text
stringlengths
21
422k
En el artículo se da a conocer una lucerna de bronce romana recuperada en una excavación de urgencia realizada en Castro Urdiales. La pieza corresponde al tipo Loeschcke XX, bien representado en los yacimientos de Pompeya y Herculano; se fabricó en la segunda mitad del siglo I y primeros años del II, y tuvo una amplia difusión geográfica por distintas provincias del Imperio. El ejemplar objeto de este estudio apareció en un contexto arqueológico que puede relacionarse con la colonia Flaviobriga citada en las fuentes clásicas. La localidad de Castro Urdiales, capital del municipio del mismo nombre en la costa oriental de Cantabria, ha sido escenario de varios trabajos arqueológicos en los últimos años, que han permitido ampliar nuestros conocimientos sobre su pasado romano. Dos excavaciones de urgencia en la calle Ardigales han dejado a la luz los restos de una edificación, al parecer privada, de época flavia, correspondiente según todos los indicios a la ciudad romana de Flaviobriga, recogida en las obras de Plinio, quien la cita como colonia {Nat. Los resultados de estas excavaciones y de otras actuaciones arqueológicas en el casco histórico de la ciudad, realizadas entre los años 1991 y 1994, han sido publicados recientemente en un libro editado por el Ayuntamiento de Castro Urdiales K En esta obra se anuncia la publicación independiente de una pieza arqueológica que, por su singularidad, merece un estudio detallado; nos referimos a una lucerna de bronce de la que nos ocupamos en estas líneas, hallada durante la excavación de 1991 en la calle Ardigales ^. En concreto, la lucerna apareció en el perfil oeste del Cuadro A del área excavada, en el interior de una de las estancias de la edificación flavia, a unos 1,40 m de profundidad, en un nivel de uso o abandono de la misma, que contenía numerosos fragmentos de TSH y cerámica común, datables en la época flavia y el siglo II. Debido a las limitaciones de la excavación, no podemos determinar si esta edificación romana, de la que pudieron excavarse tan sólo parcialmente tres estancias y restos de un posible patio, correspondía a una domus aislada o, como parece más probable, formaba parte de una manzana integrada en el entramado de la ciudad; en cualquier caso, su carácter privado o doméstico parece seguro. En la estancia en la que apareció la lucerna no se conservaban restos de pavimento, pero sí en la habitación colindante, de opus signinum, así como fragmentos de estucos desprendidos de los muros, con decoración pintada. En la actualidad, la lucerna se conserva en el Museo Regional de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, en Santander ^ DESCRIPCIÓN Se trata de una lucerna de bronce realizada a molde, de buena factura; el estado de conservación es bueno, si bien el asa se encuentra fragmentada, faltándole el remate decorativo que suelen presentar este tipo de ejemplares, por lo común consistente en un tema figurativo en relieve: máscara o cabeza de animal (león, pantera, caballo, ganso, gallo...)'^. Sus dimensiones máximas, incluyendo el asa, son: 20,5 cm de longitud, 9 cm de anchura y 12,5 cm de altura. El recipiente de la lámpara es piriforme, acabado en rostrum semicircular, de 18 cm de longitud, 9 cm de anchura y 5,7 cm de altura. Presenta la cara superior moldurada y el borde levantado con objeto de facilitar la tarea de relleno o alimentación de la lámpara. El orificio de iluminación en el rostrum es circular, de 1,6 cm de diámetro, en tanto que el de alimentación, en el centro del discus, tiene forma de hoja polilobulada, de 3 cm de longitud, acompañado de un trazo inciso a modo de tallo. La lucerna se apoya sobre un pie anular alto, de perfil cónico, que mide 5,7 cm de diámetro y 1,7 cm de altura. Del extremo opuesto a la piquera arranca el asa curva, de sección plano-convexa, de 3,2 cm de anchura; se aprecia claramente la unión de ésta al infundibulum o recipiente de la lámpara, siendo evidente que se trata de un elemento realizado de forma separada por el broncista, con un molde específico, al igual que el pie. La lucerna presenta dos inscripciones, una de ellas ubicada en la cara externa de la base y la otra en el arranque del asa. Ambas están realizadas en escritura capital, con las letras grabadas por medio de puntos. La de la base, de apariencia más cuidada, presenta el texto VAL MAR, con la letra A sin travesano y enlace AL. En la inscripción del asa se lee VAL.MR, con nexo VAL, donde la letra A lleva travesano, y signo de interpunción antecediendo a las letras MR, de difícil lectura. Consideramos que las dos inscripciones se refieren a un mismo nombre personal compuesto de dos elementos: VAL, que hemos de relacionar con el nomen latino Valerius/-a, y MAR, Vista inferior. que puede corresponder a varios cognomina también latinos: Martialis, MarcellusAa, Marcellinus/-a, MarcianusAa, MarinusZ-a, etc. No parece probable que estemos ante una marca de fábrica, sino más bien ante un grafito en el que se hace constar el nombre del propietario de la pieza. La lucerna que acabamos de describir corresponde a un tipo bien definido: Loeschcke XX/Iványi XXXIV, de origen helenístico, fabricado en la península itálica y muy difundido por diversas regiones del imperio romano. En la clasificación que realiza Loeschcke de las lámparas del campamento militar de Vindonissa (Suiza), el Tipo XX, junto con el XXI, queda englobado dentro de un grupo de lucernas de ^ Loeschcke, S., Lampen aus Vindonissa. 323. bronce caracterizadas por presentar cuerpo piriforme, o «con forma de pera» {birnenformige Bronzenlampen). El primero, al que se adscribe nuestro ejemplar, corresponde a grandes lámparas piriformes, de rostrum anguloso; mientras que el segundo engloba lámparas piriformes con asa en forma de creciente lunar y arandelas de suspensión. Según Loeschcke, el Tipo XX se fabricó en la segunda mitad del siglo i y fue imitado en cerámica en el siglo ii. Este autor indica su extraordinaria abundancia en Pompeya, de lo que se deduce que estaba de moda en el momento de destrucción de la ciudad, en el año 79 ^. Iványi, en su estudio sobre las lucernas de Panonia, equipara el tipo Loeschcke XX al Tipo XXXIV de su clasificación, donde agrupa lucernas a las que define por presentar cuerpo alargado, finalizado en rostrum semicircular, de aristas angulosas ^. Además de los ejemplares recopilados por los dos autores anteriores, que sirven de base a sus respectivas clasificaciones tipológicas, aún vigentes, podemos citar una larga lista de paralelos, de diversa procedencia geográfica, que testimonian la gran aceptación que tuvo este tipo de lucernas en varias provincias romanas. En primer lugar, destaca el importante conjunto hallado en Pompeya y Herculano ^, en el que se apoya Loeschcke para establecer sus consideraciones cronológicas. A los ejemplares que proceden con seguridad de estos yacimientos itálicos, hemos de sumar los distribuidos por varios museos europeos y colecciones privadas, de los que se presume el mismo origen. Este es el caso de algunas lucernas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid estudiadas por Blázquez ^ procedentes de las antiguas colecciones de la Biblioteca Nacional y del Museo de Historia Natural. En general, la datación de las lucernas de bronce resulta problemática y ha de abordarse con cautela, debido a varios factores. Por un lado, hay que tener en cuenta que se trata de piezas poco abundantes, minoritarias en comparación con las lucernas fabricadas en cerámica, debido a su coste y a la costumbre que desde antiguo se ha tenido de fundir los objetos de bronce inservibles para reaprovechar el metal ^^. La escasez de ejemplares llegados a nosotros limita las posibilidades de estudio, sobre todo a nivel regional, y dificulta la determinación de unos márgenes cronológicos fiables para cada tipo de lucerna. Por otro lado, cabe pensar que esta clase de objetos tendría una larga prolongación de uso, sin duda mucho mayor que la de los ejemplares de cerámica. Otro de los problemas para fijar una datación es la escasez de lucernas de bronce procedentes de contextos arqueológicos bien documentados, pues tradicionalmente han circulado en manos de anticuarios y coleccionistas particulares. En efecto, muchas de las lucernas de bronce depositadas en los museos carecen de referencias adecuadas sobre su procedencia estratigráfica o lugar concreto del hallazgo, al ser originarias de antiguas colecciones privadas o públicas pobremente documentadas. Las clasificaciones tipológicas, por ello, no deben considerarse un medio de datación infalible ^^ especialmente si están elaboradas a partir de los fondos de museos donde se agrupan piezas sin contexto arqueológico. Los estudios clásicos, publicados desde principios de siglo, sobre las lucernas de algunos campamentos militares del limes, y especialmente de los yacimientos de Pompeya y Herculano, arrojan luz sobre el problema cronológico, pero si bien las conclusiones son especialmente válidas para las lucernas de cerámica, no son tan firmes para las de soporte metálico. Según Valenza, la mayor duración de uso de éstas impide formular una cronología precisa, incluso en el caso de Pompeya, pues, aunque este yacimiento aporta la datación ante quem del año 79, ignoramos hasta qué punto perduraron los tipos de lucerna que estaban en uso en el momento de su destrucción *^. A pesar de las limitaciones anotadas, la mayoría de los autores coincide en una datación bastante ajustada del tipo concreto de lucerna representado en Castro Urdíales, comprendida entre la segunda mitad del siglo i y los inicios del ii. Loeschcke, uno de los primeros autores en pronunciarse sobre el tema, indicaba la ausencia de indicios sobre la existencia de este tipo de lámpara en la primera mitad del siglo I; y señalaba la fabricación de imitaciones en cerámica durante el siglo ii, e incluso ya desde finales del siglo i ^°. Valenza es partidaria de una datación algo más amplia, que quizás deba remontarse al segundo cuarto del siglo i, pues algunos de los ejemplares de Pompeya, soterrados en la catástrofe del 79, presentan signos de un uso prolongado. Esta autora llama la atención sobre la corta perduración del modelo, pese a su amplia difusión geográfica, pudiendo afirmarse que no se encuentran piezas posteriores a la mitad del siglo ii ^^ En efecto, es posible que esta clase de lucernas de bronce se fabricara durante un período de tiempo reducido, así como también las imitaciones de cerámica ^^, que no debieron de tener gran éxito, debido quizás a las características del modelo ^^ y en concreto a la forma del asa, demasiado frágil para ser elaborada en ese material. Por otro lado, el estudio comparativo de los distintos ejemplares permite apreciar ciertas diferencias, tanto en aspectos formales como, especialmente, en la calidad de fabricación, las cuales pueden explicarse bien por una mayor perduración cronológica del modelo o por una diversificación de la producción en distintas provincias del Imperio. Según Valenza, es prematuro indicar la localización del centro de producción itálico, e incluso determinar si éste fue único o bien existió una multiplicidad de áreas productoras, reflejada en la variedad de los tipos atestiguados. La misma autora señala que tal diversidad de tipos se hace menor en las provincias después del siglo i, coincidiendo con la desaparición de innovaciones, lo que refleja el nacimiento de una producción local en varias pro-'^ Cicerón, Verr., IV, 25, 55; Valenza Mele, N., 1977 a, op. cit. (nt. 7) ^^ La dependencia de los ejemplares de cerámica con respecto a los metálicos es muy evidente, como puede comprobarse en los de origen dacio publicados por Dora Iványi: Iványi, D., op. cit. (nt. En la Península Ibérica, contamos con una lucerna de cerámica, conservada en el Museo de Mérida, que presenta el asa rematada por una cabeza de caballo, muy vinculada a las lucernas de bronce del tipo que nos ocupa, datada en el siglo i (Gil Farrés, O., «Interesante lucerna inédita del Museo de Mérida», AEspA, XXII, 1949, pp. 213-216). vincias del Imperio que absorbería todo el mercado interno ^' *. El comercio de moldes facilitaría el surgimiento de estos talleres locales que, con mayor o menor éxito, imitaban los modelos itálicos. Por el momento, ignoramos hasta qué punto las diferencias formales reflejadas en los ejemplares de la Península Ibérica puedan tener un significado cronológico, común al de otras provincias, o bien geográfico, resultado de una posible producción peninsular. En principio, es posible intuir una menor antigüedad o fidelidad al prototipo itálico en las lucernas que presentan recipiente de tendencia barquiforme, con la molduración de la cara superior del infundibulum simplificada y la base plana o pie reducido a su mínima expresión, como ocurre en la lucerna de Filloedo, datada en el siglo ii ^^. El ejemplar de Castro Urdíales, en cambio, mucho más estilizado, de buenas proporciones y aristas bien perfiladas, constituye un artículo de considerable calidad técnica, que hemos de considerar itálico. Por sus características y contexto arqueológico es datable en la segunda mitad del siglo i, más concretamente en época flavia, en especial si apoyamos su relación con la posible llegada de pobladores a la colonia Flaviobriga fundada por Vespasiano. ^^ Valenza Mele, N., 1977 a, op. cit. (nt. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
Se da a conocer la existencia de un campamento romano de morfología imperial en las inmediaciones del casco urbano de Uxama Argaela (Osma, en Soria). La posición de este recinto, el más oriental de los conocidos en la mitad norte, lejos de las minas y de los campamentos estables, puede contribuir a dar luz sobre el papel del ejército en Hispânia durante el Imperio. En esta breve nota queremos dar a conocer la existencia de un nuevo yacimiento menor englobado en el conjunto arqueológico de Uxama. Nos referimos a una estructura identificable como campamento romano que se documenta en un fotograma aéreo obtenido en 1991 K Con posterioridad se han efectuado otras tomas que han verificado la primera impresión ^ y finalmente se ha tratado informática-' Este vuelo es uno de los varios realizados para obtener información en el marco del proyecto de investigación que sobre esta ciudad de Uxama estamos llevando a cabo desde 1976, con una serie de campañas de excavaciones subvencionadas desde 1982 por la Junta de Castilla y León, realizadas con un equipo de la Universidad de Valladoiid y con un Plan director para el yacimiento, actualmente en desarrollo. ^ La mayor parte de los reconocimientos los realizamos con el arqueólogo Julio del Olmo Martín, especialista en prospecciones aéreas, autor de varias series de fotografías, que comenta así la imagen en color del campamento: «El recinto objeto de estudio fue fotografiado por vez primera en prospección arqueológica en la mañana del 21 de Mayo de 1991 pero los mejores resultados se obtuvieron en un vuelo posterior, en la mañana del 28 de junio de 1994, gracias a un contraste de coloración en la siembra de cereal temprano que se encontraba en pleno proceso de maduración. De las trazas descubiertas se pueden asimilar como pertenecientes a posibles fosos las exteriores, más oscuras, originadas por mantener una mayor concentración de humedad re-mente la imagen para obtener una representación planimétrica fiable \ El recinto está situado al sur de la ciudad, a 1 km de distancia y en la otra orilla del río Ucero. Se trata de un espacio rectangular con las esquinas redondeadas, de 185 X 125 m, orientado en sentido nortesur y delimitado por una franja de 10 m de anchura que en las fotografías aéreas aparece blanquecina entre dos líneas oscuras. Estas marcas corresponden al terraplén y al foso del recinto. No se observan puertas aunque en el centro del lado septentrional se perciben dos líneas transversales, separadas entre sí 30 m, que lo cortan. Morfológicamente se puede considerar la estructura como un campamento de pequeño tamaño y escasa duración, con cerca probablemente de madera. Sus dimensiones, 2,3 Ha., lo hacen capaz para una unidad auxiliar o un destacamento legionario. Junto a este recinto y al este parece distinguirse parte de otra estructura del mismo tipo pero mayor y sidual que retrasa el secamiento de la planta; y una línea más ancha y clara, al interior, se puede interpretar como un posible ager. Esta tonalidad más clara que el resto del cereal se debe precisamente a ser un terreno más compactado y retener peor la humedad que el conjunto de la parcela». ^ El tratamiento informático ha sido realizado por el también arqueólogo Giacomo Gillani, quien nos ofrece la siguiente información sobre el proceso: «Para el tratamiento de la imagen de esta estructura, detectada en fotografía aérea oblicua, hemos trabajado sobre una orto foto grafía del Ministerio de Hacienda (Hoja E5 0377 04 04) elaborada a partir de un vuelo, efectuado también en mayo de 1991. Tratándose de un producto corregido, la ortofoto g rafia ha permitido medir con exactitud las dimensiones: el lado mayor mide 185 m y el menor 125 mientras que la distancia entre el recinto interior y el exterior es de 10 m. Para poder mejorar la imagen de los restos detectados, procedimos a digitalizar mediante un scanner A4 el campamento a una resolución de 400 DPI en tonos grises. A continuación pasamos al análisis de la imagen mediante el programa de procesamiento de imágenes Adobe Photoshop. En la elaboración se han ecualizado los tonos grises y se ha mejorado el brillo y el contraste para poder enfatizar las evidencias. Asimismo la inversión en negativo de la imagen nos permitió mejorar sensiblemente la apreciación de las huellas del foso y la aplicación del filtro Emboss ayudó a resaltar las evidencias». con una orientación ligeramente distinta (fig. 2). El sector queda fuera de Ia zona donde se ha previsto excavar a corto y medio plazo y está pendiente de una prospección sistemática. En una primera inspección superficial ha proporcionado materiales cerámicos altoimperiales, sobre todo terra sigillata hispánica y cerámica común, datos que no permiten por ahora mayores precisiones, especialmente porque en esa zona del territorio de la ciudad hay numerosos yacimientos subsidiarios de ella separados entre sí a escasa distancia. El campamento se sitúa en un llano ligeramente elevado sobre el cauce del Ucero, en el interfluvio de los ríos Abión y Sequillo. El emplazamiento del recinto es excelente para el abastecimiento de víveres, agua y forraje y goza de una óptima visibilidad del entorno. La situación es también muy buena desde el punto de vista del control de las comunicaciones porque se encuentra sobre un pequeño nudo viario en el que destaca sobre todo la calzada de Asturica a Caesaraugusta con sus dos tramos, el desvío entre Clunia y Uxama y el secundario por el Duero entre Rauda y Uxama (TIR 1993, K-30) que se cruzaban con la vía de Uxama a Segovia por Termes. Desde el campamento se controla perfectamente todo el sector meridional de la ciudad y muy próximos por el norte están los canales tallados en roca que salen de la Hoz del Ucero y las instalaciones artesanales de Ladrillejos. Respecto a materiales relacionables con elementos militares en Uxama se puede mencionar el elevado porcentaje de moneda julio-claudia de cecas hispanolatinas partida y contramarcada, si bien puede resultar de la circulación normal en la vecindad de Clunia. También consta el hallazgo, en superficie, de un bronce galo-romano con leyenda GER-MANUS INDUTILLI L, fuera del área de dispersión normal de esta moneda -Bélgica, Alemania y Francia- (Guerrero, 1989) y explicable en relación con la presencia de soldados. Esta pieza, excelentemente conservada y acuñada en época augústea, era la única conocida en la Península hasta que recientemente se ha hallado otra en Herrera de Pisuerga (Herreros, Martín y Moreda, 1995, e.p.), sede del campamento de la Legio IV Macedonica. Se puede mencionar asimismo una carrillera sin contexto, ingresada en los fondos antiguos del Museo Numantino (Argente y García Merino, 1993, 21). Se trata de una pieza de pequeño tamaño perteneciente a un casco muy sencillo, posiblemente del tipo montefortino, asimilable a una variante del tipo A (Rusell-Robinson, 1975,13-250). Está decorada con triple círculo concéntrico, en rehundido, con botón central. Como es sabido, la morfología de un casco y más aún un elemento aislado difícilmente puede servir de índice cronológico seguro. Aunque parece en este caso de tipo antiguo, tardorrepublicano, pudo utilizarse también en el s. i (Rus-sell- Robinson, 1975, 13). Finalmente hay dos piezas con epígrafes alusivos a sendos legionarios: un ara de un soldado de la Legio VU, dedicada a fines del s. II a la Fortuna (García Merino, 1970, 413-414 y Jimeno, 1980,37-38) "^ y la estela funeraria de otro, no hispano, que militó en Germania y pertenecía a la Legión XIIX (García Merino, 1983, 359-361), numeral que en lugar de XVIII habría posible- mente que leer XKII y atribuirle una cronología no anterior a época flavia (Gómez Pantoja, 1987, 236) \ Aunque de menor tamaño, el de Uxama es similar a otros campamentos altoimperiales descubiertos también por fotografía aérea como los de Valdemeda (Sánchez-Falencia, 1986) y Castrocalbón (Loewinsohn, 1965) en León y Villalazán (Del Olmo, 1983, 109-118) en Zamora. Los campamentos de época augustea o altoimperiales conocidos se justifican por las fuentes escritas en relación con las guerras cántabras y la actividad bélica o por su cercanía a la zona minera o a campamentos estables (Morillo, 1991; Carretero, 1993). No es ese, evidentemente, el caso del de Uxama, que resulta, por ahora, más difícil de explicar, sobre todo considerando que, si bien tipológicamente se puede adscribir a los del Alto Imperio, su cronología concreta nos es desconocida. Si hay que ponerlo en relación con hechos de armas recogidos en las fuentes clásicas sólo tenemos la alusión a dos: el ataque de Nobilior en 153 a. VI, II, 10, 9), incompatibles con la morfología del recinto. Por el contrario, si se considera que a partir del s. ii el ejército se convirtió en un instrumento de conservación y desarrollo de las regiones al servicio de la política imperial (Roldan, 1989, 272), este recinto puede estar revelando la presencia temporal aquí de una vexillatio para determinadas obras públicas. Tales trabajos comprenderían desde el mantenimiento de vías al amurallamiento de la ciudad en el s. iii, si es cierto el papel del ejército como técnico y asesor en el proceso de fortificación urbana en esa centuria (Roldan, 1989, 282). En definitiva, la existencia de este pequeño campamento ha de cobrar sentido a la luz de una mayor información sobre la actividad de los cuerpos militares de época imperial en la península. ^ D(is) m(anibus)/ T(ito) Val(erio) Goliarae/ mil(iti)'in' Germ(ania)'l/eg(ionis)' XIIX* Octav/ia« Elae» marito/ (vacat) Optimo/ [f(aciendum) c(uravit)] (Gómez Pantoja, 1987, 235). Es fundamental para la lectura XXII del numeral el hallazgo en Ujo (Oviedo) del epitafio de un primopilario leg(ionis) XIIX que por su currículo debió de pertenecer a la XXII Primigenia mejor que a la XVIII.
Historia contiene los resultados de una prospección arqueológica llevada a cabo en 1900 en el paraje de Las Torrecillas en Alcuéscar (Cáceres), el lugar del que pudieron extraerse las inscripciones halladas en Santa Lucía del Trampal. El paraje de Las Torrecillas podría coincidir con la ubicación de Turobriga. El 9 de abril de 1900 la Real Academia de la Historia fue informada por sus Correspondientes en Cáceres de que en el término de Alcuéscar, y como consecuencia de la realización de trabajos agrícolas en el paraje de Las Torrecillas, había aparecido un gran número de objetos romanos y un subterráneo con estructuras de ladrillo en su interior. El informe, manuscrito y extenso, iba acompañado de una carta de Joaquín Santos Ecay, Presidente de la Comisión de Monumentos de Cáceres, y en él se daba cuenta de los hallazgos así como de las excavaciones que se habían hecho tras su conocimiento. Dos meses más tarde, el 28 de junio del mismo año, la citada Comisión remitió la memoria de los trabajos realizados, así como una cajita conteniendo huesos hallados en el lugar. Esta memoria final venía ya firmada por Juan Sanguino y Michel, a la sazón Correspondiente de la Academia, e instigador de los trabajos llevados a cabo en su calidad de Secretario de la citada Comisión de Monumentos cacereña; lleva por título «Memoria sobre los descubrimientos hechos en Alcuéscar. 1900» K La Real Academia de la Historia trató el asunto en sus reuniones del 14 de abril de 1900 (en donde se dio cuenta del descubrimiento) y 30 de junio (sobre las fotos recibidas), hasta que el 4 de julio de 1900 comunicó a Santos Ecay la publicación de los resultados de sus pesquisas en el Boletín de la Institución ^. Varios años más tarde J. Sanguino retomó la información aún inédita contenida en la «Memoria» de 1900 y publicó un estudio más amplio que contenía ya la descripción pormenorizada de los hallazgos ^. A partir de la información contenida en esos documentos, se puede confeccionar el siguiente relato de los hechos: A finales de marzo de 1900, un periódico cacereño -El Norte de Extremadura-publicó una carta de D. Rafael García-Plata de Osuna comunicando la aparición cerca de Alcuéscar de diversos objetos arqueológicos. A la vista de esas noticias, la Comisión Provincial de Monumentos, presidida entonces por D. Joaquín Santos Ecay, envió a tres de sus miembros para que realizaran una inspección sobre el terreno a fin de evaluar la importancia de los descubrimientos; integraban la delegación D. Daniel Berjano, el arquitecto provincial D. Emilio M* Rodríguez y D. Juan Sanguino Michel, que por entonces residía temporalmente en la propia localidad de Alcuéscar. Juntos se trasladaron el día 4 de abril a la finca de Las Torrecillas, de donde procedían los objetos hallados, y realizaron una primera evaluación de los descubrimientos, que serviría a Santos Ecay para redactar su comunicación a la' Toda la documentación sobre el particular se conserva en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, Sección de Antigüedades, legajo 9-7848-22; allí lo vimos en abril de 1995. Queremos expresar nuestra gratitud a D. José María Blázquez, que nos allanó el camino para el manejo de esos fondos y respaldó nuestro trabajo; estamos en deuda también con D^ M^ Paz García-Bellido, con quien hemos mantenido fructíferas conversaciones sobre el tema de estas páginas. ^ El informe de Sanguino se convertiría en artículo esta vez bajo la firma de J. Santos y Ecay, «Antigüedades romanas de Alcuéscar», BRAH 36, 1900, pp. 409-410 (= Revista de Extremadura 2, 1900, pp. 183 ss.), aunque sólo resume los trabajos sin aportar el plano de lo exhumado ni detalle de los descubrimientos. Academia; a partir de esa fecha continuarían los trabajos de exploración detallados y los resultados obtenidos, con el levantamiento topográfico y las fotografías, serían remitidos a la Academia como informe final en junio de ese mismo año. La finca de Las Torrecillas está ubicada al norte de Alcuescar a unos 200 m á la izquierda de un camino de carros, conforme se va hacia Alcuescar para atajar, camino que se desvia de la carretera [de Mérida] al pasar los paradores de Casas de Don Antonio y cruza el monte de arbolado y sale á campo de mieses por entre las que aun se camina un buen trecho antes de dar vista á los cercados de Las Torrecillas ^. Esta precisa descripción de Sanguino en la memoria final de los trabajos iba acompañada de una serie de indicaciones sobre la proximidad del enclave a la Vía de la Plata, la vía romana que de norte a sur atraviesa estos parajes por el oeste del yacimiento arqueológico. Según consta en esa memoria, el nombre de Las Torrecillas parece provenir de ciertos paredones que aun se levantaban alli hace treinta ó cuarenta años. DESCRIPCIÓN DE LOS HALLAZGOS Con cuantas noticias sobre antigüedades pudieron recoger en el pueblo, los miembros de la delegación enviada a Alcuescar hicieron un pequeño inventario que se adjuntó al informe, y que contiene referencias no sólo de Las Torrecillas sino también de sus alrededores y algún hallazgo casual en el casco urbano. Afortunadamente en el inventario se especifica claramente la procedencia de unos y otros objetos, por lo que no existe posible confusión al adscribir al enclave las piezas. En los trabajos agrícolas que dieron lugar a la inspección arqueológica aparecieron sillares de granito, descubriéndose cimientos de edificios, pavimentos, baldosas de mármol, fragmentos de estatuas, objetos varios y, en fin, un sótano. Junto a ellos se da cuenta del hallazgo de varias monedas que los comisionados aún pudieron ver y adquirir {vid. infra). Entre los restos dispersos que aparecieron en el enclave o reaprovechados en los tapiales próximos informe de la Comisión de Monumentos de Cáceres constituye un ejemplo de minuciosidad no sólo por la precisa localización de los descubrimientos, sino por los dibujos que acompañan la Memoria, que permiten hoy, casi cien años después, una identificación de los tipos con mínimos márgenes de error. Sanguino y sus compañeros, en ausencia de repertorios de clasificación, se limitaron a dibujar con detalle los hallazgos, por lo que nuestras estimaciones dependen de la fidelidad en el registro de las leyendas o marcas de cecas. Todas las monedas proceden de tres enclaves: el propio lugar de Las Torrecillas, las inmediaciones de la calzada romana en palabras de los descubridores y Los Frontones, junto al puerto de las Herrerías. Ríe VII, n° no determinable. Tres bronces, probablemente ases o semises, en los que no puede reconocerse nada. El descubrimiento más espectacular en Las Torrecillas y el que verdaderamente desató el interés por el enclave fue un hypocaustum en perfecto estado de conservación, con el pavimento superior intacto, que se rompió ligeramente en uno de sus costados y que permitió localizar lo que en los informes manuscritos se denomina el subterráneo y en la publicación el sótano ^. El hecho de que formara parte de la Comisión enviada a Alcuéscar el arquitecto provincial D. Emilio M^ Rodríguez permitió la realización de un preciso plano de la estructura ^ y una descripción técnica de lo conservado. El hypocaustum estaba tallado en la roca natural por sus caras septentrional y oriental, habiéndose cerrado las otras dos de obra para crear la cámara. En el costado meridional los trabajos agrícolas provocaron la rotura parcial del muro (fig. 1) y se abrió un agujero por el que se entró para realizar el plano y valorar la construcción, ya que en todo momento se hace constar que el suelo de la estancia se conservaba intacto. El hypocaustum estaba formado por cinco galerías orientadas de Este a Oeste, cada una de las cuales disponía de nueve arcos de medio punto en ladrillo; estos arcos apoyaban sobre pilares de escasa ^ Ibid., pp. 446 ss. ^ Inédito. Se conserva en el expediente citado en la Real Academia de la Historia; vid. aquí nuestra figura 1. altura formados por tres o cuatro ladrillos cada uno. El vano de cada una de las cinco galerías medía 50 cm de altura, mientras que la distancia entre cada una de las nueve series de arcos oscilaba entre los 30 y los 45 cm. Uno de los puntos de mayor interés del plano y la descripción del recinto es el relativo al pavimento soportado por los arcos. Según la descripciónque debe ser de Rodríguez por la precisa valoración arquitectónica-los arcos estaban ligados por lajas de pizarra verticales que iban de la enjuta de unos arcos á la de sus fronteros, muchas rotas; sobre los arcos se observaba la existencia de grandes baldosas cuadradas, tal vez de 50 cm de lado y 7 cm de grueso, que deben corresponder a los ladrillos bipedales que sostenían el suelo de la habitación superior, colocado inmediatamente encima. La estructura de este suelo, según la descripción del informe citado, estaba constituida por tres capas que, de abajo a arriba, los miembros de la comisión describen como suelo de hormigón, capa de tierra y argamasa; dado que en el informe se alude al hallazgo de algunos fragmentos de argamasa con teselas blancas, no cabe duda de que estamos ante un pavimento musivo colocado sobre las suspensurae de arcos, máxime si consideramos que la descripción que se hace de la argamasa superior sugiere que lo hallado fue una cama de mosaico en un signinum bastante alterado. Dentro de la cámara del hypocaustum se hallaron un cráneo de toro, tres calaveras humanas, huesos, una moneda perdida, un cazo de hierro, un cuchillo y lo que, a tenor del dibujo que consta en el informe y de la descripción publicada por Sanguino ^, es una clavija de concameratio perteneciente sin duda alguna a la cámara de aire de la habitación superior ^. No se cita en la «Memoria», pero sí en la publicación ^°, un capitel del que los comisionados adjuntan fotografías pese a que no fue encontrado durante sus pesquisas sino que había aparecido con anterioridad ^K El cuchillo al que se alude en el informe ^^, y que figura en una de las fotografías que lo acompañan ^\ era de hierro y medía 23,5 cm de longitud; se trata de un cuchillo de dorso recto y hoja curva con escotadura superior separando el espigón del man-^ J. Sanguino, cit. (n. 449. ^ Sobre este tipo de piezas en Hispânia, cfr. R. Sanz Gamo, «Algunos materiales romanos utilizados en la construcción de las concamerationes», Oretum 3, 1987, pp. 223-236.'° J. Sanguino, cit. (n. En la fotografía n° 1 del manuscrito, junto a los objetos metálicos, aparece el citado capitel, que se conserva hoy en el Museo de Cáceres.' 2 Ibid., p. go, que se ajusta al modelo habitualmente definido como «tipo Simancas» ^'^. La escotadura superior que separa el espigón del mango en este ejemplar encuentra además su paralelo en algunos hallazgos de la Meseta norte como son las necrópolis de San Miguel del Arroyo (Burgos), Nuez de Abajo (Burgos), Fuentespreadas (Zamora) ^^, Aguilar de Anguita ^^ y Mucientes (Valladolid) ^^. El que los informantes llaman cazo de hierro ^^ medía 42 cm de longitud, con un recipiente de 12,3 cm de diámetro y parece tratarse de un simpulum ^^, aunque no sea habitual encontrarlos en hierro. LAS TORRECILLAS Y SU IDENTIFICACIÓN HISTÓRICA La localidad de Alcuéscar ha saltado a la actualidad científica en los últimos años gracias a la excavación y restauración del templo de Santa Lucía del Trampal ^°, en donde ha sido hallado un riquísimo conjunto epigráfico que vincula el área al culto de Ataecina y que sugiere la ubicación en las proximidades del antiguo núcleo de Turobriga. Al estudiar ese rico conjunto epigráfico ^^ ya su- gerimos que las estelas funerarias que servían de umbrales en el templo tenían una gran similitud con otra, conservada en Alcuéscar, que procedía de Las Torrecillas, lo que hacía probable que todo el conjunto hubiera sido acarreado desde allí para la construcción del templo. El epígrafe de Las Torrecillas, que servía de asiento en un molino de aceite en Alcuéscar, es una estela de granito con cabecera semicircular ^^, de algo más de un metro de altura, con una doble cartela que contiene dos textos funerarios y un creciente lunar superior. Las semejanzas formales entre este ejemplar y las estelas de Santa Lucía son enormes incluso en sus dimensiones; la única diferencia sensible, la altura, no constituye un obstáculo, ya que en los ejemplares de Santa Lucía el texto ocupa sólo la parte superior del monumento, mientras el resto del soporte se encuentra sin trabajar, y en la estela de Las Torrecillas la parte inferior se ha perdido, por lo que no es descartable que nos encontremos ante un monumento del mismo tipo. La Memoria de los trabajos llevados a cabo por Juan Sanguino y sus colaboradores en Las Torrecillas demuestra que el enclave, muy superior en extensión a lo que ellos conocieron, fue un asentamiento romano de envergadura con una dilatada existencia. Los hallazgos numismáticos aseguran la pervivencia de la ocupación durante todo el Principado e incluso en época tardorromana. Desgraciadamente no podemos calibrar el alcance real del área arqueológica por la ausencia de trabajos de excavación en el yacimiento; sin embargo, la prospección de la zona demuestra la importancia de la ocupación humana en época romana ^^ y realza el papel de establecimiento en la organización del habitat en esta zona septentrional del territorium de Emerita Augusta. El interés de Las Torrecillas estriba en la combinación de huellas de la vida cotidiana y de evidencias de las prácticas funerarias. Estas últimas, básicamente las inscripciones, no pudieron ser empleadas en el enclave como materiales de construcción, puesto que ésta sería su función definitiva en Santa Lucía, por lo que hay que imaginar que proceden del expolio de una necrópolis. Tal área de enterramientos combinada con la pequeña parte del conjunto exhumada por Sanguino avala, a falta de hipótesis más convincentes, la idea de que en el lugar existió un núcleo de población; este núcleo, si hacemos caso a las evidencias epigráficas de Santa Lucía, bien pudo ser la Turibriga o Turobriga que tuvo como diosa tutelar a Ataecina, sin que ello presuponga la existencia de un núcleo urbano, pudiendo tratarse únicamente de un centro religioso con una pequeña aldea anexa. ^^ A. González Cordero et alii, «Nuevas aportaciones a la epigrafía de Extremadura», Studia Zamorensia 6, 1985, xf 7, pp. 293-295, lám. 6 (= HEp 1, 152); V. Soria Sánchez, «Inscripciones romanas en Extremadura», XVI Coloquios Históricos de Extremadura, Trujillo 1987, p. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
La interpretano Romana de las dos divinidades mejor atestiguadas en la zona de Alcuéscar y Montánchez, Bellona y Ataecina, podría justificar el nombre de la Mansio ad sorores en Casas de don Antonio (Cáceres). Se trataría de una homologación con las conocidas sorores Antiatinae y Praenestinae, una pareja de victrix y obsequens. La mansio constituiría así el punto de desvío hacia el santuario o santuarios de ambas divinidades. La mansio Ad sorores, citada por los itinerarios entre Mérida y Castra Caecilia, ha despertado de siempre interés por su enigmático nombre'. Su localización está fijada por los itinerarios -Anton. IV, 45,15-en los alrededores de Casas de don Antonio (Cáceres), sin punto preciso todavía (fig. 1). Su esencia de mansio implica que en las cercanías no existió nunca una ciudad importante capaz de servir de cómputo y dejar su nombre en las descripciones de las vías, no teniendo esa mansio más entidad en origen que la de punto de desvío hacia otro lugar separado de la vía principal, en nuestro caso el llamado sorores ^. ¿Quiénes eran esas sororesl Indudablemente unas hermanas con atractivo y protagonismo suficientes como para justificar una vía que condujera hasta ellas y dar su nombre a una mansio en la vía de Mérida a Astorga. Es posible que la respuesta precisa la tengamos en la popularidad de dos santuarios itálicos, cuyas divinidades son llamadas sorores en las fuentes literarias, sus imágenes representadas en monedas y sus centros de culto aludidos en numerosísimas ocasiones, fama que llevaría a los romanos a realizar una interpretatio cuando conocieron un santuario hispano, o dos diferentes pero cercanos, de divinidades homologables a esas sorores itálicas. Los santuarios itálicos que sirvieron de pauta hubieron de ser el de Fortunae de Anzio y el de Fortuna Praeneste ^ Es precisamente en referencias literarias a estos dos santuarios itálicos donde encontramos como protagonistas del culto unas sorores divinas. Estacio (5//v., 1,3,80) cita unas Praenestinae sorores, y Marcial (5,1,3) unas veridicae sorores, referidas estas últimas a las diosas de Antium. Pero el calificativo empleado por Marcial se ha interpretado como una corrección a Estacio, quien, como hemos visto, cita unas hermanas en el culto de Praeneste, hasta hoy desconocidas. Así juzgó ambos textos Brendel en 1960 cuando abordó el estudio iconográfico de las Fortunae Antiatinae, basándose en documentos literarios, numismáticos y escultóricos, adjudicando por tanto las dos citas literarias, las representaciones de moneda y la de un pequeño grupo escultórico hallado en Praeneste, al culto de Anzio' ^. Coarelli en 1987 ha respondido separando, de todo el conjunto referido por Brendel a Anzio, el texto de Estacio y el grupo escultórico para adjudicarlos al culto praenestino. En el caso de las veridicae sorores de Anzio, sus imágenes estaban identificadas de antiguo gracias a cuatro series monetales representando siempre, aun- aparecido en Praeneste (fig. 4), representando unas andas sobre las que se sostienen dos figuras femeninas cortadas a la altura de las rodillas, a las que desgraciadamente les falta la cabeza y con ello parte de la información que hubieran podido comunicarnos. Su vestimenta, exacta a las de los bustos monetales, le hicieron pensar a Brendel que también esta escultura era una alusión a las Fortunas de Anzio, y relacionar todo ello con el paso de procesión que se sacaría en los actos de mántica para desentrañar, según los movimientos de las imágenes al decir de Macrobio {Sat. I, 23), el contenido de la profecía ^. Pero efectivamente, como Coarelli argumenta, este grupo praenestino puede muy bien estar efigiando las propias divinidades del lugar del hallazgo, Praeneste, e ilustrar así las palabras de Estacio como referidas a ese santuario, justificando la clara dualidad de culto que ofrecen las estructuras arquitectónicas praenestinas que siempre habían extrañado por su gemelidad. Se trataría en ambos casos de dos divinidades hermanas, con atributos diferentes pero complementarios, claros en el exvoto aludido, o de dos facetas de una misma divinidad''. ^... la estatua del dios... es llevada en procesión sobre unas andas... los porteadores son arrastrados por una inspiración divina y transportan el simulacro, no según su voluntad sino donde son impulsados por la divinidad. De igual forma vemos que en Anzio, los simulacros de la Fortuna son llevados en procesión para dar la respuesta oracular. Los orígenes de ambos santuarios son oscuros y las identificaciones con otras divinidades varias, por ejp. a la praenestina en época arcaica se Pues bien, el nombre de la mansio Ad sorores del Iter ab Emerita Asturicam, podría estar refendo a dos cultos que están bien atestiguados epigráficamente en los territorios que rodean Montánchez y Alcuéscar, al de Bellona y Ataecina (fig. 1). Montánchez y su sierra son punto de concentración de todos los epígrafes peninsulares dedicados a Bellona, sin que hasta hoy se le haya podido encontrar una explicación ^. Pero no sólo inscripciones, sino dos esculturas de «Minerva» han sido recogidas en el yacimiento cercano de las Torrecillas (Alcuéscar), una de ellas de tipo monumental -mármol y alzado de 95 cm-, la otra de bronce y 7 cm de altura ^. No podemos hablar todavía de un témenos de la diosa, aunque es muy posible que estuviese en algún punto del municipio de Montánchez o Ibahernando donde son frecuentes sus advocaciones. Sí podemos sin embargo hablar del témenos de otra divinidad, quizás en la colina del Trampal, en Alcuéscar, donde se han recogido 15 inscripciones dedicadas a Ataecina empotradas en la iglesia visigoda de Sta. Ataecina parece poseer todas las atribuciones de una divinidad mayor, y su constante epíteto Turihrigensis la convierte en una auténtica la homologa con Astarté: Coarelli, cit. (nt. ¿Fortuna o Fortunae?, es un tema sin resolver a pesar de las imágenes dobles que poseemos, pues pueden interpretarse como las dos partes opuestas pero complementarias de una unidad: cf. G. Wissowa, Religion und Kultus der Romer, München 1902, 212-213; K. Latte, Rômische Religions-geschichte, München 1960, 178-182. ^ A. García y Bellido, Les religions orientales dans L'Espagne romaine, EPRO V, Leiden 1967, 64-70, llamó ya la atención sobre ello, justificando el cúmulo de epígrafes y su exclusiva concentración como testimonio de una interpretatio Romana, debida posiblemente al paso de soldados asentados en los castra Caecilia, denominación que vemos plasmada siglos más tarde en epígrafes. Interpretando su imagen en las monedas de Turriregina y en los denarios de Emerita: M.P. García-Bellido, por último, en «Las religiones orientales en la península ibérica», AEspA 1995, 64-67; ead. «Moneda y territorio: la realidad y su imagen, ibm. filostefanos, anzoforos y Persefone (amante de las diademas, portadora de flores y Persefone) ^^ Sobre la cercanía territorial de los cultos de Bellona y Ataecina, que en parte se solapan -precisamente en Montánchez y Alcuéscar-(fig. 1), llamé la atención hace unos años, explicando el fenómeno como un posible desdoblamiento romano de una divinidad mayor invencible y frugífera, una Fortuna para la zona. Parece que en época romana el culto fue parcelándose de acuerdo con la religión romana y con ello quizás también los santuarios, uno de los cuales es llamado por los gromáticos el lucus Feroniae que podemos identificar con el culto de Ataecina en El Trampal ^^\ del otro santuario no sabemos nada sino que no debe estar muy lejos de Montánchez o Ibahernando, donde se concentran las advocaciones escritas. Por ello es posible que haya sido la unidad y duplicidad de estos cultos, con santuarios cercanos, la causa de una interpretatio Romana que poco tuvo que forzar la realidad para identificarlas con las sorores de Antium o de Praeneste, Fortuna en ambos casos, aunque no conviene descartar la posibilidad de un solo santuario que cobijara y unificara ambos cultos. Ahora, para una tal interpretatio Romana parece necesario que existiera, en la zona hispana que nos ocupa, un oráculo, similar al que daba fama a los santuarios itálicos de Fortuna. El oráculo había sido en Praeneste y en Anzio el atractivo mayor del culto según las fuentes y las representaciones iconográficas, por ello no es fácil que se hiciera la interpretatio sin contar con un elemento ritual tan decisivo. Para el caso hispánico nada sabemos, pero conviene recoger las referencias a unos hallazgos arqueológicos de 1900 que podrían aludir al tema, aunque son tan pocos que no haré sino llamar la atención sobre ellos. El emplazamiento de Las Torrecillas, en un pequeño altozano del fértil valle que riega el arroyo del Aceite, se describió reiteradas veces a principios de siglo ^^ El informe de Sanguino, enormemente minucioso, insiste en que lo allí descubierto, una serie de galerías subterráneas de no más de 50 cm de altura, de estructura muy débil que no habría podido so-portar grandes alzados, más el estuco rojo que decoraba una de las zonas subterráneas, más sillares de granito con canalillos que atestiguaban el suministro de agua al recinto, más la rampa inclinada que desde la superficie daba acceso al subterráneo, le obligaban a describir aquello como un sótano, quizás de un templo. Los objetos encontrados, todos de tipo cultual, sin intromisiones domésticas, le producían también perplejidad. En el interior del sótano (fig. 6): 1.un símpulo de hierro cuyo mango termina en cabeza de toro, 2.-un cuchillo con decoración de acanaladuras. No en el sótano pero muy cerca: 3.-un fragmento de pie y pierna de Venus, con un delfín adosado al Fig. 6.-Fotografía que acompaña la memoria de J. Sanguino (legajo 9-7948-22 de la biblioteca de la Academia de la Historia): cuchillo, cazo, capitel con flores de cuatro pétalos y mano infantil asiendo objeto cilindrico. Los objetos, procedentes todos de Las Torrecillas, están hoy en el museo de Cáceres, excepto la mano que no ha sido localizada. Fig. 7.-Pierna de Venus con delfín sobre basa. soporte de la pierna (fig. 7); 4.-un capitel con flores de cuatro pétalos; 5.-una mano infantil de mármol que ase un cuerpo cilindrico (fig. 6)'^. Del yacimiento sin precisar: 6.-unos aros de oro de alambres retorcidos -funiculares-de 6 a 8 cm de diámetro, llamados por él viríolas o brazaletes célticos y 7-8.-las dos Minervas descritas más arriba, procedente de Alcuéscar la de bronce y de Las Torrecillas la de mármol. Además, aparecieron restos arquitectónicos como mosaicos, partes de sillares y arquitrabes de mármol, trozo de brocal de ancha tinaja, etc. A ello se añadían unos hallazgos anteriores que Sanguino'^ La descripción del delfín fue corroborada por Fierre Paris, interpretando la divinidad como Venus; luego se ha descrito como perro y con ello se ha homologado con Diana. Debo a la amabilidad del Dtor, del museo de Cáceres, la fotografía 7 y la confirmación de que no se trata de un perro sino de un delfín, más la búsqueda infructuosa de la mano infantil o de su reproducción fotográfica. no llegó a ver: un cráneo de toro, tres calaveras humanas y una moneda'^. Lo que más llama la atención es que todos los objetos sean de tipo cultual, indicando que, si era el hypocausto de unas termas, se ha localizado posiblemente sólo la zona monumental y sacra. Pero la descripción del «sótano» con rampa de entrada, el hallazgo de todos esos objetos y la descripción de la mano de niño asiendo un objeto cilindrico, podrían ponerse en relación con las sortes que venían directa-' "^ Una visita en primavera de 1996 me permitió comprobar que el yacimiento es extensísimo y se ven claramente bloques de hormigón romano que parecen pertenecer a una conducción de agua de cierta envergadura; es posible además que ciertos restos de calzada empedrada que pasan por el límite (¿) del yacimiento sean romanos. De momento, y hasta que no exista una exploración sistemática y excavaciones, no se puede identificar la esencia del yacimiento; pero en superficie no aparece cerámica común sino básicamente mármol y tejas. mente de la tierra -«ut eae sunt sortes, quas a terra aditas accepimus» (Cie. De Divin, 1,34), por lo que era frecuente que el ritual se desarrollase en grutas o pozos: Anzio, Praeneste, Terracina, etc. Este origen ctónico es el que justifica que el exvoto de Praeneste con representación mántica comentado muestre una serpiente delante de las dos divinidades femeninas, y que en la célebre cista del museo de villa Giulia, el niño, lector del oráculo, salga reptando de un «pozo» en el interior de un montículo, pozos a los que suele ir asociada el agua corriente, las fuentes y las representaciones de delfines ^^. En Praeneste, el pozo era en origen de 5,40 m, aumentado con las construcciones posteriores hasta 7,50. El lugar se magnificó construyendo un edículo períptero que lo contenía, dejando naturalmente el pozo expedito para el ritual mántico. Posiblemente sobre una basa muy cercana al edículo se hallaba una gran estatua sedente de Fortuna, cuya cabeza hoy está en el museo prenestino y se fecha en los finales del s. ii ^^. Los restos consignados de Las Torrecillas podrían pues pertenecer a un lugar sacro, por las dos estatuas de «Minerva», la de «Venus» con delfín, los sacra -cuchillo y simpulo-y la representación de un niño con un objeto cilindrico en la mano que ha de ser la sors en la que viene escrita la respuesta, los exvotos de oro y la estructura arquitectónica descrita por Sanguino, con estuco y capiteles de mármol ^^. Sin embargo, una tal adscripción es prematura y sería de desear que pudiéramos precisar su esencia, gracias a las excavaciones, en un próximo futuro. Lo que sí me parece evidente es que de momento no existen en Las Torrecillas sino elementos, pocos, de un complejo cultual, cçnstituyan o no unas termas, un lugar oracular o una zona santa de un poblado ^K Es pues probable que el nombre Ad sorores de la vía emeritense fuera el punto de partida en el camino que lleva a dos santuarios diferentes, o mejor a'^ Cf. por extenso Champeaux, cit. (nt. Coarelli, cit. (nt.5), 48-50, figs. 15 y 16. ^° Quiero recordar que las flores del capitel son de cuatro pétalos -número infrecuente en las representaciones-, los mismos que los del escabel de la «Ataecina» del M. de Marida (figs. 5 y 6). Esta estatua tiene también dos serpientes que rampan por los laterales del trono, aludiendo, como se ha dicho, a su carácter ctónico. ^' Como termas cultuales en relación con Ataecina lo he comentado en «Lucus Feroniae...», cit. (nt. 11) e.p.: termas a la vera de la mansio, donde transeúntes o peregrinos que se desviaran allí, tuvieran ocasión de tomar las aguas que vienen desde el Trampal. Este tipo de termas, con epígrafes dedicatorios, esculturas monumentales y objetos sacros, son las constantes en el culto de Feronia en Italia, en una de ellas apareció la inscripción dedicada a Ataecina en Cerdeña, junto a otras a Nymfis Augustis et Aesculapio o Nymphis Augusti que estudio en ese trabajo. uno común de estas sorores las dos caras de una misma moneda ^^. ¿Cómo estaban constituidos los santuarios y dónde? No conocemos sino el bosque de Ataecina en El Trampal, sin saber si allí mismo había edificios de culto o si se trataba sólo del lucus de una de las divinidades. Sí es un importante testimonio el hecho de que en la iglesia de Sta. Lucía no se haya utilizado ningún epígrafe de Bellona o de cualquiera otra divinidad, indicando que el témenos del Trampal estaba dedicado sólo a Ataecina ^^. Sería posible, como he dicho, que Las Torrecillas formara parte del santuario conjunto. La importancia de este centro cultual interétnico, donde lusitanos, vettones, celtíberos, célticos, y túrdulos confluían ya desde época prerromana es la que hubo de aconsejar, a la hora de poner límites al territorio emeritense, la adjudicación de la prefectura de Trujillo a la colonia, precisamente para incorporar bajo su tutela unos cultos indígenas de importancia transcendente, pues sabemos que no pudo ser la necesidad económica de la colonia puesto que parte del territorio nunca llegó a adjudicarse por innecesario. Sí sabemos por los gromáticos que unas 2.000 yugadas fueron exentas de centuriación y dejadas para silva publica, estando entre ellos el lucus Feroniae, ausencia de poblamiento que se detecta todavía hoy día'^^. Pero sin embargo, al norte del Trampal, en el valle de Las Torrecillas, los asentamientos romanos se acumulan y, siguiendo de nuevo la descripción de Sanguino y los datos proporcionados in situ por Josué Solís, podemos citar como muy próximos El Paredón, Los Billares, El Palomar y naturalmente Montánchez, cuya colina con la de Alcuéscar vigilan el valle. 10), creo que debe leerse como hizo Caballero I.O.M. Tras un revisión directa de la pieza parecen claras las interpunciones y la I inicial que un desconchado del granito puede hacer creer que se trata de una D. El diseño epigráfico, excelente, aconseja además no leer la abreviatura de un epíteto en la línea dedicatoria principal, omitiendo además el nombre divino. El dedicante de origen griego Telesforo, y la fómula ex visu, empujan a interpretar la inscripción como no indígena. La lectura in situ la hicimos conjuntamente Josué Solís, Javier de Hoz y yo misma. La dedicatoria a Júpiter es importante porque atestigua la inclusión de la divinidad en el témenos de Ataecina, él y los Lares viales son la únicas intromisiones cultuales. Júpiter es el paredro de Feronia en Tarracina y sus advocaciones muy frecuentes en Cáceres, cf. J.A. Redondo, «El culto de Júpiter en la província de Cáceres a través de sus testimonios epigráficos. Distribución y nuevos hallazgos». Los lares viales tendrían explicación por ser Feronia una divinidad que proteje las confluencia de caminos, al menos en Capena y Terracina y posiblemente también en El Trampal; cf. García-Bellido citt. (ntt. 8 y 11).'^^ Todo ello discutido con más detalle en García-Bellido ibm. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
turolense) de un epígrafe fragmentario relativo a un acto de munificencia en el que se menciona la ciuitas hasta ahora ilocalizada de Osicerda permite identificar este municipio en la localidad turolense o en sus alrededores, al tiempo que documenta un tipo de liberalidad infrecuente en el norte de Hispânia. Pese a su estado fragmentario, el reciente hallazgo de una inscripción en La Puebla de Híjar \ localidad del bajo Aragón turolense asentada en el valle del río Martín, a una decena de kilómetros al sur del Ebro, permite colmar en parte el vacío informativo que a propósito de las comunidades urbanas romanas padecía esta comarca y Teruel en su conjunto -se trata de la primera ciuitas identificada en la provincia-, pues autoriza a ubicar en la zona el hasta ahora elusivo municipio de Osicerda, al tiempo que documenta un acto de munificencia cívica poco habitual en la epigrafía del norte de Hispânia. Tuve conocimiento de la pieza a comienzos de 1996 gracias a la amabilidad de D^ Luisa Gimeno que me mostró una fotografía de la misma en cuyo final se apreciaba con toda claridad el nombre amputado de Osicerda, aunque sin poder establecer si se trataba de una mención de origo -que no habría sido de gran auxilio para la localización del municipio-o de otro tipo de referencia que permitiera precisar la ubicación de la ciudad. In situ pudimos comprobar que se trataba del fragmento inferior central de una losa de caliza de (34.5) X (45) X 14 cm con marco moldurado conservado en la parte inferior y letras de 6 cm de altura en la 1. 3% e interpunción triangular. Fue hallado durante el verano de 1995 al desmontar el muro del patio de una casa sita en la c/ Nueva num. 74 de La Puebla de Híjar, propiedad adquirida pocos años atrás por D. Dionisio Pérez Abad, en donde se conserva y pude examinarla el 3 de febrero de 1996 en compañía de L. Gimeno y F. Marco (fig. 1): [-]+-Serg¡a*N [-] [-]0 'sua» pecun[ia -] [-in]cons-Os¡cer[densibus -] El texto conservado hace referencia a una liberalidad sufragada a sus expensas, sua*pecun[¡a -], por una persona, quizás la Serg¡a'N[-] mencionada en 1. V con letras de mayor tamaño ^, entre cuyos beneficiarios se contaban los incolae de Osicerda, única forma en la que puede entenderse [-]çons»OsJcer [-], pues, por un lado, no parece haber otra restitución más satisfactoria para el segmento [-JçoPis que con toda seguridad se lee sobre la piedra (fig. 2) •^, mientras que, por otro, la palabra Os¡cer [dens¡bus], aun parcialmente conservada, debe referirse al municipio de derecho latino atestiguado por diversos conductos y mencionado por Plinio entre las ciuitates de Latini ueteres del convento cesaraugustano (NH III 24). Respecto a este último vocablo no quisiera dejar de apuntar una duda de lectura que afecta a la cuarta letra, transcrita como C, pero de cuyo extremo inferior surge un pequeño, pero nítido, trazo vertical (fig. 3), mucho más breve que el de la G de Sergia, en la 1. V -cuyas letras son 1.5 cm mayores que las de la 3^-, pero claro si se compara con la C de pecun [ia], en la línea 2^ (fig. 4). Aunque la " Las razones que inducen a entender Sergia como nomen y no como tribus son de diversa índole. En primer lugar, la adscripción tribal suele consignarse de forma abreviada -Serg., Ser.-y no desarrollada, según puede comprobarse en los epígrafes peninsulares relativos a hispanos inscritos en la Sergia (la única posible excepción está constituida por la anómala inscripción de Tarraco editada por M. Mayer, cf. HEp 3, 1993, 368: domo Sergi[a] / Scallabi). Por otro lado, la tribu de Osicerda parece ser la Galeria, a juzgar por la dedicatoria CIL II 4267 = G. Alfõldy, Die rõmischen Inschriften voti Tarraco, Berlin 1975 (= RIT), num. 341, lám. 40, 1 (L»Cornelio I C*f«Gal I Rornano I flamini*!! uir I Osicerd»et I P uir coloniae I Tarraconens...), en concordancia con la fecha augustea en la que parece haber sido privilegiada la ciudad. Es cierto que, en algunas comunidades, coexistían la Galería y la Sergia como tribus cívicas, pero se trata de ciudades con perfiles muy distintos a los de Osicerda, todas de rango colonial con la sola excepción de Italica -municipio hasta el reinado de Adriano-y, a menudo, de fundación muy antigua: Corduba, Hasta, Hispalis, Italica, Jucci y Vrso en la Bética; Norba y Scallabis en Lusitânia; y Carthago noua y Salaria en la Tarraconense (cf. R. Wiegels, Die Tribusinschriften des rõmischen Hispaniens, Berlin, 1985, 167-168 y también s. v. Osicerda; además, J. González, «Vrso ¿tribu Sergia o Galeria?», en J. González, éd., Estudios sobre Vrso, Sevilla, 1989, 133-153). Por el contrario, la presencia de Sergii en diversos puntos de la región refuerza la identificación de Sergia como nomen en el epígrafe de La Puebla de Híjar: Osea (CIL II 3002: L. Sergius Quintillus, sevir), Sofuentes, Zaragoza (CIL 2975: Sergia Praesentina; AE 1977 477: Sergius [-]) y La Puebla de Valverde, Teruel (R Atrián, «Actividades del Servicio arqueológico provincial en 1970», Boletín Informativo de la Diputación de Teruel 21, 1971, 38: Sergia Seuera). ^ En una inscripción de esta índole no hay ninguna otra solución preferible para ese final: cf. O. Gradenwitz, Laterculi uocum Latinarum, Leipzig, 1904(Hildesheim, 1966), 293-294 (-cola) y 500 (-colus). lectura más probable sea Osicer[densibus -], antes de descartar por completo la alternativa Osiger[densibus -] debe recordarse que la tradición pliniana, aun constituyendo un testimonio secundario y sometido a los avatares de la transmisión textual, ofrece en todos los manuscritos conservados la lección unánime Ossigerdenses'^. XXXVII, vol. 1, Lipsiae, 1906) y, desde entonces, se ha consolidado en la presentación del texto. La versión indígena del topónimo es usekerte, según recogen tanto las leyendas monetales (A. Vives, La moneda hispánica, Madrid, 1924-1926, lám. 72;L. Villaronga, Corpus nummum Hispaniae ante Augusti aetatem, Madrid, 1994, 184) cuanto el epígrafe musivo ibérico de Caminreal (usekefteku; J. Untermann, Monumenta linguarum Hispanicarum = MLH, II.2, Wiesbaden, 1990, E.7.1.), lo que no resuelve el problema, pues, como es sabido, la escritura paleohispánica no disponía de signos diferentes para distinguir las oclusivas sonoras de las sordas y en cualquier caso ello no asegura la forma en la que los romanos transcribieran el topónimo. Tampoco es definitivo el testimonio de las dos inscripciones de Tarragona que se refieren a Osicerdenses, una conservada y perdida la otra, ya que aunque en la primera la lectura Osicerd-es clara (CIL II 4267 = RIT 341, lám. 40, 1) -de la segunda se conserva una tradición insegura que, sin embargo, no afecta excesivamente a la grafía del gentilicio (CIL II 4241 = RIT 325)-, debe tenerse en cuenta que no es infrecuente que las inscripciones de la capital provincial recojan una grafía incorrecta del nombre de una ciudad o, cuando menos, divergente respecto de la comprobada en los epígrafes locales o en otras fuentes, según queda bien ilustrado, por ejemplo, con el caso de Pómpelo (Pamplona; expresado en la forma Pompaelo en varias inscripciones de Tarragona -CIL II 4208, 4234, 4246; también en CIL XVIII 414 de Dax-, pero que figura como Pompefljonensis, Pompe [l]. y Pompelonensis en tres epígrafes procedentes de las cercanías de Pamplona, redactados por 10 tanto en la propia ciuitas -CIL II 2958; 2959; 2960-, forma idéntica a la de los códices plinianos, a la de las fuentes viárias -It. 316,4: Pompelone-y que alterna con Hoii%aiXév en los códices estrabonianos -también no|i7ié^cov, nojaTCE^cov, no|X7iEA-tóv-). Tampoco faltan alternancias en la epigrafía de una misma ciudad, como recientemente ilustra el caso de Labitolosa (La Puebla de Castro, Huesca: Cf. dues Labitolosani et incolae -CIL 11 5837-, pero Genio municipi Labitulosani en P. Sillières, M. A. Magallón y M. Navarro, «El municipium Labitulosanum y sus notables: novedades arqueológicas y epigráficas», AEspA 68, 1995, 118-119 y 126-127). Puera de los testimonios mencionados sólo restan las monedas que no he tenido oportunidad de examinar directamente: aparte de las bilingües, que no afectan al caso, pues recogen el nombre de la ciudad abreviado (OSI), las más relevantes son las acuñadas bajo el principado de Tiberio con la leyenda habitualmente transcrita MVN. I, London y Paris, 1992, 142; Vives 1924, cit. más arriba, IV, 101), cuya inspección a través de fotografías no me ha permitido despejar todas las dudas: en el caso de los ejemplares que reproduce Vives (1924, cit. más arriba, lám. 159), la leyenda del as parece OSICERDA (lám. 159, 1), a cambio la del cuadrante podría entenderse OSIG. En el caso del catálogo de X. y F. Calicó {Catálogo de monedas antiguas de Hispânia, Barcelona, 1979, 174), el semis num. 1254 dice con claridad OSIC, pero a cambio la grafia del as num. 1252 es de nuevo dudosa, al igual que ocurre con la del num. La presencia del marco moldurado rodeando la inscripción aconseja una datación en el último tercio del siglo I d. E. o, mejor, en el siglo ii, período del que data la mayor parte de las acciones de munificencia cívica conocidas en Hispânia ^ 2. En lo que respecta al texto perdido, cuando menos cabe proponer un suplemento bastante seguro ante [inlçolis y realizar algunas reflexiones acerca de la naturaleza del acto que reflejaría el epígrafe. A propósito del primero, es más que probable que el epígrafe incluyera ante los incolae una referencia a los ciudadanos del municipio, pues aquéllos siempre figuran asociados a éstos cuando comparecen en las inscripciones como sector constitutivo del populus, ya sea protagonizando una iniciativa, ya sea beneficiándose de ella ^. Tal vinculación re-^ Sobre este hecho, varias veces destacado, véase últimamente, P. Le Roux, «Epigrafía ed evergetismo: la Spagna nel II-III secolo d. C», en Epigrafia e territorio. Temi di antichità romane III, Bari, 1994, 175. ^ Como beneficiarios son mencionados en: Lex Vrsonensis, § 126, a propósito de los ludi scaenici que debían sufragar los magistrados con la obligación de suministrar asientos a los colonos Geneftjiuos incolasque hospites atuentoresque; en CIL II 1276 (Siarum) Dulcinia Mes [-] instituye una fundación para repartir, mientras viva, tres denarios a los decuriones, dos a los seviros y uno plebei utriusque sexus et incolis; también en la sportula atestiguada en CIL II 1282 (Salpensa, 147 d. E.) el reparto afecta a plebeis singulis incolis uiris I et mulieribus intra muros I habitantibus praestantibus; en CIL II 5489 (Murgi) el sevir L. Emilio Dafno regala a los munícipes unas termas y, además, duibus et incolis epulum dédit junto con una sportula de un denario por persona; en HAEp 1955-1956, 1027 (Naeua ) el dunviro L. Elio Eliano ofrece un epulum municip. et incolis utriusque sexus con motivo de la dedicación de unas estatuas, acción que parece ser la consignada también en el epígrafe fragmentario CIL II 1191 (cf. del Hoyo en HEp 3, 1993, 336); en CIL II 2011 (Nescania) Fabia Restituía respondió a la decisión del ordo de la ciudad de erigir una estatua a su hijo con la asunción de los costes (impensam remisit), la celebración de un epulum para los decuriones y sus hijos, una distribución de dos denarios ciuibus atque incolis, y de uno seruis stationariis con motivo de la dedicatio; en CIL II 2100 (Iliturgi) Sex. Quintio Fortunato celebra su obtención del sevirato con un epulum para ciuibus et incolis y circenses; en HEP 2, 1990, 469 (Singili, 109 d. M. Valerio Proculino, dunvir, agradeció con gran generosidad la erección de una estatua y la concesión de otros especialísimos honores organizando ludi publici y priuati, y, además, item populum uniuersum in municipio I habitantem et incolas oleo et balineo I gratuito dato peruocauit, y gymnasium sulta comprensible dada la posición marginal que los extranjeros domiciliados jugaban en la vida pública de la ciudad, bien ilustrada en Hispânia por la ley flavia municipal que sólo les concedía un pequeño espacio político en la comunidad ^; por ello, sus comparecencias en las inscripciones tienen lugar en asociación con el cuerpo cívico en las contadas ocasiones documentadas, a juzgar por las cuales la restitución más probable del texto en el caso que nos ocupa sería [ciuibus et Jn]çolis I La mención de los incolae, además de ser un hecho infrecuente en la epigrafía de la Hispânia citerior -máxime como beneficiarios de una libera- ^ Los incolae estaban asimilados a los ciudadanos en las cargas (cf. Irn. § 83, De munitione), pero carecían de plenos derechos cívicos y pesaban poco políticamente al votar concentrados en una sola curia (cf. Mal. § 53, In qua curia incolae sujfragia ferant). Naturalmente había casos específicos de promoción personal como el del incola de Axati (Lora del Río) que llegó a ser decurión (CIL II 1055). Sobre el papel de los incolae en relación con las liberalidades, J. F. Rodríguez Neila, «Liberalidades públicas y vida municipal en la Hispânia romana», Veleia 6, 1989, 169. ^ De las diferentes formas en las que el conjunto de ciudadanos podía ser denominada (populus, plebs, munícipes, dues), la forma predominante en Hispânia es ciues, cf. CIL II Suppl. p. Véase, por ejemplo, el significativo caso de Murgi (Dalias, Almería) en el que el sevir L. Emilio Dafno thermas I sua omni impensa municipibus Murg. I dedit, pero X sin\ [g] 1972 (30-54), 42 ss., en cuya opinión, bien fundamentada, las expresiones populus y plebs comprendían a todos los habitantes varones libres de la comunidad, incluidos los incolae, mientras que los términos municipes y coloni, los excluían. lidad ^-, permite una aproximación a la naturaleza de la munificencia de la que disfrutaron. Su mención no tendría sentido en el caso de que ésta afectara sin más al conjunto de la comunidad ^°, por lo que la medida en cuestión debió de ser de índole selectiva y personal: una distribución de dinero ^^ alimentos'^ o aceite para uso corporal ^^, la celebración de un banquete ^^ o el ofrecimiento de acceso ^ No conocemos ningún otro ejemplo tarraconense en el que los incolae se beneficiaran de una liberalidad. Como agentes figuran junto a los ciues en un epígrafe fragmentario de Carthago noua (CIL II 3419) y en el pedestal de Labitolosa que los ciues Labitolosani et incolae dedicaron al prohombre local Marco Clodio Flaco (CIL II 5837) en paralelo a otra acción similar de los decuriones registrada sobre un pedestal gemelo, según sabemos ahora gracias a los espectaculares hallazgos epigráficos exhumados en La Puebla de Castro (Huesca) bajo la dirección de M. A. Magallón y R Sillières: M. Navarro en M. A. Magallón, J. A. Mínguez, D. Roux y R Sillières, «Labitolosa (La Puebla de Castro, Huesca). 4), 107-130.'° Caso del ofrecimiento de estatuas -en tanto que elemento ornamental-, edificios y obras públicas, representaciones teatrales y demás ludi gratuitos, financiación de obligaciones fiscales, abastecimiento anonario, etc. Al respecto, J. Mangas, «Un capítulo de los gastos en el municipio romano de Hispânia a través de las informaciones de la epigrafía latina», Hispânia antiqua 1, 1971, 105-146, espec. 111'^ Las inscripciones italianas registran sobre todo repartos de mulsum et crustulum o pañis et uinum, así como uiscerationes, que, por el contrario, no se documentan en Hispânia, en donde predominan la celebración de banquetes o la distribución de dinero. De cualquier forma, todas estas liberalidades persiguen una finalidad semejante y, en Italia, parecen sucederse en algunos casos, por ejemplo el reparto de crustulum y mulsum es más frecuente en el siglo I, mientras que en el II se hacen más raros los repartos de viandas y aumentan las celebraciones de cenae o los repartos de dinero; cf. Mrozek 1968 (cit. nt. 11), 169.'^ Este suele ser denominado oleum, gymnasium -formas ambas atestiguadas un par de veces en la Bética en relación con el acceso gratuito a las termas-o balineum; Melchor 1994 (cit. nt. Prandium no está documentado. Sobre los epula en la Bética puede verse J. del Hoyo, «Un aspee-gratuito a las termas, por citar los tipos de donaciones más frecuentes en la epigrafía del Principado, bien comprobadas en las inscripciones de la parte meridional de la Península, aunque raras en las del norte de Hispânia ^^. Estas acciones, como es bien sabido, estaban asociadas a una variada gama de celebraciones políticas o familiares como la obtención de una magistratura o del sevirato, el nombramiento como patrono o la recepción de otro honor decretado por la ciudad, la dedicatio de estatuas o edificios, la conmemoración de un difunto, del dies natalis o de algún aniversario, o, incluso, con motivo de una boda o al tomar la toga viril ^^. La rareza de este género de inscripciones en el norte de la Hispânia citerior impide avanzar más en la determinación de estos extremos'^. De cualquier forma en el sur de la Península son tres los tipos de liberalidades documentados de los que se beneficiaron también los incolae: sportulae ^^ epula ^^ y olea et balinea ^°. Cualquiera de ellas -u otra de las mencionadas-pudo ser la consignada en nuestro epígrafe -p. ej., [-epulo dat]o»sua-pecun[ia -] encajaría bien ^^-, si bien al menos en la Bética parece más frecuente que los incolae se beneficiaran to socioeconómico de la Bética: los epula», en Actas del I Coloquio de Historia Antigua de Andalucía. 2' Cf CIL II 2100, en la que el liberto Sexto Quintio Fortunato dedicó una estatua a Pólux, en cuyo pedestal rezaba: donum de I sua pecunia I dato epulo ciiuibus et incolis et I circensibus factis I d d. de una diuisio nummorum -^ que del acceso a un epulum -^ mientras que, en lo que se refiere a olea et balinea, la información hispana se restringe a la interesantísima, pero por ahora única inscripción de Singili Barba ^^. Respecto de la identidad del evergeta, dada la fragmentariedad del epígrafe, es Sergia»N[--] la única persona que podemos tomar en consideración, lo cual naturalmente no asegura su identificación. Su condición femenina no es en absoluto óbice para ello, pues un porcentaje no desdeñable de las liberalidades que tenemos comprobadas en Hispânia fue obra de mujeres ^^ 3. En lo que respecta a la localización de O sicerda, resulta de particular importancia subrayar que este género de inscripciones relativas a liberalidades dirigidas al populus se colocaba generalmente en el centro urbano de la ciuitas ^^, por lo que debe asumirse que el emplazamiento originario del epígrafe estaría en la misma ciudad de Osicerda. Por desgracia desconocemos el lugar exacto de aparición del fragmento, que pudo haber sido hallado en la misma localidad en la que se ha conservado o ser traído de otro lugar que, en cualquier caso, cabe presumir, no quedaría muy distante, por lo que la identificación de Osicerda en la misma Puebla de Híjar o en sus alrededores inmediatos -en los que no faltan noticias de restos antiguos ^^-o bien en otro punto cercano del curso inferior del río Martín parece segura. 11), 127: aparecen incolae en cuatro de los seis casos en los que se especifica los beneficiarios; en otros, a cambio, son excluidos: así, CIL II 13. No es el caso en África o Italia, en donde los principales beneficiarios son los decuriones y augustales; cf. R. Duncan-Jones, The Economy of the Roman Empire, Cambridge, 1974, 105-106 y 188-200. " 14), 81-82: de la quincena de casos héticos en los que se especifica los beneficiarios de los epula, sólo en cuatro ocasiones aparecen los incolae entre ellos. Esta ubicación resulta perfectamente coherente con la información disponible sobre Osicerda y no se aleja mucho de las defendidas tradicionalmente ^^. La más reiterada ha sido Osera (Zaragoza), localidad situada a unos 40 km. al norte de La Puebla de Híjar, en la ribera izquierda del Ebro entre Velilla {Celso) y Zaragoza ^^, que, a pesar de sustentarse tan sólo en la homofonía ha sido con frecuencia repetida e, incluso, cartografiada. Menos éxito tuvo la propuesta de Mosqueruela, en el Maestrazgo turolense, en donde existe un topónimo homónimo, seguramente de carácter erudito y moderno ^°, o la menos fundamentada aún de Cherta, cerca de Tortosa ^^ A mediados de siglo Bardavíu -según recoge Galiay-se inclinó por ubicarla en el Bajo Aragón, hacia Alcañiz, concretamente en Val de Vallerías ^^, y antes aún Masdeu proponía buscarla al Oeste de Alcañiz ^^ área hacia la que vienen apuntando algunos hallazgos monetales de la poco productiva ceca de usekerte I OSICERDA ^' ^, de los que se conocen ejemplares en colecciones de Alcañiz ^^ y un hallazgo en el Paso de la Guardia o la Ferradura, en el término mismo de La Puebla de Híjar ^^. El hallazgo del epígrafe que nos ocupa cir-cunscribe la búsqueda a los alrededores de esta localidad, a la espera de identificar un yacimiento en la zona que responda a las características de un municipio romano. Con las escasas noticias disponibles sólo puede realizarse un bosquejo de la trayectoria de la ciudad, que empieza a tomar cuerpo a partir de la segunda mitad del siglo i a. E. -con las emisiones bilingües-y se concreta, sobre todo, durante las dos primeras centurias del Principado ^^, una vez que Osicerda ha accedido a la condición municipal que documentan las emisiones locales acuñadas bajo Tiberio (MVN. OSICERDA), probablemente en época de Augusto, a juzgar por el pasaje en el que Plinio enumera a los Ossigerdenses (mss.) entre los Latini ueteres del convento cesaraugustano (in 24). Si la carencia de noticias sobre la ciudad en los años de la conquista romana e inmediatamente posteriores así como la falta de acuñaciones con leyendas indígenas son significativas, cabría concluir que Osicerda, ciudad sedetana según Ptolomeo (Ptol. II 6, 62:'HÔrixavol) y enclavada en territorio lingüísticamente ibérico a juzgar por los epígrafes paleohispánicos bajoaragoneses ^^ no empezó a adquirir relevancia hasta una vez consolidado el proceso de provincialización. Pese a su ascendencia ibérica, la ciudad muestra en el tránsito del siglo ii al i a. E. un ambiente de mestizaje cultural y una notable apertura hacia su entorno o, al menos, esto parece deducirse del más antiguo testimonio disponible sobre ella, el ya famoso epígrafe ibérico de La Caridad de Caminreal ^^, que, pese a las dificultades de comprensión que plantea ^^, parece aludir a un osicerdense llamado likine, en el que se ha propuesto ver al propietario de la casa o, más verosímilmente, al de un taller musivo que actuaba en una amplia región del valle medio del Ebro "^^ Sea o no acertada esta explicación, el epígrafe resulta de extraordinario interés para comprender el ambiente en el que se desarrolla el proceso de romanización inicial en esta zona y, sobre todo, establece una visión dinámica de las relaciones establecidas entre las comunidades de diferente cultura y lengua de la región, de la que hasta ahora apenas había indicios' *^, pues muestra a un individuo de nombre probablemente céltico' ^^ ^^ Más bien acrecentadas que resueltas por el hallazgo, muy similar en fecha, texto y contexto, de Ándelos (Muruzábal de Andión, Navarra): likine abulor^aune bilbiliar 's'; al respecto, M. A. Mezquíriz, «Pavimento de «opus signinum» con inscripción ibérica en Ándelos», Trabajos de Arqueología Navarra 10, 1991-1992, 365-367. Sobre estos dos epígrafes véanse los estados de la cuestión de J. Velaza, «Crónica epigráfica ibérica: hallazgos de inscripciones ibéricas en Levante, Cataluña, Aragón y Navarra (1989-1994)» en F. Villar y J. d'Encarnaçao, eds.. Actas del VI Coloquio sobre lenguas y culturas prerromanas de la Península Ibérica (Coimbra, 1994), Salamanca, 1996, 325-328 y L. Silgo, «Las inscripciones ibéricas de los mosaicos de Caminreal (Teruel) y Ándelos (Navarra), en I. J. Adiego, J. Siles y J. Velaza, eds.. Studia palaeohispanica et indogermanica J. Untermann..., Barcelona, 1993, 281-286, con la bibliografía fundamental. "*' Ésta última es la propuesta de J. Untermann, «Comentarios a la inscripción musiva de Ándelos», Trabajos de Arqueología Navarra 11, 1993-1994, 127-129, para quien likine tendría su taller central en Osicerda -desde donde actuó en Caminreal-y una delegación regida por Abulu en Bilbilis que trabajó en Ándelos, combinando así la información de los dos epígrafes musi vos. "^^ Al respecto, F. Beltrán, «Romanización inicial en la Celtiberia: las inscripciones de Caminreal y Botorrita», Curso de verano de la Universidad de Vigo 1995, Xinzo de Limia, en prensa. ^'^ Inicialmente likine fue entendido como una transcripción al ibérico del nombre latino Licinius -o, mejor, Licinus-; sin embargo la reiterada presencia en Botorrita 3 del antropònimo likinos; (F. Beltrán, J. de Hoz y J. Untermann, El tercer bronce de Botorrita (Contrebia Belaisca), Zaragoza, en prensa, I 29 y 40; II 6 y 35; III 49; IV 36), nos incHna a considerarlo nombre céltico. Podría no ser éste el único elemento de raigambre céltica en la comarca, si el relieve de la estela del Palao (Alcañiz) que representa a un caído en el acto de ser devorado por buitres (F. Marco, «Nuevas estelas ibéricas de Alcañiz, Teruel», Pyrenae 12, 1976, 76 fig. 2) pudiera ser interpretado como una ilustración de la androfagia -en la que los vultúridos actúan como animales psicopompos-a la que aluden entre los pueblos celtas de Hispânia Silio Itálico (Pun. X 22, referido a los vacceos), estudiada por F. Marco y, recientemente in extenso, por G. Sopeña, Etica y ritual. Aproximación al estudio de la religiosidad de los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1995, 210 ss. La interpretación del relieve, sin ser asentado en la ciudad sedetana de Osicerda, de lengua claramente ibérica, que es precisamente la utilizada tanto en el mosaico de la celtibérica Caminreal -los grafitos sobre cerámica recuperados en la casa son claramente célticos-cuanto en el de Ándelos, ciudad enclavada en la parte del territorio de los vascones más abierta a los influjos célticos e ibéricos "^^^ y todo ello expresado a través de pavimentos de técnica claramente romana y enclavados en casas de similar filiación material. Algunos años después, a mediados del siglo i a. E., la ciudad acuña sus primeras monedas conocidas, con leyendas bilingües en ibérico y latín usekerte I OSI "^^5 que abundan en lo dicho sobre la permeabilidad de la ciudad -en este caso desde la perspectiva de la latinización-, complementando lo que en el terreno de la cultura material implicaría la existencia en la ciudad de un taller regido por un indígena que elaborara pavimentos según la técnica romana del opus signinum. La cronología de estas emisiones descansa sobre todo en el análisis de los tipos, que copian claramente los de un par de denarios de época cesariana: el más evidente es el que representa a un elefante pisoteando un dragón o serpiente, sin duda una personificación de César triunfando sobre sus enemigos -en el exergo aparece la leyenda CAESAR-, pues su cognomen, según una explicación posiblemente falsa pero muy difundida (Serv. I 286), se originaría en el nombre de un elefante'^^. E., una vez que César se ha alzado en armas, y atribuye su producción a un taller móvil que acompañaría al general, que, no hay que olvidarlo, precisamente en el año 49 a. E. está operando en la región del Segre con motivo de la campaña de Ilerda, circunstancia que podría explicar la adopción de este tipo por la vecina ciudad de Osicerda. El motivo de la otra cara es una victoria alada caminando que sostiene una corona en alto y una palma sobre el hombro, de la que pueden señalarse diversos paralelos tardorrepublicanos, entre los que el más similar seguramente sea el correspondiente a las emisiones de Licinio Nerva de 47 o, menos probablemente, de 46 a. E.' ^^. segura, encuentra apoyo en otras manifestaciones iconográficas como la cerámica numantina o las estelas burgalesas y cántabras. ^^ Pero véanse las reservas de J. Velaza 1996 (cit. nt. Sobre el ibérico como lengua vehicular, véase J. de Hoz, «La lengua y la escritura ibéricas, y las lenguas de los íberos», en Untermann y Villar (eds.), 1993(eds.), (cit. nt. 4) No debe perderse de vista que, apenas a una veintena de kilómetros de La Puebla de Hijar, en la antigua Celse (Velilla de Ebro) -ciudad que, por cierto, también acuñó moneda bilingüe ^^-, Marco Emilio Lépido, seguramente cumpliendo designios de César, estableció hacia el año 44 a. E. la primera colonia romana del valle medio del Ebro, cuyo nombre, Victrix lulia Lepida {Celsa), claramente alusivo a la victoria y a César, incide onomásticamente en los mismos tópicos que refleja en imágenes la iconografía de las monedas osicerdenses. Así pues, en estas fechas Osicerda junto con Celsa e Herda -cuya temprana latinización onomástica demuestra el bronce de Ascoli' • parecen constituir la cuña más avanzada del proceso de romanización en estas tierras ibéricas del interior antes de que Augusto, con la fundación de Caesaraugusta, desplazara hacia el Oeste el centro de gravedad de la región ^^. La precoz latinización y el procesarianismo que las emisiones bilingües de los Osicerdenses parecen documentar, podrían explicar la pronta promoción a la condición de Latini ueteres que Plinio documenta (NH III 24) y que, pese a escribir el naturalista en época de Vespasiano, hay que datar con anterioridad -Plinio obviamente los llama 'latinos viejos' para distinguirlos de los que se beneficiaron de la medida del príncipe flavio (NH III 30)-, probablemente en tiempos de Augusto, fecha de la que data la mayor parte de la información que Plinio utiliza y con la que concuerda el tendido de una calzada a lo largo de la ribera derecha del Ebro documentada por un miliario augusteo recientemente aparecido en Jatiel, a,5 km de La Puebla de Mijar ^\ Bajo Tiberio la ciudad es con seguridad municipium según confirma una corta emisión de ases y semises con el busto de este emperador y el toro estante -motivo utilizado también por la vecina ceca de Celsa y por varias otras del valle medio del Ebro-y la mencionada leyenda MVN. Por último y dejando ahora al margen el testimonio de Ptolomeo (II 6, 62), hay que mencionar los dos documentos epigráficos relativos a osicerdenses hallados en Tarraco, cuya fecha es más o menos coetánea de la inscripción de La Puebla de Híjar. La primera, datable bajo los Flavios o a comienzos del siglo II, está dedicada por Emilia Cara a su marido, Lucio Cornelio Romano -de la tribu Galería como corresponde a una fundación augustea-, que fue sacerdote del culto imperial y dunvir en su ciudad y, después, emigró a Tarraco, en donde alcanzó también el dunvirato: L'Cornelio I C-f-Gal I Romano I flamini-n uir I Osicerd-et I n uir coloniae I Tarraconens I Aemilia Kara I uxor ^l La otra la colocó Lucio Numisio Montano, un eques de Tarraco promocionado a dicho rango por Adriano, en honor de su mujer: Porciae M«f I Maternae I Os¡cerde(n)si I [fh] p»H-c»et postea I Osicêrd* Câesar[aug] I Tarrac^pêrpêtuâe I L-Numisius I Montanus I uxori ^4. Todas estas familias, Porcii, Cornelii y Aemilii -suponiendo que Emilia Cara fuera osicerdense-están bien documentadas en la comarca bajoaragonesa: los Porcii, en un posible gran monumento funerario de La Dehesa de Baños, cerca de Chiprana ^^ y en un altar funerario de Alcañiz dado a conocer por Bardaviu y Thouvenot en 1930 ^^; los Aemilii, en el impresionante mausoleo de la partida de Las Suertes, en Fabara, erigido en honor de Lucio Emilio Lupo ^'^\ y los Cornelii, en un epitafio relativo a una Cornelia L. f. Sir [.]steiun, de cognombre ibérico, editado recientemente ^^ Los dos epígrafes de Tarragona resultan un indicador muy valioso sobre la promoción social y política de las familias dirigentes del municipio, como se ha visto bien implantadas en la comarca, y con proyección tanto hacia la capital conventual, Caesaraugusta, como hacia la provincial, Tarraco.' UNA LIBERALIDAD EN LA PUEBLA DE HIJAR (TERUEL)
El breve pero interesante conjunto epigráfico de la provincia de Teruel acaba de ser objeto de estudio y nueva recopilación en una cuidada monografía editada por el Instituto de Estudios Turolenses bajo los auspicios de las universidades de Zaragoza y Michel de Montaigne de Burdeos (III), La epigrafía romana de Teruel, Teruel, 1994 (191 pp., XVI láms., en lo sucesivo ERT), que incluye varios soportes anepígrafos, 27 inscripciones y una selección de los interesantísimos letreros rupestres de Peñalba de Villastar. Su autora, Milagros Navarro, joven investigadora formada en los dos centros universitarios mencionados y en posesión ya de un apretado curriculum, ha llevado a término un extenso trabajo que, además de catálogo (pp. 75-164), índices (pp. 175-189), aparato gráfico (XVI láminas) y unas breves conclusiones (pp. 165-173), contiene una extensa introducción histórica sobre la provincia de Teruel en la Antigüedad (pp. 33-57) y una pormenorizada revisión de la historiografía epigráfica a ella referida (pp. 57-74), con el interés añadido de ser la primicia de una nueva serie, PETRAE Hispaniarum, que, según se anuncia en el prólogo, irá editando en papel impreso y con los criterios utilizados en esta monografía las bases de datos informatizadas que dicho proyecto, animado desde Burdeos y con sedes en diversas universidades españolas, lleva confeccionando en los últimos años sobre la epigrafía latina peninsular. Se trata, por lo tanto, de un trabajo que encierra múltiples puntos de atención y no pocos méritos en su planteamiento, pues contextualiza la serie epigráfica con un sucinto pero completo estado de la cuestión histórico y arqueológico, revisa de mane-ra crítica las tradiciones eruditas relativas a las inscripciones turolenses -con aportación de algún manuscrito inédito-, recurre a un interesante empleo de la informática como base de la catalogación, aborda con acierto el estudio global de los soportes y la cronología, y constituye, en definitiva, la primera recopilación de las inscripciones latinas turolenses -incluidas tres inéditas-realizada según las exigencias de la moderna edición epigráfica K Sin embargo junto a estas aportaciones que ponen claramente de manifiesto la bondad del planteamiento general del trabajo y la competencia de la A. en la materia, esta nueva recopilación de la epigrafía turolense presenta vertientes menos satisfactorias, pues omite cinco epígrafes previamente publicados, aborda el conjunto de Peñalba de Villastar con criterios confusos -presentando como latinos rótulos sin duda celtibéricos-y, sobre todo, encierra abundantes imprecisiones en la descripción de los soportes, en las circunstancias del hallazgo y, a veces, en la presentación del texto de algunos epígrafes. Dado el interés objetivo que tanto la monografía en sí como la serie que inaugura encierran y nuestro conocimiento directo de la epigrafía turolense ^,' Al margen de obras de carácter general que sólo recogían las inscripciones a título de inventario (como las útilísimas de J. Lostal, Arqueología del Aragón romano, Zaragoza, 1980 o P. Atríán, C. Escriche, J. Vicente y A. I. Herce, Carta arqueológica de España: Teruel, Teruel, 1980 = CAT ), el único repertorio era el publicado por A. Ventura («Las inscripciones romanas e ibéricas de la provincia de Teruel», Teruel 54, 1975, 211-253 = Ventura), un trabajo no exento de interés, pero parcial y en muchos sentidos amateur (cf. la reseña de G. Fatás, «Notas para la catalogación de la epigrafía romana de Teruel», Teruel 57-58, 1977, 23-34 = Fatás). El corpus de Ventura reunía 17 epígrafes latinos, mientras que eran 23 los recogidos en CAT ^ Esta reseña es fruto de la revisión del trabajo de M. Navarro con la finalidad de incorporarlo al manuscrito preparatorio de la nueva edición del CIL IP, en la que desde 1980 venimos trabajando en Aragón M. Beltrán, F. Marco y quien subscribe. En lo que a la provincia de Teruel se refiere, de la que nos hemos ocupado más directamente E Marco y yo mismo, algunas inscripciones han sido ya editadas en el fascículo dedicado a la parte meridional del convento tarraconense (G. Alfoldy, M. Clauss y M. Mayer, eds., fase. 14, Berlin, 1995), en concreto las procedentes de La Iglesuela hemos creído de interés redactar estas páginas con la finalidad de completar los datos presentados por la A., corregir algunas inexactitudes y añadir puntos de vista discrepantes, en la convicción de que la crítica, cuando es constructiva, redunda en un mejor conocimiento de la materia sobre la que versa. A la completa síntesis histórica y arqueológica que sirve de introducción al corpus sólo cabe hacer un reparo: la falta de atención a la epigrafía paleohispánica ^ Este déficit se deja notar sobre todo en el poco afortunado tratamiento del conjunto de Peñalba de Villastar (ERT 27), pero también en la interpretación de la onomástica indígena presente en algunas inscripciones latinas, caso de ERT 14 de Hinojosa de Jarque, cuyos antropónimos, Dirtanus y Elguanus, no son ibéricos -como asevera la A. en p. 168-, sino claramente célticos, por lo que, lejos de confirmar el carácter ibérico de la parte central de la provincia o de permitir afirmar que la mayor parte de ella fuera ibérica (p. 37), sugieren la posibilidad de que la Sierra de San Just, en el centro de la provincia, marcara el límite entre los espacios lingüísticos ibérico -uniforme al Este de la línea que va de Oliete y Alloza hasta La Iglesuela del Cid-y celtibérico -con los centros más orientales en Caminreal y Peñalba-, en concordancia con la antroponimia de los epitafios latinos de Alcañiz (ERT 5), ibérica, y de Celia (ERT 10), celtibérica, si bien, al tratarse de una inscripción del Principado -en la que, además, no se hace constar la origo de los individuos-no resulte prudente extraer de ella conclusiones definitivas. Las páginas dedicadas a examinar la tradición La revisión de la tradición erudita, una tarea ingrata, pero imprescindible y de gran relevancia no sólo en el caso de los epígrafes conocidos desde antiguo y posteriormente perdidos -por fortuna sólo ^ Sobre las inscripciones ibéricas puede consultarse el completo corpus de J. Untermann, Monumenta linguarum Hispanicarum, III, Wiesbaden, 1990, t. 2, pp. 179 ss.; para las célticas, aparte del conjunto de Peñalba, hay que destacar el interesantísimo grupo de letreros exhumados en las excavaciones de La Caridad de Caminreal: J. Vicente y otros, «Las inscripciones de la Casa de Likine-te», en F. Villar y J. Untermann, Lengua y cultura en la Hispânia prerromana. V Coloquio sobre lenguas y culturas paleohispánicas, Koln, 1989, Salamanca, 1993, 750-772, que cinco en la provincia de Teruel: ERT 1,2, 10, 18 y 24-, sino también para precisar la fecha, el lugar de hallazgo y otros pormenores interesantes de los aún conservados, presenta luces y sombras. Hay aportaciones de interés a propósito de los epígrafes de Albarracín, Calomarde, La Iglesuela del Cid o Rubielos de Mora -incluida la exhumación del manuscrito desconocido del canónigo Collado con noticias sobre las inscripciones de Albarracín-y, como es habitual entre los estudiosos modernos, se toma en consideración el testimonio, ignorado por Hübner, de Juan Bautista Lavaña en Itinerario del reino de Aragón -obra que es preferible consultar en la interesante edición del original realizada por iniciativa de la Diputación Provincial de Zaragoza ^ y no en su versión traducida al castellano-, cuya actividad merecería un estudio más detenido desde la óptica epigráfica, habida cuenta de la llamativa coincidencia existente entre sus versiones de los epígrafes y las recogidas por Zurita. A cambio han sido descuidadas obras recientes de eruditos locales como la de Sancho a propósito de Alcañiz, con una inscripción de Castelserás ignorada por los estudiosos modernos, o la de Aguirre sobre Celia, en la que ya se da noticia de ERT 11 -que, por lo tanto, no es inédita, ni aparecida en la fecha que indica la A.-, y asimismo los datos sobre la procedencia de los epígrafes conservados en Calomarde (ERT 8 y 9) y Torremocha (ERT 25) que no aparecieron en estas localidades, sino que fueron trasladados hasta ellas desde Moscardón y Aguatón respectivamente. En lo que respecta al modelo de ficha que la A. utiliza en la catalogación se trata del vertido directo, aunque extractado, de la base de datos informática del programa PETRAE (pp. 23-25). Este procedimiento, utilizado ya en otros corpora ^, entraña incuestionables ventajas en lo que se refiere a la sistematicidad y la homogeneidad en la presentación de la información, pero conlleva también algunos inconvenientes: en particular, la acusada compartimentación y la reiteración de algunos datos (caso de los relativos al descubrimiento y lugar de conservación o a la decoración) no siempre facilitan la localización de la información deseada y alargan en exceso la descripción con una treintena de entradas repetidas en cada inscripción (Lugar del desc, Con-^ J. B. Lavaña, Itinerario del reino de Aragón, Zaragoza, 1895 = Lavaña. ^ Caso del editado por L. Maurin con M. Thauré y F. Tassaux, Inscriptions Latines de VAquitanie (I. LA.}. Santons, Bordeaux, 1994. texto local, Cond. del desc, Lugar de conserv., Inst. de Conserv,, etc.), imprescindibles sin duda en la ficha informática dividida en campos, pero superflua -o al menos simplificable-en un libro. Particularmente clara es esta servidumbre informática en el apartado cronológico, en el que se ha optado por expresar la fecha siempre mediante dos guarismos exactos (p. ej., 81/150), necesarios seguramente para el tratamiento informático de estos datos -que, por cierto, sería útil explicitar-, pero que transmiten una falsa impresión de certidumbre, cuando en realidad son tan convencionales como las expresiones tradicionales («fines del siglo i o primera mitad del segundo») y que, además, no siempre resultan transparentes aunque se hagan explícitos los criterios que las fundamentan: por ejemplo, el terminus post quem de ERT 9, fijado en 81 d. E., se justifica diciendo que la ornamentación que decora el soporte comienza a utilizarse en época flavia, aunque esto no aclare por qué la fecha inicial elegida sea el año 81 y no el 70, por ejemplo. Quizás fuera preferible en ulteriores monografías de esta serie prescindir de la comodidad que supone el vertido automático desde la base de datos y redactar de nuevo estas secciones pensando en el lector: la información no perdería en densidad y a cambio ganaría mucho en concisión y claridad. De sus diferentes apartados, los referidos a la descripción del soporte y a la ubicación y maquetación del texto sobre él, incluyendo la altura de «los interlíneos» -en castellano, mejor interlíneas-, muy minuciosos y sistemáticos, constituyen uno de los aspectos más positivos de las normas de edición PETRAE. En todo caso, cabría distinguir -por ejemplo mediante paréntesis-las medidas fragmentarias, sistematizar el tratamiento de las interpunciones y señalar la fecha en que fue realizada la autopsia de la pieza. En lo que se refiere a la bibliografía, quizá sería de utilidad ampliar a las publicaciones modernas la indicación de las dependencias entre unos y otros autores, así como la existencia o no de autopsia y, en este último caso, el origen de la información. La presentación del texto se realiza utilizando los signos diacríticos habituales, con excepción de los semicorchetes ([ "•) que se reservan para las correcciones realizadas exclusivamente sobre copias o manuscritos poco fiables, y no para la corrección por el editor de letras grabadas por error. No se indican, a cambio, las letras hoy perdidas, pero conservadas en lecturas previas, fotografías o dibujos, que en otras ediciones se presentan subrayadas ^. ^ S. Panciera, «Struttura dei supplementi e segni diacritici dieci anni dopo», Supplementa Italica 8, Roma, 1991, pp. 9-21. En cuanto a la ordenación de los textos se ajusta al orden alfabético de las localidades en que aparecieron los epígrafes, relegando los soportes anepígrafos al final. En el caso de Teruel, dada la limitación del corpus y que hasta la fecha no ha sido posible identificar ninguna de las ciuitates que, suponemos, se localizaban en la provincia -con excepción de lo dicho sobre Osicerda en la nota 2-, esta presentación no entraña problemas y facilita la localización de los epígrafes, aunque supone la separación de inscripciones que presumiblemente pertenecían en la Antigüedad a la misma comunidad (p. ej. Albarracín, Moscardón / Calomarde y Torres de Albarracín), por lo que quizás en ulteriores volúmenes de la serie PETRAE Hispaniarum que afecten a espacios regionales o provinciales conviniera reconsiderar este criterio. No se hace constar, sin embargo, cuál es el criterio aplicado a la hora de integrar o descartar los epígrafes sobre instrumentum, de los que se recogen sólo las tesserae hospitales, pero no los rótulos sobre cerámica u otros soportes que, a cambio, en el corpus dedicado a Santons, también elaborado siguiendo las normas PETRAE, ocupan un lugar muy importante ^. En lo que se refiere a la confección del corpus, hay que destacar el positivo tratamiento de la cronología y de la morfología de los soportes. Al margen de lo dicho sobre el uso de guarismos exactos, la A. ha resuelto con acierto la datación del conjunto, materia siempre delicada, combinando todos los elementos de juicio disponibles (onomásticos, formularios, paleográficos, relativos al soporte o al material del mismo), por más que en algunos casos sean discutibles -como en Peñalba-o que la fundamentación de la cronología en principios generales pudiera haber sido matizada y contextualizada a partir de otros conjuntos hispanos, próximos y mejor conocidos como, por poner un ejemplo, ocurre con la presencia o ausencia de la consagración a los dioses Manes -que parece utilizarse como hito fijo, aunque desde luego no único, para datar los epígrafes antes o después de 100 d. E.-, cuando es evidente que dicha fórmula se utiliza con anterioridad a esa fecha ^° y no aparece de manera sistemática después. Hubiera sido quizá de utilidad el recurso a un criterio de datación que ha resultado operativo en conjuntos bien fechados y relativamente próximos de Levante y la costa catalana. Me refiero al que se deriva del uso de recuadros moldura-" G. Alfoldy, Die rõmischen Inschriften von Tarraco, Berlin, 1975, pp. 470 ss.;Stylow 1995 (cit. n. En otros casos se han deslizado incorrecciones o contradicciones en los comentarios o en la bibliografía que con-'^ Esta pieza conservada en Torremocha procede de Aguaten (así, en CIL II 3170, Ventura, num. 57), pues, como refiere Campillo, apareció en 1804 «en el término de Torremocha, partido de Teruel, a dos horas del dicho pueblo (no «a 2 km.») y confines de el de Torre-la-carcel y Villar-quemado, camino de N^ S^ del castillo del lugar de Aguatón».'^ Totales: 45.5 x 76.5 x -. 2^ La decoración no consiste en una roseta, pese al testimonio de Lavaña, sino en una corona como todavía se puede apreciar sobre la piedra. 2^ Decorada con una estrella de ocho puntas, no de seis. 2^ La estela es de caliza, no de arenisca. 3° A propósito de la teserà de Fuentes Claras {quom Metelliineis tesserà), ya C. Castillo señaló su patente semejanza con la procedente de Cáceres que se data hacia 70 a. E. {h. f. quom Elandorian?), pero también las diferencias entre ambas piezas («De epigrafía republicana hispano-romana», en G. Fatás, ed., Epigrafía hispánica de época romano-republicana, Zaragoza, 1986, pp. 145-146, mal citado por la A. que, además, atribuye a Castillo una identificación de los Metellinei con los soldados de Mételo que la prof^ Castillo señaló en otro lugar -SHDI 52, 1986, p. 369-y que, precisamente, matizó en el coloquio zaragozano). La interpretación de estos Metellinei con un grupo de clientes de Mételo que defiende la A. me parece poco satisfactoria, no sólo por la inverosimilitud de que, por estas fechas (c. E.), existiera una nutrida clientela de Mételo en esta zona de la Celtiberia, sino sobre todo porque supone que actuaba como una entidad jurídica compacta. Creo más probable que Metellinei fuera una manera de denominar a Mételo y sus descendientes (paralela al formulario del Principado hospitium fecit... sibi, liberis, posterisque eius), a semejanza de la denominación de los grupos familiares celtibéricos mediante formas adjetivales derivadas de un antropònimo (J. Gorrochategui, «Consideraciones sobre la fórmula onomástica y la expresión del origen en algunos textos celtibéricos menores», en F. Villar, ed.. ^' Debe rectificarse el título de esta ficha «Ofrenda de dos esclavos a Hércules», pues como la A. defiende con acierto, no se trata de dos esclavos de Cornelio, sino de dos individuos cuyo nomen postpuesto es Cornelius. La primera edi-vendría también corregir o matizar como en ERT 12 30, 20 31, 23 3^ 28^1 III Es de lamentar que en una serie tan corta hayan escapado a la atención de la A. al menos cinco epígrafes ya publicados, de los que doy cuenta en otro lugar 3^, por lo que aquí me limitaré simplemente a mencionarlos: el epitafio perdido de Castelserás, aparecido en 1743 y recogido por Sancho ^^\ el epígrafe fragmentario, también perdido, hallado hacia 1953 en Alcañiz que publicara A. Beltrán ^^\ la tessera nummularia de La Iglesuela del Cid dada a conocer en 1977 por G. Alfoldy 3^; el grafito sobre un plato de terra sigillata itálica exhumado en San Esteban (El Poyo del Cid) por F. Burlilo en 1978 ^^\ y, por último, el sello sobre mortero recuperado en ción del texto es de Ventura, no de A. Beltrán, que se limitó a señalar su existencia en el castillo de Manzanera. ^^ Tampoco el título «Una mujer de Edeba en Puertomingalvo» ni el comentario «nació en Edeba...» son acertados. Sulpicia Sex f domo Edeba no hace constar su origo, sino su domicilium (en este sentido ya Fatás, pp. 26-27). Según Ptolomeo (II 6, 63), "AÔEpa no era una ciudad de los ilergetes, sino de los'lA-epKdcovEÇ». ^^ Falta la referencia a la excelente ficha de A. Degrassi (CIL F 3465), en donde ya da como procedencia el ilocalizado lugar de Castillo (no «El Castillo», cf. el expediente de ingreso en el MAN, 1928 / 108) y desarrolla correctamente la abreviatura Mai(cia) -como de hecho lo hiciera previamente M. Koch, «Die Turulli und Neukarthago», Nauicula Tubingensis. Studia in honorem Antonio Tovar, Tubingen, 1984, pp. 243-246-, que no son, por lo tanto, primicias que pueda atribuirse la A. En lo que respecta a la identificación del personaje, P. Turullius P. f Mai(cia), como defendiera Koch, debe ser un miembro de la familia itálica (¿marsa?) relacionada con la explotación del plomo cartagenero, quizás hijo del P Turullius M. f. Mai. de la massa plumbea murciana y padre del dunviro cartagenero de época tardoaugustea o tiberiana (pero no el asesino de César al que alude Cass. Dio LIX 8, 2 ss., identificación que en ningún momento propone Koch), en cuyo caso le cuadraría bien una fecha a mediados del siglo I a. E. La suposición de la A. de que fuera un magistrado de rango ecuestre debe ser un lapsus. las excavaciones dirigidas por J. Vicente en La Caridad de Caminreal ^^. En lo tocante a los epígrafes recopilados por la A. en el corpus cabe realizar las siguientes observaciones. La novedad a propósito de este sospechoso epígrafe perdido radica en el testimonio, exhumado por la A., del canónigo Collado quien, en dos obras manuscritas de comienzos del XIX, da a entender que todavía resultaba visible en sus días y lo dibuja junto a un sillar decorado con pátera y preferículo que se conserva en la base de la torre de la catedral, muy cerca de ERT 3 y 4. Por desgracia, el valor de la noticia de Collado queda muy reducido por no ser fruto de una autopsia directa, sino -como la A. señala-transcripción de la versión, muy libre e imaginativa, de Masdeu, que como las restantes depende, a través de Traggia y Uztarroz, del testimonio de L. Martínez. Es muy sospechoso que Zurita y Lavaña, que dan noticia de ERT 2, 3 y 4 y que visitaron Albarracín en el siglo XVI y a comienzos del xvii, ignoren este epígrafe y que, además, sobre el soporte que dibuja Collado no se aprecie hoy rastro alguno de inscripción, a diferencia de ERT 3 y 4, mal conservados pero con restos claros de escritura. Por todo ello nos inclinamos a considerar este texto más probablemente falso -fruto seguramente de un exceso de imaginación de Collado o de su deseo de incrementar las antigüedades patrias-que interpolado (que es lo que pensaba Hübner CIL II 5889), duda similar, por cierto, a la que pesa sobre otro epígrafe dedicado a Diana recogido en el Codex Valentinus (CIL II 3168) con el texto Dianae I Titus Mevius I f»v*s*, supuestamente procedente de un lugar «non procul a Tagi fluvii fonte» y, por lo tanto, quizá próximo a Albarracín. En consecuencia resulta poco productivo intentar restituir el comienzo del texto transmitido (Dian[-]EDS[-]LIBIDI sac[rum] I PRO-SALVT... I EX VOTO), que la A. propone entender en la for-ma Dian[a]e ^r [ApollíP'ni sac[rum], con una invocación bastante inhabitual, como ella misma reconoce (p. 80), que exige una fuerte corrección de un texto sospechoso y constituye sólo una posibilidad exempli gratia (por ejemplo, cabría también leerTs^idi al comienzo de la 1. Habida cuenta de que la tradición que conservamos no resulta fiable, creo preferible presentar el texto tal como ésta lo ha transmitido, expresando las serias dudas existentes sobre su autenticidad. Sobre este epígrafe perdido, es de gran interés -como señala la A.-el testimonio de Lavaña'^^, pues permite identificarlo como una dedicatoria y no como un miliario, que fue como lo entendió Hübner (CIL II 4916; EE 9, 1903, num. En lo que al texto se refiere, creo preferible la tradición, más antigua y de mayor calidad, que se remonta a Zurita y Lavaña ERT 3 (lám. II, 2). En esta pieza se observa, con toda claridad, la presencia de cinco letras incompletas bajo la 1. 3, cuya lectura no ofrece dudas y que, mal leídas, fueron ya señaladas por Leandro Martínez (PEROEVI), el informador de Uztarroz. La A. afirma primero que «nunca se tallaron completamente» y se inclina a pensar que fueron inscritas con posterioridad a la realización del epitafio, aunque duda, y termina sugiriendo después, que pudieran ser «el inicio erróneo de la inscripción de alguna fórmula». Más sencillo es considerarlas parte integrante del epígrafe -un examen atento de las mismas no arroja razones para dudar de su autenticidad-, cuyo soporte está evidentemente roto por la parte inferior. Habida cuenta de la rareza del gentilicio de la difunta, Ofillia' ^^, resulta tentador y además coherente con la lectura deficiente de L. Martínez, suponer que en la línea 5 figuraba el nomen de la dedicante y que éste fuera Pescennia. La lectura, presentando subrayado el texto perdido, pero atestiguado por la tradición. ^^ J. Vicente y otros 1993 (cit. n. La lectura más probable es Fl(accus?)-Atili I L(uci)'S(eruus). No es un producto local, sino procedente de un taller ilocalizado, activo a fines del II y comienzos del I a. E. y situado hacia el Bajo Ebro. Su presencia en el exterior de la torre de la catedral fue señalada por La vana junto a ERT 3, indicando «Pouco apartada desta pedra, está outra prolongada, toda escripta de Letras Romanas, maês taon gastadas, & Comidas do tempo, que nem hua palavra se pode ler»"^. Ésta parece ser también la mencionada por Cornide (ver CIL II 3171). Se trata de una pieza de texto inédito hasta la edición de Navarro y de lectura muy difícil debido a la extremada erosión de la superficie. La A. se inclina por la versión [-]0+[-] INO an(norum) XXI P(ublii)? I F[ir]man¡? filio Âemiliâe I Auptae -]++++E I [--] I -, que resulta, a mi juicio, poco satisfactoria, pues cabe dar una lectura más completa, que tuvimos oportunidad de establecer en 1990 conjuntamente con F. Marco. Si nos circunscribimos a las letras más legibles, el texto quedaría así: A pesar de las dificultades, el sentido del epígrafe parece claro. Está dedicado por un Q(uintus) Âemilius, de cognomen ìncom^ìtto -probablemente terminado en -is-, quizás un liberto, si es que las tres letras poco legibles del final de la 1. 4 pueden resolverse en la forma + jj(bertus). Los difuntos son dos: uno el joven Annius de veintidós años y cognomen ilegible, al parecer inscrito en la tribu Quirina (no puede descartarse la lectura Qui fi na +C.3+), hijo de Q. Annius Firmanus, y la segunda una Aemilia, probablemente Auiana de cognomen' ^^, tras la que parece constar una u, quizás inicial de u(xori), que podría ser la patrona del dedicante, en cuyo caso la letra desvaída, que figura en 1. 4 ante las letras que hemos interpretado!¡(bertus), quizá pudiera entenderse m(ulieris). La posible presencia de un individuo adscrito a la tribu Quirina contrasta con la habitual en la región, la Galería, y podría indicar una origo foránea de esta familia. No obstante, debe recordarse que no tenemos constancia de cuándo fue privilegiada esta zona de la Serranía de Albarracín y que los testimonios de la tribu Galería comprobados en el epitafio conservado en Calomarde no demuestran una municipalización preflavia del territorio. Datable a fines del siglo I o durante el ii d. En cuanto a su datación -que conlleva la de las aras anepígrafas ERT 29 y 30-la A. propone como fechas límite los años 251 y 400 por razones paleográficas que no me parecen de suficiente peso, máxime en un texto tan fragmentario. Esta pieza, que la A. da por inédita y descubierta en 1978, apareció como tarde en los primeros años 50 según testimonio del presbítero Ángel Aguirre: «hace meses en un descubierto -esto es patio o corral-propiedad de don Santiago Gómez Lanzuela fue hallada otra lápida romana». Según la hija y el nieto del descubridor fue Mosén Ángel quien dio valor a este epígrafe encontrado al deshacer los pilares del corral sito en la c/ Vínculo 28, en el que todavía se encontraba en 1990 cuando lo vimos por primera vez, pero ingresado ahora en el Museo de Teruel, al que, generosamente, lo ha donado D. Santiago Gómez Lanzuela. 3^) y la interpunción triangular con la punta hacia abajo. 148. ^^ El cognomen Auita que propone la A. no colma el espacio disponible. Un repertorio de los cognomina atestiguados en Hispânia que encajan con el texto conservado, en J. M. Abascal, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia, Murcia, 1994, p. 3^ que presenta M. Navarro ha de ser producto del efecto óptico que presenta su fotografía de la lám. VI: sobre la piedra la lectura Baebia no ofrece dudas (ver nuestra fig. 1). De la ultima letra de la linea sólo se observa un semicírculo cerrado por la izquierda. Según la versión de Aguirre cabría completar la 1. 3^ en la forma Baebia CI-?]A[-] y suponer que en la 1. T tras el nomen figuraba la filiación. Este epitafio puede datarse por la presencia del marco moldurado encuadrando el texto en el último tercio del siglo i d. Falta la indicación en el texto de las interpunciones, muy desvaídas, pero perceptibles; y, sobre todo, es errónea la lectura de la primera palabra de la fórmula final que está abreviada Qi. y no hic), detalle que no se aprecia en la foto que presenta la A., tomada de Ventura (lám. 13), pero que es evidente. La lectura sería pues Valer¡a-M(arc¡)-f(¡l¡a) I Seuera I Semproni Capito(nis) I h(ic)»s(ita)-e(st), entendiendo -como apunta la A.-que Valeria Severa fuera la esposa de Sempronio Capitón. La pérdida de la parte izquierda (en la descripción de la A. hay una cierta confusión a propósito de cuál es la mitad conservada y cuál la perdida: «se conserva la parte izquierda», «falta toda la parte derecha», «la pérdida del lateral izquierdo») no obsta para comprobar que todos los cognomina están perfectamente alineados y que se conservan íntegros, como pudimos comprobar en la autopsia practicada junto con F. Marco en 1990, al permitirnos el propietario de la casa en donde se conserva, D. Remigio Gómez, levantar la gruesa capa de yeso que recubría su parte izquierda (cf. el estado anterior en Ventura, lám. 14). Los dos cognomina indígenas se conservan, por lo tanto, completos y deben leerse [---] Elguanus y [-] Dirtanus (y no [-]elguanus, [-]d¡rtanus). Como ya señalara Siles en 1985 ^^, los nombres son celtibéricos y no ibéricos como afirma la A. (p. Dirtanus se llamaba el individuo de Beligio enterrado en Ibiza (tirtanos I abulokum I letontuinos ke. beliikios) y el nombre aparece también en otras inscripciones recogidas en los repertorios de Albertos y Holder así como en el gran bronce de Botorrita; en cuanto a Elguanus, conocíamos hasta ahora sólo paralelos ^'^, pero consta también en el gran bronce de Botorrita en la forma elkuanos. La Iglesuela del Cid. Sobre la piedra figura Ael¡a»L»f»Supe-vacat 1-sta (es decir Supe sta), y no Supe*sta -la interpunción no se observa con claridad-ni Supe[r]sta, pues la letra R nunca se escribió. No hay constancia de tal cognombre' *^, que parece la forma femenina de Superstes' ^^. La Puebla de Valverde. En el segundo campo epigráfico, muy fragmentario, que aparece a la derecha de la inscripción de Sergia Severa, la A. pero se observan bajo la 1. 4 indicios de la existencia de una línea más de texto. Respecto de la lectura Tl[-], la segunda letra, además de una I, podría ser parte de otra incompleta: mejor leer T+ [-]. Las interpunciones en la inscripción de Sergia Severa son preferentemente circulares. Al comienzo de la la 1. 4, en donde la A. lee OS, es decir Propinqlos, puede observarse un trazo oblicuo (no se aprecia en la foto de la A.; pero ver nuestra fig. 2), que permite leer Propinqlus, forma más habitual para Propinquus. De este epígrafe perdido Lavaña señala que «as letras nao sao das muy perfeitas principalmente algums L. que sao ^ J. Siles, «Celtismo y latinización: la estela de ¡biza y una inscripción latina de Hinojosa de Jarque; sobre la mención de origo en las inscripciones celtibéricas», Serta gratulatoria in honorem J. Régulo, vol.1, Filología, La Laguna, 1985, pp. 675-696; también Ventura, p. 251' *'' M. L. Albertos, La onomàstica personal primitiva de Hispânia tarraconense y hética, Salamanca, 1966, p. Tuvimos la oportunidad de ver en 1991 este fragmento inédito cuya existencia nos comunicó amablemente J. Vicente, director del Museo de Teruel. El propietario de la casa en la que se conserva, D. Miguel Domínguez, c/ el Rovindero s/n, nos comunicó su lugar exacto de aparición, que no incluye la A., llamado la Masada de la Ollalda, sito a unos 3 km. de Torres de Albarracín, en donde fue extraída a c. Es posible que al final de la 1. P pueda leerse una A; lo que es seguro es que en la 1. 2^, tras Auito, se conserva un trazo oblicuo, correspondiente seguramente a una M. En cuanto a las letras de la 1. 3, una de ellas podría ser una P, como sugiere la A., pero también una E por ejemplo, por lo que prefiero no manifestarme al respecto. Un comentario particular merece el tratamiento, muy desafortunado, que la A. da al conjunto de Peñalba. En primer lugar, puesto que su objetivo declarado es recopilar los epígrafes latinos (pp. 72 y 142), debería haber excluido de su corpus los once primeros (ERT 27A-L) que son célticos con seguridad (sólo cabe la duda parcial en ERT 27A), aunque redactados en alfabeto latino. No hay razón alguna para considerar que Calaitos, Turros / Turos, Aio, Guandos, Guandos Cotiriqum o Turros Caroqum / Cotiriqum sean textos latinos con un nominativo en -os arcaico (p. 143), cuando en la pared rocosa constan otros como Calaitos / uoramos ednoum, Turos / Caroqum (?) uiros ueramos o Turros Caroqum... (todos ellos recogidos por Gómez Moreno ^0» que la A. excluye por considerar célticos. El criterio de todos los especialistas que se han ocupado de la cuestión desde Cabré hasta Untermann pasando por Lejeune -cuyo Celtibérica de 1955, por cierto, denomina la A. sistemáticamente Celtiberia-ha sido el de considerarlos célticos y no hay fundamento alguno para alterar este punto de vista. En segundo lugar, la A. ha seguido la ordenación propuesta en 1949 por Gómez Moreno (como hicieran también Lejeune en 1955 y Tovar en 1959), ignorando su posición relativa sobre un farallón rocoso de más de un kilómetro en el que hay conjuntos diversos, de épocas muy variadas, en escritura ibérica y en alfabeto latino, en lengua céltica y en latín. Es evidente que la inscripción más significativa del conjunto es la dedicatoria en celtibérico a Lug {Gómez Moreno, num. 1), circunstancia que hace más que verosímil que toda la montaña estuviera consagrada a esta divinidad, pero ignoramos si sólo a ella o también a otras; en consecuencia, titular ERT 27C «Calaitos a Lug», ERT 27H, «Guandos, fiel de Lug» y ERT 271, «Otro devoto de Lug», aun siendo esta conexión cultual verosímil por el contexto general, no puede justificarse afirmando que estos grafitos se escribieron alrededor de la inscripción de Lug (p. 142), cuando de la descripción de Cabré se infiere con toda claridad que algunos de estos grafitos se encuentran, como mínimo, a decenas de metros de ella (ver la lám. I de Tovar entre pp. 356-357 con el emplazamiento de los conjuntos numerados por Cabré). Por esta misma razón, es fundamental presentar los grafitos de acuerdo con un cierto orden topográfico, del que, por ejemplo, se desprende con claridad que en la ladera oriental de la montaña, en donde se emplazan los versos virgilianos, son raros los grafitos antiguos y no hay constancia de ninguno que sea con seguridad celtibérico, mientras que, conforme se progresa hacia el Norte, se adensan los redactados en esta lengua hasta hacerse predominantes más allá del corral para ganado (núm. 13 de la vista de Tovar, lám. I). Finalmente, la redacción de estas fichas reunidas en ERT 27 por la A. se ha realizado con suma ligereza, pues, además de lo dicho, falta un buen número de los dibujos de Cabré o Gómez Moreno correspondientes a los grafitos perdidos o ilocalizables; se omiten las dimensiones de los conservados ^^ y los números de inventario de los custodiados en el Museo de Barcelona (los datos que más abajo hago constar son los obtenidos en la autopsia practicada en 1994, gracias a la amabilidad y eficacia de D^ Teresa Carreras) ^^; se reflejan varios textos de manera incorrecta (particularmente ERT 27J, 27K, 27M, 27P) y son frecuentes los errores en las referencias bibliográficas (particularmente a las obras de Cabré y Gómez Moreno). A los grafitos con seguridad o presumiblemente latinos pueden hacerse las siguientes observaciones: Las iniciales D M, descubiertas por F. Marco, son interpretadas por la A. en la forma D(eo) M(aximo), un desarrollo posible, pero en absoluto seguro (por qué no Deo Magno o, incluso, Deo Marte o Mercurio, dos divinidades clásicas con frecuencia asimiladas con dioses vernáculos en la Céltica), por lo que debería figurar con interrogantes. El desarrollo que la A. atribuye a Marco 1986 en el aparato crítico no es propuesto por éste en el lugar indicado. ~27M (lám. XIV, 28). En la transcripción de los famosos versos de Virgilio Tempus • e rat • quo • prima • quies • mortalibus • aegris • ¡nc[-], correspondientes a Aen. -27 O. Este texto, que no ha sido visto desde Cabré y del que la A. no da ilustración, fue leído por Tovar AGILIS ANNIMAI y por la A. Agilis An{n}imal. Sin embargo, si la primera palabra parece clara, todo lo contrario ocurre con la segunda, por lo que creo arriesgado dar una lectura segura más allá de ésta (ver nuestra fig. 3): Agiüs AN++M++ Fig. 3.-Ad num. ^^ Como dimensiones se suministra reiteradamente «100500/400», que debe corresponder a un tracto -que no a la totalidad-de la pared rocosa, y se asigna a los diferentes grafitos, números cuyo sentido no queda claro tras las entradas Campo epigr. y Fragmento(s). La A. sigue el parecer de Mallon, según quien nos encontraríamos ante un alfabeto en el que, a partir de la foto de Cabré publicada por Tovar, se leería ABCDEFGHIKLMNO. Si la secuencia inicial, ABC, parece clara, no lo es en absoluto la siguiente, DEFGH, ni la última, KLMNO, tras el trazo vertical que se interpreta como I, mucho menos, siendo las dos últimas letras imperceptibles en la fotografía, por lo que preferimos no manifestarnos acerca de la interpretación de este grafito: ABC+++I++ En lo tocante a ERT 27A-K, se trata, como ya hemos indicado, de rótulos célticos con total seguridad y, en consecuencia, deberían haber sido excluidos del catálogo. De cualquier forma y dejando al margen ciertas inexactitudes en las referencias bibliográficas y omisiones de las medidas, hay también algunas precisiones pertinentes sobre la presentación de los textos. En 27A y pese a la lectura de Untermann (Marcos Masmi f I Pr¡mi+++[-] I [..]llos [...]oq, que la A. corrige acertadamente en 1. 3^ en la forma [-]rros), el calco publicado por Gómez Moreno (cf. nuestra fig. 5) contiene mucho más texto, cuya lectura a nuestro juicio podría ser: M+rcos*Masmi + I DEN++N D+IM+ PENERI I [Tu]rros*Caroq(um). Hay que subrayar que la forma Marcos -si ésta fuera la restitución adecuadano tiene por qué ser considerada latina, pues el uso del aparente prenombre Marcus como nombre personal en inscripciones latinas procedentes de diversos puntos de la Hispânia indoeuropea ^^, induce a pensar que existía un nombre céltico homófono, circunstancia que ahora parece confirmar el gran bronce de Botorrita en el que aparece el nombre markos. Por lo tanto resultaría más que incongruente la combinación de una forma flexiva céltica con una filiación de tipo latino {Masmi f,), en la que además la interpretación del nombre como una expresión inco-rrecta de Maximi es una mera conjetura. El carácter céltico de la fórmula onomástica de la 1. 3^ es transparente y, además, el grafito se ubica en una zona de la pared en la que predominan los letreros vernáculos. En cuanto a 27J, una de las inscripciones descubiertas por Untermann en Peñalba, que la A. transcribe en la forma Turros Carorum I [-] Cotiriqum, el paleohispanista alemán indica en la primera línea la posibilidad de leer Caroqum (p. 20), que parece más acorde con la formación celtibérica de los nombres familiares e insiste en que la piedra aparece a la izquierda intacta y vacía de signos (p. 16), por lo que debe suprimirse la indicación de laguna al comienzo de la 1. 2^ y leer: Turros Caroqum I Cotiriqum. La presencia de dos nombres familiares en una fórmula onomástica es ciertamente excepcional y hace sospechosa la lectura, pero podría tener ahora algún paralelo en el gran bronce de Botorrita. 27K es otro de los descubrimientos de Untermann, cuyo texto, muy poco legible, diría, en su opinión, [-]IRRIVS, señalando el posible paralelo Irricorum (CIL II 2843), si bien del dibujo que publica se colige más bien [-]IRRI+[-], pero, en ningún caso, IRRIVS que es la versión que recoge la A. K\ú{-{í'Áoú Fig. 5.-Ad num. En lo que toca a la cronología del conjunto, contamos con un terminus post quem en el verso virgiliano que recoge ERT 27M y que, por lo tanto, obliga a datar el grafito a partir de comienzos del siglo I d. E. Conviene subrayar que la grafía de este epígrafe no difiere de la presente en los de lengua céltica y en la mayor parte de los latinos antiguos, por lo que la datación de unos y otros debe ser relativamente homogénea. De hecho, la utilización del alfabeto latino para escribir en celtibérico puede datarse en los años inmediatemente anteriores al principado de Augusto ^^ quizás a mediados del si-^^Abascal 1994(cit. n. Esta estela más que anepígrafa es de texto ilegible. El epígrafe constaba de tres líneas: al final de la primera puede leerse una A. En definitiva y pese a los indudables méritos que este nuevo corpus encierra, incluidos tres epígrafes inéditos y otro poco conocido así como datos de interés a propósito de otros ya publicados, el balance final no puede ser del todo positivo. Es muy de lamentar que el nacimiento de la serie que esta monografía inaugura y la sólida formación que la A. demuestra en muchos lugares de la misma se hayan visto ensombrecidas por la apresurada conclusión del trabajo. Y no se trata tanto de que algunas lecturas sean discutibles, pues al fin y al cabo cuando los textos entrañan problemas, el editor no hace otra cosa que plantear una lectio de la que no pueden excluirse alternativas; ni siquiera de la omisión de algunos epígrafes ya publicados previamente; sino de la impresión de precipitación que se desprende de muchas de las fichas de este catálogo -incluida, en varios casos, la presentación del texto-, sobre todo en el caso de Peñalba, cuyo tratamiento no supone mejora alguna respecto de las publicaciones previas, sino todo lo contrario. Un corpus debe distinguirse por la solidez en la presentación de los datos objetivables como son medidas, descripción de las piezas, lugares de hallazgo, referencias bibliográficas o el propio texto cuando la lectura es clara, y en este terreno, por desgracia, las abundantes erratas, omisiones e inexactitudes generan desconfianza en el lector y, a la postre, reducen notablemente el valor del estudio. La culminación de este trabajo hubiera requerido de una corrección más cuidadosa, acompañada en varios casos de la imprescindible revisión o examen directo de las piezas. A buen seguro que, en tal caso, el resultado final hubiera estado a la altura de la probada competencia de su autora.
Se descarta la datación consular de la inscripción en cuanto no apropiada al contexto. Las serias dificultades que presenta la lectura tradicional del epígrafe la hacen inverosímil. Se subraya el interés de la fecha de la dedicano, coincidente con Neptunalia. Con motivo de un trabajo de investigación relacionado con el latín de Cantabria y la población epigráfica indígena, tuvimos recientemente ocasión de estudiar con especial interés los diversos problemas que esta célebre inscripción venía suscitando y que habían sido insuficientemente analizados'. Dichos problemas rebasaron con creces el tema lingüístico y onomástico inicialmente propuesto. El resultado fue una nota enviada a AEspA en la que dábamos por supuesto la validez de la lectura tradicional del epígrafe y consiguiente resolución de abreviaturas, situándonos, por tanto, en 399 d.C: C0RNE(//M5) VICANVS / AVNIGAINV(m) / CESTI(z) ¥{ilius). Expresábamos en dicha nota cierta perplejidad ante la datación consular, dado el contexto, y hacíamos hincapié en dos anomalías: 1) el consulado de Eutropio no fue reconocido nunca en occidente; 2) se incurre en una desviación del estilo de datación imperial según el formulismo del Codex Th. en cuanto que en la inscripción se menciona al cónsul de occidente por su nomen en vez del cognomen. Atribuíamos la mención de Eutropio a un posible error de oficio, dado el alejamiento de la zona y el ambiente de gran confusión reinante por entonces. En cuanto a la segunda anomalía, quizás habría que ver en ella una peculiaridad de la fórmula onomástica indígena subyacente, con sentido distinto del nombre «individual». Partiendo de dicha lectura del epígrafe, tal explicación no sólo era plausible sino la más satisfactoria de cuantas habíamos considerado. Habiendo tenido noticia ^ con posterioridad de que los supuestos nombres de los cónsules habían sido recientemente descartados en una conferencia de A.U. Stylow, en el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, con propuesta de nueva lectura, volvimos a examinar la cuestión partiendo esta vez de un elemento de duda introducido sobre la validez de la resolución tradicional de abreviaturas del epígrafe -validez que no habíamos cuestionado por la inercia que confieren casi tres cuartos de siglo repitiendo lo mismo-. En efecto, dicha lectura es considerada «imposible» en una breve nota del apéndice crítico de CLRE ^, la cual había escapado a nuestra atención y' Es la estela n" 84 en J. L. Iglesias Gil, Epigrafía cántabra, Santander, 1976, donde puede verse la bibliografía anterior a esa fecha; vid. especialmente M. Vigil, Sobre los orígenes sociales de la Reconquista, Barcelona, 1974, 28-32, 181-188 y, entre otros, A. Montenegro Duque et alii, España romana, Madrid, 1986, 377. 2 Mediante información amablemente suministrada por J. Arce, a quien expresamos aquí nuestro reconocimiento por habernos precavido a tiempo. La cuestión fue estudiada de nuevo y el trabajo reescrito. La primera versión fue realizada en la Sterling Library de la Universidad de Yale (EE.UU.) en 1994; la presente en Oxford (abril-mayo 1996). En trabajos recientes se sigue dando todavía la lectura tradicional del epígrafe sin otro comentario (e.g. que suponemos es de donde parte A.U. Stylow ^. Nos habíamos servido inicialmente de CLRE ad loc. sin prestar mayor atención ya que gran parte de los datos allí suministrados apoyaban nuestra argumentación, independientemente conducida, concentrándonos preferentemente en PLREII por su riqueza de datos sobre las particularidades del consulado de Eutropio. Las razones alegadas en CLRE para declarar «imposible» tal lectura y excluir la inscripción son el no reconocimiento de dicho consulado en occidente y el hecho de que en las inscripciones el cónsul Fl Mallius Theodorus nunca figura como Mallius solamente, sino con nomen + cognomen o cognomen sólo. Son las mismas razones que señalábamos como anomalías de la inscripción en la nota previa y que tratábamos de explicar como queda indicado, con la única diferencia de que CLRE añade el testimonio de las inscripciones para la cuestión de la onomástica del cónsul de occidente y nosotros nos limitábamos a constatar la discrepancia respecto del estilo de la legislación imperial pertinente. De ambas la más seria es la segunda; pero ninguna es lo suficientemente fuerte en sí como para afirmar la imposibilidad de tal lectura, sino como poco probable o inverosímil. Hemos llegado a la conclusión de que la lectura es, en efecto, errónea; pero no exclusivamente por las razones dadas, cuya validez por separado no es categórica, sino porque la datación consular no encaja en un contexto epigráfico de esta índole, a lo que se suma, conjuntamente, la argumentación señalada. Las siguientes puntualizaciones deben ser tenidas en cuenta antes de que la cuestión de los supuestos nombres de los cónsules sea relegada a un plano de interés meramente académico. SOBRE EL CONSULADO DE EUTROPIO La cuestión central era saber si su nombre pudo figurar alguna vez en una lista de cónsules llegada a occidente. No basta con alegar el no reconocimiento por parte de occidente, a lo que se limita PLRE II ^, omitiendo señalar que no fue proclamado -lo que nos indujo a no apreciar bien la situación en la nota previa-. El mero no reconocimiento, frecuentemente, como se indica en CLRE ^, no es más que un indicio de malas relaciones, inferido a veces equivocadamente de la escasez de pruebas'^. «Occidente», en este caso, significa Stilicho, parte interesada por su hostilidad y animadversión hacia Eutropio, y que rehusó varias veces reconocer a los cónsules proclamados por sus enemigos políticos, después de ascender al consulado en 400 d.C. en una época surcada de fricciones entre ambas mitades del Imperio ^. La profusión de datos en CLRE ad loc. y la omisión mencionada en PLRE II oscurecen a veces la presentación de los hechos, nítidamente expresados en Degrassi, FCIR ad loe, donde queda señalado en la misma lista de cónsules por parejas, a diferencia de PLRE II ^, que el consulado de Eutropio no fue hecho público en occidente, cesando también en oriente el 17 agosto 399 en virtud de anulación por decreto. De esta fecha arranca su damnatio memoriae y la caída efectiva del poder en el otoño de dicho año. Del 1 de enero al 17 de agosto queda suficiente margen de tiempo para hacer posible que el nombre del cónsul elegido se hubiera deslizado en una lista enviada a occidente quizás a principios del consulado, en espera de proclamación, y que no se hubiese rectificado después ^°. Indicábamos esta posibilidad en nuestra nota previa. De la época temprana del consulado de Eutropio no sabemos nada; menos aún de la acogida que pudo dispensarse en Hispânia a la turbulencia de los acontecimientos cuya noticia no se haría oír sin retraso -razón por la que no parece verosímil que semejante datación consular se hubiese llevado materialmente a cabo después del primero de enero del 400 cuando Stilicho era ya cónsul de occidente-. De no ser por el papiro 16.VIII no sabríamos que el consulado de Eutropio fue proclamado en Egipto ". No cabe esperar que en zonas remotas de occidente se procediese con el rigor y maestría de los escribas de Egipto en la diseminación de fórmulas para la promulgación oficial de los nuevos cónsules del año ^^. Dichos escribas, que no eran funcionarios del estado, verificarían las fórmulas ante un oficial del gobierno ^^. El mismo procedimiento valdría para el lapicida de la inscripción cántabra, pero con resultados de menor precisión. La transmisión textual de "^ En la conferencia aludida, de cuyo contenido no tenemos otra información que la indicada, y que debe de ser reciente ya que nada se indica al respecto en la 2^ reimpresión de J. Arce, El último siglo de la España romana (284-409), Madrid, 1994, 143-144. SOBRE LA NOMENCLATURA DEL CÓNSUL FI MALLIUS THEODORUS La argumentación más fuerte contra la validez de la lectura tradicional del epígrafe la constituye el testimonio de las inscripciones aducido en CLRE, que viene a sumarse al de la legislación imperial que habíamos observado por nuestra cuenta: no se da el caso de que aparezca mencionado por el nomen solo, sino por el cognomen o por ambos. Cabe señalar, sin embargo, que entre las fórmulas de la eponimia figura el uso del gentilicio de un cónsul y el cognomen del otro ^^, aunque dicha fórmula requiere el uso de et: Sal(vio) et Torq(uato) co(n)s(ulibus) (CIL, XV 733,148 d.C). Por otra parte, en el supuesto de que la inscripción de Cantabria fuese del 399 d.C., cabría albergar alguna duda sobre la interpretación por parte del lapicida o del dedicante del nombre «diacrítico» ^^ ante una nomenclatura como Fl. Lo tardío de la fecha y el subyacente indigenismo ^^ habrían podido quizá favorecer Mallius como término «marcado» de dicha nomenclatura, componente, por otra parte, bien asegurado como parte del nombre no sólo en incripciones del oeste sino en la tradición literaria (S. Agustín, Claudiano) ^^. FECHA E ÍNDOLE DE LA INSCRIPCIÓN Vicanus es el cognomen ^^ cuya adquisición puede constituir la razón de ser del ara votiva en recoil CLRE, ad loe.'^ En occidente se databa may ori tari amente por un solo cónsul, CLRE, 25; vid. también R. Cagnat, Cours d'Epigraphie latine, Paris, 1914, 254; RE, IV, 1135-1136.'^ RuDiz, II, 1, 709 cita varios casos.' "^ Vid. Por otra parte, el uso de gentilicia como cognomina (i.e., nombre «individual») era muy frecuente en el imperio. Societas Scientiarum Fennica), 311, señala Vicanus/na en CIL: 1 hombres + esclavo y 3 mujeres + liberta (sin desglosar). Como Castellanus, Montanus, Vrbanus, Villanus, Urbicus, Vilicus..., se trata de cognomina indicativos de circunstancias vinculadas al nacimiento y origen, o de una función ejercida nocimiento a la deidad local. La onomástica básica responde a la tipología propia de los peregrinigli Cornelius Cestii/., con la que se designaba también, a raíz de la constitutio Antoniniana, a los que no gozaban plenamente del derecho de ciudadanía romana, i.e., los dues Latini ^^. Si el gentilicio indígena Aunigainum formaba o no parte integrante de la fórmula onomástica propiamente dicha {Cornelius Vicanus Cestii f.) o era una especie de añadido formal de identificación o asociación, no es posible asegurarlo con certeza ^^. La falta de praenomen del dedicante, que empieza a notarse en el s. ii d.C, apunta más bien hacia el s. III d.C. en que casi desaparece ^' ^, dejando de ser requisito oficial en la burocracia romana bajo Diocleciano ^^ Por tratarse de la dedicación de un ara por parte de un particular a una deidad indígena -presumiblemente en agradecimiento-, una datación consular estaría fuera de lugar ^^ al no constituir acto público u oficial, ni tener carácter militar. De las 255 inscripciones en la serie de deidades indígenas. ILER ^^, ninguna lleva datación consular excepto la de Erudino ^^, y lo mismo en la de deidades clásicas indigenizadas -un total de 52 ^^. Estas inscripciones se caracterizan por su sencillez textual y brevedad; el formulismo es simple. En consonancia con esto, y dentro de su contexto epigráfico, parece apropiado leer MA{ter) E(/)V(^) c{um) o{mnibus) s(olvit) o bien MA(ter) E(x) Y{oto) co(n)s(ecrauit) ^", aunque caben otras posibilidades ^\ La indicación de la fecha (día y mes) en la inscripción tiene interés; el 10 de las calendas de agosto (23 de julio) es día festivo: Neptunalia, que aparecen incluidas en el papiro latino conocido como Feriale Duranum (II, 22) ^^, calendario militar, oficial y de carácter tradicional y estándar, datado entre 224-25 y 235 d.C, probablemente 225-227 ^\ No es que las Neptunalia fuesen feriae publicae de índole predominantemente militar, sino una de las fiestas de la religión oficial del estado más importantes del año, las cuales desempeñaban un destacado papel en la vida cotidiana ^' ^. Los dioses del panteón romano iban quedando cada vez más atrás, pero los festejos crecían en popularidad ^^, de ahí que no haya que ver necesariamente una relación directa con Neptuno. Este aspecto de fiesta popular se acentúa más aún al ser añadidos los ludi Neptunalici al calendario del año 354 (Filocalus), que suministra preciosa información sobre las más importantes fiestas y festejos de Roma en el s. iv ^^. Queda, pues, subrayado el carácter imperial de las Neptunalia. ¿Es la fecha de la inscripción meramente casual? En caso afirmativo habría que conceder un índice escaso de romanización oficial, lo que queda desmentido por la manera de indicar la fecha de la dedicatio. Las inscripciones que podemos aducir aquí con fecha del X Kal. Aug. llevan datación consular y son públicas y militares'^\ En una de ellas {GIL XIII, 6696) un beneficiarius hace una dedicatio a Juno y al Genus loci sin más mención que dicha fecha, sobreentendiéndose en todas que no era necesario más indicación ^^. Se ve igualmente por dicha inscripción cómo no era necesario tampoco que se guardase una relación directa con la deidad titular sino con algunas de ellas, romanas e indígenas, con lo que se subraya el carácter religioso de la dedicatio -un orden de cosas que encontramos en la inscripción cántabra con la dedicación a Erudino-. En resumen: la datación consular queda descartada en cuanto no apropiada en el caso presente. Las serias dificultades con que tropieza la lectura tradicional del epígrafe la hacen inverosímil, lo que es un factor importante para considerarla errónea. Datable quizá en el s. m d.C, es de interés que la indicación del día y mes coincida con la fiesta de ia.s Neptunalia. Se siguen las de L 'Année philologique para publicaciones periódicas y las de L' Année épigraphique para repertorios epigráficos. LA INSCRIPCIÓN LATINA DEL ARA VOTIVA A «ERUDINO»
Se estudia una reproducción en cerámica de un navío encontrada en el Carambolo (Camas, Sevilla). Dicho objeto se suma a otros elementos singulares que caracterizan a este enclave, y refuerza la hipótesis de que el complejo del Carambolo pudo ser un santuario fenicio. EL YACIMIENTO: UN POCO DE HISTORIO-GRAFÍA La literatura arqueológica sobre el Carambolo ha insistido en la presencia en ese sitio de un poblado tartésico de fondos de cabaña, es decir, de un asentamiento indígena fundado antes de la colonización fenicia. Las dataciones otorgadas a sus materiales más representativos habrían venido a consolidar esta hipótesis (Castro y otros 1996: 198). Pero ésta no ha sido la única interpretación barajada, ya que desde su descubrimiento se insinuó la existencia de datos que reflejarían un ambiente sagrado (Carriazo 1973: 292-293). No obstante, la idea de que en el Carambolo se ubicara un centro de culto más que un simple hábitat permaneció mucho tiempo en estado embrionario. A pesar de las observaciones de Carriazo, la idea de que allí existió un templo fue adelantada en realidad de forma explícita por A. Blanco Freijeiro (1979: 95-96), quien imaginó un santuario tartésico ubicado en un asentamiento también tartésico. Pese a reconocer las fuertes influencias orientales, especialmente en el tesoro que dio fama al yacimiento, no reparó en que el exvoto de Astarté del Museo Arqueológico Hispalense, cuya procedencia del Caram-bolo él mismo aclaró (Blanco 1968: nota 5), sugería vínculos fenicios. Contaba con tanta fuerza el axioma «fenicios en la costa/tartesios en el interior», que todo lo oriental procedente de las tierras andaluzas no litorales se creía reflejo de la orientalización de los indígenas, sin que casi nadie sostuviera la implantación directa de colonos semitas. Hacía muchos años que la propuesta de G. Bonsor (1899) sobre la presencia de población oriental asentada en la comarca de los Alcores estaba relativamente aparcada. En contra de la línea interpretativa que dominaba el panorama de la investigación, estudios más recientes han insistido en ver más un santuario con sus servicios anejos que un asentamiento con su templo correspondiente como había sugerido Blanco. En tal dirección, aunque sin pretenderlo, algunos trabajos prepararon el terreno a los últimos hallazgos, sobre todo al reivindicar el sentido religioso de ciertos ajuares cerámicos y de algunas estructuras excavadas por Carriazo (Belén y Escacena 2002: 169). Igualmente, otras aportaciones señalaban el carácter litúrgico de algunas piezas (Izquierdo y Escacena 1998) o experimentaban en explicaciones distintas sobre el papel del tesoro, que de ajuar de un monarca tartésico pasó a tenerse por atalaje para engalanar toros destinados al sacrificio y ajuar del sacerdote encargado del correspondiente rito (Amores y Escacena 2003). Las excavaciones recientes en la parte superior del cabezo, en las que entraremos de forma más pormenorizada, han afianzado la interpretación del Carambolo como recinto de culto (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2005). Según estas intervenciones, el edificio comenzó como una humilde estructura rectangular con eje longitudinal este-oeste subdividida en tres espacios: un patio y dos estancias cubiertas al fondo de éste. Luego, esta primera construcción conoció varias remodelaciones que agrandaron el conjunto y lo dotaron de más lujo, hasta el punto de constituir hoy el mayor recinto religioso conocido del Hierro Antiguo hispano. El exvoto de Astarté procedente del Carambolo, y hallado antes de la aparición del tesoro en 1958, sugiere la dedicación del santuario a dicha divinidad fenicia, lo cual no contradice la celebración en él de cultos a SOBRE EL CARAMBOLO: UN HÍPPOS SAGRADO DEL SANTUARIO IV Y SU CONTEXTO ARQUEOLÓGICO Baal/Melqart. De ahí se deduciría su carácter semita, una vinculación étnica y cultural acrecentada por otros hallazgos aún inéditos en parte, entre ellos diversos fragmentos de huevos de avestruz y algunos escarabeos, además de la embarcación objeto del presente artículo. El Carambolo, situado al oeste de Spal (Sevilla) en uno de los cerros más altos de la cornisa oriental del Aljarafe, ocupaba una elevación singular de la orilla derecha del paleoestuario del Guadalquivir, muy cerca -apenas 10 Km-de su antigua desembocadura en Caura (fig. 1). Si es éste el paisaje descrito por la Ora Maritima en las bocas del gran río de Tartessos, y si es correcta la identificación de Caura con el Mons Cassius (Belén 1993: 49), este sitio puede corresponder al que Avieno (259-261) llama Fani Prominens. Por lo común, tal topónimo se ha traducido como "cabo sagrado" o "cabo del templo" (cf. Schulten 1955: 159), en la idea de que la voz prominens se refiere a una prolongación horizontal de la costa. Pero las reconstrucciones paleogeográficas aconsejan asignarle la acepción vertical de su significado, acorde con lo que fue el Carambolo en su entorno inmediato durante su época de vida entre el siglo IX y el primer cuarto del VI a.C.: el "promontorio del santuario". UN NUEVO PANORAMA TRAS LOS RECIENTES TRABAJOS DE CAMPO El hecho de que J. Maluquer de Motes colaborara en los trabajos del Carambolo Alto (Aubet 1992-93), llevados a cabo por J. de M. Carriazo al poco de encontrase el tesoro en 1958, influyó en que el yacimiento se interpretara como "fondo de cabaña". Sin embargo, Carriazo Figura 1. Situación del Carambolo en el contexto del paleoestuario del Guadalquivir. Cuarenta años después de aquella primera intervención arqueológica, la información lograda entonces ha sido estudiada bajo un enfoque teórico y metodológico distinto, y especialmente con hipótesis muy diferentes. Así, en el supuesto "fondo de cabaña" se ha visto una fosa ritual a la que se arrojaría el ajuar litúrgico ya inútil usado en los ritos de un santuario consagrado a Astarté (Belén y Escacena 1997: 114). Tan novedosa propuesta careció en principio de una acogida favorable entre los especialistas, de manera que fue refutada a favor de nuevo del uso de la estructura como lugar de habitación (Torres 2002: 284). Es más, el nuevo papel atribuido a lo descubierto por Carriazo en el Carambolo Alto ni siquiera ha sido contemplado por análisis posteriores a las recientes excavaciones en el cabezo, como es, por ejemplo, el de A. Delgado (2005). No obstante, estos últimos trabajos de campo realizados entre 2002 y 2005 han demostrado que el hipotético "fondo de cabaña" no constituyó en su día más que una fosa irregular a la que fueron a parar los más lujosos elementos amortizados en el uso de un enorme edificio -en su máximo desarrollo contó con casi 4.500 m2 -cuya función fue evidentemente la de santuario (Fernández Flores y Rodríguez Azogue 2005; Rodríguez Azogue y Fernández Flores 2005). La construcción conocida ahora en el Carambolo Alto comenzó con un recinto mucho más pequeño, que, con sólo tres estancias, presentaba en conjunto una estructura rectangular orientada según el eje marcado por el orto solsticial de verano y el ocaso solsticial de invierno, con entrada por el este. Antes, el terreno fue nivelado y posiblemente purificado mediante la quema ritual de la superficie que iba a ocupar el recinto sagrado. Tal preámbulo ocasionó unos filamentos de carboncillos que han suministrado una fecha radiocarbónica calibrada del siglo IX AC, casi cien años anterior a la que se tenía tradicionalmente como comienzo de la colonización fenicia en el Guadalquivir inferior. Entre la muy escasa documentación de ese nivel quemado se constata ya cerámica a torno, y a esa misma época tan vieja de la presencia semita podrían corresponder dos pequeñas ánforas del Carambolo Bajo, publicadas ya en su día por Carriazo (1973: fig. 419), cuyos perfiles recuerdan la vieja tradición cananea heredada del segundo milenio a.C. Por tanto, el establecimiento de los fenicios en la zona de Sevilla puede situarse ya en los mismos momentos que en Huelva y que en las más viejas colonias de la costa andaluza mediterránea; y, aunque la fosa ritual del Carambolo que se interpretó como fondo de cabaña no corresponde a la época del templo inicial (V), sino a una fase algo más tardía (Santuario III, de la primera mitad del siglo VIII a.C.), en ella se ha hallado un fragmento de cerámica sarda de la misma clase, aunque con distinta decoración, que el recientemente valorado por M. Torres (2004). En cualquier caso, el hallazgo en su día, sobre el relleno de esta estructura, del tesoro que ha dado fama al yacimiento demuestra que los últimos objetos depositados en dicho sitio corresponden al episodio de violencia que acabó con el último edificio (Santuario I). Por otra parte, los trabajos recientes han descubierto, junto a esta estructura que contenía el supuesto fondo de cabaña, otras fosas situadas también dentro del recinto sagrado y que tendrían la misma función: ser el destino de los ajuares litúrgicos amortizados en el culto. En una de las recientemente estudiadas, la que contenía el barco objeto del presente artículo, se ha documentado un fragmento de cerámica griega que pudo pertenecer a un escifo del Geométrico Medio II Ático, fechado en cronología arqueológica tradicional en la primera mitad del siglo VIII a.C. En relación con los principales problemas historiográficos planteados en el apartado anterior, los últimos trabajos de campo en el Carambolo han demostrado básicamente dos cosas: que su cronología no es precolonial -lo que hay anterior corresponde a sendas y pequeñas ocupaciones del Calcolítico y del Bronce Pleno-y que desde sus comienzos fue un santuario oriental, no un poblado indígena de cabañas. En la primera mitad del siglo VI a.C., cuando la demanda de la plata tartésica desde Oriente queda cortada por la conquista babilónica de las metrópolis fenicias de la costa libanesa, acaba el santuario del Carambolo. Entre el siglo IX a.C. y esta fecha final, el edificio conoció cinco construcciones superpuestas1. De todas esas fases, la relacionable con nuestro barco corresponde con toda probabilidad al edificio IV, que contaba con un espectacular altar en forma de piel de toro muy parecido a la silueta de los «pectorales» del tesoro 2. EL HÍPPOS DEL CARAMBOLO IV La embarcación de cerámica hallada en el Carambolo se conserva aproximadamente en un tercio de lo que debió de constituir la pieza completa (fig. 2). Aunque lo que de ella podemos afirmar puede deducirse directamente sólo de esta parte que ha pervivido, algunas hipótesis sobre el modelo de nave al que este ejemplar representa pueden obtenerse de una reconstrucción imaginaria, por simetría delanteroposterior, a partir del trozo que nos ha llegado, así como de las representaciones de barcos fenicios en el arte del Próximo Oriente antiguo. La parte conservada de nuestra nave cuenta con 30 cm de longitud por 35 cm de anchura (figs. 3 y 4). Con tales medidas, y teniendo presente que todo apunta a que lo hallado corresponde a poco menos de un tercio del objeto original -posiblemente la amura-la embarca- ción completa pudo tener quizás algo más de 1 m de eslora y alrededor de 40 cm de manga3. Muestra un arrufo, o línea curva de la quilla, bien definido, si bien en la parte inferior del barco éste se convierte en un pie macizo de cerámica de forma más o menos anular sobre el que reposaría la nave, expuesta en algún lugar visible del santuario. Casi toda la pieza despliega la curvatura normal que tendría el cuerpo del barco real al que imitaba, lo que se observa más que nada en la parte correspondiente a la obra viva. En cambio, la obra muerta cuenta con una carena nítida a partir de la cual se eleva en vertical la borda. Entre esa línea de carenación y la parte superior de la regala se perforaron las gateras, es decir, los orificios de salida de los remos. A pesar de que la mayor parte de las emulaciones de barcos que cuentan con tales agujeros los muestran en los dos flancos, en el caso del ejemplar del Carambolo se realizaron sólo en uno, ya que posiblemente la pieza estuvo arrimada a alguna pared y sólo podían verse los remos de una borda. Si estuviéramos ante la proa -lo que no es seguro como veremos-, las gateras conservadas, en número de cuatro completas y el inicio de una quinta, corresponderían a la banda de estribor. Desde su fabricación, la maqueta contó al menos con un asa vertical sobre una de las bordas para colgarla o atarla a algún elemento que le Figura 3. A) Vista exterior desde el lado del asa. B) Vista exterior desde el lado de las gateras. Para hacer más comprensible la forma de la embarcación, en esta figura y en la siguiente se han eludido las múltiples líneas de fractura que presenta la pieza. Vistas interiores del híppos sagrado del Carambolo. B) Perspectiva horizontal (sección a la altura de la gatera no 4). La presencia de asas en réplicas de barcos es una característica observada en ejemplares votivos chipriotas, si bien en estos paralelos se explican casi siempre por tratarse de vasijas cerradas en forma de nave (cf. Karageorghis 2004: fig. 5.1). Ya que la pieza del Carambolo cuenta con una base anular, parece razonable pensar que, más que colgada, estuvo expuesta sobre un banco o poyete adosado a un muro. Tal destino pudo ser conocido por el artesano que la diseñó, de ahí que no cuente con asas repartidas de forma simétrica y que las gateras para los remos sólo aparezcan en el lado contrario al del asa, es decir, en el flanco que miraba al observador. A partir de esta descripción mínima puede llevarse a cabo un intento de identificar la embarcación real a la que esta maqueta intentó imitar. Para ello, quizás las imágenes más útiles -por elocuentes-que nos han llegado sobre naves fenicias sean sobre todo las que aparecen en los relieves asirios de la primera mitad del primer milenio a.C., testimonios en principio sincrónicos de la pieza del Carambolo. Algunas veces, tales representaciones muestran embarcaciones no del todo simétricas, en el sentido de que, vistas de perfil, exhiben una proa ligeramente distinta de la popa. Pero otras veces la simetría es completa, luciendo los mismos elementos sobre la roda que sobre el codaste, algo que aquí nos importa especialmente para identificar en lo posible la nave representada. Tales particularidades ofrecen ya algunas claves para poder interpretar con mayores garantías de verosimilitud el barco del Carambolo, aunque no facilitan del todo la cuestión. Conocemos viejas naves cananeas a través de algunas pinturas egipcias en las que se plasmó al parecer el tipo de carguero más pesado, el gaulós, término griego para designar a los mercantes fenicios más comunes que deriva de la raíz fenicia *GWL (Bartoloni 1995: 286). Se trata sobre todo de las escenas que adornan las tumbas de Kenamon y de Nebanun, además de las de la sepultura 162 de Tebas (Guerrero 1998: 64). Pero constituyen documentos más cercanos a los momentos que ahora nos interesan los compilados por M.E. Aubet (1994: 42-44) con motivo del análisis de la expansión colonial fenicia hacia Occidente. Uno recoge una representación de las puertas del palacio de Salmanasar III en Balawat, fechadas en el siglo IX a.C. En esta narración unas embarcaciones se aproximan por el Mediterráneo a la ciudad de Tiro, que aparece amurallada a la izquierda de las naves sobre un islote. Un conjunto más numeroso de mercantes quedó registrado en un bajorrelieve del palacio de Sargón II en Khorsabad que se data en el siglo VIII a.C., hoy en el Museo del Louvre. Aquí, las embarcaciones también se aproximan a dos ciudades situadas en la costa: Arvad, frente a Chipre, y Tiro, más al sur. La tercera estampa recogida por Aubet se ubicó en su día en la residencia ninivita de Senaquerib, y cuenta en imágenes bastante detalladas el episodio de la salida desde Tiro hacia las colonias -se ha supuesto que hacia Kition-del rey Luli de Sidón, que tuvo que huir en 701 a.C. como consecuencia de la toma por parte de los ejércitos asirios de las ciudades cananeas de la costa4. Este último bajorrelieve se fecha hacia 690 a.C., y la importancia que adquiere ahora tiene que ver, sobre todo, con la plasmación detallada de las filas de remos de las que van dotadas las embarcaciones, porque tales elementos, que no se detallan en los demás paneles, salen de las amuras a través de sendos orificios (cf. Stager 2004: 182). En cualquier caso, este último testimonio tiene menor importancia para usarlo en el estudio del barco del Carambolo, ya que en nuestro caso sólo aparece una fila de agujeros de salida de los remos mientras que los buques del destierro de Luli son birremes, como corresponde a barcos que por ello deben pertenecer a una armada según ha puntualizado V.M. Guerrero (1998: 66). Como ya hemos adelantado, en el barco de cerámica del Carambolo aparecen efectivamente esas perforaciones (fig. 5), pero no las grandes gateras necesarias para los timones, que irían a popa como muestra una pintura cartaginesa del puerto de Útica (Guerrero 1998: fig. 9). Esto indica que nos encontramos tal vez ante la proa, lo que no deja de ser sólo una hipótesis de trabajo. En cualquier caso, y dada su extraordinaria versatilidad, las naves de carga a las que esta reproducción en cerámica aluden se desplazaban en alta mar a vela, sirviendo los remos sólo para maniobrar en puerto o en otros momentos en que obligaran las circunstancias (Díes Cusí 2004: 61). El desplazamiento mediante la fuerza humana era indispensable, por ejemplo, en la navegación por los estuarios, arterias del comercio fenicio (Barthélemy 2000), ya que la abundancia de meandros exigía cambiar la orientación de marcha sin que mudaran los vientos. Nuestro barco conserva al menos un prótomo en forma de cabeza de caballo (fig. 6), lo que podría servir para identificarlo con el tipo de nave fenicia conocida con el nombre griego de híppos. Pero, como en la Unidad Estratigráfica 1025 apareció otra cabeza de caballo similar, no está claro si se trata de dos barcos distintos o de uno solo que representaba una nave con prótomo de cabeza de caballo tanto sobre la roda como sobre el codaste, es decir, en la popa y en la proa. A favor de la primera conjetura -que las dos cabezas de équidos correspondan a sendas piezas que sólo las llevarían bien en la proa bien en la popa-puede traerse a colación el bajorrelieve ya citado del palacio de Sargón II en Khorsabad. Si en dicha escena los remeros están representados correctamente, mirando hacia la parte trasera del barco para poder desempeñar mejor su labor, la cabeza de caballo correspondería a un mascarón de popa5, pues estos tripulantes dan la cara a dicha parte, mientras que ofrecen la espalda a lo que por tanto sería la proa, que va adornada con un emblema en forma de abanico que recuerda la cola de un pez (Bartoloni 1988a: 74). A pesar de lo cual, el hecho de que tales embarcaciones remolquen tras ellas maderos flotantes parece hablar de todo lo contrario, es decir, de que el prótomo de caballo corresponde a la proa, y que tal vez los remeros se representaron excepcionalmente mirando hacia la parte delantera de las naves porque no estaban haciendo su trabajo en alta mar, sino que realizaban una maniobra de aproximación a puerto para la que habrían invertido su posición normal de trabajo6. No obstante, la iconografía que adorna las puertas de Balawat muestra embarcaciones en las que las cabezas del animal coronan tanto la proa como la popa, disponiendo en ese caso cada embarcación de dos mascarones (Mazza 1988: 559). A favor de esta segunda posibilidad habla el hecho de que, en apariencia, en las dos cabezas de caballo localizadas en el Carambolo no se observan diferencias sustanciales en la composición de Figura 6. Detalle de la cabeza de caballo que identifica la nave como híppos fenicio. la pasta cerámica; tampoco en su tratamiento, coloración y grado de cocción (fig. 7). En consecuencia, pueden corresponder tanto a un mismo objeto como a dos piezas distintas realizadas por un único taller. De confirmarse con futuros análisis de la pasta cerámica que se trata de una sola nave, como sospechamos, el ejemplar del Carambolo estaría copiando fielmente el tipo de embarcación fenicia que muestra una simetría delanteroposterior bastante alta, observada en los casos reales de los pecios 1 y 2 de Mazarrón (Negueruela y otros 2000: fig. 2; Negueruela 2004: 240), aunque estos últimos carecen de cualquier tipo de akrotérion. Igualmente, sería similar a la pequeña nave que decora un sello del tesoro de la Aliseda del siglo VII a.C. (Almagro-Gorbea 1977: 209 y lám. XXX), con un ambiente nilótico en el que dos personajes aparecen sobre una barca con sendos prótomos a proa y popa en los que V.M. Guerrero (1993: 124) ve con razón cabezas de aves más que de caballos 7. Este tipo de nave simétrica parece ser la representada en las puertas del palacio de Salmanasar III en Balawat, y su existencia real ha sido confirmada no hace mucho en los pecios de la costa española de Mazarrón (Alicante), fechados en la segunda mitad del siglo VII a.C. tanto por los elementos cerámicos de la carga que trasportaban como por análisis radiocarbónicos (Negueruela 2004: 237-238) 8. De tratarse de este modelo, estaríamos ante embarcaciones de doble quilla (en proa y popa) y de timón con dos aletas (a babor y a estribor), elementos cuya invención se atribuye tradicionalmente a la marina fenicia y que facilitaron la maniobrabilidad de las viejas naves Figura 7. Está elaborada en el mismo tipo de arcilla que el resto del barco; igualmente, presenta como aquél, restos de engobe rojo. En consecuencia, puede corresponder al otro extremo de la misma embarcación. panzudas y de los mercantes de tipo egeo heredados por los cananeos desde la Edad del Bronce al menos (Aubet 1994: 155) 9. En las representaciones orientales, los barcos fenicios de guerra nunca llevan akrotérion en forma de cabeza de caballo. Por el contrario, presentan la popa con perfil arqueado y un espolón muy desarrollado en la proa. Este elemento de combate en posición frontal, auténtico ariete en los enfrentamientos navales, suponía un potente armamento cuya primera adopción se atribuye también a los fenicios, en este caso en el siglo VIII a.C. Como sugiere el bajorrelieve del palacio de Senaquerib en Nínive, tal elemento se aplicó en principio a embarcaciones de dos filas de remeros (birremes), aunque fue luego usado a lo largo de un milenio por las flotas del Mediterráneo antiguo en distintos modelos de navíos bélicos. Todas estas características de la flota de guerra excluyen que el barco del Carambolo represente otra cosa que una nave de transporte de mercancías, lo que está acorde con uno de los objetivos de la colonización fenicia de Occidente: el comercio10. Para el trasporte naval, los fenicios usaron al parecer dos tipos de embarcaciones: el híppos (caballo) y el gaulós -en terminología griega-o gôlah fenicio (bañera) 11. Por el significado de la voz griega con que el nombre del primero nos ha llegado, se ha creído tradicionalmente que el gaulós excluiría la posibilidad de contar con un prótomo de caballo en proa y/o popa. No obstante, tiene razón M.E. Aubet (1994: 155-156) al señalar que esos mascarones teriomorfos adornaron en su momento tanto pequeñas embarcaciones de pocos remeros como otras de mayor eslora y con una tripulación más numerosa. De hecho, si en las puertas de Balawat se representa una ligera barcaza de carga conducida sólo por dos tripulantes, el relieve del palacio de Sargón II en Khorsabad muestra en cambio una flota en la que los barcos con prótomo de caballo se desplazan con la fuerza de cuatro o cinco remeros. Sin embargo, cuando se comparan entre sí los tamaños de los objetos representados en dichas escenas, parece razonable deducir que, como el artista no intentó plas-mar más que una idea genérica o una propaganda política, no se respetaron las proporciones, y que por tanto la cantidad de remeros que en cada caso aparece no debe ser tomada como referencia exacta de la realidad. Si esas alusiones fuesen fotos directas de casos concretos, estaría claro que el número de agujeros para los remos que muestra el barco del Carambolo serviría para identificarlo más con las naves mercantes de Khorsabad que con las más pequeñas de Balawat; lo cual supondría asumir que la otra cabecita de caballo aparecida en el Carambolo pertenece a un barco distinto, porque la marina representada en el palacio de Sargón II está compuesta por navíos que llevan un único akrotérion. Precisamente en esta escena del bajorrelieve de Khorsabad aparecen barcos tanto con mástil como sin él. Dado que en ambos casos sus tamaños son semejantes y el número de remeros también similar, podría pensarse que este elemento era abatible, como desmontables eran también otros aparejos (Guerrero 1998: 78), de manera que sólo se izaría sobre la carlinga en navegaciones de altura. Ya que el trozo conservado del barco del Carambolo no llega a la mitad de lo que pudo ser la embarcación completa, se nos ha perdido cualquier referencia aclaratoria de este problema, pero tal extremo está bien documentado en los pecios de Mazarrón (Negueruela 2004: 244 y fig. 24). La base donde encajar el palo vertical aparece igualmente representada en exvotos chipriotas de cerámica (Westerberg 1983: figs. 8, 31, 33 y 48). Como la pieza del Carambolo se fabricó, en cualquier caso, más con la intención de realizar un objeto de culto que con la de hacer una versión exacta de la realidad, seguramente faltan y sobran detalles de otros elementos de los que debían disponer los buques fenicios de verdad. En este sentido, nos parece inapropiado deducir los posibles tamaños de los mascarones que iban sobre el codaste y/o la roda en función de las proporciones de esta copia en cerámica. Igualmente, ninguna medida transportable a la realidad se puede obtener sobre la manga y la eslora. Nuestro barco de cerámica carece además de cualquier detalle que determine el punto en el que se fijaba el estay que, dirigido hacia la proa desde la cofa, mantenía vertical el mástil y le proporcionaba solidez, si bien en una de las naves representadas con este detalle en el palacio de Sargón II en Khorsabad los sitios de sujeción del estay y de la burda serían respectivamente las prolongaciones verticales del codaste y de la roda, en nuestro caso representadas por los cuellos de los caballos que sirven de mascarones a la nave. Tampoco muestra el barco del Carambolo pormenor referido a dónde se ataban los obenques ni a cómo se sustentaban de babor a estribor los travesaños que servían de asiento a los remeros, que serían simples bancos al descubierto (Guerrero 1998: 77). En cambio, y como ya hemos señalado, no podían faltar algunos detalles que parecen responder sólo a la función litúrgica de este modelo: gateras en una sola banda, un pie anular para apoyar la pieza sobre algún expositor, y un asa que se prolonga verticalmente desde la borda y que sólo tendría la misión de atar el objeto para proporcionarle seguridad o de sostenerlo colgado en algún lugar del templo. Cuando se compara lo mostrado por el barco del Carambolo con lo que se ha afirmado de los mercantes fenicios, las contradicciones parecen evidentes. Por eso, nuestra conclusión provisional es que el término híppos transmitido por las fuentes escritas grecorromanas no se refiere tanto a un modelo concreto de embarcación cuanto a todas aquellas naves que disponían de un akrotérion en forma de cabeza de caballo, ya sobre la proa y la popa, ya sólo sobre la proa. De hecho, la consideración de que el híppos era necesariamente una nave más pequeña que el gaulós se ha deducido en parte de los bajorrelieves de las puertas de Balawat, cuando en esas mismas escenas aparecen también embarcaciones del mismo tamaño que carecen de cualquier tipo de akrotérion (cf. De Graeve 1981: fig. 42). En atención a la experiencia de Eudoxo en el puerto de Alejandría referida por Estrabón, en realidad el nombre híppos y el motivo al que aludía pudieron servir más como emblema étnico que como cualquier otra cosa. Tales símbolos de identificación de grupo fueron especialmente importantes durante el primer milenio a.C., cuando estaba candente el litigio por el control de las rutas del Mediterráneo central y occidental entre griegos y fenicios (Escacena 2006: 148). Los detalles referidos al ambiente arqueológico en el que apareció el barco del Carambolo añaden al estudio de la pieza un doble interés. Por una parte, suministran información sobre su cronología y sobre la posible funcionalidad de la fosa a la que sus restos se arrojaron. Por otra, proporcionan una visión general del contexto cultural y religioso del complejo en conjunto. La primera construcción protohistórica sobre el Carambolo corresponde al Santuario V. Se trata de un pequeño edificio con orientación astronómica solar. La entrada se abre al este, dispuesta en concreto al orto del solsticio de verano, mientras la trasera da al oeste, hacia el ocaso del solsticio de invierno. Se trata de un templo sencillo compuesto de tres estancias: una de entrada, que parece patio, y dos al fondo cubiertas y más pequeñas, la meridional con un altar circular en su centro. La primera ampliación de esta estructura más antigua corresponde al Santuario IV (fig. 8). La modificación consistió en levantar un edificio simétrico que tenía como centro y fondo el templo prístino, convertido ahora en patio. Así, surgieron al sur y al norte respectivamente de este nuevo patio dos habitaciones alargadas que contaron en su día con hogares y otras estructuras relacionadas con el funcionamiento cotidiano de un santuario: un horno, vasijas entibadas, hogares, molinos, etc. Abundan en este contexto los restos de fauna y las cenizas, señal de que se trataba de una zona tal vez destinada a la preparación de los sacrificios. A su vez, a ambos lados de estos compartimentos se construyeron sendas capillas: una en el flanco norte para Astarté y otra en el lado sur para Baal 13. El centro de la capilla o tabernáculo meridional lo ocupó un gran altar en forma de piel de toro extendida sobre el suelo, fabricado mediante un suave rebaje del pavimento de tierra apisonada, luego pintado de rojo. La combustión de las ofrendas sobre este altar originó un gran círculo rubefactado en el centro y ennegrecido en la periferia, que en algunas zonas sobresalía de los límites del ara (fig. 9). Repintado y agrandado poco a poco, este mismo altar pervivió en la fase siguiente (Santuario III), en la que se añadió al complejo un gran espacio abierto de entrada pavimentado con guijarros de cuarcita, y por tanto apto para el acceso de mucho público y de caballerías en su caso. Entre este amplio sector a cielo abierto y las estancias del fondo (capillas de Astarté y Baal y otras áreas de servicio del templo), se dispuso un nártex pavimentado con conchas marinas del género Glycymeris, suelo tan delicado que necesariamente debió contar con un acceso más restringido que el ámbito precedente. En esta fase, el edificio conoció además una pequeña ampliación hacia el este de las habitaciones del fondo, especialmente de las capillas de Baal y Astarté. Mientras estuvo en uso el edificio IV, en el flanco norte del complejo se abrieron una serie de fosas destinadas a acoger la basura sagrada originada en el ritual. En las distintas fases constructivas, las características de los materiales recuperados en tales vertidos son similares a las de los restos documentados en las áreas sacras destinadas a la preparación de las ofrendas y al culto, y completamente distintas de las que presentan los elementos exhumados en las edificaciones que se desarrollan al amparo del santuario pero fuera de él14. ISSN: 0066 6742 SOBRE EL CARAMBOLO: UN HÍPPOS SAGRADO DEL SANTUARIO IV Y SU CONTEXTO ARQUEOLÓGICO 15 13 Entiéndase el nombre Baal como apelativo genérico del dios masculino de los fenicios: el Señor. La manifestación concreta pudo ser en este caso Melqart. El uso indiscriminado de ambos términos referidos al mismo dios se apoya en la hipótesis de que los fenicios fueran en el fondo monoteístas por lo que se refiere al menos al ente masculino, pues tal divinidad va emparejada siempre con Astarté: Esmún-Astarté en Sidón, Baal Samem-Astarté en Biblos, Melqart-Astarté en Tiro y en la Cartago arcaica -luego, aquí, Baal Hammon-Tanit en época púnica-. De ser verosímil tal propuesta, bajo los apelativos Baal, Melqart o Adonis sólo se ocultarían distintas advocaciones. Sobre tan polémico asunto, del que se ha dicho y escrito generalmente todo lo contrario de lo aquí propuesto, véase también Hornung (1999). Altar en forma de piel de toro de la capilla meridional del santuario. Tales rellenos se caracterizaban por su color negruzco o pardo-negruzco, su textura limosa y su baja compactación, con alguna arena, nodulillos de arcilla quemada, ripio cerámico y abundancia de ceniza y carbones (figs. 10 y 11). La tierra de estos depósitos casi igualaba en volumen a los restos arqueológicos que tales estratos contenían, destacando la alta proporción de huesos, malacofauna (especialmente Solen sp.) y elementos cerámicos. La Unidad Estratigráfica que cobijaba el barco (UE 1022) fue la que precisamente ofreció alguno de los elementos más singulares. De hecho, en ella se exhumaron una cadenilla de oro, con un trenzado similar al que muestra la que une los sellos al collar del tesoro del Carambolo, y varios pequeños apliques realizados en ese mismo material, junto a una notable cantidad de cerámica a torno y a mano. La UE 1022 presentaba características similares a las dos sobre las que se asentaba (UE 1064 y 1025), si bien se observaban ligeras diferencias en cuanto al color, grado de compactación y proporción de elementos, aspectos que dieron lugar a su diferenciación. C., mientras que en la UE 1025 se recuperó un prótomo de caballo similar al del barco objeto de estudio y que tal vez pertenecía a la misma pieza. De hecho, la diferencia entre las UE 1022 y 1025 se limitaba a una menor proporción de contenido y una coloración ligeramente distinta. En cualquier caso, el tiempo trascurrido entre la decantación de estos niveles debió de ser muy breve, ya que ninguno presen- taba signos de edafización. Este rasgo puede hacerse extensivo a todos los rellenos diferenciados. Los distintos vertidos que colman la fosa UE 2625 aparecen cortados por un nuevo hoyo de aproximadamente 1,10 m de diámetro, sección en U abierta y unos 0,30 cm de profundidad, relleno ahora por la UE 1211. Este paquete se caracteriza por ser más heterogéneo que los anteriores, sobre todo porque está formado por numerosas bolsas de escasa potencia, discontinuas y con límites difusos, fruto de una deposición rápida, pero que de nuevo presentan abundantes restos óseos, conchas marinas y cerámica. A este contexto podría pertenecer asimismo otro depósito (UE 1027). La fosa y los rellenos citados fueron amortizados por un vertido de color amarillento compuesto por margas disgregadas, registrado de forma puntual y discontinua (UE 1026, 1030 y zona inferior de 1020 y de 1019). Las huellas de bioturbación sugieren que este nuevo paquete permaneció a la intemperie durante algún tiempo. Sobre él se detectó parte de una probable construcción en adobe, de la que apenas quedaban 5 cm de altura; tal estructura pudo formar la base de un muro de alineación noroeste-sureste (340o) y de 35 cm de anchura; junto a él se documentaron restos de un suelo de conchas marinas muy deteriorado (UE 1020 y 1019). Los elementos constructivos descritos formaron parte al parecer de estructuras arrasadas por las obras de las instalaciones del Tiro de Pichón que se realizaron en 1958, que también decapitaron las fosas y sus rellenos, hasta el punto de que algunos de los depósitos superiores aparecieron directamente bajo el pavimento del siglo XX (UE 1000). Este hecho, unido a la presencia de una serie de tuberías de desagüe y cimentaciones (UE 1001 y 1002) que aíslan la zona en que se hallan los ele-mentos descritos, impide establecer vínculos estratigráficos entre dicho sector y el resto del santuario. En consecuencia, dichas relaciones sólo se pueden proponer como hipótesis a partir de la cronología suministrada por los elementos arqueológicos del contexto. Las fosas descritas se excavaron en un vertido previo de carácter heterogéneo (UE 1028) y en un estrato con rasgos edáficos que regulariza en parte la ladera oeste de este sector (UE 1044). Ambos conjuntos sedimentarios pueden fecharse a inicios del Hierro Antiguo. Los materiales arqueológicos de todos estos estratos infrapuestos a la fosa UE 2625 pueden correlacionarse tipológicamente con los del edificio más antiguo (Santuario V), con lo que nuestro barco puede asignarse al Santuario IV. Por debajo aún de toda esta estratigrafía analizada aparece, inmediatamente encima de las margas terciarias del cabezo (UE 23), un nivel del Bronce Pleno que presenta en la superficie huellas de estabilización por intemperismo y abandono (UE 1018); mientras esta capa estuvo en formación se abrió una sepultura infantil que carecía de ajuar (UE 1170). La estancia de la Sociedad de Tiro de Pichón en que se ubican estas unidades reseñadas fue la que seccionó la fosa interpretada en su día como fondo de cabaña por Maluquer y Carriazo. Recordemos que este elemento interfacial y sus rellenos han sido reexcavados y vueltos a documentar, en parte por primera vez, en las distintas campañas que desde 2002 se desarrollan en el yacimiento. Estos trabajos recientes han permitido reinterpretar aquel supuesto fondo de cabaña como una fosa de vertidos originados en el área sacrificial y cultual del santuario. Igualmente, han mostrado una evidente semejanza, por su carácter singular, entre los elementos exhumados por Carriazo y los recuperados en la zona que aquí estudiamos. El carácter sagrado o ritual del basurero puede La importancia histórica de la réplica de barco hallada durante las recientes excavaciones en el Carambolo no estriba en las claves que pueda proporcionar para el estudio de las flotas que frecuentaron Tartessos. Ya hemos visto que esta reproducción no puede tenerse por una maqueta precisa de la realidad de un mercante, a pesar de que cuenta con elementos suficientes para deducir la modalidad de embarcación a la que hace referencia. Su presencia en el Carambolo implica en cambio un refuerzo tanto de la función desempeñada por el sitio en la Protohistoria de la Baja Andalucía como de la identificación étnica de la gente que lo fundó y usó. Este depósito es el primero que empieza a colmatar la fosa UE 2625. De sobras se conoce que, en casi todo el Mediterráneo, las reproducciones a escala de navíos, hechas en madera, en metal o en cerámica, aparecen en altísimo porcentaje en contextos cultuales. En el mundo egipcio, y por la simbología que relacionó a las embarcaciones con los movimientos de los astros en la bóveda celeste y a éstos con el mundo de la muerte, tales ejemplos se constatan sobre todo en ambientes funerarios (cf., por ejemplo, Casson 1994: lám. III). Pero en otras muchas zonas, especialmente en Chipre y Cerdeña por ejemplo, los lugares de aparición más comunes son también los santuarios, sobre todo los consagrados a divinidades relacionadas con la navegación. Esta circunstancia refuerza la hipótesis de que el Carambolo fue, durante todos sus momentos de vida entre los siglos IX y VI a.C., sólo un promontorio dedicado a Astarté, cuya vinculación a la diosa fenicia patrona y protectora de los navegantes se llevó a cabo mediante la construcción de un suntuoso templo y sus dependencias anejas. El carácter fenicio del barco, indiscutible gracias a su mascarón en forma de cabeza de caballo, puede ponerse en relación directa con la iconografía oriental sobre los barcos que, en la primera mitad del primer milenio a.C., usaban las marinas cananeas de las ciudades costeras del actual Líbano. Como herencia de aquella tradición marinera, el híppos acabó por convertirse en el barco cuya nacionalidad era de más fácil identificación (Guerrero 1998: 76). Asimilando la parte al todo como cualquier sinécdoque, su prótomo logró dar nombre a la embarcación, aunque Plinio (N.H. VII, 5715 ) relacionó el término con un supuesto inventor tirio llamado Hippos (Aubet 1994: 156), una especie de ingeniero que podemos dar por legendario ya que dicho antropónimo no es conocido en la tradición lingüística semita (Luzón 1888: 447). Pudieron ser estos navíos, por tanto, los usados en parte para el desplazamiento de la colonización fenicia a Occidente y para sus transacciones mercantiles, y no sólo unas pequeñas barcazas destinadas al comercio local y a la pesca. De hecho, la idea tan extendida de que los híppoi eran barcos humildes usados por gente pobre para pescar puede considerarse una consecuencia de la evolución tardía de los modelos más arcaicos, según la cual habrían desaparecido ya en época romana los híppoi de más tonelaje; porque la noticia de que se trataba de una pequeña embarcación pesquera usada por los gaditanos en los bancos marroquíes sólo la conocemos por Estrabón (II, 3, 4) 16. En cambio, los bajorrelieves del palacio de Sargón II en Khorsabad, mucho más antiguos como hemos indicado ya, enseñan barcos cargados de grandes troncos de madera y bien dotados de tripulación, aunque ésta lógicamente aparece en mayor número en el caso de los navíos de guerra representados en la escena que narra la huida desde Tiro del rey sidonio Luli y de su gente. Es normal que esto sea así porque la principal carga que debe llevar un barco de guerra, aun teniendo espolón de ataque, es un nutrido grupo de remeros que acelere su velocidad y le proporcione agilidad en la evolución de sus movimientos en caso necesario (Bartoloni 1988a: 75;1988b: 137) 17, personal del ejército con su panoplia, es decir, infantería (Rougé 1975: 106), e impedimenta bélica, como conocemos bien desde momentos anteriores a la expansión fenicia gracias al relieve de la victoria de Ramsés III sobre los pueblos del mar, en la que la flota egipcia sirve sobre todo para transporte de la tropa (Casson 1991: 33-35). A ello se une, en el caso del panel asirio, que se trata del relato de una migración, con su cuota correspondiente de hombres, mujeres y niños que acompañan a Luli al exilio. Deducimos de todo este razonamiento, por tanto, que los grandes cargueros que hacían las largas singladuras entre Oriente y Occidente, también pudieron disponer de un akrotérion en forma de cabeza de caballo, con- viniéndoles por tanto el nombre de híppoi. Esto explica que fuera uno de estos barcos, identificado como tipo insignia de la flota de Gadir, el que según Estrabón (II, 3, 4) encontró la exploración de las costas africanas emprendida hacia 118 a.C. por el marino griego Eudoxo. Como el prótomo -akrotérion en la vieja tradición helénica que arranca al menos del segundo milenio a.C.-llegó a convertirse en una especie de bandera para la identificación nacional de los barcos, Eudoxo, que cargó hasta Alejandría con el mascarón de aquel barco, pudo saber al llegar a puerto que pertenecía a una nave de los fenicios gaditanos (Luzón 1988: 445-446). De acuerdo con una línea de investigación desarrollada en torno al Caballo de Troya, algunos autores han defendido que dicho animal de madera, que los griegos dejaron a los troyanos como regalo envenenado, no sería más que una nave con prótomo de caballo sobre su codaste y en cuyas bodegas se habrían escondido unos cuantos guerreros helenos (Torr 1964: 114). Esta hipótesis parece muy verosímil dada la terminología náutica con que se describe a veces el mito y la existencia en la Antigüedad de autores que así lo afirman categóricamente, pero, a diferencia de lo que sostiene Luzón (1988: 454-455), creemos improbable que dicha tradi-ción, caracterizada por usar barcos con cabeza de caballo como mascarón de proa, llegara a la Península Ibérica antes de la expansión cananea del primer milenio a.C., porque todo lo que se ha dicho de la precolonización fenicia en relación con Tartessos está basado en datos científicos muy inseguros, hasta el punto de que aconsejan descartarla por completo (Escacena e.p.). Esto no niega que otros barcos mediterráneos más antiguos frecuentaran las costas del mediodía ibérico, y que esas embarcaciones dispusiesen además de mascarones de proa con formas de cabezas de animales. Eso es, al menos, lo que sugiere el barco con cabeza de toro en la proa representado en un cuenco campaniforme del yacimiento almeriense de Los Millares (Molina 2005: 94). En cualquier caso, la inexistencia de barcos con cabeza de caballo en la proa, o con nombres que tengan que ver con este animal, en el mundo ugarítico del segundo milenio a.C. (cf. Vita 2000), apoya la propuesta de Luzón (1988) de que los fenicios tomaron el tipo del Egeo. Parece probable que esta transmisión se hiciera a través de Chipre, donde el mundo helénico y el cananeo entraron en contacto ya en el segundo milenio a.C. (Ruiz de Arbulo 1998: 33). Nuestra conclusión puede parecer en principio un poco contradictoria, ya que, a pesar de que creemos encontrarnos claramente ante un híppos, no podemos asimilar el ejemplar del Carambolo con claridad a ninguno de los dos buques fenicios propuestos tradicionalmente por la investigación. A favor de su asimilación al híppos clásico estaría el hecho indudable de su mascarón en forma de cabeza de caballo, pero en contra de esta idea habla el excesivo número de remos para considerarlo un barco destinado sólo a navegacio- nes costeras y de cabotaje. Sobre este aspecto las opiniones son ambiguas. De una parte, se sostiene que el tipo pudo disponer de hasta veinte o treinta remeros para las empresas mayores (Guerrero 1998: 77), mientras que otros investigadores, basándose en el relieve de las puertas de Balawat ya mencionado, proponen no mucho más de dos tripulantes. De hecho, se ha llegado a afirmar que "los remos trabajarían fijos en toletes o chumaceras sobre la regala, y nunca a través de gateras como ocurre en las birremes y trirremes" (Guerrero 1998: 78), lo que no cuadra evidentemente con el ejemplar del Carambolo ni con otras reconstrucciones de lo que eran los híppoi. Así, en la maqueta que se expone en el Museo Marítimo Nacional de Haifa, esta modalidad de mercante fenicio cuenta con una fila de remos a cada banda que traspasan la borda por gateras (cf. De Graeve 1981: fig. 129). Si el modelo híppos representó algo más que una simple barcaza para desplazamientos de cercanía, como sugiere la referencia ya citada al naufragio hallado por Eudoxo en las costas atlánticas africanas, para las que harían falta buques de mayor calado, convendría revisar las atribuciones a las tradicionales capacidades de carga asignadas a cada tipo de embarcación, ya que nada impide que el modelo gaulós, tenido entre los que más tonelaje pudieron transportar de la marina fenicia (Aubet 1994: 156), dispusiera también de prótomos en forma de cabeza de caballo, en cuyo caso podría ser asimilado al híppos. De hecho, también J. Alvar (1981: 53), a pesar de que duda de la noticia referida por Estrabón, sostiene que debió ser un barco de más tonelaje que el normalmente asumido para el híppos. En cualquier caso, algunas propuestas de reconstrucción de los buques de tipo gôlah se han hecho con cabeza de caballo en la proa (cf. Díes Cusí 1994: fig. 5;2004: 60). Pero también se ha dicho que los híppoi sirvieron como naves de exploración de nuevos territorios a los que extender la colonización (Guerrero 1998: 61), y que podían enfrentarse a situaciones apuradas y a vientos contrarios arriando velas y usando la propulsión a remo (Guerrero 2004: 87), lo que sugiere que pudieron estar dotados de una tripulación más numerosa que los dos o tres remeros que normalmente se aceptan cuando se piensa en que fueran sólo pequeñas embarcaciones de cercanía. Precisamente por su tamaño no muy grande, los barcos de Mazarrón podrían pertenecer a estos tipos destinados al transporte de pequeña distancia, y en cambio en ellos no existen señales del uso del remo, sólo del impulso a vela, lo que se ha deducido con facilidad gracias a que se ha conservado la carlinga del mástil en el centro de la quilla (Negueruela 2004: 235). Los paralelos más parecidos para las gateras del barco del Carambolo corresponden de momento a los orificios para los remos que presenta un gaulós de terracota procedente de Amathus, en Chipre, fechado en los siglos VI-V a.C. El hecho de que esta miniatura no lleve cubierta ha sido interpretado como una licencia de quien la fabricó a fin de mostrar el interior de la nave (Guerrero 1998: 74), lo que sería razonable admitir si no fuera porque el barco del Carambolo también carece de ella. Los problemas para una identificación definitiva aumentan en este caso si es un híppos el barco birreme desde el que Asurbanipal fue representado cazando leones en un relieve del palacio de Kuyunjik (Barnett 1958: 220). En este caso, la fila superior de remos pasa por encima de la borda, mientras que los de la inferior atraviesan el casco por sendas gateras (De Graeve 1981: 57 y fig. 67). Para solventar tales problemas de asignación a un tipo determinado, se ha recurrido incluso a dividir el modelo en dos variantes, distinguiendo entre el híppos propiamente dicho y sus formas derivadas (De Graeve 1981: 123-128), lo que parece de nuevo una solución ad hoc para adaptar los datos a esquemas mentales preconcebidos. La presencia, en fin, de una embarcación de este tipo en un santuario dedicado a Astarté refuerza el carácter fenicio del Carambolo según ya hemos adelantado. Además, en contra de quienes se empeñan en seguir situando este sitio en las tierras interiores de Tartessos, consolidaría la idea, afianzada en diversos estudios geológicos (cf. Gavala 1959; Menanteau 1982, Arteaga y otros 1995) de que hasta Sevilla al menos -si no hasta Ilipa (Alcalá del Río)-podían llegar, como aún hoy, las embarcaciones de gran calado -tipo gaulós-, las mismas que servían para hacer las rutas marítimas entre Oriente y Occidente en calidad de grandes mercantes. Con razón, ya F. Collantes de Terán (1977: 37-54) sostuvo en su día que la razón de ser de la creación de Hispalis (la Spal de época tartésica) fue precisamente su estratégico emplazamiento para la navegación por el paleoestuario del Guadalquivir. Si desde un análisis filológico el topónimo Spal puede ser considerado de origen fenicio totalmente (Díaz Tejera 1982: 20; Lipinski 1984: 100) o en parte (Correa 2000), la hipótesis más verosímil sobre la fundación de Sevilla pasa por atribuirla a los colonos cananeos del primer milenio a.C., los mismos que levantarían a la vez el santuario de Astarté en una de las colinas más elevadas que la meseta del Aljarafe ofrecía justamente en el frente de poniente, al otro lado de la ría bética. Visto lo cual, mucho empecinamiento será necesario para seguir viendo en el Carambolo un asentamiento de los indígenas de Tartessos, porque esta otra hipótesis tendrá que luchar contra un cúmulo de datos que hablan de su filiación fenicia, al que se une ahora el barco aquí estudiado. ¿Cómo se comprende, si no, que, de ser esta réplica un exvoto, la población autóctona asignara el cuida-do de sus naves a dioses extranjeros, y que lo hiciera además ofreciendo en el templo un barco votivo de cerámica que imitaba también modelos foráneos? Después de este hallazgo, y en correspondencia con los estudios geomorfológicos ya citados que sitúan el paleoestuario del Guadalquivir entre las antiguas ciudades de Caura (Coria del Río) e Ilipa (Alcalá del Río), el Carambolo puede tenerse sin lugar a dudas por santuario costero, a pesar de que hoy se encuentra a casi ochenta kilómetros del litoral. En este recinto sagrado dedicado a Astarté se han constatado, además, conocimientos astronómicos de cierta importancia, deducidos de la orientación helioscópica del templo y de sus altares (Escacena 2006: 16-18). Por esta razón el Carambolo cobra todo su valor como lugar de encuentro entre los pilotos de las embarcaciones y los sacerdotes más peritos en el conocimiento del cielo. No en balde, después de una etapa prehistórica en que los marinos navegaron sin cartas ni instrumentos (Arnaud 2005: 50), y que acudieron a las aves como ayuda en la orientación náutica (Hornell 1946; Luzón y Coín 1986; Guerrero 1993: 19-26), se atribuye a los fenicios la introducción en el Mediterráneo de la navegación de altura guiada por las estrellas (Plinio N.H. VII, 209; Estrabón I, 1, 6), de donde le vino en la Antigüedad a la principal guía semita de las singladuras nocturnas, la constelación de la Osa Menor, el nombre de «Estrella Fenicia» (Bartoloni 1988a: 72) 18. Además, si en el Carambolo se podía conseguir un cabal conocimiento del comienzo del verano, gracias sobre todo a que el eje de su altar en forma de piel de toro apuntaba en dirección este al orto solar del solsticio de junio, dicho control del tiempo cronológico permitiría estar al día en cuanto al dominio de las fechas que marcaban el principio y el final de la temporada apta para la navegación, que -se supone-coincidía básicamente con el estío (Alvar 1981: 75-76). Si los buques de tipo gaulós estuvieron asociados a grandes empresas comerciales en las que los armadores pudieron estar representados por el propio estadoen el caso fenicio personalizado en los templos de Melqart (Guerrero 1998: 86)-, la presencia del híppos del Carambolo en un santuario de Astarté sugiere un tratamiento similar para estas otras naves más versátiles. Desde el Fani Prominens de Avieno (O.M. 261), cuya identificación con el Carambolo parece cada vez más evidente, pero sobre todo desde el puerto de Spal (Sevilla) situado enfrente, los híppoi pudieron bogar Guadalquivir arriba al menos hasta la cabecera del estuario, donde en la ciudad de Ilipa se ubicaba otro grupo colonial fenicio 19. En cambio, aguas abajo y a sólo unos diez kilómetros del Carambolo, en las antiguas bocas del río, se abría ya, desde Caura hacia el sur, el Sinus Tartesii (Avieno, O.M. 265), la gran ensenada que precedía al Atlántico y desde la que se iniciaban los derroteros hacia Gadir y el Mediterráneo, en dirección este, y hacia Portugal o África en sentido oeste. Pero también para estas singladuras más arriesgadas era apto el híppos. Y, aunque su capacidad de carga era al parecer menor que la del gaulós, el valor de ésta superó seguramente con mucho a la de los grandes buques mercantes. Entre dicha mercancía se ha citado con frecuencia el vino (Guerrero 1998: 77), lo que en nuestro caso está certificado por un ánfora para los apreciados caldos de Quíos proveniente de Caura (Belén 1993: 44-46 y fig. 6, 2). Por los múltiples ejemplos similares conocidos en santuarios del mundo mediterráneo, la presencia de esta réplica de barco en el Carambolo viene a consolidar una de las hipótesis con las que abríamos este artículo, aquella que vio siempre en el yacimiento suficientes elementos cultuales como para creerlo un importante centro ceremonial. En este contexto sagrado, la interpretación más tradicional, deducible en parte de otros hallazgos similares repartidos por el Mediterráneo, reconocería en el objeto de nuestro estudio una ofrenda votiva. Desde tal lectura, la embarcación del Carambolo vendría a representar el agradecimiento a la divinidad, por parte de uno o varios fieles, de un favor que habían recibido o solicitado. Sin embargo, no queremos finalizar este trabajo sin apuntar otra hipótesis verosímil aunque tal vez fenicia en el mediodía ibérico, lo que hoy es vega del Guadalquivir entre Alcalá del Río y el comienzo de la comarca de las Marismas constituía una ancha llanura de inundación. En ella comenzaban a dibujarse los meandros históricos del río, entonces sólo como grandes caños de marea que posiblemente eran rebasados por el agua durante la pleamar (Borja y Barral 2005: 19). Esta circunstancia, unida al hecho de que los híppoi no eran navíos de excesiva obra viva, permitía que la navegación fenicia pudiera alcanzar el fondo del estuario sin necesidad de hacer trasbordo en puntos intermedios entre el mar e Ilipa, por lo menos en momentos de aguas altas. Sin embargo, como en época romana dicha llanura se había colmatado de aluviones y la desembocadura se había desplazado ya hasta las cercanías de Lebrija (Arteaga y otros 1995), las mercancías que remontaban el Betis debían de cambiar en Hispalis a barcos menores (Chic 1990: 22). Estrabón (III, 2, 3) dio cuenta precisa de estos detalles, que hicieron de la Hispalis romana el puerto de embarque de los excedentes agrícolas de la Bética (Parodi 2001: 174). menos cómoda, la que vería en dicha nave de cerámica una representación del barco astral en el que los dioses atraviesan a diario la bóveda celeste. Como se sabe, esta función es bien conocida en el mundo egipcio, del que tanto se impregnó el imaginario religioso fenicio. En el país del Nilo, las divinidades del cielo navegan todas las jornadas por el firmamento en sus correspondientes barcas sagradas, en las que realizan tanto la singladura nocturna como la diurna. Pero esta creencia no fue exclusiva de Egipto. Gracias al denominado "disco de Nebra", una representación del universo visible plasmada en una placa circular de bronce procedente de Sajonia, conocemos su existencia en la Europa prehistórica del segundo milenio a.C. (Meller 2004). Igualmente, es posible que aluda ya a lo mismo la decoración simbólica que exhiben unos cuencos de cerámica calcolítica del sureste hispano (cf. Martín y Camalich 1982: fig. 5d). En consecuencia, esta otra hipótesis incrementaría aún más el carácter sagrado del híppos del Carambolo, y lo situaría al mismo nivel que otras muchas representaciones de la barca astral (solar o no) conocidas en el Mediterráneo oriental durante el primer milenio a.C. En los centros de culto fenicios del mediodía ibérico son abundantes precisamente las referencias a cuestiones astronómicas, que se manifiestan en el Carambolo de forma especial a través de la orientación helioscópica del propio santuario y de su altar en forma de piel de toro. Con esta interpretación, el barco del Carambolo no sería tanto un exvoto propiamente dicho cuanto un objeto sagrado más del ajuar litúrgico del templo. Se explicaría así que, a diferencia de casi todas las embarcaciones votivas conocidas en los santuarios de esa época, la del Carambolo no muestre la simetría lateral típica de una nave genuina, es decir, que las gateras para los remos sólo aparezcan en una de las bordas. Al contrario que los auténticos exvotos, el híppos del Carambolo no se habría elaborado para imitar con fidelidad una embarcación real usada por marineros y/o comerciantes fenicios en sus actividades económicas. Su diseño presupone más bien la idea preconcebida de algo que va a ser expuesto en un lugar muy visible del santuario. Que su encargo al alfarero fuera una acción llevada a cabo por el propio templo, o que estemos en cambio ante un regalo privado a la divinidad, son ya extremos de imposible aclaración con los datos arqueológicos con que hasta hoy contamos. Pero sí podemos adelantar que la concepción de esta nave, y su gran tamaño en relación con la mayor parte de los exvotos conocidos, sugieren que no nos encontramos en realidad ante un objeto votivo, sino ante una parte del ajuar litúrgico usado en los ritos que se celebraban en el santuario. De ser cierta esta hipótesis, los fenicios emigrados a Tartessos habrían reproducido en Occidente con bastante fidelidad, como es además lo esperable, las creencias y los cultos que se practicaban en sus metrópolis de procedencia. Si éstas fueron en parte similares a lo que conocemos del mundo egipcio, el híppos del Carambolo no sería más que una barca sagrada, elemento de capital importancia en los templos del país del Nilo. Como es bien conocido, en éstos existía una capilla, de especial significado en los santuarios solares, destinada precisamente a la barca sagrada. Como puede verse en múltiples manifestaciones del arte faraónico, por ejemplo en el llamado "techo astronómico" del Rameseum (Lull 2004: 141), sobre esa barca se representa a los dioses en sus manifestaciones astrales, y sobre ella navegan siempre estrellas y constelaciones. Es más, subida sobre unas andas, se convierte en determinadas ceremonias en la peana procesional por antonomasia. Tal vez sea de esta forma como puedan comprenderse mejor algunas referencias textuales que identifican la montaña sagrada de Baal con el término usado para "barco", la consagración de una nave a Melqart en Tiro transmitida por Arriano o la imagen plasmada en un anillo en la que se representó, sobre las olas, una embarcación que porta en su centro el disco solar (Ruiz Cabrero 2007: 99, 101 y 121), escena que remitiría sólo al mundo egipcio si no fuera por la inscripción fenicia que la acompaña. Esta hipótesis, que podría venir reforzada por otros aspectos solares constatados en el Carambolo, no pretende más que abrir nuevos caminos de investigación a los ya más conocidos acerca de los usos simbólicos de los barcos en ambientes fenicios, entre los que se han trabajado sobre todo la vinculación al mundo del más allá y al rito molk. No obstante, convendría tener presente para el futuro también estos otros aspectos en tanto que en el santuario recibió culto la diosa Astarté, como se desprende del exvoto de bronce encontrado allí mismo (Bonnet 1996: 128-130; Bonnet y Xella 1996). Como se conoce de sobras, esta divinidad estuvo fuertemente vinculada a las creencias funerarias. Es más, su asimilación a la Isis egipcia a partir sobre todo de la primera mitad del primer milenio a.C. (Scandone 1983: 405-406; Bonnet 1996: 22), permitiría igualmente abrir otra puerta a la interpretación del barco del Carambolo como pieza de culto vinculada a un posible precedente de la fiesta primaveral del Navigium Isidis o Ploiaphesia, conocida sobre todo a partir de época helenística y que incluía una procesión con una lámpara en forma de nave (Ruiz de Arbulo 2006: 206-207).
Desde que en 1798 Napoleón ordenase el envío de las 62 esculturas más valiosas y famosas del Vaticano a París, el Papa Pío VII alias L. B. Chiaramonti conseguía reunir en el Vaticano y en sólo tres años una nueva colección de antigüedades, llamada por su apellido Museo Chiaramonti. Desde 1808 se publicaron varios catálogos, algunos con grandes grabados, de las 1048 esculturas depositadas en este museo. Todavía hoy estas esculturas cubren en filas apretadas las paredes de una galería que transcurre 120 metros. El último catálogo, escrito por Walter Amelung y publicado en 1903 por el Instituto Arqueológico Alemán, contenía por motivos económicos sólo 58 láminas fotográficas, cada una con una vista general de una sección de esculturas. A pesar de la descripción detallada de cada escultura por Amelung debemos considerar que gran parte de la colección está todavía inédita por falta de fotografías detalladas. Con la publicación del Bildkatalog, por fin, se ha llegado a rellenar esta laguna. Los tres volúmenes cuentan con 1.106 láminas fotográficas conteniendo entre tres y cuatro mil fotografías (!). En general se reproduce cada pieza por sus cuatro lados. Sólo falta la parte trasera de algunas esculturas grandes que por su peso quedaron sujetas a la pared; en cambio, las cabezas de éstas aparecen en láminas separadas. Las fotos tienen muy buena calidad, que sorprende todavía más si consideramos su elevado número; aunque a veces el objeto aparece algo sobreexpuesto y poco contrastado. La fotocomposición es muy acertada y el espacio de cada lámina está bien utilizado. A veces, cuando las esculturas tienen un formato alargado, su reprodución resulta demasiado pequeña para poder juzgar detalles de su factura (cf. las láms. Otras veces, más generosamente, se ha reproducido al menos la vista frontal en gran tamaño (cf. las láms. También son abundantes las fotos de detalles (cf. p. ej. las láms. Afortunadamente, todas las fotos de una escultura aparecen agrupadas y no separadas, como todavía se evidencia en algunas publicaciones, que utilizan al máximo el sitio disponible de las láminas. En la obra que reseñamos sólo las cabezas antiguas, que originalmente no pertenecen al resto de la estatua y fueron añadidas en tiempos modernos, aparecen reproducidas en otro contexto según su datación o temática, algo que está convenientemente indicado en la leyenda. Las esculturas, que en el Museo Chiaramonti están colocadas según criterios decorativos, han sido reordenadas tras el laborioso esfuerzo de los numerosos colaboradores del nuevo catálogo con un nuevo orden que respeta la fecha y la clase de monumento. Su propósito primordial ha sido la ordenación según épocas, es decir: obras helenísticas, tardorrepublicanas y augusteas, de época tiberiana hasta la trajanea, de época adrianea hasta la antoniniana y finalmente de época severiana al Bajo Imperio. Dentro de esta agrupación por épocas se precisa la disposición de las distintas clases de monumentos, es decir: retratos, escultura clásica e ideal, decoración arquitectónica, basas y altares. Sin embargo, ya la tabla de materias de la pág. XIII demuestra que este arreglo es engañoso, porque no está tratado con rigor: mientras que algunas épocas como la época republicana tardía y clases de monumentos como los retratos del período imperial temprano están subdivididos en fases distintas, toda la escultura clásica, las basas, altares y ornamentos arquitectónicos del siglo primero d.C. (desde época tiberiana hasta la trajanea) se quedan sin subdivisiones ulteriores. También los retratos de griegos famosos, ejecutados en época romana, los relieves, los sarcófagos y las urnas de época imperial no tienen subdivisiones siendo, como fueron, trabajados bajo distintos imperadores romanos. Por esa razón no se pueden agrupar con otras clases de monumentos ejecutados durante el mismo período. A mi juicio, una agrupación de todas las categorías de monumentos, cada una en un bloque, hubiera mejorado la ordenación del libro. El lector que busca paralelos para su investigación siempre agradece un orden, que primero considera la clase de monumentos, y sólo después su época, porque así todos los retratos o todas las esculturas arquitectónicas quedan agrupadas. Sin embargo, tal y como están dispuestas deben buscarse por su datación en distintos apartados. Además es bien sabido que el criterio cronológico tiene, en general, el defecto de su discutibilidad. Por ejemplo, hay que corregir las láms. Un problema aparte lo representa la escultura clásica o ideal romana. En el libro que reseñamos, está ordenada por su fecha romana, que no siempre parece acertada. Desde un criterio científico la mejor solución sería dividirla en dos grupos: A: obras maestras, es decir, obras que reproducen fielmente los modelos famosos de la escultura griega, ordenadas por la fecha del modelo griego, y B: obras eclécticas, ordenadas por el tema o nombre de la representación. Otra solución todavía más clara y más sencilla para el consultante sería ordenar las obras primero por su orden alfabético según sus nombres y sólo después por su datación. De esta forma se ha agrupado en el libro sólo los sarcófagos, primero por su temática y después por su cronología, lo cual nos parece muy acertado. Sólo ahora, por las nuevas fotografías, se reconoce que no pocas obras del Museo Chiaramonti tienen un origen postantiguo; no sólo las cabezas y los brazos añadidos que mencionan las leyendas de las láminas. También evidenciamos la modernidad de las siguientes esculturas, acreditadas como antiguas: láms. La disposición del rótulo de las figuras es clara y sigue siempre el mismo esquema: debajo de la foto hay un número a la izquierda que repite el número de la escultura del anterior catálogo de W. Amelung (v. arriba) o -en el caso de inscripciones-este número se refiere al Corpus Inscriptionum Latinarum o, a veces, también a otros catálogos; la numeración de la escultura según su sitio actual en la Galería Chiaramonti aparece a la derecha bajo la foto. Las leyendas de las láminas, según se prefacia (p. X) puestas «so knapp wie moglich» (tan concisas como es posible) proporcionan en su mayoría una opinión muy general y sólo en algunos casos datos exactos sobre el tipo estatuario. Como ejemplo cito solamente la AEspA, 69, 1996 leyenda de la lámina 244: "pequeño torso de Hermes, alto 0,54 ms, obra romana de la segunda mitad del siglo I d.C, según un modelo griego de comienzos del siglo IV a.C. Creemos que hubiera sido mucho más preciso referenciar directamente el tipo estatuario, es decir:'Hermes Ludovisi', y citar en la parte bibliográfica del tercer volumen a: A. Giuliano (ed.), Museo Nazionale Romano, Le sculture 1,5 (Roma 1983) págs. 177 ss. núm.75 (B. Palma). En cambio, en otras láminas (p. ej. 292 y 670) las leyendas llevan comentarios y anotaciones largas, que hubieran estado mejor situadas en la parte bibliográfica. Según mi parecer, también faltan generalmente argumentaciones o comentarios sobre las dataciones propuestas en las leyendas, que a veces son algo voluntariosas. Muy útil resulta, sin embargo, la indicación de las medidas escultóricas debajo de las fotos, comprobadas con el original, pues permiten constatar mejor las medidas reales de la obra ilustrada. Según el prefacio (pág. X)'para cada pieza en la parte bibliográfica está anotada la más reciente bibliografía', una afirmación que sólo vale para aproximadamente una cuarta parte de las esculturas. Es de alabar que muchas piezas estén provistas de anotaciones sobre su procedencia, obtenidas en los archivos vaticanos por M. A. de Angelis, R Liveriani y A. Uncini. Las concordancias detalladas y los índices al final del tercer tomo: procedencias; colecciones, comerciantes de arte y directores de excavaciones; nombres propios nominados en las inscripciones y finalmente otras personas y cosas hacen que este catálogo sea de fácil consulta. La obra, con sus tres tomos, nos ofrece una documentación fotográfica muy rica y completa, constituyendo un tesoro para los especialistas, motivo de agradecimiento al editor, fotógrafo y a todos los colaboradores (W. Geomini, M. G. Granino, J. Kóhler, M. Kreeb, M. Mathea-Fõrtsch y M. Stad-1er). For último debemos reflexionar, si en lugar de esta edición en forma de libro, que seguramente es más fácil de manejar, hubiera sido más conveniente una edición más barata en microfichas con vista a satisfacer el mismo objetivo. Stephan F. Schroder, Museo del Prado, Catálogo de la escultura clásica, Volumen I: los retratos, Ministerio de Cultura, Museo del Prado, Madrid, 1993, 302 pp. y fotos (traducción del anterior, de P. Diener Ojeda y P Billaudelle). En 1993, con una distancia de algunos meses (de hecho la edición española terminó de imprimirse en enero de 1994), han visto la luz estos dos volúmenes, correspondientes a la versión original en alemán y a su traducción al castellano de la primera entrega del nuevo catálogo de las esculturas del Museo del Prado realizado por Stephan F. Schroder: ésta dedicada a los retratos, la segunda lo estará a las restantes. Hace casi veinte años, el Profesor Antonio Blanco tuvo a bien dedicarme su Catálogo de la escultura del Prado, editado otros veinte años atrás, en 1957, con el siguiente autógra-fo: "A mi discípulo, amigo y colega..., cuando ya el Catálogo hay que rehacerlo". Esa necesidad, largamente sentida, y escuetamente expresada por quien con más autoridad podía hacerlo, es la que vemos ahora parcialmente satisfecha con la obra de Schroder, y esperemos quede redondeada en breve con la edición del segundo volumen. Hl mismo afán didáctico ha conducido al autor a la inclusión de paralelos, explicativos o demostrativos, muy dosificados; hasta el punto de que en esa línea podría haberse incluido alguno más, como un Demóstenes completo, por citar un caso. Y la misma preocupación ha conducido a la inclusión de un glosario al final del texto, un complemento de gran utilidad, pero de contenido difícil de aquilatar, porque siempre podrán echarse en falta términos o conceptos que podrían haber sido incluidos, o considerar innecesarios algunos de los que están. Son muchas las aportaciones de los estudios desgranados en el catálogo, con multitud de nuevas propuestas sobre identificación, datación o autentificación de los retratos estudiados: desconocidos que engrosan la serie de retratos de, por ejemplo. Germánico o Constantino, cambios en las identificaciones, etc. Sería imposible comentarlas todas, y me limitaré a destacar una actitud que considero muy positiva en el autor: no hacer una catalogación fría, sino comprometida, con la apuesta por nuevas lecturas y dataciones, que se suman hasta formar en conjunto una notable oferta para el diálogo científico, para la discusión de no pocos temas de interés. Pero aún me parece más importante la incorporación, gracias al nuevo catálogo, de la escultura del Museo del Prado al tratamiento moderno de las producciones del mejor arte antiguo. La Arqueología Clásica ha venido atravesando en los últimos años (¿decenios?) una cierta crisis por muy diversas razones, entre ellas el cuestionamiento de su capacidad de sobrevivir como tal, con su propia identidad, ante el empuje de las Arqueologías más jóvenes -entre ellas la Prehistórica y la Medieval-, con sus nuevos planteamientos y métodos de trabajo. Hoy día, la Arqueología Clásica parece superar el trance mediante un remozamiento paralelo al de sus hermanas o hijas más jóvenes y, en mucho, por el aprovechamiento y la puesta a punto de lo mejor de su propia tradición. Con base en ella, mediante cuidadosos estudios de sus materiales habituales o tradicionales, entre ellos las obras de arte, propone nuevas y valiosas lecturas, teniendo en cuenta los contextos, las fuentes literarias, la valoración de su papel a la luz de modernos enfoques semióticos, de su interpretación como expresión de un lenguaje formal codificado y enormemente expresivo si se logra penetrar en sus claves. De todo ello se hace eco nuestro catálogo sobre la base de una materia prima tan expresiva como los retratos. Sobre el tópico de su valoración como expresión de realismo o de individualismo, hoy se subrayan los valores ideológicos o simbólicos que hacen de la vejez, pongamos por caso, no un atributo personal, sino la expresión de un valor moral o colectivo (experiencia...), que, acariciado en una determinada época o lugar, conduce a retratos de "todos viejos", y a la captación a través de ellos de tendencias generacionales de gran valor sociológico e histórico. Es lo que ocurre con la valoración de los "parecidos" en los retratos del emperador y su familia, vehículo de programas oficiales que la casa imperial ponía en circulación para garantizar la continuidad de su linaje, como se comenta a propósito de algunos retratos, como el probable Gayo César catalogado con el número 27 o de tantos otros. En esta línea cobran particular significación las reelaboraciones, muy atendidas en los estudios modernos sobre retratos, como se pone de manifiesto en el estudio de la pieza número 38, un retrato de Domiciano sobre uno anterior de Nerón. No hace falta subrayar el interés de estas deducciones, como contundente expresión de las pulsiones ideológicas de su época, en una faceta de la indagación que da nuevo sentido a la tradicional y ridiculizada tarea de "contar rizos", como recuerda el propio Schroder. Y lo mismo cabe decir de la recuperación de viejos modelos en retratos de antepasados, como la espléndida pieza 48, o, con otro sentido, la número 80, un retrato del siglo m que retoma un modelo bastante anterior -tardorrepublicano o de comienzos del Imperio-por complejas razones sociohistóricas. En conjunto, el catálogo ilumina con su nueva observación una serie espléndida de retratos (dos egipcios, estudiados por H. Sourouzian, 17 griegos y 70 romanos), dignos del mayor interés, con un valor que hubiera sido mucho mayor en el caso de conocer al completo los contextos originarios. Pese a esa limitación, los retratos conservan todo su valor testimonial, aparte de que su tratamiento, las restauraciones o reelaboraciones recientes, aunque a veces merman o estorban su valoración anticuarística, les otorgan un valor de otra dimensión: el de cómo "se contemplaba" o "se completaba" el arte antiguo en los tiempos de la Ilustración o del Barroco. En esto hay casos espléndidos, como el de la pieza 49: un retrato reconstruido a partir de la base de un busto con una inscripción en griego que lo identifica como un tal Statilius, que era sacerdote; el fragmento da pie a una reconstrucción en el siglo xvi del retrato, completando como una nebris -una piel de venado-la pequeña parte conservada del plegado original, para darle así un atuendo apropiado a un sacerdote dionisiaco, y tomando para la cabeza el modelo de los retratos de Eurípides con algunas transformaciones, como una acusada calvicie. Se echa en falta en el catálogo un informe técnico sobre los mármoles, la situación de las epidermis y otros complementos. Pero su objetivo está plenamente cumplido en su concepción de catálogo moderno, utilizable, entre otras cosas, como un instrumento ideal para valorar mejor, en su justa medida, la escultura del Museo del Prado, su fondo menos atendido y socialmente considerado. Su postergación en las instalaciones del Museo, repetidamente denunciada, puede resumirse en la frase con que Pilar León se suma a quienes le precedieron en el dictamen de que "nunca se les concedió protagonismo ni tuvieron otra utilidad que servir de ornato en el Museo" (p. Pero sobran motivos para detenerse a contemplar creaciones extraordinarias, como el retrato de la emperatriz Sabina (núm. 53), el Adriano joven (núm. 54), el Antinoo núm. 56, el Antonino Pío núm. 58, espléndidos retratos anónimos como la dama núm. 65 -del siglo ii, con un aparatoso peinado-, o el "sacerdote" núm. 84, de un extraordinario realismo, o tantos otros retratos de primerísimo nivel que merecerían ser igualmente mencionados, como el que cierra esta casi improvisada lista y el catálogo: un magnífico Constantino joven valorado por Schroder como uno de los mejores del emperador. El catálogo, en fin, es un motivo de satisfacción científica y cultural, editado con gran dignidad editorial, que sería el primero en celebrar el más ilustre huésped del Museo del Prado, el gran Velazquez, uno de los que se ocupó de las colecciones reales por encargo de Felipe IV; fue un convencido de la importancia de la escultura clásica, y es notoria su influencia en sus prodigiosas creaciones pictóricas. Seguro que él y todos cuantos han tratado de la espléndida colección escultórica del Museo del Prado, verían complacidos que, al tiempo que se presenta a todos con el nuevo semblante del catálogo que ahora reseño, las esculturas recibieran en el Museo el tratamiento museográfico que merecen, como pretende hacer, por fin, el actual director del Prado, José M^ Luzon. Habrá que celebrar este verdadero acontecimiento, y esperemos que se vea acompañado por la edición del siguiente volumen del catálogo. José M. Blázquez Universidad Complutense La Facultad de Ciencias de la Antigüedad y Orientalistica de la Ruprecht-Karl-Universitat inició en 1988 la publicación de monografías sobre temas de religión romana bajo la dirección del Profesor Tonio Holscher, pero ha sido a partir de 1993 cuando se han acumulado sus publicaciones. El Instituto Arqueológico Alemán y la Boeringer Stiftung de Ingelheim patrocinan la serie, colaborando a la buena calidad de impresión y encuademación que la caracteriza. Las monografías publicadas son por ahora tesis doctorales, defendidas en la Universidad de Heidelberg y en su mayoría dirigidas por el Profesor Tonio Holscher. El listado completo hasta hoy es el siguiente: 1 De nuevo, y pocos años después de la monografía de M.A. Marwood, The Roman cuit of Salus, BAR 1988, se aborda el difícil tema de una divinidad alegórica. Marwood basaba su trabajo fundamentalmente en los textos epigráficos y monetales, relegando el estudio propiamente arqueológico de estos y otros materiales; Winkler hace lo contrario, obvia el estudio epigráfico directo, aunque discute naturalmente las opiniones de Marwood; seguimos sin un estudio que aborde globalmente todos los testimonios. Es cierto que los epígrafes son innumerables y muy dispersos, pero es indudable que si el A. ha elegido básicamente el material estatal -moneda y escultura mayor-como apoyo de su argumentación, relegando el culto privado que tan extenso es, debería abordar conjuntamente la epigrafía pública contemporánea. Es de alabar, sin embargo, el que los materiales arqueológicos estén minuciosamente estudiados desde el punto de vista histórico, especialmente las monedas que se convierten en un elemento político-ideológico de primera categoría en sus manos. El A. presenta el trabajo en un claro y nítido orden cronológico que viene a apoyar su conclusión de que Salus es una divinidad estatal y su iconografía depende siempre de los objetivos políticos de cada momento y reinado, y por lo tanto su evolución es lineal, conclusión que apoya con algunos ejemplos verdaderamente interesantes por lo paradigmáticos que pueden resultar para otras iconografías divinas: cf. las Minervas o las Victorias llamadas en las acuñaciones SALVS en el año 69, en el que sólo la intervención militar de Galba podía proporcionar salud al Estado, una ideología que hoy nos es conocida e interpretamos con claridad, pero para la Antigüedad si no tuviéramos la leyenda no habríamos identificado guerra con salud. Es importante confirmar que bajo una misma iconografía pueden existir contenidos muy diferentes, y éste es un claro mensaje para quienes trabajamos a veces sólo con imágenes. El A. aborda el estudio desde el primer testimonio del culto a Salus, en la guerra samnita con el voto en el -311 de la construcción de un templo que se iniciará en el -306, hasta las advocaciones del s. m d.C. Especialmente tratados son los reinados de Tiberio en que se consolida el culto imperial y SALVS se convierte en AVGVSTA (pp. 46-51) y Galba (pp. 79-90) en que la divinidad es enarbolada como justificación y propaganda de la rebelión; en ambos períodos Hispânia juega un papel muy importante que desgraciadamente el A. no ha sabido apreciar. Por ejemplo, no es con Domiciano la primera vez que SALVS es efigiada con espigas como conjunción de Salus, Ceres y Annona como dice el A. (pp. 86-88), lo había sido cincuenta años antes en Emérita en la persona de Livia, cuyo retrato, del mejor gusto romano contemporáneo, es rodeado por la leyenda SALVS AVGVSTA en anv. y en el rev. se explica el contenido cultual de la imagen del anv.: la misma Livia entronizada con cetro, espigas y leyenda La serie de Arqueología e Historia se enriquece con esta tercera entrega en la que se publica la tesis doctoral de K. Lembke sobre el templo de Isis en el Campo de Marte. En este sentido, resulta llamativa la insistencia, en las pp. 115-116, con la que la autora postula el carácter esencialmente femenino del isismo tardorrepublicano y de comienzos del Imperio: la visión está mediatizada por las fuentes literarias, pues los elegiacos cantan a sus amadas, único objeto de información y si, por otra parte, la Paulina de Flavio Josefo es isíaca, isíaco es el corrupto sacerdote que favorece a Decio Mundo. Por tanto, no se puede ir muy lejos con esos materiales que proporcionan sólo una imagen parcial de la realidad, que sólo se enriquece al combinarla con otras series informativas, como las inscripciones (125 ss.). El último capítulo de análisis está dedicado al problema del verdadero carácter del isismo romano, como culto egipcio o renovado. Atiende, para lograr su objetivo, al contenido de las aretalogías, la información de los autores antiguos, las inscripciones y los restos arquitectónicos. Sólo la iconografía, en opinión de la autora, es novedosa con respecto a lo que sabemos del culto en su lugar de origen, e incluso sostiene que la información literaria permite aseverar que el culto celebrado en Roma o Corinto seguía las pautas egipcias. Constituye una visión interesante el juego de interpretaciones que afecta a la propia constitución del culto en Egipto antes de su difusión y su transformación al ser asimilado por griegos o romanos que, respetando la tradición, provocaron escasas innovaciones, sobre todo influidas por los misterios de Deméter (p. En este sentido, el espacio sacro dedicado al culto de Isis en el Campo de Marte reproduce esa tensión entre lo innovador y lo tradicional, entendido como respetuoso con las prácticas cultuales originales de Egipto. Entre el exotismo de los productos importados o egiptizantes, los habitantes de Roma encontraban un espacio para el recreo o la espiritualidad que constituía una atractiva llamada para la aproximación religiosa. El libro de Lembke contribuye, por tanto, de forma excepcional a la observación integrada de cuantos elementos permiten reconstruir el recinto en el que desarrollaron sus actividades los seguidores del culto de Isis en Roma. A pesar del título que presenta, la obra que reseñamos no trata exclusivamente las pinturas eróticas del apodyterimn de las termas, sino que aborda el tema en el contexto de las escenas del género halladas en Pompeya, buscando también paralelos en otros restos arqueológicos. Por otro lado analiza las obras literarias de carácter erótico, fuente de este tipo de pintura en el mundo romano. La obra está articulada en cuatro capítulos escritos por L. Jacobelli, a los que se añaden tres apéndices de distintos autores que analizan elementos parciales del monumento: S. Mois, «L 'arredo dell' apodyterium» El autor argumenta la posibilidad de la existencia de estanterías lígneas provistas de cajas para depositar las objetos personales, siguiendo las huellas halladas en paredes y pavimento. Se puede interpretar como apartamentos de alquiler, ya constatados en los otros establecimientos termales pompeyanos. Descripción de algunas recetas para tratar esta afección benigna, considerada grotesca por los antiguos, a tenor de las representaciones. En el primer capítulo se describe brevemente el establecimiento termal, excavado entre 1985-1988. De sucesión lineal, se fecha en los primeros años del s. i, con remodelaciones posteriores; es el primer complejo pompeyano sin distinción de sexos y presenta algunas innovaciones arquitectónicas y tecnológicas inspiradas en las grandes termas del área flegrea. El siguiente capítulo está dedicado a la descripción y análisis de las pinturas del apodyterium. Las escenas eróticas se situaban en la parte superior de las paredes meridional y oriental, conservándose completa únicamente aquella de la meridional, en la que se observan ocho escenas con distintas actitudes sexuales, que se sitúan en pequeños cuadritos dispuestos sobre la representación de cajas numeradas que, a su vez, apoyan en una especie de ménsula, copia de la tabella analizada en el apéndice I. En las cinco primeras escenas se observan diferentes tipos de relaciones heterosexuales, con el siguiente orden, Venus péndula, coitus a tergo, fellatio, cunnilingus y symplegma; algunas de ellas inusuales, no sólo en la pintura romana, sino también en otras representaciones del género. En los dos cuadritos siguientes se representan tríos y cuartetos eróticos, mientras que en el octavo se puede comtemplar a un posible poeta, quizás de obras eróticas, afectado de hidrocele, enfermedad que cuenta con muchas representaciones en el mundo romano, realizadas siempre con fines humorísticos. Si la identificación de las escenas no ha supuesto grandes problemas, los elementos rectangulares situados bajo ellas han sufrido diversas interpretaciones y así en un primer momento se consideraron celdas del lupanar vistas desde lo alto, de forma que las escenas eróticas representaban lo que sucedía en su interior. El reciente y sugerente estudio las identifica con cajas para guardar la indumentaria de los bañistas, copia de los recipientes lígneos reales que estarían numerados de la misma forma que en la pintura para facilitar su colocación. Parece evidente que existe una correspondencia entre números y escenas eróticas que induce a suponer una relación entre ellos y así los números pueden catalogar los varios tipos de posiciones que se practicaban en el juego amoroso, componiendo una especie de esquema conocido e inspirado S. Martin-Kilcher, Die rõmischen Amphoren aus Augst und Kaiseraugst. Estamos ante un libro realmente fundamental sobre las ánforas halladas en dos importantes yacimientos: Augst y Kaiseraugst, con un trabajo que nos atrevemos a calificar de exhaustivo del material hallado, que será sin duda imitado por los numerosos investigadores que hoy día se dedican al estudio de las ánforas romanas. Tema que hoy está de moda. Un equipo español, dirigido por el que suscribe esta reseña, lleva ya excavando 8 campañas en el Monte Testacelo de Roma, y está arrojando con las memorias de excavaciones una imponente masa de datos sobre las ánforas hispanas y en menor número africanas, cuyo conocimiento y estudio va a influir favorablemente en todos los trabajos de este tipo en Europa y en todo el Mediterráneo. El Testacelo es el único archivo fiscal que conocemos de todo el Imperio Romano y plantea importantes y novedosos problemas y soluciones para el conocimiento del comercio, del transporte, de la distribución del aceite, del control estatal, etc. Los dos volúmenes de S. Martin-Kilcher son una contribución, como muy bien puntualiza la autora, «ein Beitrag zur romanischen Handels-und Kulturgeschichte». El subtítulo responde bien al contenido de los dos volúmenes. Los dos importantes yacimientos de Augst y Kaiseraugst han suministrado una gran AEspA, 69, 1996 cantidad de ánforas, que sirven muy bien para rastrear el comercio hacia estas dos importantes ciudades del vino, del aceite y de los salazones. Posiblemente la intensidad de este comercio y su procedencia encuentran confirmación en otras grandes ciudades. La autora estudia primero la forma, el contenido, la proveniencia y las fechas de las ánforas, para pasar a valorar los hallazgos, el transporte de alimentos en ánforas, los caminos de comercio, el comercio de distribución, las ánforas y su aportación a la historia cultural de Galia y de las provincias del Rin, y finalmente la determinación arqueológica y científica del barro de las ánforas de Augst y Kaiseraugst. El solo enunciado de los capítulos, tratados de forma modélica, indica claramente la importancia del estudio, que significa un gran avance en el conocimiento del comercio dentro del Imperio Romano y de su funcionamiento. El libro va bien ilustrado y el manejo de la bibliografía es exhaustivo. Cien-an los dos volúmenes unas conclusiones. Desde el punto de vista editorial, es evidente que resulta mucho más comercial presentar una publicación con un título referente al contenido tratado que como el resultado de una determinada reunión, pues las ventajas de ésta podrían consistir en que se publicaran las discusiones y, por tanto, se hiciera así accesible al conocimiento de los no asistentes el contraste de pareceres que allí se hubiera producido. El presente volumen no ofrece las discusiones, si es que las hubo, por lo que, como actas del simposio sobre «Los orígenes de la urbanización en Iberia», viene a ser la sucesión de las intervenciones que tuvieron lugar en Londres en febrero de 1994, organizadas para mostrar los resultados de la colaboración de los arqueólogos ingleses en diversos terrenos de la arqueología peninsular. Los organizadores pretenden unificar los estudios a partir de unos planteamientos teóricos determinados, que se exponen en los que podrían calificarse como estudios de conjunto. Barry Cunliffe (5-28) realiza una adecuación de sus teorías sobre la complejidad de las relaciones territoriales a la protohistoria de la península, a partir de la definición del mundo tartésico como periferia del imperio asirlo, hasta llegar a la época inicial de la intervención romana. El factor geográfico adquiere en él un papel protagonista, lo que es indudable, salvo en el hecho de que lo que resulta verdaderamente importante desde el punto de vista histórico es estudiar cómo, a partir de las condiciones geográficas, se desarrolla la especificidad de cada formación social humana. Por su parte, Simon Keay (291-337) se limita a trazar una historia de la intervención romana y de sus consecuencias, necesariamente superficial, con el hilo conductor de que toda transformación es debida al deseo de las minorías de imitar a los romanos, sin penetrar en lo que sería un modo realmente profundo de comprender las colectividades humanas, en el entramado de las relaciones en que no estuvieran presentes todos los sectores de la sociedad, aunque no se muestren en los edificios públicos, pues éstos existen, entre otras cosas, porque existen los sectores silenciosos integrantes de la comunidad. Dos aportaciones precisas, sobre la escasez de urbanismo, de J. S. Richardson (339-354), y sobre la importancia clave de la municipalización de Augusto, de M.H. Crawford (421-430), completan la visión que se ofrece de la Hispânia romana, evidentemente poco profunda o atenta a auténticas expresiones de la complejidad. Entre los demás estudios, algunos plantean problemas generales relacionados con el título de la obra, como el de Robert Chapman (29-46), que trata de las dificultades para encontrar un concepto de urbanismo que pudiera ser aplicable a las edades del bronce y del cobre, para concluir que hasta 1200 sólo puede hablarse de formas de concentración poblacional relacionadas con la tecnología de los metales. M.^ Eugenia Aubet (47-65) ofrece una interpretación sintética, pero sin aludir la complejidad, de las transformaciones de los asentamientos fenicios en relación con su funcionalidad y sus relaciones externas, con los paralelos correspondientes en los asentamientos indígenas, lo que proporciona una imagen ilustrativa de lo que parece pretenderse en la organización del simposio, la formación de la ciudad dentro de la complejidad del desarrollo histórico. En cambio, la lúcida visión arqueológica de B B. Shefton (127-155) no acaba de transformarse en una aportación significativa para tales objetivos. Por su parte, Martín Almagro-Gorbea (175-207) está demasiado preocupado con las identificaciones raciales de las poblaciones peninsulares como para poder atender a la complejidad social que se halla en la base de la formación de la ciudad. Son también estudios de conjunto los de Virgilio Hipólito Correia (237-262) y Armando Coelho Ferreira da Silva (263-289) en territorio portugués. Otros, en cambio, se limitan a dar una información más o menos interpretativa de algunos yacimientos arqueológicos, como Hans Georg Niemeyer (67-88), que parece no compartir la tesis de Aubet, aunque, a pesar de tratarse de un coloquio, tal discrepancia no se expone abiertamente, con lo que da la impresión de que se trata de trabajos elaborados y expuestos independientemente, en los compartimentos estancos en que suele trabajar la investigación histórica, a pesar de la apariencia que puede ofrecer tanta celebración de reuniones. Arturo Ruiz (89-108), en cambio, aunque trata del yacimiento de Plaza de Armas de Puente Tablas, lo hace del modo que puede contribuir a la comprensión del desarrollo del fenómeno urbano en el conjunto del mundo ibérico. Lo mismo puede decirse del trabajo de Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús R. Álvarez-Sanchís (209-235) para el estudio de la meseta a partir de Las Cogotas. Con menos ambiciones, Pierre Moret y otros (109-125) intentan enmarcar el yacimiento de Santa Pola en el conjunto de la arqueología del sureste peninsular. Enric Sanmartí-Grego (157-174) se dedica a estudiar cambios formales en Ampurias y a discutir la funcionalidad de una edificación concreta que poco tiene que ver con el título del libro. Xavier Dupré i Raventós (355-369) se limita prácticamente a reseñar los importantes trabajos del TED'A en Tarragona, con algunas consideraciones inspiradas en las teorías de Keay, igual que ocurre, naturalmente, en el estudio sobre Itálica, firmado por José Manuel Rodríguez Hidalgo y Simon Keay (395-402). También es un estudio fundamentalmente arqueológico el que realizan Victorino García Marcos y Julio M, Vidal Encinas sobre Astorga (371-394), con la ayuda marginal de otros datos no científicamente integrados. Como una reunión de la Academia Británica, donde los arqueólogos ingleses ponen de relieve su misión en la península y sus buenas relaciones con algunos arqueólogos portugueses y españoles, cuyos resultados se reúnen en un número de sus Proceedings, la publicación tiene un indudable valor informativo, pues los estudios concretos están en general bien hechos. Lo mismo puede decirse de las síntesis globales, donde posiblemente se encuentre el mérito principal de la obra. Más difícil es admitir que constituya una aportación de valor sobre la «complejidad social y el desarrollo de las ciudades en Iberia». Resulta cuando menos sorprendente que, a pesar de la tradición que algunos temas de nuestra historia tienen entre los hispanistas franceses, se pueda presentar este nuevo libro de Le Roux como la primera «monographie en français» sobre la Hispânia romana, al margen de las tesis universitarias realizadas. Quizá por ello el autor se apresura a calificar su estudio, no como un manual o una tesis, sino justamente como «un ensayo de carácter científico» (p. Tampoco es superfluo, aunque resulte insólito, el uso del neologismo «Hispânia togata» como subtítulo para un título, cuya traducción «literal» al español es, por lo menos desconcertante: «Romanos de España» juega deliberadamente al equívoco entre la referencia a «origen» o «estancia», a «hispanos fuera» o «romanos dentro», duda que tampoco despeja el índice, que bajo la voz «Romains» alude exlusivamente a indígenas romanizados o hispanorromanos, tal como se deduce del análisis de su nomenclatura {ibid., p. No obstante, como en otras ocasiones, Le Roux resuelve magistralmente esta dificultad mediante una adecuada selección de hechos y problemas significativos para la comprensión del tema, porque el verdadero reto es abordar una «historia de la España romana» en poco más de cien páginas de texto sin que, en apariencia, falten cosas y casos importantes. En vano se buscará aquí el tratamiento sistemático de las «grandes cuestiones» que jalonan la evolución histórica peninsular (explotación de los recursos, contribución al ejército romano, administración de las provincias hispánicas, entre otras), sino más bien aspectos puntuales e incluso meras referencias de pasada, necesarias para presentar una síntesis adecuada, pero sin abordar de forma pormenorizada el análisis de muchas otras cuestiones. Parte el autor de la idea, probablemente ajustada, de que la pervivencia actual de los vestigios romanos en la península ibérica sobrepasa con mucho en número e importancia a las huellas dejadas aquí por otras culturas y civilizaciones, desde las comunidades neolíticas a los púnicos, pasando por los iberos, celtas y griegos (espec. p. Pero quizá la división más ostensible del libro y que, sin embargo, no está bien reflejada en el «índice de materias» sea la relativa a un triple estudio de «espacios» complementarios: 1) el territorio (e. geográfico-administrativo); 2) la comunidad cívica (e. sociopolítico); y 3) la toga y la púrpura (e. ideológico). Respecto a todo ello Le Roux expone su particular opinión que raramente coincide con las teorías tradicionales al respecto. Basten algunos ejemplos: si los «indígenas» no se mantuvieron voluntariamente al margen de la vida romana, tampoco los «romanos» forzaron el proceso de asimilación de las comunidades hispánicas al sistema romano de organización política y social; la organización romana del «espacio» peninsular no es debida a razones económicas o militares sino geográficas y administrativas {vid. espec. p. 132); en fin, la diversa realidad provincial (desde el punto de vista étnico, regional y cultural) no impide sino que, al contrario, permite la elaboración de un «cuadro político» unitario a través de la progresiva integración de los indígenas en la civitas romana {vid. espec. pp. 79 ss.). Naturalmente, aunque estas opiniones sean discutibles, no son en absoluto gratuitas, puesto que en un mundo tan complejo como el de la Hispânia romana pueden fácilmente encontrarse casos y argumentos en uno y otro sentido. Le Roux percibe esta realidad como un conjunto de «estructuras, individuos y técnicas» {ibid. p. 136) en base a las que se configuran las «relaciones administrativas, sociales, económicas y políticas». Es en este contexto complejo de interrelaciones y niveles donde aparece la figura del togatus, definido como «ciu-dadano romano, de origen itálico o provincial, integrado en el sistema de la ciudadanía imperial en los diferentes niveles de la jerarquia política y social de Roma» {vid. p. 132), cuya imagen ha quedado inmortalizada en la espléndida talla en bronce del llamado «togado de Periate» (Granada). En opinión del autor, estos ciudadanos romanos son los únicos interlocutores válidos que Roma reconoce en el interior del imperio, bien actuando individualmente, bien como magistrados en representación de la comunidad; fueron también estos hispanorromanos (en realidad «indígenas romanizados») quienes durante siglos mantuvieron viva la idea de Roma no sólo en los ámbitos provinciales sino también en las comunidades locales, colonias, municipios y civitates aquí existentes. Finalmente, estos cives Romani constituyen la civitas o res publica, que en el caso de Hispânia agrupa un máximo de una treintena de ciudades {vid. p. 124), colonias y municipios, cuyo destino no es otro que «el anonimato», salvo quizá las capitales de provincia y algunas otras. Afortunadamente de estas últimas conservamos algunos de los documentos legislativos más importantes del imperio romano, las conocidas leges municipales de la Bética, entre las que destaca por su amplitud e importancia la lex Irnitana, de época flavia, que ha permitido conocer muchos aspectos de la vida municipal peninsular, a la que Le Roux se refiere a menudo. No obstante, otras cuestiones importantes apenas han sido abordadas: el proceso de provincialización del territorio peninsular, la tardía romanización de algunas regiones, la formación de las grandes familias o elites (senatoriales, ecuestres o decurionales), la carrera política de los hispanos al servicio de la administración romana imperial, la explotación de los recursos peninsulares y, en fin, la aportación hispánica al legado político y cultural romano, problemas todos ellos que reclaman también una adecuada respuesta. Una cronología sistemática, un glosario básico de términos y una bibliografía selectiva y actualizada cierran este apretado volumen, en el que uno puede encontrar muchas más sugerencias que teorías cerradas, en uno u otro sentido, quizá menos por el carácter de ensayo dado a este estudio cuanto porque el verdadero mensaje de Le Roux, una vez más, es que la Hispânia romana, en cualquiera de sus períodos, sigue siendo un tema abierto a la investigación histórica, siempre que ésta se realice con rigor e imparcialidad, razones por las que este estudio será point de repère obligado para investigaciones más puntuales. Ningún estudio sobre la colonización griega es fácil: con frecuencia resulta complicada la coordinación de las fuentes literarias antiguas y los datos proporcionados por la Arqueología. Por otro lado, las relaciones entre griegos e indígenas, aunque evidentes, presentan unos perfiles desdibujados. El asunto se complica aún más si el objeto de la investigación no es la estructura urbana de la colonia, ni el análisis de la documentación escrita referente a ella, sino su territorio, un objeto de estudio que necesariamente, como queda plasmado en esta monografía, obliga a integrar fuentes y datos diversos. La formación especializada de la autora en la metodología y técnicas de las investigaciones territoriales y su cono- AEspA, 69, 1996 cimiento del Nordeste catalán, le permiten abordar seriamente este trabajo. En el caso de Ampurias, más que el territorio en sentido global, ha sido su actividad productiva la que ha sido abordada en algunas ocasiones, pero siempre desde la óptica proporcionada por los autores antiguos, en especial Estrabón: el lino ampuritano o el esparto han sido objeto de elucubraciones diversas y se han intentado poner en relación con algunos elementos arqueológicos (los silos), en la línea de una Arqueología concebida como una forma de ratificar la literatura antigua. Rosa Plana nos propone ahora un acercamiento distinto al problema de la colonización griega abordándolo desde la perspectiva de un estudio territorial que no busca la confirmación de las palabras de Estrabón, sino la coordinación de datos de diversa naturaleza que se revelan convergentes al adoptar una metodología adecuada. Evidentemente, para entender la organización espacial ha sido necesario contar con los datos arqueológicos disponibles para el área ampuritana, tanto de la ciudad misma como de las instalaciones próximas. Aquí es donde la autora se enfrenta a uno de los problemas más graves: la desigualdad e imprecisión de los datos y la carencia de prospecciones sistemáticas. Sin duda la obtención de informaciones más precisas en este sentido (cronología, tamaño, funcionalidad, etc.) hará posible un análisis de la articulación del poblamiento, tanto en su diacronia como en sus relaciones espaciales. Una de las aportaciones de la monografía es haber contemplado datos edafológicos, topográficos e hidrológicos no como un marco, sino desde un análisis histórico y dentro de la dinámica de paisajes en la que los procesos naturales (evolución de litorales y valles fluviales, cambios climáticos...) son indisociables de la intervención humana (fijación de áreas agrícolas, determinación de cultivos, aprovechamiento de zonas pantanosas....). Junto a todo ello, los datos paleobotánicos constituyen un segundo bloque de informaciones que han sido incorporadas en el momento de estudiar la dedicación y especialización agraria. Sin duda uno de los logros más importantes en la investigación sobre la chora es haber dado el paso del análisis morfológico a la síntesis histórica. La detección de un catastro griego, con una metrología bien determinada, y el establecimiento de los límites es, evidentemente, significativa en sí misma pero sólo adquiere su-auténtico valor cuando se considera no sólo como un espacio geometrizado, sino como un espacio de producción y convivencia, como «un marco eficaz de producción». La vocación comercial ampuritana sólo puede ser sostenida por la intensa actividad agrícola -sobre todo la producción de cereal-que suministra los productos de intercambio: así, la planificación, la racionalización y fijación de una chora adquiere un sentido nítido al convertirse en instrumento de diversificación, intensificación y especialización productiva. La relación entre griegos e indígenas, tantas veces discutida a propósito del carácter doble de la polis, adquiere una nueva perspectiva al ser abordada desde el estudio de la chora griega con poblamiento ibérico. Quedan numerosos temas abiertos cruciales en la investigación, pero podremos tener nuevos datos sobre las condiciones de explotación del trabajo, la propiedad de la tierra, los vínculos entre la actividad agraria y la comercial, la formación de una élite greco-indígena o sobre el grado de complejidad de la sociedad local -proceso sin duda agudizado por la convivencia y participación en actividades griegas-, siempre a condición de poder completar el importante vacío de la información arqueológica. El hecho en sí de abordar un estudio territorial conlleva la necesidad de jugar con las distintas escalas. En el caso de Ampurias no sólo se trata del paso de la ciudad al territorio, sino de su comprensión en el conjunto del Nordeste peninsu-lar (la relación con Rhode y con los oppida de la peri I cria de la chora ampuritana), y el marco del Mediterráneo y del proceso global de colonización griega. Globalmente, el trabajo de Rosa Plana transmite la impresión de una línea de trabajo cada vez menos titubeante y más prometedora, que permite expresar la complejidad, el dinamismo, la globalidad en la que las dos caras de Ampurias (la dinámica colonial y las repercusiones de la colonización en las comunidades indígenas) se entienden diacrònicamente e integradas en un paisaje con un territorio estructurado. El Maresme es un área que podemos considerar privilegiada por la atención que diversos historiadores y arqueólogos le han prestado. En el Maresme coinciden estudios, prospecciones y excavaciones recientes, proporcionando un volumen de información (recogida al final del libro y correctamente cartografiada) que hace posible abordar una visión global, sintética, imprescindible para acometer un análisis territorial. Conviene destacar las excavaciones en el oppidum de Burrmc/Ilturo, en lluro, los trabajos de Marta Prevosti y del mismo Oriol Olesti. Inevitablemente, sin embargo, muchos de los datos arqueológicos son inseguros y siempre dejan un margen de error en el momento de tratar de establecer la secuencia del poblamiento de una manera precisa, la filiación indígena o romana de algunos yacimientos republicanos o la interpretación de instalaciones como alfares o áreas de almacenaje (silos y campos de silos). Este estudio, elaborado por Oriol Olesti como tesis doctoral, presenta un punto de partida no sólo interesante sino imprescindible para sus objetivos: la diacronia. Así su investigación se prolonga desde el Ibérico Pleno hasta la época augustea, momento en el que se detectan notables alteraciones. Su marco espacial, el Maresme, es lógicamente discutible, y el mismo autor insiste en el problema de fijar unas fronteras (como el caso del límite entre los territorios de lluro y Baetulo) que puedan corresponder a las establecidas en la Antigüedad. Evidentemente la documentación literaria antigua y la epigrafía de la zona (pese a la ausencia de inscripciones republicanas) han sido tenidas en cuenta e incorporadas en la interpretación global de los datos. También la numismática, a través del análisis de la moneda que circuló en la zona -estudio que realmente está por hacer-y de las series acuñadas en Ilturo, permite seguir un aspecto muy significativo de la intervención romana y de la fiscalidad. El eje del trabajo es la consideración de los estudios territoriales como una vía para conocer en profundidad las formas y ritmos de integración de las poblaciones indígenas bajo dominio romano y los mecanismos puestos en marcha por los itálicos: el aprovechamiento inicial de la infraestructura y la red de poblamiento -que poco a poco se va diluyendo-, la "captación" de élites locales -muy relacionada con la difusión de las clientelas-y el establecimiento de un catastro. Los puntos de interés y los enfoques adoptados para su análisis se pueden resumir en: -evolución de la malla de poblamiento indígena, partiendo de la estructura ibérica y evaluando los abandonos (de campos de silos y de oppida) y las condiciones y morfología de las nuevas instalaciones muy relacionadas con una nueva tendencia económica. Las alteraciones -ligadas directamente a la intervención de Roma-son progresivas y continuas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ con una clara aceleración a partir de la mitad del siglo ii a.C. y a lo largo de la primera mitad del i a.C. (los datos procedentes de Burriac son aquí esenciales); -el papel de la fundación de un centro urbano dotado de estatuto privilegiado, lluro. El tema de su condición jurídica, su evolución y significado es objeto de interesantes comentarios. La creación de lluro se interpreta como materialización de un segundo momento de control que prescinde ya claramente de la organización indígena, hecho puesto de manifiesto en la decadencia y abandono de Burriac y otros centros innecesarios en la nueva estrategia de ocupación y explotación del territorio; -la red viaria y su evolución desde la fase ibérica y durante el período republicano, respondiendo a las nuevas exigencias nacidas de una nueva distribución del poblamiento que coloniza nuevos terrenos, áreas más bajas y próximas a la costa y que precisa una comunicación longitudinal {Via Augusta), paralela a la costa y ejes transversales que unan a los cordones litorales; -la evolución de la producción en la región y el cambio en las relaciones productivas (incorporación del cultivo de vid, alteraciones en la producción y almacenamiento del cereal) y multiplicación de centros de fabricación de ánforas vinarias, la integración en nuevos marcos administrativos y la imposición de un catastro que supone un control fiscal y demográfico. El capítulo dedicado al catastro merece un comentario. Si la comarca cuenta con la ventaja de una documentación arqueológica rica, la otra cara de la moneda es que se trata de una zona fuertemente alterada en las últimas décadas, hecho que dificulta considerablemente el estudio de la morfología del paisaje y la detección de trazas antiguas. Sin duda es uno de los rasgos que dificulta de forma notable la interpretación de las escasas trazas localizadas en el Maresme, trazas que, por otro lado, coinciden con la orientación natural de la comarca (perpendiculares a la línea de costa), y son insuficientes para evaluar el módulo. Tampoco la distribución de yacimientos, en relación a la trama catastral, tiene una significación muy elevada. Es evidente que los datos permiten proponer la hipótesis de una limitatio que, a partir de la segunda mitad del siglo ii a.C., materializase la imposición de un catastro no para instalar a colonos itálicos, sino, mayoritariamente, a poblaciones locales, pero no autorizan, por el momento, a afirmar su existencia. El estudio del territorio exige ir integrando otras informaciones que, si bien con frecuencia no tienen el peso de la actividad agraria, no dejan de ser importantes en la distribución del poblamiento y en la vocación o especialización de ciertos poblados, vías, etc.: se trata, por ejemplo del papel de la ganadería, o de la minería y la metalurgia, apenas mencionados en el caso del Maresme. La visión global del trabajo nos lleva a comprobar la imposibilidad -que se constata en otros estudios de similar enfoque-, de emprender estudios lineales y la necesidad de tener en cuenta perduraciones y cambios, de evaluar el peso de las innovaciones (demográficas, productivas, estructura de poblamiento...) y las diferencias espaciales y temporales. Los análisis regionales en diferentes áreas peninsulares se pueden convertir en puntos de referencia para una nueva visión de la romanización en la Península y la recepción por parte de los grupos indígenas. Estos trabajos nos están haciendo ver que, en muchos casos, no es posible afirmar que la presencia romana sea más intensa en unas áreas que en otras, sino que hay zonas más y mejor trabajadas, y en ellas percibimos mejor los procesos de redistribución de la población, intensificación, diversificación y un cierto grado de especialización en la producción. El autor habla, en resumen, de un "modelo de romanización" determinado por las relaciones establecidas entre Roma y los indígenas y las distintas fases que llevan a la descomposición de las estructuras de poder, sociales y eco-nómicas de la sociedad ibérica de esta zona de Nordeste, que se pueden leer en la evolución del territorio del Maresme. Almudena Orejas Saco del Valle Universidad Alfonso X el Sabio. Madrid M. Mariné (coord.), Historia de Avila, I. Prehistoria e Historia Antigua. Ávila (Institución Gran Duque de Alba de la Excma. De reciente aparición es este primer tomo de la colección sobre la historia de la provincia de Ávila que programada en varios volúmenes y bajo la coordinación general de Eloy Benito Ruano ha editado la Institución Gran Duque de Alba de la Excelentísima Diputación de Ávila. La obra objeto de esta reseña, único volumen que ha visto la luz de este proyecto, constituye una completa síntesis acerca de la Prehistoria y la Historia Antigua abulenses. Con una autoría plural coordinada por María Mariné, el trabajo se nos presenta estructurado en siete bloques fundamentales, antecedidos por un lógico cuerpo preliminar (presentación, prólogo e introducción) y clausurado con un índice doble, onomástico y toponímico, que redondea el contenido del volumen. En un primer apartado (pp. XXXI-LXXII), Ángel Barrios presenta una rápida revisión de la literatura historiográfica provincial. La exposición y valoración de los distintos enfoques dados a la historia, los hitos, los grandes personajes y la vida de los abulenses en general se completa con un siempre útil listado bibliográfico ordenado cronológicamente (desde 1256 hasta 1994, con alrededor de 400 títulos). En buena lógica, a tenor de lo que viene siendo habitual en obras genéricas como ésta, el lector espera toparse con un capítulo dedicado al medio geográfico del escenario histórico. Y sorprende en este propósito la ausencia del mismo, relegado tal y como se nos dice (p. XXVI) a los vol. II y III, dedicados a la época medieval y de futura publicación. Se echa en falta el estudio del marco físico y no es fácil comprender las razones que llevan a retrasar su tratamiento hasta un momento posterior, cuando el entorno geográfico es precisamente un factor consustancial, si bien variable también, al desarrollo histórico -remoto y reciente-; y esto se acusa si cabe aún más en regiones como Ávila, donde un relieve tan peculiar (cadena montañosa del Sistema Central, valles intermedios, planicies...) condiciona sobremanera la ocupación humana asentada sobre el mismo. Manuel Santonja es el autor del capítulo dedicado al. La escasez de conocimiento científico de esta época en Ávila determina una panorámica ligera, en la que destacan yacimientos como Narros del Castillo, del período Achelense dentro del Paleolítico Medio, con importante industria lítica, o La Dehesa, junto al Cerro del Berrueco en espacio administrativo ya de la provincia de Salamanca, para la fase del Paleolítico Superior. La redacción del extenso tiempo que va desde el Neolítico al final de la Edad del Bronce es obra de Germán Delibes de Castro. Este capítulo (pp. 23-90) recoge una secuencia de contenido mucho más explotable, como queda indicado en la realidad que brindan los estudios de, por ejemplo, el habitat neolítico al aire libre de La Peña del Bardal de Diego Álvaro o el estadio calcolitico, con la manifestación ya de numerosos poblados y la aparición de la metalurgia. El fenómeno megalítico y en él el estudio de ritos fúnebres, como el documentado en el sepulcro dolménico de Bernuy Salinero, del que existe una reciente publicación que sin duda no ha podido ser consultada por Delibes para la redacción de estas páginas (J. F. Fabián García, El aspecto funerario durante el Calcolitico y los inicios de la Edad del Bronce en la Meseta (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) Norte, Salamanca, 1995), anuncian un lento despertar de la prehistoria abulense que se activa con los estudios más numerosos del horizonte campaniforme. Aquí, yacimientos como Pajares deAdaja, Aldeagordillo o Valdepeñas, testimonian, en un lenguaje funerario, la tendencia hacia la jerarquización social que se empieza a vislumbrar con la distinción de un grupo de minorías de poder reconocido arqueológicamente en piezas tenidas por insignias de prestigio, como el hacha-martillo perforado de Solosancho, a cuyo análisis se dedican unas páginas. Notables son también las expectativas que esta provincia despierta para la Edad del Bronce, con una sucesión de facies desde el Castillo de Cardeñosa, con exclusivos niveles de un Bronce Antiguo anterior a Cogotas I, pasando por la fase transicional de Proto-Cogotas I, bien representada en Mingorría, además de en otras estaciones abulenses, y por último Cogotas I -Pleno-, definido en el eponimo yacimiento de Cardeñosa e igualmente registrado en Sanchorreja y el Cerro del Berrueco (Cancho Enamorado), puntos emblemáticos para el estudio de la Prehistoria Final de la meseta norte. La metalurgia del bronce, la economía agropecuaria, las transiciones del Bronce al Hierro, y la importancia de los contactos con el sur, son otros de los aspectos más destacados que completan este capítulo, perfectamente hilvanado por Delibes. Antes de abordar el estudio de la Edad del Hierro, tan significativa en la provincia abulense, se introduce un breve apartado dedicado a la pintura rupestre pospaleolítica (pp. 93-102, firmado también por Delibes), que tiene en los abrigos serranos de Mingubela de Ojos Albos y El Risco de las Zorreras, junto al Raso, las manifestaciones más notorias de esta plástica. En más de 150 páginas, Fernando Fernández Gómez afronta el tratamiento del 1er milenio a.C. Es el bloque más espaciado y ello resulta lógico si consideramos que se trata de la época mejor estudiada y probablemente más representativa del pasado abulense. Es cabal la presentación de los grandes yacimientos del momento (Sanchorreja, Cerro del Berrueco, Las Cogotas, Mesa de Miranda, Ulaca, El Raso, excavado por el autor de estas páginas, aspecto éste que no pasa desapercibido), ilustrativa la caracterización cultural (urbanismo, toponimia, demografía, costumbres, organización sociopolitica, economía, religión, plástica zoomorfa de los verracos...) y ordenado el estudio de los materiales arqueológicos, cuya lectura es amasada por Fernández Gómez para integrarla como secuencia cultural superpuesta a la sucesión de datos ya señaladamente históricos para los episodios finales de este tránsito protohistòrico. Más matizable me resultan algunos aspectos puntuales, como la visión un tanto filocelta (cerrada, clásica y deudora de viejos postulados invasionistas que no acaban de ser enterrados) de la formación del pueblo vetón (pp. 109-113), y dentro de esto el ascendente eburón de la etnicidad vetona (pp. Ill, 173-174, 221...), la pervivencia retardataria de Cogotas I hasta casi el s. VI a.C. sin tomar en cuenta las recientes teorías de González-Tablas, del que sí se sirve para otras cuestiones, en relación al horizonte Sanchorreja II de la Primera Edad del Hierro, u otras ideas adicionales como el origen de la espada de frontón que Fernández Gómez deriva de Centroeuropa (p. 200), cuando hoy trabajos como los de F. Quesada o A. Lorrio demuestran que obedece a un prototipo más bien mediterráneo, como ya había sugerido E. Cabré. En cualquier caso la síntesis es meritoria en conjunto y excelente en algunos puntos, sugerentemente tratados en mi opinión, como las relaciones culturales y comerciales de esta región meseteña occidental con otros pueblos peninsulares (pp. 233-237), vía que considero esencial para entender el desarrollo de estas gentes vetonas y su tendencia hacia una complejidad socioeconómica cada vez más acusada. La época romana es un tiempo poco matizado en la provincia de Ávila, del que no se han producido muchos avances desde el estudio ya tradicional de E. Rodríguez Almeida {Avila romana. Notas para la arqueología, la topografía y la epigrafía romanas de la ciudad y su territorio, Ávila, 1981). María Mariné es la encargada de compilar las fuentes de información que poseemos de este período para ofrecer un esbozo de su historia (pp. 273-327). Merecen especial atención, a ojos de la autora, el tratamiento de las vías de comunicación locales y su integración en la red viaria romana (pp. 290-297), los restos clásicos de la capital (reutilizaciones en la muralla, epígrafes, terra sigillata), los monumentos funerarios singulares y locales representados por los verracos altoimperiales, la economía agrícola de algunas villae de los valles del Adaja y Zapardiel -si bien no muy bien documentadas-, o la cristianización de Ávila, tradicionalmente atribuida a San Segundo, uno de los Siete Varones Apostólicos que inauguraría la diócesis abulense en el s. i, cuando en realidad comunidades cristianas claramente establecidas no se documentan hasta el s. iv. Pero adolece el texto de opiniones sobre temas que están siendo debatidos en los últimos tiempos, como es el caso de la identificación de la Obila ptolemaica con Ávila (asumida por Mariné), o la inclusión plena de las tierras de la actual provincia abulense, conformadoras de parte de la antigua Vettonia, en la provincia lusitana y diócesis emeritense -y no en la citerior y cartaginense, respectivamente, como se creía a partir de una noticia de Plinio-dentro del esquema administrativo romano (al respecto, R. Hernando, "La integración del territorio oriental de los Vettones en el marco administrativo-provincial romano", Hispânia Antiqua, 19, 1995, pp. 77-93). El último capítulo se centra en la época visigoda y es debido a Luis Javier Balmaseda (pp. 331-365). Otra vez son escasas las fuentes y pocos los yacimientos arqueológicos (núcleos rurales como La Cabeza de Navalsangil de Solosancho o Diego Álvaro, necrópolis como la de Diego Álvaro o la de Valdesanmartín del Tiemblo). Más provechoso es el estudio de las conocidas pizarras visigodas de Diego Álvaro, al occidente de la provincia, similares a las recuperadas en Leri-11a (Salamanca). El registro documental da pie a una serie de conclusiones sobre el modo de vida, la agricultura, la ganadería, la organización social, la antroponimia y toponimia del visigotismo abulense más en conexión con el salmantinocacereño (resucitando acaso la antigua entidad étnica vetona), que con el núcleo de Toledo y Segovia. Un espacio final se dedica a la iglesia y a la religión, con la inserción del episcopologio abulense de la época goda. Todos los capítulos incluyen un listado bibliográfico al final, organizado en subunidades temáticas, ciertamente cumplido para la finalidad esencialmente divulgativa y didáctica de la obra. Asimismo presentan una introducción contextual de la época de análisis en un marco definidor culturalmente (a destacar, por ejemplo, los dedicados al proceso de neolitización peninsular, la introducción de la metalurgia en la meseta norte, las vías interpretativas del fenómeno campaniforme, el ambiente cultural del 1er milenio a.C, el proceso de conquista militar romana, o la penetración visigoda) y dentro del espacio global peninsular y europeo, según los casos. Son estos algunos de los aspectos que caracterizan esta valiosa obra, inmersa en un ambicioso proyecto de historia provincial. Constituye, efectivamente, una tendencia actual de la política autonómica la potenciación de historias regionales más o menos amplias, actividad que en Castilla y León no es precisamente parca (por ejemplo, J. Valdeón, dir., Historia de Castilla y León, Valladolid, 1985-86, 10 volúmenes; o la recientemente aparecida, A. García Simón, ed.. Historia de una cultura. Castilla y León en la Historia de España, Valladolid, 1995). La apreciación positiva de esta Historia de Ávila crece aun más al valorarse dos nuevos factores: 1) una buena coordinación, en general, entre grandes apartados temáticos, con un hilo argumentai progresivo, eslabonado y actualizado; y 2) el que se haya difundido la obra en una edición de alta calidad, puesta de manifiesto en recursos como las numerosas fotografías en color que se recogen. Por todo ello debemos felicitarnos ante la posibilidad de disponer de obras como ésta. Sin embargo una apostilla negativa me ronda tras haber leído el volumen: el peligro que puede conllevar el exceso de localismo de las historias provinciales, con un enfoque sesgado, en detrimento de una historia más comparativa e integrada en un espacio geográfico y cultural más laxo. Aunque es moderado en esta obra, sí citaré un ejemplo concreto, como es el representado por el yacimiento del Cerro del Berrueco, en el límite provincial entre Salamanca y Avila, que a pesar de ser un conjunto unitario compuesto por varios poblados con ocupación desde la Edad del Bronce al Hierro II, es tratado bajo la pauta rectora administrativa y no desde el punto de vista cultural, pues sólo se ilustran aspectos de los poblados ubicados en tierras de Ávila (parcialmente Cancho Enamorado y Las Paredejas), obviándose las referencias a los salmantinos (La Mariselva y Los Tejares). Eduardo Sánchez Moreno Universidad Autónoma de Madrid Modelo y reflejo en Augusta Emerita. Los hallazgos efectuados en el Foro municipal emeritense, en el que se han recuperado tanto estructuras arquitectónicas como programas decorativos, han puesto de relieve que la Colonia Augusta Emerita tomó su modelo del Forum Augustum de Roma. El Museo Nacional de Arte Romano y la Consejería de Cultura y Patrimonio han promovido e impulsado una serie de investigaciones sobre los materiales del área forense. Tanto las piezas de fondo antiguo como las recientes de las sucesivas campañas de excavaciones, tuteladas desde el Museo y en buena parte inéditas, han dado como resultado un panorama de alto interés científico, en el que se está trabajando en la actualidad en estrecha colaboración con los especialistas. En la idea de propiciar el papel de Centro investigador que el Museo desea consolidar día a día, se programó esta densa Jornada de Encuentro para dar a conocer los trabajos más actuales. Gracias a la participación inestimable del Dr. Trillmich contamos con la presencia de la Dra. Ungaro, miembro del equipo investigador tutelado en el Comune di Roma por la figura del Prof. Dr. Eugenio La Rocca. La apertura de una vía directa de comunicación con la Metrópolis abre un futuro que esperamos sea prometedor. Las intervenciones se estructuraron en el siguiente orden: La Dra. Lucrezia Ungaro, arqueóloga del Comune di Roma y responsable de los complejos del Foro de Augusto y Trajano, pronunció la conferencia «El Foro de Augusto en Roma: materiales y perspectivas de estudio». Los problemas de interpretación en torno a este denso complejo, aún sin tratar de un modo completo y sistemático, se centran en la resolución de cuestiones de índole topográfica y arquitectónico-escultórica. La investigación actual ha iniciado un laborioso proceso de documentación de las actuaciones arqueológicas e intervenciones sucesivas, lo que unido a las investigaciones actuales ha dado como resultado un panorama cada día más completo. Los problemas constructivos de pórticos y exedras, las novedosas observaciones en el Templo de Mars Ultor y la complejidad interpretativa de los elementos del programa iconográfico forman un denso tejido interpretativo, que el equipo del Comune di Roma concluirá en un futuro, sin dudar de brillantes resultados. A continuación del atractivo panorama del Forum Augustum de Roma, el Dr. Trillmich disertó sobre «La decoración estatutaria del Forum Augustum y su programa, ilustrada por los hallazgos de Marida». Cabe reseñar que son las recientes investigaciones de W. Trillmich en el conjunto emeritense las que han puesto cierta luz no sólo sobre el complejo colonial lusitano, sino también sobre los grupos del propio foro me-tropolitano. Utilizando los materiales emeritenses, Trillmich desglosa tres grupos en el Foro emeritense: los denominados Viri Illustres que identifica en los togados del área, los personajes míticos como los reyes de Alba Longa -que asocia a una cabeza masculina barbada y la estatua marcada en el plinto con el grafito «Agrippa», entre otros-, o el colosal grupo de Eneas que recompone gracias a sendos fragmentos escultóricos de excavaciones y a la incorporación de la «Diana cazadora» de la Colección Monsalud, hoy en el M.A.N.; la localización de un fragmento de la placa epigráfica del grupo por el Dr. de la Barrera viene a confirmar esta interpretación. La tercera intervención, «La lujuria decorativa del llamado Pórtico del Foro de Mérida» por el Dr. de la Barrera, pasó revista a los materiales arquitectónicos del Foro, objeto de sus investigaciones más recientes. La detenida disección de estos elementos arquitectónicos llevada a cabo por De la Barrera no viene sino a refrendar la idea expuesta en las fasses del desarrollo colonial. Gracias a los conocimientos actuales, tanto en edilicia como arquitectura, es posible trazar una línea neta entre la consuetudo Italica de los primeros momentos de la Colonia y el período que sigue a su ascensión al rango capitalino, que trae como consecuencia importantes cambios constructivos y la transformación de la fisonomía interna y externa de ésta y otras áreas públicas, donde el mármol toma un papel protagonista en la imagen urbana. Como último punto de reflexión se analizó por nuestra parte «Un grupo imperial del Foro emeritense». Son tres obras, dos de excavaciones en el Templo y una de hallazgo fortuito en el pasado siglo en zona vecina, las que se relacionan con el espacio más antiguo del Foro, el área del Templo de Diana. Este espacio religioso ha sido repetidamente conectado al culto imperial en Augusta Emerita, aunque se discutiera esta afirmación. La tipología de las estatuas, dos fragmentos de torsos imperiales colosales de tipo Júpiter sedente y una figura femenina de tipo Kore praxitélica, de las que se pueden citar los paralelos de Caere, Leptis Magna, Velleia o Turris Libyssonis, apuntan a establecer una relación palpable entre el Templo y su entorno con los repertorios de imágenes del culto imperial, en el que estos grupos dinásticos jugaban un papel iconográfico insustituible, que se refuerza tras la muerte del Princeps. Tras las intervenciones se estableció un coloquio e interesante debate sobre los asuntos planteados. Idea común es la necesidad de trabajar en estrecho contacto entre los diversos centros, la conveniencia de realizar este tipo de encuentros para propiciar la puesta en común de los trabajos de personas e instituciones involucradas en el análisis de proyectos públicos que marcaron el desarrollo no sólo espacial sino también ideológico y conceptual de la creación romana. Este libro llena un vacío grande en el conocimiento de la Hispânia antigua, hasta ahora poco trabajado entre los que nos dedicamos al estudio de la Hispânia antigua, cual es el de la ideología, cultura y espiritualidad de los grandes latifundistas. Estamos de acuerdo con la autora en la elección de la iconografía. El cuarto capítulo, consagrado al saber y la sabiduría, es un capítulo obligado, debido a los varios mosaicos hispanos con Musas. El último capítulo, el quinto, se dedica a la victoria sobre sí mismo, basado en pavimentos de Baco y las Jusas, de Orfeo, y de las Sirenas, de las que los pavimentos hispanos pueden ofrecer magníficos ejemplares. En resumen, el presente libro es un excelente trabajo, que había que contar para conocer mejor que hasta ahora la ideología, cultura y espiritualidad de las clases ricas de la Hispânia antigua, que no estaban aisladas del resto del Imperio, y que participaban de las mismas corrientes espirituales. De más valor por cuanto la literatura contemporánea sobre este tema es muy escasa. En definitiva, un libro, con todas sus virtudes y sus defectos, pero al que deberán volver quienes estén interesados en conocer con detalle los aspectos menudos de la historia del siglo II de un sector importante de nuestro ámbito peninsular. Gonzalo Bravo Universidad Complutense Rafael Petit, Nuestras monedas. Prólogo de E. Llobregat. El libro que nos ocupa es modélico en cuanto a difusión científica se refiere: espléndidamente ilustrado con reproducciones a color -básico en el caso monetai donde los distintos metales implican sistemas de valores diferentes-, y científicamente comentado -moneda por moneda-en página afrontada. Es de hecho un catálogo general de la moneda valenciana, precedido de una bibliografía y de un glosario de términos específicos, amén de otro epigráfico que ayudará a los estudiosos y coleccionistas a la lectura correcta de grafías varias: ibérica, latina, árabe y las a veces difíciles variantes visigoda, gótica, etc. Además, cada cultura y cada ceca o reinado están precedidos de un somero comentario erudito, haciendo del libro un fácil útil de trabajo. Respecto a las cecas ibéricas, en casos sin identificar, el A. ha cargado su pluma en adjudicar emisiones inciertas a su tierra y por ejemplo vemos como valenciana la ceca de tabaniu que el A., siguiendo cierta tradición local, identifica con Dianum, cuando en realidad debió estar en el Jalón o Teruel, tamusia que reduce con Gandía o Daimuz cuando hoy sabemos que está en Tamuja (Badajoz), o ikalesken (leída por él como ikalkunsken) que no sabemos dónde localizarla, pero posiblemente esté en la provincia de Albacete o Cuenca. Estas tentaciones son matizadas por el prólogo de Llobregat sobre «La moneda como documento histórico», espléndido repaso de la documentación, especialmente ibérica y visigoda, pero también almorávide o foral. El libro merece sin duda estar en las bibliotecas públicas por su digno equilibrio entre atractivo cultural y valor científico. Acostumbrados a que la mayoría de los estudios consagrados a la cultura material del período de la monarquía astur se muevan por unos derroteros exclusivamente artísticos, el presente libro propone un acercamiento que quiere superar estos límites, implicando a otro tipo de producciones materiales. Esta amplitud de miras, que lleva al autor a tratar en un mismo plano analítico objetos en apariencia dispares -«artísticamente» hablando-, es propia de una visión arqueológica que no desdeña la información que pueda derivarse de cualquier producción material. También cabe destacar el marco temporal elegido (los siglos viii al xi) y el haber incluido piezas anteriores, lo cual permite substraerse a conceptos encorsetadores como «arte asturiano» y sus derivados, introduciendo un valor diacrónico en el que lo «asturiano» no es el punto de partida y llegada. Tan halagüeñas perspectivas se refuerzan cuando leemos en el prólogo, escrito por Francisco J. Portea -a la sazón director de la tesis que ha dado origen al libro-, que encontraremos a lo largo de la obra ejemplos de aplicación de métodos arqueológicos (lectura de paramentos) en el análisis de los edificios, algo hasta la fecha inédito en Asturias. Sin embargo, cuando sopesamos el material arqueológico escogido por el autor y analizamos la forma en que es manejado el método arqueológico las expectativas de salida no encuentran plena satisfacción. En primer lugar los objetos de estudio, en su práctica totalidad, a excepción de algunas inscripciones, tienen que ver con los edificios, dejando fuera cualesquiera otras manifestaciones materiales. La ausencia por ejemplo de la cerámica -fósil director básico que comienza a ser conocido en Asturias-, unido a la falta de atención a espacios humanos y culturales más allá de las iglesias en sí mismas, parecen ser consecuencia del elemento aglutinador empleado por García de Castro: el cristianismo. La selección del material, al basarse en la presencia de la impronta religiosa en los objetos, indudablemente sirve para acotar y hacer más abordable un estudio que tal vez sería excesivo si no dejase nada fuera, pero puede ser engañosa. En segundo lugar defrauda la utilización de la lectura de paramentos ya que ésta se hace de forma muy puntual. Nunca se busca la consecución de secuencias estratigráficas más o menos completas con sus correspondientes relaciones estratigráficas entre los diferentes elementos. Valga de ejemplo el caso de Santullano y su supuesta tribuna. A un libro a tenor del material recogido, eminentemente arquitectónico, y su cariz arqueológico, se le podría haber exigido más profundidad en el empleo del método que le es propio. Sí en cambio es interesante observar ciertos apuntes cronotipMógicos referidos a diferentes elementos como pies de altar, puertas, ventanas, etc. Al margen de estas objeciones de tipo metodológico parecen cumplirse los objetivos que se marca el autor al comienzo de la obra: disponer de información actualizada de todos los restos materiales relacionados con el cristianismo altomedieval en Asturias -so pena de dejar fuera los que no presentan huellas doctrinales-y sintetizar en un estado de la cuestión cuanto la investigación precedente ha escrito sobre los mismos. En el capítulo dedicado a la historiografía. García de Castro traza las líneas maestras de los diferentes enfoques que a lo largo de la investigación han presidido los estudios consagrados, principalmente, al Arte Asturiano, desgranando en cada uno de sus análisis concretos toda la literatura científica existente, lo que convierte a este libro en un auténtico «vademecum» que ahorrará en el futuro muchas horas de búsqueda bibliográfica. También es destacable la recopila- AEspA, 69, 1996 ción y descripción de las memorias de intervención restauradora en los edificios asturianos. Ya metidos en la lectura la materia es organizada en un gran bloque dividido en epigrafía y arquitectura. La ausencia de apartados dedicados a otras facetas de la producción artística tales como la joyería, metalistería o pintura es excusada desde el primer momento por el autor aduciendo limitaciones de tiempo, remitiéndonos a las obras clásicas que han tratado estos temas. Es digno de resaltar el abandono por parte de García de Castro de formas rutinarias y apriorísticas a la hora de abordar el estudio de la arquitectura. Tradicionalmente la producción artística asturiana se presenta siguiendo un esquema organicista en el que el «estilo» va recorriendo un inexorable camino marcado por leyes propias de la biología: juventud, madurez y senectud. Cada una de estas etapas de la vida, que en términos artísticos equivalen a la formación, esplendor y decadencia del estilo, se corresponden con reinados de diferentes monarcas asturianos a los que se atribuye un lugar central y exclusivista en el impulso creativo, tomando como base principal de adscripción las crónicas de Alfonso III. La actual propuesta ordena y presenta los objetos según criterios tipológicos y no en etapas cronológicas preconcebidas, abogando por un acercamiento lo más exhaustivo posible a cada caso poniendo sobre la mesa toda la información existente, desde las fuentes históricas hasta la historiografía pasando por las memorias de restauración o excavación si las hubiese. Reunidos los datos y opiniones son contrastados en un proceso de decantación en el que se pretende ir eliminando los elementos contradictorios hasta llegar a una conclusión lo más objetiva posible. Este proceder tiene la virtud ya apuntada de no partir de ideas previas que en algunos edificios carecen de solidez, sobre todo en aquellos que por no estar mencionados en las crónicas han sido ubicados cronológicamente siguiendo criterios de familiaridad artística. El nuevo análisis al que son sometidos estos y otros edificios, al margen de que pueda ayudar a despejar las dudas, ha permitido a García de Castro plantear, allí donde las hubiera, una serie de incertidumbres que ponen en evidencia algunos de los problemas no resueltos por la teoría tradicional. Así, en su resumen de la periodización del estilo recogido en las conclusiones del libro, plantea una serie de hipótesis novedosas, como cuestionar la cronología «ramirense» de San Miguel de Lillo y que la actuación de Alfonso III en Valdediós se limitaría al pórtico meridional y a la decoración pictórica interior. Es criticable no obstante el método de exposición, sobre todo en lo tocante al apartado gráfico, incómodo de manejar al estar desligado del texto correspondiente y al que se podrían haber sumado las planimetrías más recientes y precisas de los últimos años. Por último el capítulo de conclusiones hubiera sido más correcto llamarlo de hipótesis y colocarlo al principio del libro, ya que dichas conclusiones siempre las vamos encontrando como punto de partida a lo largo de toda la obra. La idea central es la defensa de un continuismo a ultranza de las experiencias previas (romanas y visigodas) y considerar al mundo asturiano como un episodio más del llamado particularismo hispano que se fue retroalimentando a lo largo de varios cientos de años sin que otras influencias extemas (occidentales-carolingias y orientales-islámicas) variasen significativamente su devenir. No se critica aquí la defensa de esta teoría sino el intentar hacerla pasar por conclusión objetiva y madurada tras un minucioso análisis del material disponible, ya que dichos análisis terminan siendo siempre estilísticos, no arqueológicos e históricos. En este contexto del paradigma continuista tiene sentido la intención de presentar una arqueología en Asturias desde época visigoda, con el fin de mostrar un substrato enraizado social, económica, política y artísticamente en lo subantiguo, en el que la creación y desarrollo del reino astur produjo una revitalización coyuntural. Curiosamente el material presentado que pertenece de forma fehaciente a los siglos visigodos se reduce a una inscripción. Desde el punto de vista arquitectónico no hay ni un solo edificio, y en plano de la escultura decorativa se especula con la pertenencia a esta fase de un escueto grupo de piezas. No quiero decir con esto que la ausencia de materiales niegue la existencia de una facies cultural en estas fechas en Asturias sino que a lo mejor esta realidad cultural ha de buscarse en otros lugares y bajo otros conceptos históricos. Llama la atención por ejemplo que se ignore por completo el yacimiento de Torrexón de Veranes, en el cual se detecta una diacronia a primera vista acorde con la postura continuista: una serie de edificios termales romanos pertenecientes a una villa que en época altomedieval, al menos uno de ellos, se transforma en iglesia. En definitiva nos encontramos ante un libro que tiene como mayores méritos la compilación de la práctica totalidad de la información referida a una buena parte de la cultura material asturiana altomedieval y el no seguir caminos de análisis obsoletos. Por contra adolece de una utilización sesgada de los métodos arqueológicos y de que el objeto del estudio está mediatizado por los conceptos tradicionales asociados a lo «Asturiano» más que por una búsqueda de lo que sería una arqueología asturiana en términos más amplios. En consecuencia más parece éste un libro de Arte Asturiano que de Arqueología Asturiana, para la cual, todavía, no parece haber llegado su hora.
La inscripción objeto de la presente nota complementa un artículo anterior * y convierte el teatro romano de Cartagena en el monumento con el programa epigráfico más completo y mejor definido de la ciudad, al tiempo que refuerza la hipótesis de una intervención directa de miembros de la familia imperial y de su círculo más inmediato en la financiación de este monumental edificio. El hallazgo, escalonado en las campañas de 1995 y 1996, se produjo al excavar el relleno de una gran fosa de expolio de época preislámica situada junto al aditus oriental. El fragmento de mayores dimensiones (L. Ca), hallado en julio de 1996, conservaba aún trazas del muro de opus vittatum del complejo comercial de la segunda mitad del siglo v en cuya cimentación había sido englobado todo el dintel ^.' Corresponden al dintel áéiaditus occidental donde restituimos el texto [C(aio) Caesjari Augusti f(ilio) divi n(epoti) y a dos arae con los epígrafes respectivamente L(ucius) lunius L(ucii) f(ilius) T(iti) n(epos) / Paetus / Fortunae sac(rum) d(onum) d(edicavit) y en la segunda, C(aii) Caesaris Augusti f(iHi) / pontifiicis) co(n)s(ulis) desig(nati) / principis iuuentutis / [L(ucius) lujnius L(ucii) f(ilius) T(iti) n(epos) Paetus [sac(rum)] d (onum) d(edicavit). Es interesante añadir respecto al dedicante, L. lunius Paetus, el hallazgo de un fragmento de inscripción en travertino rojo descubierto en las excavaciones del Molinete, precisamente en una zona que se interpreta como restos de un posible capitolium (vid. B. Roldan y L. de Miquel, «Excavaciones en el Cerro del Molinete (Cartagena)»,/?evwífl de Arqueología, 184,1996,56-57), mientras que el cognomen Paetus, quizás el mismo L. lunius, aparece sobre un fragmento de inscripción conservado en uno de los muros de cimentación de la Catedral Vieja, superpuesto a las galerías de sustentación del graderío del teatro. Estos datos sugieren que nos hallamos ante una importante familia de época augustea, hasta ahora no considerada, con una destacada proyección desde el punto de vista evergético. Vid. ahora para las llamadas «grandes familias», M. Koch, «Die rõmische Gesellschaft von Carthago Nova nach den epigraphischen Quellen», Festschrift J. Untermann, Innsbruck, 1993, especialmente 215-220. A estas inscripciones habría que añadir también una placa de caliza gris con una I entre dos interpunciones triangulares que probablemente formaba parte de la dedicación con letras de bronce dorado situada frente a la orchestra. ^ Un primer análisis de este complejo en Ramallo Asensio, S., San Martín Moro, P.A. y Ruiz Valderas, E.: «Teatro romano de Cartagena. Mide 88 cm de altura x 114 cm de ancho y 54 cm de grosor (44 cm en la cartela), mientras que el texto restante se conserva en 15 piezas de distinto tamaño, a las que hay que añadir otras 15 más sin texto. Previsiblemente la anchura total del dintel debió ser de 4,30 m, mientras que el vano que cubría, señalado en el suelo por un umbral de mármol, tiene una anchura de 2,70 m. El texto, que podemos restituir como L(ucio) Caesari Augusti f(ilio) divi n(epoti), se inscribe en una cartela rectangular de 37 cm de alto delimitada por una doble moldura. La letra es capital cuadrada de excelente factura y surco profundo de perfil en V, bien biselado; mide 18,5 cm excepto la T de Augusti y las dos I longue de divi que miden 21,5 cm. La parte alta del sillar está rematada con una moldura formada por un ancho listel, cyma recta y listel, mientras que la inferior es completamente lisa. A los lados flanquean la inscripción dos cuerpos rectangulares lisos de 46 x 88 cm (fig. 1). Si aceptamos la identificación de Caius en la inscripción del aditus occidental hallada en 1990, nos encontraríamos en los dos ingresos monumentales de la parte baja del teatro, y en uno de sus lugares preeminentes, con sendos epígrafes dedicados a los dos nietos y herederos de Augusto, al igual que, en el año 16 a. C, se habían colocado dinteles similares en el teatro de Mérida en honor de su padre M. Vipsanius Agrippa, como impulsor de la obra (GIL, II, 474). En cuanto a los dos muchachos. Caio y Lucio, hijos de Agrippa y Julia, nacen respectivamente en los años 20 y 17 a.C. y fueron adoptados por Augusto en el año 17 a.C. Lucio, el más joven de ambos, que muere el 20 de agosto del año 2 d. C. en Marsella, a los 19 años, pocos días después de haber embarcado en Roma con destino a Hispânia \ fue augur ^, princeps iuventutis y consul designatus en ^ Vid. en general, RE,s. v. lulius (Caesar),n° 145, pars IV, fase. L. lulius Caesar,n° 222, basas iguales halladas en el Foro Boario, dedicadas entre los años 2 y 1 a. C. a juzgar por el cursus que presentan ambos muchachos ^°, o las halladas en el agro Viterbiensi ", donde Lucio aparece sólo como Aug(usti) f(ilio) divi nep(oti), mientras que Caio presenta ya el título de pontifex y el de consul designatus, lo que lleva a fechar la inscripción entre los años 4-3 a. En la península ibérica han aparecido otras dedicaciones a Lucio en Mentesa (CIL, II, 2109), Montoro (CIL. II, 2157), Bracara (CIL, II, 2422) y con lecturas inciertas, aunque muy plausibles, en Aleolea del Río (CIL, II, 1063) y Ampurias ^^, y testimonian el amplio favor que gozó junto a su hermano en los pocos años que precedieron su muerte tras la adopción oficial por Augusto. La inscripción de Cartagena incorpora, como ya era de esperar tras los hallazgos de 1990, un nuevo personaje a la nómina de personalidades ilustres que, vinculadas por sangre o amistad con el propio Augusto, son distinguidas con las más altas magistraturras de la ciudad. Esta serie que comienza por el propio emperador, Ilvir quinq. junto a Agrippa, probablemente en torno al año 12-11 a. C. ^^, sigue con Tiberio Claudio Nero, patrono según una inscripción reutilizada en uno de los muros del Castillo de la Concepción' "^ y Ilvir quinq. en época de Augusto ^^, y con el mismo Agrippa, asimismo nom-brado patrono en torno a los años 19-18 a. C, además de Ilvir quinq., como ya se ha señalado ^^, y se completa, hasta el momento, con P. Silius Nerva, personaje muy vinculado al general, cónsul en el año 20 a. C, legatus Augusti pro praetore de la Citerior entre los años 19 y 16 a. C, y patrono de la ciudad por esos años ^''. Esta vinculación de la ciudad con los jóvenes príncipes de la familia imperial no termina con los nietos de Augusto, sino que se manifiesta de nuevo años más tarde en las emisiones de Tiberio con reverso de Nerón y Druso como Ilviri quinquennales, adoptados por el emperador en el año 23 tras la muerte de su hijo Druso ^^. El grado de compromiso de todos ellos y su aportación en el amplio y precoz proceso de renovación urbanística y monumentalización que se produce en la ciudad durante estos años, y del cual el teatro es hasta ahora el ejemplo más significativo, es aún muy difícil de valorar. Sin embargo, es muy interesante destacar, a este respecto, la estrecha similitud estilística de los capiteles y de los elementos arquitectónicos del teatro de Cartagena con los de la ciudad africana de Cherchel ^^, producto probablemente en ambos casos de talleres procedentes de la propia Roma. Esta coincidencia es aún más interesante si consideramos que la construcción del teatro de Cherchel ^° fue promovida por el rey luba II, a su vez Ilvir quinq. y patrono de la ciudad hispana, y que en ambos casos la selección de este edificio como espejo de la nueva arquitectura de prestigio representa una ruptura con toda la tradición arquitectónica anterior cimentada sobre los órdenes jónico y tuscánico. La incidencia de este patronazgo sobre la renovación urbanística de la ciudad no se'^ Koch, M., «Agrippa und Neukarthago», Chiron 9, 1979, 205-214, inscripción hallada en 1926 durante los trabajos de urbanización del Castillo de la Concepción, donde actualmente se conserva empotrada en el machón central de la Torre de Alfonso X. Vid. Para la emisión monetai, Llorens, op. cit. (n. Sobre el personaje, vid. Alfoldy, G., Fasti Hispanienses, Wiesbaden, 1969, p. Silius, n° 21.'^ La emisión n° XVII ha sido fechada en el año 27/28, en función del paralelismo de esta emisión con otra similar de Útica datada en estos mismos años, vid. Llorens, op. cit. (n. 25, 1982, especialmente 119-120. ^° Ver para la fecha de construcción, Picard, G., «La date du théâtre de Cherchel et les débuts de l 'architecture théâtrale dans les provinces romaines d' Occident», CRAI, 1975, 386-397. puede, de momento, determinar, y tampoco si existe una mayor relación, más allá de la meramente estilística y de procedencia común en los modelos utilizados para los elementos arquitectónicos. Por lo demás, la relación con el puerto mauritano de Cesarea (Cherchel), transmitida por los textos ^^ se constata arqueológicamente a finales del siglo ii o inicios del I a.C, con el hallazgo de lingotes de plomo con el sello Q. Varius Hiberus procedentes de la ciudad hispana, lo que nos hace intuir también la existencia de intereses comerciales entre ambas ciudades que en gran medida podrían también justificar la promoción, años más tarde, de luba II y de su hijo Ptolomeo a las más altas magistraturas de la ciudad. Finalmente, la inscripción hallada ahora sobre el aditus oriental sirve para reafirmar aún más la cronología propuesta para el teatro, a partir sobre todo del ara de C. Caesar y de los rasgos estilísticos de los capiteles, y costriñe la fecha de dedicación del edificio a un momento anterior al año 2 d. C, data de la desaparición del joven princeps, al tiempo que confirma su intervención junto a su hermano. Incluso, dada la ausencia de cualquier título sobre el dintel, se podría proponer una fecha en torno a los años 4-3 a. C, que coincidiría plenamente con la que se deduce del ara de Caio y con numerosos detalles estilísticos del programa arquitectónico y ornamental. En cualquier caso, el teatro de Cartagena, en su papel de «lugar de encuentro entre el monarca y el pueblo» ^^, se configura como uno de los ejemplos más tempranos de la utilización de estos grandes monumentos públicos, y concretamente de los programas epigráficos e iconográficos en ellos contenidos, en la transmisión de la nuevas ideas de sucesión dinástica y promoción pública de los herederos, al tiempo que se presenta como un preludio de los edificios destinados al culto imperial que muy pronto se desarrollarán en torno o en el propio teatro ^^ ^' Vid. en general, González Cravioto, E., «Relaciones comerciales entre Carthago Nova y Mauritania durante el Principado de Augusto», AUM, XL (3-4), 1981-82, 13-26. ^^ Parafraseando a Zanker, op. cit. (n. 9), 181. ^^ Vid. para la función de los teatros como vehículo de difusión del culto imperial. Gros, P., «Théâtre et culte impérial en Gaule Narbonnaise et dans la Péninsule Ibérique», Stadthild und Ideologie, Madrid, 1987(München, 1990), 381-390, donde se analizan los ejemplos más significativos y se puede localizar la bibliografía esencial sobre el tema. INSCRIPCIONES HONORIFICAS DEL TEATRO ROMANO DE CARTAGENA
Se realiza un nuevo examen, a través de análisis iconográfico y estilístico, de la estatua monumental del Zeus hallado en Gaza, hoy en el Museo Arqueológico de Estambul. Sus paralelos en escultura monumental, estatuillas y otros objetos artísticos -pintura vascular, gemas y monedas-, indican que esta obra de arte tiene un carácter ecléctico con tendencias varias y distintos conceptos artísticos de tipo clasico-helenístico. Es plausible concluir que tenemos en el Zeus de Gaza una obra romana anónima fechable en el siglo II d.C.
Ésta es la primera vez en que se estudia un método para la datación paleogràfica de las inscripciones escritas en el semisilabario ibérico levantino. Se basa en los doce signos más relevantes y, a pesar de que eventuales análisis posteriores aportarán una mayor precisión, de hecho el sistema expuesto ya permite identificar seis fases cronológicas en la evolución de la escritura levantina. Asimismo se ejemplifica el método a través del estudio de diez de las inscripciones más largas y significativas y se indica su relación evolutiva con la escritura celtibérica. Un procedimiento bien conocido en el ámbito de la epigrafía para precisar la datación de un monumento consiste en el reconocimiento de las dataciones respectivas de las diversas formas que un mismo signo puede presentar, así como de las asociaciones de las diversas formas de signos diferentes (es decir, la cronología de uso de un signario). Desgraciadamente, hasta el momento no se ha realizado un estudio tal para la epigrafía ibérica. Sólo pueden mencionarse algunos análisis paleográficos circunscritos a las leyendas monetales (principalmente debidos a Villaronga 1967Villaronga, 1978Villaronga y 1979) ) y algunas consideraciones realizadas por Maluquer de Motes en su Ejjigrafía Prelatina, en 1968, ya desde un punto de vista más general y arqueológico'. Es cierto que un estudio de este tipo topa, aún hoy, con algunas dificultades evidentes. Además de la manifiesta deformación que produce el que sólo hayan sobrevivido las inscripciones sobre soportes duros, hay que recordar también que hay zonas mucho mejor conocidas arqueológicamente que otras, que hay fases cronológicamente más difíciles de concretar por presentar materiales de importación poco conocidos o de datación imprecisa, y que numéricamente están sobrevaloradas las inscripciones correspondientes a fases de destrucciones generalizadas -. De esta manera, el siglo iv sólo puede estudiarse a grandes rasgos; es muy escasa la documentación de la primera mitad del s. iii, y poco claros los detalles dentro de la primera mitad del s. ii. Es, consecuentemente, la intención del presente trabajo el hacer un análisis de los signos más relevantes, indicándose las fases de cronología relativa cuyas agrupaciones denotan, así como plantear a qué dataciones absolutas parecen corresponder. Si bien los resultados son, en su detalle, todavía provisionales y resumidos, en su conjunto componen una armazón sólida y coherente. Este análisis se fundamenta en unas setecientas inscripciones seleccionadas por su interés paleogràfico y en sus dataciones. Ello ha permitido sacar unas primeras conclusiones que han sido ajustadas por criterios de copresencia de signos. Esto permite que cuando un signo denota una cronología determinada, si otro aparece con él puede deducirse que comparte al menos parte de su lapso cronológico. Este análisis asociativo parece confirmar en sus principales rasgos las conclusiones derivadas del cronológico, como veremos ejemplificado en el estudio del signario empleado por diez de' Maluquer indicaba los signos que identificaba sobre cada tipo de material (cerámica de Liria, leyenda monetai, campaniense A, etc.). No obstante, el escaso número de inscripciones disponibles, el mal conocimiento en la época de diversas producciones de barniz negro y el no pretender más que una exposición superficial, sin volver a analizar los resultados ni correlacionar signarios, representaron serias limitaciones. Ello, junto a una serie de erratas de edición que hacen difícil saber lo que exactamente quería decir Maluquer, han hecho que este estudio esté desaprovechado. ^ Especialmente en el caso de los 'plomos', cuyo material era reciclado borrando inscripciones previas para hacer nuevas. Pero éste dejaba de reciclarse cuando un poblado era destruido y el plomo quedaba entre las ruinas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ los más importantes textos largos de la epigrafía ibérica levantina. Esta estructuración es fundamentalmente válida para las zonas costeras, ya que en el interior, en aquellas zonas donde la escritura ibérica llega a inicios del s. II (verosímilmente por movimientos migratorios provocados a causa de la ocupación romana), se aprecian indicios de perduración de los signos. Ello es especialmente evidente en el signario celtibérico meridional (el propio de Luzaga), probable en la zona pirenaica, al menos para los inicios de la cecas del grupo oséense ^ y posible en el caso de las inscripciones rupestres de la Cerdaña francesa. Grupo pirenaico que denota influencia del signarlo de la zona indiketa-sordona. Evidentemente el análisis de las formas de los signos desde un punto de vista paleogràfico permite una clasificación de los mismos más precisa que las tipologías meramente formales y la numeración utilizada es propia e independiente de la del 'corpus' de Untermann, cuya última versión puede encontrarse en ML/f 111,1. Otra apreciación interesante es que existe una serie de variantes de signos que pueden presentarse en cualquier época, pese a que ya se hayan producido formas innovadas de los mismos. Componen lo que podríamos llamar el signarlo clásico. Tales son: a-\ \ M, m-1, r-1, ti-\ y to-l. LA CRONOLOGIA DE LOS SIGNOS RELEVANTES CONSIDERADOS DE UNO EN UNO Los signos más informativos en su diversidad morfológica son los siguientes: a, o, /, m, r, s, ba, be, ke, te, ti y to. De todos ellos, el más importante por presentar más variedad y precisión diacrònica es be, constituyéndose en un auténtico 'fósil director'. Signo be: permite establecer cuatro fases claramente diferenciadas: arcaica (A), media (B), transicional (C) y moderna (D). Formas arcaicas: (425-300)'^ be-l: aparece sobre la cerámica ática de. Dado que morfológicamente es la más arcaica y próxima a la meridional ^ es plausible considerar que es previa a la segunda mitad del s. iv. be-l: ¿425-350? b-llb be-12 be-13 be-14 ^ Por motivos tipográficos no se sigue la convención habitual de transcribir las lecturas de signos de semisilabarios ibéricos mediante letra negrilla, sustituyéndose por cursiva sin que ello implique, naturalmente, que se trate de textos greco-ibéricos. ¿7^-3: sobre un plomo de Ullastret-05 C.2.5 localizado en un estrato que presentaba cerámicas áticas. be-3: ¿s. iv? be-i2: derivado cursivo lirimorfo de be-9, que se halla en tres casos de la cerámica de Liria (250-180); sería previo al uso de be-ll. En el plomo de Tivissa-06 plausiblemente coetáneo a una fase de destrucción de época de Catón ^ (ca. 195), presencia dudosa en una pieza de barniz negro de Enserune-178 B. 1.182 y en diversas inscripciones rupestres de difícil lectura de Osseja, cuya existencia viene siendo relacionada ^ Para las dataciones he seguido una serie de convenciones que consisten básicamente en considerar que, por defecto, la escritura ibérica levantina cubre un período de 425/ 400-50 a.C, salvo algún caso concreto determinable. Ello no quiere decir que no existiera antes o después de ese lapso, pero las inscripciones previas son muy pocas y de datación discutible, pues pueden ser perduraciones de cerámica ática de figuras negras. Sí parecen encontrarse, ocasionalmente, inscripciones algo posteriores, pero son muy pocas y de mínima importancia. ^ En lo referente al signario ibérico meridional es preciso advertir que sigue vigente la desorientadora publicación de lecturas totalmente desfasadas (así en Ruiz, A.; Molinos, M, Los iberos, Barcelona, 1993, 251). Es preferible referirse al signario de los Monumenta Linguarum Hispanicarum 111,1 (= Untermann 1990) o a mi pequeño 'dossier' Breve Manual de Epigrafía Ibérica, Barcelona, 1995, 35-40. ^ La mayor parte de las identificaciones del material de barniz negro de Enserune proviene de Jannoray 1955, por lo que es claramente révisable. ^ Es la interpretación tradicional del final del poblado de Tivissa, apoyada por la datación de los dos tesoros numismáticos hallados. Si bien se ha señalado la presencia de algún material posterior, lo único que puede suponerse es que la destrucción no fue total o definitiva, pero la experiencia indica que los plomos hallados suelen proceder precisamente de fases de destrucción. con grupos ibéricos desplazados por la invasión romana. Todos los datos apuntan a los inicios del s. ii. be-ll: 210/200-180/175. be-l?>: variante esquematizada de be-ll presente en las inscripciones rupestres de Osseja y Roda de Ter D.3.1; su cronología ha de ser similar a be-ll, tal vez con un lapso inferior ligeramente más moderno. La datación de este signo no es precisa, aunque su posición evolutiva y su ausencia en dataciones claras del s. m o post 150 sugiere un lapso razonable de 210/200-150. Formas modernas: (190/175-50) be-6: es muy frecuente, pero nunca en piezas que puedan ser anteriores a finales del s. iii. Se asocia a campanienses B, B-oides (en Sorba), a estelas funerarias y leyendas monetales, presentando dataciones seguras del s. i. Si bien hay problemas para datar inscripciones de la primera mitad del s. ii, todo indica que be-6 es contemporáneo de las campanienses B. be-6: 150-50. be-7: sus dataciones son imprecisas, pero siempre posteriores al 200, siendo frecuente en inscripciones funerarias y leyendas monetales. Presenta una datación clara de inicios del s. i en el plomo de Gruissan. Ahora bien, su asociación a formas de te y de 5-de principios o primera mitad del s. ii denota su prioridad respecto a be-6, be-7: 190/175-50. Otros signos son menos reveladores pero aportan información interesante: Signo a: la forma a-l es una forma clásica que, siendo la originaria, puede aparecer en cualquier época, a-2 y a-3 marcan un ductus transicional hacia (2-4. (2-4: es un signo epicórico cuyo dominio se extiende desde el sur de Erancia a Ampurias (y aquí en inscripciones no monumentales). El plomo de Gruissan (100-66) es un indicio de su pervivencia, mien- tras que el tope superior está indicado por su aparición en la fase final de Pech-Maho (ca. De dicha cronología se puede proponer que la forma previa a-3 pertenece a un lapso 300/275-250. a-5a: signo cuya aparición más antigua se asocia también a la fase final de la necrópolis de Enserune' ^ (n° 12 B.1.15), pero en este caso pudiera tratarse de un mal trazo, ya que aparece con a-4. Sí se encuentra en Margalef-02 D.9.2 (s. m?) y en dos inscripciones del nivel antiguo de Liria. Aun teniendo en cuenta que puede aparecer previamente como a mal trazada, parece iniciar su uso a fines del s. iii. a-5b: es un derivado tardío de a-5 cuyas cronologías suelen ser de ca. Su aparición en las inscripciones pintadas de Vieille-Toulouse (1 TO-DO) induce a elevar ligeramente su inicio, si bien el ser escritura pintada puede justificar realizacio-nes más innovadoras y cursivas. í2-5b hace su aparición en la numismática en la fase IV de Sagunto, aunque " Es dudosa su identificación sobre una ática de barniz negro (Lamb. 21) de Sidamunt, donde, como en una pieza similar de Sagunto, parece corresponder a una r invertida y corregirse su lectura en kulesuñr. la datación de la misma que hace Villaronga de post 195 no aclara el momento inicial. a-5h: 150-50. Signo o\ (9-1, la forma hachemorfa (H) es, con mucho, la más frecuente, y es una forma clásica. Ahora bien, las formas restantes, más 'adornadas', no parecen superar los inicios del s. ii, con yacimientos tales como Tivissa, Liria, Orleyl, Ullastret y Peña del Moro. Una excepción podría ser o-5 si es que realmente aparece en la estela funeraria de Binéfar, y salvo si dicha inscripción fuese de inicios o primera mitad del s. ii. Signo 1: sólo presenta dos variantes relevantes. Mientras l-l es una forma clásica, 1-2 no presenta cronologías claras previas a finales del s. iii, como son los plomos de Pech-Maho (ca. Signo f: Las formas f-\ son las clásicas y las f-2 las innovadas, mientras que en r-3 se recogen formas evolutivamente intermedias que no deben ser muy antiguas, pero cuya presencia, al depender demasiado su identificación del tipo de ductus y de la claridad de la inscripción, no siempre se puede asegurar. La aparición más antigua de r-2 se identifica en uno de los plomos de Pech-Maho (ca. El resto de los ca- Signo s\ de acuerdo con lo esperable a partir del signo meridional de origen ^^, el prototipo original ha de ser s-A y su derivado s-3. Efectivamente se comprueba que las formas complejas de s (^-3, s-A y 5-5) son las más antiguas. Mientras que las formas 5-1 y 5-2 son las innovadoras, presentando un predominio absoluto en época iberorromana. 5-1: es una forma moderna. A pesar de ello, se encuentra en dos de los tres plomos de la tumba de Orleyl ^\ cuyo ajuar data de fines del s. iv, pero que presenta una paleografía de pleno s. iii. Exceptuando este problemático testimonio, el resto de sus primeras apariciones es de finales del s. iii. Así, como forma secundaria, en los plomos de Pech-Maho, en los que la forma normal es 5-3. También se encuentra sobre algunas piezas cerámicas de Liria (250-180); plausiblemente del segmento inferior del lapso. La impresión que puede tenerse es que, como parece ser el caso en Pech-Maho, en el s. iii se trate de una simplificación accidental de 5-3, mientras que en los ss. ii-i ya sea la forma normal, verosímilmente por influjo latino. Su aparición sugiere que probablemente la inscripción sea post 250 o post 225, y, en todo caso no del s. iv, pero por el momento no es un documento determinante ^'\ s-l: 275?/ 250-50. 5-2: variante de 5-1 en que el trazo central es horizontal. Su aparición más antigua se realiza en inscripciones pintadas. Pero en lo concerniente a inscripciones realizadas por incisión presenta dataciones post 150 (p.e. ánforas Dressel 1 de Azaila) o del s. i (plomo de Gruis san). En las monedas de Sagunto 5-2 aparece en la fase IV, que Villaronga considera post 195, en emisiones de mediados y de la segunda mitad del s. ii'^. Signo m: la forma antigua es la m-1 y «oficialmente» haría sus primeras apariciones en el s. iii: mla en los plomos de Orleyl (post 325, ¿ca. 275?) y m-lb en Liria y en Lamboglias 40 de la necrópolis de Enserune. Pero ello es debido a que los pocos casos de m-lb datables en el s. iv son corregidos por Untermann como ba-ì, lo que no encuentro suficientemente justifìcado ^^. m-1: 400-50 (¿m-la: 300-50?). m-2: hace sus prístinas apariciones en dos Lamboglias 40 de la necrópolis de Enserune (325-225) ^^ y en el estrato fínal de Pech-Maho sobre ánforas greco-itálicas LWb de la segunda mitad del s. iii. Signo ba: en este caso se puede comprobar un periodo inicial en el que se usa ba-l (lógico si lo cotejamos con el ba meridional); una transición, muy mal documentada, en la que coexisten ba-l y 2 en un mismo documento; y, posteriormente, un uso exclusivo de ba-2. ba-l puede encontrarse con normalidad en las inscripciones del s. iv sobre cerámica ática. Mientras, en el plomo de Palamós, presuntamente de la primera mitad del s. iii, pueden encontrarse tanto la forma original como la innovada, lo que sugiere que el periodo de transición sería de ca. 275, aunque, por desgracia, la escasez de documentos fechables con claridad a inicios del s. m no permite una precisión mayor. Signo ke: de las ocho formas de ke identificadas sólo permiten datación las número 1, 2 y 6. En los restantes casos, o bien están mal atestiguados, como ke-^, o se trata de formas clásicas comunes a todos los periodos, como ke-A. ke-l: dado que en una pieza de Ullastret del s. iv su presencia no es clara, el estudio en primera instancia de la cronología de sus soportes mostraría un inicio de uso ya entrado el s. m con una pieza de barniz negro, Enserune-28 B.1.31, de la última fase de la necrópolis (325-225) y con las inscripciones sobre plomo de finales del s. m de Pech-Maho y Ampurias-23. Ahora bien, su presencia en el plomo de Ullastret junto a be-2 prácticamente demuestra su presencia en la segunda mitad del s. iv. ke-l: 400/ 350-50. ke-2 y su derivado ke-6: ke-2 se halla documentado en cerámicas áticas (s. iv), pero interesa que sus últimos testimonios se encuentran en los plomos de Pech-Maho (ca. 225) y en tres inscripciones rupestres de Osseja (inicios del s. ii?). ke-6, por su parte se localiza en tres inscripciones de Liria (250-180). Parece lógico considerar que ambos pertenecen a un mismo lapso cronológico. Es interesante observar que nunca coexiste con be-1. En leyendas monetales sólo se encuentra en el unicum saguntino de plata del museo de Estocolmo. Signo te: además de los indicados, merece reseñarse una forma, te-0, que se documenta sólo en dos casos, ambos en piezas del ajuar de la última fase de la necrópolis de Enserune (325-225). Es plausible la relación de esta forma rectangular con te-l. te-l: la forma circular de eje vertical presenta testimonios de un periodo muy restringido. Son los prístinos aquellos sobre cerámica pintada de Liria (250-180), así como en los plomos de fines del m de Pech-Maho y Ampurias-23. Con reservas, pero plausiblemente de ca. 200 o de inicios del s. ii, haría su aparición en las inscripciones rupestres de Carol y Err, así como en el plomo de Tivissa-07, mientras que su presencia en un bicónico de cerámica gris costa catalana dataría de la segunda mitad del s. iiL Ahora bien, su parecido con te-2 y la escasa documentación de inscripciones de la primera mitad del s. m invitan a la prudencia, te-l: 250-180. te-2: como la anterior, está ausente de las inscripciones sobre ática, pero sí se encuentra en el plomo de Peña del Moro que data del s. iv. Su testimonio final es similar a íe-1, apareciendo sobre cerámicas de Liria y en el plomo de Tivissa-06 (inicios del s. II?). Se encuentra también en uno de los plomos de Pech-Maho, pero en aquél donde la forma te presenta cuatro o cinco realizaciones diferentes, producto, quizá, de una caligrafía descuidada, por lo que es difícil decidir cuál era el signo ideal dentro del signarlo utilizado, te-2: 350/325-180. te-?): Forma que se halla tanto sobre cerámica ática, como en el plomo de Peña del Moro, como en 20 275), en cerámicas de Liria, en algunos fragmentos de barniz negro de Enserune y en inscripciones rupestres de Osseja. Su ausencia en piezas claras de los ss. ii y i, así como su similitud estructural con los precedentes inducen a considerar probable una fecha de desuso parecida, te-3: 400-180. te-4: Su testimonio más antiguo es precisamente el plomo de Pech-Maho (ca. 225) que presenta diversas formas irregulares de te, por lo que su auténtico periodo de uso se documenta con claridad en los ss. ii-i. Es común sobre las estelas funerarias, sobre las cerámicas de Azaila, en el mosaico de Caminreal (ca. 100) y en el plomo de Gruissan (inicios del s. I). te-5: forma muy poco frecuente pero atestiguada en diversas épocas y lugares: posiblemente en una ática de Ruscino-05 B.8.5 (s. iv), en los plomos de Orleyl (ca. 225), y en Azaila (piezas de fines del s. ii e inicios del i). Signos ti y to: ambos signos presentan una evo-lución paralela. Las formas la de ambos son clásicas y, por tanto, presentes en cualquier época, mientras que las formas Ib, de cuatro apéndices superiores, son propias de la notación dual de oclusivas correspondiente a la notación sorda frente a sonora de los textos grecoibéricos. Notación que parece dejar de usarse hacia el 200 ^^. Ello apuntaría a que las formas Ib son siempre anteriores a dicha fecha, pero no resulta descartable su presencia como mera variante fuera del sistema de notación dual de las oclusivas. ti-lb: empieza su aparición en las cerámicas áticas y tiene un momento final en las inscripciones rupestres de Osseja (inicios del s. ii?). Para una mayor concreción haría falta revisar los casos en que aparece en piezas de Enserune identificadas por Jan--2 Correa (1992: 291) plantea que el sistema sigue en vigor en el s. ii; ello es básicamente consecuencia de que algunas inscripciones se han publicado con dataciones absurdas, que Correa ha seguido. Por otra parte C.1.10 no demuestra nada, puesto que usa la forma común. to-lh: se halla bien documentado en los ss. iv y III, aunque dos casos provienen de Liria, donde no se considera que haya una notación dual de las oclusivas. Su lapso final, como en el caso precedente, está marcado por una inscripción de Osseja y diversas «campanienses del primer estilo» de Enseru-ne^^ ío-lb: 400-200/175. ti-3: es básicamente una forma tardía cuyos soportes típicos son campanienses B y estelas funerarias. Es por ello difícil decidir si su aparición en Err y Osseja se debe a un mal trazado de los signos, tal vez mala conservación de los signos a causa del desgaste de la piedra, o a que alguna inscripción de este conjunto sería ya de mediados del s. n. Sólo en Osseja-05 aparenta ser signo principal, viéndose claro que en Osseja-03 y 09 es una mala realización de ti-\, que predomina, incluso en su variante Ib. Por lo demás, su aparición más temprana se localiza en los tituli picti de las ánforas de Vieille-Toulouse (170-130). En todo caso se comprueba que, al igual que en Liria, las inscripciones pintadas presentan las formas innovadas desde su primer momento. to-l: forma correspondiente a la evolución de ti-3 pero que resulta muy inusual, hasta el punto de que ti-3 suele aparecer con to-\ y que en ocasiones una forma de to-2 en realidad no es más que un ti-3 simplificado. Los cinco casos datables, dos de 150-50 y tres de 200-50, no permiten precisiones y cabe suponer que su aparición es ligeramente posterior a la de ti-3. ti-4: forma de transición evolutiva entre ti-la. y ti-3. Es poco frecuente y, además, de los trece casos ^^ Según información de Panosa, 1992: n" 26. ^'^ No es claro, con todo, si la mera presencia de las formas de notación dual í/-lb y to-lh bastan para datar la inscripción, puesto que no es difícil que ocasionalmente una forma de estos signos se haga accidentalmente con cuatro trazos y, de hecho, existe algún caso tardío en ibérico en que junto a ti-3 y ío-la se usa de forma muy minoritaria to-lh. "^ Por desgracia en la leyenda monetai no siempre es clara la distinción de ti-3. En todo caso, CNH indica emisiones de Játiva de mediados del s. ii con esta variante. en que aparece, en ocho son formas de trazado irregular en las que es difícil decidir si realmente lo es. Los datos indican que es posterior al 200 a.C. y dado que está ausente tanto de las inscripciones del s. I como de aquéllas de ca. 200 o inicios del s. II, aparenta, con las debidas reservas, ser una forma propia del s. ii, cuya aparición sería, por motivos evolutivos, ligeramente previa a la de ti-3. Es bien cierto que en el material disponible restan incógnitas en demasía que impiden una precisión igual del uso del signarlo ibérico levantino en todos los períodos y en todas las regiones. Aun así, sabedores de la posibilidad de que determinados signarlos innovadores hayan iniciado su empleo antes en unas zonas que en otras, es factible establecer una primera evolución de su cronología relativa y perfilar su correspondencia con cronologías absolutas. En un primer estadio prima el interés sobre la variedad de formas de be: -Fase B (media): s. Ill: formas 9 y 10. A su vez puede precisarse una subfase de D, que llamaremos E (final), que parece corresponder a una datación 150 -50 y sería propia de be-6. Esta periodización de be es muy útil ya que, a diferencia de la mayoría de los otros signos, no existe una forma clásica de be que, apareciendo sobre una inscripción, no proporcionase información cronológica. No obstante, el análisis conjunto de los signos sugiere una periodización levemente diferente. PALEOIBÉRICO: es la fase previa a las innovaciones de los signos I, m y a. Innovaciones que, según el testimonio de la necrópolis de Enserune, tendría lugar ca. Básicamente se usan los signos clásicos y su principal distinción se realiza a través de be y ba. Se emplea el sistema de notación dual de oclusivas. En ella se utiliza la forma ba-1. Es posible rastrear una subdivisión interna de la fase, tal y como se comentó al tratar las formas arcaicas de be. Paleoibérico 2 (300 -250): corresponde al inicio de la fase B, media de be, previa a las innovaciones. Aun con poca documentación puede diferenciarse un Paleoibérico 2a (300 -275?) en la que se sigue usan- do ba-l, si bien alternando con ba-2\ y un Paleoibérico 2b (275? -250) en el que deja de usarse ba-l y se pasa a ba-2, desde entonces omnipresente. NEOIBÉRICO: se produce la aparición de las formas innovadas m-2, a-A (en la zona nororiental) y, algo posteriormente, la de 1-2 (ca.225) y quizás a-5a (ca. Otra innovación, la de r-2, no parece extenderse hasta ca. La subdivisión de este periodo coincide en lo esencial con las fases B (su final), C, D y E. De las cuatro fases que se derivan, las dos últimas tienen una personalidad propia y pueden llamarse Iberorromano 1 y 2. Ultima fase de uso claro del sistema de notación dual de oclusivas. El uso de las formas be-ll, 13 y 14 parece muy limitado a inicios del s. II, mientras que be-10 podría extenderse algo más. Es el último periodo de uso de algunas caligrafías antes normales, como son las formas circulares de í^ (1, 2 y 3), las formas elaboradas de o (2, 3, 4 y 5), de ke-2, mientras que las formas más complejas de ^ (3, 4 y 5) son progresivamente arrinconadas por las homólogas a la ^ latina (cuya aparición anteriormente era esporádica). Da la sensación de que, si no todos, la mayoría de estos signos deja de usarse antes del 175, por lo que esta fase coincidiría, en líneas generales, con el periodo de conquista romana ^^. Ya no se utiliza el sistema de notación dual de oclusivas. Básicamente se distingue por la ausencia de las formas que finalizan en la fase previa; aunque existen testimonios de una especie de Iberorromano la en el que be-1 coexiste con alguna de dichas formas. Las formas 'innovadas', propias del Neoibérico, predominan sobre las clásicas. Iberorromano 2 o Neoibérico 4 (150/135 -50): es realmente una subdivisión de la fase Iberorromano 1, con la que coexiste, y correspondería a la fase E. En ella aparecen nuevas formas de signos, especialmente las formas simplificadas ti-3 y to-2 (esta última de uso marginal), así como a-5b. Es probable que la forma be-6 también sea exclusiva de estas fechas, mientras que, si bien s-2 puede encontrarse antes en alguna inscripción pintada, ahora se hace muy habitual y se encuentra también en inscripciones incisas. Este signarlo es el típico, junto con te-4, de los documentos sobre Campaniense B y ánforas Dressel 1. EXAMEN DE ALGUNOS DOCUMENTOS ILUSTRATIVOS Seguidamente, a modo de ejemplificación, pasaremos al análisis de los signados de los textos de la fig. 5. Aparte de diez textos, nueve plomos y uno sobre cerámica, añado los de dos bronces celtibéricos que permiten perfilar su relación con los signarlos ibéricos levantinos. r) Plomo de Ullastret-03 C.2.3: fue hallado en el estrato de relleno de una fosa medieval que contenía desde cerámica a mano, cerámica ática y protocampaniense a vidriada medieval. Por lo tanto, la única datación posible es de 425 -190, de acuerdo con las características del yacimiento ^^. Paleogràficamente queda bien definido por la presencia de be-2, que señala una procedencia del s. IV, posiblemente de su segunda mitad. Mientras que la presencia de un ba-2 frente al común ba-l parece accidental. Estos dos signos ya lo califican como Paleoibérico Ib, lo que junto a la presencia de ke-l establecen su datación más probable ca. El resto de los signos, o bien es clásico o anterior al Iberorromano 1, es decir pre 175 (ke, te, s). 2°) Plomo de Palamós-01 C.4.1: los descubridores de este plomo consideran que ha de datarse en la primera mitad del s. m -^ Esta datación encaja bien dentro de la secuencia paleogràfica y se fundamenta en los materiales del estrato del que parece provenir, pero debe aclararse que el plomo en cuestión apareció en un derrumbe accidental y no en la excavación regular. Se advierte la presencia de be-9, una forma media de be de s. ni y la clara alternancia de las formas ba-l y ba-2. Es, pues, paleogràficamente el texto más arcaico de las formas medias de be, lo que sugiere una datación de inicios del s. m o primera mitad, pero faltan materiales de datación segura de cotejo. Corresponde a la fase Paleoibérico 2a. 3°) Plomo de Orlevl-04 E9.5: hallado en la tumba II de Orleyl con ajuar ático, cuyo ejemplar más moderno sería de ca. Presenta tres pie--^' De acuerdo con las fuentes clásicas las últimas campañas importantes de pacificación en zona ibérica se realizarían en la década 190/180. Lázaro, Mesado, Aranegui, Fletcher, 1981. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ zas de cerámica ática reconocible. Una cratera de campana con asas, de figuras rojas de estilo Kertch decorada con escena de lucha entre grifos y arimaspos. Y una ática forma Lamboglia 21 que sus excavadores comparan con el ejemplo 835 de Sparkes-Talcott del Agora de Atenas de ca. La datación es compleja. El ajuar de la tumba establece un post quem y, aunque la Lamboglia 21 pudiera ser más antigua de lo publicado, sería razonable datar la inhumación a finales del s. IV. Pero los signos de las inscripciones son claramente más modernos que aquéllos que aparecen sobre cerámica del s. iv. En él ya no aparece la forma antigua de ba y se usa la forma media de be, be-lO. Por su parte / muestra los inicios de su evolución a la forma lambda y aparece el testimonio más antiguo de ^-1; aunque dos de los tres plomos usan ^-3. Dado que las innovaciones del neoibérico no son de uso obligatorio, su ausencia no es probatoria, por lo que su datación paleogràfica más probable sería la de ca. Pero las pocas inscripciones conocidas de la primera mitad del s. m y el ajuar sugieren que una fecha más prudente sería la de ca. Sin total certeza, parece ser un ejemplo de Paleoibérico 2. 4°) Plomo Ampurias-23: hallado en un estrato donde predominaba la cerámica protocampaniense de Rosas y había alguna Campaniense A antigua. En el aspecto paleogràfico puede constatarse la forma media be-lO, propia del s. iii, mientras que ya encontramos la forma innovada /-2, que indica un post 225. Obsérvese también la presencia de te-l, el cual, hasta el momento, sólo se documenta en un margen muy estrecho de 250 a 180. Finalmente, el uso del sistema de notación dual apunta con reservas a un pre 200. Queda por tanto una datación del último cuarto del s. iii, posiblemente ca. Es clara su adscripción al Neoibérico 1. 5°) Plomos de Pech-Maho 33-36: proceden de un estrato de destrucción de finales del s. m que suele relacionarse más con agresiones de pueblos celtas que con la guerra púnica. En todo caso no parece que se produjesen muy a finales del siglo. Presenta otra vez el típico be-lO de s. m y las innovaciones de 1-2 y m-2, siendo muy similar al plomo Ampurias-23. A diferencia de éste, presenta la forma a-4, indiketa-sordona, que sí se encuentra posteriormente en Ampurias en el s. ii, pero que parece tener un origen claramente del sur de Francia. o su variante ke-6. Sin embargo, la forma de be no es transicional, sino la normal en época iberorromana be-1 (que en el fondo no es más que una simplificación de be-ll). Todo ello induce a pensar que recoge el momento final del uso de sus variantes át te y s y Q\ inicial de be-7 lo que permite suponerle una datación de ca. Tipológicamente corresponde al tránsito del Neoibérico 2 al Iberorromano 1. 8°) Plomo de Ampurias-06 C.1.6: fue hallado junto al Asklepieion, pero, por desgracia, al recoger tierra para tapar un mosaico «debajo de los muros que cubren el corredor de salida trasero de dicho templete». De acuerdo con las últimas excavaciones hechas en la zona, parece que hay que descartar la datación inicial de ss. iv-iii ^^ Si nos atenemos a su relación con la edificación del muro, vemos cómo, de acuerdo con Sanmartí y Nolla, la edificación del Asklepieion se corresponde con la ampliación de la ciudad al construir la muralla de mediados del s. ii, y que previamente sólo hay indicios de un altar que, en todo caso, estaría extramuros. Ello hace plausible suponer que su estrato de aparición corresponde a los rellenos de base para'la edificación en la segunda mitad del s. ii ^^. Presenta claramente signos post 225 de la innovación del Neoibérico (1-2 y a-A), si bien no hay constancia de que a-A aparezca en Ampurias antes del 200. También se encuentra un claro caso de r-3. No parece haber uso del sistema de notación dual, lo que, en esta zona, sugeriría un post 200. Asimismo, es de los ss. ii-i la forma s-2, e incluso preferiblemente post 150. Por su parte ¿7^-6 lo pondría claramente en la última fase del signario ibérico, pero presenta un problema, que, aunque no es insoluble, sí hay que tener en cuenta. La identificación de be-6 depende de la reconstrucción del onomástico nalbe, cuyo único paralelo claro procede de una única versión latina del nombre en el bronce de Ascoli ^^ y para el cual hay que suponer, en nuestro plomo, la presencia de un único caso de M frente al claramente presente 1-2. Si nos basamos en be-6 juntamente con s-2, hipótesis que, a título personal, considero más probable, el plomo dataría de 150-50, mientras que, si rechazamos la presencia de be-6, el lapso superior tendría que ser más flexible 175/150-50. La ausencia del signo í/-3 no parece ser un ar- " Almagro, 1951: 103 ss. ^' Sanmartí, Nolla, 1988: 21 ss. ^^ La existencia de un fragmento cerámico con el texto Jmlhe es susceptible de ser usado tanto a favor como en contra (argumentando que muestra una grafía distinta como base de origen de la forma latina). Cfr. también C.3.2 mlheier. Por las mismas causas su adscripción puede ser Iberorromano 1 o, preferiblemente, Iberorromano 2. 9°) Plomos de Yátova 1-3 F.20.1-3: estos tres plomos fueron hallados por un particular, por lo que no hay un contexto arqueológico fiable. Se dice que en la zona apareció también un fragmento de cerámica ática de barniz negro, pero lo relativamente interesante es la indicación de que había una boca de ánfora republicana «en las proximidades»^^. Por ello con muchas reservas puede sugerirse, a priori, que pertenece a un estrato de romanización ya avanzada. Pero sólo como un indicio más, puesto que como prueba es muy endeble. Ahora bien, el signario de esta inscripción es muy coherente con esta datación. Se encuentran las formas innovadas de Neoibérico 1-2 y m-2, y, si bien la presencia de be-1 da un lapso amplio de 180-50, al igual que te-A, la forma tardía s-2 apunta a un post 150, cosa que ti-3 ratifica. Su cronología es, por tanto, de 150-50 perteneciendo el signario al IberoiTomano 2. 10°) Plomo de Gruissan: excepcionalmente se dispone de una cronología muy precisa para este plomo, ya que procede de un conjunto cerrado, de los restos de un barco naufragado ante la playa de Gruissan. Esta datación sería del primer tercio del s. i ^^. Las formas son las esperadas en un documento del sur de Francia ^^ Presenta la clara diagrapsa de a-A y las formas normales del Iberorromano-2 como son s-2 y sobre todo í/-3. El signario utilizado es muy similar al de los plomos de Yátova, salvo la lógica excepción de la forma local de a y la presencia de la forma romboidal f-2, alternancia habitual en los ss. ii-i. Expuestos, de la manera precedente, los principales rasgos de la evolución paleogràfica de la escritura ibérica levantina, resulta interesante compararla con la de sus derivados más inmediatos en la escritura celtibérica. En la columna IP podemos ver los signos habituales en la escritura celtibérica que podemos ejemplificar en el bronce de Botorrita y que provisionalmente podemos llamar septentrional o celtibérico M. En él podemos constatar una serie de formas clásicas de escaso valor cronológico, como son los signos usados para o, ti, ke, I y m. Formas como ba-2 o r-3 sugieren un previsible post 275, pero el resto de las formas son claramente iberorromanas. Solier y Barbouteau, 1988. ^^ Claro está que el punto de naufragio de un buque no ha de corresponder necesariamente con su lugar de origen, pero en este caso no debía ser lejano. aparición alternativa de ti-4 lleva a pensar en el tránsito hacia í/-3 que empezaría con el s. ii. Por su parte, te-A es básicamente un signo post 180 y, pese a la ausencia de ti-3, están todos los signos típicos del Iberorromano-2 como son a-5b, s-2 y be-1. Es evidente, por la ausencia de signos que hacen su última aparición en el Neoibérico 2, su posterioridad al 175 y bastante probable que el signarlo ibérico de adaptación fuera una variante del Iberorromano 2 y que, consecuentemente, el origen de esta variante septentrional de celtibérico se date a mediados o en la segunda mitad del s. ii. En la columna 12^ tenemos el signarlo propio de inscripciones del tipo de las de Luzaga, que podemos llamar celtibérico meridional o celtibérico N. En ellas, contrariamente a nuestra manera de transcribir el ibérico, el signo ibérico para n se utiliza para notar una nasal labial /m/, mientras que el signo m, nota la nasal dental Ini. Ello ha de ponerse en relación con el hecho de que no todos los signarlos de ibérico levantino utilizaban el signo m, empleando en su lugar, por lo menos en alguna ocasión, el signo n ^^. Seguramente el modelo de ibérico levantino que se utilizó no disponía de m. En comparación con Botorrita, los signos del modelo Luzaga son totalmente diferentes: no se utilizan formas del Iberorromano, sino del Neoibérico 1-2. La forma de be es de escasa ayuda, ya que puede proceder tanto de be-1 como de be-^\ esta última, a mi parecer, más probable formalmente y más coherente con el resto del signario. Finalmente la forma í/-4, que denota el inicio de la transición a ti-3, apunta, aunque con escasa convicción, a una primera mitad del s. ii. Todo ello sugiere que el signario de origen es una forma dd Neoibérico-2 y que seguramente su adaptación se realizó a inicios del s. II. ANEXO: DATACIONES DE LAS INSCRIPCIONES Azaila: El grueso de las cerámicas de Azaila parece datable en el lapso 150-75. Predominan claramente las campanienses B y las ánforas Dressel 1, mientras que las campanienses no clasificadas corresponden a formas que inician su producción tras ^'^ Así en Liria, donde se conoce el uso abundante de m, el formante onomástico unin aparece en alguna ocasión escrito umin. Es posible que existiesen otras formas alternativas de escribir m en los signados que no lo utilizaban, y, en todo caso, sigue sin estar clara la realidad fonética que se oculta en estas grafías. el 180. No es descartable que exista alguna inscripción previa y he preferido mantener un post quem global de post 200, pero el signario de las más de cuatrocientas inscripciones de Azaila es muy uniforme, Azaila-67 = E.1.67: cerámica campaniense forma 5 ó 7, según Beltrán y la descripción de. El Toro-Ol = F.15.1: fechado según las observaciones de la datación del yacimiento de Oliver (1978) en la primera mitad del s. i a.C. Enserune: Hay dos dataciones estratigráficas claras. Según la primera, la fase III del poblado corresponde a una ampliación/reconstrucción de finales del s. III ya que presenta material campaniense antiguo y así fue datada por Jannoray (1955). Este estrato se asienta sobre la fase final de la necrópolis que Jannoray hacía finalizar hacia el 250, aunque las nuevas valoraciones de los materiales invitan a seguir la estimación de Schwaller (1994: 69-73) que indica que la necrópolis finaliza a fines del s. iii; por ello considero la fecha 225 como ante quem para los materiales de la necrópolis. En algunos casos Jannoray indica una breve fase inicial de la fase III del habitat cuyas piezas dato en 225-175. Por lo demás, la complejidad y vastedad del material procedente de Enserune y el que gran parte de él no haya sido reestudiado desde la publicación de Jannoray (1955) hace que la diferenciación entre campanienses y protocampanienses sea révisable y se haya considerado de forma prudente. Me consta, con todo, que Jannoray sí distingue la cerámica del taller de las pequeñas estampillas («italiota»). Finalmente, hay una serie de crateras de barniz negro, áticas y protocampanienses que suceden en el ajuar a la cerámica de figuras rojas cubriendo un lapso de 325-225 (325-250 según Jannoray). Buena parte de ellas presenta decoración de gallones, que, estando ausente de un yacimiento como el de Bastida de les Alcuses, destruido a fines del s. iv, viene a reforzar el post quem. Enserune-12 = B.1.15: cratera Lamboglia 40 decorada con gallones procedente de la necrópolis. De acuerdo con la presencia de los gallones sería una producción ática de la segunda mitad o finales del s. iv. Sin embargo, en cuanto a soporte epigráfico, ha sido reutilizada. Presenta una inscripción ilegible sobre la que se ha escrito otra marca de propiedad con unos caracteres que yo dataría en la primera mitad del s. m (Pale-oibérico 2). En otro lugar de la pieza aparece otra marca de propiedad del mismo individuo {auetifis) pero en caracteres ya de neoibérico. Dado este uso múltiple prefiero dejar su datación en el global de 325-225. Enserune-20 = B.1.23: cratera de barniz negro, posiblemente una Lamboglia 40 procedente de la necrópolis. Muestra indicios de haber sido reparada antes de inhumarla. Enserune-24 = B.1.27: cratera Lamboglia 40 procedente de la necrópolis que, de acuerdo con el material gráfico de Mouret (1927, n° 4), es similar a la forma Morel 3533al que Morel considera una producción etrusquizante que en Aleria se asocia a la producción del taller de las pequeñas estampillas. Ello permitiría datarla en 325-250 pero, dado que la pieza fue reparada en la época, parece preferible mantener la datación genérica de 325-225. de sus materiales se han perdido. Tradicionalmente se ha venido relacionando su destrucción con las operaciones anti oppida de Catón (ca. 195), política poco compatible con las complejas fortificaciones que presenta. En todo caso los tesorillos numismáticos encontrados, compuestos principalmente por imitaciones ibéricas de dracmas ampuritanas, pero también con ases romanos posteriores al 211, apoyan esta interpretación. Consecuentemente, puede considerarse un ante quem de 195 para sus inscripciones, así como es verosímil que los plomos escritos correspondan al momento de destrucción. Aunque este estrato está directamente bajo el superficial, el único material reconocible que indica Oliva es cerámica «griega» de figuras rojas, básicamente escifos, lo que hace más verosímil, con reservas, una datación del s. iv. Ullastret-17= C.2.17: base de cerámica claramente ática, posiblemente de un escifo (ática en Maluquer n° 14). Ullastret-22 = C.2.22: base de cerámica ática del corte de Campo Grande Sagrerà Oeste cata 1 estrato II. Publicada como campaniense por Oliva (1960: 68 = 408) y por Untermann, así como «campaniense antigua» del s. iv o primera mitad del m por Maluquer (n° 13), es claramente, tanto por los círculos de la base como por la decoración de palmetas entrelazadas y estrías del fondo, una pieza ática. Ullastret-23 = C.2.23: fragmento de base de cerámica ática, así indicada por Untermann y comprobable por la decoración del fondo externo. Ullastret-25 = C.2.25: fragmento de base de cerámica ática. Vieille-Toulouse: Casi todas las inscripciones de Vieille Toulouse (VT 1 a 36) corresponden a un conjunto muy homogéneo de ánforas grecoitálicas con inscripciones pintadas. La documentación gráfica que aportan es escasa, pero el ánfora que presentan parece similar al modelo LWe (175-100). Ahora bien, la pormenorizada relación de las formas de las piezas de barniz negro en la clasificación de Morel invita a rebajar algo las dataciones, ya que el grueso del material de barniz negro data de hacia el 160/150 o del 140/130, a lo que hay que añadir que la cerámica de barniz negro suele perdurar más tiempo en uso que las ánforas.
compartan la misma idea y aspectos iconográficos. Se ha propuesto con dudas que también tuviera figuras humanas una nueva inscripción de Olite (Canto-Iniesta-Ayerra, e.p.). ^ Caro Baroja (1945: 116 ss., por ejemplo el paloteado o makil-dantza de Vera de Bidasoa). Más difícil es entender el objeto que pende de la mano de la figura del fragmento de Gastiáin (Castillo et al, 1981: n"* 76), que puede semejarse más a un sistro o a crótalos. Los objetos de Santa Cruz podrían ser flautas dobles, incluso aunque terminen en punta de flecha, a juzgar por el paralelo de una flaudsta, pintada en un Este trabajo está dividido en dos partes. En la primera se estudian los testimonios de culto al toro y a la luna como definidores del territorio primitivo del ager Vasconum, en especial las muy características «aras taurobólicas» de Navarra y el Oeste de Zaragoza. En la segunda se propone un nuevo método de análisis, por conjuntos, para intentar aprovechar datos, hoy inutilizables, del geógrafo Ptolomeo (II,6,66), acerca de las ciudades vasconas. Con diversos materiales arqueológicos y fuentes literarias, antiguas y medievales, se llega a proponer nueva ubicación para dieciocho de ellas y, en especial, para el enorme territorio público conocido como «Las Bárdenas Reales», un posible ager Caesarianus adsignatus. La propuesta final de localizaciones (fig. 13) coincide bastante bien con la experimental a partir de Ptolomeo (fig. 9), lo que puede indicar la validez del método empleado. Retomo los comentarios y paralelos citados a propósito de una nueva estela epigráfica de Pueyo, Navarra (Canto-Iniesta-Ayerra, e.p.), en cuanto a las numerosas estelas y aras vasconas que representan cabeza, cuerpo o cuernos de toro, en clara relación con la divinidad lunar propia del norte hispano. És-tas se nos ofrecen en el ámbito doméstico', en el religioso -, y en el funerario \ a cuyos grupos deben pertenecer también fragmentos indeterminados del Museo de Navarra' ^, incluido uno de la vecina Artajona ^, siendo la misma diversidad de ambientes prueba de la influencia cotidiana de este dios en el pueblo vascón. Me gustaría ahora apuntar algo más en relación con este culto al llamado noble bruto en la Navarra Media, que excede el actual territorio foral tanto por el O, muy ligeramente (hasta la línea de La Guardia de Álava) como hacia el E, penetrando bastante en la actual provincia de Zaragoza, hasta al menos Farasdués. El mapa (fig. 1) de su distribución en el territorio vascón ofrece, por un lado, 20 estelas y altares (varios de éstos sobre aras rituales, anepigráficas) en los que se presentan o bien la cabeza sola del toro o bien su cuei*po completo. Y, por otro, otras 20 estelas funerarias (fig. 2) en las que el cuerno lunar me parece representar a un idéntico dios, depositario del mismo sentimiento religioso que las anteriores. He añadido en el mapa las cinco inscripciones votivas al Júpiter romano. O el grupo de aras taurobólicas (Eslava-Sos-Bañales-Sofuentes-Artajona: Uranga, 1966), completado ahora con las cuatro de Farasdués, Z. (Aguarod-Mostalac, 1983: 3^P, lám. V), posiblemente aún en territorio vascón, v. infra. ^ Por ejemplo en el frontón del ara de Júpiter de Aibar (Castillo et ai, 1981: n° 17, lám. XVII) y, muy destacada en altorrelieve, en ambos laterales del ara al dios Lacubegi de Ujué {ibid.: n° 34, lám. XXXIVb y cf. infra). ^ Aparte de la de Carcastillo, las de Gastiain (Castillo et al, 1981: n° 42, lám. XLII) y posiblemente Eslava {ibid.: n° 41, lám. XLI), entre otras varias. "^ Así, en la misma zona, los ya citados de Eslava {ibid.: n° 74, lám. LXXIV) y, algo más alejados, los dos de Sos del Rey Católico (núms. 503), se refiere a «un fragmento de lápida romana decorada con cabeza de toro» procedente, no de Artadía, como decía Uranga, sino del sitio artajonés de Guencelaya, como ingresada en el Museo de Navarra en 1966. No figura, sin embargo, en el citado catálogo del Museo. todos estos hallazgos define perfectamente lo que más propiamente puede considerarse el ager Vasconum, siendo el punto más septentrional, significativamente, la propia Pompaelo. Sobre las relaciones de la misma simbologia lunar con otras muestras de áreas celtibéricas como Burgos y Soria, o incluso galaicas, como Vigo, ya se ha comentado algo en el citado trabajo, aunque debe indicarse que estas similitudes no alcanzan a lo que parece muy y más propio vascón, las llamadas «aras taurobólicas» (fig. 3) de las que la más expresiva es sin duda la de Sos (Z.), hoy en el Museo de Navarra (fig. 4)^. Mención aparte merece ahora la causa por la que he incluido en el mapa el original grupo de cinco estelas de Aguilar de Codés, con varias figuras humanas, vestidas habitualmente con saga, dentro de nichos, estudiadas hace años, entre otros, por A. Marcos Pous (1972: 317-328; Castillo et al, 1981, S.V., cf. ahora un recuento ilustrado en García-Blázquez, 1994: 318-320 con fig. 2), que se agrupan con algunas otras navarras (Gastiáin) y del otro lado de la frontera alavesa: Las dos de Contrasta y otra, quizá la mejor del lote, de Santa Cruz de Campezo''. ^ Parece un tipo de monumento específico vascón. Además, son significativos los topónimos antiguos y modernos de esta área que tienen relación con cornu: Aparte de la ciudad ptolemaica de Curnonion (cf. infra): Hoya de Cornaba, Barranco de Cornava, Cornoino, Cornago, Vilar de Cornu, etc., junto a cognomina romanos como Cornutus y Cornutinus. man de la mano, se han dado algunas interpretaciones, desde que pueden ser retratos, familiares (Marcos Pous-García Serrano, 1972: 324; García-Blázquez, ibid.) o idealizados (Elorza, 1970: passim) de los fallecidos, a que se trata de tríadas/trinidades celtas, o de la multiplicación de la figura del difunto para heroizarlo (Marco Simón, 1978: 44-45). En cinco ejemplares aparecen junto a ellas, o sujetos por ellas, algunos objetos, como lo que se viene interpretando como una carda de lana (Marcos Pous-García Serrano, ibid.) o un peine, símbolo de «atildamiento, de duelo o de dignidad y victoria en la muerte» (Marco Simón, 1978: 59). En dos estelas alguna de las figuras sostiene un «cetro rematado en bola» (Marcos Pous-García Serrano) o «falces» (Marco Simón). Por el contrario, pienso que unas figuras que se cogen de la mano no pueden hacer otra cosa sino bailar. Los objetos entonces, especialmente las «cardas o peines» (Aguilar, Santa Cruz, Marañón) deben de ser más bien instrumentos musicales, tales como caramillos o flautas rústicas (syringes, fistulae). Los alargados, «con bolas», quizá sean entonces liras o guitarras muy simples, las pandurae (como en Aguilar) y los «triángulos y cuadrados», como los del fragmento de Zabal (Castillo et a/., 1981: n° 82), esquilas o campanas. Las «falces» de la estela de Santa Cruz podrían ser simples trigona, es decir, triángulos de cuerda. Las «lanzas» serán meros palos, como los que siguen usándose en algunas danzas vascas ^. Como puede verse, todo ello bastante rústico y muy ligado, como cabe esperar, al mundo silvo-pastoril y ganadero. Pero creo que es la estela de Santa Cruz de Campezo ya mencionada (fíg. 5 rf 6) la que puede proporcionar el mejor indicio para esta interpretación que sugiero; ya que, presidiendo la escena de preparación o término de la danza, vemos un gran creciente lunar entre las dos consabidas hexapétalas. Habrá que recordar entonces el celebérrimo paso estraboniano sobre los pueblos del norte hispano (III,4,16): «Todos los celtíberos y los otros pueblos del Norte, excepto los galaicos, tienen cierta divinidad desconocida a la que, en las noches de luna llena, las familias rinden culto, danzando durante toda la noche ante las puertas». La mención de «las familias» ya de por sí Sobre este singular grupo (fig. 5), de dos o tres figuras humanas de pie que en cinco ocasiones se to- da idea de que varias personas o grupos participan en estos bailes (con dimensión ritual no colectiva en Sayas, 1994a: 234); que éstos serían o cogidos de la mano (Aguilar de Codés, cuatro ejemplos) o, al modo eslavo, por los hombros, como vemos en la de Urbiola (Marco Simón, 1978: n° N 38 y fig. 30, aquí fig. 5 n° 8). No se concibe, por otra parte, un baile sin instrumentos o música, por primitiva y sencilla que ésta sea, e incluso acompañado de cantos: Qué tentación entonces recordar los choros Rixamarum de Marcial, celtíberos o mejor vascones {cf. infra, s.v. Tutela), cuando el párrafo de Estrabón citado usa justamente el verbo choreúo. Si una vez al mes, por honrar al dios, por atraerse sus favores o aplacar sus iras, bailaban toda la noche, con mayor motivo, me parece, lo harían en ocasión de tanta solemnidad y necesidad de protección como el fallecimiento de uno de sus miembros. El que aparezcan en varias ocasiones las figuras delante de espacios arquitectónicos, o entre pilares y columnas (pylai, cuando son distintas de las del Hades), creo que refuerza esta hipótesis. En estas singulares estelas se evocaría, pues, un momento del ritual funerario. Bajo tales supuestos espero haber encontrado apoyo suficiente para considerar también entre los monumentos relacionados con el culto a la luna los de este peculiar grupo del occidente navarro-alavés, y justificar así su inclusión en el territorio y en el mapa de la iconografía del culto lunar; una relación que, como decía, está además a la vista en la estela de Santa Cruz de Campezo. Por último, conviene recordar en este preciso contexto la justamente célebre estela de Narhunges, Abisunhari filius (fig. 6), hallada en Lerga, NA. (Castillo et al 1981: n° 50), dedicada a un joven difunto de 25 años, probablemente por su primo ^ Umme, Sahari f(iUus), porque quizá pueda atribuirse con más provecho a este mismo grupo. Se trata de una familia más acomodada, tanto en sentido económico (parece un joven jinete) como cultural, a la región en la que vive, a cuya más habitual cabecera semicircular se ciñe la estela. Pero véase la composición central: Bajo la línea primera del epígrafe, entre dos crecientes lunares (quizá mejor que «guirnaldas»), hay un marco arquitectónico como los de la Sierra de Codés, sólo que columnado; en él aparecen dos figuras en plena danza fúnebre, levantando sus manos, que se unen a través del objeto rectangular que entre ambas sostienen. Como aquí sí parece tratarse de soldados, quizá de commilitones, y el de la derecha sujeta, esta vez claramente, una lanza, quizá en este caso sí pueda decirse que muestran la urna cineraria del difunto (así pensó Marco Simón, 1978: n° N 29, y véase también la de Narvaja, Álava), o danzan con ella, aunque el objeto, con sus laterales elevados, no se preste a encontrarle paralelos arqueológicos. Parece así que tenemos en Lerga a un joven originario de la zona occidental vascona, enterrado lejos de su tierra. Y entonces su onomástica, quizá la más vasco-aquitana de toda Navarra, al decir de L. Michelena, parece indicarnos quiénes eran, menos romanizados pero en contacto, los habitantes primigenios de la Sierra de Codés, a lo mejor llamados Cuda/enses. Puede, por tanto, que por el lado occidental el límite del ager Vasconum pudiera precisarse más por esta meridiana'^. Después de estas consideraciones sobre el oeste vascón, podemos planteamos ya si la distribución a la que hemos llegado con un mapa de güísticas, ésta occidental, coincidente en parte con la Tierra Estella, en estrecho parentesco onomástico con el E. de Alava, con una fuerte indoeuropeización. Para otro autor reciente (Gorrochategui, 1987: 437), las dos téseras de Viana demuestran que esta zona ya próxima a la Rioja era berona y, por tanto, celtibérica. Parece, por tanto, que, de no ser los testimonios religiosos puede ser expresiva también para la definición geográfica de la zona este, y si podría detectarse algún posible centro para este llamativo culto tauro-lunar. Pero quizá se podría hacer la propuesta concreta de que el límite sudoriental lo marcaran precisamente la Sierra de Luna y el municipio del mismo nombre. Por un lado, son claras alusiones, topo-y oronímica, al venerado astro. M.C. Aguarod y A. Mostalac dejaron constancia de un importante detalle al publicar (1983: 312) las cuatro aras taurobólicas de Farasdués, aunque no sacaron de él ninguna conclusión: Que, de las cuatro aras, la rf 3 se hallaba in situ y erguida aún al descubrirla y que «la cabeza de toro del ara miraba hacia el Noroeste». Éste me parece importante detalle para la siguiente hipótesis: En la dirección a la que se dirigía este ara (y posiblemente todas las demás en su momento), se encuentra Ujué. El santuario de Ntra. Sra. de Ujuë se considera desde hace siglos, y hoy aún. patrón y protector de todo el piedemonte navarro hasta La Ribera y su lugar de peregrinación. Y de allí proceden también las dos aras que más atrás citamos ^', una de Júpiter y otra similar, de los mismos dedicantes'^ pero con cabezas de toro y consagrada a Lacubegi (fig. 7): «El ojo que ayuda», «el ojo que " Castillo et al., 1981: núms. 33 y 34 (ILER 10 y 860).' ^ Considero muy forzado tomar esta doble dedicación de Ujué como un caso de «ambigüedad indígena» o de «resistencia a las divinidades romanas», tal como sugieren González, Loizaga y Relloso (1987: 422), puesto que no parece que nadie les obligara a ofrendar dos aras. Los dedicantes de Ujué tienen nombres latinos y griegos, son de condición libertina, e incluso ignoramos su origo. Es más bien un caso evidente de interpretatio. AEspA, 70, 1997 acompaña», si lo pudiéramos explicar por el euskera: lagu-begi ^^. Las aras de Farasdués, y a muy cerca del limite vascón ^' ^, se volvían pues, como a una meca, hacia el santuario principal del dios comúpeto y lunar que, a veces representado por el toro o su cabeza, a veces mediante los simples cuernos, comunes a ambos, encontramos, protegiéndoles aún, en sus estelas fúnebres en tantos lugares de Navarra y del oeste zaragozano. Solicitando la misma protección, como hoy se vuelven las plegarias del llano hacia la Virgen que ocupó su elevado y vigilante lugar, «centro religioso local de la región» (Mensúa, 1960: 165; Ciérbide en: Tafalla, 1990, 33-47) »^ El «ojo» más grande y vigilante que los antiguos podían conocer era la luna misma el día de su plenilunio. Y, mientras éste faltaba, el astro iba adoptando la forma de los cuernos del toro en dos fases, decreciente y crecientemente ^^. No es extraño, pues, que estimaran a este animal como una especie de'^ Habitualmente se le considera un dios relacionado con el agua por el elemento céltico lacu- (Blázquez, 1975: 111; Sayas, 1994a: 243; id. 1994b: 419) o también con su poder fecundante. El mismo J. M. Blázquez (1983: 248) recoge innumerables leyendas y prácticas folklóricas posteriores en este sentido genésico y viril, pero no creo que pueda explicarse por esta cualidad su frecuente presencia en las estelas funerarias {cf. infra n. J.C. Elorza (1972: 363) comenta la opinion de M^ L. Albertos, relacionándolo con fuentes o manantiales, a través de un supuesto ide. lacu-bex. J.J. Sayas (1994b: 419), citando a J.M. Iraburu, recuerda también la pervivencia del nombre de un barranco inmediato a Ujué como «de Lacubeli» (aunque ello no implica necesariamente relación con el agua, sino sólo con el nombre del vecino santuario). R. Ciérbide (en: Taf alia, 1990: 37-38) cita además allí los microtopónimos «Laco» y «Lacumulatu».' "* Unos 3.5 Km al E. de Farasdués y a unos 700 m. escasos del «Corral Viejo de Moncho», lugar del hallazgo, se encuentra el sitio de «La Raya», con evidente significado limitai. Lo mismo ocurre con el microtopónimo del yacimiento del «Cantal de la Higuera», cf infra n. Menos de 7 Km al E están ya la Sierra de Luna y el municipio de igual nombre, al SO.'^ El otro punto navarro donde se encontraron in situ dos aras con cabezas de toro es la capillita de una villa, en Arellano (Mezquíriz, 1993(Mezquíriz, -1994: 85 y plano 3). Miran ligeramente hacia el SO, en dirección a Sartaguda y Lodosa. Creo que aquí se trata de otra comarca vascona y problemática, por hallarse ya al Oeste del río Ega. Pero recuérdese que los mismos dedicantes de Ujué consagraron otra ara a Júpiter: Pues de Arellano procede otro epígrafe, quizá no casualmente también al mayor de los dioses, luppiter, con el apelativo de Apenninus (Castillo et al, 1981: n° 18). Aunque se tratara de una promesa hecha en un viaje por Italia, el hecho de que sea Júpiter el dios al que se encomienda el viajero en un difícil trance también sugiere que éste era el dios principal en su tierra de origen. Lacubegi, así, parece un «dios mayor».'^ Una observación curiosa es que en la mayoría de las ocasiones el cuarto lunar no se esculpe en su posición creciente ni decreciente real, sino en la que se aprecia durante los eclipses, es decir, posado sobre su base. Asociación de los cultos de luna y toro en relación con la ganadería, el matriarcado y los ritos apotropaicos en Blázquez, 1975: 67 y Sayas, 1994a: 235. sustituto sagrado de la divinidad. Sobre la amplitud y el carácter del culto celeste en la Hispânia antigua hablan los amenazadores cánones de los concilios XII y XVI de Toledo, de 681 y 693 d.C. (Vives, 1963: 398 y 498), que prohibían a los adoradores de ídolos «las obras de escultura, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo de abajo en la tierra. No las adorarás ni les darás culto... al sol y a la luna, y a toda la milicia del cielo...». En el aspecto material, en la zona debían de criarse, como hoy, excelentes toros. Cabe recordar la cita de un Ceitis genitus et ex Hiberis como el escritor Marcial, cuando recuerda los toros (Epign IV, 55: iuvencis fortibus curvae) criados por Manlio en las arva (llanuras, sembrados, pero también riberas) de la ciudad de Vativesca'^. E. Ladrero, al finalizar una ya antigua, breve y muy curiosa reflexión sobre el origen egipcio del culto al toro en la antigua Iberia, a propósito del ara de Sos (Ladrero, 1927: 32-33), apunta unas observaciones etnológicas que me parece de gran interés reproducir aquí, setenta años después: «El toro es el animal tratado con más cariño y respeto (en Navarra), y principalmente entre los ancianos, que le dan la garba con su propia mano... acariciándole... su carne no se comía antiguamente, pues se creía que acarreaba grandes males... Cuando el animal moría, se enterraba en un campo, al que hacía más productivo desde aquel momento...». La consideración como tabú de la carne del toro, como también la creencia en su papel fecundador ^^, unidas al trato afectuoso hacia el animal, todo lo cual era aún perceptible entre los vie-'^ El nombre debió ser considerado por Tovar como microtopónimo, porque no lo recoge. Sí Vatinum, según el P. Fita topónimo en la zona de Ariza. La terminación -vesca recuerda otras de ciudades, como la autrigona Virovesca (Tovar, 1989: C-425, que considera el nombre compuesto de celta y -sea, ligur). Creo, pues, que Vativesca puede ser una ciudad celtíbera o celtíbero-vascona, ribereña (¿del Ebro?). Si el elemento Vati-tuviera que ver con vates, los rebaños de toros que Manlio criaba podían ser sagrados (y ¿qué otra cosa podían ser?).'^ Que no es lo mismo que «genésico». Pienso que se le tenía por tabú, fecundante o sagrado sólo en la misma medida en que lo era el dios/a lunar al que representaba y del que era trasunto. Y ello creo que puede valer desde los toros de Creta (donde los frecuentísimos llamados «altares de la consagración» o «de cuernos» debían representar exactamente la misma duplicidad religiosa y ritual) hasta los prehistóricos hispanos de El Oficio y La Encantada, los de Costig o los de la Navarra Media que ahora tratamos (parecida idea, dubitativo, en Sayas, 1994a: 235). La larga serie de leyendas que reúne J. M. Blázquez {loe. cit.) a nombre de A. Alvarez de Miranda, apuntan efectivamente a los valores genesíacos y viriles del toro. Pero repárese en que son todas medievales, modernas y contemporáneas, y en que ha desaparecido completamente jos campesinos navarros del primer cuarto de este siglo, parecen guardar para nosotros aún el eco muy lejano del tiempo en que además era entre ellos, y de forma creo que más especial que para otros pueblos hispánicos, un animal benefactor y objeto de culto. De ahí que encuentre adecuado (incluso sin recurrir a los sanfermines de hoy) el término que aquí he utilizado para esta región: Tierra del Toro. Hay que recordar ahora que la mayor concentración de aras taurobólicas (fíg. 1) se da en el área de Sos, Mamillas, Sofuentes, Farasdués y Layana-Sádaba, para tener presente de inmediato a Pascual Madoz (1849: t. IV, 23), cuando hablaba de «las grandes vacadas que dan muy buenos toros para las plazas», que pastaban entonces (como seguramente mucho antes aún) en las llamadas «Bárdenas de Sádaba». Inmediata a ellas (y más en la Antigüedad, cf. infra n. 19), en lo alto, está Ujué, que podía ser el centro o uno de los centros del culto al dios lunar y taurófilo. La privilegiada situación de Ujué hace de él el municipio más elevado de toda la Navarra Media (815 m.), y el de término más extenso, avanzada serrana y privilegiado emplazamiento defensivo y de refugio del piedemonte y La Ribera, al decir de S. Mensúa (1960: 143). Este mismo autor refiere la creencia popular de que Ujué fue antiguamente el centro de una comarca densamente poblada, que extendía su influencia hacia las sierras (San Martín de Unx, Lerga, Eslava, Gallipienzo, todos ellos con restos arqueológicos, epigráficos y puntos de calzada) y hacia el piedemonte, llegando a Beire y Pitillas, y considera, entre otros factores, que la abundancia de despoblados en su entorno habla en favor de ello ^^. Podemos añadir, además, la documentación epigráfica de la ermita de Santa Cruz, al SO del vecino San Martín de Unx, pero más cercana al pie de Ujué, donde la misma dedicante ofrece votos por la salud a dos divinidades como Cibeles y el Sol Invicto (Castillo et al, 1981: núms. Todo ello junto invita a sospechar que también en la Antigüedad Ujué era un posible centro cultual y religioso. en ellas el referente lunar. Y es que, después de los terribles cánones citados, y de los castigos que se prometían, se ve que la Iglesia debió conseguir desviar al pueblo de la adoración a los astros mediante el toro; pero el pueblo, resistente, la derivó hacia los derroteros de sus también obvias fuerza y virilidad, pasando, entonces sí, a partir de la Edad Media, a ser el toro temido o reverenciado por sí mismo.'' ^ Según una leyenda muy antigua, el núcleo de población primitivo se encontraba en Santa María la Blanca, donde hoy existe una ermita de esta advocación, poco más de 5 Km al Occidente del actual y más cerca del río Aragón (R. Ciérbide en: Taf alia, 1990, 36). Ahí debía estar cuando al-Himyari hablaba de la «fortaleza de Santamariyya sobre el río Aragûn» (Teres, 1986: 65). El portal de acceso a esta iglesia, del siglo XIII, conserva maravillosamente los relieves con todo el repertorio astral. La vecina localidad de Tafalla, desde donde los tafalleses peregrinan cada año hasta Ujué, pudo haber llevado el nombre de Curnonion (v. infra, parte II de este trabajo) ^°. No está de más recordar ahora los nuevos cognomina del epígrafe de Pueyo: Cornutus, Cornutinus, que parecen tener también cierta relación con el notable culto al toro que en el área se documenta. Cornu, cuerno, se dice también para referirse a los de la luna. De esta forma, el toro y la luna, ambos bajo la fórmula iconográfica de los cuernos, están tan presentes, como hemos visto, en la decoración de muchas estelas navarras. Pero es más, en dos ocasiones es posible asociar a Júpiter directamente con el culto del toro en la región: En la bella ara de Aibar (Castillo et al, 1981, n° 17, lám. XVII), dedicada lovi y en cuyo frontón se representa una cabeza de toro, y en el mismo santuario de Ujué, en el que las dos aras parejas ya citadas, que tres Coelii dedican, lo son una a Júpiter y la otra a Lacubegi, llevando ésta (fig. 7) en el lateral esculpida una cabeza de toro {ibid., núms. No parece difícil pensar que éste es el dios vascón asimilable a Júpiter (así ya B. Taracena y J.E.' Uranga) y de ahí la relación del toro con Júpiter que, de todas formas, es constante en las religiones clásicas. También en este caso, de asombrosa pervivencia ^^ resulta, entre otros ejemplos, el canecillo románico del monasterio de Irache, del siglo xii, con una cabeza de toro y símbolo astral en la testuz (señalado y reproducido por J. E. Uranga, 1966: lám. XVIII, aquífig. Atendiendo, por tanto, a la posibilidad de que las aras de Farasdués se orientaran hacia Ujué, y de que en «Sierra de Luna» y «Luna» pudiéramos tener topónimos de frontera, cómo no recordar entonces, retrocediendo mucho más atrás en el tiempo, la estela protohistórica aparecida en este último término ^^, que podría marcar, en mi opinión, el límite -° Curnonion es un nombre indoeuropeo que recuerda a Keraunios, uno de los epítetos de Zeus-Júpiter. Porfir. v.R 17: Zeus Kretagenés, bajo la forma de un betilo de cuerno. ^' No puede ser casualidad que Pamplona y toda la comunidad foral sean escenario anual de un verdadero culto popular a los toros. 22 J. Gómez Pantoja, 1994: 371-376, llama también la atención con acierto sobre las pervivencias de varios motivos iconográficos antiguos navarros y alaveses, entre ellos los alusivos a la luna, en los blasones solariegos modernos. J. Lostal Pros (1980: 66) sólo dice de ella que está en el paso de unión del valle del Gallego con las Cinco Villas, y que ha sido mal reducida a Gallicolis, quizá por Gallicum, más bien hacia Zuera. Curiosamente, Ceán-Bermúdez (1832: 149) -^ En prensa la tesis doctoral de S. Celestino, véase el estudio más reciente de E. Galán Domingo (1993), con toda la bibliografía y opiniones anteriores. Aunque admite aún (77 ss.) que puedan haber tenido también un significado funerario (lo que, desde su óptica, parece innecesario), sostiene su función principal como marcadores territoriales en relación con élites «atlánticas», y con las redes terrestres de paso y comercio, todo ello antes del comienzo del proceso colonial, hacia el siglo VIII a.C. No puedo entrar ahora en tan espinosa cuestión, que explaya la tesis previamente defendida por M. Ruiz-Gálvez y él mismo (1991: 257 ss., espec. 269-273), pero la de Luna y otros casos, que están lo suficientemente lejos del «hinterland tartésico», tienden a hacer preferir nudamente la función delimitadora de territorios por muy determinados pueblos. La perfectamente dibujada lira de la estela de Luna, por otra parte y precisamente, se escapa a mi juicio de cualquier interpretación economicista. -'' Véase otro argumento infra, parte II, bajo el n" 14. -^ Por aquí transcurría la via famosa de que habla CIL II, 4911, de Hecho (HU.), aunque conservada en San Pedro de Siresa, en su camino hacia Somport. ^^ Aquí quisiera recordar una antigua hipótesis, de 1951, de M. Gómez Moreno, traída a colación elogiosamente por A. Tovar (1989: 55). Gómez Moreno sugirió que, quizá a comienzos del I milenio a.C, un movimiento de cántabros y aledaños habría atravesado el Bidasoa y los Pirineos; después de él, se produjo el empuje inverso, entrando celtas por Cataluña y por el extremo occidental pirenaico, que desplazaron a su vez a iberos y vascones hacia el territorio de várdulos y autrigones. una réplica aragonesa de nuestra región...» Así, posiblemente los agrimensores romanos, reconociendo varios siglos después esta realidad étnica y geoeconómica, se limitaron nada más a restablecerla. ENSAYO DE IDENTIFICACIÓN DE CIUDADES VASCONAS La Guía Geográfica (Geographikè Uphégesis) de Ptolomeo -^ tiene indudables dificultades de comprensión en las que no es el caso ahora entrar ^° y que han sido objeto secular de estudio y polémica en y después de la Antigüedad, y sobre todo a partir de los astrónomos y geógrafos árabes. Como muestra acerca de sus problemas de precisión en el entorno que aquí vamos a considerar, baste decir que, aunque su orientación es buena, calcula para la longitud total del río Ebro 2500 estadios, es decir, unos 450 Km, y por tanto casi 300 Km menos de los 720 que en realidad tiene ^\ Acaso más ilustrativo aún sea decir que, para establecer las coordenadas de sus quince ciudades vasconas del interior de cuya localización voy a tratar, Ptolomeo utiliza 2 grados de latitud N-S, cuando lo real es 1 grado y 20 minutos, y que para la longitud E-0 abarca 1 grado y 10 minutos, habiendo 1 en la realidad. Ni siquiera, pues, existe proporcionalidad en su descripción. Y es que, por razones diversas, su exactitud dentro de su tratamiento de Hispânia, como para otras zonas del ecumene, es irregular. Tales dificultades, sin embargo, no deben desanimar completamente para un beneficioso aprovechamiento de sus valiosos datos, sino que hay que recurrir a combinar otra serie de informaciones y puntos de vista, que es lo que aquí trato de ensayar, explorando alguna ruta inédita en la investigación con el ánimo de ofrecer hipótesis nuevas, aunque sean discutibles y polémicas, o incluso aunque no se demuestren todas acertadas con el tiempo, ante el hecho de que, siendo copiosísima la bibliografía dedicada al territorio -' ^ He utilizado directamente las ediciones de S. Münster (1540Münster ( = 1966: cap. 6, 66): cap. 6, 66), CEA. La de K. Müller (6, 66) sólo a través de la reciente del fase. VII de los FHA (Barcelona, 1987) que, sin embargo, en este capítulo (págs. 94 y 197) contiene algunos errores en las cifras. ^^' Serán objeto de un estudio más amplio. Algunos de los problemas al respecto son bien tratados por V. Navarro Brotóns en la introducción a la espléndida edición del códice ptolemaico de la Universidad de Valencia (Valencia, 1983: 24 ss.). No he podido utilizar la monografía de F. Cordano, La geografía degli antichi, Bari 1992. ^' Cf. sobre ello Schulten, 1963: 28. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ vascón de época romana, continúan muchas de sus ciudades sin reducciones claras, siendo habitualmente los a veces escurridizos parecidos toponímicos, y no los repertorios geográficos antiguos, los que más se han usado al sugerir ubicaciones para la mayor parte de ellas. Ptolomeo dedica a las ciudades de los vascones el capítulo 6, 66 de su libro II, mencionando 15 de sus ciudades interiores, más la marítima Oiassó, con sus coordenadas. De ellas están bien identificadas (la mayoría desde hace siglos) Pompailón, Ándelo, Gracourís, Kalagorína, Káskonton ^^, Ségia ^^ y Alauóna ^"^ (respectivamente con Pamplona, Muruzábal de Andión, Alfaro-Corella, Calahorra, Cascante, Ejea de los Caballeros y Alagón), por lo que no son ahora objeto de nuestro interés más que para usarlas como puntos sólidos en torno a los cuales poder movernos. Para las restantes nueve {Oiassó, Etoúrisa, Bitourís, Nemeturissa, Kournónion, Iska -^^, Ergaouí(k)a, Tarraga y Mouskaría) se vienen barajando varias posibilidades sin confirmación epigráfica; entre ellas, sólo Oiassó, gracias a la homonímia y la arquelogía, cuenta con más y mejores hipótesis de localización. Creo también, como cuestión previa, que un prejuicio muy general al hacer idénticas la lákka ptolemaica y la Jaca oséense ha impedido un mejor aprovechamiento del geógrafo; pues si se acepta la ubicación según la da Ptolomeo, literalmente al sur de Ándelo y Etúrissa, nos resulta un factor que duplica la ya compleja distorsión de los datos del geógrafo. Hay, por tanto, que deshacer -sin tajarlo-ese verdadero nudo para poder liberar los demás datos. Primero ubicaremos los puntos de las ciudades mencionadas sobre una simple rejilla (fig. 8) y según las coordenadas antiguas, y prescindiremos ahora de la cuestión astronómica y de muchos otros problemas de la crítica ptolemaica. Sí tendremos en cuenta, ^" Ésta con menos unanimidad, puesto que varios manuscritos la llaman Básconton (así en la de 1540 de S. Münster, 1966: 15).'^•^ Los msc. ptolemaicos aquí siempre dan Sétia. Es curioso anotar que también para la Segida Restituía lulia betúrica (Ptol. II, 4, 10) varias versiones dan Sétida, también con T. ^' ^ Como se ha recordado recientemente (M. Beltrán, en: Arqueología, 1992, 203-204), no se conocen hasta ahora prácticamente en su término hallazgos antiguos, salvo el interesante tesoro de denarios ibéricos (A. Beltrán, ibid.: 157 ss.), aparecido en 1970 en el lugar llamado «La Codera de Alagón», que incluía, entre otros, 30 de Baskunes/Bencoda, 26 de Arsaos, 14 de Turiasu y 25 de Arekorata, posiblemente posteriores al 72 a.C. {ibid.). Se trataba de una escombrera de remociones de tierra de la próxima base aérea militar. Pero, aparte de la homonímia, le conviene al sitio el contexto de su mención en la tabula Contrebiensis. ^^ Utilizo ya aquí, en vez de 1/Turissa, Nemantourísta y lakka, los que creo fueron sus nombres reales. Más abajo, en su correspondiente apartado, se explica con detalle. por ejemplo, la apreciación más vertical de los Pirineos que se mantuvo en los geógrafos antiguos y medievales. Y también que, para zonas alejadas o no muy conocidas, Ptolomeo, a pesar de su rigurosa defensa teórica de la superioridad de la coordenación astronómica sobre la medición de distancias terrestres, para lugares poco conocidos tuvo necesidad de servirse finalmente de otras fuentes, itinerarias y corográficas (Códice Valencia, 1993: 25) que las dispone Ptolomeo (aunque no, como ya he dicho, con las distancias reales), si bien el grupo más meridional se encuentra, en bloque, claramente desplazado y, por tanto, debe buscársele acomodo a todo él en la mitad derecha de la rejilla, ya que Segia y Alauona están, lo mismo solas que entre ellas, correctamente localizadas. Asegurado así el N y el S del territorio ptolemaico, el valle del Cidacos cae en ese caso entre Pompaelo y Cascantum, como en realidad ocurre, y entre ambos núcleos conocidos tendríamos tres nombres de ciudades desconocidas: Nemeturissa, Curnónion y lákka ^''. El Anónimo de " Como se avanzó, la identificación habitual de esta lákka con la Jaca oséense me parece descartable. Los lacetani aparecen siempre en las fuentes (por ejemplo en Estrabón III, 4, 10) muy bien separados de los otros pueblos del valle Rávena (312, 1-3) menciona otras tres más que están super scriptum civitatem Gracuse: Beldalin, Erguti y Beturri, las tres ignotas. El mismo autor, sin embargo, refiere otras cinco ciudades vasconas en su citadísimo párrafo 311, 10-14: (... iuxta super scriptam Caesaraugustam...:) Seglam, Teracha, Carta, Pompelone, Iturisa. Y como estas cinco están citadas desde el Sur hacia el Norte, creo legítimo suponer que lo mismo ocurre con las tres anteriores. Beturri sólo puede identificarse con la Bitourís ptolemaica, entre Pompaelo y Ándelo, con lo que Beldalin y Erguti deben buscarse asimismo entre del Ebro. Debe optarse (de momento) por la duplicidad, y sólo aparente, como se verá más abajo. Además de estas ciudades de ubicación incierta, también el Ravenate (311, 11), entre las ciudades que están «sobre Zaragoza», cita una, Teracha, no bien reconocida pero que unánimemente, por el lugar (calzada entre dos ciudades bien conocidas: Ségia y Cara) y por la similitud, se identifica con la Tarrega de Ptolomeo' ^°. Y, por último, recurrimos a la numismática: Una ceca considerada navarra, y asimismo sin ubicar, es la de Olcairun/dun ^^ (Castiella Rodríguez, 1989: 678 con n. Añadamos ahora la citada ceca de Bascunes, la más importante por el número de hallazgos; la mayor concentra- •^^ El que en los msc. falte la mención previa de Gracuse sólo significa lapso, o que se han perdido algunas partes del texto, pero ello no resta ninguna validez a esta indicación. Gracchurris es la más antigua colonia latina en el valle del Ebro (179 a.C), fundada seguramente en función del hierro vascón (Canto, e.p.) y es obvio que en época del Ravenate debía mantener aún su prestigio como ciudad importante en la red viaria. ^^ Hay dos ríos del mismo nombre, casi afrontados. Me refiero aquí, naturalmente, al de la margen izquierda del Ebro, que baja desde el Norte bañando Tafalla y Olite. ^^ Aunque varios autores antiguos la pusieron, por el simple parecido, en Larraga, a pesar de la distancia a Ejea y Santacara, la Teracha del Ravenate, Tarrega pliniana, antes citada, tiene muchas probabilidades de situarse, como se ha sugerido desde hace mucho, en la zona de Sádaba, o incluso, como ya dije, en Farasdués, a juzgar por las coordenadas que le asigna Ptolomeo, al NE. de 5eg/a/Ejea. Pero como el territorio, ya lo vimos, está además girado ligeramente hacia el Este, puede incluso estar al NO de ella, como de verdad lo está Sádaba, cf. infra.' *' Supongo que la ceca de Olcairom es la misma que Guadán (1969: 199) y Aldecoa (1965) estudian como Olcairdun, Olcairun, en el subgrupo que llaman «centro-aragonés». Más recientemente, A. Beltrán (1987: 342-343) la lee Okikaurun, ubicándola «en la Navarra Central, alejada del valle del Ebro»; cf., en las Actas del mismo congreso, Labe Valenzuela: 450. " ción de ejemplares con procedencia se da en Tafalla (Castiella Rodríguez, 1986: 149-150 con n. Como para ambas ciudades existe posibilidad de otros nombres antiguos, se puede concluir al menos que Bascunes deberá estar en todo caso cercana a ambas. La importante y fronteriza ciudad de Tudela parece ambas cosas sólo en la Edad Media, no se tiene por romana a pesar de su nombre, y merecerá también un detallado análisis. Al final de esta cosecha, nos encontramos con la posibilidad, sólo entre Ptolomeo y el Ravenate, de la existencia de al menos doce ciudades "^^ sin ubicar en la zona central del ager Vasconum, en el entorno del valle del Cidacos y, en general, en la Navarra Media, entrando por el Oeste en la actual provincia de Zaragoza, entre las líneas de Pamplona por el norte y el río Ebro por el sur: Eturissa, Bituris/Beturri, Nemeturissa, Curnonion, laca, Ergavica/Erguti, Beldalin, Tarraga, Muscaria, Olea; además pueden sumarse Tudela (una posible Tutela), Bascunes y, si se quiere, el solar de la única gentilidad (aparentemente) documentada, los Talaiari. En el caso de Oiarso se volverá sobre su últimamente negada duplicidad. Y veremos la posibilidad de ubicar también algunas otras ciudades vasconas del saltus, que conocemos por fuentes posteriores, como Ispallum o Seburi. Otras como Illuersia, Seraria(na) o Aracaeli, se mencionarán sólo de paso. Diecisiete ciudades, pues, serán objeto aquí de nuestra atención. La exuberancia urbana en la Navarra Media se corresponde con la feracidad del terreno y el alto nivel de ocupación rústica antigua y actual. Naturalmente, no es el propósito de este trabajo efectuar toda una serie de hipótesis para cada una de ellas, puesto que mi conocimiento del territorio sólo puede calificarse de modesto. Serán la epigrafía y, en menor medida, la numismática, las que vengan en los próximos años a concretarlo. Pero sí haré un ensayo, a partir de algunas fuentes literarias, las calzadas, los miliarios y los restos arqueológicos. Parto de la base de que tanto Ptolomeo como el Ravenate citan ciudades de alguna relevancia (y no todas, esto también es seguro). Y que, por tanto, éstas deberían estar unidas entre sí por calzadas. Los miliarios (fig. 10), pues, pueden tomarse como indicativos, no sólo de viários, sino también de la' *^ Se observará que no he acudido a sumar otras cecas monetales sin patria del llamado «grupo pirenaico», e incluso otras ciudades que cita Plinio de este mismo convento, como la usualmente olvidada segunda Calagurris, la de los Fibularenses, porque prefiero ceñirme a lo que puede ser considerado territorialmente «vascón». proximidad de ciudades, especialmente cuando aparecen cerca de yacimientos antiguos con restos diversos y con epigrafía, especialmente votiva "^^ Y, como veremos al final de este trabajo, también la ausencia completa de todos esos tipos de testimonios puede llegar a ser muy significativa. Combinando todos los criterios dichos (más la toponimia, que usaré más adelante), tienen opción a estos nombres antiguos, de E a O, los actuales mu-"^^ Puesto que la funeraria, de no detectarse las necrópolis urbanas, puede corresponder a cementerios de fundos privados. nicipios de Farasdués, Layana-Sádaba, Tudela, Castiliscar, Sofuentes-Sos, Eslava, Olite, Tafalla, Artajona, Berbinzana, Oteiza-San Tirso, deteniéndonos en la línea de Estella, y, al Norte, Oyarzun-Irún ^'^. Comenzaré desde el Norte, siguiendo a Ptolomeo. ^^ Como se ve, afectan a al menos tres Comunidades Autónomas y provincias actuales. Vengo defendiendo hace mucho tiempo que la investigación de la España Antigua hubiera avanzado más si no hubieran proliferado tanto los estudios limitados a marcos provinciales en exceso modernos. El objeto de estudio debería siempre corresponderse, especialmente para la época romana, con ciudades, regiones, y unidades étnicas, geográficas o conventuales, antiguas. En esta parte citaré especialmente la obra de A. Tovar (1989), puesto que recoge las fuentes antiguas y localizaciones de cada toponimo, aunque debe seguirse también, para complementar algunos aspectos de hallazgos arqueológicos, o de ausencia en su caso, la monografía de M^ J. Peréx Agorreta de 1986, ^.vv. Al final se encontrará el mapa con la distribución hipotética de estas quince ciudades, donde he añadido otras que no trato con más detalle, como Illuersia, Aracaeli o el posible solar de los Talaiari (la única gentilidad documentada, posiblemente no vascona) y una sí bastante elaborada hipótesis sobre el carácter de las Bárdenas Reales en época romana. Con la segunda grafía, la pliniana (III,4,29 y IV,34,110), viene ubicándose en Oyarzun (Guipúzcoa) por el parecido toponímico. Porque, en efecto, Estrabón dice (III, 4, 10) que «está alzada en el borde del océano», pero PHnio, respectivamente (ibid.), habla del litas Oiarsonis, «la costa» de la ciudad, y de su ubicación sobre el Océano, y ello se corresponde bien con las dos mediciones diversas que da Ptolomeo (II, 6, 10): Por un lado la ciudad de Oiassó y, por otro, «el promontorio de Oiassó del Pirineo». Como prosigue en su parágrafo 11, desde este promontorio comienzan los Pirineos. Parece, puesto que la ciudad y el valle de Oyarzun actualmente quedan demasiado al interior, que «la costa de Oyarzun» debe considerarse la zona de Irún-Kosta ^^, y el promontorio mismo el relevante cabo Higuer, con un Veneris iugum según Avieno (Schulten, 1958: 35)"^^. Se abriría así, más ^^ Otros autores que diferencian los dos núcleos han preferido ver en la zona de Pasajes la litoral y en el monte Jaizkibel el promontorio (Peréx Agorreta, 1986: 182 con las referencias). ^^ La referencia a este templum Veneris del Pirineo atlántico, aunque se ha discutido, ignorado, o atribuido al templo de Venus de Port Vendres, en el Pirineo mediterráneo, puede ser cierta, ya que tiene lógica que en ambos extremos de la cordillera hubiera un templo a la misma diosa y, además, el-Idrisi (1974: 74) incluye las ciudades de Çoly, Tudela, Huesca, Jaca y Calahorra en lo que llama «País del Templo», y me parece muy lejos para que su referente sea el del Mediterráneo {pace E. Saavedra, ibid.: 151, a pesar de que Idrisi está describiendo aquí sólo el norte de España). Fernández Ochoa y Morillo (1994: 145) citan el hallazgo reciente de un lote de bronces romanos, incluso de tipo religioso (apliques con Marte, Minerva, Sol y Luna) hallados en el mismo fondeadero de Cabo Higuer, pero no los relacionan con Avieno, ni se refieren al templo. que un punto, un abanico costero para los vascones. Importa el detalle también a la hora de considerar una alternativa al Summus Pyrenaeus vascón mencionado por el Itinerario de Antonino en la vía XXXIV, como veremos más abajo. Se han agrupado recientemente los testimonios arqueológicos de la zona, apostando por la ubicación de la antigua Oiassó sólo en el cerro de Beraun, de Irún, al fondo de la bahía de Fuenterrabía (Fernández Ochoa-Morillo Cerdán, 1994: 147 ss.), con al menos dos muelles a su pie y una cronología de comienzo fluctuante entre el último cuarto del siglo I a.C. y el cambio de era o poco después {ibid.: 151, ahora Unzueta, 1996: 166). Sin embargo, Peréx Agorreta (1986: 183) ya anotaba la existencia de indicios de población dispersa entre Oyarzun y Fuenterrabía e Irún. Y es de recordar también una menos citada frase del Ravenate (318, 1-3): ítem iuxta superius nominatam civitatem Ossaron, quae ponitur non longe ab Oceano..., que insiste en la idea del doble núcleo, ciudad y puerto. Por tanto, la potenciación del puerto de Irún por los romanos, al menos a partir de la construcción de la calzada desde Tarraco, en la última década del siglo I a.C. (para el movimiento del mineral extraído en la región inmediata de Arditurri o para relaciones comerciales genéricas), debió a la vez de mantener el núcleo urbano interior vascón ^'^, que seguiría desarrollándose en el área de Oyarzun y el río Bidasoa, más próximo a las explotaciones mineras, una actividad sí específica de la época anterior. Creo, pues, que es muy factible defender la posibilidad del doble núcleo urbano para Oiassó (Caro Baroja, 1996: 468). Creo que no se ha señalado aún que en esta costa, limitando por el E la ensenada de Asabaratza, se encuentra un accidente geográfico, una punta, de nombre «Talaiari». La única entidad gentilicia documentada en territorio vascón lo es en un ara votiva, quizá al D(eus) M(agnus) P(eremusta?), procedente de Rocaforte (Taracena-Vázquez de Parga, 1947: n° 45a; Castillo et a/., 1981: n° 29), dedicada por una I/T/Fesine que se dice Talaiorum'^^. Si su zona de origen se correspondiera con ^'^ O várdulo, según P. Mela, III, 1, 15. No es verosímil pensar que el puerto se creara en época prerromana en función de una navegación de gran calado. ^^ Para el nombre se han propuesto también Pesine y Pesine (éste improbable). Recientemente, H. Gimeno y J. Velaza (1994) sugirieron otra lectura para este epígrafe, que lo convertía en funerario: D(iis) M(anibus) PPaesine /[O]tai (filia) ân/orum /' XIII. Sin embargo, una excelente fotografía antigua de J. E. Uranga (publicada por Taracena-Vázquez de Parga, ad loe), cuando el epígrafe estaba en mucho mejor estado, nos impide aceptar su ingeniosa propuesta de lectura, prefiriendo así la anterior, D-M • P\ este área de la «Punta Talaiari» -y la identidad del nombre parece bien concluyente-, se comprendería la anomalía, in ultimo Vasconum, ya más bien partícipes de los hábitos septentrionales' ^^. Me parece, no obstante, más probable que los Talaiari fueran mejor la primera gentilitas costera ^° de la gens bardieta o várdula, porque además no se documentan gentilidades entre la natio de los vascones. La frontera común debía de ser la ría de Pasajes. Por último, en relación con esta zona costera vascona, parece que se debe aceptar que una buena calzada debía indefectiblemente unir Oiarso al menos con Pompaelo y de la forma más directa; pero no, o no sólo, porque era la única salida marítima de los vascones (circunstancia que, a los ojos pragmáticos de la administración imperial, sería perfectamente secundaria), sino porque se trata de la gran calzada Tarraco-Oiarso, obra de Augusto (Estrabón III, 4, 10 ^^ de ahí que pueda utilizarse quizá para ella también la denominación de via Augusta), y cuya calidad y tránsito serían mayores ^^. Según R. Syme {CAH X: 343) allí «se cruzaba con otra de San Sebastián a Bayona», suponiendo que esta otra ruta entre Hispânia y Aquitania fue abierta en los momentos iniciales de la guerra cántabra, con Augusto (Tovar, ibid. ^^). Habría, por tanto, que contar con que ambas, ya unidas, atravesaban los Pirineos por Behobia-Bayona o incluso por Bidasoa-Ibardín, para encaminarse en una sola hacia Aquitania y Burdeos. Y con que aquí también. "^^ También podría tomarse como indicio de la anterior pertenencia de esta zona a los várdulos («un sólo pueblo que se extiende desde aquí hasta el promontorio de los Pirineos»: F. Mela, ad ¡oc). La ensenada inmediata hacia el O., delante ya de Pasajes, conserva bien el nombre de «Murgita», ambos nombres indicativos de frontera. Oiarso, Vardulorum oppida... ^' «Esta misma región {sell, el valle del Ebro) está cruzada por la vía que parte de Tarraco y va hasta los vascones del borde del océano, a Pómpelo y Oíasón, ciudad alzada sobre el mismo Océano... se termina en la frontera entre Aquitania e Iberia». ^^ La muy y muy bien estudiada «vía de las Cinco Villas» debía ser sólo un tramo del recorrido general desde Tarragona, a juzgar por los cinco miliarios de Sora de Ejea, Ejea, Sedaba y Castiliscar datados de Augusto y Tiberio. No es propiamente una conexión entre Zaragoza y Pamplona (que también), sino la ruta hispana más corta para enlazar Mediterráneo y Cantábrico y para alcanzar Aquitania. Su ausencia en el Itinerario de Antonino no es más que otra prueba del carácter particular e imperfecto de este repertorio tardío. Una vía casi paralela cumplía la misma función en Galia, vía que además era la más corta desde Roma. ^^ Aspectos de detalle, con microtoponimia, interesantes en cuanto a las múltiples rutas y pasos viários en el interior del País Vasco, han sido tratados recientemente por M. Esteban (1990: 75 ss. y 85 ss.). en lógica consecuencia, habría un Summus Pyrenaeus ^"^ y un Imus Pyrenaeus. Y esto nos lleva a la siguiente ciudad, ya en la serie del interior. Epigráficamente documentado el primero, debe ser el correcto (aunque nada impide aceptar un cambio vocálico, o su pérdida, a lo largo del tiempo). El Itinerario de Antonino (455, 6) y el Ravenate (311, 14) la mencionan al norte de Pompaelo y Ptolomeo la ubica al NE de ésta misma ^^. La gran mayoría de los autores se han inclinado a identificarla por otra ruta más al E, en la zona de Espinal (Peréx-Unzu, 1987: 555; de Miguel, 1992: 260, entre otros muchos), camino del Puerto de Ibañeta/Roncesvalles, donde se han hecho también hallazgos y excavaciones arqueológicas, pero no concluyentes en cuanto al nombre (Peréx, 1986: 172). Todos estos autores parecen aceptar que esta via Augustea tenía algún motivo para desviarse hacia el Este. En cambio, sobre la ruta hacia Oiassó/Oiarso (a cuya importancia estratégica acabo de referirme y que no debería desde Pamplona más que seguir hacia el estricto Norte) sólo K. Müller supuso Iturissa en Ituren (por cierto algo desviada del camino, Tovar, 1989: C-456). G. Arias, otro buen especialista en calzadas antiguas, la ubicó también en ella, poco antes de Almándoz, al señalar restos de pavimentación romana a la altura del Puerto o Alto de Velate (1968: 440; foto en Peréx, 1986: 340). Conviene advertir que por ninguna de las dos rutas. Espinal o Velate, encuentran acomodo las 40 millas totales (unos 59,2 Km) que indica el Itinerario de Antonino entre Pamplona y el paso de los Pirineos ^^, ni las 18 millas (26,6 Km) de su segun-^"^ Obviamente, entendiendo summus no como el punto absoluto más alto de la cordillera, sino como el más alto de la calzada que la va atravesando. De ahí que en todos los pasos viários pirenaicos debiera haber postas del mismo o parecido nombre, como el Summus Pyrenaeus (Summus Portus) de la vía oséense a Beneharnum. ^^ Recuerdo ahora el problema de la casi verticalidad de los Pirineos en este autor, que «achata» todas sus proporciones en cuanto a las longitudes. Ello hace que no debamos considerar más que una ligera desviación, al NE., de Eturissa con respecto a Pompaelo. Esta observación vale más adelante para otras ciudades. ^^ Observación ya hecha por Taracena-Vázquez de Parga (1947: n. 16), indicando que de Pamplona a Ibañeta por Espinal sólo hay 49 Km. He encontrado una precoz guía turística (Guía, 1923: 19) La primera, porque, a tenor de lo dicho, la desviación en Ptolomeo de ella con respecto a Pamplona, es exagerada (como ya dije, cabe toda la Vasconia ptolemaica en 1 grado de longitud). La segunda, porque es la que mejor conserva la dirección final de la calzada XXXIV, que es alcanzar, se supone que por el camino más corto. Aquae Tarbellicae o Augustae (Dax ^^) y Burdigala (Burdeos) y, si hay alguna ciudad conocida entre Pamplona y Oiarso, es lo lógico que esté en esta ruta: El paso por Espinal-Ibañeta-Roncesvalles, el antiguo portus Cicereus ^^, con sus 35 millas a través de la cordillera (al-Idrisi, 1974: 143) Recordaré, en cuarto lugar y a modo de prueba (por lo que sé nunca citada a este propósito), la ruta más corta por la que el retor y poeta bórdeles Ausonio (III, 6; Mañaricúa, 1972: 234), a fines del siglo IV d.C, aguardaba el regreso a Burdicala de su querido discípulo y senador, Paulino, largamente ausente en los bosques de los Vascones, en los nevados Pirineos: Esperaba con ansiedad verle llegar «a través de la tierra de los Tarbelli», es decir, por el camino paralelo a la costa que atravesaba la hoy francesa región de Labourdie, Laburdi, Lapurdum ^^, hacia Burdeos. Creo que si ésta, por el paso pirenaico más próximo a la costa ^\ era la ruta más directa para viajar desde el saltus Vasconum hacia Burdigala en el siglo iv, también debe ser la que seguía la vía XXXIV del Itinerario de Antonino, fuera por Hendaya o por Ibardin como más corta. Parece evidente el valor de este texto, por cuanto maestro y discípulo vivían y se carteaban entre los dos extre-^' Quizá lo mismo le puede pasar más adelante a Behobia, escrito «Beovias», en plural, junto a un castillito al pie del río, en el siglo XVII (mapa de W. Blaeu, cf. infra sub Tutela). ^^ Algunos autores identifican Lapurdum con la propia Bayona. ^^ Pasos pirenaicos existían muchos. Al-Idrisi (1974: 143) señala los cuatro más practicables de toda la cordillera: Jaca (col de la Perche), Portus Asperus {Summus Portus-Canfranc), Portus Cicereus (Roncesvalles) y el de Bayona {Summus Pyrenaeus, según la hipótesis que he expuesto). Y, más adelante en el tiempo, el viajero inglés Charles R. Vaughan, en 1808Vaughan, en (1987: 186 ss.): 186 ss.), dice que son numerosos tanto hacia Aragón (siendo el más importante el de Benasque) como hacia Navarra, donde cuenta siete, pero añade que no todos están practicables todo el año o son accesibles para carros. Entre los mejores, casi siempre abiertos, él destaca los de Irún, Saint Jean de Pied de Port, Vera, Echalar y Maya {scil., Dantxarinea). mos de la vía que discutimos. Y si en esta calzada XXXIV estaban el Summus y el Imus Pyrenaei, también deberíamos encontrar en ella la Eturissa que buscamos. 3) Bitourís, Beturri = ¿Cirauqui? En este sector a analizar el punto fijo de referencia es Ándelo. Pero como también tenemos un indicio epigráfico para considerar Tafalla como Curnonion {infra), debe ser mirado como en un espejo, ubicándose entonces al O de Pamplona Bitourís y Nemeturíssa. Y también porque, como dije más arriba, la Beturri del Ravenate, identificable con ella, debe estar «sobre Gracuse». Por su posición con respecto a Ándelo y por haberse hallado un miliario en Añorbe, que apunta a una muy lógica calzada desde Muruartederreta hacia Estella (¿Araceli?^'^), ésta misma o Cirauqui encajarían bien con la posición ptolemaica de Bitourís, sin descartar completamente Vidaurreta ^^, por su favorable posición sobre el río Arga. Como más abajo se verá, la «calzada del Arga», parcialmente estudiada por Báñales Leoz, será probablemente, después de las hipótesis que planteo, la que sigue el Ravenate. 4) Nemeturissa = ¿San Tirso/Oteiza? La tradición general sobre su nombre es la de la edición de Ptolomeo de K. Müller, que da Nemantourista, seguido casi sin excepción por todos los autores que han tratado de las fuentes vasconas (Tovar, 1989: C-511; Peréx, 1986: 180, etc.). Otras variantes de él dan Meniaturissa (mapa en color de Nicolaus Germanus, de 1470), Memanturissa (así en el de la edición de Ptolomeo de Florencia, de entre 1546 y 1548). En la cartografía de la Hispânia antigua de A. Ortelius, de 1586, se escribe Nemanturissa, y Memiaturissa en el mapa del códice ^^ Tengo la impresión además de que, después de bifurcarse, la vía de Astorga entraba a Pamplona mejor por el S, por Araceli', no vendría mal entonces esta ruta de Estella (donde el eco del topónimo y la evocación religiosa se encontrarían en su monasterio de «Irache»), aunque ahora no entro en la cuestión, que precisa más estudio, ya que el topónimo Araquil, por el N, es también muy respetable, y supone argumentar una modificación casi completa de la vía desde Virovesca. Lo dejo, pues, sólo apuntado. ^^ Se ha ubicado, sólo por el parecido del nombre (Peréx, 1986: 90) en Bidaurreta, sobre el Arga, y en Vidaurre (Estelia), contraviniendo ya (en apariencia) las coordenadas ptolemaicas, de lo que se quejaba Tovar, 1989: C-442, añadiendo que Bituris «no parece tan vasco como aquéllos, y tienta pensar que sea celta» (pero Beturri tiene otro aspecto). De hecho, en el citado mapa de la edición florentina aparece, casi en fila, la serie Iturissa, Bituris, Andelus, Memanturissa, aunque colocadas todas al N de Jaca de Huesca. Sabiendo la situación real de una de ellas, Andelus, y que puede no ser cierta la ecuación ]ãC2í=Iákka, es posible llegar por otro camino a la misma conclusión que he propuesto antes. Y si está al SO de Bitourís, según lo dicho más arriba, esto me lleva a pensar su ubicación en Oteiza-San Tirso, y en buena parte por los cuatro miliarios hallados en la zona (Lostal Pros, 1992: núms. Allí, adosado a la ermita de San Tirso, se conservaba reaprovechado parte de uno ^^. Su epígrafe se refiere a Adriano, al cual se atribuye la creación de esta vía transversal o su conversión en vía empedrada. En este caso, aparte de la existencia de los miliarios y de los indicios de construcciones (de «villa o pequeña población») que cerca de la ermita vio Jimeno Jurío, me lleva a proponer la ubicación de Nemeturissa, zona boscosa, en o cerga de Oteiza, el hecho de que ésta sea actualmente reserva de bosque mixto hacia el Este (bosques de Artajona-Añorbe: Mensúa Fernández, 1960, 70 con gráfico 23). Y también hacia el Oeste: En los mapas del Reino de Navarra de G. Blaeu de 1635 y en el del cartógrafo ^^ A. Tovar ya apuntó que Nemanturista debía ser «un híbrido entre el nemeton celta y el vasco iturisa», pero no llegó a proponer un topónimo más correcto. Podría quizá valorarse por los filólogos la coincidencia en la sílaba -etu para explicar la síncopa (nemetu/eturissa). ^^ Se trata del mismo radical de nemeton/nemus, bosque, entre los romanos no necesariamente sagrado; el irl. nemed sí presupone la santidad del lugar. Cf. la divinidad hispano-céltica Ñemedus, Nemedus Augustus en Pedraza, SG. (Marco, 1993). holandés F. de Wit de 1680 se recoge aún, al SO de Estella y NO de Oteiza (más o menos hacia Montejun'a e Irache), una masa boscosa y verde lo suficientemente importante, identíficada como «Bosque del Condestable». Y también al SO de Oteiza, a menos de 7 Km, se ha conservado en su término hasta hoy al menos el encinar del Señorío de Baigorri. Así, en la zona de Oteiza, además de la correcta ubicación con respecto a Ándelo y de la presencia de varios miliarios, se constata la antigua existencia de un németon, fuera Montejurra-Irache o un gran encinar. Y, por último, me parece que quizá ayude aquí la hagionimia: Porque es posible que se conserve el nombre de la ciudad en el santo al que está consagrada la zona, San Tirso (¿de un «turisso-tyrso»l^^), fenómeno relativamente común en España. De hecho, el paralelo aducible más próximo, en todos los sentidos, sería «Nuestra Señora de Andión», es decir, de Ándelo, en las vecinas ruinas de aquella ciudad estipendiaria ^°. 5) Kournónion = ¿Tafalla? Autores antiguos propusieron para esta ciudad, por la simple homonímia, lugares como Cornago, Cornaba, Cornava y Cornoino, donde, sin embargo, como ya señaló Tovar (1989: C-512) no hay restos arqueológicos; a causa de Ptolomeo, M^ J. Peréx (1986: 147) la lleva «al oeste vascón, en la margen derecha del curso inferior del Ega y cerca del territorio de los várdulos». En trabajo en prensa (Canto-Iniesta-Ayerra, 1997), al dar a conocer tres estelas funerarias, de Tafalla, Olite y Pueyo (ésta con los cognomina Cornutus y Cornutinus), y algunos restos romanos recientemente conocidos, ya hemos apuntado la posibilidad de que Curnonion fuera el nombre antiguo ^^ J. Arce lo publicó en 1974 como inédito. En realidad, había sido visto y noticiado a medias, debido a la dificultad de su colocación, por J. M. Jimeno Jurío ocho años antes, en 1966 (Jimeno Jurío, 1966: 311). ^^ Puede recordarse aún que existe una ceca monetai del grupo navarro, poco representada y de sede desconocida, con leyenda Tirsos. Recientemente se hallaron dos ases más, con jinete portador, no de palma como se pensaba {MLH /, 1975: A.45), sino de espada, como es más común en las cecas navarras, junto con un pequeño bronce escrito, en la localidad de Aranguren/Zolina, unos 9 km al SE de Pamplona, cf. Beltrán-Velaza 1993: 89 y fig. 3. ^^ No debe descartarse, por último, la posibilidad de la inmediata Artajona, también con un miliario (Báñales Leoz, 1992: 183-194) y, recordamos, con reservas boscosas incluso hoy notables. En el mapa citado de Blaeu figura otro bosque, menor que el del Condestable, entre Miranda de Arga y Olite, aproximadamente donde hoy se señala el lugar de «Moncayuelo». de la capital de la Navarra Media, Tafalla. Ubicada en el cruce viario {ibid.) entre la calzada Cara/Pompaelo desde el S (en la misma directa ruta que por Tudela cruza hoy el Ebro), y la que, procedente de la Jaca oséense, viene desde el Este atravesando la mediana navarra, con miliarios en Undués de Lerga, Javier, Eslava y Artajona. A su ubicación privilegiada, en el piedemonte tafallés como enlace con Pamplona, hay que añadir incipientemente conocidos restos romanos, hallazgos monetales indígenas (especialmente de Bascunes) y un epígrafe perdido (Gimeno, 1989: 235 ss.). Su posición como capital económica de la Navarra Media ha perdurado siglos y ello hace suponer que, por mal conocido y estudiado que sea aún, su habitat romano hubo de tener parecida relevancia. No me parece indicio de menor cuantía el que, al ser tomada por los árabes en la campaña de Pamplona del año 923-924 d.C, diga Arib ben Sa'id (Castilla, 1992: 181) que hisn Tafaliya era «una de las más importantes plazas del enemigo», y que pudieron saquear en ella «inmensas cantidades de víveres y recursos». Los textos relativos a esta sobreabundancia y comodidad de la ciudad se repiten en los autores posteriores''^. Al final de la calzada sobre la que está Tafalla, en Burdigala (Burdeos), se documenta un único Curnoniensis ^^. Y en el citado epígrafe, perdido, de su fortaleza''^ con toda la dificultad de la transmisión del texto, la línea 1 reza ACÍRSENIO CVR, marcando en el manuscrito el hueco entre ambas palabras. Quizá no sería muy arriesgado proponer Cur(noniensi)''^. Si se confirmara este origónimo con la reaparición de la pieza, tendríamos casi asegurado el nombre antiguo de Tafalla ^^ Me parece por fin muy interesante otro dato: En'' ^ Véase sólo un ejemplo en el poema del trovador tolosano Guillem d'Anelier sobre «La Guerra de la Navarrería», a fines del siglo XIII: «E quán él a sa guisa fo ben soyornat, anee ent Tafaila qu 'es loe abastat», citado por J. Berruezo, en: Tafalla, 1990: 118 y passim. Aunque, naturalmente, puede tratarse de una mera coincidencia. ^3 Gimeno, 1989: El msc. Trata de linajes de España y, al terminar de describir escudos familiares de Olite, inserta la copia de un epígrafe funerario colectivo que ha visto en Tafalla: ACÍRSENÍO CVR/ TAANBASÍSÍNO / CHEROHEHELLENU NIXXXV SOCHRE/ MATOSVO-MAÍP ALE AN-XXXV FEAC/ CILLA FVSCINIF/ DSPE"^. 11 para sus vicisitudes y destrucción.'^'^ Es más discutible pensar que tras el -TAANBASI que sigue, en la compleja lín. 2, se esconde -NONIENSI, aunque no imposible.'^^ Un nombre que, por otra parte, ha dado muchos quebraderos de cabeza. En Tafalla existe una leyenda sobre su fundación por Tubal (que incluso ha conseguido encaramarse a su escudo) de donde vendría Tubalia. Como patriarca de la relación de los límites o corseras de la villa (R. Ciérbide en Tafalla, 1990: 27) Como más arriba apunté (en n. 37), la identificación ya casi rutinaria (Peréx Agorreta, 1986: 160; Tovar, 1989: C-516, entre otros muchos) de esta lákka ptolemaica con la Jaca de Huesca me parece imposible de compartir por tres razones: 1) La respetable distancia entre ellas. 2) No estar Jaca en el territorio vascón sino en el propio iacetano («el más conocido de los pueblos del valle del Ebro... hasta los alrededores de Ilerda y Osea», al decir de Estrabón III, 4, 10). Y 3) A interponerse entre ambos pueblos, según Plinio, los ceretanos (en este tercer sentido ya Taracena-Vázquez de Parga, 1946: 103). Hay que postular, pues, o dos ciudades del mismo nombre (la actual Jaca sí correspondería a la Paeea ravenatiana: 309, 7) o un grave error ptolemaico. Opto, pues, por la duplicidad. Y tampoco exactamente, puesto que debemos estar además ante un error en la transmisión del nombre mismo. los iberos, y en relación con el hierro, lo considera San Isidoro (Schulten, 1963: 329). Y bajo este punto de vista, por la importancia de la explotación del hierro en la antigua Vasconia, tiene una cierta lógica la leyenda. Es difícil su rastreo medieval. Más oportunidad tendría el nombre actual si obedeciera a un cambio visigodo. El único topónimo que pudiera tener un cierto parecido es Tallam, que he encontrado en la discutidísima División de Wamba (Vázquez de Parga, 1943: 83), en las variantes del territorio de la sede de Pamplona: Pampilona teneat de Cobello usque Mustellam, de Lericam (var. Talla, Tollam) {cf. más abajo, nota 88). Una dificultad es que en Mustella partía el territorio con la sede de Calaurra (Calahorra: ibid.: 84), por lo que se debía haber mencionado otra vez a Tallam si fuera Tafalla. Lenca suena a Lerga, y Mustella quizá a Muscaria {cf infra: Fontellas). Y la fuente es, por supuesto, muy problemática. Por todo ello, lo más posible es que el nombre sea árabe: al-Tafailla, «lugar del alto», que corresponde a su situación, puesto que aquí terminan las llanuras y comienza poco a poco la zona montuosa. En todo caso, parece claro que Tafalla no fue su nombre antiguo. ^^ No deja de ser llamativo este viejo microtopónimo, que tanto tienta a sobreentender «Villar del Cornu», «despoblado de Curnonio» o «del Cuerno», y que queda pendiente de localizar e investigar con más detalle. En el cuarto sector que he sugerido (fig. 9) para analizar el confuso territorio que Ptolomeo nos presenta, lákka queda agrupada con tres ciudades sí bien conocidas: Grakourís, Kalagorína y Cásconton, las tres en la margen derecha del Ebro y posiblemente antes celtíberas. Al NE de ellas, y en una diagonal perfecta respecto de Gracchurris, se encuentra un interesante punto viario, Castiliscar, hoy de la provincia de Zaragoza. Presenta ocho miliarios, el mayor número de todo el territorio, lo que, según uno de los criterios antes expuestos, autoriza a pensar en alguna ciudad antigua en su término, y muy transitada. Como en el caso de Carcastillo, que podría proceder de un castellum Cara'^'^, con el topónimo «Castiliscar» podríamos estar ante un castellum laka o, mucho mejor aún, ante un castellum Escar, lo que explicaría admirablemente el nombre moderno. En los mapas del siglo xvii ya citados aparece como «Castillescar». El nombre antiguo, fuera éste Isca, Ipsca, Iscar o Esca/Escar, encaja muy bien en la toponimia prerromana. Y es que, de hecho, unos 34 km al NE de Castiliscar, se encuentra el topónimo «Escó»''^ y, algo más lejos, los de «Salvatierra de Esca» y el río Esca/Eska. Aún más arriba existe el de «Burgui», otra vez en suelo navarro: Quizá el territorio de Iskka/Ipsca fuera extenso y tuviera un oppidum y un castellum más próximo a la vía. Otra ciudad Ipsca existe en el sur de España, que se ha conservado igualmente en el «Cortijo de Iscar», cerca de Castro del Río, en Córdoba. En Estrabón III, 4, 10 (distancias desde Ilerda), los msc. traen la forma ískas, corregida en Óskas (Osea) por Xylander (con la que convienen las distancias). Parece claro que la fama de la Jaca de Huesca pudo llevar al copista de Ptolomeo (o incluso a éste mismo, de sus informantes) a escribir aquí lakka por Iska. Incluso la confusión entre las letras alfa y sigma interna griegas no es tan difícil. Obsérvese, por último, que, en las coordenadas ptolemaicas, una vez producido, como propuse al principio, el necesario desplazamiento del grupo inferior hacia el Este (debido, como dije antes, a la ubicación real de Ségia y Alauóna) (figs. 9 y 12) lákka/Iska nos viene a quedar casi exactamente al N de Tarraga y al NO de ^' En una relación dúplice de ciudad llana y altura fuerte, como se da también entre Sangüesa y Rocaforte. Con respecto a Carcastillo, resulta curioso que el epígrafe que ha proporcionado el origónimo k(a)re(n)sis, la estupenda estela fúnebre de Porcio Félix {CIL II, 2962 = Castillo et a/., 1981: n° 39; aquí fig. 2), justamente no procede de Santacara, donde se excava lo que se cree Cara, sino de Carcastillo. ^^ Esco (La Romana) está documentado como yacimiento romano en tierras aragonesas. Ségia y Alauóna, como Castiliscar queda en realidad con respecto a Layana-Sádaba, Ejea y Alagón. 7) Ergavica, Erguti = ¿Berbinzana? Entramos ya en el quinto y último sector de los que he propuesto previamente para el análisis del texto de Ptolomeo, que da Ergaouia, sin duda por Ergavica. K. Müller, frente a la opinión de E. Hübner, ya defendió que existían dos ciudades de nombre Ergavica, una celtíbera y otra vascona (Tovar, 1989: C-476). La primera debe ser la más célebre y a la que se refiere Plinio, entre los pueblos de derecho latino viejo (III, 3, 24), hoy en la provincia de Cuenca; la segunda sería vascona y es la misma que el Ravenate llama Erguti. Para ésta se han propuesto, muy disparmente, los lugares de Milagro (NA), Albarracín (TE), Huerta-Bellida (CU), al sur de Cascante (Peréx, 1986: 149) y el despoblado de Yerga, «donde antes estuvo el monasterio de Fitero» (LO.) (J. deMoret)^^ El caso de Ergavica/Erguti era uno de los indicios para sospechar de la errónea coordenación de este quinto grupo de ciudades y justificar su traslado, como he propuesto, a la zona derecha u oriental de la rejilla de Ptolomeo: Esta ciudad no podría estar nunca al sur de Cásconton, como tanto se ha repetido, por dos razones en contra: Porque el Ravenate la da al N del Ebro y porque tanto Ségia como Alauóna sabemos dónde están en realidad. Según Ptolomeo, la posición de Ergavia (o mejor Ergavica: Plinio III, 3, 24) debe ser, por una parte, al NO de 5^^/a/Ejea y de AlauónalAldigón, dos ubicaciones seguras; y, por otra -y en esto comparto la intuición de K. Müller-en relación con los ríos Arga o Ega, mejor el primero. Y debe estar, además, al norte de Gracuse. Si no fuera por estas dos condiciones -el río y el dato del Ravenate-, con gusto habría preferido, por pura lógica, colocar Ergavica en la zona de las Cinco Villas (porque cinco son también las ciudades de este sector), y más concretamente en Arguedas, más próxima y donde la ubicación ptolemaica se cumple perfectamente, además de existir restos arqueológicos (Etayo, 1926; Taracena-Vázquez, 1943 ^°). Pero'^^ Ésta última, propuesta por Moret debido «a la similitud del nombre», me parece inviable porque está al O de Corella y al S de Alfaro, lo que contradice a la vez tanto al Ravenate como a Ptolomeo. 132), y enérgicamente, en contra de que Arguedas haya podido ser nunca mansio de ninguna vía, porque niegan en redondo un trazado Santacara-Tudela por la margen izquierda del Ebro y a través de las Bárdenas, en contra de la opinión de J. Altadill (pero cf. infra sub n° 14). Kromayer-Veith (en Tovar, 1989: C-437) lo ponía cerca del Ebro, diferenciándolo de Bursao/Bélsinon. Según A. Tovar (1989: C-441; Peréx no le dedica capítulo), el nombre debe estar alterado y propone precisamente la identificación con Belisone/Bursao = Borja (C-437). Pero, a mi juicio, las tres corrupciones del nombre serían muy fuertes y Borja no está al norte de Gracuse, como indica el Anónimo de Rávena. Basándome para este caso sólo en que Beldalin debe estar al S de Erguti y al N de Gracuse, encuentro, precisamente sobre el mismo ramal Santacara-Estella, unos 7.5 km al Sur y antes de Berbinzana, el municipio de «Vergalijo». Beldalin no comparece hasta el momento en ninguna otra fuente. Ya Hübner {RE III, 199) supuso que el nombre estaba corrompido, aunque no propuso corrección. De forma que podemos suponer que el topónimo no está bien transmitido en el Ravenate y quizá «Vergalijo» pudiera derivarse de una versión correcta de Beldalin, que no conocemos (¿Berga-, Bega-1). En tal caso, no podemos olvidar que tenemos en el bronce de Ascoli {CIL 1109=CIL P, fase. 936) dos origónimos aplicables: dos jinetes, un Begensis y un Bagarensis, de unas supuestas ciudades *Bega y Bagara de ubicación desconocida (Tovar, 1989: C-587 y C-606 «O pero de la misma conscripción reclutada desde Sallui. Como éste es el tercer topónimo ravenatiano de la serie Beldalin/ Erguti/ Beturri, acabamos viendo que con las tres reducciones que he propuesto coincide bien desde el Sur lo que para el Anónimo de Rávena podría ser el recorrido hacia el Norte de la calzada del Arga, vista desde Gracuse y el Ebro: Vergalijo, Berbinzana, (Ándelo), Cirauqui, a Puente la Reina y torcer desde allí hacia Pamplona (figs. 12, 13)^1 9) Tarraga/Te racha = ¿Layana-Sádaba? A. Schulten {RE IV A, 2403) la consideraba de situación desconocida. La primera por su lejanía de Seglam/Segia, la ciudad de referencia fija en la ubicación de Teracha en el Ravenate, y la segunda por la misma causa y porque no es vascona. Más recientemente se ha llevado a Los Báñales de Uncastillo (Z.) (Peréx, 1986: 228) ^^ No sabemos si esta ciudad sería o no la federada del convento cesaraugustano que cita Plinio en III, 3, 24, con las variantes manuscritas tarracenses/tarragenses, pero es posible. Desde mi forma de analizar el territorio ptolemaico. Tarraga resulta ser la ciudad más oriental de los vascones, al NE de Segia y Alauona. Como he mostrado al tratar más arriba del límite oriental vascón en relación con el culto del toro, ésta sería Farasdués. A este propósito, es muy significativo recordar que en el repertorio de caminos de Pedro Juan Villuga (1546/1967: s.p.), del siglo xvi, así como el de A. de Meneses (1576de Meneses ( /1976: «XXXI», S.V.), la ruta que siguen desde Pamplona hacia Monzón de Huesca es: Tievas-Artederreta («Arte de Reta»)-Barásoain («Varasunay»)-Tafalla-01ite-Beyre-Murillo (Morielo)-Carcastillo-Sádaba-Biota ^' ^-Farasdués-Erla, en el límite vascón {cf. supra), llegando ya al río Gallego por «Marcos»/Marracos. De esta ruta, que pasaría también por Luna, hoy no se conserva ninguna carretera moderna, siquiera secundaria, en los mapas corrientes, como tampoco del ^' Bega según Tovar «entre los Pirineos y el Ebro». Gómez Moreno la hacía coincidir con la Baecula de los ausetanos. A Schulten le recordaba a los Baegenses héticos, confundidos por Degrassi -y ahora nuevamente por Krummreycon una Baegesís {CIL II 1394) de Marchena (SE.). El mismo Gómez Moreno sugería Bagara en el país de los jacetanos, todo ello incierto. ^^ M^ J. Pérex (1986: 149 con n. 7) hace dirigirse esta calzada hasta Virovesca, seguramente siguiendo el criterio de K. Müller, 174. Roldan (1975: 127) dice que no conocemos este camino, y que la de Müller del enlace de Gracchurris y Vírovesca es una simple hipótesis. ^"^ La única diferencia entre ellos, aparte de las ortográficas, es que Villuga omite el paso (obligado) por Biota, antes de Farasdués. tramo Erla/Marcos (Marracos). Y, sin embargo, estaba en uso en el siglo xvi y parece que pudiera corresponder a la más antigua y más corta hacia Caesaraugusta, al menos hasta Layana-Sádaba precisamente. Por ello, y porque en Farasdués no hay indicios significativos de ciudad, al menos por el momento ^^, debemos preferir el amplio conjunto Layana-Sádaba, debido a que está al pie de la via Augusta y entre Seglam/Segia y Carta/Cara, tal como ubica Teracha el Ravenate. Le conviene también lo antes dicho a propósito de la vía Santacara-Erla, y se cuentan además un miliario en cada término. El tramo Sora de Ejea-Ejea-Sádaba-Castiliscar se comprende expresamente mediante cinco miliarios, tres augusteos y dos tiberianos (Lostal Pros, 1992: 241-243), que muestran que ésta fue la ruta que ambos emperadores consideraron de interés para el acceso, a través de Cara (con otros dos miliarios más de Tiberio), hacia Pamplona, Oiarso y Aquitania-Burdeos, tal como indica Estrabón, de ahí la propiedad del término de via Augusta, que ya usó Lostal. Por lo tanto, hemos de contar con un núcleo urbano prontamente desarrollado, que se demuestra a través de distintos e interesantes hallazgos arqueológicos (Peréx, ibid., sumando los de Los Báñales). Tampoco se cuenta con material epigráfico significativo a efectos de su denominación. Predominan en su territorio, como en el de Farasdués, los amplios pastos y las numerosas vacadas ^^. No obstante, en la fig. 12, en la que traslado la propuesta previa de la fig. 9 tal como queda después de todas estas reducciones, dejo sugerida con líneas discontinuas una «segunda hipótesis» para este quinto conjunto, que llevaría Ergavica y Tarraga a Arguedas y Farasdués respectivamente. Pero, como dije bajo el número anterior, aunque resulta más parecida a la de Ptolomeo (fig. 9), tiene menos posibilidades de confirmarse, debido a la bastante precisa ubicación que da el Ravenate para su Erguti. ^^ No se conoce muy bien la zona a partir de Sádaba-Farasdués (a excepción del hallazgo de las aras taurobólicas del Corral Viejo de Moncho y algún otro) ni ha aparecido, hasta donde sé, ningún miliario de este tramo concreto. Lostal Pros (1980: 65) menciona sólo un yacimiento, próximo a la ermita de San Jorge, que parece de una villa, con cronología de los siglos i-ii d.C. De ahí que sea más difícil postular aquí una ciudad. El término «cantal» vuelve a referirse a un límite. ^^^ Madoz, 1849: t. «Bárdenas de Sádaba», señala en ellas «abundantes pastos para numerosos rebaños de ganado lanar, y grandes vacadas que dan muy buenos toros para las plazas... esparto y arbustos...» {cf. supra, parte I). 10) Muscaria = Despoblado de Mosquera, c. Fontellas M* L. Albertos, en uno de sus mapas (1972: 352), sin concretar la razón, situaba esta ciudad en el área de Sádaba ^^, donde acabo de sugerir Tarraga. P. Bosch Gimpera y A. Schulten propusieron, sólo por el parecido toponímico, el despoblado de Mosquera, al N de Fontellas, con el acuerdo de Peréx {ibid.). Y, en efecto, puede aceptarse la reducción a tal despoblado, pero añadiendo algún otro elemento de juicio más sólido que la mera toponimia. Como dije más arriba al tratar de Tafalla, he hallado una sola indicación textual, en el sentido de que uno de los límites de la diócesis de Pamplona en la División de Wamba (Vázquez de Parga, 1943: 83) era Mustellam, que sería corrupción del nombre romano ^^ Cuadra bien ese carácter limitai con la posición del área de Mosquera-Fontellas sobre el Ebro, así como su casi correcta orientación en Ptolomeo con respecto a SegiafE]t2í de los Caballeros. La derivación toponímica de Muscaria a Mosquera es muy aceptable. Pero he encontrado algunos datos más. No necesariamente tiene que venir el topónimo de musca, «mosca, lugar de moscas», sino quizá de «musgo» {museus, muscaria) o de una especie de ave muscicápida, la muscaria, llamada hoy «moscareta» o «papamoscas», que se alimenta de insectos. Tanto el musgo como este tipo de aves son especialmente adictos a lugares con mucha agua, y ahora veremos la relación. Existe una noticia muy útil para confirmar esta localización. Está refiriendo una campaña conjunta de los reyes Ordoño y Sancho contra Nájera: Se traslada-^^ Quizá ello tuviera que ver con una curiosa hipótesis de M. Cortés y López (1835: 239 con n. 2), en el sentido de que «Sádaba» vendría de los nombres árabes Sebubi o Sabuvi, «las moscas... y de aquí el latino Muscaria». Curiosamente, P. Madoz, catorce años después (1849: t. XIII, 612-613) y sin citar a Cortés, propuso algo muy parecido: El nombre vendría de la voz semita Sebub/Sebubay, que los romanos se limitaron a traducir. El problema es que no veo claro que de ambos términos pueda derivarse satisfactoriamente el de «Sádaba», cuyo dominante no sería 5*¿7*¿>, sino S*d*b, aparte de la vocalización en -a. Pero tenemos un dato mucho más concluyeme. Si de verdad fuera ésta la misma Mustella de la diócesis pamplonesa, sería mucho más adecuado que su nombre romano hubiera sido Mustaria. Éste explicaría mejor el Mustella godo, pero nos quedaríamos sin equivalencia con el topónimo y lugar moderno que mejor se acomoda, por lo que prefiero en este caso la fuente árabe que cito a continuación. ron luego a Tudela, llegaron al río Kalas (Quelles) y luego «a las aguadas de Musqira ^^». Aparte de la mención del nombre mismo, casi igual ya a «Mosquera», y de la ubicación coincidente, es sugestiva la noticia de que era una zona de fuentes y manantiales, pues no indica en mi opinión otra cosa el ^9 En el al-Muqtabis V (Ibn Hayyan, 1981: 117), en la misma noticia, se traduce por «los alfoces». Pero dice Castilla expresamente que él traduce tal como viene en los msc. de ben Sa'id: «aguadas». nombre urbano más próximo actual, Fontellas: Fontalia, «lugar de muchas fuentes». También coincide con las varias «balsas», embalses y canales actuales en el área y tiene lógica que, desde allí, retrocedieran hacia Tarazona. Por todo lo dicho, es preferible el nombre que da Ptolomeo y, consecuentemente, ubicar con cierta seguridad Muscaria en el actual despoblado de Mosquera, con el intermedio árabe de Musqira y las referencias a los humedales. Para Tudela, que también se relacionaba con ésta, v. infra, Tutela, bajo el n° 14. 11) Olca/Olcairun = ¿Olite? Fuera ya de las identificaciones basadas en los datos de Ptolomeo, que eran el objeto central de este trabajo, y del Ravenate, me quedan algunas otras ciudades con pistas por analizar. Entre Curnonion y Grachurris Ptolomeo no señala ningún núcleo. Allí se encuentra, sin embargo, Olite. Se ha tenido más habitualmente por fundación goda, hecha por los propios vascones rebeldes, forzados por los godos, para contenerlos, al decir de San Isidoro, en un precioso texto {Hist. 63) que, de paso, nos informa sobre la misma utilidad que debió tener el lugar, muy inicialmente, en época romana: En el año 621 d.C, reinando Suintila, «...montivagi populi... ut... Curiosamente, se suele traducir Ologicus por «Olígito» (así Jusué Simonena-Ramírez Vaquero, 1994: 23). De la misma manera, un sello céreo del concejo de Olite, del año 1291 ^° es leído «Sigillum iuratorum et concila de Olito»; pero en el final, antes de la fractura que afecta al topónimo, no hay una T, sino una C o G. Si bien no hay duda de que para el siglo XII el comienzo del nombre había pasado a Olit-: Olitis/Olit en vez de Olog- (Jimeno Jurío, 1968: passim), también es cierto que la fuente literaria más antigua, San Isidoro, da Ologicus, con O y G o C. Recurriendo a la numismática, recordamos la citada ceca de Olca/Olcala/Olcairun ^^ Parece apropiado proponer que el nombre antiguo fuera Olea, de donde el paso a Ol(o)gicus, si difícil, es el más lógico ^^. De la misma opinión, aunque se basa en que es el único amur all amiento visigodo conocido de la zona, es R. López Melero (1987: 469). Los Ispallenses aparecen citados por Plinio III, 3, 24, entre los diecisiete pueblos estipendiarios del convento cesaraugustano. Las variantes de los mss. plinianos en este nombre son muy variadas: Spallenses, Grallienses, Larnenses y Laurenses. E. Jan, para su edición, corrigió la lectura como [IJspallenses, ya que, en una relación alfabética, está entre los Dama-^° Ofrecen una espléndida reproducción en color Jusué Simonena-Ramírez Vaquero, 1994: 18.' ^' Como posible nombre híbrido celto-vasco (Olca-imn) lo toma J. Gorrochategui (1987: 438), aunque con problemas. ^^ Terminado este trabajo, conozco el de J. Aldecoa Lecanda (1965: 17), que propone para la autoría de esta ceca a los olcades y para su ubicación, con dudas, las ciudades de Oyarzun u Olite. Pero la relación con los olcades es indefendible. nitani y los Ilursenses. El argumento no convenció a A. Tovar (1989: C-517), que prefiere Spallenses y los lleva con muchas dudas hacia Graus, en Lérida. Pero, por el contrario, la corrección de Jan me parece impecable a la vista de la metodología de Plinio. Por lo que sé, no se han propuesto otras posibilidades de ubicación para esta comunidad, ni se considera siquiera habitualmente que pueda ser vascona. Ahora bien, existe constancia histórica (Madoz, 1945: 415-423; Puertas, 1975: 22, 254) de una célebre gira pastoral que, partiendo del monasterio de Leyre, efectúa, hacia el año 848 d.C, el cordobés obispo y futuro mártir, San Eulogio, a algunos cenobios pirenaicos, según relata él mismo en su Epistolario (Carta a Willesindo III, 2, cois. Se citan entre ellos los monasterios Legerense, Cellense, Serariense y Hurdaspálense, más el muy importante de San Zacarías (que nada impide sea uno de los cuatro ya citados). La identificación del primero es sencilla y unánime con el de Leyre. De él parte Eulogio hacia el Cellense. Éste ha sido ubicado (Puertas, 1975: 22, con la bibliografía) en el valle de Ansò. Pero parece que si el obispo remontaba hacia las fuentes del Arga, debía ir desde Leyre derecho hacia el Norte, y este cenobio debía encontrarse mejor dentro del triángulo que forman las actuales carreteras NA-150, NA-172 y NA-135. Del Cellense viaja hacia «el que más deseaba conocer», el «famosísimo» de San Zacarías ^^. Éste fue ubicado por J. de Moret en Cil veti, pero modernamente R. de Huesca, R. del Arco, E. Lambert y R. Puertas se lo han llevado hasta Siresa, en Huesca ^"^ (Puertas, 1975: 21-22), a mi juicio erróneamente, puesto que el citado obispo indica con claridad que el de San Zacarías «está al pie de los Pirineos, ya a las puertas de la Galia, donde tiene sus fuentes el río Aragus, que baña en su rápido curso Seburi y Pampilona, antes de unirse al Ebro» {ibid.,col. 846). Parece que ha habido un error de comprensión de los estudiosos modernos, pues el río que baña a Pamplona es el Arga. Su nombre romano quizá fuera, pues, Áragus ^^, mientras que el ^^ Este ascysterium era rico en obras literarias que no se podían encontrar entonces en Córdoba. Eulogio se lleva de allí para su estudio, entre otras, las Avieni fabulae metricae {Vita III, n. 9; J. Madoz, 1945: 416).'^^ En favor de esta hipótesis, aunque no la comparto, hay una curiosa noticia del Rasís: El señor de Huesca en el año 878, es decir, apenas 30 años después del viaje de San Eulogio, se llamaba Umar ibn Zakariyya, y se encontraba en el castillo de Yuliyo (?), cerca de Sartaniya (o Barbataniya) cuando fue desposeído por su primo, Zakariya ibn Umar {cf. Vallvé, 1986: 298). Se ve que el nombre de Zacarías era frecuente en el área. ^^ Es curiosa la vecindad de tres ríos importantes con nombres tan similares: E(r)ga, Arga, Arrago. (1975: 22) había visto ya, a partir del primer elemento de este nombre, Hurda-, que este monasterio, quizá predecesor del de San Salvador, propietario durante siglos del término (Madoz, 1986: 371) debía hallarse cerca del actual Urdax, que encuentro se llama «monte Urdaspal» en 1085 (Corona, 1947: 130), en el valle de la Nivelle e inmediato al puerto pirenaico de Dantxarinea. Pero no se ha relacionado, por lo que sé, el segundo elemento de este topónimo, -spalense, con aquellos corregidos Ispallenses de Plinio. Siendo un nombre tan poco frecuente, creo que se puede proponer que esta ciudad estipendiaria sería vascona, su nombre sería probablemente Ispallum y su ubicación en o cerca del actual Urdax. La situación en esta ruta de dos monasterios y una ciudad sugiere una revalorización del paso de Dantxarinea en época romana. Se trataría, por cierto, de la ciudad interior más septentrional de los vascones. siglo IX. Al describir el curso del río Aragus (como ya dije, no el Aragón, sino el Arga), cerca de cuyas fuentes está el monasterio de San Zacarías, dice de él:...quibus Aragus flumen oriens, rapido cursu Seburim et Pampilonam irrigans, amni Cántabro (sciL, Hibero) infunditur... El texto dice Cántabro, pero parece evidente que, una de dos, o poéticamente llama al Ebro «el Cántabro» por su origen ^^, o existe un error en el texto. La primera hipótesis es la que me parece aquí preferible. No hay más ciudad posible que bañe el Arga antes de Pamplona que la actual Zubiri ^^, al pie del Alto de Erro, y donde se bifurcarían las rutas romanas pirenaicas en dirección a los puertos de Ibañeta y Dantxarinea. El lugar, pues, no puede ser más idóneo para la ubicación de otra ciudad vascona que, como tantas otras'^^, no se conservó en las fuentes romanas que hasta nosotros han llegado. 14) Tutela y el Ager Tutelatus = Tudela y las Bárdenas Reales A lo largo de este estudio me intrigaba la predominante y favorable posición de la ciudad de Tudela, junto al Ebro (y, lo que no es menos importante, al pie del río Quelles), sin que fuera mencionada en ninguna fuente greco-romana, ni mereciera casi atención por la mayor parte de los investigadores modernos. El Queiles, según afortunada reducción de A. Schulten'^' es el que los antiguos llamaron Chalybs, quizá como un cultismo en honor de los legendarios forjadores asiáticos del acero. Tudela, independientemente de que tuviera también una actividad metalúrgica gracias a las cualidades del mis-13) Seburi = ¿Zubiri? Esta ciudad, con el nombre vascón de ciudad, -uri, a diferencia de todas las anteriores, no aparece citada en fuentes de época romana, sino en la misma correspondencia de San Eulogio (ibid. col. 846, cf. J. Madoz, 1945: 416 con n. 2; Puertas, 1975: 253, apéndice B-258), por tanto, en una fuente del sar en un nombre primitivo común para ellos, con determinativos especiales que no conocemos, y recuerda asimismo la reduplicación afrontada del Cidacos en el mismo o inmediato territorio. ^^' Con muy posible acentuación final, ya que así es el nombre árabe posterior del río, Aragûn (Teres, 1986: 64). Y Aragón el nombre final de esta actual comunidad autónoma. ^^ Siendo así, cerca de las fuentes del Arga, aparte del propio Cilveti, encontramos como en algo parecidos el alto de Zuriain y el arroyo Suariain; éste puede haber conservado una primitiva Seraria(na), por el principio de -ana/-ain. ^^ En el que en definitiva el Arga desemboca, tras un corto tramo conjunto con el Aragón. ^' ^ Esta hipótesis ya fue formulada muy antiguamente por J. de Moret, pero luego ha debido ser olvidada, pues los autores modernos, incluso Antonio Tovar, no mencionan, no ya la hipótesis, sino ni siquiera la existencia del topónimo como tal.'"° Quién sabe si los antes citados monasterios Cellensis y Serariensis (por no salir de un único párrafo de San Eulogio), no corresponderían a microtopónimos, sino a otras dos ciudades vecinas, una Celia/Cilla y una Seraria... Un estudio atento, en el que no me he podido detener ahora, de todas las ricas fuentes medievales, visigodas, árabes y cristianas, elevaría sin duda el censo de posibles ciudades vasconas vivas en época romana. Me parece limitado ceñirse a los nombres que las fuentes greco-romanas supervivientes nos ofrecen.'"' Es a mi juicio uno de los mejores libros de conjunto que se han escrito sobre la antigua Hispânia, y es lástima no verlo utilizado ya (o al menos citado) con la frecuencia que merece. J. Oliver Asín dedicó las primeras páginas de su trabajo sobre los orígenes de esta ciudad (1971: 495 ss.) a demostrar que la etimología de Tudela desde un romano Tutela era insostenible; entre otros seis argumentos, porque no encontraba base histórica o geográfica para la elección de un abstracto como «defensa, protección». El mismo señala también que nunca se ha descubierto «dentro o en los arrabales de la ciudad, algún resto o recuerdo epigráfico, numismático o arqueológico... cosa... que... lamentaron siempre quienes sostuvieron, a pesar de todo, la errónea etimología» {ibid.: 497). Ésta es poderosa razón, pero quizá pudiera encontrársele también alguna causa. Intentaré demostrar, pues, que Tutela es romana, aunque se ubicara en tiempos en la margen frontera del Ebro, y una razón para el peculiar nombre. El topónimo claramente procede de una latina Tutela (así Schulten RE XIV, 1965^ col. 1608, n° 8; Tovar, 1989: C-531: «no documentada») ^"^ Creo que aquél, además de por la estricta equivalencia toponímica, se puede confirmar en la Tudela navarra por tres vías. La primera, su mención en un conocido epigrama de Marcial {cf. infra), citando lugares de su tierra celtibérica: Tutelamque chorosque Rixamarum. A pesar de opiniones como la citada de J. Oliver, en el sentido de que se trata de un nombre común ^°' ^, la conjunción enclítica que une ambos' ^^ Es el Queues al que las fuentes medievales árabes llaman wadi Tarasuna y wadi Qalas, Kalis o Kalas {cf. Teres, 1986: 113) y Kelles las crónicas cristianas (Dupré, 1995: 19 con n. V. mi libro en preparación Fuentes árabes para la Hispânia romana. Es el mismo que baña Turiasso, y famosos eran ambos, al decir de Marcial (4, 55) y Justino (44,3,8), por la calidad del temple de las armas que en ambas se forjaban, debido precisamente a la fuerte carbonatación del río, que también bañaba Cascantum. Lo mismo'afirma Plinio (XXXIV, 144) de Bilbilis con respecto al río Jalón.'°^ Creo muy difícil que, como sugiere Oliver (1971: 505), viniera de un medieval cristiano Todella, relacionándolo con las famosas reinas navarras de nombre Toda o Tota (p. 506), ni verosímil históricamente que, al bautizar sus fundadores árabes una «nueva» ciudad, vinieran a pensar precisamente en «honrar a alguna dama de nombre muy godo, y muy navarro, y muy aragonés» (p. 509) y porque tal nombre, aunque fuera godo, habría dado, como en los casos que el propio Oliver cita (Totainville, Totana, Todmir), Totela o Todela y no Tutela, con u; Tudelas o Tudelillas son también todas las muchas homónimas de otras zonas de España.' ""* Oliver (1971: 495) comienza su estudio afirmando que es erróneo ver en este verso esta palabra como nombre propio, tal como sí habían hecho Traggia, Cos, Eyalayar, La Fuente, Schulten y Dolç; pero él mismo se olvida, al fmal del trabajo, de volver a Marcial para darle una explicación como nombre común. elementos me parece indica que ambos son nombres propios. La segunda confirmación es su mención en la Chronica Albeldensia, cap. 13 (Gil-Moralejo-Ruiz, 1985: 252): Hoc supra dicto principe regnante (scil. Sabemos por ella que su nombre en latín era Tutela y suponemos que entonces tenía más aspecto o características de lugar fortificado, de un castellum, que de propiamente ciudad (debido quizá a que la «nueva ciudad», edificada a comienzos de aquel mismo siglo por al-Hakem I y Amrús al-Muwallad, en el 802 d.C, estaba muy fortificada), aunque los autores árabes la llaman «ciudad» {Madinat Tutila: Vallvé, 1986, 301) y le conceden grandes alfoces (pudiera ser también que ello indicara dos habitats próximos de distinto tipo y función). La tercera es una fuente árabe, la más antigua crónica andalusi, del ya citado cordobés Arib ben Sa'id, fuente de Ibn Hayyan y de Ibn Idari (Castilla, 1992: 9 y passim). En su descripción de las campañas árabes contra la Marca Superior de los años 906 al 924 d.C. la menciona seis veces como ciudad (propia del Islam), llamándola, como en la crónica anterior de al-Hakem, Tutila. Por lo tanto, creo que sí está documentado el nombre romano de Tudela en las fuentes posteriores. Ha jugado siempre en contra de su existencia pre-árabe (así Oliver Asín, por ejemplo, o su mera mención en estudios de época romana) la relativa ausencia de testimonios romanos en la actual Tudela, en la margen derecha del Ebro. La noticia de la construcción por al-Hakem de una «nueva ciudad», poblada con gran número de musulmanes, en el 802 d.C, es referida en la Descripción anónima de al-Andalus (Molina, 1984: t. Cabe imaginar si, considerando el anchuroso Ebro como una frontera más segura para los árabes (Tudela se cita en el Muqtabis V como la última plaza musulmana, y como «una de las puertas de entrada a los infieles»), no la reedificarían éstos mejor en la margen derecha, y si la romana Tutela no debería ser buscada quizá enfrente de la actual, donde se conserva un llamado «barranco de Tudela», que es ruta de paso natural, estratégica, y vía principal de comunicación E-0 desde al menos la Edad del Bronce ^°^. Quizá ello explicara que en la Tudela actual no se constaten hallazgos anteriores a los árabes. Por lo que hace al nombre mismo de Tutela, no resulta muy adecuado a primera vista en su acepción de «defensa», dándose las circunstancias apacibles con respecto a la romanización del territorio vascón que todos damos por hechas, al menos en lo que al ager Vasconum se refiere ^°^. La fundación de Gracchurris, en fecha tan temprana como el 179 a.C, habla a favor. La pregunta consecuente es: ¿Qué había que «tutelar» aquí? Entonces es cuando invito al lector, en tercera instancia, a observar un detalle que se desprende del estudio que tiene en sus manos y, más concretamente, de sus mapas. Si retrocedemos a dos que aquí he ofrecido, el de distribución de hallazgos relacionados con el culto a la luna y el toro (fig. 1) y el de miliarios y calzadas (fig. 10), puede constatarse en ambos un muy significativo vacío -casi diría una aparatosa ausenciade testimonios de todos esos tipos en un espacio enorme, arqueado, con una longitud que va desde más o menos el cauce bajo del río Aragón, es decir, Cara, hasta casi el actual Tauste. A lo ancho, una distancia máxima entre Arguedas y el área Sádaba-Ejea. La pista inicial, pues, nos la facilita el dato negativo de los mapas: La falta de hallazgos, vías, miliarios o ciudades. El tramo digamos «en blanco» ocupa una superficie no inferior a los 1300 Km^, abarcando tierras de Navarra y Zaragoza ^^'^. Parece desierta y despoblada (y aquí uso el estricto término castellano, «sin pueblos»), seguramente desde tiempo inmemorial. Coincide, según creo, con el extenso territorio que seguimos conociendo como «Las Bárdenas ^°^ Reales», propiedad hoy aún pública, del Patrimonio del Estado, y cuyo sector central, la «Bárdena Blanca», ocupa el célebre y polémico polígono de prácticas de tiro aereo'°^. "° En el más reciente mapa que conozco, el del Atlas Nacional de España, sección I, grupo 3a, escala 1:500.000 (Madrid, junio de 1994), págs. 8-9, sigue, a pesar de los pronósticos, apareciendo bastante desierta; se aprecia por primera vez una carretera (la 125) que atraviesa por el S. en dirección O-E, de Tudela a Ejea, pero muy pocos pequeños núcleos, todos modernos (Pinsoro, El Sabinal, Santa Anastasia...).'" Véase la categórica opinión de B. Taracena y L. Vázquez de Parga (1943: 131): «La vía (Sangüesa-Cascante, propuesta por J. Altadill) se halla obstaculizada en un tramo de 20 Km. por el desierto de las Bárdenas Reales, llanura hoy como entonces inhabitable por absoluta carencia de agua». A. Floristán (1949: 475), criticando la definición del Diccionario de la Academia de la Historia y a algunos otros autores, se queja de que «se ha convertido en lugar común hablar de la espesa selva que fue en tiempos la Bardena...», adhiriéndose a opiniones como las de B. Taracena, a quien le recuerda mejor «la inmensa llanura desértica del Sur tunecino...». "^ Creo que una cita anterior podría encontrarse hacia la segunda mitad del siglo xi en el geógrafo andalusi al-Bakri (1982: 16). Cuando describe el tercero de los distritos de la división constantiniana menciona, tras Tutila, «todos los distritos del territorio del rey Sancho» (es decir, Sancho de Peñalén, rey de Pamplona a. Consta en los siglos siguientes bastante documentación sobre sucesivas concesiones reales, rentas para el monarca, disputas por el disfrute, el régimen de pastos (de octubre a mayo) y el de corte de maderas. En el siglo xvi el alcalde de Tudela presidía las Juntas, y en el xvii este mismo pueblo gozaba de privilegios sobre los demás, pues se le confirman en 1630. En 1705 Felipe V (quizá por su distinta mentalidad o, mejor, apurado por las necesidades de la costosa Guerra de Sucesión), vendió definitivamente los derechos perpetuos sobre la Bárdena, por 12.000 pesos, a una nueva confederación formada por 20 municipios, el monasterio de La Oliva y dos valles pirenaicos. Roncal y Salazar, que llevaban allí sus rebaños intermitentemente al menos desde 1358 ^^^. Esta confederación redactó en 1820 sus Estatutos *^' ^. Se prueba por ellos, según el detallado relato de Madoz, que todavía en 1820 había caza, y lobos, cuya captura estaba premiada. Los pueblos co-gozantes tenían estatutos, comisiones de vigilancia, monteros, guardeses y reuniones trian\iales allí mismo, en la iglesia de la «Virgen del Yugo», desde donde se dominan la Bárdena Blanca y la Negra. Pero, a tenor de esta regulación, puede verse que ya había pasado a uso principal el ganadero, mencionándose además sólo la leña y ésta muy secundariamente. Es decir, que para entonces (funesta tendencia hispana) había perdido ya mucho de los que debieron ser grandes valores forestales. Curiosamente, en varios de los documentos se le llama también al territorio «la Bárdula». Pero durante la segunda mitad de esta interesante historia de nueve siglos podemos echar mano de otro tipo muy expresivo de fuentes. En el mapa del nombre que, como singular «advocación», pasó a una ermita en otro punto, más hacia Tauste, y hoy reducido a simple punto habitado. En mapas actuales se apunta también otra ermita, la ya citada y de extraño nombre de «Nuestra Señora del Yugo», en pleno polígono de tiro. De la amplitud del territorio da idea el que figure incluso, lo que es insólito por la gran escala, en el mapa general de España llamado «Teatro de la Guerra en España y en Portugal», de P. Mortier, de 1710, visible como «Bárdena Real». Así pues, estos testimonios gráficos confirman también la existencia en su interior, aún en el siglo XVII, de amplios bosques, si bien clareados por dehesas de pastos, tierras de cultivo de cereal y al-gunas zonas montuosas o improductivas "^ Creo que lo dicho hasta aquí demuestra varios hechos: 1) La inusitada extensión de Las Bárdenas Reales, enclavadas sin embargo en el corazón de un territorio muy poblado. 2) Su carácter en general boscoso, probable al menos desde el siglo xi hasta el xvii, frente al engañoso aspecto estepario actual. "^ Bárdenas, 1990: 27-28. Determinadas zonas del territorio, como parte de la Bárdena Blanca, no pudieron tener arbolado o cultivos tampoco en la Antigüedad, debido a la extrema salinidad de los suelos y a una dinámica erosiva continua. Pero ello afecta sólo a algunos sectores del vasto conjunto. 3) Su rígido carácter de reserva forestal y ganadera, muy vigilado y, diríamos, «tutelado»; quizá también cazadero de temporada. 4) Que siempre, hasta hace poco, han estado rodeadas por carreteras y por los pueblos de sus márgenes, pero nunca atravesadas por ellas, salvo los cordeles ganaderos, y el territorio ni construido ni habitado permanentemente''^. 5) Que los pueblos están todos situados en la margen izquierda del Ebro, excepto, curiosamente, la Tudela actual (v. supra) y rodean Las Bárdenas de tan peculiar modo que parecen haber nacido o prosperado en función de ella. Entre ellos, Tudela siempre pareció tener preferencia, y hoy sigue siendo su sede ^20. 6) Que al menos desde el siglo xi ha permanecido vinculado, sin saberse la razón'^', al patrimonio real y, hasta el día de hoy, sigue siendo, al menos nominalmente, estatal. Lo prueba también, cerca ya de Sádaba, el topónimo, casi inevitable dada dada la trayectoria histórica de la zona, de «Bárdena del Caudillo». El nombre mismo, «bárdena»'^^, lo avisa, pues me parece que debe tener que ver con «barda», «bardal» y «bardar» ^^^: «Remate o cubierta espinosa de muros», por extensión seto o vallado de espi-"^ Es más, parece que se buscaba de intento la despoblación, puesto que podía poner en peligro a la larga la propiedad y el uso comunal. De hecho, en 1538 el procurador fiscal de la Cámara de Comptos de Navarra consiguió que se derribaran unas casas que habían construido en Las Bárdenas algunos vecinos de Tudela.'^° De hecho, los autores árabes coinciden en la gran extensión de los alfoces de Tudela. Una cita de ibn Galib es expresiva sobre esta extensión, pues dice que «limitan con Huesca» (Vallvé, 1986: 301).'^' J. Elósegui y C. Ursúa (Bárdenas, 1990: 10) se preguntan por la causa de la «atípica situación» (y lo es) de que un tan gran territorio no esté sujeto a la jurisdicción de ningún municipio. Sugieren una posible explicación: Que «cuando los distintos pueblos utilizan el territorio, reconocen como propio [se//., de los demás] el que usan y aprovechan sus vecinos, con lo que se van delineando los límites con los pueblos vecinos... De esta forma quedaba un gran espacio vacío, que acaso estaba siendo utilizado conjuntamente... Al no pertenecer a ningún pueblo, pasa al Patrimonio real...». Esta causa, como puede verse, no es válida históricamente. Lo cierto es que no he encontrado la menor referencia de cómo y cuándo empezó la propiedad de la corona de Navarra sobre la reserva; lo que invita, naturalmente, a buscar la causa más atrás, en una vieja consuetudo.' ^^ Se han apuntado para él orígenes como «pardina» (en dialecto aragonés, el monte bajo de pastos), «harte» (matorral en lengua gascona) e incluso el tan original vascón de «abar-dena» («mata todo»).' ^•^ Como dije, a veces es mencionado en los documentos como «La Bárdula», y entonces debe surgir el interrogante de su primitiva relación con los bard-ietai, vard-uli, los modernos vascos. Llama por cierto la atención, hojeando el Madoz, la cantidad de topónimos de territorio vascón que comienzan por bard-. nos, y con «poner bardas a los vallados, paredes o tapias», o tratar de saltar los mismos ^^' *. Es decir, una zona cercada y/o reservada. Y ahora, volvamos mil años aún más atrás de la primera de todas estas noticias: ¿Qué otra cosa vemos sino un gran vacío en los mapas de la zona en época romana? Nos falta poder dibujar su interior coloreado de espesos árboles, pero la llamativa ausencia de testimonios epigráficos, funerarios, viários o miliarios en tan enorme superfìcie parece advertirnos de que se trataba, también entonces, de una extensísima propiedad, muy reservada en su uso, que ninguna ciudad o vicus ocupa, ni ninguna calzada atraviesa: Una especie de «Bárdena Imperial», de ager Caesarianus, saltus Augusti o, por lo menos, de un ager adsignatus, de uso público y no privado. Naturalmente, no puedo proponer seriamente esta hipótesis, aunque algún pie creo tendría ya para ello, sin presentar alguna prueba más. Voy, pues, a intentarlo. No sólo la «Bárdena del Rei» o «Bárdenas Reales» se incluían geográfica y administrativamente en la merindad de Tudela, la Tutela romana (que, como hemos visto, tuvo muchas veces en las «hermandades» prelación sobre los otros municipios), sino que, volviendo a los mapas, esta ciudad, aunque hoy al otro lado del ancho Ebro *^^, se encuentra más o menos exactamente en una posición central con respecto a la gran longitud del territorio reservado. Creo haber encontrado el indicio más claro, tanto para el nombre romano de Tudela, Tutela (aparte de en uno de los epigramas de Marcial'^^) como para la desconocida identidad de las «Bárdenas» romanas, en los siempre valiosos textos de los agrimensores (Higinio, De condicionibus agrorum G-30, ed. Lachmann, 1848: 114). Assignatae sunt silvae, de quitus ligna in repa-^^^ Es curioso que como nombre común «bárdena» no exista en español, con este significado de «sitio muy protegido y bien vallado». ^-^ Véase lo dicho más atrás sobre la posibilidad de que la Tutela romana se encontrara enfrente, donde no ha sido buscada.' ^^ Se trata del celebérrimo poema 55 de su libro IV (ed. Loeb, D.R. Shackleton Bailey, Londres, 1993: t. A. Tovar (1989: C-531) opinaba que ésta debía ser una ciudad desconocida cerca de Bilbilis, pero no olvidemos que, como puesta en la desembocadura de un río nacido en el Moncayo y en la margen derecha del Ebro, Marcial tenía cierto derecho a seguirla considerando celtíbera. Es curioso que casi todos los demás nombres de este poema sí son muestra de los nostrae nomina duriora terrae, pero Tutela en modo alguno, luego debe estar citada por su fama. Y, al ignorar la situación real de todos ellos estos microtopónimos, tampoco podemos saber si estaban cerca o no de su ciudad natal. Otros textos, que aluden a este tipo de extensas posesiones, de ager Caesarianus adsignatus (Lachmann, 1848: 247), pueden ayudarnos a precisar la sugerencia en distintos aspectos. Por ejemplo, en cuanto a su modo de propiedad, genérica del emperador' ^' ^. En cuanto a su delimitación, son las tierras llamadas subsiciva (Higinio, ibid.: 132 ss.): Haec ergo subsiciva aliquando auctor divisionis aut sibi reservavit aut aliquibus concessit aut rebus publicis aut privatis personis. Podríamos estar, pues, ante una reserva de tierra asignada a sí mismo por el emperador. En cuanto a su muy posible falta de divisiones internas, debe ser del tipo del ager arcifinius, descrito bien por Frontino (Lachmann, 1848: Al): At si in agro arcifinio sit (scil., rigor), qui nulla mensura continetur, sed finitur aut montibus aut viis... que nos indica las más viejas formas de delimitar territorios: Ager est arcifinius, qui nulla mensura continetur Finitur secundum antiquam observationem fluminibus, fossis, montibus, viis... Es decir, que lo habitual en los agri arcifinales (a los cuales solían pertenecer los imperiales y los piíblicos, y eran más propios de inculta loca) era que no fueran centuriados ni medidos, sino sólo delimitados en su periferia, entre otros medios, por los ríos y por las calzadas. Esto es, más o menos, lo que vemos en La Bárdena, rodeada por ríos y calzadas, y donde se explican así, en los extremos O y E, y al menos cuatro veces, los microtopónimos «Cabezo de la Muga», «La Muga», «Tres Mugas», como muestra indefectible de una antigua delimitación periférica ^^^. Por fin, en cuanto a su uso, podrá llamarse también ager compascuus cuando no está destinado principalmente al cultivo, sino a otros usos, como son las silvae' ^^ Cf. el artículo ager, de J. Kubitschek, en la RE, I (1958^), cois. Gayo (II, 21), al referirse al ager publicus, dice que in eo (provinciali) solo dominium populi Romani est vel Caesaris, según sean las provincias senatoriales (incluida la República) o imperiales. Pero, independientemente de ello, en idi forma ahenea de la regio correspondiente debía de figurar de manera más detallada la ¡ex concreta por la que se habría asignado específicamente al emperador una propiedad determinada.' ^^ Y, por otra parte, una mayor extensión antigua que la que ahora conserva. Así, al Oeste, zona Norte, el de «Tres Mugas», cerca del Portillo del Trillo y de los expresivos «Cabezo de la Junta» y «Junta Vieja», todo ello hoy, a juzgar por el mapa confeccionado en 1990 por el Gobierno de Navarra, fuera de las Bárdenas. Una bastante detallada descripción de estos amojonamientos para el año 1772, debida a L. Mariano Díaz, ofrece A. Floristán (1949: 476 ss.), informe en el que, por cierto, se da un perímetro para las Bárdenas entonces de 18 leguas y el ancho entre media y ocho leguas, según las zonas. (bosques), las picariae (pegueras) ^-^, la minería {metallo) o la producción de sal (salinae) *^^. Según Siculo Flaco (Lachmann, 1848: 163) se prescribe que tal tipo de territorios debían ser definidos, en las formae o mapas de bronce, y también in situ, como «illi [et Ule tot] silvas et pascua, iugera tot...», inscripciones en algunas partes puestas de la finca ^^\ que quizá explicaran una advocación mariana (y de la sierra en la que está su ermita) tan poco común como «Nuestra Señora del Yugo»... Por todo ello, del ager tutelatus que tenía delante, con el cual no podemos saber aún qué vinculación administrativa o de custodia le uniría, pudo perfectamente venirle el nombre al castrum Tutela, la hoy Tudela de La Ribera. Así pues, creo que las Bárdenas de hoy eran en época romana una reserva especialmente forestal, mucho más rica y húmeda, a juzgar por el mucho arbolado que aún le quedaba del siglo XI al xvii, como hemos leído en los textos, y visto en los mapas de Lavanha, Blaeu y De Wit. De esta forma se completa bien la laguna de hallazgos que veníamos observando en los mapas de las figs. 1 y 10. Una inteligente medida de previsión tomada por Roma, en pleno centro del valle del Ebro, para garantizar (entre otros usos como la ganadería, las salinas o los cultivos) el abastecimiento continuo de maderas para el uso público y de la comarca, fuera en la minería, en las fraguas de forja para el ejército, en la construcción o, como dice Frontino {de contr agror, p. 55) para atender el suministro de los baños públicos. Lo cual no impide que fuera a la vez de propiedad imperial ^^^, y que, mediante con-' ^^ Se trata de las industrias de extracción de pez y alquitrán, a partir precisamente de los pinos. La pez servía también, aparte de para el vino y otros usos, para marcar el ganado. Todavía en 1820 los ganados de Las Bárdenas tenían que tener su marca «de pez y de yerro» (Madoz, ibid.).' ^^ Tal actividad, según lo dicho más arriba sobre sus sectores con suelos fuertemente salinizados, pudo también tener lugar en zonas concretas de este ager bardenero.'^' Cuando se constituyó la primera «hermandad» de Las Bárdenas, el 31 de Enero de 1204, el acuerdo y la fecha se grabaron «en la estaca que había en la Bárdena» (Madoz, ibid.: 22).' ^^ Legalmente, nada impediría que hubiera estado asignada a la capital del convento, la vecina Colonia Caesarea Augusta. Pero parece difícil, pues la ciudad de Zaragoza está siempre ausente del usufructo bardenero y de las «hermandades», y no cabe duda de que este modelo de explotación era eco y heredero de otro más antiguo (aunque en este caso, la permanencia árabe y la temprana creación del Reino de Navarra pudieron borrar huellas anteriores). En cambio, la adsignatio a Zaragoza me parece muy adecuada para una especie de «bárdena» similar, la de los Montes de Castejón y de Zuera y la llanada de El Castellar, conjunto que parece, en una menor superficie, una reserva muy parecida a la navarro- cesiones similares (y casi diría que precedentes) el emperador, por medio del oportuno procurator de rango ecuestre' ^^ o de un liberto imperial ^^^, devengara muy buenos dividendos por permitir su uso ^^^. Creo que el hecho de que a fines del siglo xi, expulsados los árabes del territorio, aparezca desde el primer momento documentado como propiedad real habla más en favor de que también en época romana hubiera pertenecido a la ratio privata imperial, y tampoco se hace cuesta arriba pensar que visigodos y árabes respetaron la tradición ^^^. A nuestros efectos, y puesto que se extiende diagonalmente, sus límites eran: El río Ebro al Sur-Suroeste, la zona baja del río Aragón, hasta Cara, al Noroeste. Al Sureste, el río Arba hasta Segia; mientras que toda la linde NE-N la va cerrando la propia calzada de Tarraco, aquí llamada «de las Cinco Villas». El marco que la contiene se puede recorrer perfectamente por distintas carreteras actuales ^^'^. Bien entendido que todo el límite externo se rodeaba, como una corona, con los pueblos antecesores de los actuales, que también tendrían franjas para sus pequeños respectivos territorios. Tiene esta segunda un único punto habitado, otro posible antiguo castellum: El Castejón de Valdejasa, llamado en el mapa de J.B. Lavanha «Castejón de Val de Laça», quien lo dibuja también lleno de arbolado.' ^^ En 1358 era el merino de Sangüesa el encargado de dar cuenta ante la tesorería del rey de los emolumentos percibidos por los arrendamientos en las Bárdenas. ^^"^ Aprovecho para anotar que existe, entre la serie de epígrafes votivos a las diosas Tutela, la romana o las indígenas {s.v. en RE, XIV, 19652, cois. 1600-1603, por F. Heichelheim) en la antigua Clunia (Coruna del Conde, Burgos) un epígrafe, CIL II 2780, dedicado, por la salud del emperador Adriano, a la Tfutelae] colon(orum) Cluniensium, por un [P. Aelijus Au[g(usti) l]ib(ertus), sin duda un administrador imperial. No sería raro que se tratara de un caso parecido a éste, puesto que al Norte y al Este de Clunia (8 y 3 Km.) hay justamente dos singulares topónimos: «Huerta del Rey» e «Hinojar del Rey».' ^^ Y a veces por causas especiales también los concedería gratuitamente, como Felipe III al Monasterio de La Oliva, o Don Carlos de Viana en favor del mismo monasterio y de los pueblos de Carcastillo, Rada y Murillo (Madoz, ibid.: 23).'^'' Tengo la impresión de que en la noticia (extensamente tratada por C. Sánchez Albornoz [1985^: 108] al hablar de los muladíes Banu Qasi, los Casti godos) de que, de la zona oriental de España, Muza sólo dejó sin repartir entre los soldados «el distrito de Ejea», pudiera ocultarse precisamente la noticia árabe más antigua sobre las extensas Bárdenas y su consideración unitaria y regia. Pero carezco de otros elementos para probarlo.' ^^ Lo que hoy son las C-124 y 125 de Zaragoza, y NA-5555 y 124 que, desde Gallur y Tauste, van rodeando perfectamente hacia Ejea y Sádaba para, en Carcastillo, sin cruzar el Aragón, sino siguiendo su margen izquierda, tomar la carretera comarcal a Mélida y Caparroso, saliendo a la N-121, que baja de Pamplona, y nuevamente las regionales NA-134 (Valtierra y Arguedas) y 126 (Cabanillas y Fustiñana), desde donde, pasando a la Z-552, se cierra otra vez el círculo en Tauste, si partimos del límite meridional de Las Bárdenas. cuente en este tipo de reservas, sobre todo de tan gran extensión, tendría cierta diversificación de usos, y, además del arbolado, habría zonas de pastos, útiles para la trashumancia (que hemos visto se daba más moderadamente en el medioevo). El enorme/M^Í/M^ se salpicaría con pequeños alojamientos para pastores, leñadores, guardas, aserradores, campesinos, cazadores o rozadores, todos ellos debiendo encontrar allí hospedaje transitorio. Debía tratarse por lo general de humildes barracones, con sólo lo más imprescindible para pasar desde unos días hasta unos meses en los inviernos. Probablemente (y entonces esperaríamos el patrocinio de Diana), abundara allí también la caza mayor y menor ^^^. La fortaleza de Sancho Abarca, construida por Sancho el Fuerte de Navarra, sería sucesora quizá de un pequeño establecimiento de vigilancia romano, para evitar el acceso o la depredación por furtivos'^^ y personas no legitimadas para el uso, y cumpliría entonces, junto a otras pequeñas garitas y torres en puntos visuales claves, la misión de custodia interna del privado territorio. He dejado para el final de este apartado la referencia a dos amplios estudios, dos tesis doctorales, con prospección amplia y sondeos o excavaciones puntuales, que sobre la zona navarra de Las Bárdenas se han realizado por fin ^"^^ en los últimos años, resumidos sobre todo en un largo y reciente artículo (Sesma-García, 1994: 89-218), donde se da una imagen de lo allí prospectado desde la Protohistoria hasta la Edad Media. Aunque los autores no se han planteado, obviamente, el problema desde mi punto de vista ^^\' ^^ Como dice Ovidio, Haliéutica, 49: quae densas habitant ammalia silvas... Una versión de Gayo en el Dig. La caza se documenta en las Bárdenas, entre otras fechas, en 1532.' ^^ B. Taracena (1947: 18) refiere del P. Moret los problemas con bandoleros y fascinerosos refugiados en las Bardeñas en 1204, «en el siglo XV» y en 1452, que requirieron la formación de somatenes y partidas militares.' "^^ Hasta ahora, tan grande zona ha merecido muy escasa atención de los estudiosos de la Antigüedad. Véase como ejemplo que la extensa monografía sobre los vascones de M^ Jesús Peréx, de 1986, no contiene ni una sola alusión a este extenso territorio, aun cuando ocupa buena parte del solar vascón que ella misma tan cumplidamente estudia.' "*' Porque, como ellos mismos indican (García García 1992: 204), lo que tratan de demostrar es más bien que «las Bárdenas, y concretamente la Blanca, fueron intensamente pobladas desde la protohistoria hasta la Edad Media...» o que (Sesma-García, 1994: 176) «hubo una agrupación numerosa de núcleos rurales romanos...». Es muy de reconocer, no obstante, el mérito indiscutible de prospectar, excavar y estudiar tal cantidad de puntos arqueológicos, pues gracias a ello los modos de ocupación del territorio quedan meridianamente descritos, algo que se desconocía casi por completo (si exceptuamos los trabajos de A. Castiella) antes de sus trabajos. AEspA, 70, 1997 SUS resultados ^^'^ encajan admirablemente con la propuesta que antes hice de un ager adsignatus, quizá imperial. No puedo ni intentar resumir sus hallazgos y consideraciones. Básteme, pues, comentar los tres aspectos que me han parecido de mayor significación a mi propósito. Primero, que ellos han encontrado nada menos que 267 de lo que llaman «yacimientos» y yo preferiría llamar sólo «indicios de ocupación y de uso». De éstos, la mayoría, 129, corresponden a las épocas del Bronce y del Hierro, mientras que sólo 56 son romanos (45) o medievales (11). Éste es un fenómeno inverso al habitual (y más viendo como vemos el alto índice de núcleos urbanos que se da en la Ribera navarra y en la Navarra Media romanas), y me parece puede indicar que fue precisamente en la época romana temprana cuando debieron producirse las circunstancias que dieron lugar a la restricción de la propiedad y el uso del territorio. Segundo, que estos habitats a mi juicio no alcanzan ni siquiera, a juzgar por las descripciones, el ínfimo rango habitacional, el de «pequeñas casas de campo o granjas» por el que en última instancia se deciden los autores (pág. 185) y, curiosamente, se disponen todos ellos masivamente, entre los siglos i y II d.C, a lo largo de los dos principales cordeles de tránsito, al N y en el centro de la parte de Las Bárdenas que estudian, y no fuera de ellos. Éste parece un tipo de ocupación tal como lo describí más arriba: Totalmente temporal, sin arraigo real y, por otra parte, muy controlado. Parece haber unos lugares de acomodo humano o de estabulación ganadera previstos, y son éstos y no otros los que se han de habitar año tras año. Alguno de estos lugares, como el de El Cantalar I (García García, 1992: 195-205), con su único nivel para cuatro siglos de ocupación, sus modestísimos hallazgos (en los que, naturalmente, predomina la cerámica), y su solitaria punta de lanza, describen perfectamente los que debían ser poco más que puestos de vigilancia interna, que ni siquiera está claro que fueran militares en sus fases altoimperiales. El tercer dato interesante a mi propósito es el único análisis polínico para niveles romanos realizado en el vasto territorio (Sesma-García, 1994: 188). A comienzos del siglo ii las especies predominantes eran las de ribera: Sauces, alisos, pinos, coscojas, juncias (y ciperáceas en general) y plantas buenas para el pasto. Dedujo la autora del análisis que debía haber un cauce permanente de agua en las cercanías. Las juncias, sobre todo, sólo se dan en ambientes muy húmedos ^^^. Y estos resultados nos devuelven a los textos del siglo xi y a los mapas del xvii, por los que ya suponíamos que en época romana debía haber en Las Bárdenas muchas más corrientes de agua y un más bien intenso arbolado, que haría del forestal y derivados el uso principal de este extenso ager, aparte de que hubiera trashumancia estacional, ganadería permanente o incluso cultivos cerealísticos aislados. Así pues, estos amplios y meritorios estudios, aunque tuvieran otros objetivos, confirman en mi opinión un tipo de usos restringidos, controlados y muy superficiales, que no inciden de verdad sobre el territorio ni lo modifican. Ello es lo que correspondería a un ager tutelatus, como propuse más arriba. En este sentido debo discrepar de la principal conclusión de los autores, puesto que siempre se describieron Las Bárdenas Reales como un «desierto poblacional» y, en el sentido estricto de lo que puede considerarse sociológica o económicamente una «población», el estudio arqueológico creo que no ha desmentido en absoluto la definición previa ^^^. Pienso, para terminar, que si se confirmaran las hipótesis más arriba expuestas, basadas en la toponimia, los mapas de «no-hallazgos», los textos medievales y modernos, la cartografía del siglo xvii, los agrimensores romanos y, por último, la arqueología, en la reserva forestal y pecuaria romana de Las Bárdenas Reales tendríamos uno de los mejores y más bellos ejemplos de continuidad de un modelo de propiedad y explotación antiguas que puedan encontrarse hoy en nuestro país ^' ^^ aunque muy lamentablemente degradado. Y en todo caso Tutela, Tudela, que es por donde comencé estas reflexiones, encontraría una muy adecuada justificación toponímica si era, como lo fue después y lo es hoy, la principal base de control, gestión y/o vigilancia de un inmediato ager tutelatus. Y máxime si, como más arriba he apuntado, pudo alzarse antiguamente en la propia margen izquierda del Ebro.'' ^^ Me refiero, como es lógico, a la época romana especialmente, puesto que de la medieval ya se podía tener una idea muy aproximada sólo con leer los documentos que Madoz recogía. ^^^ Se añade además que otros análisis polínicos para las fases pre-y protohistóricas arrojan la conclusión de que el ambiente era todavía más húmedo que en época romana. ^^^ Es muy significativo, por ejemplo, que no se encuentren enterramientos, a pesar de que en los fundos privados sí era costumbre hacerlos. ^^^ Tal como expuse hace ya años {Gerión 7, 1989: 183 ss. y fig. 1), el últimamente polémico coto o reserva estatal de Anchuras (hoy de la provincia de Ciudad Real) debía corresponderse en época romana con la praefectura Ucubitana, adsignata a la colonia cesariana de Ucubi (Espejo, CO.) en pleno territorio de Augusta Emerita y contigua a la praefectura Turgaliensis de ésta. Queda, por ultimo, el caso de Bascunes/Barscunes ^^^, conocida hasta ahora sólo por sus amonedaciones del grupo navarro, con sus característicos reversos de jinete con espada. Como ya dije, los mayores lotes de monedas con procedencia de este letrero indígena son de Alagón y de Tafalla {cf. supra), mientras que aparecidas en Pamplona, la capital de los vascones, sólo contamos con tres. Pero bien puede ser una circunstancia accidental y no concluyen te, puesto que Alagón es Alauo y hemos propuesto Curnonion para Tafalla. El parecido de Bascunes con Vascones, a pesar de la vacilación b/v, resulta tan atractivo que resulta difícil no aceptar que fuera el nombre anterior de Pompaelo, pues éste no podía ser el indígena ^"^^ y, como bien da a entender Estrabón (III, 4, 10), ella era «la ciudad de los vascones». Encontré también en este mismo sentido una noticia interesante de ibn Hayyan (1981: 150), en la famosa aceifa de Pamplona, del año' "^^ Sobre esta ceca v. por último Villaronga, 1995: passim y espec. La conocida vacilación Basc-/Barsc-debería resolverse en favor de la primera, a la vista de teónimos como el hallado en Aquitania: Deo Baseei Andosso (a otro propósito citado por Gorrochategui-Lakarra, 1996: 120). "^^ No deja de resultar extraño, sin embargo, que se cambiara el nombre a una ciudad indígena relevante, porque no encaja con la política habitual romana de denominación de ciudades que no se erigían ex novo, como parece ésta. Y me parece igualmente raro que se permitiera memoria tan notable del peor enemigo de César. No es éste es lugar para tratarlo, pero Estrabón (III, 4, 10), la única fuente, no aclara qué Pompeyo es el fundador de Pamplona. Personalmente, dudo mucho que Pompeyo el Grande con todo su imperium fundara una ciudad con su propio nombre que en el año 57 d.C. aún se denomina civitas (CIL II 2958) y en época de Vespasiano sigue siendo estipendiaría (Plinio III,4,24). Se podría defender acaso algún tipo de preterición estatutaria por causa de su origen, pero también se me ocurre que no se debería descartar como fundador algún Pompeyo anterior, como el primer cónsul de la familia, Cn. Pompeius, que en 141 a.C. pacta un foedus inconcluso con los numantinos (Liv., Epit. 54, i. a.); o incluso que fuera el padre del Magno, Cn. Pompeius Strabo, el autor del licénciamiento de la turma Salluitana. Miltner en RE, XXI.2, col. 2254 ss: No sabemos casi nada de su actividad entre el 93 (en que es pretor con su padre, en Macedonia) y el 90 a.C, en que aparece ya comandando una de las legiones del norte de Italia. Se duda si pudo administrar Sicilia en estos tres años, pero quizá tuvo algún destino desconocido en la Citerior. Y está claro que la turma Salluitana de la guerra del 90-89 a.C. se había reclutado antes, entre ciudades ya con cierto nivel de fidelidad, incluidas varias vasconas. Sin ir más lejos, el pacto de hospitalidad citado (II 2958) que los pompelonenses suscriben en el 57 d.C, es una renovatio (por tanto de un pacto ya antiguo) con un L. Pompeius Primianus (no Cnaeus, Caius ni Sextus), a primera vista de Caesaraugusta, a juzgar por su tribu Aniensis (aunque uno de los legados, no sabemos si pompelonés, sí es Sextus, y además Nepos). Parecen quedar, en torno al fundador de Pamplona, algunos interrogantes... 924: An-Nasir llegó por fin a devastar la ciudad de Banbaluna, la cual «da nombre a la región». Como no tenemos constancia para el país de un nombre similar a Pompaelonia ^'^^, cabe pensar que éste al que se refiere Hayyan ÍUQX?Í Bascones/Vasconia. Hay, por tanto, algunos indicios en favor de Pamplona. Pero una segunda alternativa mejor, para la que he encontrado también elementos, la representaría el actual Rocaforte, con su dios Peremusta, «el más alto». Rocafort se ubicaba defendiendo el llamado en época medieval «paso de los Vascones», ruta obligada para el acceso desde el SE a Pamplona y el saltus, una vez pasada Sangüesa. En efecto, el mismo Ibn-Hayyan (1981: 149), en la ocasión recién referida, llama al paso por el que an-Nasir penetra hacia Lunbira (Lumbier) y Pamplona, el «Payy al-Baskuns», «el desfiladero o paso de los Vascones», y a la población junto a él, «Baskunsa». Unos autores interpretan que ésta, patria del rey Sancho, es Sangüesa ^"^^ y otros que Rocaforte (ibn Hayyan, 1981: 146). Pero como ibn Hayyan la llama «aldea», y los árabes ya habían superado el paso, encontrándose en «altos montes y solitarias cimas», creo más posible que se refiera a Rocaforte. Así, Bascunes se encontraría en el punto de control y acceso al corazón del territorio vascón. De las dos hipótesis posibles es ésta, sinceramente, la que más me convence, debido sobre todo a la denominación árabe de Rocaforte-Sangüesa como Baskunsa, que no puede ser más expresiva de su posible nombre anterior: Vascones. Con el mapa de la fig. 13 concluyo ubicando estos 19 posibles nuevos emplazamientos para las distintas ciudades, pasos y territorios que he venido analizando, sumados los indicios de miliarios, calzadas, textos, monedas y otros restos arqueológicos. Como puede verse, por grande y bienintencionado que sea el esfuerzo, la mies sigue siendo inabarcable. Repasando las listas de topónimos medievales (Corona, 1947), se perciben muchos ecos de los que' "^^ Salvo que se esté refiriendo sólo a la cuenca de Pamplona, pero no lo creo.' "^^ Vetus Sancosa, es decir, la vieja Sangüesa, llamaba Ceán Bermúdez (1832: 153) a Rocaforte (el Rocafort de los mapas del XVII), recogiendo viejas tradiciones del pueblo. Pero Sangüesa es posterior a Rocaforte, que parece su núcleo primitivo. Sancuesa, Sanchuesa, Sanguessa y Sanguossa), mientras que no se cita ya en ellos la fortaleza de Rocafort. les precedieron. Lamentablemente, quedan otras muchas ciudades de aún más incierta identificación. Es fácil pensar, como ya se ha dicho muchas veces, que los Iluberritani, con su dios Ilumberri (CIL XIII, 42) vivían en Lumbier, la Lunbira árabe, dominando la ruta, más difícil, que se dirigía hacia la entrada SE de Pamplona. Y quizá sea también factible la posibilidad que he apuntado antes, de que Estella/Irache, con el importante centro neurálgico de Montejurra, se corresponda con Araceli. Pero ¿estaban también aquí los Calagurritani qui et Fibularenses de Plinio? ¿Cuántas ciudades importantes por su epigrafía, rnateriales arqueológicos o su significación nos quedan sin un nombre antiguo que atribuirles? Pienso en interesantes enclaves, incluso con miliarios, como Eslava, o en Barbarín, con sus tres dedicaciones al dios Selatse. ¿Cómo se llamaron en realidad las ciudades santas de San Martín de Unx y de Ujué? ¿Qué nombre devolver a Sos del Rey Católico, que tanto recuerda a los suesetanos pero está en zona vascona, y por donde también pasaba una calzada? ¿El Sisso vascón de Ceán Bermúdez? Y, a la inversa, ¿dónde estuvo la Vativesca criadora de los toros de Marcial ^^°? ¿Y la Bentian monetai? ¿Qué llamar al propio Javier, a Aibar, a Artajona, a Aoiz o a la tan original Aguilar de Codés? ¿Quizá Cuda/ense, como las Coa galaico-portuguesas? ¿Tendrá algo que ver con el letrero Ben-coda en los anversos de Bas cune s y Bentianl ¿Será una confederación o, mejor, un magistrado común? ¿Acaso conserva el topónimo actual, Larraga, el teónimo Larrahe de la vecina Andión? El pueblecito de Sunbilla, sobre la via XXXIV, entre Pamplona y Oyarzun, ¿será eco de una perdida Summa Villal ¿Pudo el jinete Illuersensis, encuadrado en la turma Salluitana pompeyana {CIL I 709 = P, IV, p. 936, 15 ss.), haber nacido en Luesia, el pueblo de tan bello nombre, al N de Farasdués, entre su río y sierra del mismo nombre? Deben de ser los mismos Ilursenses estipendiarios de Plinio'^^ Esta última reducción sí me parece de fácil defensa. Para la época romana seguramente podrían aplicársele a la Navarra Media, casi toda ella ager Vasconum, las mismas definiciones que, para el ámbito geográfico actual, le aplicaba S. Mensúa Fernández, en su excelente estudio de 1960 (pp. 14-15): «Situada en el contacto entre la Depresión del Ebro y las primeras sierras pirenaicas del sector navarro, la Navarra Media es una región de transición, de empalme... que matiza la oposición física y humana entre el Pirineo y las bajas llanuras del Ebro... escalón topográfico intermedio... Entre las tierras esteparias que circundan el Ebro y las tierras francamente oceánicas de abundantes y regulares precipitaciones. Límite entre las especies arbóreas atlánticas y los matorrales xerófilos». Y también en lo histórico: «Frontera que señala la estabilización de las conquistas árabes... tierra de nadie... Cuando Tudela es recuperada para el reino cristiano [siglo xii], la Navarra Media sigue siendo una zona de fricción entre Navarra, Castilla y Aragón... Las fronteras lingüísticas entre el vasco y el castellano pasan por nuestra región hasta la Edad Moderna...» Transición también en el tipo de poblamiento humano: «Encontramos aquí, junto a grandes núcleos, con una cierta organización urbana en plano... las formas de dispersión en pequeñas aldeas'^" Cf. supra nota 17.'^' Me parece más fiable la lectura Illuersensis, en el bronce de Ascoli, que la tradición manuscrita Iliirsensis de Plinio, del mismo modo que ocurre con los ascolitanos Libenses, también desconocidos «entre los Pirineos y el Ebro» (Tovar, 1989: C-634, de una Liba distinta de la Libia berona). ¿Sería, ya por último, el monasterio de Ntra. Sra. de la Oliva (un árbol no muy representativo de la región) evocación de una antigua Liba? y caseríos agrupados en valles, propias de la montaña...» Y la transición agraria: «Entre dos zonas de cerealistas de monocultivo, la Navarra Media conserva el antiguo policultivo de cereales, viñedo y olivar... Con un fondo de dominio de la pequeña propiedad, coexisten las grandes... Conviven también en la explotación ganadera los sistemas de organización de pastos de ambos orígenes, la montaña y la Ribera...» Eslabón de enlace, vía de contacto, vehículo de intercambio y comunicación, con rutas trashumantes e importantes ferias y mercados, donde se encuentran para comerciar montañeses y ribereños. Así exactamente, porque la geografía y la topografía siempre se han impuesto sobre el hombre y los lugares donde habita, debió ser el ager Vasconum, crisol de culturas y lenguas mucho antes de que los romanos clavaran allí sus enseñas y ellos tuvieran que comenzar a ser trilingües. Pero debieron hacerlo sin grandes dificultades. Porque las zonas de transición tienen los hábitos de adaptación muy arraigados. BIBLIOGRAFIA AGUAROD OTAL, M. C. y MOSTALAC CARRILLO, A.
