserva dos tipos de aparejo. El primero. ocupando aprox imadamente su mitad inferior, consta de si ll ería desigua l de arenisca con intrusiones esporádicas de s illares de toba. El material de are ni sea es evidentemente reut i! izado, reut i-liLadón denunciada por la alternancia no regular de c lcmemos a soga y tizón. sill ares de modulación vertical y hor i.r.ontal. presencia de engati llados, cte. Los si ll ares fut! ron retalladas a a: uda. tal y como se aprecia con claridad en las caras que miran al interior del ábside (figs. n" 11 a-12a). El segundo tipo de aparejo csti1 cons truido a base de sillares de loba más peq ueíios y regulares que los de arenisca (aunque su módulo s iga siendo irregular) y fue ron tallados para la const rucción del pri- -Diagrama de los paños interiores (S./E.fN.). Descansando sobre las hiladas inferiores de arenisca, el aparejo de toba acogía la estructura abovedada sobre pechinas del espacio absidial. Los paños interiores tuvieron varios re\•estimien- tos que fueron picados al inicio de las obras, antes de nuestra intervención y, por lo tanto, de la documentación de la iglesia. Conserva el ábside un vano original en su lado Este, a modo de tronera o saetera de remate curvo y marcado derrame hacia el interior (U.E. 1198). El elemento más extraordinario del ábside desde el punto de vista tipológico fue, no obstante, la bóveda sobre pechinas que lo cubría. Desapareció probablemente en las reformas llevadas a cabo a finales del siglo XIII o comienzos del x1v, aunque conservamos restos de su existencia en el tímpano y hueco para dos pechinas del paño oriental. La cubrición del espacio absidial con bóvedas de este tipo constituye una peculiaridad de un grupo de iglesias de gran homogeneidad geográfica ( Burgos, La Rioja, Palencia y, ahora, Álava) que plantean, sin embargo, graves problemas de adscripción cronológica y posturas enconadas entre los estudiosos de la historia de la arquitectura religiosa. San Román de Tobillas, en este sentido, constituye un jalón de extrema importancia por reflejar en su fábrica diversas fases y soluciones arquitectónicas susceptibles de recibir una cronología absoluta, convirtiéndose de esta manera en un referente obligado para investigaciones futuras. Planta primitiva: En planta, esta primera iglesia de San Román de Tobillas conserva únicamente el ábside casi en su integridad, aunque pueden seguirse también algunos tramos de la cimentación primitiva de la nave (U.E. 1027, 1395), desaparecida casi en su totalidad en lo que a su alzado se refiere, con la excepción del arranque sudorienta] del aula (U.E. 1226, 1228). Tampoco se han conservado vestigios en su interior por lo que poco puede deducirse de su tipología, salvo que pudo tratarse de un aula rectangular, de dimensiones similares a la actual, de espacio único y -casi con seguridad-de carácter semirrupestre en su esquinal noroccidental, a los pies de la nave. El aula poseyó dos vanos de acceso en su lado meridional, uno de ellas centrada respecto al paño -ocupando el espacio de la puerta actualy el otro próximo al esquinal sudorienta! -aproximadamente en el lugar que ocupa la puerta actual de acceso a la sacristía-. Su existencia queda corroborada por la interrupción de las cimentaciones en los dos lugares mencionados. Probable-mente existió también una tercera puerta en el paño septentrional que sirviera de ingreso a Jos monjes desde los recintos anexos a la iglesia en sus lados N y NW, en los que numerosos mechinales existentes en un roquedo muy próximo denuncian la presencia de construcciones cenobíticas contiguas al templo. El hecho de que, como luego veremos, existiera una puerta septentrional en el monasterio románico alimenta la sospecha de que este acceso del siglo XII no hiciera sino perpetuar la presencia de un ingreso anterior. b) Prerrománico 11 (año 939) l. Iglesia de Vigila: La obra de Vigila mantuvo el ábside, pero levantó una nueva nave siguiendo la misma orientación de la anterior -con la excepc ión del paño suroccidental (U.E. 1002, 1 028)-. El que no se haya conservado nada del aula primitiva -salvo su cimentación en los paños meridional y occidentaly el hecho de que no se conserven materiales reutilizados del primer período -caracterizados por su talla de huella cóncava realizada a azuela-re fl eja la precariedad de los materiales con los que se debió de levantar la nave del año 822, ejecutada probablemente con mampostería y abundante material lígneo. A diferencia del aparejo del primer prerrománico -que reutiliza si llares de época anterior, retallándolos a azuela-este aparejo de la segunda iglesia prerrománica fue realizado ex novo para la ocasión, recibiendo un tratamiento final a cincel que ha dejado huellas de distintas in~ tensidades y direcciones (figs. n° llb-12b). Las dimensiones tanto de las hiladas como de los sillares permiten interesantes deducciones de carácter metrológico que no tienen cabida en este artículo, pero que serán tratados próximamente. Hay que hacer notar, finalmente, que algunos de los sillares adquieren forma trapezoidal en sus lados menores, quedando perfectamente escuadrados con los sillares que los enmarcan a izquierda y derecha. Puertas y ventanas: El aula mantuvo los tres vanos de acceso descritos en la fase anterior. Tuvo, además, al menos dos ventanas, conservadas todavía en su lado meridional. Una de ellas (U.E. 122 1 ), con su arco de medio punto exterior tallado en dos sillares no dovelados, tiene notorios paralelos en el pórtico asturiano de Valdediós y en las iglesias bur- -----------------.!!'!:}:,!r!':' 4. Plan/a: Llamn la atención el que. al igual que ocurría para e l primer prcrrománico. tampoco quede ningún tcl\tunonio de esta segunda fa:.c en el lado septent rional de la iglesia. ni en alatdu nr encimentaciún. ('uando en el siglo:-.11 se proceda a la importante reforma de San Romún \eremos cómo se cierra esta 7ona siguiendo una orientación distinta al eje axial de las dos primeras aulas prcrronu\n rcas. Esta distinta oricnlaciún del lado Norte no fue un capricho de los constructores romanicos sino una imposición marcada por la gran altura que el roquedo cont iguo u la iglesia alcanza en esta zona. obligándoles a evi tarlo trat.nndo el nuevo paño con una orientación distinta que condujo a la creación tic una planta trapet: oidal anómala. Esta fue. a la postre, la cau:;a de la temprana ruina que suf'riú la reforma del.;iglo ""• La uuscnt'ta de te!-tinHmioll con:.tructi\'OS del pn-nH:r >:.cgundo prerromúnico en d M~ctor o; eptentrionall del aula, la afloracu)n de la roca natural en este sector y la nueva orientación que se 'icron f' or-7ados a adoptar los constructores de la refonna de época románica. in\'ita a suponer que. duranh: l'l período prcrromúnico. c:-.ta t.ona debió poseer un aspcew totalmente distinto al actual. ll ay que imaginarlo con un carácter ¡,emirrupc~tre y con cunlltrucciones nwn:\st icas anexas a las que se nccctlerin desde el interior del propro templo. B) Fttses ¡msleriore.\ a) Romúnu•o (siglo m): 1:1 año 1 O 11 el mon<llltcrio de San Román de Tobillas se incorpora al de San S a 1 vador de Oiia. nueva fundación real izada por el conde Sancho y su mujer Urraca. San Román constituyo «una de las rentas más pingiics de la abadía oi\cnse». Esta incorporación, impuesta por el conde Sancho, será corroborada siendo abad f anío en el año 1082. La anexión, no obstante. no parece que l: n fechas no muy kjanas, dcmro d..:! siglo:\11. tkbió acometerse la importante reforma que modilkó sustanciamenlc la segunda iglesia prcrromúnica reedificada por Vigila dos siglos atrás. Se manlendrá el ábside del siglo IX (a.t¡. año R22) con su bóveda sobre pechmas y se conscrvarim los paños mcridional y occidental del siglo' (año 939). Todo el lado septentrional del aula. ~in embargo. serú leva ntado de nuevo. El que las transformaciones se efectúen en esta t.ona responde. probab lemente, a la desaparición de las estancias monásticas anejas a la tglesia y s u tra s l ~tdo a zonas más bajas de las prOXImidades (actual huerto a pie del templo) en las que la tradición oral ubica el an tiguo monasterio y donde se pueden observar todavía in silu restos bajomedievales. Aparejo y tulla (/igs. 11" JI c:-/lc): El aparejo de periodo romnnlw es cspléntlid\l, con:-illarcs pcrli.!ctamc: ntc cscuadrudos. llil>puestos cnsi a hueso y organit.adnl> a Miga en hi ladas de gran rc.:gularidad. S u talla st: ejecutó a pwttc: ro. rdkjando en sus caras \'ISlas lino~ lra/tl:. en diagonal ( U.l.:. Princi¡m/¡•s reformas: La obra rom<í ni ca debi ó de constitu ir una rcslauruc ión de gran nivel que modificó notablcrncnlc el aspcclo del conjunto momistico de periodo prcrrománico. sobre todo en su lado septentrional. en la puerta princtpal de entrada y en la zona superior de sus aiLados. Así lo demucslran la calidad del aparejo y los numerosos restos decorativos que conservamos (laqueados e impostns. molduras y cornisas, gran variedad de canecillos. cte.). Esta iglesia románica, sin embargo. debió de sufrir al poco de su construcciÓn un gran ruina que. posiblemente. motivó el abandono del monasterio en el último cuarto del siglo x111. Paradójicamente, y a pesar de que la iglesia haya sido catalogada repetidas veces como románica, no conservamos casi nada de este périodo que se en-DEI3ATt SOBRE ARQUITECTURA PRERROMÁNICA: S. ROMÁN DE TOBILLAS AEJpA. 68,1995 cuentre in si tu (salvo parte de los paños del muro N y dos contrafuertes exteriores en el mismo sector). La portada debió de verse gravemente afectada, pues se remontó toscamente de nuevo al poco de su construcción. Los numerosos canecillos y taqueados que lució en su com isa sufrieron también diversa suerte. Algunos de ellos (de gran calidad) se han localizado empotrados en la fábrica del pórtico y de la sacristía cuando ambas estancias fueron desmontadas al iniciarse la restauración. Otros se pueden observar todavía, burdamente recolocados cuando se construyó la actual bóveda el año 1846. Con cierta ironla. puede afirmarse, por tanto, que aquellos elementos constructivos que permitieron calificar la iglesia de San Román como románica, constituyen un románico... ¡del siglo XIX!. b) Finales del siglo xm-siglo xw: La planta trapezoidal nacida de la forzada orientación del paño septentrional, incapaz de soportar los empujes del nuevo abovedamiento, fue probablemente la causa de la ruina del San Román románico. El año 1283, el abad de Oña arrienda a un particular las sernas que el monasterio poseía en Tabillas, noticia documental de la que se ha deducido el abandono del lugar como centro monástico para esas fechas (Ruiz de Loizaga, S., 1982, 1 07). La documentación escrita y el análisis constructivo parece. en este caso, coincidentes. Resulta razonable imaginar en ambos datos (ruina-abandono) una relación causa-efecto. Lo cierto es que la dejación de las funciones de San Román de Tabillas como cenobio, a finales del siglo XIII, y su conversión en iglesia parroquial fue el origen de las más importantes transformaciones morfológicas que sufrió este templo. Las nuevas necesidades litúrgicas así lo requerían. El ábside cambió de morfología por primera vez desde su construcción por A vito en el ya lejano año de 822. Se cerró la puerta septentrional de acceso desde las estancias monásticas con un forro exterior (U.E. 1299). transformándose el espacio resultante en un pequeño baptisterio. En todas estas modificaciones se usó el material proveniente de las fases anteriores. Nuevos materiales: Únicamente se recurrirá a material nuevo, a modo de grandes sillares acabados con gradina (fig. n° 12), en la construcción de dos capillas laterales que flanquean la embocadura del ábside. El ligero apuntamiento de los arcos y las pinturas murales conservadas acónsejan ubicar esta obra en el siglo x1v. El aspecto resultante de estas importantes transformaciones se mantendrá, en el interior del templo. hasta mediados del siglo XIX, como veremos. e) Siglos xv1-xv11: La intervención de estos dos siglos en la fábrica de San Román se limitó a la apertura, en el paño meridional del ábside, de una ventana que sirviera de iluminación al altar (U.E.l120) y que fue cegada dos siglos más tarde (U. E. 1 183, 1 12 1 ); a la construcción de un coro ya desaparecido pero que dejó numerosos mechina les (U. E. 1331, 1332, 1404, 1063, 1127, 1337, 1291, 1296, 1295); al levantamiento de la torre-campanario. para cuya construcción se atacó la fábrica del segundo pre-rrománico (U.E. 1018, 1031,1034, 1035, 1397); y, finalmente. a alguna reparación de carácter menor (U. E. 13 16 ). d) Finales del siglo xv11-siglo xvm: Durante este período se acometerán importantes obras que conocemos con precisión gracias a la información procedente de los Libros de Fábrica consultados. Se rasga completamente la embocadura del ábside haciedo desaparecer el arco triunfal del siglo XIV. Se construyen unas gradas de acceso al presbiterio que se eleva notablemente respecto al suelo original prerrománico. La iglesia de San Román alcanza así la configuración que conocieron los arquitectos restauradores antes de iniciar su intervención. SAN ROMÁN DE TOBILLAS EN EL CONTEXTO DE LA ARQUITECTURA PRERROMÁNICA PENINSULAR. De haber tenido que analizar la iglesia de San Román de Tabillas hace unos años -muy pocos todavía-la hubiéramos catalogado, muy probablemente, en época visigoda para su primera fase. El aparejo del ábside y los restos de su bóveda sobre pechinas nos hubiera empujado a cotejarla con Quintanilla de las Viñas y Ventas Blancas, por ejemplo, ambas adscritas por el status quo historiográfico a aquel período.. El panorama en la actualidad parece, sin embargo, bastante más complejo. Las recientes propuestas de Caballero (cfr. sobre todo: 1993bCaballero (cfr. sobre todo:, 1994/95) /95) han revitalizado una corriente historiográfica 18 oscurecida, quizá, por el mayor peso de otro punto de vista casi unánimemente consensuado 19 y que, aún a riesgo de caer en clichés injustos, podriamos definir como «más ortodoxo». 19 Gómez Moreno, M. ( 1906), Camps Cazarla, E. ( 1940), Schlunk, H. (1947), Fontaine, J. (1973Fontaine, J. (, 1974)), Schlunk, H. y Hauschild, Th. ( 1978), Kíngslcy, K. ( 1 980), Noak, S. ( 1987), Arbciter, A. ( 1990), Arias, L. ( 1993), etc. Cfr. un rápido resumen del punto de vista <<visigotista» en Caballero, L. 1994/95, 1, 322-328. prerrománica pen insular, pasa por aceptar y defender un modelo interpretativo que, estructurado en tomo a conceptos muy precisos sobre la articulación del espacio arquitectónico y sobre determinados rasgos de carácter estereométrico (sillería), proporcional (arco de herradura) e, incluso, decorativo (Schlunk), permite cal ificar con relativa comodidad de «visigodos» (= de «epoca visigoda»), «asturianos» o «mozárabes» tanto los testimonios ya clásicos de nuestro patrimonio como los recientemente descubiertos o los que queden todavía por descubrir. Frente a este modelo «univoco y cerrado» que articula la arquitectura y escultura peninsular en grupos muy bien acotados, Caballero ha venido llamando la atención sobre «las contradicciones que los nuevos elementos aportados por el paso del tiempo y el lógico avance de la investigación han provocado en el esquema clásico» ( 1992, 140) resaltando, en particular, tanto las acusadas diferencias entre testimonios que pertenecen al mismo grupo como las acu~ sadas semejanzas entre aquellos otros que debían pertenecer teóricamente a grupos distintos ( 1993b ). Las reflexiones que hagamos sobre los resultados obtenidos en Tobillas han de ubicarse en el debate historiográfico fugazmente descrito. Creemos que la iglesia •de San Román ofrece datos del máximo interés porque, como indicábamos al comienzo de este trabajo, refleja la existencia no sólo de dos fases constructivas adscribibles a período prerrománico, sino la posibilidad de acotarlas cronológicamente con relativa precisión gracias a dos testimonios que la fortuna ha permitido conservar. De ahí su impor~ tancia en un debate cuyo nudo gordiano está constituido, precisamente, por los desacuerdos cronológicos. Hemos distinguido, en efecto, dos iglesias prerrománicas, adjudicando a cada una de ellas una fecha inusualmente específica: a.q 822 para la primera y 939 para la segunda. Quisiéramos explicar ahora las razones de tal diferenciación constructiva y de las adscripciones temporales efectuadas. Desconocemos, en efecto -por estar la zona de contacto cubierta o profundamente alterada por refacciones posterioressi la fábrica del ábside enjarjaba o no con la fase también prerrománica del aula, así como sus relaciones estratigráficas de antera-posterioridad o de coetaneidad. Podría reprochársenos, pues, cierta actitud apriorfstica, si no fuéramos capaces de argumentar -al menos razonablemente-las adscripciones tipológicas y temporales que ya hemos expuesto al resumir la secuencia general del edificio. Los principales argumentos que utilizaremos en este intento serán los siguientes: A) Las fases I y 11 son constructivamente diferentes y pertenecen, por tanto, a períodos distintos. B) Ambas fases son ante- Explicitados los principales argumentos, tratemos de desarrollarlos, siquiera someramente, en las lineas que siguen: a) ResuJta dificil poner en duda que las fases que hemos definido como «prerrománico 1» y «prerrománico fl» constituyan construcciones técnicamente muy distintas y pertenecientes a dos momentos también diferentes. La primera de ellas (ábside y cimentaciones de los lados S y W del aula) se caracteriza -sobre todo en la cabecera-por la presencia de si llería con evidentes muestras de haber sido empleada ya anteriormente. posiblemente en el yacimiento de época romana que existió en el lugar de Tohillas. Esta reutilización queda evidenciada por la alternancia no regular de elementos a soga y tizón, sillares de modulación vertical y horizontal, codos no constructivos, juntas verticales, gafas. etc. Todo ello retallado a azuela. La técnica de reutilizar sillería es muy frecuente en período altomedieval y son numerosos los paralelos que pueden traerse a colación. tanto en edificios que muestran aparejo isódomo (San Pedro el Viejo de Arlanza, Quintanilla de las Viñas, San Vicente del Valle, etc. Cfr. otros paralelos en la obra citada) como en aquellos otros que evidencian una sillería irregular (El Trampal, Sta. Cecilia de Barriosuso, San Felices de Oca, etc.). La primera fase de Tobillas responderla a este segundo tipo, aunque es obligado señalar que -en su irregularidad-está constituida por sillares perfectamente asentados. De ser correcta, como creemos, la reducción de esta fase a la obra ejecutada por el abad A vito a comienzos del siglo IX, constituiría un precedente respecto a soluciones similares, como las que muestran las fachadas oriental y oc: cidental de San Salvador de Valdediós (893), demostrando la utilización y retallado de sillares en momentos en los que la arquitectura asturiana hace uso generalizado' de la mampostería. Y de ser as{, -admitiendo que esta fase de San Román no es visigoda (pronto volveremos sobre ello)--estaríamos obligados' a revisar también la op111ión general izada de que el uso de la sillería es propio del siglo vu, de que esta técnica caería en desuso tras la invasión del 7 11 y que habrá que esperar al 893 para volver a construir con sillares reutilizados en Valdediós y al ca. 91 O para extraerlos de cantera con destino el pórtico de la misma iglesia asturiana 211 • La segunda de las fases presenta, en cambio, un aparejo totalmente distinto. Construido con sillares dispuestos a hueso, organizados a soga y, eventualmente, a tizón, sus hiladas reducen su módulo al ir ganando altura. A diferencia del primer aparejo, éste ofrece hiladas de gran regularización, un tratamiento tinal a cincel, en general, una calidad verdaderamente sorprendente. b) Ambas fases son anteriores al románico. Tampoco caben dudas al respecto si se tienen en cuenta criterios tanto estereométricos como estratigráficos. El aparejo románico es perfectamente identificable por una talla a puntero que deja finos trazos ejecutados en diagonal y que hacen acto de presencia tanto en elementos de escultura decorativa (canecillos, impostas ajedrezadas) como en un aparejo de sillares espléndidos de módulo mayor que los del prerrománico 11, organizados a soga en hiladas de gran regularidad. Este aparejo apoya sobre el prerrománico l. e) La planta primitiva de la primera iglesia prerrománica sólo se conserva casi en su integridad en el ábside, si bien puede seguirse también en los lados meridional y occidental del aula. La refacción de Vigila del año 939 levantó, desde su base, una nueva nave utilizando las cimentaciones de la anterior, aunque adoptando una orientación algo distinta. En la planimetría obtenida por fotogrametría puede observarse, en efecto, cómo la cimentación de comienzos del siglo IX queda perfectamente orientada con el eje axial del ábside primitivo, mientras que los alzados de la centuria siguiente se desvían respecto del trazado más antiguo. Esta adecuación del ábside con la planta de la fase 1, la posición estratigráfica de la fase 11 sobre la cimentación primitiva y la propia técnica constructiva utilizada en ambas, mucho más avanzada en la fase JI que en la 1, no deja lugar a dudas sobre las de antero-posterioridad entre ambas estructuras. d) La fase 1 se levantó sobre un asentamiento de DEBATE SOBRl: ARQUITECTURA PR ERROMÁNICA: S. ROMÁN DE TOBILLAS AEspA. 1995 e) Conservamos un epígrafe de gran importancia que nos ofrece una preciosa información sobre la renovación del templo de San Román por parte del presbítero Vigila en la era 977 (A.D. 939). Este presbítero había profesado como monje en el monasterio de San Pedro y San Pablo de Tejada (valle de Valdivielso) haciendo donación de San Román al cenobio que lo acogía. Por la solemnidad del acto, en el que figuran como testigos el rey Ramiro, los condes Gonzalo y Fernán González, siete obispos, nueve abades y un gran número de presbíteros, monjes y caballeros, se ha supuesto que el tal Vigila debía de pertenecer a la familia condal de los Vela, y que fuera hijo probablemente de Munio Vigilani, conde de Á lava diez años atrás (Pérez de Urbe!, J., 1970, 11: 87-88). Es probable que así fuera, a juzgar por la importante reforma que fue capai de acometer en San Román y de la que conservamos restos muy significativos y de la máxima importancia (fase prerrománico 11). El epígrafe 22, descubierto en el trascurso de unas reformas menores llevadas a cabo en el pórtico de la iglesia, fue entregado al Museo de Arqueología de Á lava en diciembre de 1980 (fig. 13 ). El campo epigráfico ocupa casi la totalidad del espacio, con excepción de dos franjas laterales de 3,5 cm de anchura, definidas por una gruesa incisión vertical que recorre el contomo a modo de orla perirnetral. La de la izquierda posee en su mitad inferior un sogueado como único elemento decorativo. La inscripción se distribuye en seis líneas, de las que las cuatro primeras -- Cupando el ancho de la pieza-tienen una longitud similar (ca. 50 cm), y las dos últimas -desplazadas hacia la derecha-alcanzan únicamente los 40 cm. Todas ellas, a excepción de la última, poseen líneas guia previamente ejecutadas por lo que el texto adquiere una regularidad y calidad notables. La altura de las grafías es bastante homogénea, oscilando entre los 3 cm de la O de la primera línea y los 5-6 cm de la mayoría de ellas. El texto no ofrece demasiados problemas de lectura, salvo en su primera línea, notablemente deteriorada. El arranque es claro (ren Aunque conocido ya por varias referencias bibliog. ráficas, con fotografia y transcripción incluidas (Femández Palomares, V., Tovillas hace más de mil ai\os. 13; Ruiz de Loizaga, S., Rep oblación y religiosidad popular en el occidif! le de Á/ova (siglos JX•XII), Vitoria, 1989. pp. 2S-26), su análiaia pormenizado estaba todavia por hacer. Recientemente, ha sido incluido en Azkarate, A., Garcla Camino, 1., Este/tU e inscripciones medlevale1 del Pa/s Y asco (siglos VJ-Xt), l. Pals Vasco occidental, Bilbao (en prenaa). nova). Poco después, si n embargo, se pierden las grafías. recuperádose parcialmente en la mitad derecha con algunas letras (s, o, e, e, m) conservadas únicamente en sus terminaciones inferiores. La transcripción que proponemos es la siguiente: Renova[tum esl} hoc templum 1 a(b) Vigilani presviteri in 1 lwnore S(an)c(t)i Romani et S(anc)c(t)i Cipriani pro re 1 medio anime sue 1 era DCCCCLXXVII A. Por la tipología de las fases prerrománicas descritas, la iglesia de San Román debe ser incluida en el «grupo riojano y castellano» definido por L. Caballero Zoreda ( 1994/95;L. Caballero et a/ii: 1994 ). Recordemos, siguiendo a este autor, sus características fundamentales: se trata de iglesias que reutil izan sillería romana, de carácter isódomo o de disposición irregular, y en las que son frecuentes tanto los mechinales como los recubrimientos a base de estuco o enfoscados diversos. Muchas de ellas realzan sus ábsides con bóvedas de toba vaídas o sobre pechinas, bien clásicas bien arrancando con aristas, siendo éste probablemente su rasgo más peculiar y definitorio. Es frecuente también la falta de• enjarjes entre ábside y aula, las plantas sencillas de una o tres naves, la embocadura «cerrada» del ábside, la apertura de dos puertas en su lado meridional, el uso de ventanas asaetadas y rectangulares con remate en arco tallado sobre dos sillares no dovelados y, finalmente, la ausencia en bastantes casos de escultura decorativa. Su cronología constituye uno de los problemas más acuciantes de la arquitectura prerrománica peninsular, habida cuenta que algunas de las iglesias que comparten las características descritas han sido consideradas de época visigoda -Quintanilla de las Viñas o Ventas Blancas, por ejemplo-, en tanto que otras se adscriben a periodos posteriores. Es probable que, eo la base de este desacuerdo, subyazcan apriorismos inconscientes que siguen reforzando el peso de determinadas corrientes historiográficas. Hay que agradecer, en este sentido, el planteamiento de nuevas hipótesis de trabajo que obliguen a revisar aJgunos «estados de la cuestión>> inamovibles desde hace decenios, máxime cuando parecen estar asentados sobre criterios, en algún caso al menos, contradictorios. La renovación constante del utillaje hermeneútico puede coadyuvar, además, al avance de nuestro conocimiento en el campo de la arquitectura prerrománica. Instrumentos para la documentación como la fotogrametría analítica informatizada o sistemas de análisis estratigráficos como el expuesto en este trabajo, pueden ofrecer -en un futuro inmediato-rcsuhados que fuercen a replantear presupuestos sólidamente cimentados desde hace años. La excesiva dependencia que ha habido respecto al valor cronológico de los elementos decorativos -sin que neguemos, por ello, su potencial como recurso de pri mer orden-relegando, en cambio, a segundo plano los análisis constructivos, puede ser la razón por la que se hayan calificado como románicas, en su conjunto, diversas fábricas de períodos bastante posteriores o que se ignoren en algunas iglesias fases constructivas que fueron vitales en la historia del edificio (A. Azkarate et alii, 1995 ). Es por ello por lo que sospechamos --creemos que razonablemente-que otro tanto pudiera estar ocurriendo en el importante y complejo campo de la arquitectura prerrománica peninsular. Habrá que potenciar en el futuro, por tanto, estudios monográficos que multipliquen el número de informaciones objetivas para que, suficientemente cotejadas entre sí, permitan articular una secuencia arquitectónica correctamente circunscrita a los parámetros espaciales y cronológicos adecuados. San Román de Tobíllas constituye en este sentido una aportación más entre muchas, con la salvedad, quizá, de contar con cronologías precisas. algo no excesivamente frecuente por desgracia. Aquí reside su espec ial relevancia, según creemos. Estas cronologías permiten fechar con seguridad determinadas características constructivas y establecer, en consecuencia, unos referentes válidos que puedan ayudar a contextual izar temporalmente otros ejemplares con mayores o menores simi litudes formales, sujetos hoy en día a ámbitos culturales contradictorios y dispares.
La reciente aparición de un buen número de proyectos y publicaciones sobre territorios y paisajes antiguos constituye un motivo de reflexión sobre los derroteros que está tomando la construcción de esta línea de investigación. No solamente es urgente evaluar el desarrollo teórico y metodológico y el papel jugado por las técnicas aplicadas, sino también analizar sus conexiones con el tan debatido mundo de la «arqueología de gestión» y con las revisiones del concepto de patrimonio En los últimos años los denominados genéricamente «estudios territoriales» han experimentado un notable auge que se manifiesta en un incremento del número de trabajos y en una mejor calidad de los mismos, pero también ha dado lugar a la adopción de esta etiqueta en una serie de investigaciones que poco tienen en el fondo de novedosas. Sin duda el análisis territorial en el mundo antiguo y la 1 Estas páginas han sido redactadas a partir de dos trabajos anteriores: una intervención en el Congreso Internacional La Península Ibérica en la Antigüedad: la imagen de un territorio (Toledo, mayo de 1993), con el título «Territorio, análisis territorial y arqueologla del paisaje» y la participación en un ciclo de conferencias sobre El paisaje rural en la Antigüedad, organizado por el Depto. de Historia Antigua de la Univesidad de Sevilla en mayo l 99S («Arqueología del paisaje: balances y perspectivas»). Arqueología del paisaje exigen una reflexión conjunta de historiadores y arqueólogos, que nos haga tomar conciencia de los aspectos conflictivos, debilidades, dudas y perspectivas de trabajo, superando falsas oposiciones -conceptuales, metodológicas, etc.-y compartimentaciones cronológicas casi siempre ficticias. El mundo teórico desarrollado en este campo -sobre todo el anglosajón-resulta farragoso, con frecuencia cargado de una retórica que provoca «la huida» (Hemando 1992, 12), sin embargo, no cabe duda de la necesidad de conceptualización. Hay aún otro aspecto que necesariamente tenemos que tener en cuenta: es imprescindible la elaboración de proyectos de investigación coherentes con estas reflexiones, con los planteamientos teóricos y metodológicos y que esta coherencia se extienda al mundo de la gestión y conservación. Los puntos de vista expuestos aquí han nacido de los trabajos llevados a cabo en e l Departamento de Historia Antigua y Arqueología del CSIC en la línea de investigación sobre Estructura social y territorio en la que se inscriben varios proyectos, entre ellos el de la Zona Arqueológica de las Médulas dentro del que ha surgido una re fl exión en estos ámbitos, siempre en la perspectiva del análisis histórico. Dentro de esta necesidad de pensar la Arqueología del paisaje resultaría pretencioso tratar de sistematizar de una forma global el tema ya que las formaciones y trayectorias actuales de los investigadores son muy diversas y el panorama en que nos movemos se resiste a una clasificación simplista, oscilando entre la riqueza de planteamientos y la amenaza de la dispersión absoluta. En primer lugar, y aunque parezca una cuestión obvia, creo que es necesario considerar por qué tos estudios territoriales que conciernen al mundo anti- AEsp.4, 68, 1995 guo atraen cada vez a más investigadores y aglutinan un número creciente de perspectivas. Esto supone pensar en nuestro origen reciente, haciendo referencia a dos aspectos en absoluto disociados. Por una parte a lo que podríamos denominar el contexto científico, es decir la evolución de la Hi storia Antigua y de la Arqueología en los últimos años, desde las aportaciones de la Nueva Arqueología o la ecología histórica a las revisiones radicales más recientes. En el caso concreto de la Arqueología, a lo largo de la década de los ochenta la Arqueología del paisaje ha ido suplantando en nuestros estudios a la Arqueología espacial y agrupando los análisis territoriales sobre el mundo antiguo; este cambio terminológico -pese a que en ocasiones no pase de ser una simple cuestión de estética o moda-responde a una nueva realidad científica y social desde que, en los primeros años de la década pasada, se sentaron las bases de la superación tanto de los enfoques fenomenológicos como de los derivados de la Arqueología procesual. En España durante algunos años la confusión general fue grande ya que, en el marco de una tradición más ligada al regionalismo, irrumpieron simultáneamente las propuestas de la Nueva Arqueología y las críticas que empezaron a dar forma al postprocesualismo, en un ambiente marcado en cualquier caso por las corrientes anglosajonas 2 • Evidentemente nada de esto es ajeno al contexto social. Baste con mencionar un aspecto sobradamente significativo: a lo largo de la segunda mitad del siglo XX asistimos a una reivindicación del espacio y de determinados recursos como bienes escasos y caros. Relacionados con este ambiente se detectan un buen número de movimientos y posturas, y en él reside una buena parte del éxito de las propuestas ecologistas (en sus múltiples vertientes y «calidades»). Del mismo modo podemos reconocer una especie de bucolismo hacia el mundo rural y sus formas de vida y trabajo tradicionales (estrechamente ligado a su extinción), con un fuerte poder de evocación, generando lo que se ha denominado como «eco-antropología». Dentro de este contexto adquiere un papel singular la nueva concepción de patrimonio cultural que rompe con la tradicional idea de «lo antigum> ligado a «lo monumental» y adquiere progresivamente una significación 2 No hay que insistir en que desligar la Historia Antigua y la Arqueologla del resto del mundo cientlfico es empobrecedor. Baste recordar que • algunas de las tendencias que rápidamente he citado están estrechamente ligadas al auge de la Ecologla o a la evolución de la Geografla y a la irrupción de la planificación del espacio como una neceaidad primaria. más dilatada (Darvill y otros 1993, 563-74 ). incorporando aspectos como la tecnología, la explotación de recursos y los mecanismos puestos en marcha para ello, la simbolización del espacio, etc. Es decir, subrayando en la idea de patrimonio no la yuxtaposición de elementos. sino la articulación que entre ellos existe, como reflejo de la dinámica social que dio lugar a su construcción y uso. El cambio global que ha tenido lugar queda plasmado de una forma significativa en la terminología empleada: del vocablo espacio (marcado por su carácter neutro o concebido como espacio físico marco de la actividad humana) se ha pasado al uso generalizado de los términos paisaje y territorio, el primero de ellos destacando la integración de «lo natural» y «lo cultural» y el segundo con un sentido eminentemente jurídico-político. En ambos casos queda claro que estamos ante categorías culturales. En los ámbitos teórico y metodológico nos enfrentamos a una serie de cuestiones de base, causantes en buena medida de la dispersión a la que nos referíamos al principio y de las desiguales tendencias bajo títulos muy parecidos. Ante todo tenemos que afirmar que no se ha elaborado una teoría propia, ya que hasta hace pocos años no ha existido en este campo una reflexión efectuada por historiadores y arqueólogos. Progresivamente se han ido incorporando con desigual éxito enfoques, teorías, conceptos y métodos de otros ámbitos, en especial de la Geografia3 y de la Antropología, dando más una impresión de acumulación de ideas que de auténtica asimilación. A esto hay que añadir una escasa receptividad por parte de los investigadores dedicados al mundo antiguo. Todo ello genera una falta de definición que ha sido Ja principal causa del carácter restrictivo de una buena parte de los trabajos: la limitación de los estudios a análisis morfológicos descriptivos o a la inclusión de apéndices dedicados a exponer datos medioambientales que poco tienen que ver con el resto de la investigación. Nuestro objeto de estudio puede resultar escurridizo y llevar rápidamente al escepticismo si no empezamos por hacer explícitos algunos puntos de partida a veces no tan evidentes. Si se toma como punto de partida a) que, en sentido estricto, nunca llegaremos a reconstruir el paisaje antiguo, b) que los actualismos nos impiden acceder a las raciona-lidades espaciales del pasado (plasmadas en determinadas decisiones locacionales) y c) que el paisaje se reduce a su superficie visible, entonces el paisaje será un objeto de estudio inasible. Por el contrario, para obtener una auténtica conceptualización del paisaje como objeto histórico, podemos asumir que: El uso del espacio -en sentido amplioestá estrecha y directamente relacionado con s u morfología (afirmación que no implica asumir relaciones automáticas entre formas y funciones ) y esta morfología puede ser estudiada con metodología arqueológica. De aquí podemos pasar a estudiar la sociedad, cómo y por qué actuaron así las comunidades que pensaron, materializaron y usaron ese espacio: su nivel de complejidad, su imbricación en instancias superiores, su grado de autonomía, su comportamiento en diversos ámbitos. Es decir, expresado a la inversa, se trata acceder al análisis de la sociedad a través del conocimiento de sus conductas (racionalidades) espaciales, integradas en una racionalidad (aunque sea una racionalidad limitada) y en unas pautas globales de conducta plasmadas en la morfología de ese espacio. A partir de este momento dejamos de hablar de espacio (como ténnino neutro o como objeto de contemplación), y nos estamos refiriendo ya a paisaje y territorio, de forrna que podemos -y esta es una de nuestras tareas-fijar las bases metodológicas para la investigación: definición de categorías, parámetros, etc. Ese paisaje y ese territorio tienen ante todo un carácter sintético: es el espacio usado, diseñado, pensado, apropiado, sacralizado, abandonado... no es tan sólo un reflejo plano y estático de las comunidades. La sociedad conforma ese espacio generando paisajes pero a su vez el paisaje se convierte en un elemento activo en esa sociedad. Los conceptos y la tenninología empleados en algunos trabajos recientes subrayan esta visión compleja y la necesidad de integración: -El título de un artículo publicado hace unos meses por J. McGlade (McGlade 1995) es «Ecodinámica de los paisajes modificados por el hombre». En estas páginas el autor llega a afirmar que no hay medioambiente, no hay ecosistemas, sólo sistemas socio-naturales. -La definición de categorías que subrayan aspectos perceptivos, simbólicos: es el caso de la categorla «visibilidad» propuesta por F. Criado (Criado 1993). -La idea de «ritmos», causantes de aparentes contradicciones, como alternativa a Jos marcos cronológicos fijos y estandarizados (Orejas 1993 en prensa). La idea de evolución se distancia de las v1s1ones 1 ineales y se plaga de discontinuidades, rupturas, i nes tabi 1 ida des. Para acceder al estudio del paisaje contamos con diversas fuentes y herramientas que en cualquier caso han de considerarse de forma integrada. La metodología ha de garantizar el paso de los datos y documentos (el registro arqueológico, las fuentes) al análisis del paisaje como síntesis social, mediante la definición de categorías y parámetros y de relaciones entre ellos que permitan el análisis morfológico «dirigido». Hay diversos tanteos y algunas largas experiencias: en el análisis de morfología agraria contamos con Ja trayectoria desarrollada en el Centre de Recherches d'Histoire Ancienne de Be-san~on. Otros casos, por citar dos ejemplos de la Prehistoria/ Protohistoria española son la definición de la ya citada categoría «visibilidad» en los trabajos coordinados por Felipe Criado (Criado 1991(Criado y 1993)), o la definición de factores y componentes tomada de la Geografía agraria propuesta por J. Vicent (Vicent 1991, 31-117). En el caso del proyecto Zona Arqueológica de las Médulas hemos optado por la definición de una serie de parámetros (cualitativos y cuantitativos) que combinados nos permiten efectuar un análisis morfológico de detalle de ocupación y explotación del área estudiada (Femández-Posse -Sánchez-Pelencia 1988, 83-228; Orejas 1993 en prensa). El diseño de una metodología específica está ligado a la forma de acercamiento al paisaje. No entraremos ahora en la abundante literatura generada por la teoría del espacio (Bermejo 1992; Sanz 1993 ), tema que desborda con mucho nuestro campo de trabajo, sin embargo puede resultar esclarecedor resumir en cuatro grandes apartados las diversas aproximaciones al terna: a) Las que simplemente consideran el paisaje como algo dado, en cuyo análisis, por lo tanto, no es necesario entrar. La superación de la oposición entre lo natural y lo cultural da al traste con este tipo de visiones. Esta propuesta es la asumida tradicionalmente en los estudios que daban por zanjado el tema con una «introducción geográfica» al estilo regionalista o con un capítulo dedicado al «medio físico». b) Las apoyadas en el funcionalismo y en los enfoques ecológicos, desarrolladas a partir de la de finición de cultura como una «forma de adaptación extrasomática al entorno», de forma que la complejidad social se mide directamente a través del grado de diferenciación funcional en el seno de una comunidad. Aquí encontramos las propuestas surgidas desde la revolución que supuso la Nueva Arqueología. en especial la Arqueología Espacial (apoyada en el análi sis locacional) y el análisis de captación económica. Por encima de las múltiples críticas y revisiones no podemos negar que su herencia es importante, ya que a ellas debemos la aceptación en el análisis histórico de la dimensión espacial y de las relaciones sociedad/ entorno en términos económicos, así como el desarrollo de un importante volumen de herramientas y de técnicas de trabajo (modelos espaciales, técnicas de cuantificación). Pero también estas tendencias dieron forma y difundieron la idea de un «espacio científico y moderno» reductible a modelos. cuantificable, básicamente económico y regido por lazos funcionales 4 • Esta idea ha sido centro de muchas de las críticas realizadas por enfoques posteriores. e) Un acercamiento que parte básicamente de una noción de paisaje como expresión de la nación, muy bien representada desde el siglo pasado en las arqueologías nacionales y en algunos trabajos localistas que pretenden descubrir plasmada en el paisaje una conciencia nacional, racial, étnica. En este enfoque el paisaje está caracterizado por su atemporalidad y la supervaloración de las permanencias que materializan ese espíritu. d) Las posturas más recientes resultan menos fáciles de sistematizar: en general tienen en común la consideración del paisaje como resultado de la actividad humana, subrayando los aspectos relacionales e interpretativos frente a los formaless. A excepción de la primera postura -y en algunas ocasiones la tercera-, en los enfoques citados tenemos que reconocer una intención común: la superación de un descriptivismo complejo apoyado en una yuxtaposición de datos de diverso origen, es decir, la superación de la Arqueología objetual. Uno de los campos que mayor desarrollo ha experimentado en los últimos años es el estudio de la morfología de los paisajes antiguos. Dentro de ella los ámbitos de desarrollo tradicionales son el espacio agrario, que hizo entrar en la historia a comunidades campesinas, a lo no monumental, y las ciuda-' P. J. Watson -S. El método científico en Arqueología, Madrid, 1974, pp. 116-119 y 135-138. s En la investigación espai\ola contamos con una interesante serie de investigaciones: los trabajos ya citados de J.M. Vicent, en especial el publicado en 1991 (paisaje agrario como sintesis de relaciones socjales, analizadas mediante un enfoque arqueogeográfico) y de F. Criado (desde una visión que el autor califica como «culturaliata») o loa de F. Noccte en los que el paisaje se considera como base y efecto de una sociedad, entendiendo que «la territorialidad que adquiere una sociedad no es nunca su reflejo, sino su bate y efecto» (Nocete 1988). des, junto al estudio de la red de comunicaciones. Entre otras cosas, la Arqueología agraria ha tenido que luchar. en los últimos veinticinco años. por soltar un lastre arrastrado desde la década de los treinta: Ja consideración de que el paisaje -entendido como paisaje agrario-era una creación medieval. A su avance han conlribuido tanto los estudios sobre restos de estructuras agrarias fosi lizados o reutilizados como sobre el poblamiento, así como el análisis de potenciales de explotación y captación cuando no es posible detectar formas antiguas. Sólo más recientemente se van incorporando sectores más desatendidos, como es el caso de las explotaciones mineras, el papel de la captación de recursos o la integración de las formas de comercio. Aquí han entrado en juego no sólo las mejoras indudables en las herramientas y metodología de los arqueólogos e historiadores, sino también las aportaciones de los estudios paleoambientales: la paleoecología y la arqueología medioambiental han permitido el acceso a técnicas analíticas -análisis de restos vegetales y animales, paleosuelos, etc.-y a proyectos diacrónicos (Guilaine 1991; Harris -Thomas, 1991; Balaam -Rackham, 1992; Beck -Delort, 1993; Audouze -Fiches 1993 ). Sin embargo, estos avances nos hacen correr el riesgo de entrar en una inflación de documentación, de catálogos e inventarios de unos «objetos» hasta ahora ignorados por la Arqueología y la Historia, pero que, si no se integran en una estrategia global de investigación, no pasarán de ser objetos y sólo habremos conseguido un cambio de escala. El análisis morfológico procede habitualmente por jerarquización de formas: desde M. Bloch el paisaje agrario es estudiado desde su unidad mínima, la parcela. Al margen de pretender considerar el paisaje como unas muñecas rusas en el que cada forma queda incorporada a una forma superior, lo interesante es reconocer que la forma de relacionarse los distintos elementos (sea o no una jerarquía) nos hace entrar de lleno en el estudio de la articulación de diferentes niveles: la organización propia de la comunidad, la aparición de planificaciones, el grado de autonomía... Estas relaciones no pueden abordarse dentro de un análisis lineal, sino reconociendo la existencia de ritmos diversos, eliminando la idea de tiempos y espacios absolutos incapaces de explicar muchas de las contradicciones con las que el historiador y el arqueólogo se encuentran con tanta frecuencia 6 • Del mismo modo el análisis de las formas per se, sin tener en cuenta su génesis, se aleja muy poco de las posturas que consideran el paisaje como algo dado. El paisaje, como ya hemos dicho, no es yuxtaposición, pero tampoco su evolu- ción ha de leerse en términos de superposiciones, sino como dinámica histórica, como síntesis. La incorporación de enfoques sobre la percepción y el comportamiento, enunciados bace más de dos décadas en las ciencias sociales ( conductismo, etc.), han permitido descubrir una nueva perspectiva: el hombre es un ser que actúa con una racionalidad limitada, interferida por procesos cognitivos (que incluyen la percepción), y esta racionalidad es observable mediante su conducta, en el caso que nos ocupa la conducta espacial. Así surge la reivindicación de la imagen (por ejemplo un «mapa mental») como nexo entre lo real y la conducta del individuo o grupo y que a su vez actúa modelando esa realidad y pasa a formar parte de ella, interfiriendo en las planificaciones (Plácido 1993 en prensa)7. En la crítica global aJ funcionalismo, al procesualismo en Arqueología se han incorporado estos conceptos y vías de análisis. A partir de ellos se han planteado algunas cuestiones que no podemos perder de vista, por ejemplo la necesidad de incidir en que los paisajes antiguos son el resultado de racionalidades antiguas y por lo tanto estamos cometiendo un fallo de base si los analizamos desde nuestra racionalidad (de sociedad capitalista, con un concepto de espacio-consumo, de rentabilidad, etc). Lógicamente esto tiene sus implicaciones en el nivel metodológico, a la hora de definir parámetros y categorías, y al adoptar un determinado concepto de espacio. Es en esta línea en la que se plantea la necesidad de recuperar junto a la explicación (que en los sesenta caracterizaba a la Arqueología «realmente científica») la comprensión. La comprensión supone la incorporación del paisaje imaginario, y las relaciones entre el paisaje material y el paisaje mental (lo construido y lo vivido como se ha enunciado en muchas ocasiones): el espacio sólo adquiere sentido cuando va acompañado de una lectura del individuo o de la comunidad, que genera determinados comportamientos, actitudes y formas de percepción, que a su vez influyen en la modelación fís ica del espacío. ¿Qué implicaciones tiene todo esto a la hora de proponer un proyecto de trabajo concreto? Fijar la bisagra que articule las n~tlexiones que aquí hemos propuesto -o muchas otras posibles-con las experiencias reales no es tarea fácil, pero es imprescindible abordarla, es una de las labores urgentes pendientes en la construcción de una teoría y una metodología específicas del paisaje como un auténtico objeto de estudio histórico. Entrar de lleno en los estudios de paisaje y territorio exige tanto superar el análisis de los mapas de puntos (me refiero a la ubicación del hábitat antiguo fundamentalmente) como de sus relaciones planas (limitadas a las vías de comunicación por ejemplo), y hacer entrar en el juego relaciones espaciales tridimensionales y temporales, de forma que no quedemos bloqueados en una visión estática y podamos acceder a las articulaciones de las diversas formas, su origen y evolución. En este sentido hay que entender el interés por el tema de las fron-terasR, o por el estudio de las relaciones centro-periferia que citábamos más arriba. Ya nos hemos referido en otro momento a los análisis morfológicos y precisamente en este campo hay una serie de aspectos a los que hay que prestar atención. Si admitimos -como ya hemos apuntado-que el paisaje no es únicamente su superficie visible sino que es resultado de una racionalidad, a partir de un análisis morfológico del paisaje (realizado con metodología histórica y arqueológica) podemos acceder al estudio de esa racionalidad, de prácticas y relaciones sociales, del comportamiento de las comunidades que estamos estudiando y su percepción de la realidad (incluyendo la forma en que esta percepción actúa sobre lo material). Es decir, detrás de una morfología agraria determinada, correctamente analizada y contextualizada, se pueden leer prácticas agrarias, evolución de fuerzas productivas, grado de desarrollo, formas de tenencia y propiedad. usos del suelo, jerarquización, etc. Indudablemente esto está ligado a la superación de las áreas geográflc11 reducidas como marco único de la investigación. y a la adopción de perspectivas globales. En relación con esto hay que considerar la puesta en entredicho de los niveles micro, semi-micro y macro surgidos de la Arqueología Espacial -acusados de favorecer visiones estáticas por la falta de articulación en1 re ellos-. y de los lím ites y fronteras considerados como datos ex istentes o priori destinados a encuadrar una investigación. y no como una cuestión abierta. En este mismo sentido, ampliar el espacio fí sico del estudio no implica a utomáticamente esta r haciendo estudios te rritoriales ni arqueología del paisaje: si las hipótesis de trabajo y la metodología no han cambiado en absoluto lo único que hemos logrado es un cambio de escala. Un peligro inmediato lo constituyen los automatismos: la relación directa entre formas y funciones que evita abordar un verdadero análisis. Algunos rasgos morfológicos se asocian tradicionalmente a determinadas funciones, como el caso de considerar que la existencia de elementos de delimitación destacados en un asentamiento implica necesariamente un carácter defensivo del mismo, sin tener presente, por ejemplo, la posibilidad de interpretarlos como rasgos externos de la cohesión del grupo. Por otro lado, es relativamente frecuente constatar que un aspecto morfológico por sí mismo no tiene sentido, y que puede pervivir durante un prolongado período de tiempo por inercia, con un carácter residual o reutilizado para una nueva función. Al asumir directamente estos nexos -a veces avalados por su reiteración en las publicaciones -bloqueamos cualquier posibilidad de hacer un auténtico análisis de las formas. Otro de los temas insistentemente planteados a raíz de la expansión de los estudios territoriales es la relación entre el tiempo y el espacio, con algunas posturas extremas que llegan a la negligencia de uno u otro (la consideración de que todo lo que no está articulado fundamentalmente en el tiempo es ahistórico, o propuestas en la línea de realizar lecturas exclusivamente espaciales). Habitualmen• te estos temas no están a nuestro alcance, ya que nuestra formación en este campo es francamente pobre, por ello, y salvo honrosas excepciones, resulta pretencioso y arriesgado ir más allá de algunas reflexiones globales que sirvan para arropar la visión adoptada en una investigación. En cualquier caso debemos huir del falso debate que opone tiempo y espacio: h_ o son reductibles el uno al otro, y para un historiador es tan imposible un análisis aespacial como a-temporal. Ni espacial ni temporalmente son operativas las visiones lineales, por ello entramos en e l problema de la crisis de uno de los apoyos más tradicionales del arqueólogo: la cronología. Este debate tiene muchas implicaciones concretas en el análisis de la permanencia y la movilidad de los rasgos del paisaje o de las visiones estratigráficas, en las que lo vertical como lectura del tiempo y lo horizontal como lectura del espacio debe de ser superado. Un aspecto más que todos nos planteamos de una forma más o menos explícita en alguna ocasión (y no sólo en los est udios territoriales y de paisaje) es el peligro de cometer anacronismos y actualismos, que se convierte en una cuestión metodológica cuando la selección de determinadas categorías y parámetros puede subrayarlos. Esto ocurre con frecuencia en la aplicación de conceptos como el de rentabilidad, o al reflejar en la investigación las valoraciones actuales, por ejemplo de la propiedad. En este sentido hay que mencionar trabajos como el ya citado de Juan Vi cent (Vicent 1991 ). basado en una reinterpretación del si te catchment ana~vsís inspirada en: o) los p lanteamientos de Tchainov: el campesino precapitalista no tiende a maximizar el beneficio cuando el excedente es inútil en su sistema. Su racionalidad es hacer sólo el esfuerzo necesario, y b) en un modelo factorial del paisaje a nivel regional. en el que intervienen elementos (tiempos... ) y factores (suelos, clases agrológicas... ). La diacronía es consustancial a este tipo de investigaciones. El paisaje es diacrónico, en el de hoy vemos el de siglos. Sin embargo. una auténtica lectura diacrónica es muy dificil y exige el concurso de informaciones de diverso origen. Algunas aparentes contradicciones entre documentación literaria, epigráfica y arqueológica desaparecen al considerarlas desde este ángulo de la diacronía (Ruiz-Molinos 1993, 258-82). De nuevo estamos ante un problema surgido de la falta de un desarrollo metodológico: la cuestión está en evitar hacer del origen de la información un criterio de jerarquización a la hora de evaluar su credibilidad, basado en que lo más explícito es más fiable. Desde este punto de vista se daría siempre prioridad a lo escrito y, a la hora de estudiar el registro arqueológico, a los datos de excavación sobre los de prospección. Por otro lado, los documentos y técnicas de trabajo recientemente incorporados (teledetección, tratamiento infonnático de datos e imágenes, etc.), nos hacen asomarnos a un mundo que con frecuencia da la sensación de ser inabarcable (entre otras cosas por su rápida evolución) y, sobre todo, nos hace correr el riesgo de convertimos en técnicos especializados, perdiendo la perspectiva general. Esto nos obliga a hacer un esfuerzo por reinstrumentalizar esos úti-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa les de trabajo, por otra parte garantes de una buena parte de los avances. El acceso a más información y a un tratamiento de los datos más adecuado puede ser fuente de confusiones si no no se logran insertar en un marco teórico y metodológico. Dando un paso más, sólo si los datos tienen sentido la proyección patrimonial será coherente. Volviendo a la idea inicial de que nuestro auténtico centro de interés es el estudio de los procesos sociales, es fácil asumir que las barreras temporales no tienen sentido, y al no hablar de un medio fisico en abstracto sino de un paisaje, estamos asumiendo la posibilidad de actuar desde el presente, de intervenir. Aquí estamos en esa bisagra que articula las llamadas arqueología de investigación y arqueología de gestión (Ruiz Zapatero 1991, 7; Hemando 1992, 12 y 3 1; Casal 1995) y que permite abrir la puerta de las planificaciones, la previsión de riesgos, etc. Pero es también en este punto en el que el paisaje de los arqueólogos entra en conflicto con el de los constructores, gestores, ingenieros, geólogos... La clave de estas oposiciones está en la falta de claridad en las relaciones entre los diferentes niveles de la investigación arqueológica y su repercusión en las intervenciones patrimoniales. Las grandes obras de infraestructura, e l abandono y empobrecimiento de algunas regiones tradicionalmente agrarias, los procesos de desertización... están obligando a la realización de estudios de impacto, de planificación del territorio en términos de «desarrollo sostenible»~. Es evidente que cualquier espacio tiene restos arqueológicos, más o menos evidentes, que han contribuido y contribuyen a su evolución y configuración presente: evolucionan pero hay una memoria fosilizada de una u otra forma. El tipo y grado de evidencia de los restos es muy variable, desde abundantes, llamativos y contextualizados a pobres e inconexos, no obstante en muy contadas ocasiones constituyen un conjunto global e integrado. Por lo tanto, al hablar de paisajes arqueológicos estamos usando una expresión ambigua que se puede referir a: a) En sentido amplio a cualquier paisaje. Quizás haya que sustituir en este caso la expresión: puesto que todos los paisajes son históricos/ arqueológi-cos, habría que hablar mejor de análisis histórico de paisajes. h) En sentido más restringido -y esto enlaza con las cuestiones patrimoniales, de conservación, etc... -nos referirnos a paisajes con restos materiales del pasado. que deben cumplir una serie de requisitos. La fijación de estas condiciones ha sido abordada ya en algunos proyectos, es e l caso de las que proponen Darvill y su equipo (Darvill y otros J 993, 564) para la definición de relict cultural landscapes: Un espacio limitado y fosilizado, teniendo en cuenta que una unidad topográfica determinada es dificil que coincida con un espacio social, funcional y cognitivo. La determinación de este espacio exige subrayar los elementos internos de articulación (naturales como los ríos, artificiales como las vías. recursos, etc... ). La existencia de una evidencia arqueológica -en el sentido de restos materiales-suficiente, pero no entendida como una yuxtaposición de monumentos, de hitos. La necesidad de ligar diversidad y coherencia en estos espacios. 4. • Tener en cuenta una serie de factores esenciales a la hora de definir estos paisajes culturales, entre otros la globalidad y articulación. la escala y la visión sincrónica/ diacrónica. Una de las primeras necesidades que hay que cubrir es contar con un marco global legal que sea la base de iniciativas y desarrollos de proyectos y sobre la que se pueda trabajar. La ley del Patrimonio española propuso en el año 1985 una de las concepciones más modernas de ese momento: en ella no se considera ya el patrimonio como sinónimo de «lo antiguo», ni de Jo «monumental»'o• En esta misma tendencia, la ley incluye también la definición de Zona Arqueológica: «es el lugar oparaje natural donde existen bienes muebles o inmuebles susceptibles de ser estudiados con metodo logía arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie, en el sub-'o <<. •• forman parte del Patrimonio Histórico Espai\ol los bienes muebles e inmuebles de carácter histórico susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraldos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar territorial o en la plataforma continental. Forman pa. rtc, asimismo, de este patrimonio, los elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes y antecedentes» (Ley de Patrimonio Español 16185, art. suelo o bajo las aguas territoriales españolas» (art. 15. Diez años después los problemas que han surgiendo en situaciones concretas, las dificiles relaciones de esta ley con otras normativas sobre medioambiente, ordenación urbana, etc. y la evolución de la Arqueología exigen una revisión y mati za-ciones11. El debate en torno a la concepción del patrimonio aparece reflejado también en la documentación redactada desde el Consejo de Europa y la UNES-CO. En el caso de la CEE el interés se centra (hasta ahora) casi exclusivamente en comercio y tráfico de obras de arte (Derout 1993) y las definiciones que se barajan tiénen a veces un tono decimonónico: por ejemplo, la consideración de los bienes culturales protegidos como «tesoros nacionales, con valor artístico, histórico y arqueológico», implica por un lado la excepcionalidad («tesoros») y por otro lado una dudosa adjudicación nacional. Sin embargo está ya sobre la mesa el problema de la definición y gestión del «patrimonio común europeo», así como la consideración de los paisajes como parte de ese patrimonio común' 2: ¿es el patrimonio europeo igual a una selección de esos «tesoros nacionales»? ¿Cómo resolver los posibles conflictos entre legislaciones (patrimoniales, del suelo, medioambientales... ) nacionales?. Hasta el momento los documentos más útiles son las recomendacio-" Otra categoría contemplada (dentro de los bienes inmuebles) en la l ey del Patrimonio histórico español de 1985, dentro de esta misma intención es la de Sitio Histórico, definido como «el lugar o paraj e natural vinculado a acontecimeintos o recuerdos del pasado, a trad iciones populares, creaciones culturales o de la Na1uraleza y a obras del hombre, que posean valor histórico, etnológico, paleontológico o antropológico». Tanto en el caso de las zonas arqueológicas como en el de los sitios históricos, la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) pása por la elaboración de un Plan Especial de Proteción municipal (art. 20). Hay que observar que en estas figuras, al superar el nivel objetual, la disociación entre la na1uraleza y la actividad humana ae hace imposible. La relación entre estos párrafos y los textos sobre espacios naturales protegidos -en los que en buena medida se inspiran-es evidente (ley f 511974 de espacios naturales protegidos y R.D. 267611977, ley 411989 de conservación de espacios naturales y de la flora y fauna silvestres, art. 16 y 17 entre otros). • En la Ley sobre régimen del suelo y ordenación urbana ( 1986), en el articulo 12 se indica que los Planes Generales Municipales de Ordenación deben procurar la «defensa del paisaje». El articulo 19 de dicha ley se centra en los elementos que hay que tener en cuenta al plantear «la protección del paisaje para conservar detenninadoa lugares o perspectivas». Sin embargo en ella se aíguen privile¡i111do las «belleza• naturales», lo pintoresco, lo singular. nes y propuestas de trabajo, que esbozan líneas más avanzadas, apoyando claramente una concepción más dilatada del patrimonio, que rompe con la limitación de la obra, del objeto, y que tiene una tendencia claramente integradora: con fu sión de lo naturalantrópico, usos tradicionales del s uelo en sentido diacrónico 13 • Desde esta perspectiva, no es suficiente la elaboración de catálogos e inventarios, ya que la aproximación social, económica, cultural, no debe ser diferente a la patrimonial y no está en absoluto desligada de la investigación. El borrador de la recomendación del CE sobre la conservación de paisajes culturales de 1994, subraya la necesidad de formar técnicos, profesionales en este ámbito, que sigan una formación específica, e incluso se propone un esbozo de plan de estudios. Se trata de profesionales capaces de ligar investigación, divulgación, conservación, gestión, de poner a punto procesos de identificación y evaluación, así como los métodos y herramientas de intervención. Efectivamente, uno de nuestros problemas es el abismo entre la verborrea de la conceptualización, por un lado, la construcción de una metodología especifica, por otro, y los problemas de gestión: podemos escribir páginas y páginas y, al llegar un proyecto a nuestras manos, hacer un análisis convencional, en un marco regionalista. Es imprescindible tener presentes las «otras concepciones del paisaje»: el de Jos constructores, el de las administraciones... Abordar la cons.ervación y gestión exige medir por un lado el valor arqueológico global y el grado de coherencia que existe entre los objetivos y otros intereses. Es decir, no tiene sentido un conservacionismo radical, ni una mitificación de los restos con el único argumento de su cronología. Estamos ante un objeto de estudio común a múltiples djsciplinas, en el que confluyen intereses, puntos de vista, tradiciones académicas y de investigación y técnicas diferentes: esta realidad no puede ser ignorada por el historiador-arqueólogo que puede convertirse en sinónimo de reaccionario. u Entre los documentos y actuaciones más recientes y centrados en el tema que nos ocupa podemos c itar la recomendación de 1980 del comité de ministros del Consejo de Europa sobre la formación especializada de arquitectos, urbanistas, ingenieros y paisajistas, la campaila del Consejo de Europa en 1986-87 sobre el medio rural, la convención de Malta de 1992 sobre el patrimonio arqueológico, la directiva de la Comunidad Europea sobre la conservación de hábitats naturales y semi-naturales de 1992 y la recomendación de Consejo de Europa ( 1994) sobre la conservación de los paisajes culturales. A todo ellos hay que ailadir los escritos sobre medioambiente, estrechamente relacionados con todo lo anterior. El patrimonio no sólo no es una rémora para el desarrollo, sino que puede convertirse en su protagonista, en un recurso de primer orden, en especial en zonas marginales y con escasos posibilidades de otro tipo 14 • Los proyectos de parques arqueológicos y culturales -superando la idea de yacimientos visitables o yacimientos-museos-, museos. ecomuseos, itinerarios son potenciales dinamizadores económicos, sociales y culturales de las zonas en que se instalan'~. La puesta en marcha de estas actividades pasa por aclarar y desarrollar algunas cuestiones clave: Dentro del mundo arqueológico: a) es necesario acabar con la tradicional actitud de «ensimismamiento» y abordar la proyección social de las investigaciones y b) romper la identificación arqueólogo-excavador, contradictoria con las tendencias más recientes y las concepciones patrimoniales actuales. En otro terreno son necesarias legislaciones nítidas y no contradictorias. tanto entre los diferentes niveles de la administración, como entre las legislaciones patrimoniales, del suelo, regulación de espacios urbanos y de espacios naturales, etc. (Alonso 1992). Revisión de las teorías y metodologías de conservación y no-destructivas (non-destructive survey). La creación, la imaginación de nuevas for-14 La relación del medio ambiente con el desarrollo económico ha suscitado hasta ahora un interés mucho mayor que la s posibilidades del patrimonio histórico. No obtante. las siguientes palabras de Na redo son reveladoras en ambos terrenos: «En suma. que junto a los empeños de estudiar el «medio ambiente» desde la economía standard, se observa también un repensar la economía desde el «medio ambiente», que está por primera vez abriendo el viejo universo de lo económico, trasladando su centro de gravedad y relativizando sus categorías básicas. El desplazamiento sordo de las preocupaciones hacia aspectos patrimoniales. físicos e institucionales exteriores al un iverso de la economía.~tun dard, ha inducido también a abrir Ja «caja de Pandora» del mercado, que se creía siempre portadora de soluciones «Óptimas». Se vio entonces con sorpresa que tras la supuesta «mano invisible» del mercado se encuentra la mano bien visible de las íns1i-1uciones que determina sus resultados, desatando así un proceso general de revisión y relativización de la capacidad explicativa de los viejos enfoques y categorlas de los económico, recogido recientemente en una de las publicaciones internacionales más prestigiosas que informa sobre la evolución del pensamiento científico» (se refiere a: W. B. Arthur, «Pan dora 's marketplace», New Scientist, 6-2. is Como proyecto sobre un yacimiento es interesante el trabajo realizado en Flag Fen por el equipo de F. Pryor (Pryor 1989). La figura del Parque Arqueológico -para el que se han propuesto definiciones muy diversas-ha generado en los últimos años una abundante literatura y ha sido protagonista de reuniones y seminarios: Seminario de Parques Culturales (Mad'rid. 1989), Madrid, 1993 (en especial las intervenciones de M. A. Querol y de C. Martln de Guzmán); A. Garcla L. Caballero 1991; M. T. Costales 1995. mas de comunicación e integración entre el pasado y el presente. Nos enfrentamos ya a una serie de problemas y preguntas específicas, síntoma evidente de emancipación, pero nunca de autosuficiencia. contraria al análisis de las dinámicas históricas y a la síntes is.