En el presente artículo se realiza un estudio amplio de los núcleos rurales de época republicana en Cataluña (zonas litoral y pre-litoral), que pone en cuestión la interpretación tan ampliamente aceptada de la aparición de villae romanas desde finales del s. ii a.C. Los últimos yacimientos excavados y el reestudio de algunos más antiguos permiten constatar la importancia del mundo indígena en transformación (el mundo «ibérico final») en contraposición a una presencia «colonial» escasa. A partir de esta constatación se propone un nuevo modelo de interpretación histórica. En la literatura arqueológica predominante es usual la referencia a la cronología especialmente precoz en que tuvo lugar la implantación de las villae romanas en Cataluña, la puesta en práctica de lo que algunos autores han venido en llamar el «sistema de la villa». Grosso modo, este florecimiento de las villae se iniciaría a partir de la segunda mitad del s. II a.C. y se completaría a lo largo de la primera mitad del siglo i a.C, con lo que la extensión de este «sistema de la villa» se habría consumado prácticamente en época augustea K Cataluña, especialmente su sector costero, se ha convertido así en un caso paradigmático para explicar el rápido desarrollo de las villae fuera de Italia, en un modelo que antecede incluso cronológicamente a numerosas regiones de la misma península tirrènica, y que ha sido utilizado como un punto de referencia para interpretar otros procesos de romanización ^ También es frecuente que este surgimiento de las villae sea puesto en relación con la llegada de importantes contingentes de población itálica y romana, colonos que trajeron al Nordeste de la Península nuevas técnicas constructivas y nuevos modelos arquitectónicos y urbanísticos, reflejo de un nuevo tipo de relaciones sociales de producción. La presencia de villae republicanas no haría sino demostrar el elevado grado de romanización de estos territorios y la antigüedad del proceso. Este modelo interpretativo, sin embargo, ha sido ya cuestionado en algunas zonas ^ y parece ser en realidad menos sólido de lo esperado. Como veremos, los datos arqueológicos no parecen demostrar las cronologías tan antiguas de las villae catalanas, sino más bien todo lo contrario. Se impone en realidad una clarificación de estos datos para evitar así la tan frecuente presencia de lo que podríamos llamar «bolas de nieve» historiográficas, desmitificando algunos tópicos y presentando nuevos elementos para la reflexión histórica. * Este trabajo forma parte del proyecto de investigación dirigido por el Prof. A. Prieto, «Espacio social del poder en la Hispânia Romana», DGICYT PB93-0868. Agradecemos al «Servei d 'Arqueologia de la Generalitat de Catalunya» las facilidades dadas para la consulta de las memorias de excavación inéditas.' Esta evolución contrasta con la de otros territorios y así Le Roux (1995: 136) destaca la paradoja de que en la misma Bética la aparición de las villae es muy posterior a la de Cataluña, justificándolo sin embargo con una explicación poco convincente (las consecuencias de las Guerras Civiles en el Sur). ^ En este sentido fue pionera la investigación de la Prof. Rosa Plana en el territorio del Empordá, donde se cuestionó la existencia de estas villae republicanas (Plana, 1990). Más recientemente, yo mismo he analizado esta cuestión en el Maresme (Olesti, 1995; Olesti, en prensa), y A. Aguilar (1993) Seguidamente presentamos un conjunto de yacimientos significativos, que nos permitirán observar algunas características generales del poblamiento rural de época republicana. Posteriormente, a partir de estos datos, propondremos un nuevo modelo de interpretación histórica. No pretendemos aquí entablar una discusión sobre qué es o no es una villa' ^, ni tampoco nos es posible reestudiar sistemáticamente todo el conjunto de estas hipotéticas villae republicanas catalanas. Nos limitaremos a analizar, a partir de los datos ofrecidos por los propios arqueólogos que excavaron estos yacimientos, algunos ejemplos significativos de entre los más citados, pues a través de su reestudio es posible plantear una nueva interpretación. A su vez, recogeremos también los datos de algunos yacimientos arqueológicos excavados recientemente que han aportado estructuras de s. ii-i a.C, pero que lejos de ser villae constituyen magníficos ejemplos de establecimientos rurales del ibé-' ^ La cuestión ha sido tratada ampliamente por diversos autores, a los cuales nos remitimos -en España los ya clásicos Fernández Castro, 1982; Gorges, 1979; Prevosti, 1984, o los más recientes Leveau et alii (1993:.43-61), o Nolla et alii (1995: 39-5)-. En cualquier caso, para nosotros la villa debe poder distinguirse arquitectónicamente de los establecimientos indígenas, y en este sentido consideramos básica la existencia de una diferenciación entre la pars urbana y la pars rustica, elemento típicamente romano. rico final, es decir, de cronología republicana pero de filiación indígena. Como intentaremos demostrar a continuación, en el período republicano no hay tanta diferencia entre unos y otros. Lógicamente algunos problemas, como la posibilidad de atribuir filiaciones étnicas o culturales a partir del registro material, o la cuestión de las villae «rústicas», se interpondrán en nuestro discurso, pero ello no creemos que afecte a los resultados finales. Proponemos una nueva lectura de los datos arqueológicos que no pretende cuestionar los resultados conseguidos por los investigadores que trabajaron en estos yacimientos, sino tan sólo abrir nuevas vías a la interpretación histórica. Veamos seguidamente algunos ejemplos representativos de estas supuestas villae republicanas ^. Para seguir un orden de exposición claro, hemos agrupado estas villae básicamente en torno a tres subregiones catalanas, litorales y pre-litorales, tomando como referencia el actual sistema comarcal: la zona sur (Baix Penedés, Alt y Baix Camp, Tarragonés, Garraf), la zona centro (Baix Llobregat, Maresme. Se trata de tres ^ No podemos entrar en detalles respecto a la cultura material de estos yacimientos, debido a la lógica falta de espacio. Deberemos así hablar de «campanienses A y B» o de «cerámica común ibérica» sin especificar, aunque somos conscientes de las limitaciones de esta información. También es necesario recordar que no han sido publicados de una manera completa los materiales de buena parte de estos yacimientos. áreas con una elevada densidad de poblamiento antiguo y una notable información arqueológica. Las interesantes prospecciones llevadas a cabo por el equipo del Prof. Keay (1989:126) en el ager Tarraconensis han puesto de relieve la elevada densidad de yacimientos rurales de tradición indígena que perviven en época republicana, así como la aparición de nuevos establecimientos a partir de la segunda mitad del s. ii a.C. Aunque a estos nuevos yacimientos se los consideró inicialmente villae, en realidad los materiales superfíciales no permitían afirmarlo ^. Más recientemente, Keay ya los califica de probables granjas ocupadas por indígenas, aunque sigue defendiendo la existencia de algunas villae, como El Moro y L'Argilera (Keay 1990:130). -UArguera (Calafell, Baix Penedés). Aunque Keay la define como una «no-sofisticada granja romana», l'Argilera es un yacimiento ibérico final que responde a las tradiciones constructivas y de cultura material ibéricas (Sanmartí et alii, 1984). Su evolución se repetirá en otras zonas: inicialmente se documenta un sector ocupado por silos ibéricos, amortizados en el s. iv a.C, donde en el último cuarto del s. ii a.C. se construye un pequeño núcleo rural de carácter indígena ^. El lugar se abandona a principios del s. i a.C, cuando mostraba una elevada presencia de innovaciones técnicas romanas: tegulae, pavimentos y enlucidos obtenidos con un mortero de arena y cal, dolía, elevada presencia de piezas y ánforas itálicas, etc. A pesar de ello, el tipo de muros y de hogares y los elementos de la cultura material (con el predominio absolutcf de los materiales ibéricos, donde destaca la presencia de cerámica a mano de tradición local) permiten afirmar la filiación indígena del yacimiento. -El Moro (Torredembarra, Tarragonés). A pesar de ser un yacimiento muy citado, sólo se conoce de él una única publicación, poco clarificadora para nuestro trabajo (Terré, 1987). La villa existe ^ Keay, en su meritorio trabajo, clasifica los yacimientos superficiales que presentan materiales del s. iv-iii a.C. como «ibéricos», mientras que aquellos que presentan materiales del s. ii-i a.C. son llamados «romano-republicanos» (Keay, 1987: 54). Se presupone así un tipo de filiación cultural diferente según la cronología y se hace difícil identificar el poblamiento ibérico final.'' Es destacable también la presencia de algunos materiales residuales de s. m a.C. en las estructuras de habitación (p. 29 y 30). con seguridad como tal a inicios del s. i d.C, cuando se data la construcción de unas termas que reaprovechan estructuras anteriores, sin fechar. El sector más antiguo excavado corresponde a dos habitaciones pavimentadas con signinum decorado con teselas blancas. Sus muros no presentan cal, sino arcilla, y un zócalo enlucido en negro. Se localizaron también unos depósitos y canalizaciones de función desconocida. Los materiales recuperados (desconocemos cuáles) confirman la ocupación inicial de estas estructuras entre finales del s. ii a.C e inicios del i a.C, y su perduración hasta el s. i d.C A esta fase debe pertenecer también un capitel toscano reaprovechado en estructuras posteriores. La villa se abandona en época flavia ^. Considerado por algunos como un ejemplo de villae republicana, los datos arqueológicos muestran tan solo la existencia de un establecimiento augusteo y altoimperial, donde han aparecido materiales fuera de contexto de finales del s. ii a.C. y del i a.C e incluso materiales ibéricos del s. iv a.C (Palet et alii, 1993: 731). Las estructuras, que corresponden a una villa propiamente dicha (con una espléndida pars urbana asociada a un conjunto termal), son del segundo cuarto del s. I d.C. y fueron precedidas por un núcleo industrial augusteo (donde se produjeron ánforas vinícolas, entre ellas las Dressel 1 tarraconenses. Sin embargo, en los niveles iniciales del establecimiento augusteo el porcentaje de material ibérico final respecto al romano es abruma-dor^. Se trata en parte de «materiales residuales», indicativos de la existencia previa de un núcleo ibé-^ Desgraciadamente no se conoce ni la estratigrafía del yacimiento ni el inventario de los materiales. Ello nos impide saber si existen también aquí materiales ibéricos finales, así como la posible existencia de sub-fases en la evolución de la fase I. En cualquier caso parece probable la existencia de unas termas augusteas y de un establecimiento lujoso más antiguo. ^ Así, en la U.E. 3022, un nivel fundacional, frente a 16 fragmentos de cerámica de paredes finas, 5 fragmentos de común itálica, y 18 fragmentos de cerámica reducida, encontramos 386 fragmentos de cerámica ibérica (donde destacan piezas como los kalathoi, bordes de cuello de cisne, etc.). Asimismo, a nivel anfórico, frente a los 15 fragmentos de ánfora itálica, 3 fragmentos de africana y 29 fragmentos de romana indeterminada, aparecen 404 fragmentos de ánfora ibérica. No se trata de un estrato atípico, es constante el material ibérico final que aparece en los niveles augusteos: fragmentos de campaniense A y B, 1 fragmento de ánfora grecoitálica, ánfora Dressel 1, ánforas apaleas y, destacando siempre en los porcentajes de materiales de estos niveles, abundante cerámica ibérica: ánfora de boca plana, kalathoi, piezas discoidales, fusayolas, e incluso cerámica a mano (en la U.E. 3007; Pou-Revilla, 1993). En las excavaciones de 1994 ha aparecido incluso un horno cerámico que correspondería a estas estructuras de la segunda mitad de s. ii a.C. (Pou-Revilla, 1996: 109). AEspA, 70, 1997 rico final en el mismo emplazamiento o cerca de él, pero también este material de filiación indígena parece definir la cultura material de los pobladores de época augustea ^°. Como veremos, no se trata de un caso único. Frente a estas hipotéticas villae republicanas, conocemos en esta zona sur numerosos ejemplos de yacimientos indígenas de cronología republicana, es decir, ibéricos finales. Han sido excavados recientemente, lo que ha permitido identificar claramente su filiación indígena y no confundirlos con una villa. -Barrane del Prat (Juncosa, Baix Penedés). Se ha identificado aquí un establecimiento ibérico final, dividido en dos ámbitos, con muros de piedra seca (Burés et alii, 1993). Alrededor se han excavado cinco silos, cuatro de los cuales son contemporáneos (aparece campaniense A y B, imitaciones locales de campaniense, kalathoi, común ibérica, cerámica a mano muy abundante, etc.). En algunos silos aparecieron restos de dolia y molinos circulares. El quinto silo, sin embargo, fue amortizado con material de finales del s. m e inicios del ii a.C, por lo que respondería al poblamiento del ibérico pleno. El yacimiento se abandonó a principios del s. i a.C. Aquí se ha localizado un pequeño habitat ibérico final, del cual se conocen al menos cuatro ámbitos, en dos de los cuales aparecieron silos (Macias-Remolà, 1993). El material es claramente de filiación ibérica, con abundante presencia de ánfora ibérica, cerámica a mano, fusayolas, etc. El habitat tiene un precedente del ibérico pleno, con dos silos y estructuras murarías amortizadas a finales del s. m e inicios del II a.C. El yacimiento se abandona definitivamente a mediados o segunda mitad del s. i a.C. A unos 600 m de este yacimiento apareció un horno cerámico rectangular, de tipo romano (aunque los muros de soporte del talud donde está construi-'° Algunos autores han puesto en relación estas estructuras del Vilarenc con la última fase de ocupación del poblado de Alorda Park, situado a 1 km de distancia. Allí, en la primera mitad del s. i a.C, sobre las ruinas del poblado abandonado hacia el tercer cuarto del s. ii a.C, se erige una estructura que según Sanmartí-Santacana (1993: 193) recuerda lejanamente a las villae del Lacio. Sin embargo, la planta publicada no parece demasiado clara y en cualquier caso su ubicación encima del poblado, junto con la pervivencia más o menos clara de la ocupación indígena, tampoco parece demostrar la existencia de una villa republicana ex nihilo, sino más bien la continuidad en la ocupación residual indígena (una evolución similar a la detectada en otros poblados ibéricos catalanes). También podría tratarse de un caso parecido al detectado en Mas Gusó, que más adelante veremos. Además, es posible la existencia de un pequeño núcleo rural ibérico pleno en el mismo centro de «El Vilarenc», como ya indican Palet et alii (1993: 742), si tenemos en cuenta algunos materiales «residuales» aparecidos en el sector I. do son de piedra seca). No se conoce su producción, pero es significativo que en L'Albornar apareciese cerámica común deformada y quemada, que debió de producirse en las inmediaciones. La villa propiamente dicha aparece tan sólo en los primeros años del s. ii d.C, aunque el poblamiento en la zona se remonta al s. v a.C. (López, 1991; López et alii, 1992; AA.VV., 1995: 301). El lugar se encuentra inicialmente ocupado por un establecimiento ibérico pleno, que a partir de la primera mitad del s. ii a.C. sufre importantes transformaciones urbanísticas, convirtiéndose en un poblado muy romanizado (nueva red de calles, con cisternas y canalizaciones, utilización de técnicas constructivas romanas, etc.). Este núcleo se abandona hacia el 50/40 a.C. y en los niveles de amortización de las estructuras, junto a un conjunto material de origen ibérico (con presencia de cerámica a mano, fusayolas, etc.), aparecen elementos como tegulae y fragmentos de signinum. Si seguimos a López (1991: 148), probablemente se trata de materiales procedentes de un nuevo establecimiento ubicado muy cerca, sin solución de continuidad, del cual conocemos el sector dedicado a la producción de ánforas vinarias que inicia su producción con las ánforas Pascual 1 y similares (las llamadas Darró 1, 2, 3). En cualquier caso, los materiales de los niveles de abandono son indicativos del origen indígena de sus ocupantes y de su elevado grado de romanización. Finalmente, este centro industrial, situado cerca de una hipotética villa augustea, no excavada, se abandona a principios del s. II d.C, coincidiendo de nuevo con la fundación a escasos metros, ahora sí, de la villa romana propiamente dicha. Para concluir con esta zona meridional, no estaría de más recordar que algunos estudios sobre el poblamiento antiguo desarrollados en estas comarcas, como por ejemplo en el Alt y Baix Penedés (Miret-Revilla, 1990: 211; Cebriá et alii, 1993), destacan la superposición de los yacimientos republicanos a establecimientos dispersos ibéricos y la dificultad en establecer su origen indígena o romano-itálico. Tampoco hay datos para hablar de villae, y cuando hay información procedente de excavaciones ésta apunta más bien a una filiación indígena del yacimiento. De nuevo aquí deberemos limitarnos a dar algunos ejemplos, pues se trata de una zona con gran cantidad de información arqueológica. Como hemos hecho para la zona sur, presentaremos primero los yacimientos calificados como villae republicanas, para posteriormente dar algunos ejemplos de habitats ibéricos finales. A pesar de ser citada como un ejemplo de villa (Solias, 1993: 90), pues aparecieron en el yacimiento dos depósitos recubiertos de signinum, muros con cal y enlucidos, tegulae e imbrices, este establecimiento se define mucho mejor como un núcleo ibérico final, perduración del cercano establecimiento de la Plaça de les Bruixes I (Palau- Ribes, 1978), como lo denota la presencia entre los depósitos de un par de silos y una cultura material de filiación ibérica final, incluso con algunos grafitos ibéricos ^^ -La Muntanyeta (St. Boi, Baix Llobregat). Se excavaron los restos de un pequeño establecimiento del que se conocen diversos silos y restos de un depósito en signinum, del s. ii-i a.C. Parece tratarse de un nuevo habitat ibérico final, como lo hace pensar la presencia de una campaniense B con un grafito ibérico (Albareda et alii, 1986: 64). No se conocen estructuras del s. ii a.C. o primera mitad del i a.C, aunque hay un importante lote de materiales de esta época que proceden del yacimiento, con elementos de filiación indígena ^^. Las primeras estructuras conocidas corresponden a un centro productor de ánforas, datable en torno a la segunda mitad de s. I a.C, con producción de Pascual 1 y Dr. 2/4 (AA. Entre el año 15 a.C. y el cambio de Era, sobre estos hornos se construye un nuevo edificio, correspondiente a una esplendorosa villa con una zona termal, aunque la decoración musivaria que conocemos deberá esperar a una remodelación de época severa. De nuevo, pues, en un lugar con precedentes dentro del ibérico final y tras una fase donde el lugar es un centro productor de " El material recuperado comprende campaniense B, ánfora Dressel 1, ánfora ibérica, kalathoi, platos, ollas y páteras de cerámica a mano, fusayolas, fragmentos de dolium, etc. Es muy indicativa la presencia de grafitos ibéricos sobre ánfora de boca plana (Palau-Ribes, 1978: fig. 24).'^ Algunos fragmentos de campaniense A y B, cerámica ibérica pintada, gris ampuritana (una con un grafito latino y otra con un grafito «en forma de fletxa», probablemente ibérico, signo «U»), una pequeña olla de cerámica a mano, una tapadera en cerámica común romana con un grafito ibérico (Prevosti, 1981: fig. 67.7), monedas ibéricas de Iltirces, Eusti, Sedeíscen, laca, Neroncen, tres monedas de Ebusus del s. I a.C, y un falso denario del 74 a.C. (Prevosti, 1981: 251 ss.). Incluso en intervenciones recientes se localizó en contexto residual un fragmento del Taller de las Pequeñas Estampillas. Aunque no hay estructuras, el material parece indicar la presencia de algún tipo de establecimiento más antiguo, quizás arrasado por las estructuras posteriores. ánforas, en época augustea o poco después se instala una villa. Es una de las villae más lujosas del Maresme. Las estructuras más conocidas, localizadas en los trabajos antiguos (termas, mosaicos, piezas escultóricas), corresponden a las fases alto-imperiales (con una gran fase en época severa, como lo demuestra el estudio de los mosaicos) ^^. Recientemente se excavaron las áreas industriales, localizándose diversos hornos cerámicos y sus testares (que producían ánfora Laietana 1 y Pascual 1), así como depósitos vinícolas, una prensa, almacenes de dolia, etc. (Burés-Marquès, 1991). Se identificaron niveles del s. ii-i a.C, que corresponden a los restos de un depósito recubierto de signinum. El nivel más antiguo (U.E. 28) presenta un material que podemos calificar de ibérico final ^^. Estos materiales deben ponerse en relación con los materiales recuperados en los trabajos antiguos (Prevosti, 1981: campaniense A y B, ánfora Dressel 1, ánfora de boca plana, kalathoi, etc.), así como con los «estratos ibéricos» localizados por Serra Ráfols, que ahora sabemos debían ser posiblemente ibéricos finales. En este contexto, es de gran interés la publicación de un grafito ibérico sobre un fragmento de campaniense A (Panosa, 1993: 188) procedente de este yacimiento. Extracciones de tierra destruyeron aquí algunas habitaciones de una villa. Entre los materiales recuperados, básicamente alto-imperiales, aparecieron algunas imitaciones de barnices negros del s. m a.C. y un fragmento de greco-itálica (Prevosti, 1981: 85), así como material ibérico final: campaniense A y B, ti-' ^ Prevosti, 1981: 72. La pars urbana de la villa fue «excavada» a finales del siglo pasado. Serra Ráfols (1962) continuó los trabajos en los años 40, localizando unos interesantes y polémicos «estratos ibéricos bajo villas romanas». A pesar de que autores como Keay (1990: 135) citan la existencia aquí de una granja con muros de piedra y mortero y un pavimento de signinum decorado con teselas, datado a finales del s. ii-inicios del s. i a.C, esto no puede ni mucho menos afirmarse. No hay ninguna conexión estratigráfica entre estas estructuras y los hipotéticos niveles republicanos, pues fueron excavadas por Ll. Galera siguiendo un peculiar registro. Como es típico de las villae del Maresme, bien estudiadas por Prevosti (1981), de estos yacimientos conocemos tan sólo unas estructuras ya excavadas y una mínima parte de los materiales recogidos depositados en algún museo. Datar las estructuras de las villae por los materiales más antiguos no parece lo más correcto. Un estudio más global y detallado en Olesti, 1995.' "* Cerámica común ibérica, kalathoi pintados, ánfora ibérica y ánfora itálica (Burés-Marqués, 1990). Un nivel superior del depósito (U.E. 21) tiene unas características similares: cerámica ibérica, un bicónico de cerámica reducida, ánfora ibérica e itálica. Además, el signinum está compuesto por fragmentos de ánfora itálica y cerámica ibérica tardía (Olesti, 1995). najas ibéricas pintadas, ánfora ibérica, cerámica a mano, etc. Recientes excavaciones (Carreras et alii, 1992) han identificado la existencia de estructuras alto y bajo-imperiales. En los niveles inferiores, sin embargo, han aparecido estructuras construidas en piedra seca irregular, que utilizaba también fragmentos de tegulae y ánfora, así como la huella de un dolium. De estas estructuras sólo se conoce el estrato de amortización (por ejemplo U.E. 1012), de mediados del s. i d.C, pero entre este material hay también campaniense B, cerámica común de tradición ibérica, ánfora Dressel 1 Laietana, ánfora Laietana 1, ánfora ibérica, Dressel 1 itálica, etc. Además, entre el material recuperado antiguamente ya había fragmentos de cerámica de tradición ibérica y ánfora Dressel 1 Laietana de mala cocción y deformados, indicio de la existencia cercana de un horno de filiación indígena productor de ánfora y cerámica. El lugar es ocupado desde época ibérica plena, aunque sólo se conoce un estrato sin estructuras. Posteriormente, tras un hiato del s. m a.C. o primera mitad del II a.C, el lugar se ocupa de nuevo. No conocemos tampoco estructuras, sino una buena cantidad de materiales del s. ii-i a.C. presentes en niveles augusteos (campaniense A, B y B-oide, cerámica común ibérica e itálica, ánfora ibérica y Dressel lA, cerámica a mano, etc.). Todo este habitat sufre una importante remodelación en época de Augusto, cuando se erigen nuevas construcciones que denotan un fuerte grado de romanización (un lacus en signinum, una área con dolia, etc.). Sin embargo, como destaca López (1989: 204), estas nuevas construcciones siguen utilizando las técnicas ibéricas, con muros de piedra y arcilla (algunos con fragmentos de tegulae) y la cultura material, con cerámica a mano, sigue siendo ibérica final. A su vez, al pie de la colina se establece un horno productor de cerámica común y ánforas (Laietana 1 y después Pascual 1 y Dr. 2/4). Significativamente, la cerámica producida sigue los m'bdelos ibéricos: kalathoi, bicónicos, etc. Incluso en alguna ánfora aparece un grafito y una estampilla que puede interpretarse como ibérica (López, 1989: 169, fig. 8). El yacimiento se abandona prematuramente (aparece en los últimos niveles T.S. Sud-gálica). Esta posible villa se encuentra situada en la vertiente de un pequeño cerro, en lo más alto del cual se encuentra situado un establecimiento ibérico (Puig Castellar). Al pie del cerro se conservan también los restos de un horno cerámico antiguo sin datar. La villa de Can Martí fue «vaciada» por aficionados en los tro en plomo, una área de almacenaje en dolía, abundante presencia de ánforas vinarias itálicas, elementos metálicos, etc. Entre el material recuperado, que puede datarse entre mediados del s. ii a.C. y mediados del i a.C. ^^, destaca la presencia de campaniense Ay B, ánfora Dressel 1 y 2/4, ánfora púnica, cerámica común itálica e ibérica, kalathoi, ánfora ibérica, moneda ibérica, etc. También es significativa la presencia de cerámica ibérica a mano (U.E. 30, 41), así como la existencia de diversas piezas de cerámica campaniense B con grafitos ibéricos (U.E. 25; Panosa, 1991), lo que parece delimitar un horizonte ibérico final. En cualquier caso, no estaríamos tampoco frente a una villa, sino a una zona de almacenes estructurados en torno a una calle o vía central, con una clara funcionalidad de redistribución y tal vez de producción. La ocupación del lugar se inicia con un conjunto de 25 silos del ibérico pleno y, tras un hiato de primera mitad del s. ii a.C, continúa con un asentamiento del ibérico final, tal y como lo definen Carbonell et alii (1991: 151). Se ha excavado un conjunto alineado de unos 20 silos y fosas ibéricas, amortizados con material como la campaniense A y B, ánfora itálica, cerámica a mano, ibérica pintada, fragmentos de pavimento de arcilla cocida, adobe, dolia, tegulae, etc. Poco antes del cambio de Era, sobre este núcleo productivo, y quizás tras un breve hiato de algunas décadas, se sitúa un centro de producción agrícola e industrial: un edificio de planta rectangular, un pozo, diversos silos para almacenar grano, un almacén de dolia, un depósito de decantación de arcilla y un horno cerámico (que produjo Pascual 1 y Dr. 2/4, con alguna estampilla ibérica'^). A mediados del s. I d.C. se remodela el edificio, con un nuevo lacus, un mayor almacén de dolia y tres nuevos hornos. El centro se abandona a finales del s. ii d.C. Se ha calificado el yacimiento como villa, a pesar que no hay ningún resto de una posible pars urbana. En cualquier caso, no existe como villa en época republicana e incluso en época augustea sigue siendo un centro productivo (con silos) y no residencial. El lugar fue excavado en los años 40, identificándose una importante villa y un centro productor tanto de án-''' En los niveles de amortización de las estructuras aparece ya campaniense B-oide. Es interesante destacar que de forma residual ha aparecido también un fragmento de una pieza Morel 2764a, que podría datarse a finales del s. m a.C, quizás indicio de una ocupación anterior.' *^ Entre las marcas anfóricas de los envases producidos en Can Feu, aparecen algunas claramente ibéricas (Martínez et alii, 1987: fig. 4.11, signo «ko», y posiblemente 4.3, 4.10). fora como de cerámica. Parece clara la existencia de unos niveles previos ibéricos finales (con campaniense A y B, Dressel 1). También se detectaron materiales típicos del ibérico pleno, indicio de una ocupación anterior (López Pérez, 1994). La primera estructura bien datada que se conoce es un horno de planta rectangular, que contenía en su interior ánforas Laietana 1. No obstante, se ha documentado una producción anterior de Dressel 1 Laietanas, una de ellas con la marca M.COS. También algunas ánforas presentan grafitos, alguno ibérico (Casas, 1987: Fig. 9.10). La producción anfórica parece terminar con las Laietanas 1 o poco después y a mediados de s. I d.C. se inicia la producción de T.S. Hispánica. La villa romana de Boades se encuentra situada en la confluencia de los ríos Llobregat y Cardener, en un punto de gran interés estratégico, ya ocupado desde el s. vi a.C. (Daura et alii, 1995). Un gran asentamiento del ibérico pleno, con una zona dedicada al almacenamiento de grano en silos, fue el precedente de un establecimiento ibérico final localizado también en los trabajos arqueológicos. Se identificó un conjunto de silos del s. ii-i a.C, así como un estrato con material ibérico de este periodo (donde apareció cerámica a mano), un pavimento y un hogar, ubicado inmediatamente por debajo de los niveles de la estructura alto-imperial. Entre los materiales aparecidos en el silo n° 1 destacan la campaniense A y B, la cerámica ibérica a mano, ánfora ibérica, gris ampuritana, kalathoi pintados y diversas piezas con grafitos ibéricos, así como uno en latín, vinum. Sobre estas estructuras se construye, dentro de la segunda mitad del s. i a.C, sin solución de continuidad, un edificio de función productiva, identificado como la pars rustica de una villa (aunque la villa propiamente dicha podría ser posterior). También se han excavado dos hornos cerámicos, sin que se conozcan sus producciones. Contrastando con estos yacimientos (calificados como villae por determinada bibliografía), han sido excavados recientemente algunos establecimientos que de nuevo deben ser calificados como ibéricos finales, de filiación indígena, y que no presentan problemas de interpretación. Veremos tan sólo dos ejemplos. Es un habitat ibérico final, con diversos ámbitos domésticos (cada uno con su hogar, de tipología ibérica, correspondientes a diversas familias), donde se han incorporado ya las técnicas romanas (Codex, 1992). Los muros son de piedra y arcilla, si bien se utilizan también fragmentos de tegulae. Los pavimentos son de tierra batida y la cobertura de tegulae. AEspA, 70, 1997 hay silos, por lo que no se trata de una granja, sino de un área de habitat, quizás relacionada con la existencia cercana de áreas de producción cerámica y anfórica (Can Notxa, etc.). La cultura material es claramente indígena: cerámica ibérica mayoritaria, con presencia de cerámica a mano, piezas discoidales, etc. El núcleo se funda en la segunda mitad del s. II a.C. (aunque hay materiales del ibérico pleno residuales) y se abandona en época de Augusto. En época ibérica plena el lugar es ocupado por un pequeño asentamiento rural, con diversas habitaciones y algunos silos, que se abandona a finales del s. m a.C. (Cura-Sánchez, 1992). Durante la segunda mitad del s. II a.C. el lugar es ocupado de nuevo por un conjunto de tres habitaciones estructuradas en torno a un muro común, separadas por un hipotético patio de una cuarta habitación. En el área intermedia se construyó una estructura absidal, que podría corresponder a un estanque. La planta de las estructuras es bastante irregular y sus muros responden de nuevo a la tipología ibérica ^^. Al lado de las construcciones se excavaron un mínimo de dos silos con material del s. ii-i a.C. El yacimiento parece abandonarse definitivamente dentro de la primera mitad del s. i a.C. (no hay B-oides). Entre el material aparecido destaca la campaniense A y B, ánfora Dressel lA, ánfora PE 16, cerámica común itálica y africana, y material ibérico: ánfora de boca plana (19 % del total de los fragmentos recuperados), cerámica a mano, fusayolas, etc. Es significativa la presencia de un grafito ibérico en una pieza campaniense. Así pues, como hemos visto, en toda esta zona centro la evolución cronológica parece ser similar y numerosos yacimientos parecen seguir unas mismas pautas. Lógicamente, tan sólo hemos podido reflejar aquí una parte de los datos conocidos, pero en algunos territorios más estudiados, como el Maresme (Olesti, 1995) o el Baix Llobregat, se han documentado otros muchos ejemplos (Vila Velia de St. Boi, Castell de Castelldefels). Para el caso del Valles, las excavaciones recientes de algunos yacimientos (l'Aiguacuit, Can Jofresa, etc.) muestran también cómo la edificación de las villae es posterior a Augusto, y normalmente se produce en un segundo momento en la evolución del establecimiento, hacia finales del s. i d.C. En cualquier caso, no parecen yacimientos tan alejados de los ya vistos, pues por ejemplo en Can Jofresa han sido recu-peradas algunas piezas con grafitos ibéricos (Panosa, 1991: yac. n° 21). Nos referimos aquí a las comarcas más occidentales de la provincia de Gerona, bien conocidas a nivel arqueológico y que presentan numerosos yacimientos con niveles republicanos. De nuevo seleccionaremos algunos casos paradigmáticos, presentando primero algunos ejemplos de hipotéticas villae republicanas para después recoger algunos ejemplos de habitats ibéricos finales. En el lugar donde se alza la villa hubo desde mucho antes un poblado ibérico, según lo califica A. López (AA.VV, 1995: 287). Más que de un poblado parece tratarse de un establecimiento menor, del cual se conocen algunas estructuras del período ibérico final (ii-i a.C): diversos silos y los restos de una habitación, de clara filiación ibérica (López, 1992: 81). De todas maneras hay materiales dispersos del ibérico pleno. El estrato de amortización de las estructuras ibéricas finales se corresponde con la misma capa arqueológica que se utilizó para elevar este sector al construirse las estructuras de la pars urbana de la villa propiamente dicha, en los años finales del s. i a.C. ^". Este edificio augusteo es mal conocido, pero podría tratarse de una villa de corredor. Dentro de la primera mitad del s. ii d.C. el edificio sufre fuertes remodelaciones, con la construcción de un pórtico y unas termas, tomando un aspecto mucho más suntuario. A finales del s. i a.C. se edificó en este punto un centro vinícola, del que se conocen una serie de estancias alineadas a ambos lados de un pasillo central (López et alii, 1987: 324). Los muros son de piedra y arcilla, calificados como de técnica ibérica, si bien en el aparejo también se incluyen fragmentos de tegulae (López et alii, 1985). Sin embargo, en estos estratos aparecen numerosos fragmentos de campaniense B, algunos de A, y ánfora Dressel IB, indicios de una ocupación anterior. El centro parece estar ligado a una actividad productiva y se abandonará en época flavia, por lo que no parece lo más adecuado calificarlo de villa. Del lugar se conocen producciones de ánfora (Pascual 1 y Dr 2/4) y de cerámica común, que presentan formas inspiradas en precedentes ibé- -Vilauba (Camós, Pía de l'Estany). La villa propiamente dicha se construye hacia finales del s. I d.C. y de ella conocemos su parte urbana (donde destaca la identificación de un larario), así como algunos ámbitos dedicados a actividades productivas (como la producción de aceite). Del período republicano sólo se conocen materiales aparecidos en fosas y rellenos hallados en el terraplenamiento previo a la construcción de la villa (sobre todo ánforas ibéricas e itálicas), datables a finales del s. ii-inicios del I a.C. A pesar de los pocos datos, los autores creen en la existencia de una villa de época republicana (AA. -Casa del Racó (St. Julia de Ramis, Girones). A principios del s. i a.C, en la vertiente septentrional del monte donde se encuentra ubicado el poblado ibérico de St. Julia se edificó un pequeño establecimiento agrícola, del que se conocen tres muros que delimitan una estancia, en cuyo interior apareció un silo. Los arqueólogos reconocen que, si bien las estructuras no son típicamente romanas, tampoco son típicamente ibéricas. Parece claro que estamos frente a otro pequeño habitat ibérico final. A finales del s. i o principios del s. ii d.C. sobre este habitat se edificó un gran edificio de planta cuadjangular, estructurado en torno a un patio subdividido en dos sectores, que podría corresponder a la verdadera villa. Para ello fue necesario realizar un gran aterrazamiento, donde se han encontrado materiales provenientes de la fase anterior (Agustí et alii, 1993: 26). Hacia mediados del s. i d.C. se construyó una gran villa en éste punto, sobre los restos de estructuras anteriores. Así, de la segunda mitad avanzada del s. II a.C. datan los estratos de relleno de un depósito y dos silos, donde aparecieron «restos de hogares y techumbres de un modesto edificio típicamente ibérico, mezclados, en uno de los estratos, con fragmentos de pavimento de opus signinum decorado con teselas de color blanco» (AA.VV., 1995: 278) ^^ La sub-fase posterior correspondía a dos depósitos para líquidos en signinum y varios silos de tipo indígena excavados en el subsuelo, todo ello amprtizado con escombros donde aparecieron materiales de finales de época de Augusto. Entre estos materiales aparecieron elementos constructivos. ^' A sólo 600 m del yacimiento se conoce la existencia de otro centro ibérico final, l 'OIivet d' en Pujol. A la primera ocupación corresponden tres silos del s. iv a.C. Tras un hiato, a finales del s. ii aC se construye encima un almacén de 75 dolía. Los muros del almacén y de una cabana asociada eran de piedra seca y el pavimento de tierra batida. El establecimiento se abandona en época de Augusto y la cultura material es de filiación ibérica final (Casas, 1989). como restos de mosaico cuatricolor, fragmentos de columnas de caliza y restos de pintura mural. Para algunos serían los restos de una hipotética villa de tipo itálico, destruida. También de época augustea data la construcción de un edificio de gruesos muros de piedra sin argamasa, relacionado con dos pozos, sobre el cual se construyó en época de Claudio la villa definitiva. -Pía de rHorta (Sarria de Dalt, Girones). Esta villa, excavada de manera parcial en los años 70 para evitar su destrucción, presenta unos suntuosos niveles alto-imperiales (Nolla, 1982-83). Sin embargo, es muy poco lo que se conoce de los niveles inferiores (sólo tenemos los diarios de excavación), alcanzados únicamente en dos sondeos. A partir de estas actuaciones puede establecerse una interesante pero poco contrastada secuencia. El lugar era ya frecuentado en época ibérica plena (bajo un pavimento de signinum se hallaron cuatro incineraciones en urnas de orejetas, al lado de las cuales apareció una espada de hierro). Además, en diversos puntos del yacimiento apareció, en estratos posteriores, material del ibérico pleno, un posible indicio de continuidad. De la hipotética villa republicana sólo se conoce un sólido muro de piedra y argamasa aparecido en el sondeo de la habitación A, que podría estar relacionado con el estrato IV, donde apareció abundante campaniense B, cerámica gris ampuritana, cerámica de engalba blanca, kalathoi pintado y ánforas Dressel 1. También en la habitación B, en un estrato alto-imperial, apareció material de este momento: cerámica reducida muy poco depurada, posiblemente hecha a torno lento y de tradición local, bicórneos ampuritanos, ibérica pintada y ánfora tarraconesa (con una marca incisa antes de la cocción, «CY», que podría corresponder a los signos ibéricos «ke-ü»). En cualquier caso, de un solo tramo de muro no podemos inferir el aspecto global del establecimiento. En la segunda mitad del s. i d.C. se edifica la mayor parte del centro, que será reformado y embellecido a inicios del s. m d.C. La villa está ubicada en un cerro ya ocupado por un establecimiento ibérico del s. vi al ii a.C. La estación indígena ocupaba todo este pequeño cerro, pues en todas las catas aparecen niveles ibéricos bajo los romanos, aunque sólo se ha identificado un muro del periodo prerromano. A finales del s. ii a.C. (y sobre estratos donde aparece material ibérico pleno así como cerámica a mano o ánforas Dresel 1) se construye un nuevo edificio, sostenido por un gran muro con contrafuertes, elemento de clara filiación itálica. Otros elementos arquitectónicos documentan estas influencias foráneas, si bien subsisten también ORIOL OLESTI VILA AEspA, 70, 1997 algunos muros de piedra seca, sin cal (Casas, 1996: 169). A juzgar por los materiales, no parece haber ningún hiato entre los niveles ibéricos finales y los de la «villa». Este segundo edificio tiene continuidad y sufre diferentes reformas en época alto-imperial. A finales del s. ii d.C. se construyen unas termas en el sector oeste, bajo las cuales de nuevo apareció un estrato con materiales del s. ii a.C. Frente a estos yacimientos con niveles republicanos-ibéricos finales que han podido en algún caso ser interpretados como villae, se conocen algunos ejemplos de yacimientos considerados unánimemente como indígenas. la producción vinícola (se hallaron restos de vitis vinifera y de almendras tanto en el sector 1 como 2), con una cronología antigua y en un contexto claramente indígena ^^. No queremos extendemos más en este inventario de yacimientos, aunque debemos recordar que otros muchos establecimientos de esta zona norte parecen seguir una evolución similar (como el caso de Llafranc), especialmente por lo que hace referencia a la cronología inicial de los edificios que podemos considerar claramente como villas, casi siempre bien entrado el s. i d.C. (por ejemplo Puig Rodon, Font del Vilar, y otros). Se trata de un yacimiento identificado sin lugar a dudas como indígena, ibérico final ^^. Está constituido por un pequeño ámbito, con un basamento de pequeñas piedras, arcilla y cal y con una cobertura vegetal que también utiliza tegulae e imbrices. A su lado se encuentra un silo, así como un depósito-aljibe en opus signinum posiblemente relacionado con la producción de vino o aceite. El yacimiento se abandona en época de Augusto, pero los materiales apuntan a una cronología inicial de segunda mitad del s. II a.C. (campaniense A, Lamb. 55, Dressel 1 A, imitación local de campaniense, etc.). Es significativa la presencia de cerámica a mano, dolia y diversos fragmentos de molino. El yacimiento está formado por tres sectores. En el primero se excavó un conjunto de seis habitaciones organizadas de una forma regular, que ha sido definido por sus excavadores como una «masía ibérica» cuya cronología va de mediados del s. ii a la primera mitad del s. I a.C. Entre la cerámica predominan las producciones a mano de clara tradición local, frente a una reducida presencia de importaciones (campaniense A y B, ánfora itálica y púnica) y un notable conjunto de cerámica ibérica a torno (grises de la costa catalana, ánfora, kalathoi, etc.). También es significativa la presencia de fusayolas y dolia, así como la ausencia de tégulas. A unos 100 m, en el sector 2, se excavó un almacén de dolia, donde la presencia de cerámica ibérica a mano era también muy importante y donde ya había tegulae. El sector 3 es tardorromano, aunque en superficie se han hallado materiales altoimperiales. En resumen, parece tratarse de un nuevo establecimiento ibérico final, dedicado a UNA PRIMERA LECTURA DE LOS DATOS ARQUEOLÓGICOS Tras este limitado repaso a los datos arqueológicos (plasmado en el cuadro sinóptico, fig. 2) es conveniente destacar algunos aspectos que parecen repetirse en gran número de yacimientos y que plantean una problemática de gran interés. Una primera cuestión a tratar es la de la cronología inicial de estos yacimientos y la presencia en estos niveles de materiales «residuales» más antiguos. Como hemos visto, la mayor parte de villae y yacimientos analizados son bastante bien conocidos para las fases alto y bajo imperiales, pero es poco lo que sabemos de los niveles republicanos. En realidad, la mayor parte de las veces se reduce a materiales residuales en estratos más tardíos y a alguna estructura aislada. Ello nos plantea el problema de la valoración de este tipo de materiales en contextos posteriores y hasta qué punto son indicio de una presencia más antigua. Creemos que la cuestión sería muy difícil de establecer si se plantease en un único yacimiento, donde siempre cabría la posibilidad de que se hubieran producido movimientos de tierras, azarosos procesos post-deposicionales, etc., pero parece bastante claro que la cuestión afecta a la mayoría de estos núcleos, por lo que debemos intentar dar una explicación global. Consideramos que la presencia tan abundante de materiales más antiguos (y tan homogéneos) debe ponerse en rela- ^^ Nolla et alii (1995: 35) contraponen precisamente este yacimiento y algún otro como Serra de Daré (que no recogemos por falta de espacio), a las fincas de origen itálico, que consideran muy diferentes. El caso de Camp del Bosquet sería un claro ejemplo de habitat indígena. ^^ Font et alii (1994). Can Pons es el primer habitat sedentario localizado en el curso alto y medio de la Riera de Arbúcies, zona muy poco poblada hasta época medieval. Se trata de un área que podríamos considerar marginal y ello puede explicar algunas características de la cultura material de Can Pons (predominio de la cerámica a mano de tradición pre-ibérica, no utilización de tegulae en la zona de habitat). Ello hace todavía más interesante la identificación aquí de un establecimiento ligado a la producción de vino, con sistemas de almacenaje de origen romano. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ donde predomina básicamente el material ibérico: cerámica común, kalathoi, ánforas de boca plana, cerámica gris ampuritana o de la costa catalana, fusayolas, piezas discoidales, etc. Es frecuente en estos contextos hallar cerámica a mano, así como grafitos ibéricos, lo que creemos define un horizonte cultural de cariz plenamente local, una muestra de la presencia de población indígena. El hallazgo en sólo un yacimiento de este conjunto de materiales podría no ser significativo, pero es muy reveladora su presencia en la mayoría de ellos ^^. Un cuarto aspecto a destacar es la cuestión de las estructuras arquitectónicas de época republicana. Donde ha sido posible establecer una datación arqueológica (y por lo tanto con elementos en estratigrafía) nos encontramos frente a sencillas habitaciones con muros de piedra seca y arcilla (con claros paralelos en el mundo local), que utilizan a veces en el paramento fragmentos de tegulae y imbrices y que aparecen frecuentemente asociadas a silos (una estructura de almacenaje agrícola típicamente indígena). También presentan innovaciones adquiridas a través del contacto con Roma: techumbres de tegula, almacenes de dolía, depósitos en signinum, algunos muros con cal, etc.^^. En realidad se trata del mismo tipo de técnicas constructivas que pueden detectarse en este mismo periodo en algunos oppida indígenas fuertemente romanizados, como Burriac (con un espectacular almacén de dolia que puede responder a una metrología romana, Olesti, 1995: 100), Torre Roja, Darró, St. Julia de Ramis, o el mismo núcleo ibérico de Tarraco (Prieto, 1995). No debemos confundir, como tantas veces ha sucedido, las estructuras posteriores, augusteas o altoimperiales, con las estructuras modestas más antiguas. Tan sólo en cuatro casos (El Moro, Can Martí, Mas Gusó y, con algunas dudas, en Els Tolegassos) estamos frente a elementos constructivos y decorativos que parecen indicar la presencia de edificios lujosos, con evidentes influencias itálicas, y que denotan la presencia de personajes probablemente ^^ Como puede observarse en el cuadro sinóptico, lotes significativos de material ibérico a torno aparecen en 27 de los 28 yacimientos estudiados. Cerámica a mano y/o grafitos ibéricos en 20 de los 28 yacimientos. Desconocemos si puede haber elementos similares en otros yacimientos, donde la totalidad del material no ha sido publicado. A su vez, fragmentos de tegulae y/o dolia aparecen en 21 de los 28 casos. Se trata de un conjunto de materiales bastante homogéneo. ^^' De un total de 28 yacimientos analizados, 11 presentan silos del s. ii-i a.C, 16 estructuras con muros de piedra seca y 11 pavimentos de signina. No se trata de hacer estadística con estos datos, sino tan sólo mostrar cómo elementos de filiación ibérica y romana se encuentran entremezclados en este conjunto de yacimientos, sin excluirse mutuamente. aristocráticos (pavimentos de signina con teselas, pintura mural, etc.). Sin embargo, tanto el contexto y los precedentes ibéricos de tres de los cuatro yacimientos (Mas Gusó, Tolegassos y Can Martí), como la existencia de paralelos en otras regiones (como veremos más adelante), nos plantean abiertamente la cuestión del origen de sus ocupantes, que no forzosamente debe ser extrapeninsular. En esta misma línea, es también muy interesante el yacimiento de Can Rossell, que ofreciendo un planteamiento arquitectónico innovador (patio central, amplia puerta de entrada, pavimento de signinum, desagüe central con filtro) corresponde a una zona de almacenes ocupada por una población del ibérico final, indígena, como lo atestigua la cultura material y los grafitos ibéricos -''. Un quinto elemento a destacar (también reflejado en la fig. 2) es la aparición de hornos de producción anfórica y cerámica en buena parte de estos yacimientos (o en su inmediata proximidad) a partir de mediados del s. i a.C. Es posible identificar una evolución en tres fases (habitat ibérico final / horno / villa augustea o altoimperial) que se repite en distintos yacimientos ^^ Parece claro que en la mayoría de los lugares la etapa de los hornos anfóricos precede a la villa propiamente dicha, pudiendo existir paralelamente a los hornos zonas de producción o almacenaje, que en ningún caso pueden ser definidas como villae. Finalmente, a todo lo dicho anteriormente es importante añadir que la cronología inicial de las villae propiamente dichas parece situarse, en algunos casos, en época augustea (Torre Llauder, Tolegassos, villa deis Atmetllers, quizás las termas de El Moro, Boades) o ya entrado el periodo alto imperial (El Vilarenc, Darró, probablemente Cal Ros de les Cabres, Riera de Teià, Can Feu, Vilauba, Casa del Racó, Pía de l'Horta). En realidad, el s. i d.C. es el momento inicial de la mayor parte de las estructuras de villae romanas estudiadas en Cataluña (l'Aigacuit, Can Jofresa, Puig Rodon, Font del Vilar, Vila Velia de St. Boi, etc.), si bien los programas decorativos más ambiciosos acostumbran a ser posteriores, del s. ii d.C. o época severa. Como ve-^^ Un paralelo bastante cercano de este yacimiento, que no hemos recogido por falta de espacio, sería el «Camp de les Lloses» (Tona, Osona), de clara filiación indígena, pero con importante presencia de elementos arquitectónicos y de cultura material romana (Molas et alii, 1995). ^^ Así sucede en El Vilarenc, Darró, Torre Llauder, Cal Ros de les Cabres, Riera de Teià, El Roser, Can Feu, La Salut y muy probablemente Boades. Hay indicios para suponer una evolución similar en Mas Carbotí, L'Albornar, Can Martí y Can Balençó-Can Notxa, aunque en estos casos se vio truncada antes de alcanzar la última etapa (¿quizás por un desplazamiento cercano?). mos, la realidad arqueológica de la villa es un fenómeno mucho más tardío de lo que se venía considerando. UN MODELO DE INTERPRETACIÓN HISTÓRICA Una vez presentados los datos conocidos sobre el tipo de poblamiento disperso de época republicana/ibérica final, es preciso plantear un modelo interpretativo que integre la diversidad y complejidad de elementos mostrada por la arqueología. Como hemos intentado demostrar, el modelo tradicional, que proponía la llegada de colonos itálicos establecidos en nuevas villae como pieza clave para explicar el gran desarrollo del poblamiento de finales del s. iiinicios del s. i a.C, tiene escaso respaldo en los datos arqueológicos. Son muy pocos los casos de edificaciones con esta cronología que respondan a un modelo itálico, y aun menos los que, incorporando algunos de estos elementos, presenten una cultura material diferenciable de la indígena de la época. El caso más frecuente es justamente el contrario, el habitat indígena que adopta algunas técnicas romanas, tanto constructivas (tegulae, signina) como productivas (dolia, laci, etc). Tampoco parece prudente, a pesar de esta constatación, negar totalmente la posibilidad de que existiesen villae de colonos itálicos en época republicana, porque estos colonos efectivamente existieron, si bien en un número muy inferior al que se creía y muy inferior a lo que hubiera sido necesario para ser, realmente, el motor de estos cambios. Quizás ejemplos de estas villae pudieron ser El Moro, Can Martí, o el más hipotético caso de Mas Gusó, pero debemos reconocer que se trata de casos mal conocidos, y que, sobre todo los dos últimos, presentan elementos similares a otros habitats ibéricos finales (pervivencia de ocupación desde el ibérico pleno, cultura material, etc.). Además, es posible calificar estos yacimientos como villae republicanas, si se quiere utilizar esta terminología (a mi modo de ver poco operativa ^^), pero no por ello estas supuestas villae hubieron de ser ocupadas por colonos itálicos, pues en el caso de los oppida se ha demostrado cómo la incorporación de patrones arquitectónicos y urbanísticos itálicos en las ciudades indígenas es una realidad en el Nordeste de la Península en época republicana ^°. Incluso si aceptáse-mos-que fueron villae ocupadas por colonos itálicos, representarían un porcentaje muy minoritario respecto al habitat ibérico final, lo que de nuevo nos lleva a la necesidad de proponer otro modelo explicativo, lejos de las «oleadas» inmigratorias de finales del s. II a.C. ^^ Evidentemente, sería también posible el argumento hasta cierto punto contrario: ¿cómo podemos calificar una cultura material de indígena, si no hallamos tampoco la que corresponde a los colonos, mercatores o militares romanos que residían en la Península? ¿Cómo podemos diferenciarlos a partir de la cultura material? ¿Quizás algunos habitats que consideramos ibéricos finales podrían ser los establecimientos modestos de estos colonos, las llamadas villas rústicas? Aunque ello no pueda descartarse completamente, la presencia en la mayor parte de estos centros de cerámica a mano y grafitos ibéricos, así como la evidente continuidad mostrada en muchos casos respecto a establecimientos del ibérico pleno, permiten pensar que la mayor parte pertenecen a la población local. Pero si incluso estos elementos arqueológicos, para nosotros tan significativos, no fueran suficientes, la misma similitud en la cultura material entre los dos grupos poblacionales ya sería por sí mismo un hecho histórico relevante ^^. •^^ Bien estudiado en el Valle del Ebro (Asensio, 1995). Incluso en los casos de Caminreal, Ándelos o Salduie, las élites indígenas adoptan un tipo de mansión (de planta simi-lar a la restituida para Can Martí), directamente inspirada en las mansiones de la aristocracia romana, lo que demuestra que estamos frente a unos grupos en proceso de asimilación, de integración tanto política como cultural. Elementos similares pueden encontrarse en poblados ibéricos catalanes como Burriac, Darró, Olérdola, o la reciente edificación descubierta en Alorda Park, donde se utiliza el signinum, se siguen esquemas urbanísticos itálicos, se construye en opus quadratum, etc. En realidad, para el caso concreto de los signina, es posible considerar (como hace Asensio, 1995: 394) que se trata de un elemento más relacionado con las élites indígenas que con verdaderos personajes itálicos (aunque éstos fueron sus introductores, lógicamente). En esta línea podría interpretarse también la mansión de la «Plaça Gran» en lluro, muy similar (Olesti, 1995: 105). ^' En esta línea, Keay (1996: 161) descarta el asentamiento masivo de itálicos en esta zona (si bien posteriormente se contradice en parte (Keay, 1996: 173) al considerar como un factor fundamental para la romanización el asentamiento masivo de ciudadanos romanos también en el área catalana). Creemos, en cualquier caso, que este reciente modelo de Keay es sugerente y muy interesante, aunque, como veremos, discrepamos con él en algunos aspectos. ^2 Si pudiera confundirse la cultura material de los colonos con la de la población local, ello sería el reflejo de un tipo de sociedad donde esta diferencia no sería fundamental, una sociedad donde los colonos gozarían del mismo nivel económico que los indígenas y donde frente a la diferencia de origen prevalecería la diferencia en las relaciones sociales de producción, lo que de nuevo nos llevaría a un modelo diferente al del «sistema de la villa», que considera al poblamiento local como marginal, transitorio (Miret et alii, 1987(Miret et alii, y 1991)). Respecto a la villa rústica, nos parece un término confuso y en cierto modo contradictorio, poco operativo. A partir de todas estas reflexiones, creemos que es posible plantear un nuevo modelo de interpretación, más complejo pero también más sugerente. Para ello debemos remontarnos inicialmente a la época ibérica plena. Como ha quedado constatado por los yacimientos que hemos estudiado, existe ya en época ibérica plena un importante poblamiento disperso en Cataluña, centros rurales dedicados a la producción agrícola y al almacenamiento en silos. Casi todos ellos sufren un importante colapso hacia finales del s. iii a.C.-inicios del s. ii a.C, que queda reflejado especialmente en la amortización de silos y de estructuras de habitación (fenómeno que también se ha constatado a nivel de oppida). A pesar de ello, un número importante de estos pequeños establecimientos tendrá continuidad en época ibérica final. A lo largo de la primera mitad del s. ii a.C. constatamos un considerable vacío de información en muchos yacimientos, lo que puede hacerse extensivo de nuevo a numerosos oppida. Se trata de un hiato bastante generalizado que responde a un doble motivo: por una parte a las transformaciones que sufren las pautas territoriales indígenas, afectadas por la intervención romana, y por otra parte a un problema estrictamente arqueológico: la dificultad de identificar claramente estos niveles a partir de los materiales de importación. Este hiato no se ha constatado sólo en los yacimientos catalanes, sino que se refleja también en otras zonas ^^ Es evidente que el mundo ibérico catalán está sufriendo los primeros cambios impuestos o inducidos por Roma y esto se refleja a nivel de pautas de ocupación del territorio ^\ Todos los investigadores están de acuerdo en considerar el periodo de la segunda mitad del s. ii a.C.-inicios del s. i a.C. como el momento en el que se intensifican estas transformaciones, el periodo de más intensa romanización. El fenómeno es percep-" Como por ejemplo en Lattara, en el sur de Francia, puerto de llegada de ánforas ibéricas de la costa catalana donde en la primera mitad del s. ii a.C. éstas prácticamente desaparecen, para recuperar su presencia en la segunda mitad del siglo (Py, 1990: 344-345). ^^ Discrepamos aquí de la interpretación de Keay (1996: 161), que observa una gran continuidad en el poblamiento ibérico de la zona catalana hasta el s. i aC Hay, a mediados del s. II a.C, un fenómeno amplio de ruptura en las pautas de poblamiento en muchas áreas, especialmente a nivel de oppida secundarios (Castellruf, Turó Oros de Céllecs, Turó del Vent, poco después Castellet de Banyoles, etc.;Olesti, 1995: 307 ss.), pero también a nivel de establecimientos rurales. Cabe pensar en una intervención más agresiva por parte de Roma y sus oligarquías, un colapso del patrón de asentamiento ibérico más antiguo y más forzado de lo que propone Keay (1996: 164). tibie en buena parte de los yacimientos que hemos recopilado (se edifican ahora nuevas estructuras, se incorporan técnicas romanas, aumentan las importaciones itálicas), pero no podemos olvidar los precedentes. Muchos de estos yacimientos suponen una nueva fase de ocupación en lugares ya habitados anteriormente que respondían a unas pautas de ocupación y explotación del territorio evidentemente ibéricas y que si ahora se reocupan es porque siguen siendo útiles y productivos ^^. Al mismo tiempo, es ahora cuando surge un gran número de establecimientos fundados ex nihilo, nuevos habitats que constituyen un claro indicio del fuerte cambio que se está produciendo en las pautas de poblamiento. Para nosotros, se trata de habitats ocupados por población indígena, establecimientos surgidos a partir de un proceso de reasentamiento de la población local inducida o impuesta por Roma ^^ que coincide en buena parte con los fenómenos de abandono o de cambios internos en numerosos poblados ibéricos catalanes. La filiación indígena de estos nuevos asentamientos creemos que ha sido demostrada en buena parte de ellos y, como hemos visto, salvo alguna excepción, difícilmente pueden ser calificados como villae. Además, la presencia de silos en muchos de ellos nos indica que al menos durante algún tiempo siguieron dedicados a la producción agrícola que ya realizaban en época ibérica plena (probablemente cereales). Son núcleos modestos, como lo eran los de época ibérica plena, y tanto los de nueva fundación como los que perviven parecen responder más a un aumento de las zonas trabajadas y explotadas que no a una verdadera transformación de los procesos productivos (que no se producirá hasta entrada la primera mitad del s. i a.C). Han incorporado técnicas romanas y deben desenvolverse en un nuevo marco de relaciones sociales de producción. Se ha roto con el antiguo sistema de concentración de excedente en grandes áreas de silos, bajo la protección de los oppida y ahora cada pequeño núcleo se encarga del almacenaje de una producción más modesta, que podríamos calificar de ^^ Podría argumentarse que se ocupan los mejores lugares, que los nuevos colonos se asientan en los lugares óptimos, como hicieron antes los iberos. Sin embargo, el fenómeno es tan amplio que, a nuestro modo de ver, sólo puede explicarse por tratarse en realidad de reocupaciones o pervivencias, y no de fundaciones ex nihilo. Además, en muchos casos tampoco se trata de lugares especialmente estratégicos o favorables, que pudieran justificar una ocupación por parte de poblaciones diversas. Es más lógico pensar en una continuidad en la ocupación, pese al hiato de unos 50 años. ^^ El fenómeno ha sido constatado en el Maresme (Olesti, 1995), Valles (Aguilar, 1993) y Ampurdán (Plana, 1990), pero puede hacerse extensivo a otros territorios (Prieto, 1995). privatizada. Se ha roto con el modelo ibérico y se está instaurando uno nuevo, híbrido ^^. Estos cambios se acentuarán durante la primera mitad del s. i a.C. En la mayor parte de los yacimientos se amortizarán los silos (con conjuntos de materiales donde aparece abundante campaniense B y, significativamente, una notable presencia de dolia, molinos de mano, etc.) y aparecerán nuevas estructuras: almacenes de dolia y depósitos en signinum. No es difícil poner este fenómeno en relación con el origen de la producción de vino en Cataluña (será en el segundo cuarto del s. i a.C. cuando aparecen los primeros envases anfórleos vinícolas; Olesti, en prensa). El fenómeno es de un gran interés, porque todo nos conduce a pensar que estas primeras producciones vinícolas se realizan en el marco no de las villae, que siguen sin existir, sino en el marco de estos establecimientos ibéricos finales, de filiación indígena, que se transforman para adaptarse a un nuevo tipo de producción. Esto se constata también en lo que respecta a la producción anfórica, pues las primeras ánforas vinícolas producidas, imitaciones de Dressel 1 y de Lamboglia 2, se realizan con la técnica cerámica ibérica (pastas tipo «sandwich»; Comas et alii, 1987) y en hornos que ya habían funcionado en época ibérica plena (el mejor ejemplo conocido es Sta. Otros elementos refuerzan esta interpretación, como la producción en estos hornos anfóricos no sólo de imitaciones de ánforas vinícolas itálicas (y las posteriores formas Laietana/Tarraconense 1, y Pascual 1), sino también de piezas de cerámica común que significativamente reproducen las formas típicamente ibéricas: kalathos, jarras, páteras de imitación, etc. Además, empiezan a identificarse algunas estampillas ibéricas en estas primeras producciones, así como estampillas con nomina itálicos también de gran interés ^^ -' ^ Para el territorio del Maresme, hemos considerado que este fenómeno es el reflejo en los datos arqueológicos de la instauración de un nuevo catastro, documentado no sólo por los cambios en el poblamiento (el reasentamiento) sino también por el incremento de la economía monetaria, la ruptura de las áreas comunes de almacenaje en silos, la nueva dimensión y tipología de los habitats rurales, la diversa evolución de los oppida indígenas e incluso la posible existencia de una límitatio efectiva del área (Olesti, 1995). Para las zonas del Ampurdán y Valles se ha constatado morfológicamente la existencia de centuriationes de esta cronología. ^^ En el caso de las estampillas ibéricas localizadas no puede haber duda sobre la filiación de los productores de las ánforas (o de su contenido). Para el caso de las latinas, es significativa la presencia en las primeras estampillas de nomina relacionables con personajes con redes clientelares en la Citerior (Dyson, 1980-81), como M. Frente a estos habitats ibéricos finales modestos y dedicados a tareas productivas, aparecerán otros que actúan posiblemente como centros intermediarios (Can Rossell, Camp de les Lloses, etc.) y finalmente un pequeño grupo de habitats lujosos residenciales, ocupados por las élites del momento, indígenas e itálicos (como El Moro, Can Martí o Mas Güsó) ^^. Así pues, el verdadero fenómeno histórico es la aparición de pequeños establecimientos indígenas que ocupan intensivamente el territorio poniendo en explotación nuevas áreas agrícolas que se desvinculan claramente del antiguo modelo de los oppida. Es un reasentamiento de poblaciones que progresivamente abandonan los oppida para instalarse en nuevos lugares, rurales o urbanos. Tampoco existe una dualidad, como algunos autores pretenden, entre un mundo marginal, ibérico final, y un nuevo mundo romano que se va imponiendo ^^. A nuestro parecer no hay un «ensayo» del sistema de la villa (como afirma García-Pujol, 1994), hay sólo un único mundo, el surgido tras la intervención romana, donde itálicos y élites locales colaboran perfectamente integrados en una nueva realidad híbrida (una nueva élite que se itá conformando a lo largo del s. i a.C.) y donde la población PORCI, Q. FABI, M. COS. (Cornelius?), etc., indicio de posibles personajes indígenas integrados en esta producción (el tema ha sido analizado con más profundidad en Olesti, 1996-97). ^^ Para nosotros no se trataría de verdaderas víllae, protagonistas de un hipotético «sistema de la villa», sino de lujosas residencias rurales ocupadas por grupos privilegiados (indígenas o itálicos que probablemente residen mayoritariamente en las ciudades, tanto oppida como urbes de nueva fundación). Serían escasas las mansiones que ocupan el nivel más alto de un poblamiento rural jerarquizado específico del periodo ibérico final y que no son las protagonistas del gran incremento del poblamiento en este periodo. Llamarlas villae induce a la confusión con el modelo económico, social y político propio de un momento posterior, aunque éste sea su embrión. ^^ Así lo entienden, por ejemplo Miret et alii, 1988; García-Zamora, 1993; Palet et alii, 1993: 742, que consideran los habitats ibéricos finales como la pervivencia de un mundo ibérico en decadencia o extinción (y que algunos pretenden comparar incluso con el sistema de plantación, donde es necesaria la producción local residual para mantener el sistema durante algún tiempo, antes que las nuevas explotaciones coloniales fructifiquen). No se trata de un mundo ibérico final residual, sino de centros que evolucionarán ellos mismos hacia las nuevas producciones, protagonizando el gran cambio del s. I a.C. También en este sentido disentimos del modelo de Keay (1996: 164), que propone un colapso del patrón de asentamiento nativo, que se irá marginalizando (con la excepción de algunos terratenientes ibéricos, como los que producen imitaciones de Dressel 1) y debilitándose sus redes de intercambio, frente al nuevo modelo romano, el protagonizado por el cultivo de la viña, que será el de los «terratenientes romanos» (Keay, 1996: 172). No creemos que exista esta dualidad, sino un único sistema, nuevo, impuesto por Roma en colaboración con las élites indígenas desde mediados del s. II a.C. local deberá adaptarse a la nueva situación social y económica. Estas nuevas pautas se concretarán, entre otras cosas, en el incremento de la monetarización, el auge del cultivo especulativo de la vid, el aumento de la producción para el mercado, etc. De este modo, será esta población indígena la verdadera protagonista del proceso de cambio y no una minoría de colonos que sólo intervendrán a un nivel marginal. No llegarán nuevos personajes que transformarán el mundo ibérico final, marginando a los indígenas y creando ex nihilo un nuevo sistema, sino que el nuevo mundo que nos aparece con claridad a partir de época augustea es el resultado de la evolución local de las poblaciones reasentadas desde la segunda mitad del s. ii a.C. La causa de los cambios, lógicamente, es la voluntad de la oligarquía romana de transformar y explotar estos territorios, pero los protagonistas, los que identifica la arqueología, son los campesinos del ibérico fina] en profunda transformación. Finalmente, también los acontecimientos posteriores pueden ayudamos a comprender este fenómeno, complejo y difícil de explicar con brevedad. Como se ha visto, hacia mediados del s. i a.C. un buen número de estos habitats ibéricos finales se abandonan (entre los que hemos visto l'Albornar, Plaça de les Bruixes II, Can Rossell, Can Ramón, Can Pons). Para algunos autores es la prueba de la existencia de esta dualidad: al mismo ritmo que se consolidarían las villae, desaparecerían los establecimientos marginales indígenas "^^ Sin embargo, esta interpretación tiene un problema: seguimos sin documentar villae romanas. En realidad, a partir de mediados del s. i a.C. lo que aparecerán por doquier son centros de producción vinícola, almacenes de dolía y sobre todo hornos anfórleos. Además, estas innovaciones aparecen en los mismos centros de tradición ibérica final que habían protagonizado el reasentamiento (El Roser, la Salut, Cal Ros de les Cabres, Can Feu, etc.)"^^. Parece claro que hay una dualidad, pero muy diferente a la que se creía: algunos centros ibéricos finales continúan en su transformación hacia las formas productivas tipicamente romanas (y aparecerán ahora centros verdaderamente industriales), mientras que otros se irán abandonando. ¿Por qué esta evolución diferenciada? Seguramente perdurarán los centros bien adaptados al nuevo tipo de producción agrícola imperante (vino y aceite), con buena comunicación (se produce para un nuevo mercado) y por lo tanto rentables en el nuevo modelo social y productivo impuesto por Roma. Por contra, se abandonarán los centros menos adaptables a estos cambios "^^ No deja de ser significativo que se abandonen especialmente aquellos yacimientos que en la etapa anterior se mostraron más especializados en la producción o almacenaje de cereal, los grandes conjuntos de silos' ^' ^. No se trata simplemente de un grupo «más competitivo» que otro, ni de un mundo romano en avance frente al local en retroceso. En este contexto, y hablando de un imperialismo agresivo como el romano, estos conceptos podrían ser anacrónicos o cuestionables. Se trata de un nuevo tipo de ocupación y explotación del territorio que ha forzado a la población indígena a entrar en unas nuevas pautas y relaciones de producción, donde las élites (locales y romanas) han impuesto unas nuevas formas productivas y sociales y donde no hay lugar para las estructuras que no puedan integrarse en esta nueva realidad. A corto plazo esto afectará a los oppida y habitats indígenas, pero no sólo a ellos. Can Martí, el mejor ejemplo de casa lujosa rural republicana, o villa para algunos, se abandona también en este momento. ¿Por qué uno de los tres únicos casos que conocemos de mansión de planta itálica desaparece? Si hubiera sido una villa, ¿por qué no evolucionó como los otros yacimientos? Probablemente porque Can Martí responde más al mundo anterior, el que todavía miraba más hacia el ibérico pleno (no olvidemos su situación al pie de un poblado) que no al nuevo, simbolizado por los hornos y las producciones vinícolas. Es uno de los habitats que parece no poder integrarse en la nueva realidad (y probablemente sus ocupantes deben haberse desplazado a un lugar cercano, más apto, o desaparecieron inmersos •*' Ver por ejemplo Sanmartí-Santacana, 1992: 269. *^ A pesar del interés por relacionar la aparición de las producciones anfóricas vinícolas con el surgimiento de las villae (Revilla, 1995: 137), los hornos anfóricos preceden en los yacimientos que hemos analizado a la propia villa: el horno no es una parte de la villa, sino en muchos casos su precedente. ^^ Sin perjuicio de que en muchos casos el abandono sea en realidad tan sólo el desplazamiento de las mismas poblaciones hacia un centro muy cercano, a tan sólo algunas decenas o centenares de metros, con lo que seguramente deberíamos matizar este «final masivo» del habitat indígena frecuentemente planteado.' *'' Puntualmente tampoco es descartable que algunos yacimientos de cronología republicana puedan haberse abandonado a causa de los conflictivos sucesos que tuvieron lugar en el territorio catalán a lo largo de la primera mitad del s. i a.C: guerra sertoriana y guerra civil. Hay indicios de destrucción e incendios en diversos yacimientos, aunque ello no implica siempre el fin de la ocupación (pero sí puede suponer remodelaciones arquitectónicas, como sería el caso de Can Balençó). Es probable que no sólo los acontecimientos bélicos, sino sobre todo los juegos de alianzas con las élites indígenas, puedan explicar el diverso éxito o fracaso de algunos núcleos. en conflictos del momento). Los yacimientos que se abandonan muestran los profundos cambios que se están produciendo en la estructura productiva, seguramente debido a la irrupción de capital y cultivos especulativos y al auge de la producción para el mercado, pero no son sustituidos §ún por las villae romanas, que deberán esperar al periodo augusteo. Llegamos así a la época de Augusto. Será ahora cuando empezarán a aparecer verdaderas villae. La evolución exitosa de algunos de estos centros productores agrícolas (o de sus propietarios) acabará dando lugar a una nueva realidad histórica, la villa, no sólo una novedad arquitectónica, sino sobre todo un símbolo de la aparición de nuevas formas sociales y jurídicas, una nueva oligarquía provincial. El caso paradigmático es Torre Llauder: se construye la villa encima de unos hornos productores de ánforas. Otros casos serían Cal Ros de les Cabres, El Vilarenc, etc. Sin embargo, tampoco ahora todos los yacimientos superarán esta fase: El Roser nunca llegará a ser una villa. Paralelamente, en época augustea se documentan muchos abandonos de yacimientos ibéricos finales (Can Balençó, etc.). Tampoco en ello debemos ver el final de lo indígena marginal frente al triunfo de lo romano. Probablemente la introducción progresiva, ahora sí, del sistema de la villa comportará de nuevo profundas transformaciones en la estructura productiva de estos territorios, lo que podemos poner en relación con las transformaciones sociales y jurídicas que se documentan en las civitates catalanas. No deja de ser significativo que desaparezcan algunos establecimientos rurales al mismo tiempo que se fundan otros nuevos, lo que posiblemente nos habla de procesos de concentración de tierra, de cambios en la dimensión de muchos fundi, todo ello relacionable con el surgimiento de estas villae. Cabría así interpretar el surgimiento de la villa como el final del proceso de formación de las oligarquías locales y su definitiva integración, económica, social y jurídica, en las redes clientelares de la sociedad romana. Si recopilamos la información, podemos ver cómo realmente el origen de las villae romanas en Cataluña es un fenómeno tardío, al igual que en otras zonas del Mediterráneo occidental, y que lo que se había calificado como villae republicanas corresponde a otro fenómeno histórico diferente. En época republicana (segunda mitad s. ii-primera mitad s. I a.C.) no se establece ningún «sistema de la villa», sino que el mundo local se ve obligado a reasentarse e integrarse en las nuevas formas productivas y sociales impuestas por Roma, unas nuevas relaciones sociales de producción. Aquí el papel de Roma es fundamental, pues es su presión y sus intereses, con la colaboración de las élites locales, la que fuerza estos cambios. En este contexto, el papel de los colonos itálicos, escasos, no es decisivo. El proceso está dirigido por las élites locales en colaboración con la oligarquía romana, élites que residen en mansiones, a veces rurales pero preferentemente urbanas, y que incorporan las modas y técnicas romanas. La mayor parte de la población, sin embargo, lo hace en modestos establecimientos de tradición local. La evolución posterior de estos territorios y la reorientación hacia unas formas económicas donde toma aún mayor importancia la producción para el cambio, el mercado (con la monetarización, la mejora de las vías de comunicación, el incremento de la fiscalidad, etc.), comporta una rápida y espectacular adaptación forzada de las poblaciones locales a la nueva realidad política, económica y social. En esta fase es probable una intervención más intensiva de personajes itálicos o romanos potenciando las dinámica transformadora, pero no como colonos sino como inversores, mercatores y negotiatiores que aprovechan la situación privilegiada de la costa citerior para desarrollar sus negocios ligados a la producción y exportación del vino o aceite. Como punto final a todo ello aparece la villa, pero ello no hubiera sido posible sin la existencia de una fase anterior, donde el incremento de la producción para el mercado y la exportación de productos jugó sin duda un papel fundamental.
En este artículo se inventarían y analizan los tesoros monetarios ocultos en el occidente de Hispânia durante las guerras sertorianas. Se hacen también algunas consideraciones sobre el desarrollo de este conflicto que, en la región central de Portugal, parece haber asumido un protagonismo superior al que hasta ahora se le había reconocido. AMELA VALVERDE, L., 1990: La circulación monetaria romano-republicana durante la guerra sertoriana según las ocultaciones de la época (82-72 a.C), GN,[97][98]
Incluimos en el presente trabajo nuestras conclusiones sobre el uso de la decoración musivaria en Colonia Patricia Corduba, atendiendo a cuestiones puramente técnicas, de distribución espacial, temas y motivos documentados, funcionalidad de las estancias en que se utilizan y valoración de la figura del comitente. rarla, por consiguiente, desde una doble perspectiva: a) otorgando un lugar de preferencia a la diferenciación en el uso de pavimentos musi vos entre conjuntos edilicios de carácter privado y aquéllos que, por el contrario, pudieran haber obedecido a una finalidad pública, así como a la funcionalidad de las estancias en que tales mosaicos aparecen, dado que su uso condiciona con gran frecuencia la elección de fábrica musiva para el pavimento y la iconografía de éstos; b) no atendiendo con exclusividad a la vertiente meramente decorativa del mosaico, sino también al análisis de todos aquellos aspectos que hasta el momento han sido menos estudiados y que, sin embargo, aparecen en obligada coordinación con el espacio y la función; es decir, la técnica, los materiales, los talleres y la tipología. Pretendemos incorporarnos con este tema a una de las más enraizadas líneas de investigación de la arqueología peninsular, ya que, pese a la continua valoración de mosaicos cordobeses en trabajos anteriores (Santos Gener, 1955; Blanco Freijeiro, 1952, 1959, 1970; García y Bellido, 1959, 1963, 1965, 1985; Blázquez Martínez, 1981; Nicolini, 1983Nicolini,, 1989;;Rodríguez Neila, 1985; Corzo Sánchez, 1989; López Monteagudo, 1991), al ser éste un tema en constante evolución merced a los hallazgos permanentes en la ciudad, hemos creído necesario actualizar el catálogo de los más recientemente documentados -proyecto del que este trabajo no supone más que un simple avance-, planteando a la vez su reinterpretación en el marco de las más importantes novedades generadas por la investigación arqueológica en la ciudad ^. Nuestra investigación cuenta con un escollo importante, la ausencia casi absoluta de información sobre los contextos arqueológicos en que fueron recuperados la mayor parte de los mosaicos que he-^ Básicamente en el marco de los Proyectos de Investigación que desarrolla el Seminario de Arqueología de la Universidad de Córdoba, en el que nos integramos bajo la dirección de la Profa. Pilar León, a quien agradecemos la ayuda y el apoyo prestados. mos conseguido recopilar^, de forma que hemos visto con excesiva frecuencia reducirse notablemente las posibilidades de un estudio completo de los ^ Ya fuese publicada o simplemente recogida en el libro de registro del Museo Arqueológico Provincial de Córdoba (en adelante M.A.P.). pavimentos, no ya en relación a sus aspectos materiales, sino también técnicos, estilísticos y funcionales, dado que sólo con una información correcta podemos establecer el tipo de estancia y de edificio en los que el mosaico se integró. Actualmente se contabilizan 115 pavimentos, número con el que hemos podido alcanzar una bue-En el caso de Córdoba nos hemos de limitar por el momento a estudiar los talleres directamente a través de los propios mosaicos (Moreno González, 1995b: 114-115)^, y, de hecho, en varios de los pavimentos estudiados -no necesariamente recuperados en un mismo yacimiento-creemos poder adivinar bien el trabajo de un mismo taller, bien al menos la utilización de los mismos cartones; incluso se pueden establecer relaciones entre mosaicos procedentes del área urbana de Córdoba y otros procedentes de su provincia o de la región. Entre aquéllos en que podemos apreciar alguna conexión tenemos, por ejemplo, el caso del recuperado en Fray Luis de Granada, E-2-5 (fig. 2; Moreno González, 1996: 167-171, láms. 25-30, 85-88), ambos datados en la segunda mitad del siglo ii d.C. En este caso, la afinidad de talleres no sólo se traduce en la contemporaneidad cronológica de las dos piezas, sino en el empleo en ambos pavimentos de un mismo esquema geométrico, de forma cuadrada, basado en una composición radiada a partir de un octógono central, a cuyos lados aparecen rectángulos acantonados entre los que se desarrollan triángulos con uno de sus lados curvo; en cada ángulo del cua-'^ Pavimentos que citaremos a partir de este momento mediante la sigla de nuestro Catálogo Provisional (Moreno González, 1996), compuesta de tres elementos: una letra mayúscula que indica si el sector se ubica intramuros o extramuros de la ciudad romana; un primer dígito que identifica el sector concreto y, finalmente, el número de orden que le corresponde al mosaico citado en ese sector (fig. 1). • ^ Agradecemos esta información al equipo de excavación. AEspA, 70, 1997 drado se situa un círculo y en la mitad de cada uno de sus lados un semicírculo. También contribuye a pensar en un taller común el hecho de que la decoración figurada plasmada en ambos mosaicos se base en la misma iconografía: en el mosaico de Córdoba ocupa el octógono central una representación de un busto de Baco, mientras que en el pavimento de Alcolea se representa el Triunfo de aquél, conduciendo un carro tirado por dos centauros; en ambos mosaicos los rectángulos acantonados representan, alternándose, ménades y sátiros. Otro mosaico que posiblemente salió de este mismo taller es el localizado en la Avenida del Gran Capitán, cuyos restos estudiamos bajo la denominación 1-2-5, 1-2-6 e 1-2-7 (Moreno González, 1996: 86-90, láms. Los tres fragmentos, datados entre la segunda mitad del siglo ii y comienzos del siglo m d.C, pertenecen a los ángulos de un esquema general cuadrado, en el que, según se puede apreciar en el lado superior derecho del fragmento 1-2-7, los temas se organizan de forma radial en rectángulos que contienen la decoración figurada. Resulta también asimilable al taller en cuestión -cuya cronología, como en los casos anteriores, remonta al periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo ii y los inicios del siglo ni d.C.-el mosaico 1-2-20 (Moreno González, 1996: 101-103, láms. Su relación de afinidad con los ejemplos anteriores la establecemos a partir de la cronología y del esquema general del pavimento: una composición cuadrada con octógono central del que surgen rectángulos acantonados con decoración figurada ^; en el octógono central parece representarse un busto de Oceanus y en los rectángulos acantonados ménades y monstruos marinos. Todos estos pavimentos -salvo el 1-2-20-presentan además, como afinidades a añadir, el tamaño medio de las teselas utilizados (entre 0,7 y 1 cm^), algunos de los materiales empleados y su categoría cromática (pasta vitrea de colores verde y azul)''. ^' En este caso no hemos podido tener acceso directo ai pavimento, ni tampoco a documentación gráfica que nos haya permitido estudiar con detalle la decoración figurada inscrita en los rectángulos acantonados al octógono central. En ambos, además de la similitud de los motivos empleados en la decoración, que podría indicar ya de por sí la utilización de un mismo cartón, las diferencias existentes entre el tamaño y regularidad de las teselas empleadas en los campos decorativos y las que componen las cenefas de enmarque El uso de un mismo cartón o incluso el trabajo de un mismo taller en su ejecución podemos deducirlo igualmente a partir de los mosaicos E-2-1 ^ (Moreno González, 1996: 160-161, láms. 60-61) e 1-4-7 (Moreno González, 1996: 137-140, lám. 49), datados ambos entre finales del siglo ii y comienzos del siglo III d.C. La relación entre ellos radica en el empleo del mismo tema iconográfico, la lucha entre Eros y Pan, que, sin ser representada de forma idéntica, ofrece tales paralelismos formales y compositivos que hace pensar, como decíamos más arriba, en el uso de un mismo cartón. Mientras en el mosaico E-2-1 la decoración figurada aparece inserta en el emblema y representa el momento de la lucha entre los dos personajes, en el caso del pavimento 1-4-7 las figuras se reparten insertas en cinco cuadrados y se representa a Eros y Pan, cada uno en un cuadrado, en la misma actitud pugilistica que en el caso anterior, indicando que el combate va a comenzar; en este segundo pavimento ocupan el cuadrado central, de mayor tamaño que el resto. Baco y Ariadna, mientras un sátiro figura en el cuadrado restante de los conservados. No obstante, las características físicas de cada uno de los dos personajes principales, las sombras de sus cuerpos proyectadas bajo sus pies, así como el hecho de que Pan aparezca en ambos casos con la mano izquierda atada a la espalda, son los datos que hacen pensar en el uso de un cartón común. 103-115); entre las primeras destacan el tamaño, densidad y material de las teselas, y entre las segundas una identidad casi total, sólo matizada por la forma de rematar las alas de Psyche (E-2-15 en punta; E-3-10 como alas de mariposa). Sin embargo, y a pesar de estas concordancias, creemos que no existe contemporaneidad en la ejecución, siendo más antiguo el E-2-15 (finales del siglo ii o comienzos del siglo m d.C.) que el E-3-10 (finales del siglo m d.C). 37 A, 38 B) hacen pensar en el trabajo de dos talleres o artesanos de distinta categoría y especialización profesional -aun cuando nada se opone a que formaran parte de un solo equipo-, que seguramente se sirvieron de teselas con tamaños diferentes simplemente por abaratar, acelerar su trabajo o lograr un mayor detallismo en los emblemas. ^ El estudio de este mosaico se ha realizado con una información gráfica limitada a las fotocopias de fotografías en blanco y negro, amablemente facilitadas por la Dirección del M.A.P., por lo que no hemos podido atender a un análisis técnico exhaustivo, que dejamos para un estudio posterior. -cuyo esquema geométrico se basa en una composición ortogonal de cuadrados recargados con flores cuatripétalas y rombos adyacentes-, mantiene estrechos paralelos con el esquema geométrico empleado en uno de los mosaicos de la Casa del Mitra de Cabra (Blanco; García; Bendala, 1972: 311, n° 3, fig. 6; Jiménez Salvador; Martín-Bueno, 1992: 63-64, fig. 26). Y también parece adivinarse el trabajo de un mismo taller o artesano, o bien el uso del mismo cartón, en algunos mosaicos cordobeses y otros documentados en diversas ciudades de Boetica: hablamos del pavimento E-3-4 (Moreno González, 1996: 220-221, láms. En ambos casos, datados en el siglo ii d.C, el esquema geométrico del pavimento está constituido por un octógono central con rectángulos acantonados en sus lados y semiestrellas tangentes que forman hexágonos oblongos; en cuanto a la iconografía inscrita en el octógono central, el mosaico cordobés reproduce una cabeza de Medusa, mientras el italicense incluye un busto de Baco. Para la confección de pavimentos musivos se elegían sobre todo aquéllos en cuyas características se equilibraban belleza y resistencia. En la Península Ibérica se utilizaron fundamentalmente las cuarcitas, mármoles y piedras semipreciosas entre los elementos naturales, y las terracotas y las pastas de vidrio entre los de elaboración ex profeso (Roda, 1994: 326). Sin embargo, y aun cuando comienzan a aparecer las primeras aportaciones en tal sentido (Lancha, 1994: 54-55), apenas contamos por el momento con análisis petrológicos o de pastas cerámicas que permitan deducir las canteras de procedencia de piedras y terracotas utilizadas en la elaboración de mosaicos. El caso de Córdoba no es una excepción y, de hecho, salvo la reciente valoración de los mármoles utilizados en los opera sectilia de la ciudad a los que luego aludiremos con más detalle (Márquez Moreno, 1995), por el momento no contamos con otros análisis que los puramente visuales en relación con la composición o categoría de las teselas. Aun así, para los mosaicos cordobeses aquí estudiados podemos indicar que en la mayoría de los casos las teselas fueron obtenidas de piedras extraídas en canteras locales o no muy lejanas de la capital. Entre ellas, el denominado «mármol» rojo de Cabra (Segura Arista, 1988: 113, 115 y 119), la piedra de mina de la Sierra de Cordoba, la verde del norte de la provincia de Sevilla o el «mármol» de Luque (Segura Arista, 1988: 119), además de la terracota, los cantos de río y la pasta vitrea. Por cuanto se refiere a las teselas de pasta vitrea, su uso se suele limitar a determinadas partes de los mosaicos, con prioridad en los emblemas. También son frecuentes en mosaicos con representación de fauna marina, en los que sumadas a los reflejos del agua servirían para dar sensación de movimiento y de veracidad a las figuras, como sucede, por ejemplo, en el pavimento E-2-7 (fig. 3 A y B; Moreno González, 1996: 173-174, láms. Caso diferente representan los opera sectilia que, según indicamos más arriba, han sido objeto de un reciente trabajo (Márquez Moreno, 1995) en el que se ha logrado la correcta identificación de sus mármoles, valorándolos adecuadamente tanto por lo que se refiere a su virtudes intrínsecas como a su trascendencia comercial. Son materiales que deben entenderse en el marco del proceso de monumentalización que la ciudad experimenta a partir, al me- El problema de las relaciones comitente/diseño musivo/artista musivario sólo puede ser abordado desde la consideración de la arquitectura romana como portadora de mensajes, desde el momento en que la casa y su contenido -en lo que a decoración se refiere y a partir de un determinado nivel social-se utilizan como elementos de representación y prestigio ante el resto de la sociedad, siendo ambas un fiel reflejo del status o rango social del propietario (Thébert, 1985: 381). Aspectos, arquitectónico y decorativo, que debemos entender además en perfecta conjunción y armonía, ya que la decoración sólo se concibe dentro de un determinado marco arquitectónico, compuesta de elementos fijos en los que ideología y espacio concreto se convierten en inseparables'^. De acuerdo con todo lo anterior, creemos poder aceptar sin dificultad que los elementos decorativos elegidos para una u otra estancia debían serlo desde un punto de vista explícitamente racional, estable- ^ Es un proceso similar al que ha sido ya señalado para la decoración escultórica (León, 1990). Hasta fines de la República los talleres de escultura mantienen unos índices de producción modestos y no es hasta la época de transición entre República e Imperio cuando comienzan a aparecer obras realizadas en mármol que conviven en un primer momento con las elaboradas en piedras locales. La generalización del uso del mármol es contemporánea al desarrollo edilicio comenzado en época de César y aumentado con Augusto, por lo que a grandes rasgos viene a coincidir con la proliferación de materiales duros en los pavimentos y, más concretamente, con el uso de los sectilia como otro elemento más de representación y prestigio. •^ Entre los cuales se cuentan: rosso antico (promontorio del Tenaro, Grecia); giallo antico (Chemtou, Túnez); portasanta (Chios, Grecia); pavonazzetto (Iscehisar, Turquía); «africano» (Teos, Turquía); greco scritto (Aunaba, Argelia); lumaquella camina (Península Ibérica); fior di pesco (Calcide, Grecia); cipollino (Karistos, Grecia); nero antico (Djebel Aziz, Túnez); pórfido verde (Krokeai, Grecia); pórfido rojo (Monte Porphyrites, Egipto); brechas (diversas procedencias); brocatel de Tortosa (Tortosa, Tarragona); granito blanco y negro (Egipto). " Así sucede en el pavimento 1-2-9 (Moreno González, 1996: 93-94).'-En el caso de mosaicos en espacios públicos, a su valor estético hay que añadir también el ideológico -cuando se incorporan temas elegidos específicamente-, el social -como elemento de prestigio-e incluso el económico -cuando el mosaico se convierte en elemento de evergetismo-. ciendo una relación de directa correspondencia entre concepción simbólica y funcionalidad; lo que, a su vez, generaría una clara jerarquización en la casa, derivada de la reciprocidad entre el lujo y calidad de la decoración y la importancia de la estancia (Guardia Pons, 1992: 416). Debemos entender, por tanto, la elección de unos motivos y no de otros como un reflejo indudable de las propias concepciones personales del comitente, sobre todo si reparamos en que estos temas se desarrollan con frecuencia, como decíamos, en la decoración de espacios privados. Es decir, en estancias con un altísimo valor de autorrepresentación, destinadas a servir como «escaparate» de la calidad y lujo de la casa y del rango e ideología personal del dominus, quien aparte de demostrar su propia formación, tradición y cultura, también se dejaría influir por las corrientes estéticas y las modas dominantes. No obstante, en el extremo opuesto se podría situar el cliente con poca formación que, mediante la elección de determinados temas, trataría de disimular sus propias «carencias» (Guardia Pons, 1992: 439). La relación entre cliente y tema representado parece implícita, por ejemplo, en casos como el del mosaico de Oceanus y los Vientos de Faro, Portugal (Lancha, 1984: 58 ss.) o en las 58 stationes del Foro de las Corporaciones de Ostia (Becatti, 1961: 64 ss., tav. CLXXII-CLXXXII, C-LXXXIV-CXC y CXCV), aun cuando se trate de espacios públicos. Por otra parte, a medida que avanzan los estudios sobre la ornamentación musivaria de carácter figurado se evidencia cad^ vez con mayor seguridad la frecuente presencia de programas iconográficos con valor simbólico, coherentes tanto con la construcción en la que se insertan como con la función del espacio (Darmon, 1987: 58; Canuti, 1994: 485) ^^ Es el caso, en Córdoba, del conjunto de pavimentos hallados en Fray Luis de Granada, en el que nos parece clara la existencia de un programa iconográfico preestablecido relacionado con el culto a Dionysos, ya que atributos que se relacionan con esta divinidad aparecen en cada uno de aquéllos: en el mosaico E-2-10 (Moreno González, 1996: 95, láms. 80-84) creemos poder identificar su emblema como un busto de Dionysos, rodeado por una banda con roleos ^^^^i-^ffi'^^f y ^'/^,,.^s" %5c^>u-^^g-.ug x; • vegetales rematados con hojas de hederoe ^^\ por último, el mosaico E-2-12 (fig. 5; Moreno González, 1996: 185-187, láms. 80 B, 85-88) presenta roleos vegetales del mismo tipo que los del mosaico anterior en la zona absidada y en los laterales, además del motivo vegetal inscrito en algunos de los octógonos del área rectangular (hojas de heder oe y de vid). 103, 110-111) podrían pertenecer a una edificación distinta a la de los pavimentos restantes del citado yacimiento, ante la falta de manifestaciones de carácter arqueológico que apoyen esta hipótesis, nos inclinamos por su integración en una sola do-^^ Programas que serían disfrutados además en conjunción con otros muchos aspectos de la decoración doméstica como son la pintura parietal, la escultura, la vegetación y el agua, esta última habitada, en ocasiones, por animales domésticos.' "^ A juzgar por los trazos que restan del mismo, parece tratarse de hojas de vid, por lo que posiblemente podría pertenecer a una corona. AEspA, 70, 1997 mus, entendidos todos ellos en un mismo conjunto con simbologia e iconografía marina. Estaríamos, pues, ante otro programa iconográfico preestablecido que, teniendo en cuenta la cronología de los pavimentos en cuestión, habría sido conformado de manera progresiva mediante sucesivas refectiones enmarcadas en un arco cronológico de varios siglos. Sobre estos cartones o catálogos de motivos y temas habrían trabajado los artistas -incluso en ambiente funerario (Toynbee, 1951: 46-47;1993: 170)-, no siempre copiándolos de manera directa, sino también creando a partir de ellos nue- vas composiciones con base en la propia inspiración o bien en los encargos recibidos. Serían, pues, modelos sobre los que se trabajaría al inicio de cada obra, independientemente del tipo de opus empleado, hasta componer el nuevo mosaico elegido, y que contendrían no sólo motivos silueteados, sino también coloreados en el caso de los polícromos, para que el mosaísta pudiese copiar los colores siempre aprovechando y ajustándose a las distintas calidades y variedades de los materiales utilizados (Squarciapino, 1941: 25). Muchos de estos motivos se mantendrían inamovibles de generación en generación, utilizándose en igual medida en zonas y momentos muy diversos. Por tal razón, su estudio dificulta de forma considerable las apreciaciones cronológicas, sobre todo cuando sólo contamos con fragmentos o mosaicos exclusivamente geométricos sin demasiada complicación estructural y carentes por completo de contextos arqueológicos precisos. Cuando tales circunstancias concurren, se hace preciso rastrear la evolución de las modas en las escenas figuradas, los valores estéticos de los temas representados o las asociaciones de motivos geométricos elegidos, con el fin de conseguir una aproximación cronológica que, no obstante, debe quedar siempre sometida a revisión, por cuanto suele tratarse de composiciones locales, decididas como hemos visto por el comitente y que pueden verse muy condicionadas por la formación cultural de éste, sus gustos estéticos o simplemente su carácter más o menos reaccionario o progresista. En este sentido, uno de los aspectos más discutidos por la investigación musivaria actual es el intercambio de influencias (Fernández-Galiano, 1984), al que el caso de Hispânia, en general, y el de Mérida (Alvarez Martínez, 1995: 29-30) o Córdoba en particular, no son ajenos. Influencias que, por lo general, se estructuran en tres grandes corrientes que tienen por origen Italia, Galia y África. Para el primer caso lo cierto es que en la Córdoba de época altoimperial las influencias itálicas se difuminan un tanto, dada la escasez de pavimentos realizados en opus signinum, así como en opus tessellatum bícromo, aun cuando tales influjos serían constantes a lo largo de toda la etapa imperial y se hacen evidentes en casos tan claros como el mosaico E-3-3 (Moreno González, 1996: 217-219, láms. 103-106), datado entre mediados y finales del siglo II d.C. Sería esta duradera tradición itálica en el área occidental del Imperio la que implicaría las afinidades de algunos esquemas y motivos empleados en Hispânia con los de otras regiones occidentales, caso de la Galia. Así ocurre, por ejemplo, con Es a partir del siglo m y durante todo el iv d.C. cuando el mosaico hispano comienza a experimentar con fuerza el influjo de los talleres africanos (Blázquez Martínez, 1993: 71) y Córdoba va a ofrecer algún ejemplo paradigmático como el mosaico con tema cinegético recientemente recuperado en la Avda. de la Victoria, que no incluimos por encontrarse todavía en estudio. Antes -y así lo hemos hecho constar en cada caso-, tales influencias se hacen evidentes en numerosos motivos geométricos, caso de los pares de peitas tangentes -que ocupan, por ejemplo, el mosaico E-2-2 (Moreno González, 1996: 162-163, lám. 62), de principios del siglo m d.C.-, y en algunos temas iconográficos como el de la granada, que ocupa nuestro pavimento 1-1-8 (Moreno González, 1996: 52-53, lám. 12 B), al que asignamos una cronología de finales del siglo i/ comienzos del siglo m d.C. Sin embargo, tanto las influencias norteafricanas como las que posiblemente llegaron de la Galia, y desde luego de Italia, se difuminan generalmente en una Koivtj cultural que se nutre de temas comunes y, a este respecto, coincidimos con Alvarez Martínez al afirmar que «se ha exagerado, en efecto, a la hora de analizar las influencias norteafricanas de los pavimentos hispanos. Es cierto que hay influencias, pero probablemente también a la recíproca y siempre con raíz común en la Península Itálica» (Alvarez Martínez, 1995: 30) 60-61).' ^' No incluimos la localización de los mosaicos I-l-l e I-1-2 (número indeterminado de la Avda. de la Victoria), de I-2-1 (Avda. •' ^ Hemos incluido en este área el pavimento E-3-12 (Moreno González, 1996, 238), del que carecemos de documentación gráfica. Nos limitamos, por tanto, a los datos obtenidos de la consulta del Expediente n*' 3.168, registrado en la Delegación Provincial de la Consejería de Cultura y Medio Ambiente en Córdoba. 22 Incluimos entre los pavimentos realizados en opus tessellatum el mosaico 1-3-5 (Moreno González, 1996: 125) Hasta aquí lo que la valoración objetiva y puramente estadística de los pavimentos cordobeses puede dar de sí hasta la fecha. Sin embargo, basta traducir los valores anteriores a palabras para que apreciemos sin dificultad toda una serie de matices que queremos analizar individualizada y detenidamente, por constituir, en sí mismos, verdaderas y fundadas hipótesis de trabajo que, lógicamente, habremos de contrastar en estudios sucesivos. IL TEMÁTICA E ICONOGRAFÍA En buena parte, este aspecto quedó ya suficientemente tratado cuando, más arriba, abordamos el tema de la participación del comitente en la elección o la modificación de los cartones, así como el del valor que podemos asignar al mosaico como elemento clave de representación social y de pres-2"^ Incluimos entre este grupo de pavimentos todos aquellos que presentan motivos geométricos y vegetales en su esquema decorativo, salvo el mosaico 1-1-6 (Moreno González, 1996: 47-49, lám. 11), que hemos agrupado entre los figurados. ^^ Se trata del pavimento E-2-28 (Moreno González, 1996: 211), perteneciente a un martyrium, cuya cronología ha sido establecida en el siglo ix. tigio, que se encarga tanto para disfrute personal en ambiente doméstico como para poder mostrarlo ^^. Del total de los pavimentos estudiados en Córdoba -115-poseen decoración figurada 36, lo que supone un porcentaje del 31,3 %. Por sectores, atendiendo a sus aspectos iconográficos, se reparten de la siguiente manera: • Personificaciones mitológicas -Siete Sabios?-I-1 (Moreno González, 1996: I-l-2^ Basta recordar en este sentido el caso cordobés de la villa de El Ruedo (Almedinilla) (Vaquerizo et alii, 1994; Moreno González, 1995), donde el mosaico sólo se utiliza en aquellos cubicula que podían ser vistos desde el peristilo, reservando para las habitaciones interiores -seguramente los dormitorios en sentido estricto-, simples suelos excavados en la roca y regularizados con una capa de cal. No creemos que en este yacimiento se pueda, pues, ignorar el componente práctico de ahorro y, a la vez, de representación, que suponen unas y otras estancias. ^^ En principio, interpretamos el tema de este pavimento en relación con los comitentes o tal vez, incluso, con personajes de cierto contenido religioso, de manera similar a como ocurre en otros lugares del Imperio para fechas que rondan ya la segunda mitad del siglo m d.C. (Fasiolo, 1915: 54-ss. tav. Sin embargo, las apreciaciones de A. Ventura y G. López Monteagudo nos han llevado a reconsiderar nuestra primera interpretación iconográfica del pavimento y, actualmente, realizamos un estudio exhaustivo del mismo para establecer las posibles afinidades 11, láms. 14-15; primera mitad del siglo m d.C; estancia de representación y prestigio). 9-10; finales del siglo ii d.C; fuente de peristilo). • Elementos simbólicos de carácter animal o vegetal: 2 -Pavos reales: 1 (Moreno González, 1996: I-l-21, 75-76; finales del siglo iii, principios del siglo IV d.C; posible ambiente religioso paleocristiano). -Granadas: 1 (Moreno González, 1996, 1-1-6, 47-48, lám. 11; comienzos del siglo m d.C; estancia de representación y prestigio). • Indeterminado: 1 (Moreno González, 1996: I-l-22,11-l'è, lám. 20; mediados del siglo ii d.C; cubiculum). INTRAMUROS, ÁREA SURORIENTAL (1-4): entre éste y la iconografía tradicional de los Siete Sabios, con la que más acertadamente parece poder relacionarse. 55, 58 A; finales del siglo ii o comienzos del siglo m d.C; estanque de peristilo). EXTRAMUROS, ÁREA SEPTENTRIONAL (E-2): 108 B-109; mediados del siglo m d.C; estancia de representación y prestigio). 110-111; finales del siglo ii o comienzos del siglo m d.C; estancia de representación y prestigio). De todos estos datos podemos destacar la concentración preferencial del mosaico con decoración figurada en el entorno de las áreas forenses de la ciudad. así como en el vicus septentrional, hecho que confirma la tendencia general observada para todos los tipos paviméntales, relacionándolos directamente con la monumentalización del habitat urbano de carácter privado. Del mismo modo observamos un cierto predominio de temas, entre los cuales se cuentan el thyasos dionisiaco, la representación de las estaciones o los motivos de carácter marino ^^ -en un proceso similar al que se observa en otras ciudades de Hispânia, también capitales de provincia, como es el caso de Mérida (Alvarez Martínez, 1995: 30-31)-, sin que falten representaciones de leyendas mitológicas más o menos complejas o escenas teatrales. Los primeros, siempre con una cronología centrada entre los siglos ii y m d.C, son muy variados en cuanto a la composición de las representaciones, con un hilo conductor común y en ocasiones obra aparente de los mismos talleres. Ocupan, por regla general, estancias principales de la domus -triclinia o salas de aparato-, desde las que contribuyen a la representación y el prestigio de los propietarios. Sin embargo, no parece que este tipo de escenas implicaran necesariamente la existencia de un verdadero culto a Baco (Guardia Pons, 1992: 366 ss.). Por el contrario, el desarrollo de su iconografía sería consecuencia directa de su consideración como símbolo de placer, motivo exótico, o bien como detentador de prosperidad, seguridad o fertilidad (García Sanz, 1991-1992: 111). Por su parte, el tema de las Estaciones -que ha sido objeto de recientes valoraciones (Abad Casal, 1990), tanto en el caso cordobés (López Monteagudo, 1991) como para otros lugares del Imperio (Parrish, 1984; Canuti, 1994)-, parece constituirse en uno de los más apreciados por los habitantes de la ^^ El tema marino es hoy objeto de muy diversos estudios, como los presentados al Primer Congreso Peninsular de Termalismo Antiguo, celebrado en Arnedillo (La Rioja) durante el mes de octubre de 1996, por G. López Monteagudo (1996, e.p), L. Neira (1996, e.p.) y P. San Nicolás (1996, e.p.). Agradecemos la información a la Dra. AEspA, 70,1997 Colonia Patricia a lo largo de todo el Imperio, ofreciendo ejemplos que oscilan cronológicamente entre los siglos II y IV d.C, bien sea a través de personificaciones o de sus propios símbolos o atributos. Finalmente, los mosaicos con temas del ciclo marino -ya sea Oceanus •^°, peces, etc.-aparecen, la mayor parte de las veces, asociados a peristilos, termas, baños y todo tipo de estancias o edificios relacionados con el agua, dulce o salada (Darmon, 1987: 58), simbolizando la importancia de ésta en la continua renovación de la naturaleza, su función vital; en otras ocasiones harían alusión a la vida en las grandes villas, vecinas o no al mar o a un río, evidenciando la variedad biológica y la abundancia del entorno en el que se integran (Thébert, 1990: 276-277; Blanchard, 1981: 70-71). La utilización del mosaico en Roma como un vehículo transmisor de ideas queda hoy fuera de toda duda, dado que determinados temas, además de embellecer los pavimentos, se revelan cargados de un lenguaje simbólico. Esta relación entre motivo representado y función de la estancia comienza su desarrollo en época imperial y alcanza su máxima expresión a lo largo de los siglos ii y m (L'Orange; Nordhagen, 1966: 40 ss.), precisamente la cronologia a la que se adscribe la casi totalidad de los mosaicos con decoración figurada localizados hasta la fecha en Córdoba (97'2%). Por el momento, supuesto el nivel de conocimientos de que disponemos en relación con la Córdoba romana -dificultad para asignar una funcionalidad específica a la mayor parte de los pavimentos, casi todos ellos fruto de excavaciones antiguas o modernas efectuadas sin el suficiente rigor arqueológico o sin abarcar la extensión que hubiera resultado mínima de cara a interpretar las estancias en que fueron utilizados o los conjuntos de habitat en que se inscriben (Moreno González, 1995a: 16-17)-, los datos que hasta la fecha podemos señalar en relación con la funcionalidad de las estancias en que fue utilizado mosaico en Córdoba son los siguientes: A tenor de estos resultados podemos observar que en la mayor parte de los mosaicos estudiados -49: 42,6 %-no hemos podido establecer la funcionalidad de la estancia en que fueron utilizados y mucho menos del edificio en que se integran, debido en todos los casos, como ya señalábamos más ^° La representación de esta divinidad también se documenta en pavimentos instalados en triclinia (Guardia Pons, 1992: 419), como sucede en el 1-2-20 (Moreno González, 1996: 101-103, láms. -" Incluimos en esta denominación tan genérica triclinia. oeci y exedrce -incluso algún posible cubiculum-, supuestas las enormes dificultades que reviste su diferenciación, sin conocer la estructura total de la casa a la que pertenecieron. ^^ Si bien podrían estar relacionados con un ambiente termal (Ventura Villanueva, 1996: 112). arriba, a la falta de datos sobre el contexto arqueológico en que fueron localizados. Las estancias que pudieron servir como cubicula, triclinia, oeci y/o exedroe, pero que no podemos individualizar por el momento, suponen un 20,8 % del total. En cambio, aquéllas identificables como triclinia propiamente dichos representan el 6,9 % ^^. Los pavimentos situados en espacios relacionados con el agua, ya sean fuentes, estanques de peristilos o impluvia suponen el 8,6 % del total, algo más que aquellos pavimentos situados en galerías o corredores (6 %). A cutícula bien definidos responden el 3,4 % de los pavimentos y, finalmente, contamos con un solo caso (O'8 %) de mosaicos utilizados en un oecus y en un espacio porticado, respectivamente ^' ^. El resto de los pavimentos, salvo los localizados en la calle José Cruz Conde (mosaicos 1-2-21 a 1-2-27), quizá pertenecientes a un gran edificio público de carácter termal ^^, deben ^^ Es el caso, por ejemplo, del conjunto recuperado en la calle Fray Luis de Granada, compuesto por tres pavimentos. La absoluta ausencia de información sobre el contexto arqueológico hace difícil aventurar una funcionalidad determinada; con todo, podemos barajar algunas hipótesis por comparación con pavimentos similares, circunscritos en espacios afines. 80 B, 85-88), el de mayor área conservada, presenta en uno de sus lados menores un espacio absidado cerrado, ocupado por una representación vegetal de roleos terminados en hojas de hederoe realizados en teselas negras, al igual que la cenefa principal. El espacio absidado presenta un diámetro de 6,50 m, a los que debemos añadir los 31 m^ del resto de la estancia. De poder confirmar la adscripción del conjunto a un habitat doméstico del tipo domus, quedaría clara su función como espacio destinado a la representación y prestigio del dueño, pudiendo proponerse su identificación como triclinium u oecus, estancias ambas a las que no resulta extraña la forma absidada. 80-84) presenta el campo decorativo dividido en dos espacios bien diferenciados en cuanto a motivos representados y a sus dimensiones, siendo mayor el que contiene el emblema figurativo central. Tal estructuración compositiva en una misma estancia suele responder a funcionalidades características y bien tipificadas; en este caso pudo ser igualmente la de servir como espacio de reunión, triclinium por ejemplo. El área utilizada para sentarse sería el rectángulo decorativo inferior, desde donde el emblema central podría ser visto de frente. •^"^ Este último representa un caso claro de pavimento instalado en la vía pública (Hidalgo Prieto, 1991b: 121 y 1993: 98 ss.): decoró un soportal a la entrada de una domus, por lo que cabe suponer que ejerciera como comitente el propio dueño, quien habría conseguido de este modo un ennoblecimiento del acceso a su casa de acuerdo a un espíritu bien constatado para otros lugares del Imperio, como es el caso, por ejemplo, de la Plaza de las Corporaciones de Ostia (Becatti, 1961: 64 ss., tav. ^^ Circunstancia que deberá deducirse, además, del análisis del resto de los elementos arquitectónicos o escultóricos en él localizados y en su relación con el entorno. La última interpretación publicada en relación con este conjunto se in-considerarse sin más como pertenecientes a ambientes domésticos, siempre integrados en edificios de carácter privado, con mayor profusión en estancias identificables como triclinia, cuhicula y peristilos (fuentes, estanques, impluvia). Pero, además, contamos con otro dato importante: la posible adscripción a ambientes de carácter funerario de dos de los pavimentos localizados en la necrópolis septentrional de Colonia Patricia, dados a conocer en su momento por D. Antonio García y Bellido (1959Bellido (: 7-8 y 1963: 171): 171). La información que nos ha llegado es, sin embargo, tan escasa que sólo podemos afirmar con seguridad su pertenencia en un caso (E-2-29; García y Bellido, 1963: 170-177) a un monumento funerario de características indeterminadas en cuyo interior fue recuperado el famoso sarcófago cristiano columnado -su cronología constantiniana podría hacerse extensiva a la del mosaico-y en el otro (E-2-28) a un posible martyrium ubicado en las proximidades de la puerta norte de la ciudad, del cual no se conoce con seguridad ni siquiera la cronología (posiblemente siglo ix; Ramírez de Arellano, 1877: 48 ss.; García y Bellido, 1959Bellido,: 7-8 y 1963: 170): 170). Finalmente contamos, por primera vez, con datos del hallazgo reciente de pavimentos musivos pertenecientes a un ambiente religioso paleocristiano -«una basílica de planta de cruz griega», a juzgar por el reciente hallazgo en el Convento de Santa Clara de «mosaicos con símbolos cristianos, algunos de gran riqueza decorativa» (Niza, 1995: 8)-, lógicamente aún inéditos y que en su día habrá que valorar en el marco de una problemática que actualmente transciende nuestro estudio. Ambiente tal vez similar al descrito para el mosaico 1-1-21. A tenor de los resultados que hemos podido obtener de nuestro análisis, resulta evidente que la Córdoba de época republicana no utilizó pavimentos de tipo monumental o representativo. En algunas ciudades de Hispânia se adscriben a esta época pavimentos realizados en opus signinum (Ramallo Asensio, 1989: 67 ss.;Rodríguez Oliva, 1994: 349) y así se viene haciendo igualmente en Córdoba (Carrillo et alii, 1995a: 33). Sin embargo, los que conocemos hasta la fecha en la Córdoba romana presentan siempre una cronología posterior, remontable más bien a tiempos de Augusto o incluso posteriores (fig. 8). Coincidiendo con esta última etapa comienzan a aparecer los primeros pavimentos realizados en opus tessellatum, que acompañan al primer periodo probado de monumentalización de la ciudad. Con todo, no será hasta los siglos II y III cuando se generalice el uso del mosaico (fig. 9) ^^, que se instrumentaliza claramente al usarse no ya por su propio carácter decorativo, sino también como elemento de ostentación, representación y prestigio. Es en esta fase cuando se datan los pavimentos cordobeses más ricos desde el punto de vista iconográfico y figurativo, en su inmensa mayoría integrados en espacios privados, seguramente casas del tipo domus e identificables con triclinia, oeci, exedrce o cubicula, básicamente. Hasta la fecha no contamos con prueba alguna que nos permita deducir para esta etapa la existencia o el uso del mosaico parietal o en forma de cuadros, hecho que, muy probablemente, se debe tan sólo a las limitaciones enormes que han venido caracterizando a la investigación al uso. Por último, en la Antigüedad Tardía apreciamos un nuevo descenso en el porcentaje de pavimentos localizados en Colonia Patricia (fig. 10)^-^, seguramente consecuencia directa del auge de la vida en las áreas extraurbanas y de la monumentalización de las grandes villoe suburbanas (Rodríguez Oliva, 1994: 356) -caso de Cortijo del Alcaide (Vicent Zaragoza, 1969; Blázquez Martínez, 1981) o Aleolea (García y Bellido, 1965)-y rurales -entre las que cabe citar, como ejemplos verdaderamente paradigmáticos a éste y a otros niveles, la Casa del Mitra, en Cabra (Blanco; García; Bendala, 1972; Jiménez Salvador; Martín-Bueno, 1992), Fuente Álamo, en Puente Genil (Daviault; Lancha; López Palomo, 1987; Espejo Muriel, 1995) y El Ruedo, en Almedi-^^' No incluimos la situación de los mosaicos E-2-25 a 27 -Plaza de Colón, 4-, por localizarse fuera del espacio urbano representado. •' ^ No incluimos la situación del mosaico E-2-28 -antiguo Convento de la Merced-, por localizarse fuera del espacio urbano representado. nilla (Hidalgo Prieto, 1991a, 1994a; Vaquerizo et alii, 1994; Moreno González, 1994)-donde, por el contrario, sí aparecen con gran frecuencia conjuntos musivarios adscribibles a este periodo, especialmente floreciente desde tal punto de vista. Del mismo modo, y por primera vez, aun cuando disponemos de una información enormemente limitada, sabemos de la utilización en Córdoba del revestimiento musivario parietal en ambientes funerarios y en contextos ya incuestionablemente cristianos (Moreno González, 1996: E-2-28 y 29, 211-212).
RESUMEN Continuación de J. de Hoz: 2002: "Grafitos cerámicos griegos y púnicos en la Hispania prerromana", AEspA 75, 75-91. Tras algunas consideraciones sobre los grafitos en general ( § 1) se estudian los grafitos del sur de la Península Ibérica, con particular atención a los problemas cronológicos ( § 2), los grafitos propiamente ibéricos ( § 3), la en ocasiones difícil diferenciación de grafitos de propiedad y marcas comerciales ( § 4) y los problemas de identificación étnica planteados por los grafitos ( § 5). Un addendum está dedicado a algunas novedades fenicias importantes, posteriores a 2002. CERÁMICA Y EPIGRAFÍA PALEOHISPÁNICA DE FECHA PRERROMANA 1 1. Los epígrafes antiguos son objetos arqueológicos en un doble sentido. En el primario, se trata de objetos históricos que se recuperan como otras piezas arqueológicas a través de la excavación, el hallazgo casual o porque se han conservado en forma de ruina, visibles pero durante mucho tiempo carentes de interés. En un segundo sentido son objetos arqueológicos porque su estudio, antes de llegar al análisis textual, empieza por el mismo tipo de aproximación que otros objetos arqueológicos, contexto, descripción, colocación en series tipológicas, datación por razones técnicas, estratigráficas o formales, deducción de el por qué y el para qué de su existencia a partir de sus meras características físicas. Si esto es así en todos los casos, y de hecho cada vez más se insiste en estos aspectos en relación con epígrafes, por ejemplo lapidarios, que en tiempos tendían a ser estudiados como meros textos, los grafitos sobre cerámica han estado siempre inevitablemente ligados al estudio arqueológico de sus soportes, pero ello no quiere decir, como he señalado en el artículo que constituye la primera parte de éste, que exista siempre una imagen clara de lo que la epigrafía cerámica implica en una determinada cultura antigua, en especial cuando esa epigrafía se expresa en varias lenguas que corresponden a disciplinas filológicas diferentes aunque históricamente se integren en un mismo mundo. Esa es la justificación de estas líneas, sin duda tan prematuras y tan insuficientemente fundadas aunque en aspectos diferentes como lo fueron las del artículo precedente, junto con las cuales pretenden dar un cuadro general de cómo y por qué los distintos habitantes, indígenas o no, de la Hispania antigua que estaban en posesión de una escritura se vieron llevados a utilizar la cerámica como soporte de alguna clase de texto. Nos ocuparemos aquí de las gentes del territorio tartesio y del SO de la Península 2, y de los íberos 3, incluidos los del sur de Francia. Como 1 Este trabajo se ha redactado dentro de los proyectos financiados por el Ministerio de Educación y Ciencia BFF2000-0692-C02-01 y BFF2003-09872-C02-01, y constituye la segunda parte de de Hoz: 2002: "Grafitos"; sus datos y conclusiones están básicamente entresacados de mi Historia lingüística de la Península Ibérica y el sur de Francia en la Antigüedad que espero de próxima publicación, donde podrán verse más detalles. Para ciertas cuestiones generales y problemas teóricos del estudio de los grafitos se debe tener en cuenta el artículo citado, en particular pp. 75-7 y 87-8. Como en ese artículo (N)NP significa nombre(s) personal(es). 2 No existe un corpus adecuado de esa epigrafía, excepto en lo que se refiere a las lápidas recogidas en MLH IV, que no nos conciernen directamente aquí. Vid. las referencias a los grafitos en § 2. 3 Corpus básico en MLH II (sur de Francia) y III (Península Ibérica). Para las inscripciones aparecidas posteriormente vid. en particular Panosa, Ma. Gracias a la amabilidad de J. Untermann en muchos casos podré citar la referencia que estas inscripciones aún no recogidas en MLH tendrán en su día en esa obra; en esos casos la referencia va precedida de asterisco. tomaré en cuenta sólo los tipos más comunes de grafito y prescindiré de grafitos relacionados con funciones especiales del recipiente; tampoco me ocuparé de las inscripciones pintadas sobre cerámica, ni de los óstraca, de los que existen testimonios en la Península Ibérica y el sur de Francia tanto en griego como en ibérico, ni de los nuevos desarrollos que se producen a partir de la llegada de los romanos, como tampoco de los epígrafes impresos o sellos. El límite cronológico adoptado implica prescindir también de los grafitos celtibéricos y de los raros testimonios de ese género dejados por otros pueblos indoeuropeos. Básicamente los grafitos con los que vamos a encontrarnos son de propiedad o, digamos, profesionales, relativos al comercio o, en su caso, a la producción de la cerámica, sin que en muchos casos sea posible una clasificación correcta. No me detengo en cuestiones generales ni metodológicas sobre estos tipos porque ya he comentado lo esencial en el artículo citado. El ámbito cultural propiamente tartesio y su periferia inmediata nos han proporcionado algunos grafitos indígenas, fundamental aunque no exclusivamente cerámicos. En el Bajo Guadalquivir podemos mencionar los procedentes del Cabezo de San Pedro, en la ciudad de Huelva, y los del yacimiento del Carambolo, en las afueras de Sevilla. Por desgracia buena parte de los grafitos del Cabezo de San Pedro no procede de excavaciones regulares sino del aprovechamiento arqueológico de las labores realizadas en la ladera occidental del Cabezo para evitar desplomes 4. Con posterioridad, en las excavaciones de los años ochenta en las calles Puerto y Méndez Núñez 5, se hallaron en estratos definibles otros fragmentos cerámicos con grafitos, de los que al menos uno es sin duda un texto paleohispánico aunque muy deteriorado 6, y más recientemente, en recuperaciones de materiales descontextualizados procedentes de las calles Botica y Méndez Núñez, se añadieron otros fragmentos de los que sin embargo ninguno contiene con total seguridad un grafito paleohispánico 7; en cuanto al rico material anterior a mediados del s. VIII recuperado del vaciado del solar de la calle Méndez Núñez 7-13 8, aunque hay varios grafitos fenicios (ver addendum final), sólo ha aparecido un signo equiparable a uno de los grafemas paleohispánicos (op. cit., 136, láms. XXXV.12 y LXI.11), pero se trata de una forma muy común en marcas de contextos preescriturarios -el diábolo-. Todos los grafitos del Cabezo de San Pedro que nos interesan por su probable cronología, excepto uno, se hallan en cerámicas de "retícula bruñida" 9, un tipo característico del SO e incluso podríamos decir característicamente tartesio, cuya vida transcurre, en cronología baja (vid. infra) entre el s. IX y comienzos del VI; sin embargo los fragmentos del Cabezo de San Pedro carecen de fecha precisa, más allá de los límites de uso de ese tipo, dadas las condiciones del hallazgo. El más importante y antiguo de los grafitos de San Pedro (J(12, no1)=EM1) 10 correspondería, según algunos autores, a la primera fase de habitación que se ha podido definir en el Cabezo, previa a los primeros elementos orientalizantes; sin llegar a una conclusión tan problemática sí puede asegurarse que se utilizó la escritura cuando la cerámica de "retícula bruñida" tenía todavía una gran calidad y no mostraba ningún indicio de degeneración; digamos pues que con seguridad no más tarde del siglo VII, en el que la presencia de contactos orientales se hace claramente patente, aunque subrayo que de momento estoy utilizando cronologías conservadoras que creo acabarán siendo desplazadas por otras más altas, hoy en discusión pero sobre las que todavía no hay un acuerdo claro entre los arqueólogos (vid. el addendum citado). Los grafitos de Huelva no fenicios que en principio podemos atribuir al período que aquí nos interesa, aunque sin precisar fechas, son como máximo treinta y uno, de los cuales sólo uno, el ya mencionado J(12, no1), en 30 JAVIER DE HOZ 4 El salvamento de estas piezas se debe a dos arqueólogos locales, F. Gómez y K. Clauss. Sobre la excavación en general vid. el conjunto de artículos contenidos en el mismo volumen. 103 se admite que el único signo conservado completo es una tartesia o fenicia, pero la forma es claramente paleohispánica y no conozco ningún paralelo fenicio. 7 González de Canales, F. & Serrano, L.: 1995: "Consideraciones". No tomados en consideración en MLH IV. El tratamiento de estos materiales en MLH IV es bastante ambiguo; se los recoge antes de la edición propiamente dicha de las inscripciones del SO bajo la rúbrica "Inscripciones no admitidas" ( § § 1.104-7) junto con lápidas sepulcrales fragmentarias o perdidas y de lectura inviable, posibles signos sin sentido e inscripciones supuestamente ibéricas meridionales; de todas ellas se da una edición preliminar con una numeración seguida a la que reenvían mis referencias entre paréntesis. En general se excluye que puedan existir inscripciones del ámbito del SO o del tartésico sobre objetos fechables arqueológicamente en fecha temprana. Como se verá, la visión adoptada en éstas páginas depende de una valoración muy distinta de los datos arqueológicos y de historia de la escritura. el borde exterior de un cuenco, tiene cierta longitud, cinco signos, dos de ellos fragmentarios, y pudo en su día corresponder a un texto propiamente dicho, mención completa de un NP por ejemplo11; el texto J(13) debió tener también cierta longitud, pero su estado de conservación no permite valorarlo; los restantes son meras marcas o abreviaturas, aunque en casos se trate claramente de grafemas, y sólo uno de ellos, que no está grabado sobre "retícula bruñida" sino sobre cerámica parda a torno -interior de un fragmento de plato liso-puede ser considerado con seguridad como escritura12. Es significativo el número relativamente alto de marcas o signos aislados con función de marca que no son fenicios ni griegos, porque muestran el mismo interés por controlar objetos que acompaña, en muchas ocasiones, a los primeros pasos de la escritura sobre materiales duros 13. En cuanto a los grafitos del Carambolo14, no son sólo escasos -seis-sino de dudoso carácter escriturario con la excepción de una única letra que tanto puede ser fenicia como hispánica (EM10), y que está grabada sobre un plato de barniz rojo procedente del llamado Carambolo Bajo, es decir del poblado que se inicia hacia el 700 a. C. En realidad otros yacimientos presentan una situación similar, con algunas marcas cerámicas, posible letra aislada en algún caso, a las que apenas se ha prestado atención cuando no van acompañadas de alguna inequívoca inscripción hallada en el mismo ambiente 15. En la zona extremeña hay que señalar el yacimiento de Medellín que ha proporcionado algunos grafitos cerámicos. Una parte de ellos proceden de las excavaciones en el poblado, y han aparecido en una secuencia estratigráfica coherente. Se trata de nueve fragmentos 16, cuatro de los cuales parecen contener marcas más bién que letras, otro muestra una marca grafemática, y los cuatro restantes soportan sin duda escritura. Nos quedan por lo tanto los siguientes testimonios (J( 14) sin especificación de las diversas piezas): un fragmento con tres grafemas, mutilados el primero y el tercero, de un plato gris espatulado, procedente de la fase 2b de la estratigrafía en la llamada Cata Este del Teatro, fechado por el excavador entre 625 y 600 a.C. (EM16); un fragmento de urna gris espatulada con dos grafemas enteros, correspondiente a la fase 2a de la misma estratigrafía, entre 650 y 625 a.C. (EM18), y un fragmento de vaso gris carenado, fabricado a mano y bruñido, procedente éste de las tierras revueltas de las excavaciones del teatro romano, pero que no debe ser posterior al s. VII (Almagro-Gorbea: 1977: El Bronce, 271, frg. MT. s. n.); este fragmento presenta un único signo, curiosamente el mismo que aparece en un fragmento hallado en una cata en el abrigo de la entrada norte de la cueva de Boquique (Valconchero, Plasencia, CC), también parte de un vaso carenado de cerámica bruñida fina, y perteneciente a un conjunto que se fecha entre el s. IX y el VIII18. Tanto lo temprano de la fecha como lo aislado del testimonio, en zona tan septentrional, aconsejan prescindir de él. Los dos grafitos del s. VII citados serían sin embargo suficiente testimonio como para poder admitir la existencia de escritura no fenicia 19 en Medellín en esas fechas. La cerámica gris espatulada y a torno está tan generalizada en el yacimiento que nada obliga a considerar las piezas como importaciones, y por lo tanto podemos tomar en consideración estos grafitos como testimonio del conocimiento de la escritura en la zona. Testimonios posteriores han confirmado ampliamente esta conclusión; prescindiendo del hallazgo de una lápida del SO (MLH J.57.1), existe en la necrópolis un cierto número de grafitos, casi todos sobre platos grises, algunos puramente decorativos, otros marcas, en general variantes de aspa de tipos que ya figuraban en las marcas previamente mencionadas 20, y en dos casos, grafitos de cierta longitud que merecen un comentario más detenido 21. Se trata de dos platos de cerámica gris orientalizante, el primero de los cuales (J( 26)) pertenece al tipo 1D1a y a la primera fase de la necrópolis 22, es decir no es posterior a mediados del s. VI. En su interior, además de motivos decorativos y una marca, se grabaron dos inscripciones, una levógira y otra dextrógira, posiblemente por manos diversas, y no relacionables con ninguna lengua conocida. El otro plato, tipo 3A1 de Lorrio, que al parecer carece de contexto arqueológico precisable 23, contiene una inscripción (MLH J( 27)) que, como las anteriores, es de suponer corresponda a un NP pero tampoco tiene paralelos. La importancia de estos platos es grande porque, con mayor nitidez que otros grafitos, demuestran que en fecha temprana, difícilmente después de c. 600 a.C., existía en el SO una escritura utilizada en soportes distintos de las estelas y cuya relación con la inscrita en éstas es un problema mayor en el que aquí no puedo entrar24, a la que no parece adecuado lla-mar suribérica so pena de descargar a la palabra "ibérico" de todo su sentido, y que naturalmente no podía haber nacido en Extremadura, con lo que los grafitos de la zona más puramente tartésica reciben una confirmación que a mi modo de ver no les era necesaria, pero que debiera servir para terminar con las posturas escépticas. También en la zona del sur de Portugal existen grafitos aunque igualmente escasos y sólo uno de ellos cerámico; se trata de una letra dextrorsa, único resto precisable de una inscripción grabada sobre un fragmento de un gran recipiente fabricado a torno, procedente del poblado de la cultura del SO de Monte Coito (Ourique, MLH J(11)) 25. Por último hay que citar un grafito procedente del SE de la Península, de la Peña Negra de Crevillente, datado por su excavador en la segunda fase del período II del yacimiento26, que se extendería entre 700/675 y 550/535 a. C. Se trata de un fragmento de ánfora, de pasta extraña a la zona, procedente tal vez del SO de la Península, con restos de tres signos, de aspecto muy similar a los de las losas del SO, que se leen ]nao[ 27; ésta es la interpretación al menos que me parece más acorde con el ductus del grafito, pero no es totalmente imposible que se trate de una inscripción fenicia 28. No sorprende el pequeño número de grafitos indígenas tempranos en la zona, pero es significativo que esa escasez se mantenga en momentos posteriores al siglo V. De Córdoba procede un fragmento de plato del siglo V o IV con las letras ire[ en el exterior (H.8.1); de Almedinilla un grafito que ha pasado desapercibido y que necesitaría de un estudio sobre el original, aunque posiblemente es de época romana 29; de Huelva, posiblemente del Cabezo de la Esperanza (EM9, ya citado), la 32 JAVIER DE HOZ 19 La griega es altamente improbable en esa zona y en esas fechas, aunque uno de los dos grafitos (EM18), e incluso, aunque más difícilmente el otro, podrían interpretarse como letras griegas. 21 Agradezco a M. Almagro-Gorbea el que me haya proporcionado dibujos de los grafitos más interesantes de la necrópolis de Medellín. base fragmentaria de un tosco plato pardo con restos de signos en dos líneas de escritura tan perdidos que ni siquiera se puede garantizar que no se trate de escritura fenicia 30; de Portugal, Herdade da Amoreirinha (Caia, Elvas; J(10)), Azougada (Moura) 31, Santa Olaia (Figueira da Foz) 32, y al parecer de Cabeço de Vaiamonte (Portalegre) 33, marcas o grafitos ilegibles, siendo además las dos últimas localidades, en especial la primera, excesivamente septentrionales como para que se pueda aceptar fácilmente la idea de que en ellas se habría conocido la escritura antes de la latinización. Hay sin embargo un par de grafitos más significativos, uno portugués, otro de Extremadura, aparte los procedentes de Oretania que por su lengua ibérica corresponden al § siguiente. Del depósito ritual de Garvão (Ourique, Beja), datado entre mediados del s. IV y finales del III, procede un vaso de perfil en S en cuya base hay un grafito de seis signos, cinco diferentes, en una variedad peculiar de la escritura meridional o del SO ya que dos de los signos, entre ellos el repetido, no tienen una transcripción segura 34. De Villasviejas (CC) procede un fragmento, hallado en un estrato de fines del V o comienzos del IV, que tiene la peculiaridad de estar escrito por ambas caras 35, por lo que posiblemente se tratara de un óstracon pero fragmentado, que en realidad tendríamos que separar del tipo de grafitos de que hasta ahora nos hemos ocupado. Como se ve la epigrafía cerámica no ibérica del sur es escasa, dispersa y difícil de clasificar. Rara vez contamos con grafitos completos que pasen de un par de signos, y rara vez el soporte está lo suficientemente completo como para que podamos sacar conclusiones sobre la relación entre grafito y recipiente. En esas circunstancias podemos sospechar que existen marcas comerciales pero difícilmente demostrarlo. Más claro es el caso de las inscripciones de propiedad, ya que difícilmente pueden ser otra cosa el grafito mayor del Cabezo de San Pedro, los de Medellín o el de Garvão, pero aquí tropezamos con las limitaciones de nuestro conocimiento de la escritura y de las lenguas afectadas, por lo que no podemos decir nada concreto sobre los NNP en cuestión. Más aún, no tenemos criterios, fuera del geográfico, para delimitar lo que pertenece a la escritura y lengua del SO, es decir la de las estelas inscritas, y lo que pertenece al ámbito propiamente tartésico, que en general se suele confundir con el del SO, pero que a mi modo de ver está representado, con anterioridad a la epigrafía turdetana sobre vajilla (recogida en MLH III bajo la letra H) y a las inscripciones monetales de Obulco (A.100), por un puñado de grafitos entre los que sin duda se incluirían los de Huelva, Córdoba y Almedinilla 36. Los portugueses por el contrario pertenecerían sin duda al mundo del SO, mientras que, dada la lógica posibilidad de solapamientos entre ambos ámbitos culturales, de la que son buena muestra las estelas de Alcalá del Río (J.53) y Puente Genil (J.51), y nuestro desconocimiento de las fronteras lingüísticas entre las gentes del SO, las tartesias y los grupos extremeños, dudo que podamos precisar en mucho tiempo la adscripción de otros testimonios. Los grafitos propiamente ibéricos de propiedad abundan sobre cerámicas valiosas 37, aunque una vez más en algunos de los casos así interpretados podría tratarse de marcas comerciales al estilo de las griegas y púnicas. Los grafitos están atestiguados en las tres escrituras utilizadas por los íberos, la greco-ibérica, la ibérica levantina y la meridional. Su distribución es llamativa. De los greco-ibéricos han aparecido uno aislado en los yacimientos de Benillova (G.3.1), Els Baradells (G.4.1), El Puig de Alcoy (G.2.1) 38, y Coimbra del Barranco Ancho 39, y quince, todos ellos sobre cerámica ática de barniz negro, en El Campello (G.9.1-15) 40. No existen por el momento estudios que recojan los datos relativos a número total de fragmentos de cada uno de esos yacimientos, número de 39 de Hoz: 1998: "La epigrafía", 222. Los no 8 y 9 de Llobregat pueden ser marcas propiamente griegas, 12 y 19 son marcas indeterminadas, 21 y 22 son grafitos púnicos, y en cuanto al no 20 podría ser una forma aberrante de la s greco-ibérica, es decir de sampi, como quiere Llobregat, op. cit. 160-1 -a pesar de que en ese artículo hay una cierta confusión sobre el papel de san y sampi en el alfabeto griego-, pero más probablemente es una de las muchas marcas que se basan en complicaciones caprichosas de la letra alfa. Todos estos grafitos han sido publicados de nuevo, con estudio detallado de los soportes, en García Martín, J. M.: 2003: La distribución, 111-22. fragmentos contemporáneos de los grafitos, número de fragmentos de cerámica ática de barniz negro, todo ello comparado con el número de grafitos, pero es significativa la concentración en El Campello que no puede explicarse sólo por las excavaciones regulares allí practicadas, ya que también existen excavaciones regulares en otros yacimientos donde ha aparecido epigrafía greco-ibérica, como El Cigarralejo o Coimbra del Barranco Ancho, y sin embargo sólo han proporcionado algún epígrafe aislado. El comportamiento especial del yacimiento de El Campello desde el punto de vista epigráfico puede explicarse porque efectivamente se trata de un yacimiento especial, si hemos de aceptar las conclusiones de uno de sus investigadores, según el cual "se puede lícitamente inducir que el poblado de la Illeta dels Banyets fue una especie de emporio en el que se establecía el mercado bajo la protección de los dioses" 41, lo que como veremos encaja muy bien con la abundancia de grafitos, y con el hecho de que éstos no sólo sean greco-ibéricos sino también púnicos y mercantiles en sentido amplio 42. En escritura meridional existen también algunos grafitos cerámicos de propiedad, supuestamente un fragmento saguntino (G.12.2), un breve grafito de Toya (H.4.1), ambos problemáticos por motivos diversos y el primero en realidad no meridional (balkatin en escritura levantina), el difícil grafito de la Cova del Sapet (Pego) (MLH III.1, 102), y los nuevos fragmentos de Giribaile43, Porcuna (*H.12.3)44 y Baeza (*H.14.1) 45, pero no existe por ahora ningún yacimiento que presente una concentración comparable con la de El Campello. Hay sin embargo dos grafitos más explícitos, sin duda de propiedad, ambos de la zona oretana a los que ya he aludido. El primero se encuentra sobre el labio de una olla de baja fecha hallada en Giribaile (J, H.11.1)46, Su texto es biuniusen, que puede ser interpretado de dos formas, la más probable como NP ibérico, *biu(r)-nius (cf. MLH III.1, § § 7.43 y 7.94), seguido de un sufijo indicador de propiedad47, alternativamente como NP latino adoptado por un indígena que lo ha utilizado con un prefijo y el mencionado sufijo, b-Iunius-en48. Otro grafito importante, procedente de Cástulo49, está grabado sobre un vaso que por las condiciones del hallazgo se puede fechar a comienzos del siglo IV50, y su lectura es sosi, es decir abreviatura de un NP ibérico cuyo primer elemento sería el conocido sosin (MLH III.1, § 7.109). Es importante el que en fechas distintas encontremos en Oretania dos testimonios que apuntan ambos a la presencia de la lengua ibérica en esa zona. En escritura levantina, o ibérica propiamente dicha, existen grafitos aislados, pero existen también yacimientos que ofrecen un panorama especial. Es éste sin ninguna duda el caso de Azaila (E.1), pero no insistiré en él porque cronológicamente no pertenece al mundo que ahora nos interesa; más importancia tiene para nosotros Ensérune (B.1), un yacimiento en las estribaciones de los Cevennes, próximo a Narbona, Béziers y el Mediterráneo, y que dominaba la vía de comunicación entre las penínsulas italiana e ibérica. La epigrafía ibérica parece surgir en el siglo IV, avanzada ya la segunda de las tres fases que se distinguen en la ocupación del yacimiento, cuya cronología inicial es discutida, pero sería necesario contar con un nuevo estudio de las piezas de barniz negro con grafitos más antiguas, que está en progreso pero aún no concluido. En cualquier caso es notable el número de epígrafes, trescientos setenta y dos en MLH II, a los que habría que añadir el plomo recientemente publicado por Solier & Barbouteau51, y restar algunos grafitos no ibéricos sino griegos, como p. e. Significativa es también la variedad de tipos epigráficos, que incluye sobre todo grafitos cerámicos, en torno a trescientos cincuenta en soportes muy diversos, pero también sellos sobre dolia y ánforas, fichas de barro, y una tablilla de plomo. Aun cuando una vez más el número de grafitos guarda relación con la intensidad de la excavación, y volvemos a encontrarnos con datos insuficientes sobre la proporción de número total de fragmentos y grafitos en los yacimientos de la zona, la presencia de la escritura en Ensé-rune parece anormalmente alta, y creo que el hecho está directamente condicionado por el papel de "oppidummarché" que en general se suele reconocer al yacimiento 52. En todo caso la abundancia de grafitos en Ensérune nos permite iniciar el análisis, que sería necesario extender a la totalidad de las inscripciones ibéricas, de las relaciones entre tipos de soporte y grafitos. Los simples grafitos de propietario de Ensérune son unos 260, sin tomar en consideración ánforas y dolia que plantean problemas aparte; no se puede en realidad dar un número exacto porque cabe la posibilidad de que una parte al menos de los grafitos muy breves formados por un par de signos, en especial si están en la base del recipiente, no sean abreviaturas de NNP sino marcas de comercio similares a las que se dan en el ámbito griego y púnico; por ello sólo he incluido en el cómputo los casos que me parecen seguros, pero incluyendo los muy fragmentarios cuando está claro que sólo se han conservado parcialmente y que por lo tanto tenían cierta longitud. De esos grafitos de propiedad corresponden a cerámica ática del s. IV unos 30 53; tampoco se trata ahora de una cifra exacta porque como he dicho, aunque se halla en marcha, falta un estudio actualizado de los materiales y dependemos de las atribuciones publicadas que no son siempre seguras. Comparar el número de grafitos de propiedad sobre cerámicas áticas con el resto de los epígrafes ibéricos de la misma época no es fácil porque no contamos con un inventario válido de las ánforas del s. IV, ni de la cerámica ibérica o local, pero no parece que estos tipos, al menos las piezas inscritas, remonten más allá del s. III 54; en realidad en esas fechas los grafitos están prácticamente reducidos a la cerámica de importación. En otras zonas la situación parece ser similar; el caso de Cataluña ha sido estudiado recientemente 55. Allí casi todos los epígrafes de propiedad tempranos se documentan en cerámicas de figuras rojas o barniz negro, aparte un caso excepcional de figuras negras (C.3.30), y se concentran sobre todo en Ullastret, cuya función de intermediario preferente entre Ampurias y el mundo indígena es probable, y secundariamente en algunos otros centros de relevancia en la circulación de bienes, entre ellos la comunidad ibérica residente en Ampurias. Posteriormente las cosas no cambian demasiado; frente a unos doscientos grafitos en cerámica campaniense de Ensérune tenemos unos ochenta en cerámicas ibéricas o locales, pero hay que matizar; también tenemos grafitos sobre cerca de una treintena de ánforas y un par de dolia, y un número significativo de los grafitos sobre campanienses podría corresponder a marcas de comercio más que a inscripciones de propietario, mientras que las posibles marcas en los otros tipos cerámicos son escasísimas. De hecho una razón complementaria para pensar que los grafitos formados por uno o dos signos, normalmente en el pie, en raras ocasiones en la pared o el interior de un recipiente, son marcas comerciales, es su rareza en las cerámicas no de lujo; la razón fundamental es sin embargo el paralelo de las marcas griegas, y secundariamente púnicas 56. En cualquier caso el predominio de las inscripciones de propiedad sobre cerámicas importadas o de lujo frente a los otros tipos es claro y por otro lado comprensible. El aumento de las marcas así como los grafitos sobre los grandes contenedores, a los que habría que añadir los sellos, raros en ánforas pero no tanto en dolia, nos lleva a un aspecto de la evolución de la epigrafía ibérica en su contexto helenístico que, aunque se inicia en el s. III, se desarrollará sobre todo en época romana y por ello no nos ocupará en esta ocasión. La tipología de los grafitos cerámicos es simple, a menudo no aparece ni siquiera un NP completo y, de no darse una clara coincidencia entre los signos grabados y el comienzo de un elemento onomástico ibérico bien conocido, nos queda la duda de si se trata de una abreviatura o de una marca de otro tipo, que indique no propiedad sino otra indicación útil para los usuarios del recipiente pero desconocida para nosotros. No son raras sin embargo las inscripciones que consisten en un NP completo, y no faltan las que además precisan la propiedad con un sufijo o una cadena de sufijos. Por otro lado, junto a los grafitos muy breves, que ya hemos visto que pueden ser marcas, existen otras que ni siquiera corresponden a grafemas sino que, como tam-bién ocurre con las marcas griegas, son meros signos abstractos o dibujos convencionales. Es significativo que este tipo de marcas poco explícitas sean con mucho predominantes en vasijas más utilitarias, como las ánforas y tinajas recientemente recopiladas por C. Mata y L. Soria 57. Ejemplos de abreviaturas que por su extensión pueden ser inscripciones de propiedad son B.1.19, B.1.30, B.1.53, B.1.55, o B.1.56; para los grafemas que pueden ser marcas de comercio y las marcas sin valor grafemático vid. el § siguiente. Cuanto peor conocida es una lengua más difícil es separar las inscripciones de propiedad de las marcas comerciales. No es extraño por lo tanto que el estudio de las marcas ibéricas plantee más problemas que el de las fenicias, y muchos más que el de las griegas 58. Es cierto que algunos grafitos sobre ánforas, y sobre todo grafitos y estampillas sobre dolia nos llevan claramente al mundo comercial, pero la mayor parte de este material es de fecha para mí imprecisable o romana. Existen piezas anteriores desde luego; por citar un caso evidente el yacimiento de Pech-Maho fue abandonado a fines del siglo III 59 y de él proceden ánforas (B.7.9-30) 60 y dolia inscritos (B.7.31 y 33) 61, y dolia con estampilla ibérica (B.7.32) 62, aunque no dipintos industriales o mercantiles; de hecho es sintomático que los dipintos de Pech-Maho, que pueden compartir el espacio sobre una ánfora greco-itálica con grafitos ibéricos, presenten siempre letras latinas 63. Por otro lado, incluso sobre un contenedor, un NP ibérico claramente inscrito nos deja en la duda de si estamos ante un dato de la comercialización o ante el nombre del propietario en cuya casa se usaba el recipiente; a veces en una excavación realizada con garantías aparecen en un mismo espacio más de un contenedor con un mismo NP, probablemente el de la persona a la que pertenecía ese espacio (por ej. B.7.11 y 12, y quizá 13). Incluso las indicaciones numerales, al menos en un contenedor, no son indicio seguro de marca comercial porque el propietario ha podido tener interés en dejar constancia de la capacidad de su recipiente para recordarla, de la misma forma que los propietarios de vajilla de plata dejaban constancia de su peso. No cabe duda del caracter comercial o industrial de los grafitos, sin embargo, cuando varias marcas diversas se acumu-lan sobre un mismo contenedor, como por ej. en el ánfora de Ensérune B.1.335, y es la hipótesis más probable incluso cuando se trata de una sola marca o de una indicación epigráfica muy breve formada por uno o dos grafemas; un repertorio que incluye estos casos puede verse en el trabajo ya citado de Mata y Soria, en el que si las marcas de fecha romana son mayoritarias, también se encuentran bastantes prerromanas 64. Los problemas son mayores cuando se trata de vajilla de uso cotidiano; es éste un tema prácticamente por explorar y no tiene sentido por el momento pretender separar el estudio de los grafitos mercantiles ibéricos de los de propiedad, pero de acuerdo con lo dicho más arriba es probable que un cierto número de marcas ibéricas sobre cerámicas de barniz negro, y posiblemente también sobre otros tipos menos frecuentemente inscritos, corresponda a esta categoría. De hecho ya señalé en su día que incluso una copa Cástulo aparecida en Huelva parece llevar un grafito comercial ibérico, lo que es un dato significativo sobre el papel de los indígenas en la redistribución de la cerámica griega en occidente 65. En la primera parte de este trabajo llamé la atención sobre un interesante caso de grafito sepulcral fenicio en un contexto puramente ibérico, y sobre la posibilidad de que algunos grafitos fenicios contuviesen NNP no fenicios 66. También el mundo ibérico conoce una digamos disonancia entre los NNP y el contexto en que aparecen. A veces se trata de NNP no ibéricos en escritura ibérica; cuando esos NNP corresponden a una onomástica conocida y controlable, como ocurre en el sur de Francia con los NNP galos 67, tenemos un testimonio positivo e indiscutible; en otros casos el testimonio es negativo, simplemente podemos decir que el NP no corresponde a la onomástica ibérica, que conocemos relativamente bien 68, y que debe pertenecer a otra varie-dad lingüística que podría ser la hablada por el portador del NP 69; esta situación no es infrecuente en Cataluña y el valle del Ebro, pero sí en la región valenciana 70. Los NNP no ibéricos en inscripciones ibéricas pueden implicar simplemente que un no íbero, conocedor de la escritura ibérica, ha utilizado ésta para reflejar su NP en cierto modo en abstracto, despojado de contexto lingüístico, de forma que no tiene demasiado sentido preguntarse en qué lengua está la inscripción, simplemente podemos preguntarnos a qué lengua corresponde el NP. En otros casos el NP ha sufrido ciertas manipulaciones lingüísticas o, más claramente aún, está acompañado de marcas gramaticales propiamente ibéricas, con lo que podemos asegurar que el portador de ese NP no ibérico no sólo se expresa por medio de la escritura ibérica sino en lengua ibérica. Este tipo de información, que encontramos en las inscripciones de propiedad, nos permite empezar a vislumbrar la complejidad étnica de lo que llamamos mundo ibérico, y a advertir que con probabilidad la lengua de las inscripciones ibéricas no es la lengua vernácula de todos sus usuarios sino una lengua vehicular que ha alcanzado una posición privilegiada por razones sociales y económicas, como lengua de la comunidad que primero ha sentido la necesidad de utilizar la escritura en el este de la Península 71. Es este uno de los aspectos en los que los humildes grafitos pueden aportar información histórica profunda. Otro es el de la historia económica en el que ya me detuve en el artículo anterior al tratar de los grafitos púnicos y griegos, donde insistí en el interés y las dificultades de identificación e interpretación de los grafitos mercantiles 72. Los mismos problemas se plantean en el caso de los grafitos ibéricos pero, como ya hemos visto, multiplicados por nuestra ignorancia de la lengua; sólo estudios detallados en un marco concreto, por ejemplo un yacimiento determinado excavado en extensión, podrán ir resolviendo los problemas; tal vez algún día contemos con un pecio en aguas ibéricas que nos permita comprobar una situación similar a la de El Sec, con sus grafitos mercantiles griegos y púnicos, pero en la que los grafitos ibéricos indiquen una redistribución de cabotaje de cerámicas griegas llegadas previamente a la Península en navíos púnicos, griegos o mixtos. Desde la publicación del artículo que constituye la primera parte de éste no ha habido grandes descubrimientos de epigrafía cerámica fenicia o griega 73, aunque hay que mencionar la publicación de los primeros grafitos fenicios procedentes de Portugal 74. Lo más significativo sin duda son los grafitos fenicios publicados en González de Canales, F., Serrano, L. & Llompart, J.: 2004: El emporio, 133-5, láms. XXXV.1-11, LXI.1-10; las inscripciones han sido estudiadas por M. Heltzer, que subraya con razón el extraordinario arcaismo de algunos signos; por lo demás se trata de textos fragmentarios que, sin apartarse de lo planteado en el artículo que precede a éste, en general no permiten precisiones claras, excepto el no 8 sobre el que volveré enseguida; por otra parte dos de estos grafitos no son cerámicos sino sobre hueso y marfil, en ambos casos de lectura más precisa; el primero, no 9, tiene una anotación contable; el segundo, no 10, que parece completo y podría ser un NP, no coincide con nada conocido, al igual que les ocurre a los dos signos centrales del primero, que por ir entre la preposición l y el numeral, podrían ser también un NP, "para/de NP 2"; por otra parte el no 8 podría ser, por el paralelo ugarítico, un razonable término fenicio, ys?n, "vino viejo", pero el soporte no es una ánfora ni otro tipo de recipiente sino un cuenco de retícula bruñida interior en el que no esperaríamos una indicación de su contenido, naturalmente cambiante, sino el NP de su propietario, por lo que de nuevo podríamos estar ante un NP ajeno al repertorio fenicio conocido. ¿Estaremos ante NNP indígenas? ¿Formaban parte gentes no fenicias de los grupos de mercaderes que en fecha temprana llegaban al SO de la Península? Obviamente no es posible esperar en un futuro próximo respuestas a estos problemas, a cuya dificultad intrínseca se une la ambigüedad de la escritura fenicia visible por ej. en el hecho de que ys?n nos proporcione una perfecta transcripción fenicia del NP griego Jasón, precisamente en estos momentos en que en Grecia y oriente se empieza a vislumbrar la posibilidad de que tenga- 69 Untermann: 1979: "Eigennamen", 60-1; de Hoz: 1993: "La lengua", 653-5. La noción del ibérico como lengua vehicular ha dado recientemente lugar a cierta polémica, como pudo advertirse en varias de las comunicaciones presentadas al IX Coloquio Internacional sobre Lenguas y Culturas Paleohispánicas celebrado en Barcelona en octubre del 2004 (vid. ahora Actas IX), así como las discusiones a que dieron lugar. En todo caso los argumentos presentados en contra de la teoría no me parecen suficientes para negarle el caracter de hipótesis de trabajo más económica y verosímil. 72 Vid. también de Hoz: e. p.: "Epigrafía"; e. p.: "La réception". mos NNP o comunes griegos en escritura consonántica fenicia 75. Pero al margen de los NNP, el aspecto más interesante de estos grafitos, en lo que coinciden con el testimonio mucho más abundante y preciso del restante material con el que han aparecido, es el de la cronología. A pesar de la precaución con que hay que manejar las fechas paleográficas creo que, con toda prudencia, hay que admitir que alguno de ellos difícilmente puede ser posterior al s. IX; es el caso en particular del no 2, sobre el que ya ha llamado la atención Heltzer ad loc. Desde hace algún tiempo son frecuentes las propuestas de levantar la cronología de la presencia fenicia en Hispania 76 y el libro en que se contienen estos grafitos constituye una importante aportación de materiales que apuntan en esa dirección, como ha puesto de relieve Torres 77. Desde el punto de vista de la epigrafía paleohispánica, que según creo en modo alguno puede ser posterior al s. VII y tiene su modelo en la escritura consonántica fenicia, el que durante el s. VIII algunos sectores de las sociedades indígenas hubiesen podido familiarizarse con ésta no constituye un problema sino todo lo contrario.
A partir de agrupaciones morfológicas se establece una primera clasificación tipológica abierta. Dado que no resulta fácil definir una línea evolutiva en cuanto a formas y difusión, se concluye que estas vasijas, salvo excepciones, forman parte de una producción de difusión regional, no preparada para la exportación. 9,5, n. dat.; con collo a V. rossa, alt. 8,2, n. dat.; con orlo sagomato, n. des., alt.
proporcionó interesantes hallazgos datables entre los siglos iv y vil d.C. El presente estudio hace hincapié en las notables informaciones que proporciona la gran cantidad de material cerámico de este periodo que se recuperó en el yacimiento. El estudio de los contextos arqueológicos pertenecientes al periodo histórico que denominamos Baja Antigüedad o Antigüedad Tardía en el noreste de Cataluña era un campo prácticamente inédito hasta hace poco tiempo. Únicamente sobresalían algunos estudios pioneros y aislados referidos a conjuntos muy concretos, como los que proporcionaban la datación de la muralla romana tardía de Gerona (Nolla y Nieto, 1979) o el proceso de despoblamiento de Ampurias (Nieto, 1981). Sólo a principios de la presente década -gracias a los avances en los sistemas de registro y en los estudios ceramológicos, y siguiendo el estilo de las investigaciones del resto de Europa-se han empezado a publicar contextos bien excavados y conocidos procedentes de varias villas de las comarcas gerundenses: Camp de la Gruta (Nolla y Puertas, 1988), Vilauba (Castanyer, Tremoleda y Roura, 1990), Puig Rodon (Nolla y Casas, 1990), la Font del Vilar (Casas et alii, 1993) o el edificio bajoimperial de Rosas (Nieto, 1993). En 1991 se realizó una excavación de urgencia en la carretera de San Martín, en la zona suburbana de la antigua Ampurias, en la que colaboraron el Servei d'Arqueologia de la Generalitat de Catalunya, el Museo de Ampurias, la Diputación de Gerona y el Centre d'Investigacions Arqueològiques de Girona. Los trabajos proporcionaron una magnífica estratigrafía y una cantidad ingente de materiales de la etapa histórica que nos interesa, y que constituyen una documentación de primer orden que merece ser publicada con todo detalle. Dado que la investigación posterior a la excavación fue realizada por la totalidad del equipo, debo expresar mi agradecimiento a los compañeros y colegas Xavier Rocas, Susanna Manzano y Anna María Puig, ya que, aunque no consten sus firmas, buena parte del presente estudio es también suyo. El trabajo se divide en dos partes. La primera es una somera descripción de la zona excavada y un estudio detallado de los materiales concretos que permiten establecer unas muy precisas dataciones para las fases tardo-antiguas (fases IVa, IVb, V y VI). Hemos creído necesario incidir en este aspecto, ya que la cantidad ingente de cerámica exhumada nos ha dado la oportunidad -poco frecuente y, por tanto, merecedora de la mayor atención-de disponer de conjuntos ampliamente representativos y muy bien datados. La segunda parte del artículo, no menos significativa, se centra en las principales líneas de evolución de producciones e importaciones de material cerámico a lo largo del periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo iv y el siglo vii. En este sentido, el magnífico ejemplo que consütuye nuestro yacimiento permite una extrapolación, sin demasiado riesgo de inexactitudes, a la mayor parte de la zona costera y prelitoral de la antigua Provincia Tarraconense. L LA DATACION DE LAS FASES TARDIAS El sector excavado es una larga franja de terreno de 250 m de longitud por 6'5 de anchura extendida al lado y a levante de la carretera, desde el cruce de ésta con la carretera de Orriols a l'Escala hasta el actual cementerio de San Martín de Ampurias (fig. 1). Muy cerca se encuentran las iglesias de origen paleocristiano de Santa Margarita y Santa Magdalena y un gran yacimiento, de momento sin excavar, que según todos los indicios pertenece también a este momento histórico y del que suponemos forman parte nuestros hallazgos (NoUa, 1993: 218-220). Asimismo, al lado de la zona excavada en 1991, ya en los años cuarenta y cincuenta se exhumó parte del área cementerial paleocristiana conocida como necrópolis Estruc (Almagro, 1955), de la cual también hallamos algunos vestigios. Fases previas (I, II y III) Se pudieron identificar un total de siete fases, que abarcaban desde época romanorrepublicana hasta el siglo vii d.C. Los vestigios más antiguos de intervención humana corresponden a varios rellenos que tapaban desniveles naturales del terreno (fase I), de los que no se pudo deducir una finalidad más concreta. El material que proporcionaron (Campaniense A y B, Gris de la Costa Catalana, ánforas itálicas...) les otorga una datación de finales del si-glo II a.C.-principios del siglo i a.C, coincidiendo con la fundación de la ciudad romana de Ampurias. A continuación se identificaron vestigios de una necrópolis de incineración altoimperial (fase II), rellenar) los silos. El aspecto del nuevo cementerio es el típico de una necrópolis bajoimperial de inhumación, con sepulturas en fosa, estructuras con lecho de tegulae, ánforas, cajas de piedras, dentro de los silos vacíos, y un sepulcro de cámara, todo ello extendido a lo largo de la zona excavada. Esta fase del yacimiento ha sido también ampliamente descrita y estudiada con anterioridad (Llinàs et alii, 1992: 364-380), aunque debemos añadir a los restos funerarios un estrato y un muro relacionado con él y los restos de un nivel de circulación de tierra batida con sus preparaciones. El material proporcionado por estos vestigios se corresponde sin lugar a dudas con el de las sepulturas de la fase IVa, por lo que es lícito suponer que formarían parte de unas estructuras de carácter indeterminado relacionadas con la necrópolis. Las reformas posteriores y el mal estado del yacimiento hacen imposible cualquier tipo de identificación clara. Para establecer la datación de esta necrópolis debemos tener en cuenta que su funcionamiento tiene lugar en un lapso de tiempo relativamente dilatado, y que cada enterramiento y cada estructura tiene su propia cronología. A pesar de todo, el material arqueológico permite deducir que el momento álgido de funcionamiento de la necrópolis de inhumación se puede situar entre los años 350 y 450, paréntesis cronológico que abarca la totalidad de los materiales datables de la fase IVa, es decir, ánforas y, sobre todo, T.S. Africana D. Por lo que respecta a la T.S. Africana D, contamos con las siguientes formas, según la clasificación de Hayes (fig. 3, IrV): Conjuntos parecidos los podemos hallar por todo el Mediterráneo occidental, pero la cronología laxa de los materiales datables hace que la mayoría de ellos tenga que ubicarse dentro de paréntesis temporales no demasiado precisos. En el horno de T.S. Africana D de El Mahrine (Túnez), tenemos la primera fase, con un repertorio formal casi idéntico al nuestro (f. Finalmente, en Cartago, en contextos anteriores a la conquista vándala de 439, se ha hallado un amplísimo repertorio formal en el cual predominan claramente las formas 59, 61, 67, 80/81 y 91, mientras que la 99 es todavía inexistente (Tortorella, 1980). En los contextos situables en el segundo cuarto del siglo v siguen predominando todavía las formas 61, 80 y 91, mientras que la 59 experimenta un declive y la 67 se encuentra presente de forma irregular. Cerca del año 440 se empieza a encontrar, todavía de forma minoritaria, un elenco de nuevas formas que acabarán constituyendo la fisonomía de los conjuntos de la segunda mitad del siglo e incluso de más allá del año 500, como la 87A y B, 91C, 94 y 99, entre otras. El análisis de las cronologías proporcionadas por la cerámica africana ya permite adivinar, por lo tanto, que esta parte oeste de la necrópolis Estruc funcionaría a un ritmo más intenso durante las últimas décadas del siglo iv y las primeras del v, en un lapso de tiempo aparentemente no demasiado dilatado. Otros datos cronológicos, proporcionados por las ánforas, están de acuerdo con esta cronología. Hemos podido identificar de manera clara cuatro formas: Keay IV, XXV y LIVB (fig. 3,[20][21][22], reufilizadas para inhumaciones infantiles, y un borde de Keay XVIII (fig. 3,19). Las ánforas de forma Keay IV, de procedencia africana y bastante extendidas en los yacimientos catalanes, empiezan a producirse ya alrededor del año 200, pero se llegan a encontrar hasta en contextos de primera mitad del siglo v (Keay, 1984: 114). Teniendo en cuenta que el resto de los términos post quern de esta fase se ubica dentro de los siglos iv y v de forma clara, parece lógico situar estas dos inhumaciones alrededor de estas fechas. El ánfora hética Keay XVIII, fabricada básicamente en el siglo iv y principios del v, es, en cambio, de un tipo raro en Cataluña (Keay 1984: 156); mientras que la Keay LIV, proveniente de Palestina, es ya muy frecuente en estratos del segundo cuarto del siglo v, como la escombrera de Vila-Roma, en Tarragona (Keay 1984: 280-281; TED'A 1989: 284-287). De hecho, las cuatro formas de ánfora identificadas dan cronologías que pueden extenderse desde principios del siglo m hasta el vi, pero que coinciden en el período que va desde finales del siglo iv (fecha más antigua para la Keay LIV) hasta el segundo cuarto del siglo v (fecha más tardía para la Keay IV). Si bien es cierto que no podemos tomar estas dataciones al pie de la letra, no se puede negar que constituyen unas aproximaciones cronológicas coincidentes con la que proporcionan los otros tipos cerámicos de esta fase. Además, contamos con materiales de importación del sur de la Galia (T.S. Lucente y T.S. Paleocristiana), que no pueden proporcionar dataciones precisas, pero que encontramos en porcentajes muy significativos. La información que estas cerámicas nos proporcionan la analizaremos más adelante. Abandonada la necrópolis, se abre un paréntesis de aproximadamente un siglo de duración por lo que hace referencia a la ocupación humana de la zona. Los únicos signos claros se concretan en el uso puntual de un pequeño sector del yacimiento como vertedero. Ante las evidencias proporcionadas de nuevo por la T.S. Africana D y las ánforas debemos situar la escombrera dentro de un lapso de tiempo que abarcaría desde el año 480 hasta un momento indeterminado de comienzos del siglo vi. Las formas de T.S. Africana D pertenencientes a esta fase (clasfícación Hayes) son las siguientes: Juntas suman 47 de los 64 bordes de este tipo cerámico recuperados en la escombrera. Siempre se ha datado la 87A en la segunda mitad del siglo v, sin hacerla llegar mucho más allá (Hayes, 1972: 136), datación que, aunque se ha dilatado ligeramente por los dos extremos, ha sufrido pocas modificaciones de importancia. A la 87B, en cambio, se le ha adelantado considerablemente su fecha inicial de c. El momento álgido de las dos variantes de Hayes 87 parece que deberíamos situarlo en las últimas décadas del siglo V. A su vez, la Hayes 99 presenta un cuadro parecido a la Hayes 87B y sus ejemplares más antiguos se puden también llevar al segundo cuarto del siglo V (Atlante, 1981: 259; TED'A, 1989: 139), si bien esta forma tendrá una vida más larga y será una de las de más éxito durante el siglo vi, especialmente la primera mitad, momento en que parece alcanzar su máxima difusión (Atlante, 1981: 109; Reynolds, 1987: 60). Hay pocos contextos de esta época para realizar comparaciones. Uno de ellos es el relleno de un depósito (U.E. 29) de la factoría de salazones de Rosas. En él, las formas de T.S. Africana D más destacables son: Hayes 61 (3 ejemplares), 87B (3 ejemplares), 91C (2 ejemplares), 93 (3 ejemplares), 97 (2 ejemplares) y 99 (5 ejemplares), y también cabe destacar los nueve bordes pertenecientes a diferentes variantes del ánfora Keay LXII. Un segundo contexto asimilable sería la escombrera excavada en Gardanne (Bouches-du-Roine, Provenza), donde, de 21 ejemplares de T.S. Africana C tardía y D, siete pertenecen a las variantes A y B de Hayes 87. También se encuentran representadas las formas 91C y 93, con un individuo cada una. El resto de formas catalogadas son, o bien más antiguas, o bien de cronologías inciertas. De nuevo nos encontramos con la ausencia de las formas Ha- yes 103 y 104, aunque debemos tener en cuenta que el conjunto de cerámicas africanas de este vertedero es muy reducido. En las excavaciones de la Bourse, en Marsella, un conjunto asimilable al nuestro es el proporcionado por el periodo 2A-fase 3, con una datación de finales del siglo v-inicios del vi (Bonifay, 1983: 314). Cabe destacar, además, la presencia de formas típicas de la producción C tardía (82, 84, 85), y de la 104A, inexistentes en nuestro conjunto, así como la falta de las formas 93 y, de nuevo, 103. Es también destacable el material aparecido en las excavaciones de la Antigua Audiencia, en Tarragona, que ofrece un conjunto datable en una fase inmediatamente anterior a la de nuestra escombrera. Se pudo identificar dos momentos (amortización de estructuras imperiales y escombrera), situables en la segunda mitad del siglo V y separados por un lapso cronológico muy corto (Aquilué, 1993: 125-127 y 144-150). Se puede apreciar la pervivencia de algunas formas que ya aparecían en contextos de la primera mitad de esta centuria (Hayes 67, 80, 91 A/B), el predominio de la Hayes 87, sobre todo la variante A, y la presencia aún escasa de Hayes 91C y 99, bastante más abundante en nuestra fase IVb. Así, aunque somos conscientes del factor azar -posible responsable de la ausencia de la forma Hayes 93, presente ya qn la segunda mitad del siglo V en su variante A-, es importante destacar la inexistencia en nuestra escombrera de las formas Hayes 103, comenzada a producir alrededor del año 500, y Hayes 104, presente ya en el siglo v, pero que tiene su mayor expansión en la primera mitad del vi (Atlante, 1981: 94-95, 98-99 y 259). En este sentido, debemos hacer notar que, como en nuestro caso, las formas 103 y 104A están ausentes en la U.E. 27 de la factoría de salazones de Rosas, en la escombrera de Gardanne y en la Antigua Audiencia de Tarragona. La forma 103, además, es también inexistente en Marsella. Así pues, sólo fijándonos en la T.S. Africana D podemos ya extraer una cronología bastante fiable: la mayoría de los fragmentos fechables puede situarse entre los años 480 y 520, datación que, grosso modo, coincidiría con los conjuntos afines de Rosas, Gardan-ne y Marsella, y que sería ligeramente posterior al de la Antigua Audiencia de Tarragona. Por lo que respecta a las ánforas, las formas identificadas (clasificación Keay) son las siguientes: A tenor de los datos actualmente conocidos, las ánforas de fabricación hética aquí representadas (f. Sea como fuere, la mayoría de las ánforas importadas en esta fase en nuestro yacimiento son ya africanas. Destaca la forma Keay LXII, representada básicamente por dos de sus variantes que ofrecen un inicio de producción más antiguo, como la Q y la A (fig. 4, 21), muy extendidas en la segunda mitad del siglo v (Keay, 1984: 348-350). En este sentido, debemos hacer constar que algunas variantes de esta ánfora proceden de la U.E. 29 de la factoría de Rosas (Nieto, 1993: 104), donde es claramente la forma predominante. Por otro lado, es también destacable el borde de la forma Keay LV A (fig. 4,23), que no parece que se pueda datar antes del último cuarto del siglo V (Keay, 1984: 293; Remóla, 1993: 155), lo cual ayudaría a consolidar el término post quem de 480 ofrecido por la T.S. Africana D. Sin duda, una de las novedades más interesantes que aportó la excavación fue el hallazgo de un gran nivel de relleno que cubría la práctica totalidad del área intervenida, a lo largo de sus 250 m. Este gran estrato enterraba y obliteraba los silos de la fase III, las tumbas y estructuras de la fase IVa y el vertedero de la fase IVb, a la vez que servía de nivelación del terreno y de cimentación de unas construcciones y muros que aparecieron desgraciadamente muy destruidos debido a su superficialidad (Llinàs et alii, 1994: 193-197). Los materiales arqueológicos hallados en este relleno indican que su formación fue muy rápida, hecho que parece indicar una instantánea y planificada urbanización de esta zona del oeste de la ciudad romana de Ampurias durante el siglo vi. No nos podemos pronunciar de momento sobre la naturaleza de este habitat extramuros, pero el hallazgo mediante fotografía aérea de una gran zona edificada justo al oeste de nuestra excavación (Nolla, 1993: 218-220), induce a pensar en una villa (?) de dimensiones extraodinarias o en un posible barrio periférico. En cualquier caso, es un indicio más que cuestiona las ya trilladas tesis existentes sobre la decadencia ampuritana de la Antigüedad Tardía. La T.S. Africana D hallada nos permite situar el momento de nivelación de la zona y de construcción de los muros de la fase V dentro del segundo cuarto avanzado-mediados del siglo vi, y el resto de tipos cerámicos no contradice esta cronología. Debemos hacer constar que el material no permite detectar diferencias cronológicas apreciables ni entre las partes más alejadas de los 250 metros de longitud que abarca la zona excavada. A pesar de ello, no podemos evitar las lógicas reservas surgidas del hecho de que los materiales de esta época presentan unas dataciones un poco imprecisas, y somos conscientes de que una diferencia de una o dos décadas es sumamente difícil de percibir. Sin embargo, incluso aceptando este supuesto, debemos reiterar que el hecho de una edificación planificada y muy rápida de la zona es de una evidencia indiscutible. La T.S. Africana ha proporcionado un buen número de formas, distribuidas de la siguiente manera: 61 indet. ( 325 Este conjunto tan amplio y variado de materiales permite extraer una serie de conclusiones cronológicas bastante precisas a pesar de las dataciones tan laxas de la mayoría de las formas y de la presencia de material más antiguo. Aunque de forma no tan precisa, podremos comprobar cómo el análisis de las formas mayoritarias está de acuerdo con esta fecha. Es interesante constatar cómo las formas más extendidas en esta fase presentan su momento álgido de producción a partir del año 525. Con 47 ejemplares, la forma 99 (fig. 5, 21-24) es la más representada, tal como hallábamos ya en la fase anterior. Las formas 93 B y 94 B (fig. 5, 25-31), que probablemente formaban un servicio, son muy abundantes en el segundo y tercer cuarto del siglo VI (Reynolds, 1987: 40), mientras que la 104 (fig. 5, 34), aún tímidamente presente en el siglo V, conoce su mayor expansión entre el segundo cuarto y finales del siglo vi (Reynolds, 1987: 78). También las asas planas y estriadas, de las cuales tenemos un ejemplar (fig. 5, 13), serían típicas del siglo VI, especialmente en la segunda mitad (Bonifay, 1983: 315). Asimismo, encontramos todavía bien representada la forma 87, especialmente la variante B (fig. 5, 10-12), que se continúa produciendo al menos durante el primer cuarto del siglo vi (Hayes, 1972: 136). Sin embargo, este plato, predominante a finales del siglo V y muy bien representado en nuestra fase IVb, pierde aquí ya parte de su protagonismo y lo cede a los platos típicos de la sexta centuria, como el 103 y el 104. Las ausencias son también significativas. Dejando de lado dos bordes de Hayes 91 D (600-650), que debemos interpretar sin duda como contaminaciones, no está presente ningún ejemplar de las últimas producciones de T.S. Africana D, con formas que surgirán en la segunda mitad del siglo vi o muy a principios del vii, como la 104 C (a partir ya de 550), 105, 106, 107 ó 109. Esto nos permite descartar con bastante probabilidad una cronología de segunda mitad del siglo vi para esta fase. Nos hallamos en una época para la cual no se conocen demasiados paralelos. La datación -posterior a la nuestra-en la segunda mitad del siglo vi vendría en buena parte corroborada por la existencia de algunas piezas, como un ejemplar casi entero de la forma 104 C, una posible 107 y algunos fragmentos de piezas cerradas, que nuestra fase V no ha proporcionado. La T.S. Africana D, pues, nos da unos datos que permiten perfilar de manera bastante precisa el momento en que tiene lugar la formación de la fase V. Parece que, con muchas probabilidades, deberíamos situar este momento dentro del segundo cuarto del siglo VI, aunque en una fecha más próxima al año 550 que al 525. Pasemos a las ánforas. Las formas identificadas (clasificación Keay) se reparten de la siguiente manera: Se puede ver claramente como el predominio de las ánforas africanas es absoluto. Exceptuando las formas de cronologías claramente anteriores, sólo los seis ejemplares de Keay Lili y los dos de Keay LIV, de procedencia oriental y de cronología muy laxa, rompen la unanimidad de las ánforas africanas del momento. Este fenómeno ha podido ser observado también en la Antigua Audiencia de Tarragona, donde se aprecia en los contextos del siglo vi un brusco descenso de la importaciones de ánforas orientales y sudhispánicas (Remóla y Vallverdú, 1993: 164 y 165). Con 44 individuos identificados, la forma Keay LXII (fig. 6, 17-20) se muestra como la más típica del siglo vi, hecho sobradamente comprobado también en Rosas, en la mencionada U.E. 29, o en una escombrera (U.E. 287) formada casi exclusivamente por ánforas de este tipo y datada en la primera mitad del siglo VI (Nieto, 1991: 102; Nieto, 1993: 62-63). Otras ánforas africanas bien representadas, con seis individuos cada una, son la Keay VIIIA (fig. 6, 2), LV (fig. 6, 11-13) y la LXI (fig. 6,15). Respecto a esta última debemos mencionar que, aunque mucho más frecuente en el siglo vil (Bonifay y Pieri, 1995: 105-106), su presencia en nuestra fase V demuestra que también se fabricaba en momentos ligeramente anteriores, como ya había avanzado Keay (Keay, 1984: 306-309). Debido a la erosión natural y a los trabajos agrícolas, la última fase del yacimiento está compuesta solamente por el relleno superior de un pozo localizado en la zona central de la parte excavada, cerca de la carretera. Este relleno ha proporcionado el conjunto de materiales arqueológicos de datación más tardía, sin duda posterior al momento de terraplenado y construcción de las estructuras de la fase V y podría indicar, aunque no de manera totalmente segura, el momento final de la ocupación del lugar. Los elementos que proporcionan dataciones concretas corresponden de nuevo a las cerámicas africanas de importación y a las ánforas, mientras que las cerámicas de importación del sur de la Galia, presentes todavía en la fase inmediatamente anterior, son aquí absolutamente inexistentes (fig. 2, 2). Analizado el material, debemos datar el relleno superior del pozo a partir del año 600, según deducimos de término post quem proporcionado por la forma Hayes 109 de T.S. Africana D. Lo más lógico es que nos encontremos en un contexto de pleno siglo VII -o quien sabe si incluso más tardío-, difícil de precisar mientras no podamos incidir más profundamente en el estudio de las cerámicas comunes de este momento. Debemos tener en cuenta que en el siglo VII la llegada de importaciones de T.S. Africana D se ha convertido ya en un hecho casi episódico y, consiguientemente, la escasa presencia de materiales datables en esta época no nos debe extrañar. Por otro lado, como veremos, la proliferación de cerámicas comunes reducidas de cocina, en contraste con los porcentajes todavía escasos de la fase inmediatamente anterior, denota el transcurso de un lapso de tiempo indefinido, pero sin duda bien evidente, desde el momento de construcción del habitat del siglo VI. La T.S. Africana (exclusivamente tipo D) se encuentra representada solamente por cinco fragmentos, con un repertorio formal reducido a un borde de la forma 104 C (fíg. Uno de los pocos contextos paralelos de que disponemos es el periodo 2B de las excavaciones de la Bourse, en Marsella, datado en la primera mitad del siglo VIL En este periodo la forma 109 es, junto con la 99, la predominante dentro del repertorio de T.S. Africana D (Bonifay, 1983: 317-322). Las ánforas llegan todavía con asiduidad en esta época, tal como parecen demostrar los 195 fragmentos recuperados, la inmensa mayoría informes, que constituyen el 55'87% del total de los materiales cerámicos de la fase. Contamos con cinco bordes, tres de los cuales pertenecen a la variante D de la forma Keay LXI (fig. 8, 3), un ánfora muy extendida en el siglo vii (Bonifay y Pieri, 1995:. Asimismo, la forma LXII (fig. 8, 4-5), aunque típica del siglo VI, continúa produciéndose también más allá del año 600 bajo la forma de una variante evolucionada (Bonifay y Pieri, 1995: 103). El borde restante pertenece a la forma Keay XXXV A, que, con una cronología que no va más allá de mediados del siglo VI (Keay, 1984: 235 y 240), debemos considerar como residual. IL ALGUNAS APORTACIONES A LA EVOLUCIÓN DE LOS CONTEXTOS CERÁMICOS TARDÍOS EN EL LITORAL CATALÁN El descenso de las importaciones de cerámica fina Las importaciones de vajilla de cierta calidad experimentan una contenida pero continuada curva descendente a lo largo de las fases I Va (8'20 % del total de materiales cerámicos), IVb (6'90 %) y V (4'80%), que se acentúa de forma repentina al llegar a las tardías cronologías de la fase VI, donde este material representa tan sólo un VA1% del total de los materiales cerámicos (fig. 2, 3). La disminución contenida que se produce a lo largo de los siglos IV, V y VI nos indica un fenómeno sobradamente detectado por doquier, que a menudo ha sido interpretado como el indicio de una importante reducción de los intercambios entre las diversas regiones del Mediterráneo. Sin embargo, el fenómeno de la repentina aceleración de esta tendencia a partir, aproximadamente, de la segunda mitad del siglo vi -comprobado en otros yacimientos y que encontraríamos reflejado en nuestra fase VI-quizá sea debi-do en mayor medida a una caída de la producción de T.S. Africana D que a una aceleración brusca en el descenso de las relaciones ultramarinas. En este sentido, es interesante comprobar los datos que aportan los hallazgos de ánforas (comentados más abajo), material que, por su naturaleza, nos ayudará a evaluar las fluctuaciones del comercio marítimo en mucha mayor medida que la cerámica fina. La Terra Sigillata Africana es sin duda el material fino de importación más abundante a lo largo de todo el periodo estudiado. Si exceptuamos unos pocos fragmentos del tipo C (C4), de las fases I Va y V, casi la totalidad de los fragmentos pertenecen al tipo D, siendo la producción DI mayoritaria en la fase IVa y la D2 en las fases IVb, V y VI. Es importante, sin embargo, destacar el menor porcentaje de T.S. Africana D que refleja la fase IVa, donde, con 73 fragmentos, constituye el 39'89 % del total de las importaciones de vajilla fina tardía, superando por poco el 37'70 % de la T.S. Lucente y a una mayor distancia de la T.S. Paleocristiana (22'40 %) (fig. 2, 2). Este fenómeno desaparece por completo en las fases posteriores. Así, en la fase IVb la T.S. Africana D constituye el 81'38 % de la vajilla de importación tardía, en la fase V el 71'60 % y en la fase VI los únicos cinco fragmentos de cerámica fina de importación son, precisamente, de T.S. Africana D. El segundo y tercer lugar están ocupados por la T.S. Lucente y la T.S. Paleocristiana, respectivamente, es decir, las importaciones procedentes del sur de la Galia. Estos dos tipos cerámicos constituyen casi la totalidad del resto del material fino de importación bajoimperial en las fases IVa, IVb y V. Este hecho concede a las relaciones cerámica africana-cerámica gálica una gran importancia que las hace merecedoras de ser tratadas en un capítulo aparte. Absolutamente minoritarias son las cerámicas orientales (Late Roman C y D) y la T.S. Hispánica Tardía. El primer caso puede sorprender, pues no es raro encontrar en yacimientos cercanos estratigrafías de los siglos V y VI siempre con un pequeño porcentaje de materiales orientales, especialmente Late Roman C (Nieto, 1984). Su total inexistencia en nuestro yacimiento es ciertamente extraña, pero no podemos hacer otra cosa que consignarla y especular sobre las causas de esta ausencia, provocada al parecer porque un azar desfavorable se ha sumado a la escasez habitual propia de estas cerámicas. Por lo que respecta a las producciones hispánicas tardías, en cambio, no es raro que dispongamos tan solo de un único ejemplar, procedente de la fase V, ya que su presencia en yacimientos costeros del noreste de la Tarraconense es casi siempre episódica. Producciones africanas y producciones gálicas Pocas novedades podemos aportar a la evolución de las diversas formas de T.S. Africana D, bien estudiadas por un buen número de investigadores. Los hallazgos de la carretera de San Martín parecen confirmar los datos hasta ahora disponibles y proporcionan interesantes conjuntos con cronologías bien establecidas. El único elemento destacable procede de la comparación efectuada entre el material de la fase IVb y los conjuntos excavados en la Antigua Audiencia de Tarragona (Aquilué, 1993), que demuestran que formas como la Hayes 91C y 99, si bien se encuentran ya presentes a partir de mediados del siglo v, son todavía muy escasas a finales de esta centuria y no es hasta los inicios del siglo vi cuando se detectan en cantidades abundantes. Algo parecido ocurre con las formas Hayes 93, 94, 103 y 104, que -a tenor de nuestros hallazgos de las fases IVb y V-no serán frecuentes hasta bien entrada la primera mitad del siglo vi. Un caso diferente lo constituyen las importaciones gálicas, peor conocidas y a menudo infravaloradas a causa de la incertidumbre de sus aportaciones de valor cronológico. Los hallazgos de nuestro yacimiento ayudan a concretar un poco los principales rasgos de estas importaciones, proporcionándonos un cuadro que se podría hacer extensivo, grosso modo, a los diferentes yacimientos costeros catalanes. Presentes ya desde un momento incierto de finales del siglo III, las importaciones de T.S. Lucente parecen alcanzar un punto álgido alrededor del año 400, tal y como encontraríamos reflejado en nuestra fase IVa. En el mismo momento, hace acto de presencia la T.S.Paleocristiana, de aparición más reciente y que en esta época no ha llegado todavía a su punto de máxima difusión, aunque éste se encuentra ya muy cercano. Esta destacable presencia de importaciones del sur de la Galia, que parece que tendríamos que circunscribir a unos márgenes temporales no demasiado dilatados y situar casi exclusivamente en yacimientos costeros, se traduce en un curioso y hasta ahora poco documentado descenso en las cifras relativas -no absolutas-de T.S. Africana D (Aicart, Llinàs y Sagrerà, 1991: 201) (fig. 2, 2). En la fase IVa de nuestro yacimiento la cantidad de T.S. Lucente es considerable (69 fragmentos, 37'70 % de la cerámica fina tardía), con unos porcentajes muy poco frecuentes y que en las comarcas vecinas sólo encuentran paralelo en algún yacimiento costero con cronologías de finales del siglo ivprincipios del v, como la fase de reformas de la factoría de salazones de Rosas (Martín, Nieto y Nolla, 1979: 175-179 y 194; Aicart, Llinàs y Sagrerà, 1991: 199, 201 y 205). Como es habitual en este tipo cerámico, el repertorio formal -de cronología muy amplia-no aporta otras precisiones. 3 y la base de una jarra de las formas Lamb. Más que en explicaciones da carácter exclusivamente cronológico, parece que la anormal abundancia de este tipo cerámico se da a causa de la situación costera de los yacimientos y por el hecho de que su redistribución hacia el interior sería mínima (Aicart, Llinàs y Sagrerà, 1991: 205). En este contexto no es extraño que -aparte de Rosas y Ampurias-su presencia sea relativamente abundante en Llafranc (Barü y Plana, 1989: figs. 4, 5 y 6), Sant Feliu de Guíxols (Esteva, 1962: 42-48), la villa romana de Pía de Palol, en Platja d'Aro (Aicart, Llinàs y Sagrerà, 1991: 203 y 206), y la de Els Ametllers, en Tossa de Mar (Batista, López y Zucchitello, 1980: láms. III y IV), y en cambio sea casi inexistente en estaciones no costeras, como la villa del Camp de la Gruta (Nolla y Puertas, 1988), la de Puig Rodon (Nolla y Casas, 1990: 218) o Vilauba (Roure et alii, 1988), entre otras. La T.S. Paleocristiana, un tipo de cerámica que empieza a fabricarse en el sur de la Galia durante el tercer cuarto del siglo iv y que alcanza su mayor éxito de difusión en la primera mitad del siglo v (Rigoir, 1968: 192; Martin, 1971: 142 y 145; Raynaud, 1982: 348), se encuentra también presente en la fase IVa en porcentajes elevados. Juntos forman un conjunto nada despreciable si tenemos en cuenta la general escasez de este tipo de cerámica en el ámbito de estudio que nos ocupa. Los punzones (rosetas, palmetas, arcos...) son también muy frecuentes y típicos, aunque hay que destacar sin duda la originalidad del motivo animal impreso en la pieza de la fig. 3,15. Un siglo después, alrededor del año 500, el panorama es muy diferente. Nuestra fase IVb parece demostrar como la T.S. Lucente está ya a punto de desaparecer del mercado y la T.S. Paleocristiana se encontraría ya en un momento avanzado de su decadencia, de manera que la mayor parte de las importaciones de cerámica fina correponde ya a la T.S. Africana D de forma indiscutible. El porcentaje de importaciones gálicas, pues, disminuye sensiblemente respecto a la fase anterior (fìg. Con 12 fragmentos (6'38 % del total de la vajilla de importación tardía), la T.S. Lucente ha experimentado un considerable bajón. Sin embargo, debemos hacer constar que se ha demostrado una presencia nada despreciable de este tipo cerámico en contextos languedocienses de mediados-finales del siglo v, representado básicamente por las formas 1/3 y 3 ó 3/8 (C. A.T.H.M.A., 1986: 39), que precisamente son, con 3 y 2 ejemplares respectivamente, las dos formas identificadas en nuestra escombrera. Aunque un conjunto tan pequeño no nos permita asegurarlo, parece que, aunque ya de forma muy reducida, las importaciones de T.S. Lucente habrían continuado llegando a Ampurias hasta este momento. La T.S. Paleocristiana se encuentra en esta fase IVb en proporciones ligeramente superiores a la Lucente, con 23 fragmentos (18 grises y 5 anaranjados), que constituyen el 12'23 % del total de la vajilla de importación tardía. Como en la fase anterior, todos pertenecen a la producción languedociense y, aunque se puede constatar un evidente descenso, parece que la llegada de este tipo cerámico continuaría produciéndose en estos momentos en la costa catalana. De las siete formas identificadas, dos pertenecen a la forma Rigoir 6, dos más a la 8, mientras que la 1 y la 4 se encuentran representadas cada una por un ejemplar (fig. 4, 15-18). Una sépfima pieza, fragmentada, puede pertenecer a las formas 1, 2 ó 3. También hay algunos fragmentos informes decorados. Los punzones localizados (palmetas, rosetas, arcos, columnitas) son también tipicamente languedocienses. Por desgracia, no disponemos de una evolución cronológica fiable para el grupo languedociense de la T.S. Paleocristiana, y los yacimientos de Marsella y de Gardanne no nos sirven, dado que se encuentran dentro del área provenzal y a este grupo pertenecen los fragmentos de T.S. Paleocristiana de que disponemos. La U.E. 29 de Rosas, con nueve fragmentos (dos de los cuales son provenzales), constituiría el único paralelo destacable, pero no nos aporta ningún dato concreto (Llinàs, 1991: 134), ya que las piezas de este conjunto no presentan afinidades claras con las del nuestro. Nos vemos en cambio obligados a mencionar dos yacimientos costeros catalanes que presentan cronologías ligeramente anteriores: la Antigua Audiencia de Tarragona, ya citada anteriormente, y Can Modolell, en Cabrera de Mar (Barcelona). En estos conjuntos, sin duda de la segunda mitad del siglo v, predominan de forma clara las importaciones de T.S. Paleocristiana de la Provenza (Aquilué, 1993: 147; Clariana y Jàrrega, 1990), lo que ha hecho pensar en una posible desaparición de las importaciones languedocienses a partir de mediados del siglo V, nunca plenamente confirmada (Bacaria, 1993: 374). Ante nuestros hallazgos debemos matizar, en todo caso, esta hipótesis y considerar que, si bien es innegable el predominio provenzal durante el periodo 450-500 y su continuidad -mitigada-en la primera mitad del siglo vi, la llegada de importaciones languedocienses, posiblemente más fuerte en el Ampurdán por cuestiones de proximidad geográfica, no habría cesado del todo y continuaría produciéndose todavía alrededor del año 500. Por lo que respecta a los datos de la fase V -segundo cuarto avanzado del siglo vi-, debemos hacer constar que se encuentran ligeramente falseados debido al numeroso material residual de las fases I y IVa que contienen sus unidades estratigráficas, y eso hace que, desgraciadamente, no sirvan para ilustrar de manera clara la caída definitiva de las importaciones de vajilla fina gálica, aquí presentes en porcentajes engañosamente demasiado elevados. La T.S. Lucente, por ejemplo, parece experimentar una sensible recuperación (14'77 % del total de la vajilla de importación tardía; fig. 2, 2), que consideramos fruto de la mencionada presencia de material residual en los estratos de la fase V. Sin descartar que todavía pudiese llegar a producirse en pequeñas cantidades durante los primeros años del siglo VI (C. A.T.H.M.A., 1986: 39), es muy probable que en la época en que se forma nuestra fase V ya hubiese desaparecido del mercado. Desgraciadamente, disponemos actualmente de muy pocos datos fiables para comprobar este extremo, si bien algunos de ellos parecen confirmar la decadencia de este tipo cerámico a inicios del siglo vi (Pelletier et alii 1991: 338 y fig. 9). Los fragmentos identificados en la fase V pertenencen a las formas Lamboglia 1/3 (20 ejemplares) y 3 (2 ejemplares). Algo parecido ocurre con la T.S. Paleocristiana, que aquí se encuentra representada por un total de 71 fragmentos (8'32 % del total de la vajilla de importación bajoimperial; fig. 2, 2), 40 de los cuales son anaranjados y 31 grises. De nuevo las piezas provenientes de Languedoc componen casi la totalidad de los fragmentos. No obstante, y a pesar de los fragmentos 166 JOAN LUNAS I POL AEspA, 70, 1997 localizados en nuestra fase IVb, con los conocimientos hoy en día disponibles es difícil asegurar que la variante languedociense de este tipo cerámico se continuase produciendo y exportando con asiduidad en una fecha tan tardía; su momento álgido se podría situar a finales del siglo iv y a principios del v, y, por el momento, no podemos ofrecer paralelos que ayuden a esclarecer el panorama de su decadencia y desaparición. El estado fragmentario y desgastado de muchas de las piezas halladas en esta fase hace suponer que nos encontramos ante ejemplares residuales, pero es imposible distinguir, si realmente existe, alguna diferencia cronológica entre ellos. Las formas identificadas se reparten de la siguiente manera: f. Debemos destacar, también, algunos fondos de plato ricamente decorados y varios punzones de los tipos más habituales (fig. 7, 5-14). Cabe señalar la presencia de tres fragmentos -un borde de f. Estos datos podrían explicar la abundancia de piezas provenzales en algunos contextos catalanes datados a partir de la segunda mitad del siglo v y, por lo tanto, ligeramente anteriores a nuestra fase V (Almagro, 1964; Clariana y Jàrrega, 1990; Aquilué, 1993), a la vez que delatarían como probablemente residual una partepor otro lado difícil de cuantificar-de las piezas languedocienses de esta fase. Los estratos pertenecientes a la fase VI (siglo vii o principios del viii) no contienen ningún fragmento de cerámica gálica, lo cual coincide plenamente con los datos hasta ahora disponibles sobre la desaparición de estas producciones en el transcurso del siglo vi. El análisis de los tipos anfóricos de que disponemos revela cómo a partir de mediados del siglo v se produce un fuerte descenso de las piezas provenientes de la Bética y de Oriente, y las ánforas africanas (reflejadas basicamente en las formas Keay LV y, sobre todo, LXII) se convierten en predominantes de una manera casi absoluta hasta el siglo VIL El otro aspecto a destacar lo constituye el hecho de que a lo largo del periodo que estudiamos no se detecta descenso alguno en la llegada de ánforas al yacimiento, sino más bien todo lo contrario: si alrededor del año 400 representan un tercio del material cerámico recuperado, dos siglos más tarde sobrepasan el 50 %. Es indudable que este hecho (sin perder de vista, es cierto, los riesgos inherentes a toda generalización) indica mejor que cualquier otra evidencia que los intercambios comerciales a gran escala entre las costas del Mediterráneo occidental no experimentaron ninguna crisis importante durante los siglos V y VI, a pesar de los grandes cambios políticos representados por el derrumbe del Imperio Romano de Occidente, el establecimiento vacilante de los reinos germánicos y la conquista bizantina de una parte importante de la región. En la fase IVa, con 799 fragmentos, las ánforas constituyen el 34'13 % del total del material cerámico aparecido. A pesar de estos porcentajes, contamos con sólo cuatro formas, dos de ellas africanas (Keay IV y XXV, una oriental (Keay LIV) y una bética (Keay XVIII). No cabe duda de que es demasiado arriesgado intentar cualquier tipo de generalización a partir de sólo cuatro ejemplares. En la fase IVb las ánforas constituyen casi la mitad (49'79 %) de la cerámica extraída de la escombrera (fig. 2, 3), porcentaje que supera sensiblemente el de la fase IVa y que se podría asimilar plenamente a los proporcionados por los diversos yacimientos costeros contemporáneos (Nolla y Casas, 1990: figs. 26 y 27). Ya hemos visto en la primera parte de este trabajo cómo en este momento el predominio de las ánforas africanas es ya indiscutible, con formas típicas del siglo v (Keay XXV, principalmente), aunque irrumpen con fuerza los tipos que continuarán produciéndose a lo largo del siglo VI (Keay LXII, sobre todo, pero también Keay XXXV, LV y LVII). A pesar de ello, sin embargo, todavía hacen acto de presencia algunos ejemplares héticos, como la Keay XIII y la Keay XIX. La fase V, con un total de 8.635 fragmentos (45'47 % del total de los materiales cerámicos de la fase, fig. 2, 3), muestra como las ánforas siguen constituyendo el tipo cerámico más abundante. De nuevo el predominio africano es total y, si exceptuamos los tipos residuales, solamente podemos destacar unos pocos ejemplares orientales (Keay Lili y LIV). Sin duda, la forma Keay LXII es la más típica del momento, aunque no podemos desdeñar la presencia también significativa de las Keay VIII, AEspA, 70, 1997 LA EXCAVACIÓN DE LA CARRETERA DE SAN MARTIN DE AMPURIAS 167 XXXV, LV y LXI. En este aspecto, el repertorio formal de las ánforas de la fase V es prácticamente idéntico al que pueden presentar otros yacimientos costeros catalanes con cronologías parecidas. Es destacable el hecho de que, lejos de reflejar una progresiva decadencia, los porcentajes de ánforas en nuestro yacimiento se mantienen firmes e incluso experimentan un ligero aumento en la fase VI (195 fragmentos, 55'87 % del total del material) (fig. 2, 3). Conscientes de nuevo del riesgo que comporta la generalización de los datos, podemos aventurar que aún en el siglo vii los yacimientos costeros catalanes continuarían manteniendo relaciones comerciales más o menos regulares con África, un hecho que podría haber sido disimulado tanto por la ya antes mencionada caída de la producción de T.S. Africana D como por la escasez de conjuntos contemporáneos bien estudiados. En este contexto, hemos podido comprobar visualmente cómo una parte muy importante del conjunto de los materiales extraídos del castrum visigodo de Puig Rom, situado en la vecina Rosas y datado en el siglo VII, está constituido precisamente por ánforas, mientras que la T.S. Africana D es casi inexistente. La generalización de la cerámica reducida de cocina En el campo de las cerámicas de producción local podemos observar cómo las comunes oxidadas predominan sobre las reducidas de cocina en una proporción aproximada de 2 a 1 a lo largo de las fases IVa, IVb y V, a pesar de que se nota un continuo pero muy ligero descenso de las primeras en favor de las segundas. En la fase IVa, las cerámicas comunes constituyen el material cerámico más abundante (fig. 2, 3), con un total de 1.205 fragmentos (50'62 % del total). De los tipos existentes, las comunes grises y las oxidadas de cocina son muy minoritarias en las diferentes fases tardías del yacimiento. Predominan claramente, con un 65'93%, las comunes oxidadas, mientras que las reducidas de cocina representan un 34'07 % del total. El repertorio formal de las primeras está formado básicamente por morteros, jarras y jofainas, mientras que las reducidas de cocina están constituidas por las típicas ollas y jarras de perfil en "s" y cazuelas. Entre ellas destacan unas ollas generalmente bastante bajas, de paredes totalmente cóncavas y con dos pequeñas asas horizontales en forma de oreja pegadas a la pared externa (fig. 3, 18). No se nos escapa, tampoco, la relación existente entre la caída de la vajilla de importación y la eclosión de la cerámica reducida de cocina, aunque es muy arriesgado pensar en la sustitución parcial de una por la otra, sobre todo debido a las grandes diferencias formales y funcionales. Sin embargo, es evidente que el cese de la llegada de la cerámica africana podría haber impelido a los ceramistas locales a aumentar la producción de boles y de platos-tapadera como los de la fig. 8, 6-7. La falta de contextos contemporáneos bien datados en la región circundante hace que sea de momento imposible pensar en un intento de datación únicamente a través de estas cerámicas, pero el mencionado incremento repentino de su presencia constituye una prueba más para dar a nuestra fase VI una cronología considerablemente baja. En cualquier caso, esperamos que nuestros datos puedan más adelante ser contrastados con nuevos hallazgos, para comenzar así a esclarecer el oscuro panorama de estas épocas hasta el momento tan desconocidas.
De la Hispânia romana tal vez el periodo más desconocido sea el siglo v, sobre todo en los aspectos referidos a sus restos materiales: urbanismo, arquitectura, cerámica, metalistería, vidrio, etc. En este trabajo hemos abordado una parte concreta de esta cultura material en una zona determinada: la cerámica común (tanto de mesa, como de cocina), imitación de sigillata, en la provincia de Segovia. Definir sus características técnicas, tipológicas, decorativas, así como su similitud con la terra sigillata y su significado en la formación de la cerámica hispano-visigoda, ha sido nuestro objetivo básico. Para ello, hemos tenido en cuenta tanto cerámica proveniente de núcleos urbanos como Cauca, el Cerro del Castillo (en Bernardos) o el Cerro de la Virgen de Tormejón (en Armuña), como de asentamientos rurales (¿villae rusticad), necrópolis (El Cantosal, Aguilafuente, Duratón, etc.) y hallazgos aislados. Es todavía habitual en los estudios sobre las cerámicas antiguas de Hispânia, que la atención se centre con preferencia en los aspectos formales y estilísticos de los productos, relegando a una posición casi testimonial los asuntos técnicos, que suelen saldarse de modo impreciso y poco coherente. Este enfoque, ha llevado en ocasiones a una percepción muy simplificada de las cerámicas, casi intuitiva, por la cual el objeto era lo que parecía y no lo que su naturaleza dictaba. Así, en la confrontación entre una confusa, y a veces inexacta, interpretación técnica de una cerámica, y su lectura arqueológica o formal, era esta última la que solía prevalecer, llegando a provocar situaciones equívocas y contradictorias. Buena parte de las cerámicas fabricadas durante el Bajo Imperio en la Península, han visto condicionado su análisis por esta orientación, y muy en especial la TSHT y las distintas familias de comunes que la imitan, mermadas, a su vez, por la escasez de estudios sistemáticos tanto formales como decorativos. A fin de examinar algunos aspectos del tema hemos abordado el estudio de un nutrido grupo de cerámicas comunes, provenientes de yacimientos segovianos, sobre las que se manifiesta una acusada influencia de las sigillatas. Según el tipo de acabado de la piezas, se distinguen en la bibliografía tres grandes grupos de estas comunes: bruñidas, engobadas y alisadas. Este acabado resulta tan determinante para su diferenciación como el vedrío de una vidriada o el barniz de una sigillata, por lo que su estudio irá articulado en función del mismo, evitando cualquier denominación que no sea la de su atribución específica (comunes), obviando incluso ese aspecto particular de su de-coración que es el estampado (por cuanto no alcanza a todas las piezas), y adoptando el término tardo-rromanas como enmarque cronológico general, con lo que quedan encuadradas genéricamente como cerámicas comunes tardorromanas, imitación de sigillata. Exceptuando algunas piezas, ya inventariadas por A. Molinero en 1971, el resto son ejemplares inéditos procedentes de excavaciones o localizados tanto entre los materiales del Inventario Arqueológico Provincial, depositados en el Museo Provincial, como en los fondos de dicho Museo o en colecciones particulares K I. CERAMICA COMÚN BRUNIDA El atractivo acabado que pueden llegar a poseer estas cerámicas y la mayoritaria presencia de la variedad reductora, deben haber sido las causas que han llevado, en ocasiones, a confundirla con la TSHT gris e incluso con las gálicas tardías grises, circunstancia agravada por la existencia de formas y decoraciones adoptadas de la TSHT, que ésta había asimilado, a su vez, del repertorio gálico, según evidencian las piezas presentadas en este trabajo. También aparecen recogidas en recientes estudios como «visigodas», debido a la dificultad existente para deslindar las últimas producciones tardorromanas de las de época visigoda, por no citar la confusión sufrida en algún momento al incluir entre ellas cerámicas prerromanas estampadas. Los primeros datos sólidos sobre estos tipos cerámicos provienen del estudio de L. Caballero y J. L. Argente acerca de la que entonces denominaron paleocristiana hispánica, en el cual recogen algunos fragmentos hallados en los yacimientos madrileños de la Ermita de Peña Sacra y Cancho del Confesionario en Manzanares el Real (Caballero y Argente, 1975: 126-127, fig. 4, 31-36), que engloban en el grupo de imitaciones de la cerámica paleocristiana para diferenciarlos de la recién propugnada sigillata paleocristiana hispánica. Poco después E. Cerrillo presenta un primer lote de productos obtenidos en El Cortinal de San Juan (Salvatierra de Tormes, Salamanca), que agrupa bajo la denominación de cerámicas estampilladas (Cerrillo, 1976), en las que percibe influencias que van desde las provenientes de las hispánicas tardías del Valle del Duero o las paleocristianas galas, hasta posibles reminiscencias de las cerámicas del Hierro de la Meseta, proponiendo para ellas una cronología entre los siglos iv y v d.C. En este trabajo, sin embargo, se mencionan piezas de Ulaca, Villasviejas de Yeltes o El Cantosal, prerromanas, así como otras atribuibles a diversas épocas o de adscripción dudosa. Años más tarde E. y J. Cerrillo publican un nuevo conjunto del mismo yacimiento salmantino (Cerrillo, 1984-85), en el que siguen advirtiendo coincidencias entre las decoraciones importadas y las tradicionales provenientes del mundo de la Edad del Hierro de la Meseta, pero en cuya interpretación influye notablemente la tesis de Caballero y Argente sobre la existencia de una. paleocristicma hispánica derivada de la producción gala, que hacen converger con la ya entonces descartada hispánica tardía regional, dando lugar a una hispánica tardía cuyo producto final serían esas cerámicas estampilladas (ibid.: 363, cuadro 1). Simultáneamente, L. Caballero presenta un esquema mucho más elaborado ampliando los dos grupos de paleocristianas hispánicas definidos en 1975, que ahora denomina antiguo y avanzado, y sitúa las cerámicas de Salvatierra en un tercer grupo que bautiza como final (Caballero, 1985: 118), adoptando para todas ellas la denominación genérica de terra sigillata hispánica tardía imitación de la paleocristiana, tras precisar con acierto que este último grupo ya no debe ser considerado como una sigillata. Sin embargo, lleva su cronología hasta más allá del 600 d.C. (esquema de su pág. 121), fecha que creemos excesivamente avanzada, como se verá más adelante. Este autor, publica en 1989 el último trabajo de síntesis aparecido hasta la fecha donde se da cabida a estas cerámicas. En él aborda, entre otros, el estudio de una parte de los materiales inéditos de la excavación del Cancho del Confesionario, que en función de sus características físicas distribuye en cinco grupos. Los dos primeros (A y B) se definen como cerámicas engobadas finas, el tercero (C) como una cerámica todavía fina alisada o espatulada (no es lo mismo) y los dos últimos (D y E) como comunes ordinarias (Caballero, 1989: 75-78). Tras un detallado examen de dichos materiales ^, cabe descartar la presencia de sigillata en cualquiera de tales grupos, exceptuando quizá el frag. n° 1 (fig. 1) y el 32 (fig. 2) que por su calidad y a pesar de la ausencia de barniz podrían ser TSHT que lo ha perdido \ del resto, el grupo A sería una cerámica común fina en la que se distinguen varias producciones, todas ellas obtenidas de arcillas quizá depuradas pero con desgrasantes cuarcíticos y micáceos finos, en ocasiones muy abundantes, que salvo un par de casos dudosos sólo recibieron un buen alisado. Todas las piezas estampadas que se incluyen indistintamente dentro de los grupos B, C y E, son comunes más o menos finas, dotadas de bruñidos de diversas calidades y por tanto emparentables, por técnica, formas, decoración y cronología, con las producciones segovianas. A partir de éste y otros conjuntos de fecha posterior. Caballero intenta establecer nexos de unión entre las últimas producciones tardorromanas y las de época visigoda y postvisigoda, proponiendo un tipología común para todas ellas, e insistiendo en una derivación lineal paleocristianas gálicas-paleocristianas hispánicas-comunes estampadas, cuyos últi-mos vestigios prolonga hasta el siglo vii (Caballero, 1989: 79 ss.). Con un esquema semejante H. Larrén publica en el mismo volumen un conjunto cerámico obtenido en las excavaciones de La Cabeza de Navasangil, en el que distingue dos especies cerámicas, la primera que denomina Terra sigillata hispánica imitación paleocristiana, que a tenor de las descripciones contiene ejemplos de TSHT y de comunes bruñidas (Larrén, 1989: 59), y una segunda de cerámicas comunes ordinarias subdividida a su vez en tres grupos someramente diferenciados. En el estudio tipológico, ambas especies se mezclan resultando difícil en ocasiones distinguir a cuál de ellas pertenecen las piezas reseñadas. Últimamente, el hallazgo y estudio de importantes conjuntos cerámicos en las excavaciones de Lugo (Alcorta, 1994), vienen a arrojar nueva luz sobre una parte de los esquemas decorativos de las cerámicas de Salvatierra y de ciertos yacimientos asturianos, que posteriormente examinaremos, mientras nuestras investigaciones sobre la TSHT (Juan Tovar, e. p. a y b), ponen en cuestión el concepto familiar TSHT imitación de paleocristiana aplicado a estas producciones. Procedencia de las cerámicas (fig. 1) La mayoría de las piezas estudiadas en este trabajo proceden de Cauca (46,73 %) y del cerro de la Virgen de Tormejón (26,17 %), no obstante, hemos procurado ilustrar la presencia de estos productos en el territorio segoviano con el mayor número posible de hallazgos obtenidos en otros yacimientos. Aguilafuente: Santa Lucía.-Villa tardorromana reutilizada como necrópolis en época visigoda y excavada entre 1968 y 1972 por M.^ R. Lucas {cf. bibl. Aldeonte: El Olmillo.-Hallazgo aislado junto a materiales medievales, cerca del río de la Hoz -la localización exacta no consta en ningún lugar-(inédito). Armuña: Cerro de la Virgen de Tormejón.-Espigón calcareo labrado por el arroyo de Tormejón, habitado en las épocas celtibérica, tardorromana y visigoda. Varios de los materiales que recogemos fueron publicados por A. Molinero en 1971 y han sido redibujados (cf. bibl. Entre los materiales del M. S. hay diversas piezas tanto aportadas por Molinero, como procedentes de hallazgos posteriores, cuya única indicación de procedencia es 'Armuña' y aunque deben de proceder del Cerro de la Virgen de Tormejón, aquí las consignamos con interrogación. Ayllón: Estebanvela.-Necrópolis visigoda excavada en 1915 y 1920 por el Marqués de Cerralbo y Justo Juberías ^. Cerro del Castillo.-Habitat tardoantiguo protegido en todo su perímetro por una potente muralla (Barrio y Fuentes, e. p.). Constanzana.-Posible villa que, a partir del lAP, ha proporcionado escasos pero significativos materiales, todos tardorromanos, entre los que figuran fragmentos atípicos de común bruñida, no dibujados (inédito). Bernuy de Forreros.-Yacimiento sin nombre ubicado 400 m al norte del núcleo urbano (inédito). Cabanas de Polendos: Agejas-Los Juncales.-Posible villa muy cercana al despoblado medieval de Agejas (inédito). Cantalejo: Guerreros.-Con la ref.'Laguna Chica, Cantalejo' se conservan en los fondos del M. S. fragmentos atípicos de bruñida tardorromana, que aquí no hemos dibujado. Sin embargo este yacimiento es un habitat del Hierro I sin reocupación posterior, por lo que dichos materiales deben de proceder del cercano yacimiento de Guerreros, una gran ¿villa? con abundantes restos en superficie (inédito). Carrascal del Río: Burgomillodo, La Mesilla?.-Desconocemos la procedencia exacta de los fragmentos que aquí recogemos y que ya publicó Molinero. Parece lo más probable que procedan del yacimiento de la Mesilla en la pedanía de Burgomillodo, según referencias indirectas del propio Molinero (Molinero, 1950: 643 y 645 ), aunque el lAP registra en esta zona cinco yacimientos tardorromanos o visigodos (BG/11,12,19,21 y 25), todos ellos lugares de habitat bien protegidos en las hoces del río Duratón. Cauca (núcleo urbano).-La ciuitas de Cauca, bajo el casco urbano de lá actual Coca y zona de Los Azafranales, se extiende por el interfluvio Voltoya-Eresma. La cerámica aquí documentada procede tanto de excavaciones de urgencia como de prospecciones y colecciones particulares (Blanco, e. p.). Tierra de las Monedas I-III {Ibid.). C/ Joaquina Ruiz {Ibid.). Avda. de La Constitución {Ibid.). Santa Rosalía.-Necrópolis altoimperial ubicada al N. de la villa de la Tierra de las Pizarras. La cerámica que aquí figura fue hallada detrás de la ermita situada en ese paraje, al construir una variante de la carretera, a unos 200 m. de la zona de necrópolis por lo que no sabemos si pertenece a ésta o a una zona de habitat (Blanco, e. p.). El Cantosal.-Necrópolis tardorromana y visigoda ubicada frente a Cauca, en el margen izquierdo del río Voltoya (Lucas, 1971; Blanco, 1996). Tierra de Las Pizarras.-Gran villa suburbana a las afueras de Cauca y separada de ésta sólo por el río Eresma (Blanco, e. p.). Cuéllar: Campo de Cuéllar, El Fresnal.-Un único fragmento de común bruñida tardorromana hallado en este yacimiento de la Edad del Hierro, nos hace sospechar que pueda proceder de la cercana ¿villal del Prado de Las Lagunas a tan sólo 500 m. al norte (inédito Las características que vamos a exponer sucintamente se han obtenido mediante observación macroscópica de las piezas, con ayuda de una lupa de 30x-50x aumentos cuando ha sido necesario, y deberán ser confirmadas y precisadas mediante los oportunos análisis, en fase de realización. La materia prima empleada en la elaboración de estas cerámicas la integran arcillas magras, ricas en cuarcita, mica blanca y feldespato, de bajo contenido en hierro, en las que aparecen ocasionalmente mica dorada o negra, calcita, chamota, elementos orgánicos y otros residuos, que revelan orígenes diversos aunque la mayoría procedan previsiblemente de terrenos graníticos. Su elaboración mediante molienda y tamizado manual en seco, salvo un grupo en el que parecen aplicarse métodos de semidepuración, dan como resultado masas arcillosas con grados de cohesión medios y una plasticidad mediabaja. Con ellas se obtuvo un cuerpo cerámico con ciertas propiedades refractarias, en el que son apreciables desgrasantes en grano que llegan a superar los 0,50 mm, y frecuentes vacuolas, en ocasiones de gran tamaño, que indican una deficiente cohesión de la masa arcillosa, achacable por lo general a una manipulación descuidada, más que a la propia arcilla, cuerpo que adopta, con relativa asiduidad, una estructura laminar, que tiende a exfoliarse con el uso. En ocasiones se advierten improntas de adherencias superficiales de origen vegetal (pequeñas ramas). Todas ellas fueron modeladas mediante tomo rápido. Las calidades cerámicas obtenidas se pueden aglutinar al menos en tres grandes grupos: una, relativamente frecuente, de barros bien tamizados e incluso semidepurados, con desgrasantes de grano fino (entre 0,05 y 0,15 mm), que dan lugar a piezas de terminación cuidada y paredes delgadas, válidas tanto para mesa como para cocina, pero donde parece prevalecer el primer uso; la segunda, de arcillas tamizadas con desgrasante medio-fino (0,15-0,30 mm), buenos acabados y paredes de grosores diversos, muy abundante; y una tercera, la menos corriente, de arcillas bastas con intrusiones de grano grueso (> 0,30 mm) que llegan a sobrepasar los 0,50 mm, acabados heterogéneos y paredes por lo general más espesas, adecuadas para cocina y almacenamiento. El acabado consiste en bruñir la superficie externa, y la interna en las formas abiertas, tras la primera fase de secado, cuando la pieza ha adquirido una dureza similar al cuero. Tradicionalmente se lleva a cabo rozando la superficie con un guijarro mojado en saliva o agua ^, o bien con un objeto de caña, madera o hueso con punta redondeada, previo humedecimiento de la superficie, que deja un trazo corto, estrecho e in-egular, que casi la dibuja, lo que ha llevado a confundirlo, en ocasiones, con una decoración. No obstante, su calidad e intensidad varían de unas piezas a otras, tanto en la regularidad, como en el brillo que puede ir de una viveza casi metálica al mate. Este proceso se denomina genéricamente bruñido por espatulado, aunque es obvio que tal instrumento no siempre tuvo algo que ver con dicha técnica. Otra práctica muy utilizada estriba en frotar la superficie previamente humedecida con lana o una fibra vegetal blanda, método que parece aplicado en ciertas piezas (n° 1-4, 12, 15, 17, 23 y 38), todas formas abiertas excepto la última y más dudosa, que presentan su superficie con menos lustre y sin trazas claras de espatulado ^. Esta técnica que más que un bruñido es un pulimento, produce una película más fina y menos adhérente, que se desprende con el uso, lo que puede hacer que se confunda con un engobe. Se advierte, por tanto, que bajo esta forma común de acabar las cerámicas pueden esconderse técnicas diversas, cuyo seguimiento, junto a otras características tanto formales como decorativas, podrían contribuir a diferenciar talleres, momentos o zonas de producción. Con estos procedimientos tradicionales, de fácil y rápida aplicación, se obtiene un acabado atractivo, además de higiénico, que evita que el desgrasante sobresalga en superficie, proporciona un tacto suave, facilita la limpieza del vaso, y reduce la abrasión y la permeabilidad. Tales cualidades justifican su aiTaigo, hasta hoy, en la alfarería popular, pudiendo constatarse su uso durante toda la época romana, en la que se emplean indistintamente sobre cerámicas comunes o finas ^. ^ Para todo lo relacionado con los tipos de arcillas y la elaboración de cerámicas antiguas, cf. N. Cuomo di Caprio, La Ceramica in Archeologia. Antiche tecniche di lavorazione e moderni metodi d'indagine, T ristampa, 1988, Roma. ^ Esta antiquísima técnica aún se emplea hoy día en talleres artesanos de la Península Ibérica, cf. E. Sempere, Rutas a los alfares. España-Portugal, 1982: 33, Barcelona. • ^ Una aplicación práctica de estas técnicas tradicionales puede verse en: M. Calvo Gálvez, «Experimentando con la arcilla y el fuego como en la Antigüedad», Tecnología de la cocción cerámica desde la Antigüedad a nuestros días, 1992: 41 ss., Agost. ^ Con un marcado carácter marginal de clara extracción indígena, se rastrea su uso en ciertas comunes lucenses del siglo I d.C. (Alcorta, 1994: 204 La decoración, generalmente estampada, se aplicaba una vez bruñida la pieza ejerciendo una fuerte presión sobre la pared, como indica el abultamiento interior existente, sin embargo algunas de ellas, por causas que desconocemos, recibieron su adorno antes de practicar el bruñido, por lo que al aplicar este los motivos resultaron machacados (fig. 2). Esta circunstancia podría estar expresando el momento de caída en desuso de la estampación como forma de decorar esta cerámica, según veremos más adelante. Su cocción debía de efectuarse a temperaturas comprendidas entre los 600° C y 800° C, en condiciones técnicas que cabe calificar de deficientes, según se deduce de las notables desigualdades cromáticas que registran muchas piezas tanto en la superficie como en el interior de la masa cerámica. El efecto aislante del bruñido, que refleja una parte del calor que recibe durante la cocción, hubo de contribuir a una desigual cochura de la masa arcillosa, ya fuera la atmósfera reductora u oxidante, propiciando en las primeras una coloración más clara y pardusca en el interior que en la superficie, la cual llega a alcanzar con mayor facilidad tonos grises, mientras que en las segundas se registra un efecto inverso con tonos ocres o pardos en la superficie y pardos-grisáceos en el interior. Entre las cerámicas finas se registra su utilización como técnica decorativa p. e. en algunas africanas, cf. X. Aquilué, «Sobre algunas cerámicas de producción africana con decoración espatulada», Revista d'ArqueoIogia de Panent, 2, 1992: 177-198. en realidad sólo parecen estar presentes en un corto número de casos (7,48 %). Estos desajustes no son homogéneos en toda la vasija y a ello contribuyen también el mayor o menor espesor de cada parte de esta, su posición en la pila cerámica, o el contacto con el combustible y su grosor, entre otros factores, provocando esa gran variedad de tonalidades de una parte a otra del vaso o dentro de un mismo fragmento. La cocción oxidante, imperfecta o no, aparece en un 30,84 % de las piezas estudiadas, mientras que la cocción reductora afecta al 61,68 %. De todo lo observado se deduce que estas producciones fueron cocidas en hornos fijos de tiro vertical a llama libre, estructura tradicionalmente empleada durante toda la época romana en Hispânia con la mayoría de las cerámicas ^. De su excelencia constructiva y de la habilidad de los alfareros que los utilizaron ya nos han hablado las cerámicas: debió de ser muy dispar, dadas las diversas calidades obtenidas. Sin embargo un grupo importante de piezas, entre las que destacan aquellas con la decoración semiborrada, pudo haberse cocido en horneras. Este tipo de cocción consiste en apilar la cerámica sobre un manto de leña, colocado dentro de un hoyo poco profundo, directamente sobre el terreno o sobre una plataforma de tierra de escasa altura, y cubrirla con el combustible elegido. La combustión en estas condiciones es muy imperfecta, por el bajo aporte de aire, y en consecuencia reductora. Para aumentar la reducción se arropa posteriormente la pira resultante con barro o musgo, cerrando por AEspA, 70, 1997 CERAMICA COMÚN TARDORROMANA EN LA PROVINCIA DE SEGOVIA 177 completo la entrada de oxígeno. Esta práctica no permite alcanzar temperaturas muy elevadas (sobre 800-850°C en condiciones óptimas), ni mantenerlas por mucho tiempo, e impide un control afinado del proceso dando lugar a cochuras no uniformes. Su ventaja radica en que este tipo de homo se puede levantar en cualquier lugar con poco esfuerzo, usarse una sola vez y abandonarse sin trastorno económico alguno, pudiendo efectuarse la cocción en un tiempo relativamente corto ^°. Tal posibilidad debe tomarse en consideración, ya que aparte de constituir el procedimiento de cocción más antiguo y universal conocido en la historia de la cerámica, las ventajas señaladas hacen innecesaria la presencia de instalaciones alfareras fijas, situación que en la época en la que se fabricaron estos productos podía ser propicia ^K Hasta el momento no se conoce ningún taller que elaborase este tipo de cerámica, sólo el hallazgo en la zona de Los Azafranales en Coca, de un pequeño fragmento semivitrificado y con grandes burbujas en la superficie (n° 97), evidente defecto de cocción, aporta el exiguo indicio de un posible taller en esta ciudad, hecho por otra parte nada extraño teniendo en cuenta la larga tradición alfarera caucense, que arranca al menos de época vaccea (Blanco, 1992), con alfares detectados en el Alto Imperio'-. También aparece escoria de cerámica común entre los materiales del nivel III de Cancho del Confesionario ^^, que junto a la excoriación que presenta algún fragmento del vaso bruñido y con ornato exciso hallado en este nivel, más un fragmento de tapadera semivitrificado con burbujas en la superficie (Caballero, 1989: fig., 1, 14 y 4, 3), sugieren la presencia de un taller en este lugar o en sus cercanías. Aún más débil es el indicio del fragmento if 99, procedente del Cerro de la Virgen de Tormejón, sobrecocido y con muestras de excoriación en su interior, ya que no parece deformado y pudo ser objeto de uso, fabricado en otro Jugar.'° Cf. Otros ejemplos en Marruecos: I. Schütz, «Sistemas tradicionales de cocción cerámica en el Norte de África», Tecnología de la cocción cerámica desde la Antigüedad a nuestros días, 1992: 158-159, Agost. " Este método se apunta para el grupo más importante entre las comunes de Peña Forua, en fechas seguramente muy próximas a las de las cerámicas que ahora estudiamos, cf. A. Martínez y M. Unzueta, Estudio del material romano de la cueva de Peña Forua (Forua-Vizcaya), 1988: 40, Bilbao, así como en diversas producciones tardorromanas de la provincia de Alicante, cf Reynolds, 1985: 259 ss.'^ Existen al menos dos puntos en torno a Cauca, donde ha sido constatada la presencia de alfares de época romana, uno de ellos claramente Alto Imperial.'3 M. A. N., N° Inv. Sigillatas y comunes: algunas precisiones técnicas y funcionales No cabe duda que la mayor dificultad con que se enfrenta todo arqueólogo al acercarse al mundo de las cerámicas tardorromanas, es la escasez de estudios sistemáticos sobre la especie que articula casi dos siglos de la historia de las cerámicas domésticas en buena parte de Hispânia: la terra sigillata hispánica tardía. Existe, sin embargo, un cierto número de trabajos que se han ocupado de algunos de los diversos influjos formales y decorativos que parecen conformarla, y de los que ella misma prodigó sobre otras cerámicas, aunque sin emprender su sistematización, de modo que siempre se ha tenido una visión parca y deformada de ella, casi intuitiva en muchos aspectos. Ello ha provocado una clara confusión entre sigillata e imitaciones que está dando lugar a importantes dislocamientos, incluso cronológicos. Si abordamos una breve comparación entre ambas producciones, más allá de criterios puramente arqueológicos o formales, de los que tanto se ha abusado como único factor de contraste, habría que empezar por decir que su masa cerámica es diametralmente diferente: el grado de elaboración de unas y otras ilustra un concepto diverso de entender la cerámica, a la vez que técnica e históricamente incompatible: la TSHT emplea arcillas grasas ricas en hierro, elemento fundente que unido a la calcita que suele acompañarlo, dan cohesión a la masa cerámica, a la vez que esta última aclara su intenso tono rojizo, siendo apreciable, en ocasiones, mica en polvo. Esta materia se obtiene tras largos procesos de depuración, en los que se usa indistintamente la decantación y la sedimentación, resultando masas arcillosas con un alto grado de cohesión interna y una plasticidad alta, muy controladas. En ellas se incluyen cuarcita, chamóla u otros componentes, pero salvo accidente con una granulometria inferior a los 0,05 mm (muy fina), usados como elementos inertes para rebajar una plasticidad excesiva que agrietaría las piezas en el primer secado ^^. Su manipulación en la rota figularis es igualmente dispar. La arcilla utilizada en la TSHT exige, por esa alta plasticidad, torno rápido y artesanos muy cualificados en el manejo de este tipo de barros, sin olvidar el doble proceso que comportan las formas elaboradas a molde, donde tras la obtención en el mismo del cuerpo de la vasija, deben añadírsele pie y borde cuando menos y eso en las formas más simples. El revestimiento que las cubre, denominado convencionalmente barniz, tampoco admite parangón. Aunque poco se sabe sobre las manipulaciones últimas que implicaban su preparación, éste, al menos en buena parte, era el resultado final de un largo proceso de depuración: una suspensión coloidal de arcilla ferruginosa con eventual adición de algún álcali, en la que se buscaba una gran capacidad de adherencia a la masa cerámica, dada la baja porosidad de las arcillas plásticas, que se aplicaba por inmersión. Sin embargo sus características difieren tanto de las del típico engobe arcilloso como de los revestimientos de tipo vidrioso, de ahí que se le considere como un revestimiento atípico, si bien alguna de sus peculiaridades, como el craquelado, le aproximan más a estos últimos. Pero quizá el más antagónico de los procesos a que se vieron sometidas unas cerámicas y otras, fuera precisamente el de la cocción. Los hornos empleados en la fabricación de la terra sigillata constituyen, probablemente, una de las manifestaciones más notables de la tecnología cerámica del mundo antiguo. De construcción compleja, delicados en su mantenimiento y de difícil manejo por las altas temperaturas que debían alcanzar, requerían los constructores y artesanos más cualificados. A diferencia de las horneras, donde la cerámica está mezclada con el combustible (cocción por contacto), o de los hornos comunes a llama libre, en los que las vasijas se exponen al fuego y los gases térmicos (cocción por convección), los hornos de sigillata hacen circular ambos por toberas que atraviesan la cámara de cocción o que se encuentran embutidas en la paredes de la misma ^^, de manera que las piezas sólo reciben una intensa irradiación térmica (cocción por radiación) ^^, posibilitando la obtención de atmósferas teóricamente «puras», de oxidación constante (sigillata roja) o con una fase reductora (sigillata gris), que producen lo que se ha dado en llamar sinterización del revestimiento, es decir, el efecto de semivitrificación que da su textura y brillo característicos al barniz de las sigillatas. Son pues estructuras específicamente concebidas'^ Conocemos ya varios hornos tardíos de sigillata que utilizaban este sistema. El mayor conjunto excavado se encuentra en el yacimiento de El Cantarillón en Mambrillas de Lara (Burgos) con tres hornos descubiertos y restos de dos más (Inédito, ref. en Juan Tovar, e. p. b).'^ Para los distintos tipos de cocción y sus efectos, cf. A. Pastor Moreno, «La cocción de los materiales cerámicos» en Tecnología de la cocción cerámica desde la Antigüedad a nuestros días, 1992: 25-29, Agost. para obtener unas condiciones especiales que incluyen alcanzar termi as superiores a los 900° C. La sigillata requería además una primera cochura a baja temperatura (no más de 650° ó 700° C) antes de aplicar el barniz, denominada «bizcochado», que produce el secado definitivo de la pieza e incrementa su porosidad, a fin de que el barniz pueda alcanzar el máximo grado de adherencia posible, cochura que se realizaría seguramente en hornos corrientes de llama libre. Todo ello conforma un complejo y sofisticado proceso de producción, muy alejado del que estas modestas imitaciones recibieron. Si de lo expuesto se desprende una formidable diferencia técnica y cualitativa, hay que añadir una disparidad funcional básica en las manufacturas cerámicas: la que sitúa a un lado las denominadas «cerámicas de agua» como la TSHT, es decir las empleadas exclusivamente para servir o contener alimentos líquidos o sólidos, y en el opuesto a las conocidas como «cerámicas de fuego», que pueden ser usadas además -dadas sus cualidades refractarias-, para cocinar los alimentos poniéndose en contacto con la lumbre, como la mayoría de estas comunes. Los recientes avances en el estudio de la TSHT y los trabajos, actualmente en curso, encaminados a su sistematización, están permitiendo concretar mejor las influencias que hacen de ella todo un modelo de sincretismo, y a su vez, apreciar el modo en que actúan sobre otras cerámicas hispanas. Un aspecto que debemos enfatizar, es que estas investigaciones no sólo están poniendo de manifiesto la necesidad de contemplar la TSHT como una sola y sin adjetivos, sea gris o anaranjada, sino un impacto cuantitativo de la cocción reductora en la hispánica mucho menor del imaginado, ya rastreable en excavaciones del interior peninsular donde esta cuantificación puede llevarse a efecto, caso de Conimbriga (Delgado, 1976: 65-69), La Olmeda (Nozal y Puertas, 1995: 123) o Valdetorres (Arce et alii, e. p.). Por otra parte, es creciente el número de ejemplos disponibles para conocer la producción terminal de la TSHT, que aún siendo fiel a los patrones formales imperantes a partir de comienzos del que hemos dado en denominar su segundo periodo -ca. 375 d.C.- (Juan Tovar, e. p. b), manifiesta, en el transcurso del siglo v, un paulatino declive que, en líneas generales, afecta por igual a formas. AEspA, 70, 1997 CERAMICA COMÚN TARDORROMANA EN LA PROVINCIA DE SEGOVIA 179 barnices y decoraciones, con un desvirtuamiento de las primeras, el definitivo abandono de la cocción por radiación y la consecuente desaparición de la sinterización en los segundos, más una disminución y creciente tosquedad de las últimas, que en el caso de las decoraciones estampadas llega a provocar el abandono de los punzones, y la ejecución de los motivos directamente sobre el recipiente mediante incisión a mano alzada, como revelan, por citar algún caso, piezas aparecidas en Monte^Cildá (García Guinea et alii, 1966: lám. XIV, 9 y fig. 5) o Uxama (Saquero et alii, 1992: 890, fig. 4, 6). Con ser principales, no son las de la TSHT las únicas influencias que se pueden encontrar en estas bruñidas. El progreso de la investigación en materia de cerámicas comunes está contribuyendo a su vez a despejar algunas dudas y a comprender mejor los aspectos propios de su herencia familiar. La única tipología existente donde se recogen estas cerámicas (Caballero, 1989: 89-103) engloba además ejemplos correspondientes a la TSHT, comunes tardorromanas engobadas o alisadas, cerámicas hispano-visigodas e incluso productos que sugieren fechas más avanzadas, realizados con técnicas muy diversas y acabados igualmente dispares. Hubiera sido nuestro deseo poder ajustar esta propuesta tipológica a las cerámicas que ahora estudiamos, sin embargo existen diversos problemas de concepto y de método que lo hacen inviable. No ofrecemos, empero, una alternativa de ordenación tipológica, sino un avance de formas articuladas bajo un princrpio de funcionalidad primaria que la esboza, que deberá tomar cuerpo cuando dispongamos de conjuntos lo suficientemente amplios y variados como para ser representativos de la familia que tipifiquen. La terminología aplicada a las formas se ajusta a la propuesta en el Bol. del M. A.N., t. En las referencias a la TSHT hemos seguido la última numeración tipológica establecida por Mezquíriz (Mezquíriz, 1983), más las aportaciones de Palol ^' ^, y López Rodríguez (Palol y Cortes, 1974; López, 1985), a pesar de sus limitaciones y el escaso margen de maniobra que permiten. Por ello, siempre que ha sido posible remitimos a la diferenciación preliminar establecida en el estudio de la sigillata de Quintanilla de la Cueza, cuyo avance presentamos en el Congreso Internacional «La Hispânia de Teodosio» (Juan Tovar, e. p. b) de próxima aparición. En el cómputo global, estas formas resultan todavía francamente minoritarias ya que apenas representan el 32,21 %, al contrario de lo que se constata en la TSHT. Ello puede deberse inicialmente a que parte del consumo de este tipo de recipientes de mesa continuara cubriéndolo la sigillata hispánica, que figura con relativa asiduidad en los mismos contextos. Sin embargo, y en un momento posterior, quizá coincidiendo con la desaparición de los mercados de la TSHT, o incluso antes, parece que este tipo de recipientes, y en particular platos y fuentes, enrarecen su presencia hasta el punto de que en las producciones de época visigoda son formas poco testimoniadas. Platos y fuentes (fig. 3) Sin llegar a calificarse de rara, su presencia es, por ahora, escasa. Sus conexiones con la sigillata hispánica tardía son, no obstante, manifiestas: perfiles semejantes, fondos con decoración estampada y tratamiento de la superficie buscando un acabado cercano al de la TSHT, incluso más fino que en otras formas. Cabe señalar a este respecto los n° 1-3, dotados de un borde horizontal de perfil triangular con pestaña para tapadera, y el n° 4 de borde semejante, aunque sin pestaña y más elevado, los cuales recibieron un alisado previo, que provocó una apariencia externa estriada semejante a la que vemos en muchos platos de TSHT, pero también en sus imitaciones (Alarcão, 1975: pi. El acabado final se obtuvo seguramente por pulimento dada la ausencia de marcas netas de espatulado. Por el grado de calidad de la pasta todos ellos se pueden encuadrar dentro del primer grupo, y fueron cocidos en una atmósfera oxidante imperfecta. La calidad de estos platos, todos con diámetros comprendidos entre 21 y 27,5 cm. y procedentes del Cerro de la Virgen de Tormejón, contrasta con la de las demás piezas, de características más afines a las del resto de la producción, lo que unido a su proximidad a formas de la TSHT como las del grupo 2 de la Hisp. 74-Palol 4, o incluso a las del grupo 6 (variante B) de la Hisp. var, e. p. b, fíg. 2 y 4) nos inducen a suponerles una cronología algo más temprana. Formas semejantes aparecen en Bernardos (Barrio y Fuentes, e. p.). Cancho del Confesionario ^^ (Caballero, 1989: fíg. En el resto de las piezas prima el acusado bruñido por espatulado tan característico de estos trasuntos, aparece la decoración con línea ondulada incisa sobre el borde, propia de cerámicas comunes, y esgrimen una morfología menos refinada entrando dentro del capítulo de las fuentes, con diámetros que oscilan entre los 29 y los 41,5 cm. Las piezas n° 5 y 6 aún presentan parte de la calidad de las anteriores, la primera, todavía plato, con pasta semidepurada y cocción oxidante, de borde casi rectangular, y la segunda con la cara exterior apenas alisada, pero con la interior bruñida, de cocción reductora y pasta más tosca, marcarían la transición hacia los restantes ejemplares, todos de pastas tamizadas, bruñido ostensible y cocción reductora. Las piezas n° 9 y 10 muestran el borde decorado con una línea ondulada incisa, primer indicio ornamental de la mezcla de rasgos que confluyen en esta producción. Por último, disponemos de un fondo de fuente de gran espesor, muy rodado y de cocción oxidante imperfecta, decorado con arcos estampados de doble línea segmentada que miran hacia el centro de la pieza, en la que no se conserva resto alguno del bruñido que originariamente debió de recubrirla. Con la misma decoración aunque sin acanaladuras, cocción reductora y conservando el espatulado, existe otro fondo en Salvatierra de Tormes (Cerrillo, 1976: 471, fig. 5, 25). En el cómputo total, platos y fuentes representan el 10,48% mientras su porcentaje específico dentro de las formas abiertas supone el 31,43% de las mismas. El primer grupo lo forman 10 piezas carenadas (n° 12-21), de borde redondeado, verücal y generalmente exvasado, con diámetros que oscilan entre los 9,5 y 21 cm., todas grises, exceptuando la n° 12 que LUIS CARLOS JUAN TOVAR Y JUAN FCO. Un segundo grupo, menos numeroso, lo componen una serie de cuencos hemisféricos de paredes rectas, verticales y a veces ligeramente invasadas, que recuerdan con insistencia a la Hisp. Es otra de las formas que refrenda la existencia de ejemplos puramente lisos en esta producción. Muestra evidente de esa relación con la TSHT la encontramos en la pieza n° 22 que enlaza con las variantes Al y A3 señaladas para la Hisp. 8-Palol 10 (Juan Tovar, e. p. b, fig. 6), proclamando la perduración de la forma hispánica al menos hasta bien entrado el siglo v. Ambos tipos de cuencos perduran en la cerámica hispano-visigoda con características técnicas próximas, aunque con diferencias morfológicas y sin decoración estampada, lo que obliga a plantear la duda de si algunas de las piezas que aquí examinamos son todavía tardorromanas o ya hispano-visigodas, extremo que abordaremos más ampliamente en el apartado III. El cuenco n° 26 representa a la parte de esta producción formalmente ligada a las cerámicas comunes. Se trata de una pieza de cuerpo semiesférico y borde fuertemente engrosado en forma de T, con refuerzo bajo el labio interno. Un cuenco semejante, con espatulado sobre engobe, se encontró en la basílica de Casa Herrera (Caballero y Ulbert, 1976: 130, fig. 27, IV. 6), siendo pues de fecha posterior. Quizá más próxima en el tiempo, aunque ya hispano-visigoda, es una pieza de Perales del Río de borde decorado con líneas onduladas incisas a peine (Quero y Martín, 1987: fig. 2, 7). En el cómputo total, los cuencos suman el 14,29 % mientras su porcentaje específico dentro de las formas abiertas supone el 42,86 % de las mismas. Bruñida exteriormente, mientras el interior sólo aparece con el alisado del torno, la pieza n° 27 muestra un fino acabado y cuidada morfología que sugieren un momento temprano de fabricación, similar al que presumimos para los platos 1 a 4, significativamente dotados, los tres primeros, de un borde para tapadera. La relación con alguno de los ejemplos existentes en la TSHT resulta problemática, por cuanto esta es una de las formas peor conocidas en dicha producción. En las comunes de imitación son formas raramente documentadas, de manera que sólo nos consta un fragmento de borde en Cancho del Confesionario (Caballero, 1989: fíg. Entre las tapaderas tardías grises de La Olmeda figura un fragmento de perfil plano al que falta el asa, que por su descripción podría corresponder a una común engobada (Nozal y Puertas, 1995: 24, lám. XII, 11) y en la villa de Murías de Paraxuga se recoge otro fragmento de borde adscrito a la TSHT imitación de paleocristiana, probable común de imitación (Requejo, 1989: 144, fig. 1, 19) Las piezas aquí expuestas corresponden sobre todo a fondos que presentan tanto el interior como el exterior bruñidos, lo que permite relacionarlos con formas abiertas, aunque por sus características no debemos descartar que alguno de ellos pertenezca a alguna forma cerrada de boca lo bastante amplia, como para permitir el bruñido interno. Queremos resaltar, por la importancia que posteriormente van a tener para fijar diferencias con las cerámicas hispano-visigodas, las características morfológicas de los pies, siempre diferenciados, dotados en la mayoría de los casos de una moldura externa (n° 31-33) o cóncavos (n° 34-35) a semejanza de tantas formas de la TSHT y en cualquier caso en la mejor tradición de las cerámicas tardorromanas. La pieza n° 28, presenta restos de dos finas líneas incisas en su parte superior, tan exiguos que no permiten inferir una decoración, y la marca de dos perforaciones para grapa en la inferior, que no se llegaron a consumar, lo que junto a los cantos matados a bisel del fondo n° 34, indican que incluso estas modestas cerámicas eran reaprovechadas una vez rotas. Por último el fragmento n° 30 debe de corresponder a la carena de un vaso del mismo tipo que los hallados en Perales del Río, todos ellos lisos y de cocción oxidante, de los que los dos últimos citados son productos bruñidos (Blasco et alii, 1991: fig. 18, 75 y fig. 19, 76-77). Representa el grupo mayoritario en esta manufactura, con gran diferencia -un 67,29 %-, y en el que la influencia de la TSHT parece algo menor, al menos en el aspecto formal, si bien es cierto que el conocimiento de las formas cerradas en la sigillata es todavía precario. Su extrema fragmentación impide dar porcentajes indicativos para cada grupo de formas. Este predominio de tipos relacionados con la conservación y almacenamiento de agua y alimentos, y con su cocinado, resulta particularmente sugerente, por cuanto se repite en todos los yacimientos donde se dispone de cantidades significativas de piezas. Creemos que a partir del último cuarto del siglo IV, quizá algo después, se produce en la TSHT un aumento espectacular en la producción y uso de formas cerradas decoradas a molde, con la aparición en los mercados de las Hisp. 42,43,47,48,56 y López 15 (Juan Tovar,e. p. b), además de otras formas aún no tipificadas, que en parte recogen influencias provenientes de sigillatas foráneas, pero que mayoritariamente son de creación hispánica, sugiriendo un estímulo interno más poderoso que el de una simple moda. ¿Este estímulo es quizá el mismo que provoca la aparición de estas cerámicas comunes que las imitan? 1. La primera (n° 36) es un modelo sin apenas cuello con borde vertical de labio redondeado, que presenta sobre el hombro dos fajas decoradas con estampaciones enmarcadas por acanaladuras. Este recipiente guarda una clara semejanza con orzas del grupo 1 de la Hisp. La segunda forma (n° 37-38) es de morfología menos elaborada, sin cuello, con un borde apuntado sin labio destacado, de menor tamaño que la anterior y sin ornato. El paralelo más cercano entre la TSHT es, para la xf 37, una orza achatada de Hornillos del Camino incluida en el grupo 1 de la Hisp. Entre la común los ejemplos más cercanos están en una orza de La Cabeza de Navasangil, no sabemos si bruñida o no (Larrén, 1989: 71, fig. 6, 24) y en otra del tipo más aplastado, engobada, de La Olmeda (Nozal y Puertas, 1995: lám. IX, 46). En cerámica ya hispano-visigoda existe una forma cercana en Colmenar Viejo (Colmenarejo, 1986: 231, fig. 7) El tercer perfil registrado (n° 39) es una orza de cuello corto, borde exvasado y labio redondeado, de tamaño medio, rasgos que proclaman una de las morfologías más comunes entre las orzas y para la que los paralelos son abundantes en cualquier producción; por citar un ejemplo entre la TSHT, remitimos a una pieza de Layana (Paz, 1991: fig. 28, 179) incluida dentro de nuestro grupo 2 de la Hisp. 14-Palol 13 (Juan Tovar, e. p. b, fig. 8), mientras que en común ordinaria, de similar cronología, contamos con muestras del Cancho del Confesionario -grupos C, D y E- (Caballero, 1989: fig. 3, 36, 40 y 47). Cercano a este modelo se encuentra el ejemplar n° 40 de cuello más alargado y mayor tamaño, próximo a su vez a las grandes orzas del grupo 3 de la Hisp. El cuarto y último grupo es con mucho el más abundante y el de mayor difusión. Se trata de una orza de tamaño grande o muy grande, de cuello alargado, boca amplia y borde vertical de labio triangular -en la n° 41 donde se conserva-, que exhibe un fuerte baquetón marcando la unión entre cuello y cuerpo, no conservado en la pieza referida, pero apreciable en las n° 43-45 y 47. La única pieza estampada registrada en TSHT procede de Begastri, y muestra una franja de decoración sobre el cuello (Méndez y Ramallo, 1985: 262-263, fig. de la p. A nuestro fragmento n'' 46, de baquetón menos marcado, apenas un escalón, que podría pertenecer a esta misma forma, corresponde uno idéntico en Salvatierra (Cerrillo, 1976: fig. 3, 15). No obstante, hay que advertir que este tipo de orza puede esconder varias formas muy próximas entre sí. De este recipiente existen además varios paralelos, en común ordinaria, en la basílica cristiana de Alconétar (Caballero, 1970: fig. 18, 81-83). El rf 48, y tal vez el 47, que asimismo podrían adscribirse a este perfil, recuerdan por la acusada verticalidad del cuello a otra orza hallada en Navasangil, dotada de una fuerte moldura entre cuerpo y cuello, aunque con asas y un borde notablemente diferente (Larrén, 1989: 68: fig. 8, 155). También de esta forma existen referentes en común de Alconétar (Caballero, 1970: 49, fig. 18, 79), de borde simple, y como los anteriores, quizá de cronología posterior. El n° 49 es una jarra monoansada, de boca trilobulada y cuerpo piriforme que muestra sobre el hombro decoración estampada, el n° 50 es un fragmento del pico vertedor de una jarra trilobulada, perteneciente quizá a un ejemplar del mismo tipo que el anterior, ya que ofrece sus mismas dimensiones, al igual que el n° 51 que también presenta decoración estampada sobre el hombro. Dichas piezas proceden de la zona contigua a la ermita de Santa Rosalía. La jarra n° 52, de morfología semejante aunque algo más globular, pero carente de decoración, procede de la necrópolis de Aguilafuente y aunque dotada de un pie definido, comparte con el jarro n° 56 el mismo problema de origen ya que la citada necrópolis ha sido descrita como visigoda (ver apartado III). Los ejemplos de jarras conocidos en comunes de imitación suelen ser poco frecuentes. Caballero relaciona con esta forma varios fragmentos de borde del Cancho del Confesionario, todos ellos bruñidos y algunos decorados, entre los cuales figura uno de boca trilobulada (Caballero, 1989: fig. 1, 18 y fig. 2, 21-23). Alisada y de boca redonda se conoce en la necrópolis de Vadillo de la Guareña (Viñé et alii, 1991: 243, fig. 3, 2), mientras que en común engobada aparecen en La Olmeda (Nozal y Puertas, 1995: lám. XIII, 29). Estas formas apenas están documentadas en la TSHT, donde la mejor conocida es la Hisp. 1 de boca redonda, si bien todavía con escasos ejemplos (Juan Tovar et alii, e. p., fig. 1, 1). Jarras con pitón (fig. 6, n^ 53-54) Forma nueva en estas cerámicas, de la que recogemos parte de dos ejemplares, ambos decorados. En TSHT no se conoce aún, ya que las únicas formas dotadas de un pico vertedor son las Hisp. Aun-LUIS CARLOS JUAN TOVAR Y JUAN FCO. Aparte de los ejemplares segovianos conocemos una pieza estampada en Cancho del Confesionario, que fue identificada en su día como una olla o jarra interpretando los restos de pitorro como un asa (Caballero y Argente, 1975: 126-127, fig. 4, 32), y otra en Tiermes recientemente publicada (Casa et alii, 1994(Casa et alii,: fig. 36, 1058)), si bien la ausencia de cualquier descripción o referencia y un dibujo poco expresivo, obligan a tomarla con cautela. Un fragmento relacionado con un biberón, en común alisada (?) e igualmente estampado, figura en Los Tolmos (limeño et alii, 1980: 128, lám. Ill, 9). Más dudoso y sin adscripción definida es un ejemplar de Monte Cildá (García Guinea et alii, 1966: fig. 11, 1-2). Por ultimo, existe una pieza alisada (?) interna y externamente, con decoración estampada, hallada en Niharra y conservada en el Museo de Ávila (Veas y Sánchez, 1987: 457), que no hemos tenido ocasión de examinar, y que podría ser una bruñida. Entre las comunes bajoimperiales es relativamente frecuente encontrar recipientes con pitón en su parte superior. Sin embargo, el ejemplar que ofrece una mayor analogía es una jarra monoansada de Conimbriga, en la que el pico vertedor es reemplazado por un aplique trifálico, dé carácter ritual (Alarcão, 1975: 93-95, pi. Esta pieza singular, encuadrada dentro del grupo de las comunes finas anaranjadas, recibió un bruñido por espatulado que la acerca todavía más a nuestras bruñidas, si bien antes que establecer con ella una adscripción directa o un paralelo, quizá debemos considerarla como un antecedente familiar, eso sí, muy próximo en el tiempo. Su perduración en época visigoda debe buscarse en piezas como la conocida en la necrópolis de El Escorial (Cuenca), también con acabado bruñido, (Fuentes et alii, 1983: 57-58, lám. XXXVI). zo más fino y corto en el cuerpo. La masa cerámica incluye abundante desgrasante en grano de cuarcita y mica, entre otros, de tamaño medio-fíno y las estampaciones de arcos segmentados formando guirnaldas son idénticas a las mejores segovianas (p. e. a los punzones n° 2-4). Todo lo cual certifica su atribución a este grupo de comunes imitación de sigillata. La pieza en cuestión procede de las excavaciones realizadas por J. M.^ Izquierdo Bertiz en la ermita de Ntra. Presenta la parte anterior del recipiente de forma troncocònica y la posterior plana, mientras cuello y boca quedan desplazados hacia atrás hasta casi enrasar con la cara posterior. Está dotada de dos asas de sección circular de la que sólo se conserva una, que se inclinan siguiendo la trayectoria del cuello. La cara plana y el borde enrasado con ella tienen por objeto facilitar el apoyo de la pieza en su transporte eludiendo balanceos dañinos, mientras la cara troncocònica evita la merma de capacidad. Siendo bien conocida entre las producciones altoimperiales (TSG -Hermet 13-, TSH -Hisp. 13-, Africana A -Lamboglia 13/Hayes 147-), e incluso entre las gálicas tipo B -Darton 13-, esta forma es todavía inédita tanto entre las africanas y gálicas tardías como en la TSHT. Sin embargo, se conoce otra pieza muy similar en común bruñida ^°, aunque de perfil más abombado y homogéneo, hallada en una tumba de Villaescusa de Haro (Fuentes, 1980: pp. 162-163, fig. 31) y se registra un ejemplar en cerámica pintada bajoimperial en San Miguel del Arroyo (Palol, 1969: 136, fig. 23, 8) también de morfología muy próxima. Nuestra pieza, por su rústica apariencia, producto de una elaboración poco habilidosa, de bruñido ramplón y descuidado, podría pertenecer tanto a los últimos momentos de esta producción como a una primera.manifestación ya de época visigoda, si bien su mayor proximidad a los paralelos bajoimperiales y la acusada diferencia con los especímenes conocidos en cerámica hispano-visigoda (Tovar et alii, 1933-34: fig. 2, 10; Hübener, 1965: abb. 6, 3), nos inducen a inclinarnos por su filiación tardorromana^'. Formas cerradas de atribución formal dudosa o indeterminada (fig. 7, n° 61-78 y fig. 8) Como en las formas abiertas, queremos llamar la atención sobre las características de los distintos fondos conservados, en los que se repiten los mismos pies definidos, con o sin moldura, que ya conocíamos en aquellas, y entre los que aparecen nuevos fondos cóncavos (n° 104-105) en la mejor tradición de formas de la TSHT, como la Hisp. No cabe duda, pues, que estas cerámicas bruñidas son tardorromanas e imitan a la última TSHT, sin embargo subsiste el problema de determinar si las piezas no decoradas son simples versiones «lisas» y coetáneas de las decoradas, si representan un estadio más avanzado de su desarrollo aunque todavía tardorromanas, o si por el contrario son ya productos de época visigoda que sólo reflejan una tradición técnica y formal heredada. En el fondo subyace el problema de saber cuándo pierden su vigor los últimos elementos formales y técnicos hispanorromanos y comienzan a primar los que identificamos como hispano-visigodos, ya que parece poco razonable imaginar una producción exclusivamente decorada y debemos partir del supuesto de que una gran parte de los productos lisos es contemporánea de los decorados. Un 55,24 % de los ejemplares aqui recogidos aparecen decorados. No obstante, el fuerte sesgo del que muchos de ellos vienen revestidos -excavaciones o hallazgos antiguos-no confieren un carácter fiable a este porcentaje. Los materiales hallados en Coca, en su mayoría de excavaciones recientes de uno de nosotros (J. F. B.), reflejan un tanto por ciento de ornamentación menor -un 48 %-pero más fiable. Ambos datos deben ser tomados, no obstante, con la debida cautela, ya que una parte signifi-^" Agradecemos al Prof. Ángel Fuentes el conocimiento de esta pieza y el facilitarnos la consulta de su Memoria de Licenciatura (inédita). ^' En la noticia acerca de las excavaciones de este yacimiento (J. M."* Izquierdo Bertiz, «Excavaciones en Las Vegas de Pedraza, Santiuste de Pedraza (Segovia), 1972-73», NAH., Arq. Aunque en la misma no se alude a los ajuares, la integridad de la pieza y la etiqueta «tardorromana» que conserva, nos hacen suponer que pueda proceder de alguna de estas siete tumbas. La ausencia de ajuares en las tumbas medievales (J. M."" Izquierdo Bertiz, «La necrópolis medieval de Las Vegas de Pedraza (Segovia)», XIV CNA, (Vitoria, 1975), Zaragoza, 1977, p. 1.242), confirmaría este extremo. cativa del material no decorado corresponde a partes de vasijas que podrían haberlo estado. En cualquier caso, ya el menor de ellos apunta un alto índice y refleja un influjo muy fuerte de la tendencia imperante en la TSHT torneada de la época. La ornamentación se efectúa bien en el bordecaso de algunos platos, fuentes u ¿orzas? (Cerrillo, 1984-85: 364, n° 2)-, en el hombro -orzas, jarros, jarras y otras formas cerradas-, en el cuerpocuencos, orzas, ¿vasos?-o en el fondo internoplatos y fuentes-. También es común a todas ellas el hecho de que esta decoración se realice, mayoritariamente, mediante estampación -un 96,55 % en el caso segoviano-, aunque se registran casos de decoración incisa -p. e. líneas onduladas sobre el borde o la pared del recipiente o rectas formando retículas-, punteada, burilada (?) o excisa, de las cuales sólo la incisión está recogida en el área segoviana con apenas un 3,45 % de las decoradas. La decoración estampada bajoimperial es, desde su generalización en la sigillata africana D en torno al 320 d.C, y hasta la aparición de estas toscas producciones, un tipo de adorno documentado tan sólo en las sigillatas, aunque la TSHT, que la recoge hacia finales del primer cuarto del siglo iv o comienzos del segundo (Juan Tovar, e. p. b), emplee además el molde, el burilado, el punteado y la incisión, en ocasiones de manera combinada y exclusiva en el adorno de sus manufacturas, siendo así la única cerámica fina conocida del mundo tardorromano que agrupa un número tan amplio de técnicas para engalanar sus productos, hecho que heredan estos trasuntos de forma generalizada, exceptuando por ahora la decoración a molde, que no parece perder su exclusividad -^. Los motivos decorativos empleados, remiten en la mayoría de los casos a paralelos bien conocidos en la TSHT, que en buena medida los había asimilado a su vez de las producciones africanas o de las gálicas tardías. Sin embargo, resultan dibujos más esquemáticos y toscos, en general, con composiciones mayoritariamente simples en cuyo desarrollo rara vez se utilizan más de dos o tres punzones diferentes, que traslucen esquemas procedentes de las formas torneadas de la TSHT e incluso de las decoraciones a molde. Ello no significa que estemos ante una copia literal de aquéllas, al menos en la corta medida en que las conocemos, ya que se puede advertir una tenue libertad interpretativa y un cierto «gusto» por la variación, que aunque limitados contribuyen a diferenciarlas. Esquemas decorativos En todos los esquemas que se desarrollan sobre el hombro o el cuerpo de la pieza, predomina un fuerte sentido de la horizontalidad, de manera que los motivos se plasman en un número variable de fajas o frisos que rodean todo el vaso -salvo la zona ocupada por el pitón o las asas en caso de que las lleven-, que oscila entre uno y cuatro, en ocasiones separados por baquetones lisos o espacios vacíos y utilizando incluso partes estructurales de la pieza como los baquetones, que decorados con incisiones o pequeños círculos, forman parte de la disposición ornamental, usando a veces acanaladuras como único elemento de separación propiamente decorativo. Los bordes que ofrecen ornamentación la limitan a una línea incisa o acanaladura continua, ondulada, recurso por otra parte muy corriente entre la cerámica común tardorromana, conociéndose un caso en el que ésta va acompañada de motivos estampados (Cerrillo, 1984-85: 364, n° 2). La forma de decorar los fondos de algunos platos o fuentes sigue fielmente los esquemas más frecuentes en la TSHT, con una franja de motivos estampados al parecer más próxima al centro que a la pared, a veces con las acanaladuras que en la sigillata suelen enmarcar este tipo de adorno (n° 11) y otras sin ellas (Cerrillo, 1976: fig. 5, 24-26). Esquemas semejantes se encuentran en las gálicas tardías y en la africana D, pero estas apenas llegan a la Meseta Norte, sobre todo las gálicas, mientras la TSHT es hegemónica. En consecuencia, los esquemas se articulan en función del número de frisos utilizados, del empleo que en ellos se haga de los diferentes tipos de decoración, y según existan o no acanaladuras entre dichos frisos. Repertorio de composiciones y punzones decorativos El estudio de los motivos decorativos empleados en las cerámicas bruñidas segovianas y su comparación con los presentes en otras comunes de la Meseta y norte peninsular, a la vez que con los plasmados en la TSHT y otras sigillatas, nos van a permitir establecer con mayor precisión el origen de las influencias y el momento en que estas se producen. En primer lugar exponemos las diferentes formas registradas de componer la ornamentación, según el número de frisos utilizados y el modo en que los motivos se disponen en ellos, para después mostrar un repertorio con los diversos punzones empleados, según los tipos de motivos conocidos en estas cerámicas. Consideramos como friso cualquier franja decorada de la pieza, sea cual sea el método o motivo empleado para rellenarla. Los frisos pueden aparecer separados por baquetones lisos o franjas vacías, pero a efectos de una clasificación primaria sólo consideraremos como factor de separación ornamental las acanaladuras. Según la cadencia de los motivos sobre el friso y la presencia o no de acanaladuras, existen frisos de motivo único sin acanaladuras (A), de motivo único con acanaladuras (B), de motivos alternos sin acanaladuras (C) y frisos de motivos alternos con acanaladuras (D), siendo las diferentes composiciones recogidas en función del número de frisos: de friso único (1), de doble friso (2), con tres frisos (3) y de cuádruple friso (4). Las composiciones de tipo A3 y A4 no figuran por ahora entre los materiales segovianos. La composición C3 de nuestra pieza n° 63 presenta el friso central con un motivo único, indicando una variante dentro de este esquema, mientras que en Navasangil aparece una composición variante de la A3 consistente en un doble friso de motivos únicos sin acanaladuras con un tercero de motivos alternos, ubicado en la parte inferior del vaso (Larrén, 1989: fig. 9, 156). La situación del tercer friso en la parte más baja y menos visible de la pieza, resultaba des-conocida en la TSHT fuera de las formas decoradas a molde, sin embargo, recientemente hemos podido examinar un vaso inédito de la necrópolis de Hornillos del Camino (Burgos) que posee decoración estampada sólo en esa zona. La composición D2 sólo es conocida sobre una pieza del cerro de la Virgen de Tormejón (Lucas y Viñas, 1971: fig. 2, 1). Todo ello permite señalar, a priori, diferencias y semejanzas entre distintas zonas geográficas, si bien al ser el corpus de materiales disponible, limitado y fragmentario, estas diferencias podrían no ser tales o incrementarse en el momento en que se disponga de una muestra más amplia y cumplida. De momento, los talleres cuyas piezas detectamos en la provincia de Segovia parecen utilizar con preferencia composiciones de uno o dos frisos, unas veces enmarcados o separados por acanaladuras y por tanto siguiendo fielmente la técnica empleada en la TSHT (n° 11, 30, 36, 42-43, 66-69, 71-75, 83, 86, 95-96 y 102) y otras sin ningún tipo de separación o enmarque (el resto), lo que representa en el primer caso un 33,93 % de todas las estampadas, contra un 55,36 % del segundo caso, y por tanto una clara primacía de estas últimas, con apenas seis fragmentos sin determinar. Dentro del primer grupo la variedad de motivos es mucho más corta, con una abrumadora presencia de composiciones donde los arcos son el único dibujólo forman parte de ella, seguidas de pequeños círculos (tres casos), triángulos (dos casos), cuadrados (un caso), plantae pedum (un caso) o espirales en «S» (un caso), con apenas tres casos donde no aparezcan, y dudosos por tratarse de pequeños fragmentos. Las piezas al igual que los punzones son, por lo común, de elaboración más cuidada, con una AEspA, 70, 1997 CERAMICA COMÚN TARDORROMANA EN LA PROVINCIA DE SEGOVIA 193 amplia variedad que comprende platos o fuentes, orzas de los tipos 1, 3 y 4, ¿vasos? (n° 30), algún jarro o jarra (n° 102) y en general formas cerradas de pequeño o mediano tamaño. En este grupo sólo una pieza presenta la decoración semiborrada (n° 43). El segundo grupo ofrece una mayor riqueza decorativa y si bien los arcos siguen siendo frecuentes, el número de ejemplos donde ya no aparecen se incrementa. Los punzones, de cuidado dispar, registran un aumento de tamaño y casos de extrema tosquedad como el del fragmento n° 45. La calidad de las piezas es igualmente diversa, aunque la variedad formal parece menor, predominando las grandes orzas y jarras trilobuladas o con pico vertedor, entre las identificadas. Acerca de este grupo de cerámicas cuya ornamentación resulta casi borrada al efectuar el bruñido, el hecho de que en algún caso todavía vaya enmarcada por acanaladuras, como también se aprecia en un ejemplar de Cancho del Confesionario (Caballero, 1989: fig. 2, 22), no debe ocultar el hecho de que tal fenómeno se produce sobre cerámicas de talleres diversos -^, y por tanto no parece un descuido ocasional en el adorno, sino una situación provocada por indiferencia generalizada que abocaría a su desaparición. Las variaciones apreciadas entre estos grupos permiten suponer una cronología más temprana para el primero y tal vez una menor duración en el tiempo, con una segunda etapa donde figurarían la mayoría de las piezas del segundo grupo, y quizá un momento final representado por las de ornamentación semiborrada. Un tipo de dibujo o composición que permite, una vez más, abundar en la relación clara y directa con las últimas producciones de la TSHT, en este caso de la variedad decorada a molde, está presente en la pieza n° 70, que reproduce un tipo de motivo, y a su vez un tema decorativo, muy característicos del tercer estilo de López, nos referimos al grupo 3B de grandes ruedas. Este tema se da igualmente sobre una jarra bruñida y con decoración excisa ^^, del grupo A del Cancho del Confesionario (Caballero, 1989: 77, fig. 4, 3), que podría reproducir una composición vista sobre una gran orza en TSHT de -^ Caso de la pieza de Iruña (Loza, 1983: 149, foto 2). ^'^ Dos fragmentos inéditos de esta vasija (N° Inv. 69/XV/ 5 y 7) o de una similar, recogen parte de una metopa con los cuartos traseros de un cuadrúpedo, motivo frecuente en la TSHT (López, 1985: fíg. 48, o similar, una de las últimas formas fabricadas a molde del repertorio hispánico, cuya morfología -fuertemente moldurada-parece que quisiera imitar. También la encontramos sobre jarros que imitan a la Hisp. 56-Palol 14 en cerámica pintada (Abascal, 1986: fig. 119, 636) Los productos hallados en Salvatierra de Tormes componen a su vez un grupo particular que a pesar de mostrar evidentes contactos con el núcleo segoviano, son, hasta ahora, los únicos conocidos que utilizan composiciones de más de tres frisos en sus vasos, alternando en ocasiones la incisión o una especie de imitación de burilado (Cerrillo, 1976: 464-465, fig. 1, 3) con el estampado, combinaciones ausentes en la zona segoviana. La mezcla estampación-burilado es conocida en vasos de TSHT del segundo periodo {ca. 375 d.C. en adelante), con ejemplos cercanos en Almenara de Adaja (Mañanes, 1980: fig.. 3, 1-2) o en una pieza inédita procedente de Coca, que distribuye sus estampaciones en frisos separados con franjas de burilado. Otra característica de las cerámicas salmantinas reside en la presencia de frisos compuestos por finas incisiones o pequeños círculos, aplicados unas veces sobre la pared o bien sobre baquetones (Cerrillo, 1976: fig. 2, ïf 8, 10, 11 y 12). El uso de ungulaciones o incisiones en baquetones también está bien atestiguado en la TSHT, en formas como la Palol 9 y 11 o la Hisp. 14-Palol 13 (Juan Tovar, e. p. a), siendo por lo general más cortas y anchas. Sin embargo en el estudio en curso sobre la hispánica tardía segoviana, contamos con un fragmento hecho a molde que delimita su decoración mediante un baquetón decorado con finas incisiones similares a las de las piezas de Salvatierra, mostrando una composición inédita enmarcable dentro del tercer estilo de López, que remite a momentos muy avanzados del segundo periodo. Una última forma ornamental consiste en el uso de frisos de líneas, incisas o punteadas, formando retículas (Cerrillo, 1976, fig. 1, 1; fig. 3, 17) que -sobre todo las primeras-parecen formar parte del acervo familiar de estas comunes, aunque no son desconocidas entre los esquemas decorativos de la TSHT a molde (López, 1985: fig. 24, 3). Precisamente uno de los rasgos más definitorios, al menos en una parte importante de las cerámicas de Salvatierra, estriba en la utilización del punteado para formar composiciones decorativas (Cerrillo, 1976: fíg. 1, 1-2; fig. 2, 9-10; fig. 3, 14 y 20), idénticas a las que muestra un grupo de cerámicas Incenses de cronología altoimperial (época tiberioclaudia a flavios), recientemente publicado, dotadas de acabados bruñidos y decoración plástica, espatu-194 LUIS CARLOS JUAN TOVAR Y JUAN FCO. BLANCO GARCIA AEspA, 70, 1997 lada, estampada e incisa (Alcorta, 1994: 202-208, fig. 4, 1; fig. 5, 2-4), que enlaza igualmente con las de los castros asturianos de La Escrita, San Chuis y Chao de San Martín dadas como bajoimperiales (Carrocera y Requejo, 1989: 24-25, fig. 2, 4-6), lo que podría sugerir pervivencias que influyen tangencialmente sobre ciertos grupos de estas cerámicas tardorromanas. Mención aparte merecen las piezas aparecidas en la excavación de la basflica cristiana de Viseu, que además de motivos afines a los segovianos y baquetones con incisiones como los salmantinos, ofrecen decoración plástica de cordones ondulados, por ahora sin paralelo entre los talleres mésetenos, característica esta última que, junto con las ungulaciones en los baquetones o la decoración incisa, parecen reflejar en cada caso el componente más localista aportado por las comunes tradicionales. -Punzones y motivos estampados (fig. 10) Es casi una constante en todos los ejemplos recogidos el empleo de la segmentación para componer los punzones. Desconocemos la causa por la cual se generaliza esta forma de crear los motivos, aparte de la evidente simplicidad de su elaboración, aunque podamos presumir sus orígenes, dada la presencia de círculos, cuadrados, arcos y otros elementos segmentados en la TSHT y otras sigillatas. Con todo, no están ausentes los punzones dibujados a línea y es en ellos donde se dan los casos de estética más «depurada», que curiosamente parecen coincidir con momentos ya avanzados de la producción, si bien cualquier precisión en este terreno resulta, por ahora, poco viable. Como punto de partida, en este catálogo sólo recogemos los punzones aparecidos sobre las piezas segovianas aquí estudiadas, cuyo número es de setenta y cinco ejemplares diferentes. En la tabla que los agrupa cada uno lleva su número correlativo y entre paréntesis el de la pieza a que pertenece. -Arcos (n° 1-29).-Es, con gran diferencia, el motivo más utilizado y el que mayor variedad de punzones muestra, hasta el momento, en los yacimientos segovianos, donde está presente en un 51,79% de las piezas, siendo a su vez el de más amplia difusión en la Meseta. Se aprecian dos formas de componer este dibujo, una que lo desarrolla en una doble línea de segmentos y otra que ofrece un triple trazado (n° 29), mucho más rara y sólo detectada en piezas que no llevan el friso enmarcado por acanaladuras. La mayor variación se registra en el grado de apertura del arco, desde arcos cortos y muy abiertos (n° 2), pasando por ejemplos muy amplios que adoptan una forma casi oval (Mañanes, 1983: fig. 62, 2 ), hasta muy cerrados, casi circulares (n° 17-19). Aparte de que se empleen aislados o combinados con otros motivos, estos arcos suelen disponerse casi siempre con los extremos hacia arriba, formando guirnaldas, siendo pocos los casos en que se sitúan hacia un lado (n° 14), o contrapeados (frag. n° 64, 71 y 98), aunque este último podría ser una composición de dos frisos con arcos hacia abajo en uno de ellos. Los paralelos en la TSHT son abundantes y entre otros cabe citar los ejemplos de Castroverde de Cerrato (Mañanes, 1983: fig. 25, 8), Saldaña (Abasólo et alii, 1984: fig. 20, 7) o Caracena (Jimeno et alii, 1980: 127, lám. Ill, 14), además de los plasmados en la copa de Taniñe (Caballero, 1975: fig. 4, 25) o los ya referidos en el apartado de los cuencos, de La Olmeda, Monte Cildá y Villanueva de Azoague, siempre en contextos datables del último cuarto del siglo IV en adelante. Difusión: Armuña, Bernardos (Exc. -Círculos (n° 30-39).-Figuran en un 16,07 % de las piezas, resultando el segundo modelo más frecuente. En los punzones conocidos predominan los círculos segmentados que encierran en su interior un segundo motivo, normalmente rosetas o círculos lisos. Cuando estos últimos son pequeños se emplean acompañando a otros o componiendo ellos mismos un friso, si bien este último caso sólo está constatado para la provincia de Segovia, en Carrascal del Río (n° 83). Este grupo ofrece semejanzas muy directas con ejemplos de la TSHT decorada a molde y estampada, ya que aparte de la evidente similitud de la mayoría con motivos propios del primer estilo (López, 1985: AEspA, 70,1997 procedentes de las gálicas tardías, el n° 39 al que ya nos referimos en el apartado anterior, siendo uno de los pocos que conocemos que pudo haberse ejecutado empleando dos punzones distintos, guarda una acusada analogía con los motivos de grandes ruedas con cruces inscritas del tercer estilo de la TSHT (López, 1985: fig. 18 y 20). Difusión: Armuña, Bernardos, Carrascal del Río, Coca, Samboal, Navasangil (Larrén, 1989: fig. 8, 155 y fìg. -Triángulos (n° 40-47).-Es el tercer tipo más frecuente, con un 14,29%, aunque muy concentrado en el Cerro de la Virgen de Tormejón donde adopta una cierta diversidad de modelos y tamaños. Al igual que señalamos para los motivos angulares, este grupo podría derivar de los temas en forma de huso, según parece sugerir el modo en que se emplean sobre una pieza de Navasangil, precisamente componiendo ese tipo de dibujo (Larrén, 1989: fig. 9, 156). Tal como los vemos en esta cerámica aun no son conocidos en la TSHT, sin embargo sí aparecen entre las pintadas tardorromanas (Abascal, 1986: fig. 120, 638). En el estilo D de la africana entre c. -Ângulos (n° 48-52).-En todos los casos se trata de motivos con ángulos de 45°, compuestos por una doble (n° 51) o triple linea segmentada (n° 48-50) y sólo en una ocasión con forma ojival (n° 52), que se aplican normalmente combinados con otros motivos, siendo en solitario menos frecuentes. En definitiva, se asemejan a algunos de los del grupo de motivos triangulares, pero faltándoles la base. Al igual que señalamos para aquellos, su presencia en la TSHT u otras sigillatas aún no está constatada, por lo que ambos grupos podrían ser una derivación por división del tipo de motivos en forma de huso. -Plantae pedum (rf 53-56).-Este nuevo motivo, por ahora propio de la provincia de Segovia, figura tanto combinado como en solitario pero sólo en un caso sobre frisos con acanaladuras (n° 43). Entre la TSHT se recogen testimonios en Saldaña (Abasólo et alii, 1984: fig. 20, 3) o sobre un molde de esta cerámica hallado en un alfar riojano (Solovera y Garabito, 1990: 79, fig. 3). Su origen se encuentra en la Africana D donde aparece en el estilo A(ii) tardío y en A(ii)-(iii) con fecha posterior al último cuarto del s. iv (Hayes, 1972: 252, fig. 43, 148), para seguir en productos locales del centrooeste tunecino (ibid., fig. 59, e), en las tripolitanas (ibid., fig. 62, c-d) o en la Late Roman C (ibid., 355, fig. 74, 29), ya con cronologías del siglo V en adelante. Difusión: Armuña, Coca y Duratón. -Palmetas (n° 57-60).-El dibujo más llamativo plasmado en esta cerámica cuenta entre las bruñidas segovianas con cuatro punzones diferentes, los tres primeros trazados a línea y empleados en solitario, sin enmarque de acanaladuras, y el cuarto dudoso por cuanto podría tratarse de un arco segmentado, aunque la retícula en forma de nervatura de hoja y su disposición rectilínea le alejan de ese tipo de motivos. Singular el n° 57, por su proximidad a una planta pedis, tal vez más casual que intencionada. Fuera de Segovia, tan sólo Salvatierra ofrece, por ahora, motivos equiparables (Cerrillo, 1976: fig. 3, 18 y fig. 5, 24), que en algunos casos parecen elaborados a partir de la combinación de varios punzones (ibid., fig. 3, 17), mientras en otros resultan de difícil interpretación (ibid., fig. 1, 4 y fig. 2, 9). Aparte de su presencia en gálicas y africanas, entre los productos a molde de la TSHT se recogen varios ejemplos (López, 1985, fig. 9, 27 y fig. 11, 70 y 72), conociéndose estampados en Nájera (Garabito, 1983: fig. 4, 5) y Clunia (Rigoir, 1973: fig. 2), este último dado en su día como paleocristiana gala, así como en un fondo de plato de TSH brillante muy tardía (Caballero y Juan, 1987: fig. 14, 139). Difusión: Armuña, Coca y Salvatierra de Tormes. -Dobles espirales en «S» (n° 61-63).-Los tres punzones conocidos, todos procedentes de Armuña y ejecutados a línea, sólo aparecen enmarcados por acanaladuras en un caso (n° 61), careciendo de análogos fuera de Segovia. Es corriente sin enlazar, p. e. en fondos de plato de Conimbriga (Delgado, 1975b: pl. LXXXVI, 67-68). Difusión: Armuña. -Cuadrados (n° 64-65).-Toda la representación de estos motivos se concentra en el cerro de la Virgen de Tormejón, donde se manifiesta, o bien combinando con arcos o en solitario, adoptando un aspecto un tanto ahusado (Lucas y Viñas, 1971: fig. 2,6). Este tipo de dibujo, de cuadrícula reticulada, emblemático en la Africana D, de donde pasa a las gálicas tardías, cuenta con una creciente representación entre la TSHT, destacando en las producciones grises de Villanueva de Azoague (López y Regueras, 1987: fig. 4). En un fondo de plato de TSHT anaranjada hallado en Armuña, se reproduce un motivo semejante aunque de retícula más fina e irregular (inédito), existiendo incluso sobre productos a molde en Relea (Juan Tovar et alii,e. p.,fig. 3,20) y otros yacimientos (López, 1985: fig. 7, 22 y ñg. Cerámicas de Monte Cildá, de naturaleza no especificada, registran varios de estos dibujos (Bohigas y Ruiz, 1989: fig. 5, estamp. -Husos (n° 66-67).-Podrían tener su origen en los motivos de columnas o quizá de aras altoimperiales, que sufren un proceso de esquematización en su camino a las producciones tardías, todavía rastreable en casos como el de la sigillata de Villanueva de Azoague, donde existen punzones segmentados (López y Regueras, 1987: fig. 4, D), que parecen reproducirse de manera más esquemática en común de San Miguel de Escalada. El friso superior del jarro del M.A.N. citado en el apartado dedicado a esta forma, ofrece un dibujo de líneas redondeadas, quizá variante del motivo tradicional más rectilíneo. Motivos similares a los segovianos figuran estampados sobre TSHT de Los Tolmos (Jimeno et alii, 1980: lám. Ill, 21) y Coca (inédito), o en temas a molde de Puentedura (Pérez y García, 1989: fig. 6, 1). -«Ces» contrapuestas {rf 68-69).-Contamos con dos punzones diferentes de este dibujo, nada corriente hasta el momento, y sólo conocido en yacimientos segovianos. Su rareza y esquematismo, bien podrían indicar otra forma de simplificación del dibujo en forma de huso, como sugiere el paralelo zaragozano, aunque existe una composición de curiosas «ees» segmentadas en la copa de Taniñe (Caballero, 1975: fig. 4, 25), puestas a su vez en relación con ciertos motivos de vasos decorados a molde (López, 1985: 137). Difusión: Carrascal del Río y Coca. -Figurados (n° 70-71).-Sólo registramos un caso, en un fragmento hallado en Cauca (n° 62), donde aparezcan motivos interpretables como esquematizaciones animales, en esta ocasión dos diferentes y presumiblemente aves. No existen paralelos directos, por ahora, entre la TSHT, si bien algunos dibujos en forma de «S» reticulada guardan una lejana similitud, caso de los estampados en piezas de Navasangil (Larrén, 1989: fig. 1, 86 y fig. 11) o en un plato inédito de Yanguas de Eresma. -Aspas (n° 72).-Sólo consta un caso entre los materiales segovianos, con dibujo de trazo simple. Existe un punzón casi idéntico sobre una pieza del castro de Muriel y otro con retícula de doble línea segmentada sobre una orza inédita del Cancho del Confesionario ^^ Los paralelos entre la TSHT a molde son muy abundantes, por citar alguno cabe señalar los que figuran sobre moldes de Mecerreyes (López, 1988: fig. VII, 53-54), mientras que estampados se conocen, tanto de línea simple como más complejos, entre otros, en Saldaña (Nozal y Puertas, 1995: 107, El, inserto en un cuadrado). -Peitas (n° 73).-El único motivo asignable a este grupo es, a su vez, el segundo que se conoce formado por la combinación de dos punzones: un típico arco segmentado de doble línea y un pequeño rectángulo apuntado. No conocemos nada semejante ni en gálicas ni en africanas. Difusión: Coca, Bernardos (Exc. -Líneas segmentadas (n° 74).-Estos motivos tan corrientes en la TSHT, cuentan, por ahora, con pocos ejemplos en esta producción. En Salvatierra se usan como parte de composiciones más elaboradas: arcadas, tramas romboidales o líneas en zigzag, mientras en Iruña se muestran formando un friso de dobles líneas segmentadas verticales, a modo de bastoncillos, semejantes a las de una pieza no muy clara de Tordesillas (Mañanes, 1980: 21, fig. 5, 10). En el resto, al tratarse de pequeños fragmentos, no se aprecia si formarían parte de un esquema más complejo, caso del único ejemplo segoviano, de doble línea vertical. Un motivo próximo, aunque más rectangular y con las puntas alargadas aparece en Monte Cildá sobre Palol-9 (Bohigas y Ruiz, 1989: fig. 5, 8). Un último grupo, está compuesto por dibujos en forma de «D», también elaborados con líneas segmentadas, según una pieza del Cerro de Tormejón (Lucas y Viñas, 1971: fig. 2, 1) Lo que acabamos de ver en las decoraciones de estas cerámicas corrobora lo que ya habíamos apreciado a través del estudio morfológico, y es la abrumadora influencia de la TSHT. No obstante, existen ciertos motivos para los que no hallamos paralelos idénticos, ni en esta ni en otras sigillatas, tal vez porque -al igual que ocurría con algunas formasen lo que concierne a sistematización de la hispánica está aún casi todo por decir, sin descartar que pueda tratarse de dibujos exclusivos de estas bruñidas. Si bien estamos convencidos de que no tienen una relación directa, no queremos pasar por alto la similitud existente entre algunas de estas estampaciones y ciertos motivos que adornan los vasos cerámicos de esta zona del Duero Medio durante los siglos iii-i a.C, adjudicables culturalmente al mundo de Cogotas Il/Celtibérico. Las enormes diferen-* cias técnicas y formales entre ambas producciones hacen prácticamente imposible que se puedan confundir, aunque algún autor sí las haya mezclado en el pasado. El motivo que, a primera vista, ofrece mayor similitud en ambas fases culturales, es aquel que para el mundo prerromano se conoce como «tipo Simancas» (n° 70-71), una especie de ánade que suele aparecer sobre ondas o círculos, que semejan agua (Rivera, 1948-49; Wattenberg, 1978: 167-167). No obstante, vistas en detalle, son mayores las diferencias que las separan, que las similitudes que las unen. Las tardorromanas son más geometrizadas y angulosas, y su interior aparece íntegramente segmentado, tal como es habitual en sus contemporáneas. Otro motivo infrecuente entre las tardorromanas, que recuerda ejemplos prerromanos, es esa especie de pelta o ancla invertida (n° 73), que aunque no se conoce en estampación, sí consta tanto en relieve como pintada (Romero, 1976: fig. 2, 3 y 7). Si pensamos que estos «paralelismos» no son tal, sino mera similitud formal, es porque, además de la enorme distancia cronológica y cultural que los separa, no parece razonable que pervivan motivos tan raros y rebuscados ya incluso en época prerromana, en vez de las fáciles, características y corrientes rosetas, aspas, esvásticas, etc., motivos que precisamente no figuran o cuentan con escasa representación entre las bruñidas tardorromanas. Ni siquiera en las producciones celtibéricas grises estampadas en uso entre 130 y 75 a.C. (Blanco, 1993) están constatados estos motivos de «tipo Simancas» y «ancoriformes». Razón de más para no pensar que se «imitaran» en el siglo v d.C. Cualquier otra concordancia basada en motivos geométricos más simples, como círculos, triángulos o cuadrados, debe quedar descartada por su estereotipada universalidad. Por otra parte, nos llama la atención que algunos elementos decorativos de estas cerámicas como las finas incisiones en los baquetones de Salvatierra de Tormes y Viseu, además de aparecer entre las comunes ordinarias, cuenten con paralelos muy directos en TSHT hallada en la provincia de Segovia o en otras zonas al sur del Duero. Suponemos que ello puede deberse a que aún no disponemos de una vi-sión precisa y sistemática de grandes conjuntos de TSHT en todo el ámbito de la Meseta, pero tampoco debemos descartar la posibilidad de encontramos ante los primeros indicios de una eventual producción de TSHT en alguna de estas zonas meridionales. En todo caso, es patente que la razón de que exista una gran semejanza entre motivos dispersos por yacimientos tan alejados entre sí, no se debe a que puedan proceder de un mismo taller, que comercializa sus productos simultáneamente en todos ellos, dadas las diferencias perceptibles en todos los ordenes, sino, antes bien, a la circunstancia de que todos los talleres que producen estas comunes, toman un mismo modelo, intensamente difundido por todo el interior peninsular, tan familiar para los alfareros como para el consumidor. En una situación tan compleja como la que observamos, la búsqueda de afinidades, incluso dentro de lo aparentemente obvio, resulta ardua en extremo. El mayor problema con el que se suele tropezar radica, básicamente, en diferenciar la producción de TSHT de aquellas comunes engobadas, o de otro tipo, que la imitan. En principio y hasta que se tenga un conocimiento meridianamente claro de todas las peculiaridades que engloba esta sigillata, un elemento de juicio determinante estriba en el tipo de arcilla empleada en la confección del producto, ya que siempre que se trate de arcillas magras, no cabe duda que, con independencia del acabado utilizado, estaríamos ante una imitación en cerámica común, más o menos fina, pero siempre atribuible a esta especie, de suerte que el problema se puede acotar en buena parte. De más difícil solución es el caso de las cerámicas fabricadas con arcillas grasas, donde muy raramente, y casi siempre de manera accidental, aparecen intrusiones en grano, cuarcíticas o de otra especie, puesto que son arcillas depuradas y aquellas figuran en polvo (< 0,05 mm), como un factor de corrección de la plasticidad y del color. Dado el peculiar tratamiento que requieren estas arcillas y los procesos de fabricación que implican (ver apartados 1.3 y 1.4), en la época que estamos tratando, parece dudoso que se dieran con asiduidad tales productos, fuera de la industria de la TSHT, y menos si están dotados de barniz, lo que supone que, con independencia de su calidad como producto acabado, la mayoría de las que se están identifi-cando como «finas engobadas», podrían ser TSHT. Dentro de ese mare magnum hemos aislado algunos ejemplos, que según lo expuesto en la bibliografía, pueden situarse en el mismo marco cronológico y específico que estas bruñidas, aunque correspondan efectivamente a familias diversas. Sin ir más lejos, en la Meseta Norte, Asturias y mitad norte de Portugal, aparte de las ya referidas en la Meseta Sur, se encuentran ciertas cerámicas cuya afinidad con las aquí estudiadas trasciende lo puramente casual. Inscritas casi todas, por los que se han ocupado de su estudio, entre las cerámicas comunes, o debiendo inscribirse entre ellas en razón de las descripciones aportadas, imitan formas y decoraciones propias de la sigillata, reciben alisado o engobado para simular acabados análogos, aunque en ocasiones parecen no haber tenido ningún tratamiento en particular, y recurren siempre a arcillas magras con desgrasantes preferentemente cuarcíticos y abundante mica. En la Meseta Norte aparte de los diversos yacimientos ya citados a lo largo del texto y alguno más recogido en la relación de la fig. 11, debemos destacar la villa de La Olmeda, con un reciente estudio (Nozal y Puertas, 1995), en el que además de un notable conjunto de TSHT gris, se registran varios ejemplos de comunes engobadas poco numerosos, pero sumamente interesantes dada la naturaleza del yacimiento. Ya los autores señalan la existencia de varias piezas, de textura más tosca y desgrasantes gruesos, que circunscriben a algunas ollas, cuencos o jarras (Ibid.,(123)(124). Sin embargo, un examen de los materiales publicados apunta algunos casos más que conviene advertir. Se trata de piezas con desgrasante fino-medio a grueso que les confiere un aspecto granuloso o arenoso, más tosco, de engobes prácticamente desaparecidos o mal conservados grises oscuros y mates, contrastando con los de la TSHT, por lo general mejor conservados, brillantes o «acharolados». Así los platos 33 y 84 de burda factura y quizá el n° 65, más los cuencos n° 32, 49, 60 y 80 y el fragmento de tapadera n° 11, entre las formas abiertas, podrían pasar a engrosar este grupo, al que sin duda pertenece el cuenco n° 37, cuya forma cuenta con paralelos entre las bruñidas de Bernardos (Barrio y Fuentes, e. p.). También en el cercano castro de La Morterona parecen existir indicios de estas imitaciones engobadas, como un gran plato de pasta gris grosera y con abundante mica, ornado con estampaciones de arcos y columnas, de idéntico esquema (DI) que nuestra pieza ïf 102, (Abasólo et alii, 1984: 115, fig. 22). En el yacimiento soriano de Los Tolmos dentro de un amplio conjunto de TSHT, existe un pequeño lote de productos a veces con engobe y otras sin él -¿porque nunca lo tuvieron, o porque lo han perdido?-, bien diferenciados en su estudio (limeño et alii, 1980: 126-129, lám. ITI, 4-8). Sus masas cerámicas son de tonos pardo-grisáceos, apenas tamizadas y con desgrasantes gruesos de chamota, mica y cuarcita, resultando piezas de aspecto tosco, decoradas con estampaciones, excepto un cuenco, de forma semejante a la Rigoir 6b, que lo está mediante impresiones irregulares tal vez realizadas con un cordel. De la zona asturiana se conocen varios trabajos sobre pequeños conjuntos cerámicos de más o menos clara cronología tardorromana, que han aportado un cierto número de muestras, pero pocos elementos de juicio para poder determinar su exacta naturaleza. Dos grupos básicos de productos diferenciados, tanto por la calidad de la arcilla empleada, como por el tipo de acabado parecen distinguirse, aunque las descripciones aportadas por los diversos autores -a veces contradictorias-no siempre facilitan esta articulación. El primer grupo estaría compuesto por comunes finas más o menos depuradas, con desgrasantes micáceos y cuarcíticos finos o medios, distribuidas en dos familias, una de artículos engobados y otra de productos alisados. Las comunes engobadas aportan, por ahora, el grupo más significativo de productos que imitan la sigillata, pero también el que, en función de los datos publicados, plantea mayores dudas sobre su preciso encuadramiento, de manera que hemos entresacado aquellos ejemplos que parecen resultar más fiables. Casi todos ellos se vienen caracterizando como TSHT imitación de paleocristiana, por razones puramente formales o decorativas, a pesar de que las características físicas no se corresponden con las de una sigillata, o como imitaciones de sigillatas grises gálicas tardías siguiendo la línea marcada por Caballero. En él se encuadran diversos testimonios de gran afinidad ornamental con los grupos segoviano y salmantino y en especial con este último, como las piezas de El Chao de San Martín (Carrocera y Requejo, 1989: 28, fig. 2, 4), La Escrita {ibid., 28, fig. 2, 6), San Isidro {ibid., 29, fig. 2, 8) y probablemente la de San Chuis {ibid., 28, fig. 2, 5), en las que se advierte una notable semejanza con ciertos esquemas decorativos presentes en cerámicas de cronología altoimperial halladas en Lugo, cuya posible interrelación deberá ser objeto de un análisis detallado cuando el estudio de los materiales lucenses esté disponible. El grupo de productos alisados, mucho menor, aporta varios cuencos hallados en las termas romanas de Gijón (Uscatescu et alii, 1993: 387-388, fig. 3, 5-7) y ciertos fragmentos estampados procedentes de la excavación de la muralla de esta ciudad -^. El conjunto de piezas de Murías de Paraxuga, cuenta con ejemplos que podrían adscribirse a ambos grupos, pero los diversos estudios realizados (Encinas y García, 1989; Requejo, 1989y Carrocera y Requejo, 1989), aportan datos a veces discordantes, tanto en las descripciones, como en los dibujos e interpretación de algunas decoraciones, que dificultan su definición ^^. El segundo grupo de cerámicas está formado por comunes ordinarias de calidades y acabados diversos, decoradas con líneas incisas y en un caso estampada, donde el ¿influjo? de la sigillata parece más diluido y limitado a algunas formas abiertas. Aparte de estos dos grandes conglomerados cerámicos existe todo un capítulo de hallazgos de piezas engobadas (¿o barnizadas?), aparentemente elaboradas con arcillas grasas, a las que por costumbre se suele caracterizar como imitaciones de paleocristiana, en la misma tónica de lo que ya hemos visto en la Meseta. Su proximidad formal a las producciones gálicas tardías tiene buena culpa de ese automatismo, ún embargo, como en el resto de la TSHT cocida con una última fase reductora, esa afi-^^' Piezas de próxima pubHcación, cuyo conocimiento agradecemos a la Prof. C. Fernández Ochoa de la U. A. M. ^"^ Como ejemplo, cabe señalar un plato de forma asimilable a la Rigoir 1, descrito en un trabajo sin restos de engobe o barniz, carente de decoración y con abundantes y finos desgrasantes -diám. aprox. 1, 6), y en otro, con barniz negro muy perdido, decoración en el borde y desgrasantes mínimos -diám. aprox. ¿Es el mismo plato? nidad presenta diferentes grados, que algunos autores atribuyen a una mayor o menor cercanía cronológica al momento en que la influencia se manifiesta. El conjunto mejor diferenciado procede de las termas romanas de Gijón (Uscatescu et alii, 1993: 386-387, fig. 2, 1-4), aunque existen ejemplos dispersos por la mayoría de los yacimientos ya mencionados. En cualquier caso, y siempre que se confirme que estamos ante cerámicas «finas», no comunes, barnizadas, reiteramos la futilidad del término «imitación» para diferenciarlas, pues no serían más que ejemplos de la TSHT producida durante su ya referido segundo periodo. Las características que muestran todas estas comunes engobadas grises detectadas en la Meseta y Asturias, concuerdan con las de productos de zonas vecinas como el Valle del Ebro donde, a veces, se contemplan como gálicas tardías (Paz, 1991: fig. 89, 1, fig. 91, 9-10 y fig. 92, 14 y 16). Para los productos procedentes de territorio portugués, sólo contamos con el estudio que J. Alarcão dedica a las cerámicas comunes de Conimbriga, en el que dentro de las producciones bajoimperiales se estudian varios grupos cerámicos que encajan perfectamente en este apartado. El primero de ellos, que Alarcão denomina cerámicas anaranjadas finas (Alarcão, 1974: 93 ss.), reúne un amplio conjunto de formas, entre las cuales ya se señala una muestra de piezas con influencias de las sigillatas africanas y de las hispánicas tardías, del que queremos destacar varios aspectos. Se trata de un grupo de acabados heterogéneos, ya que a él pertenecen tanto el jarro trifálico bruñido mencionado en el apartado de las jarras con pitón, como piezas engobadas y otras que, entendemos, podrían no estarlo. La representación formal la acaparan cuencos y platos, donde son mayoría los que cuentan con paralelos muy directos en la TSHT {ihid., pl. XXIX, 610-615, pl. XXX-XXXI y pl. XXXII, 657-660), algunos de estos últimos con bordes decorados mediante incisión y hallados en contextos datados en los siglos iv y v, con claro predominio de este último {ibid., 148-149), fechas que a pesar del carácter poco fiable que se les achaca, coinciden, en algunos casos puntuales, con la cronología que venimos observando para sus prototipos en TSHT. No obstante, sería necesario un estudio pieza por pieza para poder calibrar con mayor precisión este extremo. El siguiente grupo es el denominado cerámica de Avelar (Alarcão, 1975: 99-100), y aunque menos numeroso que el anterior, ofrece más puntos de contacto con los productos segovianos, empezando por su acabado, consistente en un llamadvo bruñido que alcanza tonos metalizados {ibid., 99, pl. LXVI, 5). Cocida irregularmente, cada pieza llega a mostrar diversas tonalidades que abarcan del pardo-rojizo al gris, con pastas donde el cuarzo, los feldespatos y otros componentes, están presentes. Como en el grupo anterior las semejanzas formales con la TSHT son muy acusadas entre platos y cuencos, que muestran decoración incisa y burilada {ibid., pl. XXXIII, 666-686), aunque por ahora se diferencien de las bruñidas de la Meseta por la ausencia de estampado. Mayoritariamente aparece en contextos del siglo V {ibid., 149). Separados de las cerámicas comunes, existen dos grupos más analizados por M. Delgado. Como la propia autora reconoce, este grupo al que atribuye un probable carácter local, se encuentra muy próximo al de las cerámicas anaranjadas finas antes referido, con pastas muy micáceas, abundantes partículas de calcita y gruesas intrusiones de chamóla y cuarzo. Su cocción irregular provoca importantes variaciones cromáticas, que van del rojo ladrillo al gris, consistiendo su acabado en un alisado más o menos consistente, excepto un par de ejemplares que pudieron haber recibido un engobe muy ligero. Sus formas y decoraciones vuelven a remitir indistintamente a la TSHT y a la Africana D, de la segunda mitad del siglo iv a mediados del v. El último grupo figura dentro del volumen dedicado a las cerámicas varias, en el capítulo relativo a las grises bajoimperiales. Recoge platos o cuencos que reproducen o guardan cierta familiaridad con formas presentes indistintamente en la TSHT, en la Africana D y en las gálicas tardías, de ahí que su estudio se realice en unión de un minúsculo grupo de productos de origen galo, a pesar de su reconocido entronque con las comunes (Delgado, 1976: 65). En general, ofrecen cocciones de tipo mixto con superficies que llegan a ser de color terroso, es constante la presencia de desgrasantes cuarcíticos, en ocasiones voluminosos, y de mica, siendo más ocasional la de hematites y carbonatos. La única decoración conocida se limita a los bordes, donde aparece una línea ondulada (aportada por las comunes tradicionales), o quebrada (más cercana a la TSHT), siempre incisa, y en ocasiones deco-ración plástica a base de perlas en relieve sobre el labio, adorno ya visto en la tardía de Villanueva de Azoague. El único fondo aparecido, muestra una doble línea quebrada incisa enmarcada por acanaladuras, remedo del típico ornato en estrella de los platos de TSHT. Sólo una de estas piezas procede de un contexto datado, precisamente en un corte de destrucción del 465-468 (Delgado, 1976: 65, pl. XV, 10), aunque es muy probable que su manufactura sea algo anterior. La denominada TSHT meridional (Orfila, 1993 y 1995), antes conocida como sigillata paleocristiana de Castulo, podría ser producto de un fenómeno semejante al que impulsa la aparición de estas comunes en el septentrión peninsular. Ya nos hemos pronunciado brevemente, en otras ocasiones, acerca de las dudas que a nuestro entender despierta esta supuesta sigillata, sobre la que, una vez más, han obrado en exclusiva interpretaciones puramente arqueológicas o formales, que por sí solas no justifican una adscripción familiar, dudas sobre las que ahora deseamos reflexionar con mayor detalle, dada la difusión que estos productos parecen tener en la Meseta Sur. Según los principios básicos que permiten diferenciar la TSHT de la común bruñida, o de otras producciones que la imitan, el factor que resulta definitorio a la hora de caracterizar esta producción meridional es el tipo de masa arcillosa usada en su confección. Y en ellas, los análisis por difracción de rayos X publicados en 1979, ya indicaban la gran semejanza existente con las comunes castulonenses, con neta presencia de cuarzo, feldespatos y mica, ambas elaboradas a partir de arcillas micáceas no calcáreas, en las que el único factor diferencial sería el mayor grado de depuración de las paleocristianas (Linares, 1979: 260 y 263), que no llega a evitar la presencia de desgrasantes con tamaños de varios milímetros (Orfila, 1993: 128;1995: 193-194). Estamos pues, ante una arcilla magra, con un cierto índice de depuración, cuando lo tuvo, y por tanto ante una cerámica común más o menos fina, pero común, con lo que cualquier equiparación con la TSHT debería ir precedida, como en el caso de estas bruñidas o de las otras comunes examinadas, del término «imitación de» o equivalente. A ello habría que añadir, un engobe (no sinterizable) de intermitente aparición e irregular cromia, y una masa cerámica de tonos tan desiguales en la superficie como en el núcleo (Orfila, 1993: 128;1995: 194), indicando el empleo en su cochura de hornos de tiro vertical a llama libre, en los que fue sometida a una cocción por convección, sin duda deficientemente regulada en muchos casos. Sólo cuando aparecen cubiertas de este engobe -y únicamente en lo que se refiere a este punto-, recuerdan a la última y peor TSHT, rasgo que comparten con imitaciones de otras zonas. El no muy amplio número de testimonios disponibles y el carácter embrionario de su estudio, no permiten llegar a conclusiones firmes acerca del alcance o significado de la difusión de estas bruñidas, por lo que, aparte de señalarla, nos limitaremos a apuntar algunas hipótesis a este respecto. El mapa de la fig. 11, recoge los puntos donde hemos observado la presencia de cerámica común bruñida, y aquellos otros de variedades conocidas emparentables con ella: engobadas y alisadas, que desde nuestra hipótesis son expresiones diversas de un fenómeno común, y a las que nos hemos referido en el apartado anterior. Dicho mapa, que no pretende ser exhaustivo, muestra una fuerte presencia de todos estos tipos cerámicos en las zonas occidentales de la Meseta Norte y en aquellas cercanas a ella de la Meseta Sur, mientras que cuenta con escasos testimonios en los territorios centro-orientales: Falencia, Burgos, Soria al norte del Duero..., resultando desconocidos por ahora en las zonas cántabra y vascona y en el Valle del Ebro (exceptuando el caso de Iruña), tal vez por encontrarse más próximas a las áreas burgalesa y riojana donde se localizan la mayoría de los centros de producción de TSHT descubiertos hasta la fecha (Juan Tovar, e. p. b). Atendiendo a los diferentes acabados, la común bruñida es, por el momento, la de más amplia distribución, con una mayor concentración en las provincias de Segovia, Avila ^^, Sur de Valladolid, Oeste de Salamanca y Zamora, y Norte de Madrid, con extremos en Iruña al Norte, Conimbriga al Oeste, y Pico de la Muela al Sureste, aunque este panorama es, obviamente, provisional y no refleja más que el estado actual de la investigación. Lo mismo podemos decir de las restantes producciones, y aún más señalado si cabe, en el caso de Conimbriga, por cuanto constituye un ejemplo aislado, dada la escasez de estudios sobre cerámicas tardorromanas en el territorio luso. Esta primera visión del fenómeno difusor que ofrecen estos productos, podría estar indicando una retracción del comercio terrestre de la TSHT hacia ^^ Disponemos de diversas noticias sobre un número importante de yacimientos abulenses con cerámicas de este tipo, pendientes de confirmación y por tanto no recogidos en este trabajo. BLANCO GARCIA AEspA, 70,1997 las zonas más próximas a los centros de producción y, en consecuencia, un abandono paulatino de sus mercados tradicionales en las zonas mas alejadas de la Meseta y del norte peninsular, que sería ocupado, al menos de manera parcial, por estas cerámicas comunes. Naturalmente, carecemos de una visión en profundidad que nos permita, no ya refrendar esta hipótesis, sino calibrar con precisión el momento en que este fenómeno se desencadenaría, su evolución cronológica y formal, y el alcance del mismo. En el caso concreto de las comunes bruñidas, su presencia en lugares tan alejados del núcleo segoviano como Conimbriga o Iruña, augura un futuro halagüeño para la difusión de esta corriente, ahora que empezamos a intuir su amplitud. Por lo que respecta al tipo de habitat, el consumo de estas cerámicas parece, por ahora -y este también es un fenómeno generalizado-, especialmente vinculado a núcleos urbanos y semiurbanos (ciuitates, castra, vici y poblados, en general) como Cauca, Tiermes, Viseu, Conimbriga, Iruña, Armuña (Cerro de la Virgen de Tormejón), Bernardos (Cen-o del Castillo), Monte Cildá, La Cabeza de Navasangil. Cerro de Muriel, Salvatierra, Cancho del Confesionario, Los Tolmos, La Torrecilla, etc., coincidiendo en muchos casos, con puntos estratégicos bien defendibles por sus excelentes condiciones naturales. Su presencia en algunos establecimientos tipo villa, como la de la Tierra de las Pizarras, no es óbice para otorgarle un carácter eminentemente urbano, dado que el caso de este yacimiento se encontraría en relación directa con su situación suburbana, y el resto de las contadas villae (?) en que aparece, bien podrían haber perdido tal condición, al trastocarse su status de villa en aldea a partir del siglo V, como sostienen algunos investigadores para estos establecimientos fundiários -^, sin descartar que, algunas de ellas, fueran capaces de resistir por más tiempo los primeros momentos críticos. Todo lo cual vendría a redundar en la sospecha del abandono mayoritario de las villae en vastas zonas del interior peninsular entre finales del iv y comienzos del v 30. Además, son conocidos varios casos en la provincia de Segovia de pueblos actuales que tiene su origen en aldeas surgidas sobre villas tardorromanas. ^" Esta tesis también es defendida p. e. para la Lusitânia por P. C. Díaz: «Propiedad y explotación de la tierra en la Lusitânia tardoantigua» en J. G. Gorges y M. Salinas (Eds.), Actas de la Mesa Redonda Internacional. El Medio Rural en Lusitânia Romana. Formas de Habitat y Ocupación del Suelo, Studia Histórica. La proximidad de estas cerámicas comunes a la TSHT es mucho mayor de lo que cabría pensar, tanto en formas como en decoraciones, y en particular a las producciones del que hemos denominado segundo periodo, como ha quedado expuesto a lo largo de este trabajo. Por tanto creemos descartable de todo punto una influencia directa de las sigillatas gálicas tardías, que en la Meseta no gozan de ningún predicamento. Su ausencia del vertedero de Relea -320/330-360/370- (Juan Tovar et alii, e. p.), y del nivel más tardío de la excavación del Mercado de Abastos de Toledo -350/375 aprox.- (Carrobles y Rodríguez, 1989: 113 y 119-120), unida a otros indicadores formales y decorativos (p. e. plantae pedum) analizados, apuntarían una fecha post quem para su inicio del illtimo cuarto del siglo iv d.C. Ahora bien, nuestro estudio en curso sobre la TSHT en la provincia de Segovia, indica una presencia generalizada de esta sigillata en tierras segovianas durante el último cuarto del s. iv, coincidiendo con la etapa de relativa prosperidad, que parece vivirse en época teodosiana; ¿qué sentido tendrían pues, estas cerámicas, en momentos en que las producciones de sigillata de la Meseta llegan a todas estas zonas con gran fluidez, e incluso en abundancia? No vemos clara, por tanto, una cronología de primera fabricación anterior al siglo v, aunque en rigor no podamos descartarla. Sin embargo, parece fuera de duda que el floruit de estas producciones tiene lugar a lo largo de dicho siglo, tal vez a partir de finales de su primera década, circunstancia justificable por el paulatino empobrecimiento que acarrean en la población hispana los graves acontecimientos que se venían arrastrando, desde la impostura de Magno Maximo, y en especial tras los episodios de la guerra civil protagonizados por Honorio y Constantino III, que tuvieron por solar precisamente el Norte de la Península (es decir, las zonas donde se localizan los principales centros productores), y el Sur de la Galia, que culminan con la invasión del 409 ^', acontecimientos que debieron provocar el enrarecimiento del comercio de la sigillata, en aquellas regiones más alejadas de dichos centros, con el consiguiente sobreprecio de las escasas partidas que llegasen a estos mercados ^^. La presencia inequívoca y casi exclusiva de estas comunes en núcleos urbanos, y muy especialmente en poblados de altura y castros fortificados, es firme indicio de su vinculación a momentos de creciente inseguridad e inestabilidad, y también a un cambio drástico en la estructura poblacional, de manifiesta amplitud. El final de la producción resulta más complejo de determinar, pero no existe ninguna evidencia razonable que permita llevarla más allá de la segunda mitad del siglo v, aún cuando se aprecie una clara perduración formal y técnica, no decorativa (en lo que se refiere a estampación), en cerámicas del siglo VI correspondientes ya a contextos marcadamente hispano-visigodos, como veremos en el apartado III. UN EJEMPLAR DE CERAMICA COMÚN CON ENCOBE ROJO La variedad de cerámicas con las que se recurre a imitar a la TSHT para sobrevivir en los mercados, se pone de manifiesto, una vez más, en un platofuente (fig. 13, n° 108) singular por su morfología y las vinculaciones que ofrece con la hispánica bajoimperial. Hallado en la villa de la Tierra de las Pizarras, debe adscribirse, tanto por el tipo de pasta, como "*' Cf. García Moreno, op. cit., nota 29, pp. 41 ss, y como ejemplo concreto de la situación en una zona vecina, cf. U. Espinosa, «El siglo v en el valle del Ebro: arqueología e historia», Antig. Crist., VIII, 1991: 275-288. ^2 Incluso en ciudades como Varea (Logroño), tan próximas a núcleos alfareros, durante el siglo V la TSHT desaparece de los barrios más modestos: U. Espinosa, op. cit. nota 31, por el recubrimiento que lo envuelve, a la familia de las comunes engobadas, dentro del grupo denominado genéricamente «de imitación rojo pompeyano» o «de engobe rojo interno». Su particularidad reside en la forma, que remite a platos de TSHT del grupo 1 de la Hisp. 74-Palol 4 (Juan Tovar,e. p. b, fig. 4), con dos acanaladuras bien marcadas sobre el borde, y un engobe que recubre tanto el interior como el exterior de la pieza en clara imitación de aquélla, poniendo de manifiesto la contaminación formal de la hispánica tardía también sobre este tipo de cerámicas. La presencia de estos productos en contextos bajoimperiales, nos era conocida a través de los ejemplares hallados en el vertedero de la villa de Relea (Juan Tovar et alii, e. p.), aunque aquí se trata del tipo más corriente, de fondo completamente plano y carentes de borde destacado, donde el revestimiento sólo se aplica sobre la cara interna del recipiente, y en una estrecha franja de la parte externa del borde. Paralelos más directos han aparecido en Lugo, recogiéndose ejemplares con depresiones que decoran la cara interna, a semejanza de las que muestran diversas formas de la TSHT, o con decoración bruñida sobre borde y fondo imitando las estampaciones de esta misma cerámica (Alcorta, 1994: fig. 19, 4 y fig. 20, 1). Un plato de borde vertical, corto y más grueso, pero también con paralelos entre la hispánica, figura en la basílica cristiana de Alconétar (Caballero, 1970: 40, fig. 10, 15) y Alcorta refiere varios casos más de formas diversas en Astorga, Galicia y Portugal. Su aparición fuera de contexto, y la larga perduración del modelo que imita, impiden efectuar una aproximación cronológica precisa a este plato, si bien el hecho de que, a semejanza de las cerámicas del grupo anterior, remede un producto de tan amplia aceptación como la TSHT, en un yacimiento que ostenta una representación del mismo rica y variada, parece sugerir una función de sustitución, más económica, de dicho producto, equiparable a la que asumiría, en la misma época, la cerámica bruñida. EL ENTRONQUE CON EL MUNDO VISIGODO: UN APUNTE Desde hace tiempo, todos los autores coinciden en proclamar la deuda formal existente entre las cerámicas de época visigoda y las producciones tardorromanas, cuestión ciertamente razonable. Por otra parte la ausencia de cualquier vestigio cerámico atribuible al pueblo visigodo, en los territorios que ocuparon antes de su asentamiento en la Península Ibérica ^\ no permite asumir una postura contraria. R. Izquierdo, en su estudio sobre la cerámica de necrópolis de época visigoda, llegaba a afirmar, no sólo la completa hispanidad de éstas, sino la ausencia de talleres o de una cerámica propiamente visigoda (Izquierdo, 1977: 570), extremo probable, como veremos a continuación, al menos para finales del siglo v y quizá buena parte del vi, de manera que el término «visigodas» se refiere más a una cuestión de época que de autoría. Además, y desde antiguo, venía considerándose a la sigillata con decoración estampada en general, o al menos a una parte de ella, como una cerámica en cierto sentido visigoda, más por una supuesta perduración hasta un momento indefinido de esta época, que por razones justificadas de identidad o producción, de manera que es frecuente encontrar en la bibliografía, incluso hasta fechas recientes, el término cerámica estampada tardorromana-visigoda. De esta guisa, nos encontramos con dos especies cerámicas de innegables raíces bajoimperiales, con las que se intenta cubrir el periodo visigodo: unas cerámicas finas estampadas, que no se sabe muy bien hasta cuándo llegan; y unas cerámicas comunes, fundamentalmente conocidas a partir de necrópolis, que tampoco se tiene clara conciencia de dónde parten. L. Caballero, en su último trabajo, propone un continuo evolutivo (o mejor, involutivo) que arrancando de las sigillatas de finales del siglo iv, y por semejanza formal, llevaría hasta las hispano-visigodas del siglo VII (Caballero, 1989: 86 ss.), dando así un enfoque lineal al problema, aunque sin terminar de encuadrar las cerámicas de necrópolis en el esquema. Sin embargo, una vez puestas de manifiesto la diferencias entre sigillatas y comunes bruñidas, creemos posible afirmar que son estas últimas, y no la TSHT, las que en buena parte marcan la transición hacia las hispano-visigodas, al menos en el ámbito de la Meseta. La proyección de estas bruñidas sobre el mundo tardoantiguo, además, no es sólo una cuesdón de formas, sino un proceso que implica aspectos tecnológicos o decorativos de particular significación. De tal modo que los vínculos existentes entre las bruñidas tardorromanas y ciertas cerámicas hispano-visigodas son tan consistentes, que abarcan todos los aspectos aludidos y merecen un tratamiento diferenciado. Para ilustrar esta comparación, partimos de un grupo de piezas, en parte inéditas, procedentes de las necrópolis visigodas de Duratón, Madrona, Espirdo, Aguilafuente ^^ y Estebanvela (fig. 13, 109-124), alguna de las cuales muestra una continuidad de enterramiento desde época tardorromana a visigoda, o al menos un uso funerario del lugar en ambas épocas, caso de la necrópolis de Madrona, en la que aparecen tumbas con ajuares donde está presente la TSHT. A estas necrópolis habría que unir la de El Cantosal, de la que aquí recogemos algún fragmento tardorromano (n° 29 y 38). Pero a efectos de este estudio lo que más interesa destacar es la presencia, en varias de ellas, de comunes bruñidas tardorromanas que enlazan, formal y técnicamente, con cerámicas hispano-visigodas. Tal convivencia no se limita a este tipo de yacimientos, ya que se aprecia en muchos lugares donde existe una secuencia de poblamiento al menos a lo largo de los siglos v-vii (Monte Cildá, El Castellar de Villajimena, Pelayos, Bernardos, Coca, Perales del Río, etc.), que ha dificultado la separación entre ambas producciones, y que viene provocando un cierto automatismo a la hora de calificar a todas como hispano-visigodas, sean decoradas o no. a) Características físicas y técnicas de elaboración En el grupo de piezas seleccionadas, la semejanza comienza por la continuidad en el uso de arcillas magras, graníticas, con desgrasantes de cuarcita, feldespato y mica, como componentes más comunes, aunque peor tamizadas y con frecuencia masivas, indicando una polarización de la producción en las que antes denominábamos «cerámicas de fuego», utilidad que en varias de estas piezas es patente al presentar marcas inequívocas de su exposición a la lumbre culinaria (n° 113 y 117), como ya observáramos en alguna pieza tardorromana (n° 52). Su creciente elaboración a torno lento e incluso a mano, que obliga a pegar el fondo, es síntoma inequívoco de una degradación imparable, que arroja productos cada vez más toscos y pesados ^^ Pero " Cf. Alemán de Madrid, las facilidades dadas para el estudio de estas piezas. ^^ No obstante, estas características están presentes en producciones marginales de comunes tardías, aunque ya datables en el siglo V: cf. A. Martínez y M. Unzueta, op. cit.,nota 11,p. 40., e incluso anteriores (Reynolds, 1985) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ BLANCO GARCIA AEspA, 70, 1997 es la persistencia en el uso del bruñido, que dado el burdo tratamiento de muchas de las piezas, se aplica a veces con menos esmero, lo que mejor expresa su vinculación con la producción tardorromana. Como no podía ser menos, la cocción sigue efectuándose en atmósferas de baja temperatura mal controladas, causantes de cochuras irregulares en la mayoría de las piezas, que provocan con frecuencia una desigual cromia dentro de la persistente tendencia reductora, vocación que ahora se manifiesta definitivamente como un aspecto práctico más que estético. Ello vuelve a poner sobre la mesa el probable empleo de horneras en la cocción de este tipo de cerámicas, plenamente justificable por tradición, y por el propio marco técnico y económico en el que se desenvuelve la producción, claramente marginal, proclamando una drástica y generalizada propensión a la simplicidad, puramente utilitarista, clara expresión de una pavorosa decadencia de la actividad alfarera. La continuidad en el terreno formal es tangible, y se expresa a través de formas muy diversas, aquí ^^' También hemos podido dar un detenido repaso a estos materiales conservados en el M.A.N. De todos ellos la única bruñida es la señalada en la referencia, que muestra un espatulado vertical, mientras que la técnica apHcada a la pieza num. 5 que refiere Caballero es un simple alisado manual. El resto del material es muy homogéneo, exceptuando los fondos 13 a 15 y la fusayola num. ^^ Al igual que en el caso anterior, hemos tenido oportunidad de examinar las cerámicas de este hallazgo y aparte de la pieza referida por Caballero, tal vez más antigua que las restantes aunque ya hispano-visigoda, existen dos fragmentos de cuerpo que también presentan acabado bruñido (M.A.N. N° Inv. 1970/6/21 y 1970/6/31). circunscritas a cuencos, jarras, jarros, botellas y vasos, puesto que hablamos de contextos funerarios, donde estas formas son frecuentes. En ellas ya se aprecia la ausencia de ciertos rasgos tardorromanos, como los pies definidos, con o sin moldura externa, que son sustituidos por simples fondos planos o casi planos y sin moldurar, adoptando una morfología, en la mayoría de los casos, más burda, de líneas torpes e irregulares. Y aquí queremos retomar precisamente aquellos ejemplares tardorromanos ya sin decoración, pero dotados de un pie torneado y frecuentemente moldurado, en los que podríamos ver dos momentos: uno -quizá el más dilatado-de convivencia con las piezas decoradas, y otro de formas sólo lisas pero dotadas aún de un apoyo elaborado, que establecerían el nexo de unión con la tendencia de época visigoda, en la cual no sólo desaparece la estampación sino la costumbre de trabajar a torno el soporte del vaso ^^ La última parte de este proceso que, por ahora, no podemos situar son precisión en el tiempo, tuvo que darse, no obstante, muy avanzada la segunda mitad del siglo v, o lo más tarde a comienzos del vi d.C, ya que ninguno de los productos hallados en contextos datables en ese siglo presenta aquellas características «antiguas» ^^. Para intentar ilustrar esa involución empezaremos por los cuencos. Los dos primeros, n° 109 y 110, proceden de la necrópolis de Aguilafuente, y son un burdo recuerdo del cuenco bruñido que imita a la Palol 9, muy próximos formalmente a ciertas piezas tardorromanas alisadas de Cancho del Confesionario (Caballero, 1989: fig. 1, n° 2, 3 y 5). Realizados a mano y con el fondo pegado, muestran una superficie irregular, mal acabada, de una apariencia muy tosca a pesar del bruñido, que en el 110 no se aplica en su interior. El n° 112, de la necrópolis de Madrona, con acanaladura sobre el borde y fondo plano, recuerda a un pequeño ejemplar alisado del Cancho (Caballero, 1989: fig. 1, 11) y a otro ¿engobado? de Conimbriga (Alarcão, 1975: pL XXIX, 610), pero la presencia masiva de desgrasantes y el ralo bruñido, que no llega a aplicarse al fondo, ni ^*^ Piezas bruñidas como la num. 8 de El Cantosal (Lucas, 1971: 388, fig. 3), sin pie y de base totalmente plana pero con una acanaladura circundando el fondo externo, podrían estar marcando el punto de inflexión entre una tendencia y otra. ^' ^ La costumbre de dotar a la cerámica de un pie diferenciado vuelve a aparecer timidamente en momentos muy avanzados del siglo vi, probablemente por circunstancias que ya nada tengan que ver con lo tardorromano, según se aprecia en piezas de Recopolis (CEVPP, 1987: fíg. 5, 3). interior ni exteriormente, parecen alejarlo en el tiempo. Una última pieza de forma abierta, hallada en Cauca, quizá un cuenco o plato (n° 111), de paredes muy abiertas, reúne características propias de este grupo de bruñidas hispano-visigodas: fondo plano, elaboración a torno lento, torpe acabado y presencia masiva de desgrasantes. Tales diferencias deberían ser suficientes para considerar a todos las piezas examinadas en el apartado de los cuencos bruñidos tardorromanos, bien encuadradas dentro de esa etapa, sin embargo la certeza aún no puede ser absoluta, como veremos a continuación. Si las desigualdades y semejanzas parecen bien definidas en este grupo, quizá por el corto número de muestras, entre las formas cerradas, más numerosas, no son tan evidentes, produciendo a veces un grado de similitud tal, que puede dificultar su adscripción a uno u otro periodo, sobre todo si nos encontramos con ejemplares incompletos. Empezando por las jarras, al cotejar las piezas 49 y 52, tardorromanas, con la n° 113, hispano-visigoda, es fácil advertir un clara identidad formal, que en esta última se complementa con un buen bruñido, identidad que sólo se rompe por su factura -realizada a torno lento-y la completa ausencia de pie que es sustituido por un fondo pegado. Igual paralelismo encontramos entre un ejemplar hispano-visigodo de la necrópolis de Fuente del Moro (Colmenarejo, 1986: fìg. 8) y la jarra bruñida tardorromana de Perales del Río con decoración estampada (Quero y Martín, 1987: fig. 2, 2), hasta el punto de que el riesgo de confusión ejs evidente. Ambas presentan en su forma evidentes resonancias tardorromanas, con paralelos, sino exactos, sí muy próximos en un jarro de TSHT de La Morterona (Abasólo et alii, 1984: fig. 5, 2). En esa conformación, el fondo sin pie y la decoración a peine de ¡a segunda, proclaman que se trata de piezas ya de época visigoda, de hecho la estructura de boca y cuello de la n° 115, de gollete muy marcado y borde simple y exvasado, es idéntica a la de ciertos olpes hispanovisigodos de doble asa hallados en Almodovar del Pinar (Almagro, 1970: fig. 7) o Alcalá de Henares -éste bruñido- (Fernández-Galiano, 1976: 50, fig. 33, S-1/3). Incluso un jarro de la necrópolis de Pedrera, aunque dotado de un borde diferente, nos muestra este tipo de botella, equipado con asa, de cronología visigoda (Fernández et alii, 1984: fig. 13 y 74). Y es que se da la curiosa circunstancia de que a nuestra botella, el alfarero intentó dotarla de un asa, que iba del gollete al hombro, pero desistió de ello y trató de borrar las marcas con espatulado, sin conseguirlo. El caso, es que en ambas botellas seguimos observando una calidad de ejecución, y una limpieza de líneas, que salvo por la decoración y la carencia de pie podríamos calificar razonablemente de tardorromanas. Algo parecido ocurre con los jarros. La 117 dada su factura y morfología no plantea dificultad alguna, sin embargo la proximidad entre la 55, e incluso la 63, y la 123 es muy acusada, con lo que -salvando la decoración de esta última-nos volvemos a encontrar con el mismo problema. Y el hecho de que las restantes jarras (n° 118-122), por su tosquedad de acabado y su esclerótica morfología, atribuibles a un siglo vi avanzado, ya no planteen dudas no atenúa el problema. La última pieza bruñida hispano-visigoda es un vaso carenado de fondo semiesférico y cuello troncocònico, al que falta el borde (n° 124), que recuerda a diversos tipos de jarros y jarras tardorromanos, como un jarro de la necrópolis de Vadillo de la Guareña (Viñé, 1990: 161, fig. de la p.l60, rf 90/ 27/121), o a la misma Hisp. 1, pero sin asa ni pie. ¿Acaso este tipo de piezas se encuentran tan próximas en el tiempo a las anteriores, que son un primer paso en las hispano-visigodas, o bien todavía estamos inmersos en los últimos estertores de la tardorromanidad y no podemos hablar, en purismo, de cerámicas hispano-visigodas? Quizá, sin quererlo, la respuesta esté implícita en la misma pregunta. Salvando todas las posibles disparidades de calidad entre talleres contemporáneos, y haciendo todas las acotaciones que sean necesarias, el espacio temporal que separa a unas y otras tiene que ser necesariamente pequeño y por tanto el problema parece más terminológico que cronológico, siempre que tengamos mínimamente acotado este último, como así creemos. Y dado que estas formas remiten a las llamadas cerámicas de necrópolis visigodas, convendría replantearse este término ya que no entendemos que se trate de modelos exclusivos de ajuar funerario, según se viene constatando en los últimos años a partir de yacimientos de habitat como El Castellar de Villajimena y Navalvillar, ya mencionados, Recopolis (CEVPP, 1987: fig. 7-8), Bobalá {ibid., fig. 9) o Saucedo (Ramos, 1994: lám. 5-7), y en las propias piezas aquí recogidas que en varios casos presentan huellas inequívocas de un uso doméstico, empleo que se repite en vasijas de otros conjuntos necrológicos. CONCLUSIONES PRELIMINARES En este aspecto, y en lo que atañe a la estampación, ninguna de las piezas hispano-visigodas aparecidas en necrópolis, o en cualquier otra parte, presenta este tipo de adorno. La desaparición pudo venir precedida por una involución de los esquemas decorativos, apreciable técnicamente en el bruñido descuidado de las piezas, una vez estampadas. Recordemos que si en los vasos más antiguos la estampación se aplica tras bruñir el vaso y ésta es enmarcada o separada mediante acanaladuras, en un momento dado la estampación es previa al bruñido, lo que provoca, al ejecutar éste, que los motivos queden semiocultos. De aquí a su desaparición apenas habría un paso. Es curioso advertir cómo la incisión, que ocupaba una posición subordinada en la bruñida tardorromana, se convierte en el modo ornamental primario en las hispano-visigodas, incluyendo en su repertorio temas como el de guirnaldas de arcos, que parecen un vago recuerdo de los anteriores esquemas estampados (Bohigas y Ruiz, 1989: fig. 1, 1; Ramos, 1994: lám. 6, 2; Fernández-Galiano, 1976: fig. 35, S-1/4). En cualquier caso, la transición al mundo visigodo viene marcada, como paso previo y más llamativo, por la desaparición de las decoraciones estampadas, aunque debamos tener muy en cuenta la posible pervivencia de una producción ya sólo de formas lisas, pero aún dotadas de pie, sea este moldurado o no, todavía tardorromana, ¿o ya de época visigoda?, a modo de preludio de las cerámicas hispano-visigodas de plena época, aunque aquí la terminología no resuelva gran cosa. Si algo queda claro, en este proceso de transición, es que las transformaciones formales y técnicas no son tan rotundas que permitan hablar de un corte manifiesto entre unas producciones y otras, bien informando de un cambio radical de gusto o tendencia, o del paso de una «moda» a otra. Antes bien, habría que asumir que estamos ante una producción de comunes bruñidas de larga perduración, que se transforma hacia finales del siglo iv o comienzos del V, al tomar prestadas formas y decoraciones provenientes de la TSHT de ese momento, y que continúa en época visigoda con la pérdida de una parte sustancial de aquel préstamo, a consecuencia de una formidable decadencia técnica y formal, tan homogénea y continuada que sólo puede apreciarse una mano en ella: la de los artesanos sobrevivientes a una arruinada y extenuada alfarería hispana, dando sentido a una familia independiente de cerámicas bruñidas hispano-visigodas. Las características físicas y técnicas de las cerámicas bruñidas tardorromanas, proclaman de manera inequívoca su pertenencia a las producciones comunes: arcillas magras, graníticas, con una abultada presencia de cuarcitas, feldespatos y micas; acabados mediante espatulado o pulido que ofrecen superficies higiénicas y duraderas; y cocciones básicas predominantemente reductoras, dan lugar a productos resistentes, prácticos y aptos para la lumbre, que intentan conjugar su utilitarismo con una emulación estética y formal que le son ajenas y que acabaran perdiendo. El estudio formal y decorativo pone de relieve la existencia de al menos dos etapas bien diferenciadas en su producción. En la primera, probablemente no muy dilatada en el tiempo, dado el menor número de testimonios encontrados, los patrones adoptados de la TSHT se siguen con especial fidelidad: formas abiertas (platos, cuencos y quizá algún vaso), y cerradas de pequeño o mediano tamaño (orzas, jarros y jarras), se adornan mediante frisos de motivos cuidados, enmarcados por finas acanaladuras, que, salvo por la materia prima, apenas dejan traslucir su herencia familiar. En la segunda etapa, de duración quizá más prolongada que la anterior, son mayoría las formas cerradas de tamaño medio o grande, de confección menos cuidada, decoradas con motivos muy variados pero también más grandes y toscos, en las que desaparecen las acanaladuras que delimitaban los frisos y asoman con más fuerza elementos formales y decorativos propios de su condición de comunes, culminando, tal vez, en un corto periodo de abandono de la ornamentación estampada, ya muy descuidada en sus últimas manifestaciones, y de consecuente predominio de formas lisas o simplemente con decoración incisa, preludiando las cerámicas hispano-visigodas. Ese proceso debió de iniciarse con una parcial y rápida rarificación de la TSHT en ciertas zonas a partir, probablemente, de finales de la primera década del siglo V, a causa del clima de inestabilidad y el grave deterioro económico que acarrean en la población hispana los acontecimientos que culminan en el 409. Tal desabastecimiento debió de generar una inmediata proliferación de pequeños talleres, que merced a sencillas técnicas tradicionales, cubren la demanda de sigillata con productos más baratos y de peor calidad, que la imitan, y que a su vez se adaptan a las nuevas necesidades domésticas impuestas por el cambio económico y habitacional. Por tanto, no hablamos de alfares que compiten con la TSHT sino que intentan suplir su escasez. Talle-AEspA, 70, 1997 CERAMICA COMÚN TARDORROMANA EN LA PROVINCIA DE SEGOVIA 211 res que, en algunos casos, debieron de ser fijos, familiares o casi, y en otros tal vez itinerantes, es decir, alfareros que se desplazasen de un núcleo de población a otro, trabajando los productos cerámicos, quizá bajo demanda y con una mínima infraestructura levantada ex novo a tal efecto, al menos en el caso de las cerámicas bruñidas. Su ámbito de comercialización, parece encontrarse en zonas pequeñas que podrían no alcanzar tan siquiera un marco comarcal, aunque no existan suficientes elementos de juicio para establecer de manera inequívoca su carácter estrictamente local. Cuando Morel afirma, hablando del artesanado en época romana, que es más fácil desplazar hombres que transportar cosas' ^°, se hace difícil imaginar momento y lugar más propicios, en la adversidad, que los aquí referidos. Hoy, por tanto, ya no es posible buscar en estas cerámicas la última etapa de la TSHT, puesto que ese periodo terminal es posterior a la aparición de estos trasuntos y se encuentra dentro de la misma hispánica tardía, que no deriva en ningún momento hacia lo que entendemos por cerámica común, sino que se agosta en engobes no sinterizados, en procesos de cocción imperfectos y en decoraciones cada vez menos cuidadas, reflejando la dramática transformación que experimenta la vida económica de la época. Desde un punto de vista sociológico, habría que relacionar esta cerámica con una masa de población, probablemente de bajo nivel adquisitivo, aunque sensible a los gustos todavía vigentes, que normalmente ya no tendría acpeso, o lo tendría muy restringido, a la vajilla de TSHT, cada vez más escasa, costosa y en franca recesión. La vigorosa presencia de estas comunes en un tipo de habitat predominantemente agrupado y con frecuencia fortificado, ciuitates, castra, vici y poblados en general, o en necrópolis asociadas a estos, corroboran su vinculación a momentos de particular inestabilidad que implican un cambio en las pautas habitacionales, y sin duda a un estado de penuria económica, que obliga incluso a reaprovechar las modestas piezas amortizadas, circunstancias sólo concebibles en el marco de los acontecimientos referidos. Al menos en el territorio segoviano esta dispersión pudo articularse del siguiente modo: 1.° Enclaves de primera magnitud, estratégicos y bien defendidos, con rango de ciuitas. En este caso estarían Cauca y presumiblemente Segovia. ^" J.-P. Morel «El artesano» en A. Giardina (Ed.) If" Enclaves secundarios, también de altura con buenas defensas naturales, complementadas con refuerzos artificiales, ubicados en puntos bien comunicados. Son igualmente de tipo castrum, pero de menor tamaño, sin llegar a ser definidos como vici. En esta categoría entrarían el Cerro de la Virgen de Tormejón, en Armuña, el Cerro del Castillo, en Bernardos, etc. 3.° Las últimas villae habitadas, aún muy poco conocidas en esta provincia, que no sería extraño que dispusieran de estructuras defensivas propias y algunas de las cuales, más tarde, se mutarían en aldeas. Lógicamente, las" necrópolis asociadas a estos habitats también contarían en sus ajuares con comunes bruñidas, y de ellas pueden ser buen ejemplo las necrópolis caucenses del Cantosal y ¿Santa Rosalía?, pero aún desconocemos muchas y de otras es justamente el área de habitación la no localizada. No es descabellado pensar que la desaparición de la TSHT de los mercados en fechas todavía no bien precisadas, abocara a estas comunes a la rápida pérdida de una parte sustancial de sus rasgos de identidad, primero decorativos y posteriormente formales, desembocando, hacia fines del siglo v o inicios del VI, en las que habrán de considerarse como las primeras cerámicas hispano-visigodas, hecho apreciable tanto en la estrecha relación morfológica que se manifiesta entre unas y otras, como en las características técnicas de ambas, al menos en el ámbito estudiado, dando paso a una familia plenamente diferenciada de cerámicas bruñidas hispanovisigodas de larga perduración. En este inventario, cada pieza lleva señalado el lugar de procedencia mediante el n° de yacimiento fijado en el apartado L 2, seguido del n° de inventario del Museo de Segovia -si le fue asignado-, o bien el n° del Inventario Arqueológico Provincialen cuyo caso va seguido de las siglas lAP-, y si procede de excavación, la referencia que le fuera señalada en la misma, y su autor, seguidas del Museo o colección donde se conserva -implícito el Museo de Segovia-(Museo de Coca= M.C.; Col. Martín Aceves=C. M. A.), la descripción correspondiente y la bibliografía si la hubiere. La descripción de los colores se ha efectuado, excepto para un corto número de piezas, con el Code des couleurs des sois de A. Cailleux (París, Editions N. Boubée et Cie.), adoptando la transcripción de los mismos publicada en el Bol del M. A.N., t. N° Inv.: BN/95-1/1: Fondo de una forma abierta con bruñido horizontal, gris muy oscuro, muy brillante. Muestra impronta vegetal sobre el fondo interno. J. R Blanco: Fondo de forma abierta con bruñido horizontal y oblicuo, gris oscuro (R-31), semibrillante. 222, con grano medio-fino de cuarcita, feldespato y mica.: CO/CEM/II/23. J. F Blanco: Fondo de una forma abierta con bruñido horizontal, gris/ gris muy oscuro (P-73/S-73), brillante. Pasta pardo gris muy oscuro (T-73), g. 11.1.1. -Superficie-: Fondo de una forma abierta, con bruñido horizontal y oblicuo, gris muy oscuro (T-31), muy brillante. 322, con abundante cuarcita media-gruesa, feldespato y mica. El fondo fue reutilizado rematando los cantos a bisel. 222, grano medio-fino de cuarcita, ¿feldespato? y mica blanca y negra. (C. M. A.): Orza de forma asimilable a las del grupo 1 de la Hisp. 14-Palol 13, con bruñido horizontal, gris muy oscuro (T-31), brillante. 322, con abundante cuarcita media-gruesa, mica y vacuolas. Depósito J. Hedo: Orza de forma asimilable a la anterior, con bruñido horiz., gris oscuro (R-73), semimate. Pasta gris oscuro (R-92), g. 322, con abundante cuarcita media-gruesa y mica. N° Inv.: C/ZD/73: Orza de forma asimilable a la anterior, con bruñido muy fino, quizá pulido, gris, semimate. 222, con grano medio-fino de cuarcita y mica. J. E Blanco: Orza de forma asimilable a las del grupo 2 de la Hisp. 222, con grano medio-fino de cuarcita y feldespato. W Inv.: C/TP-s/n-(l): Orza de forma asimilable a las del grupo 3 de la Hisp. Pasta gris muy oscuro (S-73), g. N° Inv.: T/XIV/82/40: Orza de forma asimilable a las del grupo 4 de la Hisp. Superf. ext. y cara interna del borde con bruñido horizontal, gris pardo claro (N-70/71), brillante. 222, con grano medio-fino de cuarcita y ¿feldespato? N° Inv.: T-s/n-(l): Orza semejante a la anterior. Superf. ext. y cara interna del borde con bruñido horizontal, gris pardo claro/tierra de sombra (N-70/P-70), semibrillante. Pasta tierra verde tostada (M-47), g.
de la Nave (prov. Zamora), llegando, entre otras, a la conclusión de que el edificio primitivo pertenece a un solo proyecto, probablemente abovedado en su totalidad. tan aún deficientemente estudiadas y conocidas. Tras la documentación y estudio de la de Sta. María de Melque (Toledo; Caballero y Latorre 1980), se ha efectuado un avance notable con las de La Nave (Corzo), Quintanilla de las Viñas (Burgos) y S. Juan y Sta. Basilisa de Zalduendo (Vitoria; Arbeiter 1990 y 1994), S. Pedro de Arlanza (Burgos; Caballero, Cámara, Latorre y Matesanz), S. Miguel de Lillo y S. Salvador de Valdediós (Asturias; Noack-Haley y Arbeiter), S. Román de Tobillas (Vitoria; Azkarate) y, sobre todo, con el importante esfuerzo realizado por Arias sobre las iglesias asturianas (1992, 1993 y 1995, entre otros trabajos). Otras se encuentran actualmente en vías de publicación por estos equipos. Con este estudio, realizado con una metodología, la Arqueología de la Arquitectura, en cuyo desarrollo hemos colaborado (Caballero y Fernández Mier) no pretendemos ni una mera descripción del edificio, ni mediar en la problemática que aún plantea su cronología (Caballero 1994(Caballero /1995)), sino dar a conocer un corpus de datos tratados de modo que aporten nuevos argumentos a esta discusión y ayuden en el futuro a su adecuada adscripción. Nuestra pretensión es publicar una planimetría más exacta y objetiva que las existentes (debidas a Esteban, en Mateos y Esteban y a Alfonso Jiménez, en Corzo), aportar la lectura de paramentos o sea la secuencia relativa de etapas constructivo-cronológicas que han dejado su testimonio en el edificio, definiendo a la vez todos los elementos que lo componen, y discutir con brevedad, sobre una información nueva, algunos caracteres y problemas constructivos, hasta hoy dudosos y sometidos a controversia y que son fundamentales para la comprensión adecuada de esta arquitectura. Mientras que la secuencia del edificio creemos que será en gran medida definitiva, no ocurre lo mismo respecto a los problemas de carácter constructivo, pendientes aún de análisis futuros ^. ^ La secuencia cronológica aportada es de valor relativo y, por lo tanto, ayuda a solucionar el problema cronológico, quedando pospuesta su solución a los resultados de otros proyectos analíticos, como el de dendrocronologia y radio carbono que en el momento actual está en marcha financia- AEspA, 70, 1997 HISTORIOGRAFIA La iglesia de San Pedro de la Nave tuvo una temprana divulgación entre los eruditos tras su inclusión en Monumentos Arquitectónicos de España (1872) en forma de dos láminas de pulcros dibujos que, pese a sus inexactitudes, fueron a lo largo de casi 40 años la única documentación gráfica para los diferentes estudiosos que se preocuparon por la iglesia. El conocimiento de la entonces parroquia y cementerio rural dio un giro completo con la visita efectuada por Gómez Moreno -tal vez animado por las someras referencias de los eruditos que databan este edifìcio en el siglo x, por tanto candidato a ser integrado en el grupo mozárabe que Gómez Moreno estaba organizando y que culminaría con la publicación del libro Iglesias Mozárabes, 1919-y la subsiguiente publicación de un artículo en el que expresaba sus opiniones y valoración de lo visto allí (1906). Pero le fue imposible encuadrar esta iglesia dentro del marco de referencia de lo mozárabe por él defìnido, mientras que todo lo que era divergencia por su técnica muraría y estilo decorativo en su comparación con los edificios bien documentados en el siglo x era sintonía al cotejarlo con el todavía exiguo, pero afianzado, grupo visigodo. Las afinidades técnicas, formales y epigráficas de La Nave con iglesias como San Juan de Baños (Palencia) y Santa Comba de Bande (Orense), unido a una serie de consideraciones de tipo histórico, obligaban a pensar en el visigotismo de la iglesia. Esta adscripción cultural y temporal propuesta por Gómez Moreno supone un hito fundamental en la historiografía altomedieval hispana. Con La Nave convertida en ejemplo paradigmático del arte visigodo, años después respaldado por el descubrimiento de Quintanilla (Orueta 1928), los estudiosos posteriores, amparándose en el principio de autoridad del granadino y profundizando en el conocimiento material del edificio, fueron reforzando su posición. Esta peculiar circunstancia permitió conocer en profundidad el edificio, obtener nuevos datos y devolverle el aspecto que el equipo técnico pensaba era el más parecido al que tendría en origen. Si el artículo de Gómez Moreno de 1906 se do por la Junta de Castilla y León, dirigido por Fernán Alonso, Instituto Rocasolano, CSIC; Luis Caballero, CEH, CSIC; y Eduardo Rodríguez Trobajo, INI A. convirtió en un hito historiográfico, la restauración supuso un hito para la percepción material del edificio y para la historia de la restauración. La interpretación llevada a cabo por los restauradores ha sido generalmente admitida, siendo escasas y puntuales las divergencias. San Pedro de la Nave dejó de ser un edificio resultado de su propia historia para convertirse en un «monumento» de tiempos visigodos. Dentro de la corriente dominante visigotista, aunque no única como veremos más adelante, apenas se hicieron nuevas aportaciones que reafirmasen la pertenencia de la iglesia a este horizonte cultural. No hay duda que los argumentos de Gómez Moreno eran abundantes y difícilmente mejorables, por lo que, a excepción de Schlunk (1945Schlunk (, 1970a y b) y b), nadie manejó nuevos elementos de juicio, contentándose con lo ya expuesto por el maestro. Tomando como base la datación epigráfica de Baños y su escultura decorativa y comparándola con la de los capiteles historiados de La Nave, el arqueólogo alemán supuso la existencia de una miniatura visigoda que incidiría técnica y temáticamente en la escultura de la época y que tendría su continuidad en la miniatura mozárabe, de ahí su parecido con los capiteles de la iglesia. También se basó en sus caracteres morfológicos para suponerla precedente de lo asturiano (1971b: 444-5). En esta misma línea de afianzamiento de la corriente visigotista hay que citar el estudio de la epigrafía efectuado por Navascués (1937) y las matizaciones del propio Gómez Moreno (1966: 128-31) que propone la existencia de dos maestros decoradores, el segundo de los cuales abovedó el edificio. Hasta los años 80, de la mano de Corzo (1986), no volveremos a encontrar ningún estudio monográfico de San Pedro de la Nave. Alineado con la tesis visigotista, este autor acomete un estudio minucioso del edificio para tratar de demostrar la secuencia constructiva ya intuida por Gómez Moreno. Para este autor, la iglesia primitiva sería el resultado de dos etapas edilicias marcadamente diferenciadas en aspectos espaciales -planta cruciforme frente a estructura basilical-, funcionales -iglesia monacal frente a templo abierto al culto públicoy decorativos -primer maestro frente al segundo-. La segunda fase sobrevendría por la imposibilidad técnica de rematar el primer proyecto y consecuentemente por un repentino cambio de planes. Ya hemos dicho anteriormente que la postura visigoda respecto a La Nave es 1^ más consensuada pero no exclusiva. Antes de la entrada en escena de Gómez Moreno se manejaban fechas más tardías -siglos X y XI-, si bien alguno de aquellos autores que así se habían expresado no dudaron en rendir inmediata sumisión a los postulados de Gómez Moreno una vez que éste dio a la luz su célebre artículo (Agapito y Revilla 1906). Pero, tras sentar las bases de su teoría, tampoco faltaron voces discordantes abogando por una cronología y horizonte cultural posterior. Ambos estudiosos ven en San Pedro de la Nave elementos y formas heredadas del inmediato precedente asturiano que, para el segundo, se revitalizaria con aportaciones del mundo islámico. Otro destacado mentor del postvisigotismo de la Nave fue Camón Aznar (1963), el mismo que pondría los cimientos del paradigma historiográfico que podemos llamar continuista, aunque sus actuales defensores prefieran admitir el visigotismo de la iglesia zamorana antes que la datación apuntada por Camón (Bango 1974). Partiendo de un punto de vista rupturista en el que la experimentación musulmana supondría una auténtica renovación de las soluciones constructivas y plásticas peninsulares. La Nave encontraría sus paralelos entre las creaciones asturianas y mozárabes antes que entre lo que él considera como propio del mundo visigodo, más cercano a lo paleocristiano que a lo prerrománico. LA LECTURA ESTRATIGRÁFICA La aplicación del método de lectura estratigráfica de paramentos a un edificio como San Pedro de la Nave, dadas sus peculiares circunstancias, podría parecer improcedente. El hecho de que la iglesia haya sido desmontada, eliminados muchos de los elementos que no eran originales y posteriormente reconstruida y restaurada, ha supuesto una pérdida irreparable de información, a pesar de que gracias a esta remoción se pudieron conocer una serie de importantes datos que hubiera sido imposible obtener mediante los procedimientos habituales. La actual iglesia es, por tanto, un edificio que está «interpretado», al igual que ocurre en muchas fábricas modernamente restauradas. ¿Es pertinente el empleo del método arqueológico de lectura de paramentos o debemos renunciar a él y considerar que el edificio, en una aplicación estricta del método, pertenece unitariamente a la etapa de restauración al margen de que la mayor parte de los elementos que lo componen sigan siendo históricos? Planteado este dilema decidimos llevar a cabo la lectura muraría porque, siendo de nuevo estrictos, la restauración no deja de ser una solución de continuidad más dentro de la historia del edificio, por lo tanto susceptible de ser conocido y diferenciado su impacto respecto a lo ya existente. La pulcra actuación de Ferrant impidió la pérdida de gran cantidad de información en lugares, como la zona de las naves, donde se mezclaban elementos de diferentes fases que le hubiera sido fácil uniformar. Incluso en estos sitios respetó la amalgama de aparejos, alguno muy irregular, y las huellas de la existencia de estructuras eliminadas por el restaurador, como el coro alto, poniendo el mismo cuidado en su reintegración que el utilizado en los paramentos originales. A pesar de ello en ningún momento debemos dejar de ser conscientes de que la información aportada por los elementos y actividades del edificio han llegado a nosotros a través del tamiz de la restauración de Ferrant. El método seguido es el ya conocido de lectura de paramentos o estratigrafía arquitectónica (Mannoni; Parenti; Brogiolo; Caballero y Latorre 1995; Caballero y Escribano). Acompañamos a la descripción de las distintas etapas diferenciadas y a su estudio, dos juegos de planos, los de estado actual del edificio y los analíticos con períodos y actividades, así como el listado de las actividades (A), instrumentos imprescindibles para contrastar -y en su caso rectificar-nuestro análisis. Publicamos sólo los juegos de planos imprescindibles -planta a nivel de ventanas, alzados exteriores, secciones principales y tres secundarias-, a escala 1/100aunque lo óptimo hubiera sido hacerlo a 1/50-, enfrentando al plano documental el analítico con su diagrama de zona y el código de etapas. En la lectura inicial diferenciamos unidades estratigráficas, posteriormente reducidas a actividades a la vez que se realizaban los diagramas y el listado definitivo, con las simplificaciones correspondientes. En este texto sólo nos referimos a las actividades para simplificar y facilitar la comprensión, por lo cual son ellas las diferenciadas en los planos y recogidas en el listado, ordenadas por períodos, con su nombre/definición, las relaciones directas de antero/posterioridad que cada una posee con las demás y su ubicación en el plano correspondiente. La imposibilidad ni siquiera hipotética de adscribir muchas a un período concreto nos obliga a ordenarlas por su relación temporal, usando (como ya se hizo en Arlanza, Caballero y otros 1991-92: 140-2) los signos = como coetáneo, como posterior al período que sirve de referencia. La evidencia de utilización de material de acarreo o reaprovechado en las partes más antiguas de los muros de la iglesia es insignificante. Las estelas de época romana en su día integradas en la construcción y hoy desarraigadas, no pudieron pertenecer a la construcción primitiva, pues no queda ninguna en su restauración actual, donde tampoco hay sillares nuevos que los hubieran sustituido, y no pudieron formar parte oculta de la construcción pues todos los sillares dan cara. Por lo tanto tuvieron que pertenecer a alguna reparación posterior (Corzo: 137^). Las pocas evidencias de reaprovechamiento son las del zócalo de la colum-^ Arbeiter 1995: n. 42, apoyándose en Navascués: 61, acepta que, aunque la gran mayoría de los sillares se han obtenido de cantera, una parte de ellos son estelas funerarias romanas reutilizadas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ na nororiental del crucero, un bloque prismático de granito que tiene abiertos sendos huecos en sus caras oriental, rectangular y occidental, circular. El otro elemento anterior a la construcción del edificio es un hueco abierto en un sillar que se halla tras el fuste de la columna S. del arco de entrada al ábside, un lugar inaccesible desde el momento de la colocación de la columna. La fábrica conservada que corresponde a esta fase representa la mayor parte del edificio. La encontramos repartida a lo largo y ancho de toda la iglesia, desde el ábside hasta los pies y desde el suelo hasta la cesura de las etapas posteriores, que equivale en su mayoría a la restauración de Ferrant. Su mayor presencia se da en el espacio comprendido desde el crucero hasta el presbiterio y disminuye hacia los pies, salvo en las arquerías de la nave central, que no poseen ningún resto de este momento. La unidad de esta fase, y por tanto la confirmación de que la actual planta de la iglesia corresponde con la original, se percibe por la continuidad de los muros perimetrales; por una razón estrictamente estratigráfica, al no encontrar ninguna solución de continuidad dentro de ella; y por criterios de homogeneidad constructiva. PERÍODO I. EL EDIFICIO PRIMITIVO El material dominante en los muros levantados en esta fase es una arenisca de grano fino y tonalidad rojiza. También encontramos, en un porcentaje muy pequeño, sillares de granito utilizados simétricamente para funciones de mayor resistencia o desgaste: los dinteles interiores de las ventanas que comunican las habitaciones con el anteábside; el zócalo de la columna NE. del crucero ya mencionado; y las esquinas exteriores de las habitaciones, a la altura de la primera hilada, la de la habitación N. de granito y la de la S. de conglomerado que debió considerarse con la misma función que el granito. El mármol está también presente en forma de fustes y basas de las columnas del crucero y del ábside -éstas sin basa-. La talla de la piedra, en las caras visibles de los sillares, ha dejado huellas que forman «abanicos», resultado de un desbaste a base de hacha o destral aplicado desde diferentes ángulos efectuado en el suelo, antes de colocarlos en su situación definitiva. También se aprecia en los bordes de los sillares la talla de guías de careado que pudieron efectuarse con cincel, del mismo modo que se observó en los paramentos exteriores de S. Pedro el Viejo de Arlanza, donde se pensó que habrían sido realizadas una vez colocados los sillares «in situ». Sin embargo en los paramentos interiores de La Nave parece que debieron ser efectuados a pie de obra, quizás trazando una línea auxiliar en la cara frontera, luego tallando las guías y finalmente rebajando las caras de modo que su desbastado se pueda efectuar, como hemos dicho, desde diferentes ángulos, lo que sería difícil conseguir con los sillares una vez colocados en el muro (La Nave y Quintanilla, Hauschild: lám. Los sillares resultantes están muy bien cortados y escuadrados, siendo de aparejo uniforme en su altura dentro de cada hilada, aunque no en su largura. Encontramos desde grandes bloques predominantemente de 1,4 m de largo que excepcionalmente llegan a los 1,5 y 1,6 m, preferentemente en las partes bajas, hasta estrechas lajas en las líneas de regularización. Los muros son de doble hoja, sin relleno central, predominantemente «a soga y tizón», esto es alternando sillares largos con otros estrechos, pero sin seguir un ritmo reiterativo. Es posible contar en una misma hilada hasta 11 sillares estrechos consecutivos -segunda hilada muro E. ábside exterior-y verlos desaparecer casi completamente en otras. Los sillares de mayor tamaño suelen colocarse en las hiladas inferiores, alternando con amplias series de sillares estrechos, parecidos a tizones, en la segunda o tercera hilada, mientras que en las hiladas superiores los sillares tienden a ser de tamaño medio. Los codos son poco numerosos y de pequeño tamaño; no existen grandes codos que dividan las hiladas en dos, y sólo en cinco ocasiones son tales que llegan a interrumpir la continuidad de la hilada, aunque en estos casos se trata de sillares de forma -por estar decorados o tratarse de dovelas o impostas-encajados en las hiladas. Estas tienden a la horizontalidad aunque no son extrañas las sinuosidades, sin que por ello se vea afectado el ajuste de los bloques, por cierto en extremo preciso en todas las juntas ya sean estas verticales, horizontales, curvas o diagonales y en los pequeños codos. Se observa que el friso inferior, del primer maestro, se inclina ligeramente hacia los pies de la iglesia y hacia el N. (figs. 7, 8 y 10). La cohesión de las hojas de los muros se logra mediante sillares de atado y grapas de madera. Si se contraponen los dibujos de las caras de un mismo AEspA, 70, 1997 ((((( (((((( ((("((<Â ((((((ñ (((((( (((((( ((((((%, ((((((iti ((((((( ((((((I (((((( C! ((((((& (((((( i-i muro se observa que las hiladas de ambos lados coinciden exactamente en altura, incluso con sus sinuosidades, mientras que sólo coincide el despiece lateral de algunos sillares que debemos pensar que, en su mayoría, sean piezas enterizas de atado. Así ocurre con los dinteles monolíticos de las ventanas, algunos tizones e incluso algunos grandes sillares, como por ejemplo el colocado encima de la ventana oriental del ábside. A título de ejemplo, en el alzado oriental (fig. 2) vemos que en el ábside coinciden horizontal y verticalmente seis tizones de la segunda hilada, los sillares que conforman la ventana y los que están encima de ella; en las habitaciones, de nuevo los sillares que conforman la ventana y algún tizón de las hiladas inferiores; y en los porches parece existir un trazado simétrico a uno y otro lado, un tizón en el centro de la hilada inferior, sendos sillares a la altura del alféizar y otros dos en la jamba exterior. Además la mayoría de las dovelas de los arcos son enterizas. Se puede resumir que esta coincidencia, que asegura la existencia de piezas enterizas, aparece en tizones situados en el centro de las hiladas inferiores, en los sillares que conforman ventanas y arcos y en sillares inmediatos, tendiendo a desaparecer por encima de las ventanas. Según la lista efectuada por Ferrant y documentada por Corzo (p. 52), existían grapas en todas las hiladas excepto en las primera, segunda y 14^. La mayoría de ellas no debían llegar a los 40 cm, aunque al menos una doblaba este tamaño llegando a los 70 cm y grapando tres sillares. La viga de 278x38x30 cm, que apareció encima del arco de triunfo, debió estar colocada en el hueco documentado por Alfonso Jiménez, pues los 38 cm de altura de la viga vienen a coincidir con su altura y la de la hilada del umbral del hueco de entrada a la habitación sobre el ábside (Torres Balbas: 131; Camps 1940: 607; Gómez Moreno 1966: 128, lám. IX; Corzo: 54 y 84-85, plano XVI sección C, nuestras figs. 7 y 8; Cámara. Hauschild corrige en su plano, calco del de Gómez Moreno, la situación de la larga grapa atando dos en vez de tres sillares en el ángulo SE. del ábside, plano luego utilizado por Corzo). Otros recursos son los sillares de corte adovelado con función de dintel de descarga encima de los trasdoses de todos los arcos; en las esquinas, la presencia de sillares doblados, de planta en «L» recortados en un sólo sillar; y las hiladas de arranque de las bóvedas de las habitaciones, ligeramente retranqueadas en su línea de imposta, y talladas directamente sobre las dovelas de la puerta y el dintel de la ventana que dan al anteábside para rebajar lo más posible su altura. Arcos peraltados de arranques retraídos o jambas resaltadas se ubican en las puertas de las habitaciones y en las que dan paso desde los porches al transepto. Debemos considerarlos de descarga de dinteles (Gómez Moreno 1906: 369) si atendemos a la impronta que recorre todo el intradós del arco en la puerta de la habitación S., separándose de su borde algo menos de 5 cm, y que ha de corresponder a la huella de un tímpano perdido y ligeramente remetido respecto al plano del muro. Es muy probable que esta huella fuera la del cierre primitivo, pues cuando la iglesia se desmonta este tímpano estaba vacío y su intradós encalado. En la puerta N. del crucero existen evidencias de que los sillares de imposta tenían forma de «L», como ocurre en las puertas de las habitaciones, de modo que la imposta estaba más alta que en la actualidad. Posteriormente se recortaron bajando la imposta a la hilada inferior. En relación con las puertas creemos identificar con este período una serie de huecos en las jambas correspondientes al alojamiento de las trancas que inmovilizarían las hojas. Estas cajas son visibles en las puertas, de jamba recta y sin mocheta o telar, entre los porches y el transepto y en la puerta del hastial, igualmente primitiva y que ya existía en el edificio original (también documentadas por Gómez Moreno 1966: 129). Faltan en las de las habitaciones (a pesar de la contradicción de Gómez Moreno, ibíd., posiblemente influenciado por su propia opinión genérica de que los arcos se cerraban con puertas de madera con los quicios alojados en perdidos dinteles) y en las exteriores de los porches que, por lo tanto, en época antigua serían siempre accesibles. Se conservan un buen número de ventanas en los muros antiguos, si bien han sido retocadas o parcialmente rehechas. Las tres del ábside, las abiertas en los hastiales del transepto para iluminarlo desde los porches cuando el paso entre ambos estaba cerrado y la del hastial del anteábside que sirve de acceso a la habitación sobre el ábside, son de dintel monolítico -y normalmente enterizo, esto es ocupando todo el grueso del muro, con alguna excepción como la ventana S. del ábside-, tallado con arco de medio punto y de jambas rectas, con la única diferencia de que las primeras se cerraban con celosía pétrea colocada durante el proceso de construcción de los muros, alojándose en carriles tallados en los sillares. Los vanos de las seis ventanas exteriores de las habitaciones son rectangulares al exterior y rematadas en medio punto al interior, formando un conoide para aprovechar la luz, cerradas también por celosía colocada en la cara exterior. En el aula existían al menos tres ventanas laterales en forma de tronera y una pareja abocinada en la fachada oeste -sólo documentada parcialmente la N.-, sin que, por encontrarse muy retocadas, sea posible conocer cómo se cerraban' ^. Las ventanas de los pórticos eran ajimeces con vano rectangular al interior, igual que las que comunicaban las habitaciones con el anteábside, aunque en este caso son de tres arcos, no monolíticas sino talladas en tres sillares, con el vano interior rectangular y con un banco y sendas repisas. Estas ventanas no tenían cierre. Quedan por tratar los lucemarios cuadrados de la bóveda del anteábside. No parecen originales debido a su rareza tipológica en edificios altomedievales pero es aún más extraño que Ferrant se los inventara, por lo que se debe pensar que pertenecen a una restauración moderna. El corte practicado en el intradós de la ventana E. del ábside, por su cuidado y limpieza -en contraste con la rudeza de los hechos en las ventanas N. y S.-, hace pensar en su posible antigüedad, aunque no se puede justificar su adscripción efectiva a este período. No se puede aceptar la idea propuesta por Cruz y Cerrillo (p. 199 ^) de la existencia aquí de una placa-nicho, ni la de Mórín y Barroso (p. 72) de que posteriormente sería cortada para realizar la ventana actual. Es cierto que se rebajó parte del arco y de su decoración (fig. 12), pero allí no pudo existir una placa nicho porque sólo está cortada la parte semicircular superior, no todo el vano que es lo que daría la forma de placa; porque el rebaje no llega a todo el ancho de la ventana, acusando un ligero abocinado cuando el resto de la ventana es recta; por existir, como en las demás ventanas, una carrilera para celosía, indudablemente original, lo que sería ilógico sin ventana; y porque su tipología coincide con la de las otras dos ventanas, abiertas en un sillar monolítico y definidas por un arco, lo que está a favor de que el esquema fuera similar. Tampoco debemos dejarnos confundir por la aparente semejanza de la venera decorando la parte alta del alfiz con los remates de las placas nicho, ya que en ninguna de éstas aparece bajo la venera otro arco como sería el caso aquí. Por lo tanto parece que simplemente se rebajó la decoración, por encima del friso de arquillos u hojas estilizadas. La decoración perdida parece que era simétrica a cada lado, formada por dos pequenitos arcos como los que aparecen en el friso de hojas estilizadas de su base, con dos puntos encima y el resto hasta la clave liso. Se puede aventurar que se decidiera ampliar la ventana por no seguir la decoración un esquema adecuado. Las ventanas tríforas de las habitaciones presentan en sus alféizares unas cajas, rectangulares alargadas en la dirección del muro, algo retranqueadas respecto a la línea del muro, de 13 x 8,5 cm (representadas en nuestra planta, fig. 1). Las huellas de la ventana N. se diferencian de la S. en que apenas se observan al estar rebajada la superficie del alféizar, rebaje que tiene que pertenecer a la etapa constructiva de la iglesia, dado que coincide con las jambas de la ventana, de modo que la altura del escalón en el alféizar N. es justamente la altura que tienen las cajas en la ventana S. De ser así, las cajas visibles son previas a la ventana definitiva y coetáneas a la construcción del edificio. Además las parejas de columnitas de las dos ventanas tienen su propia caja, dado que debieron tallarse sobredimensionadas y ajustarse luego al tamaño real de la ventana encajándolas en los alféizares. ¿A qué pudieron deberse? Por su cercanía a las de las actuales columnitas se puede pensar que sirvieran para una ventana de forma distinta a la actual pero de similar ubicación. Es imposible una ventana de tres vanos iguales, pues cada vano tendría algo más de 70 cm y en total la ventana resultante sería el doble de la actual, de cerca de 2,40 m de longitud, llegando por el E. hasta la jamba de la puerta y por el O. rebasando la esquina de la habitación. Otra solución es la de una ventana con arco central mayor y laterales más pequeños, sólo algo mayor que la actual lo que recuerda soluciones asturianas como las de Santullano y San Tirso de Oviedo ^. En cualquier caso esta propuesta es una hipótesis sin posible demostración y tiene en contra la planta rectangular de las cajas -que para columnillas se esperarían cuadradas-, de las que no conocemos paralelo. A esta fase corresponde igualmente la puesta en obra de todo el aparato escultórico del edificio, el cual, cuando fue necesario, sacrificó parte de su integridad con el fin de ajustarse a la construcción, tal como podemos observar en las fotografías del tras-"* Se conservan cuatro dinteles tallados para ventanas abocinadas que pudieron pertenecer a estas ventanas del aula, con aberturas de 20, 23, 36 y 40 cm. Corzo: 137. ^ Puede que quieran referirse a su significado más que a su forma, aunque no es esto lo que se deduce exactamente de su texto: la pieza encajada en el fondo de la cabecera de S. Pedro de la Nave es una más de la serie de las placas-nicho. ^ Las ventanas actuales recuerdan a su vez otras asturianas, como la principal del ábside de Valdediós, trifora exteriormente y adintelada y recuadrada en su interior, y la ventana de ia cámara sobre el ábside de Santullano (Arias 1995: 49, 219 y 230). Las ventanas con alféizar rebajado en la cara superior de la hilada de base, columnitas monolíticas de altura equivalente a la hilada intermedia y arcos recortados en los sillares de una tercera hilada son similares a los arquillos ciegos de los frisos que decoran los alminares cordobeses de la gran mezquita (946 d.C.) y de S. Juan de los Caballeros (fines del IX, inicios del X) y a los de las iglesias de S. Fructuoso de Montelios (considerada visigoda con dudas) y S. Pedro de Lourosa (considerada mozárabe del 912; Hernández: figs. 7, 8, 23 y 24 y láms. AEspA, 70, 1997 lado, donde la pieza más oriental del friso que recorre el muro S. del ábside ocultaba parte de su decoración por el encuentro con el muro de cierre de la cabecera (Corzo: fig. 119). Lo mismo debió ocurrir, como veremos, en las caras de las impostas del crucero que dan a las arquerías del aula. De hecho se comprueba que todos los sillares decorados del primer maestro no continúan su dibujo unos en otros, sino que son independientes entre sí (ñg. Sólo en las ventanas N. y S. del ábside comparten decoración tres y dos sillares respectivamente. Las impostas de las naves sobre las que arrancan las bóvedas están talladas a medida, de modo que se componen de una parte recta que continúa la cara del muro y que varía en altura y de una media caña y el friso, de altura constante. Ciertas partes de la decoración del segundo maestro están inacabadas, así la cornisa SE. del transepto y las caras O. del cimacio NE. del crucero. En el primer caso la decoración queda interrumpida en su extremo derecho, presentando la pieza contigua su superficie lisa, a la espera de ser decorada (Corzo: fig. 133, nuestras figs. 10 y 13). En los cimacios queda lisa, sin decorar, la zona a la izquierda de los pájaros afrontados (Caballero 1990: foto 10, con la ubicación equivocada, y nuestras figs. 10 y 14). Esta parte final de los sillares probablemente debía ser rebajada al plano del paramento, como se observa en el cimacio NO., lo que no llegó a realizarse. El sillar en el que está inscrito el horologio es indudable que fue puesto allí en esta fase constructiva. La apariencia inconclusa de la inscripción, normalmente aceptada (Navascués: 64, someramente escrita), o la de reutilizada, defendida por Puig i Cadafalch (p. 133), no es en realidad tal sino más bien el desgaste producido por un roce no deliberado ni abrasivo, de ahí lo terso de su superficie (Caballero 1995: 409 a medio borrar), producido por la acción de descorrer la cortina que cerraba el arco de triunfo y que colgaba de una trabe acomodada en dos cajas colocadas en los muros laterales del anteábside, en su parte más próxima a su encuentro con el testero, encima del friso decorado. Es posible que esta cortina pertenezca a la primera etapa de la iglesia, pero no existe una evidencia definitiva. Observemos también que, excepto estos huecos y otros similares que veremos más adelante, no ha llegado a nosotros ninguna huella para alojar canceles o cierres. PERÍODO IL PRIMERA RUINA. El edificio, quizás recién terminado (Torres Balbás: 131), sufrió una fuerte ruina, por un impropio abovedamiento, de modo que su aula, desde el crucero hasta el has-tial, colapso de forma violenta. La inclinación del muro oeste del transepto tuvo que abrir los arcos N. y S. del cimborrio y provocar el hundimiento de sus bóvedas. La última en hundirse fue la del anteábside, en 1895 según documenta Gómez Moreno (1906: 368), aunque pudo ser, con mucha seguridad, una restauración anterior. Si a ello unimos que la reparación de los arcos no presenta las mismas características técnicas que aquellas reconstrucciones que sí sabemos con certeza fueron llevadas a cabo tras el desastre en las arquerías de la nave central, podemos asegurar que, mientras que el grueso de la ruina del aula y, posiblemente, del cimborrio debió sobrevenir en este momento, las demás se prolongaron en el tiempo. En el período I no se trató la estructura del aula, por tener mejor acomodo en la discusión de este período. Tras la ruina se acometieron los trabajos de reconstrucción de las partes dañadas, entre las cuales se encuentra con toda certeza la zona más baja de las arquerías de la nave central. La técnica empleada para reparar los pilares, en cuanto al asiento y aparejo de sus sillares, es en todo idéntica a la utilizada en el período L Este dato obligó a pensar si no serían en realidad restos supervivientes del colapso del período L El argumento que invalida en parte esta idea vino de la observación de los pilares más orientales que están en contacto con el crucero. Cuando Ferrant «enderezó» la iglesia, notoriamente deformada en este lugar, volviendo los sillares a su lugar de forma exacta (Camps 1940: 598-9), tuvo que introducir una cuña de relleno, lo que indica a las claras que el pilar se adosó a un muro inclinado, para lo cual se precisó cortar con la misma inclinación la cara de los sillares adosados al crucero (Corzo: 189). Al recuperar su perfecta perpendicularidad el muro del crucero se creó el hueco rellenado por el arquitecto. En principio este argumento no es decisivo ya que podría haberse dado la circunstancia de que algunas partes de los pilares no se arruinaran quedando en el mismo lugar anterior al movimiento, con la salvedad del pilar más cercano al crucero, el cual sería reajustado mediante el pertinente recorte de los sillares. Por lo tanto, la lectura estratigráfica y la observación sobre el modo constructivo aseguran que las partes inferiores de las tres pilastras de las dos arquerías, incluyendo siempre como mínimo los dos primeros sillares a partir del suelo, pertenecieron, sin duda, a este período III y pudieron pertenecer al período I, aunque de ello no tenemos absoluta seguridad. Discutimos a continuación los datos que nos informan sobre el grado de seguridad y la forma que pudieron tener las arcadas en los períodos I y IIL Partimos de la idea de que en el período I el aula estaba organizada en tres naves, sin que tengamos la seguridad de que su separación se hiciera por arquerías corridas que soportaban bóvedas, aunque es probable que así fueran ambas cosas, la primera por la utilización en este período de arcadas y la segunda por el tipo de ruina producida previamente, como veremos más adelante. Tras el colapso del sistema arquitectónico -fuera como decimos o diferente-, la reforma organizó el espacio de separación de naves mediante arquerías sobre pilastras, que posiblemente soportarían ya cubierta de madera, cuyo ritmo de intercolumnio ha perdurado hasta nuestros días, aunque restauradas en épocas posteriores. Se organizan con tres arcos de 1,6 m de luz apoyados en pilares de 0,6 m de ancho, a excepción del occidental que, aunque perdido absolutamente -recreado por Ferrant-, tuvo que arrancar del muro de hastial dada la situación conservada de la tercera pilastra. Por lo tanto, la discusión se centra en comprobar hasta qué punto esta organización mantiene elementos pertenecientes al esquema primitivo o hasta qué punto se separó de él ensayando una nueva fórmula. El análisis se centra en dos puntos: cómo arrancaba la arquería en cada uno de sus extremos. En el extremo oriental hay que descartar la posibilidad de que el arco partiese del cimacio-imposta del crucero (como propone Corzo: pl. XXX y admite Caballero 1995: 392), debiéndose aceptar que había de arrancar de una pilastra o semipilastra adosada al muro del transepto por las siguientes razones: es imposible colocar el salmer y las primeras dovelas del primer arco de la arcada en el lugar y con la forma de las del arco de la nave central, del que conocemos la forma del salmer por la foto del momento del desmonte, de planta trapezoidal con el lado oblicuo para adosarse a inglete ^ a la pieza correspondiente al arco del transepto (Corzo: fig. 57); las caras O. de los cimacios están decoradas sólo parcialmente a sabiendas de que lo tallado quedaría oculto por el muro o la arquería que separara las naves (Corzo: fig. 71); y la pilastra, obligada por las razones dadas, había de adosarse pues sabemos que el paramento occidental del muro que cierra la nave es liso y que en él no podía enjarjar dada la situa-^ Llaman la atención dos piezas, consideradas por Corzo (p. 134) de tipo visigodo clásico, decoradas con círculos secantes y cortadas a inglete, aunque nada pone en relación su corte, que debemos suponer de reutilización, con el de las dovelas de los arcos. ción de la ventana. En consecuencia, si existía arco tenía que apoyarse en una pilastra adosada al muro del transepto tal como lo hace hoy, al margen de la altura a la que tuviera la línea de imposta. En el extremo occidental se plantea un problema semejante, si el último arco descargaba sobre el muro, directamente o a través de una ménsula entrega, o si lo hacía sobre una pilastra. La identificación de un cajeado en el paramento original de este hastial -perfectamente realizado, incluso con cajas que salen de su línea para sillares doblados, rellenas con piezas colocadas por Ferrant-y luego ocupado por un muro posterior al momento al que nos estamos refiriendo (A 1009), aboga por una pilastra perdida. De ser así -aceptando la existencia de arcadas-, la solución primitiva tendría pilastras o semipilastras a cada lado y por lo tanto un ritmo distinto del actual, de modo que la restauración del período III estuvo obligada a moverlas de su lugar en una distancia equivalente a medio o un cuarto de pilastra. Esta solución debe corregirse con la observación que se puede hacer a partir de las ventanas laterales (Corzo: 105). Según el ritmo de sus ejes y repartiendo el espacio entre ellos con el pie forzado de los 0,6 m de ancho de las pilastras, resultan vanos de 1,70 m -en vez de los actuales 1,60-y pilastrillas laterales de 0,15 m. Una pilastrilla de esta salida es inaceptable por demasiado estrecha para adosarla en el lado E. y habría que pensar que el ritmo de las arcadas no se sometía exactamente al de las ventanas, prorrateando al menos 0,15 m más para el ancho de la semipilastra de arranque. Más allá de la organización de las arquerías no quedan otros restos pertenecientes a esta fase, abriéndose la incógnita de la forma en que fueron reparados los muros y cubiertas. Con relación a estas últimas, la ruina producida y el movimiento del transepto fue tan profundo que no es lógico que se volvieran a reconstruir las hipotéticas bóvedas en el aula, por lo que se puede asegurar que se colocaron armaduras de madera. No es extraño que la ruina del aula volviera a reproducirse a pesar de que la cubierta ya no fuera abovedada, pues, dada la inclinación de su muro O., el transepto siguió moviéndose como demuestra la posterior restauración de sus arcos N. y S. La parte superior de las pilastras (A 1006) podría pertenecer a esta misma fase aunque las hemos diferenciado de la parte inferior (A 1004) por ligeras diferencias técnicas. Frente a la abundante decoración de la cabecera y crucero de la iglesia, esta parte no conserva ningún resto de escultura decorativa in situ. Esta ausencia es llamativa pero no existen argumentos defini- PERÍODO IV SEGUNDA RUINA. Una nueva solución de continuidad da constancia de otra ruina violenta que abate de nuevo buena parte del área basilical, siguiendo una pauta idéntica a la de la anterior. Las pilastras oriental y central de ambas arquerías quedaron enteras -aunque no debemos olvidar que la A 1006 pudo pertenecer o no al período anterior-mientras que de la occidental sólo las dos primeras hiladas. Los arcos central y occidental se arruinaron totalmente y el oriental conservó únicamente el salmer y la primera dovela orientales (figs. 7 y 8). En cuanto a los muros laterales y de hastial las ruinas son escalonadas, con más hiladas arrasadas hacia los pies. También se evidencia otra ruina que afecta a los muros exteriores de la habitación N. y que hemos incluido por economía en este período, aunque nada demuestre ninguna relación entre ambos desastres (figs. 2 y 5). Mientras que en el primer caso la explicación es fácil encontrarla en la precariedad de las estructuras de esa zona desde que tuvo lugar la primera gran ruina, en el segundo caso no ha sido posible hallar una respuesta plausible, más aún si tenemos en cuenta que en el interior de la habitación no aparece ninguna huella de colapso en la bóveda. PERÍODO V. RESTAURACIÓN DE ÉPOCA PLENO/MEDIEVAL (figs. 3 a 9 Las reparaciones (A 1009) subsiguientes a la ruina, para la nave central y muros de las naves laterales, tuvieron como consecuencia un cambio en la fisonomía del espacio. Reutilizando sillería anterior, a veces sin retocar y otras cortándola, se aparejan paramentos de hiladas muy irregulares y poco precisas en el ensamble de las juntas. Aparecen numerosos y marcados codos. De las arquerías de separación de naves sólo se restauraron los arcos centrales, de los que sólo han llegado a nosotros los salmeres y primera dovela del N., y se reforzaron, también con sillares, los vanos laterales macizándolos para evitar las continuas ruinas, quedando únicamente practicable el vano central, que se cerró -en éste u otro período posterior-con puertas de madera en la arquería S. (A 1114, fig. 8). De esta forma se independizaron las naves laterales, quedando como nuevas habitaciones con una nueva funcionalidad, por ejemplo funeraria a la vista del sarcófago de la nave N. El macizado de los arcos orientales fue eliminado por Ferrant ya que simplemente se adosaba a las pilastras contiguas sin llegar a integrarlas en su estructu-ra, algo que no ocurre en el macizado occidental, donde la parte baja del pilar antiguo queda subsumida en la nueva construcción. Gómez Moreno confundió la hilada inferior de este refuerzo en el arco del E. con los muros originales, como lo representa en sus dibujos (Gómez Moreno 1906: fig. en p. Los muros de las naves laterales, como decíamos, también son reparados con la misma técnica constructiva. Las partes rehechas unen perfectamente unas con otras, tan sólo separadas por la actual puerta remodelada en la restauración, la cual habría sido seguramente también cegada en este período. Las ventanas originales abiertas en estos muros, tres a cada lado, a pesar de estar perdidas en mayor o menor medida, siguieron ocupando el mismo lugar y teniendo similares dimensiones que las antiguas. Con la misma técnica y material se reconstruyeron los muros de la habitación N. El elemento que nos sirve para encuadrar de un modo relativo y muy genérico esta fase son unos canecillos de época románica (A 1011, fig. 3) integrados -más bien reaprovechados-en un momento posterior (período VII). La última ruina que hemos podido documentar afecta a las estructuras comprendidas entre el crucero y el hastial. Los muros de la nave central y laterales colapsan de nuevo aui\que no de forma tan traumática como en ocasiones anteriores. Los materiales empleados en esta reconstrucción son el granito, cortado en sillares mal escuadrados y heterogéneos en tamaño, la pizarra en forma de lajas estrechas y alargadasexcepto en los muros de las naves laterales-y materiales originales de la fábrica más rodados, deteriorados y cortados a menor tamaño. La pizarra es la piedra utilizada para levantar los muros de la nave central a excepción de las ventanas abiertas en el lado S., confeccionadas a base de sillares, algunos de arenisca reapro vechado s y otros de granito. Idéntica combinación pétrea presenta el arco apuntado de la arquería S., junto con su simétrico en la arquería N., este último que sin embargo no es ojival (figs. 7 y 8). Este lienzo pizarroso se encuentra cortado y en parte sustentado por los arcos de ladrillo recreados por Ferrant, por lo que debemos imaginar su verdadero aspecto prescindiendo de los mencionados arcos y apoyando, en su zona oriental, en el macizado que el arquitecto eliminó. Al exterior la cornisa apoyaba en una serie de canecillos, algunos reaprovechados de la etapa previa y otros, de granito con forma y talla muy groseras, hechos en ese momento (figs. 3 y 5). La presencia del arco apuntado y las ventanas nos permite datar este período como tardomedieval. A través de antiguas fotografías y por el tipo de material empleado hemos encontrado pruebas de esta fase, luego eliminadas por Ferrant, en los porches, donde se veía cómo apoya sobre la parte reparada la última cubierta de madera (Heptener, Corzo: fig. 55), al igual que la espadaña y el cubo que albergaba su escalera (Duero, Corzo: fìg. Las actuaciones que reestructuraron la iglesia en esta época desaparecieron íntegramente cuando la iglesia fue desmontada. En las fotografías previas al traslado (Heptener, Corzo: figs. 33 y 34) se puede observar un recrecido de los muros de las naves laterales hasta una altura que permitió la realización de un tejado a dos aguas que ocultó exteriormente los muros de la nave central. Esta intervención fue posterior al período VII por la sencilla razón de que en ese momento se incorporaron las ventanas altas, lo que no tendría ningún sentido si existiese otro muro que impidiera la entrada de luz. Además se adecuaron las naves laterales para espacios cultuales. De esta forma encontramos en ambas naves los anclajes de un entramado de madera en el que se desarrollaría una bóveda de cañizo y estuco (A 1022) que daría más empaque a las nuevas estancias litúrgicas (fig. 6). También observamos la impronta de lo que pudo ser un altar (A 1024) pegado al muro E. de la nave N. (fig. 11). Para crear una mayor privacidad de estos espacios se taparon los vanos en forma de parejas de arcos que comunican las naves con el crucero. A los pies de la iglesia se hizo un coro alto de madera (A 1023) perfectamente reconocible en las fotos de época (Archivo Mas, Corzo: fig. 47), que Ferrant prescindió de recrearlo pero teniendo el cuidado de dejar intactos los cajeados de sus vigas. Finalmente, en esta fase se abrieron unos arcos que permitieron el tránsito desde el crucero a las habitaciones delanteras, alterándose muy posiblemente su funcionalidad (figs. 6, 9 y 10). ACTIVIDADES FUERA DE PERÍODO. La utilización del entorno inmediato de la iglesia, por la parte más cercana a la cabecera, como cementerio, iniciado en época muy antigua, queda atestiguada por las rozas que sirvieron para encajar sendas cubiertas de tumba, una en el muro S. del ábside (A 1042) y la otra en el mismo paramento de la habitación meridional (A 1043). Los desagües graníticos de la cubierta y la segunda reparación de la habitación N. (A 1007, fig. 3) son elementos a los que no hemos encontrado forma de asignarles una fase concreta. La única certeza que tenemos es que son posteriores al período V y anteriores al traslado (período IX). Tampoco es posible ubicar con certeza en la secuencia una serie de habitaciones adosadas a los muros exteriores de la iglesia. 5) en el muro N. de la nave septentrional indican una habitación de la que sólo podemos decir que es posterior al período VII ya que algunos de los huecos están abiertos en la reparación del muro correspondiente a esta fase. En el muro SO. del transepto hay un par de rozas (A 1087 y 1121, fig. 4) en posible relación con la caja de la escalera que allí existió antes del desmonte. Finalmente, en el muro NE. del transepto son visibles dos líneas de mechinales a diferente altura (A 1046 y 1047, fig. 2) cada una asociada a una estancia diferente. Imposible saber cuál es anterior y posterior. Interior En el ábside, el retablo y altar existentes antes del traslado pueden asociarse, respectivamente, a cortes de las paredes (A 1032 y 1034, fig. 7). En este mismo entorno hay al menos dos suelos (A 1031 y 1030), el primero de ellos formando un escalón. Las ventanas N. y S. han sido burdamente retalladas rompiendo parte de la decoración para hacer más grande el paso de la luz (A 1062). Por último, en la embocadura interior tenemos dos agujeros para un cierre (A 1035). De nuevo es muy arriesgado pronunciarse respecto a su datación si bien la A 1025, debido a su posible relación con las zapatas de la parte baja del muro en el que aparece, podría ser original. En el anteábside hay trabes para colgaduras (A 1005, 1037 y 1107, figs. 7 y 8), la primera sobre el friso decorado junto al muro O. del ábside, la segunda encima de los cimacios de su arco de triunfo y la última sobre el cimacio de las columnas orientales del crucero. Alguna de estas cortinas pudieron ser de época primitiva y quizás expliquen la ausencia de canceles. En relación con una ruina y restauración de la bóveda del anteábside detectamos unos cajeados (A 1054, figs. 7 y 8) sobre la línea de cornisa. Otra actuación destacada es la reparación de los arcos N. y S. del crucero (A 1108). El desplazamiento de la parte occidental de esta estructura hizo que los arcos de dirección E-0. perdiesen tensión y Los porches (figs. 10 y 11) poseen una serie de elementos imposibles de secuencializar pero cargados de información sobre su uso histórico. La persistencia de este elemento -altillo o camaranchón-a lo largo del tiempo evidencia la reiteración de un uso que se nos escapa pero que no se repite en el otro porche, carente de huellas parecidas. Bien es cierto que en el meridional pudo darse la misma circunstancia y que no seamos capaces de percibir nada más que el profundo hueco de tranca del primer cierre, a causa del corte (A 1018) que rebajó todo el vano, jambas incluidas. De lo que no hay duda es de la ausencia en esta puerta de soluciones de cierre desde el momento del retalle del arco. Sin embargo en el otro lado vemos que seguía existiendo una puerta hasta el instante justo del traslado (Archivo Mas, Corzo: fíg. De todo esto deducimos que el porche N., a partir de algún momento, se convirtió en depósito o almacén con una planta adicional, aislándose dpi resto del edificio e impidiendo el paso por él a la iglesia, con lo que puede que a partir de cierta fecha el único acceso que le quedó a la iglesia fue el del porche S., pues el de los pies, como ya apuntamos, se cegó posiblemente en el período V. Esta deducción está confirmada por las fotos inmediatas al traslado del edificio, en que se ve cómo el acceso al porche N. está cegado de obra (Gómez Moreno 1906: fig. 36 En el porche S. es digno de destacar el corte producido en la puerta de comunicación con el crucero (A 1018, figs. 9-11), que transformó profundamente la fisonomía del vano, eliminando, sino lo estaba ya, el dintel y el tímpano así como rebajando las dovelas del arco hasta hacerlo escarzano. En el acceso exterior de este porche se labró una roza (A 1071) para colocar una puerta de madera de la que estamos seguros no es original ya que destruye parte de la decoración de las impostas. El límite inferior de este corte nos habla de la altura del suelo en el momento de colocar la puerta. La degradación de la piedra ha sido igualmente diferenciada mediante un número específico de Actividad (A 1027). A pesar de lo blando del material predominante, la arenisca, el estado de conservación de los muros es bastante bueno, excepto en las partes más bajas donde, inevitablemente, el contacto directo con el suelo propició su degradación gracias a las humedades producidas por su secular soterramiento y probablemente su alto contenido en materias orgánicas. Es obvio que todas las partes del edificio que se decidieron conservar se vieron afectadas por esta actividad. Lo que aquí queremos poner de manifiesto son las actuaciones específicas relacionadas con este hecho. Por ejemplo las marcas hechas con pintura roja en los sillares que, según una clave de números y signos, indicaría la ubicación de cada uno de ellos en la fábrica, apenas reconocible pues hemos de suponer se prefirió señalar alguna de las caras que quedarían ocultas tras el montaje. Por ello sólo las conocemos en una de las dovelas del arco central de la arquería N., en la ventana al anteábside de la habitación delantera y en las jambas y el umbral del arco de triunfo. También son visibles estos signos en la viga de madera hoy conservada en el Museo de Zamora donde aparece una flecha apuntando a un signo en forma de omega levantada, el número 574 quizás correspondiente a la numeración seguida de los elementos trasladados, una letra C y gotas de pintura. La flecha pudo marcar una orientación geográfica, quizás el Este si la omega fuera en realidad una E. La cara marcada, que corresponde con la de las cajas para grapas, debió ser la visible al desmontar las hiladas y por lo tanto la superior. DESMONTE Y TRASLADO DE LA IGLESIA Otra evidencia del traslado, con vistas a la recolocación de la iglesia, son unas líneas de nivelado, paralelas al suelo e incisas a diferentes alturas en los muros exteriores. PERÍODO X. LA RESTAURACIÓN. La reconstrucción de la iglesia dio como resultado el edificio tal como hoy lo conocemos. Dirigidos los trabajos por el arquitecto Ferrant, siempre con el cercano asesoramiento de Gómez Moreno, el objetivo que presidió esta labor fue devolver al edificio el aspecto que, a juicio de este equipo, había tenido la iglesia en su origen. Esto supuso la recreación de las partes desaparecidas así como la eliminación de aquellas otras que enmascaraban los paramentos primitivos. Este último hecho significó la eliminación de todas aquellas construcciones que a lo largo de la historia se habían ido adosando y superponiendo. Sin embargo, cuando las partes antiguas se encontraban prácticamente perdidas y sustituidas por otras más modernas, como en la zona de la nave central. Ferrant decidió conservarlas parcialmente en vez de reemplazarlas por reconstrucciones ideales, manteniendo la misma exquisitez y cuidado en su reintegración formal y material. En cuanto a aquellos muros, arcos y bóvedas que sí fueron obra del restaurador, se utilizaron materiales -piedra de conglomerado en los muros, ladrillo en arcos y bóvedas y cimborrio y madera en las cubiertas-perfectamente distinguibles de los primigenios con una clara intención de evidenciar qué es nuevo y qué antiguo. Gracias a esta franqueza en la intervención resulta fácil conocer con exactitud dónde se ha producido ésta y cuál ha sido su alcance. El resultado es un edificio «interpretado» a partir, por un lado, de evidencias arqueológicas aparecidas durante el desmonte del edificio y, por otro lado, conjeturas constructivas del propio arquitecto. Al primer grupo corresponden, por ejemplo, la reapertura de la puerta del hastial, el altar sustentado por pilastrillas, la recuperación desde el exterior del juego de alturas de las naves, el desbloqueo de algunos vanos, la reconstrucción de las bóvedas hundidas, etc. Lógicamente en el aula, aunque un técnico tan autorizado como Torres Balbas pensaba que el edificio primitivo estaba abovedado también en esta zona, se mantuvo la cubierta de madera que terminó imponiendo su imagen al análisis del edificio. En cuanto a las partes conjeturadas tenemos el cimborrio y la reconstrucción en altura de los porches. La recreación del cimborrio fue antes que nada de tipo volumétrico. Suponiendo los problemas que dicho elemento había causado a la estabilidad del edificio. Ferrant levantó su cimborrio con materiales ligeros y renunció a ensayar ninguna solución cupulada. Los porches, por su parte, fueron recrecidos hasta alcanzar la cota de la nave central y anteábside. En su interior mantuvo unas piezas de granito sobresaliendo de la línea del muro en las que según Gómez Moreno se apoyaban los forjados de los altillos (A 1012, figs. 10 y 11). A través de la documentación de Heptener se comprueba la existencia de estas piezas y cómo Ferrant eliminó todo lo que no fuera primitivo (Corzo: figs. 54, 55 y 60). También cerró con un tabiquillo los huecos de paso abiertos entre las habitaciones y el transepto, recuperando la volumetria del edificio primitivo, pero manteniendo la lectura de esta intervención histórica. A él o a una intervención inmediata deben per-tenecer también los cierres metálicos y con cristal de ventanas y de las habitaciones. En un sillar de la nave central, correspondiente al primer arco. Ferrant utilizó el-cosido con grapa metálica para salvarlo en su integridad. Desde los trabajos de restauración de comienzos de los años 30 hasta el momento actual se han producido algunas actuaciones puntuales. Algunas de las piezas de escultura decorativa originales -capiteles, fragmentos de friso-que Ferrant rescató de su reutilización en muros más modernos y había colocado como retablo sobre la mesa del altar, tras la reforma litúrgica fueron reubicadas con mayor o menor fortuna en diferentes lugares de la iglesia, en concreto en las esquinas interiores NE. y SE. del ábside y el muro E. de la habitación N. (A 1130). Muy reciente es la colocación del parteluz de la ventana O. del porche N. (A 1134). La intervención de mayor envergadura pero que no cambió el aspecto de la iglesia fue un retejo llevado a cabo en los años 80 (A 1132). Otra acción que, en cambio, sí atentó contra la integridad del edificio fue la colocación de las actuales puertas de los porches, para lo cual se abrieron cajas en los muros (A 1135). Por último se han producido unas grietas -no parece que alarmantes-en los muros reintegrados con ladrillo del cimborrio. La lectura efectuada no aporta una fecha para la construcción del edificio. Sin embargo, sirve para acercarse a una comprensión prácticamente definitiva sobre qué nos queda del edificio primitivo y sobre los problemas que plantea aún no resueltos. A la vez, nos permite comprender su secuencia histórica, los elementos que no forman parte del edificio primitivo, a qué obedecen y por lo tanto su relación genética con la vida del primer edificio. A través de este estudio se puede argumentar sobre las partes perdidas. Argumentación a favor de un único proyecto constructivo Historiográficamente el edificio de La Nave ha llamado la atención por las aparentes incorrecciones que presentaba y que se han intentado explicar por medio de dos etapas diferentes en su primera construcción. Gómez Moreno ya señala estas incorrec- ciones y las diferencias decorativas, definiendo dos maestros escultores y el cambio de proyecto en la obra, aunque sin llegar a plantear dos etapas diferentes, sino una corrección o adecuación del proyecto a los problemas que surgían según se avanzaba en la construcción, resueltos por el segundo maestro con un estilo decorativo distinto, colocando las columnas y abovedando el crucero (Gómez Moreno 1906: 307 y 1966: 129-30). 46), sin embargo, propone la unidad del edificio, aceptando lógicamente la presencia de dos maestros decoradores que incluso utilizarían «un repertorio muy semejante». 147) desarrolla la idea de Gómez Moreno, pero diferenciando, como él mismo señala, que el cambio no fue algo producido dentro de un mismo proceso de obra, sino un cambio radical de proyecto y de plan constructivo. Además se puede aducir otra diferencia con Gómez Moreno, ya que Corzo parte de un primer proyecto totalmente abovedado -diríamos que a la bizantina-para llegar a otro segundo también abovedado; mientras que de la postura de Gómez Moreno puede deducirse que el primer edificio no era abovedado. En contra de la opinión de Corzo, Caballero siempre ha defendido la unidad estricta del edifìcio, justiñcando las aparentes incorrecciones y los dos maestros por deficiencias y modos de hacer propios del sistema constructivo empleado (Caballero 1995: 334-5 con un resumen de Gómez Moreno y Corzo). Nuestro trabajo aplica un método de lectura que intenta resolver esta ambivalencia en la comprensión del edifìcio primitivo. Dada la importancia del estudio de Corzo y la contradicción con nuestras conclusiones resumimos a continuación su postura. Según Corzo, la iglesia fue construida en dos fases consecutivas pero diferenciadas, separadas por una interrupción de los trabajos y un cambio de equipo y de proyecto. El primer proyecto, que pretendía construir una iglesia cruciforme totalmente abovedada, en el instante del repentino cambio de planes sólo había avanzado hasta la séptima hilada en la parte oriental -con algunos bloques decorados todavía sin colocar-y hasta la tercera o cuarta en la zona occidental del crucero. Desde ahí hasta los pies nada estaba hecho. La siguiente fase em- prendería su acción constructiva a partir del punto en que quedó la anterior, terminando de colocar la decoración que aún estaba suelta y aportando además su propio repertorio escultórico. Esta segunda iglesia, de planta cruciforme abovedada en la cabecera y con aula posiblemente abovedada añadida a los pies, apunta Corzo que tampoco llegaría a rematarse, o bien que sufrió una temprana ruina, al no encontrarse evidencias de su existencia en la parte occidental del templo salvo las hiladas inferiores del hastial. 171-3) reconoce las diferencias entre los dos proyectos por una serie de hechos como la errónea colocación de piezas del friso del primer maestro, el retalle de sillares y el distinto trazado, despiece y módulo -peraltado-de los arcos que comunican el transepto con los porches. Sin embargo tácitamente sostiene que técnica y materialmente no hay ninguna diferencia entre los dos planes, hasta el punto que la parte oriental se llegó a rematar según se concibió en el proyecto primitivo y que en el crucero y las naves se practicaron las alteraciones mínimas imprescindibles. Con este razonamiento el propio autor está negando la existencia de una diferencia físicamente percibible, apoyando su discurso en criterios tipológicos. En nuestra lectura de la secuencia estratigráfica de la iglesia, no hemos encontrado ninguna cesura que permita distinguir las dos etapas señaladas por Corzo en las partes más antiguas del edificio, por muy inmediatas que hubieran sido, al estilo de las detectadas, por ejemplo, en San Pedro el Viejo de Arlanza -interfaz, cambio de módulo de sillares, aparición de mechinales-, aunque en este caso se supone que lo que hubo entre ellas fue una ruina y no un cambio de plan (Caballero y otros 1991-92: 142-3; Caballero y Cámara: 85-6). Nuestra observación es que el edificio constructiva y arquitectónicamente es unitario, al margen de su mayor o menor grado de conservación y con excepción de las arquerías de la nave central que, en su estado actual, pertenecen a una restauración posterior. La continuidad de la fábrica original está presente en todos los muros lo que implica aceptar que el edificio debió culminarse de una vez según un único plan. Un edificio de planta como la actual, con dos escultores simultáneos, plausiblemente con arquerías sobre pilastras y abovedado por completo. Los materiales y las técnicas constructivas son hasta el detalle semejantes en todo el edificio. La conclusión unitaria aportada por la lectura de paramentos obliga, al contrario, a buscar una explicación a las aparentes diferencias, que deben achacarse a la organización y al trabajo propio del momento en que se construye el edificio, como los dos maestros; la manera de orga-nizar la decoración el primero, de modo que todos y cada uno de los sillares son independientes entre sí, tallados específicamente para su lugar, aunque parte de la decoración quedara oculta; la riqueza en los tipos de ventanas y puertas; la organización del crucero con sus columnas o la del aula, etc. Sobre la forma de las arquerías y el abovedamiento de la iglesia Existen otros problemas no resueltos directamente por la lectura pero a los cuales ésta aporta datos nuevos con los que argumentar soluciones. Uno de ellos es el de las arquerías. Nuestra conclusión, no definitiva porque no han llegado a nosotros elementos indubitablemente correspondientes al momento primitivo (como ya señaló Corzo: p. 105), pero deducida de la primera restauración histórica, es que debieron existir arcadas sobre pilastras que sostenían bóvedas (también propuestas por Corzo) tanto en la nave central como en las laterales. Las arcadas, tampoco de un modo que no deje cierto margen a la duda, debían partir de pilastras o semipilastras adosadas al muro del transepto y enjarjadas al de hastial de fachada, basándonos en la posterior presencia de pilastras, la falta de decoración de los cimacios/impostas de las columnas occidentales del crucero y en la presencia de un cajeado coetáneo al muro primitivo del hastial. Este sistema es muy corriente en nuestra arquitectura altomedieval. Lucía del Trampal (Cáceres) se organiza en tres naves separadas por arcadas de cinco pilastras, las primera y última adosadas a los muros del transepto y del hastial, que debían soportar cuatro arcos, relacionados con las ventanas y puerta laterales aunque no exactamente a sus ejes, y una cubierta que, en este caso, no debía ser abovedada dada la altura que tuvieron los muros laterales, conservado el del lado N. en su totalidad como atestiguan las ventanas colocadas en su cima (Almagro y otros: 98-9). Quintanilla de las Viñas todavía conserva una semipilastra de 0,25 m de salida, trabada y encajada en el muro del transepto con arranque de un arco de herradura, sobre cuyo significado luego volveremos (Arbeiter 1990: 411). En lo asturiano Valdediós es el ejemplo mas cercano, con las arcadas sobre pilastras, las extremas adosadas. Igual tiene Santullano, que arrancan de media pilastra y terminan en un muro equivalente a medio arco, y Lillo sobre columnas que rematan en semicolumna y que según la reconstrucción más fundada, la de Arias, arrancarían del mismo modo. Es evidente que la solución no es segura ya que analizamos un edificio trasladado, del que no conocemos con exactitud ni las circunstancias exactas de su ruina ni las de sus restauraciones. Además, de un modo estricto, ni el cajeado ni el resto de argumentos pueden asegurar la existencia de arcada en el edificio primitivo, pues puede argüirse la existencia de otras soluciones como la existencia de un muro con puerta o arco, igual que en la portuguesa S. Gião de Nazaré o posiblemente, como veremos, en Quintanilla. Pero esta solución parece improbable pues los paralelos citados, y quizás El Trampal y S. Pedro de la Mata (Toledo), hacen pensar en puertas de paso desde las habitaciones al transepto. Tampoco es una cuestión indubitable el que la iglesia estuviera totalmente abovedada, pues no queda ninguna evidencia de ello. Pero la brutal ruina documentada, desde un análisis estructural, es un dato empírico que apunta a esta probabilidad ^ Ante todo la ruina no parece achacable a un supuesto empuje del cimborrio, como tradicionalmente se admite, sino a que las bóvedas de la nave central, tanto en la cabecera como en el aula, estaban descargadas incorrectamente por las bóvedas laterales, probablemente por una excesiva diferencia de altura entre ellas. Ello haría que las bóvedas centrales se abrieran entre sus arranques y sus riñones. La única constancia conservada de esto es la ruina de la bóveda del anteábside, con sus apoyos abiertos como parece verse en las figs. 40 y 44 de Corzo, antes de su traslado. A continuación, mientras la ruina se estabilizó en la cabecera, otras causas intervinieron en la zona de pies haciendo que allí continuara el proceso. Es muy probable que las arcadas del aula -insuficientes para soportar a la vez la ruina de la bóveda central y el empuje adicional de las bóvedas laterales, privadas del contrarresto de la central-fueran la causa diferenciadora que hizo Torres Balbás, inmediatamente después del traslado y testigo de éste, mantenía en 1933 una explicación muy parecida (p. 131-2): al estar abovedado el edificio, las condiciones de su estabilidad eran deficientísimas y empujando continuamente las bóvedas sobre muros de piedras sueltas, grande el peligro de destrucción por volcamiento. Ello explica que de las bóvedas no se conserven nada más que las primeras hiladas... y (de) la de la nave de pies, ni aún esos restos: la ruina, sin duda, no debió ser muy posterior a su construcción. Análoga causa debió motivar que en la ermita de Quintanilla de las Viñas hayan desaparecido la parte de los pies y todas las bóvedas... En ese brazo de los pies no subsistía resto alguno de abovedamiento, destruida la obra primitiva hasta el nivel de los arcos ^°. Un proceso similar tuvo que ocurrir en Quintanilla cuyo hundimiento no se debería al empuje del cimborrio, sino al indebido estribo de la nave central por las laterales, igual que debió pasar en Arlanza y S. Vicente del Valle (Burgos), como veremos enseguida. Si el aula de La Nave hubiera estado cubierta de madera sus muros hubieran aguantado en mejor estado, como ocurrió en El Trampal. Supuesto el abovedamiento del aula como condición necesaria para que se diera el tipo de ruina ^ Schlunk (1971b: 424) observa la norma de que las naves transversales de las iglesias españolas corresponden exactamente a la anchura de las tres naves. Posiblemente por esta razón constructiva, que al E. correspondería normalmente con el anteábside y sus habitaciones o con tres ábsides.'" Puede ser sintomática la duda inicial de Gómez Moreno (1906: 368) cuando argumenta que dichas tres naves de los píes llevaron seguramente armaduras y no bóvedas, porque, de haberlas, alguna señal conservarían los testeros... También es posible que Schlunk (1971a: 523) mantuviera alguna duda sobre la verdadera cubierta: se ha hecho siempre destacar como especialmente digno de atención que ante las partes orientales y los brazos del crucero... abovedados unos y otros, se encuentran al O. tres naves que, por lo menos hoy, presentan un techo plano. documentado, podemos planteamos con más detalle cómo pudo ser el edificio (fig. 18). Lógicamente su estructura e imagen debía ser similar de la cabecera a los pies, por lo que debemos suponer que las bóvedas del aula tendrían el tamaño y altura de las del anteábside y las habitaciones. Para ello las arcadas no podían tener más altura que la que hoy mantienen los arcos de las puertas de acceso a las habitaciones. Si trasladamos estos arcos al aula, prácticamente encajan con el prorrateo que hicimos tomando como base la distancia entre los ejes de las ventanas, que quedan además centradas con el centro geométrico de los arcos. No obstante existe, medido sobre nuestros planos, una ligera diferencia, pues (si recordamos, supra p ) los diámetros de los arcos según los ejes de las ventanas serían de 1,70 m resultando unas pilastrillas de arranque de 0,15 m, demasiado estrechas; mientras que, usando la dimensión del arco de las habitaciones, las semipilastras serían de 0,30 m, los tres arcos tendrían diámetros de 1,60, las dos pilastras intermedias de 0,60 y la longitud total 6,60 m. Lógicamente no sabemos la forma de estos arcos, quizás de herradura como los actuales o, en caso de ser como los propuestos de medio punto -o ligeramente peraltados, a la asturiana-, obligarían a considerar los actuales resultado de la restauración inmediata. Sobre la cubierta de los porches existen varias opiniones, bien que estaban abiertos (Corzo: 176), que poseían cubierta de madera colocada a la altura del transepto con habitaciones bajo ella (Gómez Moreno, 1906: 368 ), o a una altura más baja que el tejado de las naves (Caballero, 1990: 330, fig. 4). También podemos pensar que estuvieron abovedados. Veamos qué pueden decirnos a este respecto los datos que poseemos. Las piezas de granito, colocadas interiormente a media altura de los muros laterales, pertenecen a una reforma posterior (como también afirma Corzo: 176) y no son apoyo de una hipotética armadura primitiva (opinión equivocada de Caballero 1990), ni justifican la existencia de altillos de madera coetáneos a la construcción de la iglesia (como pensaba Gómez Moreno). En los paramentos exteriores ningún sillar permite afirmar la existencia de esquinas que formarían las fachadas de las naves si los porches tuvieran sus tejados más bajos que los del transepto. La rotura interior de los muros primitivos está justamente a la altura de la imposta del transepto, lo que puede justificar la inexistencia de bóveda, pues de haber existido habrían colapsado de inmediato falta de contrarresto, según el proceso normal de ruina de las del transepto y anteábside, abriéndose los muros en cabecera, conservando la imposta, si existía, la fila de salme- res y la primera de dovelas. Pero si se supone que la línea de rotura era la altura máxima que tuvieron los muros -lo que no parece seguro-, una cubierta de madera que pretendiera sobrepasar las ventanas de los testeros del transepto (como de hecho pretendía Caballero en 1990: 330, fig.4) debería tener una inclinación mucho más acusada que la que hoy tienen los tejados de las naves, realmente excesiva. Es evidente que no existe una razón más favorable a una u otra solución. Solamente el argumento de la unidad estructural del edificio puede hacernos suponer la solución abovedada si suponemos aceptable la misma solución para la cubierta del aula. Porches abovedados son el de Melque, aunque hundido, y los asturianos de Sta. Cristina de Lena y Valdediós. Pero también pudo tener una cubierta de madera, levantando los muros laterales lo necesario para que pasara la cubierta por encima de la ventana -quizás una o dos hiladas más-, o hasta la altura actual restaurada por Ferrant para colocar la cubierta a la misma altura que la del transepto. Del cimborrio tampoco tenemos ninguna referencia pero, plausiblemente, también estaría abovedado coincidiendo en ello todos los investigadores desde Gómez Moreno (1906: 368-9), quien, igual que Camps y Schlunk (1971b: 414), suponía que lo estaría por arista igual que Bande que hoy sabemos una restauración histórica (Caballero 1991: 88 y 94, con la opinión similar de Palol). Los cimborrios de Melque y quizás S. Frutuoso de Montelios (Braga) y los ábsides de Quintanilla y su grupo, Arlanza y S. Felices de Oca (Burgos), Sta. María de Arcos de Tricio y Ventas Blancas (La Rioja), etc., aunque ausentes en lo asturiano, aportan la solución más probable, una bóveda sobre pechinas (Caballero y otros 1991-92: 153-7). La imagen de La Nave como una iglesia completamente abovedada, con una cruz de naves a la misma altura, centrada por el cimborrio más alto, y las habitaciones y las naves laterales más bajas, como proponemos, choca con la imagen tradicionalmente admitida de la arquitectura llamada visigoda, cubierta a medias con bóveda en la cabecera y con armadura en las naves de los pies (Schlunk 1971b: 413-4). Esta imagen ya fue cambiada para La Nave por Corzo, hipótesis que hoy nos parece muy probable aunque variando la forma que él proponía. La Nave entraría a formar parte, como una variante más, de todo un grupo de iglesias altomedievales abovedadas sobre arquerías. Así las asturianas ya citadas de Valdediós y Lillo, a las que falta para conseguir la propuesta imagen de La Nave, el crucero y el cimborrio. Y las de Bamba (Valladolid) y Sta. María de Lebeña (Santander), AEspA, 70, 1997 ésta cruciforme, abovedada y con cimborrio de doble tramo, aunque sobre pilares compuestos y sin las naves de aula a la zona de los pies. El abovedamiento de las iglesias de Quintanilla y Arlanza Para completar la argumentación sobre el abovedamiento de La Nave vamos a discutir brevemente sobre el de otras dos iglesias, Quintanilla y Arlanza. Arbeiter supuso que los espacios laterales estarían abovedadas con cupulillas sobre cuatro tramos, apoyándose en la evidencia del tímpano conservado en el paramento occidental del muro de transepto. Tras admitir el desconcierto que produce la distribución irregular de sus cimientos transversales, corrige idealmente la planta de fñiguez (fig. 103) haciendo iguales estos espacios para poder cubrirlos todos con bovedillas váidas o de crucería, solución que no sólo tiene en su contra lo documentado por íñiguez, sino también la dirección atravesada de los cimientos, más propia de muros aéreos que de tirantes enterrados, y la falta de paralelos hispanos para la sucesión de bovedillas. Finalmente se plantea la posibilidad de abovedar la nave central, optando por suponerla cubierta con armadura de madera dada su luz. Efectivamente con sus cerca de 4,90 m es la nave más ancha de todas las altomedievales, con muros de un metro de ancho, superando incluso a Melque cuya nave tiene 4,50 m de luz para muros de 1,50 m. A nuestro parecer Quintanilla, dada la «organización tripartita de su tramo occidental» debía poseer allí con mucha probabilidad una tribuna alta al modo asturiano de las de Sta. María de Oviedo, Lillo, Lena, Valdediós y S. Salvador de Priesca o al de Nazaré (Schlunk 1971a: 513), soportada por bóvedas de cañón y a las que se accedería por escaleras (Caballero 1987: 41-2) ^'. Aceptamos con Arbeiter que los espacios laterales estuvieran abovedados, pero, dado que los cimientos documentados por íñi-guez forman tramos de longitudes distintas y plantas alargadas, creemos que no pudieron ser naves, sino habitaciones separadas de la nave central por un muro, como en Nazaré, y por ello cubiertas de modo distinto, la primera, y quizás la última, sobre bóveda seudovaída y las demás de cañón ^^. Además, si se mantenía la lógica unitaria del edifício, la nave central se cubriría también con bóveda descargada por las habitaciones laterales, también abovedadas, que serían un soporte mucho más efectivo que el del simple muro (fig." 20). Al estar toda ella abovedada se hundiría siguiendo el mismo funcionamiento descrito en La Nave, empezando por la bóveda longitudinal, con la diferencia de que, al no estar atados ni «engrapados» los sillares'^, los muros de las habitaciones de los pies no resistieron, al contrario de lo ocurrido con los de las habitaciones de La Nave. Luego se pandeó e inclinó el muro O. del transepto, igual que en La Nave (Arbeiter 1990: figs. 11-2), hundiéndose las bóvedas del transepto y los arcos y la bóveda del cimborrio. Las iglesias de Arlanza y S. Vicente del Valle presentan la característica de tener ventanas en el testero oriental de sus aulas, a ambos lados del ábside, que pueden responder a la existencia de naves laterales a cuyo eje estarían situadas (Caballero y otros 1991-92: 157-8, fig. 7, lám. I,2y3; en S. Vicente, no recogidas por Aparicio, son anteriores a la construcción del actual ábside que las tapa). La planta de estas iglesias respondería a un esquema similar aunque más sencillo que el de Valdediós, pudiendo estar por lo tanto abovedadas. El abovedamiento habría supuesto su ruina. En ambos casos la ruina pudo ser muy cercana al momento de la construcción, lo que en Arlanza estaría atestiguado por la existencia de dos etapas, la y Ib, de técnica muy similar y la fuerte remoción lateral de los sillares que no llegaron a caer. El estudio de la modulación, ad quadratum, parece confirmar la existencia de las naves (Caballero y Cámara: 88, fig. 13; nuestra fig. 19). En S. Vicente del Valle, la hipótesis debe contrastarse. Para asegurar tres naves abovedadas, la central de las cuales tendría unos cuatro metros de luz, habría que suponer dos etapas constructivas, que pueden estar reflejadas en los dos niveles de ventanas de sus muros laterales, la primera con las naves laterales más bajas. " La iglesia de Nazaré es considerada tradicionalmente de cronología visigoda (Schlunk 1971a), pero cada vez son más las opiniones discrepantes con esta datación. 377) manifiesta sus reservas cronológicas.' 2 Palol 1991: 378 propone cuatro cámaras laterales, aunque define la iglesia como de tres naves de estructura basílical.' ^ Gómez Moreno (1966: 131) indica que la técnica constructiva de Quintanilla es semejante a la de La Nave salvo que los sillares cortos seguramente no estaban engrapados de lo que resultó su ruina. Sobre los sillares enterizos de atado o pasantes La técnica constructiva recuerda la de otras iglesias, por la talla, tamaño, forma, colocación y alternancia de los sillares dentro del paramento, forma de las hiladas, codos y dintel de descarga -en forma de sillar adovelado-encima de los arcos (Camps 1940: 611). Por ejemplo en Quintanilla los sillares tienen igual tipo de talla y existen sillares doblados en las esquinas (Arbeiter 1990: 405 y lám. 56b). Los sillares doblados están también presentes en Melque, mientras que no aparecen en Arlanza ni en S. Vicente del Valle (Cámara). Sin embargo entre La Nave y Quintanilla se acusan dos diferencias. Una los sillares de atado. Arbeiter analiza meticulosamente su ausencia en Quintanilla y llega a la conclusión de que, a pesar de su aparente necesidad constructiva y de la correspondencia que los sillares tienen en la altura de las hiladas, no existe nada más que un caso en que se pueda demostrar esta existencia. En cambio hemos visto cómo en La Nave existen abundantes corres-pondencias entre los sillares tanto en altura como en longitud, a la vez que tenemos el testimonio del plano de Ferrant al desmontar el edificio que presenta con regularidad sillares pasantes a media distancia entre las ventanas y las esquinas''^. La otra diferen-^^ Contraponiendo los planos publicados por Arbeiter de Quintanilla se puede comprobar la certeza de su observación sobre la ausencia de sillares enterizos. Teniendo como referencia la cara externa, en la pareja de figs. 6/10 sólo coinciden en el tramo N. un estrechísimo calzo de la séptima hilada, en el ábside sendos de las hiladas séptima, octava -decorado-y décima y en el tramo S. uno de la décima; en la 7/11 sólo coinciden el segundo y cuarto sillar de la jamba E. y el dintel de la puerta, y el centrado de la primera hilada bajo la ventana; en la 8/12 existe una rara excepción en el testero N. del transepto donde coinciden todos los sillares de las hiladas primera a tercera al E. de la puerta, además de, encima, tres sillares de la séptima, quizás recolocados, y uno también de la séptima del ábside; y en la 9/13 coinciden, en aparente simetría, los sillares de las pilastras del crucero de las hiladas tercera, quinta, sexta, octava, décima y 13^ del N. y segunda, quinta, séptima y 12^ del S., además de dos de la primera hilada y uno de la quinta de la jamba S. y el de la tercera de la jamba N. de la puerta. Como señala Arbeiter todas estas coincidencias no tienen por qué ser de sillares pasantes, aunque alguna puede serlo como, quizás, los del tes-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ cia con Quintanilla y Arlanza es que los sillares no fueran reutilizados dada la absoluta ausencia de huellas de reutilización -aunque esto tampoco sea absolutamente seguro pues los sillares reaprovechados pudieron no tener huellas que los significaran como tales-. Estas dos diferencias parecen suficientemente acusadas como para relativizar la exacta correspondencia entre las técnicas constructivas de los dos edificios paradigmáticos, Quintanilla y La Nave (Arbeiter 1990: 404-5; Hauschild: 274-8 y 284). Podrían argüirse otras, como la distinta forma de las ventanas, aunque monolíticas en los dos casos; la ausencia en Quintanilla de ajimeces ^^, de «alfices» o de dinteles descargados por arcos que ahora veremos. Pero son argumentos negativos que no sabemos hasta qué punto fueron así y, si lo fueron, si suponían verdaderas diferencias o apenas variantes. Las puertas de La Nave. Los arcos de arranque retraído y su relación con los «ares a gouttières» y los «arcos superpuestos a dinteles» Todas las puertas de La Nave tienen jambas lisas sin mocheta, pero no es la única iglesia alto-medieval que presenta esta característica. Por ejemplo, en Quintanilla ocurre lo mismo en todas las puertas conocidas. Y en La Mata en las del anteábside y la nave, lo que hizo que se supusiera, con el paralelo de los huecos de paso del transepto de Melque, que estaban siempre abiertas. Esta propuesta fue corroborada por. las puertas de la iglesia de El Trampal, de jamba lisa (Caballero 1992: 153). Sólo las puertas occidentales del transepto de El Trampal, Quintanilla y La Mata podían cerrarse, en el primer caso, a pesar de sus jambas lisas, por tener mochetas en el dintel y el umbral, y en las otras dos, a las que luego nos referiremos, por tener dintel en una cara del muro y, en la otra, arco de herradura. Pero en La Nave las puertas tienen una forma peculiar y distinta a las de estas iglesias, con arco peraltado de arranques retraídos -excepto las de los porches con arcos de medio punto-. Se puede asegurar que todas estas puertas de La Nave con arco retraído poseyeron dintel -hoy desapareci-do-que se apoyaba en la superficie de imposta dejada libre por el retraimiento del arco y, sobre él, tímpano macizado. Lo sabemos, en el caso de las puertas del hastial y el transepto, porque tenían trancas y por lo tanto se cerraban para lo cual necesitan dintel, quizás con mocheta, para alojar los quicios de las hojas de madera; y, en el caso de las puertas de las habitaciones ^^, que no presentan huellas y por lo tanto podían estar siempre accesibles, porque el intradós de la puerta de la S. aún conserva la marca del macizado primitivo de su tímpano, ligeramente remetido de la superficie del muro como suele ser normal en estos tímpanos. No se puede asegurar que la puerta del hastial tuviera la forma de arco retraído, dada la destrucción sufrida por su muro, pero como es seguro que estaba preparada para cerrarse y, por lo tanto, necesitaba dintel, lo más probable es que se asemejara a sus compañeras, con la excepción dicha de las de los porches que, como los de El Trampal, tenían arcos de medio punto primitivamente previstos para ser siempre accesibles. Los típicos arcos retraídos de La Nave son los que estudia Ponsich como «ares a gouttières»; pero, al cerrarlos con un dintel y un tímpano, se convierten en lo que Pavón denomina «arco superpuesto al dintel», o sea un dintel descargado por un arco, como ya explica Gómez Moreno (1906: 369). Tanto uno como otro tipo son corrientes en la alta Edad Media y son numerosas sus variantes en las que no vamos a entrar, todas generalizadas, como el arco de herradura, entre otras razones por una primaria de carácter constructivo, que facilita cimbrar el arco'^. Ponsich supone que el arco retraído, sin dintel, extendido en Cataluña y la Septimania carolingia, deriva de Ctesifonte a través de los ejemplos de Rávena y del tipo supuestamente visigodo de La Nave. Por su parte Pavón deriva el arco descargando un dintel de modelos romanos a través de los palacios omeyas, con un amplio desarrollo en la España musulmana desde la implantación de la dinastía. En nuestra arquitectura cristiana este modelo, apoyándose el arco sobre los bordes del dintel monolítico, aparece en El Trampal, Nazaré y S. Petero N. del transepto, los de las pilastras del crucero y algún otro aislado. Llama la atención, al contrario, la falta de concurrencia horizontal de bastantes hiladas.' ^ Sobre la posible cronología postvisigótica de los ajimeces ver Barroca, que debilita su argumento al olvidar los de La Nave y Baños; Real 1995: 63-4;y Caballero 1994/95: 347-8.'^ Schlunk (1971b: 437) opina que las habitaciones se cerraban desde dentro y Corzo: 89 desde fuera, quizás ambos influidos por la conocida opinión de Gómez Moreno de que sirvieron para monjes reclusos. La realidad es que nunca tuvieron trancas ni cerrojos antiguos y por lo tanto pudieron también estar abiertas.' ^ Las iglesias asturianas presentan una de estas variantes que nada tiene que ver con el tipo de La Nave y sí, en cambio, con la citada de El Trampal y Nazaré. En Asturias están ausentes también las puertas de jamba recta, salvo en los arcos de los porches. Los dinteles con arco de descarga de La Nave, por lo tanto, parecen estar en una situación intermedia entre los dos tipos. No se puede asegurar que la situación fuera exactamente la de Melque, dado que -aparte la pérdida absoluta de los dinteles en La Nave y la conservación de todos menos uno en Melque-, existen con ella dos diferencias. En Melque el retraimiento de los arcos oscila entre 50 y 90 cm, mientras que en La Nave, con unos arcos cuyo tamaño está en el límite inferior de los de Melque, es bastante menor, uniforme de 30 cm. Por otra parte la definición formal del arco y su peralte en La Nave es perfecta, frente a Melque, en cuyos arranques los sillares del arco y del tímpano se ajustan entre sí, tallados y colocados a la vez. Estas diferencias y la pérdida de los dinteles justifica que Ponsich considere los arcos de La Nave retraídos; pero, a su vez, los arcos de La Nave se diferencian de los'^ Otro ejemplo con esta solución, quizás semejante a los de Melque y Lourosa, descrito por Huidobro y hoy lamentablemente perdido era la pareja de arcos de S. Felices de Oca (Burgos; p. 368): lo más típico del edificio y que le relaciona con la iglesia de Lara -Quintanilla-son sus dos portadas, una enfrente de otra, cerca del arco triunfal, formadas por un hueco cubierto de un gran bloque cuadrangular de piedra y sobre él un arco de medio punto, relleno de sillares. "' ^ Garen (1992a: 298, n.53) utiliza la presencia de dinteles descargados para suponer Melque postvisigodo, supuesta su inexistencia en la arquitectura visigoda (olvidando la opinión de Gómez Moreno 1906: 369 y 1966: 129; Camps 1940: 602 y 615, aunque observa que en La Nave no hay rastros del dintel y recuerda los paralelos de Rávena sin él; y Caballero 1990: 331) y apoyándose en los ejemplos de la mezquita al-Aqsa de Jerusalén y de Jirbat al-Mafyar, que derivarían de la arquitectura bizantina siria. Pero estos y otros ejemplos no citados por Garen (prácticamente todos los palacios omeyas, cfr. por ejemplo Pavón) pertenecen a una variante distinta a la de Melque, con platabanda en vez de dintel monolítico y el arco apoyado en sus extremos. del grupo de Rávena, Cataluña y la Septimania por la segura existencia de los dinteles, que en Rávena cuando son necesarios se sustituyen por verdaderos marcos pétreos moldurados. Aún debemos preguntarnos de qué material podían ser los supuestos dinteles perdidos de La Nave, si de piedra o madera, a la luz del tirante encontrado en el ábside y de los dinteles que veremos a continuación en otras iglesias. Parece que lo lógico es que fueran de piedra, pero no se puede descartar que lo fueran de madera. La utilización de la madera Las grapas de madera parecen un recurso dedicado a evitar que resbalen los sillares. Unas unían entre sí los sillares de las dos hojas del muro, colocadas transversalmente, y otras unían entre sí los sillares de cada hoja, a la larga. Como dice Cámara, corrientemente se acepta que las llaves debían resistir los empujes de las bóvedas, en un mecanismo que nadie ha explicado. Pero más bien que resistir estos empujes servirían para evitar la separación de las hojas por pandeo -como el de Quintanillahacia el exterior de cada una de ellas, ante cargas estrictamente verticales, pues su... dirección perpendicular al mismo no tiene que ver con las direcciones y puntos de aplicación de los empujes. Las llaves evitarían la separación reduciendo a la mitad la luz de pandeo de las dos hojas y tendrían que ver sólo con la componente vertical de la carga. Función parecida debió tener la viga, de descarga para Torres Balbas y de trabazón para Camps ^°. Según Corzo las cajas de grapas que tiene servirían para atarla a los sillares. Esta solución parece exacta ya que por las marcas que conserva del desmonte y por la documentación, las cajas se situaban en la cara superior ^'. Según Cámara, actuaría como tirante de los empujes de la bóveda superpuesta que en aquel punto podían tender a abrir el muro debilita-^^' Según la información de Ferrant pudo haber otra viga sobre ésta, en la parte posterior del frontis y en el muro opuesto del ábside, según palabras de Corzo: 81. ^' Agradecemos la discusión de esta parte a José Alonso Luengo quien observó que la viga medía media vara de ancho, que su talla era similar a la de los sillares, con destral de 5-6 cm de huella, y que las cajas de las llaves estaban abiertas con hacha y no con formón, datos todos ellos que considera arcaicos. La viga tiene una cara consumida por la humedad que nos hizo pensar que tenía que ser la inferior o la superior. Pero la situación de las marcas con pintura roja y la dificultad de que se hubiera consumido tan uniforme y profundamente dentro del muro, hace más verosímil que esta consunción ocurriera una vez recuperada. do por la ventana de acceso a la habitación superior y por el arco de triunfo, y no de descarga de los pesos que seguirían gravitando sobre el arco. Mientras que las grapas parecen un elemento único en nuestra arquitectura altomedieval, la utilización de vigas como sistema de atado interior y de descarga de los muros parece un sistema más corriente de lo que se puede suponer en estas iglesias. S. Vicente del Valle, al parecer, poseía un zuncho perimetral de madera encajado en los sillares, a la altura de la línea de imposta de las ventanas superiores ^^. Es posible que tuviera la misma función de zuncho una viga que aún se llega a ver en la cara exterior del muro de hastial de la nave central de S. Juan de Baños, por encima del tejado del porche y en el arranque de su tímpano, aunque este elemento, a falta de su estudio, no es seguro que sea primitivo y pudo deberse a una restauración histórica. Un sistema parecido se ha usado para restaurar el aula/ transepto de Sta. María de Bendones (Asturias), aunque no parece que estuviera documentado en el edificio primitivo (Manzanares: 18, figs. 10, 11 y 21). Este uso de la madera no debió ser fortuito, sino que tuvo que ir dirigido a conseguir mayor estabilidad para unos edificios cuyas soluciones constructivas se descubren cada vez como más arriesgadas. Su procedencia parece islámica, recordando los dos encadenados con vigas de pino alojadas en cajas abiertas en los sillares documentadas en el alminar de'Abd al-Rahmân III en la mezquita mayor de Córdoba (946 d.C. Hernández: 49-50, figs. 9, 10 y 16). Parecidas las había en el alminar de Sevilla que se han puesto en relación con el uso de carreras de madera en la arquitectura antigua del próximo Oriente como elemento antisísmico (Arce: 43). Finalidad parecida debieron tener las vigas que zuncharon las bovedillas de la tribuna de S. Baudelio de Berlanga (Soria; Gómez Moreno: 315, fig. 183) y, sobre todo, las que a dos alturas zunchaban el cuerpo de su capillita sobresaliente como si de una pequeña torre se tratara. Dinteles de madera y puertas con arco de herradura exterior y cargadero interior. Vigas de madera también se utilizan en nuestra arquitectura altomedieval como cargaderos de puertas. Así aparecen en Baños, S. Miguel de Gormaz y Fuentearmengil recién descubierto ^\ Santiago de Fig. 22.-Modelo de puerta con arco de herradura exterior y cargadero de madera interior. Peñalba (León), Berlanga (Soria), Sta. Los cargaderos en la puerta principal de Baños, formado por dos vigas, y en las dos puertas extremas de Barriosuso actúan como dintel. El otro modelo se forma por un arco de herradura en la cara exterior y un cargadero o dintel de madera en la cara interior, ambos independientes (fig. 22). El cargadero aloja los quicios de las hojas de madera y el arco, al ser su vano menor que el del dintel, actúa de mocheta. La puerta que comunica el transepto con la habitación S. en Quintanilla, preparada para cerrarse desde la habitación, presenta ya este modelo, pero con dintel de piedra en vez de madera y sin mocheta, con la jamba aún lisa, quizás por ello el modelo más primitivo e inicio de una evolución (Arbeiter 1990: 416, figs. 9 y 13, láms. Otras puertas similares son la de La Mata, supuestamente visigoda, de semejante situación en el transepto y también preparada para cerrar desde O., esto es desde el exterior, a no ser que antiguamente hubiera allí habitaciones hoy perdidas (Caballero y Latorre 1980: 511, láms. Aquí ya tienen el arco resaltado en la jamba como mocheta, pero, dado que está incompleta, no sabemos si poseía dintel de madera o de piedra como Quintanilla. Otra variante sustituye el dintel por una platabanda en forma de arco muy plano. •^^ Noticia discutible que agradecemos a su excavador José Ángel Aparicio. ^^ Agradecemos a Consuelo Escribano, directora de la excavación de Gormaz, su conocimiento. 2^ Coinciden este arco y el de S. Miguel de Gormaz en rematar en molduras resaltadas (fig. 22) en vez de arrancar sobre nácelas, recordando un tipo de arco representado en los Beatos, como el de Magio fechado en 962, o el de Facundo de 1047 (Stierlin: 76,201,235) y las ventanas monolíticas de S. Pedro de Rocas y Sta. Eufemia de Ambia, consideradas de época mozárabe, entre los ss. x y xi (Rivas: 89; García Camino y otros: 18-9). AEspA, 70, 1997 las dos puertas de Berlanga fechada por Gómez Moreno (1919: 317) a mediados del s. xi y con viga empotrada en la platabanda para sujetar las hojas. Es probable que todos los ejemplos, o al menos los de Guimarães y Berlanga con platabanda escarzana, se relacionen con un modelo de puerta militar andalusi, el de la puerta de Bisagra de las murallas de Toledo, Calatayud (Zaragoza), Agreda (Soria; Pavón) y la puerta principal del castillo de Gormaz, todas con arco de herradura exterior y bóveda rebajada interior que es la sustituida en nuestros ejemplos por la platabanda o el dintel. En cualquier caso, este tipo de puerta, con sus variantes, pasa a ser un elemento más, representativo de este grupo de iglesias ^^ La lectura de esta iglesia y la consecuente reordenación de los paralelos que proponen los nuevos datos logra que se acerquen las iglesias altomedievales españolas cada vez más entre sí. Las semejanzas entre las supuestas visigodas, asturianas y de Reconquista, de la zona burgalesa y soriana, de Toledo y extremeñas, son cada vez más evidentes. Hasta ahora se utilizan dos modelos para explicar este hecho. Según el tradicional, las circunstancias históricas ocurridas a partir del s. viii apenas influyeron en la evolución de los modelos que arrancan del s. vil. Según el que nosotros creemos más factible, las semejanzas son propias de un grupo novedoso, prerrománico, que, con sus variantes regionales, se extiende entre los siglos ix y el xi. BIBLIOGRAFIA AGAPITO Y REVILLA, J. 1906: De San Pedro de La Nave. ^^ A los usos de madera citados hay que añadir las vigas sobre los arcos del cimborrio de Bamba y sobre el de triunfo de Sto. Tomás de las Ollas (León), que Gómez Moreno considera trabes o pérgulas y que pudieron tener la función de carreras o zunchos; el madero del iconostasio de S. Miguel de Escalada (León); y el catamarán de los cimientos del castillo de Gormaz (Gómez Moreno 1919: 199, fig. 94;223, lám. 80-1;y 145, lám. 42; Zozaya: 59-60, fig. 3). Las puertas estudiadas nada tienen que ver con los dinteles de madera empotrados en los arcos de ladrillo de las puertas de Bendones, dudosos a pesar del sugestivo argumento utilizado por. Excepto la carrera citada de Bendones, en la arquitectura asturiana no recordamos una utilización de la madera del modo visto en los grupos «visigodo» y mozárabe. Finalmente, las puertas principales de los muros S. de Barriosuso y Gormaz también tienen dinteles que no sabemos si son los primitivos o si fueron renovados al añadir las portadas románicas actuales.
Se estudia una inscripción en caracteres ibéricos aparecida en el término municipal de Belvís de la Jara (Toledo). Su gran interés radica en el lugar de hallazgo, que hace variar significativamente hacia Occidente los límites de distribución del semisilabario levantino. La inscripción^ que vamos a estudiar apareció fragmentada en dos piezas en una pared de piedra del camino que va desde las casas de labranza de Los Maíllos (término municipal de Belvís de la Jara, provincia de Toledo) a unos pequeños huertos de la vegata del arroyo del mismo nombre (fig. 1). Los frag-* Quiero expresar mi agradecimiento al Prof. Fernando Jiménez de Gregorio, que me ha dado todas las facilidades para el estudio de la inscripción. También estoy muy agradecido al Prof. Javier de Hoz, que tuvo la amabilidad de leer una versión anterior de este trabajo y me hizo interesantes observaciones que han contribuido a mejorarlo decisivamente. Por supuesto la responsabilidad de los errores que pueda contener es sólo mía.' Fue dada a conocer el 11 de noviembre de 1981 por el Prof. Jiménez de Gregorio en La Voz del Tajo; sobre ella volvió a llamar la atención en el mismo medio de comunicación el 1 de octubre de 1983 y, posteriormente, la recogió en un artículo del año 1989 junto con otros hallazgos arqueológicos realizados en la misma provincia, así como en su trabajo aparecido en 1992. Con todo -y a pesar de que la inscripción es de gran interés en el marco de la epigrafía de las lenguas prerromanas de la península Ibérica-hasta el momento no se ha llevado a cabo la edición y un estudio de detalle de la misma. mentos aparecieron separados uno del otro por unos 11 m y se puede pensar que la piedra -una cuarcita amarillenta-fue partida precisamente para su utilización en dicha pared ^. Que ambos formaban originariamente una unidad resulta indiscutible, ya que encajan perfectamente. Las medidas del soporte en su estado actual son de 87,7 cm de largo en la parte central y de 51,5 cm de altura. ESTUDIO DE LA INSCRIPCIÓN El sistema gráfico empleado en la inscripción ha sido el semisilabario levantino, por lo que su importancia radica principalmente en el lugar de aparición, que hace variar significativamente hacia Occidente los límites de distribución de esta variedad de las es- crituras paleohispánicas, ya que hasta el momento los hallazgos más occidentales de la misma en la mitad sur de la península ibérica se habían producido en la provincia de Valencia, con la única excepción de la inscripción aparecida en El Alcornocal (CO). Pero ésta no garantiza el uso efectivo de la misma en la zona, dado que se trata de un epígrafe sobre un cuenco de plata y, por tanto, fácilmente transportable. En nuestro caso, en cambio, la posibilidad de que la inscripción haya sido encontrada lejos de su emplazamiento original parece descartable, ya que el soporte son unos riscos de gran peso. Así pues, el hallazgo de Los Maíllos supone el primer testimonio de las escrituras paleohispánicas en esta parte del territorio castellano-manchego e implica el conocimiento de al menos una variedad de las mismas en una zona del interior de la Península en la que hasta el momento no había indicios de su utilización. De hecho, los lugares más cercanos a Belvís de la Jara donde hasta el momento habían aparecido epígrafes en signarlos paleohispánicos son Siruela (Badajoz) y Madroñera (Cáceres), pero los hallazgos no son directamente relacionables, ya que en estos dos casos se trata de inscripciones en escritura del suroeste ^ y no en el signario ibérico clásico. La inscripción presenta un cierto cuidado: el campo epigráfico ha sido preparado para recibirla, ofreciendo una superficie plana sobre la cual se ha grabado la inscripción. Las propias vetas de la piedra han sido aprovechadas como pauta para su realización. Antes de pasar a la transcripción de la misma hemos de hacer otra observación general. La inscripción ha estado visible durante mucho tiempo en la pared en la que se halló. Aunque obviamente las gentes del lugar no debían de reconocer que en ella había algún tipo de escritura, sí era perceptible que había líneas incisas. Esto ha podido motivar que en tiempos recientes se hayan grabado otras líneas que dificultan enormemente la tarea de discernir qué signos están realmente presentes en la inscripción, por lo que la transcripción que ofrecemos ha de tomarse con ciertas reservas. La inscripción consta como mínimo de dos líneas de escritura, que son las que analizaremos a continuación. Además, en la zona superior izquierda aparecen al menos dos signos sueltos (fig. 2) y cabe, incluso, la posibilidad de que existieran líneas inscritas en caracteres más pequeños por encima y por debajo de las dos que mejor se perciben (fig. 3). Sin embargo, no resulta posible intentar una transcripción, pues no logramos identificar signos coherentes. La identificación de los signos que aparecen en las dos líneas seguras de escritura puede verse en la fig. 2. La transcripción que proponemos a partir de dicha identificación es la siguiente"^: La inscripción, como decíamos, ha sido realizada en semisilabario levantino. La lectura ha de realizarse de izquierda a derecha según muestra la orientación de los signos dentro de la propia inscripción. En la inscripción sólo se documentan los siguientes signos: Como rasgo significativo hemos de llamar la atención sobre la utilización del signo Y=m, lo que parece apuntar a una cronología no temprana de la inscripción ^ Siguiendo la clasificación paleogràfica que de los signos de esta escritura hace Untermann (1990: 246-247), los que aparecen en esta inscripción son los siguientes: el, u2, ka3, ki7, bel, bo3, s2, f3, mi, n2, 11. Por lo que a i, to, ke, s, r y una de las variantes de ki se refiere, los signos empleados la inscripción no se corresponden exactamente con ninguno de los tipos que establece Untermann. Dejando de lado los signos de uso general dentro de este sistema de escritura, como es el caso de el, f 3, 11 y n2, y que, por tanto, no son significativos para establecer comparaciones, la mayor parte de los otros se encuentra documentada en Ampurias y Sagunto, lo que sólo en parte se explica por el hecho de que el volumen de epigrafica de estos dos centros es amplio, pues no hay coincidencias significativas con otros centros bien representados epigráficamente, como Azaila. No llegamos a discernir, sin embargo, la interpretación que se puede dar a este hecho. La lengua de la inscripción El lugar donde ha aparecido la inscripción era territorio vetón en la antigüedad^, pues parece que "* Por I notamos el punto por donde se encuentra fracturada la inscripción. ^ Vid. Para los límites concretos en la provincia de Toledo puede seguirse el trabajo de González-Conde (1986), aunque actualmente el área de dispersión hay que asumir que este pueblo se extendía por el occidente de la actual provincia de Toledo hasta Talavera de la Reina, que generalmente se identifica con la antigua Caesarobriga. Así pues, en consonancia con lo que sabemos de los vetones, cuya lengua debía de ser indoeuropea según lo que podemos deducir a partir de su onomástica ^, se esperaría que la lengua de una inscripción indígena aparecida en su territorio nos mostrara una lengua de dicha familia lingüística. Sin embargo, de acuerdo con la transcripción que hemos realizado no resulta posible analizar la lengua de la inscripción como indoeuropea, sino que la interpretación más verosímil apunta hacia el ibérico. Aunque con todas las cautelas, puede proponerse el siguiente análisis. En la primera línea, tras tres signos previos, se documenta la secuencia -taf, que Untermann (1990: 233) analiza como uno de los elementos utilizados en la antroponimia ibérica. De ello podría deducirse tal vez que la secuencia kibe que la precede constituye el primer elemento del nombre propio, que podría ser entonces una variante de los elementos kibaslkiba^. Por lo que hace al ka que sigue, siguiendo en la misma línea de interpretación, podría tratarse del elemento ka que Untermann (1987: 36-38) aisla en sintagmas que incluyen nombres de personas y para el que postula que se trata de una marca de ergativo. En cambio, ya desde el punto de vista fonético, resulta extraña la combinación -mfm-que sigue en la inscripción. En cuanto a ukal, si es que ésa es la lectura correcta, es posible que la misma secuencia se encuentre atestiguada en un grafito de Ampurias (Untermann, 1990: C.1.9) y quizá sea identificable también con el inicio de ukalkebars en el plomo de Yátova (Untermann, 1990: F.20.1). Por otro lado, y dado que -in, que aparece tras bokis detrás de la fractura, tal vez pueda interpretarse como un sufijo de nombre propio femenino^, podemos sugerir que la secuencia ukalbokis sea un nombre femenino. de los verracos, que es uno de los criterios utilizados por esta investigadora, ha variado ligeramente; vid. los nuevos hallazgos en Alvarez-Sanchís (1993: 160-162). Por otra parte, la difusión del culto de Ataecina, de la que se conocen varios epígrafes en el occidente toledano, también puede utilizarse como un criterio de delimitación, siguiendo las observaciones de Abascal (1995: 103-105).' En realidad la existencia de un sufijo -in como tal puede basarse únicamente en aiunin frente al primer elemento de aiiinesker y aiunibaiser, pues en los demás casos en que aparece lo hace dentro de la combinación -unin-, que puede ser un elemento léxico con el significado de «mujer» o «hija», posibilidad que contempla Untermann (1990: 205) siguiendo a SchmoU. Para el elemento bokis sólo podemos ofrecer como posible paralelo la secuencia boka que se atestigua repetidamente en grafitos cerámicos de Azaila (Untermann 1990: E.l.117-120, 289 y 379). Para las secuencias que se atestiguan en la segunda línea no hemos conseguido encontrar paralelos que puedan ser significativos. Habida cuenta de la posible presencia de dos antropónimos, uno masculino y uno femenino, en la primera línea del epígrafe, nos sentimos inclinados a pensar en una inscripción de carácter funerario, carácter con el que no creemos que esté en contradicción el soporte material, aunque para él carecemos de paralelos dentro de la epigrafía indígena de la península ibérica. Por otra parte, si el elemento ka fuera realmente una marca de ergativo, se podría apuntar hacia una interpretación de la relación entre los dos personajes que aparecen en la inscripción en el sentido de que el hombre realizó la sepultura para la mujer, sin que podamos precisar más dado nuestro desconocimiento casi total de la gramática y el léxico ibéricos. Jiménez de Gregorio ^^ ha llevado a cabo varias inspecciones de la zona en la que apareció la inscripción sin que pudiera hallar ningún elemento arqueológico relacionable con el epígrafe. Posteriormente nosotros mismos, en compañía del Prof. Juan Pereira, el Dr. Arturo Ruiz y D."" Alicia Torija procedimos a realizar un nuevo reconocimiento del terreno sin que obtuviéramos ningún resultado. Sin embargo, hay que llamar la atención sobre el hecho de que, a pesar de la poca atención que, en general, se viene prestando a la investigación sobre los elementos ibéricos en la provincia de Toledo, el hallazgo tal vez no sea un unicum en la comarca, pues a pocos kilómetros del lugar del lugar donde apareció la inscripción, en la ermita de la Virgen de Barbarroya (término municipal de Aldeanueva de Barbarroya) -un lugar habitado en época hispanorromana según muestran los hallazgos de cerámica de esa época (Jiménez de Gregorio 1958: 200)-se encontraba incrustada en el arco del crucero una figura que, según la descripción de Jiménez de Gregorio'" Comunicación personal. ( 1958: 199-200; 1992: 9), constaba de cabeza de león con rasgos humanos y garras de animal y que él sugirió interpretar como una esfinge ibérica. Aun con las salvedades pertinentes en cuanto al uso del término «ibérico» en la bibliografía antigua, se puede hacer referencia a otros hallazgos de la zona. Así, Jiménez de Gregorio (1953: 27) da cuenta de la aparición en Cascajoso (término de Belvís) de un resto de construcción circular de mampostería con cantos rodados de 0,60 m de anchura, 0,40 m de altura y 7,50 m de radio en cuyo interior se encontró una vasija de barro de ejecución tosca, con ancha base y sin bordes, de una anchura máxima de 15 cm y altura de 20 cm, que contenía pequeños huesos y cenizas y que él interpretó como ibérica. Jiménez de Gregorio (1992: 11) también alude a unos restos «ibéricos» aparecidos en la labranza de El Vinazo (Belvís), consistentes^^ en un fondo de cabana, además de información de hallazgos de vasijas por parte de los lugareños. Por otra parte, en la labranza de Los Villarejos (término municipal de Alcaudete de la Jara), apareció (Jiménez de Gregorio 1950: 113-114 y 1992: 8) una necrópolis que constaba al menos de ocho hileras de enterramientos paralelos y concéntricos, con una laja de piedra clavada en el suelo marcando uno de los laterales de cada fosa. Al parecer, cada fosa contenía una vasija, sin labra y de realización tosca. Pero a pesar de ser de dimensiones parecidas, los dos ejemplares se diferencian en que el primero cuenta con un pie muy marcado mientras que el labio apenas está esbozado; el segundo, en cambio, carece de pie definido y, por contra, tiene el labio bien marcado *^. Jiménez de Gregorio (1950: 114) sugiere -aunque con reservas-su interpretación como materiales ibéricos. El cuadro general en el que en principio cabría insertar estos materiales, cuya cronología es difícil de afinar dadas las circunstancias de su hallazgo, es el del proceso de iberización que en la época del Hierro II afecta a toda la Meseta Sur (Blasco, 1992: 292-295) y que, aunque es más temprano al sur del Guadiana, en la zona que nos interesa no ha podido alcanzar su culminación antes del siglo iv. El proceso de iberización de esta zona se entiende general-" Comunicación personal del Prof. Jiménez de Gregorio.'^ Vid. la fotografía en Jiménez de Gregorio (1950: fig. 8). mente como debido a influjos procedentes del área extremeña (Almagro-Gorbea, 1988: 172), lo que cuadra bien con el hecho de que en los periodos anteriores del Bronce Final y del Hierro I los hallazgos de la zona, como el ajuar funerario de Las Fraguas (en la Dehesa de Manzanas, término de Las Herencias), la tumba de la Casa del Carpio (Belvís de la Jara) y la estela aparecida en el lugar de Los Castillos (término de Las Herencias), muestran la existencia de «tradiciones indígenas asociadas a influencias procedentes del suroeste peninsular que ponen en contacto a este territorio con Extremadura y, a su través, con el área tartéssica y fenicia más occidental» (Fernández Miranda y Pereira, 1992: 71). Así pues, la inscripción de Los Maíllos plantea un interesante problema de carácter histórico-arqueológico, puesto que, como hemos visto, por sus características apunta a influjos procedentes del área levantina, mientras que, según la interpretación generalmente aceptada, las corrientes culturales dominantes en la zona, tanto en la época del Hierro II como del Hierro I, proceden del área extremeña. No podemos finalizar sin hacer referencia al yacimiento de arroyo Manzanas (Las Herencias), cuya cronología (Moreno Arrastio, 1990: 291-292) abarca desde la época de Cogotas I hasta finales del siglo 11 a.C./principios del i a.C, por lo que algunos de sus niveles han de ser contemporáneos de al menos algunos de los hallazgos que mencionábamos más arriba. En los niveles inferiores de este yacimiento (Moreno Arrastio, 1990: 283-284) aparecen materiales que pueden asociarse a los de la tumba del Carpio y, además, se ha hallado en él otra estela de guerrero de las conocidas como «estelas extremeñas» (Moreno Arrastio, 1995). Sin embargo, para los niveles superiores previos al abandono del poblado en el siglo i a.C, que son los que más directamente nos interesan, no parece que se pueda hablar de una iberización de la cultura material.
Presentamos, en estas páginas, nuevos documentos epigráficos que, analizados en su contexto arqueológico, aportan interesantes apreciaciones sobre la religiosidad de las poblaciones indígenas de la Beturia céltica en momentos iniciales del período romano. Con ello se avanza en la comprensión del grado de complejidad étnica subyacente tras los célticos del SO., así como en su religiosidad, definiendo un locus sacer liber consagrado a una divinidad indígena sincretizada con Júpiter, junto a una posible nueva dedicación a Ataecina. LOCALIZACION Y DESCRIPCIÓN DE LOS YACIMIENTOS Dentro del programa de investigaciones sobre el patrimonio arqueológico del SO. extremeño, que desan-ollamos desde inicios de los años ochenta en coordinación con la Dirección del Patrimonio de la Junta de Extremadura, pudimos localizar en Abril de 1994 dos yacimientos de especial interés en el término de Segura de León, provincia de Badajoz. Identificados con los topónimos Casas del Sejo 1 y 2, respectivamente, se emplazan en las faldas septentrionales de la Sierra de la Martela', cuyo pico principal, a 812 m s.n.m., está ocupado por un castro protohistórico y romano, con poco más de hectárea y media de extensión (Berrocal-Rangel 1992: 305). A mediados de la década pasada este lugar fue objeto de una intervención arqueológica a causa de la aparición de unas conocidas placas áureas de técnica orientalizante y temática céltica. Dos campañas de urgencia permitieron documentar niveles de ocupación prerromanos que acaban en época imperial, conservando fundamentalmente un carácter indígena, con materiales itálicos (Enriquez y Rodríguez Díaz, 1988; Berrocal, 1989). Posteriormente, en las faldas de esta serranía, hemos localizado numerosos materiales constructivos que, como en los parajes de El Regio (Los Regidos) o Juanadame ^, indican un denso poblamiento de época romana en estas tierras, regadas por el arroyo ardileño de El Sejo (fig. 1). Así, al nordeste del castro, Casas del Sejo 1 se muestra como un área de unos 1000 m^ con numerosos fragmentos de tégulas y ladrillos, junto con sillares graníticos utilizados para la construcción de las cercas modernas que limitan el lugar. La presencia central de un conjunto de muros enterrados en forma de un gran edificio, con planta rectangular de 10 X 20 m de longitud y anchura, se intuye bajo los taludes del terreno, con la prudencia obligada por la imposibilidad de proceder a su excavación ^ * Queremos agradecer, especialmente, los comentarios, críticas y sugerencias recibidas de los profesores Javier de Hoz y Juan Manuel Abascal en la lectura e interpretación de este texto. ~ En esta finca fue localizada una necrópolis al roturar las cercanías del silo del cortijo, hace más de una década. Sus restos fueron recogidos por su propietaria, D"" María Luisa Sánchez García, profesora de Historia del I.B. "Eugenio Hermoso" de Fregenal de la Sierra, a quien agradecemos la información. Desgraciadamente sólo contamos con su testimonio, porque los materiales, algunos ungüentarlos de vidrio y vasos cerámicos, fueron destruidos y perdidos tras un desgraciado accidente de tráfico, ocurrido inmediatamente después de su aparición, según testimonios recogidos por A.O.E ^ El lugar y los referidos elementos nos fueron notificados por D. Juan Medina Montero. Casas del Sejo 2 se ubica como el anterior entre frondosos bosques de alcornoques y numerosas fuentes, y correntías como la que les da nombre, que vierten sus aguas en el río Ardila y, por éste, en el Guadiana. En general estos parajes muestran un territorio tan agreste como rico, restos de lo que fue una extensa y poblada propiedad de la familia Medina Aparicio, de Segura de León, hoy dividida en numerosas parcelaciones repartidas entre sus descendientes 4. Entre éstas, definidas por viejas paredes de piedra que tortuosamente se adaptan al terreno, se localizan pequeñas casas, cochineras y corrales de idéntico aparejo, entre los que se encuentran dispersos, aprovechados como dinteles, jambas y sillares de esquina, los citados restos arqueológicos. De ellos, en Casas del Sejo 2 llamó nuestra atención la presencia de un ara o cipo de cuerpo prismático y con decoraciones y molduras. Es utilizada como asiento junto a una puerta de las citadas casas, propiedad de D^. EL ENTORNO EN EPOCA REPUBLICANA E IMPERIAL Los estudios centrados sobre el poblamiento antiguo de la comarca han permitido conocer en profundidad el desarrollo histórico de este territorio durante los años previos e iniciales de la presencia romana en la cuenca del Ardila, en los que en principio parecen fecharse los dos yacimientos. En tal sentido, el grueso de la documentación arqueológica procede principalmente de poblados relativamente cercanos, como El Castrejón de Capote (Higuera la Real) o Los Castillejos 2 (Fuente de Cantos), ambos en las mismas estribaciones sudoccidentales de la provincia pacense. Por ellos, y por las excavaciones de urgencia realizadas en el castro de La Martela, en la Sierra de El Coto (Nertobriga), en el castillo templario y villa romana de Pomar de Jerez de los Caballeros (¿Seria?), en el castillo de Burguillos del Cerro o en el poblado de La Ermita de Belén, así como por las prospecciones intensivas sobre los Cantamentos de la Pepina, San Sixto, Guru viejo, o sobre Batalla del Pedruégano, entre otros yacimientos, se ha podido confirmar la propuesta inicial que García Iglesias planteó sobre el emplazamiento de la Baeturia Celticorum en estos territo- ^ Directamente emparentados con uno de nosotros, L.B.R., a quien D"" María del Carmen Maya Medina mostró la inscripción que se estudia a continuación. rios (1971) y que, hace unos años, vinimos a identificar con la cuenca del río Ardila (Berrocal-Rangel, 1988-1989). Ya en los albores de la Era Cristiana, su personalidad fue destacada por la naturaleza específica de sus gentes, creídos de origen celtibérico, y con una entidad étnica que fue ampliamente reconocida (Plinio, Nat. Hist.,Ill,(113)(114) y que ha dejado suficientes restos en la arqueología del Suroeste como para proceder a su comprensión y confirmación (Berrocal-Rangel, 1994y 1996, e.p.; otras aportaciones en Velazquez y Enriquez, eds., 1995). Además, según Estrabón y Plinio estos pueblos vivían en «aldeas» y hablaban y adoraban a dioses que los diferenciaban de los pueblos más meridionales y señalaban el supuesto origen mencionado (Berrocal-Rangel, 1992, 70-72). Debían de explotar importantes recursos ganaderos, junto con el control y manipulación de los minerales que cruzaban la Beturia, bien procedentes de los importantes distritos del Noroeste peninsular (Alvarez Martínez, De la Barrera y Velazquez, 1985, 140), como de los pequeños yacimientos mineros comarcales (Berrocal-Rangel, 1995-a). Casas del Sejo se imbrica en las rutas que, presumimos, fueron usadas en esta Antigüedad prerromana y romana (Berrocal-Rangel, 1994, 223-227). Así, frente al mismo yacimiento, se localiza una vía homónima, tramo del Camino Viejo de Segura a Cabeza la Vaca de León y prolongación de la Real Cañada Leonesa Occidental (García Martín et alii, 1991, 434-437), conocida en documentos archivísticos locales como «Soriana» (Oyóla, 1993, 18). Esta relación, y la especial orografía que supone la Sierra de la Martela, permiten asegurar una disposición idónea para el control del tránsito de mercancías, disposición que se ha visto corroborada por la definición de una línea de poblamiento prerromano, republicano y alto-imperial que une La Martela con los castrejones de Bodonal, Batalla del Pedruégano y Cantamentos de la Pepina, a través del castillo de Segura de León, para proseguir, tras éstos, al norte del cauce del Ardila (Berrocal-Rangel, 1992, 256; Berrocal et alii, 1996, e.p). Tal dedicación estratégica, que suponemos de naturaleza comercial y defensiva, se comprende en la clara vocación ganadera y forestal del territorio (VVAA., Expl. Sobre este tema, el trabajo desarrollado por uno de nosotros en el marco de su tesis doctoral (A.O.P.) ha venido a demostrar la importancia que, desde los tiempos medievales, tiene la ganadería bovina en las riberas del Ardila, tanto la trashumante y transtermi-nante como la, no en menor proporción, estabulada (Berrocal-Rangel, 1996, 53 y nota 101). Proceden en su totalidad de las investigaciones superficiales que hemos realizado durante los últimos años, muchos ya conocidos por los dueños de las diferentes fincas. En razón de la naturaleza del soporte y de la funcionalidad general distinguimos tres grupos: Materiales cerámicos como fragmentos de ladrillos y tégulas: son relativamente escasos, quizá porque el paraje ha sido intensamente ocupado durante los tiempos más recientes. Materiales arquitectónicos en piedra: son los más destacados, por razones de su capacidad para la reutilización y conservación. Todos ellos son elementos constructivos tallados básicamente en granito. Con una reserva lógica, por no poder proceder a su remoción al estar usados en paramentos y puertas de casas y corrales, responden a cuatro categorías: Sillares lisos, cúbicos o prismáticos, tallados en granito y con tamaños que pueden considerarse monumentales. Elementos constructivos con restos específicos de talla y encaje, documentados en una ocasión como sendas jambas de un portillo de Casas del Sejo 2. De ellas, la primera presenta una forma paralelepípeda de dos caras cuadradas, de las que la única visible muestra una clara anathywsis periférica y lateral (Adam, 1984, 53), de manera que sus medidas exteriores son de 95 x 55 x 27 cm con un rebaje de 45 x 27 x 32 cm. Esta pieza habría sido diseñada, en principio, para ofrecer como frontales al menos dos de sus caras estrechas. Frente a ella, un imponente sillar prismático de 68 x 35 x 60 cm muestra en su cara exterior dos oquedades paralelas de 12 X 7 cm y 5/7 cm de profundidad, que responden a los huecos utilizados por pinzas de un mecanismo de elevación, de forma que la pieza pudo disponerse con esta cara hacia arriba (fig. 2). Fustes de columnas se reconocen en dos piezas de Casas del Sejo 2, de 38 y 80 cm de longitud y entre 27 y 30 cm de diámetro, respectivamente, con secciones que no son completamente circulares. Puede pensarse que las dos proceden de la misma columna, aunque se encuentran separadas una decena de metros entre sí. El mayor de los fragmentos es utilizado como umbral de la puerta junto a la que se colocó el ara. Una pieza de fuste de semicolumna, con mayor tamaño, se localiza en Ca- sas 1, junto a una cornisa descrita a continuación. Un fragmento de cornisa o de arquitrabe, de considerables dimensiones (120 x 80 x 45 cm), correspondiente a un elemento de esquina, tallado en granito (fig. 3). Ara con inscripción: procede de Casas 2, en la misma clase de granito y con aparente ausencia de decoración, fuera de unas simples molduras que se documentan en sus extremos superior e inferior. Sus dimensiones son 52 x 42 x 30 cm en altura, anchura y grosor, mientras el campo epigráfico se limita a 35 X 21 cm. En éste se puede leer, con cierta dificultad por el grado de erosión, cuatro líneas en latín, con toscos caracteres y el punto como signo de interpunción: Altura de las letras en cm Líneas 1-2: lovi muestra una clara dedicación a Júpiter, emplazada en el primer vocablo del texto y con una realización más cuidada por parte del lapicida. No en balde es el témiino mejor conservado y de más fácil lectura. Sus letras, capitales, son de regular factura, entre las que destaca una "O" de forma subcuadrangular que podría implicar una fecha temprana para este testimonio sacro, uno más de los que ratifican la abundante propagación del culto a Júpiter en Extremadura, favorecida por la existencia de tradiciones religiosas de origen indoeuropeo comunes a pueblos romanos e hispanos. Mayor dificultad presenta el segundo vocablo, Anca/[..]i, desgraciadamente desgastado en algunas de sus letras por el roce de la cuña que aseguraba la función actual del ara como asiento. La identificación segura de la "i" final nos daría un posible dativo y, por lo mismo, un teónimo, aunque esta vez de aparente adscripción indígena. En tal caso, se observaría un ejemplo de sincretismo religioso que, de nuevo, abogaría por la antigüedad relativa de esta inscripción. La existencia de un Anderoni sincretizado con lovi, en un epígrafe localizado en Galicia (Blázquez, 1975, 28; CIL II 2598) nos presenta una relación muy semejante, aunque en este caso se trataría de un derivado del radical *andh-, con un registro antroponimico muy bien conocido en el Noroeste y en Lusitânia, donde destacamos un Andanti hallado en Abertura, Trujillo (Palomar Lapesa, 1957, 35). Sin embargo, la lectura de epígrafe del Sejo, Anca-, nos inclina más hacia otros paralelos, ampliamente conocidos en la lingüística indoeuropea en forma de derivados del radical *ank-, doblar (Albertos, 1966, 23 ss.). Entre ellos, los antropónimos son especialmente abundantes en el Suroeste céltico y en la Lusitânia romana, como Anceitus y Ancetus (p.e.. Además, interesa el tema en Ang-(Angetus, en Abertura, Trujillo; Ange iti, en Villar, Cáceres), porque se reconoce como teónimo en la forma Angefici (Caparra, CIL II, n° 809: Magilo/ L....Govti fiilius)/ ara(m) Angef/ici? f(aciendum) c(uravit), dios con nombre acabado en -ico, característico en el panteón indígena de la Lusitânia y Gallaecia, y que debe relacionarse con el antropònimo Angetius (Blázquez, 1975, 28). Este teónimo presenta, sin embargo, ciertas reservas en su interpretación, dada la dificultad de su lectura en el ara de Caparra y su clara relación con los antropónimos referidos. Pero son conocidas las ambivalencias y "préstamos" entre teónimos, antropónimos, hidrónimos e, incluso, topónimos (p.e., en el bien estudiado caso de "Salamanca" por De Hoz, 1986, 42, y 1993, 371-374). La existencia de una deidad indígena, de naturaleza occidental, con la raíz *ank-es plausible, es-pecialmente porque la encontramos en el nombre de la divinidad Ancamna, venerada sobre todo en la localidad de Deva (Chester, Inglaterra) aunque con trascendencia sobre fierras centroeuropeas, como demuestran sus dedicatorias en el santuario a Mars-Lenus de Trier/Tréveris, Alemania (Hatt, 1989, 164). De la misma manera, la dea Ancasta aparece citada epigráficamente en Inglaterra, en Clausentum (Bitterne, Southampton, CIL IV 4). Estos testimonios nos permiten suponer la lectura de un Ivpiter Anca[..]is, quizá referido a la deidad de nombre Ancasta testimoniada en Britannia, en una fórmula resultante de un sincretismo similar a los casos del I(ovi) Assaeco hallado en Lisboa o del loveai Caeilohrigoi de Lamas de Moledo, ambos relacionados con estructuras suprafamiliares (Blázquez, 1975, 86). Dicho sincretismo nos parecería de carácter céltico o, al menos, indoeuropeo de ámbito occidental peninsular. En esta línea, se alcanza mayor apoyo cuando se analiza en profundidad la naturaleza del dedicante de esta ara de El Sejo. Líneas 2-3: El antropònimo indígena Clovti/[..], claramente relacionado con otros que comparten la raíz indoeuropea klev-, "oír" (en celta, *klutos-, "célebre", "conocido", "oído"...), está muy bien documentado en la Península Ibérica, con una significativa dispersión noroccidental (Palomar Lapesa, 1957, 66; Albertos, 1966, 90-91 De todas ellas la forma más documentada es Clovti, en general en contexto de filiación, en genitivo, con ejemplos que salen del área reseñada en algún lugar como Espinosa de los Henares (Guadalajara; Hisp. Por ello, y por el contexto general del epígrafe y la lectura más lógica para los términos siguientes, nos inclinamos por interpretarlo como un nominativo singular, Clovtifvs], referido al oferente del ara. Entre sus paralelos, el más cercano, geográfica, cultural y contextualmente, se localizó en la misma comarca del Ardila, unos kilómetros más al Sur, en el término onubense de El Repilado. Nos referimos a una conocida inscripción funeraria que cita una relación de dedicantes con típicos nombres del Noroeste peninsular, entre los que destacamos un Talavivs Clovtivs [CJlovtai f(ilius) (Luzon, 1974, 295-296). Precisamente esta inscripción fue dedicada a la memoria de un Anceitvs, de cognomen Límico, con filiación y castellum iVaccei-f-Limicvs-c-Talabric'), en una fórmula antroponimica romanizada pero de clara naturaleza indígena. Se supone que tanto el difunto como sus dedicantes, que se autodenominan fratres-eivs, son de origen galaico, dada la tradicional localización bracaraugustana de los talabrigenses, aunque no excluimos la posibilidad de que pudieran ser etnónimos y topónimos repetidos entre los célticos de la Beturia, dado que son típica y tópicamente hispanoceltas (Berrocal-Rangel, 1992, 324; Albertos, 1990, 113). La relación entre los Clovti de El Repilado y el citado en la lápida de El Sejo podría deducirse de la aproximación geográfica, de la comunidad del entorno y del antropònimo del difunto, Anceitvs, que recuerda evidentemente a nuestra propuesta de lectura del término Anca[..]i. La interpretación más plausible para El Sejo nos inclina por Clovti[vs], en nominativo singular, fundados asimismo en su relación con los términos siguientes, [..]mici'f(ilius). Por esto mismo, no parece muy lógico que fuese un genitivo, porque en nominativo hace referencia al oferente del ara y da mejor explicación a la dimensión del campo epigráfico destruido en este lugar. Sin justificación válida, nos inclinamos por proponer la lectura [Lijmici que, pese a su apariencia genfilicia, sería antropònimo en genitivo singular, en contexto de filiación, porque una sigla aislada al final de la línea separada por signos de interpunción permite considerarla como abreviatura át f(ilius). Tampoco puede descartarse otro nombre, como [AJmici, [A]nnici, [Fajlmici o [Gajmici (Abascal Palazón, 1994, 400 y comunicación personal), pero en el caso propuesto preferimos seguir la disposición de El Repilado, con una filiación similar, Vaccei-f(ilivs), del individuo "cognominado" Límico. De la misma manera, Abascal aborda un caso procedente de Horna (Guadalajara), que restituye como [Lijmicvs, con un paralelo seguro en Alcalá de Henares (CIL II 3034). Pero, indica este autor, esta "opción... en la restitución del texto no implica una elección justificada" (Abascal y López de los Mozos, 1993, 272). En suma, la utilización del nombre "Límico" como antropònimo indígena está atestiguado en El Repilado (Huelva) y en Alcalá de Henares y podría considerarse para los casos de El Sejo y Horna, ambos en territorios cercanos a los anteriores, respectivamente. Todo ello puede relacionarse con la existencia del étnico Límico, referido a conocidas poblaciones bracaraugustanas del Noroeste peninsular (TIR, s.v. LIMICI), pero su dispersión antroponimica es central y sudoccidental. No obstante, esta discordancia espacial no impide excluir su consideración de reflejo postrero de viejas relaciones indígenas que acabarían impregnando la misma antroponimia (por el contrario, en cierto sentido, la refuerza). Aceptado [Li]mici'f(ilius), decidimos la solución L(ibens) y S(olvit). La datación conjeturable a partir de criterios caligráficos y contextúales nos inclina a considerar una fecha del siglo I d. C., o un momento en todo caso algo más temprano, habida cuenta de los claros elementos indígenas que presenta el epígrafe y la importancia que, hasta mediados del siglo II d.C, muestra la arqueología romana de la comarca. Pero estos criterios sólo nos permiten una relativa aproximación a la datación del epígrafe. CONCLUSIONES ARQUEOLÓGICAS, LINGÜÍSTICAS Y EPIGRÁFICAS. En principio, los dedicantes de Casas del Sejo deben considerarse como integrantes de los pueblos célticos del Suroeste peninsular, que habitaban amplias comarcas del Alentejo portugués, tanto del interior (p.e., en torno a Pax lulia -Beja-) como de AEspA, IQ, 1997 UNA DEDICACIÓN A JUPITER EN LA BETURIA 287 la costa (p.e., Mirobriga Celticorum), así como al este del Guadiana, en la provincia de Badajoz y norte de Huelva, donde se emplazan estos yacimientos {Baeturia Celticorum: Berrocal-Rangel, 1989-1990;1996, e.p.;Velazquez y Enriquez, eds., 1995). Sobre pequeños castros, como el vecino cerro de La Martela, y en citanias de tamaño medio {cin 5 ha), como la cercana Nertóbriga, sus patrones de poblamiento recuerdan la cita de Estrabón (Geog. 3.2.15) sobre sus costumbres de vivir en aldeas. Plinio informa de sus oppida y de su procedencia celtibérica y de su personalidad étnica, constatable en los nombres de sus «ciudades», creencias, costumbres y lengua {Nat. Pero pese a la contundencia de tal testimonio, una somera vision del panorama arqueológico prerromano que se desprende de las excavaciones y prospecciones abiertas en estos territorios permite constatar con facilidad que dichas poblaciones presentaban un trasfondo étnico mucho más complejo de lo que, en primer término, pudiera deducirse. Al menos desde el siglo iv a. C. muestran claros de identidad con substratos prerromanos del Duero Medio, en tierras después definidas como solar de vacceos antiguos (García-Bellido, 1993, e.p.;Berrocal, 1992Berrocal,, 285 y 1996, e.p., 94), e.p., 94), previos a un impacto celtiberizador ^ Consensuadamente, estas poblaciones no pueden considerarse celtibéricas (Lorrio, 1995; Romero Carnicero, Sanz Mínguez y Escudero, 1993; Mañanes, 1991). En tal situación, la supuesta relación de origen recogida por Plinio sobre los celtas de la Beturia motivaría una lógica reserva interpretativa. Pero en momentos recientes hemos podido confirmar, con testimonios arqueológicos, la específica naturaleza del apelativo pliniano: ciertas asociaciones materiales de Capote, Vaiamonte y Herdade das Casas permiten afirmar la presencia de pequeños contingentes, sin duda elites de carácter militar procedentes de la Celtiberia que, a juzgar por dichos materiales y por la toponimia (Nertóbriga, Ségida, Arcobriga), serían de origen arévaco y belo (Berrocal-Rangel, 1995, 142-143 y 1996, e.p., 94-97). Desde un planteamiento exclusivamente arqueológico, esta presencia se observa únicamente duran-^ En este sentido coincidimos con la aproximación realizada por M' * Paz García-Bellido desde enfoques numismáticos (1993-e. p.). Sus resultados destacan el singular comportamiento monetai que une a vacceos del Duero y célticos del Guadiana con el uso de un sistema pre-monetal con patrón en oro que se traduce en una ausencia de cecas y que podría reflejar un remoto origen común. En la misma línea hemos incidido en la vinculación de estas poblaciones del Suroeste a pequeñas explotaciones de placeres auríferos (Berrocal-Rangel, 1992, 83 y 238). de la Beturia se dedicaron en pequeña escala a labores metalúrgicas sobre estos recursos y sobre los del Noroeste, cuyo tránsito controlaban desde Jerez, Aroche y Aracena (Alvarez et alii, 1985, 140; Berrocal, 1995). Los Clovti de El Sejo, El Repilado y Riotinto, sin embargo, parecen reflejar una presencia diferente, de dispersión más meridional y en relación con el potencial indudable de las minas de Riotinto, fuera ya de la Beturia. En esta localidad se documentan epigráficamente varios individuos pertenecientes al castellum talabrigense, que Albertos consideró galaicos bracaraugustanos (1990, 141)' ^. Estos galaicos, en opinión de Blázquez, Albertos, Luzon o De Hoz, entre otros, serían mineros llegados a instancias de nuevos planes de explotación y control de los recursos de tal índole, esta vez promovidos por los romanos (De Hoz, 1995, 592). En función de estos testimonios cabría relacionar los conocidos relieves de Riotinto con la representación de cabezas humanas coronadas con cuernos, atribuibles a figuraciones de divinidades galaico-lusitanas (Blázquez, 1975, 82-83;1983, 262), sin duda extensibles a territorios occidentales habitados por vacceos y vettones. Que tales cultos existieron en el Suroeste parece confirmarse con el Ivpiter Anca[..]is de El Sejo, cuya naturaleza sacra se refuerza por el carácter monumental, aunque rústico, de sus elementos arquitectónicos (p.e., la cornisa). Con todo, se trataría de manifestaciones religiosas que se constatan en relación a esta tardía presencia, cuya novedad permite ser comprendida desde la consideración de divinidad tutelar de extranjeros que se le supone a Júpiter en la Península (Perea y Figueroa, 1991Figueroa, -1992)), diferente a la religiosidad más difundida en el Suroeste, claramente definida por las conocidas advocaciones a Endovélico y Atecina. Sobre este punto, aprovechamos la ocasión para divulgar un testimonio más en esta línea, procedente de la vecina localidad de Cabeza la Vaca de León (Badajoz). Se trata de una inscripción que, sobre un ara de granito, está reaprovechada como sillar de la fuente de la calle del Coso de dicha localidad (Girol y Aceitón, 1991). De nuevo con dificultad pueden distinguirse dos líneas, con el texto (fig. 6): [I]vlivs Fe/lix Do(minae) S(anctae) ^ Para su localización propone Ponte da Lima, Miño, pollas inscripciones aparecidas. Un emplazamiento general en TIR, K-29, s.v. Sin indicio de fórmula funeraria alguna, la dedicatoria con los epítetos domina sancta puede relacionarse con alto grado de seguridad, tal como nos ha comentado el Dr. José Luis Ramírez, con la diosa Atecina (con la fórmula más completa, procedente de Santa Lucía del Trampal, dea domina sancta Turibrigense Ataecina: Abascal Palazón, 1995). Pero en El Sejo documentamos un ejemplo de sincretismo indígena con Júpiter similar a los conocidos en tierras más septentrionales, de la Lusitânia (Blázquez, 1983, 269; Redondo, 1986, 17 s.). Además su entorno muestra una naturaleza monumental de elementos constructivos que permite suponer la existencia de un espacio sagrado integrado en un ámbito natural, en un bosque, bajo una montaña y cruzado por un caudaloso arroyo, en definitiva, de un locus sacer liber (Lucas Pellicer, 1981, 238) a modo de nemeton, aunque romanizado y señalado con una construcción de estilo grecorromano cuyo emplazamiento suponemos en Casas del Sejo 1 (aquí, la abundancia de tejas, ladrillos, sillares y dolía contrasta con su escasez en Casas 2). Ello no impide considerar la existencia de otro tipo de monumentos sacros, más acordes con el sincretismo reflejado en el epígrafe y la naturaleza de su dedicante. En tal sentido, junto con la obvia presencia de un arroyo con caudal poco menos que permanente (nacido bajo la vecina Segontia-Sigûnsa-Gigonza: Berrocal-Rangel, 1994, 200), analizamos un destacado afloramiento cuarcítico a escasos centenares de metros hacia el Noroeste, conocido como Piedra del Herrero y cartografiado como Pavo Rayo ^. Su impresionante aspecto, con una altura de diez metros, justificó que lo calificásemos de auténtico "menhir natural" en una publicación anterior. Aunque en sus entornos inmediatos no hemos encontrado resto arqueológico alguno, su emplazamiento afrontado a la Sierra de la Martela, morfología y topónimos y la cercanía al testimonio epigráfico nos impiden olvidar la asociación del trueno y del rayo con el culto a Júpiter, y la consideración de esta deidad como numen loci de los montes y bosques que se le consagraron (Blázquez, 1983, 269, 290). Entre éstos cabe destacar, precisamente, el límico monte Lauroco (Pontevedra) y el monte Candan (Orense), con un lovi Deo Candamo (Blázquez, 1983, 282-283), pudiendo reconocerse en nuestro término Anca[..]i una raíz que recuerda a los Aneares (León-Lugo). Además cabe recordar la vieja dualidad céltica Júpiter-Marte, a menudo confundidos en Hispânia (Blázquez, 1986, 11) y en el resto de la Europa céltica, asimilados a un "Marte indígena o protocéltico" (Hatt, 1989, 29; López Monteagudo, 1989). Por ello es posible que la presencia de un topónimo como La Martela no sea casual, ni que sus conocidas placas áureas muestren representaciones antropomórficas con motivos de fondo en forma de ruedas, glóbulos o discos, junto a cabezas de équidos (Berrocal-Rangel, 1989, 281;1992-145). Todos estos elementos remiten a una semántica que en contextos galos se consideraría típica y tópicamente taránica, específica del Dis Pater que fue la temprana tricotomía Taranis-Teutates-Esus (Hatt, 1989, 40 y 150 s.). ¿Existió en el actual bosque de El Sejo un ámbito sagrado, un nemeton romanizado que, en cierto sentido, haría referencia a la Piedra del Herrero y al cerro principal de la Sierra de la Martela? En nuestra opinión, dada la clara dispersión occidental de los Clovti y la presencia de una divinidad indígena, cuya aparición en estas tierras confirma la extensión hacia el Suroeste de dichos teónimos, hay suficientes restos e indicios como para dar una respuesta afirmafiva. ^ El término podría considerarse un sugerente derivado de "pararrayo" pero, en verdad, debe hacer referencia al Padre García Borrallo, sacerdote segureño del siglo xviii (el Pa Borrayo, sic: R. Caso Amador, 1991: El caballo del Padre Borrallo, Rev. En conclusión, el epígrafe de Casas del Sejo vendría a aumentar la lista de testimonios que afirman la naturaleza indoeuropea y occidental de las poblaciones indígenas del suroeste peninsular, reforzando convergencias con un amplio noroeste, ya en momentos del período romano. Con ello se avanza en la comprensión del grado de complejidad étnica subyacente tras el gentilicio céltico con que sus habitantes eran conocidos, y que la arqueología ha definido como resultado de contingentes previos de vacceos y celtíberos. Además, en el Sejo se define un locus sacer liber, dedicado a una divinidad indígena, Anca[..]is, sincretizada con Júpiter. BIBLIOGRAFIA ABASCAL PALAZÓN, J. M., 1994: Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia. Arqueología 1, Anejos Antigüedad y Cristianismo, II. ABASCAL PALAZÓN, J. M., 1995: Las inscripciones latinas de Santa Lucía del Trampal (Alcuéscar, Cáceres) y el culto a Ataecina en Hispânia, 68,
Las autoras proponen la reconstrucción morfologica e iconográfica de la decoración en hueso de un lecho funerario romano a partir de numerosos fragmentos de revestimiento procedentes de una sepultura in bustum de la necrópolis de La Cona en Teramo (Abruzzo). El lecho, integrado en la tipología del mobiliarlo con "patas torneadas", estaba probablemente adornado con un tema báquico y se encuadra cronológicamente en la primera mitad del siglo i d.C, época de mayor difusión de este tipo de muebles. Ne resta un frammento: h. cm. 3,8 (fig. 6).
El yacimiento de época visigoda de Vega Duero ha venido a proporcionar una de las primeras evidencias de habitat dentro del valle medio del Duero, que rompe con el tradicional desconocimiento de estos contextos. Sus evidencias materiales manifiestan un bagaje cultural bien distinto del que deparan las numerosas necrópolis excavadas en la zona y marcan una importante referencia para la identificación de nuevos poblados sincrónicos. A mediados de diciembre de 1992 se iniciaba una pequeña excavación en el pago Vega Duero, dentro del término municipal de Villabáñez (Valladolid), en una zona próxima al cauce actual del río Duero y al pie del páramo del Cerrato. La intervención, programada dentro del Convenio de Arqueología 1992 (firmado por la Junta de Castilla y León, la Diputación de Valladolid y la Universidad de Valladolid), pretendía, mediante una serie de sondeos, definir la entidad del yacimiento y sus características. El lugar se encuentra en la orilla derecha del río Duero (fig. 1) ^ en el interior de uno de sus meandros, sobre un área donde las arcillas aluviales que componen el sustrato geológico han formado una extensión plana que mantiene una casi imperceptible pendiente hasta el arranque de la ladera del páramo, a tan sólo unos pocos cientos de metros hacia el norte. Las unidades de excavación se trazaron en torno a varias evidencias arqueológicas que la erosión había dejado al descubierto en el cortado que el terreno formaba junto al río. Conforme a los objetivos propuestos, los trabajos arqueológicos se limitaron a cuatro catas independientes que, siguiendo la línea del cortado, coincidían con puntos donde se apreciaban alteraciones antrópicas dentro de la continuidad del sustrato geológico. El resultado de los trabajos fue la identificación de dos ocupaciones en el pago bien individualizadas cultural y cronológicamente. LOS RESULTADOS DE LA EXCAVACIÓN La primera presencia humana detectada en Vega Duero, que no vamos a analizar aquí, se encuadra en un momento calcolitico y las estructuras identificadas se reducían a una fosa de considerables dimensiones, con 80 cm de profundidad y un diámetro cercano a 2,8 m, de la que se recogieron varias piedras de molino, escasa industria lítica y distintos materiales cerámicos. Entre estos últimos destacaban ollas de borde recto o ligeramente reentrante, así como, dentro de la vajilla más fina, vasos globulares y cuencos hemisféricos. Del otro momento, correspondiente a época visigoda, fueron excavadas dos fosas más y parte de lo que parecía ser un área marginal del asentamiento. Ambas fosas se disponían bajo un estrato horizontal, cuya potencia oscilaba entre 60 y 16 cm, que contenía restos similares a los encontrados en los hoyos, pero que carecía de estructuras y había sido revuelto en su zona más superficial por la acción del arado. Todos los estratos de este segundo momento de presencia humana en el lugar contenían en mayor o menor medida materiales calcolíticos, hecho que vendría determinado por la destrucción parcial de las estructuras anteriores y la intrusión fortuita de sus restos entre los niveles visigodos. La cata dispuesta sobre lo que pareció ser una zona marginal del asentamiento no deparó estructura alguna y tan sólo un par de niveles, de dudoso origen antròpico, contenía algún material que adscribimos a la segunda fase de ocupación del pago. ANTONIO BELLIDO BLANCO AEspA, 70, 1997 Canal del Duero El primero de los pozos excavados (fig. 2) tenía 80 cm de profundidad y, aunque su extensión superaba los límites del área de excavación, sabemos que su diámetro era mayor de tres metros. El relle-no interior consistía en una tierra grisácea, rica en intrusiones de ceniza y algunos manchones de greda en la parte superior, dentro de la que aparecía un elevado número de huesos de fauna, además de abundantes cerámicas muy fragmentadas. Todos los materiales habían sido depositados de modo anárquico, salvo una pequeña concentración cerca de la base, cuyos restos principales eran un cuchillo, la mitad de unas tijeras y parte de una olla. Según su contenido parece tratarse de un nivel con desechos domésticos, y la presencia de mogotes de greda extraídos del suelo del entorno podría ser indicio de que todo el relleno responde a la intención de colmatar la fosa con rapidez. Las piezas agrupadas en el fondo serían el fruto de un primer vertido de basuras que, por su disposición y menor fragmentación, constituirían un depósito primario. Recogimos en esta fosa un par de fragmentos de terra sigillata. El segundo hoyo resultó bastante distinto. Sus dimensiones eran de 60 cm de profundidad y unos 3,6 m de diámetro (fig. 2). La superficie del fondo era muy irregular y se encontraba rubefactada y endurecida por el fuego. El tramo conservado de las paredes del hoyo también estaba parcialmente endurecido y en él se apreciaban tres agujeros separados entre sí por una distancia de un metro. El relleno era ceniciento, con algunos carbones pequeños, y contenía fragmentos de teja curva junto a, ya en el fondo, piedras calizas de gran tamaño. Eran escasos los huesos pero abundaban las cerámicas y aparecieron también varias escorias que, unidas a la rubefacción del fondo, podrían dar alguna pista sobre la función original de la estructura en el momento en que sean analizadas. No cabe dudar, pese a la ausencia de datos más precisos, de que se trataría de algún tipo de horno. Dejando de lado esta estructura, que resulta un poco atípica, fosas similares a la primera se han reconocido en número de treinta en el yacimiento madrileño de Perales, donde se han interpretado como basureros (Quero y Martín, 1987). Otras tres más se documentan en el Camino de los Afligidos (Alcalá de Henares) donde se consideran «basureros o vertederos de una villa agrícola» (Fernández-Galiano, 1976b: 46) y, de manera similar a Vega Duero, los materiales recogidos incluyen diversas vasijas casi enteras y varios objetos de hierro fragmentados, todo ello ya inútil cuando se arrojó (ibidem: 61) correspondiendo más a vertidos de desecho que a ocultaciones, como parece el hoyo de Getafe (Caballero, 1985: 98). No obstante, para un hoyo del yacimiento medieval de Arguíroz (Navarra) se defiende que, pese a los residuos contenidos, habría servido para almace- namiento de cereales u otros productos de consumo (Josué, 1988: 304), y la misma utilidad se ha inferido para las estructuras de Los Castellares (Herrera de los Navarros, Zaragoza; Burlilo, 1983: 137). Si acudimos al análisis de asentamientos medievales y modernos posteriores, se observa la existencia de un número destacado de fosas excavadas en el subsuelo que eran dedicadas a silos para guardar el grano y en ocasiones la paja. Su funcionalidad se documenta también en los textos romanos, pues Varrón, en De Re Rustica, comenta que en Carthago Nova los silos normales eran los putei (I, 57, 2), unos hoyos cuyo fondo se recubría con paja para aislar el grano (Martínez y Malilla, 1988: 507). E incluso este sistema tradicional de almacenamiento se ha mantenido hasta hace pocos años en distintos puntos de Castilla y León, situándose los almacenes en la entrada de la casa, bajo el zaguán (Alonso Ponga, 1986: 48). De ello cabe sospechar la posibilidad de que el hoyo de Vega Duero hubiese servido en origen como silo; con más razón aún si se piensa que en comunidades agrícolas los desechos orgánicos constituyen un excelente abono para los campos y no tendría sentido la excavación de fosas para lograr su eliminación. La reducida entidad de la muestra material recogida impide establecer conjuntos coherentes independientes para cada una de las estructuras, por lo cual a efectos prácticos se considera toda la excavación como un solo conjunto. Los restos corresponden a desechos, factor determinante de que se presenten sumamente fragmentados y que ha influido en la ausencia de vasijas completas. Se observa el absoluto predominio de la cerámica, si bien no faltan los hallazgos faunísticos (sobre todo en el interior del silo-vertedero) y metálicos. De las piezas metálicas (fíg. 3), la primera que llama nuestra atención es un cuchillo de hierro con los bordes de la hoja casi paralelos, aunque el lado del filo se curva en el extremo distal para unirse al otro borde. El vastago para el mango, que conservaba algunos restos de madera, parte del centro de la zona proximal de la hoja. Su tipología dista mucho de los cuchillos con funda tipo «Simancas» o del modelo afalcatado, pese a que ambos resultan los mejor conocidos o más prototípicos del periodo tardorromano (Palol, 1964; Caballero, 1974: 64-7). Dentro del Castro de Yecla (Burgos) se encontraron dos puñales afalcatados cuyo modelo se incluye dentro de la tipología tardorromana (Caballero, 1974: 66), pero al mismo tiempo se recogió en la vivienda visigoda B, entre otros objetos, un cuchillo no demasiado distinto al de Vega Duero (González, 1947: 31 y lám. XXII, n° 3). En este último estudio se alude a la existencia de piezas semejantes en las necrópolis de Pamplona, Estagel, Daganzo de Arriba, Duratón y Herrera de Pisuerga (Zeiss, 1934). También realizada en hierro, fue hallada una tijera {forfex) de la que se conserva una de las hojas triangulares y el arranque del pedúnculo, de sección rectangular. No menudean los paralelos de época visigoda, lo cual nos obliga a recurrir a modelos romanos. Con esta datación, las tijeras son de hojas triangulares y para los ejemplares en hierro predominan los vastagos de sección rectangular, al tiempo que la unión entre las dos hojas se hace siempre en horquilla (Borobia, 1988: 240, 270, 286), sistema que creemos el más probable para la pieza de Vega Duero, ya que los vastagos doblados sobre sí mismos se elaboran con sección circular mayoritariamente. Entre los yacimientos tardorromanos, en el enjundioso lote de materiales metálicos de la sepultura I de Fuentespreadas se incluía una tijera de hierro. Su morfología se define a partir de dos hojas triangulares y mango de sección rectangular con sistema de horquilla (Caballero, 1974: 122 y lám. IX). Otra pieza sincrónica muy parecida se recogió en el enterramiento de San Miguel del Arroyo (Valladolid; Palol, 1969). Mientras que en tijeras de bronce no se duda de su empleo médico, incluso para intervenciones quirúrgicas (Celso, De Re Medica, Lib. VII, XVI), no existe la misma seguridad para atribuir una función a las de hierro (Borobia, 1988: fieles muestran acabados toscos o alisados, aunque algunas piezas cuentan con finos bruñidos. Los bordes son en su mayoría vueltos, aunque no faltan otros exvasados, los fondos planos y las asas tienen secciones de cinta o cilindricas. Entre las formas cerámicas destaca en primer lugar el cuenco carenado (fig. 4). Sus paredes son ligeramente curvadas hacia fuera o rectas y la parte por encima de la carena es vertical, con paredes rectas o adoptando una curva hacia dentro. Aunque en un caso el labio es vuelto, el modelo más común posee labio exvasado, con lo que se incluiría en la forma B.3 de Caballero. Sus superficies, pese a carecer de decoración, han sido finamente bruñidas, dándoles un aspecto brillante. La forma tiene un claro origen romano y vendría a constituir una simplificación de la Rig. 18; más concretamente deriva de las formas tardorromanas Rig. Estos cuencos aparecen en algunos yacimientos tardorromanos, pero sobre todo en los de época visigoda del siglo V al VII (Caballero, 1989: 93-4; Larrén, 1989: 62). Relacionadas con las anteriores por su fino acabado, se encontrarían las botellas (fig. 4). Pueden presentar asas y las superficies han sido espatuladas, llegando en un caso a adoptar este acabado una función decorativa mediante una disposición de bandas verticales bajo el borde. Varios fragmentos de asas, también espatuladas, pertenecerían a formas similares (fig. 4). Otra forma frecuente es la olla (fig. 5). El cuerpo es globular y presenta variantes en la disposición de la boca. Unas pocas piezas muestran un cuello breve y sin marcar el labio o con éste vuelto, pero en general predominan las piezas que dibujan claramente el cuello y cuentan con labio exvasado. Estas últimas, y algunos framentos de forma indeterminable, muestran una decoración incisa en la zona de conexión entre el cuerpo y el cuello que consiste en bandas horizontales y onduladas efectuadas con peine o en una onda simple enmarcada por dos líneas horizontales. A sendas orzas pertenecerían los dos fragmentos de vasijas con paredes reentrantes, sin cuello y labios vueltos, cuya parte superior se decora en una de las piezas con una ancha incisión meandriforme (fig. 5). Varios fragmentos recogidos en la excavación pertenecían a tres grandes recipientes de los que desconocemos la forma pero que resaltan por su tosco acabado y pastas ricas en desgrasantes micáceos y silíceos y cuya función guardaría relación con el fuego. El fondo de una vasija parece haberse reaprovechado como tapadera (fig. 5). Asimismo, además de las decoraciones incisas antes descritas, debemos mencionar que un pequeño fragmento de galbo contaba con un cordón plástico liso. Para la cronología del yacimiento hemos de considerar el interés que supone la presencia de las sigillatas y las tijeras, materiales que se ligarían al mundo tardorromano y que se mantendrían durante el proceso de disolución de lo romano y los comienzos de la época visigoda, cronología a la que haríamos corresponder el yacimiento. La desaparición de la sigillata anaranjada se produciría en un momento im-preciso del siglo v (Caballero, 1989: 86), al tiempo que se aprecia cómo gana predicamento la cocción reductora, si bien esa sigillata perdura en exiguas muestras hasta el vi (Abasólo et alü, 1984: 171; Bohigas y Ruiz, 1989: 50). Por otro lado, si contemplamos los conjuntos cerámicos de algunos yacimientos datados a partir del siglo v, como los de Cañal (Fabián et alii, 1986) y Perales (Quero y Martín, 1987), se manifiesta la ausencia de cerámicas romanas. Estaríamos ante enclaves con materiales de tipología adscribible a la etapa visigoda donde ya se ha producido la desaparición de las antiguas sigillatas. El grueso de la producción cerámica de Vega Duero coincide en líneas generales (parecidas formas y similares decoraciones colocadas en las mismas zonas de las vasijas) con otros yacimientos sincrónicos como los de Cañal en Salamanca (Fabián et alii, 1986: 192-3), Perales del Río en Madrid (Quero y Martín, 1987: 365-70), El Castelar de Doñajimena (Bohigas y Ruiz, 1987: 39-42) y el castro de Monte Cildá en Falencia (ibidem: 44-8) y Navasangil en Ávila (Larrén, 1989: 56 y 62-73). Faltan en Vega Duero algunos materiales característicos de este mundo, básicamente decoraciones impresas -bien digitaciones, bien estampillas-y pintadas; no obstante, esas faltas pueden deberse a lo limitado de la muestra que manejamos. Sobre la datación, la única fecha de C-14 documentada en un yacimiento de esta época corresponde al 490+30 de Perales del Río (Quero y Martín, 1987: 372) y, aunque una datación aislada no proporciona ninguna seguridad, habría que pensar que en torno a este momento ya existirían enclaves exclusivamente con materiales de tipología hispanovisigoda y donde se habría diluido lo tardorromano. El resto de los asentamientos que hemos mencionado se fecha de forma imprecisa entre los siglos v y vil, aunque se trata de una apreciación difusa en torno al «periodo visigodo» que comenzaría bien entrado el siglo V y se extendería hasta el año 711 (Caballero, 1989: 86). Para Vega Duero, por la mezcla de evidencias de los dos mundos, creemos que el desarrollo del yacimiento se situaría en torno a la segunda mitad del siglo v, que habría sido aproximadamente el punto de inflexión en que conviven ambos grupos de producciones. CONSIDERACIONES SOBRE VEGA DUERO Y EL POBLAMIENTO DE ÉPOCA VISIGODA EN EL ÁREA Pese a que la excavación sólo ha proporcionado la identificación de estructuras subterráneas, nos encontramos sin duda ante un poblado, según puede deducirse de otros enclaves similares. En Perales del Río (Madrid), trabajos previos a la excavación arqueológica allí efectuada causaron la explanación del terreno, perdiéndose los niveles superiores hasta 80 cm de profundidad y, por tanto, todas las estructuras constructivas, hecho que determinó que sólo se localizaran las fosas subterráneas (Quero y Martín, 1987: 364). Asimismo, en el Camino de los Afligidos (Alcalá de Henares, Madrid) el propio carácter de urgencia de la intervención realizada impidió excavar alrededor de los hoyos -mismo problema al planteado en Vega Duero-, lo que imposibilitó la búsqueda de algún muro o estructura del asentamiento; no obstante, se afirma que las fosas habrían de pertenecer a dos habitaciones, probablemente cocinas, por la gran cantidad de huesos y cerámicas aparecidas (Fernández-Galiano, 1976b: 46). Para el caso de Torralba (Lorca, Murcia), el sector donde aparecen los silos se considera una aldea donde vivían los trabajadores de las tierras (Martínez y Malilla, 1988: 539). Contamos además con el apreciable testimonio de una serie de estructuras visibles que se distribuyen en el cortado del río a lo largo de 160 metros. La mayoría corresponde a grandes fosas excavadas en el sustrato geológico del pago, cuya funcionalidad podría corresponder a silos o a vertederos y de las que no sabemos a priori si se situarían en lugares de habitación o en zonas de actividad o de paso. No obstante, otras, como algún muro de caliza y fosas de menor tamaño, se ligarían más probablemente a zonas de habitación. Los restos superficiales en el yacimiento no evidencian la posibilidad de que existan edificios de carácter monumental, más bien al contrario, pues aunque se encontraban numerosas piedras calizas, habían sido muy poco trabajadas y no tenían superficies escuadradas. La reducida dimensión del habitat y el carácter de las estructuras excavadas son elementos que confirman la impresión de que nos encontramos ante un asentamiento campesino, probablemente de tipo aldea o granja. El poblado se dispone, como ya hemos señalado, en la ribera del río Duero, en unas tierras especialmente aptas para la agricultura. No contamos con datos medioambientales que nos confirmen objetivamente este supuesto aprovechamiento agrícolaganadero, si bien la explotación que de este tipo de áreas se realizó desde las villas romanas (Fernández Castro, 1982: 24-5) induce a sospechar una continuidad. Un modelo de poblamiento en buena medida similar, aunque se ha descubierto una mayor cantidad de asentamientos, se documenta en el sureste de Salamanca. Se trata de una zona con emplazamientos dispuestos en el fondo del valle, sobre espacios abiertos que carecen de pretensiones defensivas y se orientan hacia una explotación agropecuaria (Fabián et alii, 1986: 198). El yacimiento de Vega Duero está muy próximo, tan sólo dista 300 metros, al pago denominado El Convento, donde se ubica un establecimiento altoimperial y tardorromano en el que se han reconocido diversos restos constructivos: pisos de calicostre, ladrillos, imbrices y tégulas (Mañanes, 1983: 74). Su existencia, que no parece alcanzar la etapa visigoda, bien pudiera guardar alguna relación con Vega Duero. Existiría una relación entre las ocupaciones de estos dos yacimientos, correspondiendo el más moderno a un abandono de las estancias nobles de la villa y la ocupación de una zona que con anterioridad era marginal. No sabemos si el paso de un lugar a otro fue inmediato o se produjo un hiato, que en cualquier caso no sería muy prolongado, durante el cual se produjo un abandono de Vega Duero. Lo que sí hemos constatado, dentro de la reducida área excavada, es la ausencia de restos que puedan adscribirse a la época del Convento dentro de Vega Duero y que permitan hablar por lo tanto de que ésta era un área con edificaciones de servicio de aquélla. Hacia mediados del siglo v se produce un fenómeno generalizado en toda la península de abandono de las villas romanas. Parece haber existido un traslado de la población a nuevos emplazamientos, pero sin que lleguen a despoblarse las comarcas anteriormente habitadas pues, aunque se sabe poco de los habitats, ahí están las necrópolis para testimoniar la presencia humana. Un proceso idéntico puede haberse producido en esta zona del valle del Duero (tenemos el ejemplo palentino de Monte Cildá, que tras haber sido abandonado en el siglo i, es reocupado ahora, en el v), afectando directamente al Convento y Vega Duero. Lo mismo ocurre en la cercana provincia de Soria donde, además de la tendencia a reocupar antiguos habitats prerromanos en los rebordes montañosos, se aprecia un cierto paralelismo en la ocupación del espacio rural entre los asentamientos tardorromanos y los nuevos de época visigoda (Gómez Santa Cruz, 1992: 947). En las villae tardorromanas del área de Alcalá de Henares se ha constatado que no aparece ningún material posterior al siglo v o inicios del vi (Fernández-Galiano, 1976a: 110). El fenómeno se atestigua en la misma Complutum, que es abandonada en el primer tercio del siglo v en beneficio de un patrón espacial de ocupación más disperso, donde se sucederían casas, espacios cultivados y pastos (Méndez y Ras-cón, 1992: 96-8). También en el Sureste peninsular se constata una transformación del habitat en los siglos V y VI, pues los materiales más modernos de las villae corresponden al siglo v y desde este momento la población tiende a deshabitarlas y concentrarse en lugares altos y de difícil acceso (Gutiérrez, 1988: 325 y Ruiz Molina, 1988: 580). No conocemos en detalle los determinantes de un proceso de reorganización territorial de semejante índole. Pese a la falta de referencias a Hispânia en las fuentes clásicas, gracias a la documentación arqueológica tenemos constancia de que se produjo un florecimiento y crecimiento de la economía hispana en el siglo iv (Palol, 1970). A partir del año 411 comienza el asentamiento de germanos en la península (citado por Hidacio, Isidoro y Orosio), pero es sobre todo a mediados del siglo cuando se intensifican las luchas y ya en el 441 la revuelta de los bagaudas se manifiesta en la Meseta. En 456 Teodorico II se introduce en el reino suevo y saquea con sus tropas Astorga y Braga -capital sueva-, siendo de nuevo saqueadas Falencia y Astorga al año siguiente. De nuevo entre 457 y 462 continúan las depredaciones entre suevos y godos, centradas básicamente en Tierra de Campos, que se prolongan hasta que en 470-475 Eurico se hace con el control de Hispânia, aunque el fin de la inestabilidad no se asegura hasta 494-497 cuando, según la Chronica Caesaraugustana, Alarico II lleva a los primeros godos a establecerse en Hispânia (Palol, 1970: 25-30; Palol y Cortés, 1974: 206). La tensión pudo haber alterado el status romano tradicional y ser el origen de una nueva organización, causando modificaciones en la ocupación del territorio. No obstante, el momento final de la aristocracia rural y sus fundi se adecúa más a las revueltas de colonos y esclavos que a la presencia de los primeros asentamientos godos; de cualquier modo, parece que se produjo una transformación en los sistemas de explotación y residencia señorial de estos grandes centros y que de ellos permaneció la parte rural y ganadera, abandonándose sólo la villa urbana o la parte más noble (Palol, 1987: 356). De hecho es poco probable que los asentamientos visigodos se superpongan a los fundi agrarios, pues son raros los elementos germánicos documentados arqueológicamente en ellos (ibidem: 358-9). Falta, pese a todo, conocer con certeza la estructura del poblamiento. Se ha sugerido la existencia de tres tipos distintos de yacimientos hispanovisigodos (necrópolis asociadas a villas romanas, poblados en llano y asentamientos en castro) que se desarrollarían sucesivamente en el tiempo (Arranz et alii, 1989: 8). No obstante, consideramos más facti- ble que se trate de tres modelos de estaciones sincrónicas que, sumadas, forman un sistema coherente de ocupación del territorio, en el cual, en todo caso, sólo sería algo posterior la aparición de los castros. Habría de existir probablemente algún núcleo principal en un emplazamiento netamente defensivo similar a los del Sureste, dominando un área que contase con varios habitat de carácter agropecuario y rural. Acerca de tales castros, Paiol (1970: 19) señaló su coincidencia con puntos clave de las vías romanas y de los cauces fluviales. Al mismo tiempo algunos de los cementerios aprovecharían los muros de las antiguas villas cercanas a los nuevos núcleos de población. Se conformaría de este modo una ocupación como la del sureste de Salamanca, que aparece centrada en el asentamiento de Salvatierra de Tormes, donde se documentan incluso restos de carácter monumental (Fabián et alii, 1986: 188). Lamentablemente, lo que hoy se sabe de la provincia de Valladolid en época visigoda está polarizado en sus necrópolis. Ya hace veinte años hablaba Palol del desconocimiento existente (Palol y Wattenberg, 1974: 52-4), que no ha venido a paliarse con posterioridad. De los once yacimientos conocidos en 1974 (ibidem: 229), tan sólo se ha pasado a veintitrés en 1989 -de los cuales ocho resultan simples hallazgos aislados-, en su mayoría necrópolis de las que, pese a la transcendencia que tendrían para localizar los habitats (Ripoll, 1989: 390), se ignora la localización de sus poblados correspondientes (Arranz et alii, 1989: 8-9). Habrá de buscarse en el análisis de las villas romanas y su evolución la solución al cambio poblacional del siglo v.
El auge de los estudios de carácter histórico-cultural en Rusia es conocido a lo largo de los últimos decenios. Prueba de este hecho es la aparición de una nueva serie destinada a publicar la cerámica pintada griega que se halla en los fondos del Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú. La colección cuenta hoy día con más de un millar de vasos, enteros y fragmentados en diferentes grados. Mientras tanto -y así lo escribe en la introducción al Corpus el director del Departamento de Arte y Arqueología antigua del Museo Pushkin y excavador de la polis griega de Panticapea Dr. V.P. Tólstikov-solamente un pequeño porcentaje de ellos están incluidos en catálogos clásicos (del tipo de J.D. Beazley o de A. Trendall). En la misma Rusia tampoco son frecuentes -como lo indica la autora en su introducción-los Corpora. La publicación de la cerámica ática del Museo Pushkin se realiza bajo el patronazgo de la Unión Académica Internacional. Su secretario Dr. Ph. Roberts-Jones y el director del programa Corpus Vasorum Antiquorum Prof. H. Metzger han manifestado su interés por dicha colección y han posibilitado su publicación en unos nueve volúmenes. Aquí tenemos el primero de ellos, dedicado a la cerámica ática de figuras negras. La obra aparece estructurada en tres bloques de desigual extensión: primero dos breves capítulos introductorios, sigue el Corpus mismo y, finalmente, tres útiles índices. El método tipológico, empleado como hilo conductor del estudio, permite a N. Sidorova, con la colaboración de O. Tugúsheva, ofrecer de manera ordenada -según un criterio cronológico, aunque hubiera sido más deseable uno geocronológicotoda la variedad de cerámica de tipo ático de figuras negras reunida en el Museo Pushkin, en total unos 300 ejemplares. Como complemento obligado de la cerámica de fabricación ática, la autora incluye en el Corpus las piezas provenientes de Grecia oriental, que manifiestan un interés continuado de los griegos pónticos por la cerámica ática y también por la cerámica suritálica decorada, a pesar de que esta última muestra la degeneración de temas, estilos y calidades como consecuencia del traslado a Occidente de los talleres áticos. La autora ha adoptado el siguiente esquema de presentación de las piezas: forma, historia, datos sobre su hallazgo, medidas, estado de conservación, decoración y estilo, identificación del autor, escuela o taller, fecha, comparaciones y analogías, y bibliografía. La descripción de cada piezas es habitualmente completa, concisa y rigurosa. La nomenclatura que utiliza al hablar de la tipología y formas de los vasos áticos sigue en todo la de J.D. Beazley y es también una referencia constante el trabajo de Haspels para los bien documentados tipos de lékytoi de figuras negras. En lo que respecta a la forma, cada ejemplar suele ser identificado de una manera general y, si es posible concretar dentro de su género, se da seguidamente una ampliación de la descripción primera. En la ordenación establecida los vasos enteros no están separados de los que se conocen sólo por fragmentos; la autora se ha ceñido a su cronología y lugar de procedencia para ordenarlos dentro de la misma forma. En la mayoría de los casos ha podido determinar la for-ma del vaso al cual pertenecía tal o cual fragmento. Esto se ha logrado en aquéllos que representan bordes de la boca, fondos o pies. En fragmentos amorfos la curvatura de perfil, el espesor de las paredes y el tamaño han servido para adscribirlos a un grupo de vasos. En otros casos se ha podido determinar la forma por medio de la decoración del fragmento amorfo. En los casos en que los fragmentos son muy semejantes (p. ej. fragmentos de kylikes, kántharoi, skythoi, ámphorai, stámnoi, pélikes) ha sido necesario reservar un apartado especial. Las formas mixtas también presentan un serio problema cuando sus fragmentos no son claros a este respecto {kylikes o skythoi, p. ej.). En tales casos las representaciones figuradas, señalando estas diferencias tipológicomorfológicas, ayudan mucho a comprender para qué uso servía cada una de estas piezas fragmentadas. Los estudios morfológico y estilístico son los más interesantes y los que nos aportan una mayor cantidad de datos acerca del vaso o fragmento. Esta parte del trabajo fue llevada a cabo mediante criterios de comparación con paralelos. En caso de no haber conseguido asignar la pieza a un pintor o taller, Sidorova la fecha por aproximación, eligiendo la época del floruit. Al hablar de la cerámica procedente de los talleres locales (p. ej. de Panticapea del Bosforo cimmeriano o de Hermonasa de Kubán) la autora emplea la nomenclatura de V.P. Tólstikov, que así tendrá un lugar entre los estudios europeos de esta especialidad. Especial atención merecen los índices, que completan la parte principal del Corpus. En el primero de ellos se recoge la información acerca de los pintores, escuelas y círculos, en el segundo se enumeran los personajes mitológicos representados en los vasos estudiados, y el tercero se consagra a los centros y talleres de donde procede tal o cual pieza. El Corpus está bien ilustrado con 66 láminas, si bien es una lástima que por razones económicas no podamos disfrutar en color esta espléndida cerámica ática de figuras negras. En resumen, el Corpus reseñado proporciona una buena fuente de nuevos materiales para el acceso a muchos aspectos del mundo antiguo tanto metropolitano como colonial. Aquí estriba la principal aportación y el interés de la obra propuesta por N. Sidorova en colaboración con O. Tugúsheva. Esperamos nuevos volúmenes de esta serie. V. Kozlóvskaia Universidad de Vladimir Efectivamente, no domínio das fórmulas -hoje tão importante quer para se identificarem oficinas quer para se detectarem imfluências doutras áreas-teria sido interessante o (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ todológico, como si los instrumentos y herramientas interpretativas de tendencias tan distintas como procesualismo y postprocesualismo fueran capaces de funcionar ajenas a la teoría general del funcionamiento de las sociedades que las sustenta. El autor considera que una y otra tendencia son aplicables a cuestiones diferentes, las bases materiales de la cultura la primera, los significados culturales la segunda, salvándose de esta forma tan simple todo el debate historiográfico y soslayándose con ello la necesidad de una toma de postura ideológica. El resultado es la construcción de un modelo cíclico del desarrollo histórico basado en la alternancia de dos modelos de estructura social fundamentados en dos tipos de "mecanismos de expresión, reproducción y control de las relaciones sociales": el hiperdesarrollo de los aspectos rituales (sociedades orientadas al monumentalismo) y el amplio desarrollo de la circulación de productos por la vía de un comercio aristocrático y ritualizado (sociedades orientadas al intercambio). Con esto, que no es más que afirmar que el cambio social se basa en la mayor o menor tendencia al aislamiento o a la comunicación con el exterior de las comunidades, termina por simplificarse una cuestión, la relación hombre-medio, capital en el contexto actual de la ciencia arqueológica. En el contexto de los estudios arqueológicos de orientación geográfica el acercamiento a la insularidad como factor importante del análisis de las formaciones sociales y su evolución es una de las vías de estudio que se han desarrollado en los últimos años. Así surgen los trabajos de investigadores como P.V. Kirch, R.H. MacArthur, E.O. Wilson, J.D. Evans, S. Villette, A.P. Vayda, R.A. Rappaport... En esta línea Patton se ha marcado un claro objetivo: demostrar que a partir del estudio de la insularidad y sus efectos sobre las sociedades humanas es posible la construcción de modelos de alcance general sobre la estructura social. Para ello ha realizado un valioso estudio de conjunto de la prehistoria insular mediterránea, que sirve para contextualizar el planteamiento teórico que actúa como eje rector del libro. Él libro es, en concreto, una continuación de la teoría del "laboratorio insular" de E^ans según la cual las islas son lugares ideales para el estudio del desarrollo de las sociedades, porque en ellas las variables que influyen en los procesos culturales son menores y más fácilmente definibles y controlables, y porque el espacio en el que se desarrollan esas sociedades viene definido a priori. A partir de estas ideas, el autor plantea la oposición entre las corrientes biogeográficas y las sociogeográficas, partiendo de la necesidad de completar las primeras, cuyos estudios exclusivamente centrados en las relaciones entre comunidades y medio ambiente no tienen en cuenta el hecho de que el hombre es un ser cultural y social, y por tanto, activo en su relación con el medio. Tal vez lo más valioso del libro es la afirmación de que es necesario estudiar esa actividad del hombre, es decir, cómo el medio es manipulado y transformado por la práctica social y de qué modo aspectos concretos de un medio dado se usan en la articulación y transformación de las relaciones sociales. Sin embargo, este planteamiento teórico no parte de una base firme. A pesar de que el libro pretende realizar una reflexión de amplio alcance sobre la relación hombre-medio en el desarrollo de las formaciones sociales, carece de una reflexión teórica sobre lo que se entiende tanto por formación social (sobre todo para el caso de las sociedades de clase) como por medio. Esta carencia se intenta suplir con la idea del "laboratorio insular": el análisis comparativo de la evolución cultural de las sociedades isleñas sustituye a la teoría general sobre el desarrollo de lahistoria y la evolución de las comunidades. AEspA, 70, 1997 turas más al norte del área excavada que se concentran alrededor de dos grandes fosas con tumbas centrales y ajuares ricos que han sido interpretadas como enterramientos de personajes de elevado rango social. En relación con la forma de enterramiento, las urnas de la necrópolis de Künzing, tanto en el entorno inmediato como en su contenido, responden al esquema habitual ya descrito por Müller-Karpe para las necrópolis de Campos de Urnas de la Baja Baviera. Gracias a las técnicas de excavación y de estudio muy exhaustivas, se ha podido reconstruir con detalle el ritual funerario desde la cremación del cadáver hasta la deposición de los restos funerarios en sus respectivos fosas. Los estudios antropológicos han revelado una serie de datos muy interesantes que confirman algunos resultados ya conocidos para necrópolis sincrónicas, pero también han aportado datos novedosos, como por ejemplo un elevado número de mujeres jóvenes en enterramientos dobles. En este sentido el autor advierte su consternación por los resultados tan dispares obtenidos de dos análisis antropológicos realizados para esta necrópolis. El primer estudio analiza los restos humanos procedentes de 14 tumbas, mientras que otro posterior 225 tumbas, volviendo además a revisar el primer estudio. Resulta llamativo las diferentes conclusiones a las que llegan los dos antropólogos, especialmente en la asignación del número de individuos en cada tumba. Mientras que en el estudio más antiguo no se menciona en ningún momento la posibilidad de enterramientos dobles, en el análisis posterior, más del 60% de las tumbas constituyen depósitos de parejas (algunas incluso triples, incluyendo a un niño). Precisamente enterramientos dobles tan numerosos no tienen paralelos con otras necrópolis sincrónicas y desde el punto de vista arqueológico los ajuares no parecen revelar indicios en este sentido. Teniendo en cuenta los resultados del segundo análisis antropológico el esquema de un ritual de enterramiento en Künzing para el período de Campos de Urnas sería el siguiente: De los casi 400 individuos identificados se desprende que por la constatación de determinadas características, ni la población infantil ni la adulta parece haber sido sometida a importantes esfuerzos físicos para poder sobrevivir. Todo parece indicar que en esta necrópolis se enterraba solo una parte de la población, posiblemente las clases dirigentes. El rito de la cremación se reservaba generalmente a hombres adultos, de talla más bien elevada y a los que, en la medida de lo posible, les acompañaba una mujer joven de unos veinte años. Análisis detallados sobre los componentes de las cenizas han podido revelar el lugar de cremación: la pira funeraria se realizaba con un buena carga de troncos de haya bien secos sobre un terreno formado por bancales de arena junto al Danubio, todo ello colocado en una dirección favorable al viento. El difunto en posición decúbito supino, junto con otros cadáveres (una mujer, o también niños) se cubría con madera para, posteriormente, ser quemados. En un 20% de la tumbas aparecieron diferentes porciones óseas de animales, a modo de ofrenda alimentaria. También en este caso la necrópolis de Künzing se decanta, al contrario de otras, por un depósito preferente de porciones de porcino, seguido de ovicaprinos, vacuno y excepcionalmente de ciervo. Después de varias horas de combustión se dejaba enfriar lentamente las cenizas, para posteriormente machacarlas con una maza o algo similar. El depósito de cenizas en el interior de la urna no suele superar cantidades superiores a un 30% del total de los restos cremados. Evidentes indicios de ritos funerarios bien establecidos se hacen patentes tanto en la forma de deposición de los diferentes ajuares como en el tratamiento que sufren. Los restos del difunto suelen formar una masa compacta en el fondo de la urna, apareciendo de forma excepcional en el relleno o en el exterior de la misma. Entre las cenizas han aparecido cuentas de collar en vidrio y de concha, así como algún útil en hueso o sílex. Generalmente se cubren con objetos de urnas de cuello ancho, generalmente empleadas para enterramientos femeninos, y urnas de cuello estrecho para enterramientos masculinos, mientras que las formas intermedias han servido indistintamente para ambos sexos. Una serie de grandes fuentes sirvieron principalmente para cerrar y cubrir las urnas entre las que destacan fuentes carenadas, con diferentes tipos de bordes. La mayoría de las cerámicas finas suelen presentar decoraciones grafitadas interiores y exteriores, a base de líneas paralelas, propias del HaB, así como guirnaldas. También aparecen cerámicas con decoraciones pintadas en negro e incisas. En la cerámica común destacan algunas urnas con impresiones digitales y decoraciones incisas e impresas. Las tumbas más recientes de la necrópolis, es decir, las hallstatticas, forman dos grupos, apareciendo en la zona sur y centro de Künzig. Hasta ahora se han excavado tan sólo 16 sepulturas, por lo que los resultados expuestos suponen tan sólo un avance en la investigación. Destaca la gran variedad de ritos de enterramiento: desde simples urnas en fosa, tumbas en fosa sin urnas, hasta tumbas en cámara con los restos cremados e incluso una inhumación. En el caso de las tumbas de cámara, por la escasa profundidad que presentan, se duda si se trata de auténticas cámaras de madera, y también se desconoce si tuvieron túmulo. Generalmente los restos cremados se depositaron en el centro de la cámara, debajo de cerámica, junto con piezas metálicas, y sin una disposición reglamentada el resto del ajuar. En principio, él cambio del ritual de enterramiento en urna, dando paso al enterramiento en cámara, es continuo. Algo similar ocurre con las cerámicas que muestran cambios tipológicos de forma gradual al iniciarse el Hallstatt. Los primeros objetos en hierro e innovaciones en la decoración cerámica anuncian definitivamente la transición al Hallstatt, pero no faltan ajuares que reflejan pervivencias de tradiciones anteriores (punta de lanza de bronce, ajorcas, alfileres, etc). Elementos novedosos son el hallazgo de un cuchillo y un brazalete, ambos de hierro, anillos huecos de bronce de función desconocida y cerámicas entre la que destacan cuencos con diferentes tipos de bordes decoradas con bandas negras pintadas interior y exteriormente. También son frecuentes cuencos carenados con decoraciones de círculos y guirnaldas incisas, ollas grafitadas o pintadas, alguna impresa con ruedecilla, y alguna taza. No deja de sorprender que entre el ajuar funerario haya sido frecuente el hallazgo de láminas, lascas y debrises de sílex, circunstancia que se ha interpretado con una función de amuleto, sobre todo cuando en Künzing las piezas de sílex aparecen incluso en la tierra de relleno que cubre el enterramiento. Las actas del coloquio que reseñamos están dedicadas, como lo fue el mismo coloquio, a Hermann Müller-Karper en su 65 aniversario y consisten en una puesta al día de todo lo que sabemos sobre Campos de Urnas, por ello es inexplicable que la única parcela que está ausente sea la península ibérica, aunque en los trabajos particulares aparezca frecuentemente utilizada como referencia y término comparativo. Realmente habría sido importante que nuestro problema latente, sobre desde dónde, hasta dónde y durante cuánto tiem-po podemos hablar de Campos de Urnas en España, hubiera entrado a discusión en este panorama general europeo. Todas las colaboraciones están escritas en alemán excepto la 2^ que lo está en francés. El índice de participaciones es el siguiente: 1) G. Kossack, Europa central entre los ss. XIII y VIH a.d.C. Historia y estado de la cuestión; 2) E. Warmenbol, La Edad del Bronce en la Bélgica septentrional: balance y perspectivas; 3) N. Roymans & H. Fokkens, Asentamientos de las Edades del Bronce y del Hierro en Holanda, una revisión; 4) T. Ruppel, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en el sur de Alemania; 5) M. Primas, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Suiza; 6) R. Peroni, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Italia; 7) F-W von Hase, Influencias egeas, griegas y de Oriente próximo en la Italia central tirrènica; 8) L. Zemmer-Plank, Estados de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Austria septentrional; 9) B. Terzan, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Yugoeslavia; 10) M. Novotná, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Eslováquia y territorios colindantes; 11) A. Vulpe, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en los Cárpatos; 12) L. Krusel 'nyc' ka, El Bronce temprano al norte de los Cárpatos; 13) M. Geld, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre Campos de Urnas en Polonia; 14) H. Thrane, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación sobre la Edad del Bronce al oeste del Báltico; 15) B. Gediga, Estado de la cuestión y los objefivos de la investigación sobre Campos de Urnas al norte y sur de los Alpes; 16) V. Rychner, Estado de la cuestión y objetivos de la investigación dendrocronológica sobre Campos de Urnas (en colaboración con AA.VV.). Sin duda una revisión tan completa de los estudios sobre Bronce tardío y I Edad del Hierro en toda Europa será un hito en la investigación prehistórica. La universidad alemana de Ratisbona inicia con este volumen una serie dedicada a la arqueología prehistórica. En él se recogen los resultados del coloquio celebrado en esta ciudad del 28 al 30 de octubre del 92 sobre el tránsito de la Edad del Bronce a la del Hierro. Las conferencias que sustentaron el coloquio dieron lugar a la organización de una posterior mesa redonda, celebrada también en Ratisbona en marzo del 93. El volumen puede estructurarse por zonas geográficas, al igual que lo estuvo el coloquio, a excepción del prólogo y la ponencia que abre el libro, redactada por W. Torbrügge, la que se refiere al comienzo de la Edad del Hierro, apuntando diversas consideraciones de índole terminológica, así como algunas críticas a las opiniones vertidas hasta ahora sobre el tema. Tras esta importante introducción, entramos en los estudios por áreas. La zona al sur de los Alpes, concretamente el occidente suizo, es tratada en el capítulo de V. Rychner y C. Dunning. El cambio de la Edad del Bronce a la del Hierro en el área del norte de los Alpes y Baviera es objeto de los trabajos de H. Reim (Baden-Württemberg), H. Henning (Baviera occidental), R. Hughes (necrópolis de Schnirdorf, en la zona de Ratisbona), R Ettel (Alta Franconia) y A. Reichenberger, quien nos habla de los Herrenhofe. La cuestión de los asentamientos es retomada, junto con aspectos económicos, en la colaboración de Th. Simons para la zona del bajo Rin. Kubach se ocupa de la zona sur y centro de Hessen, mientras que D.-W. R. Buck se centra en el grupo nuclear de Lausitz. La actual Polonia es estudiada en el trabajo de M. Gedl, donde se distinguen diferentes grupos dentro de la cultura de Lausitz. V. Saldová se ocupa de la zona de Bohemia, territorio dividido en esta época entre dos culturas, la de Lausitz nuevamente y la de Milavece-Knovizer. L.D. Nebelsick aborda el estudio de la zona al este de los Alpes y el Danubio. La aportación de G. Tomedi toma como ejemplo del paso del bronce al hierro el túmulo «K» de Frog, en Carintia (Austria). Finalmente, el trabajo que cierra el volumen, firmado por C. Metzner-Nebelsick, es un amplio estudio tipológico de arreos y bocados de caballo de la primera Edad del Hierro en la zona comprendida entre el Cáucaso y Centro-Europa. Las conclusiones a las que se llegó tras la celebración del coloquio han sido recogidas sumariamente en el prólogo firmado por P. Schauer, donde además encontramos una exposición detallada de los antecedentes que condujeron a su celebración, los participantes y cómo se desarrolló, en definitiva, todo la reunión. La antigua ciudad de Heraclea, bajo la actual Policoro, es desde el punto de vista arqueológico una de las más exploradas de Magna Grecia. Las excavaciones comenzaron en 1959 y desde fines de los años sesenta se han ido publicando los materiales de forma continuada. La fotografica aérea ha permitido conocer con bastante precisión el trazado urbanístico. Su origen, según las fuentes clásicas, hay que buscarlo en un asentamiento de colonos procedentes de Tarento y Turii, poderosas rivales en el golfo tarenfino. El material datable más antiguo de este yacimiento nos sitúa en los años finales del s. viii a.C; sin embargo, la fundación histórica de Heraclea se remonta a 433/2 a.C. y su amonedación parece estar estrechamente ligada a la fundación de la ciudad y a los acontecimientos sucesivos. Así, por ejemplo, en el anverso de sus estáteras está fielmente reproducida la cabeza de Atenea de las monedas de Turii, hecho que subraya la presencia de la componente áfica en su fundación, mientras que el tipo del león del reverso de los primeros dióbolos y la representación de Heracles, sentado o luchando con el león de Nemea, en las estáteras y en otra serie de dióbolos, constituyen una referencia evidente al nombre de la ciudad y quizás a la dórica Tarento, con la representación del héroe de esa estirpe. El libro que aquí comentamos constituye el primer catálogo de todas las monedas conocidas de Heraclea y el único donde se analizan todos sus tipos y valores. Existen anteriores artículos de esta misma autora y de otros investigadores sobre determinadas series, tipos e incluso leyendas, pero hasta el momento no se le había dedicado una monografía a estas bellas piezas heraclenses. El presente estudio se inicia con una introducción en la que se recopila y revisa el material disponible para reconstruir la historia de la ciudad. El capítulo siguiente está dedicado al análisis de la cronología y la ordenación de sus series monetales basándose en: 1) enlace de cuños, 2) cambios de estilo e iconografía en las monedas, 3) tesoros y monedas halladas en excavación y 4) acontecimientos históricos. Para finalizar, nos encontramos con el catálogo y sus correspondientes ilustraciones. Desde el comienzo de la obra la autora destaca la belleza y la variedad de los tipos monetales de Heraclea, sin embargo, en nigún momento se decide a realizar un verdadero estudio iconográfico, a pesar de que en diversas ocasiones utiliza su evolución artística y su comparación con figuras similares del arte griego para argumentar determinadas cronologías. Lo mismo sucede con otras cuestiones, como por ejemplo la datación de las emisiones: se echa en falta un esquema aclarativo de la composición de los tesoros utilizados para dar fechas. Tampoco encontramos datos estratigráficos a pesar de contar con el material numismático de las excavaciones de Policoro. Por todo ello, creo que habría resultado más útil desglosar los cuatro aspectos que se recopilan en el segundo capítulo, ya que cada uno de ellos proporciona suficiente información para ser tratados por separado. Falta también un capítulo concreto dedicado a la metrología, aspecto importante en las fechas en que nos movemos, puesto que conviven el standard pesado y el ligero. Con todo, esta monografía es el resultado de una laboriosa investigación, en la que se han recopilado los fondos numismáticos de numerosas instituciones, americanas y europeas, así como las monedas halladas en las sucesivas campañas de excavación de Policoro. Es una obra con interesantes aportaciones y, aunque parece necesario que se profundice en algunas cuestiones, será obra de referencia obligada al estudiar las series monetales de Magna Grecia. Este volumen recoge las Actas del Congreso organizado en 1993 por el Istituto di Studi Etruschi ed Italici y celebrado en Rieti y Magliano-Sabina gracias al apoyo financiero e institucional de diversos organismos locales y nacionales. A lo largo de cinco intensas jornadas, 28 especialistas discutieron problemas diversos relativos a la cultura sabina y a su relación con los pueblos del entorno desde mediados del II milenio. Las intervenciones giraron en torno a los siguientes temas: las fuentes literarias sobre los sabinos; el papel de los sabinos en los textos históricos romanos; el poblamiento, los asentamientos y el aprovechamiento del suelo en la Sabina y zonas geográficas colindantes; las estructuras sociales; la cultura material; los últimos resultados de diversas campañas de excavación, y problemas de epigrafía. Entre las muchas conclusiones importantes del Congreso, cabe destacar una: la constatación de la existencia de una koiné centroitálica con raíces en época protohistórica y mayor cohesión a partir del siglo vii a.C. En su texto, que lleva prácticamente este mismo título, L. Bonomi Ponzi demuestra la homogeneidad ideológica, económica y cultural que presentan las grandes etnias umbra y sabina, una interrelación expuesta ya por las fuentes antiguas (Heródoto, Dionisio de Halicarnaso, Estrabón) y que es especialmente evidente en el ámbito funerario. Es un hecho apenas discutible que la investigación sobre la Antigüedad peninsular ha cambiado sustancialmente en el curso de las dos últimas décadas, en términos cuantitativos y cualitativos, hasta el punto que resulta difícil -por no decir imposible-estar al día en todos los temas, ni siquiera reduciendo el centro de interés a un determinado período o aspecto de la evolución de la Península Ibérica durante la época que suele denominarse "antigua". En consecuencia, la realidad antigua peninsular es, de hecho, inabarcable, por lo que su estudio reclama la colaboración de especialistas en diversos campos y, particularmente, de las llamadas tradicionalmente "ciencias de la Antigüedad": Arqueología, Filología, Lingüística, Epigrafía, Numismática antigua y, por supuesto. Este Encuentro reunió en Madrid a un nutrido grupo de filólogos, lingüistas, epigrafistas, arqueólogos, numísmatas e historiadores, con el encomiable objetivo de contribuir a completar los propios puntos de vista. Por ello, la obra que hoy comentamos (en adelante, La Moneda/ibid.), en la que colaboran más de cuarenta especialistas (referidos aquí, como "autor(es)" y, en su caso, como " el/la A.//los/las A.") con sus Ponencias y Comunicaciones -a veces, sólo discernibles por el espacio ocupado por unas y otras-, presenta la dificultad añadida de que no siempre resulta fácil detectar el hilo conductor que liga los usos premonetales de, por ejemplo, las "puntas de flecha" del período orientalizante a las emisiones monetarias de época visigoda. Más difícil aun, por no decir impropio de una reseña como la presente, resulta resumir una por una las muchas y variadas aportaciones de las 48 colaboraciones reunidas aquí. Por ello, y a riesgo de equivocarnos en la selección, comentaremos sólo las que, a nuestro juicio, plantean alternativas claras a teorías, conceptos o interpretaciones tradicionales de procesos o fenómenos, vistos desde ópticas distintas de la numismática. Del resto, en esta ocasión, sólo haremos una breve referencia de su contenido para quienes puedan estar interesados en los respectivos temas. El índice de este volumen de Anejos se ha dividido en siete secciones o apartados -"Métodos y Técnicas" (pp. 7 ss.); "Iconografía" (pp. 41 ss.); Pueblos y territorios meridionales (pp. 81 ss.); Pueblos y territorios septentrionales (pp.161 ss.); Res publica (pp. 261 ss.); "Epigrafía monetaFXpp. Pero La Moneda se abre con un artículo autobiográfico del nonagenario Mateu y Llopis, de indudable valor historiográfico, y se cierra con un útilísimo Apéndice documental sobre''Formas y usos de las magistraturas en las monedas hispánicas", de M^ P. García-Bellido y C. Blázquez (pp. 381 ss.). De particular interés para los no numísmatas resultarán las colaboraciones del apartado "Métodos y Técnicas" que incluye una visión general sobre las acuñaciones hispánicas pre-augústeas y varias muestras de análisis numismáticos. L. Villaronga (pp. 7 ss.), al hilo de su redente Corpus (Madrid, 1994), presenta una cuantificación de la "masa monetaria" pre-imperiai acuñada en la Península y, sobre la base de los testimonios literarios, epigráficos, numismáticos e historiográficos, propone una periodización en cuatro momentos entre las pequeñas monedas de plata ("fraccionarias") del siglo IV a. de C. y los denarios romanos del i a. de C; mediante la aplicación de medidas estadísticas el A. estima el coeficiente del número de monedas emitidas por cuño, que osciló entre las 20.000 para las de plata y no más de 9.800 para las de bronce (p. 8); la razón estriba en que las prime-ras se emitieron ante todo para financiar campañas militares (p. 14) mientras que las segundas, de circulación estrictamente local, fueron destinadas a necesidades de consumo y servicios. Por otra parte, los diversos tipos de análisis meta-Tográficos se describen con detalle en las colaboraciones de: J. M. Peixoto Cabral (pp. 15 ss.), sobre la composición de las aleaciones metálicas de las monedas y su variación en las sucesivas emisiones (análisis físicos y químicos, de menor a mayor complejidad: de densidades, de espectrometría de fluorescencia de rayos-X, de PIXE, de microanálisis por sonda electrónica, de espectrometría de absorción atómica (pp. 19 s.), de espectroscopia de emisión óptica (p. 20), de espectrometría de masa y, en fin, de rayo láser que, sin duda, asombrarán a los no iniciados; de M.J. Feliu Ortega et alii (pp. 30 ss.), sobre las técnicas de fabricación de denarios llamados "forrados", es decir, con núcleo de cobre recubierto de plata (mediante la aplicación de los métodos de microscopía electrónica de barrido y microscopía óptica metalográficas; los A. proponen que el recubrimiento de los denarios no es debido a la técnica de inmersión en plata líquida -como se suponía-sino a la aplicación de una fina lámina de plata que, sometida a altas temperaturas, solidificaría con el núcleo al enfriarse {ibid. p. 32); y en los resultados de dos aplicaciones concretas: de M. Cavada (pp. 25 ss.), a los antoninianos de dos tesorillos de la provincia de Lugo, emitidos entre 238 y 259, esto es en plena crisis del siglo m (aunque -según la A.-no hubo depreciación ni inflación''hasta los extremos en que se venían afirmando " {ibid. p. 26) [pero véase también G. Bravo, "¿Crisis en el m d. C?" en Tempus 15, 1997, pp. 73 ss.); y de M. S. Parrado (pp. 33 ss.), a una colección vallisoletana de radiados de Galieno (con resultados que "concuerdan con estudios precedentes sobre el tema" {ibid p. De mayor interés para historiadores y arqueólogos son los estudios incluidos bajo el epígrafe "Iconografía". La ponencia de R. Olmos (pp. 41 ss.), referida expresamente como tal en varias ocasiones (pp. 41, 49, 51) por quien se confiesa ajeno a la Numismática, reflexiona acerca del uso premonetal de "piezas e imágenes" asociadas generalmente a la aristocracia, como objetos de prestigio antes de "su utilización real como moneda"(p. 43); más tarde, la imagen monetai se convierte en "un lenguage común interétnico, intercultural" (p. 46) y, ya en época helenística, en "vehículo de propaganda y difusión" de los mitos de fundación. Pero la moneda tiene también una imagen religiosa (representación de divinidades) y política (nombres de magistrados) y múltiples "sugerencias míticas apenas exploradas" (p. 51); de particular interés es el excursus sobre la imagen femenina ibérica como "naturaleza en súbita gestación, in fieri, aún no hecha" (p. 52) que, en la cerámica ilicitana, deja paso a la implantación progresiva del símbolo antropomórifico, que se asocia generalmente a la idea de desarrollo urbano. Por su parte, M. Almagro-Gorbea (pp. 53 ss.) documenta la iconografía del jinete en el numario hispánico, al que no considera un tipo romano sino un "heros equitans Hispanus'\ que representa a las élites ecuestres indígenas en proceso de creciente romanización, como regidoras de los oppida-civitates hispánicos (p. Un tema puntual, pero de enorme interés numismático, es la controvertida localización de la ceca de Ikalesken, emisora de denarios y monedas de bronce en los siglos ii y i a. de C, identificación que se discute en la colaboración de F. Quesada y M^ P. García-Bellido (pp. 65 ss.) apoyándose también en textos de Plinio y Estrabón que mencionan a los Egelestae/Egelestani en la zona suroriental, concretamente en la vía que lleva de Saiti a Cástulo (p. 67); en efecto, si estudios recientes demuestran que la ceca en cuestión es claramente meridional, los A. proponen para Ikalesken un enclave del suroeste peninsular (p. 72), tras el análisis comparativo de la iconografía de los denarios (dos caballos y un jinete, haces de jabalinas) y de las monedas de bronce (caballos y escudos), que remiten al mundo púnico e incluso nú- Finalmente A.J. Lorrio (pp. 75 ss.) realiza un estudio sobre la evolución del armamento celtibérico a la luz de una clara tipología, con las representaciones de: espada y puñal; lanza; armas exóticascomo hacha y hoz-; casco; escudo, coraza y grebas; trompas y estandartes. Pero el núcleo del volumen lo constituyen los dos apartados siguientes, dedicados a los "Pueblos y territorios" meridionales y septentrionales de la Península {La Moneda, pp. 81-260), que incluyen 22 de las 48 colaboraciones aquí publicadas. El territorio peninsular es examinado de S. a N., de E. a O., a la luz de los muchos problemas de interpretación que aún hoy plantea el análisis de los restos del numario hispánico. Pero es justo decir que esta división de apartadospor cierto, sólo reflejada en el índice -no sigue criterios geográficos estrictos, aunque tampoco numismáticos ni históricos explícitos, por lo que el panorama se toma a veces confuso y cuando menos sorprendente. Cualquiera que sea el criterio de división elegido, sorprende que un hallazgo monetario al N. de la actual provincia de Cáceres se incluya aquí entre los "territorios meridionales" (pp. 139 ss.), del mismo modo que un tesoro sertoriano de la región de Santarém (muy cerca de Lisboa) se ha incluido entre los "septentrionales" (pp. 239 ss.). No obstante, salvo estas excepciones, parece que el límite "ideal" entre ambas áreas se situaría en una línea imaginaria que, atravesando la Península, tendría sus extremos en Cullerà por el E. y la desembocadura del Douro por el O. Más clarificadora, en nuestra opinión, habría sido una agrupación por áreas culturales (lusitana, hética e ibérica suroriental, en la zona meridional, y céltica, celtibérica e ibérica septentrional, al N.), con el predominio indiscutible de la "hética" en el S. y de la "celtibérica", en el N. también en términos numismáticos. En efecto, en el área meridional se distinguen con claridad tres zonas o subáreas: a) la más próxima al litoral mediterráneo; b) la fachada atlántica, y c) la del interior. A la primera se dedican colaboraciones que abarcan un amplio espectro cronológico, desde el presunto uso premonetai de las "puntas de flecha" del periodo protohistórico u orientalizante (E. Ferrer, pp. 91 ss.) hasta el análisis de la situación monetaria de época romana (J. R. Corzo, pp. 81 ss.; M. Campo-B. Mora, pp. 105 ss.), pasando por las contribuciones de J. L. López (pp. 97 ss.) y A. Domínguez (pp. Ill ss.) al problema de las acuñaciones fenicias e identidad de los libiofenicios, respectivamente. La zona b) incluye dos estudios: uno sobre las cecas de época romana ubicadas en el actual territorio portugués (de A. Marqués, pp. 143 ss.); el otro, sobre circulación monetaria en la Extremadura portuguesa (de J. da Silva, pp. 155 ss.). En fin, a la tercera zona se refieren también tres colaboraciones: A.M^ Martín (pp. 139 ss.), sobre las dracmas ampuritanas halladas en la provincia de Cáceres); A. Arévalo (pp. 129 ss.), que estudia la circulación monetaria de la antigua Sisapo, en la provincia de Ciudad Real y L. Berrocal-Rangel (pp. 117 ss.) sobre la evolución de los pueblos betúricos. Del mismo modo, en el área septentrional se observan también tres zonas bien diferenciadas: 1) celtibérica, con sus ramificaciones hacia O., S. y NE.; 2) fachada atlántica; 3) área levantina. El fenómeno monetario de la Celtiberia sensu lato es tratado con exhaustividad, no sólo en la aproximación general de F Burillo (pp. 161 ss.) sino también en varios estudios locales sobre: la numismática de Numancia (A. Jimeno-A.M'' Martín, pp. 179 ss.); los materiales de la Casa de los Plintos de Uxama (Osma, Soria) con pormenorizadas tablas documentales (C. García Merino, f)p. 191 ss.); la economía monetaria de la actual provincia de Avila (M. Abad, pp. 207 ss.); los denarios de Nájera procedentes de la ceca celtibérica de Sekobirikes (J.A. Ocharan, pp. 215 ss.) y el sestércio de Ercavica, de la época de Calígula, hallado en Tiermes (F. Rodríguez Morales, pp. 219 ss.); estudios que se completan con las cecas del Pirineo oriental (A. Pérez, pp. 225 ss.) y las monedas de Herrera de Pisuerga (Falencia), sobre las que reflexionan C. Pérez, E. Illaregui y A. Morillo (pp. 199 ss.). La zona 2) es estudiada a través de los tesorillos hallados en las proximidades de Braga (J.P. de G. Barbosa, pp. 245 ss.), en la desembocadura del Douro (J.M.S. Mendes, pp. 231 ss.) y en la región más bien sureña de Santarém (M. Benedita, pp. 239 ss.); en fin, la zona levantina cuenta con un estudio de aproximación a la circulación monetaria de Cullerà (T. Marot-M.M. Llorens, pp. 253 ss.). Mucho más homogéneo desde el punto de vista temático y analítico es el apartado siguiente, en el que se encontrarán otras referencias a acuñaciones romanas en la Península, agrupadas en el índice bajo el epígrafe "Res publica", con dos importantes estudios sobre magistraturas y magistrados monetales de época republicana (J.F. Rodríguez Neila, pp. 261 ss. y M"* J. Pena, pp. 275 ss., respectivamente), que completan y actualizan el repertorio publicado por L.A. Curchin (The Local Magistrates of Roman Spain, Toronto, 1990). Aunque desde el siglo ii a. de C. las monedas registran nombres de magistrados locales, que pueden haber tenido el valor de "epónimos" (p. 267), el progresivo uso de fórmulas institucionales romanas tales como EX 5(enatus) C(consulto), EX D(ecreto) D(ecurionum) o simplemente D(ecreto) D(ecurionum) revela la adaptación de los''senatus" locales prerromanos a los usos institucionales del sistema administrativo romano así como la influencia (nombres generalmente terminados en -i en vez de -ius, como cabría esperar) de otras lenguas de la Península Ibérica como "el ibérico, el celtibérico o el púnico" (p. El fenómeno de las reacuñaciones, incluso sobre emisiones "de buen estilo" (p. 294), es analizado por P.P. Ripollés (pp. 289 ss.), fenómeno complejo que no podría explicarse mediante una sola hipótesis; el A. propone combinar al menos dos: el cambio de naturaleza jurídica de la moneda y la necesidad de obtener moneda propia con rapidez, especialmente por razones bélicas. También esta necesidad puede explicar la existencia de "monedas partidas", sobre las que trata el estudio de C. Blázquez (pp. 297 ss.), que la A. relaciona con ámbitos militarizados más que urbanos, porque "la presencia del ejército" (p. 302) es el denominador común de las zonas en que estas piezas han aparecido, que además suelen coincidir con los hallazgos de monedas contramarcadas con cabeza de águila (cfr. mapa p^ 303, fig. 3). Finalmente, en el trabajo de M. A. Aguilar-T. Ñaco del Hoyo (pp. 281 ss.) se especula con la hipótesis -poco probable -de que la aparición de la moneda ibérica (entre 206 y 195 a. de C.) sea debida a razones fiscales, hipótesis que los A. rechazan en favor de razones militares, como "formas indirectas de financiación del conflicto" (p. 284) entre Roma y Cartago en la Península. De especial interés también, no sólo para los lingüistas y numísmatas sino también para epigrafistas e historiadores, es el estudio de las leyendas monetales, que aquí se aborda en seis interesantes contribuciones: tres de carácter general; otras tres, sobre aspectos puntuales. La primera, de J. Untermann (pp. 305 ss.), trata sobre el proceso de "latinización" que no de "romanización" -que se refleja en los testimonios monetales, donde se observa cómo los términos prelatinos dejan paso al alfabeto latino y, después, a la lengua latina (p. 307), con ejemplos bien conocidos como de "///ría"a "Herda", de "Kalakorikos" a "Calagurris", de "Turiasu" a "Turiaso" (p. 308), de "Sekobirikes" a "Segobris" y "Segóbriga" (pp. 309 s.), de "Kolounioku" a "Clounioq" y "Clunia" (p. 310) o bien, de "Emporiton" a " Emporia" o de "Ilturir" a "Iliberi"{p. 311); no obstante, muchas ciudades hispánicas mantuvieron sus usos tradicionales de escritura hasta mediados del siglo I y no se aprecian cambios notables en el panorama lingüístico hispánico hasta finales del mismo. Por su parte, J. de Hoz (pp. 317 ss.) reflexiona sobre los rasgos lingüísticos peculiares de las leyendas monetales por áreas: ibérica, celtibérica, septentrional del valle del Ebro, ibérica meridional, turdetana y de Salacia; el A. propone una serie de modificaciones y, ante todo, completar y actualizar el "mapa" diseñado en su día (1975) por Untermann, con co- rrecciones sobre, por ejemplo, la ilocalizable ceca de Tanusia que "ahora sabemos que en realidad se halla en Extremadura" (p. 318) y, restringiendo el estudio únicamente al caso de las "dracmas de imitación" recogidas en el Corpus Nummum Hispaniae, presenta una distribución de las leyendas monetales en seis grupos (A-F) según los topónimos (NNL) y antropónimos (NNP) atestiguados en ellas. Por su parte F. Villar (pp. 337 ss.) propone una nueva interpretación de las leyendas celtibéricas), basada en la modificación de las cuatro categorías gramaticales que presentan los elementos que componen los epígrafes monetales y, a partir de los sintagmas explícitos relativos a las diversas fórmulas onomásticas registradas (p. 341), se propone una nueva clasificación en "palabras completas" e "incompletas" (pp. 343 s.) que permiten una más fácil identificación. El apartado epigráfico se completa con tres colaboraciones sobre aspectos puntuales: estudio de una "dracma de imitación" cartaginesa (E. Collantes, pp. 325 ss.), emitida durante la rebelión ilergete hacia el 206-205 a. X. {sic, passim), en plena Segunda Guerra Púnica; estudio de una contramarca de dudosa identificación en algunas monedas del área celtibérica (C. Alfaro, pp. 331 ss.), consistente en cuatro signos, quizá para garantizar la oficialidad de las piezas frente a posibles falsarios (p. 334), quizá "ante la carencia de moneda" en ámbitos relacionados con la explotación minera (p. 335); y estudio de una firma de grabador en cuños de denarios de comienzos del siglo I a..de C. de la ceca celtibérica de Sekobirikes (P. Otero, pp. 347 ss.), consistente en el signo ibérico "m" camuflado entre los rizos del pelo de la cabeza del anverso; la A. sostiene que, al aparecer en lugares "poco visibles" no puede confundirse con marcas de control de emisión (p. 348); si Sekobirikes se ubica, según todos los indicios en el Alto Duero, al oeste de la Celtiberia -contra Untermann que la identificaba con Segóbriga (Saelices, Cuenca)-, supone la presencia aquí de un grabador de origen más oriental, puesto que dicho signo no se utilizaba habitualmente en esta zona. En fin, el último apartado de La Moneda está dedicado a la historiografía de la numismática luso-hispánica, aunque el estudio de A. Cepas sobre las "invasiones del siglo iii" (pp. 361 ss.) se refiere más a las interpretaciones historiográficas basadas en datos monetarios que a aspectos numismáticos propiamente dichos; la A., tras un breve resumen de teorías, desde B. Taracena (1951) hasta J. Arce (1988), cuestiona las conclusiones "un tanto precipitadas" de M. Campo y J.M. Gurt sobre tesorillos de esta época en el área catalana y balear (p. 364); propone, en cambio, explicar los diferentes porcentajes de circulación monetaria por el tipo de procedencia de los hallazgos (excavación, fortuitos) y postula el análisis conjunto de todos los testimonios monetarios pertinentes y disponibles (p. 366, fig. 3), de donde extrae otras conclusiones. Los tres trabajos restantes abordan aspectos historiográficos de la numismática antigua desde diversos ángulos: la evolución del siglo xvi al xix, a propósito de los problemas de desciframiento (metodología, lecturas, errores) de las leyendas monetales ibéricas, es una auténtica investigación de archivo, elaborada por B. Cacciotti y G. Mora (pp. 351 ss.); el "estado de la cuestión" de los estudios numismáticos en la provincia de Granada es presentado por A. Padilla et alii (pp. 369 ss.) y Rui M.S. Centeno, como ponencia de clausura, realiza un balance ponderado de la numismática antigua en la Península Ibérica (pp. 373 ss.), desde los trabajos de O. Gil Farrés hasta la actualidad de los 90 (p. 376), haciendo gala en las notas de una profusa información bibliográfica y denunciando también algunos problemas institucionales. Al término de este apretado recorrido, tan sólo resta indicar algunas anotaciones de lectura, incorrecciones o simples erratas, prácticamente inevitables en una obra densa, dispar y enjundiosa como ésta. Citaremos sólo algunos ejemplos, fácilmente subsanables y que en nada empañan el indiscutible mérito de autores y editores: la moneda referida en p. 51; "élites equestres" por ecuestres en p. 53; "En resumen" por resumen en p. 55; río "Gabriel" por Gabriel en p. 66; " G. Alfoldi" por Alfoldy en p. 67; "visto abligados" por obligados en p. 68; " el por qué" por el porqué en p. 225; "testigos del arte" por testimonios en p. 306; "Sobre los ensayos en total" por Un resumen de los ensayos en p. 19; "acuñaron moneda a sus propias cuentas" por "por su propia cuenta" en p. 314; "obras colectâneas" por colectivas en p. 316; " el riego que entraña" por el riesgo en p. 366; "un sólo periodo" por un solo en p. En definitiva, para un historiador de la Antigüedad la lectura de La Moneda resulta enriquecedora por cuanto se comprueba que el análisis histórico "global" no es posible sin referencia a la situación monetaria en términos de "coyuntura" o de "estructura" a pesar de que, como ocurrió en la Península Ibérica, los sistemas económicos antiguos estuvieran basados sólo ocasionalmente en la circulación monetaria. La Moneda es ya una obra de referencia obligada para cualquier estudioso de la numismática antigua peninsular. Si acaso se aprecia un lógico interés por los testimonios más tempranos y, en consecuencia, más controvertidos del numario hispánico antiguo. Pero es deseable que, en el futuro inmediato, próximos Encuentros vayan cubriendo otros campos y períodos de la evolución histórica antigua peninsular. Las excavaciones efectuadas bajo la basílica de S. Pedro en Roma son de una importancia excepcional, no sólo desde el punto de vista cristiano, sino por su buen estado de conservación. Su significación es grande para el conocimiento de la Roma pagana en sus más variados aspectos, religiosos o artísticos. El presente volumen estudia varios mausoleos que han llegado intactos hasta hoy, en número de nueve, aplicando a todos ellos el mismo esquema de investigación: descripción del mausoleo, decoración, estilo e iconografía y fragmentos sueltos. De particular interés es el mausoleo H, que perteneció a la familia de los Valerii, uno de los más completos. Los autores analizan detenidamente la decoración de las diferentes paredes y del techo. Desde el punto de vista de las creencias funerarias son fundamentales la imagen de Hermes y los relieves dionisíacos. En un apéndice de esta primera parte del segundo apartado es de gran novedad el estudio de los retratos depositados en el mausoleo, que tenían que ser de carácter fúnebre. Hay que señalar la importancia de encontrar en una época tan avanzada del Imperio Romano máscaras de difunto, tan características de los rituales fúnebres durante la República y conservadas en las casas. La datación de este mausoleo se hace por el estilo, de aquí que se comience este úlümo apartado con un análisis estilístico e iconográfico. Se vuelven a encontrar imágenes de Hermes y escenas dionisíacas que refuerzan el conocido atributo funerario de Hermes como conductor de almas al más allá y el carácter salvador de la iniciación dionisiaca, de lo que se conservan tantos documentos en los sarcófagos, bien estudiados y catalogados por Matz y Turcan. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) Por su riqueza el mausoleo de los Marcii se presta a un estudio más completo. La datación se basa en criterios estilísticos al igual que en los restantes mausoleos. El volumen es pues un estudio modélico de mausoleos acompañado de excelentes fotografías y abundante planimetría que arroja mucha luz sobre las necrópolis de Roma y de otros lugares del Imperio Romano, de las creencias, de los ritos funerarios y del arte de un período importante de la historia de Roma. Reunimos en esta reseña cinco publicaciones efectuadas por «L 'Erma» siguiendo su magnífica producción editorial. La primera, efectuada por L. Cavagnaro, recoge el catálogo completo de los ajuares aparecidos en las tumbas de la necrópolis helenística de Calvario, formados por vasos etruscos de figuras rojas que se conservan en el Museo Nazionale di Tarquinia. Se trata, por tanto, de una parte de las pocas tumbas cuya planimetría no fue posible efectuar con medios ópticos por impedirlo la existencia en su cámara de rellenos y por lo cual hubo que excavarlas. Con esta publicación se continúa el estudio de esta importante necrópolis cuya exploración fue realizada por la fundación Lerici desarrollando el citado método de prospección óptica entre los años 1966 y 1977 y que desde entonces ha pasado por múltiples azares científicos y administrativos que resume brevemente la autora: este mismo catálogo se ha venido dilatando en el tiempo durante dos décadas hasta ver ahora la luz. Se divide en dos partes, la primera se dedica a las 20 tumbas cuya cámara estaba violada y la segunda a las seis que estaban intactas. De cada una de ellas la autora ofrece una síntesis introductiva y el catálogo de los materiales, con su breve estudio, paralelos, problemas tipológicos y cronológicos y documentación gráfica. Dos apéndices ofrecen los estudios monográficos de fragmentos de piedra tallada (por M.D. Gentili, fragmentos de sarcófagos y de cabezas pertenecientes en su mayoría también a sarcófagos) y de inscripciones (por M.R Angeletti, las parietales de una tumba y las incisas de cinco cipos). La obra finaliza con los índices de los tipos cerámicos (en breve resumen, etrusca de figuras rojas de producción ceretana, falisca, tarquinia y septentrional, además de otros grupos; pintada; de decoración lineal; de barniz negro; de barniz rojo y sigillata; vidriada; de paredes finas; buchero; cerámica fina no decorada; ungüentarlos; lagynoi; cerámica griega; ánforas, lucernas y terracotas), objetos metálicos y otros materiales (alabastro, concha, piedra, hueso y vidrio), sarcófagos de terracota, fragmentos de piedra tallada y de inscripciones. La cronología de los materiales se centra básicamente entre el paso del s. IV al III y el II antes de Cristo, aunque se prolonga en ocasiones hasta plena época imperial, momento hasta el cual se reutilizaron las tumbas. Este catálogo pone, pues, a disposición de los investigadores un abundante material del que es más importante y de interés el cerámico que, a pesar de no estar en su mayoría contextualizado, ofrece un sistema cronológicamente uniforme. El estudio del templo de Apolo in Circo por A. Viscogliosi, es la publicación de un doctorado de investigación del Departamento de Historia de la Arquitectura de la Universidad La Sapienza de Roma. Esta consideración permite comprender mejor la característica del trabajo, centrado básicamente en el estudio de los materiales de decoración arquitectónica de su celia, llegando a la conclusión de una doble restauración del templo durante el segundo triunvirato e inmediatamente en época protoaugustea. En un primer capítulo se resumen las noticias históricas que hacen referencia a una posible restauración en 179 aC. por M. Fulvius Nobilior, quizás coetánea a la intervención de L. Aemilius Lepidus en el frontero teatro. La segunda intervención documentada, sobre la que se centra el trabajo, es la de C. Sosius que hubo de hacerla entre el 37 y el 32 aC, antes de la batalla de Azio, como consecuencia de la cual fue condenado a muerte aunque de inmediato restituido. El que el templo cambiara su nombre de Apollo Medico al de Apollo Sosio a la vez que su dies natalis variara del primitivo al del princeps, hace suponer al autor que fue Sosio quien, de nuevo, retomó las obras en época augustea terminando las obras detenidas a causa de los acontecimientos políticos y militares. Esta introducción de carácter histórico se conjuga con el análisis historiográfico de las intervenciones, las investigaciones y las propuestas efectuadas sobre el monumento, tanto de sus cimientos y restos constructivos como de los restos decorativos. Sin embargo, el trabajo se centra básicamente en el estudio de la decoración de la celia: el catálogo de sus restos obliga a definir tres «sistemas» arquitectónico-decorativos diferenciados por su coherencia tectónica, esfilísdca y dimensional. El primero y más importante está formado por los restos de dos órdenes superpuestos de columnas que recorren tres lados y que en la pared del fondo se transforman en pilastras {paraste). El segundo sistema lo forman los restos de tres variantes de AEspA, 70, 1997 RECENSIONES 327 edículos distinguibles por sus distintos tipos de frontones. El tercero lo forman dos órdenes superpuestos de pilastras (lesenas). A ellos se añaden dos sistemas secundarios a los que pertenecen cornisas de podio, quizás del primer sistema, y restos de estuco dorado y pintado, aún en estudio, y que el autor considera pertenecientes a un estadio de la celia no decorado con mármol. Sobre esta catalogación gira todo el estudio. En base a ella demuestra dos estadios del templo. El primero correspondería a la restauración «sosiana», formado por los órdenes superpuestos de pilastras del sistema tercero, una decoración de carácter «plana» que cubría los cuatro lados de la celia con un estilo del segundo triunvirato. El segundo estadio, ligeramente más moderno, correspondería a una profunda transformación de carácter «tridimensional» que añadió, delante de los órdenes de lesenas, otros órdenes de columnas exentas (sistema tercero) con edículos entre las columnas del orden inferior (sistema segundo), de estilo protoaugusteo, y cubriendo tres lados, manteniendo pilastras sólo en el muro del fondo. Esta «accidental» solución, de gran trascendencia, supone que tuvo que ser realizada por Sosio en época augustea. Sobre esta plausible hipótesis, el autor analiza los distintos problemas estructurales y constructivos que se producen, así como las repercusiones que esta revolución supone en el lenguaje arquitectónico y decorativo augusteo, pasando revista a la evolución de los acantos y capiteles de estilo corintio y corintizante, los restos de pavimento marmóreo y los orígenes de la arquitectura interna de los templos augusteos. Uno de los capítulos se dedica a la escultura (conocida por Plinio) que se albergaba en la celia y que por ello considera un Museo, un receptor de obras de Arte: en los edículos inferiores se situarían las estatuas de Apolo, Latona y Diana y las nueves musas y, entre las columnas del orden superior, estatuas de nióbides. El libro está escrito con un lenguaje ágil y sintético, que no por ello elude la densidad de los temas tratados y de la documentación aportada. Hay que subrayar la documentación gráfica, dibujos y fotografías de una alta calidad. El estudio termina con un anexo de fuentes y un índice de lugares. Las monografías agrupadas bajo el título Neapolis y publicadas en la serie Monografie de la Soprintendenza Archeologica di Pompei ofrecen los primeros resultados obtenidos por el Consorcio Neapolis, constituido por IBM Italia y Fiat Engineering en colaboración con la citada Soprintendenza para el desarrollo de un proyecto cuya finalidad es obtener un «sistema para la valorización integral de los recursos ambientales y artísticos del área del Vesubio», iniciado en 1986. La realización de este proyecto (concretado en muchos trabajos) ha sido posible, sin duda, gracias a los potentes financiadores y a la colaboración estrecha con la administración del Patrimonio. De su importancia da idea la dotación de infraestructura necesaria, incluyendo la adquisición de un edificio destinado a centro de elaboración de datos o la contratación de más de un centenar de jóvenes profesionales a los que se ha dado la oportuna formación. No son éstas las únicas actividades, entre las que se encuentran otras publicaciones o la exitosa exposición Rediscovering Pompeii en cuya visita hace unos años en Roma pude «disfrutar» muchos de los resultados obtenidos con este ambicioso proyecto. El primer volumen sobre la valorización, bajo la coordinación de E. Furnari, expone los fundamentos del proyecto. Según su definición, la hipótesis o idea guía del proyecto es «considerar la existencia de un vínculo entre las civilizaciones allí desarrolladas, referido por un lado a sus específicas oportunidades y capacidades de modificación (territorio y recursos) y por otro, más significativo, a las respuestas a las sucesivas culturas precedentes (trama de civilización)», en resumen «la contextualización territorial de los bienes culturales». La táctica de trabajo parte de contribuciones singulares, agrupadas en una organización estructurada por equipos de trabajo pluridisciplinares. Se pretende fundamentalmente conseguir una gestión que potencie el desarrollo civil a la AEspA, 70, 1997 crecimiento de la ciudad, con la crítica sobre las distintas teorías y la exposición de un modelo desarrollado sobre los centros de ampliación; y el de los modelos de habitación, incluyendo los modelos primitivos, con los problemas de implantación topográfica, ampliación y transformación y sus causas. La última parte, coordinada por E. Furnari recoge una nueva contribución a la identificación del litoral antiguo de Pompeya efectuada por medio de una sistemática serie de sondeos geológicos, coordinados con el estudio de los datos de prospecciones y excavaciones previas y de las teorías anteriores. Tres apéndices ofrecen los datos estratigráficos de los sondeos, valoración paleoecológica de las muestras fosilíferas y los resultados de las pruebas granulométricas. Aunque escapa a mi conocimiento, el estudio es atractivo y supone, para Pompeya, un notable avance sobre los estudios más recientes apenas distanciados por un decenio, siendo sólo de lamentar la encuardenación invertida de los encartes conclusivos. En el primer volumen otros encartes han sido guillotinados por la encuardenación, sin que en ningún caso estos dos hechos supongan un desdoro para la magnífica y cuidada edición de estos volúmenes. El tercer volumen se dedica a la planimetría de la ciudad de Pompeya. En 24 planos, básicos para cualquier tipo de intervención futura sobre el yacimiento, se recoge la planimetría en estado actual de la zona excavada, efectuada por fotogrametría aérea a escala 1/500 y en la que se diferencian mediante color curvas de nivel, hidrografía, vegetación, caminos, límites administrativos y estructuras arqueológicas y contemporáneas. En el volumen 9 de las Monografie de la Soprintendenza de Pompeya, G. Stefani ofrece el estudio de la excavación, inédita hasta ahora, efectuada a comienzos de siglo por el marqués G. Imperiali en Civita, conocida por ello como villa Imperiali. La legislación permitió entonces que, según una normativa precisa, tres cuartas partes del valor de lo hallado quedara en propiedad del promotor de la excavación que científicamente fue dirigida por el inspector de Pompeya G. Spano. Tras el tiempo pasado los materiales o han perdido su referencia en los fondos de Pompeya o se ha perdido su pista tras ser vendidos por Imperiali. Para colmo de males los restos de la excavación sufrieron un bombardeo durante la última guerra mundial. La autora reconstruye primero el proceso de excavación, da el catálogo de objetos señalando de los que puede su procedencia o ejemplares semejantes cuando le es posible, estudia los frescos, ubica el lugar de la excavación, da noticia de otras excavaciones también inéditas y ofrece unas conclusiones sobre la importancia de la excavación: una villa de peristilo de la que se excavó parte de sus sectores señorial y rústico, de cierta riqueza, en la que se pudo distinguir la función de algunos de los ambientes, así como la presencia de un segundo piso. Entre los hallazgos destaca un tesoro de monedas y joyas, casi en su totalidad perdido, las pinturas que denotan cierto nivel artísdco, los conjuntos de un larario y un centro de culto isíaco y la vajilla metálica. A parür de la colección de sigillata tardo itálica del Museo Nazionale Romano, formada por 542 ejemplares, C. Rossetti pone al día su estudio. Se agradece de él su carácter práctico con el que la autora intenta de modo sintético y comprensivo ofrecer todos los datos y argumentos seguidos en esta puesta a punto. Tras identificar, en lo que es posible, la procedencia de los objetos inventariados, se distinguen trece tipos de arcilla y 6 de barniz, al ojo, aceptando la homogeneidad que los análisis físico-químicos previos suponen para este tipo productivo. El siguiente dato analizado es la morfología de las tres formas principales decoradas de la tardo itálica, especialmente la carenada Dragendorf 29, además de la semiesférica Drag. 37 y el cáliz Drag.-Watzinger I. Los capítulos dedicados a la catalogación de los 461 punzones y 40 sellos son la parte central del estudio que permite ordenar la producción analizando no sólo los elementos aislados, sino, especialmente, su relación dentro de los esquemas composi-tivos o con su propia evolución formal y con la decoración en el caso de los sellos. La obra finaliza con el análisis de los datos cronológicos, una síntesis conclusiva y una tabla de punzones sobre vasos sellados y/o atribuidos, de modo que futuros fragmentos decorados se puedan asignar, por los punzones que los decoren, a producciones concretas. Las posibles relaciones entre los productores es el problema central de esta producción que se extiende entre las dos décadas finales del s. i dC. y el siglo ii. L. Rasinius Pisanus y C. P() P() son los primeros en producir matrices, aunque es el primero quien la inicia con una fuerte influencia demostrada por la autora tanto de la tradición aretina como de la de las producciones sudgálicas. Superada esta etapa de experimentación, CPP contìnua la producción, predominantemente lisa quizás por dedicarse a la exportación, cesando su actividad en torno a época adrianea. Murrius Festus y Sex. Murrius Pisanus abren una segunda etapa, el primero en edad flavia, con voluntad de imitación de las producciones sudgálicas, diferenciándose sus producciones lisas de las de SMP, de época trajanea, a quien se asemeja y con quien colabora estrechamente, pero con un repertorio decorativo más restringido. La producción final de L. Nonius Flor() se caracteriza por una autonomía en la sintaxis decorativa, con un número muy limitado de punzones y una morfología que produce piezas grandes, semiesféricas y de paredes gruesas, a la vez que se reducen drásticamente las exportaciones. A esta etapa final asocia las producciones poco conocidas de Sex. Murrius Priscus y Sex. Sólo se hubiera pedido a la autora un cuadro unitario de punzones, a menor tamaño y ordenado por producciones, y una norma más uniforme de las abreviaturas que facilitara el mejor uso de texto, figuras, catálogos e índices. El campamento bilegionario de Vetera establecido sobre el Fürstenberg, en la desembocadura del rio Lippe en el Rhin, es el más importante de Germania inferior si exceptuamos Novaesium. Fundado quizás por el propio Augusto como cabecera de toda la penetración del ejército de Druso hacia el interior de Germanki, se convirtió en un lugar estable de asentamiento de tropas romanas hasta la guerra civil, siendo destruido y abandonado, a juzgar por Tácito, en el 69-70. Un asentamiento civil cercano al campamento acabaría dando lugar a la creación de la Colonia Ulpia Trajana (Xanten). El yacimiento de Vetera I fue dentificado muy tempranamente y excavado entre 1904-1914 y entre 1925-1933 por H. Lehner, y sus materiales entraron en el Rheinisches-Landesmuseum de Bonn donde sufrieron desgraciadamente considerables pérdidas y destrozos durante la última guerra mundial. Lehner había ido publicando materiales pero no existía una monografía sobre tan importantísimo yacimiento. Este ha sido el objetivo del libro que reseñamos, en origen una tesis doctoral presentada en Freiburg; en él se revisan, bajo la luz actual, los todavía abundantísimos materiales antiguos del Museo de Bonn, desgraciadamente sin procedencia de estratos, y las memorias de excavación con los datos y dibujos de Lehner, cuyos esbozos estratigráficos, que incluyen las estructuras arquitectónicas halladas, han sido para el A. de gran interés en la revión total del yacimiento. No existen excavaciones sistemáticas posteriores puesto que el Rheinis- ches Amt für Bodendenkmalpflege prefirió centrar sus esfuerzos en las de Xanten y de Novaesium, y dejar en reposo el yacimiento de Vetera, política científica a mi parecer muy laudable. Hanel ha estudiado los materiales de Vetera siempre en comparación con los de Novaesium, excavados por Petrikovits, y los de Oberaden, Hal tem, Rõdgen y Dangstetten. Gracias a ello ha podido precisar las fases del Fürstenberg con bastante seguridad; pero la estratigrafía precisa del campamento está muy dañada debido a las técnicas arqueológicas de principios de siglo, y la planimetría del campamento es muy insegura. La obra consta de dos volúmenes, siendo el segundo el catálogo completo e individualizado de todos los materiales. El primer volumen se inicia con tres capítulos sobre la topografía del yacimiento y su valor estratégico, la propia historia del campamento basada en Tácito, única fuente antigua que lo cita, y la historia de las excavaciones llevadas a cabo por H. Lehner y F. Oelmann, publicadas en los Bonner Jahrbücher. Después, sólo se han efectuado excavaciones de urgencia, aunque algunas, como las de M. Gechter, han dado lugar a precisiones cronológicas importantes. La segunda parte del volumen I recoge el estudio y comentario de todos los materiales arqueológicos a los que dedica 275 págs., apartado capital para nuestra arqueología militar peninsular: I monedas, II ropa, III armas, IV arreos de caballo y carros, V útiles de tocador, VI herramientas y utensilios, VII vasos de metal, VIII mobiliario, IX estatuaria, X elementos de construcción, XI hallazgos metálicos variados, XII vasos cerámicos, XIII lucernas cerámicas, XIV vidrio, XV gemas, XVI tejas y sellos en tejas, XVII estucado de paredes, XIX hallazgos de hueso, cuerno y huesos y XX varia. En la tercera parte se estudian estos materiales en el contexto del yacimiento, permitiendo precisar y discutir las distintas zonas o campamentos que ya se habían planteado en las primeras excavaciones y que ahora se aislan de la siguiente forma: I el campamento B augústeo temprano y otras estructura coetáneas, II el campamento A-C augústeo-tiberiano temprano, III el campamento tiberiano K, IV el campamento Claudio y V el campamento neroniano. La última parte del I volumen se dedica a los problemas de cronologías. Es imposible dar una fecha segura para la fundación del primer campamento en el Fürstenberg pero es posible que esté en relación con las campañas de Druso del 13 al 9 a.C, y con la política de penetración al interior de Germania por la cuenca del Lippe, donde se funda Oberaden en el 11 a.C. con cuyos materiales tantas similitudes tienen los más tempranos de Vetera. Sin embargo, dadas las fechas tempranas de Novaesium, donde la arqueología atestigua una ocupación del 19-16 a.C, no es imposible, según Hanel, que Vetera estuviese ya creada en tiempos de M. Lollius, cuya clades en el 15 a.C. está en relación precisamente con los germanos entre el Mosa y el Rhin. A esta temprana etapa corresponden las monedas hispánicas halladas en Vetera a las que Hanel dedica un apartado y las pone en posible relación con legiones llegadas de Hispânia. Es cierto y, más aún, las monedas apoyan la sospecha de Hanel de una fecha inical para Vetera más temprana que Oberaden pues, efectivamente, las hispánicas corresponden a un horizonte anterior a las hispánicas de Oberaden. No se tienen datos seguros respecto a las legiones allí asentadas. Se sabe que Tiberio en el año 10 d.C. llega a Germania con dos legiones desde Italia. Se ha supuesto que se trate de la legi<7 V y de la legio XXI, atestiguadas como la alaudae y la rapax en el 14, durante la rebelión con ocasión de la muerte de Augusto. Los sellos legionarios, abundantísimos, constatan la presencia de una legion V, nunca constatada como alaudae, aunque siempre acompañados de nomina completos o en abreviaturas que resultan enormemente extraños dentro de los sellos legionarios. La otra legión atestiguada es la XV, posiblemente la primigenia, y de un mono-grama TRA (¿tegularia Transrhenana o Traianal); extrañamente no hay sellos de la XXI rapax. Tácito cuenta cómo la rebelión tras la muerte de Nerón afecta la vida en el Fürstenbergen, datos que según Hanel confirma la arqueología con el abandono c. del 70 del cerro. En época flavia se construye su sucesor Vetera II sobre la isla Bislicher en el Rhin. El volumen termina con un espléndido conjunto de láminas que ilustran una selección de los materiales estudiados. Especialmente interesantes son las marcas en cerámica que, extrañamente, posee muy pocos grafitos, muy numerosos normalmente en ámbitos castrenses. La arqueología militar debe felicitarse por la aparición de esta monografía sobre un yacimiento hito en Germania inferior y, a pesar de que el A. nos advierte que para la confirmación de todos sus supuestos debemos esperar unas excavaciones en el Fürstenbeg, creo que se pueden manejar las conclusiones de Hanel con una gran seguridad. Nos hallamos ante un trabajo fundamentalmente arqueológico, pero también interdisciplinar, dado que la A. pretende principalmente investigar en cada edificio de culto cristiano hispano cuáles son los espacios arquitectónicos destinados para cada una de las funciones litúrgicas. Ardua tarea, que requiere un buen conocimiento de las fuentes escritas, especialmente las litúrgicas, un método riguroso de aplicación de estas fuentes y un esclarecimiento previo, en cuanto sea posible, de los datos arqueológicos que poseemos, en no pocos casos bastante imprecisos. Comienza el libro con algunas puntualizaciones necesarias para evitar confusiones provocadas por una terminología indebida que aplica al espacio arquitectónico, términos que pertenecen al uso litúrgico, a veces variable, de ese espacio. Con toda razón se rechaza el uso del presbyterium para designar el ábside de una iglesia, se previene contra la fácil aplicación de los términos orientales prothesis y diakonikon o se desaconseja la utilización de voces latinas que no corresponden al vocabulario de las fuentes escritas contemporáneas a los monumentos. La A. opta por llamar coro la parte del edificio reservada al clero; nave, la parte destinada al pueblo; santuario, el espacio dedicado al altar. Por lo que se refiere al conocimiento y recto uso de los documentos escritos, especialmente los litúrgicos, es evidente la buena preparación de la A. y su acusado espíritu crítico. Parte del libro (pp. 25-41) está dedicado a «Las fuentes escritas» y en ella la A., que ha gozado del magisterio de un especialista de primera fila en la materia, como es Miquel deis Sants Gros, se adentra con dominio y claridad en el mundo de la liturgia hispana, dejando el campo expedito para la utilización, metodológicamente impecable, en la parte siguiente, de textos tomados del Antifonario de León, del Liber Ordinum o de las obras de S. Isidoro, por referirme tan sólo a los más abundantemente utilizados. La 2.-' Parte (pp. 43-147) trata de «Los monumentos a través de las fuentes hispánicas». Se ocupa de los emplazamientos del altar, del coro, de la función litúrgica de los contracoros y de las cámaras que flanquean el ábside, del lugar reservado a los fieles, a los catecúmenos y a los penitentes, terminando con unas consideraciones sobre el posible escenario arquitectónico de algunos concilios hispanovisigodos En esta segunda parte hay rigor en el análisis de los datos históricos, laboriosidad y penetración en busca de su máxima utilidad para la interpretación de los espacios arquitectónicos, peor siempre atendiendo debidamente a la cercanía espacial y temporal de los textos a los monumentos a los que se van a aplicar, lo que no excluye el recurso, con tacto, a paralelos de otros contextos. Se manejan textos patrísticos, hagiográficos, epigráficos y litúrgicos. Es, quizá, la parte más lograda de todo el libro y con resultados más brillantes, aunque en pequeños detalles pueda existir desacuerdo sobre el análisis de algunos términos y sus consiguientes deducciones. Por ejemplo, el término donarium, no utilizado por las fuentes litúrgicas, pero sí por Isidoro, designa un lugar destinado a albergar los dones que se ofrecen en la iglesia: donaria vero, eo quod ibi dona reponantur quae in templis ojferre consueverunt. Creo que es importante subrayar la expresión in templis. Los dones que se ofrecen en los templos tienen siempre un carácter sagrado, por el mismo hecho de ofrecerse en los templos. Otra cosas sería si Isidoro considerase el donarium como el lugar destinado a almacenar los dones que se hacen a la iglesia, que es como lo traduce la A., concluyendo consecuentemente que el donarium podría ser identificable arqueológicamente por la presencia de silos y ánforas, en ambientes que, sin tener conexión con el espacio litúrgico, se encuentren cerca de una iglesia. A mi entender, esta interpretación del donarium, además de partir de una traducción incorrecta del texto de Isidoro, no parece justificar el paralelismo sacrariumdonarium que se establece en ese mismo texto. En consecuencia, no creo que deba excluirse con seguridad que esos dos términos puedan aplicarse a las dos cámaras que flanquean el ábside de algunas iglesias. Es un paciente trabajo de documentación y análisis que, por lo pronto, convierte esta parte en un útil manual, puesto al día, sobre las iglesias hispanas romanas y visigóticas. El catálogo distribuye los monumentos por provincias: Insulae Baleares, Tarraconensis, Carthaginensis, Baetica, Lusitânia y Gallaecia, incluyendo todos los monumentos conocidos y datados, al menos por algunos, entre las fechas límites del trabajo, siglos iv -viii. La ficha técnica de cada monumento se estructura con los siguientes epígrafes: 1.° Localización, 2.° Bibliografía (Intervenciones arqueológicas. Interpretaciones), 3° Datación, y 4.° Organización del espacio litúrgico. Este último apartado es el que propiamente constituye el objetivo principal de toda la investigación: determinar en cada uno de los monumentos dónde se sitúan y cómo están configurados los diversos espacios litúrgicos, escenarios de las diferentes acciones litúrgicas o eclesiásticas de la jerarquía o de los fieles de la comunidad cristiana. Las dos primeras partes del libro y los epígrafes anteriores al 4." de esta tercera parte, no son sino los requisitos previos para poder proceder a este estudio particularizado de cada monumento. Es posible que el lector, en este 4.° apartado experimente un cierto desencanto, al ver que los resultados concretos de tanto trabajo son bastante limitados en algunos casos. Pero es fácil comprender que esta parcial escasez de resultados no es un defecto de la investigación, sino consecuencia de la lamentable situación en que se encuentran muchos de nuestros monumentos y su respectiva documentación. Hay dos carencias muy importantes en nuestros monumentos: la escasa presencia en ellos de mobiliario litúrgico y la falta frecuente de argumentos arqueológicos seguros para su datación. Ambas carencias, en la mayoría de los casos, son consecuencia de una inadecuada intervención arqueológica en el pasado o/y del mal estado de conservación del monumento. Sin el testimonio del mobiliario característico de cada función litúrgica es muy difícil, por no decir impo-sible, identificar el correspondiente espacio litúrgico. Sin una datación segura y un conocimiento fundado de la evolución del edificio a lo largo del tiempo, tampoco es fácil la aplicación de textos escritos, que para que sean válidos han de ser contemporáneos del edificio y de sus diversas fases. De los 48 monumentos recogidos en esta 3." parte, muy pocos son los que pueden datarse con seguridad. Faltan argumentos arqueológicos sólidos, según la A., en 29 de ellos y hay argumentos más o menos frágiles en otros 7 u 8. Viva está todavía la controversia sobre la datación de algunas iglesias, consideradas por unos como visigóticas (siglos vi-VII principalmente) y por otro como postvisigóticas (siglos viii-x). Es más: de todos es conocido el cambio que se ha operado en un investigador tan experimentado en estas lides como es L. Caballero, quien ha defendido arduamente hasta hace poco una datación en el siglo vii de determinadas iglesias, y defiende ahora con honradez científica el carácter postvisigótico de las mismas (Sta. María de Melque, Santa Lucía del Trampal, San Pedro de la Nave, San Juan de Baños y otras), inducido a ello por la influencia del arte omeya que cree detectar en sus elementos decorativos, por la distribución geográfica de las iglesias en cuesfión y por otras razones que, de hecho, siempre han sembrado la duda cuando se ha tratado de distinguir entre supuesto visigótico y claro mozárabe, advirtiéndose una continuidad entre estos dos momentos, que no existe entre lo claramente visigótico y las iglesias citadas, incluida su decoración. Si alguna cosa, pues, queda clara en este asunto, es que todavía está por resolverse de una manera definitiva la interpretación cultural, y consecuentemente cronológica, de algunos monumentos cristianos hispanos. Esto no obstante, los resultados obtenidos en el estudio pormenorizado de cada iglesia son notables en muchos casos, y los consigue la A. a costa de un esfuerzo ímprobo y haciendo gala de una especial perspicacia, como puede verse, por ejemplo, en el intento de interpretación de los diversos espacios de la basílica de Son Pereto, o en las propuestas para los del edificio cristiano de la Villa Fortunatus, o de la basílica de Vega del Mar. Y así en otros muchos casos. También aquí, como es lógico, no todo el mundo estará de acuerdo con todas sus propuestas o con algunos de los rechazos de interpretaciones de otros autores. Por ejemplo, la A. rechaza con mucha contundencia la interpretación que hace H. Schlunk de los cruceros con canceles altos -caso típico el de S. Gião de Nazaré (Portugal)-como propio de iglesias monacales, principalmente por la separación tan radical que supone del resto de la iglesia destinada ai pueblo. El hecho de que los textos escritos de que disponemos no garanticen expresamente esta interpretación no parece argumento suficiente para rechazarla, puesto que tampoco existe ningún texto escrito que facilite otra explicación diferente; y no puede negarse que una discriminación arquitectónica tan señalada ha de ser la manifestación de una segregación muy clara, que Schlunk llamó clausura, sin que el término tenga que entenderse en sentìdo estrictamente canónico. Quizá una datación en época postvisigótica de las iglesias en discusión podría ayudar a la solución también de este problema. En todo caso, la obra que comentamos supone un paso decisivo en el conocimiento de nuestras iglesias de los primeros siglos cristianos, y en ella se ofrecen pautas que deberán tenerse en cuenta de ahora en adelante para poder progresar en ese conocimiento. Para ello será también necesario que se fomenten nuevas investigaciones arqueológicas en los monumentos ya conocidos o en nuevos yacimientos, que con los medios y los métodos avanzados con que hoy cuenta la arqueología nos puedan proporcionar datos objetivos más completos que los que hoy poseemos. Granada (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
proporcionado en recientes excavaciones un interesante conjunto de importaciones mediterráneas, de mediados del siglo II a.C. a inicios del siglo I d.C. principalmente. El comercio tardopúnico y romano preaugusteo en el noroeste ibérico era hasta hace poco escasamente conocido, frente a las relaciones comerciales del período julio-claudio. Los objetos que llegaron a este finis terrae incluyen ánforas tardopúnicas (Mañá C2b), ibéricas (Pellicer D) e itálicas (Dressel 1), kalathoi de Cataluña y cerámica común, entre otras cosas. El período julio-claudio está asimismo bien representado por numerosas ánforas, fundamentalmente de la Bética (Dressel 2/4, Haltern 70, Dressel 7/11). La variedad y cantidad de importaciones desde mediados del siglo II a.C. en adelante demuestra la gran integración de la costa galaica en las redes mediterráneas desde antes de la conquista romana. tierras del estaño a quienes deseaban conocerlas-es decir, navegantes romanos que no estaban vinculados a las antiguas ciudades púnicas del Estrecho. Más tarde, en 61 a.C., Julio César llegó al puerto de los ártabros, Brigantium, en el norte de Galicia (Dión Casio 37, 52-53) y se encontró a una población pacífica y bien dispuesta para el comercio. Al fin y al cabo, llevaban manteniendo relaciones con los navegantes púnicos desde al menos tres siglos antes, según demuestran los hallazgos subacuáticos del puerto de A Coruña (Naveiro 1982). Estrabón (3, 3, 5) nos informa de los repetidos intentos romanos de apoderarse de las lucrativas rutas del estaño: "Antes únicamente los fenicios realizaban este comercio desde Gades, ocultando a todos la ruta marítima, y cuando los romanos persiguieron a cierto navegante para conocer aquellos emporios, éste voluntariamente encalló su barco en unos bajos y arrastró a la misma desgracia a los que le seguían, mientras él se salvaba del naufragio y recibía de su gobierno el precio de la carga perdida. Pero los romanos, intentándolo muchas veces, llegaron a conocer la ruta". (Traducción y edición. -Estrabón, geografía. Traducciones, introducciones y notas de M.a José Meana y Félix Piñero. Es de suponer que las expediciones de Craso y César se incluyen en estos intentos de acceder a las fuentes metalíferas de Gallaecia. El período comprendido entre el período posterior a la Segunda Guerra Púnica y la conquista augustea era escasamente conocido en el Noroeste ibérico hasta hace poco en lo referente a las relaciones con el Mediterráneo. Su identidad quedaba disuelta entre lo propiamente romano y lo púnico. De este modo, las ánforas Dressel 1 y la cerámica campaniense se han publicado con frecuencia junto a producciones altoimperiales y se han venido considerando materiales residuales. En parte, esto se debe a que dichos materiales aparecían en estratos revueltos o de relleno, debajo de los niveles julio-Figura 1. Localización de Montealegre en el Noroeste y en la fachada atlántica (en trama: área de extensión de la Cultura Castreña del Noroeste). claudios que en muchos de los grandes oppida galaicos constituyen el episodio mejor documentado. En otras ocasiones, la cerámica tardorrepublicana aparece en cantidades ínfimas, lo que no permite definir propiamente una fase preaugustea de comercio mediterráneo. Por otro lado, las ánforas tardopúnicas y los kalathoi ibéricos se han identificado mal en ciertos casos [URL]. Hidalgo 1985); se han incluido dentro de trabajos generales sobre comercio romano, pese a haber sido correctamente identificadas (Naveiro 1982), o simplemente no se han publicado. La misma suerte ha corrido la cerámica común tardorrepublicana. En algunas ocasiones se ha considerado como un único lote con la altoimperial, en otras-en el caso de las que aparecen en niveles más antiguos-se ha asociado a la púnica más reciente. Algunas ánforas tampoco se han reconocido adecuadamente: tradicionalmente se ha confundido la Haltern 70 con la Dressel 7/11 [URL]. En este caso, no obstante, el error es excusable, dado que la definición del tipo (Fabião 1989) es posterior a buena parte de las excavaciones en castros galaicos tardíos. El castro de Montealegre (Aboal y Hierro 2006) que ahora presentamos es excepcional precisamente porque el período comprendido entre inicios del siglo II a.C. y fines del siglo I a.C. está especialmente bien documentado. Al igual que en muchos otros castros, también aquí existe un importante nivel julio-claudio-que será objeto de estudio en este artículo igualmente-pero por fortuna dicho nivel no supuso el arrasamiento del período previo. Al contrario, el nivel altoimperial, al menos en el sector de habitación, se encontró considerablemente alterado. Los materiales recuperados en este yacimiento permiten calibrar mejor la importancia del comercio preaugusteo en el Noroeste y describir, con más detalle, su evolución, desde inicios del siglo II a.C. hasta mediados del siglo I d.C. EL CASTRO DE MONTEALEGRE El castro de Montealegre (Moaña, Pontevedra) se enclava en la costa meridional de la Península do Morrazo, en la Ría de Vigo, a escasa distancia del puente de Rande, por donde pasa actualmente la autopista AP-9 que une Portugal y A Coruña (figs. 1 y 2). Este hecho no carece de interés. El puente se erigió en la zona más estrecha de la Ría de Vigo, en un punto donde ésta se estrangula y en cuyos alrededores se construyó el castillo de Ubeiras (San Adrián de Cobres) durante el siglo XVII. La importancia del castro y la presencia de importaciones pueden hallarse en relación con su notable posición estratégica respecto a este accidente geográfico. El poblado, pese a no hallarse directamente bañado por el mar como sucede con otros poblados costeros emplazados en un cabo-p.ej. Baroña (Calo y Soeiro 1986), Neixón (Ayán 2005)-dispone de un acceso fácil a la ría y en concreto a zonas de playa y ensenada. Así lo demuestra, entre otras cosas, la enorme potencia de sus vertederos de conchas (concheiros)-los cuales fueron inicialmente estudiados por Vázquez Varela (1977). El castro se sitúa en un emplazamiento característico de la Primera Edad del Hierro: ocupa un espolón elevado con una amplia visibilidad sobre los valles circundantes y la ría. El yacimiento fue objeto de intervención arqueológica por primera vez en los años 20 del siglo pasado. Losada Diéguez (1927) descubrió entonces varias estructuras de piedra de planta circular, un vertedero de conchas, restos faunísticos, entre los que se encontraban cornamentas de ciervo, y numerosos materiales cerámicos, la mayor parte de ellos de la Segunda Edad del Hierro y alguna cerámica a torno pintada de procedencia mediterránea. En éstas y posteriores intervenciones se descubrieron también hachas de bronce de talón y dos anillas. Tras la exploración de Losada, en el yacimiento no se practicó ninguna intervención sistemática hasta el año 2003. La construcción del Corredor do Morrazo obligó entonces a realizar excavaciones en dos sectores del poblado que se verían afectados por la construcción de sendas bocas de túnel. Tales excavaciones, que fueron llevadas a cabo por el Laboratorio de Patrimonio, Paleoambiente e Paisaxe (Instituto de Investigaciones Tecnológicas de la Universidad de Santiago de Compostela1 ), bajo la dirección de uno de nosotros (Roberto Figura 2. Localización de Montealegre dentro de la Ría de Vigo. Aboal Fernández), pusieron al descubierto un sector residencial en la ladera oeste del castro y un gran vertedero de conchas (concheiro) en la ladera este. Las características de las obras del túnel del citado corredor obligaron a plantear los trabajos en las dos laderas como dos excavaciones independientes aunque ejecutadas de manera simultánea. Los resultados obtenidos en la excavación muestran dos zonas del castro con funcionalidades totalmente dispares. Mientras que en la ladera W se identificó un espacio de habitación claramente arquitecturizado, que fue ocupado durante un período cronológico amplio, en la ladera E se documentó un área "marginal" relacionada con actividades de la vida en el castro, pero no de índole habitacional (cantería, vertido de basuras...). Las excavaciones no revelaron el sistema defensivo del castro-más allá de los muros de aterrazamiento. La ladera W (fig. 3) muestra un espacio que fue ocupado de manera muy intensa durante siglos. Esta ocupación queda reflejada de diferente forma en el registro arqueológico: El período cronológico mejor conservado es el comprendido entre los siglos II a. C., es decir, los momentos finales de la Segunda Edad del Hie-Figura 3. Planimetría del sector residencial: ladera oeste. rro. De este período son las cabañas de planta oval que mantienen una orientación N-S y que se disponen de manera paralela al muro de la terraza que circunscribe todo este espacio (cabañas C, D y E y aterrazado I). Evidentemente la construcción del aterrazado es anterior al momento de construir las viviendas, como lo indica el hecho de que éstas se construyesen perfectamente alineadas al muro de aterrazamiento o, como en el caso de una de las viviendas, contra el mismo muro de contención, aprovechando la cara interna de la terraza como pared de la cabaña. A pesar de ser el momento del que quedó más constancia, las cabañas de este período conservan poco más que el nivel de cimentación, y una vez excavadas muestran un único nivel de uso. Destaca el hecho de que el espacio en el que se construyeron las viviendas mostraba originalmente una superficie completamente irregular, con múltiples afloramientos rocosos que dificultaban la construcción de viviendas. Este aspecto llevó a una ingente labor de acondicionamiento del espacio en forma de potentes depósitos de relleno, tanto en el interior de las cabañas como en el exterior. En dichos rellenos aparecieron materiales anteriores a la gran reforma del siglo II a.C., pertenecientes al Hierro Antiguo (VIII-V a.C.) y a la Segunda Edad del Hierro en su Fase II local (s. IV-II a.C.). La estructura que mejor conserva restos de esta ocupación es la cabaña de planta oval (de muros de granito), que denominamos cabaña D (fig. 4). Posee unos 6 m de longitud en su eje N-S por unos 4 m en su eje E-W, con una pequeña estancia aneja en su lado N de unos 2 m en su eje N-S. Conservaba los restos de un nivel de uso (UE088), vinculado a los restos de un pavimento de granito meteorizado (UE129) y a dos pequeños hogares muy desmantelados. Por debajo se identificaron numerosos niveles de relleno destinados a regularizar una superficie habitable. Por encima de esta estructura y reaprovechando parte de los muros, se identificó la superposición de un muro recto vinculado con la ocupación más tardía, pero del que no quedaban niveles asociados. Este segundo momento de ocupación que se puede adscribir al siglo I d. C-es decir, al comienzo de la ocupación romana efectiva de la zona-queda reflejado en las cabañas de planta cuadrada y con una orientación E-W (cabañas A, B y superposición D). Este segundo momento se superpone en algún punto a las cabañas o estructuras de la fase anterior. La construcción de nuevas viviendas explica la alteración de los estratos preaugusteos. El estado de conservación del nivel julio-claudio es desigual, en algunas zonas está desaparecido casi por completo: básicamente se puede identificar por la posición topográfica en la que se encontraban las construcciones, en puntos muy próximos a la ruptura de pendiente. En otros casos la conservación es mejor: algunos lienzos de los muros tienen suficiente altura como para conservar la entrada como en la cabaña A, que es una vivienda cuadrada de muros de granito, de unos 5 m de lado. En esta cabaña (fig. 5) se identificó un único nivel de ocupación (UE122) de época julio-claudia, vinculado a un pavimento de granito meteorizado (UE149) y a dos hogares de piedra, que definen claramente un área de actividad doméstica. Además de estos dos momentos claramente identificados, aparecieron indicios de ocupaciones anteriores pero que no están asociadas a ninguna estructura, y que únicamente quedan reflejadas por la presencia de materiales diagnósticos, principalmente cerámicas, que se pueden relacionar con estos períodos. Así, se documentaron elementos adscribibles a los siglos IV-III a. C., que aparecieron en la excavación pero sin vinculación directa con ninguna estructura, únicamente en el espacio F. Aquí se identificaron restos muy desmantelados de posibles estructuras (un pequeño muro de piedra y una hoguera) relacionadas con este período, pero que aparecen fuertemente alterados por los bloques graníticos que cayeron de la parte superior. Se trata de un espacio delimitado por afloramientos graníticos que pudo haber funcionado como espacio de almacenaje o como depen- dencia aneja. Por lo que se refiere a los materiales de la Primera Edad del Hierro, éstos fueron encontrados bien en la capa vegetal, bien en los depósitos basales, rellenando las grietas, lo que demuestra la ocupación del sector residencial de la ladera oeste desde inicios del Hierro Antiguo-los materiales están escasamente rodados y tienen gran tamaño. Finalmente se identificó una reutilización tardía de la ladera W, que responde a un uso muy concreto: el enterramiento de un tesorillo de monedas de bronce de los siglos IV-V d. C. La única estructura relacionada con este episodio es negativa: el hoyo excavado en la tierra para esconder los numismas. En la ladera E la fuerte pendiente impidió cualquier ocupación de carácter habitacional. Sin embargo, es patente la presencia antrópica, contrariamente a lo que se podía suponer en un principio debido al fuerte desnivel. Los resultados de la excavación indican que en esta zona se desarrolló una notable actividad cotidiana no residencial. La primera actividad identificada fue una importante labor de cantería (UE023). La topografía del monte sobre la que se asienta el castro resultó determinante en la configuración del poblado. El castro se asienta sobre un espolón muy estrecho, en el que resulta difícil encontrar espacios amplios y llanos que permitan la construcción de las viviendas. Por tal motivo, fue fundamental la construcción de pequeñas zonas aterrazadas en las que poder acondicionar espacios de habitación. Para erigir tales terrazas, se desarrolló una intensa actividad de cantería en la ladera este del monte. Los resultados de la excavación indican que dicha ladera del monte se hallaría desprovista de vegetación, lo que facilitaría los trabajos de extracción de piedra. Se documentaron además los restos de un canal, anteriores a la actividad extractiva. El canal podría estar relacionado con la evacuación de aguas desde las cabañas de la parte alta del monte. Conviene tener en cuenta que esta estructura apareció a escasa distancia de dos de las cabañas excavadas por Losada Diéguez (1927). El canal se encontraba afectado en uno de sus extremos por las actividades de cantería. Posteriormente se abandonó la extracción de piedra en la ladera este y el espacio se amortizó como basurero (UE012). Se identificó un conchero de carácter colectivo (fig. 6), localizado extramuros y conformado por diferentes especies de conchas (almeja, mejillón, lapa, ostra, navaja...), así como numerosos restos faunísticos (bovino, ovicaprino, porcino y restos de astas de ciervo2 ). Fue en este depósito en donde se documentaron la mayor parte de los materiales arqueológicos. En relación al conchero se detectó la presencia de una estructura de contención (UE014). Se trata de un muro de granito de 8 metros de largo y de mala calidad constructiva, del que además apenas se conservan tres hiladas de piedras. El muro se situaba en la parte inferior del vertedero, claramente para impedir el desplazamiento de éste ladera abajo. Es posible que se tratase de evitar que las conchas invadiesen los trabajos de cantería que se desarrollaban en la parte media-baja de la ladera. La amplitud y potencia del conchero pone de manifiesto la importancia de los recursos marinos para la comunidad. El emplazamiento del castro de Montealegre tiene una clara orientación hacia la explotación del medio marino (principalmente centrada en medios arenosos y rocosos). El momento en el que tales actividades tuvieron lugar es más difícil de precisar. Los materiales documentados en las excavaciones de esta ladera nos sitúan en un amplio abanico cronológico. En depósitos basales y revueltos se ha documentado la presencia de piezas de la Primera Edad del Hierro-entre los que destaca el molde de hacha de cubo localizado en la UE016. La secuencia, sin embargo, llega hasta inicios del siglo I d.C. No obstante, parece que el conchero propiamente dicho se generó básicamente durante la Segunda Edad del Hierro, a tenor de los materiales cerámicos. El grueso de las cerámicas coincide, además, con el momento de ocupación principal de la ladera oeste (siglos II y I a.C.). Respecto a los materiales indígenas recuperados tanto en el conchero como en el sector residencial (González-Ruibal y Rodríguez Martínez 2006), se han documentado todos los tipos cerámicos característicos del siglo VIII al I a.C. en la región de las Rías Bajas (cf. Rey 1990-91) y más en concreto en la subregión de la Ría de Vigo (González-Ruibal 2005, fig. 23) (fig. 7). La secuencia tipológica acusa un marcado cambio entre la Primera Edad del Hierro (s. VIII-V a.C.) y la Segunda (Fase III de la Cultura Castreña del Noroeste). Además de una nutrida y variada colección de cerámica, Montealegre ha proporcionado una importante cantidad de fíbulas en excelente estado de conservación, la mayor parte de las cuales, por desgracia, aparecieron revueltas en el conchero. Entre los tipos más antiguos localizados se encuentran varios ejemplares de mesa, conocidas como Sabroso/Santa Luzia en el Noroeste (s. V-IV a.C.) y un pequeño fragmento de una fíbula de doble resorte (s. VIII-V a.C.). Por lo que respecta a la Segunda Edad del Hierro, y más concretamente al período que coincide con las importaciones aquí estudiadas, se han recuperado diversas fíbulas de pie vuelto, entre las que destaca un magnífico ejemplar de fíbula transmontana procedente del sector residencial. LAS IMPORTACIONES PÚNICAS (S. V-III A.C.) Debido a la deficiente conservación de los niveles anteriores a mediados del siglo II a.C. existen muy pocos materiales de importación que se puedan datar con seguridad antes del fin de la Segunda Guerra Púnica. Es muy posible que algunos fragmentos de cerámica a torno tanto de la zona de habitación como del conchero pertenezcan a esta fase. A ella corresponde sin duda una gran cuenta oculada de pasta vítrea localizada en el sector residencial-de color azul ultramar, azul prusia, amarillo y blanco-y dos bordes de ánfora Mañá-Pascual A4 (conchero) (fig. 8). El fragmento mejor conservado corresponde a un modelo T-11.2.1.4, producido en la zona del Estrecho de Gibraltar entre mediados del siglo V a.C. e inicios del siglo IV a.C. (Ramón 1995, 236). Este modelo de ánfora aparece en otros castros de las Rías Bajas con funciones de emporion, como A Lanzada (Noalla) y Punta do Muiño de Vento -Museo do Al período que llamamos tardorrepublicano pertenecen un número nutrido de importaciones. Al utilizar esta denominación pretendemos simplemente ofrecer un marco cronológico y político (control del Mediterráneo occidental por la Roma republicana) y no una identificación cultural de los productos-que es variada-ni de los comerciantes, que con toda probabilidad eran púnicos del Estrecho, al menos hasta mediados del siglo I a.C. A esta fase corresponden los siguientes elementos: ánforas itálicas o de tipo itálico; ánforas tardopúnicas; ánforas turdetanas; cerámica común, en su mayor parte fabricada en la Bética; cerámica de transporte pintada; kalathoi procedentes del noreste peninsular; askoi de tradición púnica y cuentas de pasta vítrea monócromas, de color azul marino o de brillo dorado (que aparecen en escaso número). Ánforas 1) Ánforas de tradición turdetana En primer lugar contamos con algunos fragmentos que se pueden relacionar con las ánforas turdetanas tardías clasificadas como Pellicer D (Niveau de Villedary 2002) (fig. 9). Esta es la primera vez que se reconocen en el norte de la Península Ibérica. Las piezas identificadas son: dos bordes retraídos de pasta jabonosa amarilloanaranjada (nos 1 y 3), uno de ellos con estrías en el interior muy marcadas; un borde retraído con ligero engrosamiento hacia el interior, con pasta dura y color naran- ja-marrón homogéneo (no 2); y un gran fragmento con asa (no 4), de pasta dura y color anaranjado homogéneo. Por desgracia todos los fragmentos con forma proceden del conchero. El asa tiene un buen paralelo en Cerro Macareno (Pellicer 1978, fig. 7, no 209), que su excavador data en la segunda mitad del siglo II a.C. Uno de los bordes retraídos (C18805) no muestra engrosamiento hacia el labio, al contrario que muchas ánforas Pellicer D. Sin embargo, éste es un hecho que sí se documenta en algunos contenedores tardíos de esta tipología del Cerro Macareno (Pellicer 1978(Pellicer, fig. 7, nos 281, 2001) ) que se datan en la segunda mitad del siglo II a.C. La misma cronología se puede proponer para el otro borde, más característico de las producciones Pellicer D y que cuenta con un paralelo exacto en la desembocadura del río Arade, en la costa del Algarve (Alves et al. 2001, fig. 2, no3). En este yacimiento subacuático aparece el citado contenedor junto a Mañá C2b y Pellicer E (Alves et al. 2001, 242). Las ánforas turdetanas tardías en diversas variantes están bien documentadas desde el siglo III a.C. en la costa meridional portuguesa en sitios como Castro Marim (Arruda 2000, fig. 8-11) y A Rocha Branca (Gomes 1993), entre otros. 2) Ánforas de tradición púnica Las excavaciones de 2003/2004 han dado a la luz el mayor lote de ánforas tardopúnicas Mañá C2 divulgado hasta la fecha en el Noroeste peninsular. Se han recuperado 11 bordes (uno de ellos con gran porción de boca, cuello y panza), un asa, un fragmento de cuerpo con arranque de asa y un fragmento de pivote, así como alrededor de un centenar de paredes pertenecientes a este tipo de ánfora (figs. 10 y 11). Las pastas resultan claramente identificables: en todos los casos presentan cocción mixta, con el alma de color más oscuro que la superficie, paredes compactas, lisas y ligeramente ásperas al tacto y desgrasante muy escaso y fino (algún nódulo rojizo, ínfimas partículas de mica). La coloración suele ser ocre o amarillo en la superficie interior y exterior, mientras que el núcleo es de una tonalidad más oscura: naranja, rosa anaranjado o rojo, aunque existen algunos fragmentos de color beige homogéneo (no 9). La combinación más habitual es amarillo-naranja-amarillo. Se trata de una versión fabricada en los talleres del Estrecho de Gibraltar de recipientes originales del área de Cartago. Según Ramón (1995, 212) algunas de ellas con el característico desgrasante volcánico propio de Campania, lo que reforzaría la impresión, por cronología, de que nos hallamos ante el tipo T-7.4.3.3. Por desgracia, la mayor parte de los bordes (nueve) se recogieron en el vertedero. Un fragmento (no 3) procede de una zona sin estructuras, de un estrato relativamente superficial con materiales variados del siglo IV al I a.C. y otro borde (no 9) se localizó en la zona alterada entre la cabaña B y la C. En este caso, sin embargo, es muy probable que el borde se relacione con el nivel de uso de la cabaña C, que se data entre mediados del siglo II a.C. y mediados del I a.C. por la presencia de Dressel 1 y kalathoi. Las ánforas Mañá C2 (Ramón T-7) se están convirtiendo en un tipo bien representado en el Noroeste ibérico, al menos en las Rías Bajas. Hemos señalado su aparición en los castros de Vigo, Punta do Muiño de Vento, Alobre y el embarcadero de O Areal (Vigo), todos ellos en la provincia de Pontevedra (González-Ruibal 2004). Recientemente hemos descubierto nuevos ejemplares en el castro de Santa Trega, entre materiales procedentes de las últimas excavaciones de Antonio de la Peña Santos; en A Lanzada (un fragmento de pared característico, de procedencia desconocida, probablemente del Campo da Lanzada) y en el Castro Grande de Neixón (González-Ruibal 2005, 222). Era conocida de antiguo su existencia en la bahía de A Coruña (Naveiro 1982, 69, lám. II, 18-19), lo que corrobora la importancia de Brigantium como puerto comercial a fines de la Edad del Hierro. Contamos con dos fragmentos de borde procedentes de la zona residencial que se pueden relacionar con las producciones púnicas (fig. 12). El primero de ellos se recogió en la UE 88, que corresponde al nivel de uso de la cabaña D (donde se han localizado paredes de Mañá C2b y Dressel 1). La pasta recuerda a algunas producciones púnicas tardías: color gris claro a rosado, desgrasante muy fino y escaso (mica, alguna intrusión de cuarzo), pasta compacta, jabonosa, con superficies ásperas al tacto. Es posible que se trate de la Lusitana 1, una rara forma tardopúnica característica del litoral portugués. Es precisamente en los alrededores de Alcácer do Sal, en este antiguo poblado o en la vecina Salacia, donde se fabricaron las Lusitana 1, aparentemente para envasar conservas de pescado (Diogo 1996). Este autor las considera afines a las Mañá-Pascual A4. Sin embargo, su relación con las producciones púnicas aconseja unos orígenes anteriores. En nuestro yacimiento aparece en un nivel datado entre mediados del siglo II a.C. y mediados de la siguiente centuria. En relación con las ánforas tardopúnicas debemos mencionar los opérculos (fig. 13). Han aparecido tres piezas bien conservadas, en pasta jabonosa, color amarillo-nápoles claro homogéneo y con desgrasante fino de mica y cuarzo. La cronología habitual para estas piezas es el siglo II y I a.C. Aparecen siempre en asentamientos "con una fuerte presencia o influencia púnica" (Izquierdo et al. 2001, 157). Dos de ellas proceden del conchero y una tercera (no 2) de un nivel revuelto de la zona de habitación. Las ánforas Dressel 1 a-c (fig. 14) aparecen representadas por nueve bordes, un pivote y un número difícil de determinar de paredes, aunque sin duda superan el centenar. Dos bordes de Dressel 1c son de fabricación campaniense (nos 6 y 7), como revela su abundante desgrasante volcánico, pero predominan los de fabricación bética. La mayor parte de las formas aparecieron en el vertedero. No obstante, el pivote, aparentemente de fabricación bética, apareció en el nivel de uso de la cabaña D y en la cabaña C han aparecido un borde de Dressel 1c (no 7) y otro de una posible Dressel 1b (no 8). Casi todos los bordes conservan una aguada blanquecina al exterior, característica de estas producciones. Además, del sector residencial, especialmente de las casas C y D, proceden varias paredes de ánfora que por su pasta característicarojo intenso homogéneo, con escaso desgrasante de ínfimo calibre-se pueden identificar con las producciones anfóricas de la zona etrusca. En otros yacimientos del Noroeste se han localizado ánforas itálicas de Campania y Etruria, como en la Campa Torres, Gijón (Carreras 2001, 390). En el Noroeste, la Dressel 1c es, concretamente, el más habitual de los subtipos de esta tipología. Aparece tanto en los grandes oppida del sur, como Santa Trega (Peña Santos 1985-86) como en los castros asturianos: Campa Torres (Maya y Cuesta 2001) y Arancedo. En las dragas del puerto de la antigua Brigantium (A Coruña) se ha localizado un número notable de Dressel 1c (Naveiro 1982, 67, lám. I), que aparecen asociadas, como señalamos, a Mañá C2 y a cerámica campaniense (Naveiro 1982, 63). Dressel 1 itálicas en buen número y cerámica campaniense aparecen en el emporio indígena de Torres de Oeste, en un estrato de la primera mitad del siglo I a.C. (Naveiro 1995, 73). Se trata de un centro comercial situado en la desembocadura del Ulla que controlaba el comercio hacia el interior de Galicia. En la propia Península do Morrazo donde se enclava Montealegre se ha documentado por ahora este tipo de ánfora en el castro de Monte do Facho. Un hombro de Dressel 1 apareció en un suelo de ocupación de una cabaña circular 15, nos 2-4). La pasta de estas ánforas es más depurada y con un desgrasante mucho más fino y menos abundante que los de las producciones de época augustea y posterior. La superficie es lisa y áspera al tacto y el color amarillo-ocre al exterior con el alma rojiza-características que recuerdan a las producciones de T-7.4.3.3 de Montealegre. Morfológicamente, es notable su semejanza en dos casos con las Dressel 1c, especialmente por la pestaña que sobresale hacia abajo: buenos paralelos se encuentran en Brácara (Morais 2004a, 554, fig. 8). Las muestras más antiguas de producción de Haltern 70 en la Bahía de Cádiz se datan a mediados del s. I a.C. (García Vargas 2000, 67, 70) y el origen para este tipo podría llevarse hasta el 75 a.C., con lo que coincidiría con las LC 67. Es por lo tanto razonable pensar que se trata realmente de Haltern 70. En Galicia, la LC67 está muy bien representada en el castro de Santa Trega (Peña Santos 1986), donde aparece con Dressel 1, Haltern 70 y campaniense. Llama la atención el número relativamente elevado de vasijas pertenecientes a producciones de cocina y mesa, frente a la ausencia de materiales finos (barniz negro, copas, platos pintados). La mayor parte de los fragmentos se corresponden a ollas de dimensiones reducidas. Asimismo se han identificado un cierto número de fragmentos pertenecientes a jarros, ungüentarios y morteros. 1) Ollas y tazas (fig. 16) Todos estos recipientes se caracterizan por su pasta blanda, amarillo-blanquecina a anaranjada clara, con muy escaso y fino desgrasante (mica y cuarzo). Las similitudes tanto formales como tecnológicas hacen pensar en su pertenencia a un mismo taller o grupo de talleres. Es posible, además, que los morteros a los que haremos mención más adelante también se fabricaran en los mismos centros, dadas su afinidades técnicas. Las ollas, jarras y morteros son muy semejantes, incluso idénticos, a las del grupo de céramiques blanc jaunatre de Conímbriga (Alarcão et al. 1976, 71 ss). La descripción de las pastas que nos ofrece Alarcão y colaboradores coincide con las de Montealegre: color blanco-amarillento, pasta muy poco compacta, que deja marcas en los dedos, y desgrasante muy fino y escaso, con partículas de mica y minúsculos fragmentos de cuarzo (Alarcão et al. 1976, 71-72) (Alarcão et al. 1976, pl. 18, 26), donde aparecen fuera de contexto en los rellenos del foro flavio. Recordemos no obstante que entre los materiales revueltos de este último yacimiento figuran ánforas Dressel 1, Mañá C2 y kalathoi ibéricos, como en Montealegre, y que Conímbriga era un importante castro indígena desde el período orientalizante. La fecha propuesta para el nivel púnico-mauritano II de Lixus se enmarca entre el 80 a.C. y el final del principado de Augusto. Bordes redondeados con labio bífido. A este subtipo pertenecen los fragmentos no 9 y 10. Sin embargo, en este caso nos hallamos ante ollas, según demuestra el paralelo de Conímbriga (Alarcão et al. 1976, pl. 18, 25) y de dimensiones reducidas. Presentan características de los dos subgrupos anteriores. El borde biselado oblicuo (no 14) también cuenta con un paralelo exacto en Conímbriga (Alarcão et al. 1976, pl. 18, 45) e igualmente pertenece a una ollita. Los bordes biselados con aristas o facetas al interior son muy típicos de todas las producciones de fines del primer milenio antes de la Era en el Mediterráneo, bien sean materiales helenísticos, itálicos o púnicos. Excepto en la cerámica africana de cocina, este tipo de formas tienden a desaparecer a lo largo del siglo I d.C. En Montealegre, paredes de similares características técnicas a los bordes se localizan en estratos del siglo II a.C. y I a.C. No se documentan en cambio en estratos julio-claudios, como lo demuestra el hecho de que en la cabaña A aparecieran Haltern 70 y cerámica común romana de pastas naranjas, pero ni un solo fragmento del tipo al que nos estamos refiriendo. Así pues, se podría aventurar una datación desde mediados del siglo II a.C. hasta inicios de época augustea. De idénticas características técnicas es una taza en cerámica común procedente del conchero (fig. 15, no 2). Recuerda bastante a las producciones mediterráneas de época helenística (s. III -I a.C.), tanto púnicas como itálicas (cf. Campanella 1999, fig. 10: 73-76), pero modelos semejantes llegan al siglo I d.C. Como sucede con otros materiales, tampoco los bordes de cerámica común han sido recuperados en buenos contextos estratigráficos. La gran mayoría aparecieron en estratos superficiales y revueltos. En estratos que podemos considerar preagusteos se localizaron los bordes no 13 (UE 41), en una zona de deambulación (espacio E) cerca del afloramiento rocoso, y no 14 (UE 62), al norte de la cabaña D. La UE 62 puede homologarse cronológicamente a la UE 88, el nivel de uso de la cabaña D, que se data entre el último tercio del siglo II a.C. y el primer tercio del siglo I a.C. En esta UE han aparecido dos bordes tipo Cíes evolucionados (fig. 7, nos 14 y 16), que habría que datar a fines del siglo II a.C. -inicios del siglo I a.C. El borde que apareció en la cabaña B (no 4) es de cronología menos segura, pero es muy probable que pertenezca también al episodio de ocupación preaugusteo, que fue arrasado para construir una cabaña de planta rectangular: en las cercanías se documentó un borde de Mañá C2b (UE 45, vid. supr.). La misma técnica y pasta presentan la mayor parte de los fondos identificados (fig. 17). Lo más probable es que se correspondan con las ollas y tazas cuyos bordes acabamos de tratar-así como con los jarros que mencionaremos a continuación. Tres de los fragmentos (nos 1 y 12) aparecieron en estratos que se pueden datar en el siglo II o inicios del siglo I a.C. en el espacio entre la cabaña D y el muro absidal que se le adosa por el norte. Los demás proceden bien del conchero, bien de estratos superficiales. Diferente al material analizado por su forma y características técnicas es un cuenco a torno, de pasta gris homogénea, superficie áspera y borde aristado oblicuo (fig. 18). Tiene buenos paralelos entre mediados del siglo II a.C. y fines del s. I a.C. en el Mediterráneo occidental [URL]. Cuencos similares, pero de mayores dimensiones, se siguen fabricando en época romana (Alcorta 2001, fig. 75, F2, C4). Procede de un nivel superficial del sector de habitación, con lo que es difícil saber si pertenece al comercio tardorrepublicano o posterior. Pertenecen a jarros de pequeñas dimensiones seis asas y un borde (fig. 19) cuyas pastas resultan muy semejantes a las del conjunto de cerámica común señalado. También pertenecen a jarras dos fragmentos de cuello de cocción mixta y color anaranjado. Todos los fragmentos menos uno (el asa no 7) aparecieron en estratos superficiales o revueltos (concheros). El asa que sí apareció estratificada lo hizo en un paquete preaugusteo (UE 56), por su posición en la secuencia estratigráfica y por la cerámica indígena asociada. El fragmento más reconocible pertenece al cuello y borde de un jarrito de boca redonda y pasta amarillo-nápoles homogénea. Poseemos además dos bordes de jarras de boca ancha con el borde engrosado (fig. 20). Las jarras de boca ancha son características del mundo púnico entre los siglos IV y II a.C. Los mejores paralelos para nuestra pieza proceden del yacimiento sardo de Monte Sirai (Campanella 1999, figs. 12 y 13): aparecen aquí varias jarras con boca de amplio diámetro y labio engrosado hacia el interior que recuerdan notablemente a nuestra pieza. Se datan en los siglos III-II a.C. El fragmento mejor conservado de Montealegre (no 1), que además es el único que apareció en contexto estratigráfico (UE 136), posee pasta jabonosa, color blanco sucio homogéneo y desgrasante arenoso y abundante. El color y la pasta recuerdan a las producciones púnicas localizadas en otros castros gallegos. Apareció en el espacio entre la cabaña D y el muro absidal que se le adosa, una zona rica en material de importación. La datación de este estrato es de mediados del siglo II a.C. a mediados del s. I a.C. 3) Ungüentarios (fig. 21) Se han recuperado dos fragmentos pertenecientes a ungüentarios. Uno de ellos es una boca de un típico Figura 20. Jarras de boca ancha y pasta blanca tardorrepublicanas. Jarras y jarros tardorrepublicana. La otra pieza (no 2) es un fragmento de panza con arranque de asa de lo que debió de ser una botellita o vaso globular con cuello. Este tipo de recipientes son típicos de fines del s. En el noroeste no se han señalado ungüentarios cerámicos, con la excepción del fragmento de A Lanzada localizado por uno de nosotros (Rafael Rodríguez Martínez), de tipo fusiforme, en la revisión de los materiales de excavaciones antiguas depositados en el Museo de Pontevedra. Su escasez puede deberse a que cuando el comercio mediterráneo se incrementó exponencialmente en la zona, durante el período julio-claudio, los ungüentarios de cerámica se encontraban ya en retroceso frente a los de vidrio. Sin embargo, también habrá que atribuir su escasez a la falta de demanda indígena de perfumes y ungüentos. Su cronología se sitúa entre época tardorrepublicana y de Tiberio y su procedencia bética es bastante segura (Serrano 1995, 231, figs. 4-27). En la fachada atlántica se han documentado, además de en Brácara (Morais 2004) dencial, en un estrato preaugusteo (UE 41), junto a un borde aristado a torno de origen mediterráneo. Contenedores pintados Dos de los fragmentos de cerámica a torno pintada se corresponden con recipientes de transporte o almacenaje (fig. 23). La pintura en ambos casos es de color vinoso y la pasta de la cerámica de color anaranjado. Uno de los fragmentos (no 1) recuerda de cerca a un fragmento con asa convexo-cóncava de Cerro Macareno. La cronología de este tipo de asas pintadas que propone Pellicer (1978, 395) va de mediados del siglo VI a.C. al cambio de era. El fragmento no 2 aparece asociado (UE 148) a una pared de kalathos, un fragmento de askós y un par de fragmentos de un vaso plástico o askoide, con lo que se podría considerar una datación de la primera mitad del siglo II a.C. Se tratarían pues de elementos de transición entre el comercio púnico y tardopúnico o tardorrepublicano. Son fácilmente reconocibles en el yacimiento por su borde plano y paredes rectas (fig. 24). Han aparecido fragmentos pertenecientes a cinco o seis recipientes distintos. Se han detectado dos tipos de pasta: una oxidante homogénea, dura, de sonido metálico y color naranja, y otra de cocción oxidante homogénea o mixta (con el alma ligeramente más oscura que la superficie), color amarillo nápoles y pasta más friable. Todos los bordes menos uno (fig. 24, no 2) pertenecen al primer tipo. Además de cinco bordes se han identificado seis fragmentos de fondo (fig. 24, 8-13), todos ellos de pasta amarillo nápoles y procedentes de la zona de habitación. Uno de ellos (fig. 24 no 10) proviene de la estancia absidal adosada a la cabaña D. Por lo que se refiere a las variantes morfológicas, tenemos un ejemplar (fig. 24, no 1) que encaja en el tipo A-2 de Conde (1991Conde (, 1992)), con cronología de 175 a 125 a.C. El fragmento no 4 podría ser también de tipo A-2, mientras que el no 2, de reducidas dimensiones y labio Ninguno de los bordes ha conservado decoración. Sin embargo, tenemos tres fragmentos de pared de color naranja (fig. 10, nos 6 y 7) que sí han preservado bien la pintura rojo vinoso, de tipo geométrico y con el esquema característico de los kalathoi del tipo A1 y A2 (Nicolás y Conde 1993, 21). Existe igualmente un pequeño fragmento muy rodado que conserva restos de espirales o roleos de color blanco y otros dos trozos con restos muy desvaídos del mismo color. Poseemos además un número considerable de fragmentos de pasta friable color amarillo nápoles, que conservan restos borrosos de pintura roja geométrica (fig. 25), aparentemente más anaranjada que los fragmentos mencionados, por lo que no se podría descartar la presencia de A-3 (Nicolas y Conde 1993, 24). La mala conservación de la pintura, en cualquier caso, impide pronunciarse. El fragmento de pared pintada mejor conservado (fig. 25, no 9) se corresponde con la parte inferior y la carena del fondo de un kalathos. Los kalathoi tipo A-1 a 3 se fabricaron en el entorno de Ampurias, mientras que los de tipo B se corresponden con producciones de Fontescaldes (Tarragona). Se trata predominantemente de importantes emporios comerciales-Castrolandín, en el interior de Pontevedra, sería una excepción-los cuales, en determinados casos (Santa Trega, Vigo o Campa Torres), se erigieron en centros políticos de su territorio. Probablemente su relativa frecuencia a lo largo del Mediterráneo occidental e incluso en el Cantábrico (Mezquíriz 1970; Conde 2001) se deba a que estos recipientes se utilizaban para transportar algún tipo de producto: miel, frutos secos, salazón (Nicolás y Conde 1993, 21). En general, constituye la cerámica ibérica más abundante fuera del noreste peninsular: así, en las Islas Baleares suponen el 84% de todas las cerámicas ibéricas de importación (Nicolás y Conde 1993, 20). Askoi y vasos plásticos Uno de ellos (del que ofrecemos dibujo) presenta una pasta de color amarillo-blanquecino, textura friable y decoración pintada, mientras que el segundo ejemplar (no reproducido) tiene pasta dura, de sonido metálico y color naranja homogéneo. Ambos muestran claramente huellas de torno concéntricas al interior. Aunque los askoi son especialmente abundantes en Ibiza, donde se han encontrado hornos que los fabrican, aparecen en muchos otros lugares. Su cronología se sitúa fundamentalmente entre el último cuarto del siglo III a.C. y mediados del siglo II a.C. Sería pues un elemento de transición entre el comercio propiamente púnico y el que aquí denominamos tardorrepublicano. El esquema decorativo de los fragmentos de Montealegre, a base de una retícula, es bastante peculiar, aunque no está del todo lejos de las cruces que aparecen en algún ejemplar de Turó de ses Beies (Camps y Vallespir 1974, fig. 3, 105). Un askós, en este caso claramente baleárico, apareció en el castro de A Lanzada (González-Ruibal 2004a). El askós decorado de Montealegre procede de la zona residencial, pero no se encuentra vinculado a estructuras de habitación: apareció en la UE 58 junto a un fondo y un fragmento de cerámica a torno amarilloblanquecina, ambos importados. El otro askós fue exhumado en el vertedero de conchas. Además han aparecido dos fragmentos pertenecientes a vasos plásticos o askoides. El fragmento de mayor tamaño proviene del conchero (fig. 26, no 3), el menor (fig. 26, no 2) del área de habitación. Las características de la pasta (amarilla, friable, sin desgrasante) son semejantes a las del resto de las producciones de importación procedentes del mediodía peninsular. Askoi y vasos plásticos son producciones típicas de los alfares gaditanos durante el siglo III y II a.C. El período comprendido entre Augusto y Claudio está muy bien representado en los castros del Noroeste a través de numerosas importaciones, especialmente las ubicuas ánforas Haltern 70 y las sigillatas itálicas y gálicas. La relevancia del horizonte comercial comprendido entre el inicio de las Guerras Cántabras y mediados de la primera centuria de la Era ha condicionado en gran medida nuestra visión de los castros de la Edad del Hierro, una visión que por fortuna comienza a cambiar con la aportación de nuevos datos. Los materiales altoimperiales de Montealegre señalan el mantenimiento de unas intensas relaciones comerciales iniciadas antes de la ocupación efectiva de Gallaecia por Roma. Sin embargo, todo parece indicar que se trata de un período breve, que llega a su fin a inicios del siglo I d.C., de forma prematura en comparación con otros castros vecinos. Si bien es verdad que el volumen de importaciones es muy notable, también ha de señalarse un empobrecimiento en la variedad de materiales: si descontamos media docena de fragmentos minúsculos de sigillata itálica (todos inferiores a dos centímetros), varios fragmentos diminutos e inclasificables de vidrio y una docena de fragmentos de cerámica común romana igualmente inclasificable, la mayor parte de las importaciones son ánforas. Ésta ánfora es muy probablemente una reinterpretación de los contenedores Dressel 1. Se caracteriza por presentar un perfil con tendencia ovoide y borde alargado, que en la mayoría de los casos aparece diferenciado del cuello por una incisión. Las asas son rectas y de sección ovalada y el pivote cónico. Los centros productores de este tipo son, mayoritariamente, de la zona layetana en el noreste ibérico (Pascual 1977), aunque existen producciones residuales en el sur de la Galia y en la Bética. Parece que es un tipo de amplia difusión, aunque a Gallaecia llegue de forma anecdótica, si lo comparamos con la Haltern 70 o la Dressel 1. El contenido de este tipo anfórico fue vino tarraconense con total seguridad. Cronológicamente, hace su aparición en época republicana y tiene su momento de máxima difusión bajo el Principado de Augusto. El único fragmento recuperado en los trabajos ejecutados en Montealegre (fig. 27, no 2) pertenece un borde bien conservado procedente de niveles superficiales de la zona de habitación. La diferencia cuello-borde viene marcada por una ligera incisión, pues el fragmento que nos ocupa es apenas exvasado. La pasta presenta tonalidad rojiza en la superficie y alma naranja-amarillenta; posee una apariencia arenosa y escasa compactación, lo que nos indica una cocción defectuosa. Con seguridad, se trata de una producción tarraconense pues existen notables diferencias entre la pasta de este ejemplar de Pascual I y las pastas de los alfares del Guadalquivir, mucho más compactas y menos arenosas. Se trata de uno de los tipos anfóricos más difundidos e imitados del mundo romano. Surge en Italia como envase sustituto de las itálicas Dressel 1. Morfológicamente se caracteriza por presentar un cuerpo fusiforme o tubular en el que una visible carena marca la transición cuerpo-cuello, este con forma de cono invertido. El borde puede presentar diferentes secciones (circular, ovalada, o con tendencia triangular). Este tipo de contenedores presenta un pivote muy pronunciado y macizo y, unas asas paralelas al cuello con sección bífida. El contenido de estas ánforas era vino y, sus centros de fabricación diversos, desde los prototipos originarios de 2003). Su mayor momento de difusión se corresponde con el reinado de Augusto. Se trata de ánforas de cuerpo ovoide que llegan a alcanzar los 65-70 cm de altura. Como caracterización general podemos decir que presentan un borde corto y vertical, levemente convexo y vuelto ligeramente hacia fuera y marcado en su arranque por una carena más o menos pronunciada. El borde remata en un cuello corto, de unos 10 cm. Las asas que presentan este tipo de ánforas son cortas y de sección ovalada, cortada por una acanaladura que recorre todo el largo de éstas. Arrancan próximas al borde y se desarrollan en forma curva continua. El pivote es macizo de unos 5 cm aproximadamente. Este tipo de contenedores evolucionan escasamente, aunque se documentan pequeños cambios en borde, cuello y labio. A partir de tales modificaciones se establecen tres variantes (Antoni Puig, 2004, 23-32): Augustal, Claudia y Flavia, atendiendo al escalón del borde y a las formas de cuello y labio. De esta triple clasificación, en Montealegre tendríamos documentada una única variante, la augustal, que se caracteriza por un cuerpo ovoide, cuello corto y boca exvasada muy marcada en el exterior por un gran escalón sobre el arranque de las asas. Esta variante presenta equivalencias con el Grupo A de Culip VIII (Carreras, 2004;139-147), lo que nos aportaría una A pesar de esto, el conjunto de Haltern 70 documentado en Montealegre no es homogéneo, puesto que las pastas pueden dividirse en dos tipos a partir exclusivamente de su coloración. Así se documentan piezas caracterizadas por una tonalidad rosa-ceniza, que presentan un aspecto compacto y desgrasante (cuarzo y feldespato) de calibre medio no muy abundante y, otras caracterizadas por una tonalidad siena tostada, con abundante desgrasante, lo que le confiere un aspecto arenoso, a pesar de presentar una compactación media. Exteriormente, casi todos los fragmentos poseen restos de engobe espeso de tonalidad blanco-ceniza. Pero además de las diferencias de pastas, existe una diferencia morfológica entre los ejemplares, lo que permite establecer dos grupos o subgrupos. El primero, se caracterizaría por un borde a modo de cinta con un escalón suavizado que marca su arranque y se corona por un labio plano (fig. 28, nos 3-6). El segundo grupo se caracteriza por presentar unos bordes menos exvasados y pronunciados con un escalón resaltado a modo de arista. Además poseen un labio ligeramente apuntado e, interiormente, abundantes estrías de torno (fig. 28, nos 1 y 8; fig. 29, no 1). Existe, por último, un tercer grupo más raro y quizá más antiguo (recuerda al tipo LC67) viene representado por una boca delimitada mediante una moldura de sección curva (fig. 28, no 7). Se trata de un modelo bien documentado en Santa Trega (Peña Santos 1985-86). A un cuarto grupo, de época preagustea, hemos hecho ya mención al referirnos al horizonte anfórico cesariano. El contenido de estos envases es muy discutido actualmente, lo que ha llevado a hablar de polifuncionalidad: podrían portar todo tipo de productos béticos: vino, derivados de éste (sapa, defructum) y/o olivas. En conclusión, a pesar de las diferencias establecidas, estamos ante materiales béticos procedentes de la desembocadura o del curso medio del Guadalquivir tal y como dejan de manifiesto las pastas y sus desgrasantes. Los fragmentos recuperados en el castro pertenecen mayoritariamente a bordes (fig. 31) y un asa (C16.247) de perfil recto, sección elíptica y una acanaladura que la recorre longitudinalmente. Las piezas se caracterizan por presentar una pasta beige-verdosa, de compactación media-alta, con escaso desgrasante cuarcítico. Son pastas similares a las Haltern 70 procedentes de la desembocadura y curso medio del Guadalquivir, lo cuál no resulta extraño pues se documentan alfares en los que se producen por igual ambos contenedores, caso de los alfares localizados en el entorno del Lacus Ligustinus (Carreras 2000). Pero no sólo en los centros de producción se ha documentado el binomio Dressel 7-11/Haltern 70, en diferentes yacimientos de la fachada atlántica peninsular han aparecido en los mismos contextos. Se pueden citar como ejemplos los yacimientos de Tróia (Diogo y Cavaleiro 2001), Lisboa, Santa Trega, Castro de Vigo, A Lanzada, Neixón (González-Ruibal 2005) y Torres del Oeste (Naveiro 1995), todos ellos, puntos importantes dentro de la red de comercio establecida entre la zona del Estrecho de Gibraltar y el noroeste hispánico desde el siglo V a.C. Cerámica común y otros Al período posterior a 25 a.C. pertenecen tres piezas identificables: un asa de jarra con botón, de factura grosera, con pasta arenosa de color marrón grisáceo y abundante desgrasante (fig. 32, no 6); un mortero de origen bético (fig. 32, no 8) y un cuenco de color anaranjado, pasta decantada y superficies pulidas (fig. 32, no 7). Todos ellos provienen de niveles superficiales del sector de habitación y con toda probabilidad pertenecen al último momento de uso del poblado. En cuanto al material fino, su presencia, como señalamos más arriba, es muy escasa. Se han reconocido varios fragmentos muy rodados de sigillata itálica, de los cuales sólo tres ofrecen forma (fig. 32, nos 1-3). Los fragmentos no 2 y 3 pertenecen seguramente a la forma Goudineau 27, la más atestiguada en el Noroeste. En el pecio de Cortegada aparece junto a un cargamento de Haltern 70 (Naveiro 1984). Este conjunto se ha datado en la primera década del siglo I d.C. Además han aparecido dos pequeños fragmentos de cerámica de paredes finas (fig. 32, nos 4-5). Por último, hay que mencionar dos monedas de Augusto procedentes del conchero (Vila Franco 2006). Una de ellas es un as de la ceca de Ébora (pri-mera emisión, 13-12 a.C.) y la otra un denario de Lugdunum (15-13 a.C.). Acuñaciones de la ceca de Ébora han aparecido también en el vecino castro de Vigo (Pereira e Hidalgo 1999). Ambos numismas acotan la ocupación julio-claudia fundamentalmente en época augustea. 1) A tenor de los datos que poseemos en estos momentos, el comercio mediterráneo en Montealegre no debió revestir gran importancia antes del final de la Segunda Guerra Púnica. Sin embargo, la comunidad de Montealegre formaba parte del círculo de intercambios de la Ría de Vigo, como ponen de manifiesto las dos ánforas T-11.2.1.4 y la cuenta de pasta vítrea recuperadas en el yacimiento. Se viene así a unir este yacimiento al de Punta do Muiño-Museo do Mar, Castro Castriño de Coia, O Areal y Toralla, todos en los alrededores de Vigo, donde las ánforas Mañá-Pascual A4 habían sido ya documentadas. Punta do Muiño y Toralla actuaron seguramente como emporia redistribuidores de los materiales mediterráneos hasta el siglo II a.C. (González-Ruibal 2006). Un motivo que podría explicar el progresivo auge de Montealegre durante el siglo II a.C. podría ser la decadencia de estos dos importantes emporios costeros de la Ría de Vigo. El primero se abandona no más tarde de mediados del siglo II a.C. (al menos el recinto fortificado), como prueba la ausencia de formas indígenas características de la Fase III castreña (150/100 a.C. -50 d.C.), así como de ánforas itálicas o tardopúnicas. Punta do Muiño también se debió abandonar durante el siglo II a.C., aunque aquí sí se han localizado ánforas Mañá C2b en los estratos superiores. El castro debió seguir desempeñando una labor de fondeadero tardíamente-ya que no de lugar de habitación-seguramente al servicio del castro de Vigo. Al período comprendido entre fines del siglo III a.C. y mediados del siglo II a.C. podrían atribuirse algunos materiales, como los askoi y los primeros kalathoi. 2) A partir de mediados del siglo II a.C. comienza el principal episodio de comercio preaugusteo en el yacimiento, que es el último momento en que el comercio con el Atlántico se encuentra monopolizado por las comunidades púnicas del Estrecho. Podemos distinguir aquí dos contextos cronológicos: La datación del episodio 2a viene dada por la aparición en los suelos de la cabaña C y D, de fragmentos de ánfora Mañá C2b y Dressel 1 de fabricación itálica (fig. 33). A este momento pertenecen también los kalathoi del noreste peninsular. La tríada Dressel 1-Mañá C2b-kalathos caracteriza un horizonte de comercio presente en un número ya notable de castros del Noroeste, entre los que destacan Santa Trega, Vigo y A Lanzada. Se trata siempre de importantes puertos de comercio, en ocasiones con categoría de oppidum (Santa Tegra y Vigo). Significativamente, el período comprendido entre mediados del siglo II e inicios del siglo I a.C. coincide con el desarrollo de los grandes oppida del Noroeste (González-Ruibal 2005a), en paralelo al de otras zonas de la Europa templada. No sería descabellado pensar que la aparición de grandes poblados, con unas elites capaces de atraer productos foráneos en cantidad y especialmente aquellas involucrados en la economía política de los banquetes, contribuyera a fomentar las relaciones comerciales con el Mediterráneo. Tal fenómeno se atestigua en la mayor parte de la Europa templada, donde los grandes oppida reciben ingentes cantidades de ánforas vinarias itálicas [URL]. Resulta interesante comprobar que el paquete de importaciones mencionado se encuentra en otros lugares de la Península Ibérica y el norte de África: desde Conímbriga (Alarcão et al. 1976) hasta Cartago (Izquierdo et al. 2001; Kouici 2002), lo que indica que Gallaecia, al menos por lo que se refiere a su área costera, se hallaba inmersa en la misma red de comercio que ponía en conexión todo el Mediterráneo occidental. La cerámica campaniense debe incluirse en el mismo grupo de importaciones; sin embargo, su presencia resulta por ahora muy limitada en el Noroeste, especialmente más allá del área ocupada por oppida. Así, en Galicia sólo el oppidum de Santa Trega ha proporcionado una cantidad destacable (Peña Santos 2001). Esto puede deberse al rechazo local de este tipo de productos por criterios que tienen que ver con la capacidad de acción social (González-Ruibal 2006, 143). Durante este período ha de señalarse la presencia de un interesante desembarcadero en los alrededores del oppidum de Vigo, coetáneo de Montealegre, donde ha aparecido un importante lote de ánforas Mañá C2b. Tras este episodio podríamos hablar de un episodio 2b u "horizonte cesariano" (ca. Este horizonte marcaría el inicio del control propiamente romano (o más bien de la desaparición del monopolio púnico) sobre la ruta del estaño, a partir de las expediciones de Craso y especialmente César. Este episodio comercial se encontraría particularmente bien caracterizado en el castro de Santa Trega (Peña Santos 1984-85, 1986), donde han aparecido un número muy elevado de LC 67. Es probable que buena parte de la campaniense B de ese yacimiento deba relacionarse con este episodio. 3) Finalmente, el horizonte Julio-Claudio (25 a.C. -50 d.C.) vendría marcado por la entrada de Haltern 70 en gran cantidad, en menor medida Dressel 7/11, y algunos otros contenedores, como Pascual 1. Durante esta época se produce la llegada de sigillata itálica, que es la primera vajilla fina de importación que se populariza realmente en el Noroeste-al menos en los poblados costeros y grandes oppida. El comienzo de este episodio vendría marcado por las Guerras Astur-Cántabras, la anexión efectiva de Gallaecia al imperio, la reorganización administrativa del territorio y la llegada masiva del comercio romano más allá del litoral, un hecho ejemplificado sobre todo por el enorme volumen de Haltern 70. En realidad, es bastante probable que este horizonte, en el caso de Montealegre, sea únicamente augusteo, dada la ausencia de materiales claramente post-augusteos. Esto plantearía un final para el castro en torno a la segunda década del s. I d.C. En cierto modo, las pautas de consumo a partir de Augusto serían comparables a las iniciadas a mediados del siglo II a.C.: se puede hipotetizar que, al menos en parte, las relaciones comerciales con el Mediterráneo se vieron favorecidas por el surgimiento de unas elites poderosas en el sur de Gallaecia. Dentro de la economía política de dichas elites, como en otras partes de Europa (Dietler 1990, Dietler y Hayden 2001), es verosímil que los banquetes, y el vino mediterráneo, jugaran un papel importante: de ahí las numerosas ánforas que pueblan los asentamientos de fines del Hierro. La más que notable presencia de Haltern 70 en Montealegre, como en tantos otros poblados coetáneos del Noroeste, podría quizá explicarse por la pervivencia, al menos en los primeros años de ocupación romana, de una política de banquetes de raigambre prerromana. En fechas recientes se ha puesto en duda que las Haltern 70 contengan vino. Los tituli picti hacen referencia a defructum, sapa y mulsum, que algunos autores entienden como mosto o sazonadores del vino propiamente dicho (García Vargas 2004). También se considera que las Haltern 70 pudieran transportar conservas y aceitunas (cf. referencias en Fitzpatrick 2003; Morais 2004a). No obstante, en el Noroeste ibérico resulta más verosímil el transporte de una bebida alcohólica. De hecho, la aparición masiva y casi excluyente de la Haltern 70, frente a otros contenedores vinarios, puede explicarse por la demanda de un producto alcohólico específico, acorde con las necesidades locales, así como por los intereses económicos de los comerciantes béticos, que probablemente llevarían vinos fuertes y de baja calidad a los "bárbaros" del norte (Morais 2004a, 549). Esto hace pensar también que otros contenedores prerromanos, como la Mañá C2b, pudieran haber transportado también vino al Noroeste. La llegada de salazones de pescado a una zona eminentemente costera y ajena a los gustos culinarios mediterráneos como Gallaecia es poco probable en un momento tan temprano: las ánforas de salazón no se generalizan en esta zona antes del siglo II d.C. Hasta entonces, su presencia es muy reducida. Cabría la posibilidad, sin embargo, de que algunas Haltern 70 y C2b sí transportaran salazones: este sería el caso si hubiese individuos del mediodía peninsular viviendo en Montealegre. La historia de los contactos comerciales del castro de Montealegre desde el siglo V a.C. hasta las primeras décadas del siglo I d.C. pone en tela de juicio la extrema marginalidad del Noroeste ibérico respecto a las redes comerciales del Mediterráneo. Esta marginalidad, que es indudablemente real, aparece no obstante exagerada por la investigación, debido tanto a una escasez tradicional de buenos estudios sobre contactos comerciales preagusteos, como a la asunción de que los pueblos del norte peninsular se encontraban casi por completo ajenos al mundo mediterráneo-aunque esta asunción está siendo sometida a crítica en la actualidad (cf. Domínguez Pérez 2006). Con la publicación de los materiales de importación de yacimientos como Montealegre, habrá que empezar a repasar las distribuciones de cerámicas mediterráneas (Mañá C2b, Dressel 1, kalathoi, askoi), que suelen dejar un gran vacío en la mitad norte de la costa atlántica peninsular. Asimismo, es de suponer que nuevas intervenciones en lugares costeros permitirán consolidar, con nuevos datos, la idea de que el Noroeste se hallaba bien integrado en las redes comerciales del Estrecho de Gibraltar y, por extensión, del Mediterráneo. Para concluir, nos gustaría avanzar la posibilidad de que en Montealegre existiese una presencia de mercaderes mediterráneos, al menos estacional, desde mediados el siglo II a.C. o inicios de la siguiente centuria. La presencia foránea en emporia galaicos ya ha sido aventurada por Súarez Otero (2004) para el yacimiento de Punta do Muíño, debido al gran lote de ánforas y cerámica común púnica allí documentada. Los materiales alógenos localizados en Montealegre se pueden clasificar, fundamentalmente, en dos familias: contenedores (ánforas, tinajas, kalathoi) y cerámica común (cuencos, tazas, ollas). Este tipo de materiales, unido a una marcada escasez de productos finos, se suele considerar característico de pequeños emporia, con una población foránea reducida y no permanente (López Pardo 1992, 281-83). La existencia de morteros, en particular, resulta difícil de entender sin la presencia de individuos mediterráneos acostumbrados a utilizar este tipo de productos. No es casual que en el Noroeste se haya comprobado la presencia de los morteros IIA en Brácara (Morais 2004), una ciudad de fundación romana, y en A Lanzada, un importante emporio costero. Las piezas que se pueden identificar como morteros en castros indígenas son sumamente escasas, incluso en aquellos que continúan ocupados hasta bien entrado el siglo I d.C. En cambio, es bien sabido que en los barcos mercantes mediterráneos viajaban cerámicas de cocina y mesa, incluidos morteros, que utilizaba la tripulación para preparar y consumir sus propios alimentos durante la travesía. Así, en el pecio de El Sec, del siglo IV a.C., han aparecido además de ollas, cazuelas, jarras y lebrillos, algunos fragmentos de mortero (Arribas et al. 1987, 514-517). Es muy posible, además, que algunas de las ánforas de Montealegre transportasen salazones y aceites mediterráneos para consumo de los mercaderes que vivirían estacionalmente en el castro. El hecho de que otras piezas, como los ungüentarios, sólo se hayan localizado hasta la fecha de forma excepcional y en castros costeros con importante volumen de importaciones (A Lanzada), también permitiría sospechar que su uso sería propio de los navegantes más que de las poblaciones locales. Dejamos planteada, pues, la posibilidad de que en Montealegre, como probablemente en otros castros costeros galaicos, viviesen de forma estacional mercaderes del sur de la Península Ibérica.
seo Numantino de Soria. Nombrado director interino en 1974, conservó la plaza al ingresar por oposición en el Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos en 1976, hasta su muerte el 31 de julio de 1998. Fue durante su recién estrenada interinidad cuando coincidimos por primera vez. José Luis iniciaba su andadura en el museo soriano, y yo la recopilación de las inscripciones romanas de la provincia de Soria para mi Memoria de Licenciatura. Desde el primer momento me planteó su decisión de acometer la renovación y actualización del Museo Numantino, inaugurado en 1919 para contener los restos hallados en Numancia, pero convertido de hecho en museo provincial de arqueología. Su interés por la reforma del Museo y por el conocimiento de la provincia a la que había sido destinado, unido a su disposición para el trabajo, nos llevó a trazar una colaboración no explícita entre ambos, para cumplir los objetivos más urgentes en relación con su trabajo y con el mío. De esta manera, sentados en su pequeño «seiscientos», con la Carta Arqueológica de Taracena como guía, fuimos recorriendo la geografía provincial; entre pueblo y pueblo, monumento y monumento, yacimiento y yacimiento, fotografiábamos las inscripciones romanas, localizábamos otras, y recogíamos información de nuevos yacimientos arqueológicos. Estos viajes sirvieron también para conocer e intercambiar aspectos de nuestra vida y formación académica. Así, fui conociendo su paso por Magis-terio, antes de cursar su licenciatura en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid (1966Madrid ( -1971)), y cómo realizó su formación museológica e investigadora bajo la dirección del profesor ALFREDO JIMENO AEspA, 71, 1998 mi contrato universitario como profesor ayudante en el Colegio Universitario de Soria y mi dedicación al mundo de la Prehistoria me encaminaron hacia otros destinos y temas de investigación. Pero las obras del Museo Numantino, muy a su pesar, se dilataron enormemente, hasta 1989, aunque consiguió abrir, a partir de 1980, una sala donde se recogía una muestra de la arqueología provincial. Supo mostrar que la gestión era su arma fuerte, en la organización de la infraestructura (museo, centro de trabajo, residencia, e impulsando la instalación hotelera) desarrollada en el yacimiento de Tiermes. Todo ello paralelo a la defensa de su Tesis Doctoral sobre Las fíbulas de la Edad del Hierro en la Meseta Oriental, que realizó en la Universidad Complutense en 1988, publicada posteriormente en la serie de Excavaciones Arqueológicas en España. Sus publicaciones, cerca de un centenar, se centran en temas de arqueología, arte y museologia de la provincia de Soria: guías y trípticos de Tiermes, Museo Numantino, centros dependientes del Museo, y reedición de la Guía Histórica de la Provincia de Soria de José Tudela y Blas Taracena, reflejan su vinculación estrecha a la administración y gestión del Patrimonio Histórico Soriano, en relación al cual desempeñó los cargos de vocal de la Comisión de Patrimonio Histórico, Consejero, y Comisionado Provincial del Patrimonio Cultural. Sus trabajos vieron la luz sobre todo en revistas sorianas: Celtiberia, Arevacon, Revista de Soria, así como en otras de ámbito nacional, como Excavaciones Arqueológicas en España (cuatro tomos sobre Tiermes), Trabajos de Prehistoria, Zephyrus, Boletín de la Real Academia de la Historia; hay que mencionar también las aportaciones realizadas a los Congresos de Arqueología Soriana, de Los Celtíberos, Reuniones sobre instalación de museos en yacimientos arqueológicos, etc. El dinamismo aportado al Museo desde su reinauguración en 1989 se refleja en los catálogos y publicaciones sobre las exposiciones temporales y ciclos de conferencias realizados en el Museo, así como en algunas publicaciones didácticas par niños. Esta intensa actividad le valió el reconocimiento de Soriano del Año en 1992. Su dedicación y su espíritu encontró refugio sobre todo en el yacimiento-museo de Tiermes, convirtiéndose en el termestino más granado. Como los guerreros celtíberos, al decir de Silio Itálico, tenía preparado el ánimo para la muerte y el cuerpo para la fatiga, y quiso morir joven, ya que, como los celtíberos pensaban, era la mejor edad, con todas las
Se analizan en este trabajo las cerámicas pintadas fenicias de la factoría de Mogadon El centenar de piezas estudiadas se agrupan por tipos: jarras de cuello, jarras pithoides, cuencos hemiesféricos, carenados, cazuelas y vasos cerrados. Las diferencias reconocidas dentro de cada uno de los tipos han permitido descubrir similitudes más frecuentes con piezas de Ga<i/r-Castillo de D^ Blanca y de las factorías malagueñas. Las formas y decoraciones se conservan en la tradición alfarera de Banasa y Kuass en siglos posteriores. El trabajo que presentamos aquí es parte de un estudio que abarca el conjunto de las cerámicas de la factoría fenicia del islote de Mogador (Essaouira)'. El Institut National des Sciences de l'Archéologie et du Patrimoine de Marruecos (INSAP) ha autorizado la publicación de este trabajo. El proyecto en el cual se inserta ha sido posible gracias a la ayuda de la Direction Générale d'Archéologie et du Patrimoine y al INSAP, así como al patrocinio del Ministerio de Educación y Cultura español.' Excepción hecha de las ánforas que son objeto de estudio por otro investigador. Éste fue iniciado en octubre de 1994 con el fichado, dibujo y fotografiado de las piezas depositadas en el Musée Archéologique de Rabat ^. Todas las cerámicas aquí reseñadas fueron recuperadas en diversos trabajos de excavación entre 1950 y 1957. Los primeros fueron llevados a cabo por R Koeberlé, a quien debemos también la localización del yacimiento. De esas primeras campañas proceden algunas piezas sobresalientes, como la jarra de cuello de la que se conserva íntegro el cuerpo (Jodin, 1966: 153; nuestro n° 366). Otros materiales salieron a la luz en los trabajos realizados por P. Cintas (1954), pero el conjunto más numeroso procede sin duda de las campañas programadas por A. Jodin en 1956 y 1957, quien nos ha aportado además el registro arqueológico y el análisis más preciso de la documentación incorporando los materiales de las excavaciones anteriores, en una publicación en buena medida adelantada a su tiempo: Mogador. En esas últimas campañas, y según constatación de su excavador, las cerámicas pintadas aparecieron siempre asociadas a cerámicas de engobe rojo (uno de los pocos fósiles directores de la época) dentro de lo que André Jodin llamó nivel IV del teli, que se asienta directamente sobre una capa estéril desde el punto de vista arqueológico y tiene encima otro estrato prácticamente vacío de restos de uso antròpico, excepción hecha de los vestigios que corresponden a unos esporádicos viajes de navegantes de época púnica (1960: 149). Aparte de estas constataciones no se pudo ir mucho más lejos en el registro estratigráfico de los restos ni tampoco en la delimitación espacial del yacimiento, ya que las excavaciones fueron realizadas según las técnicas y los medios de la época. ^ Hasta ahora han salido a la luz dos publicaciones como resultado de este proyecto: un informe preliminar que incluye un análisis cuantitativo de los tipos cerámicos, clasificados según diferentes criterios (López Pardo, 1996) y otro donde se dan a conocer los soportes cerámicos de unos graffiti ya conocidos y se publican otros inéditos (Ruiz Cabrero y López Pardo, 1996). La clasificación de las cerámicas pintadas que llevó a cabo A. Jodin hubo de limitarse a un número reducido de especímenes, de los cuales publicó el dibujo de dos piezas, una jarra de cuello y una jarra pithoide (Jodin, 1966: figs. 31 y 32; pl. 39-44) y cinco fotos de diversos fragmentos. Por otro lado, se encontró con unas recopilaciones extremadamente limitadas para poder extraer de ellas elementos de comparación. Los únicos conjuntos realmente paralelizables con sus hallazgos eran, en ese momento, los de las necrópolis de Rachgoun (Argelia) y de La Cruz del Negro (Carmona, Sevilla), cuyas publicaciones, aunque de gran interés, no contaban con buenos dibujos para hacer comparaciones precisas. El resto de los repertorios que utilizó, procedentes del mundo ibérico unos, del púnico y del ámbito griego otros, sirvieron más para desenfocar el análisis que para centrar la cuestión de las cerámicas pintadas de la isla. No obstante, el registro de Mogador ha sido una referencia obligada para el estudio de los hallazgos de este tipo que después se han sucedido en yacimientos fenicios, púnicos e indígenas del Mediterráneo Occidental. La cerámica que recibe un realce decorativo pintado constituye un grupo con características propias dentro de cualquier elenco cerámico, incluido naturalmente el de la factoría de Mogadon Entre sus peculiaridades cabe resaltar el hecho de que nunca va destinada al fuego, pues altera de forma irreversible el esfuerzo decorativo realizado, por lo cual es. absolutamente excepcional encontrar ollas para la cocción con trazos pintados y así es más propio en estos casos realces plásticos, como acanaladuras, mamelones, etc. Por otro lado, frente a otros tratamientos superficiales más funcionales, con la decoración pintada se pretende sobre todo añadir un valor de carácter estético al recipiente o elevar su aspecto suntuario. Se trata de destacar de alguna manera el propio vaso, ya sea por el interés de lo que contiene o puede llegar a contener o por el contexto social en el que va a ser utilizado, como ocurre por ejemplo con las copas o tazas destinadas a los eventos relacionados con el vino. Otra prueba de ese gran aprecio es la elección de las jarras pintadas como urnas cinerarias en vez de otros recipientes en el ámbito fenicio occidental. También el espacio en el que va a ser utilizado importa a la hora de aplicar una mayor decoración, pues rara vez se invierte un gran esfuerzo estético en la cerámica que no va a salir de la cocina. Solamente, pues, una parte escasa del conjunto cerámico de Mogador corresponde a esta categoría. Hemos contabilizado 99 fragmentos de borde de cerámica pintada, frente a un número diez veces mayor de recipientes de engobe rojo (887), unas pocas cerámicas grises (25), 131 bordes de cerámica a torno de cocción oxidante sin tratamiento superficial y 34 fragmentos de cerámica hecha a mano ^ Sobre las cantidades presentes también inciden otras variables además de las relacionadas con el carácter suntuario de las piezas pintadas, entre ellas podemos señalar su progresiva popularización con el paso del tiümpo o la estricta vinculación de la decoración pintada con determinadas formas cerámicas, cuya mayor o menor presencia en el registro arqueológico se relaciona fundamentalmente con las necesidades de uso. Respecto a las cerámicas de engobe rojo hemos constatado que las pintadas, por lo general, tienen pastas algo menos depuradas. No obstante, se aprecian variaciones entre unos vasos pintados y otros, pues algunos fueron fabricados con pastas muy finas, especialmente algunas jarras de cuello, mientras normalmente las jarras pithoides se fabricaban con arcillas menos decantadas, aunque no son raros los casos opuestos. La cocción fue oxidante en un buen número de ejemplares, adquiriendo una coloración rosada (Cailleux M-47 hasta M-75), aunque una considerable mayoría tienen la tonalidad M-55 rosa. En algunos especímenes se detecta una doble coloración en la pasta, núcleo gris y exterior ocre-rojo, sin duda porque en ocasiones el horno no alcanzó la temperatura stificiente (Cailleux, P-71 ó R-51, etc.). El tamaño de las impurezas o degras antes que no se han fundido con la cocción suele oscilar entre los que son apenas perceptibles a simple vista y otros que llegan a alcanzar 1/2 mm de grosor. Las inclusiones más frecuentes son de color blanco mate, seguramente de feldespato y cuarzo, dado que otras materias como la calcita se habrían fundido al alcanzar el horno los 800° C. Otras inclusiones son de aspecto muy brillante, tratándose seguramente de mica blanca o negra. Los puntos de color marrón oscuro y negro de aspecto mate también son frecuentes, especialmente estos últimos' ^. A pesar de la variedad de elementos mezclados con la arcilla no ^ Hablar de porcentajes cuando la muestra es tan escasa no tiene apenas utilidad científica y en este caso menos aún cuando el tanto por ciento casi coincide con el número de fragmentos de borde (99). Por ello el lector no tendrá más que cuantiñcar las piezas que quiera relacionar para obtener automáticamente el valor porcentual. Por ende, al tratarse de materiales procedentes de los fondos del Museo y no directamente de las excavaciones, no sabemos qué cerámicas fueron desechadas en el proceso de extracción y en que número, lo que obliga a no tener en cuenta los valores estadísticos pequeños sino solamente los globales. ^ Estas inclusiones han sido identificadas en otros yacimientos como esquisto. hemos apreciado diferencias de composición relacionables con la tipología. La pintura fue aplicada casi siempre aprovechando el movimiento giratorio del tomo. Contamos con decoraciones bícromas que consisten habitualmente en bandas anchas en una gama de colores que gira en tomo al rojo, muchas veces con un tono castaño (Cailleux R-20, M-47-51, etc.) y bandas estrechas de color negro o castaño oscuro o incluso gris oscuro (Cailleux R-51, S-50 y T-51), aplicadas unas veces sobre un engobe claro y otras directamente sobre la superficie alisada (ñg. Los filetes de color oscuro aparecen frecuentemente delimitando las bandas rojizas y a veces superpuestas a ellas. Más raro es que aparezcan sobre el engobe blanco, aunque también se documenta. Con cierta frecuencia también encontramos una variante que consiste en que la banda roja ha sido bruñida, adquiriendo un aspecto brillante, muchas veces idéntico al de la cerámica de engobe rojo. Se combina esta decoración en algunos casos con los filetes negros a veces superpuestos a este engobe, adoptando pues la apariencia de la cerámica conocida en Oriente como black-on-red (fig. 1: 432, 443, 446), técnica que se -documenta en otros yacimientos como Castillo de D^ Blanca (Cádiz) y Cerro del Villar (Málaga). Aunque es menos usual, tenemos fragmentos con decoración monocroma, habitualmente compuesta de filetes de color oscuro, ya sea castaño o claramente negro (fig. 1: 453, 456 y 439), siendo excepcional la decoración de filetes de color rojizo. Se viene considerando que la pintura monocroma de bandas estrechas se populariza con posterioridad a la cerámica bícroma, así parece probarse en otros asentamientos como Castillo de D"* Blanca y Morro de Mezquitilla (Málaga), aunque en casi todos los yacimientos se mantiene con fuerza la cerámica con decoración bícroma (Ruiz Mata, 1985: 254; Schubart, 1979: 195-6)^ La decoración con enrejado cruciforme la hemos documentado en Mogador a través de un solo recipiente (fìg. Se trata de un motivo conocido en otros yacimientos marroquíes como Banasa y Kouass que no parecen tener coincidencia temporal con Mogador, sino que son posteriores. Aunque los orígenes de esta decoración puedan buscarse en épocas más arcaicas en Oriente, en los yacimientos peninsulares aparecen asociados a formas claramente situables en la segunda mitad del siglo vi a.C. Ello abunda por lo tanto en la tesis del abandono de la factoría mediado el siglo. En los cuencos el lugar elegido para la decoración puede ser el interior o el exterior o ambos, así como el borde, dependiendo a veces de la forma, más abierta o más cerrada. En las jarras hay una marcada tendencia a pintar el borde, extendiéndose la pintura a veces tanto por el interior como por el exterior del mismo. El cuello sólo a veces recibe tratamiento pintado al estar dificultada la aplicación del color con el torno en movimiento por las asas. La panza es la que recibe el mayor aporte decorativo, aunque a la vista del ejemplar mejor conservado, la parte baja del cuerpo suele estar reservada ^. En cuanto al origen de la decoración pintada, parece haber quedado perfectamente establecido que la técnica decorativa de bandas y filetes combinados procede del llamado bichrome Style feniciochipriota que se originó en el área fenicia ya en el Hierro I (Gómez Bellard, 1990: 136). Otra cuestión es el momento de su aparición en Occidente; el asunto es difícil de dilucidar pero la impresión general es que durante el siglo viii a.C. las cerámicas pintadas eran prácticamente inexistentes en los yacimientos fenicios occidentales, extendiéndose su producción.desde comienzos del s. vii a.C.^ Uno de los elementos destacables de las cerámicas pintadas de Mogador respecto a cerámicas con otros tratamientos se refiere a la aplicación frecuen-^ Los porcentajes de fragmentos con restos de decoración bícroma, monocroma y con engobe blanco de base no son representativos, entre otras razones porque seguramente bastantes fragmentos considerados monocromos forman parte de vasos con decoración bícroma. Similares consideraciones se pueden hacer acerca de los fragmentos que no cuentan con engobe blanco de base, que pueden proceder de piezas parcialmente engobadas. ^ En los alfares de Kuass es habitual la pintura extendida sobre todo o parte del cuello, así como sobre la zona superior del cuerpo en las formas cerradas. ^ Véase C. de D" Blanca, Ruiz Mata y Pérez, 1995: 57. te de un engobe de base para la pintura; se trata de una cobertura blanquecina u ocre claro aplicada en todo o en parte del vaso que va a ser pintado, obteniéndose de esta manera un realce decorativo al conseguir un mayor contraste de las bandas de color aplicadas sobre un fondo más claro y una mayor vivacidad, dado que se extiende sobre una superfície más depurada y menos absorbente; Por último, se puede obtener una tricromía en la decoración cuando una parte del vaso se ha dejado sin el engobe claro o bien cuando éste se ha aplicado selectivamente a pincel. Se trata sin duda de una mejora técnica de carácter decorativo que añade valor a la pieza, aunque naturalmente con un mayor coste de elaboración. Este tratamiento decorativo está muy bien documentado en Mogador entre las cerámicas pintadas, especialmente las jarras de cuello y las pithoides, y menos en los cuencos así como en las cerámicas no decoradas, como las ampollas de aceite perfumado, las jarritas, e incluso entre los morteros trípodes. Su uso sin embargo es muy ocasional en la cerámica de engobe rojo, la cual no recibía apenas ninguna mejora con la aplicación de esta arcilla caolínica. A pesar de ello es interesante constatar que hemos encontrado algunos platos, cuencos o lucernas que antes de cubrirlos con el engobe rojo han sido sumergidos en el engobe blanco. Se nos ocurre por ello sugerir que en los mismos alfares fenicios se fabricaban a la vez cerámicas pintadas y de engobe rojo y seguramente casi todo el repertorio cerámico hallado en la factoría^. Este engobe, detectado ya por A. Jodin en Mogador, se ha identificado también en cerámicas de otros asentamientos atlánticos tanto fenicios como indígenas; sin embargo no es exclusivo de esta zona y por ello no se puede incorporar a las diferencias señaladas para argüir la existencia de dos circuitos diferentes: uno entre los asentamientos oceánicos y otro entre los asentamientos mediterráneos andaluces. El asunto queda aclarado desde el momento en que se ^ Revisando posteriormente el apartado que Jodin dedica a las ánforas (p. 126), nos hemos dado cuenta de que hemos llegado a la misma conclusión, por lo tanto no hacemos más que confirmar su descubrimiento, que recoge en el siguiente párrafo: Des traces d 'un fin peignage se retrouvent à l' intérieur (des amphores), semblable à celui de nombreux vases à décor géométrique de la même strate. C 'est par de tels détails que l' on perçoit l'unité de fabrication de toute la céramique de Mogador M. Gras, 1985: 287, también se hace eco, a partir de las apreciaciones de A. Jodin, de que las ánforas fenicias occidentales se fabricaban en los mismos alfares que el resto de la cerámica. detecta esta técnica en los poblados fenicios malagueños que supuestamente no forman parte del grupo gaditano. Si bien por un lado hoy en día se está en disposición de destacar una gran homogeneidad en todo el ámbito extremo-occidental, que no sólo se detecta en los engobes, sino también en la repetición hasta el aburrimiento de la decoración de bandas anchas de color castaño y de bandas estrechas de color negruzco, se nos ocurre que algunas de las diferencias detectadas pueden tener, más que una implicación espacial, una implicación cronológica. Creemos que puede ser sintomático el hecho de que el tratamiento de engobe claro en cerámicas pintadas se documente por ahora sólo en niveles del siglo vi a.C. en los yacimientos antes mencionados de Toscanos, Málaga y Los Villares, que es donde ha sido posible su concreción estratigráfica. En cuanto al origen, no es fácil seguir la pista de esta expresión decorativa. El engobe blanco o blanco-amarillento es característico de las producciones del norte de Jonia, incluida Quíos, que sirve de base a decoraciones de bandas anchas de color rojizo y bandas finas negruzcas. Quizás no sea fruto de la casualidad el hecho de que la mayor afluencia de cerámicas jonias a la región del Estrecho se produzca en el siglo vi a.C. y que en ese mismo siglo se extienda el uso de este tipo de engobe en las cerámicas fenicias occidentales. A. Jodin ordenó la cerámica pintada de Mogador en tres grandes categorías: vasos de cuello estrecho, vasos de cuello ancho y copas con decoración circular concéntrica (150-163). Esta tipología coincide básicamente con las formas que hemos definido como jarras de cuello, jarras pithoides y cuencos respectivamente, a las que hemos podido sumar alguna fuente de borde vuelto y alguna forma cerrada, además de ordenar las variantes dentro de las categorías antaño definidas. Esta forma fue atestiguada inicialmente en necrópolis como recipiente cinerario, lo cual posibilitó que se le aplicara la denominación de urna, cuando éste seguramente es un uso circunstancial, que no condicionó ni la definición de su forma ni la de su acabado decorativo. Hoy sabemos de su frecuente aparición en lugares de habitación para un uso menos «trascendente», por ello creemos más adecuado el abandono de esta denominación, a pesar de ser la más extendida, cuando nos referimos al recipiente de forma general y en particular para Mogador, ya que se trata de un lugar de habitación (no así evidentemente cuando se habla del mismo como vaso funerario). Como no se trata de un recipiente específico para el transporte, tampoco parece adecuado asimilarlo a las ánforas, denominación que también hemos encontrado en la bibliografía al uso. Quizá, aunque no conocemos cuál fue su función habitual, sea más apropiado identificarlo como «jarra» por su aspecto funcional, con indicación de un rasgo formal distintivo común a todas ellas, como es su destacado cuello. Los 20 ejemplares de Mogador que hemos dibujado se caracterizan, al igual que en otras partes, por contar con un cuello cilindrico o troncocònico, habitualmente dividido cerca de su mitad por un resalte más o menos marcado. De este resalte característico arrancan una o dos asas (número que no es posible precisar en la mayoría de los fragmentos recogidos), muchas veces geminadas, que terminan en el hombro y tienen perfil circular. El cuerpo suele ser de forma globular u ovoide, como se reconoce en algunos ejemplares (fig. 2: 365 y 366) y con la base rehundida, característica reconocida sólo mediante un individuo (fig. 2: 366). El diámetro de los bordes suele oscilar entre los nueve y once centímetros, siendo excepcionales los menores de ese tamaño. Tres de ellos cuentan con 5, 6 y 7 cm respectivamente y solamente uno tiene la boca de mayor tamaño que la media y es de 15 cm. La abundancia de fragmentos con los mismos diámetros traduce quizá una voluntad de uniformidad en los volúmenes a la hora de su fabricación. La decoración suele ajustarse a tres modelos. Además de los elementos decorativos, los posibles criterios de discriminación son escasos porque muchas veces no contamos con partes significativas de las piezas. Así, sólo las características del borde asociadas a la forma del cuello y su inclinación nos han parecido rasgos diferenciadores. Algunos de ellos proceden seguramente de piezas con el cuello con doble curvatura separada por la arista que sirve de mediana. Otro conjunto numeroso lo constituyen los recipientes de cuello claramente saliente, que se caracterizan por tener en Mogador una amplia visera (fig. 4: 353, 354, 358, 377) que tienen un tratamiento decorativo muy variado. También hay ejemplares que tienen el cuello con tendencia a cerrarse en la boca, que cuentan con el borde más destacado que los que tienen el cuello vertical, pero no llega en ningún caso a la amplitud de las viseras de los de cuello saliente (fig. 4: 351, 357). El tratamiento decorativo en estas últimas piezas consiste en una banda sobre el borde, de color rojizo o rara vez castaño oscuro, el cuello queda libre de pintura, pero suele contar con un fino engobe claro que ha sido bruñido verticalmente. Tres piezas no se pueden clasificar morfológicamente en los grupos anteriores. Una cuenta con el cuello exvasado pero sin curvatura alguna (fig. 4: 363), otra tiene el cuello recto y con una amplia visera (355) y la tercera, la n° 345, tiene el cuello marcadamente bitroncocónico (fig. 1). En lo que respecta a los orígenes de este recipiente, M. Belén y J. Pereira encuentran un enorme parecido entre las jarras andaluzas de este tipo y un vaso de Tell Qasile (s. ix-viii a.C; Belén y Pereira, 1985: 316). También tiene similitudes con piezas del Tell Abu Hawam, Hazor, Beth Shemesh y Amman, remontando algunas incluso a fines del segundo milenio a.C, aunque la mayoría pertenecen al Hierro II (Amiran 1970: 233, 238, 297-9, fotos 240 y 243, láms. Como muy bien señala C. Gomez Bellard (1990: 136) en el análisis más reciente sobre la problemática de este vaso, los prototipos orientales no son totalmente convincentes. De ello sin embargo es difícil extraer la conclusión de que el origen real de la forma haya que buscarlo en Occidente, sobre todo tras el análisis de la documentación procedente del Mediterráneo Central. A este respecto hay que hacer una clara distinción entre Sicilia por un lado y Cartago y Cerdeña por otro. En las dos últimas se conocen formas análogas desde la segunda mitad del s. viii a. C. con la misma morfología que las occidentales pero con un elemento diferenciador, una sola asa de sección circular u oblonga, nunca geminada (Cintas, I, p. Las piezas más evolucionadas mantienen el asa única y el cuello tiende a ser recto, provocando por ello un quiebro mayor en la unión entre el cuello y la panza (Bartoloni, 1991: 648 y fig. 5), característica que también se da en las occidentales. Los esquemas decorativos son los que vemos también en Occidente: bandas anchas rojizas y bandas finas negras que a veces delimitan a las anteriores (figs. 4 y 5). Estas escasas diferencias justifican por sí solas, según nuestra opinión, la propuesta de un origen común oriental para las formas definidas como occidentales, así como las de Cartago y Cerdeña. Por otro lado, en Sicilia se encuentran paralelos rhucho más próximos, difíciles de explicar fuera del contexto de transmisión de rasgos culturales de Fenicia al Mediterráneo Occidental. En la necrópolis de Motia, estas jarras ovoides de cuello recto cuentan con dos asas geminadas, con una decoración de filetes negros sobre engobe blanco, bastante similares a las de la región del Estrecho (Tusa, 1972, 38-40). Piezas parecidas se encontrarían también en necrópolis de Sicilia y Malta (Belén y Pereira, 1985: 318). Por otra parte, de tres piezas recogidas en Sulcis, P. Bartoloni adscribe una claramente a la región del Estrecho mientras que las otras las hace proceder del Mediterráneo Oriental (1992: 196-8 y fig. 3). Una y otras tienen la arista a mitad del cuello y el engrosamiento del labio, cambia sin embargo la orientación de la boca: en la atribuida al Extremo Occidente es claramente exvasado, mientras en las orientales tiende a cerrarse. Cabría suponer, pues, que básicamente la forma llega al Mediterráneo Occidental ya configurada, siendo los ceramistas que la traen los que realizan variaciones, a veces de ámbito regional. No obstante, en el Extremo Occidente se documenta la convivencia de ambos perfiles de cuello con una amplitud cronológica destacable ^.' ^ Contamos con piezas de cuello troncocònico ceiTado en el borde en la Península Ibérica en los yacimientos de Castillo de D"* Blanca, Morro de Mezquitilla, Toscanos, Cerro del Villar, Málaga, necrópolis de Frigiliana, Cabezo de S. Pedro (Huelva), El Carambolo (Sevilla) y Peña Negra (Crevillente, Alicante), en Marruecos, en el pecio del Mdik, además de Mogador (Ruiz Mata, 1986: 259; Belén y Pereira, 1985: fig. 6,11; Recio, 1990: 93-5 En Marruecos perdura este tipo de jarra con dos asas en el centro de Banasa (más de 10 ejemplares; Khriss, 1990: 56-60) den de los hornos 1, 2 y 4, fechados por M. Ponsich en los siglos v -iv a.C. (Kbiri Alaoui, 1994: 46-47). Hoy en día estamos en disposición, dada ya la notable abundancia de hallazgos *°, de buscar algu-'^ Además de los yacimientos que citamos en el texto, se encuentran jarras de cuello en otros yacimientos fenicios, aunque son escasos los fragmentos publicados: Toscanos (Schubart, Niemeyer y Pellicer, 1969: 96); Chorreras (Aubet, 1986: 114); Morro de Mezquitilla (Schubart, 1979: fig. 10); Mersa Madakh (Vuillemot, 1965: 107), etc. Además se conoce su difusión muy amplia en poblados indígenas de la Pe-nínsula Ibérica: Setefilla (Aubet, 1986: 112); Alhonor (Herrera, Sevilla) con jarras de cuello de borde saliente y recto (Perdiguero López, 1982-83: 102 y lám. 6); Colina de los Quemados; Cerro de la Mora; Huelva (Garrido y Orta, 1994: fig. 84); Alcáçova de Santarém (Arruda, 1993: 198 y fig. 1); Almaraz (Almada, Portugal) (Barros, Cardoso, Sabrosa, 1993: 155); Conimbriga: (Correia, 1993: 253 y fíg. Así como en necrópolis: La Joya (Huelva) (Garrido y Orta, 1978: 188); Carmona, Osuna, (Aubet, 1986:112); Medellín; La Peña Negra (Crevillente, Alicante) (González Prats 1991: 281) y un hallazgo submarino cercano a Cullerà, de cuello bitroncocónico (Aranegui, 1980: 99-100 y fig. 1). nos paralelos de las jarras de cuello del yacimiento atlántico africano teniendo en cuenta los grupos que hemos establecido con los especímenes de Mogador, de tal manera que se pueden delimitar áreas de paralelos próximos, las cuales curiosamente no coinciden en sentido estricto con lo que se venía apuntando hasta ahora. Empezamos pues refiriéndonos a los tipos establecidos. La vinculación es más tenue con los especímenes de la necrópolis de La Cruz del Negro (Carmona, Sevilla), donde los labios suelen ser menos pronunciados (Aubet 1978:282) y su paralelo con los de Mogador no es estricto, aunque sin duda se parecen más que a los de Rachgoun. Por su parte, las jarras exvasadas halladas en Ibiza, se caracterizan por tener un borde menos saliente (menos visera) y menos curvatura en el cuello, por ello se diferencian también someramente de las de Mogador. Un panorama parcialmente distinto nos describe la distribución de paralelos de las jarras de cuello claramente vertical. Habíamos comentado el escaso desarrollo del borde de los especímenes de Mogador, así pues, siguiendo este criterio, son más parecidos los de Castillo de D^ Blanca, que cuentan además con una decoración muy similar. Los de la Cruz del Negro se alejan de los marroquíes ya que los labios suelen ser de visera o triangulares muy desarrollados y los del islote de Rachgoun presentan distintas variaciones en cuanto al labio, tampoco conocidas en Mogador. Uno de ellos es especialmente infrecuente, pues se trata de un labio muy alargado y claramente horizontal, otros tienen el labio apenas indicado, y un último ejemplar está biselado en el interior, forma que no hemos encontrado en otro lugar (Vuillemot, 1955: pl. V,8, IV, 2 y 3 y V,7). En suma, el área de distribución definida para las jarras de cuello abierto parece repetirse en las de cuello vertical al estar centrado en la región del Estrecho, en su ámbito más próximo de las provincias de Cádiz y Málaga, pero con el añadido de la isla de Ibiza. Las piezas de cuello cerrado de Mogador cuentan con paralelos próximos relativamente abundantes. En C. de D^ Blanca hallamos un perfil muy similar con el mismo tipo de engobe, aunque sin el borde pintado, fechable en el siglo vii a. C. (Ruiz Mata, 1986: 259), En Málaga, en el sondeo de S. Agustín se documentan en la primera mitad del s. vi a.C, en el Cabezo de S. Pedro (Huelva) los hay desde mediados del siglo vii a.C. y se documentan también en Toscanos, Morro de Mezquitilla, Cerro del Villar y El Carambolo (Recio, 1990: 93-5 ra, 1985: fig. 6,11). Se puede destacar también para este grupo una relación formal mayor con las piezas fabricadas en las factorías y colonias fenicias malagueñas y gaditanas, aunque de todas formas la información no es lo suficientemente abundante como para sobrepasar el estadio de la hipótesis. Para completar el panorama hemos de señalar que las formas de las que tenemos un solo ejemplar son también enormemente raras en otros lugares. Así nuestra pieza n° 355, de cuello vertical con borde de visera, es equiparable sólo a una pieza de la factoría localizada en la desembocadura del Sado, Abul (Mayet y Tavares, 1993: 138-9 y fig. 7) y la n° 345, de cuello marcadamente bitroncocónico, es muy similar en cuanto a forma a una pieza del Cabezo de San Pedro, Huelva (Belén y Pereira, 1985: fig. 6,11). Se trata de unos recipientes emparentados con los anteriores, de cuerpo globular u ovoide, cuello corto de gran diámetro, a veces separado del cuerpo por un quiebro o un resalte, de los cuales hemos estudiado 19 ejemplares. Los bordes documentados oscilan entre dos extremos: desde el de sección triangular ligeramente saliente hasta el claramente colgante formando una visera. Los cuellos pueden ser tanto rectos formando un cilindro como curvos vueltos hacia afuera. Parece haber una relación más estrecha entre los bordes de visera con los cuellos cilindricos y los bordes con labio menos saliente o triangulares con los cuellos curvos. Las asas en estos vasos arrancan directamente desde el borde, acabando en la parte superior del cuerpo. Aunque en otros yacimientos se documentan a veces recipientes con tres o cuatro asas, en Mogador ha sido imposible constatarlo, ya que los restos son muy fragmentarios. Todas ellas son geminadas y sólo en un caso encontramos un asa más evolucionada o simplificada que parece recordar la forma anterior de dos tendones (fig. 6: 372). Dicha pieza, si bien cuenta con el perfil característico de las jarras pithoides, no conserva decoración pintada en el fragmento hallado, pero sí unas acanaladuras perpendiculares sobre el asa poco comunes. En Cerro del Villar (Málaga) este tipo de asa, que recuerda de lejos el asa geminada, aparece en los estratos más recientes (Guadalhorce II: Arribas y Arteaga, 1975: 36-38) y en el alfar de la primera mitad del s. vi a.C. (Barceló et alii, 1995: fig. 4 c). Las pastas suelen ser menos depuradas que en las jarras de cuello, con degrasantes más visibles, aunque en algunas ocasiones su calidad es intercambiable con las otras. La mayor o menor depuración de la arcilla se debe sin duda a su proceso de decantación, menor en estos casos, hecho que por otra parte ya ha sido constatado en otros yacimientos (Ruiz Mata, 1985: 254). Los engobes blancos nunca son bruñidos, a diferencia de algunas de las jarras de cuello. Con decoraciones de bandas de un solo color hemos encontrado los siguientes fragmentos: 379, 371, 373 (fig. 6), aunque no se excluye que formen parte de vasos con decoración polícroma; por último tenemos un solo fragmento con restos de engobe rojo bruñido en el borde (fig. 5: 382). Al igual que se ha hablado de un precedente remoto micènico para las jarras de cuello, es posible sugerir lo mismo para las jarras pithoides. En yacimientos fenicios, o de su area de influencia en Oriente, se han recuperado jarras con esta forma e incluso con las características asas que arrancan del borde ^'. En Ruqeish, ya en el Hierro II a-b se encuentran formas similares, así como en Tell Abu-Hawan, pero quizá sean las halladas en las necrópolis de Khaldé, Khirbet Silm, Joya y Qrayé las que se asemejan más a las occidentales. También se encuentran paralelos en Megiddo y Beth-Shan, aunque más alejados. Recientemente se han recuperado en una necrópolis de Tiro (Seeden, 1991: 54 y 62) urnas pintadas, que se fechan en el siglo viii a.C,'' Remitimos a los importantes trabajos de M. Belén y Pereira (1985) y C. Gómez Bellard (1990) para el análisis de los orígenes y distribución de este tipo de recipiente. En Cartago se utilizaron jarras pithoides y de cuello como urnas que recuerdan a las occidentales en el tophet ya desde el siglo viii a.C. (Hardem, 1967: lám. 57). Por el contrario, en Mozia los pithoi no eran habituales, mientras que las jarras de cuello eran utilizadas con frecuencia como urnas. Un hallazgo en Sulcis de una pieza idéntica a las oc-cidentales ha sido rápidamente considerada una importación del Extremo Occidente (Bartoloni, 1992: 194). En el Extremo Occidente, es un recipiente muy habitual en los lugares de habitación fenicios, pero rara vez aparece en las necrópolis, a diferencia de lo que ocurre con la jarra de cuello, pues sólo se constata su uso como urna en la necrópolis de Rachgoun, y fuera de contexto han aparecido en las necrópolis de Lagos y Trayamar. En las necrópolis indígenas es también poco frecuente, aunque se documenta en las de Medellín y Frigiliana, mientras que en los poblados, sumado a la jarra de cuello, constituye el segundo tipo de vaso más habitual después de las ánforas. Tanto es así que su área de dispersión es apenas menor que el de las ánforas R 1, lo que explica su enorme éxito, ya que fue adoptada como forma propia por el mundo indígena. También respecto a este recipiente hemos establecido una división que creemos operativa a partir de fragmentos de borde relativamente pequeños. Encontramos por un lado, recipientes de cuello recto y labio de visera recta o colgante que se separa del cuerpo mediante una carena a veces destacada con un resalte; dicho cuerpo es a veces globular y otras ovoide: n. °^ 370, 382, 375 374, 378 (fig. 5). Tienen paralelos en la necrópolis de Lagos, donde se ha encontrado uno de borde de visera colgante y cuello recto (VV. También con estas mismas características aparece en Cerro del Villar y en Frigiliana, los hay en Toscanos en los estratos de los siglos vii y vi a C. y en el asentamiento próximo de Cerro del Peñón con una cronología similar ^^. En Morro de Mezquitilla se ha documentado en estratos superficiales, también han aparecido entre los materiales de Conímbriga dos jarras pithoides de cuello cilindrico (Schubart y Niemeyer, 1976: 86 y lám 8; Correia, 1993: 253 y fig. 12). En el poblado indígena de la Peña Negra (Crevillent, Alicante) los tenemos con decoración de retículas pintadas datables del s. vi a.C. igual que en Mersa Madakh (Argelia) donde los reticulados se inscriben en triángulos (González Prats, 1986: fig. 9; Vuillemot, 1960: fig. 38). El resultado de la búsqueda demuestra la amplitud de su distribución, desde Portugal hasta Ibiza y Argelia. En cuanto a su arco cronológico, parece extenderse por los siglos vii y vi, perdurando sin duda hasta finales de dicho siglo. Se encuentran recipientes parecidos en la necrópolis de Trayamar, seguramente entre las ofrendas de una tumba, en la necrópolis indígena de Frigiliana y en Conímbriga, donde cuentan con resalte como en los dos últimos ejemplares de Mogador señalados (Schubart y Niemeyer, 1976: lám. 20; Arribas y Wilkins, 1969: fig. 3; Correia, 1993: 253 y fig. 12). Esta parece una forma de muy poco éxito en el Extremo Occidente, mientras en Mogador es especialmente abundante. Vemos pues que aparecen lo mismo en la costa malagueña que en tierras portuguesas.'2 Véase: Arribas y Arteaga, 1975: 36 -37 y 42-43, Guadalhorce I, nivel VI -A, siglo VII a.C; Arribas y Wilkins, 1969: fígs. Dos fragmentos de borde de jarras pithoides muy pequeños parecen correspoder a este tipo, aunque se destacan por tener el cuello apenas diferenciado del cuerpo: n°s 368 y 372 (fig. 6). Una pieza con borde y cuello similar se recuperó en C. de D^ Blanca, datable del s. VII a.C. (Ruiz Mata, 1986a: 99 y fig. 6,1). En Alcácer do Sal una jarra de cuerpo ovoide tiene un perfil especialmente parecido a la pieza n° 368 tanto por la orientación del cuello como por el resalte entre el cuello y la panza, así como por el tratamiento decorativo (fase III, s. vii-vi. También encontramos bastante parecido formal con piezas de la Peña Negra (Crevillente, Alicante) que son de la misma cronología (2/2 s. vii-1/2 VI a. Es difícilmente explicable que no hayamos encontrado en Mogador las jarras pithoides de cuello esvasado, que por lo general tienen el borde en forma de visera, pues se trata de un subtipo enormemente común en todo el ámbito fenicio occidental. Por el contrario, en Mogador aparecen con relativa abundancia jarras pithoides de cuerpo ovoide de cuello curvo sin carena (nuestro segundo tipo) que son sin embargo muy escasas en otros lugares. Como tampoco es posible concretar un área de adscripción cultural de pequeño ámbito, Mogador parece emparentarse con toda la región fenicia occidental con respecto a las jarras de forma pithoide. Por otra parte, en Lixus, del fondo de la «Cata Basflica» procede un arranque de asa de jarra pithoide, la única publicada hasta ahora que tiene la peculiaridad de contar con tres tendones, característica que no hemos documentado en Mogador (VV.AA. 1996: 352 y fig. 9). Aparecen en la bibliografía al uso bajo diferentes denominaciones, taza, copa, bol, etc., que pretenden asociarlos a usos muy precisos. Los que se han encontrado en Mogador, de los cuales hemos estudiado 18 ejemplares, parecen diferenciarse en dos bloques muy claramente definidos, unos en forma de casquete esférico y otros carenados. Aunque por definición el cuenco es una forma abierta, los que encontramos en la factoría atlántica son fácilmente agrupables en función de la mayor o menos abertura de la boca, incluso algunos de estos AEspA, 71, 1998 recipientes tienen un mayor diámetro en la zona media del cuerpo qué en el borde, a los que por ese motivo llamamos «cuencos cerrados o de perfil arqueado». Entre los hemiesféricos más abiertos encontramos los que tienen el borde engrosado hacia el interior. Los tres especímenes recogidos presentan diferencias decorativas. Dos de ellos cuentan con una franja en el interior de engobe rojo bruñido, uno de los cuales (fig. 7: 328) recibió filetes de color negro, tanto dentro como fuera de la banda bruñida, y es por ello asimilable a las cerámicas con decoración Black-on-red occidentales. El siguiente cuenta con una franja de engobe rojo en el interior y borde y además con un filete de color granate en el exterior próximo al borde (fig. 7: 333). El tercer ejemplar es un cuenco de color gris, sobre el que se han aplicado filetes concéntricos de color negro en el exterior y en el borde (fig. 7: n.'' 324). Encontramos paralelos formales en los yacimientos de La Loma de Benagalbon (Málaga) entre hallazgos de superficie y en la propia ciudad de Málaga en el sondeo de S. Agustín con cronología del s. vi a.C. (Perdiguero y Recio, 1982-83: fig. 7 d; Recio, 1990: fig. 36, n° 11). Esta forma la desconocemos con pintura en otros lugares tanto del Mediterráneo Central como Occidental, pero sin embargo es fácil hallarla entre las cerámicas de engobe rojo y las grises. Por ello es plausible sugerir que en algunos lugares como los asentamientos de Málaga y en el taller de procedencia de las cerámicas de Mogador aplicaron muy esporádicamente decoración pintada a formas destinadas a recibir engobe rojo. Parece un indicio sólido el que los fragmentos que encontramos en Mogador, uno sea de color gris y los otros tengan en la mitad de su superficie el clásico engobe encarnado. Otros cuencos hemiesféricos abiertos tienen el borde ligeramente engrosado y en estos casos la pintura aparece sólo en el interior y borde. Con decoración bícroma tenemos un fragmento (fig. 7: 334) y con decoración monocroma, en principio, los tres restantes. Uno de ellos con filetes de color rojo en borde e interior (fig. 7: 332), otro con una ancha banda roja en el borde y parte del interior (325) y el último con dos líneas de color castaño oscuro en el interior (fig. 7: 338), ejemplar que reúne las características de los cuencos más habituales en yacimientos marroquíes posteriores; así esta forma la vemos en Kuass representada por 60 ejemplares procedentes de los hornos 1, 2 y 4 (Kbiri Alaoui, 194: 25-26) y también en Lixus por un ejemplar de procedencia exacta desconocida. Los paralelos fuera de Marruecos los hemos encontrado de nuevo en La Loma de Benagalbon (Málaga) y en el sondeo de S. Agustín (Málaga), con filetes pintados en el interior también (Perdiguero y Recio, 1982-83: fig. 7 b y c; Recio 1990: fig. 37, n° 23). A juzgar por las comparaciones es probable una datación dentro del siglo vi a.C. En cuanto a su origen y desarrollo, se pueden hacer las mismas consideraciones que las referidas a los cuencos de borde engrosado hacia adentro; no obstante, recipientes similares se documentan también en Oriente, en Sarepta, en los niveles D2 y DI, con decoración bícroma con una cronología alta (1000-825 a.C), pero sin embargo no aparecen en los niveles contemporáneos de los occidentales (Anderson, 1979: 443-4 y láms. Dentro del mismo grupo de cuencos hemiesféricos más abiertos encontramos uno con el borde apuntado (fig. 7: 331) que está decorado con una banda de pintura color anaranjado bruñida y filetes de color negro. Este tratamiento decorativo es muy similar al de varios cuencos de borde engrosado. Hemos encontrado un paralelo en Tell Abu Hawan IV (Amirant, 1970: pi. Aunque esta forma es prácticamente desconocida entre las cerámicas pintadas, sin embargo es abundante dentro de las de engobe rojo y las grises, por ello creemos que se pueden hacer las mismas consideraciones que las referidas a los dos tipos anteriores acerca de una posible contaminación de tratamiento decorativo a una forma que usualmente se termina de otra manera. Los cuencos hemiesféricos cerrados o de perfil arqueado constituyen el segundo grupo definido. En estas piezas el borde suele ser apuntado o simplemente redondeado y la pintura siempre se localiza en el exterior y en el borde y a veces se aplica sobre una base de engobe claro. Tres fragmentos cuentan con un filete de color negro sobre superficie exterior con engobe rojo (fig. 8: n.°' 327 y 337), otros dos recibieron líneas rojas sobre engobe blanco (fig. 8: n.°' 329 y 330) y otros cuentan con una ancha banda de engobe rojo bruñido en parte del exterior y borde sobre una superficie de engobe blanco (fig. 8: n.''' 335 y 336) y por último un fragmento tiene una banda de pintura roja en parte del exterior y borde (fig. 8: 323). Este tipo de cuenco pintado es el único entre los cuencos que no consfituye un préstamo de recipientes con otro tratamiento. No es nada fácil hallarlo entre las cerámicas engobadas en rojo o entre las 39). Dos cuencos cerrados en Toscanos son de boca muy cerrada como alguno de los nuestros, decorados con filete marrón oscuro en el exterior cerca del borde (Schubart, Niemeyer y Pellicer, 1969: lám. IX, 1131 y lám. V, 873). La distribución cronológica es amplia; aunque se centra en estos lugares en los siglos vii y vi a.C, la forma documentada en Chorreras nos remonta a la segunda mitad del siglo viii a.C. En el área fenicia metropolitana y en la franja norte de Palestina, así como en Chipre, está presente esta forma decorada durante el Hierro II, coincidente cronológicamente con su distribución en el Mediterráneo Occidental. También se encuentra en Cartago en el siglo viii a.C. y en Motia perdura mucho más tiempo, al igual que en los diferentes asentamientos sardos donde ha aparecido, como Sulcis, Monte Sirai, S. Antioco en el área del Cronicario, Bithia, etc. (Peserico, 1994: 136-137; Bernardini, 1990: 85-86 y fig 4 y 5) con formas y decoraciones totalmente parangonables a las de Mogador, Málaga y Castillo de D^ Blanca. Por ùltimo contamos con un cuenco hemisférico cerrado como los anteriores, pero que tiene una acanaladura rellena de pintura de color naranja junto al borde (fig. 8: 342). La incisión acanalada es un motivo decorativo enormemente exótico dentro de la cerámica fenicia, pues sólo hemos encontrado un recipiente similar en el Cabezo de S. Pedro (ciudad de Huelva), en la fase III, situable entre mediados del siglo VII y mediados del vi a.C. (Blázquez et alii, 1979: 177 y fig. 49). De especial interés son los cuencos carenados de borde vuelto hacia afuera, comunes con engobe rojo; aquí los encontramos en algunos casos pintados, aunque esta práctica debió ser enormemente esporádica. Dos de ellos tienen una banda de engobe rojo bruñido sobre superficie de engobe blanco (fig. 9: n.'' 339 y 121). Sin ese engobe claro, pero con una banda de pintura rojiza muy diluida en el exterior, tenemos el n° 340, y, por último, es de destacar el n° 341, que fue decorado con una banda roja extendida exclusivamente sobre el borde (fig. 9). Dos de los ejemplares son de pared curvada y borde hacia afuera (fig. 9: 339 y 340), los cuales tienen paralelos relativamente abundantes en otros lugares. En Castillo de D^ Blanca, en Morro de Mezquitilla con decoración pintada tanto en el interior como en el exterior, en el estrato O 4, también en Abdera, con filetes pintados con una datación dentro del siglo VII a.C, en Cerro del Villar con fechas del siglo VI a.C, en el Cabezo de S. Pedro (Ciudad de Huelva) con similares características formales y decoración tanto en el siglo vii a.C. como en el vi a.C (Ruiz Mata, 1986: fig. 8, 8; Schubart y Niemeyer, 1976: 60 y Lám. Se trata de un recipiente que por forma y decoración recuerda especialmente a las copas jonias pintadas con bandas rojas y negras sobre fondo blanco que se difunden por el Extremo Occidente precisamente por esa época. Además de los recipientes de pared curva contamos con otros de pared recta y labio diferenciado de sección triangular (fig. 9: 341 y 121), que sin embargo apenas hemos encontrado en otras partes. Sólo hemos localizado dos similares pintados en Monte Sirai (Peserico, 1994: fig. 2 o y p). Curiosamente es una forma enormemente frecuente en cerámica de engobe rojo tanto en el Mediterráneo Central como en el Occidental y por supuesto en Mogador. Da la impresión de que en esta factoría son siempre monocromos, utilizándose casi siempre pintura o engobe rojo sobre fondo blanco, normalmente una banda roja enmarcada por el quiebro de la carena y el engrosamiento del borde vuelto hacia afuera. Parece que se producen en el contexto de los cuencos de las mismas características en engobe rojo, limitando la extensión del color a una franja y ampliando la frecuencia del engobe blanco, que en las piezas de engobe rojo extendido suele ser muy raro. LAS FORMAS VASCULARES INFRECUENTES Según lo que hemos visto hasta aquí, no existen divergencias significativas entre Mogador y los asentamientos fenicios occidentales en cuanto al repertorio de tipos más usuales: jarras pithoides, jarras de cuello, cuencos hemiesféricos abiertos de borde engrosado o de borde sin marcar y cuencos cerrados. Sin embargo, algunas formas poco comunes no han sido vistas en Mogador, o al contrario, tipos aparecidos en esta factoría no los hemos encontrado o son excepcionales en otras partes. Quizás lo que más llame la atención es la ausencia de cazuelas con borde de visera o borde engrosado, a veces con asas de espuerta, que son relativamente abundantes en lugares como Cerro del Villar, Málaga, La Loma y algo juenos en Toscanos, Morro de Mezquitilla, etc., con cronologías más bien tardías, s. VI a.C. en adelante (Arribas y Arteaga, 35 y 38; Perdigones y Recio, 1982-83: 115-122 y fig. 4; Aubet, 1991: fig. 8; Barceló et alii, 1995: 154 y fig.5; Recio, 1990: 73-78 y figs. 15-17; Schubart, Niemeyer y Pellicer, 1969: lám. IX, 387), lo cual podría tener distintas explicaciones: producción de ámbito regional muy restringido; una datación tardía dentro del s. vi (que parece muy probable) y por lo tanto no coincidente en cronología con Mogador; o que, al tratarse de un recipiente de procesamiento o manipulación, no entrara en los usos de los comerciantes de la lejana factoría. Otras formas son enormemente raras y poco significativas, apareciendo en uno o muy pocos asentamientos, como el plato de engobe rojo pintado con bandas negras de Toscanos o las fuentes carenadas y el vaso globular sin cuello de Cerro del Villar (Barceló, 1995: fig. 6), o el jarro de boca trilobulada de la necrópolis de Jardín, o las ollas de perfil en ese de Castillo de D^ Blanca, tan frecuentes en otros lugares como cerámica para el fuego y por ello sin pintura'^ Las valoraciones que se pueden hacer sobre las formas que son poco frecuentes o incluso inexistentes en Mogador y su hallazgo o no en otras factorías deben ser muy cautelosas. Al ser el registro arqueológico del yacimiento africano limitado, no hay que descartar que algunas de las formas poco usuales puedan ser recuperadas en el futuro. No obstante, en Mogador se documentan formas poco habituales también en otros asentamientos, como una cazuela o fuente de borde vuelto de grandes dimensiones, decorada con engobe rojo y filetes negros superpuestos {black-on-red) (fig. 9: 343). Ésta es similar a una de Lixus y a algunas piezas de Castillo de D^ Blanca fechables en el s. vi a.C. pero muy especialmente a un espécimen del s. vii a.C. (AA. O un recipiente cerrado de borde ligeramente vuelto y con un diámetro de boca pequeño (9 cm, fig. 9: 344), tratado con engobe blanco y decorado con líneas negras en cuello y borde. No hemos encontrado ningún recipiente parecido a nuestro n° 400 (fig. 9). Se trata de una cazuela de pequeño diámetro de boca, 12 cm, de labio claramente exvasado totalmente engobado en color castaño claro y después bruñido con una decoración pintada sobre el borde de líneas cruzadas de color castaño oscuro. Se parece de lejos a algunas cazuelas fenicias que son siempre mucho mayores. La decoración es bastante común en recipientes del siglo VI a.C. El estudio de un conjunto de dimensiones considerables como es éste, permite descartar algunas de las hipótesis que se vienen barajando dentro de un esquema diseñado para explicar la expansión fenicia en Occidente, el cual debe ser revisado a fondo. En esa explicación parecía coherente aislar grupos de asentamientos dentro del área fenicia occidental como reflejo de procesos de colonización diferentes, uno eminentemente comercial cuya tutela le fue encargada" a Gadir y otro eminentemente productivo localizado en el área malagueña. Parece evidente al estudiar las cerámicas pintadas, como ha ocurrido también con los recipientes anfóricos, que no es posible hacer tal distinción. No porque haya una identidad absoluta en los tipos en toda el área occidental sino porque las variaciones detectadas no permiten configurar dichas áreas. En cualquier caso ello sería bastante difícil de establecer, pues los lugares de habitación supuestamente ajenos a la actividad comercial gaditana, los de Málaga y Granada, se encuentran precisamente en el itinerario de los barcos que enlazaban Gadir con Oriente y con sus potenciales mercados en el Levante peninsular, Ibiza, Argelia, etc., y por lo tanto su contacto con la gran ciudad debía ser tan frecuente que los incipientes rasgos propios o arcaizantes que pudieran surgir en su cultura material debían ser barridos por las corrientes culturales dominantes. Incluso un enclave tan extremo como el de Mogador parece disfrutar de amplias influencias en su material cerámico a juzgar por el recorrido que hemos hecho por sus cerámicas pintadas. Cabe resaltar sin embargo que a pesar de los paralelos, a veces muy estrechos, que hemos encontrado en factorías muy alejadas como las de la costa portuguesa, región de Oran o Ibiza, parece haber una mayor relación cualitativa y cuantitativa con las producciones localizadas en la costa malagueña y en la gaditana, en especial con Castillo de D^ Blanca (Cá-diz)'^, que para el caso que nos ocupa remiten evidentemente a Gadir. En lo que se refiere a la procedencia directa de la cerámica hallada en la factoría, parecen apuntarse dos cosas. Por un lado que se trata de producciones exógenas, traídas de fuera Algunas, entre las que no están las pintadas que analizamos, tienen un área de procedencia bien definida, como son las cerámicas de Chipre o las ánforas SOS o el fragmento de cerámica de retícula bruñida procedente sin duda del área tartésica. A este respecto y en concreto para las pintadas quisiéramos proponer una hipótesis de trabajo sustentada por ahora sólo en indicios. El hecho de la utilización de arcillas de composición muy parecida en muchas de las cerámicas, las mismas coloraciones en los engobes rojos, el traslado de decoraciones pintadas a formas que habitualmente reciben otro tratamiento, etc., nos permite sugerir que proceden en un porcentaje considerable de un mismo alfar. Sería cómodo recurrir a Castillo de D^ Blanca, que tantos paralelos nos ha aportado, para proponer Gadir como el lugar de procedencia de estos productos, o incluso Lixus, que se encuentra a algo más de 500 km. Sin embargo es también sugerente la idea de que alguna factoría permanente situada en la costa atlántica africana, en la desembocadura del Bou Regreb, o del Oum er Rebia, etc., fuera la que se ocupó del envio estacional de personas y mercancias a la isla. Queda sin embargo patente en cualquier caso que la estación que provee a Mogador recibe unos amplios estímulos de Gadir y del área malagueña. Por otra parte, el papel desempeñado por Lixus pudo ser destacado, pero hoy por hoy apenas está explicitado pues sus materiales pintados son casi desconocidos. No queremos dejar de señalar que las formas y decoraciones halladas en el islote norteafricano, excepción hecha de algunas pequeñas variaciones, coinciden con el repertorio cerámico que aparece en cualquier factoría fenicia occidental. De ello es fácil colegir que el fenómeno de fabricación y extensión de unas formas y no de otras no se puede explicar mediante un modelo de irradiación difusionista. Otras cuestiones parecen entrar en juego, como la afirmación de una identidad colectiva regional de similares características al del área de influencia de Cartago y la existencia de una fluida comunicación entre los asentamientos implicados en una misma red económica.
Algunos materiales arqueológicos rescatados en El Carambolo han sugerido la existencia en este asentamiento de un posible santuario. Entre estos testimonios se ha olvidado casi sistemáticamente un thymiaterion orientalizante en bronce, porque desde su descubrimiento Carriazo dudó sobre su función. Pretendemos demostrar aquí que esta pieza perteneció en su día a un quemaperfumes ritual, lo que constituye sin duda un apoyo más a la hipótesis que ve en El Carambolo un lugar de culto. Hasta la fecha, el Cerro del Carambolo, en el término municipal de Camas, Sevilla (fig. 1), se conoce arqueológicamente sólo por la documentación rescatada por D. Juan de Mata Carriazo, quien intervino tras la localización por unos obreros del famoso tesoro protohistórico que ha dado fama al yacimiento (Carriazo 1970(Carriazo, 1973(Carriazo y 1978)). El mismo excavador dedicó algunos capítulos de otras obras suyas al estudio e interpretación de este importante sitio (Carriazo 1974: 220-406); y no han sido pocos los investigadores que han retomado los testimonios exhumados en dicho cabezo para abordar muchos de los problemas que la arqueología tartésica tiene todavía planteados. Se ha ofrecido incluso una relectura de ciertos vasos prehistóricos infrapuestos a la estratigrafía del primer milenio a.C. (Ruiz Mata 1978-79: 45-46), que evidencian una ocupación durante el Calcolitico campaniforme no valorada adecuadamente por Carriazo, quien consideró en parte neolíticos dichos materiales (Carriazo 1973: fig. 418, izquierda). Por lo que se refiere a la fase tartésica del asentamiento, son tantas las alusiones y estudios parciales de lo que en su día se extrajo del Carambolo, que sólo la enumeración de esas obras rebasaría los límites físicos de este trabajo y la intención con que ahora queremos entrar en el tema. De ahí que sólo traigamos aquí a colación -y exclusivamente en su justo momento-aquellas que de alguna forma inciden en los aspectos que ahora nos interesan, que son los que tienen que ver con la hipótesis, apuntada ya por Carriazo y luego recogida por otros autores según se verá, de que en este promontorio de la comarca sevillana del Aljarafe existió en su día un lugar de culto, y de que gran parte de la documentación arqueológica que se obtuvo, tanto de la parte alta del cerro como de lo que se ha denominado «poblado bajo», puede ser interpretada desde este enfoque. En las distintas obras en las que Carriazo abordó el estudio del Carambolo, él mismo apuntó esta hipótesis; sobre todo porque aludió al carácter ritual de algunos de los restos materiales descubiertos en su intervención o a la propia vinculación del tesoro con el mundo religioso de algunas culturas mediterráneas contemporáneas de la tartésica. Así, los paralelos tipológicos y funcionales de las distintas piezas del conjunto áureo fueron recopilados entre figurillas sagradas e imágenes de dioses (por ejemplo, Carriazo 1973: 162-175); y la alusión a objetos de culto se hace también cuando analiza las pilas monolíticas de piedra (Carriazo 1973: 294-295;1974: fig. 42). Más tarde, A. Blanco Freijeiro sostuvo explícitamente la existencia de un recinto sagrado en el cerro, que identificó en concreto con la estructura en la que apareció oculto el tesoro, y que la literatura arqueológica conoce desde la intervención de Carriazo indistintamente como «fondo de cabana» y «Carambolo Alto». En este caso, Blanco enfatizo la importancia y riqueza de la cerámica pintada con geometrismos al estilo que desde su aparición allí se conoce como «tipo Carambolo», y recordó los paralelos egeos de ciertos templos de humilde y pobre consistencia arquitectónica pero de fecundos ajuares (Blanco 1979: 95-96). Igualmente, aclaró la procedencia de dicho cabezo de la figurilla en bronce que representa a la diosa fenicia Astarté y que se conserva en el Museo Arqueológico de Sevilla, imagen que habría aparecido en el propio «poblado alto» sólo unos días antes del hallazgo del tesoro (Amores 1995: 167). Recientemente, se ha valorado la presencia de cascaras de huevo de avestruz en el «fondo de cabana» como un indicio más de que no estaríamos ante una común y simple vivienda de finales de la Edad del Bronce, sino ante un posible pozo de ofrendas relacionado de alguna manera con actos litúrgicos (Belén y Escacena e.p.a). Desde estos planteamientos, el presente artículo pretende contribuir de alguna forma a la hipótesis que defiende el carácter sagrado del lugar. No se trataría tanto de sostener la existencia de un templo en un poblado -algo por lo demás que podría haber sido un hecho frecuente en todos los asentamientos de cierta importancia de la zona-como de explicar el sitio del Carambolo básicamente como un centro ceremonial con dependencias anexas, posiblemente en íntima relación desde sus inicios con la vecina Sevilla, fundada también por las mismas fechas. Con esta intención, abordamos el estudio funcional de una pieza de bronce que Carriazo dio a conocer bajo la denominación con que la bautizaron los propios obreros que intervinieron en los trabajos arqueológicos practicados en el lugar: «la trompeta de Argantonio». Las tres han permanecido hasta hoy sin trabajar en mayor profundidad que aquella con que la abordó Carriazo, de manera que los catálogos y estudios posteriores a su hallazgo referentes a tales objetos no han incluido casi nunca este ejemplar del Carambolo. De las tres funciones, intentaremos demostrar que se trata del pie abocinado de un quemaperfumes ritual o thymiaterion, cuya presencia en El Carambolo supondría un aporte documental más a la hipótesis que sostiene un papel religioso para este yacimiento. En octubre de 1958 se practicaron excavaciones arqueológicas en el lugar donde, de modo fortuito, habían aparecido las joyas que componen el tesoro del Carambolo. La superficie excavada fue pequeña, pero la riqueza de los materiales salidos del fondo de cabana en el que se ocultó el tesoro tentó a su excavador a seguir trabajando en aquel lugar. El convencimiento de que allí se escondía un núcleo de habitación estaba avalado por los fragmentos cerámicos repartidos por la superficie del cerro, por las fotografías aéreas del sitio, en las que se observaba en su parte septentrional un recinto circular aproximadamente dos metros más alto que el resto del terreno circundante, y por el propio valor geoestratégico del Carambolo como punto elevado que permite el dominio y control visual de la entrada al valle del Guadalquivir y de la vecina Sevilla. Los trabajos arqueológicos en la vertiente septentrional del cabezo comenzaron a finales de mayo de 1960 con la apertura de pozos de sondeo para la detección de restos que determinasen la posible ocupación del lugar en tiempos protohistóricos. Si bien en un principio no se encontró otra cosa que algún que otro fragmento de cerámica, en el pozo n° 16, situado en el lado noreste del recinto circular que se veía en la fotografía aérea y casi al pie del talud del campo de tiro, se descubrió el primer muro del «poblado bajo» del Carambolo (Carriazo 1970: 72-73;1973: 236-286). En este sector del yacimiento se excavó una su- El asentamiento disponía de estructuras de habitación de planta rectangular con cimientos de piedra y muros de adobe. El interior de las estructuras estaba compartimentado en estancias dedicadas a diferentes usos y funciones. La «Trompeta de Argantonio» procede del área que Carriazo denominó «Sector noreste». Apareció junto al borde oriental del muro detectado en el pozo de sondeo n° 16, a una profundidad de 1,15 metros. Dicho muro pudo ser el cimiento que sustentara una de las estructuras de habitación del estrato III. Por el material allí recuperado y por su distribución interna, dicho ámbito fue denominado «cocina». Su planta es rectangular, con unas dimensiones de 1,50 metros de largo por 1,25 metros de ancho. Junto a la entrada presentaba un banco o poyete empedrado, y al pie de éste, pegado al muro medianero con una estructura del estrato II, un segundo poyete de menor tamaño que aún conservaba sobre él la mitad inferior de un vaso cerámico de gran capacidad. Delante del muro divisorio aparecieron varios niveles de hogares y restos de vajilla. Se cribó toda la tierra procedente de la «cocina», pero no se encontraron más piezas que correspondieran al resto del objeto que estudiamos. Por lo demás, el ajuar de la habitación consistía en fragmentos cerámicos (algunos de grandes vasos contenedores) y molinos de mano, sin darnos su excavador más detalles que nos ayuden a interpretar el contexto de aparición de nuestro bronce. En conjunto (fig. 3), sus dimensiones son las siguientes ^: Altura, 101,00 mm. Diámetro mayor, 178,00 mm. Diámetro menor, 64,50 mm. Grosor paredes, 2,50 mm. El objeto que estudiamos está expuesto actualmente en la sala dedicada al Carambolo en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla (ref. 14.565). Carriazo describe esta parte como cih'ndrica tubular. ^ El hecho de que la pieza presente diversas abolladuras explica las ligeras diferencias entre las medidas ofrecidas por Carriazo y las nuestras. La unión de las dos piezas que componen nuestro bronce se aseguró mediante tres pares de charnelas perforadas cruzadas por pasadores remachados. En la B son rectangulares en la parte inferior y algo más irregulares -a veces de tendencia semicircular (caso de las pestañas B^ y B^)-en la superior. Se unieron a las superficies internas de ambas piezas mediante soldadura. Se conservan los tres pasadores que unen las piezas A y B. En cambio, de los remaches que trabarían este conjunto con el cuerpo superior (hoy perdido) sólo ha permanecido el de la charnela B^ (fig. 5). De este lote de pestañas, la B^ presenta aún la perforación, mientras que la B' la tiene obstruida por concreciones metálicas ^ Desde el punto de vista técnico, se observa un contraste entre el tratamiento de la lámina de bronce con que se elaboró la parte acampanada (pieza A) y el de la troncocònica (pieza B). En este segundo caso, la superficie es más irregular, el grosor menos uniforme, la pátina más rugosa y el color verde intenso, mientras que en la acampanada la superficie es más fina y regular. Carriazo (1970: 101;1973: 322) apuntó que la calidad del bronce de una pieza y otra no era la misma y por ello se deformó y fracturó el borde alto de la superior, mientras que la otra no sufrió alteración alguna porque el metal sería de mejor calidad y por ende más resistente. En cualquier caso, parece que nuestro objeto se amortizó parcialmente como chatarra después de su primer uso como posible thymiaterion, pues la muesca y las torceduras que la pieza B presenta en su borde superior sugieren esta posibilidad. Tal propuesta ha sido barajada, de hecho, para otros tipos de incensarios de finales de la Edad del Bronce (Ruiz-Gálvez 1993: 52)4. La acumulación desde entonces de muchos más objetos de bronce del mundo tartésico y fenicio en el sur de la península ibérica, permite hoy contar con un repertorio de evidencias más precisas a la hora de proponer un papel específico para este pie. Por su similitud en dimensiones y silueta, esta pieza de bronce fue asociada a los soportes de carrete de cerámica que también procedían del propio poblado bajo. Como paralelos se propusieron uno de cerámica marrón espatulada, otro del tipo gris «ampuritana» y un tercero de barniz rojo (Carriazo 1973: 323). El autor también sugiere que puede tratarse del pie de un gran vaso de bronce o caldero, como los que en el mundo villanoviano y etrusco se usaron para urnas cinerarias, lo que vendría reforzado igualmente por su afinidad formal con el repertorio ^ Carriazo creyó que esta pletina ni siquiera llegó a perforarse. La tercera interpretación se refiere a un objeto ritual, de modo que Carriazo no cree del todo desacertado «... que nuestro bronce haya sostenido una pieza de adorno del tipo de los Candelews de Lebrija» (Carriazo 1970: 100). Un análisis detallado de estas tres propuestas presenta más argumentos a favor de la tercera, la que considera esta pieza el pie de un quemaperfumes. Con respecto a que hubiera sido un soporte de carrete, se observa de hecho cierta similitud formal. Sin embargo, los soportes en bronce procedentes del mundo tartésico se fabricaron en una sola pieza. Esto se observa, por ejemplo, en los de la tumba 17 de la necrópolis de La Joya (Garrido y Orta 1978: 95 y 182, fig. 62), así como en el del túmulo H de Setefilla (Garrido y Orta 1978: 182) \ Por lo demás, por estar fabricados en una sola pieza, los carretes llevan baquetones en su parte central como refuerzo, característica ausente de la pieza del Carambolo. A favor de una posible interpretación como base de caldero convendría recordar el viaje de Kolaios de Samos a Tartessos (Heródoto IV, 152), porque entre los presentes que llevó a su tierra figuraba precisamente un le be s de bronce. Pero el inconveniente principal reside en que estos recipientes, cuando llevan pie cónico, como ocurre en algunos ejemplares etruscos (Jacobsthal 1956: 48 y fig. 217; Pallottino 1965: lám. IV), éste se sujeta a la parte superior mediante otros mecanismos; por el contrario, a modo de pie se usaba generalmente un trípode o un soporte cónico como los que el propio Carriazo (1973: 323) recoge del mundo villanoviano. En este caso, la base no se soldaba o ensamblaba al caldero, sino que constituía una pieza independiente. De ahí que el sistema de engranaje superior de nuestro pie, destinado a unirlo con otras piezas superpuestas, impida darle esta función. La tercera atribución sugerida por Carriazo (1970: 100) relaciona la pieza del Carambolo con un candelero como los ejemplares de oro aparecidos en Lebrija (Almagro 1964). En este caso hemos de tomar la hipótesis de Carriazo como una propuesta genérica que vincularía la pieza a las distintas modalidades de thymiateria orientalizantes conocidos en el Mediterráneo occidental. Y es en este terreno ^ Esta pieza de Setefilla fue publicada por Bonsor y Thouvenot, quienes la dieron por boca de jarro (Bonsor y Thouvenot 1928: 24). M.E. Aubet, por último, defendió también esta propuesta, si bien atribuyó el objeto a un subtipo distinto (Aubet 1973: 9-11, lám. Ib, fig. 2). donde el ejemplar del Carambolo encuentra, como veremos, sus paralelos más estrechos. La forma acampanada del pie permite incluirlo de hecho en el tipo C de la sistematización de Almagro-Gorbea (1974: 49), o en el grupo III de la clasificación propuesta por De la Bandera y Ferrer (1994a: 52-54), constituyendo la pieza del Carambolo en realidad sólo una pequeña variante del conjunto. Se trataría de thymiateria con pie o soporte de tendencia cónica y rematados en su parte superior por la típica cazoleta donde se quemaría el incienso. A este mismo lote pertenecerían ejemplares que recuerdan muy de cerca al del Carambolo (ñg. Todos ellos presentan en sus bases algún sistema de ensamblaje con las piezas superiores, como serían clavospasadores que atraviesan horizontalmente la parte superior del pie o elementos a rosca. El mecanismo de unión más parecido al de la pieza del Carambolo es el que fija en el ejemplar de Villagarcía de la Torre parte del cuerpo del quemaperfumes a las figurillas femeninas que, a modo de cariátides, sostienen el braserillo donde se quemaba el perfume ritual (De la Bandera y Ferrer 1994b: 44, figs. 2 y 8). Los paralelos más evidentes de la pieza que hemos identificado como base de un thymiaterion llevan su cronología al siglo vii a.C. (Almagro-Gorbea 1974: 53), fecha de plenitud tanto de la colonización fenicia en Occidente como de la orientalización de Tartessos (Aubet 1987: 249). Sin embargo, aún permanecen sin solución muchos de los problemas planteados a raíz de la excavación de este yacimiento. De hecho, en el contexto del Bajo Guadalquivir, El Carambolo ocupa un lugar destacado por la fecunda literatura a la que ha dado origen y por las muchas discusiones sobre temas arqueológicos que ha promovido. No insistiremos ahora en lo que se refiere a la función desempeñada por este yacimiento, porque dicho asunto es en realidad el tema de fondo de 32 ROCÍO IZQUIERDO y JOSÉ LUIS ESCACENA AEspA, 71, 1998 nuestro presente debate y, por tanto, de nuestras conclusiones. En cambio, sí conviene hacer unas cuantas precisiones acerca de su cronología fundacional y de las razones y fecha de su muerte, porque también éstas pueden dar cuenta de la razón de ser del asentamiento. Por lo que se refiere a su más antigua ocupación, ya hemos señalado antes la existencia de materiales campaniformes que ilustrarían una fase eneolítica reciente como primer habitat. Pero este ensayo inicial no tuvo continuidad hasta época tartésica. De hecho, cada vez más yacimientos de Andalucía occidental vienen confirmando la imposibilidad de sostener un periodo epicalcolítico durante la segunda mitad del segundo milenio a.C, al menos lo suficientemente largo como para enlazar directamente con el Bronce Final del Bajo Guadalquivir según se ^^%¿Í^Ügpgi»^^^ K^ims^;ii?.y¿'¿4yV'¿iHi«^^ 5 cm. Escacena y otros 1996: 20), no aparecen sin embargo en El Carambolo. En consecuencia, la ocupación de época tartésica hay que verla como una fundación nueva, que debe de obedecer a razones distintas a las del primer poblado del Cobre o, en cualquier caso, estar inserta en los patrones de asentamiento de los grupos humanos protohistóricos que a partir de finales de la Edad del Bronce tomaron el control de la zona. La cronología de esta reocupación se mueve todavía entre dos posiciones irreconciliables. De un lado se ha defendido la existencia de unos niveles anteriores a la colonización fenicia de las costas andaluzas. Esta perspectiva cuenta con bastantes partidarios y ha recibido un nuevo impulso a raíz de dos publicaciones recientes de la profesora Aubet donde se precisan determinadas cuestiones estratigráficas del yacimiento (Aubet 1992;1992-93). Por otra parte, con base en las propias observaciones de Carriazo y en la revisión de algunas cerámicas procedentes del Carambolo Alto, otros autores han propuesto que los estratos tartésicos más antiguos no serían en ningún caso precoloniales, sino básicamente contemporáneos a la llegada de los fenicios al Bajo Guadalquivir (Amores 1995: 167; Escacena y Belén 1991: 18-19). Esta segunda posición cuenta con menos defensores y sostiene además que la fundación del Carambolo pudo estar directamente relacionada con la de la propia Sevilla (Belén y Escacena e.p.a), que está documentada arqueológicamente en esa fecha (Collantes de Terán 1977: 37-54; Campos y otros 1988: 21), y cuyo primer nombre (Spai) podría ser de origen fenicio (Díaz Tejera 1982: 20; Lipinski 1984: 100). El problema de la cronología inicial del asentamiento no está, pues, resuelto, y ha tenido como caballo de batalla la presencia o no de cerámica a torno en el estrato más profundo del Carambolo Alto. Más clara parece estar la fecha de abandono del sitio, si bien también aquí han surgido leves discrepancias. Sabemos al menos que el cabezo no conoció una ocupación durante la fase plena y tardía del mundo turdetano de la segunda Edad del Hierro. El mismo hecho de que el nombre antiguo del asentamiento no se conservara en las fuentes escritas de época clásica certificaría una muerte muy anterior a la conquista del territorio por Roma; sobre todo porque conocemos a través de estas referencias literarias otros topónimos de sitios muy cercanos al Carambolo: Hipa (Alcalá del Río), Hispalis (Sevilla), Osset (San Juan de Aznalfarache), Caura (Coria del Río), Orippo (Torre de los Herberos, en Dos Hermanas), etc. La propia ocultación del tesoro a fines del siglo VI a.C. parece coincidir con la etapa última del asentamiento (Escacena 1993: 195), en circunstancias que hablan de una clara situación de peligro en la zona. Pero otros investigadores quieren ver en El Carambolo materiales anfóricos que llegarían tal vez al siglo iv a.C. (Rodero 1995: 67 y 221). En consecuencia, tampoco la cronología final está libre de dudas, con lo que urge un análisis más profundo del problema. Con relación a estos dos asuntos, principio y final del Carambolo, poco se ha propuesto para indagar en las razones por las que dicho enclave surgió y luego llegó a desaparecer sin cuajar en una verdadera ciudad prerromana. Y desde luego nunca se han puesto en relación ambos fenómenos, de forma que una misma causa pueda argüirse como la razón de ser de su nacimiento y de su muerte: el papel desempeñado en su día por el asentamiento. Si éste fue el de cobijar un importante santuario, según la hipótesis con que aquí trabajamos, los límites iniciales y finales de la ocupación pudieron tener que ver muy directamente con los fenómenos de implantación poblacional de las grupos humanos que habitaron la zona y con los intereses que les involucraron en la explotación de la comarca. Hemos abordado en este estudio el análisis del objeto de bronce procedente del Carambolo que los mismos obreros que intervinieron en las excavaciones de Carriazo denominaron «La Trompeta de Argantonio» (Carriazo 1973: 272). Ha sido nuestra intención aclarar la función de esta pieza, en la idea de que con ello contribuíamos a conocer más en profundidad el carácter que el sitio tuvo en su día, para lo cual hemos trabajado en la hipótesis que sostiene la existencia en dicho promontorio de un lugar de culto, una opinión no sólo propuesta por los investigadores especialidados en arqueología sino recogida también a partir de estos estudios por obras de tipo más general y divulgativo (Morales Padrón 1988: 48). De las tres hipótesis barajadas por Carriazo a la hora de buscarle paralelos formales y funcionales, la 34 ROCIO IZQUIERDO y JOSE LUIS ESCACENA AEspA, 71, 1998 que le atribuye el papel de un pie de quemaperfumes ritual resulta la más verosímil. Así, la presencia de un thymiaterion en El Carambolo contribuiría positivamente a sostener la existencia en el lugar de un recinto sagrado como Blanco imaginó, porque estas piezas de culto, asociadas a ritos de origen oriental e introducidas en la península ibérica a raíz de la expansión fenicia por el Mediterráneo oeste, se han localizado casi siempre -por lo menos cuando conocemos bien las circunstancias en que se hallaronen ambientes cultuales, fuesen o no funerarios. Estas circunstancias se observan por ejemplo en el ejemplar de Alhonoz. Este asentamiento sevillano proporcionó en la misma zona de procedencia del thymiaterion de bronce una serie de objetos de culto a lo largo de una secuencia estratigráfica que cubre casi todos los tiempos protohistóricos. En esa misma área el excavador localizó una enorme concentración de recipientes cerámicos que creyó en principio el lugar de fabricación y/o venta de un taller de alfarero (López Palomo 1981a: 55-81), que diversos autores han reinterpretado como un posible lote de ofrendas (Almagro-Gorbea y Domínguez de la Concha 1988-89: 365; Belén y Escacena e.p.b; De la Bandera 1994a: 57), sobre todo por las semejanzas que pueden establecerse entre dicho conjunto y otras concentraciones vasculares procedentes de sitios de clara función religiosa (cf. Beirão y otros 1985: 56-61). La pequenez de estos recipientes de Alhonoz y las decoraciones simbólicas que ostentan apuntan igualmente a esta función ritual (Escacena 1992). El ejemplar de Huelva procede de la tumba 17 de la necrópolis de La Joya, donde acompañaba, entre otros objetos, a un jarro y a un brasero, conformando las tres piezas -todas ellas en bronceel ajuar típico de los ritos funerarios de las sepulturas fenicias hispanas (Garrido y Orta 1978: 64, 91 y 177-178). Las piezas de Cástulo, por último, se localizaron igualmente en un ambiente funerario. La otra del Estacar de Robarinas (De la Bandera y Ferrer e.p.)^. En síntesis, los cuatro paralelos andaluces citados certifican, de alguna manera, que los lugares de procedencia forman parte de ambientes sagrados, unas veces como santuarios y otras como cementerios. Si esta condición puede ser aplicada al Carambolo, estaríamos en consecuencia ante un dato más que apoyaría la hipótesis propuesta en su día por Blanco de interpretar el «poblado alto» como un lugar de culto. Este hipotético centro ceremonial, situado a occidente de la Sevilla protohistórica, pudo estar en consecuencia directamente vinculado a esta ciudad y a sus necesidades cultuales, la de la comunidad fenicia que la fundó según sugiere el topónimo Spai y sostiene la tradición al menos desde Rodrigo Caro (1634: 3-4). En conjunto, la ciudad, situada al fondo del antiguo estuario del Guadalquivir, y -de ser así-su cercano santuario, ubicado frente a ella sobre una de las colinas más altas de la cornisa oriental del Aljarafe, al otro lado del río (fig. 7), responderían a las características básicas de localización de las colonias fenicias hispanas (Pellicer y otros 1977: 220-222). ^ Este pebetero fue interpretado primeramente por Blanco como parte de un caldero (Blanco 1963: 60). Fig. 7.-Reconstrucción de la paleodesembocadura del Guadalquivir en época tartésica (a partir de Ménanteau 1982), con la situación del yacimiento del que procede la pieza estudiada (1: El Carambolo) y de Sevilla, sobre una pequeña isla al fondo del antiguo estuario del río (2: Spai). Ambos enclaves deberían por tanto ser estudiados y comprendidos como un todo, si bien, rebasada la fecha de apogeo de la presencia oriental en las tierras del Bajo Guadalquivir a partir de mediados del siglo VI a.C, la antigua colonia comercial pudo seguir con vida a la vez que moría el santuario bajo
En este trabajo se dan a conocer unos vasos «à chardon» a torno depositados en uno de los escasísimos enterramientos conocidos de esa época en Extremadura, que contenía huesos femeninos, aparecido en el puerto de Santa Cruz, junto a un poblado indígena; materiales de un poblado orientalizante situado junto al vado de Talavera la Vieja, y una serie de objetos, también orientalizantes, procedentes de castros de la cuenca extremeña del Tajo. Todo ello permite esbozar un nuevo panorama sobre la extensión del comercio tartésico hacia el norte, a través de la Alta Extemadura, planteando la posibilidad de que existiera algún matrimonio mixto entre indígenas y mujeres tartésicas. Los trabajos de prospección que durante los últimos años hemos realizado en la Alta Extremadura y la revisión de los fondos del Museo Provincial de Cáceres nos han permitido conocer nuevos poblados y materiales tanto del Bronce Final como de la Edad del Hierro (Martín Bravo, e. p.). Entre los datos que hemos podido reunir destacan un conjunto de hallazgos orientalizantes procedentes tanto de poblados como de enterramientos, que proporcionan una interesante información sobre la llegada de influjos tartésicos desde el suroeste peninsular a las tierras del interior a través de la Alta Extremadura. Esos datos permitieron concebir la idea de que se produjo a partir del siglo viii a.C. una auténtica «colonización orientalizante» de esas ricas vegas (Almagro-Gorbea, 1996: 68). Sin embargo, hasta que en 1992 descendió drásticamente el nivel de aguas del embalse de Valdecañas, nada hacía suponer que existiera un enclave orientalizante similar al de Medellín bajo Talavera la Vieja, junto a un vado del Tajo. Por fortuna, también hemos podido documentar dos de los escasos vasos «a chardon» a torno conocidos en la Península, que acompañaban a un enterramiento cuyos huesos corresponden, según los análisis realizados, a una mujer joven, aparecido junto al puerto de Santa Cruz de la Sierra, en cuya cima se encuentra un poblado indígena. El hecho de que tanto el rito del enterramiento como el ajuar supongan una novedad en la región, donde se constatan hasta la fecha rituales funerarios de la población del Bronce Final y del Hierro Inicial, permite imaginar que se trata de un hallazgo excepcional, que nos trae a la memoria el rico tesoro áureo de Aliseda, aparecido también en la falda de un poblado indígena situado junto a otro puerto de acceso a la cuenca del Tajo. Gracias a éstos y otros hallazgos la Alta Extremadura ha dejado de ser un área vacía de información, porque existen datos para suponer que pudo ser una zona de expansión de las poblaciones orientalizantes de la cuenca del Guadiana, que debieron de ser las responsables de que aparecieran poblados o centros orientalizantes junto al Tajo, engranados con puntos intermedios de contacto con las poblaciones indígenas, para poder abrirse camino hacia el interior de la Meseta. Habrá que determinar por qué aparece junto a algunos de esos puertos de la cuenca extremeña del Tajo, al pie de un poblado indígena, un enterramiento femenino, excepcional tanto por su escaso número como por el rico ajuar que lo acompaña. Si nos fijamos en un mapa del occidente peninsular, en el que se marquen los ríos y sierras, observaremos que resulta una empresa difícil ir desde el suroeste hacia el norte por vía terrestre. Las primeras dificultades son las pequeñas sierras que delimitan la Meseta por el suroeste, especialmente la Sierra de Aroche, aunque son serrezuelas fácilmente accesibles por diversos puntos, por lo que llegar a las vegas del Guadiana no entraña una especial complicación. Tampoco lo es salvar el río, porque se puede vadear por varias zonas, junto a las cuales surgieron asentamientos orientalizantes ^ Para llegar a la cuenca del Tajo desde el Guadiana sí hay que atravesar importantes barreras orográficas, como son la Sierra de San Pedro, la de Montánchez y la de Guadalupe, siendo imprescindible buscar los puertos para cruzarlas con cierta comodidad. Más hacia el norte, el Tajo supone otro nuevo obstáculo, más difícil aún de atravesar, ya que tan sólo es vadeable por dos puntos: Talavera la Vieja y Alconétar. Pero la mayor barrera orográfica se sitúa más hacia el norte, en el Sistema Central, en la importante Sierra de Gredos, que sólo se puede cruzar por el puerto de Béjar, el pasillo natural del Jerte o el puerto del Pico (fig. 1). En definitiva, puertos y vados de montaña desempeñaron un papel fundamental en cualquier tipo de relación interregional canalizada a través de Extremadura. De ahí la importancia de estos pasos, que se convertirán en puntos nodales de las comu-Fig. 1.-Mapa del occidente peninsular, donde se aprecian los montes y ríos que hay que cruzar para llegar hasta Extremadura y la localización de los yacimientos orien-taUzantes de la cuenca del Tajo: 1. El Torrejón de Abajo 5. nicaciones, reiteradamente ocupados en diversas épocas (Galán y Martín, 1991-92). También es imprecindible señalar que el poblamiento de la región durante el Hierro Inicial ^ se caracterizaba por sus poblados situados en puntos dominantes del paisaje, algunos de los cuales ya estuvieron ocupados durante el Bronce Final, con la novedad de que en esta nueva fase comienzan a estar amurallados. Conviviendo con ellos aparecen algunos poblados que rechazan los emplazamientos en altura en favor de cerros junto a los ríos que tengan las márgenes suficientemente abruptas para proporcio-^ Hemos denominado con este término el periodo que abarca desde el siglo viii hasta finales del v a.C. nar buena defensa (Martín Bravo, 1994;e. p.). Frente al alto número de poblados bien protegidos por el relieve y las incipientes murallas, son muy escasos los poblados abiertos distribuidos por la llanura que han proporcionado una cerámica a mano similar a la de los castros. En ese marco de referencia resultan muy llamativos los escasos enclaves de carácter orientalizante situados en puntos desprovistos de defensa natural, donde aparecen cerámicas a torno en lugar de las cerámicas locales. Por eso, a estos sitios los denominaremos de «carácter orientalizante», claramente distintos de los poblados indígenas. Ello no impide que en los castros también puedan aparecer materiales orientalizantes, pero serán objetos exóticos que aparecen en un contexto indígena. En cambio, del mundo funerario de la población local poco podemos decir, porque hasta la fecha casi nada se sabe. Es fundamental tener presente esas peculiares características de la geografía y del poblamiento del área extremeña, porque en ese contexto hay que enmarcar los hallazgos que presentamos a continuación para entender todo su significado. EL ENTERRAMIENTO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA La Sierra de Santa Cruz es un «monte isla» (Gómez, 1985: 174) desgajado por el este del macizo de la Sierra de Montánchez, desde donde se domina toda la llanura trujillana hacia el norte y la depresión del Guadiana hacia el sur. El interés fundamental de este sitio reside en que a sus pies se encuentra el Puerto de Santa Cruz, zona de paso hacia la cuenca del Guadiana por la desembocadura del Zújar, de ahí la importancia fundamental de este enclave, controlando el paso hacia la actual Andalucía. En el extremo norte de la Sierra de Santa Cruz se asentó un pequeño castro durante el Hierro Inicial, aprovechando las inmejorables condiciones de defensa que le ofrecen los cortados verticales de los granitos, que fue reocupado durante el Hierro Pleno (Martín Bravo, e. p.) y la Edad Media (Roso de Luna, 1902). El material más significativo del castro está depositado en el Museo Provincial de Cáceres gracias a una donación de M. Roso de Luna. Destacan un fragmento de plato gris de casquete esférico con el borde ligeramente engrosado en la parte interna y un suave cambio de dirección de la pared bajo él, similar a los del tipo IC establecido por Lorrio en la necrópolis de Medellín (1988-89: 290), más un fragmento de plato de barniz rojo con un pequeño borde biselado ^ (figs. 2, 3-4). ^ Estos dos fragmentos estaban dentro de una bolsa con el n° 509 de inventario del Museo de Cáceres, mezclados con otros abundantes fragmentos de la Edad del Bronce. Además, se localizó de forma fortuita a principios de los años cincuenta un enterramiento de incineración en urna en la ladera de la sierra, a los pies del castro (Mena, 1959). Según Mena, el conjunto estaba formado por la base de una urna que contenía los restos de la cremación, otros dos vasos más pequeños colocados a cada lado, más un plato que formaban parte del ajuar y una figurilla con forma de pájaro en arcilla depositada junto a los huesos. Al parecer, la urna grande estaba tapada con el plato y las pequeñas con lajas de pizarras. Las tres se habían depositado en un hoyo y cada una se sujetaba con piedras. Ni la urna central, ni el plato, ni la figurita de pájaro aparecen, en cambio, con el resto de los materiales depositados en el Museo Provincial de Cáceres. 861) está fabricada a torno, es muy pesada, y se caracteriza por un cuello acampanado alto y un cuerpo globular separados por un marcado bisel, con toda la superfície cubierta por bandas rojas salvo en la zona de la base. 862) también está fabricada a torno y es de forma similar, aunque la panza es más ovoide y no se marca el bisel, también cubierta por bandas rojas salvo en la zona inferior (fig. 2, 1-2). Sus formas son muy similares a los dos vasos «à chardon» que aparecen en la necrópolis de incineración de la base del Túmulo A de Seteñlla (Aubet, 1981a: 94), al que apareció en el Túmulo B (Aubet, 1981b: 213) y al vaso 12 que procede de la tumba 1 de La Joya (Orta y Garrido, 1963: 21). Este tipo de urnas han sido estudiadas por Aubet, quien las considera productos de algún taller del Bajo Guadalquivir (Aubet, 1976: 24); son piezas muy escasas en la Península y sus dimensiones son poco usuales, según la misma autora, ya que son más grandes que las del Mediterráneo. El origen de estos vasos es feno-púnico; alcanzaron un extraordinario éxito por el Mediterráneo en el siglo viii y se generalizaron en el siglo vii a.C. {ibid.\ 16), desapareciendo paultinamente a lo largo de ese siglo. Las tumbas de incineración donde aparecieron estos vasos en Setefilla se han fechado durante el siglo VII a.C. (Aubet, 1995: 401). Sin embargo, las últimas revisiones de los túmulos A y B de esta necrópolis los sitúan cronológicamente a finales del siglo VIII a.C. (Torres, 1996: 149), quizás más acorde con la fecha generalmente admitida para ese tipo de vasos en el Mediterráneo. Las formas, el tipo de pintura y la forma de cocción (con el interior gris y el exterior anaranjado) de las de Santa Cruz son casi idénticas a las de Setefilla ^, por lo que no parece ^ El hecho de que no se aprecien restos de pintura negra tal vez deba atribuirse a la limpieza agresiva que sufrieron los vasos en el momento en el que se recuperaron, que deterioró incluso parte del engobe rojo. descabellado suponer que fueron fabricadas y distribuidas desde la misma área. Esa forma caliciforme se imita después en algunas urnas de la necrópolis de Mengabril (Almagro-Gorbea, 1977: 283, fig. 100) o en la desembocadura del río Aljucén (Enriquez, 1991: fig. 4), aunque ya sin pintura y de sabor local, fechadas en el siglo vi a.C. Por tanto, habría que considerar que las urnas de Santa Cruz son productos importados desde el Bajo Guadalquivir a finales del siglo viii o comienzos del vii a.C. Lo realmente destacado de este enterramiento es el resultado del estudio de los huesos que contenía la urna. B. Robledo y G.J. Tancho han realizado un análisis antropológico que ponía de manifiesto que «en relación al desarrollo de la glabela, de las zonas de inserción muscular y las dimensiones de los restos de epífisis... pueden asignarse sin duda al sexo femenino dada su gracilidad». En cuanto a la edad de este mujer, los autores señalan en su informe que «se puede asumir una edad mínima de 25 años» y, a juzgar por el análisis del tejido cortical, en el que no se aprecian indicios de osteoporosis, «no mayor de 30 años». Otros datos de interés que se incluyen en el informe emitido son que no se observa ningún tipo de patología apreciable en el análisis macroscópico y que el cadáver fue incinerado a una temperatura de unos 600°, puesto que la coloración de los huesos demuestra que estuvieron sometidos a un calor claramente inferior a los SOO''^. Por tanto, parece clara la vinculación de este enterramiento con una mujer y, a este respecto hay que recordar que también en Setefilla esos vasos a torno a «chardon» van asociados siempre a mujeres (Aubet, 1995: 404). Se podría pensar que los vasos de Santa Cruz llegaron hasta allí de la misma forma que lo hicieron otros objetos de lujo que aparecen en poblados del interior peninsular, fruto del intercambio. Sin embargo, la presencia de esos raros vasos en una tumba aislada, precisamente en este lugar tan estratégico, no queda suficientemente justificada argumentando que es un ejemplo de la práctica del comercio, ya que dejaría sin explicar dos hechos fundamentales: la existencia de un enterramiento en un contexto donde no se ha documentado ningún otro y el que esté acompañado de unos vasos sumamente escasos que siempre se asocian a mujeres. Estos datos parecen sugerir más bien que la enterrada fuera una mujer que procedía del área tartésica y se trasladó a vivir al castro trayendo entre su dote esos vasos, que luego se depositaron junto a su ca-^ Beatriz Robledo y Gonzalo J. Tancho «Análisis antropológico de la incineración del yacimiento de Sierra de Santa Cruz (Cáceres)», (Martín Bravo, e. p., Apéndice I). dáver, incinerado respetando sus tradiciones funerarias. A juzgar por el valor simbólico y de prestigio que debieron tener esos recipientes, la enterrada debió de gozar de una posición social destacada. De ser ciertas esas hipótesis, habría que explicar qué motivos llevaron a esa mujer hasta el puerto de Santa Cruz. Quizás el argumento que mejor responda a esta cuestión sea el de que llegó posiblemente para unirse con algún «señor» del castro, justo en un momento en el que se observa que el comercio tartésito estaba tratando de abrise camino hacia el norte. Por ello, se podría aventurar que a raíz de la difusión de los intercambios surgiría la necesidad de establecer alianzas con los poderes locales, imprescindibles en cualquier empresa comercial con tierras lejanas (Wagner, 1995: 117). Por tanto, habría que imaginar que existieron casos de matrimonios mixtos, cuyo objetivo pudo ser el facilitar la expansión del comercio tartésico, siendo probablemente jóvenes de alto rango las desposadas, que trajeron con ellas sus objetos de prestigio, como ya había argumentado Ruiz-Gálvez (1992: 238). EL ENTERRAMIENTO DE ALISEDA El conjunto de casi trescientas joyas de oro aparecidas en Aliseda, acompañadas de otras piezas de plata o vidrio de origen tartésico u oriental (Mélida, 1921) parecen haber formado parte de un ajuar funerario que Almagro-Gorbea consideró de carácter femenino (1977: 204), posteriormente interpretado por Ruiz-Gálvez como ejemplo de intercambio de mujeres (1992: 238). A pesar de que en este caso no se han podido analizar los huesos de la tumba, ya que no se recogieron, se repiten algunas de las características observadas en Santa Cruz, lo que permite imaginar que se trate de un fenómeno similar, aunque el enterramiento en sí pudiera tener sus peculiaridades propias, diferente tanto en la forma como quizás en el número de los individuos enterrados. El enterramiento se halló también en las faldas de una sierra, la del Aljibe, en cuya cima existe un poblado que ocupa la zona más alta de la sierra (Fig. 2), aprovechando un amplio rellano que existe junto a los crestones (Martín Bravo, 1994: 256). Este punto también es un lugar estratégico de primer orden, puesto que desde él se domina, hacia el norte, toda la penillanura hasta la Sierra de Cañaveral; por el sur, el puerto que permite el acceso a la cuenca del Tajo desde la del Guadiana. El material cerámico es muy abundante por todo este cerro, donde pudimos recoger más de un centenar de fragmentos. Perea considera, en cambio, que las piezas tienen cronologías distintas, las más antiguas ciertamente del siglo vii, aunque propone que alguna pudo fabricarse a comienzos del VI (1991: 211). Castro situado en el extremo sur de la Sierra de la Mosca, desde donde se divisa la amplia penillanura trujillano-cacereña, además de ofrecer una extraordinaria defensa natural a sus pobladores, protegidos por las abruptas pendientes de la serrezuela. La defensa se reforzó con una muralla construida con bloques de cuarcita unidos en seco, que desaparece en los flancos donde los abruptos cortados verticales la harían innecesaria. Las excavaciones realizadas en el poblado han confirmado que se ocupó durante el Bronce Final y el Hierro Inicial, documentándose estructuras de habitación de planta circular de esta última etapa (Rodríguez, 1994: 113 ss.). Sin embargo, la mejor fuente de información sobre este yacimiento es un importantísimo lote de materiales de bronce depositados en el Museo Provincial de Cáceres. Aunque se desconoce su contexto, es interesante analizar algunos de ellos porque aportan una valiosa información sobre las relaciones del poblado con el exterior. Se conocen cinco fíbulas, dos de doble resorte, con el puente y el resorte filiforme (fig. 3, 1-2). Son idénticas a las documentadas en la Fase I de la necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea, 1991: fig. 7) y yacimientos orientalizantes de la cuenca del Guadiana, como la de Gargáligas o San Cristóbal de Badajoz (Enriquez, 1991: 182). También en las necrópolis andaluzas son emblemáticas estas fíbulas que se fechan desde mediados del siglo vm hasta finales del vi a.C. (Ruiz Delgado, 1989: 105 y 212). Las otras tres fíbulas son anulares hispánicas con puente de cinta, en dos de ellas unido al anillo mediante un resorte de muelle del que arranca la mortaja y la aguja, mientras que en la tercera el puente forma una pieza única con el anillo. Estos dos tipos de fíbulas se fechan en Medellín en la segunda mitad del siglo VI y comienzos del v a.C. (Almagro-Gorbea, 1977: 398). Apareció también un broche de cinturón de tres garfios y escotaduras laterales cerradas, decoradas en los bordes con dos ensanchamientos circulares. Está adornada con una profunda línea incisa y un motivo sogueado junto a ella que contornea la parte interna de la placa y las escotaduras. La necrópolis de Medellín es el lugar más cercano donde aparecen estos broches, que se han podido datar allí conviviendo con las fíbulas anulares hispánicas. Otros elementos a destacar son ocho botones cónicos con una trabilla muy desarrollada, de 35, 30, 22, 18 y 15 mm de diámetro, más otro de 53 mm, muy deformados al parecer por la acción del fuego, dado que están semifundidos (fig. 3, 7-15). Son muy parecidos a los que se encuentran en Cancho Roano, en su forma y en el tamaño (Maluquer, 1981: 66 ss.; Celestino y Jiménez, 1993: fig. 29), hasta el punto de que parecen realizados en un mismo taller. En Cancho Roano estos botones están asociados en la habitación N-5 a cerámicas griegas datadas a finales del siglo v a.C. por lo que habría que datar los botones a lo largo de esa centuria, fecha que también pueden tener los del Risco. Más interesante aún es un conjunto de ponderales formado por tres piezas circulares de plomo, dos de ellas con perforación central (fig. 4, 4-6). Las dos que están perforadas pesan 7,7 gr y 15,2 gr, es decir, una el doble que la otra. Hay que destacar, además, que estos pesos encajan perfectamente dentro del sistema metrologico que estaba en vigor por la misma fecha en Cancho Roano, ya que pesan aproximadamente la mitad y la cuarta parte de la unidad de 31 gr identificada por Maluquer (1983: 84; Celestino y Jiménez, 1993: 106). Es interesante esta constatación porque parece ratificar el uso de un sistema de pesas y medidas común a los poblados del periodo orientalizante en la región, que también se ha documentado recientemente en otros yacimientos como en el Turuñuelo (Jiménez y Domínguez, 1995: 140). Mayor interés tiene el hecho de que estos pesos cuadren con el sistema metrologico que presenta el shequel hispano-cartaginés, cuya unidad en España en el siglo m es de 7,5 gr (Villaronga, 1979: 104), de origen cartaginés, pero del que desconocemos su procedencia y pertenencia a un sistema metrologico concreto. Esa unidad es básicamente la que caracteriza al sistema metrologico fenicio-púnico, con leves variaciones en todo el Mediterráneo desde Cerdeña (Zaccagnini, 1991: 344) hasta la península ibérica (Pellicer i Bru, 1992: 59). Existe una tercera pieza discoidal que no está perforada y pesa 25,2 gr, medida que no encaja con el sistema de valores anteriores. Además de los ponderales se han recuperado dos platillos de 8,5 cm de diámetro hechos en una lámina de bronce muy fina y con dos perforaciones para sujetarlos, una frente a la otra (fig. 4, 1-2). Las únicas piezas similares que conocemos proceden de Cancho Roano (Maluquer, 1981: 337, fig. 43) que Maluquer consideró platillos de balanza; por sus características y dado que ha aparecido el sistemas de pesas en el poblado, efectivamente podrían haber formado parte de una balanza de dos platillos. Se conocen también seis fragmentos de asadores, de sección rectangular y rematados en un apéndice plano de forma circular. Como sucede con otros objetos de este yacimiento, son idénticos a los documentados en Cancho Roano, tanto en el exterior del recinto (Celestino y Jimémez, 1993: 100) como en su interior (Maluquer, 1982). Estas piezas son características del ambiente orientalizante del suroeste y su cronología es por tanto muy amplia, pero en el yacimiento deben fecharse entre el siglo vi e inicios del v a.C, en consonancia con la cronología que ofrecen otros objetos de este poblado y coincidiendo con la época de mayor difusión de estos instrumentos (Almagro-Gorbea, 1974; Celestino y Jiménez, 1993: 99). A parte de los materiales mencionados, existen otras piezas de difícil clasificación por estar partidas o porque se desconoce su funcionalidad. Entre ellas destacan nueve fragmentos de placas rectangulares, deformadas por acción del fuego, que presentan una de las caras molduradas con baquetones (fig. 4, 19-27). Apareció también un colgante formado por una esferilla central calada hecha con tiras de bronce que en los extremos se unen a una pequeña prolongación cónica por donde se ensarta la esferilla (fig. 3, 21) que recuerda los apliques de suspensión que llevan las placas áureas de la Sierra de la Martela, también de clara raigambre orientalizante. Se han encontrado también algunas argollas de bronce y de hierro, una especie de cuchillo de filo curvo en bronce (fig. 3, 16), un lingote rectangular de plomo de 183,6 gr y algunas pequeñas piezas de plata como un botón, un fragmento de argolla y un fragmento de lingote informe (fìg. 4, 16-18), además de multitud de varillas de bronce que pudieron servir para acumular y transportar dicho metal. En general, estos materiales permiten conocer la intensidad de los contactos entre la población local y las gentes llegadas de fuera, que comenzaron en el siglo vil y perduraron hasta el v a.C. En este caso, además, no se puede desvincular del hecho de que se construyera frente al castro un destacado edifìcio orientalizante en el Torrejón de Abajo. Como consecuencia de ello se produjo la asimilación de las nuevas formas de vestir, plasmada en las fíbulas, broches de cinturón y otros adornos personales. Los asadores también parecen estar vinculados con algún tipo de ritual relacionado con la comida en común, como se comprueba en Cancho Roano (Celestino y Jiménez, 1993: 101) y en la mayoría de los hallazgos del suroeste. Sin embargo, es probable que las repercusiones más rápidas y profundas estuvieran relacionadas con el mundo de la economía a raíz de la activación de los intercambios; en este sentido, la aparición de un sistema de medidas de peso que encaja con el utilizado en centros como Cancho Roano o el Turuñuelo sugiere que existió un sistema común que se impuso desde los enclaves orientalizantes para facilitar el comercio, perdurando hasta finales del siglo V a.C, es decir, un siglo después de que el comercio tartésico hubiera desaparecido. Estos datos coinciden con los obtenidos durante la excavación, en la que aparecieron cerámicas a tomo de gran calidad que sus excavadores consideran de origen foráneo traídas a través del comercio (Rodríguez, 1994: 114). Toda esta información es de sumo interés porque ayuda a conocer la profunda interrelación que existió entre la población indígena y los comerciantes llegados desde el mundo tartésico o su hinterland a la Alta Extremadura, donde hasta ahora apenas se había intuido la existencia de esos contactos. EL TORREJÓN DE ABAJO (SIERRA DE FUENTES) A 6 kms en línea recta del castro del Risco se construyó el edificio del Torrejón de Abajo, fechado en el siglo vi a.C. (García-Hoz y Alvarez, 1991: 199), aunque habría que pensar que las fechas más recientes aportadas por los materiales del Risco, que apuntan ya hacia el siglo v a.C, también pueden ser válidas para el Torrejón, dada esa profunda interrelación entre los dos yacimientos. Está situado sobre una loma que se alza sobre la gran llanura cacereña-trujillana, en una zona de paso entre el vado de Medellín y el de Alconétar, por lo que los autores de la excavación han insistido en señalar que la ubicación del edificio pudo estar relacionada con el control de esa vía natural de penetración hacia el norte (García-Hoz y Alvarez, 1991: 203). De este yacimiento se han excavado hasta el momento tres estancias rectangulares adosadas, a las que se accede por una entrada en codo precedida de una plataforma enlosada. La habitación más cercana a la puerta es la de mayores dimensiones y en ella apareció un lecho funerario que lleva en los extremos representaciones exentas de dos cabezas femeninas y dos prótomos de leones de tradición oriental. En las otras dos aparecieron grandes recipientes de almacenaje junto a cerámicas finas de importación. El emplazamiento, la ausencia de construcciones defensivas, la planta del edificio y los materiales que se encontraban en él son totalmente diferentes a los de los poblados indígenas de la cuenca del Tajo. En cambio, edificios monumentales de esa época sí existían en la cuenca del Guadiana ^. Representa, por tanto, la llegada de comerciantes del mundo orientalizante a la cuenca del Tajo, si bien es verdad que es un enclave muy concreto desde donde se controla una importante zona de paso en las comunicaciones norte-sur, por lo que sus excavadores consideran que el edificio estaría dotado de cierto carácter sacro (García-Hoz y Alvarez, 1991: 203). Su misión pudo ser la de asegurar el desarrollo de una actividad comercial pacífica, como sucede en otros enclaves del área tartésica andaluza, donde se ha podido constatar el importante papel desempeñado por los templos para poder desarrollar los intercambios en territorios que no están controlados políticamente (Aubet, 1990: 38). LA NECRÓPOLIS DEL VADO DE TALAVERA LA VIEJA Restos de una necrópolis orientalizante han aparecido bajo las ruinas del pueblo de Talavera la Vieja y los restos romanos de la ciudad de Augustóbriga, situados en la margen izquierda del Tajo, todos ellos actualmente sumergidos bajo las aguas del embalse de Valdecañas. En la zona donde terminan las construcciones romanas y modernas, ya en el borde mismo de la cubeta del río, han aparecido abundantes cerámicas orientalizantes, muy fragmentadas pero que por su abundancia y calidad testimonian la existencia de un importante asentamiento. Las cerámicas pertenecen en su mayoría a urnas grises y platos de casquete esférico de formas idénticas a las documentadas en la necrópolis de Medellín. Los materiales aparecían envueltos en una capa rojiza de arcilla, rodeados de abundantes carboncillos y algunos huesos calcinados y fragmentados, cubiertos por cantos de río, que a veces adoptaban una forma rectangular. Estas evidencias hacen pensar que se utilizara un ritual de incineración con deposición de los restos en una urna, protegida por construcciones de arcilla y guijarros de ríos similares a los encachados documentados en la necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea, 1977: Lám. El grueso de la cerámica corresponde a urnas y platos grises cuyos mejores paralelos se encuentran también en la necrópolis de Medellín; de hecho, las formas aparecidas en Augustóbriga encajan perfectamente en el cuadro de formas tipológicas esta-blecidas^ en aquella necrópolis. Entre los fragmentos de platos más significativos que hemos recuperado (Martín Bravo, e. p.) destacan uno del Tipo IC, otro del Tipo 2 y dos del Tipo 3 de Lorrio (1988-89). Los fragmentos de urnas eran mucho más numerosos pero ha sido más difícil documentar formas completas; sólo se ha podido reconstruir el perfil completo de alguna urna ligeramente ovoide con cuello estrangulado y borde saliente (fig. 5, 1) que constituye el tipo más habitual en las necrópolis orientalizantes del Guadiana. Otro importante hallazgo es el asa geminada de una urna de tipo Cruz del Negro ^ (fig. 5, 11). Junto a una de las urnas se recogió la punta de un cuchillo de hierro y un garfio de bronce, además de una falange distal quemada de un ovicaprino muy joven, que debió de depositarse quizás también en la pira. A ello hay que añadir otro lote procedente quizás del poblado, en el que se incluyen fragmentos de grandes vasijas de almacenaje a mano, y otros de cuencos de paredes extremadamente finas y de gran calidad que recuerdan los fragmentos de las cerámi-^ Además del citado Cancho Roano, en los últimos años se están estudiando nuevos edificios monumentales de influencia orientalizante en la provincia de Badajoz. Destaca el hecho de que el de Campanario, que se encuentra en fase de excavación, tenga algún parecido con el de Torrejón de Abajo (Rodríguez, 1994: 114; Celestino, 1995: 81). ^ Hubiera sido necesaria una intervención arqueológica para poder documentar con rigor esos encachados, ya que a veces era diñ'cil discernirlos entre la acumulación de revuelto. Por ello, en septiembre de 1995 se informó a la Junta de Extremadura del expolio que estaba sufriendo el yacimiento y solicitamos una intervención arqueológica de urgencia que no fue concedida. Poco tiempo después, el agua del embalse de Valdecañas volvió a cubrir este sitio. ^ Queremos agradecer a A. Madrigal, que está estudiando las urnas de tipo Cruz del Negro de la necrópolis de Medellín (Badajoz), el haber confirmado la adscripción de esta pieza a dicho tipo. -Gorbea, 1977: 454; Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 108), sobre todo por las peculiares características de sus pastas de buena calidad pero con numerosos desgrasantes y la superficie alisada, inconfundible aunque no conserva pintura. Más significativo si cabe es un cuenco de carena alta y borde recto (fig. 5, 10) semejante a las aparecidas en el enclave de Portaceli de Medellín o en los niveles más antiguos de la estratigrafía de ese poblado (Almagro-Gorbea, 1977: 461) que se inscriben en el conjunto de cazuelas de tradición tartésica cuya cronología se puede remontar al siglo VII a.C. De carácter más excepcional, debido a que sólo apareció un fragmento, es un asa de ánfora de sección circular de pasta anaranjada de tipo fenopúnico (fig. 5, 12). Es similar a las asas de ánforas encontradas en otros yacimientos extremeños como Cancho Roano (Celestino y Jiménez, 1993: 126; Guerrero, 1991), la Alcazaba de Badajoz (Berrocal, 1994: fig. 9) o Medellín (Almagro-Gorbea, 1977: 469; Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 111), fechadas a lo largo de los siglos vi y v a.C. Por tanto, los materiales más antiguos indican que este lugar estuvo ocupado desde mediados del siglo VII a.C; existen otras cerámicas más recientes que parecen de un momento avanzado del Hierro Pleno, época a la que también pertenecen los famosos verracos de piedra (López Monteagudo, 1989: 87), aunque no existen evidencias suficientes para afirmar que existió una ocupación continuada entre las dos fases. EL ENTERRAMIENTO DE LA CASA DEL CARPIO El enterramiento de La Casa del Carpio (Fernández-Miranda y Pereira, 1992: 63 ss.) está muy cerca del vado de Azután y en una zona por donde es fácil cruzar el Tajo justo antes de encajonarse en el terreno extremeño, a unos 40 km hacia el este de Talavera la Vieja, razón por la que tienen una especial relevancia en el contexto de los datos que estamos analizando. En la tumba de la Casa del Carpio también se ha documentado que la difunta era una mujer, que en este caso se enterró con un recién nacido. El enterramiento tiene forma de fosa escalonada, donde se colocó un importante conjunto de ofrendas puestas en los escalones de la tumba, destacando un lote de vasos a mano pintados con motivos geométricos bícromos, seis grandes urnas que contenían anillos y brazaletes de bronce, vasijas que imitan las de la zona andaluza, una de ellas con una jarrita dentro que está decorada con incrustaciones de botones de bronce, un pequeño recipiente que posiblemente se utilizara como unguentario y, entre las piezas metálicas, un garfio posiblemente de un broche de cinturón de tres garfios, un fragmento indeterminado de fíbula, una vasija de bronce, un vaso de plata y dos posibles cuchillos de hierro (Pereira y Alvaro, 1986; Pereira, 1989). Aunque este enterramiento se diferencia del observado en Santa Cruz y en los restos de la tumba de Aliseda, en cambio se repiten las circunstancias de ser un enterramiento femenino y que se trate de una tumba aislada en un contexto en el que no ha aparecido ningún enterramiento ni contemporáneo ni siquiera del periodo anterior, por lo que se desconocen absolutamente las tradiciones funerarias de la población local, aunque esa falta absoluta de enterramientos parece indicar que no fue ni el de la inhumanición ni el de la cremación. De hecho, sus excavadores consideran que el rito utilizado en esa tumba supuso una novedad, que atribuyen también a una posible influencia orientalizante en estas tierras (Fernández-Miranda y Pereira, 1992: 67). El enterramiento aparecido en Santa Cruz de la Sierra ha permitido documentar la existencia de una mujer joven sepultada según el ritual orientalizante junto a un poblado indígena, justo en la zona limítrofe entre las Vegas del Guadiana, profundamente aculturadas, y las regiones del interior. Parecidas características reúnen tanto el poblado como el enterramiento de Aliseda, lo que permite suponer que se trate de otro caso similar al de Santa Cruz. A ellos hay que añadir otro enterramiento femenino localizado en la Casa del Carpio, diferente a los dos anteriores, pero que repite el esquema de mujer asociada a elementos orientalizantes en tierras del interior, donde no se realizaban ese tipo de prácticas funerarias. Lo interesante es que estas tumbas aparecen junto a poblados indígenas que controlan puertos o vados importantes de la cuenca del Tajo, bien diferenciados de los asentamientos de carácter orientalizante tanto de la cuenca del Guadiana como el del vado de Talavera la Vieja. Esas mujeres están acompañadas de un ajuar rico, formado por piezas de origen tartésico, que en el caso de los vasos de Santa Cruz son piezas de un tipo muy escaso, siempre asociado a mujeres (Aubet, 1995: 404), posiblemente de alto rango. Por ese motivo ya indicamos que no parece quedar justificada la presencia de ese material en estas tierras simplemente como fruto de los intercambios, sobre todo en una fecha tan temprana y con unos materiales tan inusuales como las urnas a «chardon» a tomo. Las especiales características de estos enterramientos sugieren que el ajuar probablemente llegara con su propietaria, que posteriormente se enterró con él conforme a sus tradiciones. Esa hipótesis sugiere que esas mujeres se habían desplazado desde su núcleo de origen, quizás para unirse a algún personaje de su mismo rango del poblado indígena. Es posible que con ello se buscara establecer relaciones entre los tartésicos y la población local, materializadas a través de matrimonios mixtos, fenómeno ampliamente documentado en otras áreas de expansión del comercio mediterráneo (Coldstream, 1993), argumento que también Ruiz-Gálvez había propuesto para el tesoro de Aliseda (1992: 238)^. La reiteración de ese fenómeno permite plantear que tal vez estas mujeres llegaron hasta allí para garantizar esas relaciones, creando vínculos de sangre con la elite local de las zonas de paso y áreas fronterizas. En el caso de Santa Cruz debió de influir la estratégica posición que este lugar ocupa, al estar junto a uno de los primeros puertos que hay que cruzar para adentrarse en la Alta Extremadura y condiciones parecidas reúne también el puerto de Aliseda. La Casa del Carpio se encuentra a unos 40 km al oeste del vado de Talavera la Vieja, lugar donde definitivamente surgiría un enclave orientalizante, y está en línea recta hacia el norte con el pasillo natural del Cíjara, que comunica el Guadiana con el Tajo. Diferente es el caso del singular edificio del Torrejón de Abajo, situado en el centro de la penillanura cacereña, posiblemente surgido como punto intermedio que centralizara las actividades de intercambio y permitiera la fluidez de las relaciones con la población local. Estos nuevos hallazgos permiten conocer con mayor detalle el proceso de expansión tartésica desde su foco original, primero creando una red de asentamientos junto al Guadiana y, posteriormente, introduciéndose hacia el norte de Extremadura, proceso intuido ya desde hace años pero en el que ahora se puede profundizar con datos nuevos. Los núcleos de carácter orientalizante raramente sobrepasan la línea del Guadiana, en cuyas márgenes existió un verdadero núcleo de expansión tartésica (Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 124; Almagro-Gorbea, 1996: 68). Hacia el norte tan sólo aparecen 50 ANA MARIA MARTIN BRAVO AEspA, 71, 1998 Fig. 6.-Mapa de la zona tartésica nuclear en torno al Bajo Guadalquivir, zona de expansión por la costa portuguesa, y el Guadiana Medio, y su zona de influencia hacia el Tajo: 1) distribución de los poblados «orientalizantes», 2) objetos de influencia oriental, y 3) enterramientos femeninos con elementos orientalizantes aparecidos junto a poblados indígenas. Bronce Final, las evidencias de comercio tartésico son mucho más escasas que en la mitad este y siempre aparecen en poblados de claro carácter indígena, totalmente diferentes a los de la cuenca del Guadiana. En cambio, parece que la zona oriental de la cuenca del Tajo fue más permeable a estos contactos. De hecho, los hallazgos de bronces de tipología atlántica se concentraban en la zona oeste de la provincia de Cáceres y la zona portuguesa, mientras que más allá de Monfragüe casi no aparecen. Prácticamente al contrario sucede con los hallazgos orientalizantes. A este factor cultural se añade otro de carácter geográfico: para quien quiera llegar a la Meseta a través de la Alta Extremadura es preferible hacerlo por los pasos orientales de la cuenca y desde allí dirigirse hacia Talavera de la Reina o bien hacia los puertos de Credos que desembocan en las tierras de Ávila. Por ello, se puede sugerir que la influencia orientalizante se canalizó siguiendo los principales puntos de paso en las vías de comunicación norte-sur, lo que originó un modelo de penetración a través de los principales puertos y vados cuya consecuencia fue que, en estas zonas tan alejadas del mundo tartésico, al margen de esas rutas naturales, las influencias apenas calaron en la sociedad indígena. De ahí la desigual influencia orientalizante que se observa entre el área oriental y la occidental de la Alta Extremadura, existiendo zonas en la Alta y Baja Extremadura que apenas transformaron sus formas de vida, limitándose a incorporar los objetos de prestigio y algunas innovaciones técnicas. En definitiva, los datos expuestos parecen indicar que el comercio tartésico se difundió entre diferentes pueblos establecidos a lo largo de la ruta natural de comunicación desde el suroeste hacia la Meseta a través de Extremadura, remontándose los primeros contactos con la Alta Extremadura a finales del siglo VIII o, con mayor seguridad, comienzos del vii a.C. y consolidándose a lo largo del siglo VI a.C. Aunque esos caminos se transitaban ya desde mucho antes, se revitalizarán en este periodo, en detrimento de aquellos otros que habían conectado la Alta Extremadura con el interior de Portugal y la fachada atlántica durante el final de la Edad del Bronce. Es posible que en ese proceso desempeñara un importante papel la llegada de mujeres desde el ámbito tartésico a algunos poblados situados en puntos estratégicos que, además de garantizar la fluidez de las relaciones con los jerarcas locales, se convirtieron en un vehículo de aculturación (Wagner, 1995: 117) al traer con ellas sus tradiciones, entre otras, el ritual funerario. Por tanto, a raíz de la expansión de los intercambios se ejerció una importante influencia sobre la población del hinterland tartésico. Con ellos se difundieron, aparte de los objetos de prestigio, nuevos cono- cimientos en el campo de la metalurgia, la fabricación de cerámicas y de telas, nuevos cultivos y especies domésticas, además del uso de un sistema nuevo de pesos y la escritura, que según la intensidad de los contactos transformaron las formas de vida de la población indígena. Antes de terminar, queremos llamar la atención sobre la posibilidad de que en otras áreas peninsulares se hubieran podido producir también fenómenos parecidos de expansión tartésica que, dada la fragilidad de los testimonios arqueológicos, son difíciles de reconocer. En este sentido, llama la atención que en el interior de la provincia de Albacete se haya documentado un enterramiento en una urna que recuerda los vasos a «chardon», asociada a un broche de cinturón de tartésico, fechado en el siglo vii a.C. (Soria y García, 1995). Aunque el conjunto carece de contexto y se desconoce la procedencia exacta de esos materiales, es posible que los fenómenos documentados en Extremadura arrojen alguna luz para interpretar estos otros hallazgos dispersos en diferentes zonas de la periferia del área tartésica ^°. BIBLIOGRAFIA ALMAGRO-GORBEA, M. (1974): Los asadores de bronce del suroeste peninsular. EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO JUNTO A PUERTOS Y VADOS
en la costa alicantina al Sureste de Elche, fue construido hacia 430 a.C. y abandonado al cabo de un siglo. El estudio de las estructuras conservadas demuestra que se utilizó la misma unidad de medida -un pie de 29,7 a 30 cm-en todas las etapas del programa de construcción, desde la fabricación de los adobes hasta las grandes divisiones del plano regulador. La trama de las calles y de las manzanas, organizada en torno a un eje de simetría, se basa en un módulo de 5 brazas (5x6 pies), mientras que la anchura de las casas sigue un módulo de 2 brazas (2x6 pies). El origen de este esquema moduar es probablemente griego. El yacimiento arqueológico de La Picola está situado al pie de la Sierra de Santa Fola, entre el casco urbano del puerto de Santa Fola y una extensa área de salinas y lagunas que conectan con la desembocadura del río Vinalopó (fig. 1). Después de dos excavaciones de urgencia, en 1977 y 1989, María José Sánchez, directora del Museo arqueológico de Santa Fola, impulsó un estudio programado del yacimiento. De 1991 a 1995, un equipo hispano-francés dirigido por F. Rouillard, M.J. Sánchez y R Sillières llevó a cabo cuatro campañas de excavación K Se documentaron dos momentos de ocupación, separados por una larga fase de abandono. Las estructuras más recientes pertenecen a un conjunto de factorías de salazón romanas, activas entre fines del siglo i a.C. y fines del siglo iv d.C. La primera ocupación del lugar, en época ibérica, corresponde a un pequeño puerto fortificado estrechamente vinculado con la ciudad de Ilici (La Alcudia de Elche), que estaba situada 14 km tierra adentro. La gran variedad de cerámicas áticas (copas, cráteras, ánforas y contenedores de perfume) que aparecieron en los niveles de ocupación y de destrucción del asentamiento ibérico, permite fechar su construcción hacia 450/430 a.C. y su abandono al cabo de un siglo, hacia 330 a.C. ^. El propósito de esta contribución es estudiar el esquema de este poblado, cuya regularidad no tiene parangón en el panorama arqueológico de la Iberia de los siglos v y iv a.C. ^ Durante el siglo que duró su existencia, el asentamiento de La Ficola no experimentó cambios importantes en cuanto a su urbanismo. Las únicas transformaciones que se han detectado atañen a la subdivisión interna de las manzanas. Fuera de estas reformas puntuales, podemos afirmar que la planta trazada hacia 430 a.C, en el momento de su fundación, no ha sido modificada. Sin embargo, nuestro conocimiento del poblado ibérico dista mucho de ser completo. La destrucción del yacimiento estaba ya muy avanzada cuando empezaron las excavaciones arqueológicas. Las rotura- clones y los aterrazamientos agrícolas de época moderna (siglos xviii y xix) han acarreado un arrasamiento general del terreno y la destrucción completa de los estratos antiguos en dos terceras partes del yacimiento. A esto se añadieron, en época más reciente, varias trincheras de alcantarillado que atraviesan el yacimiento de lado a lado. La estrategia de excavación tuvo que adaptarse a estas circunstancias adversas, recurriendo a sondeos profundos en los sectores más alterados, donde el foso perimetral del recinto ibérico es la única estructura antigua que se ha conservado. Con esta documentación truncada, no es de extrañar que no podamos proponer más que una reconstrucción parcial de la planta del poblado. Aun así, los datos son suficientes, como veremos, para intentar una valoración del proyecto arquitectónico tan peculiar que se plasmó en La Picola. El puerto ibérico de La Picola estaba protegido por una muralla de forma romboidal, casi cuadrada "^ ^ Véase P. MORET, Les fortifications ibériques, de la fin de l'âge du bronze à la conquête romaine, Madrid, Casa de Velazquez, 1996, 214-216 y 489-490. Se localizó una puerta en el centro de la cortina noreste, del lado opuesto al mar. Estaba protegida por la torre angular norte y, probablemente, por otra torre simétrica en el ángulo este. El sistema defensivo, en conjunto, ocupa una banda de terreno de 12 a 13 m de ancho. Lo constituyen cinco elementos sucesivos: una muralla, un glacis, una escarpa rematada por un antemuro, un foso y una contraescarpa (fig. 2). Las cortinas se han conservado tan sólo en los lados noreste (longitud: 56 m) y noroeste. Están constituidas por un zócalo bajo (0,75 m) de piedras sobre el que se alzaba un muro de adobes. Un foso paralelo a la muralla, separado de esta última por un glacis o explanada de 5 a 5,5 m de ancho, rodeaba el asentamiento en sus cuatro lados. Su profundidad era de 2 m, su anchura de 4 a 5 m en el fondo y de 5 a 6 m al nivel del suelo. Sendos paramentos de piedra en talud formaban la escarpa y la contraescarpa. Último elemento de este complejo sistema defensivo, el antemuro que hacía barrera encima del muro de escarpa era de adobes y su grosor apenas alcanzaba los 70 centímetros. Las estructuras de habitat están peor conservadas que las fortificaciones. Sólo en el sector norte, a lo largo de las cortinas noreste y noroeste, pudo ser documentado el esquema interior del poblado (fíg. Una primera fila de casas, que llamaremos fila A, estaba adosada a la cortina noroeste. La calle R 1 separaba la fila A de la fila B, la cual se conserva parcialmente en un tramo de treinta metros a partir de la cortina noreste. La fila C estaba pegada a la fila B, formando con ella un solo bloque cuyas casas se abrían, respectivamente, a la calle R 2 y a la calle R 1. La calle R 2, que corría por el medio del poblado, desembocaba en la puerta noreste del recinto. Los indicios se vuelven mucho más escasos en la mitad sureste del yacimiento. Lo único que se puede decir es que se puede atribuir varios restos de muros y de suelos, hallados cerca de la cortina noreste, a una manzana simétrica de B-C. AEspA, 71, 1998 Las fìlas estaban divididas en compartimientos rectangulares por medio de una serie de muros paralelos entre sí ^ La fila A, conservada en casi toda su longitud, incluía al menos 13 compartimientos. A su vez, la mayoría de estos compartimientos estaban divididos por un tabique en dos habitaciones de tamaño desigual. La primera estancia, que se abre a la calle, ocupa en términos medios los dos tercios del compartimiento. Los muros interiores son de adobes sobre zócalo de piedras, como la muralla. El área superficial de los compartimientos, en promedio, es de 20 m^, y su longitud es, casi siempre, el doble de su anchura. Evidentemente, no se descarta la posibilidad de que dos o más de dos compartimientos pudieran estar unidos para formar una casa más compleja. La mala conservación de los muros no ha permitido evidenciar la existencia de umbrales de puerta en las paredes laterales de los compartimientos. Sin embargo, hemos constatado que el compartimiento B 1 no tenía acceso desde la calle, por lo que consideramos probable que el conjunto B 1 + B 2 formara una casa de tres o cuatro habitaciones. Hay que tener en cuenta también que ciertos compartimientos no servían como viviendas, sino como almacenes. Mas nuestro propósito no es investigar la funcionalidad o las eventuales agrupaciones de los compartimientos, sino el estudio de las divisiones básicas del esquema urbanístico. UNA PLANTA ORGANIZADA EN TORNO A UN EJE DE SIMETRÍA NORESTE / SUROESTE La calle R 2 fue descubierta durante la última campaña de excavaciones, en septiembre de 1995, cuando se presentó la oportunidad de abrir un sondeo bajo la calzada de la calle moderna que atraviesa el yacimiento arqueológico por su mitad. Pudimos entonces constatar que el eje de la calle R 2 se encontraba a igual distancia del escarpe del foso noroeste y del escarpe del foso sureste. El eje de la calle R 2 dista 34 m de la base del paramento de escarpe del foso noroeste, y 33,35 m de la base del talud del foso sureste, cuyo paramento de escarpe y parte del relleno interior han desaparecido como consecuencia de una erosión intensa. Teniendo en cuenta que el retroceso del talud de escarpe del lado sureste bien puede haber alcanzado medio metro, la distancia debía ser originalmente la misma en ambos lados: alrededor de 34 m. ^ Designamos cada compartimiento por medio de una letra que se refiere a la fila en que se sitúa y una cifra que se refiere a su orden en la fila. Por ejemplo, A 1 es el primer compartimiento (partiendo del noreste) de la fila A. La calle R 2 está situada, pues, exactamente en el eje mediano del recinto, dividiéndolo en dos partes iguales. Esta constatación da mucho peso a la hipótesis de una repartición simétrica de las calles y de las manzanas a cada lado de la calle central. Estaríamos ante un urbanismo orientado en el sentido noreste / suroeste y organizado en tomo a tres calles paralelas, dos bloques formados cada uno por dos filas de casas y dos filas simples adosadas a las cortinas noroeste y sureste. Los restos de muros que se conservan al este de la calle R 2 apoyan la restitución de una doble fila D-E, simétrica de la doble fila B-C. Un primer lienzo de muro, orientado en sentido perpendicular a la cortina noreste, perteneció probablemente al muro de separación entre D 1 y E 1, mientras que los escasos vestigios de un segundo muro atestiguan la existencia de una pared interna en el compartimiento E 1. Más al este parece lógico restituir una calle R 3, en un sector totalmente destruido por los aterrazamientos modernos. Este breve resumen de los datos arquitectónicos conocidos demuestra suficientemente que la planta del puerto ibérico se concibió de un modo completamente regular. Destaca no sólo por la disposición geométrica de las manzanas, originadas por calles y murallas trazadas a cordel, sino también por la reproducción sistemática de un solo modelo de casas. Además, veremos a continuación que esta regularidad es el resultado de un planeamiento previo, basado en la utilización de varios módulos métricos que se refieren todos a la misma unidad de medida. Los estudios metrológicos aplicados a la arqueología prerromana suelen ser recibidos con cierto recelo. Todos podemos recordar casos en que unos pocos valores métricos, escogidos de forma arbitraria entre muchísimos otros en la planimetría de un yacimiento, han sido esgrimidos como «pruebas» del uso de una supuesta unidad de longitud. Para no caer en tales errores, hemos centrado nuestro análisis en tres elementos arquitectónicos que dan garantías aceptables por su carácter repetitivo y su regularidad: el ancho de los compartimientos, el ancho de las manzanas y de las calles y, en menor grado, las dimensiones de los adobes. Tomados aisladamente, los resultados obtenidos a partir de estos tres elementos no podrían ser considerados como prueba suficiente para apoyar una restitución metrologica. El hecho que queremos destacar es la congruencia de los tres resultados, lo que nos permite afirmar que la unidad de longitud utilizada en La Picola fue un pie cuyo valor oscila entre 29,7 y 30 cm. Fig. 4.-Esquema de implantación del módulo 1 (anchura de los compartimientos) y del módulo 2 (anchura de las manzanas y de las calles), en brazas de seis pies. -Módulo 1: la anchura de los compartimientos (fig. 4) La planta rectangular de los compartimientos, reproducida en forma casi idéntica a lo largo de las manzanas, es uno de los rasgos más llamativos del urbanismo de La Picola. Cinco compartimientos de la fila A son enteros o casi enteros (A 1, A 2, A 5, A 8 y A 9), y los seis restantes pueden ser fácilmen-te restituidos, dos por dos, en el intervalo de los muros conservados. Contamos además con dos compartimientos del mismo ancho en el extremo noreste de las filas B y C. El siguiente cuadro reúne las medidas de anchura ^ de todos los compartimientos conocidos, más la anchura de los intervalos que corresponden indudablemente a dos compartimientos contiguos. Las medidas fueron tomadas a ejes de los muros. * El compartimiento A 1 tiene una forma ligeramente trapezoidal, por situarse en el ángulo norte que no es ortogonal. Hemos medido su anchura en el centro de su longitud, para conseguir un valor medio. ** El ancho de A 12 rebasa en 1,24 m la anchura media de los demás compartimientos. Está situado en el sector oeste del recinto, que se encuentra muy destruido. No sabemos si el ritmo normal se recuperaba en A 13. ^** B 1/B2es una casa de planta irregular que se extiende sobre el espacio teórico de dos compartimientos. La división original sólo se conserva en el fondo de la casa, siguiendo la línea del muro de separación entre C 1 y C 2. La anchura indicada corresponde a la habitación trasera de B 1; la habitación delantera es más estrecha. La serie es sumamente homogénea, si se deja de lado el caso particular de A 12. En estos 13 compartimientos ([A 1 aA 11] + B 1 + C 1), la media aritmé-^ No se ha podido tener en cuenta la longitud de los compartimientos debido a que la calle R 1 y la cortina noroeste no son exactamente paralelas, lo que obliga a un aumento progresivo de la longitud de los compartimientos A 1 a A 9. La diferencia media absoluta es de 7,6 cm, lo que confiere a la cifra obtenida una precisión estadística bastante buena. Esta anchura media está confirmada en la fila B por la distancia de 28,55 m que se mide entre el paramento interno de la muralla y la pared sur de B 8. Aunque no conocemos la organización real de los compartimientos B 2 a B 8, esta distancia corresponde muy exactamente, con una diferencia inferior al centímetro, a la media que acabamos de obtener (28,55 m: 8 = 3,568). Se confirma, pues, que la división de los bloques en compartimientos se realizó en base a un módulo que medía entre 3,56 y 3,57 m. El caso del compartimiento A 12 puede ser reevaluado a la luz de estos resultados. Su anchura es de 4,80 m, lo que equivale muy precisamente a 16 pies de 30 cm, es decir el módulo 1 aumentado en su tercera parte (12 + 4 pies). Ignoramos la causa de este ensanchamiento, pero no hay duda de que el compartimiento A 12 refleja, como los demás, un sistema metrologico basado en un pie cercano a los 30 cm. lo 2) equivale a 90 pies de 30,05 cm. Ahora bien, si tenemos en cuenta solamente la distancia entre el eje de R 1 y el eje de R 2, llegamos a 60 pies de un valor algo inferior: 29,66 cm. En todo caso, no nos alejamos mucho del pie deducido del módulo 1, ya que en ambos módulos el pie restituido está muy cerca de los 30 cm. Una constatación más importante es que el módulo 2, al igual que el módulo 1, puede ser dividido en brazas. La braza griega, llamada orgüia, valía 6 pies o 4 codos ^; su uso era frecuente en arquitectura por un motivo práctico: una cuerda dividida en brazas era más manejable que un pie de metal o de madera para medir construcciones de cierta amplitud. A. Roth-Congès, seguida por H. Tréziny ^, ha demostrado de manera convincente que la braza de seis pies fue la principal unidad de medida en varias construcciones helenísticas de la Galia meridional, tanto en el área propiamente griega (en Marsella durante el siglo ii a.C.) como en el hinterland indígena más o menos helenizado (en Saint-Blaise, en Glanum y en Entremont) ^. Lo mismo puede decirse de La Picola, donde los dos módulos que acabamos de definir se descomponen de la manera siguiente: Se puede observar, en el sector norte del recinto, que la cortina noroeste, las calles R 1 y R 2 y la manzana B-C están separados por una distancia constante que ronda los nueve metros. -Desde el eje del bloque B-C hasta el eje de R l:9,00m. -Desde el eje del bloque B-C hasta el eje de R 2: 8,80 m. -Desde el eje de R 1 hasta el eje de la cortina noroeste: 9,25 m. Estamos en presencia de un segundo módulo, tres veces repetido a lo largo de la cortina noreste. Constituía el armazón de la organización interior del poblado. Los mismos elementos se repetían muy probablemente, en orden inverso, en la mitad este del recinto. No obstante, lo que sabemos de este segundo módulo no nos permite precisar el valor métrico de la unidad de longitud utilizada en La Picola. Tres medidas no constituyen una base estadística suficiente. Lo único que se puede proponer es un valor aproximado del pie contenido en el módulo 2, sin posibilidad de ponderación estadística. La distancia de 27,05 m que se mide entre el eje de R 2 y el eje de la cortina noroeste (es decir, tres veces el módu-Las 5 brazas del módulo 2 se dividen teóricamente en 4 + 1, longitud de un compartimiento más la mitad del ancho de una calle. En la práctica, sólo la calle R 2 se conforma con este esquema básico. Su anchura de 3,55 m corresponde exactamente al módulo 1 (2 brazas). En cambio, la longitud de los compartimientos del bloque B-C (6,95 a 7,10 m entre el eje medianero del bloque y el borde de la calle) es un poco inferior a 4 brazas, mientras que la anchura de la calle R 1 rebasa claramente las 2 brazas (de 3,80 a 3,96 m). En definitiva, el descubrimiento de esta trama geométrica nos permite reconstruir con cierta precisión las fases de la construcción en la mitad noreste del yacimiento:' Heródoto, 2, 149. ^ A. RoTH-CoNGÈs, «Glanum préromaine: recherches sur la métrologie et ses applications dans l 'urbanisme et l' architecture», Revue archéologique de Narbonnaise, 18, 1985, 189-220; H. TRÉZINY, «Métrologie, architecture et urbanisme dans le monde massaliète», ibid., 22, 1989, 1-46, ^ Ello no impide una gran diversidad del pie que se deduce de la braza utilizada en cada yacimiento: 27,5 cm en Saint-Blaise, 28,1 cm en Entremont, 34,8 cm en la fortificación helenística de Marsella. Se fija la longitud de la cortina noreste en 30 brazas hasta su intersección con los ejes de las cortinas noroeste y sureste. Esta línea de 30 brazas se divide en segmentos de 5 brazas (módulo 2). Cada división coincide con el eje de una calle (a 5, 15 y 25 brazas del ángulo norte) ^° o con el eje de una manzana constituida por dos filas de casas (B-C a 10 brazas, D-E a 20 brazas del ángulo norte). Vemos, pues, que al módulo de 5 brazas se superpone un módulo de 10 brazas, jalonado por los ejes de manzanas. Se vislumbra, en este caso, la posible utilización de otra medida de longitud griega, la cadena o hamma, que valía 10 brazas o 40 codos ^^ 1.3. La línea de fachada de las manzanas están trazadas paralelamente a las cortinas noroeste y sureste, a una braza (aproximadamente) del eje de las calles. Pero esta operación se realiza con menor esmero que las precedentes. Además, el grosor de la muralla (1 braza) obliga a reducir la anchura de la fila A con respecto a las filas B-C y D-E. Las manzanas reciben divisiones internas, de dos en dos brazas (módulo 1), creándose así una serie de compartimientos destinados a la vivienda o al almacenamiento. Los adobes encontrados in situ en el alzado de varios muros de la fila B fueron estudiados por Claire-Anne de Chazelles ^^. A pesar del tamaño reducido de la muestra (veinte adobes, algunos de ellos rotos), fue posible evidenciar un módulo entero y un medio módulo. La anchura del módulo entero y la longitud del medio módulo equivalen a un pie de unos 30 cm (± 1 cm). Es la misma unidad de medida que hemos encontrado en la planta de las casas y calles. Podemos constatar además que la longitud del módulo entero equivale a cinco cuartos de pie (30 x 1,25 = 37,5). Ahora bien, esta medida es justamente la que define el ladrillo pentadoron, cuya longitud era de cinco palmas según Vitruvio'^. Se conocen ejemplares de pentadoron en muchos yacimientos griegos a partir de la época clásica, inclusive en la Magna Grecia ^^. Sin embargo, puede tratarse de una coincidencia, y la hipótesis de una tradición local no es menos aceptable. Un módulo de 40 x 30 cm, muy próximo a nuestro módulo 3, está atestiguado en varios yacimientos ibéricos de la Segunda Edad del Hierro ^^; además, en dos casos por lo menos, a este módulo se añade un medio módulo que corresponde exactamente al de La Picola: 30 x 20 cm'\ PROBLEMAS NO RESUELTOS Los resultados que acabamos de presentar no deben ocultar las incertidumbres y las muchas incógnitas que persisten. No conocemos los límites del recinto por el lado del mar (al suroeste), excepto en dos sondeos profundos en los que se descubrió un breve fragmento del escarpe del foso. No podemos determinar, por consiguiente, la longitud exacta de las cortinas noroeste y sureste. No sabemos si existió o no un segundo eje de simetría en el sentido noreste / suroeste, puesto que no ha aparecido ningún resto de una calle perpendicular a R 1 y a R2. El único ángulo conservado del recinto es el norte. Se trata de un ángulo obtuso (110 grados). No sabemos por qué los constructores eligieron este ángulo, ya que el terreno es perfectamente llano. Sólo podemos constatar que esta particularidad acarreó complicaciones en el trazado interior del poblado, puesto que fue necesario elegir entre dos orientaciones posibles, no sin vacilaciones. Así, la longitud de los compartimientos de la fila A aumenta progresivamente de norte a sur; las calles corren aproximadamente paralelas a la cortina noroeste, pero no son perpendiculares a la cortina noreste; una parte de los muros de los compartimientos son paralelos a la cordna noreste (C1/C2, B8/B9), mientras que otra parte son perpendiculares a la cortina'^ Sólo se han excavado dos calles. La existencia de la tercera, en el lado este, se deduce por simetría, pero no es más que una hipótesis. " Herón, Geometrica, 23, 14.'^ Estudio incluido en ROUILLARD et al., en prensa (cit. n. La palma griega equivalía a la cuarta parte de un pie.' "^ Véase la reciente síntesis de V. RIGHINI, «Materiali e tecniche da costruzione in età preromana e romana», en Storia di Ravenna, I. L'evo antico, Ravenna, 1990, 271-272.'^ Véase L. ABAD y F. SALA, El poblado ibérico de El Oral (San Fulgencio, Alicante), Valencia, 1993, 195-197, para el Sureste y el Levante, y J.A. ASENSIO ESTEBAN, La ciudad en el mundo prerromano en Aragón, Zaragoza, 1995, 385-390, para el valle del Ebro.'^ En Puntal deis Llops (Olocau, Valencia) y en El Amarejo (Bonete, Albacete), en niveles fechados en los siglos iv y III a.C. noroeste (B1/B2, A2/A3), y una tercera parte adopta una orientación intermedia. La fortificación no ha proporcionado datos metrológicos muy seguros, debido a las importantes variaciones observadas en las dimensiones de cada unos de sus elementos. No obstante, las medidas registradas parecen compatibles con un sistema metrologico basado en brazas. La anchura de la cortina (1,65 a 1,80 m) equivale a una braza de seis pies, con un pie ligeramente inferior a 30 cm. Es de notar, a este respecto, que la primera muralla de Olbia en Liguria, del siglo IV a.C, medía también una braza de ancho ^^. La anchura del glacis (5 a 5,5 m) y del foso (5 a 6 m al nivel del suelo) pueden corresponder a 3 brazas, pero en este caso la variación es demasiado grande como para determinar el valor del pie. Por último, podemos señalar que la torre angular mide de ancho 4,75 m, lo que equivale a 16 pies de 29,7 cm. UN MODELO ARQUITECTÓNICO GRIEGO PARA UN ASENTAMIENTO INDÍGENA Acabamos de ver que todo el programa arquitectónico de La Picola, desde los materiales de construcción hasta el planeamiento general, se basó en un pie de 29,7 a 30 cm y que la aplicación de esta unidad de medida se hizo por medio de una braza de seis pies. La Picola constituye un unicum en la Iberia del siglo v a.C. Dos generaciones antes, en la misma región, el poblado de El Oral presenta un esquema racional y complejo, entroncado en las tradiciones del urbanismo orientalizante del sur de la Península Ibérica ^^ quedando empero muy alejado de la rígida trama modular que se observa en La Picola. Por otra parte, lo poco que se conoce de las colonias fenicias de España no sugiere una división geométrica del área habitada. Queda la posibilidad de un origen griego. Muy poco se sabe de las fortificaciones de Emporion durante el siglo v a.C, pero se conserva un buen tramo del lado sur de la muralla griega del siglo IV, con dos torres rectangulares unidas por una cortina recta. A tenor de los datos publicados por Enríe Sanmartí ^^, se vislumbra la utilización de un pie li-geramente inferior a 30 cm en la construcción de esta muralla. A pocos kilómetros de la colonia griega, el yacimiento indígena del Puig de Sant Andreu (Ullastret, Girona) posee desde el inicio del siglo V a.C. una fortificación que sigue también las pautas de un esquema modular rigurosamente planificado. Los elementos de la fortificación están casi todos calculados en base a un módulo de unos 4,75 m (es decir, muy probablemente, 16 pies de 29,5 ± 0,2 cm). El diámetro de las torres circulares equivale por ejemplo a 2 módulos, los lados de la gran torre del Istmo a 3 módulos, las cortinas situadas entre las torres circulares a 6 módulos, varios segmentos de muralla separados por retranqueos, esquinas o poternas a 3, 4, 6, 7, 10 o 13 módulos'^\ A pesar de las diferencias de tamaño, aparejo y funciones, las plantas de los asentamientos de Emporion, Ullastret y La Picola presentan importantes semejanzas. Todas se basan en un pie de 29,5 / 30 cm, idéntico al pie jonio-ático que tuvo una amplia difusión en el mundo griego y particularmente en varios yacimientos foceos del Oeste. Henri Tréziny, en su trabajo pionero sobre la metrología massaliota ^^, ha presentado varios indicios que hablan a favor de la existencia en Marsella, en época arcaica, pero también en Velia entre los siglos v y m a.C. ^^, de un pie que medía alrededor de 30 cm. Es más: la braza de 6 pies que se utilizó en Emporion y La Picola es una medida típicamente griega, documentada, como hemos visto, en varios programas arquitectónicos de cierta envergadura del territorio de Massalia y de su área de influencia más cercana. Por otra parte, se reconoce el mismo módulo de 16 pies en las torres de los tres yacimientos analizados: 2 x 16' en el diámetro de las torres circulares de Ullastret, 2 x 16' en la anchura de la torre rectangular de Emporion, y 16' en la anchura de la torre de La Picola.' "^ Según las observaciones de J. Benoit en el lado sur, la cortina primitiva de Olbia tenía un grosor de 1,52 a 1,63 m, lo que correspondería a seis pies en la metrología «menor» atestiguada en Olbia (TRÉZINY, cit. n. 15.'^ E. SANMARTÍ, P. CASTANYER y J. TREMOLEDA, «La secuencia histórico-topográfica de las murallas del sector meridional de Emporion», Madrider Mitteilungen, 29, 1988, p. 2° Detalle del análisis en P. MORET, «'Rostros de piedra'. Sobre la racionalidad del proyecto arquitectónico de las fortificaciones urbanas ibéricas», en Los iberos príncipes de Occidente (Congreso Internacional, Barcelona, 12-14 de marzo de 1998), Barcelona, Fundación la Caixa, 1998, en prensa. 8. ^^ A juzgar por el módulo de los ladrillos de barro cocido y las medidas de varios monumentos. No ha sido posible sacar datos concluyentes del análisis metrologico del urbanismo (cf. F. KRINZINGER, «Intorno alla pianta di Velia», en Velia -Studi e ricerche, a cura di G. Greco & F. Krinzinger, Modena, 1994, 19-54). Los datos obtenidos, tanto en Ullastret como en Santa Pola, abogan claramente por un modelo metrologico griego, probablemente originado en el área focea occidental. Sin embargo, las cinco hectáreas de área superficial y la disposición irregular de las calles del oppidum amurallado de Ullastret no se pueden equiparar con el diminuto tamaño y la trama geométrica de La Picola. No se conoce, hasta la fecha, la planta de ningún fortín costero o factoría comercial griega del siglo v a.C. Sin embargo, ciertas construcciones de la centuria siguiente, entre las que destaca el epiteichisma de Olbia, al oeste de Marsella ^^, cuyo plano ortogonal recuerda en varios aspectos el de La Picola, pueden darnos una idea aproximada de este tipo de establecimientos fortificados de pequeño tamaño que debían existir en la zona de influencia de las más importantes colonias griegas del Mediterráneo occidental. Esto no quiere decir que La Picola fuera un asentamiento griego. El material cerámico encontrado en el transcurso de las excavaciones obliga a descartar esta interpretación. La cerámica ática sólo alcanza el 10 % de la vajilla (exceptuando las ánforas), mientras que todo lo demás corresponde a producciones ibéricas, y sólo el 2,5 % de las ánforas son griegas ^^. A título de comparación, bastará recordar que en Emporion la cerámica ática alcanza el 72 % de la vajilla fina de mesa entre 450 y 400 a.C. y el ^"^ La fundación del fortín militar de Olbia, hacia 330, coincide con el abandono de La Picola (J. COUPRY, «Les fortifications d' Olbia de Ligurie. Cabe señalar varias semejanzas entre ambas construcciones, a pesar de la diferencia de tamaño (las cortinas de Olbia son tres veces más largas que las de La Picola). La primera muralla de Olbia comparte con la de La Picola el mismo aparejo irregular, con alzado de adobes, y tiene el mismo grosor. La planta del recinto de Olbia es cuadrada y sus manzanas se insertan, como en La Picola, en un esquema modular y simétrico. ^^ Un análisis pormenorizado de la cerámica está realizado por Eric Gailledrat y Pierre Rouillard en ROUILLARD et al.,en prensa (cit. n. Los porcentajes están calculados en función del número mínimo de individuos. 92 % entre 400 y 375 ^^ En Olbia, en el último tercio del siglo IV, la totalidad de la vajilla de mesa viene del Ática o de Marsella, y la vajilla de cocina también es griega ^''. Hasta en la arquitectura, ciertos detalles parecen originarse en una tradición indígena local. Por ejemplo, la disposición poco corriente de la torre del ángulo norte, con un solo lado saliente, recuerda la torre del poblado ibérico de El Oral ^^ Los rasgos indígenas contrapesan, pues, los influjos griegos. La explicación de este balance contradictorio, según se mira hacia el urbanismo o hacia los vestigios de la vida cotidiana, debe buscarse en el contexto regional de La Picola. Un asentamiento tan pequeño no hubiese podido nacer y no hubiese podido subsistir fuera del control directo de Elche, la ciudad entonces más potente de la región, situada a pocos kilómetros tierra adentro. Lejos de ser un enclave griego, el puerto de La Picola debe ser considerado como una factoría marítima indígena, una avanzadilla de Elche abierta al comercio griego, diríamos incluso creada para el comercio griego. Parece lícito suponer -aunque la confirmación de tal hipótesis es imposible-que la construcción de la factoría fuera confiada a un griego y, en todo caso, no hay duda de que La Picola fue regularmente visitada por comerciantes griegos. El único hecho seguro, empero, es que la mayoría de sus habitantes eran iberos. A igual distancia del poblado indígena tradicional y del enclave colonial. La Picola se presenta, en suma, como la plasmación híbrida de un contacto prolongado entre dos culturas mediterráneas, el reflejo en tierra ibérica de la arquitectura griega occidental.
lucía, las altiplanicies granadinas y el Sureste Peninsular. Mediante una visión diacrònica desde el Ibérico Pleno al cambio de Era se aprecia cómo las transformaciones en la estrategia política, social y económica, condicionan los sistemas de poblamiento, explotación y distribución de los productos. nes enfocarse limitándose al análisis externo de manifestaciones culturales. El área de la Alta Andalucía ha sido objeto en los últimos años de un intenso trabajo arqueológico, que ha conseguido definir los procesos de formación y desarrollo de la Cultura Ibérica (Ruiz y Molinos, 1993). Menos conocidos son, sin embargo, los cambios que se producen con la llegada de cartagineses y romanos, que desembocarán en la formación de una nueva sociedad en el marco del Imperio Romano. En el debate actual sobre este proceso de transformación, la propia crisis del término "romanización" expresa la superación de posturas antagónicas respecto al papel atribuido a indígenas y foráneos. Con todo, este consenso sobre la complejidad y lentitud del cambio puede en ocasio- Esto nos conduce inevitablemente a una visión del proceso de «romanización» no como una contraposición entre culturas, en un plano horizontal, sino como una compleja red de tensiones en el seno de ambas sociedades, la ibérica y la romana. Caracterizará en buena medida a cada una de ellas, así como a la que ha de surgir de su contacto, la estructura de sus relaciones de dependencia, es decir, la forma en que las clases propietarias extraen del resto de la población los excedentes necesarios para asegurar su reproducción y mantenimiento en el poder. Como expresa contundentemente D. Plácido, «Lo demás son los reflejos, en los planos institucionales, religiosos, militares, de todos estos procesos (...) capaces de imponer una visión deformada sobre las realidades de fondo» (1996: 201). Queremos insistir aquí en la idea de que, en esta situación transicional, las elites locales van a jugar un papel clave ya que, para mantener sus privilegios y su dominio de la tierra, se convertirán en agentes activos de la implantación de la organización romana. El estudio de este proceso se aprecia mejor mediante un análisis diacrónico de zonas concretas, en las que existen amplias secuencias que permiten di-ferenciar unas etapas con respecto a otras en un mismo ambiente geográfico y cultural. El área del Guadiana Menor, en el ámbito comprendido entre su desembocadura en el Guadalquivir y las altiplanicies granadinas, es un espacio adecuado para este estudio, ya que se trata de una zona con unas condiciones geográficas muy específicas, que limitan significativamente los sistemas de subsistencia, y en la que por tanto influirán de manera acusada las sucesivas administraciones ibéricas y romanas. El río Guadiana Menor actúa en época ibérica como un pasillo crucial en las comunicaciones entre el eje de Cástulo-Toya y las rutas que se dirigen al Sureste y Sur peninsular. El carácter de área fronteriza dentro de un mapa político fragmentado en el que aparecen, entre otros, bastetanos, oretanos, mentesanos y turdetanos, hace que los oppida principales, como Tugia, promocionen el control de las rutas de paso, por su doble interés económico y estratégico. En apoyo de las mismas surgen enclaves, como Castellones de Ceal, en los que una pequeña población ligada a la explotación intensiva de la vega fluvial sirve como enlace en el difícil tránsito hacia y desde el Guadalquivir. El desmantelamiento de los territorios étnicos ibéricos y su sustitución AEspA, 71, 1998 EXPLOTACIÓN ECONOMICA Y FRONTERAS POLITICAS EN EL SURESTE 65 por la administración romana va a transformar de una forma definitiva el diseño de las comunicaciones y las formas de explotación de la tierra, dejando obsoleto el modelo anterior y llevando a ciertas poblaciones como la antes citada a la desaparición. Estos cambios, sin embargo, no se producirán repentinamente, sino que serán fruto de un largo proceso de reajustes que no concluirá en esta zona hasta comienzos del s. i a.C. Mientras tanto, se mantendrán en cierta medida las estructuras económicas previas, dominadas y gestionadas por las élites ibéricas, que se acercarán en lo posible al modelo romano, intentando no perder su posición de privilegio. La revisión de las principales características de esta zona a través de los diferentes periodos nos permitirá apreciar mejor la naturaleza de estas importantes transformaciones. Durante el s. v a.C. asistimos al proceso de configuración de las comunidades ibéricas que perdurarán en Andalucía oriental hasta época romana. Las antiguas comunidades han pasado a constituir núcleos importantes en los que la producción especializada es algo habitual, desarrollándose el uso del torno en la manufactura cerámica (Ruiz Rodríguez, 1978: 260). La incorporación del hierro al armamento y al utillaje agrícola se generaliza progresivamente, permitiendo una considerable intensificación productiva (Ruiz Rodríguez et ai, 1983: 241 ). Todo ello supone el desarrollo de una élite gestora que intenta establecer ías reglas de funcionamiento interno, así como las relaciones entre grupos vecinos. Esto implica una afirmación de los rasgos propios a través de elementos distintivos (Almagro Gorbea, 1982: 255), así como el establecimiento de normas internas de jerarquización social que afectan a la totalidad de los individuos que integran el grupo (Ruiz Rodríguez et al, 1992: 416). En un primer momento, centrado en el s. v a.C, parece que la unidad básica que concentra a la totalidad de la población, incluidos los productores agrícolas, es el oppidum, asentamiento fortificado que en Andalucía oriental oscila entre las 44 ha de Cástulo como enclave principal, a las 16 ha de Villargordo o las 5/6 ha de Puente Tablas (Almagro Gorbea, 1987: 24-25). La entidad de cada uno de ellos está en relación directa con la producción de recursos especializados o con su vinculación a tierras especialmente fértiles, tanto de secano como de regadío (Molinos et al, 1994: 137). Se crea así un modelo reticular que encaja bien con la explotación de ganado vacuno y ovino y de cereal de secano característica de la Campiña de Jaén (Ruiz Rodríguez y Molinos Molinos, 1993b: 557). Sin embargo, en la zona oriental vinculada al Guadiana Menor, las características del terreno obligan a desarrollar estrategias diferentes, basadas en la cabana de ovinos y caprinos y en el aprovechamiento intensivo de las márgenes de los ríos mediante irrigación, básicamente natural (Chapa, 1992: 322). Esto proporciona un modelo longitudinal en el que los cauces de los ríos son un recurso crítico, a la vez que las únicas vías posibles de conexión entre diferentes asentamientos y territorios. En este sentido, los vados se convierten necesariamente en puntos clave de control para el desplazamiento a través de espacios fuertemente constreñidos por el relieve. Las características específicas de esta zona de Jaén/Granada parecen tener su expresión material en algunos elementos distintivos, que en gran medida se relacionan con sus elites rectoras. Así, el empleo de cámaras funerarias como sepultura, y la introducción en ellas de cajas de piedra como contenedores de las cenizas de los difuntos, ha sido uno de los rasgos considerados como específicos de esta zona frente a las áreas vecinas (Almagro Gorbea, 1982). Asimismo, el abundante uso a comienzos del s. IV a.C. de las crateras áticas como recipientes cinerarios puede unirse a la enumeración de estos elementos distintivos (Olmos, 1982). La distribución de estas estructuras y objetos se centra precisamente en el área del Guadiana Menor, documentándose en yacimientos como Toya, Galera, Baza y Castellones de Ceal. La distribución de los citados asentamientos nos permite comprender en gran medida el diseño del poblamiento a escala regional, así como valorar el papel de los puntos de apoyo intermedios, necesarios cuando la ruta de conexión atraviesa zonas de tránsito complicado. El oppidum de Toya (antigua Tugia) presenta un alto potencial económico, gracias a las posibilidades de combinar amplias áreas de secano con fértiles huertas vecinas a los ríos (Chapa et al, 1984). Por otra parte, su posición estratégica en la confluencia del Guadiana Menor con el Guadalquivir y en la ruta de paso hacia el centro minero de Cástulo refuerza esta situación de poder. Ello permite comprender la envergadura de sus construcciones funerarias, entre las que destaca una cámara de sillería con tres naves en la que se guardaron diversas cremaciones pertenecientes al parecer a miembros de una misma dinastía (Cabré, 1925; Madrigal, 1997). A su vez, Baza {Basti) y Galera (Tutugi) también cumplieron este papel preeminente en sus respectivos territorios de influencia, destacándose por la complejidad de sus construcciones y ajuares funerarios. Entre ellos abundan los materiales importados (Blázquez, 1978: 237) y los objetos de lujo de producción local, incluyendo la conocida dama sedente esculpida en piedra que hacía las funciones de urna en la tumba 155 de Baza (Presedo, 1982: 210). Baza domina las llanuras que, en dirección este a oeste, actúan como distribuidoras en los caminos que comunican la costa con el interior. Galera se emplaza en una importante ruta ganadera tradicional que enlaza el área de Murcia con la Alta Andalucía. La vía más rápida para la comunicación entre estos dos centros y Toya es el Guadiana Menor, uno de los escasos corredores que abren una vía de penetración hacia la cabecera del Guadalquivir. Resulta necesario, por tanto, jalonar esta difícil travesía con puntos de apoyo (Blanco, 1959). A esta tipología puede adscribirse el poblado de Castellones de Ceal, con apenas 1,2 ha. Domina un vado del río y sus dimensiones reducidas permiten que su subsistencia inmediata quede cubierta con la explotación de la vega del río adyacente al poblado (Chapa et al, 1984: 233). Todos estas unidades de población pertenecen a la misma agrupación étnica, que las fuentes escritas nos darán más tarde a conocer como bastetani, extendidos por una amplia zona del Sureste peninsular. La situación al norte del Guadalquivir de los oretani nos indica que Tugia fue una ciudad fronteriza, constituyendo un puesto avanzado de los bastetanos en las proximidades del centro minero de Cástulo (Pastor et al, 1992: 123-125). Esto resulta fundamental para entender la importancia estratégica de Toya y su influencia en el diseño de su territorio inmediato. A finales del s. V a.C. el tráfico comercial entre la Alta Andalucía y la costa del sur y Sureste va a potenciar la ruta del Guadiana Menor con la fundación de asentamientos como Castellones de Ceal, cuyo primer habitat del s. VI a.C. había sido abandonado (Chapa et al, e.p.). Sus materiales y estructuras, tanto de habitat como funerarias, revelan una clara identidad con las recuperadas en Toya (Pereira, 1989: 156), por lo que parece razonable pensar que fue este centro el que asegura el control de la ruta mediante puntos subsidiarios de apoyo. El modelo propuesto supone que a finales del s. V a.C. los núcleos de importancia como Toya ejercían un control político que no se limitaba al espa-cio de producción explotado por la población residente en el oppidum, sino que se proyectaba sobre otros pequeños puntos de población, asegurando un territorio de influencia extendido en apoyo de las relaciones comerciales y de la ampliación de los recursos agrícolas y ganaderos (Molinos et al e.p.). Esto supone para las jerarquías dominantes un doble acceso al control de recursos y riquezas. Por una parte, en una primera fase el oppidum ha establecido su orden de dominio sobre el territorio inmediato, consolidando así un sistema de dependencia basado fundamentalmente en la propiedad de la tieiTa y del ganado (Ruiz y Molinos, 1993a: 266). En un segundo momento se abre otra nueva opción para la acumulación de riqueza y poder. Es la vinculada al control del comercio y de la exportación de las materias primas requeridas por el mercado mediterráneo (Cabrera, 1994: 95). Esto ofrece a Toya la oportunidad de permitir el trasiego por una ruta difícil, a la vez que obtener benefícios de aquellos que transiten por ella. Resulta evidente que estamos ante una situación de jerarquización, tanto a nivel interno del oppidum como a escala regional, ya que el poder efectivo se ha extendido mediante asentamientos secundarios a lo largo de un territorio cuyo fin primordial no es únicamente la producción, sino también el control de las rutas de paso. Esto otorga a algunos de los pequeños asentamientos un valor económico diferente a los centros mayores ya que, si bien se sitúan en lugares donde sea posible una economía autosufíciente (Chapa et al, 1984), en ningún caso existe la oportunidad de generar excedentes. La presencia, sin embargo, de un alto número de productos especializados, como objetos de lujo -joyería, bronces-productos importados -vasos áticos, vidrios, etc.-o armas de hierro, hace pensar que su contacto con el centro principal fue muy estrecho. El área de influencia de los asentamientos de importancia se irá extendiendo a través de estos núcleos subsidiarios, creando un sistema de relaciones que será de gran relevancia en la etapa inmediatamente posterior, cuando los romanos y cartagineses interaccionen con la estructura indígena previa. En el s. III a.C la inestabilidad política y económica va a ser la nota dominante, y de hecho en las fuentes escritas Toya aparece alternativamente como oppidum oretano o bastetano. En esta situación de conflicto la presencia cartaginesa es sin duda relevante, ya que desarrolla un gran esfuerzo por controlar directamente los recursos ofrecidos por la Península Ibérica. No obstante, este expansionismo bárcida se apoyó en las clases dirigentes locales, lo que les proporcionó grandes beneficios. Este es el caso bien conocido de Cástulo, un centro territorial importante de rico potencial minero, en donde los jefes cartagineses recurren a la práctica de las alianzas matrimoniales (Blázquez y García Gelabert, 1994: 56). Esto indica que en las altas esferas la política se está moviendo en el campo del pacto y de la negociación. La vinculación de Cástulo sería recompensada por el apoyo cartaginés a los planes oretanos de ampliar su dominio hacia el sur del Guadalquivir, llegando a englobar Toya como ciudad oretana. En cualquier caso, todo indica que la dinámica interna hacia la que conducen estos cambios durante la etapa siguiente no va a favorecer en absoluto una rápida disolución de las estructuras de poder ibéricas, y sí en cambio el mantenimiento de una posición de fuerza por parte de sus clases propietarias de cara a la dominación impuesta por Roma. Presencia romana y continuidad del esquema económico ibérico Con la conquista romana las regiones a un lado y otro del corredor del Guadiana Menor quedan por primera vez englobadas en una sola entidad territorial. No obstante, el valor estratégico de la ruta se mantiene aún hasta comienzos del siglo i a.C. Ello 68 TERESA CHAPA BRUNET y VICTORINO MAYORAL HERRERA AEspA, 71, 1998 rra Morena. Serán sin embargo más frecuentes a finales de la república e inicios del imperio (Domergue 1990: 265). Por último, las grandes sociedades anónimas son las menos numerosas y tendrán como principales centros de actividad las zonas de Mazarrón y Sierra Morena, destacando su ausencia en las minas de Cartagena. En las regiones mineras del Noreste, y sobre todo en el Sureste peninsular, esta actividad tendría un desarrollo inmediato a la conquista. Sin embargo, en Sierra Morena el aprovechamiento romano de la mayoría de las explotaciones no se inicia hasta finales del siglo ii a.C."^ y, como acabamos de ver, sin evidencias de una afluencia de pequeños empresarios hasta épocas avanzadas. Estas fechas suponen por tanto un desfase que ha sido interpretado como una prueba de la inseguridad aún reinante en las conquistas del interior, unida a las dificultades técnicas que implicaría el mantenimiento de las explotaciones. Keay (1992: 289) retoma esta idea, planteando de un modo directo que las minas estarían aún en parte bajo control ibérico. Queremos valorar aquí como factor a tener en cuenta la incapacidad, tantas veces mencionada, que tiene el Estado romano en este momento para imponer un control administrativo directo sobre el territorio. Esta circunstancia convertirá en práctica común el apoyo en las clases dirigentes locales, que ya anteriormente habían explotado las minas bajo el control cartaginés. Desde esta perspectiva cabe considerar esta intervención inicialmente limitada como indicador del mantenimiento de la posición ventajosa manifestada en la etapa anterior, es decir, como prueba de la capacidad de la aristocracia indígena para frenar el proceso de implantación de elementos itálicos y romanos en estas actividades económicas ^. ^ Domergue (1990: 183-184) distingue con claridad la existencia de estos dos momentos: una primera fase fechable a inicios del siglo ii a.C. en la que el control minero se centraría principalmente en los distritos mineros del Sureste, mientras que en Sierra Morena la actividad romana hasta mediados de siglo se limitaría al ámbito más cercano a Cástulo, experimentando un momento de auge en la transición del ii al I. Poblados mineros como el de La Loba (Blázquez, 1982-83: 37) o Valderepisa (Fernández Rodríguez y García Bueno, 1993: 38) ofrecen una cronología de entre finales del siglo ii y la primera mitad del i a.C. ^ Chaves (1994: 116) expresa este parecer al afirmar que "no es desdeñable la idea de que, aún en las minas arrendadas a romanos o itálicos fuera no sólo aceptable, sino conveniente la participación de los habitantes del país" (la cursiva es nuestra). Por su parte Domergue (1990: 276) recoge testimonios literarios de la continuidad de la explotación de las minas por las poblaciones ibéricas. Una evidencia clara sobre la participación indígena en la administración de las minas sería el plomo con escritura ibérica hallado en Gádor (Almería), identificado por Gomez Moreno (1961: 919-922) y Maluquer (1968: 80-82) como un documento de contabili-Aunque con el dudoso sustento de un pasaje de Livio (28,20), se plantea la posibilidad de que Cástulo gozase de estatus de ciudad federada desde los momentos iniciales de la conquista^. El hecho de que una ciudad que había sido un importante foco de apoyo al dominio cartaginés cuente con la benevolencia romana en la nueva situación «no sólo refleja un papel dominante en el territorio (...) sino asimismo un control real de las riquezas que en él se generan y por él transcurren» ( Ruiz y Molinos 1988: 55). Moneda y administración local Almagro Gorbea, en su estudio iconográfico sobre la moneda con jinete y cabeza varonil de Hispânia Citerior, resalta la posible intencionalidad política de estas imágenes como expresión ideológica de las elites rectoras de los oppida (1995: 62). En la Hispânia meridional, el mantenimiento de un control político y económico por parte de la aristocracia ibérica parece evidenciarse a través del fenómeno de la acuñación de moneda de bronce. Importantes centros del alto Guadalquivir como Cástulo y Obulco emitieron gran cantidad de este numerario, empleando la escritura indígena en sus leyendas monetales. Cada vez cobra más fuerza la interpretación de estas emisiones como una iniciativa que corresponde a las ciudades y que sería empleada a escala territorial por los gobiernos locales. Refiriéndose tanto a esta zona como al Medio y Bajo Guadalquivir, Keay (1992: 288-291) ha propuesto el funcionamiento de un circuito interno en el que los pequeños asentamientos rurales obtendrían de los oppida de mayor tamaño (que ejercen una función dominante) una retribución en moneda por su producción agrícola, base del pago en especie de la tributación impuesta por Roma. Esta misma moneda serviría a los habitantes de las poblaciones menores para adquirir bienes producidos o controlados por esos centros principales. De esta manera la vinculación de la tierra a la maquinaria de explotación romana fosilizaba y fortalecía las reladad, y citado por González Román (1992: 161) como exponente del apoyo de los negotiatores itálicos en las infraestructuras ibéricas. ^ Marín Díaz (1988: 31) recoge como dudoso este testimonio al considerar que la palabra empleada (fide) no puede considerarse equivalente al iévmmo foedus. De todos modos, la ciudad parece conservar su importancia como centro regional, y ya en época cesariana recibirá el status de municipio de derecho latino (Solana Sáinz, 1989: 94). De hecho, como señala García-Bellido (1982: 45) en este período de transición Cástulo, como capital de distrito minero experimentará un rápido desarrollo. ciones de dependencia creadas por la elite ibérica en fases anteriores en torno a la propiedad de la tierra. Chaves (1994: 112) plantea algunas objeciones a esta propuesta, apuntando que las emisiones de la mayoría de las cecas consideradas por Keay son demasiado irregulares y de escaso volumen como para vincularse a la circulación del excedente agrícola. El uso de esta moneda se restringiría al pago de servicios a pequeña escala. Las acuñaciones no deben interpretarse como prueba de la existencia de una verdadera economía monetaria durante esta etapa, sino más bien de la necesidad de efectuar pagos a determinados colectivos en circunstancias muy concretas. El caso de Cástulo es especialmente ilustrativo. La ciudad inicia sus emisiones antes de la conquista romana ^. Ya a mediados del siglo ii a.C, la emisión de series paralelas con escritura ibérica refleja la autonomía de que goza el gobierno local para el abastecimiento de la moneda necesaria para el pago de salarios en las minas ^. Al preservar así las clases dirigentes de la ciudad el protagonismo de Cástulo como cabeza administrativa del distrito minero, se estaría manteniendo un modelo económico en el que la circulación de la riqueza minera está en parte bajo control de una aristocracia local, que participa activamente en el proceso de cambio, conservándose por ello una estructura territorial aún basada en el modelo anterior de oppida y centros dependientes. Dentro de este esquema juegan un papel igualmente relevante enclaves como Tugia, que como ya dijimos controla la comunicación entre el Guadalquivir y el Sureste con el apoyo de asentamientos menores. Uno de estos pequeños poblados es Castellones de Ceal. Los niveles de inicios del siglo i a.C. en dicho asentamiento ofrecen abundantes muestras de importaciones itálicas ^ así como de "^ García-Bellido (1982: 142) caracteriza estas monedas como una respuesta a necesidades locales de explotación de las minas por indígenas y ante el estímulo de la presencia bárcida. ^ Según García-Bellido (1982: 156), las series con mano, con una distribución estrechamente vinculada a las zonas mineras, serían emitidas fuera de Cástulo pero bajo su supervisión, mientras que las monedas con creciente fueron acuñadas para otras necesidades de la ciudad. ^ Destaca en primer lugar la abundancia de fragmentos de ánforas grecoitálicas y Dressel lA, especialmente en el espacio A de la vivienda 1, un ámbito de almacenaje que contenía varias de estas piezas in situ y que sugiere una actividad de acumulación de excedentes (Mayoral, 1996: 239). Otra importación característica del período presente en Castellones es la vajilla de bronce (al menos dos cyathi y una jarra). Es igualmente frecuente el hallazgo de cerámica campa-otros ámbitos peninsulares *°. Al mismo tiempo, dichas importaciones se asocian con tipos cerámicos de difusión restringida al entorno regional, que indican el mantenimiento de estrechas relaciones con Toya. Hacia la implantación del modelo municipal Este panorama se va a transformar substancialmente a lo largo del siglo i a.C. En esta etapa la Península se va a convertir en escenario destacado de las disputas políticas que marcan la crisis final de la República romana. Como consecuencia, la región sufre un periodo de grave inestabilidad, relacionable concretamente con las luchas entre Sertório y el partido senatorial'^ Las excavaciones en Castellones de Ceal han revelado cómo este enclave sufre por estas fechas un abandono repentino ^^, si bien nos parece aventurado por el momento relacionar el acontecimiento con acciones militares concretas ^^. Creemos que este cambio se ha de relacionar con procesos de alcance más amplio a una escala regional. Anteriormente hemos sostenido que Castellones justifica en buena medida su existencia como punto de control de la ruta de acceso a la zona minera de Cástulo. Centraremos por tanto nuestra atención en los cambios operados en este ámbito por estas fechas. Según M^ Paz García-Bellido (1982: 163) con Sila el sistema de arrendamiento de las minas de Cástulo a societates publicanorum va a dar paso a una venta de las propias explotaciones a propietaniense. Elementos tipológicos romanos son además habituales en producciones comunes (morteros, cuencos, botellas...) de cuya procedencia poco podemos decir a falta de un análisis de sus pastas.'° Asociado a las ánforas Dressel del espacio A se recuperó una jarrita de cerámica gris ampuritana. Se han recuperado además fragmentos, e incluso una pieza entera, de cerámica pintada levantina, un tipo de hallazgo que por otra parte se atestigua en algún ajuar funerario de Galera. " Según García Mora (1994: 279), el grueso de l? is operaciones militares desarrolladas en el Alto Guadalquivir se centraría en el control de los centros mineros por parte del bando sertoriano.'^ Así parece sugerirlo la gran cantidad y variedad de materiales hallados in situ en el interior de las habitaciones, junto con evidencias de incendio en parte de las estructuras. •^ En su estudio sobre imitaciones de moneda fraccionaria romana, Marcos Alonso (1996: 210-211) señala la coincidencia en el tiempo de operaciones del conflicto sertoriano encuadrables en el Guadiana Menor y el contexto de abandono de Castellones de Ceal, del cual procede un semis de imitación de moneda oficial romana. En cualquier caso, se ha de valorar el hecho de que este abandono parece ser definitivo y, que pese al gran valor estratégico de este asentamiento, no se constata la reubicación de la población en un emplazamiento alternativo. TERESA CHAPA BRUNET y VICTORINO MAYORAL HERRERA AEspA, 71, 1998 rios particulares, si bien sobre esta idea no existe acuerdo unánime *' ^. La aparición de moneda contramarcada, junto con nuevos hallazgos como los precintos de plomo, nos indica el surgimiento de "alguna modificación en cuanto al transporte y destinatario en la administración de las minas" {ibid.: 164j. Siguiendo siempre a esta autora, el propio final de las emisiones paralelas con escritura indígena es un indicador de cómo la ciudad ya no supervisa directamente la extracción y distribución del plomo y la plata. En un contexto de creciente presencia de elementos itálicos y romanos que emprenden actividades comerciales en la zona, el circuito de comercialización del mineral y el tráfico de mercancías en su conjunto experimentaría una pérdida del monopolio por parte de los oppida. La red de asentamientos creada por estos últimos para su control sufriría un colapso, del cual el abandono de Castellones puede ser una buena muestra. Esto traerá como consecuencia el replanteamiento de las relaciones económicas y de promoción social entre las elites ibérica y romana, pero no supone el final, ni mucho menos, de las aspiraciones de mantenimiento en el poder de las primeras. Como señala Chaves (1994: 117) la numismática refleja un claro cambio de situación hacia los años 70 a.C. Los epígrafes que nombran a los magistrados monetales de las emisiones subsiguientes estarán ahora escritas en alfabeto latino y éstas adaptadas a la metrología romana. Esto nos proporciona algunas valiosas indicaciones sobre el mecanismo por el cual se reproduce la negociación de intereses entre las clases dirigentes. Empezando por la antroponimia, su estudio revela el origen itálico y romano de varios de los nomina, en algunos casos adscribibles a los principales linajes patricios cuyos miembros ejercieron magistraturas en Hispânia. Antes que una presencia real de individuos de dicha procedencia en el gobierno castulonense, lo que reflejan estos datos es el establecimiento de lazos de patronazgo entre la aristocracia ibérica y la romana. Junto a estos nombres encontramos otros de origen ibérico^^.' 4 Contra García-Bellido, Domergue (1990: 263, n. 20) sostiene que la explotación de las minas de Sierra Morena seguirá a cargo de societates publícanorum. Las siglas SC no corresponderían a propiedades de una sociedad capitalista que ha adquirido la mina, sino a uno de los principales concesionarios del estado en la zona.' ^ Gonzalez Román, entre otros, ha estudiado la latinización en la onomástica de la zona andaluza, ofreciendo ejemplos como el del gentilicio Cornelius de Cástulo y Obulco, presente en las magistraturas monetales y, por otro lado, asociado a cognomina de raíz indígena (1994: 146). Para una revisión detallada de los gentilicios romanos e itálicos véase Marín Díaz, 1988: 60-82. Por otra parte, se ha de considerar el propio hecho de encontrar magistraturas ciudadanas en comunidades aún ajenas al modelo organizativo romano. No aparecen en el caso de Cástulo con alusión explícita al cargo desempeñado. En las monedas de Obulco, sin embargo, sí es clara la referencia a los aediles en fechas comprendidas entre la segunda mitad del siglo II y el siglo I a.C, no como testimonio de la reproducción de esta magistratura romana, sino más bien como imitación formal tras la que de facto se conservan fórmulas de poder indígenas (Marín Díaz, 1988: 147-149). Tenemos, en resumen, indicios de una toma de iniciativa por parte de la clase propietaria local en su adaptación a la nueva situación. Los gobiernos locales, con instituciones y procedimientos plenamente ibéricos, imitan el léxico, la forma y las titulaciones propias de la administración romana, considerados desde la perspectiva de estas clases dominantes como "más desarrollados y positivos para el buen gobierno de una civitas'' (Rodríguez Neila 1995: 265; la cursiva es nuestra). Así, la persistencia de instituciones políticas y sociales indígenas define una dualidad en la que se entremezcla la referencia formal a las magistraturas romanas con la realidad de la organización aristocrática que caracteriza a las elites locales ^^. ENTRE EL CAMBIO DE ERA Y LA ÉPOCA FLAVIA 1. La reestructuración provincial En el año 12 ó en el 7 a.C. (según autores), se realizan modificaciones sobre la división provincial que estableciera Augusto dos décadas antes. Esto provoca la anexión a la Tarraconense de un extenso territorio inicialmente adscrito a la Bética. La región que a partir de entonces va a pasar al control directo del emperador engloba tanto a Cástulo como a Toya, llegando hasta la barrera montañosa de de las cordilleras héticas. Esta anexión no tiene en cuenta la frontera preexistente entre los pueblos bastetano y oretano, aunque preserva los límites occidentales de ambos grupos. Bastetania queda así incorporada en conjunto a la Tarraconense, pero el corredor del Guadiana Menor pierde su carácter fronterizo.'^ Documentos como la inscripción de La Rambla (Lacort, Portillo y Stylow, 1986) revelan la existencia de estas instituciones de origen local, en este caso con carácter de comisión o legación que representa de cara al exterior al gobierno local y que por tanto actuaría como interlocutor frente otros estados (Rodríguez Neila, 1993: 409). Al mismo tiempo, la proclamación de un gasto público nos introduce en las prácticas de munificencia propias de la vida municipal romana (ibid. 395). Tanto Toya *^ como Cástulo perduran en esta etapa como importantes centros económicos y administrativos. Sabemos también de la continuidad de los importantes núcleos ibéricos de Basti y Tu tugi en época romana ^^ Sin embargo, al mismo tiempo surgen nuevos centros que van a alterar el valor estratégico del corredor del Guadiana Menor. Quizá el cambio más significativo en este sentido sea la fun-' •^ Tugia aparece recogida por Galsterer (1971: 47, 71) en el elenco de municipios a los que Vespasiano concederá el ius Latii. Excavaciones realizadas en el solar de la antigua ciudad (Mergelina, 1943-44) han proporcionado algunos elementos de arquitectura monumental, aunque en conjunto nuestro conocimiento del habitat, tanto ibérico como romano, es muy limitado.'^ Basti permanece durante época imperial como ciudad estipendiaria. Excavaciones recientes (Marín Díaz et al., 1993-94: 323-333) han exhumado un conjunto de edificaciones de carácter público cuya primera fase se remontaría a inicios del siglo i d.C. y que cabe relacionar con el centro administrativo de la ciudad. En conjunto, estos trabajos han puesto de manifiesto una importante ocupación durante los siglos I y 11 d.C. En cuanto a Tutugi, las exploraciones de Cabré y Motos (1925: 9) dan testimonio de la existencia de un templo romano y posteriores excavaciones de Pellicer y Schüle (1962) documentan la continuidad entre la fase ibérica y la plenamente romana. La epigrafía no nos permitiría hablar de una comunidad independiente antes de mediados del siglo II d.C. (Perez Cruz, 1996-97: 1604). dación de Acci, que se convierte ahora en el gran centro político y económico de la Bastetania, siendo la única población de la depresión intrabética con status privilegiado *^. El florecimiento de Acci está estrechamente relacionado con la ampliación hacia occidente de la Vía Augusta, que conectará el valle del Guadalquivir con el Oriente peninsular a través de las tierras altas de Granada. La consolidación de esta ruta supuso un desplazamiento hacia el Oeste de un eje de comunicaciones hasta entonces capitalizado por el itinerario del Guadiana Menor. En cuanto a sus infraestructuras, esta ampliación de la Vía Augusta parece haber sido concebida como una verdadera calzada para lograr una conexión rápida y estable, que seguiría básicamente la antigua Vía Heraklea. El acondicionamiento de ciertos tramos de esta vía facilitaría el tráfico rodado, rentabilizando notablemente el transporte. Sin embargo, las dificultades que presenta el cruce de las montañas héticas hubiera supuesto obras de gran envergadura que no llegaron a realizarse, de modo que en la práctica se pro- Sillières, 1990) ducen escasas mejoras. En todo caso, el peso otorgado en este momento a la ruta que desciende al Guadalquivir siguiendo el Guadalbullón empieza a marcar el declive de otras vías más abruptas y estrechas, como la del Guadiana Menor. Basándose en algunos documentos como el Edicto de Precios de Diocleciano ^°, Sillières (1990: 750-754) ha estimado el potencial de determinadas producciones de la Bética en función de la infraestructura viaria disponible, a fin de evaluar el significado económico de la misma. De su análisis se desprende que dentro de la racionalidad del comercio romano, una ruta que sólo permite como medio eficaz de transporte de mercancías el uso de bestias de carga, plantea costes demasiado altos. Estos sólo serían rentables para mercancías de alto valor, como los productos mineros, pese a tratarse de una mercancía de gran peso y volumen. El pasillo del Guadiana Menor es un buen ejemplo de ello. Una vez perdido su sentido estratégico, al englobarse en un territorio ampliado hacia occidente donde existen pasos más fáciles hacia el Alto Guadalquivir, sus ^^^ No pretendemos extrapolar en absoluto estas figuras a épocas más antiguas. Nos interesan los contrastes entre unos precios y otros, más que los valores absolutos. dificultades orográficas, los problemas de tránsito en ciertas estaciones del año y la inexistencia de obras de mejora en época romana provocan un rápido eclipse de esta antigua vía. No obstante el recorrido sigue funcionando de forma residual como itinerario más corto entre el Alto Guadalquivir y el Sureste, y aparece reflejado en el Itinerario de Antonino como vía de conexión entre Cástulo y Portus Magnus (Sillières, 1990: 390-400). Existen por otra parte indicios de que algunos oppida Ibéricos situados en enclaves estratégicos respecto al río siguen en actividad ^^ Así las cosas, cabe suponer que la ruta del Guadiana Menor queda como un itinerario secundario. La definición de un nuevo paisaje agrario y el nacimiento de una oligarquía urbana En este contexto de marginación progresiva, el modelo económico de la zona seguirá basándose. ^' P. Sillières ha identificado al menos dos sobre el terreno: Cerro Furuchú, dominando el curso del río Fardes, donde este autor ha reconocido cerámicas ibéricas, campaniense y sigillatas sudgálicas e hispánicas, y Baños de Alicún. debido a las condiciones del propio terreno, en la agricultura intensiva y en el pastoreo de ovejas y, en buena medida, de cabras. Esto contrasta con otras zonas, como el curso medio y bajo Guadalquivir, donde a partir de la primera mitad del siglo I d.C. se aprecia una gran dinamización vinculada a cultivos extensivos como la vid y el olivo (Blázquez, 1985: 381-382). Semejante florecimiento no sólo debe relacionarse con las mayores posibilidades agrícolas de los suelos de la Campiña, sino también con la difusión de un modelo de agricultura de plantación con fines comerciales. Por su parte, los sistemas de propiedad de la tierra en el Alto Guadalquivir van a sufrir grandes cambios en estos momentos. La implantación de núcleos regidos por el modelo organizativo romano ya había propiciado el inicio de las reparticiones de tierras, que van a dar lugar a la aparición de una pequeña-mediana propiedad ciudadana. Posteriormente, en tiempos de la dinastía flavia, se incrementará notablemente el número de comunidades que acceden al status municipal. Antiguos oppida estipendiarios como Tugia se incorporan de este modo al entramado social del Imperio. El nuevo régimen de tenencia de la tierra que así se generaliza dará lugar a una colonización del campo mediante asentamientos dispersos tipo villae. Estudios sobre la zona inmediata de la alta Campiña (Castro López 1984y 1989, Choclan y Castro 1987) han caracterizado este modelo como una economía campesina que asegura su estabilidad diversificando los cultivos y buscando la mayor autosuficiencia posible. La ciudad se convierte en centro de abastecimientos y de comercio a escala local y regional (Rodríguez Neila, 1993-94) tanto para colonos de origen itálico o romano como para los agricultores que han accedido a la condición de propietarios en tanto que miembros libres de la originaria comunidad ibérica ^^. Las trazas arqueológicas de este movimiento colonizador parecen hacerse igualmente perceptibles en el entorno de Toya, donde las exploraciones de C. Fernández Chicarro (1954, 1957) han puesto en evidencia una considerable densidad del poblamiento rural romano (aún sin evaluar a falta de prospecciones sistemáticas). Se constata asimismo cómo estas explotaciones se extienden por el curso bajo del río Jandulilla (Lagunas et al, 1989), y el hallazgo de algunos asentamientos con fechas del siglo I sobre aterrazamientos de Guadiana Menor ^^ Esto plantea como importante cuestión a resolver el destino sufrido por las clases dependientes y no propietarias procedentes del extinto sistema de servidumbre. TERESA CHAPA BRUNET y VICTORINO MAYORAL HERRERA AEspA, 71, 1998 pueden indicarnos un fenómeno análogo en dicho valle 23. Las citadas transformaciones en la organización territorial cierran el círculo de la incorporación de la elite local a la estructura de poder implantada por Roma. El ordo decurional de las ciudades provinciales, compuesto por las principales familias de las clases propietarias, asegura el mantenimiento de un régimen oligárquico'^^. Pero ahora esta escala de promoción social queda abierta por su extremo más alto por la posibilidad de acceder a la elite rectora del conjunto del Imperio. Con mayor o menor rapidez según la amplitud de los privilegios concedidos, el sistema permite a los jerarcas locales obtener la ciudadanía romana, que será el punto de partida de nuevas aspiraciones políticas. La elaboración de este trabajo permite mostrar la importancia de la escala regional para la comprensión de los procesos de cambio de carácter general. El ejemplo que hemos presentado inserta un espacio concreto, el corredor del Guadiana Menor, en la dinámica más amplia del entorno altoandaluz y en el marco de las comunicaciones siempre necesarias con el Sureste. A través de un eje diacrónico se ha observado cómo este pasillo se convierte en una ruta estable y de gran importancia en el fragmentado panorama político del Ibérico Pleno y Tardío, cuando Tugia supone un enclave fronterizo entre Bastetanos y Oretanos. La canalización del comercio supondrá la fundación de asentamientos en los puntos claves de paso. En yacimientos con esta función, como Castellones de Ceal, la presencia de objetos importados, tanto de zonas limítrofes como alejadas, revela una dedicación comercial que va mas allá de las meras posibilidades de subsistencia que ofrece el entorno. Cuando el panorama político cambia con la do-^^ En el curso bajo del río se han localizado dos asentamientos emplazados en terrazas al pie del cauce: La Venta del Barco (topónimo que hace referencia a un vado del río) y Venta de San José. Ambos pueden fecharse en el siglo i d.C. En el entorno de este último se documentó un gran silo para el almacenaje de grano. A un tipo de emplazamiento diferente correspondería el yacimiento de Haza de la Cruz, de cronología tardorromana y probablemente más relacionado con aprovechamientos ganaderos o de tráfico comercial. ^^ La epigrafía de Cástulo (Bázquez 1994: 515-527) ofrece excelentes ejemplos de las liberalidades y donaciones que formaban parte de las manifestaciones de poder de esta elite municipal. minación romana, las fronteras anteriores dejan de mantenerse y se puede optar por otros diseños viários más rentables de cara a la comercialización de excedentes. Esto no implica una desaparición inmediata del modelo anterior, pero sí una progresiva decadencia, ya que el grueso de las mercancías se orienta hacia rutas más fácilmente franqueables. Otras épocas históricas nos revelan una misma respuesta. El Guadiana Menor aparece de nuevo con cierta relevancia en las fuentes medievales cuando vuelve a convertirse en zona fronteriza, primero entre la Cora de Jaén y la Cora de Tudmir (reino de Murcia), y posteriormente como límite por largo tiempo consolidado de la Reconquista (Segura, 1983: 78-79). Por el contrario a partir del siglo xvi este camino no aparece en los repertorios que recogen las principales vías de un reino unificado y cada vez más centralizado, situación que se arrastra hasta nuestros días (Villegas Molina, 1981). El papel político y económico de canalización comercial condicionará asimismo las estrategias de explotación y usos del suelo. Si durante el período ibérico el oppidum parece configurarse como la única unidad de asentamiento, es evidente que en esta zona existe una planificación a escala territorial, con centros principales que establecen y controlan otros centros secundarios. Estos cumplen un papel complementario, ligándose a explotaciones específicas, al control de las rutas de paso o simplemente a la colonización de territorios agrícolas alejados del centro principal. Las relaciones clientelares permiten ahora una diversificación de los lazos sociales, más allá de los meramente parentales que parecen dominar en épocas precedentes. Este esquema, en el que las elites locales van a jugar un papel preponderante, parece prolongarse incluso en los primeros momentos de la dominación romana, cuando en la Alta Andalucía son mantenidas como gestoras de los principales recursos exportables, especialmente los agropecuarios y mineros. Esto permite una cierta fosilización de las estructuras anteriores, aun cuando el marco político y económico global está cambiando con rapidez. El mantenimiento de los esquemas productivos permite pensar en la supervivencia de las relaciones sociales internas entre los grupos ibéricos, ya que la interacción inicial con el ámbito romano se haría a través de los grupos dirigentes. La transformación de los sistemas de dependencia durante esta etapa de cambio será el verdadero núcleo del problema de la romanización. El paso al modelo municipal romano es básico para comprender el desmantelamiento de las redes anteriores. La ampliación del marco político en el que se integran los yacimientos de Andalucía oriental, así como la fundación de nuevos centros y el hecho de que las tierras sean susceptibles de ser ocupadas por pequeños colonos, supone una reorganización profunda del diseño estratégico y de los sistemas de explotación de la tierra. Zonas mantenidas antes como puntos claves de comunicación, son ahora sustituidas por otras rutas más transitables, haciendo inviable el mantenimiento de los centros anteriores, que entran en contradicción con el nuevo modelo político y económico. Éste será el caso del Guadiana Menor, en donde comienzan a documentarse explotaciones más pequeñas en las zonas más abiertas del valle. El nuevo patrón de relaciones, en gran medida aún por definir, no se ajusta ya a los viejos modelos y, en consecuencia, los asentamientos directamente ligados a ellos, como el poblado de los Castellones, dejarán de existir.