El trabajo se dedica a ana li.1.ar pormenorizadamente lo~ grabados sobre estuco de c uatro na ves locali1.adas el año l 95ó en uno de los muros del peristilo sur de la do11111s 213 de la ciudad romana de Ampurias (Ciirona. Los grabados, fcchables alrededor de mediados del siglo 1 de la Era. representan posibl e mente una 11a1•is 111•1riuriu. una corhiw. una embarcación sin determinar y otra que habria que situar enin: Jos pontones. rules y li111res. El estudio técnico de las naves posibilita Ja valoración de su papel y del interés de su presencia en Ampurias como un singular documento iconográfico contras table con toda la información disponible acerca de Jos numerosos tipos de embarcaciones romanas que frecuen taron los ríos y costas d e Cataluña desde las etapas repub licanas hasta, por lo menos. el Bajo Imperio. En el año 1956 y durante los trabajos de excavación desarrollados en la ciudad romana de Ampu-rías bajo la dirc<:ción del profesor M. Almagro 1, se exhumaron abundantes est ructuras pertenecientes a una zona habitacional situada en una de las i11s11/ae cercanas a l área <lcl foro~. Se trataba de las estructuras. irregularmente conservadas. de dos domi republicanas -consideradas primero como una única unidad doméstica, la casa número dos, y, posteriormente, identificadas como casas 2A y 2B-que nacieron independientemente a comienzos del siglo t antes de la Era, y que se fusionaron en una sola gran propiedad urbana a finales de este mismo siglo. Aquí nos interesa que a lo largo de los trabajos de excavación arqueológica se pusieron al descubierto los restos de un pequeño muro de aproximadamente ochenta centímetros tk altura. que rodeaba el jardín de un rcristilo de la d1m111s 2B. Se trataba de uno Je los dos reristilos de la gran d1111111s resultante. d llamado rerist ilo sur. situado en la zona del anterior lwrtus de la c/011111s 2B. y cuya zona central se hallaba delimitada ror l!I susodicho murete y seis columnas en tres de los lados y otras cuatro en el restante. El muro en cuestión se hallaba parcialmente pintado de negro y la zona inferior de las columnas. en color rojo. aunque el revoque apareció, igual que las estructuras. en mal estado de conservación. Precisamente, en la cara este del muro oeste que rodea el mencionado peristilo sur de la llamada casa 28 y muy cerca de la canalización relacionada con las grandes cisternas de la domus y con el sistema de evacuación de aguas del inmediato dec11ma1111s que corre este/oeste, se identificaron los restos, notablem ente alterados, de varias representaciones grabadas de naves y otros elementos. En concreto, aparecieron las imágenes de tres naves casi completas y restos de una cuarta. Los grabados, efectuados con e l sistema de incisión fina sobre el revoque consolidado del muro, fueron fotografiados en su situación originaria, pero no fueron consolidados, ni arrancados en el momento de su aparición. Así las cosas, dos años después, en 1958, el estuco que contenía los grabados, ya cuarteado y muy alterado en el momento de su exhumación, se desprendió del soporte del muro del peristilo. Por suerte, se recuperaron los fragmentos desprendidos y se arrancó el resto de placa que aún presentaba imágenes. Todo este revoque fragmentado y recuperado fue trasladado en este mismo año 1958 -junto con las fotografías de su estado originario en el momento de su apariciónal taller de restauración del Museo Arqueológico de Barcelona a fi n de llevar a cabo su consolidación y recomposición 4 • Sin embargo, hubieron de pasar veintinueve años antes de que en 1985 se emprendiera la labor de restauración del estuco grabado que nos ocupa y que ahora es objeto del estudio que presentamos 5 •' La cons1a1ación de la existencia de los grabados se debe a Ja eompelcncia y celo profesionales del señor Domenec Gamito. restaurador del Conju n10 Monumental de Empúries. En su momento, se encargó de la recuperación del estuco grabado conservado y de su pos1crior dcpósilo en los talleres de restauración del Musco Arqueológico de Barcelona. Desde aquí le agradecemos su inestimable colaboración. i Los autores agradecen sobremanera la información que sobre el estuco grabado de Ampurias les proporcionó el Sr. Miquel Llongueras, a la sazón conservador del Mu sco Arqueológico de Barcelona. CARACTERÍSTICAS Y ESTADO ACTUAL El plafón de estuco recuperado y conservado. de contorno irregular. rresenta en la actualidad unos ejes múximos de ochenta ror cuarcntaisiete centímetros y se halla compuesto por los fragmentos resultantes del desprendimiento de éste tras su exhumación. El csturn es de buena calidad. y bien prerarado. compuesto <le arena seleccionada y tamizada. -de granulometría entre muy fina y media. con abundante cuarzo y feldespato-junto con cal. Así. algun grano de cuarzo alcanza los tres milímetros de grosor. aunque son los menos. Por su parte, la superficie externa consiste en un fino revoque, o mejor, una lechada de cal, que dió como resultado una superficie exterior bien alisada, fina, con una coloración variable entre blancuzca. grisácea y marrón claro. El grosor medio del estuco es de cinco mi límetros. Ya en el Musco Arqueológico de Barcelona. en 1985, los fragmentos de estuco fueron sometidos a un proceso de consolidación y restauración " que permitió la recomposición parcial de las imágenes gracias a las fotografías tomadas en el momento de su hallazgo. Así, el grabado de las tres embarcaciones más visibles es relativamente profundo -casi un milímetro-. bien marcado y de trazo seguro. Su aspecto es el de una composición con líneas de surco algo rugoso por la aparición inmediata del revoque subyacente. Por otro lado, algunas imágenes y determinadas partes de las naves muestran la utilización de un grabado menos rrofundo, más fino, cual es el caso tanto de la probable cuarta nave, más a la izquierda del espectador, como del posible timón de la tercera embarcación, la más inferior. LAS NA VES REPRESENTADAS A pesar del notable esquematismo que presentan este tipo de manifestaciones grabadas. es posible, sin embargo, distinguir -entre la aparente anar-A l:'. ~¡l.'I. 11 7. 1'J94 1\NCiELS CASANOVAS 1 IWMl: U Y JORDI RO\' IRA 1 l'Olfl quía de líneas las características esencia les de los cascos y arboladuras de. al menos. tres de las naves que forman el conjunto. Efectivamente. aún con las debidas reservas. es factible la asimilación de cada una de las representaciones a tres tipos dístíntos <le embarcaciones que ahora pasamos a describir. Está representada por un casco <le forma convexa con un mástil único. El casco es de alto bordo y muestra una popa sobrealzada y una proa baja con un cierto lanzamiento. En la popa se distingue perfectamente la cabeza <le roda y no hay indicación alguna del característico a11.H'cu/11s que decoraba esta parte del casco en un buen número de embarcaciones. El casco aparece subdividido por dos bandas horizontales y una tercera que constituye la borda de la que sobresale la ya mencionada cabeza de roda. Estas bandas horizontales representan los cintones que algunos buques llevaban como protectores del casco -cinc ta-de los que tenemos buenos ejemplos en las imágenes de las naves mercantes de Sidón y del Foro de las Corporaciones de Ostia, entre otras muchas. Por su parte, la tablazón del casco está descr ita mediante una serie de líneas en diagonal que llenan tres registros que no se corresponden con la disposición usada en arquitectura naval, sino que responden a un convencionalismo representativo. Por lo que respecta a la arboladura cabe destacar Finaliza la iconografía de la nave con otros pertrechos representados muy esquemáticamente: el timón -gul>emurn/11111 -significado por una única línea oblicua en la popa y, por último, al menos una hilera de tres remos seguros que sobrepasan la línea de la quilla. Se trata de una nave de un solo mástil, de casco convexo y una disposición de proa y popa simétricas. Las cabezas de roda se hallan bien destacadas, pero es sobre todo en la popa en donde se aprecian mejor las características constructivas. Figura 2.-Representación grabada de la nave número 2 en el momento de su hallazgo. Se trata de la imagen esquemática de una corbita. -Esquema ideal de una embarcación tipo corbitu, similar a la nave ampuritana número 2. La relación de sus principales elementos es la siguiente: cornua (puños de la verga); pro/u (brioles): velum (vela); cunde/u (obenques); duvus (caña del timón); guhernaculum (timón); carínu (quilla); corpus navis (casco); rota (roda); propedes (escotas): protonos (estay); malus (mástil); versoria (brazas). Según autores y A. Jaén. este modo, la línea que perfila el casco se alza en esta zona a partir de la quilla, dándole a aquél una forma redondeada. Sigue la cabeza de roda por encima de la cubierta constituyendo una gran pieza rectangular cuyo perfi 1 continúa en la parte interna formando una doble línea en la zona de la roda que prosigue en la quilla. Por su parte, la tablazón del buque, al igual que en el caso anterior, fue representada mediante el trazado de líneas oblícuas. Por otro lado, la arboladura consta de un solo palo dibujado por una doble línea y una verga perpendicular al mástil que sostiene una gran vela cuadra subdividida por varias líneas verticales y paralelas que representan los brioles o apagavelas, pro/a. Este aparejo muy característico de la vela romana-funcionaba mediante el empleo de cabos que, dispuestos a distancias regulares a lo largo de las ralingas de la vela, subían por ésta a través de unas anillas de plomo para volver a bajar libremente hacia popa. Estos cabos servían para reducir la superficie de la vela que se plegaba a modo de estor veneciano. También ayudaban a la maniobra de la vela y la verga dos brazas representadas aquí por dos líneas entrecruzadas -una en dirección a la proa y otra hacia la popa-, ambas fijadas en los puños de la verga o cornua. A continuación vemos dos líneas oblícuas que parten de la verga y se dirigen hacia la proa. Posiblemente quieran representar una parte del aparejo utilizado para hacer firme el mástil -obenques o estays-, a pesar de que su disposición en la imagen no secorresponde con su teórica posición en un caso real. Finalmente, cabe destacar la presencia de un bien visible aparejo de gobierno en la popa de la nave y la definición de los cabos de las anclas perfectamente apreciables a babor y estribor de la proa (figs. A pe, ar de que en la actualidad el grabado de esta embarcación se encuentra inco~plcto. ha sido posible recons1ruir su imagen original gracias a las l'otograffas efectuadas en el momento de su apark1ún. Así. se trata de una embarcación de casco alargado y fondo plano. mástil con una sola vela cuadra y dos plarnformas a proa y popa. Efectivamenle, el casco cslú representado por dos líneas ruralclus sin ningún tipo de curvatura y su inrerior se halla figurndo con la consabida serie de líneas oblicuas convencionales que ya vimos en los dos casos anteriores. La proa y la popa adoptan formas abiertas sin ningún tipo de sobrealzamiento por encima de la línea de la cubierta. En este sentido. teniendo en cuenta la imagen representativa del casco de la nave. es muy probable que su forma real estuviera muy próxima a la de una caja rectangular en la que proa y popa tomarían morfologías trape701dules o subrectangularcs. a semejan-/a de la morfología de la embarcación de Yverdon U.O. 1971 (Sui/a). de la segunda mitad del siglo 1 de la Era. Precisamente, esta forma es característica de las embarcaciones lacustres, panlanosas y también íluviales, que de por sí con llevan cascos con muy poco calado. De esta manera, las largas plataformas representadas con un reticulado interior, no formarían parte de la estructura del casco de la nave, sino que consistirían en un tipo de pertrecho abatible maniobrable me<lian1e el empleo de cabos -dos de los cuales aparecen parcialmente trazados en el grabado-que posibilitaban el descenso y recuperación de estas pseudopasarelas. Por otro lado. la simplicidad de las líneas no permite describir con exactitud cuál serla el funcionamiento de las rampas o plataformas, aunque sí. como ya hemos indicado, muestra el empico de cabos para su manejo. Completa la embarcación una gran vela cuadra en la que se han grabado los brioles o apagavelas y un gran mástil sin ningún otro aparejo. Finalmente, hay que señalar que el mástil se representa implantado en la quilla y que su cabeza termina en una forma discoidal, recurso iconográfico ya conocido que indicarla el charcesium o calcés situado en la cabeza del palo para maniobrar la driza de la verga, o, quizás, simplemente, sería un esquema de los usuales elementos decorativos que remataban el mástil de muchas embarcaciones caso apreciable en el grabado pompeyano de la nave Europa, fcchable a mediados del siglo 1 de la Era (ftg. En el margen inferior izquierdo se aprecian un buen número de lrazos pertenecientes a una parce del casco de otra embarcación de rora lanzada. No aparece el velamen y se graba el característico rayado inlerno del casco. Junto a la proa de la nave número 2 aparecen dos pequeñas figuraciones de diílcil interpretación y que -dada su morfología habría que asociar con esquemáticas imágenes de peces. DISCUSIÓN SOBRE LAS POSIBLES CA RACTERÍSTICAS TÉCN ICAS DE LAS NA VES Es de todos sabido que, a pesar de la abundante bibliografia existente sobre los distintos tipos de embarcaciones de etapas pre-romanas y romanas, nuestro conocimiento sobre las marinas en la antigüedad es aún deficiente. Ahora bien, ya desde los clásicos trabajos de P. Gauckler y P. M. Duval 1 se 1 P. Gaucklor: «U n catalogue figuré de la batelleric grécoromainc: la mosa 'iquc d' Ahhiburus>>. 1905, págs. 113-154 ha acherti<lo n: petiuamcnte sobre la excesiva y simplisw generalización de las sistemati n1ciones en uso y sobre la multiplicidad y gran variedad de cascos y arboladuras con funciones similares o distintas. Así. en el caso de los grahatl<ls ampurítanos que:-.on objeto de estudio. no:-hallamos en presencia de tres ejemplos concrelO:-de representación conjunta de tipos distintos de naves, cuya variabilidad de cascos y arboladuras no implica necesariamente una variación sustancial de su funcional idad. Ahora bien. también este conjunto ampuritano nos ofrece un interesante ejemplo de embarcaciones adaptadas a ecosistemas muy variados que, a menudo, heredan tradiciones constructivas locales muy extendidas. como sabemos, a lo largo de todas las costas y cursos íluviales mediterráneos. En este sentido. el plomo bilingüe de Pech-Maho. fechable en el segundo tercio del siglo,. a.c.. constituiría un magnífico testimonio de una actividud ampuritana centrada en la construcción y venta de naves cinco centurias antes de que se grabara el conjunto de embarcaciones de la do11111s 28'. Así las cosas, por lo que respecta a las naves ampuritanas de la domus 28. podemos analizar con garantías tres de las cuatro representaciones, ya que la cuarta. a la izquierda del espectador, ha llegado muy mutilada hasta nosotros. Se trata de la primera embarcación grabada de las cuatro conservadas, puesto que los trazos de su dibujo son anteriores a otros de la segunda de las naves. cuyo timón se superpone a la proa de esta primera. Se conserva a la izquierda del plafón y, como hemos descrito anteriormente, nos muestra un casco convexo. de línea redondeada, aunque con proa y popa asimétricas. Así, la proa es aguzada, puntiaguda y baja, mientras que la popa aparece representada como un elemento curvilíneo, sobreelevado y rematado por el final de la rota, roda de popa o codaste. De esta manera. la roda de proa es más baja y lanzada, y la nave, que se nos muestra orientada a estribor, posee, por lo menos. tres remos en una única fila, característica que se suma a la notable altura del casco, cuyo puntal sobrepasa en mucho al de la 20, 1990, págs. 15-18. segunda na\'e. Aquí. la vda cuadra aparece aferrada. es decir. recogida. A pesar de la di licultad de una interpretación ajustada del grabado, es muy probable que la imagen de esta nave corrc:-ponda ul tipo <le 11tffis ac-111ari11. nuve <le comercio y curga que. para mayor rapidc1. y versati lidad, anadia a su vela cuadra la utilización de una fila de remos. Esta embarcación superior derecha fue grabada en segundo lugar y ya hemos visto que presenta roda convexa. proa y popa simétricas y una única vela cuadra, características que asimi lan este documento gráfico con el tipo de nave de carga y comercio conocida como corhi1u. Aquí, la corhíw aparece con la vela desplegada. la proa a la derecha, es decir, de estribor, y. muy posiblemente, anclada. Por lo que respecta a la tercera nave visible, es posible apreciar a través de las fotografías efectuadas en el momento de su exhumación y mediante el estudio directo del grabado. que se trata de una embarcación de dimensiones comparables a las de las dos naves anteriores y, en todo caso, de notable eslora. Repitamos que se aprecia además la existencia de un ostensible fondo plano, y, sobre todo, que se señalaron con detalle dos aparatosas prolongaciones pseudo/triangulares/trapezoidales a proa y popa. muy sobreelevadas, casi verticales. con respecto al casco. Precisamente, la forma del casco de esta embarcación se asemeja a una plataforma, sin remos ayudada por un alto mást i 1 central con vela cuadra desplegada y un timón de pala quizás triangular ~. En cuanto a las sobreelevaciones a proa y popa, corresponden a sendas plataformas o pasarelas de embarque y desembarco que recuerdan algunas representaciones musivarias. En todo caso, llaman la atención en esta nave ampuritana su longitud• y las dimensiones de la vela. Si n duda, estamos en presencia de un tipo de nave especializada y adaptada morfológica y técnicamente al ecosistema ampuritano. Por otro lado, aunque es difícil atribuir esta embarcación a un modelo determinado de nave y con una denominación concreta -conocida ya sea por las fuentes, ya sea por testimonios iconográficos musivarios, pictóricos o escultóricos-estamos en presencia de un tipo adaptativo, quizás según modelos autóctonos o latinos. o quizás simplemente, una especialización práctica e inteligente por su fun-..f/:\p..I.,, 7. 1')').j AN(iU.S l'.:\S,\ 0\.'AS Así las cosas, y con las debidas reservas, -su imagen, por ejemplo, no concuerda con ninguno de los iconos conservados en el famoso mosaico de Althiburus-es muy probable que nuestra tercera embarcación sea asimilable a las embarcaciones conocidas como ponumes. rafes o lintres. entre otras, puesto que dichas naves pueden, en ocasiones, asociar tanto su estructura como su nombre genérico y su funcionalidad a esta embarcación ampuritana. En este sentido, recordemos que ponw11es, rares y linrres se encuentran bien documentadas en los textos referentes a los cursos t1 u viales y a las zonas! acunares y pantanosas del sur de la Galia, como bien estudió L. Bonnard para época galo-romana 11'. O tengamos presente también que mediante embarcaciones de distinto calado, en otras latitudes como la Bética, se asistía a una intensísima acción comercial y de transporte a través de los cursos fluviales, las lagunas y los esteros, intercomunicados. a menudo, gracias a la adecuación de pequeños canales. La disposición de los asentamientos junto a las orillas y en lugares elevados se conjugaba con la existencia de numerosos embarcaderos y puertos fluviales, atestiguados por las fuentes y la arqueología 11 • Nave 4. Finalmente, a la izquierda del espectador y muy poco conservado, aparece el extremo de un cuarto y último grabado que parece corresponder también a algún tipo de embarcación, delineada de manera menos segura y con trazos más superficiales y esquemáticos. Se trataría de una embarcación de casco algo convexo, rota entre convexa y rectilínea y, aparentemente, san velamen. 11 Un buen ejemplo sería d muelle o embarcadero de A ven• ticum (Suiza), cuyas instalaciones portuarias, a 500 metros ni sur del actual lago de Moral, se fechan alrededor del año 5 de la Era. O, en la Peninsula Ibérica, el caso del embarcadero fluvial de Castufo. A pesar de los ai'l.os transcu rridos, es interesante: Bonnard, ob. cit. (nota 9). mta de proa la que ha 1 legado hasta nosotros. poco explicitada. y las líneas en diagonal que descicndt!n por dehajo de la quilla de la nave sólo pueden rnrn: spondcr a remos o. tal vez. a redes. puesto que no sería extraño estar en presencia de una embarcación de pesca ( fi g. Para finalizar el análisis iconográfico de los grabados que nos ocupan. es interesante preguntarnos sobre las dimensiones probables de las embarcaciones representadas y su posible tonelaje, cuestiones ambas, complejas y resbaladizas, ya que tanto los textos antiguos como las fuentes epigráficas proporcionan poca información. En este sentido, sólo cabe cotejar y analizar conjuntamente los datos ofrecidos por distintas disciplinas, y, fundamentalmente, exprimir la información extraída gracias a la arqueología subacuática para deducir, de manera aproximada. datos esenciales como son las dimensiones de los cascos y la capacidad de carga de los navíos. Sin embargo, y por lo que respecta a Cataluña. lamentablemente ninguno de los pec ios parcial o totalmente excavados, ha proporcionado hasta ahora datos directos sustanciales sobre s u arquitectura naval y, en los pocos casos en los que disponemos de información, ésta procede de las obras vivas y sólo muy raramente de la obra muerta, de las superestructuras o de la arboladura. En todo caso, aunque el pecio catalán mejor conocido, Cu lip IV, -situado en la cala epónima cercana a Cadaqués y, por tanto, muy próxima a Ampurias-nos haya hecho llegar una ínfima parte del casco de la nave, la dispersión de los restos, del claveteado y forro del casco del buque y de su cargamento, ha posibilitado el cálculo aproximado de las dimensiones y el tonelaje de esta embarcac ión de época de Vespasiano, que contaría entre 9,5 y 10,5 metros de eslora por unos 3 metros de manga y una capacidad de carga que rondaría las 8 toneladas12 • Por otro lado, junto a esta pequeña embarcación de Culip IV, otras naves naufragadas a lo largo de las costas catalanas ofrecen información sobre sus características entre los siglos 1 a.C. y 11 de la Era. Así, los pecios de Sa Nau Perduda (Begur) -del siglo 1 a.c.-, de les llles Formigues/ Palamós -de la segunda mitad del s iglo 1 a.C. -o la nave de Els Ullastres -del siglo 1 de la Era-presentaban el común denominador de poseer mangas estimables entre los 4 y 5 metros, a lgo mayores que la calcula- da para la embarcación de Culip IV 13 • Muy cerca, el litoral mediterráneo francés ha proporcionado abundantes e interesantes ejemplos de estas naves de pequeña envergadura y dimensiones reducidas que ofrecían in il/o rempore similitudes estructurales con nuestras naves ampuritanas. -es decir, roda convexa e implantación para un único mástil-, aunque con una fuerte variabilidad de mangas, esloras y capacidades de carga, sin llegar a cifras notables. Así lo vemos en los casos de la nave de Lacydon (Bourse, Marsella). una corbita, ya respetable, de 24 metros de eslora por 9 metros de manga y un tonelaje de 120 Tm, o en el pecio de La Cavaliere (Le Lavandou, Var), de comienzos del siglo 1 aC, o en la nave de la Chrétienne C (Agar), del segundo cuarto del siglo 11 aC., o en la nave de Roche Fouras, del 100 a.C. o, finalmente, en los pecios de Port Vendres 1, 111 y 1v, fechables entre el tercer cuarto del siglo 1 a.C, y fines del siglo 1v de la Era. Todos estos buques peseían esloras oscilables entre los 24 metros de la corbita de Marsella, los 18,20 metros ll Con una relación de bibliograíla anterior suficiente; F. Foerster, R. Pascual, J. Barbera: El pecio romuno de Pa/amós, Barcelona 1987. En cuanto a los tonelajes, ya hemos visto que la embarcación marse llesa alcanzaría las 120 Tm, mientras que otras embarcaciones similares dispondrían de capacidades de carga menores, caso de Port Vendres 1, con l 00 Tm o la ya mencionada de La Cavalicrc. con 27 Tm 14 • " "'' 1.,,, l'/11 l \'(d 1..., RDI ltll\ 11< \ 1 l'tll(I A:,i, aunque es imposible c1111occr las dimen..;10nc: reales Ul' las naH~S que:-in 1eron Je moddo para lu::. grabadm. de Ampurias. si 411c sabcnw:-que cnn-sis1ían en cmlnircacionci. modestas o no ckma~iado grnncks. con e lora-. que oscilarían entre lo:-1 O 1 1 y los 25 me1ros. leJO!\ aún de la:. na\ e-; de gran wnclajl! que como las de la lsola <k ili.:! En resumen. se trata de pequeñas y mediana:. embarcaciones aptns tanto para rutas de cabotaje como para la navegación de altura y largos re1.:orridos, por lo menos husta la Península lt nos demuestran dia a dia nue\OS pecios y, entre dios. l.ambo¡:ha « I a n;I\.: romana dt \lhcn¡:;w. CONTEX ro DEL ECOSISTEMA AMPUl{I íANO. DA fAC IÓN Y COMENTARIOS FINALES La locali/ación de los grahados de lema mi\ al en el complejo de la dom11s ampuritana nümero 2 2A.y213 nos proporciona una fecha global pos1-q11em para estas naves a partir del siglo 1 antes de In l:.rn. Sin embargo. teniendo en cuenta que la vida'I un acceso más fácil a las orillas del territorio lacustre, fluvial y semipantanoso que rodeaba la ciudad ampuritana. Recordemos, para finalizar. que tanto la arqueología como la iconografía proporcionan también abundantes ejemplos significat ivos sobre las características de embarcaciones s ímil.ares morfológicamente o paralelizables por su funcionalidad adaptada a un medio de aguas poco profundas. Así lo vemos en los interesantes restos de las barcazas de la desembocadura del Thiéle: las tres embarcaciones de la antigua Eburodunum (Yverdons-les-Bains ), fechables entre la segunda mitad del siglo 1 y e l siglo 1v de la Era 21 • O en las barcas de Aventicum, muy cerca del actual lago de Morat 22, y, sobre todo, en el magnífico ejemplo de la barcaza de Pointe du Grain 20 Es interesante consultar: F. Benoit: «La céramique peíntc de Roquemaure a l 'époque grecque», Cahiers Rhodanfrns, XI. En resumen, carncterizan a estos tipos de embarcaciones su escaso calado. su notable anchura y la presencia de proas y popas abiertas. puesto que era innecesaria la utilización de rodas de proa y popa apuntadas como tajamares. Bien al contrario, se precisaba que la funcionalidad de proas y popas se adaptase a la colocación de pasarelas o rampas que facilitasen el embarque y desembarco del cargamento y. lógicamente. se precisaba la utilización indistinta de ambos extremos de la nave para navegar por'' M. Egloff: «La barquc de lkvaix. 1.onas tlu\ ialcs y lacustres y \arar o asentar con foci 1 id ad. En definit i\'a. los grabados ampuritanos Jcl si• glo 1 de la Era constituyen un singular muestrario de algunos de los dis1in10¡, tipos de na\cs y embarcaciones tanto de navegación de altura como ílu-\'ialcs y lacunares -presentes en Cataluña desde los 1icmpos de la Rcpúblicu romana husla. por lo menos. la Antigüedad T<1rdia. Y <1si. añaden a su interés intrínseco como documento arqueológico. el interés de su incorporación a un futu ro repertorio g lohul de naves ident ificables con seguridad en el noreste peninsular desde las dos liltimas cenlUrias antes de la Era hasta los primeros siglos medievales. Sin duda. la contrastación de la información que nos ofrecen con la que proporcionan otras fuentes. sera de suma utilidad para conseguir una visión más precisa de las carac1eris1icas de los dis1intos modelos de navios que la arqueología subacuática documenta progresivamente con mayor frecuencia y rigor!'.