Presentamos el estudio de una pieza apenas conocida en el conjunto de estelas ibéricas con decoración figurada y epigrafía. Se trata de la estela hallada en el yacimiento del Mas de Barberán, en el término de Nogueruelas (Teruel), junto al límite con la localidad castellonense de Cortes de Arenoso. Reflexionamos sobre su morfología antropomorfa, su iconografía -el disco-coraza-y el epígrafe inciso que presenta. El municipio de Nogueruelas' está situado al SE de la provincia de Teruel, en el límite con la de Castellón (fíg. Hacia el O es colindante con el término municipal de Mora de Rubielos, y hacia el E con el de Cortes de Arenoso (Castellón). Se encuentra al S de la Sierra de Gúdar, un macizo constituido fundamentalmente por materiales cretácicos, en cuyo extremo meridional se alcanzan alturas superiores a 1.800 m donde afloran las calizas aptenses; en esta dirección el límite de este gran abombamiento viene definido por la fosa de Rubielos de Mora, que da paso a la depresión de Sarrión (Simón, 1984, 113-116). El año 1959, en el segundo número de la revista que los descendientes de Cortes de Arenoso editaban en Valencia, Samuel Ventura, archivero ya fallecido, publicó un pequeño artículo en el que se describen algunos parajes de este municipio y de su vecino Nogueruelas (Ventura, 1959), a partir de una excursión realizada en el verano de 1957. Allí se describe minuciosamente la estela que aquí estudiamos, de la que se reproducen dos fotografías y se apunta una transcripción del principio del texto. Asimismo se indica que una "persona muy caracterizada" del Museo Paleontológico de Valencia había visto la pieza y la había calificado de muy importante ^. Este artículo aparece mencionado en un libro sobre la toponimia del Alto Mijares y Alto Pal ancia, donde se indica que la estela se encontraba depositada en el Museo de Teruel (Nebot, 1991, 56). La estela fue encontrada por J. Sanahuja en un yacimiento ibérico emplazado en tierras del Mas de Barberán, situado a 0,9 km del límite provincial con Castellón, que ocupa una estribación de la vertiente SO del Cabezo de la Cruz (1.710 m) que sirve de hito en la división provincial. Se trata de un espolón rocoso orientado N-S cuya cima alcanza una altitud superior a los 1.340 m. A sus pies, en dirección S, se extiende una pequeña llanura llamada el Plano que está cruzada por el Barranco del Campillo. Es accesible por el N y por el E, aunque en este lado la pendiente es muy pronunciada, mientras que por el O y por el S paredes rocosas lo hacen completamente inexpugnable. Las características de su emplazamiento y el hecho de que el terreno descienda en altitud hacia el S, hacen de este lugar una verdadera atalaya que permite un amplio control visual en esta dirección. El asentamiento ibérico más próximo, Los Morrones (1.140 m), situado a 3,1 km hacia el SE en el término municipal de Cortes de Arenoso, resulta visible desde este lugar, como también lo es el del Castillete (1.080 m). situado a 4,4 km en la misma dirección. El asentamiento ocupa la parte más alta del espolón y conserva restos de fortificaciones en el extremo Ndonde tal vez existiera una torre-y en el lado E. Adopta una forma estrecha y alargada, adaptado a la topografía. Se conservan restos de algunas construcciones que se distribuyen de forma escalonada por la ladera E. Los materiales cerámicos, muy fragmentados, son típicamente ibéricos. Algunos fragmentos de cerámica fabricada a mano podrían corresponder a una primera ocupación en la Edad del Bronce o el Hierro Antiguo. Algunos fragmentos de cerámicas romanas, como un pequeño fragmento de campaniense B tardía y un pivote de ánfora encontrado en las proximidades, confirman su perduración al menos hasta principios del siglo i a.C. A unos 200 m en dirección NE, en la otra vertiente del pequeño barranco que se forma poneste lado del espolón, se ha localizado la necrópolis, muy destruida por la erosión. Los restos encontrados son algunos fragmentos de cerámica fabricada a torno, pequeños fragmentos de huesos calcinados y escasos trozos de bronce y hierro muy oxidado. En algunos casos estos materiales aparecen concentrados en áreas reducidas que deben corresponder a una o más urnas y sus ajuares, entre los que no encontramos ningún fragmento de cerámica de importación. Recientemente se ha recuperado un lote interesante de armamento ibérico que formaba parte de los ajuares de las tumbas -espadas, lanzas, puñal, etc.-, cuyo estudio estamos preparando (Izquierdo, en prensa). Muy posiblemente la estela debe proceder de esta necrópolis, aunque cuando se dio a conocer en 1959 ya debía haber sido trasladada desde su lugar de hallazgo. Según se nos comunicó, la estela estuvo hincada en una grieta de la roca en la cima del asentamiento ibérico, aunque no consideramos que éste pudiera haber sido su emplazamiento original. DESCRIPCIÓN DE LA PIEZA ^ La estela antropormorfa del Mas de Barberán (figs. 2 y 3) presenta una morfología rectangular, alargada, y una sección muy recta, prismática y estrecha. Sus dimensiones generales aparecen detalladas en la tabla num. Una de las caras mayores de la estela -la cara principal-está alisada, decorada y muestra una inscripción, mientras que el dorso se halla únicamente desbastado, sin alisar. Las caras laterales están ligeramente alisadas, poco cuidadas. Son muy evidentes los efectos de la exposición y meteorización de la pieza, que han erosionado y alterado notablemente sus superficies. La estela está tallada en piedra arenisca de color amarronado, con algunas vetas de tonalidades que oscilan del rojo oscuro al negruzco, de textura compacta y dura, aunque granulosa, de procedencia posiblemente local. En ocasiones, la conformación del propio material pétreo, que se dispone a modo de capas horizontales, más o menos paralelas, apreciables sobre todo en las caras laterales, podría confundirse con los recorridos del instrumental utilizado en la talla de la pieza. En este sentido, con relación a la técnica de labra y el acabado de la estela, en el extremo superior del lateral izquierdo se observan diversas huellas del cincel empleado, de filo recto, estrecho y boca curva de 6 mm de anchura y 2 mm de profundidad. También es posible aventurar, a través de la sección de la decoración incisa, la utilización de un punzón de boca curva que genera suaves incisiones de 2 mm de anchura y profundidad. No se aprecia en la actualidad indicio alguno de policromía. La pieza fue concebida para ser observada frontalmente por la cara principal, dotada de decoración y epígrafe. El desarrollo de esta cara se divide en tres partes principales: la inferior, de aproximadamente 0,5 m de altura, sin decoración y tan sólo desbastada; la central, con un módulo similar, decorada mediante la técnica de la incisión, donde aparecen figurados lateralmente los hombros, parte más ^ Queremos expresar nuestro agradecimiento a todos los colegas que, con sus pacientes lecturas e interesantes consejos, han ayudado de manera decisiva en la preparación de este artículo: a los compañeros del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universitat de Valencia, C. Aranegui, C. Mata, J. Pérez Ballester y P. P. Ripollès; así como a R. Olmos, F. Quesada, J. Untermann, J. Velaza y J. de Hoz. destacada, donde se representa un disco-coraza en posición central y el campo epigráfico, pautado por cinco líneas-guía; finalmente, la parte superior, de menores dimensiones, en torno a 35 cm de altura, carece de decoración y se va estrechando progresivamente. La estela, que representa un personaje masculino armado, obvia la labra de la cabeza. Su fisonomía está implícita en el diseño de la propia estela. Su cara superior, en una vista cenital, es plana y se halla alisada irregularmente; presenta, además, una fina línea incisa horizontal de 10 cm de longitud y A 42 cm desde la parte superior se representa el disco-coraza (fig. 4), con un diámetro de 16,5 cm, que consta de dos cuerpos concéntricos lisos y un elemento central, muy deteriorado. Desconocemos si son naturales o no las causas de tal erosión. Podríamos incluso aventurar una damnatio en esta parte del disco, que se decora en otros ejemplos ibéricos con figuraciones (v. infra). Sin embargo, en él no se aprecia rastro alguno de posibles ornamentaciones. Debajo, aparece una inscripción ibérica. bastante mal conservada, de cinco renglones, adaptada a la anchura del cuerpo de la estela -34 / 32 cm-. A 62 cm de altura, se inicia el campo epigráfico que está preparado, pues se aprecia un alisado de la superficie. El surco de las cinco líneas-guía, ejecutadas con un punzón de boca con sección "en v", es de 1 mm de anchura y su profundidad no lie- Epígrafe Fig. 3.-Estela ibérica del Mas de Barberán (Nogueruelas, Teruel). Alzado de la cara principal con decoración y epigrafía (foto, autores). ga a 1 mm. En el tercio inferior de la pieza, el peor tratado y conservado, a 90 cm de altura desde la parte superior, se observa una concavidad de 6 cm de diámetro, de aspecto natural, consecuencia probablemente del trasiego de la pieza desde su ubicación original, aunque no se descarta una intencionalidad en su formación. La parte inferior de la estela, muy erosionada, que originalmente iría clavada en tierra, únicamente se halla desbastada. En definitiva, en esta estela antropomorfa ibérica se representa, esquemáticamente, un personaje masculino armado, que porta un elemento defensivo, el disco-coraza. Se trata de la imagen de un guerrero ibérico con inscripción. La técnica y el estilo, como es evidente, son bastante simples. Noy hay grandes alardes por parte del artesano en la factura de la labra. Las superficies son totalmente planas, sin atisbo alguno de realzar volúmenes. No existe tampoco una minuciosidad descriptiva. La verticalidad de la estela, de formas muy geométricas, queda rota, en primer lugar, en su parte central por el gran disco pectoral y los hombros; en segundo lugar, por la horizontalidad del campo epigráfico. Estamos ante una pieza que se inscribiría en un hipotético marco de segundo orden en el conjunto de la estatuaria ibérica si atendemos a su calidad técnica y estilo, atribuible a un taller local. La particular morfología de esta pieza, su decoración y la inscripción que muestra permiten compararla con las diversas series de estelas ibéricas (Izquierdo, 1997, 66-77), y de manera destacada, la de las denominadas estelas antropomorfas o estatuas-estela, cada vez más rica; por otra parte, desde el propio territorio del hallazgo nos detendremos en la serie de estelas bajoaragonesas decoradas, así como en las epigráficas ^. En cuanto a la primera serie, contamos con distintos ejemplos, como la estela de La SeiTada, hallada en la cercana localidad de Ares del Maestre (Castellón), recientemente estudiada (Izquierdo y Arasa, en prensa b). Se trata de un ejemplar acéfalo, de menores dimensiones que el que presentamos en esta ocasión, anepígrafo y con figuración femenina. La dama que aparece labrada en esta estela está enjoya- da y ataviada con sus mejores galas, a la manera ibérica. Por otra parte, en el territorio contestano hemos de destacar la estela antropomorfa masculina (fig. 5), también acéfala, de Altea la Velia (Alicante), publicada por Moróte (1981) y posteriormente recogida por Lucas, Ruano y Serrano (1991, 309-310), a propósito de la estela de Espejo. Sus dimensiones se aproximan más a la del Mas de Barberán (108 cm de altura conservada x 29 cm de anchura y 20 cm de profundidad). Representa un guerrero, del que se aprecian los hombros, el cuello, el escote "en v" de su túnica, el cinturón, e incluso los pies. El armamento que aparece labrado es significativo: un cuchillo afalcatado en su cara frontal y una espada de antenas en una de sus caras laterales. La estela de Altea ha sido considerada un unicum en la estatuaria ibérica, sin relación con las conocidas estelas del Suroeste, ni con las tardías del periodo iberorromano. Sus paralelos se han establecido generalmente con estelas extrapeninsulares, concretamente con la serie daunia, que continúa las tradiciones del Bronce final y Hierro inicial en esta región itálica ^ En Espejo (Córdoba) fue localizada la estela publicada por Lucas, Ruano y Serrano (1991) que se caracteriza por su configuración antropomorfa, similar a las piezas comentadas de Ares del Maestre' ^ Esperamos la publicación de un U*abajo de conjunto sobre las diversas series de estelas ibéricas, a la vista de los nuevos hallazgos, sus precedentes peninsulares y paralelos mediterráneos (Izquierdo y Arasa, en prensa a). Asimismo, autores como Quesada (1997, I, 201) han establecido paralelos con las estelas de Guardiagrele (Chieti) o Filetto (Lunigiana). Se trata de piezas de una gran simplicidad que no pueden hacerse derivar unas de otras. y Altea la Velia, aunque muy distinta en otros aspectos. Conserva 43 cm de altura y muestra a una dama ibérica, con collares y adornos en su túnica. Como paralelos de esta pieza se han señalado ciertas esculturas de Torreparedones, Cerro de los Santos, el conjunto votivo de Torrebenzalá y algunas esculturas cordobesas, una de las cuales -figura masculina del Cerro de los Molinillos de Baena-podría incluirse en la serie de estelas antropomorfas ^. ^ Un estado de la cuestión sobre el tema de las estelas antropomorfas peninsulares, de gran tradición desde época pre-La serie de estatuas-estela en la cultura ibérica agrupa piezas muy distintas entre sí, contemplando la representación de ambos géneros: personajes masculinos, que evocan el mundo del guerrero, y personajes femeninos, las damas. Presentan rasgos compartidos en su estructura general, figuración antropomorfa y escasos alardes técnicos, pero manihistórica, completa el citado trabajo de Lucas, Ruano y Serrano (1991). Su localización geográfica, a su vez, las sitúa en territorios muy distintos y alejados entre sí. Se trata de piezas singulares que revelan un marcado interés por representar determinadas categorías de estatus y género a través de atributos específicos y caracterizadores, como el armamento o las joyas y la indumentaria. La precisión en los detalles anatómicos o la calidad en la labra son cuestiones secundarias. Estamos ante talleres o manos evidentemente distintas, que se caracterizan por un estilo poco cuidado, más bien tosco, y el trabajo con unos modelos idealizados, muy difundidos a juzgar por la localización de las piezas, en los que la sociedad ibérica se reconoce. Otra cuestión que se plantea es la cronología. La estela de Altea podría fecharse entre los siglos v o IV a.C. (Moróte, 1981). La tipología del armamento representado y el contexto ceramológico asociado así parecen indicarlo. Para la pieza de Espejo se ha propuesto una fecha insegura de finales del siglo iv a.C, en función de su carácter esquemático y la conjunción de tradición antigua y asimilación de influjos externos (Lucas, Ruano y Serrano, 1991, 318). La estela de La Serrada correspondería a un momento intermedio entre la incorporación de las grandes damas al repertorio de la plástica ibérica que puede situarse desde mediados del siglo iv o durante el siglo III a.C, y la serie de las estelas epigráficas, de cronología ya más tardía. En definitiva, nos enfrentamos de nuevo al complejo problema de la ausencia de contextos arqueológicos. No obstante, ciertos rasgos comunes a todas estas piezas y la presencia de la inscripción en la estela de Nogueruelas podrían indicar una datación quizás coetánea y tardía. Desde otra perspectiva, en el propio territorio aragonés hemos de destacar la conocida e interesante serie de estelas decoradas con figuración, concentrada fundamentalmente en el Bajo Aragón ^ Se tra-^ Dentro de su estudio sobre las estelas de los conventos cesaraugustano y cluniense, Marco (1978, 90-91) distinguía las piezas de cronología anteimperial, que constituían una minoría, de las de época plenamente imperial. Entre las primeras cabe destacar las estelas cántabras y su ámbito de influencia (Galdácano, Meñaca), las estelas con inscripción ibérica de Clunia y otras dentro del grupo húrgales (Iglesia Pinta y Lara), así como oíros ejemplares aislados, cuya cronología se sitúa entre los siglos ii y i a.C. Las estelas del Bajo Aragón se incluyen en este grupo y poseen en conjunto una datación del siglo II o de la primera mitad del siglo I a.C. Fueron objeto de diversos trabajos en el pasado, inicialmente por parte de Cabré (1915-1920), Bosch Gimpera (1915-1920) o Fernández Fuster (1951), hasta llegar a las publicaciones más recientes, entre otros, de Marco (1976Marco ( y 1978)), Martín-Bueno y Pellicer (1979-1980) o Quesada (1994), sin ánimo de ser exhaustivos. En el reciente trabajo de Beltrán ta de una serie que aparece concentrada en Teruel y Zaragoza, en las localidades de Alcañiz, Caspe, Chiprana, Calaceite, Cretas, Valderrobres y Valdetormo. Se ha supuesto la existencia de un foco central dentro del ámbito bajoaragonés, al N, en la ribera del Ebro (Chiprana, Caspe, etc.) y otro foco al SE, determinado por las piezas de Cretas y Valderrobres (Marco, 1976, 89-90). En especial, destaca el grupo de Alcañiz y Caspe, que engloba la mayor parte de las piezas conocidas, de fuerte personalidad. Jinetes y armas -lanzas y escudos-, además de escenas bélicas y motivos geométricos, componen su universo iconográfico particular ^. La tipología elaborada por Fernández Fuster y Marco viene a distinguir, en síntesis, entre las estelas con representaciones figuradas anepígrafas, con el tema de jinetes aislados o sobre supuestos enemigos vencidos, caballos, lanzas, medallones o rosetas; las estelas con iconografía y epigrafía en signario ibérico, con el tema recurrente de las armas y motivos geométricos; las estelas sin iconografía, sólo con elementos epigráficos; y, finalmente, las piezas consideradas como ecos de los pilares-estela de los siglos V y IV a.C, con epigrafía, donde se destaca el ejemplo excepcional de El Acampador de Caspe (Zaragoza). La estela de Caspe (figs. 6 y 7) es interesante por su morfología, iconografía, e incluso, según la hipótesis de algunos autores, por su posible relación con los pilares-estela ibéricos en lo que respecta a su forma y decoración (López Monteagudo, 1983, 264). La parte conservada en la actualidad tiene una altura de 113 cm y 80 cm de anchura. Merece la pena detenernos en su iconografía: por un lado, el relieve con felino que remata la pieza, con las conocidas connotaciones simbólicas que posee; por otro lado, la decoración de armas -un scutum y tres caetrae-, elementos de prestigio de la panoplia ibérica, sin olvidar la inclusión de la larga inscripción, que cuenta con elementos nominales' ^. La cronolosobre los iberos en Aragón aparece una buena síntesis de los hallazgos, su descripción, decoración, forma, dimensiones, contextos y cronologías (Beltrán, 1996, 175-183). ^ Precisamente, las lanzas han sido definidas como el elemento más importante y personal de los que definen iconográficamente las estelas del Bajo Aragón (Marco, 1976, 83), interpretadas como la alusión al número de victorias o de enemigos vencidos por parte del difunto, según la visión tradicional de Cabré o Bosch Gimpera (1915-1920, 637-638) o como un elemento de índole escatológica, símbolo de la heroización del difunto (Marco, 1976, 85-86). ^ Los primeros investigadores que dieron a conocer la pieza insistieron en la interpretación funeraria de la estela; la simbologia del león, que la vincula con el mundo ibérico de la costa mediterránea; el registro con iconografía de escudos, sin entrar en la atribución de cada uno a un enemigo venci- -Estela ibérica de El Acampador (Caspe, Zaragoza), según fotografía de Beltrán, 1996, fig. 176. Fig. 6.-Estela ibérica de El Acampador (Caspe, Zaragoza), según Martín-Bueno y Pellicer, 1979-1980, fig. 1. gía de este monumento se ha situado en el siglo ii a.C, aunque algún autor ha considerado que es más adecuado fecharlo en un momento anterior (Beltrán, 1996, 183). En algunos casos -como en la de El Mas de Magdalenes-, se incluyen epígrafes incisos. Los grandes discos o círculos decorados, a veces con rosetas en su interior, son bien conocidos dentro de la do, según las tesis clásicas de Cabré o Bosch, y la importancia de la gran inscripción ibérica que presenta (Martín-Bueno y Pellicer, 1979-1980). serie. En los ejemplos citados, además de otros como en una estela de Torre Cachero de Valderrobles (Teruel) (Atrián, 1979, 174, fig. 13), estos elementos aparecen en posición central con dos bandas cruzadas, dispuestas en aspa. La interpretación de estos motivos, en general, siguiendo a Marco (1974,(99)(100), se sitúa entre su consideración bien como simples decoraciones, bien como estilizaciones relacionadas con la figura humana, o bien como símbolos astrales. Es esta última hipótesis la más difundida entre la investigación tradicional. Por nuestra parte, sin descartar el sentido dado a estas representaciones, podríamos aventurar otra lectura, concretamente, para el caso de los grandes discos. Resaltamos, en primer lugar, su posición central en la estela y su asociación con bandas cruzadas, decoradas en ocasiones, a modo de cintas. Los discos aparecen, asimismo, conjuntamente con puntas de lanza. Estas representaciones podrían figurar en realidad una defensa corporal o, más explícitamente, discos-coraza, con su característica disposición (v. infra). De este modo, lanzas y discos evocarían el mundo y los valores del guerrero en el soporte de la estela. La estela de Nogueruelas con figuración y epigrafía, se encuentra muy próxima al límite con la actual provincia de Castellón, que cuenta con buenos ejemplos de estelas ibéricas, tanto con epígrafes -en su mayor parte-como, de manera excepcional, sin ellos -recordemos el citado caso de La Serrada-. En relación a su cronología, recientemente en distintos trabajos, autores como Oliver (1996), recogiendo las tesis de Maluquer, o Velaza (1993) señalan los siglos ii y i a.C. (v. infra). Pero, por otro lado, la proyección de la imagen del guerrero en una estela no es exclusiva del mundo ibérico. Podemos evocar, en este sentido, la singular estela antropomorfa celtibérica de Segura del Toro (Cáceres), hallada muy cerca de un gran verraco y varias estelas discoidales, características de este ámbito cultural. La pieza es de granito, de 109 cm de altura, y representa un guerrero armado con una espada de tipología singular. Existen, asimismo, otros muchos casos extrapeninsulares. No obstante, pensamos que la estela del Mas de Barberán encuentra sus mejores paralelos en las citadas series ibéricas de estatuas-estela, los ejemplos bajoaragoneses con epigrafía y figuración, así como las estelas epigráficas castellonenses no decoradas -éstos dos últimos grupos situados en territorios cercanos al del lugar de hallazgo de la pieza que aquí estudiamos-. El disco-coraza representado en la estela de Nogueruelas encuentra paralelos con otras esculturas ibéricas, así como con elementos metálicos de bronce y hierro documentados por el registro arqueológico, fundamentalmente de las necrópolis. Por otro lado, en las tumbas núms. Finalmente, en el área costera catalana contamos con las referencias de la tumba núm. 14 de La Oriola y la Granja Soley (Quesada, 1997, I, 575). A estos ejemplos, finalmente, se puede sumar el impreciso ejemplo en bronce de Cova Monja en Mallorca, presentado inicialmente por Cabré de Moran (1949, 188) y recogido con posterioridad por otros investigadores. El torso de guerrero a caballo del túmulo num. 20 de la necrópolis de Los Villares (Albacete) presenta una indumentaria similar a la de los guerreros de Porcuna, con hombreras y correas de sujeción, aunque sin discos-coraza (Blánquez, 1993, 92). Sin duda, las esculturas de Porcuna (fig. 9) -y singularmente el denominado guerrero núm. 1son las que mejor ilustran la morfología y disposición de estas armaduras (Negueruela, 1990, figs. 4, 4bis, etc.). Grandes discos lisos -en el pectoral del citado "guerrero num. 1" con todo su perímetro biselado-de entre 21-23 cm de diámetro en los pectorales y de 23-27,5 cm en los espaldares y anchas correas, que seguramente serían de cuero y asegurarían la sujeción de los elementos, así como protecciones en los hombros conforman una estructura compleja, reproducida en otras esculturas de distintos territorios ibéricos. Así, la pieza acéfala de La Losa (fig. 10) muestra discos-coraza lisos de 25 cm de diámetro, sujetos por medio de correas -de unos 6 cm de anchura-. Desde el disco delantero pasan dos correas, una por encima del hombro izquierdo y otra por debajo de la axila izquierda; se cruzan por la espalda y salen por el hombro contrario pasando otra vez bajo el disco delantero para, finalmente, sujetarse en el cinturón. A modo de complemento de este sistema de correas (Giménez Ortuño, 1988, figs. 2 y 4) se ha propuesto la existencia de una pieza, tal vez de lana, para evitar el roce directo sobre la piel. Por su parte, la escultura de La Torrecica, muy mal conservada, representa la espalda de un torso masculino donde un pequeño disco-coraza permanece sujeto, de nuevo, por dos tirantes aspados sobre los hombros. Finalmente, en pleno territorio contestano, la magnífica pieza del busto de guerrero de La Alcudia, tantas veces citada, evidencia una gran minuciosidad descriptiva, reproduciendo los detalles del núcleo figurado con cabeza de lobo en la coraza pectoral. Por lo demás, el sistema de sujeción mediante correas -en este caso, ornamentadas con bellotas en relieve, posiblemente de cuero con apliques metálicos-que pasan por los hombros y bajo las axilas, es el mismo que ya hemos descrito en otras esculturas, apreciándose en este caso un nudo de cintas que podría representar el sistema de cierre de la armadura. La escultura hallada en el Parque de Elche, muy fragmentada, muestra la protección de hombros y el sistema de correas cruzadas por la espalda. Interesa destacar la presencia de parte de un orificio circular de 11 cm de diámetro en la escultura, que se halla totalmente vaciada en su interior, lo que ha permitido definirla como estatua-urna, dentro de una serie conocida en el mundo ibérico (Olmos y Chapa, 1997, 168). En síntesis, las representaciones de discos-coraza en la estatuaria ibérica pueden ser lisas -en su mayor parte y el ejemplo que estudiamos no parece una excepción-o decoradas, como en el caso de La Alcudia de Elche, con cabeza de animal, dotado de una fuerte carga simbólica, presente en el relieve de Minerva de la muralla de Tarraco, del siglo ii a.C, donde aparece también una cabeza de lobo en el escudo de la diosa, a modo de gorgoneion (Grünhagen, 1976). Igualmente uno de los guerreros de Osuna muestra en el umbo de su escudo una cabeza de lobo (Rouillard, 1997, num. La imagen terrorífica del lobo, protectora y a la vez amenazante, unida a la representación del guerrero en el caso ilicitano, proyecta un valor apotropaico y probablemente ritual e iniciático, que ha sido analizado en profundidad y resaltado por distintos autores, a los que nos remitimos (Negueruela, 1990, 148; Almagro, 1997; Olmos, 1997, 96, entre otros). En los bronces votivos masculinos armados no se han identificado discos-coraza, aunque sí que se ha reconocido el sistema de almohadillado o de protección para los hombros que documentan las esculturas de Porcuna o Elche (Nicolini, 1969, 159). En cuanto a la consideración del origen de este elemento, existe prácticamente un consenso en cuanto a su procedencia incuestionablemente itálica ^^. Las diferencias de los discos-coraza itálicos y los ibéricos son muy evidentes en lo que se refiere a la cronología -aquellos son mucho más antiguos-, el sistema de suspensión, la ausencia de protecciones sobre los hombros o las dimensiones (Negueruela, 1990, 152). Los cardiophylakes o guardacuori itálicos aparecen a principios del siglo vii y dejan de utilizarse en el siglo v a.C, según ha visto Kurtz (1991, 188, n.p.p. A modo de ejemplo, ya señalado por Blázquez y Navarrete (1985, 63) a propósito de los guerreros de Porcuna, podríamos citar la conocida escultura del guerrero de Capestrano (L'Aquila, El Piceno) del siglo vi a.C, la más importante hallada en Italia central (Bianchi Bandinelli y Giuliano, 1974, 104, figs. 117 y 118). Se trata de la estatua de un guerrero que coronaba una tumba. En su mano derecha porta una probable insignia de mando; también va armado con espada y puñal, además de un espléndido disco-coraza circular. Es interesante hacer notar que la escultura se acompaña de una inscripción que en opinión de Bianchi Bandinelli y Giuliano indicaría quién era el difunto y el equiva- Por otro lado, la asociación del guerrero armado, protegido por coraza, y la estela funeraria tiene un ejemplo muy ilustrativo en la serie de estelas daunias, recientemente reestudiada desde el punto de vista de su iconografía y morfología (Salomone, en Pontrandolfo, Mugione y Salomone, 1997, 297-318). Destacaremos aquí el grupo de estelas con armas, cuya panoplia básica se compone de cardiophylax, escudo y espada, según Nava (1980Nava ( y 1984)). El cardiophylax de la cara anterior es generalmente, en estos ejemplos, de forma rectangular con extremos alargados, levemente cóncavos (Pontrandolfo, Mugione y Salomone, 1997, figs. 17, 20, 22 y 26) y a veces se decora con motivos geométricos en su interior. La práctica totalidad de las piezas carece de contexto arqueológico a excepción de los casos en que las estelas son reutilizadas en tumbas o estructuras de habitat, siempre del siglo vi a.C. {ibidem, 298, n.p.p. Como evidencia arqueológica, también en el territorio itálico, destaca el tantas veces citado ajuar de la tumba núm. 388 de la necrópolis de Alfadena, en el que se localizaron las piezas in situ de una panoplia, donde el disco-coraza cuelga del hombro derecho (Negueruela, 1990, 151, fig. 22). También, fuera de este ámbito, en la tumba de cámara núm. 90 de Aleña fueron hallados dos discos-coraza de bronce de 17,5 cm de diámetro (Jehasse y Jehasse, 1965, 455). No podemos, finalmente, dejar de mencionar la pieza antes citada de Grézan (Gard; v. n.p.p. 11), con figuración de cinturón y coraza pectoral ornamentada, en este caso de forma rectangular, definida inicialmente por Déchelette (1927Déchelette (, 1041, fig. 705, fig. 705) y luego por Jacobsthal (1969,1, 6) como escultura de guerrero céltica del S de Francia -en ocasiones aparece denominada como celtibérica por el estilo de la escultura y las características del cinturón-. Sin embargo, a pesar de este caso, es más evidente el paralelismo de las piezas ibéricas -entre las que se encuentra la que aquí presentamos-, con las itálicas, de las que hemos comentado tan sólo algunos ejemplos bien conocidos. En general, en cuanto a la cronología, los discoscoraza metálicos encontrados en los ajuares de las necrópolis peninsulares no parecen bajar de mediados del siglo IV a.C. La mayoría ha sido inscrita dentro del siglo v a.C, asociados a la fase antigua de la panoplia ibérica. Por lo que respecta a las re- presentaciones en piedra, la datación de la escultura de La Losa, por ejemplo, se ha relacionado con la atribuida al caballo procedente del mismo yacimiento, así como con la de los conjuntos de Porcuna y La Alcudia de Elche, enmarcándose, por tanto, a mediados del siglo v a.C. (Giménez Ortuño, 1988, 132). La escultura del jinete o caballero de Los Villares se fecha en el 410 a.C, según Blánquez (1993, 91) a partir del análisis del ajuar del túmulo núm. 20. En síntesis, como ha observado Quesada, apenas hay armas defensivas del periodo en que mejor conocemos otras armas ofensivas como la falcata, la lanza o el soliferreum, es decir siglos iv y m a.C. Será a partir de finales del siglo m y sobre todo los siglos II y I a.C. cuando volvamos a encontrar evidencias sobre armamento defensivo pasivo: las cerámicas con decoración figurada y los textos clásicos así lo demuestran (Quesada, 1997, II, 583). Precisamente en este último momento -ibérico tardío o final-se enmarca la estela de Nogueruelas con inscripción que aquí estudiamos. El campo epigráfico mide 30 x 15,5 cm y no presenta ningún tipo de marco o delimitación. El texto aparece distribuido en cinco renglones, siguiendo otras tantas líneas de guía para el trazado de los signos. El último renglón no cuenta con línea de guía por la parte inferior. El lapicida debió trazar inicialmente cinco líneas de guía para cuatro renglones con la idea de que el texto no ocuparía un espacio mayor, pero se quedó corto en su cálculo y necesitó añadir un sexto renglón para el que sin embargo no trazó la correspondiente línea de guía por su lado inferior. De esta manera, las cinco primeras líneas ocupan casi todo el ancho de la estela y tienen una longitud parecida, pero la sexta cuenta sólo con dos signos. A partir del segundo renglón los signos descansan en la línea de guía inferior y no alcanzan la superior. En cuanto a la ordinano, el texto parece estar bien alineado a la izquierda. Los signos iniciales de las tres primeras líneas están situados aproximadamente en la misma vertical; en la cuarta es imposible precisarlo por la presencia de un desconchado, aunque posiblemente su inicio se desplazó un poco a la derecha a causa del estrechamiento de la estela que reduce la anchura del campo epigráfico, por lo que el signo inicial debió estar situado a la altura del primero de la quinta, donde este desplazamiento es evidente. El final de las líneas en el margen derecho es irregular, pues la primera y sobre todo la quinta son más cortas que el resto. La parte central del texto, formada por las líneas 2-4, ocupa toda la anchura del campo, en particular la tercera que es la más larga. En algo más de la mitad izquierda de las líneas 2-3 los signos están más espaciados, mientras que en la derecha están más próximos. El texto no presenta signos de interpunción. El trazado de los grafemas no muestra una gran pericia, según se demuestra en algunas correcciones en la incisión de los trazos, el trazado asimétrico de algunos signos y algunos ángulos no cerrados en éstos; parece inseguro, incluso vacilante en algunos casos. El surco es estrecho y poco profundo. La altura no es uniforme, puesto que algunos signos se prolongan más allá de la línea de guía, como es el caso de la m del primer renglón que alcanza 3,2 cm y sobresale 7 mm por encima de aquélla. Algunos signos presentan particularidades en el ductus: en la primera línea el triángulo de la r no se cierra completamente en su vértice inferior, el trazo vertical de ba aparece curvado ligeramente hacia la derecha y la / final tiene el trazo vertical ligeramente quebrado, lo que debe corresponder a una corrección del lapicida; en la tercera los tres trazos de to no llegan a unirse en su extremo inferior, el trazo vertical de ba está inclinado a la derecha y el antepenúltimo signo, posiblemente una n, prolonga excesivamente su trazo principal por la parte superior. El signario utilizado es el ibérico nororiental. Las formas de los signos son las habituales en éste. En total han sido identificados con seguridad 15 signos. La forma que adopta el signo m cuenta con paralelos relativamente cercanos en las estelas de Benassal y Canet lo Roig II (E.9.1 y F.2.2). Con respecto a las recientes propuestas de datación paleogràfica de Rodríguez Ramos (1997), que se basan fundamentalmente en la evolución del signo be, éste aparece con una de las formas modernas (be-6), una de las más frecuentes, que se asocia a leyendas monetales, estelas funerarias y cerámica campaniense B y puede datarse en el periodo 150-50 a.C. El signo o figura con la forma clásica (o-l). de amplia cronologia. El signo / aparece con la forma moderna /-2, con una datación de 225-50 a.C. El signo f presenta la forma r-3, en la que se recogen variantes evolutivamente intermedias que el autor no considera antiguas. El signo s adopta una forma moderna (5-I), en la que posiblemente se aprecia el influjo latino, que fecha en 2757/250-50 a.C. El signo m presenta una forma no recogida por el autor, aunque cabe considerarla una variante de m-la, con una amplia cronología (400-50 a.C). La forma del signo ba es la más moderna (ba-2), con una datación de 300/275-50 a.C. Finalmente, el signo to adopta la forma inusual to-2, que supone una evolución de ti-3 y puede fecharse hacia 200-50 a.C. En resumen, el signarlo presente en el texto de la estela de Nogueruelas adopta en su mayor parte formas modernas, propias del periodo iberorromano, que pueden fecharse entre finales del siglo 111/ principios del 11 y mediados del i a.C, y de manera más concreta, formas propias de los esgrafiados que aparecen mayoritariamente sobre cerámica campaniense B y se fechan entre 150 y 50 a.C. Ésta es la cronología que Rodríguez Ramos atribuye en su periodización a la fase Iberorromano 2 o Neoibérico 4 (150/135-50 a.C), caracterizada, entre otros rasgos, por la aparición de las formas be-6 y to-2. Transcripción y comentario epigráfico El estado de conservación del texto es desigual. La primera línea puede leerse completamente, pero los signos conservados en el lado izquierdo de la segunda a la cuarta están e,n parte dañados o no se conservan; de la misma manera, algunos signos del resto de estas líneas, sobre todo de la cuarta, son dudosos. La lectura que proponemos es la siguiente: El carácter incompleto de la lectura realizada, con algunas dudas en las líneas 2 a 4, impide identificar todos los elementos significativos contenidos en el texto. Pasamos ahora a describir el texto línea a línea, con los problemas de lectura, dudas y propuestas que hemos realizado después de una escrupulosa autopsia. Línea 1: la forman 9 signos. Resulta clara la lectura del lexema seltar. A continuación sigue un trazo vertical levemente curvado hacia la derecha que puede identificarse con ba, y otro inclinado en la misma dirección que arranca desde la línea de guía inferior y parece corresponder a «, tras el cual puede leerse con claridad el sufijo -mi. Esta lectura ya fue señalada por Ventura, que recordando su presencia en la estela de Sinarcas, apunta que el elemento ban que en aquélla aparece entre ambos no puede reconocerse con seguridad en ésta. Sin embargo, la separación de los dos elementos cuya lección es segura y la presencia de los dos grafemas mencionados enmedio, aunque incompleto el segundo, hacen bastante segura esta lectura. Línea 2: debió estar constituida por 10 signos, que están bastante espaciados excepto los 7-9. El primero, ba, es seguro. Sigue un espacio bastante dañado en el que debían figurar dos signos, de los que puede verse el extremo superior del primero, un pequeño trazo inclinado a la derecha que podría corresponder a varios signos: s, r, be e incluso u\ del segundo no queda ni rastro. A continuación, los siete signos identificados pueden leerse con bastante seguridad de la siguiente manera: befuneni. Línea 3: la transcripción es muy problemática por su desigual estado de conservación. Parece estar formada por 11 signos, que están bastante espaciados en más de la mitad izquierda de la línea y bastante juntos en el resto. Del primer signo queda un trazo vertical, que parece corresponder a ba. Del segundo quedan dos pequeños trazos formando un ángulo abierto a la derecha que deben corresponder a la mitad superior de una s. El tercero es con seguridad to. Según las propuestas anteriores nos encontramos con el elemento bisilábico basto. El siguiente es un trazo recto ligeramente inclinado hacia la derecha, que parece ba, aunque no puede descartarse que sea parte de una n. Siguen tres trazos que parecen corresponder a una M bastante abierta, por lo que se trata de una s. A continuación encontramos dos trazos verticales paralelos con otro diagonal enmedio, que debe corresponder a una o. El siguiente signo es r, cuyos ángulos no llegan a cerrar. Tenemos así un segundo elemento bisilábico: basor. A continuación figura un trazo vertical de cuya mitad arranca otro corto inclinado hacia la derecha, que debe corresponder a e. Sigue un espacio con un amplio desconchado en el que pudo figurar algún signo, aunque tal vez sea antiguo y no fue aprovechado para la incisión. A continuación se aprecia lo que podría ser la parte superior de una n, en cuyo trazado no puede descartarse algún error. En el final de la línea puede leerse con claridad el sufijo -mi, sin que figure ningún otro signo a continuación. Línea 4: las dificultades de lectura de esta línea son todavía mayores. Se distinguen con seguridad 8 signos, que parecen estar bastante espaciados, aun-94 FERRAN ARASA e ISABEL IZQUIERDO AEspA, 71, 1998 que no puede descartarse que hubiese algún otro. El principio presenta una zona erosionada en la que puede distinguirse en la parte inferior, a la altura del segundo signo de la línea anterior, un pequeño trazo quebrado inclinado hacia la derecha. Sigue un trazo vertical que podría corresponder a ba, aunque no puede descartarse que sea u. A continuación hay un largo espacio dañado en el que no puede identificarse más que los extremos inferiores de algunos signos. Del primero queda una pequeña v invertida en la parte inferior que corresponde a be. Del siguiente tan sólo queda el extremo de un trazo vertical. Sigue un aspa que podría corresponder de nuevo a ¿>^ y un espacio vacío en el que pudo haber otro signo. A continuación se distingue una r de la que falta la parte inferior. El final está constituido por el signo be, identificado con bastante seguridad, seguido de un trazo vertical del que arrancan otros dos cortos que puede corresponder a e. Línea 5: la ocupan dos signos y debe comenzar a la altura del primero de la anterior. El primero es con seguridad m y el segundo es una / con el brazo bastante largo; se trata de nuevo, por tanto, del sufijo -mi. Análisis y comentario lingüístico Aunque la desigual conservación del texto impide su estudio completo y la inexistencia de interpunciones no facilita la delimitación de las "palabras", es posible identificar algunos elementos -en parte ya conocidos-que pueden ser analizados individualmente. Pasamos, pues, a desarrollar el comentario lingüístico del texto. seltarbanmi El término seltar/siltar, con oscilación vocálica e/i (MLH III, 1, § 501, Velaza, 476; Quintanilla, 1993, 733), aparece exclusivamente en inscripciones sepulcrales y nunca en otros soportes; suele figurar en último lugar en los textos funerarios breves y, siempre, después de los antropónimos. Por ejemplo, en la estela de Cabanes el texto es iltifbikis.en.seltar.mi, esto es, una cadena formada por nombre personal (NP) + sufijo + seltar + sufijo. El caso que analizamos es, por tanto, el primer texto funerario en el que este elemento figura en primer lugar, antepuesto al nombre personal del difunto. Las hipótesis de interpretación sobre este elemento son muy variadas. Siles (1985, 294) señala que su interpretación como nombre personal no es imposible, si se tienen en cuenta los abundantes temas en -ar que recoge Michelena (1961, 9). Para Silgo (1994, 232), por el contexto puede deducirse que su significado es "tumba". Recientemente, Velaza (1996a, 55) reconoce que esta equivalencia resulta atractiva, pero recuerda que en los paralelos romanos de la misma época no se acostumbra a mencionar la tumba. La partícula ban aparece también sobre cerámica, pesos y monedas y -como ha señalado Untermann-frecuentemente va en posición anterior, en algunos casos posterior y sólo ocasionalmente medial (MLH III, 1, § 514). Cabe recordar que en la estela de Sinarcas aparece por dos veces la secuencia seltar.ban.iñi. en posición posterior a sendos nombres personales (Eletcher, 1985, 18). Por su parte, Velaza (1991,(44)(45) opina que probablemente debe tratarse de varios homógrafos con valor léxico diferente. La mayor parte de los autores le dan un valor nasal y lo transcriben como m, pero Fletcher y Silgo (1994, 259) lo hacen como w. Este sufijo aparece pospuesto a nombres personales, tanto en estelas funerarias como en letreros escritos sobre vasos. La mayoría de los investigadores coinciden en atribuirle una función pronominal. Gómez-Moreno (1949, 280) señala su po-sible relación con el vasco ni ("yo"), con lo que tendría un sentido personal o posesivo. Untermann (1972, 467; MLH III, 1, § 534) la considera partícula posesiva, pero señala que puede interpretarse como morfema casual, forma finita de verbo substantivo, morfema deíctico o pronombre de tercera o primera persona. Finalmente, Velaza (1991, 103) señala que su valor es posiblemente posesivo o genitivo. La presencia en primer lugar de esta expresión y los sufijos que la acompañan se correspondería -según la interpretación más común-con un comienzo del tipo "sepultura de", pero resulta extraña y anómala la anteposición de este término al nombre del difunto que en la mayoría de los textos complejos ocupa el primer lugar. Hemos visto como el primer signo de la primera línea puede ir seguido de otro cuya identificación es insegura: s, r, be e incluso u. Untermann (MLH III, 1, § 515) señala su presencia en antropónimos. La secuencia babe figura en un contrapeso de Azaila (Siles,236). Por último bau está documentado sobre cerámica campaniense en Ensérune (Siles,387). De estas posibilidades, la que más frecuentemente encontramos en los textos es la primera. Esta secuencia inicial debió completarse con un tercer signo del que nada se conserva. Pudo tratarse de /, que permitiría la restitución del primer elemento de un NP como basi (MLH III, 1, 214), que encontramos en la estela de Sinarcas (basibalkar: F.14.1; Siles, 381), Ullastret (basiafebe[-: Siles, 380) y Alcoy (basibes: Siles,382; basiftif: Siles,383). Sin embargo, no puede descartarse la presencia de to, anticipando el mismo primer elemento del NP que figura en la tercera línea (basto-), que comentaremos más adelante. Los siete signos identificados a continuación pueden leerse con bastante seguridad como befuneni. En primer lugar encontramos un radical berbien documentado que aparece como marca de pro-piedad en diversas piezas cerámicas (cf. Palamós: C.4.2; Sosés: D. 11.3; Azaila: E.1.370-371); formando parte del elemento beri figura en una fusayola de Palamós (C.4.2), en una estela de Sagunto (befian: F. 11.10), en el plomo de Castellón de la Plana (befikafsense: F.6.1; Siles, 428) y en una inscripción rupestre de Roda de Ter (beñkars: D3.1; Velaza, 165); también lo encontramos en un vaso de Liria (befei: F.13.6) y en una inscripción monetai (bersa: MLH I A.30; Siles,429). Entre los antropónimos es el primer elemento de befbeinari en la estela de Sinarcas (F.14.1; Siles, 427). Sin embargo, la forma befun no está documentada, por lo que cabe pensar que nos encontramos ante una variante de ber on (MLH III, 1, 217), con cambio vocálico o/u (MLH III § 501), componente onomástico documentado en Castellón de la Plana (bofbefon: F.6.1; Siles, 532), Mogente (bo(r)beron y kaniberon: G.I.2) y Abengibre (aiberon: G.16.2). Nos encontramos, pues, con un primer NP compuesto de dos elementos bisilábicos: bas[.]befun, con las dos posibilidades antes apuntadas para la restitución del signo borrado (i/to). A continuación figura el sufijo -en y un final en -/ que debe corresponder en realidad al sufijo -mi, con omisión de la nasal, lo que podría explicarse como un error del lapicida. Posiblemente nos encontramos ante el complejo sufijal -en.fñi. Es relativamente frecuente y aparece en posición final acompañando a antropónimos, como en la estela de Cabanes (iltifbikisen: F.5.1; Siles, 1016) y Ensérune (ibesoren: B.1.25; Siles, 971), y también tras otras palabras y tal vez en forma reducida tras algunos topónimos. Tal y como posiblemente debe ocurrir aquí, en ocasiones va seguido del sufijo -mi. Así lo encontramos, entre los más cercanos, en el texto incompleto de Algimia de Almonacid (-Jreniñi: F.24.1; Velaza, 757) y en Oliete (binkisaufenm[i]: E.5.3; Siles, 468), y en otros como Ensérune (anaiosarenmi: B.1.37; Siles,140). En cuanto al sufijo -mi, ya hemos hablado de él en la línea anterior. bastobasorenmi El elemento antroponimico basto es bien conocido (MLH III, 1, 215), y lo encontramos en la lápida de Les Coves de Vinromá (bastokitaf: F.4.1), en A continuación encontramos el sufijo -en, con los dos signos anómalamente distanciados y con dudas de lectura, aunque por tratarse de un morfo conocido parece razonable pensar que no falte ningún signo en medio de ambos. El final de la línea no ofrece ninguna duda en su lectura y reproduce de nuevo el sufijo -mi. La lectura completa de la línea nos proporcionaría un NP, con la estructura tetrasilábica más habitual, seguido del mismo complejo sufijal que hemos restituido en la línea anterior: bastobasor en.fñi. La intepretación de la cuarta línea resulta todavía más problemática por su deficiente estado de conservación. La presencia del sufijo -mi al final de la anterior permite suponer que en ésta empieza un nuevo elemento del texto. De la misma forma, la repetición de este sufijo en la quinta línea permite incorporarlo a este último elemento. Según las posibilidades de lectura anteriormente apuntadas, la secuencia babe, aunque infrecuente, no es deconocida (Azaila: E. 1.361; Siles,236), como tampoco lo es ube- (Cogull: Siles, 1404). A continuación de un signo irreconocible, sigue la secuencia berbe, seguida de otro signo de lectura insegura que podría ser e. Este posible encuentro entre dos vocales del mismo timbre no sería extraño, aunque su presencia en este caso sería atípica por dos razones: en primer lugar porque ambas parecen corresponder a la terminación del mismo elemento, y en segundo lugar porque -contrariamente a lo que es normal-no se ha producido una asimilación ni aparece algún elemento eufónico. En el final del texto, en la quinta línea, aparece de nuevo el sufijo -mi, ya visto en las tres primeras. La estructura del texto Hasta ahora nos hemos limitado a identificar algunos elementos del texto, como el que lo encabeza y los dos antropónimos. Aunque su estado de conservación no facilita un análisis como el que hemos intentado, tanto la extensión del texto como la identificación y posición de algunos de los elementos señalados permiten abordar, aunque de manera somera, su estructura formular, buscando relaciones con otros textos de características similares. En este tipo de textos el proceso de latinización habría introducido progresivamente el estilo formular romano. Así pues, los formularios contenidos en los textos ibéricos y latinos deben ser, en esquema, bastante parecidos (nombre, filiación, dedicante, edad, etc); por la misma razón, los textos ibéricos pueden aparecer incompletos, como en ocasiones sucede con los latinos, lo que explicaría la falta de regularización. La presencia de antropónimos acompañados de otros términos, de determinados sufijos o de marcas, fundamenta esta interpretación. Tres de estos elementos y sufijos, para cuya comprensión se han buscado paralelos en los formularios sepulcrales latinos, se asocian al contenido funerario: afetake y variantes, eban y variantes y seltar. En esta línea, Velaza (1993,(161)(162)(163)(164)(165) ha propuesto para la inscripción de Civit (Tarragona) una estructura formular típicamente romana formada por el nombre del difunto, la filiación, la edad, el parentesco y el nombre de la dedicante. Por otra parte, la existencia de textos posiblemente bilingües para los que se han propuesto correspondencias semánticas entre términos ibéricos y latinos (afeteki = heic situs est; tebanen = coerauit), estos últimos con grafías arcaicas, aproxima cronológicamente ambas formas de expresión escrita. Posteriormente, Velaza (1994) ha propuesto la identificación de marca de filiación para el término eban. El texto aquí estudiado se inscribe en la corta lista de inscripciones que presentan formularios complejos (Santa Perpètua de Mogoda, Fraga, Sinarcas, Liria), a la que se ha sumado la mencionada anteriormente de Civit. En ellas, a la estructura más frecuente y sencilla de nombre personal, se suceden cada vez en menor número a medida que aumenta su complejidad estructuras formulares en las que aparecen morfemas y elementos, en ocasiones abre- viados corno ocurre en la estela recientemente publicada de Guissona (Guitart et alii, 1996). Uno de los elementos formulares típicamente funerarios es seltar, que en la estela de Nogueruelas aparece encabezando el texto seguido de la partícula ban y del morfema mi. Su posición inicial resulta del mayor interés, pues se trata de la primera ocasión en que ello sucede. En todos los casos documentados hasta ahora este elemento aparecía después de NP, seguido de -mi o de -ban.mi. En consecuencia, éste es uno de los pocos textos sepulcrales que no van encabezados por NP, sino por un elemento cuyo significado se ha relacionado con el término "tumba" o similar. Nos encontramos, pues, con una estructura inédita hasta ahora en la epigrafía funeraria ibérica, en la que el elemento fundamental es el NP y como tal encabeza los textos, desde los más breves (Canet lo Roig: F.2.3) hasta los más extensos (Sinarcas: E14.1). Las consecuencias que pueden derivarse de este hecho son varias. En primer lugar, la estructura de los textos sepulcrales ibéricos no parece tan rígida en su encabezamiento, ya que puede comenzar con otro componente del texto (seltar) diferente al NP, tal y como sucede en la epigrafía latina; esto es, de nuevo, un factor de aproximación hacia este modelo. En segundo lugar, dicho componente puede ocupar una posición anterior o posterior al NP, siempre seguido de uno (-mi) o dos [URL] sufijos. Y en tercer lugar, resulta extraño que un texto funerario empiece con un substantivo cuyo significado se aproxime al del substantivo "tumba", pues en este caso se antepondría la denominación del monumento al nombre del difunto; por ello creemos que hay que abandonar la hipótesis de esta aproximación semántica para dicho elemento del formulario funerario. A continuación, en la segunda línea, debería figurar normalmente el nombre del difunto. El texto aparece aquí incompleto, pero la lectura más probable es bas [.]befunen i, en la que puede identificarse un nombre personal. La interpretación más sencilla es, pues, que nos encontremos ante una secuencia formada por NP + en + mi, en la que el primero se componga de los elementos bas[.] y be run. En la tercera línea, según la estructura más habitual en los textos sepulcrales, deberíamos encontrar-nos con un segundo NP que correspondería a la filiación. En bastobasor vemos al menos la primera sflaba del primer elemento (bas-) del NP del difunto, que podría verse así repetido (MLH, III, § 603), según vemos en el nombre de dos jinetes de la Turma Salluitana (Criniti, 1970). De esta manera, por la posición que este segundo NP ocupa a continuación del del difunto y la relación entre ambos NNP, cabe pensar en la existencia de un vínculo familiar entre los dos personajes. Sin embargo, a continuación no encontramos el elemento -eban que frecuentemente acompaña a los NNP, para el que Velaza (1994) ha propuesto su identificación con la filiación. Falta, pues, la fórmula de filiación, el elemento clave para la identificación del segundo nombre como el del padre. La secuencia que aparece es, de nuevo, NP + en + mi. La ausencia de la marca de filiación puede explicarse por la datación del texto en un momento en el que ésta todavía no se ha implantado. El segundo NP debe corresponder, por tanto, al dedicante, que podría ser el mismo padre u otro. La interpretación de las líneas 4-5 resulta más problemática por las lagunas en su lectura que impiden el reconocimiento de otros elementos que pueden aparecer en un texto funerario (parentesco, edad, verbo, fórmula de afecto, etc). Únicamente la repetición del sufijo -mi nos resulta familiar, pero no nos permite avanzar más en la comprensión de la estructura del texto. En conclusión, la estructura del texto parece estar constituida por una fórmula sepulcral + NP (difunto) + NP (dedicante), seguidos de otro elemento cuya identidad se nos escapa. Fórmula sepulcral (seltar) + sufijos [URL] NP (bas[.]befun) + sufijos (en.fñi) NP (bastobasor) + sufijos (en.fñi) Elemento irreconocible + sufijo (mi) En relación con la tipología de los textos sepulcrales que de manera incipiente puede empezar a establecerse, el de la estela de Nogueruelas presenta una estructura compleja con un encabezamiento inédito, en el que está ausente el elemento -eban y también faltan abreviaturas como las identificadas en lápidas de Sagunto (F. 11.11) y Guissona. Ambos elementos pudieron adoptarse en una época avanzada, posiblemente en los inicios del Imperio. Desde el punto de vista cronológico, estas consideraciones permiten establecer una mínima sedación que nos llevaría a situar el epígrafe de Nogueruelas en un momento anterior a la adopción de dichos elementos, y datarlo, por tanto, en época tardorrepublicana. La estela del Mas de Barberán constituye un ejemplo excepcional dentro de la plástica funeraria ibérica. Su interés reside, más que en su calidad estilística o en la técnica de labra, que no son en absoluto destacables, en la asociación de su morfología antropomorfa, con decoración figurada y la inscripción. El hallazgo, a su vez, del poblado y la necrópolis, donde seguramente se alzaría en su inicial ubicación y función, otorgan importancia a esta pieza al situarla en su ambiente arqueológico. La figuración antropomorfa en un soporte pétreo con funcionalidad funeraria ha sido valorada, según las tesis de Almagro (1993Almagro (, 1323)), bien como la representación de una hipotética divinidad funeraria o, más bien, como la propia identificación de la figura del difunto, hecho relacionable tal vez con el desarrollo progresivo de detalles anatómicos y, en última instancia, con la existencia de otros monumentos funerarios ibéricos, heroizadores del difunto. Un simbolismo funerario, pero también un sentido conmemorativo se une en estas piezas, con particularidades propias. La ideología que proyecta la estela no es en absoluto episódica, puesto que está encarnada en la iconografía y el estilo de esta escultura. En cuanto al disco-coraza, como hemos visto, a partir de la documentación disponible se desprende claramente que es un elemento de prestigio dentro de la panoplia ibérica. Pero además en el mundo antiguo, en general, las corazas son propias de sociedades de corte marcadamente aristocrático. La presencia de discos protectores es escasa en los ajuares de las necrópolis ibéricas, aunque está bien representada en la estatuaria antigua. La iconografía sobre piedra, según se está reconociendo paulatinamente, cumple una función precisa en la sociedad ibérica: la exaltación de las aristocracias. Esta representación, ya tardía a juzgar por el epígrafe, podría heredar o evocar algunas de las connotaciones propias de los conjuntos monumentales antiguos donde personajes masculinos van provistos de discos-coraza. A modo de hipótesis, la estela de Nogueruelas adopta un prototipo antiguo del imaginario ibérico. La imagen del guerrero con su arma protectora, anclada al soporte pétreo de la estela y unida al largo epígrafe inciso evoca valores aristocráticos enraizados en la sociedad ibérica. A la tradición indígena representada por el monumento antropomorfo y el armamento se suma la presencia de la inscripción, cuya función funeraria puede deducirse por las características de la pieza. El deficiente estado de conservación del texto no permite más que una aproximación a la compren-sión de su estructura. Destaca el encabezamiento con el elemento sellar, que se asocia al contenido funerario, documentado por vez primera en esta posición, al que siguen dos antropónimos, posiblemente los del difunto y dedicante. Respecto a su datación, aunque poblado y necrópolis tan sólo se conocen superficialmente, la ausencia de cerámicas imperiales como la terra sigillata itálica permite fijar un límite ante quem hacia la mitad del siglo I a.C. Esta datación se aviene con las propuestas para este tipo de monumentos, que se extiende desde el periodo iberorromano, en los siglos ii-i a.C, hasta el siglo i d.C. (Mayer y Velaza, 1993). En concurrencia con esta propuesta se encuentra la posición que se le puede atribuir en el esbozo de seriación de los textos sepulcrales ibéricos, donde ocuparía un lugar anterior a la adopción de elementos típicamente romanos como la filiación y las abreviaturas, en lo que es una de las manifestaciones formales del cambio lingüístico (Arasa, 1997). En este sentido la estela de Nogueruelas se aproxima al grupo del Bajo Aragón, en el que destaca su carácter indígena, y se aleja de las manifestaciones epigráficas de los grandes núcleos urbanos como Emporiae, Tarraco y Saguntum, en las que resulta patente la influencia romana. También la datación paleogràfica nos sitúa de manera inequívoca en los siglos ii-i a.C. En relación con la paleografía, Maluquer (1968, 67) atribuye la característica regularización de los grafemas que aparece en casi todos los textos epigráficos a la influencia del alfabeto monetai. Por su parte, Siles (1986, 21, 39) la atribuye a la aproximación de las grafías indígenas a las letras capitales romanas, como un primer paso hacia la "latinización gráfica", con Emporiae y Saguntum como casos paradigmáticos, pero también a la tendencia hacia una escritura orientada cada vez más hacia la representación gráfica alfabética y el progresivo abandono del silabismo. Desde el punto de vista de la distribución, su hallazgo se sitúa en una zona en la que este tipo de monumentos resultan poco frecuentes. Los más cercanos, también en tierras turolenses, hay que buscarlos en la Iglesuela del Cid, donde se conocen tres ejemplares (Arasa, 1983, 69-72: E.8.1-3). A mayor distancia podemos distinguir dos importantes grupos en tierras de Castellón y el Bajo Aragón, respectivamente. El de Castellón, con el que están relacionados los epígrafes de la Iglesuela del Cid, constituye uno de los focos más importantes de epígrafes funerarios, con un total de 13 textos: 3 en Canet lo Roig (F.2.1-3), 1 en Sant Mateu (F2.4), 1 en Benassal (E.9.1), 1 en Les Coves de Vinromà (F.4.1), 3 en Alcalá de Xivert (E3.1-3), 1 en Belllloc, 1 en Cabanes (F.5.1), 1 en Algimia de Almo-nacid (F.24.1) y el recientemente publicado de La Pobla Tornesa (Allepuz, 1996). Este grupo se encuentra situado geográñcamente entre el del Bajo Aragón y el constituido por los epígrafes de la ciudad de Arse-Saguntum, con 17 textos sobre piedra en la ciudad (F.l 1.1-16), incluyendo el recientemente editado del teatro (Mayer y Velaza, 1996), y 8 más en el santuario próximo de La Muntanya Frontera (Fletcher y Silgo, 1987). El grupo del Bajo Aragón, más alejado, es un foco mayoritariamente anepigráfico de unos treinta ejemplares que se extiende por los términos municipales de Alcañiz, Calaceite, Caspe, Cretas, Valdetormo, Vallderobles y Chiprana. Ninguna de las estelas ibéricas conocidas en tierras valencianas presenta motivos decorativos u ornamentales, y en ello radican las principales diferencias entre ambos grupos. En este sentido, cabe destacar que la estela de Nogueruelas presenta una mayor relación con el grupo del Bajo Aragón, no tanto en el aspecto formal como en la decoración. En conclusión, nos encontramos ante un caso de perduración de elementos indígenas, tales como la propia morfología antropomorfa y la ñguración del disco-coraza, en una época en la que han penetrado profundamente en la sociedad ibérica los estímulos escriptuarios romanos. Ambas formas de expresión, la iconográfica y la escriptuaria, fueron adoptadas en la representación funeraria de un guerrero para su heroización, en una fecha que podemos situar de manera aproximada entre la segunda mitad del siglo 11 y la primera del i a.C.
así como también una aproximación arqueológica a su estudio, identificación y difusión. El análisis del mármol a través de las técnicas propias de la petrología, en especial de la observación sobre lámina delgada mediante el microscopio petrográfico, permite detectar tanto los componentes mineralógicos como su estructura y sus características genéticas. Aunque esta información es muy valiosa para la identificación de los distintos tipos de mármoles, esta técnica, como otras, no deja de tener sus limitaciones y sus dificultades. Por ello, los diversos autores siempre han preconizado el empleo simultáneo de diversas técnicas para validar los datos obtenidos ^. En este sentido, el análisis químico elemental ha sido una de las técnicas más empleadas hasta el punto de que en algunos momentos ha sido aplicada de modo casi exclusivo, obviando de una manera inexplicable el estudio petrográfico. Los resultados obtenidos, no siempre suficientemente satisfactorios, han llevado a la utilización de otras técnicas complementarias entre las que cabe destacar como más reciente el estudio de los isótopos estables'^O y'^C presentes en los componentes carbonatados. Últimamente este tipo de estudios ha proliferado tanto que la información acumulada ha propiciado el intento de producir una base de datos que pueda servir cada vez más para caracterizar los distintos lugares de producción conocidos ^. A fin de intentar establecer las posibilidades reales de este método para la identificación de áreas fuente, presentamos una serie de análisis efectuados sobre muestras de mármoles utilizados en época romana procedentes de la mitad sur de la Península Ibérica. Tanto las canteras como las muestras han sido perfectamente documentadas y los análisis han sido efectuados por los Servicios Científico-Técnicos de la Universidad de Barcelona. A modo de consideración general sobre los mármoles, indicaremos que son rocas producidas por el metamorfismo que ha actuado sobre sedimentos car-bonatados a los cuales ha transformado, originando una intensa recristalización y eventualmente la aparición de nuevos minerales. El tipo y la composición de la roca carbonatada y el tipo de metamorfismo que ha actuado son, evidentemente, los principales condicionantes del fraccionamiento isotópico que ahora detectamos. Pero nadie ignora que otras causas secundarias han podido influir en este fraccionamiento y es, precisamente, este segundo aspecto el que proporciona mayores argumentos para aplicar este método a la determinación de áreas fuente. En efecto, el conjunto global de circunstancias puede ser tal que solamente se dé en un único yacimiento y puede, de este modo, ser utilizado para identificarlo. Según J.R. O'Neil "^ la variación en el fraccionamiento de los isótopos ^^O y'^C depende de los procesos físicos y químicos que tienen lugar en la Naturaleza, de modo que los valores actuales medibles en una muestra vienen determinados por fenómenos cinéticos y están fijados por las leyes de la termodinámica. Para elementos pesados intervienen, además, reacciones nucleares. Las moléculas que contienen el isótopo pesado son más estables y tienen una energía de disociación más elevada que las que contienen el isótopo más ligero. Los principales factores que influyen en el fraccionamiento isotópico son la temperatura, la composición química, la estructura cristalina y la presión. Los enlaces con un elevado potencial iónico y baja masa atómica tienden a incorporar preferentemente isótopos pesados. Por su parte, los carbonatos son ricos en'^O porque el oxígeno está unido a un carbono que es un átomo pequeño y tiene una elevada carga iònica. Si bien gran parte de los mármoles están compuestos mayoritariamente por carbonato cálcico, algunos tienen porcentajes variables y significativos de dolomita (carbonato cálcico-magnésico) que pueden influir en el valor de fraccionamiento isotópico ^. J.R. O'Neil ^ ya había constatado una mayor tendencia a la concentración de isótopos densos de la dolomita, a causa de la presencia de la molécula de CO^Mg. El fraccionamiento de'^O a 25°C en el ara- gonito y en la calcita difiere muy poco ya que es del orden de 0.5-0.6 % \ Según S.I. Golyshev et alii ^ el fraccionamiento isotópico en carbonatos viene determinado principalmente por el radio catiónico, y la masa empieza a ser importante a partir de valores altos, como el bromo (Br) y el plomo (Pb). Por su parte, la estructura cristalina es menos importante que el enlace y que la misma composición del mineral. Finalmente, la presión tiene un efecto prácticamente despreciable, dado que apenas hay cambio de volumen y que la abundancia de'^O en los minerales es solamente del 0.2 por mil. Una vez hechas estas consideraciones generales, queremos precisar que el presente trabajo no tiene una finalidad exhaustiva sino que se pretende más bien una exposición que sirva para establecer las posibilidades y las limitaciones del análisis isotópico como medio para determinar la procedencia de los mármoles arqueológicos. En este sentido, se ha procedido a la selección de muestras de canteras bien definidas y documentadas, excepto en el caso de las procedentes de la Sierra de Mijas que han sido incluidas con la finalidad de tener información de los materiales de esta formación geológica, muy particular, que proporcionó materiales marmóreos abundantes (Coin, Mijas...). Estas últimas muestras han sido seleccionadas con criterios exclusivamente geológicos, dado que, aunque hubo explotación romana en la zona, no han sido recogidas en cantera. Del conjunto muestreado se ha realizado el estudio petrológico mediante lámina delgada. Sólo a título orientativo cabe indicar que los mármoles procedentes de Mijas son esencialmente dolomíticos y que los mármoles de Cabezo Gordo son «cipollinos» con abundancia de micas y clorita. Los mármoles restantes pueden llegar a ser muy parecidos entre sí y, en ocasiones, difíciles de diferenciar; son de tamaño de grano grueso, con cristales bien conformados y contactos netos que presentan una estructura granular muy bien desarrollada. Algunos mármoles de Almadén de la Plata presentan deformaciones postmetamórficas. El número de muestras no es excesivo y consideramos que es el mínimo que permite obtener conclusiones orientati vas. Hemos preferido una mayor diversidad de canteras (siete en total) por encima de una densificación de muestras. Los resultados analíticos, fruto de los datos ob-^ M. Robinson-R.N. Clynton, «Carbon-13 Fractionation between Aragonite and Calcite», Geochemica Cosmochemica Acta 33 (1969) Estos mismos resultados han sido expuestos en una gráfica cuyos ejes son, respectivamente, las concentraciones de'^O (abcisas) y de'^C (ordenadas). Como es normal, existen en el gráfico zonas de clara superposición y zonas bien separadas, lo cual condicionará evidentemente la posibilidad de utilizar esta información con fines discriminatorios. En líneas generales, las canteras relacionadas con el anticlinal de Estremoz (Portugal) aparecen agrupadas indicando la homogeneidad de los mármoles en él desarrollados, fruto de unas condiciones sedimentarias bastante semejantes y producto de un mismo metamorfismo. En su conjunto, estas canteras se diferencian (ver línea divisoria) del resto de canteras estudiadas, pertenecientes a la parte oriental de la Península. Entre estas canteras, las muestras procedentes de Mijas quedan separadas del resto; ello puede explicarse porque se trata de mármoles dolomíticos y tienen una fragmentación isotópica distinta a la de los mármoles calcáreos. No está clara la división entre los productos de las canteras de Macael (variedad blanca y variedad gris) de las variedades procedentes de Cabezo Gordo (Murcia) y éstas, a su vez, tampoco están bien separadas de las muestras procedentes de Almadén de la Plata. Sin embargo, estas últimas están bien separadas de las muestras de Macael. Los materiales de Cabezo Gordo, al tratarse de mármoles «cipollinos», presentan una variabilidad importante y muestran caracteres propios que coinciden con los de otras canteras, más definidas en cuanto a sus propiedades. Almadén de la Plata tiene muestras parecidas a las de Cabezo Gordo por cuanto las canteras se hallan en el núcleo de un anticli- nal que reproduce condiciones metamórficas semejantes a las de Cabezo Gordo. En su conjunto son diferentes a las de Macael. Como se ve, la Geología ayuda a explicar la variabilidad de resultados. Evidentemente el gráfico no deja lugar a dudas (figura 2). En el extremo opuesto parece situarse N. Herz *° al afirmar que: «Stable isotopie signatures are the most widely used system today for determining marble provenance». Añade que una de las ventajas del análisis isotópico es la pequeña cantidad de muestra, 10 mg, que se necesita. Sin embargo, este extremo es discutible; efectivamente, cuando en análisis se requiere una pequeña cantidad de muestra, ésta no se toma directamente sobre la piedra sino que se prepara mediante una homogeneización y un cuarteo a partir siempre de una cantidad suficiente de material que sea representativa según la variabilidad de la piedra (mármol en este caso). El sentido que tiene en este caso una muestra de tan sólo 10 mg es que con ello evitamos estropear la pieza, al tomar tan pequeña cantidad. Pero una muestra tomada de esta manera puede no ser representativa, puesto que todas las muestras que se vayan obteniendo en estas condiciones darán, probablemente, resultados distintos; baste ver la dispersión de datos en el diagrama de la figura 2. Por tanto, la ventaja que con este método analítico se podría obtener puede quedar invalidada por la diversificación de los resultados. De momento la validez del método sólo puede entenderse como técnica complementaria a otros datos que no resuelvan por sí solos un problema, siempre y cuando este problema afecte a posibles canteras suficientemente diferenciadas. Según el diagrama de la figura 2, el mármol del Pentélico y el de Carrara caen en dominios separados; podría, por lo tanto, aplicarse el análisis isotópico. Otro aspecto a tener en cuenta es el número total limitado de puntos que pueden situarse dentro del dominio de los intervalos de'^O y' -^C que pueden presentar los mármoles. Este será, a su vez, el nume- ro máximo de análisis diferentes que podremos encontrar. Consecuencia directa es que, por fuerza, muchos análisis coincidirán entre sí, a pesar de ser de canteras distintas. Cuantos más yacimientos queramos distinguir, más tupida será la red de puntos. ¿Cuál es el límite máximo de yacimientos o canteras que pueden ser consideradas en un diagrama'^O/ ^^C? ¿Cuál es el número máximo de muestras que se pueden dibujar en el diagrama? ¿Cuál es la diferencia mínima entre los valores obtenidos para dos muestras para decir que son realmente distintas? Una posible respuesta a estas preguntas queda plasmada en la figura 3, donde se han superpuesto los datos obtenidos en este trabajo a los datos ofrecidos por L. Moens et alii ". La figura 3 nos permite observar cómo los datos procedentes de Almadén de la Plata caen dentro del campo determinado por los datos procedentes del mármol pentélico. Así pues, dos mármoles de origen y características petrográficas distintos, presentan una misma composición isotópica. La mayoría de las muestras de Mijas se asemeja al mármol de Mármara (Proconeso). Las muestras de Cabezo Gordo, en nada semejantes al mismo, aparecen en el campo del mármol pentélico. El Macael blanco es más disperso y sus muestras se asemejan tanto al mármol de Carrara (con el cual es inconfundible desde el punto de vista petrográfico) como al mármol de Tasos o de Mármara, éstos, a su vez, englobados por el mármol de Paros. Como se ve, la confusión está servida. Únicamente un pequeño grupo de mármoles de Estremoz y de Borba quedan fuera de los dominios señalados en la figura 2. Estos mármoles habían sido ya estudiados por J.M.P. En esta línea, en la que primeramente se han demostrado los resultados y las limitaciones de los análisis isotópicos aplicados a los mármoles del sur de la Península Ibérica, nos vamos a mover en las páginas que siguen donde intentaremos contrastar arqueológicamente los resultados obtenidos al tiempo que intentaremos una contextualización territorial de los mismos, teniendo en cuenta, además, las aportaciones anteriores. Los estudios sobre los mármoles hispanos han sido objeto de interés sólo en época relativamente reciente puesto que hace poco más de dos decenios que aparecieron los trabajos pioneros de A. Tavares, A.M. Canto y W. Grünhagen ^^. El de A. Tavares, vinculado a las excavaciones lusofrancesas de Conimbriga, presentaba una primera aproximación a los materiales lapídeos explotados en época romana en Portugal, con resultados analíticos ^^. A.M. Canto, por su parte, trataba en su trabajo del conjunto de las canteras hispano-romanas, o explotadas posiblemente por los romanos ^^. El trabajo de W. Grünhagen versaba sobre Munigua e intentaba identificar el conjunto de materiales presentes en el yacimiento, proponiendo variedades hispanas y utilizando fundamentalmente datos obtenidos a partir del uso comercial actual de los mismos ^°; sus resultados, aunque la experiencia los ha desmentido en buena parte, abrieron también una brecha aprovechada para la realización de estudios posteriores. ^^ Las láminas de color en el trabajo de W. Grünhagen permiten contrastar las identificaciones realizadas mediante la ayuda de un marmolista comercial para aproximar las variedades a la producción española actual; no obstante, no escapaba al autor la posibilidad de que se tratara de variedades importadas. Movidos por las láminas de color, realizamos una inspección ocular de los materiales de Munigua en Es sintomático que estos estudios, de la década de los setenta ^\ abordaran la analítica petrológica aplicada a los materiales arqueológicos, el inventario de los recursos lapídeos de Hispânia y una técnica macroscópica de identificación de materiales, orientada fundamentalmente a identificar las variedades locales peninsulares. La década de los 80 supuso un fuerte empuje para estos estudios ya que vieron la luz trabajos analíticos, petrológicos y arqueológicos abundantes, así como algunos intentos de síntesis ^^. En la actualidad, algunas de las variedades hispanas forman parte ya de los repertorios internacionales ^^ y, a nivel local, disponemos ya de estudios fiables tanto de variedades en yacimientos arqueológicos como de canteras ^^. Ha llegado, en consecuencia, el momento de enfrentarse al problema más espinoso de cuantos se plantean al identificar una visita al yacimiento en el año 1992 con acceso a los materiales de los almacenes; pudimos comprobar entonces la presencia de un abundante número de materiales importados, según recogemos en M. las variedades presentes en los yacimientos y su procedencia: se trata, ni más ni menos, que de establecer criterios discriminantes entre las variedades marmóreas blancas y grises ^^. Arana, Canteras romanas de Carthago Nova y alrededores (Hispânia Citerior), Murcia 1987; M. Recasens, «Tarraco y el comercio del mármol en época romana a través del estudio de sus capiteles», Pyrenae 21 (1987), pp. 123-128; M.P Lapuente-M. Ortiga, «Contribución a la identificación...», cit.; M. Cisneros, «Sobre la explotación de calizas en el sur de España en época romana: canteras de Gador (Almería), Atarfe (Granada), Antequera (Málaga) y Cabra (Córdoba), Caesaraugusta 66-67 (1989)(1990) han dedicado al tema desde el siglo xix ^^. Se ha aplicado una amplia gama de métodos analíticos a este objetivo con resultados tan sólo parcialmente satisfactorios. Desde la década de los setenta se inició la técnica de análisis basada en la identificación de isótopos estables que ha resultado singularmente fiable como factor discriminatorio, en especial si se combina con otras técnicas petrológicas en el caso de los mármoles blancos ^^. Los datos técnicos podrán hallarse pormenorizados en los apartados correspondientes a los análisis que presentamos en la primera parte de este trabajo. Las variedades hispanas de mármol blanco o grisáceo no son pocas, pero en este caso y para este primer ensayo de aproximación a este método de análisis, nos hemos limitado a unas variedades concretas de procedencia bien establecida, con evidencias concretas de utilización en época romana y a partir de muestras de cantera. Algunas de estas variedades han sido objeto ya de importantes estudios arqueológicos e incluso analíticos y otras lo serán seguramente en el futuro, dada la importancia de las explotaciones y la extensión del uso de sus materiales en época romana. La selección que presentamos abarca, recordemos, siete canteras que representan un total de 38 muestras. Las canteras son en primer lugar las de Borba y Estremoz, que corresponden al anticlinal de Estremoz en el Alto Alentejo (Portugal). De estas dos procedencias se había realizado ya un análisis mineralógico, químico e isotópico por parte de un equipo portugués ^^ cuyos resultados contrastamos con los aquí obtenidos, aunque el estudio al que nos referimos abarcaba un mayor número de canteras de dicho anticlinal ^^. El uso de los materiales marmóreos de esta procedencia es un hecho bien probado e incluso han sido identificados restos de la explotación romana en canteras de Vila Viçosa y Rio de Moinhos ^^. La dispersión de sus materiales es importante en toda lio AURELI ALVAREZ, MARC MAYER e ISABEL RODA AEspA, 71, 1998 la Lusitânia romana, con una abundante presencia en su capital Augusta Emérita (Mérida) desde los retratos más antiguos ^^ y con notabilísimos ejemplos de material arquitectónico decorativo y escultórico, bien patentes, por ejemplo, en el llamado foro de mármol ^^. P. Pensabene ha propuesto por su parte la existencia de officinae en las tres capitales provinciales hispanas que se habrían formado en Roma o en otras ciudades itálicas, trabajando arquitectura oficial y traspasarían a Hispânia los modelos de la capital utilizando mármoles tanto locales (Mérida) como importados (Tarragona) ^^ El mármol de Borba-Estremoz parece haber llegado a Italica (Santiponce, Sevilla) y quizás a Baelo (Bolonia, Cádiz), donde entra en competencia con el mármol de Almadén de la Plata ^'^. La presencia de los mármoles alentejanos en yacimientos portugueses es muy frecuente y su irradiación se expande por Andalucía oriental, donde abunda, por ejemplo, en piezas de revestimiento y arquitectónicas de Munigua (Mulva, Sevilla) ^^ El mármol que macroscópicamente más se asemeja a ciertas variedades de los anteriores es la variedad blanca y la ligeramente rosada de las canteras de Almadén de la Plata, aunque, como hemos visto, se agrupan de manera diferenciada según el análisis isotópico. La calidad del mármol blanco de Almadén de la Plata, de grano grueso y transparente, puede llegar ^^ Cf. para Itálica, I. Roda, «Los mármoles de Itàlica...», cit., pp. 161 y 174-176; M. Mayer-I. Roda, «The Use of Marble...», cit. En Baelo, según observación macroscópica, pudo ser empleado el mármol de Estremoz en dos altares, uno con decoración relivaria conservado todavía en el templete situado al oeste de la fuente semicircular del foro que cierra la terraza que da acceso al Capitolio, y otro inscrito, decorado asimismo con objetos rituales similares (cf. J.-N. Bonneville-S. ^^ Cf. la bibliografía citada en las notas 17 y 20. a confundirse macroscópicamente con variedades de mármol de Paros muy apreciadas. En este lugar pueden observarse restos evidentes de la explotación antigua en tal extensión que merecerían un tratamiento monográfico; los loci de extracción parecen todavía bien definidos y organizados ^^. La difusión epigráfica de este mármol como soporte de textos es muy importante, como lo era también la de las variedades alentejanas ^^. Su presencia en los yacimientos héticos es muy elevada; así podemos constatar su gran abundancia en Italica (donde constituye, además, un material decorativo esencial del Traianeum) ^^, Singili Barba (cortijo de El Castillón, Antequera, Málaga), Córdoba, en el teatro de Malaca (Málaga), en Urso (Osuna), Munigua, en el teatro de Gades (Cádiz) ^^. Está presente también en Mérida, como hemos dicho, y en Castulo (Cazlona) 4°. Una vía que queda por investigar es si realmente la irradiación de este mármol cruza el estrecho de Gibraltar y se expande por el norte de África, lo cual es muy probable dadas las corrientes comerciales entre la Bética y el litoral marroquí; pensemos, además, en la ausencia de canteras de mármol en esta zona norteafricana y en la posibilidad de que las de Almadén de la Plata (antiguo Pagus Marmorarius) pudieran haber sido de propiedad imperial. En este sentido una primera investigación en Lixus y Tingis podría resultar sintomática y quizás reveladora. El tercer material que presenta en sus variedades blancas un gran parecido con los del Alentejo y de ^^ A.M. Canto, según sus informaciones verbales y en «Avances...», cit., pp. 176-177, y en Arqueología 79, Madrid 1980, p. 202, realizó unas primeras prospecciones y un trabajo de excavación en la zona de Los Covachos, con resultados positivos respecto a las trazas de explotación antigua. En tres sucesivas visitas (1981, 1994 y 1996) hemos detectado restos de explotaciones tradicionales de muy diversa cronología y, en la parte superior de esta área, hemos detectado la existencia de pequeños loci, bien cortados con paredes de separación que parecen corresponder a explotaciones antiguas, quizá romanas. " Cf. para el conventus Pacensis, nota 30. El mármol de Almadén de la Plata constituye un material abundantemente empleado como soporte de las sencillas y numerosas placas funerarias héticas (cf. G. Fabre-M. Respecto a la utilización epigráfica de los mármoles de Estremoz, cf. las identificaciones de M. Cisneros, Mármoles hispanos...,cit.,p. 159 Almadén de la Plata es el que se extrae en Macael, cerca de Olula del Río (Almería), en la sierra de Filabres "^^ Este último mármol tiene variedades listadas («cipollino») que se ha propuesto que hubieran sido explotadas en la Antigüedad, aunque las piezas de Italica a las que se atribuye este origen corresponden en realidad al «cipollino» de Caristo en la isla de Eubea "^^ y tampoco resulta del todo evidente la utilización de las variedades grises de este mármol "^^ La utilización, en cambio, de la variedad blanca tiene una abundante documentación incluso analítica ^^. Por nuestra parte hemos observado la posible presencia de este material en un capitel del Museo de Almería y en una ménsula de Itálica ^^\ no resulta clara su presencia en Munigua, Castulo y Corduba, y es en extremo sospechosa su identificación en el foro emeritense al lado de la utilización segura de mármol de Estremoz. ¿Qué sentido tendría para Mérida la muy dificultosa importación de mármol de Macael para un mismo programa iconográfico cuando disponía de las excelentes y próximas canteras del Alentejo? Hemos de pensar que la semejanza del mármol de Macael con el de Almadén de la Plata y con las calidades blancas de Estremoz posibilita una fácil confusión y que éstos fueron objeto de una explotación oficial y mucho más generalizada. A pesar de todo ello hay que reconocer que se da una dispersión del mármol de Macael por la vertiente sur de la sierra de Filabres. F. Braemer menciona la presencia de este mármol en la villa de Els Munts (Altafulla, Tarragona) y una estatua "*' M. Cisneros, Mármoles hispanos..., cit., pp. 88-93; M.P. Lapuente-M. Ortiga, «Contribución a la identificación...», cit., pp. 257-274, para la identificación de diversas zonas de explotación; S.F. Ramallo-R. Arana, Canteras romanas de Carthago Nova..,cit.,pp. 59,64, mapa del Museu Arqueològic de Catalunya en Barcelona fue considerada también como de este mármol, aunque en nuestra opinión se trata de mármol de Tasos 46. Sin poner en entredicho la explotación y exportación romana del mármol de Macael blanco, aconsejaríamos prudencia al respecto y nos atreveríamos a limitar mucho su difusión dentro de la cuenca del Guadalquivir. Como elemento de contraste, hemos recogido también un mármol de difusión mucho más limitada: el de Cabezo Gordo en la provincia de Murcia, el mármol por excelencia de Cartagena {Carthago Nova). Este mármol ha sido objeto de una buena monografía reciente y es fácilmente identificable macroscópicamente en el área limitada de uso, fechándose el inicio de su explotación en el siglo I a.C. 4^ Los mármoles de la sierra de Mijas, en Mijas y Coin principalmente, han sido también objeto de un buen estudio con identificación de su área de dispersión'^^. Ambas variedades blancas de grano muy grueso son fácilmente distinguibles de cuantas hemos reseñado hasta ahora y lo son fácilmente entre sí dado que el de Coin adquiere una tonalidad más grisácea y su granulación es de tamaño superior. En el mármol de Mijas se talló incluso escultura y en los Museos de Málaga y de Córdoba hay ejemplos de ello. Se halla presente también en Italica, en Hispalis (Sevilla), en la villa de Almedinilla (Córdoba) y en Almería en cuyo Museo hemos identificado un capitel. Cuatro esculturas del Museo de Málaga han sido identificadas como talladas en mármol de Coin'\ "^^ F. Braemer,«L' ornementation...»,cit.,p. Tal como exponemos en la parte analítica de este trabajo, los resultados que pueden obtenerse mediante el estudio isotópico permiten discriminar muy bien las muestras de Macael de las de Almadén de la Plata, lo cual viene a resolver el problema de su frecuente confusión macroscópica, aunque resulten también claramente diferenciadas mediante el análisis microscópico de láminas delgadas con luz polarizada ^°. Las muestras de Cabezo Gordo no se distinguen en el análisis isotópico de las de Macael y de las de Almadén de la Plata. Su distinción petrológica es muy clara, sin embargo, y macroscópicamente incluso se puede alcanzar un alto grado de discriminación. Las muestras correspondientes al anticlinal alentejano están claramente separadas en el análisis isotópico de las demás variedades, lo cual resulta ser un factor muy positivo, dada su confusión macroscópica con variedades de Almadén de la Plata, aunque su distinción en un análisis petrológico ya era evidente ^^ Las peculiaridades de los mármoles de lá Sierra de Mijas ya han sido destacadas y resultaría ocioso volver sobre ello. Los criterios puramente geológicos empleados no hacen en este caso distinción entre canteras. El estudio que ahora presentamos dista mucho todavía de tener un carácter definitivo, aunque sí pretende delimitar la cuestión y recoger el estado actual de nuestros conocimientos sobre los materiales aquí tratados y los resultados de una técnica analítica actual que ya es mucho más que prometedora. Nuestro estudio ha presentado las condiciones de dispersión y documentación de los materiales estu-^° El método petrológico se verá, además, en el fututo objetivado con el desarrollo de la comparación mediante procesamiento digital de imagen; cf. para este método, A. Alvarez, «Clasificación automatizada de mármoles mediante procesamiento digital de imagen (Image Processing: Automatic Classification of Marbles)», Les marbres blancs..., cit., pp. 71-85 con bibliografía anterior de referencia; A. Alvarez-B. diados. Asimismo hemos reflejado en las notas el estado actual de los conocimientos sobre la explotación de estos mármoles en época romana. La andadura sobre el tratamiento de las canteras que hemos presentado no ha hecho más que comenzar y los datos que hoy exponemos se van a ampliar en el futuro. En un breve plazo de tiempo deberíamos poder completar cuadros de circulación y dispersión de los materiales. El estudio de los restos arqueológicos de, y en, canteras se halla en un estadio incipiente y apenas conocemos algo de las posibles formas de explotación romanas. Habrá que fijar también criterios cronológicos para todos estos procesos. Desde el punto de vista analítico se ha hecho evidente que la utilidad y fìabilidad del procedimiento empleado resultan ser limitadas. Como todos los métodos de análisis hasta ahora aplicados, el método isotópico proporciona unos datos significativos pero parciales, sobre todo cuando se superponen a los datos obtenidos en otras áreas geográficas del Imperio con cuyas variedades tienden a superponerse parcial o casi totalmente algunos mármoles hispanos. De todas maneras, como elemento discriminante entre variedades hispanas muy semejantes macroscópicamente, como el mármol de Macael, el de Estremoz y el de Almadén de la Plata, el sistema se revela relativamente eficaz; otra cuestión es el haberlos identificado previamente como materiales locales respecto a las variedades importadas, para lo cual es evidente que hay que recurrir a la petrología y a la experiencia arqueológica. Sólo un cruce entre los datos obtenidos por distintos métodos de análisis puede proporcionar un criterio discriminatorio con alto grado de certeza; el análisis petrológico resulta dirimente en casos en que no lo es el análisis isotópico y este último presenta buenas posibilidades de separación entre materiales que ofrecen dudas en el microscopio. La experiencia arqueológica y en especial la familiaridad con los mármoles y sus canteras, así como sus vías de difusión, resulta indispensable como guía para orientar las líneas de búsqueda de los análisis. A pesar de las limitaciones expuestas, a las que se suman las propias de nuestro estudio, no nos cabe duda de que esta aproximación promoverá el conocimiento de los mármoles tratados y esperemos que estimule nuevas aportaciones al tema y el estudio monográfico de las principales canteras que están a la espera de un tratamiento pormenorizado. Almadén de la Plata Cabezo Gordo Estremoz Macael blanco Macael gris Borba Mijas N° muestra
Este trabajo analiza de forma detallada algunos elementos arquitectónicos romanos de Colonia Patricia para poder adscribirlos a edificios urbanos. De esta forma se pueden plantear nuevas hipótesis sobre cronología, función e inserción de los mismos en el marco urbanístico, concluyendo la absoluta dependencia de la capital de la provincia Baetica de modelos procedentes de Roma a los que copia en material y dimensiones. El Foro Colonial ^ (Figura 1, n° 1) El conocimiento que hoy se tiene de este complejo permite matizar la tradicional ubicación y ex-^ El mayor número de piezas procede de las excavaciones de la calle Cruz Conde, traídas en época tardorromana o medieval de diversas procedencias de la ciudad. El estudio de la decoración arquitectónica ha sido decisivo para pergeñar por primera vez la imagen de Córdoba romana desde el tardío periodo republicano hasta el bajo-imperial. En las próximas páginas pretendo demostrar la validez de un método que analice todos los elementos conservados de la decoración arquitectónica romana como premisa para obtener conclusiones cronológicas, tipológicas y funcionales de algunos edificios cordobeses de carácter público y privado ^. El análisis estilístico se complementa con el que ahora se emprende mediante el estudio de otras categorías implícitas en las piezas cordobesas, tales como las dimensiones y procedencia de los frag-mentos. En lo que a las medidas se refiere, se trata de restituir las dimensiones aproximadas de algunas piezas emblemáticas a partir de los fragmentos conservados mediante la aplicación de diversos módulos (explicitados en cada caso). No es de otra forma como se puede intuir la apariencia de las construcciones habida cuenta de la inexistencia de edificios romanos conservados hasta nuestros días. La procedencia del material es un dato muy importante para aproximarse a la configuración monumental de la Colonia Patricia. A pesar del pequeño porcentaje de piezas con origen conocido, podemos constatar varios focos en los que se detecta una mayor concentración y una mayor cantidad y cualidad de piezas (foro y teatro), si bien no estamos en condiciones de concretar ni la función ni la imagen de todos los edificios que los componen. Afortunadamente la concentración de fragmentos en unas determinadas zonas permite localizar nuevos conjuntos monumentales (como el de la calle Morería) de los que hasta ahora apenas se tenía noticias. La morfología de determinados elementos arquitectónicos permite constatar la existencia de pórticos, arcos honoríficos, puertas urbanas y una variada tipología de monumentos funerarios; de alguno de ellos conocemos su ubicación pero de otros se planteará un origen probable, atendiendo a su función y relación con los conjuntos y edificios antes mencionados. El estudio del material de decoración arquitectónica ha permitido distinguir con toda certeza una serie de edificios que paso a exponer, mientras que otros quedan a nivel de hipótesis. Reconstrucción de ia trama urbana de Cordoba de época romana realizada en AutoCAD sobre el plano parcelario digitalizado propiedad de ia Gerencia tensión del mismo "^ y confirma la alargada forma de la plaza. No cabe duda acerca de la antigüedad de este foro que con seguridad fue el primero que se construyó en la ciudad. Sobre el mismo en época republicana no existen más que noticias literarias que señalan también su total destrucción en época de las Guerras Civiles. Ahora bien, se nos va a permitir trazar una hipótesis acerca de la extensión del foro de la Córdoba fundacional. De origen republicano es el tipo de foro con pórticos en forma de [, que rodean una plaza en cuyo interior se ubica el templo. Este pórtico se ve separado a través del cardo maximus de la plaza antistante donde se colocan otros edificios: este «hipotético» modelo puede aplicarse muy bien al caso de Córdoba cuando se observa que el cardo máximo bordea el lado este de la plaza enlosada dejando al otro lado de la misma una plaza que todavía se conserva en la trama urbana actual con un templo en su centro: se trata de la plaza e iglesia de S. Miguel, cuya orientación actual no va en eje con la de la plaza forense si bien algunos muros romanos excavados sí la tendrían ^ En época augustea esta plaza tuvo probablemente una ampliación y en ella tuvieron cabida algunos de los siguientes edificios: Templos augusteos: ya para época augustea hemos de constatar la reconstrucción del complejo forense al observar los fragmentos de ménsulas en piedra caliza (fig. 2) de 18 cm. de altura que allí se localizan y que demuestran la grandiosidad del edificio, con toda seguridad, un templo. Contamos además con una pilastra augustea (fig. 3) que podría formar la esquina de un altar monumental similar al Ara Pacis y, finalmente, a otro edificio de culto pertenecería el fragmento de una consola parótida datable en el primer periodo imperial (fig 4) ^. Pórticos: a un primer momento imperial remiten también los capiteles corintizantes de pilastra (fig. 5), que nos indican la presencia de pórticos en el recinto forense y que adornarían sus muros interiores. Otro pórtico del foro o de sus inmediatos ^ A. Marcos, A. M. Vicent, «Investigación, técnicas y problemas de las excavaciones en solares de la ciudad de Córdoba y algunos resultados topográficos generales» en Arqueología de las ciudades modernas superpuestas a las antiguas, Zaragoza 1985, 248; A. Ibáñez, R. Secilla, J. Costa, «Novedades de arqueología urbana en Córdoba» en R León (ed.), Colonia Patricia Corduha: una reflexión arqueológica, Córdoba 1996, 119 ss; L. Aparicio, A. Ventura, «Flamen provincial documentado en Córdoba y nuevos datos sobre el Foro de la Colonia Patricia», Anales de Arqueología Cordobesa 1, 1996, 251 alrededores es el que se vería adornado con las basas aparecidas en la calle B. Laportilla (fig. 6), cuya morfología y motivos ornamentales ^ pueden ser fechados a comienzos de época imperial ^ en atención a las siguientes razones: -En primer lugar porque es sencillamente inconcebible en el ámbito público -al que estas basas pertenecerían-su realización en piedra local en ese periodo. Entraría dentro de la lógica en una ciudad en la que se conservase gran cantidad de elementos ornamentales en piedras locales, lo que no es el caso de Colonia Patricia donde la presencia del mármol anula en su práctica totalidad la de otros materiales. -En segundo lugar, la construcción del templo de la calle de Claudio Marcelo ^, fechado entre el periodo julio-claudio y el flavio, se inscribe dentro de este mismo ámbito oficial. Sus basas, todas en mármol, tienen una morfología distinta a las ahora analizadas, quedando constancia de esa forma que no pueden pertenecer a un mismo momento. Las del templo serían posteriores. " ^ Véase un análisis detallado de las mismas en C. Márquez, «Corrientes y materiales en la arquitectura de la Córdoba romana», Anales de Arqueología Cordobesa 6, 1995, 85 ss. ^ Sobre el motivo en punta de lanza adornando el imoscapo del fuste, una reciente opinión en contra de la cronología augustea es la de Torsten Mattern, «Segmentstab-Kanneluren. Zur Entwicklung und Verbreitung eines Bauornamentes», Boreas 18, 1995, 57 ss.' ^ J. L. Jiménez, «El templo romano de la calle Claudio Marcelo en Córdoba: aspectos cronológicos y funcionales» en R León (ed.), Colonia Patricia Corduba: una reflexión arqueológica, Córdoba 1996, 129 ss. Arcos de triunfo: también en el foro o en sus proximidades se alzarían algunos arcos de triunfo que actúan a modo de señales monumentales; además del arco con clave de Victoria encontrado en la calle Osario'^ contamos con, al menos, otro monumento de similar función honorífica, conocido a través de una clave de arco (fig. 7). La importancia que reviste el hecho de encontrar estos dos testimonios en el lado Este del foro, viene dada por la relación existente entre los arcos y los principales templos de la ciudad; así el Capitolio de Pompeya se ve flanqueado en época imperial por dos arcos laterales y por un tercero algo más retranqueado; no hay ningún otro arco honorífico en este foro; algo similar ocurre en el foro de Augusto, en Roma y, tal como afirma S. de María, «con l' età giulio-claudia archi esplicitamente onorari compaiono ripetutamente a fianco dell'edificio templare prospettante il foro di municipi e colonie, secondo lo schema urbano presente nella sistemazione augustea del Foro ro- mano e applicato anche nel foro di Augusto» ".Se trata, por tanto, de una situación que parece encontrar refrendo en Colonia Patricia; sería esta misma zona oriental la que albergase los edificios religiosos emblemáticos del foro. Edificios absidados (¿Basílica?): el límite de la plaza forense se ve rica y variadamente decorado con una diversa cantidad de elementos, entre los que predominan las cornisas, siempre de mármol. De entre ellas destacan unas cornisas circulares (fíg. 8) halladas en la esquina NE del foro, cornisas que adornarían el interior de una exedra o de un edificio absidado; precisamente esta última característica tenía un monumento excavado en esta zona y que ha sido vinculado con la basílica forense ^^; conscientes de la posible adscripción a este edificio no se pueden descartar otras funciones, por ejemplo de tipo cultual-dinástico. litativo confirma la importancia de la zona tal como intentaremos demostrar a continuación. Alrededores del foro: de difícil adscripción a un tipo concreto de edificio es la pieza de la fig. 9, lastra relivaria de un tipo similar al que se observa en relieves históricos flavio-trajaneos ^^ y también un edificio oficial situado en la actual avenida del Gran Capitán, al que pertenece la pieza de la fig. 10, edificio al que no podemos, por el momento, dar una finalidad concreta. Como dijimos anteriormente, en este ámbito de la ciudad romana destaca la calle Morería por el cúmulo de material allí recuperado. Su análisis cua-" EAA 2° Supp. 4), 248.' ^ Véase su paralelo en Roma coronando los Anaglypha Traiani en M. Torelli, Tipology and Structure of Roman Historical Reliefs, Ann Arbor 1982, 89 ss. Pórtico del Forum Adiectum: la presencia de un pórtico en este complejo queda confirmado por dos fragmentos de fuste con contracanales'' ^ cuyas medidas avalan sin lugar a dudas (su diámetro es de 80 cm aprox.) su utilización en un pórtico. El interior del mismo se adornaría con nichos coronados con cornisitas curvas y adinteladas (figs. 11 y 12) cuya apariencia hace suponer que pudieran albergar estatuas de summi viri a imagen del Forum Augustum en Roma'^. No podemos olvidar la aparición en el subsuelo de la calle Morería de la estatua loricata de la colección Tienda'^. Templo del Forum Adiectum: la aparición del fragmento que ahora analizamos (fig. 13) nos proporciona una valiosa información sobre el edificio al que en su día perteneció. El fragmento ^^ se adorna con una lengüeta en su centro, que nace de unas hojas y en cuyo lateral se desarrolla un canal. Descartadas otras posibles funciones del mismo llegamos a la conclusión de que éste no puede ser más que la parte central de una antefija marmórea de parecidas características a las que adornaban el templo de Mars Ultor en el Foro de Augusto ^^ Sus dimensiones, cercanas a las del modelo augusteo, confirman la monumentalidad de este edificio que debe ser identificado como un templo. A partir de aquí estamos en condiciones de avanzar algo más en el conocimiento de este nuevo complejo formado por un pórtico y un templo situados en la calle Morería. La colosal dimensión de la antefija marmórea sugiere, a modo de hipótesis, la inserción en este mismo conjunto de una pieza ya publicada: nos referimos al colosal capitel del que se nos ha conservado un fragmento ^^ cuya procedencia, sin embargo, ignoramos. La vinculación entre ambas piezas está avalada no sólo por unas medidas colosales sino también por un similar estilo; a ello puede añadirse que, aunque entraría dentro de lo posible, difícilmente se construirán en un mismo periodo varios complejos edilicios de semejantes dimensiones. La perfecta relación en cuanto a dimensiones por parte de las piezas hasta ahora analizadas (antefija y capitel) corroboran su inclusión en el mismo edificio. Pero además podemos establecer una relación entre el fragmento de capitel colosal y una pieza también publicada ^°, procedente de la calle Cruz Conde: el tallo de las hojas de ambas piezas, muy Su altura es de 12 cm; ancho: 14 cm; grosor: 6 cm. potente, no se deja liso como en otros modelos augústeos ^^ sino que se señala de forma muy acusada el eje de igual modo que los capiteles del templo de Mars Ultor ^^, con los que coincide, además, en el modo en que entran en contacto los extremos de las hojitas y en las zonas en forma de gota de agua. La dimensión de este nuevo capitel es, aproximadamente, un tercio inferior a la pieza colosal, por lo que éstos podrían corresponder a los del templo y el más pequeño al pórtico que circunda la plaza. Este conjunto se vincularía con el foro colonial a modo de Forum Adiectum y estaría situado en su flanco sur (fig. 1, n° 5). Podemos insertar este edificio dentro de la arquitectura augustea de la capital del imperio. En la figura 14 se desarrollan, a la misma escala, el orden de dos de los Aurea Templa (templo de Castor y templo de la Concordia en el Foro romano) junto al templo de la calle Morería en Córdoba. La similitud en sus dimensiones y la labra perfecta de la que hace gala el fragmento de capitel y de antefija (téngase en cuenta a qué altura se ponía esta última y obsérvese lo bien labrada que está) nos induce a creer que sería un taller venido de Roma el que se encargó de levantar todo el complejo en el periodo augusteo-tardío o tiberiano, que es cuando fechamos el mismo. Si bien se conocía el mármol en edificios emblemáficos de Córdoba, no había una verdadera tradición que permitiese la formación de un dominio en la materia capaz de realizar un verdadero «capolavoro» como el capitel antes citado. Podríamos imaginar que tras la construcción de los Aurea Templa en Roma, alguno de los talleres que no recibieron más encargos en la Urbs fueron llamados a la capital de la Bórica para la erección de este complejo edilicio situado en las cercanías del foro colonial. Cabe también una comparación con los complejos forenses de las otras capitales provinciales hispanas, Tarragona y Mérida, siendo el foro de Augusto el modelo común para todas ellas. En Mérida, el denominado «Foro de mármol»-^ sólo se conoce parcialmente y queda por concretar con detalle su función. No ocurre lo mismo en Tarragona ^^, donde se define este espacio sin lugar a dudas como recinto de culto imperiai provincial; pero existe un nexo de unión entre los tres al observarse los vínculos con el foro de Augusto en lo que a ornamentación escultórica se refiere, y es precisamente en la presencia de estas grandiosas esculturas -^ (téngase presente que en esta misma calle Morería apareció la gigantesca escultura loricata de la Colección Tienda) donde pueden confirmarse los vínculos entre las tres capitales hispanas y su común modelo romano. En consecuencia, el edificio aquí aludido podría ser considerado templo de culto imperial de la Colonia, si bien esta propuesta no pasa de ser una hipótesis. (Véase addenda al final del trabajo). Vemos, en resumen, cómo en un momento inmediatamente posterior al augusteo se suscita (quizás por parte de las elites locales) la necesidad de construir un nuevo edificio colosal, a imagen del templo de Mars Ultor en Roma y comparable con otros Áurea Templa, con una decoración escultórica no menos colosal; podríamos ver en ello una apuesta por parte de la elite local que, para adherirse a la política central y de la familia imperial, construye un magno edificio para rendir culto al princeps por parte de la colonia, copiando programas que serán perpetuados años después por las otras capitales de provincia hispanas. Esto requería un amplio espacio en el centro neurálgico de la colonia y dónde mejor que en los aledaños del foro para realizar su proyecto; a tal fin se requisan construcciones domésticas al sur del foro colonial ^^, para construir una plaza conectada con el foro colonial pero no abierta al mismo ^^, rodeada de un pórtico y en cuya cabecera se erigió el fastuoso edificio religioso. Que el conjunto llegase hasta el decumano máximo es algo que no puede demostrarse de forma directa pero podríamos preguntarnos porqué el sector occidental del propio decumano no va en línea con el sector oriental sino que se sitúa mucho más al sur. Pudo, quizás, adoptar este tramo nuevo después de las transformaciones a las que acabo de hacer referencia. La aparición en la misma calle Morería de la estatua loricata y otras -^ indica que sería éste el flanco más importante del recinto y donde se ubicaría el templo. Tholos forense: el fragmento de cornisa de la fig. 15 formó parte en su día de un edificio circular que, habida cuenta de las notables dimensiones de la pieza ^^ y del lugar de hallazgo (cercano o en el propio foro de la colonia), pudo ser parte de una tholos. Podemos comparar nuestra pieza con el templo de Roma y Augusto construido en el año 27 antes de Cristo en la Acrópolis ateniense, si bien es cierto que las dimensiones de sus cornisas rebasan levemente las de la pieza cordobesa ^^. Por otro lado no hay que olvidar que funciones más ornamentales que estrictamente religiosas se dan en la tholos que cubre el pozo en el foro triangular de Pompeya^^ ni que tal ornamentación se entiende en la actualidad como la monumentalización de un pozo existente en el foro pompeyano imitando el mundus del Foro romano ^^. En Roma contamos con otro edificio de similares características arquitectónicas como es el templo de Vesta ^^, lo que parece dar a entender que el mismo tipo arquitectónico actúa de «protector» de los elementos (fuego y agua) y al mismo tiempo como señal de atención visual a los visitantes. ^^ W. Trillmich, «Los tres foros de Emérita Augusta y el caso de Córdoba» en P. León, cit., 175 ss. ^' ^ R. Mar, «El Recinto de culto Imperial de Tarraco y la Arquitectura Flavia» en R. Mar (ed.), Els monuments provincials de Tarraco. "^ La colosal escultura cordobesa de la colección Tienda representa a Eneas o Rómulo, mientras que en el foro emeritense se confirma la presencia de Eneas. ^^ A las que pudo pertenecer el opus signinum detectado «en los pozos de cimentación» de la calle Díaz del Moral 4. ^^ El muro de Díaz del Moral lo atestigua. El complejo actuaría a modo de Forum Adiectum como en Arles, curiosamente construido en el periodo tiberiano y unido al foro augusteo de la colonia. Las concomitancias con el caso cordobés son evidentes. R Gros, «Un programme augustéen: le centre monumental de la colonie d 'Arles», Jahrbuch des Deutschen Archologischen Instituts 102, 1987, 357 ^^ El aspecto que presenta en la actualidad (tras la moderna restauración de 1930) se debe a la refectio que en época severa hizo lulia Domna, esposa de Septimio Severo; los cimientos y el podium datan, sin embargo, de época augustea. Il'f¡^^^^ j^^y^p^ No sería, pues, simple casualidad el hallazgo de esta pieza en la zona del foro. No tenemos, obviamente, ningún indicio firme para interpretar el significado de la que pudo ser tholos cordobesa aunque es inevitable resaltar la pertenencia de casi todos estos edificios circulares a complejos sacros ^'^. En la parte más alta de la ciudad se asentaría un conjunto formado por una plaza ^^ con edificios cuya grandiosidad queda demostrada a través de un fragmento de arquitrabe (fig. 16) que, con 22 cm de altura, iguala o supera los coronamientos de algunos Aurea Templa ^^. En la misma zona se ubica un edificio de culto a Diana {vid. infra). Con anterioridad a esta imagen de época imperial podemos intuir la ^^ EAA voz Tholos (G. A. Mansuelli). ^^ A. U. Stylow, «Apuntes sobre el urbanismo de la Corduba romana» en W. Trillmich, P. Zanker (ed.) ^^ El coronamiento del arquitrabe del templo de Mars Ultor en el Foro de Augusto es de 19 cm. Las molduras en cima reversa de su cornisa son inferiores; tanto el templo de la Concordia como el de Vespasiano tienen muy parecidas medidas a las de la pieza cordobesa (22 y 21,7 cm respectivamente). 16), lám. 15; St. de Angelis, Templum Divi Vespasiani, Roma 1992, fig. 80. importancia que desde el momento mismo de la fundación de la ciudad se le otorgó a esta zona: algunos elementos arquitectónicos (fig. 17) muestran la primera monumentalización de esta zona en época republicana, donde podemos situar un recinto religioso de indudable importancia y similar a la de muchas ciudades centro-itálicas'^\ Tres tambores de fuste ^^ (fig. 18), hechos en piedra caliza con veinte canales que conservan todavía una gruesa capa de estuco, aparecieron en un solar extramuros de la ciudad republicana; en la península ibérica podemos confrontar estas piezas con dos de los edificios augusteos mejor conservados y conocidos: el templo de Diana en Mérida, cuyo fuste es algo más estrecho ^^ y el templo de Barcino que es mayor'*^. Idénticas son, por otro lado, las medidas de nuestras piezas y el tambor de pilastra del templo republicano de Ampurias ^'. Las dimensiones de las piezas avalan, sin lugar a dudas, su pertenencia a un edificio de carácter público con ^^ P. Zanker (ed.), Hellenismus in Mittelitalien, Koll. ^' ^ J. M^ Alvarez, «El Templo de Diana», Cuadernos de Arquitectura Romana I, 1991, 90. "**' J. Puig i Cadafalch, Varquitectura romana a Catalunya, Barcelona 1934 fustes que medirían entre 7 y 9 metros. De lo hasta aquí comentado queda clara la asignación de estos tambores a un edificio monumental, con toda probabilidad un templo. Los paralelos a los que nos hemos referido no han sido tomados al azar sino que todos ellos pertenecen al ámbito cronológico aproximado en el que estimamos debe ser incluido nuestro edificio. Una rápida comparación entre el tipo de material (piedras locales); un similar número de estrías con una gruesa capa de estuco nos indica un mismo momento para la edificación de los tres edificios hispanos, o sea, el periodo republicano tardío y el augusteo reciente. Un segundo testimonio de su temprana cronología nos lo proporcionan las circunstancias de su hallazgo: tanlo estos tres tambores como otros que no fueron extraídos formaban parte de la cimentación de la muralla augustea que se detectó en este solar ^'^. Una vez demostrada la monumentalidad del edificio y su cronología pasaremos a analizar su función y ubicación. Ya se dijo que las piezas fueron halladas extramuros de la Corduba republicana (figura 1, n° 4) y en un punto intermedio entre ésta y el puerto fluvial ^'^, reaprovechadas en la construcción de la muralla augustea. Ante ello se nos plantean dos posibilidades sobre su procedencia original: que las piezas se reaprovecharan en un punto cercano al edificio al que pertenecieron o bien que hubieran sido trasladadas de otro lugar (posiblemente del interior de la ciudad). Si los tambores se hallan cerca del edificio original para el que fueron labrados tendríamos que responder inmediatamente a una cuestión de vital trascendencia: ¿qué hace un templo fuera del pomeriuml Y además, ¿existe alguna relación entre el desmonte del edificio original y la ampliación urbana de Córdoba con la construcción de la muralla augustea? Se conocen algunos ejemplos seguros de santuarios republicanos construidos fuera del pomerio. En Brescia, en el mismo lugar donde luego se alzaría el capitolio flavio, se levantó en una explanada un grupo de pequeños templos dedicados a Venus, Fortuna, Ceres y Spes, vinculados con toda probabilidad a operaciones que se realizaban en el vecino puerto fluvial ^'^. El mismo carácter tiene el grupo de cuatro templetes situados en una explanada cercana a Ostia'^^. Otro ejemplo podría proceder del templo rec- tangular del Foro Boario en Roma, atribuido tradicionalmente a la Fortuna Viril y que fue en realidad dedicado a Portunus, si bien parece probable pensar que las murallas servianas siempre lo resguardaron ^^. Así podemos intuir, como primera hipótesis, la existencia de un santuario en un lugar cercano al puerto fluvial y relacionado con él, santuario que se destruye probablemente por las tropas cesarianas o bien como consecuencia de la construcción de la muralla. Pero existe una segunda posible localización de este templo-santuario; si este material ha sido transportado allí desde un punto alejado hemos de pensar que, por las dimensiones del edificio, éste sería uno de los edificios religiosos principales, si no el de más rango, de los existentes en la ciudad en este periodo, al igual que sus paralelos emeritense y barcinonense. En este caso su lugar de origen habría que buscarlo con toda probabilidad en el foro de la colonia. De cualquier forma, al no contar con más información, sería arriesgado por nuestra parte defender a ultranza alguna de las hipótesis planteadas. Quede constancia de las dimensiones más que notables del edificio que equipara la arquitectura tardorrepublicana y augustea de Córdoba con otras ciudades que han contado con la suerte de poseer soberbios edificios como el templo de Diana en Mérida y el templo de Barcelona. Templo de Diana (Figura 1, 5) La feliz circunstancia de contar con una basa decorada (figs. [19][20] que aprovechó un pedestal con una inscripción dedicada a la diosa Diana ^^, nos permite unos comentarios sobre la detección de un lugar de culto a la referida diosa. Queda claro que esta basa se realizó aprovechando el pedestal en un momento que no conocemos, pero siempre posterior a la mitad del siglo i de C, cuando aquél se fecha. Sin embargo plantea una particular inquietud observar que esta basa, labrada quizás en la antigüedad tardía, copia detalladamente un modelo augusteo: el del Templo de Apolo in Circo "^l En efecto, los sencillos trazos en los toros no hacen más que imitar con una labra poco afortunada el adorno en forma de cuerda de las basas del templo augusteo. El estrecho toro central, a su vez, imita las perlas que flanquean los toros del ejemplar romano. ¿Habría que pensar en que una circunstancia casual fue la que llevó a adornar una basa cordobesa siglos después a la manera de un modelo urbano? Más lógico es pensar que probablemente la pieza cordobesa se labró para llevar a cabo una refectio del edificio de culto a Diana, en un momento ya tardío, cuando era difícil conseguir material marmóreo El desconocimiento de las circunstancias en que se halló la pieza cordobesa "^^ impide saber si se encontró in situ o no. Contamos, sin embargo, con una preciosa información para ubicar este centro de culto en las inmediaciones del conocido como Foro Provincial; en concreto, en el solar n° 10 de la calle Ángel de Saavedra se realizaron unas excavaciones que dieron como resultado la aparición de unos muros que han sido interpretados (con buen criterio, creemos) como cimentación del pórtico de un edificio público ^^; la vinculación con el culto de Diana a través de un pedestal y la constatación arqueológica de una refectio en los inicios del siglo m d. de C. permiten avalar no sólo la existencia del Aedes Dianae, sino también conocer cuándo se construyó y las distintas fases edilicias que ha sufrido. De la calidad de otros materiales constructivos allí localizados -placas de mármol cipollino, columnas de granito, las mismas basas originales labradas presumiblemente en mármol, etc.-se infiere, por otra parte, la magnificencia que pudo ostentar el edificio del siglo III, dato del mayor interés por ser ésta una fase mal conocida de la edilicia cordobesa. El teatro (Figura 1, n° 6) Hasta hace apenas dos años no contábamos con más edificios conservados que el templo romano de la calle de Claudio Marcelo. En este periodo, los trabajos que el Seminario de Arqueología de la Uni-^'^ La procedencia de la pieza en la colección del Marqués de Villaverde en la Plaza de los Aguayos no es, evidentemente, la original.''" A. Ventura, «Resultados del seguimiento arqueológico en el solar de C./ Ángel de Saavedra n° 10, Córdoba», Anales de Arqueología Cordobesa 2, 1991, p. 262 s., fig. 1. versidad de Córdoba desarrolla en solares del Museo Arqueológico Provincial han puesto al descubierto uno de los edificios más importantes de cualquier ciudad romana: el teatro ^^ Hemos de hacer constar que la casi totalidad de las piezas que aquí estudiamos estaban diseminadas por el solar, por lo que desconocemos su origen exacto y el material con el que se relacionaban estratigráficamente. El material aquí analizado procede por un lado de diversas excavaciones realizadas en la zona y por otro de los fondos del Museo. Su procedencia permite acercamos visualmente a la apariencia del teatro en dos de sus zonas más relevantes: la fachada del graderío y la. frons scaenae. Queremos incidir en que los resultados de esta primera aproximación a la arquitectura del complejo arquitectónico aquí analizado deben ser entendidos como provisionales, a la espera de que futuras intervenciones aporten mayor información que los amplíe, matice o corrobore. Fachada del graderío y de las plazas El material arquitectónico aparece en los solares excavados en las campañas de 1994 y 1995 (este último como excavación de urgencia realizada por D^ Inmaculada Carrasco), solares alejados entre sí unos cien metros. En ambas zonas han aparecido algunas piezas de idénticas características, como son las cornisas de doble frente (figs. 21-22) hechas en piedra de mina (piedra caliza micrítica); en concreto en el patio del Museo se conservan 18 piezas de este tipo, mientras que en el solar de la calle Rey Heredia han aparecido otras tres. Éste es un dato importante porque demuestra que estos elementos adornaban una estructura que se localizaba, al menos, en estos dos puntos, estructura que no puede ser otra que la fachada exterior de la cavea. Ninguna otra parte del edificio puede tener tal desarrollo. Como confirmación de esta hipótesis podemos exponer un dato complementario: piezas de estas mismas características se conservan en la actualidad en tres puntos más de la zona: patio del ciprés del Museo, solar aledaño a la Plaza de J. Páez y en esta misma plaza. La dispersión de estas piezas confirma su pertenencia al muro circular de cierre de la cavea, pues han aparecido tanto al interior como al exterior del mismo. Sin embargo, mucho más difícil es intuir su ubicación exacta. El hecho de adornar ambos frentes de modo diverso indica una doble La cara decorada (fíg. 23-a) con el orden toscano decoraría, presumiblemente, la fachada exterior. La otra, formada por una gran ménsula (fig. 23-b), serviría para sostener algo, bien la bóveda de hormigón de una de las galerías o bien para la techumbre de un pórtico. Como todas las fachadas de teatros, el nuestro debió contar con varios cuerpos correspondientes a distintos órdenes; sin embargo, no se han encontrado testimonios de su presencia a excepción de dos cornisas molduradas con un capitel toscano (fig. 24) de pilastra correspondiente al mismo orden y al mismo cuerpo que las vistas con anterioridad. Parece lógico pensar que éste sería el cuerpo superior pues sus elementos se han encontrado, en ocasiones, en unas cotas elevadas, consecuencia del desplome de la fachada cuyos elementos superiores se alejan en la caída de las cercanías del muro. Dato de gran interés es el proporcionado por algunas de estas cornisas, donde se inscriben algunas letras. Dos piezas se marcan con las siglas M P en la zona decorada con el orden toscano (fig. 25). Una tercera cornisa tiene en su cara superior una numeración claramente vinculada al control fiscal realizado en las canteras de origen. Mayor dificultad reviste la explicación de las siglas M P como las del artesano que labró las piezas (aunque esta explicación se invalida habida cuenta de la falta de siglas en la mayoría de las cornisas); quizás sean las siglas de una importante familia de la ciudad que ayudó a sufragar los gastos de construcción del edificio, hipótesis ésta que se ve confrontada por paralelos en teatros italianos del mismo periodo. Elemento importante para un análisis estilístico son los capiteles, de los que se han encontrado cuatro ejemplares. El más interesante (fig. 26) sin duda es el procedente del solar excavado en la calle Rey Heredia. Se trata de un capitel corintio de columna de gran tamaño (su altura es de 66 cm.) y elaborado en un mármol blanco de grano muy fino (casi con toda seguridad procedente de Luni, Carrara). La plasticidad y naturalidad de la que hacen gala sus elementos, unido a las características zonas de sombra en forma de gota de agua y a las proporciones de los elementos que lo componen, hace que su cronología sea la del final del periodo augusteo o la inicial del principado de Tiberio ^^. El empleo del mármol de Carrara para su realización estaría indicando, según hipótesis de Pensabene ^^, un vínculo del emperador con el edificio donde estas piezas aparecen, idea ésta que debe ser tenida en cuenta como argumento de peso para avalar la idea de que este edificio formó parte de un proyecto imperial. La cercanía del lugar de aparición con la. frons scaenae puede avalar la idea de que esta pieza adornase aquel ambiente. De igual modo no es posible aceptar que este capitel adornase la fachada exterior de la cavea porque para ello se requiere un capitel de columna adosada al muro, mientras que el que aquí comentamos adornaría una columna exenta. Una interesante información nos es proporcionada por el lote de fustes presentes en la zona. Los dos más importantes aparecieron en el solar de la calle Rey Heredia. El primero de ellos, con un diámetro aproximado de 68 cm., debió tener una altura cercana a los 4,7 metros. Tan importante como sus medidas es el material en que está hecho, el mármol verde antico ^' ^, cuyas canteras se localizan en Tesalia (Grecia). El segundo fragmento es de dimensiones más modestas (su diámetro es de 0,42 metros y su altura aproximada de 2,6 metros), pero el material también es de importación, el llamado marmor caristium, conocido también como mármol cipollino ^^. Dos fustes más completan el panorama de este elemento. Depositados en el patio del Museo, tienen unas dimensiones similares a los dos anteriores, estando elaborados en un mármol parecido a la caliza extraída de las canteras egabrenses. Las similares dimensiones avalan, a priori, su uso en una misma estructura, quizá lãfrons scaenae, aunque esta hipótesis debe ser corroborada. Sólo se ha encontrado un arquitrabe cuya particular división en dos fasciae y el hecho de contar con la hoja inferior más desarrollada que la superior avalan una cronología augustea para su elaboración. La piedra local en que está labrada confirma el uso de la misma, de forma profusa, en el momento de la construcción del edificio. Su ubicación original es difícil de determinar habida cuenta que se encontró reaprovechada en un muro tardío. Hemos dejado para el final el análisis de dos piezas sin lugar a dudas emblemáticas en la arquitectura romana y que encierran un significado muy concreto dentro del lenguaje de las formas a las que aquélla se remite. Nos referimos a un fragmento de clipeo y otro con guirnalda sobre los que hemos elaborado un estudio particularizado que exponemos a continuación. Como elemento arquitectónico de gran importancia podemos reseñar un fragmento de clipeo. Aparecido en el año 1946 y desde entonces conservado en los fondos del Museo, este fragmento de clipeo ^^ resulta del mayor interés en el estudio de la decoración arquitectónica local. El clipeo en la arquitectura romana como elemento ornamental ocupa un lu- gar destacado dentro de los signa que establecen un claro vínculo entre los edificios a los que pertenecen y el culto imperial. Su presencia se limita casi a los complejos forenses ^^, donde puede ocupar dos lugares: adornando los áticos de los pórticos ^^ o bien decorando el podium del templo forense ^^. La pieza formaría parte de la decoración arquitectónica de un edificio (o complejo) ubicado en la terraza superior del teatro cordobés. No sería éste el primer caso conocido en Hispânia, pues las excavaciones llevadas a cabo por R. Corzo en el teatro de Itálica ^° sacaron, en un nivel de relleno, otro fragmento de clipeo. Si así fuera y la pieza cordobesa perteneciese a las inmediaciones del teatro, podría relacionarse la pieza con los fragmentos de altar con representación de guirnaldas. En cuanto al significado de esta pieza, ha sido reiteradamente puesto en evidencia el vínculo existente entre clípeos y culto imperial ^^ Y no es menor el existente entre teatro y culto imperial, fenómeno que merece un estudio en profundidad pero que ya fue puesto de manifiesto por P. Gros ^^, quien ya avanzó la rapidez con la que algunos teatros hispanos entraron «... dans le cercle des monuments vorrées à l 'exaltation des dynasties en place» ^^ grupo al que debe sumarse el teatro cordobés. Otra pieza digna de ser reseñada es un fragmento de relieve con guirnalda ^^ (fig. 27) aparecido en las excavaciones realizadas en 1994. Tiene un pésimo estado de conservación debido a la corrosión del agua; el relieve se adorna con una guirnalda sostenida en su parte inferior por los extremos de dos ínfulas. La base se decora con un cimacio lésbico del tipo Bügelkymation. Sin lugar a dudas es esta pequeña franja la que mayor ayuda e información nos ha brindado; esta zona conserva los canales (que debieron ser profundos en origen) que separan el arranque del arco del estribo (Bügel) y dos ele-" El de Augusto fue el modelo de los Foros que luego se expandirán por algunas provincias de occidente. ^^ Así el modelo del Forum Augustum imitado en el pórtico del Foro de Mérida y en el pórtico del Foro Provincial de Tarraco. R Zanker, cit. (n.l5); J. L. de la Barrera mentos distintos que adornaban su interior: una palmeta de cinco lóbulos y una pequeña flor de cuatro pétalos, ésta en el interior del otro estribo. De este fragmento no se puede extraer más información que la facilitada por el peculiar modo de adornar los arquitos del Bügelkymation. Idéntico resulta el cimacio lésbico que corona un fragmento conservado en los fondos del Museo Arqueológico Provincial ^^ y cuyo esquema no se repite en ningún otro fragmento de la decoración arquitectónica de Córdoba (si bien el esquema. Bügelkymation está presente en Córdoba en numerosos fragmentos, lo normal es que se decore con una lanceta o con hojas lanceoladas, como se puede ver en el arquitrabe del templo de la calle de Claudio Marcelo). Creemos, y en ello basamos el análisis de estas piezas, que ambos elementos formaron parte de un mismo relieve. En este fragmento B se observa el arranque de una guirnalda sostenida en su extremo por un elemento difícil de definir con exactitud. En su lado izquierdo se conserva el extremo de un ala que ocuparía todo o parte del campo existente encima de la guirnalda. Es también el fragmento B el que conserva me-^^ A partir de ahora, fragmento B. Procedencia desconocida. jor el Bügelkymation ^^, que analizamos a continuación a fin de obtener criterios seguros de datación. Las características de este modelo se resumen en: • Sección cóncava de los arcos. • Adorno vegetal en el espacio interior de los arcos. • Entre los estribos, cálices con florecita u hoja en su centro. Todas estas características son de época medioaugustea ^'^ y los hallamos en edificios como el Arco de Augusto (19 a. de C); orden inferior de la Basilica Aemilia (refección posterior al 14 a. de C); Templo de Castor ^l Pero del mismo modo, otros aspectos apuntan a un periodo julio-claudio tardío como momento en que se labró la pieza: • Toques de trépano que como puntos oscuros se colocan a ambos lados del coronamiento del estribo. • Presencia de un pequeño pedúnculo que une los motivos vegetales que rellenan el arquito (palmetas y flores) con el lóbulo de coronamiento (en época augustea el contacto es directo mientras que en el periodo flavio se realiza a través de un desarrollado pedúnculo ^^). Los mismos toques de trépano aparecen en el arco de Claudio y en otro edificio contemporáneo a aquél ^°. La segunda característica pone de manifiesto la importancia del periodo Claudio en el que ya aparecen algunas novedosas ideas que son tomadas y desarrolladas por el arte del periodo flavio. Así pues sería el principado de Claudio el momento en que, a juzgar por el análisis estilístico, se labraría esta pieza; una vez más se pone de manifiesto el influjo del periodo augusteo en el desarrollo de la decoración arquitectónica romana altoimperial en las provincias. No es ajeno a este influjo el motivo de la palmeta como elemento que rellena los estribos; palmetas idénticas a las de la pieza B manifiestan, en estos y otros fragmentos cordobeses, una clara proximidad a elementos utilizados en época augustea del repertorio neoático como los candelabros ^' o se encuentran en arquitrabes augusteos de otras ciudades como Cesarea de Mauritania ^^. ¿Qué función cabría dar a estos fragmentos? Tres son las posibilidades que barajamos: Se conocen frisos con guirnaldas desde época republicana en edificios públicos y funerarios ^^ pasando por edificios augusteos (como el orden interno del templo de Mars Ultor ^'^). En Hispânia serían los frisos de Tarragona los paralelos más cercanos ^^, Las medidas de nuestra pieza completa {vid. infra) y el hecho de tratarse de una placa y no de un bloque no son característicos de un friso. A ello cabría añadir que la presencia del cima inferior invertido restaría probabilidades a una hipotética función como friso si bien se conocen algunos ejemplos con esta peculiaridad. Relieve ornamentalfuncional: en algunas ciudades se han encontrado bloques con guirnaldas adornando complejos a modo de balaustradas ^^. A este mismo modelo responde la presencia de cabezas de medusa y de Júpiter Amón enmarcados en clípeos ^^. Altar: es necesario advertir que esta hipotética función no estaría vinculada con la scaenae frons o con la orchestra del edificio teatral aquí estudiado por una sencilla razón topográfica. Los fragmentos del relieve se hallaron en la zona del pórtico in summa cavea, de ahí que deba adscribirse a esa zona o bien a la terraza superior. La interpretación de la pieza requeriría una restitución de la totalidad del panel al que perteneciese, cuestión ésta que se intentará resolver a continuación. Como se observa en la figura 28 se ha intentado unir los fragmentos A y B a través de la curvatura adoptada por la guirnalda y, elemento fundamental, dejando el espacio suficiente en el hueco superior para colocar allí el animal cuya ala se aprecia en el fragmento B (sobre esto, vid. infra). De esta forma, el panel tendría una altura aproximada de 75 cm. Queda por explicar la elección del cisne como animal al que perteneciesen las alas. La posición totalmente horizontal de las plumas conservadas en la pieza B elimina la presencia de una victoria o de un erote, amén del escaso espacio disponible; excluida tal posibilidad, sólo podría estar representado un águila o un cisne; una detallada búsqueda entre los relieves del período Claudio hizo que nos decidiéramos por el cisne, muy representado en urnas funerarias de este período, de una de las cuales hemos tomado el modelo'^^. Además de los numerosos ejemplos de cisnes ocupando el espacio libre por encima de la guirnalda en las urnas funerarias de época Claudia, la presencia del símbolo de Apolo en relación directa con la guirnalda estaría rememorando el Ara Pacis Augustea donde, sin embargo, ambos motivos no aparecen juntos •' ^. Estaríamos, pues, ante un modelo derivado del Ara Pacis donde se ha producido un sincretismo en sus elementos; ^^ Vid. 74 para el desarrollo de este motivo. 13 s. lám. 7 s. Sobre el cisne vid. R.E. 2-a, voz Schwan (Gassen). Sobre el significado del cisne en el Ara Pacis vid. H. P. L'Orange, «Ara Pacis Augustae. La zona floreale» Acta ad archaeologiam et artium historiam pertinentia 1, 1962, 12 ss.; sobre el cisne en las urnas funerarias, F. Sinn afirma que recuerda a los cisnes que coronan los frisos de acantos del Ara Pacis, si bien no es seguro que tengan este significado en las urnas; vid. Sinn, cit. (n. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ creemos, efectivamente, que los fragmentos cordobeses forman parte de un monumento (¿Altar?) que sigue el modelo del Ara Pacis, tal como se ha atestiguado en varias ciudades del Imperio ^° y que simboliza, en el caso de ser encargado por la ciudad (particulares, colegios) la adhesión de estos grupos a la ideología imperante o bien la manifestación de su agradecimiento por favores recibidos. Caso distinto sería si fuese encargado por el poder central pues habría que ver en ello un ejemplo más de propaganda imperial ^^ Si este altar formaba parte de la summa cavea del teatro (sacellum in summa cavea) o de un edificio situado en la terraza superior del complejo, es algo que no puede ser evaluado hasta realizar nuevas investigaciones en la zona. Materiales procedentes de la frons scaenae En los fondos del Museo Arqueológico se guardan unas piezas procedentes de la calle Marqués del Villar esquina a la Plaza de Jerónimo Páez, o sea, del lugar supuestamente ocupado por la frons scaenae del teatro. Esta intervención se realizó en 1979 y los restos se hallaron a 6,7 m de profundidad respecto a la cota de suelo actual, lo que proporciona un dato de sumo interés para conocer la topografía antigua de la zona y la profundidad, aproximada, donde se localizan las estructuras. El numeroso lote ayuda, pues, a conocer no sólo el ornato de la escena, sino que también puede aportar datos sobre las medidas de sus elementos y, además, sobre su cronología. Comenzamos el análisis procedente de esta zona haciendo referencia a las basas; de los tres fragmentos conservados, dos de ellos son basas áticas sin plinto (fig. 29), cuya ausencia nos ayuda a conocer su cronología que debe ser centrada en el periodo de Augusto ^^. A partir de este periodo todas las basas (al menos todas aquellas que se emplean en la edilicia pública) cuentan con este elemento de apoyo. Tres han sido también los fragmentos de fuste procedentes de este sector. De dimensiones semejantes (el cálculo para las piezas completas señala una altura de 3 metros circa) varían, no obstante, en su ornamentación, siendo el primero de ellos liso, el segundo de canales helicoidales y el tercero acanalado. Otra característica que los unifica es el mármol pavonazzetto en que están elaborados. Llegamos ahora al capítulo dedicado a capiteles que, al igual que en el apartado anterior, ofrece un particular interés. De los cuatro fragmentos localizados (siempre pertenecientes, a priori, a la frons scaenae), destaca un ábaco liso cuya altura, superior a 10 cm (la pieza está fracturada), pertenecería a un capitel que mediría más de un metro de altura, parangonable en lo que a dimensiones se refiere a los capiteles del templo de Claudio Marcelo. Otro fragmento procedente de este lugar pertenece a un capitel corintio-asiàtico. Tiene 16 cm de altura y de él sólo se conserva una hoja. El tipo corintio asiático está muy extendido en el periodo romano tardío, caracterizado por unas hojitas puntiagudas que se tocan entre sí creando zonas de sombra en forma de figuras geométricas. Por su semejanza con piezas ostienses del siglo iv podemos establecer en ese momento su cronología. Es destacable, además, que tenga características muy parecidas a otros capiteles tardíos hallados en la península ibérica. Su empleo en este edificio manifiesta una refectio del edificio escénico en época constantiniana, fenómeno que se observa en ciudades como Itálica o Perento. Material de probable pertenencia al teatro De entre el numeroso material depositado en los fondos del Museo Arqueológico y en colecciones privadas, queremos destacar algunas piezas cuyas características avalan su hipotética adscripción al edificio aquí analizado. La primera de ellas es un fragmento de balteus, es decir, la barrera que separa la orchestra de las gradas. Su particular molduración y la curvatura que adopta son argumentos que avalan esta función si bien se desconoce el lugar de procedencia de la pieza. La segunda pieza tiene unas características muy disdntas. Se trata de un bloque de mármol donde se ha labrado una máscara trágica (fig. 30 de marcada tendencia ovalada, tiene como marco el cabello formado por bucles de rizos paralelos que dejan sin cubrir la frente pero que ocultan las orejas. La barbilla está sin definir; la boca, hueca, y los grandes ojos están muy señalados por unos párpados perfectamente diferenciados y un orificio en el iris. Detalle a destacar es que la parte superior de la máscara sobresale respecto a la inferior, lo que indicaría que su posición original estaría a mayor altura que la normal de un individuo. Parece fuera de toda duda la adscripción de un elemento de estas características a un edificio de espectáculos pues todos los paralelos hallados inciden en esa relación. El ejemplo por antonomasia lo representa el teatro de Marcelo ^"^ en Roma con máscaras marmóreas que adornan las claves de los arcos y que fue el modelo de otros edificios de la península itálica y del sur de la Galia ^\ La forma del bloque donde se labró la máscara induce a ^' ^ M. Fuchs, Untersuchungen zur Ausstattung romischer Theater in Italia und den Westprovinzen des Imperium Romanum, Mainz am Rhein 1987, p. ^^ Así, en el anfiteatro campano de Sta. María Capua Vetere y el teatro de Benevento. 18, lám. VIII-2. creer que su función sería la de clave de uno de los arcos por los que se accedía al edifìcio teatral ^^. Además de estos ejemplos donde se documenta tanto la pieza como su edificio de origen, el numero de máscaras procedentes de Roma y su entorno habla del frecuente uso que de ellas se hacía ^'^. Una segura definición del tipo representado se ve dificultada por la erosionada superficie de la pieza, sobre todo en su extremo superior; es seguro, sin embargo, la presencia de un bajo oncos que deja libre la frente, ocultando las orejas en los laterales por los rizos que caen hasta la altura de la barbilla. Tiene esta pieza muchas concomitancias con una máscara trágica femenina perteneciente, con toda probabilidad, al teatro de Marcelo ^^ idenfificada como la koúrimos parthenos ^^; en cualquier caso parece segura su no inclusión como máscara trágica masculina ^°. También mantiene un gran parecido con una máscara trágica que encama a una heroína hallada en Tralles ^^ No resulta menos fácil intentar un acercamiento a su cronología; para ello acudiremos a algunos paralelos hasta ahora vistos y a cuestiones relacionadas con la técnica empleada en su realización. De las piezas arriba enumeradas, el ejemplar cordobés guarda una mayor afinidad con los ejemplares del Teatro de Marcelo, dedicado a la memoria del sobrino de Augusto en el año 13 o bien en el 11 a. de C. ^^. Muy cercana en el tiempo se encuentra la más-132 CARLOS MARQUEZ AEspA, 71, 1998 cara conservada en el Museo de Barcelona habida cuenta del idéntico tratamiento dado a los rizos del oncos. Los ejemplares del anfiteatro campano y del teatro de Benevento, ya del siglo ii, parecen mostrar un mayor gusto por contrastes de claroscuro. Para conocer la cronología resulta fundamental comprobar de qué modo ha sido labrada la pieza; en este sentido cabe destacar la utilización del cinceles de variadas puntas, mientras que no se percibe la presencia del trépano salvo, quizá, para horadar el hueco de la boca. Tan significativa ausencia remite para los elementos arquitectónicos de Colonia Patricia a un periodo no posterior al principado de Claudio. A modo de conclusión, habría que destacar la presencia en Córdoba de un elemento ornamental típicamente itálico como adorno de las claves de los arcos de entrada. El tratarse de una máscara remite indudablemente a la ornamentación del Teatro de Marcelo en Roma, que no sería seguramente ajeno al influjo del mundo griego ejercido a través del modelo representado por los frisos de máscaras de los teatros de Pergamo y Atenas ^^ La máscara se fecharía por las razones ya esgrimidas, en un momento anterior a finales del periodo julio-claudio. Los testimonios proporcionados por algunas piezas ya vistas apuntan al augusteo como momento en que comienza a decorarse este edificio. Ello confirmaría que sería el primer momento imperial el que ve surgir este edificio y los complejos edificios con él relacionados, que se, verían adornados acto seguido de su construcción. Periodo augusteo: Los elementos más antiguos fácilmente fechables a través del método estilísticocomparativo son el capitel de la lámina 26 y la basa de la lámina 29. El primero de ellos, a raíz de su estilo de clara impronta augustea, tiene influjos estilísticos de piezas elaboradas en la capital, Roma (son los capiteles del templo del Mars Ultor), siempre del periodo augusteo. A este mismo periodo remiten las características de las basas que coinciden en no poseer plinto, elemento que se generaliza sólo a partir del principado de Augusto. Periodo julio-claudio: La mayor parte de los elementos ornamentales aquí analizados se pueden fechar en la primera mitad del siglo i de C, es decir, una vez que la estructura del edificio escénico y de las terrazas laterales ha finalizado. Así podemos destacar el relieve con guirnalda que adornaría un sacellum. Es, por consiguiente, el julio-claudio el momento en que se realiza un mayor esfuerzo por ornamentar el complejo edificio. Siglo ii: Algunas piezas, sobre todo escultóricas (que son objeto de análisis en otro estudio), pueden datarse en este momento como son dos estatuasfuente y una escultura que representa a una Nike. Arquitectónicamente apenas se constatan refectiones en este periodo, por lo cual podemos afirmar que el teatro siguió su vida sin grandes novedades durante este siglo y el siguiente. Siglo iv: A este momento tardío corresponde el capitel corintio asiático de la. frons scaenae. Su presencia sugiere una refectio del edificio escénico en el siglo IV, fenómeno que se ve corroborado en otros teatros como el de Itálica y el de Perento ^' ^. Tan interesante como el edificio teatral en sí y los elementos que lo constituyen, se nos presenta el entorno más inmediato del mismo; el análisis del relieve con guirnalda, con toda probabilidad coetáneo a la edificación del conjunto ludico, sugiere la presencia de un sacellum in summa cavea, con claras referencias al teatro de Pompeyo en Roma; el relieve con figura de Victoria emplaza al momento tardoflavio-trajaneo para su realización; al tratarse de una sola figura incompleta no podemos indicar la función exacta de esta pieza. Por el lugar de hallazgo, al exterior del teatro y en una de las terrazas que lo flanquean, formaría parte de un monumento conmemorativo, importante a juzgar por las dimensiones de la pieza. La conclusión de nuestro trabajo, siempre a expensas de nuevas excavaciones, es que el modelo de edificio escénico elegido es el teatro de Marcelo en Roma, al que pretende sin lugar a dudas emular ya sea en las dimensiones del proyecto, ya en detalles ornamentales como la decoración con el orden dórico toscano, arcadas de ingreso al edificio y máscaras en las claves de sus arcos. El análisis estilístico de las piezas nos muestra un primer período constructivo fechado en época julio-claudia en el que se insertan elementos ornamentales como la máscara o el relieve con guirnalda, esta última de mediados del principado de Claudio. Sería a partir de este momento también cuando se introduzca la ornamentación a través de los mármoles de color, tal como se atestigua en gran cantidad de edificios teatrales. Queda reiterada la importancia urbanística dada al entorno del teatro. La impronta helenística observable en el aterrazamiento y en la misma presencia de un sacellum, permite intuir la envergadura de un complejo situado en la cota superior de la colina Ciancio, cit. (n. 88) Directamente vinculada con las murallas augusteas, que delimitan el nuevo espacio urbano, se encuadra la pieza que comentamos a continuación. Se trata de la mitad inferior de un capitel corintio de pilastra (fig. 31) labrado en una de sus caras ^^. Las dimensiones de la pieza completa (el capitel se elaboraría en dos bloques de idénticas dimensiones) dan una altura total de 88 cm y hacen que se descarte su adscripción a un monumento funerario. Tiene una talla muy cuidada, lo que, unido al hecho de labrarse en dos bloques y a sus propias dimensiones, señalaría la ubicación de la pieza en un edificio de notables dimensiones, con seguridad de carácter público. Estilísticamente se puede encuadrar esta pieza con ejemplares augusteos y julio-claudios, como pone de manifiesto su proximidad al capitel de la Casa de las Antas de Glanum ^^. Esta impronta augustea está en sincronía con la erección de la muralla sur; sus nuevos lienzos precisan algunos vanos de acceso a la nueva zona urbanizada y es en esta función donde nuestra pieza puede tener un lógico anclaje: creemos que el bloque ahora analizado formó parte del programa ornamental que rodeó una puerta abierta en esta zona, cuya continuación en el tiempo llega hasta hoy. Las especiales características del capitel al labrarse en dos bloques puede sernos de gran utilidad a la hora de un intento de reconstrucción del monumento al que perteneció. En época augustea es frecuente labrar los capiteles en dos bloques ^^ por razones de técnicas de manipulación y de transporte. En particular, los capiteles como el ejemplo aquí estudiado se labran a menudo en dos bloques porque cada uno de ellos corresponde a la altura exacta de una hilada de sillares ^^ A partir de este dato y ^^ La pieza apareció en un solar aledaño a la actual Puerta de Almodovar, extramuros de la ciudad. Es de mármol blanco de grano medio. Su altura es de 44 cm; su anchura es de 95 cm y su grosor es de 44 cm.'^^ W. D. de la confrontación con otros edificios de similares características ^^ hemos intentado hacer un ensayo de restitución ^°°. ¿Qué fue lo que motivó la construcción de una puerta en forma de arco honorífico? La respuesta viene dada por las claras connotaciones propagandísticas que en época augustea se dan. La ampliación al sur de la ciudad requería, como ya vimos antes, la realización de una cinta muraría que diferenciase claramente el interior y el exterior de la colonia. Se trata, en definitiva, de subrayar la imagen urbana a través de un monumento que sirve de punto de ingreso en la misma ^^^ monumento inserto en unas murallas que separan el territorio del espacio urbano. ¿Y de qué mejor forma se puede construir una puerta cargada de toda esta simbologia sino acercándola visual y formalmente a un arco honorífico? ^°^. Queda de manifiesto que ya en época augustea el carácter defensivo de la 134 El carácter público de una ingente empresa como fuera la de la construcción de los nuevos lienzos de murallas y sus puertas, avalan la calidad, dimensiones y material con el que están hechos la pieza aquí comentada ^^'^. Aunque han sido escasos los fragmentos asignados a edificios funerarios por su lugar de hallazgo, su particular forma nos permite trazar un esbozo de la imagen que en su día tuvieron. Diversos tipos pueden, de esta forma, destacarse: 7.1. Túmulos En el año 1994 se desarrollaron unas excavaciones en el Paseo de la Victoria cuyo objetivo era el de conocer la entidad de un monumento aparecido en algunos sondeos realizados con anterioridad. Al margen de algunos edificios domésticos con una rica decoración musiva hallados al mismo tiempo, nuestra atención se va a centrar en el único edificio con elementos seguros de decoración arquitectónica. Se trata de un mausoleo circular (figura 1, n° 8) de 13,5 m de diámetro aproximadamente *°^. De segura adscripción al edificio son dos elementos distintos aparecidos en la campaña mencionada: a: basamento de zócalo (fig. 32). Amén de varios fragmentos aparecidos in situ rodeando el tambor del monumento, se hallaron otros en sus alrededores. Se compone de uii filete que corona una escocia y que está separada de un caveto a través de otro filete; en su base, un plinto. Está hecho en caliza micrítica gris de la formación Pedroche del Cámbrico cordobés, conocida vulgarmente como piedra de' "^ El caso emblemático es Rímini, cuya puerta-arco se construye con seguridad en el 27 a. de C. y cuyas medidas le impiden tener un cierre.' ^' ^ Interesante resulta observar que los tres actos evergéticos vinculados con puertas reseñados por E. Melchor en la Bética se llevan a cabo en época republicana y augustea. E. Melchor, El mecenazgo cívico en la Bética. La contribución de los evergetas a la vida municipal, Córdoba 1994, pp. 153 y 156.' ^^ Agradezco a los directores de dicha intervención, Dr. J. F. Murillo, de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Córdoba, y Dr. J. R. Carrillo, de la Universidad de Córdoba, la amable invitación para estudiar los elementos ornamentales de este edificio. Una publicación monográfica sobre el monumento servirá para analizar detenidamente todos los aspectos relacionados con el edificio y su excavación. A ella me remito para las cuestiones referidas a tipología del edificio. mina. Tiene 29 cm de anchura y 40 cm de profundidad, variando sustancialmente su anchura. b: Cornisas de mármol blanco (fig. 33). El desarrollo de sus molduras es el siguiente: òvolo, listel, cima recta, listel, òvolo, listel, filete, listel y cima reversa. Su altura es de 37 cm, la base tiene 77 cm de profundidad y la zona superior, 107 cm. La anchura, al igual que el basamento, es variable. La molduración de la base del tambor cilindrico tiene un desarrollo que arranca en la etapa mediorrepublicana; entonces conocemos ejemplos en santuarios centroitálicos ^°^ donde aparecen todas las molduras de la pieza cordobesa a excepción del filete central. La datación de estos edificios itálicos coincide con la del templo republicano de Ampurias ^^^ así como también es idéntica la molduración de las basas del podium. En época augustea nos encontramos el mismo desarrollo en basas de Glanum, ciudad que cuenta con tres ejemplos que abarcan todo el periodo augusteo: los denominados «templos geminados»'°^ fechados en el año 20 a. de C. ^°^; el mau-'°^ A. La Regina, «II Sannio» en P. Zanker (ed.), Hellenismus in Mittelitalien I, Kolloquium Gottingen (1974), 1976, p. 219 soleo'^° y finalmente el arco de Glanum, monumento fechado en las postrimerías del principado de Augusto o en los inicios del de Tiberio ^^\ del que nos interesa destacar la separación de la cima recta (que hasta entonces se había mantenido inalterable) a través de un listel. Se trata, por primera vez, de una molduración idéntica a la que ofrece la pieza cordobesa. Mérida, Barcelona y Carteia ofrecen ejemplos hispanos con similar molduración a lo que venimos viendo hasta ahora; así en Mérida se halló la moldura del podio de un edificio en la calle J.R. Mélida esquina a Sagasta. Es de granito revestido de estuco y De la Barrera lo fecha en el periodo augusteo ^^^. En Barcelona aparece adornando el emblemático templo de Barcino ^^^ fechado por Barrera aproximadamente en los años 30 a. de C. ^^' ^; finalmente en Carteia también se encuentra adornando el templo de fines del siglo i a. de C. ^^^. Tendrá continuación este particular esquema decorativo durante el periodo flavio, después del cual no hemos hallado más paralelos. En Lusitânia se conserva el podio de un templo, fechado por Alarcão en época flavia (aunque no se da como segura) y que repite las mismas molduras ^^^. A la segunda mitad del siglo pertenece el sepulcro circular de Pompeya, que ha sido identificado probablemente como de C. Fabius Secundus ^^"^ y en cuya base se observa un desarrollo algo más estilizado y alargado del caveto. Haciendo un resumen de lo hasta ahora visto, podemos comprobar que la cima reversa, como moldura que adorna los basamentos de los podios, tiene un origen mediorrepublicano en el mundo itálico y que se expande por toda la península ibérica desde inicios del siglo i a. de Cristo (Ampurias) hasta el periodo augusteo (Mérida, Barcelona, Carteya). Pero será en el periodo augusteo final y julio-claudio cuando tengamos edificios de segura cronología y en los que esta cima recta se ve cortada en su mitad por la aparición de un estrecho filete ^^^. El análisis de las cornisas de mármol tiene en el material en que se construyen (mármol) y en algunas de sus molduras (sobre todo la cima recta coronando) algunos elementos sobre los que emitir un juicio. A diferencia de la base antes analizada, en las comisas contamos con piezas similares procedentes del mismo tipo de edificio, el tumular. Desde el punto de vista morfológico, la cornisa destaca por el òvolo y la cima recta que coronan la pieza. Efectivamente, si bien la cima recta es la coronación natural de las cornisas augusteas, la presencia del òvolo remite inmediatamente a un ejemplo galo, la Maison Carrée "^ con la que mantiene semejanzas en cuanto al desarrollo de alguna de sus molduras. De muy parecidas características a la pieza cordobesa son las cornisas de sendos túmulos; el primero de ellos es el monumento de Lucius Munatius Plancus ^^° datado en la segunda década antes de Cristo; el segundo se localiza en Lucania y coincide con el cordobés en todas sus molduras; se fecha en época de Claudio, si bien se destacan los claros influjos augusteos que presenta ^^K Nos encontramos, de nuevo, con una cronología más cercana al periodo tiberiano que al anterior augusteo, coincidencia ésta que no debe ser juzgada, desde nuestro punto de vista, como debida al azar. Y es en el primero de ellos donde debemos encuadrar la cronología del edificio cordobés. Para finalizar el estudio de este importante monumento, y a modo de conclusión, intentaremos acercarnos al significado de este edificio en una ciudad como Córdoba. Este tipo de mausoleo circular es afín, como sabemos, al que Augusto construyó en el Campo de Marte para sí y su dinastía' ^^; este hecho contribuyó a que las élites locales adoptasen el túmulo como forma de enterramiento, tal y como lo hizo Adriano un siglo después *^^ No es casual que la mayoría de las ciudades italianas contasen con este tipo de enterramiento ^^' ^, por lo que reviste gran importancia la aparición de este tipo en Córdoba, alejado físicamente de la región itálica pero cuyos comitentes reivindican, con su elevación, un status particular y una pertenencia a la comunidad romana. Tema interesante, aunque de difícil confirmación, es el de conocer el comitente de esta obra. La cercanía a una de las puertas de ingreso a la ciudad y la monumentalidad del mismo nos hablan implícitamente de la importancia del personaje; con gran probabilidad pertenecería a la élite local, tal vez al orden ecuestre, por ser éste al que pertenecen los comitentes de obras similares atestiguadas por la epigrafía ^^^. Pero también pudo tratarse de un cordobés que hizo carrera (y fortuna) en Italia y que vino a morir a su ciudad natal ^^^. La placa correspondiente a un friso de guirnalda, de época augustea ^^^, decorado con guirnaldas, apareció reaprovechada como cubierta de una sepultura. Ignoramos la cronología de la necrópolis del Brillante ^^^, zona donde apareció, y tampoco sabemos si esta pieza formó parte de un monumento funerario de la misma necrópolis que fue desmantelado y del que se aprovecharon sus materiales o bien si procede de otra zona de la ciudad. Como parte integrante de un edificio funerario, esta pieza pone de manifiesto un muy cuidado trabajo que concede al monumento al que perteneció un carácter singular en cuanto a dimensiones y ornamento. La tipología de construcciones funerarias hoy conocida permite insertar este fragmento en un túmulo, coronando el tambor cilindrico ^^^, o bien adornaría la fachada de algún otro recinto funerario no necesariamente de planta circular ^^^. Para ambos casos resulta destacable su datación en el periodo augusteo medio-tardío. Un fragmento de cornisa en piedra caliza (fig. 34) coronaría este tipo de monumento; sus dentículos podrían indicar un momento reciente del siglo i de C. para su edificación. Se trata de un tipo muy extendido por todo el imperio y que tiene en la necrópolis de Sarsina sus mejores y más conocidos ejemplos. También en este caso existe una amplia y variada tipología ^^^ aunque contaban siempre con dos elementos: el zócalo y la edicola en la que, generalmente, se colocaba la imagen del propietario de la tumba. La rica y variada gama compositiva en la propia estructura del monumento se multiplicaba con los adornos a él añadidos; entre los ejemplos cordobeses podemos añadir algunos frisos, fechados en un periodo julio-claudio (fig. 35). ta!.--Ã^' ^v^f^^^í*«^>% yen en unas guirnaldas. La vegetalización, exagerada, que se ha dado a las figuras aladas puede aproximar la cronologia de estas piezas al periodo flavio ^^^, si bien este particular tipo femenino cuenta con orígenes helenísticos y será en el periodo augusteo cuando adopte un particular significado ideológico vinculado con el complejo proyecto augusteo de propaganda ^^^. En espera de que próximas intervenciones arqueológicas obliguen a modificar o a matizar las ideas aquí vertidas, éste es por el momento el estado actual de la cuestión. Corregidas las primeras pruebas de imprenta, han aparecido en el número 5 de la calle Morería los restos de un podium y un fragmento de fuste, cuyo diámetro es superior a 140 cm, además de multitud de elementos arquitectónicos, cuyas dimensiones van en consonancia con las medidas que en este trabajo hemos establecido. Esta información, que confirma la existencia del templo colosal, nos ha sido facilitada generosamente por D.^ Inmaculada Carrasco y D. Ricardo García, directores de la excavación arqueológica.' ^^ Blanckenhagen, Flavische Architekturtor und ihre Dekoration, Berlin (1940) p.
En este artículo presentamos un conjunto de once estatuas togadas de plena época Claudia procedentes de Colonia Patricia. Sus características estilísticas y sus rasgos de factura nos permiten identificarlas como producción de un mismo taller escultórico. Asimismo la calidad, dimensiones y material contribuyen a interpretarlas como representaciones de miembros de la dinastía julioclaudia, o bien de stimmi viri, siendo ubicadas en uno de los principales espacios públicos de la ciudad. La cuestión de los talleres escultóricos es problemática por diversas causas, entre las que destaca el anonimato de sus escultores. Dicha situación no es privativa de la producción escultórica cordobesa' sino que se extiende a otros núcleos como Italica y Tarraco, conociéndose sólo la autoría del conjunto de togados procedentes del «Foro de Mármol» de Emerita Augusta ^. Por lo tanto, son las esculturas mismas, en la mayoría de los casos, la principal fuente de información. En la Bética podemos seguir el desarrollo de los talleres locales ^ remontándonos al siglo i a.C, al' En Colonia Patricia sabemos de la existencia de dos talleres escultóricos en época flavia y en el siglo ii d.C. (CIL II/7, n° 301, n° 348) junto a otros que elaboran capiteles desde la segunda mitad del siglo i d.C. hasta el siglo iv d.C. (Márquez, 1993, 213-219). LOCALIZACIÓN DE LAS ESTATUAS Extramuros de la ciudad romana, a escasos metros de la muralla norte, en la Avda. Ronda de Tejares, n° 38-40, esquina con Avda. de Cervantes, se halló una serie de once esculturas togadas ^, cuyo contexto arqueológico quedó sin ver en el momento del hallazgo ^ El estado de conservación de las pie-^ De este mismo solar procede posiblemente otra escultura togada datada por nosotros a mediados del siglo II d.C. (López, 1997, 109-111, n° cat. Su localización es dudosa, según A. M. Vicent, ya que fue requisada por las autoridades en un vacie de la ciudad (Expediente ïf 135 del Museo Arqueológico Provincial de Córdoba). •'' En este solar se realizó con posterioridad una intervención arqueológica por A. M. Vicent (Marcos-Vicent, 1983, 244, xf 89) donde se hallaron restos de un espacio doméstico con dos mosaicos, uno de tema báquico fechado entre el siglo II y principio del siglo m d.C. (Moreno, 1995, 160-161) y abundante material cerámico romano y medieval, junto a fragmentos de decoración arquitectónica. zas y las fracturas intencionadas ^' que en ellas se observan permiten plantear la hipótesis de que los togados fueron en un momento determinado acarreados a este lugar para su desmembramiento, probablemente, desde un importante espacio de la ciudad romana, quizás el foro colonial. canteras de Luni; la importación de este material y su calidad, junto al formato de las estatuas, superior al natural, son elementos indicativos de su importancia y carácter. Este conjunto de once togados ^ se encuentran labrados en mármol italiano, probablemente de las ^' Dichas fracturas se observan, por ejemplo, en los togados n°' 5, 6 y 8. ^ Se hallan depositadas en el Museo Arqueológico Provincial de Córdoba con los siguientes n"' de inventario: Se halla fracturada en su parte derecha encima del balteus, en todo el lateral izquierdo y en la superior, quedando restos del hueco para la inserción AEspA, 71, 1998 EL TALLER DE LAS ESTATUAS TOGADAS DE RONDA DE TEJARES (CORDOBA) 141 de la cabeza. La parte interior también está incompleta y la parte posterior presenta múltiples roturas intencionadas. El estado general de conservación de la escultura es muy aceptable. En la zona central del lado izquierdo se conserva un hueco destinado a encajar parte del balteus, en cuya superficie se aprecian las huellas del trabajo del puntero para mejor ajuste de esta pieza, al igual que en la parte posterior, para el ensamblaje de la pieza correspondiente a los pliegues longitudinales. El esquema seguido para el tratatamiento de los paños responde al típico de: a) túnica con escote, que se dispone sobre el pecho en un plegado en forma de «V» y es presionada en la cintura por el balteus dando lugar a tres pliegues curvilíneos que sobresalen del plano de la escultura; b) umbo formado por un conjunto de pliegues anchos, irregulares, con forma de «U» y ligeramente apuntados, que ocupan la parte central del tronco de la estatua y sobresalen prominentemente; c) sinus que cae por encima de la pierna derecha, procedente del hombro izquierdo, en pliegues profundos y espaciados, curvándose a la altura de la rodilla y subiendo en línea recta por el costado derecho; en su interior los pliegues, ligeramente curvos, quedan adheridos a la pierna derecha, dejando entrever su forma. Destaca el tratamiento del tejido correspondiente a la ima toga que permite, mediante un plegado muy suave, entrever la forma anatómica de la pierna izquierda, al igual que ocurre con la derecha bajo el sinus. Entre ambas piernas los pliegues de la ima toga se hacen más numerosos y profundos. La ponderación de la escultura se aprecia a través de la posición de las piernas cubiertas por la toga; al igual que las otras esculturas de la serie se mantiene la pierna izquierda erguida, sirviendo de sostén, y la derecha, ligeramente flexionada y llevada hacia atrás, se observa en la parte posterior y anterior de la escultura. Los pliegues de la toga han sido elaborados excelentemente por el artista, siendo marcados y profundos, definidos por gruesas aristas; en la parte posterior están más superficialmente trabajados, pero sin descuidar su factura. El escultor local ha realizado el plegado de la túnica ancho y espaciado, simplificando así la labra en esta parte de la pieza. Destaca el minucioso trabajo que queda plasmado en los contrastes realizados mediante la labor del trépano en los pliegues de la túnica y de la toga, anchos y espaciados, definidos por gruesas aristas que contribuyen a un efecto de claroscuro en el tejido. En esta escultura y en las siguientes destaca la plasticidad de los paños que se adaptan perfectamente a la superficie del cuerpo, ya sea a través de un plegado abundante, como se aprecia en el sinus, tanto en la parte anterior como en lateral derecho, o con pliegues escasos y finos en la ima toga que hacen que la tela transparente la epidermis, como se aprecia en la cadera y pierna izquierda. Esta suavidad del modelado confiere a las piezas una calidad acorde al estilo depurado y elegante que se proclama a partir de la época de Augusto (León, 1990, 372). Estatua togada n"" 2 (fig. 3-4) Se conserva el torso y parte de las piernas, con fractura del sinus a la altura de la rodilla derecha, así como parte del hueco donde iba encajada la cabeza. Todo el lateral izquierdo, su parte inferior y posterior también están fracturadas. El lateral izquierdo presenta un rebaje a la altura del hombro para una refectio, al igual que la parte posterior donde existe un gran rebaje trabajado con cincel dentado y puntero para el encaje de otra pieza que correspondía a la zona de la espalda. Sobre el umbo y el balteus de la estatua togada se aprecia parte de la túnica con varios plegados en «V» y ceñida por el balteus, por lo cual se forman unos pliegues sinuosos en el lateral derecho que caen sobre dicho balteus. El sinus se desarrolla hasta la rodilla derecha; su borde está limitado por pliegues anchos y profundos, mientras que su interior está constituido por un plegado casi paralelo y poco profundo que marca perfectamente la posición de la pierna derecha. El balteus está apoyado en la cadera derecha, desarrollándose en sentido diagonal y formado por pliegues profundos y anchos. El umbo, en forma de «V», ocupa una abundante superficie en la zona central del torso de la estatua, con pliegues de excelente factura, al igual que los del balteus. La ima toga queda ceñida a la pierna izquierda, separando con un profundo surco la tela que queda sobre la piel de la del resto que queda exenta. La cadera y el muslo izquierdo, muy marcados bajo el tejido, interrumpen la dirección diagonal de los pliegues del sinus, estando la superficie del tejido alisada y con pequeños pliegues casi verticales. La región dorsal está formada por pliegues oblicuos, apenas insinuados, que marcan ligeramente la forma de los glúteos y parte de los pliegues longitudinales. La calidad se pone de manifiesto en la totalidad de la escultura y, en concreto, en la realización de partes corno el balteus y el umbo y en detalles como los pliegues de la túnica que descansan sobre el balteus; en estas zonas los plegados se multiplican y se hace patente la torsión del tejido con un magistral uso del trépano. El resultado logrado es un rico contraste de luces y claroscuro en las distintas profundidades del paño. Se conserva parte del torso y de las piernas, estando la escultura fracturada por encima del balteus a la altura del sinus en la pierna derecha y a lo largo de sus laterales. En la parte inferior se observa el arranque de la lacinia. Se aprecia parte de un perno de hierro y el correspondiente rebaje para la colocación del umbo. En esta escultura togada podemos observar una pequeña parte del torso con varios de los pliegues oblicuos que configuran la túnica. En su lado derecho, el último pliegue ha sido concebido sinuosamente por el escultor, y con gran habilidad lo ha hecho caer sobre el balteus, indicando la movilidad de la túnica. Las distintas partes de la toga quedan definidas por profundos y marcados pliegues del tejido. El balteus está colocado sobre la cadera derecha, dispuesto en diagonal y formado por tres plie- gues gruesos y claramente definidos. Encontramos paralelos para el balteus y la caída de la túnica de esta escultura en los togados del foro de Tarraco (Koppel, 1985, 16, Nr. El sinus está constituido por pliegues que se curvan y marcan, bajo el paño, la cadera y el muslo derecho; se halla limitado por varios plegados más profundos y gruesos. En el lateral izquierdo de la pieza, la ima toga, lisa y pegada a la superficie del cuerpo, transparenta la forma de la pierna derecha, frente a la parte inferior izquierda de la escultura donde el tejido se representa ricamente plegado. En la zona central, bajo la ima toga observamos los pliegues longitudinales que configuran la lacinia. La parte posterior del togado está formada por pliegues poco marca-dos, diagonales y paralelos; sólo en su lateral izquierdo se conserva parte de dos pliegues longitudinales, individualizados mediante una incisión en la superficie del mármol. Debemos resaltar en esta pieza cómo el escultor ha sabido interpretar a la perfección las formas del cuerpo, vistas a través de los pesados paños de la toga. Su interpretación ha sido plasmada tanto en la quietud de la cadera y pierna izquierda como en el movimiento de la flexión de la pierna derecha. La labor del trépano se realiza con gran delicadeza, sobre todo en ciertos detalles de la ejecución de los plegados; en concreto podemos resaltar el pliegue lateral de la túnica, mencionado anteriormente. Esta parte inferior del togado se encuentra fracturada intencionalmente a la altura de las caderas, en su parte superior, y en la zona de la pantorrillas, en su parte inferior. Las aristas de los pliegues del vestido y, en general, toda la superficie del mármol se encuentran muy deterioradas y afectadas por la acción de microorganismos, regularizando el acabado de esta escultura. En la espalda, en su parte inferior izquierda, se conserva un orificio rectangular trabajado con puntero para el encaje de otra pieza. Otro hueco rectangular de 0,13 m de profundidad se encuentra en su fractura superior; está trabajado con cincel dentado y su finalidad era encajar otra pieza correspondiente a la parte superior del togado. En este fragmento observamos, aunque muy deteriorados, los pliegues del sinus que caen sobre la pierna derecha hasta la rodilla, con un plegado minucioso que se curva y rodea la figura. El borde del sinus y el espacio entre ambas piernas quedan marcados con un profundo pliegue. Sobre la pierna iz-quierda se desarrollan los pliegues de la ima toga, finos, paralelos y longitudinales, ligeramente oblicuos a partir de la rodilla, que permiten marcar la forma a través del tejido, a pesar de la erosión que ha regularizado la superficie. La línea exterior de la pierna izquierda queda también marcada por una profunda hendidura que transparenta la silueta del cuerpo y delimita la caída pesada de la toga, en rectos y gruesos pliegues, desde el brazo derecho, no conservado. En su zona dorsal se dispone un conjunto de pliegues oblicuos con gran profundidad que envuelven le cuerpo; en su parte izquierda se conservan cuatro pliegues longitudinales que pendían desde el hombro. La magistral utilización de la labor de trépano queda plasmada en el efecto de claroscuro visible especialmente en el plegado situado entre ambas piernas, en el profundo pliegue situado a la derecha de la pierna izquierda y en el interior del sinus rodeando la pierna derecha. Un detalle reseñable de la calidad de la factura son los pequeños pliegues, labrados con gran sutileza y situados entre otros más pronunciados y profundos, que contribuyen al efecto de transparencia del muslo derecho bajo el sinus. El togado se halla fracturado de forma intencional en su parte superior a la altura de la cadera y, en la inferior, a la altura de las pantorrillas. El plegado se encuentra muy deteriorado y muchas de sus aristas están fracturadas. La superficie se halla muy erosionada y afectada por los microorganismos. En la parte posterior, en el espacio que ocuparían los pliegues longitudinales, la superficie del mármol se encuentra trabajada con un cincel dentado para el encaje de una pieza. Conserva un perno para el ensamblaje del umbo. Esta escultura conserva parte de la toga, en concreto los pliegues del sinus que se desarrollan desde la cadera y caen sobre la pierna derecha hasta su rodilla, marcando la flexión de dicha pierna. El interior del sinus está formado por pliegues que se curvan y adaptan a la forma de la pierna, se caracterizan por unas aristas muy pronunciadas y definidas que indican los dobleces del tejido en esta zona. El límite del sinus se halla definido por una gran hendidura oblicua que comienza en la pierna iz-quierda y se desarrolla hacia la derecha, haciendo el artista en ella un verdadero alarde de la técnica del trépano. El borde del sinus está formado por varios pliegues anchos y oblicuos, fracturados sobre la rodilla derecha. Del balteus sólo se conserva parte de dos pliegues en su lateral derecho de características semejantes al resto de las estatuas de esta galería. La ima toga se ve en el espacio situado entre ambas piernas, constituida por plegados oblicuos y marcados y, en la pierna izquierda, por pliegues longitudinales, finos y rectos. En la parte posterior de la escultura el plegado, de gran plasticidad, se dispone en oblicuo y transparenta la forma redondeada de los glúteos. Al igual que otros togados de esta serie, este fragmento se encuentra destrozado a la altura de la cadera y de las pantorrillas, conservándose parte del sinus y de la ima toga. Las fracturas presentan una superficie plana debido a su intencionalidad. En general, los pliegues se conservan muy mal, con nu- merosas fracturas y afectados por microorganismos. En la parte dorsal, al final de los pliegues verticales que caían desde el hombro, se aprecia un hueco rectangular trabajado con puntero para el encaje de otra pieza que constituía la parte inferior de dichos pliegues. En el lateral izquierdo, entre los pliegues, se conserva un pequeño hueco rectangular para el ensamblaje de una pieza o bien, una refectio. Presenta muy deteriorados los pliegues del sinus que se desarrollan sobre la pierna derecha, por encima de la rodilla, se curvan y adaptan a la forma de la pierna, envolviendo la figura. La Una toga cae directamente sobre la pierna izquierda y, apenas sin pliegues, transparenta perfectamente su forma. A derecha e izquierda de esta pierna se multiplican los pliegues de la toga, que se disponen longitudinales y profundos, para luego curvarse bajo la rodilla. En la parte izquierda de la escultura la abundancia del plegado indica el volumen de tejido que recogía el brazo izquierdo para luego, desde él, caer pesadamente. En este lateral izquierdo los pliegues profundos se disponen casi paralelos en forma de «V». Sobre la cadera se desarrolla el balteus, del que sólo se conserva una pequeña parte de tres gruesos pliegues separados por profundas hendiduras, junto a otros pequeños dobleces. En la parte dorsal de la escultura los pliegues están realizados con profundidad y dispuestos en diagonal junto a los cuatro pliegues longitudinales que penden del hombro izquierdo, sólo insinuados. Estatua togada n" 7 (fig. 13-14) Esta pieza está fracturada intencionadamente por encima del balteus, conservando parte del torso y su parte inferior desde la zona media de las piernas. Los pliegues del lateral izquierdo están fracturados y el umbo no se conserva. Las aristas de los pliegues están muy deterioradas. Se aprecian las huellas del trépano entre los pliegues de balteus. Presenta en el torso dos pliegues, profundos y oblicuos, que indican la presión del balteus sobre el tejido de la túnica, adquiriendo uno de estos pliegues una forma sinuosa al descansar sobre la toga, de manera semejante a las estatuas xf 1, 2 y 3. El resto de los pliegues de la túnica, planos y anchos, muestran la simplicación de la labra. Por su parte, la toga se ajusta a la cadera izquierda con un balteus formado por tres gruesos pliegues casi paralelos, marcados de manera profunda y con unos dobleces en su zona intermedia. El sinus se desarrolla en grandes y profundos pliegues con aristas vueltas y dispuestos espaciadamente, que se curvan sobre la pierna derecha, marcando la forma de ésta. También se conservan varios pliegues longitudinales y paralelos, situados entre ambas piernas que corresponden a la ima toga. El tejido que cae sobre la pierna izquierda, apenas sin plegado, se adhiere y transparenta su forma. En la parte posterior de la escultura destacamos la profundidad y calidad de los pliegues de la ima toga que, tras rodear la pantorrilla derecha, ascienden por la espalda. Otros pliegues de la espalda se desarrollan en oblicuo y corresponden al movimiento que se pro-duce en la toga al flexionar el brazo derecho. Toda la mitad izquierda se halla fracturada, aunque en su zona inferior se conserva parte del volumen sobresaliente de los pliegues verticales que penden desde el hombro. Su factura permite marcar ligeramente la forma de los gliíteos. Fragmento correspondiente a la parte inferior de un togado que conserva la zona de las piernas con la caída de los pliegues del sinus y de la ima toga. La pieza está fracturada en la parte alta de los muslos y bajo las rodillas, llegando hasta el tobillo en la pierna izquierda. Las aristas de los pliegues presentan milltiples roturas y la superficie del mármol está cubierta de microorganismos. En la región dorsal se aprecia cómo el lugar ocupado por los pliegues verticales se halla alisado y cubierto por multitud de pequeños agujeritos y en su parte inferior se apre- eia un perno cuya funcionalidad era facilitar el acople de otra pieza escultórica. Se conservan huellas del cincel en su parte posterior. Sobre la pierna derecha, hasta la rodilla, se desarrolla el sinus de este togado, formado por pliegues curvos, casi paralelos y realizados con gran profundidad. En la pierna izquierda la ima toga se adhiere con pliegues muy finos que marcan su forma. A la izquierda de la escultura se desarrolla un amplio volumen de tejido que se configura en multitud de plegados longitudinales, que caían pesadamente desde el brazo, no conservado, y que se van curvando a la vez que envuelven la figura. Bajo el sinus y entre ambas piernas también se extiende la ima toga, bajo la cual se aprecia el arranque de los tres pliegues de la lacinia. La parte dorsal se encuentra bien labrada, aunque los pliegues se hallan insinuados. El escultor utiliza con gran maestría la labor de trépano consiguiendo contrastes de claroscuro en el tratamiento de los pliegues, especialmente en los plegados interiores del sinus y el gran volumen de tejido que se sitúa a la izquierda de la escultura. Estatua togada n"" 9 (fig. 17-18) Se conserva la pierna izquierda de este togado desde el muslo hasta la rodilla y el conjunto de pliegues longitudinales situados a la izquierda de dicha pierna. El sinus está prácticamente perdido, salvo el inicio de los pliegues anexos a la pierna derecha, que sí se conservan. Las aristas de los pliegues están muy erosionadas y fracturadas. En la parte superior de la escultura se halla un perno metálico para engarzar otra pieza que corresponde al brazo izquierdo, flexionado y extendido hacia adelante. La ima toga se aprecia sobre la pierna izquierda, a la que se adhiere con una superficie casi lisa que transparenta perfectamente la forma de la pierna y de la cadera. A la derecha, con una ligera curva en la parte inferior, se conserva parte de los pliegues que constituyen el sinus de la toga. En la parte izquierda de la escultura se observa un conjunto de pliegues gruesos y longitudinales que caería pesadamente desde el brazo izquierdo, desaparecido. En la parte de transición entre el lateral izquierdo y la espalda se desarrollan unos pliegues profundos y casi paralelos con forma de «V», producto del recogido de la toga sobre el brazo izquierdo. La zona dorsal presenta unos plegados en diagonal con gran profundidad y tres pliegues longitudinales que se desarrollan a lo largo de toda su parte izquierda. Los pliegues de la toga de la pierna izquierda éstos caen verticalmente y son finos y de escasa profundidad, dando lugar a un efecto de transparencia. A la izquierda de la pierna se desarrollan unos pliegues curvilíneos de factura profunda. El inicio del sinus queda configurado por pliegues de una hendidura considerable. Se conserva el torso del togado, aunque le falta todo el lateral izquierdo con una fractura intencionada en diagonal y paralela a los pliegues del umbo y del sinus. En la parte superior del fragmento se observan tres fracturas casi rectas, que han hecho que se pierdan los dos hombros y el cuello. También se han conservado los pliegues del sinus que caen sobre el muslo derecho. Las aristas de los pliegues del umbo se encuentran muy deterioradas. La superficie del mármol está afectada de microorganismos. En el hombro derecho se conserva un perno para engarzar una pieza distinta. En el antebrazo derecho aparecen también dos pernos para encajar el brazo. En la parte dorsal, localizado en el centro, se observa un hueco rectangular cuya funcionalidad está relacionada con el encaje de otra pieza. De este togado nos ha llegado la parte superior, cubierta por un conjunto de pliegues dispuestos en distintas direcciones, muy marcados y que realzan el efecto de claroscuro. Sobre el pecho se dispone la túnica en cinco anchos pliegues en forma de «V», dotados de gran relieve y que contribuyen a crear un rico contraste de luces; estos pliegues parten del hombro derecho y quedan cubiertos, en su parte izquierda, por los pliegues del umbo. La túnica queda completamente adherida al torso mediante unos pliegues más superficiales que modelan el pecho y el hombro. Al igual que otros togados de esta serie -las estatuas xf 1, 2, 3 y 7-, esta escultura presenta la caída de un pliegue de la túnica sobre el balteus en su lateral derecho. En la cadera y pierna derecha se conservan los primeros pliegues del interior del sinus, finos y poco marcados, que quedan adheridos a la pierna resaltando su forma. También se aprecia parte del sinus en el lateral derecho, tras el brazo, constituido por pliegues anchos y profundos que provienen de la curva que realiza el sinus sobre la pierna y luego ascienden rectos hacia el hombro. El umbo, cuyos pliegues irregulares presentan una clara forma en «U» y aristas marcadas, transmite el peso del tejido. El balteus se halla constituido por tres pliegues anchos, con varios entrantes y salientes, que se apoyan en la cintura marcando una curva. En la región dorsal los pliegues de la toga están esbozados ligeramente en el lateral derecho, con una trayectoria oblicua. Los pliegues que pasan por el hombro izquierdo, procedentes del sinus, penden en una masa compacta de tres o cuatro plegados incisos, según la altura, configurando un listón rectagular y alargado, carente de plasticidad; a pesar de estar trabajados de una manera más somera, revelan gran cuidado y gran calidad. El umbo está realizado con pliegues claramente diferenciados, que transmiten la pesadez del tejido y describen una curva alargada sobre y por debajo del balteus para luego ascender por el torso, son muy similares a dos ejemplares del Museo Arqueológico Provincial de Cádiz, procedentes de Asido (García y Bellido, 1949, 190, n" 220-221, lám. 160), fechados por Goette (1990, 124, Ba227-228) en época Claudia. Por otra parte, la elaboración del balteus en tres gruesos pliegues con sus tres dobleces intermedios y con la caída curva en su parte superior de un pliegue de la túnica es comparable a los togados Claudios de Tarraco (Goette, 1990, 124, Ba238, Taf. Se conserva la parte inferior del togado, en su lateral derecho desde la mitad del muslo hasta la rodilla y en su lateral izquierdo desde la cadera hasta la lacinia. Las fracturas, superior e inferior, presentan una superficie en diagonal que delatan su intencionalidad. Las aristas de los pliegues del sinus están muy deterioradas y fracturadas. Toda la super- fiele del mármol ha sido cubierta por microorganismos. Su parte posterior presenta abundantes huellas de cincel y puntero. No se han diferenciado los pliegues de la toga que penden del hombro izquierdo en vertical y en la parte superior la superficie ha sido trabajada con puntero para el encaje de otra pieza escultórica. En este fragmento de togado se aprecia la parte del sinus que cae sobre la pierna derecha, la ima toga que se desarrolla sobre la pierna izquierda y entre ambas piernas partiendo bajo el sinus, y el arranque de los tres pliegues longitudinales de la lacinia. El amplio sinus está formado por una extensa masa de pliegues anchos y profundos que dan lugar a un logrado efecto de claroscuro y pasan por encima de la pierna, dibujando una curva que asciende por el lateral derecho y ciñen el tejido a la pierna. El interior del sinus se adhiere al muslo y rodilla derecha, estando en este lugar estructurado en pliegues finos y curvilíneos con agudas aristas y dispuestos en forma concéntrica. En la zona poste- rior el plegado de la toga se desarrolla en diagonal con pliegues de escasa profundidad, sólo insinuados. La terminación inacabada de esta parte puede indicarnos que la escultura no era vista por el espectador y también la calidad de su escultor. ESTUDIO TIPOLOGICO Siguiendo con la ordenación establecida por Goette (1990) la presente serie de esculturas corresponde al amplio tipo «Ba», «togados con umbo en forma de 'U' del siglo I d.C.» y, en concreto, al grupo Claudio (Goette, 1990, 35-37). En este momento se realizan galerías de estatuas, colocadas la mayoría de las veces en los espacios públicos de las ciudades. Estas representaciones de togados pueden ser fechadas gracias a su estudio comparativo con los retratos de la familia imperial. A excepción de las obras orientales, en todo el Imperio se desarrolla una gran uniformidad tipológica y estilística para las estatuas togadas de época Claudia, que también se prolonga en los años siguientes. Esta uniformidad llega a ser realmente monótona si se tiene presente la gran masa de togados de este periodo. A partir de época flavia se observará un retroceso en el número de togados, de modo que la representación cívica con toga tiene a finales de época julioclaudia su punto cuantitativo más alto (Goette, 1990, 37). De hecho, el volumen mayor de togados cordobeses también se sitúa tipológica y cronológicamente en esta época Claudia (López, 1997, 217). En relación a la forma de llevar la toga y a los motivos del plegado, las piezas incluidas por Goette en el extenso grupo de togados de época Claudia se distinguen por un umbo en forma de «U» que reduce su tamaño, en contraposición con la amplitud y el volumen de las formas augústeas. El sinus se desarrolla sobre la pierna derecha, extendiéndose hasta la rodilla y dejando transparentar la forma de la pierna a través de sus pliegues interiores, realizados con estrechas aristas vueltas hacia arriba. La ima toga comienza a resaltar la forma de la pierna izquierda, ya que sobre ésta el escultor trabaja el tejido de la toga con un escaso plegado, casi liso, lo que permite su adherencia a la piel. Por lo que respecta a la galería de esculturas de la Avda. Ronda de Tejares de Córdoba, su gran similitud tipológica y estilística nos permite abordarlas de manera global. En cuanto a las diferentes partes de la toga ^, nos referimos primeramente al umbo, que se ha conservado sólo en tres esculturas, las n"' 1, 2 y 10. Presenta una forma amplia con pliegues anchos e irregulares que penden sobre el balteus y trasmiten con su factura el peso del tejido. Los pliegues del umbo ocupan una amplia superficie en la zona central de la cintura de estas estatuas. Su forma casi semicircular permite encuadrar estas esculturas en el tipo genérico que Goette (1990, 29-42) define como umbo tipo «Ba» con forma de «U», propio del siglo I d.C. Debemos diferenciar el togado if 2, cuyos pliegues presentan un perfil más anguloso y la forma semicircular se transforma en una forma más cerrada, más en «V». El balteus, cuyo trazado atraviesa diagonalmente la composición, se conserva en las estatuas n"' 2, 3, 6,1 y 10. Se apoya en la cadera izquierda y está formado por tres pliegues, casi paralelos, profundos y anchos, claramente definidos, que presentan también el detalle de unos dobleces en su zona intermedia -estatuas n'" 7 y 10-.'^ En el apartado anterior dedicado a la conservación y descripción de las piezas hemos mencionado paralelos tipológicos concretos para algunas de estas esculturas. El sinus está formado por un conjunto de pliegues curvos y paralelos que se adaptan perfectamente a la forma de la pierna derecha, la envuelven y ascienden por la espalda. Los pliegues del interior, claramente definidos e individualizados, presentan unas aristas vueltas en su parte superior, muy marcadas y angulosas en los togados n"' 5, 8, 10 y 11, siendo más suaves en los togados n"'' 1, 2, 3 y 7. El plegado que delimita la parte exterior del sinus se desarrolla desde la cintura y describe con un haz de pliegues la caída pesada del tejido; presenta también unas aristas más suaves que en su interior. Su desarrollo se extiende hasta la rodilla, llegando por encima de ésta en las estatuas n°' 1, 4, 5, 6 y 8, y cubriéndola en la estatua n° 11. Este tipo de sinus lo hallamos en algunos de los togados clasificados por Goette, como los del «Foro de Mármol» de Mérida (1990, 128, Ba303-306a) situados tipológicamente entre las épocas de Claudio y de Nerón. El tratamiento de parte de la ima toga en estatuas como las n''' 2, 3, 6 y 9 hace que la toga se adhiera a la superfice del cuerpo y transparente casi totalmente la pierna izquierda, desde la cadera en algunos casos. Este interés por representar la toga muy pegada al cuerpo con pliegues agudos y profundos será un elemento característico de los togados del siguiente grupo establecido por Goette, de finales de época Claudia y principios de época neroniana (Goette, 1990, 37-40). Las características que definen tipológicamente la toga y los datos cronológicos aportados por los paralelos mencionados anteriormente nos permiten adscribir esta serie de togados a plena época Claudia. En época Claudia se produce, tanto en la capital como en la provincia cordobesa, una auténtica eclosión en la producción de obras, que sobresalen con creces no sólo por su número sino por su calidad. Nos encontramos en un momento de madurez de los talleres escultóricos, conocedores extraordinarios de los patrones metropolitanos, donde el eclecticismo y la creatividad se alzan en este periodo alcanzando altas cotas de calidad; sirva como ejemplo contemporáneo a los togados de este taller una escultura femenina sedente del entorno del foro colonial de la ciudad (López, 1997, 147-148, n° cat. Es también en este momento cuando, a raíz de la intensa labor edilicia que se realiza en la ciudad, se producen los primeros capiteles por parte de los talleres locales (Márquez, 1991, 123), coincidiendo con la construcción del templo romano de la calle Claudio Marcelo. Encontramos en las once esculturas togadas de este taller un tratamiento del plegado caracterizado por una elaboración excelente, siendo los pliegues profundos y definidos por gruesas aristas vueltas. En cambio, la parte posterior de las piezas, aunque el acabado es en general cuidado y se transmiten los volúmenes de los glúteos, está superficialmente trabajada. Por otra parte, en el plegado de la túnica, ancho y espaciado, se simplifica la labra. Destaca el minucioso trabajo del artista en los conseguidos contrastes de luz y de profundidad del tejido; mediante su labor de trépano en la realización de los pliegues de la túnica y de la toga logra un marcado efecto de claroscuro en los paños. El escultor ha sabido modelar con toda corrección las formas del cuerpo vistas a través de la pesada y amplia toga. Esta interpretación ha sido plasmada tanto en la quietud de la cadera y pierna izquierda como en la flexión de la pierna derecha. La ima toga queda adherida totalmente a la cadera y a la pierna izquierda, recta y erguida, con pequeños y finos pliegues de escaso reheve que se disponen de manera espaciada y casi verticales sobre dicha pierna, cuya silueta está resaltada mediante un profundo pliegue situado a su izquierda. Un conjunto de pliegues casi paralelos que se curvan forman el sinus, que se adapta perfectamente a la superficie de la pierna derecha tanto en la parte anterior como en el lateral derecho. Aquellos togados que han conservado parte del torso, como son los n"' 1, 2, 3, 7 y 10, presentan un motivo común en el plegado de la túnica. Uno o varios de los pliegues del costado son representados sinuosamente cayendo sobre el balteus. Esta característica, que podemos ampliar a aquellas esculturas que no han conservado su parte superior, nos muestra la plasticidad y movilidad con que han sido concebidos los plegados por parte del artista, así como la existencia de un modelo único de togado para la elaboración de estas piezas. Por otra parte, en los togados n°' 1, 4, 5, 6 y 8 podemos observar en su lateral derecho cómo los pliegues del sinus y de la ima toga se curvan y envuelven el cuerpo adaptán-dose perfectamente a la forma de la pierna derecha; así el tejido se adhiere a esta extremidad y nos permite observar cómo se halla flexionada por la rodilla y llevada un poco hacia atrás. Este elemento y el comentado anteriormente son argumentos que nos permite teorizar sobre la existencia de un único modelo para estas esculturas y, a la vez, su pertenencia a un mismo taller. En relación a los aspectos técnicos y al acabado de estas esculturas, observamos que todos los togados, aunque mínimamente, conservan restos de la policromía ^ con la que estuvieron cubiertos. Esta coloración, apreciable de visu, es de tonalidad ocre. Tónica general en todos los togados es la utilización de piezas más pequeñas que quedaban acopladas con diversos sistemas y completaban las esculturas. Así, por ejemplo, en la n° 1, el balteus, y en las núms. 3 y 5, el umbo, no conservados; en cambio, en la n° 2 corresponde al lateral izquierdo de la mitad superior y en la n° 6 al lateral izquierdo de la mitad inferior, donde aparece un pequeño rebaje cuadrangular. En la n° 4 el tamaño de la parte acoplada es mayor, ya que corresponde a la mitad inferior del togado, a partir de las caderas. Por otra parte, este ensamblaje de piezas es habitual en la parte dorsal de los togados, posiblemente como consecuencia de su visión frontal'^; en ocho togados -ïf^ 1, 2, 4, 5, 6, 8, 10 y 11-se conservan los restos del ensamblaje de piezas localizadas en distintas zonas de la espalda. El sistema más común para estos ensamblajes es elaborar una superficie rugosa e irregular para acoplar estas piezas, algunas veces combinada con los pernos -núms. 3, 8 y 10-, y en el caso de la n° 8 donde se utiliza el taladro; mientras, para la sujeción de manos y brazos se emplean siempre los pernos metálicos como en el togados n"' 9 y 10. Los útiles empleados son siempre los mismos "; así destacamos el cincel dentado y el puntero para el acople de las piezas, salvo en el togado n° 8, donde se emplea una técnica diferente con uso del taladro; la magistral labor del trépano para la realiza-' ^ La policromía aplicada al mármol está documentada desde los primeros momentos del mundo clásico (Retersward, 1960, 210-386, n. 162).'° Recordemos que esta terminación posterior puede venir dada por una disposición adosada a la pared como en el caso de los togados del «Foro de Mármol» de Emerita Augusta hallados en hornacinas realizadas en el muro del pórtico de dicho foro (Álvarez-Nogales, 1988, 336-338). AEspA, 71, 1998 ción del plegado, a la que nos hemos referido anteriormente, destacando los togados núms. 2 y 7, ya que conservan sus huellas entre los pliegues del 5/nus y del balteus, respectivamente; y además la magnífica labor de alisado, cuyas pequeñas huellas presentan una disposición diagonal en la parte anterior e irregular en la parte posterior, en la que se observan especialmente ya que su terminación es menos cuidada y alguna vez inconclusa como en la pieza n° 11, donde se aprecian la impronta del desbaste realizado con el puntero y el cincel. Estas semejanzas en la labra, en los elementos técnicos e incluso en detalles concretos como el plegado de la túnica, nos permite plantear la hipótesis de un modelo único y también de una mano única. En la elaboración de esta serie de togados intervino un artista de grandes cualidades, que dirigió y trabajó directamente en la ejecución de cada escultura, de ahí sus importantes similitudes. Indudablemente este maestro tuvo a su cargo y bajo su dirección un equipo de escultores de gran preparación que contribuyeron a la realización de estas piezas. La presencia de distintas manos ha dejado su impronta en estos togados en pequeñas diferencias disimuladas por la enorme calidad de todas las piezas. En la estatua n° 1 observamos el tratamiento de los plegados del umbo, del sinus y de la ima toga y, en general, podemos decir que estas zonas están dotadas de menor plasticidad en relación con el resto de esculturas: el umbo pende sobre el balteus de manera pesada y en gruesos plegados; los pliegues del sinus se disponen de manera irregular y no casi paralela como en las otras piezas, sólo los pliegues más gruesos vuelven sus aristas; la pierna derecha no acusa el ángulo de la ponderación de la escultura y la pesadez de la toga cubre la cadera izquierda. Por su parte, la estatua n° 3 presenta un balteus formado por tres pliegues paralelos y simples, carentes de la movilidad y de los múltiples dobleces, producto de la maestría en el manejo del trépano de la estatua n° 2; con calidad intermedia está el balteus de la n° 7. Entre estas diferencias, fruto de las manos que colaboraron en la realización de los togados, podemos mencionar la n° 11. Aunque todas las esculturas, como hemos dicho más arriba, presentan una parte posterior ejecutada más superficialmente con pliegues espaciados y de poca profundidad, encontramos sólo un togado -el n° 11-en el que la parte inferior de los pliegues longitudinales que caerían desde el hombro izquierdo sólo ha sido representada como un listón, sin diferenciar dichos pliegues, a lo que se suma deficiente con abundantes huellas de la labor de desbaste. El maestro de esta serie escultórica conocía a la perfección el modelo metropolitano de época de Claudio (Goette, 1990, 35-37); las características tipológicas y estilísticas de estas piezas participan de la regularidad de la producción de togados en todo el Imperio. Este conjunto también está inmerso en el fenómeno de proliferación de galerías de personajes imperiales togados que se colocan en los espacios públicos y prominentes de ciudades como Leptis Magna (Caputo-Traversari, 1976, 104, n° 84-88, tav. De igual manera, el maestro dominaba, con la familiaridad que da un largo periodo de formación'-, el trabajo sobre el mármol, dotando a su creación de soltura y especialización. Sus avances le permiten recrearse en motivos y en el uso de las técnicas más avanzadas que dotan a cada una de estas obras y a su conjunto de calidad e individualidad. En el apartado dedicado a la tipología hemos hecho referencia a otras galerías de togados de características tipológicas y estilísticas semejantes a estas piezas cordobesas, como los mencionados togados del teatro de Leptis Magna, aunque como conjunto más cercano y como producción de otro taller peninsular destacaremos los togados del «Foro de Mármol» de Emérita Augusta (Trillmich, 1993, 50-53, Abb. 7-9;1996, 98-99), prueba también de la conexión y el contacto de los talleres de la Bética, en concreto de Colonia Patricia, y los de Emerita Augusta. Cinco togados aparecen firmados por C. Aulo y son la muestra del magnífico nivel de ejecución de las obras de uno de los principales talleres de la capital de la Lusitânia. A pesar de que poseemos un mayor número de piezas, once togados, del taller cordobés, éstas se conservan más fragmentarias, lo que contribuye a distorsionar, en cierta manera, las comparaciones entre estos dos conjuntos de togados y entre estos dos talleres de Emerita Augusta y de Colonia Patricia. La calidad es el denominador común en ambos conjuntos, pero a pesar de ello podemos apreciar ciertas diferencias en la ejecución y concepción de las piezas. En los togados cordobeses se plasma un desarrollo de la toga de manera más descriptiva y orgánica, con un plegado más minucioso, como observamos en los pliegues interiores del sinus\ en cambio, en los togados emeritenses se busca el efectismo a través de la labor del trépano en pliegues escasos y amplios, sobre todo apreciables en el borde del sinus. De igual manera, la caída de la toga'-Esta formación se remonta al periodo de finales de la República y principios del Imperio, donde los artistas y talleres locales se adaptaron perfectamente a la plástica y a los modelos oficiales, teniendo quizás como paradigma algunas obras importadas (León, 1990, 372). sobre el cuerpo se realiza en la galería cordobesa con gran plasticidad y naturalidad, los pliegues dibujan formas y volúmenes más pausados, sin olvidar los profundos efectos de claroscuro; existe un mayor cuidado por una composición de conjunto en la escultura. Se resalta y, a la vez, se cuida el modelado de las formas anatómicas, transparentadas por la toga, frente a los togados de Emerita Augusta que representan de una manera menos cuidada y global el cuerpo, especialmente la parte de las piernas bajo el sinus y la ima toga. La parte posterior presenta un buen acabado, con una superficie alisada, y una elaboración de los plegados que se detiene en la plasmación de los volúmenes de las caderas y los glúteos; en las esculturas emeri tenses se observa un peor acabado, la superficie está menos alisada e incluso en ciertas partes apreciamos las huellas del puntero y del cincel. Los rasgos observados hasta ahora permiten conceder un carácter local a este taller deudor, sin lugar a dudas, del aprendizaje junto a maestros urbanos venidos desde Roma que en época inmediatamente anterior (augustea y tiberiana) harían escuela de forma análoga a la documentada en la decoración arquitectónica (Márquez, e.p.). Ya hemos comentado en otros apartados de este artículo la calidad de material y labra que poseen estos togados y sus semejanzas con ciclos dedicados a la familia imperial, como los procedentes de los foros de Leptis Magna (Caputo-Traversari, 1976, 104, xf 84-88, tav. La conservación en dos de estos togados -los n''' 1 y 2-del hueco para la inserción de un retrato y la ubicación e identificación de los paralelos antes mencionados, nos induce a situar estas esculturas en uno de los foros o espacios púbhcos de Colonia Patricia, como soportes de los retratos de la familia imperial julioclaudia, o bien de «varones ilustres» ataviados con la toga pietà o la toga triumphalis, de grandes duces como los representados en los pórticos del Forum Augustum de Roma y del «Foro de Mármol» de Emerita Augusta.
Se han publicado propuestas muy diversas para explicar la función de un singular conjunto de piezas (bautizadas como "muñecos" a principios del siglo XX) que se hallaron asociadas a distintos enterramientos de las necrópolis de Baelo Claudia. En el presente estudio se propone entender los cipos funerarios de Bolonia dentro de un contexto ritual más amplio que permite relacionarlos con el culto a los ancestros (concebidos y representados como una comunidad de carácter indiferenciado), no sólo en la tumba, sino también en ambientes domésticos y en santuarios. I. LA CIUDAD DE BAELO CLAUDIA 2 Belo Claudia, situada junto al Estrecho de Gibraltar, frente a las costas de Tánger, es un ejemplo especialmente interesante para el estudio de los fenómenos de hibridismo que se pueden asociar al contacto colonial entre población local y romana en el sur de la península ibérica. Fundada a finales del siglo II a. C., sobre un solar aparentemente virgen, permite observar aún en la actualidad algunos de los elementos más característicos de una ciudad romana, como un trazado viario ortogonal, el foro, diversos templos, el macellum, la basílica, las termas, el teatro o los acueductos (fig. 1). Sin embargo, no debe olvidarse que la gran mayoría de estos elementos deben situarse en un momento avanzado de la historia del asentamiento, ya en época claudia; y que, posiblemente, la ciudad no recibe el estatuto de municipio latino hasta este momento. Las necrópolis asociadas pueden considerarse, grosso modo, contemporáneas del resurgir edilicio de Belo, y, sin embargo, presentan ciertos elementos que pueden relacionarse con determinados aspectos de tradición púnica, como las famosas 'estelas betiliformes' estudiadas en el presente artículo. Gracias a la iconografía y a las leyendas neopúnicas encontradas en las monedas de época republicana de Bailo sabemos también que la ciudad se encontraba en este período bajo un gobierno púnico, que acuña siguiendo fórmulas administrativas, patrones metrológicos y elementos iconográficos que remiten al norte de África y donde los indicios de contactos con el mundo latino son aún escasos (García-Bellido, 2001: 326; García-Bellido, Blázquez, 2001: 51). Lo mismo sucede con el propio nombre de la ciudad, que podría remitir a un topónimo de tipo púnico. El objetivo de estas páginas es proponer una nueva interpretación de los cipos encontrados en las necrópolis de Bolonia, basándose en sus particularidades rituales, que permiten analizarlos como un fenómeno específico de esta ciudad gaditana e insertarlos en un debate más amplio sobre el culto a los ancestros en época romana, donde el recurso a elementos arcaizantes esencialmente híbridos -como las piezas que aquí se estudian-debe considerarse un fenómeno característico de 2 Muchas de las nuevas ideas que aquí se presentan surgieron como consecuencia de una serie de conversaciones con el Prof. Michael Rowlands que tuvieron lugar en el Departamento de Antropología de University College London entre finales de 2004 y principios de 2005, que quedaron ya en parte reflejadas en mi Tesis Doctoral. Quiero agradecer también los comentarios y sugerencias realizadas por M. Bendala Galán (Universidad Autónoma de Madrid), P. van Dommelen (University of Glasgow), M. P. García-Bellido (CSIC), G. López Monteagudo (CSIC), I. Seco Serra (Cuerpo Facultativo de Conservadores de Museos) y dos informantes anónimos del Archivo Español de Arqueología, así como la ayuda de J. R. Carrillo Díaz-Pinés (Universidad Pablo de Olavide). ALICIA JIMÉNEZ DÍEZ Figura 1. Plano general del yacimiento con la ubicación de las necrópolis principales de época altoimperial (modificado a partir de la fig. 1 de Ney; Paillet, 2006). situaciones coloniales como las que dieron forma al Imperio Romano. Aunque Baelo Claudia es uno de los núcleos romanos más antiguos de la Península, apenas se conocen datos sobre los primeros 100 años de vida del asentamiento 3. Lo que sí parece claro es la fundación de la ciudad sobre un solar virgen hacia finales del s. II a. C., ya que hasta el momento no se han encontrado en el yacimiento fragmentos de cerámica tartésica, fenicia o griega. Hace años se sugirió la posible relación de Belo con un asentamiento de época prerromana situado en la cumbre más elevada de la vecina Sierra de la Plata, conocida como "La Silla del Papa", en la que ya P. Paris había señalado la existencia de restos arqueológicos (Domergue, 1973: 102-103). En dicho lugar se ha podido documentar un oppidum de "aspecto típicamente ibérico" (Sillières, 1997: 70), que contaba con una serie de viviendas semi-talladas en la roca así como con una muralla y que ocupaba una superficie aproximada de 3 hectáreas 4. Sin embargo, las prospecciones realizadas hasta la fecha sobre el terreno sólo han proporcionado fragmentos de cerámica común, ánforas Dressel I, cerámica pintada ibérica y campaniense A y B que parecen situar la vida de este poblado en un momento tardío del mundo ibérico, en torno a los siglos II-I a. C. Aunque resulta difícil pronunciarse sobre la relación de este asentamiento que domina, desde lo alto, el territorio de Belo, con la ciudad romana, antes de que se realice algún tipo de excavación arqueológica, resulta al menos interesante constatar, que, al igual que en otros casos paradigmáticos del sur peninsular, como por ejemplo Corduba, el núcleo indígena convive, posiblemente durante al menos un siglo, con su supuesto sucesor de época imperial. Parece pues que el asentamiento situado junto a la costa que ostentará, por cierto, como tantas otras ciudades, un nombre de origen no romano, Baelo, puede remontarse a un momento indeterminado de finales del s. II a. C. como ha podido constatarse en diversos sondeos 5. Desde los primeros momentos el asentamiento acuñará moneda. Es precisamente en estas primeras amonedaciones bilingües, con leyendas en un neopúnico aberrante y en las que se recurre a elementos icono- 3 Las primeras excavaciones en Baelo Claudia, que pusieron al descubierto algunas cubetas de salazones, fueron llevadas a cabo por un capitán de aduanas llamado Félix González, allá por el año 1870. En 1914, Pierre Paris se detiene en Bolonia y deja constancia de su visita al yacimiento en un artículo que verá la luz en plena primera guerra mundial (Paris, 1917). Precisamente en este momento comenzarán las intervenciones arqueológicas de su equipo en las necrópolis (Bonsor, Mergelina) que se prolongarán hasta 1921. Habrá que esperar más de cuarenta años para que las intervenciones arqueológicas se reanuden a cargo de la Casa de Velázquez de Madrid, que llevará a cabo veinticuatro campañas de excavación entre 1966 y 1990, entre las que se incluyen las realizadas por J. Remesal en la necrópolis SE. Poco antes, durante el verano de 1989, el yacimiento pasa a ser considerado "Conjunto Arqueológico" por la Junta de Andalucía, iniciándose toda una serie de intervenciones encaminadas a la protección de los restos arqueológicos (expropiación de terrenos, restauración, creación de caminos con sistemas de drenaje, etc.) y a la divulgación (Álvarez Rojas, 2002). Las excavaciones más recientes que se han realizado en el yacimiento se deben a la Universidad de Cádiz, que ha llevado a cabo una serie de cursos de verano en Bolonia, centrados, fundamentalmente en el estudio de la industria de salazones (Arévalo, Bernal, 2007). La construcción de un polémico edificio, destinado a ser el nuevo Centro de Interpretación del yacimiento, y de una serie de infraestructuras para mejorar los accesos a la ciudad antigua han puesto también al descubierto un nuevo conjunto de enterramientos de época tardoantigua. Para una comparación entre las necrópolis de Baelo Claudia y otros lugares de enterramiento de época romana donde la perduración de elementos púnicos es patente véase Bendala (1991Bendala (, 1995Bendala ( y 2002)). 4 P. Sillières (1997: 70) se hace eco de la identificación por parte de A. Schulten (F.H.A. IV: 170) de La Silla del Papa con el Mons Belleia citado por Salustio (Historias, 1, 105). Sabemos que en dicho lugar se instalaron los lusitanos de Sertorio en el 80 a. C. P. Sillières sugiere, por tanto, una posible relación entre el abandono del asentamiento prerromano a lo largo del siglo I a. C. con algún tipo de represalia por su apoyo al bando sertoriano. De ser así, la decadencia de los últimos años de la ciudad 'indígena' podría explicarse quizá por la imposición por parte de Roma de un reasentamiento de la población en el llano, junto al mar, en lo que sería más tarde la ciudad romana. Sin embargo, esta hipótesis no permite explicar la fundación de la ciudad romana junto al núcleo 'indígena' a finales del siglo II a. C., es decir, en un momento anterior a las guerras sertorianas y el tipo de relación que existió entre ambas en la primera etapa de ocupación del lugar. En el sondeo S7 realizado en la factoría de salazones se encontró una moneda de Ebusus de la primera época (300-214 a. C.) aunque otros materiales del mismo sondeo -no sabemos si del mismo estrato-se fechan en el s. gráficos característicos del ámbito púnico (García-Bellido 1985-1986, 1993), donde se recoge el nombre que la ciudad mantendrá a lo largo de su historia 6. Desgraciadamente, sólo sabemos de la existencia de cinco estructuras que puedan remontarse a este período -dos cubetas de salazones (fines s. II a. C.), dos muros y una canalización en terracota-, pero se puede afirmar que desde el comienzo la ciudad contó con una fábrica de salazones, y poco después, ya en el siglo I a. C., con dos talleres de cerámica (oficinas de M. Lucretius, L. Caes(...) y de C. Avienus) que producían ánforas (Dressel 1C y 21/22), tejas y ladrillos (Cf. ahora Arévalo, Bernal, 2007). Los restos de época augustea son mucho más abundantes y se han recuperado en prácticamente todos los cortes arqueológicos que se han realizado en el yacimiento. En este momento se produce una importante remodelación de la ciudad. Se arrasan diversas estructuras de época anterior y se construyen y planifican la mayoría de elementos que dotarán a Belo de su futuro carácter urbano, como la muralla, el trazado ortogonal de las calles y muy posiblemente el foro donde quizá se ubicó ya un santuario. Se ha querido hacer coincidir todos estos cambios, y la bonanza económica del núcleo urbano, que se podría deducir a partir del aumento del hallazgo de monedas y cerámicas importadas en los estratos de esta época, con la concesión del estatuto de municipium por parte del emperador (Sillières 1997: 29, 56; id., 2006: 50). Como argumento en apoyo de esta hipótesis puede aducirse fundamentalmente la adscripción a la tribu Galeria de los ciudadanos de Bolonia. Pero el verdadero apogeo de la ciudad no tuvo lugar hasta época claudia. La mayoría de las grandes construcciones que aún se conservan en el yacimiento datan de este período. Es el caso de los tres templos del foro -que muy probablemente no deban identificarse con un capitolio sino con un lugar de culto dedicado a una tríada divina de origen púnico (Bendala, e.p., García-Belli-do, 2001) 7 -, el templo de Isis, la basílica, la posible curia, el posible tabulario, el mercado o macellum, el teatro, acueductos, termas, casas y factorías de salazón más recientes. El colapso de la muralla en algunos puntos durante esta época podría ser un indicio de que la causa directa del arrasamiento de algunas estructuras augusteas y la reconstrucción del centro monumental pudo deberse, al menos parcialmente, a algún tipo de movimiento sísmico, aunque, fundamentalmente, se tiende a relacionar todas estas edificaciones con una nueva promoción de la ciudad. La concesión del estatuto de municipio de ciudadanos romanos, podría explicar, en ese caso, el término Claudia que se añade al primitivo nombre del asentamiento (Sillières 1997: 29). A finales del siglo II d. C. comienzan a abandonarse algunas tiendas del macellum y la basílica, pero la ciudad no parece sumirse en una fase de decadencia definitiva hasta el siglo III d. C., si bien el núcleo continúa siendo habitado. En la segunda mitad del s. IV d. C. el registro arqueológico señala de nuevo cierta concentración de habitantes en Belo. Puede decirse que la ciudad no se convertirá en un despoblado hasta el siglo VII d. LAS NECRÓPOLIS DE BAELO CLAUDIA: CULTO A LOS ANCESTROS EN LA TUMBA Prácticamente desde los primeros trabajos en el yacimiento se pudo definir la existencia de dos zonas de enterramiento principales: la necrópolis occidental, situada junto a la vía de Gades, y la necrópolis oriental, que se extendía a ambos lados de la calzada que se dirigía hacia Carteia. A este área funeraria pertenecen tam- (Mela 2,96; Plin. Las primeras emisiones de moneda de la ciudad recogen una leyenda del tipo "los ciudadanos de Bailo" (b'l/'bln). En la segunda emisión aparece una fórmula púnica que también puede encontrarse en el numerario gaditano: "acuñación de...", "obra de..." (p'lt) (García-Bellido, Blázquez, 2001: 51). Para la datación de dichas amonedaciones véase: García-Bellido, Blázquez (2001: 51-52, primera mitad del s. I a. C, -principios del s. I a. 7 M. Bendala ha argumentado que las tres edificaciones no responden a la estructura canónica de los capitolios romanos. No se trata de un templo tripartito, con un pórtico común, sino de tres edificios independientes, donde además, el que ocupa el lugar central, que debería haber sido destinado a la imagen de Iupiter, es de menor tamaño. La modulación de estos templos o las esculturas halladas en su interior son otras evidencias que refuerzan la hipótesis de una interpretatio romana de cultos dedicados a una tríada divina de carácter púnico, vinculada quizá, en este espacio sacro, a la imagen del emperador como genius civitatis (Bendala, 1989(Bendala, -1990: 14-17;: 14-17; Id., e.p.). M. P. García-Bellido ha mostrado su acuerdo con las conclusiones de este último autor y ha subrayado, tanto el carácter púnico de la ciudad de Belo en época republicana, como la ausencia de dedicatorias a Júpiter, Juno y Minerva (García-Bellido, 2001: 326). En la reciente monografía publicada por la Casa de Velázquez sobre los tres templos del foro, se defiende sin embargo, la hipótesis del capitolio, aunque se mencionan brevemente las similitudes observables entre el caso de Baelo y "sanctuaires tripartites de type africain" construidos en ciudades como Sufetula (Sbeitla, Túnez), o Cirta (Argelia) (Bonneville et al. 2000: 183). bién las tumbas excavadas por J. Remesal en los años setenta del s. XX en la denominada 'necrópolis SE'. En la necrópolis oriental, diversas tumbas se alineaban a lo largo de la vía durante algunos metros, permitiendo contemplar al caminante edículas e inscripciones. Sin embargo, otras muchas -tanto las más sencillas como mausoleos de cierta entidad-se disponían en aparente desorden sobre un área reducida (Mergelina, 1927: 5). Es posible que la superposición de enterramientos de diversas épocas ofrezca hoy un paisaje confuso al contemplar fotografías y planos del lugar donde en algún momento pudo existir, como en otras necrópolis romanas, una red de vías secundarias o diverticula, pero tampoco puede descartarse por completo que la necrópolis oriental de Baelo estuviese regida por un concepto del espacio funerario más cercano al que se puede encontrar en el mundo púnico. Los datos disponibles sobre la necrópolis occidental son mucho más escasos pero, según C. de Mergelina (1927: 5), presentaba una distribución de los enterramientos muy similar 8. Los cipos funerarios de Baelo Claudia Uno de los elementos más destacados de las necrópolis de Baelo Claudia, por su singularidad y por las dificultades de interpretación que presenta, es el conjunto de piedras talladas asociadas a los enterramientos que se analizan en estas páginas. Los obreros que trabajaban en el yacimiento a principios del s. XX bajo la dirección de P. Paris, G. Bonsor y C. de Mergelina los bautizaron con el nombre de 'muñecos', y como tales se conocen aún hoy en día en la mayoría de la bibliografía especializada sobre el tema. En este artículo se propone emplear el término "cipo", una palabra de origen latino (cippus), que, en mi opinión, además, tiene la virtud de aludir a ciertas características esenciales para comprender la función de las piezas de Bolonia. Los cipos eran pila-res de piedra, a veces sustituidos por pilares de madera (pali sacrificales), que se empleaban para marcar un límite, una frontera, un terreno consagrado o una sepultura (Saglio, 1887; Glare, 1968a). Son por lo tanto, esencialmente, objetos liminales, que señalan el punto de contacto entre dos espacios diferenciados desde un punto de vista ritual y, en el caso concreto de Baelo, entre el inframundo y los miembros vivos de la familia que rinde culto a los ancestros en el punto de contacto entre estas dos esferas que es la tumba. Estas esculturas presentan una morfología diversa (fig. 2) que puede ir desde formas ovoideas, a tipos estiliformes -con basa o si ella-, pasando por representaciones de carácter antropomorfo asimilables, en menor o mayor medida según sus características, a bustos grecolatinos 9. Hay ejemplares que apenas alcanzan los 15 cm Figura 2. 8 Algunos enterramientos han aparecido dispersos en otros puntos del yacimiento, aunque generalmente pueden adscribirse a momentos tardíos. Por ejemplo, en el interior de la ciudad se encontraron tres sarcófagos que no contenían ningún ajuar en las termas de la puerta oeste. También se exhumaron dos esqueletos y una estela funeraria al parecer fechada en el s. V d. C. en los niveles del relleno del teatro y al norte de la ciudad dos sondeos realizados en 1966 pusieron al descubierto algunos sarcófagos fragmentados. Finalmente, se tiene constancia del hallazgo de 18 sepulturas de inhumación con orientación este-oeste y un pequeño cofre de piedra a unos ciento cincuenta metros al norte de la necrópolis oriental junto al acueducto procedente de Punta Paloma y la puerta este del asentamiento. Al parecer, sólo se conservaban en el momento de la excavación tres esqueletos en decúbito supino que carecían de ajuar. Las tumbas consistían en sarcófagos monolíticos o fosas delimitadas por materiales de construcción reutilizados o piedras talladas que, en todos los casos, habían perdido ya la cubierta (García y Bellido, Nony, 1969: 472). 9 Un reciente intento de sistematización de estas piezas puede encontrarse en la Tesis Doctoral inédita de I. Seco Serra (2003: 635-639), donde propone su clasificación dentro de los siguientes grupos: Anicónico (tipo 1 y tipo 2), Intermedio (tipo 1 y tipo 2) y Antropomorfo (cabeza, busto, cuerpo y cuerpo entero). de altura, mientras que otros rebasan los 40 cm10. Se han fechado con precisión únicamente los ejemplares estudiados por J. Remesal durante las excavaciones de la necrópolis SE de los años setenta del s. XX (gracias a la asociación de los cipos con los ajuares de las tumbas a los que se superponían), entre época de Claudio y de los emperadores flavios 11 (Remesal, 1979); mientras que al centenar de piezas halladas por el equipo de P. Paris, sólo podemos atribuirles de forma laxa las fechas otorgadas a la necrópolis en su conjunto. Los monumentos más tardíos a los que aparecen asociados responden al tipo de cupulae o cupae que no parecen prolongarse en el yacimiento más allá del s. II d. Los 'muñecos' aparecieron asociados tanto a los enterramientos más sencillos (incineraciones en fosa) como a los monumentos más elaborados (pequeños mausoleos, recintos funerarios, cupae), incluida una inhumación (Paris et al. 1926: 68). Se hallaron 'muñecos' aislados sobre tumbas individuales o asociados en grupos de dos, tres, cinco o siete ejemplares que se colocaban, generalmente, en uno de los frentes del monumento funerario. Durante las excavaciones de G. Bonsor, siempre se encontraron en relación con un enterramiento (junto a un contenedor cinerario o sobre él, apoyados en uno de los frentes de los monumentos o encajadas en la propia mampostería que formaba parte de la estructura de la tumba), pero no siempre hay una correspondencia entre número de individuos enterrados y los 'muñecos' que se colocan en el frente de un monu-Figura 3. La ubicación de los cipos directamente sobre el contenedor funerario o en la base de urnas y monumentos -que debía quedar cubierta de tierra-demuestra que muchos serían sólo parcialmente visibles o que incluso quedarían ocultos en algunas ocasiones (imágenes tomadas de Paris et al. 1926; pl. VIII, VII, XII y fig. 17). Por ejemplo, en la tumba de Felicula se descubrieron dos contenedores cinerarios, pero el monumento contaba con cinco cipos, mientras que en el acotado 963 el número de tumbas superaba con creces al número de esculturas (Paris et al. 1926: 30, 63). Pero quizá el elemento que define estas piezas con mayor claridad es su ubicación en una especie de limbo o espacio liminal entre la superficie y el subsuelo, semienterradas y apoyadas contra la base de los monumentos, o apenas aflorando de la tierra cuando se colocan sobre una urna. (Paris et al. 1926: 108), e incluso sugiere que la "fealdad" de estos "idoles" podría explicarse, al menos parcialmente, por el hecho de que estaban "destinées à rester cachées" (Paris et al. 1926: 109). C. de Mergelina (1927: 12) en la descripción de uno de los monumentos excavados por él mismo asegura que los cuatro cipos funerarios "colocados, como siempre, en el lado que mira al mar", se encontraban "a un nivel inferior a la línea del basamento". J. Remesal (1979: 13), también destacó en su día la existencia de una plataforma que cubría algunos de los cipos situados en la cara sur del Monumento A de la necrópolis SE. La observación de determinadas fotografías e ilustraciones publicadas hasta el momento parece conducir a la misma conclusión (fig. 3). Éste es un aspecto esencial y característico de los cipos funerarios de Belo, porque permite establecer diferencias entre la ubicación de las estelas que tenían como función principal indicar la posición de la tumba y los denominados 'muñecos' cuyas dimensiones son más reducidas. Las estelas se situaban por lo tanto, aproximadamente a un metro del enterramiento que señalizan, mientras que los 'muñecos' se encontraban a una distancia mucho menor de la urna cineraria, según se aprecia en distintas fotografías y dibujos, o incluso a veces quedaban apoyados directamente sobre el mismo plano que esta última (figs. 3, 4). También en el caso del posible "cipo troncopiramidal", encontrado sobre la tumba XVIII de la necrópolis SE, llama la atención la escasa separación entre el contenedor cinerario y lo que parece ser una piedra tallada (fig. 4, derecha). Algunos ejemplares relacionados con incineraciones cubiertas por cupae, se encontraban embutidos, asimismo, en uno de los frentes del monumento (fig. 5). Otros, en fin, denominados "cantos rodados" (galets) por G. Bonsor, de carácter anicónico acusado, habían sido "insertados" o "incrustados" 12 en la base del monumen-Figura 4. Izquierda: "Betilo" X situado sobre la urna de la Tumba XVII. La escala permite observar que la distancia que separa el cipo de la urna supera escasamente los 30 cm. Derecha: Piedra tallada de forma triangular que reposa directamente sobre la tumba XVIII (tomadas de Remesal, 1979, láms. to o en un pequeño cubículo de la construcción destinado a tal efecto, situado, precisamente, bajo la mesa de libaciones (fig. 6). De hecho, otra particularidad fundamental de estos objetos de piedra es su conexión directa con las libaciones asociadas a los cultos funerarios. Frecuentemente aparecieron junto a conductos de libaciones que permitían el paso de las ofrendas hasta las cenizas del difunto, o rodeadas de fragmentos de cerámica13 (Paris et al 1926: 38), hasta el punto de que G. Bonsor llega a sugerir la posibilidad de que las piezas de vajilla empleadas durante el sepelio hubiesen sido "brisés sur la tête même du mystérieux buste de pierre" (Paris et al 1926: 46). En los casos excepcionales en los que aparecen completamente expuestas sobre la superficie de la necrópolis, suele ser posible, asimismo, relacionar estas esculturas con la profusio. Así, por ejemplo, en la "Tumba de la Gran Estela" (Paris et al. 1926: 34), que tenía un 'muñeco' colocado encima de una mesa de libaciones (fig. 7, izquierda), o en algunas cupae como la no 372, donde el busto se situó entre uno de los frentes de la bóveda de medio cañón y su mesa de libaciones. Probablemente, esta vinculación ritual con las libaciones a los muertos es uno de los aspectos que confiere mayor unidad a este conjunto, bastante heterogéneo desde el punto de vista morfológico. Otro elemento común es la orientación hacia el sur, mirando hacia el mar, de la mayoría de estas piedras talladas aun-que se han constatado algunas excepciones14 (Paris et al. 1926: 108). La interpretación de este grupo de esculturas ha estado relacionada desde un primer momento con el concepto que sobre la 'romanización' tenían los distintos autores que han emprendido la difícil empresa de proponer una explicación. Tras rechazar la hipótesis que relacionaría a los 'muñecos' de Belo con retratos funerarios, G. Bonsor se inclina a reconocer en ellos genios protectores de los difuntos y de la tumba. Según este autor, los genios más antiguos, tendrían un aspecto 'primitivo' que se habría mantenido a lo largo de los siglos debido a "la force de la tradition, surtout en matière de religion et de rite" (Paris et al. 1926: 109). Para explicar este retorno a la tradición "anicónica" de los primitivos pueblos hispanos, G. Bonsor recurre al componente oriental de la cultura bástulo-fenicia y al estrecho contacto de los habitantes de Bolonia con el norte de África, presentando como ejemplo ilustrativo los 'betilos' embutidos en las cupae de la necrópolis romana del Camp de Sabattier en Susa (antigua Hadrumetum), Túnez. Todo ello le lleva a concluir que tanto para las 'piedras sagradas' de Susa, como para los 'muñecos' de Bolonia puede defenderse un origen púnico (Paris et al. 1926: 113-114). Por su parte, C. de Mergelina, en una memoria publicada un año después de la aparición de los dos volúmenes monográficos sobre el yacimiento, insiste en la ausencia de paralelos en el sustrato ibérico o en el mundo romano (Mergelina 1927: 30-42). Sin embargo, no comparte la teoría de G. Bonsor de que dichas producciones puedan considerarse genios o representaciones de una divinidad funeraria, protectora de los difuntos, porque en ese caso sería difícil explicar la aparición de distintas esculturas en una misma sepultura y, sobre todo, la gran variedad de tipos que presentan los grupos de 'muñecos' que fueron depositados, a veces incluso en un solo monumento, sin que mediasen intervalos dilatados de tiempo. Según C. de Mergelina, los 'muñecos' de Belo son una representación de los individuos enterrados, que estaría en relación con la necesidad -constatada en varias culturas mediterráneas-de realizar una "réplica" del difunto. El autor rechaza a continuación la identificación de estas esculturas con el genius romano y recuerda que las profusiones realizadas junto a la tumba en época romana no estaban dedicadas a ninguna divinidad protectora, sino a los propios difuntos. También señala -y más tarde volveremos sobre ello-, que los mismos Lares, Manes y Penates estuvieron conectados de alguna manera con la figura de los antepasados y que a ellos se realizaban una serie de sacrificios similares a los que se pudieron constatar en las tumbas de Baelo Claudia. J. Remesal, por su parte, rechaza la asimilación de los 'betilos' de Belo -como prefiere denominarlos-con retratos funerarios, porque, en su opinión, de ser así, todos ellos habrían tenido un carácter antropomorfo del que muchos ejemplares carecen. Por ello recupera la teoría de G. Bonsor que vinculaba estas piezas -de tradición prerromana influida por costumbres púnicas-, a genios Figura 6. Cipos funerarios integrados dentro de la mampostería de distintos monumentos. Abajo: Necrópolis SE.'Piedra' troncocónica hallada en la base de un monumento funerario excavado durante la campaña de 1974 (izquierda), similar a otros ejemplares aislados encontrados sobre las tumbas por el equipo de G. Bonsor a principios del siglo XX en la Necrópolis oriental (derecha) (imágenes tomadas de Rouillard et al. 1979, lám. 24 y Paris et al. 1926, fig. 66 y láms. protectores relacionados con divinidades de ultratumba y señala paralelos, por ejemplo, en lugares como la necrópolis de Puerta Cesarea en Tipasa, Tiddis, Volúbilis, Sétif, Camp Sabattier y Cádiz. Aunque encuentra dificultades a la hora de proponer una divinidad en concreto, sugiere una posible relación con cultos a Saturno, Baco, una divinidad marina, infernal o quizá a alguna deidad del panteón púnico y recuerda que, según su opinión, uno de los ejemplares encontrados en la intervención de 1973 pudo tener un carácter fálico, asociable "con símbolos de la vida futura" (Remesal, 1979: 42-44). Recientemente, en un artículo dedicado a analizar el peso de la tradición púnica en los enterramientos romanos del sur peninsular, D. Vaquerizo16 ha defendido la hipótesis de que estas piezas "...pretenden evocar la imagen del fallecido, quizá con un alto componente norteafricano en cuanto a su estilo y ejecución material, pero similares en concepto a las estelas y retratos documentados en algunas necrópolis del golfo de Nápoles..." sin descartar por ello que, en ocasiones, estas tallas "sean realmente betilos, con un simbolismo religioso que pretendía encomendar al difunto a una determinada divinidad" (Vaquerizo, 2006: 351-352 y nota 97). En el caso de los cipos funerarios de Belo el problema interpretativo, como hemos podido ver, comienza incluso con la expresión que se emplea para definirlos, ya que por diversas razones, los términos "estela", "bustos" o "betilo" no son adecuados en este caso. Es difícil referirse a estas piezas en su conjunto como "bustos", porque, si bien algunos ejemplares podrían responder de forma laxa a este tipo, esta expresión no se puede utilizar con rigor para referirse a todos aquellos de carácter anicónico. Las excavaciones llevadas a cabo a principios de los años setenta del siglo XX tuvieron la vir-Figura 7. Tipos de estelas presentes en el yacimiento (arriba, derecha) Necrópolis oriental. Tumba de la Gran estela, el "muñeco" se ha situado a los pies de la estela, sobre una mesa de libaciones (izquierda). Tumba de base cuadrangular con varios "muñecos" en el frente y coronada por dos estelas 'betiliformes' (abajo, derecha) (todas ellas tomadas de Paris et al. 1926, figs. 21, 14 y pl. VII)). tud de demostrar precisamente, a través de técnicas estratigráficas modernas, que cipos pertenecientes a ambos grupos convivían en el tiempo y eran utilizados para la misma función (Remesal, 1979: 42), lo que permite descartar que los anicónicos deban interpretarse como una evolución morfológica de los antropomorfos, o a la inversa. Por las mismas razones, y no por el mayor o menor acierto estético de los cipos antropomorfos en relación a supuestos modelos grecolatinos, parece difícil defender una asimilación completa de estas piezas con los retratos funerarios que se encuentran en algunos monumentos romanos. Como ya indicó G. Bonsor, no parece posible hablar, en el caso de Baelo, de limitaciones técnicas a la hora de tallar la piedra, sobre todo si tenemos en mente algunos de los hallazgos escultóricos que ha proporcionado la ciudad. En mi opinión hay que pensar, más bien, en una elección consciente de representaciones no "naturalistas", con mucha probabilidad relacionada con cuestiones rituales y con la utilización de modelos formales de corte arcaico ya en su tiempo. Los cipos funerarios de Belo no son estelas, en primer lugar porque no responden a la forma paralepípeda propia de este tipo de monumentos, que, por otro lado, también fueron utilizados en las necrópolis (fig. 7 arriba, derecha); pero además, y esto quizá es más importante, porque, excepto en contadas excepciones, no cumplen la función de sema, de señalar el lugar de enterramiento de un individuo concreto a través de un monumento claramente visible. Una de las características rituales fundamentales de estas esculturas de pequeño tamaño (la gran mayoría, recordémoslo, oscilan entre los 15 y los 40 cm), es su ubicación en un espacio liminal, semienterradas en el suelo, poniendo en comunicación el mundo terreno con el infraterreno. El depósito, por parte de los oferentes, de varias de estas piezas en enterramientos individuales o la imposibilidad de establecer una correlación entre el número de cremaciones y el número de cipos cuando nos encontramos ante enterramientos colectivos, refuerza el mismo argumento. Pero, por si todo ello fuese poco, conocemos al menos un caso, el de la tumba de la gran estela -precisamente uno de los pocos donde el 'muñeco' no se encontró semienterrado o embutido en la mampostería de la construcción-en el que uno de estos ejemplares se situó precisamente en una mesa de libaciones colocada a los pies de una estela. Esta posición carecería de toda lógica, si el 'muñeco' hubiese cumplido la función ritual de este tipo de monumentos funerarios (fig. 7, izquierda). Aunque no aparece explícitamente citado en el texto de G. Bonsor, no podemos tampoco dejar de mencionar que en una de las láminas de la memoria se puede observar lo que parecen ser dos estelas betiliformes -muy similares, por cierto, al tipo de estela anicónica frecuente en muchas necrópolis púnicas 17 -situadas sobre una tumba que contaba con cinco 'muñecos' en uno de sus frentes (Paris et al. 1926: Pl. VII, arriba, derecha) (fig. 7 abajo, derecha). Según un estudio reciente sobre el fenómeno betílico en la península ibérica, a cargo de I. Seco 18, los cipos de Belo tampoco pueden ser identificados como betilos en sentido estricto. Con este término se alude a aquellas piedras no alteradas por la mano del hombre o talladas en forma cónica, cuadrangular, ovoidea, troncocónica o estiliforme que se creían habitadas por la divinidad y a las que se rendía culto mediante una serie de rituales de carácter muy específico (Seco, 2003: 204). No obstante, especialmente en el mundo púnico, se produjo cierta convergencia en la forma de determinadas piezas que indicaban la posición de un enterramiento y algunas cla- 17 Me refiero a un conjunto de estelas muy difundidas en necrópolis y tofets del mundo fenicio-púnico colonial, que desempeñaron, fundamentalmente, la función de sema y cuya morfología puede, en ocasiones, presentar concomitancias con la de los betilos de la región. Si bien poseen una cronología elevada en comparación con las piezas de Belo, es posible datar algunos ejemplares en el s. II a. Se pueden citar, como mero ejemplo ilustrativo de este gran conjunto de materiales, determinadas estelas sobre base cuadrangular de Sulcis (Bartoloni, 1986: Tav. XVIII, no 119, 120, 124, 126,), que recuerdan fundamentalmente a los ejemplares sin rostro ('columna' sobre basa cuadrangular o redondeada) procedentes de Belo. Existen mayores dificultades a la hora de encontrar estelas semejantes a los cipos funerarios de Bolonia que presentan rasgos antropomorfos. Se puede señalar, sin embargo, un conjunto reducido de losas de piedra con la representación de un pequeño rostro humano con largo cuello, que resultan excepcionales incluso dentro del conjunto de manifestaciones funerarias de las necrópolis a las que se encuentran asociadas y, en ocasiones, pueden situarse en época republicana o altoimperial, como los cipos de Baelo. Estas estelas parecen demostrar, que también en determinados enclaves del mundo púnico, se empleó la cabeza para representar de forma sintética al difunto o a ciertos númenes. No debe pasarse por alto la tendencia a añadir rasgos humanos a ciertos símbolos del imaginario fenicio-púnico (como el ídolo botella), o algunos intentos de dotar a los betilos de ojos y boca (Lipinski, 1992: 71, 227; Tore, 1975: 298). En cualquier caso, al volver la vista al contexto inmediato de los cipos funerarios de Baelo Claudia, llama la atención, la escasez de estelas funerarias púnicas halladas en nuestro país en comparación con otros enclaves del Norte de África, Sicilia o Cerdeña, por no entrar en el controvertido asunto de la ausencia de tofets en los asentamientos feno-púnicos del occidente Mediterráneo. 18 Le agradezco a la autora que me haya permitido consultar su Tesis Doctoral, aún inédita. ses de betilos, lo que ha propiciado el uso de términos como el de "estelas-betiliformes"19. Sin embargo, y esto es fundamental, dichas estelas, no pueden ser consideradas imágenes cultuales, aunque se aluda de forma directa a la manera canónica de representación anicónica de la divinidad. Se ha señalado que detrás de la equivalencia formal de estos 'hitos' de carácter religioso pudieran encontrarse distintos conceptos de 'heroización' del difunto. Lo que parece al menos probable en determinados casos es que estas piezas puedan compartir un elemento esencial con los betilos: la idea de que la piedra puede convertirse en una 'casa del alma', o lo que es lo mismo, que determinados rituales pueden llevar a los espíritus a hacer del betilo una 'piedra habitada' (Seco, 2003: 234, 651, 652). Incluso si se quisiera argumentar que en el caso de Belo nos encontramos ante la utilización no de verdaderos betilos, sino de estelas betiliformes, nos encontraríamos con la dificultad de explicar por qué estas supuestas estelas se encontraban semienterradas y por qué cuando aparecen agrupadas, como ha señalado I. Seco, no parecen responder en todos los casos a las asociaciones betílicas más frecuentes en el mundo púnico: díadas, tríadas o parejas de tríadas. A pesar de todo ello, contamos con un ejemplo, que se acaba de mencionar, que sí parece poder relacionarse directamente con las representaciones de díadas betílicas que aparecen en numerosas estelas púnicas. Lo más interesante, es que, en este caso, las dos estelas betiliformes se encuentran en superficie, señalando la ubicación de la tumba, y no por ello se ha prescindido de colocar una serie de 'muñecos' en la base del monumento cuadrangular que contendría las cenizas (Paris et al. 1926: Pl. VII, foto superior derecha) (fig. 7, abajo, derecha). Todo ello parece subrayar, una vez más, la relación de carácter complementario (que no equivalente) existente entre la estela o estela betiliforme y los cipos funerarios de Baelo. La diferencia esencial entre ambos reside en su función ritual: mientras que las estelas betiliformes pueden considerarse un elemento que señala la posición del enterramiento y que se ha 'apropiado' de la morfología de un objeto presente en contextos sacros (el betilo), los cipos de Bolonia deben considerarse un objeto 'cultual' en sí mismos, aunque el tipo de culto que reciben no es análogo al conjunto de ritos específicos que se desarrollaba en torno a la imagen betílica de un santuario. A la dificultad para encontrar un término aceptable para estas representaciones se une el carácter de unicum que presenta este conjunto de esculturas en el panorama de la arqueología del mediodía peninsular. Baelo Claudia continúa siendo un caso totalmente excepcional, tanto por el número de tallas de este tipo que se han recuperado en sus necrópolis, como por el mismo hecho de que las piezas se encontraran en su contexto original durante el proceso de una excavación arqueológica. En los años veinte, G. Bonsor almacenó más de cien y J. Remesal encontró, medio siglo después, una docena de piezas. Como consecuencia, este último autor y otros después de él, propusieron una serie de paralelos en diferentes yacimientos púnicos del Mediterráneo que se comentan a continuación porque permiten situar las piezas que nos ocupan en un contexto más amplio y añadir algunas observaciones interesantes para comprender un fenómeno que en mi opinión debe, como expondré a continuación, interpretarse no obstante principalmente dentro del marco local de la ciudad que le dio forma, tanto por cuestiones cronológicas como rituales. Uno de los ejemplos más citados en relación con el ritual funerario observado en Bolonia es el de la estela de la tumba 27 de Lilibeo (Sicilia) (fig. 8). Sin embargo, hay varios aspectos que dificultan una identificación directa. La pieza de Lilybaeum es en sí misma un caso Figura 8.'Estela' hallada en el interior de la tumba 27 de la necrópolis de Lilibeo (Sicilia) (Según Bisi, 1971: fig. 83). único dentro de la necrópolis20, y tanto la cronologíamediados o finales del s. III a. C.-como sus dimensiones -53 cm de alto, 20 cm de ancho y 13 cm de grosorla alejan un tanto de los numerosos ejemplares de Baelo Claudia, en general de tamaño más reducido, bulto redondo y cronología altoimperial. La escultura funeraria de Lilibeo apareció asociada a una de las tumbas en lóculo excavadas en el tufo, pero, curiosamente, había sido introducida por completo dentro del nicho, junto a cinco urnas cinerarias acompañadas de distintos objetos de ajuar. La pieza presentaba además, lo que parecía ser un brazo alzado, en un gesto documentado en otros ejemplares de escultura funeraria fenicio púnica (Benichou-Safar, 1982: 74, fig. 40), y un orificio para encastrar un falo. Según A. M. Bisi, esta característica sugiere cierta relación con modelos tomados de la coroplastia fenicio-chipriota, como las estatuillas de la técnica snow-man, con órganos sexuales aplicados de la Isla Plana (Ibiza), Bithia y Monte Sirai21 (Bisi, 1970; Id., 1971). C.) y altoimperial procedentes de distintas necrópolis sardas. Dentro del grupo, hay varios ejemplares en los que se han trazado de manera somera los rasgos de un rostro mediante incisiones, mientras que en otros -los más cercanos morfológicamente al grupo de Belo-, aparece un busto de carácter esquemático en bajo relieve, o los límites de la propia estela se tratan como si fueran los contornos de la figura humana. Respecto a la interpretación de dichas estelas, G. Tore (1975: 304), relaciona dos piezas de su catálogo22 con una representación simplificada de máscaras de carácter demoníaco, mientras que duda entre identificar el resto con retratos de difuntos o algún tipo de demonio-divinidad protectora de los muertos (Tore 1975: 313). La falta de paralelos formales para estas piezas en el mundo púnico -si exceptuamos, según este último autor, el cipo de Lilibeo y los ejemplares votivos del santuario de Démeter Malophoros en Selinunte23, le lleva a concluir que nos encontramos ante el producto de talleres independientes, responsables de manifestaciones sustancialmente autónomas inspiradas en tradiciones púnicas. La conexión establecida por G. Tore entre algunas estelas funerarias sardas y las 'estelas votivas' del santuario 'della Malophoros' en Selinunte merece, al menos, un breve comentario sobre este controvertido grupo de piedras esculpidas. Estas piezas fueron talladas en el contexto de la expansión púnica por el área occidental de Sicilia a partir de 409 a. C. y la creación de asentamientos en lugares como Panormo, Solunto, Erice, Motzia o la propia Selinunte, que convivieron con colonias griegas y núcleos nativos, al menos hasta la conquista de la isla por parte de Roma a mediados del s. III a. C. En primer lugar, hay que señalar que este conjunto de estelas fueron halladas en un recinto aparte, situado en el exterior del temenos de la diosa, y dedicado a otra divinidad de carácter infernal, Zeus Meilichios, cuyo culto estuvo muy difundido en las colonias griegas de occidente, según algunos autores, en conexión con la propagación de cultos eleusinos. El santuario se fundó al parecer en época griega, aunque el culto prosperó también durante el período de dominación púnica, remontándose a esta época la mayoría de los'ex-votos' a los que se podría aludir como paralelo de los cipos de Belo. Las 'estelas' sicilianas responden a tres tipos principales: piedras donde se tallaron -con "rudesse maladroite", si tenemos en cuenta la 'calidad' de las obras de arte que ha proporcionado el yacimiento de Selinunte (Picard, 1943: 110)-dos rostros, uno femenino y otro masculino; figuras simples con representación de un solo individuo y, finalmente, ejemplares totalmente anicónicos. Al parecer algunas piezas conservaban además restos que inducían a pensar en una decoración con vivos colores, mientras que otras portaban inscripciones. En un reciente estudio, M. L. Famà y V. Tusa han propuesto datar las piezas anicónicas más antiguas en la transición entre los siglos VII y VI a. C., aunque no descartan que alguna de las piezas de este tipo deban situarse en el s. III a. Estas estelas han sido a menudo interpretadas como cipos votivos, en los que se representaría al titular del santuario que conocemos gracias a la epigrafía, Zeus Meilichios, y su paredro, supuestamente Deméter Malophoros, siguiendo las propuestas de M. M. P. Nilsson y E. Gabrici. Picard (1943) ha puesto en duda la posibilidad de identificar la figura femenina de estos cipos con Deméter, fundamentalmente porque los recintos de ambas divinidades estaban separados y no se ha podido encontrar ningún epígrafe votivo dedicado a Deméter Malophoros en el santuario de Zeus Meilichios. Este autor, de hecho, defiende la idea de que los individuos representados en el 'campo de estelas' no pretenderían evocar directamente a la divinidad, que normalmente se asocia a un tipo iconográfico bastante concreto -el dios barbado suele aparecer sentado en su trono ciñendo un cetro y sujetando en su mano una pátera o el cuerno de la abundancia-sino que se encontrarían más cercanos a la idea del colossos o'estatua-menhir', que se erigía a veces sobre los cenotafios para sustituir al cadáver del difunto que no había podido ser recuperado. Mediante determinados rituales se podía transformar estos 'recipientes pétreos' en 'piedras animadas' por el alma del ser querido y ausente. Picard pone incluso en entredicho el carácter votivo de estas tallas, destacando la naturaleza ctónica e infernal de Zeus en su advocación como Meilichios y la ubicación de las piezas junto a la vía de la necrópolis 25. En las inmediaciones de su santuario en Selinunte, aparecieron, como es habitual en cementerios u otros puntos de comunicación con el 'inframundo', gran cantidad de cerámica fragmentada ritualmente tras las libaciones y un buen número de tabellae defixionum. Curiosamente, Meilichios, dios y daimon simultáneamente, posee algunos atributos y funciones similares a los de otras divinidades a la vez 'domésticas' y ctónicas del mundo antiguo (como los mismos Lares romanos) que podrían compartir ciertas características rituales, como luego veremos, con los muñecos de Baelo. Meilichios, que a veces es representado bajo la forma de una serpiente, era el genio relacionado con el fuego del hogar y con la protección de los miembros de la familia. Ya hemos mencionado la ubicación de sus santuarios en las vías funerarias, pero además sabemos que en algunas regiones de Grecia los sacrificios ofrendados al dios tenían lugar en festividades asociadas al duelo o al luto. El signo dual, de divinidad de carácter agrario y ctónico, de dios que porta el cuerno de la abundancia y es a la vez considerado 'señor' de los manes, no es en absoluto contradictorio, como nos recuerda Ch. J. Remesal (1979: 44) defendió, en su estudio de los materiales de la necrópolis sureste de Belo, la existencia de otros paralelos norteafricanos, hallados en yacimientos como Volúbilis 26, Tiddis 27, Setif 28 o Tipasa. En mi opinión, las semejanzas más interesantes -por cierto, ya de época plenamente romana-pueden observarse en este último caso (fig. 10). En la necrópolis de la puerta de Cesarea de Tipasa han sido halladas, como en Baelo Claudia, un conjunto de monumentos tipo cupae con piedras talladas de forma troncopiramidal encastradas en la cabecera de estas construcciones 29, que se orientan siempre hacia el Oeste 30. En Baelo Claudia, la gran mayoría de los cipos están orientados hacia la costa, que en ese punto del litoral gaditano se sitúa hacia el Suroeste y, como en el norte de África, quedaban semi-integrados o apoyados contra la mampostería del monumento31. Los betilos de las cupae de Tipasa también recibieron libaciones y muy probablemente ofrendas depositadas en el reborde occidental en forma de mensa -similares a los documentados en Bolonia-de algunas de las cupae. Al parecer en Tipasa no convivieron, como en las cupae de Belo, tallas anicónicas con otras de carácter antropomorfo. Si bien hay que recordar, respecto a la morfología de los cipos funerarios asociados a cupae del yacimiento gaditano, que C. de Mergelina (1927: 6-9) se refiere a ellos de forma mayoritaria como "piedras informes" y G. Bonsor los denomina "galets", por la similitud de muchos de ellos con simples guijarros (Paris et al. 1926: 75, 114). Como hemos visto, por lo tanto, las piezas de Belo en conjunto no se ajustan exactamente a ningún modelo descrito en necrópolis del mundo fenicio-púnico, y, sin embargo, aquéllas que se pueden inscribir en el grupo de las tallas anicónicas sin duda beben en parte de modelos orientales y de la tradicional asociación en las necrópolis norteafricanas y centro-mediterráneas entre las 'estelas betiliformes' y la tumba, entre la piedra que puede ser habitada por el alma y el lugar donde reposan los restos de un individuo. Tampoco es totalmente ajena al mundo oriental la tendencia a añadir rasgos antropomorfos a estelas betiliformes que, no obstante, conservan de forma mayoritaria un carácter anicónico. Cipos funerarios de época republicana hallados en la península italiana Hasta ahora se ha prestado, lógicamente, especial atención a los paralelos orientales por el pasado púnico del yacimiento gaditano que estudiamos en estas páginas. Pero no menos importante, para entender este fenómeno tan específico de la ciudad de Belo, es tener en cuenta la interacción de los habitantes de la antigua Bolonia con gentes llegadas desde la península italiana. La presencia de piezas en necrópolis italianas de época republicana de morfología muy similar a las que se encuentran en Bolonia o en necrópolis y tofets de yacimientos púnicos (Blumhofer, 1993: anexo 5b y 5c) se comenta a continuación, porque permite analizar fórmulas de culto a los ancestros que pudieron traer consigo las primeras generaciones de inmigrantes itálicos que se asentaron en el sur de la península ibérica y de qué 26 De Volúbilis procede, en efecto, un cipo de época republicana aparecido en un contexto poco claro, aunque identificado por M. Ponsich con un área de necrópolis. No se menciona, sin embargo, la asociación de este "autel-colonne" con restos humanos que pudiesen confirmar definitivamente su carácter funerario. La morfología de la pieza (una columna sobre basa cuadrangular), recuerda sin duda a algunos ejemplares de Belo, aunque el cipo de Volúbilis posee una serie de molduras que no están presentes en aquéllos. 27 Existen dificultades para asimilar los cipos de Belo a la estela de la necrópolis oriental de Tiddis (Février, 1970: 51) que presenta remate triangular, un conjunto de símbolos vegetales, elementos de carácter simbólico y una inscripción, aunque sin duda resulta interesante la ubicación de la estela en el centro de un círculo de piedras -con la frontal a menor altura, quizá para ser utilizada como mesa de libaciones-que le confiere una particular posición entre el cielo y la tierra que recuerda a la de los cipos rodeados de guijarros que encontró J. Remesal en la necrópolis sureste de Baelo Claudia en los años setenta del siglo XX. 28 En la necrópolis de Sétif, donde están presentes los tipos de estelas más frecuentes en el mundo púnico, con símbolos tan habituales como los crecientes o los familiares remates triangulares, se encontró también "quelque fois une petite stèle, pierre plate dressée" de carácter más o menos irregular que señalaba el emplazamiento de la sepultura. En algunas ocasiones, como hemos visto ya en Tiddis, se conservaba, delante de estas piedras apenas desbastadas, una losa en posición horizontal, que podría haber sido empleada, según P. -A. 29 En casos excepcionales alguna de estas "estelas" se "apoyaban" sobre uno de los lados del monumento, en vez de quedar embutida en el frente (Lancel, 1970: 171, nota 4). En diversos yacimientos italianos se han hallado conjuntos importantes de cipos funerarios similares a los hallados en las necrópolis de Bolonia, que habían sido situados tanto en el interior como exterior de las tumbas, junto a una de las fachadas, coronando el túmulo de tierra de algunos monumentos, o incluso en pequeñas oquedades creadas a tal efecto dentro de las construcciones, desde época arcaica hasta finales de la República. Son por tanto piezas que comparten con los cipos de Baelo su carácter liminal, y que incluso en ocasiones se situaban en los lindes de los terrenos o en los cruces de caminos para señalar un límite (Blumhofer, 1993: 153). Algunas piezas presentan inscripciones con el nombre de difunto, e incluso se han documentado casos (cipo en forma de clava de la necrópolis de la vía de Gello en Pisa, s. III a. C.) donde el pronombre personal y el nombre aparecen en nominativo y el verbo en primera persona, lo que ha llevado a sugerir que estos cipos podían considerarse como una imagen que sustituía al difunto o como un "doble" del mismo (Paribene, 1999: 14). Pero uno de los aspectos más interesantes es que, tanto en las necrópolis italianas como en el yacimiento gaditano, los cipos antropomorfos y anicónicos conviven durante un período importante de tiempo. A partir de época tardo-helenística, empiezan a aparecer un conjunto de cipos que presentan cierta tendencia a la 'antropomorfización' de la parte superior de la pieza, que suele engrosarse para acoger los rasgos de un rostro, para simular la presencia de una corona vegetal o para asemejarse a un busto. Sin embargo, y esto debe tenerse especialmente en cuenta a la hora de interpretar los materiales hallados en Baelo Claudia como objetos con cierto aire 'arcaizante', la perduración de esta clase de tallas en época imperial es francamente excepcional en la península italiana. Un conjunto destacado de estas piezas procede de la necrópolis de época tardorrepublicana de Cerveteri (la antigua Caere, ss. En concreto, en el sepolcreto della Banditaccia, se encontraron, a principios de siglo XX, en un área que había sido arrasada en el siglo IV a. C. para construir de nueva planta un conjunto de cámaras funerarias de acuerdo con un plano ortogonal, un grupo de cipos que respondían a tres tipos básicos. Por un lado estaban aquéllos en forma de columna con basa circular o cuadrangular; por otro, el grupo formado por cipos semejantes a pequeñas casas o sarcófagos y, finalmente, un tercer conjunto compuesto por piedras lisas redondeadas. En ocasiones los cipos estiliformes presentaban la parte superior engrosada en forma de cabeza humana. Estas piezas se colocaban mayoritariamente a la entrada de las cámaras funerarias, sobre grandes lastras de piedra que presentaban una serie de oquedades destinadas, precisamente, a instalar cada uno de los cipos (fig. que no han sido encontrados en Bolonia-están prácticamente ausentes, pero, en cambio, se encontraron algunos ejemplares en los que se había grabado someramente los rasgos de una cara sobre la parte superior del remate troncocónico. Los cipos estiliformes (con basas cuadrangulares o circulares) y de forma troncopiramidal sobre basa cuadrada están presentes también en otros yacimientos etruscos, como Marzabotto, Chiusi, Saturnia, Tuscania, Norchia, Orvieto o Castel d'Asso y algunos otros de la zona de Volterra o la Versilla (Blumhofer, 1993; Bizzarri, 1962; Bonamici, 1991; Colonna di Paolo, Colonna, 1970; Cristofani, 1973; Rosi, 1927; Paribene, 1999; Steingräber, 1991; Steingräber, 2002: 137). Existen algunas diferencias entre el conjunto de cipos anicónicos procedente de Baelo Claudia (fig. 12) y los materiales hallados en Etruria. Por ejemplo, no se han encontrado aún en Baelo Claudia cipos oikomorfos, ni en forma de altar, bulbo, seta, cono u obelisco, que sí están presentes en ciertas necrópolis de la península italiana (Steingräber, 1991(Steingräber,: 1081(Steingräber, -1082)), si bien, evidentemente, no en todos los yacimientos italianos se pueden encontrar ejemplos de todas las clases de cipos. Por otro lado, los cipos funerarios de Belo son anepígrafos, a no ser que pensemos en inscripciones realizadas con ocre u otros pigmentos similares y perdidas por el paso del tiempo. Además, teniendo en cuenta su posición respecto al suelo de uso, resulta difícil pensar en la existencia de leyendas pintadas para ser vistas sobre la basa o el fuste de estas piezas. Otro elemento a destacar es la cronología republicana de los ejemplos italianos -aunque hay piezas que se sitúan excepcionalmente en época augustea (Paribeni, 1999: 14 y nota 7), que contrasta con la datación en el s. I d. C. del conjunto de Bolonia. Allí donde ha sido posible aquilatar la cronología con mayor precisión dentro del yacimiento hispano se ha señalado el inicio del uso del espacio sepulcral -al menos-desde época de Tiberio (Remesal, 1979), si bien durante las excavaciones en la necrópolis oriental de principios de siglo se encontraron monedas de época tardorrepublicana. No obstante, un habitante de la península italiana que llegase a Bolonia a principios del s. I d. C. podría percibir, muy probablemente, un uso consciente de cierto lenguaje 'arcaizante' en el empleo de este tipo de tallas, aspecto especialmente patente en tipos como el de la columna truncada sobre basa circular, que tiene sus orígenes en las necrópolis etruscas en la segunda mitad del s. IV, aunque se mantuvo en uso hasta el s. I a. C. y que sólo en contadas ocasiones ha podido constatarse en época altoimperial (Blumhofer, 1993: anexo 1a). Precisamente en época imperial este tipo de piezas sufren una transformación esencial en la península italiana que, al parecer, no se produce en los cipos de Baelo Claudia. En Italia, los cipos con busto terminal evolucionan hasta convertirse en verdaderos bustos que pasan a situarse en los nichos de los columbarios o en el interior de recintos funerarios. Estas piezas terminan por ser sustituidas, en la mayoría de los casos, por estelas individuales o monumentos con relieves funerarios que tienen, como función fundamental, señalar la localización del enterramiento. Los cipos de carácter anicónico, sobre todo aquellos estiliformes, tienden, por el contrario, a desaparecer (Pensabene, 1977: 429). Sin embargo, hay un conjunto de estelas de carácter muy particular, denominadas en la bibliografía italiana columelle, que D. Vaquerizo (2002: 181;2006: 352) ha sugerido relacionar con los cipos hallados en las necrópolis de Baelo Claudia, puesto que, de alguna manera, recogen la idea de mezclar en un mismo monumento funerario rasgos anicónicos y antropomorfos (fig. 14). Se trata de un conjunto de estelas talladas en piedras calcáreas, volcánicas o en mármol, con la parte superior redondeada y fuste estrecho de tendencia alargada, que parecen ser una abstracción de un busto humano. Son escasísimos los ejemplos en los que se representan los rasgos fisonómicos del difunto en la zona del campo epigráfico que correspondería al rostro nolis, 2001: 177;D'Ambrosio, De Caro, Vlad Borelli, 1983; Kockel, 1987;D'Ambrosio, De Caro, 1987). A la hora de identificar las piezas de Belo con las columelle de la Campania se plantean las mismas dificultades que ya observamos al buscar una relación con las estelas del mundo púnico: los cipos funerarios de Bolonia no responden al modelo de estela epigráfica de forma paralepípeda destinada señalar un enterramiento individual, y por lo tanto, en mi opinión, existen dificultades para asimilarlos ritualmente a las columelle de la Campania. No obstante, la relación entre los cipos de carácter antropomorfo y los bustos funerarios que empiezan a ser especialmente comunes a partir de época altoimperial, debe estudiarse con mayor profundidad. En algunos de los cementerios en las que están presentes las columelle, como en Tarento o la necrópolis de Porta Nocera en Pompeya, se ha hallado también otra serie de representaciones que podrían ponerse en relación con nuestro problema, sobre todo porque en esta ocasión nos encontramos, no ante estelas epigráficas de silueta más o menos antropomorfa pero sin rostro, sino ante verdaderos bustos funerarios que presentan en ocasiones sorprendentes similitudes tipológicas con algunos ejemplares de Belo 33. Dos de ellos fueron halladas en los nichos de un monumento a Fornix de Porta Nocera (D' Ambrosio, De Caro, Vlad Borelli, 1983: grupo más numeroso procede de Tarento, aunque, lamentablemente, la mayoría carece de contexto arqueológico. Fechados entre el s. I a. C. y época altoimperial, difieren claramente de las costumbres funerarias y de los cipos empleados en las necrópolis "griegas" del asentamiento de los siglos anteriores, por lo que se ha querido relacionar su aparición con la influencia de nuevos colonos presentes en la ciudad. Las tumbas de época romana solían estar indicadas en superficie con una estela, por lo general muy sobria, con el nombre del difunto, la edad en la que le sorprendió la muerte y la fórmula H.S.E., aunque a veces estas lápidas habían sido sustituidas por un pilastrino, que sostenía un "busto" 34 que no siempre se puede considerar un retrato. Como en Baelo, curiosamente, al menos en este caso, no existió una relación directa entre la cantidad de individuos enterrados y el número de cipos antropomorfos colocados sobre la tumba, pues la pieza hallada en Vía Dante se superponía a tres urnas cinerarias35 (Pensabene, 1975: 276, nota 79). En concreto, en el Museo de Tarento, se conservan dos ejemplares de este grupo de cipos que recuerdan de cerca a los tipos Baelonenses, con basa circular, fuste y rostro o basa cuadrangular y rostro. Muchos otros se prolongan por debajo del cuello y poseen un remate convexo que se asemeja a todo un conjunto de representaciones de bustos de los difuntos, abundantes especialmente en relieves funerarios, y que están relacionados con un complejo debate sobre los modos de representación de los ancestros en el mundo romano que debemos abordar brevemente si queremos analizar el posible significado de los cipos funerarios encontrados en Baelo Claudia (fig. 15). LA CASA Y EL SANTUARIO: CULTO A LOS ANCESTROS EN CONTEXTOS NO FUNERARIOS ¿Qué función ritual desempeñaron estas piezas? ¿Cuál fue su significado? Tanto R. Mengarelli (1915) como M. Pallotino (1937) defendieron, a principios del s. XX, que los cipos de Caere y Tarquinia eran "il segno della deposizione individuale" (Pallottino, 1937: 394). De forma semejante se ha expresado M. Blumhofer (1993: 153, 160), que interpreta estas piedras como semata de los difuntos, si bien subraya que nos encontramos ante objetos de carácter sacro y que su función iba mucho más allá de señalar simplemente una tumba. En la misma línea argumental P. Pensabene (1977: 427, 430) defiende la idea de que no es posible excluir del todo el significado de sustituto del muerto, como sede del alma, lo que explicaría la evolución hacia tipos antropomorfos del sema. Cómo "símbolos del muerto" interpretó en su día A. García y Bellido (1955: 92) los cipos de Belo a pesar del carácter casi genérico del rostro de muchos ejemplares, que les alejan de una representación fiel de los rasgos del difunto, o la propia ubicación en un lugar poco apropiado para la exhibición de un retrato. Es posible que no nos hallemos ante la representación de "ancestros" individuales, con rostro y nombre, pero sí ante un tipo de objeto ritual -un "colossos", un doble-que permite conjurar a los antepasados entendidos como un grupo indiferenciado. Las imagines de los ancestros adoptaron formas diversas en el mundo latino. Una imago podía ser la máscara de cera de un ancestro que había desempeñado un cargo público que se guardaba en el atrio, pero también un reflejo en un espejo, o el eco, entendido como el reflejo de un sonido, una aparición ilusoria, un fantasma, un duplicado, copia, imitación o aquello que recuerda -pero no es-alguna cosa; una imago es lo que señala o hace visible, un ejemplo, manifestación o personificación; es también una forma visible, figura o representación artística de una persona u objeto (Glare, 1968b). Es decir, es una imagen que simula la apariencia de algo que no está presente o es invisible: es la imagen que da forma a lo incorpóreo. El propio Plinio señala que en sus días había distintas maneras de representar a los ancestros en la casa y que todas ellas eran consideradas imagines. En primer lugar se mencionan las máscaras conservadas en el armario del atrio, pero también otra clase de representaciones como retratos pintados (imagines pictae) -a veces como una representación de las distintas ramas familiares en forma de corona o guirnalda (stemmata)- (Bettini, 1988: 169 y ss.;Id., 1992: 260), retratos en escudos (imagines clipeatae) 36 y otras imagines (alia imagines) relacionadas con ancestros especialmente famosos, que habían obtenido un triumphus en vida37. Pero además de estos antepasados que conservaban intacta su identidad individual existían imágenes para los ancestros entendidos de manera 'genérica' como 'entes indiferenciados', que se colocaban en los lararios. En los catálogos de lararia de ciudades como Pompeya o Herculano se recogen numerosas representaciones de los Lares, que aparecen como jóvenes vestidos con túnica corta que sujetan una pátera o escudilla y un vaso en forma de cuerno (rhyton) siguiendo modas de carácter helenístico como otras representaciones pictóricas clasificables dentro de los distintos estilos pompeyanos (Orr, 1988: 296). En alguna ocasión se han encontrado figurillas de bronce aún in situ en el altar doméstico que siguen estos modelos iconograficos. Pero a veces este tipo de imágenes de los Lares podían compartir el espacio sagrado del altar doméstico con representaciones de un aspecto bien distinto. En el momento de la erupción de 79 d. C. en uno de los altares del peristilo de la 'Casa del Menandro' situado en la exedra 25, se encontraban cinco figurillas, probablemente esculpidas en madera 40, que dejaron sus improntas en las cenizas volcánicas 41. Los moldes de yeso realizados en el momento de la excavación nos han permitido conocer aproximadamente su aspecto original. Lo más interesante del caso es que una de ellas (la situada más a la izquierda) era una representación de un joven desnudo portando una guirnalda, que ha sido identificado, siguiendo la costumbre, con el Lar domesticus. Pero las cuatro restantes, que A. Maiuri (1932: 104) en los años treinta interpretó como representaciones de los Manes o imagines maiorum, consistían en cuatro bustos de tamaño algo menor que el natural, de carácter deliberadamente arcaico que contrastaban con la sofisticada decoración de estilo helenístico de las paredes de la casa (Orr, 1978(Orr,: 1582;;Wallance-Hadril, 1988: 88; Flower, 1996: 42, Maiuri, 1932: 96-106) y que recuerdan a los cipos funerarios de carácter más antropomorfo de Belo. Los altares dedicados a los Lares no se situaban en el atrio, donde generalmente se exponían las máscaras de los ancestros famosos, con rostro y nombre, de las familias aristocráticas, sino cerca de la cocina o en relación visual directa con ella, como sucede en viviendas de mayor tamaño como la 'Casa del Menandro', por la estrecha relación que existía entre los Lares y el fuego sagrado del hogar que cocinaba el alimento de toda la familia (Foss, 1997). Ésta era, además, la llama asociada a Vesta. Su proximidad al hogar y el carácter intencionadamente anticuado de estas figurillas podría explicar por qué ciertas imagines son descritas en las fuentes antiguas como objetos ennegrecidos por el humo, antiguos y arcaicos (fumosus, vetus, priscus) (Flower, 1996: 34) Las imágenes que se colocaban en los altares domésticos estaban relacionadas con el culto a toda una serie de numina de carácter ancestral -Vesta, los Lares y los Penates-que vigilaban el bienestar y la nutrición de la familia y por lo tanto, en último extremo,'garantizaban' la sucesión entre generaciones. Los Lares, como los Manes a los que se alude en las inscripciones funerarias, pertenecen a ese conjunto de divinidades de carácter 'indiferenciado' a las que los romanos se referían en plural42 (Harmon, 1978(Harmon,: 1593)). Eran también los dioses de los límites, a los que se brindaban ofrendas en altares situados en el compitum o punto en el que se producía la intersección de los lindes de cuatro caminos o cuatro propiedades, un lugar considerado especialmente peligroso, inestable y cargado de numina. Pero los Lares también jugaban un papel importante en los rituales de carácter liminal -de cambio de estado, en los que se traspasaba de forma simbólica algún 'límite'-que tenían lugar a lo largo de la vida de una persona. Por ejemplo, los niños depositaban en el larario familiar la bulla, el amuleto que les había acompañado durante toda la infancia, el día que tomaban la toga virilis, mientras que a las niñas les entregaban, entre otros objetos, una muñeca o una moneda el día de su boda43 (Harmon, 1978(Harmon,: 1595(Harmon,, 1598;;Pera, 1993: 350). Merece la pena destacar la corriente aparición de algunos de estos objetos, especialmente monedas, muñecas o bullae, en tumbas infantiles de época romana. Quizá estos objetos, que no habían sido consagrados a los Lares en el altar doméstico por culpa del destino, se dedicaban de alguna manera a 'sus equivalentes': los dioses del inframundo. La idea de que los Lares eran una especie de ancestros deificados a los que se rendía culto en la domus puede entreverse también en diversos textos griegos donde el término Lar aparece utilizado como un equivalente de heros (Orr, 1978(Orr,: 1564, nota 31), nota 31) o en un pasaje de Plinio (H. N. 28, 27-28), en el que se nos explica que aquel pedacito de comida que caía al suelo durante el banquete debía ser quemado frente al altar de los Lares, porque el suelo es el hogar de los fantasmas y los alimentos que en él caen deben consagrarse a los dioses del inframundo. También Festo se refiere a ellos como dioses inferorum cuando describe el ritual que tenía lugar en los altares dedicados a los Lares en los cruces de los caminos durante los compitalia 44. Después de un banquete en el que cada familia ofrecía un pastel de miel a los dioses tenía lugar una interesante ceremonia de 'sustitución' de los miembros de la familia por un simulacrum. Cada miembro libre de la casa era representado por una efigie masculina o femenina de lana y cada esclavo por una pelota que debían colgarse del altar dedicado a los Lares (Orr 1978(Orr: 1566;;Harmon, 1978Harmon,: 1595;;Ramos Crespo, 1988) Se puede decir que todos estos dobles y simulacra actuaron de alguna manera como intermediarios entre dos niveles de la realidad, aquel del mundo de los vivos y el del reino de los muertos, haciendo visible lo que ha sido mantenido fuera de la mirada de los hombres. La imagen de piedra, cera o madera puede actuar como un 'contenedor temporal' para las sombras (que pueden ser los Manes o los muertos que han perdido la memoria individual al ser integrados en la comunidad de los antepasados) cuando se requiere su presencia para que puedan beneficiarse de las libaciones que se les ofrecen, o para fijar a las 'almas' intranquilas y obligarlas a que permanezcan en el 'más allá'. El culto a los ancestros que tenía lugar en la tumba pertenece, por lo tanto, a un sistema ritual mucho más amplio y complejo, con ceremonias asociadas a los antepasados individuales, familiares y colectivos en escenarios tan importantes como los altares domésticos, los santuarios o los templos cívicos. De hecho, en depósitos votivos de distintos santuarios de la península italiana han sido halladas un conjunto de piezas de terracota que reproducen la morfología de algunos de los cipos pétreos hallados en las necrópolis etruscas (Pensabene, 1977: 430, Blumhofer, 1993: 153; Gatti lo Guzzo, 1978: 142, tav. En dichos contextos sacros, las terracotas cónicas, en forma de bulbo o piña, convivían con pequeñas estatuillas de terracota que, no lo olvidemos, se introducen a menudo también como ofrenda en las tumbas. Algunas reproducen la imagen de la divinidad, otras son máscaras, figurillas de ciertos animales o distintas partes del cuerpo, pero tampoco es infrecuente encontrar "cabezas" -bustos de terracota-de rasgos estereotipados. Si admitimos que los cipos funerarios de Baelo Claudia no son simples estelas, independientemente de que la forma de los ejemplares anicónicos pueda asemejarse a determinados tipos de semata presentes en necrópolis púnicas45, y que pertenecen a una esfera ritual relacionada con el culto a los antepasados que desborda el ámbito exclusivamente funerario, resulta aún más significativo el hecho de que algunos de los mejores paralelos formales del sur peninsular hayan sido encontrados en contextos rituales que no siempre se pueden relacionar con seguridad con espacios de enterramiento. Algunas de las tallas halladas en Torreparedones, de bulto redondo, de tipo estiliforme o directamente asimilable a la forma de algunos cipos betílicos púnicos, también tuvieron un carácter esencialmente votivo y presentan algunos puntos de conexión con los materiales de Baelo (Seco, 1999: 139; Cunliffe, Fernández Castro, 1999: 321-397). Entre los restos de una casa de tipo pompeyano de Córdoba fue recuperada una columnilla en cuya basa se había tallado la palabra GENIVS (Rodríguez Oliva, 1994: 10), lo que permite comprobar la existencia de cierta asocia-ción de esta clase de divinidades con representaciones anicónicas en época romana. buirse más a una columna votiva que a un edificio"47. En cualquier caso, estas estructuras deben ponerse en relación con pozos relativamente frecuentes en las necrópolis de Cádiz tanto en época púnica como republicana de varios metros de profundidad, colmatados en su mayoría de una sola vez. En ocasiones alcanzan el nivel freático48 y en ellos se depositan objetos empleados en actos litúrgicos asociados en general a los banquetes fúnebres como ánforas, lebrillos, morteros, vasos, jarras, cuencos, platos, urnas, lucernas, ungüentarios, monedas con la efigie de Jano, restos óseos de animales (bóvidos, ovicápridos, suidos, perros, peces y malacofauna), y, de forma excepcional, humanos, pesas de telar, anzuelos, agujas, terracotas femeninas y en ocasiones esculturas y piedras sueltas de origen no local (granito, gneis, pizarra), normalmente desbastadas y pulidas, que presentan formas cilíndricas o triangulares (Niveau de Villedary, 2001: 223; Id., 2006b: 43; Id., 2006a: 115, lám. II. Fig. 9.2, con bibliografía anterior). A todo ello se añade ahora una pareja de cipos de piedra encontrada hace unos años en las cercanías de Montemolín (Marchena, Sevilla), que estaban acompañadas de dos terracotas estiliformes (de morfología similar a los exvotos de barro cocido del santuario del Carambolo 49 y que recuerdan a alguno de los cipos funerarios de Bolonia), tres urnas, un plato tapadera y siete cuencos de pequeño tamaño, que permiten fechar los materiales en el s. II a. C. Aunque se desconoce el contexto del hallazgo cabe suponer que pudieron haber sido depositadas en una favissa o un bothros, si bien no se puede descartar por completo que procedan de un contexto funerario (Bandera et al. 2004) (fig. 18). Finalmente, debe mencionarse una pieza excepcional -relacionada con el culto a los lares, si atendemos al epígrafe grabado en uno de los frentes-encontrada en la mina de San Ramón (Sierra de Portmán, Murcia). La parte superior de la losa presenta cuatro rebajes de forma circular (dos de 22 cm y dos de 8 cm de diámetro) que posiblemente sirvieron para acoger las figurillas a las que se ofrecía culto. 1140)), "razón alguna para denominar el soporte como «tablero de altar», tal y como aparece en algunas ediciones". De hecho, el epígrafe se encontró asociado, según F. Fita 50, a "clavos y una fíbula (rota) de bronce; una pesa de plomo piramidal, con orificio en la cúspide, que pesa unos 45 gramos, anillos de plomo,...una lucerna de barro basto fracturada; un pedestal de estatua toscamente labrado; restos de urna cineraria... Cuando se hizo la excavación se mostró un pozo lleno de huesos humanos y cubierto por una plancha de cobre epigráfica, que ha desaparecido, muchas ánforas fracturadas... y muchísimas monedas de bronce, caracterizadas por el busto de Jano y la trirreme y ninguna de familia patricia o consular", así como a una "columnilla" cuya base presentaba un diámetro similar a los dos orificios de mayor tamaño 51 (Beltrán, 1950: 257-259; Abascal, Ramallo, 1997: 469-472, no 222, Lám. En mi opinión, los cipos de Baelo Claudia, son el producto de una recreación muy particular de tradiciones locales, romanas y púnicas en la que muy posiblemente confluyeron el culto a los ancestros entendidos como entes más o menos indiferenciados y la idea de la piedra como casa del alma, a la que se ofrecen libaciones y a través de la cual se puede convocar a seres incorpóreos. Muy probablemente nos encontramos aquí ante la configuración de una serie de rituales que refleja el heterogéneo grupo de población que habitó un lugar abierto a muy distintas influencias. Las piedras talladas de Bolonia recuerdan -aunque no sean idénticas-a antiguos cipos funerarios etruscos que se mantuvieron en uso en su región de origen hasta finales de época republicana, y a determinados bustos funerarios característicos de la Campania, pero beben a la vez de tipos y modelos frecuentes en las necrópolis y tophets del mundo oriental -aunque no puedan asimilarse totalmente a ellos-, con los que comparten su carácter anepígrafo, en conexión con tradiciones locales muy vivas en la región, como demuestra el uso de una lengua neopúnica en la ciudad hasta momentos avanzados 53. En la península italiana encontramos representaciones tanto icónicas como anicónicas, que debieron estar relacionadas con el complejo proceso de creación de un 'doble' del difunto (entendido como individuo o como un nuevo integrante de una masa indiferenciada de ancestros que protegen a sus descendientes), que permitía llevar a cabo todo un conjunto de rituales junto a la tumba. Pero la idea de que la piedra puede ser'habita- 5). Losas de piedra con oquedades que servían de soporte a los cipos funerarios de la necrópolis (según Mengarelli, 1915: fig. 9). 52 No es posible detenerse aquí en el análisis de otras piezas de morfología similar a algunos de los cipos de Bolonia encontradas en lugares dispersos de la Península Ibérica y especialmente en el Noroeste. El hallazgo reciente de varias de estas tallas dentro de castros y de tres ejemplares en contextos arqueológicos fiables demuestran la relación de algunas de ellas con contextos domésticos. La datación es problemática y es posible que deban situarse en los últimos siglos antes del cambio de era o incluso en el s. I d. C. Se han querido relacionar con el símbolo de la "cabeza cortada" que aparece sobre distintos soportes en el mundo "celta" y con la representación de númenes que protegerían espacios liminales como la entrada al poblado o los caminos (González Ruibal, 2006-2007: 444;553-554). F. Calo (1994: 716-718, 720) compara específicamente las esculturas del NO con los cipos de Belo y los bustos de Tarento mencionados en este artículo y sugiere interpretar las "cabezas" del NO como imagines de los difuntos. Ver F. Calo (1994: 707-713) para una enumeración minuciosa de las teorías expuestas por distintos autores entorno a este problema hasta finales de los años ochenta del siglo XX. Agradezco a las Dras. C. Fernández-Ochoa y G. López Monteagudo haber llamado mi atención sobre este conjunto de piezas. 53 A través de los hallazgos epigráficos del yacimiento puede entreverse también la mezcla de población de distintas procedencias a lo largo de la historia, así como el paso por la ciudad de individuos con nombres de origen itálico, como el caso de los Pupii, nombre característico de la Italia etrusca y del que apenas se conoce otro ejemplo en Cartagena, pero también africanos (Honoratus, Novata, Optata, Rogata, Novellus, Saturninus), púnicos (nombre acabado en "rbal") y orientales (Eleuthera, Eurmenes, Phiale, Phoebas, Progne, Pyra, Suriacus) (Sillières, 1997: 35). da' por un númen -o por una divinidad-no es extraña al mundo oriental, hasta el punto de que la palabra con la que se alude al alma vegetativa en el mundo fenicio (néphesh) llega a utilizarse en la epigrafía funeraria para referirse también al monumento funerario (Sader, 2005: 21). En regiones bajo la órbita púnica se puede rastrear, en distintos momentos, la tendencia a superponer elementos de carácter antropomorfo a determinados betilos, o a grabar someros trazos que evocan el rostro humano en cipos que debían estar situados sobre el sepulcro, como demuestra el pequeño "catálogo" de piezas procedentes de distintos yacimientos que ha sido comentado. Las similitudes entre los cipos asociados a las cupae de Bolonia en momentos avanzados del Imperio y las piedras talladas presentes en tumbas del mismo tipo de la necrópolis de la puerta Cesarea Tipasa, demuestran que este fenómeno de interacción y reelaboración de distintas tradiciones funerarias se mantuvo vivo a lo largo de varias generaciones en el asentamiento gaditano. Los cipos funerarios de Belo pueden ser entendidos únicamente dentro de un contexto mediterráneo, que, simultáneamente, realza su especificidad. Este conjunto de esculturas es, hasta el momento, un caso excepcional en la Bética, si exceptuamos piezas aisladas como las encontradas en Carmona y Montemolín (Belén, Lineros, 2001; Belén, Conlin, Anglada 2001; Bandera et al. 2004). En Baelo Claudia, sin embargo, se hallaron más de un centenar de estas tallas realizadas en época imperial, que adoptan, de forma consciente, un aspecto tradicional y arcaizante, tanto si consideramos la influencia de modelos norteafricanos, como si tenemos en mente la conexión con piezas etruscas que fueron desapareciendo paulatinamente de las necrópolis de la península italiana a finales de la república. Los cipos de Belo documentan, a la vez, la llegada y reinterpretación por parte de la población local de prácticas rituales asociadas a clases más o menos populares en sus lugares de origen. De esta forma, es posible complementar una percepción un tanto parcial del proceso de colonización romano y su reflejo en el ámbito de las necrópolis, basada, casi exclusivamente, con frecuencia, en el estudio de la adaptación de determinados tipos monumentales de la arquitectura funeraria de las elites romanas en la península ibérica. Las piezas de Bolonia pueden considerarse un ejemplo privilegiado para estudiar el denominado proceso de 'romanización', o la creación de una sociedad especialmente híbrida a partir del asentamiento de gentes procedentes de la península itálica, y su reflejo en los contextos funerarios directamente relacionados con la recreación de la identidad individual y colectiva que adopta formas características en cada núcleo urbano (Bendala, 2002; Jiménez Díez, 2002). En este contexto, como ha señalado M. Bendala (2005: 27) "cada ciudad se configura como un conjunto con entidad propia, que no sólo puede generar un paisaje específico, sino que parece necesitarlo como respuesta a la misma pulsión interna a recordar la biografía colectiva que está en el origen de la Historia, la capacidad de generar un ecosistema a la medida de sus necesidades específicas". La manera en que se rinde culto a los antepasados es un elemento esencial en la reelaboración continua de la imagen que se proyecta sobre el pasado de la comunidad ciudadana. Los rituales asociados a los muertos permiten escenificar no sólo quién se ha sido, sino también quién se es. La memoria colectiva se va estructurando de forma paulatina mediante una repetición idealizada o de tipo platónico de distintas narrativas sobre los orígenes del grupo, a través de las cuales la identidad se va construyendo en torno a similitudes con el pasado. En este tipo de escenarios, la propia identidad, la 'verdad' y la Figura 20. Losa con epígrafe alusivo a los lares hallada en la mina de San Ramón (Sierra de Portmán, Murcia, Museo Arqueológico Municipal de Cartagena, no inv. Los agujeros circulares (similares a los que presentan las lastras 'portacipos' de algunas necrópolis etruscas) han sido también documentados en lararios de Pompeya y se cree que en ellos se depositarían las figurillas a las que se ofrecía culto (tomada de González Ballesteros, 2003: fig. 5).'autenticidad' implican una vuelta continua a una pretendida forma 'original' de ser (Rowlands, 1988: 44-45). Sin embargo, como hemos visto en el empleo de elementos tradicionales como los cipos de Bolonia, ese mundo de simulacra nunca reproduce una copia exacta del pasado, sino más bien una reformulación del 'eco' de sus imágenes. Pero estas imagines no son ya, inevitablemente, y por definición, ni 'romanas' ni 'nativas' sino hybridae, fruto de la unión durante generaciones de población local con los inmigrantes de la península italiana y de la multiplicidad de discursos sobre qué significaba 'ser romano' que surgieron como consecuencia. Esta forma de acercarse al problema permite plantear una interpretación alternativa sobre todas aquellas manifestaciones que no se ajustan al 'modelo' de mundo romano que hemos establecido, especialmente si tenemos en cuenta que lo que se suele denominar "pervivencias" 54 son elementos que a menudo no presentan una línea de estricta continuidad con el pasado prerromano, sino que en muchas ocasiones tanto objetos como instituciones de carácter tradicional se reformulan y adoptan nuevos significados para adaptarse a un nuevo contexto (Van Dommelen, 2006: 115; Jiménez Díez, e.p.b). Las dificultades que encontramos, por ejemplo, para encuadrar dentro de la categoría de 'púnico' o 'romano' a poblaciones asentadas desde época orientalizante en la península ibérica, que de alguna manera podrían ser ya consideradas nativas a principios del s. II a. C. desaparecerían si abandonásemos la necesidad de traducir la realidad del mundo antiguo a oposiciones binarias de carácter colonial, que en el fondo son una transposición de la oposición entre los conceptos de yo/el otro transmitida por las fuentes grecolatinas que arqueólogos e historiadores nos hemos encargado de perpetuar (Rowlands, 1998: 328, Van Dommelen 2001a: 72; Id., 2001b: 124; Jiménez Díez, e.p.a). En ese "tercer espacio" que ya no es netamente 'romano' o 'indígena' donde se reformula, se traduce y se lee de nuevo los signos culturales se articula el hibridismo que permite superar la noción de 'romanización' como el resultado de la oposición de un conjunto de culturas (Bhabha, 1994: 39; Gosden, 2001: 247). Como en otros contextos coloniales, nos encontramos con un complejo panorama que no se ajusta bien ni a un modelo de una sociedad multiétnica donde se ha producido un fenómeno de asimilación y fusión completa de distintos grupos en contacto, ni a un patrón de estricta diferenciación de conjuntos étnicos a través de la cultura material. Nos enfrentamos más bien a la superposición de distintas formas de expresar 'quién se es' mediante el consumo de objetos: discursos en los que aspectos relacionados con la identidad como el estatus, el género o la ciudad de origen se entrecruzan y confunden con supuestas distinciones entre 'colonizador' y 'nativo' (Rowlands, 1999: 340; Tronchetti, Van Dommelen, 2005: 193). Si aceptamos que la sociedad se encuentra sometida a cambios continuos y que la identidad se forja a través de la continua reformulación de los sentimientos de auto-adscripción a un grupo, no sería tan necesario tratar de explicar el cambio -la 'romanización'-sino lo que 'aparentemente' permanece (Rowlands, 1982: 172), la continua recreación del pasado en el presente que tanta relación tiene en las necrópolis con el mundo de los ancestros. Los cipos funerarios de Baelo se sitúan frente a los monumentos o sobre las tumbas, mirando al mar, hacia las costas africanas que se vislumbran desde la playa los días claros, semienterrados, conectando de alguna manera al individuo o los individuos que descansan bajo tierra y a los familiares que realizan un conjunto de rituales funerarios a lo largo del año. En este sentido, los 'muñecos' pudieron cumplir metafóricamente la función de los conductos de libación, tan frecuentes en las necrópolis norteafricanas durante época imperial, señalando la frontera y, simultáneamente, poniendo en comunicación dos espacios limítrofes desde un punto de vista ritual: la tumba -una especie de mundus o boca del mundo inferior consagrada a los Manes (Rykwert, 1976: 54, 149)-y el mundo terreno. Junto a ellos -o sobre ellos, si hacemos caso a G. Bonsor-, se lleva a cabo el ritual de la profusio, se rompen los vasos utilizados en el banquete y, quizás, se invocan y "atrapan" momentáneamente, las almas de los ausentes cuando son requeridas para el culto a los ancestros. Los cipos pudieron ser utilizados durante festividades dedicadas a los difuntos como receptores de los sacrificios realizados a los muertos, entendidos como una comunidad de carácter genérico o indiferenciado, o como mensajero para un familiar concreto que hubiese fallecido. Los 'muñecos' serían, por tanto, un ente concreto frente al que invocar almas concretas -en este sentido un doble, un colossos-, pero a la vez un representante de los muertos o antepasados como colectivo, igual que los Manes o los Lares, encargados de vigilar el bienestar de la familia en este caso desde el más allá. Por eso los cipos de Belo no son la copia exacta de unas facciones determinadas, por eso pueden presentar un rostro estereotipado o ser completamente anicónicos, esa es la razón por la que pueden aparecer en grupo -como en los lararios-sin que exista necesariamente una correspondencia con el número de enterramientos a los que se superponen y de ahí que exhiban un aspecto decididamente arcaizante. No son retratos, porque no es necesario que lo sean. Los 'muñecos' pudieron cumplir la función de recibir al difunto, como los propios Manes, dioses inferorum al igual que los Lares, los padres de los padres que nos precedieron, como garantes del bienestar y la continuidad de la familia -de la fertilidad, al fin y al cabo-, en su faceta de dioses del inframundo.
Las excavaciones llevadas a cabo en Segobriga (Saelices, Cuenca) en 1995 ofrecieron el hallazgo de una inscripción griega dedicada a Zeus Theos Megistos por C. luliiis Siluanus probablemente el procurador minero C. lulius Siluanus Melanio, cuya relación con Segobriga se discute en este trabajo. LA INSCRIPCIÓN DE ZEUS THEOS MEGISTOS EN SEGOBRIGA Durante las excavaciones llevadas a cabo en el verano de 1995 en la palaestra de las termas monumentales de Segobriga, situadas encima de la colina llamada Cabeza del Griego, apareció una lápida romana en piedra caliza con inscripción griega, la primera hallada en esta ciudad antigua (fig. 1). Había sido empleada como material de construcción para cegar una puerta en uno de los recintos medievales del lugar, por lo que desconocemos el contexto arqueológico original. Junto a ella se encontraron dos fragmentos de fustes de columnas, uno de ellos estriado, que pudieron proceder originalmente del mismo lugar que la inscripción. Originalmente, la pieza se compuso de un fuste con pie y, evidentemente, con coronamiento, aunque este último ha desaparecido al igual que el margen superior del fuste con la parte superior de las letras del renglón que fue, a juzgar por su contendido, la primera línea del texto. Por su forma, la lápida podría ser tanto una ara que posiblemente tuvo en su parte superior un foculus, como el pedestal de una estatua de la divinidad mencionada en la inscrip- ción. El soporte se compone de dos fragmentos, uno grande y otro mucho más pequeño, que constituye la parte superior derecha del monumento en su estado actual y que se halló junto al primero. En su parte inferior la lápida ha recibido algunos golpes que afectan a las tres últimas líneas, pese a lo cual se puede ofrecer una lectura completa. En la línea 3, las letras TICTQ están grabadas detrás de un espacio en el que hay una erosión de la superficie de la piedra y que por ello quedó vacío. Tanto en el renglón 2 entre las palabras, como en la línea 4 después del praenomen abreviado con una F, se encuentra una hederá distinguens de forma poco regular. Debe señalarse que la omega de la línea 2 aparece escrita como O, mientras en el renglón 3 se encuentra en la forma co. La lápida se conserva en el Museo Monográfico de Segobriga. Traducción: «A Zeus, al dios más grande, Gaius Julius Siluanus consagró, según su voto, un santuario.» Respecto al lenguaje de la inscripción, hay que señalar que su formulario y su lengua presentan características normales dentro de los márgenes de la epigrafía griega del Imperio romano. La única irreguralidad es la forma eíôpúaaTO del verbo en la última línea que, en su versión normal, debería ser íÔpúoaTO (el medium quiere decir que el dedicante hizo construir el santuario para sí, es decir, evidentemente como un santuario para un culto particular y no para el público)'. Sin embargo, la epigrafía griega de época imperial muestra muchos ejemplos de un cambio similar de la I breuis al diptongo El ^. OTRAS INSCRIPCIONES DE C. IVLIVS SILVANVS O C. IVLIVS SILVANVS MELANIO El dedicante de la inscripción fue C lulius Siluanus, cuyo nombre aparece aquí por segunda vez en el repertorio onomástico de Segobriga {vid. infra). Su denominación presenta algunas homonímias en el conjunto de Hispânia que no tienen nada que ver con este personaje \ Sin embargo, en una serie de inscripciones de la Hispânia citerior y de otras zonas del mundo romano se menciona un personaje del rango ecuestre con una denominación parecida; dicho con más exactitud, se conocen varias inscripciones que mencionan individuos de rango ecuestre con un nombre similar, cuya posible identidad entre sí y con nuestro dedicante necesita una discusión exhaustiva. El dossier de los documentos epigráficos citados fue iniciado por H.-G. Pflaum en 1960 y suplido tanto por él mismo como por otros investigadores' ^. En el estado presente, este dossier abarca las siguientes inscripciones: Inscripción funeraria procedente de Segobriga. Proponemos la lectura siguiente: Mogon [t]ino n(ostro?) / C(ai) lulii Siluani / ^. 1968, pp. 191 -209, esp. 194 -202; D. Nony, «À propos des nouveaux procurateurs d 'Astorga», AEspA 43, 1970, pp. 195 -202, esp. 196 -198 Respecto a la cuestión de la identidad de los personajes atestiguados en las inscripciones citadas y en la nueva inscripción de Segobriga, tenemos que considerar por separado una serie de criterios: nombres personales, fecha de las inscripciones, cargos del cursus honorum mencionados, cultos de divinidades atestiguados, la lengua y la paleografía de las inscripciones. Respecto a las excelentes fotografías publicadas por Birley creemos que podemos sostener la lectura propuesta arriba. Birley tiene el mérito de haber encontrado en la piedra muy borrada el nombre de Melanio. Sin embargo, según nuestra opinión, al final de la línea 3 después de este cognomen no hay restos de letras y, sobre todo, no hay un nexo de tres caracteres; los renglones empiezan a la rriisma distancia del margen izquierdo, pero se acaban a una distancia variable del margen derecho, y el único nexo del texto parece ser el de las letras RI o IB en la línea 4. Este renglón, en nuestra opinión, no está borrado como una abolitio nominis, sino que ha sufrido el mismo daño que las demás partes del texto. En el renglón siguiente nos parece imposible leer los nombres del emperador Volusianus y de Publicóla, su colega en el consulado ordinario del año 253; al comienzo de la línea 4 se ve bien TRB-, y al final de la línea 5 después de PVBLICO no parece haberse grabado nada. Los comandantes de la cohors I Vardullorum ciuium Romanorum equitata miliaria, que tenía su campamento en Bremenium, eran tribuni {RIB 1262. 1281); en la mayor parte de sus inscripciones votivas conocidas, al igual que los comandantes de otras tropas auxiliares en Britannia, no mencionan más que este rango sin el nombre de la unidad (véase sobre todo RIB 1263. 1083; al contrario, RIB 1272 donde, para una mejor identificación, se menciona también la unidad, porque el tribunus aparece junto con sus consaeranei). Es verdad que la indicación especial del rango ecuestre de un tribunus no se encuentra en las demás inscripciones de Bremenium; sin embargo, este rango está indicado en varias inscripciones, aunque el texto de ellas mostraría claramente también sin este título que se trata de oficiales ecuestres; véase, por ejemplo, CIL XI 5632 = ILS 2735; CIL XIII 6814 = ILS 2754; etc. FORMAS DE LA DENOMINACIÓN DE C. IVLIVS SILVANVS MELANIO Como premisa para identificar correctamente a nuestro personaje, es necesario estudiar las diferentes denominaciones que aparecen en las inscripciones. En la nueva inscripción de Segobriga leemos el nombre C. lulius Siluanus. En el otro texto procedente de la misma ciudad (n° 1) aparece el mismo nombre; sin embargo, en este documento fragmentado se puede restituir teóricamente también el nombre completo C lulius Siluanus [Melanio]. En las inscripciones át Asturie a Augusta se encuentran las dos versiones lulius Siluanus Melanio {xf 2 y, en griego, xf 4) y lulius Melanio (n° 3). La primera versión vuelve a aparecer en la inscripción de Lugdunum (n° 5), la segunda en el documento epigráfico de Bremenium (n° 7). La denominación completa aparece sólo en la inscripción honorífica de Domauia, que es mucho más detallada que las demás gracias a la descripción del cursus honorum completo de este oficial ecuestre. De lo dicho podemos concluir que las diferentes versiones de la denominación no se refieren necesariamente a personajes distintos; tal consideración sirve al menos para los nombres C. lulius Siluanus Melanio, lulius Siluanus Melanio y lulius Melanio (n° 2 -7). La denominación C. lulius Siluanus presenta mayores dificultades, porque los C(ai) lulii Siluani están presentes en un buen número de inscripciones'--en contraste con el raro nombre griego Melanio ^^-. Sin embargo, aceptado que la denominación de un C. lulius Siluanus Melanio puede ser abreviada en la forma lulius Melanio, la posibilidad de encontrar una versión como lulius Siluanus tampoco puede ser descartada. LA CRONOLOGIA DE LAS INSCRIPCIONES El segundo criterio para juzgar sobre la identidad de los personajes mencionados en los textos citados loe. cit. (n. 4) zonas orientales y septentrionales de la antigua provincia, incluyendo el Conuentus Asturícensis, formaron como antes la prouincia Hispânia citerior bajo la autoridad del gobernador consular con sede en Tarraco; esa es la provincia que se llama Hispânia noua citerior Antoniniana en las dos inscripciones de C lulius Cerealis, su primer gobernador, encontradas en Legio, ciudad que con el Conuentus Asturicensis y con la legio VU Gemina quedó dentro de dicha provincia'^. Fue sólamente la región de Callaecia (es decir, la zona del Conuentus Lucensis y del Conuentus Bracaraugustanus) la que constituyó una nueva provincia, ya fuera bajo su propio nombre geográfico de Callaecia, o fuera, como sabemos gracias a un hallazgo muy reciente de Lauinium en Italia, bajo el nombre de Hispânia superior. Esta provincia era gobernada por un procurador, pero a largo plazo fue reunida de nuevo con la Hispânia citerior'^. El procurador que, como muy tar-' ^' Para esta interpretación de la reforma de Caracalla, véase G. Alfoldy, Germania 61, 1983, pp. 522' ^ La separación de la Callaecia (y sólamente de la Callaecia) de la Hispânia citerior se desprende ya de la inscripción de Rutilius Pudens Crispinas encontrada en Roma, donde este senador está cualificado como leg(atus) Aug(usti) pr(o) pr(aetore) prov(inciae) IHispaniae] citerioris et Callaeciafe]; véase más recientemente G. Alfoldy, «Der Status der Provinz Baetica um die Mitte des 3. Del título de Pudens podemos concluir que la Callaecia estaba separada de dicha provincia, al menos poco antes del tiempo en que este senador gobernó la Hispânia citerior, es decir, poco antes de 238. Agradecemos a David Nonnis, que publicará el texto y nos ha permitido cordialmente la mención de esta gran novedad, el conocimiento de la nueva inscripción de Lauinium que atestigua a un proc(urator) CC (= ducenarius) provinciarum Hispaniar(um) citerioris et superioris para los primeros años de Alejandro Severo. En otro lugar se tratará la cuestión de la Hispânia superior, como terminus technicus hasta ahora absolutamente desconocida, que no puede ser otra cosa que Callaecia. JUAN MANUEL ABASCAL y GEZA ALFÕLDY AEspA, 71, 1998 de desde la división de la provincia por Caracalla pero más probablemente ya bajo Septimio Severo, asumió la responsabilidad de la región de Asturia, fue el procurator prouinciae Hispaniae citerioris. Así pues, las inscripciones de Julius Siluanus Melanio, procurator Augustorum Hispaniae citerioris, procedentes de Asturica Augusta, pertenecen a una época no anterior al reinado de Septimio Severo. Por su aspecto paleogràfico pueden ser fechadas tanto en la época de los Severos como en los decenios siguientes hasta mediados del siglo iii. Sin embargo, los dos Augusti a que refiere el título procurator Augustorum de Melanio dentro de dicha época no pueden ser otros que Septimio Severo y Caracalla o Caracalla y Geta, quizá los dos Philippi, Treboniano Gallo junto a Volusiano, o Valeriano junto a Gallieno. La inscripción de Lugdunum (n° 5) puede coincidir con todas estas fechas. El documento epigráfico de Bremenium (n° 7), considerando que su fecha no es el año 253, como se ha supuesto en la investigación más reciente, puede pertenecer tanto a la época severiana como a una época posterior. Sin embargo, la inscripción de Domauia (n° 6), que por la mención del status de aquella ciudad como municipium seguramente no es anterior a la época de Septimio Severo, no puede ser posterior al período transcurrido entre Alejandro Severo y Treboniano Gallo, en que la ciudad recibió el rango de colonia'^ Con todo esto, los Augusti mencionados por el título proc. Augg. de lulius Siluanus Melanio en Asturica Augusta, son -con toda probabilidad-Septimio Severo y Caracalla durante los años 198 -209, Severo con sus dos hijos Caracalla y Geta en los años 209 -211, o Caracalla y Geta en el año 211''\ La conclusión de todo lo dicho es que una parte de las inscripciones citadas corresponde seguramente o con una cierta probabilidad a la época de la dinastía severiana, mientras que en el caso de los demás textos, para los cuales no es posible establecer una fecha más exacta, la misma datación es al menos posible. Nada se opone a fechar también la nue- va inscripción de Segobriga en la misma época. En cualquier caso, los criterios cronológicos no contradicen la posibilidad de atribuir todas las inscripciones citadas al mismo personaje. EL CURSUS HONORUM DE C. IVLIVS SILVANVS MELANIO El tercer punto de partida para discutir la cuestión de la identidad o diversidad de los personajes mencionados en las inscripciones referidas se encuentra en los cargos ecuestres atestiguados en ellas. Según la inscripción de Domauia (n° 6), C. lulius Siluanus Melanio empezó su carrera con las militiae equestres. El cargo de tribunus de la cohors I Vardullorum que se atestigua en la inscripción de Bremenium (n° 7), bien pudo ser su secunda militia. Un problema más difícil plantean las procúratelas. La inscripción de Domauia atestigua que C lulius Siluanus Melanio sirvió como procurador, al parecer con la misma tarea, en no menos de 23 provincias; y como podemos concluir de los restos en las líneas 9 -15 de aquella inscripción, aún desempeñó más tarde otra serie de procúratelas. Con las palabras proc(uratori) Aug(usti)... perprouin[cias] XXIII seguramente no se indica que ocupara 23 cargos procuratorios distintos en esta parte de su carrera; tenemos que pensar en procúratelas que, al menos en parte, unían varias provincias bajo la misma administración; como ejemplo basta recordar el cargo del procurator familiarum gladiatoriarum per Asiam Bithyniam Galatiam Cappadociam Lyciam Pamphyliam Ciliciam Cyprum Pontum Paphlagoniam que era un único puesto de rango sexagenario ^°. En las líneas 7 -9 de la inscripción de Domauia, los editores leyeron PROC AVG///IIII / [..]+RG • PER • PROVIN/[...]XXIIL Como ya pensó O. Hirschfeld en su comentario a esta inscripción en el GIL, en la línea 8 se lee probablemente la palabra arg(entariarum); creemos que para las líneas 7 -8 la corrección y la restitución proc(uratori) [cias] XXIII es bastante probable. Con eso se diría que Melanio fue el procurador de las minas en 23 provincias que fueron, por supuesto, unidas en ciertos grupos y cuya administración correspondía a un número mucho más bajo de cargos. Podemos pensar, por ejemplo, en las Tres Galliae con la Narbonensis ^', las dos Germaniae y los Alpes Maritimae, Got-...J, seguido de una cifra tras la que aparecería la indicación de la siguiente procuratela en la forma proc. De este modo, la inscripción diría que Melanio desempeño la procuratela de la ratio priuata en varias provincias cuyos nombres no se mencionan, al igual que ocurre con los de las provincias en que administró las minas. Si todo esto es correcto, podemos suponer que Melanio empezó su carrera procuratoria con una serie de cargos en la administración de minas y de la ratio priuata en varias provincias. El número exacto y el orden cronológico de estos empleos es desconocido. Algunos de estos puestos seguramente fueron sexagenarios, según las normas de promoción de un caballero después de la tertia militia en época severiana; otros, probablemente, fueron centenarios ^^. En el cursus honorum de Melanio a estos cargos se añadió todavía una serie de procúratelas. En las líneas 12 -15 de la inscripción de Domauia tenemos sitio al menos para la mención de tres o cuatro funciones procuratorias. Sin embargo, cabe la posibilidad de que fueran incluso más las mencionadas si su referencia se hizo -al menos en parte-con el ^^ Sobre este tipo de promoción de los procuradores después de la tres militiae en época severiana vid. H.-G. Pflaum, Abrégé des procurateurs équestres, Paris 1974, pp. 56 s.; cfr también id.. Las procúratelas de las minas podían ser sexagenarias o centenarias, cfr. Esto vale también para las procuratelas de la ratio privata en regiones distintas del Imperio, ibid, in, pp. 1073Imperio, ibid, in, pp., 1077Imperio, ibid, in, pp., 1079Imperio, ibid, in, pp. y, respectivamente, 1038Imperio, ibid, in, pp., 1093.. título común proc(urator) Aug(usti) prouinciarum, seguido por una serie de nombres de provincias. Se trató de procúratelas del rango centenario, pues en la línea 13 hay que restituir posiblemente [pjroc. C (= centenario) /--/; además, considerando el número de los empleos, podemos contar también con cargos ducenarios. En vista de todo esto es muy poco probable que la inscripción de Domauia fuera puesta en honor de Melanio en la época en que fue procurator centenarius de las minas de Domauia, opinión expresada por Pflaum -^. Si Melanio desempeñó verdaderamente esta función en Dalmatia, como es bastante probable, debió tratarse de una de las procúratelas mineras de comienzos de su carrera procuratoria. En nuestra opinión, la inscripción de Domauia puede explicarse teóricamente de dos modos: la primera opción es que Melanio fuera honrado en Domauia como procurador del rango ducenario de la provincia de Dalmatia ~^; la segunda es el que homenaje tuviera lugar varios años después del desempeño del cargo de procurador de las minas de la zona, y que se le hiciera como un hombre que cultivó contactos directos con los ciudadanos de Domauia en fechas posteriores. En favor de esta última posibilidad hay que destacar que la inscripción de Domauia menciona a Melanio como patronus de toda la provincia de Dalmatia: este honor, que Melanio recibió por una decisión del concilium prouinciae, exigía un rango muy superior al de un procurador centenario de unas minas; debería corresponder al rango de un alto funcionario de una dignitas excepcional al final de su cursus honorum. A la luz de esta interpretación de la inscripción de Domauia, las procúratelas de Julius Siluanus Melcmio documentadas en las inscripciones de Lugdunum (ïf 5) y Asturica Augusta (n° 2 -4), pueden ser fácilmente atribuidas al cursus honorum del procurador honrado en Domauia. En Lugdunum actuó como procurador centenario de las ferrariae Galliarum (y quizás de las minas de unas provincias vecinas) o como procurator prouinciarum Galliarum Lugdunensis et Aquitanicae de rango ducenario -^. En la inscripción de Domauia, el primer rango parece estar incluido en la serie de procúratelas de varias minas; el segundo podría ser restituido entre los honores más altos. El título de procurator prouinciae Hispaniae citerioris podría insertarse entre las procúratelas más altas de Melanio que se -^ Pflaum, Carrières (n. 4) II, pp. 734 s.; cfr. también Wiikes, Dahnatia (n. Sobre este rango cfr. Por supuesto, en las inscripciones de C. lulius Siluanus halladas en Segobriga no se mencionan cargos ecuestres; debe tenerse en cuenta que el monumento del Zeus Theos Megistos procede seguramente de un santuario particular, donde la mención de las funciones oficiales no era necesaria. Al respecto, basta recordar aquí al senador C. C{-) Calpurnius Rufinus que en el area sacra de Panóias introdujo el culto y los misterios del Hypsistos Serapis; aunque con mucha probabilidad fue un oficial de la administración imperial, en las inscripciones del culto que sólo estaban al alcance de un grupo de adeptos indicó tínicamente su rango como u(ir) c(larissimus) ^^. La otra inscripción segobrigense (n° 1) es el monumento funerario de un empleado de C lulius Siluanus y no de éste mismo, por lo que no era necesario indicar los títulos del dueño (hay que añadir, además, que el texto de esta inscripción no se conoce en su totalidad). Cabe plantear además la cuestión de si C lulius Siluanus, aceptando su identidad con el procurador, se encontraba en Segobriga en una misión oficial o no {vid. infra) en el momento en que se construyó el sanctuario de Zeus Theos Megistos. En cualquier caso, no se puede decir que la falta de mención del rango ecuestre o de las procúratelas en las inscripciones segobrigenses de C. lulius Siluanus impidan su identificación con el procurador C. lulius Siluanus Melanio. LOS CULTOS ATESTIGUADOS EN LAS INSCRIPCIONES En cuarto lugar hay que considerar los cultos atestiguados en las inscripciones tratadas aquí. La serie de divinidades que se menciona en estos textos es impresionante. Por una parte, se trata de las divinidades del Estado romano con todo su pantheon: luppiter Optimus Maximus Custos, ¡uno Regina, Minerua Sancta y los ceteri Dii Deaeque Immortales, además de Victoria y Pax, mencionadas en una de las inscripciones de Asturica Augusta (n° 2) y en el texto de Bremenium (n° 7). Hay que añadir que, segijn el testimonio de la inscripción de Domauia {rf 6), C. lulius Siluanus Melanio fue, en Roma, flamen Pomonalis y con ello un funcionario de uno de los más antiguos cultos romanos ^^. Apollo Sanctus, mencionado en la inscripción de Lugdunum (n° 5), y Mars Sagatus que aparece en una de las inscripciones votivas de Asturica Augusta (n° 3), pueden ser simplemente numina del Estado romano. Sin embargo, en las provincias de población céltica los nombres de Apollo y Mars pueden encubrir divinidades locales identificadas con dichos dioses romanos -^. En nuestro caso tenemos que contar con el mismo fondo religioso, ya que Apollo Grannus, atestiguado en Asturica Augusta junto a Mars Sagatus (n° 3), es una divinidad romanizada de los celtas, cuyo culto se conoce en las provincias de población céltica desde Britannia hasta Pannonia -' ^. En las inscripciones citadas aparecen divinidades del Oriente griego como Agathe Tyche y las Theai Nemeseis de Smyrna, incluyendo divinidades de cultos mistéricos como Serapis Sanctus, Isis Myrionymos y Core Inuicta, todos mencionados en los textos votivos procedentes de Asturica Augusta (n° 3 y 4) ^". Zeus Theos Megistos corresponde al mismo ámbito religioso. El interés de un oficial romano en los cultos del Estado romano es, por supuesto, absolutamente normal. Su interés en los cultos de los celtas romaniza-AEspA, 71, 1998 ZEUS THEOS MEGISTOS EN SEGOBRIGA 165 dos y también en cultos griegos, orientales y mistéricos podría ser consecuencia del servicio en las provincias en que estos cultos eran populares. Pero este interés puede ser explicado con frecuencia también por el origen del funcionario en una provincia cuya población atendía a aquellos cultos. Un hombre de rango ecuestre con el nombre griego Melanio nació, probablemente, en una provincia griega ^'. Las Theai Smyrneae Nemeseis Sebasmiotatai, divinidades especiales de una ciudad griega mencionadas en una de las inscripciones de Asturica Augusta (n° 4), pueden ser las divinidades de la propia patria de C. lulius Síluanus Melanio ^-. Se debe constatar que, con excepción de la inscripción de Domauia (n° 6) y del monumento funerario del esclavo de C lulius Siluanus en S eg obriga (ïf 1), todos los documentos epigráficos citados tienen carácter votivo. Atestiguan un fervor religioso considerable hacia todo el pantheon del Imperio romano -fenómeno que coincide muy bien con la evolución espiritual de época severiana ^l La fundación de un templo de Zeus Theos Megistos en Segobriga puede ser sin dificultad la obra de este C lulius Siluanus Melanio a quien conocemos como un entusiasta de todos los aspectos divinos del mundo antiguo. LA LENGUA DE LAS INSCRIPCIONES La nueva inscripción de Segobriga y uno de los textos votivos de Asturica Augusta (n° 4) presentan un aspecto común de importancia fundamental: su lengua es el griego, pese a la rareza de las inscripciones griegas en el interior y en el noroeste de la Península ibérica ^^; una lengua que en esta región " Sobre la inscripciones griegas de la Hispânia antigua véase ahora M" Paz de Hoz, «Epigrafía griega en Hispânia», Epigraphica 59, 1997, pp. 29 -96. hablarían sólamente algunos oficiales procedentes de la parte oriental del Imperio ^^. Esta circunstancia reafirma la probabilidad de que C. lulius Siluanus, el dedicante de la inscripción de Zeus Theos Megistos en Segobriga, no sea otro que C. lulius Siluanus Melanio, el procurador atestiguado en Asturica Augusta y bien conocido también por otras inscripciones. La paleografía de las dos inscripciones griegas, que en ambos casos muestra caracteres grabados regularmente, ofrece varias diferencias (cfr. fig. 1 -2). Sin embargo, ambas inscripciones presentan al menos un extraño fenómeno común: el único nexo es, en ambos casos, el de las letras H y N en la palabra ETXHN. En la inscripción de Astorga este nexo fue inevitable al final del último renglón por razones del espacio; en la inscripción de Segobriga, en donde aparece al final de la línea 7, no es así. De esto no se puede deducir que ambas inscripciones sean obra del mismo artesano. Sin embargo, podemos arriesgar la hipótesis de que el dedicante, cuando ordenó la fabricación de la inscripción en Segobriga y dio la muestra del texto a un taller local, tuvo ante sus ojos el modelo de la inscripción de Asturica Augusta que había dedicado seguramente antes (vid. infra). RESUMEN DEL ANÁLISIS PROSOPOGRÁFICO Resumiendo todas estas observaciones, podemos constatar que todas las fuentes epigráficas tratadas aquí se refieren, con gran probabilidad, a un mismo personaje de rango ecuestre cuyo nombre completo fue C. lulius Siluanus Melanio. La posibilidad de que el C. lulius Siluanus mencionado en las dos inscripciones de Segobriga sea otra persona -eventualmente un pariente próximo del procurador-, no puede excluirse con toda la certeza necesaria, pero parece poco probable. El caballero cumplió su cursus honorum en época severiana con numerosos puestos y desempeñó, entre otros, el cargo de procurator Augustorum prouinciae Hispaniae citerioris; con Segobriga evidentemente se vinculó a través de esta función, que ejerció con toda probabilidad entre los años 198 y 211. A la época severiana corresponde también, según todos los indicios, la inscripción de Zeus Theos Megistos de Segobriga. La ciudad de Segobriga y su territorio aparece citada en Plinio como la más importante de las zonas mineras dedicadas a la extracción del lapis specularis ^^. La afirmación pliniana puede probarse por el descubrimiento de multitud de pozos y galerías de minas desde el siglo xvi hasta nuestros días, y por la existencia de gigantescas escombreras de las explotaciones. Tales escombreras, repartidas hoy por un extenso territorio, prueban que las minas del territorium de Segobriga produjeron una gran cantidad de placas de este mineral cuyo destino podía ser tanto las ventanas de viviendas como también revestimientos de paredes, techos y suelos ^^. Los restos hallados permiten saber, incluso, que el mineral extraído se trabajaba al pie de la propia mina, obteniendo láminas completamente transparentes y de diferentes grosores, algunas de las cuales presentan marcas para ser adaptadas a bordes de ventana. No cabe duda de que Plinio lleva razón al calificar ^^ Plin.,N. h. Sobre el emplazamiento de las minas y el papel jugado en la historia de la ciudad, cfr. M. Almagro Basch, Segobriga I. Los textos de la Antigüedad sobre Segobriga y las discusiones acerca de la situación geográfica de aquella ciudad {Excav. En ellas se hace referencia al uso de este material (bajo el nombre genérico de speculares) en el municipio de Naeva como elemento usado junto con cortinas {vela), evidentemente para equipar un pórtico durante la celebración de un epulum público. No creemos que sea correcta la interpretación de A. M^ Canto, HEp 2, 1990, p. 183, quien piensa que el lapis specularis, en este caso, sirvió para tapar el suelo; cfr. también J. Beltrán Fortes, Baetica 8, 1988, 174. Tampoco convence la hipótesis de que el lapis specularis se hubiera empleado para adornar una estatua, como quiere J. del Hoyo, Espacio, Tiempo y forma (Historia Antigua) 2, 1989, p. En nuestra opinión, que se basa en la mención de los speculares junto con los vela que cerraron, al parecer, los espacios entre las columnas de dicho pórtico, se trató más probablemente de espejos que taparon las paredes del mismo. Sobre la valoración de ambos epígrafes en el marco del evergetismo hético cfr, además, E. Melchor, El mecenazgo cívico en la Bética. La contribución de los evergetas a la vida municipal, Córdoba 1994, pp. 116 s. estas explotaciones del lapis specularis como las más importantes de su tipo en el mundo romano. El centro administrativo de este distrito minero de lapis specularis fue evidentemente la ciudad de Segobriga, elevada en época de Augusto al rango de municipium y convertida en centro monumental de la región ^^. Su cercanía a las minas que se extienden a su alrededor, y su posición geográfica en la vía que unía la Meseta española con el puerto de Carthago Noua, hacían de ella el lugar ideal para dirigir la explotación. Así pues, Segobriga reúne las características necesarias para aceptar a priori la presencia de un procurator prouinciae Hispaniae citerioris vinculado, entre otras cosas, al control de las explotaciones mineras. C. lulius Siluanus Melanio fue un especialista de la administración de minas, como se documenta claramente por su papel en Domauia, centro de una zona minera de Dalmatia (véase la inscripción n° 6), por su presencia en Asturica Augusta, otro centro de una área con varias minas (n° 2 -4), y probablemente también en Lugdunum, donde podía asumir la responsabilidad de la administración de las ferrariae de Gallia (n° 5). Además, como hemos mostrado, la inscripción de Domauia parece atestiguar que este caballero, durante las primeras fases de su cursus honorum, dirigió las minas de al menos 23 provincias. La importancia económica de Segobriga parece haber atraído la atención de este hombre más allá de su papel oficial en el control de las minas del lapis specularis en la zona. Como hemos visto, C. lulius Siluanus construyó aquí un santuario particular para la máxima divinidad; en la inscripción dedicada en este santuario no mencionó ningún rango oficial; y tuvo en Segobriga un esclavo que fue, como podemos deducir de su nombre céltico, probablemente de origen local y que actuó en Segobriga, al parecer, como un empleado, por ejemplo como un dispensator, de su dueño. La explicación plausible para todo esto estriba en que el caballero mantuviera el contacto con la ciudad incluso después de desempeñar su función en la Península ibérica como procurator Hispaniae citerioris', este mantenimiento o ampliación de sus contactos con la ciudad de Segobriga hasta más tarde sería de forma puramente particular. Parece que no procedió así solamente en la Hispânia citerior. En Dalmatia, como hemos puesto de relieve, fue elegido como patronus de toda la provincia bastantes años después de haber dirigido las minas de Domauia; en esta ciudad fue honrado con un monumento en una fase posterior de su vida. Podemos concluir que en esta etapa posterior Melanio mantuvo en Dalmatia y especialmente en la zona de Domauia intereses económicos puramente particulares que se remontaban a su actividad anterior como procurador en la misma región. Esto corresponde exactamente con lo que podemos suponer como motivo de su presencia en Segobriga. No sería el único caso de un empleado de la administración imperial romana que empleó sus tareas públicas en beneficio de sus propios intereses. EL SANTUARIO Y EL CULTO DE ZEUS THEOS MEGISTOS EN SEGOBRIGA Aún requiere un comentario el santuario segobrigense de Zeus Theos Megistos y el culto introducido en la ciudad por C. lulius Siluanus. Dado que la inscripción aquí tratada no procede de su conjunto original, no podemos identificar el lugar exacto de dicho santuario. Sin embargo, no parece ser casualidad que la lápida se encontrara en lo alto de la colina ocupada por la ciudad de Segobriga. Podemos suponer que el santuario en que este monumento fue colocado estaba ubicado en esa zona alta de la ciudad, el lugar adecuado para un templo de Zeus, dios del cielo. Por supuesto, Zeus, el Theos Megistos, no era sólamente el dios del cielo, y tampoco únicamente una divinidad suprema con el mismo sentido que para los romanos tenía luppiter. Hay que destacar que no estamos simplemente frente al culto del Zeus Megistos, conocido en el mundo griego desde la época clásica y atestiguado con frecuencia también durante la época imperial ^'^', en Segobriga se trata Caria. En la religión del mundo romano durante la época imperial la idea de la divinidad suprema sufrió algunos cambios; y no sólo porque otros dioses aparecieran también con la cualificación de Theos Megistos como ocurre, por ejemplo, con Aesculapius, Apollo, Helios, Sarapis, y especialmente con Helios o Sarapis; varios dioses honrados bajo el nombre de Theos Megistos, fueron directamente identificados con Zeus a partir de la idea henoteística de que los distintos dioses eran sólamente aspectos distintos del mismo poder divino. Se trata claramente de una idea de la religión sincretista de época imperial, motivada ante todo por la evolución de los cultos orientales y mistéricos ^°. Así, Zeus Theos Megistos no era simplemente el mayor de los dioses, un luppiter Optimus Maximus bajo un nombre griego, sino la encarnación del poder divino en general. En Segobriga, cuya población estaba acostumbrada a atender a los cultos de divinidades locales y de aquellas del Estado romano'^', la introducción del culto del Zeus Theos Megistos fue seguramente algo absolutamente nuevo. Por supuesto, el santuario establecido por C. lulius Siluanus servía a un culto particular del fundador y de los suyos. Sin embargo, bajo las condiciones de la evolución espiritual en época severiana y durante el siglo III, un culto de este tipo, como por ejemplo el culto mistérico del Hypsistos Serapis, introducido en la area sacra de Panóias en Callaecia por el senador C. C(-) Calpurnius Rufinus probablemente en la misma época en que Siluanus construyó su templo en Segobriga, podía estimular también el interés de grupos más ZEUS THEOS MEGISTOS EN SEGOBRIGA
El presente artículo trata de demostrar que la reciente propuesta de J. Meischner sobre el missorium de Teodosio de la Real Academia de la Historia de Madrid, en el sentido de que se trata de un objeto representando no a Teodosio I (identificación tradicional) sino a Teodosio II, y que por tanto es un producto de la Corte de Rávena del año 421, es insostenible e indemostrable. La propuesta de J. Meischner no resuelve los diversos problemas que plantean todos los elementos iconográficos, epigráficos, históricos y de contexto que presenta el missorium. Antes al contrario, no encuentra sólida explicación científica al hecho de que el missorium recordaba las decennalia del emperador lo que necesariamente sólo puede corresponder a las de Teodosio I celebradas el año 388. Si hubieran sido las de Teodosio II, se daría el caso de que se estarían celebrando 10 años después de que éstas se hubiesen celebrado efectivamente, como atestigua la Chronica de Marcelino. Una serie de observaciones de tipo iconográfico y de tipo histórico complementan y fundamentan la teoría de que el missorium de Teodosio I sigue siendo de Teodosio I. Quiero agradecer especialmente a G. Lambert sus amables indicaciones, así como al prof. I. Wood por su disponibilidad ante mis preguntas y discusiones. Del mismo modo, debo agradecer a Dña. Nuria Ruiz por haber pasado al ordenador un manuscrito difícil. Por fin, quiero expresar mi agradecimiento al prof. M. Almagro Gorbea, de la Real Academia de la Historia, por haberme proporcionado las magníficas fotografías del missorium que reflejan su estado actual completamente restaurado. El reciente trabajo de Jutta Meischner sobre el missorium de Teodosio, que se encuentra en el Museo de la Real Academia de la Historia de Madrid, en el que propone que se trata de un objeto que representa no a Teodosio I (379-395 d. C), pone en duda y cuestiona una larguísima y prestigiosísima tradición de investigadores que lo han identificado hasta ahora con el primero, desde R. Delbrueck hasta A. Grabar, desde J. Beckwith hasta H. Peirce y R. Tyler, desde académicos como A. Delgado y A. García y Bellido, J. M."* de Navascués o A. Blanco Freijeiro, hasta historiadores, arqueólogos, filólogos o numísmatas (J. Matthews, A. Cameron, S. MacCormack, H. Schlunk, B. Kiilerich, y un larguísimo elenco) -. Nunca, que yo sepa, desde su descubrimiento en 1847, en Almendralejo (provincia de Badajoz), en las cercanías de la antigua colonia de Augusta Emerita, se ha puesto en duda la identificación con Teodosio I, ni su fecha (en torno al año 388, con algunas oscilaciones, de acuerdo con la inscripción que bordea el missorium y que menciona las decennalia del emperador ^). Sí, sin embargo, se ha estado en desacuerdo en la identificación de las figuras que flanquean al emperador y, en cuanto a otros detalles -El artículo de Jutta Meischner, Das Missorium des Theodosius in Madrid, JdAI, 111, 1996, p. Para la bibliografía detallada ver B. Kiilerich, Late Fourth Century Classicism in the Plastic Arts, Odense Univ. 119-139; ver también las sugestivas reflexiones de S. G. MacCormack, Art and Ceremony in Late Antiquity, Univ. 471-494 resulta fundamental para comprender la producción de estos objetos en el contexto de la corte imperial; ver, del mismo modo, P. Bastien, Monnaie et Donativa au Bas-Empire, Wetteren, Belgique, 1988 (esp. p. DN THEODOSIU PERPET AVO OB DIEM FELICIS-SIMUM X. Para anteriores lecturas equivocadas de la inscripción ver J. Arce, AEspA, 49, 1976, p. 123 iconográficos, a su significado y a la razón de su presencia' ^. Con esta propuesta la Sra. Meischner no hace otra cosa que estimular la investigación y poner en duda una tradición adquirida, como ocurre en tantos otros casos: en el día de hoy, por ejemplo, la identificación del Mausoleo de Centcelles (Tarragona) como tumba del emperador Constante (337-350 d. ^ Sobre la discusión referida a la identificación de los personajes representados y a las figuras alegóricas cfr. 1), C), propuesta por los arqueólogos alemanes -\ está muy seriamente puesta en entredicho y gana cada día más credibilidad la tesis de que se trata de una villa privada con unos mosaicos que representan en la cúpula al dominus y a la domina o quizá a un obispo ^\ Nadie cree hoy ya tampoco que la famosa La interpretación del missorium de Teodosio, de su función y cronología, destinatario y lugar de producción, y de su significado, es un problema que no se resuelve solamente con la eventual identificación del personaje central representado, sino que implica el hallar una explicación coherente para todos los componentes de una escena y de sus elementos ad-^ W. Grünhagen, Ein Frauenkopf aus Munigua, Pantheon, 19, 1961, p. 5-36. yacentes (como es, por ejemplo, la inscripción), ya que ellos constituyen un todo, un conjunto, una escena, que fue creada con una intencionalidad identificativa y narrativa precisa y concreta. Consiguientemente, es casi superfluo recordar e insistir en que el missorium y su escena poseen un contexto histórico preciso, factor éste, el contexto histórico, fundamental y clave para la interpretación del objeto. Producción y destinatario, lugar de producción y lugar de hallazgo final son, igualmente, elementos básicos para entenderlo y para explicar su recorrido final. Digo esto, porque las páginas que siguen tratarán de enfrentarse primordialmente a lã contestación de estas preguntas y a estos temas; y porque creo que es imprescindible advertir que el problema del missorium no es (ni puede ser) un problema artístico exclusivamente. Considerar que las características estilísticas pueden ir por un lado y que el significado y la interpretación histórica pueden ir por otro, es metodológicamente incorrecto e inapropiado. Las características estilísticas fluctúan en el tiempo. Se copian, se retardan (o adelantan), sufren vicisitudes diversas que impiden el uso de criterios rígidos que, por otro lado, en ningún modo pueden alterar la coherencia histórica que rodea la manufactura de un objeto de estas características. Los criterios estilísticos y los paralelismos resultan en el fondo inasequibles y aleatorios. Los contextos históricos son de mayor credibilidad, precisamente porque explican motivos y causas, porque dan razón a la explicación de la emergencia de un lenguaje y no de otro. Si las consideraciones estilísticas (muy subjetivas siempre), o los paralelismos formales (todavía más subjetivos) fuerzan o quebrantan la coherencia histórica, creo que prevalece o debe prevalecer esta última ^. ^ Es bien conocida la gran variabilidad de criterios para fijar cronologías e identificaciones entre los especialistas. El Juliano de Thasos (Leveque) es ahora Antoniniano (Fittschen); el coloso de Barletta ha sido identificado con Constantino, Valentiniano I, Marciano, Honorio, Justiniano 1, León: cfr. Sobre el tema conviene recordar una frase de A. M. Clarke: «la identificación de retratos romanos importantes es un viejo y quizás inofensivo deporte. Es incurablemente acientífico y si ha alcanzado importancia en las épocas de la arqueología científica no es porque los arqueólogos sean premeditadamente tontos sino porque así hay más material más fácil para comparar» (citado en C. Vermeule, AJA, 63, 1959, p. La incertidumbre y la arbitrariedad para la fijación de cronologías o identificación de retratos de emperadores del s. m ha sido brillantemente expuesta por R. McMullen, Roman Goverment's Response to Crisis, YUP, 1976, p. 195-196. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 71, 1998 Teniendo en cuenta estas premisas, me parece importante considerar en primer lugar las consecuencias que lleva consigo la identificación de J. Meischner con Teodosio II en el missorium. Desde el punto de vista histórico son importantes, pero, adelantémoslo ya, resultan, cuando menos, excesivamente forzadas e imaginativas. La investigación sobre el missorium ha establecido, siempre considerando que la identificación y la cronología corresponden a Teodosio I, lo siguiente: 1.-El missorium es un producto elaborado en los talleres de los argentara dependientes del comes sacrarum largitionum, producido en Tesalónica o en Constantinopla'". 2.-Fue enviado como YQgcúo/largítio del emperador al vicarius Hispaniarum, residente en las cercanías de la capital de la Diócesis Hispaniarum, Augusta Emerita. Dicho alto funcionario se encuentra representado en el missorium en el acto de recibir de manos del emperador mismo los codicilli de su nueva función ". 3.-El emperador Teodosio se representa en el centro, sentado en la sella curulis'^, flanqueado por Valentiniano II, con cetro y globus, y por Arcádio, hijo mayor de Teodosio, llamado a ser el heredero'^ La escena celebra el nombramiento del funcionario y las decennalia del emperador, tal y como se recuerda en la inscripción del borde del missorium, decennalia que corresponderían al año 387/388 ^^. 4.-Teodosio aprovecha la ocasión para enviar un mensaje claro y rotundo de su supremacía en el gobierno del Imperio, situándose indebidamente en el centro de la escena, rodeado de candidati de origen bárbaro con un fondo ideal de palatium, delante del cual, sentado en el tribunal y acompañado de sus colegas en el Imperio, sanciona con su presencia la delegación de poderes representada. El emperador se muestra en toda su potencia y majestad, al tiempo que acentúa sus virtudes y los efectos de su gobierno: los felicia tempora para toda la Tierra (por ello, aparecen en el registro inferior represen-Fig. 2.-Valentiniano II en el missorium de Teodosio. Sentado en la sella curulis se representa con el cetro (hasta summa imperii) y el globus. Cortesía Museo de la Real Academia de la Historia.' tados Tellus y Karpoi, como si se tratase del exergo de una moneda conmemorativa)'\ 5.-Este mensaje es todavía más fuerte y más claro porque Teodosio se sitiía indebidamente en el centro, como tutor y como protector de sus dos acompañantes, uno de ellos efectivo emperador senior (aunque no en edad) de la Pars occidentis, Valentiniano II, quien, precisamente por ello, es el único de la escena que lleva el resumen de todos los " Arce (cit. n. l)p. 23-24. ornamentos del poder: cetro, hasta stimma imperii, globus, toga pietà, diadema'^\ 6.-Esta «usurpación» del poder por parte de Teodosio, perfectamente reflejada en el missorium, está constatada igualmente en monedas y legislación contemporáneas, en las que el emperador Teo-Fig. 4.-Arcádio en el missorium de Teodosio. Se representa sentado en la sella curulis en el acto de hablar y con globus. Cortesía del Museo de la Real Academia de la Historia. dosio se muestra siempre preeminente, ya que Valentiniano II fue siempre «un emperador sin tiendas», un emperador ficticio (como lo definió A. Piganiol'^). 7.-La presencia de «bárbaros» en el missorium (que no aparecen con anterioridad más que en una JAVIER ARCE AEspA, 71, 1998 ocasión, en el missorium de Constancio II y poco después en la base del obelisco de Teodosio en Constantinopla''^) encuentra su justificación y explicación en el texto de Temistio (dirigido a Teodosio) en el que le indica que el buen emperador no es sólo el que acepta y se ocupa de los romanos sino también de los bárbaros, el que es capaz de reconocer a todos los hombres, el philanthrópos "°. 8.-El missorium no contiene ningún signo ni alusión al cristianismo, como podría esperarse de un imperator christianissimus que había comenzado ya su legislación contra los paganos. Ello no es de extrañar si se tiene en cuenta el lenguaje ambiguo de la iconografía de la Corte en la que lo que se muestra es una escena burocrática y administrativa -'. 9.-La presencia de un objeto de tan excepcional calidad y valor (15 kg de plata ^-) en las cercanías de Augusta Emerita en Hispânia encuentra una explicación perfecta en época teodosiana, sobre todo si tenemos presente la importancia del funcionariado teodosiano en la Diócesis Hispaniarum (Teodosio mismo era natione spanus) y el hecho de que el objeto se haya encontrado cerca de la capital -^ Estas son las conclusiones a las que ha llegado la investigación sobre el missorium hasta el momento, después de muchas y diversas matizaciones, precisiones, observaciones y reflexiones. Ellas constituyen un discurso analítico en el que todos los elementos se complementan y encuentran una alta probabilidad de coherencia interpretativa, realizada desde los más diversos puntos de vista: arqueológico, artístico, histórico, filológico, numismático. Pero este discurso coherente y explicativo salta por los aires ante la nueva propuesta de J. Meischner: el missorium sería un producto de la corte de Honorio en Rávena realizado a instigación de Gala Placidia Augusta, para Teodosio II, emperador de la Pars orientis, a fin de que aceptase el orden dinástico establecido por Honorio en el 421 (vid. infra). Esta propuesta, como es lógico y legítimo reclamar, requiere para ser aceptada, al menos, una explicación igualmente coherente. Por lo tanto, si la nueva propuesta ha de ser aceptada habría que explicar: 1) La identificación y presencia de los personajes representados. 2) Justificar su presencia en términos de la observancia del ceremonial romano tardío y los símbolos de poder que cada uno detenta, cetro, globus, etc. 3) Encontrar una explicación satisfactoria a la leyenda que alude a las decennalia. 4) Justificar o, al menos, intentar explicar el por qué el objeto ha sido hallado en las cercanías de Augusta Emerita en la nueva cronología que se le asigna (a partir del 421 al menos). 5) Demostrar de forma indiscutible que estilísticamente el objeto no puede ser anterior al 421. LA NUEVA PROPUESTA La nueva propuesta de J. Meischner es que el missorium de la Real Academia de la Historia de Madrid es un producto diseñado y creado por la corte de Honorio en Rávena para hacer contentar, aceptar y propagar la nueva política de nombramientos dinásticos del emperador occidental, realizada en el 421, a fin de que Teodosio II reconociese su validez y legitimidad ~'^. El missorium es, o sería, así un objeto enviado al emperador y a los gobernadores provinciales («Wiederholungen») con una finalidad diplomática, y en el que se representan: a) Honorio (emperador occidental con cetro y globus), representado a la izquierda del espectador; b) Teodosio II, en el centro, preeminente; c) Valentiniano III, hijo de Gala Placidia y del Augusto Constancio III, investido por Honorio como co-regente en febrero del 421; d) el propio Constancio III, que sería el pequeño y subordinado personaje que recibe la confirmación y sanción de su cargo o investidura imperial, de parte de Teodosio II. Este «documento propagandístico y diplomático», emanado de la propia corte de Rávena, que había creado independientemente una serie de nombramientos corregentes de Honorio y/o destinados a gobernar en el futuro (Valentiniano III), pero que no habían sido aceptados por Teodosio II, estaría destinado a satisfacer las aspiraciones dinásticas de Gala Placidia, esposa del recién nombrado Augusto Constancio III y madre del pequeño Valentiniano III (que contaba en este momento con sólo dos años, aunque ostentaba ya el título de nobilissimus) ^\ El missorium presentaba así a Teodosio II la «constelación imperial» que debía reconocer y aceptar. Dado que éste no aceptó los nombramientos de su tío en Occidente, el missorium es (o sería, según J. Meischner) un producto posterior a la muerte de AEspA, 71, 1998 TEODOSIO I SIGUE SIENDO TEODOSIO I 175 Constancio HI, pero en el que implícitamente se reconocía a posteriori su nombramiento como Augusto en el acto de la escena central -^. El missorium celebraba también las decennalia de Teodosio con retraso; pero ello sería debido a que se ofrecía así un signo más del intento conciliador. A esta propuesta ha llegado J. Meischner a través sobre todo del análisis estilístico, que le hace pensar que el missorium no puede ser un producto de los años 380/390, sino posterior -\ En resumen; las consecuencias de esta interpretación son que el emperador Honorio aceptó enviar un missorium (o varios) a Teodosio II y a los gobernadores o prefectos del Pretorio, en el que él mismo se representaba en segundo plano (aunque con las insignias del poder), y daba toda la importancia central a Teodosio II, que aceptaba postumamente a Constancio III como Augusto, representado casi insignificante delante del emperador oriental. Honorio incluía en la representación también a Valentiniano III, para que se supiese que Teodosio II aceptaba también su nombramiento como nobilissimus. Honorio, además, celebraba para Teodosio II las decennalia retrasadas, en el 421. De por qué apareció este objeto en las cercanías de Augusta Emerita no se nos dice nada, ni tampoco de la indicación de su peso en el reverso expresado en letras griegas. Llegados a este punto, y sin entrar todavía en los argumentos estilísticos, conviene recordar los detalles históricos que rodean el problema central del año 421 que es, según Jutta Meischner, el año de producción precisa del missorium. El contexto histórico en el que fue creado el missorium de Madrid, si se acepta la nueva propuesta, aunque se encuentra ya tratado por J. Meischner, requiere un nuevo examen a la luz de la lectura de las fuentes antiguas, a las que la autora no hace ninguna mención, aunque toma su información de la bibliografía moderna sobre el tema. Por otro lado, algunos textos fundamentales, al parecer, le han pasado desapercibidos, como es el referente a las decennalia de Teodosio II que más adelante comentaremos. Después del matrimonio del patricio Constancio (III) con Gala Placidia, impulsado por el emperador Honorio ^^ y consumado en enero del 417 ^'\ y des- pues del nacimiento de sus dos hijos (Honoria y Valentiniano III) ^°, en la Corte de Rávena se hacía patente el irresistible ascenso, prestigio e influencia de Constancio, que tantos problemas, sobre todo militares, había resuelto al emperador ^'. El momento decisivo y preparatorio para la culminación de la carrera y ambiciones del omnipotente patricio fue su consulado (III), compartido nada menos que con Teodosio II en el año 420'^~. Tan alta dignidad preparó el terreno para su designación como co-augusto con Honorio en febrero del año siguiente, 421 ^^ Este nombramiento lo hizo Honorio con desgana ^"^ y, por tanto, quizá presionado por Placidia o por el propio Constancio y «sin respetar las relaciones familiares»' ^^ es decir, alterando sorprendentemente el sistema dinástico normal o esperado. El nombramiento de Constancio III como co-augusto de Honorio no poseyó la intencionalidad de derrocar al emperador oriental, sino la de reforzar la pars occidentis con un general capaz de controlar los territorios perdidos y ya en manos de pueblos bárbaros o usurpadores. Pero, ciertamente, causó preocupación en Constantinopla, hasta el punto de que Teodosio no quiso reconocer el nombramiento: la proclamación fue enviada a Teodosio, pero no fue aceptada ^^\ se enviaron eikones de Constancio a Oriente, pero Teodosio no los aceptó ^^. Sólo el rechazo de su nombramiento movió a Constancio a preparar una expedición militar contra Teodosio a fin de ser reconocido ^^ La prematura muerte del antiguo patricio en septiembre del 421 tranquilizó los ánimos y Valentiniano III, nobilissimus a sus dos años de edad, ya podía ser reconocido, como de hecho así ocurrió poco después -^' \ lo que quiere decir que el único obstáculo para el reconocimiento del sistema sucesorio establecido por Honorio había sido Constancio III quien, al fin y al cabo, era un extraño en la familia ^^. La nueva propuesta sobre el missorium sitúa su concepción y difusión justamente en ese momento crucial posterior a la muerte de Constancio III, a fin de que sirviese de vehículo propagandístico para las aspiraciones de la familia reinante (Honorio, Teodosio, Valentiniano), pero situando a Teodosio por encima de todos; y a fin de que Teodosio reconociera postumamente el nombramiento de Constancio III, representado también en el missorium en el acto de recibir la confirmación. Ahora bien, esta suposición implicaría que Rávena proponía una representación de la jerarquía imperial a Constantinopla situándose en inferioridad y sin consulta previa a Teodosio II. Es impensable que Honorio hubiese consentido esto porque, en la norma seguida por las representaciones tardorromanas, ambos emperadores aparecen igualmente investidos de sus respectivos poderes, excepto en el caso de que uno de ellos sea césar ^\ Es impensable también que diseño y decisión sobre el missorium hayan sido exclusivamente iniciafiva de Gala Placidia porque, aunque era Augusta, no tenía ningún poder en la producción de estos missoria ^-y, si se hubiese saltado las normas, su situación hubiera sido muy comprometida con Honorio. Es, también, sumamente improbable que los recipendiarios del missorium entendieran o identificaran a Constancio III en el pequeño personaje que se encuentra representado en una tal situación de inferioridad. Sobre la intervención de Gala Placidia en programas iconográficos se suele citar, y J. Meischner hace referencia a ello, la noticia de Agnellus sobre los mosaicos que ésta mandó hacer en la basílica de San Juan Evangelista en Rávena ^^. Allí estaban representados, en torno a ella y a sus hijos (Valenfiniano III y Honoria), la pareja reinante (Teodosio II y Eudocia), los emperadores ligados por lazos familiares (Graciano, Valentiniano II, Teodosio I, Arcadio, Eudocia) y también Constantino el Grande y Constancio II ^'^. Pero este programa iconográfico, realizado como consecuencia de un voto, no es parangonable con la propuesta que hace J. Meischner para el missorium. En primer lugar, no sabemos cuándo se realizaron estos mosaicos ^^\ en segundo lugar, la ausencia de Constancio III resultaría significativa; y, por fin, todo el conjunto es un «curieux amalgame où sont intentionnellement confondues succession et parenté» ^^. La lectura del missorium de acuerdo con la nueva propuesta resulta, como se ve, excesivamente forzada, inverosímil y demasiado imaginativa, además de que presupone demasiadas hipótesis que no encuentran fundamento objetivo en la documentación ^'^. Pero aún suponiendo que esta interpretación fuera correcta o posible, encuentra dificultades y obstáculos insalvables y definitivos para ser aceptada. Es el primero de ellos el de la inscripción. LAS DECENNALIA en el 418», ya que Teodosio II fue nombrado Augusto en el 402, aunque lo fue efectivo a la muerte de su padre Arcádio en el 408 ^^. Sin embargo, para obviar esta dificultad, señala que no siempre las decennalia se celebraban con rigor y exactitud matemáticas y pone varios ejemplos de ello' ^^. Por lo tanto, el missorium celebraría las decennalia retrasadas en cuatro años o en diez años, según se considere válida la fecha de elevación el 402 o el 408. Ahora bien, esto supondría que la corte de Honorio difundió un m/^^or/wm/mensaje celebrando retrasadas las decennalia del emperador oriental; y, además, lo emitió como consecuencia y para celebrar las mismas (ob felicissimum... ), lo que está en contradicción con la teoría mantenida por la autora sobre las razones y causas del missorium. Pero aún hay más y más grave. Sabemos por varias fuentes que Teodosio II sí celebró las decennalia con precisión y exactitud en el año 411 ^^: la Chronica del comes Marcelino señala en la entrada correspondiente al año 411: Theodosius Junior decennalia, Honorius Romae vicennalia dedit^K Por si ello fuera poco, la evidencia numismática así lo corrobora: en el 411 Teodosio II acuñó en Constantinopla solidi que celebraban simultáneamente sus decennalia y las de Honorio -^-. El anverso de una de las emisiones lleva el busto de Honorio y, en el reverso, Constantinopla sentada en un trono con cetro y escudo ^^. Resulta que el único co-regente en el año 411 de Teodosio II era Honorio'''^. Por mucho que queramos retrasar la celebración de las decennalia, es impensable que se celebrasen como tales en el momento en que Teodosio II iba a cumplir sus vicennalia, y es inaceptable también pensar en un error de este calibre, además de que se trataría de repetir una celebración que ya había tenido lugar efectivamente diez años antes. Éste es quizá el principal obstáculo para aceptar la nueva propuesta sobre el missorium de Teodosio. Por el contrario, hemos visto que, en el caso de que se trate de Teodosio I, no existe ninguna contradic-^^ Muerte de Arcádio: PLRE, I, Arcadius. ^' ^ J. M., Missorium, pero La tradición iconográfica de la representación del emperador acompañado por sus colegas, nimbado, rodeado de candidati, que se continúa en el missorium de Teodosio, no es propia ni de Rávena ni de la época de Honorio (años 410/430). Por el contrario, nace al menos en época tetrárquica, con modelos muy claros por ejemplo en las pinturas del sacrarium del culto imperial de Luksor, con la representación de Diocleciano y Maximiano Hercúleo -^-\ Se continúa en ejemplares monetarios, solidi, sobre todo de época constantiniana o de Juliano ^^', y halla un perfecto antecedente en la ilustración del calendario de Philocalus (imagen de Constancio II con toga pietà, cetro, y sentado en la sella curulis ^'^) que es, en mi opinión, el antecedente preciso de la composición que aparece en el missorium de Teodosio I del año 388. La importancia de las monedas o del arte desplegado por los argentarli es aquí fundamental, porque estos objetos de largitiones emergían directamente de las officinae destinadas precisamente a la producción de los mismos ^^ J. Meischner considera que el escenario arquitectónico que enmarca la escena del missorium toma ejemplo y modelo del propylon de la iglesia de Hagia Sophia, construida por Teodosio II ca. 415, cuyos restos y decoración arquitectónica han servido para una acertada reconstrucción ^'^. La autora considera que en Rávena se conocía este edifício y que la escena (aunque simbólica) representaría al emperador en su propio escenario ^^. Esta interpretación no resulta convincente porque hay que señalar en primer lugar que la escena de investidura de un dignatario o de un emperador no se hace delante de una iglesia. En segundo lugar, hay que decir que el uso de este tipo de arquitectura se detecta ya desde el conjunto arquitectónico de Diocleciano en Espalato hasta el tretrapylon de'' Cfr. J. Arce, Estudios sobre el Emperador El. JAVIER ARCE AEspA, 71, 1998 Afrodisias, de época teodosiana, como indica la correspondiente inscripción y se puede hallar también en la propia Tesalónica. Sobre el escenario en el que se enmarca la representación (que habla más a favor de una producción del missorium en la Pars Orientis precisamente por el uso familiarizado de esta forma arquitectónica) quiero solamente recordar lo que escribí hace años y a ello me remito ^'. Otro punto débil de la propuesta es la interpretación misma de la escena, en la que, según J. Meischner, el emperador Teodosio está confirmando postumamente a Constancio III como augusto. Ciertamente, no creo que se encuentre ningún ejemplo iconográfico en el que el acto de elevación a augusto se haga mediante la entrega de un codicillum ^-. Una última cuestión: ¿qué hace el missorium de Teodosio II en las cercanías de Emerita?, ¿cómo ha llegado hasta aquí?, ¿quién era su destinatario?, ¿por qué apareció junto a dos vasa (argentea) hoy desaparecidos pero que Delgado describe en su primera memoria? La señora Meischner dice expresamente que el missorium fue enviado, en varias copias, a los funcionarios del Imperio, además de al propio Teodosio II a fin de dar a conocer a todos las reclamaciones de Gala Placidia. Primer obstáculo: los missoria de esta importancia y relieve, por lo que sabemos, no se producían en serie, sino que eran objetos individualizados y precisamente destinados a personajes concretos para ocasiones también concretas. Un missorium no es una imago, ni un eikon: las imagines sí que se enviaban y distribuían como hemos visto que atestigua el mismo Olympiodoro para Constancio III. La razón es muy simple: la imago es una reproducción fiel del individuo, da a conocer su identidad; el missorium representa sin demasiadas precisiones un conjunto simbólico, cuyos rasgos ya se conocen o son familiares al recipiendiario (por ello, la búsqueda de paralelos entre los «retratos» del missorium y otros bustos o retratos en mármol resulta siempre aleatoria y subjetiva). Pero volvamos a la Diócesis Hispaniarum ^' ^. La situación política de los años que van desde el 409 al 421 en la Península no puede ser más caótica y desfavorable para Honorio, y es ciertamente el mo-^' J. Arce (cit. n. 22 con la discusión; Hastien (cit. n. 6; sobre el nimbusque aparece ya en el s. ii en la iconografía imperial: Kiilerich (cit. n. ^' ^ Sobre esto ver J. Arce, Comunicación, ejército y moneda en Hispânia (s. iv-v d. C), en prensa en Actas del II EPNA, Anejos de AEspA\ R S. Barnwell, Emperors, Prefects and Kings, Duckworth, London, 1992, p. 71-82. mento menos apropiado para poder hablar de gobernadores romanos legítimamente establecidos en las provincias hispánicas, cuando incluso ya ni existían, y Augusta Emerita había dejado de ser la capital administrativa simplemente porque el control romano había desaparecido y estaba en manos de pueblos bárbaros fragmentados y diseminados por el territorio con sus propios reges, que no estaban en absoluto en la Península en un régimen de foedus con Roma. La crónica de Hydacio recuerda monótonamente los intentos de recuperación por parte de ejércitos romanos del territorio peninsular, en el año 417, en el 418 y en el 419. Para el 420 la crónica gálica registra una nueva usurpación en Hispânia, la de Máximo, por segunda vez. Esta usurpación duró al menos dos años y hasta el 422 no fue sofocada. En este período de inseguridad y anarquía nos gustaría saber cómo continuó y se desarrolló la administración romana en la Península. Nuestro vacío informativo es casi total y, aunque conocemos acciones puntuales y personajes que son enviados revestidos con el título de comités Hispaniarum fel caso de Maurocellus, vicarius, al mando de las tropas en Gallaecia, es uno de ellos), la realidad es que Honorio no controlaba las provincias hispánicas en estas fechas excepto, en todo caso, alguna parte de la Tarraconense ^'^. En estas circunstancias el missorium propagandístico enviado a Emerita no tiene ni sentido ni explicación, porque la diócesis escapaba al control romano del emperador occidental. Claro es que siempre se puede argüir que el missorium fue transportado posteriormente por su propietario cuando eventualmente éste se hubiese trasladado a Hispânia en un momento desconocido. Pero la historia no se puede hacer con suposiciones. Los dos vasos que acompañaban el missorium parecen significar que el conjunto era un regalo en el que éste no estaba solo. Ellos aumentan la certeza de que se trata de una donación que, como era frecuente, demostraba la largitio imperial hacia su funcionario fiel y a quien se investía de la alta responsabilidad del gobierno provincial. CONCLUSIÓN La conclusión me parece evidente: la explicación de que en el missorium está representado Teodosio II, como se ha propuesto recientemente, obliga a realizar una serie de suposiciones sin clara y sólida La tradición artística a la que pertenece el missorium, sus modelos iconográficos, sus elementos estilísticos, se remontan al menos a comienzos del s. IV d. C. en sus esquemas esenciales. Y los rasgos estilísticos pertenecen de lleno al arte de la época teodosiana (último cuarto del siglo) aunque los paralelismos que se puedan presentar se hallen diseminados en un amplio período cronológico. El missorium es obra de artífices que pretendieron más ofrecer la impresión de conjunto que la identificación de los detalles fisionómicos precisos. Y corremos el riesgo de intentar fechar estilísticamente utilizando objetos o paralelos que, a su vez, no están tampoco definitivamente ni rigurosamente fechados, ya que se hallan sometidos ellos mismos a grandes fluctuaciones de cronología y de identificación (un ejemplo sería el famoso «Arcádio» de Constantinopla). Por todo lo dicho, creo que podemos seguir sin problemas pensando qu& Teodosio I sigue siendo Teodosio I en el mis sorium de Madrid ^^ ADDENDUM J. Meischner menciona y aduce una serie de leyes del Código Teodosiano (p. 75) que parecen indicar que se siguió legislando en nombre de Constancio III con carácter póstumo, lo que signifi-^'^ El peso del missorium expresado en griego en el anverso del mismo, significa que el objeto no fue producido en Occidente; Kiilerich (cit. n. 26. caria, según ella, un reconocimiento de su nombramiento por parte de Teodosio II después de su muerte, corroborando así la interpretación de la escena del missorium. Sin embargo, este argumento es insuficiente y erróneo. Debo agradecer a Geoffrey Lambert, del Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Leeds y que realiza un estudio extenso sobre el emperador Teodosio II, el haber proporcionado la siguiente respuesta a mis preguntas sobre este tema, que yo reproduzco en forma abreviada: Estas observaciones invalidan la argumentación de J. Meischner sobre el reconocimiento póstumo de Constâncio III.
Falencia), que se considera construida por orden de Recesvinto en 652 ó 661 de acuerdo con la inscripción que conserva. Se presenta una nueva documentación planimétrica y la ordenación estratigráfica y diacrònica de los restos pertenecientes al edifício primitivo y a las sucesivas restauraciones históricas. Se estudia la decoración de la iglesia distinguiendo los elementos decorativos reutilizados de los tallados ex profeso para la iglesia, ofreciendo una posible explicación alternativa, postvisigoda, a su datación. Además se analiza su modulación y se propone una reconstrucción de sus partes perdidas. HISTORIOGRAFIA E INTERVENCIONES RESTAURADORAS Es esta iglesia, probablemente, la desde más antiguo reconocida y considerada por su inscripción como de época visigoda. Navascués recoge las citas sobre su dedicación (no todas, a ellas aún hay que añadir la de Mayans en 1773 citada por Gil), iniciada por su copia en el Códice de Azagra del s. x y luego con regularidad por los eruditos y estudiosos a partir de Ambrosio de Morales en 1577. Los juicios, casi coetáneos, de Mariana en 1592 y de Sandoval en 1601 dan las pautas de los que van a ser argumentos tópicos y reiterativos de toda la ordenación científica de nuestro arte de época visigoda. Primero la autoridad de la inscripción, obra antigua, y al parecer de godos,... y en él una letra de seis renglones, por lo cual se entiende fue edificado en 661 (Rada 1893: 44 n. ) y, en segundo lugar, la mezcla de los tipos arquitectónicos basilical y cruciforme, edificada en cruz y la nave que cruza entre el cuerpo de la iglesia y los altares (Quadrado 1885: 332 n. Quadrado se apoya en la inscripción para considerarla como la única entera o al menos bastante completa para estudiar en ella el tipo de las construcciones propiamente godas; Baños demuestra la precedencia del arco de herradura visigodo frente al islámico y sirve de precioso eslabón entre las raras antigüedades visigodas descubiertas en Toledo y las construcciones asturianas del s, IX, a pesar de lo cual señala los paralelos con lo arábigo (arcos de herradura), asturiano (ajimeces) y bizantino posterior. A pesar de que estos juicios se repiten con insistencia, la conservación parcial de esta iglesia y la ausencia de un análisis detallado sobre su arquitectura han impedido resolver, hasta ahora, los problemas que plantea. Tras los sucesos con que se inició el s. xix, el monumento debió estar muy cercano a la ruina completa, por la pérdida de su cubierta y la caída de sus muros laterales, como certifican grabados antiguos (los que publican Navascués en su portada y Palol 1988: 8, que lo califica de romántico, 1964: 23). De esta situación crítica salió con anterioridad a 1872, 182 LUIS CABALLERO ZOREDA y SANTIAGO FEIJOO MARTINEZ AEspA, 71, 1998 gracias a una restauración de la que apenas tenemos noticias y éstas contradictorias, pero que permitió que llegara hasta nosotros. Efectivamente, en ese año Rada, quizás como consecuencia del viaje que efectúa por encargo de la Comisión de Antigüedades un año antes, publica en Museo Español de Antigüedades una descripción de la iglesia, refiriéndose a una anterior restauración efectuada con escaso criterio y a la que achaca la actual espadaña, aunque de igual forma que la antigua (p. Es interesante observar cómo la crítica a esta primera restauración subyace en opiniones posteriores, distinguiéndose de la opinión más favorable que va a tener la de Aníbal Alvarez efectuada después, a caballo de los dos siglos. 198-9) es quizás la más dura: habiéndose librado de la ruina en la invasión árabe y en todas las luchas posteriores, no se ha librado de que, con escusa de restaurarlo, lo hayan disfrazado horriblemente por dentro y por fuera. Puede que entonces se cerrara el ábside mayor convirtiéndolo en sacristía, colocando delante un retablo barroco, como lo describe Rada, ya que en los grabados citados aparece abierto y sólo con bancos y gradas pegados a sus muros (1893: 54-5. Pudo deberse esta primera restauración al arquitecto académico A. Fernández Casanova, pero no es seguro dado que Agapito (1902a: 14), a la vez que cita de él un proyecto de restauración (hacia 1865), se refiere de modo genérico a la desgraciada restauración anterior a la de Aníbal a la que atribuye también la actual espadaña. Quizás pueda rastrearse otro indicio de ella en un comentario de Camps Cazorla (1946: 631 n. 15, aunque debemos valorar que este autor sólo parece ser consciente de una restauración, la de Aníbal), cuando dice que no, debe estar tan.restaurado como la malicia ha querido hacer correr, viendo... un monumento completamente «restaurado» en el peor sentido de la palabra... Salvo en las partes altas, que no he podido apreciar bastante de cerca, no creo que se llegase a desmontar nada del monumento para reponerlo en su sitio. Tampoco ha debido de moverse el epígrafe..., refiriéndose también a la refacción de los muros laterales, que no sabe si efectuada al restaurarse, y, de modo crítico, al rejuntado de los muros y las celosías. Aún a ella se refiere Rollan (p. 23, no demasiado fiable dadas las aparentes equivocaciones que sufre en la fecha del informe de la Comisión de Monumentos, p. 12 y 16), que alude a las ventanas de las naves laterales consecuencia de restauraciones de pésimo gusto que posteriormente cerró Aníbal y a una excavación efectuada en 1844 en que aparece el ara de las nin-fas hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y que pudo coincidir con esta primera restauración (Rollan: 51; Velazquez y Ripoll: 559-61). Según Simón y Nieto, esta restauración tuvo lugar en 1865 y a ella le atribuye los tejados, la elevación en un metro de las naves laterales, la cornisa dórica y la espadaña (Rodríguez y Simón). Con toda esta información coincide la de Rivera (61-2), tomada de Combarros y de la Academia de Bellas Artes de S. Fernando. Palol (1988: 9-lly23) cita, además el informe solicitando la declaración de monumento de la Comisión de Monumentos de Falencia de 1896 redactado por Simón, que nosotros no hemos conseguido consultar y, de modo padecido a Camps, duda de la parte alta de la nave central, con su friso corrido, aunque termina creyéndolo original o, por lo menos, una restitución muy acertada y correcta. Tras esta primera intervención (o primeras), certificada como veremos por la lectura de paramentos, se efectuó otra en los últimos años del siglò'qiie va a ser definitiva para el conocimiento de la iglesia, gracias a la colaboración, no pretendida, de Manuel Agapito y Revilla, arquitecto e historiador de la arquitectura; Aníbal Alvarez, arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid; y Francisco Simón y Nieto, arqueólogo e historiador. El diez de julio o el dos de noviembre de 1896, la Comisión Provincial de Monumentos de Falencia, de acuerdo con el obispado, solicita la declaración de Monumento Nacional con el informe redactado por Simón, consiguiéndolo por R. O. el veintiséis de Febrero del año siguiente, iniciándose a continuación las nuevas obras de restauración dirigidas por Aníbal, hace ahora un siglo. Esta restauración la conocemos gracias a Agapito que utiliza los planos y una memoria del propio restaurador, que según sus palabras fue solo de limpieza y conservación (Agapito 1902a: 16), quizás en un intento para diferenciarse de la intervención anterior. Con ellas aparecen cimientos que certifican la planta original de la iglesia, según palabras del mismo Aníbal con una lógica irrebatible si bien la planta resulta de lo mas raro y feo que se ha visto, y algunos hallazgos que han pasado casi desapercibidos, una inscripción funeraria y dos sepulcros romanos (Rodríguez y Simón: 17,n. 2), al parecer un tríente áureo de Vitiza junto a las columnas delanteras (Rodríguez y Simón: 17, n. A ello hay que añadir el conocimiento de los datos documentales sobre la iglesia, gracias al Informe de la Comisión de Monumentos, obra de Simón según reconocen todos sus coetáneos deudores de él, pero transmitidos por Agapito quien además ofrece los de los libros de visita y de fábrica (Agapito 1902a: 8-14; id. 1903-4 2). Asegurada la restauración de la iglesia, la de la fuente cercana se fue realizando años más tarde. En 1920-5 se construye la escalera, en 1941 se descubren la bóveda y los arcos y en 1961, al quitar la reja que Aníbal puso rodeando a la iglesia, se aprovecha para cerrarla (Rollan: 54). Aceptada la verosimilitud de su planta y de lo que restaba de su alzado, sin embargo quedaba la duda de su verdadera cronología. Paralela a la polémica dedicada a la primera restauración parece correr otra, aún más soterrada, referente a su adscripción cultural, que debió centrarse en la autenticidad de la inscripción y su coetaneidad al edificio y en la precedencia de los arcos de herradura visigodos a los musulmanes. Sin embargo sólo conocemos de esta supuesta polémica la opinión de los autores reconocidos que siguen la opinión consensuada y que sólo suelen referirse a la opinión contraria de modo genérico para rechazarla. Cossio en 1892 presenta los arcos de herradura de Baños como un problema, preguntándose si son originales visigodos o reconstrucción del s. x. En el II Congreso Internacional de Arqueología Cristiana, celebrado en Roma en 1900, se promovió una discusión acalorada e interesante sobre el monumento debida a las comunicaciones de Rodríguez y Simón, lo que dio lugar a un nuevo informe de Simón en que defiende tanto el origen visigodo del arco de herradura islámico como la cronología visigoda de la iglesia por el brioso argumento de la inscripción y de sus características constructivas. Por los mismos años Caveda (recogido por Agapito 1902a: 12) supone la iglesia una simple restauración de las primitivas fábricas, cuya antigüedad, según todos sus caracteres, no puede pasar de los últimos años del s. x o de los primeros del xi,... porque hay cali algunos vislumbres de un orientalismo que nunca los godos conocieron, lo que obliga a Agapito a demostrar la anterioridad del arco de herradura a su uso árabe, cu--Hay que añadir los datos sobre la inscripción árabe aportados por Ponz, De La Rada y Quadrado y algunos otros datos por Gómez Moreno y Rollan. Todo lo resumimos en el anexo 1. liosamente apoyándose en paralelos y no en la cómoda autoridad que a los demás proporciona la inscripción. Por otra parte, la dificultad de interpretación que ésta presenta, centrada en la palabra decies, hace dudar de toda ella. Así lo indica Agapito (1902a: 10 n., del caracter de autenticidad... que pudieran hacerla más moderna) y esta polémica traspasa nuestras fronteras de modo que en el célebre Dictionaire d'Archeologie Chrétienne et de Liturgie, Leclercq insinúa que la inscripción debe ser mucho más tardía, del s. XII (Navascués: 17 y 48). Finalmente, unos y otros extrañan la situación de la inscripción que, por su altura, impide su lectura. 1) quien, pese a mantener la fecha visigoda de la iglesia aunque retrasa las de las demás consideradas visigodas, sintetiza todas las dudas de esta forma:... sobre la clave del arco triunfal, emplazamiento extraño para una inscripción, en un lugar donde la lectura es imposible. Es indicio probable de una restauración. La inscripción de Recesvinto y la iglesia misma son muy discutidas. El mismo Navascués lo observa con objetividad, a pesar de defender su visigotismo y convertirse así en autoridad de su antigüedad: resulta su lectura difícil y penosa, agravada por la escasez de luz (p. Todas estas dudas, y quizás otras que quedaron en el ámbito de lo privado, servirían de acicate para impulsar la defensa de su visigotismo en dos líneas principales. De esta manera se puede decir que se cierra una etapa con el reconocimiento de que Baños es la pieza clave para definir la arquitectura visigoda. Prácticamente después nadie se va a atrever a poner en duda su cronología. Sólo resta redondear el argumento. Baños es el modelo del arte visigodo tanto para Schlunk (1947: 273-280) como para Gómez Moreno (1966: 123-4, lám. VII), sin que apenas necesite demostración, a pesar de lo cual el primero no deja de señalar sus paralelos con lo mozárabe y lo asturiano. Tras certificar con su data la teoría de la miniatura visigoda (Schlunk 1945: 253-4 ^), el descubrimiento de un fragmento decorado con la inscripción del Credo en Toledo sirve para relacionar su decoración con la que se hace en su territorio, S. Pedro de La Mata, o en los centros que de ella dependen, Lisboa, S. Pedro de La Nave<Za-^ Supone que en el disco de una de las piedras salientes existe una inscripción con dos o tres letras. Pasados los años, el edificio necesita mantenimiento. Así se inicia una tercera fase de intervenciones que va a suponer, además de un importante avance en su conocimiento, la apertura lenta e indecisa de nuevos caminos en su explicación, gracias al análisis arqueológico que efectúa Pedro de Palol. Como en la anterior, también participan ahora arqueólogos, siempre dirigidos por Palol, junto a arquitectos que desgraciadamente van continuamente variando. En 1950 A. Arenillas recalza los muros de cabecera, reconstruye en piedra obras de ladrillo de restauraciones anteriores, entre ellas al parecer contrafuertes, sustituye el suelo del atrio por losas, rejunta las grietas de los ábsides laterales y reteja; en 1956 se reparan las cubiertas por F. Iñiguez y A. Arenillas, a la vez que se sondean arqueológicamente los cimientos de los ábsides laterales desaparecidos, con la colaboración de Wattenberg y García Guinea; en 1961, L. Cervera adapta el monumento al turismo y se continúan las excavaciones a lo largo de la parte N.; y en 1963 se hace una explanación para el aparcamiento delantero y se excava, con la colaboración de Martín Valls y Ordax, la necrópolis N. donde se encontraron varios fragmentos de escultura decorada, un asa de jarrito litúrgico y dos broches liriformes (Palol 1964: 3-5). En 1968 de nuevo Arenillas, que achaca los daños a las excavaciones realizadas, recalza los cimientos del lado N. (y quizás también los del lado S. ), rehace las cubiertas de las naves laterales y de la cabecera y las esquinas exteriores del atrio, coloca la acera alrededor de la iglesia y repara las ventanas. En 1980 I. Sanz Fernández reteja y anuncia su proyecto de rehacer el solado de la iglesia y aplomar la espadaña, de lo que, según sabemos, se efectúa en 1982 lo primero aprovechándose para, con la colaboración de Tuset y Cortes, excavar la mayor parte de su interior (Palol y otros 1983: 243-5. Expedientes del Ministerio de Cultura). Estos trabajos le sirven a Palol (Palol y otros: 245) para comprobar que la iglesia no se construye sobre ningún edificio previo y certificar la planta de Aníbal y los argumentos tradicionales; pero, a la vez, para observar algunas características del edificio que, manteniendo la cronología tradicional, le plantean dudas sobre la realidad del edificio. Ante todo, Palol es consciente de la necesidad que el edificio tiene de un estudio en profundidad que, a pesar de sus intentos, no llega a desarrollar (1983: 244). A la vez observa una serie de irregularidades en que nadie había reparado (con la excepción de Rada 1893: 53 cuando señaló que los círculos de las impostas de las pilastras, por su irregularidad, mejor pueden calificarse de elipses). En partes del friso del presbiterio hay una cierta discontinuidad de sus elementos', falta de unidad de la decoración, entre el ábside central y los laterales; los llamados canecillos, cuya función de tales no es nada segura, ni tcmipoco la colocación original; el encuentro constructivo entre las arquerías y el arco de triunfo; y una rotura desarmónica de estructuras en la unión de la cabecera con el cuerpo de la iglesia. Todo ello le sugiere reutilización de elementos preexistentes; restauraciones o quizás aditamentos o errores de colocación; y el problema de la contemporaneidad de las dos o tres partes principales de la iglesia, presbiterio, aula con el pórtico y ábsides laterales, planteando, sino dos o tres momentos constructivos, un intento de renovación de planta y alzados (Palol 1964: 22-4;1968: 126;1988: 23 y 53). El descubrimiento de la iglesia de Sta. Lucía del Trampal (Cáceres) le ofrece además un paralelo para explicar su forma y su función litúrgica, aunque no termina de imaginar en ella los cimborrios tan característicos de la nueva iglesia (1988: 21 y 1989: 2015-8). Uno de nosotros (Caballero 1987: 72-5 y 1989: 115) criticó la relación entre Baños y El Trampal porque tienen profundas diferencias constructivas y, también, la diacronia entre las partes de la iglesia de Baños porque los distintos estilos en las iglesias altomedievales siempre los hemos considerado propios de la manera de hacer de este momento y no un indicio de momentos diferentes. Pero más adelante veremos cómo hoy, apoyándonos en otras evidencias, nuestra postura sobre Baños sigue de cerca lo apuntado por Palol. Finalmente, el estudio estilístico de la decoración de Baños nos hizo plantear de nuevo su cronología postvisigoda, obligando a señalar una contradicción por hoy de difícil resolución (Caballero 1994(Caballero -95: 112-6 y 1997: 257): 257). Este análisis está alentado justamente por esta contradicción, no pretendiendo resolver con él su cronología, sino aportar nuevos datos que ayuden en el futuro a resolverla. LA LECTURA DE PARAMENTOS Si el problema que se planteaba a la hora de leer la iglesia de La Nave (Caballero y Arce 1997: 223) era el de analizar un edificio cuyo traslado había supuesto la transformación de todos sus contextos históricos en uno solo contemporáneo; en Baños las sucesivas restauraciones y sobre todo la última del La lectura sigue las mismas normas que la efectuada en La Nave (Caballero y Arce 1997: 223), con la única diferencia de haber intentado simplificar los signos utilizados para encuadrar los elementos sin etapa determinada, usando una / para los que son posteriores (o mayores) que una etapa y anteriores (o menores) que otra. Período L Indicios de materiales reutilizados (A 1001, fig. 5-6 y 14) Con una iluminación rasante es posible ver que el saimer y las dovelas P, 4% 6^ y 8^ del lado Sur del arco de triunfo presentan en su tercio más próximo a su línea de intradós ligeras concavidades que parecen el fondo de huecos para gafar que hubieran sido rebajados (fig. 14). Si estos huecos hubieran servido para elevar estas dovelas lo lógico es que se situaran en el extremo distal de modo que cabecearan a favor de su colocación, no junto a su borde inferior. Tampoco parece lógico utilizar huecos que obligaran a retallar toda la superficie de la pieza una vez colocada. Además, sistema semejante no parece necesario en este caso por el tamaño pequeño de las dovelas y la escasa altura a que se colocan, aunque tampoco se puede decir que fuera extraño su uso. Por ello parece que deben atribuirse a una utilización previa de las piezas (sillares o ya dovelas) en que se tallaron. Algo parecido ocurre con pequeños huecos de forma rectangular y circular existentes en dos sillares a O. y cuatro a N. de los paramentos exteriores del pórtico (fig. 5-6). Su distinta forma, en algún caso descentrado respecto al sillar, hace suponer que son huellas de sillares previos' ^. A estos indicios se deben añadir otros. En los cimientos de las arcadas apareció una inscripción funeraria en 1898 (Rodríguez y Simón: 17, n. En seguida nos referiremos a otros indicios de posible reutilización de sillares en el aparejo primitivo. Columnas y frisos decorativos indican también su reutilización de otro edificio por lo cual hubieron de relabrarse. A su vez, una de las placas de cancel descubierta en 1963 reutiliza una inscripción de la que resta una hederá en su reverso (fig. 20). La distribución de los restos primitivos en la planta, según nuestra lectura, es básicamente similar a la aceptada desde la propuesta de Aníbal y Agapito (1902 ayb, nuestra fig. 1,1 a 3). Esto es, el ábside central, los muros proximales de los ábsides laterales, los arranques de los muros occidentales de los anteábsides, las columnas de las arcadas, el testero con sus esquinas que avanzan por los muros laterales y el porche. Sin embargo no dejan de existir diferencias, sobre todo respecto a los ábsides laterales y la comprensión de los muros laterales del aula, ignorando los pocos sillares que quedan de la obra primitiva en ellos. Sólo la cara externa de estos pocos sillares se alinea con la cara externa de los muros proximales de los ábsides laterales, y no con el grueso de los muros. Nadie que sepamos se ha referido a este hecho que es el que va a determinar la oblicuidad que definitivamente toma la restauración de los muros laterales del aula y el que nos puede orientar sobre la reconstrucción de la volumetria de los anteábsides. Lógicamente son mayores las diferencias observadas en los alzados. El ábside central se conserva prácticamente entero, con la forma aproximada de su frontón y, quizás las huellas para encajar sus canceles si no pertenecieron estas huellas a una etapa posterior (A 1021, fig. 9-10) y los muros proximales de los ábsides laterales hasta la altura del alero. Del meridional se conserva en la primera hilada su testero hasta la jamba de su puerta con un retalle en su esquina exterior que serviría para encajar un cancel o de mocheta para la hoja que la cerrara (A 1020, fig. 4 y 14); en el aula, prácticamente enteros el frente oriental, a falta de su frontón, y la arcada S. y su muro, mientras que el muro de la arcada S. se ha perdido prácticamente desde los umbrales de sus ventanas, así como su esquina con el muro de testero, muy perdido también en sus laterales como les pasa a los muros del pórtico, cuya altura conservada oscila entre un metro y la del arco de acceso. Como ya dijimos, Palol llegó a preguntarse si el edificio se componía de dos o tres etapas, una el ábside central, otra el aula con el pórdco y otra los ábsides laterales. Al realizar nuestra lectura, inducidos por los mismos argumentos, partimos de la misma posibilidad, por lo que hasta en la distribución de actividades mantuvimos las divisiones entre estas partes. Con una primera lectura parece que las arcadas están adosadas a la cabecera, rompiendo la arquivolta decorada en los dos lados. De ser así podría pensarse en la verosimilitud de las propuestas de Cossio y Caveda citadas, que las arcadas fueran construcciones de fecha posterior \ Sin embargo, las roturas de las arquivoltas coinciden con sendos huecos, quizás mejor sendos grupos de huecos (A 1037 y 1043), que son a los que se deben achacar sus roturas y que no sepamos en realidad cómo remataban, pues por su causa se arrancarían las piezas más inferiores de la arquivolta. También nos hemos planteado si existía una interfaz entre los muros de las arcadas y el frente encima de la embocadura del ábside. Pero allí, pese a las dudas que en una primera impresión dan las grietas provocadas por la apertura de la bóveda, nada se observa. La inscripción está colocada en su lugar primitivo a la vez que los sillares del testero en que se incluye y a la vez que las esquinas y los muros de las dos arcadas (con la salvedad de la mitad superior del S.). Creemos que la misma unidad que Palol certificó en los cimientos entre la cabecera y el pórtico, se certifica a nivel de estos muros en altura, tanto sobre el ábside como en el testero O. Un problema diferente es el de los ábsides laterales. Palol (1988: 23) quiso señalar en ellos otra etapa por las diferencias de esdlo que observaba entre su decoración y la del ábside principal. Cómo sus restos hoy son totalmente independientes de los del resto de la iglesia no es posible conseguir una ^ Agapito 1902a: 32 n. 2 se refiere a «muchos signos distribuidos sin orden ni concierto» en los sillares, que supone de canteros. No sabemos exactamente a qué se refiere. ^ Simón diferencia también la perfección de los arcos del ábside y el pórtico frente a los de las arcadas, aunque no lo achaca a una diferencia cronológica. AEspA, 71, 1998 relación estratigráfica, pero las semejanzas de sus materiales y aparejos avalan su coetaneidad. El material utilizado en la sillería es caliza fosilífera (al parecer procedente de los términos de Dueñas, Falencia, y Valoría, Valladolid, según informa Salas a Fita 1902: 495 n. Pero a simple vista se distinguen tres tipos distintos de piedra. Sólo en la rosca de la embocadura y la hilada de clave del ábside central la caliza es de apreciable mejor calidad, más compacta y blanca, quizás, junto a las huellas de huecos ya señalados, indicio de su reutilización. En el resto de la iglesia, la piedra es de peor calidad, degradada al exterior y presentando dos coloraciones muy diferentes, aunque parece el mismo tipo de piedra, ocre y gris. En el interior aún es posible observar en ocasiones el modo de talla de los sillares, también similar a la de otras iglesias altomedievales, en concreto a La Nave. Los ajustes y las juntas entre ellos son perfectas, siempre que es posible observarlas dada la degradación del material y los rejuntados sucesivos de las restauraciones lám. 43,b y c). Los cimientos se conocen por los estudios de Palol (Palol y otros: 249), bloques planos que considera pequeños, quizás porque se han fragmentado y partido, ya que pensamos que en ocasiones tienen más anchura que la de los muros, sobresaliendo por sus dos caras ^. Quizás la poca resistencia de estas losas de cimiento sea una de las causas de la ruina de los muros laterales del aula. En los cimientos de las arcadas, al contrario, grandes bloques sirven de asiento de las columnas, unidos entre si por muretes que cuando los descubre Palol son irregulares quizás por haberse saqueado en parte pues recordemos que de uno de ellos procede una inscripción funeraria (Palol y otros: 255 y fig. 8 y 9, también en nuestras fig. 5-6). Sobre los cimientos los sillares son mayores, colocados verticales en la hilada inferior, como ya hizo notar Palol (1988: 37 fig. 6-7, nuestras fig. 1, 3-7, 11, 13 y 14), característica de esta iglesia, aunque puede que se rastree en otras como en La Nave (Caballero y Arce 1995: fig. 2-4); y alternando en las esquinas su dirección en hiladas consecutivas, que se desdoblan en dos en el cuerpo del paramento. Camps observó, aunque con errores, dos tipos de piedra y las diferencias de tamaño en la sillería (p. 523-4), menor no sólo en las partes altas de las arcadas y demás muros, sino también en el centro de zación puede ser lo que asemeja ambos testeros, siempre a favor de la mejor técnica de Baños. Pero también es cierto que el alto número de acusados codos en Baños sólo se da en este testero, lo que abona por su excepcionalidad, debido a una junta de obra o a la presencia de la ventana. Los tres ábsides estaban abovedados, con bóvedas menores en los laterales, como se ha podido comprobar con nuestra documentación (fig. 13), las tres peraltadas, tendiendo a la herradura. Como ya observaron Gómez Moreno (124) y Palol, la embocadura de la bóveda del ábside central determina directamente su arco de triunfo (que Palol 1988: 29 definía como paleocristiano; igual ocurre en El Trampal, a pesar de que las semicolumnas adosadas pretendan otra sensación). Las arcadas son de cuatro arcos apoyados sobre columnas cuyos.materiales reaprovechados obligan a una altura variable de su imposta. Los arcos occidentales, que arrancan de pilastras en vez de columnas, curiosamente ofrecen curva descentrada, adoptando una forma que recuerda la de un arco por tranquil, o rampante, con arranques a distinta altura, aunque esta característica sólo ocurre de hecho en el arco N., donde puede existir un desnivel de 15 cm entre los dos arranques, pero no en el S. -Otra diferencia en estos dos arcos es una pieza más de las que los componen en el lado E. que en el O. Esta irregularidad formal, tan similar en los dos arcos, no se relaciona de ninguna manera con alguna interfaz o reforma en sus paramentos. Sobre las arcadas y los muros laterales la cubierta del aula hubo de ser de madera, sin que nada haga pensar en una cubierta abovedada. Los muros de las arquerías, por su lado exterior y en las enjutas de los arcos, presentan unos huecos (aprox. 30 X 30 cm) para recibir los tirantes de la cubierta. En total son cinco, tres entre los cuatro arcos y dos en los extremos, cuya línea de base se sitúa entre 20 y 30 cm por debajo de la de las claves de los arcos. Todavía en el hueco más occidental del lado S. se conserva la testa de la viga encastrada. En la nave S. queda también el hueco de un durmiente o estribo empotrado (A 1058, pl. 9 y 12) que lógicamente debe ser el de la cubierta primitiva. Es posible que también quede al N., pero de ser así, está tapado por el enjarje de la actual cubierta. Se conservan tres tipos de ventanas. La del ábside tiene derrame al interior, imposta que la decora por las caras y su interior y arco de herradura adovelado tanto por dentro como por fuera (fig. 3 y 13). Es de suponer que los ábsides laterales tendrían ventanas de forma y decoración similares a las que pertenecerían impostas que se encuentran reutilizadas (fig. 19). Puede dar la impresión de que las ven-tanas de las arcadas son iguales, pero en realidad mezclan dos modelos bien diferentes, monolíticas al exterior, donde hace de imposta el friso exterior, y adoveladas al interior, sin imposta y con el arranque del arco ligeramente retraído sobre la línea de jamba (fig. 4, 6, 9 y 10). Su forma exterior tiene abundantes paralelos en la arquitectura altomedieval, especialmente con las ventanas dobles mal denominadas ajimeces. El tercer tipo es el ajimez, o sea la ventana monolítica de doble vano, existente en el testero O. del aula, con columnilla de parteluz, no derramada, y restaurada por Aníbal (Agapito 1902a: 31 n. Durante los trabajos de Aníbal se recogieron fragmentos de celosías, una de las cuales, según el testimonio de Agapito (1902a: 32 n. Las demás se pusieron nuevas, pero no tenemos seguridad, sin haberlas observado de cerca, de que la original se conserve (a pesar de la fotografía de Schlunk y Hauschild: lám. 107a, 2^ ventana del N.). Ruina y refacción de los muros laterales del aula. Las capillas laterales góticas. En época medieval se cerraron los espacios intermedios entre los ábsides construyendo una cabecera de cinco habitaciones. Este cierre ocurrió en dos etapas diferentes (corresponden a las A 1007 y 1011, fig. 3, 7, 8 y 11-3), la segunda de las cuales es gótica y a la cual pertenece la cubierta de bóveda de nervios, sus ventanas y los contrafuertes de esquina de los ábsides intermedios sino se hicieron al derruir los ábsides laterales a inicios del s. xviii. Al construirlas se cortaron los muros que cerraban los espacios intermedios (cuyo cimiento Palol buscó sin encontrar, Palol y otros: 246 y 250), rehaciendo los cortes con arcos a modo de embocadura. Dada la irregularidad del trazado primitivo, la capilla S. es más estrecha y apuntada que la N. Probablemente (como veremos al analizar la forma primitiva del edificio, aunque de ello no queda indicio) también se debieron cortar los muros de las naves laterales allí donde coincidían con los de los anteábsides, abriendo arcos donde hubo de haber puertas, creando un espacio a modo de crucero. En 1601 el obispo Sandoval describió esta cabecera de cinco tramos que tiene cinco capillas por frente, a la vez que el artesonado que cubría toda la iglesia, quizás mudejar y coetáneo a las capillas intermedias, decorado con escudos con medias lunas blancas en campo rojo y azul y orla colorada con lises y hojas de higuera (Quadrado: 333 n. Es lógico pensar que estas reformas dieran lugar a la del resto de los muros laterales del aula, también ocurrida en dos momentos. Quizás la voluntad de ampliar la cabecera fuera unida a la solución de problemas previos aparecidos en las cubiertas de las naves laterales y los anteábsides. Fuera así o no, en época medieval los muros exteriores de las naves laterales se hundieron, rehaciéndose al menos en dos ocasiones y terminando por desaparecer hasta sus cimientos. Las únicas referencias sobre sus refacciones nos la da el que lo poco restante de la más antigua conservada al N. (A 1006, 1008, 1023, fig. 6) sobremonta un sarcófago que Palol considera del s. XII (1964: 22, lám. IV-VI; 1988: 22 plano) y la oblicuidad de ambas (aunque la del S., A 1017, es posterior, etapa VI) respecto al eje de la iglesia, lo que sólo se puede explicar por la desalineación que en la obra primitiva presentaban los muros laterales del aula respecto de sus fronteros del ábside correspondiente. Ello obliga a pensar que la primera vez que se rehicieron se desviaron para que llegaran a tocar el extremo de sus ábsides laterales pues, de otro modo, no se explica la razón de su inclinación. Como la ruina de los muros laterales del aula hubo de estar en relación con la de los muros de los anteábsides, hemos de suponer también que los huecos para una cubierta situados por encima de las ventanas del lado N. y que ocupan el ancho de su anteábside (A 1047, fig. 6) tuvieron que pertenecer a un arreglo de la cubierta primitiva, que se ha de considerar medieval aunque en el diagrama, por la relación entre elementos, ocupe un tiempo mayor. Períodos V a VIL Degradación del monumento e intervenciones modernas Los datos documentales aportados por Agapito (1903-4) indican con claridad la suerte de la iglesia desde fines del s. xvi y explican, como bien dice este autor, que entonces el monumento entró en un paulatino proceso de degradación, agravado a partir de la creación de la cercana parroquia de S. Martín (anterior a 1559). Con los esfuerzos que la comunidad hizo por mantener la iglesia (especialmente en 1589 y 1699) pudo irse manteniendo pero no se evitó que fuera perdiendo gran parte de sus caracteres. La humildad de las intervenciones impide datarlas estilísticamente. No se puede obtener una secuencia donde todas las actividades se relacionen entre sí y tampoco es posible relacionarlas exactamente con los datos documentales, de los que no conocemos más que los de los siglos xvi y xvii. Por ello sólo describimos las actividades más importantes, limi-tándonos a reseñar, cuando es posible, sus aparentes relaciones con los datos de las fuentes (anexo 1). -No hay referencia sobre la habitación adosada al E. del ábside central, documentada por la lectura estratigráfica (A 1066, fig. 3), ni con la restauración de mediados del xix, con la que quizás se desmontara. Sólo es dudosa la de 1588, que de la parte de afuera tras de la capilla cierren una quiebra. -Delante de la embocadura del ábside central (fig. 9-10) debieron existir trabes en momentos distintos, incluso primitivo, que recuerdan las documentadas en La Nave y Melque (Caballero y Arce 1997: 255). Dentro del ábside, quizás se puedan poner en relación con la construcción de las capillas góticas las pinturas con casetones y florones (A 1033), huellas de uno o varios posibles retablos (A 1028 a 1032) y una reja en la entrada (A 1036). -Restos de tres enlucidos sucesivos efectuados previamente al primer cierre del paso a los anteábsides (A 1012-4, fíg. En los documentos se citan varios enlucidos y rehinchados en el s. xvi. -El cierre de los pasos a los anteábsides (A 1015, fig. 2, 4, 6-7, 12 y 14), como ya dijimos, quizás no fue el primero efectuado y es muy probable que sea de fecha muy moderna, frente a la opinión de Palol (1964: 5-6 y 22) que considera debió hacerse pronto. El mandato recogido de que en 1588 se zierren las dos capillas colaterales que exceden de las tres nabes de suerte que la de la parte de la Epistola se pueda servir de sacristia y la otra para tener cosas dejando puertas para entrar y salir y que se cierren desde el suelo hasta el rrecibo del arco... como un tabique de yeso, no data el primer cierre conservado dado que al año siguiente se sobreseyó. Podría pensarse que esta orden se refiera a otro cierre, por ejemplo en la embocadura de los propios ábsides, pero el tamaño de la entrada a los ábsides, apenas de metro o metro y medio (Agapito 1902a: 30 pl.), hace suponer que no tendría arco sino dintel y que se cerraría mejor con una puerta sin necesidad de tabique cuyo lugar lógico sería en el acceso desde el aula. Por lo tanto el cierre debe fecharse después de 1589, quizás no mucho después, aunque ya en el siglo xvii. Las fuentes reiteran su mala situación probablemente resultado de la tendencia a abrirse de sus bóvedas (como denuncian aún las grietas en el ábside central) y de los empujes desiguales de las capillas intermedias cargadas sobre sus muros proximales, que también señalan movimientos de dirección E-0. Como bien razona Agapito su ruina definitiva debió tener lugar en 1702. La colecta efectuada para su reparación debió terminar en su más fácil derribo y aprovechamiento de la piedra para construir la torre de la parroquia. Ya en 1610 se habían sacado de S. Juan 24 carros de piedra que pudieron proceder de las ruinas que sobreelevaban el terreno a su alrededor, pero que también podían proceder de demoliciones parciales de ellas y el crucero medieval. Se documenta la restauración de un agujero encima de la puerta de entrada en 1589, quizás cuando se colocara allí el fragmento de placa decorada que creemos fragmento de ajimez. De ser así, ofrecería una fecha cruzada para la reforma de la cubierta de la cabecera y el desmoche del frontón oriental del aula. La exterior documentada en fotos anteriores a la intervención de Aníbal (Rollan: lám. 10). 4 y 6), simétricas, que pudieron pertenecer a los suelos o la escalera de madera de un camaranchón sobreelevado sobre los muros de la iglesia. Pero no es segura esta posibilidad, dado el término empleado y la contradición con la noticia reiterada de que la actual espadaña, sobre la fachada del pórtico, es imitación de la antigua, a no ser que aquella estuviera sobre el testero de la nave central. Como dijimos, las noticias de esta criticada restauración son muy genéricas. Según Simón se efectuó en 1865 y le atribuye la espadaña, la elevación de las naves laterales, la cornisa dórica y la cubierta (Rodríguez y Simón: 3-4). No cabe duda de esta restauración «neoclásica», efectuada con sillería tallada en dos tipos de piedra que se reutiliza de un edificio distinto, como advierten algunas letras de inscripciones, asentada con la ayuda de pequeñas cuñas de madera que aún se conservan y rematando todo el edifìcio con la moldura dórica. No sólo afectó a los muros laterales y de testero de las naves laterales, también al contrafuerte SO. (y su paralelo del lado N. según testimonio de Rada 1872: 568, aunque su apariencia actual sea de Arenillas), a la esquina SO. del pórtico (anterior a Aníbal, Quadrado 1885: 332 fig.) y a la espadaña, confirmando el reiterado testimonio. En los testeros de las naves laterales se abrieron sendas ventanas y otras dos en el muro lateral de la S., quizás restos de otras anteriores dada la rareza de ser cuadradas, con platabanda al interior y arcuadas al exterior (fig. 4 y 12); sólo la limpieza de los enfoscados podría aclarar este extremo. Si hacemos caso del juicio indirecto de Camps y Palol y de lo que documentamos en la lectura de paramentos, habría que atribuirle además la restitución de las partes altas de la nave central. Nada impide dar como primitivo el muro N. de la nave central, hasta su moldura, en su integridad (fìg. Su aparejo, la presencia de mechinales, igual y a la misma altura que en otras partes del edificio, y, como veremos, la modulación redundan en la conclusión de la estratigrafía mural. No ocurre así en el muro S. (fìg. Por su interior se observan con claridad varios hechos: la ausencia de mechinales; la inclinación hacia el interior de la iglesia de la parte baja del muro que incluye los arcos y aproximadamente hasta los umbrales de la ventana, mientras que el muro por encima de esta interfaz (señalada en la fig. 10) sube vertical; la aparente diferencia de tratamiento de las caras de los sillares, LUIS CABALLERO ZOREDA y SANTIAGO FEIJOO MARTÍNEZ AEspA, 71, 1998 más cuidada en la zona inferior y más rugosa en la refacción superior; el aparejo distinto especialmente entre la 2^ y 3^ ventana, y en parte de la 3^ hacia el O. (desde el ábside); y la mayor abundancia de enfoscado de lo normal en todo el muro, con los sillares dibujados sobre él. Por fuera es más difícil diferenciar la restauración, pero se nota también por las esquinas más redondeadas de los sillares, sus roturas, espacios abiertos entre sus juntas (lo que se observa gracias a la pérdida de enfoscado entre ellos) y la irregularidad del friso decorado. Parece indudable, por lo tanto, que existe una fuerte restauración en lo alto del muro de la arcada S., tanto al exterior como al interior, desde la esquina E. hasta la 3^ ventana y, por el interior, entre las P y 4^ ventanas. Pero no son nada claras, para el sistema de observación que hemos seguido, sus características. Existen, al menos, dos actividades que no sabemos si pertenecen a etapas de obra o a restauraciones. Es muy clara la interior entre las ventanas 2^ y 3^, diferenciada por el tamaño menor de su sillarejo. Esta observación no se puede hacer al exterior, aunque también allí se observa una restauración hacia el E., por debajo de la moldura. Lo demás, siendo evidente su restauración, se ha realizado con los mismos materiales de la construcción primitiva, dando la razón a las observaciones citadas de Camps y Palol: se trataría de una verdadera «anastilosis» o restitución. Nosotros hemos reservado por ello dos actividades, la A 1039 para lo realizado con sillarejo y la A 1063 con los sillares primitivos. Pero esta diferencia no presupone cómo se desarrolló la restauración, si se trató de dos restauraciones distintas o de una sola. Su perfección y la evidencia de que el muro se desmontó para devolverle su verticalidad obligan a atribuirlo a una sola restauración culta. No parece que ésta pueda ser la de Aníbal, quien asegura que efectuó obras solo de limpieza y conservación (Agapito 1902a: 16), luego ha de ser la controvertida anterior y, para nosotros, anónima. Aún hay que añadir a todo lo dicho la restauración de la columna 3^ de esta misma arcada S. (fig. 10-1). Se abrieron huecos en los laterales del salmer y la primera dovela para apear la obra; se desmontó la columna cortando la parte alta de su fuste para sanearlo, dado que debía estar agrietado o desgastado; y se volvió a montar todo, el fuste sobre un tambor nuevo inferior, quizás invirtiéndolo y retallando su extremo superior para ajustarlo al diámetro menor del capitel. Otra restauración semejante se efectuó en la jamba N. del arco del pórtico (A 1060, fig. 5 y 17), de la que se conservan los huecos abiertos en el salmer para apearlo, quizás para sanear los si-llares que lo sustentaban, pero sin sustituirlos, o sea realizando de nuevo una «anastilosis». Finalmente la colocación de una cancela por la parte interior del arco del pórtico. Creemos lo más plausible que estas obras sean de la restauración de mediados del s. XIX, y no las creemos posibles ni de Aníbal, por lo ya dicho, ni tampoco de las actuaciones de los años -50 en adelante pues su importancia hubiera obligado a oficializarlas, sin que exista constancia de ellas ni en los expedientes del Ministerio ni en la memoria de Palol. Es probable que con esta restauración se desmontara la habitación adosada al exterior del ábside central, de la que no hemos encontrado ninguna referencia, y (a pesar de aparentar ser una actuación contraria al espíritu de todo lo que hasta aquí le hemos atribuido) se cerrara el ábside para utilizarlo como sacristía, colocando delante un retablo de otro lugar, y se blanqueara por dentro todo el edificio (Agapito 1902: 15 y 34 lám. ). -La restauración de Aníbal Alvarez. (A 1070) Supuesto todo lo que acabamos de decir de una restauración anterior a la de Aníbal, apenas le queda a éste más mérito que haber renovado la cubierta; limpiar todo el blanqueo interior (enfoscando a cambio. Rodríguez y Simón: 2); abrir el ábside y los huecos para que se vean los paramentos labrados de los muros al fondo de las capillas laterales actuales, en las esquinas y en sus entradas también distales, quizás antecedente de los abiertos para ver los enfoscados góticos (Agapito 1902: 27-8 ); quizás rematar el frontón del testero de la nave y el contrafuerte SO.; arreglar el ajimez y colocar las celosías, el altar y una verja todo alrededor del monumento para su defensa. -Las restauraciones de A. Arenillas, I. Sanz Fernández, F. íñiguez y L. Cervera. A excepción de lo ya citado, no siempre es posible saber a quién atribuir cada intervención. Especialmente agresiva es la actuación de reposición de abundantes sillares en paramentos, aprovechándolos del múrete de la verja exterior que ahora se desmonta, en ocasiones sustituyendo restauraciones de ladrillo, en otras sillares descompuestos como los del frente de los ábsides, debido a las humedades de las tierras acumuladas y retiradas con las primeras res-tauraciones, o los de la esquina SO. y la jamba S. del arco del pórtico, y, en otras, tapando huecos de obras antiguas como la del coro en las arcadas. También se recalzan con hormigón los muros de las naves laterales y, sin dejar huellas visibles en la lectura de paramentos, se refuerzan las bóvedas de los ábsides, actuación típica de Arenillas cuyo resultado quizás fue contrario al que se pretendía. También puede calificarse de agresivo (reiterando la crítica efectuada sobre actuaciones semejantes anteriores) el enfoscado general, que intenta unificar el aspecto de todos los paramentos dibujando sillería allí donde es evidente que ni se conocía, como en los tabiques de las ventanas que ahora se cierran. Los retejos han sido continuos en el edifício, pero la cubierta actual la creemos una intervención, cuya fecha exacta no conocemos, posterior al retejo de I. Sanz en 1980. También se han documentado ligeras incisiones de plomos y horizontes efectuadas por el equipo alemán que documentó la iglesia en 1994. EL PROBLEMA DE LA DECORACIÓN DEL EDIFICIO PRIMITIVO Como ya hemos dicho, Palol planteó la posibilidad de que los estilos decorativos que creía distinguir en el edificio correspondieran a etapas distintas de su construcción. Este recurso ha sido muy utilizado para explicar momentos constructivos distintos en nuestra arquitectura altomedieval que nosotros, por principio, no hemos creído adecuado. Así se dijo de La Nave, Quintanilla e incluso S. Miguel de Liño (Oviedo. Respecto a Baños, Palol creía ver diferencias, que nosotros no vemos, en la técnica a bisel del friso de cuadrifolias del ábside central frente a los de cintas de los laterales. Sin embargo sí parecen significativas las diferencias que existen entre otras piezas de Baños: entre los cimacios de las columnas, los frisos de círculos secantes, el ajimez, los fragmentos de elementos muebles descubiertos en 1963 y la barrotera llevada por Rada al Museo Arqueológico Nacional. Analizada la decoración hemos llegado a la siguiente conclusión que exponemos en síntesis. Se distinguen dos conjuntos (fig. 18-9), uno de piezas decoradas antes de la construcción de la iglesia, al menos una parte reaprovechadas en ella, y otro de piezas talladas ex profeso para su construcción. El primer conjunto (además de por sillares, dovelas y columnas) está formado a su vez por dos grupos. Uno (grupo 1) por los cimacios de las columnas orientales y otra pieza conservada en el ábside N., diferentes a los demás y de tipología visigoda no discutida. Está formado por los abundantes frisos y arquivoltas con círculos secantes o cuadrifolias en los que se ha creído ver paralelos con obras omeyas, situados en el ábside central, el aula y el porche (una de cuyas piezas de arquivolta es recta). Muchas de estas piezas están recortadas por sus testas y asientos para poder recolocarias y otras redecoradas. En el friso del ábside central se observa que se reutilizan parejas de piezas que en origen tenían una dimensión de tres codos de largo. Quizás se puedan añadir a este grupo segundo los frisos de cintas de los ábsides laterales y las arquivoltas de los arcos. El segundo conjunto es el de las piezas decoradas para la actual iglesia. Un grupo (grupo 3A) lo forman los retalles necesarios para decorar las testas cortadas al acoplar las piezas reutilizadas a sus nuevas medidas: testas de los cimacios de las pilastras de las arcadas y del arco del pórtico, también con cuadrifolias pero de diferente dibujo y factura. El último grupo (3B) está compuesto por los cimacios de las ventanas de los ábsides, los canecillos que sostienen la inscripción, el ajimez del aula, otro posible ajimez y las piezas de canceles, y se relaciona con tipos de cronología discutida, como los de El Trampal, Melque y Lisboa, o de segura fecha post-711 como el de la asturiana Liño. Estas observaciones no consiguen datar la iglesia, ni su decoración, pero plantean una nueva explicación sobre el problema de la datación, alternativa a la consensuada, suponiendo que la decoración tiene tres procedencias distintas: Primera: decoración reutilizada (grupo 1), de tipología visigoda consensuada. Hipotéticamente podría añadirse a ella la inscripción fechada a mediados del s. vil que, de ser así, procedería de otro edifício anterior ^. Segunda: decoración reutilizada (grupo 2), de tipología visigoda discutida, pues podría haberse efectuado por un taller de raíz omeya. Tercera: efectuada para el edificio actual, retallando piezas del grupo anterior (grupo 3A) o tallando elementos ex novo (grupo 3B) en un taller con influencias asturianas y otras evolucionadas de los anteriores. Tras este planteamiento describimos las caracterísdcas de las piezas que componen estos grupos.'^ El argumento ya lo expone, para refutarlo, Simón: Admitida como es forzoso admitir su autenticidad (de la lápida)... hay que reconocer, si se niega á la Basilica el origen visigodo, que esta lápida procede de otro templo á quien el actual ha sustituido en época incierta. Los cimacios con imbricaciones y aspas con cruces de los capiteles vecinos a la embocadura del ábside central y otra pieza recolocada en el ábside N. a la altura de su compañera forman el primer grupo (Camps 1947: fig. 307 y 312). Estas piezas parecen estar cortadas para acomodarlas al edificio, igual que les ocurre a la pareja de capiteles adosados a la embocadura del ábside mayor. Por lo tanto este grupo incluiría piezas que es seguro que se reutilizaron o al menos se tiene cierta sospecha de ello. Como otras piezas (sillares, dovelas y columnas) y las piezas del siguiente grupo son también reutilizadas, podemos preguntarnos si todas las piezas tuvieron la misma procedencia, lo que no parece seguro dadas las diferencias de estilo de todos estos expolios. El núcleo del segundo grupo lo forman los frisos de tamaño grande decorados con cuadrifolias o círculos secantes con botón central, flores de lis en sus intersecciones y filete con ovas y perlas, situados en los laterales del ábside central, en las pilastras de las arcadas y en el arco del pórtico (grupo 2a, fig. 18). En estas piezas, como veremos, se pueden observar datos muy significativos sobre cómo se generó y decoró la iglesia. Dos de estas piezas, situadas a partir de la embocadura en el lado N. del ábside central (fíg. 9), unen perfectamente entre sí de modo que forman un friso continuo, sin discontinuidades en su dibujo, que se inicia en el primer sillar con medio círculo cuyo hueco rellena una flor de lis y remata en el segundo con otro medio círculo también con su flor de lis. Podemos preguntarnos si la cara lateral del segundo sillar aún está decorada como lo está hoy la visible de la izquierda que actúa como imposta del arco de triunfo. El resto de las piezas de este grupo debieron formar parejas semejantes, aunque hoy están situadas en posiciones diferentes, desconcertadas respecto a sus inicios y sus juntas centrales, y cortadas lateralmente de modo que no todas tienen sus 75/74 cm de origen sino que oscilan entre 69,5 y 73 cm. Lo mismo ocurre con las piezas utilizadas como impostas de las pilastras occidentales de las arcadas y del arco de ingreso al pórtico (fig. 8-11, 15 y 18). Las cuatro se han cortado quizás escasos 5 cm para ajustarías al ancho requerido, sin cuidarse de que el corte coincidiera con el esquema decorativo. Posteriormente, sus laterales se decoraron por otra mano {grupo 3A), con variantes muy expresivas, las elipses que llamaron la atención de Rada y, en vez de las flores de lis de las intersecciones, dobles líneas en las pilastras y ángulos en el arco del pórtico (para el corte en la pilastra N., Palol 1988: 40; y la diferencia de temas en Schlunk y Hauschild: lám. 107c, pilastra S.). En el ábside, una variante de este grupo la forman las piezas de su fondo y las 3^ y 4^, desde la embocadura, de su lateral S. que presentan ángulos, en vez de flores, en las intersecciones de los círculos y son mucho más largas, llegando a sobrepasar los 117.5 y 118 cm las del testero. Justamente éstas también están limpiamente cortadas por el vano de la ventana, sin respetar un fínal armónico de su decoración. Otras piezas del ábside, pertenecientes a una u otra variante, también están cortadas: las 4^ y 6^, desde la embocadura, del lado N. y las Fa 3^ del lado S. con toda claridad por su cara inferior y la que simula ser la 4^ del lado S. que en realidad está formada por dos trozos de 52,5 y 21 cm cuidadosamente cortados para que sus dibujos coincidan y creen la ilusión de una pieza entera. Lo que hemos descrito es lo más evidente, que, como dijimos, no escapó a la observación de Palol. Debemos preguntarnos por ello si otras piezas de las que decoran el edificio pertenecen a este grupo reutilizado o forman conjuntos distintos. Pero estas piezas no presentan indicios tan seguros de su reutilización, por lo que para su adscripción a uno u otro grupo nos basamos también en el criterio del estilo y su técnica. A nuestro parecer, frente a la opinión de Palol, por técnica y estilo también deben pertenecer a este primer grupo los frisos grandes de los ábsides laterales (fíg. 4, 6 y 19) con cintas entrelazadas, botones en los centros y el filete de ovas, pues presentan talla a bisel incluso en el fondo de las cintas y se unifican con los frisos de círculos secantes por el filete de ovas y perlas que lo remata. En cada friso conservado hay sendas piezas que invierten el sentido en que se cruzan las cintas. En el lado S. hay dos cambios mediante un bucle en forma de U invertida, y en el N. otros dos mediante una onda completa de una cinta, bajo la cual semeja girar en redondo la otra cinta. En cambio, puede considerarse indicio de reutilización (aunque sin total seguridad) el que estén cortados los motivos de círculos secantes en las uniones de las dovelas del arco del porche (Palol 1964: lám. 15) y que al menos una de ellas, la 2^ a la derecha de la clave, sea un friso recto y no una arquivolta curva (fig. 5 Los frisos menores de cuadrifolias o círculos secantes, que coronan el aula por dentro y por fuera doblando en las jambas de las ventanas, es dudoso que pertenezcan al mismo grupo por el criterio de reutilización (fig. 4-6, 9-10 y 14-5). Por una parte sus extremos y juntas no coinciden en su colocación actual, lo cual avalaría su reutilización. Pero, por otra parte, parece que las piezas tienden a un esquema de cuatro o cinco centros de círculo con botón y medio círculo en esquina con ángulo lateral, de modo que, si estuvieran bien colocadas, el friso corrido podría simular un ritmo en que alternara un aspa, resultado de la tangencia de dos ángulos, dada cuatro o cinco botones, imitación de lo que desordenadamente ocurre en los frisos grandes del ábside por la reutilización de piezas. Sólo una observación directa y detallada, con andamio, permitirá asegurar una u otra opción. Los cortes que han sufrido las piezas de los frisos grandes de cuadrifolias, obligan a pensar en su segura reutilización. No ocurre lo mismo con el resto de piezas decoradas que por su estilo o técnica hemos unido en el mismo grupo 2, quedando dentro de lo probable si se debiera formar con ellas otro grupo intermedio o si se debieran incluir en el grupo tercero, tallado a propósito para la iglesia. Ya nos hemos referido al grupo 3A, que retalló las piezas reutilizadas del grupo 2. El grupo 3B (fig. 19) lo forman las cinco piezas encontradas en las excavaciones de 1963 y la reutilizada en la enjuta del arco del pórtico, con las que Palol reconstruye tres canceles, y otra más con sogueado, reutilizada en el interior del ábside S., que pudo pertenecer al tercer cancel de Palol (1964: fig. 4). A este subgrupo deben pertenecer también la barrotera de cancel conservada en el Museo Arqueológico Nacional (MAN) de Madrid, aunque aparentemente su estilo decorativo parezca diferente a los de las restantes piezas del grupo (Camps 1946: 581, fig. 321); los canecillos de la inscripción; las impostas con cintas y grupos de botones en la ventana del ábside central y en posición secundaria en la ventana del ábside N., junto a la jamba S. del ábside S. y en el mismo muro exterior; y el ajimez del aula, que parece de peor calidad quizás sólo por haberse degradado al estar a la intemperie (Arbeiter y otros: 9). Si nos fijamos en la similitud que tiene esta pieza con la reutilizada en la enjuta del arco del pórtico, deberemos considerar ésta un segundo ajimez, quizás el que estaría situado encima de la inscripción en el frontón oriental del aula. Los círculos secantes y las cintas de este tercer grupo se diferencian de la mano del segundo y se asemejan más a la que los retalló e imitó que también incluimos en este tercer grupo que engloba, por tanto, la decoración que parece específicamente efectuada para la iglesia. LUIS CABALLERO ZOREDA y SANTIAGO FEIJOO MARTINEZ AEspA, 71, 1998 ¿Qué consecuencias acarrean las observaciones efectuadas sobre la decoración? Ante todo los frisos grandes de círculos secantes no se deben asimilar a la construcción primitiva de la iglesia. Hay que aceptar que fueron realizados para otro edificio que poseía elementos constructivos decorados de tres codos de longitud y luego se reutilizaron en esta iglesia. También creemos que este dato no permite diferenciar dos momentos en su construcción. La iglesia actual ofrece una unidad constructiva evidente, incluyendo sus laterales. Pero a partir de aquí, las demás consideraciones que hagamos entran en el terreno de las conjeturas más o menos probables. No se puede asegurar qué diferencia temporal y cultural separa los tres grupos decorativos que hemos formado. Pudieron ser casi coetáneos, o pudieron pertenecer a momentos o culturas muy diferentes, siendo el segundo grupo modelo para el tercero (como propone el paradigma visigotista) o perteneciendo ambos a un estilo donde ya se refleja el aportado por los musulmanes, como nos gusta considerar a nosotros. También, pese a nuestra plausible explicación de que la inscripción de Recesvinto se corresponda y feche el primer grupo de piezas reutilizadas, no tuvo por qué ocurrir así y pudo ser coetánea al segundo o al tercer grupo; ser reutilizada pero independiente, anterior a la restante decoración de la iglesia; o que se tallara a propósito para ella. Los paralelos estilísticos de las piezas decoradas tampoco resuelven definitivamente su adscripción cronológica mientras existan dos paradigmas explicativos no consensuados. En este sentido tiene especial interés decidir si la barrotera de cancel del MAN (fig. 19) pertenece al grupo de los canceles descubiertos por Paloí. A primera vista, el desorden de su esquema hace que no lo parezca. Recuerda muy de cerca la placa de Valeránica (Burgos. La barrotera de Baños tiene un racimo en forma de gran hoja rellena con botones, sarmientos rematados en espirales, hojillas brotando del marco y una hoja palmeada que no es difícil relacionar con Valeránica y Escalada. Aunque a primera vista esta barrotera parece diferente de las placas de cancel de Baños, que hemos denominado tercer grupo, se encuentran similitudes con ella y con Valeránica en la división en estrechas fajas verticales por medio de tallos fuertemente resaltados y en la colocación inorgánica de sus elementos, ordenados en relación con los marcos más que con el campo que rellenan (placas 1 y 2 de Palol 1964: fig. 5-6). Si se consideran aceptables estas relaciones. debe plantearse la posibilidad de que, al menos con criterios tradicionales, el denominado tercer grupo decorativo sea de cronología post-visigoda. El tema de cintas presenta algunos paralelos hasta ahora no aducidos y que pueden ser argumento a favor de una cronología tardía, postvisigoda. El friso grande con cintas de los ábsides laterales tiene uno, prácticamente similar en tamaño, talla y dibujo, en dos piezas de la sacristía y el pórtico N. de Moreruela de Tábara (Zamora) que no pasaron desapercibidos a Gómez Moreno (1919: 105y211; Caballero 1995: 413-4). Es evidente que en Tábara pueden encontrarse piezas de época visigoda junto a otras posteriores, pero allí es especialmente denso el foco mozárabe y numerosas las decoraciones que se pueden asimilar a una cronología tardía ^°. Igual ocurre con la iglesia de El Trampal, que el mismo Palol considera probablemente de época postvisigoda y cuya forma arquitectónica paraleliza con la de Baños, cuyos frisos pequeños de cintas y botones, que en las ventanas también funcionan como impostas, son prácticamente iguales a los que decoran la ventana del ábside central de Baños, y donde otros motivos, como la hoja-racimo, la hoja palmeada o los sarmientos en espiral, recuerdan el tercer grupo de Baños (Caballero y Arce 1995: 199, fig. 4-5; Caballero y otros 1991: lám. 3,e-h). Sin agotar todos los paralelos, se puede aducir cierta relación decorativa con S. Martín de Salas (Asturias), documentada en 896 y posteriormente reconstruida en 951. Una de sus ventanas ajimezadas se enmarca con una moldura de doble trenza tallada a bisel que recuerda la de los ábsides laterales de Baños a no ser por su diferencia de tamaño y por cambiar sus botones en relieve por puntos rehundidos (Gómez Moreno 1919: 88-9, lám. 35. Una diferencia equivalente ocurre entre sus impostas de aspas con las de Baños (fíg. Evidentemente, estas referencias no nos hacen olvidar el argumento visigotista fundamental, apuntado primero por Jorge Aragoneses y desarrollado por Schlunk (1970: 175-86). Curiosamente las tres piezas toledanas con inscripción y decoradas se pueden relacionar con otras tantas piezas de Baños (fig. 19). La barrotera descubierta en Baños por Palol, con la guarnición del texto principal con el Credo, de Sta. Leocadia, decoradas ambas con una concha y motivos vegetales (Schlunk 1970: lám. 54-5);'" Recientemente, durante las obras de restauración de esta iglesia, se ha encontrado un friso trasunto de otro toledano hallado en el Museo de Sta. 24 la imposta con cintas y botones de la ventana central (como la de El Trampal), con un fragmento quizás de tablero de altar (Zamorano: 34, fig. 6); y el friso con cinta de los ábsides laterales (como los de Tábara), con otro quizás también de tablero de altar (Zamorano: 34, fig. 7). Pero tampoco vamos a renunciar a la hipótesis contraria, recientemente defendida por uno de nosotros (Caballero 1994-95: 112-6) que cree descubrir la filiación omeya en la decoración de Baños y por lo tanto quizás también en la decoración del Credo de Toledo y en las piezas paralelas con que argumenta Schlunk (1970: 182-6, lám. 56,58-60) su visigotismo: Guarrazar y La Mata (Toledo), La Nave, Quintanilla y Lisboa. LA MODULACIÓN DEL EDIFICIO Hemos de hacer notar, ante todo, que el edificio posee, como suele ser normal, irregularidades en su trazado que impiden una perfecta sincronía entre sus dimensiones reales y el trazado ideal de su modulación. Al trazar la iglesia sobre el terreno se cometió un error que provocó el esviaje de la planta, en forma de romboide con los ángulos NE. y SO. abiertos un grado. Ello hace que, unido a otro defecto en el trazado de la cabecera, los espacios interabsidales acusen diferencias muy notables, de modo que el S. tiene un ancho mínimo de 2,85 m, mientras que el N. llega a los 3,5 m. Como se puede ver en el cuadro anejo, la media del valor hallado en Baños es el más alto de todos ellos, equivalente a 50,77 cm, que, salvando el esviaje di-cho, se acomoda bastante bien a las dimensiones en planta y alzado del edificio y nos ayuda a reconstruir la forma primitiva que tuvo ". La traza modular de la planta de Baños dibuja con facilidad el esquema del cuadrado que Arias denomina «duplicación del cuadrado»' ^ y que Kurent (p. 28-9) supone una simplificación del octograma, o esquema del octógono, el dibujo resultante de unir entre sí sus vértices de modo que sus dimensiones son proporcionales a «zeta», ó 1-1-^2, y ^2. El diagrama de Baños (fig. 21) incluye la planta por entero en un cuadrado mayor de 40 codos. El segundo cuadrado (A,B,C,D) de 20 codos dibuja teóricamente el quadratum del aula hasta la salida de las pilastras. El tercero (m,n,o,p) determina el ancho de la nave central. El cuarto equivale a la unidad de uso, 5 us. Así queda definida la serie proporcional 1-^2-2-2^2-4-... principal. Este esquema basta para trazar toda la planta, pero para obtener " Quizás tenemos una contraprueba de este valor en los datos de Sandoval (Quadrado 1885: 332 n. 2): la nave qae cruza entre el caerpo de la iglesia y los altares tiene noventa quartas (de vara) de largo y trece palmos de ancho. El ancho sería 2,72/2,73 m que se acerca a la acotada en el plano de Aníbal y Agapito, 2,80 m, pero se aleja de la teorica de la modulación, 3,05 m, y de la que se documenta por los restos aún subsistentes tanto a N. como a S., algo menos de 3,00 m. Las medidas de la placa con la inscripción no coinciden con la unidad encontrada, sino con una perteneciente a la misma familia del codo de aprox. 50 cm, pero en una variante menor. Cristina de Lena y Valdediós. las dimensiones secundarias se pueden utilizar los lados de los cuadrados inscritos o el rectángulo A/2, obtenido por la diagonal del cuadrado. Las diagonales del cuadrado A,B,C,D trazan el grueso de los muros perimetrales. Corriendo este cuadrado cinco unidades hacia el ábside o hacia los lados, se trazan el testero del aula y los muros proximales de los ábsides laterales. Cuadrados de 15 us. situados en las esquinas de cuadrado A,B,C,D trazan, con media unidad de diferencia, las caras del aula y sitúan los ábsides laterales. La diagonal del cuadrado m,n,o,p señala la posición de las columnas delante del ábside. Con cuadrados de 10 us. ordenados sobre la cuadrícula se trazan el muro O. de los anteábsides y los laterales del pórtico y se sitúan las parejas de columnas. La diagonal del cuadrado de 5 us. vale prácticamente 7 us., medida que se repite por toda la iglesia. Los alzados se pueden trazar del mismo modo, bastando, lógicamente, sólo medio octograma (fig. 22). O sea, basta con elevar media planta, según uno u otro eje, para trazar el alzado (igual ocurre en Esquemas modulares de los alzados de la iglesia y de la arcada. La lima de la cubierta se sitúa dos codos por debajo de la cúspide del semidiagrama, a 18 codos del suelo. La clave del ábside mayor y los umbrales de las ventanas de las arcadas, 10 codos, equivalen a un semicuadrado intermedio. El dintel de la puerta del aula, la altura de los fustes o el asiento de los capiteles y el friso del ábside mayor equivalen a un semicuadrado menor o 5 codos. Tanto con el rectángulo ^2 como con el 3/4/5 se dibujan las dimensiones secundarias'^ El trazado de las arcadas (fig. 23) ejemplifica una retícula de trazado muy sencillo que ordena los valores de 1 a 6, de modo que se pueden elegir las dimensiones apropiadas para trazar cada uno de los elementos en base a cuadrados de 4, 5 ó' -^ Arias señaló en la citada conferencia que la «duplicación del cuadrado» no es incompatible con la serie 3/4/5, siempre que las medidas elegidas sean conmensurables. Efectivamente, así ocurre en Baños. La limitación de espacio nos impide explicitar los detalles de estos trazados. EL PROBLEMA DEL SUPUESTO CRUCE-RO. PLANTA Y CUBIERTA DE LOS ÁBSI-DES LATERALES Y SUS ANTEÁBSIDES Los ábsides laterales fueron menores que el central, como sabemos por el testimonio de Sandoval (Quadrado 1885: 332 n. 2): tiene cinco capillas por frente y la de enmedio es la mayor y las dos últimas colaterales son mas bajas. Posteriormente todos los autores damos los tres ábsides del mismo ancho. La modulación, al incluir la planta de la iglesia en un cuadrado, obliga LUIS CABALLERO ZOREDA y SANTIAGO FEIJOO MARTINEZ AEspA, 71, 1998 a que los ábsides laterales sean más estrechos que el central. Además, si fueran de igual ancho que el central la planta se desproporcionaría. El ábside central es además más estrecho que el cuerpo del aula. Exactamente las caras exteriores del ábside se sitúan a eje de los muros de las arcadas y del porche. Este detalle, que hoy es imposible observar directamente en el edificio debido a la fuerte reconstrucción que soporta, sólo lo recoge con exactitud el plano de Cervera (publicado por Palol 1988: 22). Este retranqueo del ábside mayor respecto al aula, o su diferencia de tamaño, es un recurso corriente en nuestra arquitectura altomedieval, por ejemplo se da en los ábsides de La Nave y Quintanilla o en la cabecera y el pórtico de Melque. De este modo se jerarquizan los volúmenes en planta y en alzado. En San Julián de Los Prados (Oviedo), concretamente, la cara exterior del bloque de la cabecera corresponde a la interior del aula (Arias 1993: 48pl.). Parece lógico que ocurriera lo mismo en los ábsides colaterales. Ello explica que, como ya dijimos, estén desalienados entre sí los muros laterales del aula y los proximales de los ábsides, detalle tampoco observado en ningún plano (aunque Cervera debió estar muy cercano a observarlo según su plano citado). Esta desalineación puede ocurrir de dos modos distintos. La datos de nuestra documentación hacen pensar que, en concreto, la línea de la cara exterior de los muros del aula continuaba en la cara exterior de los muros proximales de los ábsides, ya que la distancia que separa los muros conservados de los ábsides es la misma que existe entre las esquinas occidentales del aula. De esta observación hemos partido para reconstruir la planta de la iglesia, con lo que el interior de los ábsides laterales mide 5 1/2 us. ó 2,80 m. Pero esta observación entra en contradicción con la cota, 3,00 m, que en el plano de Aníbal mide el ancho interior del ábside N., tras excavar su muro distal (Agapito 1902a: 28). Por otra parte las dimensiones de los ábsides no medirían unidades enteras, 5 1/2 interior y 8 1/2 exterior. Para solucionar estos dos desajustes habría que mover los muros proximales de los ábsides media unidad hacia el eje del edificio, perdiéndose la observación efectuada sobre los restos conservados y, por lo tanto, la alineación entre las caras externas de los muros de los anteábsides con los del aula, aunque, de este modo, los ábsides laterales tendrían 6 US. interiores (3,05 m, prácticamente lo medido por Agapito) y 9 exteriores. Ahora bien, la cota de Aníbal puede justificarse, sin necesidad de mover los muros media unidad hacia el eje de la iglesia, si se acepta que la dimensión que midió fue la del fon-do del anteábside, donde la oblicuidad del reconstruido muro lateral del aula daría sin ningún problema esa dimensión que luego él colocaría sobre el plano en una situación más adelantada. En la fig. 21 hemos diferenciado las dos soluciones posibles' "*. Las dimensiones en alzado de las partes incompletas o desaparecidas son aun más hipotéticas. Pero quizás no son ellas las que importan, sino las formas y soluciones constructivas a que obliga la reconstrucción del edificio. Camps (1946: 516), con su claridad de análisis, advertía que es imposible... suponer una solución que hiciera compatible una armadura para los distintos elementos en ángulo que se acusan en la planta, entre esta nave (de crucero) y las longitudinales. Es muy probable que esta dificultad sea la que haya desanimado a intentar la reconstrucción científica del monumento. Sólo el descubrimiento de El Trampal permitió intuir a Palol (1988: 35) la similitud entre ambos edificios, aunque indicando sus diferencias estructurales, el transepto abovedado y los cimborrios sin vestíbulos. Consecuentemente consideró que Baños tenía un pseudotransepto, un falso transepto (1964: 22). Uno de nosotros (Caballero 1987: 73-5) llegó a una solución parecida, cayendo en la contradicción de aceptar un crucero que no existe... estrictamente, cortado por la nave central e imposible por la cubierta del aula. El retranqueo señalado en la planta entre los ábsides y sus cuerpos anteriores hace pensar que esta diferencia se acusaría similarmente en el alzado, de modo que los anteábsides laterales significaran volumétricamente pequeñas aulas respecto a sus ábsides. La modulación facilita este planteamiento, pero no soluciona la comprensión constructiva de su cubierta. Ni Camps ni los demás investigadores podíamos resolver este problema mientras partiéramos de la idea de un crucero que atravesaba de parte a parte la iglesia (con la confusa excepción de Puig i Cadafalch: fig. 13) y que obligaba a imaginar una cubierta que cubriera homogéneamente la nave lateral y el tramo de crucero o nave atravesada. La solución creemos que está en la observación de la situación de los huecos para los tirantes de las cubiertas de las naves laterales (fig. 8 y 11). El que sobre las columnas más orientales también existan obliga a continuar los muros laterales del aula hasta su extremo oriental de modo que sobre ellos se puedan apear los tirantes. Por lo tanto a la altura de estas columnas y sus huecos no podía interrumpirse el muro para abrirse un crucero, como hacen todos los planos de reconstrucción del edificio hasta hoy. El aula tenía que ser un espacio diferenciado de sus alas mediante sendos muros que apeaban, al menos, las cubiertas de las naves laterales. El paso entre el aula y los anteábsides hubo de hacerse a través de vanos abiertos en estos muros. Estos vanos debían ser puertas, del mismo tamaño que la principal del aula, pues es imposible que sobre arcos gemelos de los de la arquería, con sus claves por encima de la línea de los tirantes, apoyaran los pares y su posible durmiente o estribo. Y un arco o dos de tamaño menor (como en el seudo crucero de S. Gião de Nazaré, Portugal; Schlunk 1971) contrastaría demasiado con los de las arcadas. Si cada anteábside y su nave lateral son independientes, sus cubiertas también han de serlo. Para conseguirlo, la solución más probable consiste en elevar el cuerpo del anteábside por encima de su propio ábside y de la nave lateral, cubriéndolo a doble vertiente, en correspondencia con el volumen cercano y dominante del aula'^ Para ello han de recrecerse también, en el tramo correspondiente a cada anteábside, los tramos de los muros del aula comunes con los de los anteábsides, que actúan tanto de muro de carga de la cubierta de la nave lateral como, a mayor altura, de la de cada anteábside. Sin embargo había que solucionar la evacuación de las aguas de lluvia que no podían caer contra los muros recrecidos, pues ello provocaría inexcusablemente humedades y su degradación. La solución obligada consiste en doblar la cubierta de la nave lateral con un cuchillo (formando un falso frontón sobre el lateral del anteábside) que desviara las aguas hacia el frente y los pies (fig. 24a)'\ Probablemente la solución que se diera a la cubierta de la nave lateral, fuera o no la propuesta del cuchillo, hubo de crear problemas con el paso del tiempo que se decidió resolver mediante una reforma, elevando toda la cubierta de la nave lateral co-' ^ La cubierta también pudo ser a cuatro aguas, como un cimborrio, igual que los de El Trampal y muy probablemente los de La Nave y Quintanilla. Su planta aproximadamente cuadrada podría ser un argumento a su favor, pero también es cuadrada la planta del aula. Aunque nosotros proponemos la doble vertiente, las razones a favor de una u otra solución no son para nosotros definitivas.'^ Otra solución, que el tramo de la nave lateral correspondiente al anteábside se cubriera a doble vertiente, como ocurre en los tramos intermedios del crucero del Trampal (Caballero y otros 1991: fig. 3, lám.), es simplemente imposible pues el esquema del alzado no correspondería al de la planta, elevaría la cubierta por encima de la nave lateral obligando a elevar a su vez la del anteábside, complicaría innecesariamente la armadura, taparía las ventanas orientales del aula y entraría en contradicción con los huecos para los tirantes en las naves laterales. rrespondiente al tramo común del anteábside, continuando los faldones del aula hasta el anteábside, demoliendo para ello la parte alta de éste. De esta reforma quedan en el lado N. los mechinales para las vigas (A 1047, fig. 6). Es probable que este problema de cubiertas fuera el arranque de la reforma gótica que, a la postre terminaría por destruir los dos alas laterales. Hay que tener en cuenta que la reforma gótica no sólo construyó las capillas intermedias, sino que, para ello tuvo que demoler parte de la superestructura de los anteábsides y cortar (sino estaban ya cortados) los tramos comunes de los muros laterales del aula, sustituyéndolos por arcos a los que parece referirse el libro de fábrica en 1588, hasta el rrecibo del arco para de este modo poder abrir la nave que cruza, en expresión de Sandoval. La restauración gótica debió tender, por economía de medios, a simplificar y unificar las cubiertas, un proceso histórico que suele ocurrir en todas las iglesias altomedievales y que es paradigmático en El Trampal, donde sucesivas restauraciones convirtieron las 24 vertientes originales de la cabecera en una sola en forma de gran abanico. En Baños se debieron cubrir las cinco capillas con una vertiente de este tipo que lateralmente llegaba casi hasta el suelo, como parece reflejarse en la documentación histórica (1588 y 1589; como aún la reconstruye Puig i Cadafalch: fig. 14). A este proceso debe achacarse también el que, en época gótica o en una restauración posterior, se cortara el frontón oriental del aula remontando por encima la cubierta de la cabecera, imagen turbadora que aún mantiene (fig. 24b). Los ábsides laterales, lógicamente, tendrían ventanas parecidas a las del ábside central, decoradas con sus impostas de las que quedan restos (fig. 19). También es lógico que las naves laterales del aula y los muros distales de los anteábsides tuvieran ventanas como las que existen en el aula de La Nave. Y que pertenezca al frontón oriental del aula la pieza que consideramos ajimez, semejante a la del testero, como ya hemos dicho. Las ventanas altas del aula (que Camps: 523 n. 19 paraleliza con las de las arcadas de la mezquita de Damasco) unifican dos modelos distintos, por fuera son monolíticas y por dentro adoveladas, único ejemplo a lo que sabemos en nuestra arquitectura altomedieval. Su imagen exterior responde al tipo monolítico estudiado por Barroca que considera postvisigodo, aunque lamentablemente no trató este modelo, pues hubiera sido de interés saber su opinión, si lo admitía como prece- La iglesia de Baños ofrece otras singularidades. Una, que sus ábsides laterales sean habitaciones cerradas por puertas. A partir de los datos que se conocen de la jamba de la puerta del ábside S. y de las dos variantes que hemos barajado para las plantas de estos ábsides, sus puertas podían ser de 1 1/2 us. de ancho, si el del ábside fuera de 5 1/2 US., o de 2 us. en el caso de que el ancho interior de los ábsides fuera de 6 us., dejando, en los dos casos, muros hasta las esquinas de una unidad. Suponemos que su altura no sobrepasaría las 4 US., en una proporción tan esbelta que, muy probablemente, estarían adinteladas y no arcuadas. A lo que nosotros recordamos no existen puertas en los ábsides laterales de las iglesias españolas. A no ser que su función fuera la misma que tuvieran las habitaciones laterales de La Nave y Quintanilla, a las que se accedía por puertas, o las de las asturianas Santullano y S. Salvador de Valdediós (Arias 1993: 48y218, pl. ) o las traseras de Sta. María de Lebeña (Cantabria. También pueden ser paralelos la puerta en el extremo NE. de Nazaré, dé paso a un ábside o a una habitación lateral, y, entre las paleocristianas, por ejemplo y no sin problemas, los ábsides laterales con puertas de Casa Herrera (Mérida. Caballero y Ulbert: pl. reconstrucción). También se ha discuddo en Su estructura basilical, cubierta de madera, parece alejada del grupo de iglesias consideradas visigodas si, como parece, las de La Nave y Quintanilla estuvieron abovedadas (Caballero y Arce 1997: 264, fig. 18-9). En este sentido queda intermedia entre las referencias de El Trampal, si se cubrió con madera, y Santullano. También es una excepción, sin paralelos, el uso de columnas, probablemente en un intento de recuperar elementos de abolengo. En cambio, el remate de las arcadas en pilastras es un elemento típico de la arquitectura altomedieval, presente, por ejemplo, en mezquitas omeyas (no sólo en monumentos como la Gran Mezquita de Damasco, sino en pequeñas como Qusayr al-Hallabat, Jordania, de tres naves abovedadas sobre arquerías; Creswell: 140) y en iglesias hispánicas como La Nave (Caballero y Arce 1997: 260), El Trampal, Santullano y Valdediós. A pesar de la importancia que se le otorga, a la iglesia de Baños le faltaba un análisis detallado que pretendiera resolver sus problemas. Tras su documentación y análisis arqueológico hemos intentado una reconstrucción de su planta, alzado y cubiertas, aunque sobre los elementos perdidos siempre tendremos la duda de su verdadera forma, y una explicación del problema que plantea su decoración. Ambas son explicaciones révisables en el futuro, aunque lamentablemente no creemos que una excavación arqueológica permita aclarar alguno de los puntos dudosos, especialmente los de sus ábsides laterales. Excavada esta zona en dos o tres ocasiones distintas, lo más probable es que hoy no se encuentre allí ningún dato de interés. A pesar de ello, si en alguna ocasión se vuelve a intervenir en Baños, aún deberá buscarse arqueológicamente cualquier indicio, y con la mayor meticulosidad posible todavía en sus muros. El análisis arqueológico del edificio permite afirmar que los restos primitivos llegados a nosotros avalan su unidad constructiva, sin que se deba aceptar que tuviera una ampliación inmediata a su construcción. Tanto el aparejo con que están construidas todas sus partes como la modulación certifican esta unidad y desaconsejan la idea, para la que no existe ningún dato objetivo, de que el edificio fuera el resultado de una o dos sucesivas ampliaciones. Ábsides laterales, con sus recintos delanteros, y arcadas deben considerarse coetáneas entre sí y con los demás elementos de la iglesia, aula, ábside central y pórtico. La iglesia primitiva no tuvo crucero, de modo que el aula se independiza formalmente de los cuerpos laterales. Fue la restauración gótica la que dio lugar a la aparición del pseudocrucero al transformar de modo radical la cabecera de la iglesia. Esta comprensión previa es necesaria para entender cómo fue la cubierta del edificio, cuyos cuerpos la-terales reproducían a escala menor la forma del cuerpo central. Frente a la unidad constructiva del edificio, en la decoración existen varios grupos. Las impostas de las columnas orientales (grupo 1) y el friso grande de círculos secantes (grupo 2), es seguro que fueron reutilizados de otro edificio, como lo fueron también fustes y capiteles. No se puede asegurar lo mismo de los demás frisos y arquivoltas, aunque es muy probable que también estén reutilizados, parcial o totalmente. Ello no obsta para que en el edificio exista una decoración específicamente realizada para él, como de por sí demuestra el retalle de los frisos reutilizados de círculos. Nada impide que a este tercer grupo, realizado a propósito para el edifìcio, pertenezca el resto de la decoración, las impostas de las ventanas de los ábsides, las piezas que sujetan la inscripción, los dos ajimeces y las piezas de cancel. Baños fue un edificio construido con expolios. En todos los elementos del edificio primitivo hay indicios de su procedencia como expolio. Algunos sillares y las dovelas del arco de triunfo presentan huellas de haberse reutilizado y retallado, como ya dijimos. También se reutilizaron las columnas con sus cimacios. Y las piezas del primer grupo decorativo; los frisos de círculos del segundo, que luego se retallaron; y, al menos, una placa de cancel del grupo tercero, tallado en una lápida romana de la que resta en su trasera una hederá y una letra (fig. 19). No ha sido intención prioritaria nuestra conseguir una fecha nueva para la construcción del edificio. La explicación de carácter cronológico que surge de la ordenación escultórica relativiza la explicación tradicional, contraponiendo a ella otra tan o más plausible. Efectivamente, la inscripción de Recesvinto no se puede asegurar que sea sincrónica del edificio mismo, sino que puede serlo del grupo decorativo reutilizado más primitivo. A la vez el resto de la decoración, incluso los frisos de círculos secantes, pudieron ser realizados en talleres donde ya estaba presente la influencia islámica y la de otros talleres como los asturianos más avanza-dos. Pero, aunque para nosotros esta explicación sea más aceptable, comprendemos que no es más que otra explicación, no una tesis confirmada. La existencia de distintos grupos decorativos no debe utilizarse mecánicamente para argumentar, ni contra la unidad del edificio, ni para datar la iglesia en uno u otro sentido. Su ubicación cronológica y cultural sólo se obtendrá a la par que se consiga un sistema de argumentos referentes al mayor número posible de los caracteres generales de los edificios altomedievales entre los que se incluye, y cuando se obtengan datos contrastados de cronología absoluta. Sin embargo, si se acepta que la inscripción está reutilizada, se abre una explicación insospechada para este edificio y para la intención que pudo tener quien lo erigiese. Como los Grabar explican, los príncipes altomedievales se adoptaron imaginados linajes de los más ilustres monarcas del pasado. Y, como es bien sabido, el asturiano Alfonso II, intencionadamente y para prestigiar su montanero reinecilio renovó el orden gótico (Sánchez-Albornoz: 362). Quizás la inscripción de Baños sea una expresión más de este afán por manifestar una gloriosa progenie. Creemos que Baños ha ganado en importancia, aún más si cabe, dentro del panorama de nuestra tarda Antigüedad y alta Edad Media. De cualquier modo, este estudio sobre Baños sólo quiere ser un acicate para avanzar en el conocimiento de lo mucho que aún queda por saber de ella. Pendiente de que se resuelvan las contradicciones que existen sobre su decoración y su datación y, por lo tanto, de que se consiga su adecuada adscripción cultural y así el conocimiento más exacto de su uso social y cultual. Pendiente, no con menor importancia, de recuperar la dignidad de la que hoy carece dado su lamentable estado de conservación y, en lo que sea posible, al menos parte de su anfiguo aspecto perdido, del que hoy está tan alejada. Siglo XVI, a pesar de la reserva de visita ejercida por el monasterio de S. Isidoro en el s. xiii, en este siglo la visita la ejercía la diócesis. 1559, primera cita de la iglesia de S. Martín de Baños unida a la de S. Juan. 7565, se cita la iglesia de S. Juan como unida a la de S. Martín. S. Juan: que la socazen (por socalzen?) de por fuera y aderezen en todo lo que fuere necesidad e hagan sacar (construyan?) un lienzo de la parte del cierzo que se haga alto media vara a tres cuartas para que corra el agua afuera e no mojare a la iglesia e por la parte del aire al abrigo frio de la iglesia. 7575, S. Juan: un ara quebrada y que se repare la esquina de cantería de la iglesia. 1587, S. Juan: que se allane el suelo de la capilla mayor y que se aderece la torre de manera que se pueda subir a tañer con facilidad. 1588, S. Juan: que se zierren las dos capillas colaterales que exceden de las tres nabes de suerte que la de la parte de la Epistola se pueda servir de sacristia y la otra pa tener cosas dejando puertas pa entrar y salir y que se cierren desde el suelo hasta el rrecibo del arco como un tabique de yeso; que se tapen las ventanas con alambre para que no entren los pájaros; que al fin de la nave del Evangelio, cerca de la capilla mayor, se quiten las tablas que salen al tejado y se haga un tabique de yeso sobre una buena madera que lo pueda sustentar; que de la parte de afuera tras de la capilla cierren una quiebra y levanten un pedazo de pared tras de la capilla de S. Andrés para que no suban los muchachos. 7589, S. Juan: las dos capillas que se mandaron cerrar que no se cierren; que se cierren las ventanas con alambre; que las paredes de la iglesia por dentro que tiene levantado el yeso y descubierta toda la cantería se rehinchan y enluzcan; que se aderece un tabique que está roto a la parte del en ángulo y se rehincha una pared frontera a dicho tabique; que por la parte de fuera donde las paredes tienen falta y se desencajan los sillares, se rehinchen con cal y piedra; que se cierre un agujero sobre la puerta principal; y que la pared de la mano izquierda por la parte de septentrión que está muy baja de modo que desde el suelo pueden subir los muchachos al tejado, que se baje la tierra de modo que quede la pared alta de dos estados. S. Juan: que se socave la capilla mayor y las otras capillas por fuera. 1610, S. Juan: dio 24 carros de piedra para el cimiento de las casas de las tercias que se hicieron ese año.
Se estudia un vaso de alabastro inédito procedente de la localidad almeriense de Adra, pieza que se añade a la ya numerosa serie de recipientes de origen egipcio conocida en las costas meridionales de la Península durante los siglos viii-vii a.C. El principal interés de este hallazgo casual radica en su carácter funerario, siendo indicio de una posible necrópolis de época fenicia arcaica en las inmediaciones del asentamiento colonial de Abdera. De los asentamientos fenicios de época arcaica situados en la costa andaluza, Abdera' resulta uno de los peor conocidos a causa de la poca atención que, hasta hace poco, le han dedicado los investigadores ^. Desde Antonio de Nebrija, esta ciudad antigua fue localizada en la localidad almeriense de Adra debido al parecido del topónimo y a las vagas noticias de los textos clásicos. En el siglo xix, la aparición en el vecino Cerro de Montecristo de esculturas, monedas e inscripciones latinas llevaron a situar el Municipium Abderitanum en este lugar. Los orígenes fenicios de la ciudad, mencionados expresamente por Estrabón (III, 4, 3), fueron señalados por numerosos humanistas de nuestro Siglo de Oro' El topónimo'bdrt lo encontramos en caracteres púnicos en las monedas emitidas por la ciudad desde el siglo II a.C. hasta la época de Tiberio, siendo transcrito por las fuentes clásicas como Abdera. J. Sanmartín (1994, 231) ha puesto en duda que este topónimo sea de origen fenicio, señalando su pertenencia a un adstrato egeo, norteafricano o paleomediterráneo, ^ Un trabajo global es el reciente libro de M. J. López Medina (1996), aunque centrado fundamentalmente en la época romana. y en ellos insistió A. Schulten (1945, 69;1955, 124). Mientras, otros investigadores modernos se inclinaron por considerar Abdera como una fundación originalmente griega, que, después de la batalla de Alalia, pasó a manos de los cartagineses (García y Bellido, 1952 a, 423;1952 b, 530). Para las primeras excavaciones científicas en el Cerro de Montecristo habrá que esperar a los años 1970 y 1971, pero los resultados de estos trabajos no dilucidaron gran cosa sobre los primeros tiempos del asentamiento, ya que sólo se alcanzaron niveles de mediados del siglo IV a.C, siendo el grueso del material de época romana (Fernández-Miranda y Caballero Zoreda, 1975). La constatación de niveles más antiguos en el lugar vino poco después, al localizarse en la ladera oriental del cerro, desmontada por tareas de abancalamiento, fragmentos de platos y cerámicas polícromas del siglo vii (Schubart, 1982, 86-87). Finalmente, en 1986 una intervención de urgencia en el lugar no sólo ha confirmado la existencia de poblamiento fenicio de época arcaica en el Cerro de Montecristo, sino que ha llevado su inicio a mediados del siglo VIII a.C. (Carrilero et alii, 1988; Suarez et alii, 1989; López Castro et alii, 1991). El Cerro de Montecristo responde perfectamente al patrón de asentamiento establecido para los núcleos fenicios del periodo arcaico en la costa mediterránea andaluza (Aubet, 1994, 265-268). Se encuentra situado en el extrarradio de Adra, asediado por la expansión del casco urbano. Es un altozano de forma aproximadamente triangular que alcanza casi los 50 m sobre el nivel del mar, hoy totalmente transformado por tareas agrícolas y edificación de algunos inmuebles. El río Adra o río Grande bordeaba la ladera oriental del cerro, zona por donde discurría la antigua línea de costa. Aquí, la desembocadura del río formaba un pequeño estuario, excelente como fondeadero natural (Hoffmann, 1988, 49-53). El valle fluvial que quedaba al norte del Cerro de Montecristo constituía una magnífica vía de penetración hacia el interior, poniendo en contacto la costa con la sierra de Gádor y la zona Tradicionalmente, el Cerro de Montecristo ha venido siendo lugar de aparición de hallazgos casuales. Bien conocidos resultan diversos fragmentos de cerámica griega del siglo v a.C. (Trías de Arribas, 1967, 448), la serie epigráfica del Municipium Abderitanum y una cabeza femenina de época posiblemente adrianea (Fernández-Miranda y Caballero Zoreda, 1975, 177-193 y 196-199). Entre estos disiecta membra, queremos dar a conocer una pieza que ha permanecido inédita hasta hoy, pese a que resulta de gran interés para la fase fenicia arcaica de Abdera: un vaso de alabastro completo, conservado actualmente en la sección arqueológica del Museo de Almería (García Alfonso, Martínez Enamorado y Morgado Rodríguez, e.p.). Según la información que consta en el Museo de Almería ^ este vaso fue hallado casualmente en el Fig. 2.-Vaso de alabastro de Adra. Vasos de alabastro tipo hebenet no faltan en el mediodía de la Península Ibérica, siendo los más cercanos a la pieza de Adra los aparecidos en la tumbas 11 y 17 del Cerro de San Cristóbal de Almuñécar (Pellicer Catalán, fig. 13, 1 y fíg. 26, 1), aunque son diferentes al que nos ocupa por la forma de su parte superior, ya que poseen cuellos con gollete estrecho y boca ligeramente exvasada. La forma de la boca, sin cuello ni labio y con las paredes inclinadas al interior las conocemos también en diferentes vasos de alabastro aparecidos en el litoral andaluz, aunque resultan de tamaño más pequeño que el de Adra. Muy similar es el documentado en la tumba 9 de la necrópolis onubense de La Joya, hallado en un contexto del siglo vii (Garrido Roiz, 1970, fig. 35, 1). También cabe citar una EDUARDO GARCIA ALFONSO AEspA, 71, 1998 Fig. 3.-Vaso de alabastro. de las piezas halladas en 1792 en los alrededores de Torre del Mar (Málaga), hoy conservada en el Museo Arqueológico Nacional y fechada en los siglos viii-vii a.C. (Pérez Die, 1976, 907, num. En Egipto también existen vasos similares dentro de contextos del siglo vii, como los aparecidos en Riqueh y Tell el-Yahudiya (cfr. Otros ejemplares se han documentado en las excavaciones españolas de Heracleópolis Magna. En este lugar del Egipto Medio se han localizado cuatro fragmentos de vasos con una boca muy parecida al hallazgo de Adra, aunque se trata de recipientes más pequeños y estrechos, cuyas paredes interiores tienen una tendencia convergente que no aparece en el vaso almeriense (Molinero Polo, 1995, lám. 80, g, m, ñ, o). Las piezas heracleopolitanas se sitúan a finales del siglo viii a.C. o primera mitad del vii. Parece adecuado atribuir al vaso de Adra una cronología de los siglos viii-vii a.C. Las excavaciones de 1986 en el Cerro de Montecristo han adelantado el comienzo del poblamiento fenicio en el lugar hasta mediados del siglo vm, por lo que la presencia de este vaso de alabastro no está en contradicción con la secuencia arqueológica del yaci-miento. La aparición de la pieza completa nos hace reflexionar sobre su posible procedencia de un enterramiento del periodo fenicio arcaico, bien constituido por una tumba aislada o formando parte de una necrópolis. Debido a la escasez de datos sobre la organización espacial de la Abdera arcaica, aún es pronto para pronunciarse en un sentido u otro. La posibilidad de existencia de sepulturas dispersas en torno al asentamiento principal ha sido puesta de manifiesto a raíz de los hallazgos de Lagos, en la provincia de Málaga (Aubet et alii, 1991, 18-19). Como se está viendo en los últimos años, la presencia de vasos de alabastro de fabricación egipcia utilizados como urnas cinerarias en las necrópolis fenicias de la costa andaluza no resulta un hecho excepcional, como pudo pensarse poco después del descubrimiento de las tumbas del Cerro de San Cristóbal de Almuñécar (Pellicer Catalán, 1962, 66). Las piezas recuperadas con posterioridad en Trayamar (Schubart y Niemeyer, 1976, 228-231) y recientemente en Lagos (Aubet et alii, 1991, 19-24), además de la puesta en valor de algunos de estos objetos conservados en diferentes lugares, confirman que los vasos de alabastro fueron objetos relativamente corrientes en ciertos enterramientos. En cambio, sí resulta sorprendente la abundancia con que estos bienes de lujo aparecen en el sur de la Península Ibérica en contraste con su escasez en otros ámbitos fenicios. En Cartago sólo se conocen dos ejemplares, uno en Tanit I y otro en la necrópolis de la colina de Juno (Cintas, 1970, 436, lám. 18, núms. 80-81), por lo que dichos vasos no pasan de tener un carácter testimonial en la gran metrópoli norteafricana. En el resto del Mediterráneo la presencia de este tipo de recipientes se reduce a una o dos piezas documentadas en escasos puntos de Etruria, Grecia y Chipre. Igual sucede en el Próximo Oriente, con unos pocos vasos conocidos en ambientes palaciegos de Samaría, Assur y Nimrud ^. Lógicamente, la excepción es Egipto, centro de fabricación de estos productos, donde son conocidos en la tipología egiptológica como «botellas». Una particularidad a señalar con respecto a las piezas que se conocen en el litoral andaluz es el pequeño tamaño de la gran mayoría de los vasos documentados en Egipto. La excepción en cuanto a sus grandes dimensiones son los hallados en las necrópolis reales faraónicas de Tanis y el-Kurru, circunstancia que también encontramos en los contextos cortesanos de Israel y Asiria. Esta cuestión obliga a plantearse por qué piezas "* Toda la bibliografía sobre hallazgos de vasos de alabastro egipcios fuera de la Península Ibérica es recogida por M.C. Pérez Die (1976, 909, nota 29). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ de carácter áulico llegaron hasta el Extremo Occidente y escasean en lugares más cercanos a los centros de producción, caso de la Cartago arcaica. En la resolución de esta cuestión no cabe duda de que juega un importante papel la estructura de la sociedad colonial fenicia arraigada en las costas andaluzas y sus mecanismos de relación con el Mediterráneo oriental. Sobre esta hipotética necrópolis abderitana nada sabemos. Su misma ubicación es una incógnita. Si bien las noticias sobre el lugar de aparición del vaso señalan al Cerro de Montecristo, es costumbre que los enterramientos fenicios de época arcaica se ubiquen fuera del núcleo habitado y separados de éste por un curso de agua o un pequeño brazo de mar, seguramente por imperativos rituales cuyos detalles se nos escapan. Igualmente, suele haber un cierto dominio visual de la necrópolis desde el poblado. Esta situación es la que vemos reflejada en asentamientos como Toscanos, Morro de Mezquitilla y Almuñécar. Incluso, cuando la colonia fenicia se ubica en una isla, la necrópolis se sitúa en algún islote vecino o en tierra firme, casos de Cádiz o la misma Tiro (Aubet, 1994, 267). Por ello, aunque sólo sea a nivel de hipótesis, está dentro de lo posible que el vaso proceda de alguno de los pequeños altozanos que bordean la margen izquierda del antiguo cauce del río Adra, actualmente muy alterados por diversas actividades humanas. Son elevaciones alomadas que rondan los 40-60 m de altitud, cuya localización en la ribera opuesta al Cerro de Montecristo las convierte en el emplazamiento ideal para la necrópolis arcaica de Ab dera.
a.C, fueron publicadas en 1936 sin ilustraciones por lo que existen datos muy discordantes. Hasta hoy se habían identificado las piezas del Museo Arqueológico Nacional y las del Museo de Cuenca. Añadimos aquí por primera vez los posibles ejemplares depositados por Gómez Moreno en el Instituto Valencia de Don Juan de Madrid y proponemos una reconstrucción de este material numismático. El estudio monetario parece indicar una clara selección de las monedas por su iconografía con un objetivo cultual en el que el caballo y el toro tendrían especial significado, obviando otros tipos monetales que por cronología deberían estar presentes. Podría tratarse de exvotos a una divinidad relacionada con los animales, quizás semejante a una Artemis a juzgar por la abeja representada en uno de los objetos del Tesoro. I. CIRCUNSTANCIAS DEL HALLAZGO En 1934 se detectó en el comercio de antigüedades de Madrid la presencia de un tesorillo hallado, al parecer por un cazador, en el término municipal de Salvacañete (Cuenca) ^ Se trataba de un impor-' Además, junto a la ermita del pueblo se ha documentado un asentamiento rural romano fechado en el s. iv, pero no contamos con otros testimonios que certifiquen la existencia de una secuencia cultural continuada. Las abreviaturas utilizadas en el catálogo son las siguientes: CNH = Villaronga, L. Corpus Nummum Hispaniae ante aetatis Augustum, Madrid 1994; G-B & B = García-Bellido, M.P. & Blázquez, C: Las monedas celtibéricas y sus contramarcas en el Instituto Valencia de Don Juan, AN 17-18, tante conjunto de piezas de plata de ajuar doméstico y aderezo personal acompañadas por denarios ibéricos y romano-republicanos. Por mediación de M. Gómez Moreno fué adquirido por el Estado español y, tras un período de depósito en el Instituto Valencia de Don Juan, mientras se realizaban las gestiones oportunas, ingresó definitivamente en el Museo Arqueológico Nacional en 1941. Sabemos además que el MAN adquirió en 1954 un nuevo lote de joyas y monedas de la misma procedencia y que, posteriormente, familiares del descubridor del tesoro, donaron al Museo de Cuenca nuevas piezas. Sin embargo, al realizar el recuento de las monedas descritas en las distintas publicaciones, se podía observar que la cifra total variaba de unos autores a otros y que el conjunto numismático dado a conocer hasta la fecha estaba incompleto ^. ESTADO DE LA CUESTIÓN La ausencia total de ilustraciones en la publicación original y la dispersión de las monedas han sido las principales causas de la imposibilidad de un estudio completo. La primera noticia del hallazgo la proporciona J. Cabré, quien describe de forma pormenorizada los vasos y joyas aparecidos en Salvacañete, adjuntando fotografías de dicho material; sin En 1969, K. Raddatz nos ofrece un nuevo inventario del tesoro pero su información se basa en los anteriores trabajos y por tanto no aporta ningún dato nuevo ^. Habrá que esperar hasta 1971 en que J.M. Navascués publica de forma detallada, y con sus correspondientes fotografías, las monedas procedentes del tesoro de Salvacañete depositadas en el MAN ^. Él es el primero en observar las contradicciones existentes respecto a la cifra total de monedas entre las anteriores notificaciones. Sobre este punto, fundamental para la reconstrucción del tesoro, volveremos infra. Finalmente, en 1976, M. Osuna da a conocer un tercer y último lote de joyas y denarios, donado al Museo de Cuenca por familiares del descubridor del tesoro, que inicialmente pudo haber formado parte del mismo ^°. En resumen, el Museo Arqueológico Nacional compró en diferentes años un total de sesenta y ocho monedas del tesoro de Salvacañete: en 1941 ingresaron en el MAN cuarenta y nueve denarios de bolskan, cinco de ikalesken y doce romanos, es decir un total de sesenta y seis monedas y en 1954 el ^ Cabré Aguiló, J.: El tesoro de plata de Salvacañete (Cuenca), A£5/? Museo adquirió otros dos denarios de bolskan de la misma procedencia. Sin embargo, la cifra total de ejemplares hallados varía según los autores: según Cabré serían setenta y cuatro, aunque de su inventario resultan setenta y cinco, según Raddatz setenta y seis y según Gómez Moreno eran «más de setenta y siete». Esta última información, aunque imprecisa, parece más exacta. Como comentamos al principio, M. Gómez Moreno depositó el tesoro de Salvacañete, durante algún tiempo, en el Instituto Valencia de D. Juan y ello nos hizo pensar que quizás algunos de los ejemplares cuyo paradero se desconocía pudo haber sido adquirido por el IVDJ o, incluso, por el propio don Manuel a título personal. La identificación de las piezas del tesoro guardadas en el Instituto se ha hecho gracias a la catalogación que hemos efectuado de sus monedas antiguas y a la existencia de un álbum con las improntas de las colecciones Buckler, Sánchez de la Cotera'^ Jordana y Gómez Moreno que nos ha permitido ir excluyendo las piezas que ya pertenecían al Instituto antes de la muerte de Vives y que por tanto no pudieron formar parte del tesoro de Salvacañete puesto que su hallazgo es posterior. CATALOGO DE LAS PIEZAS CONSERVA-DAS EN EL IVDJ -Monedas de arse: según la descripción de J. Cabré y M. Gómez Moreno se trata de dos piezas taladradas que responden a la clasificación de Vives lám. 6 n° 4 y n° 12. Efectivamente en el IVDJ hay dos ejemplares que responden a estas características y que además aparecen en el álbum de improntas de la colección Gómez Moreno, que en parte pasó al IVDJ, por lo que creemos que debe tratarse de las monedas de Salvacañete. -Monedas identificadas como del Tesoro de Salvacañete en el Instituto Valencia de Don Juan (a-b de arse; c de sekaisa; d-e de ikalesken; f-g de bolskan). • Fig. 2, c -Denario de sekaisa: es quizás la pieza más conocida del tesoro de Salvacañete por tratarse de un unieum, ya ilustrado por M. Gómez Moreno en las Misceláneas y en cuyo álbum de improntas figura. Este único denario confirma que Segeda acuñó plata muy tempranamente, ya desde sus primeras emisiones, las de cabeza barbada con leona detrás, emisión hallada en Numancia y de la que solamente se conocían bronces. El denario ha sido también perforado. -Denarios de ikalesken: según la información de J. Cabré aparecieron en el T. Salvacañete «ocho ejemplares variados y con taladro tres de ellos»'^. Sin embargo, según M. Gómez Moreno fueron diez los denarios de esta ceca, «de varios tipos hasta los más modernos» ^^ Hoy en el MAN sólo se encuentran depositados cinco y sólo dos de ellos están perforados ^^. Si esta última información es correcta sería necesario aún localizar otros cinco denarios de ikalesken, uno de ellos perforado. En otro trabajo anterior de Gómez Moreno tenemos ilustrados cuatro ejemplares de este tesoro ^^ y ninguno de ellos está en el MAN, por lo que hemos intentado identificarlos entre los fondos del IVDJ, donde efectivamente se halla uno, el n° 12. El Instituto guarda veinticuatro, casi todos procedentes de la colección Gómez Moreno y, entre ellos, hemos comprobado que sólo uno de los denarios fotografiados por Gómez Moreno está hoy allí, el n° 12, nuestra figura 2d. A éste, quizás podríamos añadir otro, perforado, cuya impronta aparece además en el álbum de la colección Gómez Moreno ^^. En el supuesto de que estos datos sean correctos, podríamos decir que el IVDJ posee dos. Sin embargo, tanto Cabré como Gómez Moreno coinciden en el dato de que había «dos ejemplares forrados, con cabeza pequeña», piezas no localizadas hasta el momento, que no constan entre los fondos del MAN. En el Instituto hemos comprobado la existencia de dos denarios forrados y de un alma de denario, cuyas improntas aparecen en el álbum de don Manuel, y que podrían haber pertenecido al tesoro de Salvacañete. -Denarios de bols kan: en esta ocasión Cabré recuenta «cincuenta ejemplares, quince taladrados, de varios tipos (Vives lám. 43 n° 2 y 3)». Pero esos datos no coinciden con los de Gómez Moreno que nos dice que había «cincuenta y tantos» de este taller. Ahora veremos que esta última información, aunque ambigua, resulta más exacta. En la publicación de Navascués de los fondos depositados en el MAN se recopilan cincuenta y un denarios átbolskan como procedentes de Salvacañete y entre ellos hay diecisiete perforados; sin duda se trata de los quince que pertenecieron al primer lote ingresado en el Museo más los otros dos, también perforados, pertenecientes al segundo lote ^''. Sabemos además por A. Fernández Aviles que sólo se compraron dos de estas piezas aunque en el ofrecimiento formulado por el vendedor figuraban cuatro ^^. También entre las piezas ingresadas en el Museo de Cuenca figuran otros dos denarios de esta ceca que M. Osuna supone formaron parte del tesoro.'^ Notas... cit. (n. 1), lám. 4 xf 12-14 y 17.'^ La perforación de esta moneda ha sido rellenada pero no hemos podido comprobar si en fecha antigua o reciente. El álbum de la colección Gómez Moreno, manuscrito con improntas, se encuentra en la bilbioteca del IVDJ y pudimos manejarlo gracias a D. Diego Angulo, presidente del patronato y a Dña. Balbina Martínez Cabiró, directora del instituto. Vaya aquí nuestro agradecimiento a ambos por las facilidades dadas para la elaboración del catálogo de las monedas antiguas del Instituto.'^ Fernández Aviles, A.,cit. (n. PIEZAS NO LOCALIZADAS EN EL IVDJ -Denario de iltiftasalirban: también taladrado y, según la catalogación de Gómez Moreno, correspondiente a Vives lám. 26 n° 2. Hay en el Instituto dos piezas de este tipo pero ninguna de ellas presenta perforación alguna y además hemos podido constatar que pertenecieron una a la colección Buckler y la otra a la Jordana, por lo que su entrada en el Instituto es anterior a 1925. Todo ello descarta su posible pertenencia al tesoro de Salvacañete. -Denario de kese: de nuevo se trata de una moneda taladrada y en este caso ha sido catalogada por Gómez Moreno como Vives lám. 31 n° 11. Esta es una de las piezas que no fueron depositadas en el MAN. En el Instituto existen tres denarios de esta serie, uno de la antigua colección Ferrant, otro de la colección López Soto y el último de la Gómez Moreno, pero ninguno de ellos está perforado. Sin embargo, hace unos años M. Osuna dio a conocer un nuevo lote de joyas y monedas que, al parecer, pudieron haber formado parte inicialmente del tesoro de Salvacañete y que fueron depositadas en una fechas posterior en el Museo de Cuenca'^; entre ellas hay un denario de kese, perforado, que responde a las siguientes características: SOBRE LA CRONOLOGIA DE LAS SERIES ROMANO-REPUBLICANAS Casi todos los autores coinciden en el dato de que los denarios romano-republicanos hallados en Salva-'' ^ Osuna Ruiz, M., cit. (n. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ cañete eran doce, a excepción de K. Raddatz que habla de once aunque de su recuento resultan doce ejemplares ^^. Estas monedas fueron depositadas en el MAN en 1941 y dadas a conocer por J.M. de Navascués ^^; sin embargo, posteriormente, M. Osuna añade a ese conjunto inicial un nuevo ejemplar, también perforado, depositado en el Museo de Cuenca ^^. En el supuesto de aceptar que este último denario también hubiera formado parte del tesoro de Salvaca-ñete nos encontraríamos que son trece ejemplares romano-republicanos y no doce, pero sobre todo que el nuevo ejemplar del M. de Cuenca es el más antiguo de todos los conocidos del Tesoro hasta el momento. Puesto que la bibliografía utilizada en el trabajo de Navascués para catalogar estas series está hoy superada, hemos reclasificado este material, siguiendo a M.H. Crawford (RRC), y el resultado es el siguiente: Es decir, se trata de un conjunto de trece denarios fechados entre el año 211 y el 100 a.C. Pero al examinar de forma minuciosa la distribución cronologica de estas series hemos podido observar que la mitad del conjunto es anterior al 170 a.C. y que la mayoría de las piezas restantes se sitúa en las dos décadas centrales del s. ii a.C. El tesoro se cierra con dos denarios del año 100 a.C; sin embargo, existe un vacío absoluto entre el 138 y el 100 a.C. Este dato resulta anómalo puesto que precisamente en esos años la producción de la ceca de Roma aumenta de forma espectacular ^^ y en todos los tesoros de la zona meridional peninsular se acrecienta el índice de alimentación monetaria, especialmente en las décadas 139-130 y 119-110 a.C.^^. Lo mismo sucede en el resto de las ocultaciones hispanas llevadas a cabo en el cambio del s. ii al s. I a.C. Sólo hemos podido constatar dos excepciones: el tesoro de Chiclana de Segura (Jaén) donde también se observa que faltan ejemplares correspondientes al pe-20 Raddatz, K., cit. (n. 2"* No insistiremos en este punto puesto que recientemente ha sido analizado por F. Chaves Tristan en Los Tesoros en el Sur de Hispânia. El fenómeno se repite en los tesoros de las regiones levantina, meseteña y andaluza. En resumen, podemos afirmar que el número de monedas aparecidas en Salvacañete, y actualmente depositadas en distintas instituciones, es superior a 25 Avella, L. y Rodríguez, P., Un tesoro de plata procedente de Chiclana de Segura (Jaén), BIEG 126, 1983, 23-41. Composición: 16 denarios romanorepublicanos fechados entre 211 y 106 a.C. la cifra recogida inicialmente por J. Cabré. Se sabe que el conjunto permaneció durante algún tiempo en el mercado de antigüedades de Madrid, antes de ser adquirido oficialmente por el Estado español, y por ello es posible que los coleccionistas, o bien simples familiares, compraran algunas de las piezas, aunque no haya quedado constancia de ello por escrito ^^. El tesoro de Salvacañete presenta una distribución temporal niuy desigual y exenta de paralelos que no se puede relacionar con el volumen de emisiones de la ceca de Roma y que quizás esté vinculada al posible carácter votivo del ocultamiento. V. COMENTARIO HISTÓRICO Salvacañete está en la confluencia del río Cabrici y el arroyo de las Salinas, en la vertiente oriental de la sierra de El Escomadero, lugar apropiado para un culto de una divinidad en relación con los bosques y con las aguas y por lo tanto curativa, a la que posiblemente iría dedicada la laminita con representación de ojos del tesoro, pensada para ser pendida por los dos orificios superiores laterales ^^. También podrían ser ojos la decoración en «ochos» con glóbulo central de las arracadas de los pendientes ^^. En los tres ejemplares se repiten los ochos y las puntas de lanza; otra punta de lanza aparece además suelta en el tesoro, como posible exvoto, desde luego no utilitario dado su pequeño tamaño y el que sea de plata. Estas puntas de lanza pueden estar en relación con la caza, en el culto de una divinidad, como veremos, referida constantemente a animales, e incluso haber sido homologada con Artemis-Diana. Más aún, los dos objetos similares entre sí, en forma de cartucho colgante aparecidos en el tesoro como exvotos, podrían estar miniaturizando los carcaj s propios de la divinidad, quizás incluso copia exacta puesto que son homólogos entre sí ^°. Pasemos ahora al objeto más descriptivo para nosotros (fig. 5). Es la plaquita decorada en repujado por una cara frontal humana, un ave y una abeja y preparada también para ser colgada por el orificio superior ^'. La placa ha sido decorada con abundantes globulitos, huevos repujados que rodean la cara, la abeja y en parte el ave; ésta, incluso toma con su ^^ Este podría muy bien ser el caso de las monedas que pertenecieron a la colección de don Manuel Gómez Moreno, que hoy conocemos gracias al álbum de improntas, y el del lote donado en una fecha más tardía al Museo de Cuenca. 3> Ibm, lám. 50,5. pico uno de esos globulitos dándole así una simbologia que excede la simplemente decorativa. No se puede discernir el tipo de ave, una paloma, una grulla por su largo pico, no sabemos. Además acompaña a todo ello una abeja. La abeja es un insecto rara vez utilizado y por lo tanto más determinante. En el munco clásico, el único del que tenemos suficiente documentación para estudiarla, su comportamiento es frecuentemente homologado con el humano por su vida en sociedad, por su jerarquía, reproducción, habilidad y riqueza industrial, a la vez de por su capacidad de defensa y agresividad cuando es necesario. Por esta simbologia es animal sagrado de Artemis Efesia, más en relación con la divinidad anatólica que con la griega, a cuya vera aparece frecuentemente ilustrada e, incluso, es la abeja la que representa a Artemis, ella sola, en las monedas de Efeso (fig. 6) ^^. En Ampurias aparece ilustrada como símbolo en las dracmas, y aunque es conocida la dificultad que conlleva la identificación de la divinidad emporitana efigiada como Aretusa o Perséfone, parece hoy aceptarse que en realidad estamos ante la imagen de Artemis, que la ceca en monedas latinas más tar-^^ C. Kraay: Archaic and Classical Greek Coins, Berkeley & Los Angeles, 1976, 256. lám. 53, 904. días efígiará con carcaj y arco, claramente como Diana ^^ Las monedas proporcionan además datos complementarios que en parte hemos comentado arriba. La ausencia de ciertos denarios fechados entre los años 138 y 100 a.C. es digna de atención. El análisis de las piezas conservadas parece indicar que el atesoramiento siguió un criterio selectivo. El tesoro contiene una muestra representativa de todas las emisiones denariales romano-republicanas hasta el año 100 en que se cierra, sólo mientras las imágenes del reverso representen caballos -Dioscuros, bigas o cuadrigas-, excluyéndose todas las emisiones con iconografía «familiar» que a partir de año 137 a.C. es habitual en los reversos de los denarios romanos en que los triunviri monetales sacan a la luz sus historias míticas ^^. Pues bien, no hay ningún denario de este tipo «familiar» y sólo aquellos que ilustran caballos, lo mismo que ocurre con las monedas hispánicas, denarios de jinete y dracmas con toro de Sagunto, excluyéndose por ejemplo las dracmas emporitanas o de imitación -con Pegaso, animal irreal-que sabemos siguen atesorándose en abundancia hasta época post-sertoriana, es decir mucho más tarde que el cierre del tesoro de Salvacañete, donde, por tanto, podrían haber sido recogidas ^^. Otro detalle más llama la atención: el cuidado puesto a la hora de taladrar todas estas monedas para que en ningún caso la perforación afecte de forma significativa a los animales de los reversos, sino que el agujero se sitúe delante o detrás de la cabeza de los jinetes, nunca en las partes vitales. Todo ello nos hace sospechar que la iconografía de la moneda pudo ser un elemento decisivo a la hora de conformar el tesoro, e incluso pudo haber actuado como un código para seleccionar las piezas de esta ocultación, para la que ya desde un primer momento J. Cabré eligió el calificativo de depósito vo-
Se publican piezas contramarcadas con.«X», posiblemente el sello de la legión X Gemina, halladas en España y en Rumania. Se hace un estudio general sobre los resellos y contramarcas de esta legión conocidos sobre lingotes de plomo o monedas, constatándose el comienzo del habito legionario de resellar con su nombre ya en el año 19 a.C, durante la estancia de Agripa en Hispânia. Las contramarcas monetales indican la presencia de la legión en Pannonia, Moesia o limes renano, en la Bélica, en valle del Ebro y Petavonium (Zamora). Del estudio de la pieza contramarcada hallada en Rumania lo es E. Las contramarcas monetales con los nombres, símbolos o números de las legiones están cobrando recientemente especial importancia para perfilar la historia de ciertos cuerpos militares. La acumulación de estas contramarcas legionarias en ciertas zonas y en períodos de tiempo específicos, permite atestiguar la presencia de tropas en esos territorios aun cuando no exista otro tipo de fuentes que lo confirmen. Como bien precisa D.W. Mac Dowall, el proceso de contramarcado es similar al de reacuñado: la autoridad de la moneda anterior es reemplazada por la nueva que aclara y confirma el cambio de status'. Por ello las monedas se convierten en numerario militar, lo que conlleva que no circulen con facilidad fuera de los recintos para los que es-tán legalizadas, siendo lo habitual encontrarlas concentradas cerca de donde fueron contramarcadas, posiblemente en los mismos campamentos legionarios, en sus cannabae o vici próximos; es un hecho que las contramarcas militares se concentran en las excavaciones de campamentos o ciudades de origen campamental, siendo raro hallarlas en excavaciones de ciudades sin prehistoria militar ^. La identificación de la contramarca con una legión permite pues asegurar que toda o parte de la tropa estuvo en la zona donde sus contramarcas se concentran. Más difícil es precisar la cronología de estas contramarcas pues en la mayoría de los casos estos sellos no se hacen sobre moneda coetánea sino anterior, o muy anterior, cuando el escenario geográfico en el que ocurre no cuenta con cecas próximas que alimenten regularmente de moneda el campamento y existe una circulación arcaizante, por ello nos encontramos las mismas contramarcas en monedas muy distantes cronológicamente, siendo a veces posible que todas ellas, viejas y nuevas, fuesen contramarcadas en un sólo momento. Para ello es esencial un buen estudio del cuño del resello. Es seguro, por ejemplo, que la contramarca del águila fue utilizada durante largo tiempo y en muy diferentes zonas hispánicas dada la variedad de formas y punzones que poseemos. El estudio más completo sobre el tema de los resellos se ha hecho para oriente, al estudiar las contramarcas monetales en moneda imperial griega. Allí se han podido detectar las variadas formas de contramarcar moneda que usa por ejemplo la legión X Fretensis, los ámbitos que ocupa y posiblemente las diferentes vexillationes que están en campaña con tipos diferentes de punzón para trasmitir el mismo mensaje: la propiedad de la legio X Fretensis sobre esas monedas ^ El número de contramarcas en relación con la vida campamental es muy alto como muestran los estudios de las excavaciones en Vindonisa, Novaesium, Dangstetten, etc., y sin embargo es muy bajo el que hasta hoy hemos podido identificar y asociar con seguridad a los distintos cuerpos legionarios. En los campamentos del limes germánico las contramarcas se concentran por áreas, asociándose sin duda a las distintas legiones o campamentos uniy bilegionarios allí establecidos, pero no hemos podido todavía adjudicarlas a legiones precisas por nuestra ignorancia del emplazamiento de éstas en fechas augústeas tempranas ^. Los ocupantes de la mayoría de estos campamentos son todavía anónimos por lo que sería de inmenso interés poder adjudicar ciertas contramarcas a cuerpos legionarios específicos. En occidente sólo se ha podido identificar las contramarcas de las legiones VI (L.VI) en Hispânia y la X Gemina en Hispânia (X, GEM, L.X.) y en Pannonia (X)^. En oriente la legión III Cyrenaica (LITIC), legió VI Ferrata (Vl F), legión X Fretensis en muy diferentes versiones (X, X, X, XF y LXF) la legión XII Fulminata en diferentes formas (FVLM, L.XII, XII, LXIIF) y la XV Apollinaris (LXV, XV, XVA) ^. Pero a ellas hay que añadir otras como la muy conocida de cabeza de águila en España, que siempre se asoció con la legión pero sin especificar cuerpo, y otras de la legión X que han aparecido, o hemos identificado, recientemente. A estas últimas vamos a referirnos aquí. carácter legionario de ese numeral ha sido hasta hoy el inconveniente mayor para la fiabilidad de tal lectura, pues conocíamos contramarcas de la legio VI -L. VI-pero con la «L» indicativa de l(egio) y todavía no conocíamos ninguna que recogiera sólo el nombre de la legión: Macedonica, Gemina, etc. La confirmación de que las legiones firmaban también sin «L» ha venido de occidente por un lado, los lingotes de plomo hispánico que comentaremos infra, y de oriente por otro, de la otra mitad de la misma legión, la posible gemela de la Gemina, la Legio X Fretensis. Esta legión contramarca abundantemente moneda como hemos visto, no sólo X, X, X sino con L.X. o L.X.F o L.F., verificando la homologación de esas contramarcas y la fiabilidad de la interpretación de Mac Dowall para Pannonia, que había sido replicada arguyendo que las contramarcas de Pannonia en realidad eran de la XI Claudia Pia al interpretar el trazo horizontal superior de numeral ordinal como el numeral I que se uniría al X -XIhaciendo girar el resello 90° ^ En Judea vemos que la X utiliza también el trazo horizontal para dar carácter de numeral ordinal a la letra X (fig. 2). Los Sobre las contramarcas de la Legio X Gemina o Gemella el primero que llamó la atención fue D.W. Mac Dowall al estudiar el resello X, ordinal, en monedas de Nerón aparecidas en su mayoría en la zona pannónica (fig. 1)' ^. La estancia de la legión en esa zona solamente entre el 62 y el 69 permitía precisar muy bien el período del contramarcado. Sin embargo la carencia de letras (L) que especificase el Se trata de una nueva e importantísima confirmación procedente del propio campamento de la Legio X Gemina en Hispânia, Petavonium (Rosinos de Vidríales, Zamora). Una sola contramarca reúne pues la cabeza de águila y la denominación numeral de la legión, obligando a que nos preguntemos si en los otros casos en que aparece sólo la contramarca de cabeza de águila debemos adjudicársela también a la legión décima, interpretación que estudiamos en otro lugar ^. CONTRAMARCAS Y RESELLOS DE LA LEGIO X EN HISPÂNIA Vemos pues que las contramarcas de la legión X Gemina podían confirmarse hasta hoy a partir del período de Nerón y en dos formas -L.X y X-, las mismas que utiliza su posible gemela, la Fretensis, en Judea en época flavia, es decir, sólo unos años ^ M.P. García-Bellido: Los resellos militares monetales como indicio de identidad de tropas y de sus traslados a otras provincias, II EPNA, e.p. más tardías a las contramarcas pannónicas fechadas con seguridad ante quem 69 en que la legión vuelve a Hispânia, fecha en que pudo efectuarse la contramarca de Petavonium. Pero hoy poseemos datos de estos mismos resellos legionarios para fechas mucho más tempranas como vemos a continuación. En 1980 se encontró un importantísimo pecio romano en el canal di Valle Ponti (Comacchio, Ferrara). La procedencia de la travesía fue muy discutida por la variedad de los materiales cerámicos y por la dificultad de adscribir a un territorio seguro lo que debió constituir el cargamento mayor y posiblemente el motivo del viaje: los 102 lingotes de plomo con diez sellos diferentes, uno de los cuales pertenecía claramente a Vipsanius Agrippa (fig. 5). La presencia de estos lingotes hizo que se pensase en Hispânia como posible punto de partida, propuesta que hoy parece ser fidedigna si la nueva interpretación de los sellos epigráficos que propongo es correcta ^°. Los lingotes hispánicos hallados en Como procedentes de Cerdeña, Gallia o Africa: Cl. Ambos fechan el pecio ante quem -12, año en que muere Agrippa. M.P. García-Bellido: Sellos legionarios en los lingotes de plomo de Comacchio (Ferrara), Epigraphica 1997, e.p.; ead. Símbolos sueltos 9°) X = diez 10) caduceo en cartucho Creo que sólo hay tres nombres personales -núms. 1,2,5,6-, el resto son los números, monogramas y nombres de las legiones -MACEDONICA, X GEMELLA y LEGio PRIMA-que cstáu acautouadas con Agripa en el año 19 a.C. en Hispânia con motivo del final de las guerras cántabras. Estos lingotes son testimonio de una explotación a destajo que incluye seis destacamentos legionarios, pues la Gemella y la Prima trabajan divididas a su vez en dos grupos con sellos diferentes. A ellas se suma la presencia de L. Caesius Batius -un lusitano a juzgar por su cognomen-, descendiente posiblemente de la clientela de L. Caesius, el pretor que firma la deditio de Alcántara del 104 a.C. Este personaje y la abundancia en esta misma zona del nombre Matius, el otro individuo constatado en los lingotes, hace suponer que fue en el SO peninsular, donde hay constatación de abundantes explotaciones de plomo argentífero y de torres-recintos de carácter minero-militar, donde tuvo lugar la concentración de estos destacamentos para la explotación del mineral. La presencia de Agrippa, tan ligado a Emerita, viene a reforzar la suposición. La fecha sería el 19 a.C. en que Agripa viene a Hispânia, año y lugar en que despoja a la legio prima Augusta de su título Augusta según nos cuenta Dio Cassio 54,11. La legión no es disuelta sino degradada como supuso R. Syme, y en esta situación la vemos sellando sus lingotes con el monograma -LPRI-, sin epíteto como el de sus compañeras. Respecto a la X Gemella o Gemina utiliza sobre todo el cognomen como hace también la Macedonica, pero en casos, y posiblemente para distinguir dos diferentes destacamentos, hace uso del numeral X con dos trazos horizontales (fig. 6)'^. 1 y 2 como de los responsables de la explotación, 3 y 4 como siglas de compañías m(etalla) y el 9 como el numeral X.'-Cf para la justificación de todo ello M. P. García-Bellido: opp.citt (n. Fig. 6.-Lingote de Comacchio con la marca X de la legio X Gemina. Fotografía cortesía de Cl. Contramarcas monetales en Hispânia (¿época augústea?) Pues bien, el sello X, referente sin duda en el contexto de los lingotes de Comacchio a la legión X Gemina, es similar al utilizado -por la misma legión en Fannonia y en Moesia o Rin, motivo en parte de estas notas, y por su legión gemela, la Fretensis, en Judea; pero antes las hallamos en Hispânia. Las contramarcas hispanas las encontramos sobre monedas de dos zonas peninsulares: las de Cástulo y Malaca y las del Valle del Ebro, indicando sin duda una doble presencia de la legión. Todos_ellos son resellos de una misma paleografía, un X con dos trazos horizontales, uno de ellos mayor que el otro, e inserto en un círculo (fig. 7). Estos resellos aparecen en moneda hética sobre piezas viejas, republicanas, sólo de Cástulo y Malaca, el circulante habitual en una zona muy concreta entre ambas cecas, en el camino entre ellas'^. Las monedas estaban ya muy desgastadas cuando se puso la contra-Fig. 7.-As de Malaca republicano contramarcado con X por la legio X Gemina. IVDJ, 10'27 g. marca, de manera que ésta resalta por su nitidez sobre superficies muy lisas sin relieve ajeno que la enmascare. Parece pues que la contramarca es muy posterior a la acuñación, posiblemente estampada en época augústea. No es de extrañar que no se produjera sobre monedas de Augusto pues en esa zona -entre Cástulo y Malaca-no hubo cecas augústeas, siendo las más cercanas Acci y Colonia Patricia, ambas excesivamente lejanas y escasas de numerario para entrar en ese circuito local. Estas contramarcas las presentamos ya como sellos de la legión C. Blázquez y yo misma en 1988 sin contar entonces con el testimonio de Comacchio ^' ^. Creíamos entonces que la única justificación de la estancia de la legión en el sur peninsular podía estar en los datos de Tácito (Hist. 2,58) que la sitúa en el 69 en la boca del Estrecho de Gibraltar preparada para contraatacar en Mauritania a Albinus si éste intentaba pasar a Hispânia. Hoy, con los datos del pecio de Comacchio que muestran la gran movilidad de las legiones divididas en destacamentos y formando vexillationes con otros grupos legionarios, creo que las contramarcas sobre las monedas de Cástulo y Malaca podrían estar en relación con una explotación minera en la zona geográfica entre estas dos ciudades. No es necesario insistir sobre la riqueza minera de la región de Cástulo, precisamente plomo argentífero, pero sí sobre el valor de Málaga como puerto de exportación del mineral de Cástulo, vía comercial que J. Portea y J. Bernier ya pusieron en relación con las torres-recinto precisamente de la zona de Baena, donde muy bien pudieron efectuarse estas contramarcas ^^ Estas mismas contramarcas las hallamos en moneda augústea del Valle del Ebro. Se trata de dos monedas de Celsa: la una con leyenda kelse (CNH 223,16) última serie ibérica fechable en época sertoriana y la otra, del XII consulado de Augusto (RPC 278), fechable en el 5-3 a.C. Otra pieza de Calagurris (RPC 445) de Augusto con título Pater Patriae (fig. 8), es fechable post 2 a.C. y la contramarca presenta el mismo desgaste que la moneda ^^. Las tres tienen el mismo tipo de resello, X con dos trazos horizontales exactos a los de Comacchio inserto en un punzón circular. Las fechas pues, posiblemente de todas ellas, no han de sobrepasar los años augústeos, las del Valle del Ebro sobre moneda contemporánea al resello y las de Cástulo y Malaca en moneda vieja dada la escasez de numerario augústeo en la zona. Hasta ayer no se conocía este resello sino en moneda de Cástulo y Malaca y los numismátas lo habían leido como una ko ibérica, marca de valor que aparece en una de las series de Cástulo *' ^, pero su identidad con las otras marcas de la misma legión en zonas tan distantes del Imperio hace muy verosímil que sean nuevos ejemplares de las diferentes contramarcas de la legión X, esta vez en Hispânia y contemporáneos de los lingotes de Comacchio. Existe otro ejemplar, también inédito, que presenta una contramarca semejante (fig. 9). Se trata de un as de Tiberio de Abdera con un resello cuadrangular dentro del cual hay una X asimétrica, con la base menor que la parte superior y en los laterales dos puntos, de tipología totalmente desconocida. No está recogido por Guadán y podría ser una nueva marca de la X, esta vez en ocasión de su estancia en el sur en el año 69, según las palabras de Tácito (Hist. La contramarca no tiene sin embargo paralelo exacto, ni siquiera en los contemporáneos de Petavonium, Moesia o Pannonia y habremos de esperar a nuevos documentos para poder asociarla con mayor certidumbre a la legión X Gemina. M.'* PAZ GARCIA-BELLIDO y EMANUEL PETAC La moneda contramarcada hallada en Petavonium (época neroniana?) Hoy tenemos otra contramarca que viene a confirmar la calificación de legionaria que hemos adjudicado a esta contramarca X. Se trata de un sestércio de Claudio del tipo Spes Augusta (fig. 4), con una contramarca de águila en el cuello del emperador -su lugar habitual-. La pieza fue hallada en las excavaciones del propio Petavonium (Rosinos de Vidríales, Zamora) en niveles arqueológicos correspondientes a la estancia del ala II Flavia. Lo novedoso es que, formando parte de la misma contramarca, se encuentran en el cuello del águila las letras L.X., interpretadas ya por los editores como las siglas de la legio X^^. Esta moneda de Claudio -teóricamente acuñada entre el 41 y el 50-, podría ser producto de una ceca occidental al no incluir el título de p(ater) p(atriae), quizás de la propia Hispânia, pero sabemos que Nerón durante sus diez primeros años de reinado no acuñó moneda de bronce de manera que puede haber sido emitida entre el 41 y el 64'^. La pieza pudo ser contramarcada por la legión antes de salir hacia Pannonia en el 62, o mejor a su vuelta en el 68-69 en que no permanece en la Península sino un año, precisamente durante las guerras civiles en Hispânia, fecha esta última muy probable para el contramarcado por varias razones: la moneda se ha hallado en los niveles del ala II flavia y su conservación es excelente, de manera que la contramarca debió ser estampada en el 69-70, justo antes de la partida de la legión hacia Arenacum y Nimega. Como vemos las fechas serían muy'^ S.Carretero y M.V. Romero: Los campamentos romanos de Petavonium (Rosinos de Vidriales, Zamora), Fundación Rei Afonso Enriques, s/1, s/a, p. La moneda ha sido publicada de momento sin peso y sin reproducción del anverso pero es posible que se trate de RICP, Claudius n° 99, p.l28, lám. 16, 99. Es una emisión frecuentemente imitada por cecas occidentales y con distintas contramarcas imperiales, cf. ibm. n. Agradezco a los AA. el haberme propocionado su trabajo antes de la publicación. homogéneas con las de los otros resellos pannónicos según cree Mac Dowall, y con los moésicos o del Rin según opina Petac, precisamente el año de la guerra civil que debió producir un alto número de moneda contramarcada para regalo a la tropa. MONEDA CON RESELLOS DE LAS LEGIONES VIII Y X HALLADA EN RUMANIA La moneda que presento aquí fue descubierta en Resca, Dobrosloveni (Oltenia), en la antigua Romula, capital de la Dacia Inferior (Malvensis), y pertenece a la colección numismática del instituto arqueológico Vasile Parvan de Bucarest ^°. Fue hallada en 1983 por María Rau de Resca en un lugar llamado Dealul Morii (Mill Hill) y comprada por Mihaela Blasko, quien la regaló al instituto arqueológico de Bucarest: As de Augusto ilegible, de 7'02 g y 23 mm. (fig. 10) Anv.: tres contramarcas: AVG, VIII y x. Aunque muy mal conservado, nuestro as pertenece probablemente a las emisiones de magistrados augústeos acuñadas durante el Principado. La moneda presenta cuatro contramarcas regulares, tres de ellas (AVG, VIII y x) aplicadas en anverso y la cuarta (desgraciadamente ilegible) en el reverso. La primera de ellas es claramente más antigua que las otras ^^ Aparece sobre todo en ases emitidos en Roma durante el reinado de Augusto y en las series del «Altar» de Lugdunum, pero también en monedas del séptimo imperio de Tiberio ^^ y sobre monedas de oricalco acuñadas en época de Augusto ^^. Aunque parece haber sido usada especialmente en el área del limes del Rin'^^ no está excluida la posibilidad de su utilización también en los distritos surdanubianos, Tracia o Moesia ^^, siendo contemporánea con la pannonica (?) AVG y teniendo un terminus post quem del mes de julio del año 13 d.C.^^ Muy significativo es que la presencia de esta contramarca sea posterior a los años 11-12 d.C, periodo que no presenta ningún ejemplo de ella ^'^. La circunstancia parece estar relacionada con la importante reforma metrologica del bronce romano: la adopción de un nuevo patrón de 11 g para los ases ^^. Siguiendo el mismo razonamiento para las emisiones de oricalco, Tiberio introdujo un nuevo patrón metrologico para los dupondios (piezas más pesadas de 14-15 g, en lugar de los 12-13)^^. El peso de las monedas contramarcadas con NG O AVG confirma esta situación, incluso teniendo los dupondios contramarcados pesos inferiores al patrón tiberiano para los medios bronces ^°. Por lo tanto la primera contramarca aplicada a nuestra moneda le da el valor de as tiberiano ^^ Respecto a las otras dos contramarcas, viii y x, pertenecen a las legiones vni Augusta y muy probablemente a la X Gemina ^^. La posibilidad de que la última perteneciera a la X Fretensis ^^ es muy escasa puesto que esta unidad estuvo durante los dos primeros siglos de la era acuartelada casi exclusivamente en Judea ^' *. El único momento en el que algunas vexillationes de la legión Fretensis vinieron a Europa está relacionado con la misión de Mucianus en el año de los cuatro emperadores ^^. No tenemos ninguna constatación de la presencia de alguna vexillatio de la legio X Fretensis en Europa junto a la legio VIII Augusta; sólo existen informaciones sobre 22 Mac Dowall, cit. (n. 21) la llegada de Mucianus a Europa con la legio vi Ferrata y otros 13.000 soldados de Siria y Judea, estacionándose en Moesia, donde también estaba la viii Augusta ^^. Debemos por tanto considerar, sólo desde un punto de vista teórico, una eventual aunque poco probable aplicación de las dos contramarcas -vm y X-en Moesia en el año 69 ^^. La contramarca X representa sin embargo una variante de la contramarca panónica X publicada por MacDowald hace más de treinta años ^^. Es conocida sólo en trece ejemplares (once en colecciones centroeuropeas y dos en los museos occidentales de París y Copenhague), todas ellas sobre bronces neronianos y la contramarca pertenece al periodo de la guerra civil ^^. En el anverso de nuestra moneda hay una tercera contramarca, vm, perteneciente a la legio vm Augusta. Siguiendo la opinión de CJ. Howgego a propósito de la presencia de dos contramarcas legionarias sobre una misma moneda' ^°, se supone que la única oportunidad en la que nuestra moneda pudo sufrir ambos contramarcados está en conexión con los sucesos del año 70 d.C, el año de la expedición de Cerealis contra CivilisitÍQ de los Batavos' ^^ campaña en la que Roma puso en acción no menos de nueve legiones y entre ellas la legio vm Augusta y la legio X Gemina ^'^. Podemos pues concluir que nuestra moneda estaba todavía en el circuito monetario imperial en el área moesica, o mejor en el del limes del Rin, en un momento cuyo termino post quem está fijado por la guerra civil en los años 69-70 d.C. De la zona del hallazgo de esta moneda tenemos otras varias piezas, ninguna de ellas anterior a los comienzos del s. II "^^ y creemos por lo tanto que se puede defender la hipótesis de una tardía penetración de esta moneda en el área entre el Danubio, Olt y los montes Cárpatos. La moneda probablemente llegó a la capital de la Dacia inferior (Malvensis) tras la conquista del reino dacio. EPÍLOGO La posibilidad de precisar estancias de grupos militares en zonas que no conocíamos, gracias a las contramarcas efectuadas por ellos en moneda local, o gracias a la acumulación en esa zona de una precisa contramarca sobre moneda foránea, es de gran importancia, sobre todo para la adjudicación de legiones a los campamentos renanos. El hecho de que en muchos casos, como hemos visto, estos datos numismáticos se vean avalados por los bien conocidos y comprobados de las fuentes literarias y arqueológicas, permite aplicar el método con seguridad a aquellas etapas y regiones donde carecemos de esa otra más precisa documentación. La identificación de los resellos sobre los lingotes de Comacchio parece localizar en la región extremeña una importante explotación legionaria del plomo, zona de donde procederían los lingotes hallados en el pecio de Comacchio. Es en estos lingotes donde por primera vez, en el año 19 a.C, constatamos sellos legionarios que se pondrán tan de moda a partir de época flavia, sobre todo en los materiales edilicios. Las contramarcas monetales hispánicas en moneda de la Bética, proporcionan igualmente información, aunque mucho menos segura, sobre la probable estancia de tropas de esta legión en esa zona. De ambas zonas bético-lusitanas procede un alto número de los soldados de la legio X, en total 12 individuos de 18 que constatan su origo: Hasta, Hispalis, Arsa, Ugia, Emerita (3), Valentia (posiblemente la lusitana), Tucci (2), Ulia, Astigi -ciM núms. Estas lápidas atestiguan la presencia de la legión en esas zonas donde se haría el reclutamiento, en casos dentro de grupos familiares como demuestra la n° 560 hallada en Carnuntum (Pannonia) donde es un hermano quien dedica el monumento al fallecido. Del valle del Ebro, exactamente de Calagurris, proceden dos soldados que van a morir a Nimega, estancia en el NE peninsular a la que debemos adjuntar el testimonio de la construcción del puente de Martorell firmada por las legiones X Gemina, la IV Macedónica y la VI Victrix ^^. A las guerras civiles podemos adjudicar las contramarcas de la legión en Panonia y en Moscia o zona renana. Posiblemente sólo meses más tarde la legión contramarcará el sestércio aparecido en Petavonium, comprobándose una acumulación de moneda contramarcada en esas fechas, muy propicias para los regalos a la tropa. Parece que no tenemos testimonios más tardíos. Los resellos de los lingotes de Comacchio, fechables en el año 19 a.C. gracias a la firma de Agripa en ellos, constituyen pues el documento más antiguo de todas las marcas legionarias occidentales, si excluimos naturalmente los grafitos o marcas en glandes amén de las monedas legionarias habituales en la Republica tardía, cuyos mejores testimonios son las emisiones de Marco Antonio o las glandes de Q. Metellus halladas en Azuara (Badajoz) "^v. Los lingotes de plomo nos proporcionan además un modelo tipológico para la identificación de otras marcas o resellos de la legión, marcas que ya habían sido identificadas en otros lugares del Imperio a los que hoy hemos podido añadir más documentación.
A partir del análisis químico de una muestra de la pez que recubre las paredes internas de un ánfora de salazón altoimperial romana, se realiza un estudio sobre las características y funcionalidad de esta sustancia. El objetivo perseguido es clarificar el origen y exacta naturaleza de la misma, además de aportar algunos elementos de debate sobre su producción y posible comercialización, analizando su importancia en el contexto de la economía romana. Como se ha puesto de relieve en numerosos trabajos de investigación sobre material anfórico (Jongkees, 1955; Celades, Pascual y Villate, 1983; Formenti, 1991; Martínez Maganto y García Giménez, 1994a), la mayoría de las ánforas empleadas como contenedores de productos alimenticios, especialmente salarios y vinarios, estaban provistas en su interior de una película o baño de una sustancia negruzca, que impregnaba las paredes del recipiente y que, en ocasiones, incluso invade el labio exterior del mismo. La identificación de dicha sustancia como pez se ha realizado conjuntando las menciones de los tratadistas clásicos en torno a la manipulación de estos contenedores (Columela, XII,4; Plinio, XIV,25 y XVI,16), y a los resultados obtenidos a través del estudio analítico de la propia sustancia. Por tanto, a pesar de las distintas denominaciones empleadas en la literatura científica (betún, resina, etc.), la más adecuada es la de «pez» (Mello y Pizzigoni, 1990), ya que, además de responder á la justa naturaleza del producto, tiene su referencia en las menciones clásicas a la conocida pix liquida (Oribaso, VII,28; Plinio, XVI,22; XVI,53), diferente de la crapula, picula o de la propia flps crudus resinae, denominaciones que responden a distintos momentos de la transformación del producto (André, 1964). Sin embargo, el origen y procesado de la pez sigue sujeto a discusión. Todos los indicadores parecen apuntar a la transformación de la resina de conifera, obtenida mediante la natural exudación del árbol. Posteriormente, esta resina bruta es sometida a un proceso de calentamiento, cuyo objetivo es la eliminación de los aceites volátiles, obteniendo así una sustancia negruzca y untuosa (Plinio, XVI,22; XXIII,1; XXIV,47; Escribonio,201; Vitrubio, II,9,13), que podía ser utilizada en la impregnación de diversos recipientes cerámicos (Plinio, XIV,27; Columela, XII,18). Su aplicación se realizaba haciendo rodar el ánfora para que la pez, en estado líquido, cubriera de forma homogénea su pared interna. Una vez finalizada dicha operación, se colocaba el contenedor en posición vertical, lo que facilitaba la acumulación de un remanente del producto en la base del mismo, frecuentemente en el pivote. A continuación se dejaba enfriar, proceso durante el cual la pez adquiría las condiciones de consistencia y vitrificación que la caracterizan. Es habitual observar sobre la superficie limpia de este producto una serie de oquedades 266 JULIO MARTINEZ MAGANTO y M.^ DOLORES PETIT DOMÍNGUEZ AEspA, 71, 1998 redondeadas, que no son sino las improntas de microburbujas formadas durante el rápido proceso de pirólisis a que se ve sometida la pez durante su transformación. La forma en que esta sustancia se ha conservado es notablemente diferente de unos casos a otros, apreciándose distintos grados de alteración como consecuencia de la acción oxidante de agentes extemos. La observación de diversas ánforas ofrece un abanico de tonalidades y consistencias, fáciles de distinguir a simple vista. Su color varía en una amplia gama de marrones, que oscila entre el amarillento y el negruzco, hasta llegar al negro brillante. Algunos investigadores, a propósito de las ánforas salarias, se cuestionan si la tonalidad amarillenta puede responder a vestigios de "pasta de pescado" más que a la descomposición de la propia sustancia (Cardoso, 1978, 69), si bien debe tenerse en cuenta que este fenómeno se observa igualmente en ánforas vinarias. Por su parte, las consistencias van desde el aspecto sólido, en una capa completamente vitrificada muy brillante, hasta el de una textura descompuesta y granular. El medio acuático parece ser más favorable para la conservación de la pez, ya que, en tierra, sufre un proceso de degradación que la convierte en una masa de textura polvorizada y color amarillento (Formenti, Hesnard y Tchemia, 1978, 96). Aunque es obvio que dicha capa constituye un baño que recibe deliberadamente el ánfora, la intencionalidad de esta operación sigue siendo objeto de controversia. Las teorías más frecuentes apuntan al deseo de aromatizar el producto contenido en las ánforas, hecho bien conocido para los vinos, en los que el gusto «resinado» (Lamboglia, 1952, 155) era apreciado por los paladares clásicos (Columela, XII,20 y ss.;Celso, IV,5,29; Marcial, III,77 y XIII,107; Gratio Falisco,415; Plinio XIV,24; Catón, XXIII,3). En este sentido, no es extraña la ocasional utilización de pinas resineras para la obturación de la boca de ánforas vinarias durante su transporte (Lamboglia, 1952, fig. 15) ^ Sin embargo, algunas consideraciones aportan argumentos en contra del vinus resinatus. Parece estar demostrado que la resina afecta a la coordinación motriz y es en cierto grado nociva, a pesar de ser un buen digestivo. Por otra parte, debemos tener en cuenta que la pez, en su estado líquido -pix liquida-no es soluble en el vino, al contrario que la resina bruta -flos resinae-cuyos aceites esenciales sí lo son; por tanto, ésta última parece la más indicada para la aromatización del vino (Marcial, XIII, 107). Así pues, a tenor de todo lo comentado, parece poco probable que el enlucido interior de pez, en los contenedores anfórleos, guarde relación con aspectos palatales, debiendo buscar explicaciones más prácticas para este proceder. Siguiendo este razonamiento, podríamos encontrar una explicación más funcional en el deseo de proteger las paredes del ánfora, ya que la fuerte naturaleza del producto transportado -rica en ácidos orgánicos-podría atacar la estructura cerámica del recipiente, degradando las partículas que cementan la pasta. Precisamente, en prevención, se impregnan las paredes interiores con pez líquida, lo que, asimismo, garantiza el total aislamiento del contenido ^, evitando filtraciones, etc. (Mello y Pizzigoni, 1990, 161). Esta explicación resulta más verosímil especialmente en el caso de las salazones, ya que un contenido de esta naturaleza podría atacar la pared del ánfora, con la consiguiente alteración -rancidez, enmohecido, putrefacción...-del sabor o calidad del producto transportado. Por tanto, una vez expuestas las diversas hipótesis, resulta obligado realizar un estudio de carácter analítico de la propia pez, encaminado a obtener datos más precisos sobre su naturaleza y componentes químicos. Para ello es imprescindible, aunque sea de forma sucinta, explicar la metodología analítica empleada. Las operaciones realizadas para el análisis de esta sustancia reproducen un procedimiento ya ensayado, en distintos laboratorios, con muestras de similar naturaleza (Condamin y Formenti, 1976; Mills y White, 1977; Formenti, 1991). La técnica analítica utilizada, denominada Cromatografía de Gases (Willard, Merritt y Dean, 1971, 615 y ss.;Shackley, 1982; Mills y White, 1987, 13 y ss.) se completa con el acoplamiento de un espectrómetro de masas como detector. Para su desarrollo se precisa la siguiente metodología: Los fragmentos sólidos de pez, obtenidos mediante tracción, son introducidos en cloroformo hasta su total disolución, proceso facilitado por la propia naturaleza orgánica de las muestras. A continuación, para poder detectar posteriormente los ácidos presentes, se forman los metil-derivados de los ¡Abundance 1000000'vlijjji cualquier momento, como se ha hecho en nuestro caso, a partir de los seis puntos seleccionados en la fig. 1, que constituyen las figuras sucesivas (figs. 2 a 7) ^ Los datos obtenidos mediante la combinación de estos procedimientos permite establecer comparaciones con otros estudios desarrollados a partir del mismo sistema analítico, siendo una excelente posibilidad para confrontar informaciones de distintas procedencias (Mills y White, 1977). mismos mediante la utilización de metilcloroformato. La muestra es entonces inyectada en el cromatógrafo de gases, empleando el helio como gas portador, hasta llegar a una columna capilar de sílice fundida que presenta una retención distinta para cada componente de la muestra, lo que produce un retardo en la elución de cada uno de ellos y, por tanto, una separación de los mismos. Para completar el método analítico, el sistema cromatogràfico acopla un espectrómetro de masas al cromatógrafo de gases, instrumento que realiza la función de «detector». Esta técnica de detección -basada en un bombardeo electrónico en condiciones de vacío concretas-es de gran especificidad, ya que permite registrar los patrones de fragmentación de cada elemento constituyente de la muestra, lo que se resuelve en forma de gráfico (como ejemplo ver fig. 2). De este modo, el espectro de masas resultante puede considerarse «la huella dactilar» del compuesto, lo que permite su identificación mediante comparación con datos ya conocidos. El espectrómetro adquiere una serie de espectros de masas de manera continua, durante el tiempo que dura el cromatograma. La suma, en cada momento, de todos los iones resultantes da lugar al llamado T.I.C. o Cromato grama de Iones Totales (ñg. 1), que representaen ordenadas-la «Abundancia» de cada elemento, en función del «Tiempo» de retención -en abcisas-de dicho elemento de la columna. Cada punto de este cromatograma representa en realidad un espectro de masas completo que puede ser analizado en [Abundance ESTUDIO DE LA PEZ Los resultados obtenidos, aplicando la Cromatografía de gases a muestras tomadas de distintas ánforas, ponen de relieve la extraordinaria similitud existente entre todos los casos estudiados. Precisamente por esta razón, evitando innecesarias reiteraciones, hemos optado por seleccionar el estudio correspondiente a una de las muestras analizadas, que puede adoptarse, aproximativamente, como ejemplo general. Para dicho estudio, realizado sobre la pez procedente del ánfora n° 503 del Museo Municipal de ^ Con ánimo de agilizar esta exposición, recogemos brevemente las condiciones cromatográficas en las que hemos realizado estas operaciones: Columna capilar de sílice fundida 5% fenil metil silicona de fase ligada, con una longitud de 25 metros, un diámetro interno de partícula de 0.28 mm y un espesor de película de 0.25 mm Programación de temperaturas del horno: 70° C (1 minuto) 20° C/minuto. Temperatura del inyector: 180° C. Temperatura del detector: 280° C. Gas portador: Helio, 1.0. ml/m Inyección: Splitless, 1 |J,1. Ceuta "^ (clasificada como variante de Dressel 11), se parte del cromatograma de iones totales (T.LC; fig. 1), a través del cual se localizan los componentes principales que van a ser analizados mediante el espectrómetro de masas. Cada uno de los "picos" ^ que aparecen en la gráfica corresponde a los compuestos presentes, siendo proporcional el tamaño de los mismos respecto a la cantidad de compuesto existente. Normalmente, se procede a identificar los picos más representativos, siempre y cuando su estructura coincida con datos registrados en la memoria de la base de datos del ordenador. Por esta razón, algunos de dichos compuestos no han podido ser identificados de forma adecuada, al no existir un correlato lo suficientemente válido. La relación de compuestos identificados se enumera a continuación junto a las gráficas de espectro de masas correspondientes, según se ha explicado en el apartado de Técnicas Analíticas ^. "* Agradecemos el apoyo prestado para esta investigación por el Instituto de Estudios Ceutíes y por D. Fernando Villada Paredes, Director del Museo Municipal de Ceuta. ^ Existe el término técnico "peak", el cual no dejamos de considerar un evitable anglicismo. No ocurre lo mismo con el acronimo inglés T.LC, que aquí utilizamos al estar internacionalmente establecido. ^ El primer número de orden se refiere al «pico» señalado en la fíg. Los números situados a continuación indican el tiempo de salida; seguidamente se identifica el elemento, aislado, así como su fórmula empírica (entre corchetes), y finalmente, en tantos por ciento, figura el grado de similitud que existe entre la muestra analizada y el patrón que para dicho producto se encuentra contenido en la base de datos del ordenador (la total igualdad supondría un 100 %). Al final se indica el número de figura que identifica la gráfica. En cuanto a su interpretación, todos estos compuestos son de origen vegetal y, en su mayoría, son derivados de un mismo elemento, el Isopreno, componente de aceites etéreos o esencias vegetales. Resultados similares pueden encontrarse en el análisis de otras sustancias de origen vegetal (Mills y White, 1987, fig. 8.1.). Entre las sustancias específicamente analizadas destaca el Alcanfor (fig. 2) uno de los típicos compuestos del aceite de Trementina presente en la resina de pino, aunque también puede localizarse en aceites esenciales, siendo, en todo caso, derivado de especies vegetales. Características similares presenta el Endo-Borneol (fig. 3), asimismo un compuesto básico de las resinas vegetales. Esta misma similitud de origen es válida para el Cadineno (ñg. Se trata de un compuesto procedente de la resina de pino, cuya identidad es bien conocida (Torres, 1952, 408). El cadineno es un aceite, líquido y espeso, obtenido del enebro o de otras sustancias vegetales como las esencias de cedro, sándalo o ajenjo, especies pertenecientes al género Juniperus. Un compuesto que presenta unas características totalmente diferentes es el Azufre molecular (fig. 5) cuya identificación, aunque extraña, no ofrece duda alguna. Mucho más difícil es determinar el origen de dicha sustancia, ya que está presente en modo molecular, no formando parte de ningún otro compuesto. Teniendo en cuenta que se desvía del resto de las sustancias, cuyo origen vegetal es evidente, las posibilidades que barajamos para su presencia son: -Que pertenezca a una sustancia orgánica contenida en el recipiente anfórico, como podría ser el caso del pescado, aminoácido orgánico que contiene puentes de disulfuro. Sin embargo, resulta inviable, desde el punto de vista bioquímico, explicar la formación de azufre molecular puro contenido en la pez. -Que pertenezca a un componente natural de la pez de origen mineral, no vegetal, como podría ser el caso del petróleo y sus derivados -el asfalto-, que afloran de forma natural (Heródoto, IV,195). En tal caso, quedaría por demostrar su utilización para la confección de la pez con que se cubre el interior de las ánforas, ya que las fuentes recogidas atestiguan aplicaciones bien distintas (Vitrubio, I, 5, 8; Estrabón, XVI, 2, 45). -Una última explicación puede ser la descomposición o alteración química de elementos no bien conocidos. En este sentido, debemos recordar que la pez, en el uso que nos ocupa, parece haber perdido su consistencia vitrea, transformándose en una sustancia de aspecto polvorizado de color negro, pero también amarillento, según los casos. Por tanto, no sería extraño que la acción de bacterias sulfato-reductoras haya transformado en azufre las proteínas, con base de azufre o de sulfatos, presentes en el contenido, aunque concurren ciertas dificultades de índole química para aceptar tal proceso. Es posible que el hidrógeno sulfurado haya sido transformado o que la descomposición haya tenido lugar en la columna del cromatógrafo. En cualquier caso, los vestigios de azufre puede ser tomados como evidencia indirecta de la presencia de materia orgánica, rica en proteínas ^. 299 314 ^ Debemos agradecer algunas observaciones realizadas por la Dra. Françoise Formenti (ICPI de Lyon), cuya dilatada experiencia resulta muy reveladora en interpretaciones de esta naturaleza. Ello nos ha permitido afinar las hipótesis elaboradas a partir de nuestro estudio químico. Otro compuesto (fig. 6) es el Difenil Hexadieno cuya identificación, aunque muy posiblemente sea un derivado vegetal no directamente resínico, nos plantea ciertos problemas. Finalmente, un último elemento detectado ha sido el ácido abiètico (ñg. 7), uno de los componentes ácidos mejor conocidos de la colofonia o resina sólida de pino, conjunto de ácidos resínicos derivados del ya mencionado Isopreno (Torres, 1952, 411). La presencia de metil-ésteres del ácido abiètico nos resulta bien conocida en la pez utilizada para el enlucido de los recipientes anfóricos, como hemos podido demostrar en breves trabajos anteriores (Martínez Maganto, 1993, II, 372; Martínez Maganto y García Giménez, 1994b). Así pues, del estudio de los resultados obtenidos a través de este análisis puntual se puede extraer una serie de conclusiones provisionales, matizadas por la comparación con resultados logrados a través de idénticas técnicas, que permiten trazar algunas hipótesis de índole histórico-económica. En primer lugar, respecto a la naturaleza de la pez, resulta evidente la presencia de abundantes elementos orgánicos cuya génesis no queda clara, aunque todos los indicadores apuntan a componentes de procedencia vegetal, consecuencia de los procesos de destilación y transformación a que se somete esta sustancia. A pesar de ello no pueden descartarse otras posibles fuentes, tanto para la pez como para alguno de sus constituyentes, como es el origen mineral a partir de principios afines al petróleo -recordemos la cita de Heródoto-, aunque esta puntualización resulta del todo provisional. En cuanto a la naturaleza resínica de estas sustancias, las pruebas realizadas son concluyentes, ya que, tanto en nuestro caso como en otros estudios similares, se detecta la presencia de elementos de origen resínico, siendo especialmente significativo el ya mencionado metil-éster del ácido abiètico. No menos llamativos resultan otros compuestos localizados, de análogas características, como el Endo-Borneol o el Cadineno, cuyas propiedades ya se han comentado. Por tanto, la muestra estudiada es incuestionablemente un derivado de resinas de coniferas, sin que, por el momento, sea posible una mayor definición con respecto a esta amplia familia de plantas arboriformes. En cualquier caso, esta conclusión viene a confirmar la utilización de resina vegetal para la obtención de la pez y el enlucido de reci- cluyentes. Análisis efectuados en laboratorios franceses, con los que realizamos investigaciones paralelas ^, sobre un ánfora salaria bética altoimperial (Laubenheimer, Martínez Maganto e Hillairet, 1993), arrojan resultados prácticamente idénticos (Formenti, 1993) que, en buena medida, pudieran explicarse por un similar origen de la pez, de la materia transportada por el ánfora o la combinación de ambos factores. Esperamos que este conjunto de trabajos, en los que continuamos avanzando, aporten datos novedosos en esta importante faceta de la investigación del mundo anfórico. En el caso concreto que nos ocupa, a pesar de los limitados resultados obtenidos, sí podemos plantear algunas cuestiones de cariz económico que pueden derivarse del estudio de la pez y su utilización. En algunos trabajos se ha hecho hincapié en la importancia que supondría la proximidad de los hornos de producción de estas ánforas a extensos bosques, de los que podría obtenerse la materia prima empleada en el proceso de combustión. No sería extraño, por tanto, que el mismo bosque del que se obtenía la madera albergara coniferas de las que procurarse la resina madre, posteriormente transformada en pix liquida, para la impregnación de los recipientes. Tampoco es improbable que dicho proceso de preparación del envase se realizara poco antes de introducir en las ánforas los famosos salsamenta o salsas de pescado (Martínez Maganto, 1992a), quizá en las propias instalaciones salazoneras. En este sentido, el interesante hallazgo de Olhao (Pais, 1992) puede aportar más argumentos para la futura confirmación de esta hipótesis, ya que en esta zona portuguesa, concretamente en la fábrica de salazones romanas de Quinta do Marim, fueron localizados restos de madera perteneciente a la especie Pinus pinea, en contexto estratigráfico fechado entre el 225 y 250 dC. Dicho hallazgo, aunque poco significativo considerado de forma aislada, podría poner en relación las instalaciones para la fabricación de salazones con la más que probable cercanía de bosques de coniferas. Estos bosques constituyen un paisaje habitual en territorios situados entre el nivel del mar y los 1000 m de altura aproximadamente (Pais, 1992, 384). Por tanto el aprovechamiento de tales zonas, cuyo nicho ecológico -litoral-coincide plenamente con el área en que se ubican las instalaciones salazoneras y los hornos anfóricos, resulta a todas luces evidente. Obrando de esta forma, se conseguirían unificar diversas fa-ses complementarias del proceso de producción en un mismo espacio geográfico, hecho altamente beneficioso para la racionalización de la producción, como hemos defendido en otras ocasiones (Martínez Maganto, 1993, II, 373 y ss.;Martínez Maganto y García Giménez, 1994b). La complejidad económica de estos grandes centros de procesamiento es de tal magnitud (Martínez Maganto, 1992b), que esta sencilla operación, encaminada a la maximización de beneficios, no debía resultar ajena a sus intereses, dando lugar a una incipiente "economía de escala". Si esta suposición fuera correcta, entre las especies arbóreas con más probabilidades de haber sido utilizadas destaca la familia de las pináceas, como el pino piñonero (Pinus pinea) o, preferentemente, el llamado pino marítimo (Pinus pinaster), cuyo habitat y características resínicas resultan idóneos para el uso anteriormente mencionado ^. Hoy día esta conifera es utilizada para la extracción de Trementina y Colofonia, uno de cuyos componentes, el Alcanfor, está presente en la muestra analizada. Plinio identifica este árbol como una de principales fuentes de obtención de la pez (Plinio, XVI,17). Asimismo, la ya mencionada presencia de Cadineno entre las sustancias identificadas parece evidenciar la utilización de diversos árboles adscritos al género Juniperus, entre los que destaca el enebro de miera (Juniperus oxycedrus) o las variantes de sabinas (Juniperus thurifera, Juniperus phoenicia y Juniperus navicularis) -estas últimas de significativa taxonomía-, árboles especializados en la ocupación de dunas litorales (Perreras y Arozena, 1995, 229), especialmente la llamada sabina marina (Juniperus sabina). Estas especies constituyen algunos de los componentes más habituales del bosque esclerófilo climácico en áreas mediterráneas, antes de iniciarse el proceso de desertización como consecuencia de la acción antròpica y/o climática (Casado y Ortega, 1991, 23 y ss.). Su utilización, por tanto, no sólo resulta lógica, sino que adquiere verosimilitud si consideramos los resultados obtenidos del análisis de pez procedente de nuestra ánfora romana. Finalmente, respecto al posible origen geográfico de la pez, poco es lo que podemos afirmar. Conocemos referencias sobre la proverbial riqueza de la Baetica, exportadora de una importante cantidad de productos (Ponsich, 1990) entre los que se en-^ Trabajos desarrollados bajo la supervisión de las Dras. E Laubenheimer (CNRS, Paris) y F. Formenti (ICPI, Lyon).' ^ La presencia de pinos en áreas mediterráneas durante la Antigüedad, incluso en centros urbanos litorales, no es mera suposición. Restos carbonizados de Pinus pinea han sido localizados en varios lugares en torno al Vesubio, como es el caso de Pompeya u Oplontis (MEYER, 1988, 201). JULIO MARTINEZ MAGANTO y M.^ DOLORES PETIT DOMÍNGUEZ Sin embargo, desconocemos hasta qué punto la zona tingitana producía resina en cantidad y calidad suficientes para satisfacer este sector de la actividad productiva. La posible fabricación de estos envases en la zona norteafricana, especialmente en torno a Septem Fratres, de donde procede la muestra analizada, se vería potenciada no sólo por la facilidad de acceso a la prestigiosa pez bética, sino, incluso, por la posible obtención de dicha sustancia en la zona a partir de coniferas propias de bosque marítimo mediterráneo, como el que, aún en la actualidad, posee Ceuta. Además, la propia producción de salazones parece quedar atestiguada en este estratégico enclave urbano (Villaverde y López Pardo, 1995) de importante actividad económica (Fernández García, 1983; Hita y Villada, 1991), aunque no así la de ánforas. Sin embargo, ningún rasgo presente en la muestra analizada permite establecer atribuciones más sólidas. Por otra parte, el entorno del Estrecho y, por ende, del Mediterráneo debía presentar tal grado de similitud ecológica, que cualquier esfuerzo distintivo, en este sentido, resulta vano por el momento. Otra alternativa que debe considerarse es la del intercambio de la pez, especialmente si tenemos en cuenta la multiplicidad de zonas productoras (Plinio, XIV, 24) y la distinta consideración que merecían sus producciones. En este sentido, son varios los hallazgos o citas textuales en los que se constata la existencia de ánforas repletas de pez, cuya utilización atestiguan menciones indirectas (Frontino, IV, 7). A ellos debemos añadir algunos hallazgos "terrestres" como el de Vicus de Braives (Martin Kilcher, 1994, 451), en el que se constata la presencia de un recipiente con la inscripción RESIN(2L) R0M{...17), sobre el que pueden construirse diversas suposiciones. Sin embargo, todo planteamiento respecto al comercio de esta sustancia no deja de ser infructuoso ya que, cada vez que se alude al problema de la comercialización, se olvida incluir un estudio del correspondiente paleopaisaje que permita clarificar qué zonas, siempre en teoría, pudieran considerarse deficitarias en esta sustancia -y por tanto potenciales importadoras-y cuáles pudieran ser netas exportadoras, lo que avalaría la tesis del comercio a gran escala. Asimismo, conviene tener en cuenta que el hallazgo de ánforas repletas de resina, su almacenamiento o localización en pecios, no implica un intercambio comercial de dicho producto -que muy bien pudiera ser utilizado en otros menesteres, como construcción, iluminación, perfumería, marinería, etc.-sino más bien su simple transporte o uso -como en el citado hallazgo de Vicus de Braives. En cualquier caso, no se pretende negar taxativamente la compra/venta o comercialización cotidiana de esta sustancia y sus derivados, hecho suficientemente demostrado en el Edictum de Pretiis, donde se establece el coste de productos como picis durae, picis liquidae, resinae, etc. (Giaccherò, 1974, 212; Edictum, 33, 7 y ss.). Se trata, más bien, de discutir -como en alguna ocasión se defiende-su posible comercialización masiva, teoría de gran complejidad económica debido a las infraestructuras, mercados e itinerarios que su existencia implica. Respecto al hallazgo ocasional en pecios (Pascual, 1968; Formenti y Joncheray, 1995, 136), recordemos que en el lie Maire B, también fue localizada un ánfora repleta de cal (Benoît, 1956, 28) con un tapón provisional, sin que ello presuponga la "comercialización" de dicho producto, sino su utilización puntual en otras actividades económicas, como se ha pretendido evidenciar ^°. Sólo futuros hallazgos, con documentación epigráfica más completa, permitirán verificar la importancia del discutido comercio de la pez. Debemos continuar, por tanto, a la espera de novedades que clarifiquen éste y otros aspectos en torno a la utilización de resina y pez en la Antigüedad. Sin embargo, las modernas técnicas de análisis han permitido diagnosticar, incuestionablemente, el origen vegetal de la pez presente en los contenedores anfóricos, corroborando una vez más las aseveraciones de diferentes tratadistas clásicos. Quedan, sin embargo, numerosos estudios por realizar en este campo de la investigación, en los que la utilización de una metodología interdisciplinar, basada en técnicas arqueológicas y análisis químicos, depara, por el momento, esperanzadores resultados.
Se estudian dos placas de bronce que presentan una decoración incisa en la cara frontal: un felino (pantera o leona) y un sátiro sobre un delfín. El análisis estilístico lleva a concluir su elaboración durante la segunda mitad del siglo IV d.C, seguramente en un taller extrahispano, quizá de la Italia central. El estudio de materiales arqueológicos que proceden de hallazgos fortuitos o que forman parte de colecciones particulares tiene el evidente inconveniente de que no contamos con la fundamental referencia de los contextos de los que formaban parte, disponiendo en muchos casos sólo de referencias generales de procedencia, de las que nunca se tiene en el fondo constancia cierta; éste es el caso de dos pequeñas placas broncíneas, que debieron aparecer en fecha indeterminada en tierras andaluzas y que forman parte en la actualidad de una colección particular malagueña \ Con base en la similitud formal y estilística de ambas piezas debieron formar parte de la decoración de un mismo objeto: en efecto, presentan ambas en cada uno de los cuatro ángulos una perforación en forma de I, e incluso se conserva en una de ellas aún una pequeña lámina, asimismo metálica, doblada sobre sí misma y que se introduce en la perforación, para sujetar la placa al objeto correspondiente. Dado que los dos extremos de la laminilla conservada también se doblan en sentido contrario en sus extremos (fig. 5-1, sección A-B), podemos pensar que el objeto al que se unían pudo tratarse de una fina plancha metálica o de madera, o incluso de un material más blando, como cuero ^, pero en cualquier caso no es posible determinar su finalidad. Pieza n"" 1 (figs. 1, 2 y 5-1): Placa broncínea, de forma cuadrada, de 5,30 cm de lado y 0,02 cm de grosor, que tiene una pequeña pérdida en la esquina superior izquierda, así como una rotura en el lado inferior. Como se ha dicho, presentaba en cada uno de los ángulos una perforación y, en la inferior izquierda, aún conserva in situ idi lámina para su ajuste (cfr. fig 5-1, sección A-B). La decoración se restringe a una de las caras, delimitándose un contorno mediante sendas acanaladuras paralelas en cuyo interior se ha representado, mediante incisiones, la figura de un felino (una leona o pantera moteada) representado de perfil, en salto hacia la derecha. El resto del espacio está ocupado por la ^ Una interesante hipótesis, teniendo en cuenta el tamaño de las placas, sería el de considerarlas segmenta metálicos de un cingulum, ya que sobre todo a partir del siglo m d.C. deja de ser un elemento típicamente militar (Kunzl 1977; Boube-Picot 1994) y se extiende al campo civil como un importante elemento representativo (Warland 1994). No obstante, en general, en las producciones del siglo iv d.C. no encontramos paralelos adecuados; así, o bien se elaboran en opus interrasile y con contornos de grandes perlas (no sólo en talleres orientales, Heurgon 1958, sino también en occidentales. Vera (1994) recoge un ejemplar de Zuheros (Córdoba). Por otro lado, no olvidemos que -asociadas al cuero-también eran adecuadas las placas broncíneas para otros usos, como, por ejemplo, en atalajes de caballerías (Boube-Picot 1980). En general, para pequeños bronces hispanos tardorromanos, cfr. representación esquemática del suelo, junto a un motivo vegetal, con una flor o capullo en su centro, dispuesto entre finos tallos espiraliformes. 3, 4 y 5-2): De idéntico material, esta plaquita se dispone en forma rectangular, con 5,30 cm de altura, 5 cm de anchura y 0,02 cm de grosor. También tiene una rotura en la parte superior izquierda y las cuatro perforaciones en las esquinas. En este caso, en el interior del marco de doble acanaladura se ha representado una figura humana, desnuda y barbada, que cabalga sobre un delfín; el personaje coge con su mano izquierda las bridas, mientras que con el brazo contrario sujeta en alto un látigo. El resto del espacio se ocupa con simples incisiones que representan bien el cielo, bien las aguas marinas. En la composición es de destacar, no obstante, la colocación casi de tres cuartos, de espaldas, del sátiro, lo que le da lógicamente una mayor sensación de profundidad. El elemento más sobresaliente lo constituyen sin duda las características iconográficas y estilísticas (sobre las que vamos a incidir aquí) de los motivos decorativos, lo que da pie a establecer algunas conclusiones de orden cronológico y del taller de elaboración I Desde el punto de vista técnico la decoración se realiza en su totalidad mediante un grabado inciso en el que se reconocen tres tipos de incisiones. En primer lugar, unas incisiones más profundas y cortas, enlazadas entre sí para formar una serie de líneas de los contornos de las figuras principales; en segundo lugar, incisiones menos profundas y más alargadas, que sirven para una especie de «sombreado» secundario; y, finalmente, una serie de puntos o líneas de puntos que sobre todo se emplean en la primera placa (cuerpo del felino y capullo vegetal), en contraposición a su escaso empleo en la segunda (látigo y bridas). Los instrumentos serían punzón o buril y martillo, aunque para los puntos parece aconsejable un utensilio de punta redondeada \ No quedan rastros de dorado o plateado posterior, como ocurre en otras ocasiones ^ 3 Hemos analizado la originalidad iconográfica del motivo del sátiro sobre el delfín en Beltrán 1995; cfr. infra notas 24-28. ^ Para tales aspectos técnicos, cfr. Arce (1982, 125) recuerda que la superficie de la sítula de Bueña presentaba una fina película de plata que saltaba limpiamente, por lo que no era nielada, sino que o bien había sido fijada mediante un adhesivo, o bien empleando mercurio y calentando la pieza con posterioridad para fijar la plata. Pig, 3,-Placa de bronce decorada con sátiro sobre delfín (n° 2). La técnica exclusiva del grabado y, sobre todo, el estilo decorativo con contomos hechos a base de cortas y profundas incisiones y abundancia de detalles internos son características propias de esquemas ornamentales de época tardorromana, sobre todo a partir del siglo iv d.C. ^ y se documentan asimismo en objetos de plata ^ y en otros ámbitos artísticos, como en la decoración de hueso, marfil, cerámica, etc. I De todas formas, una técnica similar se sigue empleando con posterioridad -al menos durante los siglos V y VI d.C.-también en objetos de bronce. Para ello contamos con una pieza de procedencia hispana, la sítula de Bueña (Teruel), aunque es claramente un objeto de importación dentro de la serie de calderos broncíneos elaborados en un ámbito de talleres del Mediterráneo oriental -seguramente ubicados en el territorio egipcio-, desde mediados del siglo v d.C. hasta mediados del siglo VI d.C, entre los que podemos mencionar, además, la Secchia Doria y los ejemplares del Ashmolean Museum de Oxford, de Chessel Down y de Zerzevan ^. No obstante, los mejores paralelos estilísticos y formales para nuestra decoración se encuentran asimismo en objetos de bronce del siglo iv d.C, que se han vinculado, en general, a un ámbito de taller centro-mediterráneo. Debemos mencionar, en primer lugar, la sítula, datada por Carandini en el segundo cuarto del siglo iv d.C, de procedencia desconocida -pero adquirida en el comercio de antigüedades de Roma-y hoy conservada en los Museos Capitolinos tras su paso por el Antiquarium Comunale'^. Se trata de un caldero de forma troncocònica, con dos anillos a medio relieve que subdividen la superficie externa en tres frisos, decorados con incisiones a punzón, en los que se desarrolla un Carandini (1965, 6 ss.), se constatan en estas sítulas otras dos técnicas, aparte de las tres documentadas en nuestras placas: el «ferro a perla», para realizar pequeños círculos, y el «granitoio» redondo, que modelaba la superficie de las figuras, creando una clara diferencia con el fondo liso y originalmente dorado. Además, se advierten variantes estilísticas en el conjunto.' Nuestro agradecimiento a la Dirección del Museo, que nos permitió un análisis directo y la documentación gráfica. motivo de thiasos marino -en el superior-y, en los otros dos inferiores, paisajes de villae marítimas y escenas de pesca (fíg. 6), con un verdadero horror vacui que inunda de diferentes tipos de peces el espacio disponible. Es destacable la similitud técnica y estilística con la decoración de nuestras placas, ya que se hace uso frecuente de las series de trazos a buril para crear ese denominado «sombreado», asociado a las líneas de contornos mediante golpes cortos y enlazados. Carandini, tanto por detalles anticuarios -los tipos de la fauna marina, que se documentarían sobre todo en el repertorio musivario norteafricano' ^-, como por consideraciones es- tilísticas, en función del estilo del grabado, alejado del naturalismo pictórico de tradición aún helenística propio de los talleres orientales, concluía que la decoración de la sítula está vinculada al «arte del bacino meridionale del Mediterraneo occidentale in un momento storico non lontano dal secondo quarto del IV secolo»^-. No obstante, consideraba asimismo posible la elaboración de piezas como ésta en ámbito itálico, pero por un artesanado de cultura norteafricana, en función del desarrollo de una común cultura italo-africana, desde Constantino y hasta mediados del siglo v d.C, donde eran especialmente estimados los temas de cacería y mitológicos que aún mantenían los modelos clásicos'^ En todo caso, a ese ámbito centroitálico apuntan también otra serie de objetos broncíneos del siglo iv d.C. paralelizables con la sítula analizada y con nuestras placas. Destaca especialmente una patera broncínea, encontrada en los alrededores de la catacumba de Pretextato y conservada actualmente en el Museo Nazionale Romano ^^, que presentaba en el interior una decoración de máscara de Oceanus -en el centro-y escenas de pesca alrededor (fig. 7) en las que sobresalen, con el mismo sentido del horror vacui, las representaciones de peces con algún delfín. Desde el punto de vista estilístico destaca asimismo la presencia abundante de «sombrea-Sobre los mosaicos norteafricanos cfr. Nuestro agradecimiento a la Dirección del Museo por habernos permitido el análisis directo de la pieza y por las fotografías. do» a base de grupos de trazos de incisiones cortas, que se asocian a líneas más profundas de contorno, siendo el punteado sólo un recurso secundario. Otros ejemplares, que se relacionan con ese centro (o centros) de producción de ámbito centroitálico -seguramente en Campania o en la propia Roma'^-, no presentan ya una similitud estilística tan acusada. En algunos casos falta el característico «sombreado», como ocurre, por ejemplo, en el plato broncíneo de Anzio, que decora el fondo interior con la representación de una villa marítima y el resto con escenas de pescadores'^, o con otra pieza aparecida en Roma, pero hoy en el Metropolitan Museum de New York, cuya finalidad es inciertaquizá para decorar la parte delantera de la cabeza del atalaje de cuero de un caballo-y que se decora con tres escenas relativas a Leda ^^ (fig. 8). En otros casos es fundamental la abundancia del uso del punteado, como ocurre en una placa de Rocca di Papa, conservada en el Museo Nazionale Romano ^^, con una escena de dextrarum iunctio, que quizá pudo tener una cronología algo más avanzada, pero en todo caso dentro del siglo iv •^ Bell, en Weitzmann 1979, 239 s., n° 215: de 0,26 x 0,19 cm, cuyo mejor paralelo formal sería la denominada «placa de Briseida» (escenas de Aquiles y Briseida), del British Museum, pero también procedente de Italia (¿bid.,218 s.,n° 195).'^ Salomonson 1973, 35 s., fig. 25. También Carandini 1963-64, 163.'^ Otros ejemplos proceden de la Italia septentrional (Castoldi 1989 y 1993). estilo decorativo similar (incisiones y «sombreado») aunque con técnica diferente (incrustaciones de plata dorada sobre siluetas rebajadas en placas broncíneas), como una placa seguramente procedente de Italia, aunque hoy en el Museo del Louvre, con escenas de cacería ^° (fig. 9). Frente a la idea de que la pieza hubiera sido elaborada en un taller galo ^\ se ha apuntado como más factible su ejecución en un taller también de Italia central ^^, precisamente en relación con los ejemplares que estamos citando. Los motivos iconográficos de las dos placas andaluzas se ajustan perfectamente, además, a ese conjunto analizado, ya que, aparte de su pertenencia a temas especialmente preferidos en época tardorromana en los elencos ornamentales (como los de carácter marítimo, de cacería o dionisiaco), tienen una especial referencia en algún caso a regiones del norte africano, en especial en el campo musivario ^^ Ya hemos analizado en otro trabajo la singularidad iconográfica del tema del sátiro cabalgando al delfín'^^, con muy escasos modelos artísticos ^^, y que, quizá como consecuencia de un gusto erudito -propio de ciertos ámbitos de la cultura tardorromana occidental-, parece rememorar aspectos tales como la relación Baco/mar, a partir de episodios como los del descubrimiento de Ariadna en Naxos ^^ y -más específico-de los piratas tirrenios convertidos en delfines ^^, o la referencia, erudita y culta, al hecho de que tanto delfín y sátiro, por su similitud fisonómica, recibían un nombre común, simós («chato»), como recoge claramente Plinio y se documenta en una serie de autores tardíos, a partir del siglo iv d.C.^l En relación al otro motivo iconográfico, aunque sería atractiva la idea de considerar que se trata de la representación de una pantera báquica -concluyendo por tanto la posible existencia de un programa decorativo común de carácter religioso o ideológico, en relación con lo dionisiaco-, sin embargo, ello nos parece arriesgado a partir de los datos con los que contamos y la descontextualiza-'^^ Beltrán 1995, al que remitimos para un desarrollo más amplio en estos aspectos. ^^ Sólo se conocen dos esculturas romanas en las que un sátiro joven está encima del delfín, una de la Galleria Borghese y otra de la Gliptoteca de Munich, aunque el modelo debió surgir en época helenística, durante el siglo ii a.C; Amelung 1900; Ridgway 1970, 92 ss. También, por ejemplo, el tema de Arión sobre el delfín se desarrolla en el campo de la musivaria en relación con los talleres norteafricanos (Carandini 1961-62, 42). ción de las piezas, ya que el felino tampoco presenta la iconografía habitual de la pantera báquica, sino que nos encontramos con una figura de repertorio, propia de escenas cinegéticas de época tardorromana. Así, se documenta también en decoraciones metálicas, como en un oinochoe de plata repujada e incisa, datado en el mismo siglo iv d.C, y donde en una de las bandas decorativas se dispone una pantera con similar actitud -^. Debemos concluir, pues, que nos encontramos sólo ante dos temas de taller, extraídos del rico acervo clásico disponible para el arte y la literatura grecorromanos y que fue utilizado de forma erudita durante el siglo iv d.C. en las provincias occidentales. Dada la ausencia de paralelos formales y estilísticos dentro de las producciones locales de la Hispânia tardorromana ^° y a raíz de los paralelos aportados, consideramos que las dos placas broncíneas andaluzas podrían relacionarse de forma más o menos directa con las producciones elaboradas en los territorios centro-itálicos durante el siglo iv d.C. -en especial en su segunda mitad-, por lo que parece lógico que el objeto que decoraran fuera importado en aquellas fechas. El hecho es plausible teniendo en cuenta las estrechas relaciones mediterráneas mantenidas en ciertas zonas hispanas -como la Bética-durante esa segunda mitad del siglo IV d.C, y que explicarían perfectamente la presencia de la pieza también como fruto de un comercio de lujo ^^ BIBLIOGRAFIA -AA.VV., 1987: // tesoro nascosto. También una pantera en salto aparece en la escena de cacería de la situla del Ashmolean Museum (Arce 1982, lám. 6 a). ^^ Fuentes (1990) ha destacado la preferencia en las decoraciones de piezas broncíneas hispanas del calado y la incisión frente a la excisión. ^' Además de la ya citada sítula de Bueña -aunque del siglo V d.C. (Arce 1982)-, buenos ejemplos de la presencia de objetos de lujo importados durante el siglo iv d.C. los suponen, por ejemplo, los marfiles coptos aparecidos en la villa de Valdetorres de Jarama (Carrasco -Elvira 1994) o una arracada siria procedente de Castulo (Bandera e.p.). Además los envases cerámicos evidencian mejor que cualquier otro elemento arqueológico la intensidad de ese activo comercio mediterráneo durante esa centuria, aunque se concentra en las zonas costeras (cfr., por ejemplo, AA.VV. 1997).
Las dudas sobre la adecuada adscripción cultural de las iglesias consideradas de época visigoda, obliga a conseguir dataciones lo más seguras posibles. Por ello se ha realizado este estudio interdisciplinar, que compagina la dendrodatación, la datación por carbono-14 y la arqueología y cuyo resultado data el árbol de pino albar o laricio con el que se talló la viga de la iglesia de S. Pedro de La Nave en una fecha post quem de 330-474 AD (ref. CSIC-1318). Sus caracteres anatómicos nos indican que la secuencia dendrocronológica obtenida de 282 años es completa, por lo que la viga tuvo que ser reutilizada, como debió ocurrir al menos con parte del material de construcción. Los análisis han servido para ensayar la aplicación de esta metodología a las iglesias altomedievales españolas y mejorarla para lograr resultados más fiables y precisos. Está admitido que las denominadas iglesias de época visigoda no poseen elementos de datación absoluta, por lo que su adscripción cronológica se efectúa fundamentalmente mediante argumentos de carácter tipológico y estilístico, lo que hace que no exista un consenso unánime sobre su cronología. Recientemente se ha reabierto la controversia sobre ellas, planteándose la hipótesis de que sus caracte-rísticas formales, constructivas y decorativas deriven de técnicas aportadas por la cultura musulmana tras la imposición en la Península del omeya'Abd al-Rahmân I, o sea en una fecha entre uno y dos siglos posterior a la visigoda de la segunda mitad del s. VII (Caballero 1994(Caballero -95 y 1997)). La conveniencia de buscar pruebas alternativas de índole cronológica nos decidió a iniciar una línea de análisis dendrocronológico y de carbono-14 de las relativamente abundantes maderas que forman parte como elementos constructivos de nuestras iglesias alto medievales. Como paso previo se planteó un experimento aislado que permitiera, a partir de su experiencia, poder elaborar un proyecto más amplio con suficientes garantías'. Para ello se buscó una madera cuya cronología fuera significativa en el contexto arquitectónico del que formara parte, que poseyera alta probabilidad de ofrecer un resultado aceptable y que fuera fácilmente accesible. Así se eligió la viga de la iglesia de S. Pedro de La Nave (Zamora). Su procedencia y relación con el edificio es seguro, como se había contrastado recientemente (Caballero y Arce 1997: 246, fig. 7 y 8); sus caracteres de especie y cantidad de madera son adecuadas y, finalmente, está depositada en un Museo lo que permite eludir los problemas que plantea intervenir en una madera inserta en un monumento. El análisis propuesto está de acuerdo con los principios metodológicos de la Arqueología de la Arquitectura, de modo que forma parte de la resolución de una problemática histórica previamente' Agradecemos la imprescindible ayuda que nos prestaron para la realización del trabajo D"* Rosario García Rozas, directora del Museo de Zamora, a quien se debe la fíg. 2; D^ Hortensia Larrén Izquierdo, arqueóloga territorial de Zamora; Dr. D Enrique Nuere Matauco, arquitecto. Los trabajos se efectuaron con autorización de la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León y dentro del proyecto de investigación Las iglesias de Repoblación. Documentación y análisis, DGICYT. E. RODRÍGUEZ TROBAJO, R ALONSO MATTHIAS y L. CABALLERO ZOREDA AEspA, 71, 1998 planteada y se incardina con otras estrategias de investigación, en este caso con la estratigráfica (Parenti 1988). Además, desde un principio, se planteó como un trabajo pluridisciplinar que no sólo sirviera a la resolución histórica, sino en la misma medida a los otros dos campos científicos implicados. La datación por métodos empíricos de maderas altomedievales españolas encuentra en la actualidad algunos condicionantes importantes. Por una parte, no es posible la dendrodatación absoluta al carecerse de cronologías de referencia para la Península Ibérica que superen los LOOO años de antigüedad. Esta situación es debida a la escasez de elementos de madera y su dispersión en una amplia área geográfica que, al estar constituidos por especies propias de cada región, forman un conjunto heterogéneo de difícil interconexión. El escaso pero uniforme grupo de maderas altomedievales abre la posibilidad de ampliar las secuencias dendrocronológicas del centro de la Península más allá del s. xi. Por otra parte, la datación mediante el carbono-14 tiene un papel relevante al poder aportar una cronología absoluta a los elementos lígneos altomedievales. Existen numerosos precedentes de dataciones combinadas entre ambos métodos (Gruppo di Lavoro 1985), que han permitido desarrollar interesantes estudios de cronología relativa, tanto entre fases de la misma construcción, como entre enclaves diferentes. La datación de estas secuencias parciales por carbono-14 permite situarlas temporalmente, aunque con márgenes de fluctuación ineludibles mientras no se unan en una secuencia común. Un aspecto que singulariza el presente trabajo es el intento de mejorar la aplicación de ambas técnicas con el fin de lograr resultados más fiables y precisos. Consideramos que la aplicación de este plan metodológico puede rendir excelentes resultados de cronología relativa y, a la postre, hará posible la ampliación de las cronologías de referencia necesarias para lograr dataciones de mayor precisión. Son muy escasos los datos que tenemos sobre los restos de madera descubiertos durante las labores de desmonte de esta iglesia, efectuado bajo la dirección del arquitecto Alejandro Ferrant entre los años 1931 y 1932. La primera referencia es la de Torres Balbás (p. 130), que presenció los trabajos y conoció los informes y noticias directamente de sus responsables. La importancia de esta referencia es que se hace al valorar la restauración un año después de terminarla, aunque sus detalles no dejan de plantear dudas. Describe cómo algunos de los sillares tenían grapas de madera en forma de cola de milano, embutidas en sus cajas talladas, cogiendo dos o tres (sillares) y con una longitud hasta de 70 cm. Cita también el hallazgo sobre el arco triunfal..., empotrada en el muro, (de) una viga horizontal que apeaba la parte situada encima de él. 607), testigo del traslado, efectúa el primer análisis científico de la iglesia tras su nueva ubicación, en 1940. Se refiere a las grapas y a la viga como particularidades ingeniosas de su técnica constructiva. Pero la cita es brevísima y sólo añade la explicación de la finalidad de la viga por encima del arco toral, metida dentro del aparejo como elemento de trabazón de la estructura del edificio y no simplemente como elemento de descarga. Gómez Moreno, Director General de Bellas Artes en el momento del traslado, se refiere en 1966 a las maderas aparecidas en La Nave:... encajar grapas de madera de doble cola entre los sillares más oprimidos, especialmente en la cuarta hilada, y no sólo ello, sino que se ligaron varios con otra larguísima y se descargó el arco de la capilla metiendo encima una robusta viga de roble, publicando una planta con las grapas de la cuarta hilada que, lógicamente, obtendría por intermedio de Ferrant (Gómez Moreno 1966: 128, lám. IX). 53) analiza con detalle este plano llegando a la conclusión de que debe considerarse una planta ideal que quizás mezcla datos de varias hiladas distintas. La grapa larguísima debe ser la que en ese plano une tres sillares en la esquina SE. del ábside. Acudiendo a la dimensión real de los sillares grapados, la longitud de la grapa estaría entre 60 y 70 cm. De este modo coinciden las observaciones de Gómez Moreno y de Torres y se puede asegurar que al menos una grapa de esta dimensión unía dos o tres sillares ^. Es contradictoria la referencia al tipo de madera de la viga, según Gómez Moreno de roble, cuando según Corzo sería de pino. Mateos Rodríguez en 1980 (Mateos y Esteban: 28) cita otra pieza más de madera, una caja de reliquias aparecida en el interior del altar moderno de la iglesia. La noticia la recoge de la prensa local. Del resumen que hace queda en duda su ubicación exacta, posiblemente en el loculus o sepulcrum situado en la parte superior del ara en forma de pilastra que sostendría el tablero y que se encontraba dentro del altar macizo moderno. Estaba construida en madera de retablo del siglo xviii y en su interior se encontró, además de las reliquias, un acta con la fecha de 1854. Los datos para nosotros de mayor interés los ofrece la monografía de Corzo (p. Documenta los lugares donde hoy se pueden ver encajes en los sillares para la colocación de grapas; ofrece la lista que de estos encajes conservaba Gómez Moreno, con los datos de Ferrant, por la que sabemos que aparecieron más de un centenar, número que se incrementaría con los de las hiladas superiores desaparecidas; recuerda que todas las grapas, excepto las dos conservadas, desaparecieron quemadas en una hoguera de los obreros y que se conservó otra tercera en la colección de Gómez Moreno, La viga presenta signos realizados con pintura roja, una flecha apuntando a una especie de omega, el número (?)574, una letra «e» y gotas de pintura. Los signos coinciden con los observados en otros sillares de la iglesia y consideramos corresponden a las marcas efectuadas en los sillares y elementos de la iglesia durante su traslado, de modo que el número pudo corresponder a la numeración seguida de los elementos trasladados. La flecha debió marcar una orientación geográfica, quizás el Este si la omega fuera en realidad una E tumbada. De ser así, la cara marcada sería la visible al desmontar las hiladas y por lo tanto la superior, correspondiendo efectivamente con la de las cajas para grapas (Caballero y Arce: 256, corregimos la lectura, quizás una e minúscula mejor que una C mayúscula). La cara opuesta a la del enganche de los engatillados presenta una intensa pudrición, lo que hizo pensar que, de haber sufrido una humedad prolongada cuando se encontraba en el edificio, tenía que ser la inferior o la superior. Pero la situación de las marcas con pintura roja y la dificultad de que se hubiera podrido tan uniforme y profundamente dentro del muro, hace más verosímil que esta consunción ocurriera una vez recuperada la viga ^ La viga hubo de servir para atar el muro de testero de la nave de anteábside, de modo que no se abriera lateralmente partiendo el dintel de la ventana y abriendo las dovelas del arco de triunfo. En ^ Agradecemos a D. José Alonso Luengo, REARASA, Zamora, la discusión sobre estos extremos, así como la observación sobre las medidas de la viga, media vara de ancho, y su talla, similar a la de los sillares, con destral de 5-6 cm de huella, y la de los engatillados con hacha y no con formón, datos todos ellos que considera arcaicos. concreto debía encadenar los sillares correspondientes a la hilada de umbral de la ventana: las dos grapas interiores unirían, a los lados de las jambas, con el largo sillar que hace de umbral y las dos exteriores unirían con el centro aproximado de los sillares siguientes. Según Cámara (Caballero y Arce: 268) actuaba como tirante de los empujes de la bóveda superpuesta, que en aquel punto podían tender a abrir el muro debilitado por la ventana de acceso a la habitación superior y por el arco de triunfo, y no de descarga de los pesos que seguirían gravitando sobre el arco. El sistema comprendía, de arriba a abajo, el dintel tallado en forma de arco, la viga que encadenaba los tres sillares, el sillar adovelado encima de la clave del arco de triunfo, que actúa como descarga, y este arco. La toma de muestras ha sido diseñada con el objetivo de alcanzar una cierta precisión y fiabilidad en los resultados del estudio dendrocronológico y del carbono-14. De este modo, se han considerado algunos factores relevantes que pueden afectar a la calidad de los ensayos. En la datación por carbono-14, la medición de la actividad será tanto más exacta cuanto mejor se haya conservado a lo largo del tiempo la muestra original. Los riesgos de contaminación aconsejan la elección de partes bien conservadas, tanto para muestras de tamaño normal como para aquellas que por su abundancia permiten aplicar un tratamiento químico de extracción de celulosa pura (Aitken, 1990). Es también importante que la muestra esté integrada por un nùmero acotado de anillos con el fin de que la edad del carbono-14 sea calibrada adecuadamente y pueda ser referida a un intervalo bien localizado dentro de la secuencia de anillos del árbol. Por su parte, la dendrodatación mejora su precisión si las secuencias de anillos son lo más completas posibles (idealmente, hasta la gema o corteza del árbol), pues de este modo resultará un terminus post quem más ajustado (Eckstein et al., 1984). Asimismo, el control de anomalías es esencial para la viabilidad de la propia dendrodatación, lo que aconseja repetir el muestreo en distintas partes de cada elemento. La extracción de las muestras para cada uno de estos análisis requiere operar en direcciones perpendiculares entre sí, axial y radial. Como es evidente, pueden presentarse dificultades en esta operación, dependiendo de la forma y accesibilidad de la pieza de madera. Además, el muestreo deberá ser practicado de forma que resulte lo menos lesivo posible para el material. En la figura 1 se muestra en esquema la extracción de las tres muestras o calas de la viga: las calas A y B se tomaron en dirección radial con el fin de obtener largas secuencias de anillos, mientras que la muestra C, destinada a carbono-14, tiene dirección axial. Las calas A y B se practicaron en los extremos para que la secuencia conjunta resultara más larga que las individuales, a la par que se disminuía el riesgo de que ambas muestras estuvieran afectadas por las mismas anomalías. En consecuencia, estas muestras serían aptas para el estudio de la secuencia de anillos (dendrodatación) y, al mismo tiempo, permitirían una localización precisa de la muestra de carbono-14 dentro de la estructura del leño. En la operación se han utilizado barrenas huecas de 25 mm de diámetro total que extraen calas de 10 mm de diámetro. Tal como muestra la figura 3, se tomó la cala C en una zona interna, sin biodegradación aparente, con anillos de mayor espesor que en las zonas externas de modo que contuviera un corto número de anillos (< 25). Se eliminó el tramo más externo, afectado de pudrición y galerías de xilófagos, y se recogió el serrín emergente que junto con la cala central se utilizarían en la radiodatación. Esta perforación permitió la extracción de una muestra suficientemente grande sin provocar un daño notorio a la viga. A continuación, se practicó el orificio A en una discontinuidad de la arista, que parece corresponder a una zona de gema, hasta interceptar el orificio de la muestra C, si bien la perforación se prolongó has- ta sobrepasar la médula para que la secuencia fuera más completa (fig. 3). La segunda extracción radial (B) se realizó en la misma arista, pero en el extremo opuesto de la viga. Finalmente, debemos advertir que en las perforaciones radiales A y B sólo se aprovecharon las calas, mientras que el serrín circundante fue desechado por estar compuesto de madera de todas las edades de la secuencia (>250 años). Entre las características constitutivas del material debemos destacar la especie de la madera: Pinus sylvestris L. / Pinus nigra Lamb, (pino albar / pino laricio). Si bien no podemos identificar, a partir de la anatomía del leño, a qué especie pertenece realmente la madera, este resultado es de por sí notable pues ninguna de las dos especies tiene en la actualidad una distribución próxima al enclave del edificio. Un resultado más plausible hubiera sido una especie propia de esta región bioclimática como es el caso de los pinos pinaster o piñonero. Pode- mos afirmar que, salvo en el caso de que haya existido en sus proximidades una pequeña masa relicta, hoy desaparecida, este material tuvo que ser transportado desde una zona distante cuando menos 100 km (áreas relictas del alto Porma y de Cuellar' ^) o más de 200 Km (Sistema Central/Sierra de Urbión); todas ellas regiones actuales de procedencia del pino albar y laricio (Catalán et al, 1991). La viga ha sido labrada a partir de un grueso árbol de más de 1,50 m de perímetro y, puesto que la médula se sitúa próxima a una de las caras, pudo extraerse del mismo tronco otra u otras piezas. En cualquier caso, el despiezo fue esmerado como atestiguan sus aristas bien escuadradas. Un origen bien distinto tiene el acusado alabeo de sus caras producido al secarse la madera tras el labrado de la viga en verde, y cuya causa es el fenómeno de fibra revirada que afectó al tronco del árbol. Otra característica significativa es la presencia de gruesos nudos que corresponden a una fuerte ramificación en las partes bajas del tronco. Se trata de un dato que nos sugiere condiciones de crecimiento sin competencia, en un entorno despejado de otros árboles. Debemos resaltar también la abundancia de ^ La masa forestal espontánea más próxima se encuentra a 145 km en Cuéllar (Segovia), donde coexisten pinos albares y laricios en una cota de 800 m, tal como ha estudiado Ruíz del Castillo (comunicación personal). Agradecemos también a Ricardo Alia, genetista forestal, sus comentarios acerca de la distribución actual de estas especies. resina en todo el leño que adquiere así un acusado tono rojizo por debajo de su apariencia externa gris; lo cual pudo inducir a Gómez Moreno (1966) a identificar erróneamente este madero como una viga de roble. El predominio de condiciones climáticas extremas es la causa más probable de este incremento de secreción que, por otra parte, ha servido para mejorar la resistencia de la viga a la biodegradación. En el estudio dendrocronológico sensu strictu debemos destacar, en primer término, algunos parámetros globales como el pequeño crecimiento medio de sus anillos (0,899 mm) y la acusada sensibi-Udad media (0,327). Ambos datos refuerzan la hipótesis de que el árbol se desarrolló en condiciones ambientales bastante rigurosas. En la figura 4 se muestran las series lA y IB (logaritmo del espesor) y sus respectivas curvas de tendencia (polinómica cúbica), que se estabilizan en torno a los 325 años de edad del árbol. La tendencia es más acusada en la serie IB (64 % de la variación total), mientras en lA el efecto es mucho menor (37 %). Esto es debido a que IB corresponde a la base del tronco y, por consiguiente, se observa un desfase inicial de 11 años debido a la diferencia de edad entre los puntos A y B. Podemos estimar que el crecimiento en altura del árbol entre estas cotas fue de 20,7 cm/año. Una vez eliminada la tendencia, podemos apreciar la variación cíclica e interanual (fig. 5) que centra nuestro interés por contener una mayor informa-ción del entorno. Las varianzas casi iguales y los altos valores de autocorrelación son datos indicativos de la alta similitud que existe entre las series. En la figura 5 se observa un tramo irregular (93-160) con fuertes caídas del crecimiento en los extremos y puntos intermedios. Al no disponer de un conjunto de series de la misma localidad no es posible discriminar si estos mínimos son efectos individuales del árbol o comunes a la masa. Por este motivo, se ha optado por ensayar un ajuste polinómico cúbico únicamente sobre los ciclos de mayor amplitud. A más largo plazo, en la medida que este material sea sincronizado con otros de similar cronología y procedencia, se podrán verificar si estos ciclos plurianuales tienen especial significación en el estudio de la procedencia de la madera. En resumen, podemos evaluar globalmente el crecimiento de este árbol como el propio de un ejemplar de pino albar/laricio de longevidad apreciable (> 280 años), con variaciones bruscas en el espesor de sus anillos debido a unas condiciones climáticas bastante extremas. Asimismo, su perfil de crecimiento refuerza la hipótesis de que fue un árbol que creció aislado, al menos en buena parte de su dilatada vida. Como consecuencia de lo anterior, es también probable que los ciclos indicados obedezcan más a una respuesta ecofisiológica común de ámbito local que a simples efectos individuales o de competencia. El último aspecto importante en el estudio del material con fines de datación es la detección de anomalías del crecimiento. En un árbol longevo y creciendo en condiciones limitantes, cabe esperar que en los años más críticos el árbol no llegue a desarrollar, parcial o totalmente, el anillo correspondiente. Hemos podido localizar hasta 7 anillos ausentes: 6 en la serie B y 1 en la serie A (fig. 5). Esta desproporción debe considerarse normal ya que, tal como hemos indicado, la serie B procede de la base del tronco que es más proclive a la aparición de anomalías. En la figura 6 se observa cómo la serie IB precisa la «adición» de tres anillos separados 23 y 15 años entre sí. La localización de estos fallos se realiza comparando ej perfil de ambas curvas, así como cotejando las pautas de textura entre las series. La tipología más frecuente de esta anomalía se muestra en la figura 7: un anillo muy fino, con su madera final de tan sólo una o dos células, llega a ser «absorbido» por la madera final del anillo precedente. Existe la posibilidad de que existan también anomalías simultáneas en lA y IB que no detectamos al no poder sincronizar con series extraídas de otros árboles. No obstante, se deben estimar en número inferior al de fallos simples (1 ó 2, a lo sumo), si bien en el caso que nos ocupa, dado que la única anomalía que afecta a la serie lA está en zona de crecimiento medio, los fallos parecen ligados al factor ya indicado de la posición de IB en la base del tronco. La serie IA está situada en una zona de arista redondeada que podría corresponder a la gema (último anillo del árbol), por lo que la secuencia obtenida sería completa. Tal como se indica en la figura 1, existen dos zonas más de posible gema, que se encuentran en la misma arista y en la mitad de la viga que corresponde a la parte alta del tronco. Esto es coherente con el proceso de labrado al hilo, en el que se elimina progresivamente más madera hacia la base del tronco. Otro dato adicional es el descentrado de la médula en la viga, que nos confirma que el labrado de la arista fue bastante apurado. Por otra parte, a lo largo de esta mitad de la viga, se aprecian galerías de pequeño diámetro que se caracterizan por afectar sólo a una estrecha banda de uno o dos centímetros de profundidad desde la corteza. Precisamente, la abundancia de estas galerías fue causa de la fractura de la cala lA, separándose un fragmento externo de 11 anillos muy degradado, por lo que es posible que entre ambos fragmentos se hayan podido perder uno o dos anillos. Los datos anteriores indican por sí mismos la existencia de gema en 1 A, o al menos en su proximidad, con un margen inferior a una década. Sin embargo, el estudio de la disposición de los anillos nos permite discriminar con mayor rigor si los puntos de arista redondeada son naturales o fueron producidos por una herramienta de corte. En la figura 8 se observa una inflexión de la secuencia de anillos, debida a la proximidad de un grueso nudo que está asociada a un tramo de rotura de la arista. Si consideramos que los tres puntos detectados con posible gema se encuentran en estas zonas de inflexión de anillos, tenemos base suficiente para rechazar la hipótesis de que estas tres superficies hayan sido producidas por el útil de corte de una manera casual, en total concordancia con los tramos de inflexión de anillos. Se trata, por tanto, de zonas ligeramente rehundidas de la propia superficie del tronco, en las que perduraron restos del último anillo fuera del alcance de los cortes de labrado. En consecuencia, podemos afirmar que el árbol alcanzó la edad de 282-283 años y que la datación del último anillo coincidirá con la fecha de tala del árbol. La muestra correspondiente a la cala C se considera fiable a efectos de datación, una vez eliminada la ligera pudrición verde que afecta a una parte muy pequeña, ocasionada sin duda por la invasión fúngica a favor de una fenda profunda del leño. Al ser ésta la única muestra disponible, se decide medir también el serrín obtenido en la perforación, de modo que pueda servir tanto de control cronológico como de la contaminación debida a la pudrición. Las dos muestras seleccionadas difieren tanto en cantidad como en la composición de sus anillos (fig. 5): Muestra tipo cala (12 gramos). El centro de masas se sitúa en torno al anillo n° 32. Se procesa toda la madera disponible. Muestra de serrín (72 gramos). Madera con posible contaminación integrada por 24 anillos del intervalo 19-42, con una distribución de masas uniforme y cuyo centro coincide también con el anillo n° 32. Dada la abundancia de la muestra se aplicó un procedimiento químico selecüvo para aislar la celulosa de los otros componentes de la madera. En consecuencia, ambas muestras pueden ser referidas al anillo n° 32 de la secuencia conjunta 1 A/ IB, por lo que a las respectivas determinaciones de edad de carbono-14 se deberán añadir los 250-251 años que medían hasta el úlfimo anillo de la viga observado mediante el estudio dendrocronológico. nudo Fig. 8.-Inflexión de la secuencia de anillos, debida a la proximidad de un grueso nudo, en la arista de la viga, indicio de conservación de la gema del tronco. E. RODRÍGUEZ TROBAJO, F. ALONSO MATTHIAS y L. CABALLERO ZOREDA AEspA, 71, 1998 Las dos muestras se transforman sucesivamente en dióxido de carbono, acetileno y benceno, siendo su actividad de carbono-14 medida en un contador de centelleo líquido de bajo fondo. Las dataciones que se obtuvieron fueron las siguientes: ** Idénticas condiciones pero con la curva decadal. Ambas edades carbono-14 parecen confirmar la antigüedad de la viga de madera y, aun cuando son estadísticamente semejantes, la pequeña diferencia entre ellas pudiera reflejar una muy ligera presencia de pudrición en el serrín, haciéndolo algo más moderno. Sin embargo, estas edades de laboratorio no reflejan años reales, por lo que deben calibrarse antes de poder ser utilizadas. El proceso de calibración es matemáticamente complejo y sólo puede llevarse a cabo mediante programas desarrollados para tal fin (CALIB de la Universidad de Washington, OXCAL de la Universidad de Oxford, etc.; Stuiver y Reimer 1993, Ramsey 1995). Con ellos se convierten las edades convencionales en edades calibradas, cuya escala es ya en años solares o de calendario. El proceso gráfico de calibración para la fecha CSIC-1318 se observa en la figura 9, donde en el eje de ordenadas se representa la curva gaussiana de la edad convencional 1880±29 años BP y en el eje de abcisas la edad calibrada (en negro) con una distribución sumamente irregular. La curva de calibración utilizada en este caso para la conversión es la bidecadal y corresponde al tramo comprendido entre O y 400 cal AD. Teniendo en cuenta que el centro de masas para la cala C está en el anillo n° 32, la edad que realmente interesa desde el punto de vista arqueológico, la del momento en que el árbol fue talado y utilizado, estará comprendida entre los años 330 y 474 de la era, tal como refleja el cuadro siguiente: Como hemos visto, hay que considerar el intervalo 330-474 como fecha post quem inmediata a la utilización del árbol. Esta respuesta que los análisis dan a la pregunta sobre la datación no coincide con ninguna de las dos propuestas hipotéticas previas (segunda mitad del s. vii o siglo ix), quedando alejada de ellas, en sus valores medios, al menos 250 y 450 años. Desde el punto de vista de la datación de la iglesia esta contestación merece algún comentario y supone una lección. La observación inmediata es la larga precedencia temporal de la madera respecto a la construcción del edificio. Por lo tanto debe pensarse si la madera ha sido reutilizada como material de construcción, igual que lo fueron algunos de los sillares (Caballero y Arce: 224-5 y n.3). Los ejemplos de sillería reutilizada de construcciones anteriores son normales en iglesias altomedievales del grupo al que per-.tenece La Nave (Caballero et al: 151-2), por lo que este dato reforzaría la posibilidad de que el material constructivo de La Nave procediera de un edificio anterior desmontado para conseguir material constructivo. Aunque sin ningún tipo de seguridad, puede plantearse que, si la viga perteneció al mismo edificio al que pertenecieron los sillares, el edificio que sirvió de cantera pudo haber sido construido en una fecha en torno al año 400 d.C. Otro comentario merece el alabeo de la viga, que hubo de ocurrir durante un tiempo muy breve, de pocos años después de su labrado en verde. Al suponer como más cierta la reutilización de la viga, hay que aceptar que en S. Pedro de La Nave se utilizó alabeada y que el alabeo tuvo que ser corregido con la forma de los sillares. Constructivamente esto no parece lógico, pero no se nos ocurre otra posible solución al problema. Si aceptamos los datos de fecha de la corta, el breve lapso de tiempo entre la corta y el alabeo y el largo desfase cronológico en- tre la fecha de la corta y la reutilización en el edifìcio actual, hay que aceptar como inexcusable que se acoplara la forma de los sillares a la de su alabeo. Hoy no existe posibilidad de comprobar este hecho, que necesitaría desmontar de nuevo el edificio. Pero la talla visible de los sillares, con lechos de hiladas ondulados y juntas oblicuas, permiten aceptar como posible este acople. La procedencia de la madera no es incompatible con la existencia de un edificio previo cercano al lugar de La Nave. Es más lógica la adquisición de la madera para el primer edificio en un lugar lejano, que no el traslado de la piedra, posiblemente reutilizada, desde un lugar muy alejado del actual lugar de La Nave; aceptando que, en cualquier caso, la piedra se sacó de una cantera cercana, según la observación que efectuó Gómez Moreno (1927: 61). Después de todas estas matizaciones, el análisis muestra una enseñanza. Si suponemos que en vez de dar la fecha circa 400, su fecha hubiera equivalido a la de la primera de las hipótesis, mediados del s. vil, es posible que hoy estuviéramos considerando la probabilidad de una cronología visigoda para la iglesia de S. Pedro, sin tener en cuenta la relatividad de esta datación, derivada de las limitaciones del análisis y del uso de la viga. Es evidente que para salvar estas limitaciones es necesario conseguir series completas de dataciones de maderas realizadas en parecidas condiciones a las de La Nave, con el control previo de sus variables, especialmente su relación contextual con el edificio (la estratigrafía del edificio) y el análisis formal de la madera, tanto en relación con su uso constructivo, como con su propia constitución. Y de las que se hagan análisis de dendrocronologia y de carbono-14 conjuntos. La existencia de madera en las iglesias altomedievales de la meseta Norte parece que cumple estas condiciones (Caballero y Arce: 269-70): Peñalba y Escalada (León); Baños (Palencia); Fuentearmegil, Gormaz y Berlanga (Soria); Barriosuso E. RODRÍGUEZ TROBAJO, F. ALONSO MATTHIAS y L. CABALLERO ZOREDA AEspA, 71, 1998 (Burgos); Tricio y Sta. Coloma (Navarra), etc. Consideremos, por ejemplo, la importancia de dos casos. Las dos grapas de la propia iglesia de La Nave pueden ofrecer una datación por carbono-14 más cercana a la de la iglesia, dado que el corte de la madera para las grapas ofrece más garantía de ser coetánea a la construcción de la iglesia, aunque siempre habrá que tener en cuenta la diferencia entre la fecha de los anillos analizados y la de la gema, equivalente a la del corte real del árbol. También tiene gran interés contrastar la inscripción de la iglesia de S. Juan de Baños, cuya fecha de 652/661 se considera clave para considerar de época visigoda esta serie de iglesias, con la de sus maderas: dos cargaderos de dintel en su puerta; una gruesa viga al parecer aun in situ en su hueco de apeo, en la nave lateral derecha; y uno o dos maderos de zuncho en la fachada Oeste de la nave. En el caso de La Nave y a la vista de los resultados de edad obtenidos tras la calibración, se considera oportuno realizar en el futuro un nuevo ensayo de datación de carbono-14 a la viga de La Nave, con el fin de lograr una posición más favorable sobre la curva de calibración y, de este modo, mejorar la datación absoluta. La zona que reúne mejores condiciones es el extremo inferior de la viga, realizando la perforación en dirección axial y centrada en la médula del árbol. Complementariamente, será oportuno la determinación de edad por el método del carbono-14 de, cuando menos, una de las grapas de madera conservadas.
http://aespa.revistas.csic.es/' Agradezco al Dr, César Fornis su ayuda en la traducción al castellano en ambas reseñas. Todos sabemos hasta qué punto es indispensable, en cualquier catálogo, una exhaustiva documentación gráfica de las piezas estudiadas: podría incluso considerarse inédita una obra cuya imagen no ha sido reproducida, por meticulosa que sea su descripción en un texto. Por ello, ya desde principios de nuestro siglo, han surgido obras monumentales -recuérdense las Photographische Einzelaufnahmen de Arndt y Amelung, o los Recueils de Reinach-dedicadas exclusivamente a ofrecer dibujos o fotografías de grandes conjuntos iconográficos o museísticos. El caso de los Museos Vaticanos era particularmente llamativo hasta ahora por la pobreza de sus repertorios gráficos. El viejo catálogo de W. Amelung, asombrosa labor de erudición editada antes de la Primera Guerra Mundial, sigue siendo hoy, pese a los trabajos de P. Lippold {Die Skulpîuren des Vaticanischen Museums, 1956) y G. Spinola (// Museo Pio- Clementino, 1996), el libro de referencia obligado para sus inmensas colecciones, y la escasez de sus láminas suponía un verdadero problema para los estudiosos. Por ello, y casi con la intención de completar la obra de Amelung, el Instituto Arqueológico Alemán de Berlín ha tomado sobre sus hombros la labor de ofrecer, en varios volúmenes que siguen la numeración del viejo catálogo, una ilustración exhaustiva, con varias fotografías para cada pieza, de las obras que contienen los museos pontificios. El volumen I (en tres tomos) fue editado en 1995 -su recensión en esta revista, por S. Schroder, nos exime por cierto de otras consideraciones generales-, y ahora llega a nuestras manos el volumen II. Si el volumen II de Die Skulpîuren des Vaîicanischen Museums de W. Amelung (1908) comprendía numerosas salas -desde el Vestibulo Quadrato hasta la Loggia Scoperta, pasando por la Sala degli Animali o la Galleria delle Statue-, el presente tomo se limita a cuatro salas: los vestíbulos Quadrato y Rotondo, la antigua Sala del Meleagro -hoy Gabinetto dell'Apoxyomenos-y el Cortile Ottagono del Belvedere. En una palabra: el espacio que Amelung ilustraba con 29 láminas se desarrolla ahora en 422, muchas de ellas con dos o cuatro fotografías de excelente calidad. La profusión de detalles que puede estudiarse así es asombrosa. Baste decir que el Apolo del Belvedere está documentado en 23 fotos, o que el Laocoonte alcanza las 38, con puntos de vista imposibles de contemplar sin escaleras o sin la posibilidad de desplazar la obra. Aparecen cuidadosamente fotografiados incluso los epígrafes, entre los que destacan los de la Tumba de los Escipiones, analizables a través de 14 figuras. Una publicación tan completa ha de ser sin duda bien recibida por todos. Sin embargo, este reconocimiento a la importancia objetiva de la presente publicación no debe ocultar ciertas reticencias. Así, el deseo de reflejar la colocación actual de las colecciones -que dista a veces de la que vio Amelung-obliga a presentar amplias tablas de equivalencias, porque muchas obras -incluso el propio Torso del Belvedere-han dejado su puesto tradicional para pasar a otros ámbitos del museo. Mayores problemas causa la ordenación de las piezas en el libro, sobre todo en el capítulo más desarrollado: el de la plástica ideal (láms. El principio cronológico escogido es discutible, dado que casi todas las esculturas son interpretaciones romanas más o menos libres de originales griegos, y es a menudo difícil definir el límite entre la «copia de u original griego» -colocada en el siglo correspondiente a dicho original-y la «obra romana imperial basada en una escultura griega», situada en los siglos i o ii d.C. Si a ello se añade que los autores presentan como definitivas cronologías de obras helenísticas aún hipotéticas, y que se empeñan en tratar por separado las cabezas y los cuerpos unidos artificialmente en siglos pretéritos, se comprende que la complejidad de la consulta ha de crecer de forma alarmante. Por lo demás, hubiera sido deseable, tanto en las fotografías como en los breves comentarios que las ilustran al final del libro, un carácter más explícito. En las ilustraciones -al menos en algunas-podrían haberse señalado con una trama las partes modernas de las obras. En cuanto al comentario, que se limita a una bibliografía y a una nota sobre el origen de cada escultura, se agradece esta última concesión al auge de la historia del coleccionismo, pero se advierte la falta de justificaciones cronológicas o de autoría en casos más o menos discutidos por la crítica de nuestro siglo. Añadamos, finalmente, una simple observación personal: las fotos que en su día ofreció Amelung, aunque medianas y escasas, tenían al menos una virtud: la de mostrarnos las obras en su ambiente, en su colocación precisa de principios de siglo. Las actuales, con sus figuras recortadas sobre fondos neutros y grises, no servirán nunca para elaborar una historia de los Museos Vaticanos en su aspecto expositivo. No deja de ser curiosa esta paradoja en un libro que comienza, precisamente, con una «Historia del Cortile Ottagono del Belvedere», único texto con forma de estudio convencional que ofrece el volumen. Miguel Ángel Elvira Barba Museo del Prado, Madrid El fascículo II del Corpus Vasorum Anîiquorum, editado por O. Tugusheva, fiene como objetivo la publicación completa de la cerámica antigua griega procedente de Apulia y Egnacia y que forma una de las excelentes colecciones del Museo Pushkin de Bellas Artes de Moscú. Dicha colección cuenta con unas ochenta piezas enteras, que en su mayoría pertenecen al esfilo ático de figuras rojas realizado por varios pintores de escuelas suritálicas, entre ellos algunos eminentes maestros de Apulia de mediados del siglo IV a.C. como por ejemplo Licurgo. Unos veinficinco vasos se publican por primera vez. Del resto, la mayor parte de la cerámica de Apulia fue ordenada y clasificada por el Prof A.D. Trendall, mientras que J.R. Green hizo lo propio con una minicolección de diez ejemplares de Egnacia (véase la bibliografía correspondiente en la pág. 9 del volumen reseñado). AEspA, 71,1998 Las formas más típicas de la colección del Museo Pushkin son la pélice (trece ejemplares) y la cratera en sus cuatro variantes principales (nueve ejemplares); además, hay hidrias, enócoes, cántaros, lécitos, ascos, ritones e incluso piezas raras como la epíquisis (dos ejemplares). En cuanto a los temas ornamentales, quisiera hacer notar que casi todos ellos responden a un tipo de sociedad heroica colonial y, en algunos casos, marcadamente arcaizante; recuerdan muy de cerca esquemas áticos y a la vez incluyen algunos elementos de la vida y tradiciones de la aristocracia griega local. Los temas se relacionan muchas veces con el culto de Hermes y de otros dioses (Apolo, Atenea, Artemis, Dioniso, Hera, Poseidon), pero sobre todo con divinidades de la fecundidad. Así, en el panel de los seis vasos, vemos a Afrodita vinculada a la paloma, a las palmetas o a los perfumes. Unas veinticuatro veces encontramos la imagen de Eros (por ejemplo, entre aves y flores) como estilización del tema clásico de Eros en el jardín de Afrodita. En dos crateras de volutas está representada la Amazonomaquia y en el panel de una cílicacratera vemos a Ifigenia en Táuride pintada por Licurgo. En muchos casos se percibe que los elementos iconográficos fundamentales se han simplificado en comparación con sus prototipos áticos. Dos vasos de Apulia son de un interés especial (véase pág. 11; lám. I). Se trata del escifo del Grupo Monopoli (o, tal vez, del Grupo de Perth) de los años 340-320 a.C. (según la identificación de A.D. Trendall) y una lecánide de fines del s. iv a.C. que se publica por primera vez. Ambos proceden de las excavaciones de Panticapeo, mientras que el resto de las piezas recogidas en este fascículo II fueron adquiridas en Italia durante el siglo xix e inicios del xx por varios científicos, diplomáticos y coleccionistas rusos. El presente fascículo, como el primero de la serie, contiene índices de pintores, escuelas y círculos, personajes divinos y míticos representados en los vasos estudiados, así como centros y talleres de donde procede la cerámica. La obra, por tanto, contribuye a ampliar nuestro conocimiento de la cerámica griega elaborada en el siglo IV a.C. en diferentes talleres de la Magna Grecia. V.I. Kozlóvskata Universidad de Vladimir El fascículo III del Corpus Vasorum Antoquorum está consagrado al trabajo del Profesor A.D. Trendall como destacado especialista de la cerámica griega figurada y excelente conocedor de la colección moscovita que nos ocupa. La autora estudia la cerámica de diversos centros de Lucania (cinco ejemplares), Campania (treinta y nueve ejemplares), Paestum (tres ejemplares) y Sicilia (quince ejemplares, seis de los cuales permanecían inéditos). Casi todas las piezas se fechan en el s. IV a.C. y en la mayoría de los casos proceden de los mejores talleres suritálicos y siciliotas. Desde el punto de vista tipológico la colección está compuesta de escifos, crateras e hidrias. Las formas de las piezas suponen una continuación en el Sur de Italia y Sicilia de modelos áticos ya desaparecidos. En la iconografía de los escifos y crateras aparecen representados varios aspectos de la temática dionisiaca. En el panel de la única hidria lucana está representada, siguiendo la tradición del estilo ático, una de las escenas de la vida coti-diana de mujeres pertenecientes a la clase aristócrata colonial. Entre la cerámica campaniense destaca un conjunto de cuatro crateras en cuyos paneles vemos a Pan con tres pies de cabra, a silenos recostados y medio borrachos, a mujeres danzando como ménades, etc. Suscita interés el grupo de lécitos y ánforas colgantes de Lucania en los que aparecen varios personajes mitológicos, al igual que los lecanis, lebes y platos de pescado -inéditos hasta ahora-fabricados durante el último tercio del s. iv en aquellos talleres de Lucania donde trabajaban el Pintor de Caivano, el Pintor de Vitulazio, el Pintor de Capua y otros. Respecto a la temática e iconografía de la cerámica estudiada en el fascículo III destacaría que refleja muy bien tanto el estilo clásico ático como los nuevos caminos emprendidos por los pintores suritálicos y siciliotas, que supieron introducir el ilusionismo y la tercera dimensión en la superficie de los vasos. Por ello hay mucho simbolismo en la figuración de ese nuevo Kosmos que era el mundo colonial magnogreco. En resumen, la cerámica publicada en el fascículo III, como la de los anteriores, va a ser útil sobre todo a especialistas en el estudio de pintores, grupos o talleres locales y el análisis concreto de las variantes de decoración ornamental. Ante todo servirá como paso previo a una sistematización del conocimiento de la actividad artesanal de los distintos talleres locales y, en general, a un estudio cada vez más pormenorizado de la vida cotidiana de las sociedades locales de la Magna Grecia y Sicilia durante la época posclásica de sus peléis. Rendir homenaje a una personalidad académica de la talla de S. Moscati a través de una publicación científica relevante no sólo supone una gran responsabilidad, sino también una enorme dificultad material, a la que han hecho frente con éxito los promotores de esta obra, con el profesor E. Acquaro a la cabeza. Todavía reciente la desaparición del profesor Moscati, su labor aparece como un legado ingente. Desde comienzos de los años cuarenta, S. Moscati dedicó atención, en su condición de semitista, a multitud de campos. Su trabajo contempló desde la lengua y cultura árabe (su primera publicación fue, con M. Asín Palacios, una "Contribución a la toponimia árabe de España") a las antiguas civilizaciones orientales, pasando por el estudio, a lo largo de todo el Mediterráneo, de la civilización fenicia. Varias generaciones de especialistas en muy diferentes áreas y materias son deudores de su magisterio, como consigue mostrar este homenaje, con sus 108 contribuciones que han requerido tres tomos. Están presentes los mejores estudiosos de cada una de las especialidades, asumida alguna que otra inevitable ausencia. El hilo conductor elegido para articular la obra ha sido, genéricamente, el Mediterráneo en el "umbral" del clasicismo, un más que flexible marco histórico-cultural. El subtítulo, al oponer la tradición a la innovación, no pretende reflejar ninguna comente de investigación determinada, sino acoger estudios de variado enfoque y metodología. El homenaje se convierte así en obra de consulta obligada, pues no habrá especialista que no encuentre estudio de su interés. AEspA, 71, 1998 RECENSIONES 297 La obra se divide en tres únicas partes: Storia e culture, Archeologia e arte y Lingue e civiltà. A pesar de elio, resulta difícil clasificar cada trabajo de acuerdo a tal división. Sobre todo en el caso del primer y ultimo apartado, cuyos límites comunes son a veces vagos. De la misma manera, se aprecia la dificultad de subdividir cada parte. Por ejemplo, el tomo dedicado a "Historia y cultura" recoge contribuciones que estudian, solas o relacionadas entre sí, fuentes de épocas muy diversas: Fuentes próximo-orientales (los trabajos de S. M. Chiodi, F. D'Agostino, G. F. Del Monte, P. Mander, etc.); egipcias (S. Donadoni, S. Pernigotti); creto-minoicas (M. Marazzi); propiamente fenicio-púnicas (G. Garbini); bíblicas y parabíblicas (P. Sacchi, J. A. Soggin); clásicas (E. Bresciani, G. Brizzi, A. Ferjaoui, D. Musti); bizantinas (M. Mazza), árabes (F. Gabrieli) e incluso fuentes muy posteriores (E. Gubel; G. Steindler). Se recogen artículos que estudian fuentes materialmente diferentes: la mayoría textuales o arqueológicas, pero también estrictamente epigráficas (P. Bordreuil) o numismáticas (A. Cutroni Tusa, L.-L Manfredi). Contribuciones con objetivos variados: historia política (Bondi), historia socio-económica o socio-política (F. D'Agostino, M. Liverani -con una breve y lucida introducción epistemológica-, C. Zaccagnini), historia de las religiones (C. Bonnet y P. Xella, S. Ribichini, F. Michelini-Tocci), historia de la filosofía (F. Mazza), etc. De la misma manera, tampoco hay uniformidad en la amplitud espacial o temporal de lo tratado. La heterogeneidad, mínimamente clasificada, es el precio a pagar por la riqueza de contribuciones. Añádase que artículos aparentemente próximos en tema y fuentes reciben un enfoque y tratamiento en modo alguno cercano. Valgan como ejemplo las contribuciones numismáticas. Tanto A. Cutroni Tusa como L.-I. Manfredi se dedican, grosso modo, al estudio de las amonedaciones púnicas y neopúnicas del Norte de África. Mientras el artículo de A. Cutroni es un breve conjunto de consideraciones generales sobre la "política monetaria" de Cartago, la contribución de L.-L Manfredi es un extenso estudio de las leyendas de dos monedas neopúnicas. Pero en general la calidad es alta y abundan las sorpresas útiles, como el breve repaso de Briquel-Chatonnet a la historia de una de las ciudades fenicias más olvidadas: Arwad. Sobre todo ello se superpone cierta saludable tendencia, que hubiera sido grata al propio Moscati, a trascender los límites de cada especialidad en métodos y conclusiones. A veces mediante el confrontamiento directo de fuentes diversas, como los artículos de A. Catastini y L. Troiani (fuentes clásicas y hebraicas), P. M. Costa (el periplo griego del mar Eritreo y la toponimia árabe), A. Ferjaoui (Heródoto y hechos culturales semíticos), etc. Otras veces de manera menos usual, como M. Fales, asiriólogo que estudia la transmisión de una vieja tradición proximo-oriental hasta la Italia de Bocaccio. Mención aparte merecen los artículos relacionados con la península ibérica. Interesante resulta la revisión por parte de M. Fernández-Miranda y A. Rodero de la idea del "Círculo del estrecho" que hace ya casi treinta años propusiera Tarradell. Aunque los autores no olvidan las fuentes textuales, la reflexión es esencialmente arqueológica. C. González Wagner aborda la periodización de la cronología fenicia en España. El resultado es en la práctica una síntesis de la postura del autor (en método y conclusiones) sobre la expansión mediterránea fenicia, con la conflictiva causa "agrícola" a la cabeza. Los "barcos de Tarshish", otro tema recurrente en el que también S. Moscati abrió nuevos caminos, sugiere a H. J. Katzenstein algunas reflexiones sobre la navegación fenicia. Uno de los más interesantes artículos de la sección primera, el trabajo de C. Bonnet y P. Xella, da muestra de las intensas relaciones habidas entre fenicios y egipcios en el Levante mediterráneo y sus repercusiones en Occidente. Incumbe a la investigación peninsular a través de la llamada "Astarté de Sevilla" o "del Carambolo". La famosa pieza, hoy en el museo de Sevilla, representa a la divinidad Astarté-/tr, como la inscripción de su pedestal indica. La interpretación del epíteto o epíclesis ha sido largamente discutida. Diferentes traducciones ("Astarté de la ventana", "de la cueva", "el pozo" o "la tumba") tendían a caracterizar funcionalmente a la diosa. La Astarté de Sevilla era, hasta la aparición reciente de un nuevo epígrafe, el único testimonio fenicio de la divinidad. Vuelven C. Bonnet y P. Xella al estudio de todos los testimonios conocidos sobre la Astarté (ugaríticos, egipcios, fenicios). Los autores retoman el sentido "Astarté hurrita", "del país hurrita", para la diosa en las fuentes más antiguas. En Egipto, la Astarté se entendería "siria", "de Asia". Con tal sentido, o bien como teónimo fosilizado, se habría propagado de la mano de los fenicios, llegando inciso en una pequeña estatuilla hasta tierras adentro del extremo Occidente. La interpretación no puede ya iluminar los atributos funcionales de la diosa, ni negar tampoco ninguno de los rasgos que le han sido atribuidos, como pudiera ser el carácter ctónico. La propuesta responde con coherencia a los problemas del conjunto de testimonios. Las contribuciones sobre "Arqueología y arte" merecen una consideración similar a las anteriores: abundantes, heterogéneas, fértiles a cualquier cata. Valga de nuevo el ejemplo de los trabajos sobre la península ibérica y Baleares. M. Almagro-Gorbea dedica su artículo a los peines de marfil "precoloniales", con objeto de dar raigambre hispánica a los marfiles occidentales fenicios más tardíos. Encuentra así un elemento material más con el que definir la etapa "precolonial" como periodo de contacto cultural, después manifestado en simbiosis. Por su parte, M. E. Aubet prefiere contribuir con algunas claras notas sobre la arqueología funeraria fenicia en Andalucía. En ellas queda patente la todavía parca información de la que disponemos en relación con la que razonablemente cabría esperar. No es la única contribución que muestra cuánto nos queda por saber. J. Blázquez repasa de forma somera la importancia de los fenicios como propagadores de la cultura egipcia en Occidente. A pesar de la obvia aceptación del papel de los fenicios en la transmisión de materiales egipcios al Mediterráneo occidental, o quizá por ella, no abundan los trabajos al respecto. Hay menciones al orientalizante hispano en el breve artículo de J. Gran-Aymerich, sobre todo a través de una escueta referencia a Cancho Ruano. H. Niemeyer se remonta de la particularidad de un hecho material a una reflexión general sobre las interrelaciones mediterráneas en el I milenio a. C. Mucho más específicos son los trabajos de F. Fernández Gómez o J. H. Fernández. El mundo insular está cubierto con un nuevo contraste entre las útiles reflexiones generales de C. Gómez Bellard sobre la Ibiza fenicia y el estudio de M. P. San Nicolás sobre una figura en piedra hallada en la isla. En el apartado "Lengua y civilización" se repite la imagen del tomo inicial. Hay contribuciones que tratan desde la Europa prehistórica (W. Belardi, sobre testimonios lingüísticos) a la hispano-musulmana (A. Borruso, sobre Avicena), pasando por Ebla (P. Fronzaroli, G. Pettinato), el acadio (C. Vaporetti), el etrusco (M. Cristofani), el hebreo (G. Ghiera), el urarteo (M. Salvini) o el Sánscrito (el informe de O. Botto). Hay contribuciones, como la de M. G. Amadasi, que podrían encontrarse junto a las epigráficas del primer apartado. Pero su extenso estudio filológico pone brillante apertura al último tomo. Entre el conjunto de inscripciones que proporciona a la autora fórmulas y elementos cronológicos, aparece de nuevo una pieza hispánica: el Harpócrates del M. A. N. de Madrid. No faltan trabajos comparativos sobre viejas cuestiones aún no enteramente satisfechas; p. ej., P. Marrassini y su estudio del artículo determinado en el semítico noroccidental; en otra línea, W. Rollig se inclina por un problema lexicográfico más concreto, aunque no constreñido al semítico del noroeste. Como hecho a lamentar, frente a la abundante contribución hispánica de los dos primeros apartados, ni autores ni objetivos de estudio hacen recordar a la península ibérica en el tomo que cierra el libro. AEspA, 71, 1998 En definitiva, una obra imprescindible en las bibliotecas de múltiples centros de investigación, fruto de un gran esfuerzo director y digno homenaje a uno de los investigadores más relevantes del siglo que se cierra. En su estudio sobre las estatuas griegas de hombres y dioses, H. G. Niemeyer pretende ahondar en el aspecto, no tanto formal como de contenido, de dichas representaciones; es decir, partiendo de unas características formales ya conocidas y que él no estudia aquí, busca el sentido de dichas representaciones en la Grecia arcaica y clásica utilizando paralelos sacados de otras fuentes, especialmente literarias y epigráficas, y modelos anteriores, griegos y de otras culturas, que ayuden a entender y a dar a dichas representaciones un contenido. Para el A., el sentido de las esculturas radica en el retrato que los hombres hacen de sí mismos y de los dioses, en la relación entre la estatua y la persona a la que representa, incluso cuando en aquélla no haya un solo rasgo físico que pertenezca realmente a ésta. El estudio comienza buscando una explicación a la terminología en la propia lengua griega tal como aparece en las inscripciones que desde época arcaica acompañan las estatuas y estelas funerarias, y en las que se encuentra con frecuencia el término sema, refiriéndose a la tumba completa o a la estatua del muerto, como sustituto de la persona allí yaciente. El A. estudia otros términos que van apareciendo en época arcaica: mnéma, ágalma, xóanon, señalando las diferencias respecto a sema y la evolución de sus sentidos en la que las representaciones son principalmente sepulcrales y votivas en los templos, y existen unos tipos fijos, la Kore desde mediados del s. vii, el Kuros desde un poco más tarde, y figuras sentadas. Todos estos tipos son representaciones ideales. En época clásica aparece un nuevo género con la estatua honorífica, cuyo comienzo ve el A. en las estatuas de Armodio y Aristogitón. Comienzan así las tendencias realistas, pero realistas tan sólo en el sentido de que se busca el retrato humano, no unas coincidencias totales con la persona representada como ocurre con el retrato de Temístocles, el ejemplo más anfiguo de individualización. En todos los casos se cree en un efecto mágico de la representación. Esta, el sema, sustituye a la persona o la divinidad. Después de ese repaso a las representaciones griegas de época arcaica y clásica, el A. dedica un capítulo a la historia de la investigación en este aspecto, refiriéndose a interpretaciones que contrastan con las suyas y con las de otros historiadores de la religión, como Burkert. Por último examina los modelos anteriores en cuya tradición puede encontrarse el sentido de las representaciones griegas: las representaciones humanas figuradas ya desde el neolítico con carácter mágico como los famosos ídolos de mármol de las Cicladas, los betilos, las grandes losas funerarias sin esculpir que se encuentran ya desde el s. xviii a.C, por ejemplo en la cultura minoico-micénica y que sin duda reflejan el recuerdo del muerto. El A. también encuentra modelos reveladores y posibles influencias en otras culturas, especialmente la egipcia con sus escenas sepulcrales de figuras hieráticas desde el tercer milenio a.C, y en la oriental, incluidas Anatolia, Siria y Palestina con sus monumentos anicónicos de un animismo mágico. El A. ve en la evolución de este tipo de escultura griega la misma consideración mágico-irracional y animista que sub-yace por ejemplo en el ritual del cazador prehistórico cuando representa la presa que va a cazar. La importancia de estas esculturas en relación con las tumbas se debe a las creencias de los anüguos en la vida después de la muerte. Por otra parte, también puede verse en ellas una evolución paralela a la que marca el paso del mito al logos, pues el carácter ideal de la representación va siendo sustituido por la mimesis, mimesis de una realidad histórica que se refleja mediante tipos sociales; surgen así las representaciones del filósofo, del orador, del poeta. Cuando uno pasea por el Foro Romano no puede casi evitar el sentimiento que embargó a E. Gibbon' un día de octubre de 1764: la sensación de estar ante un campo de ruinas de una gran civilización ya irremediablemente fragmentada e irrecuperable. Pero esa misma sensación, que se puede mezclar con la nostalgia, resulta a la vez (como sucedió en el caso de Gibbon) estimulante para el estudio y para la reflexión. Si la visión de las ruinas del Foro Romano animaron al gran historiador inglés a emprender su modélica obra sobre el porqué del final del Imperio Romano, un visitante atento a tanto monumento y a tanto vestigio no puede por menos que sentirse igualmente impulsado a su análisis y recomposición. Algo semejante parece que le sucedió al profesor Silvio Panelera en febrero de 1965 cuando tomó posesión del puesto en la Sopraintendenza a VAntiquità di Roma IV (Palatino e Foro) y hubo de realizar, como primer acto oficial de su nuevo cargo, un «giro» de inspección por el Palatino. Fue entonces -declara él mismo en la introducción al libro que comentamos-cuando le nació la primera idea de realizar este libro -. Numerosas inscripciones, completas, fragmentadas, a veces de sólo una letra, pueblan el foro romano y el Palatino. Origen, procedencia, lectura, restitución, traducción, interpretación, consdtuyen otros tantos desafíos para el historiador, el arqueólogo y, sobre todo, para el epigrafista. Porque ante su sola autopsia uno siente la sensación de que la historia del corazón de la Urbs y, por tanto, también de una parte de la historia de Roma, reside en ellas. La «colección» supera las 2.300 inscripciones, editadas o inéditas, muchas depositadas en diversos museos dentro y fuera de Roma; otras, in situ aún; muchas transferidas a otros lugares durante la misma Antigüedad o posteriormente; y algunas, desaparecidas. Poner en orden todas ellas, revisar alguas de las más significativas conocidas y publicar las inéditas -el catálogo incluye 207 entre editadas, inéditas y revisadas-, situarlas en su adecuado contexto histórico es el objetivo de este libro. Su redacción supone una larga y ardua labor de organización y catalogación llevada a cabo con la meticulosidad y acribia que caracteriza tanto al profesor Panelera como a su equipo de la Universidad de La Sapienza, integrado por numerosos colaboradores. El repertorio de las inscripciones del Foro Romano ocupó ya en el siglo pasado a los investigadores, dando como resul-tado el extenso trabajo de H. Jordan'. Mucho más tarde, G. Lugli incluía una amplia selección de los epígrafes del Palatino en su clásica obra sobre las fuentes referidas a la topografía de Roma "*. Las inscripciones, a su vez, se hallan recogidas en muchos otros repertorios como el CIL, las ILS o las Inscriptiones Italiae de A. Degrassi. La primera parte del libro de Panelera y su equipo se dedica a un inventario muy útil en el que aparecen todas las referencias necesarias para conocer la localización, publicación, proveniencia, lugar de conservación y bibliografía que haya originado cada una de ellas (págs. 39-79 y 79-98). Dos plantas esquemáticas y actualizadas del Foro y del Palatino respectivamente, con sus coordenadas, permiten rápidamente conocer las circunstancias y referencias de los epígrafes. La segunda parte (págs. 99-139) ^ se dedica al estudio de los elogia del Foro Romano y sus problemas históricos y epigráficos. En efecto, en 1937 Degrassi publicó los elogia del Foro de Augusto, pero incluyó varios que atribuyó topográficamente como colocados en algún edificio del Foro romano en razón de sus características y tipología. La cronología de la realización de estos elogia está fijada, para el Foro de Augusto, con posterioridad al año 9 a.C. y no antes del 11-12 (también a.C). Los del Foro Romano son inmediatamente anteriores. Estas precisiones cronológicas resultan fundamentales porque unos -los del Foro Romano-condicionan y preanuncian los de Augusto; y, como consecuencia, los augusteos señalan las posibles monumentalizaciones de los foros coloniales. Los personajes celebrados en ambos son prácticamente idénticos, así como los textos para ambos (pág. 100). El estudio y restitución de los textos es ejemplar. Por su interés para la historia de la Península Ibérica destacaré aquí el fragmento 5 (pág. 117; Lapidario Forense, invenario 5.364; Neg. V, fig. 6), cuya clave de lectura se encuentra en la línea tercera: [-] istratu vac [-] El resto de los fragmentos de elogia están reconstruidos con argumentos históricos y epigráficos que resultan siempre convincentes y apropiados. A. Degrassi publicó seis de estos elogia fragmentados. En la obra de Panelera se publican once inéditos y cinco más en un addendum, con lo que tenemos 22 elogia pertenecientes a la serie del Foro romano. Todos los indicios de los hallazgos apuntan a que se encontraban muy cerca de la basílica Aemilia, «monumento forense custode per eccellenza della tradizione reppublicana, onoraria e trionfale» (pág. 133)^ Los elogia del Forum Romano son precedente y causa de los del Foro Augusto, con lo que se puede afirmar que estos últimos no constituyen ninguna novedad especial, sino que son una continuidad de una tradición en la que la «valenza trionfale non fu l 'unica componente ideologica» (pág. 135). De-grassi había observado ya' no sólo que Augusto en el año 20 no pensaba construir su foro, sino que todos los trabajos debieron comenzar hacia el 12-11 a.C. y que los elogia correspondientes no fueron compuestos sino después del año 9 a.C, fecha de la muerte de Druso Mayor. Por tanto, la apertura al púbüco del conjunto debió de ser después del 9 y no más tarde del 2 a.C. ^. No hace falta insistir aquí sobre la importancia de estas cronologías, sobre todo cuando se trata de asignar fechas a los foros que, como por ejemplo el de Augusta Emerita, imitan en iconografía y programa al de Roma. Es importante subrayar, igualmente, la precedencia de estos programas iconográficos de viri triumphales y de personajes históricos del período medio republicano que se detectan, no sólo en el espacio de la basílica Aemilia, sino también en otros foros de colonias y municipios itálicos, como sería el caso de Tusculum' ^. A este propósito es igualmente muy sugestiva la indicación de Laura Choffi, en el sentido de que las referencias virgilianas (Aen. Entre las inéditas el libro publica una serie de inscripciones dedicadas a emperadores (págs. 151-206, nn. 29-61) en las que el estudio de la titulación imperial resulta de gran interés y precisión "^. Destaca un notable grupo de estatuas imperiales tardorromanas que denotan una actividad ciudadana hasta épocas muy tardías. Se registran luego inscripciones de magistrados y collegia, así como una serie de lápidas funerarias, muchas de ellas de procedencia desconocida, que diversos avatares llevaron hasta el lapidario forense. La cuarta parte del libro se dedica a revisiones de inscripciones en el CIL o en otros lugares " y se complementa con la revisión (realizada por Silvio Panelera) de los fragmentos del epistilio encontrados detrás de la Curia Senatus, publicados originalmente por Bartolli'^ y que halla en su interpretación una versión definitiva y convincente. El libro termina con una reducida serie de inscripciones cristianas y se completa con índices, fotos y planos que hacen del volumen un modelo de sobriedad, precisión y prudencia científica, al tiempo que un instrumento de trabajo indispensable que nos ha recuperado parte de las antigüedades del Foro Romano y, consiguientemente, también parte de su historia. Después de esta presentación, Kohler pasa a analizar los elementos de la fiesta helenística fijándose especialmente en aquellos que suponen o que incluyen una innovación respecto a la fiesta en épocas anteriores, y centrándose en la procesión debido a su carácter público, frente al banquete, y a su mayor predisposición a los cambios, frente al sacrificio, más tradicional. Los elementos analizados y su tratamiento demuestran que el autor ha elegido aquellos que reflejan la magnitud y el lujo de la fiesta helenística. A través de su análisis nos hacemos una idea de las dimensiones, entendiendo por ello todos los datos mensurables de la fiesta: las multitudes y el número de víctimas del sacrificio, los objetos para el banquete, el personal implicado, el lujo material indicado en cantidad o peso de oro, plata, piedras preciosas, marfil, etc., y que aparece en estrecha relación con el fenómeno de la tryphé, es decir, la sobreabundancia y el derroche, los pesos y medidas de los objetos de culto y las representaciones; la duración y el número de partes de la fiesta, así como la cantidad de elementos en el contenido, por ejemplo la veneración en las Ptolomaia no sólo de Ptolomeo, sino también de Zeus, Dioniso y «todos los dioses». Nos hace ver el aspecto técnico de la fiesta: los medios de transporte, las obras de arte mecánicas (como la estatua de Nysa en las Ptolomaia, que se levantaba y sentaba, vertiendo leche de un cuenco de oro al levantarse), las obras arquitectónicas, especialmente aquellas creadas exclusivamente para el acontecimiento; los elementos extranjeros que se incorporan en la fiesta helenística (procedentes de Etiopía y sobre todo de la India en las fiestas griegas, y de Grecia en las fiestas triunfales romanas) y las modificaciones mitológicas y religiosas motivadas por dichos elementos; el lenguaje simbólico: su valor estéfico, tipos (pinturas, estatuas, representaciones vivientes) y variantes (representaciones de los dioses, atributos divinos, cuadros móviles de varias figuras representando escenas mitológicas, personificaciones, símbolos, representaciones de contenido histórico, aclaraciones escritas u orales), la recepción por parte del espectador y la reacción que todo el lenguaje simbólico producía en él. Estudia los datos referentes a la organización de la fiesta: las prescripciones cultuales que afectaban a la celebración y el personal responsable de su buen transcurso; personas activas en la celebración (como los technitai dionisiacos, otras asociaciones cultuales, desfiles militares en las fiestas de soberanos. actores profesionales, artistas); el papel de los espectadores; los recursos para ganar su interés; normas sobre su vesfimenta; formas de dirigir y controlar a la muchedumbre. Por último se analizan las disfintas personas implicadas en la fiesta (fundador, organizador, financiador, personas activas en la celebración, grupos de espectadores), con especial dedicación a los soberanos y otras personas privilegiadas (sustitutos de éstos, vencedores en agones, la juventud masculina, militares, distintos cargos políticos y cultuales), y a los grupos a quienes iba dirigido el espectáculo (la población griega o helenizada en el caso de las fiestas de los soberanos, un público panhelénico en las fiestas urbanas, los romanos en las fiestas triunfales romanas, los dioses, hombres poderosos en la política o ricos benefactores en las fiestas honoríficas, enemigos y concurrentes en las fiestas de los soberanos). Las conclusiones a las que llega el autor son las siguientes: las condiciones históricas hacen de los soberanos de época helenística poderosos y ricos jefes con grandes dominios que para demostrar su fuerza tanto a sus súbditos como a sus enemigos celebran grandes fiestas. En las procesiones de estas fiestas desfilan el botín y los soldados como testimonio de sus victorias, y toda clase de riquezas, objetos lujosos y exóticos, innumerables personas, víctimas de sacrificio y ofrendas, construcciones arquitectónicas, complejos objetos móviles de gran ingenio técnico y variadas representaciones mitológicas e históricas. Característicos de estas fiestas eran el derroche y el exquisito cuidado en la organización. Por influencia de estas magníficas fiestas empezarían a organizarse algo más tarde las fiestas de las nuevas ciudades y las triunfales romanas. El objefivo y los elementos festivos de estas últimas no diferiría mucho de las de los soberanos helenísticos. Característica de las fiestas urbanas era su ambición panhelénica, para la que organizaban un complejo sistema de embajadas y propaganda. La iniciativa de estas grandiosas fiestas urbanas la tenían los círculos dirigentes políticos y económicos de la ciudad, con el importante papel de ciudadanos aislados. Las fiestas honoríficas tenían elementos de las urbanas y de las de los soberanos. La fiesta helenística y en concreto de comienzos de este periodo se caracteriza pues, frente a la época anterior, por un notable cambio en sus aspectos externos, que tiende a una mayor magnitud (cuantitativa y cualitativa). Estas conclusiones son en realidad las esperables a juzgar por lo que se observa en ios demás aspectos de la vida de esta época. El mayor mérito del libro radica, a mi juicio, en su estupenda reconstrucción a partir de las fuentes de la fiesta helenísfica y la capacidad del autor de hacer desfilar las procesiones ante nuestros ojos con toda su grandiosidad. Hay que añadir la detallada información bibliográfica presentada para cada una de las cuatro fiestas descritas y las útiles tablas que presentan los distintos elementos de cada fiesta según las distintas fuentes. El análisis corrobora sin embargo -frente a lo que el propio autor afirma en la introducción-las afirmaciones de Nilsson, Bomer y otros autores sobre una laiquización de la fiesta griega. En su reconstrucción predominan los motivos políticos, y los cambios que se producen respecto a épocas anteriores están relacionados con los intereses políticos y económicos. Por otra parte se echa de menos en el análisis el tratamiento de aspectos puramente cultuales. En los elementos extranjeros el autor no habla de las divinidades indígenas y sus fiestas. Las fiestas dedicadas a las divinidades polladas estaban influidas como él dice por las fiestas de los soberanos, pero faltan por analizar los elementos heredados de las fiestas indígenas. Zeus Sosípolis y Artemis Leucofriene son sin duda formas helenizadas de dos dioses locales que tenían sus propias fiestas antes de la llegada de los griegos. En su obra M. Spanu trata de reconstruir la historia de Keramos -una de las póleis microasiáticas que, a diferencia de Halikarnassos, Kaunas, Knidos, «hanno avuto la strana sorte di essere quasi completamente trascurate dall 'attenzione scientifica» (p. 9 de la Introducción). En Ia parte inicial del libro, «Storia degli studi», Spanu indica que la primera página de la investigación científica de la historia de Keramos fue abierta por el viajero inglés R. Wood que en el año 1750 había atravesado el Mediterráneo para ver las ruinas de Palmira (p. Las tentativas primarias de reconstruir el urbanismo de Keramos, a base de los restos materiales, pertenecen a G.J3..©orra, arquitecto italiano y coetáneo de R. Wood. Según mí opinión, son curiosas y merece la pena verlas (p. Pues resulta que a principios del siglo xx, cuando los arqueólogos italianos abrieron la era de excavaciones sistemáticas en Caria, de Keramos no se sabía prácticamente nada y sólo en los años 80 ven la luz las primeras publicaciones científicas consagradas a la historia de esta polis. La obra pionera pertenece a E. Varinlioglu («Die Inschriften von Keramos», Bonn, 1986) y la monografía de M. Spanu es, de momento, la última en esa «mini-serie». Este hecho, ya por sí mismo, la hace interesante y de consulta imprescindible para todos los que nos dedicamos a la historia del helenismo mediterráneo de las épocas antigua y bizantina. La segunda parte del libro está consagrada a la reconstrucción de las principales etapas de la historia de Keramos. Aunque el silencio de los autores antiguos a priori convierte en vanas todas las tentativas de calcular la fecha de su nacimiento, gracias a la epigrafía se puede hablar de su existencia con estatuto de polis a partir de la época de actividad política de la Unión Delio-Atica (p. Las páginas importantes de la historia de Keramos se relacionan con la época de los Seleucidas y Ptolemaidas y, sobre todo, con el período del dominio de Rodas, cuando Keramos obtuvo derecho de acuñar su propia moneda de plata y bronce a base del estándar rodio. Hoy se cuenta con unas 15 monedas de este tipo, catalogadas por el autor (pp. 45-47). En el año 167 a C. Keramos recibió libertad como consecuencia de uno de los «decretos orientales» del Senado Romano, para perderla en el año 129 a.C, esta vez a favor de Roma. Su historia de la época imperial se halla en tinieblas. Siguiendo la tradición literaria antigua, reconocemos esta ciudad solamente como la patria del eminente atleta Polites. Sin embargo, los recientes hallazgos epigráficos, sistematizados por Spanu (pp. 56-57), permiten, según su opinión, hablar de gran importancia que tenía Keramos en aquella época como una rica ciudad portuaria (p. La tercera parte del libro («Topografía e urbanistica») es, tal vez, la más informativa puesto que está consagrada enteramente a la arqueología de Keramos. De una manera pormenorizada, Spanu caracteriza los muros de la ciudad (pp. 64-92), el modo de organizar el espacio interior (pp. 64-156) y exterior, adyacente a las fortifícaciones y representado por el puerto, acueducto y las necrópolis (pp. 157-182). El autor cree que el plano hipodámico fue el rasgo principal del urbanismo de Keramos desde la época de su nacimiento (p. Sus fortifícaciones, bien construidas, no sólo cumplían su función esencial, sino que estaban destinadas a acentuar la riqueza y el bienestar de la ciudad helenística y, después, romana. El agora ocupaba un gran barrio de la parte oriental de Keramos, contaba con distintas edificaciones de carácter comercial, incluyendo dos tabernas, almacenes y sótanos, y tenía sus propios muros. En la Keramos helenística había palestra, gimnasio, ninfeo, termas y teatro. En estado de investigación preliminar se halla la acrópolis con los restos de edificios cuya función no está determinada por ahora (pp. 152-156). Keramos se hallaba rodeada de cuatro necrópolis, la más antigua de las cuales (la oriental. A) se comunicaba con la ciudad por una vía de piedra enlosada que conducía hacia un antiguo santuario extraurbano. De la necrópolis septentrional, B, se ha conservado una sola tumba -de arquitectura lujosa y comparable, a juicio de Spanu, con los enterramientos de la Hierapolis de las épocas tardorrepublicana y bajoimperial-. La necrópolis meridional, C, ocupaba el mayor espacio y se caracterizaba por el rito de la inhumación en sarcófagos del tipo de Hierapolis, Adrassos, Elaiiissa Sebaste, AEspA, 71, 1998 mitad del II milenio a.C. y, a lo largo del siguiente, por los grandes hegemones: Atenas y Esparta; sólo se le reconoce un papel de primer orden en el ámbito mítico -recordemos por ejemplo los ciclos épicos de los Siete contra Tebas o los poemas homéricos o la tradición sobre el retorno de los Heráclidas-y en los siglos viii y vii a.C, cuando la temprana unificación del territorio -en la que el Heraion, enclavado en el espacio fronterizo, desempeña una función esencial como aglutinador, no sólo cultual sino también político, de los asentamientos periféricos a la llanura argivay su rápida adaptación a la táctica de combate hoplíticaen una de las grandes tumbas aristocráticas se halló una coraza y un casco que todavía hoy constituyen los elementos conservados más antiguos de una panoplia-posibilitaron que Argos disfrutara de un liderazgo temporal, al menos en el Peloponeso. Además de a estos aspectos, el libro nos permite asomarnos al polémico debate de la perenne hostilidad entre argivos y espartanos, jalonada de combates que dieron como vencedores -en ocasiones semilegendarios-casi siempre a los lacedemonios, dominadores del Peloponeso; y es que, como Isócrates, podemos ver en el estado argivo la impotencia y frustración que generan la lucha endémica con un vecino más poderoso. El capítulo más extenso (págs. 40-60) se consagra a la ciudad clásica, cuya historia comienza con la humillante derrota de Sepea en 494 ante el rey espartano Cleómenes -que casi supuso la caída de la ciudad y sirvió como excusa de la actitud medizante observada en la lucha contra los persas-, pasa por las alianzas con Atenas en las guerras del Peloponeso y guerra de Corinto frente a Esparta, continúa con sus disensiones internas en el famoso skytalismos del 370 y finaliza con la alianza con Filipo II que evitó una nueva sangría en el cuerpo cívico argivo. Se atiende igualmente a la nueva reorganización del espacio urbano y de los santuarios -con especial atención al Hereo-, al desarrollo democrático de las instituciones y de la constitución argivas y a una economía esencialmente autárquica. Tras un capítulo de «transición», centrado en la historia política de Argos en el último siglo de independencia griega, el siguiente nos muestra las transformaciones provocadas por la dominación romana, particularmente en la esfera institucional -municipal y provincial-y en la urbanística. El nacimiento de un imperio romano cristiano en 330 d.C. ha dejado su huella arqueológica bajo la forma de cementerios, basílicas e iglesias paleocristianas de notable importancia y que han suministrado materiales de gran interés. A través de las sucesivas ocupaciones cruzada, franca y veneciana, llegamos a los casi cuatro siglos de dominio turco de la ciudad, aunque contestado por los venecianos (1463-1830). Unos y otros han dejado como signo más visible sus trabajos de fortificación en la colina de la Larisa. Los autores tienen aún tiempo para evocar la llegada de los primeros viajeros europeos en busca de esa Grecia hasta entonces sólo soñada, para finalizar con un análisis de las estructuras del estado moderno surgido de la guerra de independencia. El libro aparece bien ilustrado, con abundantes fotografías tanto de los paisajes argólleos como de los distintos yacimientos arqueológicos y los restos que han proporcionado, así como con mapas, reconstrucciones ideales y planos que permiten seguir la evolución urbanística de la ciudad. Todo ello se completa con un cuadro cronológico final y un glosario de términos griegos. Si en aras de la concisión podemos entender que se haya suprimido el aparato crítico, no podemos dejar de lamentar la ausencia de referencias a las fuentes, tanto literarias como arqueológicas, al menos en los pasajes o cuestiones más cruciales, máxime cuando la bibliografía es tan exigua como en este caso. Por todo lo visto podemos concluir que la publicación de este libro no esconde, por tanto, grandes pretensiones ni mucho menos agota la discusión científica sobre ningún aspecto de la historia y la cultura argivas, sino que se concibe como una AEspA, 71, 1998 RECENSIONES 303 dición histórica y legendaria es excesivamente ambigua, no existe ningún apoyo explícito, arqueológico o historiográfico, para la llegada a Lemnos de unos emigrantes procedentes de Italia, y un etruscòlogo tan significado como H. Rix acaba de interpretar la documentación lingüística en el sentido de unos tirrenos, de nombre nordegeo pero no griego, que habrían emigrado a Italia -«L 'etrusco tra l' Italia e il mondo mediterraneo», L'Italia e il Mediterraneo antico, Pisa 1995, 119-38, artículo que el A. no ha tenido ocasión de conocer-. El A. consigue demostrar que no existen argumentos en contra de su tesis, ni lingüísticos ni de crítica de fuentes, y que los datos lingüísticos la apoyan decididamente. La tentación de dar por zanjada la cuestión es fuerte, pero sería prudente esperar confirmaciones positivas que probablemente sólo podrán venir de nuevos hallazgos en Lemnos o Imbros. Universidad Complutense R. Olmos y J. A. Santos Velasco (eds.), Coloquio Internacional: Iconografía ibérica e iconografia itálica: Propuestas de interpretación y lectura (Roma 11-13 nov. Uno de los resultados más significativos de la investigación de las últimas décadas aplicada a las sociedades antiguas, tan escasa e irregularmente dotadas de testimonios escritos, es el doble papel eminente que tiene la iconografía: como fuente histórica general y, más concretamente, como expresión de las estrategias utilizadas por los diversos sectores sociales -sobre todo por los aristócratas-para dar cuenta de unos valores y una cosmovision que suelen expresarse, por lo general, a través de unas imágenes que tienen mucho que ver -por la propia incardinación que la religión ttiene en lo social-con el horizonte religioso. De ahí el interés que tiene el Coloquio desarrollado en la Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma en otoño de 1993, que ahora se publica, en el que colegas españoles, italianos, franceses y alemanes estuvieron dialogando (contrastando miradas recíprocas, como indican los editores en su breve introducción) a partir de dos espacios tan ricos y comparables desde la perspectiva del lenguaje icònico (pero al mismo tiempo de tan señalada especificidad, pues la comparación sirve ante todo como aserción de las diferencias), como son el de los pueblos itálicos y los pueblos ibéricos, ubicados en unos espacios de Medio y Lejano Oeste respecto de las fuentes originarias del Mediterráneo oriental, a partir de las cuales se difundieron unos elementos sobre los que aquellas poblaciones reflexionaron para construir su propio discurso cultural. El análisis de los temas iconográficos y de su evolución como expresión de los cambios acaecidos en la ideología de los poderes dominantes es una tarea que ha ocupado a especialistas de los dos mundos considerados. Así, Mario Torelli estudia los materiales -figurillas humanas y urnas de cabana-aparecidos en las necrópolis de las primeras fases de la cultura lacial (ss. x-ix) como expresión simbólica de una nueva realidad en la que la familia aparece como forma económica dominante, afectando a la memoria y al símbolo de tres ceremoniales diferentes: el del muerto, el de los parientes familiares y el del cónyuge. Partiendo del carácter colectivo y polisémico del mito, Massa-Peirault ha analizado una serie de elementos clave en la iconografía cerámica etrusco-itàlica desde el último tercio del s. vii, señalando (en una línea comparable a la de Mauro Menichetti, Archeologia del potere. Re, immagini e miti a Roma e in Etruria in età arcaica, Milano, 1994) el interés especial que tienen los temas de la iniciación juvenil y de la conquista y sucesión en el poder real (ludus de los jinetes saliendo del laberinto, lucha contra el león o el toro). Dichos temas están reflejando algo que se documenta asimismo en el resto del mundo itálico y entre los íberos: se eligen las estructuras míticas que mejor definen el imaginario político de los detentadores del poder para los que trabajan los artesanos. A lo largo del s. vi la aparición de imágenes relacionadas con el symposion estaría expresando, en oposición a los rituales reales anteriores, los valores más isonómicos de nuevas formas sociales. Igualmente, la iconografía del mundo indígena de la Basilicata es estudiada por M. Tagliente, indicando cómo al único tema figurado en los vasos del s. vii (el gesto «del luto» con manos hacia lo alto) suceden en el curso del s. vi -canalizados a través de la fundación de Metaponto-otros temas que documentan nuevos modelos de comportamiento adoptados en el proceso de transformación cultural (dominio del caballo, en relación con el Despotes hippon Diomedes; adopción de formas de religiosidad de matriz griega a través de divinidades antropomorfas...). En los ss. v-iv se extenderán los temas de la heroización del difunto, de motivos dionisíacos, de gestos rituales de carácter sacrificial, interrumpiéndose las cerámicas indígenas de tradición subgeométrica casi absolutamente en esta última centuria (a excepción de la zona daunia, donde vasos como el de Lavello documentan en el s. m -tras la conquista romana-el tema del largo viaje al allende, en el que confluyen la helenización recibida y una romanización incipiente). Desde otra perspectiva, el análisis de dos fuentes iconográficas antiguas (el combate victorioso de Eutimo de Lócris -o del joven Síbaris en la otra versión de Pausanias-con el demonio de Temesa y el rescate de la virgen expuesta; el manto de Alcístenes con representación de ciudades), le sirve a A. Rouveret para plantear el control político de Temesa por Lócris o por Síbaris, cuyo esplendor viene reflejado en el manto mencionado. Otros estudios se centran en el análisis de una determinada pieza. Tal sucede con el de L. Cerchiai sobre un aryballos del s. VI de Sala Consilina, que exhibe un ritual heroico con ocasión de una ceremonia fúnebre que, procedente del mundo del komos corintio, penetra en el mundo indígena suritálico a través de la intermediación etrusca. O con el de C. Pouzadoux en torno a la magnífica cratera de Canosa que representa los funerales de Patroclo y el sacrificio de los prisioneros troyanos, cuya comparación con el texto literario permite apreciar la diferencia existente entre los dos modos de representación, el icònico y el literario (en lo que coincide con otro estudio, el de F. Martínez Quirce, sobre el vaso numantino que reúne la hipotética escena de doma de caballo con una representación sacrificial). De interés evidente desde el punto de vista metodológico es la comunicación de Pontrandolfo, Mugione y Salomone, que se proponen dosificar el lenguaje figurativo de dos conjuntos distintos (el de las metopas arcaicas del templo de Hera en el río Sele y el de las interesantísimas estelas daunias) individualizando el valor de los signos y de su combinación en el interior de un sistema compositivo. De las contribuciones dedicadas al mundo ibérico, que presenta un repertorio icònico aparentemente reducido pero cuya sintaxis y semántica esperan todavía un desentrañamiento suficiente (Olmos), Arturo Ruiz considera el programa iconográfico de las estelas del sureste peninsular como elemento que refleja una ideología claramente aristocráfica centrada en la heroización del difunto, como en el caso de Pozomoro, cuyo programa iconográfico interpreta M. Blech como la expresión de la praxis heroizada del difunto o de algún antepasado. También aristocrático (pero de corte más «caballeresco», frente a la monarquía sacra anterior del período orientalizante, como indica Juan Blánquez) es el medio que se resume en el alto Guadalquivir desde fines del s. vi a comienzos del iv a través (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 71, 1998 de la monumentalización de las necrópolis «principescas». En la segunda mitad del s. v se va a enfatizar la presencia de la divinidad femenina (las «damas» en el alto Guadalquivir y el sureste peninsular), documentada -ajunto a esculturas de sirena y de toro-en el relieve de la potnia con caballo y serpiente del nuevo conjunto de El Monastil (Elda) estudiado por A. Poveda. La vinculación de la imagen con el territorio ha sido el objeto de la indagación de otras ponencias. Así, Teresa Chapa centra su atención sobre los leones funerarios como elemento que delimita un área fronteriza entre los territorios turdetano y bastetano-oretano y que identifica un estatus nobiliario, siguiendo un mismo modelo iconográfico y siendo el producto del mismo grupo de artesanos. Por su parte, Juan A. Santos Velasco valora determinados motivos (desde pebeteros o damas nutricias a cerámicas pintadas con bustos femeninos en asociación con aves y elementos vegetales) para definir un área dependiente de Ilici entre los ss. ni y i a.e. Paz García-Bellido lleva a cabo una aproximación esümulante sobre los motivos iconográficos que simbolizan el territorio hispánico en las monedas; el jinete lancero, expresión de la Citerior, y la diosa con casco, rodela y dos lanzas que representa a Hispânia en época imperial, posible evocano romana de una divinidad lusitana que cobijara la colonia de Emerita. Las páteras constituyen un tópico privilegiado para investigar la incertidumbre del lenguaje icònico de los íberos, interpretadas por Olmos -frente a la consideración cultual que defiende Marín Ceballos-como textos de iniciación individual en la muerte. Iniciación planteada también por Martín Almagro para la inventus guerrera (expresada a través de una serie de ritos en los que los lobos juegan un papel fundamental), y por Lourdes Prados para los exvotos ibéricos de bronce aparecidos en los santuarios oretanos de la provincia de Jaén. Otras veces el objeto de estudio no es el fipo de objeto, sino un determinado motivo, como los signos vegetales de la cerámica alicantina en los que centra su atención Trinidad Tortosa, tratando de aislar los signos y de definir los fipos existentes. Y otros análisis plantean nuevas propuestas en la interpretación de conjuntos, como el de Sant Miquel de Lliria (Valencia) por Aranegui et alii, mediante la aplicación del análisis factorial a formas y decoraciones y subrayando el helenismo de ambiente ibero-púnico que informa este tipo de producciones. La producción de imágenes es una construcción, una obra de cultura (J.P. Vernant), y él corpus icònico elaborado por toda civilización es el resultado de una codificación de lo real que le es propia, que sigue unas leyes no coincidentes con las de las fuentes literarias grecolatinas o con nuestra propia visión. Por ello, entrar en el «laberinto» de las imágenes es, como indica por ejemplo Tagliente, una operación tan estimulante como preñada de riesgos: los planteamientos modernos pueden muchas veces conducirnos por senderos impracticables. Es cierto que el análisis de algunos elementos concretos considerados deja en el lector abierta la puerta del escepticismo. Pero no lo es menos que los estudiosos que han participado en el volumen que ahora se publica han sido conscientes de los peligros de un lenguaje que se caracteriza por su plurivocidad (una plurivocidad perceptible, por ejemplo, en los diversos niveles de lectura que la cerámica griega tuvo en el mundo indígena), que han llevado a cabo propuestas enormemente estimulantes desde el punto de vista científico y que, en consecuencia, nos han dejado un instrumento del mayor interés para acrecentar nuestro conocimiento de las sociedades mediterráneas productoras de las imágenes estudiadas. Y todo ello a través del análisis basado en una metodología cada vez más rigurosa y precisa, que esperamos lo sea todavía más en el futuro. En este volumen se recoge un total de 12 artículos que tienen un origen común: son fruto de la investigación de alumnos y licenciados de la Scuola di Specializzazione di Archeologia dell'Università di Roma «La Sapienza». Es de agradecer el interés demostrado por F. Panvini en dar a conocer esos primeros trabajos de investigación cuya publicación suele topar con numerosas dificultades, como él mismo señala en la introducción del libro. Los temas tratados giran en torno a dos aspectos fundamentales: análisis de hallazgos y tipología monetai. Aunque ambas parcelas numismáticas gozan actualmente del favor de los investigadores, aún quedan muchas cuestiones que plantear y conocer. El primer artículo, de S. Piatelli, examina los hallazgos de moneda griega, gala y romana en la zona de la actual Marche italiana. Los hallazgos más tempranos corroboran la existencia de vínculos comerciales y culturales entre la región de Ancona y el mundo griego; sin embargo, el aumento más significativo se produce entre la segunda mitad del s. i a.C. y la primera mitad del s. I d.C. y nos ilustra un período de riqueza confirmado en otros campos. La autora relaciona estos datos, creo que acertadamente, con la elevada presencia de soldados pícenos en el ejército mariano y la participación de gentes picenas en el senado romano. simulacro de Afrodita de Afrodisias; este último trabajo le permite constatar que, a pesar de la amplitud cronológica de los testimonios numismáticos -desde el s. ii a.C. hasta mediados del s. Ill-, las diferencias iconográficas son mínimas y que probablemente la mayoría se deban a la esquematicidad del diseño más que a cambios de tipo religioso. En el caso de M.D. d'Alonzo se ha llevado a cabo un seguimiento del tipo de Ceres concluyendo que la continuada presencia de esta divinidad, desde el s. i a.C. y a lo largo de los siglos imperiales, implica una serie de connotaciones políticas, sociales y económicas. M. Manes centra su contribución en la crisis del s. ni, más concretamente en la cuestión de la incidencia del factor moneda en la crisis económica; creo acertadas sus conclusiones acerca del importante papel jugado por las manipulaciones monetales, es decir, la disminución del contenido de metales preciosos y el aumento de la velocidad de la circulación deben considerarse no sólo como un efecto, sino también como una causa de la inflación que caracteriza a esta etapa.También resulta de particular interés el análisis de C. Conidi sobre la iconografía de las monedas de Cumas ya que permite recuperar en gran medida el cuadro histórico religioso cumano, del que tenemos escasos conocimientos. Finalmente, A. Gallottini ha llevado a cabo un recorrido a través de los grabados italianos del s. xvi, entre los que ha podido aislar veinte de monedas antiguas. El trabajo se centra especialmente en la figura de M. Raimondi, pero las conclusiones no resultan novedosas en absoluto. En resumen, el libro presenta interesantes aportaciones y sugerencias acerca de los temas tratados; sin embargo, los trabajos no están sometidos, al menos aparentemente, a criterio de ordenación alguno. A pesar de tratarse de una cuestión puramente formal, creo que hubiera sido más coherente presentarlos agrupados en los dos grandes bloques, hallazgos y tipología, tal y como sugiere el mismo título del volumen. En el marco de las investigaciones actuales sobre el alcance y funcionamiento del sistema administrativo romano imperial se integra esta contribución de R. Haensch, que tiene como objeto la definición y el estudio del desarrollo de las sedes administrativas que centralizaron, en algún momento de la historia del imperio, entre el 27 a.C. y el 284 d.C, la gestión de los diversos funcionarios provinciales. El principal resultado de la ingente labor del autor es la constatación, en línea con la investigación actual, de que el sistema administrativo del imperio romano, a pesar de la evidente tendencia a la burocratización del Estado, nunca dejó de ser esencialmente rudimentario, con unas funciones de carácter más político que administrativo y con una actuación escasamente creativa. Por ello no existía una auténtica necesidad de consolidar centros administrativos, es decir, de que algunas ciudades provinciales, sedes más o menos estables de los cuerpos de funcionarios provinciales, llegaran a alcanzar rasgos que las definieran esencialmente como capitales. De ahí la idea de que los gobernadores provinciales eran, en el fondo, «governors on the move», aunque existían tendencias hacia su sedentarización, como la formación de los archivos provinciales o la consolidación de una plantilla de personal subalterno. Lógicamente, este carácter «inestable» de la administración provincial condiciona las relaciones entre el cuerpo administrativo y la comunidad ciudadana que lo alberga. El análisis de estas relaciones, o dicho de otro modo, de las repercusiones que tiene sobre la ciudad el hecho de funcionar como sede de la administración provincial, es el otro objetivo esencial del libro. La principal aportación de este trabajo es, sin duda, la cuidada sistematización de la documentación. El resultado de ello es la elaboración, no sólo de las listas de las ciudades para las que puede probarse una vinculación directa con los cuerpos administrativos imperiales, sino también la definiciói? de los sistemas administrativos de cada provincia, incluyendo un glosario con los diversos tipos de funcionarios subalternos y su papel en la administración de las diversas provincias. Así mismo, es de gran interés la compilación, para cada provincia, de las fuentes epigráficas y numismáticas relacionadas con los funcionarios imperiales, así como la localización arqueológica de los edificios relacionados con la administración provincial. Además de las síntesis realizadas para cada provincia estudiada, se incluyen apéndices dedicados a problemas específicos de algunas provincias. El libro sorprende, sin duda, por la magnitud de sus objetivos y por la minuciosidad empleada en la sistematización de la documentación. La escala imperial a la que se concibe el trabajo supone, efectivamente, un punto de vista amplio, y por tanto, enriquecedor. Sin embargo, en la base de este planteamiento subyace una concepción del proceso de integración provincial en el mundo romano excesivamente simplista. Si bien el estudio macrorregional permite centrar el análisis en el indudable carácter homogenizador de la administración romana, al mismo tiempo obliga a perder de vista el hecho de que, pese a esa unificación política, el proceso de romanización no fue de ninguna manera unidireccional ni homogéneo a esa misma escala. Esto no se ha tenido en cuenta a la hora de plantear un estudio voluntariamente polarizado en centros urbanos, analizados exclusivamente como puntos de incardinamiento espacial del sistema imperial, descontextualizados entre sí y en su relación con el territorio. Este planteamiento es ajeno al consabido pragmatismo de la administración romana, cuyo fundamento último es, precisamente, la pluralidad y diversidad que pueden constatarse, tanto en el carácter de las formaciones sociales provinciales, como en los sistemas de control aplicados por el Estado para posibilitar su explotación. El reinado de Juba II y de su hijo Ptolomeo fue el tema escogido por Michèle Coltelloni-Trannoy para desarrollar su tesis doctoral, que ahora vemos publicada tras un amplio lapso de tiempo. La demora, si bien es un serio problema en obras metodológicamente más novedosas o que tratan campos donde los avances se suceden rápidamente, no lo es en el caso que nos ocupa, los descubrimientos en el Norte de África se producen con una lenta cadencia y los métodos de análisis empleados por la autora han sido ampliamente ensayados. Las contrapartidas en cambio son destacables, estos años se han dedicado a madurar una obra sobre un tema de difícil abor-daje y con no pocas trampas, de las cuales la autora ha salido airosa. El trabajo de investigación ha consistido en desmenuzar un experimento histórico de corta duración, apenas 66 años de monarquía tutelada por Roma del reino de Mauritania (parte de Argelia y Marruecos en la actualidad). Se pasa revista a intervenciones similares de Roma en el Mediterráneo Oriental, las cuales sirven de marco de referencia para explicar el giro que le imprimió Octavio a un territorio que parecía destinado a ser administrado directamente desde la metrópoli, a juzgar por la implantación de varias colonias de veteranos repartidas por todo el territorio. El estudio se hace especialmente minucioso en el análisis de la política del momento así como de los personajes importantes en este «drama», como si de un estudio de análisis político se tratase, proponiendo incluso conjeturas e hipótesis de trabajo acerca de las razones que movieron a unos y a otros a tomar determinadas decisiones. En este sentido la autora se aparta de la opinión de Suetonio que atribuyó al incidente del manto de púrpura exhibido por Ptolomeo en público ante Calígula, la causa de su asesinato, para proponer que su apoyo a la conspiración de Lépido y Gaetúlico fue lo que le llevó al cadalso. La organización del reino constituye la segunda parte de la obra y se centra en dos aspectos muy debatidos por los historiadores, el primero y más controvertido, el de la posible existencia de varias ciudades con el cometido de residencias reales (regiae) y el segundo, la condición de las ciudades que de alguna manera seguían vinculadas a Roma, ya fueran éstas colonias o ciudades indígenas de jurisdicción romana. Sobre estas cuestiones se arroja no poca luz, pero quedan sin embargo en penumbra las demás cuestiones y son algo parcas las páginas dedicadas a los aspectos económicos y sociales (9). Se aprecia una mayor liviandad al tratar estos temas, así por ejemplo en la concepción que tiene la autora del «circuit du détroit» que, por otro lado, es una traducción incorrecta del «Círculo del Estrecho» definido por M. Tarradell, que se limita aquí a un simple trasiego de salazones de pescado. También es algo ligera la deducción de que en la región de Lixus las poblaciones sedentarias han sido suplantadas por nómadas a partir del texto de Plinio donde se señala que del bosque de manzanas de oro del Jardín de las Hespérides no quedan más que acebnches (olivos salvajes), cuando en realidad es un argumento del autor acerca de la reserva con la que hay que tomar la localización del fabuloso bosque sagrado en la desembocadura del Lukkos, propuesta por algunos autores anteriores a él. La última parte, «Les modèles de Caesarea», gira en torno a las figuras reales. Bajo el epígrafe «Des princes mécènes» se refiere en primer lugar a los fuertes rasgos helénicos y orientales de la formación de Juba II y de Ptolomeo. Por otro lado, al tratar de la fundación y planificación de la capital, Caesarea, sobre la vetusta loi (Cherchel), por parte de Juba, se analizan de forma precisa las influencias romana e itálica en la política directa emprendida por el soberano. La arquitectura de prestigio a él atribuida, como el teatro y el anfiteatro y la propia ordenación urbana remiten a modelos itálicos y, como dice la autora, Caesarea es ante todo una ciudad romana. Las amonedaciones permiten completar la visión que nos ofrece sobre la monarquía mauritana, su concepción del poder y sobre qué bases se establece su legitimidad dinástica. En fin, no podemos más que suscribir la opinión que Jehan Desanges vierte en el prefacio de la obra de su discípula, al afirmar que se trata de un vigoroso estudio que no dejará de suscitar fecundas discusiones. La fascinación que, desde hace tiempo, ejerce la figura del emperador Adriano está justificada por varios conceptos. Seguramente no es el menos importante el que se relaciona con su especial personalidad, como individualidad espiritualmente atormentada, que se mueve entre la racionalidad intelectual y los impulsos pasionales, tanto en el plano de los afectos como en el de sus relaciones con la religiosidad y las tradiciones ancestrales. Más de una vez se ha considerado verosímil la comparación de sus rasgos individuales con los de determinadas figuras del mundo actual e incluso con algunos modelos de comportamiento que no se hallarían extraños en nuestros días. Ahora bien, más allá de los aspectos individualistas que tanto marcan de nuevo en tiempos recientes algunos de los estudios sobre el pasado, también se revela como tema de estudio históricamente interesante la revisión de lo que se llamó la Edad de Oro de los Antoninos. La visión inmediata de las grandes obras edilicias, así como la literatura laudatoria, de Dion de Prusa, Elio Aristides o Plinio el Joven, provoca una visión que el análisis crítico puede al menos modificar. En el campo literario, son varios los estudios que ya han permitido llevar a cabo una revisión ponderada. No se trata, en efecto, de afirmar ahora lo contrario de lo que tradicionalmente ha venido admitiendo la bibliografía. No es preciso considerar que el siglo ii es el siglo de la crisis como tampoco es necesario, para ofrecer novedades interpretativas, afirmar que no existió crisis en el siglo iii. La renovación, al tratar cualquier período, viene simplemente cuando se intenta evitar la simplificación sin sustituirla por otra, la crisis por el apogeo o el apogeo por la crisis; más bien hay que sustituirla por una visión compleja de la realidad. Da la impresión de que así se hace más comprensible el rico mundo social, intelectual y artístico del siglo ii y, concretamente, de la época de Adriano. También es así como, al situar la figura del emperador en el eje de las contradicciones del momento histórico en que vivió, puede llegar a ser él individualmente más comprensible e, incluso, más digno de admiración y de atracción personal, como objeto de la atención de los historiadores. No es bueno caer en la visión individualista de la historia, pero sí es preciso reconocer que, en determinados momentos, las mismas condiciones generales del desarrollo histórico imponen el protagonismo de personalidades sobre las que dicho desarrollo hacía caer el peso de decisiones de amplio alcance y sobre las que los ojos del mundo fijaban su atención hasta obligarlas a adoptar actitudes verdaderamente originales. Con un punto de vista eminentemente arqueológico, la obra de Elena Calandra representa un intento de comprensión totalizadora del sentido de la obra de Adriano. Según lo que puede conocerse de su pensamiento, el emperador se sitúa en el eje de las tensiones entre las fuerzas centrífugas nacientes y la necesidad de configurar un pensamiento representativo de las tendencias a la unidad. No sólo busca la unidad, sino que en él mismo la ideología unitaria cobra una vida específica porque también en él pesa la tendencia disgregadora. Esta no es sólo la enemiga que hay que combatir, sino que se incorpora como parte integrante de la ideología. Eso es justamente lo que contribuye más a hacer atractiva la figura de este emperador, en quien el carácter negativo de la imagen de emperadores como Diocleciano o Nerón queda matizado por la aceptación de ciertos aspectos de su concepción del mundo, espiritual y político, mientras que el carácter positivo de la imagen de Trajano queda igualmente matizado por la nueva reacción ante el expansionismo que había caracterizado su época. E. C. penetra sin temor en este atractivo mundo, ante el que cualquier linealidad revelaría más que nunca su esterilidad. Ahora lo nuevo se potencia con lo viejo, la tradición romana primitiva, recogida a través de la interpretación augústea, se potencia con el clasicismo helenizante. Ahora bien, si el período adrianeo puede considerarse de admiración por la Atenas del clasicismo, no puede dejar de considerarse la potencia con que se presenta el helenismo, incluso en sus aspectos más orientalizantes, como el que vincula a los monarcas lágidas con los faraones. Por eso, la obra constructora llevada a cabo en Atenas, donde el emperador compite con Teseo y marca en el relieve de la coraza de sus estatuas cómo Atenea está sostenida gracias a la loba capitolina, se complementa con los edificios de Pergamo. En la propia Atenas, la tradición seguida se asemeja a la de las actuaciones de los reyes helenísticos, en cierta competencia con los ricos evérgetas nacidos en la propia ciudad, destinados, como Herodes Ático, a ejercer un poder capaz de competir con los emperadores, sin dejar de colaborar con ellos. Adriano tiende a convertirse así en una figura paradigmática del mundo helenísticorromano, a través del que se consolidan sincretismos como el de Deméter e Isis. El emperador intelectual es, desde luego, poco guerrero, pero no puede abandonar la imagen militar que carga desde el principio sobre la figura del príncipe. Su modelo militar está formado, sin embargo, por Alcibíades y los héroes de Troya, mientras que de Alejandro asimila la afición a la caza, la que hace que se represente en imágenes cinegéticas y que sea en este aspecto en el que destaque su relación con Arriano, que asimilaba a la imagen guerrera de Alejandro más bien a su padre adoptivo Trajano. En el libro todo está muy bien documentado y la bibliografía es objeto de discusión hasta en aspectos muy minuciosos. Sin embargo, el tema estrella, como no podía ser menos, lo constituye Tíboli. No en vano allí se materializa el verdadero papel del helenismo de Adriano, que sirve para mostrar la superioridad de Roma y para demostrar a los romanos que se han convertido indudablemente en el centro de la ecumene. Tivoli aparece así como un microcosmo, centro del clasicismo y del helenismo. En cierto modo, reproduce la villa heredera de las tradiciones republicanas, donde se asentaba la aristocracia ancestral, pero también se configura como escenario de la pompé dionisiaca, transformada en ceremonial astral, a través del dionisismo de Antonio y de Nerón, haz de todo el contradictorio pensamiento de Adriano. La autora destaca cómo allí se traduce la costumbre de reproducir en edificios romanos los ambientes simbólicos correspondientes a lugares griegos y orientales, los sitios visitados por el emperador, aunando las diferentes épocas en una nueva unidad, simbólica del nuevo momento histórico. Allí se produce una nueva recuperación del arte, como la que hubo en Pergamo gracias al evergetismo de los Atálidas, pero también se incluye la tradición de las imágenes de los antepasados, a través de la política augústea de recuperación republicana. De este modo, la arqueología aparece como parte integrante de los estudios históricos, ajena a cualquier concepción instrumental de la misma, pues es ella misma historia. La obra monumental de Adriano es coherente con todo el conjunto del sistema, sólo comprensible con la presencia de la aproximación arqueológica a la misma. Si el clasicismo forma parte de los gustos personales del emperador, su sentido se potencia cuando se inserta en el conjunto de los instrumentos a través de los que se configura el ordenamiento ideológico del Imperio en el período transicional. Todo ello aparece en el presente libro presentado a través de un riguroso análisis de las fuentes, con la reproducción de los textos originales y las referencias gráficas que sirven para dar solidez al esfuerzo interpretativo, todo lo que hace del estudio una auténtica tesis de interpretación histórica totalizadora. Con este trabajo se inaugura la serie Palilia que, publicada por el Instituto Arqueológico Alemán de Roma, pretende ofrecer variados temas relacionados con la arqueología clásica. El primer número de esta serie corresponde a la publicación de la tesis doctoral de M. Maischberger y que tiene como protagonista indudable al mármol en la ciudad de Roma durante el período imperial. Alejándose de los argumentos tradicionalmente establecidos por análisis previos, el trabajo que aquí se reseña destaca por centrarse en un punto apenas tratado en estudios anteriores, es decir, en los contextos topográficos y circunstancias de hallazgo de dicho material siempre dentro de la Urbs y de sus alrededores, de lo que se deduce una serie de conclusiones que se irán abordando posteriormente. Para ello el autor se centra en las tres zonas donde ha aparecido más material lapídeo caracterizado por grandes bloques de mármol semielaborado: Portus, junto a Ostia; la zona del puerto fluvial del Emporio a los pies del Aventino y la zona noroccidental del Campo de Marte, la primera de estas zonas se analiza en el capítulo II y es en una zona periférica del puerto (elegida por razones de espacio) donde se almacenaban los grandes bloques de mármol y donde al mismo tiempo se evidencia una primera labra de estos bloques que dejaron en la zona una gran cantidad de restos de talla en forma de pequeños fragmentos de mármol. La mayor parte de los bloques aquí aparecidos lo son de mármol de color si bien habría gran cantidad de mármol blanco atestiguado por los fragmentos desechados. Los primeros bloques se fechan en el último cuarto del siglo i d.C. El transporte entre Portus y Roma, así como los principales hallazgos entre ambos puntos, es el centro de atención del capítulo III que, por su brevedad, no es más que una introducción del IV donde se analiza el Emporio, lugar de depósito de mármoles en época clásica, cuyo nombre cambió en época medieval por el de Marmorata y de donde se ha extraído tradicionalmente gran cantidad de mármol para diversos usos. Es el punto donde mayor número de piezas se han encontrado, siendo las más antiguas las fechadas en las postrimerías del principado de Nerón. El profundo análisis archivistico que realiza el autor demuestra que el Emporio es el punto de desembarco, depósito y elaboración más antiguo de toda Roma (ya desde el siglo ii a. de C. hasta el siglo iv de la Era). También aquí la aparición de toneladas de esquirlas y restos de talla en mármol demuestra de qué modo se procedía a una primera elaboración sobre el material lapídeo, que tendría en los mármoles blancos una importante cantera y que paradójicamente son los que menos bloques semielaborados han dejado, tal vez por un uso mucho más frecuente. El capítulo V aborda el análisis de la zona norte y occidental del Campo de Marte en Roma, lugar donde tradicionalmente se establecía la ubicación de la statio mannorum y de talleres escultóricos; el análisis del material hace al autor poner en duda la presencia de la primera en esta zona para trasladarla, con más argumentos, a la zona del Emporio; en segundo lugar, la criba que se hace a las piezas semielaboradas confirma la existencia de talleres, tanto de material escultórico como arquitectónico en puntos cercanos a las orillas del río, que actuarían a modo de puerto casi continuo en toda su travesía romana. Es así como puede afirmarse que las ojficinae encargadas de tallar esculturas y elementos arquitectónicos para los nuevos proyectos urbanos se localizaban en lugares cercanos a dichos complejos y cercanos también al río Tiber: ejemplo paradigmático lo representa el taller reconocido en la plaza del Mausoleo de Augusto (que trabajaba para la construcción del Pantheon situado a 800 metros de distancia) que dejó su impronta en las losas de la misma. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) El trabajo se completa con una exhaustiva relación de piezas aparecidas en los lugares estudiados y con un resumen en italiano de las conclusiones principales del mismo. Este resumen, sin embargo, no da una idea de la cantidad de información que del libro se puede extraer; amén de los capítulos y temas ya comentados, encontramos una información muy valiosa acerca de la introducción del mármol en Roma, del transporte de material y del uso de las naves lapidariae; de las rutas seguidas de su duración y de los principales naufragios, etc. Así pues, el trabajo que ahora reseñamos es de un gran interés no sólo para quienes trabajan en el mundo de la arquitectura y técnica romanas sino también para quienes se interesen por el comercio antiguo. Las brillantes conclusiones del trabajo avalan sin lugar a dudas el método empleado por el autor quien demuestra un conocimiento de archivo que ha sido muy útil en la realización de su trabajo, sin lugar a dudas, excelente. Janine Lancha se ha convertido con el paso de los años no sólo en una de las mejores especialistas internacionales en la musivaria romana sino también en una experta conocedora de los pavimentos hispanos, desde que llegara -pronto hará dos décadas-a pasar tres años de investigación en la «Casa de Velazquez» de Madrid. Desde entonces no han menguado sus visitas, sus publicaciones sobre nuestros materiales, sus campañas en Baelo Claudia y su presencia como conferenciante o congresista entre nosotros, al tiempo que se ha ido especializando también como hispanista lato sensu. En esta espléndidamente presentada monografía se supera el tipo más habitual del trabajo científico en musivaria -la exposición, catalogación y/o mera búsqueda de paralelos formales y cronológicos-para tratar de penetrar en los gustos literarios y mitológicos d,e las élites más romanizadas del Occidente del Imperio romano. La autora se ha beneficiado para ello de su también larga experiencia docente en filología y literatura latinas en la Universidad de Lyon. En su planteamiento sigue la huella, como ella misma afirma en su capítulo introductorio (p. Y aquí debe apuntarse una primera reflexión, puesto que siempre fueron las élites económicas, romanas o más romanizadas, las que, de entre el mucho más vasto, heterogéneo y humilde colectivo social conquistado, tuvieron la riqueza, en ocasiones la cultura, y -siempre-los espacios domésticos sobrados como para encargar tan soberbios y costosos suelos figurativos. De forma que, al igual que ocurre en nuestros días, puede resultar difícil -o incluso ilícito-inferir, de la formación cultural o de los gustos literarios o iconográficos de tales élites selectas, los del total de la sociedad. Entre las obras citadas es la de H.-I. Marrou (1938), consagrada a las escenas intelectuales en los sarcófagos y otros tipos de monumentos funerarios, la que más parece haber inspirado las reflexiones de la autora. Sesenta años después -la mención de la cifra «cincuenta», hecha dos veces en la introducción, nos aporta una pista involuntaria sobre los años que la autora ha debido de sacrificar a este estudio-, J. Lancha ha querido trasponer el método de análisis cultural de Marrou a un tipo diferente de objeto arqueológico, y ver si son válidas las mismas reflexiones, planteando y contestando a preguntas como qué tipo de cultura reflejan los mosaicos o cuál es el peso de la importación de modas, ideas o tipos de valores, frente a lo que ella llama «la culture locale» (p. Las Musas, «déesses de la culture», forman por ello un capítulo relevante en la necesaria selección de los ciento veinticuatro pavimentos a estudio. El libro está compuesto de tres áreas esenciales: la catalogación (pp. 35-292), una detallada síntesis con una sucinta conclusión a partir de la misma (pp. 295-390 y 393-402) y las ilustraciones (A-M en color y I-CXXVI en blanco y negro). En la primera de ellas, y según sus procedencias, el número de mosaicos se reparte así: Provincias norteafricanas 46, galas 26, hispanas 38 y germanas 2; Sicilia 3, Dalmácia 1 y Britania 8. Comenta fuera de catálogo cuatro mosaicos publicados a última hora: uno belga, dos hispanos y uno griego. En el espacio aquí posible no sería de recibo intentar comentar con algún detalle cualquiera de los mosaicos. En general, cabe decir que la presentación de cada uno es la más correcta en cuanto a documentación, hallazgo, ubicación, conservación, medidas y paralelos; las descripciones, más en la línea tradicional, resultan a veces un poco prolijas. Los temas iconográficos seleccionados por la autora, porque a su juicio tienen «pour origine ou pour sujet la naissance ou r exaltation de la culture en tant que telle» (p. 303), y sobre cada uno de los cuales realiza a continuación (pp. 315-373) un capítulo reasuntivo, son: Musas (35 ejemplos), escenas épicas (32),escenas teatrales ( 22); representación de poetas, autores literarios y filósofos (10); escenas idílicas (9), escenas de inspiración filosófica y/o políticas (9); ciclos de Pegaso solo o combinado con otros temas (9) y de Apolo-Marsias (6). En varios de los grupos temáticos se hacen detalladas subdivisiones internas citando y comentando, como es natural, las fuentes y los repertorios literarios y mitológicos pertinentes. Las Musas, como advierte la autora (p. 317), ocupan una cuarta parte del total estudiado. Entre las conclusiones, algunas tienen interés estadístico pero no puede decirse que sorprendan, como la superioridad de los mosaicos en las domus urbanas (80) sobre las grandes villae rústicas (38) y sobre los sólo 6 procedentes de edificios públicos urbanos (p. La constatación se vincula, como era esperable, a las capitales provinciales y a la presencia de teatros locales. Algo más sorprendente parece la conclusión cronológica (p. Los pocos de edificios públicos son de los dos siglos finales. Destaca la autora cómo los mosaicos hispanos de villas rurales descuellan entre todas las provincias cuando atendemos al siglo iv. En 71 casos se ha podido determinar la/s habitación/es donde se hacía el esfuerzo decorativo: naturalmente, la mayor frecuencia es en los triclinia, con 18 casos (¿dónde, si no, podía un rico dominus hacer gala de su cultura, incluida la musivaria, sino con sus iguales?), pero el resto de posibilidades es bastante variado. Las Musas van bien casi en cualquiera de los ambientes. Es muy interesante la observación que cierra este capítulo conclusivo (p. 373): no puede desligarse la selección de estos temas de los muñera que obligaban a las élites a ofrecer públicamente, junto a los deportivos, los ludí scaenici, y a los que tantas veces asistirían también como espectadores. El capítulo 4 se dedica a los particularismos provinciales y el 5 a la epigrafía (pp. 387-390): sólo 21 mosaicos ofrecen inscripciones, de ellas 13 en latín, 7 en griego y 1 bilingüe, todos bastante repartidos. Aún menos, en cinco casos, se citan obras concretas, tres veces de Virgilio, en contextos tardíos. Y todavía más escuetas son las firmas en mosaicos tan complejos de diseño y ejecución: dos officinae distintas y un pictor imaginarius, todos en la misma lujosa villa de Carranque (Toledo), cuyo propietario, según J. Lancha apunta, no pudo ser el propuesto por D. Fernández Galiano -Materno Cynegio, prefecto de Teodosio I y cristiano radical-precisamente debido a la improbable elección, para su propia casa, de unos temas iconográficos tan paganos. Ya en la conclusión del estudio (pp. 393-402), la autora supone que «la conquête des intelligences» (como ella, en mi opinión algo optimistamente, la llama), es decir, la penetración cultural, coincide con las principales vías de comunicación y con los puertos marítimos o fluviales {cf. mapa en la pág. 29), excepto en Hispânia, donde predomina la ubicación interior (entre las que a mi juicio se debe incluir Mérida). Concluye J. Lancha que, efectivamente, el que Marrou llamó «el ideal del mousikós aner» fue también «un elemento importante de la romanización de las provincias occidentales», reflejando «los tiempos fuertes» de tal proceso cultural. Cree advertir además (p. 394), ya en el siglo iv, la existencia «d 'un militantisme culturel païen devant la montée du christianisme». J. Lancha plantea puntos de enfoque y coordenadas novedosas desde donde analizar el fenómeno musivario: así, el marco cronológico, el entorno arquitectónico concreto (urbano, rural, público), la asociación de temas en un mismo pavimento o dentro de la misma casa, o la de un tema a un tipo de ambiente doméstico. También le ha interesado mucho el problema de los modos de transmisión del repertorio, sobre todo manuscritos ilustrados y cuadros de pintores célebres, según los temas. Ha podido definir así el papel relevante de los talleres itinerantes. La variedad temática, curiosamente, es mayor en las provincias occidentales que en la propia Italia. Y el fenómeno es inverso cuando se atiende a los temas de representaciones teatrales. En algo están de acuerdo Italia y las provincias: en el desinterés por los temas propiamente científicos, como la filosofía (p. El peso de los modelos italianos choca precisamente en temas como en el de las Musas, allí muy escasamente representado (3 casos), y ocurre lo mismo con la zona oriental del Imperio, de forma que las Musas aparecen como el tema más netamente «occidental» (34 frente a 10). Según la autora, para el mundo helenizado el valor simbólico de las hijas de Apolo era sólo un aspecto del conservadurismo cultural más familiar. 395) en la musivaria culta no hace honor a ser «el mejor siglo de Roma» en todos los órdenes, tal como dijo en 1776 E. Gibbon: es más bien el siglo iii, o al menos su primera mitad, sorprendentemente, el que lo supera, y destaca en este repertorio con fuerza, quizá incluso con una impropia de un siglo histórica, política y económicamente tan confuso. Resulta al menos curioso que sea entonces cuando se afianzan mejor las ideas culturales, y cuando penetran temas nuevos, de procedencia teatral. La cultura clásica goza en el siglo IV «d 'un succès incontestable» (p. 396) aunque, aquí sí, la autora restringe: «auprès d 'un certain public»: serían «los aristócratas marginados del poder político y social por los emperadores cristianos», los protagonistas «du dossier de la réaction païenne». La correspondencia de Simaco es valiosa para el mejor análisis de esta mentalidad. Ante esta valiosa obra surgen, naturalmente, algunas preguntas: por qué se ha desestimado la inclusión de asuntos tan relacionados con la cultura, incluso literariamente, como los de Orfeo o Venus, cuando su vinculación con temas aquí estudiados, incluso en las mismas casas, es tan frecuente. La ausencia de Orfeo, argonauta de pro y con ciclo temático propio, es más llamativa por cuanto que desde Hesíodo se le tenía por el más antiguo cantor y poeta, hijo de Apolo y la musa Calíope. O por qué no se explican asociaciones sumamente curiosas, como la del espectacular «mosaico de los Siete Sabios» emeritense, que el dominus no tuvo problema en combinar con temas bastante menos «culturales», como el del cazador Marianus, o la cuadriga victoriosa (p. Pasando a otra provincia, lamento no haber convencido a la autora en cuanto a la causa de la asociación de las Musas al tema del circo en el célebre mosaico italicense (p. 192); aquí se muestra en exceso escéptica, porque al simbolismo del circo como representación del Universo -y en éste la armonía pitagórica de las esferas celestes la producen las Musas-dedicaron bellas páginas en la Antigüedad (seguramente a partir de Suetonio) Tertuliano, Casiodoro e Isidoro de Sevilla. Menos me extraña, por otra parte, que la autora continúe negándose a admitir que el también emeritense y famoso «mosaico cosmológico» (n.° 107) pueda ser una representación de inspiración mitraica, como vengo sosteniendo desde 1976. Omitiré las siempre inevitables minutiae -de las que nadie nos libramos-, como el uso indebido de corchetes en la resolución (unánime pero, dicho sea de paso, extraña) de la inscripción del n.° 105 (p. 255), o la disparidad de criterios en la denominación de las provincias («Germanics», frente a «Hispanic» y «Gaude»; el mismo derecho tendría la Mauretania Caesariensis, incluida en la rúbrica «Afrique» a secas). El comentario de una obra de esta envergadura debe terminar con otro amplio elogio, y no sólo para los completos índices y bibliografía: el aparato gráfico del catálogo, en el que se han esmerado tanto la autora como la editorial, es de una notable calidad, lo mismo en las láminas de color como de las de blanco y negro. Puede uno imaginar los meses o años de trabajo que habrá llevado a conseguir una perfecta armonía cromática. Hay que destacar, naturalmente, como «la joya de la corona» (entre las láminas CVI y CVII) el suntuoso desplegable en color del cosmos emeritense, luciendo una inverosímil verticalidad, obtenida mediante tratamiento informático y un fotomontaje realmente imperceptible. Sólo queda felicitarnos todos, y agradecer a la autora, por dejarnos disponer de este espléndido material, que facilitará tanto nuestras futuras reflexiones sobre ese evanescente concepto de «cultura provincial». Al terminar la lectura, y como muestra de cierta sana incredulidad, se me queda en la retina el majestuosamente «culto» mosaico del tablinum -o triclinium-de la villa de Torre de Palma, cerca de Monforte (Portugal, n.° 109). Véanse si no algunos de sus graves y elevados temas: Teseo y el Minotauro, Apolo y Daphne, la trágica Medea o el triunfo indio de Baco. Pues bien, no sólo un sello (p. 225) hallado durante la excavación, con la caricatura del posible dueño de la casa, un Basilius, quizá Eme(ritensis?) le deseaba felicidad en su contubernium.; no sólo se compaginan sin problemas con el clásico tema de Ulises y las Sirenas dos escenas grotescas (¡con letreros!) en elfrigidarium de sus termas (n.° 110), sino que, en el umbral del fastuoso pavimento citado, debajo de las solemnes nueve Musas en pie, campa este más que pedestre rótulo: Scolpa ajspra tessellam l edere noli. («¡No estropeéis el mosaico con una escoba demasiado áspera, y disfrutadlo a gusto!...»). Claro que el deseo de la conservación de la cultura es también otra forma de cultura. Universidad Autónoma de Madrid J. Gómez Pallares, Edición y comentario de las inscripciones sobre mosaico de Hispânia. La edición de repertorios epigráficos, que constituye una necesidad permanente debido al espectacular incremento de los hallazgos, se convierte ahora en feliz circunstancia por tratarse de un conjunto de textos que nunca antes habían sido tratados de forma unificada. El trabajo fmal, anunciado en los (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 71, 1998 «mentideros» epigráficos desde hace algún tiempo, no ha defraudado las expectativas creadas, pues constituye un ejemplo de rigor y de plena actualización; prueba de ello es que en su Introducción figuran las novedades de que el autor tuvo conocimiento hasta el mismo momento de la edición final. Acostumbrados a la contemplación de textos musivos asociados a escenas, el libro de Gómez Pallares tiene la virtud de mostrarnos en su conjunto un importante número de textos que tienen entidad per se, no sólo con las habituales alusiones a los maestros que los construyeron, sino con referencias edilicias o votivas del máximo interés desde el punto de vista epigráfico. En la presente edición pueden encontrarse mosaicos que el lector conocerá sólo por referencias y que aparecen ahora editados en su integridad, como el magnífico pavimento de la casa de Hipólito (Alcalá de Henares, Madrid) con la inscripción Anniorum Hippolytus tesselaujit] (M 1 ) o el fragmento del palacio de Benicarló de Valencia (V 1). Por las dificultades que plantea su comprensión, resultan así mismo de sumo interés los comentarios del autor sobre las inscripciones de Caminreal (TE 1) y Ándelos (NA 1), relacionadas con el texto de Ilici que contiene nombres ibéricos en alfabeto latino (A 1). Algunos textos incluidos en el catálogo siguen siendo fuente de conflictos. Es el caso del perdido pavimento hallado en las termas contiguas al teatro de Segobriga (CU 1, p. 88); es difícil aceptar para él una datación en la primera mitad del siglo I a.C, pues el edificio en que se encuentra el mosaico no debe ser anterior a época julio -Claudia, salvo que se suponga que el pavimento perteneció a otro edificio anterior. En cualquier caso, no existen evidencias edilicias en Segobriga que se remonten a fechas tan tempranas. Entre los muchos aciertos del libro podríamos destacar que el autor haya descartado la lectura DE SVA R QVR que parece verse en las primeras fotografías de un pavimento de Carthago Noua (MU 1,, y que corresponde a una manipulación de teselas, para ofrecer la correcta lectura DE SVA P QVR. A la relación de epígrafes murcianos cabría añadir un pequeño fragmento conocido ahora por antiguas y deficientes fotografías en el que sólo se ven las letras [--]CRO • +. El catálogo, exhaustivo en todos sus extremos, constituye una herramienta de primer orden para los epigrafistas; su contenido y la extraordinaria calidad de las reproducciones fotográficas justifican los retrasos editoriales de esta obra, en la que se ven cumplidas las expectativas que había creado. Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante A. Rodríguez Colmenero (coord.), Luciis Augusti. I, El amanecer de una ciudad. Fundación Pedro Barrió de la Maza, A Coruna, 1996, 478 págs., numerosos gráficos, figuras, cartografía y fotografías en color y blanco y negro. ISBN 84-89748-05-5. situables con seguridad en la zona del Caurel, haya podido tener su capital en la costa, en Las Campas (Gijón), y a la vez convivido con otro convento astur con capital ya en Astorga. Sin embargo es muy probable, como el A. defiende, que la conversión del campamento en la ciudad de Lucus Augusti, al igual que Bracara Augusta, se llevara a cabo en el -15 durante el segundo viaje de Augusto y por medio del mismo legado augústeo Pablo Fabio Máximo, de quien han aparecido inscripciones en las dos ciudades. Otro tema abordado en el capítulo es el contenido religioso del topónimo Lucus Augusti y sus implicaciones políticas, rechazando el A. las opiniones de A. Tranoy y R. Etienne según los cuales se trata desde el origen de una fundación de tipo religioso sin connotaciones campamentales. A favor del A. están las emisiones militares de la caetra que sin duda tuvieron ceca en Lugo, asunto que incomprensiblemente en la obra que reseñamos se trata al final, junto a la petrología, y no en la discusión nuclear sobre el nacimiento de la ciudad. IV.-E. González y S. Ferrer (pp. 329-417) hacen un estudio demográfico del territorio de Lugo en época prerromana comenzando con el medio físico y acabando con un catálogo muy detallado de los 39 castros hoy conocidos que permiten a los AA. hacer una tipología y sacar conclusiones sobre los patrones de emplazamiento y el medio físico, y la propia estructura del habitat y su poblamiento. Es, a continuación de los castros y antes de la petrología, donde se aborda el estudio de las monedas halladas en Lugo que ha sido fundamental para la defensa de un origen campamental de la ciudad de Lucus, basándose en el alto número de las monedas militares de la caetra aparecidas en la ciudad, defiende que ésta fuera la ceca de esas emisiones tenidas como de taller itinerante, hipótesis confirmada por la presencia entre ellas de dos cospeles vírgenes. El carácter militar que sin duda tienen estas emisiones apoyarían la suposición de un campamento en Lugo previo a la fundación de la ciudad Lucus Augusti. Las fechas de las monedas entre el 27 y el 23 a.C. darían la cronología de la creación campamental. Efectivamente su alta presencia, la homogeneidad del fipo -el 3 de Villaronga-, la práctica ausencia del tipo 4 que yo juzgo «copias», más la uniformidad del tamaño de los cospeles, llevan a pensar que esas monedas proceden de una ceca en Lugo o en sus inmediatas cercanías. En esas fechas una emisión de esa envergadura y a nombre de Agusto parece muy probable que conlleve el amparo de una sede de gobierno militar, de un campamento. Es, a mi juicio, una emisiqn en la tradición de las monedas imperatorum que César, por ejemplo, había acuñado en Gallia e Hispânia, sin duda en aquellos lugares donde había acampado. Es pena que no se mencione ninguna de las otras monedas halladas para tener un panorama de la circulación monetaria de la ciudad. A. Casas, R. Vaquer y M. Vendrell de la Univ. de hacen el estudio petrológico -granitos y pizarras-del entorno del yacimiento, y de mosaicos; para éstos no se ha podido concretar la procedencia por falta de muestras de cantera. Los mármoles no parecen proceder de la zona inmediata, pero no ha podido confirmarse si son más sureños dentro de la provincia o de yacimientos foráneos. Los esquistos pizarrosos sí son locales. Para los granitos, de los que se üenen bien localizadas canteras posibles, no se han podido analizar los materiales de excavación, y por lo tanto no se puede llegar a una conclusión sobre su procedencia. A. de Abel (pp. 469-477) hace un resumen de los materiales y las canteras utilizados en monumentos de Lugo, especialemente de los barros para tejas, cuya documentación más antigua es del S. XVI. La obra es pues muy ambiciosa por su complejidad en contenidos y la variada participación de especialistas. Su carácter de compendio del saber sobre Lugo, su provincia y Galicia la convierten en una monografía regional de enorme valor, imprescindible para la Historia de Roma Peninsular; sin embargo muchos puntos cruciales quedan en duda y las propuestas de los AA. serán ciertamente muy discutidas. Sólo documentación más explícita podrá zanjar muchas de nuestras dudas. La «epigraphisches Abenteuer», que G. Alfoldy comenzó en Segovia en julio de 1992', culmina ahora con los resultados completos de la autopsia epigráfica de su acueducto. La relevancia artística del monumento y los problemas patrimoniales de su conservación dieron a los trabajos de Alfoldy y Witte sobre la grúa del Ayuntamiento de Segovia un eco inusitado -, que ahora se ha visto justificado. Desde el siglo xvi, las dos inscripciones que separan las dos series de arcos del acueducto segoviano se habían resistido a una lectura definitiva. Esta lectura, que pasaba por la inspección directa de todas las huellas de letras conservadas, permite ahora confirmar parcialmente la hipótesis de A. Blanco, que supuso para el texto una datación final post-flavia. En la introducción al trabajo el lector encontrará además un amplio excursus sobre las inscripciones con litterae aureae en el Occidente romano, y su lectura puede convertirse en aprendizaje para identificar otros textos a partir de las huellas conservadas. El trabajo de Alfoldy prueba que el acueducto fue construido en época tlavia, quizá en el reinado de Domiciano, y reconstruido por Trajano el mismo año 98, atendiendo a la titulatura de la inscripción. De ello puede deducirse también una promoción jurídica flavia para Segovia, como prueba el nombre completo de mumc(ipium) F(lauium) Segoviensium que ahora conocemos para la ciudad. La segunda parte de libro está dedicada a las inscripciones monumentales del anfiteatro de Tarragona. La primera de ellas, publicada por el propio Alfoldy hace pocos años \ contiene la parte final de la dedicación del edificio, y en ella figura el cursus de una flamen provincial de la Citerior. Más interesante es el segundo epígrafe, cuyos primeros fragmentos se conocen desde hace casi cincuenta años, y que Alfoldy publicó ya en una primera lectura con motivo de su obra monumental sobre Tarraco (RIT 84). El epígrafe es el mayor de los conocidos en Hispânia, con una longitud en torno a 147 metros, y se grabó sobre un friso que coronaba el podiiun del anfiteatro, de forma que todos los espectadores pudieran verla. Su contenido, una conmemoración de las restauraciones de Heliogábalo probablemente el año 221 d.C, fue borrado con motivo de la damnatio memoriae del monarca, y la reconstrucción del texto constituye hoy una prueba de la maestría epigráfica del auton Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante' G. Alfoldy, «Die Inschrift des Aquaduktes von Segovia. El sexto volumen de la Tabula Imperii Byzantini se dedica a las iglesias griegas con crucero o transepto cubierto con bóveda de cañón y sobreelevado (elemento constructivo que recuerda lejanamente el crucero sobreelevado de dos tramos de nuestra iglesia altomedieval de Sta. María de Lebeña (Cantabria), con el que, lógicamente, no tiene ninguna relación directa). Se ofrece el catálogo de los edificios y se definen sus características encuadrándolas en cuatro tipos. A, el más numeroso, de una nave, B de crucero resaltado o planta cruciforme y C y D otros tipos de dos o tres naves. Tras ello se analizan los criterios de datación y se estudia la difusión del tipo. El análisis, exhaustivo pero breve y sintédco, afecta a las caracterísücas constructivas (incluyendo curvas de resistencia), técnicas constructivas y decoradvas (con ladrillo), caracteres formales (con gráficos de analogías), proporciones y liturgia, y permite distinguir cinco grupos cronológicos que se encadenan desde comienzos del s. xiii hasta el s. xvii. Finalmente se estudia el origen del tipo siguiendo la historiografía sobre el tema, partiendo de las teorías tradicionales más centradas en buscar un origen directo oriental, y su posterior desarrollo que enfadza su derivación de los diversos tipos de iglesias bizantinas con crucero cupulado, especialmente, por su relación constructiva con el tipo «kreuztonnenkirche mit kuppel», iglesias de una nave con crucero y cimborrio cupulado, sin dejar por ello de referirse a la teoría que señala la influencia que habría tenido el influjo occidental franco con modelos del s. XII procedentes del S. de Italia y de Sicilia como Monte Casino, S. Nicolás de Bari o la catedral de Trani. Esta es la publicación, fechada dos años más tarde, del coloquio celebrado en Basilea en mayo de 1994 sobre las Innovaciones en el Arte de la Antigüedad Tardía, el Primer Cristianismo y el Imperio Bizantino hasta el año 1000. En él se analizó la adaptación de los modelos de la tradición imperial romana al servicio de la nueva religión oficial a partir del reinado de Constantino y cómo este proceso, acaecido en el plano de la mentalidad y las creencias, se refleja en la transformación de la arquitectura, de su funcionalidad y su significado, y de la iconografía, donde se funden viejos y nuevos símbolos. Estas páginas recogen un total de catorce artículos, precedidos de una introducción en la que se exponen los objetivos de la reunión y de la consiguiente edición. Aunque predomina el espíritu de síntesis, las ponencias adolecen de una cierta dispersión cronológica, geográfica y temática, con una variedad de enfoques (arquitectura, escultura, pintura, numismática, fuentes documentales) que, si bien resulta enriquecedora en algunos aspectos, en otros plantea problemas de cohesión. Hay un núcleo principal dedicado a los siglos iv y v, en el que destacan los trabajos asociados al origen y evolución de las formas arquitectónicas vinculadas a los primeros cultos cristianos oficiales. La ponencia de Brenk, Innovación en las construcciones residenciales de la Antigüedad 28 fig.), suministra un marco de referencia al abordar la tipología de las construcciones palatinas durante la Tetrarquía, que ahora se configuran en torno a dos elementos arquitectónicos hasta entonces ajenos a ellas: el templo y el mausoleo, reflejo de la evolución sufrida por la Teología Imperial. Precisamente sobre la convivencia de los edificios asociados a los cultos paganos e imperiales con las nuevas construcciones cristianas, trata Meier en su artículo dtulado Templos antiguos, cultos nuevos: conservación de edificios sagrados y su adaptación al culto cristiano en la Antigüedad Tardía (pp. 361-376), analizando el desarrollo de la basílica a partir de un modelo pagano precedente. Proceso similar al estudiado por Lehmann al hablar del Génesis de la basílica de tres ábsides (pp. 315-362, 35 fig., 5 lám.), de la que rastrea sus orígenes en las construcciones altoimperiales, donde esta estructura era empleada en los triclinios de las villas campestres, en los caldarios de las termas y en los mausoleos, para ser aprovechada después en los baptisterios crisdanos y por fin en las basílicas de carácter martirial, como San Lorenzo en Milán y Santa Sabina en Roma, del siglo v. Concluye su repaso en el complejo episcopal de Tebessa (Argelia), del siglo vi, sobre el que se incluye también en esta obra un trabajo monográfico, que analizamos más abajo. Lehmann apoya su discurso con un útil elenco de plantas, secciones y reconstrucciones axonométricas de todos los edificios citados. Iniciamos el repaso a las ponencias relacionadas con el mundo de la iconografía y sus soportes, siempre dentro del marco cronológico de los siglos iv y v, con el texto firmado por De Blaauw, El fastigio de la basílica de Letrán: innovación creadora ¿única o paradigmática? (pp. 53-65, 3 lám.), dedicado a reconstruir a partir de fuentes documentales (véase la propuesta gráfica de la lámina 1) este baldaquino atribuido a época constantiniana, una estructura que nos permite relacionar arquitectura y escultura por estar a medio camino entre el marco constructivo y su contenido, asociándolos en el plano litúrgico, y que, por ese mismo motivo, permite mostrar cómo los primeros signos del Crisdanismo oficial, una vez elegidos los modelos espaciales y constructivos, se plasman en el mobiliario, en elementos independientes que no se imbrican aún en la obra arquitectónica. A renglón seguido, y como ya se plantea en el título. De Blaauw se pregunta sobre la posibilidad de establecer normas generales a pardr de objetos arqueológicos aparentemente únicos y si realniente se puede aceptar teóricamente que lo fueran: el eterno debate entre excepcionalidad creadva y modelos generales que aún separa a historiadores del arte y arqueólogos. Dos trabajos más están enfocados al estudio de la evolución de la iconografía imperial dentro del nuevo concepto teocrático de origen del poder. El primero de ellos, suscrito por Effenberger, Reflexiones sobre la disposición del obelisco de Teodosio en el hipódromo de 27 fig.,11 lám.), es un prolijo intento de restitución de la pieza a partir de la base escultórica conservada y de los datos recabados en las excavaciones de Karnak, en donde fue alzado en época de Tutmosis III, y del que al lector español quizás interese sólo, como decimos, la parte dedicada a la interpretación de la iconografía del basamento. El segundo de estos trabajos es el de Bühl, Constantinopla: lo nuevo en el marco de lo antiguo (pp. 115-136, 9 lám.), que revisa la simbologia numismática del siglo iv y en especial las representaciones y los atributos del emperador. Deckers, bajo un título abstracto. Del pensador al ejecutor (pp. 137-172, 12 lám.), es el primero en abordar el asunto de la temática decoradva, eligiendo para hacerlo el mundo de las representaciones funerarias y, más concretamente, el de los sarcófagos, otra más de las producciones artísdcas en que las concepciones paganas se ponen al servicio de los nuevos temas. No llega a conclusiones especialmente novedosas, aunque subraya algunas observaciones signifícadvas como el que. tras un primer momento en que parece que el anonimato y el sentido de comunidad del Cristianismo clandestino domina los esquemas iconográficos, viene otro en el que el individualismo y la obsesión por el prestigio derivados del tradicional evergetismo romano salen a flote, en una muestra más de la total integración de la nueva religión dentro de la mentalidad romana, proceso en el que aquella ve mitigadas algunas de sus tendencias ideológicas iniciales en favor de su progresiva instrumentalización. En la misma línea se mueven Schrenk, con su Renovación de la Antigüedad: representaciones de tipología bíblica en el periodo paleocristiano (pp. 409-416, lám. 8), y Engemann, con sus Cuestiones en torno al arte. Mientras la primera se centra básicamente en los mosaicos y en la transformación de temas paganos en bíblicos, el segundo lo hace en la pintura -aunque no aporta reproducciones de las obras citadas-y en el paso de los recursos simbólicos a las imágenes explícitas a la hora de representar la figura de Cristo. Como si de suministrar ilustraciones al trabajo de Engemann se tratara, aunque limitadas a las decoraciones de los eremitorios egipcios, el de Descoeundres, El monje y la imagen (pp. 185-199, 12 láms.), se extiende sobre el mismo tema, del que destaca la pervivencia de los símbolos sobre el desarrollo de los motivos antropomorfos en el marco de las modestas construcciones rurales. El broche a este bloque lo pone la ponencia más teórica del coloquio, la de Scheider, Preferencias estéticas de los antiguos: epigonismo, creatividad y originalidad en la teoría artística, enfocada a analizar los mecanismos que subyacen en los procesos de transformación artística como el tratado en esta obra. No por elementales, dejan de tener interés las claves sintetizadas en los diez puntos que cierran el artículo. Un último bloque cronológico, formado por sólo tres ponencias, es el centrado en torno a los siglos vi y vii y el análisis de la arquitectura, la escultura y la vida monástica, respectivamente, de tres regiones del Mediterráneo Occidental. Una vez más y contra la opinión del primero de los tres autores, Arbeiter, cuyo artículo sobre La construcción en sillería en la Hispânia visigótica (pp. 11-42, 9 fig., 7 lám.) es el que más directamente nos atañe a los arqueólogos españoles, resulta difícil establecer un nexo entre asuntos tan diversos. Al menos este nexo no está implícito, como se pretende, hay que explicarlo mejor. Después de tres siglos o más de evolución desde la oficialización del culto, se desarrollan tendencias regionales que escapan a la homogeneidad pintada por Lehman para el siglo v en el artículo ya comentado, aunque probablemente su propio análisis deje entrever las raíces de esas divergencias cuando reconoce que las estructuras triabsidales se adaptan bien a las tradiciones constructivas locales, que hacen una reinterpretación particular del concepto común. En el siglo vii, las vías de transmisión no son tan claras, como tampoco lo es el panorama político en el que se trazan. Incluso en un caso como el de Tebessa, complejo basilical situado en el extremo oriental del Atlas, al Suroeste de Cartago, es decir, dentro del marco legal del Imperio Bizantino, existen dudas sobre la atribución cronológica de la escultura decorativa a él asociado. Así lo plantea Strube en el texto titulado La datación de las decoraciones arquitectónicas de 51 lám.), pues, si bien el edificio fue datado en época justinianea, las diferencias existentes con el arte de la capital hacen renacer las dudas: ¿se trata de un taller regional o de una expresión evolucionada de la misma tradición? Strube avanza la posibilidad de que sea una construcción de la primera mitad del siglo vii. Y ¿por qué no posterior? Actualmente este debate ha de buscar otros indicadores cronológicos que no sean estrictamente estilísticos y que deben necesariamente suministrar la arqueología y el análisis sopesado de las circunstancias históricas. Existe aún una tendencia injustificada a analizar este segundo periodo del arte paleocristiano como una continuación lógica del monolitismo del pri-mero, cuando aún subsistían las estructuras imperiales que ahora no sobreviven en buena parte del Mediterráneo, y a considerar de forma traumática la expansión del Islam. El trabajo de Arbeiter, como él mismo se encarga de subrayar en la presentación, no plantea ninguna revisión de los modelos de interpretación diseñados veinte años atrás por Schlunk y Hauschild, sino que se limita a añadir los ejemplos aparecidos desde entonces (Santa Lucía del Trampal, La Portera, San Miguel de los Fresnos) y a sugerir la existencia de un foco artístico emeritense autónomo respecto a Toledo. Muy sugerente, aunque con una proyección general que requiere cautela, es el trabajo que cierra este repaso, firmado por Scheider y titulado Tradición o innovación: la transformación de una villa tardoantigua y el vivarium del convento de Casiodoro. En él se analiza cómo influyó la regulación monacal de San Benito a partir de los datos documentales referidos a un convento de Calabria (Sur de Italia) y los muchos elementos infra y supraestructurales de las explotaciones agrarias precedentes que estaban presentes en dicha reorganización. La obra que traemos aquí a colación, Desde el Báltico al Mar Negro: Estudios de Arqueología Medieval, es una reedición de la publicada en 1990 por Unwin Hyman. Ahora aparece en manos de una editorial de renombre internacional en el sector de la difusión científica, en una serie de mucha mayor distribución, en una colección que, como su nombre indica, pretende llevar a la Arqueología el espíritu de la aldea global y en la que este texto parece, a primera vista, una rara avis, ya que predominan en ella, como es lógico, los estudios dedicados a la metodología, a los presupuestos teóricos, a las mal llamadas ciencias auxiliares, a la relación de la disciplina con la sociedad y a los enfoques antropológicos; y que, por este camino, a la hora de centrarse en la Arqueología de un periodo concreto, lo hace en la dedicada a los orígenes de las sociedades humanas. En este sentido, y a modo de ejemplo, recordamos aquí títulos como (en inglés en el original): Centro y periferia: Estudios comparativos en Arqueología (editado por Champion, n° 11 de la colección). Los significados de las cosas: Cultura material y expresión simbólica (editado por Hodder, n° 6), Tiempo, proceso y transformación estructural en Arqueología (n° 26), Arqueobotánica tropical: Aplicaciones y desarrollos (n° 22), Gestión de la herencia arqueológica en el mundo moderno (n° 9), El pasado excluido: La Arqueología en la educación {xf 17), El pasado exhibido: Herencia, museos y educación (n° 25), Acercamientos desde la Arqueología a la identidad cultural (editado por Shennan, n° 10), Sitios sagrados, lugares sagrados (n° 23), Los orígenes del comportamiento humano (editado por Foley, n° 19) o Estado y sociedad: El nacimiento y desarrollo de la jerarquía social y la centralización política {xf 4). Todos los números de la serie tienen el denominador común de su carácter colectivo. Su objetivo es plantear un debate desde diferentes puntos de vista. Así está configurada también la recopilación que hace el número 18, en la que se recogen los resultados de uno de los grupos de trabajo que se formó en el seno del Congreso Mundial de Arqueología celebrado en Southampton (Inglaterra) en 1988. En realidad, su tardía (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 71, 1998 inclusión en la colección responde a un esfuerzo por completar la publicación de las actas de dicha reunión, función para la que fue creada la serie. Para ello y para no alejarse de su espíritu globalizador, los editores han añadido y antepuesto a las ponencias centradas en experiencias concretas de la primera edición, con un marco geográfico limitado, hasta tres artículos de carácter teórico y otro de comparación escolástica {El "estudio correcto" de la Arqueología medieval de Austin, Un caso a estudio de Austin y Thomas, Arqueología medieval y la tiranía del registro histórico de Champion y Estudio comparativo entre la Arqueología checa del poblamiento rural medieval y la inglesa: hacia la reconstrucción del paisaje de Godja), agrupados bajo el epígafe Objetivos de la Arqueología Medieval. Aunque en los diferentes trabajos menudean las reflexiones de este tipo y están clasificados en apartados cuyos títulos intentan transmitir la voluntad colectiva de trascender la regionalidad inherente al de la obra: Formaciones étnicas y Estados incipientes, Poblamiento, Asentamientos rurales y Desarrollo urbano. Pero estas ideas generales son difíciles de entresacar y, en la mayoría de los casos, tienen, para el investigador español, un interés comparativo poco más que relativo. Por ello, proponemos una lectura detenida de los dos primeros textos -interesantes, aunque con algunas lagunas notables como el tradicional desconocimiento de la bibliografía no anglosajona (¡no hay referencias, por ejemplo, a los trabajos de la escuela italiana!) o, como consecuencia de ello, la poca atención prestada a la Arqueología urbana y de "lo construido"-y un repaso más selectivo de los otros. Pues hay que tener en cuenta que el marco político, social y material es en muchos de ellos radicalmente diferente al de la Península Ibérica medieval; en todo caso coincidente en sus puntos de referencia previos o coetáneos (el Imperio Romano o el Bizantino, el Cristianismo, el Islam, el Mediterráneo) o sugerente desde un enfoque diacrónico: muchas de estas sociedades se introducen en la Edad Media en un estado casi prehistórico, de ahí quizás la insistencia de Alcock y Austin en plantear las relaciones entre la Arqueología prehistórica y la Arqueología medieval, la segunda de las cuales, en sectores mediterráneos, podría englobarse en el concepto más amplio de Arqueología histórica. Se aprecia en sus artículos que la citada vecindad -sin una decisiva interposición de la Arqueología clásicaha supuesto interesantes aportaciones a la más reciente de las dos disciplinas -como, entre otras, el desarrollo de la microarqueología y de la Arqueología espacial-, aunque sospechamos que haya podido también lastrar la evolución de ciertos principios teóricos propios. De todas formas, esta publicación facilita un rápido conocimiento de la evolución histórica de las regiones de la Europa medieval más ajenas a nosotros y permite completar un panorama global que está seguramente lleno de lagunas o al menos claramente descentrado. Ayuda, en cualquier caso, a realizar un ejercicio de modestia, que pasa por el reconocimiento de que la Arqueología Medieval se ha desarrollado en algunos países de la Europa Oriental, con un pasado medieval mucho menos "glorioso" y monumental a nuestros subjetivos ojos, bastante antes que en el nuestro -en el que problemas de carácter ideológico, económico e historiográfico (en este sentido, véase el interesante texto de Champion sobre el conflicto entre la Historia y la Arqueología medieval, que en nuestro país aún subsiste) y cuestiones de sensibilidad y política patrimonial han lastrado su normal incorporación a la actividad arqueológica-. El ejercicio que proponemos pasa también por la aceptación de que debemos a estas escuelas muchos de los avances experimentados por la disciplina, que quizás hayan llegado hasta nosotros de forma indirecta -a través de escuelas interpuestas-y poco consciente. En especial al sector eslavo: checos -verdaderos motores de este grupo de trabajo, con cuatro ponencias-, rusos y polacos -paradójicamente poco representados, con una ponencia por escuela-. Por lo demás, como ya hemos apuntado y como es propio de la espontánea inscripción a cualquier congreso, la selección temática es irregular, aunque también puede servir para percibir cuáles eran los principales objetivos de estas escuelas en el momento de la celebración de la reunión. En el segundo apartado, por cuatro artículos que hunden sus raíces en la Tardoantigüedad -dos dedicados al mundo avaro {Bizâncio y los avaros: La Arqueología de los primeros 70 años del periodo avaro de Bòna y Nuevas investigaciones sobre los hallazgos de los enterramientos de jefes avaros en I gar, Hungría de Fülop), uno al escandinavo {Conexiones entre Escandinávia y el Imperio Romano Oriental en el periodo de la migración de Arrhenius) y otro al polaco {Motas altomedievales en tierras polacas entre los siglos VI y VIII: Problemas sobre sus orígenes, su fimción y su organización espacial de Kobylinski), con un techo cronológico situado en el siglo VIH-, encontramos tan sólo dos centrados en momentos posteriores, ni siquiera coincidentes: uno sobre Escandinávia entre los siglos ix y xi {¿ Qué nos cuenta la Numismática sobre la sociedad escandinava en el periodo vikingo tardío? de Maimer) y otro sobre Letónia en época bajomedieval {Interacciones entre las culturas indígenas y las occidentales en Livonia entre los siglos xiii y xvi de Mugurevics). En el tercer apartado, predomina la Antropología físicacon deducciones de carácter social que, desde nuestra propia experiencia, se nos antojan exageradas-sobre la concepción global de las cuestiones étnicas y culturales. Al menos dos de los trabajos repasan la situación en sendas regiones a lo largo de toda la Edad Media {Variaciones de la altura a la luz de las diferencias sociales y regionales en la Dinamarca medieval de Boldsen y La paleodemo grafía de las poblaciones medievales en Checoslovaquia de Stloukal), porque el tercero se centra en un periodo y una zona mucho más concretos y diríamos que "fuera de juego" en el contexto de la obra {Deformaciones de cráneos merovingios en el Sudoeste de Francia de Crubézy). Quizás pueda interesar a los colegas de las regiones colindantes enfrascados en la definición del poblamiento altomedieval de las mismas. Los dos últimos apartados, basados en la contraposición de la Arqueología rural y de la urbana, reúnen tan sólo cinco artículos entre ambos. Por su extensión cronológica y por su valor metodológico, quizás sean más interesantes los tres del segundo {Orígenes y desarrollo del Lübeck eslavo y germano de Fehring, Investigación en Praga: Una visión histórica y arqueológica sobre el desarrollo de Praga desde el siglo ¡x al XIV de Huml y Evidencias arqueológicas sobre el desarrollo y la urbanización de Kiev desde el siglo vni al xiv de loannisyan), frente a la dispersión de los dos del primero {La cuenca baja del Vltava: Ensayo de un acercamiento regional a la historia de su ocupación en la Alta Edad Media de Gojda y Asentamientos rurales en los siglos ixy x en el valle del Danubio a su paso por Serbia de Marjanovic-Vujovic). A. Azkarate Garai-Olaun e L García Camino, Estelas e inscripciones medievales del País Vasco (siglos vi-xi). L País Vasco Occidental. Gobierno Vasco -Universidad del País Vasco. No resulta habitual encontrar entre la bibliografía que se ocupa de las estelas funerarias medievales una obra que, siendo de recopilación y de estudio de materiales ya conocidos, resulte novedosa en sus planteamientos. El trabajo sobre las estelas funerarias del País Vasco que aquí reseñamos rompe con la tendencia a la mera descripción que ha estado presente en buena parte de la bibliografía que se ha ocupado de este material, abordando estos documentos arqueológicos desde una doble perspectiva que ha permitido a los autores superar la labor de catalogación y plantear una sugerente hipótesis de carácter histórico, de ahí la novedad del trabajo. Primeramente se lleva a cabo el estudio formal del corpus arqueológicotipometría, descripción, paleografía, etc.-y, posteriormente, se analiza este material como un documento capaz de aportar información histórica (de carácter económico-social) sobre el colectivo que las ha realizado; para ello articulan el análisis de las estelas con las nuevas hipótesis e interrogantes históricos planteados por recientes descubrimientos arqueológicos en el País Vasco. Estas investigaciones ponen de manifiesto la existencia de un importante contexto cultural en época tardo antigua procedente del norte de los Pirineos. Del mismo modo se tiene presente la bibliografía que se ha ocupado de la organización social del espacio en el Norte de la Península a partir del siglo viii. La obra se estructura en tres partes. En las dos primeras se estudian los «graffiti» de las cuevas artificiales alavesas y las estelas e inscripciones del País Vasco Occidental, presentando el catálogo sistemático del material, su descripción pormenorizada y el análisis de tipo formal -estudio morfológico, estilístico y técnico o paleogràfico, según sea la naturaleza del elemento tratado-. En la tercera parte se hace una propuesta interpretativa sobre la cronología y la filiación cultural de los distintos grupos individualizados, proponiendo una sugerente interpretación histórica. Es importante reseñar que los autores analizan material en su mayor parte conocido, en un intento de estudiarlo y comprenderlo relacionado con las nuevas hipótesis históricas. En Arqueología Cristiana de la Antigüedad Tardía en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, A. Azkárate proponía una cronología de fines del siglo vi -principios del vii para los «graffiti» de las cuevas artificiales alavesas, interpretando el fenómeno eremítico como el retlejo de una confrontación con la jerarquía eclesiástica, como la búsqueda de refugio en aquellos lugares donde no llegaba el poder de la Iglesia, justamente en las zonas de frontera con el mundo no cristianizado. En la actualidad esta idea se matiza, no en la cronología propuesta ni en la idea de su ubicación en una zona de frontera, sino en el carácter que tenía ésta, ya que la proximidad a estas cuevas de la necrópolis de Aldaieta, yacimiento de marcado carácter franco, parece sugerir que los eremitorios sí se localizaban en zonas de frontera, pero no entre lo cristiano y lo pagano, sino entre lo visigodo y lo franco. Con las estelas e inscripciones los autores proceden de forma similar: realizan un análisis de conjunto en el que se tiene en cuenta lo formal y la distribución geográfica y, de esta manera, se llega a comprender su funcionalidad y filiación cultural. Una labor de primer orden ha sido el estudio paleogràfico de las mismas, elemento clave para poder atribuirles una cronología -alfabeto, abreviaturas, nexos, ligaduras, signos de puntuación, separación de letras, etc.-. La localización geográfica de cada uno de los grupos individualizados resulta muy elocuente ya que ha permitido a los autores establecer una distinción entre el territorio de Vizcaya y el de Álava y una diferente influencia y evolución estilística. En Vizcaya, se adscribe a los siglos vii-viii un material que hasta la fecha era considerado de los siglos ix-x teniendo como argumento la contextualización arqueológica de un fragmento de estela de este grupo con materiales de clara influencia norpirenaica del ámbito franco. Esto ha permitido retrasar en el tiempo la cronología de estas piezas y plantear firmemente una nueva reinterpretación del mundo tardo antiguo y alto medieval del País Vasco. En este mismo territorio, otro grupo de estelas ofrece una iconografía con motivos recurrentes que están presentes en todo el Norte de la Península y que denotan la existencia de una corriente indígena, con una producción propia. Esta misma dicotomía de tradiciones, una autóctona y otra foránea, se constata en territorio alavés, ya que allí se localiza un grupo de estelas de carácter autóctono y otro de filia-ción cultural latino-mediteránea, reflejo ambas de la sociedad de los siglos viii-x: una población local que explotaba el espacio a la que se superpone otra que lleva a cabo una nueva ordenación del mismo, según unos presupuestos propiamente feudales. Esta influencia que procede del Sur de la divisoria de aguas cántabro-mediterránea también afectó al territorio de Vizcaya dando lugar a un grupo de estelas en las que se aunan tres tradiciones distintas: aquéllas presentes en los siglos vu-viii y esta nueva influencia que tiene como elemento representativo la incorporación de un texto funerario y cuya cronología hay que situar en los siglos ix-x. Su evolución en los siglos siguientes será hacia formas en las que ha desaparecido por completo el repertorio iconográfico de carácter astral, sustituido por un cultura de carácter totalmente latina y cristiana. Así los autores han logrado establecer una sugerente filiación cultural para los distintos grupos de estelas representadas en la zona analizada del País Vasco, interpretación realizada de acuerdo a los datos históricos procedentes de la investigación arqueológica y documental, datos que ponen de manifiesto la necesidad de trabajos de tipo interdisciplinar o, cuando menos, de carácter global, en los que se tengan en cuenta las informaciones procedentes de otros registros, ya que, a la vista de los resultados expuestos en este libro, parece ser el camino para comprender la tardorromanidad y el alto medievo en la Península Ibérica. Segovia SOBRE LA ARQUEOLOGÍA MEDIEVAL ASTURIANA: RESPUESTA A FERNANDO ARCE SÁINZ. En el número 69 de la revista, correspondiente a 1996, páginas 329-330, y bajo la firma de Fernando Arce Sáinz, se publicó una extensa recensión del libro Arqueología cristiana de la Alta Edad Media en Asturias (Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 1995), del que soy autor. Por otro lado, está lejos de la realidad su afirmación de que las cerámicas configuren un fósil conductor en la arqueología medieval asturiana. Ignoro sus fuentes de información, pero, desde la cercanía al lugar de la investigación, puedo afirmar que no existe una sola secuencia cerámica de procedencia asturiana publicada que merezca confianza arqueológica. Tampoco se ha publicado ninguna cerámica procedente de excavación estratigráfica de algún edificio altomedieval, entre otras razones porque, en las fechas de redacción del estudio, sólo Lillo había sido objeto de excavación extensiva, contándose con sondeos limitados en Tuñón y Nora, cuyos resultados se utilizan y valoran adecuadamente en el texto. Ésta laguna, lamentable desde todos los puntos de vista, es el resultado de la inexistencia de excavaciones estratigráficas en territorio asturiano, de ámbito cronológico medieval, hasta fines de la década precedente. La mayor parte de esta labor ha recaído en arqueólogos constreñidos por las prescripciones contractuales derivadas de la denominada «arqueología de gestión», por lo que, muy a su pesar, no pueden, en muchos casos, extraer toda la información precisa del yacimiento. De ello se desprende que las conclusiones en lo referente al estudio de los materiales habrán de ser forzosamente parciales. A continuación, critica Arce la utilización, o no utilización, del método de «lectura de paramentos», aludiendo a Santullano. Es una objeción asumible. Ahora bien, los edificios asturianos no presentan grandes dificultades estraügráficas. Los que cuentan con enfoscados y pinturas interiores, como Santullano, ofrecen garantía de unidad constructiva, lo que se comprueba por el enlace que ofrecen todos sus paramentos exteriores. Las partes reconstruidas pueden ser documentadas con relativa seguridad. No se precisa, pues, honestamente hablando, el recurso a los diagramas estratigráficos. Por otro lado, estos diagramas requieren un levantamiento planimétrico previo, que, en Asturias, ha venido ejecutándose por decisión de la Administración autonómica del Principado de Asturias. La propiedad intelectual de estos levantamientos reside en su autor, Lorenzo Arias Páramo, quien, sobre ellos, ha emprendido una investigación sobre aspectos de metrología y modulación en la arquitectura altomedieval asturiana, de la que la opinión científica conoce algunos avances. Por elemental respeto a esta labor, me ha parecido preferible no utilizar estos planos ni publicarlos, aun cuando estoy seguro de haber podido hacerlo, pues la generosidad de Lorenzo Arias Páramo en este aspecto está fuera de toda duda. En lo referente a la tribuna de este templo, el recensor habrá podido apreciar que es precisamente la «lectura» -yo diría «análisis»-de los paramentos del transepto del templo la que me hace rechazar su existencia, frente a lo que la investigación precedente ha venido postulando. La presentación del material gráfico, agrupado al final del volumen, es criticada por su incomodidad. Es aceptable la crítica. En cualquier caso, se debe a razones de economía y facilidad de maquetación. Tampoco se trata de un caso único. La inmensa mayoría de los corpora arqueológicos homologados recurren a este sistema de presentación, en ocasiones impuesto por la diferente calidad del papel en el que se imprime el repertorio de ilustraciones. La lectura de las conclusiones que ha efectuado Arce es sesgada. No entiendo su duda sobre la ausencia de material de época visigoda: el propio objetivo de la investigación excluía el tratamiento de este período. Otro problema sería que con su duda se refiera a la presencia real de restos visigodos en Asturias, hoy por hoy desconocidos en lo referente a la arquitectura. En lo relafivo a Veranes, yacimiento del que se critica la falta de atención, el problema es complejo. En los años de redacción del trabajo (1989)(1990)(1991)(1992), se encontraba este yacimiento en estado de completo abandono, tras una incompleta actuación arqueológica, sin remate ni publicación in extenso de los resultados obtenidos. Yo no dispuse en ningún momento de recursos para acometer la limpieza de este casfigado yacimiento, que sólo desde 1997 ha vuelto ha ser escenario de acfividad arqueológica. Además, de lo publicado se deduce una adscripción tardorromana de la primera y decisiva fase constructiva, alejada por lo tanto del horizonte cronológico que se había escogido como objeto de la investigación. Sin pretender discutir en estas líneas qué entendemos por «continuidad» y «ruptura» entre la Anfigüedad Tardía y la Alta Edad Media, esfimo que quienes han de argumentar sólida y arqueológicamente sobre el alcance de las innovaciones son quienes las defienden. A parfir del conocimiento que hoy día poseemos sobre los restos materiales del Reino de Asturias en el solar asturiano, se impone admifir que el peso de los elementos conocidos, por estar presentes en épocas precedentes, es superior al de los elementos desconocidos en ellas. En cualquier caso, la aparición de nuevos y contextualizados elementos podrá siempre matizar o refutar las propuestas en liza. Por otro lado, en ningún momento se asegura en el texto que la tradición hispánica haya de alimentarse de los restos situados en el territorio estrictamente asturiano. Creo haber expresado claramente que mi concepción de la arquitectura altomedieval asturiana y del propio Reino de Asturias refiere estas realidades al solar de la Gallaecia visigótica, y no al territorio que hoy conocemos como Asturias. Por último, se afirma «que el objeto de estudio está mediatizado por los conceptos tradicionales asociados a lo 'asturiano' más que por una búsqueda de lo que sería una arqueología asturiana en términos más amplios». No entiendo la virtualidad conceptual de lo «asturiano». Por lo que a mi concepción respecta, he de afirmar que lo «asturiano», en este trabajo, es un concepto exclusivamente geográfico: lo comprendido dentro de los límites del Principado de Asturias. No hará falta reiterar que en ningún momento ha sido mi intención escribir, hegeliana y omnicomprensivamente, sobre «la arqueología» asturiana. A otros esta ilusoria pretensión. Por supuesto que «la arqueología asturiana» está por escribir. Algunos, partiendo de la limitación de nuestras capacidades y posibilidades, nos esforzamos en contribuir a su conocimiento. Espero que el ejemplo cunda, y esté a la altura de las circunstancias. E invito al propio Arce Sáinz, a quien agradezco el interés que se ha tomado por mi libro, a parficipar en esta tarea. Desde que, a principios de la década de los noventa, Hodder propusiera la apertura de una nueva vía, la Arqueología Interpretativa, es el término interpretación el que recoge el tan traído y llevado debate entre las diferentes arqueologías procesuales y postprocesuales. El libro que ahora se presenta refleja el estado de la disciplina arqueológica en aquellos años, resultado de un encuentro celebrado en el año 1991 de 140 arqueólogos en la Universidad de Cambridge, en el que se recogen y desarrollan las discusiones llevadas a cabo sobre el presente y futuro de la arqueología -o arqueologías-activamente comprometidas con la interpretación del pasado material. Lejos de pretender una "nueva" arqueología, se presenta un análisis general de los estados del pensamiento en Arqueología a través del análisis del carácter y propósito de las arqueologías que podrían llamarse "interpretafivas". Siempre desde una perspectiva anglo-americana, se plantean algunas de las más importantes áreas de discusión en la arqueología contemporánea. De esta forma, el esquema del libro, dividido en cinco secciones, recoge las que se consideran como las cuestio- nés más importantes dentro del contexto intelectual de esta nueva aproximación, esquema que viene a ser, en términos generales, un desarrollo del programa original de las conferencias. Cada una de las secciones está introducida por un artículo que plantea un determinado problema, recoge los puntos principales de discusión y, lo que es más importante, incluye los debates del encuentro. En la primera parte, se insiste sobre el debate que plantea el carácter del método arqueológico; en la segunda, sobre la comprensión del significado de las cosas, para lo cual la discusión se centra en la especie humana, como una especie animal, y su desarrollo evolutivo. El valor cultural del pasado y las relaciones de la historia con la arqueología son los temas que se tratan en la tercera y cuarta parte del libro. Las cuestiones referentes a la interpretación de la cultura material se estudian en la quinta y última parte, sección que recoge, a modo de conclusión, todas las discusiones planteadas en los anteriores apartados. El libro logra plasmar la heterogeneidad y polarización de las posiciones desarrolladas en la línea postprocesual y recogidas bajo la nueva Arqueología Interpretativa -en un capítulo aparte se incluyen otros comentarios y discusiones que surgieron a lo largo de la reunión menos fáciles de recoger en el cuerpo general del libro-aún a costa de desdibujar aún más los términos del debate sobre la Arqueología y a pesar de que la aprobación de la diversidad y pluralismo de opiniones desemboca en el relativismo. María Ruiz del Árbol Moro C.E.H. CSIC G. Mora y M. Díaz Andreu (eds.), La cristalización del pasado: génesis y desarrollo del marco institucional de la Arqueología en España, Málaga, Servicio de Publicaciones de la Universidad, 1997, 762 págs. ISBN 84-7496-647-7. Por suerte para la Arqueología española y para quienes la practican, la preocupación historiográfica inexistente en España hasta hace pocas décadas esa dejando de ser un tópico. La historiografía está de moda, y buena prueba de ello es la enorme cantidad de artículos y monografías que han comenzado a aparecer en los últimos años. Ese creciente interés historiográfico está dando como resultado la reedición comentada de antiguas obras, la edición de manuscritos de todo tipo y la búsqueda sistemática en bibliotecas y archivos de documentos inéditos que puedan alumbrar el quehacer arqueológico de nuestros predecesores. De las ausencias y las presencias historiográficas en la Arqueologia española durante las últimas décadas habla R. Olmos en su densa contribución a esta obra, que constituye el resultado del segundo encuentro sobre historiografía de la Arqueología española, nuevamente avalado por el Centro de Estudios Históricos del CSIC. Si la primera reunión (1988)' tenía un objetivo más amplio y buscaba una aproximación al tema desde cualquier vertiente, esta segunda (1995) centró su actividad en el marco institucional de la Arqueología, dando como resultado un conjunto de comunicaciones de enorme diversidad geográfica y temporal, lo que da idea del interés creciente de esta línea de investigación. En el volumen pueden encontrarse contribuciones referidas tanto a las Instituciones que aglutinaron las inquietudes arqueológicas en la España del siglo XVIII, como valoraciones referidas a la Arqueología de hoy.' J. Arce y R. Olmos (eds.). Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (siglos xvm-xx). Con ocasión de la reunión tenida en Madrid se revisó la historia de un gran número de instituciones regionales y locales que, de otra forma, seguirían yaciendo parcialmente en el olvido. Los trabajos dedicados a las Comisiones Provinciales de Monumentos, a las Sociedades Arqueológicas y a las Sociedades Científicas de la segunda mitad del siglo XIX constituyen un punto de arranque para investigaciones futuras que, en sí mismo, justifica la publicación de este volumen. En este sentido hay que destacar los trabajos dedicados a la Sociedad Española de Excursiones y a las Asociaciones Excursionistas Catalanas, que protagonizaron una parte importante de los descubrimientos entre la restauración borbónica y la guerra civil, y cuyas revistas sirvieron de órgano de difusión de estas novedades. Por los mismos motivos hay que resaltar el apartado dedicado a la Real Academia de la Historia, representada en el libro por cuatro contribuciones de diferente temática, que experimenta hoy un cierto protagonismo merced al impulso que se está dando a la catalogación de su extraordinario fondo documental. Por su propia naturaleza, y por la diversidad geográfica que aborda, en algunas de las contribuciones aflora uno de los problemas inmediatos que debe corregirse para garantizar la continuidad de las investigaciones: hacer historiografía no es «buscar papeles», que constituye objetivo directo de las ediciones documentales. Prueba de ello es el artículo referido a Cantabria en los siglos XVIII y XIX, en el que uno echa en falta las referencias al Marqués de Comillas y a su «hombre de campo», Romualdo Moro; al segundo se debe la prospección directa de amplias zonas de Cantabria y de las provincias cercanas, aunque su figura carece de eco institucional porque rehusó la condición de Correspondiente de la Real Academia de la Historia al considerarse «indigno de tanto honor». De Comillas, cuya colección constituye la base del actual Museo santanderino, poco más habría que añadir salvo que se merece alguna referencia en un artículo de este tipo. El repaso detenido del volumen ofrece un panorama bastante aproximado de las líneas de investigación historiográfica vigentes en estos momentos, y probablemente de aquella reunión surgieron nuevos estudios que se encuentran ahora en fase de redacción. Si los resultados que ofrece la publicación son en sí mismos satisfactorios, el crecimiento del interés por los estudios historiográficos y las favorables consecuencias que ello tendrá en el futuro constituyen el principal motivo para felicitar a las organizadoras del Congreso y responsables de la edición. Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante C. Ortiz de Urbina Montoya, La arqueología en Alava en los siglos XVIII y XIX. Es éste un libro muy esperado desde hacía tiempo por quienes nos dedicamos a la historia de la arqueología, por varias razones: la solvencia científica de su autor, el interés del tema, su relación con la actualidad histórica y política del país. El título original, tal como consta en la portada interior del libro, evidencia mejor los objetivos de la investigación y sus resultados: El desarrollo de la arqueología en Alava: condicionantes y conquistas (siglos xvrii y xix). Por ser fruto de una beca de investigación concedida por la Diputación Foral de Álava al autor, el libro ha sido publicado dentro de la serie «Memorias de Yacimientos Alaveses», editada por el Dpto. de Cultura y Euskera de la Diputación. Pero, en mi opinión, hubiera sido preferible que apareciese como el primer volumen de la colección, a modo de visión global o presentación del panorama arqueológico de los dos últimos siglos en la zona, y seguido de las publicaciones sobre campañas de excavación y estudio de materiales. De esta forma podríamos entender mejor el proceso de desarrollo de la arqueología alavesa, cómo y por qué surgió, cómo se desarrolló y cuáles fueron y son sus objetivos. El A. ya había publicado algunos artículos sobre la historia de la arqueología en el País Vasco, siendo notables sobre todo sus contribuciones a los dos Congresos de Historiografía de la Arqueología hasta ahora celebrados (1988 y 1995), organizados por el Dpto. de Arqueología del Centro de Estudios Históricos (CSIC). Como se especifica ya en el título, el A. analiza la labor de los arqueólogos alaveses de los siglos xviii y, sobre todo, xix, cuando surge la necesidad de proteger el patrimonio de los expolios nacionales y extranjeros causados principalmente por las guerras (de la Independencia y civiles) y las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos, y como medida de control se crean de las Comisiones Provinciales de Monumentos Histórico-Artísticos. Como resumen y al mismo tiempo punto culminante del libro, me interesa destacar las polémicas desatadas entre la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País y la Real Academia de la Historia con respecto a la tesis del vascocantabrismo, refutada ya por el padre Flórez en el t. XXIV, parte I de la España Sagrada (1768), pero que, junto con la del vascoiberismo, sigue vigente en determinados círculos a pesar de sus múltiples detractores. En este sentido resulta muy interesante seguir el discurso, magníficamente engarzado, del A., que nos presenta problemas surgidos hace dos siglos y sin embargo tan actuales: explica el interés tradicional de la arqueología alavesa hacia fenómenos culturales (como el megalitismo) proclives a ser utilizados en defensa de los Fueros y los mitos vascos, en detrimento de otros períodos históricos (la romanización) defendidos por la arqueología oficial. Como historiador y arqueólogo independiente, Ortiz de Urbina no duda en ofrecer una visión retrospectiva de la arqueología del País Vasco que algunos podrían calificar hoy de «antinacionalista». Sin embargo, esta visión presenta una novedad. La destrucción de los mitos vascos ha sido abordada en diversas ocasiones y desde distintos puntos de vista (filológico, histórico, antropológico) por investigadores como J. Caro Baroja, J. Juaristi y A. Dupla, entre otros, pero Ortiz de Urbina lo hace aquí de la manera más objetiva posible, simplemente mediante el análisis de documentos procedentes de archivos tan distintos como los de las Academias de la Historia y de San Fernando, el Histórico Nacional, el General de laAdministración, el del Territorio Histórico de Álava, etc. Las conclusiones a las que le lleva (a él y al lector atento) el estudio de estos documentos son significativas y no por esperadas menos sorprendentes: uno de los problemas principales a los que se enfrenta la arqueología vasca de hoy y de ayer es el de la censura. En efecto, se detecta la existencia desde el siglo xviii, al menos, de una censura bidireccional: por una parte la ejercida desde el País Vasco contra los que hablan de romanización de las Vascongadas; por otra, la que desde la Academia de la Historia ataca a los que niegan esta romanización. Se trata, pues, de un libro denso que extrae sus conclusiones de documentos inéditos, los cuales son rigurosamente analizados, contrastados e integrados en su contexto histórico. Además está muy bien escrito e ilustrado, lo que es de agradecer dada la complejidad del tema y la ingente documentación utilizada. En definitiva, es un libro indispensable no sólo por cómo desarrolla el A. la investigación y por los resultados que presenta, sino porque podemos considerarlo como un modelo a seguir en futuros estudios historiográficos en arqueología.
En este artículo intentamos aproximarnos al coste diario de los munera gladiatorum en las ciudades del Occidente romano, clasificándolo en tres niveles de precios, a través del análisis de las inscripciones que conmemoran la edición de gladiadores y de la legislación imperial, especialmente la oratio de pretiis gladiatorum minuendis. Los combates de gladiadores aparecen documentados en Roma a partir del siglo III a.C., siendo su finalidad la de proporcionar mayor realce a las ceremonias funerarias de la nobilitas 1. Y así aparecen atestiguados por primera vez en una ciudad provincial. En concretro, en Carthagonoua (Hispania) en el año 206 a.C., de acuerdo con Tito Livio, Publius Cornelius Scipio Africanus celebró un munus funebre en honor de su padre y de su tío muertos no muy lejos de allí en el transcurso de la II Guerra Púnica. En dicho munus no participaron gladiadores profesionales, sino que pelearon de forma voluntaria y gratuita guerreros hispanos para mostrar su valor o para honrar al general 2. Los primeros gladiadores profesionales que combatieron en una ciudad provincial, fuera de Italia, de acuerdo otra vez con Tito Livio, los mandó traer el rey Antioco IV desde Roma a Antioquía (Siria) en el año 166 a.C. como parte de unos extraordinarios festejos, que duraron 30 días, con los que quería emular el triunfo que había celebrado el año anterior Paulus Aemilius en Anfípolis (Macedonia). Según Tito Livio, Antioco IV contrató 240 paria a un elevado precio (magnis pretiis) 3. Ese elevado coste podemos estimarlo en c.240.000 HS / día, ya que ésa es la cuantía (10 talentos) que el propio Tito Livio califica como "uix gladiatorio" para el año 168 a.C. 4, y porque además Polibio cifra en esas mismas fechas, en el año 160 a.C., en 720.000 HS (=30 talentos) el munus funebre del general Paulus Aemilius, el cual comprendería al menos tres días de gladiadores 5. Sin embargo, no es hasta mediados del siglo I a.C., coincidiendo con la conversión de los gladiatores en espectáculos regulares a cargo de los aediles en Roma, cuando también aparecen estos combates en las leyes coloniales entre la nómina de festejos públicos que debían organizar los magistrados urbanos durante su anualidad; eso sí, a precios sensiblemente inferiores a los de Roma. De este modo, la lex Vrsonensis, dada en el año 44 a.C., prescribía que los duouiri de esta colonia bética debían celebrar un espectáculo gladiatorio o juegos escénicos durante cuatro días al año en honor de la Tríada Capitolina, los cuales debían durar la mayor parte de las horas útiles del día (maiore parte diei), es decir, al menos 10 horas diarias6, y para los cuales cada duouir podía disponer de hasta 2.000 HS ex pecunia publica y debía poner al menos otros 2.000 HS de sua pecunia. esta vez por espacio de tres días (la ley vuelve a especificar maiore parte diei), a los que se sumaba otro día más in circo aut in foro (esto es, ludi circenses o un munus) dedicado a Venus, diosa tutelar de la colonia. En esos cuatro días cada aedilis debía gastar al menos 2.000 HS de su bolsillo, como los duouiri, pero sólo podía coger, en cambio, 1.000 HS de las arcas municipales, por lo que cada día de juegos de los aediles costaba como mínimo 1.500 HS, frente a los 2.000 HS de los duouiri 7. Así pues, en torno a los 2.000 HS / día era el coste de organizar un espectáculo gladiatorio a finales del siglo I a.C. en Vrso. Similar cantidad se repite en una inscripción de otra ciudad provincial, Cnossos (Creta), donde un ciudadano se gasta in hoc munere (posiblemente una obra) 500 denarios (= 2.000 HS), quos e lege coloniae pro ludis dare debuit. La ley colonial de Cnossos data del año 36 a.C. 8. Así pues, un día de gladiadores debía costar más o menos como uno de ludi en las ciudades provinciales en esta época. De mediados del siglo I a.C. son, asimismo, tres inscripciones de Canusium (Italia) donde dos quattuoruiri conmemoraban la erección de sendas estatuas a Marte, Vesta y Vortumno pagadas de munere gladiatorio ex s(enatus) c(onsulto) 10. Se ha discutido sobre si la expresión "de munere" es equivalente al "pro ludis" de la ley antes citada de Cnossos, o al "pro munere" de una inscripción de Luceria (Italia) del siglo I, donde con ese dinero se construyó una vía 11, o al "ex ea pequnia quod eos e lege in ludos aut in monumento consumere oportuit" de la lex Pompeiana 12, o si, en cambio, se asemejaría más bien a la fórmula "ex reditibus locorum amphitheatri diei muneris" con que un IIIuir financió una estatua al emperador Pértinax en Cirta (África) en el año 193 13. La lex Vrsonensis, al legislar sobre los espectáculos que debían dar los duouiri, establecía que se harían arbitratu decurionum, fórmula que, al igual que Th. Mommsen o P. Piernavieja, creemos hacía referencia al tipo de espectáculos que ofrecerían los duouiri (gladiadores o representaciones teatrales) 14 o que incluso, al igual que en Tarentum, Cnossos o Pompeii, la curia ursonense pudiese aprobar que esos c.8.000 HS de ambos duouiri fuesen gastados en una obra pública. Por ello, nos inclinamos a considerar que la expresión "de munere" de los pedestales de Canusium es equivalente a la de "pro ludis". En cuanto al valor del munus gladiatorium que los quattuoruiri de Canusium no dieron al emplear la cuantía aprobada por la curia en erigir tres estatuas, teniendo en cuenta que el coste medio de una estatua en época altoimperial ha sido calculado en 5.000 HS para Italia y entre 2.000-8.000 HS para África 15 y que los duouiri de Vrso en esta época estaban obligados a financiar varios días de espectáculos, podemos concluir que el coste del munus no dado se aproximaría, e incluso superaría, a los organizados en la misma fecha en Vrso, esto es, c.2.000 HS / día. En este coste de c.2.000 HS / día se pueden incluir otras dos ediciones italianas de gladiadores dadas en el siglo I a.C. 8 CIL, III, 12042. La expresión "pro ludis" se repite en una veintena de inscripciones procedentes de ciudades italianas y datadas entre los siglos I a.C. y I d.C., donde magistrados financian obras pro ludis. Para S. Panciera esos magistrados gastarían sólo dinero público, al igual que se establecía en la ley de Tarentum (45 a.C.) con el dinero procedente de las multas por dañar edificios públicos, la mitad del cual iba para el municipium y la otra mitad para los magistrados para que la destinasen a pagar sus ludi anuales o un monumento público (Panciera, S., L 'evergetismo civico nelle iscrizioni latine d' età repubblicana en Actes du X e congrès international d'épigraphie grecque et latine, Roma, 1997, p.257-258, nota 35). La ley de Pompeii, ciudad de la que proviene la mayoría de inscripciones, recogía también esta posibilidad (CIL, X, 829). Para G. Ville estos quattuoruiri pagaron estatuas "en prenant sur des fonds destinés à un munus gladiatorien". Rechaza, pues, que "de" sea sinónimo de "pro", porque el gasto en munera no era tan elevado. 43 por lo que, teniendo en cuenta que de acuerdo a las leyes suntuarias Sila había limitado el precio de los banquetes a 300 HS para los días festivos, que sería este caso, precio que mantuvo Augusto 17, el espectáculo gladiatorio tendría un precio análogo al constatado en Vrso o Canusium. De igual valor serían asimismo los cinco paria dados por un seuir junto con un crustulum y un mulsum en la ciudad italiana de Clisternia en época augustea 18, ya que, además del paralelo de Sinuessa, la summa honoraria del sevirato se ha establecido en 2.000 HS 19, que es lo que podemos estimar que costaría en total esta evergesía. Algo más caros que esos 2.000 HS / día, pero sin llegar a los precios de Roma, sino entre los 5.000-10.000 HS / día, debieron de ser los munera constatados en las ciudades italianas de Praeneste, Lanuuium y Pompeii y en la hispana de Asido en época augustea. En Praeneste a finales del siglo I a.C. un magister conlegii libertorum estableció ex testamento dar al pueblo diez paria, además de pagar por tres años las termas públicas, una corona de oro de una libra de peso y 40.000 HS en cinco días de ludi 20. Así pues, se gastó 8.000 HS / día en los ludi, precio similar al que se puede estimar para la corona de oro y para el mantenimiento de las termas 21; por lo que podemos pensar que los diez paria también se aproximarían a esta cifra de 8.000 HS. En la misma época en Lanuuium un aedilis costeó la reparación de una conducción de agua de 3.000 pasos y de unos balnea, y, asimismo, ofreció unos gladiatores y unos juegos en honor de la diosa Juno 22. Dado que pone en el mismo nivel las distintas liberalidades, éstas tendrían un precio equivalente. Las obras en los baños serían elevadas (varios miles de sestercios), por lo que asimismo los gladiadores. Por otro lado, en Pompeii Aulus Clodius Flaccus se hizo cargo durante su primer duovirato, en el 20 a.C., de las fiestas de los Apollinares, en las que ofre-ció una uenatio con toros, tres paria de gladiadores pontarios, púgiles, ludi scaenici, en los que intervino el famoso pantomimo Pylades, y finalmente una donación de 10.000 HS, la cual R.P. Duncan-Jones cree que es la summa honoraria, mientras que P. Sabbatini cree que es una ampliatio 23. En todo caso, dicha suma estaría en consonancia con el resto de munificentiae ofrecidas, y dado que para los juegos escénicos contrató al gran actor del momento (Pylades), los seis gladiadores que intervinieron también pudieron ser grandes figuras o ser combates a muerte y en consecuencia caros. Por último, en Asido (Hispania) un quattuoruir contrató XX paria en honor de los hijos de Augusto, espectáculo que superaría a los comunes (de c.2000 HS / día), pues a causa de ellos sus conciudadanos le erigieron una estatua, por lo que los podemos suponer dentro de esta cuantía de 5.000-10.000 HS 24. Lo económico de estos munera, respecto a los celebrados en Roma o en Antioquía en época republicana (los cuales superaban los 200.000 HS / día), se explica sobre la base de que en las ciudades provinciales no intervendrían gladiadores profesionales de Roma (como fueron los comprados por Antíoco IV), sino gladiadores locales. De hecho, Vrso es una localidad que ya en época prerromana conocía los combates funerarios de guerreros, y Praeneste contaba en el siglo I con una escuela gladiatoria 25. Además, en esta época aún no estaba establecida la potente red imperial que posteriormente dominará el reclutamiento y la formación de gladiadores, por lo que los luchadores se debían contratar a nivel local o comarcal. El elevado precio que tenían los gladiadores en Roma provocó que diversos emperadores, ya desde Augusto, tomasen medidas para intentar moderar el gasto en spectacula, pero sus resultados fueron limitados ante la escalada en el lujo de los juegos y ante la falta de continuidad de esas medidas 26 21 R.P. Duncan-Jones establece en 5.000 HS la libra de oro, a lo que habría que sumar el precio de la mano de obra del orfebre que hizo la corona (Duncan-Jones, cit. [n.15], p.126). En cuanto al mantenimiento de las termas, se puede establecer en 2.000-3.000 HS al año de acuerdo a que en el siglo II en los baños de Vipasca (Hispania) se cobraba por día un as a las mujeres y medio as a los hombres (CIL, II, 5181). Sin embargo, P. Piernavieja calcula en 100.000 HS y E. Melchor en 200.000 HS el valor de estos gladiadores, al datar la inscripción en el siglo II y acomodarla a los salarios establecidos en la oratio de pretiis gladiatorum minuendis de Marco Aurelio del año 177 (CIDER, no85; Melchor, E., El mecenazgo cívico en la Bética. La contribución de los evergetas al desarrollo de la vida municipal, Córdoba, 1994, p.134). 25 Blázquez, J.M. / Montero, S., Ritual funerario y status social: los combates gladiatorios prerromanos en la Península Ibérica en Veleia, 10, 1993, p.71-84; Tac., ann. Aspetti economici-strutturali degli spettacoli nella Roma giulio-claudia, Bonn, 1984. a costa de las contribuciones de las ciudades, pero, sin embargo, al año siguiente permitió a los siracusanos sobrepasar el número máximo de gladiadores establecido por Augusto y Tiberio 27. Suetonio aporta una cifra de lo que podían llegar a elevarse estos costes: Calígula le adjudicó en una subasta a un antiguo praetor, Aponius Saturninus, que estaba adormilado, trece gladiadores sobrantes de un munus al precio de nueve millones de sestercios 28. Evidentemente tal precio es una exageración, pero pone de manifiesto que los munera podían alcanzar en esta época costes desorbitados en Roma. En el siglo I los precios de los espectáculos gladiatorios se elevaron, asimismo, en las provincias en consonancia con su mayor suntuosidad, incluyendo ahora gladiadores formados en las prestigiosas escuelas imperiales. De este modo, en esta centuria vinieron a combatir a los anfiteatros hispanos de Gades un samnita de la escuela imperial de Capua (ludus Iulianus) y al de Corduba un murmillón del ludus Iulianus y dos murmillones y dos tracios de la escuela Neroniana 29. Tales gladiadores eran caros de contratar, como refleja el coste de los munera en Roma, lo que elevaría bastante el gasto en espectáculos en las provincias. El salario más alto que recibió un gladiador fue el millón de sestercios diarios que se hizo pagar el emperador Cómodo cuando actuaba en Roma como secutor, pero esta cifra parece una exageración de Dion Casio 30, y en consecuencia, la paga de los gladiadores sería bastante inferior. Según Luciano, 10.000 dracmas (= 40.000 HS) le ofrecieron a Sisines, amigo de Toxaris que asistía a un espectáculo gladiatorio, en esa misma centuria por combatir en la arena contra un tracio, al que venció, en una ciudad provincial de Oriente, en Amastris 31. Esta recompensa de 40.000 HS sería más elevada que el salario de un gran gladiador para que Sisines no dudase en bajar a la arena, por lo que lo habitual serían pagas bastante inferiores. Petronio en tiempos de Nerón evaluaba en 400.000 HS el coste de un ficticio munus funebre celebrado en una ciudad de Campania. En dicho relato un tal Titus, heredero de una fortuna de 30 millones de sestercios, organizó para su padre un magnifico funeral en el que intervinieron durante tres días gladiadores buenos y caros que se enfrentaron sine fuga (a muerte). Sin embargo, R.P. Duncan-Jones considera esta cifra "wild exagerated", teniendo en cuenta que se celebrarían en un "secondary town", estimando este autor el valor real de dicho munus en torno a los 100.000 HS, es decir, c.35.000 HS / día. Estamos de acuerdo con R.P. Duncan-Jones en que 400.000 HS para un munus en una ciudad provincial es una cantidad muy elevada. Creemos que Petronio refleja el precio de un buen munus funebre en Roma en esta centuria (c.200.000 HS / día), que es lo que intentaría emular Titus 32. Los precios se elevaron en las ciudades provinciales, pero no tanto. En más de 5.000 HS / día podemos estimar el valor de varias ediciones del siglo I procedentes de cuatro ciudades italianas y una hispana. En Trebula Suffenas (Italia) cuatro seuiri contrataron una familia gladiatoria, cuyo coste, teniendo en cuenta que la summa normal del sevirato era de 2.000 HS, podemos establecer en c.8.000 HS 33. Por otro lado, entre los grafitos de Pompeii dos de las ediciones son costeadas por quinquennales y otra por un aedilis, y teniendo en cuenta que la summa honoraria del duovirato en esta ciudad se calcula en 10.000 HS, podemos suponer esos munera en este valor 34. En Ercauica (Hispania) una vía terrena de ocho millas costó 100.000 HS, coste que se elevaba a 100.000 HS / milla en las buenas calzadas 36, por lo que el montante destinado a los munera, luego empleado en la vía, por los augustales de Luceria sería considerable (varios miles de sestercios). En cuarto lugar, en Patauium un quattuoruir ofreció durante su magistratura unos gladiatores que seguramente también alcanzaron un elevado precio, ya que el editor legó a su muerte más de un millón de sestercios al pueblo de su ciudad 37. Finalmente, en el entorno del valle medio del Ebro han aparecido cerámicas que conmemoran la edición de munera gladiatorum en Calagurris (Hispania) 38; el que se emitan recordatorios indica que se trataba de juegos bastante más caros que los normales (c.2.000 HS / día). En el siglo II continuó la escala de precios a causa de la mayor espectacularidad de los munera. El historiador Valerio Máximo afirmaba, en efecto, que a medida que crecieron los recursos de Roma, creció también la sun-tuosidad de los juegos 39. Así, en la ciudad italiana de Aeclanum a mediados de esta centuria un duouir quinquennalis gastó 100.000 HS públicos en dos días de gladiadores y otros 100.000 HS de suo en un tercer día más espectacular 40. En la misma fecha, en la no lejana Formiae, un decurio bisellarius empleó 50.000 HS, la mitad de ellos aportados por la plebe, en un día de gladiatores 41. Esta cuantía de 50.000 HS / día aparece también en otra ciudad italiana, en Paestum, donde a mediados del siglo II un duouir quinquennalis dispuso para la contratación de una familia gladiatoria de 25.000 HS públicos, cantidad que duplicó con su aportación personal (al igual que hacían, aunque con menor cantidad, los duouiri de Vrso) 42. En esta misma ciudad, otro duouir quinquennalis a finales del siglo I también había recibido 25.000 HS de las arcas públicas para contratar una familia gladiatoria, cantidad que suponemos duplicaría como en el caso del siglo II 43. Dicha cuantía también es confirmada por una inscripción de Calatia de la 2a mitad del siglo II que conmemora un munus triduo en Puteoli, en el cual un aedilis empleó más de 100.000 HS 44. Tales cifras permiten estimar que el precio normal en el siglo II de un munus en Italia era de 50.000 HS / día 45. En consecuencia, el munus quinquennale Valentinianum que se celebraba en Pisaurum (Italia) en la 2a mitad del siglo II con los réditos (5-6% anual) de un legado de 600.000 HS, esto es, 150.000-180.000 HS cada cinco años, comprendería tres o cuatro días de combates gladiatorios 46. En Carthago, la capital del África Proconsular, los precios de los espectáculos gladiatorios también alcanzaban los 50.000 HS / día al igual que en Italia. De este modo, un espectáculo anfiteatral con gladiadores y fieras africanas, organizado ob honorem por un duouir quinquennalis y de cuatro días de duración (los mismos días de los que tenían que hacerse cargo los magistrados de Vrso) costó 238.000 HS en el año 133 47. Asimismo, como hemos ya expuesto, en Cirta, capital de Numidia, en el año 193 de las ganancias de la venta de plazas del anfiteatro (ex reditibus locorum amphitheatri) un IIIuir erigió una estatua al emperador Pértinax 48. El coste de dicha estatua rondaría los 5.000 HS, por lo que el coste del espectáculo gladiatorio sería bastante superior, pues los c.5.000 HS son los beneficios, por lo que podemos estimarlos en la categoría de 50.000 HS / día. Por otro lado, en el año 125 el emperador Adriano concedió a la curia de Aphrodisias (Asia) poder destinar la summa de los archierii para gladiadores a realizar una conducción de agua para las termas 49. En Nicomedia se construyeron en el año 110 dos acueductos, uno por valor de tres millones HS y otro por 200.000 HS 50; así que podemos suponer que la partida para gladiadores de Aphrodisias sería notable para poder afrontar con garantías la construcción de un acueducto, máxime cuando solicitan autorización al emperador (permiso que no se pide en las ciudades italianas antes citadas), por lo que podemos estimarlos también en 50.000 HS / día. Así pues, 50.000 HS / día sería el precio de un buen espectáculo gladiatorio en una ciudad provincial en el siglo II. No obstante, también continuaron los bajos precios de la lex Vrsonensis, incluso en capitales provinciales. Así, en Narbo (Galia), en el siglo II con los réditos de un legado probablemente de 33.000 HS, es decir, con c.2.000 HS (cuantía típica de la summa del sevirato), se organizaban anualmente por parte de los seuiri unos combates de gladiadores 51. En este mismo nivel se puede incluir también el munus gladiatorum et Africanarum de dos días que ofreció a mediados del siglo II en Ammaedara (África) un flamen para dedicar un templo de 30.000 HS de valor. Los espectáculos tendrían por lógica un coste menor que la obra que inauguraban, por lo que dicho munus sería de los económicos 52. Pero también había otros precios intermedios entre los 2.000 HS / día de Narbo y Ammaedara y los 50.000 HS / día de las ciudades italianas citadas y de las capitales provinciales africanas. De este modo, en la 2a mitad del siglo I en la ciudad italiana de Allifae se emplearon para contratar 21 paria y una uenatio 13.000 HS de las arcas municipales, a los que habría que sumar la aportación personal del duouir munerario. Dicha aportación seguramente duplicase, como en Vrso o en Paestum, la cantidad cogida del aerarium. Así pues, en torno a los 25.000 HS sería el coste del espectáculo de Allifae. El coste de la uenatio estaría en relación con el valor de las fieras compradas para el espectáculo, pues no era lo mismo traer leones desde África que comprar osos, jabalíes o toros a los cazado-res de la comarca 53. En este caso, al no indicar la inscripción que se trata de fieras africanas, debemos suponer que son bestias locales, por lo que la uenatio no debió de ser muy cara, y su precio sería similar a los gladiadores. En consecuencia, la contratación de los gladiadores podría haber rondado los 10.000 HS. De este mismo precio o algo inferior (5.000-10.000 HS / día) serían los gladiadores dados en la segunda centuria en Arelate (Galia), los cuales aparecen mencionados en una fragmentaria inscripción junto con otras dos evergesías con las que compartiría similar valor: una estatua (c.5.000 HS) y una donación de 6.000 HS para reparar la basilica 54. La oratio de pretiis gladiatorum minuendis aprobada por Marco Aurelio y Cómodo en el año 177 a petición de los sacerdotes de la Galia (seguramente los flamines provinciales que eran los que solían dar munera), pero cuyas medidas afectarían a todo el Imperio (como lo prueba el hecho de que una copia apareciese en Italica, Hispania, y otra en Sardes, Lidia), tenía como principal objetivo hacer más económicos los munera gladiatorum de manera que pudieran ser organizados sin grandes problemas en todas las ciudades provinciales 55. Para ello establece unos precios máximos de acuerdo a cinco categorías de espectáculos: 1) En los munera assiforana que costasen menos de 30.000 sestercios todo permanecería igual. Es decir, el coste de un un gladiador profesional variaba entre 3.000 y 15.000 HS según el rango del espectáculo organizado. De cada categoría la oratio obligaba a que luchasen cada día de espectáculo el mismo número de gladiadores, y que además, junto a estos profesionales, combatieran en igual cantidad gregarii, gladiadores no formados en escuelas, cuyo valor la oratio fijaba de 1.000 a 2.000 HS por cabeza. La oratio también establecía el precio máximo por un damnatus ad gladium en 600 HS y por un auctoratus en 2.000 HS durante su periodo de formación en la familia gladiatoria y en 12.000 HS cuando fuese liberatus. Pero para las tenuiores ciuitates provinciales la oratio determina que no se aplicasen estos precios, sino que el gobernador de acuerdo a los precios de los diez últimos años fijase tres tipos de precios: pretia summa ac media ac postrema. Dichas tres categorías de precios podemos calibrarlas a partir del coste de los espectáculos que hemos expuesto. En el nivel más bajo estarían los munera de 2.000 HS / día, como los de la lex Vrsonensis o los celebrados en Narbo en el siglo II. En el nivel superior estarían los munera de 50.000 HS / día, los habituales en las grandes ciudades italianas y en las capitales provinciales en el siglo II. Y en el nivel intermedio estarían los de 5.000-10.000 HS / día, que son los documentados en Allifae y Arelate. Los munera gladiatorum suelen ser el objeto directo, es decir, la principal evergesía, en los textos de las inscripciones que los conmemoran, por lo que gastarían el total de la summa honoraria y de su ampliatio en el caso de las ediciones ob honorem 56. J.L. Ramírez ha calculado para las ciudades norteafricanas la siguiente distribución de summae honorariae según el cargo del evergeta y el tamaño de ciudad: 53 Fora, cit. [n. Así, en Smirat (África) en la primera mitad del siglo III se pidieron 2.000 HS por cada uno de los cuatro leopardos que participaron en la uenatio de Magerius, aunque éste finalmente pagó el doble (AE, 1967, 549), mientras que en Madaura en la dedicación de una estatua a Marte se dan ludi cum uenatione, cacería de escaso valor, dado que su coste sería inferior al de la estatua, menos de 5.000 HS, por lo que se contratarían osos y herbívoros (ILAlg, I, 2055). 54 También R.P. Duncan-Jones calcula, esta vez para las ciudades italianas, la summa honoraria entre 2.000 y 20.000 HS en función del cargo y del tipo de ciudad en época altoimperial 57. Ahora bien, estas summae honorariae la mayoría de las veces se veían duplicadas por lo aportado por la caja pública o por las ampliationes. A partir de ahí podemos calibrar el coste de ciertos munera de los siglos II y III y asignarlos a una de las tres categorías de precios propuestas, pues, como bien explicita una inscripción de Lepcis Magna, los editores gastarían secundum splendorem natalium / [s]uorum dignitatemq(ue) col(oniae) n(ostrae) 58. Dentro de la categoría de pretia postrema, cuyo valor era de c.2.000 HS / día, podemos incluir otras tres referencias provenientes de pequeñas y medianas localidades de Hispania y África. En Castulo (Hispania) un seuir financió dos espectáculos gladiatorios de varios días de duración, además de frequenter acroamata en el teatro 59. Dada la variedad de espectáculos y que la summa normal del sevirato era de 2.000 HS, suponemos que dichos gladiadores, al igual que los ofrecidos por el seuir de Narbo, serían de c.2.000 HS / día. Asimismo, en una fragmentaria inscripción de Hr. Bou-cha (Turca?) un tal Armatius Senorius recuerda haber dado diez munera en esta pequeña localidad africana 60, por lo que dado el tamaño de la ciudad y la frecuencia de los espectáculos, al igual que en Castulo creemos que se trataba de munera económicos. Por último, un flamen de Agbia (África) gastó su summa en una cella y un munus, que, teniendo en cuenta el tamaño de la ciudad, ambas liberalidades no superarían los 10.000 HS, por lo que los gladiadores serían baratos 61. A estas referencias se pueden añadir otras dos ediciones provenientes de Ostia (Italia), datadas a mediados del siglo II 62. La primera consiste en la contratación de una familia gladiatoria y de una uenatio para la dedicación de una basilica, cuyo coste en Arelate (Galia) en la misma época se constata en 6.000 HS 63. El munus tendría por lógica menor valor que la obra que inaugura, por lo que su precio sería el de c.2.000 HS / día. Poco después otro duouir en esta misma ciudad amplió su summa, que había gastado en ludi, con un munus y obras, por lo que podemos estimar, como en el caso anterior, esos gladiadores en la categoría de los económicos, ya que la ampliatio no excedería de los 5.000-10.000 HS para ambos gastos (gladiadores y obras). En estos espectáculos no intervenían las figuras de la gladiatura, sino luchadores locales, cuya contratación era muy barata. En este sentido, Petronio habla de gladiatores sestertiarii en contraposición a los gladiatores liber(a)ti (las grandes figuras) 64. Ejemplo de lo que podían costar tales gladiatores sestertiarii lo aporta un legado testamentario de Misenum (Italia) del año 149 donde entre los eventos que debían organizarse durante la celebración de los Parentalia incluye la contratación de diez paria de luctatores, a los que se pagaba 8 HS a los vencedores y 4 HS a los perdedores, más otros 8 HS para el conductor harenae 65. Estos salarios están muy lejos de los 1.000-15.000 HS por combate que establecía la oratio de Marco Aurelio, y permiten la organización por menos de 2.000 HS de un torneo de gladiadores, en los que según los grafitos pompeyanos participaban generalmente entre cinco y veinte paria 66. Dentro de la categoría de pretia summa, cuyo valor estaría en los 50.000 HS / día, habría que encuadrar los munera dados ob honorem por flamines y duouiri de las capitales y grandes ciudades provinciales en los siglos II-III, máxime si tal edición motivó que la curia les concediese el honor de erigir una estatua pública, puesto que su summa en estas ciudades ronda normalmente los 20.000 HS, a los que hay que añadir la ampliatio, que sería significativa para motivar dicho honor. Ejemplos de este tipo de munera los encontramos en las ciudades hispanas de Corduba y Carmo, en la galas de Nemausus y Aragenuae, y en las africanas de Carthago, Lepcis Magna, Rusicade, Sabratha, Theueste y Hippo Regius. En Corduba un flamen perpetuus dio ob honorem un munus gladiatorum junto con dos lusiones y declara en la inscripción haber gastado, asimismo, 400.000 HS en varias estatuas, por lo que, dado el valor de esta última evergesía, que se trata del mayor sacerdocio del culto imperial y que lo es en la capital provincial de la Bética, este munus tendría un valor de 50.000 HS / día 67. En Carmo un quattuoruir organizó un munus que motivó que se le erigiesen dos estatuas, una por parte de los equites, por lo que aquél debió ser bastante superior a los normales 68. Lo mismo le ocurrió al editor de un munus en Nemausus al que el ordo le honró con una estatua a petición del pueblo 69. En Aragenuae un pedestal informa que en torno al año 220 un duouir contrató por cuatro días 32 paria sine missione (más caros de lo normal al ser a muerte). En Carthago, donde ya hemos expuesto que un duouir ob honorem gastó 238.000 HS en cuatro días en juegos en el anfiteatro, otro duouir quinquennalis amplió su summa para ofrecer gladiatores y fieras africanas, por lo que dicho espectáculo sería también de los de 50.000 HS / día 71. En la misma época, fin del siglo II-inicio del siglo III, en Lepcis Magna, capital de la Tripolitana, otro duouir ex pollicitatione muneris gladiatori ob honorem quinquennalitatis permissu sacratissimi principis se hizo cargo de obras en las termas y de estatuas que, dado su cargo, el tamaño de la ciudad y que solicita el permiso imperial, para ser recordado tendría que haberse gastado una elevada suma y en consecuencia el dinero destinado originalmente al espectáculo sería elevado 72. Asimismo, a un flamen de la misma ciudad, que se había encargado de forma espléndida de un munus, le honraron con una estatua en forma de biga, uno de los mayores honores públicos, por lo que también la edición debió ser de 50.000 HS / día 73. En la colonia de Rusicade un ciudadano ofreció al emperador Cómodo un munus gladiatorum y una uenatio con diversas clases de fieras, el cual también pertenecería a la categoría de pretia summa merced a la importancia de la ciudad y del destinatario 74. En la colonia de Sabratha un flamen perpetuus, cuyo padre había donado 200.000 HS para la tutela del acueducto, financió cinco días de gladiadores, cuyo coste sería parejo o superior a la evergesía de su padre, ya que motivó que el ordo le erigiese una estatua en forma de cuadriga 75. En Theueste un duouir fue honrado por sus conciudadanos con una estatua pública en respuesta al munus que había organizado, el cual por tal motivo tuvo que ser más espectacular que los normales en esta ciudad (que hemos catalogado dentro de los pretia media), ya que además respondió a dicha estatua con sportulae de dos áureos para diferentes colectivos de la colonia 76. Igualmente, en Hippo Regius dos inscripciones fragmentarias nos informan en una que la curia le concedió una estatua a un editor de gladiadores y en la segunda que el magistrado amplió su summa para dar el munus, por lo que se trata en ambos casos de espectáculos superiores a los normales 77. Finalmente, en Sidi Denden (ager Hipponnesium) las diferentes curias (¿una decena?) de la ciudad le concedieron, en esta misma época, a inicios del siglo III, estatuas públicas a un flamen ob magnificentiam gladiatorii muneris que duró tres días, por lo que también podemos estimarlo dentro de esta categoría superior de precios, dado que fue premiado con tantas estatuas 78. Ya hemos expuesto que la concesión de una estatua pública en forma de biga era un honor muy elevado, por lo que los editores de gladiadores que son honrados con esta merced debieron haberse gastado c.50.000 HS / día en su munus. Aparte de las referidas para Lepcis Magna y Sabratha, tal honor se constata también en el siglo II en varias ciudades de Italia: en Praeneste, Formiae, Neapolis, Amiternum y Pisaurum 79. En Formiae y Pisaurum otras inscripciones citadas más arriba atestiguan fehacientemente la edición de munera de dicho valor en estas ciudades, lo que corrobora la hipótesis de que las ediciones honradas con estatuas en forma de biga pertenecen a los pretia summa. También podemos incluir dentro de esta categoría de precios otras cuatro ediciones premiadas con estatuas públicas, aunque no en forma de biga, dos de Puteoli y una de Praeneste, ciudades donde en la misma centuria está confirmada la edición de munera de 50.000 HS / día, por lo que tales editores para recibir dicho honor habrían financiado gladiadores de precio análogo 80, y otra en Corfinium por un duouir quinquennalis que durante su edilidad había destinado más de 80.000 HS en diversas liberalidades, por lo que durante la máxima magistratura urbana mantendría o superaría ese nivel de gasto 81. Asimismo, en esta categoría habría que inscribir los munera dados en los siglos II y III por curatores y munerarii en ciudades medianas y grandes, ya que éstos suelen ser flamines y duouiri, por lo que la summa que gestionaban debía ser considerable para confiarla a los máximos magistrados urbanos. Esto es claro en los casos en que la buena administración del munus les hizo ser honrados con una estatua pública; lo que sucede en las ciudades galas de Arelate, Dea Augusta Vocontiorum y Lugdunum, en las africanas de Sufetula, Curubis y Thysdrus (en esta última la estatua es en forma de biga, por lo que dado el tamaño de la ciudad y el honor no cabe duda del elevado valor del munus gestionado), y en las italianas de Lanuuium, Praeneste, Fundi y Puteoli (las tres últimas ciudades con ediciones ya constatadas de 50.000 HS / día) 82. A estos testimonios se pueden sumar un epitafio aparecido en Neapolis (Italia) donde el difunto se denomina "munerario splendido", por lo que los espectáculos de los que se hizo cargo tuvieron que ser superiores a los normales 83, y los curatores muneris de Oea y Lepcis Magna, pues dada la importancia de las ciudades y de los curatores (flamines) los legados dejados para dar gladiatores serían también notables 84. El salario de los gladiadores que combatían en estos espectáculos sería el fijado en la oratio Italicensis para la categoría de 30.000-60.000 HS, es decir, entre 3.000 y 5.000 HS los gladiadores profesionales y 1.000-2.000 HS los gregarii, aunque eventualmente también intervendrían grandes figuras de la gladiatura traídas de Roma, cuyo precio superaba los 10.000 HS. Como bien ha planteado M. Carter estos gladiadores no cobraban dicha cantidad, sino que esta cifra era la que el editor debía pagar en caso de muerte de uno de los luchadores, siendo el coste de su alquiler en torno al 20% de ese precio 85. Por tanto, por 50.000 HS / día se podían contratar varias decenas de paria (20 es el número que más se repite en los grafitos pompeyanos) e incluso permitirse combates a muerte. Dentro de la categoría de pretia media (5.000-10.000 HS / día) es difícil de encuadrar testimonios, ya que es la intermedia y en consecuencia la más indefinida. Dentro de ella podemos situar, aunque de manera hipotética, varias ediciones provenientes todas ellas de ciudades de tamaño medio y fechadas en el siglo II: las africanas Theueste y Hadrumentum, la hispana Aquae Flauiae y la italiana Nursia. En Theueste sendos flamines ofrecieron cinco y seis días de gladiadores respectivamente 86. El primero añadió un legado de 50.000 HS, con cuyos réditos dar un epulum anual durante su natalis, y una estatua del mismo valor, por lo que para el munus de cinco días probablemente destinó una cifra similar, es decir, 10.000 HS / día. El segundo los ofreció ob honorem flamonii, summa que junto con la ampliatio sería de c. Por otro lado, en Hadrumentum un duouir durante su magistratura ofreció ludi circenses, un munus gladiatorium y un legado de 11.000 HS para el pueblo; esta última suma estaría en consonancia con las anteriores evergesías, por lo que podemos estimar que los gladiadores tendrían pretia media 87. En Aquae Flauiae un ciudadano, que luego fue flamen provincial, dedicó una ruda ara al dios Hermes por el buen desarrollo de un torneo de gladiadores. En esta apartada ciudad dicho editor no tendría necesidad de contratar un munus de 50.000 HS / día para deslumbrar a sus conciudadanos, pero, si se molestó en hacer un voto a los dioses para asegurarse el buen resultado del munus, es porque había gastado más dinero del habitual (c.2.000 HS / día), por lo que lo suponemos en esta categoría intermedia 88. Finalmente, en Nursia los posibles tria paria dados ob honorem por un aedilis en la dedicación de una estatua no serían muy caros, ya que no superarían el coste de la estatua, pero, teniendo en cuenta que dicho aedilis hizo asimismo una donación de 500.000 HS para la plebe, pudo permitirse contratar para la ocasión seis profesionales a muerte (cuyo salario superaba los 1.000 HS); por ello hemos incluido esta edición italiana en el nivel intermedio 89. Dentro de este nivel incluimos igualmente las ediciones premiadas con la erección de una estatua pública para el munerarius provenientes de ciudades de pequeño o mediano tamaño (a diferencia de las dadas en ciudades grandes que hemos incluido en la categoría de pretia summa). Las encuadramos en este nivel porque el honor de una estatua indica que se trataba de un munus de mayor cuantía que el habitual (c.2.000 HS / día), pero estas ciudades no eran tan importantes para que los editores tuvieran que contratar a figuras de la gladiatura para impresionar a sus conciudadanos, por lo que el coste no se disparaba. Éste es el caso de los munera atestiguados en las ciudades italianas de Minturnae, Fundi, Surrentum, Abella, Cales, Suessa Aurunca, Compsa, Bouianum Vndecimanorum, Trebula Mutuesca y Cures Sabini, en las galas de Aquae Sextiae, Agedincum Senonum y Nicaea, y en la africana de Theueste 90. No obstante, es posible que alguna de ellas pudiese figurar en el nivel de pretia summa 91. Difícil de precisar es el valor de las ediciones dadas en ciudades medianas o pequeñas de Italia, ya sea ob honorem por duouiri, cuya summa no excedería en ningún caso de los 10.000 HS (Circei, Peltuinum, Tibur y Faleriii Noui) 92, ya sea por duouiri curatores muneris (Venusia, Herdoniae, Luceria, Beneuentum, Grumentum, Teate Marrucinorum y Hadria) 93, y que no fueron premiadas con una estatua pública, por lo que seguramente fueron munera de nivel barato o intermedio ya que no motivaron ningún honor público. A esta lista podríamos sumar también los dos munera de los que se encargaron sendos munerarii en las pequeñas ciudades africanas de Vaga y Madaura 94, los cuales, al igual que los anteriores, estarían en el nivel de c.2.000 HS / día o de c.5.000-10.000 HS / día, dada la escasa entidad de las ciudades donde se celebraron. En este tipo de espectáculos el salario de los gladiadores estaría en un nivel intermedio entre los c.10 HS y los 1.000-5.000 HS que cobraban los luchadores en las otras dos categorías estudiadas. A este respecto en un grafito de Pompeii dedicado al gladiador Masculus se lee "uicit Iouia SH CC", que acaso pueda interpretarse como que Masculus ganó 200 HS por su victoria en los Iouia 95. Por otro lado, en el siglo II el jurista Gayo estimaba el precio-medio del alquiler de un gladiador en 80 HS por combate y en 4.000 HS si moría, pues entonces se ejecutaba su venta 96. Los munera de pretia media por lo general no serían a muerte, para poder recobrar parte de lo invertido, y en ellos seguramente se contratase gladiadores de los denominados gregarii en la oratio de Marco Aurelio y Cómodo y a los gladiadores más baratos de las fami-liae gladiatoriae (tirones), cuyo alquiler estaría, de acuerdo con M. Carter, entre 100-500 HS / combate. Así pues, en unos centenares de sestercios podemos estimar la paga de los gladiadores en los munera de nivel intermedio. El siglo IV se caracterizó por la acentuación de los problemas para hacer frente a los gastos de los juegos por parte de los magistrados, lo que implicó que muchos intentasen escapar de dichas obligaciones. De esta forma, de los diez días dedicados a munera en el año 354 en Roma (de acuerdo con el calendario de Filócalo), sólo dos los pagaron los quaestores de su bolsillo (munera kandida), mientras que los otros ocho lo fueron por cuenta del aerarium ante la falta de candidatos (munera arca) 97. En las provincias también se perciben los mismos problemas económicos, ya que el dinero se dedicaría ahora preferentemente a fortificar las ciudades frente a los bárbaros 98. Así, por ejemplo, los emperadores Diocleciano y Maximiano permitieron a una ciudad de Oriente destinar el dinero de los munera a la construcción de una muralla 99. Y en Cuicul (Numidia) en el año 367-375 un alto cargo provincial se hizo cargo de la basilica pro editione muneris 100. Ahora bien, la provincia de África honró a su proconsul Iulius Festus Hymetius en el año 366-368 con una estatua en Roma por haber conseguido que el sacerdocio provincial volviese otra vez a ser disputado entre varios competidores, cuando antes era visto con terror 101. El máximo sacerdocio provincial seguía siendo el flaminato, una de cuyas principales funciones era la de organizar munera gladiatorum en honor del emperador, tal como queda reflejado en los cánones 2 y 3 destinados contra los flamines que daban munera del concilio de Elvira (Hispania), datado a inicios de esta centuria 103, y en el rescriptum de Hispellum (Italia) del año 333-337 104. A este sacerdocio, en consecuencia, iban destinadas las medidas de Hymetius (como en el año 177 la oratio de Marco Aurelio), las cuales lograron su objetivo, pues en varias ciudades tenemos constancia de la continuación de la organización de munera: en África Thisiduo, Neapolis y Madaura, en Italia Lauinium, Velitrae, Amiternum y Hispellum, y en Galia Conuenae 105. De ninguna de estas ediciones provinciales tenemos una posible referencia de su valor, a no ser en Cuicul, que podemos estimar en varios miles de sestercios a precios altoimperiales, pero seguramente la mayoría estaría en el nivel de pretia postrema del siglo II, o media en el caso de los munera más notables (Hispellum), puesto que dicho gasto se habría estancado o disminuido gracias a la intervención legal del proconsul Hymetius, y sobre todo porque era ya, en una época de ruralización, alto, innecesario y poco atractivo para la reducida élite urbana, que prefería emplear sus evergesías en otros menesteres (obras, bodas, mosaicos, etc.). No obstante, en la capital de la Tripolitana, Lepcis Magna, sendos magistrados que habían organizado uenationes son honrados por la curia con estatuas públicas, por lo que se habrían gastado una suma considerable en dichos espectáculos 106. En conclusión, podemos determinar que los munera más habituales en Roma no bajaban de los 200.000 HS / día, interviniendo en ellos las figuras de la gladiatura cuyo coste superaba los 10.000 HS en el caso de que muriesen en la arena, y se reducía a 2.000 HS / combate en caso de que sobreviviesen. Aunque a ese precio habría que añadir los regalos que el editor hacía a las grandes figuras que intervenían, de las que era admirador. En cambio, en las ciudades provinciales los munera tenían un precio bastante inferior. Hemos establecido tres categorías de precios, tomando como paralelo lo establecido por la oratio de pretiis gladiatorum minuendis de Marco Aurelio para las tenuiores ciuitates provinciales: unos munera baratos de c.2.000 HS / día en los que los gladiadores eran locales y valían sólo unos pocos sestercios; unos munera intermedios de 5.000-10.000 HS / día donde los profesionales normalmente no luchaban a muerte y cobraban menos de 500 HS por su participación, ya que eran los de menor categoría dentro de la jerarquía de la familia gladiatoria; y unos munera caros de c.50.000 HS / día en los que combatían figuras de la gladiatura cuyo salario rondaba los mil sestercios si los combates no eran a muerte (pero quintuplicándose en caso de muerte). La frecuencia de cada tipo de munera dependía en gran medida del tamaño de la ciudad, de manera que los munera de 50.000 HS / día eran los habituales en las capitales y grandes ciudades provinciales, mientras que los más económicos eran los predominantes en las pequeñas ciudades, donde, cuando un evergeta quería impresionar a sus conciudadanos, le bastaba con munera de nivel intermedio.
Arqueoloxía da Morte na Península Ibérica desde as Orixes * No se incluyen en este listado ni los libros con reseña individual ni los ingresados por intercambio. FERNÁNDEZ IBÁÑEZ, C; CASTRO PÉREZ, L.; PÉREZ LOSADA, F. (coords.): Arqueología y conservación (Actas del curso de verano de la Universidad de Vigo, celebrado en Xinzo de Limia, 6/10 julio 1992). GUTIÉRREZ LLORET, S.: Arqueología. Introducción a la historia material de las sociedades del pasado. HIDALGO, M^ J.; PÉREZ, D.; GERVÁS, M.J.R. (eds.): «Romanización» y «reconquista» en la Península Ibérica: nuevas perspectivas. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca (Acta Salmanticensia. HIDALGO DE LA VEGA, M' J.; SAYAS ABENGOCHEA, J.; ROLDAN HERVÁS, J.M.: Historia de la Grecia Antigua. Historia Salamanca de la Antigüedad, vol. II (dirigida por J.M. Roldan Hervás). MORILLA CRITZ, J.; GÓMEZ-PANTOJA, J.; CRESSIER, P (eds.): Impactos exteriores sobre el mundo rural mediterráneo. Del Imperio Romano a nuestros días. Actas del Curso de Verano de la Universidad de Vigo, celebrado en Xinzo de Limia, 3 a 7 de julio de 1995.
En este trabajo comparamos varios fragmentos de Recateo de Mileto con algunas de las más antiguas inscripciones griegas halladas en España, lo que, creemos, contribuirá a arrojar alguna nueva luz sobre dichos textos. El descubrimiento en suelo hispano y publicación en los últimos años de cierto número de inscripciones griegas notablemente arcaicas ha generado considerable y lógica expectación. El interés por estos epígrafes en variados soportes, entre los que hay que resaltar los plomos, incluido el llamado de Pech-Maho, proviene no sólo desde el punto de vista de la disciplina epigráfica en cuanto tal, sino por lo que tienen de posibilidad de contraste con otras fuentes. En este trabajo nos ceñiremos a los más antiguos epígrafes, especialmente aquellos que en algún momento han sido fechados entre el vi/v a.C.', tratando de elucidar en qué medida estos textos in-' En principio los recogidos en IGAI = Inscriptiones graecae antiquissimae Iberiae, éd., trad, y com. de Rodríguez Somolinos, H., 333 ss. en Gangutia, E., La Península Ibérica en los autores griegos de Homero a Platón. J. Mangas y D. Plácido, Madrid, 1998, XVI + 332 e índices (en adelante sólo THA y página); éstas y otras inscripciones en un marco cronológico más amplio en EGH = de Hoz, M.P., «Epigrafía griega de Hispânia», Epigraphica, 59, 1997, 29-96. Tanto en IGAI como en EGH se documenta cada inscripción con las diferentes ediciones, dataciones propuestas y abundante, clasificada y crítica bibliografía. Sobre estas ediciones, básicamente sobre IGAI y su traducción, con mínimos retoques, está hecha la selección de textos utilizados en este trabajo que ofrecemos como APÉNDICE DE TEXTOS EPIGRÁFICOS UTILIZADOS al final del presente trabajo. Para las citas de autores y obras antiguas se siguen las ediciones publicadas en AA.VV., Diccionario Griego Español, Madrid, CSIC, 1991, III, páginas XXIII ss., puestas al día en http:/ www.filol.csic. es/depts/dge/lst/lst-int.htm. ciden en el conocimiento de uno de los «padres» de la historia y de la geografía. Mecateo de Mileto, cuyos escuetos y debatidos fragmentos contienen desde época arcaica notables datos sobre la península ibérica, las Baleares y un mundo transpirenaico que alcanza hasta Etruria. A su vez, a partir de ellos y otros del mismo autor referidos a zonas más alejadas, podremos también conseguir una perspectiva mejor para la interpretación de las mencionadas inscripciones, ya que puede decirse que grosso modo gran número de ellas coinciden con la datación del historiador, por otro lado todavía no precisada con absoluta exactitud ^. Se ha creído ver en alguna de las más antiguas inscripciones griegas de la Península explicaciones mientras no se indique lo contrario. Agradezco a H. Rodríguez Somolinos el préstamo de artículos inéditos, así como el acceso a la amable carta del Prof. A.M. de Faria; a Eugenio Lujan por la lectura del original y sus autorizadas observaciones, así como a J.A. Berenguer; a J. Rodríguez Somolinos, por su gran ayuda en la edición informática. -Se tiende a situar el acmé de Hecateo en los años 20 del VI a.C; tal vez algo más tarde escribiría las Genealogías y Periégesis, obras en cualquier caso complementarias y en las que en época posterior probablemente se han ido introduciendo subdivisiones: ver RE s.v. Hekataios (Jacoby), editor que seguimos para Hecateo en Die Fragmente der griechischen Historiker. Leiden, 1957^, I, n° 1, citado sólo por la numeración de los Fr.; su comentario (citado Jacoby comm. y página) de la misma fecha y lugar, I, 318 ss. sigue siendo útil. Cf. también Hecatei Milesii fragmenta (intr. éd., trad. G. Nenci), Florencia, 1954 (citado por n° de Fr.... Nenci), con bibliografía; para estudios generales y a veces con especial mención de la Península, ver Pearson, L., Early Ionian Historians, Oxford, 1939, 25-108; los diferentes trabajos de Tozzi, P., «Studi su Ecateo di Mileto», entre los que destacamos el II «Ecateo e la cultura ionica». Arqueología protohistórica del Bajo Guadalquivir. ELVIRA GANGUTIA ELICEGUI AEspA, 72, 1999 muy concretas de los Fragmentos de Mecateo ^ Esto puede ser excesivo, y pensamos más bien que, aunque hay en estas inscripciones muchos datos que consolidan o abren perspectivas sobre la visión del mundo mediterráneo en expansión tal como se manifiesta en general en Recateo y otras fuentes literarias de la época, lo que en aquellas encontramos son ciertas claves y complementariedad. Los fragmentos de la Periégesis de Mecateo que contienen nombres concretos de la Península, aunque alguna vez describan el interior o pasen a islas, como las Baleares, tienen como hilo conductor una a modo de línea de puntos costera que va desde el Océano (Atlántico), sobrepasando las Columnas de Mércules en dirección este y nordeste hasta atravesar los Pirineos y que, dando la vuelta al Mediterráneo, vuelve otra vez al Océano por las costas norteafricanas ^. Este rumbo en el sentido de las «manecillas del reloj» se desprende, en unos casos, por posición relativa a las Columnas de Mércules; en otros porque se han mantenido segmentos concretos del texto hecateico con la secuencia [iexà ôè... |i8Tà ôè; y en otros, gracias a testimonios de autores posteriores en los que se conservan huellas de Mecateo, como en Merodoro de Meraclea o Avieno ^. Las inscripciones griegas más antiguas halladas en la Península no contradicen este trazado. Además, las alusiones encontradas en ellas rebasan la localización concreta de su hallazgo y amplían considerablemente el área geográfica, de manera que encuentran su eco en la descripción hecateica en forma más general e incluso permiten avanzar en el conocimiento del modo de componer la obra de nuestro autor. Los epígrafes encontrados en Andalucía se concentran en dos zonas concretas: en Muelva, IGAI 10, 13 {EGH 22. Hecateo es el primer autor griego reconocido como fuente por Avieno, Ora 42. Aly, W., «Die Entdeckung des Westens», Hermes, 62, 1927, [pp. 299-341], pp. 398 ss.; se ha querido ver en el punteado de nombres citados por Hecateo una sombra de rutas foceas: Olmos Romera, R., cit. (n. 2), 157. puesto fechas anteriores a Mecateo e incluso a la famosa visita de los foceos a Argantonio, producida cuando empieza «el auge del IVledo» según Meródoto en 1.163: nos aproximarían a una fase próxima al «viaje de Coleo» descrito en Meródoto 4.152, remontando incluso a una época «eriteica» de la que tendríamos rastros en Mesíodo Th. 290 y Estesícoro 184 p.l54 Davies, tradición que Mecateo tuvo en cuenta, aunque con una interpretación particular, como puede verse por su Fr. Gracias a las preciadas inscripciones es posible conectar algunos datos. Recientemente ^ habíamos propuesto que la terminación -6r| de la KaÃáOri transmitida por Mecateo, podía ser un formante femenino con cierta correspondencia en SaiyavOrii Salgante o Seganta del plomo de Ampurias IGAI 1 {EGH 2.14). Queremos añadir ahora que la forma masculina de dicha terminación podría encontrarse en la inscripción de un vaso samio o foceo, ].v vir|0a)i[, «Fulano este vaso don]ó a Nieto[» de IGAI 10 {EGH 22.1) procedente de Muelva. Contiene sin duda un antropònimo no griego, tal vez procedente de un lugar no muy alejado de la KaÃáOri mencionada por Mecateo ^. -0r|, -6o pueden recubrir sufijos indoeuropeos muy comunes, originalmente -ta-, -to-; a su vez -v0-de SaiyávOrii, junto con el conocido'ApyavOcóvioç ^ En nuestro THA pp. 149 ss. y nn. Añadimos que Ùntermann, J., Monumenta linguarum Hispanicarum (en addante MLH). Wiesbaden, 1975-1997, 4 vols., señala en vol. IV, pp. 432, 594 nombres como Calati, Calat(i)us procedentes de Lusitânia como paralelos de Icalatokum en uno de los bronces de Botorrita, MLH IV. Tal vez cuando Heródoto dice (2.33, cf. 4.49) que los Ke^Toí £Íoi E^co'HpaKXécov (5xr(ké(ùv,... oï eaxaxoi TCpòç ô\)0|i8CûV oiKÉODaí y Plinio NA 3.13 señala unos celtici en la zona del Guadiana adquieren estos nombres, sobre todo KaXá9r|, particular sentido. Argantonio, contienen el formante también muy común -nt-', en todas estas palabras, la dental era evidentemente pronunciada de una forma particular que siglos más tarde fué mantenida por los griegos, p. ej., en el nombre de Viriato OupíaÔoç tal como transcribe Estrabón 3.4.5, o Oi)ipía6oç en Dión Casio 73.1 ss. ^ Habría que preguntarse también que se quería representar con la -r|-de vir)0a)i ^. Si es jonio y está por -ã-, como MaoTiTivoí (Fr. 40,42,43,44)'° que exhibe Mecateo en algunas de sus secuencias auténticas, estaríamos ante un tal Niato en vez de Nieto. El resto de las inscripciones andaluzas y las valencianas son particularmente interesantes " desde el punto de vista epigráfico y dialectal pero hacen referencia a un mundo fundamentalmente helénico. Por lo tanto, sobrepasando por el momento esta importante zona, a la que volveremos más adelante, proseguiremos en la Periégesis hecateica rumbo al encuentro con los Pirineos. El grueso de los nombres que a continuación ofrece Mecateo pertenece al mundo ibero, en sentido restringido; a su vez, la mayor parte de los epígrafes griegos hispanos se concentran en Ampurias y cercanías, aunque, como hemos dicho, las referencias que en ellos aparecen desbordan ampliamente esta localización. La gran densidad de epígrafes griegos de la zona emporitana pone de relieve cuestiones importantes en relación con el tema que nos ocupa. En primer lugar, se demuestra que en época de Mecateo miles de km podían ser salvados y se mantenía la cohesión entre remotas regiones gracias a la lengua griega, particularmente en dialecto jonio, del que tanto Mecateo como algunas de las inscripciones encontradas en Iberia proveen extraordinarios testimonios'^. La otra cara de este fenómeno es la necesa-^ También se encuentra -î9oç, aunque uitiose según el editor de Dión Casio, Boissevain. El sonido no encontró grafema que lo representara en latín, solamente -t-(a veces -th-) ni tampoco en las escrituras prerromanas hispánicas. ^ Para lo que cf. tal vez la forma neito del primer bronce de Botorrita MLH IV, K. 1.1.A.6, que en algún caso se ha relacionado con antiguo irlandés nía 'héroe': ver en MLH IV, pp. 516-7.'° Frente a Maaxiavoí en Plb. Cf. también MaaoaXifíxa en EGH 2.1 (Ampurias, I a.C). 23) en la Antigüedad como modelo del dialecto jonio, junto con Homero e Hiponacte; también unido a Hiponacte y Anacreonte en Fr. En los epígrafes de Iberia se han descubierto rasgos fonéticos jonios (incluso con huellas eolias, IGAI 1, EGH 2.14, ver Sanmartí, E. y Santiago, R. A., «Une lettre grecque sur plomb trouvée à ria utilización pública y privada de la escritura. La manera orgullosa y consciente con la que Mecateo manifiesta xâòe yç>â^(ù en su primer fragmento'^ tiene su paralelo en las menciones de la propia escritura encontradas en nuestras inscripciones: ifiç Yp[a(|)fiç de IGAI 5.8 {EGH 2.16) [450 a.C] unido a vó|j, oç de la línea 7 permite desvelar la trabazón de la escritura con un impulso de institucionalización del é|a7i:ópiov''^; ]8Ào eypatlxe de IGAI 24 {EGH 2.41) [entre el VI y el V a.C] posiblemente se refiere al dibujo o pintura en el vaso en el que realizó la inscripción. Un dato especialmente relevante que se deriva de varias de estas inscripciones es la gran vitalidad en esta época de la escritura portátil, la carta y el documento privado. Insistiremos aquí en algunos rasgos léxicos, que hasta cierto punto confirman el ámbito jonio-eolio testimoniado: áKáxiov de IGAI 1 {EGH 2.14) se encuentra previamente en Arquíloco 130.25 y en Alceo 305.1.8; para los antropónimos construidos a partir de hidrónimos, costumbre jonio-eolia, ver infra y n. En lo que se refiere solamente al mundo jonio, la palabra áapo-Xoç {IGAI 4.3, EGH 2.56.3) está citada por primera vez en Hiponacte 185; tenemos àapó? ir| en Semónides 7.61. A este último autor hay que recordar (Semon. 4) en relación con la utilización del dativo ápiejLicòi {IGAI 1.4, EGH 2.14.4), cf. Hdt.3.6; el sentido de áp^ií como autoridad o poder en IGAI 4.14 {EGH 2.56.14), estaría por primera vez atestiguado en Bias de Priene según Arist. EN 11304; ôíÇeoOai, como recuerda H. Rodríguez Somolinos en el comm. a IGAI 3 {EGH 2.43) está además de en la épica (cf. también épifipcp de IGAI 2, EGH 2.38, única cita de tal palabra en singular después de Homero) en Anacreonte 15 y en Heródoto, precisamente en 4.151 en los prolegómenos al «viaje de Coleo».' ^ Dato puesto de relieve por Diels, H., «Herodot und Hekataios», Hermes, 22, 1887, 436 y n. 1, quien recuerda que Hecateo es el primero que manifiesta que «escribe» su obra. Hecateo se interesó por la historia de la escritura: dentro de una línea «milesia», mantenía que la escritura había sido traída de Egipto por Dánao {Fr. Este interés por la escritura (primer intento de análisis del fenómeno lingüístico, ver Meillet, A., «La langue et l 'écriture», Scientia 26, 1919, p. 293) se complementa en Hecateo con su preocupación «etimológica», ver infra y nn. 17 ss.' "* No falta en nuestros epígrafes la terminología colonial, ver palabras como éaicaxoiKiaai de la misma IGAI 5 {EGH 2.16) o áTCOtKÍa de IGAI 4.14 {EGH 2.56.14), en Casevitz, M., Le vocabulaire de la colonisation en grec anden. París, 1985; sobre éfiTiópiov / TtóXiç, ver en Les grecs et VOccident. Roma, 1991, los trabajos de Leveque, R, «Les grecs en Occident», p. Hay que añadir la institucionalización del nombre de'EjuiTCOpixai, IGAI 1 {EGH 2.14) y 7 o la marca Ar||a en ladrillos de Ampurias, EGH 2.37, lo que indica su pertenencia al demos de la ciudad, cf. de Hoz, J., «Griegos e iberos: testimonios epigráficos de una cooperación mercantil», quien en Iberos y griegos: lecturas desde la diversidad. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) El hecho de la existencia de un cierto número de textos sobre plomo, no solamente epistolográficos, encontrados en Iberia y su uso también en las colonias del mar Negro dependientes de la Mileto natal de Hecateo, lleva a reflexionar sobre la particular importancia que en ese momento pudo adquirir el pesado metal en el mantenimiento del flujo de la información y de la cohesión entre metrópolis y colonias, factorías, etc., hecho que pudo coadyuvar a la realización de una obra como la de Hecateo'\ 4. Hecateo no sólo reflexionó sobre la escritura, uno de los primeros análisis de componentes no semánticos de la lengua, sino que también entró en el terreno de alguno de los intentos de análisis semánticos que se ensayaban en la época, especialmente la creencia de que el nombre provee cierta información verdadera sobre elementos reales del referente'^. Es posible que la imposición o adaptación de nombres propiamente griegos a ciertas poblaciones o accidentes geográficos fuera utilizada por Hecateo (y el impulso colonizador griego) en el intento de dar unas mínimas claves para un mapa de recursos que podía ser también uno de los objetos de la Peñé gesis de Hecateo ^\ Hemos puesto antes de relie-ve que el plomo pudo, en cierta época, ser un soporte ideal, casi de primera necesidad para el flujo de información en el Mediterráneo: creemos que no es casual en relación con ello el que Hecateo registre el nombre de la ciudad mastiana MoÃi)Pôívr| {Fr. 44) próxima a Málaga, con lo que muy probablemente se está dando una clave de la localización y explotación del pesado metal'^. Como veremos, algunas de las inscripciones griegas que estudiamos permiten contemplar de cerca la actividad generada por la explotación de estos recursos. Como hemos dicho, uno de los fines de estos breves textos transportables es la transmisión de la información. Para ello no basta con tener un soporte relativamente sólido para la escritura, sino que debe existir una organización totalmente garantizada, aunque se trate de un sistema «pre-postal», casi de fiables «mandaderos». Insistiendo en la teoría semántico etimológica de Hecateo'^, hay que decir que es llamativo el número de «etimologías», o más bien derivaciones eponímicas, que aduce nuestro historiador basándose en aspectos fundamentales de la navegación, con un tratamiento casi respetuoso, de «heroización» racionalista de la organización de la tripulación. El navegante que se aproxima, instala o muere en una región extraña, puede convertirse en «héroe eponimo» de una ciudad o de un accidente geográfico. Según Hecateo, la famosa isla de Faro (Fr. 307) en la de-' ^ Para el uso del plomo en las documentos privados, ver bibliografía en EGH p. 68; muy utilizado en los documentos iberos: de Hoz, J., «L 'écriture ibérique», en Les ibères (Catálogo de exposición), Barcelona, 1997, [191-203], 198, censa setenta plomos ibéricos. En las colonias milesias del mar Negro, ver por ejemplo n'' 23 (donde la carta sobre plomo es llamada |XoA.ípôiov) y 25 de Dubois, L., Inscriptions grecques et dialectales d'Olbia du Pont. Ginebra, 1996.'^ Hecateo sería contemporáneo de Teágenes de Region y otros que a partir de la semántica de los òvójiaxa, básicamente los nombres propios, cuestión que será retomada en el Cratilo de Platón, llegarán a establecer los rudimentos de la lingüística, cf. ya Untersteiner, M., Fisiologia del mito. Milán, 1946, 207 y ver en nuestro «Teorías semánticas en la Antigüedad», Introducción a la lexicografía griega. Madrid, 1997, 10 ss., 28 ss.; cf. más recientemente y en relación con Hecateo, Nicolai, R., «Pater semper...», cit. (n. 442; más recientemente se ha propuesto, un tanto excesivamente, que Hecateo dirigía una misión secreta milesia buscando un lugar de emigración ante el auge de los persas, ver Moscarelli, E., «Ecateo: verifice e proposte». Creemos que se trata de un fenómeno más general relacionado desde antes con la expansión colonial y comercial y a ello se deberían hechos como la imposición de los topónimos en -oussa (cf. García Bellido, A., Hispânia Graeca. Barcelona, 1948,1, pp.72, 74) así como la actividad «descubridora» a la vez que de «señalización» que implica KaTaÔ£Íicvt)|ii, atribuida a los foceos, Hdt. Hecateo, que fué listado por Plinio NH 1.18 junto con otros que se ocuparon de naturae frugum, ofrece nombres como el de la isla (ibera) Kpo-\i-6ox)Oa, la isla «Cebollera», Fr. 51, así como la Kpomiúcov nóXiç (Fr. 349) y 0aGr\Xo\)GGai las «islas de las habichuelas» próximas a Libia (Fr 353); es llamativa la curiosidad casi botánica de Hecateo por la aKavOa K\)vápa «alcachofa» en Hircania (Fr. 291) y junto con ella, la mención del sauce y tamarisco al oeste de los partos (Fr. Cuando Hecateo constata poôcoviá éaxiv r\ pcóÔcov (j)\)T£Ía wOTiEp ícovià r| XÙV icòv (Fr.31), tal vez trataba de servirse de estos nombres como base «etimológica» de los de famosos pueblos griegos, cf. Jacoby, comm. p.329. Lo mismo puede decirse de derivados de nombres de animales, especialmente para indicar recursos ganaderos u otros, ver en nuestro THA p. 138 ss., 151 y n.304.' ^ García Bellido advertía de la coincidencia de la región de los mastianos (zona costera de Murcia y Almería) con explotaciones de plomo (y plata), Hispânia Graeca, cit. (n. Ver en nuestro THA pp. 149 ss. otras identificaciones y cierta bibliografía, donde señalamos también que'EXpÉGtioi Kai Maaxir|voí sería una de las raras secuencias auténticas de Hecateo y que si Mo->lDpôívr| es «la del plomo», en el nombre'EXpéaiioi habría tal vez alusión a la plata, cf. también id. THA pp. 6-11; el oro y la plata son mencionados en el Fr. La «eponimización» del mundo nautico en Hecateo no se detiene en los oficiales del barco: es curioso que no se le pasara desapercibida la vital importancia del diseño náutico y curiosamente, indígena, local. Así, sugiere que el nombre de unos ligeros pero prácticos esquifes, los AiPupviKà aKá(|)Ti, ^° Ello implica la teoría de que los viajes de Menelao reseñados en varios puntos del canto IV de la Odisea comportan una «explicación» geográfica, a base de epónimos de localidades visitadas: cf Jacoby comm. p.369; sobre la relación de Hecateo y la épica, ver últimamente Nicolai, «Pater semper...», cit. (n. Recordemos que los comentaristas antiguos dieron importancia a los viajes de Menelao (los gramáticos Aristónico y Crates de Malo, el historiador Polibio), llegando a pensar que se prolongaron más allá de Gibraltar: ver en nuestro THA pp. 30 ss. -' Nenci, G., «La filobarbarie di Ecateo nel giudizio di Eraclito», Rivista di filologia classica, 27, 1949, 107-117; la aproximación a los indígenas es una constante de los establecimientos griegos desde Huelva a Béziers, según Mohen, J.P., Rouillard, P., Eluère, C. 14), los trabajos de De la Genière, J., «Les grecs et les autres. Quelques aspects de leurs relations en Italie du Sud à 1' époque archaïque», 29-40 y de Morel, J.P., «Les grecs et la Gaule», 41-69, quien resalta el «comercio de técnicas» entre Marsella y los pueblos indígenas (p. 63): tal vez en época de Hecateo desde el mundo no griego podían ser provistas todavía algunas técnicas, ver infra la búsqueda autónoma de soluciones técnicas en IGAI 4 {EGH 2.56) y en relación con los etruscos. ^-Cf luivripóouva Tiávxcov 7pá{|)£O0ai referido a la memoria escrita que se atribuye al propio Homero en Vida de Homero 6 del Ps. Heródoto, cuando se hace al poeta gran viajero (también por Iberia y Etruria) queriéndose crear evidentemente el paradigma del curioso viajero y del «historiador». Volveremos sobre este texto, para el que cf. también nuestro THA pp. 2-5. proceden del de «cierto» personaje llamado Liburno {Fr. Este aprecio por las naves pequeñas y ligeras, complementarias de las grandes y del que encontramos importantes menciones en algunas de nuestras inscripciones, tiene precedentes antiguos. Hesíodo presenta el primero la oposición y complementariedad de la «nave pequeña» con la «nave grande». Si bien contempla la «nave pequeña» con particular simpatía (vfj' óÃíynv aiveîv elogiar la nave pequeña, Op. 643), también opina que, si hay que arriesgarse, es mejor hacerlo en gran escala y poner las mercancías en una «nave grande», lo que implica la existencia de armadores que reúnan carga de varias procedencias y redes comerciales que garanticen que a mayor carga, multiplicación del Kepôoç: (laeíCov Ô' i%\ K8pÔ8i Kepôoç eoaeiai mayor ganancia se añadirá a la ganancia, Op. 644-5) ^^ En época casi contemporánea de Hecateo, los plomos de Ampurias IGAI 1 {EGH 2.14) y de Pech-Maho IGAI 7, evidencian todavía la vigencia de la mencionada oposición hesiódica trasladada a la hormigueante actividad colonial, unida a la necesidad del trato con naturales de la zona. El autor, probablemente un armador, de IGAI 1 {EGH 2.14), igual que el hesiódico buscador de Kepôoç o ganancia en gran escala con la «nave grande», parece exigir un mínimo de unidades o medidas, en número de veinte o diez de vino "' ^, sin el que la 8p,7C0pír| no resultaría rentable. Ahora bien, en lugares de escasas instalaciones portuarias, es forzosa la utilización de una serie de barcas (lanchas, chalanas) de reducidas dimensiones capaces de cargar y descargar transbordando de y a la «nave grande» fondeada a cierta distancia. Esta «nave pequeña» podría estar reflejada en apaav TrccpocKopíoev (barca) adecuada para la navegación costera de IGAI 1 {EGH 2.14) y en los ÒLYiáxia las barcas ^^ de IGAI 7, que, sintomática-"^ En la antinomia «nave pequeña / nave grande» descubre Musti, D., L'economia in Grecia. Bari, 1981, 34 ss., uno de los ejemplos de la polaridad fundamental de la economía griega. La «nave pequeña» de Hesíodo sería un simple bote, según Gray, D., Archaeologia homérica. Die Denkmaler und das frUhgriechische Epos, Gotinga, 1974, 136. ^"^ En el universo «eponímico-etimológico» de Hecateo la colonia milesia de Sinope recibe su nombre de un término bárbaro minorasiático en relación con la «ebriedad»: ver infra y n. Hecateo reseña también una ciudad de nombre "Ap7i£Ào<; en la AiyuaxiKfj {Fr. 58), tal vez en torno a Marsella; sobre los egipcios como bebedores de vino, ver el Fr. 14; van Effenterre, H. y Ruzé, E Nomima, II, Roma, 1995, pp. 268 ss.; cf. de Hoz, J., «Los negocios del Sr. Heronoiyos» (en prensa); de todas formas, para àpoav, ver infra n. 28; para los àKátia, también supra n. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ ELVIRA GANGUTIA ELICEGUI AEspA, 72, 1999 mente, están fondeadas en el río (TtoxaiLióç) desde donde es posible introducirse tierra adentro. Nuestros IGAI 1 {EGH 2.14) y 7 muestran que en un lugar muy alejado de las metrópolis helenas había forzosamente gran demanda de estas pequeñas embarcaciones, bien adaptadas al medio, y de sus expertos patrones locales: asistimos a un probable acaparamiento de «barcas» (àKáxia en IGAI 1 y ocpaav TcapaKOjxíev de IGAI 1.5-13, EGH 2.14.5-13) y en esta última inscripción a la captación de personas expertas (si hubiese dos, que envíe a los dos) a las que se ofrece ventajosa asociación con tal de conseguir este transporte (Ta)]|ii)au \itxé%zxix) que participe con la mitad, 1. 11); todo debe hacerse en el menor tiempo posible cbç ctv ôi3vr|Tai Táxioxa; recordemos también las participaciones, anticipos, señales y fianzas para adelantarse y conseguir estas lanchas en IGAI 7; también en IGAI 8, aunque no sabemos sobre qué versa, se ofrece probablemente un trato ventajoso. Como vemos, todo ello obliga forzosamente al trato, casi dependencia de los habitantes de la zona: Báonzòl de IGAI 1.4, 7 {EGH 2.14.1, 7) auténtico agente del autor de la carta y BaaiyEppoç uno de los testigos del complejísimo trato de IGAI 1 tienen nombres ibéricos ^^. Todo ello pone de relieve fragmentos de la realidad que Mecateo consideró digna de «eponimización» en la figura del adriático Liburno. Hemos visto que el nombre de la ciudad mastiana de MoÃupôívri podría ser la imposición de un nombre griego con la intención de señalar ciertas características relevantes locales; también, que Mecateo transmite una serie de nombres étnicos y de lugares geográficos indígenas que pueden ser adaptaciones al griego, ilustrando este caso con el nombre de la ciudad de KaÃá6r|, probablemente en el sudoeste de Andalucía. Prosiguiendo ahora la línea de exposición de la Periégesis, ya en el Levante ^^ Sobre Baa7C8Ô[, ver de Hoz, J., en Sanmartí, E. y Santiago, R.A., «Une lettre grecque sur plomb...», cit. (n. 12), 123; de Hoz, J., «La lengua y la escritura ibéricas, y las lenguas de los íberos», Lengua y cultura en la Híspanla prerromana. Baaiyeppoç sería la transcripción griega de un ibérico basi-kefe, ver de Hoz, J., «La lengua y la escritura ibéricas...», cit., 654; id., «Griegos e iberos: testimonios epigráficos de una cooperación mercantil...», en Iberos y griegos... 14), 243-271, pone de relieve que al menos una parte del trayecto comercial estaba en manos iberas. Sobre esta navegación fluvial o en zonas pantanosas con barcas autóctonas, complementaria del gran barco comercial, ver en relación con el plomo de Pech Maho, van Effenterre, H. y Ruzé, F., Nomima, II, Roma, 1995, 268 ss.; tales terrenos pantanosos conforman «paysages phocéens typiques», según Morel, J., «Les grecs et la Gaule», Les grecs et VOccident, cit. (n. Peninsular, nos encontramos con la ciudad de SiK(Xvr|-7IÓÃIÇ'ipîipiaç (Fr. En el trasfondo de la «eponimia» y «etimología» de Mecateo se encuentran mitos que formarían el primer entramado que «explicaría», como ya hemos visto, nombres de pueblos y ciudades. En algunos casos, cuando el autor no acaba de encontrar la evidencia de la relación «etimológica», considera que se ha producido un proceso de corrupción (Kaxa (|)6opáv), casi de «cambio lingüístico» en el que él decide intervenir y si es necesario forzar una etimología, incluso introduciendo un mito desconocido hasta el momento. Por ejemplo, según nuestro historiador {Fr. 34) el nombre de la ciudad de SivcÓTiri procede de la «corrupción» de la palabra oavánai ebrios, en el «dialecto» de las Amazonas y en relación con un mito que haría referencia a una de éstas ^\ Se ha propuesto para Salgante o Seganta de IGAI 1 {EGH 2A4) una identificación con Sagunto ^^: consideramos que la hecateica y enigmática Sicane debiera ser tomada en consideración en relación con esta interpretación. Pensamos que lo mismo que, como acabamos de exponer. Recateo explica SivcÓTTTi como una «corrupción» de o avana, cabe la hipótesis de que adaptara SaíyavÔa o SocíyavOri como EiKávri antiguo nombre de toda o parte de Sicilia, basándose en alguna afinidad lingüística aparente o real: no deja de ser curioso que en una inscripción ibérica de Sagunto aparezca sike-2^ Cf. la fuente Sch.A.R.2.946, 948 y oávaTixiv TT]V oivicótriv, XKÚSai Hsch. Es posible que Hecateo dedicara cierta atención a esta explicación mítico-lingüística del nombre de Sinope en el mar Negro, ciudad con vínculos coloniales con Mileto y en cuyas inscripciones no faltan personajes con el nombre'EKaxaîoç: ver n°s 1,2, 102 de Dubois, Inscriptions grecques dialectales..., cit. (n. Hecateo acude con cierta frecuencia a este proceso de «cambio lingüístico»: Ka\)?icuvía en Italia es llamada en el Fr. 84 AúXcovía, Olà TÒ jiéariv atXíovoc, eivaí y posteriormente fué cambiado su nombre a Caulonia; en el mismo Fr. nos informa que 'ETCÍôaDpoç procede de' ETCÍTaDpoç, KXaC,o¡iEvaí de nXaÇojievaí; también que MexaTCÓvxiov procede de ana MExápot), cierto «héroe». 2^ J.L. Melena, en Santiago, R. A. y Sanmartí, E., «Notes additionnelles...», cit. (n. No queremos pasar por alto la propuesta de López García, A., «Nota sulla lettera di piombo da Emporion», Tyche, 10, 1995, donde se propone para la secuencia apoav de IGAI 1.5 {EGH 2.14.5), el nombre de la ciudad "Apoa: cabe una posibilidad de que, en lugar de una ciudad situada vagamente en el sur de la Península, estemos aquí ante una versión de arse, el nombre ibérico de Sagunto, según conocemos por las más antiguas leyendas monetales hispánicas, ver García-Bellido, M'\R y Ripollès, P.R, «Prestige et espace économique des ibères», en Les ibères, cit. un -^. A su vez, los precedentes de la explicación «histórica» del primitivo poblamiento de Sicania o Sicilia por parte de iberos procedentes del río Sicano que algunos historiadores antiguos de relieve consideraron perfectamente «científica», podrían haberse iniciado en alguna explicación etimológica enunciada por Mecateo ^^. En el avance de sur a norte ^' de la Periégesis de Hecateo, encontramos. En otra ocasión habíamos propuesto ^^ que tal vez en el nombre de esta ciudad ibérica, -pao-podría ser un elemento que aparece con frecuencia en la onomástica propiamente ibérica y concretamente en los mencionados Báomòl de IGAI 1.4, 7 (EGH 2.14.4, 7) y Baoiyeppoç de IGAI1 ^^ Sin embargo, en la medida que nos permite nuestro conocimiento particular, sólo tangencial, de las lenguas prerromanas de Hispânia, consideramos que habría que dejar ese formante como lo que parece que es, algo propio de antropónimos y acudir a otros ámbitos donde puede hallarse algo más aceptable para Kpocpaoía ^'^. ^^ Probablemente un nombre: MLH III 2, El 1.6; cf. también sikebones G.I.6 (Alcoy), sekenius F.9.5 (Orleyl), cf. F.7.2; en un plomo ibérico del mismo Ampurias MLH III 2, C.1.6 encontramos nombres como siken, sikounin; de forma congruente con la formación con -vO-de ZaiyávOrji (y ver supra y nn. 6 ss.), hay buenos paralelos en textos puramente celtibéricos: el nombre Sekontios se repite cuatro veces en el segundo bronce de Botorrita MLH IV, K.l: en la línea 48 de la columna II justamente a continuación de una tal Sikeia, siendo el primer nombre de la misma columna Sekanos. Valencia, 1989, 15-28, propone Sagunto como nombre celtibérico; duda Santiago, R. A., «En torno a los nombres de Sagunto», cií. (n. 131, constata autores griegos que transcriben el nombre de la ciudad y sus étnicos como Eey-. Formas que comienzan por sec-(seg-) en antropónimos y topónimos aparecen en zona celtibérica, pero también en el este, Untermann, J., Elementos de un atlas antroponimico de la Hispânia antigua. 29), 15, propugna la identificación de Kpapaaia con Sagunto, siguiendo a Schuhen, A. y AA.VV, Fontes Hispaniae antiquae, Barcelona, 1954-, I, p. 120; duda Santiago, R.A., «En torno a los nombres de Sagunto», cit. (n. 3^* Eugenio Lujan nos sugiere una posible relación con karbika. Siguiendo la ruta de la Periégesis, encontramos mencionados una serie de pueblos: nos detendremos en el de los "Eaôr|T8ç-êOvoç'ipripiKÓv según el Fr. Salvando ciertas dificultades, sería el etnònimo de un pueblo identifícable en otras transcripciones con los sedetanos ^^ testimoniado a su vez en leyendas monetales ibéricas como seteisken, (y seteis, setei)^^, adaptado al griego con un alargamiento en -t-^^. En relación con este etnònimo y con los "Eaôr|Tsç documentados en Mecateo habría que poner el nombre de Eeôeycov, uno de los testigos que asisten al trato descrito en el plomo de Pech-Maho, IGAI 7, y paralelo, con las salvedades antes mencionadas, a'EÔ8Kcav (Plb. Pech-Maho se encuentra en lo que fué el territorio de los elísicos, pueblo ligur segiin Hecateo (Fr. 53), y cerca de Narbona, éfiTrópiov Kai TUÓÃIÇ KeÃTiKfj emporio y ciudad céltica según el pasaje de Esteban de Bizâncio que contiene el de Hecateo en el que llama a los habitantes de esta ciudad NapPaíouç {Fr. Estos y otros, aunque escuetos, fragmentos de Hecateo permiten atisbar una gran variedad de pueblos próximos entre sí, (iberoselísicos-ligures) ^"^ sobre los que el elemento griego ejerce una decisiva influencia: todo ello nos lleva a otro mínimo fragmento de Hecateo, el que menciona a los Miayrìxec, pueblo ibero segiín Hecateo Fr. Esta diversidad étnica trabada por el trato comercial autorizado en la lengua griega, se hace perfectamente patente en el mencionado plomo de Pech-Maho, IGAI 7. Tenemos al eventual griego'Hpcavoíioç y los emporitas, en principio del B?i£p\)aç, ]a\)apa)aç no serían ibéricos, ver de Hoz, J. en intervención en la discusión sobre el plomo de Pech-Maho en Iberos y griegos..., Eds. 25), (cf. Untermann, J., «Repertorio antroponimico ibérico», Archivo de Prehistoria Levantina, 1987, 313) considera que el monosílabo kon puede entrar en la antroponimia ibera. ^'^ Hecateo dedicó cierta atención a los elísicos y los ligures evidenciando una relación con el mundo celta {Frs. Una sombra de estos fragmentos estaría en Avieno Ora, quien tras el paso por los Pirineos y las tierras sordicenas señala la gens Elesyciim en los vv. 586 ss. y Nar o ciuitas su capital; en el V. 611 (tras una lacuna) indica que el río Orano (el Hérault) marca la frontera entre H ibera tellus y los ligures. Por su parte, Heródoto 7.165 incluye a los elísicos, junto con iberos y ligures, luchando juntos en la batalla de Hímera, en una época que coincidiría con el acmé de Hecateo, momento en el se hace más densa la relación entre el mundo ibero y el de los elísicos, ver Solier, Y., «La culture ibéro-languedocienne aux VI-V siècles», Ampiirias, 38/40, 1976/8, 211-264. Por lo demás, pueblo mal conocido, Schulten, Fontes..., cit. (n. 25), La epigrafía de la zona de Narbona refleja la complejidad de las poblaciones de la zona, ver Untermann, J., «Lengua ibérica y lengua gala en la Calia narbonensis». Archivo de prehistoria levantina, 12, 1969, 99-116; Correa, J.A., «Antropónimos galos y ligures en inscripciones ibéricas», Studia paleohispanica et indogermanica J. Untermann ab amicis hispanicis oblata. El contacto entre ligures y elementos procedentes de la Península no debió ser siempre pacífico, como indica el Fr. 199 de Esquilo o el mito de los sicanos / iberos huyendo de los ligures según Tucídides y otros historiadores: ver supra y n. "^^ Que recuerdan los AíyuEÇ Kai "Ipr|peç [Liyáòeq ligures e iberos mezclados de Ps. Mí(jyr|í£Ç es creada con alargamiento en -t a partir de una forma jonia de la raíz de jie(i)YV\)|ai, jiíayo), verbo este ultimo que se encuentra en una de las escasas frases literales conservadas de Hecateo (Fr. 405.'EpTtópiov por antonomasia, Ampurias"^'; los elísicos o ligures estarían representados por BÃepuaç, ]auapi)aç; los iberos por Baoiysppoç, dei que ya hemos hablado, y por roÃo[.]Piup y NaÃPs[..]v ^-. La ruta alguna vez marcada por peía ôs... peta Ô8, nos acerca a Marsella o MaooaXía: Hecateo (Fr. 55) sería el autor más antiguo que la menciona, como aiioiKoç colonia de los foceos en un entorno ligur y céltico ^^ Aunque desde el punto de vista arqueológico se advierte hoy día más que supeditación de Emporion a Marsella, cierto paralelismo a finales del VI, en las inscripciones emporitanas se evidencia un innegable peso marsellés "^^i' ^' Cuya formación en -t-a pesar del cúmulo añadido de sufijos se reconoce en las formas romances cat. empordanesos, cast, ampurdaneses. Pero recordemos también que en el ^^-Sobre ZeÔEycûv ver supra y n. 39; cf. también De Hoz, J., «Los negocios del Sr. Heronoiyos», cit. (n. 37) que sólo «entrando en un auténtico juego de equivalencias arbitrarias» podríamos pensar que -Daç de BXepDaç, ]a\)ap\)aç corresponde al ibero pac; de Faria, A.M., «Epigrafia monetaria meridional», Conimbriga 30, 1991, p. 18 cree ver en BXepDaç una mala lectura por EXepuaç documentado como Eler Bas en Elne, a medio camino entre Sigean y Ampurias; id., «Subsidios para o stado da antroponimia iberica», Vipasca, 3, 1994, 69. ^•^ MaooaXía nóXiq xf\ç, AiyuoxiKriç Kaxà xr\v KeX-TiKrív, áTTOiKOç û)Ka£û)v; para Hdt. Marsella y los masaliotas aparecen con frecuencia, pero dispersos, en la epigrafía («Massilian diaspora» SEG 42.969), y en documentaciones no tan antiguas (dudas sobre la fecha de ]ooaX[ en el «Tesoro de los masaliotas» de Delfos, SEG 17.244) como la hecateica. F. Jacoby no desdeña el papel de relatos como el de Eutímenes de Masalia en la obra de Hecateo: «Líber die Entwicklung der griechischen Historiographie», Klio, 1909, 83 y n. 2.'^'^ Sanmartí, E. y Santiago, R.A., «La lettre grecque d 'Emporion et son contexte archéologique», RAN, 21, 1988, 3-17; también Rouillard, R, «Les emporia...», Les grecs et l'Occident, cit. (n. 14), 102, quien cita los plomos de Ampurias y Pech-Maho; desde el punto de vista numismático, García-Bellido, M" Paz, «Las relaciones económicas entre Massalia, Emporion y Gades a través de la moneda», Iberos y griegos..., Eds. Cabrera, R, Olmos, R. y Sanmartí, E., HArq., cit. (n. Se mantiene, además, en la antigua Ampurias una onomástica basada en hidrónimos de Asia Menor (Kauaxpioç IGAI 6.7, {EGH 2Al) (450 a.C),'EpfiÓKOCiKoç EGH 2.18 (iv/iii a.C), lo que era visto en la Antigüedad como típico de Masalia' ^^. La ruta marcada por Mecateo pasa de Marsella a Etruria. Las dos caras de la relación entre ambas en esta época ^^ se reflejan, como en una moneda, en el plomo de Pech Maho, IGAI 7, cuyo autor, aunque sólo reciclara una de las caras de la lámina de plomo, actuó como eslabón entre el tráfico etrusco, el griego y la península ibérica: la cara A, en etrusco, lleva escrito el nombre de Marsella' ^^; en la cara B, en griego, aparecen los emporitas, teniendo como telón de fondo un mundo indígena diverso, del que ya hemos hablado. C. y su decadencia a partir del v. Es posible que en época próxima a Mecateo, incluso influenciado por él, se produzca la aseveración de Esquilo Fr. 132L, de que el Erídano, identificado con el Ródano, está en Iberia, es decir, advierte la prolongación de una franja de influencia ibérica casi hasta Marsella, cf. los,(según Schulten, Fontes...,cit.,(n. Musso, O., «L' àvtiypa^fì di Pech-Maho (Aude, Francia) e un 'etimologia di Tuscus», Rassegna di studi del civico museo archeologico e del civico gabinetto numismatico di Milano, 51/52, 1993, 39-40 cree que ambas caras son copia la una de otra autorizadas por la misma persona, con deducciones «etimológicas» un tanto arriesgadas. Pero también en otros antiguos epígrafes griegos encontrados en el ámbito ibérico pueden detectarse huellas de un fluido tráfico con Etruria. En IGAI 4 {EGH 2.56) "^^ contemplamos la intensidad del traspaso de conocimientos técnicos en el Mediterráneo oriental, para lo que debemos retrotraernos una vez más a la tradición hesiódica. En Hesíodo se empieza a atisbar el abandono de una economía de supervivencia en la que destacan oficios especializados a los que se dedican grupos de personas cada vez en mayor número y entre los que existe gran competencia {Op. Entre ellos destaca el alfarero, lo que hizo que pareciera verosímil el adscribir a nuestro poeta el curioso poema Ká|iivoç o K8pa|i8Íç o el Horno o los Alfareros {Fr. En esta obra, el poeta está dispuesto a invocar la presencia de Atenea para que propicie buena cochura, correcto ennegrecimiento de los cacharros y buen negocio, si los alfareros le remuneran; si no lo hacen, el aedo conjurará a malévolos genios destructores de los hornos y los objetos que contienen. Este miedo del artesano a que la cochura sea defectuosa, tan hábilmente utilizado por el vate, se traduce en IGAI 4 {EGH 2.56) en búsqueda de soluciones puramente técnicas que impidan la rotura de los vasos durante la cochura o que mantengan el color, especialmente el negro ^°. Una de las soluciones propuestas es probablemente lo que hoy en día llamaríamos espionaje industrial. Energo, el remitente de la tablilla/carta recomienda a su hermano que estudie los hornos etruscos para conseguir algún dato técnico que impida la temible rotura de ^^ Esta inscripción ha suscitado dudas a causa de lo extraño de su aparición y alfabeto, tal como cuenta en la ed. pr. Oxford, 1961, considera que la tablilla puede ser una copia, pero de un texto posiblemente antiguo; se han visto también en ella rastros «des ductus ibériques», ver Dubois, L., Bull.Epigr. A pesar de no ser especialistas en el tema, se nos ocurre, que efectivamente, pueda haber rasgos que evidencien un substrato indígena: ¿posibilidad de que 'EjiTCÚXiov sea una grafía particular sobre una pronunciación nativa de' EfiTiópiov?'^^ El léxico especializado de este poema puede remontar a época micènica, ver Eckstein, E, Archaeologia homérica. Curiosamente, el poema se encuentra también, atribuido a Homero, en la Vida del Ps.-Heródoto 23, varias veces citada en el presente trabajo. Etruria y sus «islas» fueron un importante foco siderúrgico ^' y por lo tanto productor de abundante hollín, que debió conformar el «paisaje industrial» que determinó que la isla de Elba fuera llamada por Mecateo en su Fr. 59, AiOáÃrj ^-, es decir, la isla Hollín òià lò aíôtipov e^eiv, por tener hierro. Por lo tanto, tiene cierta lógica que en una época casi contemporánea del historiador, Énergo piense en importar algún hollín especial de Etruria, cuestión que parece haber resuelto localmente, aunque aconseja todavía a su hermano que aproveche el viaje a esa región para investigar los hornos. Energo no parece ser únicamente un modesto alfarero, sino que testimonia experiencia (¿y actividad?) metalúrgica en relación con el bronce y la plata, con lo que añade un dato local de primera mano a las tradicionales noticias sobre la riqueza minera de la Península, que aparecen también en Mecateo en forma de topónimos como el de MoÃupôívq en Fr. 44, ^' «Islas sagradas» según Hesíodo Th. 390; de Elba se llegarán a extraer millones de toneladas de hierro, ver Healy, J.F., Mining and metallurgy in the Greek and Roman world. del que ya hemos hablado, "IpuÃÃa del Fr. 45 Menci, o tal vez los' EÃpéoTioi de Fr. Otra referencia al tráfico con Etruria, aunque dudosa, estaría en el nombre supuestamente etrusco Ti8Ãap[-^^ del plomo IGAI 8 B.l {EGH 2.15). Debemos poner fin aquí a nuestro caminar al hilo de la Ferié ge sis de Mecateo. Esperemos que nuestro trabajo permita arrojar alguna luz sobre los mecanismos que permitieron al «padre de la Historia», además de ser un hombre noÃuirÃavfjc; gran viajero, conseguir la información necesaria para que su obra fuera considerada «asombrosa» por sus contemporáneos, gracias en parte al activo tráfico testimoniado por las arcaicas y preciadas inscripciones griegas de la Península. ^^ En la ed. pr., Santiago, R.A. y Sanmartí, E., «Une nouvelle plaquette de plomb trouvée à Emporion», ZPE, 77, 1989, [36-38], 38; pero nombre ibérico, Santiago, R. A., «Presencia ibérica en las inscipciones griegas recientemente recuperadas en Ampurias y Pech-Maho», en Iberos y griegos Eds. Cabrera, P., Olmos, R. y Sanmartí, E., HArq., cit. (n. APÉNDICE DE TEXTOS EPIGRÁFICOS UTILIZADOS
a pesar de las carencias que presenta su documentación arqueológica. El estudio morfológico e iconográfico efectuado permite matizar algunas de las interpretaciones que se han hecho sobre estos recipientes, así como proponer su identificación como elementos de culto de una divinidad femenina e indicadores de la existencia de un sacerdocio desempeñado por mujeres'. En las salas que el Museo Arqueológico Nacional dedica a la cultura ibérica, se exponen algunos de los materiales cerámicos más representativos de las necrópolis ibéricas de la Alta Andalucía. En la vitrina dedicada a la necrópolis de Toya, se exhibe un singular recipiente cerámico, que hace pareja con otro; ambos han merecido en ocasiones la atención de distintos investigadores, pero nunca han sido estudiados con detalle. Con los números 33.681 y 33.682 del catálogo general del Museo Arqueológico Nacional, estos dos recipientes, a los que nos referiremos a partir de ahora como n° 1 y n° 2, presentan las siguientes características: son de pequeño tamaño, 11,2 y 10,1 cm para el cuerpo y 5,9 y 6,4 cm para la tapadera respectivamente. Presentan un borde ligeramente apuntado-redondeado, separado por un ligero estrangulamiento del hombro que aparece marcado por una carena de donde arrancan dos asas verticales que terminan en el sector superior del cuerpo. Éste es de perfil bitroncocónico con dos sectores bien diferenciados, el superior de perfil convexo que termina en una carena donde comienza el sector inferior de tendencia ligeramente cóncava, que lleva una moldura (figs. 1 y 2). Los ejemplares tienen un pie alto, ligeramente moldurado, con el fondo hundido y umbo. La tapadera en estos ejemplares presenta un borde apuntado con un perfil convexo hasta una moldura, a partir del cual el perfil se hace ligeramente cónico para terminar en un asidero. La pasta es de color anaranjado, muy cuidada, sobre la que se aplicó un engobe rojizo-amarillento y presenta un degrasante de muy pequeño tamaño a base de caliza y mica. La decoración de estos recipientes es de dos tipos, pintada y plástica. La primera es de color vinoso, a base de bandas paralelas distribuidas por el cuerpo que enmarcan dos zonas en el cuerpo decoradas con motivos geométricos. En el caso del ejemplar n° 1 se trata de dos frisos de círculos concéntricos, mientras que en el ejemplar n° 2 el friso superior es de círculos concéntricos y el inferior de semicírculos concéntricos. En las tapaderas, la del ejemplar n° 1 presenta ocho grupos de semicírculos concéntricos que no llegan a contactar con la base del asidero, mientras que la del ejemplar n° 2 presenta un motivo decorativo más complejo, al combinar cinco grupos de círculos concéntricos en la base del citado asidero (figs. 1, 2 y 10). La decoración plástica consiste en un cordón de superficie plana situado en el sector central del cuerpo de ambos ejemplares, decorado con un motivo estampillado de rombos excisos entre aspas en negativo, enmarcado por bandas en el ejemplar xf 1 y con una banda de color vinoso sobre el estampillado en el ejemplar n° 2. En las tapaderas de los ejemplares destaca una moldura estrecha decorada a base de incisiones y en el asidero un ornitomorfo modelado sin excesivos detalles anatómicos (figs. 1 y 2). Estos recipientes, como ya se ha indicado, proceden de la necrópolis ibérica de Toya, que debe su fama a la impresionante cámara sepulcral hipogea y al variado ajuar que se rescató de su interior, así como a la colección de vasos ibéricos y áticos pro- cedentes de otros enterramientos de menor monumentalidad, que se encuentran dispersos por distintos museos nacionales y extranjeros, si bien la mayoría se encuentran depositados actualmente en el Museo Arqueológico Nacional. Como han señalado distintos autores (Pereira, 1987; Pereira y Chapa, 1991), las circunstancias de su hallazgo casual en 1908, su posterior expolio y los planteamientos científicos de la época condicionaron que los trabajos de Cabré (1925) y Mergelina (1944) se limitasen a documentar «in situ» y en colecciones particulares parte de lo expoliado en un caso, y a restaurar la cámara efectuando algunos sondeos sin un plan concreto, en otro. Estas limitaciones se reflejan en que se desconoce el número total de sepulturas de distinto tipo que conformaban la necrópolis, la localización y descripción de las estructuras funerarias distintas de la cámara son muy imprecisas, el registro del ajuar es parco en detalles y la documentación gráfica es deficiente (Pereira y Chapa, 1991: 192). Sólo contamos con estudios detallados para la cámara (Cabré, 1925; Madrigal, 1997), parte del repertorio de vasos ibéricos (Pereira, 1979) y los restos de carro documentados dentro y fuera de la cámara (Fernández-Miranda y Olmos, 1986), pero para la mayoría de los materiales que proceden de esta necrópolis no se puede fìjar con precisión su contexto arqueológico. Asi pues, los dos ejemplares que nos ocupan carecen de contexto claro, si bien su estado de conservación y las escasas referencias conservadas parecen confirmar su procedencia de un contexto funerario. Sin embargo, no podemos saber si formaban parte de la misma tumba y, si se dio esta circunstancia, si pertenecían al mismo enterramiento, en qué lugar de la tumba se depositaron o con qué otros elementos estaban asociados. La primera referencia sobre estos dos ejemplares la realiza Cabré en su trabajo sobre la cámara de Toya y los materiales «expoliados» a los que pudo acceder, entre los que cita «... dos especiales copas con un pájaro sobre su tapadera, estrías y círculos pintados de rojo» (Cabré, 1925: 97-99), reproduciendo en la tabla de formas cerámicas un boceto del ejemplar n° 1. Una referencia más escueta aparece en el trabajo de Pericot (1934) sobre la España Primitiva y Romana, en la que aparece una fotografía del ejemplar n° 2, sin referencia en el texto, ni número de página o de lámina. La primera identificación de estos dos ejemplares como imitaciones de modelos áticos, más concretamente píxides, se debe a García y Bellido, quien en distintos trabajos repetirá dicha valoración reproduciendo en una ocasión los dos ejemplares (García y Bellido, 1947, 1976y 1980: fig. 135). Similar valoración será adoptada por otros investigadores como Fernández-Chicarro (1955: 331) cuando habla del «... pixis procedente de la antigua Tugia», al buscar paralelos a la decoración pintada y plástica de un recipiente cerámico de una tumba de los Castellones de Ceal. También Blanco Freijeiro (1963: 91) los describe como «... tarros o joyeros que imitan un pyxis» y Arribas (1965: 191 lám. 16) destaca el conjunto de imitaciones de crateras y píxides griegas en la necrópolis de Toya. Los últimos trabajos en los que se hace referencia a estos ejemplares presentan una documentación gráfica más detallada e inciden en su carácter de imitaciones, si bien se matiza que no se trata de imitaciones fidedignas de prototipos áticos, sino más bien de una reelaboración del alfarero indígena (Pereira y Sánchez, 1985: 93-94). Una línea similar mantiene Aranegui, que publica el ejemplar n° 2, que es descrito como la versión ibérica de la caja para guardar afeites de la vajilla ática, aunque identifica el prototipo como una lécane si bien lo cita por error como procedente de Baza (Aranegui, 1992). El equipo del yacimiento de Garvâo, en la revisión que hacen de los vasos con decoración ornitomorfa, identifican las piezas de Toya como píxides y las valoran como el atributo de una deidad femenina, a la que se dedican este tipo de recipientes, que suelen aparecer en contextos votivos (Beirão et alii, 1985: 115-118). Hasta el momento son los trabajos de Olmos los que no sólo han abordado el estudio de estos recipientes con mayor profundidad, sino también los que han abierto nuevas perspectivas en el estudio de las imitaciones ibéricas de formas áticas en general. Este investigador, quien adopta la nomenclatura de píxide para los ejemplares que presentamos, matiza que su estructura de caja con pie y tapadera con asa en forma de ave tiene paralelos en el mundo etrusco e itálico (Olmos, 1985). Olmos propone como paralelo indirecto los lebetes gamikoi de Beocia, decorados con palmetas y pájaros. Estos vasos están vinculados en el mundo griego al ritual de boda (Olmos, 1989: 108), lo que le lleva a plantearse cuál sería la interpretación que de estos recipientes hizo la sociedad ibérica de la Alta Andalucía. Sugiere la necesidad de profundizar en el estudio simbólico y funcional de estas píxides, probablemente vinculadas al culto de una divinidad femenina, cuyos símbolos serían los círculos y las palomas proponiendo como paralelo más claro el recipiente de borde y tapadera dentada de Alcoy (Olmos, 1989). Olmos mantiene que las asociaciones de motivos decorativos circulares con un ave constituyen una unidad simbólica de tipo floral (Olmos, 1991: 217). Este tipo de símbolo asociado a la fecundidad reforzaría la funcionalidad ritual del recipiente como contenedor de plantas aromáticas. Este recipiente pertenecería al ámbito femenino, tanto por la divinidad a la que se ofrecen las plantas aromáticas, como por el personaje que realiza la ofrenda que posee y quizás encarga estos recipientes, que constituyen una forma peculiar en el repertorio cerámico de la Alta Andalucía (Olmos, 1992: 119). Como se puede comprobar, la mayoría de las referencias sobre esta pareja de recipientes aboga por clasificarlos como una imitación de prototipos áticos, en particular la píxide. Sin embargo, un examen atento muestra que, a pesar de las semejanzas en el plano morfológico con su posible prototipo, existen diferencias significativas. Esta circunstancia no se puede achacar a la impericia de los alfareros ibéricos, que en el propio yacimiento de Toya han dado suficientes muestras de su capacidad para imitar formas y proporciones de los vasos áticos (Pereira y Sánchez, 1985). También creo que permite orientar el análisis de su morfología y decoración hacia las producciones cerámicas ibéricas. En cuanto a la morfología no conocemos precedentes ni paralelos exactos en los repertorios del mundo ibérico para estos recipientes. Pero, si los consideramos como el resultado de una reelaboración de elementos y perfiles de formas documentadas en la Alta Andalucía, se pueden señalar algunos posibles prototipos. Estos se centrarían en ejemplares que tienen en común con los estudiados sus pe-queñas dimensiones y el mismo tipo de perfil bitroncocónico y que conforman el Tipo 13-A de mi propuesta tipológica, que aparecen en necrópolis de la Alta Andalucía (Pereira, 1977(Pereira,: fig. 247 y 1988)). De entre estos ejemplares destaca el reproducido en la figura 3 (1-A) procedente de la necrópolis de Castellones de Céal (Chapa, Pereira, Madrigal y Mayoral, 1998: fig. 13 n° 5) que mantendrá una estrecha vinculación no sólo en las producciones alfareras, sino también en aspectos económicos, sociales y políticos con el área de Toya (Pereira, 1987). La utilización de asas verticales de pequeño tamaño (fig. 3 2-A) tiene sus paralelos en el conjunto de vasitos con asas horizontales y verticales del depósito de Alhonoz (López Palomo, 1979y 1981; Beirão et alii, 1985: 118). La adopción de un pie alto más o menos moldurado (fig. 3-B) está relacionada con la masiva entrada de productos áticos en la Alta Andalucía durante el siglo iv a.d.C. y se documenta tanto en las imitaciones de crateras áticas y sus derivados crateriformes, como en los recipientes de perfil bitroncocónico, los de cuello acampanado o caliciforme y los llamados « tinteros» que conforman el Tipo 13-A que antes he citado. Parece por lo tanto admisible que elementos formales característicos de las producciones cerámicas del mundo ibérico del Valle del Guadalquivir fueron utilizados en la elaboración de los recipientes objeto de este estudio, de los que sólo la tapadera (fig. 3-C) supondría una cierta novedad en el repertorio de las piezas conocidas en la Alta Andalucía (Pereira, 1988: 166). En el apartado de la decoración, destacan en primer lugar motivos pintados a base de bandas horizontales y paralelas de distintas anchuras, localizadas en la tapadera pie y cuerpo. En este último delimitan dos zonas en las que aparecen círculos concéntricos en el ejemplar xf 1 y asociados a semicírculos concéntricos en el ejemplar xf 2. En las tapaderas el motivo principal está formado por distintas combinaciones de semicírculos concéntricos. La utilización de círculos concéntricos como motivo decorativo pintado está documentada en la Andalucía Occidental y en los enclaves coloniales de la costa desde el siglo vii al vi a.d.C. A partir de este mismo siglo también aparece en la Alta Andalucía donde va a perdurar hasta el siglo i d. C. Se trata de un motivo que aparece en porcentajes cercanos al 50 % en las formas que configuran las recientes tipologías sobre las cerámicas a torno pintadas en Andalucía (Escacena, 1986; Pereira, 1987). En porcentajes mayores se documenta la utilización de semicírculos concéntricos, que aparecen en la Andalucía Occidental a mediados del siglo vii a.d.C. Este motivo se va a convertir en una decoración muy apreciada durante toda la segunda Edad del Hierro, según Escacena por el arraigo que en la tradición indígena tenían las decoraciones de guirnaldas a partir de líneas horizontales, como es el caso de algunas decoraciones de boquique (Escacena, 1986: 960). Se puede comprobar que en las dos áreas andaluzas, Bajo Guadalquivir y área granadina, donde primero aparecen los semicírculos concéntricos pintados como decoración de vasos a torno es donde la cerámica del complejo Cogotas I con decoración de boquique está perfectamente documentada durante el Bronce Final. Olmos (1992) ha señalado que en los conjuntos cerámicos ibéricos de Andalucía y el Sureste el alfarero construye un lenguaje iconográfico a partir de signos geométricos sencillos, como los círculos, semicírculos y cuartos de círculos concéntricos. Las combinaciones de estos motivos se pueden interpretar como distintas versiones de una flor, reforzando la simbologia de algunos vasos cuyo perfil recuerda el cáliz de una flor. El motivo geométrico se convierte en vegetal, que a su vez se puede combinar con otros motivos geométricos como en el calato de La Serreta, en el que un ave picotea unos círculos unidos a un tallo (Pericot, 1979: 142; Olmos et alii, 1992: 94); motivo de inspiración oriental del pájaro que se alimenta del árbol de la vida. En las tapaderas de los ejemplares de Toya, la combinación de los semicírculos reproduce la visión en planta de una flor abriéndose, con un diseño similar al que aparece en un plato de La Serreta (Pericot, 1979: 133; Olmos et alii, 1992: 94) que, en el caso de Toya, se ve rematado por el asidero de la tapadera en forma de ave que parece surgir del centro de la flor. La asociación de aves y círculos/flores, es el símbolo de una divinidad femenina entre cuyas atribuciones destacaría con todas sus implicaciones la fecundidad, y en cuyo culto se efectuaban rituales de libación o de combustión de plantas aromáticas. Por lo que se refiere a los motivos decorativos plásticos, los ejemplares de Toya presentan tres tipos diferentes. El primero es un cordón plano localizado en el sector central del cuerpo y sobre el que aparece un motivo de rombos excisos entre aspas en negativo. El único paralelo que se puede proponer procede de la cercana necrópolis de Castellones de Céal. En una de las tumbas excavadas en las primeras campañas (Fernández-Chicarro, 1956: 108-109) se documentó un crateriforme con este tipo de decoración plástica (fig. 4,1) junto con otros motivos pintados entre los que destacan dos frisos de pequeños círculos concéntricos, semejantes a los anteriormente reseñados. La cronología de esta tumba se fija en el segundo cuarto del siglo iv a.d.C. (Sánchez, 1991: 530) a partir de una cratera de campana de figuras rojas atribuida al pintor del Tirso Negro, que fue utilizada como urna cineraria (Chapa, Pereira, Madrigal y Mayoral, 1998: fig. 13,3). También formaba parte del ajuar de esta tumba el prototipo formal que antes se ha reseñado (fig. 3, 1-A). El segundo motivo decorativo plástico, una moldura sobre la que se realizaron una serie de incisiones, se localiza sobre el hombro de las tapaderas. También en este caso sólo se cuenta con una decoración semejante en una pieza cerámica procedente de Cástulo, de la necrópolis de Baños de la Muela (fig. 4,2) donde se fecha en torno a la segunda mitad del siglo IV a.d.C. (Pereira, 1988: 155). El tercer motivo decorativo plástico consiste en un ornitomorfo modelado sin excesivos detalles, situado en el remate superior de las tapaderas cumpliendo la función de asidero. Este tipo de motivo en bulto redondo es relativamente frecuente en el área ibérica siendo su paralelo más directo el asidero de una cajita/vaso de borde dentado de La Serreta en Alcoy (fig. 5,8; Page del Pozo, 1984: 103). De este yacimiento también procede una placa de arcilla en la que aparece una diosa entronizada que amamanta a dos niños con un ave posada a su izquierda (fig. 5,1), acompañada o visitada por mujeres y niños que tocan unas flautas dobles (Tarradell, 1968: 64; Llobregat, 1972: fig. XV) lo que lleva a considerar su pertenencia a un lugar de culto, como el integrado por los departamentos 12 y 13 de Liria donde se ha documentado una paloma de terracota (Bonet, 1995: fig. 33; Bonet y Mata, 1997: fig. 4). Hallazgos semejantes de ornitomorfos asociados a sistemas de cierre o tapaderas en cerámica han aparecido en Coimbra del Barranco Ancho (fig. 5,6; Page del Pozo, 1984: 103; García Cano, 1997: 185 fíg. Como conclusión se puede proponer que, si bien existe una cierta influencia foránea en la idea de la fabricación de un recipiente pequeño con tapadera, del que existen innumerables versiones en el mundo mediterráneo, el alfarero indígena pudo crear una nueva forma cerámica realizando una síntesis o reelaboración de elementos morfológicos y decorativos de indudable procedencia autóctona tal como se presenta en la figura 6. La cronología de la segunda mitad del siglo IV a.d.C. que se puede atribuir a la casi totalidad de los elementos tipológicos reseñados y que coincide con el momento de mayor productividad, variedad y expansión de los alfares de la Alta Andalucía, no hacen sino corroborar esta hipótesis (Pereira, 1989). Queda sin embargo por desentrañar la cuestión de la funcionalidad de estos recipientes. No habiendo dudas sobre el contexto funerario de ambos, sin embargo surgen todo tipo de interrogantes ya reseñadas y que son de difícil respuesta. Pese a todo se puede aventurar que la función desempeñada en sus respectivos enterramientos era la de elemento de ajuar relacionado con aspectos significativos de la vida privada o pública de su propietario o propietaria. Una vez más el análisis de los elementos tipológicos nos puede servir de orientación. Los precedentes del uso de pequeños ornitomorfos como elementos decorativos en la cultura ibérica se pueden rastrear en la toréutica y la orfebrería del periodo orientalizante, siendo uno de los ejemplares más significativos las arracadas del tesoro de la Aliseda. En estos pendientes aparecen parejas de aves que parecen libar de una flor, reproduciendo el tema oriental del árbol de la vida, símbolo de la fecundidad de la naturaleza (Olmos, 1992: 86). También se utilizan ornitomorfos en el bocado de caballo denominado Bronce Carriazo (Olmos, 1992: 69) En un momento posterior podemos encuadrar los ornitomorfos metálicos documentados en los complejos monumentales extremeños de El Turuñuelo (Jiménez y Domínguez de la Concha, 1995: 142) y Cancho Roano, en el que destacan las «palomas» que lleva en los brazos el despotes Theron que aparece en las placas de los bocados de caballo (fig. 7,7; Maluquer, 1983: 55). Un conjunto interesante como en el continental. En un marco más general, frente a quienes los adscriben a una tradición centromediterránea anterior al período colonial, haciendo responsable de su reactivación posterior tanto al intermediario fenicio como al elemento indígena (Rafel, 1997: 112), existe otra propuesta que señala una gran influencia del norte de Italia y el área del Adriático, sobre todo del área balcánica (Neumaier, 1996: 259). Otro ornitomorfo, asociado en este caso a un objeto de culto, aparece en la mano de la joven desnuda que sirve de pie al timiaterio de bronce del poblado ibérico de la Quejóla (Albacete). Llama la atención en la figura femenina la posición frontal, adelantando ligeramente la pierna izquierda para expresar el movimiento mientras sostiene en la mano un ave, en una actitud similar a la que presentan las cariátides que sirven de mango de espejo en el mundo griego, cuya cronología oscila entre los siglos VI y v a.d.C. (Congdom, 1981: plate 38-90). La pieza de la Quejóla, si bien procede de un taller orientalizante del área andaluza (Olmos y Fernández-Miranda, 1987), apareció en el interior de un edificio de uso especial dentro del poblado, donde se encontraron pondera, armas, copas Cástulo sin usar y el propio timiaterio (Blánquez, 1995: 198). De época claramente ibérica y en el apartado de las piezas metálicas hay que señalar la divinidad femenina portadora de palomas, realizada en oro, de Santiago de la Espada (Jaén; Santa Olalla, 1946: 139) que es valorada como el resultado de influencias de tipo estrusco (Blázquez, 1955-56: 121) y el pinjante de bronce rematado por un ave (figura 7,5), que, procedente de Castellones de Céal, se conserva en el Museo de Jaén (Chapa, Pereira, Madrigal y Mayoral, 1998: fig. 27,10). Aparecen también ornitomorfos en los exvotos procedentes del Collado de los Jardines (fig. 7,1 y 2) que representan a personajes femeninos que llevan en sus manos como ofrendas un ave (Prados, 1992: 144-216), uno de los cuales presenta el mismo gesto de alzar dos aves como en el asador de bronce antes reseñado y un curioso ejemplar que representa un pie humano coronado por un ave y que es interpretado como un exvoto de un rito de paso (Prados, 1996: 279). En el apartado de la escultura, es en el mundo griego donde aparecen los ornitomorfos como elementos iconográficos vinculados a mujeres que en distintas actitudes son interpretadas habitualmente como portadoras de ofrendas (Boardman, 1978: 93, 110 y 251). En el mundo ibérico peninsular cabe señalar los ejemplares en piedra procedentes de las necrópolis de El Cigarralejo y Baza. Una iconografía muy similar presenta la Dama de Baza, que en su mano izquierda aprisiona un ¿pichón? pintado de azul del que se ha representado con cierto realismo un ala, el buche y un ojo (Presedo, 1973: 188). En cuanto a los productos cerámicos, en el mundo griego encontramos pequeñas figuritas cerámicas de aves identificadas según los autores con palomas asociadas con el culto a Afrodita, aunque pueden aparecer también en santuarios vinculados a Demeter y Perséfone (Sánchez y Cabrera, 1998) o a divinidades menores (Amandry, 1991: 255). Función similar como elementos votivos debieron desempeñar en los santuarios púnicos, como el de Tharros, donde se han documentado una serie de ornitomorfos que, con una cronología a caballo de los siglos VI a v a.d.C. y a pesar de su estado fragmentario, presentan una gran semejanza con los ejemplares de Toya (liberti, 1975: 24-25). En la Península Ibérica, y completando el mapa de dispersión de los ornitomorfos citados anteriormente (fig. 8), cabría destacar la variada tipología de representaciones de ornitomorfos en cerámica. Sin embargo, para los objetivos de este trabajo sólo nos centraremos en los que podríamos agrupar bajo el denominador común de pequeños elementos decorativos de bulto redondo. Entre estos últimos más directamente relacionados con la decoración de los recipientes de Toya, habría que incluir los hallazgos en contextos funerarios, como los procedentes de las necrópolis ampuritanas fechados entre los siglos vi-iv a.d.C. (Santos, 1998: 298) y que también pueden ser interpretados como un símbolo del alma del difunto (Presedo, 1973: 197; Blázquez, 1983: 269). Distinta funcionalidad parece que tuvieron los ejemplares procedentes de la tumba 134 de Galera (Cabré y Motos, 1920: 51). Descritos como figuritas de cisne de barro gris. Cabré señala su posible pertenencia a un collar con paralelos muy directos en un ejemplar documentado en una singular tumba feme-•Piedra. • Cerámica. • Bronce. • Oro. nina (fig. 5,2-5) de la necrópolis celtibérica de Navafría (Clares, Guadalajara) y que es interpretado como el atributo de una sacerdotisa de un culto de inspiración solar (Malpesa, 1993). Vemos cómo, desde el período orientalizante y enmarcada en una koiné mediterránea, la utilización de ornitomorfos como elementos decorativos se documenta en la vida cotidiana del mundo femenino en los objetos de adorno personal como las agujas de hueso complemento del peinado documentadas en Coimbra del Barranco Ancho (Iniesta, Page y García, 1987: fig. 15), Cigarralejo (Cuadrado, 1987: figs. 88, 170), Covalta (Raga, 1994) y Liria (Bonet, 1995: fig. 49). En el ámbito religioso aparecen usados con profusión en las representaciones tanto de fieles como de deidades que, según la procedencia y elementos complementarios, se pueden identificar como Hathor, Astarté Demeter, Tanit, Artemis o Afrodita. La iconografía de las divinidades femeninas experimentó durante el siglo iv a.d.C. y siguien-tes una revitalización en el Mediterráneo Occidental, que se manifiesta no sólo en la abundancia de representaciones figurativas de la divinidad, sino en la abundancia de elementos simbólicos asociados, como frutos, flores, soles y aves. Son divinidades protectoras de la fecundidad humana, animal y vegetal y, en ocasiones, diosas nutricias en cuyo culto se queman sustancias aromáticas y se ofrecen aceites perfumados, de las que se celebra su epifanía y a las que se solicita protección en las fases críticas del ciclo vital o de cambio de status social: nacimiento, matrimonio, procreación o muerte (Prados, 1996: 140; Griñó, 1992: 204-205). Desde el punto de vista iconográfico, los motivos geométricos pintados y el asidero ornitomorfo de los recipientes de Toya se combinan para dar una lectura simbólica de amplia difusión en el Mediterráneo Occidental, adscrita a deidades de las características de Artemis, Afrodita y Tanit y en cuyo culto cobra protagonismo el mundo femenino. En lo que se refiere a su morfología, el tamaño de los recipientes de Toya ha sido uno de los argumentos manejado por algunos autores para identificarlos como elementos del ajuar personal y más concretamente como joyeros. Sin embargo, la revisión del papel de las joyas en la sociedad ibérica muestra su escasa presencia en contextos funerarios. La parquedad de los hallazgos se corresponde con la de elementos que adornaban al difunto en el momento de la cremación, mientras que la casi totalidad de las joyas que integraban el patrimonio familiar, del que son claro exponente los ejemplares más conocidos de la estatuaria ibérica, pasarían como herencia a sus descendientes (Chapa y Pereira, 1991: 33) junto con los recipientes destinados a su custodia y conservación. Esta circunstancia justifica que la interpretación de estas piezas de indudable contexto funerario como joyeros tenga escasa fiabilidad. La utilización de recipientes singulares de pequeño tamaño, vinculados al plano íntimo o personal de individuos en su gran mayoría femeninos, lo tenemos documentado en distintos ejemplares de la escultura ibérica en el contexto de ciertos santua-rios, caso del Cerro de los Santos, y en estructuras funerarias como los relieves del monumento funerario de Osuna (Olmos, 1992: 107-133). A partir de estas representaciones, como de otras documentadas en el área ibérica, se puede concluir que la mujer ibérica de cierto status podía participar en las ceremonias de tipo religioso como oficiante, orante u oferente. En el caso de las orantes u oferentes, los vasos que portan, generalmente de pequeño tamaño, quedaban depositados en el espacio sagrado del santuario. Para el área andaluza resulta significativo el caso del depósito de Alhonoz, que se interpreta en la actualidad como un santuario urbano, en el que destaca el gran número de vasos cerámicos de pequeño tamaño como los de perfil caliciforme y la copa decorada en el pie con ornitomorfos que se ha reseñado anteriormente (López Palomo, 1979y 1981). Sin embargo, es perfectamente factible que la oficiante o sacerdotisa utilice una y otra vez una serie de ornamentos y recipientes alguno de los cuales fuese de su propiedad, como sería el caso de los ejemplares de Toya para los que Olmos (1992: 119) sugiere la función de recipiente de plantas o esen-JUAN PEREIRA SIESO AEspA, 72, 1999 cias aromáticas habituales en las ceremonias de las religiones mediterráneas. Así pues, desde el punto de vista morfológico las piezas de Toya, por su pequeño tamaño sugieren su adscripción al círculo íntimo de su propietaria, tanto en el plano de la vida cotidiana como en el de sus prácticas religiosas. Es este último plano el que podría tener más peso a la hora de identificar su posible funcionalidad, ya que la lectura de sus motivos decorativos no hace sino reforzar, por acumulación de símbolos asociados a una divinidad femenina, la identificación funcional de estos recipientes en el marco de las ceremonias que se dedican a dicha divinidad. Dicho de otro modo, en los ejemplares de Toya la decoración de los mismos refuerza su vinculación con el culto a una divinidad femenina, mientras que su tamaño y morfología los vinculan con el plano íntimo y personal de su propietaria (fig. 9). Son conocidas las distintas propuestas que, en el marco de la Arqueología de la Muerte, defienden que el mundo funerario reproduce de alguna manera y con determinados filtros ideológicos el mundo de los vivos. De modo que en la elección que se hace del papel desempeñado en vida por el difunto, reflejada en el continente y contenido de la tumba, influyen distintos intereses del grupo social al que pertenece (Chapa, Pereira, Madrigal y Mayoral, 1998: 136). En el caso de los ejemplares estudiados, su contexto y características antes analizadas nos están indicando que su propietaria desempeñó un papel importante en el seno de la comunidad ibérica que vivió en Toya: el de sacerdotisa de una divinidad femenina. La existencia y características del sacerdocio en el mundo ibérico es uno de los aspectos menos conocidos de la religión ibérica y que recientemente ha merecido un interesante trabajo por parte de Chapa y Madrigal (1997), en el que señalan que la existencia de un cuerpo sacerdotal se podría considerar a partir del siglo v a.d.C. La aparición del sacerdocio en los pueblos ibéricos habría que insertarla en el marco de la expansión y urbanización de la sociedad ibérica, en el que la residencia de los jerarcas y el lugar de culto se distancian (Ruiz y Molinos, 1993) en un proceso cuyos paralelos más claros estarían en el mundo itálico (Torelli, 1996: 173). En el modelo que se propone existiría un personal especializado y un protagonismo en el ceremonial reservado al responsable político. Siguiendo este modelo, en el culto a las divinidades femeninas, algunos de cuyos símbolos son asimilados por las comunidades ibéricas, es más que probable que las mujeres de status más elevado tuvieran un importante papel como integrantes de un sacerdocio femenino, del mismo modo que debieron ejercer un importante papel en el plano político de sus comunidades, siendo el caso de la Dama de Baza paradigmático de la confluencia de estos dos roles (Pereira, 1989: 491). Según la propuesta de Chapa y Madrigal, entre los distintos elementos que con carácter no excluyente se podrían considerar como marcadores de dicho rango sacerdotal estarían: Un status social elevado. Iconografía específica en lo relativo al arreglo personal. Atuendo y asociación con símbolos divinos. Posible ausencia de armas. Objetos implicados en prácticas rituales ligadas al culto. Los ejemplares de Toya corresponderían al último caso de los señalados como marcadores del rango sacerdotal, no sólo por sus peculiaridades morfológicas soporte de una simbologia relacionada con el culto de una divinidad femenina, sino por su funcionalidad funeraria como marcador del rol que le reconoce la sociedad a su propietaria. ¿Dónde ejercía la función sacerdotal la propietaria de los recipientes de Toya? Algunos autores consideran que, con la aparición de nuevos espacios donde se refleja el poder a partir de la segunda mitad del siglo v a.d.C, el área ibérica se subdivide en dos amplios territorios: el oriental donde predominan los templos urbanos, las cuevas y los lugares sagrados (Bonet y Mata, 1997: 117) y, en la zona meridional, los santuarios (Ruiz y Molinos, 1993: 249; Santos, 1996). Esta propuesta es matizada por otros investigadores, que distinguen en los santuarios urbanos del mundo ibérico un grupo que por sus características se pueden considerar como templos urbanos y un segundo grupo integrados en estructuras domésticas, también denominados «santuarios dinásticos», que aparecen en la Alta Andalucía y Levante con penetraciones en el Nordeste (Moneo, 1995: 246-248). Los santuarios dinásticos aparecen por lo general integrados en una vivienda o una estructura no diferenciable de un espacio doméstico, si bien presentarían dimensiones o un carácter relevante dentro de la urbanística del oppidum. Este tipo de santuarios, aunque carece de un patrón constructivo uniforme, contaría con un patio de entrada y varios compartimentos cubiertos o no según los casos y las actividades a celebrar como los sacrificios, depósitos de ofrendas, etc. (Moneo, 1995: 247). En este tipo de santuarios la divinidad tendría relación con el grupo dirigente, ya que los sacerdotes procederían de las familias de alto estatus, con la posibilidad de que algunas de ellas lo ejercieran con carácter hereditario (Chapa y Madrigal, 1997). Así pues, aunque la zona de habitat de Toya no ha sido todavía explorada arqueológicamente y los restos de su necrópolis presentan problemas de contextualización, no cabe ninguna duda de la importancia que tuvo este oppidum por el control del estratégico territorio que domina la confluencia de los ríos Guadalquivir y Guadiana Menor. Es por lo tanto perfectamente posible la existencia entre sus estructuras de habitación de un «santuario dinástico», cuyo paralelo más directo en el Valle del Guadalquivir lo tendríamos en Alhonoz (López Palomo, 1981), en el que los recipientes que hemos estudiado fueron utilizados en las ceremonias de culto, para finalmente acompañar a su propietaria en su última morada como signo de su actividad sacerdotal.
O De bello Alexandrino refere o ataque de Q. Cassio Longino a Medobriga.