Todo este amhiente tiem!.. ~in t>mhargo. rm aspe,•w hrte11o. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa' Unu, fntéSI~ ~t1h r~ el Pilll.:l lflll! el 1 un~mn rural y cu ltura l ru-:dc ju¡¡ar en el dcsnrrnlh1 soetnccunúm_ 'l' O de:.\rcas rurulc,, ¡¡,¡ cnutn algun¡¡!hllldadc' ) CJCillpltl\ concrcll" J.. •.u.:ltMCillll puede \er-e en V\ 1\1\. fiJQla (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA. 1995' Según apunta Prentice ( 1993, 22), el consumo del Patrimonio podría ser interpretado como un indicador del incremento de la nostalgia por aspectos del pasado vistos como permanentes y tranquilizadores, y aunque para algunos sociólogos como Braudillard ( 1993) esta nostalgia por el pasado es cuando menos sospechosa de pérdida de la memoria colectiva y la tradición que desaparecen para reaparecer convertidas en objeto folclórico, hemos de reconocer que beneficia a ciertos grupos, entre los que se encuentra el de los arqueólogos. Utilizando como pretexto la realización de un proyecto para la rentabilización del patrimonio arqueológico del ayuntamiento de Toques (La Coruña), se comentan las posibilidades que desde el actual marco legislativo y social se ofrecen para el di seño y puesta en práctica de estrategias de rentabilización y divulgación del patrimonio cultural y se discuten los criterios y carencias existemes a la hora de distinguir los bienes y elementos que serán objeto de actuaciones de este tipo. De otra parte, se describe la estrategia concreta que. con planteamientos basados en una línea de investigación arqueológica especifica (la Arqueología del Paisaje), hemos seguido en la elaboración del mencionado proyecto de rentabilización patrimonial del ayuntamiento de Toques. PRELUDIO: DE LA INVESTIGACIÓN A LA RENT ABILIZACIÓN DEL PATRIMONIO ARQUEOLÓGICO El problema es el siguiente, ¿cómo es posible instrumental izar una puesta en valor del patrimonio arqueológh:o? y ¿cómo es posible fundamentar esta puesta en valor en una estrategia concreta de investigación como es la Arqueología del Paisaje? Estas cuestiones, en tomo a cuya resolución gira e l argumento fundamenta l de este trabajo, tratarán de ser satisfecha s a través de la descripción, sintética, de los pasos seguidos en la elaboración de un proyecto de recuperación arqueológica realizado para el ayuntamiento de Toques, provincia de La Coruña1 • La propuesta de su dise1itl -;urge. en la Diren•1o11.\'eral dt• Patnmmllo 1/istúrwo e /)m 1111/t'lrta/ de la Ct/11\t'l!t•tltl ele Cultura..\'unta tlt• (ialww. con el propó:.ito de di\ ulgar los resultado!) de la' 111\ e:.11gac10ne:. arqm: ulóg1ca-. que, bajo su tutela. rcali1an en la Lona \arios grupo:. de ill\ estl• gac1ón de la Unn cr:-1dad de Santiagll •. Con Ci>W pcrSJH.'cti va. la Con ve/leria tle Cultura pmpu:-o al ayuntamiento de Toque' la con' cnien-Cia de elaborar un plan para la re\ alunJación social llcl patrimonio arqueológico locali¡¡tdo en d ámhlto terntorial de l ayuntallliCI\10 ( fig. 1 ). La con ror-111Jdad de amba'> in-;titucionc' en este propósito se matenal11ó en la firma. en JUho de 1992. de un con-' cnm de colaboración entre: un has para abordar la elaboración del mencionado plan. r o'itcriormcntc. 1. y el <tU~: hU JO In di1 e~•dt\n tic 1. Ac uño C'nstroviCJO lle-Ht u cnbo ellk 1 to('u¡wrtrill do'''t' ll< io 1111 1111111tl11 1111/tgll no wtl do lttrt'lm..,,,,'-'11 IIO\ 1ctnhrc tk I'N~.,ct.t ltrmado 1111 "cgundtt.lllll 'rdtt entre"'' ayunt.Jilllcnto ) l.1 unl\ er:o.tdad de S.tnlt.IJ,!ll aloh.tcto de l)lh..' el prll)l 'Cio luc' é ¡¡come• ttdo por lo' l'lJUI¡>u.., Lk tn\c, tlg lh:l 'l' 1.1 •\1qucologia del (la"aJC pal,t bJ..,,tr Cll..:11,1 é..,trategl,h d e tl.'ntahllllacJón:-~>cwl del P.1tnnwn1u 1\rqucolúl! ll'tl.,!'>C formularon l.t:-b."c' tcónl•a, que funda •;nt! nta•n la rcnt.JbJI11acum p.unnHHIIal dc, dc c:.ta pér,. pectl\il Jc trahaJtl. Apuntada:. la:. ba:-c' ln l.'lccto. a lo largo del articulo. Jc, cnbiremu' l'Ómn hémo:o. tratado de rc.. uh er 1!:-tc propó:-ito cada vc1 mi~s dcmnndado desde el con.Juntn social. la!' > ~•dmin i~tra cio ncs púhlic tan surg1cndo en nue, tro htadu En efcctn. con planteanucntos teónco' y obJcii\Os matenak' diferentes se comien;.an a definir proyecto~ talc:-~~unn: Los cnt•am inados a recuperar y hacer accesible al pliblit:o un yacnnicnto. t:.ntre éstos se puede dc!>tacar la iniciativa de la Dirección Gcncral de Bella). Arte'> y ArchÍ\ll!>, f\1im:.lt! rio uc Cultura. de crea-CIÓn de Purque' Arqueohi}!.ICO\ (\ éa~c el volumen VV AA.. -Los enfocados a transmitir la historia y modos de vida de sociedades pretéritas utilizando como referente la simulación y reconstrucción de yacimientos y ambientes pasados, caso del parque etnoarqueológico Reina Sofia (VVAA., 1992c), o los elementos arqueológicos y cu lturales inscritos en el paisaje actual de una zona (tal como es el caso del Parque Arqueológico de las Médulas, Fernández-Posse, 1995). Entre este último tipo de iniciativas puede inscribirse nuestra propuesta. Para su relato, comenzaremos por explorar el contexto legislativo y social en el que ha de desenvolverse (apartado 1 ). Seguidamente (apartado 2), utilizando como referente práctico el ayuntamiento de Toques, se caracterizan y valoran los elementos patrimoniales. En el apartado 3 se concretan las condiciones sociales e infraestructurales a las que se deberán acomodar los recursos patrimoniales. Finalmente (apartado 4) se expone, de forma sintética, cómo se ha concretado una alternativa para la divulgación del patrimoni.o de este ayuntamiento. CIRCUNST ANClAS DEL PROYECTO: SOCIEDAD DEL BIENESTAR Y LEGISLACIÓN Tal y como hemos apuntado en el apartado anterior, los planteamientos teóricos que guiaron la labor de rentabilización se fundamentaron en la ArPa. Los presupuestos prácticos derivan, sobre todo, del intento de sintonizar las propuestas de la ArPa con el actual contexto que posibilita el desarrollo de los programas de valorización social del patrimonio. Para precisar este contexto es necesario conocer, ante todo, las circunstancias sociales y jurídico-institucionales que rodean y, en mayor o menor medida, determinan el planteamiento y el éxito de los proyectos de recuperación patrimonial, puesto que ambas configuran el marco de la oferta y la demanda en la que surgen este tipo de trabajos. De este modo, la consideración del aspecto sociológico nos permitirá caracterizar la demanda, mientras que la del segundo, el jurídico-institucional, nos precisará las posibilidades de la oferta. C'on este ambiente de fondo surge un demandante-tipo x que se corresponde con el urhanita modelo: consumidor insatisfecho. ecologista amante del reciclado, ocioso infeliz en su abundante tiempo libre y con fund ido en la progresiva aceleración de lo cotidiano. A él se le ofrece el pasado (al igual que lo verde y lo light) como objeto consumible, transformado en los más variados productos: novelas, películas, viajes... Se entiende así la c reciente demanda de otras geogra.fias, espacios y tiempos de ocio que se concretizan en lo que genéricamente podemos llamar turismo rural y/o cultural: un tipo de ocio activo, que busca el contacto con la cultura de la zona sobre la que se desenvuelve y un entorno bien conservado (Cánovas, 1993; La fuente, 1993 ). Además, como consecuencia de las ventajas sociales y económicas que proporciona, el turismo rural y cultural es potenciado desde las distintas administraciones (locales, autonómicas, estatales e incluso europeas~). como una posible vía de futuro, fundamentalmente para el medio rural sumido, desde hace años, en una insuperable crisis de superproducción agrícola. Así, al hilo de la creciente demanda urbana y de la promoción y desarrollo de nuevos modelos de ocio, el Patrimonio Cultural adquiere un papel fundamental puesto que la solicitud de lugares y objetos de significación histórica, artística, etnográfica o ambiental es cada vez mayor. CIRCUNSTANCIAS LEGALES: EL MARCO LEGISLATIVO Y JURÍDICO-INSTITUCIONAL Para caracterizar el marco legislativo nos centraremos sobre todo en dos aspectos: el concepto de propiedad en el Estado Español y la actual legislación que posibilita la gestión de los bienes culturales.' No existen muchos estudios de detalle que permitan aislar perfiles concretos de demandantes-tipo para cada uno de los diferentes ámbitos y tipos de disposición al público de lo patrimonial. Sin embargo, se puede esbozar el perfil genérico del turista o visitante cultural, trabajador no manual, de clase media, procedente de medios urbanos y de todas las edades (Prentice, 1993, S 1-66). Similares características sugiere el estudio realizado por la CC.AA. de Navarra para los visitantes al Pirineo Navarro, individuos procedentes de CC.AA. de gran concentración urbana (País Vasco, Madrid o Catalui\a), de entre 26-35 ai\os y de clase media alta en la que abundan los profesionales técnicos, administrativos y ensei\antes (Guijarro, 1995, 12). f En el contexus.de la U.E. puede verse muy claramente en el extenso informe de la Comisión de las Comunidades Europeas sobre Las acciones comunitarias que afectan al 1urísmo (COM 94; 74 final), as! como en la promoción y desarrollo de los programas Leader e lnlerreg. En lo que respecta al primero, cabe decir que en un Estado Social de Derecho, como es el Estado Español, la propiedad ha dejado de ser un derecho absoluto para adquirir un carácter limitado en función del interés social (Barrero, 1990, 319-4 7). Si bien ésta es la filosofía que desde un punto de vista general ri ge nuestro ordenamiento jurídico, en la inmensa mayoría de los ciudadanos, al menos en Galicia, continúa operando la idea, generada al abrigo del estado liberal del siglo XIX, de que la propiedad confiere a su poseedor un derecho absoluto de uso. Trasladando estas ideas al ámbito del Patrimonio Cultural, se puede decir que si bien la legislación mantiene su uso y disfrute como un derecho de la colectividad ciudadana, con independencia de que ese patrimonio sea de titularidad pública o privada, el titular privado de bienes culturales aspira a mantener un derecho exclusivo de uso. Es así como, bajo este doble interés que enfrenta lo social y lo individual (Tallón, 1991 ), resulta fácil entender las contrad icciones que se generan entre los principios jurídicos que regulan la actuación sobre el patrimonio y la praxis de su gestión; entre los derechos a su disfrute por parte de la colectividad y los que para el titular del bien se derivan de su derec ho de propiedad; o, entre las obligaciones del propietario respecto a ese bien y las de la administración como depositaria de Jos intereses de la comunidad. Si pasamos a examinar el segundo aspecto, el marco legislativo, se debe apuntar que los mecanismos legales de actuación sobre los bienes culturales se encuentran dispersos en distintas normativas que, a su vez, atañen a instancias muy diversas: administración central, autonómica, local, particulares..., lo que en ocasiones los convierte en inoperantes para la gestión de los bienes y, en todo caso, dificulta las actuaciones integrales sobre distintos ámbitos de lo patrimonial. Esta coyuntura es tanto más grave cuanto que, de la actual concepción del Patrimonio Cultural como un todo en el que tiene cabida cualquier aspecto que pueda ser relevante para el conocimiento y acercamiento a una cultura, se deriva la necesidad de una gestión integrada de todos su ámbitos. El corolario de esta situación es que si de las demandas sociales puede derivarse un prometedor panorama para la conservación, gestión y puesta en valor de los bienes culturales, las posibilidades que desde el marco jurídico-administrativo se ofrecen para vertebrar la actuación sobre ellos, se encuentran dominadas por la inte rvención de intereses dispares (públicos y privados) y por la desconexión entre los planteamientos jurídicos y los instrumentos de actuación que desde éstos se ofrecen. Así este examen. además de aproximarnos a l medio en el que actualmente se desenvuelve la gestión de los bienes culturales. permite extraer una consecuencia importante como es que cualquier propuesta de actuación sobre ellos debe concretarse en acciones que, al mismo tiempo que satisfagan las demandas sociales, puedan ser consensuadas entre las diferentes instancias con capacidad de intervención en su ámbito de acción. LOS RECURSOS DEL PROYECTO: LOS ELEMENTOS PATRIMONIALES Y EL NECESARIO ESTABLECIMI ENTO DE CRITERIOS PARA SU VALORACIÓN Una vez efectuada una aproximación al medio en el que han de desenvolverse las propuestas de revalorización patrimonial, nuestro siguiente paso en la definición de una estrategia de acción para la revalorización del patrimonio arqueológico del ayuntamiento de Toques. consistió en valorar la potencialidad de los recursos patrimoniales. Esta caracterización y valoración del conjunto patrimonial junto con la de las circunstancias geográficas, sociales e infraestructurales que pueden intervenir en el desarrollo de nuestra propuesta. permitiría descubrir tanto las ventajas y oportunidades que pueden ser potenciadas como las carencias que habrán de ser subsanadas a la hora de diseñar la estrategia concreta de acción. La acomodación de ésta a ambas circunstancias, las patrimoniales y las geográficas, es lo que permitirá asentar el diseño del proyecto sobre criterios realistas. Esta parte del trabajo, en e l caso de Toques, fue elaborada con especial detalle puesto que la realización de varias campañas de trabajo arqueológico nos pennitió disponer de un ponnenorizado conocimiento de la zona tanto patrimonial como geográfico. En lo que se refiere a los recursos patrimoniales, debemos apuntar que si bien la recuperación debía centrarse en un terreno muy concreto del Patrimonio Cultural, el arqueológico, la actual concepción integral del Patrimonio Culturalw, la interconexión concreto), sino que más bien es un problema de política de gestión que atañe a las administraciones depositarias de la custodia de los bienes, resulta cada vez más urgente definir criterios que puedan ser consensuados y validados por todas las instancias con intereses en estos temas. Se podrían alegar múltiples razones que hacen dificil consensuar un sistema que permita establecer rangos entre yacimientos y criterios para su selección, tales como pueden ser la carencia de un inventario actualizado, la inoperancia de las múltiples escalas de análisis posibles (estatales, comarcales, autonómicas... ), la dificultad de caracterizar ámbitos distintos dentro de lo patrimonial (decidir dónde acaba lo arqueológico y empieza lo artistico... ), la mutabilidad de principios de acción tan variables como dinámica es la sociedad que los valida...• pero todas ellas no son sino cuestiones a las que dar respuesta a la hora de desarrollar modelos de evaluación y selección que nos posibi liten tomar decisiones sobre el futuro de los valores culturales fundamentadas en criterios coherentes, mensurables y consensuados 12 • Apuntada la carencia fundamenta l para abordar una valoración y posterior selección de recursos, seguidamente comentamos cómo se ha tratado de solventar para el caso que nos ocupa. Patrimonio Arqueológico: La abundancia de investigaciones que desde principios de siglo se han sucedido en la zona 13 constituye una primera muestra del interés de este conjunto, aunque será sobre todo a partir de 1987, cuando se incremente de forma cualitativa y cuantitativa su entidad (fig. 2). Estas investigaciones, dieron lugar a un relevante conjunto de valores, fisicos e intelectuales, de gran 11 Intentos de este es ti lo están siendo abordados por otros estados europeos como el británico, que ha desarrollado un complejo sistema de graduación de elementos del patrimonio histórico (Lambric. 1992) como parte de su Programa de Protecc/6n de Monumentos. aunque se le reconoce la necesidad de criterios más claros y expllcitos para la evaluación integrada de los valores ambientales e históricos. Éstas van desde la divergencia de criterios entre sus dos instancias evaluadoras, el ICOMOS para el patrimonio construido y el IUNC para el medioambiental, hasta su ineficacia. Sin embargo, todos estos intentos resultan loables en la me-did& en que generan la discusión y acaban por centrar la atención social y de las administraciones responsables. En nuestro estado comienzan a verse intentos de es1e estilo, como es el trabajo de Carrera y Barbi (1992) para el patrimonio arqueológico. u Entre los precursores de estas investigaciones cabe destacar los trabajos de Álvarez Carballido en la década de los 20-30, junto con los abordados por el Seminario de Estudios Galegos. cuyos re1ultados dieron lugar a la publicación, en 1933, de Terra de Me/lde. Partiendo de este planteamtcnto. cxam1namo:. l'l cOIIJUI1IO (k la documentac ió n generada por la ~ labores arqueológica~. btü implicó: 1 ¡ J•.xaminar el registro: esto cs. yac imtentos y elementos arqueológicos 2) Revisa r lo:. Jatos y conocimiento:. exi:.tcntc:. en torno a c.-.c registro. 3 ¡ l:f'cl.:tuar su valoración arqueológica. Esto significa extraer las consccucm: ias que. d esde el punto de vista de la im estigac ión y del intcré:. patrimonial. se dcnvan de los do:. tipos de infonnación anterior (si se trata de yacimien tos o sim pl es puntos de apariciún de material. su estado de conscrv<1ción. etc.). Abordado este exumcn. e l siguiente paso fu e ),elcccionar la doc umt: ntadón c.:n función de su in terés para un público mayoritario y no especialista. En esta labor, harto compleja. intervienen variabl es de di t1ci 1 cuan ti ti cae ión y por supuesto cambiantes. tales como pueden ser: d inten!s histórico o cstéttco del bien. su valor económico. su carácter singular respecto al conjunto que se va lora. las demandas y preferencias del público... Sin embargo. dentro de un contexto concreto, definido a panir de la interacción de las variables a nteriores y c ircunscrito a un En nuestro caso. además. e l hecho de contar con interpretaciones y conocimiento en torno a los bienes patrimoniales. nos permitió introduci r a estas interpretaciones como otro f<tctor más de delimit<lción del interés social. Para ello. sin embargo. fue preciso que este conocimien to se concretase en una narrativa suge rente e ilustrat iva para el público. De este modo, la determinación del interés del Patrimonio Arqueológico de Toques. se abordó desde una escala concreta. la muni cipal. y en función de los factore s clásicos anteriormentt: mencionados, contando además. con la narrati va que sobre este patr imon io se pretendía comuni car. Introducir la necesidad de una narrativa a la hora de realizar la selección de los bienes nos parece una cuest ión fundamental puesto que supone una invers ión metodológica importante a la hora de abordar un proyecto de rentabilización. Esta narrativa. surgida de la investigación y expuesta de forma comprensible al público, es lo que confiere sentido al bien y por lo ta nto puede servimos como uno de los cr iterios de selección puesto que se hace evidente en distintos grados en cada uno de los elementos arqueológicos 16 • Sin embargo, esta narrativa o interpretación 11 generalmente, y es aquí donde planteamos invertir la forma tradicional de trabajo, se define a posteriori, cuando el bien ya ha sido seleccionado en función de los criterios clásicos al uso •x. Esta concepción del trabajo parte de la idea de que el vestigio arqueológico tiene un valor en sí mismo y que este valor es consustancial a la materialidad de ese vestigio y más perceptible cuanto más grande, estético o bien conservado se nos muestre, cuando en realidad. lo que ocurre es que el valor del vestigio existe en tanto en cuanto el arqueólogo puede interpretar y desentrañar el sentido del vestigio y en tanto en cuanto tiene capacidad para comunicar al y con el público act ual' ~. En función de este planteamiento realizamos una reformulación del registro de cara a definir las entidades espacio-culturales que permitiesen al público acceder a la lectura que en tomo al conjunto arqueológico le proponíamos. A estas enti dades las denominamos conjuntos patrimoniales de interés socio-cultural. La asunción de esta estrategia de definición de conjuntos para la valoración de la relevancia social de un conjunto patrimonial tiene cuatro implicaciones importantes: •• Tal y como apuntan García y Caballero ( 1992). es necesario que el visitante reconozca los elememos que ve y que los identifique con la narrativa o mensaje que se pretende ilustrar, puesto que, en el tema que nos ocupa. la percepción visual es el punto de partida del conocimiento. " Término actualmente utilizado por los técnicos en difusión y divulgación del patrimonio cultural. •• Nos referimos sobre todo a las rentabiliz, aciones de otros paises europeos, como pueden ser Francia o Inglaterra. En nuestro pais, si consultamos las últimas propuestas de rentabilización de yacimientos y monumentos (Barbi et a/ii, 1995; VVAA.• 1992b), se plantean sobre todo las necesidades que tienen que ver con el buen estado y conservación del vestigio y con los sistemas y tecnologlas para su di fusión, reduciendo a un segundo plano, e inc luso obviando, la narrativa o sentido que a través de los bienes y ~~~ estudio los especialistas debemos transmitir. •• No podemos dejar de apuntar aqui una paradigmática anécdota, como es que ante los restos de un yacimiento integrados en un jardin un visitante que nos acompailaba, biólogo de profesión y que como tal no reconoció el vestigio, nos dijo que la «escultura)) le gustaba. -La primera es que. así definido. un conjunto patrimonia l puede estar compuesto por una o varias entidades arqueológicas. ya sean éstas verdaderos yacimientos, áreas de ocupación o simples puntos arqueológicos; incluso pueden integrarse en é l bienes artísticos. históricos o medio-ambientales. Lo que realmente confiere e ntidad al conjunto sociocultural es su capacidad ilustrativa de la interpretación arqueológica que se desea transmitir al público (la narrativa). no su corporeidad física. -La segunda es que esta formulación de conjunto socio-cultural es extensible a cualquier ámbito del Patrimonio Cultural. -La tercera impli cación es que. en la selección de los elementos del registro que integrarán el conjunto, dejan de ser fundamentales las cualidades estéticas, monumentales o singulares para posibilitar la introducción de elementos menores que permiten conformar y dar a conocer una imagen global del contexto arqueológico. -La cuarta implicación es que, para la definición de un conjunto resulta imprescindible la introducción de una interpretación histórica que, otorgando un sentido a los elementos de ese registro, permita ordenarlos en función de su capacidad de comunicación. Entre los conjuntos así definidos, en una fase posterior de trabajo que más adelante comentaremos, se seleccionaron aquellos que iban a ser puestos a disposición del público. Patrimonio Histórico y Etnográfico: Las consideraciones hechas en el subapartado anterior sobre la valoración del interés social del patrimonio arqueológico son extensibles a la valorización de cualquier bien cultural. Sin embargo, debemos apuntar que en el caso concreto del proyecto de Toques no se han aplicado con un grado de detalle similar al arqueológico. Ello fue así no sólo porque nuestra formación en la disciplina arqueológica nos situaba en una posición de desventaja para abordar este trabajo, sino que además intervienen las razones que seguidamente comentamos: 1) Sobre estos bienes no existía una inversión de trabajo y estudio previa de envergadura similar a la existente en torno al patrimonio arqueológico. 2) Su entidad, después de realizado un examen preliminar, tanto de los bienes como de la documentación existente sobre ellos, resultaba muy limitada. 3) Finalmente, el hecho de que el objetivo fundamental del trabajo fuese la revalorización del patrimonio arqueológico llevó a la cons ideración de los restantes ámbitos en la medida que complementasen y contextuali zascn a los arqueológicos. Vistos los condicionantes y presupuestos que guiaron la va loración de estos ámbitos pa sa mo~ a si ntet izar el res ultado de s u examen. El Conj unto Histórico del ayuntamiento no res ulta espec ialmente relevante por su número de elementos. Es tos se reducen a cuatro iglesias. y a cinco casas grandes o hidalgas (que no llegan a la categoría de pazos). Sin embargo, cuenta con un momumento de gran s ingularidad en el conjunto de Calicia como es la iglesia prc-románica de San Antolín, en la actualidad declarada BIC ~0• En lo que respecta al Conjunto Etnográfico ca be realizar una valoración s imilar a la del conjunto anterior. Su arquitectura popular es una muestra de la arquitectura tradicional de la comarca en la que se inscribe el ayuntamiento, A Terra de Melide. Corno elementos más relevantes se pueden destacar los hórreos de mimbre, la existencia de molinos de agua. aún en funcionamiento, o una buena red de caminos a ntiguos como pueden ser el camiño de Ovedo (i mportante itinerario de peregrinac~ón a Santiago e.n época medieval y posiblemente v1a romana (Ferrelra, 1988, 192; Gómez, 1994 ), o el camiño real de O Bocelo, camino de acceso a uno de los conjun tos megalíticos más interesantes de la zona. El medio natural (Giménez de Azcárate et alii). si bien no posee áreas de interés que pudiesen ser calificadas de excepcionales en el conjunto de Galicia se beneficia de una divers idad geológica, mor-foló~ica y edafológica que unida a la partic ular acción de sus habitantes ha dado lugar a variados paisajes y circunstancias ecológicas. Lo más destacable es que se trata de un medio s in grandes alteraciones. en el que se encuentran algunas especies incluidas en los catálogos de protección de distintos organismos, junto con algunas de gran valor corológico y bio-indicador. En un proyecto de este tipo, creemos también importante valorar la producción artesanal ya que ésta incrementa de forma notable los recursos explotables turísticamente. Sin embargo, en Toques su valoración debe ser negativa puesto que, además de no existir ninguna escuela o tradición artesanal, las pequeñas producciones comercializables en los mercados locales (lino, cestas, zuecos, miel...) han desaparecido casi en su totalidad. LAS BASES D EL PROYECTO: DELIMITAC IÓN D E LAS CONDICION ES SOCIOGEOGRÁFICAS DE PARTIDA Conocer el escenario sobre el que se pretende materializar el proyecto res ulta determinante a la hora de delimitar sus dimensiones y de concretar formalmente el programa de actuación que se pretende diseñar puesto que. en estas decisiones. han de tenerse presentes aspectos tan dive rsos como pueden ser. la situación geográfica del ayuntamiento, la di sponibilidad de recursos humanos e institucionales. la capacidad de iniciativa de sus vecinos, la disposición de éstos hacia las actuaciones que conlleva s u desarrollo. la existencia de las necesarias infraestructuras ma teriales de apoyo o el posi ble impacto que pueda tener el desarrollo del proyec to en la zona. Con el objeto de descubrir las disponibilidades del ayuntamiento en estos temas se abordó una caracterización del área de trabaj o deteniéndose para ello en los s iguientes aspectos: • Geografía: Toques es un ayuntamiento de la Galicia medio-interior perteneciente a la comarca de A Terra de Melide y administrativamente a la provincia de La Coruña (fig. 1 ). Sus rasgos geomorfológicos más s ignificativos son las sierras de O Bocelo y O Careún, límites naturales por sus lados W, N y E. Entre ellas discurre, en sentido N-S, el rlo Furelos, afluente del Ulla que conforma un amplio y abrigado valle e n e l que se concentra el grueso de la población y que además vertebra el sistema de comunicaciones entre los distintos lugares habitados de la sierras. Su situación e n una zona central e interior de Galicia, le confiere una posición secundaria en la red de núcleos importantes de atracción de visitas. Sin embargo, su proximidad a puntos de interés turístico-patrimonial como pueden ser Sobrado, Melide e incluso Palas de Rey21, pueden facilitar su promoción que. por otra parte, se ve favorecí~ p~r su buena comunicación con algunas de las prtnclpales ciudades gallegas como pueden ser Santiago o La Coruña. • Demografía: El examen de la población~~ y de su tendencia evoluti va a lo largo del último siglo muestra un continuo crecimiento hasta la década de los 60 en la que se alcanza el máximo de 3.138 habitantes. A partir de 1970, los efectivos demográficos dism inuyen progresivamente como consecuencia de la caída de la tasa de natalidad y de la emigración, que si bien era importante desde comienzos de siglo se compensaba con una alta tasa de nacimientos. El resultado de este proceso a la altura de 1992 es una población de 1949 habitantes, lo que hace una media inferior a los 25 h/km, y en la que los mayores de 65 años constituyen el 22,4% de la población, mientras que los menores de 15 años son sólo el 5,6%. • Economía: La actividad económica del municipio se concentra en el sector primario, fundamentalmente en la ganadería vacuna de leche cuyo crecimiento ha sido el motor de modernización y desarrollo de la zona. En la actualidad, la producción láctea se encuentra frenada por las restricciones impuestas desde la CEE, y lo que es peor, no parecen existir alternativas viables para la reestructuración de un sector al que los vecinos han dedicado el grueso de las inversiones de los últimos años, muchas de ellas aún sin amortizar. La agricultura, dado lo accidentado del relieve, tiene muy poco peso en el conjunto de este sector. Por su parte, los sectores secundario y terciario, apenas se encuentran representados, tanto por la baja demanda de un ayuntamiento escasamente poblado y envejecido, como por la proximidad de un centro de aprovisionamiento importante como es la vecina villa de M elide (a sólo 6 km de la capital municipal). Para finalizar el apartado económico, cabe hacer una referencia a las tasas de ocupación y paro. De acuerdo con los datos publicados para el año 1991 (IGE 1992), Toques tiene una población activa de 748 efectivos frente a 1.223 no activos (ancianos y jóvenes), mientras que sólo existen 20 demandantes de empleo. La valoración de estas cifras apunta otro indicador más del carácter regresivo del ayuntamiento tal y como se puede derivar de una sobre-representación de la población no activa y de una importante tasa de paro encubierto. Así es, la economia de la zona basada en explotaciones agrícolas de tipo familiar, mantiene un número importante de jóvenes, 22 Para compimer este apartado y los siguientes de este epígrafe han sido utilizadas, además de los datos directos proporcionados por lo• vecinos de la zona, diversas publica. ciones estadlsticas del INE (Instituto Nacional de Estadistica) y del IGE (Inst ituto Gallego de Estadistica). no inscritos en ellNEM, ayudando en las faenas del campo mientras no encuentran un trabajo remunerado, aun cuando su fuerza de trabajo no es imprescindible en la granja familiar. • Situación socio-cultural y servicios: El nivel cultural de la población es muy bajo, tal y como lo puede avalar la existencia de un 7% de analfabetos y sólo un 1,5% de habitantes con estudios superiores.. La existencia de cinco escuelas unitarias frente a un sólo centro en el que se imparten todos los niveles de la EGB, que además no cuenta con los recursos suficientes para impartir las clases individualizadas por niveles, muestra la dureza de las actuales condiciones educativas de la población infantil. La inexistencia de medios de transporte públicos para continuar la formación secundaria en otros municipios reduce al mínimo su seguimiento. Al igual que los culturales, los restantes servicios municipales como pueden ser la recogida de basuras, alcantarillado, la atención sanitaria, o el telefónico. son deficitarios. Los datos resumidos permiten realizar algunas consideraciones en torno a los recursos humanos y bases institucionales con que puede contar el ayuntamiento a la hora de abordar las actividades que conlleva la valorización arqueológica de la zona. En éstas, se pueden incluir desde las directamente relacionadas con la gestión y conservación del conjunto patrimonial hasta cualquier servicio complementario de atención al visitante. La primera consideración es que, si bien Toques cuenta con el suficiente capital humano, en términos numéricos, para abordar cualquier actividad relacionada con la materialización de las propuestas de acción que se prevean abordar, éste carece de cualificación. De otra parte, el envejecimiento de la población, su escasa capacidad económica y la pervivencia de una mentalidad derivada del modo de ser campesino tradicional, hace que la iniciativa privada sea muy baja para abordar el tipo de acciones que la materialización del proyecto podría requerir. Estas circunstancias determinan que las primeras acciones de valorización, destinadas a la atracción de público, deban surgir de la iniciativa pública. Cuando sus resultados comiencen a ser percibidos (afluencia de visitas y demanda de servicios por parte de éstas), la iniciativa privada buscará un papel activo en estas empresas. Finalmente, procede definir las bases institucionales que deben estar implicadas en el proyecto. La diversidad y amplitud de su ámbito de actuación llevan a proponer la necesidad de encontrar un espacio de opinión y acción para la multiplicidad de ins-tancias (públicas y privadas) que se puedan involucrar en su materialización. Entre todas. debe destacarse la corporación municipal puesto que posee competencias prácticamente en todos los ámbitos de acción del proyecto. desde los estrictamente patrimoniales hasta los relacionados con el turismo y los servicios 13 • De estas competencias se deriva su papel fundamental en: la protección del patrimonio que se pretende divulgar. la promoción de bienes y servicios y la mediación entre los intereses vecinales y las instancias de ámbito supralocal que puedan intervenir en el desarrollo del proyecto ( González. A la 1 uz de lo que se acaba de comentar se podrá entender que la materialización de l proyecto dependerá, sobre todo, de que su oportunidad y necesidad sea asumida por la corporación municipal. Otras instancias que por sus intereses, trabajo o proximidad al ayuntamiento pueden tener un espacio de opinión y acción en el ámbito de un proyecto de valorización patrimonial pueden ser los ayuntamientos vecinos, la administración autonómica y. en e l caso concreto de Toques, la Universidad de Santiago y el 1 DC 24 • EL DISEÑO DEL PROYECTO: LA CONCEPC IÓN Y PROGRAMACIÓN DE ACTUACIONES El recorrido efectuado hasta este punto podría definirse como una exploración de todos aquellos aspectos que pueden intervenir y/o condicionar la formalización de un proyecto de este tipo. Así, una vez valorados sus resultados, se llega al punto en que es posible concretar tanto el argumento que dote de sentido a la puesta en valor de los elementos arqueológicos, como la forma en que se podrá materializar ese argumento. Este trabajo es lo que constituye la fase de diseño propiamente dicha. En ella se pueden diferenciar dos tipos de labores distintas que a continuación trataremos: la concreción de la narrativa que es posible desentrañar al conjunto patrimonial y la programación de actividades que permitirán explicitar esta narrativa al público. LA CONCRECIÓN DE LA NARRATIVA Tal y como se ha argüido en Criado y González, 1994, la revalorización fundamentada en la ArPa parte del planteamiento de que, puesto que desde la ArPA se estudia cómo se plantea en cada momento de la historia la interrelación entre el ambiente, los procesos sociales y el entramado simbólico-cultural de toda sociedad, cuando fuera posible reconstruir tiempos pasados. debería ser posible evocar espacios pretéritos. La alternativa que desde este planteamiento se propone es reconstruir y ofrecer al público una narrativa basada en los valores intelectuales producidos en el desarrollo de esta línea de investigación uti lizando como soporte los monumentos y elementos culturales. Así, no se trata de mostrar yacimientos excavados como si fuesen objetos mudos de tiempos pasados, se trata más bien de evocar espacios sociales en los que los yacimientos y monumentos son sólo una parte de ese paisaje. Desde este planteamiento. para conducir las acciones diseñadas para la divulgación del patrimonio arqueológico del ayuntamiento de Toques se propuso el siguiente argumento: A lo largo de la prehistoria la presencia del hombre se ha hecho cada vez más clara y dominan/e sobre la tierra. Este hecho podía transmitirse de forma sencilla al gran público mediante la ilustración de diferentes paisajes arqueológicos 25 que muestren cómo los monumentos artificiales, obras y construcciones sobre el medio surgen en un momento tardío de la historia de la humanidad, cómo estas actividades sobre e l medio natural tienen cada vez una mayor envergadura y responden a causas e intenciones sociales concretas. En definitiva, se trata de, a través de esos paisajes, reconstruir y descubrir al público las características esenciales de cada una de las principales fases de la prehistoria e historia de la zona de trabajo. Concretamente en Toques se diferenciaron siete fases representadas por un conjunto de 108 yacimientos que van desde el paleolítico superior hasta época medieval. Para ilustrar este argumento a través de la evocación de los paisajes prehistóricos, se han selec-Figura 4.-Distribución de los yacimientos seleccionados para su revalorización sociocultural en la que se muestra uno de los itinerarios propuestos. cionado veinte conjuntos patrimoniales en los que se engloban un total de 62 puntos arqueológicos (fig. 4) de distinta entidad (yacimientos, áreas de acumulación, puntos de aparición de material...). Los criterios aplicados para esta selección fueron los siguientes: 1) Adecuado conocimiento del conjunto en cuestión, bien sea a través de su excavación o de los estudios efectuados en yacimientos semejantes. 2) Que la conservación del conjunto, así como la del paisaje en el que se enmarca, sea buena o, en caso de presentar alteraciones, que éstas sean fácilmente subsanables. 3) Que sean.conocidos en su ámbito geográfico inmediato o incluso más allá de él. 4) Que sean fácilmente accesibles (geográficamente hablando), por parte del público. 5) Además, se ha seleccionado un pequeño grupo de yacimientos que permiten exhibir su configuración interna: organización del espacio, tipo de construcciones domésticas..., a lo largo de los diferentes momentos prehistóricos que se pretende ilustrar. Este grupo se constituye con yacimientos excavados, en diferente medida pero nunca totalmente. Estos yacimientos compondrán el recurso didáctico básico para la compresión tanto del momento histórico en el que se inscriben como de otros yacimientos semejantes que no han sido excavados pero que, junto con los primeros, conforman el paisaje social de cada momento histórico ilustrado. Este primer grupo, de yacimientos excavados, se compone de ocho conjuntos, actores principales del relato. Los doce restantes, complemento importante para la evocación de los distintos paisajes prehistóricos, podrán mostrarse sin excavar, puesto que una simple limpieza de la vegetación que los cubre, o su señalización, bastan para que recuperen su aparatosidad formal y su preeminencia sobre el entorno circundante y se constituyan como jalones visibles de los paisajes prehistóricos ilustrados. Para comunicar al público la narrativa anterior se debe programar la realización de las actuaciones que compondrán el conjunto de recursos prácticos y materiales que posibiliten y amenicen la percepción individual de los restos arqueológicos. Éstas son las que en nuestro caso dieron lugar a la conformación del Area Arqueológica del ayuntamiento de Toques. En su descripción, tarea que a continuación se aborda. se intenta reproducir el orden que debería seguir el público para acceder de la forma más adecuada a la narrativa que se le propone 26 • Siguiendo entonces esta ordenación se han propuesto acometer las siguientes actividades 27: 2 " Dado que a la narrativa propuesta se accede a través de la aprehensión del espacio, el acceso a la información debe ser organizado tomando como base esta premisa y diseñando un recorrido que permita acceder al argumento en el orden en que éste se define. En este mismo sentido se expresan Caballero y Garcia ( 1992), cuando apuntan que el recorrido debe ser previsto para que la información se reciba según se diseñó, puesto que el tema argumental se desarrolla a través del espacio. 27 Dado que comentar los presupuestos concretos que guiaron cada una de las actuaciones, as! como el boceto de las mismas prolongarla en exceso el texto, nos limitaremos a enunciarlas apuntando que su diseño ha sido orientado por los principios teóricos y prácticos comentados en diferentes apartados tanto en este trabajo como en Criado y González, 1994. 1) Adecuar un pequeño local como centro de cepción del espacio y de los elementos que exposición e inf ormación acerca del conjunto lo conforman. patrimonial y de las posibilidades y recur-6) Estudio y recuperación de caminos antisos que ofrece la zona, previendo su amguos que puedan ser integrables en el conpliación futura para constituirse en centro junto histórico-arqueológico del ayuntamiende exposición permanente. Esta proposición deriva de tres hechos 2) Preparación de una serie de publicaciones distintos: divulgativas que complementen la informaa) constituyen la vía de acceso tradicional ción que el visitante podrá obtener en el punto a muchos de los puntos visitables de la anterior a la vez que satisfagan otros dos zona: objetivos: servir la información necesaria b) el senderismo es una actividad en conpara acceder a los distintos puntos visitatinuo crecimiento; bies de la zona y simplificar las señalizae ) son uno de los elementos de la geograciones sobre el terreno. fia tradicional en vías de desaparición 3) Definición de itinerarios de visita en coche dada su sustitución por las modernas vías y a pie, a distintos monumentos, yacimiende comunicación. tos y parajes naturales de la zona. Comple-7) Integración en el conjunto de la iglesia de A mentados por la información que ofrecen los Capela, con la creación a su lado de un podos recursos anteriores, han sido pensados sible parque romántico, aprovechando las con carácter abierto, para permitir al visiruinas existentes. tante variar los recorridos según sus prefe-8) Planificación de las consolidaciones y amrencias. bientacíones que se pueden abordar, de for-4) Señalización de los puntos incluidos en los ma inmediata, centradas en el Castro de A itinerarios de visita. Graña y el monumento tumular de Forno 5) Limpieza y acondicionamiento de los yacidos Mouros. mientas y zonas de interés propuestos en los 9) Previsión de consolidaciones de yacimienitinerarios, con el fin de adecuar los yacítos para abordar a medio y largo plazo: hlicidady dil'lllgaciún. con e l objeto de promocionar 111 zona y at raer un amplio espectro de público. 13) Previsión de posihilidadcs de expansión a otros ú111hiws de acuwciCÍit. Dado que el trabajo de va lorinción se centró en el patrimoniu arqueológico fundamentalmente. se propone la necesidml de ex tender el c 1mbi to de actuación a todos los aspectos patrimoniales susceptibles de ser pot<.:nciados. 14) Finalmente. es conveniente planificar lasatisfacción de una serie de demandas de carácter genl! ral (infracstructuralcs. humanas y materiales) que confieran efectividad 2. W de las actuaciones patrimoniales. Éstas van desde la limpieza periódica de cunetas, mante nimiento y limpieza en yacimientos y puntos que puedan ser muy visitados. demarcación de áreas de interés paisaj istico. adecuación de un espacio como área recreativa, rehabilitación de á reas degradadas y basureros. creación de un servicio de atención a los visitantes dotado de personal cualificado. adecuación de los servicios municipales y públicos básicos...!x. 15) De otra parte, para la gestión y organización de las actividades anteriores será necesario c rear un instrumento coordinador de todo el trabajo que implica la materialización del proyecto así como de las instancias que e n él pueden tener cabida y del equipo de trabajo que garantice la oportuna capacitación para abordar las labores patrimoniales. PLANI FICACIÓN Y ORGAN IZACIÓN DE LAS DIFERENTES ACTUACIONES l.as diferentes acciones recogidas en el programa global de actuaciones necesitan, para su desarrollo, de planes parciales de actuación que, de acuerdo con un calendario previo, deberán ser establecidos en función de criterios que pueden ser tan diversos como Jos antecedentes que determinan el planteamiento del proyecto. Teniendo en cuenta que las circunstancias que pueden concurrir a la hora de establecer plazos y fases de ejecución pueden estar propiciadas por coyunturas distintas y cambiantes, lo más operati vo es realizar un diseño modular de cada una de las d iferentes actuaciones, de modo tal que sea posible, bien llevar a cabo simultáneamente todos los ejes de actividad aunque asumiendo sólo una parte del volumen que conlleva cada una de las actuaciones o bien abordar cada una de las acciones de forma sucesiva. Independientemente del modelo que mejor se ajuste a las circunstancias de partida, es conveniente realizar una priorización de actividades de cara a evitar obstáculos y enredos que colapsen el desarrollo general del trabajo (C. E. P., 1991 ) A la hora de efectuar esta priorización se deberán tener en cuenta los siguientes aspectos: 1) Planificar las primeras acti vidades e n función de la obtención.del mayor efecto con la mínima inve rsión de esfuerzo. 2) Evitar como prioritarias aquellas acciones para cuya con secución sea necesario un largo proceso de trabajo: aquellas que implican una fase muy larga de ejecución o requieren de una gran inversión de trabajo o estudios previos. 3) Evitar también aquellas cuya necesidad está más supeditada a una afluencia masiva de visitas que a cuestiones directamente patrimoniales, por ejemplo. la c reación de infraestructuras o servicios de uso masivo parece lógico que sean posteriores a la realización de actividades que atraigan visitas. En función de estas circunsta ncias. las actuaciones propuestas e n el proyecto para la rentabilización arqueológica del ayuntamiento de Toques fueron distribuidas en actuaciones que se podrían abordar de forma inmediata, a medio plazo y a largo plazo. Con la organización de las diferentes actuaciones podemos dar por finalizado el trabajo de proyección. Con él prentendimos dar respuesta a la c uestión que alentó la realización de este artíc ulo. Así, aunque de ante mano sabemos que la distancia entre un diseño y su p lasmación práctica se encuentra cruzada por más circunstancias y problemáticas que las que aquí se han considerado, quisimos abordar temáticas y problemas de carácter general que nos permitiese n definir, no so luciones a dificultades concretas que van a depender de cada caso de trabajo s ino, más bien, posiciones desde las que a bordar las respuestas a estos problemas utilizando como marco una línea de investigación como es la ArPa.
En las líneas siguientes presentamos un lote de monedas inédito procedente del castro de Villasviejas del Tamuja (Botija-Plasenzuela. Tradicionalmente se viene considerando este asentamiento como vetón a pesar de que ninguna ciudad vetona acuñó moneda. De ahí, la importancia de la publicación y estudio de este conjunto ya que apoya la posibilidad de que la ceca celtibérica de tarriusia estuviera en este castro atestiguando la presencia de celtíberos en Lusitania, dato que confirman tanto los testimonios literarios como los arqueológicos. La ciudad de taníusia no es citada en ninguna fuente histórica a no ser en sus monedas, donde epígrafes en carácteres ibéricos nos transcriben un topónimo indudablemente celtibérico. Este epígrafe, más su tipología -la propia de toda la moneda de Ja Celtiberia-llevó a buscar la ciudad en ese territorio y con ello a denominarla tanusia y no taníusia como parece ser su nombre correcto. La rareza de sus monedas y por tanto la escasez de sus hallazgos, no permitían, hasta fechas recientes, ni perfilar más su localización ni contradecir esta opinión ge-neral 1 • Más aún, la tipología y la metrología de las monedas de taníusia encajan perfectamente con las del mundo celtibérico, concretamente con un conjunto de emisiones de diferentes ciudades que tienen como símbolo en anverso un delfín delante de la cabeza masculina y otro detrás y en el reverso el j inete lancero; la situación geográfica de estos talleres pertenecientes al llamado «grupo de Jos dos delfines» parecía corresponder a la parte occidental de la Sedetania, entre el Jalón y el Alto Ebro, allí donde la había supuesto situada Untermann 2 • Este consenso de opinión sufre un profundo giro en 1988, cuando J. L. Sánchez Abal y S. García Jiménez publican un lote de 108 monedas de tamusia de las que 1 O l proceden del castro prerromano de Villasviejas del Tamuja, perteneciente a los términos municipales de Botija y Plasenzuela (Cáceres). Los autores defienden que esta ceca podría estar ubicada en dicho castro utilizando dos argumentos básicos: uno numismático, el área de dispersión de estas monedas, y otro filológico, la relación entre la leyenda del reverso (taníusia) y el topónimo del río 1 Untermann. 318 (cit. en adelante como MLH ) lleva a cabo una recopilación de los trabajos anteriores y sitúa esta ceca en Celtiberia basándose en la similitud tipológica y epigráfica con otros talleres, punto que comentaremos más adelante; Sánchez Aba!. J. L. y Garcla Jiménez, S.; La ceca de Tanusia, Actas J Congreso Peninsular de Historia Antigua. Santiago de Compostela, 1988, vol. 2. pp. 149-190 defienden la localización de esta ciudad en Extremadura apoyándose en los hallazgos. En contra L. Villaronga: El hallazgo de monedas, El caso de Tanusia, Gaceta Numismática 97-98, 1990, pp. 79-85 que mantiene la situación septentrional. Corpvs Nummvs Hispaniae ante Avgvstl aetatem, Madrid, 1994, pp. 230-247 (cit. en adelante como CNH). que circunda el castro (Tamuja). A pesar de estos datos. y juzgando el hallazgo como accidental, L. Villaronga sigue hoy defendiendo la localización de la ceca en Celtiberia citerior'; de ahí la importancia de un nuevo lote numismático inédito, procedente de nuevo del castro de Villasviejas del Tamuja. que analizamos a continuación. en el contexto de la circulación monetaria de la región extremeña, lote que parece apoyar la hipótesis de la localización de este taller en el castro cacereño o en sus cercanías. Dada la escasez de numerario tamusiense, la pro• cedencia de las piezas resulta ser significativamente importante y por ello vamos a centrarnos en un primer momento en la cuestión de los hallazgos. Si tenemos en cuenta que este taller estuvo situado en una región en la que prácticamente no hubo otros en funcionamiento durante estas fechas, resulta razonable esperar que estas monedas alcancen un alto porcentaje de representación en los hallazgos. Es claro que la difusión de la ceca de 1aníusia se centra de forma casi exclusiva en el actual territorio cacereño; más aún, de un total de 40 localidades extremeñas en que hemos constatado monedas hi spanas sólo 1 O han proporcionado numerario de raní11.~ia (fig. l ). Es importante destacar que en la vecina provincia de Badajoz no ha aparecido ninguna pieza de esta ceca. Los hallazgos se localizan, como vemos, todos en un área compacta y reducida al castro de Villasviejas del Tamuja (Botija-Plasenzuela, Cáceres) donde, no sólo la proporción, sino también la cantidad es elevada dado que el territorio extremeño parece no haber tenido una gran producción propia de moneda 4 • Veamos ahora otros tipos de argumentación: epigráficos, tipológicos y estilísticos. Desde el punto de vista epigráfico se ha señalado siempre que la leyenda de estas monedas presenta caracteres ple-M. P.: Cél1icos y púnicos en la Beturia según los documentos monetales. Ead.: Sobre las dos supuestas ciudades de la Betica llamadas Arsa. Testimonios púnicos en la Baeturia túrdula, Anas 4-5, 1993, pp. 81-92); Balleia (provincia de Badajoz,?) cf. ead.: Las cecas libiofenicias. /111 Jornadas de Arqueología Fenicio-Pionica, Ibiza, 1993, p. 15: Turirecina (Casas de la Reina, Llerena, Badajoz) cf García-Bellido, M. P.: Las cecas líbiofcnicias, pp. 114-116. En la ceca de tamusia sólo se ha constatado la existencia de una serie que no presenta variacioñes importantes; (V 38,I) y Sánchez Abal, J. L. y Garcia Jiménez, S., cit. (n. Sobre la circulación de la zona C. Blbquez, la círculació11 monetaria en torno a la Vía de la Plata desde sus inicios hasta fines del reinado de Commodo, tesis doctoral inédita, Salamanca, 1993. namente celtibéricos y. por sus «dos delfines» se la buscaba en la Celtiberia citerior. por ello la lectura del epígrafe se hizo como 1a11u.via. Sánchez Abal y García Jiménez tuvieron dificultades para justificar el paso del fonema n a m en tanusia=Tamuja ~. La reciente localización de la ceca en Extremadura permite, según García-Bellido. elegir el sonido m para la nasal como es frecuente en la Celtiberia ulterior. descartando la n que serla la propia de la citerior. La nueva lectura 1aníu. via hace la etimología del topónimo todavía más clara y. permite considerar las series celtibéricas como preámbulo de la latina con el étnico TAMVSIENS, ésta sí localizada en la «Andalucía occidental o Extremadura» desde siempre". Respecto al argumento tipológico, que ha sido trascendente para su tradicional localización en Celtiberia citerior. ya A. Delgado insistía en que su tipo y estilo permitía compararlas con las de.iekaisa y sama/a aunque había visto ejemplares de esta ceca en varias colecciones ignorando su procedencia 7 • Posteriormente J. Untermann se conforma con señalar que la imagen de estas monedas apunta a Celtiberia citerior, pero sin decidirse entre la zona establecida al norte del río Jalón o bien la de los valles del Jalón y el Henares, y desde el punto de vista estilístico destacaba su semejanza con sekolias. sekaiSa, oka/akom, rOtufkom y Sama/a 8. Al examinar detalladamente los tipos y estilos utilizados por estos talleres hemos podido comprobar que, como decía L. Villaronga, «las monedas de 1aníusia imitan exactamente las monedas con dos delfines de.~ekaisa» argumento en el que se basa precisamente el autor para mantener la idea de que debe integrarse en el llamado «grupo de los dos delfines», cuya situación geográfica habría que buscar entre el Jalón y el alto Ebro 9 • La ciudad de.~ekaisa acuña abundantes series, no sólo en bronce sino también en plata 10, desde comienzos del siglo 11 a.C. pero en Extremadura se encuentran sobre todo y en abundancia las monedas de la última serie (V 65,6-7, 11 y 13), aquéllas cuya semejanza con los brons García-Bellido, M. P. cit. n. Delgado, A., Nuevo métodu de c/osijic-oción de las Medo• /las autónomos de España. t. ces de 1tmi11sia es grande: una gran cabeza masculina que ocupa casi iodo e l campo. nariz recta, labios gruesos y parale los, mentón saliente. ojos grandes y convencionales y el cabello con el mismo tipo de rizos. como en los reversos donde los jinetes empuñan una lanza con la mano derecha y con la izquierda llevan las riendas. visten un faldellín plisado y lleva n casco con cimera como comentaremos más abajo, aunque ello es, sin duda, de dificil justifi cación. En tercer lugar vamos a centrarnos en el epígrafe de estas monedas puesto que es de gran importancia: ya Untermann, señala la posibilidad de leer esta inscripción con e l sonido m o n~ pero la supuesta localización en el Jalón le llevaba a elegir la nasal n; sin embargo, es García-Bellido quien defiende la lectura 1aníusia basándose en su continuidad en las series latinas de T AMVSI ENS y en su horno-11 Consideraciones similares, concretamente paralelos entre sekobl;/A: es y tuliasu han sido utilizadas por M. P. Garcla-Bcllido para apoyar la localizaci6n de sekoblflkes en la meseta norte (Tesorillo salmantino de denarios ib6ricos, Zephyrus 25, 1974, pp. 385-387 y Sobre la localizaci6n de SEOOBRIX y las monedas del yacimiento de Clunia, AEspA 67, 1994, pp. 245-259). C IRCULACIÓN MONETARIA EN VILLASVIEJAS DEL TAM UJA CON LOS NUEVOS DATOS Este castro prerromano se viene incluyendo dentro del territorio vetón a pesar de que su localización es un tanto marginal dentro del mismo; su emplazamiento es excepcional, tanto desde el punto de vista económico como del estratégico, ya que está situado a medio camino entre el Guadiana y el Tajo, muy próximo a las vfas terrestres que comunicaban Andalucla con la Meseta y está ubicado en una impor-tante zona minera, ya explotada desde época preromana 14 • Todos estos condicionamientos confieren al yacimiento una serie de peculiaridades que por un lado le vinculan con el munqo turdetano y por otro con el meseteño. Hasta el momento se ha constatado la existencia de un poblado y dos necrópolis, «El Mercadillo» y «Romaza!»; mientras en el poblado, debido al escaso terreno excavado y a la ausencia de estratigrafia, no es posible precisar una secuencia cultural clara, sí lo es en la necrópolis. La presencia de escritura y el abundante material cerámico y numismático denotan un elevado desarrollo cultural que no se observa en otros asentamientos vetones 15 • Por otra parte, no contamos con estudios comparativos dentro de la región extremeña. Respecto a la cronología del yacimiento se pueden diferenciar dos períodos: el primero se inicia en el siglo 1v prolongándose hasta el siglo 11 a.c. y el segundo abarca desde mediados del siglo 11 hasta la primera mitad del siglo 1 a.c. El siglo 111 a.c. aparece como el momento en que se alcanzó el máximo desarrollo. La cultura material remite por un lado a modelos meridionales y por otro al horizonte cultural meseteño: así, los ajuares funerarios de «El Mercadillo» consisten en pequeños vasos cerámicos comparables a los de los yacimientos íbero-turdetanos, fusayolas, fibulas, cuentas de collar y algunas piezas aisladas de armamento, mientras que en los de «El Romazal» están presentes nuevos elementos como arreos de caballo, armas, fibulas de La Téne, etc. que constatan una ruptura con la necrópolis anterior y tienen una fuerte vinculación con la Meseta norte 16. En el mismo sentido apunta el conjunto numismático que presentamos ya que permite aislar con toda nitidez dos fuentes de aprovisionamiento: por un lado, tamusia y cecas de la Celtiberia citerior, como titiakos y sekaisa, y por otro los talleres meridionales, especialmente Cástulo seguido de Obulco. Todos estos datos permiten plantear a F. Hernández la posibilidad de que en el siglo 11 a.c. se produjeran traslados de población, de forma voluntaria o forzosa, dando lugar a un enclave celtibérico 14 Hernández Hernández, F., Rodrlguez López, M.O. y Sánchez Sánchez, M. A., Excavacíones en el Castro de Villasviejas del Tamuja (Botija, Cáceres), Mérida, 1989; Hernández Hemández, F.: El yacimiento de Villasviejas y el proceso de romanización, El proceso histórico de la lusltania oriental en época pre-rroma11a y romana, Mérida, 1993, pp. l IS-144. u Contamos con testimonios epigráficos de época prerromana (Hemández, F.: Nuevos grafitos en Extremadura, NAH 10, 1985, pp. 219-224') a los que hay que sumar el hallazgo reciente, aún no publicado de una tessera hospitalls M. P.,cit. n. " Hemández Hemández, F.: Laa necrópolis del poblado de Villasviejas (Cácerc1), Extremadura Arqueológica 11, Mérida-Cáccres, 1991, pp. 2SS-267. dentro del territorio vetón. Sobre este punto volveremos más adelante. La presencia romana en este yacimiento no parece haber afectado a las estructuras de hábitat ni a los modos de vida, ya que probablemente se trató de una ocupación ocasional a manera de castrum. Este hecho tiene su reflejo en el numerario circulante: la moneda de plata no existe a no ser la procedente de la ceca de Roma con representatividad escasa y el grueso de ella se fecha a fines del siglo 11 y comienzos del siglo 1 a.C., concretamente en el 73 a.C., fecha del final de las guerras sertorianas, dato éste del mayor interés para el posible final del habitat. Vamos a detenemos ahora en la documentación numismática: a pesar de que las monedas recogidas durante la excavación son escasas, contamos con un significativo lote numismático disperso en diferentes colecciones privadas. Algunas de estas piezas han sido publicadas, pero en la mayor parte de los casos no se han especificado los datos concretos referentes a cada una de ella•s. Además, he tenido la oportunidad de estudiar un conjunto de monedas, inédito, que nos ha sido facilitado generosamente por Miguel G. de Figuerola, quien lo recogió en 1984 entre diversos coleccionistas particulares del municipio de Botija 17 • Aunque en un primer momento me planteé la posibilidad de que estos ejemplares fueran los mismos publicados por Sánchez Abal he comprobado que las cecas representadas no son las mismas en ambos lotes y en los casos en que los talleres coinciden las cantidades son diferentes; por ello, siempre que ha sido posible he descartado algunos ejemplares que pudieran ser los mismos, y puesto que contamos con datos más exactos e incluso fotografias he creído conveniente hacer una publicación detallada de este material pues, además de incidir en la abundancia de moneda de tamusia en la zona, es la primera ocasión en que se puede fechar ésta gracias a la presencia de denarios romano-republicanos. Monedas procedentes de excavacion i x En la reciente memoria de excavaciones sólo aparecen fotografiadas 4 monedas, aunque se mencionan otros hallazgos de «ases ibéricos que proceden de distintas cecas de la Península Ibérica», pero sin más aclaraciones:?? •• Sánchei Abal, J. L. y Garcla Jiménez, S.: La ceca de Tanu1ia, Actas J Congreso Peninsular de H" Anllgua, Santiago de Compos• tela, 1988, pp. 153 y 1S8; Sánchez Abal, J. L. y Esteban One¡¡a, J.: Monedas de cecas andaluzas procedentes de Tanusia, Actas del Congreso Internacional «El Eitreclto de Gibraltar», Ceuta, 1987, t. Como ya hemos señalado supra, este conjunto monetario, hasta ahora inédito, procede en su ma• yoría de hallazgos de superficie, hoy en colecciones particulares, y sólo cuatro monedas proceden de excavaciones:.Contamos con un total de trescientas once monedas que se distribuyen en los siguientes periodos: 20 Es un alma de bronce de un denario forrado cuya emisión es imposible identificar. A pesar del importante papel que desempeña la amonedación en este período de guerras la circulación es muy limitada. con sólo el 1,28% del total del numerario localizado. pero vamos a comentarlo con algún detenimiento puesto que las piezas aparecidas son altamente significativas. La pieza más antigua localizada en este yacimiento es un ae púnico acuñado en Cerdeña entre 264 y 241 a.c. Hemos seguido los desplazamientos de estas monedas fuera de la isla y hemos podido constatar su presencia en el sur de la Galia 21, en Mónaco n, en Ampurias, Ibiza y Menorca 23, en algún lugar de Andalucía 24 y en el norte de A frica 25 • Los hallazgos en el litoral mediterráneo puden ser testimonios de las relaciones con el mundo púnico ya que están constatadas las exportaciones e importaciones 26 • Sin embargo, la penetración en el sur de Hispania encaja mejor en el contexto de la Segunda Guerra Púnica. Respecto a la aparición de un victoriato también conviene hacer algún comentario, puesto que hasta ahora su difusión geográfica parecía restringirse a la costa levantina y Andalucía oriental, exceptuando el hallazgo de Numancia 26 No compartimos la opinión de M. Campo (Circulación monetaria en Menorca, /SNB, Barcelona, 1979, p. 97) que piensa que estas piezas debieron ser consideradas objetos exóticos y no un medio de cambio. 17 Para evitar la enumeración de estos hallazgos remitimos a Lechuga Gal indo, M., Tesoril/os de moneda romano-republicana de la región de Murcia, Murcia, 1986, pp. 74-77 producido hallazgos de victoriatos en la mitad occidental peninsular: en Bornos (Cádiz) 1 x. en uno de los tesoros de Puebla de los In fantes (Sevi lla) 1 q, en el poblado de Hornachuelos (Ribera del Fresno,.Badajoz) 30 en el tesoro de Almadenejos (Ciudad Real) 31 y en Coca (Segovia) 31 • En todos estos casos, al igual que en el de Villasviejas del Tamuja, los victoriatos debieron llegar con posterioridad al 170 a.C., fecha en que dejaron de emitirse 33 • Lo más probable es que las piezas correspondientes a este primer período sean simplemente una muestra de circulación residual, ya que esta zona no estaba monetizada en aquel momento y se encuentra alejada del área de influencia cartaginesa. 3 y 4) Aunque lo deseable sería mantener una periodización más breve en este caso nos tenemos que enfrentar con una serie de cuestiones como, por ejemplo, el hecho de que en algunas ocasiones desconozcamos la serie a la que pertenecen las monedas y no sea posible precisar las fechas de emisión, o bien el hecho de que la cronología propuesta para estas piezas no encaja en nuestro esquema cronológico. Por ello finalmente nos hemos decidido a analizar conjuntamente el grueso del material numismático que, como puede observarse pertenece al siglo 11 y comienzos del siglo 1 a.c. El primer aspecto a destacar es que la moneda de plata procede en su totalidad de la ceca de Roma y supone el 3' 58% del total de este período. Hay que tener en cuenta que en las cecas meridionales en este momento no se están realizando emisiones en plata. La importancia del conjunto inédito radica en que la plata romana que acompaña a las monedas hispanas nos permite proponer una fecha aproximada para el final del yacimiento: los denarios republicanos del lote inédito marcan como fecha final el año 75 a.C. (denario no 13), dato que podría relacionarse con las campañas sertorianas; sin embargo, Sánchez Abal nos informa, aunque sin más precisiones, de la «aparición de denarios republicanos en el castro que llegan hasta el año 40 a.C.» 34 • Aunque no disponemos de referencias literarias sobre la presencia romana en el castro sí contamos con algunos materiales, como ánforas, cerámica común y paredes finas, que permiten suponer una ocupación transitoria del yacimiento; las ánforas apulas y Dressel 1 así como la cerámica campaniense pueden compararse con las exhumadas en Cáceres el Viejo, sin embargo aquí el momento final de Ja ocupación, coincidiendo posiblemente con las luchas de César y Pompeyo, parece estar marcado por 3 • Sánchcz Abal; ~-L. y Garcla Jim~nez, S., cit. (n. Hay que tener en cuenta que nuestro lote de monedas fue recogido en 1984, mientras que el de Sánchez Abal ha sido publicado en 1988 por lo que ea posible que hayan apa. recido más piezas que cubran ese intervalo de tiempo. la cerámica de paredes finas datada en una fecha republicana tardía 35 • Entre las cecas peninsulares Ja que cuenta con una mayor representación es tarríusia. La importante cantidad, 102 monedas, y el porcentaje, 33,22%, en el que esta ceca entra a formar parte de la circulación monetaria es uno de los más altos registrado hasta el momento en un yacimiento. Como ya hemos constatado supra, el resto de Jos hallazgos de esta ceca se localiza en un área cercana y muy reducida apoyando la localización del taller en este castro. Respecto al porcentaje hay que destacar que no alcanza el 50%, como era de esperar en las ciudades con ceca propia, pero hay que tener en cuenta que esto depende de la cantidad de emisiones y las de tarríusia son muy escasas. Este podría ser un caso Los va lores mits frec uentes son el as. a con1 inua-c1ó11 los cuadrantes y después los:->cm1:-.cs. Esta abundancia rela t ivamente ckvadu de divisores parece indic.:ar una alta monctizm; ión Je la cconomia de l casi ro. No creemos que sea casual que desp ués dt: w11i11.Í'io. la ceca loca l. las m:b rep resentadas pertenezcan a talkres localizados también en íunbitos mineros. ya que es preci sa 111c111c en estos ámbitos donde se conjugan toda esta:-.erice.le caracleristicas 1 •\ Durante mucho tiempo el único conjunto numismático significa tivo extremeño conocido era el pro-" Gan: m-lklhd11. 1986. pp cedente del campamento de Cáceres el Viejo -'". conjunto que. dada su composición. se pensó no debía corresponder a una circulación local sino que dichas monedas habrían sido tra ídas por personas itinerantes procedentes de otros lugares 40 • Ahora contamos con Ja posibilidad de examinar de forma conjunta el comportamiento numismático de otros yacimientos extremeños; así. además de Ví llasviejas del Tamuja (Botija-Plasenzucla. Cáceres) y Cáceres el Viejo (Cáceres) conocemos las monedas halladas e n e l Castrejón de Capote (Higuera la Real, Badajoz) y las del poblado de Hornachuelos (Ribera del Fresno, Badajoz) 41 • En todos se observa la existencia de dos fuentes fundamentales de abastecimiento que parecen indicar la existencia de fuertes contactos con el valle del Guadalquivir por un lado y por otro con Celtiberia, dato ya constatado para La Loba {Fuente Obejuna, Córdoba) 41 • Vamos a detenemos ahora sobre este último punto, puesto que el material numismático que hemos recopilado entre los hallazgos de época republicana en la región extremeña arroja nuevas perspectivas sobre este tema y permite conjugar todos los argumentos antes expuestos. La importancia cuantitativa del grupo celtibérico se debe a una sola ceca: lekaisa. M. Medrano ••ha realizado un estudio sobre la circulación de estas piezas y recoge 30 lugares de hallazgo. todos localizados en la mitad oriental hispana, excepto Cáceres el Viejo (fig. 6); en dicho trabajo señala que cuanto más nos alejamos de la zona de Calatayud se encuentra un menor número de bronces de s'ekai! la. El autor opina que el modelo de distribución monetal ha de ponerse directamente en relación con la conquista de Hispania y los movimientos de tropas, factor que ya fué indicado por A. Dominguez''. y que explicaría que los hallazgos jalonen las vías de comunicación más importantes, así como que su mayor concentración se produzca en asentamientos militares y zonas de Gaceta Numismática 97-98. Domfnguez Arranz, A.: Ensayo de ordenación del monetario dela ceca de Sekaisa, la Moneda Aragonesa, Zaragoza, 1982, p. 34. fuerte conflicti vidad. De este modo se observa de forma muy clara que hay una serie de hallazgos que se han producido a lo largo de un camino que partiendo de iekai!./a baja por Teruel (Villahermosa del Campo-Torrecilla del Rebollar-Cella-Alto Chacón) y continúa por el área noroccidental de Valencia (Sínarcas-Camporrobles-Caudete de las Fuentes). La constatación de este camino es sin duda de gran importancia puesto que pone de relieve el hecho de que el tráfico principal de gentes y tropas se produce en esta época entre la Celtiberia y el área levantina. y no a través del valle del Ebro, aunque los hallazgos de Botorrita y Alcañiz demuestran que también se emplearon los caminos paralelos a esta vía fluvial. Por otra parte, se ha constatado igualmente la presencia de estas monedas en la ruta principal de acceso a la Meseta norte, que viene dada por los puntos de Arcobriga, Numancia, Osca, Tiermes y Clunia. camino que enlazaría desde Numancía con Logroño y Pamplona. Finalmente los hallazgos señalan también la vía de penetración hacia la Meseta Sur que, partiendo de la ceca, continuaría por Luzaga y Uclés hasta conectar con Cáceres. Sin embargo, aunque en el trabajo de Medrano no se recogen más hallazgos de monedas de.iekai.ia en la mitad occidental que los de Cáceres el Viejo, hemos podido constatar que su di fusión fué mucho más amplia y que a parece vinculada con cierta frecuencia a ámbitos mineros (fig. 6) 4 ~. Un dato de suma importancia es que la casi totalidad de las monedas de iekais'a que hemos recopi- lado entre los hallazgos del occidente peninsular pertenecen a la última serie acuñada por esta ceca, es decir a la que tiene como símbolo en el anverso un delfín delante y otro detrás de la cabeza masculina (V 65, 6, 7, 11 y 13 ). Ya hemos señalado antes el paralelismo y la similitud existente entre dichas monedas y las acuñadas en tamusia (V 38, 1 ); sin embargo, hasta el momento, se ha tratado únicamente de justificar esa semejanza en relación con la proximidad geográfica de ambas ciudades. Ahora bien, creemos que el hecho de que las monedas de tamusia nos ofrezcan una epigrafia y una tipología plenamente celtibéricas puede indicamos la existencia de un contacto íntimo entre Celtiberia y la región extremeña datable precisamente en los años de emisión de la última serie de sekaisa, la más abundante en Extremadura y la que copia la ceca de Tamusia. Todas estas suposiciones nos parecen aún más probables si observamos que, aunque tradicionalmente a la serie de sekaisa de los dos delfines se le viene atribuyendo una cronología sertoriana, las excavaciones en el Castrejón de Capote (Higuera la Real, Badajoz) han llevado a Berrocal y Canto a retrotraer esa fecha hasta fines del siglo 11 a.C. 46 • De esta forma resulta posible aceptar que las acuñaciones de tamusia sean posteriores, es decir, que tuvieran lugar en el primer cuarto del siglo 1 a.c. tras haber conocido las de sekaisa e imitarlas, estableciéndose así un enlace tipológico entre ambas emisiones. Por último conviene recalcar que en el resto del territorio meseteño no ha aparecido ninguna moneda de taníusia ni en excavaciones ni en tesoros, a pesar de que conocemos la existencia de numerosos conjuntos numismáticos. Los hallazgos de monedas de sekaisa en la zona meridional (fig. 6) parecen marcamos una penetración desde la Meseta siguiendo el camino natural en sentido Este-Oeste que bordeaba el extremo occidental de Sierra Morena y desde allí toma un eje hacia los valles del Tajo y el Guadiana, otro hacia las explotaciones mineras de las provincias de Ciudad Real y Córdoba y un tercero que se dirige a Jos asentamientos prerromanos del sur de la provincia de Badajoz y algunos del territorio onubense. La expansión de los celtíberos hacia el suroeste peninsular es un tema al que en los últimos tiempos se le ha dedicado un especial interés 47 y dado que el material arqueológico justifica claramente su presencia no vamos a detenernos en ello. La moneda celtibérica en esta región suroccidental reitera siempre un modelo uniforme: presencia poco enérgica pero constante, salvo en el castro de Villasviejas del Tamuja (Botija-Plasenzuela, Cáceres) donde cuenta con un elevado porcentaje, dato que posiblemente deba interpretarse como la documentación de un fenómeno cultural: el desplazamiento de gentes desde Celtiberia hacia tierras extremeñas, bien de forma voluntaria o forzosa debido probablemente a enfrentamientos con Roma, gentes que llevarian consigo sus usos monetales a una zona en la que no existían, llegando a generar emisiones en el nuevo lugar de asentamiento. En estas emisiones se mantuvieron " Cf el reciente trabajo de Berrocal Rangel, L., Los pueblos célticos del suroeJte de la P. Ibérica. Madrid, 1992. las mismas características tipológicas del lugar de origen para que fuera comprensible para sus usuarios pero ya aparece un nuevo topónimo en el que se utiliza una grafía propia de la Ulterior. Es más, dada la abundancia de hallazgos en la región extremeña de monedas de la última serie de sekaisa y la semej anza entre estas piezas y las emitidas por taníusia, cabe preguntarse si son grupos de sekaisa quienes a fines del siglo 11 a.C. o comienzos del 1 se trasladan en generaciones sucesivas y se asientan en Villasviejas del Tamuja trayendo consigo el numerario y acuñando poco después con el nuevo topónimo, taníusia, pero exactamente las mismas características monetales de su ceca de origen. Si fuese así tendríamos que descartar su origen arévaco, propuesto por García-Bellido, y pensar que la grafia del área occidental la aprenden ya en Extremadura. Creemos que así debe ser interpretada la amonedación de taníusia, cuya localización en Villasviejas del Tamuja (Botija-Plasenzuela, Cáceres) parece hoy fuera de dudas, y ello justificaría la presencia de esta ceca que, manteniendo unos tipos y leyendas plenamente celtibéricos, se sitúa en territorio considerado hasta hoy como exclusivamente vetón....,......