* Agradezco a J. E Murillo su crítica y comentarios al trabajo, así como las figuras que ilustran el texto. A A. Peña la corrección del manuscrito.' J. R. Carrillo y otros, «Córdoba. De los orígenes a la Antigüedad Tardía», Córdoba en la historia: la construcción de la urbe (en prensa), 28 fig. 2. -Sobre los pormenores de la fundación, ibid. 26 ss.; A. U. La monumentalización de una ciudad romana provincial es un proceso itinerante, en el que las sucesivas estructuras históricas representan ciclos. La secuencia de imágenes que la ciudad ofrece en cada uno de éstos es indicativa de su capacidad de adaptación al hecho inexorable del paso del tiempo y de su capacidad de reacción ante el poder fáctico de los acontecimientos. La variedad es mínima, salvo en circunstancias excepcionales, a causa del común denominador impuesto por Roma y a causa del comportamiento similar de las élites locales. Entre las ciudades hispanorromanas, la capital de la Bélica, Colonia Patricia, ilustra ejemplarmente la situación. Como punto de partida es importante distinguir tres entidades o estructuras históricas -Corduba republicana, Colonia Patricia y Corduba bajoimperial-, cuyo análisis arqueológico resulta sumamente instructivo, tanto a la hora de descifrar las claves del proceso de monumentalización como de renovar la idea de provincial. La primera imagen de la Córdoba romana está fuertemente marcada por la irregularidad de su planta, rasgo que se observa en buen número de asentamientos romanos de época republicana' (fig. 1). En el caso de Corduba esa irregularidad es consecuencia del intento de implantar la idea de esquema campamental en una topografía abrupta, pero adquiere, además, un significado desde el punto de vista de la imagen. La fundación de M. Claudio Marcelo, cuya cronología se sitúa en el segundo cuarto del siglo ii a. C.-, ocupó una terraza elevada sobre el Guadalquivir, en la que barrancos y arroyos constituyen defensas naturales para sus flancos. No obstante, la ciudad, cuya superficie alcanzaba 47 Ha. contó pronto con murallas -\ elemento representativo por excelencia de un status sólido y preludio de aspiraciones en cuanto a monumentalidad, como ha demostrado P. Gros' ^. En relación con la imagen conviene subrayar la importancia que adquieren tensión y contracción en la línea de contorno, pues, cuando se observa la planta, se tiene la impresión de que éste es el único indicio a través del que se puede intuir la conciencia que la ciudad tuvo de su propio destino desde un principio. Se diría que ese propugnaculum poligonal y cerrado se sabía llamado a ser caput provinciae, tanto para el desarrollo de operaciones militares como para el control del vasto y rico territorio circundante. Desgraciadamente no es mucho lo que se puede añadir para completar esa imagen, aunque en el estado actual de la investigación se pueden dar algunos datos por seguros. PILAR LEON ALONSO AEspA, 72, 1999 Aspectos decisivos en la planificación urbana fueron el trazado de la red viaria y la configuración de un espacio público, libre y abierto. La red viaria se articula a partir de un eje longitudinal N-S -el cardo máximo-en cuyos extremos se abrieron puertas. Mayor complejidad tiene la definición del eje E-0, pues, según ponen de relieve investigaciones recientes ^, no parece que se concediera prioridad a un decumano sino a dos, cada uno de los cuales ostentaría una puerta en su extremo. El desdoblamiento del eje transversal E-0, atestiguado en ciudades itálicas ^, no deja de ser notable; a falta de otra explicación por el momento, cabría pensar que refuerza el carácter emblemático del espacio reservado al foro, como si de un doble filtro se tratara respecto al tráfico proveniente del S, intenso muy posiblemente por la proximidad del río; por otra parte, actuaría como distribuidor en pleno centro urbano y despejaría posibles aglomeraciones en la zona más respetable y digna de la ciudad. El sector norte de la terraza se configura así como el más distinguido y privilegiado, de ahí que se convirtiera también en el más monumental. Aunque la información disponible es sumamente parca, sabemos que a la altura de la intersección del cardo máximo con el más septentrional de los decumanos mencionados estuvo el foro. La intensa remodelación de la zona en época augustea, exigida por la construcción del foro de la Colonia Patricia, ha borrado en gran medida los vestigios del viejo foro republicano de Corduba. Del esquema imperante en la época y de algunas observaciones arqueológicas se infiere que lo atravesaba el cardo máximo; en cuanto a posibles edificios representativos relacionados con él, sólo cabe suponer su existencia en función del esquema tradicional y de algunas noticias literarias ^. Más convincente y seguro es el conocimiento que hoy se tiene sobre la arquitectura doméstica de la primitiva Corduba, gracias a la información obtenida en excavaciones fiables. El panorama, que éstas descubren, alude a sencillez e incluso perentoriedad tanto en técnica como en materiales de construcción. Encontramos, así, guijarros y adobes para los muros, cal y tierra batida para los pavimentos, madera y entramado vegetal para las techumbres. La organización del espacio interno de estas casas no nos es tan bien conocida, pero parece afín a la de estructuras domésticas coetáneas, como por ejemplo las de Italica; curiosamente en ambos casos se han constatado pequeñas instalaciones industria-les -un horno cerámico en Italica, un taller metalúrgico en Corduba-en algunas casas ^. Por lo demás, sólo es posible consignar la orientación cardinal de los muros y la alineación de las casas. Si a estos datos se añade la abundancia en ambientes domésticos de cerámicas importadas -campanienses, ánforas itálicas, lucernas-, en contraste con la presencia insignificante de cerámicas indígenas, cobran relieve el carácter itálico y la ascendencia romana del modus vivendi generalizado en la fundación de Marcelo. En poco más de dos generaciones, hacia finales del siglo II o comienzos del i a. C, la ciudad da el primer paso hacia un proceso de monumentalización (fig. 2). Las excavaciones realizadas durante los últimos años en la zona correspondiente al límite meridional de la ciudad republicana ilustran con claridad los pormenores de dicho proceso ^. Consistió éste en una regeneración de imagen tanto a nivel público como privado, probablemente inducida por la consolidación del status político de capital de Hispânia Ulterior y por el consiguiente deseo de querer exhibirse como tal. Nada hace pensar que se debiera a improvisación, antes por el contrario, el hecho de que la zona más afectada por la remodelación fuera el sector meridional de la ciudad, fácil de desmontar al estar ocupado por las modestas casas del periodo fundacional, indica que era una actuación programada. Lo más interesante en ella es la búsqueda de equilibrio en el esquema urbanístico, esto es, la intención de dar «pendant» al sector septentrional, en el que se ubicaba el foro. La remodelación supuso la construcción de un edificio público, probablemente un templo, anejo a otro espacio abierto. Así lo da a entender el potente relleno de un posible podio pavimentado con grandes losas de arenisca, bajo el que corría una cloaca adintelada. A esta estructura se asocian restos de fustes de columnas y de un capitel dórico-toscano, igualmente de arenisca, cuyo inmediato paralelo se tiene en el foro republicano de Ampurias ^°. Con ser esta adquisición importante, las nuevas obras sirvieron, además, para renovar y dignificar el acceso a la ciudad por el S, al tiempo que se dotaba de nuevos referentes visuales al eje cardinal de la ciudad, el más valorado sin lugar a dudas en época republicana. Como medida complementaria se pavimentan algunas vías y se las dota de cloacas adinteladas construidas en sillería, según pusieron de manifiesto las excavaciones citadas. No sería extraño que se hubiera realizado alguna mejora en el foro, aunque nada seguro sabemos al respecto. La existencia de una basílica está atestiguada por las fuentes literarias, si bien la confirmación arqueológica es desgraciadamente mucho más problemática. Lo mismo vale para el templo que se supone existió en el entorno ". Aspecto no menos significativo a tomar en consideración es la integración paulatina del río en la imagen de la ciudad. Evidentemente, control del espacio, que mediaba entre ambos, debió haber siempre, pero es ahora cuando parece que se impone la necesidad de contar con una instalación portuaria, aunque fuera modesta, para dar salida por vía fluvial a los productos agrícolas y metalúrgicos de la región. Otro indicio de que a finales de época republicana se frecuentan más los aledaños del río, es la hipótesis de C. Márquez sobre la presencia de un posible santuario extramuros por el lado SO, establecida a partir del estudio de materiales arquitectónicos posteriormente reutilizados en la muralla augustea'^. La regeneración de la imagen de la ciudad no es menos clara, observada desde el ámbito privado. El incremento de actividades edilicias públicas implica mejoras cualitativas, cuya repercusión en los planteamientos de los particulares no se hizo esperar. Las aspiraciones de mayor confort y las pretensiones de habitar casas embellecidas estaban bastante generalizadas, a juzgar por el panorama entrevisto en las últimas indagaciones arqueológicas. Éstas han aportado pruebas inequívocas de cambios sustanciales en técnicas y materiales constructivos, entre los que destacan la utilización de la piedra como material básico, las decoraciones parietales estucadas y pintadas, los pavimentos de signinum, las techumbres de tegulae. La casa de atrio se documenta por vía arqueológica y literaria, pero incluso en estas fechas tempranas parece haber sido preferida la casa de peristilo, situación prolongada a lo largo de época altoimperial'^ Aunque el estudio del material complementario -mobiliario, objetos decorativos-se encuentra en estado incipiente, las observaciones consignadas hablan de la superación de aquella facies modesta advertida en las casas del periodo fundacional y el acceso a un nivel mucho más evolucionado. Conviene recordar que, si los testimonios arqueológicos no son más explícitos en confirmarlo, es en buena medida a causa del tributo -severísimo castigo impuesto por César-que la ciudad hubo de pagar al término de las Guerras Civiles, por haber militado en el bando pompeyano. Aun así, en el estado actual de conocimientos hay razones para afirmar que a Corduba llegaba el reflejo de la luxuria privata ^^. Sobre la base de matices tenues se perciben incluso los efectos de una cierta helenización'\ Es el caso de la Tyche de Corduba representada en los denarios emitidos por el joven Cn. C. Según la atractiva hipótesis de R. Volkommer'^ no se trataría solamente de una de las primeras personificaciones de ciudad conocidas en Roma en cuños numismáticos, sino que existe la posibilidad de que los denarios hubieran sido acuñados en la ceca de Corduba, posibilidad que requeriría la presencia de artesanos cualificados. El alcance que éste y otros precedentes tendrían en el plano plástico e iconográfico quedará de manifiesto en la etapa inmediatamente posterior. La inauguración del nuevo régimen político impuesto por Augusto convierte a Córdoba en colonia civium Romanorum'^, cuyo cognomen Patricia basta para sugerir aspectos cruciales en su trayectoria, determinantes en su itinerario de monumentaliza-' "* En relación con la riqueza y el lujo de las casas cordobesas de esta época existe una tendencia a sobrevalorar un episodio histórico recordado por las fuentes. Se trata de la fastuosa celebración del regreso de Q. Cecilio Mételo Pío en el año 74 a. C, organizada en ciudades de la Hispânia Ulterior. Aunque las fuentes no mencionan expresamente a Corduba, es lógico que en cuanto capital de la Provincia participara activamente y que en ella se celebrara la ceremonia espectacular referida por las fuentes. Evidentemente el episodio sugiere ambiente de lujo y ostentación, pero no hay que olvidar que se trata de una ocasión excepcional y posiblemente de un montaje oficial para dicha ocasión. En mi opinión, es arriesgado a partir de ahí llegar a generalizaciones sobre el lujo y la riqueza de las casas cordobesas. Lo mismo se puede decir a propósito del grupo de poetas que cantó las glorias de Mételo, poetis pingue quiddam sonantibus atque peregrinam, a decir de Cicerón (Cic, Pro Arch. No obstante, que Corduba contaba con círculos cultos e intelectuales lo asevera Séneca el Viejo, cordobés y buen conocedor de esos círculos; todavía a comienzos de época imperial recuerda Séneca el Viejo humorísticamente el episodio del recital en honor de Mételo (Sen., Suas. Una clarificación acerca de todas estas referencias literarias y de su relación con las casas cordobesas en J. Beltrán, «Luxuria helenística en la Hispânia tardorrepublicana», // Reunión de historiadores del mundo griego antiguo. En primer lugar, la ciudad se vincula al Senado, tutelada por \o^patres\ en segundo lugar, ve confirmado el rango de capital de la nueva provincia Baetica, de donde su adhesión inquebrantable al Princeps. En tercer lugar, se le despierta un afán creciente por emular a Roma y por seguir su ejemplo en la línea de monumentalización. Por último, los particulares -el sector social más influyente y poderoso sobre todo-se involucran en el proceso de monumentalización y dejan constancia de ello enfáticamente. Llegados a este punto es obligado preguntarse cuál fue el orden de prioridades que rigió la reconstrucción de la ciudad. Aunque todavía queda mucho por indagar al respecto, sabemos que las exigencias de la vida cotidiana marcaron la pauta, de ahí que se consideraran prioritarias las obras de infraestructura, servicios y organización sectorial de la ciudad. Las numerosas obras de infraestructura acometidas en época augustea -pavimentación de calles, pórticos en algunas de ellas, fuentes, puente sobre el Baetis-adquieren gran trascendencia, porque revelan la faceta comunitaria de los opera publica y porque sustentan la modernización de la vetusta Corduba. Del apoyo del Princeps a esta política edilicia hay diferentes pruebas; por una parte, la munificencia imperial debió contribuir a sufragar los gastos originados por la construcción del acueducto, el aqua Augusta'^; por otra, la epigrafía confirma actividades evergéticas privadas como las donaciones de fuentes públicas hechas por el duunviro L. Cornelius'^. En cuanto a la organización sectorial de la ciudad, el punto de partida es la ampliación del espacio urbano hacia el sur, hasta alcanzar la orilla del Baetis. Parcelación de este espacio y modulación de la red viaria han sido determinados con bastante precisión, pues sobre el cambio de orientación se advierte que la distancia entre los cardines es de un actus, mientras que entre los decumani viene a ser de dos actus, lo que origina insulae de aproximadamente 35 X 70 m ^°. La ciudad en su conjunto fue dividida en sectores o barrios, dos de los cualesvicus forensis y vicus Hispanus-son mencionados en los pedestales que los respectivos vicani dedicaron a L. Axio en época de Tiberio ^'. Un tercer barrio o sector, independiente y bien definido, estuvo reservado a los edificios para espectáculo, teatro y anfiteatro. Un cuarto es el portuario, peor conocido que como un fragmento de placa marmórea con escena de sacrificio, conservado en el Museo Arqueológico de Córdoba, ayuda a evocar lo que debió ser en cuanto a contenido iconográfico y a estilo el conjunto ^^. A idéntica conclusión llevan piezas escultóricas mayores que el natural, como la parte posterior de una estatua masculina sedente, perteneciente al tipo «Jupiterkostüm», y el torso femenino de una estatua asimismo sedente, vestida con túnica finísima y manto, cuya dependencia de modelos clásicos viene determinada por el tratamiento de las formas corporales y del vestido ^^. En poco tiempo a este foro se anexiona otro, en el que hace acto de presencia con todo lujo el mármol. Los estudios de Márquez han demostrado que en este forum adiectum se integraron un pórtico, un templo y un ara y que el modelo es el forum Augustum ^\ Los escasos fragmentos conservados de decoración arquitectónica, minuciosamente estudiados por Márquez, sugieren para el templo una réplica del templo de Mars Ultor. Así lo dan a entender dos piezas pertenecientes a una antefija y a un capitel, equiparables en dimensiones, estilo y técnica a los del modelo augusteo; a su vez, el paralelo a escala con algunos de los aurea templa (templo de los Dioscuros y de la Concordia en el foro romano) reafirma la estrecha dependencia ^^. Lo mismo se puede decir del precioso fragmento de una pilastra de esquina atribuida por Márquez a un altar en la línea del Ara Pacis ^^. La cronología de comienzos de época julioclaudia y la adscripción a un taller romano, propuestas por Márquez, concuerdan con la única pieza del programa iconográfico identificada hasta el momento. Se trata de un torso de r90 m perteneciente a una estatua loricata, en la que W. Trillmich reconoce el Eneas del conocido grupo escultórico del Forum Augustum ^°. Aunque con dudas, a causa de la confusión en las circunstancias del hallazgo, también la galería de summi viri podría ser reconocida en la serie de once togati del Museo Arqueológico de Córdoba, según la hipótesis de I. López-^L En atención al trabajo excelente del mármol y a las dimensiones mayores que el natural -^ J. A. Garriguet, «Relieve con oferente», en: D. Vaquerizo (éd.), Córdoba en tiempos de Séneca, Córdoba, 1996, 62 •^' L López, Estatuas masculinas togadas y estatuas femeninas vestidas de colecciones cordobesas, Córdoba, 1998, 43 ss. n° 14-24 lám. XVI-XXIII. la hipótesis resulta plausible. El hecho de que estos mismos temas escultóricos se encuentren en el forum adiectum de Emerita Augusta ^^, donde además se imita el esquema decorativo de clípeos y cariátides, demuestra la cohesión respecto al modelo. Bien es verdad que tanto en Mérida como en Córdoba falta información sobre la planta, concretamente sobre elementos tan definifivos como las exedras. Sin embargo, el trabajo magistral de P. Gros sobre el/<9rum adiectum de Arles ^\ induce a pensar que programas tan estrictos y afines desde un punto de vista ideológico no omitirían posiblemente un rasgo tan característico, sin olvidar que el rasgo más característico de estas imitaciones es la selección de citas tomadas del modelo, sean cuáles sean, como señala Gros ^^. En relación con el forum adiectum de Colonia Patricia y con la reproducción en ella del forum Augustum, o de sus elementos más representativos al menos, merece la pena recordar que el año 25 d. C. una delegación de patricienses acudió a Roma con el fin de obtener permiso de Tiberio para erigir un templo en su honor y en el de su madre, Livia. La conocida respuesta del Emperador declinando el honor y aconsejando que tales honores se dirigieran a Divo Augusto, no puede menos que ser evocada a propósito de la actitud mimètica que refleja oí forum adiectum. El segundo de los focos antes mencionados es otro espacio público, peor conocido pero no menos interesante. Sabemos que se ubica en pleno centro de la ciudad y que es una plaza pavimentada con grandes losas de piedra, como el foro. Poco más sabemos acerca de su configuración, pero el material arqueológico procedente del entorno permite avanzar en la elaboración de una hipótesis, que ya expuse hace años. Los abundantes hallazgos escultóricos, entre los que se encuentran retratos de Livia y Tiberio ^^, estatuas honoríficas acéfalas ^^, una esfinge de tipo egipcio ^^, son parte de un programa iconográfico relacionado con la propaganda oficial. La esfinge concretamente alude al triunfo de Octavio sobre Egipto, testimonio que es necesario rela- cionar con otros del culto a las divinidades tutelares, Apolo y Diana, verificados en el mismo entorno. La información extraída de una inscripción dedicada a Diana Augusta'^^ y de algunos elementos de la ornamentación arquitectónica, cuyos motivos evocan los de época augustea, ha llevado a C. Márquez a sugerir la presencia de un Aedes Dianae ^^; por su parte una pierna con una cítara adosada, de mármol blanco, hallada a escasa distancia y conservada en el Museo Arqueológico de Córdoba, pertenece evidentemente a una estatua de Apolo' ^". Si se conjugan todos estos datos, parece razonable considerar que este lugar fuera una especie de area sacra o atrio, tal vez un Augusteion, en el que se venerara a Augusto y a su familia. Manifestaciones tempranas del culto al Princeps son sobradamente conocidas en las provincias occidentales "^^ y precisamente la Bética se distinguió desde muy pronto por ellas. Recuérdese que en el año 2 a. C. le erigió una estatua de cien libras de oro en el forum Augustuin, como recuerda la inscripción dedicatoria ^-. Nada tendría, por tanto, de extraño que la capital de la Provincia destacara en tales manifestaciones. En la capital de la Lusitânia, Emerita Augusta, así como en otras ciudades de Hispânia, están atestiguadas manifestaciones similares "^^ De los edificios planificados en época augustea el más monumental fue el teatro. La coincidencia feliz y fortuita de su localización dentro del Museo Arqueológico de Córdoba ha facilitado la indagación arqueológica, sumamente fructífera, aunque todavía incipiente' ^' ^. El edificio se asienta sobre la cota más alta de la ciudad y aprovecha la pendiente que desde allí desciende hacia el río. Para su construcción se utilizó un diseño en terrazas simétricas que circundan la cavea, articulan la circulación externa y embellecen el entorno. Las numerosas piezas de cornisas de doble frente labradas en piedra caliza grisácea, algunas cornisas molduradas con capitel toscano de pilastra, una clave de arco decorada con una máscara trágica, son elementos que han permitido una aproximación a la fachada exterior del teatro. El desarrollo en arquería y la superposición de órdenes son rasgos que vienen sugeridos por los elementos citados y que fueron tomados de un modelo tan prestigioso como el teatro de Marcelo. La dependencia se ve confirmada por otros rasgos sobresalientes del teatro cordobés, como son la amplitud de las dimensiones, de la que da idea el diámetro de la cavea, 125 m, y la ausencia de pórtico tras de la escena ^^ Augusteo también, próximo al templo de Mars Ultor, es el modelo de los capiteles de la scaenae frons ^^. Lo mismo se puede decir respecto al modelo de otras piezas muy deterioradas, pero muy expresivas, como son un fragmento de clipeo y dos fragmentos de un relieve con guirnalda y cisne. Motivos y procedencia de la zona alta del teatro sustentan la hipótesis, formulada con toda cautela por C. Márquez, de que estos elementos decoraran un altar o un edificio situado por encima del teatro, algo así como un sacellum in summa cavea. De ser cierta esta hipótesis, corroboraría el nexo advertido por P. Gros desde muy pronto entre teatro y culto imperial en Hispânia' ^^. Dos cuestiones cruciales, cronología y comitente del teatro, requieren comentario. De lo hasta ahora dicho se infiere que el teatro de Colonia Patricia es básicamente obra augustea; su modelo fue el teatro de Marcelo y así lo ponen de manifiesto dos rasgos tan característicos como la utilización del «Theatermotiv», es decir, de la arcada entre órdenes aunados bajo entablamento horizontal, y de la arquivolta decorada con una máscara ^^. Técnica y estilo de determinados elementos de decoración arquitectónica, por una parte, y utilización de mármoles polícromos, por otra, indican que el proceso de embellecimiento y ornamentación se prolonga durante la época julioclaudia. En menor grado se constatan intervenciones en el siglo ii, para instalar dos estatuasfuentes, y en el siglo iv, para alguna refectio en la escena' ^^. En cuanto a la cuestión de quién y cómo se sufragarían los gastos de una obra tan grandiosa y costosa, parece que nos encontramos ante una situación similar a la expuesta en relación con el acueducto y las fuentes públicas, es decir, posibili- dad de contar con munificencia imperial y activa participación de los miembros de la élite. Según una hipótesis de A. Ventura fue la familia de los Mercellones Persini, una de las más ricas entre las muchas que hubo en la Córdoba romana, la que más se distinguió en sufragar gastos. La marca M. P. repetida en las cornisas puede ser en opinión de Ventura prueba de dicha contribución o bien de la propiedad de las canteras ^°. Otro matiz en apoyo de la intervención de particulares puede ser la curiosa asociación de la guirnalda y el cisne en el relieve antes mencionado; por un lado, esa asociación indicaría que el encargo se hizo sobre la base de una selección de motivos del Ara Pacis; por otro, que existió contaminación de un esquema frecuentemente utilizado para decoración de urnas funerarias, como ya advirtió Márquez ^K Lo interesante de esta clase de asociaciones es que denuncian un procedimiento típico, que P. Zanker ha observado y atribuido a los gustos y preferencias mostrados por comitentes privados ^^. En otro orden de cosas la documentación epigráfica relacionada con el teatro de Córdoba ha proporcionado información suplementaria tan curiosa como la anchura del asiento que tenía reservado una dama de la gens Annaea y la actividad de un acomodador ^\ A Ventura se debe igualmente la propuesta de localización del anfiteatro en eje transversal con el teatro y en posición antagónica respecto a él. Aunque pendiente de constatación arqueológica, la propuesta es metodológicamente convincente, como demuestran los numerosos paralelos de fosilización en el parcelario y la disposición similar de teatro y anfiteatro en otras colonias augusteas, como por ejemplo Aosta ^^. En relación con la imagen de la ciudad la clara definición del barrio de espectáculos permite extraer dos conclusiones. La primera es la configuración de sector independiente en respuesta a la idea de orden y control típica del esquema organizativo de colonias augusteas, sobre todo para ambientes y grupos tumultuosos ^^. La segunda es el efecto visual impresionante que causarían por proximidad y asociación dos edificios tan monumentales, por medio de Dioctétien, Roma, 1994, 261. los que la ciudad proclama no solamente su adhesión a la política de publica magnifieentia sino también la superioridad de su rango político-administrativo y de su potencial económico. Como advierte P. Gros a propósito de Arles ^^, el compromiso de continuidad con el proyecto augusteo se hace patente en época de Tiberio y el desarrollo de los programas ornamentales en el forum adiectum y en el teatro de Córdoba lo corrobora plenamente. Es más, todavía se impulsará en época de Claudio, cuando se emprende un proyecto urbanístico grandioso, con el que culmina la monumentalización de la fachada oriental de la ciudad. La intensificación de las excavaciones en esta zona durante los últimos años ha dejado de manifiesto que el nuevo complejo constaba de dos sectores claramente diferenciados; uno superior, cerrado y sacro estaba presidido por un templo, al que rodeaba un pórtico triple y antecedía un altar ^''\ otro inferior, extenso y profano era un edificio de espectáculo, un circo. Ambos se disponían sobre un eje longitudinal y se articulaban por escaleras, tal vez por una plataforma escalonada, con la que se salvaba el fuerte desnivel del terreno ^^ (fig. 4). El elemento formal que mejor permite enjuiciar el apego a los patrones oficiales y el carácter clásico de la obra es el templo, gráficamente definido por P. Gros como «un émule de la Maison Carrée» ^^. La cimentación, fechada en época Claudia, se realizó en opus quadratum ^°. La misma cronología se atribuye hoy a la decoración arquitectónica, si bien los prototipos, por ejemplo de los capiteles, remiten a época augustea, más exactamente al templo de Mars Ultor^'. El taller responsabilizado de estos trabajos es un buen taller local, que conoce e interpreta correctamente el lenguaje específico desarrollado en época julioclaudia ^^. Una prueba más del nivel cualitativo alcanzado en él es la que ofrece una pieza atribuida al friso del templo, en la que curiosamente se aprecia un procedimiento técnico a base de «puentecillos» muy similar al que por la misma época se documenta en el ciclo estatuario del 50 PILAR LEON ALONSO AEspA, 72, 1999 forum adiectum de Mérida ^-\ El mal estado de conservación de las escasas piezas de decoración escultórica halladas en el recinto cordobés impide desgraciadamente ir más lejos en el tema de las relaciones entre talleres. El pórtico que rodeaba el templo sólo se ha podido documentar a nivel de fundamentos; era un pórtico triple abierto a una plaza de 80 x 60 m, en medio de la que se alzaban templo y ara. La extensa terraza exigió una labor ingente para contener la presión y el empuje del terreno, por lo que se utilizó un potente sistema de anterides ^' ^. En cuanto al circo, las excavaciones en curso han sacado a la luz hasta el momento una cimentación solidísima en opus quadratum, coetánea de la del templo. Dato seguro parece ser también la perduración de los trabajos de construcción hasta finales de época julioclaudia o comienzos de época flavia ^^. Nos encontramos, pues, ante un típico santuario dinástico, cuyo punto de referencia inmediato es naturalmente el complejo augusteo del Palatino ^^. La ubicación fuera del recinto amurallado y la posición longitudinal del circo son divergencias explicables a causa de la necesidad imperiosa de un espacio suficientemente destacado y amplio, del que la ciudad ya no disponía intra moenia, y a causa de los condicionamientos topográficos del lugar elegido. Si bien la discrepancia respecto a la armonía, que se observa en el entorno del esquema original, es innegable, también lo es que el objetivo prioritario de los provinciales era dar énfasis al mensaje propagandístico de la casa imperial; y ese objetivo se veía plenamente cumplido en un complejo monumental que, convertido en fachada y punta de lanza de la capital provincial, resultaba más que emblemático. Su función debió ser la de foro provincial ^^, del que es un claro ejemplo, y precisamente por su organización peculiar viene a resaltar más «la rhétorique tant architecturale que liturgique» atribuida por P. Gros a estos vastos recintos de culto imperial ^^ La ^^ W. Trillmich, «Hispanien und Rom aus der Sicht Roms und Hispaniens», en: W. Trillmich y otros (eds.), Hispânia Antiqua. 60) 130. ^^ Agradezco a J. F. Murillo, director de las excavaciones, la información sobre los resultados obtenidos. ^^ La importancia que éste adquiere como modelo en las provincias occidentales y concretamente en Hispânia ha sido subrayada por P. Gros, pues efectivamente todavía se reproduce a finales de época flavia en Tarraco (Tarragona), la capital de la Tarraconense. 4) perspectiva en profundidad creada por la posición longitudinal del circo no solamente ofrecería una visión majestuosa al que se acercaba a la ciudad, sino que evocaría la idea de pompa procesional inherente a la función específica del recinto de culto. En el origen de un proyecto tan grandioso, cuya carga ideológica va tan estrechamente ligada a la casa imperial, es lógico que estén los móviles e intereses políticos de rigor. Pero en el caso de Córdoba debió contar además la situación ascendente de los provinciales en Roma y en el Senado durante los principados de Claudio y Nerón, siendo la familia de los Séneca, la gens Annaea, el paradigma por excelencia. El clima de confianza que se generaría en la ciudad pudo ser un factor influyente a la hora de tomar decisiones y afrontar gastos, fenómeno que con el tiempo se repetiría en Italica a mayor escala. Con mayor certeza se puede afirmar que un impacto comparable al provocado por este complejo de culto dinástico en la imagen de la ciudad no vuelve a producirse hasta que pasados dos siglos se construya el palatium Maximiani. Nada equiparable habrá hasta entonces, por más que la ciudad continúe avanzando en su itinerario de monumentalización. Un parámetro imprescindible, a la hora de determinar el nivel de monumentalidad de una ciudad como Colonia Patricia, es la arquitectura funeraria. En espera de que se le dedique una investigación rigurosa y sistemática, la valoración de las manifestaciones conocidas hasta ahora arroja un balance favorable a la idea de monumentalidad. Por una parte, los restos de decoración arquitectónica esbozan un cuadro muy similar al que se encuentra en ciudades privilegiadas del Occidente romano, tanto en lo que se refiere a tipología de monumentos como a morfología de elementos ornamentales ^^. Por otra parte, las estructuras arquitectónicas conservadas atestiguan la existencia de necrópolis y vías funerarias en la línea del modelo romano e itálico ^°. Sirvan de muestra los dos mausoleos circulares recientemente excavados en la necrópolis occidental, situados a ambos lados de la vía ad Hispalim (Sevilla), ante una puerta de la ciudad. El mejor conservado de los dos muestra a nivel del basamento una estructura cilindrica de 13,25 m de diámetro construida en opus caementicium y revestida de sillares de piedra; una cornisa de mármol blanco coronada de almenas, de la que se conservan algunas piezas, servía como remate. En el interior una cámara circular de 3,60 m de diámetro conservaba el bus- turn y una gran cista de piedra ^'. La molduración de las basas del podium y la de las cornisas fijan la cronología a comienzos de época julioclaudia sobre la base del paralelo con la serie de basas de Glanum ^-; cronología confirmada por otros elementos del registro arqueológico. Como dato de interés hay que añadir la amortización bajo el mausoleo de un enterramiento circular tardorrepublicano con ustrinum y espacio para las urnas ^\ Una cronología afín, dentro del siglo i, ha sido atribuida a dos hipogeos monumentales localizados en las necrópolis N y O de la ciudad. En ambos la técnica constructiva es opus caementicium revestido de opus quadratum y en ambos vienen a coincidir también las dimensiones de unos 4 m de lado. En el estado actual de conservación es muy difícil conocer el desarrollo del coronamiento, sin lugar a dudas monumental y posiblemente en forma de torre, de acuerdo con el tipo conocido de finales de la República y comienzos del Imperio'^^. En ningún caso nos ha llegado información epigráfica, pero la misma tipología de estos monumentos funerarios hace pensar que los comitentes pertenecerían a un nivel social distinguido, posiblemente miembros de la élite local ^^ La apertura del viejo pomerium tuvo consecuencias inmediatas. Nuevos vici y necrópolis surgen a manera de cinturón periférico y hacen suponer una mayor densidad de población ^^. La casa de peristilo sigue siendo el tipo más frecuente y, aunque los contextos domésticos están pendientes de un análisis en profundidad, pavimentos de mosaico y elementos decorativos diversos -restos de pintura, fuentes, hermas, etc.-son indicio del nivel existente en las casas de los siglos i y ii ^^. Más todavía lo es el incremento del consumo de agua facilitado por un segundo acueducto, el aqua Nova Domitiana Augusta. En contraste con el aqua Vetus o aqua Augusta, el acueducto domicianeo era obra de envergadura, que contribuía a magnificar la imagen de la ciudad por la fachada del Norte y de Levante ^^ El incremento del caudal de agua, a su vez, favorece la proliferación de fuentes convertidas en referente plástico de una escenografía urbana más sofistica-^' J. F. Murillo, J. R. Carrillo, «Monumento funerario romano de la Puerta de Gallegos», en: D. Vaquerizo (ed.), cit. (n. La localización de una gran fuente circular cubierta a manera de una tholos en las inmediaciones del foro provincial suscita la sospecha de relación o proximidad del macellum ^°. Toda esta zona recibe especial atención y experimenta cambios en el siglo ii (fig. 5). El conocimiento que tenemos de ellos proviene de excavaciones puntuales y, en consecuencia, ofrece información parcial; pero la abundante información epigráfica ha sido una ayuda inestimable para definir la situación. Lo más interesante que hay en ella es la conversión o adaptación del area sacra o recinto de culto imperial de comienzos del Imperio a la función de foro provincial. Para finales del siglo II está consumado el cambio, pues así lo atestiguan los numerosos pedestales dedicados a flamines provinciales allí localizados ^'. El grandioso complejo de culto dinástico erigido a finales de época julioclaudia queda privado de su función, sin que por el momento conozcamos las causas; pero que es así lo confirma la construcción de un nuevo circo en el extremo opuesto de la ciudad, a Occidente, cuya infraestructura ha sido vista en parte ^^. De la preponderancia de este nuevo circo da idea el hecho de que se construya un tercer acueducto, para abastecerlo suficientemente de agua ^^ En relación con el desplazamiento de la dinámica urbana, en buena parte, a la zona occidental de la ciudad hemos de valorar el hecho cierto de que las exigencias de la vida cotidiana basculan en busca de nuevos intereses y posibilidades. Eso es lo que da a entender, por una parte, la saturación de obras públicas, ciclos estatuarios y demás referentes monumentales en los espacios representativos conocidos; por otra, la modernización y mejoría progresiva que desde época julioclaudia experimentan antiguas zonas marginales, como es el caso del vicus occidental. Aunque todavía para los siglos ii-iii se documentan por hallazgos epigráficos obras de importancia, como los posibles templos de Tutela y de la Magna Mater ^^, la realidad está protagonizada por la atrofia de los focos emblemádcos, a excepción del foro colonial. Por primera vez la imagen de Colonia Patricia se contrae y ofrece síntomas inequívocos de crisis y transformación. Además de los aludidos, merece especial mención por significativo el decaimiento del interés por la autorrepresentación, que se AEspA, 72, 1999 traduce en un descenso considerable en la producción de estatuas honoríficas y retratos, especialmente en mármol. Cuando la prosperidad parece desvanecerse y la ciudad se refugia en su viejo nombre, Corduba, llega el impulso del más espectacular de los proyectos acometidos en ella, el palatium Maximiani, un nuevo revulsivo para su imagen. El trabajo modélico, por riguroso y brillante, que R. Hidalgo ha realizado en él tanto durante las fases de trabajo de campo como durante las de análisis e interpretación del monumento, aporta una información rigurosa y exhaustiva. Su importancia no sólo ha de medirse por la repercusión directa sobre un yacimiento arqueológico excepcional, sino por la renovación que ha supuesto en la investigación sobre la arquitectura de representación en época bajoimperial y, por supuesto, sobre la Córdoba tardorromana ^^ Aspectos fundamentales de las tesis establecidas por Hidalgo son los siguientes: El complejo palatino se erige fuera de la muralla, en el sector NO de la ciudad, por la necesidad manifiesta de disponer de espacio y terreno apto para una construcción de magnitud extraordinaria, más de 400 m de longitud y 200 m de anchura; el edificio ocupaba, por tanto, 8 Ha. La elección del lugar estuvo condicionada, además, por la existencia previa de un circo a escasa distancia, que quedó incorporado al magno complejo palatino, probablemente renovado y embellecido ^^. C. el lugar había estado ocupado por una villa suburbana que fue arrasada con motivo de la nueva edificación ^'^. La definición proyectual combina la inmensidad volumétrica y la originalidad del diseño. Su objetivo es reflejar la nueva imagen del poder central, cuya simbologia se plasma en la disposición radial de los elementos compositivos respecto a la inmensa exedra semicircular central. En este sentido es interesante observar el cambio de esquema producido en la arquitectura de representación respecto a época altoimperial; por una parte, se adopta una forma más abierta, pero claramente jerarquizada; por otra, se facilita el análisis visual de una escenografía grandiosa, sobre la que se proyecta claramente la idea de poder. El resultado final propiciado por la curva es generar un ritmo y una pauta acordes con una visión mayestática del poder, típica de la época. Este aspecto de la cuestión es decisivo para comprender que el arquitecto es alguien proveniente del círculo imperial, conocedor de los principios y directrices que rigen la llamada «architettura di potenza» ^^ El análisis comparativo de grandes edificios en exedra a lo largo de la arquitectura romana ha permitido a Hidalgo valorar la aportación renovadora que supone el diseño de este complejo palacial ^^, pleno de sabiduría vanguardista, por así decirlo. Nótese cómo la estructura y la organización del espacio dependen del criptopòrtico en sigma, en exedra; el desarrollo axial de la planta, la disposición simétrica de los elementos compositivos y el acceso fortificado son los rasgos más destacados. Aunque sea brevemente hay que comentar que el criptopòrtico es el elemento vertebrador de las diferentes unidades compositivas, como lo define Hidalgo, así como también es el elemento distribuidor de la circulación interna ^°. Mención especial merece la diversidad de ambientes nobles, esto es, de recepción y representación -triclinia, termas, aulas-siempre espaciosos y con cabeceras absidadas. Entre las que Hidalgo designa grandes salas de recepción o audiencia sobresale a todas luces la gran aula central, situada en la cabecera del eje y dotada de termas adyacentes. La relación con la gran sala de audiencias de época tetrárquica es evidente y el paralelo más próximo es el aula palatina de Trier. Ahora bien, la consecuencia más importante de dicha relación es la prioridad cronológica del aula cordobesa, firmemente demostrada por Hidalgo; a partir de ella se ha de modificar la idea de modelo, favorable a Trier, existente hasta ahora en la arquitectura tetrárquica y volver la vista al aula de Córdoba, cuando se considere el origen de este tipo arquitectónico "^^ La relación directa del complejo termal con el aula central está probada por el contacto entre los respectivos muros. La técnica constructiva es muy homogénea en todo el conjunto y resulta decisiva para fecharlo' ^-. El material básico es el opus caementicium revestido de opus vittatum mixtum, gran novedad en la edilicia cordobesa, que utilizó siempre de preferencia el opus quadratum. Como es de suponer, según los ambientes se ha documentado también el opus testaceum, así como tesselatum y sígninum para Comitente, ocasión del encargo y cronología son cuestiones estrechamente ligadas entre sí, resueltas por Hidalgo, en parte, a partir de las conclusiones extraídas del análisis precedente y, en parte, con la ayuda de la muy escasa información epigráfica y con el análisis de las circunstancias históricas. Datos epigráficos hay de dos clases, unas pocas litterae aiireae y un fragmento de placa marmórea. Las primeras, sólo tres completas, aparecieron en el criptopòrtico formando parte de un depósito de restos metálicos, esto es, como acción del saqueo. Son de bronce dorado, miden 19 cm de alto y 7 cm de grosor y en opinión de Hidalgo pertenecieron posiblemente a la inscripción fundacional ^' ^. El fragmento de placa marmórea apareció en el frigidarium de las termas adyacentes al aula central. Pese al mal estado de conservación, el dato paleogràfico apunta con seguridad a finales del siglo iii-primera mitad del iv. El intento de restitución del texto, hecho con sumo rigor, es plausible y alude a los césares Constancio Cloro y Galerio "^^ Curiosamente ambos son citados sólo por los cognomina, forma abreviada que es usual cuando se menciona a los cuatro tetrarcas, por lo que hay que suponer los nombres de los augustos. Diocleciano y Maximiano, en el comienzo del texto. La suma de estos factores lleva a situar el epígrafe entre los años 293-304'\ Si se considera la situación de Hispânia por estos años, a comienzos de la Tetrarquía, se ha de valorar la vinculación junto con Italia y el N. de África a Maximiano Hercúleo. Como es sabido, entre 296-297 Maximiano se encuentra en Hispânia con el fin de preparar la campaña del N. de África y lo hace desde la capital de la Bética. Para Hidalgo éste es el motivo determinante de la construcción del palatium, reducido a sede temporal tras la solución del conflicto y tras el nuevo derrotero de los aconteci-mientos. Al magno complejo se le asignaría entonces nueva función pero muy similar, pues pudo albergar al vicarias Hispaniarum, sin olvidar que inmediatamente después se hace presente en Córdoba Osio, el personaje más influyente del círculo de Constantino' ^^. La fase final del palatium Maximiani fue el abandono, sucesivas reocupaciones y la conversión de un sector del criptopòrtico en basílica cristiana con una necrópolis asociada. La remodelación urbanística de época califal, en el siglo x, impone la reconversión en un extenso arrabal ^^. En relación con la imagen de la ciudad tiene interés señalar que el planteamiento de una obra tan magna e innovadora como el palatium tetrárquico no rompe con las directrices configuradoras de la imagen urbana, sino que las respeta. Prueba de ello es el mantenimiento de la orientación y disposición observadas en los grandes complejos urbanísticos precedentes, sobre todo, en el de culto dinástico de finales de época julioclaudia. Al igual que éste la construcción del palatium potencia la dialéctica ciudad/campo y manifiesta la pugna de aquélla por reafirmarse y expandirse fuera de sus propios límites. Igual que ocurriera a finales del siglo I, el nuevo centro representativo de la vida oficial imanta a la privada, de donde las muestras de actividad constructiva en el sector. Por último la aportación a la magnificencia de la imagen de la ciudad es tan evidente, que no necesita comentario. Este último destello de esplendor no pudo, sin embargo, detener el proceso imparable de cambios y transformaciones, que desde finales del siglo m y durante los siglos iv-v afectan tanto a la esfera pública como a la privada. Se trata de un fenómeno detectado a distintos niveles en las diferentes regiones del Imperio ^^, cuyas consecuencias fueron sumamente graves en Hispânia. Rasgo típico es el abandono y la reutilización con fines privados de espacios públicos, así como el saqueo de materiales extraídos de aquéllos'°°. Para ilustrar la situación en Corduba, basta un ejemplo: en el siglo iv el espacio existente entre el templo y el pórtico del complejo dinástico julioclaudio es ocupado por una casa de peristilo, en cuya construcción se aprovecharon materiales saqueados de aquél'°'. Bien es verdad que en contraste con esta situación magníficos pavimentos de mosaico aluden al ambiente pro-56 PILAR LEON ALONSO AEspA, 72, 1999 pio de las ricas domus bajoimperiales'°^; pero es la otra cara de la moneda la que representa la tónica generalizada. La admisión de esta realidad no debe obstruir el descubrimiento de otras perspectivas. Al igual que ocurre cuando se profundiza en otras facetas de la Antigüedad tardía, la imagen que ofrece Córdoba durante esa época tiende a ser entendida como imagen de decadencia, como término de su itinerario de monumentalización, lo cual en parte es cierto. Pero esa realidad tiene otra vertiente que no debe quedar Ibid. postergada, pues muestra que las posibilidades de proseguir una trayectoria de ciudad monumental no se agotaron entonces. Las que se agotaron fueron las posibilidades de expresarla a escala clásica, esto es, de manera acorde con los esquemas propios de la Antigüedad Clásica. Tanto en la etapa visigoda como bajo la dominación islámica la ciudad se incorpora a nuevas formas de monumentalidad, más integradas en la ciudad actual que las precedentes. Pero si algo enseña el análisis arqueológico de la Córdoba antigua, es que con el fin del itinerario romano se cerraba el capítulo más brillante de la historia de su imagen. AEspAj2j2^ AEspA, 11, 1999 ITINERARIO DE MONUMENTALIZACIÓN EN COLONIA PATRICIA 49 Fig. 4.-Colonia Patricia a finales de época julioclaudia. Recinto de culto imperiai y circo sobre la fachada E. Nuevos vici y necrópolis en la periferia urbana. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
En 1994 fueron descubiertos los vestigios del teatro romano de la Colonia Patricia, bajo el edificio del Museo Arqueológico Provincial de Córdoba, en el entorno de la actual Plaza de Jerónimo Páez. Dicha localización permite ahora contextualizar los hallazgos epigráficos de esta zona, incrementando así nuestro conocimiento histórico respecto al edifício de espectáculos y respecto a la sociedad que lo construyó y utilizó en época augustea. Es objetivo del presente estudio ejemplificar la estrecha relación existente entre Epigrafía y Arqueología. Intentaremos profundizar en la condición de auxiliaridad recíproca de ambas disciplinas y aplicar el método adecuado para, con las informaciones obtenidas desde una y otra, lograr un más ajustado conocimiento histórico. Este posicionamiento teórico, considerado hoy día natural, no se fraguó hasta la segunda mitad del presente siglo. Hasta entonces, el único valor otorgado a las inscripciones se centraba en su contenido textual. La elaboración de los monumentales corpora a finales del siglo xix vino a satisfacer las necesidades de las corrientes historicistas y positivistas, imperantes por entonces y convencidas de que el progreso en el conocimiento histórico sólo era posible a través de la acumulación de nuevos datos documentales. La reacción a tales planteamientos comenzó en los años 50 desde dos campos muy distintos. Por un lado, el arqueólogo español J.M. Navascués abogaría por dotar de contenido propio a la ciencia epigráfica, emancipándola de la Filología, a través del estudio de la materialidad misma de las inscripciones, aspecto absolutamente descuidado hasta entonces'. Por otro, la nueva escuela francesa de Paleografía, liderada por J. Mallon, resaltaría la importancia de los aspectos formales de la escritura ^. Algunos años más tarde, G. Susini sistematizaría y ampliaría tales planteamientos, acuñando dos conceptos fundamentales; a saber, los de «arqueología de la epigrafía» y «ambiente o paisaje epigráfico» \ El primero designa el estudio de los procesos de producción del epígrafe, desde la extracción de la materia prima en la cantera hasta su disposición definitiva en el lugar al que iba destinado, pasando por la elaboración de los soportes y la redacción e inscripción del texto. El segundo pretende llamar la atención sobre la necesidad de contextualizar las inscripciones, pues era en el ambiente original de colocación donde éstas alcanzaban pleno significado para sus contemporáneos y, por ende, el lugar donde ofrecen una información más completa al investigador. Se trata, pues, de analizar no sólo lo que el texto dice, sino también el cómo, por qué, desde dónde y para quién o quiénes iba destinado su mensaje. Y la disciplina capaz de reconstruir tales ambientes originales, las más de las veces desaparecidos o maltrechos, es la Arqueología. Los estudios de «ambiente epigráfico» presentan una doble vía de investigación. De un lado, el análisis de los programas epigráficos propios de espacios, edificios o monumentos urbanos concretos. Problemas arqueológicos tales como la datación, funcionalidad, ornamentación, evolución, identidad del comitente o patrocinador de tales obras e intencionalidad de su acto evergético, pueden solucionarse satisfactoriamente analizando la evidencia epigráfica recuperada en ellos, no de forma aislada (inscripción por inscripción), sino en su conjunto, entendido éste como un auténtico programa de autorrepresentación social ante los contemporáneos y la posteridad ^. De otro lado, una vez identificadas las pautas de disposición original de las diferentes inscripciones que componían tales programas en aquellos edificios satisfactoriamente conservados o investigados, tal modelo sirve para identificar dichos ambientes, o localizar tales edificios, en otras ciudades, a partir de la concentración de determinados hallazgos epigráficos casuales. Vamos a utilizar esta doble vía de investigación con un caso concreto: el ambiente epigráfico del teatro romano de Córdoba, puesto que el reciente conocimiento de su ubicación en la trama urbana de la ciudad permite dotar de nuevo significado a las inscripciones recuperadas en su entorno y, por esa misma razón, incrementar nuestro conocimiento histórico sobre el edificio. EL CONTEXTO URBANISTICO DE LA COLONIA PATRICIA AUGUSTEA El principado de Augusto (30 a.C.-14 d.C.) representa para Corduba un momento clave, pues durante este período se configura la imagen urbana que perdurará a lo largo de toda la Antigüedad. El proceso de transformación urbanística, así como los principales programas edilicios y ornamentales que lo componen, han sido definidos por varios autores en fechas muy recientes \ Nuestra labor debe, por lo tanto, reducirse a ofrecer una síntesis de lo hasta ahora conocido y publicado; aportando, eso sí algunas puntualizaciones. Ventura, A., El abastecimiento de agua a la Córdoba romana II: acueductos, ciclo de distribción y urbanismo, Córdoba, 1996, 140-144. Ventura, A., León, P. y Tras la destrucción sufrida por Corduba durante la guerra de Munda, no total, pero si intensa, en el año 45 a.C. ^\ es probable que César ordenara el establecimiento de una colonia romana «de castigo», consecuencia de su actitud ambigua o abiertamente filopompeyana durante el conflicto ^. Posteriormente, pero con anterioridad al 14 a.C. -tal vez en 25 a.C, coincidiendo con la reorganización administrativa de las provincias de Hispânia-, Augusto, heredero y sucesor de César, culminaría tales proyectos deduciendo definitivamente la Colonia Patricia y asentando en ella un contingente de veteranos licenciados del ejército, a lo que aludirían tanto algunas acuñaciones de la ciudad con signa legionarios en los reversos, como la constatación epigráfica de una nueva tribus -Galería-en la que se inscriben sus ciudadanos ^ La Colonia Patricia pasa a ser capital de la provincia Baetica y del conventus Cordubensis, afianzando de iure la preeminencia que había ostentado durante la época republicana respecto al resto de ciudades de la provincia'\ Estos acontecimientos políticos deben haber jugado un papel fundamental como motor del cambio urbanístico que se documenta arqueológicamente. En efecto, en este período se constata la ampliación del recinto amurallado de la ciudad hacia el Sur, hasta prácticamente la orilla del Guadalquivir, incrementando así su extensión en 36 Ha. (superficie total: 78 Ha.) Probablemente la ampliación sirviera para acoger a los colonos augusteos (cfr. figs. 1 y 2). La reciente investigación topográfica permite emprender estudios detallados sobre la red viaria y su modulación. Es posible, de este modo, conocer el modelo teórico de limitatio de parcelas intraurbanas en la ampliación augustea de Córdoba. El trazado del viario parte de la bifurcación del Kardo Maximus republicano en su extremo meridional, en la confluencia de la actual c/ Blanco Belmonte hacia la Plaza de Benavente. Un ramal adopta una dirección NW.-SE., coincidiendo aproximadamente con la c/ Rey Heredia. Esta «diagonalis» segrega un sector intraurbano -el suroriental-destinado a «barrio de espectáculos», reservándose aquí el espacio necesario para la edificación del teatro -que aprovecha el escarpe de la terraza fluvial-y, al sur de él y en eje, el anfiteatro'^\ El segundo ramal del Kardo Maximus, que consideramos principal por encaminarse hacia el puente y la puerta allí ubicada, presenta una orientación diferente a las murallas, pero que ha quedado fosilizada en la nave central de la Mezquita Aljama''. Siguiendo esta misma orienta-"^ La hipótesis de localización del anfiteatro, todavía no confirmada arqueológicamente, en: Ventura, A., La recuperación de la Córdoba romana: los edificios de espectáculos. Ciudades modernas superpuestas a las antiguas. 10 años de investigación. La argumentación respecto al trazado del K.M. bajo la nave del mihrab de la Mezquita aljama la ofrecimos en: Ventura, A., et alii. Análisis arqueológico de la Córdoba romana, resultados e hipótesis de la investigación, Colonia Patricia Corduba, una reflexión arqueológica. Esta propuesta de trazado hace desembocar la calle unos diez metros al Este de la desembocadura del puente romano de piedra sobre el Guadalquivir. Opinamos que dicha desviación nos pone tras la pista de la preexistencia de un puente de madera, anterior al de piedra y desde el que se abordaría la construcción de éste. Algo lógico si pen-dón se trazan el resto de kardínes, espaciados 35 m cada uno. Conocemos 5 de ellos, que corresponden, de O. a E., a la actual c/ Torrijos, nave central de la Mezquita, c/ Céspedes, Pórtico Este del Patio de los Naranjos y parcelas orientales de la c/ Caño Quebrado'-. Peor informados estamos respecto a los samos que la deductio colonial, y las transformaciones urbanísticas consecuentes, acontece entre los años 45 y 14 a.C, mientras que el puente de piedra se fecha en los años 3-2 a.C, en el marco del acondicionamiento de la Via Augusta documentado por los miliarios: Stylow, A.U., Apuntes sobre el urbanismo de la Corduba romana, Stadtbild und Ideologie. Un caso similar se documenta en Mérida: Mateos, P, Reflexiones sobre la trama urbana de Augusta Emerita, Anas 7-8, 1994-95, 237-238.'-El kardo detectado en la excavación de la calle Caño Quebrado se fecha a comienzos de época imperial: Morena, J.A., Apuntes sobre urbanismo y economía en el sector meridional de la Córdoba Romana. Excavación de urgencia en c/ Caño Quebrado esquina Ronda de Isasa, Boletín de la Real Academia de Córdoba 134, 1999 (e.p.) Al mismo tiempo que se reorganiza su interior, la ciudad se «abre» hacia el exterior, una vez concluidas las guerras civiles {provincia Baetica pacata est, se lee en una inscripción del Foro de Augusto en Roma). Capital administrativa, económica y política de un territorio provincial, es precisamente la calzada que articula este territorio, la Via Augusta, la que vertebra también la ciudad ampliada, pues pasa a ser Decumanus Maximus (c/ Alfonso XIII) y Kardo Maximus (calles San Alvaro, Jesús María y Blanco Belmonte) ^^. Otros indicios de apertura territorial serían la parcelación agraria (centuriatio) con la misma orientación que la documentada para el viario intramuros'^, la presencia de suntuosos monumentos funerarios a lo largo de las calzadas que salen de las puertas úrbicas, o la propia ornamentación de éstas'^. Las calles de la ampliación augustea, y también las de la vieja Corduba (zona norte), se dotan en estos momentos de cloacas y se pavimentan'^. Debe repararse en la magnitud de la empresa, a tenor de los kilómetros de conducciones y toneladas de piedra necesarios. Algunas calles, también, se dotan de pórticos sobre las aceras'^. La red de saneamiento está sin lugar a dudas vinculada a la construcción del primer acueducto con que contó la ciudad: el Aqua Augusta (acueducto de Valdepuentes), de probable financiación imperial'^. Como también lo están las fuentes públicas en las plazas y calles, que se calculan en un centenar, a juzgar por el caudal transportado por el acueducto (30.000 m^ de agua al día). Algunas de estas fuentecillas pétreas, decoradas con mascarones de bronce -effigies aheneas-, fueron donadas por un miembro de la oligarquía local, L. Cornelius, con posterioridad al desempeño de las más altas magistraturas ciudadanas ^°. Las nuevas élites coloniales se «apropian» del espacio público representativo tradicional, de manera similar a lo constatado en Pompeya tras la deductio silana^'. Así, las recientes excavaciones de las c/ Góngora y Teniente Braulio Laportilla, han permitido comprobar intensas reformas en el viejo foro republicano, que comprenden la pavimentación de la plaza con losas de caliza micrítica gris ^-, la instalación en ella de fuentes públicas, o la renovación de su porticado perimetral. Herramienta fundamental en este proceso de «colonización ideológica» del espacio urbano es la cultura epigráfica. Las élites dejan testimonio escrito, público, monumental y perenne de sus logros; a veces incluso acompañado de su propio retrato. Pedestales y estatuas proliferan en plazas, calles y edificios, las más de las veces dedicadas por el propio cuerpo de ciudadanos al político o benefactor de turno. Especial atención merecen dos aspectos de este incipiente hábito epigráfico, en cierto modo peculiares de la Corduba augustea. De un lado, las dedicaciones realizadas por coloni e incolae mencionados por' ^ Hidalgo, R., Nuevos datos sobre el urbanismo de Colonia Patricia Corduba: excavación arqueológica de urgencia en la c/ Ramírez de las Casas-Deza 13, Anales de Arqueología Cordobesa 4, 1993, 91- -' Zanker, P., Pompei, Torino 1993, 71-83. ^^ Aparicio, L., Ventura, A., Flamen provincial documentado en Córdoba y nuevos datos sobre el Foro de la Colonia Patricia, Anales de Arqueología Cordobesa 1, 1996, 251-264. La pavimentación de fora en época augustea se documenta en otras ciudades, comenzando por el Foro Romano: Alfoldy, G., Der Obelisk auf dem Petersplatz in Rom, Heidelberg 1990, 72. separado ^\ que a nuestro juicio demuestran el sentimiento de unidad de los colonos augusteos respecto a los habitantes anteriores a la deductio -^. De otro lado, el empleo de la ostentosa técnica de las litterae aureae -letras de bronce bañadas en oro e incrustadas en soporte pétreo-, propia de los monumentos imperiales o, cuando menos, comunitarios, en monumentos funerarios privados -^. También las innovaciones en el campo arquitectónico contribuyeron a transformar el paisaje urbano; en especial, la introducción del mármol como material constructivo programático y la adopción de modelos romanos en el lenguaje decorativo -^. Algunas piezas, colosales y elaboradas en mármol de Luni-Carrara, ponen tras la pista de monumentos patrocinados directamente por el emperador, propietario de las canteras ^^ La adhesión comunitaria hacia el nuevo régimen de paz y prosperidad promovido por Augusto se constata no sólo en las élites, sino también en el populus. Las actividades vecinales de culto al emperador afectan incluso a la, digamos, «nomenclatura» urbana, pues es por esta causa por la que se establece una división oficial de la ciudad en distritos o vici, de los que conocemos por el momento dos denominados forensis e Hispanus ^l También, extramuros, se documenta una barriada o pagus Augustus ^^. Toda esta transformación urbana no es sino la consecuencia de un profundo cambio cultural, en buena medida generalizable a otras ciudades en este momento histórico, pero con las peculiaridades de magnificencia inherentes a una capital provincial y al poder económico de sus élites sociales. En la actualidad, la investigación sobre el monumento se orienta hacia dos frentes principales. Por un lado, excavaciones en solares anejos propiedad del Museo Arqueológico, para conocer mejor la estructura interna de la cavea. La reciente campaña de 1999 nos ha permitido localizar nuevos tramos de su cimentación, desgraciadamente muy saqueada durante la Antigüedad Tardía y compuesta por tres potentes muros anulares en opus quadratum trabados entre sí por muros radiales (figs. 4 y 5). Pero también varios e interesantes elementos arquitectónicos in loco, como piezas de scalariae labradas en caliza micrítica gris (fig. 6) y de gradas en caliza marmórea blanca (figs. 7 y 8) ^\ Por otro lado, la Fig. 6.-Pieza de scalarla recuperada en el corte 2 de la campaña de excavación de 1999. " En el yacimiento se han localizado 5 fragmentos de las típicas piezas que conforman las scalariae en los edificios de espectáculos, con dos peldaños cada una. La más completa, fig. 6, mide en total 100 x 72 x 40 cm. Cada peldaño presenta un ancho de 90 cm., una huella de 35-37 cm y un alzado de 15-18 cm. Más abundantes son otras piezas de caliza marmórea blanca y sección en forma de triángulo rectángulo. En total, hemos contabilizado 37. Sus dimensiones son similares: 90 cm de anchura total, 90 cm mide la cara correspondiente a la hipotenusa, toscamente desbastada; 40 cm la cara del cateto menor, labrada «a gradina» y 70-75 cm la cara del ANGEL VENTURA VILLANUEVA AEspA, 72, 1999 Fig. 7: Modelo experimental de colocación de las piezas marmóreas de sección triangular recuperadas en el yacimiento, que corresponderían a gradas con una «huella» de 70-75 cm y un alzado de 35-40 cm. cateto mayor, pulimentada y desgastada por el uso. Esta última cara presenta un rebaje longitudinal en la arista del ángulo agudo, para encaje con otra pieza. Se trata de las gradas de la summa cavea, aquéllas dispuestas sobre bóvedas de opus caementicium, con paralelos muy ilustrativos Pedestal o ara cilíndrica de mármol, de fondo claro y abundantes vetas de colores verde y violeta, fracturado por la parte superior. El imoscapo se resalta con un toro al que se superpone una escocia entre biseles. La inscripción se sitúa sobre un amplio «bucle» que forma el veteado, a modo de guirnalda. Las letras, capitales cuadradas de época augustea, miden 6 cm en lín. Se conserva en la actualidad en el Museo de Málaga. El texto dice: Augusto sacrum Desconocemos el lugar y circunstancias concretas del hallazgo, pero la primera noticia sobre la pieza, proporcionada por P Díaz de Rivas en 1627, la sitúa en el Hospital de la Lámpara, actual c/ Amparo, junto a la Puerta de Pescadería, en la esquina suroriental del recinto amurallado de la Colonia Patricia. Su ubicación original en el «barrio de espectáculos» parece, pues, segura. Además, un testimonio de culto imperial tan precoz (en vida del Princeps) encaja mejor en el Teatro que en el también cercano Anfiteatro. La ubicación habitual de este tipo de arae cilindricas en los teatros es la orchestra, como en los casos de Italica y Carthago Nova ^^; si bien podría haber formado parte de un sacellum en el porticus post scaenam o en la ima cavea, como sucede en el teatro de Emerita ^°. Placa o paralelepípedo de piedra de dimensiones desconocidas. La noticia de su ha--' ^ Corzo, R., Vivo Itálica. 2) de una estatua (lin. 1) de bronce («aere» en lin. 3), cuyos costos fueron devueltos al dedicante por el homenajeado o uno de sus parientes («[impensja remis [sa]» de lin. Tanto esta pieza como las dos anteriores documentan un carácter público y representativo para la terraza superior oriental del complejo, tal vez relacionada con el culto imperial. Pedestal o altar cilindrico de piedra calcarenita, hallado en 1995 durante el seguimiento arqueológico de remociones de tierras en el solar de Casa Carbonell (promoción residencial «Altos de Santa Ana», con fachada a c/ Rey Heredia). Fracturado por la parte inferior, lo conservado mide 38 cm de altura y 46 cm de diámetro. Presenta bajo el cimacio un complejo juego de molduras de labra muy cuidada, con huellas de empleo del torno para su elaboración. De arriba abajo son: faja, cyma recta, media caña, baquetilla, rebajo, apófisis inversa y bisel. Se conservan restos de la P linea de texto, con letras capitales cuadradas de 7 cm de altura, profundamente grabadas a bisel y con refuerzos poco desarrollados: [-]RVF Por la paleografía y materia prima del soporte debe fecharse en época augustea. La ausencia de interpunciones impide un desarrollo del tipo R(---) v(otum) f(ecit) o similar. Debe tratarse de una abreviatura, bien del cognomen Rufias), bien del topónimo Rufirae) (vicus Rufrae, en Campania). No aporta información respecto a la funcionalidad de la terraza inferior occidental aneja al teatro. CILIP /7, 615 (fig. 11) Placa de mármol blanco fracturada por todos los lados de 14 X 18 X 1,5 cm. Hallada en 1979 durante las labores de consolidación de los cimientos del palacio de los Páez Castillejo, en la esquina de la plaza de Jerónimo Páez con c/ Marqués del Villar. Litterae sunt optimae aetatis Augusti vel paululum recentiores, de 9,5 cm de altura: -]+DV[-] Se conserva en el Museo Arqueológico Provincial. Por el lugar de hallazgo, podria corresponder a una de las inscripciones fundacionales del Teatro, la situada sobre el dintel oriental del aditus maximus. IP /7,311 (fig. 12) Pedestal cilindrico de caliza micritica gris (piedra de mina). Hallado en el s. xvi «en casa de D. Fernando de la Cerda», se colocó en el Convento de la Encarnación, que se construia por entonces, en la esquina con la c/ Rey Heredia, donde actualmente se conserva. El lugar de hallazgo no debe distar mucho del de reutilización, atendiendo a las dimen- siones de la pieza (140 cm de altura y más de 200 cm de perímetro). T. Ramírez de Arellano ^-narra un luctuoso suceso histórico, acaecido en 1586, en cuya trama participó un tal D. Andrés de la Cerda, posiblemente familiar directo de D. Fernando, cuya casa se situaba a muy poca distancia de la c/ Pedregosa (hoy c/ Blanco Belmonte). Es por eso que consideramos que su lugar de hallazgo está directamente relacionado con el complejo aterrazado occidental anejo al Teatro. La pieza presenta una cartela rectangular ligeramente rehundida de 27 x 62 cm, donde se encuentra el texto, inscrito en letras capitales cuadradas de época augustea y 4 cm. de altura: La superficie de la pieza ha sido levemente rebajada con bujarda en época contemporánea, habiendo perdido las letras su profundidad primigenia. El pedestal debió ubicarse originalmente en el complejo aterrazado occidental anejo al teatro, de carácter por tanto público y representativo. CILlf /7, 571 (fig. 13) Placa rectangular de piedra caliza micrítica gris (piedra de mina), fracturada por la izquierda, de 23 cm de altura, 37 cm de anchura y 7 -4,5 cm de espesor. Fue hallada al realizar el sótano de la Casa Nahmias, en la Plaza de Jerónimo Páez y allí se conserva en un patio. Presenta la cara anterior alisada y las demás desbastadas, con ligera anathyrosis en los laterales, para facilitar su encaje en otra estructura. Las letras, capitales cuadradas, miden entre 3,2 y 5 cm de altura. La interpunción es de forma triangular con el vértice hacia abajo. Destaca la forma abierta de la letra P, lo que, junto con la materia prima y apariencia general de la inscripción, remite a época augustea. [Anna]eae-[Opta?]tae • l(ocus) • p(edum) II La morfología del soporte (placa y no cipo), la ausencia de fórmulas típicas, la indicación del nombre en genitivo y su hallazgo intramuros descartan la posibilidad de que se trate de una inscripción funeraria. Debe tratarse del chapado de un asiento en el teatro, localidad de 60 cm de anchura reservada a una mujer de la famiUa Annaea. La restitución del nomen es casi segura, pues este nombre es el más frecuente de entre los documentados en Hispânia terminados en -ea ^^. No sucede lo mismo con el cognomen, restituido en nuestro caso a modo de ejemplo, pues varios de ellos de aparición frecuente podrían adaptarse a lo conservado. Paseos por Córdoba 6" éd., ^'^ Alleicea, Peducea, Varaea, Callaea, Caldaea, Denta y Annaea: Abascal, J.M. Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia. Paralelepípedo de mármol blanco labrado por todos sus frentes, delOx38x8 cm. La cara menor lateral derecha presenta un orificio, mientras que dos de las caras largas se encuentran inscritas. Hallado al construir el sótano de la casa Nahmias, en la Plaza de Jerónimo Páez; se conserva en uno de los patios del inmueble. La inscripción más antigua (cara a), con letras de 5 cm. de altura (I longae de 6 cm) e interpunciones triangulares con el vértice hacia arriba, dice: P(ubli)-FurLPhilotImi Paleogràficamente puede fecharse en la primera mitad del s. i d.C. En un momento posterior esta cara se retalló con acusada anathyrosis en el borde perimetral, afectando a la inscripción «a», al tiempo que, probablemente, se esculpió en la cara contigua el texto «b», con letras capitales de rasgos librarlos, 5,3 -3,3 cm de altura y fechables en la segunda mitad del s. \ d.C: Stylow la fecha a finales del s. i d.C. A pesar de encontrarse el gentilicio en nominativo, debe tratarse de una reserva de asiento en el teatro, a juzgar por la morfología y dimensiones del soporte, similar a la inscripción anterior (n° 9). CIL IP/7, 608 a (fig. 16) Placa de piedra caliza gris (piedra de mina) fracturada por arriba y por la derecha, de 11 x 19 x 7,5 cm. La cara anterior alisada y las demás toscamente desbastadas. Apareció en superficie en el denominado «patio romano» del Museo Arqueológico, en 1993. El texto, con letras capitales cuadradas de 3,8 cm de altura, dice: Podría restituirse como un gentilicio en genitivo: Num(isiorum). Probablemente placa para chapado de asiento en el teatro, fechable desde el punto de vista paleogràfico en época julioclaudia. Quali monumento insertus fuerit talis lapis, non intellexi, escribe el editor del nuevo CIL. Es evidente que no se trata de inscripciones funerarias. Al estar los nombres en genitivo, deben constituir indicaciones de propiedad de localidades en el teatro, esta vez no inscritas en la placa de chapado de la grada, sino en piezas de subsellia. CIL IP/7, 456 (fig. 15) Paralelepípedo de piedra caliza azulada con vetas de color violeta (piedra de mina), fracturado por los lados derecho e izquierdo, de 9 x 28,5 x 7 cm. Hallado en el mismo lugar y circunstancias que las dos inscripciones anteriores, se conserva también en la casa Nahmias. El texto, con letras librarias de 3,2 cm de altura, dice: 12. 17) En el mismo lugar, durante la campaña de excavación de 1994, se localizaron una treintena de cornisas de doble frente labradas en piedra de mina. que originariamente decoraron la parte superior de la fachada del edificio de espectáculos. Dos de ellas muestran la misma inscripción en el friso, con letras capitales cuadradas de 9 cm de altura: MP Podrían interpretarse como las iniciales del artesano encargado de la elaboración de las cornisas "^"^ o como marca de identificación del comitente que corrió con los gastos de su ejecución ^^. En cualquier caso, nos parece atractiva la hipótesis de restituir dichas iniciales como: M(ercellonis)' P(ersini) vel M(arii)'P(ersini), apelando a la nomenclatura documentada en la inscripción n° 7. Por la forma abierta del bucle de la letra P y la disposición de los trazos de la M (iguales en longitud y formando ángulos muy abiertos), debe fecharse en época augustea. EL TEATRO: UN ESCENARIO PARA EL EVERGETISMO Correctamente ha definido Pilar León la Córdoba augustea como «UNA CIUDAD EN OBRAS», atendiendo a las numerosísimas construcciones que se emprendieron en estos momentos, con el teatro a la cabeza según acabamos de ver"^^'. Cabe preguntarse entonces: ¿quiénes fueron los promotores de este auge edili-^"^ Marcas de cantero similares se documentan en elementos arquitectónicos del teatro de Cartagena: Ramallo, S., Ruiz,E. op. cit. n. 36,90. ^^ Algunas columnas del famoso pórtico del theatrum lapideum de Pompeyo en Roma portaban inserito su nombre -«Gnaei Pompei»-en la base: Gros, P., op. cit. n. ^^' León, P., Prólogo, Córdoba en tiempos de Séneca, op. cit. n. 16,12. cio, aparte del propio emperador? y ¿de dónde obtuvieron los recursos financieros para la adquisición de suelo, la producción e importación de los materiales constructivos empleados y la contratación de las maestranzas especializadas? Aunque todavía desconocemos bastantes datos como para responder de forraâ^ategórica a tales preguntas, sí contamos con indicios para comenzar, al menos, a comprender las causas de este evergetismo edilicio temprano ^'^. La primera necesidad básica para la praxis urbanística es la disponibilidad de suelo. En la Roma julioclaudia, los propios proyectos imperiales encontraban grandes dificultades para la adquisición del terreno necesario (¡piénsese en el incendio provocado por Nerón!). Una situación diferente, en tanto que más favorable, encontramos en nuestra ciudad, donde el terrible incendio del año 45 a.C. y las más de 22.000 bajas humanas producidas durante las guerras civiles habrían dado lugar a ingentes traspasos de propiedades en la vieja Corduba, posibilitándose así proyectos edilicios de amplio respiro. La expansión meridional augustea habría complementado esta oferta, proporcionando suelo residencial para la inversión privada de los colonos (construcción de sus casas) y el espacio necesario para la inserción de los grandes edificios de espectáculos, el teatro y el anfiteatro. Hemos de contar, además, con la acumulación de capital fruto de las productivas actividades mineras en la provincia a lo largo de toda la época republicana •^'. Es esta fuente de riqueza la que permitió el acceso al rango ecuestre y senatorial de las más destacadas familias cordobesas a comienzos de época imperial. En primer lugar los ANNAEI, emparentados con la GENS ARGENTARIA ^^ y vinculados, a través de ella, con la poderosísima SOCIETAS SISAPONENSIS, explotadora de minas de plata en Sierra Morena ^^ pero, sobre todo, de las minas de cinabrio y mercu-Fig. 19.-Inscripción CIL IF /7, 699 a, hallada extramuros al norte de Corduba, que documenta la existencia de una servitus viae entre la ciudad y los Montes Societatis Sisaponensis.''' Chic, G., Historia económica de la Bética en la época de Augusto. Ventura, A., Inscripción funeraria, Córdoba en tiempos de Séneca, op. cit. n. 16,[216][217] •' ^ La explotación de minas de plata en la Sierra Morena cordobesa por parte de la Societas Sisaponensis se puede rastrear a partir de los lugares de aparición de instrumentos, o resellos con las siglas S-S, como es el caso del famoso cubo de Posadas: Sandars, H.W., The Linares Bas-Relief and Roman mining operations in Baetica, Archaeologia LIX,2, 1905, 311-332. Otros yacimientos explotados por la societas en el marco de Sierra Morena se deducen de la existencia de contramarcas monetales con sus siglas -S-S-, sobre monedas de procedencia desconocida publicadas por García Bellido, M.P., Nuevos datos sobre minería y agricultura romanas en Hispânia, AEs-pA 59, 1986, 19-21. AEspA, 72, 1999 EL TEATRO EN EL CONTEXTO URBANO DE COLONIA PATRICIA 71 Fig. 20.-Inscripción CIL II-/7, 415 a., hallada en el mismo lugar que la anterior, que documenta la adopción del gentilicio Argentarius por parte de los libertos de la Societas Sisaponensis. rio de Almadén (Ciudad Real) en régimen de monopolio (figs. 18-20). La producción de cinabrio ha sido estimada en 53 toneladas anuales de mineral puro (vena), que una vez exportados a Roma vía Córdoba servían para elaborar 160.000 libras del preciado minio, colorante imprescindible para la pintura ^' ^. El mercurio resultante como subproducto también era considerado estratégico por sus aplicaciones para la obtención de oro por el procedimiento de amalgama y para el dorado del bronce''\ No sorprende, por lo tanto, que libertos de la gens Argentaria ejerzan en Roma el oficio de banqueros, incluso en relación con el mercado del cobre ^^. Otra familia ecuestre importante en estos momentos: los MERCELLONES-PERSINI emparentados, de ^"^ Sobre la actividad de la Societas y la exportación de los minerales por ella explotados vía Corduba vide: Ventura, A., Susum ad montes S(ocietatis) S(isaponensis): Nueva inscripción tardorrepublicana de Corduba, Anales de Arqueología Cordobesa 4, 1993, 49-62. Muy interesante resulta la reseña a este trabajo realizada por Rodríguez Almeida, E., Una nova iscrizione ispanica relativa ai sociii miniarum Sisaponensium, BullCom XCVI, 1995, 173-178. Respecto a la Societas Sisaponensis, en general: Rodríguez Almeida, E., Producción y logística de algunos bienes: el caso de Roma, Actas del XIV Congreso Internacional de Arqueología Clásica vol. I, Tarragona 1994, 335-345. ^^ Chic, G., Estrabón y la práctica de la amalgama en el marco de la minería sud-hispánica. La Bética en su problemática histórica. Rodríguez ^^' SEXTO MARIO, el hombre más rico de Hispânia, probablemente de rango ecuestre: Tac. Respecto a sus minas de oro y cobre: Plin. Topónimo Mansio Mariana derivado de su nombre: Itin. Tradicionalmente se supone que sus minas cordobesas se corresponden con las existentes en la localidad actual de Cerro Muriano. Dión Cassio LVIII, 22, cuenta una anécdota referida a Sexto Mario para argumentar su posición privilegiada en Roma, derivada de la amistad con Tiberio, ciertamente interesante. Estando en disputas con un vecino, cuyo nombre no se menciona, le invitó a su casa por dos días, durante los cuales ordenó que la villa de ese hombre fuera arrasada hasta los cimientos y vuelta a reconstruir con mayor tamaño y más lujosa. Cuando éste supo lo ocurrido y pidió explicaciones, Mario le respondió: «esto te muestra que poseo el conocimiento y el poder para repeler los ataques y también para recompensar la amabilidad». Pensamos que el vecino en cuestión bien pudiera ser Calpurnio Salviano, quien presentó en el año 25 una acusación contra Sexto Mario, siendo reprendida su actitud por Tiberio en persona y condenado por su osadía al exilio: Tac. Mario perdería el favor imperial y acabaría siendo ejecutado en el año 33 por de Persini, se (iocumentan en Corduba y, de nuevo, en la zona minera de Epora (Montero) ^'. La presenorden de Tiberio, que confiscó sus minas: Tac. Éstas pasaron a ser administradas pox procuratores Montis Mariani'. Otro problema interesante es el referido al topónimo MANSIO MONS MARIORUM, mencionado por el Itin. 432.4, que se localiza en la vía Itálica-Emérita, en los alrededores de la actual localidad de Almadén de la Plata. Algunos autores propusieron corregir dicho topónimo por MONS MARMORUM, apelando tanto a la existencia de importantes canteras de mármol blanco en la zona, como al hecho de no conocerse vínculos entre Sexto Mario e Itálica: González, J., Mansio Mons Mariorum, Habis 27, 1996, 90-91 y n. Ahora bien, según el cuadro de nuestra fig. 21, sí que existe un vínculo, indirecto pero por partida doble. El Calpurnio Salviano que acusa a Mario debe ser nieto del individuo homónimo, italicense, involucrado en la conjura contra Casio Longino realizada en Corduba el año 48 a.C, en la que participa también otro italicense, L. Mercello, cuyo hijo está emparentado ya en época augustea con los Marii. Es más, si aceptamos que los yacimientos mineros enclavados en los alrededores de Almadén de la Plata pertenecieron a los Marii, tendríamos un argumento más para plantear la propiedad imperial de las famosas canteras de mármol, a partir de la confiscación tiberiana. Sobre el tema vide: Cisneros, M., Mármoles de importación y mármoles de sustitución: su utilización en algunas ciudades hispanas, Veleia 14, 1997, 197-198; Roda, L, Los mármoles de Itálica. La presencia en la nomenclatura de T. MERCELLO PERSINUS MARIUS de un gentilicio en la posición final, como segundo cognomen (Marius), podría explicarse de dos formas diferentes. Una, improbable, que ese gentilicio fuese materno. La segunda, a nuestro juicio más probable, que se esconda tras él una adopción. Tendríamos así un personaje de nombre (-)• MARIUS PERSINUS, adoptado por un T. MERCELLO, generándose una onomástica del tipo: praenomen adoptivo + nomen adoptivo + cognomen original eia de varias «marcas de cantero» en las cornisas del teatro, elaboradas en caliza micrítica local de Sierra Morena («piedra de mina»), con las siglas M-F (catálogo n° 12), tal vez signifiquen la participación de esta familia en la ornamentación del edificio, o bien su propiedad respecto a las canteras ^^. Estas importantes familias (y otras menos conocidas literariamente, como los Numisii, los Furti, los Postumii) se constatan epigráficamente en el teatro: el edificio se concibe así, desde el principio, como escenario para el culto al emperador (catálogo n°' 1-2) y para la autorrepresentación de las élites locales, enriquecidas a su amparo. De esta manera se explica mejor la existencia de un L. MARIUS PERSINI L(IBERTUS) PHI-LEROS: CILIP/7, n° 153 ^^ Los afloramientos de la piedra caliza micrítica gris, denominada comúnmente en Córdoba «piedra de mina», se ubican en la formación geológica Linares-Pedroche del Cámbrico cordobés, en varios puntos de la sierra más cercana a la ciudad, fundamentalmente hacia el Noreste. El empleo a escala regional de este tipo de piedra para la elaboración de elementos arquitectónicos y soportes epigráficos comienza en época tardorrepublicana, como manifiesta la famosa inscripción de La Rambla del año 49 a.C, que conmemora la construcción de una porta: AE 1986, n° 369. La misma piedra se emplea profusamente en los principales monumentos de la Córdoba augustea, como el foro o el teatro. Una cornisa del teatro muestra, en la cara más toscamente desbastada, la inscripción numérica CLVII, similar a la que se documenta en bloques de canteras marmóreas famosas, como las proconesias. De tales datos se deduce una explotación a gran escala y perfectamente organizada de este recurso lapídeo.
puesto al descubierto las plantas de edificios, ahora enterrados, en la Nova Urbs, así como datos sobre su cronología y decoración. Nos confirma que la Itálica de Adriano fue una ciudad excepcional, cuya inspiración debe buscarse en otros centros adrianeos en Oriente. La prospección reveló la existencia de un gran conjunto termal, varios edificios públicos insospechados, un conjunto de calles, mansiones y casas señoriales. Nos sugiere también que el proyecto urbanístico adrianeo nunca se terminó. En época tardoimperial la extensión urbana de Itálica se redujo a un núcleo densamente habitado localizado al Sur del Traianeum y bajo el solar del actual pueblo de Santiponce. ANTECEDENTES Y OBJETIVOS DEL PROYECTO Previo a los planteamientos y resultados que ahora presentamos de forma desarrollada, con anterioridad se esbozaron y presentaron algunas imáge-nes y conclusiones de los datos obtenidos en el proyecto de investigación, que sobre la ampliación adrianea de Itálica se efectuó, en su fase de campo, durante los meses de abril de 1991 y de 1993 (Rodríguez Hidalgo, Keay et al, 1993Keay et al,, 1995Keay et al,, 1997) ) *. Ahora, antes de entrar en materia, aunque sólo sea de una manera concisa, creemos necesario ilustrar sobre la trayectoria arqueológica del yacimiento, ya que la situación de partida del proyecto es fruto de dos siglos de intervenciones y determinó en gran medida los planteamientos metodológicos del trabajo. Como resultado de siglos de excavaciones (León, 1993; Rodríguez Hidalgo, 1991) pueden visitarse actualmente en el Conjunto Arqueológico de Itálica (Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, 15-7-89) un amplio espectro de edificios públicos y privados. A pesar de la excepcionalidad de éstos, * Manifestamos nuestro agradecimiento a tantas personas que con su esfuerzo hicieron posible los resultados expuestos: a los arqueólogos Ana Romo Salas, Juan M. Vargas Jiménez, Nina Keay, Isabel Jordan, Jeremy Taylor. A Julian Tealby, John Ditmer, Tania Campbell, del Departamento de Electrónica de la Universidad de York en Inglaterra. A Albert Hesse y Michel Dabas, del Centro de Geofísica del CNRS en Garchy, Francia. Al Profesor Víctor Hurtado y a sus entonces alumnos en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla. En lo institucional, a los entonces responsables de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, titular del Conjunto Arqueológico de Itálica, y que financió el proyecto; al Excmo. Sr. D. Juan Manuel Suárez Japón, Consejero de Cultura; al limo. Sr. D. José Guirao Cabrera, Director General de Bienes Culturales; y al limo. Sr. D. Antonio R. Pozanco León, Delegado Provincial en Sevilla de la Consejería de Cultura. hasta hace poco tiempo resultaba difícil entender el estado original de los mismos y su contexto urbano más amplio (Amores y Rodríguez Hidalgo, 1985). La imagen de la Itálica adrianea era, y en parte aún sigue siendo, el resultado de los intereses científicos de las investigaciones realizadas por los distintos arqueólogos, sin que primase en sus planteamientos de trabajo la concepción urbana frente a la de sus unidades configurativas. En cierta medida esto es explicable porque la Administración de forma genérica no arbitraba los medios y fórmulas necesarias para su conservación e investigación. A diferencia de otras grandes ciudades, cuyo redescubrimiento ha sido necesario. Itálica nunca perdió su recuerdo histórico. Itálica siempre fue Itálica y siempre estuvo ahí, siendo su presencia y su recuerdo causa de estudio y reflexión. Frente a las citas y referencias históricas, sin embargo los argumentos arqueológicos se fueron diluyendo hasta quedar reducidos a topónimos. En 1298, Alonso Pérez de Guzman el Bueno recibió, dentro del Repartimiento del Reino de Sevilla, la propiedad del lugar de Santiponce. Poco después, en 1301, fundó el Monasterio Cistcrciense de San Isidoro del Campo, posiblemente sobre los más sólidos vestigios de la Itálica cristiana (González, 1951). Desde entonces una parte de Itálica se convirtió en las Eras del Monasterio y la otra, la adrianea, en un amplio olivar con fuerte carga semántica para sus múltiples y fraccionadas propiedades, donde destacaban topónimos de tradición popular (Chisvert, 1987-88) como: «El Palacio», «El Peñasco», «El Hoyo del Caliche», «Los Baños de la Reina Mora», «La Fuente del Moro» y «El Baño». Teniendo como límite norte al Anfiteatro y al pueblo de Santiponce, asentado desde 1601 en las Eras del Monasterio, como límite sur, desde 1781 hasta 1960 en ese olivar efectuaron sus excavaciones Francisco de Bruna, el Mariscal Soult, el Duque de Wellington, Ivo de la Cortina, Demetrio de los Ríos, A. M. Huntington, Rodrigo Amador de los Ríos, A. Parladé, F. Collantes de Terán y J. de Mata Carriazo (Caballos, Marín y Rodríguez Hidalgo, 1999). El conocimiento de estas excavaciones, especialmente el de los hallazgos escultórios y epigráficos (García y Bellido, 1949), hilvanados con el texto de Dion Casio (69.10.1), le permitió a A. García y Bellido acuñar el término Nova Urbs para expresar la homogeneidad de cuanto aparecía en ese vasto olivar (García y Bellido, 1960). García y Bellido resaltó la majestuosidad y riqueza de lo exhumado, destacando junto a la monumentalidad de los edificios, tanto públicos como privados, la potencia-lidad de un urbanismo ortogonal de amplias calles, fruto todo ello de la munificencia del emperador Adriano. Crea así un término para referirse a la ampliación adrianea y, en contraposición y contraste, surge una Vetus Urbs anterior. Ambas denominaciones fueron presentadas como una duplicidad de ciudades, de tal modo que investigadores posteriores trataron de buscar y ver los edificios oficiales que ratificaban esa dualidad (Canto, 1976y AA. Las excavaciones que siguieron a la publicación del libro de A. García y Bellido Itálica. Colonia Aelia Augusta, en 1960, ampliaron el entramado del viario (Luzon, 1982) acotaron el espacio urbano con el descubrimiento de parte del lienzo norte de la muralla, el castellum aquae (Pellicer, 1982) y permitieron, sobre todo, el hallazgo del Traianeum (León, 1982(León, y 1988)). En síntesis, éste era el estado arqueológico del yacimiento y, por tanto, ésta era la imagen de la Itálica de Adriano previa al desarrollo de nuestro proyecto. Para la protección del yacimiento desde el ámbito competencial del Conjunto Arqueológico, el principal objetivo era conocer la extensión, los límites físicos de la ampliación adrianea y poder establecer así las medidas cautelares pertinentes para recogerlas con posterioridad en las distintas figuras de planeamiento urbanístico de Santiponce (Plan Especial, revisión de las Normas Subsidiarias). Igualmente se hacía necesaria la obtención de datos concretos para la elaboración del Documento de delimitación a favor del B.I.C. Zona Arqueológica de Itálica y, posteriormente, para la redacción del Plan Especial del mismo, según se recoge en la actual legislación vigente (Ley de Patrimonio Histórico Español 16/ 1985 y Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía 1/ 1991), a través del cual planificar y regular a corto, medio y largo plazo las tareas arqueológicas, así como la presentación al público del yacimiento de una manera más coherente. Centrados en la investigación, con un planteamiento muy ambicioso por la superficie donde desarrollar el trabajo, nos interesaba conseguir una visión global de lo planificado por Adriano. El objetivo marcado era la ampliación adrianea. La concepción urbanística, frente a los monumentos individualizados era nuestra finalidad. A pesar de las múltiples excavaciones efectuadas durante más de dos siglos, se sabía poco de la densidad de ocupación y habitantes dentro del perímetro amurallado, del equilibrio y relación entre edificios públicos y zonas residenciales, o de la existencia de posibles áreas de producción. Tampoco se sabía de su destino tras el abandono, ni el cómo ni cuándo de éste. Itálica se sitúa sobre una serie de colinas bajas, adyacentes al valle del Rivera de Huelva, un afluente del río Guadalquivir, cuya cuenca se ha sobreelevado considerablemente desde la Antigüedad. Razón ésta por la que muchos de los restos materiales de la antigua Itálica, especialmente los de la vertiente oriental, como el puerto fluvial, áreas de necrópolis y de la calzada interurbana, se encuentran sepultados bajo potentes depósitos de aluvión. La roca base existente bajo la ciudad es una marga blanda, en parte protegida de la erosión por la creación de aterrazamientos, antiguamente como recurso constructivo y posteriormente para mejoras agrícolas. Las margas son homogéneas, inestables, pobremente drenadas y fáciles de erosionar. Esto produce suelos calcáreos y ricos en arcillas expansivas en las que se han dispersado gran cantidad de residuos arqueológicos, especialmente cerámicos (ánforas, tegulae, etc.) y materiales constructivos de carácter pétreo. En algunas zonas del yacimiento estos restos conforman hasta el 60 % del volumen del suelo, algo usual en una ciudad clásica, aunque en el caso de la ampliación adrianea es tan abundante que constituyó un efecto distorsionador en las propiedades geofísicas del recinto. Determinadas partes del yacimiento han sido también modificadas desde la Antigüedad y muchos restos de edificaciones, especialmente los ubicados en las zonas bajas, permanecen sepultados bajo las tierras arrastradas por efectos de la erosión de la ladera; otros, los que ocupan las cotas más altas, apenas yacen bajo 30 cm de tierra. Todos ellos están afectados por una variada y prolongada acción antròpica, evidenciándose en al-ELECCION DE LA ESTRATEGIA DE TRABAJO Desde un principio éramos conscientes de que ninguna técnica por sí sola nos serviría para dar respuesta a las interrogantes formuladas inicialmente. En los últimos 20 ó 25 años dos tipos de trabajo de campo se han venido usando para ampliar el conocimiento de los asentamientos arqueológicos soterrados. Sin tener que emprender excavaciones, la geofísica, especialmente el empleo de la resistividad eléctrica y la magnetometría se han venido utilizando con mayor o menor éxito para detectar estructuras enterradas (Clark, 1990) y la recolección sistemática de material arqueológico en superficie, que hacía tiempo se estaba usando para el estudio de los paisajes rurales y recientemente se está empleando también para investigar recintos urbanos inscritos ahora en un ámbito rural (Bintliff and Snodgrass, 1988). Para nosotros el ejemplo más próximo e inmediato era Celti (Peñaflor, Sevilla) donde parte del equipo (Keay et al., 1991) experimentó con éxito la combinación de ambas técnicas, corroborando posteriormente los datos obtenidos mediante una excavación en extensión efectuada sobre el foro de la ciudad. Por un lado las técnicas más comunes de la geofísica nos revelarían un plano donde observar y analizar, individual y conjuntamente, los distintos tipos de estructuras que permanecen en el subsuelo. Así podríamos resolver algunos de los objetivos iniciales; pero sin embargo no nos proporcionarían datos cronológicos y sólo algunos sobre la funcionalidad de las distintas áreas. Por otro, la recolección sistemática superficial nos permitiría realizar un plano de distribución de la densidad de cerámicas y materiales constructivos, al tiempo que nos informaría sobre la cronología, decoración y uso de las construcciones enterradas. Por ello, para dar la vision más completa posible de la Itálica de Adriano, se diseñó una estrategia de integración entre las técnicas de prospección sistemática superficial y las geofísicas. El área de estudio se centró en la ampliación adrianea de titularidad pública. La mayor parte del yacimiento no excavado llevaba años sin tocarse, lleno de maleza y, debido a la naturaleza arcillosa del suelo, la superficie se presentaba extremadamente dura, lo que hacía virtualmente imposible insertar los electrodos del resistivímetro o recolectar material cerámico de superficie. Para subsanar estas dificultades se procedió a gradear el terreno con un tractor, rompiendo y removiendo la superficie hasta una profundidad máxima de 10 cm, asegurándonos de que ninguna estructura soterrada se viera afectada. Las únicas áreas que se dejaron intactas fueron las inaccesibles, las ya excavadas y las ocupadas con desechos modernos o aquellas donde en otro tiempo se almacenaron restos arqueológicos a la intemperie. Como punto de partida y base para el registro de toda la información extraída, se realizó un vuelo fotogramétrico digitalizado (E. 1:500), cuyas coordenadas sirvieron para la orientación y trazado de las cuadrículas de trabajo, estableciéndose las dimensiones de la malla en 30 x 30 m, tanto para la prospección superficial como para la geofísica. El trazado Este-Oeste de la cuadrícula, con una diferencia de 35° respecto al trazado del viario romano, permitiría evitar posibles confusiones en las anomalías geofísicas. Cada técnica geofísica detecta propiedades físicas diferentes, pudiendo así revelar diferentes aspectos de los restos que permanecen enterrados en un yacimiento arqueológico. Se eligieron tres de entre las muchas técnicas posibles como particularmente apropiadas para emplear en Itálica. El estudio de resistividad eléctrica mide y dibuja la resistencia ofrecida por los restos sólidos enterrados ante una descarga eléctrica emitida en el suelo. En Itálica se empleó un instrumento simple de dos electrodos que permite detectar estructuras hasta una profundidad de un metro y medio. También se usó la magnetometría, técnica por la que dos sensores magnéticos detectan la mínima distorsión producida en el campo magnético terrestre por los restos cerámicos (muros de ladrillo, hornos y fragmentos cerámicos de entidad). Finalmente se empleó un georradar, instrumento que permite detectar restos arqueológicos mediante la medición de señales de radio reflejadas. Las tres técnicas, después de procesar miles de medidas tomadas parcialmente en cada una de las cuadrículas de 30 x 30 m en que dividimos el yacimiento, proporcionaron planos de los restos enterrados. Todas las lecturas se procesaron mediante una rutina matemática simple y se convirtieron posteriormente en imágenes en la pantalla de ordenador. Una vez excluidas las zonas ya excavadas o las inaccesibles, como indicamos anteriormente, el área potencialmente disponible para el desarrollo del estudio geofísico era de 324.000 m^, superficie equivalente a la multiplicación de las 360 cuadrículas por los 900 m-que abarcaba cada una de ellas (30 X 30 m). En dieciséis días de trabajo, dos equipos con resistivímetros y otro con un magnetòmetro analizaron el 100 % de esa superficie. Los datos geofísicos fueron recogidos automáticamente en un ordenador de campo y procesados matemáticamente al final de cada jornada. Posteriormente eran manipulados linealmente en una escala de 256 valores con un margen del 5% eliminándose los valores erróneos. Las imágenes obtenidas mediante el magnetòmetro se trataron a través de una expansión del histograma, un procedimiento muy simple que mejora el contraste entre los valores altos y bajos, sin cambiar su relación matemática. La imagen única obtenida por resistividad fue procesada mediante la utilización de una serie de rutinas matemáticas, que incluían una expansión del histograma y filtros de media adaptativa y de igualación de los valores centrales a través de la mediana. El objetivo de estos procedimientos es eliminar valores de poco contraste derivados de las pobres condiciones del suelo o de las múltiples variaciones geofísicas causadas por la geología e hidrología del lugar; y también enfatizar los pequeños detalles, clarificando así las anomalías físicas generadas por muros y otras estructuras que permanecen enterradas. Los principios que subyacen en esta técnica están bien establecidos (ver, por ejemplo, Haselgrove 1985). Hoy día está unánimente aceptada la existencia de una relación directa entre las estructuras arqueológicas enterradas y los materiales de otros niveles y la superficie. En muchas situaciones, por tanto, un análisis de la distribución de los materiales de superficie puede ilustrarnos sobre la naturaleza de los edificios enterrados y las actividades que se desarrollaban en las distintas áreas de un yaci-miento determinado. Estableciéndose diferentes categorías de materiales, con posterioridad, puede elaborarse un mapa de distribución de los mismos. En caso de la Nova Urbs, la ausencia aparente de ocupación significativa después del siglo ii y principios del III auguraba que se podría confiar en que la mayoría del material de superficie provenía de los edificios enterrados de la ciudad adrianea. La única fuente posible de contaminación podía venir de la dispersión de los montones de materiales que, procedentes de las excavaciones de los años setenta, quedaban en algunos puntos del recinto. Por fortuna la localización aproximada de esos focos de infección era conocida y pudieron aislarse. La superficie potencialmente disponible era la misma que para la geofísica; es decir, 324.000 m-. No obstante, en la fase de planificación del proyecto se pensó que la recolección sistemática en el 100 % de la superficie era innecesario. El elemento humano para el trabajo de campo, al igual que el tiempo, era limitado. Tan sólo disponíamos de un mes para la realización de todo el trabajo de campo. Además, la recolección de toda esa superficie habría generado una ingente cantidad de material, que posteriormente habría que identificar, analizar y pesar. Se decidió, pues, hacer un muestreo sobre el 50 % de la superficie disponible. Otros trabajos, como el de Celti, han demostrado que un muestreo de menores porcentajes permite obtener una identificación de amplio espectro y una realidad muy aproximada de las relaciones entre los materiales de superficie y las estructuras soterradas, siempre que la recolección se efectúe de forma controlada. El muestreo se efectuó sobre 72 unidades de recogida (30 X 30 m), organizadas en 7 «transects» que corrían en dirección Este-Oeste dentro de la cuadriculación general del yacimiento. Cada cuadrícula fue prospectada intensivamente por un equipo de 15 personas distanciadas entre sí 2 m, estableciéndose la duración del tiempo de recolección para cada cuadrícula en 10 minutos. Los componentes del equipo tenían instrucciones de recolectar la mayor cantidad posible de material, asegurándose de cubrir la totalidad de la cuadrícula. El proceso antes descrito establece, al menos hasta ciertos límites, que la distribución espacial de los materiales de superficie sirve para determinar la funcionalidad de las edificaciones enterradas. En una situación ideal, este planteamiento podría haberse corroborado cotejando los datos estadísticos de superficie con aquellos obtenidos en una excavación controlada de un nivel superior de un edificio. Esto no fue posible materializarlo en Itálica. En su lugar, por tanto, se llevó a cabo un estudio y pros-pección más intensiva, con una malla de 3 x 3 m, dentro de una cuadrícula de 30 x 30 m ubicada en la «Casa de la Cañada Honda». Esta casa tiene excavada la mitad de su superficie, quedando por excavar la mitad trasera. Excavada en 1973(Luzon, 1982) y sin haberse efectuado en ella ninguna tarea de restauración o consolidación, mantenía aún restos cerámicos en el nivel superficial de la parte excavada, que fueron cotejados con los depositados en la superfìcie aún sin excavar. El análisis directo de los materiales y su similitud avaló el método que estábamos desarrollando en la superficie de toda la ampliación adrianea. Una vez completada la recolección sistemática, comenzó el análisis de los materiales de superficie. Los materiales de construcción más voluminosos, como trozos de mosaico, ladrillos, mármol y segmentos de columnas fueron contados, pesados y depositados nuevamente en su lugar de origen. Tan sólo se retiraron fragmentos de mármol para que los analizara la Profesora. I. Roda (Universidad Autónoma de Barcelona). El resto del material se lavó, pesó, contó y clasificó. Primero, según el material y función; después, por cronología. Posteriormente la información extraída de cada cuadrícula sirvió para la elaboración de los mapas de distribución de materiales de superficie, que ilustran sobre el reparto espacial de la cerámica en términos de funcionalidad y cronología, así como su relación con las diferentes edificaciones, públicas o privadas, existentes en el yacimiento. LA GEOFÍSICA Los resultados de la prospección geofísica se presentan como imágenes en las que la resistividad y las medidas del magnetòmetro se representan en tonos de grises. Los valores altos son más claros y los bajos más oscuros. Las imágenes se sometieron a un mínimo proceso para eliminar errores y clarificar resultados. Esto supone reemplazar los valores aislados extremos, que suelen ser errores, por el promedio de las lecturas más próximas. Las imágenes «limpias» se simplificaron posteriormente mediante un proceso de «suavizado», que combina cada lectura con la media de los valores colindantes, lo que clarifica y contrasta los restos arqueológicos frente al trasfondo geofísico natural. Este efecto combinado reduce la dureza en la imagen de variaciones locales complejas, y enfatiza las bandas arqueológicas que representan estructuras enterradas intactas. La imagen obtenida mediante esta técnica ofrece con todo detalle los restos que permanecen enterrados, posibilitando la identificación de las distintas estructuras y edificaciones (fig. 2). Los resultados procesados nos permiten, desde el punto de vista de la geofísica, distinguir dos áreas o regio- Fig. -Localización e identificación de restos en la prospección de resistencia eléctrica nés: A, que tiene una tonalidad más oscura y por tanto de menor resistencia y B. Entre ambas discurre un trazado de resistencia más alta que se interpreta como una potente línea de muralla (C) muy compacta de unos 6 m de anchura (C1-C6), con una serie de torres, una de ellas haciendo las funciones de puerta, que remata en uno de sus vértices con una potente torre a modo de bastión (C7). La muralla está bien definida, lo que aventura un buen estado de conservación. No obstante, se hace menos nítida a medida que sube hacia el norte, buscando las cotas más elevadas, probablemente debido a la mayor erosión existente en las cotas superiores, que poseen menos depósitos de tierra. Hacia el sureste (C8) se presenta más ancha y menos definida, lo que sugiere que aquí el núcleo de la muralla está difuminado por sus propios derrumbes. La Región A, además de tener una resistencia general más baja, se presenta menos compleja que la B. Está claramente articulada en un número de bloques bien definidos que corresponden a insulae de ocupación doméstica y edificios públicos de grandes dimensiones. La parte superior de la Región A, más al nordeste (D) está cruzada por una serie de líneas de mayor resistencia (DI), que discurren por el eje de las calles y que deben interpretarse como cloacas. Colina abajo, hacia el este, se aprecia con bastante claridad un edificio incompleto (D2), posiblemente de carácter público, que tal vez pudo tener un patio (D3). Al sur de esta manzana encontramos un edificio residencial, una domus, muy erosionada (D4). El límite sur de la Región A está dominado por un «halo» de resistencia más ligera y alta, que dificulta la visión de las estructuras del límite norte del complejo termal o Termas Mayores (D5). Ello está originado posiblemente por la gran concentración de escombros enterrados procedentes del colapso de las Termas, que ha elevado la resistencia eléctrica del terreno circundante. La insula E tan sólo contiene unas líneas de resistencia más alta, algo que sorprende poco, porque sabemos que los restos de esta zona fueron prácticamente borrados por la acción antròpica de expolio de la vecina línea de murallas y la fuerte erosión posterior de la ladera. La insula F muestra una débil aunque interpretable línea de muros que definen una estructura interna de edificaciones privadas. La insula parece estar dividida en dos mediente un muro transversal y su mitad oriental cruzada a su vez por una línea de resistencia ligeramente más alta, que se puede interpretar como los restos de un antiguo camino moderno que, atravesando el también antiguo olivar, conducía hacia el Anfiteatro. La insula también muestra una serie de muros que definen ámbitos cuya resistencia ligeramente mayor garantiza un aceptable estado de conservación. La estructura del edificio que ocupa la insula G, por el contrario, aparece muy nítida, siendo posible distinguir su planta completa. Se trata de una gran domus articulada en torno a un patio central o peristilo al que convergen una serie de estancias. Las líneas de fachadas y calles que la delimitan por el sur y el oeste están igualmente claras y bien definidas. En honor a David Jordan, responsable de la geofísica, esta casa la denominamos desde ahora «Casa de David». Las edificaciones de la insula H están mucho peor definidas, aunque se observan claramente los muros. No es posible dibujar con garantías el plano interno de las edificaciones, aunque hay suficientes evidencias como para afirmar que se trata de dos casas. A pesar de la proximidad existente entre las insulae G y H, contrasta la diferencia de nitidez en la identificación de ambas edificaciones. Es posible que los restos de la insula H estén más profundos o, simplemente, peor conservados, algo a lo que sólo una excavación arqueológica puede dar respuesta. El núcleo central y parte de la fachada de la Termas Mayores fueron excavados en 1860 y 1973 respecfivamente. La zona I del estudio de resistividad nos permite definir perfectamente la línea de fachada y primera crujía de las Termas con sus correspondientes compartimentaciones. El trabajo de resistividad adicional efectuado en 1993 reveló la existencia de un acueducto subterráneo que conectaba el lado oeste de las Termas con el castellum aquae, situado en el límite más occidental de la ciudad. Asociado y comunicado mediante una puerta existente en el eje de la mitad sur de las Termas Mayores se encuentra el gran espacio público definido en el área J. Esta nueva edificación es de planta rectangular, de 120 x 140 m. Se trata de una galería porticada (Jl y 12) con un gran espacio abierto y vacío en su interior. En los muros de fachada de los lados mayores se alternan exedras semicirculares y rectangulares (J3-J5), al igual que sucede en el Traianeum (fig. 3). El espacio interior aparece vacío de estructuras, aunque existen caminos y senderos modernos que interfieren la imagen proporcionada por la geofísica. Al sureste del gran espacio J existen una serie de líneas de alta resistencia que deben corresponder a los últimos restos de calles y edificaciones que sobrevivieron a la erosión en la cima de esta pequeña colina; los más claros se ven hacia el oeste, en la trasera del Traianeum. Un elemento clave es la débil anomalía (P) que desde su arranque en el sureste, donde comparte trazado inicial (C8) con la muralla C descrita con anterioridad, corre hacia el oeste en busca del castellum aquae. Se trata, sin duda, de la muralla adrianea, que fue recogida en el plano topográfico levantado por Demetrio de los Ríos en el año 1861. La Región B contiene una mayor densidad de alta resistencia que la A, de ahí que la imagen esté más clara. Además, la resistencia general de fondo es más alta, debido a una mayor proporción de material y restos constructivos en el subsuelo. Se trata de un área que ha estado profundamente estratificada y, consecuentemente, mejor drenada. Y, puesto que los suelos secos son más resistentes al paso de la corriente eléctrica, las lecturas de resistividad han sido más altas. Inmediatamente al este del vértice C7 del muro C existe una extensa superficie de 80 x 80 m de forma semielíptica insertada en un cuadrado (K). Se comporta uniformemente como una zona de muy alta resistencia, algo que sugiere una edificación de carácter público muy sólida y bien conservada (figs. 4 y 5). Al sur de este edificio, en paralelo a la muralla de Adriano, corre una calle (L) que atraviesa la muralla C por una torre-puerta. Más hacia el este, entre esa calle y el tramo C8 de la muralla C, se alinean una serie de edificaciones cuya orientación difiere de la del resto de la urbanización adrianea. Se trata de un elemento disonante con el resto de la planificación urbanística, pero sin una excavación arqueológica no podemos saber si son estructuras previas, preexistentes a la construcción del barrio adrianeo, o, por el contrario, una reurbanización de aquél. Por regla general, en la Región B las edificaciones enterradas se presentan densas y resistentes a la corriente eléctrica, probablemente reflejando la gran profundidad de los depósitos de tierra y la mayor concentración de escombros en el subsuelo. Un buen número de calles e insulae enterradas se pueden distinguir en este denso palimpsesto de estructuras. La línea de mayor resistencia (O), que cruza el extremo oriental del área se corresponde formal y funcionalmente con la muralla C detectada hacia el oeste del yacimiento. La calidad tan excepcional de las imágenes aportadas por la resistividad eléctrica se debe a varios factores, siendo el más determinante el contraste existente entre la baja resistencia del suelo natural y la alta resistencia de los restos arqueológicos. También ha influido la profundidad a que se encuentran muchos de esos restos y la simplicidad estratigráfica de la fase adrianea de Itálica, porque la ampliación urbanística se ejecutó sobre una superficie virgen de edificaciones, que se abandonó posteriormente, lo que evitó la complejidad de estructuras superpuestas al menos en más de la mitad del proyecto adrianeo. Aún así, afirmamos que los resultados podían haber sido más claros. Una pequeña zona del área a prospectar fue compactada con un rodillo antes de comenzar el estudio, siendo precisamente esa zona, al mejorar el contacto con los electrodos, la que proporcionó la mejor imagen. También, al desarrollarse el estudio sobre una gran superficie (324.000 m^) los restos enterrados se ven en un contexto más amplio, siendo más fácil la interpretación (fig. 6). Los resultados magnéticos cubren un área más restringida, previamente seleccionada para ayudar a conseguir los objetivos del proyecto, aunque proporcionando una información complementaria clave sobre el yacimiento resaltando, igualmente, el potencial del estudio magnético como instrumento de la Arqueología. Normalmente las imágenes magnéticas son mucho más fáciles de interpretar que las del estudio de resistividad, aunque en Itálica, debido a la gran cantidad de residuos cerámicos existentes en el suelo, se produjo un fondo magnético muy ruidoso que dificultó la posibilidad de distinguir los restos arqueológicos de mayor entidad. Aún así, las imágenes son lo suficientemente nítidas y permiten completar las obtenidas con el resistivímetro. Los casos en que las estructuras reveladas previamente con la resistividad son distinguibles inmediatamente como anomalías magnéticas, se debe a que éstas están provocadas por la presencia de ladrillos en la construcción de los muros. El contraste entre las denominadas Región A y Región B es, de nuevo, patente. El terreno magnético enormemente alterado de la Región B, manifestado como una densa masa de puntos blancos y negros, oscurece casi todos los detalles de las estructuras enterradas. La Región A, por el contrario, ofrece un buen número de estructuras interesantes, que se relacionan estrechamente con los resultados del resistivímetro. La muralla C apenas es visible, lo que indica que en su construcción se emplearon más las piedras que los ladrillos. Se puede especular sobre la procedencia de estas piedras, probablemente extraídas de la muralla adrianea (P) y de los edificios públicos de la Región A, que bien po- dían haber sido abandonados con anterioridad a la construcción de la muralla C. Al noroeste de la Región A las líneas de mayor resistencia (DI) aparecen con un color claro. Estas anomalías magnéticas demuestran la presencia de estructuras construidas con ladrillos, algo que confirma su interpretación como cloacas, ya que la mayoría de los desagües excavados en el yacimiento están construidos con ladrillos. Las edificaciones de las insulae D2 y D4 se presentan como anomalías magnéticas incoherentes. La magnetometría también confirma la ausencia de estructuras conservadas en otras partes del área D. Las insulae G y H se muestran muy similares entre sí en cuanto a las distorsiones magnéticas, apareciendo los muros como líneas muy finas. Su imagen no añade nada a lo aportado por la resistividad; no obstante, la similitud de las imágenes de ambas insulae sugiere que el contraste observado en la resistividad puede ser en parte debido a la influencia de las condiciones de la superficie y que, consecuentemente, el edificio H puede estar tan bien preservado como el G. En las imágenes de magnetometría los muros de fachada de ambas edificaciones se aprecian con más nitidez que en las de resistividad, lo que indica que están ejecutados con ladrillos, cuyos cimientos han sobrevivido casi intactos. En las áreas I y J, las Termas Mayores y su espacio abierto asociado, las anomalías de resistencia están estrechamente relacionadas con las líneas de anomalías magnéticas positivas. Por estar excavadas en parte, sabemos que las caras exteriores de los muros de las Termas Mayores (I) están construidos con ladrillos y macizados con opus caementicium, siendo precisamente los ladrillos los que con esta técnica permiten dibujar con tanta nitidez las imágenes. La continuación de esas anomalías en el edificio J es lo que nos induce a pensar que también sus muros estaban ejecutados con la misma técnica constructiva que las Termas, incluyendo el ábside (J3) que es el que aparece con una anomalía magnética más nítida; seguramente también sea el mejor conservado. Al sureste de la edificación J, la ausencia de estructuras es patente tanto en la resonancia magnética, como en la resistividad, indicando de nuevo que muchos de los muros enterrados estaban construidos con ladrillos. La cima de la colina (Q) tiene un com- portamiento magnético único y distinto al resto del yacimiento. Aquí la base rocosa subyacente ha sido expuesta a la erosión y el suelo carece de restos cerámicos, que producen las distorsiones magnéticas existentes en el el resto del yacimiento (fig. 7). El estudio del georradar abarcó sólo unas pequeñas zonas escogidas y los resultados fueron del todo decepcionantes. Fue casi imposible detectar los muros enterrados, tan claramente visibles por las otras técnicas descritas; quizás debido a que las ondas de radio no pudieron penetrar en el suelo húmedo y calcáreo para alcanzar los restos más profundos. El estudio efectuado sobre las cloacas confirmó que se podían identificar los vacíos, pero poco más. Lo que en otros lugares ha constituido un éxito, aquí no respondió a las exceptativas creadas. La recolección general de todo el yacimiento produjo más de 549 kg de material cerámico y 322 kg de material de construcción. Ante este elevado volumen de materiales y la brevedad de la campaña, se decidió que una clasificación visual rápida podría ser la solución. Se sacrificó, hasta cierto punto, la mayor precisión posible del análisis en favor de un estudio más rudimentario, siendo sólo identificados con certeza 52,475 kg del total de cerámica recolectada. No hubo dificultad en identificar los fósiles-guía de la cerámica fina de períodos cronológicos concretos, aunque tan sólo un 7 % de las cerámicas comunes pudieron ser identificadas, y un 6 % de los fragmentos de ánforas. En términos de porcentaje, el 0,28 % de toda la cerámica identificada pertenecería a época ibérica/ republicana; el 83,85 % era Altoimperial, mientras que el el 13,27 % era Tardoimperial. Los datos em-pleados para establecer estos porcentajes se reflejaron posteriormente en unos mapas donde mostrar la distribución de los materiales cerámicos, estableciéndose la densidad de los mismos, en términos de cantidad y peso, mediante una escala de grises y negro, que representa el valor máximo, mientras que el color blanco indica las ausencias. En aquellas cuadrículas que, por el motivo que fuera, fue imposible prospectar su totalidad, los resultados parciales fueron aumentados proporcionalmente hasta alcanzar la escala equivalente a la cuadrícula completa. Durante la prospección superficial tan solo se recolectó un fragmento de 50 gr de cerámica ibérica. Algo curioso si tenemos en cuenta la proximidad de Santiponce, en cuyo subsuelo existe una potente estratigrafía que arranca en el siglo v a.C. (Pellicer, 1998). Este tipo de cerámica es pues muy abundante en Santiponce (Vems Urbs), al igual que en otros muchos asentamientos del Bajo Guadalquivir. Esta ausencia notoria demuestra que, en esos momentos, lo que después fue la ampliación adrianea era terreno baldío o de pastoreo (figs. 8 y 9). En contraste con la única pieza de cerámica ibérica hallada, hay una mayor distribución de material republicano por el yacimiento, aunque tan solo se recogió 1,51 kg de materiales, el equivalente al 0,02% del material identificado. Las dos terceras partes de estas cerámicas correspondían a ánforas Itálicas (Dressel 1) y del Sur Peninsular (Haltern 70), mientras que el resto, en su mayor parte, eran fragmentos de Barniz Negro C. La localización de esta cerámica fina y de las ánforas era ligeramente diferente. Las primeras, en fragmentos bastante pequeños, se extendían por todas partes, mientras que las ánforas se agrupaban en el extremo suroccidental del área de estudio. Al igual que ocurría con la cerámica ibérica, los escasos restos de cerámica republicana fina confirman que las dimensiones de la Itálica del momento no ocupaban nada del área que más tarde comprendió la Nova Urbs. Por el contrario, los fragmentos de ánforas se concentraban al oeste del lugar que posteriormente ocuparía el Traianeum. La prospección adicional efectuada en 1993 confirmó la continuación de estas ánforas republicanas más hacia el Oeste, asomándose casi hasta el arroyo del Cernícalo (figs. 10 y 11). La mayoría del material de estudio identificable, el 83,85 %, era de cronología altoimperial; los mapas de densidad muestran su distribución por todo el área de estudio. Algo que no debe sorprender dado que, por consenso, el período adrianeo es el unánimemente aceptado para la construcción de la Nova Urbs. En un intento de comprobar esta hipótesis, la Los tres fragmentos Hayes 3a son la tínica evidencia preadrianea y en base a esa casi ausencia parece poco probable que hubiera actividad antes de la ejecución del proyecto adrianeo. Debería recordarse, no obstante, que las excavaciones de la «Casa de la Venus», en la parte Sur de la ampliación adrianea, en la zona más próxima a la Vetus Urbs, a escasos metros de su línea de muralla norte (Abad, 1982), produjeron evidencias de una posible ocupa-ción preadrianea. El abanico de fechas de otras formas cerámicas empieza en época preadrianea y continúa a lo largo de todo el siglo ii. Una característica de la distribución de cerámica fina, común y ánforas por todo el yacimiento es la ausencia total en la gran zona rectangular descubierta por la geofísica al sur de las Termas Mayores. Esto enfatiza claramente el carácter público de la edificación, que se mantuvo limpio de añadidos incluso después del abandono de gran parte de la Nova Urbs en el siglo m d.C. En la distribución de materiales cerámicos existe un contraste entre la localización de las ánforas altoimperiales y el resto. Mientras los fragmentos de fina y común están distribuidos por todo el yacimiento, las ánforas tienden a concentrarse hacia el oeste del Traianeum, incluso fuera del recinto amurallado, coincidiendo, aunque en mayor cantidad lógicamente, con la localización de las ánforas republicanas y las lucernas. Esta concentración nos induce a pensar que nos encontramos sobre una zona de fabricación, almacenamiento o vertedero de estos contenedores, que habrá de ser analizada con mayor detenimiento cuando se efectúen excavaciones. Es de interés recordar aquí que en las excavaciones efectuadas en 1978 y 1979 por M. Pellicer en las murallas y castellum aquae, a unos 50 m al sur de éste se descubrió un depósito de ánforas tipo Beltrán II-B, correspondientes a la primera mitad del siglo II (Pellicer, 1982. Las cerámicas tardoimperiales recolectadas constituyen el 13,27 % del material clasificado en todo el estudio. La mayoría, 5,405 kg pertenecían a piezas fácilmente identificables, especialmente T.S. Clara C y D, mientras que las ánforas, especialmente de origen norteafricano, tan solo sumaron 1,560 kg. Al igual que con la cerámica altoimperial, se procedió a establecer los mapas de distribución y concentración de las cerámicas finas, común y ánforas. En gran parte la concentración se restringió a la vertiente sur de la Nova Urbs, junto al Traianeum y sus inmediaciones, dentro de la muralla C descubierta por la geofísica. Tan solo una cantidad insignificante se localizó sobre la vertiente norte de la Nova Urbs. Las imágenes reveladas por la geofísica nos muestran que la zona urbana inscrita en la muralla C se caracteriza por una larga secuencia de construcciones, reconstrucciones y reformas en las distintas piezas urbanas, que se presentan muy complejas y alteradas respecto a la vertiente norte, fuera de esa muralla. Esta secuencia ya fue analizada en la excavación de la «Casa de Venus» (Abad, 1982) y en el estudio de las monedas procedentes del Traianeum (Chaves, 1988). Parece, por tanto, que la distribución de la T.S. Clara C y D refleja una contracción substancial del área urbana de la Itálica de Adriano ya en época romana. La fecha y distribución de las cerámicas finas sugieren que este complejo proceso empezó a tener lugar, probablemente, durante el siglo m d.C, puesto que la T.S. Clara C de principios del siglo m d.C. tiene una distribución más amplia que la de finales del siglo. De este análisis también parece desprenderse que no existieron regresiones urbanas durante los siglo iv, v y VI d.C. La distribución de las ánforas tardías era muy diferente. La mayoría de los fragmentos se localizaron, una vez más, fuera de la muralla C, donde desde época republicana venían concentrándose los restos de estos contenedores (figs. 16 y 17). El análisis de la distribución de las distintas clases de materiales de construcción presentó varios problemas. El principal fue que muy pocos pudieron ser adscritos cronológicamente y por ello el estudio de distribución, al menos en lo que respecta a las cronologías, no aportó nada al estudio general, ya que por todo el yacimiento se localizaron restos de estucos, fragmentos de opus signinum, teselas o mármol. El estuco se localizó, con pocas variaciones, a lo largo de todo el área de estudio. Sí había diferencias en la distribución del opus signinum y de las teselas, más común el primero en las proximidades de las Termas Mayores, también en el edificio J y en el K. El significado no está claro, aunque es lógico pensar en los pavimentos de opus signinum para las mayores superficies de los edificios públicos, frente al opus tesellatum, más propio de las casas, aunque en las Termas Mayores exista uno de teselas más largas que las domésticas, que fueron las localizadas durante las recolecciones. También los mármoles se localizaron por todo el yacimiento, aunque las mayores concentraciones se produjeron, obviamente, junto a los edificios públicos, Traianeum, Termas Mayores y Edificio K, decorados con ricos mármoles y donde también en época moderna se construyeron hornos, a pie de cantera, para fabricar cal a base de los abundantes y ricos ornamentos marmóreos (ñgs. El análisis de los mármoles coloreados, efectuado por I. Roda, muestra que estos edificios públicos estaban decorados con mármoles procedentes de las canteras imperiales de todo el Mediterráneo, además de otros procedentes de la Bélica: Macael, Alconera y Almadén de la Plata. ANÁLISIS E INTERPRETACIÓN DE LOS RE-SULTADOS No cabe duda de que los resultados de la geofísica, sumados a los de la recolección sistemática de materiales de superficie, como se ha tenido ocasión de comprobar, han sido realmente generosos, ya que han dado respuesta a todos los interrogantes previos a la ejecución del proyecto, posibilitando a su vez la contemplación de la imagen real del proyecto emblemático de Adriano, además de proporcionarnos una idea acerca de su construcción, transformación y abandono. Frente a las respuestas, la contemplación de esa imagen real genera nuevas hipótesis y abre otras posibles líneas de investigación cuya articulación física y cronológica podemos establecer en la potente muralla tardoimperial, que altera el proyecto original, en cuyo interior la geofísica presenta una imagen comprimida, de estructuras superpuestas, que resultan complejas y difíciles de interpretar y donde trabajos anteriores revelaron una amplia secuencia estratigráfica (Abad, 1982). La recolección superficial, por su parte, ha ratifi- cado que la Nova Urhs fue una creación de Adriano, que fue abandonándose en el transcurso del siglo iii, reduciendo sus dimensiones con la construcción a finales del siglo iii-principios del iv de una nueva y potente muralla donde la ocupación fue continua al menos hasta el siglo v (figs. 21 y 22). La nueva imagen de la Itálica de Adriano, como máximo exponente de su descripción, así como su análisis e interpretación, nos permite abordar una serie de conclusiones definitivas sobre la evolución y articulación entre la Itálica preadrianea, la expansión adrianea y la postadrianea. Con todos los datos obtenidos podemos afirmar que la ampliación de Adriano ocupó una superficie de 38 Ha. El entramado ortogonal de ésta lo contituyen unos 7.090 m de viario, que articulan un total de cuarenta y ocho insulae, más seis espacios residuales de planta triangular o trapezoidal. Entre las insulae, de superficies varias, cinco albergan a otros tantos edificios públicos, a los que habrá que añadir el Anfiteatro, el castellum aquae y el tetrapilon (León, 1988). Otras treinta y nueve insulae tienen uso doméstico y acogen un total de cuarenta y ocho domus de superficie igualmente varia. Prospección de itàlica 9i Proporciones de categorías de soleîi Teselas de mosaico y opus signinum ^ Teselas de iixi.wico Fig. 18.-Localización y distribución de restos de pavimentos de opus signinum y teselas. oscilando entre unos L800 m^ de la «Casa de los Pájaros», unos 4.300 m^ de la «Casa de David» y los más de 6.000 m^ de la «Casa de Neptuno». En otras dos insulae se ubican edificios de carácter semipúblico; se trata de las hasta ahora denominadas «Casa de Neptuno» y «Casa de la Exedra», cuyo análisis constructivo y espacial, pese a su estructura doméstica, ha llevado a identificarlas como posible sede de algún collegium o schola (Rodríguez Hidalgo, 1991). Esta hipótesis, que habrá que corroborar con nuevas excavaciones, nos induce a pensar que entre las domus aún por excavar pueden existir otros edificios de semejantes características y usos. A las dos insulae restantes, situadas al sur de la ampliación adrianea, paralela al arroyo del Cernícalo y con la niisma orientación que el Anfiteatro, tras el análisis de la distribución de las ánforas le otorgamos, como hipótesis, un uso artesanal. Se trataría de una zona de almacenamiento, manipulación o producción alfarera (especialmente de ánforas y lucernas) existente en el lugar desde época republicana, absorbida por la expansión adrianea, lo que justificaría el cambio de orientación respecto a la trama ur-Prospección de Itálica 91 Material Constructivo: Ladrillos y Tegulas (sin diferencia Peso riulximo de icidriilo y tcguhi: 30<)kg bana. Se trataría pues de algo preexistente, transformado y encajado dentro del proyecto de Adriano. La prospección geofísica también ha permitido lá localización de dos nuevos edificios públicos y el desarrollo completo del conjunto termal. Situado sobre el vértice noreste de éste se aprecian los restos de un edificio (D2-D3) que ocupa una insula cuadrada. Está bastante destruido y no nos aventuramos a otorgarle un uso concreto, tan sólo afirmar que se trata de un edificio público de carácter civil, tal vez un macellum del que afloran en superficie algunas cimentaciones de opus caementicium. La definición del conjunto termal constituye una de las grandes aportaciones individuales de la geofísica. Las hasta ahora Termas Mayores o Baños de la Reina Mora se han manifestado como un complejo constructivo de enormes dimensiones, cuya superficie total supera los 32.000 m^. Muy en la línea helenística, está constituido por las termas propiamente dichas (decoradas por una serie de mármoles importados, según resultados del análisis de los mármoles recuperados en la prospección superficial), a las que se le adosa una gran palestra (I) de planta similar al Traianeum. Posiblemente, dadas sus dimensiones, para ejercicios ecuestres y, quizá, cerrando por el sur, una schola. Los paralelos para este complejo los encontramos en el Gimnasio Helenístico y Termas de Cneo Vergilio Capito (Mileto); también en Efeso, en el Gimnasio de Vedio o en la planta del Gimnasio del Puerto y en el Gimnasio del Teatro (Gros, 1996, pp. 413-415; Nielson, 1990, figs. 219 y 226). Sin duda alguna, hoy por hoy constituyen el complejo termal más grande de Hispânia. La alternancia de ábsides semicirculares y cuadrangulares en el muro de fachada del gimnasio lo asemeja con la planta del Traianeum, sugiriendo una iniciativa y diseño comiln. Al margen de la muralla tardía, el tercer edificio público (K) revelado por la geofísica tiene un uso civil. Situado al suroeste del Traianeum, se trata de otra gran edificación, de aproximadamente 15.000 m-, constituida por un núcleo de planta cuadrangular en el que se inserta un semielipse que sobresale por la trasera a modo de gran ábside. Más al sur y formando parte de la edificación tenemos una serie de construcciones que se le adosan, constituyendo, al parecer, un complejo único. Durante las excavaciones del Traianeum, P. León efectuó un sondeo sobre este edificio descubierto ahora por la geofísica. Exhumó temporalmente parte de un hypocaustum y suspensurae, lo que denota un uso termal, al menos parcialmente en algún estadio de su vida. Este dato, al margen de la planta, de difícil lectura, ya que la potencia de los derrumbes constructivos han comprometido la claridad de los resultados de la geofísica, es el único elemento objetivo que poseemos sobre este edificio público. La topografía y la forma semielíptica sugieren, como hipótesis, que se trate de un edificio con graderío: teatro, odeon. De ser cierto, tendríamos que pensar en una transformación en termas durante el Bajo Imperio, algo que nos parece poco probable teniendo en cuenta la evolución sufrida por la ciudad. Otra hipótesis, por la que nos inclinamos, es pensar en un edificio residencial de carácter palaciego. Sus formas y, quizás, también sus posibles usos recuerdan a algunas construcciones de la Villa Hadriana; al propio Teatro Marítimo con su núcleo residencial, la Sala de los Filósofos o la Academia (Ward-Perkins, 1972). De cualquier manera, a diferencia del complejo termal, habrá que recurrir a la excavación para otorgarle la funcionalidad adecuada. A pesar de los resultados, existen algunos interrogantes por resolver. Por ejemplo, queda por confirmar el grado de ocupación de todas las insulae que constituyen el entramado urbano. Concretar si el cien por cien de lo urbanizado fue edificado y ocupado. La acción antròpica puede ser la causa que justifique la carencia de información en las cuatro insulae al Norte del complejo termal (D-D-Dl), aquellas en las que la geofísica simplemente documenta el trazado de la red de cloacas. Saber si no se edificaron o si fueron destruidas durante la explotación del yacimiento como cantera es una de las incógnitas que tendrá que resolver la excavación de campo o la revisión de los resultados de la geofísica. Estos mismos enigmas se reservan para la franja de terreno existente entre el complejo termal y el castellum aquae. Aquí, las prospecciones geofísicas efectuadas en abril de 1993 sólo constataron la existencia de una conexión entre el castellum aquae y las termas, como primer receptor físico del agua pública. En nuestra opinión ambas zonas, pese a la ejecución de la infraestructura de cloacas, jamás llegaron a edificarse. Ya a raíz de las excavaciones efectuadas en 1978 y 1979, Pellicer se aventuró a afirmar que las zonas norte y sur de las Termas Mayores se urbanizaron, aunque no se edificaron las insulae, y que la franja de terreno existente al oeste (Pellicer 1982). Ahora, gracias a la geofísica, se puede matizar esta generalización, ya que las insulae han sido realmente dimensionadas, constatándose además la existencia de un edificio público (D2-3) en una insula descartada de antemano por él, al noroeste de las Termas y al sur de las mismas, donde se ha localizado la Palestra del Gimnasio. Se puede concretar entonces que la zona urbanizada y no edificada se limitaba solamente a las cuatro insulae existentes al norte de las Termas Mayores, manteniéndose la afirmación de no urbanización para la zona existente entre éstas y el castellum aquae. Los resultados de este proyecto de investigación y su aportación al conocimiento de la Itálica de Adriano vienen a avalar la excepcionalidad, al menos arqueológica, de lo auspiciado por el Emperador. Algo que podemos definir como una urbanización, un barrio de prestigio, donde destaca el carácter residencial conformado por la abundancia de domus de grandes dimensiones. Con ellas los edificios semipúblicos, sedes de asociaciones y los dedicados al ocio y a la diversión. Todo ello presidido física y espiritualmente por el Traianeum, donde se rendía culto al Divus Traianus, a la Familia Imperial y al Imperio (León, 1988). Junto a él, en el ángulo noreste, el tetrapilon que, a modo de groma, enfatiza el corazón físico e ideológico del proyecto urbanístico (Rodríguez Hidalgo, 1987-88). Los paralelos de casi todos los edificios públicos identificables se encuentran en la parte oriental del Imperio, donde se hablaba griego. Las similitudes entre el Conjunto Termal y el Gimnasio de Itálica y edificios de Efeso se han mencionado con anterioridad. No obstante, el Traianeum proporciona el ejemplo más claro y evidente. Similitudes que han llevado a M. Boa- trwright a reconocer la presencia directa e implicación de Adriano en el nuevo proyecto italicense (Boatwright, 1997). Con las evidencias proporcionadas por nuestro estudio y los otros datos referenciados sería perverso negar la mano de Adriano en el nuevo proyecto urbanístico de Itálica. Algo que ya resaltó Dion Casio cuando se refería a los «miiltiples» y «espléndidos» regalos que Adriano, además del estatuto de colonia, concedió a Itálica: Colonia Aelia Augusta Italicensium. Pero la acción de lo adrianeo es también rastreable en puntos de la primitiva Itálica, donde se documentan reedificaciones, transformaciones y embellecimientos varios. Perfectamente documentados en el Teatro y en especial en el gran complejo que se proyecta sobre su summa cavea, allí donde en 1900 se encontró la estatua de Diana Cazadora en el interior de una capilla y donde con anterioridad y posterioridad se localizaron las de Mercurio y Venus, respectivamente. Todas ellas exponentes de la también excepcionalidad escultórica de Itálica en época de Adriano (Rodríguez Hidalgo y Keay, 1995). De todos es bien conocido el interés del Emperador por la cultura griega y, reconociendo el helenismo de su proyecto en Itálica, podríamos preguntarnos si esa obra no fue un intento de promocionar lo griego en su provincia de origen. En cualquier caso podemos enfatizar la excepcionalidad del proyecto adrianeo, no sólo en la Baetica o Hispânia, sino también en el Occidente del Imperio. La Itálica de Adriano supone pues un intento de trasmutar el Oriente en Occidente, desde donde se importaron modelos y proyectos, además de materias primas y mano de obra especializada para su manufacturación. A falta de los «pormenores del detalle», nuestra comprensión es ahora muy completa, hasta el punto de poder afirmar que la Itálica de Adriano es uno de los más claros y mejor conocidos ejemplos de las ideas arquitectónicas y urbanísticas del Emperador. El análisis e interpretación de todos los datos obtenidos en la investigación nos ha permitido conocer la evolución de la transformación urbanística de Itálica. Con un perímetro amurallado de unos 1.520 m y una superficie próxima a las 13,5 Ha, la primitiva Itálica ve cómo el proyecto de Adriano Vetus urbs Ciudad tardía Áreas de enterramiento documentadas Muralla adrianea Muralla tardía (finales del siglo iii-siglo IV). Plano n.° 3.-Planta de la situación de Itálica en época bajo imperial, según J. M. Rodríguez Hidalgo y S. Keay. amplía sus murallas con otros 2.460 m, que abarcan una superficie de algo más de 38 Ha; es decir, que Itálica en época de Adriano ocupa una superficie total de 51,1 Ha aproximadamente. A mediados del siglo ni se produce el abandono del proyecto adrianeo. A fines de ese mismo siglo o principios del iv, con la construcción de una nueva y potente muralla, que en la parte oriental del yacimiento atraviesa y secciona varias domus, se materializa la «colonización» por los italicenses de 13,3 Ha del abandonado proyecto urbanístico de Adriano. Esta nueva etapa, en la que Itálica ocupa 26,9 Ha, perdurará con evidencias hasta por lo menos los finales del siglo VI, dado que se conoce que el rey Leovigildo reconstruyó las murallas de Itálica en el 584 en el contexto de sus campañas contra Hermenegildo (Juan Biclarense, Chron., A.584.1). A partir de esa fecha muy poco es lo que sabemos de Itálica, que siguió estando históricamente presente a través de sus obispos, delegados en varios concilios hispanos desde el año 589 al 639. Grosso modo éste es el proceso de evolución urbanística sufrido por Itálica desde su fundación en el año 206 a.C. hasta la inva-sión musulmana y, con ella, su transformación en Campos de Talca o Tálica. En los resultados de la geofísica hemos podido observar cómo todo lo que aparece al norte del Traianeum, fuera de la muralla tardía, excavado o prospectado, presenta una imagen de gran nitidez. Intramuros, por el contrario, salvo los edificios piablicos (Traianeum y edificio K) y el viario, todo es confuso y difícil de interpretar. Ello es debido al proceso de «colonización» referido con anterioridad, cuando las domus adrianeas se transforman, pasando ahora de ser grandes mansiones a viviendas plurifamiliares, con más de cinco siglos de ocupación y alteración de las estructuras iniciales. El no haber localizado el límite norte de la muralla tardía nos induce a pensar que el propio muro de cierre norte del Traianeum pudo desempeñar también funciones defensivas desde fines del siglo ni-iv. Fuera de la muralla tardorromana, al noroeste del Traianeum, en la denominada Casa de Hylas, se localizaron en 1987, y aún permanecen sin excavar, dos enterramientos tardoimperiales, algo que confirma y ratifica el abandono de la Itálica de Adriano. Como ha podido constatarse, el análisis evolutivo de la ciudad se ha articulado en torno a los muros defensivos, obviándose pues las áreas suburbanas surgidas en sus alrededores y las necrópolis, que por cuestiones técnicas quedaban fuera de nuestro ámbito de trabajo. Con los resultados de nuestro estudio se ha dado respuesta a múltiples interrogantes, corroborado y desechado hipótesis. Hemos podido ver la imagen física de la Itálica de Adriano y comprendido sus construcciones y transformaciones urbanísticas. Ello nos plantea nuevas incógnitas y sugiere nuevos proyectos de futuro. Desde nuestra opinión, saber porqué no se edificó la zona norte y oeste del Conjunto Termal, cómo se resolvió la zona de contacto entre la primitiva Itálica y la ampliación de Adriano, así como toda la transformación tardoimperial, son las grandes incógnitas que ha de resolver la investigación arqueológica en Itálica. Al margen de los resultados, para nosotros el éxito ha estado en la elección y aplicación de un método no destructivo que nos ha permitido el conocimiento global del yacimiento. Con la experiencia de este estudio podemos afirmar que la combinación de las dos técnicas de prospección, superficial y geofísica, se manifiesta como un método útil y rápido para la comprensión de los grandes yacimientos urbanos que en la actualidad tienen un carácter rural o agrícola, aislado y fuera de las aglomeraciones urbanas modernas, donde el carácter superpuesto de algunas ciudades dificulta e imposibilita la aplicación de esta metodología. Tras el desarrollo del estudio, como puede apreciarse en la imagen de diciembre de 1996, aplicando la misma concepción urbanística con que se diseñó nuestro proyecto, los datos obtenidos sirvieron para la transformación museográfica del yacimiento. Sin excavar, de una forma igualmente no destructiva, entre 1992 y 1994 se procedió al trazado del viario y de la muralla adrianea. Se urbanizó el yacimiento, no para construir, como sucedió en su época, sino para excavarlo de una manera racional mediante el establecimiento de un programa de trabajo a corto, medio y largo plazo (figs. 23 y 24). CLASIFICACIÓN DE LA T.S. CLARA RECOLECTADA Cerámica Tardorromana (fines s. ii-s. vi)
Revisión de las diversos períodos de ocupación del foro de Pollentia, desde sus inicios en el primer cuarto del siglo i a.C. hasta la época islámica, destacando las reformas documentadas para época alto imperial y las del siglo m d.C, con especial atención al recinto fortificado que se construyó en época tardía en el antiguo foro de la ciudad. Las Baleares, Mallorca y Menorca, fueron conquistadas en el año 123 a.C.' por un contingente militar romano dirigido por el cónsul Quinto Cecilio Mételo, el Baleárico. Una de las consecuencias palpables de esta conquista en la isla mayor fue la * Queremos agradecer desde aquí la ayuda prestada a las personas que en estos últimos años han colaborado en las tareas de excavación del Foro de fundación de dos importantes establecimientos urbanos: Palma y Pollentia ^. La localización concreta de Pollentia, cerca de la actual ciudad de Alcudia, quedó comprobada centurias atrás por las piezas arqueológicas halladas en unos terrenos conocidos bajo el topónimo de Campos de Santa Ana. En estos terrenos se hallaron, por poner algún ejemplo, tanto piezas epigráficas como monedas, o una cabeza de mármol de Augusto Velado (Arribas, 1983a). La ciudad está situada sobre un promontorio a 14 m.s.n.m., considerado como punto inicial de la península que divide las dos magníficas bahías de Alcudia y Pollensa al nordeste de Mallorca. Esta situación estratégica responde al control del territorio y de los movimientos marítimos de la zona \ Las excavaciones desarrolladas durante gran parte de este siglo xx han permitido conocer barrios residenciales de la ciudad (fig. 1), como los identi-2 Estrabón describe su ubicación (3,5,1). R. También son mencionadas Guium y Tucis (Plinio 3,71,7S) que disfrutaron sólo del ius Latii y el otro establecimiento citado, el de los Bocchorum, lo es como federado, cuyo étnico parece de raíz púnica (Plinio, 3,77; Mayer y Roda, 1983). Es, junto a Guium y Tucis, la únicas comunidad indígena citada por las fuentes, y, curiosamente Bocchorum -a la que Plinio se refiere en pasado, como si ya no existiera-fue federada, como lo fue también Ebusus (Plinio,3,76). ^ La prospección arqueológica de los entornos de la ciudad (Coli et alii, 1984: 128) muestra una organización territorial en la que se documentan diversos asentamientos rurales con funciones de villae, diecinueve de ellos sobre habitat talayótico y doce de nueva planta, situados en su mayoría en las zonas llanas junto a tierras de cultivo. Se identifica también un programa defensivo basado en el establecimiento de puntos de observación en la zona costera de la península, de un total de siete puntos estratégicos de observación o defensa, seis en la zona peninsular, con un sistema de visualización mutuo que permitía transmitir cualquier señal desde la costa a la ciudad mediante su conexión al séptimo punto ubicado sobre un altozano desde el que se visualizan los restantes puntos y la ciudad, controlándose así perfectamente las entradas de las dos bahías. ficados en las fincas de Sa Portella (Arribas, Tarradell y Woods, 1973y 1978), Ca'n Basser, Ca'n Viver, la Casa de Polymnia en Camp d'en França, Ca^n Pi, o los ubicados al oeste del Camino del Cementerio ^. Se ha identificado además el teatro en Sa Solada (Amorós, Almagro, y Arribas, 1953) y el foro se localizó en la finca de Santa Ana de Ca'n Reiners (Arribas y Tarradell, 1987; Equip d'Excavacions de Pollentia 1994 a y b). Se conocen también dos estructuras defensivas, la de Sa Portella (Arribas, Tarradell y Woods, 1973, 1978) y la de Ca'n Reiners (Orfila, Riera, Cau y Arribas, en prensa), en la zona donde estuvo el foro. El suministro de agua a la ciudad se efectuaba mediante un acueducto que canaliza el agua desde varios kilómetros de distancia y pozos en su interior (Arribas, Tarradell y Woods, 1973: 24-25). Las necrópolis conocidas son (Arribas, 1978: 148): Ca'n Fanais, descu-^ En Pollentia destacamos las efectuadas en los años veinte y treinta por G. Llabrés y R. Isasi (Llabrés, Isasi, 1943; Arribas, Tarradell y Woods, 1973; Merino, 1994) y las promovidas por la Bryant Foundation efectuadas ininterrumpidamente desde los años cincuenta hasta la actualidad y de las que han sido directores A. Arribas, N. Doenges, M. Orfila, M. Roca, M. Tarradell y D. Woods. Cabe señalar aquí los trabajos que M.M. Estarellas y J. Merino han realizado, unas catas de comprobación sobre estos terrenos durante el invierno de 1995/6. Queremos agradecerles aquí el habernos hecho llegar el documento «Informe sobre les intervencions arqueològiques realitzades a prop de la ciutat romana de Pollentia (Alcudia)», Palma, 1996. bierta en 1930; Sa Solana, excavada en 1950; en el teatro romano aparecieron tumbas al excavarse en 1952; en 1954 se excavó la necrópolis de Ca'n Corro, conocida también como Ca'n Banya o del Matadero. Otra gran necrópolis la componen las más de 200 tumbas tardías documentadas en los niveles superiores de la zona del Foro (Arribas y Tarradell, 1987). El tamaño de esta ciudad se había calculado en torno a 10 ó 12 ha al utilizar como referencia las necrópolis y el lienzo de muralla de la zona de Sa Portella (Tarradell, 1978: 320). En la actualidad la ciudad parece medir 12 ó 14 hectáreas, dados los resultados de los sondeos ya citados efectuados al oeste del Camino del Cementerio, documentando allí restos constructivos hasta unos 120 m al oeste de esta línea de muralla que había sido considerada como límite de la ciudad. LOS INICIOS DE LA CIUDAD El año 123 a.C. ha sido considerado siempre el inicio de la ciudad de Pollentia. Esta afirmación puede cuestionarse si tomamos como argumento el que tuvo que pasar un tiempo entre la conquista militar de la isla del 123 a.C. y la fundación y pues-ta en marcha de los organismos de una ciudad, hecho que debió producirse con la implantación en el foro de las instituciones que la regían. En Pollentia las primeras edificaciones documentadas de este espacio público quedan datadas en la primera mitad del siglo I a.C, concretamente entre los años 70 y 40 a.C, no habiéndose identificado ninguna edificación correspondiente al período prerromano (Orfila y Arribas, 1997: 64; Orfila, en prensa; Orfila, Arribas y Doenges, 1999). Materiales romanos del último cuarto del siglo ii a.C. se han documentado en los sondeos de la Calle Porticada de Sa Portella (Arribas, Tarradell y Woods, 1975y 1978; Fernández-Miranda, 1983: 29). Dichos materiales se hallaron directamente relacionados con estructuras de la cultura talayótica, con un inicio del habitat en el siglo iv a.C (Sanmartí et alii, 1996: 67) ^ Estos datos permiten retomar la interpretación que publicara Mattingly en 1983 sobre la fundación y categoría jurídica de Pollentia. Este autor, basándose en la circulación monetaria y en las fuentes literarias, piensa que, si bien se ha considerado el año 123 a.C como fecha de arranque de este espacio urbano, la documentación de numerario anterior al primer cuarto del siglo i a.C. es demasiado escasa como para poder pertenecer a una urbe de la entidad de Pollentia, considerada además, según la interpretación que se haga de las fuentes escritas, con rango de colonia desde el momento de conquista, el 123 a.C. \ Para Mattingly (1983: 245-6) tanto Pollentia como Palma debieron ser reforzadas después de la guerra entre Sertório y el senado romano. Vencido Sertório por Pompeyo en el año 72 a.C, se llevó a cabo una reorganización administrativa de la península ibérica que debió afectar también a las Baleares. De hecho, los nombres de Palma y Pollentia con ese significado de Victoria y Poder tendrían más sentido, como Mattingly indica, en estas fechas del primer cuarto del siglo i a.C y no en el año 123 a.C. \ ^ La identificación de estos restos prerromanos queda valorada por Bendala al incluir Palma y Pollentia entre las primeras fundaciones romanas en Hispânia, que, como todas ellas, casi ninguna es ex novo: Italica, Tarraco, Gracchurris, Carteia, Corduba y Valentia, además de las dos de Baleares (Bendala, 1990:29). ^' El estudio se realizó sobre los hallazgos de las excavaciones entre los años 1957 y 1969 en el barrio residencial de Sa Portella. ^ No vamos a entrar en el tema de la categoría administrativa de Pollentia desde el 123 aC, al que ya hemos hecho referencia en otras notas y sobre el que se ha escrito ya mucho. No obstante, es significativa la cita de Plinio al referirse a este enclave y a Palma como oppida, no pudiéndose descartar la existencia de un posible castriim para el establecimiento del contingente de tropas romano llegado a la isla en el año ya indicado, pero del que no se tiene actualmente indicio alguno. EL FORO DE POLLENTIA: DESARROLLO CRONO-ESTRATIGRÁFICO « En 1980 se iniciaron las excavaciones sistemáticas en una zona de Pollentia conocida bajo el topónimo de Ca'n Reines, una de las divisiones del anterior Camp d'en França. La elección de ese lugar no fue casual; una serie de indicios (Arribas y Tarradell, 1987) permitían considerar que el foro de la ciudad debía localizarse en aquel paraje. Desde el siglo XVII se han recuperado en estos terrenos, o zonas circundantes, numerosos restos, muchos de ellos epigráficos de cariz honorífico. Por otra parte hay que destacar los objetos recuperados por el equipo de G. y J. LLabrés y R. Isasi (Llabrés e Isasi, 1934; Arribas, Tarradell y Woods 1973; Merino, 1994) ^ Por último, la posi-^ La excavación del foro se ha encontrado con problemas añadidos a los habituales: toda una serie de acciones deposicionales naturales y antrópicas que han afectado el yacimiento. En primer lugar la reutilización, ya sea en época romana como en la Antigüedad tardía, de elementos constructivos o decorativos en las edificaciones del momento. En segundo, destaca la extracción de sillares, documentada desde época medieval islámica y que continuó durante el Medioevo cristiano. Recordemos que la actual población de la Alcudia, al lado de Pollentia, fue fundada en el s. xiii y ha necesitado un gran volumen de piedra para edificaciones y recintos amurallados, ya fuera el del s. xiv o las defensas de la época de los Austrias. Hay que añadir la siembra masiva de almendros en toda la isla a partir del s. xix, llevada a cabo también en Pollentia. Además, Arribas y Tarradell indican cómo afectó al yacimiento el método utilizado en las excavaciones iniciadas en 1923 por Llabrés e Isasi, que, al trabajar en propiedades privadas, realizaban trincheras entre los almendros, que eran rellenadas una vez concluidas las excavaciones «no sin antes haber arrancado los respectivos propietarios los sillares de los muros para reaprovecharlos» (Arribas y Tarradell, 1987: 123-4). En los años setenta se llevó a cabo un rebaje del terreno en los cercados comprados por el Estado y que identificamos como Camp d 'en França y Ca' n Reines. ^ Excavaron en Camp d'en França, Santa Aína de Ca'n Costa, Ca'n Costa, etc. Tuvieron espectaculares hallazgos arquitectónicos decorativos, como se aprecia en las fotografías que nos han llegado de las zonas de Santa Aína o Ca'n Pí. Destacamos los procedentes de la finca de Ca'n Mostel recuperados durante la campaña de 1935: un togado datado en la segunda mitad del siglo i a.C, una estatua acéfala de una matrona como la anterior, datada ésta en el siglo i d.C, o un torso thoracato. En la zona de Camp d'en França, finca de Ca'n Viver, fue hallada en 1927, también durante los trabajos de Llabrés e Isasi, una estatua, posiblemente de una Puditia. De estos hallazgos no se conoce el lugar exacto. En las ocasiones anteriores conocemos la finca pero no tenemos un plano que nos indique con precisión el lugar. No obstante, la revisión de una documentación inédita de las campañas de 1923 y 1926 procedente de la Biblioteca G. Llabrés de Palma de Mallorca, así como los datos aportados por P. Ventanyol (Merino, 1999), han permitido conocer hoy mejor el cion central de este espacio respecto al plano de la ciudad era un indicio a considerar'°. Las excavaciones sistemáticas emprendidas en los años ochenta han confirmado esta ubicación del foro del cual se ha recuperado por ahora una extensión de unos 2.500 m^ (fìg. Se han identificado tres templos: el Capitolio al norte y otros dos al este; una plaza pública de la que por el momento no se puede asegurar que estuviese enlosada ", con diversos edículos y basamentos honoríficos, fragmentos de inscripciones, y dos grupos de tabernas, uno formando una insula porticada en sus lados este y oeste que limita el foro por el Oeste, y otro grupo de tabernas al norte del Capitolio. Con posterioridad a ese uso, la zona se ocupó por un recinto fortificado y después, posiblemente en época medieval, por una gran necrópolis (Arribas y Tarradell, 1987; Equip d'Excavacions de Pollentia 1994 a y b; Orñla y Arribas, 1997; Orfila, Riera, Cau, y Arribas, en prensa). La secuencia cronológica documentada en el foro es la siguiente'^: -Inicio en el siglo i a.C. al que pertenecen la preparación o nivelación del terreno virgen en casi la totalidad del espacio ocupado por el foro, una tierra blanquecina (blanquet) que tiene un porcentaje elevado de cal, a unas cotas en relación al punto cero cercano al 2,85 m. Sobre esta nivelación se asentaron los pavimentos de uso consistentes en unas piedras de arenisca (marés) identificados en las habitaciones A, B y Z con un grosor que oscila en torno a unos 20 cm y que está a una cota en relación al punto cero de entre 2,60 y 2,50 m. -Una reforma del siglo i d.C. de la que se tienen pocos datos, pero suficientemente explícitos. B se documenta en la cota 2,26 m, un pavimento también de marés que eleva el pavimento unos 25 cm sobre el de época republicana. -Unos fuertes cambios en toda la ínsula al oeste del foro que podemos situar a fines del siglo lugar de procedencia de piezas significativas. En la campaña de 1927 se hallaron una representación de un Esculapio y un Telesforo, ambos de bronce, en el Camp d'en França, de donde también procede el estandarte de un Collegium iuvenum.'" Hay que añadir que estas tierras habían sido expropiadas por el Estado Español, operación concluida en 1973 (Arribas y Tarradell, 1987:123). " En un sondeo efectuado durante la campaña de verano de 1996 en la zona del Pórtico al oeste del Foro, concretamente entre los cuadros E-15 y E-16, se identificaron unas losas que podrían pertenecer al enlosado de esta plaza pública.' ^ En estos momentos se está preparando un proyecto para llevar a cabo una interpretación más exhaustiva del foro de Pollentia. Dicho proyecto va a estar avalado por el Conseil Insular de Mallorca II d.C. y que afectan tanto al módulo de las habitaciones como a la técnica constructiva, elevando de nuevo el piso y llegando ahora los cimientos a la cota de 2 m y sobre 1,80 m el pavimento de uso. El suelo se ha elevado de nuevo, esta vez en torno a los 35 cm sobre el anterior y a un metro del republicano. Esta reforma se ha documentado secuencialmente en las habitaciones A, B, F y Z. -La destrucción de estas estructuras, consecuencia de un fuerte incendio producido a finales del siglo III d.C, sobreeleva de nuevo el terreno, esta vez debido a la acumulación de los escombros del incendio. -Sobre el nivel de escombros se identifican en algunos puntos del foro unos restos de pavimentos de opus signinum que se pueden apreciar en la Hab. Q y al exterior de la Hab. -La edificación de un recinto fortificado al norte de la ínsula de tabernae, al oeste del foro y del propio Capitolio, fechable a mediados del siglo v d.C. EL FORO DE POLLENTIA EN EPOCA REPUBLICANA La urbanización de esta zona pública de la ciudad, el foro, iniciada durante el siglo i a.C, estuvo precedida, como se ha mencionado, por un trabajo de ingeniería que consistió en la nivelación de la tierra blanquecina de la zona, ya fuera recortándola como acarreándola y acumulando tierra que, por cierto, tiene un elevado porcentaje de cal'^ Esta nivelación ha sido identificada hasta la actualidad en las habitaciones B, A y Z, en el pórtico de la calle oeste, el Capitolio y la zona del recinto fortificado, con unas variaciones en profundidad en relación al punto cero que va desde 2,92 a 3,03 m en la zona del recinto fortificado, 2,91 m en la Hab. B, y 3,10 m en el pórtico de la calle oeste, concretamente delante de la Hab. Z.' ^ La recuperación de materiales cerámicos procedentes de las primeras capas de esta tierra blanquecina, conocida en Alcudia como blanquet, nos lleva a plantear este tipo de nivelación: recorte y acumulación. Análisis efectuados al blanquet procedente de diferentes lugares del foro indican que está formado por una mezcla de cal y arena: Hab. Los análisis han sido efectuados por al Dra. J. Capel en el Centro Experimental del Zaidín (C.S.I.C), Granada. Por el momento se ha comprobado el uso en el siglo i a.C. de los siguientes elementos del foro (fig. 2) ^'^: una serie de tabernas de la ínsula de tabernas al oeste del foro, los pórticos al este y oeste de la misma, el Capitolio y posiblemente algún edículo'^. De la insula de tabernas al oeste del foro podemos afirmar que estaban en uso en estos primeros momentos las Habitaciones (tabernae) A, B y Z (Orfila y Arribas, 1997). Hay que añadir a estos datos las referencias a los sondeos efectuados en las Hab. M y N (Sanmartí et alii, 1996), además de la excavación de un pozo (D-18) en la Hab. C (Equip d'Excavacions de Pollentia, 1993), con la misma cronología (Orfila, en prensa). En todos los casos se documenta un piso datado en torno al primer cuarto del siglo i a.C, caracterizado por haberse fabricado a base de pequeñas piedras de arenisca {marés) que se laminan. La estructura urbana de este momento de época republicana queda definida por unos espacios de forma rectangular, como los que apreciamos en la Hab. Z, o en la A. En esta última las medidas son de Norte a Sur 3,60 m y de Este a Oeste 4,30 m. En este primer nivel los materiales muebles se caracterizan por ser prioritariamente importados (vajilla de barniz negro, paredes finas, cocina itálica, piezas ebusitanas, etc.), pero en todos estos conjuntos de materiales aparecen piezas hechas a mano de tradición prerromana, talayótica. La interpretación de este dato es muy sencilla: la fundación de la ciudad se hace no sólo con foráneos, sino que participa en ella la población indígena isleña •^. Estaban aún presentes entre estas gentes piezas de mesa utilizadas desde hacía varias centurias; quienes las fabricaron en el siglo I a.C. eran los descendientes directos de Fig. 2.-Plano general de Pollentia con la ubicación de las principales estructuras excavadas desde los años cincuenta.' "^ Fecha posible de inicio del uso del foro: «La primera organizació arquitectónica de la zona sembla datar de la primera meitat ja lleugerament avançada del segle i a.C.» (Equip d'Excavacions de Pollentia, 1994b: 142).' ^ Además de los datos descritos infra, proceden del foro desde su excavación en 1980 cerámicas o monedas del siglo I a.C. De éstas Mattingly constata la presencia de escasas monedas republicanas, como dos «ejemplares romano-republicanos del cuadro I-11 (estudio preliminar, aún sin publicar). Las piezas hispánicas son asimismo rarísimas -por ejemplo una de Acci, en la cámara M-» (Arribas y Tarradell, 1987:133). Excavaciones posteriores han registrado otros numarios, a ellos nos vamos a referir en sus apartados correspondientes.'^ Estrabón da una referencia concreta (3,5,1): «de las Gymnesias, la mayor tiene dos ciudades, Palma y Pollentia, de las cuales, una, Pollentia, se halla al este y Palma, al oes-quienes las habían utilizado durante el período talayótico'^. te... Metello el Baleárico pasó a las islas y fundó allí las dos ciudades citadas... Llevó como colonos a tres mil romanos de Iberia». Ilustrativo es el caso de Orange, Francia, donde, a través de las anotaciones de los parcelarios allí realizados sobre unas placas de mármol, concretamente sobre la Tabulae B de época cesarea-triunviral, cita que el origen de los que ocuparon estos terrenos divididos en centurias fueron tanto colonos alienos, como los propios lugareños, los Tricastrinis, en un porcentaje del 36 % (Piganiol, 1962).' ^ Existen materiales de tradición talayótica en niveles romanos incluso en el siglo i d.C, como en la villa romana de Sa Mesquida en Calvià, donde se ha localizado el vertedero y horno de un alfar donde se fabricaba cerámica a tor-Podemos suponer que el pórtico oeste del foro funcionaba también a inicios del siglo i a.C. Este pórtico está justo a 5 m de distancia de la pared del Capitolio. De él se han conservado seis bases de columnas con intercolumnios de unos 3 m, la base de las columnas mide 0,90 m mientras que los fustes tienen 0,60 m de diámetro. La anchura del pórtico es de 2,70 m, y su longitud conocida es de unos 20 m. Se puede afirmar que el pórtico que está en la fachada oeste de la ínsula, en la calle oeste funcionaba en este primer cuarto del siglo i a.C.'^ Está formado por cuatro pilastras en vez de columnas, equidistantes unos 3 m. Por debajo del nivel de suelo de la calle republicana ha aparecido una cloaca que está abierta en la nivelación ya mencionada de tierra blanquecina. ACTIVIDAD ECONÓMICA: LA ÍNSULA DE TABERNAS AL OESTE DEL FORO La ínsula de tabernas que existe al oeste queda delimitada al Este por el pórtico que da a la plaza del foro que acabamos de describir, y que es conocido como el pórtico oeste del foro. El límite oeste de esta ínsula se ha documentado por un pórtico. Esta ínsula ha sido excavada en extensión, estando centrada la investigación en las estructuras que estuvieron en uso durante el siglo m d.C. (fig. 2). Las intervenciones en profundidad en diversos ámbitos de la ínsula han permitido documentar las cronologías más antiguas del foro hasta ahora. La habitación Zy su pórtico Z ha sido excavada casi en su totalidad (fig. 3). Su secuencia estratigráfica permite identificar claramente dos períodos, uno perteneciente al siglo III d.C, registrado como complejo estructural (CE) 8, y un segundo de época republicana, CE 9, estando mal documentada la época alto imperial'^. -Insula de tabernas al oeste del foro. Fotografía de la Hab. Z en la que se aprecia del nivel de uso de época republicana. pocas monedas procedentes de los niveles republicanos; destacamos una de ellas, con cabeza de Minerva en su anverso y en el reverso la nave y la leyenda «Roma» en el espacio del exergo. A se ha documentado un nivel del siglo III d.C, una fase perteneciente a las primeras centurias de esta era, y los niveles inferiores, CE 2, que corresponden al período republicano (fig. 6). El lado este hasta el momento está sin identificar puesto que su límite nos viene, de momento, marcado por la puerta de acceso que funcionó durante el siglo ni d.C. aunque sí podemos intuir como linde el muro que se visualiza en la Hab. A. Estos muros se asocian a una nivelación de pequeñas piedras de arenisca {marés) (UE5084=E.30). Entre los materiales registrados sobre este suelo de la primera mitad del siglo i a.C. cabe destacar la pieza de barniz negro con el grafito mile. La excavación de la Hab. B ha producido unos datos muy interesantes al documentarse una secuencia estratigráfica con tres claros períodos: siglo i a.C, alto imperio y siglo m d.C. Referente a la época republicana, ha de constatarse la clara presencia de una fase constructiva. Sobre ella otra que podemos considerar Alto Imperial que, como se verá más adelante, no se había constatado fielmente en la serie de tabernas de esta ínsula al oeste del foro hasta ahora. La fase constructiva republicana (fig. 6) queda determinada por dos espacios habitables, el sector oriental denominado Complejo Estructural 12, y el sector occidental o Complejo Estructural 13, divididos por los cimientos de un muro en sentido Norte-Sur, UE5205, justo en la mitad de este espacio de la Hab. B y del que se tiene un tramo visible de 1,40 m de longitud. El CE 12 queda delimitado por el ya mencionado muro en el lado oeste, por el muro, UE5126, al norte, al sur los cimientos de otro muro en mal estado de conservación, UE5098, y al este el muro, UE5259; conectada a estos muros aparece una nivelación de arenisca a base pequeñas piezas que se han ido disgregando con el paso del tiempo hasta presentar en la actualidad un aspecto arenoso. El CE 13 queda delimitado por los siguientes muros: este, UE5205, norte, UE5095 y sur, UE5100, no pudiéndose identificar el límite oeste ya que tiene el muro del siglo m d.C. sobre él. Se había perdido por excavaciones anteriores -' la nivelación de arenisca que se aprecia en la sección sur, pero sí se ha podido intervenir en la preparación del mismo, blanquet (UE5195), compuesto por vajilla de barniz negro A (Lamb.5/7 y Lamb.31) y B-oide (Lamb.l y' ^' Nos referimos a la intervención ya citada de las zanjas abiertas por Llabrés e Isasi en los años veinte. Lamb.5/7) que remontarían a unas fechas de producción iniciales entre el 90/80 y que pueden llegar a identificarse hasta mediados del s. i a.C. La habitación C y el pozo D-18 Durante el desarrollo de la excavación de la habitación B (fig. 6) se identificó el ya mencionado muro, UE5205, de unos 0,5 m de altura, que la cruza en sentido norte/sur, con secuencia por debajo del pavimento de opus signinum (UE5083) de la Hab. C. Este muro marca la división entre dos ámbitos de esta Hab. C en época republicana, uno en el lado oriental, del que conocemos, además de la mencionada pared que marca su límite este, el muro UE5100 como límite norte, y la unidad estratigráfica 5130 como límite oeste. La otra habitación republicana por debajo de la Hab. Por debajo del pavimento de opus signinum del siglo III d.C. se localizó un pozo, el D-18, que estaría dentro de la habitación occidental ya descrita (fig. 2). Su relleno está compuesto por materiales cuyas formas repiten las ya mencionadas e identificadas en la UE5195 de la Hab. B. Tenemos que añadir además la forma Lamb. 27 A, que puede tener un inicio y utilización en el último cuarto del siglo ii a.C, o la forma Pasquianucci 127/Morel 3121, en B-oide, datable en las fechas más frecuentes en los niveles del 90 al 70, e igualmente presente entre el 70 y el 40 a.C. (Equip d'Excavacions de Pollentia, 1993). Los sondeos en las habitaciones M y N Los niveles republicanos de los sondeos realizados en las habitaciones M y N (fig. 2) proporciona- En la Hab. N se recuperaron ejemplares de las mismas formas --. LAS ESTRUCTURAS RELIGIOSAS DEL FORO EN ÉPOCA El templo identificado como Capitolio está ubicado al norte del foro (fig. 2). Trazado en sentido Norte-Sur, su fachada de acceso está orientada al Sur. Tiene las paredes muy expoliadas, pero aún así podemos decir que fue construido según el módulo ^^ En los veranos de 1993 y 1994 N. Doenges, en colaboración con T. Partment, realizaron diversos sondeos de 50 por 50 cm en diferentes zonas del foro, documentándose en todos ellos un inicio de uso de este espacio en la primera mitad del siglo I a.C. base de las medidas romanas, el pie romano: 29,6 cm. Su podio mide 23 m de largo (sentido N-S) por 18 m de ancho (sentido E-0). La pared norte es la que está en mejores condiciones. Tiene 1,80 m de anchura por 18 de largo, la altura máxima conservada es de 1,40 m, de la cual hay que restarle unos 0,50 m correspondientes a los cimientos. Los muros laterales se ensanchan por sus lados sur para enmarcar la escalinata de acceso que ocupaba la parte delantera del templo, con una anchura de 9,30 m. En el interior se ha documentado una división tripartita en celias de 5 por 9 m la central y 4 por 9 m las laterales, precedidas por un vestíbulo de 7 m de profundidad sostenido por dos hileras de dos columnas cada una (Equip d'Excavacions de Pol lentia 1994a: 217). La delimitación de los cimientos está perfectamente de acuerdo con los preceptos vitrubianos, pero no así la restitución de la planta. Ello implica que si bien este capitolio de Pollentia es, grosso modo, del tipo canónico de los templos toscanos, se trata de una aproximación en base a sus cimientos, pudiendo restituirse de diferentes maneras su planimetría, desde la versión mixta in antis con una hilada de columnas frontal como en el Capitolio de Cosa, a un pronaos tetrástilo de dos hiladas de columnas documentado en Orvieto (Subías, 1994: 220-224). Podría ser un iTiodelo arcaizante del que se disponen paralelos arqueológicos fechados en el siglo II a.C. Como indica Subías, estaríamos «frente a un teiTiplo con una planta ligeramente menos cuadrada que la estipulada por los templos toscanos, colocada sobre un podio alargado, que sugiere una síntesis de las tradiciones etrusco-itálicas y helenística. Esta hibridación de corrientes estilísticas es evidente, además de en la forma, en el método de proyección que descansa sobre un sistema modular» (Subías, 1994: 224)^1 A estas interpretaciones hay que sumar la de un posible mundus posteriormente conocido como umbilicus urbis, el pozo de unión entre la tierra y el infierno donde los fundadores de las ciudades tiraban tierra como compromiso de permanencia, a modo de ara de Saturno, dado además su orientación cardinal (Gros y Torelli, 1992: 83). Existe una estructura ubicada en el lado oeste de la plaza del foro (fig. 2), identificada como Edículo 2 (Arribas y Tarradell, 1987: 125), o Estructura III (Equip de Pollentia, 1994a: 217-129), de 5 m por 3 m, que llama la atención por ser la única que se halla orientada a los cuatro puntos cardinales. Sin embargo no parece lógico que una estatua de tales proporciones se hubiera colocado con una orientación que no se alineaba con el Capitolio. Además, haciendo un cálculo del tamaño real de la estatua resulta que este edículo, según indica Partment, no tiene superficie suficiente para albergarla (Partment, 1995). Se tuvo también en cuenta la posibilidad de que fuese una tribuna de arengas (Arribas y Tarradell, 1987: 125), pero no parece que hubiera espacio suficiente para un individuo. Para otros este edículo habría podido tener la funcionalidad de un templete o rostra (Equip de Pollentia, 1994b: 142). Partment, al compararlo con otros monumentos, plantea el que fuese un altar, el altar del Capitolium concretamente. Piensa también que, debido a la propia orientación del edículo, éste se hubiese construido antes del propio Capitolio (Partment, 1995). -^ Junto a todas estas consideraciones recogemos la opinión de Partment que considera que este templo podría haber sido construido en época de Augusto (Partment, 1995). -^ Arribas y Tarradell indican que el hallazgo de esta estatua debió producirse en 1927, ya que fue ese año cuando se entregó al Museo Arqueológico Nacional de Madrid, dato erróneo después de haberse revisado en estos años la documentación original e inédita de la biblioteca de Llabrés, en la que aparece no sólo la fecha de su hallazgo, 1923 (Merino, 1994: 45), sino que, además, se sabe incluso el lugar exacto de su extracción, en la finca de Can Costa, en lo que parece una casa particular decorada con pavimento musivario, justo en el extremo sur del impluvium, donde aparecieron, como describe el propio excavador, la cabeza, el cuello, tres patas y las crines, todas las piezas esparcidas por la habitación; junto a ellas, la hoja de oro de yedra. La presencia de esta hoja se interpretó como la corona del jinete de esta estatua equestre (Merino, 1999). La finca de Can Costa se halla a unos 70 metros en dirección sur de la parte del foro descubierto hasta la actualidad. Si es una casa pública el lugar de hallazgo, pensamos que la ubicación en ese lugar debe considerarse como deposición secundaria, no la original que debió ser el espacio público del foro. EL FORO DE POLLENTIA EN EPOCA ALTO IMPERIAL En los dos primeros siglos posteriores al cambio de era continuaron en el Foro de Pollentia las actividades que ya se han documentado en la época republicana: la comercial, la religiosa y la honorífica. La actividad comercial está principalmente documentada por restos muebles ya, que son escasos los inmuebles identificados hasta la actualidad relacionados con estos menesteres. Se han recuperado piezas de vajilla sigillata, vasos y tazas de paredes finas, fragmentos de ánforas, lucernas ^^ monedas ^^, etc., aunque en la mayoría de las ocasiones descontextualizados. Los oficios religiosos se continuaron realizando en los templos que señalaremos ahora, quedando plasmados los actos honoríficos por un fragmento de escultura en mármol blanco, un togado de tamaño mayor al natural recuperado en el cuadro E-9, junto a la fachada sur del Templete II (Arribas y Tarradell, 1987: 125), así como siete fragmentos de inscripciones oficiales, identificándose una posible dedicación a Druso, otra puede que a Lucio Vero y una tercera a Licinio/Galieno (Arribas y Tarradell, 1987: 131). Son pocos los indicios que se tienen sobre la ocupación de la insula de tabernas al oeste del foro en época alto imperial, aunque sí suficientes para poder afirmar que se llevaron a cabo unas reformas, posiblemente en el siglo i d.C, que afectaron al trazado anterior republicano. -^ Los materiales recuperados desde los inicios de las excavaciones del foro muestran una gran cantidad de fragmentos y piezas pertenecientes a los primeros siglos del cambio de era. En espera de su publicación nos remitimos al realizado sobre lucernas por Palanques, donde se recogen materiales del foro hasta la campaña de 1988 (Palanques, 1992). -^' El estudio de Mattingly, aún sin publicar, sobre la circulación monetaria del foro (Arribas y Tarradell, 1987:33), indica la presencia de numarios imperiales, e indica que son poco frecuentes los ejemplares julio-claudios, siendo mucho mayor la presencia de monedas de los Flavios, apareciendo en todas las áreas del foro monedas desde fines del siglo i hasta final del siglo ii d.C. lio M. ORFILA PONS, A. ARRIBAS PALAU y M. A. CAU ONTIVEROS AEspA, 72, 1999 Esta insula (fig. 2) muestra sus correspondientes pórticos: el pórtico al oeste del foro, detectado por sus intercolumnios, y el pórtico de la fachada oeste de la ínsula por sus pilastras. De hecho uno de los niveles más claros alto imperiales está en la calle oeste, justo en el pórtico delante de la Hab. Z (fig. 4), sobre la cloaca descrita en el apartado dedicado a la época republicana. Del siglo i d.C. se ha documentado un nivel de tierra, UE5342, y un nivel de piedras, UE5344, fechados por los materiales que contienen: fragmentos de cerámica de paredes finas con decoración de «arenilla», características del siglo I d.C, como la n° inv. En la habitación B (fig. 6) queda constatada una secuencia estratigráfica situada justo en la intersección entre las habitaciones B, A y F, la cual está compuesta por diversos estratos. La unidad estratigráfica 5226 (pavimento de arenisca del siglo i d.C), que va sobre diversas unidades republicanas. Sobre este pavimento alto imperial se acumulan unos niveles de ocupación con capas de cenizas, signos de incendio y, sobre todos ellos, la pared que delimita las tabernas A y B, UE5011, del siglo III d.C. En la Hab. A es donde se ha documentado mejor elementos del siglo i d.C. (fig. 6), destacando especialmente un pozo negro ubicado en su lado oeste, cortando el pavimento de piedras de arenisca republicano, e insertado entre las paredes sur y oeste de la estructura republicana. Para la cubrición del mencionado pozo utilizaron dos grandes losas de arenisca, marés. Una de las losas tiene un orificio o sumidero, UE5238, en su interior, UE5183, se recogieron una pieza de cerámica común y algún fragmento de Terra Sigillata Clásica, datados ambos en el siglo I d.C. Sobre el orificio se situó una canal de arenisca, marés, UE5138, que a su vez queda conectada a una conducción realizada de argamasa, UE5171, asentada sobre la pared republicana que divide la Hab. La excavación al norte del Capitolio ha identificado dos posibles tabernae, denominadas recintos 01 y 02 (fig. 2). La cronología de estas dos edificaciones se ha situado en torno al siglo ii d.C. (Equip de Pollentia 1994a: 220). Dada su ubicación en relación a las tabernae de la ínsula al Oeste del Foro, como se aprecia en la fig. 2, podemos considerar estos dos recintos como componentes de otra insula de tabernas, esta vez al norte del foro, cerrando y dando fachada a la plaza por el norte, al menos, a partir del siglo ii d.C 2 y 8) En principio el edificio capitolino de Pollentia continuaría funcionando en época alto imperial, pero no sabemos si dedicado a la tríada. Se documenta una reforma que afecta directamente el exterior de su pared norte. Nos referimos a un depósito o piscina de opus signinum de 1,22 m de ancho por 2,26 m de largo, ubicado justo en el centro del muro. Este depósito podría interpretarse como un componente del mismo templo asimilándose, salvando distancias puesto que los de los ejemplos comparativos tienen superficies mucho mayores que el de Pollentia, a otros templos en donde aparecen estanques rodeando la edificación, como el de Évora, excavado por Hauschild, con una datación augústea, o el de Diana de Mérida'^\ Estos estanques en otros monumentos se relacionan con el culto al emperador. La interpretación dada a este depósito no puede pasar de una hipótesis, puesto que está muy deteriorado por la construcción de un recinto fortificado en el siglo v d.C. que lo rellenó con bloques y argamasa para pasar a formar parte del propio muro de esta obra defensiva. Ello implica que en la actualidad no se pueda saber desde dónde llegaba el líquido que debía almacenarse en el depósito, ni por dónde se extraía. Ignoramos también si estaba directamente conectado con alguna función del Capitolio. Parece que los otros dos templos del foro, uno en el lado este, el Templete I, y otro más al sur conocido como Templete II, estuvieron en uso durante la época alto imperial, sin que se sepa de ellos el momento exacto de su edificación. El Templete I está en el lado este del Capitolio y alineado con él. Tiene 7,20 m sentido norte-sur y 5,70 m este-oeste, su pared oeste conserva un almohadillado. Se le asocia una crestería de arenisca con motivos vegetales de una altura de 55 cm (Arribas y Tarradell, 1987: 127). Para unos este edificio estaría ya desmontado a finales del siglo i (Equip d'Excavacions de Pollentia 1994b: 142). Para Partment, más que un templo este edificio se podría interpretar como la base original, dado su tamaño y ubicación, de la escultura ecuestre de bronce de -^ Referencias para Évora en Hauschild (1992Hauschild ( y 1994)). El templo de Mérida catalogado como de culto imperial fue construido en pleno período tiberiano (Alvarez, 1992:90-91). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ medidas naturales hallada en las excavaciones de los años veinte y ya mencionada anteriormente -^ (Partment, 1995: 43). Si ésa fuese su funcionalidad, la fecha de construcción estaría evidentemente asociada a la de la estatua, datada en el siglo i d.C. (A.A.V.V., 1990: 191). Cercano a él apareció una inscripción fragmentada de la que se puede leer lo siguiente (Arribas y Tarradell, 1987: 127) La interpretación dada a esta inscripción sería la de una dedicación a ese edificio por el gobernador provincial, actuando un legado de éste (Arribas y Tarradell, 1987: 131). El Templete II, también de planta rectangular, mide 10,10 m en sentido Este-Oeste y aproximadamente unos 7,40 m Norte-Sur. Tiene una canal cortada en los bloques de piedra del borde del edificio en sus lados este y sur, sin trazas de su continuación por los otros dos lados. Podría tener una celia de 3 m y una pequeña pronaos de 1 m. Se interpreta como un posible templo tetrástilo o distilo in antis (Equip d'Excavacions de Pollentia 1994b: 142). No se tienen datos claros de cuándo se llevó a cabo la reforma urbanística que dio a estas insulae de tabernas el aspecto que tuvieron durante el siglo III d.C, ahora bien, si extrapolamos los datos proporcionados por la excavación de los recintos 01 y 02 al norte de Capitolio, construidos en el siglo ii d.C. (Equip d'excavacions de Pollentia 1994a: 220), ^^ Cf. supra circunstancias del hallazgo. ^^ Fecha deducible por la gran cantidad de artefactos de finales del siglo iii d.C, especialmente cerámicos (vajillas, principalmente formas Lamb. 40 y 42 de teiixi sigillata africana C, ánforas, cerámica de cocina, etc.), pero también numerario que Mattingly, en su estudio preliminar (Arribas y Tarradell, 1987: 133), clasifica como de Claudio II, acuñado en torno al año 280. y sabiendo que funcionaban a la par que las tabernae de la insula al oeste del foro, se puede interpretar que ambas fueron reformadas en el siglo ii d.C. Lo que sí queda claro es que el siglo m d.C. constituye la última fase de uso de estas tiendas y talleres, al ser destruidas por el ya mencionado incendio de fines del m d.C. El aspecto de la insula al oeste del foro varió con esta reforma. Desde el exterior, uno de los cambios se llevó a cabo en los dos pórticos identificados, el de la fachada que da a la plaza del foro y el que estaba sobre la calle oeste (fig. 4). En ambos casos se construyen unos muros en los intercolumnios, para el caso de la fachada que da a la plaza del foro, y entre las pilastras en la fachada que da a la calle oeste. Nos encontramos ahora con un espacio muy cerrado desde el exterior donde se realizan transacciones económicas, ya que sólo se debía poder acceder al mismo desde sus esquinas. Podríamos clasificarlo realmente como un macellum, permitiéndonos compararlo con el aspecto de los zocos árabes, al menos en lo que se refiere a los lados este y oeste de esta ínsula. Conectados a estas reformas están unos bancos corridos construidos en la superfície del pórtico y adosados a las paredes de cada una de las tabernas conocidas hasta la actualidad. Poco sabemos del aspecto que debía tener la fachada norte de esta ínsula debido a las alteraciones posteriores que sufrió esa zona al construirse sobre ella parte del lienzo de muro de un recinto fortificado datado en el siglo v d.C. Menos aún del límite sur, al no haber concluido las excavaciones por ese lado de esta ínsula. Por una parte se cambió el módulo de cada una de las habitaciones de las tabernas. Si lo comparamos con el de la época republicana, de forma rectangular, ahora pasará a una forma más cuadrada, aunque ninguna de las habitaciones hasta ahora identificadas repite la misma superficie. En la mayoría de las ocasiones se reutilizan como zócalos las paredes de fases anteriores. La técnica constructiva empleada en ese momento en las paredes es la siguiente: se realizan las primeras hiladas a base de piedras de tamaño pequeño entre las que se intercalan fragmentos de opus signinum y cerámica que puede alcanzar hasta 1 m de altura, a partir de las cuales se continuaba la pared con adobes ^^. La cubierta debió tener un entramado de madera dados los restos de vigas calcinadas recuperados en las excavaciones, soportando las tegulas e imbrices. Se han recuperado de sus ventanas tanto fragmentos de ^" Se han identificado adobes fabricados con tierra rojiza y también adobes de tierra blanquecina (hlanquet). vidrio como dos rejas de hierro, una en la Hab. F (Arribas y Tarradell, 1987: 132), y otra entre las Habitaciones X e Y. En ese momento las puertas de acceso, de madera, tienen un sistema de cierre que parece correspondería a puertas correderas al identificarse unas ranuras, como las de la Hab. Z, que tiene 10 cm de ancho por 276 cm de largo, con dos hendiduras equidistantes (fig. 4). Este tipo de cierre se aprecia también en los accesos a las habitaciones A, J, V e Y. Parece que estas tabernae, al menos durante el siglo III d.C, como ya se ha señalado en otra publicación (Arribas y Tarradell, 1987: 129), forman agrupaciones de dos en dos habitaciones. A se accede a F y desde J a M. Entre ellas tenían unos pasillos, en sentido Este/Oeste, a cada dos ámbitos de Norte/Sur, que debían usarse como callejones; nos referimos a los ámbitos identificados como Hab. N o al espacio entre las Hab. Y y Z, lugares a los que se les ha asignado también la funcionalidad de ser escaleras que dieran acceso al piso superior de las tabernas. Tienen acceso directo desde lo que fue el Pórtico al oeste del Foro las habitaciones A, J y O, y los callejones B y N. Desde lo que debió ser la Calle norte se accedía a las Hab. P, con una subdivisión interna, Q, que conecta por detrás con T y U. El acceso a las Hab. V, Y y Z se hacía desde el Pórtico de la Calle oeste. De todas estas habitaciones destaca la Hab. C, tanto por su tamaño, 7 m por 8 m, como por el tipo de suelo, un pavimento de opus signinum con pequeñas placas de mármol, crustae, como si fuera un incipiente opus sectile; esta habitación ha sido interpretada como posible curia o santuario (Equip d'excavacions de Pollentia 1994b: 142). Si fuese ése el caso, esta funcionalidad se habría iniciado a partir de la reforma estructural que se llevó a cabo entre los siglos II y III d.C. La excavación de la Hab. B (fig. 6) ha identificado un muro en sentido norte/sur (UE5011) que va por debajo del pavimento de opus signinum de la Hab. C ^', dividiendo el espacio anterior al siglo III d.C. en dos, como se ha descrito en el apartado de este escrito dedicado a la época republicana. La funcionalidad de la mayoría de las tabernae como talleres o tiendas ha quedado demostrada por la serie de objetos y elementos recuperados en ellas sellados por el incendio de finales del siglo m d.C. En la Hab. J aparecieron una serie de pesas, cinco en total, de las que sólo una se repite en peso. La ^' La cota a la que se encuentra este opus signinum de la Hab.C es la misma de los niveles del resto de tabernae donde se acumularon los escombros procedentes del incendio de finales del siglo m dC. Se han recuperado los fondos de dos dolia en la Hab. U se ha recuperado una caja de plomo con la representación en relieve de la cabeza de Medusa y, posiblemente, un toro. También se recuperaron aquí un balsamarlo de bronce en forma de busto de fauno, un anillo-sello con la inscripción «ACTIACI» y varias piezas redondeadas (rodelas) de vidrio opaco, con decoración incrustada, polícroma, en las que se han representando peces. Además de estos objetos, se encontraron otros de menor entidad como un vaso con una decoración incisa vegetal esquematizada, dos lucernas enteras, una de ellas con 5 picos, fragmentos de materia textil quemados, otras dos lucernas de disco, eslabones de una cadena y el gancho de una balanza. X, el almacén de la tienda identificada como Hab. Y, se han hallado diversas ánforas del siglo m d.C, como la forma Dressel 30, una magnífica pieza vidriada con forma de cratera con decoración en relieve e incisa, piezas de bronce en forma de sartén, etc. En la Hab. V se tiene suficientes indicios como para suponer que allí se fabricaba vidrio, mientras que en la parte más al norte existiría una serrería, dadas las sierras de hierro recuperadas (Arribas y Doenges, 1995). No se puede saber si la insula al norte del Capitolio continuaba con mas tabernas a los lados este y oeste de los recintos 01 y 02, aunque se intuye que sí. DEL SIGLO IV D.C. EN ADELANTE El incendio que destruyó las tabernas del foro a finales del siglo m d.C. afectó a otros sectores de la ciudad como son la Casa de Polymnia o Ca'n Basse r, por ejemplo (fig. 1). Estos datos unidos a la contrucción de un lienzo de muralla sobre una de las casas del barrio residencial de Sa Portella habían influido enormemente en una interpretación sobre el final de la ciudad hacia finales del siglo m d.C. Si bien en principio se puede suponer que algún acontecimiento traumático sucedió a finales del siglo III d.C, que supuso una convulsión de la ciudad y posiblemente el final del foro como espacio público, no es menos cierto que la ciudad continuó habitada durante toda la antigüedad tardía (Orfila, Riera, Cau y Arribas, en prensa), aunque por el momento sea difícil calibrar la intensidad de uso de la ciudad en fechas tan avanzadas. En el área del foro (fig. 2), sobre los escombros acumulados del incendio del siglo m d.C, se obser- van, por una parte, una serie de pavimentos de opus signinum, y, por otra, al norte de la insula de tabernas al oeste del foro y del propio Capitolio (fig. 7) se ha localizado una estructura defensiva tardía que ha sido ya descrita en detalle con anterioridad (Orfila, Riera, Cau y Arribas, en prensa). Del recinto fortificado se ha identificado hasta la fecha un tramo de su lienzo norte, de unos 20 m, que incluye en su cara norte una torre rectangular maciza de 4,80 m en su lado septentrional y 3,20 en sus lados este y oeste. Parte del lienzo de este complejo defensivo había sido ya descubierto en las intervenciones efectuadas a finales de los años ochenta, cuando se localizó una estructura que no se había podido identificar con claridad pero que parecía pertenecer a una muralla (Equip d'excavacions de Pollentia, 1994a). En fechas recientes, las campañas de excavación centradas en este recinto han permitido confirmar que las estructuras recuperadas forman parte de un gran complejo defensivo que se ha denominado Complejo Estructural 14 (fig. 8 La anchura de este lienzo de muralla (E.79, fig. 9) es de 4,46 m y consta de un muro de doble paramento con relleno interno de piedras y elementos de construcción. La pared norte de la muralla (UE5216), que corresponde a la cara externa de esta construcción defensiva, no reutiliza estructuras anteriores y está formada por bloques de piedra bien escuadrados ligados con argamasa rica en cal y nivelados mediante fragmentos de cerámica. Esta pared descansa sobre una banqueta de cimentación (UE5305) que, junto con la primera hilada, se asientan en la trinchera de fundación (UE5319). La pared sur, cara interna de la muralla, está perdida en diversos tramos, si bien los tramos que se conservan permiten observar ciertas diferencias constructivas. El primer tramo reconocible (UE5255), ubicado frente al pórtico oeste del foro, presenta características similares a las de la pared norte. Por contra, los tramos identificados al norte del Capitolio y al norte de las tabernas reutilizan estructuras de edificaciones anteriores. De esta forma, la cara norte de las tabernas se convierte en parte del lienzo interno de la muralla, mientras que hacia levante los restos del muro norte del Capitolio pasan también a formar parte de la cara interna de la muralla. Las caras internas de cada una de las paredes descritas presentan refuerzos estructurales a base de acumulaciones de piedras y argamasa. El interior de la muralla, cuando es original, está compuesto por capas de piedras que tienen entre medias unas coladas de una argamasa poco compactada de cal, y presenta, además, rellenos con gran cantidad de cascajo y tierra muy arenosa, así como elementos de edificaciones anteriores. La trinchera de fundación de esta estructura defensiva ha sido localizada sólo en la cara externa de la pared norte (UE5216) y circundando la torre. En el interior de la trinchera (UE5319) fue colocada una primera hilada de bloques a modo de banqueta (UE5305), sobre la que se asientan la pared norte de la muralla (UE5216) y la torre. El relleno de la trinchera (UE5320) está compuesto por tierra y piedras, materiales de construcción y escasos fragmentos cerámicos. La datación de esta estructura defensiva es problemática. Hasta la campaña de 1998 la datación se basaba en la recuperación de una inscripción funeraria "^^ en principio del siglo m d.C, formando parte de los primeros metros de la pared norte (UE5216) de la E.79, reaprovechada como tantas otras piezas que forman parte de esta estructura defensiva, marcando, por tanto un terminus post quem en ese siglo. Las trincheras de fundación excavadas hasta el momento han proporcionado pocos materiales, pero la presencia de algunos fragmentos de terra sigillata africana D en el relleno de la trinchera de fundación (UE5320) permite proponer ahora un terminus post quem del siglo iv d.C. Es probable además que la presencia de un fragmento de un posible Hayes 91 con listel atrofiado y cerámicas de cocina moscovíticas permitan llevar esta cronología hasta el siglo V d.C. avanzado, si bien los datos de los que se disponen son todavía muy escasos (Cau, 1993y 1998, Cau et alii, en prensa). Por encima de esta estructura parece extenderse la que ha sido considerada como necrópolis altomedieval del foro. De hecho una de sus tumbas está ^^ Localizada en las excavaciones de los años ochenta con el n. registro. recortada sobre uno de los sillares de la torre indicando que la necrópolis del foro es posterior al recinto fortificado tardío, y que la torre de esta edificación defensiva debía estar prácticamente arrasada cuando este espacio fué utilizado como cementerio, ya que tan sólo conservaba una altura máxima de 1,50 m cuando la tumba fue recortada. La localización de esta construcción defensiva en el área del antiguo foro significa una clara reducción del área fortificada en relación a la de Sa Portella, datada en el siglo m d.C, pero no supone un abandono del resto del solar urbano, tal y como demuestran los materiales tardíos hallados en la Casa de los dos Tesoros y en la Casa de la Cabeza de Bronce, por ejemplo. De esta forma, parece plausible proponer, como hipótesis a contrastar, que el complejo estructural localizado en el foro corresponda a una fortificación tardía de la parte alta de la ciudad, coincidiendo con la topografía más elevada del solar urbano, sin que ello suponga el abandono de la ciudad extramuros. La fecha de construcción de la estructura permite indicar que estamos frente a la última gran reforma edilicia del área del antiguo foro. No podemos olvidar además, que la presencia de cerámicas, especialmente de cocina, fechables claramente en época bizantina (Laiz y Ruiz, 1988; Ramallo, Ruiz y Berrocal, 1996; Cau, 1996Cau, y 1998)), atesdgua la frecuentación de esta zona en estos momentos, aunque no pueda establecerse una relación directa con la estructura localizada. En general, puede afirmarse que las últimas fases de la vida de Pollentia no parecen haber sido tan catastróficas como se había sostenido tradicionalmente por influencia de las fuentes escritas. El espacio urbano sigue habitado tras la conquista vándala del 455 d.C. y tras la conquista bizantina del 534 d.C. De hecho es incluso tentador relacionar la fortificación tardía del foro con la política de construcción de fortificaciones impulsada por Justiniano, aunque bien es cierto que por el momento no hay ni un solo dato objetivo para sostener una tal afirmación. Las cerámicas permiten una datación clara hasta mediados del siglo vil d.C, fecha hasta la que se pueden rastrear fácilmente las producciones africanas. El siglo VIII y el IX son prácticamente desconocidos tanto desde un punto de vista de la cultura material como estructural. Sin embargo, hay que constatar la excepcional pieza de cerámica de vetrina pesante hallada en el foro que puede datarse en el siglo ix (Rosselló, 1982; Gumà, Riera y Torres, 1996; Rosselló y Coli, 1997). A inicios del siglo x Mallorca fue conquistada por los musulmanes. La ciudad de Pollentia continúa aún habitada y en la zona del antiguo foro se han localizado cerámicas islámicas que permiten señalar la presencia de población hasta época almohade, si bien parece que la ciudad fue abandonada antes de la conquista cristiana de la isla en el 1229. fuentes literarias hacen referencia a los problemas que causaban los piratas que habitaban estas islas (Estrabón
proporciona nuevos datos para el conocimiento del desarrollo de la minería romana en este sector lusitano de Hispânia tan poco estudiado hasta ahora. En el artículo consideramos el papel que pudo jugar esta minería en la nueva ordenación y ocupación del suelo que implicó la reorganización provincial de comienzos del imperio y, a una escala regional, en la reorganización que la documentación antigua apunta en torno a Salmantica, Bletisama y Mirobríga. Los trabajos desarrollados por nuestro equipo han proporcionado evidencias arqueológicas que permiten plantear tanto el estudio de las labores mineras como su incidencia en la puesta en marcha y revalorización de los recursos agropecuarios en la zona. Con el nombre de Cavenes se conocen un conjunto de desmontes localizados al pie de la Sierra de Francia, en el municipio de El Cabaço, situado al sur de la provincia de Salamanca (figs.l y 2). La existencia de estas labores mineras fue puesta ya de manifiesto por Gómez-Moreno, que las incluye en' Este trabajo ha sido realizado en el marco de los proyectos de investigación: Paisajes Antiguos en SU Catálogo Monumental de España (1967, 53) siguiendo las noticias del ingeniero Toribio Cáceres, a partir de las cuales las describe relacionándolas con las minas de oro del Noroeste, en concreto con las del Bierzo. Los desmontes fueron reconocidos también por Moran (1946, 29-31) que enumera las distintas Cavenes y realiza una breve descripción de las mismas, a las que considera indicios de una explotación en época romana para extraer manganeso, «que sirvió desde la antigüedad para la industria del vidrio». Más tarde, Maluquer (1956, 53), menciona en esta misma zona la existencia de una serie de asentamientos de cronología romana que pone en relación con la explotación del mineral -esta vez de hierro-de las Cavenes ^. Los últimos estudios realizados sobre minería en la Península Ibérica ^ identifican claramente las labores de Las Cavenes como pertenecientes a la minería aurífera romana, algo ya admitido por todos los autores (como resumen: TIR, K-29, 1991 s.v. Nuestros trabajos se han articulado en torno al estudio de estas labores mineras, cuya zona principal se extiende a lo largo de un área de unos 14 km^ al oeste-suroeste del pueblo de El Cabaço (figs. 2 y 3). En concreto, la zona de labores más densa, en la que hemos centrado hasta ahora la mayor parte de las actuaciones, ocupa los bordes de una llanura amesetada a lo largo de una extensión de 4 x r5 km. Esta -Los dos autores también señalan una serie de emplazamientos relacionados con las labores. Moran (1940, 14, n° 35-40) identifica como castro prehistórico el Teso de las Tiendas, y como romanos La Mesita, La Corona, La Cabezuela, La Tarayuela y el Castro Mirón. En 1946 (pp. 29-31) vincula todos ellos a la minería romana pero no menciona La Cabezuela y añade el Llano Redondo; apunta el hallazgo de ladrillos típicamente romanos en Las Vagueras y de una pesa en la Fuente de la Mora. Maluquer (1956, 53), aunque cita el trabajo de Moran, destaca sin embargo como lugar principal La Fuente de la Mora, donde sitúa todos los hallazgos romanos. M. RUIZ DEL ÁRBOL y F.-J. SÁNCHEZ-PALENCIA AEspA, 72, 1999 Fig. 1.-Situación de Las Cavenes de El Cabaço en el contexto de la minería de oro romana en la Península Ibérica. meseta se halla delimitada por el arroyo del Zarzosi-11o al oeste y por el río Gabín al este. Ambos son afluentes del arroyo del Zarzoso que, a su vez, es uno de los que dan origen al río Yeltes, afluente del Huebra y éste del Duero ^. El desarrollo de la explotación minera ha hecho que los desmontes se dispongan de forma prácticamente lineal en los bordes de la meseta. La dedicación tradicional del suelo en esta región hasta la actualidad ha permitido que se conserven en el paisaje, de forma excepcional, las diversas estructuras del laboreo minero: la red hidráulica, los vaciados mineros y las zonas de evacuación y acumulación de los estériles resultantes del proceso de extracción del mineral. Estas condiciones han permitido llevar a cabo, a partir de la interpretación de la fotografía aérea, de la realización de una detallada topografía del terreno y de la excavación de algunas de las estructuras mineras, un estudio completo de las labores y del desarrollo de su explotación. Las labores de El Cabaço forman parte de un conjunto más amplio de explotaciones que se extiende a lo largo de la cuenca sedimentaria de Ciudad Rodrigo, al noreste de Lusitânia, en pleno territorio vetón (fig. 1)^. Domergue (1990, 40 ss) las incluye en la gran región minera aurífera del noroeste, agrupándolas junto a las explotaciones localizadas en las tres provincias portuguesas que forman la zona de Beiras -dentro de lo que denomina «distrito de Beiras»-. La existencia de estas explotaciones mineras ha sido considerada en algunos trabajos y señalada como uno de los indicadores que evidencian la complejidad de la ocupación romana en la provincia (Santonja, 1991, 29), pero salvo estas breves menciones en estudios generales -o las referencias aisladas proporcionadas por Moran y Maluquer-no se ha prestado atención al desarrollo de esta minería y a su relación con la reorganización y estructuración de estos territorios en época romana. Algunos autores han vinculado la explotación de los yacimientos mineros del suroeste de la provincia con la distribución del poblamiento prerromano en esa zona, llegando a afirmar que «la minería debe haber contribuido también a la concentración de la población en la zona occidental de la provincia durante los siglos v-i a.C.» e incluyendo las minas de El Cabaço y El Maíllo entre los factores que favorecen esta concentración, ya que «la existencia en un mismo área de varios castros próximos geográficamente (...) parece indicar el intento de explotar por parte de esta población los recursos mineros de esta zona» dentro de una estructura productiva calificada como «más atomizada» (Salinas, 1992-93, 179-80). Gran parte de los autores que han tratado el tema admiten que la expedición de D. Junio Bruto, el Galaico, en el 136 a.C, supuso la incorporación definitiva a la Hispânia romana del territorio situado al norte del Tajo, desplazándose así la frontera en la Meseta hasta la línea del Duero. Aunque esta zona no fue escenario de ninguna de las grandes operaciones de conquista, se vio afectada a lo largo de todo lo que quedaba de siglo y parte del siguien-te por diversos conflictos, ya fuesen de carácter local o regional, es decir, de enfrentamiento directo y más o menos coyuntural entre los pueblos indígenas y el poder romano, o inscritos en el marco de las luchas civiles de alcance global que caracterizaron en buena medida el siglo i a.C. (Roldan, 1968; Mangas y Solana, 1985, 12-24; Francisco, 1989). Parece que la inestabilidad en la zona puede darse por concluida con la llegada al poder de Augusto, poco antes de la pacificación de toda la Península a través de las guerras cántabro-astures. En este contexto la constitución de la nueva provincia Hispânia Vlterior Lusitânia y el establecimiento de su capital en Augusta Emérita se enmarcan dentro de una serie de medidas destinadas al sometimiento definitivo de estos pueblos y la conquista definitiva de toda la Península (Sayas, 1979, 744 ss). No existe una opinión unánime sobre la forma en que se hace efectiva la división de la Ulterior ni sobre el momento concreto en que surge Lusitânia como provincia. Las opiniones de los autores se dividen al respecto: • Para algunos autores, la división de la Hispânia Ulterior en dos provincias -Bélica, que queda en manos del senado, y Lusitânia, bajo control imperial-y la transferencia de los nuevos territorios con- quistados, Asturia y Callaecia, a la Citerior, se habría realizado en un único momento, antes del final del reinado de Augusto. La fecha concreta de esta reorganización todavía sigue siendo discutida. • Otros autores consideran que la división en tres provincias se realizó en varias etapas sucesivas. En un primer momento Augusto dividiría la Ulterior en dos provincias, adscribiendo a la Lusitânia los terri-torios del noroeste peninsular aún sin pacificar. Esta primera reorganización respondería fundamentalmente a motivaciones estratégicas y sería coincidente con el comienzo de las operaciones contra cántabros y astures, en torno al 27 a.C, que es la fecha transmitida por Dion Casio (Lili,12,4). Una vez pacificados los territorios del noroeste, Augusto reorganizaría de nuevo las fronteras -delimitación que perdura durante todo el alto imperio-adscribiendo a la Citerior los territorios de astures y galaicos así como la parte oriental de la Sierra Morena (la región de Castulo). La datación de esta segunda reorganización plantea también varios problemas. Algunos autores aceptan la fecha proporcionada por Dion Casio, en torno al 14 a.C, que coincide con la segunda estancia de Augusto en Hispânia; otros tienden a situarla en torno a los años 7/2 a.C. ^ El nacimiento de la provincia de Lusitânia y los reajustes de fronteras efectuados en los territorios de las provincias hispanas se han puesto en relación con razones de índole estratégica y militar relativas a la zona del noroeste peninsular. Según algunos autores el hecho de que, al acabar las guerras, se reajusten de nuevo los límites de las provincias adscribiendo los territorios de astures y galaicos a la Citerior, no haría sino confirmar que las motivaciones de esta reorganización fueron fundamentalmente de orden político-militar, sin que existan motivaciones económicas relevantes (Francisco, 1989, 93; Domergue, 1990, 200). Es difícil determinar en qué medida los factores militares han intervenido para que desde el principio se efectuara una división entre las provincias de Bética y Lusitânia, pero es cierto que no fueron las únicas razones de peso. Otra serie de circunstancias debieron jugar un papel más importante para que en fechas sucesivas se fueran fijando los límites entre la Bética y la Citerior, la separación entre Lusitânia y Bética y la división entre las provincias Lusitânia y Citerior. Podemos observar ya en las medidas reorganizativas llevadas a cabo en estos años un interés especial del estado romano por los recursos de las regiones recién incorporadas y reorganizadas, entre los cuales el oro, como recurso fundamental dentro de la nueva política de Augusto, va a jugar un papel de primer orden (D. S. 52,48,[4][5]33,60). La falta de articulación que presentan los territorios de galaicos y astures antes del dominio romano hizo que el periodo bélico en el Noroeste, después de la finalización de las guerras, se prolongara hasta los años centrales del siglo i d.C. La larga dura-ción de las guerras cántabro-astures parece transmitir un costoso control de la zona que se ve sometida a una profunda reorganización para su completa integración en el imperio, basada en el afianzamiento de los elementos de control y articulación esbozados durante las campañas militares (Orejas y Sánchez-Falencia, e.p.). En los territorios del norte de Lusitânia recién pacificados las transformaciones operadas durante el siglo i a.C. habían sido lo bastante sensibles para que la reorganización administrativa se efectuara de forma diferente a la del norte ^. Así, al separarse Lusitânia tanto de la Bética como de Asturia y Callaecia «quedaba constituida en la parte occidental de la Península una zona entre el Duero y el Guadiana más o menos homogénea, que había experimentado ya transformaciones sensibles no resaltadas debidamente» (Sayas, 1979, 746). De esta forma, con la adscripción tras la conclusión de la conquista de los nuevos territorios a dos provincias imperiales diferentes. Citerior y Lusitânia, Augusto se garantizaba no sólo el control efectivo sobre las dos zonas, sino también sobre la explotación de sus recursos. Igualmente, los intereses económicos debieron pesar bastante en la transferencia, en este mismo momento, de la zona minera de Castulo a la Citerior, dejando en la Ulterior la región oriental de la Sierra Morena ^ Las transformaciones experimentadas en los territorios de lusitanos y vettones en los años anteriores al cambio de era quedaron refrendadas con las ^' Sobre el debate en torno a este tema: Sayas, 1979; Francisco, 1989; Domergue. 1990. ^ A lo largo del siglo i a.C. los principales núcleos urbanos vettones parecen haber experimentado un desarrollo notable desde sus estructuras prerromanas, quizás al amparo de una cierta marginalidad respecto a los escenarios bélicos o más conflictivos. ^ Domergue ve en la incorporación de la zona minera de Castulo a la Citerior motivos exclusivamente estratégicos, como el reforzar la seguridad en una zona de frontera, conflictiva, con lo que se estaría buscando el proteger la recién creada via Augusta entre Cartagena y el valle del Guadalquivir. Sin embargo, en esta época, la presencia romana en la zona ya estaba muy consolidada y la explotación de las minas corría a cargo de societates puhlicanorum. Con la anexión a la Tarraconense, la región y todos sus recursos pasan a estar bajo control directo del emperador. Sobre la importancia de los recursos mineros en esta zona fronteriza y su evolución desde época ibérica: Chapa y Mayoral, 1998. medidas destinadas a la integración de la nueva provincia en los marcos administrativos del imperio. Tras la reorganización Lusitânia sigue bajo control imperial, pero no se conservan tropas en sus territorios. Algunos autores han defendido la posible existencia de un asentamiento en la chatas Igaeditanorum del Ala I Singularium ciuium Romanorum (Francisco, 1989, 156 ss y 167-169) a partir de dos inscripciones ^ aparecidas en los territorios adscritos a esa ciuitas. Tanto Roldan como Le Roux piensan que la mención de dos personajes pertenecientes a esta unidad no es suficiente para realizar esta afirmación y que no existen pruebas concluyentes para defender su presencia en Lusitânia, que de admitirse, debió ser corta, pues se encuentra en Germania en el 68/69 d.C. (Roldan, 1974; Le Roux, 1982). La vinculación establecida desde el principio entre los territorios recién incorporados, caracterizados por distintos grados de integración que se reflejan en un planteamiento diverso de la reorganización por parte de la administración romana, se refuerza con la creación de la calzada de La Plata, que se convierte con la nueva división provincial, y el establecimiento de Augusta Emerita como capital en el eje principal de conexión de la provincia y en vía de unión entre los nuevos territorios conquistados, tomando así un carácter administrativo importante y un papel articulador de primer orden entre los territorios lusitanos y de astures y galaicos. La misma fundación de Augusta Emerita tiene un papel decisivo en la consolidación de la presencia romana en la zona. La nueva capital constituye un eje de unión entre las regiones meridionales y los territorios del norte. Cuando en época de Augusto se establece el campamento de Astorga (González, 1999, 95), la vía norte-sur gana en importancia quedando establecida como camino unitario de Emerita hasta Asturie a'°. Con la reorganización de las fronteras y el establecimiento de los puntos fundamentales de una nueva estructura administrativa -articulación del territorio a partir del reforzamiento de las vías principales, fundación de Emerita-se irá imponiendo una nueva orientación económica de acuerdo con los intereses imperialistas del estado romano. Es a partir de este momento cuando se observa un primer esfuerzo de homogeneización y organización que afecta a todos los territorios provinciales, centrado fundamentalmente en aquéllos recién conquistados en los que el estado tiene un interés particular. Este interés se refleja de manera especial en la intensa reestructuración a la que fueron sometidos tras la reorganización de las provincias los territorios del norte de Lusitânia, reorganización que tiene su mayor testimonio en la serie de termini augustales repartidos en los territorios situados entre el Tajo y el Duero. De la provincia de Salamanca proceden cuatro epígrafes que conciernen de forma directa a la región que estamos estudiando: de Ledesma procede un trifinium (CIL II, 859), que separaba los territorios de Bletisa, Mirobriga y Salmantica; de Ciudad Rodrigo proceden dos hitos (CIL II, 857 y 858) que delimitaban los territorios de Bletisa, Mirobriga, Salmantica y Valuta (?); un cuarto hito terminal se halló en Yecla de Yeltes (CIL II, 5033), testimoniando el límite entre los Mirobrigenses y los [...]polibedenses ".De Portugal proceden otros tres epígrafes. El único que permite conocer el nombre de las comunidades afectadas por la delimitación es el que procede de las proximidades de Idanha, entre Monsanto y Valverde (CIL II, 460), que separaba los territorios de Lancienses Oppidani e Igaeditani; de Oliveira de Azeméis procede un hito terminal (HAEp 1442) que delimitaría las comunidades de los Talabrigenses (?) y Lancobrigenses (?); de Guardão procede un tercer epígrafe (AE 1954, 88) que no permite conocer el nombre de la comunidad implicada [...]ienses. Todos los epígrafes se han fechado entre los años 2 a.C.-14 d.C, pero es destacable que los que incluyen datación se fechan entre los años 5/6 d.C.'^ Nos hallamos ante una operación de reorganización territorial de gran envergadura, que afecta con seguridad a toda Lusitânia al norte del Tajo y que la mayor parte de los autores está de acuerdo en relacionar con la reorganización general de las provincias efectuada por Augusto y el establecimiento definitivo de la frontera lusitana en la línea del Tormes (Edmonson, " Sobre la identificación de las comunidades de Valuta (?) y Polibeda (?) y la interpretación de los epígrafes que las mencionan: Mangas, 1992, 256-266.' ^ Junto a estos epígrafes augusteos hay que mencionar un cuarto epígrafe procedente de Goujoim (Armamar, Viseu), que delimitaba el territorio de los Coilami y los Arabrigenses (?) {AE 1979, 331), fechado en el 46/47 o 59 d.C. Los termini lusitanos están recogidos por: Edmonson, 1990aEdmonson, y 1990b, 124;, 124; Le Roux, 1994, 40; Arino y Rodríguez, 1997. Conseguida la pacificación de los nuevos territorios Roma se plantea la necesidad del control de una serie de espacios extensos y diversificados, dentro de los cuales se encuentran numerosas comunidades peregrinas que hasta ese momento habían escapado a la obligación de un inventario de sus bienes y a la definición precisa de sus límites. Sólo a comienzos del Principado se hace patente por primera vez un esfuerzo de delimitación y organización sistemática de los territorios provinciales. Es en ese momento cuando se ponen en marcha intervenciones sistemáticas para la regulación del suelo provincial como el ager per extremitatem mensura comprehensus transmitido por Frontino'^. La mayoría de los autores ha puesto en relación este tipo de ager con la serie de termini lusitanos conocidos, pero vinculándolo a cuestiones de carácter local en el marco de las relaciones de propiedad en el interior de las comunidades implicadas. Así, el ager per extremitatem se ha interpretado en relación con la existencia de campos que serían propiedad comunal de las organizaciones gentilicias de los pueblos del norte de la meseta (Vigil, 1973) o como un tipo agrimensorio adscribible a terrenos públicos en el interior del territorio de las ciudades (Salinas, 1989(Salinas,, 107 y 1992-93, 184)-93, 184). En un artículo reciente. Orejas y Sastre proponen la interpretación de toda esta serie de epígrafes relacionados con la fijación de límites del territorio de ciuitates con la definición de esta forma de organizar el suelo peregrino y tributario transmitida por Frontino, en el marco de la ordenación territorial a la que fueron sometidas las comunidades del Noroeste peninsular. Tras la conquista, Augusto procedería a la organización de las comunidades imponiendo el sistema de ciuitates, sobre las que se construye el nuevo sistema territorial impuesto; tras la nueva definición provincial «Rome a procédé à la délimitation de ces nouvelles entités territoriales moyennant l 'assignation aux communautés d' un territoire uniuersus modus, c'est-à-dire, grâce à la formule gromatique de Vager per extremitatem mensura comprehensus» (Orejas y Sastre, 1999, 172). Como las autoras subrayan, este tipo de organización debió ser aplicada de forma general, con sus implicaciones fiscales y censuales, en la reorganización del noroeste por Augusto de manera más frecuente de lo que se ha supuesto; el hecho de que los ejemplos seleccionados por Frontino, Palantia y Salmantica, pertenezcan a Hispânia, a las provincias Citerior y Lusitânia recién reorganizadas, indica que esta solución pudo tener importancia en las intervenciones de Augusto en términos generales (Orejas y Sastre, 1999)''^. La unidad básica sobre la que se construye el sistema provincial es la ciuitas: Roma toma como referencia de la imposición tributaria a la comunidad, a la que dota de independencia a la hora de repartir las cargas internamente. Como señalan las autoras, en los territorios del Noroeste la intervención administrativa romana fue especialmente intensa, ya que conllevaba la consolidación de nuevas formas de organización radicalmente distintas a las de las comunidades castreñas prerromanas (Orejas y Sastre, 1999; Sastre, 1998). En el caso de los territorios del norte de Lusitânia parece que la delimitación de las nuevas entidades territoriales se articuló en torno a algunos núcleos que durante los años previos al cambio de era parecen haber adquirido una cierta relevancia con respecto a otros del territorio circundante'^. El desarrollo de la minería y la explotación de nuevos recursos La reorganización de las fronteras provinciales, el reajuste del territorio de Augusta Emerita y la delimitación en ciuitates de los territorios situados al norte del Tajo muestran la profunda intervención De Agrorum qualitate, 7-9=Th.l-2.' "^ En relación con los termini augustales lusitanos y el texto de Frontino se puede poner también un mojón de carácter técnico procedente de Villamiel (Cáceres) en el que se leen los nombres de las comunidades Vinia Campegiensis y Valseni (Arino y García de Figuerola, 1993; Arino y Rodríguez, 1997). En el artículo citado de Orejas y Sastre se recogen otra serie de documentos que apuntan en esta misma dirección: los hitos terminales que separaban los territorios de ciertas ciuitates astures de los de prata y otras referencias a una amplia serie de textos procedentes de otros territorios que se pueden interpretar en el mismo sentido (Orejas y Sastre, 1999, notas 20-23).' ^ Sobre los núcleos citados en los termini de la provincia de Salamanca y su desarrollo en época romana: Le Roux, 1990, 46-47; Edmonson, 1990; Santonja, 1991, 26-27; Mangas, 1992. Sobre la posible evolución de Salmantica a municipio: Salinas, 1990Salinas,, 260-61 y 1992;;Francisco, 1993 del Estado romano y la voluntad de organización y homogeneización de estos territorios con vistas a su plena integración en el imperio. El hecho de que esta reorganización no diera lugar a una estructuración de orden municipal no puede de ninguna manera llevarnos a afirmar que en esta zona las medidas «tendentes a la integración de los hispanos en las estructuras institucionales del imperio debieron tener muy escasa repercusión» (Salinas, 1986, 40). Es precisamente a partir de este momento cuando se comienzan a sentir los efectos de la nueva orientación dada por Augusto a estos territorios. La fuerte reorganización de la región afectó de forma global a los recursos y poblaciones de la zona. Aunque no es mucho lo que sabemos acerca de la organización del poblamiento del suroeste de la provincia, lo que sí es seguro es que su articulación no se puede aislar del desarrollo de la explotación sistemática de los recursos, entre los cuales las minas debieron jugar un papel importante. A comienzos del siglo i d.C. se pone en marcha la explotación a gran escala de los yacimientos auríferos de Lusitânia, de forma contemporánea a los del Noroeste. Los trabajos realizados en El Cabaço muestran que las explotaciones de Las Cavenes estaban siendo puestas en explotación ya en los años centrales del siglo i d.C.'^. Es en este momento cuando se ponen en valor de forma organizada los yacimientos auríferos del noroeste de la Península: el desarrollo de la actividad minera a partir del final del reinado de Augusto se realizaría al mismo tiempo en las tres grandes regiones auríferas -Lusitânia, Callaecia y Asturia-que parecen constituir un todo a los ojos de la administración romana. En este sentido se puede interpretar la cita de Plinio acerca de las cifras de producción de las minas de oro del noroeste (Plin. Por encima de la gestión provincial de la explotación de las minas, existe un control conjunto y directo del estado sobre el total de la producción. Ya en este momento la minería de oro era patrimonio exclusivo del estado y, como en el Noroeste peninsular, las minas lusitanas debieron estar gestionadas directamente por la administración romana. Las transformaciones efectuadas en las estructuras territoriales de esta región muestran el interés específico de Roma por la zona dentro de la provincia. Este especial interés se manifiesta en la aparición de una serie de procuratores Lusitaniae et Vettoniae y de cargos subalternos dependientes de ellos a partir del siglo n d.C.'^. Según algunos autores la aparición de cargos con una adscripción territorial específica a Lusitânia y Vettonia estaría testimoniando la existencia de dos distritos financieros independientes creados en un cierto momento por la administración romana, para facilitar la gestión dentro de la provincia (Roldan, 1968, 98). Los datos que poseemos no permiten afirmar la existencia efectiva de una división administrativa de Lusitânia en un determinado momento, pero en este sentido nos parece interesante recordar la existencia de cargos en el Noroeste con una adscripción específica a Asturia et Callaecia y que han sido interpretados en el contexto de las soluciones que el estado romano adopta en relación con las necesidades surgidas de la explotación del oro. El estado subraya de esta forma la singularidad del Noroeste dentro de la Citerior reforzando su control con la creación de una organización administrativa específica (Sánchez-Palencia y Orejas, 1994, 172 ss). La reorganización territorial debió contemplar, además de la delimitación territorial de las comunidades en una serie de ciuitates, la aparición de otras unidades territoriales que pudieron estar relacionadas con la existencia de extensas áreas ocupadas por las explotaciones auríferas y que formaban parte del ager publicus (Sánchez-Palencia y Orejas, 1994, 176). Como veremos, los rasgos de la región no se pueden aislar del desarrollo de la actividad minera y sólo desde una perspectiva global podemos entender el alcance que ésta tuvo en las transformaciones de las estructuras sociales y territoriales de la zona y en la puesta en marcha y revalorización de los recursos. Las minas de oro implican una infraestructura de ordenación territorial que supera el marco estrictamente local: la explotación se basó en una labor organizadora a gran escala que afectó al conjunto del poblamiento y a la ordenación de los recursos, por lo que su estudio no se puede abordar aisladamente, sobre todo desde el momento en que aparecen asociados'^ En la zona minera de Las Cavenes hemos podido individualizar la existencia de espacios dedicados a la explotación agropecuaria localizados entre grupos de labores, formando parte de la articulación general del conjunto de la explotación. Parte de CCTOPFMC / EST-AP / CEH-CSICJ Fig. 4.-Plano topográfico del Sector de la Fuente de La Mora con la situación de «los lindones» y de los sondeos realizados. nuestros trabajos se han centrado en un lugar, La Fuente de la Mora, situado entre dos de las principales labores, los sectores de explotación S-10 y S-8, donde se puede reconocer sobre el terreno la presencia de una serie de bancales que, a modo de terrazas, se alinean a lo largo de la ladera ocupando una amplia extensión (figs. 3 y 4). El interés de este lugar por su situación en plena explotación minera y la ausencia de indicios en superficie nos llevaron a plantear varios sondeos que han permitido documentar la naturaleza de estos aterrazamientos'^. Cada uno de los tres sondeos realizados cortó longitudinalmente una terraza en un tramo de su recorrido de forma que en los tres casos pudimos documentar en sección la estructura del bancal (figs. 4-7). Las unidades estratigráficas identificadas en los perfiles de los sondeos se corresponden en la mayoría de los casos con unidades de suelo distintas, por lo que su denominación y registro se llevó a cabo atendiendo a un doble criterio: por una parte, en tanto que unidades arqueológicas diferentes, cada una de las unidades reconocidas en el perfil se contemplan como unidades estratigráficas (UE) distintas. Junto a la numeración en UE, los distintos suelos identificados se han designado con las siglas edafológicas de horizontes, siguiendo las normas generales de denominación de horizontes (Porta y otros, 1994)2". -" Los horizontes edafológicos se designan entre paréntesis por medio de letras mayúsculas que traducen la información de cada uno de ellos, indicando su posición en el suelo, el proceso genético preponderante en su formación y la característica o propiedad más destacable dentro del mismo. Las secuencias estratigráficas documentadas en los tres sondeos presentan características similares. Las variaciones en estas secuencias se deben más a los procesos a los que se han visto sometidas las terrazas tras su abandono que a diferencias constructivas importantes. Como se observa en la figura 5, en el primero de los sondeos, bajo las UE 1 y 2 (O I y O^) se encuentra la UE 3, un horizonte O3 formado por los aportes de materia orgánica y por el arrastre del material erosionado situado ladera arriba, como demuestra la gran cantidad de fragmentos de cerámica y teja romana procedente de la excavación en planta de este nivel. La UE 4 no tiene designación de horizonte, puesto que es la unidad que interpretamos como el muro de contención construido para retener el suelo destinado al cultivo. Aunque esta unidad se encuentra prácticamente desmantelada, su estructura ha condicionado de manera particular la forma en que se han dispuesto los horizontes formados tras el abandono de la zona. La UE 5 (Abj), contemporánea del funcionamiento del muro de contención (UE 4), es el suelo que interpretamos como activo y dedicado al cultivo en época romana; en él aparecieron abundantes fragmentos de cerámica común, teja y terra sigillata. Los procesos desarrollados en este horizonte han provocado su desplazamiento hacia el lado este del corte, invadiendo parcialmente la UE 6 (Ab^). Este nivel es un horizonte enterrado que pudo estar afectado también por actividades de laboreo. Podría tratarse de la superficie de cultivo del bancal situado en el nivel inmediatamente inferior al que estamos estudiando; esta hipótesis vendría confirmada por la existencia de abundantes puntos de materia orgánica visibles en Con la letra «O» se denominan los horizontes orgánicos formados en la parte superior del suelo en condiciones predominantemente aerobias. Estos suelos contienen un 20 % o más de carbono orgánico. Es el horizonte típico de los suelos de bosque. Con la letra «A» se designan de forma genérica aquellos horizontes minerales oscurecidos por aportes de materia orgánica. También se designa como A cualquier horizonte afectado por laboreo o pastoreo. Si este horizonte se halla en superficie se caracteriza con las letras «Ap»; en nuestro caso hemos optado por la denominación «Ab» para significar que se halla enterrado. Los horizontes «B» son horizontes minerales situados en el interior de un suelo, bajo un horizonte «A». Con la letra «C» se designa un horizonte mineral que en comparación con los anteriores se encuentra poco afectado por los procesos edafogénicos. En todos los casos los índices numéricos que acompañan a la denominación del horizonte sirven para designar una secuencia en la posición del horizonte dentro del suelo. Para el estudio de horizontes genéticos en edafología son de gran utilidad los trabajos de Bonneau y Souchier, 1987; Gandullo, 1984. Por la utilización de los horizontes edafológicos para el estudio de perfiles arqueológicos son muy interesantes los trabajos de Butzer (1976Butzer ( y 1989) ) y las síntesis generales de Chouquer y Favory (1991, 42-46 en especial, con bibliografía más amplia). este estrato y por la composición de la tierra de ambos niveles (5 y 6), que es muy similar. Estas dos UE se asientan sobre la UE 7 (B), un horizonte mineral con abundantes manchas de materia orgánica que interpretamos como el primer suelo existente en la zona sobre el substrato natural, y que fue integrado parcialmente en los horizontes Ab al asentarse la estructura de bancales. Esta última UE se asienta directamente sobre la UE 8 (C), el substrato original de la zona. Una secuencia similar se comprobó en el segundo de los sondeos realizados, situado a menor altura en la ladera: UE 1 (Oj) -UE 2 (O^) -UE 3 -UE 4 (Ab) -UE 5 (C) (fig. 6)21. La tercera de las terrazas presenta unas condiciones de conservación bastante buenas. Como se puede observar en su perfil oeste (fig. 7), bajo los horizontes orgánicos (0^ y O^) se localiza la UE 4, a la que como en los anteriores cortes no hemos atribuido la designación de horizonte ya que consideramos que se trata del bancal propiamente dicho. Esta estructura sirve de contención al suelo trabajado, identificado en este corte en la UE 3 (Ab). El bloque de granito que se sitúa directamente sobre el sustrato natural pudo formar parte de la estructura de contención del bancal, al igual que formaban parte de esta estructura algunos fragmentos de teja romana y de cerámica común, muy poco rodados, que documentamos en el perfil al realizar el corte. La estructura del bancal (UE 4) y la UE 3 están sellando dos bolsadas de tierra muy compacta a las que hemos denominado B^ y B2(UE 5 y 6). Consideramos que estas UE son los restos conservados del suelo anterior a la construcción del bancal, que fue integrado en el nuevo horizonte A, formado una vez que esta zona se puso en cultivo. Ambas unidades se asientan sobre el sustrato natural de la zona, la UE 7 (C). En los tres casos la existencia del muro de contención de la terraza ha condicionado la forma en que se han dispuesto las unidades estratigráficas formadas tras el abandono de la explotación de esta zona, favoreciendo la aparición de una morfología característica, los bancales o «lindones», fosilizada en el paisaje actual. El hecho de que se trate de una zona de bosque, que no ha sido dedicada a una explotación agropecuaria, ha permitido que la estructura original de los bancales se haya conservado y se refleje en una serie de rasgos fácilmente observables tanto en la superficie como en los perfiles an--' En este caso se realizó una limpieza superficial de la terraza que permitió documentar la estructura que presentan los bancales en la actualidad. La limpieza del muro de contención proporcionó varios fragmentos de teja y cerámica común romana, muy rodados, y algunas escorias. teriormente descritos. El muro de contención que forma el aterrazamiento se documenta claramente en los tres cortes realizados. Su estructura constructiva es especialmente clara en el perfil del tercer sondeo: está formado por una acumulación de cantos rodados de buen tamaño, con la inclusión a ve-ces de fragmentos de tégula y cerámica común, trabados con tierra compactada. La morfología exterior de los bancales es uno de los indicadores más evidentes de la existencia y funcionalidad de este tipo de estructuras relacionadas con la explotación agraria, pero no es el único dato que nos informa acerca las condiciones bajo las que se han formado estos aterrazamientos. Dada la complejidad de los factores que intervienen en la formación de los suelos de un determinado territorio, no se pueden definir criterios inequívocos que puedan ser usados para el estudio de las prácticas agrarias, pero otra serie de características morfológicas nos permiten inferir con un cierto grado de fiabilidad las actividades realizadas en la zona que estamos estudiando; los efectos del arado y del laboreo de las tierras de un territorio, así como sucede con los de otras actividades como la explotación minera, poseen sus propias manifestaciones morfológicas, ya que crean unas condiciones específicas en el terreno sobre las que se desarrollarán los procesos de formación del paisaje posteriores. Una de estas manifestaciones es la aparición en los perfiles de un estrato homogéneo (como la UE 3 del tercer sondeo), no necesariamente espeso, en la parte superior de un suelo enterrado, sobre el que se han formado varios horizontes orgánicos (UE 2 y UE 1 en ese mismo sondeo). Este tipo de estratos son un indicador claro de un laboreo pasado. Cuando un suelo es arado y puesto en cultivo se forma en su superficie lo que se llama la «suela de labor», una especie de costra superficial muy compacta que impide la erosión de la superficie del suelo al protegerlo de la lluvia o de la acción de otros procesos exteriores que pueden producir su degradación y empobrecimiento. Cuando un suelo que ha sido cultivado se abandona y deja de ser trabajado, este nivel más duro que se ha formado en su parte superior impide la asimilación de nuevos componentes, favoreciendo así la formación por acumulación sobre el antiguo suelo de nuevos horizontes que lo van enterrando progresivamente (Butzer, 1989, 122ss). En el perfil la formación de un horizonte orgánico sobre un suelo cultivado con suela de labor se caracteriza porque el límite que separa ambos horizontes es abrupto, es decir, la distancia vertical a lo largo de la cual se produce el cambio de horizontes es pequeña, menor de 2'5 cm^^. Todo lo dicho anteriormente no quiere decir que los estratos cultivados se conserven bajo cualquier circunstancia; pueden haber sido modificados por la actividad humana posterior o por la acción de la vegetación natural antes de su enterramiento. Trabajos realizados en diferentes territorios (Courty y otros, 1989) muestran que el cultivo de una tierra no ocasiona siempre un horizonte A caracterizado por una textura (la «suela de laboreo») determinada. Dependiendo de las propiedades del suelo y de la forma en que éste ha sido enterrado, sus características pueden perderse y los aportes posteriores, como la materia orgánica o los arrastres producidos por la erosión del terreno, pueden ser rápidamente integrados en su estructura. Si volvemos a los perfiles de los tres cortes podemos comprobar que en los tres casos los suelos asociados a los bancales se han conservado en mayor o menor grado. Únicamente en el tercero de ellos el suelo situado en la parte inferior del bancal, al sur del corte, y por tanto, sometido de forma más directa a la erosión al no encontrarse directamente vinculado a un elemento de protección como es el muro de contención del bancal, ha desaparecido, siendo asimilados sus componentes por el horizonte O^ representado por la UE 2 y que se asienta directamente sobre el sustrato natural. La construcción de los bancales y la preparación para el laboreo de las tierras de la zona de la Fuente de la Mora supuso la incorporación, total o parcial, de los suelos preexistentes en los nuevos suelos de cultivo. Las labores de acondicionamiento del suelo no llegaron a eliminar por completo el suelo anterior, como demuestran en el tercer sondeo las bolsadas (UE 5 y 6) que se han conservado. Según se puede comprobar en los tres perfiles, uno de los primeros efectos de la puesta en cultivo de estas tierras fue la eliminación de los horizontes superiores preexistentes al laboreo, especialmente de los estratos ricos en materia orgánica, y la creación de un horizonte de cultivo homogéneo sostenido por el bancal. Este nuevo horizonte incluye, en principio, características del estrato húmico de superficie así como material mineral retrabajado proveniente del horizonte A preexistente ^^ En la conservación de las características morfológicas producidas por la explotación agraria de esta zona influyen un gran número de parámetros relacionados con el tipo de suelo sobre el que se ha realizado el laboreo, la clase de cultivo que ha tenido lugar, la rapidez con la que los estratos cultivados fueron enterrados, etc. En el caso de la Fuente de la Mora son numerosos los rasgos morfológicos conservados que permiten la adscripción de los bancales a la explotación agropecuaria de la zona. Nos encon-^^ El límite abrupto producido por laboreo no es el único caso en el que se produce un límite nítido. Un límite de estas características puede indicar igualmente una superposición de materiales, es decir, una discontinuidad litològica. Así ocurre en el paso de la UE 7 a la UE 2 en el tercer sondeo. -^ Este tipo de perfiles, documentados particularmente en zonas agrícolas abandonadas, se denominan perfiles alterados; el perfil descrito en el tercer sondeo, en la parte inferior del bancal, en el que el horizonte Ab ha desaparecido por completo, se ha identificado y definido en otras zonas como perfil de suelo truncado (Butzer, 1989, 130). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ tramos ante suelos que han sido rápidamente enterrados (UE 3 en el tercer sondeo, UE 5 en el primero), por lo que se ha conservado otra serie de evidencias morfológicas que apoyan la hipótesis de la dedicación agrícola de estas estructuras. Nos estamos refiriendo a la topografía de algunos de los límites entre horizontes, en los que la forma de la superficie de separación entre éstos presenta unas características particulares. Así, el límite entre las UE 3 y UE 2 en el tercer sondeo, o entre la UE 6 y UE 3 en el primero, forma sinuosidades más anchas que profundas. La forma de estos límites podría estar asociada al laboreo con arado de estos suelos; los surcos habrían quedado enterrados en el subsuelo y fosilizados al igual que el horizonte al que pertenecen. Límites similares entre horizontes han sido reconocidos en varios estudios arqueológicos realizados en áreas rurales (Courty y otros, 1989) y utihzados como evidencia para documentar la existencia de caballones de cultivo asociados a suelos enterrados. En edafología este tipo de límites se han relacionado con el laboreo de los suelos y, en algunos casos, con la existencia de vías preferenciales de circulación de agua sobre éstos (Porta y otros, 1994) ~'^. En toda el área ocupada por las labores hay indicios de la existencia de bancales como los estudiados, en lugares vinculados a las estructuras de la minería romana. De momento sólo se puede afirmar esta relación para el caso de la Fuente de la Mora. Sobre la fotografía aérea se aprecia que el área ocupada por los bancales estudiados se articula con la red hidráulica de las labores por medio de un canal que, desde uno de los principales depósitos reguladores, desemboca en la cabecera de los aterrazamientos, abasteciendo así posiblemente la zona reservada a la explotación agraria (fig. 8). Las estructuras mineras de Las Cavenes El desarrollo de las labores se enmarca dentro de la estructuración global de los recursos y poblacio--"* El estudio de los lindónos de la Fuente de la Mora se ha completado con los datos procedentes de los análisis de las muestras de suelos recogidas en los perfiles de los cortes. Estos datos completan los resultados antes expuestos, aunque su importancia y representatividad se verá aumentada con la ampliación del muestreo a otros suelos de la misma zona, lo que permitirá poseer un cuadro edafológico completo que actúe de «trama explicativa» base para el estudio de la organización y explotación de este territorio de acuerdo con nuestra escala de trabajo. La importancia de la realización de este tipo de análisis y su aplicación en estudios territoriales se ha puesto de relieve en algunos trabajos que muestran como la utilización de la cartografía de suelos y la realización de muéstreos sistemáticos puede ser un útil rentable para el estudio de paisajes agrarios (Gaiffe, 1998). nes de la zona que se reordenan en función de la explotación del yacimiento aurífero ^^. El inicio de los trabajos en la zona exigió una planificación integral del espacio que debió tener en cuenta todos recursos necesarios para su mantenimiento, como parece reflejarse en el aprovechamiento de la red hidráulica destinada al laboreo minero para el abastecimiento de las labores agrícolas. El trazado de la red hidráulica es lo primero que se construye antes de iniciar la explotación del yacimiento aurífero, pero lógicamente las estructuras que se han conservado corresponden, tanto si se consideran de forma global como si se analizan más detalladamente por sectores, a la última fase de explotación. Un buen conocimiento de la red hidráulica y de sus modificaciones a lo largo de toda la explotación son esenciales para definir el desarrollo de los trabajos mineros. Las labores no son obras planificadas de antemano en su totalidad, su desarrollo progresivo hizo necesario que los técnicos romanos fuesen construyendo nuevas infraestructuras hidráulicas a medida que se iban desplazando de un sector de laboreo a otro. De hecho, los diversos depósitos de explotación y sus correspondientes canales emisarios o de explotación nos sirven para marcar la separación entre los diferentes sectores. La red hidráulica está formada por los canales y depósitos que aportan y regulan el agua necesaria para la explotación, ya que el agua es utilizada sucesivamente para deshacer el conglomerado aurífero, arrastrarlo, lavarlo y evacuar los estériles resultantes. En la reconstrucción propuesta de la red hidráulica de Las Cavenes se han distinguido los siguientes dpos de canalizaciones y zonas de embalsamiento de agua ^^: -Canales de abastecimiento, corrugi o canales ^-\ que son los que generan una nueva red hidráulica; parten desde la propia captación de agua o desde los depósitos reguladores y desembocan en sectores de explotación, generalmente con sus correspondientes depósitos. Su trazado fue modificado -^ No es mucho lo que sabemos de la distribución del poblamiento romano en esta zona. Los sondeos realizados por nosotros en La Corona, uno de los lugares que Moran vincula a Las Cavenes (ver nota 2), no han proporcionado ningún tipo de evidencia material que permita la confirmación de un asentamiento en este lugar. -^ Todas las estructuras se han numerado en un orden teóricamente ascendente de modernidad, de forma que el depósito d-2 es potencialmente más antiguo que el d-12, el canal de abastecimiento c-2 más antiguo que el c-4 y el sector S-2 más que el S-8. Todo ello dentro de la relatividad a la que nos hemos referido. " Los términos latinos utilizados siguen la nomenclatura empleada por Plinio el Viejo en la ya mencionada descripción de las minas de oro de Asturia, Gallaecia y Lusitânia (Plin., NH,33,[66][67][68][69][70][71][72][73][74][75][76][77][78]. a medida que se desarrollaba la explotación, de forma que es difícil, como se ha dicho, establecer el recorrido exacto de los correspondientes a las primeras fases. La captación de agua se producía en los arroyos que nacen inmediatamente al sur, en las faldas de la Peña de Francia. Aunque se ha realizado ya un estudio de las evidencias visibles de esta red de abastecimiento (Sánchez-Palencia, 1997), sería demasiado prolijo describirla ahora en extensión. Como resumen, hay que resaltar la evidencia de dos canales de abastecimiento, al menos, que llegan hasta la zona más alta de las labores desde el suroeste y sureste respectivamente. También parece claro que la Reguera, una acequia de abastecimiento actual para El Cabaço, se superpone, y reutiliza al menos en parte un canal de abastecimiento romano (fig. 3). -Los depósitos de agua, piscinae o stagna, actúan como reguladores de la corriente suministrada por los canales de abastecimiento y envían el agua a los diferentes frentes de laboreo. La apertura de un corte estratigráfico longitudinal en uno de los depósitos, el depósito de explotación d-7, ha permitido la individualización de los diferentes elementos que componen su estructura. La sencillez de la forma exterior del depósito contrasta con sus características constructivas, bastante complejas. Su construcción requirió una serie de trabajos previos de acondicionamiento del terreno. Una vez que se planificó y delimitó el área que debía ocupar el depósito, su superficie fue preparada con varios niveles de distinta potencia y composición sobre los que se asentó el terraplén que sirve de dique de contención. Los análisis mineralógicos de las arcillas procedentes de las distintas capas que conforman la estructura del depósito muestran que se realizó una selección de los materiales para lograr la máxima impermeabilidad del embalse. Es bastante frecuente en Las Cavenes la disposición emparejada de los depósitos. Este es el caso del sector S-4, en el que se han centrado nuestros trabajos de excavación y sondeo, y donde existen dos depósitos, el d-6 y d-7, abastecidos ambos a través del ramal c-2a del canal de abastecimiento c-2, que enlaza con la red hidráulica principal de captación usada para todo el yacimiento aurífero. La realización de una detallada topografía sobre el terreno (a escala 1/400 y 1/800 y con una equidistancia entre curvas de nivel de 25 cm), completada con los datos procedentes de la fotointerpretación de las fotografías aéreas (figs. 9 y 10) de la zona ha permitido comprobar que la construcción del d-7 sobre el d-6 respondió a la necesidad de un mayor caudal de agua (fig. 12). Esta modificación en la red hidráulica nos indica el carácter empírico y pragmático que guiaba en gran medida la explotación romana, puesto que los ingenieros romanos se vieron obligados a construir un nuevo depósito para poder explotar una zona cuya extensión y riqueza seguramente no controlaban bien desde el principio. -Los canales emisarios o de explotación, emissária (denominados con la letra «e» en las figs. 8-11), son los que, con una longitud mayor o menor y con diversas ramificaciones a veces, salen de los depósitos hacia los frentes de explotación de las distintas labores donde desembocan. La configuración de Las Cavenes no deja lugar a dudas sobre el sistema de explotación empleado. Los desmontes o vaciados mineros producidos sobre el yacimiento conforman la mina de oro propiamente dicha, la zona concreta de donde se extrajo el oro. Están delimitados en su cabecera por los frentes de explotación o tajos de laboreo que marcan la extensión máxima de la mina. En la parte opuesta o terminal se hallarían los canales de lavado o agogae que marcarían el fin del desmonte. Aunque su construcción en madera ha impedido lógicamente la conservación de estos últimos, sí se puede identificar el final de las zonas de extracción gracias al estrechamiento que comúnmente marca su situación aproximada y el inicio del canal de evacuación de estériles. La superficie interna de todas las labores muestra hileras de cantos rodados que testimonian la separación de los estériles más gruesos antes de la posición que ocuparía el canal de lavado. A una escala más amplia, se puede comprobar la convergencia de todos los surcos hacia un mismo punto y la formación a una cierta distancia de él de las colas de lavado o conos de deyección donde se acumulaban los estériles más finos (fig. 8). De acuerdo con las anteriores evidencias, el sistema de explotación empleado en Las Cavenes fue el selectivo mediante «series de surcos convergentes». En resumen, consiste en ir arrojando agua desde los canales emisarios o de explotación sobre surcos que se trazan en el suelo y que van erosionando sucesivamente el conglomerado aurífero y acarreándolo en forma de lodos hacia los canales de lavado o agogae donde quedaría depositado el oro. El sistema de explotación es bastante homogéneo, puesto que las características topográficas y geológicas del yacimiento aurífero son también bastante uniformes ^^. La topografía con que se encontraban los ingenieros romanos era también muy similar en todos los casos. Se trataba de aprovechar el desnivel del borde amesetado y utilizar esa pendiente para potenciar el valor erosivo de la fuerza hidráulica. ^^ El yacimiento aurífero beneficiado en Las Cavenes está formado por los depósitos conglomeráticos que constituyen las «series rojas neógenas» de la zona. Geomorfológicamente, se trata de la raña que conforma el techo sedimentario en el piedemonte de la Sierra de Francia. Son conglomerados depositados en régimen de abanicos aluviales, con cantos rodados de cuarcita fundamentalmente y con una matriz más arenosa en los niveles superficiales y más arcillosa en los inferiores. La zona explotada en época romana presenta unos cantos rodados subangulares o angulares, es decir, que no han sufrido mucho transporte, ya que se halla en la zona proximal de los abanicos, muy cerca de su área madre. Al ser relativamente pequeña la potencia media de la raña explotada, unos 5 m aproximadamente, es coherente que el sistema de explotación elegido fuera selectivo (Sánchez-Palencia y Orejas, 1994, 159 ss). Este tipo de sistema se contrapone a los que denominamos extensivos y, frente a ellos, se caracteriza por ir removiendo y lavando exhaustivamente y de forma sistemática toda la potencia del conglomerado poco a poco, en sucesivas acciones de la fuerza hidráulica como agente erosivo y extractor del conglomerado ~'\ Lógicamente, las técnicas de explotación selectiva indican una relativa riqueza aurífera del terreno beneficiado. El avance de la mina exigía poder evacuar permanentemente la gran mayoría del material estéril fuera del yacimiento, de forma que el posible frente de explotación quedase siempre limpio y libre para la extracción. Esto se conseguía mediante la excavación de unos canales de evacuación por donde se hacía salir casi todo el material removido, una vez lavado y recogido todo el oro que contenía. Como se ha señalado antes, el material más grueso y pe-"'' Preferimos utilizar la diferenciación general entre técnicas de explotación selectivas y extensivas en vez de otras de carácter más formalista. Para la comparación entre las nomenclaturas propuestas sobre las diversas técnicas: Sánchez-Palencia y Orejas, 1994, 159-162. sado era el único que quedaba depositado en el in-encajonamiento de las vaguadas donde se acumulaterior de la labor minera. Como se puede apreciar en ron hace que los conos de deyección sean más o las figuras 3 y 8 prácticamente cada labor dio lugar menos difusos o nítidos, a una acumulación de estériles. El mayor o menor La carencia de elementos de datación absolutos dificulta la reconstrucción del proceso concreto que siguió la explotación romana en Las Cavenes. El descubrimiento del yacimiento aurífero debió de producirse a través de los placeres fluviales existentes dentro de la propia cuenca. Las trincheras de prospección que se documentan en la zona más septentrional del yacimiento (T-1 a T-5) o incluso más al sur (T-6) (figs. 3 y 8), entre la zona más fuertemente explotada, permiten deducir un intenso trabajo de prospección romana antes del inicio de los trabajos sistemáticos de explotación. Este tipo de sondeo, que lógicamente sólo se habría conservado en aquellas zonas que luego no fueron objeto de explotación intensa, permitiría de sobra ir delimitando las áreas donde la ley de oro era más interesante. Las actuaciones llevadas a cabo en 1998 han proporcionado abundante y novedosa información sobre el desarrollo del laboreo minero, tanto de carácter cualitativo como cuantitativo. Profundizar mínimamente en esta información requeriría un espacio excesivo para los objetivos de este primer trabajo sobre Las Cavenes, por lo que consideramos más apropiado hacerlo en otro momento. Vamos a conformarnos simplemente con resaltar algunos de los resultados más destacados. Los estudios detallados sobre el Sector 4 de las labores han confirmado la cronología relativa propuesta para toda la mina de oro, reflejada en la numeración de las diferentes estructuras según ya se ha indicado. La microtopografía del levantamiento realizado, que afecta en particular a los depósitos d-6 y d-7 y a las labores 4.1 y 4.2, ha facilitado datos muy precisos sobre la relación entre el volumen de agua y el material removido y sobre la ejecución de las técnicas de explotación selectivas mediante surcos convergentes, así como sobre la pendiente y disposición de dichos surcos y el canal de lavado o agoga. A partir de estos últimos estudios se han podido matizar también las primeras valoraciones realizadas sobre el volumen de material removido en toda la mina (Sánchez-Palencia, 1997), que podría estar en torno a los r53 Mm^. Para remover toda esta cantidad de material se construyó una red hidráulica que, según lo hasta ahora documentado, no es inferior a los 20,5 km. Uno de los aspectos más interesantes de la investigación llevada a cabo en Las Cavenes de El Cabaço es la documentación conjunta de estructuras mineras y acondicionamientos agrarios en una misma zona. Esta evidencia viene a ratificar que la activi-dad minera romana nunca tuvo un carácter sectorial y que su puesta en práctica ha de entenderse dentro de una concepción global de la explotación del territorio. Las fechas proporcionadas por la cerámica indican que la organización sistemática de tal explotación no se produjo hasta bien entrado el siglo i d.C, aunque el contexto histórico a una escala comarcal y en particular los testimonios epigráficos sobre la delimitación entre las ciuitates más próximas hacen remontar las primeras medidas de reorganización hasta la época de Augusto. Estas circunstancias son prácticamente las mismas que se han documentado en las zonas mineras, de mayor envergadura y extensión, del noroeste peninsular. Hay que considerar por lo tanto que la vinculación que estableció Plinio el Viejo entre las minas de oro astures, galaicas y lusitanas se produjo ya desde los inicios del laboreo y respondió a una misma política. La complejidad de los trabajos necesarios para beneficiar el oro justificaba plenamente un período relativamente amplio de preparación. En Las Cavenes se puede apreciar claramente el alcance de este primer momento a través de las diversas trincheras de prospección y, sobre todo, por los trabajos de planificación, captación y trazado de la imprescindible red hidráulica. En relación con esta última, los trabajos en Las Cavenes han demostrado también el carácter empírico de la tecnología romana, que condujo a continuas modificaciones de los canales y depósitos en función de la ley del yacimiento. En este primer avance de resultados queda patente que la investigación en Las Cavenes no ha hecho más que empezar. Uno de los objetivos prioritarios ha de ser el estudio del poblamiento y por lo tanto la realización de prospecciones sistemáticas en una área suficientemente amplia. Hay que recordar que las labores mineras y los acondicionamientos agrarios del tipo de los «lindones» cuentan ya con varios indicios claros en las inmediaciones. La prospección ha completarse por otro lado con la excavación de algún núcleo. Parece evidente por el material cerámico recogido en los sondeos que en las inmediaciones de La Fuente de la Mora, seguramente inmediatamente al oeste, ha de existir un asentamiento, cuyo estudio puede proporcionar importantes datos sobre la población involucrada en la explotación de los recursos mineros y agrícolas. Este último aspecto es de capital importancia si se quieren precisar los mecanismos de articulación que estableció el Estado romano entre sus intereses mineros y la reorganización de las ciuitates del territorio vetón. En fin, no queremos olvidar el alcance patrimonial de las actuaciones realizadas y a realizar. En este momento ya se cuenta con un itinerario señalizado que informa al visitante de los aspetos más relevantes de la minería romana en su Sector 4. Nuestro equipo está trabajando en colaboración con el Ayuntamiento de El Cabaço, cuyo interés por los trabajos arqueológicos desarrollados es ciertamente ejemplar, y con la empresa Desarrollo de Recursos Geológicos para completar y ampliar esta labor de proyección social de la zona minera de Las Cavenes y de otros valores culturales o naturales del entorno. En último término se trata de investigar y explotar racionalmente un auténtico Paisaje Cultural, de modo que contribuya al desarrollo de una zona con un indudable potencial turístico. BIBLIOGRAFIA ALVAREZ SANCHÍS, J. R., 1999: Los Vettones. Real Academia de la Historia. ARINO GIL, E. y GARCÍA DE FIGUEROLA PANIAGUA, M., LA MINERÍA AURIFERA ROMANA EN EL NORDESTE DE LUSITÂNIA
Se estudia la metrología en la ceca romana -imperial y provincial-de Augusta Emerita 1. Dividimos el trabajo metrológico en dos grandes apartados, el primero analiza los pesos de las doce emisiones de la Mérida romana y el segundo pretende hacer una comparación con las otras cecas hispanas que, por su emisiones, están más próximas a las emeritenses. A esos dos apartados se añade una pequeña sección dedicada a la metalografía. A través de todo ello se demuestra que hubo dos sistemas metrológicos conviviendo, el republicano y el augústeo, emitiendose en Emerita y que el periodo de mayor auge de las emisiones incluye la etapa final del reinado de Augusto, post 2 a.C., y todo el reinado de Tiberio, lo que podría muy bien señalar el momento de apogeo y embellecimiento de la ciudad. Uno de los mayores problemas que la numismática tiene hoy planteados es el cómo se efectuó el paso del sistema monetario republicano al imperial que Augusto crea posiblemente en el 23 a. C. y que permanecerá vigente hasta tiempos de Diocleciano. No sabemos cómo se realiza la transición de uno a otro, pero sí sabemos que desde luego ello no ocurre ni por decreto imperial, ni en todo el Imperio al mismo tiempo. Es pues de enorme interés el estudio metrológico de aquellas acuñaciones "transicionales" que están a caballo entre la tardía república y los inicios del Imperio, aquellas que tienen lugar entre el año 38 -año del gran reparto de las provincias en Brindisi (Dio Cassio 48, 28)-, el 23 en que suponemos que se hace la gran reforma monetaria imperial y el 2 a. C. en que podría estar ya generalizado, al menos en Hispania, el uso del nuevo patrón. Este interés no es sólo numismático, pues la reforma en que se llevan a término estas disposiciones imperiales nos proporciona una rica información sobre las redes del poder político y económico en las provincias y su real dependencia de Roma. Por ello, las acuñaciones de Perusa, Narbo, Arausio, Nemausus y en Hispania Celsa, todas ellas llevadas a cabo entre el 45 y el 27 a. C., han merecido una gran atención 2, y por lo mismo, también pueden dar una gran información aquellas cecas que inauguran el nuevo sistema de manera progresiva, creo yo. Éste es el caso de la colonia Emerita, excepcional para la comprensión de este cambio pues en la ciudad no sólo se emitieron monedas imperiales (c. C.) bajo el mandato de P. Carisio durante la segunda etapa de las guerras cántabras, sino también, monedas coloniales, desde su fundación (24-13 a. C.) como cabeza de la Lusitania. Excepto las imperiales, emitidas por P. Carisio, el resto parece haber seguido el patrón hispánico pre-reforma. Sólo tras el año 2 a. C. y durante todo el reinado de Tiberio, las emisiones emeritenses, ahora ya profusas, se acoplarán al sistema imperial. Después de Tiberio Emerita no acuñará más moneda. La discusión metrológica que vamos a plantear aquí se ocasiona porque al final de la República la Lex Papiria (91 a. C.) había pretendido regular los pesos de la moneda de bronce, con una base teórica de 13.62 3 g para los ases y de, aproximadamente, 7 y 3,5 g para los semises y cuadrantes. La ley no tuvo demasiada vigencia puesto que no se acuñó casi bronce en Roma desde ESTUDIO esas fechas hasta tiempos de Augusto, por ello nos han quedado muy pocos ejemplares en los que podamos basarnos para constatar el uso y el efecto de la ley. En época augústea, más específicamente en el 23 a. C., se van a estructurar los pesos dentro de las profundas transformaciones que conllevó la reforma de Augusto de ese año 4. Una gran gama de esas emisiones transicionales no sabemos encuadrarla ni en fechas ni en valores. Sus altos pesos, en algunos casos, podrían indicarnos que están siendo acuñados todavía según la ley Papiria ya devaluada, según patrones provinciales o que, por el contrario, estamos ya ante dupondios de nueva ley. La reforma monetaria llevada a cabo por Augusto (lex Iulia) tuvo como base el patrón de 10,92 g es decir de 1/30 de la libra romana 5. Esta reforma también se realizó en las mismas fechas en Asia Menor (27-23 a. C.) pero no se incorporará en Roma hasta c. C., siendo por tanto Emerita la primera colonia occidental en implantarla en sus emisiones. Uno o dos años antes esta metrología se había ya aplicado en el NO. en sus emisiones "militares" 6 que llamamos de "caetra", acuñadas posiblemente en Lucus Augusti. Ese nuevo sistema consistió en una escala de múltiplos y submúltiplos, cuyos valores más altos eran el sestercio en oricalco (cuatro ases), el dupondio en oricalco (dos ases), el as en cobre (unidad), y sus divisores, el semis en cobre (medio as) y el cuadrante en cobre (cuarto de as). Además el denario de plata (cuatro sestercios) y el áureo (25 denarios) 7. En Augusta Emerita no se acuñará moneda de oro que, sin embargo, sí se introducirá en el sistema augústeo, posiblemente porque la acuñación imperial emeritense es anterior a la creación del sistema. Sí se emitirá el oro en las colonias de Patricia y Celsa en los años 18-16 a. C. Esta ausencia de oro en Emerita podría darnos, según García-Bellido, una fecha post quem 25 a. C. para una explotación imperial dirigida en los auraria de la Península 8. Recordemos que el áureo se introduce en el sistema monetario tan solo dos años después de la fundación de Emerita y uno después de la partida de Augusto de Hispania, tras una estancia de tres años en ella, lo que podría indicar que su inauguración dependió de la explotación hispánica. Antes de entrar en la descripción de las series tenemos que tener en cuenta que las monedas de oro y plata se acuñaron al peso, es decir, el control en la cantidad de metal era mucho más rígido que en las emisiones de bronce, que se obtenían por lo general "al marco"; es decir de una libra se fabricaba un número de monedas determinado, siendo por ello la propia técnica de la acuñación empleada la que ocasionaba un peso variable. De hecho, hemos constatado en Emerita la utilización de la fundición de los flanes monetarios en rosario, lo que conlleva muy poca precisión en los pesos individuales 9. Otro de los problemas que pretendemos abordar en este análisis es la aparente diferencia de producción entre unas emisiones y otras, cuya escasez en algunos casos hemos podido vislumbrar por los hallazgos, pero en otros queda hoy sin posible explicación histórica. METROLOGÍA DE LA CECA EMERITENSE Las diferentes series se han estructurado en función de nuestro estudio de cuños a través del cual hemos podido diferenciar doce series, a las que hemos otorgado un número de orden que sigue una cronología relativa aunque, como veremos, también existen series paralelas, es decir coetáneas 10. Algunos hitos nos permiten dar cronologías absolutas por lo que las emisiones emeritenses pueden ser fechadas con mayor precisión que la mayoría de las otras ciudades peninsulares. Tanto la metrología como la iconografía han permitido diferenciar tres grandes periodos de la historia de la moneda en Emerita, periodos que se adaptan perfectamente a los hitos históricos de la ciudad que conocemos por las fuentes: 1o) Una etapa imperial, dependiente de la administración augústea, aplicada a asuntos militares, mientras la guerra dura, en la que la moneda ilustra temas de conquista (25-19 a.C?); 2o) su etapa colonial, con independencia de la administración imperial pero sin haberse convertido todavía en capital provincial, con temas cívico-fundacionales (23-13 a.C?) y 3a) su etapa provincial, como capital de Lusitania, provincia que se crea posiblemente en el año 13 a.C. a pesar de las palabras de Dion Cassio. Sus temas son ahora de menos en menos dirigidos a la ciudad y más a su papel de capital provincial. En esta etapa el mayor apogeo de la emisión de moneda se presencia tras el 2 a.C y durante el reinado de Tiberio. 5 Las variaciones de los pesos en los ases hicieron pensar a Mattingly (BMC, p. 3) en un peso base, para la unidad (as) de 10,92 y 11 g; esta leve diferencia la consideramos por nuestra parte como insignificante. Para profundizar en el tema podemos utilizar el artículo de M. Amandry referido en la nota 2. 10 Esta estructuración en doce series también se fundamenta en motivos iconográficos y metrológicos analizados en la tesis doctoral inédita, mencionada en la nota 1 y que por la extensión del tema no incluimos en este trabajo. Estructuraciones similares para la ceca emeritense encontramos desde la obra de Vives (1926) y por último en la de García-Bellido y Blázquez (2001). Los parámetros metrológicos empleados en las distintas emisiones de la Mérida romana están en la fig. 1 11: 1.1. Las primeras monedas acuñadas por la ceca emeritense fueron emitidas bajo el control de P. Carisio, legado augustal para las campañas cántabras. Se trata de moneda de plata y a ello se debe el cuidado en el control de los pesos, mucho más rígido que en las piezas de bronce. Tradicionalmente estas emisiones se fechan en los primeros años de la fundación de la colonia (25-23 a. C.) y se componen de dos valores en plata: denarios y quinarios. Han sido de siempre calificadas como "moneda imperial", presentan una iconografía conmemorativa del triunfo sobre los cántabros y parecen emitidas inmediatamente después de la supuesta finalización de las guerras en el 25-24 a. C. que llevaron a Augusto a mandar cerrar prematuramente las puertas del templo de Jano (Dion Cassio 53,27,2), cuando en realidad la guerra no había terminado tal y como demostraría la necesidad de nuevas campañas bajo Agripa. Pero sabemos que con los emeriti de esta primera fase de la guerra se funda Augusta Emerita y se acuña ahora la plata para pagar estipendios y licenciamientos, en ella, puesto que en una de las series se inscribe EMERI-TA en el dintel de la puerta de la ciudad12. La dispersión de estas monedas documenta escasos hallazgos en el noroeste peninsular; sin embargo, García-Bellido ha atestiguado una frecuente presencia de esta plata emeritense en Germania superior/Raetia, llevándole a proponer que una legión entera parte hacia allí, y que con los nuevos licenciados se funda la colonia Augusta Emerita Raurica años después, emeriti de la legio V Alaudae que quisieron conmemorar, con el mismo nombre, su hermandad con los de Lusitania13. Sabemos que la guerra cántabra continúa, obligando a Agripa a una venida a Hispania en el año 19 a.C. fecha en que se puede dar por pacificada la región. Esta mitad del denario, siguiendo los pesos imperiales antes referidos, debe corresponderse con unos 1,92-1,82 g. Los cálculos arrojan una media de 1,68 y una oscilación que en ningún momento cae por debajo de 1,45 ni supera los 1,96 g. De nuevo nos encontramos con unos patrones un tanto inferiores de la media oficial, aunque habría que pensar que la oscilación hace que el quinario se encuentre en una banda regular y permitiría, por tanto, que pasara los controles habituales para este tipo de monedas; sobre todo, sí creemos que este valor fue el más utilizado por su menor liquidez, siendo más práctico a la hora de establecer intercambios cotidianos. En el gráfico, que se encuentra al final del estudio, se atestigua una concentración de pesos entre 1 ́5 y 2 g, coincidiendo los pesos absolutos de casi todos los ejemplares con el peso medio establecido. La presencia de estos quinarios en Hispania está atestiguada especialmente en el NO y en la zona portuguesa aunque también en otros puntos de Levante y el sur 15. Denario (RIC I 2; DCyP, 122, 1a 3 ).-El denario tuvo un peso comprendido entre 3,85-3,65 g16 En la Mérida romana, Publio Carisio, como responsable de la emi- sión, acuñó un denario con un peso medio de 3,59, levemente inferior a la banda antes indicada, pero que en todo caso no es sintomático, ya que los demás ejemplares analizados presentan una oscilación comprendida entre los 2,36-4,00 g indicando que se mantienen dentro de la calidad métrica que caracterizó las emisiones romanas en plata de época de Augusto. La segunda emisión de la ceca emeritense es posiblemente, coetánea a la primera y ambas de naturaleza imperial. También se acuñan denarios, y, además, se amplía la producción a valores en bronce (dupondios y ases), dando respuesta a las necesidades propias de una circulación bélica que precisa tanto de moneda fuerte para el pago final de soldadas como de moneda de menor valor, de tipo campamental. De hecho, estos bronces son firmados por Publio Carisio, como legado imperial y se encuentran con frecuencia en el NO. peninsular y en campamentos de Germania como en Novaesium y Abodiacum17. Denario (RIC I 4-10; DCyP, 123, 2a 4-9).-En este segundo momento se potencia la producción de denarios, probablemente en respuesta al escaso volumen de denarios de la primera serie y en compensación a la gran emisión de quinarios, amén de otras razones políticomilitares que se iban produciendo en la colonia recién fundada y que, posiblemente, coincidan con el momento de pagar a los soldados que parten hacia Raetia y a los eméritos que primigeniamente poblaron la ciudad y que forzaron la acuñación de este tipo de monedas. A tenor de los pesos vemos cómo, ahora, la media (3,62 g) encaja perfectamente en el intervalo oficial antes comentado y que la oscilación no supera el gramo en ningún caso. Los pesos medios, que hemos establecido, se corresponden con los pesos teóricos de la mayoría de las monedas utilizadas, manteniendo cada unidad una oscilación entre los 3,5-4 g de la escala. Sobre este tipo de monedas se han defendido dos opiniones respecto al valor que corresponde. A. Vives en 1906 (140, 16-141, 1) las clasificó como ases y C. H. V. Sutherland en 1984, tras unos análisis metalográficos en los que se detectó el oricalco, las consideró como dupondios (RIC, I 2, 11a-b), interpretación, que indudablemente es la correcta. De los once ejemplares que hemos estudiado se deduce un peso medio de 9,46 g. La oscilación de sus pesos tampoco es muy grande (poco más de dos gramos) 8,40-10,85 g, hecho que creemos se debió a un mayor cuidado en la confección de los cospeles de estas piezas, cuya aleación de latón (Cu+Zn) era más costosa que las de bronce (Cu+Sn). Además, no debemos olvidar que estamos en una ceca imperial, habituada a la acuñación de plata y por ello con métodos mucho más precisos que los usados en las series coloniales emeritenses que a continuación comentaremos. As ( RIC I, 13-25; DCyP, 123, 2a12 y 13).-En esta primera y voluminosa emisión de ases emeritenses encontramos una media de 10,92 g que encaja perfectamente con la nueva métrica impuesta por el príncipe Augusto y basada en una unidad de 11 g. Sí podemos apreciar que el peso de estas monedas es más variable, con una fuerte oscilación comprendida entre los 6,00 y los 14,30 g. Las 205 monedas utilizadas para realizar este análisis concentran sus pesos entre los 8 a los 11 g por lo que el peso medio se mantiene cercano a los pesos teóricos de estas unidades. El segundo gran período de la ceca emeritense se corresponde con la producción de la propia colonia sin, al parecer, intervención imperial. Iconográficamente son las primeras emisiones con tipos relativos a la propia fundación de la ciudad (deidad mayor/yunta fundacional/insignias legionarias con los números de las unidades) y no a la conquista. Además de esta clara independencia iconográfica, la ceca utiliza ahora un patrón local, mucho más pesado que el imperial 18. Desgraciadamente la localización de los hallazgos no justifica la producción de esta serie para un fin determinado. Pero en Oberhausen (Augusta Vindelicum), uno de los campamentos más tempranos de Germania superior, se ha hallado un semis emeritense, sin duda un recuerdo sentimental llevado desde Hispania a Germania por un soldado allí trasladado 19. Ello nos indica que de alguna manera este bronce también tuvo relación con las tropas fundadoras y, sobre todo, nos da una fecha muy temprana para esta emisión por el hallazgo de Oberhausen, cuya vida corre del 10/8 a.C. al 6/9 d.C., aunque es cierto que con habitación esporádica, no campamental, hasta el 16 d.C. El semis de Emerita aparece junto a un quinario y un denario también de Emerita de las 1a y 2a serie, y junto a un bronce de Celsa anterior al 13 a.C. 20. Tercera serie (Augusto, metrología hispana pre-reforma monetaria) Esta situación se encuentra en consonancia con las características propias de la emisión, ya que un cotejo de las piezas permite observar una falta de pericia técnica en la regularidad de los cuños realizados. Todo ello lo podríamos relacionar con la primera experiencia local que debió de tener la ceca de la Mérida romana respecto a los pesos, tenemos aquí documentada la supervivencia en época augústea del sistema republicano con un peso para la unidad de 13 g constatado en otras cecas peninsulares. Concluimos creyendo que esta serie pudo ser coetánea en el tiempo con las oficiales de P. Carisio (las dos anteriores), si bien, ahora, es la propia ciudad la responsable de su emisión. Es incluso posible que los talleres y los operarios dentro de la ciudad fueran distintos, dada la diferente calidad y metrología de las emisiones. Cuarta serie (Augusto, metrología hispana pre-reforma monetaria) Estas monedas iconográficamente muestran una continuidad respecto a la anterior emisión, ya que hacen alusión a ritos locales por lo que debemos entenderlas próximas en el tiempo, cuando no cronológicamente paralelas a las dos series anteriores. Frente a la anterior serie, que solamente acuñó ases, ésta además cuenta con divisores semises y cuadrantes que paliaron la carencia de monedas de poco valor en la propia ciudad y en sus inmediaciones. Motivo éste muy propio de las emisiones coloniales emeritenses. Los escasos hallazgos, sólo un testimonio en Castrejón de Capote (Badajoz) y el de Oberhausen arriba mencionado, no permite evaluar la difusión de la serie que, parece muy vinculada al propio territorio de Emerita 21. As (RPC 6-7; DCyP, 124, 4a15).-Las unidades que se acuñaron en este momento mantienen unos valores medios un tanto altos (14,06 g) para estas denominaciones, si los referimos a los patrones establecidos en el principado de Augusto y que ya en la segunda emisión de esta ceca fueron utilizados, por lo que se puede plantear la perduración de la métrica pre-reforma en época augústea. M. Amandry ha encontrado en Galia unos valores altos y similares a los que aquí mostramos, interpretándolos como emisiones pre-reforma 22. Entre la moneda más ligera (10,09) y la más pesada (17,00) existe una oscilación de casi 7 g, y esta sensible diferencia la achacamos a la realización de cospeles irregulares, fabricados por el sistema de fundición con técnica en rosario 23. El peso medio fijado en esta emisión no se corresponde con los pesos reales. Además, nos enfrentamos al problema de contar con pocos ejemplares para elaborar un gráfico fiable que precisara más los matices evolutivos de los avatares en esta producción. Los análisis metalográficos de tres ejemplares RPC 6 permiten observar una notable variabilidad en la aleación: así el cobre oscila entre 96 ́6 y 88 ́5 % y lo mismo sucede con el estaño que presenta cifras entre 8 ́6 y 2 ́96 %, mientras que el plomo en esta serie no supera el 1 % en ningún caso 24. Semis (RPC 8; DCyP, 124, 4a16).-Los primeros divisores acuñados por la ceca emeritense tienen una métrica en consonancia con la mitad de un as de 11 g. Estas cifras parecen lo bastante significativas para pensar en unos pesos cuidados, sobre todo en relación con otros valores, que permitiesen una confianza entre los usuarios de estas nuevas denominaciones en un ámbito local. Sólo contamos con cuatro ejemplares (con un solo cuño de anverso y dos de reverso atestiguados) de esta emisión que no nos permiten precisar matices y evoluciones dentro de la propia serie. Creemos que se trata de la misma, pese a la diferencia de sus pesos, por la continuación de los tipos de anverso, una divinidad arrojando agua por la boca. Cuadrante (RPC 9; DCyP, 124, 4a17).-Estos primeros cuartos de as acuñados en Augusta Emerita tienen un peso medio de 2,24 g, un tanto bajo sobre todo si se compara con la precisión mantenida en los semises. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los escasos ejemplares constatados, solamente dos salidos de la misma pareja de cuños, no nos permiten poder profundizar más en su análisis metrológico. Quinta serie (Augusto, metrología hispana pre-reforma monetaria) En este momento la ciudad continúa haciendo referencia en su producción monetaria a la reciente fundación y por ello ilustra elementos locales tan destacados como el río y el sistema poliorcético de la ciudad. Esta serie de carácter local se clasificaba, tradicionalmente, entre las de época augústea de la ciudad 25. Ahora, podemos precisar que se sitúa entre las series locales paralelas a ellas y anteriores al 2 a. C. La mejor justificación de la producción de dupondios, en esta emisión, es la expuesta por M. Amandry que considera que este valor se volvió a acuñar por una cuestión de ahorro de los costes de producción, aunque no se contaba con un modelo inmediato, su empleo se ha constatado en todo occidente, sobre todo en la Galia e Hispania 26. La circulación de estas monedas demuestra su predominio en el territorio lusitano (Montemolín, Ribera del Fresno y Ruecas) pero también las encontramos en el noroeste: Oporto, Castelo; Levante: Camporrobles y en la Bética: Montefrío. Es posible que la mayor dispersión geográfica de estas monedas sea debida a los militares tras las campañas. Dupondio (RPC 10; DCyP, 124, 5a18).-En indudable relación con el ahorro de los costes, antes comentado, están los pesos bajos de los duplos emeritenses, debido a que ahora se realizan en oricalco, con una media de 18,39 g, y una variación de unos 5 g (16,18-21,83). Estas deficiencias técnicas y métricas constituyen una muestra del bajo nivel técnico de la ceca colonial. Respecto a la evolución de los pesos, sólo disponemos de cuatro ejemplares por lo que no podemos precisar cambios o grupos formados a partir de sus pesos. As (RPC 11; DCyP, 124, 5a19) fig. 9.-En este caso la elevada cantidad de monedas examinadas, cerca de 70, permite un margen de confianza. Estos datos hacen sospechar un sistema de producción más preocupado por emitir un alto número de monedas que por mantener un peso uniforme. En ello influyó la técnica de fundición en árbol o rosario, de la que todavía reconocemos los puntos de unión debidamente cortados que se utilizó para la acuñación y en la que la imprecisión del vertido de metal origina una sensible oscilación de los pesos. La media de 11 g está en consonancia con las establecidas en época augústea por lo que podría distar poco tiempo de las primeras series imperiales. Los análisis metalográficos de estos ases reflejan que la correlación entre cobre, plomo y estaño no resulta en absoluto homogénea si no que los porcen-tajes de estos elementos varían notablemente 27. S. Parrado observa la fuerte variabilidad existente en las emisiones augústeas emeritenses frente a la mayor homogeneidad en las aleaciones tiberianas 28. Si comparamos los datos de los seis ejemplares analizados se observa que el cobre llega a alcanzar un 95 ́50 % pero en otros casos desciende hasta el 81 ́50 %. Algo similar sucede con el plomo que en algunas piezas llega al 11 ́65 % mientras en otras no alcanza el 1 %. También el estaño oscila entre 8 ́26% y el 0 ́05 % aunque en la mayoría de los ases anda cerca del 5 %. Se inicia ahora lo que hemos definido como período provincial de la ceca, cuando Emerita asume el papel de capital provincial y cambia tanto su iconografía como la proporción de emisiones, más voluminosas y completas en valores que las anteriores. El apogeo de esta representatividad tendrá lugar con Tiberio. Se trata de la toma de conciencia por la ciudad de su papel de capital provincial y nos encontramos por primera vez en moneda local con retratos del príncipe Augusto y con ejemplos palmarios, que vuelven a los tipos iniciales, de la puerta y su recinto murario, la fundación colonial, las legiones fundadoras y la religión 29. Esta emisión cuenta con el más amplio número de valores acuñado, en esta ceca, parangonable sólo a otras capitales hispanas, como es el caso de Patricia en la Bética. Sexta Serie (Augusto, metrología provincial post-reforma) Es la primera vez, a excepción de la acuñación imperial inicial, que se implanta la metrología augústea en Emerita. Esta producción cuenta con la inclusión del título pater patriae en la leyenda de anverso, por lo que se fecha post 2 a. C. Sus hallazgos predominan en la zona occidental peninsular (Pontevedra, Cogolludo, Faro en el Algarbe portugués, Torres Vedras, en la desembocadura del Tajo), por lo que las necesidades que suplieron serían predominantemente de carácter provincial. Habría que conocer la composición metalográfica para ver si la diferencia de peso se basa en la diferencia de aleación metálica, es decir que sea o no oricalco y cobre. Hasta el momento esta es la variación mayor de pesos constatada en una misma emisión30. El gráfico correspon-diente no nos aclara nada al respecto, ya que contamos con escasos ejemplares para realizar un análisis en profundidad. Esta disposición estaría dentro de la norma que ya se ha atestiguado en anteriores emisiones (unidades de la quinta y cuarta emisión). Esto evidencia una vez más el poco cuidado que se tenía a la hora de confeccionar los cospeles de las monedas de escaso valor. Ocurre algo similar en los valores del semis y cuadrante de la serie que hemos denominado cuarta (RPC 8 y 9). Cuadrante (RPC 19; DCyP, 125, 6a27).-En esta segunda, y última, emisión de cuadrantes en la ceca emeritense encontramos unos pesos medios de 2,68 g, bastante próximos a un cuarto de una unidad de once gramos. Las oscilaciones de pesos, en estos valores bajos de la escala, suelen variar tanto como en las unidades y duplos. La emisión, de carácter provincial, de ases y duplos de este momento tiene como referente los dos tipos más significativos de la ceca: la cabeza del príncipe y la puerta de la ciudad y entrarían dentro de las series dedicadas, en época tiberiana, a la divinización de Augusto 31. Estas características también las encontramos en otras series de dupondios, por ejemplo en la emisión anterior los pesos son similares y se observa una amplia oscilación en las monedas; pero no ocurre lo mismo en la quinta donde la menor variabilidad de los pesos pudo responder a un mayor cuidado en la producción de cospeles, hecho éste constatado en otras cecas hispanas que acuñaron bajo el gobierno de Tiberio 32. Los gráficos muestran la amplitud antes comentada y, además, hemos creído poder diferenciar tres grupos: uno con pesos altos (25-23 g), otro comprendido entre los 21-19 g y un último de pesos bajos (15-17 g) que pueden corresponder a diferencias cronológicas entre ellos, o diferentes composiciones metálicas 33. No hay hallazgos de estas monedas que puedan ayudarnos a esclarecer su finalidad. As (RPC 22; DCyP, 125, 7a29).-La media que tenemos en estos ases (9,27) es un tanto baja para el patrón estipulado en época de Augusto. Los ejemplares estudiados no son muy numerosos (29 ases) para poder establecer unas conclusiones fiables pero podemos aportar el dato de una moneda más ligera con 7,59 g y de la más pesada que tiene 13,00 g. Estos valores están muy próximos a las unidades de la segunda emisión. La disposición del gráfico se distribuye uniformemente sin que podamos precisar concentraciones que coincidan con el peso medio antes comentado. Sin duda, esta fuerte diferencia petrológica está vinculada con la gran variabilidad que revelan los análisis metalográficos de estos ases. Se trata siempre de aleaciones ternarias pero la ratio entre Cu, Pb y Sn no resulta en absoluto homogénea 34. Respecto a su circulación no hemos podido encontrar hallazgos constatados que nos apoyen. Este momento productivo provincial se caracterizó por la acuñación de abundantes duplos y unidades con tipos alusivos a la ciudad y al culto imperial. La intención iconográfica es la de resaltar la adoración al emperador. Los hallazgos de estas monedas se producen en la actual región de Extremadura y el oeste de Castilla La Mancha (Alcantara y La Bienvenida), aunque también se testimonian en Andalucía (Nueva Carteya, provincia de Córdoba y provincia de Cádiz), lo que parece indicarnos que su objetivo fue complementar el circulante provincial 35. De nuevo, nos encontramos con una dinámica que parece ser común en la ceca emeritense: el poco interés en regular unos pesos próximos a los oficiales, lo que hace suponer que lo importante es fabricar un determinado número de monedas con una cierta cantidad de metal. Si nos fijamos en la media sí encontramos un peso próximo al teórico para estos valores. En este caso contamos con monedas suficientes para poder analizar el comportamiento de los pesos en el gráfico que ratifica cómo se distribuyen uniformemente a lo largo de la oscilación sin que podamos precisar concentraciones. Estos resultados están muy próximos a los de las emisiones anteriores. El gráfico de este valor de la 8a emisión se distribuye a lo largo de la oscilación manteniendo una concentración en torno a los 12 g, un poco alejado del peso medio establecido. Los análisis metalográficos de ases RPC 26 se mantienen en una línea similar a las emisiones anteriores: el cobre juega un papel importante pero no con una cantidad estable y algo similar sucede con el estaño36. La última serie dedicada a la divinización de Augusto se compone de duplos, unidades y mitades. La inclusión de las iniciales de la ciudad Colonia Augusta Emerita en la leyenda la diferencian de las dos series anteriores. Su producción podría haber sido paralela a ellas o consecutiva, pues no disponemos de datos para establecer una cronología relativa dentro de los primeros años del principado de Tiberio. Dupondio (RPC 30; DCyP, 126, 9a34).-Los trece ejemplares que hemos podido recopilar arrojan un peso medio de 22,30 g y una amplitud métrica de 16,18 g (15,18-31,46), es decir, continúan la tónica marcada por las anteriores emisiones de grandes diferencias en una misma serie (duplos de la quinta y sexta). En el gráfico correspondiente no podemos precisar nada ya que son pocos los ejemplares y se encuentran distribuidos a lo largo de la oscilación. No tenemos constancia de hallazgos. De nuevo, vemos una media ajustada a los pesos oficiales augústeos, pero una variación amplia en pesos absolutos, al igual que en anteriores emisiones. El gráfico correspondiente tiene una concentración de valores en torno a los diez-once gramos que coincide con el peso medio de estas monedas. Contamos con análisis de estas monedas en el RPC y en un trabajo de S. Parrado en el que el cobre es el metal preponderante con más del 90 % de su composición 37. Semis (Semis 37; DCyP, 126, 9a39).-Pocos son los ejemplares que hemos podido atestiguar de esta emisión (tres ejemplares), lo que no nos permite establecer unos valores métricos lo suficientemente fiables. Estas medidas están próximas a anteriores emisiones de mitades, sobre todo de la cuarta emisión. El gráfico no aclara nada respecto de la evolución. Abandonamos las emisiones dedicadas a la deificación de Augusto en el gobierno de Tiberio para entrar en una serie de duplos donde se hace propaganda expresa de Livia, esposa de Augusto y madre de Tiberio 38. C., por la alusión a la recuperación de la emperatriz e inmediatamente hecha tras las tres series anteriores dedicadas a la divinización. Esta representación de Livia no es exclusiva de la ceca emeritense, también la encontramos en Caesaraugusta (RPC 341) e Italica (RPC 66-67). En las tres cecas sobre acuñaciones tiberianas y con la misma iconográfia: entronizada y con cetro. Sin embargo, su peso medio 22,11 g se ajusta a los parámetros normales. Esta penúltima serie la componen solamente ases dedicados a la memoria de Livia, representada de perfil en reverso, mientras que en el anverso aparece el retrato de su hijo Tiberio, tipo por primera vez presente en la ceca de la Mérida romana. Esta serie es paralela en el tiempo a la doceava con la que comparte un cuño de anverso. No consideramos que estas monedas formen parte de la serie siguiente por los tipos de reverso -retrato de Julia-los cuales son una excepción que nada tiene que ver con los tipos empleados posteriormente (puerta, altar y templo). As (RPC 40; DCyP, 126, 11a42, fig. 17.-La docena de ases recopilados proporcionan uno peso medio de 11,87 g, por lo que continuamos con una metrología próxima a la de las series anteriores. También vale la pena señalar que los 3 g de intérvalo (10,34-13,37 g), constituyen un claro indicativo del cuidado métrico en época tiberiana, algo que no se había producido bajo Augusto. La última de las acuñaciones provinciales de Emerita del principado de Tiberio, quien ocupa el tipo de anverso mientras en los reversos se mantiene los anteriores motivos (puerta, altar y templo). Estos son utilizados ahora para expresar una continuidad que parece también reflejarse en los pesos numismáticos. Los valores que cierran la producción de la ceca, dupondios, ases y semises, aportan un nuevo numerario a la colonia de los valores más utilizados a lo largo de las doce emisiones cívicas. Se proclama la vinculación de la propia ciudad a Tiberio, repitiendo tipos ya empleados con Augusto 39. Parece que continúan produciéndose las monedas, en esta última serie tiberiana, con la misma escasa pericia y cuidado métrico que en anteriores momentos. As (RPC 42-48; DCyP, 127, 12a44-49).-Las 247 monedas que hemos atestiguado nos dan un peso medio en la acuñación de 10,80 g y una amplia oscilación de 12,36 g (5,30-17,66), lo que continúa indicando una tendencia parecida a las anteriores series de ases producidos en sus respectivas producciones, para unas técnicas de fabricación de cospeles y una pericia de los operarios que hicieron estas monedas. El gráfico muestra una concentración destacada entre los 10 y 12 g coincidente con el peso medio de esta emisión. No contamos con hallazgos documentados de estas monedas por lo que no podemos conjeturar sobre su finalidad. Los análisis metalográficos de estos ases tiberianos han revelado que se sigue utilizando la misma aleación ternaria de época augústea; sin embargo, en estos bronces emeritenses se observa un incremento del % de cobre, algo que sin duda esta en relación con la aplicación de la reforma monetaria implantada por Augusto 40. Ahora el cobre y el hierro alcanzan cifras superiores con Tiberio a las augústeas mientras el plomo y el estaño descienden. Además en línea general las series tiberianas presentan una mayor homogeneidad en la aleación. Estos pesos son parecidos a otras series de semises acuñados en Emerita Augusta. El correspondiente gráfico parece coincidir con el peso medio, aunque los pocos ejemplares constatados, ocho, no nos permiten precisar esta cuestión. METROLOGÍA COMPARADA EN COLONIAS AUGÚSTEAS HISPANAS: TRADUCTA, PATRICIA, PAX IULIA Y EBORA. En este segundo apartado analizamos los pesos de aquellas cecas coloniales en época de Augusto que presentan una vinculación más directa con Augusta Emerita por causas estilísticas, de status jurídico, cronológicas o geográficas. La sexta emisión emeritense, es decir, la primera de carácter provincial es la que mantiene mayor vinculación con otras cecas augústeas, ya que sus valores, imágenes y métrica coinciden con los de otros talleres que a continuación analizamos. Hemos seleccionado Pax Iulia y Ebora, en la Lusitania y Patricia y Traducta, en la Bética. Los pesos medios que vamos a comparar proceden del trabajo de A. Burnett, M. Amandry y P. P. Ripollès 41. Hemos creído conveniente hacer un cua- dro general comparativo, además de incluir uno específico en cada apartado de ceca: TRADUCTA Esta colonia, de cuya categoría en su estatuto jurídico presenta ciertas dudas 42, acuña una segunda emisión de monedas con valores parangonables a duplos, unidades, mitades y cuartos romanos, coincidentes éstos con los acuñados en la capital de la Lusitania 43. Además, no podemos precisar más la fecha de las monedas de Traducta ya que no aparece el título de Padre de la Patria que sí encontramos en las de la Mérida romana. El paralelo más próximo en el tiempo, y en cuanto a sus denominaciones, es la sexta emisión de Emerita donde encontramos, en época de Augusto, los mismos valores en las dos cecas (duplos, unidades, medios y cuartos). Por ello creemos que es el momento productivo más oportuno para proceder a su comparación. Los duplos de las dos cecas presentan unos pesos, 19,76 g (Traducta) y 19,47 g (Emerita), prácticamente iguales en ambas (diferencia de 0,29 g). Sin embargo, las unidades presentan unos valores de 9,55 g y 11,03 g, con una diferencia superior al gramo, lo suficientemente signifi-cativa para poder entrever una variación de técnica entre ambos talleres. Las mitades responden a unos pesos medios de 4,54 g y 3,42 g respectivamente, es decir, poco más de un gramo de diferencia y por último, los cuartos que en Iulia Traducta tienen 2,62 g y en Emerita Augusta de 2,68 g, son prácticamente iguales. Por lo que respecta a la composición química S. Parrado nos indica que los ejemplares analizados del museo de Valladolid 44 ofrecen una aleación ternaria cobre-plomoestaño en la que el cobre tiene la proporción mayoritaria. También resalta la autora la presencia de plomo que llega a ser del 35% de la aleación, concluyendo que este comportamiento es un hecho diferenciador de Traducta frente al resto de cecas hispanas augústeas. La capital de la provincia ulterior Baetica cuenta con la serie de valores más completa de la península ibérica, homologables a sestercios, dupondios, ases, semises y cuadrantes romanos augústeos 45, paralelizables a las realizadas en Oriente (RPC, 1462-1466) por la ceca de Achaea y conocida como "fleet coinage". Colonia Patricia comparte con Emerita ciertas características numismáticas (tipos: insignias legionarias, corona cívi- 42 Volk (1994). Cebrián (1997) pp. 63-66. ca, instrumentos sacerdotales), históricas (capitales provinciales romanas), que hemos creído lo suficientemente interesantes como para comparar los pesos de la serie 6a emeritense a la única patriciense. De nuevo en los análisis de S. Parrado 46 encontramos un incremento en los porcentajes de estaño, no existiendo asociaciones significativas entre los demás elementos utilizados (cobre y plomo). La sexta emisión de Emerita se fecha post-12 a.C. para Patricia y 2 a.C. en Emerita. La de Patricia parece una emisión conmemorativa por su calidad y singularidad, y por ello el uso del sistema augústeo es lógico y similar al de las primeras emisiones de Emerita. No sabemos qué patrón hubiera elegido Patricia de seguir acuñando más adelante con temas ciudadanos. En la fígura 23 hemos incluido el sestercio Patriciense aunque no contamos con paralelos en Emerita, pero es a partir del dupondio donde vamos a proceder a una comparación entre las dos cecas. Los duplos de Patricia presentan un peso de 19,44 g, frente a los 19,47 de Emerita, con diferencia mínima entre ellos. Las unidades de la Córdoba romana presentan unos pesos de 10,03 g frente a los 11,03 g de la Mérida romana, es decir un gramo de diferencia; las mitades de ambas cecas presentan una diferencia superior al gramo (5,52-3,92). Así pues las diferencias ponderales entre ellos son mínimas. PAX IVLIA Dentro de la Lusitania romana se encuentra la Colonia Pax Iulia, Beja, Portugal; que acuñó junto con Emerita y Ebora y presenta en sus reversos una figura femenina que podría ser interpretada como la Pax constitu-yendo un tipo parlante ciudadano47. La fecha de emisión de estas monedas es discutida y podría corresponder bien a la fundación de la colonia en el 30 a. C. coincidiendo con la visita de Augusto 48. Pax Iulia cuenta con varias emisiones que permiten comparar sus pesos y además tiene, de época augústea, valores comunes al taller emeritense. Hemos elegido las dos emisiones de Pax Iulia y los ases de la quinta y sexta emeritenses para proceder a su comparación, ya que pensamos que las dos series de Pax Iulia guardan relación con dos momentos diferentes en función de la reforma augústea, tal y como ocurrió en Emerita, aunque contamos con fechas difíciles de precisar en ambas cecas. Reflexionando sobre la variación en los pesos, todos tienen un umbral propio de la técnica de acuñación al marco, con la que se realizan los cospeles, que no ofrecen garantías de producir monedas con pesos exactos. Estamos ante una situación que podría ser parecida en ambos talleres y que podría generalizarse en las demás cecas que hemos elegido para ser comparadas con las producciones monetales de la Mérida romana, aunque contamos con pocos ejemplos que lo testimonien. (duplos y unidades), con la fórmula PERMISSV CAESARIS AVGVSTI. Los tipos empleados, instrumentos sacerdotales y corona cívica, relacionan esta ceca, estilística e iconográficamente, con la de Patricia 49. Esta emisión eborense tiene como paralelo inmediato la sexta emisión de Emerita, por cronología fundamentalmente, Ebora 12 a. C., con unos dupondios y ases de 19,47 y 11,03 g respectivamente, pesos éstos muy próximos a los de Ebora. ESTUDIO DE LA COMPOSICIÓN METÁLICA Lo ideal habría sido poder adjuntar a este estudio unos analísis sistemáticos de las aleaciones utilizadas hasta el momento. Sin embargo, sólo contamos con la documentación publicada por P. P. Ripollès y J. M. Abascal para las diferentes cecas republicanas de la península ibérica de donde se deduce una cierta heterogeneidad del contenido metálico, tanto en las diferentes cecas en sí, como incluso dentro de una misma serie 50. Estos mismos autores observan que para las cecas republicanas los metales preponderantes son cobre, plomo y estaño. Su análisis continúa con el contraste de las aleaciones utilizadas en época imperial, cuyo panorama parece más claro, en los análisis utilizados por P. P. Ripollès en el RPC, concluyendo que se siguen utilizando los mismos metales que en el periodo republicano, a pesar de la nueva legislación del 23 a. C. de Augusto, donde se introducen nuevas aleaciones en la moneda oficial, especialmente el oricalco. Este cambio compositivo auspiciado por Augusto, que consiste en el uso del oricalco que valía el doble que el bronce, no da muestras de existencia real hasta época de Tiberio. El uso del oricalco (cobre+zinc) tiene un gran interés, ya que no sólo presupone la disponibilidad de cobre refinado, sino que además implica conocimientos técnicos complicados, pues los altos porcentajes de zinc encontrados en las monedas sólo se consiguen mediante el método de la cementación. También descarta el autor que nos encontremos con metales reciclados a partir de objetos o monedas imperiales romanas. S. Parrado realizó análisis de unas cuarenta monedas emeritenses, tanto de época augústea como tiberiana. En su estudio se destaca la diferencia de variabilidad en las aleaciones entre los dos emperadores, siendo menor en las de Tiberio, esto se argumenta en la correlación entre el cobre y el plomo, elevada en la moneda augústea, frente al porcentaje de cobre-estaño de las tiberianas 51. Además contamos con otras pequeñas muestras analizadas que todavía se encuentran en curso de publicación. Los análisis sobre los que vamos a basar nuestro trabajo son los recopilados por B. Bouyon, G. Depeyrot y J. L. Desnier anteriormente citados en nota, a los que unimos la información de tres ejemplares: un as (RPC, 42) de Astorga con una composición bimetálica de cobre (43,52%) y estaño (42,77%), es decir de bronce binario y dos ases (RIC 1 2 p. 42, no 11; RPC, 6) conteniendo respectivamente, el primero, una composición monometálica de cobre (86,94%) y trazas de plomo y estaño y el segundo de composición similar con un 82,01% de cobre y 14,29% de estaño. Una vez examinados los escasos porcentajes antes citados, nos encontramos con que la ceca romana de Mérida va a utilizar el cobre como principal componente de sus emisiones, tanto en época augústea como tiberiana, alcanzando porcentajes del noventa por ciento de su composición, siendo el ejemplar de Astorga una excepción. Por lo tanto, podemos ver cómo la utilización de un sólo metal preponderante, el cobre, la desmarca de otras cecas, cuyas monedas del mismo periodo han sido analizadas en Hispania por P. P. Ripollès y testimonian el empleo de oricalco en dupondios y sestercios en época tiberiana en Romula, Ilici y Caesaraugusta 52. Para ésta última, además, confirma que la progresión continuó en el periodo de Calígula, siendo ya prácticamente utilizado en la totalidad de la producción. El cobre, sin embargo, se utilizó para ases, como en Emerita, aunque parece que, a tenor de los análisis, el cobre en la ceca emeritense va a acaparar todos los valores, uso éste que nos desvela las disponibilidades metálicas de la ceca lusitana que debió de abastecerse de él por cuestiones de economía, a través de las conocidas y próximas minas de Cerro Muriano, ricas en este mineral (Mela 2, 86; Plin NH 3, 30; Est, 3, 2, 9) 53. La composición de la moneda de Emerita parece seguir los patrones que se vienen corroborando en los objetos metálicos encontrados en esa zona, entre ellos destacamos los ponderales de Cancho Roano de la segunda mitad del siglo V a. C., donde es el cobre el material aleado principalmente con estaño y plomo, según estudio de M. P. García-Bellido 54. Son varias las reflexiones que pueden hacerse al elaborar y ordenar los pesos de las doce emisiones emeritenses. Por ello merece la pena tratar de ordenarlas como conclusión de las líneas precedentes: I.-La comparación entre los pesos de todas las emisiones emeritenses muestra un mayor cuidado y control metrológico en la primera y la segunda emisión, debido a que se trata de moneda imperial, fabricada en el taller imperial de Emerita. El hecho de que se acuñara plata, máximo valor intrínseco de las monedas, ayudó a mantener una mayor regularidad posiblemente en relación con el pago al ejército y a los eméritos pagos efectuados incluso ya en otras provincias. Esta función de la primera moneda emeritense se corrobora con los hallazgos encontrados en los campamentos del limes germano, que justificarían el empleo de esta moneda por las tropas, portadoras de moneda imperial emeritense desde Hispania a Germania, tanto en los bolsillos de los soldados como en la propia caja militar55. La misma regularidad se observa en el bronce, también imperial, de la segunda emisión, la única que emite además los dupondios en oricalco siguiendo la normativa augústea. II.-Para conocer la causa de esta regularidad es importante estudiar las diferentes técnicas utilizadas para la realización de cospeles y que van a repercutir en los pesos de las monedas. Para las series de plata es la técnica de cortado en barra la elegida por su mayor precisión, además del posterior pesado y cercenado del metal hasta adaptarse al patrón establecido. Las monedas de bronce que abarcan once de las doce series emitidas, emplean en la fabricación de sus cospeles la técnica de cortado en barra, junto con la de fundición en rosario, ya que testimoniamos en monedas de la misma denominación y serie, ambas técnicas. Es indudable que esta última técnica es mucho menos precisa que la anterior. III.-En época tiberiana se comprueban nuevos avances técnicos. La mayoría de los cospeles de bronce se fabrican ahora por medio de cortado de barras y no por fundición en rosario, lo que influye notablemente en una mejor calidad de la acuñación y en unos pesos más regulares. IV.-El metal empleado en Emerita es predominantemente el cobre. Se diferencia de los empleados por otras cecas, donde se testimonia la introducción paulatina del oricalco. Como hemos visto, sólo la serie imperial utiliza esta aleación. El uso exclusivo de cobre persistirá en época tiberiana y pone de manifiesto la dependencia metálica de la ceca con respecto a las ricas minas de Sierra Morena occidental, las más próximas a la ciudad, aunque hay que tener en cuenta la escasez de análisis realizados por ahora, que ocasiona una carencia importante de documentación. V.-En la emisión que hemos clasificado como quinta, se utiliza un patrón metrológico que responde a unidades de trece gramos, similar al usado en época repúblicana en la bética y, aunque responde a series acuñadas posteriormente a las de P. Carisio, sigue utilizando el patrón local. Podemos hablar de la supervivencia de patrones métricos pre-augústeos en las acuñaciones ya coloniales emeritenses junto a pesos post-reforma. Ello parece indicar una diferencia en la administración imperial y colonial de la ciudad. Es evidente que la moneda emitida para asuntos imperiales, en este caso todos ellos en relación con el ejército y se plegó a una normativa imperial y pasó por controles de factura más rígidos y centralizados que los de la nueva colonia. Estos se ajustaron más a las normas y costumbres locales, tanto en la factura como en la metrología de la moneda. Sólo pues, con P. Carisius primero y con Tiberio más tarde, podremos comprobar una auténtica inserción de las emisiones monetarias de Emerita en una normativa imperial. Este planteamiento numismático puede hoy adecuarse muy bien a los nuevos criterios sobre el desarrollo urbanístico de la ciudad de Emerita y su territorio, que parece iniciarse más en tiempos de Tiberio que en los de Augusto, como creíamos56. VI.-La comparación de la metrología monetal emeritense con la utilizada en Ebora, Pax Iulia, Patricia y Traducta permite comprobar que la metrología augústea que hemos visto en Emerita en las dos primeras series imperiales y a partir de la 5a y 6a provinciales se usó efectivamente en todas estas otras cecas. Las tres primeras parecen haber acuñado en el primer periodo augústeo c. C. Traducta más bien en el segundo, post 2 a. C. La mayor dificultad estriba en que ellas acuñan sólo una o dos emisiones lo que no ha permitido un seguimiento completo como hemos hecho en Emerita, comprobando que aunque la ceca se inaugura con acuñaciones que sigue la reforma augústea, las posteriores emisiones de nuevo se hacen eco del patrón republicano, para volver al augústeo tras el año 2 a. C. -(2002) circulación monetaria en el área occidental de la península ibérica.
El objetivo de este artículo es actualizar los datos existentes sobre la llamada Casa de Hippolytus de Complutum / Alcalá de Henares. El análisis de la documentación aportada por varios métodos (excavación sistemática, estudios arqueobotánicos, zoológicos, historiográficos, etc.) demuestra que se trata de la sede de una agrupación colegial, que se vincula, en un mismo recinto, con un jardín orientalizante y con el mausoleo de la familia de los Anios, la misma que construye la schola de la asociación colegial. Al mismo tiempo refutamos otra interpretación propuesta para este yacimiento, y desechamos que se trate del balneum de una domus suburbana. El complejo que nos ocupa, la así llamada Casa de Hippolytus, es en realidad una gran finca compuesta por varias instalaciones, y se encuentra entre un número relativamente alto de edificios que salpican el exterior del casco urbano de la ciudad romana de Complutum por el Norte. En el contexto general de la investigación sobre Complutum hispanorromano, la Casa de Hippoly-tus está siendo objeto de intensos trabajos de investigación por parte del Servicio de Arqueología de Alcalá de Henares, de la Universidad de Alcalá y de varios proyectos internacionales, acogidos por la Fundación Dumbarton de la Universidad de Harvard y por la Unión Europea. Pero además, y dado que se musealizó en 1998, se trata de un yacimiento muy conocido por el gran público, y objeto de un intenso trabajo de divulgación. Tradicionalmente hemos venido defendiendo la interpretación de este yacimiento como la sede de una agrupación colegial complutense, muy probablemente un collegium iuvenum. Nosotros mismos hemos dirigido la excavación de una parte significativa del yacimiento, que en líneas generales se corresponde con los espacios musealizados hasta la fecha, entre los años de 1991 y 1996. Otros elementos, que ayudan a entender esta excavación nuestra, fueron excavados en las dos últimas décadas del siglo XIX, proporcionando materiales que son sobradamente conocidos (Museo Arqueológico Nacional de Madrid). El trabajo que ahora presentamos persigue actualizar nuestros conocimientos sobre el yacimiento y desarrollar la argumentación necesaria para insistir en nuestra interpretación del complejo: la así llamada Casa de Hippolytus es, como intentaremos probar en las páginas siguientes, la sede de una agrupación colegial vinculada a una fundación de la familia de los Anios. Todo esto nos llevará a presentar una visión parcial del yacimiento, en la que omitiremos interesantes aspectos del mismo que no tendrán cabida en esta publicación, principalmente, el estudio de su cuarta y última fase y su transformación en una iglesia y necrópolis cristianas. que la aproximan, sin serlo, a las grandes capitales hispanas. Curiosamente sólo en los últimos diez años Complutum alcanza la destacada posición que se merece en el ámbito de la Arqueología Clásica española. Paradójicamente, Complutum es bien conocida desde el siglo XVI2: en éste, y en el XVII, se realizan excavaciones a cargo de profesores de la entonces célebre Universidad de Alcalá. Se restauran edificios romanos, se celebran procesiones que suponen una cristianización de antiguas ceremonias romanas. Es cierto que esto convive, como en toda España, con una situación más oscura: el expolio de los edificios de la ciudad romana para construir la ciudad medieval y moderna. La existencia de una perla del Renacimiento y Barroco españoles, como era Alcalá de Henares, perjudicó seriamente la conservación de la ciudad romana. A partir de 1970 la ciudad de Alcalá crece sobre el yacimiento de Complutum, y se produce un redescubrimiento traumático: varias casas privadas son arrasadas, salvándose sólo algunos materiales especialmente notables. Desde los años 80 y 90, el 50 % de la ciudad romana, que no fue arrasada en el crecimiento de la década anterior, se beneficia de una reacción de la ciudad ligada a la recuperación de su carácter histórico, de su patrimonio en general y, claro, de su ciudad romana3. Foto aérea de la ciudad de Complutum y su relación con la actual Alcalá de Henares. Respecto a la caracterización urbanística de Complutum es mucho lo que sabemos hoy en día4. De hecho, su trama urbana se encuentra entre las diez mejor conocidas de ciudades españolas. Partimos de conocimientos difusos sobre los complutenses prerromanos, adscritos al grupo étnico de los carpetanos: los datos disponibles indican su presencia en el Cerro de San Juan del Viso, en la margen izquierda del río Henares y a escasa distancia del Complutum romano. Esta ciudad se romaniza, y el proceso de cambio cultural se consolida con la construcción de una ciudad de nueva planta en la vega del río Henares, en dos fundaciones, una en época de Augusto, en las dos primeras décadas del siglo I d.C., otra en los años 60 de la misma centuria, sancionada con el rango municipal en época Flavia mediante el célebre Edicto de Latinidad de Vespasiano. Mediante una compleja y variada metodología, donde destacan el desarrollo sistemático de excavaciones preventivas en la moderna ciudad y la aplicación de prospecciones geofísicas, es posible conocer el urbanis-mo de esta ciudad, a pesar de que la mayoría esté aun sin excavar (fig. 2): una ciudad de cerca de 45 Ha, con un característico urbanismo ortogonal basado en dos decumanos principales (el decumano máximo y el Decumano III) y un cardo, el máximo. Cuenta con un foro, del que se conoce una basílica civil, de los años 60 / 70 del siglo I, reformada en el III. A esta reforma también se corresponden la curia, construida junto a la basílica sobre unas antiguas termas, un criptopórtico y una fachada monumental: el probable tabularium. La fachada se marmoriza y se decora con un carmen epigraphicum: Poesía muy probablemente virgiliana que conmemora alegóricamente la gran restauración urbana del siglo III. A esto se añaden las zonas comerciales, entre las que se conoce principalmente el Pórtico Sur: el espacio dedicado al comercio de alto nivel, donde conocemos entre otros establecimientos, una officina destinada a un pintor y mosaicista. También el mercado del siglo I, igualmente reformado en el siglo III. Finalmente, existe un gran desarrollo de la arquitectura privada: especialmente en los siglos III, IV y V se configura un fenómeno que hemos definido como casa-palacio, donde la función representativa está muy desarrollada, y de la que son buenos ejemplos las Casas de Baco, Cupidos y Leda, y la villa suburbana del Val, con sus magníficas colecciones de mosaicos 5. Se añaden otros elementos de interés: la Casa de los Grifos, una formidable casa de peristilo del siglo I, que estaba conociendo una profunda reforma a finales del siglo III cuando se incendió por completo. Gracias a esto, y a que no vuelve a levantarse de nuevo, la Arqueología está recuperando uno de los conjuntos de pintura mural más importantes de España. Por supuesto, no puede olvidarse la Casa de Hippolytus, objeto de este trabajo. Existen otros edificios y espacios de corte industrial y funerario, antaño interpretados de forma general como casas, que hemos ido publicando. Así ocurre con la llamada Casa del Camarmilla, en realidad una fullonica, y la llamada Casa de Aquiles, un mausoleo suburbano 6. SITUACIÓN, HISTORIOGRAFÍA Y CONSER-VACIÓN DE LA CASA DE HIPPOLYTUS El recinto denominado Casa de Hippolytus se encuentra en los suburbios de la ciudad romana de Complutum, fuera del pomoerium. Se sitúa sobre el estrecho cauce del Río Camarmilla, de forma que la finca se inicia en la margen meridional del riachuelo, y se prolonga hasta al menos 120 m al noroeste del cauce (fig. 3). El edificio se detectó en la realización de la Carta Arqueológica de la Comunidad de Madrid en 1989. Con motivo de las obras de la Segunda Ciudad Polideportiva de Alcalá, se excavó entre 1990 y 1998. Paralelamente se iniciaron las tareas para la restauración. Además de lo que nosotros mismos hemos adelantado en textos de carácter general 7, queremos desta- car una primera presentación de las estructuras del edificio, principalmente las que permanecían en el siglo IV, así como de su función como schola, en nuestro propio texto de 1996 8. También existe un detallado estudio sobre el mosaico principal 9, un texto más antiguo de lo que expresa su fecha de publicación, pues fue escrito en 1992, cuando las excavaciones aun estaban en sus inicios y por tanto algunas de sus conclusiones, sobre todo las hipótesis sobre el edificio y su función, hoy pueden ser cuestionadas, al igual que la lectura original del mosaico y de su cartela, que posteriormente se han revisado 10. La Casa de Hippolytus se abrió al público en mayo de 1999 (fig. 4), constituyendo el primer hito visitable de la ciudad romana de Complutum 11. Se encuentra en un buen estado de conservación, dado que ha conocido un complejo proceso de excavación, restauración y conservación. CONFIGURACIÓN ESPACIAL DE LA CASA DE HIPPOLYTUS: LA SCHOLA, EL MAUSOLEO Y EL JARDÍN. En realidad, el complejo arqueológico de la Casa de Hippolytus cuenta con tres espacios entrelazados, pero que se delimitan con relativa facilidad (fig. 5): Primero, en la zona meridional, una zona sagrada, representada por el Mausoleo de la familia de los Anios y un entorno funerario. Esta zona es la que peor conocemos, porque se excavó en septiembre de 1881, sin criterios metodológicos modernos. Se sitúa sobre la margen sur del estrecho cauce del Arroyo Camarmilla 12. 12 Los detalles de esta zona se han recuperado recientemente y con bastante detalle (teniendo en cuenta lo precario de la información recogida en una excavación del siglo XIX) gracias al trabajo de Vallejo, 2005, pp. 79 y ss. Pese a ello, muchos detalles son conocidos tradicionalmente, como los materiales exhibidos en un Museo Arqueológico Complutense ubicado en el Archivo General Central, la documentación relativa a los mismos, y las obras remitidas en 1900 al Museo Arqueológico Nacional, donde aún se encuentran, habiendo sido publicadas en varias ocasiones: Marqués de Monsalud, 1899, Knapp, 1992, CIL II 5855. Segundo, en la zona septentrional, y visualmente alineado con el mausoleo, el edificio principal, la schola de una agrupación colegial, mejor conocido por la Arqueología porque fue objeto de excavaciones entre 1991 y 1998, y que coincide con el espacio musealizado y abierto al público hoy en día. Este espacio es el que en general ha sido hasta la fecha objeto de varias investigaciones que pueden encontrarse en la bibliografía especializada, y el que habitualmente se identifica con la Casa de Hippolytus. Tercero, y uniendo a ambos, un espacio ajardinado cuyas características generales conocemos con bastante aproximación, y sobre el que volveremos más adelante. Procede que realicemos un breve comentario sobre la ubicación del mausoleo de los Anios y su entorno funerario. La posición que hemos reflejado en el plano que aquí presentamos procede de la interpretación de los textos y dibujos de José Demetrio Calleja, testigo y probablemente partícipe del hallazgo. El conjunto de mausoleo ("Panteón", lo llaman en los documentos de la época), cipos y ara está acotado en el croquis del Sr. Calleja, de forma que el edículo se dispone a 21 pies13 (585'06 cm) al sur del cauce del Arroyo Camarmilla (es decir, casi cabalga sobre la orilla del riachuelo), y a 200 pasos de la Fuente del Juncal. Estos deben interpretarse como 278 m. El resultado de trasladar estas medidas al plano es una posición afrontada en un eje longitudinal con el jardín de los edificios septentrionales y en una cota ligeramente más elevada. El mausoleo, por tanto, se dispone para ser visto desde el edificio termal y jardín de la zona septentrional. Los edificios de la zona septentrional Al igual que ocurre en la mayoría de los edificios excavados en Complutum, la cronología de las edificaciones septentrionales del conjunto de la Casa de Hippolytus tiene una clara correlación con la del resto de la ciudad: tras una ocupación carpetana, sin construcciones vinculadas, las primeras edificaciones datan de la segunda mitad del siglo I. Conoce una reforma de carácter monumental en relación con el desarrollo de Complutum a finales del siglo III o principios del IV, cuando sobre una estructura urbana que sigue fiel a su diseño original se desarrolla una rica actividad constructiva de la que dan fe los lujosos complejos urbanos y suburbanos. Por último, el espacio se reconvierte en el siglo V para albergar una necrópolis y una iglesia relacionadas con el culto cristiano. Las fases documentadas por el análisis estratigráfico lo son en realidad de construcción y no de ocupación: hay un uso continuo de las edificaciones, donde se perciben las obras de rehabilitación o reforma que el edificio va conociendo. La fase I se encuentra muy afectada por las estructuras posteriores. No hay estructuras constructivas asociadas, pero nos parece razonable suponer alguna relación con la fuente de aguas mineralizadas que existe en el yacimiento. La fase II (fig. 6) se corresponde con la primera fase constructiva hispanorromana. Si bien está muy afectada por la fase III, que es la de mayor envergadura constructiva (nos negamos a usar el término monumentalización) se conservan algunas estructuras indicativas: el camino de acceso a la finca y el cerramiento de la misma por el lado oeste, una fila de estancias de tipo tabernae situadas en el norte de la edificación principal, un pozo y un ver-Figura 7. Planta general de la schola en su fase III y principal: detalle de la zona de edificaciones. Éste presenta el interés añadido de ser el resultante de la extracción de arcilla para la preparación de los adobes con que se confeccionaría una parte de las estructuras constructivas de la casa; el vaciado luego se rellena con basura generada por sus mismos habitantes, de manera que las unidades estratigráficas inferiores (en concreto la UE 125) cuentan con materiales coetáneos a la primera ocupación hispanorromana de la casa, materiales que fechamos a finales de época julio-claudia e inicios de la flavia, lo que coincide con los años 60 ó 70 del siglo I d.C., y que son los mismos conocidos para la construcción de la ciudad de nueva planta en el llano, en torno a los 60, y la inmediata municipalización del año 74. La fase III (fig. 7) se corresponde con el aspecto general actual del yacimiento y con la mayor parte de las estructuras que conservamos. Sobre el edificio se desarrolla una intensa reforma constructiva que le confiere una nueva fisonomía. Se embellecen determinadas estancias, decorando los pavimentos con mosaico. Las técnicas edilicias se mejoran adoptando el empleo del opus caementicium, signinum y pseudo vittatum. La cronología de esta fase la aporta el conjunto de estructuras construidas de manera coetánea, y que se fechan sobre todo mediante el mosaico de la sala principal (UE-1.111), de las últimas décadas del siglo III d.C. Por fin, la fase IV (fig. 8) evidencia una serie de modificaciones entre las que hemos de destacar la pérdida de su carácter termal. Algunos espacios se reducen empleando tabiques. La zona central, antes frigidarium y patio central del edificio, se transfigura con las mínimas modificaciones posibles en una iglesia y al mismo tiempo junto a ella se instala una necrópolis de inhumación. Esta transformación se desarrolla a partir de la segunda mitad del siglo IV, en lo que inciden la aparición de cerámicas de tipo TSHt y ARSW, así como el final de la Fase III. Nuestra mejor herramienta para la datación de este final nos la proporciona el análisis de C14 realizado a los restos de madera empleados como combustible en el praefurnium de las termas. Hay que suponer que esta madera, recuperada junto a la boca de uno de los tiros, se cortó para abastecer las necesidades de los últimos momentos de uso del caldarium, y por tanto la fecha de referencia no debe distar demasiado del fin del uso de las termas como tales, y por tanto del inicio de la Fase IV. La fecha del año 1710 +/-60 BP nos invita a acercarnos a la mas baja de estas posibilidades, principalmente porque la rehabilitación del edificio en la fase III se fecha en el último cuarto del siglo III, lo que nos proporcionaría un inicio de la Fase IV en un momento no muy posterior a 350 d.C14. Aquí finaliza la ocupación del edificio, y después sólo se distinguen una serie de niveles de destrucción de época moderna, relacionados con su expolio. Las construcciones de la zona meridional Por desgracia para fechar estos restos sólo podemos recurrir a las anotaciones y dibujos realizados el 14 de septiembre de 1881 por José María Escudero de la Peña, Jefe del Archivo General Central y Correspondiente de la Real Academia de la Historia. El contenido del texto15 y los dibujos son sin embargo suficientes para que consideremos varios elementos funerarios o religiosos claramente altoimperiales: el ara votiva a Hércules y varios cipos funerarios, que han de fecharse (al menos la primera) entre los siglos I y II. Por otro lado los ocupantes principales del edificio del Mausoleo estaban inhumados en sarcófagos de mármol, y rodeados de restos materiales inequívocamente romanos, aunque difíciles de precisar en lo que a datación se refiere. La práctica de inhumación en sarcófago nos lleva a fechas no más altas del siglo III d.C., que podrían extenderse hasta el IV. A pesar de ser datos muy generales, unos y otros nos sugieren, por su concordancia con las fechas propuestas en la zona septentrional, la hipótesis de una evolución paralela para los dos sectores. Ambos estarían ya en funcionamiento en la segunda mitad del siglo I, bajo los designios de la familia de los Anios, que es quien dedica el ara a Hércules. A finales del siglo III se realizaría una gran rehabilitación en los edificios del sector septentrional, y es sugerente pensar que esas mismas actividades edilicias, conmemorativas y evergéticas se plasmarían en el meridional, con la construcción de un mausoleo funerario (no sabemos si nuevo o rehabilitado) que recibiría los restos mortales de los evergetas. En cualquier caso, nos enfrentamos a un uso religioso, funerario, y por tanto conmemorativo, que se prolonga a lo largo de los mismos siglos en que el edificio septentrional está en uso. Las estructuras más antiguas que conocemos pertenecen a la fase II (fig. 6) y se fechan en el tercer cuarto del siglo I d.C. Nada conocemos de la etapa carpetana, aunque es coherente suponer que existiese un determinado tipo de construcciones que no se han conservado y que la fuente de aguas mineralizadas fuese conocida. La fase II constituye la base de la III. Por esta razón se define con cierta dificultad, dado que parte de sus estructuras subyacen o se imbrican con las más modernas, aunque se da también el caso de que algunas estructuras son aprovechadas en la fase III, integrándose en la nueva planta del edificio. Los principales elementos conservados se encuentran en la zona occidental del edificio, constituyen el acceso a la finca por el Oeste, y son un camino de acceso que se configura mediante un doble codo con dos tramos, una fachada que sirve de cerramiento a la finca SEBASTIÁN RASCÓN MARQUÉS Figura 9. El camino de entrada y la torre que enmarca el acceso al recinto por el Oeste. Imagen Servicio de Arqueología A.H. Figura 10. Reconstrucción hipotética del acceso al recinto en función de los datos arqueológicos. Imagen Servicio de Arqueología A.H. sobre hipótesis de S. Rascón. A continuación, y antes de llegar al edificio, se extendía un gran patio empedrado de las mismas características constructivas que el camino de acceso. Cerrando el edificio por el Norte aparecen una serie de estructuras alineadas también en dirección Este-Oeste de las que sólo conservamos los zócalos de cantos rodados. Respecto a la parte central del edificio, las construcciones de la fase III han soslayado casi totalmente las anteriores. No obstante, hay que mencionar el pozo o fuente ubicada en el extremo sur, que estaría ya en uso en esta primera fase. También a esta fase pertenece un pavimento de opus signinum que subyace al mosaico de la estancia central del edificio, y que pavimentaría una estancia más antigua. En las últimas décadas del siglo III se emprende un intenso trabajo de remodelación del edificio, que altera de forma importante las concepciones arquitectónicas del antiguo complejo de época Julio-Claudia, y que dejará paso a un nuevo espacio (figs. 7, 11 y 12). Este nuevo edificio está más constreñido en el espacio, con tan sólo 640 m 2 construidos, que aprovecha únicamente elementos muy determinados de la fase anterior, emplea una obra constructiva variada y, en todo caso, de muy buena calidad, se define funcionalmente como un complejo destinado al ocio donde destaca la función termal, a la reunión y al culto que se decora lujosamente con un buen núme-Figura 11. Vista general de la schola durante el proceso de excavación. Imagen cortesía de Lunwerg Editores y Oscar Masats. ro de materiales muy costosos: mosaico, escultura y pintura mural. Además, se desarrolla un espléndido jardín de corte orientalizante, uno de los elementos arqueológicos más importantes del edificio y, como se verá, un unicum de la Arqueología Española y hasta cierto punto de la Arqueología Clásica de la parte occidental del Imperio. En lo que respecta al acceso a la finca, los espacios permanecen inalterados. Tras recorrer el mismo camino, y flanquear la misma torre de interés decorativo que recibe al visitante, se accedería al patio. Esta zona sigue sirviendo para el acceso de personas y vehículos, y en todo caso para recibir el combustible que haría funcionar las termas, a cuya zona de servicio, ubicada como es frecuente en la parte meridional del edificio, se accede directamente desde aquí, y para el trabajo de la servidumbre encargada del mantenimiento del hipocaustum y el praefurnium. Permitiría también, aunque esta vez desde la zona norte, que los usuarios accediesen al interior del edificio a partir de un pequeño pórtico. El edificio como tal se ordena en torno a un patio central cubierto, que a la vez sirve como frigidarium del espacio termal. Alrededor de él se organizan las diferentes estancias. Sus dos ejes definen un cambio de orientación con respecto a la fase anterior de 10o, aunque en determinados puntos se conserva la orientación anterior a causa de la necesidad de reaprovechar determinados elementos constructivos preexistentes, sobre todo la fila de tabernae que se abren en la fachada. Está además reexcavado con respecto a la cota de suelo que estaba en uso en la fase II, situándose los nuevos solados a 60 cm por debajo de aquella. En su interior y a su alrededor se definen cinco bloques funcionales: la fachada norte y las tabernae; el patio central y el sector termal; el pequeño pórtico del cuerpo noroeste; el cuerpo nordeste; el jardín orientalizante. La fachada norte se resuelve mediante la reconversión de las habitaciones preexistentes de la fase II. coste económico. Un pasillo se abre desde la fachada norte, permitiendo el acceso desde el exterior, según el mecanismo habitual de entrada a la casa romana, unas estrechas fauces que desembocan en un patio interior (lo que en las viejas casas itálicas tradicionales desembocaba en un atrium). El pasillo, de 2 '10 m y una longitud de 11' 30 m, nace en unas escaleras de dos peldaños de ladrillo y revestimiento de opus signinum, que salvan el desnivel de 60 cm ocasionado entre el exterior del edificio y el suelo de uso interior. Al final de las fauces se accede al gran patio central, que no es otra cosa que el acceso a las salas termales. embargo una pavimentación diferente, también en opus tessellatum, pero de un diseño distinto. Los dos mosaicos están separados por una zanja de expolio, que ha sustraído las columnas o pilares que articularían el paso entre los dos suelos, y que definirían en el lado oeste un espacio porticado y cubierto de 7 '50 x 3' 80 m. Conservamos en todo caso una serie de fragmentos de lastras de capiteles de piedra de yeso con decoración de hojas de acanto17 que nos remiten a una breve columnata de orden corintio. Pero también en el patio se desarrolla uno de los elementos arqueológicos más importantes del edificio, un juego iconográfico que pretende trasladar visualmente al espectador al mundo del Mediterráneo. La piscina de planta cuadrada y de agua fría, el emblema del mosaico principal, y la piscina trilobulada forman una alineación para este juego de primitivos trampantojos resueltos mediante pintura mural y mosaicos. El emblema que preside el mosaico principal, que ya ha sido objeto de un estudio específico18, se encuentra descentrado en relación con el resto del pavimento del patio cubierto y sala principal de la Casa. El mosaico desarrolla un campo geométrico dispuesto en "U" alrededor de su emblema, contraviniendo la norma habitual de la musivaria romana. La composición emplea un campo de círculos y octógonos curvilíneos. El emblema (fig. 17) está producido por un grupo de artesanos diferente del que realiza el campo geométrico, tal y como se evidencia en la diferente confección, tamaño de teselas, materiales empleados, e incluso cama de preparación. Consta de tres partes: inscripción, marco y cuadro. La inscripción se encuentra en el lado norte del emblema. Se puede leer el texto, enmarcado por dos triángulos rojos (aunque sólo se conserva el de la izquierda), imitando una tabula ansata. Como ya hemos mencionado, el texto tiene dos lecturas: la primera la desarrolla Gómez Pallarés en el trabajo ya referido 19: Hippolytus [que pertenece a la familia] de los Anios lo teseló. Donde se hacía depender a Hipólito del genitivo Anniorum, siendo áquel el legítimo autor del mosaico (sólo del emblema, y éste es un aspecto de la lectura que no ofrece dudas), y a la vez esclavo, liberto o dependiente en algún modo de la familia de los Anios. Y sin embargo existe otra lectura posible: [Casa ] de los Anios. Hippolytus teseló [este mosaico] A nuestro juicio más acorde con las relaciones laborales en la Antigüedad romana, que difícilmente elevan a estos rangos a los artesanos, amén de que el propio Gómez Pallarés 20 corrige su lectura anterior, partiendo también de criterios epigráficos. Además, esta nueva lectura encaja con los hábitos epigráficos de las sedes colegiales, que recogen documentos como el álbum de la corporación, su normativa básica y, sobre todo, el reconocimiento hacia el patrono, que financia la mayor parte de los gastos, sobre todo de la construcción de las sedes. Como también sabemos que los Anios son una importante familia complutense, documentada en la epigrafía mayor del mausoleo que formaba parte del mismo complejo arquitectónico que este mosaico, lo más adecuado es suponer que el texto anniorum es la firma de los propietarios y patronos de esta sede, y en general de todo el complejo. En todo caso el cuadro del emblema propiamente dicho representa una escena de pesca en la que tres erotes navegan en una barca. Están rodeados de fauna marina: entre otros, dorada, pulpo, calamar, pez espada, murena, langosta, gamba, sepia, delfín y erizo de mar. Tal y como hemos indicado en trabajos específicos21 se trata de una obra que alude inmediatamente a las producciones norteafricanas, tanto por la temática como por el material pétreo empleado. Nos interesa aquí resaltar, además, el carácter didáctico que muchos autores han reconocido ya a este tipo de obras22, que actúan como catálogos de la fauna marina mediterránea. Los erotes, resueltos con cierta tosquedad, son un acompañamiento para el verdadero trabajo del pictor imaginarius, que no ahorra esfuerzos para representar detalladamente a cada una de las especies mencionadas. El emblema tiene por tanto un interés enciclopédico: cataloga la fauna, con objetivos semejantes a los de varias obras literarias de la época. Al margen de otros mosaicos, de inferior interés artístico e histórico y en los que no vamos a detenernos, se han recuperado en la Casa de Hippolytus otros materiales que procede mencionar: en primer lugar la pintura mural. El conjunto de pinturas que procede de la piscina de agua fría, a pesar de su mal estado de conservación, se han podido interpretar por parte de la Profesora Guiral 23 como una producción del siglo III o IV, coincidente por tanto con el mosaico de Hippolytus, y que representaría una escena común en los repertorios norteafricanos: el triunfo de Venus. Esta piscina de agua fría se halla pavimentada con otro mosaico, más sencillo en su composición y ejecución, pero de indudable interés arqueológico. Se resuelve con un fondo de tonalidad crema sobre el que se disponen sin orden aparente teselas de colores más oscuros -principalmente, negras-buscando acentuar con este efecto el movimiento de las aguas. Las paredes de la estancia, que alcanzan en la actualidad 1,20 m de altura, están profusa-mente decoradas con las referidas pinturas murales. Los muros de la piscina tienen un grosor de 90 cm en el caso del muro este y 75 cm en el caso del norte y el sur, habiendo sido expoliado por completo el oeste. El sur se encuentra también en muy mal estado de conservación, dado que ha sufrido un expolio parcial en el punto donde se encontraría el desagüe. Están ejecutados con alma de opus caementicium y aparejo exterior que entraría en la categoría de opus mixtum: una prime-decoración naturalista (quizá, incluso, enmarcaría alguna escena que no se ha conservado). Respecto a las salas calefactadas, se conserva un hipocausto que delata dos naves de dirección norte -sur, resueltas por medio de sendas bóvedas 24. Ambas tienen calefacción directa, cada una de ellas alimentadas desde un praefurnium que se ubica al sur. La sala oriental (de hecho un caldarium, más que un tepidarium) carece de piscina, a diferencia de la occidental, y tiene unas dimensiones de 3'50 x 7 m. Esta sala oriental estaría partida en dos, pues se conservan restos del muro de sillares y ladrillo que la cortaría transversalmente, y define dos salas, una en la mitad meridional, otra en la septentrional, cuyos usos no vamos a entrar a discutir aquí, porque no es el objeto de este trabajo. La occidental, con una piscina (concretamente un alveum) que ocupa un ábside que la remata por el lado oeste, mide 4'50 x 7 m y la documentación arqueológica es explícita a la hora de considerar que sólo existe un ambiente, una única sala que es un caldarium con alveum. Ambas contaban con suelo de mosaico de decoración desconocida, aunque sabemos que al menos se embellecería con un tema marítimo. Sólo se han recuperado algunos fragmentos. Hacia el sur la infraestructura de la sala se prolonga mediante dos praefurnia, con sendas bóvedas de medio punto truncadas y separados por un machón de adobe y ladrillo, con bloques de piedra de yeso en sus respectivas bocas. Se alimentaban desde un recinto de planta cuadrangular de 5 '60 x 6' 80 m para uso de los sirvientes encargados del funcionamiento del complejo termal. Dentro del mismo existe un pequeño horno, de planta ovalada, con unas dimensiones de 2 '30 x 1' 30 m. Las paredes, de las que se conserva tan solo el apunte del alzado, son de tapial y se resolverían con una bóveda o falsa bóveda, que se documentó en la excavación arqueológica. El suelo es de ladrillos, empleando el formato de tipo pedalis (31x31 cm) y complementado con fragmentos diversos. Hay que suponer la existencia de una parrilla metálica o incluso de adobe que no se ha conservado y que serviría para depositar los alimentos que se querían someter a altas temperaturas. Ya que no hay indicios de producción industrial, sólo se nos ocurren dos funciones para este horno: una, la de calentar piedras que aporten un calor seco a alguna de las estancias calientes. Otra, la más probable, cocinar alimentos. Esta hipótesis es congruente con la documentación arqueológica, porque el análisis de la fauna del yacimiento indica una gran abundancia de animales jóvenes, a los que por tanto se ha debido sacrificar para su consumo. La fauna es muy abundante, se recuperó en su mayoría en el vertedero que existió a lo largo de los siglos I y II junto el acceso al recinto del edificio, y no hay alrededor ningún otro edificio del que puedan proceder los vertidos. Por tanto, es basura procedente de las actividades humanas en la propia Casa de Hippolytus. El banquete como acto social, por cierto, debió ser una de las actividades corporativas más frecuentes en este edificio (vid infra). También al sur del frigidarium y por su parte oriental encontramos una salida al exterior. Se resuelve mediante un solado de opus signinum de 3 x 3'50 m donde se abre un pozo que baja hasta el nivel freático. El pozo se ha excavado hasta una profundidad de 2 m y no se ha encontrado ninguna preparación para las paredes, ya que el brocal original, probablemente de piedra, ha sido expoliado. Los análisis de aguas que se han efectuado han podido documentar en las mismas unas cualidades minero-medicinales que se refieren sobre todo a sus altos índices de sulfatación, lo que las diferencia del resto de las aguas del entorno. Esta calidad de las aguas está probablemente ligada con la existencia del edificio, y el aprecio que de ellas se hace está patente en el respeto por la estructura, que queda aislada sin ningún otro uso específico que ese: permitir el acceso de los usuarios del complejo termal al pozo. Esta salida al exterior permitía el acceso a las letrinas (figs. 18 y 19), que se alineaban al sur de la piscina de agua fría. Sus dimensiones son de 7 '50 x 2' 70 m, y conservan un pavimento de opus tessellatum muy deteriorado, con diversas lagunas, algunas de las cuales tienen una restauración de signinum de época romana. El mosaico ocupa lógicamente tan solo el interior de la habitación, pues la banda perimetral, que coincidiría con los asientos para los usuarios y la evacuación de aguas ha desaparecido. El muro que define las letrinas es prolongación del ya descrito en la piscina de agua fría, si bien solo conserva su alzado parcialmente por el lado este, el que daría al exterior, donde muestra de nuevo el aparejo de pseudo vittatum, siendo tan solo observable en el resto de su recorrido el opus caementicium que sirve de base. La anchura del muro es también algo menor que en el caso de la piscina, siendo en las letrinas de 60 cm. El pórtico del ala noroeste Con respecto al ala noroeste, definimos como tal a efectos descriptivos el conjunto de habitaciones delimitadas por el frigidarium por el sur, el pasillo o fauces por el este y el conjunto de habitaciones que componen la SEBASTIÁN RASCÓN MARQUÉS Figura 18. Las letrinas, durante el proceso de excavación y restauración. Imagen Servicio de Arqueología de A.H. Figura 19. Hipótesis de levantamiento tridimensional. fachada septentrional por el norte. Al oeste de la sala de tubi fictile ya descrita, se abre un recinto de planta trapezoidal, que sería en realidad una especie de pórtico (figs. 20 y 21), que por otra parte debe suplir a algún elemento semejante de la fase II, y que enlazaría el exterior con esta sala abovedada. Está concebido con dos alturas escalonadas, separadas por un peldaño de opus caementicium muy basto, probablemente rematado con baldosa cerámica o con mármol que no se encuentran in situ, aunque tales materiales constructivos están presentes en el repertorio de materiales muebles recuperados por la excavación arqueológica. Esta solución de dos niveles separados por un escalón es la misma que se aprecia, como veremos, en el jardín de la fachada oriental. Además, contaba con un pequeño pórtico pegado a la fachada propiamente dicha. Un zócalo de muro de bloques de piedra caliza sin labrar separaba este pórtico del resto de la terraza. En total la terraza tenía unas dimensiones aproximadas de 49 m 2, 40 m 2 en la parte alta y 9 m 2 en la baja. El pórtico tiene 8 m de frente y un fondo de 3 m, con lo que desarrolla una superficie de 24 m 2. El pórtico está pavimentado con opus signinum. Mientras, las dos terrazas que se abren ante él cuentan con un suelo de baldosas cerámicas, con un formato de 1 pie por 1 pie (29 x 29 cm). Sólo se han recuperado algunas baldosas pues la terraza ha sufrido el expolio de sus materiales constructivos y, además, en la fase IV terraza y pórtico han sido elegidos para soportar hasta seis sepulturas de inhumación, lo que empeora su estado de conservación. En la musealización del edificio se optó por reintegrar parcialmente las baldosas que habían desaparecido. Por otra parte, en la terraza se han apreciado restos de al menos una olla enterrada que ofrece su boca a aproximadamente la cota del suelo de uso. Resulta evidente, por tanto, que en ocasiones las baldosas se suplían por contenedores cerámicos, muy probablemente concebidos como macetas: asociadas con este contenedor y las baldosas de barro cocido se recuperaron semillas, cuyo análisis ha demostrado que se trata de hipérico y de cariofiláceas (se trataría de plantas de flor, ornamentales, emparentados y semejantes a los claveles y clavelinas que, en fechas más modernas, se han desarrollado y popularizado en España y otros paí-ses europeos con uso ornamental): plantas de flor, curativas o medicinales, pero también al menos la cariofiláceas, de uso ornamental, de tipo arbustivo, aptas para ser dispuestas en macetas 25. Se ha relacionado estos restos con otras cerámicas halladas en la excavación, grandes contenedores para los que se propuso la identificación como macetas. Respecto al ala nordeste, ubicada entre el pasillo de acceso, la fachada norte y la piscina de agua fría, encontramos primeramente un recinto de 5 '90 x 2' 90 m. Este recinto, probablemente un pequeño hortus, constituiría la entrada a un nuevo ambiente que a su vez articula un paso directo a la zona exterior. En esta zona hemos de destacar la presencia de una amplia estancia con muros de opus caementicium y alzado desconocido, quizá de sillarejo, de planta trape- 25 Para el estudio que sigue, el análisis de estructuras y semillas a cargo del proyecto Arqueología de los Jardines Romanos en España, financiado por la Fundación Dumbarton: A.L. Sánchez Montes, S. Rascón, J. Burjarch, J.J. Tresserras, y J. C. Matamala. Análisis arqueobotánico, resumido en Tresserras, Matamala y Burjachs, 2002. zoidal forzada por la adaptación a los dos ejes que rigen la planimetría del edificio. En su interior esta sala estaría decorada con mosaicos parietales, que se han podido documentar entre el derrumbe de la misma. Teniendo en cuenta que sólo se conservan algunos fragmentos de diverso tamaño y colorido, sabemos que se trata de composiciones vegetales resueltas mayoritariamente en pasta vítrea. Con respecto al pavimento conservamos solo el suelo de tierra, aunque existe evidencia arqueológica de que se ha retirado un pavimento en esta sala y la que se desarrolla al sur durante la fase IV. Se ha recuperado sin embargo un elemento muy importante para la comprensión de esta sala: una estatua de Diana, desgraciadamente mutilada de forma tal que solo se conserva la mitad inferior. Como elemento escultórico complementario, ha aparecido una basa de columna de caliza, si bien desplazada de lo que sería su posición inicial. Todo ello nos ha llevado a pensar en un sacellum para el culto, donde se veneraría a la diosa que se dispondría probablemente en algún nicho o arco emplazado en el desaparecido muro oeste. Finalmente, en el Este encontramos una zona exterior que se resuelve mediante un jardín (figs. 22, 23 y 24). Se extendería, en su zona mejor documentada, a lo largo de todo el lateral oriental (un total de 30 m), Figura 23. Arriba, una de las exedras dedicadas a la conmemoración funeraria en Pompeya, concretamente una de las dos de la Vía de los Sepulcros, a la salida de la Puerta de Herculano. Imagen Ana Lucía Sánchez. Abajo, hipótesis de reconstrucción tridimensional de una de las exedras del jardín de la casa de Hippolytus. Imagen Servicio de Arqueología de A.H. estructurado en dos partes, cada una de las cuales ocupa una terraza, y conectándose ambas por medio de una escalera: la parte Norte es un espacio diáfano, de 8 m de longitud. En la sur se configura un pasillo flanqueado por dos filas de exedras, y con una longitud de 28 m. Al Norte se desarrollaría un jardín con especies documentadas en el análisis de restos pero de las que desconocemos la distribución en planta. A la segunda se accede por medio de las referidas escaleras. A sus pies surge un pasillo de opus signinum, enmarcado por dos elementos arquitectónicos. A la derecha, un sillar que serviría de plinto a un elemento exento (una columna, una escultura o una crátera). A la izquierda, un pequeño estanque. A continuación, a cada lado del pasillo se extiende una fila de cuatro exedras, cada una de las cuales se configura como un banco corrido. Los bancos, realizados alternando el tapial y el canto rodado, tenían un revestimiento que combinaba la pintura con el ladrillo, éste ubicado en la parte destinada a asiento. El ladrillo ha sido expoliado, pero se conserva una impronta que delata el uso de piezas de 30 cm de longitud y una anchura variable, lo que sugiere que se utilizaron ladrillos o quizá más bien fragmentos de mármol de tipo pedalis cortados longitudinalmente para lograr la curvatura necesaria. Unos pequeños tabiques separaban cada exedra de la siguiente, y probablemente constituían a la vez el soporte para algún tipo de parasol: celosías que se cubrirían de vegetación. A esto se añadiría una amplia superficie, al Sur y al Este, por donde el jardín se extendería con plantas que exigen un gran desarrollo volumétrico. Concretamente, la existencia de ciertas especies (por ejemplo, el cedro) reclama un desarrollo amplio, hacia el arroyo Camarmilla, donde contactaría con el mausoleo de la familia de los Anios, que serviría de cierre al jardín. Las evidencias para clasificarlo como un jardín son varias: primero, en este espacio se ha realizado un análisis de polen, y sobre todo de microrrestos, entre los que destaca la recogida de fitolitos. El resultado es que hay una gran cantidad de especies que se documentan en este limitado recinto: algunas autóctonas, como los pinos, robles y efedras. Otras exóticas, palmeras, cedros, tilos, jazmines, hipérico y cariofiláceas. Es evidente el esfuerzo por contar en este punto con una suma de plantas diversas, procedentes algunas de entornos ambientales muy diversos y distintos de los meseteños (como el jazmín, la palmera y el hipérico) que sólo se conciben en relación con un jardín. Segundo, se trata de un espacio exterior. El edificio como tal termina en el gran muro que cierra el ala oriental, revocado por el exterior con color rojo. Tercero, además de las plantas hay otros elementos que obligan a pensar en un jardín: así, los juegos de agua, representados en la fuente o pileta revestida de signinum que se ubica al norte de las exedras. También las aves, como un pelícano y palomas, documentados a partir de los restos óseos. Como bien es sabido, se considera a ambos factores representativos de la jardinería de la época26. Hipótesis de reconstrucción tridimensional del jardín de los Anios, con la ubicación más probable de algunas de las especies documentados por el estudio arqueobotánico. Imagen Servicio de Arqueología de A.H. sobre hipótesis de S. Rascón y A.L. Sánchez. Cuarto, aquí se imita una ambulatio: Grimal27, en su obra sobre jardinería romana, recoge esta categoría, que se encuentra bastante bien documentada. Vitrubio28 describe este tipo de paseos, que también se mencionan en la obra de Marcial29 y de Plinio el Viejo, y que son en definitiva un jardín lineal, desarrollado en torno a un camino, y que sirven para pasear a pié o en carroza. Este jardín requiere un pórtico o un elemento de cierre semejante, a uno o a ambos lados del paseo, función que en este caso desempeñan las dos filas de exedras. Las exedras representan un tipo de fachada escénica, que se documenta principalmente a partir de la iconografía, y que el mismo Grimal reconoce en varias pinturas de Pompeya y de Herculano30. Quinto, por su desarrollo en superficie, sus especies vegetales y faunísticas, y sus connotaciones ideológicas (el mundo meridional y orientalizante) que coinciden con la iconografía del interior de la Casa, es un jardín excepcional, hasta tal punto que rivaliza en importancia y coste económico con el edificio. Hasta cierto punto, es el edificio el que complementa al jardín, y no al revés, o ambos se complementan el uno al otro. No es este el lugar para estudiar con detalle nuestro jardín, cosa que se ha hecho en otros foros31. Nos interesa sin embargo resaltar tres aspectos: primero, su carácter culto, refinado y orientalizante. Segundo, la relación paisajística del jardín con el mausoleo de los Anios. Tercero, su arquitectura, concretamente el desarrollo de las exedras, que se conciben, como se verá, como espacio de reunión. La vocación orientalizante del jardín es evidente a partir de las especies que aparecen, tanto animales como vegetales. Desde los datos arqueobotánicos sabemos de la existencia de una serie de árboles: además de pinos, encinas, robles y probablemente olmos, que componen el entorno boscoso, el jardín y sus inmediaciones debieron contar con pino de sombra, olivo (Olea sp.), olmo (Ulmus), tilo (Tilia), cedro (Cedrus) y palmitos (Chamaerops humilis L. A esto se unen plantas arbustivas y lianoides. En concreto destaca una considerable presencia del jazmín (Jasminum, 1'9% de la muestra polínica), pero también de efedras (0'3 %, Ephedra fragilis) y jaras (Cistus, 0'9 %). Al margen de especies propias de la Meseta (olmo, pino, olivo y jara), destacaremos la presencia de plantas decorativas y medicinales ya en la época (el tilo) y, sobre todo, especies que sólo se explican a partir de importaciones, quizá en algún caso desde climas merdionales de la Península, pero sobre todo desde Próximo Oriente o el Norte de África. El jazmín, además de uno de los mejores representados en la muestra obtenida, es una planta meridional, muy significativa de paisajes de climas cálidos y húmedos, que no soporta los inviernos fríos: es frecuente en la costa sur de España y en todo el litoral norteafricano. Su uso en la jardinería romana, concretamente en Pompeya, está además arqueológicamente documentado, lo que la convierte en una planta "culta" 32. Siguiendo en la misma línea interpretativa, destaca también la presencia de palmitos y cedros. El primero, y en general la palmera, exige su importación, al menos desde el Sur de la Península, cuando no de África o Próximo Oriente. Caracteriza los paisajes mediterráneos y orientales. También representa naturalezas idealizadas en la pintura y el mosaico: los ejemplos son innumerables. Más interesante incluso es el cedro. Desaparece de la Península en el Terciario, y es en cambio abundante en el Norte de África, pero sobre todo es uno de los árboles más apreciados de la Antigüedad, especialmente en Oriente Próximo, documentado ya en el Poema de Gilgamesh. Desde el III milenio a.C. es una deseada y perseguida riqueza natural de los bosques del Líbano. Creemos que su presencia en un jardín de la Meseta debe interpretarse como un gesto culto, remembranza de los jardines orientales que, no lo olvidemos, son una referencia universal durante la Antigüedad. La cercanía de palmitos y jazmines no haría sino reforzar esta imagen. Los datos zoológicos redundan en esa explicación. Las palomas documentadas son probablemente mascotas, pero sin duda lo es el pelícano, un animal que no anida en la Península, siendo sus nidos más cercanos de Mauritania o de la costa entre Libia y el Próximo Oriente, este incluido. Una vez más, el deseo expreso de recrear paisajes de aspecto meridional y oriental, que además se vinculan directamente con el contenido de la decoración del frigidarium y su repertorio de fauna mediterránea, y nos recuerdan que, en paralelo, existía una cultivada devoción hacia la Naturaleza como lugar paradisíaco, al locus amoenus, en la misma literatura romana 33. Además, este jardín está ligado directamente con la Casa, pero también con el mausoleo de los Anios. Ya hemos demostrado que éste se encontraría afrontado visualmente con el jardín, de forma que, cuando alguien se sentaba en cualquiera de las exedras, los monumentos funerarios quedaban visibles al Sur, al final de la zona ajardinada, y a una cota levemente superior. Hemos propuesto una reconstrucción virtual del efecto paisajístico que debía conseguirse (fig. 25): las tumbas de la familia de los benefactores, perpetuamente a la vista de los beneficiados. La obra de los evergetas nunca se olvida. En cuanto a las exedras, tienen unas dimensiones aproximadas de 4'80 m de longitud que se ofrece al paseo central (el diámetro de la circunferencia que conforman) y 3 m de fondo (el radio de la parte conservada o construida). La técnica constructiva que se sigue es la elaboración de un zócalo de cantos rodados sobre el que después se levanta un murete de tapial de escasa altura (una media de 45 cm). Este murete de tapial, que va a servir para configurar un banco corrido donde sentarse, se cubría después con unos asientos y un frente de placas de otro material más resistente y probablemente más noble. Las dos exedras que se encuentran en posición noroccidental conservaban impresas las huellas de las piezas que sirvieron para preparar los asientos. Las marcas son irregulares, ceñidas a una longitud de 45 cm, que coinciden con el fondo del asiento, pero de anchura diferente, porque van adaptándose a la curva que describe la exedra. Respecto al material que componía este revestimiento, la excavación de esta fachada oriental ha proporcionado restos de ladrillo en pequeñas cantidades, y sobre todo de mármol de dos tipos: blanco, procedente de canteras del Sudeste de España, y ocre-morado procedente de canteras de Soria. Ambos, por otra parte, tienen una presencia habitual en Complutum, y son abundantes en varios edificios del foro34. Pensamos por tanto, dado el carácter relevante de este espacio y buscando la concordancia con el refinamiento y lujo empleado en otras partes del edificio, que estarían forradas de mármol, buscando algún tipo de juego cromático entre blancos, ocres y morados. En cada exedra, tras el asiento y abrazándolo completamente se levantaba un segundo muro, que sólo se ha conservado a la cota de cimiento de canto rodado. En realidad sería un respaldo o parapeto para que los usuarios se apoyasen sobre él. Entre cada dos exedras se desarrolla un pequeño murete de canto rodado muy deteriorado donde probablemente se ubicara alguna estructura de carácter perecedero, posiblemente un sistema de vigas de madera, o una estructura de cañas, documentadas en el análisis arqueobotánico, para sostener algún tipo de protección aérea: toldos, o quizá más probablemente un parasol vegetal. De hecho, hemos de hacer referencia a la existencia de cañas (Arundo donax L.), pues sus fitolitos en el jardín evidencian su empleo como parte de pérgolas y probablemente también de tutores para las plantas. LA CASA DE HIPPOLYTUS, SCHOLA DE UN COLLEGIUM La Casa de Hippolytus ofrece diversos elementos de interés para su discusión, si bien en este momento nos interesa su interpretación como sede de un collegium. Dado el estado de conservación de los restos más antiguos y el objetivo de este trabajo, la interpretación funcional de la Casa de Hippolytus se va a ceñir a la fase III. Lo primero que define a nuestro edificio es la atipicidad. Podemos decir qué no es: se trata de un edificio suburbano que está a escasos metros del límite del casco histórico del Complutum bajoimperial y en un primer acercamiento podríamos definirlo como unas termas. Y termas tiene sin duda, aunque lo recortado de su tamaño impide que se puedan considerar como unas termas públicas. Tampoco es una domus con unas termas privadas ya que no existen los espacios característicos de este tipo de viviendas, y nuestro edificio en modo alguno se puede ajustar a los parámetros clásicos de la casa hispanorromana con un peristilo y una serie de habitaciones, un oecus, las piezas que sirven como cubicula, etc. Incluso es complicado identificarla en ese sentido si prescindimos del modelo clásico de casa hispanorromana. Queremos destacar que los alrededores de la Casa han sido sondeados, incluso objeto de un movimiento de tierra de gran envergadura que se debe a la construcción del ya citado Polideportivo Municipal del Juncal entre 1987 y 1990. Por tanto, al margen de los ya citados no hay mas restos significativos pertenecientes al mismo conjunto de la Casa de Hippolytus35. Entonces nuestro edificio no es ninguna de las cosas citadas, y será preciso desarrollar un análisis funcional para saber a qué uso puede responder. La Casa de Hippolytus y el mausoleo de los Anios, que se consideran un bloque a todos los efectos, cumple tres funciones: la primera la lúdica, la segunda la de reunión y la tercera la religiosa. La función lúdica se desarrolla en dos áreas: primero la más característica del ocio romano de la parte occidental del Imperio, y que se corresponde con un espacio termal. Segundo, la implicada por la cocina y el jardín, que nos remiten a la idea del banquete en reunión. Una buena parte de nuestro edificio se puede entender como unas termas: el patio cubierto central que tiene a su derecha una piscina de agua fría y a su izquierda un estanque trilobulado, y al Sur una zona con calefacción, estructurada en dos caldaria, según los cánones necesarios para cualquier instalación de baños de la época, pero con un tamaño bastante menor de lo habitual para unas termas públicas. Las termas de Hippolytus sirven para el uso de un determinado grupo de personas, no muy numeroso. También incide en lo lúdico la existencia de la cocina, un pequeño horno de adobe que se encuentra ubicado en el praefurnium. Por otra parte, el vertedero de materiales altoimperiales documentado en el propio yacimiento, si bien con una cronología diferente a las estructuras que estamos comentando, se caracteriza también por tener abundantes piezas de una vajilla de mesa y con la existencia de restos óseos que indican el consumo de animales muy jóvenes y por tanto muy aptos para ser manjares de lujo. Lujo que por otra parte está presente en todo el edificio, patente en su colección de materiales de alto valor añadido: pintura, escultura y sobre todo, mosaico, especialmente el emblema realizado por Hippolytus o los mosaicos parietales de los que se conservan pocos restos pero en todo caso de probada existencia. El lujo y el deseo de remitirse a elementos exóticos parecen ser muy fuertes entre los propietarios del edificio, ya que además de introducir una decoración acorde con este gusto, y un jardín de corte orientalizante, se recurre a instalar un aviario con especies exóticas de aquellas provincias. En este sentido hay que entender la presencia de los restos de un pelícano en el yacimiento, documentado en el correspondiente análisis de los restos óseos de aves que se recuperaron 36. La segunda función que se desarrolla con claridad es la asociativa. Las ocho exedras que se conservan son realmente bancos corridos que permiten que tomen asiento un grupo de individuos, entre cuarenta y ocho y ochenta, con un doble objeto: por una parte la posibilidad de que se utilice como un comedor de verano, y por otra servir de lugar de reunión para debatir asuntos de interés común. Pero además, y lo que consideramos un argumento concluyente, las exedras tienen también una función funeraria y conmemorativa, porque están afrontadas con el mausoleo de la familia de los Anios, promotora del edificio. Además, la función religiosa estaría representada por la estatua de Diana que presidiría la habitación en la que fue encontrada, una sala a la que es posible acceder de forma separada de la zona de ocio y que se encuentra comunicada también con la zona de reunión. También de las cercanías de la Casa de Hippolytus procede un ara dedicado a Hércules por la familia propietaria y/o promotora del edificio, los Anios. Más allá de lo que significaría interpretar este conjunto como unas termas, lo que sería una lectura parcial y excesivamente simplista (sin duda son unas termas, pero esto no explica este curioso conjunto de termasjardín -theatron y mausoleo funerario; además de termas es, seguro, algo más), creemos que la moderna Arqueología, armada de recursos técnicos muy útiles, puede y debe llegar más lejos en su interpretación. Para ello, las preguntas que intentamos responder son: ¿qué tipos de edificios conocemos en el mundo romano que puedan necesitar de éstas funciones? ¿En cuál, además, éstas definen la misma esencia y dedicación principal del o de los edificios? ¿En qué lugar de una ciudad hispanorromana se venera a divinidades, se recuerda a los evergetas que la construyeron, se demanda un espacio de reunión y se generan importantes espacios de ocio, concebidos con un doble criterio de lujo y erudición, y todo ello de forma integrada? El único tipo de edificio que responde a estas demandas es la sede de una agrupación asociativa, un colegio, con cualquiera de las denominaciones que a lo largo de los siglos se emplearon para definirlo: collegium, schola, aedes..... Estas agrupaciones, tremendamente variadas y diferentes unas de otras, en objetivos, riqueza material, sentido trascendente de su misión, etc. (desde la formalidad de los colegios de Sacerdotes del Culto Imperial, institución canónica, arraigada en la sociedad y en los resortes de poder urbano, a la ligereza de la Asociación de Bebedores de Pompeya,37 constituyen fórmulas muy arraigadas en la sociedad romana. La historiografía ha atendido de forma puntual el problema de los colegios y asociaciones. El texto de referencia, pese a los años que median desde su redacción, sigue siendo el de Waltzing 38, un exhaustivo trabajo sobre las asociaciones, sus tipos, funciones, etc. a lo largo y ancho del territorio imperial, y al que luego se han añadido otros estudios generalmente de carácter más puntual39. En España el trabajo de Santero40 necesariamente ha de servir de marco a cualquier investigación sobre colegios hispanorromanos, si bien se avanza decididamente en algunos aspectos: los colegios militares41, la arquitectura de las sedes colegiales42, incluso los intentos por interpretar en esta clave determinados edificios arqueológicos 43. Este último aspecto es especialmente complejo, porque la bibliografía referida, incluso este mismo trabajo nuestro, evidencian que no hay una tipología definida para la arquitectura colegial, sino que esta puede ser muy variable. Las asociaciones en el mundo romano eran numerosas, y probablemente el factor más decisivo para explicar su abundancia es la diferenciación social tan arraigada y a veces extrema. Gran parte de los servicios y de los bienes a los que un hombre de época imperial necesitaba acceder tenían que conseguirse a través de unos mecanismos que difieren mucho de los actuales. El Estado occidental del siglo XXI (llamado Estado del Bienestar) proporciona una serie de servicios que el Estado imperial romano no contemplaba en absoluto ¿Cómo se accede entonces a ayudas sociales, a privilegios, a puestos de trabajo? Fundamentalmente a través de dos elementos como son la amistad, entendida en el sentido clásico más estricto, y el patronato. El intercambio tiene sentido sobre todo entre las clases altas: un patrono o un amigo protege siempre a un individuo de posición social levemente inferior, del que siempre se espera conseguir algo a cambio: apoyo en determinadas cuestiones, en una carrera política u otros beneficios diversos. Las clases más humildes, artesanos, comerciantes, militares, no tienen esta posibilidad porque poco tienen que ofrecer individualmente. Pero se abre una vía para ellos a través del asociacionismo: una serie de individuos, generalmente unidos por un factor determinado, frecuentemente su adscripción social y / o su actividad económica se unen entre sí para ser capaces de acceder a beneficios que de otra forma no pueden conseguir, porque como grupo suman una fuerza cuyo control resulta deseable para las clases sociales más elevadas44, y el propio Estado podía, sobre todo en los últimos años de la República y primeros del Imperio, extraer una utilidad pública de su existencia 45. Así ocurre claramente con el grupo de los tria collegia (dendrophori, centonari y fabri) que aglutinan tres oficios considerados imprescindibles para la ciudad de Roma, necesidad extrapolable a la mayoría de las poblaciones de tamaño mediano del Imperio, lo que justifica su legitimación incluso en una época como la Julio-Claudia, donde la legislación es muy restrictiva para con el fenómeno asociativo, seguramente porque aún existe el recuerdo de las movilizaciones políticas de finales de la República. Sin duda, estas necesidades encuentran un aglutinante en la expresión profesional de dichos grupos, lo que explica que su carácter tenga algunos puntos de contacto con los gremios medievales: el hombre romano se define principalmente por su ocupación. Esto no debe llevarnos a una lectura simplista de la actividad colegial, porque a partir de la premisa citada la realidad asociativa se complica extremadamente y se instala en todos aquellos grupos que se identifican con un factor determinado, incluso cuando el factor es su relación con el poder -es decir, entre ciudadanos medianamente acomodados-lo que los convertiría, de hecho, en elementos de presión política nada desdeñables: los colegios militares, los sacerdotes augustales, los propios colegios de los jóvenes, tienen un peso muy considerable en las ciudades en que se instalan. La mayoría de los colegios son los de tenuiores, asociaciones para pobres 46. Para éstos, los servicios que se ofrecen son muy elementales: a cambio del pago de una cuota, y de las aportaciones económicas que realizase el patrono, se accede a un enterramiento digno: el colegio organiza los sepelios del difunto y los colegiados se comprometen a formar parte del duelo y de las pompas para honrar al difunto, lo que es de la mayor importancia en el concepto clásico del tránsito a la vida de ultratumba. Es ésta, por cierto, una actividad que también se extiende a colegios con un mayor nivel económico. Los colegios en el siglo I a.C. y I d.C. parecen tener, por lo general, un objetivo cultual y funerario, que responde a necesidades concretas de individuos socialmente poco favorecidos, pero que grupos más poderosos tampoco desdeñan. Otro factor de actividad, el principal en muchos colegios, es el cultual: las asociaciones tenían una advocación concreta y están dedicados a una u otra divinidad. Muchos autores han querido interpretar que existe una realidad material en los colegios que va cambiando a lo largo del Imperio: para Subias, las sedes del siglo I y II responden a necesidades básicamente religiosas; a partir del siglo II se potencian los espacios destinados a actividades conviviales, y la arquitectura de los colegios profesionales expresa la voluntad de las corporaciones de una proyección a la altura de las circunstancias 47. También sabemos que los colegios, independientemente de su nivel económico, organizan comidas periódicas. Si es un colegio de gente humilde, esto permite acceder a determinados tipos de alimentos que de modo privado los colegiados no pueden costearse, permitiéndose así que entren en la dinámica social, definitoria de la cultura romana, del banquete. Un tema atractivo, el de acercar el acto civilizado por excelencia, la cena, a grupos de inferior cultura, y así lo percibían los propios romanos, que gustan de expresar lo que ellos entienden como una paradoja social en la literatura o en las artes plásticas: La cena de Trimalción, uno de los episodios más célebres que la literatura romana latina nos ha ofrecido 48, expresa con aire aristocrático esta contradicción entre un acto noble, el banquete, y la baja procedencia e incultura del anfitrión. Incluso la musivaria lo refleja en un pavimento del Djem, de la primera mitad del siglo III d.C. donde los comensales, sentados a la mesa como señores, expresan en el tono grosero de su conversación su baja procedencia. En opinión de Yacoub, podríamos estar ante una cena ofrecida a un determinado colegio de los varios existentes entre el colectivo de los bestiarios, los bien documentados Taurisci 49. schola, o cualquiera de los apelativos que recibe a lo largo de los siglos y de la geografía imperial), pero sin embargo hemos asistido en la bibliografía más reciente a la aparición de una serie de trabajos sobre arquitectura de las corporaciones en todo el Imperio, y la conclusión tiende a consagrar la difícil caracterización de estos edificios. Principalmente hay que citar la obra de 1995 de Carrillo-Díaz, quien recoge los edificios que con más claridad pueden interpretarse como tales sedes; un trabajo que contribuye a llenar un vacío historiográfico, aunque curiosamente no se recoge el problema planteado en lugares de obligada referencia, como la Casa de las Exedras y la de los Pájaros de Itálica, en España, o algunas sedes muy notables de la mitad oriental del Imperio, como el Heroon de Diodoros Pasparos de Pérgamo 52. Es en este marco de reconocimiento creciente de la realidad arqueológica de las asociaciones romanas en el que se incluye la identificación de nuestro edificio complutense. Para complicar nuestra tarea, la mayoría de los edificios interpretados como sedes colegiales pertenecen a Roma y a su entorno más inmediato, cercano a la problemática social, cultural y arquitectónica de la capital, que no coincide a veces con la provincial. Más aún, proceden en concreto de entornos muy bien conservados, como Ostia. También otras sedes, pertenecientes a entornos provinciales, han podido ser interpretadas como tales gracias a su magnífico estado de conservación: se ubican en el Norte de África (Cartago, Mactar...) o en Asia Menor (el ya citado Heroon de Pérgamo). En España la identificación de sedes colegiales es muy escasa. Santero 53 realiza uno de los primeros intentos de interpretación referido a la exedra o schola de los Cultores Minervae de Tarraco, a la que se refiere como una sala semicircular de reuniones y conversaciones, con bancos colocados en semicírculo (es decir, el mismo mecanismo que en la Casa de Hippolytus), bien es verdad que sin contar con argumentos arqueológicos sólidos. El collegium fabrum, también de Tarraco, se ha reconocido en función de su epigrafía y su programa escultórico, pero poco puede decirse de su planta, aparentemente un edificio urbano, de peristilo porticado en tres de sus lados 54. Más explícitos son los restos arqueológicos de la Casa de las Exedras en Itálica, interpretada tradicionalmente como domus, pero con una reciente relectura de Rodríguez Hidalgo 55, fundamentada en dos factores: la extrema importancia de las áreas de uso público o semipúblico, como las termas y las letrinas, y la importancia de la cocina, así como en el escaso interés por las zonas privadas, principalmente el cubiculum o el larario. Sin embargo, no existe acuerdo unánime en la aceptación de esta interpretación. A pesar de todo lo dicho, Hermanssen 56 ha diseñado un modelo identificativo local de arquitecturas colegiales para la ciudad de Ostia, lo que se debe al elevado volumen de documentación que procede de esta ciudad, en realidad un anexo de Roma. Este autor distingue en las sedes de corporaciones unos rasgos definitorios: monumentalidad, centros de culto, cocinas, espacios amplios para reuniones y banquetes. A pesar de lo específico del estudio de Hermanssen, aplicado a una ciudad concreta con una documentación arqueológica excepcional, es posible proyectar fuera de la Península Itálica estos rasgos arquitectónicos, que se repiten en las diferentes sedes identificadas tanto en Italia como fuera de ella, y a las que habría que añadir una nueva: la relativa abundancia de espacios termales y de letrinas sobredimensionadas: Primero, las áreas domésticas características están ausentes por completo y muchos edificios no responden a los esquemas clásicos, de peristilo: el Aula de los mensores en Ostia 57, el edificio de Eumachia (Pompeya), la schola iuvenum (Mactar, Túnez) 58. Incluso cuando las sedes se planifican desde una planta de casa con peristilo, se da la circunstancia de que hay espacios de la tipología doméstica muy poco o nada representados, como los cubicula, o el lararium. Constatamos que en la Casa de Hippolytus y su entorno no existe tampoco ningún argumento para una posible identificación doméstica. Segundo, aparecen conjuntos termales demasiado pequeños para ser unas termas públicas urbanas, y además están asociados a otros espacios que tampoco pueden interpretarse como casas privadas, lo que imposibilita que se trate de pequeños balnea domésticos. Especialmente es imposible en lugares como la Casa de Hippolytus, donde no hay una domus para vincularlos, y sí que existe, en cambio, un mausoleo funerario. Estos complejos termales se encuentran muy bien representados en la domus de los Dioscuros de Ostia, tradicionalmente referida como un ejemplo de la casa privada tardía ostiense 59, pero reinterpretada a la luz de trabajos mas recientes 60, que la consideran un establecimiento semipúblico, empleado por un colectivo restrin-gido y conectado con los juegos que se celebraban en la ciudad en honor de los Dioscuros, probablemente, quizá, una corporación de atletas o de jóvenes. Este edificio desarrolla principalmente los espacios termales y los de servicios, con zonas que están planteadas para el ocio, el tránsito de grupos medianamente numerosos y la representación. Acorde con esto, el esfuerzo y el dinero invertidos en un programa decorativo complejo, con mosaicos, pinturas murales, fuentes y zonas con calefacción, entre los que sobresale el mosaico de los Dioscuros que da nombre al complejo edilicio. Estas termas, además, se fechan en época tardía, para lo que existen varias hipótesis, que no vamos a entrar a discutir, y que oscilan entre mediados del siglo IV y el primer cuarto del V d.C. Este conjunto de circunstancias hace que estemos ante el paralelo más explícito con respecto a la Casa de Hippolytus. En otras sedes corporativas existen también baños: así ocurre con la schola iuvenum de Mactar, donde todo el ala oriental está ocupada por un complejo termal, con piscinas, fuentes y letrinas, que se fechan en el siglo I, aunque la schola cuenta con remociones en época severiana y a finales del siglo III. Lo mismo ocurre en la Casa de Baco de Djemila, con un importante complejo termal 61. En este marco también resulta totalmente congruente la lectura de nuestra Casa de Hippolytus como sede colegial. En tercer lugar, es habitual la insistente presencia de letrinas y pozos, con frecuencia (y al igual que ocurre en el edificio complutense) sobredimensionadas en tamaño o con una decoración especialmente lujosa: la citada schola iuvenum de Mactar, la sede de los stuppatores de Ostia, de época tardoseveriana 62 o la también ostiense sede (aula) de los mensores 63, incluso la Casa de las Exedras de Itálica, con el conocido mosaico de tema nilótico. Una cuarta característica es la presencia de zonas para reuniones y banquetes, a veces ligadas directamente al recuerdo de los patronos, de los evergetas que financian el complejo. Es este uno de los aspectos mas desarrollados en la Casa de Hippolytus, con el jardín de inspiración orientalizante y dotado para acoger una reunión de numerosas personas, que ocupa el ala oriental, afrontado con el mausoleo de la familia de los Anios. Estos espacios los hallamos en el Heroon de Pérgamo, con una sala dedicada al héroe, Diodoros Pasporos, junto a la que se abre un pequeño theatron, generalmen-te interpretado como un odeón, pero que en cualquier caso es un lugar destinado a reuniones de un colectivo vinculado a la memoria de aquel personaje 64. También en la citada Casa de Baco de Djemila, con jardines y un gran comedor 65, la schola iuvenum de Mactar, o las sedes de los stuppatores, de los Augustales y de los fabri navales de Ostia 66. La quinta característica es la existencia de lugares para el culto: aquí, los ejemplos se multiplican porque el hábito es esencial en cualquier colegio, pues ésta es una función primordial y en todos los casos hay una advocación hacia determinado culto: en Ostia, las sedes de los stuppatores, de los Augustales y de los fabri navales (la también llamada schola de Trajano) 67. En Pérgamo, el Heroon de Diodoros Pasporos 68. En Tarraco, el collegium fabrum. En Alesia, una corporación artesanal, el llamado Monument d'Ucuétis 69. Finalmente, en sexto lugar, contamos con referencias epigráficas al patrono, aquel personaje bien ubicado en las redes políticas locales y que financia las actividades del colegio y frecuentemente la construcción de la sede: en Mactar, una inscripción documenta las remodelaciones que en la schola realiza nada menos que el procónsul de Africa, M. Aurelius Aristobulus. Por razones obvias, el número de inscripciones recuperadas es limitado (desgraciadamente los epígrafes recuperados en posición original son muchos menos de los que quisiéramos los arqueólogos). Parece indudable que este hábito epigráfico se corresponde con la lectura de la inscripción del mosaico de Hippolytus, y con la declaración de que el edificio pertenece a los Anios (pues así ha de leerse el término ANNIORUM). La fórmula elegida se vincula a los hábitos epigráficos romanos bajoimperiales, donde en las obras de rehabilitación o nueva construcción las fórmulas evergéticas propias de la aristocracia local altoimperial desaparecen en favor de otros mecanismos: alusiones literarias, presencia de altos funcionarios del Estado, etc. Es más, los Anios insisten en su presencia epigráfica en nuestro colegio mediante la inscripción recuperada en 1871 en que Gayo Anio y Magia Atta efectúan una dedicatoria a Hércules en cumplimiento de un voto (posiblemente, lo que se ofrece es un ara de sacrificios, que es la pieza recuperada). Además, y lo que es excepcional, es que el mausoleo de la familia se encuentra formando parte del mismo complejo que la familia funda, siendo perfectamente visible desde él, es más vinculándose paisajísticamente con su jardín. Por si los argumentos expuestos hasta ahora fueran pocos, queremos dejar constancia de la relación de las grandes exedras semicirculares, empleadas como lugares de reunión, con las actividades convivales en colegios y otros entornos funerarios. Se trata de una práctica común en la arquitectura romana, tan conocida que algunos ejemplos son muy célebres e incluso populares: en el siglo I d.C. al menos tres relevantes mausoleos funerarios de Pompeya (figura 26) cuentan con magníficas exedras, bancos corridos de piedra, monumentalizados e incluso con su correspondiente dedicación epigráfica. Estos conjuntos de exedras han servido como inspiración a célebres pintores de finales del XIX y principios del XX (así Alma-Tadema), y forman parte de la recreación idealizada que el hombre moderno hace de la arquitectura clásica. La misma solución de exedras existe en el collegium iuvenum de Mactar, donde la arquitectura reconstruye un salón para reuniones concebido arquitectónicamente como el grupo de la Casa de Hippolytus (aunque no vinculado a un jardín, y esta vez los bancos no son de piedra ni están monumentalizados como los pompeyanos). Incluso la arquitectura palatina del siglo V, en Constantinopla, nos obsequia con el comedor de exedras semicirculares del Palacio de Lausos 70. Parece por tanto que la Casa de Hippolytus cumple todos los parámetros posibles para no corresponderse con ningún otro tipo de edificio y sí con la sede de una agrupación colegial. Más aún, y aunque este aspecto es más discutible, pensamos que debe tratarse de la sede de una corporación determinada, el collegium iuvenum complutense. Nuestros argumentos son los siguientes: Dos hechos aluden a un edificio para uso de un grupo perteneciente a las clases cultas y acomodadas: la riqueza y elevado coste de la decoración y el carácter erudito tanto del programa iconográfico como del jardín, que se acogen a un tema literario, los lugares paradisíacos y el mundo bucólico. Esto excluye a las asociaciones de tenuiores y, en una ciudad de mediano tamaño como Complutum, a los colectivos de comerciantes y artesanos. El carácter del edificio se ajusta a grupos de elevada posición, como los augustales o los jóvenes. Hay tres edificios que se quieren interpretar como sedes de agrupaciones juveniles: la Casa de las Exedras de Itálica (este con bastantes reparos), la Casa de los Dioscuros de Ostia y la schola de Mactar. En los tres, como en Complutum, las termas tienen una posición preponderante. Además el ocio, entendiendo como tal la formación física, es una de las actividades que distinguirían a estos colectivos 71. El collegium iuvenum agrupa a los hijos de las clases altas de las ciudades para introducirlos en determinados comportamientos sociales. Determinados collegia desarrollaban en sus respectivas ciudades tareas que se referían al embellecimiento de la ciudad y a las manifestaciones sociales en las mismas, como participación en fiestas y procesiones, organización de determinados acontecimientos, incluso hay quien propone una vocación paramilitar, para garantizar el orden en determinadas circunstancias. Posiblemente también cumplieran una cierta función educativa. Los socios son jóvenes, aunque muchas veces no tanto, puesto que se han documentado en algunos casos socios de hasta cuarenta años de edad, pero en todo caso hijos de la élite de la ciudad, de decuriones, principales o de cualquier persona capaz de desempeñar una magistratura (como libertos acomodados). Los colegios son además centros de presión y de poder importantes, porque en ellos confluyen las familias más relevantes. Esta demostrado incluso que en muchos colegios los mismos magistrados que representan a la asociación son también magistrados de la ciudad, con lo cual hay una importante sintonía entre lo que se decide en el colegio y la gestión pública que en la ciudad se desarrolla. El ejercicio físico y la caza entrarían en una lista de actividades colegiadas para jóvenes, que contribuyen a la formación del aristócrata. La realidad arquitectónica de todo ello, en Oriente, son las palestras, que por otro lado en Occidente están poco presentes en la realidad arqueológica urbana, y las termas. Nada tiene de extraño que en Hispania sea la realidad termal la que claramente se imponga. El culto a Diana, como diosa de la caza, acto representativo del ocio de las clases altas en la tardorromanidad, estaría presente en el Colegio de Complutum como en otros colegios juveniles. También el culto a Hércules, mediante la dedicatoria de Magia Atta y Gayo Anio. Coincide este doble culto con los datos proporcionados por el estandarte de Pollentia 72, actualmente en el MAN, que se ha identificado como emblema del collegium iuvenum de dicha ciudad balear: en él están presentes Diana, Hércules y el Genio de la Juventud (paradójicamente, un hombre maduro y barbado). Entre los investigadores no hay duda de que las advocaciones a Diana y Hércules serían las principales de los colegios de jóvenes 73, aunque otras también se han documentado, como la de Marte Augusto (congruente con la virtus como ADDENDUM: Respuesta a la Dra. García Entero Tradicionalmente hemos defendido la hipótesis, ampliamente desarrollada en el trabajo al que este addendum acompaña, de que la Casa de Hippolytus es la sede de una agrupación colegial complutense. Recientemente García-Entero ha propuesto una interpretación distinta, según la cual se trataría de un complejo termal suburbano, concretamente un balneum relacionado con una mansión extramuros: "...los restos de la Casa de Hippolytus interpretados, como veremos, como parte de la sede de un collegium iuvenum, y que creemos, pueden ser vinculados con una importante domus suburbana de la que apenas conocemos su balneum" (García-Entero, 2004, 145). La autora, notable conocedora de los edificios termales, desarrolla un meritorio trabajo orientado hacia los aspectos que ella mejor conoce, los de la arquitectura termal. Es quizá esta orientación parcial, la que hace que su lectura del yacimiento sea diferente. A pesar de que en páginas anteriores creemos haber demostrado suficientemente nuestra hipótesis (la Casa de Hippolytus es la sede de una agrupación colegial vinculada a una fundación y un recinto funerario de los Anios) nos consideramos también obligados a responder expresamente a los argumentos de la citada autora. En primer lugar, el trabajo de García-Entero emplea documentación arqueológica sin actualizar: por un lado, publica nuestro viejo plano general de Complutum de 1995 que hemos actualizado totalmente en 2000, recogiéndolo de nuevo en este trabajo. Por otro, su reinterpretación también se apoya en una planta del edificio de Hippolytus al que faltan varios elementos, y que sin embargo está actualizado desde 1999: la planta está incompleta en la zona del jardín (faltan varias exedras) y en el sector termal, del que está ausente una parte significativa de los restos, lo que, como veremos, motiva que su lectura del mismo resulte equivocada. Del mismo modo, la realización de un análisis pormenorizado como el suyo es difícil que pueda efectuarse con éxito exclusivamente sobre unos restos musealizados, que tienen siempre un contenido didáctico. Más aún, cuando los restos arqueológicos se contemplan desde lejos, mediante una pasarela. Nos atrevemos a proponer que la autora hubiera debido consultar la abundantísima documentación arqueológica de todo tipo que existe, producto del trabajo de un equipo pluridisciplinar durante varios años, y que constituye la información de primera mano. En segundo lugar, al no utilizar García-Entero la documentación procedente de la excavación, su lectura de la zona termal no es exacta (García-Entero, 2004, pp. 148 y ss; especialmente, f. Así, en la sala abovedada vinculada a la fachada norte, que ella interpreta como un apodyterium, la autora quiere ver un vano al sur, que la comunicaría con el patio central / frigidarium. Este vano (cuya existencia sería efectivamente útil para apoyar la lectura como apodyterium) simplemente no existe, y esto es un hecho, más allá de interpretaciones de tipo alguno: el muro sur es ciego, y los dos vanos documentados (que aún hoy se pueden ver en el yacimiento) son uno al este y otro al oeste. La sala abovedada tiene accesos sólo desde las dos entradas al edificio, a las que además comunica: las fauces y el pórtico noroccidental, y ninguno al frigidarium. Un segundo error se manifiesta en la descripción que García-Entero realiza del sector caliente de las termas. En la sala longitudinal oriental, anexa y paralela a la occidental, la autora propone unas dimensiones con una longitud aproximada del 50% de esta, pero en realidad ambas tienen la misma longitud (el lector interesado puede comparar el referido plano de García-Entero con la planta dibujada en la excavación, y que publicamos en páginas precedentes). La autora quiere ver una sudatio, y recogemos su argumentación (p. 152): "La sala recibía el calor directamente desde el praefurnium ubicado en su lado meridional, circunstancia que ha motivado nuestra interpretación de la estancia como sudatio". Argumentación incorrecta, porque realmente en el lado meridional de la sala propuesta como sudatio lo que existe es otra sala termal, y en este caso hay sólidos elementos en la infraestructura que obligan a esta lectura: la sala, abovedada y longitudinal, se compartimenta en dos ambientes, uno al norte y otro al sur. El praefurnium está al sur de este ambiente más meridional. Por otro lado, y aunque la argumentación se apoye sobre una descripción incorrecta, nosotros si creemos que existe una zona con la función de sudatio en esta parte del edificio, cuyo estudio no vamos a desarrollar aquí. En tercer lugar, García-Entero no ha utilizado determinada documentación que es fundamental para comprender la Casa de Hippolytus y su función, y que esta vez no se refiere a las estructuras excavadas entre 1991 y 1996, sino a su entorno y a los datos que proceden de análisis complementarios. El empleo de esta documentación, que nosotros si hemos usado en las páginas precedentes, plantea interrogantes que sólo se responden considerando que la Casa de Hippolytus es algo más complejo que unas termas suburbanas, y además descarta algunas otras posibles hipótesis (concretamente, descarta que exista una domus suburbana a la que el espacio termal de la Casa de Hippolytus se encuentre anexo). Así, en el trabajo de García-Entero no existen referencias, o son muy someras y la autora no los relaciona con el yacimiento, a los datos historiográficos, epigráficos y a los análisis de fauna de mamíferos y aves realizados, así como a los estudios arqueobotánicos efectuados sobre semillas, pólenes y fitolitos. Falta, por tanto, una masa de documentos existentes que la Arqueología moderna no puede ni debe ignorar. Especialmente nos sorprende que no exista una sola mención al mausoleo de los Anios, vinculado con la Casa de Hippolytus (nada menos que el lugar donde se entierra la misma familia que construye la casa), de cuya excavación en 1881, rescatada recientemente de un relativo olvido gracias al trabajo de Vallejo, 2005, pp. 79 y ss, hay muchos detalles que son conocidos tradicionalmente, porque gran parte de los materiales recuperados se exhibieron a finales del siglo XIX en un Museo Arqueológico Complutense ubicado en el Archivo General Central, porque alguna documentación relativa a los mismos y a su hallazgo existen todavía en el Archivo del Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia, y porque incluso algunos fueron trasladados a partir de 1900 al Museo Arqueológico Nacional, donde aún se encuentran. De hecho la pieza principal, un ara votiva dedicada a Hércules por Gayo Anio y Magia Atta, ha sido publicada en repetidas ocasiones (en general, ver CIL II 5855), desde el Marqués de Monsalud, en 1899, hasta Knapp, 1992. Con envidiable intuición, este autor ya apuntaba, antes que nosotros, la alta probabilidad de que el altar tuviese relación con la cercanía de una congregación de culto a este dios, como las realizadas por agrupaciones de tipo colegial (aún no se había excavado por cierto la Casa de Hippolytus). Igualmente nos sorprende que García-Entero no valore la singularidad de uno de los elementos arqueológicos más importantes del yacimiento: el jardín orientalizante. En sus notas 28 y 29 se refiere a él y a sus exedras como de características "...harto habituales..."). En realidad este jardín es hoy por hoy un unicum de la Arqueología Española, y hasta el momento el único jardín romano en sentido estricto de nuestro país (y de gran parte de Europa, sobre todo si excluimos los fabulosos restos de la Bahía de Nápoles) reconstruible con datos arqueológicos precisos, y del que conocemos la fauna, la vegetación, la topografía, parte de la iconografía asociada y la arquitectura. Este es un proyecto muy complejo, al que hemos hecho referencia en nuestro artículo precedente, y creemos que los implicados, especialistas en su mayor parte en jardinería de la Antigüedad, han abordado el tema con rigor y seriedad que contradicen esa supuesta vulgaridad de los restos complutenses. No conocemos ningún otro yacimiento interpretable como jardín o campo de cultivo con tal abundancia de datos tan variados, ni que ofrezcan una lectura tan extraordinaria (a excepción hecha, repetimos, de los ubicados en la Bahía de Nápoles). En cuarto lugar, y por último, la interpretación propuesta por García-Entero ("un complejo termal suburbano, concretamente un balneum relacionado con una mansión extramuros") es sencillamente imposible porque no existe tal mansión, sólo existe la Casa de Hippolytus, es decir el conjunto de termas, zona de culto y jardín. Esto se comprueba consultando por un lado los datos arqueológicos proporcionados por las numerosas construcciones modernas existentes en torno a la Casa de Hippolytus, situada en plena zona de expansión urbana de Alcalá, y por tanto rodeada de edificaciones donde se ha realizado supervisión arqueológica, por otro la documentación historiográfica que existe sobre la zona. La Casa de Hippolytus se encuentra inmersa en la Segunda Ciudad Polideportiva de Alcalá de Henares. Su construcción fue supervisada arqueológicamente en una primera fase en 1987 por Francisco Ardanaz Arranz, con resultados negativos a pesar de que se movieron varias decenas de miles de m 3. Fruto de esa supervisión apareció sólo la Casa de Hippolytus, y fue excavada, restaurada y musealizada, en una operación hasta la fecha única en la Comunidad de Madrid. Por tanto, no hay más restos arqueológicos asociados. La mansión de García-Entero, la domus suburbana, a la que además, y habida cuenta de la calidad de las termas que la autora quiere atribuirle, habría que suponer un porte muy relevante en sus técnicas constructivas, materiales decorativos, ajuares, etc., sencillamente no está.
El objeto de este trabajo es presentar una actualización de los conjuntos termales rurales y urbanos del cuadrante noroeste de Hispânia. Se hace especial hincapié en la aplicación de los distintos modelos arquitectónicos, ofreciendo una renovada visión de los tipos predominantes y de los referentes a los que se adscriben dentro del conjunto del Imperio. Es lugar común en la bibliografía reciente dedicada al estudio de los edificios termales la consideración acerca de la dificultad para establecer una tipología concreta donde poder encajar los diferentes modelos constructivos de baños existentes en el Imperio Romano. La mayoría de los autores denuncian el abuso que se ha hecho de las atribuciones tipológicas (Gros, 1996, 388-389) y, tal y como señala Yegül, se produce una excesiva tendencia al encasillamiento de las termas en parámetros tipológicos a partir de las primeras clasificaciones que Krencker realizara a finales de los años veinte (Yegül, 1992, 48. Ciertamente, al estudiar los conjuntos termales se observa que las propuestas tipológicas ^ resultan, en algunos de los casos.' El presente artículo se inscribe dentro del Proyecto de Investigación financiado por la DGICYT PS95-0043 «Termas romanas en Hispânia: Arquitectura y análisis funcional» dirigido, desde el Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la U.A.M., por la Dra. Carmen Fernández Ochoa. ^ Entre las tipologías de carácter general cabe destacar la primera sistematización de Krencker (1929), las más recientes de Brodner (1983), Nielsen (1990) y Yegül (1992) a las relativamente arbitrarias ya que, como es bien sabido, no existieron en el mundo romano dos edificios termales idénticos. No obstante, y pese a esta certeza, las atribuciones tipológicas, cuando se realizan con la necesaria prudencia, resultan de interés a la hora de establecer cuáles fueron los parámetros constructivos llevados a cabo en distintas zonas del Imperio en las que, efectivamente, observamos tanto la repetición de ciertos esquemas arquitectónicos como la ausencia de otros, circunstancia que revela modos determinados de construir relacionados con el propio proceso de romanización y con los agentes protagonistas del mismo. Así, una visión diacrònica de cada uno de estos conjuntos posibilita la comprensión de la función que paulatinamente asumieron las instalaciones termales en el proceso de urbanización de las ciudades en que fueron erigidas. Aunque a lo largo del período romano los edificios termales fueron adquiriendo mayor complejidad, lo que resulta claro es que todo conjunto termal debía estar dotado, como mínimo, de tres salas básicas, es decir, frigidarium, tepidarium y caldarium tal y como se ha comprobado en la evolución del conjunto de las termas Stabianas de Pompeya donde se plasma el modelo arquitectónico esencial de lo que serán los baños netamente romanos (Eschebach, 1979; Nielsen, 1985). Las estancias de estas termas, a las que cabe añadir otros ejemplos campanos como las termas del Foro de Pompeya (Eschebach, 1991) o las termas del Foro de Herculano (Gallo, 1991), son ambientes de planta rectangular articulados en un único eje con cubierta de doble cañón; los usuarios utilizaban estos espacios realizando un recorrido retrógrado a partir de la sala fría. La morfo- -Tabla tipológica de los edificios termales a partir de Krencker, 1929, elaborada por Nielsen, 1990. logia y disposición de estos conjuntos define el tipo más común de los baños romanos que se suele denominar de «tipo pompeyano-campano». El «tipo pompeyano» junto con sus variantes (tipo lineal axial o lineal angular) constituyó, sin lugar a dudas, el modelo arquitectónico más funcional y práctico introducido en las provincias occidentales del Imperio durante las últimas décadas de la República, difundiéndose profusamente a partir de época julioclaudia. En Hispânia (Fernández Ochoa et alii, 1997), atendiendo a los edificios termales de carácter público, se contabilizan numerosos ejemplos de la variante axial representados en la fase I de Baetulo, Baelo Claudia, Los Arcos II de Clunia, las termas monumentales de Segobriga, quizá la fase I de Bilbilis, Arcobriga, el edificio de la calle Honda de Cartagena y la fase I de Gijón. La variante lineal angular cuenta con una nómina nada desdeñable documentada en la fase II de Baetulo, Munigua, Los Báñales, las termas interiores de Segobriga, las termas augusteas de Conimbriga, las de la calle Padre Blanco de Astorga, las termas exteriores de Conimbriga, la fase II de Bilbilis, las termas del foro de Complutum y la fase II de Gijón. Otra modalidad derivada del modelo pompeyano es el baño de circuito anular que hace su aparición a partir de mediados del siglo i d.C. y se difunde sobre todo en los siglos ii y ni d.C. Este modelo tuvo menor difusión y se halla escasamente representado en Hispânia donde contamos, exclusivamente y hasta el momento, con los ejemplos de las termas de Los Palacios de Italica y los baños de Mirobriga (Nielsen, 1990). A partir de época flavia se constata una tendencia hacia la monumentalización de los conjuntos termales que se planificarán de forma simétrica y con las salas principales en disposición axial. Los esquemas de planta semi-axial se aplicaron profusamente en ciudades de tipo medio de Italia (Staccioli, 1958) y en el norte de África (Stucchi, 1957), donde sustituyeron a los modelos de tipo «imperial» al ser de traza mas flexible y de menor coste económico. En Hispânia, el mejor ejemplo lo constituyen las termas flavio-trajaneas de Conimbriga (Alarcão y Etienne, 1977). Por último, cabe hacer una breve referencia al conjunto de las grandes termas fechadas entre los siglos II y IV d.C. agrupadas bajo la denominación de «tipo imperial» y que tienen su origen en la experiencia flavia. Se trata de edificios monumentales sometidos a las rígidas normas de la simetría, con salas duplicadas en torno a un eje central que culmina en un gran caldarium. En la pars occidentalis del Imperio, dejando al margen los grandes edificios de la Urhs, tan sólo los conjuntos termales de Treveris (Rausch, 1979) y las denominadas «Termas Ercúleas» de Milán (Mirabella Roberti, 1984) se adscriben a esta tipología. En Hispânia, las termas de Los Arcos I de Clunia, en su versión antoniniana, es el único caso parangonable a edificios termales de esquema imperial. Si atendemos a cuestiones de carácter cronológico, casi todos los conjuntos termales hispanos de carácter público presentan diseños constructivos fechados en el Alto Imperio, aunque se trata de edificios que sufrieron modificaciones a lo largo de su periodo de uso y, particularmente, en fechas tardías. No obstante, y a tenor de los datos actualmente disponibles, parece que los conjuntos termales de Cástulo y, quizá, las termas del Acueducto y las Termas del Exterior de la Muralla de Conimbriga, podrían adscribirse a proyectos arquitectónicos de cronología Bajo Imperial (Fernández Ochoa y Zarzalejos, 1997). En resumen, se puede afirmar que tanto en los complejos termales de Hispânia como en los de las provincias septentrionales y occidentales del Imperio se constatan numerosas variantes en plantas y recorridos que, como mencionamos líneas arriba, impiden aplicar una tipología excesivamente rígida o repetitiva ^. ANÁLISIS DE ALGUNOS MODELOS TERMA-LES PÚBLICOS DEL NOROESTE Y LA MESETA NORTE DE HISPÂNIA Son numerosos los restos de termas públicas situados en ciudades o en aglomeraciones secundarias del noroeste y de la Meseta norte peninsulares, pero de muchos de ellos no se conoce la planta completa o, ésta, resulta de difícil interpretación. Así, en la región leonesa, la antigüedad de las excavaciones de Lancia y la compleja publicación de los resultados nos impide determinar la correspondencia entre las ^ Por ejemplo, la sauna seca exterior (sudatio) se incorpora a los conjuntos termales a fines del siglo i d.C. y, sobre todo, en el siglo ii d.C; su localización depende del espacio disponible y de las necesidades derivadas de la ubicación del imprescindible praefurnium. Determinadas condiciones climáticas debieron forzar la existencia de apodyteria calefactados o la multiplicación de praefurnía, así como la presencia o ausencia de natatio. fases de ocupación documentadas por los restos muebles y las estructuras emergentes, de manera que no es posible conocer la evolución del edificio ni tan siquiera en la fase final de su utilización (lorda y García, 1961; Jordá, 1962. En la capital del conventiis Asturum, Asturica Augusta, no cabe duda del carácter público y monumental de las termas de la calle Santiago Crespo de Astorga (Vidal Encinas, 1986) que aún siguen en proceso de excavación y de las que no se puede determinar ni su cronología ni la disposición de su circuito (fig. 3). En el caso de Legio VII (León. Fig. 4), el conjunto situado bajo la catedral induce a pensar en un edificio público de grandes dimensiones que, por desgracia, aún no ha sido investigado en todas sus posibilidades (García y Bellido, 1970; Tarradellas, 1997). Recientemente se adscriben a uso público los vestigios termales de la calle Armanyá n° 13 de la capital del conventus Lucensis sin que, hasta el momento, se hayan publicado los resultados de estas intervenciones (AA. De difícil interpretación son, ya en el conventus Bracarensis, los restos de las termas de la «Colina da Cividade» de Braga. Pese a que se trata de una excavación moderna y cuidada, tan sólo cabe apuntar, a la espera de la publicación de sus resultados, que el edificio balneario se asentó sobre otro precedente, quizá una basílica, y sufrió profundas remodelaciones durante el siglo m d.C. constatadas en la reducción de los espacios termales y la conversión de algunas salas calientes en frías (Martins, Delgado, y Alarcão, 1994, 312-313; Martins y Delgado, 1996. En la zona más oriental del territorio aquí estudiado cabe destacar los restos de una construcción termal bajo la catedral de Santander consistentes en unas estancias calefactadas datadas en el siglo iv d.C. La reducida superficie excavada no permite, sin embargo, mayores precisiones al respecto (González Echegaray y Casado Soto, 1997). Por su parte, en la capital del conventus Cluniensis hemos de hacer referencia a las denominadas Termas del Foro cuyo conocimiento, aún muy parcial, apenas permite afirmar que se trata de un edificio balneario de medianas dimensiones (c. 460 m^) cuyo carácter público, privado o semipúblico aún está por determinar, al igual que la función que cumplieron cada una de las salas excavadas (fig. 6). Su doble acceso directo desde el cardo situado a espaldas del Foro parece evidenciar un uso público de las instalaciones si bien la relación de adosamiento a la casa xf 3 hace pensar a sus excavadores en un posible carácter doméstico para estos baños (Palol, 1994,69) cuyas Fig. 2.-Planta de las estructuras de carácter termal de Lancia (Jordá y García, 1961). -Parte documentada de las termas de la Calle Santiago Crespo de Astorga (Vidal Encinas, 1986). Fig. 4.-Localización de los restos romanos bajo la catedral de León (García y Bellido, 1970). dimensiones, sin embargo, abogarían, junto con su ubicación, por un uso, al menos, semipúblico ^. "* Las categorías existentes de conjuntos balnearios del mundo romano se alejan cada vez más de la simple duplicidad de públicos y privados. En Ostia, por ejemplo, de los veinte edificios termales conocidos, ocho se adscriben a un uso público mientras que tan sólo uno es de carácter privado Los restos de los edificios termales públicos documentados en el noroeste y la Meseta norte penindoméstico. Son bien conocidas las termas de tipo medio de esta ciudad implantadas a partir del siglo ii en relación a edificios residenciales, que constituyeron, según Mar, verdaderas termas de barrio que, por escala y decoración, escapaban del interés de los personajes públicos. Este tipo de edificio En la zona objeto de nuestro estudio contamos con dos ejemplos de modelo lineal simple; se trata de las termas de Los Arcos II de Clunia y, en territorio portugués, la Fase I de las termas de Tongobriga. Como plan lineal se suele definir el conjunto balneario de Los Arcos II de Clunia cuya fecha de erección desconocemos, si bien parece claro que ya estaban en uso a fines del siglo i o inicios del siglo II d.C. Este edificio, junto con el gran establecimiento termal de Los Arcos I, carece aún de un estudio monográfico, por lo que la planimetría e interpretación actualmente difundidas se encuentra en fase provisional. Ignoramos si al esquema hoy visible y visitable se unirían otras edificaciones que modificarían la disposición de la planta. El edificio termal de Los Arcos II (fig. 7A) aparece precedido por un amplio patio porticado en su fachada meridional que constituye la palestra de los baños. Desde ella se accedía al primero de los ambientes netamente termales, apodyterium, que se disponen de oeste a este siguiendo un recorrido lineal. El apodyterium es una sala de planta octogonal con nichos en las esquinas. A continuación se encuentra el frigidarium rematado en ábside semicircular con piscina rectangular enfrentada en el flanco sur de la estancia; el ábside de esta sala comunica, según la interpretación de su excavador Palol, con un tepidarium cuadrangular calefactado desde un praefurnium propio. Al este del frigidarium se encuentra el tepidarium rectangular con un posible alveus cuadrangular en su esquina sureste; el caldarium, de tipo vitruviano con dos alvei, uno semicircular al norte y un segundo rectangular al sur CARMEN FERNANDEZ OCHOA y VIRGINIA GARCIA ENTERO AEspA, 72, 1999 Fig. 7.-Planta de las termas públicas de Los Arcos II (Clunia) según Palol, 1994 (A), e interpertación de las autoras (B). y, finalmente, cerrando las estructuras conocidas de la instalación balnearia por su extremo oriental, una estancia circular, no calefactada, interpretada por Palol como sudatio y que presenta las huellas de un labrum en el centro. Unas letrinae adosadas al oeste del apodyterium completarían la planimetría de este conjunto termal (Palol, 1994, 92-99). A falta aún de un estudio exhaustivo del conjunto termal de Los Arcos II y de su publicación hemos de anotar que esta interpretación ha sido recientemente matizada ^. De este modo, la estancia cuadrangular situada al norte del frigidarium e interpretada por Palol como tepidarium, es recogida, en esta nueva versión, como sudatio, mientras que la sala circular interpretada como tal aparece, ahora, carente de atribución funcional. Por nuestra parte creemos que la estancia cuadrangular que rompe con el esquema lineal de la planimetría del edificio, debe ser, efectivamente, interpretada como una sudatio exterior añadida, probablemente, en una segunda fase de la instalación termal dado que el sistema constructivo y el hypocaustum de arcos difiere del sistema empleado en el resto de estancias calefactadas. Por otra parte la habitación circular interpretada por su excavador como sudatio, carente de hypocaustum, pudo ser, según nuestra interpretación, una sala de baños de vapor perteneciente a una primera fase del edificio que, más adelante, perdió su primitiva función. Los restos estructurales documentados en el centro de la estancia e identificados como un posible labrum han de estar en relación con la infraestructura del brasero que, a falta de calefacción mediante el sistema de hypocaustum, constituyó el foco de calor imprescindible en este tipo de estancias ^. El estado de arrasamiento que presenta la ruina impide, no obstante, concretar más datos al respecto (fig. 7B). A este mismo esquema de funcionamiento corresponde la Fase I de las Termas de Tongobriga (fig. 8). Éstas fueron construidas en época flavia siguiendo un esquema lineal simple de recorrido retrógrado que contaba, como en el caso anterior, con un amplio espacio abierto dedicado a palestra (5) en comunicación directa con las letrinae ubicadas en el extremo occidental de la misma (8), la zona de servicio de los distintos praefurnia (6) y el apodyterium (1), primera de las salas del recorrido netamente balneario a la que siguieron el frigidarium con piscina de agua fría al norte (2), el tepidarium (3) y el caldarium con doble alvei cuadrangulares en los extremos norte y sur de la sala (4). En esta ocasión el edificio carece de sudatio (Tavares, 1997). Las estancias son cuadrangulares y cabe destacar las obras de retalle realizadas en la roca granítica con el fin de enterrar los hypocausta. ^ Nos referimos a los paneles explicativos recientemente instalados junto a los conjuntos termales clunienses. En la actualidad un equipo de investigación de la Universidad de Barcelona se encarga del estudio de los complejos termales clunienses. ^ Sistema de calentamiento descrito por Vitruvio (de Archi. V, 10, 5) y bien documentado, por ejemplo, en el laconicum de los baños de la Casa del Menandro en Pompeya. Este segundo esquema cuenta con algunos ejemplos entre los edificios termales conocidos del noroeste y la Meseta Norte peninsulares de los que destacamos, dado el buen estado de conservación que presentan sus estructuras, el de las termas de Campo Valdês de Gijón, re-excavadas a partir de 1990. Hemos dado cuenta de los resultados de estas excavaciones en distintos trabajos (Fernández Ochoa, 1995y 1996), por lo que tan sólo haremos un resumen de los elementos funcionales y arquitectónicos. La planta de los restos exhumados presenta diversas fases constructivas y cronológicas. Su análisis ha permitido identificar dos proyectos edilicios que, a su vez, presentan distintas refacciones. El modelo lineal-paralelo se observa en las trazas del primer edificio termal, de orientación N-S (Fase I. Fig. 9A). Estaba formado por una sucesión de ambientes fríos y cálidos siguiendo un eje axial y un plan de circulación retrógrado. La fecha atribuible a este complejo se sitúa entre fines del siglo i y el primer tercio del siglo ii d.C. Un largo pasillo (Pa) marca el eje en el que se sitúan ortogonalmente las diversas dependencias del conjunto. Desde este corredor se accedía a una habitación (A) cuadrangular de ambiente cálido, apodyterium, con restos de hypocaustum y, quizá, de un praefurnium, desafortunadamente perdido a causa de las alteraciones modernas. El apodyterium estaba directamente comunicado con el frigidarium (F), habitación rectangular cuyo remate occidental está constituido por una piscina de agua fría (Pi). Desde esta estancia, el usuario de los baños entraba en otra sala calefactada de planta rectangular con cabecera absidada que funcionaba como tepidarium (TI). Al fondo de la estancia se conserva el praefurnium (Pr) que calentaría la cámara de calor de la sala. A continuación del tepidarium se construyó una estancia cuadrangular calentada indirectamente a través de los pasos de calor provenientes tanto del hypocaustum del tepidarium anterior como del de la habitación contigua (caldarium). Esta habitación pudo tener usos múltiples y funcionar como un segundo tepidarium (T2). El recorrido termal, siempre según este primer proyecto, finalizaba en el caldarium (C). Se trata de una estancia rectangular rematada en un ábside poligonal irregular, que albergaría un alveus. Es casi seguro que otro alveus (AL) ocupaba el espacio meridional de la habitación, hoy destruido, donde también estaría ubicado el praefurnium (Pr). Sobre este primer proyecto se produjo una modificación cuya temporalidad no es posible precisar, pero que consideramos una rectificación de obra (Fase lA. La reforma supuso la construcción de un nuevo ambiente cálido, de planta circular inscrita en un cuadrado, que interpretamos como sudatio exterior (S), provista de un praefurnium (Pr) instalado en la parte sur de la estancia. Esta obra modificó el paso al frigidarium, accesible ahora desde el corredor, creándose, además, en el espacio entre éste y la sudatio, una especie de vestíbulo de intercomunicación entre frigidarium y sudatio, A este momento se puede atribuir igualmente la reforma de la piscina del frigidarium, consistente ésta en la construcción de una línea de sillares revestidos de hormigón hidráulico que formaban un banco corrido por tres de los lados de la piscina, quedando el acceso a la misma definido por dos escalones que ocupaban su flanco occidental. los restos de su hypocaustum y sistema de concameratio por medio de tubuli latericii. Se aprecia, igualmente, un cambio en el pmefurnium de la sudatio circular (S), al construirse un canal de calor exterior. En un momento impreciso, quizá tardío, surgió un nuevo ambiente cálido prácticamente pegado al sur de la citada sudano. Se trata de una pequeña habitación cuadrada con un gran praefurnium y restos de un hypocaustum. Un pequeño apéndice de este hypocaustum (1,5 m^), de forma piriforme, se adentra en el pasillo destruyendo la unidad constructiva del mismo. Su funcionalidad resulta desconocida ^. A fines del siglo i o principios del ii d.C. se atribuye la construcción de las termas de las calle Padre Blanco de Astorga. Su estado de conservación es relativamente bueno, presentando sus estructuras hasta 3 m de altura, y se observan bastantes refacciones en momentos cronológicos aún no precisados en el estudio preliminar de García Marcos (1994). El edificio estaba dotado de un apodyterium (I), un frigidarium con piscina (II-III), un caldarium (VI) seguido por un tepidarium (IV), una sudatio (VII) y un segundo caldarium (IX). Parece que el modelo de circulación se mantuvo a lo largo de las reformas advertidas en estas termas (fig. HA). Bajo nuestro punto de vista es posible, sin embargo, replantear la función de alguna estancia, de modo que el primer caldarium (VI) pudo funcionar Incluimos bajo éste epígrafe las termas de Los Arcos I de Clunia, gran conjunto balneario cuyo estudio monográfico no ha sido aún acometido. Contamos para ello con las breves anotaciones publicadas en la reciente guía del yacimiento (Palol, 1994, 85-92). Se trata de un gran edificio de esquema simétrico a modo de los grandes conjuntos romanos o africanos datados a partir de los inicios del siglo ii d.C. La fecha de construcción de la instalación data de época tiberiana, momento del que tan solo se conocen algunas estructuras. Es en el periodo flavio cuando el edificio adquirió la monumentalidad en su planta. Pero no será hasta época antoniniana cuando Los Arcos I presenten las características planimétricas del edificio actualmente conocido al transformarse los frigidaria de la fase anterior, repavimentarse ambas estancias, junto con los dos apodyteria construirse la zona meridional del conjunto termal (fíg. El acceso al edificio se realizaría, como han demostrado las últimas intervenciones de 1993, a través del pórtico semicircular columnado que remata la instalación termal por su flanco meridional. Este área daba paso, a su vez, a un amplio espacio cuadrangular central interpretado por Pálol como natatio e identificado, tras la última intervención, como área ajardinada ^. Esta zona queda flanqueada, a este y oeste, por dos grandes salas cuadrangulares columnadas simétricas consideradas hasta ahora como palestrae e identificadas, recientemente, como basilicae thermarum ^°. Desde ambas salas, los usuarios accedían a sendos apodyteria, también simétricos, que daban paso a dos frigidaria, simétricos, con piscinas rectangulares de agua fría en los extremos septentrionales de cada estancia. Desde los frigidaria el bañista pasaba a los tepidaria, simétricos, que convergían en una misma sala rectangular calefactada situada en el eje central del edificio; sala cuya función concreta dentro del recorrido termal no ha sido definida en ninguna de las interpretaciones existentes del edificio y que, a nuestro juicio, pudo funcionar como unctorium. Desde ella se accedía a un gran caldarium rectangular con doble alvei, también rectangulares, en sus lados E y O. CONJUNTOS TERMALES PRIVADOS DOMÉSTICOS Sabemos por Plinio {H.N. IX, 168) que la instalación en las villae campanas del tipo de baño con calefacción artificial mediante el sistema de hypocaustum desarrollado por Sergius Orata en torno al año 100 a.C, supuso, a partir de entonces, la generalización entre las residencias campestres de la aristocracia romana, de la presencia de baños privados en los que estas élites ciudadanas podían poner de manifiesto, lejos de la Urbs y de la creciente campaña moralizadora allí desarrollada, sus ideales de luxuria y opulentia como via de afirmación del poder político y del prestigio social. Si bien este hecho, como se ha puesto de manifiesto reciente-mente, se hace evidente en algunas villae a mare de cronología republicana como las de la zona de Sperlonga (Lafon 1981(Lafon y 1991)), las instalaciones termales domésticas no parecen incorporarse definitivamente a esta corriente de expresión de la posición social a través del derroche de lujo hasta, al menos, bien entrado el siglo i d.C, circunstancia bien documentada en Campania, momento a partir del cual asistimos, junto con el pleno desarrollo del sistema de calefacción {hypocaustum y concameratio) a la conversión de los baños, junto con triclinia, tablinia, peristila, en verdaderas zonas de representación del poder del dominus; realidad que llegará a su máxima expresión en las grandiosas instalaciones termales de las villae imperiales, cuyo máximo exponente son los cuatro conjuntos balnearios de la Villa de Adriano en Tíbur y, ya a partir del siglo m d.C, en las termas de las grandes villae norteafricanas e hispanas''.' ^ Ver nota 5.' ^' La diferencia entre ambos tipos de ambientes termales radica en el hecho de que mientras las palestrae son espacios a cielo abierto destinadas, eminentemente, a la práctica de ejercicio físico, las basilicae thermarum fueron salas cubiertas destinadas al paseo y la conversación (Nielsen, 1990). " La bibliografía específica sobre edificios termales de carácter doméstico es tan abundante como monografías han sido publicadas de cada uno de los yacimientos donde se han documentado baños privados. Carecemos, sin embargo, de trabajos de conjunto sobre este tipo de instalaciones por lo que, para tener una visión amplia del tipo de balnea construidos hemos de recurrir, aún, a la consulta de cada una de estas publicaciones específicas entre las que destacamos Maiuri, A., 1933a Si, como hemos visto, son evidentes las dificultades que nos encontramos, en algunas ocasiones, a la hora de atribuir una tipología concreta a los conjuntos balnearios públicos, en los establecimientos termales privados de carácter doméstico, tanto urbanos como rurales, nos hallamos precisamente ante la situación inversa dado que las planimetrías que mayoritariamente adoptaron estas instalaciones muestran una simplicidad tal que impiden siquiera establecer consideraciones de carácter tipológico acusándose, aún más, en estas construcciones, ante la multiplicación de casos conocidos y la relación directa de su morfología con los gustos y necesidades concretas de cada uno de sus propietarios, la afirmación antes expuesta según la cual no existieron dos edificios balnearios idénticos. En estas instalaciones, dependientes, además, de su integración planimétrica en el resto de la vivienda cuando los baños fueron añadidos a la planta originaria de la casa, se adoptaron esquemas esencialmente funcionales que debían asegurar la exigencia mínima y básica en la práctica del baño, dada la amplia disponibilidad, en el caso de los balnea domésticos urbanos, de edificios públicos a los que asistir. Por ello los balnea domésticos suelen contar con los tres ambientes elementales (frigidarium, tepidarium y caldarium) cuando no y, fundamentalmente entre los complejos más antiguos, únicamente con la sala caldeada {caldarium) precedida de un ambiente frío que funcionaba, además, como vestíbulo {tepidarium/apodyterium) como se pone de manifiesto en gran número de balnea campanos (Fabbricotti, 1976), modalidad tempranamente incorporada en Hispânia como muestran los baños de la casa 2B de Ampurias (Palahí y Vivó, 1993b) o el el conjunto palatino de Cercadilla (Córdoba): El aula central y las termas. Existen, sin embargo, algunos trabajos en los que se recogen las características de los baños privados domésticos de áreas concretas. Para los ejemplos campanos véase, fundamentalmente, Fabbricotti, 1976, con las referencias concretas a cada uno de los conjuntos y, para los edificios de Pompeya y Herculano, Haan, N., 1992: Privatbader in Pompeji und Herkulaneum und die stâdtische Wasserversorgung, MlnstWasser 117, 423-445 y Haan, N., 1996: Die Wasserversorgung der Privatbader in Pompeji, en Haan, N. and Jansen, G., (a cura di): Cura Aquarum in Campania, Babesch (Bulletin Antieke Beschaving) Annual Papers on Classical Archeology Suppl. 4; Bouet, A., 1994 para los casos de ámbito urbano de la Gallia Narbonense; Koethe, 1941 para los edificios domésticos germanos y Van Ossei, 1992 para los balnea de las villae de la Gallia septentrional. Tarragona; Barrientos, T., 1997: Baños romanos en Mérida. De este modo podemos afirmar que fueron los esquemas lineales, (simples, angulares o paralelos) los más requeridos por los propietarios de domus y villae'^ en todo el ámbito territorial y cronológico del Imperio, quedando las variantes reducidas a la ubicación y distribución de las salas básicas, la situación, morfología y número de espacios dedicados al baño, la presencia o ausencia de apodyterium y sudano y la duplicación de los ambientes templados (tepidaria). Con las limitaciones que estas variantes permiten se puede elaborar, sin embargo, una tipología elemental de estos complejos. Aunque son numerosas las evidencias de instalaciones termales domésticas conocidas en el ámbito urbano del noroeste y de la Meseta norte, las circunstancias en las que se producen las intervenciones urbanas en ciudades superpuestas apenas nos permiten contar con dos casos en los que la superficie excavada posibilita la reconstrucción del modelo arquitectónico adoptado en los baños de estas residencias ciudadanas. Nos referimos a las termas de la casa del Mosaico del Oso y Los Pájaros de Astorga y a los baños de la denominada «casa Taracena» de Clunia que pasaremos a ver en detalle tras el repaso de los restos de edificios termales domésticos urbanos documentados en el área estudiada. En la capital del conventus Asturum se han documentado varias casas en las que existen indicios de la presencia de estancias termales a partir de la localización de salas calefactas mediante hypocaustum. Así ocurre con las llamadas domus de la muralla (Vidal Encinas, 1995; García Marcos y Vidal Encinas, 1995 e.p.) y domus del pavimento de opus signinum (Vidal Encinas, 1995; García Marcos y Vidal Encinas, 1995 e.p.; García Marcos y Vidal Encinas, 1996 e.p.; Burón Alvarez, 1997), datadas, ambas en época julio-claudia. En el segundo ejemplo, que cuenta con un estudio monográfico de reciente publicación, se trata de una vivienda sometida a importantes modificaciones a lo largo de su' ^ No entraremos en este trabajo en la polémica sobre la utilización del término más apropiado para denominar a los establecimientos rurales de carácter agropecuario y residencial del mundo romano, adoptando el término, genéricamente aceptado, de villa para referirnos a este tipo de instalaciones. período de uso datado, al menos, hasta la segunda mitad del siglo iv d.C. Entre estas reformas se encuentra, a fines del siglo ii o inicios del m d.C, la construcción, en el cuadrante nororiental de la casa, de una instalación termal en la que Burón ha identificado un praefurnium y un posible caldarium con alveus cuadrangular al noroeste si bien el estado de la ruina no permite descartar a esta investigadora la posibilidad de identificar tales estructuras como simples estancias calefactadas de finalidad no termal (fig. l4a. En algunas ocasiones, sin embargo, las dimensiones del solar exhumado permiten vislumbrar, como en el caso de la domus de la calle Clérigos y según la descripción de su excavadora, Carreño, la implantación de un esquema lineal simple de recorrido retrógrado en el que se sucedieron el frigidarium, tepidarium y caldarium, quedando el praefurnium desvinculado del eje principal de dependencias. Estas salas, que configuran un edificio de al menos 25 m^, se encuentran situadas en el extremo SE de la casa y serían construidas en un segunda fase de la residencia fechada a fines del siglo ii d.C. (Carreño, 1992, 341-343). En la capital del conventus Bracarensis podemos mencionar la existencia de instalaciones termales en la casa de la ínsula de las Carvalheiras cuya planimetría y carácter privado, no ha sido aún definitivamente concretado por sus excavadores (Martins, Delgado y Alarcão, 1994; Martins y Delgado, 1996. En el primero de los edificios arriba mencionados, la Casa del Mosaico del Oso y Los Pájaros (Astorga, León. Fig. 15), nos hallamos ante una gran residencia altoimperial de la segunda mitad del siglo i d.C. en cuyo flanco suroccidental se encuentran las dependencias balnearias formadas por tres estancias: frigidarium, tepidarium y caldarium, a las que hay que sumar un posible propnigeum, mal definido en planta. Estas salas se alinean longitudinalmente en sentido NO-SE configurando un pequeño establecimiento termal de apenas 50 m^ en el que se siguió un esquema lineal simple de recorrido retrógrado. Cabe destacar la ausencia de recinto para la toma del baño frío {piscina), si bien es posible que éste estuviera ubicado en el extremo meridional de la estancia, parte no documentada arqueológicamente'^. El tepidarium carece de alveus o labrum mientras que es posible que el flanco occidental del caldarium, de planta cruciforme, fuera ocupado por un alveus directamente calefactado desde el praefurnium situado al oeste "^. 2) TIPO LINEAL-PARALELO En la casa n° 1 de Clunia, también conocida como Casa-Palacio de Taracena (Taracena Aguirre, 1946), nos hallamos nuevamente ante el modelo cialmente, en territorio campano donde conocemos liasta 26 conjuntos carentes de piscina para el baño frio (Fabbricotti, 1976). Esta misma circunstancia está presente en otras áreas de la península italiana como, por nombrar tan sólo algunos ejemplos conocidos, en la fase I Al de los pequeños baños de la villa de Settefinestre (Carandini tt alii, 1985) o las termas de la villa de Monna Felice de Civitavecchia (Fabbricotti, 1976). También entre las instalaciones domésticas de la Galia Narbonense conocemos los casos de la casa del Dieux Océan (Saint-Romain-en Gal), la casa del Delfín (Vaison-la-Romaine) o la residence pour personnes âgées (Digne.Bouet, 1995 con la bibliografía correspondente a casa edificio concreto). En Hispânia conocemos los casos de los denominados baños de la casa 2B de Ampurias (Palahí, LL., y Vivó, D., 1993b); el primer conjunto termal de la villa de El Vilarenc (Calafell, Tarragona), posiblemente los edificios de las villae de Sant Amanç (Rajadell, Barcelona) y Font del Vilar (Avinyonet de Puigventos, Gerona); los baños de la villa de Vilarenys (Valí Llobrega, Gerona) y, ya en el noroeste, el conjunto termal de Baños de Riocaldo (Lobios, Orense) que trataremos a continuación (García Entero, 1997a). En estos casos hemos de pensar que la toma del baño frío había de realizarse en bañeras portátiles de las que no han quedado evidencias materiales.'' ^ Fue este esquema básico el empleado mayoritariamente en los baños domésticos urbanos de gran parte del Imperio. Dejando al margen los conjuntos termales que contaron tan sólo con una o dos estancias y, por tanto, no susceptibles de aplicárseles la tipología aquí recogida, contamos con los ejemplos pompeyanos de las termas de la Casa del Criptopòrtico (Maiuri, cit. n.l2), la conocida como Casa del Emperador Giuseppe (Pompeya. Bouet, 1994). arquitectónico pompeyano si bien aquí, el constructor, a tenor de la planta publicada (Paiol, 1959), optó por un edifìcio de pian lineai paralelo de recorrido retrógrado. Se trata de una domus cuya construcción se realizó a mediados del siglo I d.C. y a cuyo esquema inicial se adosaron las dependencias balnearias, situadas en el extremo occidental de la residencia, en un momento posterior, fechado por Palol en torno a mediados del siglo II d.C. (Palol, 1965, 181)'5. El edifício, de apenas 60 m^, presenta una orientación N-S. En este caso las estancias calientes (tepidarium y caldarium) ocuparon, junto a la piscina del frigidarium, el flanco occidental del edifìcio mientras que el apodyterium y el frigidarium se situaron en el extremo oriental de los baños. También aquí es posible identifìcar un propnigerum al norte con su correspondiente praefurnium, del tipo III de J. M. Degbomont'^ (fìg. CONJUNTOS PRIVADOS RÚSTICOS: VILLAE Como trasposición de la vida ciudadana al campo y, por tanto, de las comodidades que los propietarios disfrutaban en la urbs, gran parte de los establecimientos agropecuarios denominados genéricamente bajo el apelativo de villa contaron con instalaciones termales en las que el dominus y su familia disfrutaron del diario circuito balneario. La zona objeto de nuestro estudio presenta numerosos ejemplos de tal costumbre y, a diferencia de los casos urbanos, contamos con un número considerable de edificios en los que sí se puede identificar el mo-'^ A pesar de que Palol incluye en las distintas plantas publicadas de esta residencia ciudadana las estancias termales excavadas en 1958, nada hasta ahora se ha publicado sobre las mismas salvo apenas unas fotografías tomadas durante su exhumación (Palol, 1959) por lo que la reconstrucción planimétrica y funcional que presentamos de las estancias balnearias son una hipótesis de trabajo.'^ Los baños de la casa de los Dióscuros de Ostia y los de la casa de Europa y casa de Ane de Djemila, todas ellas de plantas más complejas, se adscriben a esta misma tipología. Para Ostia Becatti, cit. n. délo arquitectónico adoptado'^. Como constante en las provincias septentrionales y occidentales del' ^ La existencia de espacios termales en el ámbito rural documentados en el área estudiada alcanza hasta 42 si bien en el presente trabajo tan sólo nos ocuparemos de los edificios cuyos restos permiten asegurar su vinculación con este tipo de instalación y establecer los rasgos básicos de las mismas. En la Asturia Trasmontana conocemos, junto con los edificios aquí tratados, evide«cias de estancias calefactadas o posibles balnea en los establecimientos de Jove (Gijón), Veranes (Cenerò, Gijón) en proceso de excavación. Ponte (Soto de Barco) y Pumarin (Tremañes); en el territorio cismontano contamos con los restos de los establecimientos de Las Lebaniegas-La Ermita (Campo de Villavidel, León), Pago del Piélago (Cimanes de la Vega, León), La Milla del Río, San Millán de los caballeros. Las Rubias (Truchas, León), Monasteruelo (Velilla de Los Oteros, León) y Santa Colomba (Villaquejida, León). Por su parte ya en el conventus Lucensis tenemos referencias sobre la posible existencia de baños en Castillos (Pantón, Lugo), Doncide (Pol, Silva, Lugo), Vilar de Graña-Roupar, Lugo), Los Ángeles (Cirro, Brión, La Coruna), Moraime (Muxía, La Coruna), Aixón (Santiago, La Coruna), La Cigarrosa (San Esteban de la Rua, Orense), Parada do Outeiro (Limia, Vilar do Santos, Orense) y Pinpín Hío (Cangas de Morrazo, Pontevedra). En el conventus Bracarensis, pese a las numerosas evidencias de poblamiento rural entorno a su capital, conocemos tan solo los casos de Oleiros (Guimarães, Braga), Quinta da Ribeira (Tralhariz, Bragança), Alto do Fonte do Minho (Regua, Canelas, Vila Real) y Granjinha (Chaves, Vila Real). En el conventus Cluniensis en La Serna (Hinojar del Rey, Burgos), El Ortiquero' (Quintanilla Cabe Soto, Burgos), Las Toberizas (Revilla-Va-Uejera, Burgos), Los Casarejos (San Martín de Losa, Burgos), La Serna (Villadiego-Barruelo, Burgos), Las Hazas (Villahizán de Treviño, Burgos), Santa María del Hito (Valderredible, Santander) y Los Villares (Castomembibre, Imperio nos encontramos nuevamente ante la mayoritaria adopción de los modelos pompeyanos, en cualquiera de sus variantes, para configurar los esquemas arquitectónicos de los balnea rústicos. No obstante, y pese a las limitaciones impuestas en el mundo urbano, en este caso la mejor conservación de los restos y la posibilidad de conocer la práctica totalidad de las estructuras, posibilitan la identificación de una mayor variedad de modelos planimétricos. ESQUEMA LINEAL-SIMPLE DE RECORRIDO Este esquema básico de funcionamiento está presente en tres de los asentamientos rústicos objeto de estudio. El más antiguo de ellos, datado en época tiberiana, es el localizado en el extremo SO de la conocida como villa de El Soldán (Santa Colomba de Somoza, León). Planimétricamente se adoptaron modelos arquitectónicos pompeyanos, tanto en el edificio residencial, organizado en torno a un gran peristilo central, inusual en las zonas septentrionales del Imperio, como en el sector termal, situado en el extremo occidental de la quinta (fig. 17 A y B). Iste último sigue un esquema lineal simple de recorrido retrógrado en el que se sucedieron el frigidarium, con piscina cuadrangular al sur, dos tepidaria carentes de espacios dedicados a la toma de baño templado, un caldarium con alveus semicircular al sur, y un propnigeum desde el que se calefactaban las tres salas calientes de los baños (García Entero, 1997a, 243-253 y 1997b e.p.). Este mismo esquema de funcionamiento está presente en la villa de El Prado (Valladolid. Fig. 18) cuya datación, en el estado actual de la investigación, no ha podido ser concretada, si bien no parece anterior al siglo m d.C. (Herrero Gil y Sánchez Simón, 1992). En este caso se trata de un edificio balneario independiente del resto de construcciones de la quinta y situado aproximadamente a 70 m. al SO de la zona residencial. El edificio balneario, aún no definitivamente conocido, se adapta a un esquema lineal simple de recorrido retrógrado en el que un gran apodyterium, el frigidarium, el tepidarium y el Valladolid). En algunos casos, los restos conocidos de los establecimientos se limitan a la zona supuestamente balnear por lo que su propio carácter doméstico privado no puede ser confirmado (García Entero, 1997ay 1997b). Fig. 17.-Planta del asentamiento rural de El Soldán (León) con hipótesis de reconstrucción del sector termal según García Entero, 1997a. caldarium se suceden en una alineación NE-SO. A oriente de esta última estancia se constató la existencia de un nuevo recinto calefactado que bien podemos interpretar como el alveus del caldarium o como un caldarium en sí, de modo que la sala anterior funcionaría como segundo tepidaria circunstancia, cómo veremos, muy habitual entre las instalaciones recogidas en este trabajo. El praefurnium debe situarse al SO, si bien la interrupción de los trabajos arqueológicos impiden concretar sus características. En época bajoimperial se mantuvo vigente este modelo planimétrico, presente en los baños de la villa de Almenara de Adaja (Valladolid. Fig. 19), en estudio por Sánchez Simón'^. En este caso se trata de unas dependencias termales integradas en el conjunto arquitectónico de la villa, datada en un momento posterior al siglo m d.C. Las termas, que ocuparon el flanco occidental de la residencia, mantienen una' ^ Queremos agradecer a esta investigadora las precisiones que nos ha hecho sobre este conjunto termal. Fig. 18.-Planta de la villa de El Prado (Valladolid) con interpretación del sector termal según García Entero, 1997a. alineación N/S en la que se sucedieron un gianfrigidarium con piscina cuadrangular al oeste, un tepidarium, con posible alveus al oeste, y un caldarium con alveus al sur, calefactado directamente desde Q\ praefurnium situado en el extremo meridional del establecimiento. Estas tres estancias ocuparon una superficie superior a 180 m^ (García Entero, 1997a, 486-491)'^' •^ Fue éste, como hemos mencionado, uno de los esquemas más habituales entre los edificios termales rústicos de carácter doméstico de la provincia Tarraconense como es el caso de los baños alicantinos de la Illeta del Banyets, datados en el siglo ii d.C., la fase II de los baños de la villa deis Ametllers (Tossa de Mar, Gerona) Este modelo arquitectónico, caracterizado por la disposición en forma de L de sus dependencias que se sucedieron siguiendo, igualmente, un eje lineal de recorrido retrógrado, fue empleado en la villa de Navatejera (Villaquilabre, León.), situada a escasos kilómetros de la ciudad de Legio VII y cuya ocupación data, al menos, de finales del siglo i d.C. En este caso nos encontramos ante una residencia de tipo «corredor» en forma de U en la que la zona termal, ya en uso a fines del siglo i d.C, ocupó el extremo NO del conjunto. A pesar del tiempo transcurrido desde la exhumación de las estructuras (1885) y del expolio continuo que ha sufrido la ruina desde entonces, podemos identificar un edificio termal de cerca de 100 m^ en la primera de sus fases (fig. 20A) en el que, siguiendo un esquema lineal angular de recorrido retrógrado, se sucedieron frigida-Fig. 20.-Planta de la villa de Navatejera (Villaquilambre, León) según plano del Museo de León e interpretación de las fases de las termas según García Entero, 1997a. ejemplos de El Vilarenc (Calafell, Tarragona), de cronología desconocida, y Balsapintada (Murcia. Siglos i-iii d.C.) responden al mismo esquema de funcionamiento (García Entero, 1997a). En otras áreas del Imperio contamos también con numerosos ejemplos de este modelo adscritos a villae como es el caso de los baños de la villa de Monna Felice (Civitavecchia. Fabbricotti, 1976, 41-42), la villa de Aselli (Fabbricotti, 1976, 59) rium, con piscina cuadrangular al norte, dos tepidaria, caldarium, con alveus al oeste, y el único praefurnium que alimentaba de calor el conjunto. Este horno, como es habitual entre los edificios analizados, se inscribe en un propnigeum. Este complejo balneario sufrió una importante ampliación a causa de la fase de esplendor que vivió el establecimiento a finales de la tercera centuria (fig. 20B). Se adosaron, en ese momento, tres nuevas dependencias en el extremo septentrional de los baños, si bien la función concreta que desempeñaron dentro del recorrido termal, en dos de los casos, no podemos concretarla. Sin embargo, sí parece clara la instalación de una sudatio, al norte del primer tepidarium, calefactada desde un praefurnium propio construido al norte del complejo. En esta segunda fase los baños llegaron a tener una superficie de c. A una cronología bajoimperial (mediados del siglo IV d.C.) pertenecen también los baños de la conocida como villa possidica o villa del cercado de San Isidro (Dueñas, Falencia. Estas estructuras constituyeron un edificio termal de aproximadamente 250 m^ en cuya planta podemos identificar un modelo lineal angular de recorrido retrógrado. En este caso se trata de un complejo dotado de un gran apodyterium/frigídarium, con piscina cuadrangular al sur, que ocupó el flanco oriental del edificio, mientras que un caldarium con alveus al oeste y dos tepidaria, uno de ellos con cabecera absidada, se localizan en el extremo sureste de este conjunto que presenta la peculiaridad de colocar las salas templadas al final del recorrido termal (García Entero, 1997a, 354-360) 2«. un edificio aislado de planta rectangular y aproximadamente 90 m-. En él se identifican seis espacios diferenciados: apodyterium y latrinae en la mitad septentrional del conjunto y frigidarium, con piscina al sur, tepidarium, caldarium, con alveus al sur, y propnigeum alineados de oeste a este en el flanco meridional de los baños (García Entero, 1997a, 68-74). Son las termas las únicas dependencias documentadas del establecimiento de Boides (Fuelles, Valdediós. Fernández Menéndez, 1928), cuya ocupación parece arrancar a fines del siglo i d.C. o inicios del 11 d.C, en las que fue aplicado el mismo modelo arquitectónico -plan lineal paralelo-, si bien en este caso, la planta completa del edificio nos es desconocida. Se trata de una construcción rectangular cuya relación con el resto de la villa ignoramos por lo que desconocemos si se trata de un edificio aislado, como el de Beloño, o si, por el contrario, los baños se integraron en el conjunto arquitectónico de la quinta (fig. 23). En este caso el apodyterium y el frigidarium ocuparían, según la hipótesis que planteamos, una de las alineaciones documentadas, mientras que el tepidarium, caldarium y propnigeum se colocarían, junto a la piscina del frigidarium, en el extremo inferior del edificio (García Entero, 1997a, 87-92)2'. -' Se trata de un esquema de funcionamiento escasamente empleado en la construcción de balnea domésticos. Dentro de los conjuntos hispanos lo encontramos en los baños de las villae de Torre Llauder (Mataró, Barcelona, i d.C. Ribas Beltrán, 1972; Pinol, 1993), las termas de Vilarenys (Gerona. Segunda mitad del siglo i d. Posiblemente de finales del siglo 11 d.C.) y la fase II de las termas de la villa de Torre de la Cruz (Alicante. Otros ejemplos que siguieron este mismo esquema son los Grandi Bagni de la villa de Settefìnestre que se adosaron a la primitiva construcción republicana en la segunda mitad del siglo i d.C. (Carandini, cit. n. De Franciscis, 1973: La villa romana de Oplontis, Pdp 28, 453-466), la villa de Domiciano en Sabandia (Jacopi, cit. n.l2), los baños de la villa británica de Rudston de mediados del m d.C. (Stead, I. M., 1980: Riídston Roman Villa. Yorkshire) y la germana de Beckingen del IV d.C. (Koethe, cit. n.l2,47). Planta de la villa de Murias de Beloño según Jordá, 1957, con adaptación del sector termal. A este modelo de baño puede adscribirse tan sólo el conjunto termal de Baños de Riocaldo (Lobios, Orense) datado a finales del siglo ii d.C. o inicios del III d.C. (Xusto, 1996. Su característica principal radica en su planta cuadrangular, de la que sobresale un ábside, y en el hecho de que la zona destinada a la habitación de calor {propnigeum) ocupa todo un flanco del edificio. En este caso podemos identificar cuatro estancias, apodyterium y frigidarium al E, y tepidarium y caldarium al O configurando un esquema lineal de recorrido circular (García Entero, 1991 a, 345-349). Nuevamente nos hallamos ante la ausencia de espacio destinado al baño frío si bien, como hemos comentado arriba ^-, esta carencia pudo solvertarse mediante la presencia de una bañera portátil ^^. A este esquema arquitectónico se adscriben aquéllos edificios termales cuyas dependencias fueron articuladas en torno a un eje central longitudinal en función del cual se distribuyeron, a izquierda 22 Ver nota 14. 23 Se trata de un esquema no muy habitual entre los baños que hemos analizado, fácilmente atribuible a modelos lineales paralelos o lineales angulares dependiendo de la ubicación de vanos y de la comunicación resultante entre las distintas salas balnearias. Un ejemplo muy similar al de Baños de Riocaldo, e igualmente constituido por un edificio aislado, se encuentra en los baños de la villa germana de Fischbach (Jakobs y Schumacher, cit. n. 12) y, a falta todavía de su estudio completo, en los baños de la villa de Sant Amanç (Rajadell, Barcelona) ocupando, en este caso, uno de los extremos de una villa corredor. Agradecemos a A. Martín por facilitarnos toda la planimetría de este asentamiento rural aún inédito. -Planta de la villa de Boides (Valdediós) según Fernández Menéndez, 1928, con interpretación de las termas según García Entero, 1991 a. y derecha, los distintos ambientes de baño. Aunque presentes en edificios de cronología altoimperial ^"^, en el territorio que nos ocupa fue un modelo planimétrico utilizado ampliamente en el Bajo Imperio como así evidencian los edificios de las villae de Pago de Tejada (Quintanilla de la Cueza, Falencia), La Olmeda (Pedrosa de la Vega, Palencia) y El Requejo (Santa Cristina de la Polvorosa, Zamora). De cronología anterior (mediados del siglo m d.C.) es el edificio balneario de San Adrián (Villoría de Órbigo, León. Fig. 25) únicas estructuras conocidas de este posible establecimiento agropecuario situado en las cercanías de Asturica Augusta (González Fernández, 1996). Se trata de un edificio cuadrangular de aproximadamente 100 m^ en el que las salas se distribuyeron en tres alineaciones paralelas. La central, eje articulador de los baños, no pudo ser documentada arqueológicamente al resultar totalmente destruida por las labores agrícolas que dieron a conocer la existencia del yacimiento, de modo que ignoramos sus características. Al norte se encuentran las salas calientes de los baños, tepidarium y caldarium, con praefurnium al oeste, mientras que al sur del eje fueron documentados dos ambientes fríos identificados como el frigidarium y la piscina del mismo (García Entero, 1997a, 270-274). Los ejemplos bajoimperiales mencionados anteriormente, fundamentalmente los casos palentinos, configuran, por sus dimensiones y proliferación de dependencias, un modelo arquitectónico no frecuente entre las construcciones domésticas y tan sólo parangonabas, conceptualmente, con los baños de las -Planta de las estructuras localizadas en Lobios (Baños de Riocaldo, Orense) según Xusto Rodríguez, 1996, con interpretación del sector termal según García Entero, 1997a. ^-^ En el caso de Hispânia cabe destacar el temprano ejemplo del conjunto termal de la villa Pallarás (Solsona, Lérida) cuya construcción ha sido datada en la segunda mitad del siglo I d.C. En este caso el eje central del edifìcio lo constituye un tepidarium flanqueado, a izquierda y derecha, por el caldarium y el frigidarium respectivamente (Serra Vilaró, 1924; García Entero, 1997a, 275-281). residencias imperiales. En nuestro caso se trata de establecimientos en los que los ambientes balnearios se hallan organizados en función de un gran espacio central, compartimentado o no, que pudo albergar distintas funciones y en torno al cual se Fernández, 1996, e interpretación de las termas según García Entero, 1997a. abrieron todos los ambientes que formaron la instalación termal. El caso más claro de este modelo, y el mejor conocido arqueológicamente, es el de los baños de la villa de Pago de Tejada (Quintanilla de la Cueza, Falencia. Fig. 26) situados en el extremo SE de la quinta y unidos a ella a través de un cuerpo intermedio de habitaciones. Se trata de un gran edificio rectangular de aproximadamente 900 m^ en el que hemos identificado hasta doce dependencias diferenciadas, al margen de las zonas destinadas a los hornos. El eje central, dispuesto en sentido NO/SE, lo forman el vestíbulo al que se accedía desde el cuerpo intermedio mencionado, y cuatro estancias no calefactadas en las que hemos identificado las funciones de destrictarium y unctorium, pudiendo albergar igualmente tepidaria no calefactados. A través de ellas el bañista podía optar por acceder a la zona «fría» de las termas, formada por el apodyterium y tlfrigidarium situados en el flanco oriental, o pasar a las salas calientes, situadas al oeste, entre las que se encuentran una sudado, dos caldana y un tepidarium (García Entero, 1997a, 365-376). En la cercana villa de La Olmeda (Fedrosa de la Vega, Falencia) es posible identificar, igualmente, y en el estado actual de las excavaciones, un gran espacio central que actuaría como eje y en el que pudie-,.... ^. 1 ^ j 1 1 ^^ Queremos expresar nuestro agradecimiento a Javier ron realizarse ejercios gimnásticos, al oeste del cual cortes por, amablemente, guiarnos en una visita a esta imse encuentra una gran estancia calefactada, identifi-portante instalación. cada como apodyterium con cuatro salas al norte de difícil atribución funcional -quizá unctoriamientras que al este se documenta un gran frigidarium, con piscina trilobulada al este. La consecución de los trabajos de campo irán, no obstante, perfilando las características planimétricas de este importante conjunto termal del que desconocemos aún la ubicación exacta de los ambientes calientes ^^. En el caso de El Requejo (Santa Cristina de la Folvorosa, Falencia. Fig. 27) se trata de una instalación termal de menores dimensiones, en torno a 300 m^, en la que el edificio se articuló en torno al apo- Fig. 27.-Planta de las estructuras conocidas de la villa de El Requejo (Santa Cristina de la Polvorosa, Zamora) según Regueras, 1990, e interpretación de las termas según García Entero, 1997a. dyterium central. Al este se encuentran tres dependencias de función desconocida, mientras que el flanco occidental lo ocupan las salas calientes formadas por dos tepidaria y un caldarium. Tras el análisis realizado parece evidente que los modelos arquitectónicos empleados en los edificios termales, tanto públicos como privados domésticos del sector norocciderítal y la Meseta norte peninsulares, presentan una articulación funcional de acuerdo con los parámetros presentes en la pars occidentalis del Imperio. El esquema de funcionamiento presente en los edificios urbanos públicos del área analizada se caracteriza por el uso de esquemas lineales que se alejan, en su gran mayoría, de las variantes más simples de este modelo; esquemas empleados, sin embargo, en el edificio de Los Arcos II de Clunia y en la fase I de las termas de Tongobriga. En el ámbito privado doméstico urbano este modelo está presente en la Casa del Mosaico del Oso y los Pájaros de Astorga, mientras que entre los conjuntos rurales destacan los casos de El Soldán, El Prado y Almenara de Adaja. Otros ejemplos pú-^^ Se trata de una planta nada común entre los edificios termales de carácter doméstico. Destacamos, no obstante, el caso de los baños de la Residencia Imperial de Milán, aún mal conocidos, cuya planta se organiza en función de un espacio central, en este caso circular, a cuyos lados se disponen las salas termales de forma simétrica (Mirabella, 1984, 78-84). blicos estudiados se adscriben al tipo lineal paralelo, presente en la fase I del conjunto de Campo Valdês de Gijón que, en el ámbito doméstico, encuentra ejemplo en el conjunto de la Casa n° 1 de Clunia, los baños de la villa de Murías de Beloño y posiblemente en los baños de Boides y El Soldán -^. Al tipo lineal angular pertenecen las termas de la calle Padre Blanco de Astorga, las fases II y lia de Campo Valdês y las fases II y III de las termas de Tongobriga en el ámbito urbano público mientras que entre los balnea rústicos fue el esquema empleado en Navatejera y Villa Possidica de Dueñas. Hasta el momento ningún complejo urbano doméstico de la zona se adapta a estas características planimétricas. Circuitos termales de funcionamiento más complejo tan sólo se han documentado en la fase antoniniana de las termas de Los Arcos I de Clunia donde nos encontramos ante un modelo axial simétrico. Este edificio pudo servir de referente para la planificación de los grandes conjuntos termales de las villae tardías palentinas como Quintanilla de La Cueza, La Olmeda y, ya en Zamora, El Requejo. A este mismo esquema responde el conjunto balneario de San Adrián (mediados del siglo m d.C), que hubo de encontrar inspiración en los edificios asturicenses como las termas monumentales de la calle Santiago Crespo. Ejemplo aislado, hasta el momento, es el de las termas de circuito anular de Baños de Riocaldo, establecimiento perteneciente, tal vez, al vicus viari de la vía XVIII identificable con la mansio Aquae Originis de los textos itinerarios. ^^ Esta posibilidad la hemos recogido en una de nuestras hipótesis de interpretación del edificio. Sin embargo, dada la antigüedad de la excavación (1933) y el hecho de que en la actualidad la ruina permanezca soterrada, nos es imposible asegurar esta interpretación. Aunque la palestra formó parte, frecuentemente, de los circuitos termales públicos, en la zona objeto de estudio únicamente hallamos este espacio en las termas clunienses de Los Arcos I y, quizá, Los Arcos II y en las tres fases de las termas de Tongobriga. De hecho, los conjuntos termales de las regiones septentrionales y de una buena parte de las provincias occidentales, no cuentan con la presencia de palestra ni de natatio. Evidentemente esta ausencia es característica de los establecimientos privados, sean urbanos o rurales. Atendiendo a los apodyteria, a excepción del apodyterium octogonal de Los Arcos II y la sala circular de las Termas del Foro de Clunia, todos los vestuarios documentados presentan traza cuadrangular, estando igualmente ausentes los nichos en las paredes de estas estancias, salvo el caso mencionado de Clunia con tan sólo cuatro nichos en las esquinas de la sala. Un caso especial lo constituyen las termas gijonesas de Campo Valdês con un ambiente calefactado que hemos interpretado como apodyterium atendiendo a su posición dentro del circuito balneario, circunstancia frecuente entre las instalaciones termales ubicadas en áreas especialmente frías del Imperio. Este mismo hecho se ha constatado en los baños de las villae palentinas de Quintani-11a de la Cueza y La Olmeda. En cuanto a los frigidaria, la forma de estas estancias es la habitual en las termas romanas posteriores a los primeros conjuntos pompeyanos de planta circular. Se trata de salas cuadrangulares o rectangulares dotadas de piscinas, de la misma morfología, situadas en uno de los extremos cortos de la habitación. Una excepción a este modelo general lo constituye la piscina de planta octogonal documentada en los baños de la villa de El Requejo y la posible piscina trilobulada de la villa de La Olmeda, tan sólo perfilada en planta. La adopción de elementos más complejos se explica dentro de una tendencia general hacia una mayor barroquización de las estructuras propia de los conjuntos más tardíos. Otro caso particular lo constituye éifrigidarium de Baños de Riocaldo, carente de piscina para la toma del baño frío. La planta de los tepidaria presenta, mayoritariamente, forma rectangular, en ocasiones con cabecera semicircular o rectangular. Siguiendo esquemas acuñados en la zona norte del Imperio, las termas de Gijón y, posiblemente, las de la calle Padre Blanco de Astorga, contaron con un doble tepidarium, circunstancia que se repite en los conjuntos rurales de El Soldán, Navatejera y en la villa tardía de Dueñas; ejemplos a los que cabría añadir el caso de los baños de la villa palentina de Quintanilla de la Cueza en los que nos encontramos Astorga y, posiblemente, en la fase II de las termas de Gijón. De planta circular son las sudationes de las termas de la fase I de Gijón y Los Arcos I y la primera fase de Los Arcos II de Clunia. En el mundo rural tan sólo hemos constatado la presencia de esta estancia en la fase II de Navatejera y en Quintanilla de la Cueza, ambas de planta cuadrangular. En los casos de las termas de Gijón, calle Padre Blanco de Astorga y la segunda fase de Los Arcos II la ubicación de estas estancias es periférica respecto del circuito general. La aparición de sudationes exteriores se documenta a partir de época flavia y los ejemplos más antiguos suelen ser de planta circular que evolucionará, posteriormente, hacia modelos cuadrangulares. No es objeto de este estudio entrar a valorar cuestiones de carácter constructivo, y en concreto del sistema de hypocausis, tema del que ya nos hemos ocupado en otras ocasiones (Fernández Ochoa, Morillo y Zarzalejos, 1995 e.p.;Fernández Ochoa y Zarzalejos, 1996). Anotamos únicamente que los edificios rurales, al igual que la mayoría de los urbanos, están dotados de propnigeum, generalmente una habitación cuadrangular como se constata en El Soldán, Navatejera y Villoría en León, Beloño y Boides en Asturias, Quintanilla de la Cueza y, de grandes dimensiones y traza rectangular, en Baños de Riocaldo. Siguiendo la tendencia general documentada en Hispânia, mayoritariamente pertenecen al modelo III de J. M. Degbomont (Degbomont, 1984, 62). En síntesis, los rasgos definitorios de los establecimientos termales analizados en el extremo noroeste y en la Meseta norte de Hispânia encuentran su referente en los modelos que en el resto de la zona occidental del imperio se construyeron en el mismo período cronológico. El tipo más característico es un modelo de planta lineal y recorrido retrógrado manifestando, así, la continuidad de los tipos pompeyanos que perduraron en todo el occidente romano. Se trata de la adopción de modelos prácticos con los elementos imprescindibles y austeridad en la decoración que encajan perfectamente en diseños conservadores trasmitidos y, en algunos casos, ejecutados por militares. En este sentido los paralelos comentados líneas arriba avalan sobradamente ese posible origen militar, tanto en establecimientos estrechamente vinculados a destacamentos legionarios (El Soldán y Navatejera en León), como en aquellos otros en los que la huella militar se deja sentir en menor medida. Caso aparte serían las villae tardías, claramente diferenciadas en el diseño arquitectónico y en la profusa decoración, y que recogen una tendencia planimétrica «barroquizante» elaborada a partir de época adrianea, desvinculada ya del origen castrense de los baños altoimperiales de la zona.