A partir del des cubrimiento de una foetoria de sala71111e~.:n la l•iudad de Gijón (Asturias). >C realiza un estud io analitíco de los testimonios di: estas inJustria~ en el Norte y Noroeste de la Península Ibérica cn época romana. F.n gencral cs ta zona geográfica no cstá incluida en los es tudios peninsularcs s obre e l tema. El avance de la investigación arqueológica en e l N. y NO. peninsular en los últimos años, ha permitido el descubrimiento y el reestudio de algunos restos arqueológicos de cierta singularidad como son los de las industrias dedicadas a la explotación de los recursos marítimos en las zonas atlánticas y cantábricas de Hispania. Estas regiones han estado ausentes de las grandes síntesis (Ponsich, 1988; Curtis, 1991) y de los mapas de distribución al uso (Jiménez Contreras, 1986) a pesar de que en los años cuarenta, algún autor había certificado la presencia de establecimientos salazoneros en la costa cantábrica de Gal icia (Maciñeira, 1947; Vázquez Seijas, 1952). En nuestra opinión, Ja ausencia de excavaciones en enclaves costeros romanos en todo el N. y NO. hispano, problema en vías de solución desde hace menos de una década, ha sido el responsable final de este silencio bibliográfico. El hallazgo cas ual de los restos de una factoria de salaiones junto al puerto de la c iudad de Gijón. excavada en 1991 por uno de nosotros ( Fcrnández Ochoa. 1993), nos ha impulsado a re plantear este tema para ofrecer una visión conjunta del mismo y establecer las relaciones pe rtinentes con las regiones atlánticas <le la Gullia y de Britannia. Es nuestra intención contribuir al incremento de las evidencias que sobre e l proceso ro man izador del N. y N.O. peninsular arrojan restos arqueológicos de diversa índole y, en este caso concreto, los que se relacionan con la transformación de la pesca y sus derivados. En primer lugar, analizaremos las características de la costa (Oceanus Atlanricus/Mare Cantabricum) y las posibi 1 ida des d e capturas que ofrecen estos mares; a continuación estableceremos el catálogo d e los lugares con restos ide ntificables como industrias salazoneras partiendo de las Rías Bajas y cont inuando, en sentido Este, a lo largo de la costa cantábrica, con el fin de extraer las conclusiones oportunas. Por último, trataremos de aprox imarnos a una definición del alcance de estas producciones en el conjunto de los «finisterres atlánticos» del Imperio. La zona geográfica que se pretende tratar en estas páginas engloba dos áreas costeras con características geomorfológicas y climatológicas distintas: la costa atlántica gallega (especialmente en torno a las Rías Bajas) y la costa cantábrica. Ambos tramos costeros se encuentran separados por el Cabo de Ortega!, punto clave para situar di v isorias de las distintas rnrricn1cs de aguas. asi como punto de inlkxión en la dirccl: ión de.: los vientos ( Maciñcira. Sl' cara1: tcri1"a por una con figura-1.:ión sinuosa. con numcro:.as bahia:. naturales y rias. 1ra<licionalmcnte aprov~cha<las para instalar centros portuarios. debido a sus cxcdcntcs condiciones de navegabilidad y refugio fn: nte a vientos. además de facititar itinerario~ maritimo-fluviales de penetración hacia el interior. Sin embargo. existen algunos inconvenientes. como la vulnerabi lidad de las rias frente a fuertes mareas o la presencia de arrecifes. cuya peligrosidad se incrementa con la acción de vicn tos y corrientes. Por su parte. e l tramo costero cantábrico presenta una tendencia rectilínea (Iglesias y Muñiz. 1992, 51) cuyo origen se encuentra en la propia linealidad de las estructuras tectónicas mayores (gran falla norpircriaica) que afectan a los materiales de nivel cortical. Esta configuración, unida a las continuas plataformas de abras ión dctem1ina una plataforma cont inen1al estrecha. característica en la zona asturiana (Flor. Los sectores de costas de inmersión frecuentes en esta zona implican la exis-.YAC.--tcnc ia de rias vivus. sicnd<) un magnífico ejemplo de ello la costa vasca (Esteban. l 990a. En ambos casos se produce un fenómeno paralelo: il de la costa gallega: las ría$ favorcct!n el acceso hada el interior así como la ubicación de puertos fluviales de importante actividad económica para la zona. Las corrientes marinas locales son de excepcional importancia ya que. no sólo favorecen o dificultan el tráfico naval. sino que. en cierto modo. condicionan el flujo de diversas especies marinas, de importancia capital en las industrias de salazón. Es muy probable que aprovechando este tipo de corrientes ex istieran una serie de rutas. ya desde época prerromana, que costearan el Atlántico y el Cantábrico. El origen de estas rutas, en época romana. habria de situarse seguramente. en las principales metrópolis exportadoras béticas. como Gades (Plinio,11. El efecto de las corrientes, se modifica en función de los vientos costeros existentes. cuyo soplo puede favorecer o di ti cuitar la navegación ( Rouge.1966,34 y ss.) y. por canto, la ubicación de centros industriales y/o portuarios. En este sentido, es significativa la importancia dc cubos o promontorios y su protagonismo en el régi men de los vientos. Efccli va111cn1c. los cabos se i: omponan como murallas naturales ante el di: c10 de determ inados vientos. cuya potencia y peligrosidad se hace patente ul sohrepusar la protección ofrecida por estos accidentes. Asi pues. no debe extruñar la frecuente asociación que:-e produce cn1re los cahos y los núcleos de tll.:th idad económica que. gcncralmentc. se ubicun apovcchundo la pro1ección natur: il quc aquéll os brindan. como pone de relic\'e la distribución de indus1rias salazoneras. Por tanto. como resumen general. a pesar de las di fcrencias existentes entre ambos tramos costeros. cxis1en no1ables coincidencias e n cuan10 a los con-dicionan1es geográficos que van a tener un peso importante en la ubicación de núcleos económicos: puertos. 1•il/uc'. y centros de procesamiento del pescado. Si consideramos las fuentes arqueológicas e historiográficas disponibles. Galici a es la región del N.O. donde es posible constatar. de modo más feha ciente, la presencia de instalaciones orientadas a la elaboración del pescado. El hallazgo de numerosas «pi letas» para salazón en distintos yacimientos romanos o romanizados. responde a una tradición pesquera anterior, ya constatada en los núcleos castreños (Vázqucz Varela. 154 y ss), que tiene su continuidad en época medieval y moderna (Rodríguez Colmenero. Los principales centros donde se realizaron actividades de transformación del pescado en época romana son: PONTEVEDRA A/cobre (Fig. 1, 1) Yacimiento recientemente descubierto sobre el que existen escasos datos. En la actualidad se da por segura la existencia de un núcleo salazonero en este punto del litoral vigués (Naveiro y Pérez Losada, 1992, 65, n. 12), aunque, por el momento, no se dispone de datos concretos acerca de instalaciones o de materiales arqueológicos asociados a las mismas. 1.2) Considerado un ccn1ro sala1onero por diversos autorcs ( Lomha. l 9X7. 172 ). irwt.':H igacioncs ac1uali/adas manifiestan serias dudas sobre la existencia <k dicha industria en este yacim1cn10 (Navciro y Pére/ Losada. Por ot ra parte. no con-1umos. al menos de forma concluycn1e. con ningún dato ma1crial en cs1e senlido ( Acuña. A la espera de datos mús concretos optamos por incluir. con ciertas reservas. este yaci mien10 en el censo de tales industrias. lwesiíia-Nerga ( Fig. 1.3) Este yacimiento arqueológico. situado en las cercanías de Cangas del Morrazo, fue descubieno por J. Suárcz. colaborador del Musco de Pontcvcdra (de La Peña. La extra cción de áridos en la 1.orH1 permi1ió sacar a la lu/ la existencia de piletas romanas. que se han asl1ciado u la producción de conservas del pescado. La Barrn (Hio, Cangas) (Fig. 1.4) En el ex tremo occidental de la península del Morrazo. se encuentra la parroquia de Hío. En las inmediaciones de este lugar. en la zona del arenal de la Barra, fueron localizados... «cuatro lagares de salazón dispuestos en bloques fabricados con argamasa de tipo romano» ( Millán. No disponemos de ningún dato de mayor entidad respecto a las dimensiones. naturaleza o di sposición de estas estructuras. Este dcscubrimicn10, efectuado por E. y J. M." Massó. con ocasión de unas prospecciones en 1963. presenta aspectos tan interesantes como el revestimiento de estas piletas. realizado con sucesivas capas de opus signinum. Por otra parte, en esa misma zona existen restos materiales de filiaci ón romana (tegulae. probables altares rituales... ), quizá vinculado a la existencia de alguna villa, así como un asentamiento castreño en el cercano monte Facho (Bouza, Álvarez y Masso. En un artículo sobre este yacimiento, los excavadores man ifestaban abiertamente: «... sin que se advierta en ellas (playas y rocas cercanas) restos de construcciones que puedan vincularse con un embarcadero o tanques de salazón... » Por lo tanto, nos encontramos ante noticias contradictorias y hasta cierto punto imprecisas que invitan a reconsiderar la existencia de la posible factoría para la elaboración del pescado (Lomba. L~1s carai: tcrístirns que presenta este yacimiento. excavado por F. Carro. son concluyentes respecto al desarrollo de una acti\•idad orientada a la clabonu.:iún industrial del pescado. La t: ampaiia de c.xc¡¡vación de 19X7. pusn de relieve la existencia de un pileta con re\'oco ( Carni. A través de la excavación del conjunto ha sido posible locali zar tres cetaria. dispuestos de forma paralela y, asoc~ados a ellos. se han locali zado, asimismo, restos de cápridos. Se trata de tres piletas de aprox. La excavación de este nlicleo parece indicar que estas piletas forman parte de un yacimiento indeterminado, pero de cronología anterior a la villa tardía de los siglos 111-1v d.C., cuyos restos se superponen estratigráficamente al horizonte de los cetaria. Quizá futuros trabajos arqueológicos, especialmente en torno a las dos últimas piletas ex humadas, permitan definir mejor la orientación económica de yacimiento. Arosa (Fig. 1,6) Posiblemente se trate de unas estructuras (piletas) vincul adas al vecino Castro de Alobre (Bouza, 1 1957. 79: Maciñeira, 19-P. n.52). en cuyo caso no es improbable, la existencia tk dos momentos en su construcción/utilización: uno en época prerromana. cuyo origen se sitúa en un momento no determinado. y otro en fase romana, cuyo período final se sitúa en torno al siglo 1v d.C. El descubrimiento de dichos restos acontece como consecuencia de unas obras realizadas en el puerto moderno de Villagarcia de Arosa ( 1921 ). En 1938 se descubren varias piletas cuya fo rma y características constructivas parecen idénticas a las utilizadas para las salazones de pescado ( Vúzquez Seijas, 1952, 114). Especialmente importante es el empleo de un revoco de opus signinum, constante repeti da en otros yacimientos análogos cercanos. Interesante hallazgo, situado en la Ría del Ferro!. La información sobre este yacimiento es mínima, aunque la reconstrucción que aporta J. L. Naveiro (figura 2) en la reciente publicación <le su tesis doctoral (Naveiro, 1991, 103, fig. 23 en p. 104 ), pone de relieve la existencia de unos cetaria (al menos siete) que podrían estar cubiertos por una techumbre de una sola vertiente. Este sistema de cubrición ha sido largamente constatado en otras instalaciones salazoneras en yacimientos andaluces y norteafricanos (Ponsich, 1988. Trabajos posteriores de J. L. Naviero no hacen mención alguna a dicho yacimiento (Naveiro y Pérez Losada, 1992), si bien el dibujo aportado anterior-11'1 mente por esh! autor parece suficientemente contundente como para admitir su inclusión en el censo de núcleos salazoneros. Esta obra aparece delimitada por muros de pequeña mampostería sentada en barro. No se <.:onoce información más reciente en torno a este yacimiento. si bien. su ubicación coincide con una zona de importantes hallazgos de centros salazoneros (Bares, Area, Cariño) y de salinas explotados en época medieval (Ferreira. Tales indicios poseen suficiente entidad como para admitir que los hallazgos comentados por F. Maciñcira corresponden a un centro sa lazonero. Bares(Fig. l,9y3) En la ensenada sita entre este accidente y el cabo de Ortega!, en una escollera cercana, fueron localizados restos de establecimientos probablemente dedicados a la explotación de recursos marinos. quizá salazones (T. l.R.• 1991. Dichos restos quedaron al descubierto. al roturarse, en 1927, la carretera del Puerto de Bares. 34 ). siendo nulos los datos actualizados respecto al mismo.. Ma..:irkira rerm111eron poner de relicn~ la existencia de materiales arqueológicos bastante hctcrng~neos. ya que se citan fragmentos Hde asfl\.'Cto sigil lat<n• ( Maciñcira. Ciertamente fueron local izadas varias piletas con los úngulos interiores redondeados y revocadas mediante o¡n1., sig11i1111111. que se encontraban delimitadas por toscos muretes de mampuestos trabados con arcilla (Figura 3). Las medidas de estos cetaria eran diferentes si bien parece constatarse 2.40 m. de ancho y una altura conservada de 0,85 111. A estas estructuras se encontraba asociado un conjunto de materiales entre los que destacan ladrillos rectangulares (later'?), restos de un ánfora indeterminada y fragmentos de rerra sigillaw (MACIÑEIRA. 221 Como dato importante debe indicarse la existencia de un sistema de canalización, reali:.mdo mediante piezas de sección rectangular y 50 cm. de largo que ensamblan entre s í. Dicha canalización parecía proveer a la factoría de agua, que se captaba de un arroyo situado al O. de la misma (Maciñeira. Aún al O. de este arroyo y a unos 60 m. de distancia aparecieron nuevos cetaria, también conservando el revestimiento de opus sig11i1111m. Una dato interesante, en este grupo, es la existencia de una laja pétrea alargada ( 15 cm. de grueso), en cuya superficie se había labrado un canalillo finalizado en una «cazoleta» redondeada, a modo de depósito, de unos 25 cm. de diámetro (Maciñeira,194 7, pp. 228 y SS.). A consccuenc:ía de los 1emporalcs de 1951 quedaron al <lescubicrw algunos restos romanos en la Playa de Arca (VáqueL Scijas. 5) queparcdan apuntar a la exi stencia de una factoría romana de saluoncs. E 1 elemento mas carac1crístico con!:liste en la pres1.:ncia de tos C'l! taria o piletas. para cuya impermeabi 1 izacíón se empicó el anteriormente ci1ado opus sig11in11111. Asimismo. se constata la utilización de cuarto de bocel para la unión de las juntas, fenómeno ampliamente observado en los cetaria conocidos. Otros materiales signi fica1ivos son 1egulae, la ter plano, adobe, «baldosas» de arcilla, etc. La disposición de los muros conservados toma una orientación perpendicular u oblicua respecto a la playa, si bien ésta pudo presentar distinta disposición en la Antigüedad. Estos muros cubren. a intervalos diversos, un área de aprox. Algunos novedosos trabajos proponen encuadrar este conjunto en el censo de las villae a mare y no en el de los centros salazoneros (Naveiro y Pérez Losada, 1992, n. En nuestra opinión, las características del hallazgo parecen suficientemente válidas para admitir su identificación como instalaciones de procesamiento del pescado. Algunas informaciones apuntan a la existencia de otros núcleos geográficos en los que pudieran haber estado ubicados centros de elaboración del pescado. Sin embargo. ningún dato significativo, de carácter arqueológico, parece corroborar este extremo. En este caso se encuentra la localidad de Noville (La Coruña), (Fig. t-0), sobre la que poseíamos escasísima infonnación (lomba, 1987, 171; Naveiro, 1991. 1 OO. n.86), solventada gracias a los últimos trabajos arqueológicos desarrollados, que apuntan a la existencia exclusiva de una villa tardoimperial (Pérez Losada, 1988). Algo similar ocurre con la villa de Centroña (Pontedeume, La Coruña), (fig. 1-C). en la que a pesar de la presencia de «... sillares, la clave de un arco (... ), restos de ánforas, numerosísimos trozos de cerámica sencilla... » (Luengo, 1962, 7 y ss.), ningún elemento avala la existencia de industrias.de procesamiento del pescado. Otros yacimientos con idéntica problemática son los de Panxón (Fig. 1-A), y Nasos (fig. 1-B), censados como centros salazoneros por algunos investigadores (Lomba, 1987, 175) y, sin embargo, calificados como muy dudosos ( Navciro y Pérei' Losada, 1992, n. Desde d punlo de vista histórico, no dejan de ser interesantes las fuentes medievales que avalan la presencia de «pesquerías» en las costas gallegas (Rodríguez Colmenero. Asi 1enemos las menciones a csias instalaciones en la Villa <le Calegio en el Miño (935 ), Metías (844 ). en las cercanías de una calzada romana. y Oimbra (982) quizá ubicada en el río Támega (Rodríguez Colmenero, 1977, 69). Esta última mención resulta muy significativa, si tenemos en cuenta la importante distancia que separa su ubicación de la desembocadura del Duero (el rio principal) en Oporto y. por tanto. del mar. En este sen1ido, debernos preguntarnos si estamos ante una factoría orientada a la explotación de fauna dulceacuícola y no marina. Abundantes son. asimismo, las noticias del medievo en las que se menciona un importante despegue económico de la exportación de conservas de pescado. facilitado por un mayor ritmo de abastecimiento de sal, en el que Galicia. parece una región históricamente deficitaria (Ferreira, 1988, 93 y ss. y 130 y ss.). En general. estos datos no hacen más que avalar la tradición histórica de la explotación industrial de recursos marítimos que siempre han caracterizado las costas gal legas. Uno de los oficios que contribuyó a consolidar las poblaciones de la costa asturiana durante la Edad Media fue la pesca. Esta actividad, recogida como un derecho en las donaciones de muchas villas altomedievales del Principado. (González Garcia y Ruiz de la Peña, 1972), tuvo un precedente en época romana, según hemos podido documentar en las excavaciones realizadas recientemente en Gijón, cuyos datos se resumen en las líneas siguientes. Al construir un colector de saneamiento delante de la fachada del Palacio de Revillagigedo, junto al puerto de Gijón, se identificaron los restos de un pequeño depósito cuadrangular revestido de opus signinum. Tras una primera documentación de esta estructura, se detuvo la obra para realizar una excavación de urgencia de la máxima extensión posible, con el fin de asociar dicho depósito con otros restos y llegar a definir el contexto arqueológico del hallazgo. En la parte Noroeste (figura 4. Area A), se documentaron una serie de cimentaciones de muros, algunos con restos del alzado. La composición de los muros era de mampostería de piedras de caliza y arenisca trabadas con argamasa de cal; su anchura oscilaba entre 40 y 60 cm., a excepción del muro D, que medía 1,20 m. y que hubo de tener una función especial. Dichos muros configuraban varias estancias de diferentes formas, con suelos también distintos. La estancia 1, entre los muros By C, era cuadrangular y estaba pavimentada con un suelo de guijarros unidos por argamasa. Bajo este nivel de suelo se habla construido el depósito n.o 1 (antes citado), que medía 1 x 1 m. El destrozo causado por la pala mecánica en su fondo nos impidió concretar otros aspectos interesantes como la existencia de algún desagüe o cualquier detalle ilustrativo sobre la funcionalidad de esta estructura o su cronología. En torno al citado depósito, se hallaron unas pequeñas cazoletas realizadas en el pavimento y revestidas también de opus signinum, que mediante unos canalillos se comunicaban entre sí y con el depósito principal. Sobre todo este espacio se habían vertido tégulas e imbrices fragmentados, prác-ticamente sin materiales asociables a este nivel. Una de las tégulas llevaba el sello (l/CINI). Un muro de gran anchura (muro D) constituía un elemento constructivo peculiar del que se conservaba la zapata. Se levantó siguiendo la inclinación del terreno sin explanación previa apreciable y debih presentar una cara vista en la parte Sur. Fue constriuido con posterioridad al muro C y en medio de ambos, en el momento de amortizarse este muro D, se fonnó un basurero cuyo relleno es uno de los pocos lugares del área excavada que ha proporcionado materiales relativamente abundantes. La funcionalidad de esta estructura, que se levantó separada del muro e intencionadamente, no es fácil de detenninar, pues no pudo soportar una gran peso ni desempeñó el papel de contrafuerte. Con relación a los materiales, las piezas recogidas en el espacio cerrado entre C y D pertenecen a ejemplares de TSH con formas de larga cronología ( Drag.27,15/ 17, Hisp.7, Ritt.8, Drag. 37) y otras claramente tardías como Ja 37 Hispánica. No se hallaron piezas del horizonte tardoantiguo (TS Africana, Focense, ánforas orientales, etc... ) que hemos documentado en otras áreas excavadas de Gijón (Fernández Ochoa el alii, 1992). Entre la cerámica común hay varios mortaria y ollas de borde horizontal inciso; tambié n se recogió una piedra de molino. varios fragmentos de pintura mural muy rodados y algunos metales. Al Sureste del área que venimos describiendo. se identificó un enorme pozo realizado con sillares de arenisca de 1,40 m. de diámetro. Se trata del llamado «Pozo de la Barquera», conocido por este nombre tanto en la documentación municipal como en el grabado de D. Fernando Valdes de 1630. La otra zona excavada. es decir, el espacio Noreste de la Plaza (Figura 4, Area B), se hallaba muy alterado por conducciones modernas. Las zonas fértiles presentaban menor potencia que las del ángulo Noroeste. En la parte Norte de esta zona, se documentaron una serie sucesiva de cuatro piletas rectangulares de 2 x 1,50 m. Los depósitos estaban constituidos por'mutos de piedras irregulares trabados con argamasa de cal y revestidos de opus signinum con molduras de cuarto bocel en las esquinas. El arrasamiento de las piletas era casi total y no se hallaron materiales indicativos de su momento de uso o de la fecha de su abandono. A diferencia del depósito n.o 1, estas piletas no se hallaban bajo el nive l del suelo. En la zona Oeste. y bajo un potente vertido de tégulas, se configuró una ambiente cuadrangular, la estancia 111, con un pavimento de terrazo-signinum, sobre el que se recogieron tres fragmentos informes de TSHT. Sobre el momento de construcción y uso de estas instalaciones. hemos documentado algún fragmento informe de paredes finas en el estrato inferior de la Estancia 11. Parece claro que los restos de la Plaza del Marqués responden a una industria de transformación de recursos marinos, en concreto de salazones, que en algún momento del año, eventualmente también pudo servir para conservar carnes. La ubicación de este establecimiento en la línea de costa y junto a una de las dos ensenadas que ro-¡¡;,,.f. (kan la penin:-.ula de Santa Catalina. es inmejornble. l lemos comprobado el limite de los restos arqueológicos con el arenal. hecho frecuente en numerosas instalaciones de este tipo. Disponemos (Je documentos de l Ard1ivo Municipal donde se relata el atraque de barcos en esta zona parn realizar aguadas. La propia Plaza del Marqués se conocía popularmente como Plaza de la Barquera porque el término «l: Jarquera» se u1 ilizaba en las zonas cantábricas para referirse al embarcadero o lugar de atraque de las barcas ( Somoza. Por otro lado. destaca el relativo alejamiento de estas instalaciones del área ha bitada. lo que era aconsejable para evitar los malos olores producidos por fábricas de este tipo. De hecho. la instalación se situa fuera del recinto amurallado ( Femández Ochoa. Acerca de la importancia de la pesca en el puerto de Gijón y en la costa asturianu. existen datos historiográficos su ficicntes que la acrcdi1an desde el periodo castreño-romano ( Femández Ochoa. 70-71) y medieval (González García y Ruiz de Ja Peña. Los restos osteológicos hallados en el yacimiento aquí anal izado, se han estudiado en el laboratorio de arqueozoología de la UAM. La malacofauna se componía de lapas, ostras, bígaros, mejillones y berberechos recolectados en costa rocosa. a excepción del berberecho. La recogida de moluscos se completaba con especies de pesca litoral bentónica (sama de pluma, breca, maragota) y pelágica (caballa/ estornino). Remitimos a la publicación de los resultados donde se discuten y valoran a fondo la presencia y características de todas estas especies en la zona (Morales et a/ii, 1993). A los efectos que aquí nos interesan, todas las especies pudieron emplearse para salazones, especialmente los scombridae, y significativamente la caballa/estornino muy apreciada en la elaboración del garum (Marcial, X III, 102; Estrabón 111, 4, 6). No hay vestigios de túnidos o de otros ejemplares más utilizados en las salazones. De cualquier forma, se está demostrando que las industrias salazoneras romanas util izaban toda clase de peces para confeccionar sus productos (sobre todo algunos productos secundarios como el al/ex) y no sólo las especies migratorias de gran tamaño (Lcpiksaar, 1986; Roselló, 1989; Martínez Maganto, J 993a). En cuanto al aporte de sal, imprescindible en este tipo de industria, se conoce la existencia de salinas en la costa asturiana desde los siglos x y x1, situadas entre la desembocadura del río Nalón y Gijón 1 García y R1111 de la Pciw. La sal se ob1cndria a partir di!! agua del mar. pue-.to que no parece que hubiera minas ni nrnnan1ia les salinos en la n: gión. Para el cuso de Gijón. es bien conocida la r..:-fon: ncia de la s sa linas de la Villa de Alaulio. El 5 de abril dd 1078 Maior Froilaz y sus hijos venden al obispo de Ó\'kdo Pedro. la vi lla de Alaulio. sus of/kinae. \ctlinctrum y las pesqueri: is junto al mar. Estas instalac1onc:-. se ubicaban en la 1.0110 del acllaal Natahoyo (Gon;-álc/. García y Rui/. de la Peña. No nos r arecc aventurado proponer la posible obtención de la sal durante el periodo romano en la costa gijonesa. La disponibilidad de agua dulce, de capital importancia para la limpieza del pescado antes de sazonarlo. c reemos que esraba a segurada mediante pozos naturales que son muy abundantes en Cimadcvi lla (el mi smo pozo de La Barquera pudo ser utilizado en época romana). y sobre lodo. por un sistema de! raída de aguas a parlir de un gran aljibe o cisterna descubierto intram uros en la Plaza de Jovcllanos. El agua era conducida. a través de la muralla. mediante una canalización con un specus de opus sig11i1111m. hasta la fac1oría ( Fcrnández Ochoa. En la costa asturiana, se cita el asentamiento de la ensenada de Bañugucs (Gozón ). (Fig. 1-E) como lugar relacionable con la explotación de salinas debido, según J. M. González, a la cristalización del topónimo «bañucas» derivado del balneum latino (González, 1976, 11 ). Aunque esta derivación sea posible, no debemos olvidar que dicho té rmino puede referirse a otros restos antiguos, como termas o baños. J. Bellón rea lizó unas catas en la parte oriental de la ensenada donde se localizaron restos de muros y otros materiales de época romana. En los fondos del Museo Arqueológico de Oviedo se depositaron los citados materiales que son tegulae, fragmentos lisos de TSH y restos de pinturas murales de tonos ocre y rojo (Femández Ochoa, 1982, 228). A pesar de estos hallazgos carecemos de información sobre las estructuras descubiertas. pues nunca se publicó la memoria de esta intervención. Rodríguez Asensio. buen conocedor de la zona arqueológica de la ensenada de Bañugues, piensa que los restos allí excavados hace años. muy semejantes a los de Gijón, pudieron pertenecer a un establecimiento industrial pesquero de época romana (comunicación verbal). Tcnicntlo en cuenta la ubit.:ación costera y la di-rcctri1. económica de los núcleos romanos localizados en este tramo del 1 itoral cantáhrico. es baswnte dificil sostener la ausencia de centros para la elaboración del pescado en la zona cántabra. Sin embargo. recientes excavaciones en esta zona han arrojado resulllados negativos en este sentido ( Morlote. Por lo tanto. sólo es posible enumerar algunos datos indirectos y significativos, pero. en modo alguno, suficientemente concluyentes. La importancia de la industria vinculada a la conservación salina de la curnc y del pescado queda puesta de maní fiesto por el protagonismo que adquieren las salinas en época medieval. Quizá podamos considerar esta «industria» medieval como un reflejo del interés que los recursos salinos (y su explotación industrial) hubieron de tener en la Antigüedad. Así. por ejemplo. con referencia a salinas cántabras. un documento fechado en el 853 comenta (Pérez y Ortiz, 1987, 63) «... y en Cabezón de aquel pozo real todas las semanas del año cada lunes tres pozales de agua moria que se llamaba salada». Asimismo, un documento del año 933, referido a Cesura, indica: «in illa decania de Cesura tres poca les de moira». No deja de llamar la atención el empleo del término «moira» o «moria», que, indudablemente, debe guardar relación con el término muria1, utilizado en época romana para identificar la base salina en la que se conservaban alimentos (Jardín, 1961, 72). Con esta sustancia se confeccionaban las salsas de pescado (ganun, al/ex. lic¡uamen ). como podemos deducir en los textos clásicos y medievales (Catón, De Agr., 87: Columella, R. R. XX, 6: Isidoro, Orig. A la utilización de las salinas debemos unir las noticias históricas respecto al incremento de núcleos litorales, cuya economía estaba orientada a la pesca y que sufren una clara potenciación en época altomedieval. Este es el caso de Castro Urdiales, Laredo, Santander, San Vicente de la Barquera, etc. (Solana, 1977. 33 ), así como la constatación de la pesca de ballena en los puertos cántabros de San Martín de la Arena o Suances (Pérez y Ortiz, 1987. La importancia de estos centros portuarios en la Antigüedad no sólo parece constatarse sino que, a juzgar por la dispersión del material numismático especialmente el numerario romano imperial, dichos puertos ccntrali1,.aron una importante actividad comercial entre el siglo t d.C. y la tardorromanidad (Vega de la Torre, 1982: Pérez E. lllarregui. Las referencias sobre la pesca durante el Medievo en el País Vasco arrancan del siglo x1 en Vizcaya (García de Cortazar et alii,1985. No se han encontrado restos romanos que si rvieran de precedente de esta actividad en la costa hispana de Euskadi pero sí los hallamos en la 7.ona francesa fronteriza. G11éthm:1• ( Laburdi) ( Fig. l, 12) Una serie de piletas localizadas en 1984 junto a la estación de ferrocarril de Guéthary, fueron consideradas como vestigios de un horno para elaborar aceite de ballena. Tras los estudios de Tobie y Chansac y de M. Esteban, parece claro que se trata de los restos constructivos de una industria de salazón. ubicada en el acantilado sobre el puerto actual. En 1988, con motivo del hallazgo de una inscripción romana en el mismo lugar, Tobie y Chansac estudiaron estos vestigios y documentaron los restos de dos piletas, aunque se ha podido determinar la existencia de otras seis que formaban un conjunto de ocho. Las dimensiones de estos depósitos eran: 2,62 m. de largo por 2,26 m.de ancho, siendo una de ellas ligeramente más ancha. Se construyeron de mampostería con piedra local unida con mortero; el espesor de los muros era de 30 cm. y la altura de las paredes oscilaba entre 60 y 80 cm. con un máximo de 95 cm. en la parte de unión de los dos depósitos; las piletas conservaban un enlucido de hormigón hidráulico con molduras de cuarto bocel en el fondo y las paredes de cada depósito. No se documentaron indicios de trabazón entre cada pileta ni forma alguna de evacuación (Tobie y Chansac, 1989,90-91 ). La sal para esta industria procedería de la explotación de sal mineral de los entornos de la región de Sayona (Esteban, l 990a, 177). Según Tobie y Chansac, los materiales recogidos en el momento de la prospección eran bastante homogéneos y pertenecían a un periodo entre el 15 2 ). Según la revisión que realizó M. Esteban de los materiales depositados en el Museo Municipal de Ouethary, se podían contabilizar también fragmento s de TS H decorada con círculos (Esteban. l 990a, 177). Considerando este dato, habría que pensar en una ocupación de l espacio más prolongada. El fenómeno de las industrias para la elaboración del pescado (salazones) en esta zona geográfica, no es en modo alguno un fenómeno extraño. De hecho. su presencia en este sector geográfico no representa más que la continuación, en e l litoral atlántico y cantábrico. de una actividad económica ampliamante detectada en una zona tan cercana como es la Lusitania central y meridional (Baltazar, 1983 ). Ciertamente, los restos hasta ahora conocidos en las provincias cantábricas, no permiten establecer comparaciones (al menos cuantitativamente) respecto a las factorías del Tajo y del Sado ( Edmondson, 1987. Sin embargo, estos núcleos atlánticos de Lusitania, especialmente activos durante los siglos 111 y 1v d.C., tienen una continuidad geográfica evidente en las industrias, de dimensiones más modestas, s ituadas en el litoral N. de Hispania. La transición entre la zona central y' meridional portuguesa y la zona gal lega, se constata en yacimientos como Angeiras o Lama, las factorías más septentrionales de Portugal (Lomba, 1987, 169 y SS.). Desde Bares a Guethary, las factorías de Ja fachada cantábrica confirman el desarrollo de estas industrias, que si bien se presentan en la actualidad como puntos casi aislados en una larga costa, parece claro que futuros trabajos añadirán nuevos enclaves. En este ~entido, conviene recordar, siquiera brevemente, las fábricas de salazón de la costa atlántica de la Gallia que marcan, una vez más, Ja continuidad de las explotaciones pesqueras en los finisterres del Imperio. No se han documentado restos de factorías al Sur del Loira pero existe una concentración importante de estas industrias más al Norte, en la región armo-rícana. en torno a la bahía de Douarnenez, donde las características geográ fícas son mucho más favorables. Los sondeos y prospecciones de Sanquer y Galliou en los años 1970-71, d ieron como resultado la locali7.ac.:ión de numerosos restos constructivos de industrias salazoneras. Normalmente ubicadas en playas arenosas, presentan una serie de cetaria paralelos, cuyo número varia entre dos y \'Cinte l.!structuras de este tipo. A cierta distancia de los enclaves industriales se han localizado otros ambientes interpretados como habitaciones o salas de reunión, debido a los restos de mosaicos y pinturas que decoraban sus paredes (Sanquer y Galliou. Las industrias annoricanas se nutrían de la abundante pesca de la zona y. posiblemente, utilizaban la sal que se obtenía mediante calor arti fícial, siguiendo antiguas tradiciones constatadas en esta región desde la Edad del Bronce (Sanquer y Galliou, 1972. Los materiales arqueológicos (especialmente cerámicas y monedas), indican unas fechas de uso entre los siglos 11 y 1v d.C. Por otra parte, la documentación disponible respecto a las costas de Britannia, no es muy abundante. Sin embargo, debe mencionarse la constatación arqueológica de estructuras relacionadas con la elaboración del pescado en torno al Támesis (Bateman y Locker, 1982). Una gran zanja puso a l descubierto una serie de atarjeas de madera, que representaban una actividad entre la mitad del siglo 1 d.C. y principios del siglo 1v d. C. Estas atarjeas conectaban con un pequeña pileta rectangular de madera, situada c inco metros al E.. Sus características indican que fue construida para contener alguna sustancia de naturaleza posiblemente líquida. El análisis dendrocronológico de los componentes de madera señalan una datación, para dicha estructura, del siglo 1 d. En conexión con esta estructura fue localizada un ánfora fragmentada en torno a la cual se encontraban numerosos restos de pescado. El análisis de ictiofauna identifica restos de arenque y espadín en cantidades de 84 o/o y 16 % respectivamente. Algunos fragmentos de Jordanela jloridae (sin nombre común en castellano) y lanzones. Este resultado sugiere un origen local para el contenido del ánfora, ya que estas especies, aún hoy día, son típicas en la desembocadura del Támesis (Milne, 1985, 87). Si bien, sólo el espadín, procede de un hábitat claramente dulceacuícola. Teniendo en cuenta la situación espacial del yacimiento y la conexión existente entre la pileta de madera y los espacios habitacionales, situados sólo 12 m. de distancia, es lógico pensar en unos alma-cenes donde las ánforas salarias ptldrian ser almaccnad; is ( M ilne. En cu a lquicr caso. el ha-lla1go es sulicientcmcnti! signifü: a1ivo para aseverar la ex istcncia de centro~ de t:l•1boración de salazones. si bien no conocemos el número y e:< tensión de los mismos. Asimismo. parece constatan.e el sistema utilizado para el aprovisionamicnio de sal. necesario en los pr('t: csos de preparado del pescado. Sin duda. la salinas costeras, son especialmente importantes. ya que obtiene la sal marina median le evaporación natural o. más habitualmente.artificial por calentamiento. Quizá este es el caso el caso de Chidham, en las cercanías de Chichester ( Bradley. 1992) o el importante cúmulo de salinas que se agrupan en la desembocadura del propio Támcsis y. en general. el litoral de Essex (Jones y Mattingly, 1990, 224, Mapa 6.43 ). El estudio de estos yacimientos documenta la explotación de estas salinas en época romana, quizá perpetuando una actividad ya iniciada en la Edad del Hierro británica. Estos datos parece dar aún mayor validez a la documentación medieval disponible. en la que se constata la localización de una factoría de salazones de pescado (arenque) en Durham. curiosamente denominada domus allecariCI (Curtís. Este dato no sólo confirma la continuidad de la producción de salazones en fechas tardías (siglo x 111), sino que. asimismo, atestigua la perduración del término latino Hallex, Al/ex o A/lec ampl iamente utilizado en la Antigüedad para denominar una salsa de pescado de calidad secundaria ( Martínez Maganto, 1992. Es evidente, que los centros para la elaboración del pescado que hemos enumerado en las páginas anteriores, no constituyen, ni mucho menos, una industria del alcance y la importancia económica de las instalaciones de la Baetica o de la Tingitania. Sin duda, en la mayoría de los casos detectados en las costas del N. O. asistimos a la presencia de pequeños núcleos de producción, caracterizados por una serie de cetaria que parecen apuntar a un abastecimiento local y/o regional (Naveiro, 1991, 105). En este sentido, cabria preguntarse en qué contexto espacial se enmarcan estos núcleos salazoneros, hecho que, en Cierto modo permite definir las posibilidades inmediatas de demanda y el momento cronológico en que se desarrolla la producción. Parece claro que todavía no disponemos de suficiente información como para establecer una clasificación jerárquica de centros, tal y como se ha intentado en alguna ocasión (lomba. Pocos son los hallazgos que permiten definir una cronología altoimpcrial para estas instalaciones. Un caso interesante es el de (juéthary. en el que el material arqueológico recuperado se encuentra en un hori1onrc inicial de la primera mitad del siglo 1 d.C. (Tohie y Chansac. Adro-Vcllo parece encuadrarse en un contexto de los siglos 1-11 d.C.. ya que los cewrio descubiertos, situados estratigráficamente bajo los rcs10 de untt 1•illa de los sig los 111-1\•, fueron ocupadas por los nuevos 1illlrOs trazados posteriormente (Carro. Qui:i:á los hallazgos de Bares y Espasante puedan. asimismo. si tuarse dentro de una cronologia altoimperial (Naveiro y Pérez Losada, 1992. Por desgracia, los casos en los que los cetaria parecen asociarse a un castro romanizado. como en Villagarcia y. quizá, en la Playa de la Barra de Hío. no disponemos de una cronolog ítt contrastada para los mismos. La consideración provisional de est.os resultados. apunta a una fase cronológica importante para estos centros salazoneros que se sitúa en época altoimpcrial. En este período, los cewria se sitúan en las cercanías de los castros litorales. asentamientos ya romanizados. Una segunda fase, más tardía, se caracteriza por la asociación de estos centros a villae, especialmente las villas marítimas (Pérez E. lllarregui, 1992, 7), siendo el recurso económico más importante. aunque no único, de estas unidades productivas. En este segundo caso, la elaboración de las conservas de pescado estaba encaminada a satisfacer el consumo de la propia villa y quizá el de las zonas anexas (Lomba. Este fenómeno de las villae maritimae cuya orientación económica está relacionada con la pesca y transfonnación del pescado, ha sido puesta de relieve en otras zonas geográficas tradicionalmente salazoneras, caso de la Baetica ( Posac y Rodríguez Oliva, 1979). Mención aparte merece la facto ria de Guéthary, ya que se caracteriza por quedar individualizada como centro exclusivamente salazonero que, si bien se ubica en las cercanías de instalaciones portuarias, no parece depender de centros urbanos de modo claro (Tobie y Chansac, 1989, 92 y ss.). Quizá se trate de una de las factorías más netamente «industrial» de la zona, en el sentido de la especialización productiva. Algo similar sucede en los casos de Bares y Espasante, pues su relación con algún núcleo de hábitat no está bien concretada, si bien Bares puede guardar relación con el posible centro portuario. Quizá la casuística de estos tres conjuntos indica la co-nexwn existen1e entre un l'Cntro de producción (factoría) y un ccntro de comercialización (puerto marítimo). Gijón respondería al mismo esquema. pero en un período más tardío. ya que la c ronología de esta factoría no puede ser a nteri or al siglo 11 d.C. y su.floruil parece s ituarse entre los siglos 11-1v d.C. Las características constructivas que presentan estas instalaciones. especialmente las piletas o ce/aria. son las más habituales para e l mundo romano. En general. se construyen piletas. delimitadas por pequeños muros de opus i11cert11111 (en torno a los 50-60 cm. de espesor). que aseguran el refuerzo horizontal. Por s u parte, el suelo del ce1ari11111 era el punto de mayor solidez constructiva, como se ha podido determinar e n algunas de estas instalaciones. Para el revestimiento interior de los ce/aria se emplean sucesivas capas de opus signinum, que se aplican aumentando el grado de ti neza de sus componentes. quedando finalmente en la superficie la de mayor finura, hecho que garantiza la necesaria impermeabi lización del depósito ( Maciñeira. Finalmente. las posibles filtracion es hídricas en las juntas de las paredes e ran eliminadas mediante la aplicación de cuarto de bocel que refuerza la unión de las paredes y el suelo de las piletas. Asimismo, este sistema facilitaba la limpieza de los ángulos. En general. estas piletas se distribuyen de forma ordenada, formando alineamientos que se suceden a intervalos regulares, s iendo especialmente s ignificativos los ejemplos de Cariño, Bares y Gijón (figuras 2 a 5). En otros casos. a pesar de los escasos restos conservados, no es difícil comprobar el alineamiento que presentan estas estructuras (Carro, 1991, 94). Al margen de las propias técnicas constructivas, no es mucho lo que podemos asegurar sobre el ritmo de producción de estos centros. Los cálculos que han establecido algunos autores sobre la producción de estas fábricas son claramente ambiguos, ya que factores relativos como la extensión máxima de la cetaria, la continuidad de su uso (estacional?) y el tiempo de maceración de cada ciclo, son imposibles de determinar (Pascual, 1968, 243 y ss.). Sin embargo, algunos cálculos relativos permiten conocer aproximadamente la capacidad individual de las pileras. En el caso de Bares, sólo conocemos la anchura de las paredes (2,8 m.), pero no la altura total conservada (Maciñeira,194 7,223 ), como también sucede en Ciijón. h..:cho que imrosíbilit:.J cálculos precisos. Esto mismo ocurre en la factoría de Guéthary. pues só lo di sponemos de m..:<lidas del ancho ( 2.26 m.) y del largo ( 2.62 m. ), faltando la altura cota!. <le la que sólo si.: conservan 0.8 m. Por tanto. a la luz de estos resultados cualquier conjetura sobre el ritmo de producción resu lta aventurada. Rcspci.:to a la funcionalidad de estas piletas. conv iene aclarar que no existen indicios que permitan identificarlas como l 'il' tiria, es decir, viveros o piscinas na tural es a las que ta n aficionados eran los romanos (Conta, 1972). Los''il' aria requieren unas características muy determinadas adaptables a cada tipo de pez y, lo que es más importante. una conexión directa con el mar (Columella, VII l. 17) para permitir, medi ante el oleaje, el intercambio natural de agua. cargada de partículas alimenticias y oxígeno. Estas características no han s ido detectadas en ninguno de los casos estudiados. La presencia de 1eg11/cw, que numerosos investigadores ponen de relieve en la mayoría de yacimientos sa lazoneros, parece guardar relación con un pequeño tejado que se colocaba directamente sobre los cewria con ánimo de proteger la maceración del pescado de la excesiva evaporación (sol directo) o de la desalinización (agua de lluvia), (Ponsich, 1988, 81 ). Así, los hallazgos de pilastras que sostiene estos techos y de las propia tegu/ae en numerosas factorías de la Bética y Tingitania avalan los frecuentes hallazgos de estos mismos materiales en las instalaciones septentrionales de Hispania, siendo muy significativos, en este sentido, los casos de Cariño, Bares (Maciñeira, 1947, 225) o el espectacular vertido de la factoría de Gijón ( Femández Ochoa. Asimismo, la cubrición de piletas con 1egulae se halla bien documentada en los centros galos de la Armórica, donde se han de tectado numerosas tegu/ae completas en el fondo de varios cetaria (Sanquer y Ga-1 liou, 1972, 219). Uno de los aspectos más llamativos respecto a las fábricas de salazón, especialmente en los grandes núcleos industriales de la Bética y de la Tingitania, es la presencia de elementos decorativos (arquitectónicos o pictóricos) asociados a estas industrias. Aunque no parece lógico la existencia de manifestaciones estéticas en instalaciones básicamente funcionales, el hallazgo ocasional de alguno de ellos invita a reconsiderar esta cuestión. De hecho, es bastante habitual encontrar restos de pilastras, columnas, capiteles o basas decoradas, así como estucos pintados o restos marmóreos. En este caso nuevamente tenemos una coincidencia con algunos hallazgos, asociados a estas in- dusl rías rn las t: ostas scp1cntrionales de 11 ispania. Así, por ejemplo. conviene citar los capiteles de Bares, localizados por Maciñcira ( 1947. 235 y ss.), que podrían corresponderse, no sin dificultades, con los hallazgos de capiteles jónicos en la factoría de Jávea (Mariín, 1970, 144. V y VI), el capitel de mármol rosáceo. inacabado de la fact oría onubense de la Calle Palos (De lamo, 1976, 38. El caso del estuco pinrado no es menos significativo; a título de ejemplo. los restos de este tipo identificados en la factoría de Area (Vázquez Seijas. Estos datos, aunque parcos y, a veces, poco contextualizados, pudieran indicar que la presencia de elementos decorativos no debe relacionarse, exclusivamente, con una villa o asentamiento simi lar, sino que, en numerosas ocasiones, puede aparecer en conexión con centros salazoneros, como sucede en la Armórica francesa (Sanquer y Galliou, 1972). Sin embargo, quizá la hipótesis más probable se encuentre en una vía intermed ia: bien por un cambio en la orientación del hábitat en el que estructuras de villa quedan subsumidas por la construcción de cetaria, como parece detectarse en la villa andal uza de Sabinill as (Posac y Rodríguez Oliva. 1979); o bien por la existencia de las propias villae maritimae, que cuentan, asimismo, con pi letas para la maceración de recursos marítimos, siendo, portanto, núcleos en los que se conjugan los elementos estéticos (pinturas, mosaicos) y funcionales (cetaria). En el caso de esta especializada actividad, como en tantos otros casos, se comprueba la existencia de una fuerte tradición en las técnicas pesqueras que se mantie ne, sin grandes modificaciones, pasta principios de este siglo. Sistemas de captura similares a los tradicionalmente empleados en este litoral, debieron abastecer a las fábricas de salazón en la Antigüedad (Martínez Maganto, l 993b). Algunos datos modernos no dejan de resultar atrayentes, así la cuerda de pesca armada con varios anzuelos es llamada linia en Asturias (Barriuso, 1992, 12), mientras que el latín clásico utilizaba el vocablo linea para denominar al sedal armado para la pesca (Lafaye, 1969, 489). Existen además otras grandes afinidades entre los aparejos y técnicas actuales (Merino, 1990; Barriuso. Maganto, i 993b) e incluso técnicas pes-quera si milares ya u1ilizadas por los habitantes de los castros 1 itora les e n todo este sector costero (Pereira, 1983. Entre dichas técnicas destaca la de los «corrales de pesca», sistema que no sólo conocemos a través de documentos medievales en las costas gallegas (Ferreira. 1988, 132), sino que, asimismo, se han detectado en el li1oral gaditano. presumiblemente asociados a industrias salazone ras locales (Moreno y Abad, 1971 ). Sin embargo. a pesar de la constatación de estas técnicas pesqueras, no es frecuen te hallar restos de fauna marina o dulceacuícola en estos yacimientos, siendo, tal carencia, uno de los argumentos más utilizados para negar la vinculación entre estas industrias y el procesamiento del pescado. Sin duda, es un hecho extraño si consideramos que el pescado era la «materia prima» para la elaboración de salsamenla y salsas. Sin embargo, como ya hemos defendido en otro lugar ( Martínez Maganto, 1992, 79) esra ausencia se debe a que el pescado era aprovechado de forma integral. Esto es: la carne se salaba (salsamenta), la sangre, vísceras y otros componentes eran utilizados para la confección de salsas de primera calidad (Marcial, X III, 102; Geopónicas, XX, 46), asi como para cebo (Eliano; XIV, 22). Finalmente, los componentes esqueléticos podían ser triturados, una vez secos, para obtener la «harina de pescado» (Eliano, XVI 1, 31) producto con numerosas aplicaciones (abono, alimentación animal, etc.). En esre sentido, resulta curiosa la presencia, en diversos yacimientos, de utens ilios relacionados con labores de molienda, caso de los molinos manuales localizados en Bares (Maciñei ra 1947, 23 1, Lám XX III 8 ) y Gijón (Fernández Ochoa, 1993) o los morteros de este mismo yacim iento. De cualquier forma, la ausencia sistemática de ictiofauna, queda definitivamente superada gracias a los hallazgos de Gijón (Fernández Ochoa, 1993) y, especialmente, Adro-Vello (Carro, 1991, 95), lugares en los que se identifican restos fauníst icos, con taxones como sardina, caballa, jurel, etc. Además, la riqueza piscícola de esta zona queda fuera de toda duda, pues, ya desde la Antigüedad, tenemos noticias en torno a ella (Marcial X, 37). Aún a finales del siglo xv111, Comide menciona las técn icas del salado del pescado en las costas gallegas, así como las especies de pescado que podían orientarse a este procesamiento. Entre ellas destaca la merluza, rodaballo, caballa, sarda, atún j urel, sardina, anchoa, abadejo, etc., especies que, en no pocas ocasiones, logramos documentar en industrias de salazón o en ul interior de envases anfóricos salarios (Lepiksaar. En la zona que nos ocupa la recuperación de materiales arqueológicos relacionados con la pesca no permite definir de forma segura su impl icación en la captura masiva de pescado. habituales en las industrias de salazón. Sin embargo. debemos considerar la gran tradición castreña en el ámbito de la pesca (Vázquez Vareta, 1979) a juzgar por la presencia de anzuelos y pesas de red recuperados en los castros asturianos y otros yacimiento terrestres y submari nos (Maya. l 983a. Al margen de la importancia que especies marinas de talla menor hubieron de tener en la tradicional pesca del N.O. en la Antigüedad. hemos de considerar la posibilidad de la explotación de la ballena como una importante fuente de recursos para las industrias de elaboración. Numerosos detalles respecto a la captura de estos mamíferos en la Antigüedad quedan recogidos por Opiano (Haliewica, V. 115 y ss.). Por otra parte, algunos textos medievales y modernos destacan la importancia de la pesca de la ballena en las costas septentrionales ( Lence, 1950: González y Ruiz de la Peña. No en vano algunos puertos pesqueros en épocas más avanzadas parecían especializados en la captura de estos animales (Vázquez Seijas, 1952, 112; Pérez y Ortiz, 1987, 64 y ss.) cuya presencia se constata. asimismo. en aguas mediterráneas (Plinio; IX, 12; Estrabón 111, 2. 7). donde también fue capturada y sometida a procesamiento industrial (Ponsich, 1988, 39). Por tanto, la pesca de la ballena responde a una tradición que arranca en la Antigüedad y se ve continuada en distintos lugares, especialmente en zonas donde la presencia de estos mamíferos suele ser habitual. Los beneficios obtenidos con dicha actividad eran realmente importantes ya que la ballena es un animal con enormes y variadas posibilidades de explotación (aceite refinado, carne, grasa, huesos... ). Quizá en este sentido, haya que interpretar la presencia de huesos de ballena asociados a restos de industrias salazoneras, si bien la coetaneidad contextual de los mismos no está bien definida. Algunos casos dignos de mención son los hallazgos de Bares (Maciñeira, 1947, 228, n. 56), Gijón (Morales, 1993, e.p.), o las menciones de Maciñeira sobre su probable empleo, para el mortero utilizado en Han~s: «.. quizá hecho con algún liquido oleoso como aglutinante» (Macii' \cira. Un hallazgo que pudiera ponerse en relación con In captura de cetáceos. es el que hemos llamado «cuolctas con canalillos». conocidas a través de los trabajos sobre Bares ( Maciñeira. 1993 ). así como. probablemente. sobre Oimbra ( Rodrígue1, Colmenero. Este último halla1.go es el más curioso si tenemos en cuenta, como ya se ha mencionado. que Oimbra es una localidad interior. cuyas posibles pcsquerias debían orientarse a la captura de especies fluviales. Las características y disposición de estas estructuras invita a pensar en algún proceso de «desti-lación>> dif1cilmente identificable. No es improbable que la obtención de aceite refinado de ballena fuera una de sus posibles expl icaciones. aunque, teniendo en cuenta la parquedad de datos disponibles y lo inusual del hallazgo. es una conclusión prematura. Sin embargo. el que estos restos pudieran interpretarse como colectores de agua de lluvia (al modo de impluvia). quizá para favorecer puntos de aguada en el tránsito naval. no parece probable. De hecho. los datos recogidos tanto en Gijón como en Bares. invalidan dicha hipótesis. En el primer caso, en las cercanías de estas «cazoletas» se ubica un pozo de agua dulce, además del aljibe intramuros: en el segundo caso, la presencia, al O. de los cetaria, de un arroyo con su propia canalización haría innecesaria una obra de esta envergadura sólo para el acúmulo de agua dulce. Por tanto, habrá que buscar otra explicación más verosím il a este fenómeno. En cuanto al a bastecimiento de sal. imprescindible en un proceso de este tipo. son los documentos medievales los que aportan una mayor información sobre la ex istencia de yacimientos salinos. Dichos yacimientos son especialmente importantes en la margen meridional de la ría de Arosa, en cuyas cercan ías se ubican los centros ya mencionados de Villagarcia y Adro Vello -O Grave, hecho sin lugar a dudas sintomático que conviene tener presente (Barreiro, 1988, 246). En este sentido, debemos recordar la posible estructura localizada en Angeiras, que pretende ponerse en relación con una salina (Naveiro, 1991, ns. Algunos topónimos gallegos actuales, como Salnés, Punta de la Sal, Salga, etc... Asimi smo, las mansiones de la discutida Via XVlll, Salaniana y Salientibus IV. 45):. f)Odrían hacer rcli: rencia a la r>resencia de salinas minerales (sal gema n similares) susceptibles de ex-r>lotación en la Antigüedad (Mangas y Hernando. En la zona asturiana. tenernos bien documcnta lotación de satinas medievales en los concejos de Gozón y en la costa gijonesa ((jonz ónimo Sali<!s (Esteban. l 990a. Así r>ues. la existencia de numerosos topónimos relativos a la sal. tanto de origen romano como medieval. en todo el arco N.O. parece matizar o, incluso desmentir, el texto de Estrabón en el que se alude a la demanda de sal en estas regiones (Estrabón; lll. 11 ). texto. por otra parte, referido a las inciertas Kassitérides. Sin embargo, este mismo autor ( 111, 3, 7) menciona la existencia de sal en la zona monta-r1osa septentrional, señalando que: «.. es purpúrea, pero se hace blanca al molerla». Esta característica, desde la óptica geológica. parece propia de la zona oriental de los Picos de Europa. hecho que bien pudiera avalar el protagonismo de centros salineros locales, caso de Cabezón de la Sal, puesto ya de relieve por García y Bellido ( 1986, 123, n.195 ). Además, la existencia de estos centros sali neros queda, asimismo, corroborada por la documentación medieval, que alude a la existencia de pozos naturales de agua salada (Mangas y Hernando, 1990/91, 223). Conviene recordar, que numerosos centros salazoneros de esta costa, estaban ubicados en lugares que tos documentos tardomedievales censan como salinas y alfolíes en explotación, entre ellos Villagarcía, Vivero, Espasante. etc... A pesar de la ausencia de prospecciones y excavaciones extensivas, que permitan conocer la entidad de los yacimientos, algunos autores sostienen que nos encontramos ante «fábricas de tipo medio» (Lomba, 1987, 168). Se trata, sin duda, de aseveraciones poco afortunadas, ya que, por el momento, sólo disponemos de elementos de juicio tan precarios que no conviene generalizar nuestras hipótesis en cuanto a una jerarquía de centros. Respecto a la escasa presencia de material anfórico asociado a estos centros, debemos considerar que en una fase inicial las salazones, suponen una pequeña parte de las importaciones en la zona i Dejando al margen la misma mención en la tabla 4 del polémico Itinerario de barro. septentrional de flispania (posiblemen te inferior a un 1 O "Ir• del total). si bien no deja de ser significativa la r>resencia de ánforas salarias en el litoral atlántico-cantábrico ( MAS. Cantabria (García y Bellido González. 1984 ), donde se constata su presencia conjunta en algunos yacimientos. así como en los posibles pecios. Este hecho implica una demanda de productos derivados de las salazones, de cierta importancia, especialmente en torno al cambio de era. aunque en retroceso constante durante los dos siglos sucesivos. Así pues. la escasa presencia de material anfórico salario, principalmente durante los siglos 11-111 d.C., puede guardar relación con la existencia de pequeños centros de fabri cación de estos mismos productos extendidos por todo el litoral septentrional. Posiblemente, otros centros satisfacían el mercado regional desbancando de forma progresiva la demanda de los productos originarios béticos. de mayor precio. En el estado actual de la investigación, una primera conclusión apunta hacia la necesidad de completar el vacío espacial que existe en el mapa de dispersión de factorías en la Hispania Romana. La constatación de centros dedicados a la elaboración del pescado en e l N. y N.O. de la Península Ibérica queda corroborada a través de los datos arqueológicos. que hemos ido concretando en las páginas anteriores. Resulta sorprendente, dada la antigüedad de algunas publicaciones, que un hecho de estas características haya sido relegado en muchas de las publicaciones acerca de la romanización de la zona hasta fecha reciente. La densidad de los hallazgos de estas industrias parece ser más elevado en la fachada atlántica de las Rías Bajas gallegas, que en el Cantábrico. Las condiciones más favorables de esta costa podrían justificar este hecho; sin embargo, conviene llamar la atención acerca de los desiguales niveles de investigación arqueológica en una zona y en otra. El avance de las excavaciones en las costas de Cantabria y Euskadi podría modificar el futuro panorama, como ha sucedido en el N. de Galicia y Asturias, con descubrimientos tan significativos como Cariño y Gijón. Como ya hemos imfü:a<lo en nuestro estudio. no cswmos en condiciones <le establecer una clasificación jcrárquicu de los centros productivos. Tan sólo podemos uruntar que se encuentran en relación con diversos núcleos costeros (castro romanizado. 1•i- /lae o enclaves portuarios). Su producción bien pudiera estar orientada al abastecimiento de un mercado local o regional. durante todo el período romano. La implantación <le estas industrias acontece en época altoimpcrial. aunque se prolonga e incrementa en fases tardías. especialmente en los siglos 1u y 1v d.C. En cuanto a los restos conservados, cabe anotar que responden a un sistema constructivo común (ce- wria. muros de mampostería. opus signinum. etc.) acuñado en las industrias bien conocidas del área mediterránea. Por último, los análisi s de ictiofauna permiten identificar una enorme riqueza piscícola que sería empicada en estas factorías. La sal no debió constituir un problema, ya que la documentación medieval de la zona avala la obtención de tan preciado producto mediante la explotación de sa linas o el desecado artificial. Por tanto. estas indus1rias potencian el dinamismo económico en actividades paralelas. como la pesca o las salinas. si bien no es posible determinar la intensidad de esta producción. La enorme tradición pesquera y conservera en la región N. y N.O. de España, a lo largo de la historia. encuentra sus referencias más antiguas en estas modestas instalaciones que. a su vez. son indicio evidente de la adopción de gustos alimenticios típicamente romanos.