Estudio sobre los broches de cinturón tardorromanos aparecidos en Hispânia. Tras revisar las fuentes arqueológicas se propone una clasificación, analizándose en profundidad el origen de cada modelo, así como su distribución geográfica y su cronología. Finalmente, se interpreta la función de estas piezas, concluyendo que se trata de auténticos cingida militae. Durante el período tardorromano el cinturón militar vuelve a obtener el protagonismo funcional que había perdido en la etapa inmediatamente precedente, ya que de él vuelve a colgarse la espada. Simultáneamente, el cingulum adquiere un nuevo papel social, al convertirse en parte esencial del uniforme de una sociedad militarizada y símbolo del rango social, tanto de los soldados como de los funcionarios civiles. El honor que comportaba el uso del cingulum se comprende en toda su magnitud, si tenemos en cuenta que su concesión llevaba implícita la ceremonia de juramento del cargo. Por ello, su concesión y ornamentación se regularon en los Códices Teodosiano y Justiniano, y sus guarniciones figuran en la Notitia Dignitatum entre las insignias del comes sacranim largitionum y del comes rerum privatarum. En consonancia con su importancia social, es en éste instante cuando se enriquecen, decorativamente hablando, tanto las placas como las hebillas que los forman, acompañándose de un buen número de accesorios auxiliares como apliques, botones y terminales de correa. El cinturón, por tanto, se convierte en un objeto complejo, vinculándose, según la tesis tradicional, con grupos de foederati o laetes, que eran guerreros instalados, como informa la Notitia, en Renania y en el Norte de la Galia. La germanización del ejército romano durante la cuarta centuria y el influjo que ejercieron los soldados «bárbaros» sobre la moda militar del momento, ha sido un tema ampliamente tratado por la investigación moderna (Hedeager, 1993), si bien en la actualidad se admite que la importancia de dicha influencia se ha visto distorsionada por las distintas prácticas funerarias realizadas por romanos y germanos. Los diferentes hábitos de enterramiento entre unos y otros pueblos habrían favorecido un mejor conocimiento de las costumbres «bárbaras», lo que habría alterado los mapas de distribución de estos objetos. En Hispânia, los broches de cinturón tardorromanos gozan de una amplia tradición de estudio, desde los trabajos iniciales de Palol (1969) y Caballero (1974), hasta los más recientes de Pérez Rodríguez-Aragón (1991). La característica principal que define nuestra provincia es la gran variedad morfológica de estas piezas, lo que sin duda implica realidades distintas para cada uno de los tipos que se constatan. A pesar de esa diversidad, los estudios que se han realizado hasta el momento tratan estos materiales de forma unitaria, ligándolos en mayor o menor medida con la cultura autóctona que se ha venido en llamar «Subcultura del Duero». Dicho enfoque está en gran medida motivado por el conocimiento parcial que de estos objetos se poseía, pues sólo recientemente se ha ampliado la nómina de los tipos conocidos. El hallazgo durante los últimos años de gran cantidad de materiales, en gran medida procedentes de la Meseta Sur, junto a la aparición de un buen número de piezas tipológicamente inéditas, nos han motivado a realizar una revisión de este tema. El panorama de los cinturones tardorromanos en Hispânia es un mundo complejo. En un estrecho margen temporal, circunscrito sobre todo a la segunda mitad del s. iv e inicios de la centuria siguiente, conviven un buen número de broches distintos, reflejo cada uno de ellos de tradiciones culturales diferentes. A pesar del amplio número de tipos cons-tatados, estos se pueden aglutinar en tres grandes categorías, ateniéndonos al origen del modelo y la difusión espacial del mismo: «cingala de tipología no-hispana», «pseudo-hispana» e «hispana». A priori queremos aclarar que este adjetivo no alude al lugar de producción de las piezas, es decir, no distingue los ejemplares importados de los producidos aquí. El término sólo hace referencia al territorio donde se crea el prototipo original. Para distinguir los broches fabricados localmente en nuestra provincia se suele argumentar la simplicidad decorativa. El esquematismo de algunas hebillas, como la de la tumba 141 de Simancas (Palol, 1969, 141, fig. 26, 3), denotaría la fabricación local de la pieza, mientras que otras más elaboradas habrían sido importadas. Dejando a parte el subjetivismo estético que implica, un hecho que no se ha tenido en cuenta hasta ahora es que muchas de las hebillas o placas encontradas en el resto del Imperio también son muy «esquemáticas», como se comprueba en algunos de los broches de la necrópolis de Kregeld-Gellep (sepulturas 10, 808, 810, 930, etc. Bohme, 1974, fig. 78). Por tanto, este rasgo no es un criterio válido para dirimir el lugar de producción. La homogeneidad no es precisamente la característica que define a estos objetos en ninguna parte del Imperio y por tanto hay que valorar cada caso concreto antes de emitir un juicio. Los broches «no-hispanos» se corresponden con los modelos de cingula militae de moda entre las tropas establecidas en las zonas de combate K Su dispersión geográfica abarca amplias zonas del Imperio, pero con una clara concentración de hallazgos en la zona del Limes. Los broches «pseudo-hispanos» están inspirados en los cingula militae anteriores, pero adaptándolos a los gustos propios de nuestra provincia. Aunque presentan algunos rasgos decorativos peculiares, la principal característica que los diferencia de sus congéneres en el resto del Imperio es la adopción del roblón frente al remache, para asir el broche al cuero. Como comprobaremos, la dispersión espacial de estas piezas abarca Hispânia y la Galia Meridional. Consideramos que tanto los broches «no-hispanos» como los «pseudo-hispanos» deben ser estudiados formando un único conjunto, ya que ambos responden al mismo estímulo: la moda imperante en los circuitos militares del Bajo Imperio. Los broches «pseudo-hispanos» serían simplemente una derivación regional de las tipologías militares en uso, fenómeno paralelizable a lo ocurrido en otras áreas, como por ejemplo Brita-nia. Con ello pretendemos romper el mecanismo por el que se les suele incluir en la nómina de los cinturones hispánicos tipo «Simancas» o similares, ya que el proceso que germinó en su creación es completamente distinto al de los otros broches hallados en Hispânia. Finalmente, los broches «hispanos» -son una moda autóctona, cuyos tipos no están documentados fuera de la Península Ibérica ^. Si bien estos objetos se han vinculado tradicionalmente con la «Subcultura del Duero», podremos evidenciar que existen diferencias regionales entre los distintos modelos. Representan una tradición cultural diferente, pues mientras los broches «no-hispanos» y «pseudo-hispanos» están relacionados con las modas contemporáneas, los broches «hispanos» manifiestan un gusto atávico conectado con el mundo militar altoimperial. Este sentido estético «anticuado» fue, no obstante, lo suficientemente receptivo como para admitir algunas de las nuevas ideas aportadas por los cingula militae contemporáneos. Así, la perduración de morfologías ancladas en el pasado junto al empleo de ornamentaciones más acordes con los gustos contemporáneos, son las dos directrices que inspiran a los broches «hispanos». Estas tres grandes categorías se subdividen en muchos tipos distintos. Nosotros hemos establecido una tipología propia para los broches de cinturón «pseudo-hispanos» e «hispanos». Esta tipología complementa a otras clasificaciones de cingula «nohispanos», como la confeccionada por Sommer (1984). Así, respetaremos la terminología empleada por los autores foráneos para designar las piezas «no-hispanas», salvo en los casos en que no se les halla asignado nombre alguno. Para denominar a nuestros tipos hemos seguido el criterio empleado por Sommer, quien distingue algunos prototipos de su trabajo mediante nombres de yacimientos: Colchester, Gala, etc. También hemos seguido a este autor a la hora de distinguir variantes según se una la hebilla a la placa, lo que origina dos modelos: con charnela y de placa rígida (en estos últimos, placa y hebilla han sido fundidas en una sola pieza). Somos conscientes de los problemas que conlleva la elaboración de tipologías y la validez de las mismas, pero pensamos que el complejo panorama que presentan actualmente estas piezas justifica la definición y el establecimiento de nombres particulares para cada tipo, al igual que se ha hecho para Galia, Britania, etc. Así, por ejemplo, lograremos evitar el empleo excesivo del apelativo «broche Simancas», que es utilizado indiscriminadamente para designar casi cualquier pieza de cronología presuntamente tardía, sin atender a sus características formales. L LOS BROCHES «NO-HISPANOS» Y «PSEU-DO-HISPANOS» CON PLACA CALADA Y HEBILLAS ZOOMÓRFICAS No se ha documentado en nuestro suelo ningún ejemplar de los cinturones usados en las zonas de combate durante la primera mitad del s. iv, constituidos por broches sencillos con chapas dobladas en «U» y hebillas de forma arriñonada u oval. Sin embargo, son muy abundantes los especímenes de la segunda mitad de la cuarta centuria, período caracterizado por los broches con hebillas zoomórficas, formadas por cabezas de leones o delfines afrontadas, y placas ornamentadas con motivos calados en los que priman los «ojos de cerradura» (Delphínschnallen mit durbrochenem Beschlag). Las distintas categorías (le estas piezas han sido señaladas por Sommer (1984), mientras que la distribución espacial se encuentra recogida más ampliamente por Bohme (1986, 482-485). Básicamente se distinguen: el tipo Sissy, de difusión eminentemente gálica y que presenta una hebilla con simetría de leones; el tipo Sagvar, con simetría de delfines; el tipo Colchester, de difusión preferentemente británica, y en el que la hebilla presenta delfines cuyas colas se enroscan para formar una pelta; el tipo Tongern, versión reducida del anterior ya que sólo cuenta con dos «ojos de cerradura»; y el tipo S alona, de difusión ilírica, con sus hebillas cuadradas. Coetáneas a estas clases serían los broches que no presentan calados de «ojos de cerradura», sino que incorporan en sus placas el primero de los apliques en «hélice» que luego se repiten en el cinturón. Entre ellos encontramos: el tipo Champdolent de hebilla delfiniforme, que puede ser considerado el cinturón militar de las tropas del norte de la Galia, entre el 340 y el 380; el tipo Gala de hebilla rectangular, usado casi exclusivamente por efectivos militares de la diócesis iliria; y el tipo Remagen, de morfología mixta por contar en la placa con calados de «ojos de cerradura» y hélices. Todos los modelos vistos hasta ahora presentan una charnela para unir la hebilla a la placa, aunque también se conocen versiones de placa rígida, en la que placa y hebilla se fundieron en una sola pieza, como el tipo Muids, versión rígida del tipo Champdolent, etc. En líneas generales, las hebillas con aro rectangular y que no presentan cabezas de animales son típicas de las provincias orientales de las orillas del Danubio y los Balcanes. Las hebillas del tipo britano o gálico que aparecen en Oriente, así como las guarniciones de cinturón danubianas encontradas en Occidente, se interpretan como sintomáticas del movimiento y la presencia de tropas de una u otra parte del Imperio (Bohme, 1986, 484). Pertenecientes también a este heterogéneo período de la segunda mitad del s. iv tenemos los broches con placa rígida triangular y hebilla oval o arriñonada, así como los broches de hebilla peltiforme. Casi todos los grupos que acabamos de describir están representados en la Península Ibérica, si bien algunas son piezas «no-hispanas», mientras que otras son «pseudo-hispanas». Como hemos visto, el único rasgo que identifica a los broches «pseudohispanos» es la adopción del sistema arroblonado, por lo que en nuestra actual fase de conocimiento no es posible clasificar correctamente las hebillas aparecidas sin sus placas ^ LA. El horizonte de los broches con hebillas zoomórficas es sumamente heterogéneo. La significativa cantidad de variantes distintas parece indicar la producción local y una difusión restringida de los modelos. Con estas premisas, cabe interpretar los escasos hallazgos españoles como traídos aquí por los soldados destinados provisionalmente en nuestro suelo. Sólo dos ejemplares son susceptibles de ser catalogados con certeza dentro de esta familia: el broche completo de Palacios de Sil (León. Ambos han aparecido en sendas zonas donde se constatan tropas en época bajoimperial, pues mientras la primera se asocia al hinterland leonés de la Legio VII, la segunda apareció en un yacimiento identificado reiteradamente con la Veleia de la Notitia Dignitatum (lugar de acuartelamiento de la cohors prima Gallica). El ejemplar leonés pertenece a la «Clase 3, Tipo b» de Sommer (1984, 38) y cuenta con paralelos en la sepultura 770 de Krefed, Avoise (Sarthe), Sleaford, Wye, Richborough, Pipinsburg, Andernach y Le-Mont-de-Lausanne (Bohme, 1986, 482, nota 22). Respecto a la hebilla de Iruña, está adscrita al tipo «I-B» de Hawkes, o la «Forma C, ^ La adopción del sistema arroblonado no es exclusiva de las piezas que tratamos, ya que la mayoría de los broches confeccionados en metales nobles cuentan con este sistema, a excepción de los broches excisos o troquelados que están siempre remachados. El interés de la pieza de Iruña radica en la difusión exclusivamente británica de este tipo de guarniciones, que constituían parte de los cingala militae del ejército romano en Inglaterra durante los primeros decenios del s. v. Fuera de Britania sólo se conoce un ejemplar encontrado en la necrópolis de Westerwanna (Quillfeldt y Roggenbuck, 1985, lám. 122, 701b), que se interpreta como el enterramiento de un mercenario sajón, que habría traído el broche a su patria tras servir en el ejército. La cronología de estas piezas se corresponde con la primera mitad del s. v, siendo un ha-llazgo frecuente en sepulturas anglo-sajonas de este período, lo que ha llevado a pensar que estos Gingilla son un indicador étnico, resultado del establecimiento de gentes de estos pueblos en el sur de Britania en esos momentos (Bohme, 1986, 507-8). Temporalmente el broche español, encontrado en el sector «H» del yacimiento junto a unos materiales cerámicos que lo datarían en el siglo v (Nieto, 1958, 199), sería un elemento más que confirma la datación propuesta. BROCHES «NO HISPANOS» CON PLACA RÍGIDA CALADA: TIPOS «TEBA» Y «MAINZ» En este epígrafe recogemos aquellos broches que no presentan hebillas zoomórficas y que poseen placas rígidas cuyos calados suelen ser meramente funcionales. Aunque se corresponden con cingala «nohispanos», hemos preferido dotarles también de un nombre característico, pues, a pesar de que son un tipo de piezas muy extendidas por casi todo el Imperio, nunca se las ha denominado de una forma concreta. Se caracterizan por un aro, generalmente peltiforme, unido a una minúscula placa calada cuyo único objetivo es funcional, la de servir para asir el broche al cuero' ^. Esta forma de sujeción suele implicar un botón para unir la correa consigo misma una vez pasada por el orificio del broche, como se demuestra por el hallazgo de San Miguel del Arroyo (Valladolid. Otra forma de sujetar el broche es mediante una chapa metálica doblada en «U», como en uno de los ejemplares del Museo de Mainz (Ripoll, 1993, 592, rf 3). Estas piezas, incluidas en la «Clase 2, Forma D» de Sommer (1984, 37), son en gran medida coetaáneas de los cinturones de hebilla delfiniforme. El tipo «Teba» entronca directamente con la tradición altoimperial de los broches peltiformes, usados en los cinturones militares desde los inicios del s. i d.C. Las variantes morfológicas que existen en el Imperio sólo pueden ser justificadas mediante la producción local de estos objetos, como se puede'^ La investigación española los conoce como tipo Furfooz (Pérez, 1991, 96), aunque para ellos reivindicamos una denominación toponímica española, habida cuenta de que en el resto de Europa no se les nombra con ninguna designación concreta y, como veremos, en Hispânia disponemos de un buen número de ejemplares. ver claramente en los especímenes marroquíes de Thamusida, Volubilis y Banasa (Boube-Piccot, 1994, n° 63, 65-69), o piezas singulares como la del Museo de Bonn (Heurgon, 1958, lám. 23, 2). En Hispânia han aparecido broches del tipo «Teba» en la sepultura n° 10 de San Miguel del Arroyo (Valladolid), junto a un ajuar formado por un cuchillo tipo «Simancas», cerámica, etc. (Palol, 1969, 110, fig. 25, 2); en el habitat tipo cueva de Pontons (Vilafranca del Penedés. Pérez, 1991, n° 4); así como en los yacimientos de Puig Rodom (Gerona. El Museo de Mainz alberga cuatro ejemplares más, procedentes quizá de la Bética (Ripoll, 1993, 592, n° 3-6, 594, n°ll), ostentando uno de ellos una magnífica decoración de delfines similar al ejemplar de Bonn citado anteriormente y cercana a la ornamentación de los estribos de las camas de bocado hispanorromanas. La distribución geográfica del tipo «Teba» es mucho más amplia que la del resto de los broches «no-hispanos» y «pseudo-hispanos», abarcando provincias costeras de Cataluña y Andalucía, por lo que conjeturamos una dispersa producción local. Este dato nos obliga a sacar estos broches de la nómina habitual de piezas asociadas a la «Subcultura del Duero», puesto que su presencia en las necrópolis y habitat de esta cultura parece ser anecdótica. Cronológicamente la serie española podría datarse en el último tercio del s. iv e inicios del s. v, a tenor de los paralelos con las piezas de la sepultura 1 de Furfooz (ca. Los ejemplares españoles guardan unos estrechos contactos con otros similares de la vecina Galia, sobre todo con los aparecidos en la zona meridional de dicha provincia, como los especímenes de la sepultura 452 de Frénouville (Pilet, 1990, 125), necrópolis de «Chemin des Romains» (Frontignan), «La Brèche» (Laudun), ¿Montpellier? Broches con hebilla oval fundida en una sola pieza junto con la placa rigida triangular, pudiendo esta última presentar algún calado de índole geométrica. El carácter militar de estas piezas está asegurado debido a su presencia en fortalezas y necrópolis correspondientes a guarniciones militares. La distribución de estos broches es bastante amplia, abarcando desde Britania hasta Panonia, como demuestra el inventario que re-cientemente ha publicado Boube-Piccot (1994, Liste 1, nos. En Hispânia sólo conocemos un ejemplar depositado en el Museo de Maguncia (Ripoll, 1993, 594, n° 13), cuyos mejores paralelos están en la necrópolis de Furfooz (Nenquin, 1953, lam. La cronología de estas hebillas abarca todo el s. IV, pues se conocen desde los comienzos de dicha centuria (Bõhme, 1986, 486). De pertenecer nuestra pieza a los primeros momentos de utilización, sería uno de los cingida militae tardorromanos más antiguo encontrados en Hispânia. BROCHES «PSEUDO-HISPANOS» CON PLACA CALADA Frente a la escasez de broches «delfiniformes no-hispanos», los ejemplares de raigambre «pseudohispana» son, sin embargo, abundantes. Hemos aglutinado estas piezas en distintas variantes morfológicas atendiendo a tres criterios: la forma de la hebilla, la manera en que ésta se une a la placa y la decoración calada de dicha placa. Así tendremos los broches con hebilla delfiniforme del tipo «Tirig», «Totanés», «Borox» y Santomé y los que ostentan hebillas de perfil recto, tipo «San Miguel» y «Paredes de Nava». Los paralelos aparecidos fuera de la Península Ibérica que aduciremos en el estudio pormenorizado de nuestras piezas pertenecerán siempre a la categoría «no-hispana», siendo estos los modelos foráneos con los que se relacionan nuestras variantes «pseudo-hispanas». Tipo «Tirig» (fig. 2, n.°^ 1-7) En este tipo recogemos los broches de hebilla delfiniforme que se articula a la placa mediante bisagra, decorándose esta última con «ojos de cerradura» dispuestos transversalmente, o con calados circulares. Todas estas características les asemejan al tipo «no-hispano» denominado «Sagvar», del que únicamente le diferencia la carencia de remaches. Una peculiaridad del tipo «Tirig», al menos respecto a los bronces conocidos, es la ausencia casi total de motivos incisos o troquelados que complementen a la decoración calada, rasgo entre otros que los diferencia de los tipos «hispanos», como el «Simancas». El ejemplar de Tirig (Castellón. Rosas, 1976) fue descubierto en una fosa de inhumación acompañando a un ajuar característico de la «Subcultura del Duero» en el que, entre otros objetos, figuraba un puñal tipo «Simancas». La pieza castellonense posee sólo un gran «ojo de cerradura» transversal, al igual que el especimen britano de Lydney Park (Hawkes, 1961, 52, fig. 18, a). Para las placas de la villa romana de Liédana (Navarra. Palol, 1969, 149, fig. 25, 3) y de la provincia de Toledo, podríamos aducir múltiples paralelos, ya que son las más parecidas al difundido tipo «Sagvar», por lo que sólo mencionaremos un ejemplar de Colchester (Bõhme, 1986, lám. 8, 1). En el Castro de Yecla (Burgos) se descubrió la única guarnición de esta serie que dispone los motivos calados longitudinalmente (Palol, 1969, 146, fig. 25bis), aspecto que le asemeja a los broches «Simancas». El tipo «Tirig» presenta un área de difusión que excede del ámbito de la Península Ibérica, pues se han documentado piezas de esta categoría en la Gália Meridional, concretamente en Saint Clément, Nimes? y Montepellier? Desde el punto de vista cronológico podemos postular la misma datación que sus congéneres del tipo «Sagvar» con el que está relacionado, siendo ésta la segunda mitad de la cuarta centuria. Tipo «Totanés» (fig. 2, n° 8) Idéntico al anterior, el tipo «Totanés» es la versión de placa rígida del tipo «Tirig». Respecto a los broches «no-hispanos» sería paralelizable con la «Clase 3, Tipo b» de Sommer (1984, 38). Únicamente conocemos el prototipo encontrado en el yacimiento toledano que da nombre a la serie, lugar éste donde se documenta un habitat rural que arranca en época altoimperial, aunque fue en el Bajo Imperio donde tuvo su mayor desarrollo, momento este último al que pertenece una necrópolis. Se trata de un ejemplar reutilizado en época visigoda que presenta una característica digna de destacar: en su placa se disponen dos roblones en el lateral proximal junto a la hebilla y dos remaches en el distal. La aparición de remaches y roblones en la misma pieza no está documentada en ningún otro ejemplar, ni hispano ni del resto del Imperio. No podemos interpretar los remaches como el resultado de un proceso de reparación, tras la rotura de unos hipotéticos roblones anteriores, puesto que no hay ninguna huella de estos elementos ni se observa un intenso trabajo de lima destinado a eliminar los vastagos presuntamente rotos. Cronológicamente el tipo «Totanés» parece ser sincrónico al «Tirig», pues así lo indican los paralelos que podemos aducir, como los dos broches de la necrópolis de Gobelins datados en la segunda mitad del s. IV (Bonnet et alii, 1989, 192-193, n" 168 y 170), o el ejemplar de Richborough (Hawkes, 1961, -^^^f^'^^ ^ b ^ 10 Fig. 2.-Tipo «Tirig»: Tirig (1), Liédana (2), Provincia de Toledo (3), ¿Nimes? (4), Saint-Clément (5), Museo de Montpellier (6), Castro de Yecla (7). Tipo «Totanés»: Totanés (8). Tipo «Borox»: Ocaña (9), Villarrubia de Santiago (10), Borox (11). Hebillas «delfiniformes»: Villarubia de Santiago (12), Sant Josep (13), La Olmeda (14), Castillo Billido (15). Terminales de correa «anforiformes»: Museo de Maguncia (16), Mazarambroz (17). En Mauritania Tingitana se constata una peculiar producción local paralelizable al tipo «Totanés», pero de hebilla oval, lo que nos señala nuevamente que la variedad morfológica de broches tardíos con placa calada en el Imperio es casi inagotable (Boube-Piccot, 1994, 101-102, n°166-168). Se caracteriza por presentar en el extremo de la placa la primera hélice que luego repiten en el resto del cinturón apliques con la misma forma. Únicamente conocemos fragmentos de placa, descubiertos en Borox, Ocaña (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 1, 10-11) y Villarrubia de Santiago, por lo que no podemos concretar ni el tipo de hebilla ni cómo se engarzó esta a la placa. El tipo «pseudo-hispano Borox» sería paralelizable a los tipos «no-hispanos», «Champdolent», «Muids» o «Gala» (Sommer, 1984, 36, 38, lám. 14 y 16), los dos primeros de difusión eminentemente gálica y el último característico de la zona danubiana. La distribución restringida del tipo «Gala» y las conexiones que demuestran nuestros broches «pseudo-hispanos» con sus congéneres galos nos llevan a pensar que nuestros bronces «Borox» debieron poseer hebillas «delfiniformes». Complemento de los cinturones que estamos viendo debieron ser los botones españoles en «hélice», pertenecientes al tipo «D» de nuestra tipología, documentados en Titúlela (Madrid), Totanés y Villarrubia de Santiago (Aurrecoechea, 1996a, n."' 101-103). El área de difusión tanto de los broches «Borox» como de los botones tipo «D» es muy restringida y plenamente coincidente, abarcando la zona limítrofe entre las provincias de Madrid y Toledo, lo que podría indicar una producción local. Fuera de ese territorio sólo han sido hallados botones idénticos junto al broche de Argeliers. En el resto del Imperio, los apliques claveteados en forma de «clepsidra» o «hélice» son muy abundantes y se asocian a una gran variedad de hebillas y placas, debido a su dilatada vida que comienza en la primera mitad del s. iv, aunque gozaron de mayor popularidad en su segunda mitad, acompañando a los broches tipo «Ságvar», «Colchester», «Champdolent» y «Gala». El modelo pervivió durante la primera mitad del s. v, asociándose entonces a los cinturones con decoración excisa y troquelada, si bien los apliques de estas últimas guarniciones se adaptan a un tipo de cinturón mucho más ancho, configurando la variedad «Trier-Muri» de la que trataremos posteriormente. El tipo «Santomé» reúne a un heterogéneo grupo de piezas cuyo punto en común es la aparición de motivos figurativos decorando las placas. Está directamente emparentado con las piezas más suntuosas confeccionadas en oro y plata que poseen hebillas «delfiniformes» y «peltiformes», así como con los escasos ejemplares conocidos en bronce que presentan el mismo anhelo decorativo ^. En el resto del Imperio todos estos ejemplares parecen haber sido fabricados individualmente, ya que tanto los motivos decorativos escogidos como el tratamiento estilístico de los mismos es muy diferente, lo que nos hablaría de una producción muy diversificada. No existe un estudio en conjunto de las piezas que tratamos, aunque hemos podido constatar la preferencia por tres temas iconográficos principales: mitológico, cinegético y rostros humanos. Los dos primeros están muy relacionados con los grandes ciclos iconográficos propios del gusto de los latifundistas del Bajo Imperio, y tienen sus paralelos más cercanos en la abundante serie de bronces de arnés y atalaje característica de las villae de la Meseta. Próximos a los temas de caza serían los broches gallegos de Santomé (Fariña y Rodríguez, 1995, fig. 46) y el depositado en Santiago de Compostela (Paiol, 1969, 147, fig. 25, 1), ambos con la figura de un caballo ^. El primero está adscrito a un asentamiento del tipo castro y parece estar datado en la segunda mitad del s. iv a inicios de la centuria siguiente, como se deduce de su posición estratigráfica ^. Del segundo, que presenta una hebilla muy original, simbiosis de las hebillas «con apéndices en sus extremos», de las que hablaremos próximamente, y las hebillas «delfiniformes», no sabemos su procedencia exacta. Por otra parte, el archiconocido broche de Argeliers (Zeiss, 1934, fig. 32, 9) también estaría incluido en nuestro grupo. La guarnición de Argeliers presenta unas características hispanas muy marcadas, ya que no sólo es el broche tipo «Santomé» uno de estos rasgos, sino los botones arroblonados en hélice, pelta y doble escudete, así como la contraplaca con la figura de un caballo, piezas todas ellas que tienen sus mejores paralelos en la Meseta española. El complemento idóneo para las guarniciones tipo «Santomé» decoradas con motivos cinegéticos serían los botones de nuestro tipo «N», como el équido de Borox, o las «panteras» de Sanlucarejo (Cádiz. La postura de estos animales recuerda las escenas de caza en las que se representa •'' Dejamos a un lado las guarniciones argénteas excisas y troqueladas que presentan una dinámica bien distinta, alejada de los bronces que tratamos. ^ El paralelismo entre los broches decorados con caballos y las camas de freno con idéntico motivo es evidente, como hemos resaltado en un reciente estudio iconográfico que hemos llevado a cabo. En él profundizamos sobre la recurrente aparición de la figura del caballo y los temas cinegético/circenses en los bronces hispano-tardorromanos (Aurrecoechea y Ager, e.p.). ^ Agradecemos a D. Julio Rodríguez, director de las excavaciones de Santomé, las precisiones sobre esta pieza. a un jinete a caballo persiguiendo a un felino, corno podemos observar en el broche de la colección Ortiz (Feugère, 1992), o en uno procedente de la sepultura 89 de Ságvár (Burger, 1966, fig. 100). Otro conjunto de piezas españolas es el formado por los dos broches del Museo de Maguncia ornamentados con rostros humanos. Estos ejemplares están relacionados con los broches de orfebrería, ciertamente mucho más naturalistas, como el del Gabinete de Medallas (París. La tradición de rostros similares, aunque de perfil, la tenemos atestiguada para el equipo militar romano hispano desde época flavia (Aurrecoechea, 1998b). Por último, el broche de la Provincia de Burgos (MAN n° 8385) con hebilla peltiforme y placa en forma de «ánfora» es, hasta ahora, un unicum, si bien está relacionado con los terminales «anforiformes» de los que hablaremos a continuación. de «ánfora» (fig. 2, n.°' 12-17) Sin que podamos precisar su pertenencia a la clase «no-hispana» o «pseudo-hispana», quedarían las hebillas que han aparecido desvinculadas de sus broches y los terminales «anforiformes». Respecto a las hebillas, excepto la de Castillo Billido (Soria) que tiene anillas para una bisagra, el resto debieron pertenecer a broches con placas no caladas que se doblaban en «U», para «abrazar» el eje de la hebilla. Tanto el ejemplar de Castillo Billido (Lucas, 1977, 41, fig. 47), como el de Sant Josep (Castellón. El periodo final de ocupación del poblado castellonense tiene una fecha post quem del último tercio del s. iv. Otro ejemplar fue descubierto en Villarrubia de Santiago (Toledo), asentamiento en el que han aparecido numerosos bronces de tipología militar (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 5). La villa de La Olmeda (Falencia. Morral et al, 1980, fig. 25) son otros lugares donde se han hallado ejemplares de esta clase. Hebillas «delfiniforme s » y terminales en forma Los terminales en forma de ánfora están relacionados generalmente con las guarniciones con hebillas delfiniformes, cuyos apliques suelen adoptar frecuentemente la forma de «hélice». En Hispânia están documentados en los yacimientos toledanos de Villarrubia de Santiago y Mazarambroz (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 1, 7 y 9), más uno descontextualizado del Museo de Maguncia (Ripoll, 1993, 595, 12) ^. Aunque en un principio Simpson (1976, 198-200) postuló la fabricación de estas piezas en un número limitado de talleres, debido a la gran uniformidad conceptual en su diseño, actualmente se considera que existieron abundantes talleres locales, como por ejemplo, en el área germana (Sommer, 1984, 51). Entre las distintas variantes regionales conocidas, los ejemplares hispanos tienen sus mejores paralelos en la abundante serie de terminales anforiformes procedentes de la Galia, así los encontrados en el cementerio de Évreux (Fauduet, 1992, 115, rf 874), Loupian, Béziers (Feugére, 1993a, 253, n° 17 y 18), Pritzier (Sommer, 1984, lám. 19, 11), etc. La pieza de Villarrubia presenta una morfología muy peculiar para la que no hemos encontrado bronces semejantes. La datación de estos terminales «anforiformes» dentro de la segunda mitad de la cuarta centuria está ava-"^ El Museo de Maguncia posee una colección de bronces hispanorromanos procedentes del mercado de antigüedades. Todos ellos son descontextualizados, aunque se ha señalado la Bética y más concretamente el área sevillana, como el lugar de donde provendrían (Ripoll, 1998; Schulze-Dorrlamm, 1989). Nosotros ponemos en duda dicho origen, sobre todo porque conocemos el prestigio del que goza la provincia de Sevilla entre los comerciantes de antigüedades, que citan casi siempre dicha procedencia como garantía de autenticidad de sus piezas. lada por múltiples contextos funerarios, como el enterramiento de Saint-Marcel (París. Hasta el momento sólo se constatan un par de ejemplares con hebillas de perfil recto y placas caladas con «ojos de cerradura» transversales, estando ambos relacionados conceptualmente con los prototipos de la zona danubiana que poseen hebillas similares. En la morfología de los broches españoles parece confluir dos influencias distintas: la de las hebillas «cornudas» de los broches tipo «Simancas» y la tradición ornamental del opus interrasille con «ojos de cerradura». El tipo «San Miguel del Arroyo» estaría caracterizado por la presencia de bisagras, siendo su prototipo el broche de la tumba 26 de la necrópolis homónima (Palol, 1969, 128, fíg. Este parece una adaptación del tipo danubiano «Salona». Mientras tanto, el ejemplar de Paredes de Nava ^, que da nombre a este modelo, guarda evidentes similitudes con la variante de placa rígida del tipo «Tongern», singularizada por la presencia de dos únicos «ojos de cerradura» alargados. Precisamente el tipo «Tongern» es bastante heterogéneo, pues aunque el prototipo con bisagra de esta forma posee hebilla delfiniforme, sin embargo se conocen ejemplares de placa rígida con hebillas de tendencia arriñonada y oval, como en Wye (Kent. LOS BROCHES «NO-HISPANOS» CON DECORACIÓN EXCISA O TROQUELADA Entre los reinados de Valentiniano I (364-375) y Honorio (393-423) estuvieron de moda unos cinturones muy anchos, cuyas guarniciones están formadas por hebillas decoradas con animales que «muerden» el eje de la pieza, así como numerosas placas y apliques ornamentados mediante lo que se ha venido en llamar «excisiones». El área de dispersión de estos ^ Esta pieza, que llama la atención por su reducido tamaño, podría pertenecer a un tahalí o una correa auxiliar, más que a un broche de cinturón. Kerbschnittgürtelgarnituren comprende desde Britania hasta el Danubio, concentrándose especialmente en el norte de la Gália y las provincias Germania I, Germania II, Belgica I y Belgica II (Bõhme, 1986, 472). La investigación europea los ha vinculado especialmente con los grupos de laetes de origen germano, si bien en la actualidad debemos matizar dicha apreciación, como ya comentamos en nuestra introducción. Estudiados especialmente por Bõhme (1974,1986), las guarniciones más características de su momento de apogeo son los broches del tipo «A» y «B» de dicho autor, así como el tipo «Muthamannsdorf». El tipo «A» está compuesto por cinco piezas: tres contraplacas (dos de forma triangular que flanquean una rectangular) y el broche propiamente dicho, compuesto este último por dos placas (una de forma rectangular sujeta la hebilla, mientras que la otra sigue el contorno del aro de la misma). Las guarniciones del tipo «B» son una simplificación de las anteriores, pues en ellas se funden las contraplacas en una o dos piezas, mientras que el broche propiamente dicho también se reduce a una única placa, siendo característica la aparición de un frontón triangular ornamentado con animales, tales como grifos en posición heráldica (piezas de difusión preferentemente gala), o persecuciones de monstruos marinos (comunes en la zona danubiana). El tipo «Muthmannsdorf» es la variante figurativa del anterior, presentando remate circular y escenas nieladas de tema cinegético o «rostros humanos». Ya entre el cambio de siglo y las dos primeras décadas del s. v aparece el tipo «Checy», simplificación morfológica del tipo «B», aunque con un mayor desarrollo de la decoración animalistica del contorno de las piezas; y el tipo «Vieuxville», formado por tres placas rectangulares con sendos remates tubulares con decoración de astrágalos. Es en este momento cuando la decoración animalistica, heráldica o configurando persecuciones, combinadas con otras geométricas o vegetales se generalizan, tanto en las placas como en los apliques y los remates de las correas, hasta conformar en las piezas un auténtico «horror vacui», propio de este período. Otros tipos, sin embargo, son mucho más sencillos, ostentando únicamente una hebilla con su placa, como por ejemplo los tipos «Herbergen», «Misery» y «Vermand». Paralelamente al último período de uso de los cinturones con decoración excisa aparecen las guarniciones troqueladas, similares a las anteriores puesto que derivan de ellas, si bien tienen un menor anhelo decorativo. Por tanto, los punzverzierte Gürtelgarnituren son algo más tardíos que los Kerbschnittgürtelgarnituren, pues su cronología cae ya dentro de la primera mitad del s. v, aunque forman una misma familia. Los cinturones troquelados son propios de las tropas de los cursos altos del Rhin y el Danubio (Belgica I, Germania I, Maxima Sequanorum, Raetia II. Tanto los cinturones excisos como los troquelados son característicos de los soldados armados en el Limes reno-danubiano, por lo que la aparición en Hispânia de piezas pertenecientes a estas categorías puede interpretarse mediante el desplazamiento de personal militar desde las zonas de combate hasta nuestra provincia, como veremos más extensamente en nuestras conclusiones. Los BROCHES EXCISOS (fig. 4) Pertenecientes con seguridad al tipo «A» de Bõhme conocemos seis ejemplares. De Paredes de Nava (Palencia) procede una contraplaca rectangular y otra triangular (Aurrecoechea, 1998a, 15), contando la primera con un paralelo idéntico en Vermand (Bullinger, 1969a, ab. En la villa de La Olmeda se encontró otra placa triangular decorada con espirales (Aurrecoechea, 1996b, 15, fig. 1,1), similar a la de Paredes. Para otra placa rectangular hispana desconocemos su procedencia exacta, conservándose actualmente en el Museo de Mainz (Schulze-Dõrrlamm, 1989, 784-785, lám. 75). El panorama se completa con dos placas triangulares más, inéditas y descontextualizadas (fig. 4, nos. 6 y 10), una de las cuales presenta una excepcional decoración consistente en un ave (¿águila?) con las alas extendidas, para la que no conocemos piezas semejantes'°. No obstante, en otros broches excisos, como los tipos «Muthmannsdorf» y «Misery», sí aparecen animales decorando las placas. Posiblemente también pertenecieron a cingala del tipo «A»: la trabilla del asentamiento fortificado de El Roe d'Enclar (Andorra), la chapa recortada de La Olmeda y la placa reutilizada de la necrópolis de Hornillos del Camino (Aurrecoechea, 1996b, 18, fig. 1, 2, 5 y 6). Las trabillas con peitas en sus extremos, como la de Andorra, se fechan en el tránsito del s. iv al v. Del tipo «B» de Bõhme se han encontrado cuatro ejemplares. Dos contraplacas halladas en La Morte-'° Estas piezas proceden del mercado de antigüedades y se encuentran actualmente en paradero desconocido. Fueron ofrecidas para su compra al British Museum en 1992, señalándose su procedencia española, quizá de la provincia de Toledo. La sintaxis decorativa de ambas es muy parecida a los cinturones de Celei (Sucidaba) y Tournai (Bullinger, 1969a, fig. 21,1, fig. 23, 1). Finalmente, otro broche español sin contexto (fig. 4, 1) ostenta una ornamentación similar al de Paredes de Nava, teniendo paralelos en Bad-Kreuznach (Sommer, 1974, fig. 10, 2) ". Complemento de los cinturones anteriores son los remates de correa, de los que conocemos tres especímenes, un par en Villarrubia de Santiago (Toledo) y otro del Museo de Maguncia (Aurrecoechea, 1996b, Ver nota 10. fig. 1, 7-8). Finalmente, el otro terminal de Villarrubia tiene excelentes paralelos morfológicos en la tumba 6 de Oudenburg (Ypey, 1969, fig. 3) y en Samson (Bõhme, 1974, fig. 100, 5). La dispersión geográfica de los broches excisos españoles parece concentrarse en la provincia de Falencia, con hallazgos puntuales en otras zonas. Los BROCHES TROQUELADOS (fig. 5, n.°' 1-9) De las antiguas excavaciones en la necrópolis de Hornillos del Camino (Burgos), procede un cinturón del que se conserva la hebilla, tres apliques en forma de «hélice» y el remate de la correa (Pérez, e.p.). La hebilla ornamentada con triángulos troquelados formando «dientes de lobo» es característica de la Forma «Verigenstadt» (Bõhme, 1974, 71), mientras que el terminal es discoidal y está ornamentado por pequeños círculos troquelados. Estos terminales son distintivos de las guarniciones troqueladas y, como las hebillas de Forma «Verigenstadt», se distribuyen principalmente por el Alto Rhin y el Alto Danubio (Germania I, Maxima Sequanorum y Raetia II), así como por los territorios bárbaros limítrofes ocupados por alamanes y burgundios (Bõhme, 1986, 499-500, fig. 23). Los tres apliques en «hélice» pertenecen a la forma «Trier-Muri» de Bõhme, derivada de las hélices más pequeñas propias de la cuarta centuria, de las que ya hemos hablado al tratar del tipo «Borox». El ejemplar de Pompado es en realidad una variante de esta forma, como demuestran los cuatro apéndices centrales, y tiene sus mejores paralelos en dos apliques en «hélice» de Hessheim (Bu-llinger, 1969a, fig. 52, 1, lám. 35, 2). El fragmento de «Castro Ventosa» está además conectado con los apliques de la forma «Kõln-Weinheim», debido a su ensanchamiento central de perfil circular (Bõhme, 1986, 501). El área de dispersión de estas guarniciones claveteadas es muy restringida, como se puede comprobar por el mapa aportado por Bõhme (1986, fig. 24), concentrándose en la parte centro-oriental de la Galia, en la zona del Rhin superior y el Moscia, lo que dota de un interés adicional a estas piezas «Trier-Muri» españolas. El hallazgo esporádico de apliques similares en Britannia, Norte de la Gallia, Pannonia y Dalmácia está siempre conectado con el movimiento de tropas desde la zona del alto Rhin hasta estas regiones (Sommer, 1984, 103; Bõhme, 1986, 501). Finalmente, completan nuestro conocimiento sobre estos cinturones troquelados dos ejemplares encontrados en Totanés (Toledo), pertenecientes a la forma «Tongern-Wessling» (Bõhme, 1974, Fundliste 14, karte 14). Se trata de una placa para engarzar la hebilla y un aplique rectangular, ornamentados ambos mediante triángulos troquelados. La placa, que lamentablemente tiene los extremos recortados intencionadamente, es comparable a los broches hallados en Kostheim (Werner, 1958, fig. 20), Übach-Palenberg, Tongern (Bõhme, 1974, fig. 82 y 105, 4) y la necrópolis de Vieil-Atre (Bolougnesur-Mer), cementerio este último cercano a Bononia, una de las ciudades fortificadas que contribuían a la defensa del litus Saxonicum (VV.AA., 1990, 65, le.8c). Respecto al aplique, éste se relaciona con la amplia serie de piezas similares que completaban la decoración de las guarniciones troqueladas, como el cingula de Kostheim, el de la tumba 833 de Rhenen (Ypey, 1969, fig. 9, Dd3-4 y Dbl-2), o una pieza de Tongern (Bõhme, 1974, fig. 106, 3). Los cinturones de la forma «Tonger-Wesslings» y las hebillas «Verigenstadt» son a menudo complementarios, si bien estas últimas presentan una mayor dispersión geográfica (Bõhme, 1974, fundliste 15, karte 15). La distribución geográfica de las guarniciones troqueladas guarda similitudes con la de sus congéneres excisos, ya que ambas categorías están representadas en el norte de la provincia de Toledo, Hornillos del Camino y Pompado, si bien aún no se ha encontrado ningún punzverzierte Gürtelgarnituren en Falencia. aunque también aparecen asociadas a placas con otras ornamentaciones e incluso lisas. En Hispânia han sido halladas en la Cueva de los Murciélagos de Zuheros (Córdoba. De todos estos ejemplares, al haber aparecido sin sus placas, no se puede precisar a qué tipo de cinturones pertenecieron, aunque algunas piezas, como la de La Bienvenida, son más propias de las guarniciones troqueladas. Estas hebillas no solo coinciden cronológicamente con los Kerbschnittgürtelgarnituren y los punzverzierte Gürtelgarnituren, sino también respecto a su área de dispersión principal, que se extiende por el norte de la Galia, Renania, el NO de Alemania y Britania (Bohme, 1986, 473). IIL LOS BROCHES «HISPANOS» Los cinturones de tipología «hispana» se han relacionado siempre con la denominada «Subcultura del Duero», si bien comprobaremos que existen diferencias regionales en cuanto a los distintos tipos y que no todos pertenecen a dicha cultura. BROCHES TIPO «SIMANCAS» (figs. 6 y 7) Son broches de placa rectangular alargada que ostentan siempre decoración calada, basada generalmente en temas seriados, como los «ojos de cerradura» longitudinales y los roleos. La unión de la hebilla con la placa se realiza mediante bisagra, mientras que la sujeción al cuero se consigue mediante roblones. Las hebillas presentan dos variantes fundamentales, señaladas ya por Palol y Caballé-Fig. 6.-Broches tipo «Simancas», placas y hebillas «cornudas» relacionadas con ellos: Fuentespreadas (1, 6), La Morterona (2), Castillo de Carpio Bernardo (3), Carpio de Tajo (4, 12), Simancas (5), Villarrubia de Santiago (7, 8), Museo Arqueológico Nacional (9, 15), Puebla de Montalbán (10), Museo de Linares (11), Arcobriga (13, 14), Falencia (16), Huete (17), Santo Tomé del Puerto (18). Hebillas «cornudas» altoimperiales: Provincia de Toledo (19), Oberstimm (20), Richborough (21,22), Bank East (23). ro Zoreda: peltiformes y rectangulares, a las que habría que sumar otra minoritaria: las hebillas con forma de «D». El tipo «Simancas» es producto de una doble influencia. Desde el punto de vista morfológico recoge la tradición de los broches militares altoimperiales con placas rectangulares alargadas, unidas a la hebilla mediante bisagra anillada. Un aspecto interesante es que las hebillas «cornudas» bajoimperiales, que por el momento se vinculan siempre a broches «Simancas», tienen su origen también en el mundo de la metalistería altoimperial, como seguidamente veremos. Igual podríamos decir de las hebillas peltiformes, cuyos prototipos más directos son los cinturones con placas rectangulares de los principios del Imperio. Este fenómeno no es particular de Hispânia, pues en Britania también encontramos ésta misma influencia en las placas alargadas de los cinturones tardíos de los tipos locales «I-A «y «I-B» de Hawkes (Hawkes, 1961, 41-50), si bien en el caso britano la pervivencia del modelo original es aún más visible, pues se trata de placas con decoración incisa y no caladas como las hispanas. Este nuevo nexo de unión entre la metalistería militar de los primeros siglos del Imperio y los cinturones «Simancas», será un dato a tener en cuenta en el futuro para discernir el verdadero carácter de estos bronces. Pero, por otra parte, desde el punto de vista decorativo están conectados con los broches «no-hispanos», ornamentados mediante «ojos de cerradura». Dicha conexión fue ya establecida por Sommer, quien incluye el tipo «Simancas» en su «Clase 2, Forma B, Tipo e», como uno más dentro de la amplia familia de los broches militares calados (Sommer, 1984, 35). Para analizar este tipo puede ser útil establecer tres grupos, en función de la combinación de la placa con la hebilla, pues como comprobaremos cada asociación tiene unos rasgos propios'^. Un primer grupo lo constituyen las piezas con hebilla «cornuda», que siempre se asocian a placas muy estrechas y alargadas con cuatro anillas, que están presentes en Fuentespreadas, La Morterona (Falencia), Penadominga (Lugo)'\ Castillo de Carpio Bernardo (Salamanca) y Castillo de Soria (Aurrecoechea, 1997, 17). A este conjunto, que es el más numeroso de todos, nos atreveríamos a sumar otras tres placas desvinculadas de sus hebillas, pues presentan características idénticas a las placas descritas: nos referimos a las encontradas en Carpio de Tajo (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 3, 2), tumba 52 de Simancas (Valladolid. El broche cuenta con una hebilla «cornuda», pero la placa no presenta calados, sino una decoración de círculos troquelados e incrustaciones argénteas. Como notas peculiares tiene también la presencia de remaches y no roblones para asir la placa al cinturón, y el que la placa y la hebilla estén fundidas en un mismo cuerpo, y no unidas mediante bisagra como es lo habitual. Aunque no hemos podido ver personalmente la pieza pensamos que se trata de un broche recompuesto a partir de dos piezas distintas de diferente origen, restauradas para facilitar la venta del ejemplar, si bien hemos de ser cautos en nuestras apreciaciones. Queremos agradecer a Barry Ager del British Museum, y a Joana van der Lande, de Bonhams, los datos concretos sobre este broche.' "* Queremos agradecer a Enrique Alcorta la información que nos ha proporcionado sobre Lugo tardorromano, así como manifestar nuestra deuda con Ofelia Carnero, del Museo Provincial de dicha ciudad, quien nos facilitó documentación sobre Penadominga y Cacabelos. bia de Santiago (Toledo). Un segundo grupo lo componen los broches con hebilla peltiforme y placa más ancha, que por lo común sólo tiene dos anillas para insertar la hebilla, como las encontradas en la sepultura 133 de Simancas, provincia de Burgos (MAN n° 83845) y Hornillos del Camino (Burgos. El tercer grupo está formado por los broches con hebillas en «D» y placas con cuatro anillas, como los ejemplares de la tumba 26 de la Necrópolis Norte de La Olmeda (Abasólo, Cortes y Pérez, 1997, 24-25, fig. 17), Penadominga (Núñez, 1976, 286-287, fig. 3), más otro, posiblemente recompuesto, de La Nuez de Abajo (Burgos. Placas sueltas, para las que no podemos discernir la hebilla que tendría asociada, son las de: castro de Viladonga (Lugo. A través de estas combinaciones podemos realizar algunas observaciones. Una peculiaridad de los broches tipo «Simancas» es su asociación con las hebillas «cornudas» rematadas por esferas, hebillas que no se encuentran presentes en ninguna otra categoría de cinturón tardo-hispano. Además, los broches con hebillas «cornudas» podrían ser un poco más tardíos que los que presentan hebillas peltiformes o en «D», habida cuenta de que no aparecen en la Necrópolis Norte de La Olmeda. Merece la pena detenerse ahora en la distribución geográfica, ya que estos broches se han utilizado como uno de los fósiles directores más característicos de la «Subcultura del Duero». Según las tendencias investigadoras de esta década (Fuentes, 1989), los límites de dicha facie cultural serían cada vez más amplios, abarcando toda la Meseta, el Norte Peninsular, Cataluña y el Levante. Sólo la Bética parece estar fuera de la dinámica que representan otros hallazgos peninsulares. Sin entrar en consideraciones sobre este fenómeno, lo que sí queremos poner de manifiesto es que nuestros cinturones se escapan a esta tónica general. Aunque otros bronces más relacionados con la vida doméstica, como las situlae, se encuentran cada vez en un radio más amplio, sin embargo los broches parecen nuclearse en torno a zonas más concretas. La difusión geográfica de estas piezas había sido hasta ahora distorsionada, por incluir dentro del mismo mapa de dispersión elementos tan dispares como los broches «pseudo-hispanos» y las diferentes categorías de «hispanos». Aunque unos y otros son sintomáticos de una misma realidad, la proliferación de modas paralelas relacionadas con los ambientes militares, sus áreas de influencia no son las mismas y no se pueden solapar en único mapa todos los hallazgos. Los broches «Simancas», distintivos de las necrópolis clásicas de la «Subcultura del Duero», se concentran en el cuadrante Nor-occidental de la Península (sobre todo en las actuales provincias de Falencia, Valladolid, Burgos, Zamora, Salamanca y Lugo) y en el centro peninsular (mayoritariamente en la provincia de Toledo). Fuera de estas zonas los hallazgos son puramente anecdóticos. Las raíces altoimperiales de los broches «Simancas» se constatan también en las hebillas «cornudas» que poseen (Aurrecoechea, 1997). Dichas piezas derivan de las hebillas trapezoidales de lados cóncavos con apéndices globulares, empleadas en los ambientes militares del Limes desde finales del s. i d.C. El modelo original del Alto Imperio se encuadra dentro de las denominadas por Schonberger «hebillas rectangulares» {«Rechteckschnallen ». Para Schonberger su concentración en el área danubiana implicaría una influencia local, teoría que rompía con la anteriormente expuesta por Raddatz, quien postulaba su origen en la zona mediterránea (Raddatz, 1956, 95-101). Recientemente Poux ha revisado el tema, enfocándolo desde los ancestros de estas piezas, que precisamente se sitúan en Hispânia. En efecto, las hebillas rectangulares, algunas de ellas con remates globulares en sus esquinas, ya eran usadas en los cingula militae de fines de la República. Numancia (s. ii a.C), Conimbriga, pero sobre todo el campamento de Cáceres el Viejo (ca. 80 a.C), serían los lugares donde se constatan las primeras de estas hebillas. El origen hispánico de los ejemplares más antiguos, así como su relación con algunos motivos tradicionales del armamento celtibérico (concretamente las conteras de los gladius Hispaniensis), podrían significar la ascendencia hispana de estos bronces, aunque tampoco puede desestimarse la influencia de los auxiliares germanos o celtas orientales, que pudieron estar presentes en Numancia (Poux, 1998, 41-50). Sea cual sea su origen, el hecho es que el modelo se encuentra plenamente aceptado a fines del s. i d.C, y aunque minoritario, está presente en el limes danubiano, Britania y Galia. Su vinculación con la esfera militar está fuera de toda duda, pues los hallazgos se concentran en los campamentos de esa época y los raros ejemplares que no aparecen en ellos están asociados a otros elementos de cingulum militae, como el cinturón de Délos. El modelo continuó usándose durante la segunda y tercera centuria, pero empleándose ahora en los bronces de arnés y tahalí con anillas «cornudas», como los aparecidos en Vireux-Molhain, Verulamiun o la placa con la inscripción NU-MERUM OMNIUM (Aurrecoechea, 1997, 15). Las hebillas «cornudas» hispano-tardorromanas tienen una gran similitud morfológica con el modelo en boga durante la dinastía flavia y antonina, como las piezas aparecidas en Colchester, Richboroug, Wroxeter, Newstead, Arae Flaviae, Oberstimm, Vindonissa, Bank East, Carnuntum, Schleitheim y Nether Denton (Aurrecoechea, 1997, 15-19). En Hispânia tenemos también un ejemplar de este período aparecido en la provincia de Toledo (Aurrecoechea, 1997, 15, fig. 1,1). Conimbriga ha proporcionado piezas similares, pero sin las terminaciones globulares, asociadas a niveles flavios y trajaneos. Otras hebillas hispanorromanas altoimperiales son las de Citania de Briteiros, Ampurias y León, esta última encontrada en la misma área de influencia de la Legio VII (Aurrecoechea, e.p.). El hallazgo de piezas de la época altoimperial en Hispânia avala el origen propuesto para las piezas tardías, que derivarían de estos prototipos iniciales. Respecto a la distribución geográfica de las hebillas «cornudas» bajoimperiales, su número no ha dejado de crecer durante los últimos años, constantándose ejemplares en: Castillo de Carpio Bernardo (Salamanca), Castillo de Soria, La Morterona (Falencia), sepultura 354 de la Olmeda (inédita, expuesta en el Museo de Saldaña), Falencia, Santo Tomé del Puerto (Segovia), Carpio de Tajo (Toledo), Puebla de Montalbán (Toledo), Villarrubia de Santiago (Toledo), Huete (Cuenca), Arcobriga (Monreal de Ariza, Zaragoza), Collado de los Jardines (Santa Elena, Jaén), Museo Arqueológico Nacional (Aurrecoechea, 1997, 15), Museo de Linares y Aloria ^' ^. Espacialmente se concentran en las mismas zonas que los broches «Simancas». En la Galia y en el Norte de Africa, lugares que manifiestan tantos contactos con la metalistería hispano-tardorromana, no se atestiguan piezas semejantes, salvo algún caso aislado para el que no nos atrevemos a formular su «exportación», debido a las diferencias morfológicas que presentan respecto a sus congéneres de la Península Ibérica. En concreto sólo conocemos tres hebillas «cornudas» tardorromanas no hispanas, aunque quizá debiéramos reducirlas a dos, debido a las dudas que tenemos sobre la cronología tardía de la aparecida en Volubilis (Boube-Piccot, 1994, 109, n. La pieza encontrada en la necrópolis de St-Michel (Montpellier. Por tanto puede afirmarse que las hebillas «cornudas» gestadas en los círculos militares del s, I, evolucionaron en la Hispânia del Bajo Imperio hacia un tipo eminentemente regional, peculiar de nuestra provincia'^.' "^ Comunicación personal de Aitor Iriarte.' -"^ El ejemplar de Richborough lo conocemos gracias a la amabilidad de Malcolm Lyne, quien lo incluye en su tesis dentro del tipo «M» de su tipología.' ^ En otras zonas del Imperio también se constatan hebillas con aros rectangulares durante la época tardorromana, siendo características de los cingula militae usados en las provincias del Danubio y los Balcanes (tipo Salona, Gala, etc.). No creemos que guarden ninguna relación con las hebillas «cornudas» que acabamos de describir, pues unas y Son broches con placas rectangulares, cuya decoración nunca es calada, y que poseen hebillas en forma de «D». Las hebillas disponen de dos anillas en las que se inserta una varilla metálica (generalmente de hierro) mediante la que se sujeta placa y aguja. Por lo tanto la unión entre hebilla y placa no otras tienen distinto origen, ya que los broches tardíos de la zona danubiana hunden sus raíces en su propia cultura local, derivando de los ganchos de cinturón femeninos denominados «nórico-panónicos» (Poux, 1998, 42-44). se hace mediante bisagra, como en los tipos «Simancas» y «Bienvenida», sino que se consigue doblando en «U» el extremo de la placa, el cual dispone de una perforación para facilitar el movimiento de la aguja. La decoración predominante son los círculos troquelados. En la actualidad conocemos tres broches completos de este tipo, aparecidos en: la necrópolis de Cabriana (Burgos. Aurrecoechea, 1996a, fig. 20, lám. 7), Las Murallas (Huerta de Abajo, Burgos) y Lugo. Hebillas desvinculadas de sus broches son la de la sepultura 51 de la Necrópolis Norte de La Olmeda (Abasólo, Cortes y Pérez, 1997, 55, fig. 37), Liédana (Navarra. Pérez, 1991, xf 20, fig. 15,3) y dos descubiertas en la Instalación Artesanal de la C/ Calvo Sotelo en Astorga. Respecto a su cronología, los ejemplares de Astorga están adscritos a las unidades estratigráficas 6007 y 1008, fechándose esta última en el s. iv hasta la primera mitad de la centuria siguiente'^. La hebilla de la Olmeda estaría datada en la primera mitad del s. iv, como parece inferirse de la cronología general de la Necrópolis Norte (Abasólo, Cortes y Pérez, 1997, 145). La distribución espacial del tipo «Cabriana» parece ser más restringuida que la del tipo «Simancas», concentrándose en el cuadrante nor-occidental de la Península Ibérica. Tipo «Villas e quilla» (fig. 8, n.°^ 9 y 10) Muy relacionados con el tipo que acabamos de ver son las placas de Villasequilla de Yepes (Toledo. Ambas son de forma rectangular y cuentan con una decoración basada en círculos troquelados. Frente a estas similitudes con el grupo anterior presentan una discordancia, ya que la hebilla se une a la placa mediante bisagra. La escasez de datos nos impide concretar más sobre la difusión geográfica o la cronología de estos ejemplares. BROCHES TIPO «BIENVENIDA» (fig. 9, n.°' 1-9) Estos broches con placa de perfil cóncavo, cuyas esquinas rematan generalmente en pequeños apéndices esféricos o con forma «de bellota», y que nunca presentan decoración calada, han sido convencionalmente incluidos dentro del tipo «Simancas» (Pérez, 1991, 100). Las diferencias morfológicas que presentan respecto a los broches «Simancas», así como las características ornamentísticas (ausencia de decoración calada), nos ha llevado a singularizarlos dentro de un nuevo tipo que denominamos «Bienvenida». Broches ornamentados con círculos troquelados han sido descubiertos en La Bienvenida (Aurrecoechea et al, 1986, 253, fig 1, 8), Almendros (Cuenca. Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 12), Totanés (Toledo), El Quinto (Toledo), Mengíbar (Jaén) y pro-' ^ Agradecemos a Romana Erice y Ángel Morillo los datos procedentes de Astorga y la cronología derivada de la tesis doctoral de este último. vincia de Segovia. Con decoración exclusivamente incisa tenemos las pieza hallada en Puebla de Montalbán (Toledo), Ocaña (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 7 y 9) y la sepultura n° 5 de El Espirdo (Segovia). Carentes de decoración son los ejemplares de Villasequilla de Yepes (Toledo) y uno descontextualizado de la provincia de Cuenca (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 6 y 10). Otra pieza que posiblemente pertenezca al tipo «Bienvenida» es la placa fragmentada del Museo Arqueológico Nacional n° 86/ 84/65 (Ripoll, 1986, 64). Todos los ejemplares mencionados cuentan con dos roblones para unirse al cuero y dos anillas para la inserción de la hebilla. La hebilla característica de estos broches parece ser de forma cuadrangular, cuyos vértices se destacan mediante remates esféricos más o menos desarrollados, presentando un aspecto general similar a las hebillas «cornudas» del tipo «Simancas», pero más simplificado. Así, el perfil de la pieza es totalmente oblongo, careciendo por tanto del altorrelieve de las hebillas «cornudas» del tipo «Simancas», conseguido este último mediante los remates esféricos y el aro de sección pseudo-triangular. Nuevamente volvemos a encontrar la conexión entre los broches de tipología «hispana» y la metalistería militar altoimperial. La forma de la placa del tipo «Bienvenida» hunde sus raíces en los apliques que poseen sus cuatro lados cóncavos, de moda a finales del s. ii y durante toda la centuria siguiente. Los apliques altoimperiales comparten una interesante característica morfológica con los broches Bienvenida, como es el aspecto robusto y alargado de los roblones. Por su parte, las hebillas entroncan con la tradición de las «Rechteckschnallen» estudiadas por Poux (1998), de las que hemos hablado anteriormente. Este tipo de hebillas, a las que hemos bautizado en un estudio reciente sobre las mismas como «four knobs buckles» (hebillas de cuatro apéndices. Aurrecoechea, 1997, 17-18), están ya presentes en Hispânia desde los tiempos de la República, como atesdgua una pieza del campamento de Cáceres el Viejo (ca. Fuera de nuestro ámbito territorial las encontramos asociadas a contextos militares de la segunda y tercera centuria, así en South Shields (Allason-Jones; Miket, 1984, 194, n" 623) y Straubing (Oldenstein, 1976, fig. 59, 736). Desde el punto de vista de la distribución geográfica, el fipo «Bienvenida» presenta una dispersión distinta al tipo «Simancas», ya que su difusión r^^'^i^' oe==®@ ^ 10'^r^^T^ 12 13 14 Fig. 9.-Tipo «Bienvenida»: Mengíbar (1), El Quinto (2), Ocaña (3), Totanés (4), La Bienvenida (5), Almendros (6), Provincia de Segovia (7), Puebla de Montalban (8), Villasequilla de Yepes (9). Broche del Castro de la Oliva (12). Tipo «Olmeda»: La Olmeda (13), La Morterona (14). comprende la Meseta Sur, desde el centro peninsular hasta la antigua Oretania. Respecto a su cronología, aunque en un principio propusimos una fecha más tardía que la del tipo «Simancas», debido a que los broches «Bienvenida» no aparecían en los ajuares clásicos de la «Subcultura del Duero» (Aurrecoechea, 1995/96, 68), hoy tenemos que matizar tal hipótesis a la vista de los nuevos hallazgos, ya que las distintas «zonas de influencia» que presentan no nos permiten establecer comparaciones cronológicas entre ambos. El único dato temporal con el que contamos para el tipo «Bienvenida» es la reutilización de una placa en una sepultura visigoda de El Espirdo (Molinero, 1971(Molinero,, 65, lám. 1971, 65, lám. 103, 65, lám. 103)'I' ** Aunque este ejemplar lo conocemos únicamente a través del dibujo que de él ofreció Molinero, abogamos por la adscripción de la placa como tipo «Bienvenida», debido a las características morfológicas y decorativas que presenta. Son broches formados por una hebilla circular fabricada generalmente en hierro y que carecen de placas. Estas piezas son características de la tercera centuria, pues fue en ese momento cuando se pusieron de moda entre los cinturones militares. De este período se han documentado en Hispânia ejemplares como los aparecidos en Astorga (Aurrecoechea, e.p.) y Villarrubia de Santiago (Aurrecoechea, 1995/ 96, fig. 1, 6). Aunque estos broches circulares no aparecen representados ya en las fuentes iconográficas del período tetrárquico, sin embargo, se ha constatado que algunas piezas aisladas del equipamiento del s. III tuvieron una vida residual en época tardorromana (Bishop y Coulston, 1993, 160). Esta explicación podría justificar, al menos parcialmente, la aparición en Hispânia de hebillas anulares vinculadas a yacimientos de la «Subcultura del Duero», como la hallada en La Morterona (Abasólo et alii, 1984, 12, fig. 3, 5), aunque nosotros pensamos que su hallazgo en nuestra provincia dista mucho de ser «residual» y que estas piezas no son más que un nuevo signo de la perpetuación de modas atávicas en nuestro territorio, en sintonía pues con lo constatado en otras categorías de broches «hispanos». La aparición de numerosos ejemplares de broches «Olmeda» en la necrópolis norte del yacimiento homónimo, donde constituyen el tipo de broche más representado en esa necrópolis (sepulturas 12, 28, 32, 38, 62, 64, 84, 91, y los más dudosos hallazgos de «argollas» sueltas en las tumbas 11, 36. Abasólo, Cortes y Pérez, 1987, 139), no hace sino incidir en la idea de que este tipo seguía de «moda» en Hispânia durante la primera mitad del s. iv, cuando en el resto del Imperio estas piezas ya se consideraban «anticuadas». En este apartado recogemos una serie de piezas que no encajan en las tipologías anteriores. Se trata de casos en los que sólo conocemos un ejemplar, o cuya adscripción a algún tipo determinado es dudosa. Entre ellas un grupo de hebillas con rasgos comunes: aro cerrado en forma de «D» con moldura interna que les ocasiona una sección en «L». Se asemejan a las hebillas de los broches «Cabriana» y quizá sirvieron para decorar estas piezas, pero su peculiar morfología nos invita a aislarlas. Las piezas toledanas encontradas en Borox (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 11) y Villarrubia de Santiago, así como el ejemplar de Cueva del Pany (Vilafranca del Penedés), conformarían este grupo (Pérez, 1991, n° 5). Entre las hebillas «singulares» citaremos la encontrada en Villarrubia de Santiago (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 2, 8), que presenta vagas similitudes con las hebillas más simples de las guarniciones excisas y punzonadas, como la de la Cueva de los Murciélagos (Vera, 1994, 69-71), así como ciertas analogías con piezas de la necrópolis bajoimperial de Laukhills (Clarke, 1979, fig. 34). Mejores paralelos morfológicos presentan dos ejemplares pertenecientes a la familia de las «hebillas rectangulares», depositadas en el ajuar de la tumba 36 y 46 de Simancas (Palol, 1969, 139, fig. 25, 9-10). Estas últimas son similares a las usadas en los broches tipo «Bienvenida», pero tienen el aro cerrado. Sus formas recuerdan a los apliques de Hornillos de Camino (Burgos. Palol, 1969, 142, fig. 25, 12), materiales cuya fecha no está concretada, aunque parecen más modernos que los bronces aquí estudiados. El broche del Castro de la Dehesa de la Oliva (Torrelaguna, Madrid. Cuadrado, 1991, fig. 21) está también emparentado con el tipo «Bienvenida», a tenor de la hebilla con que cuenta, siendo esta muy parecida a la del broche de esta categoría aparecido en El Quinto. Su placa recuerda algunos terminales de cinturón tardío, como los «anforiformes». IV COMPOSICIÓN METÁLICA Y PROCESO DE FABRICACIÓN Respecto a la producción de los objetos «no-hispanos», está atestiguada la centralización de la misma en fabricae especializadas en determinados productos (James, 1988, 257-331), si bien de las aproximadamente 40 fabricae que nos ofrece la Notitia Dignitatum, más otras fuentes menores (epigrafía, etc.), ninguna se dedicó a producir los efec- tos del equipo personal, tales como los cinturones'^. No obstante, se admite que estas factorías, aunque no se cite en las fuentes, debieron producir también'^ La ubicación geográfica de las distintas fabricae y las especialidades que abarcaban cada una de ellas pueden encontrarse en la reciente obra de Feugère (1993a, 239). otras clases de equipos en los que no estaban especializadas, así como que las propias unidades armadas pudieron producir y reparar en sus campamentos algunos materiales (Elton, 1996, 116-117). Para las categorías «pseudo-hispana» y la «hispana» es segura la fabricación local de estas piezas. Todos los broches están realizados a molde, a excepción de algunos ejemplares del tipo «Cabriana» que están confeccionados sobre chapa recortada, como por ejemplo, el ejemplar de Lugo. La decoración calada estaba implícita someramente en el molde original, lo que obliga a un minucioso trabajo en frío que origina las diferencias tan notables entre uno y otro especimen aunque hayan salido de la misma matriz. La mayoría cuentan con roblones fundidos en una sola pieza con la misma placa, si bien pueden observarse dos sistemas de fabricación distinta que ya habían sido constatados en los botones arroblonados decorativos (Aurrecoechea, 1996a, 109-110). Mientras algunos broches presentan roblones conseguidos tras un intenso trabajo de lima que desbasta una matriz apenas esbozada con el vastago y la cabeza del roblón, otros sin embargo cuentan con pequeños apéndices traseros en los que se suelda la cabeza del roblón por medio de una espiguilla. Relacionada con el proceso de producción tenemos un interesante testigo encontrado en El Carpio de Tajo (Aurrecoechea, 1995/96, fig. 3, 4). Se trata de un ejemplar de plomo que posiblemente deba interpretarse como una prueba de fundidor. Dichas pruebas se realizaban para comprobar la calidad y el acabado del molde, mediante un metal mucho más barato como es el plomo, lo que está atestiguado para el mundo militar en una pieza de Brigetio, entre otras (Bishop y Coulston, 1993, fig. 134, 5). Este ejemplar respaldaría la producción autóctona de broches «Simancas» en el marco de la Meseta Sur, fenómeno ya intuido desde hace años debido a la abundancia y heterogeneidad de los hallados en esta zona. Respecto a la composición metálica se han realizado algunos análisis espectrométricos. La hebilla de La Bienvenida relacionada con la familia de los bronces excisos (Aurrecoechea, Fernández y Caballero, 1986, 253, fig. 1, 9), presenta una composición distinta en su aro y en su aguja (Aro: 63,7 % de Cu, 2,9 % de Zn, 14,2 % de Sn y 18,2 % de Pb. Ambos elementos son bronces cuaternarios, característicos de piezas fabricadas con ejemplares de desecho, aunque en el aro los niveles de plomo son bastante más altos, mientras que en la aguja el porcentaje de cobre es mayor. La placa del tipo «Bienvenida» del yacimiento homónimo (Aurrecoechea, Fernández y Caballero, 1986, 253, fig. 1, 8) es también un bronce cuaternario con unas elevadas cantidades de plomo (concretamente: 64,4 % de Cu, 1,9 % de Zn, 7,4 % de Sn y 25,47 % de Pb), por lo que no deja de ser curiosa la coincidencia temporal, ya que ambos pertenecen a la tardorroma-nidad, así como espacial y funcional que las aleaciones de estos dos objetos presentan. Respecto a otros ejemplares analizados, conocemos los broches tipo «Simancas» de Fuentespreadas (Madroñero, 1985), que caben ser calificados de bronces terciarios, aunque difieren en su composición. La guarnición ornamentada con arcos de herradura es un bronce plomado (12-18 % de Pb, 10 % de Sn, 0,1 % de Fe y 0,3 % de Ag), mientras que la decorada con hojas de hiedra es un bronce estañado (10 % de Sn, 1 % de Pb y 0,1 % de Fe). Generalmente es difícil encontrar bronces o latones puros, ya que en el proceso de fundición se solían buscar aleaciones con buena colabilidad para facilitar el moldeo de las piezas con detalles decorativos, lo que se conseguía con la adición de plomo o estaño. Estos datos están en la misma tónica que los ofrecidos por los botones hispanorromanos contemporáneos, piezas que muchas veces fueron elementos decorativos de nuestros cinturones (Aurrecoechea, 1996a, 109-110). V. CONCLUSIONES La proliferación en Hispânia de elementos de cinturón tardorromanos ha provocado la elaboración de distintas hipótesis de trabajo para dilucidar su carácter militar o civil. Frente a la teoría inicial que los relacionaba con un presunto «limes Hispanus» ^^, en los últimos años algunos autores han postulado una «moda militar», que implicaría la utilización de estos cingula por amplios sectores de la población civil hispanorromana (Fuentes, 1989). Aunque ya hemos expuesto con anterioridad las razones que nos llevan a desestimar dicha «moda militar» y los argumentos que avalan el fundamento auténticamente castrense de estas piezas (Aurrecoechea, 1995/96, 90-93), queremos indicar que en definitiva la investigación española no hace sino recoger la polémica que existió entre otros investigadores europeos, cuestión que podemos ejemplificar en las figuras de Bõhme (1974;1986) y Sommer (1984)). Los estudios sobre metalistería tardorromana, que se efectúan actualmente en el resto de Europa, enfatizan el complejo panorama que caracteriza estos objetos, pero los valoran como representativos de una cultura material propia de la esfera militar y de los «funcionarios» del Estado (Kazanski, 1995). -' ^ No expondremos aquí la prolija producción bibliográfica que el hipotético limes ha suscitado, por lo que sólo mencionaremos la reciente obra de Sayas (1996) donde se estudia este fenómeno. Según la tesis tradicional estos cingala estarían vinculados con los foederati o lactes, guerreros germanos instalados, como informa la Notitia, en Renania y en el Norte de la Galia. La germanización del ejército romano durante este período provocó la tendencia a considerar estos elementos como «germánicos», sobre todo los Kerbschnittgarnituren y los punzierten Garnituren. El origen germánico de estas piezas y su utilización exclusiva por parte de este grupo étnico se ha matizado recientemente, ya que responden a una realidad mucho más compleja que lo que se pensó en un principio. La incorporación de motivos clásicos, propios de la cultura greco-romana, el porcentaje numérico de estas piezas en las necrópolis del Limes denominadas Laetengraber y su escasa representación en la Germania libre, sugieren una utilización más amplia (Bishop y Coulston, 1993, 160). En la actualidad se considera que estos cinturones eran portados en origen por militares, como demuestran los paralelos iconográficos, las cartas de repartición geográfica en las provincias fronterizas y su descubrimiento en tumbas que contenían armas (Kazanski, 1995, 39-42). Serían fabricados en talleres romanos, aunque sus portadores fueron militares, tanto romanos como «bárbaros» de origen germano y no-germano, así como funcionarios civiles romanos, ya que en la sociedad militarizada del Bajo Imperio el juramento del cargo público llevaba implícita la entrega del cingulum como símbolo del puesto. La proliferación de soldados de etnia germana en el ejército tardorromano habría distorsionado inicialmente la visión que tenemos de este fenómeno, sobre todo por la pervivencia entre ellos de inhumación con ajuar. Kazanski, tras estudiar las sepulturas galas donde aparecen cinturones, ha podido discernir que las tumbas sin armas (a excepción del puñal) corresponden a los soldados fuertemente romanizados (posiblemente galo-romanos); mientras que las tumbas con armas son características del Norte de la Galia y se relacionan con elementos germánicos (Kazanski, 1995, 41)^'. Por tanto, la distribución geográfica de los distintos tipos de cinturón está a expensas de la distribución de las prácticas de enterramiento y no pueden interpretarse como significativas de la totalidad del área de uso de las piezas. De este modo, la evidencia arqueológica nos ofrece abundante informa-ción sobre el S. de Britania, N. de Francia, el Rhin y el Danubio superior, mientras que nuestro conocimiento sobre los cinturones del s. iv-v usados en otras regiones es mucho menor. Los cinturones «no-hispanos» aparecidos en Hispânia solo cabe interpretarlos como pertenecientes a soldados o funcionarios de la administración, a los cuales se les habría dado como distintivo de su autoridad oficial durante la segunda mitad del s. iv y las primeras décadas de la centuria siguiente ^^. La mayoría de ellos debieron ser usados por soldados comitatenses destacados en nuestra provincia durante ese período. Frecuentemente estos cingula aparecen en localidades donde se conoce la existencia de fuerza armada, bien porque se citan en la Notitia Dignitatum o en otras fuentes, bien porque la arqueología ha demostrado la existencia de un enclave militar ^\ Las guarniciones de Palacios del Sil y «Castro Ventosa», ambas leonesas, fueron encontradas en la zona de influencia de la legio VIL En Iruña, lugar identificado con Veleia, sede de la cohors prima Gallica (Aurrecoechea, 1996c) apareció la hebilla del tipo «I-B» de Hawkes. En Pompado (Pamplona), ciudad donde se atestiguan tropas comitatenses a inicios del s. v, por la carta que a ellos dirige el emperador Honorio (Domínguez, 1983, 124), se descubrió uno de nuestros apliques «Trier-Muri» y una placa excisa del tipo «B» de Bohme. La trabilla excisa de El Roe d'Enclar (Andorra), aparecida en un castellum que controlaba un paso defensivo entre Hispânia y Galia (Yáñez et al., 1991, 749), sería otra pieza asociada a un yacimiento hispano de tipo castrense. También se documentan algunos especímenes en contextos presuntamente civiles, hecho que ha sido usado por algunos investigadores españoles para negar el carácter militar de estas piezas. La aparición de objetos militares en contextos civiles no es un fenómeno exclusivo ni del Bajo Imperio, ni del territorio hispano. La investigación europea sobre metalistería militar, tanto altoimperial como tardía, se planteó ya hace tiempo el porqué de estos hallazgos. No es éste el lugar donde recoger las distintas interpretaciones posibles, que abarcan desde el cometido policial de algunas tropas regulares, hasta la venta en los circuitos comerciales civiles de mate-^' Es interesante la distinción que hace el autor al no considerar el cuchillo como un arma, lo que podría generar un paralelismo con nuestras sepulturas con cuchillos «Simancas», y la conexión que existe entre estas tumbas militares y los puñales que aparecen en las de época merovingia. ^^ El tipo «Teba» sería la única categoría que podría escapar de la dinámica que proponemos, debido a las peculiaridades que presenta. ^^ Según la Notitia, en la Península Ibérica se contaba con las tropas de la legio Vil y de cinco cohortes: la cohors secunda Flavia Pacatiana, afincada en Rosinos de Vidríales (Zamora); la cohors Lucensium en Lugo; la cohors Celtibera en Reinosa (Cantabria); la cohors prima Gallica en Veleia (Iruña); y la secunda Gallica, de ubicación desconocida. rial militar desechado ~^, pero que nunca ponen en duda el auténtico carácter militar, al menos en origen, de estos objetos. Asimismo, no podemos olvidar que el propio sistema de producción de los broches militares de cinturón tardorromanos parece haberse basado en la fabricación local, ya que no aparecen explícitamente citados entre los objetos producidos por las fabricae oficiales. En algunos asentamientos rústicos tardíos, del tipo villa, se han documentado talleres que abastecían de equipamiento militar a las tropas establecidas en la región cercana. Así, en Ickham tenemos un establecimiento con molinos y dependencias para la fabricación de piezas metálicas, que proporcionaba harina y accesorios de cinturón de bronce a los fuertes tardorromanos del NE de Kent (Young, 1981). Para el caso concreto español, y según el estadio actual de nuestros conocimientos, todo parece indicar que los broches de cinturón militares encontrados en villae y necrópolis tardías podrían deberse a tres causas principales. La primera de ellas sería la presencia temporal de tropas móviles de campaña en lugares civiles. Esta explicación es la más plausible para comprender el hallazgo de algunos broches excisos y troquelados, los cuales se concentran cronológicamente en los inicios del s. v. Dichas guarniciones habrían sido traídas aquí por los honoriaci de Geroncio durante los turbulentos sucesos conectados con la usurpación de Constantino III (407-411), lo que justificaría su aparición, por ejemplo, en La Olmeda y Paredes de Nava, yacimientos situados en el área de los campi Palantini, zona sometida a saqueo por las tropas victoriosas traídas del Limes. Quizá estos mismos honoriaci sean también el origen de los hallazgos en contextos militares, como los de Iruña/Veleia comentados anteriormente. Simultáneamente, algunas de estas piezas podrían ser el testimonio elocuente de la actividad profesional llevada a cabo por el dueño o alguno de los habitantes de la villa, pues no olvidemos que muchos de los terratenientes hispanos estuvieron cerca del foco de poder político y que sin duda debieron ejercer cargos en la administración pública, incluyendo la carrera militar como parte del cursus honorum. Además, el Estado romano jamás desarmó sistemáticamente a sus licenciados, utilizándolos incluso para la defensa parcial del territorio, por lo que los soldados que habían servido en el Limes volvían a sus casas con auténticos «souvenirs» militares, en-^"^ Un análisis pormenorizado de las razones que originan la aparición de metalistería militar en contextos presumiblemente no castrenses la hemos realizado recientemente a tenor de los yacimientos de Toledo y Madrid (Aurrecoechea, 1995/96, 90-93). ¿No podríamos pensar que éste fue el origen de los cingula militae encontrados en villae como La Olmeda, o necrópolis como Hornillos del Camino? Tampoco podemos olvidar la posibilidad de que en estas villae existieran «ejércitos privados», entendidos estos quizá más como escoltas personales que como auténticas tropas. La situación de inestabilidad que se vive en esa época más las facilidades para «reclutar» veteranos en un mundo militarizado son datos que refuerzan la idea de estos «ejércitos domésticos». Por último, el prestigio social de estos cinturones hizo que pervivieran durante mucho tiempo, teniendo incluso documentada su reutilización en plena época visigoda, con lo que se facilita la venta de piezas en desuso en los circuitos comerciales civiles y la dispersión geográfica de los ejemplares. Los CINGULA MILITAR «PSEUDQ-HISPANGS» Los tipos «pseudo-hispanos» son una derivación local de los cingula militae usados a mediados del s. IV en las zonas fronterizas del Imperio y, por tanto, deben interpretarse como una más de las variaciones regionales que de estos cinturones se han constatado. En consecuencia, los tipos «pseudo-hispanos» son paralelos y sincrónicos a las categorías de broches delfiniformes definidas por Sommer (Colchester, Sagvar, etc.), pudiéndoseles calificar de cinturones relacionados con personajes de la administración del Estado o soldados. De las cuatro clases «pseudo-hispanas» que hemos establecido al menos dos de ellas (los tipos Tirig y Santomé) tienen una distribución geográfica que se extiende por el Sur de la Galia. Así mismo, los apHques en «hélice» relacionados con el tipo «Borox» sobrepasan el ámbito peninsular, por hallarse también representados en la Galia Meridional. Resulta muy sugerente el hecho de que todos los broches «pseudo-hispanos» estén vinculados con la familia de las hebillas delfiniformes y las placas caladas de mediados de la cuarta centuria, pero sin embargo no tenemos ni un solo tipo «pseudo-hispano» relacionado con los broches excisos o troquelados de fines del s. iv y comienzos del siglo siguiente. ¿Por qué en nuestro territorio no se reinterpretaron también los prestigiosos Kerbschnittgürtelgarnituren y punzverzierten Garniturenl ¿Quizá porque los broches «pseudohispanos» son el reflejo de las tropas acantonadas en nuestra provincia todavía operativas en la segunda mitad de la cuarta centuria, mientras que los «nohispanos» excisos y troquelados serían el reflejo de La predilección por el sistema abotonado, junto la persistencia de modas anacrónicas o «anticuadas», heredadas directamente del equipo militar usado en el limes durante los siglos ii-iii, son las dos características principales de los tipo «hispanos». La cronología inicial de los broches «Simancas», «Cabriana» y «Olmeda» se retrotrae a la primera mitad del s. iv, como se desprende de su hallazgo en las sepulturas 26 y 51 de la Necrópolis Norte de La Olmeda (Abasólo, Cortes y Pérez, 1997, fig. 17, fig. 37 ^^). Dicha cronología parece indicar que los cinturones «hispanos» son anteriores a la llegada a nuestro provincia de los cingula militae «no-hispanos» y «pseudo-hispanos», ya que aún no ha aparecido en Hispânia ningún ejemplar de estas últimas categorías correspondiente a los inicios de la cuarta centuria. El descubrimiento reciente en nuestro territorio de piezas propias de los cinturones altoimperiales, como la guarnición de Bohonal de Ibor con calados en forma de «ojos de cerradura» incipientes, o las hebillas anulares de Astorga (Aurrecoechea, e.p.), demuestran que los tipos «hispanos» tardorromanos son la continuidad de unos patrones militares conocidos y usados en nuestra provincia con anterioridad. La pervivencia de tropas acantonadas en nuestro suelo durante siglos, sobre todo la legio VII, puede ser la clave para interpretar nuestras piezas ^^. La perduración de modas ya anticuadas en tropas de fundación antigua, es un fenómeno reproducido y estudiado en otras áreas del Imperio. Dicha legión pudo haber producido en su zona de influencia, la Meseta, un fenómeno similar a la Mischzivilisation, producto de la fusión de unos gustos atávicos propios de una legión antigua y el elemento local, siendo este último hispanorromano. Piezas aparecidas en el hinterland de la legio VII, como la hebilla «cornuda» altoimperial de León (Aurrecoechea, 1997, fig. 1, 4), podrían avalar la teoría que exponemos, pues de estos modelos pudieron surgir los patrones «hispanos» tardíos. ¿Podrían estar relacionados los broches «Simancas» y «Cabriana» aparecidos en la provincia de Lugo, con el establecimiento de la cohors Lucensium en su territorio? ¿Existirá algún vínculo entre los hallazgos de Fuentespreadas y la cohors secunda Flavia Pacatiana? ¿Estarán conectadas las hebillas tipo «Cabriana» de Astorga con la tradición militar de este enclave? Recordemos que la cultura mixta (Mischzivilisation) romanogermana de algunas zonas militarizadas mejor conocidas, como la norgálica, facilitó sin traumas la transición entre el Imperio Romano y los reinos «bárbaros», y ésta no fue más que, en su origen, la fusión de dos mundos: el castrense y el civil, estando esta misma simbiosis documentada en otras provincias imperiales como Panonia (Ságvár. Quizá esta Mischzivilisation hispana ^^, sea la raíz de la denominada «Subcultura del Duero», cuyos peculiares enterramientos han llamado la atención de los investigadores españoles desde siempre ^^. En ese sentido que-2^ Definir una cronología más concreta para los broches «hispanos» es una tarea difícil. Si en el resto del Imperio existen problemas para aquilatar las fechas concretas de los cingula aparecidos en sepulturas, ya que las monedas que les acompañan gozaron de una dilatada vida (Hawkes, 1961, 18-19), en Híspanla el tema se complica al no conocerse ajuares funerarios numismáticos. ^^' La legio VII Gemina se cita como asentada todavía en Hispânia durante esta época, según la Notitia (XLII, 1, 25). La legión, en época tardorromana, se compondría de unos 6.000 hombres, si bien durante el s. iv parece que parte de ella se encontraba destacada como ejército comitatense en las provincias orientales del Imperio (Arce, 1988, 73). " Somos conscientes del significado inter-étnico que el término Mischzivilisation posee, como fusión del elemento romano y el germánico. Al emplear dicho concepto para el caso hispano, lo restringimos a su vertiente de unión entre dos mundos diferentes, el militar y el civil. La aparición puntual de hallazgos aislados no debe sobrevalorarse, sobre todo porque la larga vida de estos objetos facilita su amortización y uso en contextos distintos de los originales. La aparición de temas cinegéticos en las fundas de los cuchillos «Simancas» no implica necesariamente que sean herramientas de caza, pues la metalistería militar ha utilizado desde el Alto Imperio dicha iconografía en sus repertorios decorativos por las implicaciones simbólicas que conllevan, así mismo, durante la tardorromanidad se emplearon motivos semejantes para ornamentar cingula militae «delfiniformes», excisos y troquelados. Sin embargo, como hemos manifestado en nuestro 194 JOAQUIN AURRECOECHEA FERNANDEZ AEspA, 72, 1999 remos señalar las similitudes entre algunos ajuares funerarios tardorromanos de carácter militar documentados en la Galia, como el de la tumba 127 de Chouy (Kazanski, 1995, fig. 4, 10-17), o en Germania, como el de la sepultura 1330 de Krefeld-Gellep, donde incluso tenemos un fragmento de vaina de cuchillo similar al tipo «Simancas» (Pirling, 1978, fig. 3, 3), y los descubiertos en las necropolis bajoimperiales «del Duero». La aparición en tumbas de ambas regiones de útiles de hierro, cuchillos similares al tipo «Simancas», puntas de lanza o botones peltiformes, son una línea de investigación a tener en cuenta para el futuro, que ya ha llamado recientemente la atención de los investigadores galos (Martín, 1993, 395-402, fig. 5-7). Todas las reflexiones anteriores nos llevan a pensar que los broches «hispanos» son también auténticos cingula militae. Con esta aseveración no queremos decir que sus posesores fueran necesariamente soldados, aunque bien pudieron serlo. El uso de estos cinturones debió estar relacionado con el personal, tanto civil como militar, vinculado con la administración del Estado y su círculo cercano, en los que entraría buena parte de la clase dirigente que ostentaba el poder económico, entre ellos los dueños de las villae y sus familiares, como ya hemos apuntado al hablar de los broches «no-hispanos». Por tanto, estarían inmersos en la misma dinámica que los otros cinturones del Imperio y serían un símbolo del cargo ostentado y de rango social. Respecto a la distribución geográfica de las categorías «hispanas», tomada en conjunto, abarca principalmente el NO, la Meseta Norte y la Meseta Sur^^. Algunos investigadores señalan un área de dispersión mayor, paralela al cada vez más amplio horizonte de la «Subcultura del Duero», opinión que no secundamos, al menos para los objetos de metal estudio, creemos que estas necrópolis están más relacionadas con las tropas antiguas citadas por la Notitia que con las milicias móviles llegadas del Limes. Por otra parte, también sintonizamos con las recientes apreciaciones de Pérez Rodríguez Aragón (1996,(223)(224), quien ha enfatizado las similitudes de estas necrópolis con las del Norte de la Galia, planteando además la relación entre la cultura material tardoandgua y los habitats fordficados. Respecto a esto último, queremos añadir que muchos de los broches incluidos en la presente publicación han aparecido precisamente en estos yacimientos fordficados, ya sean castros o ciudades amuralladas, fenómeno posiblemente relacionado con aspectos castrenses (oficiales o privados) en los que habrá que ahondar en el futuro. ^^ Los yacimientos tardorromanos de la Meseta Sur, y sobre todo de la fértil área toledana, son en su mayoría mal conocidos o están por excavar. Un panorama sobre la arqueología militar en este territorio, que incluye diferentes propuestas de identificación funcional de los asentamientos, la hemos realizado en: Aurrecoechea, 1995/96, fig. 12. tratados aquí, las guarniciones de cinturón ^^. Los tipos «Simancas» y «Cabriana» cuentan con una difusión similar, aunque este último parece estar más centrado en el NO y el Oeste peninsular, apareciendo además el primero profusamente en las necrópolis «del Duero». El tipo «Bienvenida», sin embargo, es característico de la Meseta Sur, extendiéndose por la Oretania, y no se ha documentado hasta el momento en ninguno de los cementerios «del Duero». Como epílogo de nuestro estudio indicaremos que el prestigio social del que gozaban todos estos broches influyó para que fueran reutilizados. Varios broches del tipo «Santomé», así como los broches del tipo «Bienvenida» de Mengibar y la sepultura
Se presentan los resultados de una serie de análisis de radiocarbono, restos botánicos y morteros, datados entre los siglos vii/ Durante los años 1994 y 1995 se realizaron sendas campañas de excavaciones arqueológicas alrededor de la iglesia de Santa María de Melque obligadas para retirar los rellenos antrópicos que alcanzaban los dos metros de altura'. Las excava-ciones aportaron una rica secuencia estratigráfica que abarca desde inicios de la alta Edad Media hasta época moderna, pasando por la implantación «principal» (posiblemente un monasterio visigodo o mozárabe), su transformación en un poblado emiral y califal, y la posterior efectuada por el proceso de la Reconquista y los acontecimientos feudales tardo medievales. Durante estas excavaciones se tomaron muestras para análisis de fechas de radiocarbono (anexo 2) y de los elementos vegetales (polen, semillas y maderas) que aportaban los estratos (anexos 3 a 5). A estos análisis añadimos otros de morteros que se hicieron en las presas y los edificios considerados monásticos que rodean la iglesia (anexo 6). Los resultados de estos análisis no solucionan ningún problema; al contrario, ayudan a plantear con mayor claridad los problemas que presenta Melque y que quedan por resolver. Frente a la idea aceptada de que este monasterio se implantó en época visigoda aprovechando un asentamiento romano de carácter rural y minero, ahora se puede proponer que este monasterio corresponda a una explotación agrícola que utilizara la propiedad y la mano de obra visigoda y la tecnología musulmana, forzada por una nueva situación política, la implantación del estado islámico en la Península. También la intervención arqueológica y estos análisis solucionan parcialmente el problema de la datación del asentamiento «principal» que hoy fechamos con seguridad entre la segunda mitad del s. vii y la segunda mitad del s. VIH. Finalmente, la reflexión sobre estos problemas nos animó a efectuar un estudio arqueológico del paisaje de Melque que ha permitido conocer mejor las características que facilitaron el asentamiento y los elementos que lo componen y su secuencia temporal (anexo 1). Sus resultados se han convertido en un elemento fundamental de la relación entre los demás elementos (secuencia estratigráfica, datos analíticos y modelos explicativos) que comportan nuestro análisis actual. Pretendemos que las noticias sobre este yacimiento permitan acercarse a él desde una perspectiva más global que transcienda el edificio de culto (la iglesia de Sta. María) para comprenderlo como un gran complejo productivo en el que se dan unas determinadas relaciones de producción. Esto facilita, cuando menos, plantear una hipótesis sobre las transformaciones que tienen lugar entre los siglos vii/viii y X en la zona central de la Península en lo referente a la estructura económica y las relaciones sociales de producción, a partir de un yacimiento de la envergadura de Melque que, dada su cronología y la importancia de sus elementos, se revela como clave para comprender este período. No vamos a reincidir a lo largo de este texto en que los problemas, como ya hemos dicho, solo están planteados y en realidad quedan por resolver. Aquí exponemos las soluciones que hoy nos parecen más plausibles, conscientes de que, en adelante, pueden y han de plantearse otras más precisas. HISTORIOGRAFÍA VISIGODA La iglesia de Santa María de Melque se ha situado en el centro de la discusión sobre la arquitectura de época alto medieval de la península Ibérica, debido a los sucesivos y rápidos cambios que ha sufrido su adscripción cronológico-cultural. Primero sólo interesaba la iglesia, cuyo aislamiento geográfico se convertía en imagen de su aislamiento como objeto de estudio científico, por su carácter de edificio único, irrepetible, difícilmente encuadrable en un sistema tipológico. Entonces se consideró la iglesia de cultura visigoda, aunque se dudó de su adecuada adscripción cronológica, de época visigoda o mozárabe, dado que unas características parecen visigodas, pero otras le relacionan con el mundo posterior. Por ello, sus dos primeros estudiosos, Cedi-11o, su descubridor (1907), y Lampérez (1930: 215-8) mantienen que, aunque pueda ser mozárabe, su tradición es romana y visigoda al margen de los influjos que de la cultura islámica le hallan podido llegar. Gómez Moreno (1919: 27) decanta la solución por lo plenamente mozárabe y su autoridad hace que esta solución termine dándose como definitiva. En los años 60, algunos autores como Camón Aznar y Puig i Cadafalch (1961) se atreven a plantear alternativas al modelo consensuado, observando el primero (Camón 1963: 209) su carácter completamente distinto... su monumentalidad, el abovedamiento y hasta la imposta que le hacen pensar si no podría ser obra del s. viii. Un ambiente científico más abierto facilita contestaciones alternativas a las preguntas que sobre Melque se habían hecho y que, en realidad, seguían sin contestar. Caballero, tras las excavaciones de los años 1970 a 1973, también plantea que Melque no puede ser a la vez visigodo y mozárabe. El hallazgo de escultura decorativa en el interior de la iglesia contraviene la argumentación de Cedillo y Gómez Moreno para quienes esta ausencia de decoración era indicio de su no visigotismo (igual que podía haberlo sido de su no asturianismo o su no mozarabismo). Ahora se parte de unos objetivos y unos presupuestos metodológicos concretos (Caballero y Latorre 1980: 303 y 310) y el interés se extiende al yacimiento y al territorio cercano. Sin embargo, sigue siendo el estilo de la escultura decorativa, que por su unidad se considera tallada para un edificio de tal potencia constructiva, lo que obliga a cambiar la datación de la iglesia como visigoda (Eid.: 307-8), aunque de hecho los argumentos utilizados no se deberían haber considerado definitivos. Melque deja de ser un edificio singular, cuya propia singularidad impedía dar con su clave explicativa, para formar parte de un conjunto más amplio que necesita tanta explicación como el edificio aislado. Así se supone la existencia de un asentamiento romano rural, precedente del monasterio visigodo, al que pertenecería el sistema de embalses con una finalidad de explotación minera, que no desmienten las condiciones geológicas (Caballero y Sánchez-Palencia 1982). Aparentemente se ha redondeado el argumento consagrado, pasando de la tradición a la segura adscripción. Esta autora pretende parar el péndulo en un equilibrado término medio, a fines del s. viii, entre dos posiciones opuestas, la mozárabe de fines del ix de Gómez Moreno y la visigoda del vii de Caballero, sin reparar en lo que de común tienen posturas tan aparentemente opuestas. Para ello (tras tratar previamente la posible construcción de iglesias en época islámica y la posible falacia del argumento de Caba- llero y por lo tanto de su secuencia ^) se basa en paralelos con el edificio omeya de Jirbat al Mafyar, de carácter estilístico y decorativo. La argumentación de Garen encierra una explicación radicalmente diferente a la que hasta ese momento se había seguido: Melque es consecuencia de directos influjos musulmanes, luego es verdaderamente «mozárabe». Convierte así Melque en un «mito» de la islamización de nuestra alta Edad Media (Arce 1999). Caballero, inmediatamente, en 1994-95, contrastó la propuesta de Garen planteando con la escultura de Melque (suponiendo que pertenecía al conjunto constructivo) lo mismo que ella había hecho con la arquitectura, y demostrando que efectivamente poseía una relación estrecha con la decoración omeya oriental. Así argumenta a favor de la propuesta de Garen aunque, contradictoriamente, también en su contra pues, mientras que ella considera que Melque es un caso único (1992: 304), la propuesta de Caballero le permite revolucionar el panorama artístico y cultural de nuestra alta Edad Media. No sólo Melque podría depender de la cultura omeya, sino también otras muchas producciones que se consideraban de época visigoda. Al margen de la mayor o menor certeza de la nueva propuesta, ésta se demuestra reactivadora de nuestros estudios altomedievales que durante cerca de un siglo se habían enquistado en una línea cada vez más cerrada visigotista, continuista y segregadora en dos esferas independientes, lo islámico y lo cristiano. Pero debemos ser conscientes de que en el momento actual ambos modelos, tanto el tradicional como el alternativo, son igualmente defendibles. Efectivamente, como indica F. Arce (1999), el sistema de paralelos propuesto para datar Melque como visigodo sigue siendo el mismo que el propuesto para datarla como de época emiral. La diferencia se encuentra en el modelo explicativo que se sigue, no en el sistema mismo. La prospección del territorio y las excavaciones de Melque permiten distinguir en él los siguientes asentamientos (fig. 1). Un asentamiento previo del que apenas quedan indicios y del que desconocemos su cronología. Un asentamiento principal que comprende los elementos de mayor entidad del conjunto. En el interior de su esquina noroeste se apoyaba un amplio recinto, irregular, de unos 140 x 60 m, 84 áreas, que se considera el edificio monástico [103] y donde se encuentra, en el principal de sus dos o tres patios, la iglesia de Santa María [104]. A fines del siglo ix, o poco antes (como demuestra la excavación de 1994-95), el edificio monástico fue abandonado e inmediatamente sustituido por un poblado islámico que se extendió desde la iglesia hacia el oeste, fuera de la cerca monástica, en una amplia extensión máxima de 330 x 140 m, 4,5 Ha [132]. El asentamiento pervivió en época cristiana, probablemente hasta época moderna, con lo que continuó la fuerte transformación del espacio. Primero se demolieron las casas islámicas y se cortaron sus rellenos para recuperar la funcionalidad de la iglesia, colocándose a su alrededor las necrópolis (desconocemos la ubicación de las necrópolis monástica y musulmana); posteriormente se rodeó la iglesia de una fuerte muralla con su foso. El poblado musulmán ya estuvo amurallado, distinguiéndose un primer recinto y su ampliación. Fuera de él existió un edificio singular, quizás musulmán [146]. Claves: c, carbono-14; p, polen; s, semillas; m, madera. EL PROBLEMA DE UN ASENTAMIENTO PREVIO Por ahora no poseemos ningún dato de cronología absoluta para estos restos, con seguridad previos, que quizás se consiga cuando finalice la excavación interrumpida alrededor de la iglesia \ También se pueden considerar pertenecientes al «asentamiento previo» los abundantes fragmentos de cerámicas romanas sigillatas y pintadas que aparecieron formando parte de los dos suelos hidráulicos o de tipo opus signinum de la iglesia. Ninguno de estos suelos fue el original, sino que sirvieron para restaurar el suelo primitivo que debió ser de losas de granito. Las cerámicas aparecidas en ellos abarcan una amplia cronología, al menos desde la primera mitad del s. i (sigillata sudgálica y formas que recuerdan las ibéricas) al siglo IV ó V dC, de las que se dibujaron más de setenta y cinco fragmentos. De un modo mecánico se puso en relación esta cerámica con las fosas y los muros previos, proponiendo la pertenencia de ambos elementos a un asentamiento rural romano, anterior a la iglesia y al monasterio (Eid.: 280-1). Pero ningún otro indicio postula la existencia de un yacimiento romano de tan amplia cronología en el mismo lugar de Melque. Todos estos fragmentos de cerámica romana presentan signos inequívocos de haber sido reutilizados en suelos de cal y (con una sola excepción a la que luego nos referimos) en las excavaciones de 1994-95 solo se encontraron, junto a fragmentos del suelo a que pertenecían, en niveles de cronología emiral que fechaban su destrucción"^. Por todo ello seguimos consi-^ Otros huecos abiertos en la roca o bajo los suelos de los edificios principales deben considerarse coetáneos o posteriores a ellos: los abiertos en la roca del patio, al sur de la iglesia y pertenecientes a las obras de su construcción (excavación de 1994-95); los nitms. 3 a 5 del ábside de la iglesia, debidos al «altar» o retablo que en época moderna cruzaba el ábside (num. 3 del plano de Mucharaz, Caballero y Latorre 1980: 39, lám. 24,1 y, para los huecos, pl. 23 y 24, considerados anteriores a la iglesia); y la fosa de la habitación tercera de la zona II del monasterio, posterior al abandono monástico pero anterior a la pesebrera que cerraba su puerta (Eid.: fig. 78, 44-5; con cerámicas de forma Retuerce 1988: F04D, omeya con desarrollo desde época emiral). • * Consideramos válida la secuencia estratigráfica (cronología relativa) de Melque dada en 1980; aunque los datos derando como probable que estas cerámicas fueran aportadas de un yacimiento romano ajeno a Melque. Son cada vez más los casos en que se confirma la reutilización de materiales romanos en edificios de construcción altomedieval, como en El Trampal (Cáceres; Caballero y Sáez 1999a). También es segura la existencia de suelos de hormigón hidráulico en iglesias altomedievales como la que acabamos de citar. Bande (Orense; coetáneo al ábside que se considera rehecho) y las asturianas (García de Castro 1995: 410). Se debe admitir la persistencia de la técnica romana de añadir cerámicas finas a los suelos impermeables de cal que servían para reforzarlos, mejorar su fraguado y colorearlos. Esta tradición, con la búsqueda intencionada de las cerámicas sigillatas, pudo transmitirse como una costumbre hispanorromana local o, probablemente, renovarse con la aportación de las técnicas omeyas. Con estos restos y al abrigo de un modelo explicativo continuista y romanista, se dio mayor importancia a un asentamiento previo, hasta llegar a considerar segura, como ahora veremos, la existencia de una iglesia anterior a la actual o de una explotación minera, romana. Una supuesta iglesia previa de cronología visigoda Uno de los argumentos que Garen utiliza para defender la cronología mozárabe de la iglesia de Melque se puede resumir así: el hueco abierto en la roca de su habitación delantera derecha fue una pila bautismal perteneciente a una iglesia previa. Ésta, anterior, se data como visigoda por el fragmento de larguero de cancel que le perteneció y luego se reutilizo en el suelo de opus signinum de la actual iglesia, como umbral del cancel que separa su nave delantera del crucero. Consecuentemente, la actual ha de datarse como postvisigoda (Caballero y Latorre 1980: hueco num. Este argumento a nuestro parecer está equivocado, aunque se acepte la verosimilitud de otros usados por esta autora. Un criterio de método y otro de autoridad, reflejo de observaciones verbales hechas entonces. conseguidos con la excavación de 1994-95 aumentan considerablemente sus etapas y varían profundamente las propuestas cronológicas (cronología absoluta). Una de estas variaciones se refiere a los suelos de opus signinum de la iglesia que hoy sabemos se estaban destruyendo a la vez que se formaban los primeros niveles del poblado islámico, a fines del s. IX. Por lo tanto, el segundo suelo de la iglesia (primero de opus signinum) y la reutilización en él del fragmento de cancel a que luego nos referimos, no corresponden a una reforma efectuada tras la Reconquista, sino a una reforma del «asentamiento principal» que se documenta también por otras razones. AEspA, 72, 1999 nos obligaron a recoger en la memoria de 1980 la posibilidad de que el citado hueco pudiera tratarse del «molde» de una pila bautismal, aunque se exponían con claridad las profundas dudas de que esto fuera así (Caballero y Latorre 1980: 278-81 y 730). De hecho solo la planta que dibuja este hueco parece una pila bautismal, pues por su sección es imposible que lo fuera, con escalones de 45 y 70 cm de desnivel (Eid.: plano 35). La existencia en la iglesia de silos alto medievales abiertos en la roca hace muy plausible que este hueco fuera otro de ellos. Respecto a la pieza de cancel decorada hay que tener en cuenta que se reutiliza en el segundo suelo de la iglesia actual, realizado en opus signinum. La posterioridad de este suelo se demuestra porque sus restos cubren parcialmente la sepultura 1, el lugar donde había estado el cancel desaparecido del arco de triunfo del ábside y el hueco n° 6, otro silo que rompe la roca y los cimientos de la iglesia y su habitación derecha, adosada con posterioridad a ella. No existe ningún indicio que avale la hipótesis de una iglesia previa. El larguero de cancel fecha como posterior a él el segundo suelo de la iglesia y no la iglesia misma. Al contrario, lo lógico es suponer que esta pieza formaba parte del mobiliario de la iglesia, si valoramos la homogeneidad decorativa de las piezas esculpidas de Melque y la plausible relación entre el esfuerzo arquitectónico y un esfuerzo paralelo decorativo. Luego, con motivo de una reforma, el larguero se desechó y reutilizo en la misma iglesia (un hecho similar y de la misma época se documenta en la iglesia del Trampal, Caballero y Sáez 1999a). Un supuesto sistema hidráulico romano de finalidad Como sabemos, Melque posee un sistema hidráulico constituido por cinco presas ([111-3] en el arroyo meridional o de Las Zorras; y en el septentrional o de Melque). Además se suponía la existencia de un canal que arrancaba de la presa [114], atravesaba, como si de un acueducto se tratara, la [115] y salía del recinto monástico (Caballero y Latorre 1980: 46-8 y 716). Este sistema se relacionó con la hipótesis de la existencia de una «villa» romana previa. Caballero y Sánchez-Palencia valoraron para ello el que Melque estuviera situado sobre una falla geológica, lo que otorga valor minero a la zona, la presencia de mineros según las Relaciones de Felipe II (Viñas y Paz 1951: II, 257 y 266, cap. 27), y la existencia de embalses y labores mineras de época romana en la provincia de Toledo (Caballero y Sánchez-Palencia 1982: 390-2; también Orejas y Sánchez-Palencia 1989: cuadro y Montero et al. s/a: especialmente 21, 35-6, 40 y 42, minas de cobre y galena entre S. Martín de Montalbán y Cerro Aguilero). Consideraron este sistema unitario y coetáneo, explicando el emparejamiento de presas en cada arroyo para evitar el atarquinamiento de los embalses inferiores y descartaron la posibilidad de que sirvieran para conseguir terrazas de cultivo, dado lo exiguo de la superficie conseguida, rechazando tajantemente la posibilidad del regadío pues los terrenos fértiles están situados en cotas muy altas o muy por debajo de las presas. Dada la existencia de minería argentífera en la zona, los supuestos restos de labores antiguas y la supuesta semejanza del canal con los romanos de uso minero del norte de la Península, se concluyó la utilización minera y, más concretamente, para el enriquecimiento y lavado de la galena argentífera, la interpretación más válida, de momento, de los embalses de Melque en época romana (Caballero y Sánchez-Palencia 1982: 392 ^). Sin embargo, es incongruente que el sistema se inicie en una red hidrológica de régimen estacional para ir a atravesar el arroyo de Las Cuevas de régimen continuo. Además el supuesto cruce con este arroyo está aún muy alejado de la zona minera adonde se supone que se dirigía y a partir de él se pierde la continuidad del trazado de su hipotético canal. Justamente en este cruce existe un molino con su presa de toma de agua. La prospección de superficie demuestra que sólo el primer tramo de este supuesto canal, desde las presas y antes de atravesar la cerca, lo es realmente. Gracias a informantes de Melque hoy sabemos que este primer tramo se realizó en un momento inmediato a nuestra Guerra Civil y fue utilizado para plantar tomates. Además, en Melque no se ha encontrado ningún rastro de elaboración minera o metalúrgica y, como acabamos de ver, tampoco se ha encontrado un asentamiento romano coherente con el sistema hidráulico conocido y la explotación minera propuesta. El supuesto canal fue en realidad un camino cuidado, la vereda que se dirigía desde Melque al molino harinero construido sobre un arroyo de régimen hidráulico continuo. En resumen, sin descartar una posible explotación minera en la zona de Montalbán, se debe rechazar el uso minero de las presas de Melque y, consecuentemente, se debe replantear la cronología y el uso de su sistema hidráulico. ^ Sánchez-Falencia nos indica que también duda de la utilización minera de las presas de Melque. En Fatás, López y Orejas 1997: 38, Presas romanas al Sur del Tajo, se dice que quizás estén vinculadas a actividades mineras. Nos preguntamos si la iglesia, los edificios considerados monásticos, la cerca y el sistema hidráulico pertenecen a un sistema unitario o a sistemas de cronología diferente o conseguidos en una secuencia diacronica. Posible diacronia del sistema hidráulico Las cinco presas son bastante similares, pero poseen características diferenciadores, como se observa en el cuadro 2: tipo de mortero, sección del muro, espaldones de tierra y situación de los contrafuertes y relación con la cerca que pasa por encima de las presas [111 y 114]. Dejando al margen la presa [113], observamos que los morteros emparejan las presas por cada arroyo y, dentro de cada arroyo, sus caracteres las ordenan por su situación, las superiores ataludadas y con paso de cerca y las inferiores sin talud, con contrafuertes y sin cerca (las superiores debían tener un funcionamiento diferente a las inferiores quizás, como suponían Caballero y Sánchez-Palencia, 1982: 392, para que éstas no se aterrasen). De ser así, podemos suponer que la pareja de presas de un arroyo se construyó antes que la del otro. El carácter espaldón/contrafuerte podría asegurar este supuesto: la pareja sur tiene espaldón, con contrafuertes aguas arriba cuando se confirma; mientras la pareja norte no lo tiene, con contrafuertes agua abajo cuando se confirma. Entonces, la diferencia entre Posible unidad entre monasterio, cerca y presas superiores Es difícil confirmar la relación cronológica entre los edificios monásticos, la cerca y las presas, dada la falta de relación directa entre estos elementos. Esto justifica de algún modo las amplias diferencias cronológicas que se otorgaron a cada uno de ellos: las presas consideradas romanas, la iglesia y el monasterio visigodos y la cerca califal (Caballero y Latorre 1980: 48-9). Por otra parte, si suponemos la existencia de un sistema de riego, la elección del lugar pudo venir determinada por éste o por el lugar de asentamiento previo o por la «preeminencia política» del grupo asentado y representado por el monasterio (Kirchner 1997: 140-1). En el primer caso, el sistema de riego sería el elemento más antiguo, anterior al que hemos denominado asentamiento principal. En el momento actual creemos plausible cierta unidad entre estos tres elementos. La cerca [105] cierra un espacio aproximadamente rectangular de lados redondeados para ajustarse a las irregularidades del terreno y quizás compensar las consecuentes pérdidas y ganancias de superfi-cie ^. La cerca soporta en su ángulo noroeste los edificios monásticos [103], cruza los arroyos sobre las dos presas superiores [111 y 114] y su recinto encierra las otras tres presas y, posiblemente, la zona de explotación de las cinco. Este trazado regular puede considerarse *una razón de la unidad de los tres elementos. Quizás el trazado de la punta noroeste de la cerca, dejando entre medias de ella y el monasterio el embalse de la presa [114] como un foso, se explique como un trazado defensivo del monasterio. La situación de la puerta en esta punta obliga a que el camino [7] de acceso al monasterio pase por encima de la presa [114]. Pero, aunque este trazado parece seguro, hoy no queda ningún resto del camino sobre ella. Sólo se puede observar una relación directa entre el lado sur de la cerca y la presa [111]. Aquí, la observación indica que la cerca está construida a la vez que la presa ^. ^ Agradecemos a Santiago Feijoo las observaciones sobre estos elementos. teros diferencian la presa [111] y la cerca [105], tanto la que pasa por encima de ella como la situada 30 metros más hacia su norte, cuyos morteros pertenecen a tipos distintos: 2, 3 y 1 (anexo 6 y cuadro 2). Debemos dar prioridad a la relación estratigráfica entre la presa [111] y la cerca que se le superpone, considerándolas coetáneas, aunque sus morteros se diferencien. Quizás los morteros son diferentes porque los elementos cumplen distintas funciones. Posible sincronía de iglesia y monasterio Sabemos que la iglesia de Santa María y el monasterio estaban en uso a la llegada islámica, pero nos preguntamos si esta unidad procede de una mis-ma fundación. No tenemos una relación directa entre ambos que decida esta pregunta. Solo conocemos relaciones indirectas, a través del suelo original de arena compactada del patio, o entre el claustro del edificio monástico y la habitación trasera («de los arcos») adosada a la iglesia (fíg. Iglesia y monasterio perduraron durante suficiente tiempo como para consentir, ambos, una segunda etapa de reformas y añadidos. En la iglesia se colocan nuevos suelos de opus signinum y se adosan las tres habitaciones laterales y en el patio monástico se construyen muros que cierran con la esquina sureste de la iglesia, como quizás ocurrió en la esquina contraria con la habitación trasera. En resumen, es seguro que iglesia y monasterio formaron una unidad al menos en un momento 208 LUIS CABALLERO ZOREDA y MARGARITA FERNANDEZ MIER AEspA, 72, 1999 avanzado de su secuencia temporal, compartiendo elementos comunes. Es lógico pensar que esta unidad ya existiera desde una implantación común, pero no está constatado. Al criterio estilístico tradicional utilizado para datar Melque, se añaden el estratigráfico, el ceramológico y el del radiocarbono. La excavación de 1994/95 ha ampliado el mimerò de fases históricas del asentamiento y ha permitido secuenciar los análisis de materiales (cuadro 1). Los de Carbono-14, a pesar de sus amplios márgenes cronológicos, han confirmado básicamente las dataciones otorgadas a la secuencia estratigráfica. La cronología del asentamiento principal Los materiales orgánicos coetáneos a la implantación de la iglesia que se han analizado por C-14, procedentes de dos muestras de sus estucos y de la excavación del suelo de su patio en 1994-95, ofrecen cronologías similares. Se fechan con seguridad entre la segunda mitad del s. vii y la segunda mitad del s. VIII, de modo que se cierra definitivamente la posibilidad de cualquier otra datación anterior o posterior a ésta para la iglesia (y probablemente para el conjunto de monasterio, cerca y primeras A'104 presas). Pero esta cronología no se decide por uno de los dos modelos explicativos, el visigotista de la segunda mitad del s. vii, o el mozarabista de la segunda mitad del s. viii. Coinciden con esta datación aparentemente ambigua las dataciones ante quem de las cerámicas conseguidas en estratigrafía. Pero apenas existen cerámicas en los niveles de formación y uso del monasterio y -por ahora-éstas no son lo suficientemente expresivas como para contestar a pregunta cronológica tan concreta. Formando parte del suelo principal del patio a sur de la iglesia, se descubrieron varios fragmentos de una misma fuente de cerámica africana tardía, que se puede fechar a partir de mediados del s. vi, pero cuya producción pudo perdurar hasta el s. vii o incluso después. Debe valorarse que ha sido la única pieza de sigillata aparecida en excavación sin relación con el suelo de signinum de la iglesia y que no pertenezca a niveles posteriores. Podría tratarse de una cerámica procedente del que llamamos asentamiento previo o tratarse de una cerámica oriental de cronología más avanzada (núms. invents. Formas semejantes de la «red slip» egipcia perduran mas allá del 700, p. Excepto ésta, como ya hemos dicho, existe una absoluta ausencia de cerámicas sigillatas contextualizadas y, entre ellas, de cerámicas tardías estampadas. Por ello se debe seguir teniendo en cuenta los datos tipológicos constructivos y decorativos, a pesar de que dependan en demasía de modelos explicativos previos. A nuestro parecer se distinguen rasgos omeyas, tanto en la manera arquitectónica como en la manera escultórica (Caballero 1994-95), coetáneas e imposibles de explicar antes de mediados del s. viii. Además, creemos que se debe considerar si el sistema hidráulico pertenece a una técnica agrícola dependiente de las mismas fuentes. Tanto la iglesia como el monasterio poseen dos etapas definidas por las estratigrafías constructiva y deposicional: una de construcción, datada por carbono-14 en 680-773, y otra de reformas o añadidos a la que pertenecen los suelos de cal, las habitaciones adosadas a la iglesia y los muros monásticos de un segundo momento, con fecha C-14 en 684-878 (ambas abarcan el arco cronológico 666-873; anexo 3 y cuadros 1 y 3). en el cuadro 1) a través de la cronología cerámica y los indicios estratigráficos. Solo algunas fechas de C-14 proponen correcciones a la cronología propuesta. La actividad [A 175] tendría una fecha más antigua (892-1005 dC, etapa lib) que la propuesta, posterior a la conquista de Toledo de 1085 (etapa Illa), pero se puede suponer que la fecha de corte de la madera datada fuera anterior a la real del estrato que la contenía pudiéndose mantener, por tanto, nuestra propuesta de 1085. La [A332] se propone avanzarla de los siglos xi-xii (etapa Illa) a los xii-xiii (etapa Illb), lo cual es posible si suponemos que la primera necrópolis, al sur de la iglesia, convivió con habitaciones situadas a su norte. Finalmente se propone adelantar al s. xiv la primera muralla, lo que supone modernizar la fecha de la segunda necrópolis (etapa IIIc^, propuesta como del s. xiii) y datar la etapa IIIc en los siglos xiv-xv. El abandono del monasterio y su sustitución por el poblado emiral Sólo conocemos el proceso de sustitución monasterio/poblado junto a la iglesia, donde la excavación documenta el abandono del primero hacia el tercer cuarto del s. ix. Pero este proceso pudo tener un cariz muy distinto en otros puntos del asentamiento. Por ejemplo, un modo de justificar la profunda reforma que ocurre antes de su abandono en la iglesia (colocación del nuevo suelo de signinum reutilizando en él escultura mueble) y el monasterio (división de su patio principal con muros) podría ser la convivencia previa de dos comunidades de distinta religión y estatuto político, con el inicio de un poblado islámico fuera del monasterio que quizás explicara un hiato, temporal y espacial, en su interior. La progresiva sustitución de un monasterio cristiano por un poblado islámico [132] plantea el problema de la continuidad de uso de los elementos que, como quizás el sistema hidráulico, debieron ser creados para el primero pero luego se acomodaron a un sistema de explotación y producción distinto. Correcciones del C-14 a la cronología de la excavación estratigráfica Las fechas de C-14 (v. anexo 2) confirman las fechas genéricas que previamente se había otorgado a cada fase del asentamiento medieval (resumidas HIDRAULISMO Y CUESTIÓN AGRARIA EN MELQUE Caracteres del sistema hidráulico de Melgue El sistema hidráulico se sitúa topográficamente por debajo de la población aunque dentro de su cerca. Aprovecha una abrupta red de drenaje, de arroyos secundarios de régimen estacional, aunque en su cercanía inmediata existe un arroyo de régimen continuo (Las Cuevas). Es de fondo de valle, con presas «de almacenamiento» de murallones (Cressier 1995: 257) y terrazas sostenidas por muros de contención, ambas transversales a la cuenca. Sin acequias ni qanâts reconocidos ^ Suponemos que el uso de este sistema hubo de ser agrícola. Especialmente en el arroyo sur se evidencian superficiales cabezas de muros que contenían las terrazas [196-9 y ¿135?]. En el Norte, aunque no se evidencian estos muros, su fondo de valle presenta los mismos rellenos que parecen artificiales, cortados por la arroyada actual que es posterior a la rotura de las presas. Las terrazas artificiales se regarían por gravedad con el agua almacenada en los embalses situados por encima. El sistema se somete a los principios establecidos por Barceló de «diseño», «rigidez», y situación topográfica (la alquería cercada, con su era, por en-^ Existen además dos fuentes, [314 y 316], por encima de la presa [114], surgencias naturales de pilas graníticas. En época califal o posterior, para uso doméstico, se superpuso un aljibe en la habitación delantera norte y se abrió un pozo vertical dentro de la iglesia que, al parecer, no llegó a dar agua (Caballero y Latorre 1980: lám. 28,3 y p. Pero además a otro que podemos denominar de «colapso» determinado por el proceso de atarquinamiento de las presas, que podía dar lugar incluso a la desviación del curso de agua. Así ocurrió con la colmatación de la presa [111] que provocó la captura de su red de drenaje y su desviación hacia el Nordeste quedando su cauce [301] sin agua y sin posibilidad de recuperación por debajo de la captura. La inversión de trabajo inicial «a fondo perdido» ponía en funcionamiento un sistema que tenía un límite temporal, el del aterramiento de las presas. Entonces, el proceso solo se podía reiniciar limpiando los embalses, construyendo una nueva presa, aguas arriba o abajo de las colapsadas, o trasladando el sistema a otra red de drenaje. Si suponemos que cada embalse tuvo un tiempo útil hasta colmatarse de cien años, dado que el sistema presenta dos parejas de embalses podría haberse utilizado durante doscientos años, si se construyeron a la vez, o de cuatrocientos años si se construyó primero una, supuestamente, la del subsistema norte, y luego, una vez aterrada su presa inferior [115], otra, la del arroyo meridional, quizás prolongada su vida con la presa [113] más inferior. La fecha del sistema hidráulico de Melque y, por lo tanto, del asentamiento humano que lo utiliza, no es puntual, sino que se alarga diacrònicamente en un largo período de tiempo que puede abarcar entre doscientos y cuatrocientos años. Los análisis de polen indican que, cuando tuvo lugar la reconquista cristiana de Melque, seguía existiendo un humedal en el lugar, alguna de cuyas manifestaciones llegó entonces al máximo (polen de Cyperaceae, 20 %), lo que puede explicarse como que el sistema se mantenía en uso. Un sistema hidráulico y agrario, ¿ romano, visigodo o islámico? Los restos del sistema hidráulico, la forma de sus unidades, sus relaciones y los cultivos producidos pueden ayudarnos a resolver las dudas que Melque presenta respecto a la unidad de sus elementos, su cronología y la pertenencia a un modelo social tardorromano o islámico. No merece la pena analizar o debe matizarse severamente el origen, romano o no, musulmán, beréber, sirio o yemení, mientras no poseamos suficientes datos de contrastación. Por ello, la estrategia a seguir no debe aislar el estudio del espacio agrario y sus elementos del de la sociedad que lo produjo, pues cada espacio agrario contiene las señas de identidad de su grupo. Pero, además, Barceló duda prudentemente de la posibilidad de una hidráulica visigoda cuyo desarrollo, al menos, hubiera podido influir sobre, o generar la andalusi: sólo en situaciones excepcionales los andalusíes reutilizaron y reacondicionaron los sistemas hispánicos anteriores; el trabajo esclavo visigodo no puede generar la tradición geopónica andalusi, ni con depresión económica y social se desarrolla el hidraulismo; y, por ejemplo, la agricultura itálica, condicionada por circunstancias históricas diferentes, es muy distinta a la andalusi (Barceló 1986: 13-21). Con estos argumentos es lógico que, aunque conociéndolo, no incluya en su corpus el sistema de Melque, supuestamente visigodo. Efectivamente, los datos son o escasos o de dudosa contrastación con el sistema hidráulico de Melque que, por lo tanto, es difícil de datar. Se diferencian pocos restos de regadío hispanoromano, que además están mal definidos. Es un tópico referirse a las grandes obras de ingeniería realizadas para el aporte de agua a las ciudades y sólo de pasada se citan obras de regadío. Genéricamente se afirma que la agricultura irrigada ya existía entonces (Morales 1992), aportando algunos ejemplos del territorio emeri tense (Fernández Casado 1983: 140-45). López Medina (1996: 14) supone que varios acueductos y balsas de la provincia de Almería relacionados con villas son elementos de sus sistemas de regadío. Es posible que las presas estudiadas por Caballero y Sánchez-Palencia (1982) en la prov. de Toledo fueran también de carácter agrícola (Orejas y Sánchez-Palencia 1989; Orejas en Fatás et al. 1997: 83). Son presas de gran porte que riegan amplias zonas de vega con superficies potenciales de entre 600 y 1.200 Ha. Lo mismo ocurre con la presa excepcional de Aguasvivas (Zaragoza; Arenillas et al. 1996: 73-80), con una superficie regable de entre 5.000 y 7.000 Ha., pero de la que se desconoce su sistema de regadío y cuándo y por qué fue abandonada en época romana. En cambio se sabe que se recuperó a fines del s. viii o inicios del ix como un gigantesco azud de derivación que puso en regadío más de 2.000 Ha., y que se mantuvo en uso. tras las modificaciones cristianas, hasta pleno s. xvii (Sesma et al. 1996; Quesada y García 1996: 110-4; otra tarraconense en Beltrán de Heredia et al. 1989: 319). Frente a éstas, el sistema de fondo de valle de Melque regaba parcelas estrechas y constreñidas que no superan las 10 Ha. Sólo se ha distinguido un sistema hispanorromano que pueda asimilarse al de Melque, una pequeña hidráulica en varios lugares de la Sierra de Gádor (Adra; citada por Rodríguez y Cara 1989: 447-9; López Medina 1996: 14-5; Quesada y García 1996: 113-5), que se data por su asociación a asentamientos aislados de montaña con materiales del s. i-ii d.C, y formada por mina y balsa de acumulación que regaba cultivos de media hectárea. Tampoco hay indicios de que los sistemas de Melque sean con seguridad de época visigoda. Por de pronto no conocemos ningún otro paralelo seguro de esta época y las fuentes escritas que citan monasterios son parcas en datos concretos (Caballero 1987; Díaz Martínez 1987; Salvador 1989, sobre la información descriptiva de Isidoro en Las Etimologías). El monasterio visigodo era una gran propiedad, básicamente rural, tendente a concentrar propiedades diseminadas. Díaz, a partir de la Regla de Isidoro (circa 615-619), propone que el monasterio se componía de dos tipos de propiedad, como en general la propiedad agrícola del Bajo Imperio (1987: 39-40, 79, 84-86, 96 y 125): la parte mejor explotada directamente por el titular, esto es por sus esclavos propios, formada por la residencia y los edificios y dependencias de la explotación, y otra parte formada por el resto de propiedades y explotaciones alejadas, arrendada a campesinos dependientes o colonos, cuyo excedente se apropiaba en forma de rentas (García Moreno 1983: 420-1). Por ello supone Díaz (1987: 95-97, 113) que esta organización de la propiedad corresponde a una doble organización del trabajo y a la existencia en el monasterio de dos agriculturas simultáneas: una intensiva, especializada, de huerta, producida por los monjes bajo la dirección del hortulanus que se cuidaba de la producción de legumbres, hortalizas o verduras y frutas, de la apicultura y del semillero; y otra extensiva, producida por siervos, dedicada al cereal (cebada, según la Regla de Fructuoso, García Moreno 1983: 420; o quizás trigo, en rotación de dos campos, según Díaz), vino y aceite. La huerta se menciona también en la Regla de Fructuoso y se cita en el monasterio emeritense de Cauliana (Díaz 1987: 88 y 94). Según las fórmulas contractuales, los monasterios podían comprender, además de los siervos con sus familias, edificios, viñas, prados, pastos, huertas, pantanos, bosques, aguas y sus conducciones y sis-LUIS CABALLERO ZOREDA y MARGARITA FERNÁNDEZ MIER AEspA, 72, 1999 baños, el molino y, finalmente, para que desde un embalse o alberca se riegue el terreno de cultivo, con frutales, encerrado en una cerca. Recientemente Barceló ^ señala paralelos entre asentamientos andalusíes y otros yemeníes, con varias características similares a las de Melque: asentamiento por encima del embalse o embalses, con función de alberca y hoy aterrados de modo que parecen terrazas, que riegan bancales de cultivo de muy pequeño tamaño, que apenas superan las 10 Ha. (igual que en Melque). Las producciones agrarias de época islámica y cristiana de Reconquista, ¿ un sistema agrario islámico en Melque? A pesar de las dudas que plantea Melque, los análisis de polen, frutos y maderas, datados entre los siglos IX y XI, parece que son indicio suficiente para defender que en este lugar funcionó un sistema agrario hidráulico en época islámica. Son evidentes las limitaciones de estos análisis, por la aleatoriedad de la toma en la excavación; las características de las propias tomas (como ocurre con las de polen 4 a 9, estériles, que ocupan por entero la fase lia islámica); los límites de la técnica analítica (como ocurre a la hora de concretar la planta a que pertenece el polen); y la ausencia de investigación y por lo tanto de referentes con los que poder compararlos y valorar su verdadero significado (v. anexo 5). Todas estas limitaciones son perfectamente observables en el caso de Melque, pero, a su pesar, es evidente la importancia que poseen estos análisis. Sus dos principales conclusiones son, primero, la constatación a través del polen de la existencia en Melque de un ambiente húmedo, indicado por la presencia de plantas acuáticas y mantenido durante toda la época islámica y, segundo, la evidente convivencia de cultivos de regadío y secano. Es muy posible que, según los resultados del polen y la madera, se cultivaran leguminosas y frutales (melocotón o albaricoque, éste presumiblemente introducido por los romanos, Watson 1997: 118, y producido por los árabes, García Sánchez 1996: 33). También debió cultivarse el lino de regadío (hoy de actualidad en esta región), a pesar de las reservas expuestas en su apéndice por Arnanz. Ya hemos señalado su existencia en el monasterio visigodo, aunque como producto texdl {Reg. 12, 319-320 y 21, 525), mientras que en Melque aparece como linaza, colocar en su sitio la cuestión de los orígenes no debe hacernos despreciar la cuestión cronológica, la datación de los elementos y su proceso que, por hoy, se nos presenta más compleja de lo que pensábamos. De modo que nos facilite, sobre todo, comprender el tipo de sociedad que explota dicho sistema, analizar si se trata de una propiedad hispano goda que tiene continuidad como forma de explotación en los primeros siglos del mundo islámico (como una perduración del feudalismo visigodo'^); o responde a un nuevo tipo de explotación de los recursos que está relacionado con una nueva población. Ya existe un modelo explicativo intermedio, propuesto por Acién (1998), en el que confluyen las dos realidades a las que hemos hecho referencia, la continuidad de la propiedad tardorromana, eclesiástica, y el aporte de una nueva tecnología procedente del mundo oriental a través del estado islámico, que permite aceptar una hipótesis mozárabe de época emiral. Así hemos supuesto que se explica el caso del asentamiento monástico del Trampal (Cáceres, Caballero y Sáez 1999 a y b) a pesar de sus diferencias con Melque. De este modo son compatibles el modelo del colapso económico y social tardorromano de época visigoda, con el tipo monástico isidoriano, y el modelo de revolución agrícola musulmana, sinónimo de transmisión de nuevos saberes técnicos, difusión de cultivos, modificación del suelo agrícola y profundos cambios sociales y económicos, ocurrida entre los siglos viii y x (Barceló 1986: 45; Watson 1997: 121). Pero, ¿esto es así o en realidad Melque es un monasterio visigodo que refleja el último estadio de una hidráulica tardorromana? Por otra parte, Melque tiende a presentarse con la siempre falsa imagen de unicum. Por hoy ningún otro yacimiento visigodo plantea una imagen similar monástica, ni tampoco, salvo la citada excepción del Trampal, ningún asentamiento paleoislámico, aunque las noticias de ambos momentos no dejen de presentar rasgos que la recuerden. La lógica, más que los indicios, persuade para relacionar el «asentamiento principal» (el monasterio) con el diseño inicial del sistema hidráulico, sin que esté resuelto su problema cronológico (no el de sus orígenes) que, según el radiocarbono, puede ser tanto visigodo como emiral y que no parece fácil solucionar en el futuro por este medio, a falta de rematar la excavación y estudiar sus cerámicas.'" Este modelo parece defender Aguada (1997: 226 y 228-30) al recoger un capitular de Carlos el Calvo, 844 dC, que autoriza a los hispanos a continuar utilizando para sus regadios secundum antiquam consuetudinent... aquarum ductus pro suis neccesitatibus, y, a la vez, suponer que las técnicas usadas en el valle del Duero en los siglos ix/x proceden del oriente del Mediterráneo difundidas a través de al-Andalus. Debe confirmarse la extensión de las superñcies del asentamiento y del regadío y su proporción (aparentemente, 0,8 Ha para el monasterio, 4,5 para el poblado y 10 para el regadío; la proporción, para Kirchner y Navarro 1993: 111 n.30, debía ser 1/7), intentando distinguir su evolución temporal y también la superfície reservada al secano. De los análisis botánicos, en Melque parece deducirse una mayor importancia del secano, aunque los restos arqueológicos hacen pensar en la del regadío. Quizás la propia generación del lugar (¿una intervención hidráulica del estado islámico sobre unas condiciones visigodas?), diera lugar a esta aparente contradicción una vez transferido a una sociedad islámica pura que mantuvo los elementos agrarios heredados. Pese a la antinomia huerta/cereal, la sociedad islámica utilizó la técnica agrícola del barbecho (Barceló 1995: 78 y 79, además del cereal irrigado). Melque parece uno de los asentamientos septentrionales de al-Andalus de los que Barceló solicita su investigación por poseer cronologías antiguas y ofrecer, en este caso, una doble transferencia, de un asentamiento cristiano, sea de la fecha que sea, a otro islámico y de nuevo al cristiano (Id. Lo que se plantea son las premisas de un complejo proyecto de investigación (hoy en suspenso) que analice y describa los elementos conformadores del asentamiento y el sistema hidráulico (diacronia y colmatación de los embalses, deslinde de las terrazas, sistema de riego, cultivos, etc.), avance en la excavación arqueológica con la obtención de una precisa secuencia estratigráfica y su paralelo de analítica, y que consiga ajustar su cronología. En el caso de Melque, dos cuestiones fundamentales determinan las unidades estratigráficas del paisaje antiguo: la actividad antropica que lleva a cabo importantes transformaciones en el terreno para la realización de obras arquitectónicas (como las grandes plataformas artificiales en las que se sitúan la iglesia y el monasterio) y la importancia que tienen determinados elementos naturales cuya actividad se ve alterado por elementos constructivos realizados por el hombre para su aprovechamiento (el caso de los arroyos que sufren la desviación de su curso o el atarquinamiento de parte de su cauce debido a la presencia de las grandes presas con el objeto de almacenar agua para uso agrícola)''. Teniendo en cuenta ambos condicionantes y basándonos en la experiencia de la prospección hemos establecido las siguientes categorías de Unidades Estratigráficas: Unidades Antrópicas: la acción preponderante es la antropica Unidades Medioambientales: la acción predominante es la natural Constructivas (UAC): Aporte de material constructivo, por ej., presas, torres, cerca, caminos. Relleno (UAR): Movimiento o aporte de tierras, por ej., terrazas para el cultivo 0 para la ubicación de edificios. Erosión (UAE): por ej., tierras de cultivo. La acción de la naturaleza mediatizada por la construcción humana, por ej., colmatación del cauce de un arroyo por la presencia de una presa. Naturales (UMN): No media, directamente, la acción humana, por ej., vegetación natural, arroyos. A falta de rematar la prospección y, consecuentemente, el diagrama estratigráfico, siempre que es posible, señalamos las relaciones estratigráficas con otras unidades: 7=15, unidades coetáneas; 149>132, la unidad 149 es más moderna que la 132, que es más antigua. Unidades Antrópicas Constructivas (UAC) 1: Camino actual de acceso a Melque. Sale del camino comarcal que une Torrijos con Benojar. Es probable que, al menos en parte, su trazado sea antiguo. 2: Vereda que bordea Melque y se dirige hacia la Cañada Real. En la zona sur del yacimiento se aprecia por la presencia de una ancha franja de terreno en que la vegetación es diferente, observándose la aparición de espartal [309] en una zona muy concreta que coincide con el paso de la cañada que en algunos puntos tiene restos de muretes de protección en lugares que coinciden con los arroyos. 3: Camino de San Martín de Montalbán a la Puebla de Montalbán. Pasa a unos 500 m del yacimiento, por lo que es evidente que no está relacionado con él, sino con un momento en que Melque ya es-taba abandonado y la población se concentra en S. Martín y en La Puebla. 5: Camino desde Melque a la casa del Torrezno (una de las casas labriegas contemporáneas, en las cercanías de Melque, hoy abandonadas). Pasa sobre la presa [115], aprovecha una falla y atraviesa la cerca [105] por dos puntos. La abertura situada al Sur tiene una zona empedrada y hay sillares que forman esquina y hacen pensar en la existencia de una puerta, aunque también es posible que se deba a una acción posterior. La abertura norte es más ancha (para el paso de un carro), en relación con la cual hay un pequeño múrete de piedra construido sobre un vado para atravesar el arroyo [318]. Por lo tanto, es posterior a los momentos de uso del complejo y está relacionado con las casas labriegas. 6: Camino desde San Martín de Montalbán a Melque. Anterior a las últimas tierras de labradío, su antigüedad hay que retrotraerla, al menos, al'' Para la prospección arqueológica del territorio de Melque hemos aplicado el «método Harris», en un intento de sistematizar los elementos que aparecen en el paisaje rural y que son de difícil integración por su mera descripción. Así retomamos la propuesta de Mauri (1995), aunque de cara a su operatividad en el espacio analizado hemos definido unas categorías de unidades estratigráficas diferentes a las que propone este autor. 7: Camino de acceso a Melque sobre la presa [114], que atraviesa la cerca [105] por una puerta y se une fuera de ella con el camino [5]. Sería contemporáneo a la presa ya que, siendo evidente su relación con la puerta, la única forma de acceder al asentamiento es pasando por encima de la presa. 8: Camino antiguo de acceso a Melque desde el Noroeste. En parte de su trazado coincide con la ampliación de la cerca del poblado musulmán. Situadas pocos metros antes de llegar a la iglesia de Melque por el acceso actual [1]. 111: Presa primera sur situada en el arroyo de Las Zorras. Mampostería irregular con argamasa, en bancos. La cerca [105] pasa por encima de ella. Ataludada por su cara de aguas arriba incluyendo la cerca. Rota en su parte central. La zona de embalse totalmente atarquinada ha determinado la desviación del trazado antiguo del arroyo de Las Zorras. No está clara la relación cronológica de la presa y la cerca. La relación estratigráfica indica que la presa y la cerca en su contacto directo fueron construidas a la vez, lo que no impide que la cerca existiera previamente y fuera cortada al construir la presa y rehecha de nuevo en el momento que se construyó la presa. Los análisis de morteros no aclaran el problema: son diferentes las cales utilizadas en la presa (Me-2 y 3), en la cerca sobre la presa y en la cerca en las proximidades de la presa. 112: Presa segunda sur situada en el arroyo de Las Zorras, por debajo de la presa [111]. Mampos-tería irregular con argamasa, en bancos. Tipológicamente es diferente a la [111]. Presenta contrafuertes en ambas caras. Rota por la arroyada y completamente aterrada. Aguas abajo presenta espaldón de tierra que actúa de contrafuerte. El mortero utilizado en la misma (Me-5) es similar al utilizado en la presa [111]. En su relación están los muros [196/9], quizás de terrazas; sus rellenos [327] y la arroyada [326] que los corta, igual que a la presa. De mampostería con argamasa, el tamaño de los mampuestos es mayor y más irregular que el de las presas anteriores. Tipológicamente no tiene nada que ver con las demás presas. Es un simple muro con argamasa solo en el careado y no en el interior. Tiene contrafuertes agua arriba. Está cortada por la arroyada y reutilizada como apoyo para el canal [128], muy posterior a ella. Aguas abajo presenta una zona de terraza que parece creada por el depósito de los limos procedentes del arroyo [326]. Su mortero (Me-6) no tiene relación con los analizados de las demás presas. 114: Presa primera norte en el arroyo de Melque. Mampostería de piedras de tamaño irregular unidas con mortero, en bancos. Tipológicamente es parecida a la presa [111], ataludada a ambos lados. Tiene un aliviadero en la zona norte y a media altura, con el que puede relacionarse el canal [130]. Está rota en su centro por la arroyada [302]. 115: Presa segunda norte del arroyo de Melque. Mampostería de piedras de forma y tamaño irregular, parecida a la empleada en las presas [114 y 112]. Aguas abajo presenta contrafuertes. Su mortero (Me-7) es similar al de la presa [114]. Fue realizada por los últimos ocupantes de la casa [110]. Se trata de una presa construida con cemento por debajo de la presa antigua [115], que desviaba el agua del arroyo norte [302] 134: Alineamiento de piedras. Protección de la zona de embalse de agua de la presa [115]. Situada al Oeste de Melque y al Sur del poblado islámico [132], fuera de sus cercas, en un pequeño cerro ligeramente elevado. Parece un edificio con un patio en el lado norte. Los muros son de mampostería relleno de ripio y sin careado, con sillares que parecen corresponder a puertas y esquinas. En superficie se localiza cerámica islámica, abundante teja y media rueda de molino. Llega hasta el arroyo [302] de Melque, a ambos lados de la actual carretera [1] que lleva a la iglesia. En esta zona, la foto aérea aprecia la cerca de la ampliación por el lado norte, coincidiendo con el inicio del escarpe del arroyo de Melque, y algunas construcciones de planta cuadrada. 158: Muro que protege un pequeño escarpe sobre el embalse de la presa [114]. De piedras hincadas con mampostería y ripio interior. Une una esquina de la cerca [105] 193: Muro de contención, en las inmediaciones del cruce entre el lado sureste de la cerca y el arroyo de Melque. De 2 m de longitud, va paralelo al arroyo de Melque, haciendo esquina en sus dos extremos y conservando tres hiladas de piedra a seco. Situado en una zona muy escarpada, desconocemos su función. Cortado por la arroyada [326], se conserva en el lado este y, en menor medida, en el oeste. Piedras de tamaño medio a seco. Puede ser un muro de aterrazamiento del que solo vemos una de sus caras o restos de otra presa con la alineación [198], de la que se separa 5,85 m. Apenas apreciable en el corte de la arroyada [326], tiene 80 cm de ancho. Junto con las unidades [196/8], parecen muros de aterrazamiento paralelos a la presa [112] de donde procedería el agua para su riego. Las terrazas están ocultas por la erosión [327] procedente de las laderas y ellas, la presa y la colmatacion están cortadas por la arroyada [326] que se encaja en ellas. Todas estas unidades formarían un sistema de regadío y cultivo. Piedras colocadas a seco. Quizás en relación con uso ganadero de fecha reciente. Paralela a su colmatacion, parece tener un sentido defensivo del embalse como la [158]. De 3 m de largo y 52 cm de ancho, pudo ser un recinto reservado en relación con la presa y el camino [5] que pasa por ella. La datación por carbono-14 está considerada como uno de los principales métodos para la obtención de cronologías absolutas que trascienden del ámbito local o regional para convertirse en un marco de aplicación mundial. Las fechas obtenidas pueden utilizarse para proporcionar una correlación independiente de las secuencias construidas en base exclusivamente a criterios arqueológicos y ser de gran utilidad en aquellos estudios en los que la estratigrafía es dudosa o está incompleta (Taylor, 1987). Así, la datación del yacimiento de Melque tenía como objetivos datar o conseguir dataciones absolutas para la estratigrafía del yacimiento; decidirse por una de las dos propuestas explicativas del momento de construcción del monasterio y su iglesia, la segunda mitad del s. vii (visigoda) o el final del s. VIII y los inicios del ix (época emiral); datar la secuencia islámica con el fin de corroborarla con la abundante cerámica obtenida; y, por último, fijar el momento de reconquista cristiana y las sucesivas construcciones que a partir de entonces se realizan. Para ello se hizo necesario disponer de un número de muestras suficiente que permitiera comparar de una forma realista la estratigrafía del yacimiento con la hipótesis cronológica propuesta basada en los datos arqueológicos. La utilización de fechas carbono-14 para datar momentos históricos topa con varios problemas fundamentales. Para empezar, la datación de una muestra indica el momento en el que el organismo cesó su intercambio con la reserva, es decir su muerte, y no el momento de utilización. Por ello se hace necesario obtener una serie de medidas que determinen con mayor precisión un momento concreto o, al menos, que presenten una adecuada correlación con la estratigrafía. Otro problema que presentan las fechas carbono-14 es la amplitud del error asociado a la medida que provoca que no puedan definirse con mayor precisión. Esta cuestión es menos importante en estudios prehistóricos, donde un intervalo de 100-150 años permite situar perfectamente el contexto arqueológico, pero en este caso la magnitud del error estadístico de algunas medidas impide definir con la precisión necesaria ciertos momentos concretos. Además, la calibración de las fechas carbono-14 provoca un aumento del intervalo al añadir el error propio de la curva de calibración con las irregularidades y mesetas que presenta. Estos problemas inciden profundamente en la utilización de la datación por carbono-14 como método para conseguir cronologías absolutas en periodos históricos, puesto que le obliga a realizar dataciones de alta precisión (con errores en torno a 25 años), lo cual no es siempre posible debido al tamaño y estado de la muestra, sin que se pueda garantizar tampoco un intervalo pequeño si el tramo de la curva de calibración presenta irregularidades importantes. A pesar de estas limitaciones, cuando es posible obtener series de fechas, su tratamiento estadístico permite resolver con bastante rigor algunos de los interrogantes planteados como veremos en este caso. Calibración de las fechas carbono-14 En las sucesivas campañas de excavación se obtuvieron 16 muestras susceptibles de ser datadas por carbono-14, según se detalla en el cuadro 3. Los resultados de estas muestras se han contrastado a posteriori con la secuencia estratigráfica de la excavación (matrix Harris) y su puesta en fase previa que se había efectuado de acuerdo a las observaciones tipológicas realizadas durante su desarrollo. La muestra [A240] no tenía cantidad suficiente para ser tratada por el procedimiento convencional, por lo que fue remitida al Van der Graaf Laboratorium de la Universidad de Utrecht (Holanda) para ser medida mediante la técnica AMS, no disponible en España. Debido a que el error estadístico asociado a esta fecha fue demasiado grande, se realizó una nueva medida de la misma muestra en el NSF-AMS de la Universidad de Arizona (EE.UU.). El resto de las muestras fueron procesadas y medidas en el Laboratorio de Geocronologia del CSIC, Madrid. Las muestras se trataron mediante el procedimiento ácido-álcali-ácido estándar (Mook y Waterbolk, 1985) para eliminar la posible contaminación por carbonatos o ácidos húmicos y ful vicos. La actividad del carbono-14 se midió, en función del peso final de la muestra, bien como dióxido de carbono en un contador proporcional, bien como benceno en un contador de centelleo líquido. La muestra [A208] tenía gran cantidad de material y se midió por ambos sistemas como comprobación, obteniéndose que ambas fechas eran estadísticamente semejantes por lo que se halló el valor rnedio ponderado. La primera, CSIC-143 de cal, debido a que el tratamiento realizado en el laboratorio no eliminó por completo los contaminantes químicos que llevaba la muestra, por lo que la edad carbono-14 obtenida no es un reflejo de la edad real de esta. La segunda, CSIC-146 de carbón vegetal, debido a que pertenece a la primera campaña de excavación realizada en Melque con técnicas estratigráficas distintas a las utilizadas en la actualidad que no permiten correlacionar su situación estratigráfica con la de la excavación reciente. El procedimiento de calibración para convertir las fechas carbono-14 convencionales en fechas de calendario se realizó mediante el programa OxCal versión 2.18 de la Universidad de Oxford (Bronk Ramsey, 1995a). Brevemente, este procedimiento se basa en que la concentración de carbono-14 en la reserva intercambiable formada por la atmósfera, la biosfera y los océanos no ha sido siempre la misma y constante, debido a que la producción del isótopo ha variado por distintos fenómenos: la influencia del campo magnético terrestre, la actividad solar, el tamaño de la reserva -que no ha sido constante a lo largo de los siglos debido a las sucesivas glaciaciones-. La consecuencia inmediata es que los años carbono-14 no se corresponden con años solares por lo que se ha necesitado precisar lo más exactamente posible la concentración de carbono-14 en la reserva a lo largo del tiempo. Para ello se ha obtenido la denominada curva de calibración, que se realizó midiendo la actividad de carbono-14 en series de anillos de árboles cuyas fechas estaban perfectamente delimitadas por dendrocronologia. Esta curva relaciona la edad carbono-14 convencional con la edad solar o de calendario. Gracias a la calibración se obtiene una distribución irregular de probabilidad de la fecha carbono-14, es decir, un intervalo temporal que será mayor o menor en función de la magnitud del error de la medida y del perfil de la curva de calibración en el periodo del cálculo. En el cuadro 3 se muestran los resultados de la calibración, teniendo en cuenta que cuando el procedimiento matemático genera más de un intervalo se indican todos con el porcentaje asignado a cada uno de ellos. Además se incluye los interva-los generados por la suma de probabilidades de aquellas fechas consideradas de un mismo periodo según la estratigrafía del yacimiento, obtenidos mediante la opción del mismo nombre que presenta el programa OxCal. Sumar probabilidades de las fechas carbono-14 calibradas es un método muy utilizado en datación, con el que se pretende obtener la distribución conjunta de las fechas promediando el valor de cada una sin reducir los márgenes del error. El intervalo calculado no data un momento concreto sino que genera el lapso temporal estimado para el periodo que comprenden las fechas. Por tanto, el intervalo obtenido para dos sigma debe entenderse como el 95% del periodo que comprenden las fechas y no como el 95% de probabilidad de que todas las fechas estén incluidas en dicho intervalo (Bronk Ramsey, 1995b). En la figura 9 puede verse gráficamente el resultado de la calibración de las fechas obtenidas ordenadas cronológicamente, donde se muestra la distribución (irregular) de probabilidad de la edad calibrada para cada una de ellas. Además se incluye las distribuciones de las sumas de probabilidad que se han calculado de los periodos mejor definidos por la cantidad de fechas existentes, la construcción gía Peninsular (Peixoto Cabral, 1995), que denomina las fechas carbono-14 calibradas con las abreviaturas cal AD (después de Cristo) o cal BC (antes de Cristo). y ampliación del monasterio (4 fechas: 666-873 cal AD) y el poblado islámico (7 fechas: 876-1013 cal AD). Se observa una disposición escalonada de las fechas que cubre el periodo del 600 AD al 1400 AD sin hiatos apreciables, lo que parece indicar una ocupación continua del yacimiento. En nuestro caso, aunque algunas fases sólo presentan una fecha, existe una buena correlación entre estas y los materiales asociados en el estrato correspondiente. Para constatar esta afirmación, en la figura lOA se muestra la secuencia cronológica en función de la estratigrafía presentada por el arqueólogo previa al análisis por carbono-14, mientras que en la figura lOB se ofrece la secuencia cronológica tras la datación de las muestras. Comparando ambas figuras observamos cómo la similitud es prácticamente total, exceptuando dos fechas: la muestra CSIC-1104 [A175] tiene una fecha carbono-14 que la encuadra como islámica mientras que su consideración estratigráfica previa la incluía en el inmediato periodo de reconquista. La diferencia cronológica es tan escasa que es perfectamente asumible la correción como islámica que propone el análisis de carbono-14. La segunda excepción corresponde a la muestra CSIC-1302 [A332], islámica avanzada (s. x-xi) según la puesta en fase estratigráfica y dos siglos posterior según su fecha carbono-14. En este caso la estratigrafía no está suficientemente defini-da, pues procede de la zona norte cuya excavación está apenas iniciada, mientras que el resto de muestras procede de la zona sur, cuya secuencia estratigráfica está prácticamente finalizada. Por ello momentáneamente la situamos en el periodo de construcción de la primera necrópolis cristiana hasta que el avance de la excavación en esta zona norte confirme o ponga en duda definitivamente esta fecha. Para observar mejor las distintas fases de ocupación del yacimiento, se tomaron las fechas que las datan, bien la suma de probabilidades cuando existen más de una, bien la fecha sola si no hay más para ese periodo, y se representaron como segmentos ordenados según su cronología como puede verse en la figura 11. Hay que hacer constar que las fases que poseen más de una fecha son las que están mejor definidas, aunque la concordancia de las fechas únicas con los elementos asociados, así como su disposición estratigráfica apoyan la posibilidad de utilizarlas para la datación de momentos concretos. Fases de ocupación del yacimiento Observando la figura 11 y anteriores puede notarse que las fechas carbono-14 confirman la estratigrafía del yacimiento (a falta de concretar la zona Norte y del valor de la fecha CSIC-1302) y muestran una ocupación continua del mismo, si bien la falta de precisión de algunas de ellas pueden contribuir a este efecto al extenderse excesivamente, en especial CSIC-1078 [A164] y en menor cuantía CSIC-1203 [A236]. Una de las cuestiones más interesantes que se pretendía determinar era si la construcción de la iglesia era visigoda o mozárabe. Para determinar la fecha de construcción de la iglesia se hicieron tres fechas carbono-14; las dos Figura 10.-A, Secuencia cronológica propuesta por el arqueólogo en función de la estratigrafía previa a los análisis de carbono-14.; B, Secuencia cronológica propuesta en función de los análisis de carbono-14 y la estratigrafía. primeras, UtC-3625 y AA-33543, sobre la cuerda de esparto que formaba cuerpo con el estuco que decora el lado oeste del arco, entre el cimborrio y la nave sur de la iglesia, y que servía para unir la decoración de la cara interior del arco con sus dos laterales exteriores. La tercera, CSIC-1303 [A243], sobre madera quemada tomada en un nivel de relleno con presencia de cerámica asociada. Los resultados obtenidos no permiten discernir totalmente entre las hipótesis planteadas, debido a que las fechas están a caballo entre las dos últimas hipótesis principalmente, por el perfil de la curva de calibración, que presenta un repunte en el intervalo de trabajo que hace muy difícil obtener un intervalo cronológico pequeño. Sin embargo, ya permite desechar definitivamente la propuesta cronológica de Gómez Moreno. Para mejorar la resolución es posible realizar una combinación de las fechas calibradas. Este procedimiento se basa en la estadística bayesana, la cual utiliza información a priori que introduce en el análisis matemático (Buck, Litton y Smith, 1992; Buck, Litton y Scott, 1994; Litton y Buck, 1995). Así, se obtiene una distribución estadística que es combinación de las edades calibradas de las muestras calculadas, siempre y cuando cumplan una se-rie de condiciones matemáticas. Para combinar fechas calibradas deben existir buenas razones para asumir que el evento datado ha ocurrido en su totalidad en un corto espacio de tiempo en comparación con el error asociado a las fechas (Bronk Ramsey, 1995b). Para hacerlo se utilizó de nuevo el programa OxCal, que proporcionó el siguiente resultado: Como se observa, la combinación estadística reduce el intervalo en el que las fechas carbono-14 fijan la construcción del monasterio, aunque no lo suficiente para inclinarse por una hipótesis concreta. Sólo nos permite decir que, a la vista de estos resultados, no parece factible que la construcción de la iglesia se realizara a finales del s. ix o principios del s. x, como defendía Gómez Moreno, cuya hipótesis había sido ya cuestionada. Por todo ello, sólo podemos concluir que el método de datación por carbono-14 no ha sido lo suficientemente preciso para determinar el momento de construcción de la iglesia y adscribirla a un periodo cultural concreto. Otro de los objetivos perseguidos en este análisis era determinar la extensión del poblado islámico para situar en el tiempo las cerámicas encontradas junto a las muestras datadas. Se analizaron siete muestras, generalmente de carbón vegetal y semillas quemadas, catalogadas dentro de este periodo en función de los materiales arqueológicos asociados. Como puede observarse sus fechas son prácticamente semejantes y oscilan alrededor de los siglos ix y X, aunque pertenezcan a estratos diferentes. Esto quiere decir que, siendo el método de gran exactitud al fijar la cronología, carece de la precisión requerida para poder diferenciar entre las distintas fechas. Por ello se ha optado por realizar una suma de probabilidades de las siete fechas para obtener la distribución de probabilidad que englobe a todas ellas en lugar de una combinación, pues pensamos que todas ellas no datan el mismo momento sino un intervalo de ocupación concreto (el de la ocupación islámica). Este intervalo obtenido tiene gran importancia pues posibilita precisar la datación del periodo II de la secuencia estratigráfica, y, por lo tanto, la de todos los elementos materiales aparecidos en él. Este periodo se databa, por la tipología cerámica, de modo general en los siglos ix-xi, mientras que ahora se adscribe a la cronología absoluta obtenida, 876-1013, entre el último cuarto del s. ix e inicios del s. XI. Reconquista cristiana y poblamiento posterior Por último, los análisis de la muestras más superficiales pretendían datar el momento de ocupación cristiana y las posteriores edificaciones construidas. La fecha CSIC-1078 [A 164] data la ocupación cristiana y las obras de acondicionamiento, presentando como ya hemos comentado una intervalo excesivamente amplio, fruto de un error estadístico en la medida demasiado grande. La fecha CSIC-1302 [A332], que en un principio estaba considerada como islámica, data provisionalmente la fecha de construcción de la primera necrópolis cristiana hasta que se excave la zona norte y se obtenga una secuencia estratigráfica clara que permita aceptar o rechazar esta fecha. Finalmente, la fecha CSIC-1079 [A 129] fija el momento de construcción de la primera barbacana y reubicación de la necrópolis. Sobre este estrato existían dudas porque las cerámicas asociadas estaban mal fechadas y se dudaba entre el s. XIII (más coherente desde un punto de vista histórico) y el s. XIV (más lógico en función del tipo de cerámica). Como puede observarse, la fecha parece decantarse por la segunda opción, aunque, como en los otros dos casos, la realización de un único análisis no permite confirmar totalmente la hipótesis. Se ha tratado de explicar la metodología a seguir para usar correctamente las fechas carbono-14, par-LUIS CABALLERO ZOREDA y MARGARITA FERNÁNDEZ MIER AEspA, 72, 1999 tiendo del uso de las fechas calibradas como dato que proporciona, si no la edad puntual de la muestra, si al menos un intervalo de probabilidad donde es posible ubicar la muerte de la especie, quedando al arqueólogo la tarea de conectarla con el hecho arqueológico que pretende datar. También se ha pretendido mostrar la problemática que presenta este método de datación en cuanto a la interpretación de resultados, debido al error asociado a las medidas y a la necesidad de la calibración de las fechas, con el inconveniente que el perfil irregular de la curva supone. Las posibilidades del método de datación por carbono-14 se ven ampliadas con la realización de series de análisis que permiten utilizar procedimientos estadísticos como la suma y combinación de probabilidades, a fin de obtener intervalos de calibración más precisos. Como se ha demostrado, este método facilita la obtención de cronologías absolutas aunque carezca, para momentos históricos, de la precisión suficiente para datar eventos muy concretos, como la construcción de la iglesia de Santa María de Melque o la reconquista cristiana. Además, permite confirmar la estratigrafía de un modo cualitativo, presentando las distintas fases de ocupación del yacimiento. Quedan aún muchos interrogantes cronológicos para el yacimiento de Santa María de Melque que deberán ser subsanados mediante la realización de nuevas series de fechas, especialmente en la zona Norte todavía sin excavar, y una adecuada compenetración entre los arqueólogos responsables de su excavación y los técnicos encargados de los análisis. La vegetación potencial de la zona de Melque se encuadra en la serie mesomediterránea castellanoaragonense seca basófila de la encina (Quercus rotundifolid), Bupleuro rigidi-Querceto rotundifoliae sigmetum. Se trata de un bosque denso de encinas que en ocasiones puede albergar otros árboles. El matorral degradado está formado por Genista scorpius, Teucrium capitatum, Lavandula latifolia, Helianthemum rubellum. El pastizal a que da lugar la degradación del matorral se compone de Stipa tenacissima, Brahypodium ramosum y Brachypodium distachyon. Esta serie es la que cubre la mayor parte del territorio peninsular (Rivas-Martínez 1987). Corresponde al piso bioclimático mesomediterráneo, con una temperatura media anual de 17-13° C, un termoclima claramente continental y un ombroclima seco, con precipitaciones anuales entre 350 y 600 mm. Predomina la vegetación de hoja dura (esclerófila) en la que el árbol dominante es la encina (Quercus rotundifolia). El 56% de la superficie se dedica actualmente a los cultivos agrícolas. De no mediar la mano del hombre, los bosques de frondosas (encinas, quejigos, alcornoques) ocuparían la mayor parte de la superficie de la Comunidad de Castilla y La Mancha. Recorriéndola, se pueden sacar conclusiones sobre su vegetación que pueden llevar a confusión. Se aprecian extensos cultivos de secano o regadío, amplias zonas con una fuerte degradación edàfica; yermos, pastizales, jarales y tomillares que dominan grandes extensiones del territorio, aunque existen pequeños enclaves, abruptos y escasamente útiles al hombre, que conservan una vegetación original de encinas y alcornoques. Se tomaron un total de 21 muestras en 5 zonas muy próximas, con una cronología que abarca desde el siglo vii/viii al xix/xx. La relación de muestras es la siguiente: Adosada al cimiento de la iglesia se recogió sólo una muestra. Contenía mucho granito y aunque se ha realizado el análisis no aparece en el diagrama. El tratamiento químico utilizado ha sido el que denominaríamos clásico, aplicado a sedimentos ar- queológicos (CIH, FH, KOH), con concentración del polen en licor denso de Thoulet (Goeury y Beaulieu 1979), tinción de la muestra con fuschina básica, montándose en glicerol para su observación al microscopio óptico. Dado que el sedimento es pobre en palinomorfos, se ha realizado la lectura de cuatro láminas de 20 x 20 mm, obteniéndose los resultados que aparecen reflejados en el diagrama. Las muestras que han proporcionado un número muy bajo en palinomorfos no se han representado con barras, indicándose mediante un asterisco su presencia. En el diagrama figuran los porcentajes de cada uno de los táxones arbóreos y herbáceos, así como la curva AP/NAP que relaciona sus valores relativos en cada momento. Los tipos polínicos se han representado, bien por el nombre del género, bien por el de la familia. Los que no representan un taxón simple llevan un nombre doble (Che-no^oáidiCtdLdAmaranthus). La confección del diagrama se ha realizado mediante el paquete informático Mac Draw II de Macintosh. La determinación de los tipos polínicos se ha realizado siguiendo las claves de Moore y Weeb (1978) y la de Reille (1992), y la colección de referencia existente en nuestro Laboratorio. Los porcentajes se han calculado en la suma total de palinomorfos, excluyendo los pólenes producidos por la vegetación acuática y las esporas. El diagrama palinológico (figura 12) muestra la evolución que sigue la vegetación durante los perío-dos comprendidos entre los siglos vii/viii al xx, según se detalla en el cuadro adjunto. El primer dato que observamos en el diagrama polínico son los porcentajes bajos que presentan las especies arbóreas frente a las de herbáceas. En la Fase Ib/IIa, los táxones más representativos son: Pinus (31 %) seguido de Quercus (12 %), Ulmus (5 %), Fraxinus (2 %) y Olea, indicando la presencia de un bosque mesófílo. La curva AP/NAP es inferior al 50 %. En lo referente a las herbáceas destacan las Compuestas t. Anthémis, así como las Asteráceas, tanto ligulifloras (17 %), como tubulifloras, Fabaceae (12 %) Chenopodiaceae (12 %), Labiatae (8 %), Poaceae (5 %), Ranunculaceae (2 %), Urticaceae (5 %). Se trata de táxones ubiquistas que colonizan cualquier zona, de forma que no se pueden sacar conclusiones ecológicas significativas del entorno. Los táxones de plantas acuáticas están indicados por: Cyperaceae (15 %), Lycopodium (10 %), Nymphaceae, y esporas monoletas y triletas, con escaso porcentaje. Todo ello indica la presencia de una formación arbórea abierta junto a un bosque ripario en el que destacan los olmos, fresnos, y en menor medida los álamos, lo que puede deberse a la fragilidad de estos pólenes. Los valores mas altos de pinos pueden deberse al efecto de los vientos que aportan sus pólenes desde los cercanos Montes de Toledo. Algunas de las muestras correspondientes a esta ocupación islámica son muy pobres desde el punto de vista polínico por lo que no podemos inferir nada respecto a las fases anterior y posterior. La fase lia puede considerarse prácticamente estéril dado el escasísimo número de palinomorfos encontrado en el sedimento. En un primer momento de la fase lib, Pinus está escasamente representado incrementando su porcentaje hacia el final de ésta, como lo había hecho anteriormente (6 %). Quercus, por el contrario, está mejor representado en todas las muestras, experimentando un aumento sus porcentajes en la última. Se produce de este modo una alternancia entre Pinus y Quercus, favorable a este último, mostrando la presencia de un bosque de carácter abierto. Juniperus comienza a estar presente de forma continua, oscilando sus porcentajes con los de Pinus y con la presencia de Quercus. La presencia de una bosque mesófilo viene indicada por Alnus, Populus, Betula, Corylus, Fraxinus y Ulmus, acompañados por un buen número de herbáceas que necesitan humedad como es el caso de las Cyperaceae, las Nymphaceae, o las esporas de heléchos, presentes en la muestra analizada. Junto a ellas son abundantes las plantas antrópicas, fundamentalmente las Compuestas en sus diversos géneros t. Anthémis, Centaurea y Asteraceae, tanto tubulifloras como ligulifloras. El resto de las herbáceas presentes muestran un paisaje muy antropizado en el que están presentes plantas ruderales acompañantes de los cultivos. El abundante porcentaje de leguminosas (Fabaceae) puede indicar su presencia como cultivos. En la fase IIIc4 desaparecen el Alnus, Betula, Fraxinus y aumenta el porcentaje de Juniperus (5 %). Así mismo se aprecia una regresión de Quercus (4%) aumentando considerablemente Pinus (29 %) en la última muestra de esta fase, probablemente debido a un proceso de repoblación forestal, proceso que se verá roto en la última muestra correspondiente al momento actual, y don-de, probablemente, asistimos a una fase de tala del bosque en favor de espacios abiertos, colonizados por Juniperus. Esta apertura del medio traduce una fuerte presión antròpica de los nuevos ocupantes cristianos. En las primeras muestras de la Fase IVb se aprecia una clara regresión del bosque reducido a la mera presencia de Alnus, Corylus, Juniperus, Pinus, Populus y Ulmus. En estas muestras Quercus desaparece. En la última muestra, correspondiente al nivel superficial, vuelven a aparecer Alnus (3 %), Juglans (4 %), Pinus (6 %), Quercus (4 %) y Ulmus (7 %). Los porcentajes de Juniperus registran los valores más altos de toda la secuencia, indicándonos un medio abierto colonizado por los enebros. La práctica desaparición de Quercus y la clara regresión de Pinus nos hace pensar en una deforestación sistematica del entorno muy en relación con las prácticas económicas desarrolladas en este siglo. Las herbáceas dominantes son las antrópicas, siendo importantes los niveles de leguminosas que aumentan sus valores respecto a las muestras anteriores. Los porcentajes de Cyperaceae, indicadores de humedad, son altos en casi todas las muestras de la ocupación islámica registrando valores de un (20 %) al final de dicha ocupación. Otros táxones que indican humedad son: Nymphaceae, Lemna, Botrychium, etc. La presencia de bajos porcentajes de Rosaceae en alguna de las muestras de la fase lib islámica podría estar en relación con el hallazgo de cultivo de árboles frutales manifestado en el hallazgo de macrorrestos vegetales (carbones). Como conclusión podemos señalar que se trata de un paisaje antropizado abierto, donde los mayo- Por ANA M" ARNANZ, Centro de Estudios Históricos, CSIC. Una gran cantidad de macrorrestos vegetales se recuperó del yacimiento alto-medieval (ss. ix-xiii) de Santa Maria de Melque, tanto de la fase arqueológicamente islámica (Ila), como de las cristianas (Illa y Illb). Es frecuente que en áreas no-húmedas este tipo de material botánico se encuentre carbonizado, producto de incendios fortuitos o del tostado accidental en la manipulación de alimentos de origen vegetal, y que la presencia de cereales supere con diferencia al resto de especies. El caso que nos ocupa no es una excepción, aunque la identificación de gran cantidad de semillas de lino, en números absolutos, resulta cuanto menos original, debido a la escasa publicación de restos carpológicos procedentes de excavaciones medievales en nuestro territorio. El lino, tanto sus fibras como sus semillas, ha estado presente en numerosas ocasiones desde la prehistoria europea y del Próximo Oriente y ha perdurado en asentamientos medievales en un área de dispersión muy amplia. Una recopilación de yacimientos en donde se ha documentado, junto con otras muchas especies, puede consultarse por ejemplo en los textos de Kroll (1997) y Latalowa (1998). Las muestras de Melque, a excepción de la A227 que se obtuvo junto al derrumbe de un muro y junto a una piedra de molino, proceden de áreas consideradas como vertederos o basureros, tanto islámicas como cristianas, algunas con importantes niveles de ceniza. Fueron recogidas durante la campaña de 1995 de forma aleatoria en aquellos contextos en donde, a simple vista, se podían apreciar concentraciones de macrorrestos vegetales; por ello, el nivel original del sedimento destinado a la flotación varía considerablemente de una muestra a otra, por lo que una valoración cuantitativa de los datos sería cuanto menos cuestionable (cuadro 5). Como se aprecia en las figuras 13 y 14, los restos recuperados, carbonizados y en general bien preservados, responden fundamentalmente a plantas cultivadas, exceptuando una bellota (Quercus sp.) en la fase Illb y el Lolium sp. (cizaña) en las lia, islámica, y Illb, cristiana. Este último suele estar presente en los conjuntos de cereales (en especial trigo y cebada) como contaminante de los campos de cultivo. Es interesante apuntar la pureza de los conjuntos de macrorrestos analizados en donde la presencia de malas hierbas es muy reducida. La fase lia, con cuatro muestras, es también la más rica en cuanto a variedad y representación de taxa. En números absolutos, la especie más abundante es Hordeum vulgare (cebada vestida), que conserva en muchos de los casos las glumas adheridas a la cariópside, (n=100, L media 6.58, mn. Es también frecuente la presencia de horquillas pero no así de segmentos de raquis. Junto a ella se ha identificado también, en menor propor- ción, Triticum durum/aestivum y Triticum durum/ aestivum-compactum que, a diferencia de la cebada, se encontraba limpio de subproductos de trilla. Ante la ausencia de estas estructuras hemos optado por la denominación binomial, ya que únicamente por las cariópsides no puede distinguirse si pertenecen al grupo de los trigos duros o al común. El centeno {Secale cereale) se encontraba mezclado con la cebada y el trigo, también trillado. Los huesos de aceituna {Olea europaea) tienen unos índices biométricos (L media 10.5, mn. 15.5) que los encuadran dentro de las especies cultivadas. Su presencia es importante y constituían por sí solos un conjunto cerrado, ya que raramente se han encontrado asociados a otros restos de plantas. La presencia de Vitis vinifera (vid) y Lolium sp. (cizaña) es meramente testimonial debido al escaso número de ejemplares identificados respecto al resto. Las cariópsides de Lolium sp. estaban fragmentadas o muy alteradas por lo que sólo ha sido posible su identificación a nivel de especie. Esta misma fase lia islámica ha proporcionado también una gran cantidad de semillas de lino {Linun usitatissimum), que literalmente se hallaban «pegadas» unas a otras formando un conglomerado, sin duda debido al efecto del calor que causó su carbonización. El valor absoluto que se indica en las tablas está ponderado. Observando la superficie del conglomerado y separando algunas semillas para poder realizar las mediciones (n=50, L media 4. 4.7) y estudiar sus caracteres morfológicos, no hemos podido apreciar restos de plantas adventicias, por ej. de la asociación Spergulo-Lolietum remoti tan frecuente en los campos de lino. La fase Illa, arqueológicamente cristiana, cuenta con una sola muestra. En ella, aunque la representación de la cebada vestida sigue siendo signifi-cativa, se ha contabilizado un mayor número de cariópsides de Triticum durum/aestivum y T durum/ aestivum-compactum, invirtiéndose así la tendencia de la fase precedente. Queda reflejada la presencia de huesos de aceituna que se encontraron asociados a los cereales en un mismo contexto. Por último, la fase Illb, plenamente cristiana, está representada también por una sola muestra en la que Hordeum vulgare sigue siendo el taxón que con más frecuencia se ha determinado. El trigo está presente, así como Lolium sp. A esta misma fase pertenece el único resto de bellota {Quercus sp.) identificado en todo el conjunto. DISCUSIÓN Una de las limitaciones con la que nos encontramos a la hora de interpretar los resultados del presente análisis en el yacimiento de Melque, es la propia naturaleza de las muestras que ofrecen una representatividad muy baja desde el punto de vista estadístico. A ello se suma el hecho de que son pocos los yacimientos medievales en España que cuentan con estudios de macrorrestos vegetales publicados, por lo que los elementos de comparación de los que disponemos son muy reducidos (Cubero 1990; Ollich y Cubero 1991). Los restos de plantas identificados en Melque no son nuevos en el panorama paleocarpológico peninsular ya que se han recuperado en numerosas ocasiones, en concreto el trigo duro/común y la cebada vestida, desde los inicios del neolítico, en yacimientos con una amplia dispersión geográfica. El caso del trigo duro es particularmente complejo. El debate sobre si este tipo de trigo desnudo fue extensivo en la prehistoria mediterránea o si fue introducido por los 1978; Hillman et. al. 1996). Melque no puede ayudar por el momento a resolver esta cuestión pues, como hemos indicado y exceptuando la cebada, el resto de los cereales, trigo y centeno, se han recuperado con el grano libre. Los árabes produjeron una ingente literatura agronómica y geográfica en la que se hacía especial hincapié en la descripción de modos y técnicas de cultivo, tanto de las plantas conocidas con anterioridad en la Península, como de las nuevas. Por el contrario, las referencias cristianas aportan más noticias acerca de la utilización del suelo, colonización o usos y costumbres cotidianas (Glick 1991). De esta amalgama de datos tan dispares se extrae una serie de conclusiones, las cuales quedan simplificadas en el hecho de que musulmanes y cristianos explotaron la agricultura de secano, el regadío, así como el cuidado de los árboles, lo que se contrasta en parte por los resultados obtenidos con los análisis de Melque. NOTAS SOBRE EL COMPLEJO PRODUCTIVO DE MELQUE (TOLEDO) 233 A excepción del lino, que merece consideración aparte, los restos de plantas, tanto de la fase lia islámica, como de las Illa y Illb cristianas, responden a cultivos de secano, tal es el caso de la cebada, el trigo, el centeno y el olivo. Es interesante anotar, aunque con mucha cautela, como Hordeum vulgare es el cereal más frecuente en la fase islámica, mientras que en la de transición al mundo cristiano (Illa), aunque presente, se ve relegada a un segundo plano en favor de Triti cum durum/aestivum. Lo que no puede asegurarse por el momento es si ésta inversión en las propociones de las cebadas y los trigos seguiría una tendencia global a lo largo de las distintas secuencias del yacimiento, respondiendo a un modelo agronómico concreto (musulmán versus cristiano) o si es producto de una deficiencia en el muestreo. La fase Illb, plenamente cristiana, no aporta hoy por hoy resultados concluyentes. Así mismo, se ha escrito que el mijo era el alimento básico de la clase baja musulmana, que fue reemplazado posteriormente por el sorgo, y que este último desempeñaba en el Al-Andalus el mismo papel social y nutritivo que jugaba en la España cristiana el centeno (Glick 1991: 104). Sin embargo, en Melque, Secale cereale, se ha recuperado exclusivamente en la fase Ila islámica, mientras que la presencia de mijo o sorgo no se ha documentado en absoluto. En otro orden de cosas, parece estar bien documentado el continuo incremento de la agricultura de regadío en al-Andalus y, por extensión, en aquellos lugares donde se fueron implantando núcleos islámicos (Glick 1991; Watson 1998). Una posible evidencia de cultivo por irrigación puede hallarse en el lino encontrado en Melque. Aunque esta planta anual, de crecimiento rápido, puede cultivarse tanto en secano como en regadío, requiere humedad sobre todo en sus primeras fases de crecimiento. En lugares secos, si el aporte de lluvia no es suficiente, necesitaría agua suplementaria o de lo contrario se malograría la cosecha, reduciéndose el tamaño de las semillas. Los índices biométricos de estas últimas han servido como indicadores para sugerir un posible cultivo bajo condiciones de riego (van Zeist et. al. 1975). Si consideramos que la reducción por carbonización de la longitud de las semillas de lino se encuentra entre un 13% y un 25%, según autores, y que las semillas de los linos de secano no suelen exceder de los 4 mm de L, las medidas obtenidas de los restos de Melque (n=50, L media 4.3 mm, min. 4, max. 4.7) podría ponernos sobre la pista de una posible irrigación en el cultivo de esta planta. Una vez más, la falta de análisis carpológicos, y su consiguiente publicación, de muestras procedentes de yacimientos medievales en nuestro país limita las posibilidades de referencia. La finalidad de las semillas de lino es otro tema que ofrece dificultades. Pueden emplearse para la obtención de aceite, en cuyo caso suelen ser más grandes que aquellas destinadas a la producción de fibras textiles o, incluso, mezcladas con otros cereales intervienen en la elaboración del pan. El desconocimiento del desarrollo que esta planta pudo tener en otros poblados de la época y el hecho de que en Melque se recuperase en un contexto tan impreciso como un vertedero o basurero impiden arrojar alguna luz acerca de su posible uso. No obstante, dada la gran movilidad territorial de productos, no sólo vegetales, en el mundo islámico durante los siglos que nos ocupan; que el yacimiento de Melque se sitúe en un área más propia para cultivos de secano; y el hecho de que en el registro polínico el lino esté ausente, no debería descartarse la idea de que éste pueda proceder de otra zona. Esta sugerencia no es más que una hipótesis sobre la que debería trabajarse más en profundidad y ello pasa por la obtención exhaustiva de muestras asociadas a contextos de transformación de vegetales o de posibles talleres, por ejemplo. 15) provienen de las ocupaciones islámicas (Fase lía) y de la cristiana (Fase Illa y Illb). En lo que concierne a la ocupación islámica, contamos con una pequeña muestra tomada en estratigrafía (fase Ib/IIa). El escaso número de restos proporcionados no es significativo pero nos indica la presencia de matorral mediterráneo (Leguminosae), de la encina o el alcornoque (Quercus ilex/suber) así como de la hiedra {Hederá helix). A partir de la plena ocupación islámica, la muestra de carbones recogidos ha sido lo suficientemente abundante como para permitirnos realizar una representación gráfica de los resultados (fig. 16). Los táxones más abundantes son en primer lugar Quercus de hoja caduca, muy próximos a los de Quercus pyrenaica (rebollo). En segundo lugar, el matorral de leguminosas es muy abundante en esta fase (retamas o aulagas, chenopodio), indicándonos una marcada preferencia por la leña de estas formaciones. En proporción ligeramente inferior aparecen las encinas (Quercus ilex) sin descartar la posible presencia de alcornoques (Q. súber) debido a los numerosos restos carbonizados de corcho que han aparecido asociados a los carbones. Pinus pinaster-pinea aparece bien representado en el espectro, indicándonos la posible exis-tencia de algún enclave próximo de pinos. Los aladiernos y/o las Filarias (Rhamnus/Phillyrea), arbustos característicos del cortejo floristico del encinar, aparecen también pero en muy baja proporción si lo comparamos con la encina. La vegetación riparia aparece de manera mucho más discreta y está caracterizada por álamos y sauces (Populus, Salix). Los árboles de cultivo: olivos (Olea) y posiblemente albaricoqueros o melocotoneros (Prunus cf. armeniaca-persica) son característicos de esta fase aunque su madera es esporádica en comparación con las especies principales. Es muy probable que la madera procedente de las podas de estos árboles constituyera un aporte adicional de leña combustible además de la que se recogiera de manera sistemática en el entorno (rebollos, encinas, matorral, etc.). El inicio de la ocupación cristiana de este poblado no parece seguir las mismas pautas en cuanto al aprovechamiento de los recursos leñosos del entorno. Quercus de hoja caduca está presente pero con porcentajes muy bajos. Quizás la explotación intensiva de la que fue objeto este taxon en fases anteriores (fase lia) fuese la causa de su práctica desaparición del entorno, pero esta posible explicación no nos parece concluyente en el estado actual de nuestros conocimientos. En este momento asistimos a la explotación del bosque mediterráneo esclerófilo, con una marcada poreferencia por la madera de encina que registra los porcentajes más altos en esta fase y, en menor medida, de alcornoque. El pino sigue manteniéndose en porcentajes similares al período islámico. Olea mantiene unos porcentajes similares a los de la fase lia. En lo que respecta a la vegetación mesófila, probablemente localizada en la proximidad de cursos de agua, está representada por aliso, álamo, sauce y fresno respectivamente. Su presencia en conjunto es mayor si lo comparamos con la fase de ocupación islámica anterior. Esta particularidad nos sugiere una posible explotación alternativa de las riberas tal y como se ha documentado en otros estudios antracológicos de época medieval en el ámbito mediterráneo noroccidental. El matorral de leguminosas presenta en este período unos porcentajes muy bajos respecto a las fases anteriores. Todo parece indicar (fíg. 16) que el aumento de porcentajes de la encina va en detrimento de los del matorral a lo largo de las diferentes fases de ocupación del poblado. En esta fase la presencia de los pinos queda igualmente atestiguada si bien la conservación de alguna de las muestras no nos ha permitido una atribución específica. El alcornoque parece ser objeto de un aprovechamiento mayor que el de la encina y, como sucede en la fase islámica, se atestigua la presencia de numerosos restos de corcho. El matorral de leguminosas es igualmente explotado en esta fase si bien su representatividad decrece en favor del aprovechamiento de alcornoques y encinas. La ausencia tanto de robles caducifolios t. Quercus pyrenaica, de olivos y frutales, así como la escasa representatividad de especies mesófilas, como álamo y fresno, contrastan con la fase islámica, donde los valores de los caducifolios eran claramente superiores a los de la encina. Este posible cambio de áreas de aprovisionamiento de leña entre la fase Illa y Illb nos es difícil de precisar en el estado actual de las excavaciones del yacimiento. Sabemos que ambas fases corresponden a momentos cronológicamente distintos, pero ignoramos si éstas representan áreas funcionales diferentes dentro del poblado. Si tenemos en cuenta la provenencia de los carbones, éstos proceden de la zona sur para Illa y de la zona norte para Illb. Por último, carecemos de información adicional (textos históricos, etc.) sobre la economía de esta zona en época islámica, en especial en lo referente al aprovechamiento de la leña y a la gestión de los bosques de las inmediaciones. Los datos antracológicos obtenidos nos han puesto de manifiesto táxones procedentes de formaciones diversas: -Pinares mediterráneos {Pinus pinaster-pinea). A pesar de ser los primeros datos antracológicos de época medieval obtenidos en el interior peninsular, el escaso número de muestras analizadas, el estado actual de las excavaciones en este poblado, así como la poquísima información que poseemos sobre la vida cotidiana a lo largo de este período altomedieval, nos impide efectuar conclusiones acerca de la gestión forestal y aprovechamiento de leña en el territorio de Melque por parte de sus pobladores, tanto musulmanes como cristianos. Por BLANCA GUARÁS, Dra. en Ciencias Geológicas, Vitoria El análisis petrológico de morteros del yacimiento arqueológico de Melque contribuye al conocimiento de los materiales utilizados en las distintas construcciones que incluye, así como a la investigación de la evolución espacio-temporal del conjunto arqueológico. Un estudio petrológico de distintas muestras, seleccionadas según criterios arqueológicos y arquitectónicos, nos permite identificar y cuantificar los distintos materiales pétreos utilizados en la elaboración del mortero, así como deducir su procedencia. Posteriormente, con el estudio comparativo de estos datos, establecemos distintos tipos de morteros que, junto con datos arqueológicos y arquitectónicos, se intentan correlacionar con distintas etapas constructivas. El método analítico está basado, fundamentalmente, en el estudio petrográfico, con microscopio de luz polarizada, de una sección delgada del mortero (30 mieras de espesor), como si se tratase de una roca natural, si bien las características especiales de las muestras hacen que haya que tener presente una serie de dificultades a solventar en la fase de elaboración de la lámina delgada. En la toma de muestras es necesario recoger una cantidad de mortero lo más representativa posible. Una vez obtenida la muestra se realiza su consolidación, por impregnación con resina líquida, de manera que forme un bloque lo suficientemente consistente para poder ser cortado mecánicamente en distintas secciones planas. En nuestro caso, he-mos tenido que recurrir a vidrios portaobjetos de dimensiones especiales (8x5 cm), de mayor tamaño que los estándar, ya que la superfície útil de éstos (3,5x 2 cm) resulta pequeña para los morteros de alta granulometria. Ha sido necesario teñir selectivamente una parte de la sección delgada antes de cubrirla, para diferenciar la presencia o no de carbonatos y, en caso de que existan, saber su composición; para ello se ha utilizado la denominada «tinción mixta», con alizarina S y ferrocianuro potásico. Una vez elaboradas las láminas delgadas, se procede al estudio petrográfico de cada una de las muestras, atendiendo principalmente a los siguientes criterios: proporción aglomerante/áridos, composición del aglomerante y composición, tamaño y forma de los áridos. Para ello es necesario realizar contajes de puntos, basados en 100 medidas, o 200, cuando la muestra lo permitía. El resultado del análisis petrológico de cada mortero lo hemos recogido y sintetizado en una ficha técnica, en la que incluimos una fotomicrografía con luz polarizada y datos de color y consistencia, obtenidos de la muestra de mano. La información recogida en cada ficha es la siguiente: -función constructiva: junta, enfoscado, relleno, etc. -construcción: presa, cerca, etc. -consistencia: parámetro que hace referencia a si es un mortero compacto, semicompacto o deleznable. -igual a: numeración de las muestras que son idénticas al mortero referido. -descripción petrográfica: una breve descripción, en la que, además de comentar el análisis composicional, granulométrico y morfológico de los áridos, que representamos en las gráficas siguientes, consideramos la composición del aglomerante y otros datos destacables que no podemos representar mediante gráficos. -relación aglomerante/áridos: relación porcentual en volumen, representado en un diagrama de sectores. -análisis composicional de los áridos: las litologias principales más frecuentes en los morteros que nos ocupan corresponden a fragmentos de rocas graníticas (FRG), rocas miloníticas y migmatitas (FRM), cuarzo (Qz), feldespato (Fto) y distintas facies de calizas terciarias (Cz). Como componentes subordinados encontramos micas (Mi) y fragmentos de cerámica (Ce). Con el estudio cuantitativo elaboramos un diagrama de barras. -análisis granulométrico: en función del tamaño de los áridos establecemos unos rangos de tamaño, en milímetros, y elaboramos un diagrama de barras. -análisis morfológico: valoramos el grado de redondez de los áridos, agrupándolos en redondeados-subredondeados y en angulosossubangulosos, y los representamos en un diagrama de barras. -fotomicrografía. El estudio petrográfico de los distintos morteros lo realizamos atendiendo a los siguientes criterios: relación aglomerante/áridos, composición del aglomerante y composición, tamaño y forma de los áridos. Posteriormente, un estudio comparativo de los distintos morteros nos permite establecer una serie de consideraciones y valoraciones, para poder definir los tipos de morteros, y finalmente realizamos unas conclusiones generales. VALORACIÓN DE LOS RESULTADOS El primer dato a considerar es la proporción volumétrica de aglomerante y áridos (AG/AR). En general, es poco variable, oscilando entre 42/58 y 60/ 40, y no se observan diferencias que marquen alguna tendencia entre las distintas construcciones. En cuanto a la composición del aglomerante, todos los morteros tienen cal, (0H)2Ca, como único aglomerante. Está excluida la muestra Me-4, procedente de la cerca, ya que su mal estado de conservación no nos ha permitido realizar un estudio completo de sus características composicionales. La composición litològica de los áridos es variada y homogénea. Los fragmentos principales más frecuentes son los siguientes: -fragmentos de rocas graníticas (FRG): procedentes del granito de Sonseca. -fragmentos de rocas miloníticas y migmatitas (FGM): procedentes del complejo migmatítico y la franja milonítica, al sur del yacimiento de Melque. -cuarzo (Qz): mineral procedente de las rocas graníticas y miloníticas. -feldespato (Fto): distintos tipos de feldespato (ortosa y plagioclasa) procedentes de las rocas graníticas. -calizas (Cz): presentan distintas facies petrográficas, calizas micríticas, calizas oncolíticas y calizas algales, procedentes de los materiales terciarios de la comarca. Entre los fragmentos que se encuentran en proporciones subordinadas, observamos: -micas (Mi): Biotita procedente de las rocas graníticas. -cerámica (Ce): Fragmentos de cerámica. Del análisis composicional de los distintos morteros, podemos deducir que son morteros de cal con proporciones de aglomerante/áridos próximas entre sí y, con una composición litològica variada, procedente de los materiales comarcales. Cabe señalar la homogeneidad composicional de todos los morteros seleccionados para este estudio (cuadro 6). Análisis granulometrie o y morfológico La granulometria de los áridos de los distintos morteros es variada. Existen morteros de grano medio, con diámetros máximos que oscilan entre 1 mm y 1 cm, principalmente en la cerca y presas [114 y 115] y en el monasterio. Los morteros de granulometria gruesa, diámetros máximos superiores a 1 cm, los encontramos en las presas [111, 112y 113] Cuadro 8.-Esquema en el que observamos la diferenciación petrológica de los distintos morteros de Melque, en relación con su ubicación. y en el monasterio, en concreto en el relleno de mechinal. En relación con la morfología de los áridos, podemos establecer tres grupos: el primero lo incluyen aquellos morteros en los que predominan las formas angulosas-subangulosas (típicas de áridos de cantera) que corresponden a las muestras Me-1, Me-2, Me-3, Me-5, Me-6, Me-9 y Me-10 (presas [111, 112 y 113] y monasterio); el segundo grupo está formado por un mortero con la misma proporción de áridos redondeados y angulosos, que corresponde a la muestra Me-12 (monasterio); y finalmente, el tercer grupo, en los que predominan las formas redondeadas (formas típicas de cantos rodados) frente a las angulosas, y corresponden a las muestras Me-4, Me-7, Me-8 y presas [114 y 115] y monasterio). Del análisis granulométrico y morfológico, podemos deducir que en las presas [111, 112y 113] se han utilizado morteros de granulometria gruesa (diámetros máximos superiores a 1 cm) con predominio de áridos de cantera. En las presas [114 y 115] y en la cerca se han utilizado morteros de granulometria media, con predominio de áridos procedentes de cantos rodados, o lo que es lo mismo, de arenas de río. Los morteros procedentes de la construcción del monasterio presentan características variables (cuadro 7). Los morteros recogidos de las distintas construcciones del yacimiento arqueológico de Melque presentan una gran similitud en determinadas características petrológicas: la composición del aglomerante es cal; la proporción aglomerante/áridos es próxima al 50/50; la composición de los áridos es similar, y procedente de la comarca donde se ubica el yacimiento. Las principales diferencias petrológicas de estos morteros radican en la granulometria y en el grado de redondez de los áridos. En las presas [111, 112 y 113] se han utilizado morteros de granulometria gruesa, con áridos principalmente procedentes de cantera. En la cerca y presas [114 y 115] se han utilizado morteros de granulometria media, con áridos principalmente procedentes de arenas de río. Los morteros recogidos en el monasterio no presentan características petrológicas que podamos relacionarlos entre sí. Un estudio comparativo entre los distintos parámetros petrológicos, nos permite diferenciar nueve tipos de morteros. Columna de + potencia: 96 cm Fase IVb
conserva una inscripción atribuida al obispo Honorato, el sucesor de Isidoro en la silla episcopal hispalense. Mientras que, a partir de las fuentes literarias, es incuestionable que Honorato fue efectivamente el sucesor de Isidoro, las fuentes epigráficas de las que disponemos sobre el mismo personaje no permiten, por sus características, ser utilizadas documentalmente para la reconstrucción de su biografía, sobre todo una de ellas, que, como analizamos a continuación, no es una realización antigua. SUMMARY ^ Véase infra p. 250 el texto de Rodrigo Caro y de Fernández Bertrán referente al hallazgo. La inscripción ^ (fig. 1) que analizaremos a continuación se conserva en la catedral de Sevilla y ha' Este artículo es resultado de un estudio más amplio que llevamos realizando desde hace algunos años sobre la problemática que plantean determinados textos epigráficos que se incluyen en un arco cronológico entre los siglos V y X. Una primera aproximación al tema fue presentada en el /// Encuentro Internacional Hispânia en la Antigüedad Tardía. Para la localización de algunos estudios indispensables para nuestro trabajo fue de gran ayuda la colaboración de M. Vallejo y T. Schumacher. Algunas de las fotos son de J. Beltrán Fortes, a quien agradecemos especialmente sus gestiones para poder acceder a la pieza y su generosidad en acompañarnos en la autopsia de la misma. Las conversaciones mantenidas con L.A. García Moreno previas a la presentación del trabajo han sido muy enriquecedoras, pues nos han permitido reflexionar sobre aspectos que no habíamos tenido en cuenta. Sirvan estas palabras para agradecerle además su ayuda en la obtención de algunos documentos. Igualmente somos deudoras de A.U. Stylow y L. Caballero por sus comentarios, sugerencias e intercambio de pareceres. sido atribuida al obispo Honorato, sucesor de Isidoro, pues, pese a que no se menciona en la misma el nombre del obispo, todos sus datos cronológicos apuntan a que sea dicho obispo, conocido por su suscripción en el VI Concilio de Toledo del año 638 y porque aparece en la lista episcopal del Códice Emilianense ^ folio 360v, inmediatamente después de Isidoro. En cambio, otra tradición apócrifa, que remonta a Lucas de Tuy, conocido por el Tudense, del siglo XII, y rechazada definitivamente por Flórez' ^, hace de un hereje llamado Teodisclo el sucesor de Isidoro. Si es indudable, por las fuentes literarias, que el sucesor de Isidoro fue Honorato ^ las fuentes epigráficas de las que disponemos sobre el mismo personaje -además de la de Sevilla, una placa de Dos Hermanas (Sevilla, fig. 2)^-no permiten, por sus características, como veremos a lo largo de este trabajo, utilizar los datos que contienen para la biografía del obispo Honorato. Lo impide en la de Sevilla toda la problemática que plantea el titulus objeto de este estudio; y en la de Dos Hermanas, la rotura justo en la mención de la era, que ha obligado a fecharla a partir de los datos cronológicos proporcionados por la primera inscripción. Ésta presenta una serie de problemas e incoherencias que suscitan grandes interrogantes que analizaremos y expondremos en los siguientes apartados: I Soporte. -II Paleografía y ordinatio. -III Texto. -IV Hallazgo, circunstancias histórico-culturales y trayectoria de la pieza: otro carmen de Honoratas. -V Reinterpretación del titulus. ^ Real Biblioteca del Monasterio del Escorial, ms. d.I.l. Se trata de un bloque poliédrico de ocho caras, de mármol blanco, roto por la parte superior. Mide 128 X 63 X 18 cm. Campo epigráfico 99,5 x 35,5 cm. La cara frontal, la que contiene el texto, es más estrecha que la cara posterior, su paralela, hoy adosada a la pared, por lo que resulta imposible comprobar su estado actual. Es desde la cara frontal desde la que partiremos para describir las restantes. Ignoramos cómo remataba la cara superior, pues está rota -y rota ha estado desde que se publicó su texto en el siglo xvii ^-, pero probablemente era como la inferior, es decir, paralela al plano. Las cuatro caras laterales, iguales dos a dos, se desarrollan de la siguiente forma a partir de la frontal: a continuación de esta última y a ambos lados igual, hay dos caras en vertiente, seguidas por otras dos rectas perpendiculares a la cara posterior. La cara frontal, pulida, en la parte superior y abarcando la extensión más o menos de las tres primeras líneas presenta huellas de herramienta (fig. 3), que probablemente responden a una utilización del soporte anterior a la grabación del texto. En la parte inferior hay un festón en zigzag (que, como sabemos por una foto antigua, en su origen era doble; fig. 4) que en medio tiene una línea ondulada. La cara inferior está simplemente desbastada. Las caras laterales inmediatamente siguientes a la frontal, rotas a distinta altura, en mayor medida la dere- en Casa Herrera ^, que nos llevan hacia una cronología del 500, sorprende, por su superficialidad en el grabado, la ejecución de los círculos incisos contrapuestos de la parte inferior, para los que no podemos establecer ninguna cronología precisa. Desde el punto de vista decorativo, para las cuadrifolias un paralelo muy cercano por el lugar del hallazgo (Alcalá del Río) es la inscripción de Gregorio ^, fechada en el 544, que presenta este motivo en la cabecera, a ambos lados del crismón. El zigzag (fig. 7) que remata la pieza por la parte inferior aparece sobre todo en la cerámica y en los ladrillos visigodos. Para el resto de la decoración, el motivo de remolino y las estrellas de seis cha, presentan una decoración en bajorrelieve de talla plana, a base de círculos, los cuales, por medio del rebaje, forman cuartos de círculo tangentes; de todo ello resulta una red de cuadrifolias dispuestas en doble cenefa (fig. 5). Hay que destacar, sin embargo, que, en el lado izquierdo, el diámetro de los círculos es mayor que en el lado derecho, por lo que el número de círculos varía y la decoración resulta asimétrica (11 hiladas de flores en la cara izquierda; 12 en la derecha). El final de esta decoración de círculos viene a coincidir con la última línea del texto de la cara frontal. Debajo de estas cenefas, y separada de la decoración anterior por un listel, empieza otra área decorada con incisión (fig. 6). Se trata de cuatro círculos muy superficialmente incisos, contrapuestos los de similar decoración dos a dos: así, dos con el motivo de remolino y otros dos con estrella de seis puntas. Separando los pares de círculos en sentido horizontal hay una flor octopétala de incisión más profunda, de la que salen dos ramas en talla plana y, en sentido vertical, unos husillos muy poco marcados. De este modo se combina técnicamente la simple incisión con el bajorreheve. Las caras que vienen a continuación están toscamente trabajadas. Si bien para la técnica de las cenefas con cuadrifolias, en talla plana, se pueden encontrar paralelos de Lillo o en S. Torcato de Guimarães, donde se combinan ambos elementos'°; en cambio, resulta chocante la flor central de separación, así como la línea ondulada que se sitúa por debajo del zigzag. En definitiva, si para todos los elementos decorativos de la pieza encontramos individualmente paralelos, en su conjunto la combinación y presentación de los mismos son, sin duda alguna, insólitas. En cuanto a la funcionalidad de la pieza, cabe decir que se ha definido como una placa, si bien por su forma ha debido tener otra función previa. El hecho de que existan huellas de reutilización en la parte superior del campo epigráfico apunta a un uso anterior de la pieza, previo a la grabación del texto. L. Caballero nos ha sugerido la posibilidad de que se trate de un cimacio de tamaño extraordinario que pudo servir para cubrir tres o cuatro capiteles juntos. De ser así, tendría sus lados oblicuos decorados con la red de cuadrifolias y estaría embutido en un muro por la parte inferior, a partir de donde termina el texto. Posteriormente esta parte inferior se decoraría con los pares de círculos incisos, para los que no tenemos los mismos paralelos cronológicos que para la técnica (hacia 500) y los motivos decorativos de la parte superior. Estos añadidos decorativos deben haber coincidido en el tiempo con la grabación del texto, que ha sido fechado, como luego veremos, por el contenido, en el siglo VIL La pieza, más que una placa, como siempre se ha definido ", recuerda por su forma poliédrica y sus dos vertientes laterales a una tapa de sarcófago, aunque con el campo epigráfico mucho más ancho de lo que se esperaría para un sarcófago'^. Identificarla como tal plantea serios problemas: si bien es cierto que la altura de la pieza no se ajusta en su estado de conservación actual a las dimensiones propias de un sarcófago, el hecho de no conocer cómo remataba por la parte superior nos impide saber no sólo la cantidad de texto que falta sino también si existía o no, por encima del campo epigráfico, una superficie sin grabar similar a la que encontramos por debajo del mismo. Si así fuera, la altura total de la pieza sería adecuada para una tapa de sarcófago, aunque tapas de sepulcro con inscripción de estas características apenas se utilizaron en Hispânia. Un posible paralelo se encontraría en la inscripción de Ithacius'\ de Oviedo, tampoco exenta de problemas' "^ pues, mientras que Hübner pensaba, a partir de la talla de las letras, no incisas sino en bajorrelieve, que no podía ser anterior al siglo ix, a pesar de que el verso y el nombre podían corresponder tanto al siglo v como a los siglos VI y VII, Bücheler insistió en que el nombre y el carmen se adecuaban muy bien al siglo v. A partir de esto, el resto de los autores que han tratado sobre esta tapa han coincidido sistemáticamente en proponer una cronología de los siglos v o vi, incluidos Schlunk y Hauschild "\ para quienes la inscripción de Ithacius resulta, pese a todo, también excepcional en muchos aspectos. Un segundo problema para que la inscripción de Honorato pueda ser considerada una tapa de sarcófago radica en el hecho de que la cara inferior no esté trabajada, pues, si fuera tapa, al estar a la vista, debería haberlo estado, como en el resto de los sarcófagos que conocemos, a no' ^ IHC 144; ÍCERV 292; ILCV 3100; CLE 1397.' "* En el repertorio de sarcófagos hispanos la cubierta de Ithacio es también insólita. Presenta, sin embargo, analogías con ejemplares del sur de las Galias y, en especial, con algunas piezas de los talleres de Rávena. Para los sarcófagos de Rávena, véase Bovini 1954y Lawrence 1970.' ^ Schlunk-Hauschild 1978: 138-139, fig. 30-31. ser que por esta cara hubiera estado adosada a un muro, hecho que parece poco posible, pues la disposición lógica del texto para ser leído hubiera sido, en tal caso, o bien escrito en sentido inverso al que ahora tiene o bien grabado horizontalmente, con líneas más largas. Está claro, pues, que lo que marca el fin de lo que se quiere hacer visible es el festón en zigzag que aparece en la parte inferior de la cara frontal. Por tanto, es difícil pensar que la pieza haya sido concebida como una tapa para reposar horizontalmente, sino más bien como una pieza para ser apoyada verticalmente sobre la cara inferior. A pesar de haber sido definida tipológicamente como una placa, es difícil que, por su forma, grosor y por el trabajo de las caras, estuviera destinada a ser encastrada en una estructura arquitectónica o en una tumba. Las placas se incrustaban en los sepulcros que estaban construidos habitualmente en cemento o barro, o bien con ladrillos. Por todo lo expresado es evidente que la pieza con su texto fue concebida para verse frontalmente y quizá apoyada sobre su base inferior adosada a un muro para aumentar su estabilidad, o bien empotrada hasta el inicio de las caras en vertiente decoradas. En el primer caso, podríamos pensar en una utilización como pie de altar; sin embargo, la propia forma lo desaconseja. En el segundo caso, tendría una función de simple cenotafio. PALEOGRAFIA Y O RDI NATI O Las letras, aunque de incisión bastante profunda, a primera vista no resultan extrañas a la escritura propia del siglo VII, pero los mismos tipos los encontramos también en la letra capital de siglos posteriores (viii, IX y x), documentcida tanto en piedra como en A pesar de que la paleografía, en la forma, no discrepa en su aspecto general -y en su conjunto-de otros epígrafes del siglo vil, sin embargo sí es clara la discordancia que presenta respecto a, precisamente, el epígrafe ya mencionado de Dos Hermanas (Sevilla), de m antistes Honoratus, atribuido al mismo personaje. Esta última inscripción, no sólo por su calidad en la incisión sino por la armonía en todo su conjunto resulta muy distinta y, desde luego, es evidente que se ha seguido un modelo o una minuta para su elaboración, mientras que esta pauta no se ha mantenido en la inscripción que nos ocupa. En la inscripción de Dos Hermanas la letra es uniforme, el espacio está compensado, tanto en las líneas como en los espacios interlineales, a diferencia de la de Sevilla, en donde en general la grabación está muy descuidada: letras de tipos distintos, líneas que empiezan a una altura y se graban saliéndose de la caja con que se inician, etc. No deja de ser curiosa también la disposición de la última línea, en la cual la terminación -nas (de minas) aparece prácticamente centrada respecto a la caja del texto. A lo largo de la inscripción existen dos tipos de interpunción. Por un lado, triángulos con el vértice hacia abajo tienen como misión separar palabras y. por otro lado, una interpunción en forma de coma al final de las líneas sirve en este caso para marcar el final de secuencias métricas. Este último tipo de interpunción aparece también en los códices, al final de las líneas (véase cod. Existen finalmente grafitos más recientes, como la cruz a la altura de la 1. 6, que, en cualquier caso, tiene que ser posterior a principios del siglo xix, porque no aparece en un dibujo (Biblioteca Colombina, Sevilla, sign. 11), y anterior a Hübner, que ya la vio. Respecto a la ordinatio, el texto guarda cierta alineación vertical en el margen derecho, mientras que, en el izquierdo, se sangran las líneas a distinta altura. La sangría es, en efecto, relativamente frecuente en las inscripciones, bien como mero recurso decorativo, bien, en los carmina epigraphica, como delimitación de la unidad métrica, especialmente en el pentámetro del dístico elegiaco. En cambio, aquí, también un carmen, con este recurso se separan unidades de sentido que se corresponden con los tres párrafos que relatan los momentos de la vida del personaje que se quieren resaltar (no consideraremos las dos primeras líneas, puesto que nos faltan por arriba). Se trata de un carmen funérarium aparentemente polimétrico'^ pero muy probablemente concebido en dísticos elegíacos, tal como veremos a continuación. El texto se distribuía en cuatro párrafos de los que, enteros, sólo quedan tres. El primero, que debería de contener al principio el nombre del difun-to, acaba con una alusión al reino de los cielos, un eco del reino feliz virgiliano que el difunto ya posee'^ La parte visible, por lo menos parcialmente, corresponde al pentámetro del primer dístico, al que, como hemos dicho, falta el hexámetro. El segundo párrafo, que contiene el segundo dístico, sin problemas métricos, narraría el tiempo que ha vivido el personaje, aunque la presencia del adverbio iam como refuerzo de la conjunción dum resulta semánticamente extraña, pues aludiría a un momento temporal posterior a la defunción que se contradiría con la idea durativa expresada por la cláusula dum vita maneret. Estas interpretaciones aparentemente contradictorias son igualmente viables en la medida en que la incorrección sintáctica de los períodos de este dístico deja una gran libertad interpretativa, por lo menos en el plano lingüístico. En efecto, la conocida cláusula virgiliana dum vita maneret'^, que debería servir para contextualizar alguna actividad o mérito del personaje en vida, no encaja en absoluto ni con el texto que le precede (iamque nouem lustris gaudens, sin duda la expresión de la edad del difunto) ni con el texto que le sigue (spiritus astra petit, corpus in urna iacet, una clara alusión al momento de su defunción y deposición). Probablemente el sentido del texto sería que vivió durante nueve lustros hasta que su espíritu alcanzó los astros y su cuerpo descansó en la urna ^^. La oposición que en los versos 5 y 6 se establece entre spiritus y corpus corresponde a un tópico bien documentado, ya presente en los carmina paganos y que arranca de la tradición platónica y pitagórica. El tercer párrafo puede considerarse un pseudosubscriptum totalmente prosaico que recoge una serie de precisiones cronológicas: el día de la muerte del personaje y la duración de su pontificado. Resulta muy curioso que estos datos no se consignen al final o al principio del carmen, sino insertos en el texto. Por otro lado, el texto en prosa no está exento de rarezas morfológicas, como la presencia del demostrativo anafórico de identidad idem, que, además de resultar pleonàstico, no presenta demasiados usos en la epigrafía tardía hispánica. La insistencia en la identidad del obispo no se justifica, pues no parece que se mencione en el carmen ningún otro personaje con quien pueda confundirse. La fórmula de datación sub die pridie, aunque incorrecta en la lengua clásica, tiene paralelos en la epigrafía cristiana de Hispânia, tanto para el uso no normativo de la preposición sub ^^, como para el pleonasmo die pridie, en el que el adverbio funciona prácticamente como un ordinal ^^ Por lo demás, la interpretación tradicional de la fórmula in honore como un juego paranomásico con el nombre del obispo, como ocurre en la inscripción de Dos Hermanas, no puede descartarse, pero tampoco es segura. Sigue al subscriptum un cuarto párrafo constituido por un pentámetro al que obviamente falta el IHC 65. Dibujo de F. X. Delgado, año 1822. hexámetro: non timet ostiles iam lapis (i)ste minas, verso tomado de Marcial ^' ^. Al margen de su contenido y de la ausencia del hexámetro correspondiente, la principal particularidad de este verso radica en la posible aféresis del demostrativo iste, favorecida por haplografía, y justificada por ultracorreccion, a pesar de la cual la / se computa métricamente, sin descartar tampoco la posibilidad de que se trate de un simple olvido del lapicida. Sin duda, lo más enigmático de este verso es su significado, pues no parece que se aluda aquí a una posible violación del sepulcro. En definitiva, nos hallamos ante una com-2' Fontaine 1959 (vol. 2 La elaboración de la obra por Román de la Higuera fue lenta y por ello circuló en un primer momento en copias manuscritas, objeto de numerosas interpolaciones. La primera edición se debe a fray Juan Calderón, de la orden de los Menores, que hizo imprimir, según una de las copias, el texto, el cual apareció en Zaragoza en 1619. ^^' Ofrecemos la traducción castellana del texto de Caro. En latín lo mantenemos en nota. -^ Hübner lo da como falso en IHC 16* y lo toma de Tamayo, indicando que está compuesto a partir de la de Sevilla. Señalemos también que en 1627, precisamente el mismo año de la publicación de las Additiones de Rodrigo Caro, aparece una edición, a cargo de Ramírez de Prado, del llamado Chronicon de Pseudo-Juliano, cuyo núm. 414 alude también al carmen Taionis. Después añade Caro: La tapa marmórea del sepulcro del propio Honorato estuvo durcutte mucho tiempo en Sevilla yaciendo entre los materiales de derribo de unos edificios, hasta que el ilustrísimo señor Benedicto Arias Montano -^, cultivador de las artes de Minerva y amante de toda la Antigüedad, se la llevó a su casa extrayéndola de entre los escombros, pero, nuevamente manchada por el olvido con el paso destructor del tiempo, Juan de Torres Alarcón, sevillano, de profesión teólogo y un ferviente recuperador de antigüedades, la condujo de nuevo a su bien fornida biblioteca, y allí, entre un gran surtido de códices antiguos, de volúmenes escogidos, de monedas y diplomas y otros ilustres documentos, que según se dice había recogido con gran gasto por su parte para la historia de su patria, la conserva, para que todos la vean y la lean. Los dos primeros versos (en el texto carmina) del epigrama desaparecieron al estar rota la piedra. Sin embargo tiene conservadas estas letras que yo, fielmente, he copiado ^^. ^^ Refiriéndose a su postura ante la falsificación de los plomos del Sacromonte, dice Godoy Alcántara (1981: 1 OV-IOS) que por indicación del rey llamó el arzobispo a Arias Montano, que residía en Sevilla. Excusóse de ir el afamado sabio alegando sus padecimientos, pero le recomendó gran prudencia y detenimiento, poniéndole delante los daños que resoluciones precipitadas en tales asuntos acarreaban a la Iglesia: El vidgo, le decía, (y Dios sabe dónde el límite del vulgo se detenía), el vulgo, amigo de novedades y materias de conversación, desea se autoricen tales cosas, más por tener que hablar que por mejorar su vida. Arias Montano, retirado de la vida activa y cansado de polémicas, si bien privadamente manifestaba su opinión conforme con la de los impugnadores, rehusó siempre tomar parte en pro o en contra, no bastando a sacarle de su neutralidad las vivas excitaciones que para atraérsele de uno y otro lado le dirigían. Así, pues, en el caso que nos ocupa, que una autoridad como Arias Montano legitime la autenticidad de la inscripción que en su casa se guardaba reviste, sin duda, una gran importancia. Román de la Higuera tenía, pues, el terreno despejado para sus invenciones. Hablando Godoy (1981: 131-132, nota 1) de la Historia eclesiástica de España escrita por Higuera, a lo que parece no editada, señala cómo también utiliza la autoridad de Antonio Agustín para legitimar la absolución de Atanasio, hecho que, según Higuera, ya relata Antonio Agustín en la Historia de los Concilios que nunca se imprimió. En cuanto al carmen atribuido a Tajón, hay que señalar primero que no se conserva en ninguna de sus obras, segundo que ninguna otra fuente menciona a Tajón como hermano de Honorato y, por último, que existen diferencias entre el epigrama atribuido a Tajón y la inscripción en piedra conservada, como ya constató Nicolás Antonio en una carta ^° dirigida a Martín Vázquez Siruela fechada en 16 de julio de 1658 y especificó también en su Bibliotheca Hispana Vetus ^\ Basta cotejar el carmen ^^ introductorio a los cinco libros de Sententiae que escribió Tajón con el que se le quiso atribuir, para percatarse no sólo de las divergencias estilísticas sino también del distinto dominio del nivel lingüístico. Comparando los dos textos de Honorato, el poema atribuido a Tajón está completo, con mención explícita en el primer hexámetro de Honorato como sucesor de Isidoro. Le sigue un pentámetro, en el que se alude a la ciudad que conserva sus ossa beata, Hispalis. Por otra parte, el uso del demostrativo illius es propio sobre todo de los primeros estadios romances. Sí coinciden plenamente ambos textos en el hexámetro siguiente, verso 3 del carmen de Tajón. En cambio, en el verso 4, la presencia de tenet contrasta con el verbo petit que se lee claramente en la piedra. El hexámetro del último dístico, que falta en la piedra, vita fuit melior lingua, sed lingua modesta, es un extraño tópico que parece aludir a la excelencia de vida del difunto y a su modesta elo- cuencia. Quizá quiera expresar su santidad a través de la obra más que de la palabra. En los CLE no se encuentran paralelos de este símil. Por último, el subscriptum se ha colocado tras el poema, como es preceptivo, y el pentámetro ha vuelto a su sitio, aunque ahora no tenemos un locus parallelus de Marcial sino la cláusula nui%c ovat, hostiles nec timet Ule minas. Tras haber copiado el texto de la inscripción añade Caro en los folios 233v. y 234r.: Así, pues, por este antiquísimo epigrama tienes un testimonio evidente de la veracidad y solidez de nuestros fragmentos, los cuales, si no se apoyaran en otro lugar, por sí mismos (ya) alejarían {amoveret quizá por amoverent, sin marca de abreviatura; de no ser así el texto no se entiende) cualquier tipo de sospecha de impostura, y los justos peritos de la antigüedad sabrán juzgar en cuánto hay que valorarlos. Gracias a él (a este testimonio) alejaremos definitivamente la injuria causada a la santa iglesia hispalense suffecto Theodisclo, Sanctissimo Praesuli Isidoro (quizá signifique reemplazado Teodisclo ^\ al santísimo obispo Isidoro, es decir, eliminando a Teodisclo como sucesor del santo obispo Isidoro, aunque la sintaxis es muy extraña). Y aunque los autores hispanos y extranjeros discrepen entre sí acerca del año de la muerte de Isidoro, atribuyo, tras un cálculo segurísimo, que acaeció en el año 636 d.C, que cayó, como es de esperar, en la era 674. Así lo testifican Redempto, discípulo de Isidoro que estuvo presente, y el códice aquel de Nicolás Faber ^^, donde se recogen los epitafios de los santos hermanos Leandro, Isidoro y Florentina, aunque en éste, por lo que atañe al óbito de Leandro, se ha escrito incorrectamente la era 641, cuando murió en la era 633, pero el día de la muerte de Isidoro fue la víspera de las nonas de abril, eti la era 674. Además, a partir del mismo Redempto se comprueba fácilmente que el año correcto de la muerte de Isidoro fue el mismo 636. En efecto, él presenta a Isidoro, cuatro días antes de morir, hablando así al pueblo: «así, como el agua de una fuente sagrada, que hoy el pueblo devoto se dispone a recibir, sea para vosotros en remisión de los pecados, y que este beso permanezca entre nosotros como testimonio de las cosas futuras. Acabadas estas acciones, se retiró a su celda: y al cuarto día después de la confesión y de la penitencia, consu-^^ De él Godoy afirma (1981: 194) Caro se reafirmará en su postura de defensa de la autenticidad de los versos de Tajón en su obra Antigüedades y Principado de la ilustríssima ciudad de Sevilla ^'^, escrita siete años después, donde insiste en el hecho de que la aparición de la piedra sepulcral del obispo Honorato demuestra la antigüedad del culto en la sede sevillana, con anterioridad a la invasión musulmana. Ya antes, en 1630 (tres años después de que en los Fragmenta del Cronicón de Máximo se editara el epigrama de Tajón que excluía completamente a Teodisclo de la silla episcopal sevillana gracias a un carmen sépulcrale y a su materialización en un mármol que se hallaba por aquel entonces en la biblioteca del ilustre Juan de Torres, teólogo de Sevilla), se hace sin embargo de nuevo necesario legitimar la autenticidad de esta inscripción. Como consecuencia de ello y para dar fe de la lápida se edita un opúsculo dedicado a Gaspar de Guzman, conde de Olivares, escrito por Francisco Fernández Bertrán, abad de la iglesia colegial de este condado, tras haber celebrado una reunión con otros doctores; entre ellos no faltó Rodrigo Caro. La obra lleva un elocuente título que hace hincapié en la identidad del personaje y en el lugar del hallazgo (Comprobación de la piedra sepulcral del venerable Honorato sucessor del glorioso doctor S. Isidoro arçobispos de la S. Iglesia Cathredal, y Metropolitana de Sevilla, hallada en un fundamento de los Reales Alcaçares della) y va precedida por una cita de Paulo Orosio que es un elogio de la lux veritatis ^^. Ya en las primeras líneas de su introducción resultan sorprendentes las divergencias entre las noticias del hallazgo proporcionadas por Caro en sus Additiones a la Crónica de Dextro y las que aquí se ofrecen. Arias Montano ha desaparecido en el historial de esta pieza. Fernández Bertrán cuenta que en muchísimas ocasiones había visto y leído una piedra que parecia sepulcro de prelado en los Alcáceres. Se trataba de una inscripción a quien faltava un pedaço, con el titulo y nombre, la cual -añade-estuvo en el patio segundo, como se entra por la Montería, arrimada al quarto del Rey D. Pedro ^^. En la declaración en latín que sirve de comprobación, situada al final del opúsculo, se precisa que Fernández Bertrán había visto esta inscripción desde 1592 en adelante'^°. Mientras que Caro afirmaba que fue Arias Montano quien halló la pieza entre unos materiales de derribo de unos edificios que no concreta, Fernández Bertrán cuenta que, tras preguntar a unos oficiales del Alcázar de dónde había salido la piedra y si por casualidad había otro fragmento, supo que la inscripción había aparecido mucho tiempo atrás en un fundamento del Alcázar y que no habían visto otro fragmento. Como no se explicaba cómo podía haber aparecido en los fundamentos del Alcázar una lápida que correspondía a un obispo quizá de Hispalis, un anciano respondió diciendo que no era extraño, pues, cuando se empezó a edificar la catedral (...), muchas lápidas, instrumentos o cosas del lugar (...) fueron llevados de la antigua iglesia al Alcázar para su aprovechamiento o restauración'^K Según este autor, en el año 1604 Diego Núñez Pérez, alcaide y veinticuatro de la ciudad de Sevilla, hizo que se llevara a su casa la lápida, de donde corrió otras fortunas ^~ hasta que la llevó a la suya el doctor Juan de Torres y Alarcón, presbítero y teólogo hispalense, perito en antigüedades, quien identificó la piedra que parecía de prelado con la inscripción sepulcral íntegra del obispo Honorato escrita por Tajón, que había encontrado in Flavii Lucii Dextri, M. Maximi et aliorum ^'^, es decir, precisamente los que editó Caro en 1627. Fernández Bertrán además insiste en constatar que, estando en'"^ Op. cit., f. Madrid, había tenido la ocasión de leer el carmen de Tajón, el cual relacionó, sin dudarlo, con aquella piedra que tantas veces había visto en el Alcázar. De todas las diferencias que hemos comentado más arriba entre ambos textos, la única que llama la atención a Bertrán es la ausencia en la piedra del tercer hexámetro, afirmando que quizá el ejecutor del testamento del obispo o bien el encargado de las pompas fúnebres lo omitiera por ser su contenido poco adecuado a una laudatio funebris (vita fuit melior lingua, sed lingua modesta). Concluye la comprobación de la piedra haciendo una identificación histórica de los personajes en cuestión: por un lado, Honorato, que suscribe el concilio sexto de Toledo, santísimo sucesor de san Isidoro, quien presidió y suscribió el cuarto; por otro. Tajón, quien estuvo en el octavo y fue enviado por el séptimo a Roma para buscar el libro de los Moralia del santo papa Gregorio, perdido en Hispânia, que encontró en la iglesia de San Pedro tras haber tenido una visión milagrosa. Se regocija además Fernández Bertrán de que los hispanos, que, de manera parecida, habían perdido parte de la obra de Dextro y sus socii, la hayan encontrado y comprobado con la intervención, según parece, del propio Tajón 44. Antes de firmar la declaración, insiste en que ya en 1624, cuando hacía prácticamente veinte años que no veía la inscripción, anotó una versión resumida de estas conclusiones en el margen de un ejemplar de la Crónica de Dextro y Máximo que se conservaba en Madrid en la Biblioteca del Conde Duque. Esta última observación podría resultar algo sorprendente si no fuera porque sabemos que circulaba el rumor de que la piedra de Honorato había aparecido con posterioridad al carmen Taionis, rumor que ni siquiera podrá acallar la publicación del opúsculo de Fernández Bertrán' ^^. De todos modos, en la discusión acerca de la autenticidad de uno u otro texto se acabará imponiendo una nueva opinión defendida por Nicolás Antonio' ^^, que invertía el proceso: lo falso es el tex-44 Op. cit., f. Insuper, non omnino conveniunt epitaphium hocce lapidi insculptum in iis quae legi possunt, et epitaphium quod Taioni tribuitur, quod (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ to transmitido literariamente, fabricado por alguien que, tras haber visto el carmen grabado en la piedra, habría suplido las lagunas existentes y lo habría reelaborado de tal modo que pareciera un epitafio del obispo sevillano escrito por Tajón'^\ A partir de Nicolás Antonio, no se vuelve a poner en duda la autenticidad de la inscripción y, o bien no se menciona en absoluto el supuesto carmen de Tajón o bien, retomando la vía abierta por este estudioso y sirviéndose también de algunos elementos de crítica textual a partir de las divergencias entre ambos textos, se denuncia la impostura de quienes en nombre de Tajón dieron completo y divergente el epigrama de Honorato. En esta última línea se sitúa la opinión de Flórez' ^^, nunca puesta en entredicho por los investigadores que se han ocupado tanto de la inscripción como del personaje hasta la actualidad. Solamente dos nuevas alusiones al mármol de Honorato nos permiten sospechar que los testimonios sobre este personaje seguían abriendo interrogantes. Cronológicamente la primera se debe al padre J. Cevallos ^"^ y está en una carta a G. Mayans fechada en 21 de marzo de 1752, donde le pide opinión sobre si la inscripción que se dice ser de Honorato, lo'^'^ Es cierto que algunos de los motivos temáticos del epigrama de Honorato atribuido a Tajón parecen inspirarse en el carmen escrito por Tajón como introducción a sus Sententiae. Véanse al respecto en nota 32 términos como regnum conferre beatis, y sobre todo sublimis anima, conscende ad regia coeli, que podrían ponerse en relación, respectivamente, con ossa beata tenet y, sobre todo, con spiritus astra tenet. La segunda alusión es una simple pregunta que se hace Schlunk en sus schedae manuscritas ^', en las que anota al pie de una foto (véase fíg. Sicher Original? era la pregunta que se formulaba Schlunk, quien seguramente no se dio cuenta de una curiosa coincidencia: un códice del siglo xiv nos ha transmitido un texto de Vercelli que estuvo grabado en la tumba de un obispo llamado Honorato, sucesor de S. Eusebio (t 371). En aquel entonces la inscripción se hallaba colocada en un sarcófago situado en el altar de la Virgen. En 1581 se descubrieron en la basílica de S. Eusebio cuatro sarcófagos de mármol y uno de ellos se dijo, por parte de algunos, que era el de Las similitudes con el carmen sevillano de Honorato son tan evidentes que es imposible no ponerlos en relación. No podemos calcular el impacto que pudo tener el descubrimiento de las tumbas de Vercelli y cómo podrían haberse difundido los textos, pero tanto el carmen Taionis como el carmen sevillano parecen dejar clara la fuente de inspiración. En efecto, si comparamos los tres textos, los paralelismos afectan tanto a la forma como al conte-^' Conservadas en el Centro CIL II. Según Picard, las dos partes estaban dispuestas una al lado de otra sobre la tapa de la sepultura o en la fachada del sarcófago, o bien una en la tapa y otra en la fachada. Montfaucon, a finales del siglo xvii, ya sólo vio la segunda parte de la inscripción. nido y, si fijamos nuestra atención especialmente en los dos textos de transmisión manuscrita, veremos además un tratamiento muy similar de los personajes y de la relación que entre ellos se establece. En el plano formal, cabe señalar no sólo que todos los carmina están escritos en dísticos elegiacos, sino que las concomitancias léxicas son demasiado abundantes para ser fruto simplemente de la casualidad. Baste señalar expresiones y cláusulas del tipo Pontificis sancii cineres tenet Honorati arca (1. 12) de los textos de Vercelli para establecer una dependencia casi necesaria con el léxico que aparece en los carmina de Sevilla: ossa beata tenet, spiritus astra tenet, corpus in urna iacet, en el caso del carmen Taionis, y communi sede beata tenes, spiritus astra petit, corpus in urna iacet, en el caso del carmen conservado en piedra. Más allá de un uso de tópicos literarios bien conocidos y que ya hemos analizado, los loci similes léxicos están fuera de cualquier duda. Desde el punto de vista conceptual, no podemos pasar por alto que los carmina de Vercelli son claramente conmemorativos y, por lo tanto, no pueden considerarse epitafios, pero ya señalábamos que el carácter híbrido de nuestros textos hispalenses constituye una singularidad que los deja a medio camino entre el elogio y el epitafio. Desde este punto de vista, compartirían aspectos temáticos, pero quizá no funcionales. El más evidente, sin duda alguna, es el tratamiento de la dicotomía cielo / tierra y cuerpo /espíritu, además de la reelaboración cristiana de los felices reinos virgilianos, elementos todos ellos bien reflejados en el léxico común a los tres textos. El «espíritu» de los dos carmina conservados en códice es también el mismo. Ambos obispos no sólo comparten el nombre, sino también la gloria de ser sucesores de prelados ilustres, cuya vida y obra forman merecida parte de la historia eclesiástica y literaria. En efecto, Honorato de Vercelli es presentado como sucesor de San Eusebio ^^, insistiendo el carmen en la relación que se establece entre ellos {hunc sanctum docuit nutrivit pastor alumnus egregius martyr presul et Eusebius / discipulus carus et socius pariter / ambo fide digni meritis et nomine patres I terris ac celo coniunctus ubique magistro Eusebio consors hic Honoratus adest). Lo mismo ocurre con Honorato de Sevilla, que tiene el honor de suceder también a un personaje «ilustrado» {praesul Honoratus successerat hic Isidoro). No insistiremos más en todas estas «casualidades». Si el culto de Honorato en Vercelli data, según Picard ^^ de finales del siglo x o principios del xi y el propio texto no se transmite antes del xiv, cuesta creer que carmina epigraphica similares se encuentren en Hispânia ya en el siglo vii. V. REINTERPRETACION DEL TITULUS Recapitulando, quisiéramos enumerar una serie de puntos que convierten la inscripción de Sevilla atribuida a Honorato en un documento plagado de dudas cuya fiabilidad no puede mantenerse en el estado actual de conocimientos. Las singularidades del soporte que ya se han comentado impiden, de momento, explicar satisfactoriamente su funcionalidad y su cronología, pues combinan elementos técnicos y decorativos anacrónicos entre sí y respecto a la cronología de Honorato. La paleografía tampoco es exclusiva de la época en que vivió el obispo y muchas de sus características se hallan sobre todo en inscripciones y códices mozárabes. La ordinatio es más habitual en los códices que en los tituli. También las singularidades del texto lo convierten en un poema de difícil clasificación y con problemas sin resolver que afectan tanto a la forma como al contenido y que no permiten extraer con seguridad ninguna conclusión cronológica. Por último, tanto los datos del hallazgo del mármol de Honorato como la trayectoria histórica de las fuentes documentales a las que se recurrió para relacionarlo con dicho obispo son elementos decisivos para reafirmarnos en que todas las dudas planteadas por el soporte, la paleografía, la ordinatio y el texto no eran ni son infundadas. Nada parece casual y La aparición en los Fragmenta añadidos al Cronicón de Máximo, apócrifo compuesto por Román de la Higuera ^^ en la transición del siglo xvi al xvii, de un carmen atribuido a Tajón, que sirve para legitimar tanto el Cronicón como el sepulcro del obispo Honorato sucesor de Isidoro; el carácter espurio del carmen supuestamente escrito por el obispo de Zaragoza Tajón, ficción indudable; las contradicciones y peripecias que rodean el hallazgo y que no son exclusivas de esta pieza -pues una historia similar refiere Villanueva ^'^ en relación con el descubrimiento a fines del siglo xvi de la inscripción de Santa María de la Catedral de Toledo ^^-... Todo ello se explicaría en el ambiente cultural, religioso y político de principios del xvii, en plena Contrarreforma. Sólo con la lectura de los textos de Caro o Bertrán se percibe perfectamente la atmósfera que se respiraba al inicio de dicho siglo en la capital andaluza, al igual que en otros lugares de España. El fervor popular estaba ansioso de descubrimientos de reliquias, de milagros y de todo tipo de profecías. Cualquier cosa que sirviera para exaltar la fe era bienvenida. En este marco reaccionario, se producen algunas de las falsificaciones más célebres de la historia de España, como los plomos del Sacromonte ^^ o los cronicones, plagados de invenciones de reliquias o reivindicaciones de santos acompañadas siempre, con tal de legitimar los hechos, de grandes prodigios reveladores. A esto se añade la necesidad de probar la antigüedad de los emplazamientos de las catedrales o iglesias principales, y, en consecuencia, de sus mártires, santos y obispos. Se trataba, en definitiva, de insistir en que, antes de la presencia musulmana, aquellos lugares ya eran sagrados y que habían desempeñado una función muy destacada en la historia eclesiástica del reino visigodo. En este sentido, es especialmente relevante el resurgimiento de antiguas polémicas sobre las primacías episcopales. Una de ellas, que arranca de la crónica de Lucas de Tuy, del siglo xii, pretendía, como hemos indicado, que Toledo había ^^ Ya Godoy Alcántara, en su Historia de los falsos cronicones, del año 1868, ofreció una síntesis razonada de toda la obra apócrifa del Padre Jerónimo Román de la Higuera, el famoso jesuíta del siglo xvi, autor de tantas ficciones. Señalemos también la denuncia de los falsos cronicones llevada a cabo por Nicolás Antonio en su obra Censura de historias fabulosas, publicada postumamente en Valencia en 1742. ^'^ Para los falsos del Sacromonte de Granada, cf. Caro Baroja 1992: 115-158 y Godoy 1981: 44-128. arrebatado a Sevilla este privilegio, como consecuencia de la actuación infame de uno de los obispos hispalenses, Teodisclo, un griego hereje, experto en lenguas, que el Tudense consideraba sucesor de Isidoro. De ahí la maldición que R. Caro dirige no sólo a este hereje sino a todos aquellos que pretenden mantenerlo en su silla, mancillando así a la santa Iglesia de Hispalis. El epígrafe atribuido a Honorato venía a arreglar una situación desesperada, en la medida en que, por sus menciones cronológicas, desterraba para siempre la posibilidad de que Teodisclo hubiera ocupado la sede sevillana tras la muerte de Isidoro. Si nos detenemos un momento en el análisis del contenido, no sólo de la inscripción conservada en piedra sino del carmen Taionis, en sus líneas podría subyacer alguna alusión a esta polémica {vita fuit melior lingua, sed lingua modesta; non timet ostiles iam lapis ste minas; nunc ovat hostiles nec timet Ule minas). Paralelamente a este fenómeno religioso, Sevilla se había convertido, gracias a la personalidad del Conde Duque, en la receptora por excelencia de todo lo clásico. La recuperación de manuscritos, las ediciones de textos antiguos, el interés por nuevos descubrimientos arqueológicos y por el coleccionismo dan buena prueba de ello. No es imposible que, en un ambiente donde la circulación de antigüedades en los círculos eruditos era algo cotidiano, pudiera concebirse un fraude materializándolo en un soporte de aspecto antiguo, hipótesis que creemos no poder descartar después del análisis que hemos llevado a cabo ^^. El verdadero problema radica en poder situar en qué momento es concebida la pieza, en la medida en que las incoherencias cronológicas de los distintos elementos descartan una datación sincrónica a la vida de Honorato, en torno al 638, año de celebración del VI Concilio de Toledo que él suscribe. Si nos atenemos estrictamente a las características materiales, propondríamos que en época mozárabe se pudo reaprovechar un elemento arquitectónico antiguo para honrar la memoria de un obispo. Esto lo aconsejan sobre todo la talla plana y la paleografía. Pero en contra de esta datación estarían la forma y función del soporte, así como los motivos decorativos de la parte inferior, que nos llevan a una cronología moderna con la que sí se avienen plenamente las razones historiográficas y sobre todo el año del descubrimiento de los sepulcros de Vercelli. Q|.J.^ parte, el fenómeno de la falsificación epigráfica es una práctica muy difundida en la cronología en la que nos movemos. CARMINA PARA HONORATO, OBISPO DE HíSPALÍS
Este estudio, presentado a modo de noticia, es el resultado del hallazgo de unos fragmentos de pintura mural romana en unas excavaciones de la ciudad de Cartagena que pueden encuadrarse en el I estilo pompeyano (finales del siglo ii a.C.)-Su esquema decorativo consiste en una imitación en estuco de hiladas de aparejo de mármol almohadillado o más comúnmente denominado como aparejo isódomo, cuya finalidad no es únicamente funcional o destinada a tapar los diferentes materiales empleados en la construcción, sino también ornamental y asociada a conceptos como gravitas y mos maiorum. En los refugios de la Muralla de Carlos III, junto con una gran cantidad de material obtenido de las distintas excavaciones realizadas en el casco urbano de la ciudad de Cartagena \ hemos identificado un conjunto de 175 fragmentos de pintura mural romana, cuyo esquema decorativo corresponde a lo que se ha dado en denominar como I estilo pompeyano ^.' Francisco de Cáscales: Discurso de la Ciudad de Cartagena y dirigido a la misma, Valencia, 1598, capítulos 4, 6 y 7, especialmente cuando se refiere a: «... grandísimos fragmentos de edificios...». Fray Gerónimo Hurtado: «Descripción de Cartagena». Actas capitulares y memoriales del siglo XVI, 1582. Este autor, a su vez, se basa en una fuente clásica tan importante como la de Vitruvio, De Architectura: VII, 5, 1-3 «... crustarum marmorearum...». Este hallazgo tiene una enorme importancia, tanto por su singularidad como por su decoración y antigüedad, ya que hasta ahora disponíamos de muy pocos ejemplos del más antiguo sistema decorativo de época romano-republicana, localizados en la zona noroeste de la Península Ibérica, concretamente en los conjuntos murales de Contrebia Belaisca (Botorrita, Zaragoza), de Caminreal ^ y de Azaila en la provincia de Teruel ^. Los restos de pintura mural pertenecen a una serie de prospecciones y excavaciones que se realizaron entre 1989 ^ y 1991 ^, que tenían como objetivo la delimitación del área arqueológica del anfiteatro romano. La situación de esta gran explanada de 2.500 mde superficie donde se localizan los restos, comprendida entre la ladera este del Castillo de la Concepción y el promontorio de Despeñaperros, es el resultado de una paulatina colmatación desde época antigua de una pequeña vaguada localizada entre ambos cerros. En consecuencia, el principal problema que se plantea al realizar el estudio de estas pinturas, no es sólo el estado extremadamente fragmentario de éstas, sino también el hecho de que toda esta zona haya sufrido continuas remociones de tierra con el objeto de construir sucesivas edificaciones, inclusive la realizada entre 1770 y 1790 de la muralla de la ciudad, por lo que el contexto arqueológico podría resultar inseguro. En las líneas que siguen incluimos las piezas más significativas atendiendo a sus características técnicas y decorativas, pues son éstas las que con sus peculiaridades nos conducen a la hipotética restitución de parte de la zona superior de la pared que aparece representada a escala mayor en la figura 1 y a resolver los problemas de reconstrucción \ Sí podemos adelantar que se trata de una decoración consistente en hiladas de sillares estucados en distintos colores a imitación del aparejo isódomo. El estado de conservación de los fragmentos es bastante mediocre, ya que éstos no aparecieron adheridos a sus muros originales, sino que se localizaron mezclados en un nivel de relleno junto a otros materiales cerámicos, e inclusive a decoraciones de época posterior que nos atreveríamos a encuadrar en un III estilo ^ Las piezas conservadas están muy erosionadas y, en ocasiones, es difícil observar su decoración con claridad, pues las sales o carbonatos impiden apreciar motivos como la imitación de las vetas de mármol que presenta uno de los sillares. A esto hemos de sumar que, en la mayoría de los fragmentos, no se ha conservado la totalidad de las capas de mortero. El sistema de sujeción de este conjunto lo hemos generalizado al total de las piezas, basándonos en su ^ En lo que a la pintura mural se refiere, evitaremos reiteraciones excesivas, hecho que por otra parte resultaría largo y tedioso en un trabajo como éste, que presentamos a modo de noticia de máximo interés. Por tanto, no analizaremos cada uno de los fragmentos, pues sus características técnicas y su descripción detallada se incluyen en nuestra tesis doctoral titulada «Pintura mural romana en Carthago-Nova y su entorno» y que será defendida en breve. ^ La actuación arqueológica se llevó a cabo mediante el sistema de excavación en extensión y con la ayuda de la ficha Harris. Así, podemos enumerar las distintas unidades estratigráficas que presentan restos de estas decoraciones del I estilo pompeyano: -Sector 1, F-12.U.E.: 1003: restos de pavimentos y recubrimientos en mortero revestido. conservación en algunos de los fragmentos estudiados. Éste consiste en el típico reverso en espiga en forma de V o «v» invertida. El grosor del mortero de la mayoría de estas piezas no es muy considerable ^. Esto, junto al pequeño tamaño de los fragmentos y a su esquema decorativo, nos permite adscribirlos a la zona superior de la pared, pudiendo precisar, inclusive, cuáles de ellos pertenecen a la misma secuencia decorativa, puesto que tenemos el nexo de unión de algunas de las bandas que encuadran los aparejos (fig. 1). Otro de los apartados a tener en cuenta es el de la superficie pictórica. Atendiendo a la variedad marmórea, los colores que se han aplicado en la superficie del enlucido son el verde, rojo, amarillo y negro'°, colores que igualmente se repiten en ciudades italianas como Milán' ^ y Rímini'^. Por su parte, los márgenes presentan un color diferente' ^ con el objeto de lograr un contraste respecto al color del bloque y reforzar así los efectos de riqueza dados por esta arquitectura fictícea colocada sobre la real ^^. Esta decoración fue realizada con la técnica al fresco, a excepción de uno de los bloques en relieve que representa la imitación de un mármol veteado a base de formas ovoide y trapezoidales sobre fondo amarillo'-\ donde el color no aparece bien fijado debido a que el enlucido no debía conservarse ya húmedo en el momento de ejecución. No apreciamos trazos preparatorios; sin embargo, observamos cómo el relieve se consigue a través de la alternancia de pigmentos así como el rehundi-^ -1.^ capa: 0,3 y 0,5 cm de enlucido blanco y textura muy homogénea, que equivale al relieve real que representa el almohadillado. Algunos fragmentos localizados en la U.E. 2109 presentan esta primera capa de mortero blanca sin pintar pero bien pulida. -2.^ capa 0,7 cm árido color grisáceo que en alguno de los fragmentos presenta restos de pigmento verde o rojo. -3." capa: 0,9-1,1 cm de grosor conservado con reverso en espiga. Árido de color marrón-grisáceo con piedrecitas de diámetro mediano. En bastantes ocasiones nos encontramos con fragmentos que presentan en esta última capa corpúsculos de cal que reaccionan ante el agua, paja troceada y restos de un color amarillo como el de do de las bandas pintadas de encuadramiento de los sillares'^. El punto o nexo de unión entre éstas se presenta en la superficie como una marca pintada en color blanco y también rehundida, pero en esta ocasión realizada con un instrumento punzante. En lo que respecta a esta alternancia de relieve e incisión, F. Wirth proponía en 1931 que la decoración estucada abarcaba dos monumentos y que la sucesión tipológica ocultaba una sucesión cronológica •^. De esta manera, primero habría una decoración lisa y pintada, mientras que los estucos en relieve habrían hecho su aparición en un momento posterior. Sin embargo, tras las investigaciones de Robinson en la Casa de los Numerosos Colores, de demostró la existencia de éstos ya en la primera mitad del siglo iv a.C. En la parte superior de la figura 1 representamos Únicamente la zona de la pared de la que conservamos fragmentos de pintura mural; el resto de ésta podría asimilarse a la restitución hipotética que aparece en la parte inferior y que corresponde a un modelo típicamente pompeyano. Con letra mayúscula hemos denominado la inicial del color que presenta la imitación de sillares almohadillados que aparecen en relieve, y con letra minúscula, la correspondiente al color que presentan las bandas rehundidas que son las que encuadran el sillar a modo de crustae marmóreos. El análisis estilístico de esta decoración nos confirma la imitación de mármoles preciosos de distintos tipos, es decir, completamente lisos o veteados y en relieve real'^ con la forma de sillares almohadillados, propios del I estilo pompeyano a fm de fi-' *^ La única imitación de mármol veteado gue aparece en la decoración podría representar una brecha. Esta aparece ya representada en Atenas y posteriormente en las fauces de la casa del Fauno. gurar una arquitectura en lugar de construirla'^. Este podría denominarse como la versión italiana de un estilo propio del período helenístico -°, pues, a partir de un vocabulario común de esta decoración mural de influencia griega, los talleres itálicos desarrollaron nuevos tipos que intentaban trasladar la decoración de la mampostería o arquitectura monumental a la decoración interior. Esto se conseguía con la imitación del aparejo griego o isódomo en relieve, asimilándose a una estructura almohadillada ^^ Algunos autores muestran preferencia por este estilo cuya decoración presenta una estrecha relación con la arquitectura, pues expresa la verdad arquitectónica y parece ser un estilo de arquitectos más que de pintores ^^. Desde principios de siglo se ha observado lo inadecuado del término I estilo pompeyano para designar ciertas pinturas murales, pues no es un estilo que se observe únicamente en Pompeya ^^ Tras las controversias surgidas después de la definición de A. Mau ^' ^, actualmente podemos distinguir el estilo estructural griego para la zona oriental y el I estilo pompeyano para la zona occidental o italiana. Las diferencias entre ambos son importantes, pero debido al escaso número de fragmentos de que disponemos, podemos decir que la principal se centra en la proporción y disposición de los elementos. De esta manera, y en lo que respecta a la parte de la pared de la que estamos tratando, sabemos que en el primero, representado principalmente en Délos ^^, la parte superior se caracteriza por una larga banda continua formada por un friso de figuras o de rectángulos encuadrados en un sistema de molduras; mientras que en Pompeya ^^, cuyos principales ejemplos son la Casa de Salustio ^'^ y la Casa del Desconocemos la forma y las dimensiones exactas de los sillares almohadillados; no obstante, conservamos algunos fragmentos que representan las esquinas de éstos ^^ y que nos conducen a una forma rectangular y a unas medidas aproximadas de 60 cm de largo para cada sillar, que podrían corresponder probablemente al equivalente de dos pies romanos"^'. En la restitución hipotética, únicamente hemos podido reconstruir una secuencia de dos hiladas continuas de imitación de sillares iguales y alternos de color, que representan, como hemos dicho en anteriores líneas, la zona superior de una pared. Sin embargo, poseemos un número considerable de cornisas molduradas ^^ que nos podrían indicar la presencia de más estancias, sin que tengamos fragmentos suficientes para realizar su restitución. Los fragmentos más numerosos pertenecerían a la cornisa proyectada que se superpone a la zona superior y que se situaría en la parte alta de la pared. Este estuco moldurado presenta la típica decoración denticulada, conseguida a través del color rojo, imitando las cornisas reales realizadas en piedra y características del orden jónico. El hecho de que sean fragmentos de muy pequeño tamaño y que no conserven protuberancias o irregularidrdes en su sistema de sujeción, nos conduce a descartar el zócalo como una posible zona de ubicación. Por el contrario, su escaso grosor de mortero y el hecho de su reverso en espiga, nos indica una posible localización en la parte alta de la pared, es decir, en la zona superior. Esto confirma que los muros que soportaron las pinturas comprenderían un zócalo de piedra hasta una altura considerable y un recrecimiento de adobe que necesitaría de ese reverso para una mejor adherencia de las capas de mortero. Igualmente, el hallazgo de fragmentos clave como las esquinas y los nexos de unión entre los distintos sillares nos lleva a pensar en pinturas que pertenecerían posiblemente a una única pared, en donde los elementos sustentâtes se resaltan de los sustentados mediante el relieve y la alternancia de la bicromía. Por otra parte, si nuestra reconstrucción es acertada y la cornisa que hemos propuesto para la zona superior es correcta, estaríamos aceptando la influencia de un estilo puramente pompeyano en esta área, pues el adorno denticulado del que hablábamos no es popular en las versiones del Este, es decir, en el estilo estructural griego "^^ Finalmente, el hallazgo de estas pinturas en la ciudad de Carthago-Nova permite detectar la presencia de artesanos de origen suritálico, cuya producción es de influencia claramente pompeyana como podemos observar tras el estudio del sistema compositivo de estos fragmentos exhumados en la Plaza del Hospital, hecho del que ya teníamos constancia a través de la epigrafía principalmente. A esto hemos de añadir que las únicas diferencias que pueden encontrarse entre el esquema decorativo de la PINTURAS MURALES DEL I ESTILO POMPEYANO EN CARTAGENA
Una inscripción funeraria romana hallada en Augusta Emerita (Mérida, España) menciona los nombres de dos centuriones de la legio VII Gemina. En este artículo se analizan diversas cuestiones, como el intento de identificación de ambos centuriones (bastante segura en uno de los casos), su procedencia geográfica y su presencia en la colonia como miembros del ojficium del gobernador de Lusitânia. El epígrafe puede datarse en la segunda mitad del s. ii d.C. El 16 de noviembre de 1997 ingresaba en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida una singular lápida romana en la que aparecen mencionados dos centuriones legionarios. Fue donada por D. Manuel León Gil, conocido industrial de la ciudad, quien ya había entregado en otras ocasiones diversas piezas arqueológicas para aumentar los fondos del museo. La inscripción en cuestión fue hallada durante la realización de unas obras de cimentación, hace aproximadamente cinco años, en un solar de la calle Travesía de Cervantes, en la zona nordeste de la ciudad actual. El hallazgo permaneció en el anonimato durante varios años, hasta que el mencionado industrial se propuso la labor de recomponer y limpiar la lápida y, consciente del posible valor histórico de la misma, la ofreció en donación libre al Ministerio de Educación y Cultura, pasando a formar parte de la Colección Estable del Museo Nacional de Arte Romano con el N° Inv. 36788 \ El epígrafe, de carácter funerario, debió pertenecer a una tumba localizada en la necrópolis que se extendía a las afueras de la Puerta de la Villa (el final del cardo maximus), al norte del recinto urbano de la colonia, y que llegaba hasta los terrenos hoy ocupados por la estación de ferrocarril, alcanzando prácticamente el arroyo Albarregas y formando una amplia zona de enterramientos que alcanzó su apogeo en época tardía, debido a las sepulturas que se prodigaron en torno al túmulo de Eulalia y a la cercana basílica dedicada a la mártir emeritense. No conocemos ningún dato sobre el contexto arqueológico en el que apareció la pieza o las estructuras y los materiales asociados con ella, excepto que en el mismo lugar de su hallazgo se encontró una pilastra hermaica también funeraria con la mención de un tibicen. Por otra parte, no hay ningún punto en común entre ambas inscripciones, siendo muy diferentes en morfología, cronología y contenido^. DESCRIPCIÓN, TEXTO, ONOMÁSTICA Y CRONOLOGÍA La lápida, una placa rectangular de mármol blanco amarillento, posiblemente de las canteras portuguesas de Estremoz, se encuentra dividida en tres fragmentos (fig. 1): dos grandes, que coinciden con una fractura central, y otro más pequeño en la zona superior izquierda, faltando otro trozo que ocuparía la parte central del lado superior, aproximadamente un 15 % del total del epígrafe, que sin embargo no afecta de forma importante a su lectura. Este, con moldura en talón, tiene unas dimensiones máximas de 0,85 m de longitud, 0,63 m de altura y 0,08 m de grosor, y acoge un Campo epigráfico de 0,67 m x 0,47 m, con la inscripción desarrollada en siete líneas. Las letras tienen una altura uniforme (5 cm), excepto en la penúltima línea, donde sólo alcanzan los 4,7 cm, y la lín. 7 con 3,9 cm. Muy cerca de los extremos de la parte superior derecha e izquierda existen sendas cajas (4 x 2,5 x 7 cm) para las grapas que sujetaban la pieza al monumento funerario. El texto que presenta el epígrafe es el siguiente: La letra es capital cuadrada, siendo ligeramente irregular en su ejecución, ya que casi todos los trazos verticales presentan un ductus bien marcado, mientras que los restantes son mucho más finos. 6 y presenta interpunciones triangulares. La ordinano está bien cuidada. A pesar del fragmento que falta, las restituciones no crean excesivas complicaciones. El nomen del individuo es claramente Valerius, sin embargo no hay espacio suficiente para que apareciese desarrollado con todas sus letras, así que lo más probable es que estuviera abreviado, al igual que sucede con el nomen Fl(avius) que se observa en la lín. En el caso de Valerius, la abreviación más lógica sería Vai, y contando con la interpunción, que no falta en ninguna parte del epígrafe -e incluso sobra, cortando el término heres en lín. 5-sólo quedaría espacio para una o, al máximo, dos letras, que pertenecerían al cognomen. Una posibilidad sería [Cajlavus, pero es un nombre muy extraño y no está documentado en Hispânia, aunque sí en Italia \ Sin embargo, la notable separación que existe entre las letras en toda la inscripción (excepto en la lín. 5, donde los caracteres están un poco más juntos) inclina a pensar que al cognomen de este personaje sólo le falta una letra. De esta forma, y teniendo en cuenta que se trata de un nombre terminado en -laviis, se puede restituir con bastante certeza [FJlavus. Además, como se verá más abajo, se trata de un cognomen muy extendido en Hispânia y ligado en varias ocasiones a ambientes militares. El texto pues quedaría restituido como sigue: La onomástica de ambos personajes es muy corriente, tanto en la Península Ibérica como fuera de ella. Las gentes Valeria y Flavia aparecen dispersas por toda Hispânia "^ y también están bien documentadas en Mérida, donde los Valerii son el grupo gentilicio más representado después de los lulii, repitiéndose así una situación ya constatada en suelo peninsular ^ En cuanto a los cognomina, tanto Flavus como Restitutus aparecen en todo el Imperio, destacando la alta difusión de éste último ^. Tampoco faltan en las provincias hispanas, dándose el hecho de que Flavus concentra en la Península Ibérica una buena parte de los individuos conocidos con este nombre, hasta el punto de ocupar el lugar decimocuarto en frecuencia dentro de la lista de los cognomina documentados en Hispânia ^. Finalmente, en la epigrafía emeritense sólo es conocido Restitutus ^, no estando atestiguado anteriormente ningún Flavus, aunque sí un Flaus ^. La inscripción fue realizada en el s. ii, antes de la derrota de Clodio Albino a manos de Septimio Seve-"^ Así, J.M. Abascal, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Híspanla, Murcia, 1994, 138 groño), Aurelius Capito, soldado de la VII Gemina, afirma su pertenencia a la centuria Restituii ^^. Es cierto que, corno se vio anteriormente, Restitutus es un cognomen muy frecuente, e incluso se conocen centuriones de diversas legiones que lo llevan, pero ninguno pasó por la VII Gemina'^. Así pues, se puede afirmar que el centurión del epígrafe de Mérida es, casi con toda seguridad, quien da nombre a la centuria en la que se encontraba Aurelius Capito. La cronología de ambas inscripciones no contradice esta identificación. De hecho, la de Tricio es fechada por Le Roux en el s. ii, y más concretamente su primera mitad, mientras que Alfoldy cree que debe datarse al final de ese siglo'^. Bien es cierto que, aparte del nombre completo, la inscripción de Mérida no aporta ninguna información más sobre la carrera de este centurión ya conocido, puesto que como dedicante sólo aparece con su puesto en el momento de erigir la inscripción. En cuanto a C. Valerius Flavus, la situación es más complicada. En primer lugar, existen una serie de individuos homónimos que llevan el mismo nomen y cognomen que el centurión que nos ocupa, con la particularidad de que todos ellos proceden de ambientes militares relacionados con la legio VII Gemina o alguna de sus unidades auxiliares. Varios de ellos tienen un praenomen diferente y pueden descartarse a efectos de una posible identificación'''; otros, en cambio, no lo hacen constar en sus inscripciones, apareciendo sólo con duo nomina. Finalmente, conocemos dos militares que coinciden en sus tria nomina con el centurión documentado en Mérida; sin embargo, a pesar de la coincidencia onomástica, tampoco éstos últimos pueden ser relacionados con nuestro C. Valerius Flavus, ya que ambos aparecen en la inscripción que los menciona como difuntos y ninguno tenía el grado de centurión'^' 4 CIL II, 2901 (San Millán de la Cogolla); P. Le Roux, cit. (n. 13) La duda se mantiene con aquéllos que no presentan praenomen. Dos de ellos pertenecieron a la VII Gemina, estando destinados al menos por un periodo en África'^. Su fecha de llegada a África dentro de un destacamento de la legión se coloca hacia la mitad del s. II, permaneciendo un cierto tiempo en aquellas tierras ^^. Por otro lado, un Valerius Flavus es mencionado como centurión de la cohors I Gallica en dos epígrafes de Villalís^'. Es sobradamente conocido que los centuriones podían ocupar este puesto en varias legiones, siendo trasladados de una a otra hasta alcanzar una promoción definitiva, una situación que también se constata en un buen número de los que pasaron por la VII Gemina ^^. El hecho de que la cohors I Gallica equitata civium Romatiorum fuese una unidad auxiliar (y por tanto formada por no ciudadanos) no es un obstáculo insalvable para que pudiese tratarse del mismo individuo, ya que sabemos que sus centuriones podían proceder tanto de las legiones, como de los propios rangos de la cohorte, y que éstos últimos, a su vez, podían ser promocionados a! centurionazgo de la legión ^^. Incluso existe algún dos personas fallecidas, padre e hijo, eran veteranus y miles respectivamente de la VII Gemina. También es nombrado otro hijo, el dedicante, G. Valerius E[la]vinus, eques cohortis (miliariae). No parece que el padre tampoco llegara al grado de centurión, ya que lo habría hecho constar en la inscripción. Además, si ello hubiera sido así, lo normal es que su hijo no fuera un simple miles, sino que habría gozado de algún tipo de promoción {vid. B. http://aespa.revistas.csic.es/ caso en el que el paso como centurión por ambos tipos de unidades, legión y tropas auxiliares, se produce en la misma provincia ^' ^, como podría haber sucedido en este caso. Sin embargo, también es cierto que aunque la promoción desde las unidades auxiliares era un medio para acceder al centurionazgo legionario, no era el camino más frecuente --\ De cualquier modo, la identificación de ambos personajes no es fácil. Hay que tener en cuenta también el problema cronológico, ya que los epígrafes de Villalís se datan con exactitud en los años 166 y 167 d.C, de forma que tanto si estuviéramos ante un centurión legionario comisionado en una unidad auxiliar y que posteriormente pasó a la VII Gemina, como si se tratara de un centurión de la cohorte auxiliar que fue promocionado a la legión, el traslado tendría que haberse dado en algún momento entre estos años y el final del s. ii (cuando adquirió el título de Pia), muriendo en Mérida en este intervalo de tiempo. La fecha de la inscripción tendría así que situarse en el último tercio del s. II, algo que sin ser imposible tampoco se puede asegurar con absoluta certeza. Ni siquiera el epígrafe en el que aparece Q. Flavius Restitutus, si se acepta que se trata del mismo personaje como se ha expuesto más arriba, ayuda en este sentido, ya que su cronología varía según diversos autores, y además tampoco se pueden establecer relaciones temporales entre ambas inscripciones. De hecho, atendiendo a las dataciones propuestas, incluso sería posible que el Valerius Flavus de las inscripciones africanas ya citadas fuese el mismo individuo de las de Villalís, que habría sido así promocionado como centurión de la cohorte auxiliar. Así pues, el número relativamente frecuente de personajes con la misma onomástica, más que facilitar una posible identificación, la dificulta. La tentación de ensayarla por parte del epigrafista y el historiador, con el objeto de reconstruir la carrera del individuo, es siempre grande, pero hay que ser conscientes del peligro que supone forzar la documentación. De esta forma, lo mejor en este caso es atender a todos los datos que puedan extraerse de la inscripción emeritense. Por un lado, la parquedad de la misma es extrema, limitándose a transmitir exclusivamente el nombre y la graduación del fallecido y del dedicante, así como la condición de heredero de éste último. Por otro, no aparece su origo ni su edad, un hecho frecuente en epígrafes de esta clase de militares y que se constata en otros centuriones de la misma legión -^. Finalmente, tampoco informa de ningún cursus por parte de C Valerius Flavus a excepción de su centurionazgo en la legión VII Gemina, y teniendo en cuenta que lo normal en los epígrafes funerarios es reflejar la carrera del difunto, sobre todo cuando se han ocupado varios cargos de este tipo, hay que pensar que éste fue su grado más alto y sólo lo ejerció en esta unidad ^' ^. Esta situación es perfectamente posible: muchos centuriones pasaban toda su vida en la misma legión, comenzando como simples soldados y ascendiendo desde los rangos, de tal modo que los puestos desempeñados en su camino quedarían solapados y englobados en la expresión centuria legionis ^^. Con un poco de imaginación, imprescindible por otro lado al tratar del mundo antiguo ^^, podría verse en el Valerius Flavus citado en los epígrafes africanos de mediados del s. ii d.C, a la misma persona que participa en las dedicaciones de Villalís en 166 y 167 d.C. como centurión de la cohors I Gallica y que podría haber terminado su carrera y sus días en Emerita como centurión legionario antes del final del mismo siglo. Sin embargo, la falta de praenomen en las citadas inscripciones, el silencio de la lápida emeritense acerca de un centurionazgo (aunque fuese de una unidad auxiliar) y los frecuentes personajes homónimos también pertenecientes al ejército, llevan a optar por la prudencia en cuanto a una posible identificación. Por el contrario, se puede considerar que Q. Flavius Restitutus es el centurión que aparece en la inscripción de Tricio. En cuanto al origen de estos centuriones, se produce una situación inversa respecto al panorama revisado anteriormente. Ante la ausencia de origo, sólo la onomástica puede servir para concretar esta cuestión. El nomen Valerius está muy ligado a ambientes militares, siendo llevado por muchos soldados tanto en Hispânia como en otras provincias ^°. Sin embargo, el cognomen Flavus, como ya se dijo más arriba, es muy frecuente en la Península Ibérica y especialmente en medios indígenas, constatándose de forma especial en el s. ii. Así pues, mientras que la ascendencia hispana de C. Valerius Flavus es más que probable, el nombre de Q. Flavius Restitutus es demasiado corriente para poder discernir su procedencia con certeza^'. De cualquier modo, un origen hispano de ambos no podría sorprender, si tenemos en cuenta no sólo que muchos militares de esta graduación eran provinciales, sino que en el s. II se constata un notable incremento de centuriones oriundos de la Península Ibérica en la Legio VII Gemina, producto del ascenso desde los rangos de la legión ^^. Como opina P. Le Roux, la onomástica viene a confirmar las mismas tendencias que se observan en el reclutamiento de los legionarios, con un creciente número de hispanos ^\ citado y dos benéficiarii ^^. Como se puede observar, los testimonios de militares bajo el mando del gobernador lusitano son pocos en comparación con el caso de Tarragona, donde están atestiguados no sólo en mayor cantidad, sino en variedad, conociéndose además cornicularii, speculatores y commentarienses, pero sabemos que debía haber unas cien personas en el officium de Mérida'^'^. Mientras que todos estos especialistas desempeñaban funciones administrativas, las tareas de ambos centuriones consistirían en asistir al gobernador en funciones sobre todo militares y de policía. De cualquier modo, Flavus y Restitutus, aunque destinados en Mérida, dependían en última instancia del gobernador de Hispânia Citerior, con sede en Tarragona, y, si como parece procedían de las filas legionarias de la VII Gemina, debían a éste su ascenso (previa recomendación por parte de algún oficial de la legión) y su traslado a la capital lusitana. LA LEGIO VII GEMINA Y EL OFFICIUM DEL GOBERNADOR DE LUSITÂNIA Este epígrafe es el segundo testimonio directo que poseemos de centuriones en activo en la capital lusitana. Hasta ahora, además de algún nombre transmitido por epitafios de legionarios que mencionan su centuria ^' ^, sólo se conocía a M. Valerius M.f. Secundus, centurión frumentario que dedicó un ara votiva a Mitra a mediados del s. II y que aparece también en otro epígrafe de Tarragona ^^ ¿Cuál era el motivo de su presencia en Emerita? A pesar de que Lusitânia era una provincia sin tropas y que la VII Gemina y sus unidades auxiliares estaban estacionadas en la Citerior, la respuesta obvia es que se trataba de personal al servicio del gobernador provincial, dependiente de su officium. C. Valerius Flavus y Q. Flavius Restitutus se suman así a otros militares documentados en la colonia con la misma misión, como el centurio frumentarius ya 3' Para P. Le Roux, cit. (n. Q. FLAVIVS RESTITVTVS Y LA OBLIGACIÓN DE CONMEMORAR El hecho de que el heredero sea también un militar, y en este caso del mismo rango, concuerda con un hecho bastante difundido: los soldados fallecidos estando en activo suelen dejar casi siempre como herederos a compañeros de armas, mientras que son los veteranos o militares pertenecientes al rango ecuestre los que hacen su testamento a favor de familiares y libertos ^^ Sin embargo, esta circunstancia, que se da de forma especial entre los contingentes militares localizados en las provincias del noroeste del Imperio (Germania Superior e Inferior, Britannia), es mucho menos normal en Hispânia, donde los dedicantes de las inscripciones a soldados suelen pertenecer a la familia del difunto ^^. La importante presencia de la familia nuclear en este tipo AEspA, 72, 1999 DOS NUEVOS CENTURIONES DE LA LEGIO VII GEMINA EN AUGUSTA EMERITA Ili de epígrafes podría estar en conexión con el modo de reclutamiento de los soldados, procedentes en buena parte de la propia provincia, e indicaría que los soldados de las guarniciones tenían a sus familiares cerca de ellos. Q. Flavius Restitutus, como amigo y heredero tenía la obligación moral y legal de conmemorar a su compañero ^^. La fórmula faciendum curavit, muy extendida por toda la Península Ibérica en numerosos epígrafes y que significa, obviamente, que Restitutus se encargó de realizar tanto la tumba como el funeral de Flavus, pone de manifiesto la costumbre de los soldados de no construir sus tumbas en vida, al contrario de lo que se observa en el caso de los grupos ya citados de veteranos y soldados miembros del grupo de los équités. En conclusión, este nuevo epígrafe emeritense se añade al corpus de inscripciones militares hispanas, no siendo muy diferente en su forma y texto de otras muchas, y, aunque parco en su información, aporta datos nuevos sobre dos centuriones de la Legio VII Gemina, presentes en la capital de Lusitânia formando parte del officium del gobernador provincial.
La reciente aparición de la inscripción funeraria de un veterano en plena zona minera del Bierzo permite plantear la cuestión de las formas de relaciones políticas que se establecen bajo el control estatal romano y que implican a las familias aristocráticas, locales o inmigradas, con intereses en el Noroeste. El estudio interrelacionado de los grupos de inscripciones y de las formas de organización territorial proporciona un punto de partida fundamental para la comprensión de este tipo de relaciones, en el contexto general de la definición de las formaciones sociales del Noroeste como realidades rurales, ajenas a las formas de organización determinadas por la ciudad clásica. Las zonas mineras de la Asturia Augustana han sido objeto en el último decenio de importantes estudios arqueológicos que han permitido definir el impacto romano sobre estos territorios y los procesos de cambio seguidos por las comunidades castreñas en su forzosa integración en el Imperio (Orejas, 1996; Sánchez-Palencia y otros, 1996). Estos estudios territoriales, insertos en la Arqueología del Paisaje, sirven de inestimable contexto para un análisis de la epigrafía de esas áreas convergente con los resultados del análisis arqueológico. Este enfoque parte de la consideración de inscripciones en bloques definidos espacialmente según áreas regionales históricamente coherentes (Sastre y Plácido, 1999; Sastre, 1997). La confluencia de los estudios arqueológico y epigráfico tiene la enorme ventaja de permitir un acercamiento, socialmente contextuali-zado, al funcionamiento de las relaciones políticas, es decir, a las formas de control y distribución del poder reflejadas en la epigrafía. El estudio del paisaje permite la definición de las formaciones sociales, es decir, la comprensión de las formas en que se articula la relación entre la aristocracia dominante y los grupos productores. A partir de aquí, se hace posible contextualizar las formas de relación social y política reflejadas en la epigrafía \ La reciente aparición del epitafio de un veterano de la legio VU G.F. en Voces, Borrenes (León), localidad situada en plena zona minera de Las Médulas, permite retomar el estudio de la epigrafía berciana desde este punto de vista político, es decir, del papel que ejercen las aristocracias locales al servicio de la administración romana en este contexto especialmente condicionado por las explotaciones mineras. La lectura de la inscripción, datable en la segunda mitad del siglo II, es la siguiente ^: [-]/ [...]. La inscripción documenta la presencia de un veterano de la legio VII Gemina F. asentado con toda su familia en la zona del actual Borrenes. Este individuo construyó una sepultura o panteón para sí mismo, sus padres y todos los suyos, además de las personas que " Parto de la consideración de que la clave para la comprensión de las formaciones sociales está en la definición de la manera en que el grupo dominante extrae de los grupos productores el excedente que le permite mantener su posición social privilegiada (Ste. A partir de aquí es posible comprender las formas de relación política. Endeudo por "lo político" las formas de control y distribución del poder, que surge del control sobre el excedente de la producción (Vernant, 1982; Haldon, 1993). ^ La inscripción ha sido publicada en Sastre, 1999a. El tipo de letra y su ejecución encuentran sus paralelos en León, en los talleres legionarios (Tranoy y Le Roux, 1974), lo que permite ajustar la datación entre mediados y finales del siglo II. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ supuestamente son mencionadas después del último et legible. Es indudable que la presencia de un veterano en el siglo ii en esta zona debe ponerse en relación con las explotaciones mineras, eje rector y principal factor de dinamización del proceso de cambio que supuso la integración del Bierzo en particular, y de todo el Noroeste en general, en el mundo romano. La conquista del Noroeste fue el resultado de la política de Augusto de consolidación de fronteras y establecimiento de la Pax Romana, pero su principal consecuencia fue la puesta en explotación de los importantes yacimientos auríferos, cuya gestión y control se mantuvieron siempre en manos del Estado. De hecho, la existencia de estos intereses económicos concretos marcó toda la política de dominio de Roma sobre este territorio. El resultado fue la aparición de una nueva realidad socioeconómica, esencialmente diferente a la realidad castreña prerromana, pero también distinta a lo que se entiende habitualmente por «romanización», puesto que se desarrolló por vías ajenas a las de la ciudad clásica (Pereira, 1984, 273). Esto significa que en el Noroeste no aparecieron auténticos cuerpos cívicos locales, reflejo de unos mecanismos de explotación enraizados en la estructura urbana, cuyo funcionamiento político actúa de justificación ideológica de la explotación. La «romanización» del Noroeste hispano es la consolidación de una estructura de clases adaptada a las exigencias del imperialismo romano. La aparición de aristocracias, de clases dominantes, es un fenómeno que sólo se documenta claramente tras la conquista ^, y cobra su sentido en la necesidad que el Estado imperialista tiene de intermediación. Las aristocracias garantizaban la pacificación y el sometimiento de los territorios, cuyo reflejo es el desarrollo del sistema de civitates. Éstas, desde un punto de vista social, pueden considerarse como la definición ad-^ Los estudios más recientes sobre la cultura castreña prerromana no permiten afirmar la existencia de ningún nivel de funcionamiento social o político por encima del castro-comunidad (Fernández-Posse y Sánchez-Falencia, 1998). De hecho, las formas de organización del territorio de época castreña no responden a los modelos de lugar central (Carballo, 1993), sino que las diferencias que pueden establecerse entre los asentamientos se limitan siempre al tamaño (Martins, 1990), y no a distinciones reales en las formas de acceso a los recursos. Este fenómeno se explica mucho mejor recurriendo al modelo de fragmentación de las comunidades campesinas que a la existencia de una auténtica jerarquización territorial (oilman, 1995, 246-7). Las comunidades campesinas castreñas encierran, sin duda, formas de desigualdad. Pero éstas no han logrado situarse por encima de aquellas. La única estructura de poder espacialmente visible es la comunidad. Sólo en algunas zonas, como el noroeste de Portugal-Rías Bajas o el área meseteña astur, es posible detectar un proceso de jerarquización territorial, pero únicamente desde finales del siglo ii a.C. Se relaciona, sin duda, con la presencia romana en la región lusitana y en la meseta (Orejas y Sánchez-Palencia, 1996). ministrativa y jurídica del ámbito de poder de un grupo concreto de familias aristocráticas que controlan, por un sistema de dependencias directas, a las comunidades campesinas (Sastre, 1998). Esta definición jurídico-administrativa se basaba en el reconocimiento de la autonomía de las comunidades locales, que pasaban a ser jurídicamente civitates peregrinae (Frank, 1927; Jones, 1941) instaladas sobre ager stipendiarius y sujetas, por ello, a tributación (Grelle, 1963). Esta imposición tributaria tomaba como sujeto fiscal a la propia comunidad, no a sus habitantes individuales (Luzzato, 1953; Grelle, 1963). De ahí que el modelo gromático-fiscal más frecuentemente empleado en la integración de los territorios provinciales, sobre todo en época de Augusto, sea el ager per extremitatem mensura comprehensus (Orejas y Sastre, 1999). Las zonas mineras del Noroeste, sin embargo, no eran consideradas ager stipendiarius, sino ager publicus, propiedad del Estado romano. Además, las minas eran gestionadas y explotadas directamente por el Estado (Domergue, 1990; Sánchez-Palencia y Orejas, 1994) que se convertía, así, en el único beneficiario de las explotaciones y orientaba la producción fundamentalmente a la acuñación de moneda (Perea y Sánchez-Palencia, 1995, 613). Al mismo tiempo, parece claro que la mano de obra empleada en las explotaciones estaba formada por los habitantes de las comunidades locales, es decir, por libres peregrinos (Orejas, 1996, 182; Mangas y Orejas, 1999). Se trata, sin duda, de poblaciones encuadradas en el sistema de civitates, cuyas jornadas de trabajo (operae) eran consideradas como parte de la tributación debida al Estado. Dado que las zonas mineras del Noroeste no se organizaron nunca en distritos independientes del tipo de las explotaciones de Vipasca, por ejemplo ^, y que se incluían en el sistema conventual como metalla publica bajo control de los miembros de la administración imperial, al tiempo que las poblaciones utilizadas como mano de obra se insertaban en el sistema de civitates, es lógico pensar que algunas de éstas poseyeran un territorio «horadado» por la presencia de explotaciones mineras, propiedad del Estado. Esta pudo ser una característica de civitates como la de los Lougei -si es que esta comunidad puede localizarse en el occidente berciano-, o ^ Las «leyes de Vipasca» han permitido determinar que esta zona minera funcionaba como un distrito definido y autónomo, gobernado por un procurator, y cuya explotación se realizaba por medio de coloni que debían entregar al fisco una parte de la producción. Los sistemas jurídicos de acceso a los pozos eran la occupatio, venditío, donatio o adsignatio (Domergue, 1983). Sobre las formas de trabajo en este distrito minero: Mangas y Orejas, 1999. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ como la de los Orniaci, al parecer situados en la Valduerna, o como la de los Paesici de la Asturia Transmontana occidental (TIR K-29). Al mismo tiempo, esto explica la notable estabilidad en el poblamiento de las zonas mineras, en el sentido de que sus habitantes no son grupos de paso, que van y vienen a lo largo del año, sino que están asentados de manera continuada. Además, en el marco de la especialización funcional de los asentamientos insertos en las zonas mineras (Sánchez-Palencia y otros, 1996, 107-8), se documentan núcleos que parecen tener un carácter agrario prioritario, al tiempo que es presumible que los habitantes de los asentamientos más directamente relacionados, por su localización, con la actividad minera, dedicaran también parte de su trabajo a la agricultura ^ Esta conexión entre metalla publica y civitas sin duda facilitó la labor de la administración imperial al incorporarse progresivamente los aristócratas a la gestión de las explotaciones mineras. Asentamientos del tipo de Huerña en la Valduerna o Las Pedreiras en la Zona Arqueológica de Las Médulas (Sánchez-Palencia y otros, 1994, 251) pueden concebirse como lugares de establecimiento del personal militar encargado del control de las explotaciones, pero también como núcleos de centralización de la posible labor gestora de las aristocracias locales. El único beneficiario de la explotación minera era el Estado romano. Sin embargo, el sistema imperial dejaba importantes resquicios a las aristocracias, por encima del control básico de la producción agraria en el interior de cada civitas. Las redes de poder tendidas por el dominio romano favorecieron a ciertos grupos aristocráticos que actuaban más o menos al amparo, y más o menos en beneficio del Estado, a partir, fundamentalmente, del sistema de clientelas políticas esencialmente arraigado en las redes administrativas romanas. Esta red de clientelas es la forma que toman las relaciones políticas o de poder del Noroeste, plenamente integradas por ello en el funcionamiento del Estado romano (Johnson y Dandeker, 1989; Plácido, 1998). Este sistema clientelar aristocrático, que se extiende desde los altos funcionarios imperiales hasta las jerarquías campesinas más localizadas, tiene tanto un reflejo epigráfico directo (tablas de hospitalidad, relaciones de amicitia vadinienses) como indirecto, en la adopción y difusión de ciertos nombres entre las aristocracias locales. En este sentido el análisis regional comparativo de la onomástica de diversas zonas del Noroeste resulta de gran interés ^. Parece claro que el reflejo epigráfico de la red clientelar varía según las zonas, dependiendo de los intereses del Estado y del tipo de familias aristocráticas implicadas. Existen, al menos, dos modelos de comunidades o de territorios desde el punto de vista de la onomástica de sus grupos dominantes. Algunas civitates, como los zoelas o los vadinienses, presentan una onomástica mayoritariamente peregrina durante todo el Alto Imperio, para la cual puede definirse de forma más o menos clara la existencia de redes de relaciones familiares o políticas que reproducen el sistema jerarquizado y descentralizado de su organización poblacional ^. Los ciudadanos, ^ Recientemente se han realizado estudios en el entorno de la zona minera de El Cabaço, Salamanca, que han puesto de manifiesto la existencia de estructuras agrarias aterrazadas junto a las explotaciones mineras (Ruiz del Árbol y Sánchez-Palencia, 1999). ^' A continuación presento de manera muy resumida algunas de las conclusiones sobre el estudio de la onomástica latina del conventus Asturum desarrollado en mi tesis doctoral. En el momento en el que se redactó este artículo dicha tesis estaba ya entregada para su lectura en el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense. que son claramente minoría, presentan nombres para los que pueden rastrearse vinculaciones más o menos directas en las redes de relaciones onomásticas que cubren el conventus Asturum y que eran controladas por las grandes aristocracias vinculadas a la administración (/lamines del Noroeste, etc.). A modo de ejemplo pueden servir las siguientes cifras. Dentro del territorio zoela portugués (regiones de Bragança, Mogadouro y Miranda, fundamentalmente) se documentan un total de 81 nombres en Bragança y de 85 en Miranda-Mogadouro ^. Entre éstos, el total de fórmulas onomásticas ciudadanas se reduce a 9 (11,1%) en la primera zona, y a 22 (25,9 %) en la segunda. Respecto a la región zamorana de Aliste, también zoela, las cifras pueden limitarse a su «capital», Villalcampo, donde se han documentado unas 66 inscripciones con 56 nombres. Entre éstos los ciudadanos son sólo un 12,5 % del total. Por lo tanto, en estos territorios secundarios en cuanto al interés directo del Estado, la epigrafía documenta redes clientelares de funcionamiento meramente local, con proyección exterior escasa y localizada en el papel de ciertas familias ciudadanas más o menos activas en el marco del conventus. Las zonas mineras presentan características diferentes, y en su contexto debe integrarse el veterano de Voces en el Bierzo. Frente a lo documentado en territorios como los de zoelas o vadinienses, las zonas mineras se caracterizan por la presencia directa tanto de la administración estatal (inscripciones votivas de Villalís y Luyego, IRPL 32-41), como de los grupos aristocráticos que dominan las redes de poder interregionales. Esto se traduce en la relativa abundancia de inscripciones votivas frente a las funerarias y, sobre todo, en el alto grado de romanización de la onomástica (con mayoría notable de trianomina o duonomina) (Fig. 2). ^ En relación sobre todo con los zoelas: Lemos, 1993; Sastre, 1999b. ^ Cifras elaboradas a partir de las inscripciones recogidas en Lemos, 1993. ^ Se incluyen los miliarios y las inscripciones cuya difícil lectura impide clasificarlas por tipos. Estos rasgos hacen que la epigrafía de las zonas mineras de la Asturia Augustana en general, y del Bierzo en particular, se caracterice por la notable uniformidad que presenta en relación con la epigrafía de las dos capitales, Asturica y Legio, en todo menos en la documentación de formas de dependencia esclavistas, que en el Noroeste quedan restringidas a los núcleos con presencia mayoritaria del personal administrativo (Mangas, 1989). El área de Bergidum (actual Cacabelos), principal núcleo centralizador de la zona berciana, aparece claramente como una prolongación de la epigrafía de las capitales y como un núcleo importante de desarrollo y eclosión de las aristocracias locales (Sastre, 1997). Así, por ejemplo, de un total de unos 21 nombres registrados en el Bierzo occidental, 10 responden a fórmulas onomásticas de tipo ciudadano (47'6%). La onomástica peregrina latinizada se documenta principalmente en el s. i en relación con individuos de origo galaica, que demuestran que desde el primer momento Bergidum aparece como un atractivo foco de inmigración aristocrática, que continúa en épocas posteriores (por ejemplo, están documentados zoelas en HEP. Estos rasgos indican la progresiva formación de una aristocracia notable y pujante, que encuentra en Bergidum un núcleo fundamental de apoyo para el ejercicio de un poder cada vez más vinculado a sistemas económicos de alcance regional. La distribución de la epigrafía sigue un proceso de «descentralización», desde Castro Ventosa hacia el asentamiento en llano de Bergidum (La Edrada, Cacabelos), y áreas «rurales» circundantes (Carracedelo, Villadecanes, Sorribas, Villar de los Barrios, Ponferrada, Cabañasraras, Villadepalos...), que alcanza su momento más importante a finales del s. ii o principios del III.'° Se incluye el total de nombres documentados, contando con los casos de dudosa adscripción a ciudadanos o peregrinos y aquellos otros de difícil lectura. " Se incluyen aquí tanto los peregrinos con fórmula cognomen + filiación como algunos casos de posibles indígenas libres que sólo hacen mención del cognomen, sin filiación. Por el contrario, se incluyen entre los ciudadanos los libertos imperiales que recurren a esa misma fórmula. Al mismo tiempo, el análisis de la distribución de los nombres (principalmente los gentilicios) presenta unas relaciones directas con esas redes de relaciones políticas interregionales antes definidas. Para empezar, es necesario destacar la presencia en el área de Cacabelos a finales del siglo ii de un legado imperial {Granius Sabinus) que realiza una inscripción votiva a las Ninfas Augustas (Campo, IRPL,48). Por otra parte, aparece un individuo de nombre griego también en el área de Bergidum (Didius Hermodorus, IRPL,221). En la Valduerna, la presencia de la administración en la epigrafía es aún más notable, como ponen de manifiesto las inscripciones votivas de Villalís y Luyego. Por otra parte, la presencia de las grandes familias conventuales puede rastrearse de manera directa e indirecta. En el caso berciano, está documentado un flamen con origo Bergidoflaviensis con nombre C. Valerius Arabinus Flaviani filius (RIT 333), datado entre mediados y finales del siglo ii. Entre sus relaciones onomásticas cabe destacar el caso de Va[l(eria)] Arabica documentada en Astorga, esposa de [...] Faventinus, flamen de época de Vespasiano que ejerció importantes cargos militares (IRPL, 78; Alfoldy, 1973, 82). Destacan también las relaciones de estos flamines con los Claudii astorganos, interesantes por su vinculación al cognomen Araus (IRPL,138: Claudius Arabicus; IRPL,196: Claudia Aravica). Tanto Pompeius como Claudius están documentados en el Bierzo. Pompeius aparece en una dedicatoria a Mandica (Campo, Ponferrada, IRPL,61). El gentilicio Claudius aparece con la origo Zoela (HEP. 2, 436) y en otra ocasión, nuevamente en Bergidum, en una dedicación a la Tutela Bolgense (IRPL,62). En la Valduerna la presencia epigráfica de la aristocracia no directamente vinculada al ejército es muy débil a partir de principios del siglo ii. Tampoco existen núcleos de centralización tan importantes como Bergidum. Tal vez esto se deba a la cercanía de la capital, Asturica, que pudo servir directamente como eje espacial de los posibles intereses de las grandes familias en la zona. Éstas pueden rastrearse, de manera indirecta, a través de la onomástica. En el siglo i cabe destacar la presencia del ciudadano Memmius Perpetuus Montani f (IRPL, 233) en Santa Marina de Somoza. En el siglo ii, Vibia Fida, de una inscripción de Villalís (IRPL, 234). Estos nombres se caracterizan por su escasez en el Noroeste y su vinculación a familias importantes. Memmius es el nomen que porta el flamen provinciae Hispaniae Cite rio ris y sacerdos Romae et Augusti ad Lucum Augusti [...] Memmius Barbarus, que posee origo Asturicensis (IRPL,77). Se data a finales del s, i o principios del siglo ii. Este nomen está, por lo demás, ausente del Noroeste. El gentilicio Vibius aparece en la provincia de Zamora, en Villalazán, lugar donde se documenta un campamento militar (Olmo y Rodríguez, 1993). Se trata de una inscripción con onomástica peculiar dentro del Noroeste y de la Península en general, con la aparición del gentilicio Plexsena (HEP. Vibius aparece también en Rabanales, en territorio zoela (cMzamora, p. En el resto del Noroeste sólo aparece en Braga (EE 8,124: Vibia Placidina). También es interesante el análisis del cognomen Fida que acompaña a Vibia en Villalís. Fidus en el Noroeste aparece en tres ocasiones, dos de ellas en el nombre de sacerdotes del culto imperial: C. lulius Fidus Astfuricensis] (IRPL, 76. s. i o s. ii) y Lucretia Fida, en Braga (CIL II 2416, s. ii). A modo de recapitulación, y centrando la cuestión en el Bierzo, parece claro que el estudio de la onomástica junto al de las nuevas formas de organización territorial permiten definir la existencia de civitates, como Bergidum Flavium, que funcionan como «núcleos centralizadores» de las redes de organización y control regionales relacionadas con las minas en las que participan las aristocracias locales. AEspA, 72, 1999 mientos como Las Pedreiras de Lago, definido como officina metallorum, cuyas formas de ocupación espacial responden a parámetros claramente romanos, mediterráneos (Sánchez-Palencia y otros, 1996, 106-115). Es muy probable que dicho asentamiento estuviera ocupado en un primer momento por militares, cuyo papel en las explotaciones mineras del Noroeste es evidente. Pero también es posible pensar, como ya se ha indicado, que la administración fuera dejando poco a poco en manos de las aristocracias asentadas en la zona, algunas de cuyas familias son de origen militar, según documenta la inscripción de Voces, parte del control a nivel local del funcionamiento de las explotaciones. El territorio del Bierzo, directamente controlado por el Estado por las explotaciones mineras y, por ello mismo, radicalmente alterado en sus formas de organización y estructuración, es una base de poder interesante también para las aristocracias que, procedentes de otras zonas (galaicos, astures meridionales, lusitanos y mésetenos), se introducen de forma ventajosa en los entresijos del sistema imperial y amplían sus esferas de influencia fuera del ámbito estrictamente local de su civitas: la epigrafía del Bierzo es más «romana» que la de otras zonas no mineras del Noroeste, porque la realizan esas aristocracias más vinculadas a la esfera de poder central. El veterano de Voces entra en este juego de poderes, bien por formar parte de las familias que controlaban los suministros o las redes de intercambio imprescindibles para el buen funcionamiento de la explotación minera, bien por su integración en los cuerpos gestores de la explotación directa de la minas de la zona, no sólo por una hipotética experiencia en esas cuestiones extraída de su vida militar, sino, sobre todo, en tanto que miembro de los grupos aristocráticos asentados en el Bierzo. LA FORMACIÓN DE LOS GRUPOS DOMINANTES EN LAS ZONAS MINERAS
El hallazgo de una inscripción en Tarragona nos ha permitido conocer el nombre de un nuevo senador hispano. Se analizan aquí algunas particularidades del texto, que se pone en relación con otros epígrafes estableciendo así una serie de vínculos familiares. Asimismo se hace hincapié en la modalidad de su ingreso en el Senado -la adlectio-y se incide especialmente en la damnatio memoriae que presenta el nombre del emperador Cómodo. Se trata de un pedestal de piedra caliza local que presenta una sencilla moldura enmarcando el campo epigráfico. El estado de conservación es bastante bueno: el bloque tiene algunas grietas y le faltan fragmentos en los ángulos inferiores frontales derecho e izquierdo, que no llegan a afectar al texto. La interpunción se efectúa mediante hederae distingentes bastante esquemáticas. Letra capital cuadrada alargada, con las líneas bien centradas. El texto ha sufrido una cancelación que afecta a las líneas 7 a 10, donde estaría el nombre de un emperador condenado al olvido. Una atenta lectura de los espacios repicados con luz rasante permite la restitución del texto perdido con total seguridad. La transcripción definitiva es ésta: En este breve trabajo damos a conocer un nuevo senador, documentado a través de un texto epigráfico aparecido recientemente en unas excavaciones de Tarragona •, en unos terrenos cercanos al río Francolí, junto a la antigua Fábrica de Gas. Las extensas excavaciones que durante tres años se han verificado en aquel gran solar suburbial de la antigua Tarraco han puesto al descubierto un impresionante conjunto paleocristiano que consta de una basílica con diversos edificios anejos, ligado sin duda a la vecina necrópolis de San Fructuoso ^. Reutilizado en la cimentación de una de estas construcciones, que data de la primera mitad del siglo v, se localizó un bloque cuadrangular que, una vez extraído, mostraba en su cara oculta una magnífica inscripción.' Para la epigrafía tarraconense, véase la obra de G. Alfoldy: Die rõmischen Inschriften von Tarraco. Recopila los epígrafes tarraconenses conocidos hasta el año de su publicación. ^ Una visión general del yacimiento, en espera de la publicación de una monografía, se encuentra en J. López: «Un nuevo conjunto paleocristiano en las afueras de Tarraco», Revista de Arqueología, n. 157 (Madrid, Septiembre 1997) fuentes epigráficas sólo nos han dado el nombre de un centenar de adlecti para todo el alto Imperio. Los emperadores, pues, podían dar el título y rango de ex-magistrados {adlectio inter consulares, praetorios, quaestorios, tribunicios) a personas que nunca habían estado en servicio o habían ocupado un cargo de rango inferior a aquel al que les era conferido. La persona así distinguida podía empezar su carrera senatorial a partir de esta nueva categoría de inscripción, y quedaba cualificada para la próxima magistratura más alta. Además, los adlecti se convertían en miembros del Senado, integrados en el grupo de magistrados retirados del mismo rango que se les había dado. Este sistema dotó a los emperadores de una forma legal para introducir nuevos personajes en el Senado; a aquellos a quienes quisiera o creyera, por un motivo u otro, dignos de tal honor, libres de toda regla y de toda condición de cursus. homenajeado pertenezca a la tribu Quirina. La epigrafia nos muestra que la mayor parte de ciudadanos tarraconenses estaban inscritos en la Galeria, si bien se conocen algunos casos de la Palatina y quizás de la Collina. No obstante, en Tarraco, donde acudían individuos de muchos lugares, se documentan muchas más tribus. Pero en ningún caso puede probarse que alguno de ellos fuera originario de la ciudad, a excepción, quizás, de algún caso de la Quirina ^. A pesar de ser nombrado expresamente como tarraconense, habría que atribuir otro origen a L. Fulvius Numisianus, que podría ser un forastero admitido en la comunidad de Tarraco, o bien tener una ascendencia foránea ^. Nuestro personaje muy posiblemente tenga relación con los L. Fulvii de Aeso (Isona). En aquella población, la epigrafía testimonia la importante presencia de esta familia a fi- ^ En este sentido, hay que señalar que las inscripciones de Aeso nos muestran que sus ciudadanos estaban inscritos tanto en la tribu Galeria como en la Quirina. El hecho de que un L. Perperna Numisianus, sevir augustal, estuviera documentado en Tarraco por otras dos inscripciones (RIT 421 y 422), hizo pensar a Hübner en una posible procedencia tarraconense de la pieza, aunque esto es, por ahora, indemostrable (GIL II, p. En todo caso, la fórmula final L.D.D.D. es totalmente extraña en las inscripciones tarraconenses. efecto, no sólo coinciden los tria nomina y la adscripción de la tribu; el cognomen de L. Fulvius Numisianus es el nomen adjetivado de la madre. La más reciente edición del epígrafe le atribuye una cronología de primera mitad del siglo ii. Consideramos que habría que datarlo unos años más tarde, pero en todo caso es anterior al 185/190, momento en que se erigió la estatua en el foro de Tarraco, y en el cual el personaje aquí estudiado se contaba ya entre los miembros del ordo senatorias. Concuerdan, además, la tipología de los dos pedestales: presentan idéntica moldura enmarcando el campo epigráfico y el tipo de letra es similar, con la única diferencia que la usada en la inscripción tarraconense es un poco más alargada. Por otra parte, se conoce desde el siglo xvi otro pedestal de piedra caliza con zócalo y moldura que se encontraba en la casa num. 14 de la calle Cavaliers de Tarragona y que actualmente está depositado en el Museo de Reus ". Es un pedestal que Celsia Flavina dedica a su hija Fulvia Prócula, femina alarissima, que se considera de la primera mitad del siglo III. El hecho de que Fulvia Prócula se cuente entre las clarissimae, nos está indicando que o bien estaba casada con un senador, o bien lo obtuvo por herencia del padre'^. Debe tratarse de un personaje homónimo a la hermana de L. Fulvius Numisianus, ya que el nombre de la madre tampoco coincide. Repasando las características formales y el tipo de letra, se detecta a primera vista que las diferencias entre nuestro pedestal y el de Fulvia Prócula son muy notables y parecen realmente pertenecer a épocas distintas. Con una distancia cronológica de hasta cuarenta años, bien podría tratarse de una descendiente de nuestro senador, quizás una hija. Los datos proporcionados por las tres inscripciones permiten proponer el siguiente stemma, que comprende cuatro generaciones: Otra particularidad de nuestro pedestal reside en la cancelación de las líneas 7 a 10, donde ha sido borrado, como ya hemos reseñado anteriormente, el nombre de Cómodo. Las relaciones entre este príncipe y el Senado nunca fueron buenas, y empeoraron a medida que pasaba el tiempo. La tensión se hizo más evidente al final de su reinado, cuando el emperador erigió una estatua que lo representaba caracterizado como Hércules, apuntando con el arco contra la Curia'^. Después de su asesinato, el 31 de diciembre de 192, el prefecto del pretorio Q. Emilio Leto llevó al prefecto de la ciudad, Helvio Pértinax, al campamento pretoriano, donde los soldados lo aclamaron como imperator. Después se presentó al Senado donde fue investido legalmente: era el 1 de enero de 193. Las dos sentencias de la asamblea contra Cómodo fueron muy rigurosas, y se nos han conservado transcritas en la Historia Augusta, que a su vez son copia de Mario Máximo''^. Se ordenó privar el cuerpo de sepultura ^^ y eliminar su recuerdo: derribar las estatuas y borrar su nombre de todos los monumentos públicos y privados: Censeo quas is: qui nonnisi ad perniciem civium et ad dedeus suum vixit, ob honorem suum decerni coegit, abolendas statuas, quae undique sunt abolendae, nomenque ex omnibus privatis publicisque monumentis eradendum...'^ El decreto se cumplió, tal como confirman no sólo la epigrafía, sino también los textos'^. No obstante, su memoria no tardaría en ser restaurada. Un primer intento se produjo después de la muerte de Pértinax, en el mismo año 193. En efecto, Didio Juliano, para hacerse suyos a los pretorianos, invocó el nombre de Cómodo y afirmó que rehabilitaría su recuerdo'^. No obstante, este hecho no se produjo definitivamente hasta la primavera de 195, y aún unos años más tarde de la mano de Septimio Severo para vengarse del Senado, que había mostrado ciertas simpatías por el partido de Clodio Albino. Efec-tivamente, después de eliminar a Albino, en el año 197, Severo volvió a Roma y depuro el Senado''^. Posteriormente hizo el elogio de Cómodo y lo divinizó -^. Este hecho provocó que un cierto número de las inscripciones que habían sido canceladas fueran regrabadas con el nombre del emperador, con una titulatura igual o similar a la primitiva-'. Los nombres del emperador Cómodo fueron restablecidos en los monumentos donde habían sido borrados, principalmente en Italia y en África, y más raramente en otros lugares ^'. En Hispânia, en cambio, las pocas inscripciones que llevan su nombre no muestran signos de haberse aplicado la damnatio, excepto la nuestra. Revisando las inscripciones tarraconenses donde aparece Cómodo, se evidencia un problema de difícil solución: en ninguna han sido canceladas las letras del nombre. Así, RIT 80, un pedestal contemporáneo de nuestra pieza procedente del área del foro y dedicado por los Seviri Augustales de la colonia; y RIT 81, un pequeño fragmento dedicado posiblemente al mismo emperador. Hay todavía una inscripción dedicada a Marte por la salud del emperador (RIT 38) donde su nombre está intacto; y una última muy similar tipológicamente a la que estudiamos: RIT 284. Es el pedestal de M. lulius Serenianus Adoptivus, un personaje que accede al ordo equester mediante una adlectio ab imperatore Commodo. Su estatua estaba emplazada en la sede del Concilium provinciae Hispaniae citerioris, tal como denota el mismo epígrafe. Es necesario buscar una explicación a este fenómeno. El pedestal de L. Fulvius Numisianus procede con toda probabilidad del área del foro de la colonia, de la misma manera que el conjunto hallado en las excavaciones de la vecina necrópolis paleocristiana de San Fructuoso. La ejecución de la dam-natio memoriae -^ era un acto organizado por el senado local, una vez llegado el decreto de Roma. Quizás se podría entender que esta acción se hubiera ejecutado en ciertos espacios, como el centro monumental de la colonia por ejemplo, y en otros no, como la sede del Concilium provinciae Hispaniae citerioris, que era jurídicamente independiente. Pero esta hipótesis queda invalidada cuando tenemos inscripciones procedentes de los dos ámbitos -^ que muestran los nombres del emperador Cómodo intactos. Otra posibilidad es que quizás se trate de un acto privado, pero en realidad es difícil hallar una explicación convincente. La cronología de la pieza viene determinada por la titulatura del emperador, usada entre los años 180 y 190. El apelativo/^//x es del 185 ^\ Por tanto, el pedestal debe ser datado entre los años 185 y 190 d.C. Hasta ahora, el primer caso de damnatio memoriae constatado en epígrafes tarraconenses era la larga inscripción del podium del anfiteatro dedicada a Heliogábalo y datada en el 221, siguiendo la restitución propuesta por G. Alfoldy -^. El resto de emperadores con el nombre cancelado son Filipo, Ulpia Severina, esposa de Aureliano, Caro, Carino, Licinio y Crispo -^. Cada uno de ellos tiene dedicada una sola inscripción en la ciudad. En el nuevo pedestal descubierto se documenta pues el primer caso de damnatio memoriae conocido en Tarraco, unos 30 años anterior a RIT 84. En las ciudades del imperio, los miembros del ordo senatorius tenían un gran prestigio, y como tales eran honrados con estatuas en los lugares públicos, dedicadas por familiares, clientes, asociaciones o incluso por el mismo ordo decurionum. En todo caso, es interesante cómo una vez más se constata la costumbre entre los estratos superiores de la sociedad romana altoimperial de testimoniar su posición mediante la erección de estatuas. 21 Por ejemplo, GIL VIII 22689, estudiada por G. Alfoldy: «Gommodus und Crispina in einer Inschrift aus Sabratha», Faventía n. 172. -^ Usamos aquí esta expresión, aunque en sentido propiamente jurídico se trate de una aholitio nominis, como bien nos ha comentado el Prof. G. Alfoldy, a quien agradecemos sinceramente la lectura del texto. Este último era bastante significativo, pues antes que él sólo lo había ostentado Sila, con el sentido de que aquel que lo llevaba tenía éxito en todo porque así lo querían los dioses. Se lo concedió el Senado después de asesinar a Perenne (HA, VGomm. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) CONTRIBUCIÓN A LA PROSOPOGRAFÍA SENATORIAL HISPÁNICA
Comentarios y correcciones sobre algunas inscripciones romanas ya publicadas y edición de textos inéditos de diversas localidades de Hispânia. Caius Cantius Modestinus es conocido en la literatura de la historia de las religiones por ser el mecenas de varios templos de Bobadela y de Idanha, en los distritos portugueses de Coimbra y Castelo Branco respectivamente; vinculado a la familia de los lula Modesti de Idanha-a-Velha, que protagonizaron el despegue urbanístico de la localidad con sus múltiples actos evergéticos, este personaje aparece relacionado con la construcción de templos y con dedicaciones a divinidades; sus restos deben descansar en Idanha, probablemente su ciudad natal, en donde su hijo C. Cantius Modestus le dedicó un epitafio {xf 5). A los testimonios en inscripciones portuguesas hay que unir ahora una inscripción extremeña en la que puede reconocer el nombre de C Cantius Modestinus, pese a las dificultades que ofrece la abreviatura de su nomen, lo que ha impedido hasta ahora su identificación. Se trata de un texto procedente de Herrera del Duque (Badajoz), en el que este personaje aparece como dedicante de una inscripción a Diana (xf 6). Hasta el presente se ha relacionado a Caius Cantius Modestinus con la construcción de templos a Victoria (vf 2), a un Genius municipii (n° 1), Venus (n° 3) y Mars (n° 4). Las evidencias epigráficas son las siguientes: La procedencia de la inscripción no es segura, aunque Alarcão, a quien sigue la investigación moderna, se inclina a pensar que tanto esta inscripción como CIL II 402 (cfr n° 2) proceden de la cercana Bobadela, ya que es allí donde tendrían sentido los dos templos citados en los textos, dentro de un contexto probablemente municipal (cfi: De Alarcão 1988, vol. 2, p. Coimbra); sobre su procedencia, cfr ïf 1: El original, que se encontraba empotrado en un edificio se Idanha, se conserva allí mismo en la «catedral»; una copia en escayola descrita por Lambrino se conserva en el Museo Leite de Vasconcelos (inv. Talavera de la Reina, col. particular. Proponemos para ella la siguiente restitución: Conocida su relación con las invocaciones a diversos dioses, no sería de extrañar que el mismo personaje apareciera en un tria nomina abreviado de otra inscripción de Robledillo de Trujillo (Cáceres). Se conserva empotrada en una vivienda en las huertas de los Alijares en Robledillo de Trujillo: GEOGRAFÍA, CRONOLOGÍA Y SENTIDO DE LAS Aun excluyendo el testimonio de Robledillo (n° 7) de naturaleza más dudosa, las inscripciones de C. Cantius Modestinus proceden de tres regiones muy diferentes. Los dos primeros testimonios (n° 1 y 2), sean de Bobadela o del propio Midoes (localidades apenas separadas 5 km), se encuentran en el distrito de Coimbra, en elterritorium de un municipium ignotum que bien pudiera encontrarse en la propia Bobadela. Otros tres textos, los relacionados con los templos de Venus y Marte así como el epígrafe funerario del personaje (rf 3-5), proceden del territorium de la ciuitas Igaeditanorum, al otro lado de la Sierra de la Estrella, una ciudad en la que la familia de Modestinus estuvo ligada al desarrollo urbanístico y a las dotaciones de infraestructura ciudadana. La inscripción de Herrera del Duque (n° 6) se encuentra a más de 200 km al oriente de Idanha, ya al otro lado del Guadiana y por lo tanto en la Bética, dentro del territorium de Mirobriga (Stylow, CIL IP 7,. Entre este punto e Idanha se sitúa Robledillo de Trujillo, por lo que la inscripción n° 7 podría formar también parte de la serie, aunque el praenomen del dedicante adopte la grafía G(aius). La datación de los cinco textos portugueses parece ser flavia a juzgar por la paleografía y por el aspecto formal de la inscripción n° 5 en el contexto de las officinae de Idanha (González-Conde, e.p.); la inscripción de Herrera del Duque ha sido datada en el siglo ii d.C. (Stylow, ad CIL IP 7,865), no existiendo inconveniente en llevarla a inicios del siglo. Más difícil es fechar el testimonio de Robledillo de Trujillo, que carece de elementos objetivos de datación absoluta. No existe en la relación expuesta ninguna repetición en las invocaciones divinas; C. Cantius Modestinus no muestra preferencia por uno u otro dios, y sus actos evergéticos y sus dedicaciones van dirigidas siempre a divinidades genuinamente romanas. En sus actitudes, el personaje adopta el tipo del «fundador peregrinante», bien conocido durante el Principado y especialmente bajo los Antoninos y Severos (Cfr. para los ejemplos hispanos, Alfoldy 1997, pp. 240 s. con la bibliografía; Abascal -Alfõl- Fragmento central de una placa funeraria en caliza amarillenta veteada (piedra de Buixcarró) rota por tres de sus lados, conservando el margen izquierdo original del soporte; sus dimensiones son [13,5] X [15] X 5,5 cm; presenta letras capitales de muy buena factura y surco triangular, muy homogéneas, que miden 4,2 cm en la primera linea conservada y 5,5 cm en la segunda. Fue descubierta hace algunos años en la parfida Asprillas, a 4,5 km al sur de las ruinas de Ilici en La Alcudia de Elche (Alicante), dentro del territorium de la antigua colonia. Se conserva en una colección particular, donde pudimos verla en 1998. Presenta una interpunción triangular apuntada hacia abajo en la segunda línea. Se conserva en el Museo arqueológico de Jumilla, en donde pudimos verlo en junio de 1999 por cortesía de su director, Emiliano Hernández, y de José Miguel Noguera, que nos comunicó el hallazgo. En 1983 apareció en un solar del casco urbano de Jumilla un fragmento de inscripción monumental, mezclado con escombros procedentes de un derribo que habían sido vertidos allí. Las averiguaciones del Museo local dieron como resultado que el derribo correspondía a la que había sido casa del canónigo Lozano, pudiendo identificarse el fragmento (B) como CIL II 3545, uno de los publicados originariamente por él y desde entonces desaparecidos. Cuatro años después, en 1987, las excavaciones llevadas a cabo por Emiliano Hernández en el paraje del «Camino del Pedregal», en las afueras de Jumilla, proporcionaron un segundo fragmento de inscripción (A) que asombrosamente encajaba con el ya recuperado, con lo que hoy se dispone de una pieza de casi un metro de longitud en la que el fragmento dado a conocer por Lozano (B) ocupa la parte derecha y el nuevo hallazgo (A) la izquierda. Ambos fragmentos componen un bloque de caliza local con una inscripción funeraria perteneciente a un monumento, quizá un pequeño mausoleo, situado en las afueras de la localidad. Sus dimensiones totales son 39 x [95] x 50 cm, presentando dos líneas de texto; en la superior las letras miden 9,5 cm, mientras en la inferior sólo alcanzan 8,5 cm; los caracteres están muy separados unos de otros, y al comienzo del primer renglón quedan los pies de una A, que elimina la opción monumentum para la lec- Estela funeraria de caliza local con cabecera recta, rota por sus extremos superior e inferior. Arriba conserva restos de una roseta de ocho pétalos dentro de un círculo y ha perdido su esquina izquierda; por la parte inferior la rotura afecta a la inscripción; [45] X 54 X 29 cm; el texto figura en una cartela rebajada limitada por una faja lisa cuyas dimensiones son [29] X 34,5 cm; las letras miden 5'5, 4'5, 4'5, 4 y 3'5 cm de altura de arriba a abajo. Apareció en 4) Estela funeraria de cabecera semicircular en caliza local, con roturas en el ángulo superior izquierdo y parte inferior; en el centro presenta una tabula ansata rebajada que contiene las tres primeras líneas del texto y, sobre ella, tres arcos incisos en línea muy fina; en la parte superior, un círculo inciso con punto central y sin decoración; 53 x 43 cm; la tabula mide 18 X 28 cm; las letras, con importantes restos de pintura roja, miden 2,5/3,5 cm; interpunciones Estela funeraria de caliza local con la cabecera fracturada; presenta algunos golpes en su parte central y la mitad inferior se ha partido, aunque se conservan ambos fragmentos. Sus dimensiones totales son 135 X 60 X 17 cm, y la altura de las letras es de 5 cm en la primera línea y 4,5 cm en las restantes, todas ellas capitales de muy buena ejecución aunque ligeramente diferentes en altura; las interpunciones son triangulares apuntadas hacia abajo. Apareció en las excavaciones de 1971 en la necrópolis visigoda. cubriendo la sepultura 204. La zona peor conservada del texto es la cuarta línea, en la que su parte central presenta erosiones importantes que impide una lectura cómoda; pese a ello, quedan evidencias suficientes para asegurar esta nueva propuesta de lectura. Estela funeraria de caliza local muy desgastada por su parte central y superior, con desprendimientos de la superficie. Sus dimensiones son [96] x 58 X 15 cm, con letras de 5 cm de altura; las interpunciones tienen forma de punto. Presenta nexos en tres 5.-Seí^übriga (Saelices, Cuenca). Apareció en las excavaciones de 1971 formando el costado norte de la sepultura 186 de la necrópolis visigoda. El texto dice: El fuerte deterioro de las dos primeras líneas impide una lectura completa de los nombres del difunto y del dedicante; pese a ello, los nexos del primer renglón sugieren restituir Aurel(ius) y el calco de la superficie permite leer Miinius como nomen del dedicante; sobre Munius, cfr. 1); se conservan dos grandes fragmentos de su parte superior, de los que sólo se ha publicado hasta la fecha una fotografía del izquierdo, por lo que la lectura fue tomada con reservas en AE. Como ya indicara M. Almagro Basch, ambos fragmentos encajan perfectamente y permiten la lectura completa de las tres primeras líneas. El fragmento derecho, el menos conocido, mide [31] X [27] X [22] cm, con letras de 4,5 cm. Las dimensiones totales del epígrafe son [48] x 54 x 28 cm, y la altura de las letras oscila entre 4 y 4,5 cm en todas las líneas. No se conservan restos de interpunciones. No consta la procedencia del epígrafe, que estuvo hasta 1964 en el Ayuntamiento de Saelices, luego en el Museo de Cuenca hasta 1982 y finalmente en el Museo de Segobriga. Fig 6 -h es asta vertical. La lectura de las cuatro primeras líneas aparece fielmente recogida en la edición de Almagro; el desarrollo de 11. 4-5 se encuentra ya en la publicación de Alfoldy. Fragmento inferior derecho de un bloque funerario de piedra caliza local. Sus dimensiones son [28] X [55] X [38] cm; la altura de las letras oscila entre 4 y 3 cm, siendo más pequeñas en la última línea. Presenta una interpunción de forma circular, y alrededor del texto corre una faja lisa que rodeaba el campo epigráfico. Por la parte derecha queda el extremo de una decoración vegetal perimetral en la que se aprecia una hoja lanceolada y un tallo. Apareció en labores agrícolas hace un buen número de años junto al Corral de la Virgen. El texto dice: Fragmento de un bloque en piedra caliza correspondiente a la parte izquierda del monumento. Sus dimensiones son [30] x [21] x [33] cm; la altura de las letras es de 4,5 cm, con una S longa de 6,5 cm. No presenta restos de interpunciones. Fragmento izquierdo de un bloque de caliza blanca local; [12] x [19] x [17] cm; las letras oscilan entre 3,5 y 4 cm. El campo epigráfico está rodeado por una doble moldura, frecuente en los epígrafes de la ciudad a lo largo del siglo II d.C. No consta el año de hallazgo ni el lugar en que se produjo el descubrimiento. La última letra de la primera línea conserva únicamente el trazo oblicuo izquierdo, pero por su posición debe descartarse una M y optar por A. Al final de la segunda línea, se ve un asta vertical que podría corresponder a L o a /, aunque hay que preferir la vocal; no es posible dar sentido al texto debido a las múltiples combinaciones posibles, aunque al comienzo del segundo renglón podría pensarse en una solución como [Ru]/beni [us] o similar. Fragmento central de un bloque de caliza local, cuyas dimensiones son [27] x [17] x 15 cm; la altura de las letras es de 9 cm. Presenta una interpun- ción en forma de aspa de tres brazos. Hübner, CIL II 3153c, con la bibliografía anterior; 1 No leída con anterioridad. -2 ER Fernández y Almagro. Fragmento derecho de una estela funeraria en piedra caliza local, descubierto en el siglo xvín en las excavaciones de la basílica visigoda. Recogido en su día por Hübner y luego por Almagro, fue dado por perdido, aunque ha sido recuperado en una reciente revisión de fondos en Segobriga. Se conserva en el almacén del Museo de Segohriga. El texto dice: A comienzos del 1999 llegó a nuestras manos por cortesía de A.J. Lorrio y J. Alvarez una fotografía tomada hace algunos años en el castro de «El Castillo», cercano a Saldeana. La imagen correspondía a una estela funeraria fracturada en su parte superior, que contenía una cartela rebajada con el texto y una decoración inferior de cuatro arcos, bien relacionable con el ámbito de las estelas de Picote y exactamente igual a las que ya habían sido publicadas como procedentes de Saldeana en las últimas décadas. El interés del monumento era mayor por contener una organización suprafamiliar no atestiguada hasta la fecha. En una reciente visita al lugar intentamos localizar de nuevo la estela sin éxito, por lo que la descripción del texto se ha realizado a partir de la fotografía, careciendo además de las medidas del soporte. El texto ofrece una cómoda lectura de cuatro de sus cinco líneas, mientras que la inicial, con el nombre del difunto, presenta más dificultades; se apre- cian interpunciones en forma de punto y las letras están profundamente grabadas. En la estela, a partir de la fotografía, parece leerse lo siguiente: 4-inicial puede ser pie de I; en segunda + parece verse un trazo inclinado; FILIA? En la primera línea parece reconocerse un genitivo no documentado en esa forma hasta ahora en Hispânia, pero sin duda variante gráfica de Pentili (gen.) 453), documentado en el cercano distrito portugués de Viseu. La organización suprafamiliar A rcon/cwm es nueva en el registro peninsular; está formada a partir del nombre personal Arco (Palomar 1957, p. 284) y su desinencia es corriente en las tierras de Vettones (González 1986, pp. 48 En 1939 A. Tovar describió y publicó una inscripción funeraria descubierta en Carpio de Tajo (Toledo), que había sido vista por Cayetano de Mergelina en la casa de D^ Dolores Olmedo de la citada localidad algunos años antes, en 1924. Según Tovar, que debe sus datos a Mergelina, la inscripción había sido hallada en el paraje conocido como «Florida, cerca del río», al oeste de la localidad, el mismo lugar en el que fueron hallados los restos visigodos. El texto dado a conocer por Tovar, con el cognomen restituido por Albertos, decía: Estas dos «nuevas» inscripciones no son sino dos de los cuatro fragmentos en que se partió la pieza publicada inicialmente por Tovar, en cuya fotografía ya se observan las roturas que darían lugar al desmembramiento del epígrafe; en 1969 ya se había perdido una parte sustancial de la inscripción. Estamos, por lo tanto, ante un solo texto funerario parcialmente mutilado por su costado izquierdo, que en 1924 antes de romperse medía 60 x 29 cm. Existe unanimidad entre ambos editores para fijar la procedencia y el texto fue leido en todas sus posibilidades por Tovar y Albertos; el cognomen del difunto sigue siendo un unicum peninsular {Cfr. En el verano de 1999, en las obras llevadas a cabo en la iglesia parroquial de Alovera (Guadalajara), apareció casualmente un epígrafe romano hasta ahora desconocido. Tuvimos conocimiento del hallazgo gracias a la gentileza de D. José Ramón López de los Mozos, y estamos en deuda con D"* M"" Carmen Plaza, alcaldesa de Alovera, por las facilidades que nos dio para documentar el descubrimiento. El hallazgo se produjo al realizar obras en la base de la torre de la iglesia y la pieza que nos ocupa formaba parte de la cimentación de la misma, habiendo sido extraída de su emplazamiento. Se trata de una cupa de piedra caliza en muy buen estado de conservación, que sólo presenta algunas melladuras en los laterales de la superficie escrita, y una rotura en el apoyo inferior izquierdo. Sus dimensiones son 57 X 45 X 80 cm, con un campo epigráfico de 32 X 40 cm. La altura de las letras es de 5 cm en todas las líneas salvo en la quinta, en que miden 4,5 cm. No conserva restos de interpunciones. Se conserva en el Ayuntamiento de Alovera. El texto dice: -5 Nexos MA y RL La onomástica del difunto y de la dedicante no plantea problemas; el nombre del primero está escrito en genitivo como en muchos monumentos en los que se declina omitiendo un sustantivo como monumentum, para identificar la sepultura. Maellusa / M e Ilusa aparece en Hispânia por segunda vez tras el testimonio de Carthago Noua (Hübner CIL II 3446; Abascal -Ramallo 1997, p. La forma del monumento y la estructura del texto aconsejan datarlo en el siglo ii d.C. La procedencia exacta de la pieza no puede establecerse, aunque cabe conjeturar con que provenga de alguna de las necrópolis conocidas en las cercanías del río Henares entre los términos de Azuqueca y Alovera. Allí apareció otro epígrafe hoy conservado en el Museo de Guadalajara (AE 1987, 635)), y entre ambos términos municipales se extiende la necrópolis visigoda de Camino de la Barca (Alonso 1978), cuya existencia previa como necrópolis romana es bastante probable. Todos estos emplazamientos funerarios están relacionados con un intenso poblamiento de época romana vinculado a la explotación agrícola de las márgenes del río y al paso de la vía que unía Emerita con Caesaraugusta, que discurre por estos pagos (Abascal 1982, pp. 60 -61). Abascal 1982 = J.M. Abascal, Vías de comunicación romanas de la provincia de Guadalajara, Guadalajara 1982. Abascal -Ramallo 1997 = J.M. Abascal y S.F. Ramallo, La ciudad de Carthago Noua HL La documentación epigráfica.
Primer mosaico recuperado en Segobriga, decorado con un panel circular de triángulos blancos y negros, aparecido en una casa probablemente relacionada con G. lulius Siluanus, y que debe fecharse a fines del s. ii d.C. Durante la campaña de excavaciones de 1998 en una vivienda situada junto a las termas públicas de Segobriga apareció un mosaico que, ahora restaurado ^ se expone en el Museo de las excavaciones. El pavimento cubría la parte central de una estancia de 11,92 X 8,54 metros, y corresponde a la última etapa de ocupación del solar; el área forma parte de una casa probablemente relacionable con G. lulius Siluanus, que dedicó un templo a Zeus Theos Megistos como reza la inscripción aparecida a escasos metros del mosaico ^. A falta aún de un estudio completo de la vivienda y de sus etapas de ocupación, damos a conocer aquí este mosaico que constituye el primero de los recuperados en la ciudad aunque no el primero de los descubiertos \' La extracción y restauración, financiadas por la Junta de Comunidades de Castilla -La Mancha, fueron llevadas a cabo con el asesoramiento del Taller -Escuela de Arqueología y Restauración {TEAR) de Alcalá de Henares, bajo la dirección técnica de José Luna y Sebastián Rascón. ^ J.M. Abascal y G. Alfoldy, «Zeus Theos Megistos en Segobriga», AEspA 71, 1998, pp. 157 -168. ^ Conocemos un mosaico sobre opus signinum descubierto en las llamadas «Termas del Teatro», que hoy no se conserva; fue descubierto durante las excavaciones de Thompson en 1892, y en él figuraba un texto alusivo a la autoría de los trabajos en forma de un nombre indígena seguido de la correspondiente organización suprafamiliar y una probable origo si no otro nombre indígena: [LJesso [--]loq [um] Belcile(n) [sis]; al final del texto se dice [ajrtifex / a fundam e [ntis -], lo que en el contexto del hallazgo permite relacionar al personaje con las primeras actividades edilicias El pavimento apareció en un deplorable estado de conservación (figura 2) como consecuencia de la inestabilidad de los rellenos de la estancia que cedieron en diversos puntos y provocaron el hundimiento de algunas zonas de mosaico. A causa de estos accidentes y de la elevada cota que ocupaba respecto a la superficie del terreno, sólo pudo recuperarse en 1998 una parte de la zona central del mosaico; los trabajos de 1999 han proporcionado, casi volcado y a una cota inferior, un fragmento de la orla (figura 1). No es posible determinar si el mosaico era cuadrado o rectangular, o incluso si se adaptaba exactamente a las paredes de la estancia, aunque al menos en el lado suroriental de ésta no queda resto alguno de este pavimento. En el momento actual sólo es posible saber que el pavimento pudo medir unos 9,5 X 8 metros, aunque el estado de deterioro impide un cálculo exacto. El borde exterior lo forma una orla negra de 10 cm de anchura, formada por 10 filas de teselas; éstas encuadran un campo blanco salpicado de flores negras de cuatro teselas; en el centro presenta un gran cuadrado limitado por una línea de triángulos, una faja de puntos y una línea dentada de 10 cm de anchura^ Im JMA Fig. 1.-Esquema de composición del panel centrai y situación de los restos de orla descubiertos en 1999. de color negro; este cuadrado mide 3,10 m de lado e incluye un panel circular de triángulos blancos y negros (3,04 m de diámetro = c. 10 pies) flanqueado en las esquinas por rosetas de seis pétalos dentro de circunferencias de 42 cm de diámetro (figura 1). En una de estas rosetas, la situada en el ángulo septentrional, se conservan algunas teselas rojas, constituyendo el tínico toque de policromía del pavimento. La composición es similar a la que aparece en un mosaico del siglo ii hallado en la Dehesa de Murga, cerca de Castillo ^, que constituye el paralelo más cercano para el nuevo mosaico segobrigense. El motivo central del pavimento, constituido por el panel circular de triángulos blancos y negros, es un elemento muy repetido en mosaicos de todo el Imperio, que se encuentra ya en los modelos pompeianos de finales de la República ^ y que vuelve a encontrarse en los modelos blanquinegros del siglo II d.C, con una amplia difusión por todo el Imperio, incluida la península Ibérica ^. La parte central del pavimento debía poseer un emblema circular hoy perdido, del que no queda el más mínimo rastro en el solar excavado. Aunque los trabajos de excavación en el solar no han concluido y queda pendiente la restauración de los pequeños fragmentos de pavimento que continúan apareciendo, la cronología del mosaico puede establecerse de forma aproximada no sólo por su estilo sino por las evidencias arqueológicas obtenidas. Sobre las teselas aparecieron dos monedas; una XLII), Carmona (J.M^ Blázquez, Mosaicos romanos de Sevilla, Granada, Cádiz y Murcia, Madrid 1982, pp. 31 -34, n° 15, lám. 11, de fines del siglo II, con amplia discusión de los paralelos formales del modelo) o Mérida, en donde aparece en varias ocasiones (A. Blanco, Mosaicos romanos de Mérida, Madrid 1978, p. 27 Con estas evidencias parece probable que el pavimento pueda fecharse a finales del siglo ii d.C, pudiendo coincidir sin dificultad con la cronología propuesta para la inscripción dedicada a Zeus Theos Megistos por G. lulius Siluanus, que debió realizarse a comienzos de la época severiana ^ ^ J.M"* Blázquez, Mosaicos romanos de Córdoba, Jaén y Málaga, Madrid 1981, p. 144, tipo 43. ^ Sirvan como ejemplo, entre otros muchos, los siguientes testimonios: M. Blake, «The Pavements of the Roman Building of the Republic and Early Empire», MAAR 8, 1930, pp. 115 -117; D. von Baeselager, Antike Mosaiken in SiziUen, Roma 1983, p. En Hispânia abundan los testimonios de este tipo de modelos circulares con triángulos; sin ser exhaustivos pueden aducirse los ejemplos de Badalona (X. Barrai, Les mosaïques romaines et médiévales de la regio Laie tana. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ AEspA, 72, 1999 MOSAICO ROMANO DE SEGOBRIGA
Se estudian los abundantes restos inéditos de loricae segmentatae procedentes de la provincia de León, donde se documentan todas las variantes de estas piezas conocidas hasta el momento. Los yacimientos leoneses han proporcionado la cronología final más avanzada de todo el Imperio respecto a las armaduras "Corbridge" y a las corazas "Newstead", dato corroborado en diversas excavaciones y que deberá ser tenido en cuenta a la hora de fechar estas categorías en el futuro. Como en otros aspectos de la arqueología militar, Hispania ha sido una gran desconocida a nivel internacional respecto al mundo de las armaduras romanas. Las referencias a nuestra provincia en las investigaciones al uso son prácticamente inexistentes, a pesar de la constante aparición en nuestro suelo de restos vinculados con estos protectores, especialmente durante los últimos años. No obstante, el panorama científico está cambiando, debido a que los recientes descubrimientos efectuados en la provincia de León han dando un vuelco a dicha situación, convirtiendo nuestra zona en un referente imprescindible. La abundancia de materiales, la diversidad de las piezas constatadas y su cronología, asentada esta última sobre sólidas bases estratigráficas, nos per-miten realizar un completo trabajo de síntesis, como el que desarrollaremos a lo largo de estas páginas2. El papel de la armadura es fundamental en cualquier imperio, pues se convierte en un elemento primordial a la hora de garantizar el éxito de los ejércitos en el campo de batalla. Balent (1989, 86) identifica dos aspectos comunes que afectaron a su fabricación a lo largo de toda la historia de la humanidad. El primero es dotar de flexibilidad a la armadura para permitir a su usuario la necesaria libertad de movimiento. En segundo lugar el peso, pues tiene que ser lo suficientemente ligera como para ser llevada sin cansarse, factor éste que no debe ir en detrimento de la protección que ofrecía ante las armas de los enemigos. Estos dos aspectos influyeron decisivamente en la evolución de la coraza romana, pues ésta es el resultado del compromiso entre movilidad y protección. Tampoco pudo sustraerse la época romana a las pautas que marcan el progreso evolutivo de este tipo de armamento defensivo, pues dicho desarrollo está marcado por dos factores principales: determinismo técnico y cambio cultural. Los logros técnicos posibilitan la fabricación de armaduras con materiales más ligeros y resistentes, mientras que las implicaciones culturales obligan a la constante adecuación del arma frente a los nuevos enemigos que van surgiendo y el equipo militar que estos últimos utilizan. De griegos, partos, sármatas y celtas tomaron prestados tanto los modelos como la tecnología para la fabricación de estas piezas (Bishop; Coulston, 1993, 195), hasta el punto de que en el siglo I gran parte del equipo defensivo del soldado romano derivaba de aquel empleado por sus enemigos. A partir de este armazón cultural, las corazas romanas fueron evolucionando hasta adquirir carta de naturaleza propia y alcanzar modelos originales, como la característica lorica segmentata. Entre los distintos tipos de armaduras usadas por los romanos destacan cuatro categorías principales: la cora- Universidad de Málaga za musculada, la cota de malla, la armadura de escamas y la segmentada. Junto a estas clases principales se encuentran otras más minoritarias, en algunos casos modelos híbridos de los mencionados anteriormente. Hay que tener en cuenta que la armadura no es un arma defensiva aislada, sino que forma parte de un sistema funcional que involucra cascos, escudos, tácticas defensivas y formaciones de batalla. Tampoco podemos olvidar que como complemento de estas piezas existían otros protectores que cubrían los miembros o las partes del cuerpo que no quedaban protegidas por las armaduras, así las grebas. El resultado fue que la armadura evolucionó en simbiosis con los otros elementos defensivos. Podemos hablar de una tendencia que persigue el equilibrio entre: la protección, la movilidad y el costo. La búsqueda de dicho equilibrio desembocó en la introducción de la lorica segmentata y en la simplificación formal de los especimenes. En el campo que nos ocupa, el concepto de evolución no implica la obsolescencia de los tipos de armadura más arcaicos, pues raramente los modelos cayeron en desuso. Unos y otros permanecieron en servicio de modo paralelo, aunque se constata la menor representación numérica de las categorías que se van quedando anticuadas. No podemos entender el mundo de las armaduras como algo unitario, pues aspectos tales como la capacidad industrial de cada legión, la disponibilidad de materias primas, la ubicación geográfica dentro del Imperio, la confortabilidad en determinados climas, o simplemente los gustos personales de los soldados que formaban las unidades militares, también dejaron su impronta en el diseño de estas piezas. Al igual que otros objetos militares, el estudio de las armaduras romanas se basa en tres fuentes principales de conocimiento, cada una de ellas con sus propias limitaciones. Las fuentes literarias son sumamente parcas en el tema que nos ocupa, pues apenas nos ofrecen detalles sobre los tipos de corazas y los personajes que las portaban. Más nutrida es la evidencia iconográfica sobre estas piezas, la cual se divide entre la escultura oficial y la privada. El arte oficial posee un marcado sesgo propagandístico. En este contexto se suelen representar personajes notorios, como el emperador, vistiendo armaduras muy peculiares, como las ceremoniales o las destinadas a los desfiles. Mucho más rara es la plasmación de la tropa, y cuando ésta se lleva a cabo escasean los detalles realistas, pues tiende a una simplificación formal que subraya el símbolo frente a la forma. Los artistas que produjeron estas obras introdujeron sus propios convencionalismos artísticos y estilísticos, como bien puede ejemplificarse en la Columna de Trajano. Esta última obra fue la base de muchos estudios sobre el ejército romano, siendo solamente en tiempos recientes cuando se ha cuestionado su validez como fuente de conocimiento. En principio podríamos presuponer que la Columna nos narra con todo lujo de detalles las dos campañas dácicas del emperador (100-2 y 105-6 d.C.), mostrándonos legionarios con armaduras segmentadas y a la infantería y caballería auxiliar con cota de malla y coraza de escamas. Este esquema de uso no fue tan rígido y más bien parece el producto de unos escultores que habitaban en la metrópolis de Roma y estaban poco familiarizados con las tropas fronterizas. Es muy posible que su única fuente de conocimiento directa fuera la proporcionada por las unidades de guardia en Roma, y que esta información parcial influyera decisivamente en los modelos que representaron. Aparte de este aspecto, la Columna está plagada de convencionalismos que limitan su interés. Algunos afectan al campo de las costumbres, como aquel que nos muestra a los legionarios realizando obras de albañilería o construcción mientras llevan puestas sus armaduras segmentadas (Robinson, 1975, 183), vestimenta poco apropiada como ropa de trabajo a menos que el soldado se encuentre en peligro inminente. Otros son de índole formal o dimensional, como la costumbre de reducir ostentosamente el tamaño de los escudos para poder mostrar mejor a las personas que se encuentran detrás de ellos (Bishop; Coulston, 1993, 21-22). Todos estos detalles demuestran que la plasmación exacta del equipo militar que portaban los soldados no era el principal objetivo de los artistas que trabajaban para el Estado. En contraste con la Columna de Trajano, el Trophaeum Traiani de Adamaklissi (Rumanía), levantado hacia el 108-09, muestra una menor uniformidad de equipo militar, lo que a priori le dota de mayor credibilidad. Para Bishop y Coulston (1993, 22) los artistas que trabajaron en él prestaron atención a los detalles, reflejando con precisión los distintos tipos de armadura conocidos gracias al registro arqueológico. Estos rasgos realistas y la exactitud técnica demostrada podrían significar la implicación directa en el trabajo de soldados o veteranos que aportarían su propia experiencia, motivo por el cual su estilo sería tan diferente al de otras obras coetáneas, como la mencionada Columna. En Adamaklissi podemos ver a legionarios con cotas de malla y armaduras de escamas, y no sólo con la clásica armadura segmentata. A pesar de lo expuesto, el monumento de Adamaklissi no puede sustraerse a determinados convencionalismos de estilo, como el consistente en representar las anillas de las cotas de malla mediante agujeros, si bien este aspecto está condicionado por el material empleado en la fabricación del Trofeo y la técnica usada para trabajar la piedra. Desde el punto de vista de las fuentes arqueológicas podemos señalar unas cuantas premisas que afectan a nuestra parcela de estudio. La desigualdad de conocimiento entre las distintas áreas del Imperio no sólo produce una distorsión en cuanto a los mapas de distribución, sino que también favorece la extrapolación de datos originados en las zonas mejor conocidas, sobre todo Britania y en menor medida el limes renano-danubiano. La generalización de parámetros basados en entornos locales condiciona los estudios realizados en otros ámbitos geográficos distintos, pues suele caerse en la inercia de aplicar las pautas obtenidas en regiones mejor documentadas. Por tanto, la sobrevaloración de algunas provincias del Imperio, o los hallazgos espectaculares de ejemplares completos o en depósitos cerrados, como el archiconocido ocultamiento de Corbridge (Gran Bretaña), han desequilibrado nuestro conocimiento global sobre las armaduras romanas. Al mismo tiempo, dicho desequilibrio se ve fomentado por la sobreabundancia con que aparecen representados determinados tipos de armaduras, sobre todo las segmentadas. La mayor frecuencia de hallazgos materiales vinculados a las lorigas segmentadas no implica necesariamente un uso más extendido de las mismas frente a otras categorías, sino el superior deterioro de éstas. La abundancia con que aparecen los apliques decorativos o funcionales fabricados en cobre/bronce de estas armaduras, frente a la escasez de restos pertenecientes a los flejes de hierro de dichas corazas, avalan las incesantes reparaciones que eran necesarias para mantener la pieza plenamente operativa. De este modo, los persistentes hallazgos de lorica segmentata simplemente reflejan una menor vida útil de los componentes que la conformaban (Bishop; Coulston, 1993, 13). CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LAS ARMADURAS SEGMENTADAS Entre los protectores corporales de la infantería romana, el prototipo mejor conocido es la lorica segmentata, si bien el nombre con el que la conocemos en la actualidad es de reciente acuñación, pues ignoramos como la denominaban los romanos (Robinson, 1975, 174. En los últimos años han proliferado las investigaciones sobre esta clase de armaduras, viendo la luz una serie de ensayos de conjunto que han hecho avanzar enormemente nuestro conocimiento sobre ellas (Bishop, 1998;1999;2002. La lorica segmentata ponía un evidente énfasis en la protección del hombro. Salvaguardar este punto débil era de vital importancia cuando se combatía con enemigos que usaban espadas largas, pues cuando el soldado se resguardaba tras su escudo era sólo vulnerable en los hombros y la cabeza (Connolly, 1991, 362). Si tenemos en cuenta que los cascos romanos se diseñaron para proteger la cabeza desviando los golpes hacia los hombros, nos daremos cuenta del sentido que tenía sobreproteger esa zona. Además, la curvatura de las placas de la lorica segmentata favorecía el desvío de los golpes directos sobre ella, lo que potenciaba su efectividad. Se trata de una coraza formada por láminas de hierro articuladas sobre tiras de cuero, disponiéndose estas últimas en la cara interna. El conjunto se complementaba con una serie de accesorios de cobre/bronce que articulaban externamente las placas o servían para abrochar las distintas secciones de la misma. Dichos accesorios eran sumamente frágiles, lo que propiciaba su rotura, sobre todo si tenemos en cuenta su connivencia con las placas de hierro, no sólo más resistentes, sino proclives a la corrosión, lo que debilitaría las partes metálicas de bronce en contacto con el hierro (Rollason, 1961, 127-128). Junto a la lorica segmentata era casi obligado vestir una especie de camisa acolchada (thoracomachus; de rebus bellicis XV) que servía para evitar los roces producidos por el metal y sobre todo la abrasión en los hombros, donde se descargaba gran parte del peso. Desde el punto de vista tipológico, las armaduras segmentadas se dividen en tres tipos básicos: "Kalkriese", "Corbridge" y "Newstead"; a los que hay que añadir una categoría híbrida relacionada ("Alba Iulia"; Bishop, 2002). Estructuralmente todas estas corazas están formadas por cuatro secciones: dos para los hombros y otro par para el torso. Para analizar los restos conservados es necesario, en primer lugar, aclarar la estructura general de estas armaduras, para poder así encuadrarlos en las categorías pertinentes. La identificación de los fragmentos de corazas segmentadas es muy difícil, debido al precario estado de conservación de las placas de hierro que las conforman y a la escasa entidad de las piezas que a menudo se hallan. También hemos de tener en cuenta que el deterioro que sufren las distintas placas es diferente, siendo más fáciles de dañar en un combate la hombrera que las láminas de la faja, potenciando la reparación y recambio de determinadas piezas sobre otras. Asimismo, el tamaño de la placa es un factor a tener en cuenta a la hora de la conservación, por lo que suelen estar mejor documentadas en las excavaciones arqueológicas las placas más grandes, como la pechera o el peto. Más significativos para encuadrar los hallazgos de armaduras segmentadas dentro de una variante concreta son algunos de los accesorios de cobre/bronce que las complementan. El carácter funcional de estos elementos, pero aún más la morfología que los caracterizan, sirven para diferenciarlos del resto del equipo que portaban los soldados romanos. La mayoría de estos accesorios, como bisagras o discos troquelados, no cuentan con paralelos en ninguna de las otras categorías de objetos característicos del mundo militar. Asimismo, la evolución tipológica y temporal que sufrieron estas corazas tiene su exponente mas relevante en las diferencias que ostentan entre si estos apliques de bronce, lo que les convierte en una referencia imprescindible para clasificar los vestigios que han llegado hasta nuestros días. Para diferenciar las distintas placas que conforman las loricae segmentatae hemos procedido a denominarlas según una terminología propia, derivada en parte de las similitudes que presentan con las armaduras medievales (fig. 1). La elaboración de dicha terminología la consideramos un paso previo imprescindible, debido a la escasa uniformidad a la hora de denominar las distintas piezas integrantes de estas corazas en las investigaciones al uso. Sólo algunos trabajos de habla inglesa han intentado sistematizar este apartado3, si bien los logros alcanzados han sido escasos. Siempre que ha sido posible hemos respetado la tra- ducción literal del término anglosajón ofrecido por Bishop en sus numerosos trabajos que sobre esta materia ha publicado en los últimos años (Bishop, 1998;1999;2002), como por ejemplo, la palabra collar para referirse a las placas del cuello. No obstante, Bishop sólo ofrece denominaciones específicas para los conjuntos o grupos de placas más significativos, dando nombre únicamente a las piezas individuales que él considera especialmente relevantes, como la pechera (breastplate, según el vocablo inglés). Sin embargo, nosotros hemos preferido profundizar aún más en la división de las placas, individualizando y dotando de denominación a todas las distintas partes susceptibles de ser identificadas en el registro arqueológico. Así, mientras en las publicaciones al uso sólo se menciona la hombrera superior e inferior, nosotros hemos aislado sus distintos componentes, a los que nombramos con términos individuales (por ejemplo, guardabrazo superior e inferior). Todas las lorigas segmentadas, salvo las del tipo "Alba Iulia", constan de dos partes bien diferenciadas. La primera de ella está conformada por las placas que protegen la parte superior del tórax, es decir, el pecho y los hombros. Éstas se encuentran duplicadas para cubrir el lado izquierdo y derecho del cuerpo. Precisamente, las corazas "Alba Iulia" carecen de placas segmentadas en esta zona, siendo sustituidas por un peto de escamas. En el resto de las lorigas que estudiamos, la protección superior del tronco se articula en torno a las placas que bordean el cuello, las cuales conforman el collar, y las que cubren el hombro, divididas en hombreras superiores e inferiores. Todas las láminas del collar presentan un lado ligeramente curvo para adaptarse a la forma del cuello, teniendo en ese punto un pequeño saliente redondeado o escalón, para evitar los cortes del metal sobre la piel del soldado. Cuando su estado de conservación es satisfactorio, en el registro arqueológico son fácilmente identificables tanto la pechera (que se dispone sobre el pecho), como la espaldera, si bien en ocasiones esta última se divide en varias secciones que entorpecen la identificación de esta pieza. Tanto el collar como la hombrera superior están articulados por medio de bisagras, para facilitar su colocación sobre el cuerpo del soldado, siendo además las placas sobre las que recala un mayor anhelo decorativo, pues no sólo las bisagras adquieren perfiles que resaltan un carácter ornamental, sino que hebillas y discos troquelados potencian el efecto visual. La hombrera inferior, por su parte, no sólo carece de decoración sino que se sujeta únicamente gracias a las correas internas que la unen con la hombrera superior adyacente. Por regla general el perfil de todas las placas que cubren la parte superior del tronco es bastante recto, por contraposición a las que veremos a continuación. La segunda porción está compuesta por las placas que circundan el abdomen, divididas en dos mitades curvas que se unen en el eje central del estómago y la espalda. Todas ellas conforman la faja, dividida está en tres secciones: la superior, cubierta con el peto; la zona media, donde se disponen las láminas ventrales; y la inferior, denominada faldón. El peto presenta en uno de sus lados la típica curva para adaptarse al cuello, así como el engrosamiento del perfil para evitar el corte en contacto con la carne del soldado. Por su parte el faldón cuenta con un engrosamiento similar, pues descansa directamente sobre las caderas del legionario. Todas las placas que conforman la faja son fácilmente reconocibles; en primer lugar por la amplia curvatura que las caracteriza y las dimensiones que ostentan, pues estas últimas son bastante mayores que las que cubren pecho y hombros; pero además porque cuentan con un número mayor de correas internas, lo que origina una superior cantidad de remaches. ARMADURAS DEL TIPO "KALKRIESE" Esta categoría de armaduras era totalmente desconocida en el panorama investigador hasta hace muy pocos años (fig. 2, 2). El descubrimiento de una pechera completa en el denominado Varusschlacht en Kalkriese (Osnabrück, Alemania) fue un echo definitivo para poder constatar la existencia de un nuevo tipo de coraza segmentada inédito hasta el momento. La importancia del hallazgo es destacable no sólo porque con él se logró documentar el tipo inicial de armaduras segmentadas usadas por el ejército romano, sino porque también retrotraía la cronología de estas corazas hasta la época de Augusto. Franzius, 1995, 69-88), sobre todo hebillas y bisagras, ha sido posible aislar un variado elenco de accesorios en cobre/bronce del que disponían estas loricae, facilitando la clasificación de objetos similares dispersos en otras excavaciones y que aún no habían sido identificados. El tipo "Kalkriese-A" está representado por la pechera aparecida en el yacimiento homónimo. En esta categoría, las placas del collar se unen con el peto mediante correas de cuero remachadas directamente sobre el hierro, a través de unas hebillas que se unen al cuero mediante pequeños remaches. La pechera y espaldera se articulan a la placa media del cuello mediante una bisagra simple o bilobulada, siendo importante destacar que durante el periodo augusteo no se han documentado las bisagras polilobuladas que popularizará el tipo "Corbridge". Otro elemento distintivo de las lorigas "Kalkriese-A" es el forra- do del perfil que rodea al cuello mediante una funda de cobre/bronce. El tipo "B" es similar al anterior, sólo que las correas de cuero no se remachan sobre el hierro sino que se insertan en las clásicas láminas charneladas de cobre/bronce. El enfundado de bronce que rodea el perfil del cuello es ahora sustituido por el engrosamiento de la lámina de hierro. Todas estas características prefiguran las que luego desarrollará el tipo "Corbridge". Respecto a su cronología, se ha señalado una temporalidad que abarca desde el reinado de Augusto hasta el de Claudio (Bishop, 2002, 23-30). Podemos afirmar que ya estaba en uso durante el desastre de Varo (9 d.C.) y que continuó utilizándose, al menos, hasta la conquista de Britania en la década de los 40 del siglo I, como atestiguan los hallazgos de bisagras análogas a las aparecidas en Kalkriese en yacimientos como Chichester y Waddon Hill (Down, 1989, fig. 27). No obstante, en Dangstetten (Alemania) se han identificado algunos fragmentos adscritos a la variante "A" fechados en torno al 9 a.C. (Fingerlin, 1986, 136, lám. 371), conformando en la actualidad la datación más antigua para estas armaduras. Sobre la forma de la faja o las hombreras, desconocemos casi todos los detalles, pues apenas han sido encontrados ejemplares adscritos a esta categoría. Se ha señalado una hombrera de Chichester como perteneciente a este tipo, si bien no puede afirmarse con certeza (Bishop, 1998, 10). Mas segura es la hombrera superior delantera de Vindonissa (Suiza) y el fragmento de faldón de este mismo yacimiento (Unz; Deschler-Erb, 1997, lám. 30, 615). Los testimonios de este tipo de armaduras en la Península Ibérica, por el momento, son muy escasos. Aunque debido a la reciente identificación de estas corazas no podemos desdeñar la aparición de piezas similares en nuestro suelo durante los próximos años. En la actualidad se reducen a una bisagra descubierta en Iruña (Bishop, 2002, fig. 4.3, 1) y un par de ejemplares procedentes de Astorga. Las bisagras del tipo "Kalkriese" prefiguran las clásicas piezas insertadas en la categoría "Corbridge", si bien en la primera variante la forma del objeto es mucho más simple. Mientras que en el tipo "Corbridge" estas articulaciones cuentan con tres lóbulos claramente destacados, los goznes adscritos a la clase "Kalkriese" apenan insinúan un par de lóbulos dentro de la estructura rectangular de la pieza, siendo también comunes las piezas con remate apuntado. Es de destacar que en todos los especimenes hispanos los orificios en que se insertan los remaches están enmarcados por círculos troquelados, rasgo que se convertirá posteriormente en arquetípico de las bisagras del tipo "Corbridge". El testimonio español más temprano es una bisagra apuntada descubierta en Astorga (Asturica Augusta), siendo su cronología augusteo-tiberiana y estando ads-critas a la fase campamental de dicho yacimiento, cuando era la base de la legio X gemina4. A pesar de las escasas piezas publicadas, cuenta con buenos paralelos fuera de nuestras fronteras datados en época augustea, así los especimenes de perfil apuntado de Kalkriese, Oberwinterthur (Alemania) y Strasbourg (Francia) (Thomas, 2003, 62-63, fig. 45, 6-8). Procedente de las obras de cimentación de las Termas Menores de Asturica (c/ Padre Blanco, 7/11) (fig. 3, 2) es otra bisagra relacionada con el tipo "F.ii" de Thomas, al igual que el espécimen de Iruña, inserto este último en el sector 1, UE 1001d del yacimiento (Filloy; Gil, 2000, no 353). El gozne bilobulado de Iruña ha sido publicado en un par de ocasiones pero sin realizar un estudio exhaustivo, por lo que desconocemos el material asociado, si bien los autores ofrecen una cronología de la segunda mitad del siglo I al siglo II. Dicha datación ignoramos si pertenece al contexto estratigráfico o si está relacionada con la cronología relativa de la pieza. El ejemplar de Astorga se fecha en las postrimerías de la primera centuria. Dichos paralelos confirmarían que las bisagras que tratamos pertenecen al grupo de los accesorios tardíos dentro de esta categoría de armaduras, pues piezas similares no aparecen ni en el yacimiento de Kalkriese ni en los campamentos del limes de principios del siglo I, donde por el contrario son muy abundantes las bisagras apuntadas. ARMADURAS DEL TIPO "CORBRIDGE" De entre todas las categorías de armaduras segmentadas el tipo "Corbridge" es el más conocido (fig. 2, 1). Esta circunstancia no sólo deriva del hecho de que el famoso ocultamiento de material militar efectuado en Corbridge estuviera compuesto en su mayoría por corazas de esta clase, sino también porque los restos de estas lorigas se han prodigado en muchos asentamientos legionarios, hasta el punto de ser un descubrimiento común que goza de una amplia dispersión geográfica. La abundancia de vestigios relacionados con el tipo "Corbridge" está en relación directa con la fragilidad de sus accesorios elaborados en cobre/bronce, que son los que más se encuentran en las excavaciones. Aunque los distintos tipos de loricae segmentatae estuvieron en uso durante un periodo de tiempo similar, existe una evidente desproporción numérica entre los hallazgos de una categoría u otra. El rápido deterioro de los elementos broncíneos y su mayor presencia en la categoría de coraza que tratamos, pues las armaduras "Kalkriese" y "Newstead" emplean un número menor de estos accesorios, justifican la importante representación en el registro arqueológico del tipo "Corbridge". Robinson (1975, 177-180) distinguió tres subtipos diferentes, los cuales han sido mantenidos por los investigadores sucesivos a pesar de los nuevos hallazgos. Diferenciar unas variantes de otras, cuando sólo se hallan fragmentos de la armadura, es una labor imposible, pues la pauta entre unos y otros suele ser determinados elementos que sirven para abrochar externamente las placas. La categoría "Corbridge-A" está definida por la unión entre la pechera y el peto, que se realiza mediante sendas hebillas, probable reminiscencia del tipo "Kalkriese". Por el contrario, en las corazas "Corbridge-B/C" dichas placas se abrochan mediante presillas, de forma que en la pechera se sitúan unas láminas perforadas en las que encajan los ganchos ubicados en el peto. Este método de presillas prefigura el modo de ensamblaje habitual en el posterior tipo "Newstead", por lo que parecería confirmarse una evolución cronológica que comienza con las "Corbridge-A" y termina con las "Corbridge-B/C". La distinción entre los subtipos "B" y "C" es más sutil, pues mientras en el primero las láminas perforadas son de bronce, en el segundo están fabricadas con hierro. Junto a los accesorios que las caracterizan, según Robinson existen otros rasgos distintivos que nosotros ponemos en tela de juicio. Entre ellos afirma que las dimensiones y la morfología de algunas placas varían entre las distintas subcategorías, así por ejemplo la pechera en las "Corbridge-B/C" es ligeramente mayor, si bien creemos que esta circunstancia puede estar relacionada con diferencias de talleres que sería necesario aislar y estudiar en profundidad. Dichas disparidades podrían deberse simplemente a la forma de trabajar de diferentes armeros, e incluso la distinción entre los subtipos "B" y "C" podría ser ficticia basándonos en este razonamiento, como recientemente ha postulado Bishop (2002, 36). Otro rasgo diferenciador expuesto por Robinson y relacionado con lo expuesto, es el número de placas que conforman la faja, siendo éste ocho en las "Corbridge-A" y siete en las "B/C". Finalmente, Robinson señala otro criterio estilístico basado en los elementos de cobre/bronce que portan estas armaduras, si bien creemos que establecer razonamientos de esta clase es una apuesta muy arriesgada, debido a que las discrepancias entre unos y otros puede deberse a razones geográficas, la experiencia del artesano, la premura en la fabricación, o simplemente a modas asociadas a distintas unidades, entre las muchas razones que podríamos aducir. Para Robinson, estos accesorios estarían mucho mejor rematados y con perfiles más definidos en las "Corbridge-A", para posteriormente irse simplificando en las "Corbridge-B/C". De este modo, las bisagras lobuladas que articulan collar y hombrera superior tendrían en el subtipo "A" unos lóbulos simétricos parecidos a volutas, separados y perfectamente perfilados, a menudo con una perforación triangular en la zona próxima a la charnela; por el contrario en las variantes "B/C" las bisagras son más estrechas, los lóbulos apenas se destacan de las placas y adquieren un perfil similar a una cruz de brazos redondeados (Robinson, 1975, 180). Siguiendo con los complementos en cobre/bronce de las armaduras que tratamos, aparte de las charnelas lobuladas, contamos con otro elemento característico que define a las loricae "Corbridge", como son los dis-cos decorados mediante la técnica del repujado. Discos y bisagras lobuladas conforman los elementos más reconocibles de este tipo de armaduras, aquellos que permiten detectar su presencia en los asentamientos militares, pues los flejes de hierro raramente se conservan hasta un grado que puedan ser identificados como pertenecientes a un grupo u otro. Igualmente representativas, pero más difícil de aislar en la documentación arqueológica, son las presillas caladas que hacen de pieza "hembra" para alojar los ganchos de la faja, pues su similitud con otros objetos de la vida cotidiana romana hace que no puedan ser reconocidos, a no ser que aparezcan asociados a otros restos de corazas. Por el contrario otros accesorios realizados en aleación cobre/bronce, como los broches charnelados con hebillas, las placas charneladas para correas o los ganchos, están presentes tanto en el tipo "Corbridge" como en el "Newstead". El origen de las armaduras "Corbridge" se ha fijado en un momento indeterminado de la etapa tiberio-claudia (Bishop, 1998, 11). Poco más podemos especificar sobre la fecha concreta de su adopción, salvo su amplia presencia entre los contingentes armados que utilizó el emperador Claudio para la invasión de Britania en el año 43 d.C. Los testimonios de estas loricae se prodigan a medida que avanzamos en el tiempo, estando ampliamente constatados durante la dinastía flavia, como por ejemplo en Gamala (Israel) (Bishop, 2002, 31). Mucho más oscura es la última fecha de utilización de estas piezas defensivas. Su presencia en el Waffenmagazin de Carnuntum (Austria), depósito en el que se localizaron lorigas "Corbridge" y "Newstead", por lo que se ha considerado adscrito a una fase de transición entre uno y otro tipo, abalaría su postrero uso hacia la mitad del siglo II, aunque debemos tener en cuenta que la categoría "Corbridge" está considerada como la que tuvo una vida más dilatada frente a sus compañeras (Bishop, 1998, 12). Como tendremos ocasión de comprobar, los hallazgos de León ponen en tela de juicio la cronología final asignada por Bishop, demostrando que el tipo perdurará mucho más de lo que se podía prever en un principio. El testimonio más antiguo del tipo "Corbridge" en el campamento de León es un gancho documentado en la UE 11 de las excavaciones de La Palomera (San Pedro), nivel correspondiente a un vertedero de la legio VI de época julio-claudia, si bien podríamos concretar aún más la fecha por los materiales que la acompañan en un momento tiberio-neroniano (20-70 d.C.) Dicha cronología convierte el ejemplar leonés en una de las primeras evidencias del uso de estas loricae en el Imperio, paralelo por tanto a los ejemplares arcaicos atestiguados durante la invasión de Britania. El ejemplar leonés posee un perfil muy sencillo, pues se trata de una simple lámina rectangular cuyo extremo se aguza y se enrolla sobre si misma. Gracias a la morfología de este espécimen podemos cuestionar la teoría propugnada por Robinson según la cual los accesorios para lorica fabricados en los inicios de la producción de esta categoría de corazas se caracterizaban por un mejor acabado de las piezas, cuyos contornos contaban con perfiles complejos y simétricos (Robinson, 1975, 180). Los ganchos de este primer periodo, con el que se corresponde el ejemplar de La Palomera, según Robinson deberían poseer láminas con el lado menor próximo al gancho curvado, curvatura que en algunos objetos se prolongaría al perfil de la placa propiamente dicha. El gancho de León demuestra algo que ya quedaba patente desde hace algunos años, el que la teoría de Robinson basada en criterios estilísticos era sumamente cuestionable, pues de forma sincrónica aparece en los campamentos del limes una rica gama de variantes en las que predominan precisamente los ejemplares más sencillos, como no debiera de extrañar ante objetos tan funcionales y frágiles, aspecto este último que implica un constante mantenimiento y reparación de los elementos dañados. Prácticamente coetáneos, pues se datan en época claudio-neroniana, son los importantes restos de armaduras de la legio VI en León aparecidos en "La Praviana" (c/ General Mola con Plaza del Conde Luna), vinculados a un taller de fundición, dada su asociación con escorias, crisoles, piezas inacabadas y un horno (Aurrecoechea, 2006a, 309-334). Se localizaron más de 20 grupos diferentes de flejes en dos unidades estratigráficas (U.Es 1040 y 1042), ambas correspondientes al momento final del campamento julio-claudio (Morillo; García, 2006, 255, fig. 62), pudiéndose identificar varias láminas de hombreras, tanto superiores como inferiores, un plancha doblada perteneciente a una lámina ventral de la faja, etc. (fig. 3, 4-6 y fig. 8-2 y 3). También adscritos a los momentos iniciales de utilización de estas armaduras son tres flejes de coraza, en estado muy fragmentario y precaria conservación. Fueron descubiertos en las excavaciones leonesas de la calle Plegarias c/v Ramiro III, concretamente en la UE 1086, zona de cannabae situada justo a la salida de la via praetoria. Dicho nivel pertenece al derrumbe y amortización de las estructuras de adobes que conformaban una ferrería romana de la legio VI, derrumbe fechado entre el año 70 y el momento de llegada de la legio VII, si bien este nivel arqueológico fue alterado parcialmente para disponer unas estructuras edificadas en los primeros momentos de esta última legión (UE 1075 y 1076), por lo que su cronología cae ya en el último cuarto del siglo I d.C. (Aurrecoechea, 2006a, 315. Su datación, claramente atribuible al período flavio (70-98 d.C.), convierte estos exiguos fragmentos en otra manifestación temprana de este tipo de corazas en el fuerte de León. Desde el punto de vista numérico, el grueso de los materiales asociados a esta categoría de armaduras se documentó en la Plaza del Conde Luna, 2, donde apareció representada toda la tipología de elementos en cobre/bronce que engalanaban dichas piezas (bisagras lobuladas, discos repujados, ganchos, etc. Aurrecoechea, 2006a, 309-334, fig. 6-9. El conjunto estaba asociado nuevamente a un taller de fundición, ya que casi todos los especimenes habían sido arrancados de sus placas de hierro originales, lo que provocó el deterioro de los objetos. Esta circunstancia apunta claramente al reciclaje del material por parte de un artesano del metal que estaba preparando su refundición para elaborar nuevos ejemplares. Asimismo se hallaron piezas inacabadas y otros vestigios que confirman la presencia del mencionado taller. También es digno de reseñar el hecho de que este conjunto de accesorios de bronce no forman un lote homogéneo, pues no sólo conviven en el mismo depósito restos de corazas pertenecientes a distintas clases (al menos "Corbridge" y "Newstead"), sino que incluso piezas con la misma función dentro de un mismo tipo de lorica segmentata tienen una decoración diferente, como podemos constatar en los discos repujados. Los fragmentos de lorigas aparecieron concentrados en dos unidades estratigráficas (UE 107 y 110) que realmente era un único nivel arqueológico. Dicho nivel era la tierra arcillosa de color marrón verdoso con la que se reparó el terraplén original de la legio VII que había sido desmantelado previamente durante el siglo II y la primera mitad de la tercera centuria para construir una serie de hornos. El material cerámico asociado, junto con las monedas que lo acompañaban (antoninianos de Galieno y Claudio II), fechan claramente el contexto arqueológico de las armaduras que tratamos en el último cuarto del siglo III (Aurrecoechea, 2006a, 317-318). Entre los hallazgos de la Plaza del Conde Luna, 2 encontramos una serie de bisagras lobuladas empleadas para unir las placas del collar y la hombrera superior. Casi ninguna de ellas conserva restos de la lámina de hierro a la que estaban sujetas, por lo que no podemos aventurar el lugar concreto de la armadura donde se alojaron (fig. 4, 2-4). Sólo en un caso podemos asegurar su pertenencia a una placa media del cuello, pues contamos con un escaso pero significativo indicio consistente en un fragmento recto de la placa de hierro con borde engrosado para proteger el cuello del soldado (fig. 4, 1). Los tamaños varían desde ejemplares pequeños a otros más grandes. La forma de los lóbulos también es diferente de unos especimenes a otros, lo que confirma que pertenecieron a diferentes armaduras. Abundan las bisagras bien perfiladas con lóbulos perfectamente definidos, contando incluso con un testimonio de perforación triangular, presunto rasgo de las charnelas "Corbridge" tempranas. Llama la atención la ausencia, en los ejem-plares leoneses, de los típicos círculos troquelados que suelen decorar el contorno de los agujeros donde se insertan los remaches, característica ésta que aparece en muchas de las piezas de la primera centuria. Estas bisagras lobuladas son muy comunes, por lo que podríamos indicar numerosos paralelos, así aquellos de Broxtowe, Londres, Wroxeter (Gran Bretaña. Otra evidencia descubierta en la Plaza del Conde Luna, 2 son los discos repujados, uno de los elementos más ornamentales de esta categoría de corazas (fig. 4, 6-8). Se trata de delgados apliques circulares ubicados por lo general en cada una de las placas de la hombrera superior y en la pechera, en el lugar en que se alojan las correas internas que articulan las placas, sirviendo de cabezas decorativas para los remaches que sujetan dichas correas. Por regla general, todas las piezas constatadas en el Imperio se circunscriben a un repertorio ornamental muy limitado, basado en el esquema radial que proporciona un objeto de forma circular. Todos los ejemplares de León tienen un diseño vegetal a base de pétalos, conforme a una sintaxis decorativa que es la más característica de estos accesorios "Corbridge" y que se encuentra repetida hasta la saciedad en todos los hallazgos de esta clase esparcidos por el orbe romano. No obstante, ninguno de los discos repujados de León que estamos estudiando fue elaborado con la misma matriz empleada para estampar el diseño, dato que nuevamente avala su pertenencia a diferentes loricae segmentatae. Piezas y decoraciones semejantes constatamos en Vindonissa (Unz; Deschler, 1997, Taf. 31) y en otros muchos campamentos romanos. Otro elemento característico de las armaduras tipo "Corbridge" descubierto en Conde Luna son las placas charneladas para hebillas o correas de cuero (Aurrecoechea, 2006a, 324, fig. 6, 12-14). Al menos tres de estas placas, adscritas al grupo "C.ii" de Thomas, pertenecen a las tiras de cuero que unían en las variantes "Corbrid- 9.-Bisagra "Corbridge" de Calvo Sotelo (Astorga). ge-A" y "B/C" las pecheras y espalderas superiores del lado izquierdo y derecho entre sí, a través de la placa media del cuello. Aunque también pudieron pertenecer a las tiras que unen las pecheras con el peto en la categoría "Corbridge-A". Los fragmentos son claramente identificables por el par de remaches característicos de estos objetos y las dimensiones que ostentan. Otro fragmento de placa debió pertenecer a una hebilla ubicada en posición similar a la descripción anterior. Los cierres verticales u horizontales mediante ganchos son característicos tanto de las corazas "Corbridge" como de las "Newstead". La función principal en el tipo "Corbridge" fue unir las dos mitades de la faja, mientras que en la categoría "Newstead" se emplearon básicamente para abrochar el collar con el peto. Por tanto, en las primeras armaduras mencionadas era necesario un número mayor de estos ganchos. En el depósito de la Plaza del Conde Luna, donde conviven las dos categorías de armaduras, llama la atención el escaso número de estos objetos hallados, pues sólo hemos constatado un único ejemplar (fig. 4, 5), perteneciente a la clase "H.i" de la clasificación de Thomas (2003, 91-AEspA 2007, 80, págs. 153-182 Madrid. Vestigios "Corbridge" de Puerta Castillo-Santa Marina (León). Este dato contrasta con la abundancia de ganchos descubiertos en otras excavaciones del mismo yacimiento, hecho este último que está en sintonía con lo que ocurre en la mayoría de los campamentos romanos, donde dichos ganchos son un hallazgo rutinario y habitual. Al ser un descubrimiento tan común desistimos de citar ejemplares semejantes para la pieza de León. Un nutrido grupo de flejes de lorica segmentata apareció en la UE 4124 del Espacio VII de las excavaciones de Puerta Castillo-Santa Marina (León. Las piezas, descubiertas junto a los restos de una manica, parecen haber sido halladas in situ, dado el agrupamiento y la disposición de los diversos restos. Localizadas sobre la superficie de circulación de un edificio interpretado como un almacén en torno a patio, habían sido aplastados por el derrumbe de la techumbre, perteneciendo por tanto al nivel de abandono y colapso de la estructura, el cual se fecha en el tercer cuarto del siglo III. En cuanto a la interpretación de los restos, todos los flejes pertenecen a las láminas ventrales de una faja, constatándose también la placa que descansa sobre la cadera o faldón. Todas las piezas fueron privadas de los elementos de bronce que complementaban las placas, salvo los pequeños remaches internos que sujetaban las correas de cuero, por lo que podemos asegurar que nos encontramos ante una coraza amortizada dispuesta para ser reciclada. Queda por dilucidar la categoría de loriga de la que formó parte, labor que se complica ante la parquedad de los testimonios conservados y la ausencia de los cierres de bronce que abrochaban la faja. Ateniéndonos a la cronología del contexto arqueológico, hacia el 250-275 d.C., podríamos presuponer que nos hallamos ante una lorica segmentata de tipo "Newstead", pues existe una creencia generalizada de que las corazas "Corbridge" ya habían dejado de usarse hacía casi una centuria. No obstante, el campamento de León ha aportado pruebas documentales de la existencia de armaduras segmentadas de tipo "Corbridge" en fechas tan tardías como finales del siglo III. Entre los hallazgos tardíos de corazas "Corbridge" se encuentra el procedente de las excavaciones en la plaza del Conde Luna, 2, siendo éste un descubrimiento que guarda muchas similitudes con el que tratamos, pues en ambos los fragmentos de armaduras constatados estaban siendo sometidos a reciclaje. La diferencia entre uno y otro procede de la categoría de los restos, pues mientras que en Puerta Castillo-Santa Marina tenemos el material de hierro inservible, en Conde Luna lo que encontramos son los accesorios de cobre/bronce preparados para su refundición. El descubrimiento de Conde Luna nos hace ser cautos a la hora de catalogar piezas de difícil adscripción morfológica teniendo en cuenta sólo la datación estratigráfica. Para intentar dilucidar definitivamente la clase de armadura encontrada en Puerta Castillo-Santa Marina hemos analizado la anchura del fleje que forma el faldón, observando que sólo mide 5 ́2 cm, dimensiones similares a las que componen el resto de la faja. Estas dimensiones nos llevan a pensar que nuestros ejemplares pertenecen a una lorica de la categoría "Corbridge", ya que en los especimenes "Newstead" la placa del faldón es más ancha que las láminas ventrales. De este modo, las piezas que exponemos nuevamente constatarían la pervivencia de armaduras "Corbridge" en contextos tan tardíos como la segunda mitad de la tercera centuria. También provenientes de las excavaciones de Puerta Castillo-Santa Marina son un par de fragmentos de flejes encontrados en la UE 4016 del Espacio III. La génesis del estrato donde fueron descubiertos es la misma que la que originó el hallazgo de los ejemplares de la UE 4124 que comentamos en el párrafo anterior, es decir el colapso del tapial que conformaba la mayor parte del cierre de los muros de la construcción romana y de su techumbre, lo que explicaría la abundancia de material latericio. Su cronología es, por tanto, idéntica a la de sus homólogos, el tercer cuarto del siglo III. Uno de los fragmentos es tan exiguo que no permite interpretación, pero otro de ellos, a pesar de su reducido tamaño, conserva una serie de remaches que nos permiten una clara adscripción tipológica. La disposición de dichos remaches nos indica que nos encontramos ante un fragmento de peto correspondiente a una armadura del tipo "Corbridge-A" (fig. 5, 3). Sólo en los petos de la expresada categoría concurre la circunstancia de poseer un remache para sujetar el disco decorado mediante repujado, aquel que se conserva en el centro de nuestra pieza, debajo de sendos remaches empleados para asir una placa charnelada con hebilla. De este último elemento se conservan dos de los clavos que fijaban una de las chapas del par que suelen componer estos cierres. La aparición de material tan antiguo, como son las corazas "Corbridge-A", en niveles de la tercera centuria, no dejaría de sorprendernos si se tratara de un hecho aislado, pero al contar con otros antecedentes en el mismo yacimiento sólo aporta nuevas pruebas de un fenómeno ya confirmado. Respecto a las corazas que tratamos, quizá la novedad más remarcable sea el hallazgo de restos "Corbridge" en Astorga, datados en una época tan avanzada como es el tránsito entre el siglo tercero y el cuarto. Nos referimos a una bisagra documentada en la UE 6001 de las excavaciones realizadas en la Plaza de Calvo Sotelo, 10 (fig. 4, 9). Este descubrimiento confirma la pervivencia de los protectores segmentados del tipo "Corbridge" hasta prácticamente los inicios del Tardoimperio. Debemos de tener en cuenta que el ejemplar de Astorga no puede ser interpretado como residual de una época anterior, ya que el yacimiento donde se localizó dejó de ser una base militar bajo el reinado de Tiberio, para transformarse en un núcleo urbano. Con los conocimientos actuales, podemos asegurar que las tropas romanas abandonaron Astorga por aquellas fechas y que no volvieron a la ciudad hasta el último tercio del siglo III, como queda confirmado tras el análisis de los restos castrenses aparecidos en este emplazamiento5. Para terminar de completar el panorama referido a estas piezas, sería obligado mencionar los hallazgos localizados en otros enclaves militares españoles, como el de Herrera de Pisuerga, en Palencia, o Petavonium (Zamora), si bien la información que se posee actualmente es muy escasa. De Pisoraca (Herrera de Pisuerga) proceden una serie de ejemplares (bisagras, ganchos, etc.), publicados en varias ocasiones sin alusión al contexto arqueológico en el que fueron descubiertos (García, 1999, 14, fig. 1, 4. También ignoramos el contexto en el que aparecieron los fragmentos encontrados en el asentamiento de la legio X gemina en Rosinos de Vidriales (Petavonium), los cuales se exhiben en el Museo de Zamora, pues aún permanecen inéditos. Actualmente los descubrimientos realizados fuera del área leonesa solo tienen un valor testimonial, ya que desconocemos las circunstancias de su hallazgo. ARMADURAS DEL TIPO "NEWSTEAD" Aunque los primeros testimonios de este tipo de armaduras se documentaron en los trabajos efectuados en el Waffenmagazin del fuerte legionario de Carnuntum durante las postrimerías del siglo XIX, no sería hasta las investigaciones de Robinson cuando se lograran aislar estos restos y redefinirlos como pertenecientes a un nuevo tipo de corazas. Dicha reinterpretación fue posible gracias a la notable mejora en el conocimiento de las lorigas segmentadas romanas que supuso el hallazgo de Corbridge, pues pudo comprobarse cuan diferentes eran las piezas de dicho ocultamiento de las aparecidas en Carnuntum. Hasta ese momento los investigadores habían supuesto que sólo existía un único tipo de lorica segmentata, tesis que fue desmentida por Robinson (1975, 180-181) al comparar sobre todo las pecheras de Corbridge y Carnuntum. El nombre con el que las conocemos deriva de los importantes restos descubiertos en el cuartel general del fuerte de Newstead (Gran Bretaña) por James Curle en 1905, entre los que destacan una pechera y una espaldera superior casi completas (Curle, 1911, 104-139). La característica principal que fue primeramente señalada para reconocer esta categoría de armaduras, era el modo de unión entre las placas del collar y las que conforman la faja. Donde el tipo "Corbridge" había empleado unas presillas hembras con un lado curvado orientado hacia el vientre del soldado, la clase "Newstead" utilizaba unas presillas más robustas y rígidas con el lado curvo orientada hacía la cabeza del militar. Además el tipo "Newstead" descartaba completamente los cierres basados en correas de cuero unidas mediante hebillas, los cuales aparecían en la categoría "Corbridge" ya únicamente reservados a la unión entre pecheras y espalderas superiores. Las hebillas son sustituidas ahora por sendas perforaciones rectangulares efectuadas en la placa de hierro que están perfiladas por un marco de cobre/bronce. A través de la perforación se hace pasar una presilla tubular, conseguida mediante el simple procedimiento de volver una placa sobre si misma. El conjunto se aseguraba mediante una varilla que era alojada en el hueco cilíndrico del tubo. Las primeras reconstrucciones que intentaban definir el aspecto de estas loricae fueron víctimas de la escasez de datos con los que se contaba. Tras la propuesta inicial de Curle (1911, 157-158, lám. 22), Robinson establece un esquema que tuvo gran predicamento entre los investigadores del equipo militar, los cuales no se atrevieron a cuestionar hasta tiempos recientes. Para Robinson (1975, fig. 181), las placas del collar y de la hombrera superior no contaban con bisagras, como sus homónimas del tipo "Corbridge", sino que eran remachadas unas sobre otras. Esta particularidad dotaría a los ejemplares "Newstead" de una rigidez paralela a las armaduras posteriores de época medieval. Respecto a los flejes de la faja, estos se abrocharían gracias a unas presillas tubulares por las que se deslizarían una serie de varillas, o por las que se harían pasar sendos lazos de cuerda que ataran unas placas a otras. Poulter (1988) fue el primero en poner en tela de juicio algunos de los postulados de Robinson, aunque no de un modo muy acertado. Por ejemplo, concibió que las pecheras y espalderas superiores se abrocharían con una hebilla que se introduciría en el intersticio dejado por el marco rectangular que figuraba en uno de los lados. Tal posibilidad ha sido duramente criticada, sobre todo porque no se han descubierto nunca hebillas en los contextos arqueológicos donde han aparecido estas piezas, y porque además no existen huellas de desgaste en las superficies de cobre/bronce de los marcos, las cuales se deberían haber producido debido al roce de la hebilla que descansaría sobre ellos (Bishop, 2002, 56-57). No ha sido hasta hace unos años, con la proliferación de hallazgos de loricae segmentatae adscritos a esta categoría, algunos de los cuales conservaban las claves para ofrecer una aproximación más definitiva al aspecto de estas piezas, cuando se ha estado en disposición de lograr una reconstrucción más aquilatada. Ésta ha venido de la mano de Bishop, investigador que ha centrado buena parte de su carrera profesional desde la década de 1990 en el estudio de las armaduras segmentadas romanas (fig. 2, 3). Una primera cuestión que llamó la atención de Bishop fue el hallazgo de una espaldera superior en Carlisle (Gran Bretaña) que conservaba una bisagra lobulada de gran tamaño (Caruana, 1993). Bisagras similares habían sido constatadas en el Waffenmagazin de Carnuntum, si bien estas piezas al carecer de paralelos nunca fueron correctamente interpretadas. La solución de Robinson de collar y hombreras formadas por placas rígidas remachadas no estaba basada en ningún testimonio material, pues ninguna de las armaduras tenidas en cuenta por Robinson conservaba la zona donde podría alojarse una bisagra. Con las evidencias actuales sabemos que las armaduras "Newstead" contaban con grandes bisagras exactamente en los mismo puntos que las corazas "Corbridge", es decir, articulando la placa media del cuello con la espaldera y la pechera; así como la hombrera superior central con la delantera y la trasera (Bishop, 1999, 36). Otro punto oscuro era la unión entre pecheras y espalderas superiores, abrochadas mediante presillas tubulares según Robinson, o con hebillas conforme a Poulter. Para Bishop ninguno de los dos métodos son válidos, máxime cuando no hay pruebas que garanticen el uso de ninguno de ellos. Con respecto a la propuesta de Robinson, además, resultaría poco efectivo abrochar una pechera con una varilla que atravesara un único tubo, pues el mero movimiento del soldado durante la batalla podría desalojar de su sitio tan frágil abrochado. Parece más plausible utilizar un método que ya se encuentra constatado en los cierres de las pecheras de las cotas de malla y de escamas, consistente en una anilla fundida de perfil cuadrado con un apéndice en forma de "T", el cual se introduce en la perforación de la placa que está flanqueada por un marco de Figura 6. Accesorios de armaduras "Newstead" de la Plaza del Conde Luna (León). cobre/bronce. Tras ser introducida, este cierre lateral se gira para quedar firmemente asegurado. Tampoco se puede descartar un abrochado similar al presente en los flejes de la faja (Bishop, 2002, 56-57). Con respecto a los cierres de la faja, el diseño de Robinson (1975, 181) fundamentado en presillas tubulares ha sido recientemente desmentido, pues al parecer dicho autor se basó en restos identificados erróneamente como flejes de faja cuando en realidad se trataban de otras partes de la coraza, así como en un caso particular de armadura reparada mediante ese particular método (Bishop, 2002, 57). Desde hacía tiempo se producía en los yacimientos castrenses del limes el reiterado descubrimiento de anillas fundidas con un pequeño apéndice rectangular. Al tratarse de objetos aislados, desvinculados de la pieza original de la que formaban parte, la interpretación correcta de los hallazgos era muy difícil. No sería hasta el trabajo de Webster (1992, 116-119) sobre las piezas de Caerleon (Gran Bretaña) cuando comenzara a vislumbrarse el auténtico cometido de estas pequeñas anillas de cobre/bronce, confirmado posteriormente con el descubrimiento de Stillfried (Austria). En este último yacimiento apareció, hace tan solo unos años, un juego completo de láminas correspondientes a la faja de una armadura de tipo "Newstead". En dicho conjunto se pudo comprobar que el abrochado se realizaba mediante una serie de anillas dispuestas en la mitad izquierda, las cuales se hacían pasar por unos orificios situados en el lado derecho cuya forma era rectangular y estaban enmarcados por placas de bronce remachadas en sus ángulos (Eibner, 2000, 32-34). Dicho sistema de perforaciones con marcos rectangulares ya había sido documentado en las pecheras y espalderas de esta misma categoría de lorica segmentata. Evidentemente este método de cierre necesita de un complemento que atraviese los orificios centrales de las anillas para evitar que éstas se salgan de sus marcos, lo cual podría conseguirse con varillas del tipo de las usadas en espalderas y pecheras, aunque ninguna de ellas ha sido localizada in situ. Tras aclarar el modo en que se abrochaba la faja, comprobamos que la región del abdomen en las corazas del tipo "Newstead" se caracterizaba por una mayor rigidez que en las de la clase "Corbridge", lo que podría haber provocado la constante rotura de las anillas y explicar su proliferación en los contextos arqueológicos militares. Para finalizar con los accesorios de bronce que portaban estas lorigas, tendremos que hablar del enfundado con tiras de esta aleación de los bordes inferiores y superiores de la faja (Bishop, 2002, 58), rasgo éste que se había constatado ya en la vetusta categoría "Kalkriese-A", aunque en esta última el enfundado se localizaba en las placas que bordeaban el cuello, si bien esta peculiaridad parece haberse perdido en la posterior variante "Corbridge". También es probable que las corazas "Newstead" se complementaban con discos decorados, al igual que la clase "Corbridge", a tenor de la pieza documentada en el Waffenmagazin de Carnuntum, aunque en este depósito coexisten lorigas de los dos tipos, por lo que no se puede asegurar su pertenencia a uno u otro (Bishop, 2002, fig. 6.1, 7). No obstante, el hallazgo de una pechera "Newstead" en Zugmantel, que conserva un disco sin decoración repujada, indicaría que posiblemente estas armaduras se ornamentaron con dichos elementos, tal y como ha propuesto en su reconstrucción Bishop (2002, fig. 6.3). Otro punto importante a tratar es la cronología de esta variante de lorica, sobre todo porque como tendremos ocasión de comprobar posteriormente los hallazgos de León tienen mucho que aportar en este sentido. Un primer aspecto a desvelar es el momento en que estas armaduras segmentadas comenzaron a utilizarse. La temporalidad del depósito de Carnuntum siempre ha suscitado una gran polémica, aunque la connivencia de los tipos "Corbridge" y "Newstead" ha llevado a pensar que su datación se situaría en los momentos finales de uso de la primera categoría y los inicios de la última, proponiéndose el periodo antonino como el más adecuado para esta fase transicional y concretamente los años centrales del siglo II, aunque se carece de un contexto arqueológico que nos permita asegurar dicha hipótesis (Bishop, 1999, 37). Los hallazgos del "Pozo 1" de Newstead se han datado también en época antonina, aunque se han barajado diversas propuestas cronológicas. Para Robinson (1975, 183-184) las piezas documentadas en dicha estructura serían trajaneas, lo que implicaría retroceder la datación inicial de la variante que tratamos hasta los inicios de la segunda centuria; algo con lo que no está de acuerdo Hartley (1972, 40-41), quien considera estos testimonios como pertenecientes al reinado de Antonino Pío o Marco Aurelio; si bien Bishop (2002, 60, nota 7) incluso adelanta su cronología hasta las postrimerías de Septimio Severo, es decir, a la década inicial de la tercera centuria. Comprobamos pues que existían serias dudas sobre la época de aparición de estas lorigas, dato que ha empezado a desvelarse con los recientes descubrimientos producidos en el año 2001 en el cuartel general de Carlisle atribuidos con seguridad a la primera mitad del siglo II y en los que conviven nuevamente piezas de las categorías "Corbridge" y "Newstead" (McCarthy, Bishop y Richardson, 2001; Richardson, 2001). De los contextos derivados de las Guerras Marcomanas acaecidas en la mitad del siglo II proceden algunos fragmentos localizados al norte del Danubio, siendo particularmente remarcables los de Iza (Eslovaquia) (Tejral, 1994, 299-300). Asimismo el conjunto de Stillfried está muy probablemente relacionado con el contexto bélico que acabamos de mencionar, pues el yacimiento fue una base avanzada durante las Guerras Marcomanas, considerándose que las loricae segmenta-tae encontradas en ella podrían estar datadas en época de Trajano o Adriano. Ya claramente del siglo III son los restos quemados hallados cerca del praetorium de Zugmantel (Alemania), vinculados con el abandono del sitio en el año 259/260 y los del Weinberg en Eining (Alemania), estos últimos adscritos a un área cultual que nos ofrece un terminus post quem del 229 d.C. (Reinecke, 1927, 161). La cronología más reciente que se ha barajado hasta el presente la proporciona un bisagra encontrada en la Tullie House de Carlisle, fechada en el siglo IV (Caruana, 1993), aunque este hallazgo ha sido considerado como algo residual y por tanto anecdótico (Bishop, 1999, 37). Para Bishop (2002, 49), por tanto, la temporalidad de esta variante de armadura abarcaría desde un momento indeterminado en la primera mitad del siglo II hasta la mitad de la tercera centuria, siendo los fragmentos de Zugmantel fechados en los momentos inmediatamente previos al 260 los últimos testimonios reales de uso. Centrándonos ya en las armaduras "Newstead" descubiertas en la provincia de León, podemos afirmar que éstas se incorporaron a la impedimenta de los legionarios asentados en el campamento leonés desde sus pri-meros momentos de vida, como confirma el hallazgo de una anilla descubierta en las excavaciones practicadas en el Edificio Botines, ejemplar fechado durante la primera mitad del siglo II (UE 121. No obstante, el grueso de los materiales leoneses está adscrito al periodo final de uso de estas corazas. El mayor volumen de hallazgos procede del mencionado taller de fundición localizado en la Plaza del Conde Luna, 2. Entre los bronces inacabados y aquellos preparados para el reciclaje se encuentran bisagras, fundas de faldón, anillas, remaches y otros enseres. Las anillas fundidas empleadas para abrochar los flejes ventrales están abundantemente representadas en las excavaciones de la Plaza del Conde Luna, 2 (fig. 6, 6-10). Entre la docena de ejemplares encontrados, dos están claramente inacabados (fig. 6, 9 y 10) y otros cinco dudosamente inacabados. En diferentes yacimientos militares están presentes cierres de este tipo sin acabar, En el denominado "grupo 4" del sumidero de las termas de Caerleon encontramos una pieza datada entre el 160 y el 230 d.C (Zienkiewicz, 1986, 175, fig. 57, n.30). La fabricación de estos accesorios de armadura no estuvo restringida al interior de los campamentos, como demuestran los hallazgos de anillas inacabadas en asentamientos civiles que viven a la sombra de los enclaves militares. Así, en el vicus próximo al campamento de Mamucium (Manchester, Gran Bretaña) encontramos uno de estos cierres (Bryant et alii, 1986, 67, fig. 5. Entre los ejemplares terminados de León se constatan dos tipos distintos. Algunos presentan un perfil sin interrupción entre la anilla y el vástago, mientras que otros cuentan con un resalte. Los dos tipos son sin duda coetáneos, como demuestra su hallazgo simultáneo en conjuntos como el "grupo 4" de las termas de Caerleon y las canabae del campamento. Aunque Bishop ofreció un listado de hallazgos britanos (Bishop, 1999, 41), nosotros queremos señalar especialmente alguno de ellos. Respecto a la primera categoría podemos señalar varios paralelos. Cuatro ejemplares fueron hallados en Myrtle Cottage Orchard, Caerleon, todos ellos pertenecientes a contextos del siglo III (Fox, 1940, 136, fig. 8, n. Otro paralelo exacto, descubierto en un contexto de finales del siglo IV o principios de la centuria siguiente, es el de Blackfrians Street, Carlisle (Mc Carthy, 1990, 120, 122, fig. 109, n. 134), nuevamente proporcionaron objetos de esta categoría. Tres bisagras de la clase "Newstead" se identificaron en el depósito que tratamos (fig. 6, 4-5), todas ellas pertenecientes al grupo "F.viii" de la clasificación de Thomas (2003, 62-85). En cuanto a las fundas de cobre/bronce situadas en el perfil del faldón para evitar lesiones por roce en la cadera del soldado, dichos protectores eran desconocidos en los estudios sobre armaduras romanas hasta hace poco, si bien recientemente se documentaron piezas similares en Stillfried (Austria)6. La coraza austriaca, de la que sólo se ha publicado una breve reseña, fue enterrada ritualmente durante el reinado de Trajano o Adriano (Eibner, 2000, 32-34). Otros ejemplares inéditos proceden de Zeugma (Turquía)7. Respecto a los hallazgos leoneses de la Plaza del Conde Luna 2, se constatan piezas sin decoración y otras con ornamentación repujada, lo que demuestra que tenemos documentados los restos de al menos dos armaduras (fig. 6, 1-3). Continuando con el inventario de lorigas "Newstead" en el fuerte de la legio VII en León, el resto de las excavaciones practicadas confirman la utilización de estas corazas en plena época tardorromana, periodo en el que se pensaba que ya habían dejado de usarse las armaduras segmentadas. De finales del siglo III a principios del IV es una anilla documentada en Puerta Obispo (UE 1097), procedente del nivel de preparación de un callejón tardorromano de cantos y enlosado (fig. 7, 5). En la cuarta centuria se fechan los hallazgos relacionados con un probable vertedero bajoimperial documentado en Santa Marina con San Albito, concretamente nos referimos a una anilla de la UE 4126 (relleno hoyo UE 4125) y una bisagra de la UE 4018 (relleno hoyo UE 4068. Los recientes trabajos arqueológicos practicados en los Jardines del Cid han aportado otra anilla datada en la cuarta centuria8. Pero la cronología más reciente, que cae ya en pleno siglo V, nos la ofrece otro ejemplar de anilla encontrado también en Puerta Obispo (UE 4002. Ahora bien, junto a la avanzada cronología que ofrecen las armaduras "Newstead" en el campamento de León, lo más significativo es constatar este tipo de corazas en otros yacimientos próximos de la provincia con similares cronologías. Así, tenemos restos de anillas y ganchos en la habitación sureste del edificio central excavado en Puente Castro (fig. 7, 6-7), mientras que procedentes de Lancia conocemos otros vestigios (Exc. Astorga también ha proporcionado diversos elementos de armaduras de esta categoría, todos ellos relacionados con niveles arqueológicos datados entre el último tercio del siglo III y comienzos del IV. Entre otros, podemos citar una funda para faldón de una coraza "Newstead" localizada en la c/ La Cruz 20-24 (UE 1017. Fig. 7, 9); o el gancho descubierto en las termas de Padre Blanco (nivel III, habitación IV), este último vinculado al desmantelamiento de la estancia cuando las termas cayeron en desuso y se convierten en un vertedero intramuros a partir de la segunda mitad de la tercera centuria (fig. 7, 11). Otra pieza de cronología tardía procede de las excavaciones de la Plaza Calvo Sotelo, 10 (UE 6001. Fig. 7, 10), tratándose de un gancho descubierto en el mismo nivel arqueológico en el que apareció también una bisagra característica de las armaduras "Corbridge", lo que confirma nuevamente la coexistencia y pervivencia de ambas variantes hasta las postrimerías del Imperio. Igualmente destacable es que, por el momento, apenas conocemos otros vestigios españoles atribuibles a armaduras "Newstead" fuera del área leonesa, a excepción de una probable anilla del campamento de Herrera de Pisuerga, publicada reiteradamente aunque sin referencia a su posición estratigráfica (Fernández, 1994, fig. 2, 6. La falta de hallazgos en otras zonas hispanas posiblemente esté relacionada con la temporalidad de estas piezas y la mayor longevidad de los asentamientos legionarios de León relacionados con la legio VII gemina. ARMADURAS DEL TIPO "ALBA IULIA" Y PECTORALES CON ORNAMENTACIÓN REPUJADA Estas corazas son una forma híbrida entre las armaduras segmentadas y las formadas por escamas, hecho que dificulta enormemente la identificación de estas piezas cuando aparecen fragmentadas (fig. 2, 4). El tipo fue propugnado por Bishop, quien reconoce que no existen vestigios arqueológicos en todo el Imperio que hallan sido inequívocamente identificados como pertenecientes a esta categoría, salvo quizá algunos restos de flejes de Zugmantel y Carnuntum (Bishop, 2002, 62-65). Es por ello que hasta el momento debemos conformarnos con las representaciones iconográficas que denotan su aspecto, entre las que descuella la archiconocida escultura de Alba Iulia (Rumania) que le ha dado nombre. Uno de los rasgos característicos de estas lorigas es la utilización de grandes pectorales con decoración repujada, situados por parejas sobre la abertura del cuello (Bishop, 2002, 63-64). Este sistema, propio de las loricae squamatae9, ofrecía una buena solución al problema de introducir la cabeza por una de estas corazas, ya que permitían una abertura lo suficientemente grande para ello, que se cerraba mediante el solapamiento parcial de una placa sobre otra. Existían varios métodos para abrochar las placas, todos ellos similares a los empleados por las contemporáneas loricae segmentatae del tipo "Newstead". Una cuestión controvertida fue la funcionalidad de estos pectorales y los propietarios que los poseían. En origen, se pensó que estos accesorios metálicos se empleaban en la hipica gymnasia, lo que fomentaba la idea de que estas piezas eran propias de la caballería romana, hipótesis que empezó a cuestionarse ante la significativa ausencia de este tipo de ejemplares en los fructíferos depósitos de material deportivo encontrados en Rapolano (Italia), Straubing (Alemania) y Eining (Alemania). Dicha teoría fue rebatida por Petculescu (1990, 846), tras estudiar los ejemplares de la Dacia, sobre todo los de Buciumi y Potaissa (Rumania), ya que aparecen asociados tanto a establecimientos militares de caballería como de infantería. Igualmente algunas inscripciones presentes en estos objetos, como la descubierta en Pfünz (Alemania. Garbsch, 1978, 75, O-69), demostraban que sus propietarios estaban adscritos al cuerpo de infantería, al mencionar las centurias a las que pertenecían. Además, estos pectorales suelen aparecer en fuertes legionarios (Lauriacum, Carnuntum, Brigetio o Aquincum; entre otros), lo que llevaba a pensar que fueron probablemente usados por la infantería legionaria mejor que por su caballería, pues esta última era mucho menos numerosa. Empezó entonces a considerarse, además, que estos pectorales se utilizarían en la vida cotidiana del soldado, como un elemento funcional más de su impedimenta, y que su uso no debía restringirse al equipamiento de parada o exhibición. El anhelo decorativo que presentan estos pectorales había contribuido a una interpretación errónea, obviándose además que otras piezas militares igualmente utilitarias gozaban de rica decoración; así las vainas de espada con ornamentación troquelada o las faleras equinas con motivos nielados. Sobre la cronología, estos pectorales aparecen inicialmente en los contextos arqueológicos de la segunda mitad del siglo II d.C., si bien son más característicos de la centuria siguiente (Klumbach, 1962, 188). Un elemento claro de datación lo aportan las piezas dácicas fechadas entre las guerras marcomanas (166-180 d.C.) y mediados del siglo III, pudiendo avanzarse eventualmente esta temporalidad hasta el tercer cuarto de esta última centuria (Petculescu, 1974-75, 86-87). En Hispania sólo se ha documentado un pectoral del tipo que exponemos, aparecido en el campamento de la legio VII en León (fig. 8, 1). La pieza fue descubierta en un nivel datado en los inicios de la cuarta centuria, correspondiente a las excavaciones de Santa Marina con San Albito (UE 4018), en el mismo contexto arqueológico en el que se hallaron varias placas de una armadura segmentada, lo que posiblemente avale la utilización de este pectoral en un protector del tipo "Alba Iulia" (Aurrecoechea; García, 2006). Su aparición en una base legionaria apoya su empleo entre las tropas de infantería, confirmando las hipótesis de trabajo que actualmente se imponen en el panorama investigador internacional. Gracias a su morfología podemos asegurar la disposición del pectoral de León dentro del esquema general de la coraza, posicionado en el lado izquierdo del cuerpo del guerrero, tal y como indica el extremo curvo de la pieza que limitaba con el cuello. El ejemplar que describimos cuenta con una rica decoración repujada en la que se pueden identificar varios motivos (fig. 8, 1). Si analizamos pormenorizadamente la iconografía de la pieza leonesa, comprobaremos que la composición incluye tanto elementos sumamente conocidos, como otros totalmente novedosos. Comenzando por el águila, dicho motivo se repite hasta la saciedad en placas de la misma índole. Por lo general esta ave ocupa siempre el registro superior de los pectorales, es decir, el más cercano al cuello; posiblemente porque la anatomía del animal permitía acoplarlo fácilmente al reducido espacio curvo de dicho registro. Entre los múltiples paralelos JOAQUÍN AURRECOECHEA FERNÁNDEZ Figura 8. 1.-Pectoral de Santa Marina con San Albito (León). 2 y 3.-Restos de hombreras de La Praviana (León). que podríamos aducir citaremos, a título de ejemplo, los descubiertos en Pfünz (Garbsch, 1978, taf. El registro inferior del espécimen leonés está ocupado por una especie de trofeo simplificado, en el que se aprecia un casco (visto desde atrás, y no frontalmente o de perfil como suele ser lo habitual) y una armadura; dicha ornamentación no hemos logrado documentarla entre los pectorales publicados. La identificación de este motivo como un trofeo es dudosa, debido tanto a que se aparta de las representaciones convencionales, como a que el casco expuesto parece ser del tipo imperial romano. Dicho casco, aunque representado con rasgos sumamente esquemáticos, presenta un desarrollado cubrenucas y una calota achatada, lo que podría indicar que nos encontramos ante un yelmo de tipo "Weisenau", fechándose éstos últimos en los siglos II y III d.C., cronología coincidente con el pectoral que estamos estudiando. Por lo tanto, podríamos encontrarnos ante la simple plasmación estereotipada de las armas de un soldado romano, como ocurre en multitud de ocasiones sobre otras placas, donde se distribuyen por el campo decorativo, con un auténtico sentido de horror vacui: escudos, estandartes, máscaras, etc. Si bien no encontramos paralelos concretos, para el motivo decorativo que estudiamos, entre los pectorales de armadura o el equipo de parada propio del siglo III, sin embargo podemos localizar representaciones similares entre las estelas funerarias con efigies de soldados datadas en la misma centuria. Así la de Severius Acceptus de la legio VIII Augusta, hallada en Estambul (Turquía. La pieza leonesa ha conservado in situ uno de los pasadores que sujetaban la chapa a la coraza, estando ornamentado dicho pasador con un busto masculino (¿Marte?). El hallazgo de un pasador figurado de este tipo asociado a esta clase de pectorales es de vital importancia, ya que hasta el presente nunca se había constatado tal vinculación. La importancia del hallazgo de León radica no sólo en ser la primera vez que aparecen juntos estos dos elementos, placa y pasador, sino en la constatación de un nueva clase de abrochado de las placas no observada aún. La teoría más difundida señalaba que las chapas eran trabadas mediante presillas que tenían un pie en forma de "T" y una cabeza perforada por la que se deslizaría una barra, tal y como indica Robinson (1975, 161, no 170). Junto al método descrito, otra posibilidad esgrimida era la inserción en los orificios de las placas de pequeños cilindros huecos por los que se haría pasar nuevamente una barra. Esta última hipótesis se sustenta en la aparición de una piezas en Dura-Europos (Siria) con los cilindros descritos (James, 2004, 120, no 418). Ahora sabemos que, al menos, exis-tía un tercer método para unir estos pectorales, consistente en un simple pasador en forma de "T" cuya cabeza estaba decorada con la efigie de una divinidad, lo que no permitía insertar una barra que uniera una presilla con otra. Sería suficiente girar 90 grados el pasador para que el apéndice en "T" uniera firmemente una chapa con otra. Presillas con bustos figurados similares al de León encontramos en Nijmegen (Holanda. El pectoral hispano documentado en León también aporta novedades respecto a la datación de estas piezas, pues adelanta su momento final de uso hasta los albores del siglo IV. Esta fecha no debe extrañarnos, por cuanto se conocían ya algunos pasadores con cabeza de "Marte" en contextos de la primera mitad de la cuarta centuria, como el descubierto en Caerleon, si bien nunca se había propuesto una fecha tan avanzada para estos pectorales debido a que aún no se había señalado la relación entre las presillas con bustos y las piezas que tratamos. PROTECTORES SEGMENTADOS PARA EL BRAZO (MANICAE) A lo largo de la historia militar romana, la protección de las extremidades que quedaban expuestas al enemigo durante el combate fue una constante preocupación, sobre todo porque cualquier daño infligido en ellas mermaba la capacidad ofensiva del soldado. Entre ellas, el brazo fue objeto de una especial atención mediante el diseño de un tipo de protector formado por láminas metálicas, denominado manica, que envolvía aproximadamente la mitad del diámetro de la mencionada extremidad. Dichas láminas se sujetaban mediante remaches a un soporte de materia orgánica (cuero, lino, etc.) que estaría en contacto con la piel. Existe un consenso casi generalizado sobre el empleo individual de estas piezas, que cubrirían uno sólo de los brazos del combatiente, aquel en que empuñaba la espada, ya que el otro quedaba resguardado por el escudo, estando aún por dilucidar como garantizaba la libertad de movimiento necesaria. Entre las pruebas a favor del uso individual de estas manicae encontramos la evidencia arqueológica, ya que en los hallazgos aparece siempre un único ejemplar; así como las representaciones iconográficas, donde se plasma siempre un solo protector. Los primeros testimonios sobre el uso de la manica los encontramos en el mundo griego, siendo mencionada en la literatura militar con el nombre de cheira (Jenofonte XII,5) y existiendo constancia arqueológica de su presencia en el arsenal helenístico de Ai Khanum (Afganistán), datado hacia el 150 a.C. (Bishop, 2002, 18). Ya en el mundo romano encontramos pruebas de su uso en monumentos funerarios erigidos a soldados, como los levantados a mediados del siglo I d.C. en Maguncia (Alemania) a Sextivs Valerius Severus y G.Annivs Salvtvs (Bishop, 2002, 68). De la segunda centuria es el Trofeo de Adamklissi, en cuyas metopas (n os XVII, XVIII, XX, XXV, etc.) podemos ver a una serie de combatientes con manica en el brazo derecho protegiéndoles hasta la muñeca. Pertenecientes al siglo III son el relieve de Alba Iulia (Bishop, 2002, 62-65) y un grabado de un catafracto descubierto en Dura-Europos (James, 2004, 42-46), estando los brazos y piernas de este último caballero recubiertos por láminas). Finalmente algunas de las imágenes que ilustran la Notitia Dignitatum han sido interpretadas como la última representación conocida en el mundo romano de estos protectores. Protector para brazo de Puerta Castillo-Santa Marina (León). Entre los contados paralelos que podemos aducir citaremos el protector para brazo fabricado en latón de (Gran Bretaña) Newstead (Rusell Robinson, 1975, 184-186); o los ejemplares elaborados en hierro de Carnuntum, Corbridge, Richboroug (Gran Bretaña) y Eining (Alemania) (Bishop, 2002, 68-71). En los últimos años se ha producido un hallazgo muy prometedor en Carlisle que está a la espera de su publicación definitiva. Nos referimos a la localización de dos grandes grupos de láminas, fechadas a mediados del siglo II d.C. (McCarthy, Bishop y Richardson, 2001. Respecto a la pieza de León, quizá una de las principales novedades que aporta es el remate mediante una serie de láminas trapezoidales de tamaño decreciente, extremo que protegió el dorso de la mano. Extremos semejantes se encuentran testimoniados en las estelas de Maguncia anteriormente mencionadas, si bien hasta ahora no conocíamos ningún testimonio claramente atribuible a esta parte del protector, salvo quizá las dos escamas remachadas procedentes de Eining (Alemania) (Bishop, 2002, fig. 8.4). TALLERES RELACIONADOS CON LA FABRI-CACIÓN Y EL RECICLAJE DE ARMADURAS SEGMENTADAS Aunque en Hispania se han prodigado los hallazgos de diversas industrias relacionadas con el ámbito militar, bien sea cerámicas, latericias u óseas, aún son muy escasas las evidencias de talleres abocados a la elaboración de equipo militar. En este contexto, los diversos descubrimientos acaecidos en excavaciones recientes de la ciudad de León, cobran una especial dimensión, pues estos se han convertido en los primeros testimonios fehacientes de la existencia de esta clase de talleres en los fuertes estables de Hispania. Desde la publicación de la monografía de Oldenstein (1976, 49 y ss.) se generalizó la idea de que la producción de enseres militares era muy dispersa, pues muchos de los fuertes romanos de los siglos II y III contaban con talleres para la fabricación de los útiles que necesitaban. Los testimonios de fabricae militares, bien en los propios fuertes o en las cercanas áreas civiles, se han prodigado desde entonces, si bien nuestro conocimiento sobre este fenómeno sigue siendo parcial, ya que la mayoría de los hallazgos se concentran en la zona occidental y están circunscritos a las centurias centrales del Imperio. Hasta el momento se han logrado localizar varios indicios de estas industrias en lugares bastante próximos del campamento de León, aunque separados cronológicamente (Aurrecoechea, 2006, fig. 1 y fig. 10). En concreto conocemos tres talleres, existiendo en todos ellos indicios de la manipulación de lorica segmentatae, bien para su fabricación o su reciclaje. Dos de las manufac-turas están vinculadas con la primera unidad que ocupó el campamento, la legio VI, estando uno especializado en el trabajo del bronce y otro en la forja (Aurrecoechea, 2006a, 3009-334). De la legio VII conocemos un taller claramente especializado en la elaboración de armaduras segmentadas. La manufactura de la legio VI relacionada con el trabajo del bronce, entendiéndose éste en un sentido amplio como cualquier aleación con base cobre, se documentó en las excavaciones de la "Praviana" (c/ General Mola c/v Plaza del Conde Luna) (Aurrecoechea, 2006a, 315). En ellas se localizaron varias estructuras que abarcan desde los comienzos de la ocupación romana de León hasta el siglo III. Los niveles más antiguos datan de comienzos de la primera centuria, destacando un hogar (UE 1045) elaborado mediante dos ladrillos bipedales colocados sobre su cara ancha, trabados con una fina capa de arcilla de tonalidad roja, fruto de la acción del fuego. Conservaba sobre él un pequeño horizonte de cenizas de tonalidad blanquecina, producto del fuego practicado sobre el mismo. Asociado a las estructuras donde se localizó el hogar se encontraba un nivel de gravas que deparó el hallazgo de terra sigillata itálica y monedas de los reinados de Augusto y Tiberio (Aurrecoechea, 2006a, 316). Si bien en este horizonte no se documentaron bienes muebles que sugirieran una actividad artesanal, los estratos superiores pertenecientes a la época claudio-neroniana ofrecieron una serie de materiales que confirman tal interpretación. Un nuevo hogar fue localizado en la unidad estratigráfica 1040 cuya construcción difiere del anterior, pues estaba compuesto por un aparejo de nódulos de arcilla recocida y fragmentos de cerámicas y teja. Restos de escoria y un posible crisol fueron descubiertos asociados a este horno, así como terra sigillata sudgálica y producciones precoces de sigillata hispánica, que fechan el conjunto en los años centrales del siglo I. Contemporánea es la capa de echadizo (UE 1042) en la que se documenta sigillata sudgálica, lucernas de volutas, numismática datada entre el 50-60 d.C., una numerosa serie de fragmentos pertenecientes a loricae segmentatae, un probable crisol, así como una serie de restos de fundición (la cabeza de un canal de vertido, un fragmento de objeto inacabado, etc.) Aunque no podemos relacionar con certeza la vinculación de esta industria con la fabricación de los accesorios de bronce que complementaban las armaduras segmentadas, la presencia de importantes vestigios de estas corazas en los niveles arqueológicos correspondientes al taller nos inducen a pensar que, al menos, en aquel lugar se manipularon loricae segmentate destinadas al reciclaje. Las mismas dudas podemos aducir respecto al taller de forja aparecido en la calle Plegarias c/v Ramiro III, pues no tenemos base científica para asegurar que los exiguos restos de flejes de hierro pertenecientes a estas armaduras que aparecieron en la excavación, fueron fabricados o estaban en proceso de fabricación por el artesanado que trabajaba en aquella ferrería. No obstante, el sentido común sugiere que la aparición de corazas segmentadas en un sitio como el descrito sólo puede justificarse por su elaboración en aquel lugar (Aurrecoechea, 2006a, 316-317). Un caso completamente distinto son los sondeos adosados a la muralla tardorromana situados en la Plaza del Conde Luna 2, pues el taller de la legio VII localizado ha dado muestras irrefutables de la fabricación de accesorios para loricae segmentatae in situ (Aurrecoechea, 2006a, 317-328). En las excavaciones pudo documentarse una completa secuencia de la ocupación romana en León, siendo particularmente interesantes para nuestro estudio los niveles correspondientes al siglo III. Se ha comprobado cómo la zona sufre una remodelación en el siglo II y la primera mitad del III, destruyéndose parcialmente el terraplén defensivo de la fortificación, con el fin de convertirse en un área industrial en la que se construye una habitación con suelo de opus signinum y varios hornos. Algo más adelante, en el último cuarto del siglo III vuelve a replantearse la configuración y uso de las instalaciones, desmantelándose los hornos para reconstruir nuevamente el terraplén y erigir un cuerpo interior que se adosa a la torre del recinto amurallado de la legio VII. Adscritos a esta última remodelación, la excavación proporcionó un nutrido grupo de enseres militares entre los que destacan un buen número de fragmentos de armaduras segmentadas. Los restos de corazas aparecieron concentrados en dos unidades estratigráficas (UE 107 y 110), que realmente conformaban un único nivel arqueológico. Dicho nivel estaba constituido por la tierra arcillosa de color marrón verdoso con la que se reconstruyó el terraplén original a finales de la tercera centuria. El material arqueológico asociado consistía en terra sigillata hispánica de transición, cerámicas engobadas y numerario de Galieno y Claudio II, conjunto que fecha claramente el estrato durante el último cuarto del siglo III. A este mismo momento apuntan los hallazgos de la unidad estratigráfica 108, pertenecientes a la fase de arrasamiento de la bóveda de uno de los hornos, donde también se hallaron vestigios materiales del taller que nos ocupa. En el horizonte arqueológico arriba mencionado se descubrieron hasta 91 accesorios de cobre/bronce, casi todos correspondientes a armaduras segmentadas. Tomado en su conjunto, el material presenta una extraordinaria variedad tipológica, pues es de destacar que incluso las piezas con idéntica función no formaban un lote homogéneo, ya que se documentan accesorios pertenecientes a loricae segmentatae de varias categorías, como son los tipos "Corbridge" y "Newstead". Además piezas adscritas a la misma clase de armaduras contaban con una decoración diferente. También llama la atención la casi total ausencia de láminas de hierro correspondientes a estas armaduras, pues sólo se localizó un pequeño fragmento suelto perteneciente a la lámina final que apoya sobre la cadera. Entre la variedad de objetos podemos distinguir varios apartados. Los accesorios de bronce para armaduras configuraban la práctica totalidad del hallazgo. Casi todos ellos habían sido arrancados de sus placas originales, por lo que algunos están deformados. A menudo incluso quedaban pequeños vestigios de las placas a las que estuvieron adheridos, pudiéndose constatar en el caso de las laminas del faldón como éstas habían sido cortadas en zig-zag, tal y como hubiera hecho un artesano del metal que quisiera trocear unas piezas de por si gruesas y grandes en otras más pequeñas para facilitar su trabajo de desmontaje. Junto a estos especímenes, sin duda utilizados por los soldados, encontramos otros ejemplares que nunca habían llegado a usarse, entre ellos el grupo de los pequeños remaches que servían para unir las tiras de cuero que articulaban los distintos flejes de la armadura. La fragilidad de estos elementos no permitiría su reciclado, al menos en el estado actual de preservación de nuestros ejemplares, los cuales se conservan intactos, incluidas sus delgadas cabezas. Nos encontraríamos pues ante piezas acabadas listas para ser empleadas. También contamos con una pequeña muestra de objetos inacabados, principalmente anillas fundidas que todavía presentan rebabas de fundición y a las que no se les había terminado de eliminar el canal de vertido. Y para terminar, existe un grupo de objetos sin forma, desechos de producción, que contienen rebabas de fundición. Del análisis de los restos materiales se desprende que nos encontramos ante un depósito de piezas en el que conviven elementos destinados al reciclaje, que habían sido desmantelados de varias armaduras distintas, junto con ejemplares en proceso de fabricación y desechos de fundición. Los paralelos más cercanos para el taller de la Plaza del Conde Luna los encontramos en Augusta Raurica (Suiza) y Carlisle (Gran Bretaña). En la insula 22 de Augusta Raurica se localizaron 40 fragmentos de armaduras segmentadas, junto a restos de piezas en bronce pertenecientes al mismo tipo de corazas descubiertas en un hoyo donde habían sido depositadas por un herrero para su reciclaje (Deschler-Erb, 1999, 85-86, Abb. Dicha industria se encontró en un área civil y está datado en la primera centuria. En Carlisle se han localizado recientemente una serie de talleres situados al sur de la via principalis, ubicación que coincide con la del yacimiento de León. En ellos se documentan abundantes restos de armaduras segmentadas, protectores de brazos, etc., estando datado el conjunto entre los reinados de Trajano y Adriano (McCarthy, Bishop, Richardson, 2001, 507-508). Otros talleres en los que se evidencia la fabricación de accesorios para lorica segmentata se han localizado en Magdalensberg (Austria) (Deimel, 1987, Taf. SOBRE LA CRONOLOGÍA Y LA EVOLUCIÓN DE LAS ARMADURAS SEGMENTADAS El estudio de las loricae segmentatae descubiertas en la provincia de León pone en tela de juicio la datación que tradicionalmente se asigna a las distintas variantes de estas corazas, manifestando que debe revisarse la cronología final dada a las distintas variantes. El tipo "Kalkriese" parece prolongarse hasta la segunda mitad del siglo I, si bien este dato se infiere del ejemplar aparecido en Iruña y debe ser tomado con cautela, pues sólo poseemos el mencionado indicio y podemos estar ante un fenómeno aislado. Sin embargo, los numerosos testimonios del tipo "Corbridge" vinculados con los yacimientos leoneses, nos permiten afirmar que éste perduró en Hispania, por lo menos, hasta el último cuarto del siglo III. Dicha perduración, además, no debe considerarse residual, dada la abundancia de hallazgos datados en la tercera centuria y su localización en diversos yacimientos de León y Astorga. En cuanto al tipo "Newstead", podemos asegurar que en Hispania aún estaba plenamente vigente durante la primera mitad del siglo IV, y que posiblemente prolongó su uso algunas décadas más. En este caso tampoco podemos interpretar los numerosos descubrimientos de armaduras "Newstead" en el campamento de la legio VII en León como residuales, ya que se constatan en varios contextos arqueológicos de cronología tardorromana del mismo yacimiento. Además, las corazas "Newstead" se difunden en los asentamientos cercanos a dicho enclave durante la etapa bajoimperial, como demuestran los diversos ejemplares de Puente Castro, Lancia y Astorga. Hemos de tener también en cuenta, que estos tres últimos lugares no contaron con fuerzas armadas durante la segunda centuria e inicios del siglo III, periodo de utilización tradicional de esta categoría de loricae según las investigaciones al uso. En dichos asentamientos, la presencia militar se atestigua a partir de la segunda mitad de la tercera centuria y, sobre todo, en el tránsito entre ese siglo y el siguiente. Fue en esos momentos cuando los legionarios de la VII gemina debieron participar en la modernización del sistema defensivo de la zona, como por ejemplo, con la construcción de encintados amurallados, así el de Astorga. Es muy probable que el desplazamiento de efectivos castrenses de la legio VII a estas localidades justifique la aparición de las armaduras que tratamos. Como hemos comprobado, los yacimientos de la provincia de León ofrecen la datación más avanzada de todas las conocidas en el Imperio Romano (fig. 10). Quedaría ahora por dilucidar si estas cronologías son solo características de Hispania o si pueden generalizarse al resto del Imperio. Somos conscientes de que nuestra provincia presenta una personalidad propia, inherente a las unidades militares asentadas en territorios pacificados, en las que las modas y el equipo perduran mucho más tiempo. Ahora bien, no podemos utilizar dicho argumento en el caso que nos ocupa, pues el horizonte de serenidad que hemos descrito se rompe de forma abrupta durante la segunda mitad del Figura 10. Líneas temporales en las que se compara los datos aportados por los hallazgos hispanos, con la cronología y el periodo de solapamiento que tradicionalmente se asigna a las distintas variantes. siglo III, precisamente durante el periodo que más abundan las loricae segmentatae en la zona. Gracias a las tipologías del equipo militar descubierto, podemos confirmar el reemplazo de las tropas en el fuerte de León, donde se incorporan nuevos soldados llegados de fuera de Hispania. En contraste con la ausencia en la provincia hispana de objetos castrenses de la segunda centuria con paralelos en los campamentos del limes, los materiales del siglo III denotan una fuerte influencia de las tropas establecidas en el Rin, Danubio o las fronteras britanas. Este drástico cambio, que coincide con la expansión de las armaduras segmentadas en nuestro territorio, pudo estar conectado con el establecimiento del Imperio Gálico, o la primera invasión de Hispania hacia el 260 (Aurrecoechea, 2006b, 167-180). Si bien no podemos concretar las causas históricas que suscitaron dicho cambio, lo cierto es que desde entonces se rompe el panorama monótono que caracterizaba la vida castrense en nuestra zona de estudio, renovándose el interés por reforzar el sistema defensivo que protegía el territorio. Estas circunstancias nos llevan a pensar que las cronologías atestiguadas en Hispania deberán ser tenidas en cuenta a la hora de fechar estas armaduras en el futuro. A la luz de la nueva información proporcionada por las piezas hispanas, creemos razonable generalizar la vida de las corazas segmentadas hasta el siglo IV, desechando las teorías tradicionales que no prolongaban el período de uso de las loricae segmentatae durante el Bajoimperio. Respecto a que las armaduras segmentadas pudieron haber seguido utilizándose en época tardía ya contábamos con algunos indicios que apuntaban en ese sentido, como muy bien señaló Bishop al referirse a las lorigas ilustradas en la Notitia Dignitatum, puesto que entre ellas se constata el tipo segmentado (Bishop, 2002, 91). A este argumento se pueden añadir otros de índole arqueológica, ya que las cronologías tardorromanas no solo están documentadas en Hispania, pues en Britania también se documentan materiales fechados en el Tardoimperio, si bien estos últimos habían sido siempre interpretados como anecdóticos y por tanto desestimados como significativos. Algunos de los hallazgos britanos merecen especial atención. Entre ellos, el protector segmentado para brazo encontrado en Bowes Moor y fechado en la cuarta centuria, por tratarse de la manica más tardía de las conocidas (Bishop, 2002, 91). Especial consideración merece una espaldera de la categoría "Newstead" descubierta en la Tullie House de Carlisle, datada también el siglo IV y considerada como residual en las numerosas publicaciones que se han hecho eco de la pieza (Caruana, 1993. Tal consideración sorprende si seguimos repasando los hallazgos britanos, pues no supone un caso aislado, sino un testimonio más dentro de una nutrida nómina de descubrimientos. Caerleon es un yacimiento que ha pro-porcionado un buen repertorio de materiales aparecidos en contextos tardíos. Cabe citar la serie de ganchos y anillas documentada en varios recintos (baños en el interior del fuerte y puertas del mismo), fechada a finales del siglo III y primera mitad de la cuarta centuria (Zienkiewicz, 1986, 256. Algo más avanzadas, ya de la segunda mitad del siglo IV, son un par de anillas de las empleadas para abrochar armaduras "Newstead" encontradas en las excavaciones de la denominada "Puerta Romana" de Caerleon (Webster, 1992, n. Otros testimonios bajoimperiales proceden de Gales, como por ejemplo, un par de hebillas aparecidas en Loughor y fechadas entre fines de la tercera centuria y la primera mitad del siglo IV (Lloyd-Morgan, 1997, n. Incluso contamos con algunas evidencias cuya cronología cae en el siglo V avanzado, como las piezas documentadas en la Old Market Street de Usk (Marvell. Si seguimos comparando el panorama hispano y britano, nos encontramos con otra significativa coincidencia. Hasta ahora, todas las evidencias britanas que hemos mencionado se refieren, sobre todo, a armaduras "Newstead", pero al igual que sucede en León, Britania también cuenta con ejemplares tardorromanos de la clase "Corbridge". Valga citar, a título de ejemplo, los discos repujados adscritos a esta última categoría de corazas documentados en contextos del siglo IV de Segontium (Allason-Jones, 1993, n. 136), hallazgos cuya cronología ha pasado inadvertida en los estudios sobre loricae segmentatae realizados hasta el presente. No debe sorprendernos la idea de que las armaduras segmentadas continuaron en uso durante el Bajoimperio, pues otros elementos característicos de las corazas de la tercera centuria sobrevivieron durante los inicios de la época tardorromana. Un buen ejemplo de ello son los pectorales repujados utilizados en las corazas de escamas y en las loricae segmentatae del tipo "Alba Iulia". Anteriormente ya expusimos el ejemplar de León datado en el siglo IV, pero a él habría que añadir todo un elenco de piezas descubiertas en Britania, entre otros lugares, nuevamente en Caerleon (Webster, 1992, 106). No obstante, los especímenes britanos habían pasado desapercibidos hasta el momento, debido a que el hallazgo más habitual vinculado a estos elementos son los pasadores ornamentados con bustos de "Marte" que sujetan la chapa a la coraza, los cuales a menudo son publicados como meros apliques decorativos para muebles. El hallazgo del pectoral leonés (fig. 8, 1), que conserva uno de estos apliques aún adherido a la placa, pone de manifiesto algo desconocido hasta ahora, el que estas piezas formaban parte en realidad del equipo militar, dato que ya se vislumbraba debido a sus similitudes formales con las anillas que abrochaban las armaduras "Newstead", pues lo único que las diferencia es la sustitución del terminal anillado por un motivo figurado. Una vez concluido el apartado cronológico, queremos hacer hincapié en otro aspecto derivado de nuestro estudio. Los hallazgos hispanos también cuestionan uno de los principios básicos más extendidos sobre las armaduras segmentadas. La teoría de que las distintas variantes no son más que evoluciones de un tipo que deriva en otro, por lo que se sucederían en el tiempo sin apenas solapamiento temporal. Pero en Hispania este axioma no se cumple, pues los distintos tipos conviven durante mucho tiempo, como podemos comprobar claramente en la línea temporal que los caracteriza (fig. 10). En concreto, los tipos "Corbridge" y "Newstead" comparten en los yacimientos de León casi toda su vida, casi dos siglos de convivencia. Hasta el presente solo se había constatado la coexistencia de las dos variantes mencionadas durante un breve periodo de tiempo, centrado en la primera mitad del siglo II, así el hallazgo trajano-adrianeo de Carlisle (McCarthy et al, 2001, 507-8) y el más dudoso antonino del Waffenmagazin de Carnuntum (Von Groller, 1901a;1901b). Tradicionalmente se ha justificado esta coexistencia esporádica por tratarse de una fase transicional, en la que coincidirían los momentos finales de uso de la categoría "Corbridge" y los inicios de la "Newstead". No obstante los hallazgos hispanos ponen en tela de juicio tal interpretación y abren nuevas perspectivas, sobre todo si tenemos en cuenta que están acompañados por otros testimonios britanos, los cuales habían sido hasta ahora desestimados, como la aparición de armaduras "Corbridge" en contextos del siglo IV de las Islas Británicas. Con esto no queremos decir que debamos desechar totalmente la hipótesis evolutiva, si no que debemos matizarla en función de los nuevos descubrimientos. Con los datos actuales podemos asegurar que cada nuevo tipo no implicó el que se desechara totalmente el precedente, al menos en lo que concierne a las dos categorías más longevas, los tipos "Corbridge" y "Newstead". A través de estas páginas hemos ido dotando de un marco cronológico y comparativo a los abundantes restos de armaduras segmentadas descubiertos en la zona leonesa, testimonios que ponen en tela de juicio la temporalidad que hasta ahora se había señalado para este tipo de piezas. Precisamente la extensa secuencia temporal de los hallazgos permite cuestionar hipótesis ampliamente representadas en los estudios sobre armaduras segmentadas efectuados hasta el presente, como la teoría evolutiva que postula una escasa convivencia de las distintas categorías. Desde el punto de vista de la arqueología hispanorromana, los diversos descubrimientos nos permiten realizar una serie de reflexiones centradas en la dispersión espacial y las implicaciones histórico-arqueológicas que denota. La localización en nuestro territorio durante época tardorromana de un elemento tan característico del equipo militar legionario, como es la lorica segmentata, supondría la plena operatividad de la legio VII hasta fechas avanzadas de la cuarta centuria. Las corazas segmentadas no solo se documentan en el campamento principal de dicha legión en León, sino también en yacimientos circundantes, como Astorga, Puente Castro y Lancia lo que demostraría la presencia militar en los mismos. Dicha presencia se hizo patente en el último tercio del siglo III, momento en que la vida militar de nuestra región se activa, con la movilidad de efectivos humanos y el refuerzo del sistema defensivo. Este dinamismo debe estar en consonancia con los sucesos históricos del momento, los cuales fueron de magnitud suficiente como para dar un giro a la tranquila existencia de los legionarios hispanos. No obstante en la actualidad no podemos establecer las causas exactas que lo motivaron, si bien hemos señalado cómo la inestabilidad originada con el Imperio Gálico pudo hacer replantear al Estado Romano la seguridad de esta zona. Astorga no solo proporciona materiales de los inicios del Imperio, ligados a la fase campamental de la legio X previa a la urbe, sino también ejemplares tardíos. Entre ellos, el descubrimiento de armaduras datadas en el tránsito entre la tercera y la cuarta centuria, podría incluso avalar, a nuestro juicio, la intervención del ejército, y concretamente de la legio VII, en la construcción de la muralla bajoimperial de la ciudad. BIBLIOGRAFÍA ALLASON-JONES, I., 1993: "Small finds". AURRECOECHEA FERNÁNDEZ, J., 2006a: "Talleres dedicados a la producción de equipo militar en los campamentos romanos de León, con especial referencia a los restos de lorica segmentata". Arqueología Militar Romana en Hispania II. Producción y abastecimiento en el ámbito militar. AURRECOECHEA, J.; GARCÍA, V., 2006: "Un pectoral de armadura con decoración repujada, hallado en el campamento de la Legio VII en León".