La intervención arqueológica efectuada en Las Gobas (Laño, Condado de Treviño) se enmarca en una línea de investigación desarrollada por el Grupo de Investigación en Arqueología de la Arquitectura (UPV-EHU) que tiene por objeto el estudio de la configuración del hábitat rural en época tardoantigua y altomedieval. Los resultados alcanzados han permitido documentar una rica secuencia estratigráfica que, iniciada a caballo entre los siglos VII y VIII d.C., conserva una información histórica de primer orden. A grandes rasgos, podemos afirmar que a lo largo del siglo VII d.C. se abren ya las primeras cavidades rupestres, a las que sucederán en el tiempo algunas edificaciones exentas construidas contra ladera a los pies de las anteriores. Hacia el siglo IX, el espacio sufrirá una profunda reorganización, al abandonarse el complejo rupestre como lugar de habitación y reocuparse como área cementerial. Este espacio funerario parece mantenerse en activo hasta el siglo XI, sin que el registro arqueológico detecte ninguna otra actividad hasta el siglo XVI, momento en que el lugar volverá a ser ocupado, esta vez con un uso agrícola, dentro de un importante proceso roturador de las laderas del valle. Laño, pequeña pedanía perteneciente al Condado de Treviño, se emplaza en el fondo de un valle cerrado sobre sí mismo y flanqueado por grandes farallones dolomíticos que acogen a dos de los mejores conjuntos rupestres, sin duda, del norte peninsular. El de la izquierda, según entramos al valle, se conoce como Santorkaria y posee numerosas cavidades. El conjunto de la derecha recibe el nombre de Las Gobas, topónimo parlante de origen vasco1 que responde a la existencia de 13 cavidades rupestres, dos de ellas de inequívoca funcionalidad litúrgica. Es en las inmediaciones de la más conocida de estas dos iglesias (Las Gobas 4 y 6) y justo frente a la cavidad contigua que denominamos en su día Las Gobas 7 (Azkarate 1988) donde se ha efectuado la intervención que recogemos en este trabajo. Han transcurrido bastantes años ya desde que propusiéramos algunas ideas básicas tanto sobre los orígenes de las cavidades rupestres como sobre su perduración en el tiempo. Defendíamos entonces tanto la diversidad cronológica del más del centenar de cavidades catalogadas en Álava y Condado de Treviño (Burgos) advirtiendo que «tan inexacto nos parece el suponer los fenómenos de las cuevas artificiales con vocación exclusivamente eremítica como imaginarlos, en origen, como hábitats de carácter únicamente civil» (Ibidem: 477). Concluíamos aquel estudio insistiendo en que debían evitarse «las gene-AEspA 2008, 81, págs. 133-149 ISSN: 0066 6742 ralizaciones abusivas referidas a la cronología de las cavidades artificiales» (Ibidem: 479-480)2, máxime en un contexto historiográfico en el que los distintos modelos interpretativos sobre la evolución del poblamiento desde finales de la Antigüedad hasta bien entrada la Edad Media pugnan entre sí ofreciendo explicaciones totalizadoras y pretendidamente concluyentes. Frente a estas tentaciones, hoy tenemos que reivindicar -como entonces-«que los orígenes, cronología y funcionalidad de las cuevas artificiales han de zanjarse... mediante estudios concretos y puntuales, teniendo en cuenta las distintas ubicaciones, su contexto tanto geográfico como histórico, las diferentes tipologías, las posibles excavaciones ar-queológicas... potenciando, en definitiva, los análisis monográficos, previos siempre a cualquier intento de síntesis» (Ibidem: 478). Y ello pasa necesariamente por la excavación sistemática de algunos de los lugares más significativos. Ésta es la principal de las razones de la investigación arqueológica iniciada en Las Gobas durante el verano del 2007 y de la que este texto constituye un primer avance. Hace ya tiempo, las inmediaciones de las dos iglesias rupestres de Las Gobas fueron objeto de excavación arqueológica por parte de José Miguel Barandia-rán, con resultados poco alentadores (Barandiarán 1968). Quizá debido a ello y quizá también a la naturaleza rocosa de las inmediaciones que no auguraba subsuelos de contenidos estratigráficamente fértiles, lo cierto es que no ha habido en cuarenta años quien se animara a continuar las excavaciones del ilustre arqueólogo vasco. Y si en esta ocasión hemos decidido hacerlo, ha sido por la necesidad de contar con contextos estratigráficos fiables en un debate que, carente de ellos, está construyendo sin embargo modelos interpretativos de cimientos no siempre sólidos. El primer objetivo de la intervención, como puede fácilmente deducirse, no podía ser otro que el de la comprobación de los resultados ofrecidos por Barandiarán, y su posible extrapolación a las áreas contiguas. Fue por ello por lo que se decidió investigar la zona adyacente a la antigua intervención. La propia «trinchera» de los años sesenta y la existencia de un vallado que cierra y protege el área rupestre de Las Gobas 4-7 predeterminaron el emplazamiento y las dimensiones de la intervención del 2007 que quedó circunscrita, de este modo, a un rectángulo de 38 metros cuadrados que limitaba en uno de sus lados menores (Este) con el farallón rocoso, en uno de los mayores (Sur) con la excavación de los años sesenta y en los otros dos (Oeste y Norte) con el cierre metálico de protección de las cuevas que debíamos respetar por prescripción administrativa. Los resultados alcanzados superaron las expectativas iniciales. Condicionados seguramente por la estratigrafía que publicó en su día J.M. Barandiarán3 (un mínima parte de la verdaderamente existente), no imaginábamos que el subsuelo contuviera una interesante registro arqueológico de más de dos metros de potencia. Esta última fue precisamente una de las sorpresas principales, al constatar que la topografía actual era totalmente distinta de la originaria o, dicho con otras palabras, que los constructores y primeros usuarios de las cavidades rupestres hollaron un suelo que, en algunos puntos, estaba a más de dos metros de pro- fundidad. Este suelo original arrancaba desde la base del farallón rocoso y descendía en pronunciada pendiente hacia el riachuelo que discurre por el valle. La ocupación humana del lugar modificó prontamente la topografía primaria, originalmente en ladera. Las rocas producidas por el propio proceso de extracción y la creación de un muro de aterrazamiento, hoy en día no observable, fueron generando una plataforma que creció en potencia hasta alcanzar los dos metros largos de profundidad ya comentados. En este paquete estratigráfico, el registro generado por la excavación arqueológica ha permitido documentar 37 unidades estratigráficas (Figs. 6 y 7) que, en un proceso de síntesis posterior4, hemos agrupa-do en 8 actividades circunscribibles a un arco cronológico que, arrancando en el siglo VII, se extiende hasta nuestros días. Veamos, en los párrafos que siguen, una síntesis de los resultados alcanzados. Actividad 1 (Apertura de las cavidades artificiales. El inicio de la ocupación del lugar está documentado en el registro arqueológico por dos Actividades. La primera de ellas (A1) refleja el proceso de extracción que conllevó la apertura de las cavidades artificiales (restos de talla de caliza dolomítica extraídas del frente rocoso) y está constituida por dos unidades estratigráficas. La UE-20 se apoya directamente sobre la roca natural y se caracteriza por la presencia de numerosas piedras calizas de mediano y gran tamaño, contenidas en un potente paquete de arcilla y arena de color marrón oscuro. Su formación obedece, sin lugar a dudas, al proceso de excavación de las cavidades, muy posiblemente mediante la técnica de rozas y cuñas5 a juzgar por la ausencia de restos de labra en las piedras recuperadas. Los restos de talla procedentes del acabado final se reconocen en la UE-14, situada inmediatamente encima de la anterior y compuesta íntegramente por pequeñas esquirlas de piedra caliza, de un característico color blanquecino, sin intrusiones de otra naturaleza. Su cronología arrancaría en algún momento de la séptima centuria. No existe, de momento, evidencia alguna que permita llevar esta fecha al siglo anterior tal y como supusimos en su momento (Azkarate 1988: 475). Los rasgos paleográficos de los graffiti que se conservan en Las Gobas-6 responden a un momento de formación de la escritura cursiva visigótica y configuran, junto con las pizarras y otras muestras paleográficas procedentes también de cuevas, un escaso aunque importante elenco de escritura peninsular del siglo VII d.C. (Velázquez 1993: 271 y 320). El material cerámico recuperado en la UE-20 y su relación estratigráfica de anterioridad respecto a la sepultura 4 que pronto comentaremos (A2) apuntan también en esta dirección. Actividad 2 (Construcción de una cabaña exenta) Aprovechando la explanación del lugar conseguida con los niveles de extracción descritos, se levan-tó la primera estructura no rupestre que conocemos hasta el momento y que funcionó como espacio doméstico contiguo a las cuevas artificiales. En el momento actual de la investigación resulta imposible estimar la planta y las dimensiones completas de este edificio del que sólo se han podido exhumar 16 m2. Pero, a cambio, disponemos de otros datos de interés sobre las técnicas empleadas en su construcción y su organización espacial. Estamos, en efecto, ante una estructura levantada a nivel de suelo6 sobre gruesos postes de madera de los que, hasta el momento, conocemos únicamente dos (UE-25 y UE-36). Con una altura máxima cercana a los tres metros, la cubierta se dispuso a una sola vertiente aprovechando para el encastre de uno de sus cabios transversales (UE-30) la presencia de una gran peña en las inmediaciones. No se han recuperado restos materiales de esta cubierta, por lo que cabe imaginar el uso de paja, ramajes vegetales o cualquier otro elemento perecedero. Sus paredes debieron levantarse también con materiales efímeros, muy posiblemente tablazón de madera, puesto que no se ha detectado testimonio alguno que refleje el recurso a los entrelazados y man- A juzgar por los datos conocidos, nos encontramos ante una vivienda de espacio único que acogía, sin embargo, ambientes distintos: a) Un silo piriforme 7 emplazado en el extremo más septentrional del área excavada cumplió las funciones de almacén (UE-15); b) Apenas dos metros al sur se ubicó la zona de cocina, con un hogar ovalado de arcilla decantada (UE-13) y, junto a él, una cubeta circular de 0,5 m de diámetro (UE-28); c) En un rebaje rectangular no muy lejano, se detectaron dos inhumaciones. Perteneciente la primera de ellas a un adulto (sepultura 5: UE-33 y UE-34), no ha podido ser excavada por encontrarse parcialmente bajo el cierre metálico que protege el acceso a las cavidades. La segunda (sepultura 4: UE 31 y UE 32) corresponde a un niño de apenas unos meses: su esqueleto se depositó en una fosa de planta ovalada 8 en posición decúbito supino, con los brazos flexionados a la altura del abdomen y las piernas juntas, ligeramente ladeadas. El cruce de resultados de los análisis radiocarbónicos efectuados en este enterramiento (770-970 AD para un 93,5%) 9 y en el nivel que inmediatamente le cubre y que pronto comentaremos (UE-19: 660-820 AD para un 94,4%) permiten precisar para la ejecución de la sepultura n.o 4 una fecha que puede ubicarse en el último tercio del siglo VIII d.C. Para la construcción de la estructura que le acoge debe suponerse una cronología evidentemente anterior, a caballo entre las centurias séptima y octava. Actividad 3 (Reparación de la cabaña exenta) Son dos, al menos, las acciones que evidencian un replanteo o reparación de la estructura descrita: a) La primera de ellas está reflejada en el registro arqueológico por un relleno (UE-22 y UE-35) que amortiza simultáneamente tanto el rebaje rectangular (UE-23) que acogía los dos enterramientos como uno de los dos agujeros de poste (UE-36) que definía el límite occidental de la construcción que estamos analizando. La desaparición de este «pie derecho» parece obedecer a una pequeña ampliación del edificio por este costado. b) La segunda está testimoniada por un nuevo suelo de arena y arcilla (UE-19) que, respetando el silo y el hogar ya descritos, ocupó en su totalidad el resto de la planta del edificio. El análisis radiocarbónico 10 efectuado sobre una muestra procedente del suelo UE-19 (al que nos hemos referido recientemente) y sus propias relaciones estratigráficas de posterioridad respecto a la sepultura 4 (A2) permiten también una aproximación cronológicamente relativamente precisa que nos lleva a los años finales del siglo VIII d.C. o inicios de la centuria siguiente. Actividad 4 (Abandono del emplazamiento como lugar de hábitat) Esta actividad queda documentada en el registro arqueológico por la presencia, en el interior del silo, de un nivel de sedimentación compuesto por arcillas de color amarillento, muy decantadas, producto del arrastre generado por la acción del viento o agua (UE-37). Destaca, asimismo, el vertido de una vaca adulta, depositada en conexión anatómica, que carecía de cabeza, cuartos traseros y parte de las manos delanteras. Tanto la naturaleza del nivel de sedimentación descrito como la reutilización del silo como basurero ocasional denuncian el abandono del emplazamiento como lugar de habitación. De hecho, el lugar acabará finalmente destruido, tal y como refleja la UE-12, compuesta por abundantes pellas de arcilla y restos carbonizados de tablazón que denuncian el arrasamiento definitivo del emplazamiento como lugar de habitación. La analítica radiocarbónica efectuada sobre restos de madera carbonizada procedente de UE-12 11 y su propia secuencia estratigráfica (anterior a la UE-5 y posterior a la UE-19) fecha esta actividad en la segunda mitad del siglo IX d.C. Estamos ante un momento de transición, de duración difícil de precisar (breve en cualquier caso), aunque de significado muy importante para la historia de Las Gobas, por cuanto constituye la interfaz entre el abandono del complejo rupestre como lugar de habitación, el traslado de los pobladores a un nuevo emplazamiento 7 1,5 m. de profundidad, 1,4 m. de diámetro máximo y 1 m. diámetro en su embocadura. Actividad 5 (Segundas labores extractivas) Sobre la UE-12 se registran nuevos testimonios que denuncian la reanudación de las prácticas extractivas en el lugar. Al igual que veíamos en el caso de las primeras extracciones, también en esta ocasión se detectan dos niveles: el primero de ellos (UE-16) amortizó definitivamente el silo de épocas anteriores con piedras de tamaño grande y mediano, mientras que el segundo (UE-5), conformado por arena, arcilla y numerosos restos del proceso final de talla, se extiende por buena parte de la excavación nivelando definitivamente todo este espacio. La constatación de nuevas labores extractivas en el lugar constituye un dato de especial relevancia que no se había detectado en estudios anteriores. Su cronología debe llevarse al s. X d.C. 13, posiblemente a sus primeros decenios, y su constatación ayudará a despejar algunas incógnitas no resueltas nunca satisfactoriamente y a las que nos referiremos en el capítulo final. Actividad 6 (Establecimiento de un área cementerial) Es en la UE-5 donde se depositarán las inhumaciones pertenecientes al cementerio que transformará definitivamente un espacio que durante mucho tiempo tuvo naturaleza habitacional. En nuestra intervención hemos registrado tres sepulturas orientadas este-oeste, a las que debemos sumar otras cuatro exhumadas hace cuarenta años (Barandiarán 1968 14 ). Todas ellas poseen tipología similar: fosas rectangulares revestidas con lajas calizas dispuestas verticalmente y cubiertas por varias lajas de dimensiones similares. Fosa de planta rectangular (2 x 0,86 x 0,35 mts.), con ocho lajas perimetrales y cinco losas a modo de cubierta, todas ellas de caliza. Su interior contenía el esqueleto de un individuo adulto, en posición decúbito supino, con el brazo derecho extendido y el izquierdo flexionado sobre el abdomen. Piernas juntas y extendidas. 12 Mencionada como Langu en la Reja de San Millán. Fosa de planta rectangular (2,26 x 0,90 x 0,50 mts.), con once lajas perimetrales y cinco losas a modo de cubierta, también de caliza. Su interior contenía el esqueleto de un individuo adulto, en posición decúbito supino, con el brazo derecho flexionado sobre el abdomen y el izquierdo sobre el sacro. Entre los pies se ha recuperado una placa de hierro rectangular, ligeramente arqueada, de difícil interpretación. Fosa de planta rectangular (2,10 x 0,92 x 0,42 mts.), con doce lajas perimetrales y cuatro losas a modo de cubierta, todas ellas de caliza. Su interior contenía el esqueleto de un individuo adulto, en posición decúbito supino, con las manos juntas sobre la pelvis y las piernas extendidas. El periodo de uso de esta necrópolis abarca una horquilla cronológica que ocupa, al menos, todo el siglo X d.C. y parte de la centuria siguiente 15. En cualquier caso, quedaría pendiente tanto la delimitación precisa de su momento final como sus causas. Actividad 7 (Construcción de una terraza de cultivo) Nada menos que hasta el siglo XVI deberemos esperar para que se registre la siguiente actividad constructiva: un potente relleno compuesto por arcillas y arenas de grano fino (UE-4) que nivela y eleva la cota del terreno en más de 80 cms. hasta conformar una estrecha pero extensa terraza que recorre longitudinalmente la base del farallón rocoso. Bien documentado en otros lugares 16, estamos ante un proceso de ocupación de ladera que se asocia a la introducción de nuevas plantas llegadas desde América, como el maíz, y a la necesidad de tierras por parte de una comunidad campesina en rápido y continuo crecimiento. Un primer análisis del conjunto cerámico recuperado en el relleno UE-4 data esta fase en la primera mitad del siglo XVI, atendiendo a la ausencia de cerámica esmaltada y a la importante presencia de cerámica vidriada (44%), similar a los porcentajes totales de cerámica común 17. Actividad 8 (Testimonios contemporáneos) Cubriendo la UE-4 se registran dos últimas unidades estratigráficas (UE-1 y UE-2), compuestas por tierra vegetal y arenas y que a juzgar por el material que contienen (vidrios de botella, chapas metálicas actuales y plásticos), han debido formarse durante los últimos decenios del pasado siglo XX. LAS PRODUCCIÓNES CERÁMICAS MÁS ANTIGUAS Hace algunos años, a raíz de la reunión emeritense en torno a las cerámicas tardorromanas y altomedievales de la Península Ibérica (Caballero, Mateos, Retuerce 2003), mostrábamos nuestra extrañeza por la anómala ausencia en el País Vasco y Navarra de contextos arqueológicos de los siglos VI y VII d.C. (Azkarate, Núñez, Solaun 2003). Sorprendía, en efecto, que la mayoría de los yacimientos tardorromanos que recoge la bibliografía para estos territorios no alcanzase casi nunca horizontes cronológicos pertenecientes al siglo VI y que únicamente escapara a este desolador panorama un reducido elenco de lugares: la ciudad de Pamplona, muy posiblemente Iruña/ Veleia, el castro de Buradón, el mal conocido asentamiento de Salbatierrabide en Vitoria-Gasteiz, los complejos rupestres del mediodía alavés y norte de Burgos, algunas ocupaciones en cueva 18 y en otras tantas necrópolis exhumadas en territorio alavés, vizcaíno o navarro 19. Este breve listado quedaba prácticamente reducido a cuatro o cinco asentamientos si tomábamos en consideración sólo aquellos lugares con material cerámico. Dos de ellos, Iruaxpe III (Guipúzcoa) y Aldaieta (Álava) ya fueron estudiados aprovechando la citada 15 Datación aportada por la propia secuencia estratigráfica del yacimiento y el análisis radiocarbónico efectuado a la sepultura 2 (CSIC-2137). 16 Por ejemplo, en algunas comarcas de las Montañas de Burgos como Frías, donde la anexión de nuevos espacios agrícolas ganados a la montaña debía estar en pleno auge. Tanto era así que esta actividad ya se preveía en sus Ordenanzas, (Que cualquier vesino de la dicha ciudad que quisiere Romper en los montes della que en cuanto que lo comience lo venga a notificar al Regimiento) «tratando de controlar lo que debía ser ya un movimiento generalizado» (Ortega Valcárcel 1974: 161). 17 El estudio cerámico de esta unidad estratigráfica ha sido realizado por Sergio Escribano, autor de una tesis doctoral en avanzado estado de ejecución sobre la cerámica en el País Vasco durante los siglos XIV al XVII y al que agradecemos su colaboración. 18 Nos referimos a la cueva guipuzcoana de Iruaxpe III en Aretxabaleta y a las alavesas de Los Goros en Hueto Arriba, los Husos II en Elvillar y muy probablemente Payo Carrascajosa en Laguardia. 19 En concreto, las de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Álava), San Pelayo (Alegria-Dulantzi, Álava), Finaga (Basauri, Bizkaia), Buzaga (Elorz, Navarra) y Pamplona. La necrópolis alavesa, en cambio, mostraba un horizonte muy distinto, sin rastro alguno de producciones finas romanas y con presencia exclusiva de manufacturas locales asociadas a la denominada cerámica grosera 20. Con la intervención arqueológica llevada a cabo en Las Gobas, un nuevo lugar viene a sumarse a los ya mencionados, ofreciendo además un registro cerámico bien contrastado estratigráficamente y que abarca una horquilla cronológica que se extiende desde la segunda mitad del siglo VII d.C. hasta, al menos, el siglo XI d.C. Un nuevo yacimiento que ofrece varios horizontes cerámicos, aunque ahora nos fijemos únicamente en dos de ellos: uno tardoantiguo, asociado al escenario productivo visto en la necrópolis de Aldaieta y otro altomedieval, asociado a los contextos recuperados en diversas aldeas altomedievales alavesas. Se encuentra representado por la UE-19 y la UE-20 o, lo que es lo mismo, por los niveles que responden al momento de construcción de las primeras cavidades rupestres y del edificio exento que hemos descrito. Llama la atención tanto el escaso número de fragmentos recuperados como la pertenencia de todos ellos a un único tipo de cerámica grosera (Grupo I)*, rasgos ya conocidos en otros lugares y que parecen reflejar el predominio absoluto de estas producciones (con la consiguiente desaparición de las series de época romana) y el drástico descenso cuantitativo del volumen de cerámica producida y consumida. Analicemos más detenidamente estos dos últimos puntos. La progresiva desaparición de las importaciones de cerámica romana y el incremento significativo de la cerámica común local durante los últimos años del siglo VI es un fenómeno bien constatado en otras zonas de la Península Ibérica (Caballero, Mateos, Retuerce 2003). Lógicamente, los ritmos cro-nológicos de esta tendencia y el universo productivo que se genera tras la definitiva desaparición de las primeras varían dependiendo unas veces de su emplazamiento en zonas costeras o del interior peninsular, y otras de su pertenencia a un contexto urbano o rural. En lo que respecta al Cantábrico oriental, cada vez parece más claro que es a finales del siglo VI o muy a comienzos de la centuria siguiente cuando debe situarse el cese definitivo de las importaciones de cerámica romana. No serán éstas, sin embargo, las únicas producciones en desaparecer. Otro tanto ocurrirá con la mayoría de las comunes locales que habían protagonizado la vajilla de época tardorromana 21, algunas ausentes incluso para los inicios mismos del siglo VI. Solamente escapará a esta situación la cerámica grosera, una producción de larga tradición, bien documentada en contextos prerromanos y romanos de nuestro territorio, que monopolizará el ajuar cerámico del siglo VII, al menos en el ámbito rural. Este tipo cerámico se caracteriza, a grandes rasgos, por presentar unas pastas tiernas, sin decantar y con paredes muy gruesas, con abundantes y gruesos desgrasantes que, dependiendo de su naturaleza geológica, pueden clasificarse en carbonatados (cristales de calcita y rocas calizas) y cuarcíticos. Todas ellas fueron ejecutadas a torno, si bien con un régimen de vueltas lento que, unido a las frecuentes irregularidades de sus paredes, acostumbra a generar equívocos con la cerámica no torneada. Su repertorio formal y funcional se asocia siempre con la cerámica de cocina destinada al fuego, fundamentalmente ollas acompañadas puntualmente por vasos abiertos del tipo cuenco. Aunque en Las Gobas no se ha podido identificar ninguna forma específica, no debieron ser muy diferentes de las documentadas en el yacimiento de Aldaieta -con perfiles claramente paralelizables en contextos europeos continentales-o en otros contextos alaveses de cronología ligeramente posterior, como la aldea de Gasteiz, cuyas series formales reproducen modelos propios de la cerámica común romana de origen local. La segunda de las cuestiones se refiere al escaso volumen de cerámica registrado hasta la fecha en Las Gobas -apenas una decena de fragmentosy la limitada presencia de la vajilla cerámica en el ajuar doméstico. La existencia de contextos prácti-20 Idéntico escenario puede desprenderse del escaso material cerámico recuperado en la necrópolis tardoantigua de Finaga (García Camino 2002: 61-77) y en la de San Pelayo, donde aparecen numerosos fragmentos de cerámica grosera pertenecientes a una o varias ollas formalmente similares a las recuperadas en Aldaieta (Azkarate 1997). * Las características concretas de éste y el resto de grupos cerámicos documentados en Las Gobas pueden consultarse en Solaun 2005. 21 Para conocer los principales tipos de cerámica común romana, fundamentalmente en época bajoimperial, puede consultarse el trabajo de A. Martínez Salcedo (2004), en especial el capítulo dedicado a las denominadas cerámicas no torneadas de pasta gris y de pasta rugosa/arenosa. LOS CONJUNTOS RUPESTRES DE LAS GOBAS (LAÑO, BURGOS) AEspA 2008, 81, págs. 133-149 ISSN: 0066 6742 camente «acerámicos» durante estos siglos constituye un fenómeno que está siendo observado cada vez con más interés y se caracterizaría por la presencia casi exclusiva de ollas y vasos destinados a la cocción de alimentos que, necesariamente, tuvieron que estar complementados por otros recipientes lígneos o metálicos (Delogu 2007). La segunda fase cerámica documentada en Las Gobas corresponde a la UE-5, un potente relleno de nivelación depositado en la primera mitad del siglo X sobre el que se dispuso, como vimos, una necrópolis que conocemos sólo parcialmente. El repertorio cerámico registrado en este nivel es radicalmente distinto al descrito en el capítulo precedente, tanto en el número de fragmentos recuperados como en el de las producciones detectadas. La cerámica grosera sigue presente, pero hacen acto de presencia tres nuevas producciones -la cerámica oxidante con abundantes desgrasantes (Grupo VI), la cerámica decantada pintada en rojo (Grupo VIII) y la cerámica rugosa de pastas claras (Grupo X)en una diversificación que está reflejando sin duda una progresiva recuperación de la vajilla cerámica en el ajuar doméstico. Los porcentajes análogos de las tres nuevas producciones, con apenas un 16%, evidencian, no obstante, que nos encontramos ante producciones aún minoritarias respecto a la cerámica grosera que, con un 50% de representatividad, sigue dominando la escena. Desde el punto de vista de sus rasgos tecnológicos, las nuevas manufacturas -elaboradas a torno y horneadas a temperaturas siempre superiores a los 800oC-suponen una notable mejora respecto a la cerámica grosera, y otro tanto cabría decir respecto al nuevo repertorio formal. Aunque en Las Gobas sólo ha podido identificarse un tipo de jarro o cántaro del Grupo VI, en otros contextos de los siglos IX y X (Gasteiz, Rivabellosa, etc.) se ha documentado un amplio abanico de series cerámicas (ollas, platos, cuencos, jarros, orzas, cántaros y tinajas) que evidencian un ajuar mucho más diversificado y especializado funcionalmente. Veamos, brevemente, las distintas producciones: -Producción local (Grupo I). Sigue siendo la fuente de aprovisionamiento principal, con un 50% de la cerámica consumida y se asocia con sistemas productivos marcadamente domésticos, de productividad esporádica o estacional y que desarrollaría formas básicas de intercambio. -Producción regional (Grupo VI). La cerámica oxidante con abundantes desgrasantes puede identificarse con una producción del entorno próximo, muy posiblemente de la cuenca de inundación de un río con aportes relacionados con diapiros (quizás del río Bayas o del río Berrón, ambos en territorio alavés). A diferencia de la anterior, se asocia con la producción en talleres rurales más o menos especializados y estables, con una capacidad de producción e ingresos importantes que se comercializaría a nivel local y regional. -Producción suprarregional (Grupos VIII y X). Su identificación con manufacturas extrarregionales se ha realizado atendiendo básicamente a los análisis arqueométricos de laboratorio. La «cerámica rugosa de pastas claras» muestra arcillas relacionadas con la alteración de materiales graníticos provenientes de la cuenca alta del Duero o la cabecera del Ebro, mientras que las características técnicas, decorativas y porcentuales de la «cerámica decantada pintada en rojo» invitan a pensar en un origen también exógeno, quizás de la zona de Cantabria, Palencia o Burgos (Solaun 2005: 307ss). El panorama productivo que se nos desvela es, como se ve, bastante más complejo que el descrito anteriormente, aunque estemos todavía lejos de los niveles de utilización documentados en contextos posteriores, principalmente a partir del siglo XI, cuando la cerámica se convierte ya en el principal componente del ajuar doméstico. Pero, hasta entonces, y aunque no podamos hablar ya de contextos «acerámicos», su presencia en el registro arqueológico sigue siendo todavía escasa y tuvo que seguir siendo complementado por otras vajillas de carácter lígneo o metálico. La información conservada en el registro arqueológico, sin embargo, refleja la capacidad de los habitantes del lugar para acceder a determinados productos cerámicos ajenos a su entorno inmediato y la aparición de talleres especializados. El Grupo VI denuncia la presencia de alfares en el propio territorio alavés, en alguna de las aldeas que van consolidándose a partir ya del siglo VIII y que, desde su constitución, cuentan con una estructura económica compleja y diversificada de base agropecuaria, complementado con diversas actividades de carácter artesanal22 (Quirós 2006; Azkarate 2007). Mayores redes de distribución necesitan el Grupo VIII y el Grupo X para llegar a este destino, si bien es probable que en algún momento compartieran circuitos de comercialización con el Grupo VI. No cabe duda que, desde el punto de vista de la comercialización y distribución de las cerámicas, también se observa un panorama bastante más complejo del considerado tradicionalmente, donde los intercambios apenas superarían la escala local o, a lo sumo, la regional. La importación de cerámica desde ámbitos suprarregionales refleja la existencia de un comercio a media y larga distancia, posiblemente débil aún, así como la participación activa en este comercio de asentamientos «marginales» como las cavidades rupestres 23. ALGUNAS REFLEXIONES FINALES SOBRE LA CRONOLOGÍA Y FUNCIONALIDAD DE LAS CUEVAS ARTIFICIALES DE LAÑO Tras la intervención arqueológica que hemos sintetizado someramente, vamos a plantear algunas cuestiones de interés para la comprensión de las cuevas artificiales, cuestiones que fueron esbozadas en su momento (Azkarate, 1988) y que parecen recibir confirmación veinte años después. Hoy, como entonces, queremos huir de las generalizaciones abusivas, recordando que las ideas que se expresan a continuación deben relacionarse únicamente con los conjuntos de Las Gobas. En efecto, no resulta fácil -ni aconsejable-ser concluyente sobre la naturaleza de las cuevas artificiales. Han sido muchas las interpretaciones propuestas: para algunos, el arranque y funcionalidad principal de ciertas cavidades tuvo mucho que ver con la inestabilidad de los siglos bajoimperiales (González Blanco et alii 1979; González Blanco 1993; Espinosa 2006); otros han preferido interpretarlas como verdaderos loca sacra, oratoria transformados en puntos de auctoritas moral y objeto de deseo de jerarquía episcopales y aristocracias laicas en sus estrategias de control (Castellanos 1998); ha habido también quien, en ciertos casos y para determinadas regiones, las ha querido relacionar con lugares de habitación y espacios de culto de pequeñas comunidades mixtas de inspiración monástica (López Quiroga 2004); más recientemente se ha sugerido que quizá respondan sencillamente a la ocupación de espacios marginales por poblaciones campesinas de época tardoantigua (Quirós 2006); o que, dependiendo de las especificidades regionales, no sean en definitiva sino consecuencia de una pluralidad de factores (Brogiolo, Chavarria 2007). En fin, todo es posible. La historiografía continuará generando argumentos ad novitatem (con el riesgo de acabar cayendo en un debate ad nauseam) mientras no nos preocupemos por abordar, de manera sistemática, estudios monográficos capaces de construir registros arqueológicos serios y fiables. Por nuestra parte, la campaña de 2007 en Las Gobas ha constituido un primer paso en esta dirección, con resultados creemos que interesantes y que pueden sintetizarse en los puntos siguientes: El arranque de las cuevas artificiales de Las Gobas parece situarse en el siglo VII d. C., retrasando un poco la cronología que aventurábamos hace años (Azkarate 1988). Nunca hemos descartado, genéricamente, que ciertas cavidades tuvieran en origen un carácter eremítico y fueran precedentes de centros monacales nacidos a comienzos del siglo IX en sus inmediaciones 24. La cercanía de algunas de estas cuevas a reconocidos cenobios altomedievales apuntan en esta dirección. Pero no parece ser el caso de los complejos de Las Gobas y de Santorkaria. Interpretados en su momento como lauras eremíticas (Ibidem), quizá fuera más correcto ponerlos en relación con asentamientos rurales de carácter aldeano nacidos en fechas anteriores a las que tradicionalmente veníamos suponiendo. Los testimonios exhumados en esta primera campaña arqueológica parecen apuntar en esta dirección. En su día (Azkarate 1988) defendimos el abandono de las cuevas de Las Gobas y Santorkaria como lugares de habitación y su reaprovechamiento posterior con carácter cementerial. Con argumentos que ahora no vienen al caso (Ibidem 331, 473-480) -y que, de cualquier manera, hoy corregiríamos sustancialmente-propusimos entonces el siglo IX d.C. como horizonte cronológico en el que pudo efectuarse este abandono. Los nuevos datos procedentes de la excavación efectuada confirman aquella primera aproximación cronológica. Parece, en efecto, que los habitantes de Las Gobas abandonaron el lugar para trasladarse -en algún momento de la segunda mitad del siglo IX o primeros años del siglo X-a un nuevo emplazamiento (a una nueva aldea) que hoy AEspA 2008, 81, págs. 133-149 ISSN: 0066 6742
En este articulo s e plantea una discu s ión acerca del contexto económico del horno de ánforas de salazón de «El Olivar de los Valencianos». en Puerto Real <Cádiz). s os teniendo que es te alfar responde a un modelo similar al de los hornos his panos de ánforas de vino y aceite contemporáneos y cuestionando, por tanto. el esquema económico propuesto para explicar la concentració n de restos anfóricos en la bahia de C'ádi z. El Olivar de los Valencianos es el nombre de una finca situada al este del núcleo urbano de Puerto Real, Cádiz. Parte de ella está ocupada por un yacimiento arqueológico, delatado en superficie por abundantísimos fragmentos anfóricos, concentrados principalmente sobre la cumbre y ladera sur de una suave loma alargada que domina el entorno inmediato. El enclave fue excavado a mediados de este siglo por María Josefa Jiménez Cisneros 1, quien exhumó la estructura que nos ocupa. Recientemente,' Jiménez exhumó un horno de planta circular, dotado de una parrilla radial «en perfecto estado», con el laboratorio conservado hasta «el borde del arranque de la bóveda» y abierto a un corredor (Jiménez, 1971, 146-147). Parece ser que el conjunto arquitectónico quedó desde entonces a la intemperie, expuesto a la actuación reiterada de buscadores clandestinos, en parte paliada por alguna intervención arqueológica posterior. En 1980 se acometió una nueva excavación arqueológica que permitió do-y ante la buena disposición del propietario del terreno, el Área de Cultura del Ayuntamiento de Puerto Real decidió promover una excavación arqueológlca en el horno para documentar su grado de conservación de cara a un posible acondicionamiento para su visita pública2 • Merced a esta iniciativa, quedó exhumado el conjunto que viera Jiménez. formado por tres estructuras (fig. 1 ). En primer término, un espacio definido por dos paredes convergentes hacia la entrada de un corredor (ante el desconocimiento de sus funciones y atendiendo a su carácter de ámbito de acceso al horno, lo denominamos «atrio»). Este corredor, que constituye la segunda estructura, da paso a un laboratorio de planta circular, cuyo alzado oscila entre 1,5 y 1,8 m, solado por una parrilla de estructura radial casi completa, cuya cara interna, en forma de bóveda anular, sirve de techo a la cámara de combustión. entonces colmatada por sedimentos (fig. 2). Durante la excavación constatamos la génesis reciente de la práctica totalidad de las unidades estratigráficas (UU.EE. en adelante) no constructi-cumen1ar la e xistencia de do s hornos más, semejantes al ante• rior, y señalar las ánforas Beltrán llA como uno de los productos del alfar (lópez, 1981 ). Queremos aprovechar la ocasión que nos brindan estas lineas para agradecer a Maria Dolores Lópe z de la Orden, directora de esa campaña, las facilidades y el apoyo prestados a nuestro trabajo. El semicirculo de pun1os si1úa el hoyo anexo al horno. El eje A-A' (señalado sólo en sus extremos) marca el trazado de la sección presentada en la figura 2. vas (no podía ser de otro modo habida cuenta de la historia del enclave y las instrucciones de excavación: véase la nota 2), evidenciada por restos de plásticos. de cigarrillos, de botellas de vidrio, etc., siempre minoritarios con respecto a los abundantísimos fragmentos anfóricos. Estos no han sido íntegramente recogidos ni estudiados debido a su bajísima capacidad de información posicional y secuencial. Únicamente hemos recopilado, a modo de muestreo, A 11 2 3 4 la 101alidad de los fragmentos de dos UU.EE.'.amén de aquellas evidencias que aportaran alguna nove-1 La práctica totalidad del material de época romana hallado durante la C)(Cavación es cerámico. Las unidades estra1igráficns seleccionadas para el mues1reo fueron las U U. EE. Hemos renunciado n ex poner el análisis compara1ivo en1re ambos conjunios porque su descontex1ualización impide valorar dcbidamen1c sus diferencias: no obstan-1c. se constata que la UE 2A. pese a contar con menor numero de p1~ns. mues Ira mayor variedad que la U F. 21 A. •• 8 7 Figura 2.-Sección general del conjunto según el eje A-A' de la ligura 1. Los motivos gráficos nums. 1, 2 y 3 representan distin tas UU.EE. sedimentarias de formación reciente; el num. 4 señala la zona construida (paredes del horno, columna y parrilla); el núm. 5 señala la unica UE. sedimentaria formada en época romana; los núms. 6 y 7 represen1an los niveles de base. estériles; el rayado señala las zonas de composición desconocida. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. A conti nuación prcscniamos una somera carac-1crización del conjun10 de las piezas, agrupadas de este modo: 1. pastas de ánforas; 2, bordes de ánforas: 3. pivo1es de án foras: 4, signarnla; 5, fragmen-1os an fóricos que no determinan forma; 6. terra sigillala italica y 7, materiales de construcción•. Hemos diferenciado dos tipos de pasta atendiendo a la composición y textura de los fragmentos. clasificados mediante simple inspección visual. El primero de los tipos presenta, como rasgos generales, unas arcillas bien decantadas. con pocos desgrasantes. en general pequeños (<0,5 mm). de cuarcila blanca y de una sustancia negra que no hemos identificado -quizás se 1rate de pequeñas motas de pasta de cerámica quemada-: además y ocasionalmente, con1iene algunos fragmentos cerámicos de color rojo oscuro, de 3 a 7 mm de calibre. El color de la pasta puede variar del amarillento con matices verdosos hasta los tonos rosados, menos frecuentes, s i bien ambos pueden adquirir matices rojizos o negruzcos, especialmente en las zonas de cocción defectuosa. Estas percepciones nos recuerdan la descripción de la arcilla típica de la forma 53 de Vegas' y algunas de las ánforas halladas en Conimbriga 6; en ambos casos se trata de envases para salazones, el primero de ellos fechado desde época tardo-republicana hasta el siglo 111 d.C. y el segundo desde el año 25 a.c. y a lo largo de todo el siglo 1 d.C.. con especial concentración en época claudia. Respecto al tipo 2, es una pasta rica en desgrasante arenoso, visible por igual en ambas superficies y en la fractura, de tonalidades marrones. a veces con matices gnsáceos y violáceos. Suele presentar' Existe un inventario de1allado de todas las piezas recuperadas en el Informe final de la excavación, depositado en la Delegación Provincial de Cádiz de la Consejería de Cultura y Medio Ambiente de la Junta de Andalucla. • <1Fina, beige,... con engobe amarillo ligeramente verdoso... » 1976, 8S). engobe. de iono-. má... blanquecinos que la pasta. Tanto la 11pologia de lo~ fragmcn1os con ella elaborados como las dc, crrpcioncs de los dis1intos autores nos s11úan 1nequ1vocamen1c en la línea de las pastas típicas de las Dressel 20 (Martin-Kilcher, 1987. 1• Se han distinguido cinco tipos de bordes en función de s u morfología. los cuatro primeros elaborados con pasia del primer tipo y el quinto con pasta del segundo tipo 7 • El borde de tipo 1 es suavemente exvasado. con el labio completamente vuelto y pegado a la pared externa ( fig. 3: 1 ). El de tipo 2 es un borde exvasado con el labio engrosado en su remate y más o menos apunlado (fig. 3: 2 a 5). El borde de t ipo 3 es nuevamente un borde exvasado. culminado en un labio de desarrollo vertical. cóncavo y corto. cuyo extremo inferior se une a la pared externa. formando el conjunto un cuerpo de tendencia triangular (fig. 3:6). El de upo 4 es similar al anterior pero con algunas diferencias: la zona superior del labio queda normalmente marcada por un baquetón, la distancia de éste al inferior es casi el doble que en el 1ipo anterior. y su separación del cuello es más marcada (fig. 3:7). Por último, el borde de tipo 5 es un borde de Dressel 20 que sobre un corto cuello cilíndrico levanta un labio de tendencia globular, cóncavo al interior y convexo al exterior (fig. 3:8). Contamos con 45 bordes de tipo 1, que resultan s imilares a un ejemplar hallado en Conímbriga, sobre una forma Haltern 70, procedente de contextos fechados de Augusto a Trajano y elaborada con una pasta «... de color naranja grisáceo... de textura arenosa», que recuerda a nuestro segundo tipo de pasta (Alar~ao y otros, 1976. En la misma línea se sitúan dos de los hallados en el depósito de la Ruede la Favorite, en Lyon, también sobre formas Haltem 70, con pasta de «color gris rosado... simi lar a las de las ánforas Dressel 20» (Becker y otros, 1977, 76 y fig. 11: 1 y 3). Estos modelos -----====="""'"----Figura 3.-Tipologia de bordes y pivotes de ánforas: 1, borde de tipo 1; 2 a 5, variantes de bordes de tipo 2: 6, borde de tipo 3; 7, borde de tipo 4; 8, borde de tipo 5; 9 y 10, pivotes de tipo 1 convexo y cóncavo respectivamente; 11, pivote de tipo 2; 12, pivote de tipo 3. Nuestro tipo 2 de borde es e l rnás representado -435 fragmentos-y muestra una gran variabilidad formal. circunstancia ya documentada. por ejemplo. en el depósito del Ebro, en Zaragoza, y que incluso sirvió en su día a Pelicher para proponer una secuencia cronológica, por el momento no confirmada (Beltrán, 1970, 296 ). Podemos encontrar sus distintas variantes en ambientes y épocas afines a las de los anteriores. Por ejemplo, en fragmentos de bordes procedentes de Rodgcn (Beltrán, 1970, fig. 153:9), o de los depósitos de Paso a Nivel y de Villanueva. en Puerto Real (Cádiz), en este último lugar también sobre formas completas Peacock y Willimas 17, fechadas en época de C laudio merced a u.na moneda cuyo contexto preciso es desconocido (Jiménez, 1971, 141. En el pecio corso de Lavezzi, de época claudio-nt: roniana, lo constatamos en un ánfora del tipo Dressel 8 (Tchernia, 1969, 495 y fig. 50). También los encontramos en el depósito augusteo de la Ruede la Favorite, en Lyon, igualmente sobre ánforas de tipos Peacock y Williams 17 y 19 (Becker yotros, 1977, figs. 14y 15). En resumen, el tipo no presenta grandes diferencias cronológicas ni de distribución con respecto al anterior y, en términos generales, aparece sobre for-• También hallamos coincidencias formales en otros recipientes. aunque no tan ajustadas a nuestro modelo como en e l caso anterior, pues. pese a tratarse igualmente de labios completamente plegados. muestran mayor sección, si bien si coinciden en el tipo de pasta con los nuestros. Nos referimos, por ejemplo. a una forma procedente de Haltern que Beltrán idcn1i fica con un tipo 70 del yacimien10 epónimo (Beltrán 1), pero cuyo aspecto piriforme y largo pivote hueco nos recuerdan más a los modelos Drcssel 7. Pensamos también en un fragmento de borde con asas hallado en el pecio de Percheles, en Almeria (respectivamente Beltrán. Es asimismo el caso de un ejemplar hallado en el estrecho de Bonifacio, en Sicilia, identificado por Vegas como tipo Oberaden 81 y asimilado, por tan10, a su forma 53 (Vegas, 1963, fig. 48: 1 ); o 1ambién el de uno de los ejemplares documentados en el horno de «El Rinconcillo», en Algeciras. de típo Dressel 7. La morfologia de los ejemplares mencionados en último término nos remite a un tipo 16 A de Peacock y Williams (Dressel 7-11, Beltrán 1), denominación que agrupa formas relativamente variadas, elaboradas en distintos lugares, desde la zona que nos ocupa hasta Catalui\a, y extendidas prácticamente por las mismas áreas y en las mismas fechas que la anterior. El tipo 5, cuatro fragmentos, corresponde claramente a ánforas olearias Dressel 20. Su perfil permite algunas precisiones, pues coincide con algunos de los hallados en Augst en fechas próximas a mediados de la primera centuria (Martin-Ki lcher, 1987, Beilage 1: 18, 19, 23, 4 7). Hemos diferenciado tres tipos en función de su morfología. El pivote de tipo 1 es un suave tronco de cono muy alargado y hueco, y muestra dos variantes, una con las paredes convexas (fig. 3 Los pivotes ofrecen una información más limitada. En general. cabe admitir que los de tipo 1 constituyen un remate frecuente en las formas Peacock y Williams 17 y 18. El tipo 2, siempre elaborado con e l segundo tipo de pasta. es un remate característico de Haltern 70 (Peacock y Williams 15). ánfora. recordemos, no constatada entre los fragmentos de borde, por más que sí hayamos observado su iníluencia en los bordes -tipo 1-de a lgunas ánfo ras de salazón elaboradas con la pasta típica del horno. El tipo 3 se presenta siempre elaborado con pasta de tipo 2 y corresponde claramente a un fondo de ánfora Dressel 20. Se trata de un lote de 1 7 fragmentos que conservan total o parcialmente un signacu/11111 impreso antes de la c cción, siempre de forma circular o paracircular, estampado en positivo sobre ánforas elaboradas con pasta del tipo 1. La relación de epígrafes Aunque el estado de conservación de estos sig-11uc11/a no permite determinar con toda precisión cuántos cuños están representados, es evidente que dentro del grupo AQA hay al menos tres grupos: el de los sellos con palmetas en el mismo sentido (fig. 4:5 y 6), el de aquéllos donde el trazo de la Q no divide en dos grupos las hojas superiores de la palmeta inferior (fig. 4:7), y finalmente, aquéllos donde sí lo hace ( fig. 4: 1 a 4 ), sin seguridad de que todas estas improntas procedan del mismo sello. Los signacu/cJ fueron aplicados sobre e l cuerpo del ánfora. y en el único fragmento morfológicamente identificable aparece junto a la base de una de las asas, precisamente donde suelen figurar en los escasos ejemplares hallados (Joncheray. La observación de la dirección de las líneas del tomo de la cara interna de cada fragmento con respecto al eje de lectura del sello nos permite concluir que no existe norma alguna en la orientación de la impronta. Los encontramos dispuestos en paralelo a ellas, pero también formando los más diversos ángulos. En todas las letras nos hallamos ante caracteres trazados con cierto esmero y, además, acordes con los cánones de la mejor tradición epigráfica. Ello es perceptible, por ejemplo, en la posición recta y bastante centrada del asta rransversal de la A, o en las astas ligeramente divergentes de la M, o en la larga vírgula de la Q. Su lectura es muy problemática debido a lo escueto del texto. Cabe suponer que nos hallamos ante tria nomina. Cuando las iniciales son más de tres, por ejemplo en el caso del grupo de letras opuestas por sus bases. Benoit propone que quizás se le haya añadido el nombre de un villicus o un esclavo (Benoit, 1957. 279), o tal vez el del al farero, según la interpretación de Remesa!, quien sugiere que en el caso del aceite bético, los nombres impresos en los sellos podrían corresponder a miembros de las oligarquías locales (Remesal, 1989, 490 y 493 ). La lectura e interpretación del sígnaculum del nexo AL y del de la palmeta única resultan aún más di fici les' 1 • No llama menos la atención su rareza, y ya Beltrán apuntaba la escasa frecuencia de marcas sobre las ánforas de salazón. No obstante, tenemos constancia de la aparición de signacula de l tipo AQA en Camulodunum, sobre un ánfora del tipo 186 A (Ca-11 Un esquema compositivo similar, una única letra rodeada de un circulo, se ha documentado en un horno próximo geográfica y tipológicamente al nuestro: Ran cho Perca (Chic, Giles y Sáez, 1980, 48). Se presentan todos los hallados en la excavación. 2.:l y 4, ejemplares del tipo AQA con las hojas de la palmeta inferior separadas por el trazo inferior de la Q. 7 único ejemplar de tipo AQA con las hojas de la palmeta inferior no separadas por el trazo inferior de la Q, 5 y 6, do~ sellos del tipo AQA con las palmetas en el mismo sentido. 17. tipo de palmeta única. 3:43). y también en Fóret de Compiegne. Fragmentos que no de1ermi11an forma Los fragmentos anfóricos que no detenninan forma y no tienen marcas han sido también recogidos en el muestreo, clasificados por pastas y pesados. Este dato cobra cierto relieve si observamos que con el primero de los tipos se fabricaron la mayoría de los fragmentos hallados en la excavación, mientras el segundo está asociado a bordes y pivotes de Dressel 20 y a pivotes de Haltern 70. Resulta, por tanto, lícito hablar de un conjunto propio del horno -el mayoritario-y de otro ajeno; si bien la falta de contexto impide profundizar en la relación entre ambos, sin duda interesante. Por otro lado, el total de fragmentos con signaculum pesa 4 kg; es decir, que apenas el O, I % de toda la arcilla era marcada 12: una cantidad muy escasa y alejada de cualquier proporción identificable entre el número de ánforas selladas y lisas. No queremos concluir los comentarios sobre el conjunto anfórico sin algunas consideraciones de carácter general. Así, por ejemplo, llama la atención la diferenciación formal de los envases de salazones que, no obstante, conservan ciertos rasgos comunes (perfil ovalado, largos y anchos cuellos, asas y pivotes largos). En principio, resulta extraña tal hctcreogé111: idad para envasa r un mismo producto, máxime si comprobamos 1<1 relativa homogcnei-d<1d de otros contenedores. 231 ). todos los modelos son coetáneos. No podemos, pues. explicar la variabilidad como resultado de la evolución y por lo mismo también hemos de desc<1rtar la teoría -bastante atractiva -de una búsqueda de mejor relación peso/capacidad. ¿,Cuál es. pues. la razón de estas diferencias? Admitiendo que la hubo, tan sólo nos sentimos capaces de sugerir alguna hipótesis. Por ejemplo, que tal variedad pudiera responder a una especialización formal en distintos derivados de la pesca: pescado en conserva, garum, liq11ame11. muria,.flos. etc. En este sentido, sería interesante comprobar si ex iste alguna asociación entre las diversas formas y los 1i11di picti en los lugares de consumo. aunque tal empresa no parece fácil (Zevi, 1966, 232, nota 70). Tampoco conviene descartar a priori otra posibilidad: que existiera alguna relación entre formas y sellos; si bien. dada la escasez de estos últimos, probablemente sólo pudiera ser contrastada en depósitos como los del Ebro, en Zaragoza, o Villanueva (Jiménez, 1971, 140-143) y Rota (López y Pérez, 1979 ), en Cádiz. El lote considerado pennite, por último, afirmar que estas ánforas fueron fabricadas por partes (pivotes, asas, cuellos y panzas). Este aserto, nada novedoso, se basa en la observación de varios fragmentos defectuosos, con fisuras en las zonas de ensamblaje. El conjunto de fragmentos anfóricos delata, en resumen, la coexistencia de formas anfóricas Peacock y Williams 15 a 18 y Dressel 20, unas elaboradas en el horno e importadas las otras. Por otro lado, sugiere un horizonte cronológico comprendido entre el cambio de era y los primeros decenios del siglo 11 d.C., si bien buena parte de las referencias coinciden en una franja situada aproximadamente en el segundo tercio del siglo 1 d.C. Hemos hallado algunos fragmentos de TSI en el entorno del monumento; no superan la media docena 13 y todos son minúsculos e inexpresivos excepto uno: un fondo de dliL y extremo superior del fuste de una copa de pasta muy tamizada y engobc bien conservado. una forma genérica Drag. 1 1, muy posiblemente decorada con relieves. El fondo interno de dicha copa muestra un sello completo. con cartt: la rectangular dividida en dos registros superpuesto~En el superior. es claramente legible el texto CNVATE!; en el inferior, la grafía es menos nítida. aunque creemos probable la lectura EVRIALVS. con V reducida a la mitad superior del registro. El conjunto de la producción firmada por Ateius constituye uno de los más extensos e interesantes dentro de la TSI, y corno tal ha sido objeto de intenso debate. Su presencia en la península ibérica no es infrecuente, pues ha sido hallado en casi todos los enclaves de cierta relevancia de la Hispania romana (Beltrán, 1990. 1985, 31 y 35 ). en torno a los primeros decenios del siglo 1 d.C. No obstante, su asociación al nombre de Eurialus resulta menos habitual, aunque no desconocida. En Hispania, ha aparecido en Tarragona, Granada (Oxé-Comfort, 1968. En el occidente romano, se ha constatado su presencia en Jugares tan lejanos como Saturnia, Autun, Paris, Vindonisa, Maguncia o Silchester (Oxé-Comfort, 1968, 70) y, sobre la «forma genérica Drag. Ciertamente, un rasgo peculiar de nuestro fragmento es el nexo, por lo demás bien clásico, AV. no aparece en ninguna de las piezas asociadas con el nombre de Eurialus e incluso en ninguna de las firmadas por el propio Ateius en solitario o combinado; al menos, no tan claramente como en el caso que nos ocupa. Quizás, y vista la indudable existencia del nexo en nuestro fragmento, hubiera que interpretar en el mismo sentido la desviación del asta vertical derecha de algunas de las N del praenomen de otros sellos (p. ej., Oxé-Comfort, 1968, 57: 28, 59: 117, o especialmente, 60: 9.72.b). La forma de la cartela es común en este ceramista y su disposición sobre el fondo interno de la copa obedece a los usos más frecuentes en este contexto. La complejidad de esta producción no permite aún determinar si nos hallamos ante un producto elaborado en Arezzo o ante uno procedente de cualquiera de sus filiales galas (Beltrán, 1990, 66). Su cronología ha de entenderse comprendida entre finales del siglo 1 a.c. y los primeros decenios de la siguiente centuria. En general, no han sido inventariados individualmente sino por lotes. y únicamente recogidos en las UU.EE. tomadas como muestra. Entre ellos contamos con tégulas. ímbrices. adobes, piedras y fragmentos de tubería. elementos habituales y de los que poco podemos obtener, razón por la que han sido omitidos en el presente texto. Nos referiremos. pues. únicamente a los materiales que vayan a ser mencionados en las consideraciones finales. Entre ellos contamos con varios fragmentos sirni lares de basas de barro cocido. Uno de los tipos presenta un plinto que soporta un cuarto bocel sobre el que apoya otro, de sección menor y ultrasemicircular, culminado por un listel que levanta apenas medio centímetro. El otro es más sencillo: un cuarto bocel que soporta dos listeles escalonados. El diámetro de la base se sitúa en ambos casos en torno a los 50 cm y su altura máxima en torno a los 6-8 cm. Ladrillos y/o baldosas. Los ladrillos. macizos. tienen una sección media en torno a los 5 cm. Sus formas son tanto semicirculares como rectangulares, o quizás trapezoidales. No se conserva ninguno completo. Las que denominamos baldosas tienen. por término medio, una sección de 2.3 cm y sólo contamos con un ejemplar completo. de forma romboidal. cuyos ejes mayor y menor miden.respectivamente 14 y 8 cm. Fragmentos de revoque o revestimiento. Hallados en ambas UU.EE. de muestra. Uno de ellos es un fragmento bastante grueso (4.5 cm en su sección máxima) formado por cal y arena. con varias capas externas de enlucido blanco. basto. sin evidencias de decoración. El otro formó probablemente parte de un elemento constructivo-ornamental, pues es un cuerpo de arcilla de unos 15 cm de longitud máxima que conserva dos superficies curvas en lados opuestos, recubiertas ambas por un enlucido amarillo al exterior. Una de las UU.EE. definidas en el atrio resultó ser un amontonamiento de gruesas teselas calcáreas, blanquecinas, de algo más de 15 mm de lado, aún con restos de la argamasa que las unía y mezcladas con fragmentos de adobe, todo ello producto de un vertido no muy antiguo. También en el «atrio», apareció un fragmento de placa de mármol de color rojo con vetas blancas, pulido por ambas caras, con una sección algo inferior al centímetro y de forma irregular, por fractura; mide aproximadamente 5 cm de anchura por 6-8 cm de longitud. En principio. cabria pensar que nos hallamos ante un establecimiento simi lar a aquellos que abastecieron de ánforas a los circuitos comerciales vinicola y oleícola. Esto cs. ante una explotación agraria. una l'illa. que dedica parte de sus recursos u la producción de ánforas. Ahora bien. existen dos obstáculos para la aceptación inmediata de esta idea. En primer lugar, nuestro horno se sitúa en una zona rica en restos de ánforas y elementos afines. en su mayoría relacionados con las salazones y tradicionalmente interpretados como la evidencia de un sistema industrial peculiar. Ya Callender sugirió que la gran concentración de restos anfóricos -hornos, depósitos y testares de envases de salazones-en torno a Cádiz evidenciaba la existencia de talleres profesionales y tal hipótesis ha gozado de aceptación generalizada desde su formulación. Beltrán llegó incluso a señalar el término de Puerto Real como uno de los puntos donde tendría lugar una fabricación conforme a este sistema (Beltrán. 109 y nota 163) y Peacock y Williams. apoyándose nuevamente en la superabundancia de restos, matizaron que se trataría de una producción anfórica de artesanos independientes no vinculados a establecim ientos rurales (Peacock y Williams. Si bien posteriormente, Beltrán apuntó que existiría una dependencia directa de los centros de producción de derivados del pescado (Beltrán, 1990, 18). Es evidente que nuestro enclave está en esa zona tan especial; no obstante, ¿ responde a ese esquema? Se trata. sin duda, de un alfar en toda regla, pero ¿es sólo uno de estos talleres profesionales? Algunos de los elementos descubiertos sugieren ciertas dudas al respecto. Nos referimos. por ejempl o, al cáliz Drag. 11, o al fragmento de placa marmórea -quizás parte de un zócalo o de un pavimento de opus sectile-. También pensamos en el montón de gruesas teselas hallado en el atrio, sin duda restos de un pavimento de cierto empaque y, asimismo. en los fragmentos de revoque con enlucido de color. Otro tanto cabe afirmar de las basas de columna y ladrillos semicirculares que, por su escasez -no más de una docena-más parecen elementos de uso que productos venales. Aunque escasas, tales evidencias vienen a arropar el escueto comentario de Jiménez respecto a ciertas estructuras, interpretadas como restos de vivienda (J iménez, 1971, 148) y nos permiten sospechar que no estamos ante un mero alfar, sino ante una residencia que contó con hornos entre sus instalaciones 1 ~. si bien no podemos discernir si se tratu de una explotación agrícola, como parece lógico. o un hábitat de 01ro tipo. Como cabe observar. el principal argumento para resaltar la si ngularidad de la produci6n anfórica de la Lona es el de su ele' ado número de restos. Pero quizás tal concentración pueda ser entendida como un fenómeno similar al detectable entre los rios Genil y Guadalquivir (Remesal,1989. 490 y fig. 1 ). reladonudo con la producción del acei te bético. o entre los ríos Besós y Arenys, en el caso del vino layetano ( Prevosti y Clariana. Es decir, creemos estar ante una repetición del fenómeno de concentración de alfares en una comarca especia li zada en la producción y exportación de un bien de consumo alimenticio. Por lo demás, su emplazamiento resulta acorde con las pautas más normales: unas buenas condiciones naturales de comunicación (ihidem, 204-205) merced a su instalac ión en un paisaje de marismas s in duda mucho más próximo a alguna vía de agua de lo que lo está ahora. 12 y sigs., fig. 2; también Lagóstena, 1993, pág. 103 y fig. 4) y unida a otros Jugares de actividad alfarera: el caserío de Jarana, Torre Alta y el pago de Casines. por «una especie de carril formado de barro y trozos de ánforas» {Jiménez. 142 ) 15 • Si, abundando en la idea anterior, nos detenemos un poco en Ja consideración de las posibles similitudes entre las industrias del vino y aceite y de las salazones, podemos observar una afinidad básica determinante: en todos los casos se trata de comercial izar productos de estación. pues del mismo modo que la producción de aceite y vino dependen del ritmo de las cosechas. la industria de la salazón se apoya especialmente en la pesca estacional del atún, a su paso por el Estrecho de Gibraltar para completar su ciclo reproductor en los meses de mayojunio y julio-agosto (Jiménez Contreras, 1986, 23 y 29). En los primeros casos, es precisamente ese carácter de producción estacional un argumento para explicar la elaboración de ánforas en las villae, con-"Además del horno que nos ocupa. 1 > Se tratarla, además, de un enclave relativamente alejado de los núcleos de población, norma reiterada constantemente a lo largo de la historia y atestiguada para esta época en la Ley de Urso (Blázquez, 1978, 443). A buen seguro, también se tuvo en cuenta para su emplazamiento el acceso a la materia prima, la arcilla. aún abundante en el término, como testimonia algún topónimo actual (los Barreros), asl como el aprovisionamiento de combustible. formc a un sistema económico de actividades yuxtapuestas y complementarias que permiten cierta autosuficiencia de cada hacienda. tal y como propugnan los tratados clásicos. ¡,No podría haber ocurrido algo similar en el caso de la industria salazonera? Por otro lado. este carácter de actividad estacional se ve reforzado en todos los casos por las condiciones de navegabilidad del Mediterráneo. vía por la que llegaron nuestras exportaciones a los yacimientos italianos, ingleses y ulcmancs citados anterionnente. Como es bien sabido, este mar fue el princi pal cauce de comercio de la época. pero sólo era accesible en verano, resultaba inseguro desde septiembre a mayo y muy peligroso entre noviembre y mar.w ( Pcacock y Williams. Por tanto. no solo la producción. 1ambién la comercialización de estos productos está sometida a limitaciones y ritmos afines. Pero las analogías no se limitan a estos aspectos estructurales. otro tanto ocurre con algunos procedimientos básicos, que denotan una organización similar: pensarnos en los signacula. En nuestro caso contamos con diecisiete piezas, impresas probablemente por siete matrices, que estamparon cuatro marcas distintas. Tanto la presencia de estos elementos como su heterogeneidad resultan moneda corriente en los alfares vinícolas y oleícolas (Prevosti y Clariana. 42) y ha sido interpretada. según una hipótesis generalmente aceptada. corno testimonio de la producción conjunta de varios alfareros -o mejor propietarios de al fa res-. uno de el los titular de 1 horno y el resto otros productores locales. Prevosti y Clariana ( 1987,205) han sugerido que las ánforas selladas funcionarian corno marcadores de lote, señalando los límites de los distintos conjuntos cuando hubiera pos ibil idades de mezcla, y esto ocurriría al agrupar los envases, ya rellenos, en depósitos, a la espera de su transporte. Por nuestra parte, valorando la implantación de los signacula sobre el barro fresco, la coexistencia de lotes de propietarios diferentes y la importancia numérica de los fragmentos con defectos de cocción, pensamos que estas marcas podrían haber sido efectivamente marcadores de lote, pero utilizados, al menos por vez primera, durante Ja cochura, pues es la fase más delicada y difícil de controlar en todo el proceso de fabricación y donde caso de producirse desperfectos, que Jos hubo, seria importante saber exactamente a qué lote habían afectado. De acuerdo con este modelo, no tuvo porqué existir una proporción constante entre las ánforas impre-Ar: sp..t. h7. I 99-1 ALBERTO CAMPANO LORl: NZO sas y las lisas. como realmente ocurre, pues ésta dependería de la composición de los lotes de cada hornada. Creemos. en definitiva, que existen varios aspectos comunes entre nuestro horno y aquéllos que fabricaron envases para el vino y aceite hispanos. así como entre las propias actividades básicas implicadas, y que cabe, pues. que todo ello haya propiciado respuestas similares en cuanto a la organización general. Sin embargo, subsiste un punto oscuro: el de la relación del horno y su posible villa, con la/ s factoría/s de salazón. Como es sabido, las vil/ae vinícolas y oleícolas dedican parte de sus/imdi al cultivo de un producto característico de Ja zona, envasado y exportado en las ánforas elaboradas en la propia hacienda. Pero en nuestro caso, existe una c lara disociación espacial entre el lugar de producción -las factorías de salazón costeras-y e l de elaboración de los envases, sin que se haya comprobado por el momento la existencia de vínculos entre ambos lugares. Atendiendo a todo lo anterior, cabe plantear tres hipótesis respecto a esta relación. Pudiera ocurrir que este enclave fuera una residencia-taller de alfareros, bien independientes, bien dependientes de las factorías de salazón; o quizás se tratara de una explotación agraria tipo villa. que añade a sus actividades la elaboración de recipientes cerámicos, vendidos a los productores del contenido; o por último, es posible que los titulares de la hacienda mantuvieran intereses directos en la/s factoría/s de salazón, y viceversa. Decantarse decididamente por una de estas tres hipótesis exige encarar proyectos de investigación específicos para comprobar las implicaciones de cada e nunc iado, y en estas pesquisas puede jugar un importante pape l la identificación de los nombres de las estampillas. Estamos, en definitiva, ante un enclave surgido al calor de la actividad del «circuito del Estrecho»: una amplia región situada a ambos lados del Estrecho de Gibraltar y especializada en Ja elaboración de derivados del pescado (Ponsich, 1988, 57 y sigs. y figs. 6 y 17), cuyo origen se remonta, según las fuentes, a varias centurias antes de nuestra era, si bien actualmente no existen pruebas arqueológicas de su funcionamiento anteriores a la época de Augusto (Ponsich, 1988, 231 y Beltrán, 1970, 598).
analiza e n este articulo una placa de plomo con la representación de una nave del siglo 11 d.C., probablemente una 11avis C/adivafu, procedente de la ciudad romana de Ampurias y que forma parte en la actualidad de las colecciones del Museu Episcopal de Vic. Entre los extraordinarios fondos que conserva y expone el ya centenario Museo Episcopal de Vic (Cataluña), se halla en la sección de arqueología un interesante aplique romano de plomo, procede nte del yacimiento de Emporiae que fue adquirido el 27 de julio de 1916, junto con otros objetos ampuritaoos por un total de 29,50 pesetas1 • El interés de esta pieza reside en el hecho de que su cara anterior presenta en relieve la silueta de una nave, esquemática, pero claramente identificable. Así pues, las líneas que siguen pretenden dar a conocer y analizar este singular objeto que suma a su interés intrínseco, el interés de proporcionamos una nueva imagen de una embarcación romana procedente del notable conjunto monumental ampuritano ~. ANÁLISIS FORMAL DE LA REPRESENTACIÓN En breves palabras, el objeto que estudiamos consiste e n una plancha, re lativamente delgada, de plomo. de forma rectangular, que posee su perímetro algo biselado y que, probablemente, en su origen iría encastrada o embutida en algún elemento mobiliar. La placa de plomo se encuentra bien trabajada y en la actualidad se muestra a nuestros ojos ligeramente ondulada y alterada. El metal ha perdido tensión y el objeto se halla algo defonnado. Su estado de conservación es aceptable aunque se aprecian algunas erosiones que pueden ser consecuencia de las condiciones de conservación en el yacimiento. Su color actual, entre marrón claro y beige se debe aún a la pigmentación y coloración producidas por la tierra adherida, aunque por toda la superficie aparece el color gris oscuro del metal. Aquí nos interesa que en la cara anterior -bien visible y centrada, con una ligera tendencia a desplazarse hacia la parte superior-aparece la imagen de una embarcación de comercio y transporte, cuyas caracteristicas globales son apreciables con una cierta claridad (fig. 1). En efecto, el dibujo de-O 3cm. Figura 1.-Placa de plomo procedcn11: de Ampurias con la representación de una nave mercante romana, probablemente una navis dadivata. muestra la intervención de una mano hábil que supo delinear en el molde utilizado para fundir la pieza. un trazado esquemático, pero, a la vez, sumamente nítido y expresivo, para explicitar la silueta y los componentes esenciales de una nave mercante en la que se obvió -in illo temporey en función de la superficie disponible, el dibujo del palo mayor y la vela principal. Así, la descripción sumaria y técnica de la representación es la siguiente: en primer lugar, la nave, vista por estribor, presenta una notable quilla -carinaque en la zona de proa se entrega a una roda -rotafuertemente cóncava que forma un tajamar a modo de espolón, en tanto que en la popa, el codaste ha sido representado fuertemente curvado hacia el interior. Por su parte, la doble línea horizontal, cuasi paralela, que culmina el casco, es indicativa, por un lado, de la línea de cubierta y, por otro, señala posiblemente la línea de la regala, o, tal vez mejor, una estructura exenta de la obra muerta que a modo de amura se desplazaba hacia el exterior -sobre todo en la popa-para proteger la barra del timón. Precisamente, este timón de estribor -gu-bernacu/um-, aparece perfectamente visible, inclinado de proa a popa, y dotado de una larga pala rectangular, algo dulcificada o redondeada en su extremo inferior. Por otro lado, la imagen que nos ocupa muestra en el extremo superior de la popa una estructura trapezoidal que sería asimilable a los habituales castillos de popa de las naves que tenían más de un puente o, tal vez, indicaría la simplificación de una cabina o tambucho. Ya para finalizar con las líneas del casco, observaremos que en la zona de proa y constituyendo una suerte de triángulo con lu lineas del pseudo espolón delantero, aparece un trazo casi vertical que llega hasta la quilla de la nave. Quizás se trate de un convencionalismo gráfico ya presente en las representaciones de otras naves romanas de las mismas características -como, por ejemplo, el navío con tajamar apuntado del mosaico de la statio núm. 1 O de los Naviculari Misuenses del Foro de las Corporaciones de Ostia-o, tal vez, quiera significar el cabo del ancla. Por otro lado, ya hemos indicado que la imagen sintética de la embarcación no incluye ex profeso la indicación del mástil principal, ni de su correspondiente velamen y aparejo. Y ello. como ya hemos señalado, con toda probabilidad. para ajustar la imagen del navío a las dimensiones de la plancha de plomo en la cual campa y no para mostrarnos la nave parcialmente desarbolada. Sí, en cambio, se quiso representar bien visible un segundo mástil delantero inclinado hacia la proa -el llamado artemonl dolocon su correspondiente vela desplegada. En el, se aprecian la verga -antemnay los amantillos -ceruci-, los cuales firmes en la cabeza del mástil, facilitaban la maniobra del conjunto verga/ vela. Asimismo, es interesante observar la prolongación de este mástil delantero hacia la qui lla y su más que probable implantación en la carlinga, aunque en el dibujo este aspecto no quede suficientemente claro. Este palo, fuertemente inclinado y dispuesto cerca de la proa -sin llegar a la horizontal id ad del bauprés-consistía en un segundo -o incluso, en algunas naves, un tercer-mástil que se disponía sobre todo en embarcaciones de transporte y comercio de una cierta envergadura y tonelaje, es decir, desde naves medianas tipo Saint-Gervais 3, hasta navíos de mayores dimensiones y gran capacidad de carga. Por lo que respecta a las especificaciones materiales de la pieza estudiada son las siguientes: Número de Inventario del Museo Episcopal de Vic: 6137. Acompaña a esta plancha otra pieza similar de plomo, que con un peso de 97 gramos porta como elemento decorativo un ornamento vegetal estilizado. Finalmente, aunque ambas placas proceden de Ampurias, ignoramos si fueron exhumadas conjuntamente y si habían pertenecido al mismo elemento mobiliar. DISCUSIÓN SOBRE LA NA VE REPRESENTADA. A TRIBUCJÓN TÉCNICA Y CRONOLOGIA A pesar del esquematismo y del convencionalismo de la representación, es posible relacionar la imagen de la nave del plomo ampuritano con una embarcación de mediano o gran tonelaje, similar a 1 1 R t 1\ IR \ 1 l'I 11 ya t1nal 11ad.1:. 1p:1k:-re:. urniri:i 111 t)' d1l.'í1.•11do que se 1ra-1aba tll' una i: mharcaL'iún a c,f,1r~1 o:-.cilaba l'll 1or-máxima expansión en los siglos 111 y IV con naves similares a las representadas en los pavimentos musivarios del frigidarium de las termas de Thémétra (Sousse, Túnez) 7 • En cuanto a la plancha de plomo que nos ocupa. absolutamente descontex1ualizada, lo único quepodemos hacer es aproximamos a su posible datación traspolando la información que nos ofrece la imagen del navío en ella representada. Así, es bastante probable que una fecha en tomo a fines del siglo 11 sea la más idónea para este plomo de Ampurias, tanto si tenemos en cuenta el período de aparición y expansión de este tipo de embarcaciones, como si consideramos que esta datación encajaría bien con las atribuidas a determinados conjuntos iconográficos parale lizables o con las fechas que proporciona la arqueología subacuática. No olvidemos que el magnifico complejo con representaciones de naves, fa. ros e instalaciones portuarias del Foro de las Corporaciones de Ostia, se fecha globalmente a fine s del siglo II -probablemente entre el J 90/200-, y que una nave similar a la ampuritana como la que pone de manifiesto el pecio de Sai nt Gervais 3, recibe una datación aproximada de mediados del siglo 11 de la Era. En definitiva. y con todas las reservas derivadas de las características del plomo ampuritano y del desconocimiento que poseemos del contexto en el cual fue exhumado, un marco cronológico que abarque tanto la segunda mitad de la segunda centuria de la Era como incluso los primeros años del siglo 111, sería el más adecuado para encuadrar esta pieza que, de todas formas, es probable que pertenezca a los últimos decenios del siglo 11. Y aún más, si tenemos en cuenta Ja dinámica histórica de la Emporiae romana. cuya manifiesta decadencia a Jo largo del siglo 111. ciñe hipotéticamente en mayor grado la posible datación del plomo estudiado. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.'
Se presentan aquí varios fragmentos de un único recipiente de sigillata africana con decoraci.ón aplicada a molde,.:ncontrados en un yacimiento si tuado en el término municipal de Huerta (Salamanca). La temática decorativa es de carácter religioso, correspondiendo a dos episodios bíblicos concretos: El sacri fí cio de Isaac y los tres hebreos salvados del horno. En 1993, en el transcurso de las prospecciones de yacimientos romanos llevadas a cabo por miembros del área de Arqueología, del departamento de cales, nos permitieron recuperar otros cuatro fragmentos de similares características, procedentes del mismo yacimiento. Hemos conseguido unir algunos entre sí encontrándonos con tres escenas decorativas colocadas en el borde de un gran plato, sin que exista la menor duda de que los cinco fragmentos pertenecen al mismo recipiente, como atestiguan, en último término, las lineas de torno visibles en su parte posterior. El presente artículo tiene por finalidad dar a conocer el hallazgo, cuyo principal interés reside en su excepcionalidad en el marco geográfico de la meseta norte 2 • EL YACIMIENTO Los fragmentos 3 proceden del yacimiento de Los Bebederos, situado a unos 12 kms. al este de Salal Aunque la investigación hispana presenta un gran vacio en lo que se refiere a la publicación de hallazgos de sigillata africana C en la meseta norte, nos atrevemos a pensar en que. aunque sin llegar a ser abundante, su comercio fue más intenso de lo que en principio pudiera creerse. A los hallazgos de Huerta podemos ailadir los publicados de Avila (Niharra) y de Complutum y Valeria: Járrega Dominguez, R.: «Sigillata africana en la provincia de Avila: Hallazgos de Niharra» AEARQ 63, 1990. pp. 344-346. En este contexto, adquieren sentido los fragmentos de molde con temática cristiana encontrados en Zamora: lópez Rodríguez, J. R. y Regueras Grande, F.: «Cerámicas importadas tardorromanas de Yillanueva de Azoague (Zamora))) BSAA, 53, Valladolid, 1987, pp. 115-166. J Dos de los cinco fragmentos -núms. l y 4habían sido publicados con anterioridad por Pradales Ciprés. D.: «Nuevos hallazgos cerámicos de Terra Sigillata Hispánica en la provincia de Salamanca» Actas del Primer Congreso de Historia de Salamanca, t. 323, quien se fjmitó a pre- sentarlos como fragmentos escepcionales de Terra Sigillata. Estos dos fragmentos, como el resto de las piezas aqul publicadas han sido depositadas en el Museo de Arqueo logia de Salamanca. Los Bebederos ocupan una superficie estimada de 3 has. de terreno llano. en la margen derecha del río Tormes. El yacimiento. que nunca ha sido excavado. es considerado como uno de los varios asentamientos romanos de gran relieve situados en las fértiles tierras aluviales que se encuentran a ese lado de la ciudad. No se conocen estructuras y, al contrario de lo que ocurre con los yacimientos cercanos (San Lázaro en Aldealengua, La Aceña de la Fuente o Castañeda de Tormes)~. nunca se ha constatado la presencia de mosaicos ni ningún otro resto monumental que nos haga pensar en la existencia de una villa. La cronología de Los Bebederos, a juzgar por los hallazgos recogidos en superficie, es muy amplia. abarcando al menos desde el siglo 1 a.C. -como parecen atestiguar los hallazgos de cerámica de tradición indígena con decoración bicroma y los fragmentos de terra sigillata itálica-, hasta los siglos VI y vu, momento en que vienen datándose los abundantes fragmentos de pizarras grabadas. de tipo cursivo. numeral o con dibujos que aparecen en el yacimiento'• La importancia de Los Bebederos como asentamiento de la época romana y altomedieval puede haber estado moti vada, no sólo por su situación en relación con la calidad de las tierras. sino por la existencia de un vado sobre el Tormes en esas épo-' Estos yacimientos son bien conocidos por la bibliogrolia salmant ina. Maluquer, J.: Revi.fto Prov. de Estudios 16-17. J.: «Seis dibujos visigodos con instrumentos agrícolas y animales domésticos sobre pizarras salmantinas>> Revista. También Velázquez. l. en su estudio sobre este tipo de soportes epigráficos: KLas plzarrM visigodas: Edición critica >' e.rtudio», Univ. de Murcia/Univ. de Alcalá de Henares/Junta de Castilla y León, 1989, estudia en pp. 46 y 809 algunos ejemplares de Huerta. Sobre algunos hallazgos numismáticos del yacimiento puede verse el artie<ulo de de Figuerola,M. «Hallazgos n um ismáticos en la provincia.de Salamanca (11 y 111)». También el libro del miamo autor: Numismática Antigua de Salamanca (en preparación), donde se recogen otros hallaz¡os del siglo 1. cas, que permitiría enl azar ambas ori llas del río evitando el rodeo que significaba utilizar el puente junto a Salmantica. DESCRIPCIÓN DE LOS FRAGMENTOS CERÁMICOS Fragmentos 1 y 2: Fragmentos de borde de un gran plato circular. Presenta dos acanaladuras, si tuada la más externa a 0,4 cm del extremo del labio. Mide 6 cm de longi tud mayor x 5, 7 cm de ancho mayor. La decoración, en relieve aplicado a molde, consiste en una figura masculina de 5,5 cm de altura, vestida con túnica corta. que lleva una espada apoyada sobre el hombro izquierdo. El brazo derecho está semiestendido, con la mano abierta. La parte de la cabeza se ha desprendido, apreciándose únicamente su contorno. Fragmento 3: Fragmento de borde de plato. No conserva el labio. Mide 5 cm de longitud máxima x 4,2 cm de ancho mayor. La decoración, en relieve aplicado a molde, muestra a la izquierda una figura masculina de pie, de complexión gruesa, barbada, mirando hacia atrás. Presenta un deconchado en el rostro y su altura es de 5 cm. Viste túnica corta cogida con cinturón. Posiblemente lleve calzado. aunque no puede asegurarse pues falta la parte inferior de ambas piernas. Porta espada corta que mantiene a la altura del pecho. Con la mano izquierda suj eta la cabeza de un segundo individuo. De éste se observa únicamente la cabeza y los hombros. Imberbe, de aspecto juvenil, vestido, yace sobre un altar con el rostro de perfil. Del altar se conserva la esquina superior izquierda, dando la impresión de ser cuadrangular, de corte pagano. Sobre el ara está representada la leña para el sacrificio. Fragmentos 4 y 5: Fragmentos de borde de plato circular de grandes dimensiones. Labio curvo con dos acanaladuras situada la más externa a 0,4 cm del extremo del labio. Mide 9,4 cm de longitud máxima x 6 cm de ancho mayor. La decoración presenta una escena en la que puede verse, a la izquierda, parte de una estructura arquitectónica. Está representado el aparejo isodomo ( 12 hiladas) y una puerta rematada en arco; no está enmarcada aunque si presenta umbral. El ancho de la puerta está ocupado por una figura con forma de ángel o putti que sale hacia la derecha. A su alrededor se alzan 9 o quizás 1 O «lenguas de fuego» que ascienden por los muros de la estructura arquitectónica. La al1ura Jc la fi g ura e ~ lk-+ cm. Manlienl.! en el interior parte de la pierna i; qukrda. Ll e\ a los carrillos hinchados en ac1i1ud de soplar. Dela n1c de su rostro se ha dis pucstn una masa nuis o meno:-; circular en re lación qui1ñs manos Jc, nntm.las. La li gura presenta dcsconchadns e n la cadera y la pierna izquierda. A la derecha. puede ver!>C o1 ra fi g ura masntlina, barbada. avar11 ando a la derecha. Va d e~nuda y lleva las manos por dl 'l antt' del <.:uerpt) e n ac titud de s úplica. Presenta rot.aduras en e l ro~tro y el hombro dcrt.:cho. Le falta el pie i; quicrdo. Los cinco fra g mcntus pertenecen ge nérica mente al tipo de ccrúmica denominada clara C, con decoración apli<.:ada a mo lde. Todos ellos eorTe!>ponden a la misma fornHI ccrúrnica un plato de grandes d imensiones y ni menos en tres de los fragme ntos puc d~.• verse la mi:-;ma at: analadura y t:l mi:, mo labi o runo. Tét: ni camentc In pastll presen ta el mismo grado > de Hayes ". situado por este investigador a partir de la segunda mitad del siglo 1\' y caracterizado por los motivos figu rativos de gran tamaño y relievc.dispuestos en conexión con la forma del soporte. Como hemos indicado con anterioridad, tal como atestiguan en último término las lineas de tomo. no cabe duda de que Jos cinco fragmentos penenccen al mismo recipiente: Un plato circular de grandes dimensiones -40 cm. de diámetro-.con el labio curvo, que suele asociarse a la fo rma 55 de Hayes y E de Salomonson 7 • La forma está representada en el Atlante (lam. LXXV J,3) y se documenta en Argelia, Italia y Tunicia ~. Hayes Jo considera raro. Por lo que respecta a la cronología, Salomonson lo situa a mediados del siglo IV, mientras que para Hayes se fabrica entre la segunda mitad del siglo IV y la primera del v. INTERPRETACIÓN TEMÁTICA DE LA DECORACIÓN El primer tema decorativo (fragmentos 1 y 2) es generalizadamente reconocido como la escena preparatoria del sacrificio de lssac tal como aparece descrita en Génesis 22,6. El paralelo más conocido -y el más cercano-está en el plato procedente de Belo que se encuentra expuesto en el M.A.N. q y que muestra en su interior dos figuras (Abraham e Isaac) junto con un canrharus y un árbol. La figura de los fragmentos 1 y 2 del plato de Huerta es idéntica a la situada a la derecha en el recipiente de Belo, procediendo del mismo molde, como atestiguan en último término los pliegues de la túnica y el pomo de la espada. De esta manera • Este plato ha sido objeto de múltiples referencias. A.: «Plata • reliefs d 'applique de Be lo'> Melanges de la Casa de Velazquez, S, 1969, p. 34. parece lógico pensar que a su lado se habria dispuesto la figura de Isaac, con el presunto haz de leña 111, tal como aparece en el plato gaditano. El segundo tema que encontramos representado (fragm.J) es la escena misma del sacrificio (Génesis 22,10-12). Existen varios paralelos en cerámica de esta escena, tan di fundida dentro de la iconografia paleocristiana 11 • Maree publicó un plato aparecido en Hipona'!, --de la misma fom1a que el de Huerta aunque de un diámetro mayor-. con el mismo tema decorativo. Probablemente ambos motivos provienen del mismo molde, al igual que ocurre con la representación en los platos de Roma (Salomanson, 1969, fig.24)'l, deDjemila(Salomonson, 1969, fig. 25) y de Bonn (Salomonson, 1969, fig. 26) y en el presentado por Salomonson como procedente de una colección particu lar, sin origen concreto 1 ~. En este último se puede observar la escena completa, con el camero y el árbol del cual surge <da voz de Dios» representada como una mano: una de las formas más usuales dentro de la iconografía paleocristiana. La escena representada en los fragmentos 4 y 5 es sin duda la más controvertida en lo que respecta a su interpretación. La estructura arquitectónica, que encontramos completa en Egipto (Salomonson 1969, fig. 75; Atlante LXXXVI, 12) y en Salomonson 1979 fig. 42, es interpretada por este último como un horno. Ello, unido al hecho de que en ocasiones, como en el caso de éste último ejemplo citado, el fragmento de la col. Biscari, aparezcan tres figuras escapando de su interior, le ha llevado a considerar la escena como la representación del episodio bíblico de los tres jóvenes hebreos ( Daniel 3,. El problema de esta interpretación reside en que esta iconografía se aleja de los arquetipos que encontramos plasmados en otros soportes no cerámi-10 El problema interpretativo de esta escena existe. aunque generalizadamente se asocia con la preparación del sacrificio de Isaac. La representación del hoz de leila es, en este sentido, uno de los puntos más connictivos. La presencia de esta escena jun• to con la del sacrificio en si. tal como vemos en el plato de Roma representado en Salomonson, op. cit. 1969, fig. 24, podrla (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa cos (sarcófagos, pinturas murales,... ) donde los tres hebreos, vestidos, con gorro frigio, se sitúan en actitud orante sobre la parrilla del horno o bien, rodeados por el fuego. El tema, muy frecuente en el arte paleocristiano, parece pues, adquirir una iconografía propia, particular en los talleres de cerámica africanos. La interpretación de Salomonson nos parece en cualquier caso válida. No obstante, creemos que es posible considerar que existen dentro de la concepción iconográfica, algunas variantes: A nuestro juicio, hay al menos dos versiones. La primera estaría representada por los relieves del ejemplar de la col. Biscari (Salomonson 1979, fig.42} donde vemos que las figuras saliendo del horno son tres y que podemos identificar como los hebreos indemnes, dando gracias a Dios, despues del milagro. Por otro lado estaría la figuración que encontramos sobre el recipiente de Egipto 1 \ el de Salomonson 1979 ( fig. 44) y el nuestro de Huerta, donde los personajes representados serían un ángel y una figura desnuda que seguramente haya que identificar con uno de los hebreos en representación del terceto. Las diferencias entre ambas versiones se centran primeramente en la existencia de tres figu ras -los tres hebreos-o una sola acompañada de un ángel. En segundo lugar en si aparecen desnudas o vestidas y, por último, en la presencia de un objeto más o menos circular a la altura de la cabeza del ángel y que nosotros interpretamos como la representación de la «brisa divina» que aleja el fuego de los jóvenes condenados por Nabucodonosor. Probablemente el tema evolucionó. sin que nos atrevamos a teorizar sobre cual de las dos versiones antecedió a la otra. A nuestro entender pues, la escena representada en Jos fragmentos 4 y 5 hace referencia estricta a un momento concreto del episodio bíblico, tal como se narra en Daniel 3,49-50: «Pero el ángel del Señor bajó al horno con Azarías y sus compañeros, echó fuera del horno las llamas de fuego, e hizo que en medio del horno soplara como un viento de brisa, de tal modo que el fuego
Prcsenlamos un estudio de las: inforas béticas halladas cerca de la Tumba de Julieta en Verona que forma parte de un trabajo general sobre 1odas las ánforas béticas procedentes de la región. La mayoría de e llas se clasifican como Dr 7 y 8 (Beltrán IA.B). dudandose a qué tipo pertenecían algunas ánforas incompletas. Para verificarlo se realizaron análisis petrograficos y mineralógicos (difracción de RX). aplicándose para la elaboración de los daws cuantitativos de estos últimos. además de los normales métodos estadísticos. uno nuevo que denominamos «hipercubo». Los mejores resultados se han ob1enido con el método discriminante y el «hipercubo» que muestra cómo las pastas de la mayoría de las ánforas incompletas se asemejan a las del grupo Dr 7. Fig. 4.-Risultati del metodo «ipercubo».
Museo bíblico tarraconense y CODEX-arqueología y patrimonio. Con la entrada de los visigodos la ciudad de Tarragona vio reforzado el poder de sus obispos. aunque su peso eclesiástico se vio menguado primero por Barcelona y posteriormente por Toledo. Con todo, la Iglesia tarraconense. desde su peso político-social y su capacidad económica, se convirtió en un elemento de primer orden en la potenciación de construcciones religiosas, que influyeron notablemente en la transformación urbanística de la ciudad y su concepción topográfica. En este artículo presentamos un conjunto inédito de piezas, que pennite precisar nuevos datos para la definición del llamado taller escultórico hispano-visigodo de Tarragona. Desde otra perspectiva, el grupo nos ofrece la posibilidad de establecer una serie de reflexiones sobre la problemática topográfica de la Tarragona visigótica y su área rural más inmediata. contemplando así la relación entre centros monacales y eremíticos y los antiguos puntos de culto hispano-visigodo. Cataluña es una zona donde los hallazgos de tipo visigodo son escasos si la comparamos con otras zonas hispánicas como son el caso lusitano, las dos mesetas o la propia Andalucía. A pesar de la importancia religiosa que esta zona del nordeste peninsular disfrutó merced a la ubicación en Tarragona de la Sede Metropolitana y Primada de las Hispaniae, su extraordinaria posición frente al Mediterráneo y su tradición política desde la época alto imperial, existieron, sin embargo. otros factores históricos que no pennitieron un proceso de intensa asimilación de los elementos culturales aportados por una nueva población venida de más allá del limes. Posiblemente el escaso impacto demográfico visigodo en esta zona, la centralización de los poderes fácticos del Estado -incluido el religioso-sobre la Corte toledana y Ja propia idiosincrasia de cada una de las gentes, contribuyeron a marcar una experiencia distinta en la manera cómo en la Península se vivió el fenómeno de asimilación-adaptación entre la sociedad híspanorromana y visigótica, y viceversa. Por esta razón, cualquier vestigio que se pueda sumar al corpus de los ya existentes en Cataluña aporta una información importante para comprender la dimensión y la naturaleza del impacto simbiótico entre estas dos culturas en el ámbito de lo artístico y lo social. El estudio que a continuación presentamos es el resultado de una intensa tarea destinada a recuperar piezas inéditas que, aunque de manera descontextual•izada, descansaban en fondos públicos y privados en la provincia de Tarragona•. De esta manera, NUt: VOS ELEM ENTOS DECORADOS DE ARQU ITECTURA lllSPANO-VISICiODA AfapA. 1995 las dificultades han sido grandes en el momento de abordar Ja adscripción. descripción y cronología de los elementos. Efectivamente, cualquier clasificación estilistica de una pieza descontextualizada estratigráficamente es susceptible de error. y más si atendemos a la problemática que los elementos visigodos suscitan en relación a supervivencia y continuidad en el mundo medieval, como ya ha dejado claramente constatado l. Presentamos un volumen total de catorce piezas, diez de las cuales sabemos. por referencias orales o por evidencias, que proceden del casco antiguo de la ciudad de Tarragona; dos se conservan en el Monasterio de Poblet y dos proceden de las poblaciones de Alcover y la Selva del Camp, respectivamente. Para apoyar la filiación estilística del mundo visigodo de las piezas de la ciudad de Tarragona debemos recurrir necesariamente a los datos historiográficos y arqueológicos que nos ofrece la actualidad científica en materia de evolución morfológica urbana. Así, hoy entendemos que después del fin del mundo visigodo la irrupción del Islam provocaría sobre la urbe un efecto de abandono institucional y drástico descenso poblacional del que no se recuperará hasta el momento de la restauración cristiana por iniciativa de la Iglesia y con el soporte de los condes de Barcelona. Nos encontramos asi frente a un lapsus temporal en el cual no se constatan evidencias de ocupación organizada y, por tanto, de actividad constructiva de carácter institucional. Por otra parte, algunas de estas piezas guardan estrechas afinidades técnicas, tipológicas y materiales con otras de claro perfil visigodo y contextualizadas en ámbitos reli giosos urbanos coetáneos. No nos ofrecen duda alguna las piezas de la Selva del Camp y Alcover, de las cuales, aunque descontextualizadas, conocemos perfectamente su procedencia y los límites cronológicos aproximados de las secuencias estratigráficas de los yacimientos a los cuales pertenecen. Sin embargo, al ignorar su procedencia exacta, resulta más compleja la adscripción de Jos ejemplares del Monasterio de Poblet. Prudentemente los identificamos como visigóticos, conscientes que sólo atendemos a criterios puramente formales sin descartar la posibilidad de que se traten de ejemplares más tardíos, fruto de una posible inercia estilística siguiendo los parámetros del arte del fin del mundo antiguo. Finalmente, cabe subrayar que nuestra aportación viene a sumarse al conjunto de estudios realizados en torno a la problemática y presencia de la escultura arquitectónica hispano-visigoda en Tarragona ( Palol, 1953( Palol,. ANÁLISIS DEL CONJUNTO Amén de las apreciaciones estilísticas o cronológicas, destaca la posibilidad de obtener información sobre los emplazamientos o edificios en los cuales se integraban los e lementos decorativos que presentamos. No obstante, se debe advertir que la mayoría de las piezas documentadas no tienen una procedencia definida. y por ello su presencia puede ser consecuencia de una proximidad arqueológica o bien fruto de un desplazamiento posterior a su expolio. No nos resignamos por el lo a plantear todo un conjunto de reflexiones que, a modo de hipótesis, ayuden a abrir nuevas vías expl icativas que arrojen más luz al complejo proceso de transformaciones de los núcleos urbanos y rurales en espacios geopolíticamente conflictivos en los albores de la Edad Media peninsular. Consecuentemente, la primera reflexión radica en la presencia de algunos capiteles fuera de Tarraco. Este es el caso de la piezas número 1 y número 2 procedentes. respectivamente, de las ermitas de Paret Delgada de la Selva del Camp y de la partida de los Cogolls en Alcover (figs. [1][2][3][4]. Ambos capiteles, de estilo corintizante en mármol blanco, guardan estrechos paralelos con otros ejemplares de la Septimania y la región tolosana (Landes, 1988). Igualmente se relacionan con el capitel F/77/1 de la basílica de Fornells de Menorca (Palo!, 1982). Si, como e n el caso de este último paralelo, fueran un elemento perteneciente a una construcción religiosa, podríamos estar en presencia de indicativos de un conjunto arqueológico de características similares. Así, sería necesario destacar la existencia de posibles edificaciones religiosas en e l ámbito rural del Camp de Tarragona. Esta posibilidad no sería sino una simple consecuencia de la articulación de la vida eclesiástica rural por parte de la Iglesia de la Tarraco hispano-visigoda, desconocida por la investigación arqueológi- ca en c:.to:. nwm1.:111t)o.,, a pc.,ar de la e:-. ish: nc.:ia de not1cin:. sobre C!>l<i n:a lidaJ. l.focti\a tncntc. el cuncilio provincial del 5 16. p n.::; 1d1dn por el ml! tropn lí -ños del Monasterio de Poblet, de alguna de estas iglesias rurales. En estos momentos no se puede afirmar, pero estos casos testimoniarían la presencia de núcleos de población con la suficiente capacidad adquisitiva y sensibilidad artística para introducir los gustos escultóricos hispano-visigodos en sus conscrucciones. De las piezas estudiadas y localizadas en la provincia, las que plantean más interrogantes son las que se conservan en el Monasterio de Poblet. El primero, toscamente tallado, recuerda en su decoración la utilizada en pequeñas columnas bien documentadas en los talleres toledanos y emeritenses, y algún ejemplar de la propia Tarraco (Palol, 1953, 109). La pieza número J 3, de corte más refinado que el anterior, corresponde a un ejemplar corintio de dos coronas de hojas de acanto muy estilizadas y sin volutas. Con todo, este capitel es de peor calidad y está más próximo a ejemplares como el número 37 del catálogo de Casa Herrera (Caballero/Ulbert, 1975) y a otros procedentes de Lusitania, Mérida, Córdoba y Segóbriga. Como sucede con otra pieza identificada en el Monasterio de Santes Creus (Palol, 1957), no se puede determinar su procedencia, y se plantea la duda si dichos ejemplares han sido transportados a estos cenobios en un momento determinado o bien guardan una estrecha relación arqueológica con su emplazamiento actual. En este último sentido, la reflexión plantea la posible relación entre las iglesias rurales hispanovisigodas y los focos eremíticos en las comarcas de la Catalunya Nova. anteriores a la conquista feudal en los siglos x1 y x11. Al respecto, cierta historiografia (Fort, 1970, 79-139) apunta la existencia de una tradición eremítica situada en unas zonas que concuerdan con el emplazamiento de estas piezas visigodas 1 • En relación a Poblet, además de la tradición de una fundación cisterciense sobre una zona eremítica, y de la errónea definición de una serie de estructuras como romanas y visigodas (Vives/Gibert, 1964, 191-202), la carta de población de Vimbodí ( 1151) • Un caso polémico es el de Joan de Biclar, topónimo identificado con el de Vallclara (Fort, 1970, 79-139). En el archivo bibliográfico de Santes Creus se conserva un texto inédito de Josep Vives y Miret titulado dndices arqueológicos en Vallclara (Tarragona)», donde se refrenda la idea de un centro religioso visigodo en Vallclara a partir de un supuesto arco y una inscri pción en cruz del mismo período.
S 1)1 •. llROM' I• H~ l.1\ 11/Sl'.•l\/. l IH>~IAN,\' Agradecemos al doclor Luis Caballero Zoreda la atención que ha prestado a este estudio, así como sus valiosas indicaciones y sugerencias. También queremos agradecer al personal del Ayuntamiento de Madrid. del Museo de Sanla Cruz y a D. francisco de la Cigoña, las facilidades concedidas en la consulta de sus respectivas colecciones. LOS BOTONES DE BRONCE EN LA El propósito del presente trabajo es el estudi o de los bo• tones arroblonados hallados en la H ispuniu roman a. Se pre• senta un método para la descripción, análisis y estudio de ta• les piezas. formulándose una clasificac ión con los modelos principales y trazando una serie de lineas maestras para la catalogación de los ejemplares que se den a conocer en e l futuro. En consecuencia, se reali za una interpretación crono• lógica e iconográfica de los modelos. así como de su función y significado. basándonos en los hallazgos arqueológicos y sin perder de vista las limitaciones que éstos imponen. Por último, se ofrecen los resultados de los análisis efectuados a algunas de las piezas. que demuestran el predominio de los bronces plomados en su composición. Los botones de bronce son un hallazgo frecuente en los yacimientos hispanorromanos, pese a lo cual nuestro conocimiento científico sobre ellos no es todo lo satisfactorio que cabría esperarse. N rmalmente estas piezas son publicadas de modo puntual, haciendo referencia exclusiva al único estudio de síntesis que se ha llevado a cabo hasta la fecha, el de Caballero, dotándolas de una cronología tar-dorromana, aunque muchos de los materiales carecen de contexto temporal. El propio Caballero ya advirtió del carácter provisional de sus resultados. que estaban condicionados por la información parcial que se poseía en el momento de su redacción. En este contexto planteó un esbozo tipológico que distingula tres modelos fundamentales de botones, en función del número de roblones que presentasen (Caballero, 1974, 94-104). Aunque la tipología ofrecida por Caballero tiene el mérito indiscutible de identificar y aglutinar, por primera vez en nuestro país, una categoría de piezas ausentes del panorama científico planteando una solución factible en una etapa en que los estudios sobre bronces estaba comenzando; no obstante, la revisión de estos materiales se imponía, dado los nuevos datos que han aparecido en los últimos años. La problemática ligada a la cronología, en vez de solucionarse se ha ido complicando, ya que si bien tradicionalmente se han considerado los materiales publicados que nos ocupan como de datación tardía, hoy en día conocemos piezas idénticas de época altoimperial. Desde el punto de vista morfológico la clasificación que comentamos ha quedado desfasada con el paso del tiempo, no sólo por su carácter cerrado que impide la incorporación de nuevos tipos sin modificar el ordenamiento general, sino también porque hoy no se cumplen determinadas características planteadas en el esquema organizativo. Así, en principio, el número de roblones define el tipo de botón, senerando el tipo 1 con tres, el Il con un par de apéndices y el III con uno sólo. Según esta estructuración se daba la coincidencia, en el momento de formularse dicha tipología, de que los apliques arroblonados con dos remaches eran todos peltiformes o cor-di formes. mientras que lo:-; que contaban con un botón eran cxdusivamcntc cin: ularcs. circunstancia que ya no se cumple. pues conocemos botones pclti formes con un sólo roblón y circulares con dos. Todas cstas ra1oncs, pero sobre todo la aparición de numerosos ejemplares durante los últimos ai1os entre los que se rnnstatan piezas de morfología inédita, nos impulsaron a realizar una revisión de este tipo de materiales en Hispania, que ha cuajado en el planteamiento de unél nuevél tipología y en un intento de interpretación de los mismos 1 • El volumen de datos actual lo creemos suficiente como para ejecutar un estudio general desde el punto de vista técnico, morfológico, funcional y cronológico, cuyos resultados se plasman en este trabajo. La base sobre la que se sustenta la ofrecemos, a modo de apéndice, en las tablas finales que recogen todos los hallazgos conocidos en España. Lo primero que queremos manifestar es la dificultad que encierra plantear un esquema tipológico válido para unos materiales de por sí heterogéneos, ya que e l único denominador común es la presencia de roblones posteriores para fijar al cuero. Sobre la misma base funcional, un objeto que para asirse a una tira de material, abotonándose, necesita uno o varios elementos que le garanticen la sujeción, presenta luego toda una completa variedad de modelos y matices decorativos. No podemos perder de vista la relación existente entre los objetos que nos ocupan y toda la rica serie de piezas inherentes al atalaje y al aderezo personal que tuvieron como soporte el cuero, pues unas son a menudo compañeras de las otras. Sin embargo, cuando encontramos uno de estos botones aislado, es muy difícil asegurar si perteneció al arnés de un animal o se emplearon para la vestimenta humana. Por tanto. cualquier intento de sistematización de estos elementos que se haga, adolecerá de la falta de precisión en cuanto al uso concreto a que se destinaron. Igual carencia de exactitud sufrimos respecto a los parámetros temporales que los caracterizan, ya que el estado actual de la investigación no permite esta-hleccr unos límites cronológicos claros, pues Jos datos que poseemos de excavaciones no son suficientes como para establecer la fecha de un dctemlinado tipo. Con cstus premisas y las incógnitas ¡,para qué se usaron'!. y,•,cuándo se usaron?. aun sin resolver, cabe también preguntarse cuál es el sentido de elaborar una nueva clasificación. La justificación necesaria la encontramos en la necesidad de obtener un entramado de tipos. en alguna medida incluso teórico. sobre el que disponer los nuevos datos que se han incorporado al mundo científico en los últimos años, demasiado dispersos como para poder ser empleados. La base de una nueva tipología puede ser sólo sustentada desde un punto de vista morfológico. al igual que la de Caballero, pero deberá tener unos criterios más dinámicos que permitan la interrelación entre los distintos grupos, la incorporación de futuros modelos ahora inéditos y que, además. atisbe la posible evolución de los tipos. Proponemos una tipología que distinga una serie de tipos vinculados con el número de roblones presentes en la parte posterior de la pieza, de forma de que las cifras estén acordes con la cantidad de roblones, es decir: el tipo 1 se caracterizaría por poseer un sólo roblón, e.I 11 tendría un par y así sucesivamente. De esta forma tenemos asegurada la continuidad en la asignación de tipos inéditos, sin merma de la estructura global. En la actualidad conocemos botones de cuatro tipos distintos. Los más abundantes son el 1yel11, pudiendo ser calificados como esporádicos los tipos m y IV. aunque a buen seguro, en el futuro tendremos una mayor representación de estos últimos, ya que en otras áreas del Imperio aparecen con bastante más frecuencia. El siguiente paso en la vertebración de nuestra tipología sería el establecimiento de grupos que dividan a cada uno de los tipos. Estos deben estar en función de la morfología que presenta la placa del botón, aquella en la que recala el anhelo decorativo. En este punto nos encontramos con un problema de dificil solución, ya que los esquemas ornamentísticos no están asociados a un número determinado de roblones. Así nos encontramos con que la categoría de los botones peltados es característica del tipo 11, aunque no exclusiva. pues se dan piezas con uno y con cuatro roblones. La solución que proponemos para agrupar todas las modalidades, ofreciendo la máxima versatilidad. es distinguir unos grupos relacionados exclusivamente con la forma de la placa, sin tener en cuenta el número de roblones. Obtendríamos así una clasificación, en la que las piezas se describirían atendiendo a dos parámetros diferentes: el tipo, expresado con números romanos y condicionado por la cantidad de roblones; y el gru-po. definido por la forma de la placa y reprcsentudo por las letras del al fabcto en mayúsculas. Los signos correspondientes al tipo se separarían de los que atañen al grupo mediante un guión (111-A). Posteriormente se nos plantea la posibi lidad de hacer divisiones internas de alguno de los grupos, lo que originaría una serie de variantes individualizadas por números árabes y letras minúsculas, que se separarían mediante puntos (1 11 -A. A continuación veremos las variantes morfológicas constatadas hasta el presente en los grupos: -Placas con formas geométricas simples o con tendencia a ellas; tenemos: A) circulares, B) ovaladas, C) hexagonales, O) en forma de «hélice». E) troncales, F) cruciformes, G) rectangulares y H) triangulares. -Derivadas de motivos naturalistas: son las placas: 1) peltiformes, J) cordiformes, K) foliáceas, L) florales y M) en forma de concha. Respecto a las variantes. hemos documentado las siguientes: -Los botones circu lares (A). pueden presentar un umbo central (A. I ). o no tener umbo (A.2). A su vez pueden tener umbo y estar dentados (A. l.a), l) sin dientes (A. l.b). encontrando las mismas posibilidades entre los botones sin umbo ( A. -Los botones troncales (E) son aquellos cuya figura recuerda el tronco, bien sea de una pirámide o de un cono, quedando abierta también la posibilidad de un cilindro. Hemos constatado dos modalidades principales: aquellos inscritos en la forma de un tronco de cono con base circular y aspecto paraboloide (E. 1) y los derivados del tronco de una pirámide de lados y base recta (E.2), encontrando entre estos últimos pirámides pentagonales, hexagonales y de base cuadrada. -Los apliques peltiformes (1) son los que adquieren una morfología más variada. En primer lugar encontramos las peltas escutiformes, es decir, sin remate superior y sin volutas (l. l ). Las peltas con volutas se agrupan entre las que poseen remate superior simple (1.2), o complejo (1.3). A su vez, tenemos apliques peltiformes con remate superior simple de un sólo tallo (1.2.a), o de tallo doble (1.2.b), mientras que los de remate complejo pueden ser: con flor de lis de hojas laterales desarrolladas (1.3.a), con flor de lis de hojas laterales incipientes (1.3.b) y con travesaño superior recto o en forma de ancla (1.3.c). Los botones peltiformes pueden presentar también diseños más complejos, compuestos por varias peltas reunidas en un sólo botón. La clasificación que proponemos atañe exclusivamente a los botones arroblonados, no teniendo la diversidad de tipos, grupos y variantes connotaciones cronológicas concretas y tampoco relación exacta con su aplicación en los cinturones de cuero o en los arneses equinos, aunque se intentará vislumbrar a través del análisis concreto de las piezas uno u otro fenómeno. A) Los botones circulares (Grupo A) Los botones con tres roblones responden a unos parámetros muy similares, ya que los tres ejemplares conocidos carecen de dentados y están decorados mediante la técnica del calado (lll-A. l.b. l ). La técnica del opus interrasile la eritontramos también en los apliques circulares de un roblón, aunque curiosamente, en la totalidad de los casos conocidos siempre aparecen asociados a la variante 1-A. l.a. l, no estando documentada ni entre los botones circulares del tipo 1 sin dentar, ni entre los apliques con dos roblones. El uso de la técnica del calado en nuestros bronces merece una consideración detallada. Es un hecho confirmado la extensión de este tipo de decoración por todo el Imperio en su fase tardía, fenómeno explicado por Riegl como el síntoma de un modo de sentir estético, e incluso ideológico, que impregnó a esta etapa y que él denomina «Kunstwolle» (Rie-gL 1985. Frente a la linealidad, ta111 del gusto altoimperial, imperan ahora los cambios de plano. Se adoptan por tanto los recursos decorativos que potencian la ruptura de los planos, como el calado y la excisión. Fuentes ha interpretado el reiterado uso del calado en los bronces tardorromanos, al analizar sobre todo los broches de cinturón, como significativo de la idiosincrasia hispánica en la concepción del «Kunstwolle» (Fuentes, 1989, 201 ). Los artesanos hispanos habrían asumido la idea general que primaba en el Imperio, pero optando por una de las técnicas concretas, la del calado, desestimando otras de gran peso específico en otras áreas geográficas, como la excisión o «Kerbschnith>, que gozó de gran popularidad en el Limes germano. Sin embargo, Pérez Rodríguez-Aragón, ha desmentido tal hipótesis, demostrando que ya no se puede hablar de una técnica calada característica de los broches hispánicos, frente a la excisión ultrapirenaica, pues la mayoría de los cingula militae de la Galia, Germanía o Britania fueron cinturones con broches de placa calada, hasta la llegada de los cinturones anchos con decoración excisa, en época de Valentiniano 1 (Pérez Rodríguez-Aragón, 1992, 244 ). Los botones circulares con dos roblones se agrupan claramente en torno a dos morfologías distintas: la variante 11-A.2.b.2 y la 11-A. Una primera característica es que, ninguno de los que conocemos, presenta dentados ni calados. Tanto una como otra variante puede ostentar círculos concéntricos incisos, única decoración constatada en esta categoría. Por último, nos referiremos a los botones de un único pasador. Estos configuran, numéricamente hablando, la mayoría de los ejemplares conocidos pertenecientes a la familia circular. La forma 1-A. l.a.2 presenta umbo central y dentados, y en su decoración nunca aparece el calado. El umbo puede adquirir la forma de un pequeño botón, como en un ejemplar del Museo de Linares (no 12); la de un casquete esférico, así el de la sepultura 100 de Simancas (no 6); o tomar la apariencia de un apéndice troncocónico, como en el de Aldeanueva del Monte (no 7). El número de dientes de este grupo es muy variable: seis en el de Simancas, siete en el jiennense, ocho en el de Pompaelo (no 8) y en el de Aldeanueva (n" 7), nueve en el de Carpio de Tajo (n" 10). die~ en el de la Torre del Mal Paso (n" 9), y quince en el de Monte do Penou~o ( no 11 ). La decoración es siempre muy somera. limitándose casi siempre a circulos incisos. Una característica morfológica que hemos constatado es que la decoración dentada siempre está acompañada de la presencia de umbo. En efecto, las variantes de botones dentados son únicamente la forma 1-A. l.a. I y 1-A. l.a.2, que se diferencian so lamente en la aparición o no de ca lados. Además el recurso decorativo del dentado es exclusivo de los botones circulares, ya que no aparece, hasta el momento, en otros grupos. Los botones circulares s imples (1-A.2.b.2) cuentan con una escasa diversidad morfológica. En lineas generales existen tres variedades distintas de cabezas: una semejante a un casquete de esfera. asi el de Peña Forua (no 35); otra totalmente plana, como el de Castillejo (no 29), y una forma híbrida que es un tronco de cono truncado, constatada en la pieza de la tumba JO de San Miguel del Arroyo (no 26). A la clase de botones circu lares simples con umbo (1-A. l.b.2) pertenecen, tanto ejemplares cuyo umbo puede ser un mero abultamiento de la cara externa del botón, o un auténtico cuerpo en forma de casquete esférico. No hemos encontrado ningún espécimen con círculos concéntricos inc isos o troquelados, mientras que sí hemos documentado tres con círculos moldurados, como son el de Valeria (no 20) y los de Magán (no 18) y Ocaña (no 17). Lineas incisas radiales presenta un botón de Fuentespreadas (no 13). 8) los botones hexagonales (Grupo C) Sólo conocemos un botón penins ular. que posee dos pasadores, hallado en Ocaña (no 67), aunque podemos asegurar que un rasgo definitorio del tipo es la decoración que ocupa el centro del aplique. Esta consiste en una especie de umbo ovalado, que se abre en el centro mediante una profunda abertura. Los ejemplares extrapeninsulares que conocemos presentan como elemento representativo esta característica ornamentación, interpretada por Boucher al estudiar una pieza de La Saone, como posible representación de los órganos sexuales femeninos ( Boucher, 1983, 115, no 95). Esta tesis parece estar confirmada gracias a la asociación que presentan con los pinjantes fálicos, ya que algunos de estos botones cuentan con una perforación de la que pende un colgante con la forma estilizada del miembro viril, como en un ejemplar de Saalburg. Para Oldenstein, tal asociación es determinante, por lo que los dota de una función claramente apotropaica, siendo además una de las escasas represe ntaci ones de la vulva femenina en el arte romano (Oldenstein. CJ Los huwnes con fiJrmu de 1tHélice» (Grnpo DJ Al igual que sus compañeros hexagonales gozan de buenos paralelos fuera de His pania. Los apliques en forma de hélice hispanos entroncan directamente con sus hermanos e uropeos, diferenciándose de estos solamente por una, aunque importante, característica: todos los ejemplares extra peninsulares que conocemos son apliques que se sujetaban a la tira de cuero mediante clavos. atra vesando sendas perforaciones de la pieza ( Bullinger. En Pamplona ha a parecido una pieza de estas caracterist icas. que pone de manifiesto la existencia de guarniciones de cinturón típicamente ultrapirenaicas en nuestro suelo (Pérez Rodríguez-Aragón, 1992. fig. 3, n" 1 1 ). Aparte de este caso, el resto de los apliques hispanos que conocemos son botones que se abrochaban al cuero mediante dos pasadores arroblonados, s ituados en la parte trasera del aplique (11 -D). La decoración característica de estas piezas son los círculos troquelados. Todo parece indicar la inmersión de Hispania en la misma corriente estilística y decorativa que sacudía el Imperio, pero con unos rasgos propios que la diferencian del resto, como es la adopción del sistema abotonado, en vez del remachado o clavado, mayoritarios en otras provincias. La exclusividad del esquema hispano es sólo comprensible desde un punto de vista: la generalización en nuestra zona de los apl iques abotonados durante la romanidad tardía, dentro de la misma línea que engloba otros elementos peculiares de la toréutica de la época, como los broches de cinturón arroblonados. Ciertamente, en Hispania, se prefirió el botón frente al remache y al clavo. Esta preferencia 1 levó a aceptar un esquema foráneo, el de los apliques con forma de hélice, pero adaptándolo al gusto mayoritario hispano y convirtiéndolo así en los botones que hemos documentado. D) Los botones cruciformes (Grupo F) Hasta el momento, conocemos un único ejemplar, procedente de Velilla (no SO), que ostenta un circulo troquelado central. El ejemplar madrileño entronca directamente con las piezas visigodas de similar morfología, recogidas en el tipo A, grupo 11 de Molinero, como la de la sepultura 499 de Dura- E) los botones pelt(fórmes (Grupo/) La popularidad de que gozaron los motivos peltados durante el Imperio Romano, quizá se deba a las connotaciones mágicas que se les atribuían y que los convertían en muy adecuados para el aderezo, tanto humano como equino. Como señaló ya Caballero, la morfología inicial de la pelta está próxima a los escudetes de lados curvos, en los que todavía no se han desarrollado los extremos hasta conformar volutas (Caballero, 1974, l O 1 ). Fuentes incide en la evolución que sufren las piezas en pelta, desde el modelo naturalista inicial hasta otros más esquemáticos, aunque reconoce que dicha evolución carece de valor cronológico, pues en Fuentespreadas aparecen peltas de tipos distintos ( Fuentes. El desarrollo estilístico que propone, desde nuestro punto de vista. sería inexacto si tenemos en cuenta la aparición de botones peltifonnes de remate sencillo en la sepultura de la Vega Baja de Toledo, correspondientes al Altoimperio, y la utilización sincrónica, a mediados del siglo 11 en la zona del Limes, de casi todas las variantes constatadas en el presente estudio (Oldenstein. Para poder realizar afirmaciones a este respecto sería necesario contar con ejemplares hispanos bien datados, que demostraran una evolución en el tiempo, o un análisis de estilos por talleres que avalaran la presencia de distintas tendencias estilísticas. Por desgracia, no estamos en disposición de realizar estos estudios, pues las piezas con cronología segura son escasas y en nuestro país todavía no es practicable un ~nálisis de estilo. La variante 1.1 es un grupo muy homogéneo, destacando aquellas piezas con escudetes dobles, siempre dispuestos longitudinalmente a lo largo de un eje y rematados por molduras, como la pieza de Seseña (no 81 ). Los botones peltifonnes de remate superior simple con un sólo tallo (l.2.a). pueden ir desde un apéndice explayado, así la pieza de Titulcia (n" 51 ). y la del M.A.N. (n" 92 ), hasta un minúsculo resalte. corno en la de Carrascosa del Campo (n"84). Losapliquesarroblonadoscon flor de lis de hojas laterales desarrolladas. inscritos en la variante 1.3.a, suelen disponer de unas amplias volutas y unas hojas que siguen el perfil externo de las mismas. teniendo un buen representante en la pieza de La Olmeda (n" 95 ). Sin embargo en los de la forma 1.3.b. las hojas laterales apenas se insinúan mediante unas escotaduras en el tallo terminal, así en el de Duratón (no 98). Los peltiformes con remate en forma de ancla ( 1.3.c) pueden presentar un apéndice y travesaño destacado, como los de la tumba de Fuentespreadas (no l 04-107), o estar unidos a las volutas. como en el de Maqueda (no 109). F) los botones cord(/órmes (Grupo J) Botones acorazonados los tenemos con uno y con dos pasadores (1-J y 11-J). Una característica que llama la atención a primera vista es la ausencia de cualquier decoración superflua. Sólo el botón de Castillejo (no 111) presenta un pequeño apéndice inferior con tres escotaduras. Los motivos cordiformes son habituales dentro de la cultura romana, estando directamente relacionados con las hojas de hiedra, aspecto ya señalado por Caballero (Caballero, 1974, 100). Por nuestra parte añadiremos que, desde el punto de vista estilístico, se encuentran relacionados con un grupo de piezas que sirvieron de ornamento para arneses y cinturones, y que se encuentran dispersos por amplias zonas del Jmperio. Basta citar unos cuantos ejemplos para darse cuenta del fenómeno: el pasacorreas de Concarneau (Rennes), en todo semejante a nuestros botones salvo en la anilla de fijación posterior, que sustituye a los roblones de nuestras piezas (Bousquet, 1965, 340, fig. 27); algunos pinjantes de falera, como el hallado en la villa de Saint-Ulrich (Lutz, 1972, 60, fig. 11, núm. 7), o las lengüetas terminales de algunos cinturones tardorromanos. FUNCIONALIDAD DE LAS PIEZAS La relación entre los botones, los broches de cinturón y los bronces de atalaje es evidente, ya que No hay que olvidar que todos estos objetos responden a una misma koiné broncística. por lo que comparten idénticas formas decorativas y medios constitutivos técnicos. Para aclarar la funcionalidad de estos botones hay que volcarse en cada caso concreto, no pudiéndose establecer unos patrones fijos. Sí es factible. sin embargo, fijar ciertas normas esclarecedoras del uso a que estuvieron destinados, aunque sin tomarlas nunca como definitivas. a no ser que varias de ellas sean coincidentes. Dos de estas normas son de tipo físico: una de ellas formal y otra dimensional. Respecto al tamaño, éste puede ser determinante, pero solo cuando nos encontramos ante dimensiones extremas, ya que un módulo superior a los 5 cm., puede presuponerse que es inadecuado para el aderezo humano pero apto para el equino. Desde el punto de vista formal, la presencia de roblones, y en concreto el número y aspecto de los mismos, puede servir también para fijar la utilidad. Ya Caballero intenró establecer una definición del empleo de estos botones, en base al número de roblones que presentaban. Al unir los extremos de las correas por medio de ojales supuso una relación directa entre el número de pasadores y las correas a imbricar (Caballero, 1974, 104-105). A esta propuesta de Caballero se le puede objetar el carácter decorativo de estos apliques, que no siempre tendrían un sentido funcional, como en el conocido cinturón de Ténés (Heurgon, 1958, lám. 3, 3 ). El mero echo de utilizar preferentemente apliques con roblones posteriores y no hebillas para abrochar correas, nos pone sobre la pista de una característica básica de los arneses de bocado hispano, en la que hasta ahora nadie había reparado. Sin embargo, las cabezadas completas que han aparecido en Hispania, como la de la tumba toledana (Palo!, 1970), o la de la necrópolis de Fuentespreadas (Caballero, 1974), no presentan estos elementos. Al mismo tiempo, también se echan de menos en la arqueología peninsular los hallazgos de estas pie-zas. frente a la sobreabundancia de apliques para 115) 11" 1161 J-111110J óg1camcntc. a c::.to:-.ipliqul'' i.:abna dcnom111arlo:. llll'JOr 1.un el.1pelat1\l) de pctrak:. o gruperas. ya que su ¡ms11: w11 Úl 'ntro del arnes cqu11w tkbiú corresponder a una de las f' ukras que u11c11 tres correas de las que sujetan la: ooi lla. Cont.:retamcntl' podían estar situados en: a) la unión entre la media gamarra y la correa del pech1>: b) la j untura entre la correa del pecho y las de lo:. hombros; e) imbricando las correas del anca y la grupera. depos11adn en el cnterram1cn10 de la Vega Baja de Toledo l.J 11kn 11 l'I\.,ICllHl Úl' lllll',11 o' hutonl'' C\11111\ 1.1lcra-.. de pt: 11.1l o grupera. Dl':..c~t1111; imo" la eolocal'1crn de estos botones del tipo 111 en J.i, cahoadas de lo:. equino:. por \arta~ ruonc:.. Su po:.ición dcn trn de la eabcnda podría corrcspondl!r a la intcrsc1:c ión entre las correas fronrnlera. testera y quijl! ra. punto para l.'! que.!>lll embargo. trecnHh m;i:. nim cníentl' un hoton de do:. p: haJorcs. como ) a hemos visto, ll un apliqut: anillado. Es tos apl1qt1l'S anillados cstún prc- mos cfl'ctuauo de los arneses de esta sepultura. noi. i: ncajan perfectamente en la unión de las correas mencionadas. tanto por sus dimcnst0nl•:. como por la \Crsatíltdad que permiten en la dirección de las correas ( lig. Conectado:. d1rcc1ame111c con los botones circulares de tres roblone:. qui.' acabnmos <le ver. se encuentran los <.le un roblón en su variante 1-A. l.a. La relación entre uno y otro grupo ya la establecimos al hablar de la morfologi<1. y ahora queremos reafirmar esta vinculación desde el punto de vista funcional. ya que la mayoría. si no la totalidad de estos boto nes, parecen estar adscritos al horizonte de los arnlujcs. Para ello nos basamos en una serie de premi sas. como son la exagerada robusre1 del r9blón y la altura del mi smo. Respecto a la altu ra. tomada ésta desde el umbo del botón hasta la 1:01rn extrema del pasndor, oscila entre 1,5 y 2 cm.. lo que significa que son botones con un pa ador alargado y maci1.o. aptos por tanto para abrochar una correa muy gruesa, o un conjunto di.! vari as tiras. Las dimensiones <.le estas piezas pueden agruparse en torno a dos va lores homogéneos, uno de los cuales oscila ent re 3-3.5 cm de diámetro, lo que les convierte en idóneos para er colocados en la unión de la fro11 1a- Junto a ¡:..¡tos botones t: in;u l:m.':!-o. parn l1l!' o que hemos podido:1\ cnturar una r•unl"Íón. se e1H.:11c11 1 ran ntros cuyn u~n \crs:i 1i l 110:. impide es tablecer l'Oncl usiones. Lo:-. apliques con un rohllin y l.'abcza dentada con umbo ( 1-/\. l.a.2), Jebicron tener un uso mús hctcrogcnco. Uno de ellos apareció en 1.• l cnt1.•rra m1en to número 100 de Simancas. as~1c 1ad n a un cuchillo Llel tipu homónimo al tk la nct: rúpolis y es interpretado por Palo! cnmn perteneciente a la correa del cinturón (n" 6). La mayoria de los botonc: de.:sta categoría c: ucnt: rn con una:-. dimensiones pequei1as. entre 2 y 2.5 cm. <le di:• 1111ct ro. ldentica versa tilidad parece wrrespon<lcr a los bolones:.iniplcs rnn un pasador (1-A.2.b.2). l:n la sqm ltura 1 O de San Miguel de Arroyo apareció Ulh) de e ll os. que Palo] asocia al ci nturón (n" 26). No obstante. cstl' grupo es dcmi.isiado heterogéneo comn para qul' podamos establecer conclusiones dctinitiYas en base ni hnll: ugo de este entcrranw..:1110. ya que, dime11-sional111cntL' cxistcn grandes tlilcrcncias entre unos ejempla res y otros. Asi, tenernos el bo1ó11 de Sant Josep (no 3(1). con 6.6 cm. de diámetro y que debi ó util izarse en el arnés de un equino. Ot ro de fuentcsprcadas (n'' 25 ), con 4,(i cm., lo hemos situado en nuestra reconstrucción de los atalajes depositados en la tumba ( fig. 3 ). Para los botones en forma dt: carrete (1-A.3). no tenemos ningún elemento arqueológico que nos ava le la función co ncreta que desempeñaron. pero las reducidas dimensiones que presentan todos los ejemplares conocidos, entre 1. 5 y 2 cm., nos inclinan a pensar que son más propios de un cinturón. /\sí rnis-1110, fuera de nuestras fronteras suelen estar asocia-Llos a c inturones militares. Para lo:-. grnpos de h\\llltll.'s 1)\' n datos crn11.:rctos en l lispania quc nos avalen su funcionalidad. Los paralclos morfolúgicos con s u:> congéneres del resto del l lllpcril1 parl 'Cl' n ind icnr una divcrsillad de cm ple1K Mient ra:-. los apltqucs en forma de hé lic..: L'stón exc lusivamente vincu lados con el orna lo de los cinturones tardorromanos. los botones hcxagonaks y ovalados han sido Llucumcntados de forma prelcri.:ntc..:n relación con los equipos equinos. corno el carro di.: Frcn1 ( Lehncr. Los botones pd ti fo rmes debieron empica rsc para usos muy diversos. Son s in duda de atalaje. dado su tamaño. los escutiformes (l.l) de Ocafü1 ln" 78) y La O lmeda (n" 75). mientras que otros. como el de Est rcmcra (n" 77). pudieron haber ornado algún cinturón. También para el atalaje debió em pl earse el de Carniscosa del Camro (n" 84) y. sin duda, como ya pudimos ver, los de la Vega Baja (n'' 85-90). adscritos todos a la varian te 1. multitud de casos en los lllle botones pelliformes <le variados tipos se empleumn tanto para piezas de arnés, como para decorar t: inturoncs. Los hotones circulares con tres roblones (111 -A. l.b. I ) cuenta con parúmetrns temporales bastanh! seguros. Dos de las pic/.as fueron halladas en la scpul tura de Fucntcspreadas, asociadas a un contexto material de la segunda mitad del siglo 1v d.C. ( n" 1 15 y no 116 ). Otra fue encontrada en el cuadro 22 de la vi lla de La Olmeda (n" 117). j unto con un importame lote de cerámica hispánica tardía. Esta cronología parece estar confirmada, apane de por las fuentes arqueológicas. por los recursos decorativos empleados, el típ ico upus interrasi/e de fines de la romanidad, con unos motivos que también encajan en esta epoca, como son los arcos de herradura. Tales motivos tienen su paralelo más cercano en los cinturones con hebilla zoomorfa y placa calada de la última mitad de la cuarta centuria. y en los broches tipo Simancas. Apliques circuJares con dos pasadores (11-A.2.b.2), han aparecido en excavaciones científicas. Así el de Cástulo (no 62) encontrado en el sector V, nive l 11; el del sector H de! ruña (no 58), o el de la habitación J 1 de La Olmeda (no 57). A pesar de esta circunstancia, no tenemos fechas absolutas para ninguno de los casos. El nivel segundo de Cástulo parece ser un estrato fechable en el siglo 111 d.C., aunque con posible perduración (Blázquez et alii, 1984, 232): el de! ruña esta adscrito a un sector donde abundan las ce rámicas tardías del siglo v, mientras que el de Palencia está relacionado con una conocida villa, de gran vitalidad durante la época tardorromana. Otro botón de esta clase es el hallado en Los Tolmos (oo 60), asociado a un enterramiento fechado entre la segunda mitad del siglo 1v y el siglo v d.C. (Jiménez Martínez, 1979, 102), aunque la pieza que comentamos apareció entre la tierra que cubría la tumba. Todo parece indkar que estos apliques arrobionados pertenecen a la romanidad tardía, o al menos en ese momento disfrutaron del mayor auge. Por último, en la cueva sepulcral de Ereñuko Arizti apareció un ejemplar (no 59). acompañado de un ajuar de carácter autóctono. En otras partes del Imperio está constatado su ell}pleo, al menos, desde el siglo 111, como en Mediolanum (Bonnet, 1989, 202), siendo para algunos autores, propios de los arneses equinos de la tercera centuria (Bishop y Coulston. En las provincias germanas son un elemento característico del tercer siglo, remontán-<.lose la fecha inicial de su utili zación hasta el 180-190 d. Conectados con los ejemplares que acabamos de ver. se encuentran los botones ci rculares con dos roblones y umbo ( 11 -A. l.b.2 ). Aunque sólo se conocen dos ejemplares. uno de ellos, el de Vi lauba (n'' 56), se encuentra bien datado. Apareció inmerso en la fase 111 de la villa. adscrito a la primera mitad del siglo 1v. concretamente entre el 325 y el 350 <l.C'. Esta cronología se acerca a la de sus compañeros ex trapeninsulares. que se l'cchun en Germanía durante la tercera centuria ( Oldenstein. 1976 Apliques circulares de un pasador. con umbo y dientes ( 1-A. l.a.2), se han constatado en ambientes claramente tardíos, como el encontrado en la sepultura número 100 de Si mancas (no 6), con un ajuar datado entre la segunda mitad del siglo 1v y el siglo v d.C. En el sector D, nivel 2, de las excavaciones de la Torre del Mal Paso, apareció otra pieza (n" 9), esta vez en un estrato fechado aproximadamente en la primera mitad del siglo 111 d.C., lo que retrasaría la cronología inicial. Hacia fechas igualmente tardías apunran los datos que poseemos sobre los botones ci rculares simples de un roblón (1-A.2.b.2). El de la sepultura 10 de San Miguel del Arroyo (no 26), es datado por Palo! en la segunda mitad del siglo 1v. Igual temporalidad es la adjudicada por Caballero para los de Fuentespreadas (no 22-25). Una pieza excepcional, por la decoración incisa que representa el rostro de un león, es el botón de la villa de Cab Bosch de Basca (no 41 ). Apareció en la zona del hipocausto, junto a sigillata hispánica tardía y monedas de Máximo y Valente, dentro de unos niveles revueltos pero claramente atribuibles a un horizonte del siglo v d.C. Igualmente tardorromano seria el hallado en la sepultura 3 de Simancas (no 27). La pieza aparecida en el enterramiento 64 de la necrópolis visigoda de Segóbriga puede tratarse de una reutilización (Almagro Basch. En otras provincias romanas está constatada su utilización a partir de los años 50-75 d.C. (Feugére y Tendille, 1989, 154), haciendose muy populares en los inicios de la tercera centuria y continuando en uso durante, al menos, todo ese siglo. Esta cronologla está confirmada debido a su empleo en los cinturones con hebillas anulares, propias del ejército del Limes en este momento ( Oldenstein. Para Hispania contamos con un ejemplar, procedente del campamento romano de Cidadela (Coruña), en uso durante la segunda mitad del siglo lit e inicios de la centuria siguiente (Caamaño. 1984, 247, fig. 1 O, 4 ), que encaja en la dinámica temporal que hemos cons-t~tado para las piezas extrapeninsulares, siendo posiblemente un auténtico representante de estos elementos militares en nuestro suelo. A la categoría de los botones circulares con umbo Y.un pasador (1-A. l.b.2), parece corresponderle también una cronología tardía. Dos de Peña Forua (no 15 Y no 16) están relacionados con un asentamiento en cueva, fechado entre la segunda mitad del siglo 1v y el siglo v. Esta datación está confirmada por los hallazgos de las necrópolis tardías de Simancas {no 14) y Fuentespreadas (no 13). Para acabar con el grupo de botones circulares, nos referiremos a los que tienen forma de carrete (1-A.3). No poseemos datos cronológicos exactos para ellos. si exceptuamos el hallado en Fuentespreadas (no 43), de la segunda mitad del siglo 1v d.C.. y la inserción del tipo entre los característicos de la tercera centuria por Bishop (Bishop y Coulston. Por su parte, Oldenstein, para las provincias germanas, fecha los inicios de s u utilización a fines de la segunda centur ia, aunque fa mayoría de los hallazgos se concentran ya en el siglo siguiente ( Oldenstein. 1976 Respecto a los botones hexagonales (11-C), tampoco contamos con dataciones concretas en nuestro suelo, aunque sí diremos que Bishop los incluye entre los arneses propios de la tercera centuria (Bishop y Coulston. Es curioso observar que la distribución espacial de estos botones hexagonales por el Imperio está restringida al área galo-germana, dato constatado por Oldenstein, que a su vez sitúa la cronología inicial de estas piezas en la segunda mitad del siglo 11 (Oldenstein. La aparición de una pieza de este tipo en Ocaña (no 67) cobra así una mayor importancia, pues hasta el momento los ejemplares hallados fuera de la zona galo-germana son raros, estando sólo constatados en Dacia, Holanda y Bélgica. Los botones rectangulares moldurados (H-G) y la variante de pequeños botones ovalados rematados por esferas (fl-B.2), son bien conocidos en las Galias, donde se encuentran ejemplares idénticos a los hispanos, aunque no se ha fijado para ellos su temporalidad concreta (Fauduet. Para la variante rectangular (ll-G), en Dacia se les asigna una datación inicial de fines del siglo 11, a tenor de las piezas halladas en campamentos, si bien hemos de matizar que son ejemplares claveteados y no arroblonados ( Dawson. El único ejemplar que conocemos de botón ornamentado por una rosácea de ocho pétalos (1-L), fue halla<lo en las excavaciones de la iglesia parroquial de Sasamón. en su niwl 111. Dicho estrato cuenta con una cronología que abarca desde inicios del siglo 1. hasta finales del siglo 11. estando caracterizado por TSI. TSH. cerámica de paredes finas y pintada de tradición indígena (Abásolo y García. Esta datación coincide con la asignada, fuera de nuestras fronteras, para piezas semejantes, ornamentadas también mediante una roseta. si bien la forma del botón es circular. Los ejemplares cxtrapeni nsulares se fechan a partir de la mitad del siglo 11. hasta todo el siglo 111 (Oldenstein. Entre los botones peltiformes hispanos, la variedad escutiforme (l. 1 ), con hojas laterales desarrolladas (1.3.a) y la ancoriforme (1.3.c), debían estar simultáneamente en uso durante la última mitad del siglo 1 v, pues todas ellas están representadas en Fuentespreadas. Curiosamente, las tres mismas formas están también presentes en la villa tardorromana de La Olmeda, aunque sin contexto estratigráfico definido. La cronología tardia de la modalidad escutiforme (1.1) se atestigua nuevamente en Peña Forua (no 79). así como la de la ancoriforme (1. No obstante, la temporalidad de los apliques peltados es tan amplia que no pueden establecerse, por el momento, conclusiones válidas ante casos aislados que no presenten un contexto material o estratigráfico definido. El uso de varias peltas yuxtapuestas en la mjsma pieza, disfruta de idéntica cronología, pues su uso está constatado a fines del siglo 11, o comienzos del siglo 111, en Germanía ( Oldenstein. 1976, 181 ), encontrándose no solo como motivo decorativo de los botones que tratamos, sino también de piezas más valiosas, como los medallones y las faleras del siglo 1v, uno de cuyos ejemplares se ha encontrado en Varea (Espinosa y Noack. Por nuestra parle, se ha efectuado una selección representativa de los botones que presentamos en esta publicación, los cuales sometimos a análisis mediante técnica espectrométrica, cuyos resultados concretos se encuen-tTan reflejados en el inventario!. Entre e l total de los ejemplares hispanos, sólo se han documentado dos piezas que pueden ser consideradas como bronces, aunque con un bajo contenido en estaño (entre 2 y 4 por 100) y un alto índice de cobre, en torno al 95 por 100. Nos referimos a los botones de Fuentespreadas números 104 y 23. Por lo general es dificil encontrar bronces o latones puros, ya que generalmente se combinan con pequeñas cantidades de otros metales. Así, encontramos los bronces terciarios, en cuya composición se albergan tres elementos: cobre, estaño y plomo. Los bronces terciarios son de dos clases d istintas, dependiendo de que predomine el plomo o el estaño, dando lugar respectivamente a bronces «plomados» y bronces «estañados». En el proceso de fundición era primordial obtener una mezcla con buena colabil idad, es decir, que el metal fundido tuviera la fluidez suficiente como para rellenar todos los recovecos del molde, efecto necesario en e l moldeo de pequeñas piezas con detalles decorativos, como CONCLUSIONES La mayoría de los botones hispanos tuvieron su origen en los apliques y guarniciones característicos del siglo 111 entre las tropas auxiliares. como el resto de sus congéneres del Imperio. A partir de aquí podemos distinguir tres grupos de piezas: las que sigu~n de cerca los modelos constatados en otras provincias del Imperio, los patrones exclusivamente hispanos. y las que se inspiran en los apliques claveteados de tipo militar. pero convirtiéndolos en botones. Los botones hexagonales (n" 67). los circulares con umbo y dos pasadores (no 55). los que tienen forma de concha (no 114) y los ovalados (no 65). entre otros. están constatados en amplias zonas del Imperio, casi siempre en ambientes militares, con ejemplares idénticos a los hispanos. Tal afinidad nos lleva a pensar que nos e ncontramos ante auténticos representantes extrapeninsulares. traídos aquí en la tercera centuria por el ejército. La misma conclusión puede fijarse para algunos de los ejemplares peltiformes, corno el de Veguilla de Oreja (n" 119), que goza de paralelos idénticos en el Limes durante este siglo. Los botones peltiformes, junto a los circulares simples de un roblón y los decorados con una roseta. serían los de cronología más antigua. Para las piezas peltadas, sabemos su uso cierto a fines de la segunda centuria, como ha demostrado el enterramiento de la Vega Baja (no 85 a 89), si bien es en el s iglo 111 cuando este motivo gozó de mayor predicamento, al menos en el resto del Imperio. Durante la época tardorromana siguieron estando de moda en Híspania, lo que confirma un cierto atabismo de nuestra provincia respecto al resto, donde predominaban otros tipos de apliques. Aunque en ocasiones se ha querido justificar el continuado empleo residual de los botones peltiformes en zonas como Ja Galia durante el Bajo Imperio, mediante la amortización y reutilización de ejemplares antiguos no creemos que tal justificación sea aplicable al caso hispano, donde su abundancia dista de ser «residual». Aunque los auténticos apliques militares ultrapirenaicos, en uso durante los siglos 1v y v, escasean en nuestro suelo, sin embargo, contamos con una reinterpretación de los mismo genuinamente hispana. Nos referimos a las piezas con forma de hélice (no 68 a 79), que copiando el modelo original; en cuanto a la forma, sustituyen los pequeños clavos que perforan Ja pieza para asirla al cuero por sendos botones fundidos. Esta preferencia por el sistema abotonado, frente al remachado, debe ser interpretada como una característica propia de Ja romanidad tardía en la península ibérica. Como botones tipicamen1c hispanos. ya que no está constatada su presencia. por el momento, en otras provincias del Imperio. deben considerarse también a los ejemplares cruciformes (n'' 50) y acorazonados ( n" 53 y 1 1 O a 113 ). ambos relacionados wn un amplio grupo de guarniciones de bronce clravcteadas o anilladas aparecidas en Marruecos, Gal ia. <icrmania. etc. También hispanos serían los botones circu lares con umbo. dentados y perforados (A. l.a. I ). todos ellos rnn un pasador ( n" 1 a 5 ). y quizá las dobles peltas cscuti formes (n" 81-82) que recuerdan a ciertos apliques claveteados de fines de la romanidad. Todos estos modelos y su interconexión con otras pie; rns empleadas en los cinturones y arneses, parecen indicar la existencia de una koiné ornamental que hermana zonas muy distantes del Imperio, bajo unos mismos gustos por una serie de temas de gran raigambre en la cultura romana, como la pelta, y que consigue unos modelos decorativos que, en algunos casos, perduraron durante al menos cuatro siglos. como demuestran los botones escutiformes simples ( 1.1) en uso ininterrumpido en la Gal ia, desde el siglo 11 d.C.• hasta el v. La relación de nuestros ejemplares con los botones y apliques militares creemos que no es meramente accidental. Sin entrar en la polémica desatada desde hace ya años, en torno a la presencia militar en Hispania durante la tardorromanidad y los vestigios materiales que produjo, queremos incidir en algunos aspectos que arrojan algo de luz sobre la misma. No podemos ser tan ingenuos como para pensar que todos los botones que presentamos en este inventario fueron usados por contingentes militares, pero sin embargo, sería igual de ingenuo pensar que ninguno de ellos lo fue. La aparición conjunta de botones y bronces militares en idénticos yacimientos parecen avalar esta hipótesis 3 • Para algunas de la piezas ya hemos defendido su posible carácter militar, dentro de la tercera centuria, pues una reciprocidad tan exacta entre los modelos empleados por los auxiliares del Limes y los que aparecen aquí, no puede ser justificada mediante el espíritu de Ja moda. Respecto a los ejemplares claramente bajoimperiales, su relación con los apliques usados en los ambientes militares del momento, indican una afinidad conceptual sólo explicable, al menos, mediante la convivencia. Si algunos de nuestros botones rcclaboran los modelos presentes en los apliques militares claveteados es por que conviven con ellos. Lo que no podemos. por el momento, es diefinir si en el marco de una cultura mixta romano-germana (Mischzivilisation), como la que se produjo en el norte de la Galia. o por la si mple pervivcncia de tropas, corno la l.egio VI l. La vi nculación espacial de nuestras piezas con la mitad norte peninsular. pero sobre todo con el área geográfica de la Meseta {fig. 6), está íntimamente conectada con e 1 dcsarrol lo de esta zona en época tardorromana y posiblemente condicionada por la presencia de efectivos militares, regulares o particulares. La mayoría de los ejemplares se encuentran inmersos en el prolijo mundo de las villae y demás establecimientos rurales que caracterizan a ambas mesetas. así como con el horizonte de sus necrópolis. La presencia de estos elementos en las ciudades es. por contrapartida. escasa. Por el momernto, se constata una significativa concentración de los hallazgos en los valles y afluentes del Duero y Tajo, pudiendo ser calificados aquí. como un elemento característico de la cultura romana de la región.
Las fragmentadas esculturas halladas en el edific io tardorromano de Valdetorres se pueden dividir en dos grupos: un conjunto en mármol gris o scuro. posiblemente iallado en Anatolia en la segunda miiad del s iglo 11 d.C. y consagrado a las gestas de A polo. y varias obras independientes. en s u mayor parte representaciones de dioses, fechablcs en los s iglos 11 y 111 d.C. Se trata de una muestra interesante de coleccionismo artístico en la época de Tcodos io. En este articulo se hallará bibliografia sobre el yacimiento. La excavación del edificio tardorromano en Valdetorres de Jarama (Madrid), que fue realizada entre los años 1978 y 1982 por un equipo bajo la dirección de Luis Caballero, Javier Arce y Miguel Angel Elvira, tuvo como origen el hallazgo casual de una escultura en 1977. No han podido ser determinadas con exactitud las circunstancias de este acontecimiento, pero parece que la estatua, el Gigante de nuestras figs. 1 y 2, apareció al acondicionarse con máquinas excavadoras el desnivel para el «camino de Madrid» que hoy bordea el edificio, en unas obras que, por lo demás, aniquilaron lo que quedase de su ábside S.O. Quedó la escultura abandonada tras los trabajos hasta que un vecino del lugar, D. Francisco Batanero, se dio cuenta de su valor y decidió entregarla al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Ingresó así en dicha entidad el Gigante (coro-puesto entonces por los fragmentos 77-72-1 a y 1 b, más el perno de hierro que las une), y, fruto del inmediato reconocimiento de la zona por D. Luis Caballero. pronto se le unieron dos pedestales de la estatua y varios fragmentos escultóricos más. Era tan extraordinario el hallazgo de esta índole en la provincia de Madrid, y tan sugestivas las piezas obtenidas en la primera ojeada sobre el terreno, que se decidió acometer el programa de excavación. No vamos a relatar aquí las distintas campañas, tarea que dejaremos para la publicación general de los trabajos. Nuestro intento es adelantar la exposición y conclusiones del conjunto escultórico (todo él en mármol) hallado en aquellas fechas, igual que hacemos, en este mismo volumen, con los hallazgos de marfil 1 • Por tanto, bastará que reseñemos tan sólo Jos detalles que afectan directamente a nuestro cometido. Ya desde las primeras catas que se abrieron, se advirtió un estado de suma fragmentación en los mármoles esculpidos. Aparecían además aislados, no en grupos pertenecientes a la misma estatua, y podían encontrarse en cualquier nivel. Los que se hallaban cerca de la superficie (bastante escasos, desde luego) parecían quemados, grises y sin brillo, afectados sin duda por la quema de los rastrojos. Más abajo, los restos, ya con la superficie mejor conservada, iban apareciendo en mayor número, hasta concentrarse su densidad en torno al nivel de destrucción: revueltos allí con las tejas que cubrieron el edificio, en ocasiones por encima de ellas y menos \'eccs por dcba.~o. se aglomeraban los fragmentos mús dis1intos e inconexos. En niveles mas profundos había ya menos restos de estatuas. y muy raros fueron los hallados en el sucio primit ivo del edificio. La misma distrihución irregular, pero relativamente concenlrada. se pudo observar en planta, como ru..:dc cornrrobarse en los planos que acompa11an el presente estudin. Apena:-: hay zonas de la casa don-Je no haya nparccido algún fragmento, pero los hallazgos tienden a reunirse en la zona occ idental y. en concreto, en la gran habitación cuadrada que daba paso al ábside S.O. (hab. 7), en la pequeña habitación angu lar que se abría a l norte de ésta y en la zona occidental del peristilo. Sin embargo. dado lo fragmentario del conjunto, nos parece en exceso aventurado relacionar esta localización con el emplazamiento concreto que tuviesen las estatuas en su día. Sólo parece haber! legado in si tu. por• así decirlo, un grupo relativamente bien conservado: el que forman el Arquero 1 y el Nióbide. Sus restos aparecieron como aplastados por uno de los pi lar, es que. rematados con arcos de ladrillo, fo rmaban el peristilo: en concreto. el pilar del ángulo N.O. del patio. Sin duda el grupo se hallaba en su colo•cación primitiva cuando la ruinosa arqui tectura se desplomó, arrojando fragmentos a cierta distancia y perm itiendo a visitantes ocasionales trasladar y llevarse algunos restos. Sin embargo, este caso concreto de destrucción natural no parece cuadrar con las otras esculturas. Sin una actividad depredadora es imposible explicar la pérdida de todas las cabezas humanas (salvo dos fragmentos de la del Negro) y de la mayor parte de los torsos, es decir, de las piezas más atractivas o más útiles como material de construcción. Parece, por tanto, que debieron interrelacionarse dos procesos distintos: el hundimiento paulatino del edificio, y el destrozo y saqueo consciente de las estatuas. Una vez caído el pilar que aplastó al Arquero 1 y al Nióbide, y a la vez que seguían desmoronándose techos y muros, hubo gentes que decidieron destruir el contenido decorativo del monumento. Acaso fueron las mismas que rompieron los muebles de madera y marfil, y probablemente actuaron de forma premeditada: concentraron las esculturas (incluidos algunos restos del Nióbide y del Arquero 1) en dos habitaciones, las destrozaron, se llevaron los fragmentos de mayor interés para ellos, y dejaron el resto removido entre los escombros. Aunque hipotética, esta explicación nos parece Ja más verosímil. Por desgracia, carecemos de ciertos elementos que serían de suma utilidad a ta hora de reconstruir la decoración escultórica del edificio: nos referimos a los podios que, en pura lógica. hubieron de sostener los pedestales <le las cstatuns. Si tales estructuras existieron. sus materiales fueron robados sin dejar rastro: y. desde luego. es imposible que las escult uras (cuyo tamaño raramente alcanza un metro de alto) estuviesen rnlocadas di rectamente sobre el sucio. Sólo caben dos alternati vas: o no estaban aún instaladas en su emplazam iento previsto. o se colocaron sobre algún elemento arquitectónico. como el ancho murete que, a guisa de pasamanos. unía los pilares del peristilo; aunque un poco forzado, el grupo del Arquero 1 y el Nióbide pudo colocarse allí, adosado al pi lar que lo destruyó. Disem inado y roto en infinito número de fragmentos (los tres centenares llegados hasta nosotros no componen sino partes, a menudo menores, de cada estatua), el conjunto de Yaldetorres presenta un problema esencia l: la identificación de las distintas obras que lo componían hac ia el año 400 d.C.. cuando se llevó a cabo la decoración del edificio. Tal es, junto con el estudio iconográfico y estilístico de cada escultura. el objetivo básico de estas páginas. Por fortuna, contamos con la ayuda inapreciable que nos presta la propia índole de la colección escultórica, que es su carácter heterócl ito: al familiari zarse con los fragmentos, e l estudioso advierte pronto que cuenta con muchos criterios para distinguir su adscripción. más o menos segura, a una estatua concreta. Así, cabe atender, como dato de gran importancia, a la diferencia de tamaño que evidencian distintos miembros, incluso fragmentados: dada la relativa estabilidad de proporciones que presenta la estatuaria ideal romana, este dato permite fijar el tamaño de cada estatua con relativa precisión, y reunir así restos inconexos. Por lo demás, cuenta sin duda la calidad artística del trabajo, que oscila, por poner dos ejemplos, entre la vulgartalla del Esculapio y la muy digna ejecución del Gigante. E independientemente de esta calidad, interesa también el estilo, variable entre piezas más clasicistas y otras más realistas y carnosas. Pero el criterio más visible desde el principio, y el que va a servir de trama para la ordenación de nuestro catálogo, es la diversidad de materiales marmóreos en que fueron talladas las obras. Este aspecto ha sido analizado, desde un punto de vista petrológico, por los doctores F. Mingarro y M. C. López de Azcona ~ y el fruto de sus 111\ t! stig<.1ciones, aún a falta de resultados definitivos acerca de las canteras, permite por lo menos definir una serie de mártnoles con su composición cristalográfica y química correspondiente. En cada tipo de material pueden haber sido talladas varias esculturas. Para distinguirlas, se revela muy útil el estudio visual de las vetas o de la degradación de los tonos, cuando existen. Puede así llegar a definirse la tonalidad concreta de cada bloque, aun teniendo en cuenta su posible transformación por incidencias casuales, como golpes, corrosiones o fuego. Sin embargo, este método tiene un curioso limite, debido a la peculiar ejecución y posterior suerte de las esculturas hasta su instalación en Valdetorres. En efecto, es muy común la presencia, en casi todas las estatuas, de superficies de contacto alisadas y preparadas con golpes de puntero para pegar entre sí distintos fragmentos; e incluso se aprecian a menudo agujeros para pernos que ase•guren la unión. Pues bien, puede ocurrir que dos miembros destinados a ser unidos sean del mismo bloque, y con las vetas coincidentes, en cuyo caso habremos de pensar en la reparación de una rotura; pero también es posible advertir una marcada diferencia en vetas y color, en cuyo caso caben, creemos, dos explicaciones alternativas: si el trabajo y estilo resultan coincidentes a ambos lados del corte, lo interpretaremos más bien como un recurso de fábrica ante la escasez de bloques de suficiente tamaño, o ante una rotura fortuita en el proceso de la talla; si, por el contrario, es manifiesta la diferencia de estilo o calidad, resulta más lógico suponer una restauración apresurada. En Yaldetorres se dan todos los supuestos, e incluso otro muy curioso: el de la peculiar relación que hay entre las esculturas y los pedestales. Como tendremos ocasión de ver en múltiples figuras, los pies no formaban bloque con el pedestal correspondiente, sino que, aun conservando a menudo restos de una base bajo las plantas, se asentaban, fijados con pernos metálicos, sobre pedestales de un mármol blanco de grano grueso. Evidentemente, siempre se puede pensar en una técnica de fabricación destinada a ahorrar los materiales más caros o a dar colorido a las estatuas, pero podemos adelantar que la tosquedad de la talla de los pedestales sugiere otra posible alternativa: la intervenciones a posteriori, encaminadas a unificar el aspecto de todas las obras.' F. Mingarro Martln et alii, «Petrologia arqueológica de esculturas procedentes de la villa romana de Valdetorres de Jarama (Madrid)», Rev. S111 l: rnbargo. éste y otros detalles técnicos. como la unión decorativa de distintos materiales, pueden y de ben ser vistos analizando las piezas una por un<.1. ESCULTURAS EN MÁRMOL GRIS OSCURO VETEADO Si hacemos abstracción de un único fragmento rojo, que mencionaremos al final, las esculturas de Valdetorres son de color blanco o de color oscuro. Y de estas últimas, todas salvo una están realizadas en el material que corresponde al presente apartado, y que aparece definido en el estudio de F. Mingarro y M. C. López de Azcona bajo el nombre de (<muestrano 8» • 1 • Se trata de un mármol gris azulado oscuro, negruzco en ocasiones y con vetas suaves más claras y poco marcadas. De entre los mármoles conocidos por la bibliografía, el más parecido seríll el higio antico en sus variantes más oscuras'. Dado la rareza de este mármol (prácticamente desconocido en la estatuaria romana de nuestra península), puede darse casi por seguro el origen común de todas las estatuas de Valdetorres talladas en él, que constituyen la mitad de la colección completa. Por la misma opinión aboga el hecho de que, con la única salvedad del Desconocido A, todas las figuraciones alcanzasen unos 90 cm. de alto, y que la calidad y estética de su talla resulten bastante ho-mogénea~. Por lo demás, y aun dejando para las conclusiones de este apartado diversas sugerencias sobre el carácter y origen del conjunto, cabe repetir que el Nióbide y el Arquero 1 formaban un grupo, aunque los estudiemos por separado, y anunciar que otro tanto ocurrió sin duda con el Gigante y el Arquero 2 (lo que nos permite adelantar de paso, la identificación de ambos arqueros con el tlechador Apolo). A su debido tiempo volveremos sobre estas iconografías, explicándolas y justificándolas con más detalles, pero hay que tenerlas en cuenta desde el principio para entender, por ejemplo, el desequilibrio del Gigante y el Nióbide tomados como figuras independientes. rragnh: nhh que lo componen: 77-72-1 a y 1 b. Al tura uc la esrn1un con:,t•rv ada: 61 cm.. Altur:i probable di.: lu c~tatua rnmplct:1: X7 l•m L::-tado de conscrvac1ón • h1lta11 br rnh.'.:.. l la) dc, pcrl"ccto-.'upcrflnales. y en part 1cular, urcus bl;111q11t•c1110:. cau,,mlo:. por algún uh Jeto mo.:t úll1:0. 1. l cm.) alOJ•U.lo en su" agujeros correspondientes. que se ha conservado. Por el mismn sistema se unían al pedestal las dos l)rttas. Notas tlc~cn p llvas 1: Gigante anguipcdo que se la111.a hacia adelante, en diagonal. apoyándose en su pata izquierda. Amhus p:11as. decoradas con ci.camas. se doblan v1olentamentc hacia atn\~. y puede alirmarsc, por los restos de un puntero. que la parte fi nal de la pata derecha, 1rns tocar lo pílrtc trasera del muslo correspondiente. se separaba del cuerpo bacía atrá:. y hacia la derecha. El bien 1 En aras de la brevedad, l11n1111111os nues1ras descripciones a detalles poco visibles. o que 1>1mni1en recunstruir partes perdidas de la obra, o que mencionan algún elemento útil pam el c~1udio. modelado wrso cuncluia en una cabe La que. por lo::. rc:.10:. con~crvado' del cuello. La mano 11qu1crda pan: cc protcgcrln. mien tra qui: el an1i: br;11n dcrcclrn. hoy perdido. dchia dmg 1rsc en dirección casi hClrtLont:1 l y alg1) hada tllril-;. Puesto que la iconogralia del (i1gantc ang111pcdo. nacida ~n arnbien1e sudit<llic:o a tines <lcl siglo" a.c.. no se general ita hasta el Alto Helenismo. a rai1 de la reali1ación de la famo:-.a Gigantomaquia <le Pérgamo, es a partir de ese momento cuando debe si tuarse la creación del tipo representado en nuestra escultura h. Lo primero que cabe resaltar es la suma raret:a de gigantomaquias en bullo redondo conservadas en escu ltu ra helenística y romana: si excluimos el exvoto de Atalo en la Acrópolis de Atenas (LIMC. 23 ), cuyos gigantes no son anguípedos. la única gigantomaquia que podemos mencionar es la del conjunto de Silahtaraga, de la segunda mitad del siglo 11 a.C.. ha llada cerca de Estambu l y conservada "!'ara la 1c1111ogrnfia del (i1ga111 c, \•éansc:,ubre todo i:. 488): sus Gigantes, tallados en piedra negra y con tamaño parecido al del nuestro. constituyen posiblemente el paralelo más cercano que se puede aducir. y no deja de ser coincidente e l hecho de que apareciesen sobre bases blancas. y acompañados por dioses blancos 7 • Las semejanzas entre Silahtaraga y Valdetorres son tantas que ya habremos de volver a ellas en las conclusiones, pero. anunciémoslo ya. ello no implica una absoluta identidad en su iconografía e historia. Cabe tener e n cuenta, por ejemplo, que e n Valdetorres no hay una verdadera gigantomaquia, s ino un simple combate individual extraído de ella. Po r tanto, podemos buscar nuevos paralelos en las escasas esculturas exentas que presentan esta iconografía: si exclui mos obras de carácter excesivamente local. como los combates de «Júpiter» y el anguípedo (L/MC, 533) o del «Jinete» y el anguípedo (l/MC. 534 ), aún nos queda un grupo aislado de carácter clasicista comparable al nuestro: el conservado en Wilton House con la lucha entre Heracles y un Gigante (l! 27); por desgracia, poco sabemos de su origen y de su presunta cronología de época helenística. Nuestro Gigante se enfrenta, como ya hemos a nunciado, a A polo; y esta escena, separada del resto de la gigantomaquia. es muy rara también, tanto en escultura como en pintura: sólo conocemos un paralelo aducible -el de los re lieves del teatro de Hierápololis (Pamukkale) (l! 483 ). de principio del s iglo 111 d.C.. sobre los que habremos que retomar 8 -, aunque hay importantes diferencias de detalle. No cabe por tanto extrañarse de la falta de paralelos exactos para la forma y postura del Gigante de Valdetorres. Y, sin e mbargo, no podemos excluir un posible prototipo muy antiguo. si aceptamos la semejanza de uno de los Gigantes que se enfrentan a Apolo en el friso con gigantomaquia del Hecateion de Lagina (l/MC, 28; fines del siglo 11 a.C.), aunque la figura nos haya llegado muy incompleta 9 • Ya en época imperial, el mejor paralelo es el Gigante que huye de Atenea en el friso de una fuente de Afrodisias (l/MC, 485), de med iados del siglo.. il ustrase el texto de Apolodoro (Bihl.. 2): « Apolo alcanzó con una flecha a Efialtes en e l ojo izquierdo» (citado en LIMC. p.1 9 1 ). Estilisticamen te cabe señalar que el Gigante de Va ldctorres resulta más esbelto y clasicista. con la estructura del cuerpo mejor marcada, que la prúctica totalidad de los relieves y esculturas rea lizados en As ia Menor, y se acerca bastante, en rnmbio, a un sarcó fago con gigantomaquia tallado en Roma 155. -Altura de la estatua conservada: 61 cm. Altura probable de la estatua completa: 88 c m. -Estado de conservación: Aunque está muy destrozada. se pueden reunir los distintos fragmentos y reconstruir un conjunto congruente y seguro en líneas generales. El Nióbide carece de toda la cabeza hasta la parte baja del cuello. y también ha perdido importantes partes de ambos brazos y sendos fragmentos en e l empeine del pie derecho y en la zona posterior de la cadera izquierda; además, aparecen erosionados superlicialmentc su pie izquierdo y un sector de la espalda. Al caballo le falta toda la parte posterior del cuerpo desde la grupa. con la excepción de las patas y pezuñas traseras y de un sector tle la cola. En la parte anterior, le faltan también la mitad derecha del pec ho y del cuello, casi toda la pata derec ha (salvo la pezuña y un fragmento inmediato) y la mitad izquierda de la grupa. acaso rota longitudinalmente. La cabeza ha perdido el morro y presenta erosionada la superficie. Algunos fragmentos aparecen blanqueados por el fuego. -Detalles técnicos: Bajo la estatua, y en su mismo bloque, se talló una base que aparece como una simple lámina en alguna zona (por ejemplo, bajo la pata delantera derecha del caballo). Diferencias de material seña- lun que la f)•ll:1 tr: tM•ra 11qu1.:rda del l'ahall(l fue trab 1~11111 u~ taladros 111uc1.1rn11 la unión artifil.:1al de la pierna y d pie derecho del Nióbitk. del hombro y el hrazo dercd10 de la misma í1gurn ten es1c últ imo <:aso. una resrnuraciónl. de la es1a1ua en su con1unto y e l pe-des1al. y de la espalda del 1ób1dc y un panel de fondo (en es ia ocasión. con una capa de ca l como refuerzo¡. En gem:r:1I. se manií1cs1:1 grnn dcs\• u1do en la partl• p11:;terwr de la estatu a. que cs la del lado 1zqu 1erdo del caballo. otas desc rip11 vas: La cscu llura representa un caballo cayendo de fre111c y arrastrando en la diagonal de su ca ida a su jovcnj1nc1e. En la mon111ra resu lian de particular intcrcs las orej as. escu lpidas como tallos vcgctalc:,. y las c i•inc:,. rca lindas cott'h) u11:1 sucesión de mechones en S prác t ica111c111e idénticos. Pese a la falta de atributos concretos. esta obra debe idenli ficarsc, y así venimos haciéndo lo, como un Nióbide a cabnllo en el mome nto Je ser abatido por las fl echas de Apnlo: en e fect o. la naiuraleí'a de: rn oponente. e l Arquero 1, cuyos fragmentos aparec ieron en buena parte j unto a úl. no permite otra allernativa verosimil 11. La irnnografia de los Nióbi dcs a caba llo 1 ~. basada e n la idea de que fueron mue rtos durant e una cacería 11 • no es muy común: si dejamos a parle una escultura etrusca en terracota, de interpretación discutida y con formas dili.!rcnles del tipo que nos interesa H. y s i nos limitamos a mencionar CCt1i r que aquí nos interesa ) hallarnos. a la derecha dc la co mposición, dos iób ides. un(} en e l prtm l.'r pl ano y ot ro detrás de él. que ofrecen 1101ablcs scmcjan-1.as. incluso de estilo y de tratamiento cpt<lérmico. con la escu ltura de V: tl<leto rrcs. Sin embargo. resulta imposible hab lar dt:: un parale lo exacto. El Nióbidc de l pri mer plano en los sarcófagos del Vaticano y de Venecia (Ll1 \llC.. na y b ) monta un caball o que, a primera vista. parece la i11\ ersión especular del nuestro. pero que es1á completamente tumbado. En este punto nuestro caba llo s1. • parece m: is a l del segu ndo plano en el sarcófago de Wilton Housc ( LIMC. Por lo que se refiere al jinete, la situaci ón es semejante: la inc lirlélción general del Je Ya ldetorrcs recuerda a los Nióbides del primer plano de los sarcófagos: en cambio. la postura del brazo c.Jerech(> alzado. con un objeto cilíndrico entre lns dedos. evoca más bien el gesto de arrancarse una ílcc ha que hacen los N ióbides del segundo plano. En los detalles menores, las divergencias se mu ltiplica n: en los sarcófagos, los jóvenes vn n desca lzos y usan riendas, en abierta contradicc ión con nuestra fi g ura. y ¡,hasta que punto podernos asegurar que el grueso cilindro que ernpur1a esta última rcprcscnia una fl ed ia'! Aceptamos que. pese a las con, co mitanc ias, no se puede hablar de una re lación direc ta e inmediata en tre el Nióbidc J e Valdetorrcs y los sarcófagos romanos, aunque sí. quizá, de un mode lo común. Altu ra de la e:-.Hllua conservada: 75 cm. Altura prnhahk di.' la l'íg 11 rn t:<lm plcta: 90 cm. 1:::.tado de cons..:rvaciún: 1\ su cstuJo l'ragmentario a rhde d probkma Je la Judnsa adscripció n de algunas pieza~. como el c mrn! inc de recho y algunos restos Je puntales J e sujeción. Ül' cua ltjuicr modo. la cons rru cciú n general de 1;1.:s1a1ua es s.:gura. y falta n la punta del pit• de recho. to da la pierna izquierda desde la rodilla. el pecho y el vicnrrc dc:-.J c el cuello hasta la ingle. la cabeza y el cuell o. e l hombro derecho. e l dedo meñique de la mano derecha. la mano izquie rda, la mitad surcrior <.Id puntal que representa la c uerda del arco. y buena parte de l prnpio arco. Se ap recian muchas t'rosio ncs, sobre rodo e n la espa lda. Deta lles tccnicos: Hay muy pocas hudlas de 1alh1. salvo la del rrc pano que traza u11 s urco entre el pie y la base. Se ven golpes de puntero bajo la base (reducida a una ti na placa) y e n la superficie plana donde el em peine debía recibir. como apliq u.:. los d<.'d os del pie. Los dcJos de la mano derecha están unidos por pcqucrios pun1alcs. Ex istc una huella de perno en el brazo izquierdo. y un pe rno de hierro destinado a fijar un dedo de la mano derecha. Por lo demás. el arco muestra signos evidentes de haber sido res taurado mcdia111c e l alisa111ie n1 0 de un sector y el añadido de una g rapa de hierro (que aun se conserva). -Notas dcscripti vas: Representació n Je un arq uero desnudo e n pie, que rensa el arco hacia su izquierd I 1'> \ 1'\\!DI 101\Rl'>DI J. No puede 1.. •ntcndcrsc cs1a t: scullura sin tener en menta que apareció JUnlo al iúh 1de. ) que l(irml • grupo 1.. L'S incluso ncccsari;1 csra'inndac1ón. que explica la bid1111t:n~1onal i d ad de ambas pie1.ns y que permite crear una composil' IÓn equi librada colocando el arquero a la i1quierJa y el ióbitlc de la derecha. Si csra interre lación nos ha ay udado a fijar la iconografía del Nióbidc, también detcrmi na la identilicac ión del arquero como A polo: y e llo a pesar de algunas anomalías. como la absoluta desnude/ tic:>U cuerpo (no só lo carece de clf1111 1de. si no también de carca.i y de sandalias) o su mu1.cula1ura muy cksarrol lada: en efecto, no son és10:, obstácu lo:, insalvab les, pues conocemos A polos tan musculados como el Diad1í111e110 de Policleto (que sin duda represento a ~s tc dios). y no faltan ejemplos dcsprovisios de todo atributo o vestimenla 1'. Rcsulla también peculiar en nueslro Apolo la actitud general del cuerpo, pues lo más normal es que ~stc se lance hacia adelante o camine de puntillas <LIMC. 75) y que. para lensa r la cuerda, avance la mano derecha hasta la altura del brazo izquierdo (LIMC 70. Si n embargo. ni es imposible que nuestro arquero tuviese su marH) en esta última postura (aun siendo más lógica su colocación sobre el pecho). ni, por lo que se refiere al cuerpo en general, faltan reli eves que se apmximen mucho a la postura de nuestra estatua: tal es el caso. en lo que podemos colegir. de los Apolos que aparecen en las gigantomaquias del Altar de Pérgamo y <lel Heca1eion de Lagina (LIMC. 106 1y1064) y, ya en época romana imperial, de los que vemos una moneda de cobre de Tralles. fechada en la época de Cómmodo (l/MC, 79 a), y, pocos años dlespués, en el relieve de la lucha contra un Gigante que ya hemos visto en Hierápolis nuestro tipo de A polo no es único como tal, aunque sí en su emparejamiento con un Nióbidc. Por lo demás. los detalles estilísticos de l Arquero, con su musculatura carnosa y muy marcada. le aproximan mucho al Nióbide y a los trabajos más com unes del Asia Menor Imperia l. sobre todo durante el siglo 11 d.C. En cuanto al tipo del arco. es muy vulgar en escultura. y e l dl! tallc tic la figuración plástica de la cuerda se da también en Olras obras de ese mismo siglo 1''. apoya~c en 1111 pun1al de f 'nrrna d e ll" l•llt' ll de arhol La prc-;cntc figura. reducida <1 fr:t)}mento:-. im: oncxo:-.. pa récc idén11 ca al J\rqucr1.) 1. lo quc 111\ 11a a idcnl i! icaria también como Apo h1 y a buscarle un con1cx 10 parecido: por tan to. lo m:'ts lógico es pcn • sar que formase grupo con el Gigante. el cual. tanto por s u prnpt0 dcscqu11ibrto como por ra/One • 1conográlica:-.. nece:.ita un oponente'cnccdor. A horn bien. pucdén plan tearse hast a t n..'s so luciones para colocar las dos fig uras en un grlllpo bid imensiona l: 1) /\polo a la i.r.quicrda, tic frente al espectador y asaeteando por detrás al Gigante: 1) Apolo en el mismo lugar y postura. pero cnfren1~in dosc cara a c:1rn al Gigante. que daría la espa lda al espectador: 3) A po lo a la derecha y de espaldas. atacando de frcnlé al Giga nte. Y lo cierto es que no sabemos decidirnos por n inguna de las tn;s pos ibilidades. Nn:. hall ~lllllb an te un:i de las nunH: rn "a" ruelllc:-.:n forma de Sáttro qm.: no:-ha legado 1 ~1 C!->l'U I lllra romana. estudiada" en detalle por B. Kapussy ~". De su lthro:-e tkd llct' que no e \1 s11ó n111glin pro to 11p\) fijo. sino que cada escultor mantenía un cierto grado ck creaLi v idad. Por tanto, ba:.tará que:-e1 ia lemos. entre la~ esc ulturas más parec idas a la nuestra. los dos Pa posilcnos del tea lro ele Arlés 11 • un Sátiro joven en e l Va1icano::. el Sáti ro. hoy perdido. de \'iL•nnc:• y. ya en nL11.:stra penínsu la. el S< i t1ro dur• miente h:.il ladn en Zarngo;a: 1 • Tambié n hay csla tuas de s:11 iros parcl.'idas, pao que no sirvi eron de fuentes. l-:.111re e lla:; dcslacarc• mos una de l Vaticano:< por el colorido de su material. y 01ra del mi smo luga r por sostener. como hi.w acaso la nuestra, co n la mano izquierda la e mboca• dura del odre y con l a derec ha un rh_ 1•ro11:•: probablemente sea esta última estat ua la que mejo r rclkja l o que debió de ser la esc ultura de Va ldetorrcs. Al1ura probable de la ligura com¡ilc1a: Unos 11.'i l.'.lll. Estado de conscrvac 1ó11: Re ducida:i la mano derecha y a un C'ragmcn10 del ptc derecho. Detalks técnicos: Se aprecia n huellas de puntero en la parte inferior de la base. y de tré pano entre el pie y la base. Oasá ndonos en la forma de la mano y en la po~i ción del pie dcsca li'O, P<)demos dedu cir que csta estatua rcprcscnta una di vi nidad masc ulina en pi e. Y cabe resa llar que su tamaño hubo de ser mnrcadame nt c s uperior al de la:. d<.:más estatuas de m<l rmol gri s osc uro vcll: ado. Altura probable de la ligura comple1a: Unos 9 0 cm. Estado Je con~.:rvadón: Reducido a un fragmento de pierna i; r4uicrda c: on 11110~ pliegues de 1cla. y:1 fragme n111~ tk pierna y pie dcrt•,•lw. lktallt:s t..!cnkos: La punt:i 1.kl rie fue talladil aparte. y la ~uperlit.:íe de eontat: to t: orrespondi..:ntc. alisada. pre-:.enta scnales tic puntero. Noias descriptivas: Esta estatua se define sobre todo por el color de su marmol. con punto!> grises sobre fontlu negro. Lo único que podemos decir de esta pieza fragmentaria es que representaba una figura masculina descalza, sin duda en pie. cubierta con lo que pare-1.:c ser una clámide: hemos de pensar e n la efigie de un héroe o de un dios juvenil. CONCLUSIONES SOBRE LAS FIGURAS EN MÁRMOL GR IS OSCURO VETEADO Como ya señalamos al comenzar este apartado. las siete estatuas que lo componen hubieron de constituir un conjunto muy homogéneo 27 • En consecuencia. lo más correcto es estudiarlas como tal. darles una unidad de cronología y de origen y. si es posible. buscarles un sentido como programa decorativo unitario. Por lo que se refiere al primer punto. parece claro. a la luz de los d istintos paralelos aducidos para cada estatua, que debe fijarse su talla entre el reinado de Adriano y los primeros años del siglo 111 d.C.. lo que expl ica las restauraciones que necesitaron varias piezas antes de ser utilizadas en Valdetorres hacia e l 400 d.C. Más complicada nos parece la localización del taller: por una parte hemos hallado paralelismos en obras reali7.adas tm Roma o su ambiente (sarcófagos de Gigantes y de Nióbides, estatuas de Sátiros) Y hasta hemos aceptado que alguna pieza de carácter clasicista (el Gigante en concreto) se comprende mejor en este entorno. Sin embargo, el gusto ecléctico romano aceptaba la yuxtaposjción de obras con matices ligeramente diversos; por tanto, haremos bien siguiendo el estilo dominante en el conjunto. Y este estilo, al igual que la mayor parte de los paralelos aducidos. nos lleva más bien hacja los talleres de Asia Menor, y en concreto a la región de Afrodis! as: a llí se crearon y desarrollaron las gigan-tomaqu1as, allí nos remite la iconografla de los Ar-qucro:-.. allí Sl' rnlli\ó el estilo musculoso que domina en casi todas las tiguras. e incluso allí es mas t~ct~blc hallar las canteras de marmol oscuro que s1rv1cron para tallar nuestras obras. En cuan10 al prngrama decorativo. acaso nos hallemm. ante los restos escultóricos de una fuemc dedicada a A polo. quien sabe si en el ámbito de un sa ntuario. de un teatro o de una' ia pública. Lo más claramente reconocible son lo:. enfrentamientos del dios contra un Gigante y un Nióbide. es decir, dos pasajes que exaltan la fuer za de sus fle1.:has divinas. Contemplamos, por tanto. un ciclo de gestas de Apolo. como e l que adornó las puertas de su lemplo en el Palatino ~• o como el que cubre los relieves, ya varias veces citados. del teatro de H ierápolis 1 ": este último conjunto coincide temáticamente con Valdc! orrcs. pues. además de la epifanía del dios y del episodio de Marsias. incluye el combate contra un Gigante y la muerte de los Nióbides " 1 • ¿Quién sabe si el Desconocido A no era, en realidad. otro Apolo que. por su tamaño. domi naba e l conjunto decorativo, y si el Sátiro. mediante a lgún aditamento (quizá una flauta doble). aludía a l famoso competidor musical de nuestro dios? ESCULTURA EN MÁRMOL NEGRO La única estatua en mármol oscuro. de entre las halladas en Valdetorres, que no puede inscribirse en el apartado anterior, es la que representa a un nubio: para dar mayor realismo a su imagen, se esculpió en un material prácticamente negro y sin más vetas que alguna mancha gris oscura. Aunque. por su tonalidad y su grano fino. puede en algún caso extremo confundirse con algún fragmento de mármol g ris antes estudiado, el análisis petrológico revela diferencias de c ierta entidad 3 1 • Podríamos, por su semejanza con el material en el que están talladas otras figuras de negros antiguas, identificarlo como bigio morato oscuro 32 • 1' P. Zanker, Augusco y el poder <le las imágenes. Alll se representaban la muerte de los Nióbides y la expulsión de los galos de Delfos (Propercio. 12-13.'o Esta última escena aparece en el ciclo de Anemis. pero cuenta con la presencia de Apolo (lám. 33 y ss.). " 11 El bigio morato era obtenido sobre todo en las canteras de Tenaro. en el sur del Pcloponcso, pero tambifo tiene minas en la zona occidental de Asia Menor y en las islas inmediatas del Egeo: E. D~lci y L. Nista, op.cit. en nota 4, foto 93 y p. Es1ú envuelto.:: 11 una vestimenta de pl icgLte:-. numc ro~11s y p cn1l iarc~:.:n e ferio. vc mo~ cómo l:i tda se ajus1:i gira 1 u h1 en 1or110 a l:i rodil la derecha. y cómo si: dobla apara tosamcntl' sobr1: d homhrn izqu ierdo. Esta figura se encuadra cn ire las múl1iplcs imagcnes de esc lavos nubios qui.' se n; alizaron en las épocas helenística e imperial. Es nor ma que en estas obras se utilice un material oscuro (cs1ea1i1a. mármol negro, bronce " ) y se reserven los ojos en hueco para rellenarlos con otros materiales de colores 3•; además, suelen ser figuras oferen tes, unas veces e n pie y otras arrodilladas. " Es el caso, porcJ.. dé una cs1a1ua de l Musco de Balin. que muestra un nubio arrodi llado. pero desnudo y eo n las mano~ aludas ( Kiiuiglid tl! 140) se reseña una cabeza de Negro. en mármol oscuro, <1uc conserva en uno de sus ojos huecos el r<:l leno de n:\car. Sin embargo, y aun cumpliendo todos estos requisitos, el Negro de Valdetorres no tiene, al parecer. nungún paralelo exacto. Ciñéndonos a su tratamiento técnico, y en particular al de su cabello, cabe citar, por su parecido, una cabeza del Museo de las Termas, que se ha fechado en época adrianea 3 \ otras (éstas en relieve) en un sarcófago de Baltimore, de fines del siglo 11 d.C. 10, y un fragmento de Nueva York, ya del primer cuarto del siglo 111 d.C. • 17. Sus cronologías, por lo demás, pueden coincidi r con la de nuestra pieza. ESCULTURAS EN MÁRMOL BLANCO DE GRANO FINO Cuatro son, en principio, las estatuas que se pueden reconstruir idealmente con este tipo de material, correspondiente a la «muestrano 2» (p. 49, A/ ) del artículo de F. Mingarro et a/ii. Se trata de un mármol de grano fino y aspecto harinoso, al que se aplica la siguiente conclusión de dicho artículo: «algunos mármoles de los estudiados, especialmente los blancos, presentan caracteres muy próximos a los tipos italianos, especialmente a los de Carrara, pero también queremos hacer constar que algunos mármoles de Macael {Almería) tienen análogas características» (p. En este caso hemos de descartar, en principio, la unidad de origen de obras, tanto por lo común del material como por la clara diferencia de altura que se aprecia entre las distintas estatuas. Además, como veremos, por lo menos la Estatua Masculina Pequeña se diferencia de las otras por su trabajo muy refinado. En cambio, sí parece probable (y con tal hipótesis trabajaremos, aun sin quererla imponer como certeza) que, igual que Esculapio aparece con su serpiente, las Estatuas Masculinas Grande y Mediana, reducidas a fragmentos pero identificables como dioses, llevasen a su lado los dos otros animales de los que se han hallado restos: un grifo y una pantera. Y, puesto que el grifo parece mayor que la pantera, se lo atribuiremos a la Grande, dejando el felino para la Mediana. is M. L. Anderson y L. Nista, op.cil. en nota 4,p. Por desgracia, se discute la autenticidad de esta cabeza de bigio morato.'• LJMC, s.v. Puede añadirse también una cabeza de negrito de los Museos Vaticanos (W. Amelung, Die Skulpturen des Va- tikanischen Museum, Berlin 1903, 111,2: Gall. -Estado de conservación: A la estatua, una vez reconstruida, le faltan las siguientes partes: los pies desde la espinilla. y la posible base: los dedos medio y meñique de la mano derecha: la cabeza desde la base del c uello: el bra:w izquierdo desde el codo: el bastón desde su arranque bajo la axi la izquierda hasta cerca de la punta. y casi toda la parte me dia del cuerpo de la serpiente. Además. se aprecian corrosiones superficiales. localizadas principalmente sobre el pecho y sobre la parte superior de la espalda. El lado derecho de la cabeza de la serpiente está quemado. -Detalles técnicos: Se aprecia trabajo de trépano en la parte inferior del manto, y huellas de cincel en la espalda y en la parte trasera del cuello. En el cuerpo y la cabeza de la serpiente. sólo aparecen bien tallados los detalles (escamas, etc.) en su parte más visible. que es la derecha en el caso de la cabeza. -Notas descriptivas: La estatua muestra un hombre ligeramente inclinado hacia adelante y hacia su izquierda. que se apoya en un bastón mantenido bajo su axila izquierda: e ste bastón. según muestra un resto de puntal a la altura de la rodilla, corría junto a su costado, y en él se enrrollaba una serpiente con la cabeza hacia arriba. El personaje se envuelve en un manto sostenido sobre su antebrazo izquierdo, quedando a la vista parte del torso, y coloca la mano derecha sobre su cadera, mientras dobla el brazo izquierdo hacia adelante y hacia arriba. Por lo que se refiere a la calidad de la talla, es manifiesta la oposición entre el esquematismo de la parte trasera y el modelado carnoso. aunque un tanto banal y apresurado, de la musculatura y de los pliegues de la parte delantera. La presente figura se inserta de lleno en el tipo conocido como «Asclepio Pitti», una de las imágenes mejor estudiadas de este dios. Dejando aparte representaciones parecidas en relieves, monedas y gemas 3 \ e incluso en ciertas esculturas un bulto redondo 39, las réplicas «Correctas» que se conocen de este modelo son las siguientes: Estatua colosal de mármol griego, que se halla en Florencia, en el Palacio Pitti (LIMC, 382): es la copia más completa, que conserva la cabeza, J• Tomamos de nuevo como libro de referencia el L/MC. en este caso vol. 11, s. v. «Asklepios» (por B. Holzmann). 20, lám. XIV), cuyos pliegues parecen más cercanos a los del Asclepio tipo Velia (l/MC. p. 1a~ obras, la que mit e pan: cc n la F.scultura de Valclctorrcs e~. sin Jugar a duua:.. la fotografiada en el mcrcauo anticuario de Roma. ranta es su scmc,1an1:i. en lo que permite'cr la litmina publicada por Bccatti, que podríamos indusll -;uponer un m1:.mo lalkr de origen para alllhn' Pnr ck-.gracia. ignoramo' dónde:.i111ar tal taller: acaso en la propia Rollla. dnnck no follaban modelos. n acaso en (irec1a. cuyos múrmoles loca les sirvieron para reali1ar varia.'> de las réplicas; al lín y al cabo. si nuestro m:írmol puede..• ser de Carrarn o de Macacl. no cabe olvidar que hay m~irmolcs griegos que se confunden a menudo con el mármol hispano. En cuanto a la cronología. crecmo~ que debe darse un margen hastante amplio a una obra de trubujo tan media no: puede ser antoniniana, pero también del siglo 111 d.C. Sea como fuere. el Esculapio de Valdetorres apona una novedad al tipo del «Asclepio Pitti »: es la únic<t réplica que conserva entero el brazo derecho. Y no deja de ser un punto de interés. pues el modelo común. según G. Ocrntti y G. l lciderich ", era una fa- 1 f.\p l. ó 7. • fa1a1ua M. Grant.le y grifo • de 3 a 9 fragmentos:: más de 9 fragmentos) [J • Es1atua M. Mediana y pan1era ( 1: más de 2 fragmentos): EMa1ua M. Pequeña ( "" más de 2 fragmentos) • 1: Estatua con águila (. de 3 a 9 fragmentos: 1: más de 9 fragmentos) •: Fragmento de má rmol rojo "' Pedestal Poco diremos, sin embargo. de la primera. porque es la que ha centrado el estudio particular <le cada una de las piezas. y, al ser muchas de éstas independientes, care<.:c de sentido plantearse una síntesis imposible. Tan sólo rc<.:ordarcmos. como <lato de múximo interés, la aportat: ión del Esculapio a la iconografia del «Asclepio Pitti». la novedad del Negro entrc las imágenes <le su iconografía. cl contexto des<.:onocido del águila sosteniendo una tela en cl pico y. sobre todo. el intrincado nudo de problemas que plantean las figuras en mármol gris veteado. Sin ánimo de volver atrás, s í merece la pena resaltar el valor artístico de este último conjunto. acaso salido de los talleres de Afrodisias o su ambiente. Los grupos de Apolo y el Gigante y de Apolo y el Nióbide tienen muchas posibilidades de poder ser considerados obras originales, no copias. y constituyen por tanto jalones de interés en la larga trayectoria de grupos escultóricos bidimensionales, tan apreciados en la escultura helenística y romana ". Su calidad, en efecto, es muy digna, y la existencia de prototipos parecidos para cada figura aislada no excluye la creatividad de un taller con inspiración. Mas. si el valor artístico de las esculturas de Valdetorres es grande, no es menor, desde luego. el significado de su reutilización en torno al 400 d.C.: nos hallamos ante una de las mayores colecciones de estatuaria clásica reunidas por un particular durante el Bajo lmperios 5, y, desde luego, ante la mayor encontrada hasta ahora en Hispania, pese a que en nuestra península es bastante común la presencia de esculturas altoimperiales en las villas de los siglos 1v y v d.C., como ha demostrado E.M. Koppcl ~. " Recuérdense. en esta 1rayec1oria. obras como un grupo de niños luchando que estuvo en Viennc (A. l lcrrmann, «Thc Biler: a Late llcl lcnistic Astragal Playcr», en A Trih111" w P. 11. Véase lambién D. Vaquerizo Gil, «La decoración escultórica de la villa de El Ruedo (Almedinilla, Córdoba). A partir tic csto:-. <latos. resu ltaría dc sumo interés plantearse prnhkmas mí1s amplios. qui: exceden tlestk luego los objetivos t.le estas púginas: hasta qué punto, por ejemplo. influyeron las leyes anti paganas t.le Tcot.losio en el paso a manos pri vadas de muchas esculturas mitológicas situadas en lugares públit: os: o cómo se combinó su uso decorativo cn villas con mosaicos. platería o marli les de ternas paganos: qué pape l tenían en este colcccionismo el prestigio culturnl de la Antigiit: dad Clásica y hi religiosidad de cada propietario: o. en otras palabras. hasta qué punto estas e ligies de dioses fueron reunidas por afán estético. o por deseo de salvarlas de las iras cristianas. Sin llegar tan lejos. si que podemos aproximarnos al caso concreto de Valdetorres. donde sabemos que hubo marfiles tallados con imágenes mitológicas (una Ninfa. por lo menos), y que, pese a su riqueza. fueron destruidos como las estatuas 57; parece difícil no creer en un móvil religioso de los saqueadores. que acaso respondía a una actitud semejante del coleccionista. Fina lmente. parece de rigor. antes de concluir. volver a la comparación con un conjunto que, a primera vista, parece muy semejante al de Valdetorres: nos referimos al de Silahtaraga. que ya mencionamos al hablar del Gigante ~x. Consta de una serie de deidades en mármol blanco, unas de grano grueso y otras de grano fino. muy fragmentadas, pero que hubieron de ser de distintos tamaños. Además, hay hasta seis Gigantes esculpidos en mármol gris negruzco semejante al nuestro e instalados sobre pedestales de mármol blanco. Estas figuras oscuras muestran, como el caballo del Nióbide, los globos oculares vacíos. preparados para recibir otra materia. Además. es normal el uso de pernos para juntar piezas e laboradas aparte ~9 • La semejanza, sin embargo, se reduce bastante si se tienen en cuenta otros factores: en Silahtaraga, al parecer, se puede hablar de una verdadera gigantomaquia como tema iconográfico, y el conjunto se colocó en una capi lla junto a una vía en época severiana, es decir, poco después de tallarse las obras. En consecuencia, el paralelismo queda limitado a algún tema concreto (iconografia del Gigante) y a semejanzas de es ti lo y de ejecución con nuestras liguras de mármol gris \el cado. cs decir. a nuevos argumentos en favor de l origen microasiático de estas últimas piezas. En cuanto al detalle de los pedesta les blanrns añadidos. ignoramos si en el caso de las pic1.as grises de Silahtaraga puede hablarse de rest auracioncs: pero nos reafirmamos en la probabil idad de que lo fuesen en las esculturas de Val-dctorres: d1.: otro modo no se explicaría. por ejemplo, que en nuestro conjunto aparezcan árboles de apoyo para las esculturas blancas y grises. que carecen de sentido cuando la base no forma bloque con la estatua. Además. cabe recordar que las estatuas blancas <le Si lahtaraga tienen pedestales normaks. y no ai1adidos como ocurre en Va ldetorres.
Resultan ser todos ellos piezas de importación procedentes de Egipto, y fechables entre fines del siglo rv y la primera mitad del v d.C. Con ellos. pueden reconstruirse hipotéticamente cofres o paneles decorativos. El gran edificio octogonal de Valdetorres de Jarama (Madrid), que en su día fuera excavado por L. CabaHero, J. Arce y M. A. El vira, sigue ofreciendo, durante el estudio de sus distintos materiales, ciertas sorpresas de interés. En concreto, quienes, con vistas a la publicación definitiva de los hallazgos, acabamos de trabajar sobre los fragmentos de marfil y hueso tallado que allí aparecieron, creemos que las conclusiones a las que ha llegado nuestra investigación merecen ser adelantadas en este artículo. Y a por su número -que sobrepasa los cuatrocientos-, los fragmentos de marfil tallado -y, secundariamente, de hueso-representan un conjunto más que respetable para un yacimiento de nuestra penlnsula, y, desde luego, el mayor entre los publicados del periodo tardoimperial: no cabe duda de que el propietario del edificio, aun antes de decorar los suelos -tarea que no llegó a realizar-, se lanzó a una actividad decorativa desbordante, y, no contento con adornar su patio, peristilo y habitaciones con un ciclo de estatuas marmóreas ya antiguas 1, enriqueció algún ambiente con muebles o cofres de ricas maderas, cubiertos de taraceas de hueso y marfil. Porque, en efecto, uno de los primeros aspectos que cabe resaltar en el conjunto que nos ocupa, y que no deja de resu ltar asombroso en el contexto de cualquier villa o casa romana, es que la inmensa mayor parte de los restos recogidos corresponde a placas de adorno, destinadas a enriquecer tableros de madera: sólo cinco piezas aisladas-una tablilla para escribir, una cuenta de collar, un fragmento de brazalete o pulsera, una ficha de juego con la cifra romana V inscrita en el centro, y un gozne de puerta (o acaso un mango de herramienta)-cuatro de ellas de marfil y la última de hueso, escapan a esta caracterización, y la única que reviste cierto interés es la tablilla 2: sobre su pulida superficie, muestra una serie •: Placa con guirnalda. placa con greca. placa curva con roko y placa curva con greca. &: Ábacos 1&&: m:h de dic1.1. * Placa con pella> y rlaca C<ln: irbul. Plano de distribución de los marlilcs y huesos tallados de Valde1orrcs. de nueve cstrias longitudinales paralelas y más o menos equidistantes, que servirían para indicar las líneas por debajo del recubrimiento de cera transparente. En los lados cortos aparecen sendos escalo-Duisburg. Tumhién con marco, pero sin el estriado tan claro y con restos di: c~critura. h:1y otra en Rumania: Rflnwr in R11111ii11it•11 (A usstcllung des Rómisch-Gcrmanischcn Muscums Kiiln). Tnmhién es muy interesante la docena de tablillas descubiertas en un déposito de Vindolanda (A. K. Bowman, Tht• Ron11111 Writin~ Tuh/i•t. • fh1111 Vi"'Julun-d11, Londres. 9): en ellas han quedado huellas de letras grabadas en In madera rorquc el pun16n traspas11 la cera. nes rehundidos, destinados con seguridad a fijar el marco, del que no nos ha llegado resto alguno. Las numerosas placas de taracea, y las láminas de recubrimiento con o sin decoración. aparecieron distribuidas en el yacimiento tal y como se muestra en el plano adjunto. Al localizarse su inmensa mayor parte en niveles de destrucción y en el inmediato sobre el suelo, siendo raras las halladas en niveles superficiales, podemos dar por cierto que ese plano de distribución corresponde al que quedó fijado en el momento -o periodo-en que el edilicio se vino abajo. Si analizamos el plano <f!g. I ), y añadimos los Por lo que parece, las ast illas o tablas rotas. con sus decoraciones de marfil y hueso, fueron transportadas, pero no a rrojadas en cualquier dirección. Acaso se intentó usarlas como combustible, y fue. efectivamente. en el patio central donde muchas sirvieron para alimentar alguna hoguera u horno. Paralelamente, o en un momento inmediatamente posterior, cuando el edificio ya se iba hundiendo, pudo seguir la quema de maderas, y, a la vez, ocasionales visitantes del monumento en ruinas fueron recogiendo fragmentos que les atrajeron por su iconografía o belleza. Se llevaron muchos. y abandonaron otros, a veces a varios metros de donde los habían encontrado. Creemos que así puede explicarse que sean precisamente algunas de las piezas más vistosas las que han aparecido lejos de la gran agrupación, en forma de franja alargada, que reúne los restos principales entre Ja habitación 1 y la 4a, pasando por la zona N.E. del peristilo y por el patio. ¿Cuándo se dio la destrucción consciente de las piezas, y cuántas se destruyeron? He ahí dos preguntas que resultan muy diticiles de contestar de forma concreta. Por lo que se refiere a la primera, sin duda será el estudio de otros materiales más susceptibles de seriación, como las cerámicas, el que dé la última palabra a la hora de fechar la destrucción de las obras de arte -incluidas las esculturas de mármol-, que iría aparejada al abandono del edificio, y al hundimiento de sus techos y muros. A título indicativo, quizá no sería aventurado pensar en una fecha a mediados del siglo v para la actividad iconoclasta. En cuanto al número de las obras, creemos -a pesar de que la distribución unitaria de los restos pudiera sugerir lo contrario-que es imposible pensar en un objeto único: la diferencia de estilos. la enorme variedad de tamaños entre algunos elementos. y hasta las grandes diferencias técnicas que pueden apreciarse --desde láminas grabadas hasta una figura en allisimo relieve, casi exenta-nos imponen una solución plural: tres o cuatro muebles o efectos varios constituirían un mínimo aceptable. En cuanto al hecho de que. en la destrucción general, sus astillas acabasen mezclándose. podría explicarse muy bien si pensásemos que las piezas adornaban una única habitación, acaso la 4a. Mas pasemos ya a los hallazgos en si. Como acabamos de decir, razones técnicas y estilísticas imponen suponer la existencia de tres enseres como mínimo. C: on c:-.w, y dejando dc lado alguna~ pic.:cdllas rncnnrc~ con moti\'os probabli.:mcnte fi g urati' os. pero imposiblei. de definir. podemos pasar ya a lo:-m::conjuntos por rnmplcio indcpl.'ndicntcs. Con tituirían el primero. como ante:. hcmo¡. scñalado, las lúm111a:. con c.krnrac1ón grabadu. i\ primera vista, s u car: k1cr fragmentario las podría hacer paÍ>ar inach crtidas. pcro l'I d1seiio dc s us dibujos denota gran ~cgu ndad de tra10. ). lo t¡uo.: ó mús impnrtante. las dos mejor con:-. tc de columna con cstria:-. sc!)gaua:.. dejando unos sectores a un nivel mús baj1) (dentro de lo po:.iblc cn unas láminas que 1i, casi con seguridad t.k marli 1donde los surcos grabados y las 7onas rehundidas se rellenaban con ceras de colore. negro. rojo, a.i: ul. verde-para dar un aspee!<) animado a la:-. superficies. Es 1ipica la realización, con esta técnica. de unas «arquetas de bodas)) donde aparecen figuras humanas encuadradas por columnas y arqucrias,c. i: on detalle:. exc11t11' 1m: lu,(1. el n.:'tll mú:-~•,o cadnr de una pieza difrrcnte. 1 a 11mfa pasaba ~u bra10 dcredw por encuna dl' la cahoa. cogrendn por el pie una ánfora n1ya bm:a:-n, tcnia. má' aba_10. nm lo.. c.lclica<.JM tlcJo-. de'll mano i1quicrc.la. Se 1ra1a de una po::.tura ba:-.1a111e normal en la 1co 1wgr:.rlia dt: c... ta ~ deidades',) In qm: mü' asombra e). la 4 J. una placa recta t.:nn llorones entre una green de rn cnsulas. otra plum recta hoy basiantc dcli: riorada. pero de hrill anle n::ali/.:reión. t: on una rnsela central cnt: uadra<la por una compleja guirnalda tk hops y hayas ( lig. 5)'anos rcsws de hasas de columnas con la tí pi ea compo:-ít:1ún e.le es1: ocia entre dos toro:-propia tic la 1radll:1ún:'11ica. una). l:ím11rn: de seccrón en ar1:0 de c:írculo. con estría:-.. que srn duda se pegaron a la • blillai. de m~idcra para dar la -;cnsacíón de fustes de columna en allorrelicvc. dos capiteles corintios simpl i lkados -de los cuales el único completo muestra ialladas tres caras y lisa la! rasera-. y. posihlc-mcn1c. algunas de las múlt iples moldurus con aspecto tic ábaco que nos ha propmcionac.lo la excavación. F Vo lh: ich.0¡1 11'/' l. (, -1 •1 1 1..i 1 1gura.". l'lal•;i-n111 ckrora..:aonl'-. tk g rl.'ra ron llc1n1ne' ~ di.' ni-.:t:i enmadrad a por guirna lda, arcos. con frisos superiores e inferiores. dond~ pudieron encuadrnrse i.endas figura s como la ninf°¿1. En nuestra figura mostramos una rccons1rucciún hipotética y s implilicada -sin Jos itbacos. y con una snla lümina en cada fuste de lo que pudo ser este 1ipo <le Jecornción ( fíg. Ignoramos cómo pudieron ordenarse estos a reos: acaso en torno a un arcón; quién sabe si como obras yuxrapucstas. o bien como una gran tabla con una o dos tapatlcras por delante. como In imagen co nservada en una pieza de metal de Hadrumetum (Soussc) 1 ". Sea como rucrc. es posible que el carácter casi cultual de la figura fuese la causa de su propia dcsrrucción en rl mnmrnto de la crisis final del paganismo. En cuanto al origen de esta decoración. de nuevo se impone el ambiente copto: los ilnicos paralelos de la greca de ménsulns con fl0rone s se hallan en i: sc mundo, sobre iodo en ralla de piedra o madcrn 11; lo mismo ocurre con las lúminas de sección en arco de círculo para conformar fusrcs 11; los mejores paralelos para los capiteles nos llevan en la misma dirección 11. y a Egipto sue len atribuirse también las tallas de marfil más comparables con In que 11 Vi: ast:, pur l"Jt: mplo J. preocuparse por la difi::rcncia d1: estilo. Como es bien sabido, en el mundo copto convivían tranquilamente los artesanos de t.:arúctcr más culto y clasicista y los más antit.:lúsicos. enirc cuyos productos la estética de nuestro «monstrucrn hallaría múltiples referencias. A<lcmús. y aunque se trate de un detalle menor. hemos de conl'csar que sólo en Egipto hemos hallado paralelos aunque mí1s tardíos y no idénticos del marco en forma <le serie de triángulos 1 • • Si, por su estilo. el «monstruo» nos habla ya más del futuro medievo que de la agonizante Antigüedad clúsica. por su iconografia la situación no es muy diferente. Lo primero que nos:;ugicren sus extrañas formas es el mundo mozárabe de los Beatos, con sus temibles bestias apocalípticas. ¡,Qué quiso mostrarnos el ingenuo creador de nuestra placa'? El problema básico está en la pérdida del remate posterior del animal. Si este hubiese sido una cola de pájaro, por ejemplo, podría pensarse en una sirena deformada. devorando a una de sus victimas. Ignorante de la tradición iconográfica y textual de su época, el tallista la habría figurado sin manos y sin pechos, volviendo a una iconografia próxima a la del arcaísmo griego 1 x. Pero hay un detalle compositivo que nos invita a buscar otra solución: el hecho de que la victima doble al máximo sus piernas hace pensar en la necesidad de lograr un espacio a la izquierda para colocar algo; y lo más probable es que ese algo fuesen las patas traseras del «monstruo». que sería así un mamífero cuadrúpedo. Por lo demás, la trama de arcos de círculo que cubre el lomo sugiere más facilmente un pelo tupido que las plumas de una ave: como. por otra parte tal trama se corta hacia lo que sería la cintura del animal, cabe pensar que, en la mente del artista, se trataba de una fiera con melena leonina. ¿Quiso hacer un verdadero león, reflejando las últimas fiestas de anfiteatro, y le puso una cabeza humana por no saber representar la del felino? Sin negar la posibilidad, parece dificil que no hallase, en la profusa iconografía de los animales antiguos, un modelo utilizable. " En realidad." esta vuelta atrás no seria única en las sirenas del arle popular de esta época: véase el caso de un mosaico de la provincia de Córdoba en J. M". Ese tipo de sirena tendrá gran proyección en el medievo: véase J. Mateo Gómcz y A. Quiñones Costa, «Arpfa o sirena: una interrogante en la iconografla románica», Fragmentos, 10, 1987. p. 38-47. hubiese querido mostrarnos fuese una esfinge atacando a su \'ietima: si. como pensamos. esta obra se hizo en Egipto. no debía d autor ignorar la icono-gral1a de ese monstruo. Como alternati va. sólo se nos ocurre otra posibilidad, aunque ésta. por desgraci<1, carece de punto de apoyo iconográfico, y sólo lo tiene literario: nuestro autor pudo realizar la primera representación conocida de un monstruo ampliamente descrito por los naturalistas antiguos desde el siglo 1v a.C.. y que tendrá gran fortuna en los bestiarios medievales: la marticora o manticora 1''. Se trataría de un animal que habitaba en la India. lo que coincidiría con la larga cabellera de su víctima, característica atribuida a los indios por los romanos 2 ". Esta fiera, cuyo nombre significa «comedor de hombres». tenía. según se nos dice, un cuerpo de león, cabeza humana y orejas casi humanas, aunque peludas. Evidentemente, se trata de una sugerencia hipotética. como todas las relativas a «primeras iconografías», pero no cabe olvidar que también fue en el siglo v. y en el sudeste del Mediterráneo. donde se crearon las primeras i1migenes conocidas de otro monstruo destinado a tener larga vida: el unicornio 21 • De cualquier modo, tanto el «monstruo» como el resto de nuestros marfiles permiten asentar una idea clara y documentada allí donde antes sólo cabían sugestivas hipótesis: por fin tenemos una base arqueológica para hablar de intercambios comerciales, allá por el 400 d.C., entre ambos extremos del Mediterráneo. Y de intercambios bastante intensos, pues, de lo contrario, mal podria explicarse la llegada de todo un lote de enseres con taracea de marfi 1 a un lugar tan remoto y lejano de la costa como el valle del Jarama. Podrán, desde luego, discutirse las motivaciones del comprador a la hora de adquirir piezas de estilos diversos, pero, desde luego. siempre asombrará el hecho irrefutable de que, en el edificio de Valdetorres, llegó a reunirse uno de los conjuntos de marfiles mas ricos y refinados del occidente de.! Imperio, por más que la destrucción y el robo acabasen reduciéndolo a astillas. •• Este animal fue descri10 por primera vez por Ctesias. quien dijo recibir noticias de su existencia durante su estancia en Pcrsia: iodos los aulores antiguos se limitan a seguir s u descripcron: Aristóteles. 9, 21, 4, (quien ya lo iden1ifi ca como un tigre deformado por la fantasía); Plinio, N. H, &, 75: Filostrato.