Presentamos en estas páginas una lucerna de piedra procedente del castro de la Reguerina (Igüeña, León), que presenta dos inscripciones latinas, una de ellas en la orla y otra en la base. Esta pieza, que constituye un auténtico unicum desde el punto de vista lucernario, permite además apuntar interesantes observaciones sobre el poblamiento de la región astur occidental durante la época romana. Con esta breve nota pretendemos dar a conocer una pieza de excepcional interés, que constituye un unicum en la investigación sobre lucernas romanas, tanto por el material con el que está realizada, la piedra, que resulta absolutamente inusual, como por las dos inscripciones documentadas en la lucerna, que proporcionan un cognomen hispano hasta ahora inédito. El conocimiento de este hallazgo arqueológico contribuye asimismo a arrojar alguna luz sobre el fenómeno del poblamiento romano en la región del Bierzo. En el año 1987, como resultado de importantes movimientos de tierras realizados por una explotación minera a cielo abierto, quedaron al descubierto varias estructuras constructivas de época romana en la ladera sur del llamado castro de la Reguerina, perteneciente al municipio leonés de Igüeña, ubicado al norte de la comarca del Bierzo. Dichos trabajos mineros, que habían causado la destrucción de parte de los restos, fueron paralizados por la Dirección General de Patrimonio y Promoción Cultural de la Junta de Castilla y León. Varios años más tarde, el yacimiento sufrió una nueva agresión como consecuencia de unas excavaciones clandestinas, que pusieron al descubierto parte de una estructura constructiva así como diversos objetos arqueológicos, entre los que se encontraban los restos de una pátera de bronce, abandonados en el lugar. Requeridos por los miembros de la empresa arqueológica Proexco S.L., que había sido encargada de realizar un sondeo arqueológico en el citado yacimiento, los responsables de estas excavaciones furtivas entregaron un fragmento de placa de pizarra así como una lucerna romana de piedra que, a juzgar por el testi-DESCRIPCION La lucerna está tallada sobre un canto de río de arenisca, desbastado y regularizado por efecto de la erosión fluvial. Posteriormente la piedra fue retallada y pulida por el operario hasta hacerla adoptar una forma más o menos poligonal, correspondiente a grandes rasgos con la forma habitual de las lucernas romanas. Su interior fue vaciado y limado a partir de dos orificios que se practicaron en la parte superior. El mayor de ellos, de tendencia circular, se abre en el centro, ocupando toda la superficie correspondiente al discus en las lucernas de cerámica y bronce. Dicho orificio correspondería al orificio de alimentación, destinado al llenado de aceite del depósito de la lámpara o infundibulum. El segundo agujero, también circular, que debemos interpretar como el orificio de iluminación, se aloja en una prolongación del cuerpo de la lucerna, esquematización de la piquera o rostrum característico de las lámparas de aceite romanas. Dicho orificio sirvió sin duda para albergar la mecha (ellychnium), fabricada con fibras vegetales como lino o estopa que absorben por capilaridad el aceite del depósito permitiendo que se queme y alimente la llama (Amaré, 1987: 19). No obstante, no han llegado hasta nosotros huellas de combustión orgánica en el lugar donde debió estar alojada la mecha. La base de la pieza ha sido cuidadosamente limada y pulida hasta obtener una superficie completamente plana (fig. 1). El cuerpo de la lucerna mide 70 mm de longitud y 48 mm de anchura. Su altura es de 32 mm. El diámetro del orificio de alimentación, que presenta cierta irregularidad, se encuentra en torno a los 26-27 mm, mientras el orificio de iluminación presenta aproximadamente 10 mm de diámetro. La base presenta una longitud máxima de 48 mm y su anchura máxima es de 40 mm. Las reducidas dimensiones de esta pieza no son obstáculo para su correcto funcionamiento y, por otra parte, lucernas de este tamaño e incluso menores están perfectamente constatadas dentro de la lucernaria romana, especialmente durante el periodo bajoimperial. A ambos lados del gran orificio central de alimentación se abren dos pequeñas perforaciones de perfil oblicuo, de aproximadamente 2 mm de diámetro, realizadas cuidadosamente con un instrumento aguzado de pequeño diámetro que ha permitido horadar la piedra sin fracturarla. Dichos orificios estaban destinados a pasar las cadenillas de sustentación, para colgar la pieza del techo o de algún gancho empotrado en la pared. Sin embargo, la pieza no presenta ningún orificio en la parte posterior que pudiera haber sido empleado para albergar una tercera cadenilla sustentante, que en principio parece imprescindible para mantener la estabilidad de la lucerna colgada en el vacío y evitar que se desequilibre hacia la parte posterior. Tal vez debido al peso de la pieza este sistema de suspensión mediante tan sólo dos cadenillas resultara suficiente o tal vez dicho sistema nunca llegó a concluirse (fig. 2). La lucerna presenta dos inscripciones, una de ellas en la orla y otra en la cara externa de la base. En la inscripción de la margo, que se dispone en una única línea alrededor del orificio de alimentación, hemos leído el texto ope(rarivs) • T(itvs) • Lvciv(s) • Flacaci(vs) • Presenta signos de interpunción, consistentes en pequeños puntos redondos. La inscripción se encuentra además interrumpida en dos ocasiones por las perforaciones destinadas a las cadenillas de sustentación (fig. 3). En la base de la lucerna se conserva una segunda inscripción, tam-bién dispuesta en una sola línea, en la que puede leerse Severio. Incluye dos nexos, V + E y R + I, quizá debido al escaso espacio del que dispuso el grabador. Tal vez el asta vertical de la R no deba interpretarse como un nexo entre dicha letra y la siguiente I, sino como un simple rasgón de la punta empleada en el trabajo. En este caso, la lectura de dicha inscripción sería Severo, posibilidad quizá más verosímil (fig. 4). Ambas inscripciones han sido realizadas mediante un instrumento aguzado de punta muy fina, que ha producido unas letras de rasgos completamente angulosos, sin duda por la dificultad de inscribir en la piedra trazos curvos. La dificultad resulta muy patente en signos como y, identificados respectivamente como l> y A de la inscripción de la orla. La única excepción es la primera O de esta misma inscripción, que conserva cierto esquematismo y tendencia al trazo recto. El difícil dominio del punzón o punta empleado en la grabación de un material tan duro como la arenisca silícea ha hecho que se unan los trazos de algunas letras como la V y la C de Lvciv, sin que debamos interpretarlo como un nexo. Tanto la altura como la anchura de las letras son muy variables, debido a las dificultades de grabación. La altura de las letras fluctúa entre los 5 y los 10 mm, mientras la anchura varía entre los 3 y los 8 mm. El estado de conservación de la pieza es muy bueno, habiéndose perdido tan sólo las cadenillas de sustentación. La lucerna no presenta pátina alguna ^. TIPOLOGÍA, CRONOLOGÍA Y PROCEDENCIA La lucerna que hemos descrito en las líneas anteriores no corresponde a ningún tipo conocido. Por otra parte, la existencia de una lucerna tallada en piedra interpretando de una forma libre la morfología general de los ejemplares romanos en cerámica y metal constituye en sí mismo un hecho extraordinario dentro de la lucernaria romana y debemos considerarla por lo tanto un auténtico unicum arqueológico, para el que carecemos de cualquier paralelo en los principales catálogos. Un trabajo de talla y vaciado de estas características requiere un esfuerzo muy considerable y resulta extremadamente caro y difícil. Pero en estos casos, el fabricante copia directamente los modelos cerámicos, sin realizar más innovaciones que las que le dicta el diferente material que debe trabajar. Los únicos ejemplos semejantes que conocemos para el periodo romano proceden precisamente del norte la península ibérica. Nos referimos en concreto a dos lucernas realizadas en piedra procedentes del yacimiento romano de Herrera de Pisuerga, conservadas muy parcialmente (Morillo, 1999: 164, fig. 132). De una de ellas, tallada en piedra arenisca, tan sólo se conserva parte de la piquera o rostrum, correspondiente al tipo LOESCHCKE III. El segundo ejemplar es un fragmento de base anular simple, realizada en piedra caliza amarillenta y dura. En su momento consideramos que estos hallazgos, más que lucernas de piedra propiamente dichas, debían encontrarse en relación con la infraestructura productiva del taller lucernario que funciona en Herrera de Pisuerga durante la estancia en este lugar del campamento de la legio IIII Macedonica, que se prolonga aproximadamente entre el 20/15 a. No obstante, ambos ejemplares herrerenses copian directamente la tipología de las lucernas romanas, mientras que la pieza del castro de la Reguerina que aquí presentamos es una libre interpretación de una lucerna romana, derivada posiblemente del empleo de un material tan difícil de trabajar como la piedra. Nos encontramos, por lo tanto, ante una imitación realizada en piedra por un artesano probablemente local que intenta reproducir toscamente en un canto de río la forma de las lucernas de cerámica y bronce típicamente romanas que circulaban por todo el Imperio y, por supuesto, por la región astur (Morillo, 1999: passim). Teniendo en cuenta la fidelidad con que se mantienen los rasgos morfológicos fun-damentales de la lucerna romana, no cabe duda de que el fabricante debió conocer modelos lychnológicos originales, pero ha preferido recrear en lugar de copiar directamente en piedra un tipo conocido, tal vez porque el soporte elegido para la pieza no permitía realizar una imitación más fiel. La fisonomía de la pieza, que como ya hemos descrito presenta un depósito amplio, recogido y cerrado parcialmente por la orla en su parte superior para evitar que se vierta el aceite, no deja tampoco duda alguna respecto a que fue fabricada para contener esta sustancia y no otro tipo de combustible más sólido como sebo de origen animal, que hubiera requerido un recipiente mucho más sencillo y abierto. Desconocemos el porqué de esta costosa inversión en trabajo y tiempo, más aún cuando sabemos que el problema del uso de la lucerna en territorios alejados de las regiones donde se cultiva el olivo es el coste de importación del aceite, no el recipiente en sí mismo (Morillo, 1999: 324). La lucerna cerámica es barata y fácil de realizar contando tan sólo con buenos yacimientos de arcilla y un ejemplar del que sacar un molde mediante el sistema del sobremolde. En la misma región astur encontramos varias producciones locales de lucernas cerámicas durante el periodo altoimperial (Amaré-García Marcos, 1994; Morillo, 1999). Posiblemente nos encontramos ante un encargo específico de un cliente que conoce también los modelos originales de lucernas romanas, pero que prefiere encargar un objeto personal, realizado por un artesano probablemente local, aunque por supuesto no somos capaces de determinar la ubicación del taller, del que no conocemos ninguna otra producción. Tal vez ni siquiera se trate de un taller lucernario, sino de una officina destinada en principio a otras producciones. La imitación de modelos vigentes se confirma incluso con la firma del artesano como operarivs, como si fuera auténticamente un trabajador de un taller al uso. Tal vez la decisión de fabricar una lucerna pétrea, indudablemente de mayor peso, tenga que ver con la finalidad a la que estaba destinada dicha pieza, que posiblemente requería una mayor estabilidad. En este sentido no debemos olvidar que el castro de la Reguerina, donde fue encontrada la pieza, se encuentra ubicado en el centro de uno de los distritos auríferos más importantes durante la época romana (Sánchez-Palencia, 1995) y los restos arqueológicos parecen avalar la vocación metalúrgica del poblado (Vidal, 1999: 256). Es posible que la lucerna que aquí presentamos haya desempeñado alguna función específica en relación con las explotaciones del mineral precioso, tal vez para estar colgada en el exterior de un edificio y ofrecer mayor resistencia al viento o para alumbrar las galerías interiores de la mina sin correr el riesgo de rotura del recipiente, etc. Aunque resulta menos probable, tampoco podemos descartar que nos encontremos ante una producción puntual para cubrir las necesidades de iluminación de un individuo que, en un determinado momento y por motivos desconocidos, no puede recurrir al comercio lucernario, tal vez porque éste se encuentre interrumpido. Sin embargo, no resulta lógico pensar en esta posibilidad cuando la lucerna confirma que su propietario sigue disponiendo de aceite, síntoma de que el tráfico comercial continúa sin interrupciones. Las inscripciones que se disponen en la orla y la base de la pieza nos permiten conocer incluso el nombre del operario y el del cliente. Hemos interpretado la inscripción que rodea el orificio de alimentación como la firma del artesano que elaboró la pieza. En efecto, así parece indicarlo la abreviatura OPE que encabeza el texto, abreviatura que interpretamos como operarivs, término empleado para designar a un trabajador manual. A continuación se dispone el nombre completo de dicho artesano: T(itvs) Lvciv(s) Flacaci(vs). Lvciv(s), aunque es propiamente un praenomen, puede funcionar también como nomen y cognomen en Hispânia (Abascal, 1994, passim). Por lo que se refiere al cognomen, Flacacius, es la primera vez que se documenta en Hispânia, aunque están atestiguadas formas muy semejantes como Flacciannvs (Elche, ERAli 14) y Flacchinvs (Santo Tomé, CILA 383 Jaén), a pesar de que se trata de radicales distintos ^ Posiblemente podría tratarse de una forma derivada de Flaccus. La propia abreviatura de ope(rarívs) aplicada a una lucerna constituye en sí misma un hecho anómalo. Por lo que se refiere a la inscripción realizada en la base de la pieza, hemos interpretado Severio o Severo como el nombre del cliente, nombre perfectamente atestiguado en la Hispânia romana. No obstante, no es nada habitual que el nombre del destinatario figure inscrito en la lucerna, a no ser en forma de grafito de propiedad grabado con posterioridad a la adquisición de la pieza. Este hecho resulta explicable por las peculiaridades productivas de esta lucerna. Dicho cliente parece pertenecer asimismo en origen al medio rural, ya que es la única ^ Debemos y agradecemos estas dos últimas precisiones a J. M. Abascal. explicación válida para no haber preferido comprar una lucerna auténtica a través de los canales comerciales de distribución que sin duda existían. La posición que ocupan el nombre del operario, en la cubierta superior, y el del cliente, en la base de la pieza, tal vez tenga una relación con el lugar concreto al que la lucerna estaba destinada. La lucerna fue hecha para ser colgada del techo o de un gancho clavado en la pared, no para reposar sobre un mueble o repisa. De ahí posiblemente que se haya preferido ubicar el nombre del propietario de la pieza en la base, un lugar en principio menos destacado que la margo de la pieza, pero sin duda más visible desde la posición de un posible observador. Teniendo en cuenta las características de la pieza, que constituye una auténtica lucerna singularis, no es posible pronunciarse con certeza sobre su cronología. Ni la tipología ni la epigrafía arrojan luz alguna sobre esta cuestión. La única pista la ofrecen los datos estratigráficos proporcionados por las excavaciones desarrolladas en el Castro de la Reguerina, yacimiento de procedencia de la lucerna. Los sondeos realizados por la empresa Proexco revelaron restos que pueden adscribirse a dos momentos cronológicos muy bien diferenciados, uno de ellos altoimperial, centrado en los siglos i y ii d. C. y otro, mucho más potente a juzgar por los materiales recuperados, que se data durante los siglos iv y v d. A juzgar por los rasgos de la pieza, que revelan un momento ya avanzado del proceso de implantación romana en la región, tal y como ponen de manifiesto los nombres de propietario y artesano y la propia morfología de la pieza, así como por los datos que proporcionan estos autores sobre las circunstancias que rodearon el hallazgo de esta lucerna, nos inclinamos por una datación de la pieza durante un momento romano avanzado, tal vez incluso tardorromano. Sin embargo, ningún dato concluyente permite avalar esta última hipótesis y tampoco podemos descartar que estemos ante un hallazgo de época altoimperial, que se haya conservado en posición secundaria dentro de las estratigrafías del yacimiento. A pesar de la singularidad de la pieza y aunque las circunstancias que envuelven su hallazgo no permiten pronunciarse con total certeza sobre su autenticidad, debemos descartar, a nuestro juicio, que se trate de una imitación contemporánea. La elevada inversión en trabajo que exigiría incluso hoy en día esta pieza, el necesario conocimiento de las lucernas romanas y de las inscripciones latinas que acompañan en ocasiones a este tipo de piezas, así como su fácil recuperación de manos de excavadores clandestinos aficionados junto con otras piezas ANGEL MORILLO CERDAN y JAVIER DEL HOYO AEspA, 72, 1999 arqueológicas, descarta, en nuestra opinión, que nos encontremos ante el trabajo de un imitador contemporáneo. Por otra parte, éste no hubiera imitado algo de lo que no se conocen paralelos idénticos en el mundo romano. Tampoco puede esgrimirse la ausencia de huellas de quema como prueba de que nos encontramos ante una imitación. A pesar de que su mayor porosidad hace casi imposible que no se conserven los restos de la combustión orgánica de la mecha adheridos a la pasta y al engobe, dichos restos tampoco se constatan siempre en las lucernas cerámicas, puesto que dependen, en primer término, de si la pieza ha sido usada alguna vez y, en segundo lugar, de las circunstancias de conservación en cada caso. CONSIDERACIONES FINALES: EL HALLAZGO DEL CASTRO DE LA REGUERINA EN EL MARCO DE LA LUCERNARIA REGIONAL La débil presencia romana en las regiones septentrionales de la península ibérica ha constituido un auténtico lugar común en la bibliografía española hasta hace pocos años. Historiadores y arqueólogos consideraban la romanización de la zona situada al norte del Duero como un fenómeno superficial, exclusivamente de carácter material, que apenas alteró los modos de vida de sus habitantes. El desarrollo de la arqueología regional y de la crítica histórica ha demostrado de forma contundente la profunda transformación de usos y costumbres propiciada por la paulatina implantación romana en el norte de Hispânia, equiparable, a pesar de sus innegables peculiaridades, a la de otros pueblos hispánicos. Uno de los campos que mejor ejemplifica hoy en día el progreso del conocimiento sobre la implantación romana en el norte de la Península es el de la investigación lucernaria. Todavía en fechas relativamente recientes se hacía hincapié en la escasez de lucernas romanas en la Submeseta norte y el resto de los territorios hispanos septentrionales (Balil, 1966: 117, n. Este planteamiento tan sombrío y pesimista se basaba, por una parte, en razones de índole económica, como el elevado coste que supondrían las importaciones de aceite, combustible imprescindible para el correcto funcionamiento de las lucernas, que debido a las condiciones climáticas no es posible producir en el norte de Hispânia. Se aducían asimismo argumentos de tipo cultural, como el rechazo voluntario por parte de las poblaciones locales a una sustancia hasta entonces ajena a sus modos de vida tradicionales (Mañanes-Balil, 1974-75: 304). Recientemente hemos demostrado que esta visión peyorativa no corresponde a la realidad. Los testimonios arqueológicos demuestran de forma contundente que los principales asentamientos cuentan con una abundante provisión de lucernas romanas, tanto importadas como de fabricación local (Morillo, 1999). Sin embargo, las dificultades del suministro de aceite debieron hacerse sentir especialmente en el medio rural, en donde se documenta un reducido número de testimonios lucernarios. En estas regiones debieron existir, por lo tanto, fuentes de iluminación alternativa, que emplearían combustibles menos costosos de obtener, como el sebo o la cera y, con toda probabilidad, recipientes de iluminación distintos a la lucerna romana clásica, más toscos y sencillos, por el momento sin confirmación arqueológica (Morillo, 1993: 203). La lucerna que aquí presentamos constituye un testimonio inestimable para evaluar la penetración del uso de la lucerna romana en áreas netamente rurales del territorio astur, alejadas de los grandes centros romanos regionales como Asturica Augusta (Astorga) y la Castra legionis VII Geminae (León). Este hecho confirma que los sistemas de iluminación de corte netamente romano como la lucerna, más desarrollados que otros medios de iluminación de origen prerromano, mucho más toscos, debieron gozar de un merecido prestigio también entre las poblaciones rurales o semiurbanas, prestigio que lleva a la imitación puntual de modelos romanos en materiales tan poco apropiados como una piedra dura por parte de artesanos especializados probablemente en el trabajo de la piedra. Los nombres netamente latinos del cliente y el operario confirman asimismo que nos encontramos en un momento en que las estructuras sociales de origen indígena han sido profundamente alteradas y transformadas al modo romano. Por último, debemos señalar que este hallazgo es una interesante contribución al conocimiento de algunos rasgos del poblamiento romano en los distritos mineros de la Asturia occidental. Aunque el abandono de la explotación aurífera a gran escala y de los asentamientos mineros vecinos parece verificarse a lo largo del primero tercio del siglo m (Sánchez-Palencia, 1995: 148) o, a lo sumo a mediados de esta misma centuria (Domergue, 1990: 221-223), cada vez son más abundantes los indicios de que debe mantenerse la explotación de algunos cotos auríferos astures en escala mucho menor (Fuentes, 1996: 219). Algún autor ha interpretado que lo que cambia realmente es el modelo de explotación altoimperial, que exigía abundantes recursos y mano de obra (Edmonson, 1989: 91). En cualquier caso, desde mediados del siglo in, el poblamiento regional debió sufrir una profunda reorganización acorde con las nuevas circunstancias. El castro de la Reguerina, cuya vocación metalúrgica parece fuera de toda duda teniendo en cuenta los restos arqueológicos exhumados (Vidal, 1999: 256), vendría a sumarse a los testimonios crecientes de ocupación humana en las comarcas mineras astures durante la época romana, aunque todavía debemos precisar si su vocación minera perdura también a lo largo del Bajo Imperio, momento en que está perfectamente atestiguada la continuidad del habitat. Las circunstancias del hallazgo de la lucerna que aquí presentamos no permiten pronunciarnos con total certeza sobre su cronología, aunque algunos indicios apuntan a un momento avanzado del Imperio. LUCERNA ROMANA DE PIEDRA DEL CASTRO DE LA REGUERINA (LEÓN)
El libro que reseñamos es muy representativo en la actual historiografía rusa, puesto que está consagrado por sus autores a uno de los más arduos problemas científicos, al problema de las relaciones del individuo antiguo con la sociedad a la cual pertenecía. Después de casi un siglo de dedicación a la temática socioeconómica, con el libro presente la ciencia rusa intenta cambiar su hilo conductor, destacando al individuo como el sujeto y principal protagonista de la historia universal. Así pues se puede decir que este libro es sui gèneris uno de los símbolos más espectaculares de los nuevos intereses e intenciones de la ciencia rusa relacionada con las antigüedades. La mayor parte de los artículos está escrita por los más destacados especialistas rusos (E.M. Shtáerman, E.S. Golubtzova, L.P. Marinovich, Yu.K. Kolosóvskaia, Yu.A. Andréev, entre otros) que son buenos conocedores de los tradicionales caminos científicos de la época soviética y que, por otro lado, oponiéndose a los dogmas ideológicos de ella, siempre trataron de dedicarse al hombre antiguo, a su mentalidad y aspiraciones, a su modo de entender su propio destino social y personal. El libro abarca un inmenso espacio geográfico: desde Roma hasta el Ponto, desde el Bosforo Cimmerio y Danubio hasta Grecia y Egipto. Los límites cronológicos también son muy amplios: desde los inicios del II milenio a.C. hasta el final de la época antigua. Las fuentes son múltiples, y se caracterizan por su variedad, solidez y autenticidad. El respeto a la tradición literaria antigua y también a la arqueología va acompañado de un profundo interés hacia la numismática, la epigrafía, la correspondencia privada y distintos tratados científicos antiguos. En esta lista de fuentes merece una atención especial la obra gnóstica Pistís Sophia, incluida a mediados del siglo IV d.C. en uno de los códices de pergaminos coptos, donde ocupa unas 178 páginas. La primera traducción al ruso de sus cuatro grandes fragmentos y su comentario histórico y filológico pertenecen a M.. El libro está compuesto de dos partes. La primera («Estructuras sociales y la psicología social») incluye seis capítulos, dedicados por sus autores al estudio de la conducta social y familiar del hombre antiguo, de sus relaciones con el poder, la ley y la religión. En el foco de la atención se hallan los habitantes de los más importantes centros de la civilización antigua, así como de su periferia póntica, menorasiática, egipcia y europea continental. En la segunda parte («La mentalidad del hombre antiguo en el contexto de la civilización griega y romana»), que cuenta con nueve capítulos, se estudian distintos aspectos de la mentalidad antigua con motivo de distinguir su espectacularidad y particularidad. La meta final consiste en la afirmación de que la cultura anfigua es un fenómeno íntegro y autosuficiente que poseía todo el potencial, creatividad y perspectiva para su transformación histórica en lo que es la civilización moderna. El protagonista principal de esta transformación es el hombre antiguo, que por su «psicotipo» apenas se distingue del hombre de las épocas más modernas (p. * Estoy muy agradecida a la Dra. Guadalupe López Monleagudo por haber revisado ei texto de mis reseñas. Espero que el libro sea de interés y sirva a mis colegas españoles que, yendo por su propio camino científico, también han llegado a una altura desde la cual se ve claramente el horizonte investigador de los albores del nuevo milenio, íntegramente relacionado con el hombre, su imagen y mentalidad. Universidad de Vladimir, Rusia M. De Cesare, Le Statue in immagine. Puedo recomendar a aquellos interesados por la cerámica griega en pardcular y por el arte griego en general la lectura de este libro. Puedo afirmar que cumple con todos los requisitos en un trabajo de este tipo: rigor, exhaustividad, conocimiento actualizado de la bibliografía, claridad expositiva, nuevas aportaciones. El libro, suficientemente ilustrado, carece en ocasiones de calidad en las fotografías. M. di Cesare aborda aquí el estudio de las estatuas como imágenes en la pintura de vasos griega, desde el siglo vi hasta el IV a.C, incluyendo las producciones suritálicas. Intenta dibujar una red de relaciones a distintos niveles, entre escultura, pintura mural, escenografía teatral, pequeña plásdca y cerámica. Tradicionalmente se habían considerado los vasos griegos dependientes de las otras artes mayores. La investigación decimonónica puso el acento en esta dependencia. Una única dirección se señalaba, la que conduce desde las obras de arte de los pintores o escultores a los artesanos ceramistas. Su búsqueda, la reconstrucción «filológica» de la obra original perdida. Como si existiera en la Grecia clásica una tendencia, moderada en cualquier caso, a la réplica de fipos y de esquemas. En la actualidad el interés por las imágenes de los vasos griegos ha puesto a la sombra los estudios de sesgo estilístico y «filológico». Uno de los méritos de este trabajo ha sido el no despreciar ninguna aproximación y abordar el estudio entendiendo que las imágenes de los vasos son importantes y útiles para reconstruir tradiciones iconográficas comunes a diversos ambientes artísticos. Pero la estatua pintada es no sólo un medio para la reconstrucción o un instrumento para comprender la práctica de taller sino que es un instrumento precioso para desvelar la interrelación entre concepción divina e iconografía. La «imagen escultórica» es sobre todo un modo de aproximación a lo divino y de comunicación con él. La autora nos muestra cómo en las imágenes las estatuas pueden jugar un papel central o marginal, o simplemente intensificar el pàthos de la escena. Analiza la función de la estatua en el contexto mitológico-narrativo, en el contexto cultual, en el contexto artesano. Como señala M. di Cesare son influjo de la impronta visual de la realidad con fórmulas que traducen a imágenes una «memoria mítica» adquirida por el artesanado y sus clientes. Un aspecto casi totalmente olvidado del estudio es lo que la autora titula «el viaje de las imágenes», es decir, la producción, difusión y recepción de las imágenes, o lo que es lo AEspA, 72, 1999 mismo, pasar del «contexto interno» al «contexto externo» del vaso, subrayando la importancia de la cerámica figurada como instrumento de difusión del universo mitológico, religioso y artístico. La cerámica juega un papel mediador y de difusión de los temas mitológicos y de un repertorio formal. Sirve para reafirmar el carácter de una koiné artística. La imagen vascular consfituye una fuente importante para reconstruir tradiciones, transmisiones y adopciones iconográficas, para conocer la dinámica de intercambio entre las distintas technai. Pero no pueden ser tomadas como datos precisos y fíeles para intentar la reconstrucción, la restauración. El arte griego fue en época clásica completamente extraño al concepto de original y copia morfológica que desarrollarán después los romanos. Este libro, publicado en la serie Palilia del Instituto arqueológico alemán de Roma, es elaboración de una disertación defendida en Hamburgo en el curso 1994/95. Busca responder a una cuestión vieja desde un punto de vista nuevo y con pensamientos diferentes. La cuestión de la que parte, la recepción de los mitos griegos en Etruria, se planteó en los años 60 y desde entonces ha sido objeto de un continuo debate. Frente a la opinión de R. Hampe y E. Simon (1964) -los etruscos en época arcaica demostraron un conocimiento preciso de los mitos griegos-, G. Camporeale prefería hablar de «banalizaciones» apoyándose en toda la amplia serie de ejemplos que se desviaban de los modelos de Grecia, hasta hacerlos incomprensibles. Este distanciamiento estaría en la raíz originaria de la transmisión etrusca, de las innumerables copias supuestamente sin senfido. Frente a estas generalizaciones, I. Krauskopf (1974) se centró en un repertorio míüco concreto -la saga tebana-y matizó el proceso: aceptó tanto la evidencia de una lectura correcta y minuciosa de la fuente griega por parte del etrusco como desviaciones sucesivas de las versiones locales. La escala de la progresiva lejanía se ampliaba a meras ornamentalizaciones llegando con frecuencia hasta las degeneraciones iconográficas, donde apenas es posible ya atisbar meros ecos formales de la primitiva fuente inspiradora. La investigación se fue haciendo más dialéctica, la mirada sucesivamente más compleja. El etrusco, de mero receptor pasivo de un supuesto canon establecido, se convertía en manipulador del mito griego, en creador de la imagen apropiada. Se introdujo así el factor artesanal, tantas veces evanescente e inasible, y se reconsideró el entramado de los modelos, desde el Urbild o imagen originaria, ya postulada en la investigación de comienzos de siglo pero objeto ahora de una discusión más sistemática y precisa en los arquetipos y modelos transmisores (van der Meer, 1975). Interesaron los mecanismos y criterios que llevaron a la preferencia de tal o cual motivo, al porqué de la elección etrusca de esta fórmula concreta o de este mito (M. H. Massa-Pairault, 1985-1992); algunas variaciones observadas se atisbaron cargadas de intención y mito propios que nada o casi nada tendrían ya que ver con el griego (J. Penny Small, 1981). Lejos, pues, de ser banalizaciones, las imágenes incorporaban nuevos e insospechados sentidos. Las exigencias locales modificaban tanto la forma como el contenido. El ropaje mítico prestado sólo se entiende hoy desde la función histórica de las imágenes dentro de la propia sociedad etrusca (recordemos los relieves del templo A de Pyrgi, tan debaüdos). A los intereses etruscoshistóricos, sociales, rituales, escatológicos, etc.-se superponen además unos principios de representación propios, como la tendencia a la simetría, o a la repetición de un personaje o de un motivo. En fin, la necesidad de ilustrar conceptos abstractos, emblemáticos dentro del imaginario etrusco, lleva a una ufilización y manipulación profunda del repertorio iconográfico que le presta la fuente griega. Este es el panorama, muy complejo, del que parte la investigación de Steuernagel, una trama densa de cuestiones históricas e iconográficas que el autor trata de analizar e iluminar. Steuernagel es heredero consciente de esa ingente tradición escolar y elabora, de forma muy personal y crítica, una metodología propia que le permita desbrozar el terreno. Ante todo, ha de poner lindes a este inmenso campo. Por ello delimita su estudio a las representaciones sobre sarcófagos y urnas en piedra. Enmarca además su indagación en un momento avanzado de la historia etrusca: desde el siglo IV a. C. hasta el cambio de era, es decir, principalmente se ocupa del período que podemos llamar etrusco-helenístico. Ello plantea una problemádca diferente a los primeros trabajos (Hampe-Simon), centrados sobre todo en los períodos orientalizante y arcaico. Y he aquí su perspecüva más original y enriquecedora: escoge como tema no ya un mito concreto (como hizo por ejemplo Krauskopf con la saga tebana) o un taller único sino un conglomerado de temas que denen una raíz común -el sacrificio humano y la muerte ritual sobre el altar-en un espacio y cronología que hemos visto amplios. El subtítulo es esclarecedor: va a seguir tratando de los mitos griegos en las tumbas etruscas. Pero ha cambiado el peso de la indagación. Le interesa la mirada etrusca, no la saga griega. El centro iconográfico es el altar como imán que va incorporando sentidos múltiples bajo la excusa de los motivos griegos. La extrañeza del tema griego es prestigio en las élites etruscas: de ahí la fuente a la que acude continuamente el artesano, desde el temprano arcaismo. De un lado, elaboración profunda -e intencional-de estos modelos; de otro, la nueva función que asumen estas representaciones. Esta dualidad constituye el núcleo del libro. El peso cae, pues, en la recepción, en ese juego recíproco entre la creatividad artesanal y las expectativas y representaciones sociales de los espectadores y clientes. Estamos pues ante un libro denso, sugestivo y, a veces, difícil; libro que se incorpora a esa línea de la investigación que en estas dos últimas décadas ha abandonado ya como faro iluminador el presügio de Grecia para acudir a la explicación histórica y múltiple del receptor local. Tras la introducción historiográfica un amplísimo primer capítulo clasifica y reúne individualmente las representaciones que se centran en torno a la muerte en el altar. Lo hace, obligadamente, desde la tipología mítica griega: la degollación de los prisioneros troyanos; el sacrificio de Ifigenia o de Polixena; Orestes y Pílades en Táuride; la persecución de mujeres: Casandra, Helena, Danaides...; el matricidio de Orestes; su huida de las Erinias; Télefo en el campamento de los griegos, con el niño Orestes en el altar; el reconocimiento de Paris en el altar; la muerte del cochero Mírfilo; la degollación de Troilo por Aquiles y otros duelos míticos en torno a una tumba o un altar; Galatomaquias y galos saqueadores de santuarios; y luchas míticas en lugares sacros: amazonas, centauros y gigantes. Por los temas vemos cómo historia y mito se confunden en el imaginario antiguo o cómo una y otra se utilizan convergentemente. Pero el trabajo no se queda en el mito griego del que parte, o en la historia. En cada uno de estos apartados se estudian las variaciones de representación y la especificidad etrusca, así como, en ocasiones, el stemma de los modelos o posibles fuentes transmisoras del motivo (por ejemplo, en el sacrificio de los prisioneros troyanos). En esta lectura minuciosa el acento de las representación recae en la elección etrusca: por ejemplo, en la dramática anagnorisis o reconocimiento de Paris, motivo utilizado como tránsito so- La situación contextual de los testimonios iconográficos sitúa los temas en el espacio y en el tiempo etruscos (cap. II). Se delinean principalmente dos zonas (Etruria del Norte y del Sur) y dos momentos diversos, el inicial (ss. IV-III) y el tardohelenístico (ss. Los datos contextúales ayudan a situar así las dimensiones sociales de la recepción (que se retoman en las conclusiones del capítulo VI: la imagen como signo de historia). La limitación elegida por el autor a las urnas y sarcófagos habrá que contrastarla el día en que se incluyan en esta consideración otros soportes con estos temas, como los vasos cerámicos etruscos, las cistas en bronce o los mismos espejos. Recordemos la importancia de documentos relevantes como la llamada cista Revil o el estamno falisco de Sovana para una mejor comprensión etrusca del sacrifico de los prisioneros troyanos. En el libro estos materiales sólo se han estudiado parcial y selectivamente en cuanto ofrecen comparaciones con las urnas y sarcófagos, pero no constituyen parte del catálogo ni del entramado contextual -espacio y tiempoal que pertenecen enriquecedoramente. El lector deberá buscar esa visión más global en obras como la coordinada por Adriano Maggiani, Artigianato artistico, Milán, 1985. La aportación más densa y original de Steuernagel se encuentra en los capítulos interpretativos (III a VI). El capítulo III, se ocupa de la relación etrusca con las imágenes de los mitos griegos. El análisis que el autor nos ofrece del tratamiento etrusco de los iconos disuelve las categorías previas de clasificación por temas griegos: los motivos se entrecruzan, se generalizan y abstraen, se reelaboran desde una exigencia metafórica y alegórica, se duplican, se sustituyen, se transforman... Lejos de encontrarnos ante una copia mecánica y empobrecedora de modelos de la Magna Grecia, asistimos a una originalísima dinámica creativa propia. Ello nos lleva a una reformulación semántica nueva. No sirven las categorías míticas griegas para explicar muchas de estas innovadoras realizaciones etruscas. La clasificación exige otros nombres, palabras propias para esos nuevos mitemas. Un reto, pues, para la futura investigación iconográfica y un estímulo, a su vez, de reflexión teórica para quienes nos ocupamos de este campo de la imagen antigua. Todo ello se trata, holgada y críticamente, en la obra. El capítulo IV «Angustia y esperanza. Representaciones de la muerte y del allende», relaciona imagen mítica y contexto funerario. Deshace tópicos de la investigación como el de la mors acerba, que el autor sitúa dentro de un mayor equilibrio histórico; o ese gusto sangriento y macabro al que sería tan aficionado el etrusco, esa supuesta sensibilidad morbosa y siniestra, expresión -se llegó a decir-de su carácter «nacional». La crítica, luminosa, rompe definitivamente con esta visión tópica pero no es del todo nueva. Recuerdo que Ambros Pfiffig, en su irremplazable Religio etrusca (1975), ya criticó esta historiografía decimonónica sobre el sadismo de las imágenes etruscas. La lectura consoladora del sacrificio sustitutorio de Ifigenia, realzada por nuestro autor, la ofrecía también Pfiffig: Ifigenia se convertirá en una heroina, un alter ego de la diosa. Nuestra visión de la escatologia etrusca es ahora más humana y enternecedora, menos cruel y sangrienta. A ello ayuda, en no pequeña medida, el libro que se reseña. Cabría además en estos casos una lectura desde el género, que -creo-no se ha hecho suficientemente. ¿Cómo funciona la selección temática de acuerdo con el sexo del allí enterrado? Ya Pfiffig apuntaba cómo algunos de los motivos de luchas aparecían en urnas con nombre femenino. También Steuernagel apunta, de pasada, ciertas preferencias, como la aparente mayor permeabilidad femenina a la religión de los misterios (representación de mujeres con tirsos, en sarcófagos). Pero las imágenes etruscas adquieren en nuestro libro una sugestiva lectura desde la vertiente antropológica, como ritos de tránsito. Una sugestiva iluminación: la tensión de la imagen etrusca se centra, preferentemente, en el estadio crucial e intermedio del tránsito. Las representaciones míticas refieren no tanto el resultado como el momento cumbre, y aún indeciso, de la peripecia. El supuesto paradigma de la imagen funciona de manera diversa, nunca unívoca: hay ejemplos negativos o contramodelos, como la desdichada muerte de Mirtilo (un «verunglückter rite de passage»). El capítulo V trata el espinoso tema de la relación de estas imágenes «ejemplares» con prácticas cultuales reales etruscas. El transfondo histórico de las prácticas de sacrificios humanos, que sostienen diversos autores desde el siglo XIX hasta hoy y que no llegaron a reconocer sabios como J. Heurgon, quien veía en las imágenes meros sustitutos iconográficos, este transfondo, digo, lleva al autor a contrastar las imágenes con los testimonios literarios conservados. Ambas fuentes se refieren a ámbitos diferentes y no son superponibles mecánicamente. La dimensión icònica ofrece otras perspectivas, parece más bien resultado de una proyección metafórica. El autor establece bien las diferencias. Las imágenes de las urnas no son simples sacrificios de guerra (tradición literaria de la devotio). A veces el sacrificio lo realizan sacerdotisas (por ejemplo, en el caso de Pílades y Orestes). Raramente tiene lugar sobre la pira sino sobre tumbas construidas -o altares-, un indicio de que en Etruria se vincula al culto de los antepasados. La sustitución del hombre por un animal puede aludir a una ofrenda a los dii animales: la ofrenda de sangre de determinadas víctimas animales sobre una tumba podría evitar o superar la ley de la mortalidad de los hombres. Se ha hablado aquí -y Steuernagel insiste en ello-en una especie de esperanza de deificación tras la muerte: el difunto accede a cierto status divino. Un tema, cierto, especulativo y difícil en el que nuestro autor simplemente aporta los indicios y su reflexión. Muy original me parece una de sus conclusiones en este tema: la imagen es un traslado metafórico de la uitae necisque potestas: la representación de los degollamientos sacrificiales (la libación sobre la víctima insiste en el carácter de sacrificio) subraya el rango social superior de quien tiene derecho y potestad sobre la vida y la muerte. También aquí surgen los contramodelos: las imágenes con actos de violencia en santuarios (por ejemplo, los gálatas arrasando el lugar sacro con las ofrendas desparramadas sobre el suelo) manifiestan la monstruosidad de la acción. La iconografía recoge tanto el sacrificio humano legítimo como el sacrilegio avergonzante (el llamado «corrupted sacrifice»). El último capítulo (VI: «Religión y sacrilegio. Trasfondo histórico y social») propone un cuadro de conjunto sobre el desarrollo de la sociedad etrusca entre los siglos IV y I a. de C. Distingue dos períodos: un culto a los antepasados de la aristocracia etrusca (siglos IV y III), con un largo excursus sobre la sociedad de clases y las relaciones de dependencia en Etruria que le invita a pensar en la necesidad de crear un pasado heroico en relación con el culto de los antepasados. De ahí la adopción de modelos heroicos griegos de prestigio como el de Aquiles sacrificando a los troyanos en honor de Patroclo: de este modo, con este modelo, los etruscos ofrecerían el sacrificio metafórico a su pater gentis. Crean y definen su propia historia. El segundo momento (siglos III al I a. C.) está marcado por los movimientos de reforma, reacción y romanización en que las imágenes sirven para asegurar y manifestar una conciencia de las normas propias y una nueva representación aristocrática ante un un mundo cambiante y en tensión social. En este período las imágenes de los sacrificios huma-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 72, 1999 nos son recibidos también por una «clase media» etrusca, cuyos usos y práctica los extiende. El libro se complementa con un catálogo preciso y una selección cuidada y amplia del repertorio iconográfico. La lectura de este libro denso y a veces difícil, es sugestiva y enriquecedora en muchos aspectos. Invita a la reflexión, más allá del propio campo etrusco. Puede ser útil a los iberistas. Pero creo que no agota el tema ni descarta otras lecturas, acaso más tradicionales pero igualmente válidas y complementarias. Pienso, por ejemplo, en la propuesta sintética sobre la iconografía de las urnas etruscas que de este mismo período etrusco-helenístico ofrece M. H. Massa-Pairault dentro del catálogo" de la exposición del citado libro de A. Maggiani (1985, pp. 82-83). Esta autora ve las raíces remotas de la mayoría de estos temas en Asia Menor, especialmente bajo el favor que les otorgó la corte pergamena. No sólo el influjo formal del reino de Pergamo en la Italia helenística sino también un nuevo enfoque conceptual ante el mito puede introducirse en la Etruria de este período (por ejemplo, la idea de una oposición entre destino y libertad) a través de una nueva relación dialéctica entre mito y cliente. El mundo etrusco pudo verter su historia y elaborar su especificidad partiendo también de este impulso modélico minorasiático en época helenística. Creo que es posible avanzar más en una síntesis que tenga en cuenta el original análisis de Steuernagel con esta otra visión abierta a los renovados estímulos mediterráneos durante el helenismo, como la que han planteado ya Massa-Pairault y otros autores. Instituto de Historia, CSIC. Un libro dedicado al timiaterio en el mundo griego, al análisis de las fuentes, su tipología y sus usos, como enuncian el título y subtítulo de esta obra, parece en principio empresa codiciosa y atrevida, pero ofrece también el atractivo del estudio monográfico de un objeto, el timiaterio, presente en múltiples y variados aspectos de la vida religiosa griega. Tiene esta obra un indudable atractivo: aunar el análisis arqueológico con el literario y el iconográfico, presentando una visión global de los contextos y los ámbitos en los que se utiliza este objeto ritual y cultual. Esta obra se plantea como una recopilación y análisis de los documentos literarios, epigráficos e iconográficos que ofrecen una serie de elementos preciosos para la comprensión de los ámbitos de uso referidos al timiaterio en el mundo griego. El objetivo es también ofrecer una nueva clasificación tipológica que toma como punto de partida el estudio de Wigand de 1912. La justificación radica en los 80 años transcurridos desde entonces, en los que la investigación arqueológica ha aportado numerosos datos para el conocimiento de nuevos tipos y ha confirmado o sacado a la luz nuevos ámbitos en los que está presente el timiaterio. El libro está estructurado en dos partes fundamentales, la primera, centrada en el estudio y análisis de los documentos, y la segunda, concebida como catálogo de las fuentes y de los timiateria reales. La primera parte, con una gráfica extensión de cien páginas, recopila todo el saber existente sobre el timiaterio en el mundo griego; la segunda es un apoyo documental a la primera parte, no exhaustivo, aunque no sé si la pretensión era que sí lo fuera. La primera parte comienza hablándonos del incienso, de sus características botánicas, lugar de origen, recolección, produc-ción, comercio, difusión y empleo en Grecia, desde los ámbitos, sagrados o profanos, hasta el gesto con el que cumplimentaba la ofrenda. Y todo ello apoyado en las noticias proporcionadas por autores antiguos. El segundo capítulo está referido al timiaterio en las fuentes literarias y epigráficas, de cuya lectura se extraen numerosos datos. Las fuentes nos informan sobre los diversos nombres que recibe el recipiente donde se quema el incienso: thymiaterion, thyterion, escharls, escharion, libanotis, tripodiskos y bomiskos, y la diferencia entre unos y otros. También nos informan, especialmente los inventarios de los templos, sobre sus formas, decoraciones, dimensiones y materiales con los que están realizados. Sabemos a través de ellas de los ámbitos de uso del timiaterio, su pertenencia al aparato cultual, su presencia en los templos, en las procesiones rituales, en los sacrificios y en los ámbitos privados, especialmente en el banquete y en el simposio. La autora recoge también las menciones a las diferentes divinidades a las que se ofrenda el incienso: Afrodita, Zeus, Dioniso, Atenea, Asclepios, Artemis, Leto, Apolo, Damia y Auxesia, Deméter y Kore, Hera, Agathe y Tyche, divinidades egipcias y sirias. Ninfas, y héroes: Heracles y Anfiarao. La utilización del timiaterio en los cultos en honor de estos dioses está recogida en las fuentes literarias, en los inventarios de los santuarios y en determinados documentos epigráficos, y confirmada por la aparición de ejemplares reales en algunos de sus santuarios. Pero la recogida de datos y el análisis que hace de ellos no conduce a una profundización en el estudio del ritual y de la religión griega. El resultado parece demasiado anecdótico, quizás por la escasez o lo fragmentario de la documentación escrita. Así, por ejemplo, en el apartado dedicado a Afrodita, la autora se ciñe, con razón quizás, al empleo del incienso, pues el tema del libro es el timiaterio, objeto empleado para quemar esta sustancia concreta. Pero ¿por qué no hacer alusión a los perfumes de forma más general, especialmente en el ámbito de esta diosa, ella que, como narra el Himno Homérico, se puso vestidos perfumados por todas las estaciones, ella que es también la Afrodita Anthéial No sabemos tampoco por qué el incienso tuvo un papel importante en los ritos en honor de Apolo, si se le reconocían propiedades mánticas, al igual que se le reconocían propiedades curativas en el santuario de Asclepios. El caso es que se abren numerosos interrogantes a los que la autora no presta atención. Volveremos sobre ello más delante. Este capítulo se cierra con las referencias a Alejandro Magno, el primer soberano del mundo griego en cuyo honor se quemó incienso -sin profundizar, por cierto, en el valor simbólico, político y religioso de esta costumbre oriental-, referencias sobre los dedicantes -más numerosas las mujeres que los varones, otro dato del que tampoco extrae ningún partido-, la mención a un epígrafe que prevé la institución de un verdadero culto heroico en honor de un auleter, y con las conclusiones. Estas son meridianas: las fuentes proporcionan informaciones preciosas para el estudio del timiaterio y del empleo del incienso en la cultura griega, pero no pueden comprenderse en su totalidad sin la aportación de la iconografía y de los datos de las excavaciones. El tercer capítulo de esta primera parte está consagrado al estudio tipológico del timiaterio, diferenciados en timiateria muebles y configurados. La tipología se establece sobre ejemplares reales y timiateria que sólo existen en representaciones iconográficas. La autora define diecisiete tipos básicos, sus variantes formales, sus dimensiones, su origen cultural y cronológico, y su difusión en el tiempo y el espacio. En cuanto a los timiateria configurados distingue los de forma de cáliz de flor, los timiateria con cariátides y los timiateria siracusanos con figura humana o divina. El siguiente capítulo es una recopilación de las escenas en las que aparecen representados los timiateria, pues realmente no es un estudio iconográfico completo. La división en ocho tipos de escenas parece un tanto arbitraria y confusa, pues Tras la lectura de este capítulo habremos obtenido nuevos datos, pero el sentido último del significado y valor de la ofrenda del perfume se nos sigue escapando. Muchas preguntas quedan sin contestar, por ejemplo, ¿por qué son tan frecuentes durante la primera mitad del siglo v los lécitos áticos con la imagen de Nike llevando un timiaterio?, ¿por qué es la diosa la oferente, la celebrante del ritual?, ¿qué celebra? Alguna respuesta, por sencilla que fuera -la importancia de la victoria agonística en un contexto político que busca la sanción religiosa de sus acciones-podría haber aventurado la autora. Pero no suele ofrecer interpretaciones, y cuando lo hace son discutibles. Así, cuando dice que en los «Totenmahlreliefs», donde el difunto suele estar representado en el momento de echar granos de incienso en un timiaterio, no se debe reconocer un valor funerario a la acción, porque el difunto heroizado está retratado en un momento de su vida privada. Tal lectura es excesivamente simplista, y desconoce la riqueza de significados, la polisemia característica de las imágenes, especialmente las de los siglos v y iv a.C. y, sobre todo, de tema funerario, donde hasta dos o tres niveles de lectura se superponen y armonizan perfectamente. La misma simplicidad de interpretación ofrecía en el capítulo anterior al hablar de los timiateria en forma de mujer-flor, de los que dice están asociados a divinidades femeninas conectadas con la fertilidad, como la Hera venerada en Sele, por lo que en la figura femenina se puede reconocer a la Hera Anthéia. Suponemos que esa asociación puede cumplirse en el caso del Heraion de Sele, pero quizás el significado sea más amplio, menos restringido, cuando las encontramos en otros contextos, pues podemos hablar también de Afrodita Anthéia, o de Perséfone, hablar de la imagen del ánodos, o relacionarla con las imágenes de los vasos suritálicos en los que una cabeza femenina brota de un cáliz en flor. En fin, las posibilidades y los juegos de las imágenes son innumerables y abren múltiples caminos a la interpretación. El último capítulo de esta primera parte está dedicado al timiaterio en la documentación arqueológica. Felizmente, los contextos de hallazgo concuerdan con las fuentes literarias, y confirman los ámbitos de uso. Los timiateria aparecen por todas partes, en espacios sagrados y profanos, en templos, especialmente en los dedicados a divinidades femeninas, en salas de banquetes públicos, en las tumbas (¿para el ritual o como parte del ajuar?, se pregunta la autora). Por último, el círculo de la recopilación y de la argumentación se cierra analizando las imágenes que decoran los timiateria cerámicos: las escenas confirman los mismos ámbitos de uso que nos habían proporcionado las fuentes escritas. La segunda parte de este libro reúne en otras cien páginas las fuentes literarias, epigráficas, el catálogo de las fuentes iconográficas y de los timiateria reales. La ordenación, a veces un tanto confusa, se realiza primero por la tipología, luego por el tipo de fuente (cerámica, escultura, etc.), y finalmente por el tipo de escena. Por cierto, echamos en falta una mayor número de ilustraciones, especialmente cuando uno de los principales capítulos de este libro está dedicado a las fuentes iconográficas. En resumen, nos encontramos con un estudio ambicioso, pero necesariamente simplificado, con numerosas generalizaciones y lecturas en ocasiones muy superficiales. Quizás esperábamos encontrar algo más que una mera enunciación recopilatoria de los usos y contextos en los que se inscribe este objeto. No es que pretendamos que este libro fuera una nueva versión de aquel estudio tan sugerente e innovador de M. Détienne sobre la mitología de los aromas {Los Jardines de Adonis), pero nos hubiera gustado leer algo sobre su significado metafórico, sobre el simbolismo de la ofrenda del per-fume, sobre el valor de la acción sagrada de quemar incienso, alimento y esencia divina. La universalidad del timiaterio conlleva una limitación, pues como signo iconográfico no define con precisión un ámbito de uso ni una acción determinada que permita diferenciar un contexto y un significado de otro. Pero, precisamente, esa característica es la que debía haber sido exprimida a fondo para hablar del timiaterio como clave de interpretación de una acción que es necesariamente ritual y sagrada. El timiaterio es un instrumento que sólo adquiere sentido en el contexto de una acción. La pregunta no debe ser sólo «¿qué es?», «¿para qué sirve?», sino «¿cuál es el significado de la acción?». A través de ella -de él-se establece una comunicación vertical entre el mundo divino y el humano. El aroma, el perfume abre las puertas de lo divino, rompe las fronteras del aquí y del ahora, borra el tiempo y dilata el espacio humano hasta las fronteras de la alteridad. La ofrenda perfumada es elemento de regeneración, es instrumento de transformación, vehículo que conduce a otras esferas del ser, es metamorfosis en la esencia divina que es, también ella, aroma exquisito, perfume delicioso. El timiaterio es objeto clave en esta acción sagrada que inunda los sentidos y despoja al hombre de su ser mortal para sumergirse en el aroma de la inmortalidad. Quizás nuestras expectativas eran falsas, porque lo que se ha pretendido y prometido es realmente y en el fondo lo que se ha ofrecido: un conocimiento panorámico del timiaterio y sus usos en el mundo griego, una visión de síntesis, un enunciado de los temas abriendo caminos a los que quieran profundizar en cada uno de los aspectos concretos. Es esta tarea un ejercicio virtuoso para el que se requieren especiales habilidades globalizadoras, sintéticas y ordenadoras. Lo que deja traslucir este libro es también el intento de diálogo de diversas disciplinas, que no suelen aunar sus esfuerzos con frecuencia. El quehacer de arqueólogos, filólogos e iconólogos aparece aquí conjugado en una síntesis perfecta para introducir y sugerir nuevos caminos de indagación. El libro presente abre la serie de monografías llamada «Pontus Septentrionalis» que, según el proyecto de sus editores (H. Kürieleis, Presidente del Instituto Arqueológico Alemán; R.M. Muncháev, Director del Instituto de Arqueología de la Academia de Ciencias de Rusia, y G.M. Bongard-Levin, Presidente del Centro de Estudios comparativos de las civilizaciones antiguas de la Academia de Ciencias de Rusia), tiene por objetivo informar acerca del desarrollo de la investigación de la historia y cultura del mundo colonial griego de la región norpóntica. Las monografías se editan en ruso y alemán y ya se conocen los títulos de aquellas que se hallan en prensa: «Olbia», «Berezán», «Chersonesos», «Tira», etc. El primer volumen de la serie está consagrado a Tañáis, que, sin pertenecer a las más arcaicas colonias griegas, tiene un interés científico especial por su modelo del desarrollo histórico y cultural, puesto que a lo largo de su vida se había convertido en un ejemplo único y espectacular, antològico diría yo, de la coexistencia pacífica y muy fructífera con los sármatas y otros indígenas de la región norpóntica y meocia, alejada de Grecia miles de kms. A propósito de lo dicho, una AEspA, 72, 1999 de sus pocas analogías directas (o, tal vez, la única) es el Emporion de la Península Ibérica. Espero que por esta razón el libro presente atraiga un interés especial por parte de los investigadores que se dedican a la historia de este centro antiguo. La monografía reúne 3000 «dipinti» o tituli picti de las ánforas tanaitas, pertenecientes a la primera mitad del siglo III d.C. y descubiertos por arqueólogos rusos y alemanes durante las excavaciones de los años. Los «dipinti» más recientes (varios miles más) se estudiarán en un volumen aparte. El libro está compuesto de seis capítulos consagrados a una breve historia del estudio de las inscripciones de las ánforas tanaitas y de la característica tipológica de ellas (cap. 1-2), a la técnica y paleografía de los «dipinti» (cap. 3-4), a su contenido, ubicación y, en resumen, a su importancia científica (cap. 5-6). El texto está provisto de un pormenorizado catálogo (pp. 138-229) y también de un índice alfabético de los «dipinti» y un álbum de 91 láminas. La mayor parte de los «dipinti» pertenece a las ánforas tanaitas del tipo D que, según la opinión de sus investigadores, proceden de la región sudpóntica y, en primer lugar, de la Sinope menorasiática (pp. 31-33). Sin embargo hay otros tipos de ánforas con «dipinti» que habitualmente se importaban a Tañáis desde distintos centros del Bosforo Cimmerio, Ponto y también desde Atenas, Siria y Africa Septentrional (p. En lo que se refiere a los «dipinti» de estas ánforas, la mayoría de ellos fue aplicada en la misma Tañáis (cap. 2,. Los testimonios a favor de esta conclusión, que son el lenguaje, su gramática y onomástica, la caligrafía y la ubicación de la inscripción, el contenido y sus variantes, se estudian en los capítulos 3-5. La técnica tanaita de aplicar «dipinti» es más o menos homogénea. Se empleaba la pintura roja producida a base de los minerales enriquecidos por Fe-0^ y mezclados con agua y aceite que convertían esta pintura en una especie de acuarela. La inscripción se pintaba con un pequeño pincel en la parte superior del cuello (posición I), en su parte media (posición II) o en los hombros del vaso (posición III) (pp. 38-40). Cada escriba poseía su propia caligrafía (véase los capítulos 4-5), lo que, según los autores del libro, facilita mucho el estudio de tales problemas científicos, como qué producto y en qué cantidad, dónde, cuándo, por quién y para qué tenía que estar certificado en t^l o cual ánfora. Un interés aparte merece el capítulo 6, cuyo significado consiste en haber podido establecer la existencia de numerosos grupos de comerciantes tanaitas que se especializaban en la importación de distintos productos a Tañáis y al vasto mundo indígena estepario. Uno de los productos más codiciados era el petróleo (nafta), procedente de varios centros de la Península de Kerch (pp. 108-109); se menciona en más de 160 «dipinti» (véase el Catálogo alfabético, p. 233) y demuestra que ya en la primera mitad del siglo III d.C. la nafta se empleaba para iluminar el faro tanaita así como el interior de edificios públicos y privados, sus sótanos y trasteros. Atraen una atención especial los «dipinti» del tipo ZA, ZADO (112 ejemplares, véase p. 112), por un lado, y BAG (33 ej.) y ARD (11 ej.), por otro, porque demuestran, según los autores, la existencia de una asociación de comerciantes tanaitas compuesta, probablemente, por los miembros de una misma familia de kapeloi (pp. 112-113), que no sólo eran propietarios de los productos almacenados en los sótanos de las viviendas T y C, sino también de las mismas casas urbanas. Este tipo de relaciones tenía que ser habitual, lo que se deduce, según la opinión de los autores del libro, de los «dipinti» procedentes de numerosos alojamientos del barrio central de. Más aún, entre los propietarios de estas casas existía un intercambio mercantil bien desarrollado. Por ejemplo, el propietario ZA (DO) y su copartícipe BAG (se mencionan 112 y 33 veces resp.) tenían relaciones estables con otros 7 propietarios (cuyos nombres se recuerdan 19 veces). mientras que cada uno de estos últimos solía desarrollar simultáneamente su propia actividad comercial con otros habitantes de Tañáis. Yo añadiría que la cantidad de los agentes del tipo de polikapeloi era bastante numerosa: son siete, por lo menos, los que se indican en unas 87 operaciones comerciales con los propietarios de distinta mercancía, por un lado, y con unos 50, por otro (véase p. Algunos de ellos llevaban nombres sármatas y sarmatizados. Pues resulta que tanto el comercio a gran y corta distancias de Tañáis como su banco de créditos se desarrollaban a base del sistema de relaciones del tipo «emporoi -kapeloi -polikapeloi», descrito por Aristóteles (véase pp. 130-132). En este sistema los kapeloi de Tañáis, según la versión de los autores, solían sufrir el mayor riesgo, pero la escala de sus ganancias tenía que ser tan alta que ellos no solamente soportaban todas las incomodidades de su existencia tan alejada de los grandes centros económicos y culturales griegos, sino que supieron crear en Tañáis una vida próspera y, urbanísticamente, bien organizada (cap. 6, p. El catálogo del libro contiene 2233 «dipinti», pertenecientes a los mejor conservados. Forman tres grandes grupos en concordancia con el tipo de ánfora, su posición en ella y sus analogías. Para facilitar el uso del catálogo sus autores han ofrecido el índice alfabético de los «dipinti», el de los lugares de su hallazgo y también un vasto álbum precedido por el plano arqueológico general de Tañáis (fig. 2), la tipología de las viviendas de esta polis comercial (figs. 3-8) y un interesante esquema relacionado con el modo de organizar el comercio tanaita (fig. 9). En las láminas 1-91 están representados todos los «dipinti» y sus fragmentos estudiados en el libro. Resumiendo, quisiera decir que la monografía posee gran valor científico puesto que en la arqueología actual el interés se concentra normalmente alrededor de los graffiti y sellos y hay muy pocas obras que estén consagradas a los «dipinti», que por su mal estado de conservación presentan grandes dificultades para los especialistas de este campo de investigación. Gracias a la obra que acabo de reseñar, tenemos a nuestra disposición más de 3000 tituli picti de Tañáis estudiados detenidamente por los mejores conocedores de la epigrafía de esta polis griega bosforeña. El valor del libro se acrecienta si tenemos en cuenta que, en la mayoría de los casos, los «dipinti» proceden de complejos arqueológicos cerrados y, por esta razón, están bien fechados. Es sabido que a mediados del siglo III d.C. Tañáis con todos sus edificios públicos y viviendas fue destrozada por distintas tribus godas y así fue sepultada toda su riqueza epigráfica. Esperemos que los arqueólogos y epigrafistas nos den a conocer los resultados de sus nuevos descubrimientos de ese tipo de fuentes tan imprescindibles para la ciencia actual. V. Kozlóvskaia Universidad de Vladimir, Rusia S. Perea Yébenes, Los stratores en el ejército romano imperial (funciones y rangos). Nos encontramos ante el primer estudio de una nueva colección de monografías sobre la Antigüedad clásica, que al parecer dedicará una atención prioritaria a la temática militar, colección cuyo prometedor comienzo esperamos tenga confinuidad en un futuro cercano. El autor presenta en este estudio una recopilación exhaustiva de los epígrafes y fuentes literarias relativos a stratores en todo el ámbito del Imperio Romano, realizando un laborioso esfuerzo de documentación, que le sirve como base para fundamentar el primer estudio de conjunto que se realiza sobre esta problemática figura, que aparece reflejada en la epigrafía y en la literatura latinas básicamente entre los reinados de Trajano y Galieno, con alguna excepción posterior. Perea va analizando los diferentes aspectos que permiten llegar a conocer mejor a estos personajes: rango del strator, cargo del personaje del que dependen, unidades militares a las que están adscritos, provincias en las que se documentan y cronología de los testimonios, para terminar con las conclusiones finales. El trabajo cuenta asimismo con un completo índice de epígrafes, clasificados por provincias para facilitar su empleo, así como varios índices de consulta. El autor se ha marcado un claro objetivo: demostrar que la estratoria (sic) no es un rango concreto dentro del organigrama del ejército romano sino una función vinculada indudablemente a esta institución y desempeñada por militares de diferente rango, pero ajena al cursus militar, que abarca campos muy diversificados, que pueden incluir tanto misiones de carácter militar como de carácter civil, que dependen en última instancia de las competencias concretas del jefe directo de cada uno de estos personajes. El grado de los que aparecen denominados como stratores en la epigrafía y literatura latinas sería asimismo independiente de la misión desempeñada. Idénticas funciones pueden ser realizadas por stratores con rangos militares muy diferentes. El autor argumenta convincentemente su hipótesis de trabajo, rastreando en las fuentes literarias y en la epigrafía la cronología de los testimonios, el rango de los stratores y la estrecha relación personal y profesional que establecen con el jefe militar a cuyo servicio se encuentran. Los argumentos de S. Perea proporcionan una explicación verosímil a la complicada inclusión de los stratores dentro de los rangos establecidos dentro del ejército romano, que ha causado notables dificultades de interpretación a los investigadores que se han ocupado anteriormente de esta cuestión. La desaparición de esta función a partir del reinado de Galieno, momento a partir del cual cesan casi por completo las alusiones a estos personajes, estaría relacionada con las profundas transformaciones experimentadas por el ejército romano durante la crisis del siglo iii. Con la intención de profundizar en la problemática derivada del papel y la posición de los stratores se ha ampliado el ámbito de estudio a todo el mundo romano. La recopilación de testimonios epigráficos deja perfectamente clara su concentración, por otra parte perfectamente lógica, en las áreas militarizadas del Imperio, fundamentalmente Numidia, Mesia, Panonia y Germania. Aunque entre las provincias con guarnición militar se encontraba la Tarraconense, en la antigua Hispânia tan sólo se han recuperado tres epígrafes, dos de ellos procedentes de Tarraco y un tercero de Porcuna (Jaén), que aluden a stratores. Aunque esta escasez de testimonios impide al autor llegar a hipótesis bien fundamentadas sobre el caso hispano, tal vez hubiera sido deseable una reflexión más detenida sobre la reducida presencia de stratores vinculados con la legio VII gemina, que a nuestro juicio viene a confirmar el peculiar papel desempeñado por esta unidad dentro del ejército romano durante los siglos ii y m d. C, que dene poco que ver con los cuerpos militares instalados en las fronteras durante este mismo periodo. Esta ausencia viene a sumarse al sorprendente «olvido» sufrido por la legio VU gemina entre los especialistas españoles y foráneos desde los determinantes y ya clásicos trabajos desarrollados por A. García y Bellido. Asimismo se echa en falta una reflexión algo más detenida sobre las funciones concretas desempeñadas por estos personajes, donde los aspectos civiles y militares aparecen entremezclados. Tal vez un análisis más pormenorizado hubiera permitido llegar a perfilar mejor el alcance y las características concretas de las misiones, con el fin de aclarar si eran cargos absolutamente coyunturales surgidos de necesidades concretas o respondían a casuísticas parecidas. Dejando al margen algunas cuestiones menores como la mala calidad de las ilustraciones, nos encontramos ante un trabajo riguroso y fundamental para conocer la imbricación de los stratores dentro del mundo militar altoimperial, con interesantes y novedosas aportaciones que sin duda podrán profundizarse en el futuro. Un trabajo al que deberán recurrir los estudiosos del ejército romano dentro y fuera de nuestras fronteras. La romisch-germanische Kommission inicia con este tomo una serie monográfica que será dedicada a los hallazgos de Kalkriese, yacimiento que merece la dedicación de un gran proyecto arqueológico que ha empezado ya a dar fruto. Los resultados actuales son importantes para la ciencia alemana donde los estudios militares han tenido tan excelente desarrollo, pero también lo es para la provincial romana, especialmente para Hispânia. Los nuevos e importantes descubrimientos arqueológicos han reabierto en Alemania la polémica sobre la localización del mítico Teotoburgo, el lugar de la derrota en el año 9 d.C. de las legiones romanas de Quintus Varus por el querusco Arminius. El monumento del s. xix, erigido bajo la dirección de Th. Mommsen en Grotenbunrg (Detmold) como recuerdo de la victoria germana, no queda en realidad muy lejos del lugar donde desde principios de los años 90 se están encontrando los restos de lo que parece una gran derrota romana, Kalkriese (Osnabrück). La detallada descripción del acontecimiento por Velio Paterculo (2,117-120) y Tácito (An. I, 60-62) ha facilitado sobremanera la interpretación de unos materiales que aparecen esparcidos en más de 3 km por zonas pantanosas y que ilustran exactamente la descripción de la batalla. Los restos son básicamente militaria y monedas, y éstas constituyen el argumento básico para fechar el acontecimiento con mucha precisión y con ello identificar el suceso; pero además, el material ha permitido al A. hacer una puesta a punto de las discusiones sobre las emisiones augústeas del cambio de era, emisiones que son transcendentales para la cronología de los campamentos alemanes, viejos y nuevos, como el de Haltern o Waldgirmes. Si realmente, como parece, estamos ante los despojos de la derrota de Varus, los materiales son exactamente del año 9 d.C. El A. ha dividido el estudio en I) Prehistoria y hallazgos monetales hasta 1987, II) Las monedas de oro de Kalkriese, III) Las monedas de plata, IV) Las monedas de cobre, V) Contramarcas y otros deterioros, VI) La dispersión de las monedas en la zona y VII) Resumen: las monedas de Kalkriese. A ello se suma un completo catálogo con la descripción y fotografías (40 láms.) de todas las piezas. Han sido, como siempre, las monedas de cobre las más importantes: la presencia de abundantes ases de Lugdunum de la serie I que se acuña en el 7/8 d.C y la total ausencia de la serie II, emitida en el 10/11, fechan con precisión el acontecimiento. Si a ello se suma la frecuencia de la contramarca Q.Varvs sobre las monedas de la I serie, parece poder señalarse que se trata de la tropa de Varus, aunque esto es menos seguro por la gran frecuencia de esta contramarca en toda Germania inferior. Ningún bronce hispánico está recogido en el libro, pero sabemos que recientemente -1998-ha aparecido un as de Osea con p(ater) p(atriae), es decir, post 2 a.C. AEspA, 72, 1999 De las monedas de oro y plata existe un alto porcentaje de piezas de Caio y Lucio Caesares, cuya ceca central estuvo en Lugdunum, pero existió otra auxiliar en Calahorra, donde han aparecido dos parejas de cuños oficiales para denarios y áureos. El A. cataloga todas ellas como de Lugdunum pero es muy posible, como veremos, que una buena parte fueran de procedencia hispánica. De los seis áureos constatados cuatro son de esa emisión y otro de ellos -RIC 60-procede de la ceca de Colonia Patricia. Aunque los testimonios de moneda hispánica en Kalkriese son muy pocos, posiblemente una de las tropas derrotadas procedía de la Península. El A. propone que la tropa de Kalkriese tenía su campamento en Haltera mejor que en Vetera, que ha sido de siempre la propuesta más común. La circulación monetaria es efectivamente complementaria a la del campamento de Haltern, pero en Kalkriese hay más áureos y denarios que allí y, de los ases, sólo las emisiones más recientes y comunes -Lugdunum I-, posiblemente la moneda de pago en los campamentos en ese momento. El A. defiende que los soldados llevaban consigo lo mejor de su fortuna, pues junto a monedas han aparecido militaria decorados y objetos de «lujo». La cantidad de áureos y denarios hallados lo demuestra y la «modernidad» de los ases también. El hecho es interesantísimo porque el estudio comparativo nos proporciona dos patrones de circulación contemporánea, el de la tropa estable en un campamento y el de la tropa en marcha. En el primero se mantiene una circulación arcaizante, en el segundo se elige lo más valioso: áureos, denarios y, de los bronces, los más recientes y comunes. Creo que la interpretación del A. es correcta: Haltern era posiblemente el campamento de esta tropa. Pero en Haltern parece haber habido tropa hispánica por las abundantes monedas allí encontradas; de ellas se llevaron a la marcha áureos y denarios, pero los ases hispánicos quedaron en el campamento por ser moneda foránea, menos común. Estos comentarios que he seleccionado por tener relación con Hispânia y otros que no he incluido por ser muy específicamente numismáticos, están cuidadosamente documentados con mapas de dispersión y gráficos, amén del completo catálogo de las piezas. A él habrá que ir añadiendo las nuevas monedas de cada futura campaña que podrían variar la cronología del conjunto y con ello dar por erróneo la identificación del suceso; sin embargo la muestra hoy parece ser suficientemente dispersa en el terreno y homogénea en su esencia como para que la identificación no sea correcta. En cualquier caso, si no fuera la victoria de Arminius, se trataría de un espléndido estudio que servirá de patrón para la circulación monetaria militar en campo abierto en los años finales del reinado de Augusto. La obra se gestó como un volumen de la inestimable serie «Literaturüberblike der griechischen Numismatik» iniciada por K. Kraft, de la que salieron varios números, uno de ellos el de Iberia-Hispania hecha por O.K. Jenkins. Se trataba entonces de ofrecer bibliografías, científica y extensamente comentadas. La obra que reseñamos hoy se ha apartado considerablemente de la iniciativa originaria: la A. ha preferido dar cabida a un gran número de entradas (9350) pero reducir el comentario crítico a un pequeño resumen aerifico del contenido de cada trabajo. Se han recogido todas las obras que, desde 1800 hasta 1998, hayan tratado sobre el tema monetario en Moesia y Tracia, incluyendo algunas recensiones, como las de Gnomon. También se han recogido, y ello es de alabar, los trabajos sobre puntas de flecha como dinero premonetai, forma de cambio que tanta extensión y perduración tuvo en esas regiones. El libro es pues un úfil de trabajo de primera categoría para quienes estén interesados en la historia antigua de Tracia y Moesia o necesiten alguna recogida de datos de esas provincias de tipo numismático, fácil labor por lo bien estructurada que está la documentación. Todo ello es bibliografía sobre: 1) Historia de la investigación, 2) Temas general, 3) Moesia superior -Viminiacum, 4) Moesia inferior -siete ciudades por sus nombres, 5) Tracia -bibliografía general y 27 ciudades por sus nombres, 6) Tribus y reyes autónomos -tribus tracomacedónicas, reyes trácios, Lysimaco, 7) Quersoneso tracio -10 ciudades por sus nombres, 8) Islas trácias -seis ciudades por sus nombres, 9) Cecas inciertas, 10) puntas de flecha como dinero premonetai, 11) índice de autores. Una espléndida lista de abreviaturas sobre revistas y series numismáticas precede estos capítulos y un pequeño, pero muy útil, resumen sobre la historia de cada provincia o ciudad precede sus entradas bibliográficas. Si lo que el lector busca son trabajos concretos de un autor puede consultar el índice final de autores con todas las obras reseñadas. Las cabeceras de todo el libro recogen a la izquierda el nombre de la provincia y a la derecha el de la ciudad en cuesfión, lo que hace rápida la consulta. Como vemos es un espléndido útil de trabajo a lo que ayuda una buena y clara edición, a pesar de la delgadez del papel que conlleva una tranparencia de texto, haciendo incómoda a veces la lectura; bien es cierto que un mayor grosor del papel hubiera obligado a su impresión en dos volúmenes. Ya el título del libro (consecuencia de unas Jornadas celebradas en Málaga en 1997) anuncia un intento de aportar novedades al estudio de lo que el más importante geógrafo antiguo, cuya obra conservamos, tiene que decir sobre Iberia. En la introducción, a cargo del editor del volumen G. Cruz Andreotti, se ubica en su contexto y se defiende de modo entusiasta la oportunidad y calidad del estudio, si bien la pretensión (p. 7) de que ésta es la «primera vez» que «de manera monográfica» se aborda «la importancia» de Estrabón «para la historia antigua peninsular» parece excesiva incluso si nos atenemos sólo a su propio repaso de la bibliografía precedente, entre la que menciona, curiosamente, algunos «monográficos» (7)... El primer capítulo propiamente dicho es la correcta contribución de F. Frontera. Tras algunas precisiones acerca de dos variantes de la geografía descriptiva de los griegos (la general, que nace primero, y la regional, que surge más tarde). Frontera comenta de modo claro y preciso, en sus palabras, tres temas: 1, «el papel de las concepciones míticas y de la épica en la formación de la tradición geográfica sobre Iberia»; 2, «los cambios introducidos por la historia y la geografía helenística»; y 3, «la integración de Iberia en el mapa de la tierra habitada». El capítulo II, de M. Alvarez Martí-Aguilar, trata de la repercusión moderna de Estrabón, explorando su papel en la historiografía española desde el s. xvi al xviii, en especial en la formación de ideas casi folclóricas sobre la España Anfigua, resultado en buena medida de los mitos nacionalistas de cada época, con el esencialismo y «el afán exaltatorio y apologe- tico enfocado en la competencia internacional» (37) comunes. El A. muestra de modo convincente cómo interviene Estrabon en la forja de ese ideario colectivo, especialmente en III. 1.6 (de cómo se trata el pasado semi-mítico en la exaltación nacional) y III.4.5 (fuente del modelo que explica las invasiones como consecuencia de la desunión). El tercer capítulo, de F. J. Gómez Espelosín, inserta a Estrabón en la tradición griega sobre occidente, entre el mito y la ciencia. Lo mítico protagoniza la imagen de España entre los griegos hasta Polibio (cuyo libro sobre Hispânia está perdido). Estrabon es el primer testimonio conservado de la actualización de la tradición mítica con la científica. El A. analiza no obstante los intentos inocentes de Estrabon de 'salvar' a Homero en muchos episodios occidentales, frente a su escepticismo sobre otros. Con Estrabon, observa el A., Iberia «entró de manera definitiva en el seno de la historia» (79). El siguiente capítulo, de F. Trotta, en estrecha relación con el anterior, se centra en el proceder de Estrabon en la recopilación de información para la descripción de un país tan lejano. Su fuente básica, también aquí, es Posidonio, aunque utilice otras ocasionalmente, en muchos casos tomadas del de Apamea. Trotta muestra de modo atractivo su tratamiento de las fuentes y su posicionamiento en las controversias. Estrabon añade datos de la romanización (Trotta recoge ejemplos hispánicos), que no podían conocer sus fuentes principales, y así ensalza la pax Augustea. Sigue la sección de J. M. Alonso Núñez sobre la Turdetania, paradigma de civilización en Estrabon por su romanización, en familiar oposición a las regiones del norte, aunque con una zona media. El A. ofrece una amplia (102-107) nota biográfica de Estrabon, no muy justificada y reproduce y parafrasea (no siempre correctamente) algunos pasajes, como III. 1.6, pero: 1) no es «evidente» (111) que túrdulos y turdetanos fuesen los mismos en época de Estrabon, aunque él diga q\xt lo parecen, y 2) Esitdihón con «KOI oi ccÀÃoi ô'"ipr|£ç XpòvToci Ypaiip-axiKfi, où ¡aia ô' iôéqç, oùôè yàp'^Xúxxr\ |aiâ, àXX' lòia» (III. 1.6), no «contrasta [...] la unidad lingüística de los tartesios con la diversidad lingüística de los iberos» (112), para empezar porque «iberos» aquí significa «habitantes de Iberia». Quizá quiere decir que la escritura tartesia es diferente a otras, como también la lengua. Pero no habla de «unidad lingüística de los tartesios»: no tiene en cuenta el latín (III.2.15), obviamente. Sigue la contribución de I^ilar Ciprés sobre «El impacto de los celtas en la P. Ibérica...» De su primer apartado sobre el «estado actual» de estos estudios yo matizaría que el «carácter céltico» de la «onomástica y la toponimia», como una unidad, está muy lejos de parecer «confirmado»(123). La A. hubiera debido incluir referencias bibliográficas (134) sobre este tema, de vital importancia para la determinación de la celtidad de los pueblos agrafos: ni siquiera se mencionan los trabajos básicos de Albertos, Lapesa, Untermann o Gorrochategui sobre antroponimia, ni otros más recientes (Abascal, Lujan), ni los de toponimia de García Alonso, Villar, Moralejo y otros. Ni es correcto afirmar que «los lingüistas no se ponen de acuerdo» (123) con el lusitano: existe una casi unanimidad en contra de la celtidad: Untermann es una excepción. Pese a abogar por la interdisciplinariedad, en lo lingüístico es imprecisa e incompleta. La A. aborda un rico análisis de lo que Estrabon dice sobre los celtas hispanos, primero sobre su extensión total y luego específicamente sobre los celtíberos. En la traducción del pasaje II.4.4 de la pág. 132 hay un error evidente: «xa Ttpòç ôúaiv xx\ç EúpcÓTtriç», es, claro, la parte occidental de Europa, no la oriental. El ultimo capítulo, y el más extenso, es el de J. J. Sayas Abengoechea, «Unidad en la diversidad: la visión de Estrabon de algunos pueblos peninsulares», acerca de lo que Estrabón nos cuenta sobre el papel civilizador de Roma en el desarrollo de algunos pueblos hispanos, tras algunas atinadas observaciones sobre la necesaria y muy peligrosa comunión entre historia y arqueología. Comienza con los vascones, de los que Estrabon destaca no tanto, o no sólo, la tradición propia como las manifestaciones de la romanización. El A. expone: 1) que Estrabon (III.3.7) no incluye a los vascones «entre los pueblos del norte» (160), de modo poco convincente; 2) «cuáles son los elementos culturales» que les atribuye y 3) «el alumbramiento en época romana, de una manera un tanto artificial, de una etnia vascona». Sayas trata luego de galaicos, cántabros y astures, poniendo en duda que fuesen de hecho tan semejantes como afirma Estrabon. Poco conocidos hasta la conquista romana, las afirmaciones de Estrabon siempre han tenido gran protagonismo, pero ahora es sopesado con otros datos (epigráficos, arqueológicos... -y lingüísticos, añadiría, por escasos que sean-) que poseemos. El A. termina tratando, de nuevo, sus «formas de organización social y colectiva [...] y sus jerarquías y patrones de poder» (195), así como el «papel que la mujer asume en las tareas económicas» (201) y «los aspectos religiosos» (203). El trabajo de Sayas, sintomáticamente, queda un poco cojo al no tratar lo lingüístico. Estrabon, como otras fuentes antiguas, aunque sólo sea por los nombres propios indígenas que nos transmite, es informador también del lingüista que aborda el estudio de las lenguas de los pueblos agrafos. Este aspecto está casi ausente en un libro que, en varios lugares, aboga por la interdisciplinariedad. Quizá hubiera sido buena idea haber contado con algún lingüista para cubrirlo (y quizá con algún arqueólogo para esa «Perspectiva de Estudio»). Otras parcelas están bien cubiertas, aunque, inevitablemente, de modo desigual en un trabajo de autoría múltiple. Para terminar, el volumen, agradablemente editado (pese a las 27 erratas que he contabilizado, y al viejo e incómodo sistema del o.c), y tras un mapa de Iberia elaborado por P. Ciprés, recoge índices muy útiles de Cruz Andreotti. Sí podemos tomarlo, en su conjunto, como una interesante serie de enfoques actuales de estudio (aunque no estén todos) de un autor muy importante para una parcela del saber que goza de muy buena salud en nuestro país. Juan Luis García Alonso Universidad de Salamanca Fernández-Posse, M.D., La investigación protohistórica en la Meseta y Galicia. Esta publicación inaugura la nueva colección que la editorial Síntesis comienza bajo el título de Arqueología Prehistórica. Una iniciativa que dirige la Dra. Querol Fernández y que promete ser una interesante continuadora de la línea de la ya desaparecida serie de editorial Crítica. Una clara estructura tripartita nos plantea un hilo conductor diacrónico: ayer, hoy y mañana. En todo el texto la autora opta por tomar unas líneas de investigación y obras que considera clave para escribir, sin sobrecarga de datos, de los principales puntos de interés científico sobre la zona y periodo a tratar, analizados a través de los principales trabajos del pasado y presente. El primer capítulo, dedicado a lo «pasado», es una mirada a la Arqueología de este siglo. Nos presenta también la autora una firme y decisiva crítica al historicismo, y se une al movimiento «celticoescéptico» que cada vez va ganando más cualificados adeptos en España. En este viaje al pasado vemos una completa revisión de las obras de los más relevantes arqueólogos del siglo, especialmente Bosch Gimpera, Almagro Basch o Maluquer entre otros. Es aquí donde se inicia una interesante y poco practicada inmersión de profundidad en la realidad sociopolitica de la producción arqueológica, que toma AEspA, 72, 1999 especial relevancia en el contexto del mundo castreño y de la academia gallega. En general, hace del problema castreño una amplia presentación sobre todo en su problemática cronológica y geográfica, que sin embargo termina con un sincero escepticismo sobre la «renovación» de la Arqueología gallega en los años sesenta. El segundo gran apartado lo dedica a la Arqueología del presente, comenzando una vez más con una puesta al día en las corrientes actuales. Entre las muchas cuestiones que plantea es quizá, una de las más interesantes, la exposición directa y sin tapujos de argumentos para separar Cogotas I del Bronce Atlántico. Un razonamiento sugestivo y que viene a cuajar sobre gran cantidad de nuevos datos y nuevas perspectivas de análisis en lo referente a este periodo. Esboza algunas cuestiones básicas sobre el tránsito del Bronce Final al Hierro para dar pie a la entrada en uno de los agujeros negros de la Arqueología de la Meseta Norte: la Primera Edad del Hierro. Salva este escollo con una exposición de los pros y contras de la interpretación de «grupos» y «culturas» y la aplicación de modelos sobre una evidencia escasa y tratada en su mayoría con métodos antiguos que respondían a otros planteamientos, o no apropiados para ofrecer una visión global del periodo en cuestión. Será en el punto dedicado a la Segunda Edad del Hierro cuando se extienda más, demostrando además un especial interés por las cuestiones de Arqueología social y territorio. Es, con mucho, el apartado más largo (72 págs.), basado en largas exposiciones críticas de modelos aplicados por otros investigadores a diferentes zonas. El problema del «panceltismo», el análisis espacial y la arqueología del paisaje, o el estudio de la complejidad social y los procesos de cambio son algunos de los principales puntos de este apartado. No falta un aviso contra las interpretaciones difusionistas y los modelos expansivos generados sobre estratigrafías «estrella». Igualmente reivindica los protagonismos perdidos ante los «fósiles guía», fruto de una Arqueología positivista generada en la primera mitad de este siglo y de la que aún nos dolemos. En cuanto a la interpretación, parece estar de acuerdo con procesos de larga duración, desarrollados no necesariamente de forma lineal, sin cortes bruscos no justificados. El tercer apartado es, si cabe, más reflexivo. Un interesante ejercicio auspiciatorio basado en el análisis de las tendencias actuales y su desarrollo en el futuro inmediato. Para el mundo de Cogotas I su advenimiento al procesualismo que antaño le pasara por encima; para el Bronce Atlántico la vía cognitiva pese a sus peligros fabulatorios; así como para la Edad del Hierro un giro hacia lo socioeconómico al estilo anglosajón. Para los castros gallegos está clara una proyección intensa de los grupos de trabajo y el desarrollo de los planteamientos del interaccionismo y el materialismo histórico, especialmente vistos desde el ámbito de lo comarcal. Tampoco olvida, muy al día de la realidad arqueológica, las «nuevas» formas de desarrollo de la actividad profesional en Prehistoria como la conservación, difusión o gestión del patrimonio cultural. Unas actividades que no pueden tener otra finalidad que la de integrar de forma efectiva el patrimonio en la vida social e institucional. Un libro, en definitiva, reflexivo, franco y sintético, con mucha personalidad y un importante afán crítico al que ella misma no pretende escapar, pero sin llegar a ser doctrinario. Tan solo la incansable repetición del «arqueólogas y arqueólogos» deja patente una filiación discursiva que, por otra parte es muy actual y con puntos de vista interesantes, siempre y cuando no pretendamos «generizar» la Prehistoria. En cualquier caso, es un término muy coherente con la línea que parece va a establecer la dirección de la serie. El trabajo que ahora comentamos fue Catálogo de una magna exposición que se celebró en Roma durante los meses de septiembre a noviembre de 1997. Criterio fundamental fue presentar los principales hitos históricos y arqueológicos que hicieron de las provincias hispana y de sus ciudadanos, espejos más o menos fieles de la metrópolis y de los territorios aledaños. El guión de este Catálogo está condicionado or un claro esquema cronológico como reflejan las 14 secciones en que se divide: la primera sección se refiere a la Península anterior a la llegada de los romanos; a la conquista y colonización de nuevas tierras están dedicadas las secciones segunda a sexta, ocupándose la séptima de perfilar las características generales de la ciudad y de cotejarlas con las de la Urbs (a esta sección se le ha dedicada un tratamiento particularmente amplio por realizarse esta exposición en la capital italiana); a los distintos aspectos vinculados con la latinización o romanización se dedican las secciones octava a duodécima, para finalizar con las transformaciones del Bajo Imperio (secciones decimotercera y decimocuarta). Cada una de ellas se ve documentada por breves trabajos que inciden, de forma más o menos directa, en el tema tratado. Es de destacar que, junto a las aportaciones de conjunto que plantean un desarrollo general del tema, se han dado cabida, con mucho acierto, a aspectos muy concretos pero que por su importancia, novedad o monumentalidad, requerían este tratamiento individualizado: no es otro el caso de los tesoros prerromanos de Arrabalde, el Senado consulta de Pisón o el palacio de Cercadilla. De igual forma estimo que otros temas, suficientemente tratados con anterioridad en la bibliografía científica, no aportan nada nuevo en este Catálogo; dicho de otro modo, hubiese sido quizá más oportuno contar con nuevas visiones de aspectos como pa pintura o el Trajaneum de Itálica, por citar sólo dos ejemplos, aunque ello no descalifica, en absoluto, la valía de estas aportaciones. Hay un principal elemento de crítica en este trabajo centrado en traducciones no demasiado afortunadas y numerosos errores de imprenta que en ocasiones hacen incomprensible el sentido. El subtítulo del Catálogo nos proporciona un buen ejemplo de lo dicho con anterioridad: «desde tierra de conquista» se entiende en castellano, desde luego, aunque hubiese sido más correcto, a mi modesto entender, limitarse a traducirlo como «de tierra de conquista». Muchos, lamentablemente, son los ejemplos de lo segundo: Bonsot por Bonsor (pág. 83), Castuño por Castulo (77), marzo por marco (169), y así un no demasiado corto etcétera. Mención aparte merecen aquellas erratas que cambian completamente el significado de las frases. Resulta hasta cierto punto divertido observar las concomitancias entre cuestiones de estilo y otras de carácter estrictamente religioso al leer «el fipo remite a una oración de baja época cláisca» cuando debía decir «el tipo remite a una creación de baja época clásica» (pág. 382); mucho menos divertido es el origen otorgado a un sestércio: Colonia Caesaraugusta Patricia (Córdoba), aunando en un solo nombre los de las ciudades ribereñas del Ebro y del Guadalquivir. Todos estos errores habrían tenido fácil solución bien con las oportunas correcciones de las pruebas de imprenta por parte de los autores, bien con un mayor cuidado por parte de los editores o incluyendo una fe de erratas; en esta misma línea de aparente precipitación en la edición de la obra se incluy la variedad en cuanto a la calidad de las fotografías: color, blanco y negro, algunas desenfocadas, algún plano distorsionado, etc. No se puede por ello minusvalorar el enorme interés que la obra aporta para aquellos que quieran conocer trabajos de conjunto de la Arqueología y de la Historia Antigua en las provincias hispanas. El esfuerzo realizado por todos aquellos que hicieron este Catálogo y la exposición valió, sin lugar a dudas, la pena y es de justicia reconocerlo. De este modo se llevó una parte importante de tres provincias romanas a la capital haciendo alguna de ellas el camino de regreso que iniciaron hace ahora, más o menos, dos mil años. Wiesbaden, Dr. Ludwich Reichert Verlag, 1997, 758 págs., 7 mapas, varios cuadros e índices de palabras, fotografía y/o dibujo de la mayor parte de las inscripciones. Tras la publicación de las leyendas monetales (1975), las inscripciones ibéricas del sur de Francia (1980) y las inscripciones ibéricas de la Península Ibérica (1990), Jürgen Untermann culmina con la publicación de las inscripciones del S.O., las celtibéricas y las lusitanas el corpus de la epigrafía paleohispánica (MLH)', una de las obras de más envergadura que se haya consagrado nunca a las lenguas fragmentariamente atestiguadas de la Antigüedad, y el logro mayor de los estudios paleohispánicos desde el desciframiento de la escritura paleohispánica por obra de D. Manuel Gómez Moreno. La obra, iniciada en 1958, se caracterizó desde su primer volumen por unas exigencias ejemplares, superiores a las habituales en este tipo de publicaciones a pesar de la tradición de rigor que desde el siglo xix se ha ido imponiendo en ellas. El presente volumen mantiene el alto nivel de los anteriores y poco hay que discutir a la edición concreta de cada texto ya que, por problemática que sea la lectura de algunas inscripciones debido a causas materiales, el A. proporciona normalmente al lector un eficaz medio de trabajo. Sí son discutibles sin embargo algunos de sus criterios generales. El A. ha optado en todos los volúmenes de MLH por dar una considerable amplitud a la materia introductoria, que constituye en el conjunto de los cuatro volúmenes la única presentación general de las lenguas paleohispánicas utilizable de que disponemos hasta la fecha y, dado el estado de la disciplina plagado de cuestiones abiertas y de problemas que esperan solución, es inevitable que muchas de las opiniones del A. no representen sino alternativas posibles, que sin embargo en el contexto de un corpus de la autoridad de MLH pueden llegar a convertirse, para el lector no directamente implicado en estas investigaciones, en conclusiones definitivas. Si esto afecta a todo el campo de la epigrafía paleohispánica, se hace sentir particularmente en las del S.O. y celtibérica por razones propias de cada una de ellas; no se le puede reprochar por lo tanto a Jürgen Untermann el que nos haya dado su epigrafía del S.O. y su epigrafía celtibérica, pero sí el que en ocasiones nos las haya dado como indiscutibles o, por lo menos, como generalmente admitidas cuando se trata de cuestiones muy polémicas sobre las que existen opiniones divergentes. Por citar algunos ejemplos tomados del celtibérico: ocurre así con la cuestión de los límites de la lengua (pp. 351 y 352), límites que debo reconocer que desconozco y que no veo forma de determinar con la información de que disponemos excepto por el Este, o con la interpretación fonética del grafema que tradicionalmente se transcribía s (p. 382), cuestión en la que el lector no informado sacará inevitablemente la conclusión de que el A. y F. Villar opinan lo mismo cuando lo cierto es que sus posiciones difieren considerablemente (vid. también pp. 694-6). Este problema repercute seriamente en la edición de las inscripciones, ya que el A. utiliza una transcripción, % que sólo una minoría de los implicados en el estudio del celtibérico considera aceptable. Paso al análisis concreto de la obra. La primera parte está dedicada a las inscripciones que el A. llama tartesias. La denominación, usual y por lo tanto comprensible, me sigue pareciendo inadecuada a pesar de la defensa del A. en el capítulo introductorio ya que implica una adscripción histórica y cultural no sólo no demostrada, a diferencia de los casos ibérico, celtibérico o lusitano, sino a mi modo de ver improbable con los datos actualmente disponibles. El mismo capítulo contiene las inscripciones no recogidas en el corpus, sobre algunas de las cuales sin embargo el A. da considerable información. Se trata de cuatro grupos: 1) inscripciones que por su brevedad carecen de valor lingüístico (pp. 97-104), 2) signos al parecer sin senüdo (104-5), 3) inscripciones perdidas (106-8) y 4) inscripciones que el A. considera ibéricas meridionales aunque procedan de territorio en que también han aparecido inscripciones «tartesias» (109-13). El primer y tercer grupo, dado su valor como testimonio del uso epigráfico, deberían figurar en el corpus propiamente dicho; por otra parte creo que algunas de las inscripciones del primer grupo que el A. considera fenicias no pueden serlo. El cuarto grupo, al que habría que añadir el óstracon de Villas Viejas ^, plantea problemas diversos que en parte se aligerarían admitiendo, contra la opinión del A., una mayor extensión de la escritura meridional, incluyendo en parte inscripciones del primer grupo, una mayor complejidad de sus variantes, y la posibilidad de inscripciones meridionales no lingüísficamente ibéricas. El segundo capítulo está dedicado a la historia de la investigación y el tercero a cuestiones históricas y arqueológicas. Ambos contienen información básica, clara y bien organizada, lo que en la parte histórica, en la que se integra la cuestión tartesia, es particularmente difícil y bienvenido. Creo sin embargo que hubiera sido necesario insistir más en la estratigrafía de las noticias sobre las ciudades andaluzas, lo que llevaría a reducir considerablemente el valor de Tolomeo como fuente y haría innecesario negar la realidad de la Celtica Gaditana (p. 124) en contra de las fuentes más sólidas. En lo que respecta a los autores de las estelas inscritas el A. adelanta hipótesis interesantes (pp. 134-5), aunque sin apoyo arqueológico; pero desde el punto de vista de la arqueología la cuesfión más trascendental es la de la fecha de las inscripciones, y aquí creo que el A., desde siempre partidario de una cronología muy baja (p. 136), piensa que la información de que disponemos es mucho menos clara de lo que, sin serlo mucho, realmente es.' En reaHdad falta un último volumen con índices generales y el material onomástico, pero el corpus epigráfico se completa con este volumen. ^ Hernández Hernández, R: 1985: Nuevos grafitos de Extremadura, NAH 20, 221-4; Hernández Hernández, E, Rodríguez, M". A.: 1989: Excavaciones en el Castro de Villasviejas de Tamuja (Botija, Cáceres), Marida. El capítulo de la escritura es excelente en los aspectos descriptivos; en la interpretación peca quizá de optimismo dada la todavía desoladora situación del problema a pesar de los importantes progresos de los últimos veinte años desde que se intenta extraer sistemáticamente las conclusiones de los hallazgos esenciales de Schmoll. Un útil bloque de ilustraciones acompaña este capítulo; en ellas se han introducido sin embargo algunos errores, por ejemplo la contradictoria interpretación del origen del signo s; en pp. 154 y 155, o un par de las transcripciones que se me atribuyen en p. El mismo contraste entre descripción e interpretación que he señalado en el caso de la escritura se da quizá aún más marcadamente con respecto de la lengua. En particular no veo base para las comparaciones que insinúan elementos indoeuropeos en las inscripciones del S.O.; al ser selecciones parciales de segmentos de inscripción y dada la inseguridad de muchas transcripciones, sería posible establecer comparaciones con cualquier corpus epigráfico, indoeuropeo o no. Esta parte introductoria se cierra con útiles mapas y cuadros, índice directo e inverso de palabras, problemático por supuesto dadas las dificultades de segmentación, concordancias de ediciones ^ e índice de lugares de hallazgo de las inscripciones aunque no de los lugares de conservación. El cuadro de variantes formales de los signos es particularmente útil, aunque es lástima que en p. 171 sólo se dibujen las variantes de los signos que el A. cree poder transcribir y no de los que considera indescifrados y reproduce por lo tanto en imagen normalizada, por lo que al listar los ejemplos de cada variante en las pp. siguientes el lector no sabe a que se refieren los números que distinguen las variantes de éstos últimos. La edición de las inscripciones mantiene los sólidos criterios utilizados ya anteriormente en MLH aunque se resiente del ya mencionado optimismo sobre el grado de desciframiento de los signos. Las fotografías son excelentes ^. Quizá hubiera sido conveniente mantener en todos los casos en que un yacimiento ha proporcionado varias inscripciones la numeración interna a la que ya estamos acostumbrados, como se hace por ej. en el caso de Mealha Nova (J. 18.1-3), y no cambiarlos como por ej. en el de Fonte Velha (J.l). La introducción proporciona los datos básicos sobre distribución de las inscripciones ^, cronología, soportes, etc. En la jusfificación de inscripciones no recogidas en el corpus convendría distinguir más netamente las falsas de las simplemente mal transmitidas, como la de Calatayud (pp. 355-6), que a ^ Las referencias a las inscripciones 12 y 13 del corpus de Mello Beirão están cambiadas.' * Inscripciones nuevas: Faria, A. M. de: 1994: Urna inscrição em caracteres do Sudoeste achada em Mértola, Vipasca 3, 61-3; Faria, A. M. de & Soares, A. M. M.: 1998: Uma inscrição em caracteres do Sudoeste proveniente da Folha do Ranjão (Baleizão, Beja), RPdeArqueología 1, 153-60; Correa, J. A.: 1996 (1998): Grafito paleohispánico hallado en el depósito de Carvão (ourique, Beja), SPAL 5, 1 ÒT-TO (cf Correia, V. H. en De Ulisses a Viriato. O primeiro milénio a.C, Instituto Português de Museus, 272; es de suponer que en MLH esta inscripción habría sido incluida entre las de pp. 97-104 ya citadas). J.5.1 era una inscripción inédita que ha sido publicada independientemente de MLH en Gomes, M. Varela: 1997: Estela epigrafada e nécropole de Barradas, Benafim, Loulé, separata de al-0ulyã, Loulé; las dos ediciones presentan fuertes discrepancias, sin que las fotografías publicadas en ambas permitan decidir en todos los casos. 352 al citar las inscripciones aparecidas fuera del territorio lingüísticamente celtibérico el A. excluye la de Monsanto da Beira (K.0.1), de cuya procedencia portuguesa no creo que se pueda dudar pero, incluso desde el punto de vista del A. que atribuye al celtibérico una amplia extensión occidental, la neta separación de este hallazgo respecto de la zona epigráfica celtibérica aconsejaría una mención explícita. Por otra parte habría sido conveniente señalar en el mapa 4 (p. 436), único en el que sería posible, esa inscripción y las de Ibiza y Gruissan. pesar de carecer de un texto fiable constituye por su soporte y su procedencia un dato importante sobre la epigrafía celtibérica. En la historia de la investigación se echa de menos el papel esencial que desempeñó Caro Baroja (p. 359) y la importancia que tuvo el artículo del A. de 1967 sobre el genitivo celtibérico (p. 360); el que se me atribuya un trabajo de síntesis sobre la gramática celtibérica (p. 361) debe ser una confusión, ya que el trabajo citado aunque tal vez contenga alguna aportación al conocimiento de la epigrafía celtibérica no se ocupa prácticamente de su gramática. Respecto a la parte histórica ya he comentado algo; quizá en ella podría haber encontrado sitio una valoración, que se echa en falta, del importante fenómeno de la epigrafía celtibérica en escritura latina. El capítulo sobre los soportes entra también en cuestiones de estructura textual, especialmente en el caso de las léseras de hospitalidad, inevitablemente polémicos; por ej. en p. 24, el lector puede sacar una falsa impresión de seguridad («mit einiger GewiBheit») respecto del desarrollo de la abreviatura kar, esencial en la terminología institucional celtibérica, pero que en realidad no sabemos a qué corresponde. Los capítulos sobre escritura y lengua, con información excelente especialmente el segundo, no dejan de plantear problemas polémicos a alguno de los cuales ya me he referido. Por otra parte me alegra comprobar que en el mapa 6 (p. 438) y en el cuadro de signos de pp. 441-2 se recoge la diferencia entre las dos variedades de escritura celtibérica como un fenómeno que no sólo afecta a las nasales sino que tiene un caracter más amplio, tal como he venido señalando desde 1974 en varias publicaciones ^.También es excelente la información del capítulo sobre los nombres personales, que en todo caso debe ser integrada con el comentario al tercer bronce de Botorrita (K.1.3). El conjunto habitual de útiles de trabajo que caracteriza a Hay dos problemas generales sin embargo que conviene tener en cuenta. El A., consciente de lo limitado de nuestra comprensión del celtibérico, procura ceñirse en el comentario a los hechos más seguros pero a veces, quizá inevitablemente, no deja ver al lector el caracter hipotético de su propia interpretación de las inscripciones; por otro lado ha preferido no confrontar críticamente las interpretaciones alternativas, lo que para el lector no especialista, máxime al ocurrir lo mismo en la bibliografía mencionada de Wodtko, puede resultar una considerable confusión, en especial en el caso del primer bronce de Botorrita (K.1.1) del que se han publicado lecturas muy precisas. El segundo problema atañe a la definición del corpus; en principio se trata de un corpus celtibérico pero en él se recogen inscripciones claramente ibéricas aunque de zona celtibérica, incluso publicadas ya por el A. en MLH III (E.7.1 = K.5.3). En principio un corpus geográfico, en el que por ejemplo se recogiesen todas las inscripciones del valle medio del Ebro preagusteas, ibéricas, celtibéricas y launas, tendría plena justificación como repertorio documental de un determinado momento histórico en un espacio definido, pero los MLH habían seguido hasta ahora un criterio lingüístico y grafemático que permite por ejemplo afrontar cómodamente el estudio de la epigrafía propiamente ibérica. Creo que sería preferible reconocer que los datos recientes indican una extensión tardía de la epigrafía ibérica Ebro arriba, en territorio no sólo celtibérico sino también de otras etnias como los vascones, y que ese bloque de inscripciones ibéricas merecerían su propia presentación autónoma, separadas por un lado de las ibéricas del grupo E y por otro de las celtibéricas del K, incluso si éstas aparecen a veces en los mismos yacimientos, de igual forma que en un corpus de inscripciones etruscas no se incluyen con las de Campania las oseas o paleo-oscas de la misma procedencia. La última y más breve parte de la obra está dedicada a las inscripciones lusitanas y comprende una introducción en que se esbozan muy rápidamente los problemas históricos, dejando de lado la cuestión polémica de la clasificación de la lengua que en una n. 727) es considerada irrelevante para la interpretación de las inscripciones, aunque de hecho como veremos influye significativamente en la posición adoptada por el A. en muchas cuestiones concretas, y se da una descripción muy útil de los rasgos lingüísticos inevitablemente polémica en numerosos puntos. La introducción incluye también el índice directo e inverso de palabras y un índice bibliográfico, obra como el del celtibérico de D. Wodtko y realizado con los mismos criterios que el anterior ^. Sin entrar de lleno en aspectos discutibles sí quisiera llamar la atención sobre un hecho llamativo, a mi modo de ver condicionado por la convicción del A., contraria a la opinión más común, de que lusitano y celtibérico no son sino variantes dialectales de una única lengua céltica. En pp. 732-3 se nos dice que el lusitano posee un gen. de tema en -o-terminado precisamente como en celtibérico en -o\ aunque no se insiste en ello. A pesar de su dudosa celtiberidad, de acuerdo con los criterios de MLH IV habría que incorporar también el grafito publicado en Hernández Vera, J. A. & Núñez Mareen J.: 1989: «Un nuevo antropònimo indígena, sobre cerámica, procedente de Graccurris», Veleta 6, 207-14. Además de estas inscripciones hoy día se tiene noticia de varias téseras inéditas y de un par de inscripciones sobre otros soportes, aparte el nuevo bronce de Botorrita cuya edición preparan F. Villar y C. Jordán. ^ No se incluye un mapa específico de las inscripciones lusitanas, pero están señaladas en el mapa 4 (p. 436) en la introducción a la epigrafía ceUibérica. la conclusión obvia, dado lo peculiar de la forma celtibérica, es que muy probablemente se trataría de lenguas estrechamente relacionadas. El A. basa su interpretación en dos supuestas secuencias, ARIMOM SINTAMO y TEVCOM SINTAMO, de la inscripción de Arroyo en las que SINTAMO difícilmente podría ser otra cosa que un determinante en genitivo del nombre al que sigue y con el que no puede concertar. Sin embargo si observamos la propia lectura de esa inscripción dada por el A. lo que encontramos es...INDI.AR/IMOM.SINTAMO/ M.INDI.TEVCOM./SINTAMO. La primera secuencia es sin duda ARIMOM SINTAMOM, y en ningún momento intenta el A. explicar la M inicial de línea como abreviatura o de cualquier otra forma, simplemente la ignora. Ahora bien, si en un caso SINTAMOM está concertado con el nombre que le precede es imposible que en otro sea un genitivo que lo determina. Teniendo en cuenta que se trata de una inscripción perdida y con problemas de lectura ya en el momento en que fue copiada, lo lógico es restituir en la segunda secuencia TE-VCOM SINTAMO[M], y obtener así dos secuencias paralelas unidas por la copulativa INDI, es decir, excepto en la hipótesis del genitivo que es en realidad un adjetivo concertado, el mismo esquema aceptado por el A., en cuya versión sin embargo sobra una M inexplicada e inexplicable. En cuanto a la edición de las inscripciones, una vez más el nivel epigráfico es excelente, aunque en las fotos de las dos inscripciones conservadas han quedado fuera algunas letras de las líneas más largas ^. La interpretación por su parte tropieza más aún que en otros casos con lo reducido del material; inevitablemente distintos autores pondrán distinto énfasis en la posibilidad mayor o menor de ciertas alternativas, pero difícilmente se podrá afirmar rotundamente que alguna de las propuestas de la obra sea inviable. Resulta sin embargo sorprendente que el A. considere que su novedosa interpretación de la inscripción de Cabeço das Frágoas es la única posible («TREBOPALA und ICCONA...kõnnen nur ais N(nominativo)Sg. verestanden werden, wahrscheinlich sind es Personenbezeichnungen», p. No me atrevería a declarar absolutamente imposible la interpretación del A., dado lo poco que aún sabemos del lusitano, pero desde luego su interpretación resulta, tanto desde la lingüística como desde los usos epigráficos votivos generales o los paralelos locales latinos, mucho menos verosímil que la interpretación habitual que ve en TREBOPALA e ICCONA nombres de divinidades en dativo, ambos con plausible etimología como tales. En todo caso lo importante no son las discrepancias que diversas interpretaciones del A. puedan suscitar; a fin de cuentas no se trata de una obra de vulgarización, aunque sí será consultada por historiadores y arqueólogos que a veces podrán sacar una impresión equivocada sobre el grado de probabilidad o de aceptación entre los especialistas de ciertas ideas. Pero lo importante es que, al igual que ocurrió con los volúmenes anteriores de MLH, hemos pasado de depender de multitud de publicaciones, de desigual calidad y muchas de ellas de difícil acceso, a contar con una obra extraordinariamente sólida a partir de la cual se puede desarrollar cualquier upo de investigación sobre las lenguas paleohispánicas. El tomo que comentamos por sí solo representaría un título de gloria para cualquier investigador; como conclusión de los tres precedentes es una obra verdaderamente admirable de la que debemos felicitarnos todos los que tenemos algún interés por el tema a la vez que expresamos nuestra gratitud y nuestra admiración a su autor. Madrid ^ E Villar y R. Pedrero preparan la publicación de un nuevo texto lusitano procedente, como L.1.1, de Arroyo de la Luz. Un texto indoeuropeo de territorio próximo a Lusitânia, pero en principio adscribible a los célticos de la Beturia, es un nombre personal en escritura latina, pero lengua no latina, repetido en cuatro grafitos y publicado en Berrocal, L.: 1989: El asentamiento «célüco» del Castrejón de Capote (Higuera la Real, Badajoz), CuPAUAM 16 (245-95), 258-9 y 288. Tres años después de que saliera a la luz el primer fascículo de la nueva edición de CIL //, aparece ahora el volumen dedicado al conuentus Astigitanus, el tercero de los publicados hasta la fecha tras los correspondientes al Tarraconensis (pars meridionalis) y Cordubensis. Como en todas las empresas editoriales, la práctica va imponiendo algunos cambios sustanciales que mejoran de forma sensible el resultado. En esta ocasión, la principal novedad gráfica reside en la incorporación de la fotografía junto a los textos en más de 350 epígrafes, lo que ha permitido suprimir las láminas fotográficas finales de los dos primeros fascículos. El cambio ha permitido incluir un elevado número de imágenes, muy superior al de las ediciones precedentes, y mejora de forma sensible el uso del libro.. El número de epígrafes contenidos en el volumen supera los 1500; aunque la numeración sólo alcanza hasta 1350, las incorporaciones finales insertas en el texto y los numerosos desdoblamientos para incluir las marcas sobre instrumentum domesticum incrementan esta cifra hasta algo más de 1500 entradas. Para quienes trabajan en la epigrafía de la región, el nuevo fascículo de CIL II tiene una primera ventaja de orden topográfico: hasta un total de 54 encabezamientos ordenan la obra en municipios y colonias, separando también los grupos de epígrafes procedentes de parajes cuyo nombre antiguo se desconoce y para los que se emplea como encabezamiento un topónimo actual. De este modo, tan importante como el análisis de los textos es la ordenación territorial que se propone, a la que se incorporan nuevas entradas y en la que se proponen cambios de envergadura. Baste decir, por ejemplo, que el término de la localidad de Priego de Córdoba se asigna a tres enclaves distintos (Iliturgicola, Cisimbrium y el existente en el Cerro de la Almanzora); otro tanto ocurre con Castro del Río o Puente Genil, sin abundar en los ejemplos. Aunque hace algunos años que el mismo Stylow publicó el epígrafe determinante para su ubicación, ahora toma forma el corpus de Segida Augurina; del mismo modo se ha incrementado y ha adquirido forma el catálogo de Olaurum, se reconocen ya entidades en torno a paisajes actuales como Los Argamasones (Cilena), Cerro de la Atalaya (Ecija) o Monte Horquera (Nueva Carteya), etc. En el volumen destaca la importante presencia de la epigrafía jurídica relacionada con las colonias y municipios del conuentus; merece resaltarse el esfuerzo realizado para ordenar las placas y los fragmentos de la lex Vrsonensis (CIL IP 5, 1022; pp. 287-309), que por segunda vez en pocos años reciben la atención que merecen {cfr. M.H. Crawford, Roman Statutes, London 1996, pp. 393 -455); cabe citar aquí también el ejemplar del se Pisone de Nido del Grajo (Benamejí, CIL IP 5,900) y, al mismo tiempo, se incorporan algunos fragmentos inéditos como el posiblemente relacionado con la lex de Iliturgicola {CIL IP 5, 251) o el del Cerro de la Atalaya (CIL IP 5, 1120). Un lugar destacado ocupan también los llamados «ladrillos paleocristianos», que se han recogido meticulosamente, tomando en consideración incluso los vaciados conservados en diversas instituciones, continuando así la recogida sistemática ya iniciada en el fascículo del conuentus Cordubensis. La inclusión de las inscripciones cristianas preislámicas ha permitido incorporar al volumen el Tesoro de Torredonjimeno (pp. 45-49) o textos tan significativos como la defixio cristiana de Fernán Núñez (CIL IP 5, 510a). Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante J.M. Iglesias y A. Ruiz, Epigrafía romana de Cantabria, Bordeaux -Santander 1998, 209 pp., 13 lám. (Petra Hispaniarum 2). Continuando la serie iniciada en 1994 con La epigrafía romana de Teruel (Navarro, M., Petra Hispaniarum 1), aparece ahora el segundo volumen de esta empresa editorial hispano -francesa coordinada desde Burdeos para editar los corpora epigráficos hispanos. El ámbito elegido en esta ocasión tiene un especial interés por afectar a un territorio en el que la información estaba muy dispersa, y en donde existían serias dificultades para individualizar algunos monumentos. Uno de los principales méritos del volumen es el riguroso tratamiento de los hitos de la legio IV Macedonica, en los que las dificultades toponímicas y los extravíos habían creado una selva inexpugnable salvo para alguien que conociera con detalle el paisaje de los hallazgos. La mitad del corpus está dedicado a los llamados «epígrafes menores», es decir, a los grafitos sobre instrumentum domesticum, en gran parte procedentes de las excavaciones arqueológicas en luliobriga. El volumen incluye dos piezas emblemáticas de la epigrafía de la Hispânia septentrional; nos referimos al ara de Erudino de las cercanías de Torrelavega y a la pátera de Otañes, que ocupan aquí un lugar destacado. Como ya se intuía por lo publicado hasta la fecha, la epigrafía cántabra tiene un reducido peso fuera de la esfera de lo público, y los términos augustales y miliarios constituyen más del 60% de los epígrafes sobre piedra en la región. En contraste con otras zonas de Hispânia, incluso también con las regiones vecinas, la epigrafía funeraria es muy escasa (n° 1 -15), reduciéndose la epigrafía privada casi exclusivamente a los grafitos. Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante R. Etienne (edit.). Universidade de Coimbra A. Cepas Palanca, Crisis y Continuidad en la Hispânia del siglo III, Madrid (Anejos de AEspA, XVII, Madrid 1997), 281 pp., numerosos planos, mapas y gráficos. AEspA, 72, 1999 nistrativo de las Hispanias y su evolución en el siglo iii, fundamental para la comprensión de la España bajoimperial y tardoantigua en general. La única objeción que cupiera hacerle es el haber pasado por encima de cuestiones administrativas de gran relevancia para la Hispânia bajoimperial como los intentos de reformar el mapa provincial que cristalizarían definitivamente en la reforma de Diocleciano y en posteriores de los siglos IV y v y que constituyen una pista de primer orden para analizar los profundos cambios que se habrían de ver después. Me refiero a hechos como el intento aparente de crear alguna nueva demarcación como la Vettonia, según indicios epigráficos que sí recoge Cepas pero con las solas referencias a las opiniones autorizadas. Casos como éste, y hay más, han sido escasamente tratados y creo que tienen una importancia capital no siempre reflejada en los estudios tradicionales. Y aunque me da la impresión de que poco más podría haber añadido la autora a lo reseñado, hubiera sido un paso adelante el haberlo resaltado. Quizás sea más importante el pasar por encima de hechos como los intentos y definitiva concreción de la adscripción de la antigua Mauritania Tingitana a la Diócesis de las Espanas, que tanta repercusión tendrá hasta la época de dominio bizantino y visigodo. El siguiente capítulo, dedicado al estudio de la red viaria a partir de los miliarios, no constituye un estudio dentro del estudio general, tan frecuente en este tipo de trabajos. Es por sí mismo un capítulo independiente que podría figurar sin modificaciones en otros libros o haber sido publicado independientemente. Se trata, una vez más, de un estudio basado en el excelente conocimiento de la epigrafía, ahora de miliarios, de Adela Cepas. Muy a menudo éstos han sido traídos a colación en trabajos sobre viario, estudios militares y otros, y siempre se había evidenciado la variedad y abundancia de los ejemplos que nos han llegado, así como lo complejo e interesante de su distribución geográfica. Creo que hasta la fecha es el mejor estudio sobre este asunto con el que contamos. El análisis exhaustivo de los miliarios, su inclusión en grupos viários y nudos de comunicación específicos, en particular el delicioso apartado del grupo de Portela do Home, y las conclusiones a las que se llega, constituye una de las joyas del trabajo que vengo refiriendo. Me parece que vamos a tardar en volver a encontrar un trabajo de esta profundidad y conclusión sobre los miliarios del siglo iii. El último gran apartado del libro es el que ocupan los capítulos IV y V y está dedicado a la ciudad y éste sí que es un toro difícil de lidiar porque todos estábamos esperando que de manera sintética se pusieran las cosas del revés y patas arriba y acabar definitivamente con el siglo de la crisis urbana que no fue el iii. El capítulo IV vuelve de nuevo sobre la epigrafía, una disciplina en la que Adela Cepas se mueve como pez en el agua, y analiza los testimonios epigráficos públicos y privados en relación con el vigor de la vida municipal, asunto pero que muy importante en la definición del siglo m y de los profundos cambios que deparó. Al estilo del trabajo de Liebeschuetz sobre las inscripciones de Antioquia o Afrodisias de Caria, se repertorian todas las manifestaciones de culto imperial separando la iniciativa pública de la oficial y la particular, así como una regionalización casi cartográfica de los resultados. El resultado no desmerece de otros anteriores a éste y que tanto han aportado al conocimiento de sus respectivas demarcaciones, como los de Lepelley para Africa. Si, con la realización de esta tesis por A. Cepas, se buscaba un mínimo de homologación historiográfica internacional, no cabe duda de que se ha conseguido. El capítulo V se aparta de manera evidente del discurso meramente historiográfico del resto del trabajo y aborda directamente uno de los mayores problemas que enfrenta el análisis del siglo III, si no es en realidad el mayor, y se interna sin complejos en la vertiente arqueológica de la crisis urbana. No en balde durante mucho tiempo ésta y no otra ha sido la causa de la persistente imagen de crisis achacada a la centuria con su informe agregado de amurallamientos medrosos, extensas des-trucciones, reducciones de perímetro urbano, tesorillos y así un largo etcétera más. El trabajo compila de manera eficaz toda la bibliografía de cuanta ciudad hispana tiene algo que aportar al esclarecimiento de esta cuestión, y lo hace de manera ordenada, metodológicamente impecable, con una cartografía unas veces tomada de los respectivos publicadores de cada sitio, otras veces elaborada o semielaborada por la propia autora. Tengo para mí que se trata de uno de los grandes logros del trabajo y el que más me ha interesado personalmente. El poner negro sobre blanco todos los datos significativos, muy bien interpretados (quiero decir sin sesgo ninguno y sin sobreinterpretación), resulta revelador por sí sólo a efectos de desactivar el negro panorama que todavía hoy pesa sobre el vigor de la vida municipal hispana. A partir de ahí se desgranan datos verdaderamente significativos que ayudan a componer uno nuevo más cerca de la evidencia arqueológica y que completa la visión del capítulo anterior. Es cierto que este capítulo es el que más rápidamente está envejeciendo, lo que no le resta ni un ápice a su interés y oportunidad. La explosión de la arqueología urbana en nuestro país, la creación de equipos de trabajo dedicados en exclusividad al seguimiento de las grandes ciudades romanas, así hacían preverlo. Pero es de destacar que este capítulo se redactó contemporáneamente a la publicación y aun antes de los grandes conjuntos ciudadanos como Cercadilla, Mérida o las novedades de Tarraco. En una obra de carácter general como es ésta, el capítulo mantiene su frescura y actualidad sin lugar a dudas. Un aspecto que hay que destacar del conjunto de la obra es el impecable aporte de cuadros cronológicos y estadísticos oportunamente intercalados en el texto y que, amén de coadyuvar eficazmente a la comprensión del texto, constituyen por sí una valiosa herramienta de investigación, pues son -además-muy completos y al día. La cartografía, a la que ya me referí, y realizada siguiendo el modelo de la T.LR. (en la que Cepas juega un papel fundamental) es otro de los puntos que añadir en el haber general del trabajo. Finalmente las conclusiones no son muy extensas ni quizás muy ambiciosas; pero necesariamente habían de ser así en un trabajo en que cada capítulo es en sí mismo una conclusión y en el que nunca se pierde la línea argumentai en vericuetos accesorios. Pero las que hay merecen ser copiadas e incluidas en muchos trabajos generales sobre la Hispânia romana en lugar de las páginas correspondientes ya que contienen la sustancia necesaria para una nueva y más duradera y ajustada interpretación del siglo que da comienzo a la Antigüedad Tardía española. Sólo me cabe hacer un deseo final y es que este trabajo reciba el interés y acogida que verdaderamente merece ya que con él se entierra una etapa completa de nuestra historiografía y comienza otra radicalmente distinta y sin duda más fructífera. Universidad Autónoma de Madrid M" J. Hidalgo, D. Pérez y M. J.R. Gervás (Eds.), «Romanización» y «Reconquista» en la Península Ibérica: Nuevas perspectivas». Acta Salmanticensia, Estudios Históricos & Geográficos, 105. Esta publicación es el resultado del Congreso titulado «La formación del feudalismo en la Península Ibérica: un balance historiográfico», celebrado en Salamanca en 1996 con el objedvo de revisar la aportación científica, repercusión y vigencia de la obra de los profesores Abilio Barbero y Marcelo Vigil en la historiografía española de los últimos años. En él participaron historiadores de diversos ámbitos docentes. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ tendencias y especialidades, en su mayoría discípulos, amigos y divulgadores del nuevo modelo histórico por ellos propuesto, en una obra centrada en la investigación sobre la transición de la Antigüedad a la alta Edad Media en la Península Ibérica. El libro se divide en cuatro partes que cubren aspectos que abarcan desde una valoración de la obra de ambos autores en el contexto de la historiografía española (Parte I: Historiografía de la Historia Social) y su incidencia en la enseñanza de historia en centros de enseñanza primaria y media (Parte II), a la discusión de aspectos más concretos, desde de los estudios de la Antigüedad Clásica y de las Sociedades Feudales en la Península Ibérica (Partes III y IV). Con escasas excepciones, se subrayó el carácter renovador e innovador de la obra de los profesores Barbero y Vigil en el contexto histórico y académico de la España de los años sesenta y setenta. Su interpretación histórica, alejada del historicismo dominante en la historiografía española del momento, les condujo a centrar su investigación no tanto en cuestiones concretas, sino en la elaboración de una interpretación articulada y coherente de un largo periodo histórico, que abarca desde el siglo iv hasta el xi. Sin embargo, son numerosos los aspectos parciales que han sido criticados en la investigación posterior, tanto desde la Historia Antigua, como desde el medievalismo y, en temas que afectan directamente a los planteamientos de Barbero y Vigil. Desde los estudios de Historia Antigua, se ha discutido sobre el carácter gentilicio de las sociedades indígenas del Norte de la Península Ibérica, tal y como Barbero y Vigil lo definieron, como grupos estructurados políticamente en torno al parentesco y a la propiedad colectiva de la tierra, que no fueron controlados totalmente por el estado romano. Se ha discutido también sobre el alcance de la Romanización de estos pueblos y su grado de resistencia y asimilación, sobre la implantación de la vida urbana y la municipalización en los pueblos del Norte; sobre la duración de la esclavitud como modo de producción dominante en la Antigüedad y alta Edad Media; la existencia en el siglo IV de un limes que defendiera las zonas más romanizadas del Sur de la cordillera Cantábrica de los pueblos del Norte'. Desde el medievalismo, se ha puesto en duda la existencia de un feudalismo visigodo e islámico. Creo que las críticas que Barbero y Vigil han recibido, siempre en aspectos aislados sin tener en cuenta el conjunto, como apunta J. Faci (p.40), no han minusvalorado su análisis global de un proceso histórico: la formación y evolución del feudalismo hispánico a partir de la disolución de la comunidad primitiva, de las sociedades gentilicias del Norte de la Península Ibérica, como marco de transformaciones históricas, los cambios que se produjeron y que originaron los fundamentos de las nuevas relaciones sociales y políticas. Tanto como metodología de trabajo, como por la interpretación histórica, el «modelo» propuesto por ambos autores no ha sido superado en su conjunto y la historiografía de los últimos veinte años no ha aportado ninguna propuesta alternativa. La presente publicación resume la memoria de licenciatura de la autora, dirigida por el profesor Ángel Fuentes. Ve la luz gracias a la concesión del premio anual de investigación del Instituto de Estudios Albacetenses. Aunque el estudio se presenta con modestia como un mapa Revisiones de Historia Antigua I y II, Vitoria, 1994 y 1996. de yacimientos, resulta ser una carta arqueológica, en el concepto más amplio del término; pues incluye el reestudio y puesta en valor de los restos suministrados por esos yacimientos, además de una aproximación a su entidad, su cronología y sus vínculos con el territorio, las vías de comunicación, los recursos, las posibilidades del entorno y el resto de los asentamientos. Para ello, maneja materiales inéditos o poco estudiados del Museo de Albacete, procedentes de hallazgos casuales, prospecciones y antiguas excavaciones, junto a datos derivados de los más recientes trabajos de campo, a la luz de la información histórica suministrada por otras fuentes -muy escasas-y por el conocimiento general acumulado sobre esta etapa cultural, con el fin de establecer una síntesis que se convierte en un verdadero estado de la cuestión. El cuerpo central del libro lo constituye el repaso a un total de cuarenta y cuatro sitios arqueológicos de diferente complejidad, que van, por poner dos ejemplos del mismo área: Hellín, desde lugares como el citado Tolmo de.Minateda, del que la riqueza informativa obliga a la autora a ceñirse a un denso resumen plagado de referencias bibliográficas y de llamadas a la futura publicación de las excavaciones en curso; hasta lugares como El Saltador, del que apenas si se ofrece una breve nota formada por datos de segunda mano más bien deficientes. No son sólo éstas las irregularidades de la investigación precedente que se manifiestan en las páginas del libro, el cual sin duda ayuda a ponerlas en evidencia. Mucho más trascendentes son las notables diferencias de distribución y concentración que presenta el conjunto de los yacimientos, con tres polos principales en las áreas de Hellín-Tobarra, Chinchilla-Almansa y Tarazona-Albacete por contraste con regiones totalmente desiertas. Estas diferencias no son sólo achacables a la realidad geohistórica pretérita, sino también a la distinta atención que han merecido unas zonas y otras. Las cuarenta y cuatro fichas de yacimientos se dividen en tres apartados: descripción y geografía, materiales y bibliografía específica. El segundo de ellos hace repaso de los materiales más significativos entre los recogidos en el yacimiento, individualizando tantas categorías como sean necesarias, y otorgando especial atención, como es lógico, a la cerámica, única categoría común a todos los sitios estudiados. Los ejemplares que suelen aparecer destacados pertenecen al grupo que la autora califica como cerámicas finas, especialmente sigilatas y norteafricanas. Se aprecia aquí una elección cuidadosa de la terminología, y de los conceptos a los que remite. Términos más tradicionales como cerámica de lujo o cerámica de importación -en el sentido de productos no elaborados en el lugartienen implicaciones semánticas que no se pueden contrastar en el marco de los conocimientos que se manejan en este caso. Otras elecciones del mismo tenor se intuyen a lo largo de la lectura, pero no aparecen de forma explícita. Creo que habría sido adecuado explicarlas de alguna manera. Quizás no tanto mediante un exhaustivo capítulo dedicado a la metodología, como a través de oportunas notas o paréntesis en el lugar adecuado. La numismádca, por ejemplo, aparece citada únicamente en el primer apartado, un poco de pasada. Si consideramos que en los registros de prospección su importancia cronológica -que no puede ser corregida por datos estratigráficos no coincidentes-es igual o mayor a la de los fósiles directores cerámicos, creo que habría sido oportuno aportar datos descriptivos y, aquí sí, reproducciones gráficas de su aspecto. Este libro pone de relieve o recuerda la existencia de algunos yacimientos de evidente interés. En primer lugar, el Tolmo de Minateda y todo su entorno, cuya relevancia no vamos a descubrir ahora. Blanca Gamo subraya las semejanzas detectadas entre el mundo material de la antigua Elo y el de Recópolis, a las que pronto habrá que añadir la de sus basílicas. Es evidente que el poder visigodo se manifestaba en el Tolmo de forma muy directa; no en vano lo consideran, quienes lo excavan, como una especie de mascarón frente a la frontera bizantina. Además, destacan la necrópolis tardorromana de Las Eras (Ontur) y los conjuntos rupestres de Camareta (Agramón) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) De aquella, sobresale la inhumación de un adulto con dos niños, que incluía un riquísimo ajuar compuesto por piezas de bronce y muñecas articuladas. De las cuevas artificiales, la más interesante desde el punto de vista cronológico es la conocida de Camareta, con un rico repertorio de inscripciones de tono religioso y restos arqueológicos que muestran la gran continuidad de uso de este enclave. El conjunto de Alborajico es ciertamente espectacular, pero no hay ningún elemento claramente asociado que demuestre su adscripción a este periodo, ni que permita hablar, como se hace, de que la cámara principal pudiera cumplir las funciones de un oratorio. Es más, el asentamiento más directamente vinculado es lo que pudo ser una alquería de origen andalusi: Alboraj. Otras dos necrópolis aportan datos que se suman, desde mi punto de vista, a las paradojas que hacen cada vez más necesario el desarrollo de nuevos planteamientos en torno a la transición entre el mundo hispanovisigodo y el andalusi. Son las de Casas Viejas en Tarazona y Los Pontones en Albacete. La única información sobre ellas es la recogida en un diario del entonces director del museo provincial, encabezado por la leyenda: necrópolis árabe. Sin embargo, los enterramientos, en tumbas de lajas, iban acompañados por jarritos funerarios. Había también un anillo con un símbolo cristiano. Evidentemente, el director Sánchez Jiménez no era un experto en el mundo funerario de época goda, pero quizás -paradojas del destino-no andaba tan errado como pudiera parecer. La pieza que se conserva de Casas Viejas presenta paralelos con otras encontradas en Navalvillar (Madrid), de donde también procede un dirham de la segunda década del siglo viii. Y la botella de Los Pontones es admitida por la propia Blanca Gamo como claramente emiral... y apareció junto al anillo. La autora no llega a plantearse este problema en profundidad. En realidad no es su cometido. Pero ello no hace sino subrayar uno de los defectos que arrastra el análisis de ese momento de transformación, acentuado por la insistencia en considerar a los siglos vi y vii dentro de la Tardía Antigüedad. Esta postura no hace sino enfatizar la discontinuidad que se abre en torno al año 711. Tampoco es estrictamente necesario considerar a esos siglos como inicio de la Alta Edad Media. Es aceptable que son más los elementos de continuidad que los unen con el pasado romano que con el futuro islámico. Al fin y al cabo, una y otra no son más que etiquetas. Lo malo es que detrás vienen los conceptos y los diferentes enfoques. Y el primero de ellos no suele hacerse compatible con el segundo, subrayándose la ruptura de esa continuidad. El trabajo, sin embargo, aporta otras reflexiones que sí enriquecen el panorama hasta ahora existente sobre esta región dentro del estricto marco cronológico estudiado. Destaca sobre todas las demás la diferenciación constatada entre las dos mitades de la provincia actual, estando el sur en la esfera del mundo marítimo, primero, y de la provincia bizantina, después, y cayendo el norte dentro del ámbito de los fenómenos generalizados en la Meseta Sur, especialmente a partir de la constitución del reino visigodo de Toledo. Esta diferenciación se habría mantenido incluso después del año 620 y se corresponde con todas las manifestaciones materiales dejadas por los que allí vivieron, desde la cerámica de los lugares de habitación hasta el ritual funerario. Fernando Sáez Lara G. Ripoll López, Toréutica de la Bética (siglos VI y VII d. La Real Academia de Buenas Letras de Barcelona celebra el próximo año 2000 el tricentenario de su fundación. Entre las diferentes actividades conmemorativas organizadas, una de ellas es fomentar la publicación de obras de investigación en sus series Maior y Minor. A instancias de Martí de Riquer, anterior presidente de dicha institución, se publica ahora un conjunto de material arqueológico de gran interés para el conocimiento de la antigüedad tardía hispánica. El presente trabajo tiene su origen en la tesis doctoral de Gisela Ripoll (segunda de la autora) que, bajo la dirección de Noël Duval (autor además del prefacio), defendió en la Universidad de la Sorbona-París IV con el título L 'archéologie funéraire de Bétique d' après la collection visigothique du Rômisch-Germanisches Zentralmuseum de Mayence'. La obra estudia un conjunto de adornos personales fundidos en bronce (fundamentalmente broches de cinturón) conservados en el museo de Maguncia (Alemania). La colección original -debida a la afición de un particular y comprada por el RGZM en el mercado de antigüedades-se compone de 224 bronces de distintas épocas (ibérica, romana, medieval), procedentes del valle Bajo del río Guadalquivir (muy probablemente del entorno de Sevilla). De ellos se han estudiado, en este libro, aquellas piezas fechadas entre finales del siglo vi e inicios del VIII que conforman un catálogo de 135 objetos. A pesar de que se trata de objetos con una cronología bastante ceñida, G. Ripoll desarrolla un amplio capítulo sobre las producciones de adornos personales desde inicios del siglo VI (incluso finales del v), para poder analizar con detenimiento el problema del siglo VI en la Bética y el significado de la presencia visigoda en la Hispânia meridional. G. Ripoll, desde que empezó a trabajar en la necrópolis toledana de El Carpio de Tajo ^ y en una primera ordenación y clasificación de las necrópolis y materiales visigodos ^, ofrece ahora una tabla tipo-cronológica basada en la anterior, mejorada y ampliada. Se sigue trabajando en cinco niveles distintos, reservando el I para el material característico del siglo v, como por ejemplo los pequeños broches con gran cabujón circular de Lisboa. Los materiales de esta tabla evidencian cómo con el paso del tiempo los ornamentos típicamente visigodos que componían los niveles II (480/490-ca. 525) y III (525-560/80) -fíbulas de técnica trilaminar, fíbulas aquiliformes y placas de cinturón con celdillas-van mezclándose progresivamente con materiales romanos. La realidad arqueológica adquiere una relevancia histórica cuando se intenta poner en relación la información proporcionada por estos materiales y los problemas del establecimiento y evolución de la población visigoda en la Península Ibérica, y lo que de ahí se deriva, como es por ejemplo la práctica de los matrimonios mixtos desde época muy temprana. El estudio de la casi globalidad de los materiales funerarios o de indumentaria personal de la Bética, evidencia una total ausencia de estos materiales de los niveles II y III en esta provincia, hecho que lleva a la autora a determinar que la Bética, con un comportamiento similar al de la Lusitânia y la Tarraconense, siguió con una población romana impermeable a la presencia de nueva población visigoda instalada básicamente en la zona de la Meseta y en los núcleos urbanos de las diferentes provincias. «La necrópolis visigoda de El Carpio de Tajo. Una nueva lectura a partir de la topocronologia y los adornos personales», Biiîlletí de la Reial Academia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi, VII-VIII, 1993-1994, p. AEspA, 72, 1999 RECENSIONES 329 que del nivel V son característicos los broches liriformes, los cruciformes y los pertenecientes a series bizantinas. Los materiales característicos del nivel IV, estudiados en el capítulo «Las artes menores del metal de finales del siglo vi d.C», son los broches de cinturón de placa rígida. G. Ripoll hace un análisis pormenorizado de los diferentes tipos, además de un minucioso despiece e interpretación de la iconografía y epigrafía que aparece en estas piezas. En el mismo nivel IV se incluyen también los broches de perfil liriforme «de transición» (tipo individualizado a partir de los materiales hallados en la Bética), denominados así por ser un mixto entre los de placa rígida característicos de finales del siglo vi y los liriformes, que verán su gran momento en pleno siglo vii. Los adornos personales del nivel V son estudiados en un amplio capítulo, «Objetos mediterráneos y bizantinos de los siglos VII y VIII d.C», en el que se analizan sistemáticamente sus características formales, con detalle las diferentes representaciones iconográficas, los problemas de fabricación y distribución, además de los argumentos en favor de una mayor precisión cronológica. Los broches liriformes son abordados ampliamente puesto que su aparición, en contextos funerarios y en colecciones, en la Bética es muy abundante, de lo que puede concluirse que los talleres de esta provincia y, sobre todo, de la zona de la antigua Hispalis fueron los principales focos de producción y distribución de estas piezas, hecho que implica a su vez el análisis de toda una red comercial. Dentro de la toréutica del nivel V, destacan los broches cruciformes, que empiezan a ser importantes, sobre todo en la Béfica. Con el estudio de la serie de broches bizantinos (con esta colección aumenta mucho el número de objetos conocidos), G. Ripoll niega que la comercialización, a la vez que imitación y producción en Hispânia, deba ser puesta en relación con la presencia de tropas bizantinas en algunos puntos costeros sino que son producto de talleres locales (llega a identificar un posible taller situado en las inmediaciones de Hispalis) influidos por los contactos comerciales y por la presencia de comerciantes orientales instalados en enclaves comerciales básicamente puertos costeros y fluviales ^. Una vez estudiados los objetos dedica un último capítulo a reflexionar sobre el conjunto de datos ofrecidos por la toréutica y la arqueología funeraria de la Bética con el fin de comprender mejor la dinámica histórica, económica y cultural de esta provincia durante la antigüedad tardía, atendiendo tanto al mundo urbano como a los ambientes rurales y analizando los diferentes tipos de habitat, la producción artesanal, el trabajo de los toreutas, los recursos mineros y las pautas comerciales. Este análisis no pretende ser exhaustivo sino, al contrario, complementario de otros trabajos que se están realizando en la Bética, como por ejemplo el muy reciente y valioso de Silvia Carmona sobre la necrópolis de El Ruedo y su posición dentro de la arqueología funeraria meridional ^. Tras estos capítulos, se incluye el catálogo de los objetos de los siglos VI y vii conservados en el RGZM. Este inventario es detallado proporcionando el máximo de información sobre el tipo, la decoración y la fabricación. El volumen se completa con una amplia bibliografía ordenada alfabéticamente, muy útil por la riqueza de títulos interesantes manejados en la investigación. Además el catálogo de objetos y los paralelos abordados en el texto se ilustran por medio de dibujos y fotografías. El capítulo final, a modo de reflexión sobre la Bética durante la andgüedad tardía, se acompaña de mapas, planimetrías y materiales, que tan sólo quieren ilustrar algunos elementos poco conocidos o particularmente importantes. • * Ha profundizado el problema en «Acerca de la supuesta frontera entre el Regmim vísigothonim y la Hispânia bizantina», Pyrenae, 27, 1996, p. Mundo funerario rural en la Andalucía tardoantigua y de época visigoda. La necrópolis de El Ruedo (Almedinilla, Córdoba), Diputación de Córdoba, Córdoba, 1998. El estudio de las piezas conservadas en el RGZM, al que se suman otros objetos de adorno personal hallados en la Bética, permite a la autora afirmar que durante los siglos vi y VII no existe en esta provincia una población característica visigoda sino que se inscribe en un contexto de tradición y continuidad romanas. Destaca el importante número de piezas que responden a las características de la moda mediterráneo-bizantina así como la constatación de que en la mayoría de casos se trata de objetos fabricados en talleres locales, hecho que por otra parte muestra la gran actividad de estos centros productivos, su excelente dominio de las técnicas del bronce y la existencia de una red de comercialización de alto nivel que permite suministrar estos productos satisfaciendo la demanda del sur de la Gallia. El trabajo de Gisela Ripoll constituye un instrumento básico para identificar, fechar y adscribir culturalmente estos materiales que se documentan con gran frecuencia en yacimientos de toda Hispânia, además de representar una excelente revisión de muchos de los problemas de carácter histórico y arqueológico que afectan a la Bética durante la antigüedad tardía y por tanto al comportamiento del Mediterráneo occidental y sus relaciones con el Oriente bizantino. Esta edición de la tesis doctoral del autor está llamada a servir de marco de referencia imprescindible para las futuras excavaciones y los estudios sobre cerámica de niveles pertenecientes al horizonte andalusi en ambas submesetas -sobre todo lógicamente en la meridional -y quizás también fuera de ellas. Lo primero que sorprende es el diferente tamaño de ambos volúmenes, que se justifica en la necesidad de respetar, en el segundo y más ancho de ellos exclusivamente dedicado al material gráfico, el tamaño y las proporciones de las láminas originales y la correlación de escalas. Este cuidado formal de la obra se quedaría en simple anécdota si no se extendiera al resto de su organización interna. La información escrita del primer tomo se distribuye así: descripción y caracterización de la forma con referencia a otras tipologías precedentes, descripción de los tipos y subtipos con apunte de las procedencias y las cronologías y estudio tanto dentro del marco de la Meseta como en el más amplio del mundo andalusi, para concluir con una valoración general de todos los datos relafivos a cada forma. La información gráfica del segundo tomo se inicia con unos mapas regionales en los que aparecen señalados los yacimientos recogidos en un inmediato listado, hasta un total de 231, todos aquellos de los que proceden las piezas analizadas. A continuación, las formas en que Retuerce ha dividido la panoplia de las producciones a estudio son ilustradas, repetidamente, por los ejemplos más notables de cada fipo y subtipo, incluyendo sus decoraciones más habituales, por unos cuadros tipológicos, por unas tablas cronológicas y por unos mapas de distribución, que se extienden también a los paralelos ajenos a la Meseta. La introducción incluye lo que podríamos considerar como un «decálogo» o declaración de principios para los futuros trabajos sobre cerámica medieval en la Península Ibérica. En ella se aborda el problema de la falta de tipologías -al menos para esa vasta región central de la península-y se realiza un significaüvo diagnósdco de la cuestión, que, con tener trascendentes consecuencias por la importancia científica de los referentes AEspA, 72, 1999 cerámicos, no deja de estar relacionado con carencias más generales de método arqueológico. Tras justificar dichas carencias en primer lugar por la «juventud» de nuestra Arqueología Medieval -esa manida excusa que ya debería empezar a dejar de serlo-, Manuel Retuerce enumera otras variables que nos parecen más sinceras, preocupantes y dignas de análisis: casi todas inciden en la representaüvidad y en la calidad de la información recuperada, ya sea por cómo se presenta, ya sea por cómo ha sido obtenida, lo que incluye una llamada de atención hacia la honestidad epistemológica: debemos reconocer las limitaciones de nuestros registros y de los métodos y criterios empleados y también la parcialidad de lo excavado -y qué decir de lo recogido en prospección-y darlo a conocer de forma transparente. La mayor parte de las carencias en este sentido vienen aparejadas a la deficiente aplicación del método estrafigráfico y de las seriaciones obtenidas a partir de él. Manuel Retuerce hace también referencia a otro aspecto no menos importante, éste de carácter exclusivamente ceramológico: la conceptualización de la información descriptiva y tipológica. Sin entrar en otros detalles, son por todos conocidas las dificultades que ofrece la elección de nombres para los tipos -a cuyo paso ya salió Guillermo Roselló con su celebre obra sobre «el nombre de las cosas en al-Andalus»o la mezcla de criterios de carácter formal, técnico y funcional que ha caracterizado a este tipo de trabajos. Sin que esta última vertiente del asunto deba ser desdeñada, no deja de llamar la atención una cierta obsesión en algunos estudios precedentes por hacer de ella el eje ordenador de la tipología, cuando en realidad sabemos aún muy poco sobre la vida domésüca y las costumbres alimenticias de los andalusíes, entre los que, además, podríamos distinguir diferentes tradiciones culturales e incluso religiosas. Por ello no podemos más que estar de acuerdo con la propuesta del autor, que queda recogida en el punto 5 -«Criterio seguido en la realización de la taxonomía o tipología»-del capítulo III, de «volver a empezar» a partir de agrupaciones puramente ceramológicas, a lo que se prestaba un ámbito hasta ahora sin sistematizar como el de la cerámica andalusi de la Meseta. En total, el autor diferencia treinta y una formas distintas. Algunas agrupan tipos que en otros trabajos aparecen separados. La forma A reúne a todas las piezas de perfil abierto dedicadas al servicio o presentación de alimentos, como las denominadas en otros trabajos con los nombres de ataifor, jofaina, cuenco, escudilla, etc. La forma B, a las de perfil cerrado y cuello estrecho: redoma, botella, cantimplora, aguamanil, ampolla, etc. La C, a las de cuello ancho: jarro y jarra, cántaro, alcuza, etc. Estas dos últimas con independencia del número de asas, la presencia de pico vertedor, el tamaño o el tipo de acabado. La forma D incluye a la taza, al vaso y al bol. La E, al bote y a la orza. La F, a la olla o marmita, con un interesante repertorio de las ollas con escotadura que caracterizan al valle del Tajo. La forma G es una de las aportaciones de la tipología andalusi: la cazuela, inconfundible. La forma H abarca todo tipo de tapaderas, con independencia de su tamaño o su forma, valga la redundancia. O mejor dicho, que no valga, pues una de las pegas que presenta esta clasificación es la elección del término forma como máxima categoría de las agrupaciones. Es, como vemos en este caso, inapropiado, ya que remite a unas semejanzas morfológicas que no siempre se dan. El término tipo, con ser más ambiguo, habría sido, por eso mismo, más adecuado. Las formas I, J, K y L aunan piezas de gran tamaño tales como el alcadafe, la tinaja, el reposaero y el anafe. La forma M se asocia a los coladores; y la N, al arcaduz o cangilón. Las formas O y P, a la ambientación y la iluminación: el pebetero y el candil. Y así hasta doce formas más, de menor resonancia. Tampoco el uso de letras para distinguir los tipos parece el más indicado, porque hacia el final de la clasificación el autor se ve obligado a empezar de nuevo (AA, AB, AC...), lo cual podría llamar a engaño, crear, por ejemplo, la sensación de que se trata de variantes de A. El estudio pone de relieve la presencia de materiales islámicos en puntos de la Meseta Norte en los que la permanencia andalusi había sido considerada poco menos que testimonial: especialmente en Tariegos de Cerrato (Palencia) y Penafiel (Valladolid), no tanto en Sepúlveda (Segovia) y puntos relativamente septentrionales de Soria como San Esteban de Gormaz, Osma y Calatañazor. Su aparición puede explicarse, es cierto, de muchas otras formas -vía comercial, botín, cautivos, grupos mozárabes-, pero al menos exige la búsqueda de esas explicaciones. Y, sobre todo, plantea la posibilidad de que se puedan producir nuevos hallazgos e incluso la revisión de otros ya efectuados y no valorados como consecuencia de patrones de interpretación excesivamente rígidos y deterministas. Este trabajo supone también un salto cualitativo en nuestro conocimiento de las producciones de época emiral -también en la línea de otros estudios, especialmente en el Sudeste, sobre las pervivencias de tradición visigoda y sobre las paulatinas transformaciones que conlleva el influjo islámico. Quizás habría sido de desear un poco más de precisión cronológica. Algunas variantes aparecen con la etiqueta de «omeyas», lo que implica su pervivencia entre el periodo emiral y el califal, incluso el de los reinos taifas. No dudo de que esa continuidad exista, reforzada en algunos casos por precedentes preandalusíes, pero en un futuro ha de matizarse en forma de subtipos mejor enmarcados desde el punto de vista temporal. Sin duda, detrás de esta imprecisión se hallan las dificultades aún latentes para diferenciar los niveles más antiguos en aquellos yacimientos cuya ocupación sobrevive hasta el siglo xi, sino más allá, que, en esta región, son casi todos. La clave ha de estar en aquellos que, sujetos a una realidad geopolítica anterior, se van abandonando cuando ésta se transforma, que no es precisamente a principios del siglo viii, sino a lo largo de los doscientos años posteriores. No es difícil traer inmediatamente a la memoria lugares como Arcávica, Recópolis, Cancho del Confesionario y otros tantos, que ya fueron objeto de atención hace unos años -véase el número 3 del Boletín de Arqueología Medieval-en una iniciativa que, en el centro de la Península, no ha tenido por ahora continuidad. La obra también presenta otra carencia digna de ser reseñada: la ausencia de formas asociadas al periodo almorávide y al de las segundas taifas. En cambio, el periodo almohade está muy bien documentado. Esto es debido, en parte, a que Manuel Retuerce se ha basado fundamentalmente en los materiales recogidos en las excavaciones realizadas bajo su dirección o que formaban parte de conjuntos que ha podido estudiar directamente. Y, entre ellos, destacan los exhumados en Calatrava la Vieja, en niveles correspondientes al segundo de los imperios norteafricanos, momento en que esta ciudad pasó a ser la llave de la defensa contra el avance de los reinos del Norte. Este enclave, por tanto, no puede dar materiales de época inmediatamente anterior. Tampoco los yacimientos del valle del Tajo, ya conquistados. Pero no deja de sorprender que no lo hagan otros sitios arqueológicos del valle del Guadiana o de La Mancha. En realidad, sí los hay; incluso en niveles cristianos de Madrid y otros puntos cercanos, en los que han aparecido hasta fragmentos de loza dorada fatimi; pero no sirven para caracterizar un horizonte almorávide diferenciado. También en este terreno habrá que seguir trabajando, ya que no es un problema que afecte sólo a la Meseta andalusi. En definitiva, este trabajo viene a llenar un hueco; sin dejar por ello de ser punto de partida, pero ya sobre una base firme, de las futuras incorporaciones a la nómina formal aquí sistematizada. En ese sentido, queda abierta. El propio autor da ejemplo al añadir al final de cada forma los tipos aparecidos entre la lectura de la tesis y la publicación. Se ve que la primera ordenación seguía un orden cronológico, que ahora ya ha quedado roto. En realidad, sería mejor no haberlo seguido, pues ahora puede provocar cierta desorientación en los lectores. El importante trabajo de la Dra. Mora se plantea como objetivo principal determinar cuáles fueron las aportaciones de los estudios arqueológicos a la Ilustración y en qué medida el poder ilustrado influyó en la arqueología. La casi total ausencia de estudios monográficos sobre las actividades arqueológicas durante la Ilustración española han obligado a la autora a recurrir a las fuentes documentales de la época para intentar elaborar una visión de conjunto. En esta necesidad está la mayor virtud de la obra, el vaciado del Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Nacional y la Real Academia de la Historia así como la lectura crítica de los Jovellanos, Ponz, Feijó, Valdeflores, Fomer, etc.; pero al mismo tiempo, a mi entender, esta falta de un marco general previo crea ciertos desarmonías que comentaré más adelante. El libro está estructurado en cuatro partes: precedentes humanistas (siglos xvi-xvii), los mecanismos de la política arqueológica ilustrada, concepto y método de la arqueología ilustrada española, las actividades arqueológicas en Italia del futuro Carlos III (Pompeya, Herculano y Paestum). En los precedentes, el lector encontrará una buena aproximación a la influencia de Annio de Viterbo en España, tema básico para entender contra lo que habían de enfrentarse los historiadores ilustrados. Pese a que la fuente principal sobre los falsos cronicones sigue siendo la obra de Godoy Alcántara, como bien aparece citado reiteradamente, se echa en falta remitir al lector al simpático libro de Caro Baroja: Las falsificaciones en la Historia. Que este comentario no se entienda como una crítica global al aparato bibliográfico del libro, que es excelente y una de sus mayores virtudes. Sólo por él mismo, la obra será de consulta obligatoria para todo investigador de la Ilustración teniendo en cuenta que, además, va acompañado de unos buenos índices de nombres, topónimos, materias e instituciones. Siguiendo en los precedentes, a retener la justa afirmación de que, antes de mediados del xviii, la exaltación de la ruina como parte del pasado glorioso de la nación (yo diría mejor de la monarquía) raramente pasaba por la exhumación de los restos (p. 60 se matice que la excavación propiamente dicha no se asumió como el método más objetivo para estudiar los restos materiales hasta mediados del xix, por influencia de los estudios prehistóricos. En relación a los mecanismos de la política arqueológica, la autora destaca la máxima de los ilustrados: conocer el pasado del país para averiguar las causas de su decadencia y con ello trabajar para su resurgimiento. Esa obsesión por la utilitas (el bien común), por la Historia entendida como el instrumento de enseñanza para evitar los errores del pasado (Forner), como la «Ciencia de los hechos»(Valdeflores), lleva a concebir las antigüedades como fuentes para la Historia. El instrumento para poner en práctica esta máxima fueron indudablemente las academias, más fáciles de controlar que las universidades o las órdenes religiosas. En las pp. 48-49 el lector encontrará una buena recopilación del interés ilustrado por la antigüedad clásica como modelo de conducta política, económica y cultural. Uno de los ejemplos más significativos de utilización del lenguaje visual clasicista como elemento de prestigio es la decoración exterior e interior de la Casa del Labrador de. Del capítulo sobre el concepto y el método de la arqueología ilustrada española es muy interesante descubrir las redes de transmisión de conocimientos entre los numísmatas (intercambios y préstamos, correspondencia crítica, visitas a colecciones, etc.) que seguramente puede hacerse extensible a las otras facetas de las ciencias de la antigüedad. Echo en falta, no obstante, saber algo más del poco estudiado interés de algunos ilustrados por el mundo fenicio y oriental en general. Parece que el asunto va más allá del numísmata Lastanosa o del hebraísta Pérez Bayer (pienso en las referencias constantes a la cultura fenicio-oriental en la obra de Valdeflores, tomadas de Newton). Asimismo, me parece algo exagerado afirmar que (p. 62), pese al insinuado interés manifestado a finales del XVIII por la época prerromana y la Edad Media, estos temas sólo pudieron desarrollarse libremente en el último tercio del xix cuando el clasicismo se identificó con el estado absolutista. La afirmación tal vez tiene sentido en las artes figurativas pero no en la historiografía en general. En el último capítulo, dedicado a las actividades arqueológicas en Italia patrocinadas por el futuro Carlos III, hay que destacar la defensa del método del ingeniero Alcubierre en Herculano, tan criticado por algunos ilustres contemporáneos y en cierta bibliografía moderna. Tratar de lo que pasaba en Italia pudiera parecer fuera de lugar si no fuese un precedente de la política borbónica en España. Aceptado como tal, lo lógico, creo, hubiese sido tratar el tema al principio del libro. Este último comentario abre el debate sobre el esquema expositivo utilizado por la autora y su método de trabajo. A lo largo del libro es frecuente ver cómo se construye todo un discurso general a base de ejemplos, de citas significativas. No creo que sea un método del todo incorrecto pero, a falta de más datos, es difícil saber si se está hablando de una realidad generalizada o de particularidades personales o de escuela. Este trabajar a base de citas parece sugerir una ingente labor de vaciado bibliográfico en fichas de trabajo que, posteriormente, han sido ordenadas buscando cierta coherencia pero que, a veces, han generado repeticiones (por ejemplo, las relaciones del deán Martí con Montfaucon aparecen en la p. 32 y en la 95) y algún que otro gazapo (las fundaciones académicas de Felipe V se detallan en la p. 35 citando a J. Sarrailh, y vuelven a aparecer con alguna contradicción significativa en la p. 37 esta vez siguiendo a F. Aguilar Piñal). Las continuas reapariciones de los mismos personajes ahora como epigrafistas, ahora como numísmatas o arqueólogosanticuarios o viajeros ilustrados parecen proceder de querer encasillar la realidad arqueológica del xviii en los esquemas actuales de las ciencias de la antigüedad. Como bien ha demostrado la autora a lo largo del libro, en la concepción de la época, prácticamente todos los personajes se movían en todos los campos. De hecho, más que una síntesis general, la obra trata de la política arqueológica de la Ilustración en España y, dentro de esa esfera, creo más coherente haber planteado dos grandes apartados: las academias y los viajes literarios. El resto, con precedentes peninsulares e italianos incluidos, hubiese podido encontrar su lugar apropiado con más facilidad que en su formato actual. Estas dificultades sólo afectan a la exposición, no al contenido, del que se puede aprender mucho y del que, a mi parecer, resalta la idea básica para la historiografía según la cual hay una continuidad desde el siglo xvi al xviii en la concepción de que los restos materiales del pasado son tan importantes como las fuentes literarias. Así se manifestaron claramente tanto Antonio Agustín, Ambrosio de Morales y Rodrigo Caro como Forner y Valdeflores. Paradójicamente esta idea triunfó en el momento en que se falsificaron objetos alegando la utilitas al país. En definitiva, en el xviii español no se desarrolló un nuevo método científico de recuperación de los restos del pasado, sino que se asistió a las tradicionales actividades de repertoriar y coleccionar desarrolladas desde el XVI sólo que ahora a mayor escala y bajo la protección de la corona. La conünuidad entre el xvi y el xviii queda reflejada indirectamente en el título mismo del libro: las Historias de Mármol de Rodrigo Caro vienen a ser una premonición de la arqueología clásica española del siglo xviii. Universitat Autònoma de Barcelona (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
A. GARCÍA Y BELLIDO: Esculturas romanas de España y Portugal.
Con la muerte del prof. Francisco Presedo Velo, catedrático emérito de Historia Antigua, acaecida en Sevilla el 22 de Septiembre del año 2000, España pierde uno de los más importantes catedráticos de Historia Antigua que ha tenido su Universidad en el siglo xx. Había alcanzado el prof. F. Presedo una vasta formación en el campo de la Arqueología y de la Historia Antigua. Una de las características de su trayectoria científica fue la unión de los estudios arqueológicos orientales, clásicos y de los pueblos de la España prerromana con la Historia Antigua propiamente dicha. Durante todos los años de su profesión, el prof. F. Presedo se caracterizó por su participación en excavaciones arqueológicas, por el estudio y publicación del material, es decir, por la investigación científica y por la docencia universitaria, creando en la Universidad de Sevilla una excelente escuela de profesores universitarios. El prof. F. Presedo había alcanzado una amplia y profunda formación científica. Primero en la Universidad de Santiago de Compostela, donde cursó la carrera de Filosofía y Letras entre los años 1943-1948; después en la de Madrid donde recibió el influjo de los catedráticos J. Martínez-Santaolalla, que le interesó por la Arqueología, y del prof. S. Montero, que le adentró en el conocimiento de la Historia Antigua. Años después entró en relación con el prof. M. Almagro Basch. Estos catedráticos eran tres de los grandes científicos de la Universidad de Madrid por aquellos años. Estos dos cargos le permitieron relacionarse con todos los arqueólogos del país, donde era altamente apreciado por su excelente carácter, por la ayuda prestada a todos los que acudían a él y por sus conocimientos científicos. Estos cargos los simultaneó con la docencia univesitaria, a la que se dedicó toda su vida, compaginando perfectamente las excavaciones arqueológicas, la investigación y la docencia universitaria Ya en los años 1950-1952 fue nombrado ayudante de clases prácticas en la cátedra del prof. S. Montero. En el año 1988 obtuvo la cátedra de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla. Antes, a partir de 1967, ha-bía sido agregado de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid. En la Universidad de Sevilla desempeñó el cargo de decano de la facultad de Filosofía y Letras. El interés científico del prof. F. Presedo abarcaba diferentes campos de la Arqueología y de la Historia Antigua. Su nombre estará unido al descubrimiento y estudio de una de las piezas cumbres del arte ibérico: la Dama de Baza, y al estudio y publicación de modo modélico de la necrópolis. Por estos años se ocupó el prof. F. Presedo por la cultura egipcia y sudanesa, dos de sus grandes pasiones, siendo el adelantado en España de las excavaciones y estudios de la cultura egipcia. Todas estas excavaciones fueron seguidas por la publicación de las correspondientes memorias de excavaciones, en las que el prof. F. Presedo demuestra el dominio absoluto del material y un amplio conocimiento de la cultura a la que pertenecían los yacimientos. El prof. F. Presedo participó en manuales con temas de su especialidad. A él se deben importantes capítulos sobre Tartesos y los iberos en 1965, en la Historia de España. España Protohistórica, publicada por la editorial Cátedra. En esta misma editorial, en 1986, dedicó varios largos capítulos a Egipto y a los grandes Imperios; y en el año 1988 al Nuevo Imperio Egipcio y al Tercer Período Intermedio. En 1992, en la editorial Vicens Vives, publicó una Historia del Próximo Oriente, etc. Su labor científica recibió el reconocimiento de importantes academias de fuera y de dentro de España, que se honraron con contarlo entre sus miembros, como el Insütuto Arqueológico Alemán de Berlín. En todos los que le tratamos vivirá el profesor milia. Como buen científico era un hombre sencillo, F. Presedo en nuestra memoria como un hombre nunca pagado de su trabajo. profundamente bueno, servicial, acogedor y huma-La muerte le sorprendió dando los últimos tono, interesado por la formación de sus alumnos, a ques a un libro sobre la Aparición del Estado en el los que quería entrañablemente, al igual que a su fa-Oriente Antiguo.
CLAVE: Edad del Bronce. Desde dos disciplinas distintas: la antropología histórica y la arqueología, se abordan algunos rituales de investidura real en el mundo indoeuropeo. Partimos de referencias literarias y etnográficas a costumbres y ritos propios de la toma de posesión de su cargo por los reyes en los que destaca el detalle de que debía poner su pie sobre cierta roca. Relacionamos estos testimonios con la presencia en Galicia de petroglifos con podomorfos de las Edades del Bronce y del Hierro, y se formula la hipótesis de que en ellos se celebrasen ceremonias del tipo referido en los textos. Los ritos en torno a piedras cuentan con otros testimonios de la misma época (Taboada, 1965, 11) y han pasado a la jerga de los estudiosos como «culto a las piedras... árboles... aguas... encrucijadas» ^ Pero esas expresiones implican aceptar la parte, lo que nos cuenta Martín y otros testimonios comparables, como la totalidad de una secuencia ritual de la que la noticia comentada solo sería sucinto residuo. Normalmente catalogadas como supersticiosas (López Pereira, 1996, 55-67, 87 y 91-95; Alonso del Real, 1971); estas prácticas lo son en el uso griego analizado por Plutarco en su tratado Perl Deisidaimonías o por Tito Livio (XXV, 1, 6-12) cuando califica de supersticiosas las acciones de mujeres y campesinos opuestas a la religio de los magistrados ordinarios (Calderone, 1972). Aunque no utilice superstitio, Martín se inscribe en esta corriente de pensamiento cuando relega prácticas opuestas a la religión oficial con un criterio que tiene mucho de clasista. En ninguno de los casos mencionados se describen ni se comprenden los ritos ajenos. Simplemente MARCO V. GARCIA QUÍNTELA y MANUEL SANTOS ESTEVEZ AEspA, 73, 2000 se denigran y condenan. No existe la más mínima conciencia de que pudieran tener un sentido. Ahora bien, ni tan siquiera en las formulaciones fetichistas más tradicionales se considera al objeto dotado de poder como un ente autónomo sino, más bien, como depositario de una serie de símbolos insertos en el objeto por medio de unos actos rituales específicos (Lima, 1987). Sin embargo, el estudioso que constata ese «culto a las piedras, fuentes, etc.», mantiene la perspectiva de la etnografía decimonónica y toma la parte por el todo, confunde lo que no está atestiguado o desconoce con lo que no existe, ignora la complicada serie de pensamientos y acciones de corte religioso que pueden estar detrás del objeto más simple. En definitiva, la constatación erudita de un «culto a las piedras» implica una claudicación del pensamiento. Pero si hemos huir de esa fórmula, ¿cómo debemos interpretar los gestos descritos por Martín y otros que señalan un lugar relevante de las piedras en los sistemas de creencias prerromanos del Noroeste? En este trabajo consideramos que el inventario, sin descartar su necesidad, es insuficiente. ¿Qué nos importa un hecho atestiguado tres, cinco o siete veces, en función de la perfección del catálogo, si desconocemos siempre su sentido? (De ello deriva el descarte, en lo que sigue, de testimonios dudosos y de otros que no hemos podido estudiar in situ). Ahora bien, aunque no tomemos la parte por el todo, como hace Martín, es buen método tomarse las fuentes en serio y comenzaremos otorgando a Martín el beneficio de la duda. Es decir, los vilipendiados ritos aludidos tendrían que ser conocidos en tiempo de Martín para que la crítica tuviese un destinatario identificable. Es probable, además, que los ritos descritos no fuesen en esa época más que un resto de un rito antiguo más complejo. Y no ha de descartarse la posibilidad de que ese rito estuviese de algún modo vigente en tiempo de Martín quien obvió su descripción llevado por su ánimo enderezador (ver infra). Partiendo de estas consideraciones vamos a proponer una interpretación de una parte del dossier pétreo relacionado con manifestaciones rituales prerromanas. Se trata de los petroglifos podomorfos, entendiendo que estos objetos pétreos nunca nos va a dar de forma directa una explicación de su uso y sentido. Tal vez el propio Martín nos ayuda a encontrar un camino si tenemos en cuenta el curioso paralelismo en el orden de las prácticas enumeradas en el texto con el que comenzábamos:... ad pe tras et ad arbores et ad fontes..., dice la primera secuencia centrada en objetos,... et pedem observare, et fundere in foco super truncum frugem et vinum, et pa-nem in fontem mittere..., se dice en otra secuencia centrada en gestos. Esto es, en el segundo y tercer casos, un rito sobre el tronco y un rito relacionado con las fuentes, ¿cabe seguir el paralelo y ver en la atención al pie un gesto relacionado con las rocas? Ateniéndonos en exclusiva al texto no podemos avanzar. Pero la verosimilitud de esta aproximación se refuerza si consideramos el dossier arqueológico de los petroglifos podomorfos: pies y rocas tienen una relación en la que tal vez pensaba Martín. LOS PETROGLIFOS PODOMORFOS EN EL REGISTRO ARQUEOLÓGICO Apenas existen estudios sobre grabados podomorfos en el arte rupestre gallego. Ello se debe a su rareza y a que algunos autores las consideran relativamente modernas cuando se asocian a herraduras (Peña y Vázquez, 1979, 99) o simplemente las consideran todas recientes (Costas y Pereira, 1998, 160-161), aunque tales afirmaciones no se argumentan. Para este trabajo nos basaremos en los diseños podomorfos que hemos podido observar sobre el terreno. Consideraremos cinco figuras insculturadas y una originada por la erosión, pero relacionada con una tradición popular que nos servirá para cerrar nuestro análisis. La dificultad que tiene el estudio de los petroglifos deriva de la aparente descontextualización que presentan las insculturas. Decimos aparente porque es necesario tener en cuenta que el contexto arqueológico es un producto del arqueólogo, que tal contexto no preexiste a la investigación. Para la construcción del necesario contexto nos moveremos dentro del marco de la Arqueología del Paisaje tal como la define Criado (1993a). Otro de los problemas al que nos enfrentamos para estudiar las representaciones de pie humano en rocas al aire libre es la falta de una cronología clara. De todos modos contamos con argumentos para encuadrarlos, con cierta prudencia, entre los inicios del II milenio y el fin de la Edad del Hierro, siendo muy posibles pervivencias en épocas posteriores. CRITERIOS PARA LA SELECCIÓN DE LOS PETROGLIFOS Y su CRONOLOGÍA Antes exponer los datos, explicaremos los criterios seguidos para considerar algunos grabados como podomorfos y a rechazar otros. Así juzgamos como características formales mínimas para considerar un grabado las siguientes: • Anchura creciente hacia la parte delantera del pie. • Parte delantera recta o ligeramente arqueada y parte del talón curva. • Parte anterior oblicua con respecto al eje longitudinal de la planta del pie, indicando así el tamaño decreciente de los dedos. Además otros elementos añaden detalles formales a las figuras, como la presencia de dedos y que todos los pediformes estudiados son del tamaño de un pie adulto de tamaño normal (25/30 cm). Aplicados estos criterios, hemos decidido no incluir varios petroglifos catalogados como podomorfos, se trata de los petroglifos del castro de Santa Tecla en La Guardia (Sobrino, 1946, 131-4), que a nuestro juicio son pequeños rebajes en una laja inclinada posiblemente destinados a facilitar el paso por dicha roca. Tampoco incluimos aquí el petroglifo de Bosque de Cadrò en Marín (García Alen y Peña, 1981, 70) por tratarse de dos rebajes que probablemente son rudimentarios molinos rupestres, y por las mismas razones tampoco consideramos la estación de O Espeirón en Mondariz (Costas et al., 1991,85-116)1 Por otra parte, son muy conocidos los podomorfos sobre una de las rocas hoy destruidas del santuario rupestre de Panoias. Estudios recientes divergen en cuanto a su interpretación. Para Alfoldy (1997, son marcas para el emplazamiento de una estatua de bronce o para indicar la colocación de los pies de un oficiante, para Rodríguez Colmenero (1999,105-6 y 114-5) constituyen uno de los indicios de la existencia de un santuario prerromano en el lugar, aduciendo parajes cercanos con otros podomorfos. Como decíamos más arriba, no es nuestro objetivo establecer un catálogo completo y de límites difíciles de fijar sino avanzar en la interpretación de hechos bien establecidos. En este sentido, los podomorfos de Panoias, claramente insertos en un monumento relacionado con los cultos orientales, responden a las necesidades de ese culto, aunque su origen sea prerromano. Por ello consideramos preferible excluirlos de nuestro examen. La cronología de este tipo de diseños es el aspecto más problemático del tema, aunque no impe-^ Mención aparte merecen los petroglifos de Monte Naraio en Muros (Eiroa y Rey, 1984, 109) y los grabados de Coto Rapado y Os Olleiros (Suárez Otero, 1979, 101-127), que parecen ser pediformes. Esperamos completar con estudios personales in situ de estos y otros podomorfos la muestra que proponemos ahora. No hemos podido localizar la estación de Casa da Rapadoira (Pazos de Borbén). A juzgar por la fotografía publicada (García Alen y Peña, 1981, 187) no parecen representar podomorfos. -equidistancia de las curvas de nivel: 200 m. dirá abordar su estudio. Para aproximarnos a la cronología de los grabados nos detendremos en la observación de los motivos con los que comparten panel, en los diseños grabados en rocas adyacentes y en los restantes yacimientos inmediatos. En un contexto más general describiremos yacimientos que, sin estar próximos, pueden guardar relación con las huellas de pie, por ejemplo los yacimientos visibles desde la inscultura. Partiendo de estas consideraciones establecemos dos grupos: Podomorfos de la Edad del Bronce. Incluimos en este grupo los podomorfos que comparten panel con motivos pertenecientes a dicha época, como son las combinaciones circulares. Podomorfos de la Edad del Hierro. Este tipo de figuras aparece compartiendo panel o están en la misma estación que otro tipo de diseños: piletas hemicilíndricas, serpentiformes, herraduras, cruces inscritas, que en diversas zonas aparecen en contextos de la Edad del Hierro, asociados a castros o con inscripciones indígeno-romanas (Criado et al., 1997, 11-9; Santos et al., 1997, 61-80 y Parcero et al., 1998, 159-76). De todos modos la cronología no es tan fundamental como pudiera parecer. Ello se debe a que el paisaje arqueológico tiene la capacidad de agregar elementos de épocas precedentes incorporándolos y reinterpretándolos dentro de un sistema cohe-MARCO V. GARCIA QUÍNTELA y MANUEL SANTOS ESTEVEZ AEspA, 73, 2000 Fig. 2.-Vista desde Monteferro. En primer término roca con piletas y podomorfos, al fondo zona de Bayona. Obsérvese hacia el ángulo inferior izquierdo un podomorfo orientado hacia la bahía. ^ Existen prácticas «arqueológicas» en sociedades antiguas como el deposito de ofrendas de época oscura, o posteriores, en tumbas de cámara micénicas (Antonaccio, 1995) o la continuidad en el uso de los royal sites irlandeses desde la Edad del Bronce (o antes) hasta la alta Edad Media (Wailes, 1982; Newman, 1997Newman, y 1998;;Waddell, 1998, 325-54). Estudiaremos petroglifos situados en el sudoeste de Galicia. Ello se debe a que es la zona más intensamente prospectada en lo que a arte rupestre se refiere y nos posibilita la valorar la distribución de este tipo de diseño a escala regional (fig. 1). El terreno circundante forma una pequeña cuenca que cierra la visibilidad hacia el Oeste y la reduce considerablemente hacia el Norte; en las direcciones Sur y Este el campo de visión se amplía notablemente y es divisable la isla da Estela de Terra (o de Dentro), la villa de Bayona y el valle del Minor (fig. 2). En resumen, el emplazamiento del petroglifo está elegido de forma que colocando los pies sobre las huellas inscritas se puede contemplar con naturalidad la Ría de Bayona y las tierras de su entorno más próximo. Además debemos resaltar que los podomorfos se asocian con motivos (combinaciones circulares) pertenecientes, en principio, a la Edad del Bronce, pero el emplazamiento del mismo dista mucho del tipo de emplazamiento más frecuente para grabados de esta época (Santos, 1998(Santos,, 73-88 y 1996, 13-40), 13-40). Mientras los petroglifos de la Edad del Bronce se localizan en zonas de entrada a las sierras, en la transición entre el valle y el monte, en ocasiones en torno a zonas húmedas, en el caso de Monteferro el petroglifo se halla lejos de cualquier cubeta o humedal y fuera de toda línea de tránsito significativa a no ser que lo vinculemos con un punto de vadeo para acceder al islote próximo. Se localiza en el lugar de Fragoselo (Vigo), al pie de la ladera noororiental de los montes de Coruxo, una de las zonas de mayor concentración de grabados rupestres de la comarca, en su mayoría de la Edad del Bronce. Su emplazamiento no es prominente pero la roca no pasa desapercibida ya que en la zona se estrecha considerablemente la vía de tránsito. Entre los motivos insculturados predominan las combinaciones circulares, aunque también encontramos cazoletas y huellas de bóvido. Es necesario destacar la presencia de un curioso motivo superpuesto a la combinación circular de mayor tamaño y que consiste en una figura similar a la letra griega «phi», semejantes a los encontramos en el Coto da Cidade en Gargamala, que como su topónimo indica, se encuentra en las inmediaciones de un castro de la Edad del Hierro. El podomorfo se sitúa en el tercio central / superior de la roca, se trata de un pie izquierdo donde no aparecen representados los dedos; la figura se orienta hacia la zona de más amplia visibilidad. Según los vecinos en la roca hay «pegadas de boi, cabalo e cristiano» (Monteagudo, 1943). La visibilidad desde la roca no es muy amplia debido a la proximidad de montañas y altozanos y a lo angosto de los pequeños valles próximos. Con todo, en la última línea de horizonte son visibles los castros de Monte Alba y Chandebrito (figs. 4 y 5). Se sitúa al Sudeste de la provincia de Pontevedra en el valle del Miño en un cerro que sirve de límite entre los ayuntamientos de As Neves y Arbo. El monte de San Martino forma parte de la estribación meridional del monte de Paradanta. El petroglifo se encuentra en la acrópolis de un castro en una aglomeración rocosa que destaca notablemente en el paisaje (fig. 6). Se trata de un conjunto de diecinueve rocas. Una de ellas, presenta un podomorfo correspondiente a un pie izquierdo orientado hacia el poniente, no aparecen representados los dedos a excepción de una cazoleta que coincide con la posición del pulgar. En el resto de los paneles de la estación encontramos grabadas cazoletas, piletas de diversas formas y tamaños unidas por surcos, figuras ajedrezadas y serpentiformes. Fuera del castro se sitúa el Chan dos Teceláns, donde se localizan varias rocas con algunos motivos de cronología indeterminada y otros pertenecientes a la Edad del Bronce. Cabe mencionar la existencia, según la tradición, de un monasterio que da nombre al coto, pero en una detallada prospección superficial llevada a cabo en 1986 no se encontraron esos restos (Pérez Paredes y Santos, 1989, 51-80). Desde el podomorfo se controla visualmente el valle de la parroquia de Sta. María de Sela y parte de S. Juan de Barcela, también es visible la orilla opuesta del río Miño. Si nos situamos en la cima de la aglomeración rocosa la visibilidad abarca, además de la zona antes mencionada, el valle del río Termes destacando en la última línea de horizonte los montes de San Juan y Coto de Sanóme dio en el ayuntamiento de As Neves y el cercano Monte do Drago. Se encuentra en el lugar de Caneda (Campo Lameiro, Pontevedra). El petroglifo está en una aglomeración rocosa en un estrecho rellano a media altura de una escarpada ladera, lo cual convierte al lugar en la única zona de paso por esta zona. Contemplada desde el valle, la aglomeración rocosa se recorta perfectamente en el horizonte. La estación es muy conocida por el gran número de grabados rupestres. Podemos destacar dos grandes grupos de petroglifos. Por un lado, los pertenecientes a la Edad del Bronce: combinaciones circulares, zoomorfos y armas. Por otro, los de cronología indeterminada: cruces inscritas en círculos y cuadrados, herraduras y cazoletas hemicilíndricas. También debemos mencionar que a un kilómetro hacia el Sur se encuentran inscripciones latinas (Santos et al, 1997, 61-80). Los petroglifos pertenecientes a la misma estación poseen todos los motivos específicos del Bronce, como una figura laberintoide, y los que posiblemente pertenecen a la Edad del Hierro presentan un repertorio más reducido en la roca del podomorfo: un posible puñal, cazoletas, improntas de cuadrúpedos (cérvidos o bóvidos), una cruz inscrita en un círculo y una cazoleta hemicilíndrica. El único podomorfo del petroglifo es un pie derecho sin figuración de dedos y orientado hacia el noroeste, dando la espalda, por tanto, al punto de mayor visibilidad, ya que desde la roca es visible la práctica totalidad del valle de Campo Lameiro situado al sudeste (fig. 7). Se localiza en la parroquia de S. Pedro de Trasalba (Amoeiro, Orense), en un llano en altura don-Fig. 7.-Vista desde el cha inferior señala el g: de limita con el ayuntamiento de Punxín. El Chan de A Ferradura, topónimo del enclave, está en el extremo sudoccidental del Chao de Amoeiro, constituyendo el límite sudoriental del valle del Barbantiño en la comarca de Maside ^. La roca que nos ocupa se sitúa en el centro del llano. Los motivos que la decoran son un grupo de «herraduras», una combinación circular, un numeroso grupo de rebajes de sección cilindrica y cruces, cazoletas y varios grupos de podomorfos (fig. 8). Pese a su tamaño, la roca no destaca sobre el terreno debido al gran volumen de los muchos afloramientos que ocupan el llano y atenúan su monumentalidad. El petroglifo se sitúa entre otros muchos, fundamentalmente cazoletas. Hay que hacer la salvedad de dos aglomeraciones rocosas, una con herraduras, reticulados irregulares y cruces inscritas en círculos y otra formada por un abrigo con una roca exenta y grabada con una figura irregular ^. Debemos mencionar también la presencia del Castro de A Zarra en el extremo occidental del llano con dos petroglifos de círculos concéntricos, propios de la Edad del Bronce, y un segundo castro en el extremo Nordeste, Coto do Castro, con un grabado serpentiforme sobre la Toca que culmina el enclave y una inscripción de en donde con toda cautela leemos. Estamos ante el grupo más numeroso de podomorfos de nuestro estudio. Hay once figuras de pies y otras dos dudosas (fig. 10), distinguimos tres pares de pies izquierdo / derecho, presentando el pie derecho en los tres casos figuración de dedos. Además hay tres pies izquierdos sin pareja, uno de ellos con dedos, y un pie derecho suelto con representación de dedos. Los podomorfos están orientados del siguiente modo: de las tres parejas dos se orientan ^ La estación rupestre de A Ferradura fue descubierta durante el seguimiento arqueológico de las obras de construcción del ramal del gasoducto de Galicia Pontevedra-Ourense. ^ Este abrigo con petroglifos presenta una abertura desde la que es visible una estrecha línea de horizonte situada hacia el lugar donde se pone el sol el día del solsticio de invierno. Campo de Matabois hacia el valle de Campo Lameiro. La flerabado y las restantes los castros visibles desde el petroglifo. hacia el castro de A Zarra y una tercera hacia el castro de San Trocado. Los cuatro podomorfos izquierdos se orientan del siguiente modo: dos al Norte, uno al Noroeste y otro al Oeste (hacia el castro de A Zarra). El pie derecho se orienta hacia Sudoeste, hacia el gran castro de San Cibrán de Las (fig. 11). Por último las dos representaciones dudosas, posiblemente de pies izquierdos, se orientan hacia Sudeste y hacia el Sur ^. SÍNTESIS DE LOS DATOS Nos centraremos en las características espaciales presentes en cuatro niveles: (1) distribución regional de los grabados; (2) emplazamiento, donde se tendrá en cuenta, entre otros aspectos, la posición en el relieve; (3) situación en la roca y el panel; (4) características formales del grabado. Las estaciones rupestres con podomorfos se localizan en el cuadrante sudoccidental de Galicia. Esta distribución se debe a que es la región donde se ha producido una dinámica de estudio favorable: la detección precoz de grabados rupestres al aire libre impulsó numerosos trabajos de prospección y catalogación y los consiguientes nuevos hallazgos. Ello determina que los podomorfos documentados hasta la fecha se sitúen en esta zona. Pero no creemos que estemos ante un motivo zonal, consideramos que futuras prosp.ecciones en otras áreas revelarán más figuras de este tipo. Otro elemento a tener en cuenta es la distribución regular de los motivos, aunque insistimos en que nuestro conocimiento sobre la distribución real de los podomorfos dista de ser completa. Hay que señalar que mientras muchos de los motivos minoritarios parecen poseer una distribución local (ídolos, paletas), los podomorfos, se localizan de forma regular, y nunca aparece más de una roca con huellas de pie en la misma estación o incluso en la misma unidad de relieve. La ubicación en el paisaje de un yacimiento determina un aspecto fundamental: sus condiciones de visibilidad. A larga distancia no se puede considerar la visibilidad de la roca, pero cabe identificar algún elemento orográfico próximo, discernible desde la lejanía, que permita establecer un vínculo intuitivo entre dicho «monumento salvaje» en expresión de Criado (1993b, 48) y el artificial o petroglifo. Esta consideración es pertinente pues de nuestros cinco casos sólo uno aparece en un lugar discreto en el paisaje. El de Monte- ferro también, aunque en este caso el petroglifo está en un monte que destaca notablemente. Los tres restantes, que no se vinculan directamente con grabados de la Edad del Bronce, se sitúan en puntos destacados: cima de un monte {San Martino), aglomeración rocosa {Matabois) o rodeado de grandes batólitos y cerros pedregosos {A Ferradura). En cualquier caso todos los petroglifos tienen en común que su dominio visual sobre el entorno, aunque amplio, apenas desborda el valle en el que se encuentran. Ello se debe a que el emplazamiento de estas rocas no se localiza en la divisoria de aguas de las sierras, sino en los bordes visuales contemplados desde el valle. Resumiendo, podríamos definir la visibilidad de los podomorfos como un arco que incluye un único valle de tamaño medio, situado en un lugar fácilmente identificable desde las tierras bajas y apartado del espacio doméstico o de frontera tal y como es caracterizado por Parcero (1995,. Lo más destacable respecto a los restos arqueológicos asociados a los podomorfos es la existencia de dos grupos bien diferenciados. El primer grupo está formado por los petroglifos de Monteferro y Pedra da Moura. En ambos las rocas aparecen aisladas y los únicos elementos asociables son aquellos con los que comparten panel, combinaciones circulares de la Edad del Bronce. El segundo grupo está formado por los podomorfos asociados a motivos de cronología indeterminada (cazoletas convencionales o hemiesféricas, cazoletas hemicilíndricas surcos ondulantes y cruces inscritas), motivos de la Edad del Bronce y asentamientos de la Edad del Hierro {San Martino, A Ferradura y Campo de Matabois). El caso más claro de asociación entre castro y podomorfo lo tenemos en San Martino, donde el grabado se sitúa en la cima de un castro. Pero quizás más llamativo resulte el caso de A Ferradura, superfície compuesta por un total de 11 podomorfos de los cuales 6 están orientados hacia alguno de los castros de la zona. El soporte y su situación Los cinco petroglifos analizados se encuentran en rocas graníticas de tamaño variado. Una característica común es que las rocas que tienen podomorfos se sitúan en peñas que sobresalen, en contraste con la mayoría de los petroglifos gallegos grabados en rocas a ras del suelo o poco destacadas sobre el terreno. En el caso de la Pedra da Moura se trata de una gran piedra de perfil abombado que levanta al menos medio metro, San Martino se encuentra en una destacada aglomeración rocosa, en Matabois el podomorfo está en la roca más alta de la estación sobresaliendo alrededor de un metro, la roca de A Ferradura alcanza 1,40 metros de alto. En Monteferro está la única roca a ras del suelo, pero aquí el soporte se halla en una ruptura de pendiente que le permite destacar sobre el entorno, además se escogió una roca granítica en un paraje donde no abunda. En todos los casos estudiados los podomorfos están en superfícies horizontales y con clara tendencia a buscar los lugares más altos del soporte. Esto, sin duda, facilita su uso en la forma que expondremos más adelante. La variedad de motivos que comparten panel o que se encuentran en superficies inmediatas es bastante limitada: combinaciones circulares, un puñal, molinos rupestres, piletas con surcos de desagüe, improntas de cuadrúpedos, cruces simples, una cruz inscrita, cazoletas hemicilíndricas, diseños en «phi» llego, pero que en cambio se repiten en las estaciones con podomorfos, éstos son las cazoletas hemicilíndricas que aparecen en las estaciones de Castro de San Martino, Matabois y A Ferradura; las improntas de cuadrúpedos en Matabois y Pedra da Moura; las herraduras en Matabois y A Ferradura; los serpentiformes y surcos ondulantes en Pedra da Moura y San Martino y las piletas y molinos con desagües en Monteferro, San Martino y A Ferradura. Como contraste, llama la atención la escasa presencia de motivos mayoritarios en otros contextos como son las combinaciones circulares o los zoomorfos. Podemos resumir resaltando la reiteración de dos grupos de motivos: las piletas o molinos rupestres con desagües y las cazoletas hemicilíndricas. El primer grupo de grabados sugiere la idea de haber sido utilizados para derramar algún líquido, esta posibilidad parece bastante clara en Monteferro y San Martino y más improbable en A Ferradura debido a la excesiva inclinación de la roca. El segundo grupo es el de las cazoletas hemicilíndricas que en cierto modo no dejan de ser pequeños recipientes, la mayoría en torno a 20 cm de largo y 8 cm y que al igual que los podomorfos, tienden a situarse en superficies elevadas y horizontales. y surcos ondulados y serpentiformes. Quizás lo más llamativo sea la presencia de seis tipos de motivos que son escasos en el conjunto del arte rupestre ga-Estamos ante una muestra de 19 podomorfos que reúnen las condiciones requeridas para ser considerados como tales. Destaca el predominio de pies izquierdos (12 frente a 7 derechos). En raras ocasiones forman parejas complementarias, es decir grupos de dos podomorfos uno izquierdo y otro derecho. Tres de las cinco rocas sólo presentan un pie. En Monteferro encontramos cuatro pies derechos y dos izquierdos que no forman pareja, a no ser que reflejen una postura inverosímil. En A Ferradura localizamos al menos tres parejas de podomorfos complementarias y compatibles, con la particularidad de que en los tres casos solamente el derecho tiene dedos, dando a entender que uno de los pies está calzado mientras que el otro aparece desnudo. Con respecto a la orientación de los motivos grabados tenemos datos significativos. En Monteferro los seis podomorfos están orientados de forma radial abarcando visualmente la casi totalidad del espacio circundante. En el caso de A Ferradura de los once pediformes nueve se orientan hacia algún castro de la zona como ya apuntamos; tanto en el caso de San Martino como en el de Pedra da Moura las figuras no se orientan aparentemente hacia ningún lugar puntual aunque sí lo hacen hacia el lugar de mayor visibilidad sobre el valle. En cambio, el pie de Campo de Matabois da la espalda al valle orientándose hacia un pequeño rellano próximo. PLANTEAMIENTO GENERAL SOBRE LOS PODOMORFOS A pesar de la corta muestra es posible extraer conclusiones sobre las características de los petroglifos con podomorfos: Se emplazan un lugar elevado con respecto al valle, en rocas desde la que se divisa una amplia panorámica. La roca que sirve de soporte al petroglifo se eleva ligeramente sobre el entorno más inmediato y los podomorfos se ubican en su superficie más horizontal y elevada. Los motivos con los que suelen compartir panel son piletas con canales de desagüe, cazoletas hemicilíndricas, herraduras e improntas de cuadrúpedos. Predominan los pies izquierdos sobre los derechos. En las raras ocasiones que forman parejas complementarias uno de Jos pies se representa descalzo. En ocasiones los podomorfos parecen estar orientados hacia puntos determinados, hacia los cuatro puntos cardinales o hacia castros cercanos. Distinguimos dos grupos bien diferenciados. Los podomorfos situados en lugares más discretos del paisaje, asociados a petroglifos de la Edad del Bronce, y los podomorfos situados en lugares destacados, en contextos de la Edad del Hierro. La lectura casual de un texto procedente de Escocia, país céltico goidélico {i.e. irlandés), relativo a la investidura de un «Señor de las Islas», nos puso sobre la pista del posible sentido de nuestros petroglifos podomorfos. Pues en él se describe una acción concreta efectuada sobre un grabado de este tipo. «...I thought fit to annex the ceremony of proclaiming the Lord of the Isles. Esta noticia se completa con otra menos detallada pero que corrobora la utilización de la piedra con el podomorfo. En una isla del Loch Finlagan, en Islay, Escocia, en donde recibían su investidura los Macdonalds de las Islas: Testimonios procedentes de Irlanda confirman de diferentes formas la utilización de podomorfos tallados en roca en los ritos de investidura céltica. En efecto, Spenser describe a fines del siglo XVI el rito de investidura de un Captaine irlandés en su View of the state of Ireland: En la fortaleza de Cickhimin, Shetland había un bloque de piedra grabado con el perfil de dos pies situado a las puertas del recinto amurallado (Harmand, 1970, 48). La versión cinematográfica de Macbeth dirigida por Roman Polanski en 1971 presenta la escena de investidura con el rey en pie sobre una roca tallada con podomorfos. Sobre la accidentada historia y leyenda de la Stone of Destinity de Scone, sobre la que se coronaban los reyes de Escocia véase Gerber, 1997, quien señala (pp. 23-5 y 63-4) cómo en Escocia los petroglifos podomorfos se interpretan obviamente como lugares de investidura real. Boswell, 1974, 319, en la crónica de su viaje a Escocia en 1773, indica que el monte Scone y otros se llamaban laws pues en ellos se administraba justicia antaño y en ^u época servían de residencia a los sheriff. they doe presently assemble themselves to a place generally appointed and knowne unto them to choose another in his steed... [siguen indicaciones sobre los elegibles]... También en Irlanda la investidura de los O'Neill maneja de forma autónoma los símbolos que ya conocemos. El rito y el escenario están representados por cartógrafos y dibujantes del siglo xvi, cuando la ceremonia todavía se desarrollaba según el antiguo uso. El futuro Earl of Tyrone, autoproclamado descendiente de los reyes del Ulster, subía a una colina llamada Tullaghoge cerca de Armagh; allí se sentaba en una roca con forma de silla (destruida por los ingleses en 1602) y uno de los participantes sostenía un zapato sobre su cabeza, gesto con el que se simbolizaba que el nuevo O'Neill seguiría las huellas de sus antecesores, que se remontan hasta el siglo XL Según otras versiones de la ceremonia, el zapato se arrojaba sobre la cabeza del investido. Además el rey efectuaba un baño ceremonial y recibía un bastón ^. Se trata del episodio que relata el ascenso a la realeza de Conn, ejemplo de buen rey de Irlanda: «Un dia. Conn estaba en Tara tras la destrucción de los reyes. Va muy temprano a la fortaleza real de Tara, antes de la salida del sol; sus tres druidas estaban con él... En el lugar al que iba siempre, encuentra una piedra bajo su pie que se escuchó en toda Tara y en todo Brega... [el druida le explica]'Fai es el nombre de la piedra. El lugar no parece haber dejado rastro en el folklore, pues ninguna de las fiestas en altura registradas en el condado de Tyrone se refiere a este emplazamiento. En una de ellas, Altadavin, MacNeill, 1962, 152-5, menciona una Silla de San Patricio y cazoletas utilizadas por los asistentes a la romería del Domingo después del 26 de Agosto. En el libro de MacNeill se presentan otros casos de colinas de investidura, con o sin podomorfos humanos y / o animales, listados en los índices de la obra. Estos lugares de investidura no deben confundirse con los royal sites {supra n. En Irlanda hay otros ritos de investidura sin relación con nuestro tema (Le Roux, 1963; Pontfarcy, 1987). Se trajo de la isla de Pal. Es en Tara en la tierra de Pal que se levantó. Permanecerá para siempre en la tierra de Tailtiu y es.sobre esta tierra que tendrá lugar la asamblea de los juegos en tanto que subsista la soberanía de Tara. Y el último día de la asamblea, si un príncipe no da testimonio, el año será malo. Fai gritó bajo tus pies... y ha profetizado. El número de gritos que ha dado la piedra es el número de reyes que saldrán de tu familia para siempre. No seré yo quien te los nombrará»'°. En ambos textos se insiste en la relación piedrasoberanía y, más en concreto, piedra como símbolo de la continuidad de la realeza en forma genérica (primer texto) o dinástica (segundo texto, idea también presente en la ceremonia de Armagh). La simbologia de los podomorfos irlandeses se caracteriza, además, por su persistencia en el folklore de la isla. MacNeill (1962, 113) recoge el folklore del condado de Sligo, señalando, entre otras cosas, la existencia de una laja a orillas de un acantilado, con marcas de pezuña hechas por el caballo blanco del señor de Tireragh, y un fuerte en donde se ven dos huellas de pie que conservan un verde eterno y sobre las que, según se cuenta, se coronaba al rey. No se nos escapa que el tema icònico descrito está presente en el repertorio de petroglifos de todo el occidente atlántico' ^ y que representaciones de pies sobre distintos soportes se conocen en el Sahara Occidental (Pellicer et al, 1973(Pellicer et al, -1974, 20-1, 43, 20-1, 43-4 y figs. 27c y 29b), en Egipto desde su prehistoria hasta el Islam (Castiglioni, 1970), también hay testimonios en la India y el mundo oriental helenístico y romano (Castiglioni, 1971; Guarducci, 1942Guarducci, -1943) ) y probablemente en estas últimas categorías más cercanas al mundo clásico deban integrarse dos testimonios procedentes de Galia (Lejeune, 1985, Gl 12 y G152). No creemos posible una interpretación homogénea de todos estos testimonios. En cada caso con-'° Citado por Le Roux y Guyonvarc'h, 1995, 146-147; Guyonvarc'h, 1967, 217, reúne textos que corroboran la idea de que la piedra representa la continuidad dinástica al situar en una roca especial el nacimiento del heredero real. Véase Loth, 1917; esta corriente de estudios, que prolongamos en estas páginas, procede de Loth, 1915. " Dumézil, 1993, 44-46; Saxo Gramático, Gesta Danorum, I, 2, 1, transmite un uso que invierte lo visto hasta ahora: «Nuestros antepasados, cuando tenían que elegir a un rey, acostumbraban a proclamar el resultado del voto en pie sobre piedras fijadas en el suelo, pensando que la solidez de las rocas bajo sus pies presagiaba la duración de la elección». viene acudir a las fuentes de índole diversa que registran el simbolismo del pie con un amplio abanico de posibilidades que van desde la simbologia sexual, a la funeraria, la riqueza, la magia, la relación con la tierra, los ritos de fundación, etc. En nuestro caso la similitud entre las descripciones de las rocas donde celebran sus investiduras los señores escoceses o irlandeses y la realidad material de las rocas donde aparecen los podomorfos galaicos, que se resumen en la tabla adjunta, nos invitan ya a profundizar en esta línea. Para seguir nuestro argumento, conviene centrarnos en una situación análoga a la que nos sirvió de punto de partida y nos previene contra el riesgo de tomar la parte por el todo. Se trata de un pasaje que el cronista Alfonso de Falencia inserta en su evocación de la rivalidad entre los condes de Haro y de Treviño en donde escribe lo siguiente: «Así cuando el [rey] de Castilla, de quien los vizcaínos se confiesan vasallos, visita su provincia, disponen aquellas [las 'disposiciones' previstas en las leyes del país] que vaya a la villa de Guernica a pie, descalzo del izquierdo, vestido con sencillo jubón y rústico sayo, llevando en la diestra un ligero venablo, y que al aproximarse a la vieja encina que en el valle cercano a la población levanta sus robustas ramas, corra hacia ella en presencia de los vizcaínos que le acompañan y lance el arma contra el tronco para después arrancarla con la mano. Hecho esto, jura el Rey observar las antiguas instituciones de los pueblos, no ir en nada contra sus libertades y mantenerlos exentos de todo tributo...» (citado por Delpech, 1997, 66). Desde el punto de vista del método destaca que un detalle ritual aislado, todo evocador que se quiera, nunca puede tomarse por el todo. Si el petroglifo de un pie no puede ser testimonio de un «culto a las rocas», como se aprecia en la lectura de los paralelos irlandeses, el monosandalismo del señor de Vizcaya no puede indicar ni el origen pelasgo de la costumbre, ni la pobreza de los señores del país'^. Sólo la'^ Argumentos respectivos de Andrés de Poza y de Gabriel de Henao, entre otros eruditos recogidos por Delpech, 1997, que se centra en el estudio del monosandalismo. consideración global del rito ayuda a comprender los distintos gestos en los que se descompone. Pero en este caso vasco no hay piedra, aunque hay encina. Esto nos devuelve al texto de IVlartín de Dumio, donde habla del culto supersticioso a piedras y árboles de los rústicos de su tiempo. Esa presunta «dendrolatría» no era más que la parte de un todo, y su mención tiene la misma pertinencia que la evocación del monosandalismo del rey por parte de Andrés de Poza, pues con la misma hubiera podido describir el gesto del rey ante el árbol como elemento clave, teniendo esa hipotética referencia el mismo sentido que el gesto que describe efectivamente, de tomar la parte por el todo y excluir la consideración de un rito complejo. En Galicia no tenemos árboles equivalentes al de Guernica, o con la durabilidad en la memoria de los petroglifos isleños citados. Aunque en el mundo céltico están bien atestiguadas las reuniones o asambleas en bosques y el lugar destacado del roble o la encina en ellas (García Quíntela, 1999, 147-156), situaciones cuyos paralelos en el Noroeste peninsular lo constituyen topónimos como Nemetobriga o Nemeño (castro de la comarca de Bergantiños, La Coruna) o el apelativo Nemedeco del dios indígena Coso en Paços de Ferreira'^. Volviendo a nuestra podología, destaca el caso vizcaíno doblemente por su similitud y diferencia con lo visto hasta ahora. Las rocas talladas en el arte rupestre y la postura del rey investido sobre podomorfos relatadas para Irlanda, evocan una postura estática, como las propias piedras. Mientras que en el Vizcaya el rey va descalzo del izquierdo y ante la encina de Guernica corre para lanzar su venablo contra ella. Se trata, pues, de dos maneras muy distintas de subrayar el papel del pie en los ritos de investidura. Esto se aprecia en una serie de situaciones paralelas reconocidas a lo largo del mundo indoeuropeo ^^. De entre ellas podemos destacar una cuya similitud con el rito vasco ha estudiado Delpech. Vade, 1977, pone de relieve la similitud entre la simbologia de ciertos árboles y rocas, pero el folklore arbóreo galaico no parece ir por ese camino, ni por el de los árboles jurídico-políticos vascos, a tenor de los materiales reunidos por Taboada, 1957. El dossier podría incrementarse con casos griegos. Vernant, 1982, ha estudiado la relación entre forma de marcha y soberanía en el mito de Edipo y su familia de labdácidas, «cojos». La ceremonia se desarrollaba en torno a un trozo de columna procedente de la cercana ciudad romana, y antes céltica, de Virunium, situada en una pradera. Un campesino se sentaba sobre la piedra rodeado por campesinos de la región. Entonces llegaba el duque vestido de campesino, con calzado rústico y un cayado en la mano, acompañado de nobles vestidos de púrpura y con estandartes. Tenía lugar un intercambio de palabras entre el campesino sobre la columna y el duque, que se comprometía a ser juez justo, dador de riqueza y defensor muy cristiano. Seguidamente el duque simulaba la compra la piedra sobre la que se instalaba. Desde allí blandía una espada desnuda en todas las direcciones, jurando que sería buen juez. Para terminar se dirigía a la iglesia cercana en donde asistía a la misa y ya vestido con su traje ducal presidía un banquete y regresaba a la pradera para impartir justicia. De esta forma ha desaparecido la encina pero hemos vuelto a la piedra, al tiempo que el tema del calzado y los pies queda muy desdibujado tras la mención de la rusticidad del calzado en la vestidura que lleva el duque en la primera parte del rito. ELEMENTOS DE FOLKLORE FRANCÉS DE ÉPOCA MODERNA Algunos usos folklóricos confirman la importancia del rito efectuado sobre la piedra y en concreto de la correcta ubicación de los pies sobre ella por parte del jefe que entra en funciones. Un sentido y carácter muy semejante tiene la toma de posesión del llamado Mouistre, «Amo», de'^ Loth, 1926, cita una Guide des chemins de France, 1768, y da por perdido el monumento. A este contexto pertenece la noticia sobre una pierre du milieu du monde o la limite du baron ou du pays en el municipio de Amancy en Alta Saboya, que Deonna, 1926, identifica como un onphalos céldco. P.-Y. Sébillot, 1950, 116-7, recoge en Bretaña bajo el epígrafe «pierres municipales et de justice» noticias semejantes a las vistas. L. Planchais-Lagatu, vecino de Brest y editor especializado en temas célticos, nos comunica la existencia de tradiciones locales sobre el denominado «roi de Brest». Muchas piedras de justicia bretonas se destruyeron durante la revolución. Los ingleses también destruían las piedras de investidura escocesas e irlandesas. una comunidad campesina de Auvemia, también en el siglo XVIII, aunque de nuevo pasamos de la piedra al árbol como lugar central de la ceremonia, este Amo: «... era el único que tenía derecho a llevar zapatos; los parcioneros llevaban zuecos y los niños iban descalzos... Lo elegían en la familia principal y casi siempre por derecho de primogenitura. Sin embargo, esta no era más que una designación tradicional que podía no ser ratificada por la asamblea... Los Pinon de Auvemia celebraban la elección bajo una gran encina, de varios siglos, en medio de una vasta pradera separada del camino de explotación por una hilera de colmenas, más allá del cual se hallaban los talleres profesionales. Desde allí se descubren hacia el día (Oriente) las montañas de Forez; al mediodía (Sur), la Limagne, cuyos campos y praderas se mezclan con los viñedos; hacia la noche (Occidente), las cúpulas redondeadas del macizo de Auvernia; al cierzo (Norte), en forma de anfiteatro, el bosque de Saint-Remy. La elección se hacía solemnemente sin ruido, habiéndose consultado ya a los parcioneros... El nuevo Amo prometía cumplir fielmente su deber, luego les contaba lo que sabía de la historia de la gran familia y les hablaba de las modificaciones que creía útiles...» En este caso el tema del calzado, presente, aparece desplazado de la ceremonia, pero llama la atención la designación de los puntos cardinales que suponen una auténtica apropiación del espacio, no sólo por su orientación sino también por la diversificación de su explotación económica: montaña (¿pastoreo?), tierras de cultivo y bosques para la recolección. Que, una vez más, estamos ante un rito de soberanía, mantenido en este caso por la tradición en la esfera de la jefatura de una comunidad campesina, queda atestiguado por el paralelo exacto que proporciona uno de los múltiples ritos en los que se descompone el rajasuya, antiguo rito indio de consagración real. Se trata del digvyasthapanam o «ascenso de los cuartos del espacio»: «Cuando el sacrificante [rey en cuyo beneficio se celebra toda la ceremonia] ha sido vestido y equipado para la ceremonia de unción, el adhvaryu [sacerdote] le dice que ascienda los cuartos del espacio mediante un paso dado en cada una de las cinco direcciones. El adhvaryu informa al sacrificante en cada ocasión sobre la fórmula que debe proferir en cada ocasión en la que se asocia la dirección pertinente con una serie de entidades relativas al sacrificio o al cosmos» (Heesterman, 1957, 103). Los cinco puntos indicados son los cuatro cardinales con el central o zenit. En este caso las divisiones del espacio (puntos cardinales) y del tiempo (estaciones) se agrupan con los poderes del sacrificio y las fuerzas que conforman el orden social y cósmico {brahman, ksatra, vis con auxilio de balam, Heesterman, 1957, 104; cf. Rees, 1961, 118-139, para Irlanda). En esta concepción el quinto paso relativo al zenit destaca como más alto así, al dar ese quinto paso, el sacrificador (= rey) se apropia de la totalidad del universo (Heesterman, 1957, 104, 196-9). Citemos, por último, un monumento sito en el antiguo territorio de los secuanos, sobre la colina de la Belle-Perche en Bleurville, Vosgos. Es un yacimiento complejo, con superposición de restos de épocas diversas con una serie de rocas naturales esculpidas con distintos motivos. La que nos interesa presenta dos podomorfos, uno orientado hacia el Sur y otro hacia el Oeste, asociados con cuatro herraduras orientadas hacia el Sur el día del solsticio de invierno y sobre un precipicio, en una inscripción se Ice MEDIÓME ¿posible Mediolanum'i Además existe una tradición folklórica según la cual las herraduras corresponden a las huellas del caballo de Cristo, probable cristianización de una concepción real céltica reinterpretada sobre el «rey de reyes» (Speranze, 1960). SISTEMATIZACIÓN DE LOS ELEMENTOS COMPARATIVOS Llegados a este punto cabe establecer una comparación sistematizada en la tabla adjunta entre los ritos escocés, vasco y carintio para destacar semejanzas y diferencias. La idea que pretendemos destacar es que estamos ante una utilización medida, pensada, reflexiva, de una pequeña serie de variables que se actualizan según necesidades de coherencia ritual y coyuntura histórica pero, en los tres casos, bebiendo del mismo fondo céltico. Veamos los elementos de cada fila con más detalle. Hay una oscilación en cuanto al grupo social sobre el que se fundamenta la soberanía. En Escocia se basa en la dimensión sacerdotal, el texto dice específicamente que el blanco pertenece al poeta (= druida) por derecho. En Guernica y Carintia, sin embargo, el señor se presenta como campesino, aunque en Carintia después se viste como noble, acción que tal vez también se produzca en Guernica como atestigua un cuadro de Francisco de Mendieta que representa la investidura de Fernando el Católico como señor de Vizcaya (Delpech, 1997, 63-4). Es decir, se trataría de una soberanía asentada en la tercera función, cosa frecuente y subrayada por la simbologia de los pies asentados sobre el territorio. La simbologia de la piedra sólo se atestigua en Irlanda, subraya la continuidad de la realeza en el tiempo. El pie descalzo del rey evoca la necesaria unión con la tierra, subrayando la aprehensión del espacio, además, por la carrera ante el árbol *^; este aspecto es relevante en los ritos de Auvernia y la India. Se trataría, pues, de un subrayado de la dimensión temporal (Irlanda, Escocia) o espacial (Guernica, Auvernia, India) de la soberanía representado en la ideología indoeuropea por los denominados «soberanos menores»: Ariaman y Bhaga en la India, Juventus y Terminus en Roma, respectivamente (Dumézil, 1977, 96-110 y 171-6). La naturaleza del objeto que lleva el señor en su mano es coherente con la estructura del rito. La vara blanca, relacionada expresamente con el poder de gobernar, es un atributo de la soberanía consonante con el vestido blanco (MacNeill, 1962, 295-6, indica que en York los sheriffs of the city portan bastones blancos el Lammas Day = Lugnasad). La lanza es, sin duda, guerrera en Guernica {infra) y el cayado, propio de un pastor como subraya Piccolomini, concuerda con el vestido campesino del duque. En cada lugar, además, este atributo tiene un valor diferente pero en cada caso orientado por una de las posibilidades abiertas por la ideología trifuncional. Es simple casualidad que tres situaciones tan distantes agoten precisamente ese abanico de opciones funcionales.' ^ Delpech, 1997, 81-91. Kemp, 1992, 73-82, estudia la ceremonia llamada «abarcar el campo» en la que el faraón corre o camina a grandes pasos entre mojones situados en el patio del palacio que simbolizan el territorio egipcio. El contexto cultural del Egipto faraónico y la Vizcaya medieval es completamente diverso, pero la comparación señalada puede ayudarnos a comprender el sentido del gesto del rey de Castilla ante la encina. Este punto no requiere más que destacar la publicidad necesaria. Llama la atención la oscilación en nuestros testimonios: en Escocia se mencionan clero y nobles, en Carintia nobles y campesinos, cuando la totalidad social estaría representada por clero, nobles y campesinos como, por lo demás, en otros rituales indoeuropeos en relación con la realeza (Dumézil, 1986, 113-69; Dubuisson, 1978a). La mención a los 'vizcaínos' es muy pobre, pero en otros textos se especifica la presencia de toda la sociedad así en el momento de la jura de Fernando el Católico en Guernica (Caro Baroja, 1995, 269) o, de forma más significativa, en la jura de Enrique III de Castilla el año 1394, en donde se presenta una organización social tripartita en el árbol de Arechabalaga en una ceremonia de recepción del rey que después se desplazaría a Guernica (García Quíntela, e.p.). Sin duda es un elemento importante, no hay más que recordar lo que todavía representa el árbol de Guernica o la piedra de Scone para los escoceses. Recordemos la irlandesa piedra de Fai y su simbologia y la relación etimológica entre diversos derivados de la raíz *art-estudiados por Guyonvarc'h (1967). La secuencia trifuncional es un elemento común indoeuropeo (Dubuisson, 1978a). Pero hemos de descartar el testimonio escocés, pues no aparece la estructura trifuncional que está presente en otros testimonios de investidura real en Irlanda (Dubuisson, 1978b, 154-158). Es decir, se trata de una posibilidad presente que el texto que comentamos, o la realidad que recoge, no considera oportuno actualizar. En cuanto al carácter trifuncional de la secuencia vizcaína remitimos al estudio de Delpech (1997, 77-101). En el caso de Carintia los elementos trifuncionales se desdoblan en la promesa del duque: ser justo, dador de riqueza y defensor. Por otra parte el orden de los elementos funcionales es idéntico en Guernica y Carintia y recuerda el orden, también inverso, de las fases funcionalmente orientadas mediante las cuales Viriato consuma su boda, cuya relación con la soberanía se ha explicado en otro lugar (García Quiniela, 1999, 193-211). Se comienza con el elemento de tercera función, el vestido campesino y la solidaridad con la tierra del rey semidescalzo en Guernica y el simulacro de compra en Carintia. El simulacro de compra es típico, por ejemplo, de los matrimonios orientados por la tercera función. El acto obvio de primera función es el juramento, aunque el análisis de sus variantes sería muy complejo, véase infra algo más. 21 De una forma más genérica, todos los lugares de investidura real céltica que hemos reconocido se sitúan en alto. Lo mismo ocurre en el país de Gales. Es en una colina junto a Arberth, capital del reino de Dived, donde se celebra la investidura de los reyes (véanse los pertinentes episodios de los Mabinogi en Lambert, 1993, 42-45, 90-94). EL JURAMENTO En los monumentos galaicos estudiados, los podomorfos aparecen asociados siempre con otros elementos grabados en las rocas entre los que destacan cazoletas conectadas por canalillos (Monteferro, San Martino y A Ferradura). Esta asociación material de insculturas tiene un paralelo en el rito descrito por Spenser, cuando el rey jura sobre la misma roca, cosa que también hace el alcalde de Brest y el duque de Carintia. Para explicarlo podemos comenzar evocando el megarón del palacio micènico de Pilos. En su centro había un hogar y hacia el centro del muro nororiental estaba el trono del rey de frente al hogar. «A la derecha del trono, se encontraron dos depresiones poco profundas unidas por un canal estrecho de unos dos metros de largo; la disposición es curiosa, pero Blegen sugiere que quizás servía'para que el rey, sin bajar de su trono, vertiese libaciones a alguno de los dioses'» (Mylonas, 1966, 55). No hay que descartar la función utilitaria del dispositivo, se trataría de no manchar el pavimento de la sala por lo que el canalillo conduciría el líquido en la dirección que no interfiriese con los asistentes a la ceremonia. Ahora bien, como ha demostrado Benveniste, muchas nociones indoeuropeas fundamentales llevan aparejada en su concepción inicial la realización de un gesto material que subraya y ejecuta o hace visible el valor conceptual de la noción dada. «Un rito acompaña la prestación de un juramento o la conclusión de un pacto; es enunciado por el griego spèndo,'hacer una libación', hitita sipant e ispant, es decir, spand-, de igual sentido, y el latín spondeo... En latín sponde re es un término jurídico; en hitita spanddesinga una modalidad de sacrifico... completamente ausente del término latino. En griego spèndo asocia las dos significaciones que el hitita y el latín dan por separado: por un lado 'hacer una oblación líquida'; por otro 'concluir una convención'... Es, sobre todo, en griego donde se capta la relación con el juramento, cuando la sponde acompaña la prestación... Se presume, por tanto, que el sentido primitivo era el de una oblación líquida que consagra solemnemente un compromiso». Por otra parte, las libaciones sobre rocas, con huecos específicos para ello están atestiguadas en el folklore de Escocia: «Los montañeses de Escocia solían creer en una cierta hada llamada la Gruagach... Se creía que en cada uno de los corrales de un caballero había de encontrarse uno o una Gruagach y que todas las noches había que dejarle un poco de leche en el hueco de una piedra especial que era guardada en el establo y llamada la piedra de la Gruagach... Algunos afirman que sólo se derramaba leche en la piedra de la Gruagach cuando la gente partía para los pastos de verano, cuando regresaba de ellos, o cuando alguien atravesaba el establo con leche..., todavía se pueden ver las piedras en las que se vertían las libaciones.» Podemos encadenar estos elementos para ofrecer una interpretación de la asociación entre podomorfos y piletas-canalillos. Por un lado, está el rey o jefe céltico que jura su cargo en pie sobre una roca ^^ Por otro, en Pilos tenemos huellas arqueológicas de la asociación del rey con la libación. Pero si la libación es el complemento gestual del juramento, como sugiere Benveniste para el estadio más antiguo, podemos entender los informes etnográficos célticos y el registro arqueológico de Pilos como la manifestación de dos dimensiones derivadas de un mismo acto primitivo. Teniéndolo en cuenta, pensamos que las piletas y canalillos que en Galicia acompañan a las huellas de pie, son la representación material de una libación (uso atestiguado en el folklore de Escocia) que se efectuaba, como parte de un juramento o sacrificio, no lo sabemos, en el momento de la investidura sobre esa misma roca. Es significativa la observación arqueológica de la diferencia entre pies calzados y descalzos atestiguada en Monteferro y A Ferradura, en San Martino'^ una cazoleta coincide con un pulgar. Este hecho merece una doble apreciación. No es un hecho casual. Por medio de esa diferenciación se prescribe una forma de utilización del podomorfo que tenía un valor simbólico determinado. También permite considerar que la ceremonia en cuestión no era cotidiana. Es decir, si muchas personas ejecutaban asiduamente un rito sobre estas insculturas no sería preci-"^ Entre los testimonios de juramento céltico recogidos por Le Roux y Guyonvarc'h, 1986'h,, 135-8, y Kelly, 1988, 198-202, 198-202, ninguno se relaciona con el rito de investidura real, aunque los pronuncien reyes y el juramento de éstos sea especial.' *^ Delpech nos recuerda que en Francia S. Martín o su caballo aparecen con frecuencia como los autores de las huellas de pie o herraduras inscritas sobre rocas. SO recordar qué pie debían descalzar, sería algo comúnmente sabido. La precisión sobre el pie a descalzar es un útil mnemotécnico preciso para una ceremonia que se celebra en contadas ocasiones y sobre la que existe el mayor interés en que salga bien, que sus contenidos simbólicos se traten correctamente. Cabe evocar de nuevo, supra n. 17, la prolijidad de las descripciones de investidura real medievales pese a, o precisamente por, lo poco frecuente de su práctica. Sobre el sentido del monosandalismo existe una abundante literatura comparativa y esperamos volver sobre él en otra ocasión. ASOCIACIÓN CON HERRADURAS Y OTRAS HUELLAS DE CUA-DRÚPEDOS Las improntas de bóvidos y posiblemente de cérvidos, están presentes en los petroglifos en Matabois y Pedra da Moura, las herraduras ^° en Matahois y A Ferradura. Las afinidades equinas del rey indoeuropeo son omnipresentes y los países célticos están muy bien representados en este particular. Se manifiestan desde su procedencia social de la clase guerrera, los caballeros, hasta el carácter específicamente real de los sacrificios de caballos, pasando por toda una mitología y folklore que atribuye al rey una fisionomía equina (Le Roux^ 1963; Dumézil, 1986, 177-219; Milin, 1991). Esta asociación de formas tiene un paralelo formal muy próximo en una de las piedras del ónfalos secuano (Speranze, 1960). Además esta asociación cuenta con paralelos en Irlanda {supra). Es digna de mención, más en concreto, la pormenorizada descripción del sacrifico lusitano del caballo que nos ofrece Estrabón (III, 3, 6-7; García Quíntela, 1999, 238-42). Por lo que las nociones anteriores no serían ajenas al mundo castreño, cosa representada además, como vemos, por la asociación pies humanos / herraduras en los petroglifos comentados. Tal vez sea oportuno detenernos en el podomorfo de Campo de Matabois, acompañado, como ^^ No es seguro que estas figuras representen herraduras pero parece razonable considerarlas, con cierta reserva, representaciones de huellas de caballo. Consideramos el contexto en el que aparecen y sobre todo por la presencia de una escotadura en la base de la figura semicircular, elemento presente en las pezuñas de los equinos. Otros, por huellas de cuadrúpedos tan esquemáticas y pequeñas que no permiten distinguir la especie representada, pero que es el único no orientado hacia el lugar de mayor visibilidad, sino hacia un pequeño rellano situado ante la roca, en un paisaje muy escarpado. Pues bien, existe una modalidad de designación del rey de Irlanda tal vez legendaria, pues contrasta con los usos mencionados por E. Spenser citados más arriba. Si además del sentido de la huella en la roca, que estamos determinando, tenemos en cuenta que la traducción del microtopónimo es «Campo de Mata Bueyes», su asociación con ritos de realeza célticos parece clara. Sin poder afirmar nada, obviamente, sobre la modalidad de adivinación inspirada expresada en el testimonio irlandés. Somos conscientes de la naturaleza del proceso intelectual para el que reclamamos la complicidad del lector. Pretendemos explicar objetos arqueológicos con ayuda de descripciones de corte etnográfico, de la Edad Media y posteriores, procedentes de toda una serie de áreas en las que se asentaron poblaciones célticas en la Antigüedad. El método puede ser discutible. En cualquier caso nos parecen claras y profundas las comparaciones establecidas. Parece como si las descripciones de hechos extrapeninsulares, en la pluma de autores muy diversos, tuviesen por escenario las rocas con podomorfos que estudiamos. Con todo, la innegable distancia espacio-temporal entre unas y otras sigue presente. Pero el azar ha puesto a nuestra disposición un eslabón que une las descripciones extrapeninsulares con las peñas galaicas. Se trata de una noticia etnográfica sobre una roca peculiar recogida durante el seguimiento de las obras de construcción del gasoducto Irixoa-Neda^'. En el ayuntamiento de Ca-^' Trabajo realizado por el Laboratorio de Arqueoloxía das Formas Culturais de la Universidad de Santiago dentro del proyecto marco «Programa de Control e Corrección do Impacto Arqueolóxico da construcción da Rede de Gasificación de Galicia». banas (La Coruna), se encuentra un gran peñasco conocido como Pena da Elección que domina la desembocadura del río Eume. Durante el transcurso de las obras y durante el estudio realizado como parte dei Programa de Corrección realizado por Grupo de Investigación en Arqueoloxía da Paisaxe, pudimos observar la figura de un pie en la cima dei peñasco. A diferencia de los descritos más amba posiblemente haya sido formado por la erosión natural. Atendiendo al emplazamiento, la Pena da Elección, se sitúa en un punto dominante sobre el estuario del río Eume. La roca se localiza en la ruptura de pendiente sobre un pronunciado escarpe, lo que hace que, junto con su tamaño, destaque notablemente en el paisaje. La visibilidad desde el sitio, a pesar de su altura relativa, se limita al valle en el que se encuentra la villa de Pontedeume. En cuanto al contexto arqueológico, el lugar guarda un estrecho paralelismo con el petroglifo de San Martino, ya que la Pena da Elección se localiza muy próxima al Castro do Couto, parroquia de Salto, situado junto a un rellano altura. Mencionemos también que la Torre de los Andrade, medieval, está al otro lado del valle, en una posición análoga a la de Pena da Elección y erigida sobre una aglomeración rocosa. Naturalmente, la noticia no menciona a reyes sino a alcaldes, pero recordemos que los reyes se desdibujan prácticamente en todas nuestras noticias (Captaine, Earl, Mouistre, Lord, Sheriff). En Brest, precisamente, encontramos la piedra donde jura su cargo el Maire. ¿Qué explicación daremos esta profunda analogía? ¿Hemos de reconstruir las vías por las que la anciana de Cabanas conocía el uso bretón atestiguado en un libro del siglo xviii? Creemos que es más económica una explicación genética. En torno a la Pena da Elección ha fosilizado, como folklore, el conocimiento de antiguos ritos de investidura de corte céltico que probablemente se practicaron en la Galicia de la Edad del Hierro, como queda atestiguado por podomorfos de antigüedad segura. En favor de esta explicación genética está el texto de Martín de Dumio sobre pedem observare en relación con gestos rituales sobre rocas, a guisa de eslabón intermedio entre los pedi-^^ Tradición recogida por M.J. Bóveda Fernández a quien agradecemos su comunicación. formes pétreos y la noticia etnográfica. También es posible que el teónimo indígena Crougea Toudadigoe, que cabría interpretar como alto o roca de la comunidad política (por evitar el término tribu), forme parte del mismo ambiente ideológico (CIL, II, 2565 = IRG, IV, 91; CIL, II, 416). Destaquemos otro dato: las noticias que integran nuestro material comparativo se han recogido entre los siglos XV y XX, estando su arcaísmo fuera de toda duda. Como lo está el arcaísmo de las leyendas en tomo al rey de orejas de caballo pese a las diversas fechas de su compilación (Milin, 1991). Es decir, un rasgo constitutivo de las tradiciones que estudiamos es su persistencia, su acomodo sucesivo a contextos sociales e históricos cambiantes. En este sentido, tanto la información de Martín de Dumio como la noticia etnográfica sobre la Pena da Elección son homogéneas con el conjunto de nuestro dossier comparativo. Para finalizar recordemos la fórmula con la que introduce el general romano S. Sulpicio Galba la mención al sacrificio de hombres y caballos que efectúan los lusitanos: suo rito inmolatis, es decir, no de las formas acostumbradas o conocidas por los romanos (Tito Livio, Per., 49; García Quíntela, 1999, 229, 240-1). Hemos de pensar, pues, que el rito de investidura real practicado entre los habitantes de los castros no sería igual a ninguno de los que conocemos gracias a los textos reunidos. Pero es verosímil que utilizase, en una combinación original, parte de los elementos conocidos por la comparación cuyas trazas desestructuradas en la antigua cultura galaicolusitana se han evocado: petroglifos podomorfos, reconocimiento del uso ritual de piedras y árboles, ideología indoeuropea de la realeza y más en concreto, la presencia sobre los monumentos comentados de asociaciones de formas que se pueden interpretar como plasmaciones físicas de aspectos del rito: visión amplia, juramento, monosandalismo, sacrificios. Es obvio que sería deseable más información, relatos que permitiesen entender con mayor precisión los ritos y creencias que impelieron a las comunidades de la Edad del Bronce y Hierro a tallar rocas con trazos podomorfos. Pero carecemos de esos elementos. Entre tanto lo prudente parece ser la renuncia a tomar el objeto, el documento arqueológico bruto, por el todo y si, finalmente, otras explicaciones parecen mejores que las aquí avanzadas será porque también consideran ese objeto como parte de un todo más complejo. No se nos escapa, por último, que de aceptarse el análisis propuesto sería necesario emprender nuevas 24 MARCO V. GARCIA QUÍNTELA y MANUEL SANTOS ESTEVEZ AEspA, 73, 2000 invesügaciones, algunas ya en disfinto grado de elaboración. En primer lugar se debe volver a pensar sobre la estructura política de la sociedad castreña. También se impone una re-interpretación del fenómeno céltico en el noroeste peninsular cuando, si nos atenemos a criterios democráticos, nos encontramos con que la mayoría de los filólogos dice que el galaico-lusitano no es de familia celta. Sería necesario, además, abordar una explicación fundada en la historia de las religiones y la mitología, sobre el porqué de esos ritos y su simbologia... trabajo a seguir. Estando en pruebas este trabajo hemos conocido el libro de Benito del Rey, L., y Grande del Brío, R., Santuarios Rupestres Prehistóricos en el Centro Oeste de España, Cervantes, Salamanca, 2000, donde se señala la presencia de insculturas pediformes en varios de los santuarios rupestres que estudian en la meseta Norte. Las referencias fundamentales son p.
Hace tiempo que en algunos castros de Asturias se reveló la existencia de murallas compartimentadas. Con un planteamiento localista se acuñó la denominación de murallas de módulos y se les asignó un origen autóctono. Más recientemente se ha mantenido su inicio en los siglos vi-v a.C, o incluso antes, basándose en las excavaciones de la Campa Torres y en la cronología pretendida para otros poblados. En este artículo, por contra, se defiende que este tipo de obras forma parte de las conocidas convencionalmente como murallas de cajones, cuya expansión en la Península se produce durante la segunda Edad del Hierro. Paralelamente, los trabajos en castros de la ría de Villaviciosa permiten cuestionar la datación de la muralla de la Campa, se propugna una reinterpretación de su estratigrafía fundacional, a la vez que se aquilatan las referencias de otros castros. Finalmente, se postula que estas murallas deben datarse en Asturias, por ahora, a partir de los siglos iv-iii a.C. SUMMARY Some time ago, divided walls were discovered in some Asturi an hill forts. CASOS Y CARACTERÍSTICAS DE LAS MURALLAS DE MÓDULOS EN ASTURIAS Entre los rasgos que presentan las murallas de algunos castros asturianos alcanza especial singularidad el haber sido compartimentadas en segmentos estancos, característica por la que recibieron en la investigación regional la denominación de murallas de módulos. Estos fueron descritos como «sectores o módulos independientes yuxtapuestos unos a otros. Dichos módulos, cuyos paramentos están muy cuidados y albergan un relleno de mampostería y tierra, presentan forma rectangular de ángulos redondeados y constituyen un alarde poliorcético, puesto que evitan que al derrumbarse una parte de la muralla toda ella quede invalidada» (Maya, 1983: 24). Esta tipología fortificativa muestra en la región asturiana una sorprendente frecuencia que, curiosamente y contra sus tempraneras menciones, no encontró todavía resonancia en la bibliografía peninsular, donde debe ser encuadrada, a tenor de su coincidencia estructural y siguiendo una nomenclatura al uso en las culturas mediterráneas, entre las llamadas murallas de cajones o compartimentadas (fìg. El reconocimiento inicial de este tipo de murallas se produjo en Asturias, allá por los años 1962 y 63, en el castro de San Chuis -Allande-a raíz de las primeras excavaciones realizadas por E Jordá. Algunos años después, en 1973, J.M. González anotó en sus diarios la presencia de la misma técnica en el castro de Castillo Veneiro -Tineo-. Ambos casos, que apenas llegaron a ser publicados por sus autores, son recogidos y tipificados por J.L. Maya en sus trabajos compiladores sobre la cultura castreña asturiana (Maya, 1983(Maya, y 1988)). En Castillo Veneiro se observan cinco módulos con paramentos de buena fábrica, aprovechándose la junta entre dos de aquellos para la colocación de una atarjea de desagüe (Maya, 1983: 24). Este castro cuenta con un foso y un talud precediendo a la muralla y, pese a que no se conozcan otros materiales que molinos giratorios, debe retenerse su ubicación en las proximidades de importantes explotaciones auríferas de época romana. A diferencia del anterior, el castro de San Chuis, igualmente provisto de un complejo sistema defensivo de hasta seis fosos y talud y también situado en una comarca de laboreos auríferos, fue objeto de intensas excavaciones. A pesar de haberse finalizado estas en 1986, es muy parco lo publicado al respecto y mayoritariamente obedece a interpretaciones de la documentación original por investigadores ajenos a las excavaciones (Maya, 1983(Maya, -84 y 1988)). Se identificaron 6 ó 7 módulos a lo largo de 76 m en el recorrido oriental de la muralla, donde, además, se abre una puerta probablemente protegida por un muro exterior perpendicular a modo de barbacana. Las divisiones de la muralla no pasaron desapercibidas a su propio excavador, que les aplicó el apelativo de «islas» (Jordá, 1984: 10). En cambio, el lado norte ofrece una muralla lineal. Parecía darse cierto acuerdo en admitir que la trama constructiva -muralla y viviendas de diversa planta-databa del siglo i d.C. en adelante, puesto que «es entonces cuando parece edificarse la muralla e iniciarse el periodo principal de habitación romano» (Maya, 1988: 60) y, aunque se insinuaban atisbos de ocupaciones más antiguas, se partía «del hecho de no haberse podido individualizar ningún nivel estrictamente prerromano» (Maya, 1988: 60). Estos datos se fundaban en las afirmaciones del propio excavador (Jordá, 1984: 10) y en sus perfiles estratigráficos, en los que la muralla, elemento configurador del habitat, se representa por encima del estrato III adosando a su lienzo interno el estrato II con materiales romanos (Maya, 1988: fig. 17A). En los últimos años el aumento de excavaciones científicas o por razones de urgencia ha provocado un sustancial incremento de la información concerniente a las murallas de módulos. El castro más investigado es, sin duda, la Campa Torres -Gijón-, donde se ha exhumado la casi totalidad del conjunto defensivo dispuesto en forma de cortina frontal en un característico emplazamiento en península (fig. 2). Todo el sistema fortificativo responde a un diseño complejo formado por una primera hilera integrada por un profundo foso y un parapeto revestido de un paramento de módulos en su cara posterior. Es, no obstante, la muralla principal la que recaba mayor interés. No es una obra enteramente rectilínea puesto que, además de arquearse ligeramente en una adaptación a la topografía, presenta hacia su lado occidental, coincidente con la zona más elevada, un giro de 90° para adelantar un tramo que recobra la dirección general de la pantalla (Maya y Cuesta, 1992b: 43-44). La interpretación del mismo como un bastión sería acorde con la existencia de una entrada en el costado occidental, como propugnan los investigadores, pudiendo agregarse que de ese modo y atendiendo a postulados poliorcéticos se presiona sobre el flanco desguarnecido del asaltante. El patio interno a que da lugar la inflexión de la muralla es ocupado por una plataforma de rellenos provista de escaleras de acceso que es interpretada como un paseo de ronda, la cual prosigue un tanto hacia el este ciñendo a la muralla. Finalmente, en el extremo oriental, antes de la desaparición de la muralla provocada por una antigua cantera, presenta otro módulo yuxtapuesto paralelamente al exterior que fue interpretado como barbacana o bastión adelantado (Maya y Cuesta, 1992b: 44). Con independencia de su papel de refuerzo en una zona de mayor desnivel, realmente este baluarte en unión al anterior permitirían batir lateralmente la integridad del pie de muralla, desvelando un sofisticado diseño defensivo. En total son seis módulos de muy diversa longitud y anchura, a veces entre 6,5 y 10 metros de ancho, levantados con lienzos de mampostería de cuarcita armoricana en los que tan sólo se práctico una talla centrípeta regularizadora de la cara vista {Ibidem). LAS MURALLAS COMPARTIMENTADAS EN LOS CASTROS DE ASTURIAS 29 Fig. 2.-«Zona de defensas de Campa Torres» (a partir de Maya y Cuesta, 1995). Las murallas se representan en trama oscura con los sectores de excavación. La relación contextual para datar el conjunto de la obra se efectúa con el estrato o capa VII, el cual adosa a la base de la muralla, constituida en su mitad occidental por una banqueta fundacional conformada por un relleno de grava gruesa y gravilla de cantos rodados ceñido por un bordillo (Maya y Cuesta, 1995: 112). A la hora de hacer la transposición de este conjunto de fechas a la fundación de la muralla se opta por su concreción a finales del siglo vi o principios del V a.C, en función de las características del depósito material, entre el que se anota una fíbula de doble resorte, planchas de calderos remachadas, un brazalete tipo La Majúa, pasadores en T, cerámicas incisas en espiga, etc. (Maya y Cuesta, 1995: 112-113; Maya y Cuesta, 1999: 133). Entre los años 1987 y 1996 se desarrolló una investigación en varios castros emplazados en los márgenes de la ría de Villaviciosa, que trató de establecer una secuencia cronológica y cultural de este tipo de poblados cercanos al confín oriental de su distribución en la región (Camino, 1992;1995ay 1999). Destacaremos aquí únicamente dos aspectos que creemos dotados de mayor relieve para el propósito que nos ocupa. De una parte, la definición de una primera o inicial Edad del Hierro en los poblados de Camoca y Olivar con cinco dataciones en el intervalo de los siglos viii-vi cal BC y una cultura material pareja. Ambos cuentan con notables barreras defensivas fundamentadas en la formación de taludes de relleno que se acompañan de empalizada, murallas toscas y algún pequeño foso. En un momento simultáneo, o casi, los dos padecen un despoblamiento y no alcanzan la segunda Edad del Hierro (Camino, 1999: 158-159). De otra parte, los trabajos de excavación se centraron principalmente en el castro de Moriyón, cerro destacado sobre la ría, que presenta una doble ocupación y un disperso epígono, si bien el poblado principal claudica en torno al cambio de era. La primera fase esta indicada por una base sedimentaria en el sector meridional que alberga cerámicas parangonables a las de la primera Edad del Hierro junto a otras atribuibles al comienzo de la segunda Edad del Hierro, pudiendo corresponder a una ocupación inicial de este último periodo o a varias ocupaciones mezcladas por la nivelación. A pesar de excavarse el borde actual del asentamiento no se reconoció ninguna estructura defensiva. Sobre esa capa se construyó una muralla, soporte estructural de la segunda fase de habitación, que rodea la cumbre en un circuito cercano a 500 m de longitud, y en la que se han reconocido tres módulos que probablemente sean más dada la reducida superficie JORGE CAMINO MAYOR AEspA, 73, 2000 Fig. 3.-Planta del sector D de Moriyón con la muralla en sombreado y las construcciones en rayado. excavada de la misma -poco más de 40 m (fig. 3)-. De un nivel con mucho cascote acostado hacia la base del lienzo interno de la muralla y rematado en un enlosado -a todas luces un relleno que brinda servicio de caminería al pie de aquella-, que constituye la mejor deposición asociada a la fundación de la muralla, se obtuvo otra datación radiocarbónica correspondiente a la segunda Edad del Hierro y coherente con la fecha del nivel precedente: CSIC-874, 2200±50, cal BC 390-100 (Camino, 1999: 159). La técnica de módulos también aparece en el castro de Llagú, en las inmediaciones de Oviedo. Sometido en los años 1995 y 1996 a una excavación de urgencia bajo la dirección de los arqueólogos J. Ruibal y M^.L. González, cuyo polémico desenlace está aún pendiente, lo acogemos aquí a través de la publicación de un lote de dataciones en una serie divulgativa (Maya y Mestres, 1998), utilizando únicamente los escuetos datos publicados. Los trabajos de excavación abarcaron unos 5.000 m^, casi una tercera parte del poblado, coincidiendo con el sector más fértil. El castro contiene dos grandes fases de ocupación y parece que la muralla, muy transformada en época altoimperial, dispuso del sistema de módulos en ambas. En función de ello se defiende que las muestras más antiguas «marcarían preferentemente el inicio del poblado en el siglo v cal a. C. o, como muy tarde, a comienzos del siglo iv» {Ibidem: 10). Como consecuencia de una excavación de urgencia en el Castillo de San Martín, histórica fortificación medieval ribereña de la desembocadura del Nalón, se desveló una muralla de módulos asentada sobre cabanas de la segunda Edad del Hierro (Carrocera y Camino, 1996: lám. 1) que se encuentra en estudio por E. Carrocera. Finalmente, las excavaciones en curso en el castro del Chao Samartín, en el confín occidental de la región, han deparado igualmente una muralla de módulos asignada a la segunda Edad del Hierro con la datación CSIC-1158, cal BC 350-110, y sellada por la evolución urbanística de época romana (Villa, 1999: 119-120). A pesar de la amplitud y calidad de la información examinada, lejos de producirse una coinciden- cía de posturas que contribuya a precisar la cronología inicial de las murallas de módulos, las opiniones se han polarizado en sendas interpretaciones contrapuestas, básicamente sustentadas en los dos poblados por el momento provistos de mayor volumen de datos concernientes a este tema, esto es, los castros de la Campa Torres y Moriyón. Y ello contra la uniformidad técnica de estas obras y en oposición a la proximidad geográfica y similitud cultural de los asentamientos. Como se vio, en el primero se viene propugnando la existencia de la muralla desde el primer momento de ocupación, con una cronología del siglo VI o principios del v a.C. una vez matizadas las dataciones absolutas con la colección arqueológica. Para el segundo se ha tendido a centrar la muralla en el siglo III a.C. Por otra parte, no es superfluo agregar que los espectros cronológicos de las dataciones radiactivas para la fundación de ambas murallas son desde un enfoque estadístico irreconciliables, ya que la primera se fecha a dos sigmas en 769-409 cal B.C. -basada en UBAR-321, pero que debiera conjugarse con las demás dataciones equivalentes-, en tanto que la segunda se mueve entre 380-180 cal B.C. En suma, bajo los criterios cronológico y cultural la muralla de la Campa se situaría en el horizonte de la primera Edad del Hierro, mientras que la de Moriyón pertenece plenamente a la segunda. Para solventar esas discrepancias se han intentado varias salidas. Por parte de los investigadores del castro gijonés se ha pretendido buscar el respaldo en el envejecimiento de las murallas de módulos de otros castros, al tiempo que se sembraba un halo de descrédito de la secuencia cronoestratigráfica de Moriyón. Por mi parte he defendido la posibilidad de que la muralla de la Campa pudiera ser mucho más moderna (Camino, 1995b: 211). Dentro de este proceso, de las dataciones del castro de Moriyón se ha hecho una valoración carente del contexto arqueológico que condujo a comentarios tales como: «De todos modos, del análisis realizado, se deduce que buena parte de ellas entran abiertamente en contradicción entre sí, lo cual puede estar relacionado con la compleja problemática de su posición estratigráfica poco clara» (Cuesta, Jordá, Maya y Mestres, 1997: 266). No vamos a detenernos en una prolija explicación de las disparidades suscitadas por algunas fechas de Moriyón, en esencia CSIC-849 y CSIC-873. Respecto a la primera, que pretendía datar la ocupación infrayacente a la muralla y cuyo resultado fue 1-250 cal AD, pudiera muy bien obedecer a una infiltración contaminante motivada por las sacas de piedra que afectaron a la muralla y su relleno (Camino y Viniegra, 1999: 246), según se muestra en un perfil simplificado (Camino, 1996: fig. lA). No vale la pena insistir en esta datación dado su contraste con la evolución del yacimiento, a no ser para entrar en pormenores de la estratificación que poco contribuyen al tema que se trata. La segunda, que proviene del derrumbe de la muralla, al ser más vieja que la vinculada a la fundación, es lógico que despierte una inevitable desconfianza y merecería un análisis más detallado que el del objeto de este trabajo. ¿Acaso no será probable que esos carbones inmersos en la maraña del derrumbe de la muralla pertenezcan a un material viejo incorporado al relleno de ella? Si así fuese, aunque la posición se ubique en el derrumbe, su datación, como es comprensible, no indica este postrero episodio, sino el de la erección de la muralla o incluso pudiera ser un material residual de un momento más antiguo (fig. 4). Para evitar el prejuicio de considerar esta fecha un terminus post quem en vez de simul quem con la muralla de Moriyón se integrará entre aquellas susceptibles de asociarse a la fundación de la obra defensiva. * Así, con la finalidad de estrechar el amplio intervalo de la datación asociada a la fundación de la (Maya, 1988). muralla CSIC-874 -cal BC 390-100-, se ha conjugado con las muestras CSIC-873 -la ubicada en el derrumbe de la muralla pero procedente indiscutiblemente de su relleno-y CSIC-876 -vinculada al maderamen estructural de la pared de la cabana n.° 2 erigida acto seguido a la muralla-eri un test de similaridad. Cabe alegar que la muestra de la cabana pudiera estar muy rejuvenecida en caso de que se hubiese producido una reparación de la misma, evento no constatado, pero desde un punto de vista teórico esa distorsión queda neutralizada si se considera que la muestra del derrumbe, al ser ligeramente más vieja que la fundacional, pudiera pertenecer a un material viejo escombrado entre el relleno. Ahora bien, si se tiene en cuenta que el estrato previo a la muralla aportó una datacion cuya máxima vejez no desborda el 400 a.C. y que debe de dotársele de una franja cronológica a lo largo del siglo iv, acreditada por la presencia de cerámicas propias de la segunda Edad del Hierro, lógicamente en detrimento de la construcción de la muralla en el tramo alto de su intervalo, ¿es entonces descabellado que defendamos la datacion de la muralla de Moriyón en el siglo m a.C? Una de las novedades más sorprendentes reside en la modificación de la cronología del castro de San Chuis, sobre todo en lo que toca a su muralla, y sin embarazo de los primitivos planteamientos estratigráficos se llega a afirmar que «la muralla, aunque nunca ha sido publicada como tal, suele considerarse romana por sus características técnicas (sic), pero hoy esta clasificación no es segura...» Frente a las conclusiones fundamentadas en la estratigrafía y en el repertorio material, se oponen ahora las dos datacio-nes radiactivas antes citadas -UBAR-351, 2600±60, 845-530 cal BC y UBAR-218, 2360±60, 760-205 cal BC-con el fin de propugnar una datacion de la muralla entre los siglos vi-iv a.C. en un inesperado paralelismo con la muralla de la Campa. Basta fijarse en la procedencia de las muestras para percibir el sentido estrictamente cabalístico de las argumentaciones: de la primera se carece de relación contextual con la muralla y del nivel que se extrajo la segunda -yacente sobre la roca, con «cerámicas poco significativas» AEspA, 73, 2000 LAS MURALLAS COMPARTIMENTADAS EN LOS CASTROS DE ASTURIAS 33 lizada hasta ahora en Ia propia Campa Torres? No puede ocultarse, en efecto, que diversos investigadores han recelado de muchos de los resultados de este castro. Ya en el Congreso Peninsular de Oporto de 1994 se advirtió que las cerámicas de atribución sotena pretendidamente identificadas en el poblado (Maya, 1988) nada tenían que ver con ese horizonte cultural y que la sedimentación intramuros pudiera obedecer a una deposición secundaria, al tiempo que se denunciaba las graves repercusiones para la interpretación del yacimiento de la excavación de la muralla mediante una zanja paralela (Carrocera, 1994: 215). En los últimos años se ha dudado no sólo de la edad de la muralla, sino también de la valoración sostenida para la ocupación antigua del yacimiento y de la cronología atribuida a diversos materiales (Fernández-Posse, 1998: 217). Finalmente y aunque tenga una relación tangencial con el estudio de la muralla, no deben omitirse las atinadas reservas expresadas a la ocupación prerromana de la gran explanada situada detrás del cerro en el que se encuentra la muralla -lugar que da origen al topónimo la Campa-, lo que obligaría a modificar drásticamente la secuencia y características del poblado que, de este modo, en la época prerromana quedaría reducido al típico promontorio castreño (Orejas y Sánchez-Palencia, 1999: 31-32). Hoy en día, después de las últimas publicaciones de la Campa (Maya y Cuesta, 1999), resulta más fácil realizar una crítica profunda de la interpretación del yacimiento ya que los contraargumentos que pueden emplearse son, por desgracia, numerosos. Nos limitaremos ahora a analizar el ámbito estratigráfico ligado a la fundación de la muralla de una manera algo más pormenorizada a como lo hicimos hace poco en otro trabajo (Camino, 2000). Es interesante reparar con cierto detalle en la descripción del estrato vii -no olvidemos, el asociado a la fundación de la muralla, que se fecha en el siglo VI o inicios del v a.C. a partir de las dataciones radiactivas precisadas con la cultura material-, y proceder a su contrastación con los perfiles estratigráficos representados (Maya y Cuesta, 1995: 109-112 en especial y fig. 4 y 6). Así, sobre el sector XVIII (fig. 6), situado hacia el lado oriental de la muralla, se relata lo siguiente: «Sobre el suelo rocoso natural se aprecia una capa carbonosa de base, que ha de corresponder al incendio del bosque del siglo XI a.C. Encima se construyó la muralla, utilizándose para su fundamentación una sólida banqueta enforma de plataforma de piedras ceñida por un bordillo, complementada por un relleno de grava gruesa y gravilla de cantos rodados de tamaño medio y sobre la cual se depositó una capa de grandes 6). Gran trabajo cuesta descifrar todo el texto precedente y compaginarlo con las ilustraciones de los perfiles de referencia. En primer lugar se aprecia que el nivel de incendio datado en torno al siglo xi a.C. -GrN-18059 y GrN-10060-no aparece reflejado en los dibujos en su posición por debajo de la muralla, ya que ésta con su banqueta apoya directamente sobre la roca -de hecho, bajo ella se emplea el mismo código gráfico que en el sector XX para indicar la roca (Maya y Cuesta, 1992a: fig. 2)-. Por otra parte, resulta de difícil entendimiento el sentido uniformizador del denominado segundo nivel de cenizas, en realidad el estrato VII, y no diga-SECTOR XiV Fig. 7.-Reinterpretación de la estratigrafía del sector XIV de la Campa Torres (a partir de Maya y Cuesta, 1999, con anotaciones externas del autor). mos nada de la intromisión del citado paquete V-VI y la zona de enlace con él que se traen a colación en el último párrafo. Aparte de estas contradicciones, el hasta ahora rutinario estrato VII es objeto de notables modificaciones en la más reciente publicación (Maya y Cuesta, 1999). En la secuencia del sector XIV (fig. 7) el citado estrato VII se trastoca -extrañamente dada su contigüidad al sector XVIII-en una compartimentación de tres subniveles de disposición horizontal y apoyados en la banqueta fundacional de la muralla, dos de eUos interpretados como rellenos y el intermedio como «una línea fina y horizontal» {Ibidem: 127). En primer término llama la atención que, pese a las diferencias existentes con otros sectores, se mantenga la misma nomenclatura para todo el estrato. Sin embargo, la novedad más llamativa es la alusión a que «pegado a la muralla es frecuente la aparición de restos de conchero, que parece corresponder a un material externo a las viviendas, arrojado como basura. Estas conchas se rastrean desde el sector XVIII al VIH a alturas muy distintas, siguiendo la pendiente natural del terreno» (Ibidem: 127). La interpretación de este conchero, denominado capa VIB, es tremendamente esclarecedora en el dibujo del perfil donde, sombreado, se observa adosado a la cara interna de la muralla para descender en forma de cuña por debajo de la capa V, interrumpiendo la conexión de las capas VIA y VIIA con dicho lienzo, hasta llegar al techo de la denominada banqueta fundacional, y quedar por encima de las capas B y C del estrato VII (Ibidem: fig. 1). En realidad, la silueta en sección del citado conchero es contraria a las leyes de la deposición estratigráfica, salvo que se admita que se trata de una bolsada invasora que corta las capas VIA y VIIA, las cuales se trazan inequívocamente truncadas en su progresión hacia la muralla. No creo que la composición del perfil estratigráfico ofrezca grandes dudas para todo aquel mínimamente versado en las formaciones relacionadas con la cimentación de construcciones, puesto que la bolsada del conchero concuerda perfectamente con el relleno de una convencional zanja de fundación que recorre buena parte de la base interna de la muralla. Luego, dado que la misma afecta a la zona basal de la muralla hasta encabalgarse sobre la denominada banqueta, propongo que la erección de la muralla de módulos del castro de la Campa Torres nada tiene que ver con esa banqueta fundacional ni, por ende, con el estrato o capa VIL En el dibujo del perfil las primeras hiladas de la muralla insertas en la fosa muestran, además, el tosco repié de muchas cimentaciones (fig. 7). Pero la disociación entre la muralla y lo que se defiende como su zapata no se limita exclusivamente a esta trascendente ruptura estratigráfica, ya que en varias fotografías publicadas (Maya y Cuesta, 1995: fig. 7; Id. Si la muralla no tiene relación constructiva con la banqueta de bordillo y relleno -forma de cimentación que siempre tuve por bastante insólita-, ni (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ con su consiguiente capa VII, ¿en qué momento se construyó? Con las lecturas estratigráficas presentadas no es posible responder de forma taxativa e incluso cabe preguntarse si algiín día se podrá hacer. Fig. 7), por atenernos al examen de la misma secuencia, queda patente que el techo del «conchero» llega hasta la base de la capa V, habiéndose practicado la zanja, en consecuencia, antes de la formación de aquella. Como este nivel cuenta con una cronología de los siglos ii-i a.C. {Ibidem: 127), la fundación de la muralla correspondería al inicio de este periodo, lo que sería avalado por el hecho de que la capa VIB constituye la cimentación de una cabana situada en el nivel superior -algo que viene a confirmar, como era de esperar, la reurbanización interna a que da lugar la construcción de la muralla-. No obstante, de la lectura del texto surge un matiz que contradice el perfil estratigráfico expuesto en aquella figura. Se alude, así, a que «en el extremo occidental, (el del perfil representado) bajo el estrato VI o fundamentación de la cabana del ii a.C, se aprecia una capa de resina que recubre una cabana con un hogar decorado en el centro...», esta construcción «rompió incluso la zapata fundacional de la muralla y se apoyó casi sobre la roca de base, por lo que ha hecho desaparecer buena parte del 2" nivel de cenizas» (Maya y Cuesta, 1999: 127). Esta cabana inferior se supone de los siglos iv-iii a.C. sólo porque está bajo la del siglo ii a.C. {Ibidem: 127). El problema estriba en que nada de todo esto se refleja en la estratigrafía, a no ser un hogar, dispuesto sobre una banqueta con rótulo indicador de que es una zona sin excavar, que aparece suspendido e imbricado en el estrato VIIA (fig. 7). Con la reinterpretación única del perfil del sector XIV, tal como se acaba de proponer, nada se opondría, en consecuencia, a aceptar la construcción de la muralla de módulos de la Campa Torres en un momento temprano del siglo ii a.C, pero es indispensable apreciar el conjunto de la documentación proveniente de los sectores excavados a lo largo de la muralla. En este sentido, parece acertado subrayar la función del denominado paseo de ronda, una gran estructura formada por material de relleno que se yuxtapone a la cara interna de la muralla en todo su tramo central -sectores XXVI-XIX-y que es considerado bastante posterior a ella (Maya y Cuesta, 1995: 113). No se dispone de mucha información sobre esta obra, pero no sería de extrañar su contemporaneidad a la muralla no sólo por lógicas funciones de refuerzo, nivelación y acceso, sino porque en caso contrario el bastión occidental aparecería desligado del resto de la muralla. No hay seguridad en su datación dentro de un amplio período entre los siglos v-iii a.C. (Maya y Cuesta, 1995: 113), sin embargo, acto seguido la plataforma de ronda se pone en relación con rellenos y terraplenes de la zona oriental que actúan de consolidación de la muralla y en los que se detectan materiales de los siglos iii-ii a.C. {Ibidem: 113). Estos materiales deberían suponer un terminus post quem de los siglos iii-ii a.C. para toda la reforma interior, fecha parangonable a la que defendemos para la fundación de la muralla. Ambos eventos, paseo de ronda y muralla, parecen converger, por tanto, para formar parte de una obra única en un mismo momento. Concluyamos, pues, con la interpretación de que la ocupación prerromana de la Campa Torres se divide en dos grandes fases, una atribuible a la primera Edad del Hierro relacionada con la denominada banqueta, previsiblemente el residuo de un viejo elemento defensivo, y la otra correspondiente a la segunda Edad del Hierro, quizá del siglo m o principios del II a.C, responsable de la muralla de módulos y probablemente de los otros complementos defensivos. LAS MURALLAS DE CAJONES EN EL CONTEXTO PENINSULAR Desde un primer momento se consideró que las murallas de módulos asturianas constituían un sistema defensivo novedoso al desconocerse la existencia de paralelos peninsulares (Maya, 1983: 24). Algo más tarde, el mismo autor, tras asegurar la datación prerromana de estas murallas, basándose en Campa Torres, recalca la autoctonía de las mismas (Maya, 1988: 299), a la par que se apunta un paralelismo con los castros abulenses donde se citan muros internos que impiden el demoronamiento de la obra (Maya, 1989: 35). A pesar de la analogía en la finalidad, por el momento y a falta de mayor información, no parece que este parentesco pueda seguir manteniéndose, ya que los muros internos de esos castros mésetenos son en realidad paralelos a los lienzos estructurales, respondiendo a la clasificación de paramentos múltiples de otras zonas peninsulares y quizá evocadores de los murus duplex ya descritos por César en las Gallas. De hecho la fuente utilizada de referencia muestra rotundamente algo más adelante lo aventurado de esta comparación: «Tampoco sabemos a ciencia cierta si los paramentos internos estarían articulados con los externos mediante tirantes transversales, como se ha dicho alguna vez» (Martín Valls, 1985" 109-110). En la actualidad la presencia de estas murallas en Asturias desde tiempos prerromanos está suficientemente acreditada, y bajo este enfoque indigenista y cronológico cabe admitir la pretendida autoctonía de las mismas. Sin embargo, no parece ésta su mejor calificación a poco que se considere su coincidencia formal y conceptual con las denominadas murallas de cajones, tal como se recogía al principio de este artículo y ya se defendió con anterioridad (Camino y Viniegra, 1999: 244-245). Ciertamente, a tenor de las descripciones literales y de varias ilustraciones, pudiera establecerse alguna diferencia entre las murallas de cajones y las de módulos asturianas. La misma residiría en que las compartimentaciones de las primeras suelen materializarse por medio de muros de una sola hoja designados en ocasiones tirantes, que unas veces adosan sencillamente a los lienzos principales y otras intestan en ellos; mientras en las otras cada cubo cierra independientemente sobre sí de modo que son dos los muros que atraviesan la fábrica de parte a parte en cada junta, como ocurre en Moriyón. Campa Torres, Castillo Veneiro y San Chuis. Soy del parecer de que dicha distinción es meramente formal y que lo verdaderamente trascendente son sus coincidencias estructural y funcional. Con esta noción podría aceptarse otra modalidad más de partición, que estaría representada por la yuxtaposición de módulos en los que los cierres intermedios se integran en cada segmento precedente, ejemplo que se observa en el Chao Samartín (Villa, 1999: 119). Otras variantes menos conocidas consisten en interrumpir los muros divisorios alternativamente desde los paramentos externo e interno, o también, en murallas estrechas, en la introducción de largos bloques a tizón hasta alcanzar el lienzo contrario (Adam, 1982: 32). El estudio constructivo de uno de los módulos del castro de Moriyón puede servir para vanalizar un tanto las rígidas clasificaciones morfológicas que puedan establecerse en las modalidades de compartimentación. Allí, el cajón aparece definido en toda su integridad en la cara externa de la muralla que apoya sobre la roca, pero el lienzo de la cara intramuros al arrancar de una cota más alta monta sobre la base del relleno que es encofrado por aquel muro exterior. Quiere ello decir que la parte inferior del módulo ha de extinguirse entre el relleno interno, disimulándose en el frente interior con la formación del cajón por encima del terreno. Las murallas de cajones o de muros transversales son conocidas en el Próximo Oriente desde dempos muy antiguos, ca. siglo ix a.C. El sistema fue empleado por fenicios y griegos de la época arcaica -por ejemplo en Corinto-, pero su proliferación infraestructura interna, ello quizás porque sobre la superficie hoy se documenta una reestructuración tardía del siglo /// a.N.E.» En el Cerro de las Cabezas -Ciudad Real-, uno de los primeros lugares en que se detectó el sistema de cajones, la muralla, de 4 a 5 m de grosor, se compartimenta a distancias regulares por muros divisorios de 0,40 m de anchura, rellenándose los espacios intermedios con cascote y tierra. Los trabajos iniciales correlacionaron la muralla perimetral de cajas con la fase B ibérica del poblado, iniciada en el siglo v a.C. y desarrollada principalmente en el iv. Una muralla intermedia que deslinda la acrópolis es datada en la segunda mitad del siglo IV a.C. En todo caso, se defiende la influencia colonial en la complejidad defensiva representada por varias murallas y torres o bastiones (Vélez y Pérez, 1987). Sin grandes precisiones, cabe la posibilidad de mencionar en el mundo ibérico del norte del país valenciano otras obras por su aparente concomitancia con la técnica que nos ocupa. Se cita, así, un tipo de talud formado por rellenos en el que sobresalen «en toda su anchura diversas hiladas transversales de muretes..., dispuestos aisladamente o a intervalos regulares paralelos, distanciados entre sí de 2 a 4 metros... y cuya finalidad sería la distribución por tramos, del reparto de la carga» (Gusi, Díaz y Oliver, 1991: 88). Dicha obra se encuentra en algunos poblados entre los siglos vi-ii a.C. y se supone su origen, a tenor de su rusticidad, en tradiciones locales {Ibidem). Si la descripción no esconde una realidad distinta, pudiera también estar compartimentada la defensa de El Charpolar -Margarida, Alicante-, poblado del Ibérico medio a época republicana, en el que se mencionan unos cercos concéntricos enlazados mediante tabiques perpendiculares (Llobregat, 1972: 51 y 176). El Castellet de B any oles -Tarragona-fue considerado un ejemplo arquetípico de las murallas de cajones en la Península, aunque se han efectuado varias objeciones acerca de su verdadera naturaleza -endeblez del muro exterior, que se enlosase la base de los cajones para el relleno y la escasa longitud del tramo en que aparecen- (Moret, 1996: 83-84). Sus investigadores señalaron un sofisticado diseño defensivo que incorpora una muralla en cuyo basamento «se colocaba la tapia encofrada sobre los cimientos de cada paramento, uniéndolos con otro muro de tapia a intervalos regulares de 4,60 metros apoyados sobre el enlosado» (Gracia, Muni-11a y Pallares, 1991: 76). Se dataría en torno al 350 a.C, una época en la que el peso de los factores griego y púnico son difíciles de individualizar en esta zona costera {Ibidem). También cabe recordar en esta comarca que la muralla republicana de Tarragona fue compartimentada en tramos constantes cada 10 m por muros transversales denominados en su día estribos, los cuales traban al exterior de los paramentos (Serra Vilaró, 1949). La aportación más llamativa en los últimos años al elenco de esta tipología defensiva proviene del tramo medio del valle del Ebro, zona en la que se mencionan varias ciudades que emplearon esta técnica (Asensio, 1995). En Inestrillas -La Rioja-, identificada con la antigua Contrebia Leukade, el reconocimiento de muros transversales que cada 6 u 8 m unen los paramentos de la muralla es ya antiguo (Taracena, 1926: 138). Estudios más recientes realzan el carácter aleccionador de la larga y compleja evolución de los sistemas defensivos del poblado, destacando la transformación ocurrida en el periodo celtibérico, al que pertenece la fábrica de cajones, seguramente de la segunda mitad del siglo III a.C. o primeros momentos del ii, frente a la muralla de la primera Edad del Hierro que ofrece claras analogías con las de los castros sorianos (Hernández Vera, 1982: 124 y 133). Otro enclave es La Tijera -Urrea del Jalón, Zaragoza-, cuya muralla se divide en segmentos estancos de 4 a 4,5 m. La recuperación en el relleno de uno de los cajones de un fragmento de cuenco Campaniense B, forma Morel 2.554 b 1, que se fecha a mediados o tercer cuarto del siglo ii a.C, aporta un ilustrativo terminus post quem de la construcción de la obra (Asensio, 1995: 303). Igualmente se sospecha que, a pesar de lo menguado de los restos, también el poblado de La Caraza de Valdevallerías -Alcañiz, Teruel-tenía una muralla de cajones, atribuyéndose genéricamente al periodo republicano e imperial (Asensio, 1995: 203-205). Bajo esta orientación geográfica cobra sentido que la muralla de la ciudad celtibérica de Numancia se organizase en cajones, tal como se desprende de las alusiones de Schulten a los refuerzos de gruesos morrillos que cortan el núcleo de la muralla, luego corroborados por las excavaciones posteriores en varios puntos e interpretados como traveseros cuyo objeto residiría en contener las brechas (González Simancas, 1925-26: 8, 27 y fig.); y todavía son mencionados en recientes descripciones: «a veces este relleno se organiza en torno a una espina longitudinal central constituida por cantos rodados de mayor tamaño y se ve reforzado por muros transversales» (Jimeno, Fernández y Revilla, 1993: 25), debiendo pertenecer a la fortificación de fines del siglo III o principios del ii a.C. (Jimeno y Arlegui, 1995: 122). No queremos terminar este breve repaso sin volver a los castros del centro de la Meseta, cuyas murallas de varios paramentos tanto dieron que hablar y hoy tras los estudios de Moret, al igual que las de algunos castros sorianos, encuentran perfecto acomodo entre las murallas de paramentos múltiples de larga tradición en el Mediodía y Levante peninsular (Moret, 1996: 80 y 230). Y si se traen de nuevo a colación no es para insistir en la falta de vinculación con las moduladas asturianas como más arriba se hizo, sino para buscar algún indicio, leve todavía, que permita establecer cierta relación. Me refiero a la cabecera de un muro aflorante que atraviesa la muralla oriental del segundo recinto de La Mesa de Miranda, de no ser una obra posterior, así como a la junta a que da lugar el paramento externo en el sector occidental de Yecla de Yeltes, compartimentación que es imposible seguir hacia el interior a causa del recubrimiento del terreno. Claro está que de confirmarse esta última, conocida la linealidad de la muralla salmantina, habría de tratarse más de una yuxtaposición ocasional de fábricas quizá derivada del proceso de obra cuyo resultado, eso si, la asemeja a las juntas de los módulos. En este ambiente de inseguridad cabe incluir la alusión a la posible constitución de la muralla del castro de El Raso de Candeleda por paramentos sucesivos adosados para contener las brechas (Fernández Gómez, 1986: 412), aunque tampoco se puntualiza si paralelos o transversales al eje de la fábrica, mención que por su proximidad geográfica nos animó a referir tentativamente los dos ejemplos anteriores que el tiempo habrá de definir. Ante este panorama no resulta fácil determinar el origen y las causas de la dispersión de las murallas de cajones en la Península. En un primer momento, P. Moret, quien más se ocupó de este tema, las clasificó en la misma categoría que las de casamatas, y las justificó como técnicas fortificativas coloniales que fueron adoptadas por las poblaciones ibéricas, recurriendo entre las primeras a Malaka y al Castillo de Doña Blanca, y para las segundas al Cerro de las Cabezas y al Castellet de Banyoles (Moret, 1991: 267-269). Los desfases cronológico y cultural, suscitados porque los modelos coloniales son fenicio-púnicos mientras los casos ibéricos se propagan en ambientes helenísticos y comprobada su ausencia en emplazamientos griegos peninsulares, pudieran ser explicados por el movimiento de mercenarios y comerciantes proclives a importar el modelo en una zona tan sujeta a influencias como la desembocadura del Ebro {Ibidem). Con posterioridad, probablemente debido al cuestionamiento de los cajones de Banyoles y al ligero envejecimiento cronológico del Cerro de las Cabezas, así como a la posible integración del Castillo de Doña Blanca entre la tipología de casamatas, Moret matiza su opinión para restar trascendencia poliorcética a esta técnica y, a su vez, separarla de la de casamatas (Moret, 1996: 213). Quizá considerando su aparición en lugares tan desconectados como Cerro de las Cabezas -Ciudad Real-, Silla del Moro -Málaga-y Charpolar -Alicante-, repara en que su simplicidad dentro de las técnicas poliorcéticas, algo que siempre tuvo presente, pudo motivar su eclosión al margen de cualquier fenómeno aculturador (Moret, 1996: 213). Mantiene, no obstante, el carácter novedoso de las murallas de cajones y un origen mediterráneo que dio pie a una limitada propagación durante la Edad del Hierro {Ibidem: 84). Al definirse la muralla del Castillo de Doña Blanca como una obra de casamatas se carece de instalaciones coloniales en la península que hayan inspirado las murallas de cajones, salvo que se admitan como una derivación lejana de aquella, algo no demostrado. Pero al mismo tiempo desaparece también el inconveniente cronológico y cultural a que daba lugar su difusión en tiempos helenísticos. El repaso efectuado a sus manifestaciones peninsulares permi-te seguir defendiendo ese ámbito para la mayor parte de ellas con lo que podría ser gratuito buscar un centro colonial que justifique un punto de partida. Los casos más antiguos se materializan en el mediodía, donde, a falta de determinar lo que ocurre en Puente Tablas, han de citarse Silla del Moro y, algo más al norte, el Cerro de Las Cabezas, receptores ambos de fuertes influjos mediterráneos como demuestra la presencia de torres en las dos fortificaciones. Cierta incertidumbre despierta el foco valenciano por su rusticidad y localismo, ¿pero esos rasgos son excluyentes de la adaptación de una técnica foránea? En la desembocadura del valle del Ebro, el Castellet de B any oles, a pesar de la problemática que envuelve a sus compartimentaciones, sigue siendo un caso socorrido por su indudable sujeción a un patrón fortificativo de influencia mediterránea emblemática. Además, constituiría un punto de partida para comprender la difusión de la técnica a lo largo de la ruta del Ebro hacia Inestrillas y Numancia, algo que también pudo incidir en Tarraco y en las ciudades aragonesas de época republicana. HIPÓTESIS SOBRE EL ORIGEN DE LAS MURALLAS DE MÓDULOS EN ASTURIAS ¿Cómo interpretar en este oscuro balance el grupo asturiano? El problema reside, como corresponde a su localización geográfica, en su aparición en un fondo de saco y en la ausencia hasta ahora de paralelos en las regiones vecinas. El primer intento de solución debe de ser, con todo, intrínseco y pasa por resolver el caos generado sobre la cronología de sus manifestaciones. Los ejemplos más afianzados, aquellos en los que las dataciones radiactivas pueden ser confrontadas con la evolución de estratigrafías largas en el tiempo y con la cultura material, permiten abogar por la datación en el siglo m a.C. en Moriyón, período extensible a la Campa Torres, si es que no debe retrasarse ligeramente hacia finales de ese siglo o principios del n, conforme a la revisión que proponemos de su sistema defensivo. En otros casos, como Llagú y Chao Samartín, las fechas radiactivas tienden a envejecer el horizonte, aunque sin superar el siglo iv a.C. e incluyendo plenamente el siglo III en su intervalo, con lo que ha de permanecerse a la espera de que el estudio de los materiales y del desarrollo general de las ocupaciones facilite una mayor concreción. Poco se sabe del Castillo de San Martín, pero la posición de la muralla sobre fondos de cabana que aportaron fíbulas de torrecilla (información de E. Carrocera), apunta a un momento muy avanzado en la segunda Edad del Hierro, cuando no ya romano. Una datación romana me atrevo a sugerir para Castillo Veneiro en consideración a los molinos giratorios encontrados y a su posición en el seno de un destacado sector aurífero explotado por Roma, pero, obviamente, no puede afirmarse con rotundidad. Respecto a San Chuis, al margen de la existencia de ocupaciones antiguas que habrán de ser avaladas con más pruebas, entiendo que una datación radiactiva que tiene una variación a 2 sigmas nada menos que de jSOO años! y con una confusa vinculación a la muralla, no debe servir para modificar la cronología de ésta, hoy asentada en el periodo imperial según los análisis estratigráficos de F. Jordá y J.L. Maya. Decíamos antes que el aislamiento de las murallas de módulos asturianas puede invitar a creer en su origen autóctono, idea sustentada en fechas altas, de la primera Edad del Hierro, que tenían en la Campa Torres su principal adalid (Maya y Cuesta, 1995;1999) y que sus investigadores trataron de trasladar al menos a los castros de Llagú (Maya y Mestres, 1998) y San Chuis (Cuesta, Jordá, Maya y Mestres, 1996). Pero con un encuadre de estas murallas a partir del siglo m a.C, a falta de afinar los espectros radiactivos de Llagú y Chao Samartín, se hace mucho más complicado sostener su naturaleza vernácula. En este sentido debiera servir de contraste que las murallas de la primera Edad del Hierro conocidas en la región, bien es cierto que de manera aún incipiente, como las de los castros de Camoca y Olivar en Villaviciosa, no han deparado las consabidas compartimentaciones y su factura ofrece un estilo diferente y tosco. Con el vacío informativo del espacio circundante a la región, la forma en que esta técnica pudo llegar aquí es una incógnita, pero puede esbozarse una orientación a través de algunos materiales arqueológicos foráneos presentes en castros del centro-oriente de la región. En efecto, si la impronta meseteña de la Edad del Hierro del oriente de Asturias era conocida desde la lejana excavación del castro de Caravia con su puñal de tipo Monte Bernorio y sus fíbulas de torrecilla, caballito, cubo, meseta, etc., las modernas investigaciones han incrementado los testimonios de esa influencia y, así, en una rápida crónica cabe aludir a nuevas fíbulas de torrecilla, simétricas, zoomorfas. Golfo de León, enganches de tahalí, etc. provenientes indistintamente de los poblados de Moriyón y Campa Torres, y muy especialmente deben mencionarse los kalathoi aportados por este último yacimiento. Este lote de piezas, sin contar alguna que otra de incierta procedencia, reclama elocuentes lazos con la zona oriental de la ficaciones (a partir de Moret, 1996). Meseta norte desde una fase temprana de la segunda Edad del Hierro e invitan a pensar si no podrá ser la vía de llegada de la técnica que nos ocupa. Aún cuando algunas de las murallas compartimentadas de las ciudades del valle del Ebro remiten a la época republicana, otras como la de Inestrillas parecen ser equiparables cronológicamente a las asturianas. Es imposible omitir, a costa de pasar a la cabecera del Duero, los cajones de la muralla indígena de Numancia, tan desmantelada por los acontecimientos posteriores, que se supone de fines del siglo m o principios del ii a.C. y que tan cerca está de la riojana. En definitiva, el desenlace difusionista al origen de las murallas asturianas pudiera residir en las fortificaciones del norte de Burgos, Falencia y León de las que tan poco se sabe. Es un hecho admitido las generalizadas transformaciones técnicas que, como consecuencia de diversos avatares, se producen en las fortificaciones peninsulares grosso modo desde el inicio de la segunda Edad del Hierro. Los cambios acontecidos en la órbita militar y difundidos a través del Mediterráneo favorecieron el incremento de los sistemas defensivos que ahora pasaron a combinar herencias autóctonas con novedosas aportaciones (Balil,197L 5). La evolución de los sistemas defensivos de los poblados protohistóricos es desvelada en numerosas regiones del interior de la Península, observándose una tendencia hacia una mayor elaboración técnica que suele ir acompañada del aumento de manifesta-ciones, tamaño, etc. En tierra de los vettones se acepta una paulatina complejidad de los sistemas defensivos como consecuencia de las influencias poliorcéticas del mundo helenístico, y sirve de reflejo para ello confrontar la rústica muralla de Sanchorreja y otros poblados del primer Hierro con los dispositivos defensivos de Las Cogotas o La Mesa de Miranda ya del segundo Hierro (Alvarez-Sanchís, 1999: 164). Esa misma progresión técnica en los sistemas defensivos fue indicada hace ya tiempo para los poblados alaveses (Llanos, 1974: 140), y no es disfinta la perspectiva que se diseña en las síntesis sobre la cultura celtibérica, en la que las murallas de cajones surgen novedosamente en la segunda Edad del Hierro (Lorrio, 1997: 79). A diferencia de lo que ocurre con las murallas de paramentos múltiples, las murallas de cajones no encuentran antecedentes peninsulares con anterioridad a los primeros tiempos ibéricos y lo hacen siempre en yacimientos sujetos a las influencias coloniales. Basta cotejar el mapa de la dispersión hasta ahora conocida y compararla con la que siguen las torres pentagonales y cuadrangulares (Moret, 1996: 212. Fig. 9), para inferir su claro paralelismo. Esta circunstancia unida al agrupamiento cronológico de las murallas de cajones refuerza el concepto poliorcético de la técnica y que su conocimiento se convirtiese en objeto de difusión. En el caso asturiano, la dificultad para construir las obras defensivas en terrenos llanos, habida cuenta del emplazamiento de las fortificaciones en lugares de altura, pudo ser un acicate en la utilidad de los módulos en un intento de frenar la inestabilidad de las fábricas acelerada por las adversas condiciones climáficas, y ello sin perjuicio del concepto defensivo, poliorcético en su justo término, de la técnica. ADDENDA Ya en prensa este artículo, recordé que Maluquer de Motes se había percatado de las curiosas yuxtaposiciones de paramentos en Yecla la Vieja y Las Merchanas (Maluquer de Motes, J., 1968, «Excavaciones arqueológicas en el castro de 'Las Merchanas' (Lumbrales, Salamanca)», Pyrenae, 4, pp. 101-128).
Este artículo supone Ia continuación de nuestro primer estudio sobre la cronología paleogràfica de la escritura ibérica levantina. Se añaden al sistema dos signos {bi y bo), así como se comentan algunas variantes menores de otros signos. Se revisa además la nueva documentación sobre te-1. Finalmente se efectúa una breve descripción de la distribución de las principales zonas que se distinguen por tener variantes de signos propias. Este artículo constituye la continuación de mi primera exposición del.método crono-paleográfico aplicado a la escritura ibérica levantina. Los objetivos de esta continuación son cuatro: 1) La incorporación al análisis completo de dos nuevos signos {bi y ¿7(9 0; 2) el examen de algunas formas peculiares de algunos signos (formas de ¿?w y de e); 3) las novedades sobre la cronología de te-1', y 4) revisión de las zonas geográficas que utilizan signarlos distintivos y de las zonas arcaizantes. La problemática abordada es más compleja que la del anterior trabajo dado que se tratan aspectos para los que hay menos datos y cuya clasificación es más difícil. También hay que tener en cuenta que, aunque abundan las noticias de nuevas inscripciones, son pocas las que han sido correctamente publicadas o puestas a disposición de los investigadores, lo cual limita el caudal de nueva información a pesar de los años transcurridos. Por todo ello, el presente artículo no pretende más que aportar unas cuantas anotaciones útiles. Cabe recordar previamente que las fechas de inicio y fin de uso de la escritura son arbitrarias. Seguramente existen inscripciones previas al 400 a.C. y se documentan claramente algunas posteriores al 50 a.C. como la bilingüe de Manises-01 ^ sobre una terra sigillata sudgálica que se adentraría en el s. i d.C. ^ LA CRONO-PALEOGRAFIA DE LOS SIGNOS bi Y bo La problemática de estos dos signos es bien distinta. El signo bo es de fácil definición morfológica, pero las formas minoritarias están escasamente documentadas; por el contrario el signo bi, abundantemente documentado, presenta grandes dificultades en su reconocimiento tipológico. Ello es debido a que su extensión en forma de gancho es susceptible de recibir un trazado descuidado y, así, en inscripciones largas no es raro encontrar dos o tres formas distintas, pese a que suela predominar una. Por ello la tipología de bi debe reducirse a unos cuantos prototipos de rasgos bien diferenciados y, aun así, no puede descartarse la posibidad de intrusiones accidentales por un error caligráfico. Podemos distinguir cuatro formas, tres de lectura segura y una cuarta en que no puede aún descartarse por completo la lectura alternativa ta. Aspa con un trazo secante vertical. Este puede ser efectivamente uno (bo-la) o ser dos, un apéndice superior y otro inferior {bo-lb). No descar- Esta parece ser la forma originaria del signo y está atestiguada en inscripciones del s. iv (Ensérune-03, Ampurias-24, Ullastret-13). En los yacimientos del sur de Francia no se encuentran ni bo-2 ni bo-3 por lo que, al ser tan extraño el posible bo-4, indica que es prácticamente el único signo bo usado en la zona. Así comprobamos que se encuentra en inscripciones tardías de Ensérune: Ensérune-336, Ensérune-337 (ambas de 150-50 a.C.) y Ensérune-61 (probablemente del s. II ya avanzado). Este uso podría llegar hasta Ampurias, donde el plomo Ampurias-06 parece posterior al 150. Se encuentra asimismo en una emisión monetai de la ceca untikesken (CNH: 144, n.° 22) por más que no puede descartarse que, como concluye Villaronga, no se trate en realidad de una marca numeral. Sin embargo, al sur de esta zona las cosas no son tan sencillas. De las 17 inscripciones en que se encuentra, 16 si eliminamos la de Azuara-01 que es una marca numeral, sólo 2 admiten una datación iberorromana como posteriores al 180/175 a.C. Está bien documentado en textos de la fase transicional (ca. Se trata de la zona de Teruel donde el alfabeto ibérico está en contacto con el celtibérico tipo Luzaga (que sí conserva la forma de bo-1 para su lengua) y es una zona arcaizante. Incluso así, ha de notarse que en Azaila es el único de 14 casos en que está presente esta forma. Otro testimonio tardío de bo-1 debe de ser la leyenda monetai bon en la ceca bols ken (CNH: 210-212, pieza n.° 3 de la segunda mitad del s. ii), donde sin embargo para el nombre de la ciudad usan bo-3. Esta observación, uso de dos tipos de bo en una misma moneda, constituye un apoyo a la teoría de Villaronga de que la marca bon no sea en realidad fonética, sino una marca de valor correspondiente a 'un denario'. Elio no obstante, no puede estarse seguro, dado que si bien el signo bo-1 coincide con la marca romana para denario, posteriormente se usa también bo-3 para bon e incluso, en paralelo con el paso de la ceca a olsken, se encuentra on. Pero debemos recordar que esta moneda corresponde al grupo pirenaico, cuya adscripción a lo ibérico no es segura, que muestra conexiones con grafías celtibéricas (el propio signo he) y que, en definitiva, es otra zona arcaizante' ^. Consecuentemente bo-1 es un signo de forma clásica en la zona al norte de Ampurias (o más prudentemente Gerona y sur de Francia), es un signo arcaizante en la zona de Teruel y aun así poco frecuente) y probablemente inexistente, al ser substituido por bo-3 en el resto de la zona ibérica con posterioridad a los inicios del s. ii, siendo un indicio de datación pre 180 ^. bo-2'. es la forma de asterisco, un aspa sobre una cruz, correspondiente, en principio, a un desdoblamiento del signo bo en el sistema de notación dual de oclusivas. Pero esto no deja de presentar problemas. Hace tiempo que se ha observado el problema de que, si bien con dentales y velares este desdoblamiento corresponde a lo que en greco-ibérico es la distinción entre sordas y sonoras (t/d, k/g), en íbero sólo se conoce el fonema /b/, pero no /p/ y es bo el único de los silabogramas de oclusiva labial que se ^ Obsérvese que una serie de cecas comparten esta marca bon I on: sesars {CNH: 209) con bon\ iaka (CNH: 215) bon; sekia {CNH: 215) tiene on; arsaos {CNH: 252) on; arsakos {CNH: 256) on; bentian {CNH: 257) on. Si no es una marca de valor debiera ser una inusitada marca de pertenencia regional. ^ Hay que reconocer el problema que representa este signo cuando aparece aislado o junto a una barra vertical. No siempre puede asegurarse que sea bo-1 y no bo-2 ni puede descartarse que se trate de una marca ágrafa pues como tal es usada en la epigrafía griega y romana ocasionalmente. desdobla ^. Pero por otra parte esta variante está ausente del sur de Francia y sólo se encuentra sobre ocho inscripciones (considerando los tres plomos de la tumpa de Orleyl un único documento). Se encuentra en el plomo de Ullastret-03 y en el de Ampurias-23, pero las demás ocurrencias son todas de la zona edetana (Liria, Bernabé, Villares-02, Orleyl y Castellón). Todas estas inscripciones serían de los siglos IV y III a.C. salvo Liria-03 y 59 y Bernabé-01 que tanto podrían ser del s. m como adentrarse en los inicios del s. ii hasta el 190 ó 180. La extraña distribución del mismo plantea nuevos interrogantes. El signo, como hemos indicado, aparenta corresponder al desdoblamiento de oclusivas del sistema dual. Sin embargo esto sólo es válido para el plomo de Ullastret y el de Ampurias, puesto que, según opino actualmente, este sistema sólo se usa al norte del Ebro. A partir de aquí, las realizaciones edetanas con rasgos extra carecen actualmente de explicación, pero ¿qué sucede con la gran cantidad de documentos que sí usan sistema dual en el sur de Francia? Existen dos posibles soluciones, ninguna de ambas plenamente satisfactoria. La primera, minimalista, indicaría que no aparece bo-2 porque, como se ha señalado, no se desdobla la oclusiva labial y el signo no hace falta alguna; su ocurrencia en Gerona sería alguna solución epicórica. La otra solución sería suponer que el desdoblamiento de bo sí se ha efectuado, pero bajo otra forma. Desde ese punto de vista es muy a tener en cuenta que, ya para los plomos de Pech-Maho, Solier (1979: 73) propuso la lectura de variante de bo a x-4, basándose en la sugerente reconstrucción de un onomástico galo botuofis. La extraña distribución de bo-2 es, desde luego, un argumento a favor de la propuesta de Solier y es posible que sea la solución correcta, pero restan aún algunos problemas por solventar. Para la ceca pirenaica s-[x-4]-sars (comúnmente leída sesars, CNH: 209) hay que suponer que es una homomorfia casual y que no son el mismo signo. Sin embargo, hay otro signo (x-3) cuya excepcionalidad y similitud con x-4 recomiendan considerar a ambos como un mismo signo. Aquí el primer problema radica en que se conoce esta forma ya en el plomo de Palamós. Éste es sensiblemente anterior a los de Pech-Maho y hace probable (aunque no for-^ En principio, la hipótesis alternativa por defecto sería suponer una aspiración de la /b/ ante vocal de timbre posterior. Indicios de la misma los tenemos en la infrecuencia del signo bu en ibérico (salvo en el sur de Francia donde parece una variante dialectal de bo), en evoluciones del tipo bolsken > olsken I Osea, o en la ceca nefonken {CNH: 437) correspondiente a Narbo. zoso) el que la forma x-4 derive de x-3. Resulta pues que si la forma x-4 guarda un notable parecido con bo, que permitiría explicar su derivación aunque no su valor fonético, este parecido es mucho menor en lo concerniente a x-3. Otro problema es que x-3 parece encontrarse como sufijo de onomástico en Osséja-2 (al menos en lo que deja ver la pésima caligrafía de estas inscripciones rupestres) y nos faltan paralelos de un sufijo adonomástico bo. Su distribución y cronologías son coherentes pero cabe destacar que la cardinalidad de sus 21 ocurrencias es engañosa, ya que 13 son de Azaila. Nos hemos de limitar a ocho yacimientos. Los dos más septentrionales son Palamós-02 y Gruissan-01. Sin embargo técnicamente esto se reduce a Palamós, dado que el plomo de Gruissan-01 presenta una problemática especial al proceder de un barco naufragado. Paleogràficamente puede proceder de Gerona y no del sur de Francia. El límite meridional lo ponen Sagunto y Montaña Frontera. Sólo hay dos inscripciones que, paleogràficamente, puedan remontarse algo en antigüedad; ambos por presentar s-3 signo que en principio desaparecería hacia el 175/150. Dada la ausencia de bo-3 en inscripciones de estilo transicional el post quem probable es de 180/ 175, lo que enfatiza la idea de que la forma s-3 persiste en su uso hacia el segundo cuarto del s. ii. bo-3: 180-50 (no usado en el sur de Francia). bo-4: Este signo lo había clasificado anteriormente como ta-2 y se encuentra en dos inscripciones del sur de Francia:. Podemos suponer que esta forma tuvo algún uso hacia la segunda mitad del s. iii. Paleogràficamente considero más probable que se trate de bo dado que corresponde a una evolución de ^ En la parte superior hay un signo fragmentado que parece bo-1. Como, de ser efectivamente así, sería el único caso de coexistencia, puede plantearse, más que corresponda a una fase de transición o que el plomo sea falso, que se trate de un numeral. bo-lb en el que los dos trazos del segmento vertical de ¿70, al ser independientes, se han ido lateralizando. Por otra parte no se entiende bien la necesidad de dos trazos extras para desdoblar el signo ta, en vez de uno. Sin embargo esta interpretación sólo es probable. Altamente problemático por la dificultad en distinguir lo que es un mal trazado de lo que era el signo ideal del signarlo que se utilizaba. Para este signo tendremos en cuenta cuatro trazos y dos ángulos. El primer trazo es el típicamente vertical y largo. El segundo trazo parte de la parte superior del primero y transversalmente se dirige en dirección progresiva de la escritura. Entre el primer y el segundo trazo tenemos el primer ángulo. El segundo trazo surge del extremo del segundo y se dirige hacia abajo, tanto en vertical como en dirección contraria al sentido de la escritura. Entre el segundo y el tercer trazo tenemos el segundo ángulo. El cuarto trazo surge eventualemnte del tercero y suele implicar cierto sentido de espiral. Dicho esto, mi propuesta actual de clasificación queda de la siguiente manera: bi-1: signo de tres trazos en ángulo recto en el que el tercer trazo no es minúsculo. Se admite también (bi-lb) aquél en el que la inclinación del segundo ángulo entre el segundo y el tercer trazo es algo menor de noventa grados. Una datación intermedia la tenemos en el dipinti de Vielle-. Es pues claramente un signo iberorromano y, aunque pueda ser más tardío, parece probable asimilarlo a las innovaciones de ca. Obsérvese que excluyo de la categoría de bi-1 una serie de inscripciones, siempre sobre cerámica ática, que en ocasiones han sido interpretadas como ibéricas pero que no son más que numerales y marcas comerciales griegas ^. Por su parte la forma bi-lb presenta sólo cinco ocurrencias, pero muy similares a las de bi-1 a: di-^ Así lo que se lee dubi III no es más que el numeral 18 (Amil). En otras ocasiones la p es abreviatura de TCOIKÍ^OÇ. El signo que Untermann ha interpretado como nexo bir sería el numeral 50. pinti de Vielle-Toulouse, plomo de Yátova, Azaila-320 y dos inscripciones de Ensérune de los ss. La forma bi-lc corresponde a aquélla en el que el tercer trazo es diminuto pero con un segundo ángulo recto. Se esperaría una cronología también tardía, pero de sus tres casos registrados uno es una cerámica ática de Montlaurés-01 (aunque Untermann no refiere más que el dibujo de sus dos signos). Por ello, en principio, parece más prudente abstenerse de darle ninguna cronología. bi-2: Corresponde a la forma en el que el segundo ángulo es cerrado. La variante la posee el tercer trazo de un tamaño normal, mientras que la Ib corresponde a su realización diminuta. La forma bi-2a es clásica, apareciendo en todas las épocas bien documentada. En todo caso, llama la atención su no asociación a los abundantes plomos con estilos paleográficos transicionales. Es difícil dar una datación a la forma 2b, dado que si bien sus dos ocurrencias son tardías, ss. ii-i, se trata sólo de dos casos. bi-3: En esta forma tanto el primer como el segundo ángulo son cerrados, aunque en ocasiones los trazos segundo y tercero se efectúan como una curvatura. Esta forma también es clásica. En fase tardía sólo se documenta con claridad en Azaila (9 casos) y en Oliete-08. Esto podría hacer suponer que es una forma arcaizante y, sí, ciertamente es poco frecuente en inscripciones tardías costeras, pero una forma asimilable se encuentra en el plomo de Yátova-03, por lo que, como mucho, es un débil indicio de arcaísmo. bi-4: Forma poco documentada pero de forma muy coherente. Todos estos datos señalan a un uso epicórico (Gerona-sur de Francia) en el último cuarto del s. iii. Esta fecha además es coherente con el hecho de que esta forma ya no se confundía con / al haberse creado precisamente hacia el 225, la forma 'lambdamorfa' 1-2. Corrijo aquí la lectura como Murtia. bi-5\ Son las formas con gancho interno donde se encuentra incluso un cuarto trazo tendiendo a hacer una espiral de cierre. La forma ideal es la bi-5a en que el ángulo primero es cerrado, es decir, el segundo trazo es descendente y el gancho anterior, aunque formado con una única línea curvada, está bien marcado. En bi-5b se incluyen formas muy similares, pero en las que el gancho está poco desarrollado, tal vez por no terminarse el signo. En la forma bi-5c se recogen signos con el gancho interno, aunque a veces poco desarrollado, pero en las que el primer ángulo es prácticamente recto, es decir, el segundo trazo es horizontal o apenas desciende; en éstos hay tanto formas angulosas como curvadas, dado que la escasez de las primeras no permite establecer subgrupos. Finalmente, la forma bi-5d recoge formas con los cuatro trazos pero que más que en forma de gancho lo que se observa es una especie de P latina arcaica, ocupando el bucle superior normalmente poco espacio respecto al conjunto del signo. El problema con esta variante es que no siempre es evidente su distinción respecto a bi-3. La forma bi-5a, con su característica apariencia nàsica, está muy bien representada. Las formas de un trazo más desarrollado son típicamente edetanas pero formas asimilables se pueden encontrar también en Cataluña y el sur de Francia. Está atestiguada en el s. iv en Ullastret-03 y 23, en Sagunto-26 y, con una forma asimilable, en el plomo de Penya del Moro-01. Se encuentra una forma similar, intermedia entre la 5a y la 5c, aunque usándose junto a bi-3 en el plomo Por_Tarragona-02, cuyo lapso de realización, según su paleografía, es algo más amplio (225/200-150), pero compatible. De la forma bi-5b sólo puedo documentar dos casos. Uno es el mismo plomo Por_Granada-01 en el que ha de ser un mal trazo de bi-5a, el otro es una cerámica ática de Ullastret. Parece pues que no hay diferencia entre ambas variantes. Las formas de bi-5c no son muy homogéneas y sí están mal representadas. De ocho casos, seis serían compatibles con la datación de bi-5a. Sin embargo tenemos la forma de la estela de Cabanes-01, extremadamente angulosa, y la de la fusayola de * Nota del editor: El signo «Por_» usado por el autor equivale a «Provincia de», esto es, procedencia desconocida dentro de esa provincia. Oliete-06, de estilo curvo. Bien es cierto que la cronología para la primera es sólo de post 200, que strictu sensu sería compatible con un pre 180, pero es más probable que sea más moderna. También Oliete-06, datable a inicios del s. i, podría considerarse de una área arcaizante, pero es poco satisfactorio. Concluyamos pues, prudentemente y a la espera de nuevos testimonios, que, aunque la forma bi-5c es un indicio de arcaísmo o antigüedad, no es en absoluto una prueba. Más claras son las conclusiones respecto a las ocho ocurrencias de bi-5d. La única que pudiera ser algo posterior es la estela de Binéfar-02, aunque no es seguro que su bi no sea en realidad un bi-3. De todas formas su paleografía es arcaizante (forma compleja de 6>, forma s-3, dos tipos de ki, forma de be-7 de aspecto arcaico) por lo que, aun siendo su ante quem teórico de pre 150, lo más probable es que se realizase en el primer cuarto del s. IL Por lo tanto la cronología de uso de esta forma puede considerarse de 400/350-175, pero siempre teniendo en cuenta que su parecido con bi-3 crea problemas prácticos de clasificación. Forma en que el segundo trazo desciende, pero el tercero tiende a la vertical. Este signo suele ser de ductus más curvado que anguloso, dándole también un aspecto de P primitiva. De todas formas sus testimonios son demasiado escasos para dar una estimación cronológica, máxime cuando en el plomo de Palamós-01 coexiste con bi-3 por lo que puede ser producto de un mal trazado. bi-7: Variante en forma de bucle. Ni siquiera el primer trazo es una línea recta vertical, sino que todos juntos componen una espiral curvada. bi-8: Forma en que el signo apenas está esbozado por una curva. También está muy mal documentado, por más que sus dos casos correspondan al s. m. LAS FORMAS ESPECIALES DE buY jyE e Las formas de e Respecto al signo e debemos distinguir claramente las formas con dos apéndices transversales ascendentes, que sería clásica o una innovación temprana (puesto que parece rara en el s. iv y depende del testimonio de la problemática cerámica AEspA, 73, 2000 ática de Sidamunt-01'°), de aquellas formas complejas que poseen más, en especial la frecuente con tres. Mi opinión es que el último periodo de uso de las complejas sería el transicional, previo al 180/ 175; de la misma manera que no descarto que la inscripción de Sidamunt sea muy posterior a su soporte. Pero todo esto, si bien es válido como indicio, todavía no puede probarse. Aparece muy raramente el signo e de tres trazos en Azaila, aunque en posiciones donde puede ser un símbolo, como la espiga, y puede tratarse de una influencia del signario celtíbero tipo Luzaga que conserva esta forma. También se encuentra en el plomo de Ampurias-06 que probablemente es posterior al 150. Pero, aparte de la no total seguridad de la datación, coexiste con la forma simple de e (un caso de cada) y creo que su e de tres trazos puede ser un simple espejismo y deberse a un trazo accidental; puesto que ciertamente su tercer trazo es de aspecto irregular. De igual manera puede localizarse en unas pocas estelas funerarias, pero que paleogràficamente parecen ser de las más antiguas. Sin embargo, el problema principal lo plantea la campaniense B de Benidorm-01 donde en el breve texto kulestileis la primera e tiene tres trazos y la segunda sólo dos. Ahora bien, el tercer trazo, el superior, de la primera e tiene una inclinación diferente y tal vez una diferente profundidad y parece coincidir en inclinación con un esbozo de trazo que se observa cruzando los otros dos. Por ello no me parece imposible que primero se grabase la e con el trazo superior y el poco claro seccional, pero, que al quedar demasiado horizontales respecto al sentido del texto, se corrigiesen con dos más profundos y bien orientados. Sin embargo, esto no deja de ser una mera posibilidad, por lo que es probable, pero no seguro, que las formas de e complejas desapareciesen antes del 175, lo que como indicio suele dar buenos resultados. De la misma manera, es probable que la e de dos trazos no sea antigua, sino que apareciese en algún momento del s. III, pero tampoco es concluyente. De este signo podemos hacer una clasificación provisional en la que la forma bu-1 correspondería al rectángulo simple; la bu-2, al que incluye un punteado interior; bu-3, con una línea horizontal interior y puntos en los cuadrados internos resultantes; mientras que bu-4, anteriormente leída te y clasificada por mí como te-0, sería el rectángulo con una línea vertical interior. El signo bu es, al parecer por motivos de fonética ibérica, muy escaso en las inscripciones. Sólo tiene una cierta frecuencia en inscripciones del sur de Francia, en las que, en un aparente fenómeno dialectal, el formante de compuestos de tipo onomástico ibérico -bof se encuentra escrito -buf. El signo originario ha de ser el rectángulo básico, puesto que coincide con el bo sudlusitano y con el signo bo o bu del ibérico meridional. Por otra parte sus otras variantes sólo se encuentran en Francia. La forma bu-2 se encuentra en cuatro inscripciones (tres en Ensérune y una en Mailhac) que no permiten ninguna precisión cronológica. Mientras que la forma bu-3 es la propia de los tres primeros plomos de Pech-Maho (34-36) que son de finales del S. III. En cambio la forma sobre la que quiero llamar la atención es la nueva bu-4 que, anteriormente, siguiendo a Untermann, había leído como te y clasificado en mi paleografía como te-0. Como puede verse, el único segmento conspicuo es el de Ensérune-21, constituido por una marca de propiedad de nombre propio seguido de sufijo -ar. Si observamos las formas paleográficas de te (Rodríguez Ramos 1997a) vemos que las formas primitivas son redondas, mientras que las formas rectangulares son típicamente iberorromanas y que incluso así no se parecen a este signo. Es por tanto paleogràficamente dudoso que exista una forma rectangular de te en pleno s. III. Pero la prueba definitiva la tenemos en el nombre propio selkibuf en el que el primer elemento es claramente selki (MLH III n.° 101), mientras que para el segundo elemento Untermann recurre a interpretarlo como haplología de ete / éter / eten (MLH III n.° 54). Aquí el problema no es sólo la haplología y el que en un formante que alterna n/r sea extraña la vibrante r, sino inclu-so el que el formante éter es de los que sólo se documentan en primera posición de compuesto salvo, supuestamente, en Ensérune-21. En cambio, la lectura selkibur permite identificar el segundo elemento con el formante bof (MLH III: 46). Éste aparece en ambas posiciones, aunque es más frecuente precisamente en la segunda, y su variante buf está atestiguada precisamente en el sur de Francia, en los plomos de Pech-Maho {kules-buf, atin-buf). Es, por tanto, seguro que ha de ser leído bu. CUESTIONES SOBRE LA CRONOLOGIA DE te-1 En este apartado me centraré sobre una interesante inscripción de la que no había tenido noticia en mi anterior trabajo paleogràfico y en la que parece encontrarse una forma te-1 en pleno periodo iberorromano, seguramente en el tercer cuarto del s. II, y para la que no parece poder recurrirse a que provenga de una zona arcaizante. Se trata de la inscripción pintada sobre un borde de calato procedente de Can Jordi. La datación es bastante clara y se basa en la ausencia de cerámica campaniense B, frente a la presencia de campaniense A tardía. Menos concluyentes son formas que, según los excavadores son sólo similares pero no idénticas a las formas Morel 2646a 1 y 2914cl, cuyos modelos corresponderían a finales del s. III. Resta el problema de considerar el periodo entre la fabricación y la amortización de los materiales, escaso para el ánfora, algo mayor para la cerámica campaniense, pero poco claro para los tres calatos pintados que se encuentran en la U.E. 1004. Es de suponer que una pieza tan elaborada tendiera a perdurar bastantes años, pero no puede descartarse tampoco una amortización ritual'^ En todo caso, el momento de fabricación del calato, que es también el momento de realización de la inscripción, parece corresponder al tercer cuarto del s. II. Sería posible una fecha algo más antigua, pero es menos probable y, como veremos, la paleografía apoya la primera datación. y nunca presenta asas de ninguna clase. Bonet (1995: 41 Is) expresamente indica que todos los calatos de Liria se enmarcan perfectamente en la categoría C de Conde, que nunca lleva asas, que su producción se acaba a inicios del s. ii, y que sólo hay una pieza de tamaño excepcional (fig. 67, pp. 142 y 144) que llega hasta los 31 cm de diámetro. Algo más asimilables serían los calatos de Teruel, cuya clase E-1 es descrita por Conde como de gran tamaño, con diámetros de 40-45 cm, pero que sólo excepcionalmente llevan asas, y en estos dos casos, enganchadas por completo. Sólo hay una producción que fabrique calatos con asas exentas, éstas son las del tipo B-1. Éstos suelen presentar separaciones verticales de la decoración y tener 'dientes de lobo' en sus bordes. El diámetro extemo de su boca va de 28 a 35 cm y sus pastas son buenas. Su cronología de producción cubre desde finales del s. m hasta mediados del ii (cuando sería sustituido por las producciones Fontscaldes) y sus piezas suelen encontrarse en Barcelona, Tarragona y sur de Lérida. Como puede verse la cronología no acaba de coincidir, ni el tamaño es totalmente compatible, así como el que los productos B-1 suelan tener buenas pastas y buena pintura los aleja de los calatos de la U.E. 1004, de mala pintura que salta con facilidad. Posteriormente, el taller de Fontscaldes hace producciones derivadas de las del taller anterior pero ya con una menor calidad y con diámetros externos de hasta 36 cm. Esto encajaría mejor con nuestra pieza, salvo por el hecho de que estas producciones presentan asas pegadas, no exentas. Respecto a la decoración, la mixta de 'dientes de lobo' y S jes habitual en estas producciones, pero la del cuerpo del vaso es más bien pobre. En los restos conservados no se detectan motivos vegetales como las hojas de hiedra, sino básicamente cabelleras verticales y semicírculos concéntricos; compatibles con decoraciones sencillas del taller de Fontscaldes. Puede concluirse que parece que las piezas de Can Jordi son una producción catalana y que posiblemente corresponda a un taller que recoge la tradición de las piezas B-1 imitándolas con variantes y peor calidad y ya con una decoración simple más propia de Fontscaldes que de las cuidadas producciones previas. Ello nos colocaría cronológicamente precisamente en el tercer cuarto del s. IL Considero que provisionalmente, a falta de un reestudio específico, es lo más probable y que, en todo caso, la homogeneidad de las tres piezas de la U.E. 1004 recomienda considerarlas de un taller cercano. Por lo tanto tendríamos una inscripción hecha en el sur (o centro) de Cataluña hacia el 135 a.C. Esta inscripción es leída por Panosa Jbanmi • biurborte[, habiendo tras biur una franja de decoración que lo separa de la palabra siguiente. El signo que Panosa lee / está dañado y no es una lectura segura tal vez se trate de ba seguido de otro o de un separador. Podría especularse con una lectura ban mbarbiuf, con lo que tendríamos un onomástico mbaf+biuf pero no es especialmente probable. En todo caso no puedo aceptar la lectura bo que hace Panosa de un signo que morfológicamente es ti-3, con el único propósito de leer un onomástico biufbof y sin presentar paralelo alguno en que esa forma pudiera leerse bo. Asimismo, el diferente 'ductus' de la primera f (circular, con dos pasadas en su base) respecto a la segunda (angulosa, con la base hecha en un solo trazo) me hace sospechar no sólo que la franja de decoración sí separe dos palabras o textos, sino incluso que sean de dos autores distintos. Debe tenerse en cuenta que es una inscripción pintada, no incisa, y que ya en Liria o Vielle-Toulouse se planteaba la posibilidad de que el estilo de escritura más libre que ofrece el pincel facilitase la creación de formas algo diferentes respecto a las incisas, que son la base de la paleografía. Sin embargo la cronología de ti-3 de post 150 encaja perfectamente con la datación arqueológica de la pieza. El problema radica en la forma te-l que en mi anterior trabajo consideraba que dejaba de utilizarse hacia el 175, junto con las demás formas circulares de te. Dado lo especial de la pieza el problema es complejo. Si fuese una produccción de Teruel, no habría problema dado que es una zona arcaizante, pero esta posibilidad, si bien menos improbable que la procedencia de Liria, me parece poco verosímil. La primera es que cabe la posibilidad de que se trate precisamente de un 'ductus' especial debido a que, mientras que la escritura incisa favorece trazos rectos, la pintada favorece los curvos. Desde este punto de vista el signo no sería tanto una perduración sino una recreación tal vez excepcional. Este planteamiento, que puede parecer forzado, tiene en cambio un argumento objetivo a favor. La forma te-1 (circular con línea diametral vertical) es muy rara, siendo normal el que la línea diametral sea más o menos horizontal {te-2). Desde este punto de vista, es poco probable que el signo de Can Jordi sea una perduración directa. La segunda es que efectivamente pervivieran formas circulares de te en época tardía, aunque con una frecuencia escasa. Presenta a su favor el que Dual Nor-Catalán Dual Sud-Catalán "Barroco" Edetano Fig. 1.-Zonas paleográfícas del signarlo ibérico levantino: prerromanas y arcaizantes. Yacimientos significativos con inscripciones de los ss. iv-iii: 1. Yacimientos con inscripciones tardías arcaizantes: (La mayor parte de las cecas pirenaicas no pueden situarse con exactitud). resulta un poco extraño esa desaparición de las formas circulares de te a favor de la forma romboidal te-4 omnipresente en época iberorromana, de estilo lapidario o monetai y antes prácticamente inexistente. Sin embargo, la enorme preponderancia de te-4 es un hecho. Independientemente de cuál sea la solución correcta el hecho es que ya sea de modo excepcional o poco frecuente pueden encontrarse formas circulares de te (por lo menos te-1) al menos a mediados del s. II. No es que sea una gran novedad, dado que la posibilidad de inscripciones con signos idiosincráticos o mal trazados es algo con lo que siempre hay que contar, pero debe quedar claro que, a la vista de las pruebas, te circular es más un claro indicio de antigüedad de una inscripción que una prueba definitiva. Obviamente, cuantos más signos presente una inscripción, más fundamentada estará una datación. LA DIVISION EN ZONAS GEOGRÁFICAS SE-GÚN LA PALEOGRAFÍA Y LAS ZONAS ARCAI-ZANTES ^3 Uno de los objetivos del análisis paleogràfico es, aparte del instrumento cronológico, el poder establecer una regionalización de signarios epicóricos o diagrapsos''^. Dada la gran uniformización que se establece desde el segundo cuarto del s. ii en favor de estilos iberorromanos y lo escaso de los testimonios del s. IV, lo establecible será: de un lado los' ^ Un estudio similar, tomando como referencia los signarios meridional y celtibérico y desde un punto de vista histórico geopolítico puede verse en Rodríguez Ramos (en prensa 2). Los aspectos relativos al origen del signarlo celtibérico, a partir de diversas variantes del levantino, en Rodríguez Ramos (1997b).'' ^ Diagrapso es a una escritura lo que un dialecto a la lengua. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 73, 2000 grupos territoriales del s. iii; de otro las zonas peculiares arcaizantes en fase ya iberorromana. De acuerdo con la cronología arqueológica y paleogràfica de las inscripciones en ibérico levantino disponible en la actualidad, este sistema de escritura cubre en el s. m la costa desde el Hérault en el sur de Francia al paralelo formado por Liria y Los Villares. Dentro de este territorio podemos hacer dos distinciones principales. Al norte, la variante levantina catalana (incluyendo la Cataluña histórica, es decir también la francesa) se distingue por el uso de signos silábicos adicionales para desdoblar algunas oclusivas (se supone que para distinguir sordas de sonoras) en lo que he llamado sistema dual de transcripción de oclusivas. Las inscripciones más meridionales que considero siguen esta norma son la de la pátera y el caliciforme del tesoro de Tivissa (01 y 02). Frente a éstas la más septentrional que lo incumple sería el plomo de Castellón'^, la frontera ha de estar entre ambos puntos. En principio podemos considerar el Ebro como límite. Esta distinción del sistema dual desaparece hacia el 200, sin embargo sí que perduran sus divisiones internas. Dentro del grupo catalán podemos hacer dos distinciones en la segunda mitad del s. iii. Ésta se puede efectuar por el uso de a-4 (en forma de R). Es cierto que hay alguna forma similar a a-4 en la ceca de Játiva, así como en un plomo de Alcoy, pero son formas no totalmente desarrolladas probablemente debidas a un conato de evolución paralela. Tampoco hay que tener en cuenta ciertas ánforas itálicas que probablemente son inscripciones latinas AR. El testimonio límite de uso lo tenemos en la fusayola de Palamós-02 en Gerona. Este signo se usa en la zona indiketa de Gerona y en el sur de Francia, aunque sin ser la única variante de a que usan. Recientemente se ha encontrado un sello sobre dolium procedente de Jardí Park (Premia de Dalt, al norte de Barcelona) un signo a-4 en la marca laufko (Olesti 1992: 85ss.). Por lo tanto, es posible que el uso de este signo se conociese más al sur de Gerona, pero no conviene olvidar que los dolia son un contenedor económico susceptible de ser transportado, por lo que cabría investigar la posibilidad de que hubiese sido importado desde Gerona. Ésta sería la distinción principal del grupo, que podríamos llamar nor-catalán, pero otros rasgos comunes del mismo serían la perduración clara de ho-1 en época iberorromana (aunque sólo se mantendría' ^ En mi trabajo anterior sí consideraba que lo cumph'a, así como el plomo de Bernabé-01, sin embargo no presentan un uso coherente. De esta manera se explicaría el uso contradictorio que encontramos en el plomo de Castellón {baltes junto a baldes). como único en el sur de Francia), así como si, como parece, x-3 y x-4 son el mismo signo, también sería otro rasgo definitorio común. Pero incluso dentro de este grupo nor-catalán puede hacerse una diferenciación, puesto que pese a la variante de a que los unifica, la zona francesa presenta idiosincracias múltiples que lo distinguen de la zona indiketa. Diferencias que parecen ampliarse con la conquista romana, hecho lógico puesto que el control de Gerona es bastante anterior al del sur de Francia por los romanos. Así ya hemos visto que la forma bo-2 está extrañamente ausente en cualquier época en el sur de Francia, por más que es común al resto del levantino hasta el 200 a.C, en que desaparece. Por otra parte, la zona de Gerona se muestra permeable a la innovación iberorromana de bo-3, mientras que esta variante no se documenta en el sur de Francia. Otras diferencias, que se remontan al menos a la segunda mitad del s. iii, son el uso de formas complejas de bu (formas 2, 3 y 4) sólo en el sur de Francia, así como su variante también exclusiva i-2 (muy similar di Idi u meridional que dio origen al signo). Una aplicación interesante de estas diferencias zonales la tenemos en el plomo de Gruissan, procedente de un naufragio de inicios del s. i a.C. ^^. Al proceder la inscripción de un barco, pudo llegar, conjuntamente con el barco, tanto del sur de Francia donde fue hallada, como de cualquier otra zona donde se escribiese en ibérico levantino. Sin embargo, en esta inscripción tenemos presentes tanto la forma a-4 que nos delimita que procede de Gerona o el sur de Francia, así como también el signo bo-4 que sí se documenta en Gerona pero no en el sur de Francia. Así pues, parece que este pecio salió de algún puerto gerundense, tal vez de Ampurias; aunque, claro está, nunca puede descartarse que el que hubiese viajado antes fuese el indiketa autor de la inscripción. Al sur del Ebro, entre Castellón y Liria tenemos un estilo epigráfico en el que también se desdoblan (e incluso ocasionalmente triplican) los signos silábicos de oclusiva, así como se tiende a una caligrafía recargada de signos. Sin embargo para el desdoblamiento de signos no se ha detectado, al menos hasta ahora, ninguna pauta que lo explique como un hecho sistemático más que decorativo. Es el estilo que suelo llamar barroco edetano. Es coherente con este hecho el suponer, como creo prácticamente seguro, el que con la segunda guerra púnica y subsiguiente «pacificación» romana parte de la población edetana pasase a la zona de Teruel (ya corno refugiados, ya corno tropas auxiliares romanas) y se produjera la adaptación del ibérico levantino para escribir el celtibérico (según el modelo Luzaga). Los celtíberos no adoptaron un sistema para distinguir las oclusivas sordas de las sonoras (sistema que obviamente les hubiese convenido) porque los edetanos no lo usaban'^. Con la conquista romana se produce una simplificación del signarlo, con la desaparición de muchos signos que no se encuentran ya en el segundo cuarto del s. IL Sin embargo, se detectan dos zonas proclives al arcaísmo caligráfico. Una es la zona de Teruel y en general la zona al sur del Ebro en contacto con la escritura celtibérica tipo Luzaga. La segunda parece hallarse en la zona pirenaica, básicamente de Huesca. La zona pirenaica se conoce muy mal, sólo por unas pocas leyendas monetales como las de bolsken I olsken (CNH: 210), arsaos (CNH: 252) o sesars (CNH: 209). Sin embargo realmente desconocemos si sus usuarios usaban lengua ibérica u otra. Presentan influjos celtibéricos en la forma ke de bolsken, así como la supuesta e de sesars es técnicamente idéntica al signo x-4. Respecto a éste podría pensarse en una influencia del grupo nor-catalán pues, no en balde, la equivalente x-3 parece encontrarse en las inscripciones rupestres de Cerdaña, con lo que tendríamos una conexión pirenaica. Sin embargo, la peculiar r de la ceca arsaos, en forma de R invertida, aboga por una evolución propia fuertemente marcada para esta zona. En todo caso, no deja de ser interesante la aparición ocasional de bo-1, sea marca o signo alfabético, junto al predominante bo-3, que discutimos supra. El núcleo de arcaísmo de Teruel puede manifestarse en aquellas muy minoritarias inscripciones de Azaila que presentan signos como s-3 y s-4 (Rodríguez Ramos 1997a: 18), así como en el caso excepcional de bo-1 que hemos citado (por más que no sea del todo imposible que en este caso hayamos de contar con una marca numeral). Pero más interesante es el caso de Oliete, yacimiento de la primera mitad del s. I donde el arcaísmo es casi la norma. Tenemos el caso de la bo-1 en Oliete-01. Pese a que su trazado es un tanto extraño como para ser un bo-1 normal, parece que hay que clasificarlo como tal. Muy interesante es la fusayola Oliete-06. En ésta, el único signo que presenta una innovación clara es el' ^ Otro argumento sobre la no utilización de sistema dual por los edetanos lo tenemos en la falcata saguntina estudiada en Rodríguez Ramos (1998), datable posiblemente hacia 325-275 a.C. y con una forma nueva de ke que parece el origen de la peculiar ke-8. signo tu, sin base inferior. No es imposible, aunque tampoco probable, el que se pueda leer este signo como ka y, en toda caso, esta innovación sobre tu es común a la que se encuentra en el celtibérico del tercer bronce de Botorrita. Tampoco es muy antigua la forma de ba-2, que nos da un post 275. Por lo demás la forma m-lb es una forma clásica (teóricamente la originaria en levantino), la forma bi-5c es claramente arcaizante (como hemos discutido al tratar de esta forma), mientras que la e de tres trazos es también un rasgo anómalo en esta época. El sentido descendente de sus rasgos horizontales es un rasgo poco frecuente incluso entre las inscripciones ibéricas de los ss. iv-iii: se encuentra con tres trazos en el caliciforme de Tivissa-02 y en una inscripción de Liria (F. 13.64), mientras que con cuatro en la mencionada falcata saguntina. Pero sí que es un rasgo normal en la escritura celtibérica tipo Luzaga. Sin embargo, es problemático el tercer signo. Éste se trata de una barra vertical con dos pequeños topes en sus extremos, casi como una L En principio no hay nada en contra de la lectura que proponen sus editores puesto que con kutubanrñbafbianer podríamos tener un onomástico formado por el formante ban y el formante rnbaf. Sin embargo hay dos graves observaciones. La primera es que ya tenemos una forma normal de ba en esta inscripción, lo que hace dudar de que el tercer signo tenga el mismo valor. La segunda es que es raro, si no inusitado, el que el formante rnbaf se encuentre en segunda posición. Sería muy interesante, y desde luego un arcaísmo más, el que este signo I proviniese de la forma x-3, con la que guarda una cierta similitud, pero, en principio, no me parece probable. En todo caso, creo que puede considerarse perfectamente el grupo arcaizante de Teruel teniendo en cuenta dos factores: 1.° el aislamiento en Teruel de población edetana desplazada; y 2.° el contacto con la escritura celtibérica, la cual conserva muchos rasgos caligráficos del estilo barroco edetano. Se refieren aquí las equivalencias de las inscripciones respecto a los MLH o a su lugar de edición, así como pormenores de su datación cronológica, sea arqueológica o paleogràfica. Algunos aspectos generales, como de yacimientos o de inscripciones concretas, ya fueron detallados en mi anterior artículo y se citan como (1997a: pp.). Andelos-01: (K.28.1), inscripción sobre mosaico, posiblemente de finales del s. ii, una datación prudente es 150-50.
Se interpreta un nuevo vaso cerámico ibérico de época sertoriana aparecido en la plaza de Cisneros de Valencia: en el friso de animales que decora ambas caras se representaría un prodigium, alusivo a la historia del oppidum y los agri de Valentia, tal vez una imagen mítica de fundación. Este vaso sirve para interpretar la nueva iconografía de las metamorfosis y nos asoma a la apropiación metafórica y política de la naturaleza por parte del poder en época iberohelenística. En nuestro discurso sobre la representación de la naturaleza y del poder en época iberohelenística nos va a guiar un vaso ibérico, hallado recientemente en las excavaciones del casco antiguo de la ciudad de Valencia que coordina Albert Ribera, del Servicio de Investigación de Arqueología Municipal de Va-' Trabajo realizado dentro del proyecto de investigación: «Introducción a un Léxico de imagen prerromana en la Península Ibérica» (PB-97-1124), patrocinado por la DGICYT. Agradezco a los Dres. Domingo Plácido, Isabel Izquierdo y Leonard Curchin una atenta lectura de mi manuscrito y sus valiosas observaciones. Algunas de sus sugerencias se han incorporado en el texto definitivo. Soy deudor asimismo de comentarios diversos de los colegas de la Universidad de Valencia, en cuyas aulas se acogió una discusión de esta pieza. Un seminario en el Instituto de Historia del CSIC ha permitido introducir también matices y correcciones significativas, con observaciones pertinentes de las Dras. Teresa Chapa y María Paz García-Bellido. lencia, a quien agradezco la posibilidad de estudiar y presentar este material ^. Mi texto se complementa con un trabajo de María Luisa Serrano, directora de la excavación de donde procede el vaso, la Plaza de Cisneros. La documentación arqueológica del yacimiento que ella presenta, con un nivel de arrasamiento o destrucción de esta zona de la Valentia antigua motivado por la guerra civil que enfrenta a los partidarios de Sertório con Pompeyo, arropa en su contexto e ilumina mis propuestas. El ejército de Pompeyo destruye la ciudad de Valentía, seguidora de Sertório, en el año 75 a. de C. ^ La Plaza de Cisneros se sitúa en la proximidad de lo que fue el antiguo puerto fluvial romano. Junto al variado material helenístico de procedencia itálica y local hallado en viviendas y almacenes, que esta autora aquí describe, destacan especialmente dos grandes vasos de cerámica ibérica de perfil troncocònico, uno de ellos con la característica articulación en dos zonas en torno a las asas, distribución en metopas y con la conocida decoración geométrica -círculos colgantes-y tallos vegetales, donde lo geométrico y lo vegetal se confunden ^. El segundo vaso, que hoy nos ocupa, se decora con una secuencia de animales que llenan las caras A y B del friso correspondiente al espacio de las asas (figs. [1][2][3][4]. Los elementos vegetales, profusos en la anterior tradición ibérica, tan cargados allí de significados (Elche, Liria, valle del Ebro...), tienen aquí presencia esporádica -\ Interesa el linaje animal, la gens animantum, no las plantas. La escena se construye sobre una gran franja alargada formando una teoría o secuencia de animales que se mueven precipitadamente hacia la derecha (fig. 2). Les precede un equino, probablemente una yegua en actitud de carrera, con exageradas y numerosas mamas bajo el vientre. Sigue un ave, un gallo, bajo el arco de la cola equina. Cierra el grupo un enorme lobo o «carnassier», con las fauces abiertas y larga lengua. No resta espacio alguno entre los animales. Éstos se agrupan, son contiguos unos con otros. Como es habitual en otras representaciones de la cerámica ibérica, especialmente del área de Elche, el cuerpo de ambos cuadrúpedos se articula en zonas: el cuello y su pelambre; el cilindro del vientre y sus costillas; las entrañas de la parte posterior, un círculo con partículas en movimiento de vida generadora, etc.^. Se ofrece, en gran medida, una geo-^ Cf. infra, nota 14. Es difícil encuadrar en alguno de los talleres conocidos ibéricos este vaso. Se aparta notoriamente de Liria, de fecha anterior. No encaja tampoco con la producción de La Alcudia de Elche, con la que veremos comparte algún rasgo aislado. Hay también puntos de contacto, puntuales pero significativos, con la cerámica del Valle del Ebro (Azaila), como veremos. Por ejemplo, en la asunción de algún elemento iconográfico importante: el gallo; o el óvalo que decora la parte posterior del cuerpo de los cuadrúpedos. Pero no es hoy nuestra intención establecer en este trabajo un estudio estilístico de la pieza. ^ Este círculo que expresa el interior fecundo se representa con frecuencia en la parte posterior de aves en la cerámica metrización del cuerpo del animal, que el pintor marca, de forma analítica, con diversas zonas que cubre con motivos ornamentales o descriptivos. Cada elemento del cuerpo es significativo, vital y autónomo. En la otra cara del vaso, que podemos llamar principal, el esquema se repite y aquí podemos conocer mejor el proceso compositivo. El pintor ha cubierto la parte derecha del friso con una alargada figura monstruosa y ha llenado el espacio restante con un cuadrúpedo retraído, parado en seco (fig. 3). Este se amolda claramente al friso sin cubrir por el ser mítico principal. Al contrario de lo que ocurría en la cara anterior, no hay contigüidad entre los dos seres. Les separa un arbusto que veremos cargado de intención'^. Los rasgos de este segundo animal no respondei valle del Ebro, concretamente en la coetánea cerámica de. Detalle de la cara con la escena mitica del vaso llamado del «Ciclo de la Vida», Valencia. S.I.A.M. Ayuntamiento de Valencia. Foto tomada durante el proceso de restauración, cortesía del S.I.A.M. Fig. 6.-Detalle del vaso de la figura anterior, de San Miguel de Liria (Valencia). Escena de doma de caballo. Foto cortesia del S.I.P., Valencia. den tampoco a una especie estrictamente real: oscila entre un caballo o un ciervo, o -más probablemente-una cierva, entre arbustos (fig. 4). Y, atención: de la secuencia de animales que llega corriendo desde la izquierda, es el único que se describe en el momento de pararse. Acaba de llegar hacia donde corría. No hay intencionalidad clara de representar animales del universo cotidiano como, al contrario, vemos en la mayoría de los vasos de San Miguel de Liria. En uno de los grandes vasos de bebida aristocráticos, al modo de cratera, vemos al perro rascándose, al toro embistiendo o al caballo encabritado ^ (fìgs. Se cuentan diferentes rituales de iniciación de adolescentes en pruebas de doma (caso del caballo) o de dominio (la prueba del toro) y, en consecuencia, se dota de realidad precisa a los animales que respaldan las hazañas humanas. La naturaleza se distingue con rasgos reconocibles para describir la historia, un episodio del poder humano. Una singular graduación va definiendo la percepción y apropiación psicológica de la naturaleza por el pintor y su cliente: desde el animal familiar -el perro que se rasca (fig. 7)-al animal radicalmente salvaje y ajeno al hombre -el jabalí que es devorado por lobos y cuyas entrañas se muestran desgarradas (fig. 8) -pasando por los animales cuya dialogante relación con lo humano queda establecida en grados diversos: el caballo, que por intervención del Fig. 5.-Gran vaso abierto, tipo «lebeta», del poblado de San Miguel de Liria (Valencia). Escena de incitación de un toro. A la derecha, combate singular entre dos guerreros. Museo de Prehistoria de Valencia. ^ Helena Bonet, El Tassai de Scint Miguel de Elíria: la antigua Edeta y su territorio. S.I.P., Diputación de Valencia. 61, n.° 11; Ricardo Olmos, «Naturaleza y poder en la imagen ibérica», en: Carmen Aranegui, (ed.). Los Iberos, príncipes de Occidente. 6); y el toro, cuyo dominio y apropiación ejercita el hombre (fig. 5). La naturaleza, múltiple y diversa, se describe por tanto desde su relación próxima o alejada, desde su cotidianidad o separación abismal, con el hombre. También en este vaso una última escena, la guerra reglada de los hombres, heroica (fig. 6), se opone al salvaje despedazamiento de las fieras (fig. 8): es la regulación de la ciuitas frente al mos ferarum. Esta observación nos permite, en nuestro nuevo caso de Valencia, situarnos en el espacio narrativo que desea comunicar el pintor. Y este espacio poblado de animales extraños es el del tiempo mítico, que multiplica los adynata, las relaciones imposibles de la naturaleza hechas aquí posibles. Los frisos A y B deben leerse, por igual, en este tiempo de los orígenes. Todos -o casi todos-los seres representados pertenecen al linaje de los animales míticos. Nuestra relación con ellos no parte de una simple experiencia directa. Los transforma la imagen; los legitima el mito. Los tres animales de la primera cara no se atacan sino que acuden al unísono (fig. 2). Cada uno de ellos se representa en sus gestos esenciales: la ferocidad del carnassier, con las mandíbulas abiertas y los dientes afilados; y el apresuramiento y fecundidad, del cuadrúpedo fugitivo. La acumulación de ubres, cargadas con el fluido interior zigzagueante, es expresión de esta fecundidad en que se sitúa nuestro episodio. Por último, hemos de aludir al gallo, que cubre el espacio entre ambos cuadrúpedos. Es, sin duda, el animal más próximo a nuestro tiempo de percepción. Su aparición aquí es tanto más significativa cuanto es prácticamente desconocida su presencia en la cerámica ibérica del área valenciana. Se documenta, tardíamente, en las cerámicas del valle del Ebro (fig. 9) -en un momento más o menos coetáneo con nuestro ejemplo-y en las del interior, en ámbito celtibérico, asociadas posiblemente a temas solares y a presencias divinas ^: el cacareo del gallo anuncia la luz, provoca la llegada del sol'°. Sendos gallos enmarcan, a ambos lados, un extraño templo con la imagen del dios en su interior, en un vaso del siglo i a. ^ En la cerámica de Azaila (Teruel): pareja de gallos afrontados, heráldicamente, a un timiaterio, expresión de una presencia divina. Cf., finalmente, el pito en cerámica, en forma de gallo de la Edad del Hierro, de Sepúlveda (Segovia): Juan F. Blanco García, «La Edad del Hierro en Sepúlveda (Segovia)», Zephyrus, 51, 1998, p. En el mundo céltico, cf. Miranda J. Green, Dictionary of Celtic Myth and Legend, Londres, 1992, pp. 62-3. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ de C. del yacimiento celtibérico de Arcóbriga, en Zaragoza ^K Pero ¿por qué no acudir también al imaginario itálico coetáneo? ¿No se decía allí que el león huía a la vista del gallo? ^^. León y gallo, dos animales asociados, pues, en el universo popular que transmite el poeta Lucrecio: asociados en la fuerza, en el vigor, en el poder, desde esa contraposición paradójica que prima secretamente al animal de apariencia menor. Por tanto, en Valencia no ha de parecemos indigna ni secundaria -o meramente circunstancial y fugitiva-la presencia del gallo junto al enorme carnassier y al gran cuadrúpedo de las mamas. Puede anunciar un inicio, ser testigo de un evento inaudito, que provoca con su canto. Puede también asociarse, como en las restantes culturas mediterráneas, al certamen, a la lucha, a las divinidades guerreras ^^. Dejemos aquí abierta, con los obligados interrogantes, la posible apropiación ibérica del motivo mediterráneo. En todo caso, esta secuencia de animales no resulta totalmente ajena a la construcción o sintaxis de la vieja tradición ibérica. La cerámica de Elche nos tiene acostumbrados a la coexistencia del carnassier o lobo y el águila, que despliegan simultáneamente su vitalidad, llenando ambos con sobreabundancia el espacio reservado a las imágenes. Animales fugitivos -aves, conejos...-y animales feroces coexisten en este mundo imposible. La insólita incorporación del gallo, con su marcado contraste de tamaño, entra, pues, en ese amplio paradigma de lo esperable al que estamos ya habituados en el mundo ibérico. Tampoco se antoja extraña la coexistencia de animales pacíficos y fieras en el imaginario poético y utópico del helenismo. La lectura de la cara B es más compleja. Decimos que el protagonismo de la realización lo ocupa la figura híbrida (fíg. Insisto en que esta figura pertenece al mismo espacio y tiempo que los otros seres y que no hay un reino separado, dividido, entre «realidad» y «mito», por mucho que los otros animales puedan, en mayor o menor medida, ser identificados con especies reales e identificarse con " Juan Cabré, La necrópolis ibérica de Tútugi. Memorias de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades 25. Aproximaciones para una comprensión de la religiosidad entre los pueblos celtibéricos, Zaragoza, 1986, pp. 49-50, lám. 13; Luis Pericot, Cerámica ibérica, Barcelona, 1979, p. 13, fig. 5a; Francisco Marco Simón, «Iconograft' a y religión celtibérica. Ricardo Olmos (coord.), Los Iberos y sus imágenes, CD-Rom, Micronet, S. A., Madrid, 1999, catálogo nuestro mundo de experiencias. Es solamente dentro de ese ámbito común donde el monstruo queda enfatizado y singularizado: de ahí el arbusto que lo separa del cuadrúpedo (fig. 4). Actúa como sugerencia espacial ^' ^. La figura híbrida es un ser metamórfico. No pertenece ni a la tierra ni al mar. O tal vez pertenece a ambos reinos pues de ambos toma elementos para existir. Su cuerpo delantero es de ketos, pero su mitad trasera es de cuadrúpedo, de caballo. ¿Qué hacer para sostenerse fuera del agua? La parte anterior carece de patas y ha de apoyarse en la línea del suelo sobre el redondeado vientre, como de forma similar hacen los grandes lobos de cuerpo extraordinariamente alargado en la cerámica de La Alcudia de Elche (fig. 10). Es un adynaton, ser imposible de miembros discordes, carentes de lógica y de movilidad. Nos hallamos, pues, frente a uno de esos animales no viables de los orígenes, de tamaño descomunal, asexuados y sin los órganos necesarios para la locomoción'^. •' ^ La función del elemento vegetal vertical que, al modo de un arbusto, separa al ser monstruoso del cuadrúpedo que le sigue, parece al tiempo tectónica y simbólico-espacial: arropa y aisla a la «cierva» semiescondida, y también resalta al ketos individualizando, con ello, el espacio del evento maravilloso y único que tiene lugar en esta escena, al modo de un énfasis o intensificación. Como veremos, puede ayudar a indicar el límite del espacio de la tierra frente al del mar. Han de entenderse, sin embargo, con función tectónica las dos bandas verticales junto a las asas, a la izquierda de cada friso: refuerzan la articulación de las asas; no separan, como se me ha apuntado oralmente en Valencia, ambas caras, que en mi opinión han de leerse como sendas unidades de un mismo conjunto.' ^ Compárese con los andróginos inviables de Lucrecio, De rerum natura V, 837 ss.: «Y muchos entonces la tierra también tentó de criarlos / monstruos de faz asombrosa y de miembros mal amasados: / el hembrimacho, entre lo uno y lo (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AEspA, 73, 2000 Su Único lugar imaginable es, en consecuencia, el límite entre la tierra y el agua que supera el puente o arco de su estirado cuerpo. Su hibridación es tanto somática como espacial. Expresa al monstruo indígena, el que nace y vive exclusivamente en el lugar desde los tiempos originarios, antes de aparecer la raza de los hombres ^^. Define míticamente un territorio. La segunda observación es la expresión del cuerpo como vehículo, un vehículo marcadamente alargado, fuera de toda proporción, adecuado al tamaño mayor de los seres de antaño: la tierra originariamente parió enormes cuerpos de bestias'^. Un cuerpo así ha de compartimentarse en segmentos, como hemos visto en las otras figuras de la cara anterior. Se articula en secciones, y para construirlo, el pintor incorpora elementos geométricos de las propias metopas del vaso, como los triglifos y el relleno geométrico a mitad del cuerpo. La tercera observación es que vemos lo que ocurre en su interior. Éste es un rasgo que este vaso comparte con otros ejemplos: se integra en una tradición latente de la iconografía ibérica, aunque jamás tan explícita como en este caso. Conocemos especialmente por representaciones cerámicas este procedimiento. Frente al arte clásico de tradición grecorromana, que muestra por lo general la apariencia exterior de los seres, su piel, al pintor ibérico, con relativa frecuencia, le preocupa la figuración de las entrañas, la naturaleza interior de los seres, como si de una radiografía se tratara: así, en algún plato de pescado, se representa la espina de los peces y, con ella, su voracidad'^; en los lobos, las entrañas devoradoras, las costillas'^; aquí, como si su piel fuera transparente, los seres que este monstruo otro y ninguno de ambos, / faltos de piernas acá, por allá privados de brazos, / mudos sin boca también, sin cara ciegos por caso / y atados por todo el cuerpo de miembros apegotados, / que ni hacer cosa pudieran ni echar a su sitio paso / y ni su daño esquivar ni lo de provecho tomarlo, / y más por este jaez criaba engendros y espantos» (traducción de A. García Calvo).'^ Para los seres indígenas previos al linaje humano, cf. el relato de Evandro a Eneas en Eneida, VIII, 314 ss.'^ Lucrecio, ibid. II, 1150 ss.: «... agotada la tierra apenas si cría animales pequeños, habiéndolos ella sin tasa criado y parido enormes cuerpos de bestias»; ibid. V, 799-800: «y muchos aún hoy animales se ven que de tierra se crean (...); tanto es menos de asombro que más entonces surgieran,/ más grandes también, nueva siendo y crecida la tierra» (traducción de A. García Calvo).' ^ Ex gratia, H. Bonet, 1995, cit., (n. Ex gratia, el lobo en el Vaso de los Guerreros de Archena, cf. R. Olmos, «Posibles vasos de encargo en la cerámica del Sureste», AEspA, 60, 1987, pp. 21-42, fíg. Sin embargo en la representación de las costillas de los lobos hay un compromiso entre el interior devorador y el aspecto exterior del animal hambriento, famélico, con las costillas acentuadas. lleva en su interior. Es una forma analítica de concebir la imagen, que se basa en la alternancia y simultaneidad de la silueta y del contorno: la silueta negra representa el volumen global de las figuras; el perfil del contorno permite analizar sus partes constitutivas, su definición precisa, su actividad. No es éste un rasgo superfluo sino que se integra necesariamente en el procedimiento narrativo. Resulta aquí necesario para explicar la identidad y la función mítica de esta figura. Y lo que lleva en su interior es, como en una matriusca rusa, un monstruo similar, pero más diminuto, en el mismo gesto que -en este instante, al menos-su progenitor: con la singular jabalina o arpón levantado en su derecha ^° y el gesto de la diestra erguida, gesto al que estamos habituados por tantos exvotos ibéricos o por tantos vasos con representación humana. Se trata de una gesticulación viva, que expresa posiblemente una actitud de intervención, de acción, de vitalidad, de incipiente humanidad. El ser híbrido se repite, ya fuera del monstruo, en la parte inferior del vaso, llenando el espacio del vientre y en similar actitud. Tal vez, el objeto oblongo junto a su mano, bajo el vientre del gran monstruo, sea un gran huevo, germen sustentador de la vida ^'. En el lenguaje de este vaso difícilmente tiene cabida la otra opción: que se trate de un brote, de una planta. Decíamos antes que el universo vegetal carece de voz propia, de protagonismo, en esta representación. Pero la mayor dificultad del monstruo principal la ofrece la parte anterior. Por eso la he dejado para el final. Hay diversas opciones y ninguna de ellas sin problemas. La primera es la que hemos aceptado implícitamente hasta este momento: que es un ser metamórfico, híbrido, compuesto de parte anterior humana y posterior animal, igual que el ser que lleva dentro o como el que está bajo su vientre, en una repetición a mayor o menor escala. En este caso, los dos círculos reservados en su parte delan-^° Me indica amablemente Fernando Quesada que el arma que sostienen los monstruos difícilmente tiene algo que ver con lo que conocemos de las armas reales ibéricas, como lanzas o jabalinas. Las aletas abiertas de la punta insinúan, en todo caso, la función tal vez de un arpón. El arpón conviene mejor a ese espacio mítico, fluvial o marino, de esta cara del vaso: no sería arma para luchar con hombres, que en ese momento primordial aún no existen, sino para enfrentarse a animales o monstruos marinos, para pescar. ^' Este elemento es asociable a los círculos ovalados que decoran la parte trasera de los cuadrúpedos y que vemos en las aves de la cerámica de Azaila. Habría que estudiar en otro lugar la posible relación de estos rasgos en el lenguaje pictórico de estos vasos tardíos del valle del Ebro y Valencia. tera representarían las improbables mamas. Una primera dificultad: son demasiado pequeñas para un ser tan grande y en función de procrear. Además: ¿cómo conciliar estas dos mínimas protuberancias con las exageradas ubres de la yegua de la otra cara? El ceramista no puede cometer tamaña contradicción. Tanteemos, por tanto, una segunda opción: aceptar que estamos ante el instante de un nacimiento y que lo que vemos es un personaje que está surgiendo de la gran boca de un ketos o monstruo asexuado. Desde esta lectura los círculos no son los pechos sino grandes ojos frontales, junto a la apertura creadora del inmenso bostezo o chasma de una boca dilatada y redonda. En el interior tal vez adivinamos el vestido talar y los pies, esquemáticos, mal definidos, de una figura humana: casi aletas. Es difícil aquí precisar más. En todo caso, lo esencial: se estaría contando bien el surgimiento -o bien, su contrario, el devoramiento-a través de la gran boca abierta del monstruo de un ser mítico, cubierto con casco de piel y armado con jabalina acuática ^^. Un ser mítico que vemos, por primera vez, casi con forma humana en un mundo aún de bestias, more ferarum, con el que hay que convivir ^^ Puede tratarse de una figura femenina, adornada con dos filas de colgantes, al modo de un doble collar de finas lengüetas; o un ser marino con el busto escamado. El imaginario ibérico nos ha acostumbrado ya a la imagen de la diosa armada y protectora: en acuñaciones monetarias y terracotas republicanas de la Hispânia Ulterior, especialmente la Bética ^' ^, 2^ Otra opción no descartable es la que ve en el gesto ambiguo de la gran boca abierta un gesto de devorar, no de devolver hacia el exterior. Así me lo han sugerido tanto Carmen Aranegui en el seminario de Valencia, como Teresa Chapa en Madrid. En este devorar el monstruo transformaría, a través de su cuerpo, al ser devorado, convirtiéndolo en imagen de sí mismo. Los seres, así formados en el vientre del monstruo, surgirían por la parte posterior del animal como indica la pata del feto abriéndose paso por la vagina del monstruo, rasgo intencional (indicación oral de T. Chapa). La objeción es certera y modifica -o hace más insegurasmis conclusiones. Pues desde esta opción alternativa, anterior a la historia, el cosmos humano se transformaría en monstruo mixto, a la vez humano y teriomorfo. Pero el movimiento general de las figuras en el vaso se dirige unitaria e insistentemente hacia la derecha. Entiendo así la coherencia de la totalidad y mi discurso se mueve preferentemente en la opción del engendrar por la boca al primer ser humano. Dejémoslo en todo caso abierto. ^^ Michel Serres, El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio. Caudales y turbulencias, Edit. 209: «Las bestias pertenecen al nicho humano, pero el hombre forma parte del nicho de los animales».'^^ R. Olmos, «Usos de la moneda en la Hispânia prerromana y problemas de lectura iconográfica», en: M." Paz García-Bellido, La moneda hispánica. Fig. 11.-Posible efigie de divinidad femenina armada. Detalle de un gran vaso ibérico de Oliva (Valencia). Museo Nacional de Arqueología de Cataluña, Barcelona. Foto cortesía del Museo. pero también de la Citerior: una cabeza galeada, a la que se ha llamado Roma, decora precisamente las emisiones de bronce de la Valentia republicana ^^; en el gran vaso de Oliva (Valencia), acaso como efigie, como palladium^^ (fig. 11); o en la Minerva esculpida sobre la muralla de Tarragona, signo que simultáneamente funciona como mensaje para indígenas e itálicos ^' ^. Sin embargo, algunos de estos ejemplos pertenecen a un ámbito religioso diferente, el que Marco Terêncio Varrón, en sus libros de antigüedades divinas, llamó «teología civil», la que definen los legisladores de los estados. Al contrario que las monedas, nuestro vaso puede reflejar una religiosidad menos oficial, la «teología mítica» de los poetas de la aludida clasificación tripartita de Varrón ^^ La aproximación de la posible imagen femenina a la acuñación de Valencia queda así mitigada. Pues nuestro vaso cuenta un mito del lugar, habitado por el gigantesco monstruo indígena, inamovible, que pertenece a sus orígenes más remotos. 2^ Pere Pau Ripollés, La ceca de Valentia, Conselleria de Cultura de la Generalitat Valenciana, estudios numismáticos, n.° 2, Valencia, 1988. Lleandre Villaronga, Corpus Nummum Hispaniae ante Augustae Aetatem, Madrid, 1994, pp. 317-8. 2^ Sobre la teología de Varrón cf. Pierre Boyancé, La religion de Virgile, Paris, 1953, p. La tercera teología, la natural, es la de los filósofos. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) Asistimos a su metamorfosis, que enlaza el mundo plenamente animal con el primer asomo humano. El monstruo es asexuado y autómatos, espontáneo: se basta a sí mismo. Va engendrando, a sucesivos seres, iguales o semejantes a él, que nacerían armados, uno tras otro, sin parar. En el momento decisivo que narra el vaso, de la boca surge -o, al contrario, desde la lectura opuesta que se me ha propuesto, engulle y transforma-el personaje singular, humano, que comparte el espacio con los otros animales y monstruos del vaso. Sea como sea -deglución, expulsión o ambas cosas-en el vientre del monstruo se gestan los incrementa o gérmenes del futuro pueblo del lugar, que nacen belicosos y marinos, blandiendo las armas, como en el mito de Cadmo ^^. Es un universo fecundo, en gestación, in fieri, en surgimiento, movimiento, lucha. Conocíamos ya variantes o ecos lejanos de este motivo en la cerámica de Elche, con el surgimiento de lobos y águilas en acción, mostrando su naturaleza vital y agresiva ^°, y en un singular vaso de Liria al que luego aludiré. Pero nuestro vaso es más explícito y su contenido es único. Está muy alejado del estilo narrativo de los vasos de San Miguel de Liria, en Valencia, un siglo anteriores (inicios del ii a. de C.) que relatan rituales de iniciación y de cohesión de grupos sociales aristocráticos, masculinos y femeninos, de una comunidad: danzas, enfrentamientos, ritos funerarios, cazas... ^'. Algunas de estas escenas aluden posiblemente a la realidad a través de modelos míticos, como en el citado vaso de Liria con la iniciación de los jóvenes en la doma y en el mundo que pone en relación el ámbito civilizado, de los hombres, con el de la naturaleza salvaje y animal (figs. 5-8). Pero son vasos, sobre todo, con escenas que articulan y relacionan grupos sociales aristocráticos en torno al género y a la edad, como ha estudiado Carmen Aranegui ^^. La misma forma de ciertos vasos de esta serie responden a una cratera sin asas: es seguramente el gran vaso de bebida colectivo, el recipiente idóneo donde reflejar estas fiestas heroicas en torno al antepasado común, a reuniones reguladas de mujeres, a rituales de caza e iniciación 2^ Cf. ^° Ex gratia, R. Olmos, Los Iberos y sus imágenes, 1999, cit. (n. 11), n.°s. 46.3; 69.1-3, etc. ^' Carmen Aranegui, «La sociedad ibérica vista a través de las imágenes sobre cerámica de Llíria», en: C. Aranegui, (éd.), Damas y caballeros en la ciudad ibérica: las cerámicas de Llíria (Valencia), pp. 161-175. ^^ Cf. nota anterior; Carmen Aranegui, Escenas de la ciudad ibérica. 12 y 13.-Craterisco iberohelenístico de La Alcudia de Elche (Alicante). Museo monográfico de La Alcudia, Elche. Anverso: Divinidad femenina surgiendo de la tierra; reverso: dos bustos de varón barbados, de perfil, entre serpientes. Foto «Proyecto de iconografía ibérica», Instituto de Historia, CSIC. de jóvenes, a grupos guerreros en que se articula el mundo de los poderosos, etc. ^^ Todos estos vasos de Liria, digo, son al menos anteriores en un siglo al que ahora describimos y responden a una forma de autorepresentación del " R. Olmos, «Naturaleza y poder en la imagen ibérica» Cf. supra, nota 8. poder aristocrático de un gran oppidum ibérico en torno al 200 a. de C. Algunos de estos vasos se han encontrado reunidos, atesorados, en áreas consideradas sacras y de poder en la ciudad, como felizmente destacó Helena Bonet en 1992 ^^. Junto a esta serie específica de Liria hay otro grupo, aún pequeño, de vasos que describen probablemente mitos de orígenes, escenas que nos transportan al tiempo primordial. Algunos de ellos reflejan motivos de autoctonía, escenas de nacimiento de la divinidad femenina del lugar como en el conocido craterisco de La Alcudia de Elche, un vaso ibérico, al parecer tardío, como el ejemplar de Valencia ^^ (figs. 12 y 13). En uno de sus lados, un inmenso rostro de una diosa brota de la tierra en la que arraiga. Cuello y barbilla, en negro, aluden probablemente a las bifurcaciones raigales y telúricas. En su surgimiento la cabeza desborda el panel del vaso, lo que es propio de las epifanías. Además, en el tiempo de los orígenes todo solía manifestar un mayor tamaño. La cabeza es atendida por dos aves, una de las cuales dialoga con la diosa transmitiéndole en el oído un mensaje. En el reverso, dos bustos de varones de perfil, que surgen entre serpientes, acompañan a la diosa frontal, son testigos de su nacimiento. Aquí tenemos probablemente un mito que alude a los orígenes divinos del lugar, tal vez una escena de autoctonía. El vaso de Valencia, sin embargo, es diferente en su significado. No es más próximo por su estilo, aunque hallemos ecos o asociaciones temáticas, el gran vaso hallado en el poblado ibérico de los Villares, en Cándete de Las Fuentes (Valencia) donde un descomunal monstruo marino, que viste túnica larga, con cinturón y gorro puntiagudo, se enfrenta en la lucha con un hombre ^^ (fig. 14-16). Una imagen grande requiere un recipiente grande. El monstruo, aparentemente asexuado, tiene naturaleza metamórfica, escurridiza, como los seres proteicos del agua, y a él se asocian una especie de «esfinge» o «centauro», y un lobo, que le tocan con sus garras y le infunden ^' ^ H. Bonet, «La cerámica de S. Miguel de Liria: su contexto arqueológico valenciano», en R. Olmos et al. La sociedad ibérica a través de la imagen. Dioses humanos, Madrid, 1999, pp. 134-135. ^^ Enrique Pía y Albert Ribera, Los Villares (Caudete de las Fuentes, Valencia). Comunicaciones del Servicio de Investigaciones Prehistóricas. Trabajos varios x\.° 68. 14-16.-Gran ánfora ibérica de los Villares (Caudete de las Fuentes, Valencia) con combate mítico contra un enorme ketos o monstruo marino. Museo Arqueológico de Caudete de las Fuentes (Valencia). Fotos cortesía del S.I.R, Valencia. su inagotable vigor (fig. 15). El tamaño menor de estos animales sirve de escala o referencia a la magnitud insólita del monstruo. Pues lo gigantesco como esencia y definición de lo monstruoso (una caracterísitica habitual de portentos y prodigios) es común a estos vasos ibéricos de mirabilia de época republicana. Las dos caras del gran vaso de Cándete insisten en el mismo tema. La repetición del motivo no es trivial sino intencionada: puede servir para intensificar la acción; magnifica, pues duplica, la inmensidad y poder del ketos. Dos veces es herido con un puñal por sus oponentes: en una pierna y en el pecho. Y un varón, representado sin brazos, yace boca abajo, ya vencido. Un delfín y una flor ondulada sugieren el mar, el reino de los seres proteicos y fluidos que continuamente se transforman ^^ (fig. 16). También lo sugiere la horizontalidad de los personajes humanos y del certamen, que exige un medio líquido. Este vaso sitúa, pues, la lucha en el espacio marino, lugar por excelencia de encuentros míticos. Otros vasos, en cambio, (como los fragmentos del Corral de Saus, en Valencia ^^; o el vaso del joven y el dragón de Elche ^^) sitúan el encuentro del hombre y el monstruo en un paisaje de tierra, con profusión vegetal, que alude a la exuberancia de la naturaleza salvaje que es testigo de la hazaña solitaria e iniciática. Repito que tanto el paradigma como el estilo de todos estos vasos son muy diferentes al vaso de Valencia. Sólo la singularidad temática indica cierta relación, cierta intención mítica innovadora que podríamos asociar. Estamos ante la necesidad de narrar temas nuevos, de contenido mítico muy diverso, en grandes vasijas cerámicas pintadas. Estas escenas denen en común la contraposición y enfrentamiento del hombre con una naturaleza extraordinaria y sobrehumana. Aluden posiblemente a un tiempo de los orígenes. Expresan la apertura imprevisible de la historia, acrecentada políticamente por la experiencia, por la ruptura que representa Roma. El gran vaso del monstruo marino del poblado ibérico de Cándete, aunque mal conocido contextualmente, debe corresponder también a una época tardía, al menos la segunda mitad del siglo ii a. de C, es decir en plena época de la conquista de His- -Reverso del vaso de la figura anterior con la representación de una playa mítica. Jinete y, bajo las patas del caballo, foca. de Valencia, el ubicuo monstruo engendrador. El jinete proviene del mar y se introduce en la tierra: es el momento crucial del tránsito al nuevo estado. Se utilizan motivos grecoitálicos (los hipocampos) para expresar una idea soteriológica mediterránea desde una expresión local: el viaje o iniciación marina de un personaje que accede triunfante a un nuevo lugar, a una tierra de bienaventuranza y fecunda, bajo la condición de jinete heroico, la tradicional fórmula ibérica que exalta al varón en su caballo. En la antigüedad no era tema inaudito el viaje por mar de las almas a las islas de los bienaventurados: se extiende en Grecia y en Roma, en ámbitos aristocráticos "^K A inicios del siglo i a. de C. relatos de marinos sobre unas islas sin viento y sin lluvia que eran morada de los bienaventurados sedujeron a Sertorio ^'^. Un deseo maravilloso de vivir una vida apacible en aquel lugar de fecundidad espontánea se apoderó del caudillo romano. La historia, de raíz odiseica'^\ era bien conocida en el extremo occidente en la época de esta escena mítica de Cándete, que posiblemente nos brinda una variante ibérica de las fortunatorum insulae. 189, pp. 191 rencia esencial con el vaso de Valencia: en el ejemplo de Cándete el movimiento de los seres va del mar a la tierra; los seres híbridos de un mar florido y fecundo propician el viaje del jinete al lugar maravilloso. En Valencia es al contrario: el movimiento unísono de los animales fecundos y asombrados de la tierra nos guía inequívocamente al monstruo. Estamos, pues, en un momento muy receptivo del ámbito ibérico hacia los motivos formales e ideológicos itálicos: el siglo ii a. de C, o el tránsito del siglo II al i. Me parece significativo que la eclosión mítica que muestran estos vasos de encargo se extienda precisamente en la época de la conquista romana, cuando se va abriendo paso y se está configurando el orden político, económico y territorial de Iberia. No es de extrañar que las nuevas clases ibéricas que se abren a esta «italización» de la península necesiten transformar su viejo repertorio iconográfico con motivos de raigambre itálicohelenística. Pues resulta necesario recomponer el imaginario de la sociedad en crisis, crear un espacio con las nuevas fórmulas de la autorrepresentación del poder. Los animales perfectos, y especialmente los seres híbridos y los monstruos, son «buenos para pensar simbólicamente»' ^' ^. Algo parecido ocurre en la ya tantas veces mencionada pátera de plata sobredorada de Santisteban del Puerto, en Jaén, de época similar -difícil sin embargo de precisar-a las que estamos considerando en esta última serie ^^. El vaso de plata connota a su poseedor dentro del ambiente de los poderosos ibéricos cuya condición se expresa y exterioriza en las vajillas y adornos corporales argénteos (ritual, bebida, vestido...). El personaje que encarga y adquiere esta singular pátera asume un viejo pensamiento mítico local: el lobo monstruoso e infernal, rodeado de serpientes, que devuelve a través de su cuerpo la cabeza patética de un personaje masculino. A esta imagen predominante y única -la aparente sencillez de su mensaje arraigaría en la vieja tradición ibérica-incorpora una iconografía itálica nueva y variada, que requiere una secuencia narrativa de múltiples matizaciones: es decir, una aceptación de complejidad; una paideia en la familiaridad con el lenguaje mítico de tradición griega. El mensaje, envuelto en ropaje dionisiaco, se desarrolla en los dos frisos que rodean el umbo: el diminuto friso con erotes cazadores y una procesión de centauros y centauresas en la fiesta de un ban-^^ D. Sperber, «Pourquoi les animaux parfaits, les hybrides et les monstres sont-ils bons à penser symboliquement?», L'Homme, XV2, 1975, p. ^^ R. Olmos, Los Iberos y sus imágenes, 1999, cit. (n. Este ejemplo ofrece un curioso cruce de fórmulas y de estilos entre el helenismo itálico y la tradición ibérica del lobo cuyas entrañas sirven como vehículo hacia el más allá. Una vez más y de forma consciente, el ibero incorpora a su repertorio escatológico el lenguaje de moda helenístico que el prestigio difunde entre la nueva sociedad de la Hispânia republicana. No renuncia el aristócrata ibero a la apropiación de este lenguaje diferente que le permite acceder a estos nuevos privilegios más allá de la muerte. Este mundo ibérico tardío del aristócrata local está lleno de alusiones míticas grecoitálicas que reelaboran la tradición heredada y la enriquecen. La plata -y en menor medida el oro-son un vehículo especial en esta renovada apertura al gusto mediterráneo. Las formas de los vasos de bebida nos permiten hablar de una verdadera vajilla iberohelenística de inspiración itálica. Pero esta corriente nueva se manifiesta, sobre todo, en la iconografía: la Victoria libando con pátera es el motivo de la pareja de pendientes de oro, hoy desaparecidos, del tesoro de Santiago de la Espada (Jaén)"^^. Su rostro, enmarcado por trenzas, es ibérico, como los de la cerámica de La Alcudia de Elche o de algunos exvotos. Un ave la acompaña, viejo signo de las divinidades femeninas en el Mediterráneo y en Iberia. Pero la diosa sostiene una pátera y liba, un gesto nuevo que asume también, por influjo itálico, algún exvoto de la acrópolis de Sagunto' ^^. Y el manto de Nike se abre e infla por el viento del descenso. Hablamos de un gesto nuevo, la libación, y de una Victoria, que irrumpe con énfasis. ¿Acaso no resultó grata a Mételo aquella extraordinaria escenografía en Córdoba, cuando «tomó asiento, vestido de vencedor, en un comedor transformado en templo, perfumado con incienso, de cuya bóveda deslizóse, con teatral estrépito, una Victoria para ceñirle una corona»? "^^ Nos precisa Plutarco: eran Victorias articuladas, movidas por máquinas, las que le ofrecieron desde lo alto trofeos de oro y coronas mientras que coros de niños y mujeres cantaban himnos de victo- "^^ Cf. 586, de quien tomamos la cita entrecomillada. Al igual que esos coros de edad y de género, las Victorias de los pendientes de oro pertenecen a esta perspectiva ibérica ante el fasto romano. La imagen ibérica se refleja también, indirectamente, desde la mirada de la referencia histórica. El poder se alia con la naturaleza en las fíbulas del cazador, como la de Chiclana de Segura, en Jaén, o la de Los Almadenes de Pozo Blanco, en Córdoba' ^^. El auriga del sol surge en su carro guiado por los prótomos equinos que nacen del horizonte para anunciar y propiciar la caza del noble, a caballo, hipercaracterizado como guerrero y acompañado de sus perros que merodean a la presa, el jabalí salvaje. El tiempo mítico y el actual se funden en esta doble imagen, que es modelo y referencia del aristócrata. El surgimiento de la biga del sol, bien conocido de la cerámica caleña, se asume en estas fíbulas ibéricas que las dota de viejo sentido: la exaltación simultánea del príncipe guerrero y su actividad de la caza, pues sólo el noble es mediador entre la naturaleza y el ámbito de los dioses ^°. El surgimiento del carro del sol despierta y fecunda la naturaleza, cuyo sacrificio y reordenación regulará el príncipe guerrero, que caza al amanecer. Las fíbulas del cazador resumen el microcosmos de este orden social sancionado por los dioses. Un gran vaso ibérico de La Alcudia de Elche, posiblemente del siglo II a. de C, asocia este surgimiento de la biga alada del sol -su auriga, masculino o femenino, se manifiesta en su frontalidad-a la fecundidad vegetal del lugar ^' (fig. 19). La simbiosis de la iconografía mediterránea con la vieja representación ibérica de la barca del sol conduce al surgimiento de estos vasos de encargo, únicos, irrepetibles. Todo ello sirve, de un modo u otro más o menos directo, para aproximarnos al vaso de Valencia. Pues esta representación pertenece a un ambiente histórico y mitológico en cierto modo similar. En primer lugar, observamos que desde la primera época de la presencia romana en Iberia, es decir, en los siglos ii e inicios del i a. de C, surge una eclosión de nuevas imágenes míticas, especialmente en cerámica. pero también en monedas y en el vehículo selecto de los objetos de plata. Seguramente estamos ante manifestaciones sociales diversas, vinculadas a aristócratas en los ejemplos citados de oro y plata, o que afectan a un grupo social más amplio, a una comunidad que se define y muestra a sí misma, como es el caso de las monedas. El creciente desarrollo protourbano, impulsado por la anterior presencia colonial semita en la Bética y ahora por Roma, puede estimular el auge de mitos metamórficos y etiológicos de los orígenes de una comunidad. El mundo mítico con que en su poema épico Punica el poeta imperial romano. Silio Itálico, recrea los nombres y genealogías fundacionales de diversos lugares de la Bética y de Hispânia (por ejemplo, Nebryssa o Sagunto) puede no responder sólo a una pura invención poética de este autor sino a una erudición que nos lleva a este momento de eclosión mitológica que recorre la Hispânia republicana ^^. Más adelante aludiremos de nuevo a esta idea. Un ejemplo de esta búsqueda de los orígenes míticos puede ser el calato o sombrero de copa con el labrador mítico de Alcorisa (Teruel) y su paralelo gemelo de Azaila (Teruel) (figs. 20 y 21) ^^ Este vaso singular reúne tres escenas que se relacionan íntimamente: una imagen de labranza, en el centro; a la izquierda, cuatro personajes afrontados en torno ^^ Nebryssa: Punica, III, v. ^^ Ricardo Olmos, «Metáforas de la eclosión y del cultivo. Imaginarios de la agricultura en época ibérica», AEspA, 69, 1996, pp. 3-16; véase una lectura en gran medida divergente de la mía, en Carmen Aranegui, «Personaje con arado en la cerámica ibérica (ss. Finalmente, R. Olmos Los Iberos y sus imágenes, 1999, cit. (n. 11), n.°77.1. a una gran flor o árbol de la fecundidad, cuyo crecimiento propician con su gran mano elevada y, acaso, con sus pies en movimiento ^' ^; a la derecha, un motivo de caza inminente. Limitan las escenas columnas de aves afrontadas a grandes brotes vegetales. El labrador, con vara en su diestra, gobierna con la izquierda el timón de un arado con una yunta de bueyes. Es el antepasado, el inventor del arado, el primer sometedor de los bueyes al yugo, héroe benefactor de los hombres. O, tal vez, el fundador del lugar que con la yunta traza las lindes, los límites del territorio. Grandes aves le rodean. Llama la atención el tamaño e importancia de éstas, superior al de los bueyes y al humano. Su presencia se incorpora al ritual del crecimiento. Sus picos pueden fecundar también la tierra y, al herirla, provocar el crecimiento de las semillas. Se vinculan a la fructificación del suelo. Toda la naturaleza interviene en el acto sagrado, incluido el gran buho que mira fijamente, de frente. No se expresa el dominio autónomo del hombre sobre la naturaleza-objeto sino el diálogo del labrador con ella, su participación en el crecimiento junto a los animales y los genios propiciadores. La escena se complementa con una escena de caza. Apostados tras una tupida y fecunda vegetación, dos cazadores míticos aguardan a sendos jabalíes emboscados, prestos a atacar. Una jauría de perros se abalanza tras la pareja de jabalíes. Las imágenes del vaso constituyen un ciclo, un conjunto, en el que el héroe participa como mediador del devenir del cosmos. Agricultura y caza, el cultivo de la vida y la regulación ordenada de la muerte le son encomendadas al héroe mítico como modelo e intermediario ritual. Este vaso adquiere su pleno sentido en el contexto de la habitación singular donde aparece. En este espacio se acumulan otros vasos de formas variadas, generalmente de bebida y decorados con escenas del mundo vegetal y animal ^^. Hay una profusión de formas ibéricas que imitan la diversidad de una vajilla itálica de época helenística: cántaros, jarras de tipo oinochoe, crateras adornadas, etc. ^"^ Cf el fragmento cerámico ibérico del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete), con la parte inferior de dos personajes, dibujados a contorno, enfrentados a un motivo acabado en punta, probablemente un elemento floral (Museo de Albacete). Los pies de ambas figuras humanas, cuyas piernas se muestran en vivo movimiento, podrían golpear y herir el suelo, como en el ritual itálico del terpudiare («pellere ter pede terram», batir tres veces con el pie la tierra, para propiciar así el crecimiento de las plantas). ^^ Cf R Atrián Jordán y M. Martínez, «Excavaciones en el poblado ibérico del Cabezo de la Guardia de Alcorisa», Teruel, 55-56, 1976, pp. 59 De esta escena, decimos, existe un paralelo muy preciso en el poblado vecino de Azaila: un mismo artesano ha realizado ambos vasos ^^ (fig. 20). Quienes los encargaran en aquel ambiente iberorromano del valle de Ebro pudieron desear exaltar el prestigio de las actividades agrarias y cinegéticas mediante la recreación de sus nobles orígenes, asociando creencias arraigadas de antiguo a un pensamiento de evergetismo propio de la época. Sólo en el tiempo del mito se justifica la representación del trabajo, actividad innoble que conlleva esfuerzo, bánausos. La esfera ideal, no la cotidiana, lo justifica. Parece sintomatico que la imagen del labrador se introduzca en un momento -finales del siglo ii y siglo I a. de C.-en que Roma busca provisiones de trigo fuera de Italia (en España, en Sicilia, en Africa) ^^. Hispânia se convertirá en uno de los graneros de Roma. La emigración itálica hacia la península busca el cultivo de tierras nuevas. La creación de las colonias tendrá como uno de sus extendidos símbolos al labrador mítico, «bonum agricolam bonumque colonum». La imagen de este vaso, desconocida hasta ese momento, su repetición en zonas tan próximas, como son el poblado de Azaila y esta finca o casa señorial de Alcorisa, deben ponerse en relación con una forma de integración de la tradición aristocrática ibérica con la nueva política impulsada por los colonos de Roma. La imagen precede, individualmente, a las tempranas acuñaciones imperiales de las nuevas colonias -Emerita Augusta, Caesar Augusta, hacia 25 a. C.-con la representación del labrador-sacerdote fijando las lindes del pomerium, ya al modo ^^ J. Cabré, Cerámica de Azaila, 1944, cit. (n. La imagen del vaso, de uso individual y aristocrático, extiende en las monedas su mensaje a los colonos del lugar, la ciudad. Aprender a llevar el yugo es signo de romanización ^^. Sin embargo, ninguno de estos vasos citados nos asocia el tema de la naturaleza mítica con la posible ideología hoplítica de guerreros que se muestran ^^ M.'' Paz García-Bellido, «La moneda y la guerra», en: J. A. García Castro y V. Antona (dirs.) (1997), La guerra en la Antigüedad. Una aproximación al origen de los ejércitos en Hispânia. Madrid, 1997, pp. 320-321. ^' ^ No así el cántabro, «indoctum iuga ferre nostra», dice el poeta Horacio Odas, 2,6,2. «luga ferre» debe entenderse aquí en su sentido metafórico (el cántabro rebelde, que no se somete al yugo del vencedor) más que en su sentido real (no haber aprendido a -indoctum-llevar las yuntas del arado). armados, en condición de iguales, y que asisten a una metamorfosis, a un hecho milagroso, un thauma o mirabilium. Esta asociación es la que nos ofrece un anterior vaso singular de Liria sobre el que, creo, no se ha llamado todavía suficientemente la atención. Me refiero a una gran tinaja con dos asas verticales de triple nervadura (la central trenzada) que enmarcan el campo decorafivo ^° (figs. [22][23][24][25]. Un friso de guerreros marcha hacia la derecha, la mayoría con una jabalina en su diestra, en actitud de ataque. Visten túnica ceñida por cinturón y dos de ellos ostentan casco con largas crines. Los pequeños tirantes rituales se cruzan sobre el cuello: caracterizan el momento singular de una fiesta (fig. 23). Es relevante el ritmo de las figuras en el espacio. El varón que precede al grupo, separado de los demás, inclina hacia atrás el cuerpo y eleva su mano izquierda en un gesto de asombro o de propiciación (fig. 24). Dos peces y dos aves le acompañan en la misma dirección: expresan la fidelidad y solidaridad del cosmos, la sympátheia o concordia de intereses entre los linajes de los animales y los hombres; son imagen teleológica de una naturaleza armónica y participativa. He aquí la explicación a esta inquietud común: en la zona de las asas, ante los hombres y ante los animales que acuden presurosos, una gran flor se abre y se transforma súbitamente en un ave de la que se señala la cabeza y las patas: el detalle fotográfico hace patente y magnifica algo más escondido en el ánfora (fig. 25). En la cerámica ibérica este espacio o zona del vaso junto a las asas es un lugar propicio para las metamorfosis. Los demás personajes se acumulan a medida que se acercan al que les precede. Hay una relación entre los guerre-ros vestidos con atuendos sacros y este surgimiento singular que atrae por igual a los hombres y a la Naturaleza zoomorfa y vegetal. Estamos ante un desfile o escena ritual, reservado a un grupo de guerreros, en que interviene el elemento mágico y singular de la transformación. No ha de extrañamos la existencia de estos mirabilia o prodigios ante hombres notables, que se aglutinan en torno al hecho 6« Helena Bonet, 1995, cit. (n. 8) milagroso y excepcional de la naturaleza para admirarla ^^ Ni tampoco puede ya desconcertarnos la asociación entre poder guerrero y metamorfosis, un tema recurrente en la iconografía ibérica. Recordemos los vasos de eclosión de la vegetación maravillosa y sobreabundante, metáfora del poder y de la fecundidad del lugar, que tan bien conocemos por la cerámica de La Alcudia de Elche. El tema es, obsesivamente, la naturaleza vegetal que surge automática, espontáneamente -sponte sua-y en abundancia, criadora sin tasa, satis. Pero no es la naturaleza lo que les interesa sino la historia, la vida humana, «cuando los tiempos de ahora con otros tiempos coteja de antaño» del verso de Lucrecio ^^. Lo que aquella tierra mágica producía por sí sola colmaba a los hombres, sus necesidades. El ejemplar de Valencia encuentra abono en esta tradición de vasos ibéricos de metamorfosis y de los orígenes en que el hombre no es sino excrecencia de una na-^^ La imagen entraña la admiración de los meliores ante el cosmos, tan arraigada en el pensamiento estoico de época helenística, como expresa aquel fragmento, tan reiteradamente aludido por el filósofo Karl Lowith, que dice así: «Llegará un tiempo en que por hastío los hombres dejen de maravillarse ante el cosmos y de considerarlo digno de adoración. Este bien supremo en su totalidad, lo mejor que ha existido, existe y se podrá ver jamás, correrá el peligro». Karl Lowith, Conocimiento, fe y escepticismo {Wissen, Glauben und Skepsis) Gottingen, 1958 (2.^ ed.). Es citado en: J. Habermas, «Karl Lowith. Repliegue histórico frente a la conciencia histórica». 177. turaleza expresada en su totalidad pero siempre en relación con la historia humana del territorio. En la aproximación que aquí presentamos a la insólita escena del nuevo vaso, he aquí nuestra propuesta interpretativa. Un primer asentamiento urbano había sido fundado en Valencia en el 138 a. de C. por el cónsul romano Decimus lunius Brutus para acoger a los veteranos que habían guerreado con Viriato ^^, según refiere expresamente el tardío epítome de Tito Livio e indirectamente, Apiano y Diodoro Siculo ^. Hubo adsignatío de tierras: lunius Brutus les entregó «agros et oppidum». Apenas unas seis décadas después. Valencia fue destruida durante las guerras sertorianas por el ejército de Pompeyo tras la batalla junto al río Turia del año 75 a. de C.^^. Allí mueren el general sertoriano Gayo Herennio y diez mil hombres ^^. En el período anterior a la masacre de Pompeyo, época de la reconstrucción política de la ciudad y de remodelación de los grupos sociales con Sertório, se sitúa el vaso. Este coincide con el momento en que el lugar, constituido probablemente como colonia cívium Romanorum, puede recibir el nombre de Valentia, voz que proclama la fortaleza y potencia de sus habitantes ^^. Proponemos que estamos ante un vaso de encargo que cuenta los orígenes míticos del lugar, fecundo, vigoroso e insólito. ^^ De Rerum Natura, II, 1166 (traducción de A. García Calvo). ^^ María José Pena, «Consideraciones sobre el estatuto jurídico de Valentia», Papeles del Laboratorio de Arqueología de Valencia, 22, 1988, pp. 303-329. Roma, Universidad de Granada, Granada, 1991. ^ Cf. 3), pp. 19 ss. ^^ Plutarco, Pompeyo 18: «Vendendo Pompeyo en el cerco de Valencia, donde dio muerte a diez mil hombres». El adjetivo «myríous» puede tener el sentido específico del numeral diez mil o, más probablemente, el más genérico de «innumerables, incontables», cifra para designar, de forma imprecisa, una matanza desorbitada. ^^ Alfonso García-Gallo, «La ciudad de Valencia y su condición jurídica en época romana». 561 (sobre la Valencia de Sertório). Propone García-Gallo que es Sertório quien constituye la nueva ciudad como colonia civium Romanorum y quien pudo otorgar el nuevo nombre parlante de Valentia. Es poco verosímil, dice, que este nombre lo recibiera anteriormente, con la primera creación de lunio Bruto, destinada, de hecho, a los soldados derrotados en las guerras con Viriato. El Epítome de Livio no lo afirma: la expresión «quod vocatum est Valentia» no implica, efectivamente, que la denominación proceda de esa primera fundación. El momento queda indeterminado. El mundo ibérico mantiene hasta época muy avanzada la producción de talleres que pintan por encargo escenas irrepetibles, que se adaptan, en la continua invención de temas, a la demanda y exigencias de sus clientes, las familias y aristócratas que detentan el poder en la nueva sociedad ibérica. Conocemos esta tradición en algunos ejemplos de Liria -un siglo antes-y del valle del Ebro (de un momento coetáneo e incluso posterior a nuestro ejemplo). La tradición artesanal del vaso pintado con algunas de sus viejas fórmulas transformadas se extendería ahora, a inicios del siglo i a. de C, a las demandas de los vetevés sertorianos que ocupan el nuevo asentamiento de Valentia. Se relata un prodigium que relaciona las armas con un monstruo de extraordinario tamaño, ser devorador o engendrador, o ambas cosas a la vez. Podría contarse la historia de los originarios seres míticos anteriores a la fundación de la ciudad, espacio que comparten animales, monstruos y, aparentemente, un ser humano en un momento de tránsito, que es devorado o, mejor, surge a través de las fauces del ketos. Es notable la caracterización isonómica de los personajes híbridos en gestos y en armas: la insólita jabalina-arpón y el casco de piel los iguala. También su actitud y gestualidad. El monstruo imposible, ketos y cuadrúpedo a la vez, pertenece a ese mundo liminal en que se encuentran la tierra y el mar. El puerto de la Valentia sertoriana donde apareció el vaso puede quedar aludido en ese espacio híbrido que llena la figura del monstruo ^^. Tras el oppidum, los agri. La vinculación entre nacimiento metamórfico del ser inaudito y los orígenes del lugar es lugar común en los relatos helenísticos de fundación: cosmología y etiología confluyen en la narración de los orígenes históricos de los lugares, son su expresión geográfica. La apropiación histórica del lugar se realiza a través del thauma o portentum, el suceso milagroso mítico. Tal es la principal función cognitiva y explicativa de numerosas metamorfosis helenísticas ^^. Por ello, el paralelo funcional más próximo a nuestra escena lo hallaremos no ya en la cerámica sino -a pesar de su función específicaen las monedas. La famosa serie de la acuñación ampuritana con la metamorfosis del caballo Pegaso, siempre tan mal interpretada, es un caso muy próximo al nuestro'^^ (fig. 26). Tras la segunda guerra ^^ Así me lo ha sugerido oralmente la Dra. C.-Pegaso con la cabeza modificada en Cabiro.» púnica en Ampurias resulta necesario reinventar los orígenes del lugar, borrar cualquier ambigüedad de su anterior iconografía mítica que pudiera interpretarse desde el mito púnico: el caballo parado, la Tanit/Deméter, tal vez el mismo Pegaso. Y para ello se acude a una metamorfosis: la cabeza del caballo alado Pegaso, que desde antiguo aludía a la fuente mítica -pegé-del lugar que da de beber a la comunidad ^^ se transforma en la figurita de un pequeño niño desnudo, con las manos estiradas agarrando los pies, en posición fetal. Tal vez la renovación de la ciudad, su destino futuro, se ligaría al nacimiento milagroso de un niño surgido del mítico Pegaso del lugar. La nueva imagen -un ser inhabitual, insólito-no resulta evidente a una primera observación. La desvía el engaño previo de los sentidos; exige la predisposición y favor del espectador que la completa. Entraña un juego de percepción, un aínigma, es decir, un signo cuyo mensaje secreto hay que descifrar. También en el monstruo de Valencia se esconde un enigma, una figura imposible e híbrida que, como en Ampurias, contiene la historia originaria y fundacional del lugar. Del ímpetu de ambos monstruos vigorosos nacerá una singular estirpe humana: un niño en Ampurias (infante del tiempo nuevo, de la renovatio); monstruos o personajes en que se apuntan ya los atributos y gestos de la cultura humana -el manejo de las armas-en Valentia. Los mitos surgen por encargo o por necesidad de las comunidades cívicas para las que trabajan cera-^' R. Olmos, «Usos de la moneda en la Hispânia prerromana y problemas de lectura iconográfica », 1995, cit. (n. Los hombres se re\e\a.nphilómythoi, amantes de mitos, éstos son propedéutica para comprender la realidad ^^. La creación de relatos míticos favorece el fundamento político de la vida humana. No es casual que en la época de nuestro vaso, a inicios del siglo I a. de C, veamos multiplicarse, tanto en imágenes como en referencias textuales, algunos posibles mitos de fundación urbana en la temprana Hispânia romanizada: en Iberia se muestra una ciudad llamada Odysseia, entre otras mil huellas de la peregrinación de aquel héroe homérico. Esta referencia, entre otras muchas, la recoge Estrabón del filósofo estoico Asclepíades de Mirica, quien, aproximadamente por los mismos años de nuestro vaso, enseñaba «tà grammatiká» en laTurdetania al tiempo que publicaba una periégesis o descripción de los pueblos que la ocupaban ^^. Hemos aludido a la posible historicidad de algunos pasajes del libro m de Silio Itálico, quien acude -por ejemplo, en su descripción del Heracleion gaditano-a fuentes de autores helenísticos como Artemidoro y Posidonio ^' ^. Pero recordemos además cómo existe en esta época una receptividad especial a todo tipo de mirabilia, de apariciones monstruosas, de signos extraordinarios y premonitorios asociados a veces con las armas, como el sueño anunciador de Aníbal tras partir con su ejército desde Carthago Nova hacia el Ebro, junto a la ciudad de Onusa, cuyo campo devasta una descomunal serpiente ^^. O como la singular historia que refiere Pausanias en relación con Gades, que se vincula -como en nuestro vaso-a la identidad de un lugar ^^. Un viajero llegado de Grecia, Cleón de Magnesia, de biografía imprecisa, es causalmente testigo de un thauma de esteiipo. Sobre la playa de Cádiz ha visto arder un andrà thalássion o monstruo marino semihumano y gigantesco, con ocasión de un ritual, secreto y reservado, al que sólo está permitida la asistencia de los ciudadanos de la urbe semita. En esta fiesta de los sympolítai, a la que no pueden asistir ni extranjeros ni esclavos, se quema en la playa a una divinidad in effigie''\ Es una divinidad marina. ^^ Claude Calarne, Mythe et histoire dans l'Antiquité grecque, Lausanne (Payot), 1996, p. 165.''•'' Estrabón, Geografía, III, 4, 3. ^^ Finalmente, R. Olmos, «El Hércules gaditano en la geografía mítica del Extremo Occidente», en: R. Rolle-K. 4 con bibl. ^^ Tito Livio, 21, 22: «una serpiente devoradora, de tamaño sobrenatural, mira magnitudine, lo seguía; a aquél le estaba vedado mirarla. No debió jamás volver la vista atrás». ^^ Periégesis, X,4,6. ^'' ¿Se trata de una evocación de la ekpyrosis o combustión final del héroe Melcart? mítica, monstruosa. El texto sirve a Pausanias para certificar la existencia de estos thaúmata o mirabilia basándose en el testimonio de autoridad del citado viajero magnesio que asiste furtivamente al ritual en Cádiz. A nosotros nos interesa la aplicación local de esta historia. El citado vaso de Liria, con los varones asistiendo a un thauma o hecho milagroso apunta posiblemente a una historia fundacional de este tipo que aglutina a los iguales, los hómoioi de una ciudad, aquí el oppidum de Liria y su territorio. El mismo Sertório, un eques sabino oriundo de Mursia, ha fomentado como parte de su política en Hispânia el desarrollo de mitos e instituciones locales que envuelven su caudillaje en un aura epifánica, sagrada, milagrosa' ^^ Al mismo tiempo, Sertório se propuso enseñar a los iberos el uso de las túnicas y clámides floridas, así como el empleo de armas y tácticas al modo romano. Todo ello ha de alejarlos de su aspecto salvaje ^^. En el marco de osta, paideia sertori ana puede situarse la invención de ciertos mitos. El ambiente político que vive Hispânia en estos años del inicio del siglo i a. de C. propicia en los notables el clima de expectación y efervescencia religiosa, la manifestación de prodigios que se asocian a los hechos militares. La historia muestra aquí su mejor modelo de tiempo aleatorio, su faz más compleja, abierta a la «irrupción imprevisible de la novedad» ^°. Nuestro vaso es un ejemplo de esta novedad. Sigamos con ese mundo que se vislumbra aún imprecisamente en Sertório. Evoquemos el famoso episodio de la cierva blanca cuya aparición traía buen augurio y fortuna a las campañas del caudillo romano y que él utilizaba como forma de relación religiosa con unos iberos envueltos en la fuerza supersticiosa o deisidaimonía ^'. Él será varón guiado por un demon y querido de los dioses, como un rey ^^. La historia de la cierva que nos refiere Plutarco responde bien a la integración y uso que realiza Sertório no sólo de las creencias sino también de las instituciones indígenas ^^ Nos cuenta aquí Plutarco que un joven ibero había cazado a la carrera una cierva fugitiva que acababa de parir (un élaphos neotókos), asombrado por la blancura resplandeciente de su piel. La referencia, ciertamente escue-^^ Domingo Plácido, «Sertório», Studia Histórica. Historia Antigua, VII, 1989, pp. 97-104, especialmente ta, puede esconder un rito iniciático de caza por parte de jóvenes iberos, muestra de excelencia y paideia (recordemos que una de las preocupaciones de Sertório es la paideia de los adolescentes locales en la antigua ciudad de Osca, verdaderos rehenes que constituyen una singular forma de dependencia dentro de la formación de las clientelas en las que el caudillo basa su política) ^'^. En cuanto a la caza del ciervo evoquemos la imagen -por lo demás tan singular-del vaso ibérico llamado Cazurro por su primer propietario, vaso que se dice fue hallado en la necrópolis del Portitxol de Ampurias: dos jóvenes corren semidesnudos para dar caza a ciervos en medio de un paisaje agreste apenas insinuado ^^ (fig. 27). Otros vasos del área ibérica del valle del Ebro o de la misma Liria, como el llamado vaso de la Rueda, repiten el motivo de la caza de ciervos entre las actividades aristocráticas de los iberos ^^. Alguna escena, como en un calato de Azuara (Zaragoza), se detiene incluso en el momento dramático en que la cierva herida, atacada por lobos, encuentra la muerte mientras amamanta a su cría ^^. Por cierto, esta expresión de la naturaleza -la asociación de la muerte que sobreviene al ser fecundo en el curso cíclico de la génesis y la phthorá, generación y destrucción que conlleva y exige el retorno continuo a una nueva vida-es una característica del pensamiento mitológico ibérico, tal como lo muestran sus imágenes. En Plutarco, la cierva de Sertório es fecunda, acaba de parir y la fecundidad animal se transmite a la buena fortuna del caudillo romano: la cierva es para Sertório regalo de Ártemis y la convierte en signo epifánico. Como el vehículo de los sueños, del que se sirve el caudillo romano, ella es anunciadora de buenas noticias. Tras la dudosa batalla del Suero, el hallazgo de la cierva, que se había perdido, es interpretado por Sertório como señal de la renovada amistad de los dioses. La gestualidad del animal -salta alegremente hacia su amo, pone su cabeza sobre su regazo, le lame su mano ^^-es «^ Plutarco, Sertório, 14.3. Otros ejemplos en R. Olmos, ibidem, n.° 83.1 y ss. ^^ Miguel Beltrán, Los iberos en Aragón. Caja de Ahorros de La Inmaculada de Aragón. ^8 Para el episodio del sueño y la cierva, cf A. Schulten, 1949, cit. (n. 149. sympátheia, expresión de concordia de la naturaleza sagrada con el hombre: participa el animal con el éxito del príncipe. El detalle, que refiere Plutarco, no es trivial, meramente anecdótico. Por el contrario, el motivo entronca en la figuración ibérica de la época que acabamos de mencionar. Es hora de volver al vaso llamado del «Ciclo de la Vida» de Valencia y resumir las conjeturas. El vaso, procedente de un contexto bien fechado y con esta escena única, nos plantea el problema de la relación de su iconografía con el ambiente sertoriano en que surge y con la colonia de Valentia. Estamos, creo, ante un vaso de encargo. El cliente debe pertenecer a la clase dominante provincial de Hispânia, tal vez alguno de los homines novi que fomenta la política de Sertório. Pueden ser los veteranos o veteres asentados en la nueva ciudad y que viven el proceso de integración y adaptación a la ciudadanía ^^. Son el tipo de clientes receptivos a los prodigia; clientes que, mediante una imagen legitimadora, buscan la alusión de un evento histórico con que recrear una representación mítica del lugar. Un lugar próximo al mar cuyo mismo nombre. Valentia, pregona la potencia de sus hombres; un lugar que se «' ^ Cf D. Plácido, 1989, cit. (n. Cf anteriormente, Antonio García y Bellido, «La latinización de Hispânia», AEspA, 40, 1967, p. Sobre la ciudad de Valencia como símbolo del proceso de adaptación, cf Alfonso García-Gallo, 1978, cit. (n. 67), pp. 549-575. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ pretende representar fecundo y próspero a través del tiempo mítico de los orígenes. Tiempo de continua generación, cuando el linaje originario de los guerreros-pescadores asociados al monstruo, ocupaban aquel territorio en el que ahora se asientan los veteranos de Sertório. En cuanto al resto del vaso, el conjunto de la imagen complementa y arropa al mito: la representación de la naturaleza no es aquí ajena al surgimiento milagroso ni tampoco es mero complemento ornamental. Los animales de la tierra -el ager-abandonan su cubil y acuden presurosos al límite con el mar, el oppidum, que pueblan monstruosos guerreros míticos. Los cuadrúpedos y el gallo corren, vitales y fecundos, solidarios y llenos de curiosidad ante el prodigio. Cada ser aportará su cualidad, su virtud propia: el «carnassier» la fiereza, modelo del poderoso arraigado en la vieja tradición ibérica; las numerosas ubres cargadas de leche de la yegua podrán alimentar a los recién nacidos; el gallo anun-ciará el evento y cantará el nacimiento de las armas. Son presagio enviado por los dioses, símbolo de su asistencia en el nuevo orden de los siglos ^°. Lo humano, en gestación, en parte aún indistinto y mixto, comparte su nicho con las fieras ^'. De este modo se expresa el diálogo del linaje de los animales, el genus animantum, con el genus hominum, el linaje de la historia. Pues con palabras del filósofo alemán Jürgen Habermas «la convivencia de los hombres en una ciudad sólo puede estar en orden si está estructurada al modo del cosmos» ^^. ^° Del mismo modo la cierva es presagio y asistencia en la historia de Sertório. Cf. la recensión de Pere Bosch Gimpera, «Adolf Schulten, Sertorius», Revista de Occidente, X̰ 41, Noviembre de 1926, p. Si el mito cuenta, como creemos, la fundación de un lugar, queda entonces establecido el orden y el tiempo nuevo en la naturaleza. Se inicia con ello el tiempo de la historia. 61) Los restos arqueológicos localizados en las excavaciones de la plaza de Cisneros de Valencia abarcan desde la fundación de la ciudad en el siglo ii a.C. hasta nuestros días, conservándose restos de las primeras viviendas, que con algunos cambios, perduraron hasta el año 75 a.C. en que fueron destruidas debido a las guerras sertorianas que asolaron toda la ciudad de Valencia. Este nivel quedó reflejado en este punto de la urbe, donde se encuentra un estrato de tierra con carbones, cenizas, algunos restos óseos humanos, elementos de la panoplia militar, ajuares domésticos como piezas de telar y objetos de hueso trabajado, y abundante cerámica ibérica y romana. Destaca una pieza ibérica con una decoración excepcional, se trata de una tinaja en la que aparecen representadas figuras animales junto a tres figuras fantásticas, mitad humanas, mitad animales, portando elementos bélicos que componen una escena única. Entre los meses de marzo y noviembre de 1998, se efectuaron las excavaciones arqueológicas en la plaza de Cisneros n.° 6 de Valencia. Estas se realizaron en extensión en todo el solar con un total de 3110 m^ excavados, llegando a alcanzar los cinco metros de profundidad y localizándose importantes hallazgos arqueológicos que van desde el siglo ii a.C. al siglo XX. Esta zona se encontraba situada desde el s. ii a.C. dentro de la ciudad, al nordeste, a escasos metros de la muralla. Los hallazgos más antiguos recuperados en la excavación datan de la fundación de la ciudad de Valentia por el cónsul romano Décimo Junio Bruto, acaecida en el 138 a.C. Los primeros habitantes, soldados licenciados, que se asentaron como colonos, levantaron para instalarse con sus familias viviendas tipo barracón que, con al- gunas modificaciones, pervivieron hasta época sertoriana. El final de este período viene marcado por la guerra civil entre el partido senatorial de Sula y el popular de Mario y Sertório. Las fuentes escritas indican que la ciudad de Valentia se decantó por estos últimos, motivo que provocó la destrucción de la ciudad por Pompeyo en el año 75 a.C. Este episodio bélico, como hemos dicho, quedó constatado en la excavación con la presencia de un estrato de carbones y cenizas con fragmentos óseos humanos, elementos de la panoplia militar, piezas de hueso y cerámica ibérica y romana. Tras algunos años de abandono, en torno al cambio de era y sobre el nivel de destrucción anteriormente descrito, se instalaron pequeños talleres artesanales entre los que destaca un obrador de alfarero. Con el Alto imperio comienza una etapa flore-ciente en la vida urbana de la ciudad. Valencia en estos momentos cuenta con grandes edificios públicos distribuidos en torno al foro, situado en la actual plaza de la Almoina (QDA 4). También tiene edificios dedicados al esparcimiento como es el circo, que ocupa desde la actual plaza Nápoles y Sicilia hasta la calle de la Paz (Ribera, A. 1998). Está dotada de servicios de infraestructura, como el abastecimiento de agua a través de acueductos y la red de alcantarillado por medio de cloacas. Este esplendor ha sido constatado en esta zona de la ciudad, pasando a convertirse en un área mercantil situada a escasos metros del puerto fluvial. En la excavación se han documentado dos calzadas paralelas en dirección este-oeste que distaban entre sí 24 m. La calzada meridional, posiblemente de origen republicano, medía 7'80 m de ancho. A finales del siglo ii o inicios del m d.C. se portico y pavimentó con grandes losas de piedra, dotándola de los sistemas de infraestructura correspondientes: agua potable y alcantarillado. Entre estas dos calles se situaban dos grandes edificios en uso desde el siglo I al III, uno de ellos con la planta casi completa, perteneciente a un macellum. Este era un edificio cerrado de planta cuadrada, de 24 x 24 m, que disponía de patio central y al menos quince estancias destinadas a tiendas y zonas de almacenamiento. En el ala este pudo disponer de un segundo piso, como lo indica el hueco de escalera documentado al norte del edificio. En el Bajo imperio, los edificios anteriormente descritos dejan de funcionar, reaprovechándose algunos de sus muros para construir una casa taller artesanal (Albiach, R. y Soriano, R. 1991). De esta domus se localizaron siete estancias, en dos de ellas se hallaron sendos hornos de vidrio de planta circular y fábrica de ladrillos, junto a piezas vitreas tales como frascos, botellas, copas, vidrios de ventana y escoria de fundición. En la segunda mitad del siglo iv esta zona se deshabitó, encontrándonos tan sólo algunas hogueras y un enterramiento infantil. Sin embargo el área este sigue estando habitada, persistiendo la edificación anterior que se remodelo y se amplió a expensas de la calzada porticada que de esta manera verá reducida su superficie. A partir del siglo vi esta edificación también cae en desuso pasando a convertirse en área de almacenamiento, excavándose numerosos silos para cereales. Algunos de estos silos perduraron hasta el siglo vil, momento a partir del cual se utilizaron como basureros de los que se recuperó abundante material cerámico. A partir de la segunda mitad del siglo xi, la zona queda englobada dentro de la nueva muralla construida por Abd al-Aziz en ese siglo, pasando a convertirse en toda una zona residencial donde se construyen siete viviendas articuladas en torno a una calle y a un atzucac. Estas viviendas fueron arrasadas por una fuerte riada ocurrida a finales del siglo xi. Durante los siglos xii y xiii se reedifican las casas, aunque con técnicas constructivas diferentes. Tras la conquista cristiana de la ciudad por Jaime I en 1238, la zona quedó englobada en el barrio de Daroca, adscrita a la parroquia de San Lorenzo, donando el monarca sus viviendas a los individuos procedentes del Consejo de Aragón, que le ayudaron en la conquista. A partir de este momento el barrio sufre fuertes transformaciones relacionadas, sobre todo, con las nuevas creencias religiosas, construyéndose en el siglo xviii en este solar la casa procura de la Cartuja de Portaceli y el cementerio de la parroquia de San Lorenzo, en uso desde el siglo XIV al XX (Ruiz, E. y Serrano, M.L. 2000). LA FASE REPUBLICANA Los NIVELES DE FUNDACIÓN Las primeras evidencias de una cierta actividad humana esporádica se encuentran en un estrato natural de arcillas. Se trata de dos fosas excavadas en las arcillas, una de las cuales presentaba una fina capa de cal en superficie, estaba colmatada con arenas entre las que aparecían fragmentos desechados de una estructura de combustión, y en su base, y junto a una de las paredes, tenía piedras, de tamaño mediano y factura irregular dispuestas en una sola hilada, y una piedra de molino circular. Sobre este estrato arcilloso, que apenas ha evidenciado ocupación, aparece una deposición de arenas de carácter natural probablemente debida a una avenida del río Turia, vinculada a un asentamiento campamental, y sobre la cual se realizan las primeras construcciones provisionales que son de dos tipos, como veremos a continuación. De escasa entidad arquitectónica Corresponden a una serie de fosas que sirvieron de soporte a ánforas u otjo tipo de contenedores, encontrándose en una de estas fosas un ánfora CC. Otra fosa de este tipo destaca por su peculiar forma ahusada. Estaba rellena de tierra, caracoles, algunas gravas y fragmentos de cerámica ibérica (pátera, tinaja y kalatho), ánfora itálica y campaniense A. Junto a estas fosas se localizó una pequeña estructura rectangular, excavada en dicho estrato arenoso, que presentaba una oquedad circular de 43 cm de profundidad junto a la que aparecía un adobe, estructura que puede ser el resto de un poste de sustentación perteneciente a alguna construcción perecedera vinculada al primer asentamiento romano de la zona. Otras evidencias de asentamiento humano la determinan los hogares domésticos, dos de ellos elaborados de modo peculiar. Para la construcción de uno de ellos se excavó directamente en la tierra una pequeña fosa de planta circular en la que, adaptán-dose a su curvatura, se encajaron pequeños fragmentos cerámicos correspondientes a ánforas Dressel 1 A, y, en menor cuantía, fragmentos de tinajilla ibérica con decoraciones geométricas. Este hogar estuvo en uso, como lo atestiguan las huellas del fuego perceptibles en el soporte cerámico de la estructura y el relleno de cenizas y carbones conservados en su interior. Además se localizó otro fogón también de peculiares características. Se trata de un recipiente cerámico, un kalatho ibérico, que debía estar fuera de uso como tal por encontrarse su borde roto, embutido simplemente en la tierra y que, en el momento de su descubrimiento, presentaba restos de carbones. Sobre el fogón estaba dispuesta una olla de tipología ibérica, tal y como debió quedar en el momento de su abandono. Como en el caso del hogar anterior, también éste presentaba huellas de fuego, formando un circulo de tierra quemada alrededor del kalatho cuyas paredes estaban calcinadas. Otro tipo de estructuras constatadas de este primer momento, son zanjas rectangulares de largo recorrido excavadas en la tierra, que pudieron servir como conducciones de aguas residuales al confluir en pendiente a una gran fosa. Esta gran fosa pudo realizarse para la extracción de tierra utilizada en la construcción de los tapiales de las primeras viviendas de esta parte de la ciudad. Posteriormente, serviría de basurero, colmatándose con abundante material cerámico destacando piezas de cerámica campaniense A (formas 5, 25, 28, 36 de Lamboglia), campaniense B, etrusca (6 de Lamboglia) entre otras, tales como ánforas itálicas, cerámicas ibéricas, así como abundantes objetos de hueso trabajado (agujas de coser, husos y punzones) y monedas de bronce. Destaca la abundancia de grafitos en las piezas de cerámica campaniense, correspondientes a letras del alfabeto latino normalmente en grupos de tres, que aparecen sobre la pared, realizadas con una burda incisión y que correspondían a marcas de propiedad. Otros pequeños basureros, realizados en estos primeros momentos pero de menor tamaño, se en- AEspA, 73, 2000 contraron rellenos con fragmentos de ánfora itálica e ibérica, cerámica común itálica, cerámica ibérica, fragmentos de campaniense A y restos de fauna. Las primeras estructuras de habitat de cierta entidad arquitectónica se localizaron al sudeste del solar, pudiendo corresponder a barracones de un campamento romano o a modestas estructuras de habitat domésticas que ^'S-^'' formarían parte de un barrio periurbano. De estas estructuras, se conservaban al este del solar tres estancias pertenecientes a una misma edificación de planta rectangular. La habitación mejor representada, cuyo uso sería el de una cocina, era de planta rectangular (4,50 x 2,75 m) orientada nortesur y delimitada por cuatro muros de tapial de tierra, que servirían de zócalo a un alzado superior de adobes. Los muros presentaban en sus caras interiores un fino enlucido de cal y en las esquinas bloques de piedra y cantos a modo de refuerzo. El suelo era de tierra compactada con una fina capa de cal. En su interior se encontraba una fosa de planta circular que pudo servir como soporte de una vasija. Al sur y en posición centrada, se situaba un hogar u horno doméstico formado por una plataforma de adobes con la superficie rubefacta que conservaba parte del alzado de una bóveda, también de adobes, que se apoyaría en la cara norte de este muro. evidencias de actividad humana, documentándose un gran hogar. Al oeste de esta habitación se conservaba una amplia superficie perteneciente a un piso de tierra, probablemente a cielo abierto sin que en él se apreciara ningún tipo de actividad antropica. Estos primeros barracones o viviendas se encontraban delimitadas al norte por una construcción excepcional realizada en los primeros momentos de la fundación de la ciudad (s. ii a.C), correspondiente a una estructura que atraviesa todo el solar de este a oeste y cuya interpretación plantea diversos problemas. Para su edificación se excavó una zanja de sección en cuña y en su interior, adosados a las paredes, se situaron dos muretes de piedras de tamaño mediano dispuestas de forma irregular y combinadas con cantos de río, trabadas con tierra arcillosa entre las que se recuperó un fragmento de ánfora itálica. Su interior se encontraba cubierto de tierra arcillosa y en algunos tramos por piedras y cantos. El uso de esta construcción se presta a diversas interpretaciones. En un principio, sus características, la longitud de su trazado y la ausencia de habitat al norte de ella nos indujeron a pensar en la posibilidad de que se tratara del límite construido del recinto fundacional. Esto es, que esta construcción perteneciera a un recinto de madera o empalizada cuya base o cimiento sería la estructura localizada por nosotros. Posteriormente se han planteado nuevas opciones tales como que se trate de una conducción realizada para drenar el terreno, aunque no parece haber evidencias claras de este uso. En cualquier caso, lo conservado no es más que parte del alzado de esta construcción, lo cual hace aventurada cualquier hipótesis. La estructura apareció alterada y expoliada en todo su recorrido ya que sobre ella se halló una zanja rellenada con tierras limosas que cortaba el estrato arenoso de formación natural. Este hecho induce a pensar que la estructura tuvo un alzado considerable, indicio que apunta más a la hipótesis de un cimiento perteneciente al primitivo núcleo de la urbe en época fundacional que al de una canalización. EL NIVEL DE DESTRUCCIÓN Estas primeras edificaciones se encontraban destruidas y cubiertas por un estrato de tierra con carbones, cenizas, material cerámico y militar y algunos restos óseos humanos, producto de las guerras sertorianas que asolaron la ciudad en el año 75 a.C. De este nivel de destrucción e incendio se recuperaron materiales cerámicos fechados en el primer cuarto del siglo i a.C, tales como campaniense A, beoide (formas Lamb.l, 2, 5 y 8), ánforas itálicas (Dr. IB y IC) y púnicas (Maná C-2), paredes finas (formas II y III de May et), cerámica de cocina de procedencia itálica (cazuelas de borde bífido, ollas y tapaderas) y cerámica ibérica (tinajas, Kalatho, lebes de borde moldurado, páteras, pithoi Induratin, platos y vasos caliciformes). Además se encontraban piezas de telar (pondus y fusayolas), agujas, husos, punzones y horquillas de hueso, una fíbula de bronce y una veintena de monedas de bronce, sextantes ibéricos de Arse (Sagunto), quadrantes ibéricos de Arse (Sagunto), AS ibérico de Sekaisa (Segeda, Zaragoza), AS ibérico de Tamaniu (Valle del Ebro), AS ibérico de Saiti (Xàtiva), AS ibérico de Celsa (Velilla del Ebro, Zaragoza), un semis de Valentia y un AS de Roma. El hallazgo más relevante en este nivel de la excavación es la localización de una pieza cerámica ibérica excepcional, que se encontraba arrojada, junto a otros materiales procedentes de ajuares domésticos y elementos militares, en el centro del solar, ocupando una superficie de no más de tres metros cuadrados y treinta centímetros de espesor. Esta pieza cerámica es una tinaja tipo A. 1.2.2 del Tossal de Sant Miquel (Bonet, H. 1995). Su base de 13 cm de diámetro, presenta una ligera solera, el cuerpo es ovoide y el diámetro máximo, en la mitad superior del cuerpo es de 37 cm. La boca, de 23 cm, presenta un borde con labio exvasado y moldurado y su altura total es de 40 cm. Tiene dos asas geminadas que parten bajo el cuello hasta la mitad superior de la panza. Su pasta es fina y depurada de color marrón claro-gris-marrón claro. Esta pieza, denominada vaso de «El Ciclo de la Vida» (Serrano, M.L., 1999), procede de un contexto bien fechado en el siglo i a.C. Su decoración, en color rojo vinoso, es excepcional e inédita hasta la fecha en las producciones ibéricas, mostrando en sus dos caras una escena con animales fantásticos que po-dría estar narrando un acontecimiento histórico vivido en Valencia. Junto a ella se encontraba otra gran tinaja ibérica completa y decorada con motivos geométricos y vegetales, fragmentos de kalathos, lebes, olpes, pateras y abundante material cerámico romano completo entre el que destacan varias piezas completas de campanienses beoide (formas documentadas Lamb. 1, 2, 4, 8 y 10), un pyxide imitación de la forma Lamboglia 3 y un plato de barniz negro de imitación de Lamboglia 5, cerámica gris ampuritana, fragmentos de ánforas itálicas (Dr. IB y IC), una lucerna de la forma Dressel 2 con decoración en el mango, y fragmentos de cerámica de cocina de procedencia itálica, como cazuelas de borde bífido, ollas y tapaderas. También se recuperaron utensilios pertenecientes a la panoplia militar, una punta de espada de hierro, dos cuchillos de hierro y parte de un pectoral de hierro de un soldado. Finalmente, piezas de telar (fusayolas y pondus), una fíbula de bronce y agujas, husos, punzones y horquillas de hueso. Al este del solar se encontró una fosa relacionada con la limpieza de esta fase de destrucción, cuyos rellenos datamos con posterioridad al episodio bélico de las guerras sertorianas. Entre las tierras y cenizas que rellenaban esta fosa destacan los siguientes materiales: un proyectil de catapulta (esfera de piedra), un dardo de bronce, una fíbula, un AS ibérico de Ikalkusken (Cuenca) y algunos restos óseos humanos. Se recogieron abundantes restos de ánfora Dr. 1 B y IC y campaniense beoide decorada con el motivo de la losange. En la zona central del solar, sobre el estrato de la destrucción, aparecieron restos de un nivel de ocupación constituido por un estrato de carbones y cenizas asociado a numerosos orificios circulares practicados en el suelo con restos de carbón vegetal en su interior. Estos restos se interpretaron como una ocupación al aire libre, huellas de estacas colocadas para hacer numerosas hogueras. También se hallaron en el mismo nivel, cuatro estructuras de combustión excavadas directamente en la tierra, de planta rectangular con los extremos redondeados y en pendiente hacia la base llana, y con sus paredes calcinadas por haber estado en contacto directo con el fuego. En una de estas cubetas, al norte y centro, y junto a los lados largos, había dos oquedades circulares cuyas paredes también se veían endurecidas por efecto del fuego. No se conservaba el alzado real (tenía 25 cm de altura, 96 cm de longitud conservada y 27 cm de anchura), aparecía arrasado y cubierto por un estrato de tierra marrón compacta, de textura limoarenosa, con gravas, cal y carbones en el que se recuperaron abundantes fragmentos de ánforas itálicas y cerámica ibérica, cerámica común y de cocina y fragmentos de campaniense beoide. Estos materiales dan fechas de la segunda mitad del siglo I a.C-inicios del s. i d.C, de modo que la estructura de combustión se construyó y utilizó entre época sertoriana y estas fechas. Las cubetas aparecieron exentas de cualquier otro elemento, interpretándose como hornos de simple factura cuya utilidad podría ser metalúrgica, sin poder confirmarse dado los pocos residuos aparecidos. En otros puntos de la ciudad, como en las excavaciones de la Almoina, también se documentaron cubetas parecidas que fueron interpretadas para fundición de armas (Ribera, A. 1998). Tras las guerras sertorianas, los primeros indicios de nuevas construcciones datan de finales del siglo I a.C.-I d.C. En esta zona limítrofe de la ciudad se instaló un taller alfarero de la que se conservaban tres estancias con muros de mampostería y pavimentos de tierra arcillosa muy compactada. Su primera habitación, situada al sur, se encontraba delimitada por muros de mampostería y sillarejos, de aspecto sólido que tal vez sirvieron para aguantar algún tipo de cubierta, y su pavimento estaba realizado con arcillas rojas y tierra compactada. Dentro de ella se conservaba una balseta de planta rectangular construida con adobes que debió usarse para la decantación de arcillas y en cuyo interior aparecieron restos de arcilla y cerámica sin cocer. Junto a ella se encontraron elementos de sustentación consistentes en piedras ligeramente elevadas del suelo, dispuestas horizontalmente y alineadas de forma paralela a los muros este y oeste. La misma finalidad tuvo un agujero de poste que se calzó con varias piedras en forma de cuña. El espacio central del taller debió de estar a cielo abierto, sin ningún tipo de cubierta, dada la actividad aquí desarrollada y las evidencias materiales. Se encontró un horno cerámico orientado de norte a sur de la habitación, semejante al recuperado en las excavaciones de la Almoina de Valencia (Ribera, A., 1998). Es de planta cuadrada, de aproximadamente dos metros de lado, con la cámara de combustión dividida en dos por un pilar enfrentado al praefurnium o boca del horno. Conservaba un alzado de aproximadamente 25 cm y las cenizas de la última cocción. Delante de su boca se pudo comprobar como, a lo largo de su existencia y funcionamiento, se efectuaron varias refacciones tendentes a su mejora. La última de las refacciones, con la que se eleva el piso, se efectuó con fragmentos de tégula y cerámica, concretamente trozos de ánfora, uno de ellos con un sello o estampilla en que se puede leer TRVfo. El pavimento de este espacio central se acondiciona con tierra compactada y en él aparecen adobes dispuestos horizontalmente junto con un agujero de poste de planta circular. Sobre él destaca la aparición de abundantes vasos de paredes finas del mismo tipo que los encontrados dentro y delante del horno, cuya característica más notoria es la decoración con pequeños mamelones aplicados. La zona norte de esta alfarería es más compleja de interpretar al encontrarse muy destruida por las estructuras de época imperial. Los materiales cerámicos asociados a estos pisos de tierra y arcilla son rojo pompeyano y tierra sigillata aretina. Al este de esta alfarería se localizó un gran espacio posiblemente doméstico, delimitado por muros de mampostería revestidos en su interior con argamasa de cal. El suelo, de tierra compactada, presentaba zonas con huellas de rubefacción debido posiblemente a hogares domésticos. En esta estancia se documentó una estructura de planta circular formada por lajas de piedra hincadas verticalmente que debió servir de soporte de alguna vasija o contenedor. A este edificio se accedería por el sur del solar, donde se encontró un pavimento datable a partir del año 15 a.C./30 d.C. y que estaba construido con una capa de hormigón de cal asentado sobre un relleno de nivelación en los que se recuperaron varios fragmentos de TS Aretina de forma conspectus 18.1 datable entre el año 10 a.C-20 d.C. Finalmente, al oeste del solar, junto al taller alfarero, se documentó un gran recinto muy mal con-servado. Se trata de una edificación de planta rectangular de la que se conservaban parte de dos estancias de 3 '40 X 3 y 4' 50 x 3'40 m, cuyos muros eran de mampostería con piedras de tamaño medio en la base y más pequeñas en su alzado.
Site of El Torrelló del Boverot (Almazora, Castellón) RESUMEN Desde finales de 1988, cuando se retoman las campañas de excavación en el yacimiento del Torrelló del Boverot de Almazora (Castellón), se recuperaron abundantes materiales -fundamentalmente cerámicos-del periodo Ibérico final que cierra cronológicamente la vida del poblado. En este trabajo presentamos dos piezas cerámicas singulares correspondientes a esta fase tardía, documentada a través de la campaña de excavación llevada a cabo en 1995, en la que se trabajó en el área central del asentamiento. El registro obtenido en esta intervención coincide cpn el proporcionado por un lote de materiales donados al Museo de Almazora por parte de los aficionados que excavaron este poblado a mediados de la década de los setenta. ta el estudio de sus estructuras y materiales se extiende desde el Bronce Medio (1300-1200 a.C.) hasta mediados del siglo ii a.C. (Clausell, 1997) con distintas fases de abandono del poblado hasta su definitivo cambio de emplazamiento tras el Ibérico final. El interés de su estudio reside en la variedad y calidad de los materiales que ha proporcionado, su larga perduración y función estratégica en la dinámica del territorio en que se inserta. Las campañas de excavación en curso y los futuros trabajos sobre el yacimiento contribuirán a despejar las incógnitas que en la actualidad plantea este asentamiento. Presentamos en este trabajo una síntesis de los principales resultados de las campañas de excavación realizadas en los años setenta, llevadas a cabo por aficionados locales, así como la excavación de 1995, de cara a la contextualización de los materiales cerámicos, de época tardía, que se analizan a continuación. IL LAS CAMPANAS DE EX-CAVACIÓN LAS INTERVENCIONES EN LA DÉCADA DE LOS SETENTA Tras el inicio en 1988 de las campañas de excavación en este yacimiento, el Museo de Almazora fue depositario de un lote de materiales procedentes de este poblado, fruto de las excavaciones realizadas entre 1973 y 1975 por aficionados del municipio (Clausell, 1999a, 182). Las piezas -fundamentalmente cerámicas ibéricas-proceden mayoritariamente de la intervención en dos habitaciones y la excavación de diversas catas en el poblado, así como de la recogida de materiales procedentes de las terrazas meridionales del montículo. Además de las cerámicas ibéricas, se AEspA, 73, 2000 EL IBERICO FINAL EN EL ASENTAMIENTO DEL TORRÉELO DEL BOVEROT depositaron vasos elaborados a mano, adscritos al momento final del Bronce medio (Clausell, 1997, 22-27) y otras cerámicas de importación de época romano-republicana (Arasa, 1995, 52). A juzgar por el conjunto de materiales depositado ^, el lugar en que se inserta El Torrelló parece estar ocupado desde la Prehistoria hasta época medieval. Las intervenciones de la década de los setenta sacaron a la luz, desde el punto de vista de las estructuras (fig. 2), los vestigios de dos estancias -habitaciones 1 y 2-, de forma cuadrangular, situadas prácticamente en la cima del montículo, siguiendo una orientación este-oeste. La habitación 1 (2,65 X 4,10 m) documenta un nivel del Ibérico antiguo (fines del siglo vi-inicios del v a.C.)y la habitación 2 (2,70 X 4,05 m), delimitada exclusivamente por su parte interna, parece aportar una estratigrafía más completa, según el testimonio de su excavador, evidenciando por encima de un nivel del Bronce Medio un estrato con abundantes materiales posiblemente pertenecientes -por su disposición-a un suelo de ocupación en el que se hallaron la mayor parte de piezas completas, datado entre finales del siglo m y mediados del ii a.C, correspondiente al momento final del yacimiento. Con respecto a las cerámicas ibéricas finas, según la tipología de Mata y Bonet (1992), destacaremos la presencia, dentro del grupo de los grandes contenedores, de ánforas de formas indeterminadas dada su alta fragmentación. Entre ellas figura un fragmento de boca de borde aplanado y engrosado en su interior, con hombro redondeado y finas estrías, tipo 1.1.2 de Mata y Bonet, con paralelos ^ en distintos ejemplares de cronología tardía del yacimiento de Alorda Park (Sanmartí, Bruguera y Morer, 1999, 280-283). Por otra parte, dentro del grupo de vasos multifuncionales de tamaño medio, el calato (tipo II.7.1 de Mata y Bonet) es un tipo muy abundante en el repertorio cerámico del Torrelló. Se trata de un recipiente empleado en el comercio marítimo, como se constata en el fondeadero de la propia costa almazorense de Benafeli (Fernández Izquierdo, 1995, 127). El análisis de contenidos efectuado por J. Juan-Tresserras (v. anexo) ha evidenciado la presencia en su interior de frutos carnosos con miel o arrope. Los calatos del Torrelló sue-^ Los testimonios más antiguos de ocupación del área son proporcionados por unos fragmentos de sílex (Pascual y García Puchol, 1998, 76) correspondientes al Paleolítico superior fmal. La datación más reciente la ofrecen unas piezas asociadas a una alquería musulmana, anterior a la conquista de Jaime I en 1234, situada junto al actual poblado del Torrelló. ^ El tipo anfórico del Torrelló se corresponde con la variante IX B de Oliver (1994, 112) del yacimiento castellonense del Puig de la Misericordia (Vinaroz). len adoptar formas cilindricas; sus bordes son moldurados o planos y presentan una decoración básicamente geométrica -círculos, semicírculos, o teoría de eses-, así como en algunos casos, vegetal. La variante de tamaño pequeño es más frecuente, aunque también se han hallado grandes ejemplares. Los calatos que presentamos (fìgs. Destaca asimismo la presencia de un gran lebes (fìgs. 6 y 7) de borde moldurado y base cóncava, decorado con un friso de motivos geométricos -semicírculos y «cabelleras»-. Junto a la base se representa una línea pintada serpentiforme que aparece «enroscada» a un trazo vertical. Planteamos la hipótesis de que este signo podría representar una marca indicadora del propietario, el productor o, posiblemente, el alfarero o taller donde se fabricó la pieza ^. La vajilla de mesa está representada a través de platos, páteras y cuencos (III.8.1 y 2 de Mata y Bonet), decorados con motivos geométricos (figs. 8 y 9) -filetes y bandas-en su interior y exterior ^ Y finalmente, en cuanto a la cerámica tosca o de cocina, señalaremos la presencia de tapaderas con pomo anillado, y algunos bordes, muy fragmentados, de formas indeterminadas, correspondientes tal vez a ollas. LA CAMPAÑA DE EXCAVACIÓN DE 1995 En 1995 se inicia la excavación en una nueva área situada al este del asentamiento, que trata de documentar la distribución espacial de las estructuras y verificar la ordenación y datación de los niveles arqueológicos. Los estratos superiores del área excavada, de entorno a 300 m^, evidencian niveles correspondientes al periodo Ibérico tardío ^. Desde el punto de vista arquitectónico (fig. 2) fueron definidas tres estancias, una de pequeñas dimensiones y forma rectangular alargada -habitación 11-y otras dos que conforman un recinto mayor subdividido -habitaciones 13 y 14-. Esta última presentaba un banco corrido adosado al muro divisorio de ambos receptáculos y al lienzo norte. Estructural-^ Del mismo modo podrían ser interpretados otros signos sobre recipientes cerámicos, como la flecha con doble punta pintada en el pomo de una tapadera del poblado de la Lloma del Manoll (Bonet y Mata, 1997, 45). ^ En la tipología de Oliver (1994) forma parte de la variante B.l dentro del tipo III. ^ Se hallaron, no obstante, materiales residuales con cronologías de la Edad del Bronce, como el brazalete pulido en piedra arenisca, correspondiente a un tipo conocido en el Bronce Medio, como en el poblado de la Liorna de Bechi (de Pedro, 1998, 100). mente, estas estancias parecen construirse simultáneamente, levantando primero los muros principales -exteriores, norte, sur, y oeste-, dotados de un zócalo de mampostería de 1 m de altura aproximadamente, al que se adosa el muro medianero entre las habitaciones 11 y 13 y el divisorio entre la 13 y la 14, realizados con la misma técnica constructiva. Sobre este basamento se eleva un muro de tapial, cuyas caras exteriores posiblemente estuvieran revocadas. Las viviendas presentan una salida a la calle de 110 cm de anchura, en la que se evidencian restos de una escalera con cuatro peldaños. En el área excavada se han registrado abundantes materiales, fundamentalmente en la habitación 11 (fig. 10) y en la calle central, constatándose un mismo nivel de abandono, que apunta a un saqueo repentino y violento, dado el estado de conservación y la fragmentación de las piezas ^. Entre las cerámicas ibéricas, destacamos por su abundancia la presencia de calatos, ánforas y finalmente dos formas de imitación del tipo cílica-esquifo, uno conservado casi completamente (fig. 11) y otro con una inscripción pintada en su borde, cuyo estudio se presenta monográficamente más adelante. Otras formas presentes en el repertorio cerámico de esta estancia son los platos, cuencos, caliciformes, jarros o lebes, decorados generalmente con motivos geométricos pintados. Más excepcionalmente se desarrollan temas vegetales o fitomorfos^, e incluso figuraciones animales -se ha documentado la presencia de aves y pájaros-y humanas. Presentamos a continuación el estudio de una de estas piezas singulares, correspondiente a un fragmento con escena figurada. ^ Se han hallado fragmentos de una misma pieza, tanto en la calle, como en el interior de la habitación 11. ^ La decoración vegetal está presente asimismo en una de las tumbas -la num. 20-de la necrópolis del poblado, cuyo estudio se ha presentado monográficamente (Clausell, 1999b). Se trata de un fragmento ^ perteneciente al galbo de una tinaja o, más bien, un lebes'°. La decoración del fragmento es pintada de color rojizo, monocroma, compleja y figurada (fig. 12). Muestra una escena principal (fig. 13) con dos personajes, uno femenino y otro masculino, enmarcada mediante "^ Agradecemos especialmente las sugerencias de C. Aranegui (Universitat de Valencia), H. Bonet (S.I.P., Valencia) y R. Olmos (CSIC, Madrid) sobre la lectura de esta escena.'° Su pasta, muy depurada, es de color anaranjado, de cocción homogénea, con fino y escaso desgrasante de color blanquecino. El tratamiento de sus superficies interior y exterior, de color marrón claro, es un simple alisado. Sus dimensiones son: 15,5 cm de altura máxima x 18,2 cm de anchura máxima. motivos geométricos y vegetales'^ Por la parte inferior de la escena se observa la conocida combinación de signos geométricos «fílete-banda-filete» y, en la superior, un filete sobre el que se apoya un signo fitomorfo -¿un roleo?-, parcialmente con-Fig. 11.-Cerámica ibérica fina: imitación de cílica-escifo.'' El rellenado de las figuras principales ha sido realizado en pasadas sucesivas, de manera no uniforme, apreciándose en puntos diversos acumulaciones de pintura. En el espacio articulado por estas formas geométricas y vegetales se desarrolla una singular escena protagonizada por dos personajes pintados según la técnica de las figuras planas. A la izquierda se representa a una mujer que tañe la doble flauta o diaulós, de tubos divergentes y, en este caso, longitud similar. Aparece de perfil; se representa el busto y viste túnica o manto que llega por debajo de la rodilla. El rostro de la figura se muestra exageradamente alargado, un tanto deformado, fundiéndose con el instrumento musical que prolonga su perfil. Se observa la convención de la frente, aunque ojos, nariz y boca aparecen confundidos con los tubos y la mano izquierda. Parece presentar un tocado abultado sobre su cabeza y podría estar velada o cubierta por un elemento de difícil definición. Se destaca la representación de los brazos'^, alzados, con las manos abiertas y los dedos extendidos, según la disposición que exige el instrumento. Los pies se representan de perfil, dispuestos en'^ El brazo derecho aparece flexionado y los dedos, enérgicos y de proporciones exageradas, apenas rozan los extremos del aulós. El brazo izquierdo se muestra también doblado mediante la convención de un trazo sinuoso y los dedos, grandes y extendidos, se sitúan directamente sobre los tubos. paralelo y apoyados sobre el filete inferior que enmarca la escena. El pie delantero -y en menor medida el trasero-aparecen ligerísimamente elevados. Un elemento alargado y doblado, indeterminado, es apreciable por la parte posterior de la figura, a la altura de la cintura. La rotura del fragmento impide precisar su definición. Del mismo modo, por la parte anterior de la figura surge un elemento encadenado que se pinta sobrepuesto a la indumentaria, a la altura de la parte superior de las piernas. Se muestra, en síntesis, una figura femenina de perfil que tañe el aulós. Presenta una indumentaria particular, una túnica gruesa envolvente o un pesado manto que cubre casi por completo su cuerpo, aunque no llega a los pies. De la auletris sobresale por detrás un elemento indeterminable de dimensiones considerables que podría ser un ala, o más bien, otro tipo de elemento prendido al hombro o la espalda de la figura. Los trazos en forma de cadena que se destacan sobre la túnica por la parte delantera constituyen probablemente un complemento metálico de la indumentaria ¿una hebilla de un complejo cinturón, suspendido de su cuerpo? Frente a la tañedora de aulós se representa un personaje masculino caracterizado con algunos rasgos animales que danza al son de la música. Se trata de una figura masculina, extraordinariamente gruesa, de rasgos humanos aunque disfrazados o transformados en zoomorfos, aspecto apreciable en su cabeza, cuerpo y extremidades. Se muestra también de perfil con la pierna izquierda flexionada y la derecha extendida y levantada, apoyándose «de puntillas» sobre el pie izquierdo; el derecho aparece completamente elevado hacia arriba. Los pies están calzados o representados de manera destacada, con una suela o planta plana, al modo de ¿pezuñas? El cuerpo es de proporciones exageradas y apenas se distinguen cuello, cintura, ni torso, apareciendo confundidos en una masa abultada que únicamente se diferencia en el perfil, al final de la espalda -«cargada» y voluminosa-y en el arranque de las piernas, gruesas y muy cortas. Es difícil precisar la definición de sus extremidades superiores. Uno de los brazos aparece. elevado con una gran mano abierta, exagerada, de tres o cuatro dedos muy gruesos que vienen a unirse con los dedos de la mano derecha de la flautista. Otro de los extremos que sobresalen del personaje viene a unirse a otro elemento, alargado, de mayores proporciones que podría interpretarse, bien como parte del propio brazo, mal trazado, voluminoso y desproporcionado, o más bien como un atributo, central en la escena, que portara la figura, al modo de clava o instrumento ¿musical?, que se une a la figura femenina. La representación de la cabeza de este danzante es singular. En el perfil se observa una mandíbula inferior de grandes proporciones que aparece confundida con el torso y, directamente, por encima del brazo. La nariz se presenta exageradamente grande, casi convertida en un hocico de animal, de forma cuadrangular, alto y recto. Sobre este hocico se representa un abultamiento, tal vez correspondiente al ojo y, sobre la cabeza, muestra un tocado con penacho de siete trazos gruesos, cortos y rectos que se disponen sobre la parte superior y posterior, al modo de crin. Aparece, en definitiva, un danzante masculino, pesado y grueso, con ciertas características zoomorfas en lo que se refiere a forma y proporciones del cuerpo, así como determinadas convenciones en el perfil de su cabeza y cuerpo. Nuestra primera impresión al analizar la escena fue considerarlo desnudo e itifálico, sin embargo se plantean diversas incógnitas derivadas de una observación minuciosa del fragmento, relativas a la desnudez de la figura. Más que desnudo, este personaje parece estar cubierto con una pesada indumentaria o piel que cubre la mayor parte de su cuerpo, apenas distinguible por el estilo y la técnica de la representación. Según un análisis minucioso de los recorridos del pincel y la aplicación de la pintura, la mostración del sexo queda cuestionada también por la presencia de un elemento cruzado que parece ir ceñido a su cuerpo y sobresale por la parte anterior de la figura. Más bien parece que el personaje presenta un complemento flexible en su indumentaria que se representa doblado y prendido al cuerpo. LAS CONVENCIONES FORMALES DE LA REPRESENTACIÓN La técnica de la representación condiciona el estilo y la forma. En este caso, llama la atención la aplicación de pintura plana en los personajes, en los que se invierte gran cantidad de color rellenando su silueta completamente. La elección de esta técnica revela el interés del pintor por mostrar únicamente una figura genérica y no detalles de la indumentaria, el rostro o cuerpo de las figuras. Se trata, casi, de sombras chinescas perfectamente delimitadas en su contorno. No se han dejado en reserva, como sucede en otras producciones cerámicas de vasos figurados con decoraciones complejas, determinados adornos de la indumentaria o partes del rostro especialmente destacadas como los ojos. La definición de la indumentaria y las extremidades, sobre todo en el caso del personaje masculino, no está lograda. El artesano parece más interesado por mostrar volúmenes o acción, en lugar de precisar sus rasgos específicos. Hay un énfasis en el movimiento agitado de los brazos o la pierna levantada del danzante, así como la mostración de los dedos, grandes y abiertos, de la flautista que se afana en su instrumento. No se observa una técnica depurada en la representación, sino la voluntad de reflejar un tema concreto, en este caso, de música y danza, como si de un encargo se tratara, con un código restringido de lectura. Este fragmento, dentro del técnica de las figuras planas o silueteadas, parece un tanto alejado de la calidad, en la ejecución y la técnica, que exhiben las cerámicas edetanas ^^. Sin embargo, los rasgos generales de la composición, de la representación o detalles concretos como los trazos rígidos que aparecen sobre la cabeza del personaje masculino, los dedos de las manos en ambas figuras, entre otros {vid. infra) sí se reconocen en las cerámicas del cerro de San Miguel de Liria. El artesano-pintor del vaso está familiarizado con los repertorios temáticos de Liria y determinadas convenciones de las representaciones figuradas, sin embargo, la plasmación de la escena de Almazora es singular y no se ajusta exactamente a las producciones de los talleres edetanos identificados. De estas mismas cronologías -Ibérico tardío-y sin alejarnos del territorio del Camp de Túria en los paralelos, hemos de señalar la representación de dos personajes afrontados, delimitados también por elementos geométricos con reticulado, pintados de manera esquemática, casi ingenua, sobre un enócoe del Puntal deis Llops de Olocau en Valencia (Bonet y Mata, 1981, 69, fig. 28). La escena, alejada en el estilo del fragmento castellonense, se inscribe en una incipiente serie de cerámicas ibéricas de época tardía con figuración, singulares y originales en lo que se refiere a su tema e interpretación, aunque ejecutadas con un estilo tosco, no muy depurado ^' ^. Por otra parte, la escena que muestra este fragmento se desarrolla en un espacio articulado por motivos geométricos. Un espacio perfectamente de-'^ Este estilo de las figuras planas ha sido bien referenciado en las cerámicas de Liria (Bonet, 1995, fig. 219 y ss.) con ejemplos destacados como el «vaso con procesión y figura fálica» del departamento núm. 16 (Ballester et alii, 1954, 51, fig. 35; Bonet, 1995, 122, fig. 51 y 219) o la escena de la «recolección de granadas» por unos hombrecillos de singulares cuerpos de la gran tinaja del departamento núm. 15 con temas de caza y pesca (Bonet, 1995, lám. XXII, fig. 43). Estos extraordinarios vasos muestran un arte definido por la elección de una técnica precisa. "^ Dentro de esta serie tardía -en el contexto de los siglos II-I a.C.-se incluye un fragmento figurado de la necrópolis de El Cigarralejo (Mula, Murcia) donde se representa un personaje masculino estante de perfil con la técnica de las figuras planas (Maestro, 1989, 313-314, fig. 113). En el propio territorio castellonense, en el asentamiento de la Torre de Onda de Burriana, se documentaron dos calatos con figuraciones de jinete, asociados a la fase republicana {Eadem, 77), así como un vaso decorado con peces (Arasa, 1987, 47). Igualmente en El Solaig (Bechi) son conocidos dos fragmentos con jinete lancero y caballo del estilo de Liria (Mesado y Sarrión, 2000, fig. 6). Otras figuraciones procedentes de la comarca de La Plana corresponden al Castell de la Vilavella -pez-, La Punta de La Valí d'Uixó -ave y cánido-. Al norte de este territorio se destacan los yacimientos de el Mas de Víctor de Roseli -ave-y el Puig de la Misericordia de Vinaroz -peces y ave-. limitado, cuadrangular, casi asfixiante, donde las figuras aparecen «encajadas»'^. No se trata tanto del horror vacui que manifiestan algunas decoraciones figuradas de vasos ibéricos, sino de la creación, mediante la pintura de tipo geométrico, de un recinto cerrado donde tiene lugar una escena singular. Tal vez los motivos en forma de retícula o con rombos, además de esa función delimitadora del tema, tuvieran otro tipo de significado, desconocido, incluso la trasposición con algún elemento «real» -¿una puerta, un paramento ligero, una jaula?-. Otra cuestión en relación con el espacio de la escena es la creación de un juego de opuestos, en lo formal y en la lectura metafórica, rico y complejo. Se crean dos realidades integradas en una: por un parte, el propio espacio de la flautista y, por otra parte, el del personaje masculino danzante. En la escala general de la representación, ambos aparecen prácticamente igualados; en las proporciones, también. Sin embargo queda planteado un interesante juego de opuestos -femenino vs. masculino, música vs. danza, incluso, naturaleza humana vs. naturaleza animal-a valorar en la lectura global de la imagen (vid. infra). UNA ESCENA IBÉRICA DE MÚSICA Y DANZA EN EL CONTEX-TO DEL MEDITERRÁNEO La flautista tañe un doble aulós de tamaño considerable con sus enormes manos. Incluso, podría seguir el ritmo de la música con un ligero movimiento de pies. No es posible apreciar los carrillos, las cintas de cuero que unían los tubos al rostro, o la phorbeia, como en el conocido vaso de El Cigarralejo (Mula, Murcia) ^^. La iconografía de la auletris es bien conocida en Iberia, a través del monumento de Osuna (Olmos, 1992, 136) donde se labran en caliza los carrillos hinchados de la protagonista. Pero sin duda, la imagen de la flautista ibérica (Castelo, 1989) presenta extraordinarios ejemplos en los vasos con decoración figurada de San Miguel de Liria donde se muestra una serie de procesiones rituales, exhibiciones, desfiles y competiciones acompañadas con música y danza, en las que participan hombres y mujeres ^^, vestidos con atuendos festivos (Aranegui, 1997, figs. 48-51). Del mismo modo, en uno de los vasos con decoración figurada del importante asentamiento de La Serreta de Alcoy (Alicante) aparece una auletris velada, en una escena de combate entre infantes (Llobregat, 1972, Lám. El cordón terminado en borlas o colgantes que porta la flautista, posiblemente juvenil, de La Serreta ^^ ha llevado a plantear la correspondencia con una especie de tintinabulum o sonaja, que sonaría con el movimiento de la figura (Ruano, 1987, III, 140-141, fig. 1 bis). Finalmente, es conocida otra representación de flautista procedente de la urna cineraria con pugilistas o danzantes afrontados a un ánfora de Torredonjimeno (Jaén) (Olmos, 1987) que desarrolla el tema del certamen atlético o juego funerario en honor del difunto. La imagen de la flautista del Torrelló de Almazora, por tanto, siendo particular en la técnica y las formas de representación, se integra en una serie iconográfica bien documentada, donde la mujer, a través de la música, participa en ritos funerarios -Osuna-, ceremonias públicas, desfiles cívicos o rituales -Liria-, como aspectos mejor conocidos, y apunta otras posibilidades de interpretación. Con respecto al personaje masculino del vaso de Almazora, éste es particularmente interesante puesto que constituye una imagen excepcional en la combinación de su escala, representación, atributos y gesto. Son singulares sus rasgos formales, el volumen considerable y la caracterización animal de su cuerpo. Parece ejecutar una danza, siguiendo el ritmo de la flauta, que exige la disposición estática y' ^ En las escenas rituales de Liria se representan cortejos precedidos por una mujer que toca la doble flauta, como en el conocido «vaso de la danza guerrera» (Ballester et alii, 1954, 60, fig. 44; Bonet, 1995, 176, fig. 85; Aranegui, 1997a, fig. 47), donde los guerreros combaten en duelo al son de la música, o el vaso llamado «de la sardana» (Ballester eiiz///, 1954, 36, fig. 20; Bonet, 1995, 87, fig. 26; Aranegui, 1997a, fig. 11.50), donde se desarrolla una danza colectiva de hombres y mujeres. En las flautistas de Liria se ha sugerido, además, la representación de «cascabeles» suspendidos del tocado o vestido para dar más ritmo a la escena musical (Aranegui, 1997a). Parte del elemento colgante que porta la auletris de Almazora sobre su vestido podría tener una funcionalidad, hipotéticamente, similar.' ^ Procedente de este mismo yacimiento, aunque evocando un contexto sagrado, en la placa de terracota con diosa que amamanta a dos niños se ofrece la imagen de dos flautistas (Llobregat, 1972, fig. 15; Olmos, 1992, 127). En el centro de este grupo se muestra la diosa de la fecundidad. A su izquierda, dos flautistas -un adulto y un niño-tocan el instrumento de tubos desiguales. rígida de la parte superior de su cuerpo, la agitación de brazos y el levantamiento ¿alternativo? de piernas. Tal vez el atributo, difícilmente identificable que porta con una de sus manos -¿una maza o un instrumento musical que seguiría el ritmo de la flauta?-complementaría la ejecución de algún paso de su danza. La iconografía de este personaje cuenta, sin embargo, con paralelos puntuales en otras imágenes ibéricas en lo que se refiere al tocado, su volumen o el gesto de la danza. Sobre su cabeza muestra unos trazos en forma de crines, que podrían recordar, en parte, al tocado que muestra el héroe que se enfrenta a la esfinge en un vaso cerámico de la necrópolis del Corral de Saus de Mogente en Valencia (Izquierdo, 1995) o, incluso, uno de los relieves del monumento funerario de Osuna (Sevilla), donde aparece un guerrero con un tocado parecido *^ (Olmos, 1992, 132; Rouillard, 1997, 28-32). Interesa, a través de estos ejemplos, observar la asimilación de estos singulares tocados con rasgos zoomorfos. En el ejemplo de Almazora, el personaje masculino, más que un casco o tocado sobrepuesto, parece presentar en su cabeza un «peinado» o las crines que contribuyen a su caracterización como animal, de tipo indeterminado, tal vez un oso o jabalí. Si consideramos a este personaje desnudo, rico es el catálogo de imágenes masculinas ibéricas procedentes, principal aunque no exclusivamente, de contextos sacros y funerarios {cf. Marco, 1990, 331-332). La serie de exvotos en bronce itifálicos, procedente de ambientes sagrados, ofrece ejemplos, como los pequeños guerreros ^° del santuario de Castellar de Santisteban (Jaén) (Nicolini, 1973, pl. Illa, c). Aunque las mejores imágenes proceden de santuarios o tumbas, los contextos de habitat también documentan el tema del varón desnudo, tal y como refleja la cerámica de Liria, a través de un singular ejemplo en el «vaso con procesión y figura fálica» (Aranegui, 1997, fig. 11.43), en el que se desarrolla una procesión ritual y tal vez sacrificial, donde se observa un personaje desnudo saltando, al modo de un sátiro. Sin embargo, ya hemos manifestado nuestras dudas respecto al carácter desnudo del'^ Estos tocados se han relacionado con hipotéticas pieles de animal a juzgar por la aparición de pequeños «cuernecillos» y las crines apreciables en la parte superior y tras la nuca. Ya García y Bellido (1943, 93-102, lám. XVIII-XXI) cita, con respecto al casco de los guerreros de Osuna, las referencias de autores clásicos como Apiano (Iber., 67), Estrabón (III, 3,6, c, 154) y Diodoro (V, 33), que aluden a un casco con cimera volante de crines de caballo. Por otra parte, en el llamado «vaso de los cabezotas» de Liria (Ballester et alii, 1954, 44, fig. 28, lám. XLIII) también aparecen dos «cuernecillos» como remate de un casco masculino. ^° La desnudez aquí se asocia a un ritual propiciatorio de la fecundidad (Olmos, 1992, 113). AEspA, 73, 2000 EL IBERICO FINAL EN EL ASENTAMIENTO DEL TORRÉELO DEL BOVEROT 97 personaje de Almazora. Tal vez la lectura de esta figura debe ir guiada por su carácter travestido en animal y su actitud danzante. La gruesa envoltura o piel sobre el cuerpo, el perfil de su rostro y sus gestos podrían poner de manifiesto una intención mostrati va, casi teatral. Conocemos ejemplos de danzas ibéricas {cf. supra), de manera destacada, de nuevo, en los vasos de Liria, como en el llamado «vaso del hombre de la sítula o de los bailarines» (Ballester et alii, 1954, 61-64, figs. 48-54; Bonet, 1995, 100, fig. 35; Aranegui, 1997, fig. IL 46-48), donde se muestra una danza de guerreros que ejecutan un ejercicio dirigido por el sonido del aulós que toca una mujer. El personaje del vaso que estudiamos aquí no se integra en ningún cortejo o procesión, tal y como vemos en Liria, o emparejado, como en la urna de Torredonjimeno, sino que aparece sólo frente a la flautista. Sin duda, es el protagonista principal de la escena ^K La música y la danza constituyen dos de los componentes esenciales en la esfera de los rituales de tránsito y las ceremonias cívicas o religiosas del Mediterráneo antiguo y los iberos no son una excepción. El aulós aparece ligado en Grecia al «estilo de vida» aristocrático -en el symposium, los juegos de palestra, las escenas teatrales-y los ritos religiosos -fiestas de matrimonio, funerales-. En Iberia la doble flauta se vincula a contextos sacros o ambientes de culto (La Serreta de Alcoy), funerarios (El Cigarrejo de Mula) o urbanos (San Miguel de Liria). La música, según se ha visto en Liria en algunos ejemplos, adopta un valor de memoria histórica, un ambiente de aedos (Aranegui, 1997). La danza, por ^' En un fragmento cerámico de La Alcudia de Elche (Alicante) se ha visto una representación de danza complementada con hojas de palma (Castelo, 1990, fíg. Otras representaciones de danzas peor conocidas han sido atribuidas para algún otro ejemplo cerámico contestano de La Alcudia (Blázquez, 1997), o El Monastil de Elda en Alicante (Lucas, 1975). Algunas de estas danzas colectivas ibéricas se han asociado, en ocasiones, a la propiciación de la fecundidad o fertilidad, de la naturaleza y del hombre (Castelo, 1990, 39). ^^ Ya en el Próximo Oriente antiguo y Egipto se documenta la presencia de flautistas, bailarines y cantantes participando en este tipo de ceremonias (Franckfort, 1939, pl. XVa; Starr, 1978, 403, n.p.p. En la Grecia arcaica, el aulós es el instrumento del pathos en los ritos funerarios y las orgías dionisíacas. La melodía de la flauta, además, se asocia al trance y el delirio de los ritos, las danzas de posesión y los mitos (Vernant, 1986, 58), con estrecha vinculación al desarrollo del culto (Nordquist,1994). Otro lado, en el Mediterráneo antiguo ha sido definida como la respuesta física a emociones de alegría, tránsito o devoción cuya cualidad esencial es el ritmo, pautado por la melodía musical (Johnstone, 1956, 2-10). Las danzas ibéricas forman parte de celebraciones públicas, competiciones, cortejos de guerreros o ritos nupciales ^' ^. Sólo en el ejemplo de El Cigarralejo o Torredonjimeno {vid. supra) se relacionan, acompañadas de música, con ceremonias fúnebres. Tampoco se conocen danzas de tipo orgiástico ni dionisiaco ^^. No se conocen danzas individuales, sino colectivas. El fragmento cerámico de Almazora viene a sumarse a la iconografía de la danza ibérica y mediterránea. El personaje masculino que hemos presentado danza al son de la música de la doble flauta que tañe una mujer frente a él, mostrando la palma de una mano y elevando la pierna derecha. Pero esta imagen ofrece la particularidad de una naturaleza híbrida que proyecta rasgos animales. Más allá de la escena en cuestión, el tema de transformación o «disfraz» hombre/animal es conocido en ambientes del Mediterráneo antiguo. En Grecia ^^, por ejemplo, a partir del siglo vi a.C. entre las representaciones de danza, contamos con escenas de komos con personajes disfrazados de animales como los hombres-caballo, con máscara y cola de animal, frente a una auletris, hombres-toro y hombres-pájaro, que se irán multiplicando con el auge de las representaciones teatrales (Delavaud-Roux, 1995, 119 y ss.). ^^ La danza antigua es particularmente bien conocida en el mundo griego (Delavaud-Roux, 1994y 1995), en su expresión cívica, pacífica, guerrera y dionisiaca.'^^ Estrabón (III, 3, 7), a inicios de nuestra era, cita la existencia de danzas en la Bastetania en las que participan hombres y mujeres. ^^ Sin duda, donde el fenómeno de la danza es mejor conocido es de nuevo en Liria, donde se han documentado tres sistemas representativos diferentes (Aranegui, 1997a): al modo de un relato con músicos y bailarines -tal vez una reproducción de mitos en relación con los orígenes de la ciudad evocados a través de celebraciones-, a través de competiciones guerreras al ritmo de la música o, finalmente, en cortejos y procesiones. ^^ La iconografía de la naturaleza híbrida, humana y animal, ya se documenta en el Próximo Oriente antiguo (Franckfort, 1939, 43, 68, 76...) donde son conocidas representaciones de hombres-toro -a menudo itifálicos-, hombres-león, pájaro o escorpión. Se trata, por tanto, de un viejo tema de ambiente, inicialmente oriental, con arraigo en el Mediterráneo. Incluso podríamos evocar el pasaje de la Odisea en el que la maga Circe transforma mágicamente a los compañeros de Ulises en cerdos {Odisea, X, 238-244), tema que en la iconografía de los vasos griegos evoluciona en representaciones de jabalíes, perros, carneros, toros o bueyes (Touchefeu-Meynier, 1968, 81-132). Los componentes que entran en juego en la escena que presentamos aquí inducen a considerarla dentro de una ceremonia ibérica, y mediterránea, festiva o ritual. El varón, caracterizado como animal, danza sólo -y tal vez, complementariamente, haría sonar algún tipo de instrumento musicalfrente a la flautista. Por vez primera estamos ante dos figuras afrontadas y no ante un desfile o cortejo por parejas o tríos mixtos. Se unen, por tanto, en este vaso de un contexto tardío tradiciones y temas de hondas raíces mediterráneas como la música y la danza ritual o el hombre-animal, a través de una escena única, donde se funden en perfecta armonía lo femenino y lo masculino, el sonido de la flauta y la ejecución rítmica de un paso de danza; la naturaleza humana y la animal, tal vez con un fin propiciatorio de fecundidad colectiva o, sin necesidad de evocar un tema mítico-religioso, con un interés más bien lúdico o festivo. VASO CON INSCRIPCIÓN PINTADA La inscripción pintada figura sobre la pared extema del borde de una cílica-esquifo del tipo VI.2 de Bonet y Mata, de 11,2 cm de diámetro (figs. 14 y 15). Está incompleta en ambos extremos a causa de la fractura de la pieza y su extensión conservada es de 6 cm. El ductus es bastante seguro y regular. La altura de los signos es bastante uniforme: los núm. 1, 2, 3 y 5 miden 14 mm, el núm. 4 mide 9 mm y el núm. 6, incompleto, mide 11 mm. La anchura de la pincelada oscila entre 1,1 mm y 2 mm, aunque en el extremo superior del segundo signo llega a 3,4 mm. El primer signo figura incompleto, pues la fractura de la pieza lo secciona verticalmente casi por su mitad; posiblemente se trata de rv, aunque no puede descartarse que sea una a ^'^. El segundo signo es un trazo vertical ligeramente inclinado a la izquierda, más grueso en su extremo superior, que se identifica claramente con el silabograma ba. La lectura del tercero, de trazado ligeramente asimétrico, es también segura, pues se trata del también silabograma ti. El cuarto, en cambio, se conserva completo pero está claramente inacabado y puede ofrecer alguna duda, aunque posiblemente se trata de r. La lectura del quinto es igualmente segura: u. Sigue un signo de puntuación representado por dos puntos dispuestos verticalmente y separados 5 mm. El sexto y último está igualmente incompleto y resulta más dudoso; ^"^ Agradecemos los comentarios y sugerencias de J. Velaza (Universitat de Barcelona) y R E Ripollès (Universitat de Valencia). Fig. 14.-Vaso ibérico con inscripción pintada. parece quedar cerrado por su derecha con un trazo vertical, con lo que se trataría de r o te. Las palabras que comiencen por r son escasas, por lo que parece más probable que se trate de te. Según la interpretación de los signos propuesta, la lectura del breve texto conservado es la siguiente: -]rvbatiru: te[-. El signario utilizado es el ibérico nororiental y las formas de los signos son las habituales en éste. En total han sido identificados 6 signos, de los cuales dos son inseguros. Su adscripción a la clasificación numeral de Untermann (MLH III, 1, 246-247) es la siguiente: rv5, bal, til, rl, ul y teA. Con respecto a las recientes propuestas de datación paleogràfica de Rodríguez Ramos (1997), pueden incluirse cuatro signos: rv-lb, ba-2, ti-lâ y te-4. La forma rv-lb es clásica y perdura al menos hasta el siglo ii a.C; la forma ba-2 aparece en el siglo III y perdura hasta el i a.C; la forma ti-la. es clásica y presenta una cronología amplia; y la forma te-4 aparece en el siglo m y perdura hasta el i a.C. En conclusión, el signario presente en el texto del Torrelló adopta en parte formas clásicas que presentan una cronología amplia; sólo las formas ba-l AEspA, 73, 2000 EL IBERICO FINAL EN EL ASENTAMIENTO DEL TORRÉELO DEL BOVEROT 99 y te-A permiten una mayor precisión cronológica a partir del siglo m a.C. La datación paleogràfica, por tanto, es simplemente aproximativa. Es el estilo decorativo al que se asocia la presencia de textos pintados el que permite una mayor precisión a partir de mediados del siglo m a.C. La presencia de un signo de puntuación permite distinguir en el texto dos palabras: de la primera nos falta el principio y de la segunda tan sólo tenemos el primer signo incompleto y, por tanto, dudoso, aunque podría ser te. Las posibilidades de estudio ante un texto incompleto en ambos extremos son muy reducidas. La primera evidencia es que constaba al menos de dos palabras, pero no podemos avanzar más en el análisis de su estructura. Al final de la primera palabra podemos aislar el morfo -u. En el caso de la segunda, al ser su primer signo de lectura insegura las posibilidades son muy amplias y todas igualmente hipotéticas. La consideración de que la primera palabra está incompleta no descansa únicamente en el hecho de que la pieza esté rota y el letrero incompleto, sino que hay otra razón de tipo lingüístico: la secuencia rvba -según la lectura más probable-no constituye nunca el principio de un lexema ^^, pues necesita apoyo vocálico. De esta manera puede considerarse que falta al menos un primer signo que completaría una secuencia bisilábica. Su restitución más probable és ta, pues el grupo rvba va precedido frecuentemente de ta-formando el elemento tarvba ^^. Con ello nos encontraríamos con un segmento [¿-tajrvba, que se da con cierta frecuencia en nombres personales (NP), lo que no debe llevarnos necesariamente a la consideración de que nos encontramos ante uno de ellos. De esta manera, su lectura parcialmente restituida puede quedar de la siguiente forma: [¿-ta]rvbatir-\-u. Aparece en la antroponimia ibérica, vasca y aquitana y se utiliza para la formación de étnicos ^°. Untermann (MLH III, 1, 176, § 547), señala que -además de ser un elemento antroponimico-figura como paradigma nominal. Seguido de ba aparece en diversas ocasiones en el elemento antroponimico tarvban (MLH III, 1,233, §7.116)3^ La posibilidad de que este segmento vaya unido al anterior signo formando el elemento -batir, que aparece en varios segmentos del plomo del Castell de Palamós (MLH III, 2, 82-83, C.4.1, 1-6) y en UUastret (C.4.1,4), y cuya categoría gramatical o información léxica es desconocida (Velaza, 1991, num. 148), no es muy segura porque en el primer caso parece tratarse de una palabra completa, algo que aquí no sucede según puede deducirse de la falta de puntuación. En cuanto a bati, aparece por dos veces como abreviatura de NP o marca de propiedad en Ensérune (B.1.100) y Azaila (E.1.89-90). Por otra parte, batibi figura también en UUastret (C.2.3A, 6). Finalmente, el morfo -ul-íu es ampliamente conocido en el léxico ibérico y ha sido estudiado en repetidas ocasiones ^^. Untermann (MLH III, 1, 179, § 553) aisla este elemento en secuencias de posible concordancia: 1) con antropónimos; 2) con palabras de categoría desconocida; y 3) con una palabra sufijada por -ku. La excavación del asentamiento del Torrelló del Boverot de Almazora, de dimensiones reducidas y larga perduración, situado junto al cauce del río Mijares, plantea el problema del aprovechamiento del espacio y la superposición de estructuras de habitat de época diversa. En este trabajo se ha documentado, a través de unas singulares cerámicas ibéricas, el momento final de la vida del poblado, en el período Ibérico tardío. El estudio de estos vasos singulares ha proporcionado indicios de la relación del asentamiento con destacados centros urbanos ibéricos del País Valenciano, como el cerro de San Miguel de Liria. La escena con flautista y danzante del Torrelló presenta un referente con las cerámicas de ^' Caspe (E. 13.1: svor tarban), Canet lo Roig (F.2.2: tarvban ikorv), Yátova (F.20.3: tautin tarban), Ampurias (C.I.5.: belesv ta(rv)ban) y en la Turma Salluitana {tarban tu, por Tabbantu). Por otra parte, en un texto pintado de Llíria figura seguido de r (F. 13.41:.Jtarvbarinirv). Liria en lo que se refiere al seguimiento de la técnica de figuras planas, la composición y ejecución general, a pesar de la inferior calidad del vaso castellonense en relación con los vasos edetanos. Este paralelismo con algunas producciones de Liria podría orientar la cronología del fragmento, teniendo en cuenta, además, la existencia en el Torrelló de letreros pintados en vasos cerámicos, como en Edeta. La datación del vaso con decoración figurada de Almazora se apoyaría, por tanto, en las fechas proporcionadas por las cerámicas de Liria, la cronología de otras escenas figuradas del territorio de Castellón de época tardía {cf. infra), sin olvidar el arco cronológico orientado por las cerámicas de importación halladas en el propio yacimiento estudiado (siglo iii-mediados del siglo ii a.C). A propósito de la relación «territorio-iconografía», se ha de insistir en la creciente documentación de yacimientos ibéricos con cerámicas figuradas en distintas comarcas de la provincia de Castellón, a pesar de su escasez general, como La Torre d'Onda de Burriana, El Solaig de Bechi, el Castell de la Vilavella, La Punta de La Valí d'Uixó, el Mas de Víctor de Roseli o el Puig de la Misericordia de Vinaroz {cf supra), siendo únicamente La Torre de Onda y El Solaig, además del Torrelló, los asentamientos que han proporcionado escenas humanas, con jinetes en el caso de los dos primeros, y el tema de la música y la danza en el fragmento estudiado de Almazora. No hemos de olvidar que en la necrópolis de este mismo yacimiento, formando parte del ajuar de la tumba núm. 20, se documentan piezas cerámicas con decoraciones singulares -con policromía y temas vegetales-lo que sugiere la existencia de vasos de encargo, tanto para la necrópolis, como también en el poblado. Con respecto a la temática de la escena con figuración del asentamiento, sin ser un unicum en los repertorios iconográficos ibéricos -conocemos flautistas y danzantes en vasos con decoraciones pintadas complejas-, sí que se puede calificar como singular por su composición, en referencia a la representación de danzas ibéricas, puesto que por vez primera se presentan dos figuras afrontadasuna tocando la flauta y otra danzando-y no un desfile o un cortejo por parejas o tríos mixtos, como es habitual en el corpus de Liria por ejemplo, donde el tema está perfectamente estudiado. Los rasgos del personaje masculino de Almazora son también singulares, especialmente la descripción de su cuerpo, el tocado de crines, y sus atributos. Se muestra una naturaleza híbrida, humana y animal. Finalmente, los rasgos del personaje femenino son asimismo particulares -su tocado y elementos asociados-, permaneciendo la incógnita del motivo que sobresale por su parte posterior. Se ha propuesto, en definitiva, la interpretación de esta escena ibérica de época tardía, dentro del ambiente del Mediterráneo, como la representación de una ceremonia festiva o ritual. El sonido del aulós parece atraer y guiar los pasos del ser -el hombre/la fiera-que aparece danzando frente a la flautista, surgiendo de una metaforica puerta o «jaula». Es posible una complementariedad de significados en esta excepcional imagen, tal vez lúdica ¿o teatral incluso? que, al mismo tiempo, podría evocar un antiguo rito o tradición ritual. Con respecto al vaso con letrero estudiado, se trata de la tercera inscripción ibérica pintada conocida en las comarcas castellonenses, y concretamente la primera en la comarca litoral de La Plana. En el llano litoral conocemos una en Sagunto (F.l 1.17). Su presencia en la decoración pintada de la cerámica de Liria le valió a ésta la denominación de estilo narrativo. Presentamos, en conclusión, dos piezas cerámicas representativas del horizonte del Ibérico tardío, que testimonian el momento final de un poblado, el Torrelló del Boverot de Almazora, cuya investigación depara prometedores resultados. En el marco del programa de intervenciones arqueológicas realizadas en el Torrelló de Almazora (Castellón) y dirigidas por Gerardo Clausell se efectuó una selección de muestras cerámicas para su posterior análisis de contenidos en el marco de un estudio global del yacimiento. El principal objetivo fue utilizar una metodología adecuada a la recuperación de la máxima información posible, estableciendo para ello un modelo sistemático de recogida y tratamiento de muestras que nos pudieran ofrecer información especialmente sobre la funcionalidad de los espacios objeto de estudio. En total se analizaron 19 recipientes cerámicos, efectuándose el análisis de treinta y ocho muestras, diecinueve para la caracterización de residuos microscópicos y diecinueve para el estudio de indicadores químicos y bioquímicos. En el caso del yacimiento de El Torrelló del Boverot se han efectuado diferentes técnicas para la identificación de residuos: observación microscópica combinada en lupa binocular, microscopía óptica con contraste de fase de Zemike y microscopía electrónica de barrido con microanalizador de rayos X (EDS) incorporado, y la técnica combinada de cromatografía de gases y espectrometría de masas. Muestras I, 2, _y 3: miel con frutos carnosos El estudio microscópico de los residuos del recipiente proporcionó una importante concentración de fitolitos correspondientes a esclereidas de frutos carnosos. Por otro lado el estudio del residuo por cromatografìa de gases/espectrometría de masas constató la presencia de compuestos característicos 104 CLAUSELL, IZQUIERDO, ARASA y JUAN-TRESSERRAS AEspA, 73, 2000 de la cera de abeja. La combinación de los dos resultados nos permitió relacionar el producto contenido con una preparación de frutos carnosos en miel o en un arrope. Ambas preparaciones se empleaban en el proceso de la preparación del vino. En la muestra del contenido se identificaron restos de tejidos y esclereidas características de los higos {Ficus carica L.). Estos restos son escasos en los yacimientos peninsulares, según Buxó (1997), las únicas referencias corresponden a los yacimientos del Neolítico Medio de la Bassa (Fonteta, Girona)(Tarrus et alii 1982) y de la edad del Hierro en la Illa d'En Reixac (Ullastret, Girona, Castro y Hopf, 1982). A éstos datos tenemos que añadir los macrorrestos y semillas identificadas en la celia vinaria de la zona de elaboración de vino de Barcino (Juan-Tresserras 1998) y el puerto romano de Irún (Peña-Chocarro y Zapata 1997). La identificación de los residuos de cerveza se ha basado en trabajos anteriores (Samuel 1996; Maksoud eí a///. Los granos de almidón identificados presentan alteraciones de molido, así como evidencias del malteado de los granos de cereal. La germinación produce alteraciones características en los granos de almidón producto del ataque enzimatico: la alteración de la superficie del grano que presenta hoyos, incluso canales, producidos por las enzimas a-amilasa, pudiendo observar en algunos casos las lamella en los granos parcialmente digeridos (Palmer 1995). Por otro lado, la gelatinización del almidón que aparece formando una película sólida en la que se pueden encontrar granos de almidón embebidos, indica que los cereales, o el producto de su procesado, fueron calentados estando húmedos, aunque el grado de calentamiento y nivel de humedad pueden ser variables (Samuel 1996). Las levaduras son características del proceso de braceado y fermentación. La identificación de oxalato se ha efectuado mediante la aplicación del test de Feigl, aunque existen otras técnicas más precisas como son la espectrometría de infrarrojos transformada de Fourier o el método ión-cromatográfico rápido.
En este texto se presenta una nueva inscripción y un dibujo sobre ladrillo con un motivo decorativo de cortinajes trazados con carboncillo. Ambas piezas proceden de las excavaciones de la villa romana de Veranes (Gijón, Asturias). PALABRAS CLAVE: Inscripción en carboncillo, dibujos de cortinas, villae, villa romana de Veranes, Asturias romana. Los edificios actualmente conservados en el yacimiento de Veranes (Gijón) (fig. 1) pertenecen a la pars urbana de un gran establecimiento de tipo villa que se construyó en el Bajo Imperio sobre las primitivas ruinas de un asentamiento rústico altoimperial de considerable relevancia. La villa tardorromana se organizó en cuatro terrazas excavadas en la ladera orientada al sur con varios espacios abiertos que se extienden por una superficie aproximada de una hectárea. Esta gran casa señorial presenta tres proyectos de reforma y ampliación arquitectónica desarrollados a lo largo del siglo IV d.C. continuando el uso de la mansión durante el siglo V d.C. (Fernández Ochoa, Gil Sendino y Orejas, 2004; Fernández Ochoa y Gil Sendino, e.p., 2007). Los restos de Veranes (fig. 2) pueden definirse como una villa de tipo lineal con galería de bloque compuesto a la que se accede por un espacio abierto (patio norte) donde encontramos un área de servicio formada por el horreo (E30/E31), la cocina (E 28) y el horno (E 27) y los vestíbulos de entrada a la casa propiamente dicha (E20 y E 33). A través de una galería porticada (E11) se llegaba a los espacios destinados a la vida social y representativa de la villa situados en el sector oriental del complejo y a las habitaciones privadas del dominus (diaeta). En la zona sur de este sector, se localizan una exedra (E2), un gran triclinium rematado en ábside (M1) y los balnea (P1/E1/H1/H5/H6/E22) que ocupan el frente meridional de la villa. Hacia el norte, destaca el acceso hacia los espacios de representación a través de un arco y unas monumentales escaleras (E4). Este gran oecus ceremonial se compone de un espacio rectangular de 220 m 2 (E29) que lleva a otra estancia de 100 m 2 pavimentada con un mosaico policromo a la que se accede por medio de un espectacular cuerpo de escaleras. En este lugar, el señor de Veranes, como era habitual en este momento, recibía a la clientela y a las embajadas públicas o privadas y ejercía su dominio sobre gentes y tierras a un nivel casi equivalente al del propio emperador. A los efectos que ahora nos interesan, en algún momento de la segunda mitad del siglo IV d.C. se planificaron, en el extremo oriental de la galería porticada, un conjunto de habitaciones destinadas al uso del dominus. Se trata de dos estancias que definen un cubiculum con una habitación calefactada (H3) y otra destinada al lectus (E17), precedidas de una sala de recepción (E5) de cierta amplitud abierta a la citada galería o logia (E11) y a la que se accede mediante una escalinata realizada con amplios peldaños de arenisca. La existencia de dietae o unidades de cubicula-dormitorio perfectamente estructuradas e independientes de los restantes aposentos de la vivienda resulta bien conocida en las villas tardías. Estos cubicula de amplia superficie compartimentada se destinaban a un uso privado si bien los dueños de la villa podían ocasionalmente utilizar las antesalas de estos amplios aposentos para desarrollar funciones de recepción cuando se trataba de visitantes de confianza (Fernández Ochoa y Gil Sendino, 2007) Figura 2. Planta general de la pars urbana de la villa de Veranes. Con motivo de la limpieza para consolidar las columnillas del hypocaustum de la referida estancia H3, se pudo recuperar un ladrillo rectangular de 45 x 26,5 cm correspondiente a un sesquipedalis que había sido seccionado en dos partes para utilizar las piezas resultantes como pilae. Ambos fragmentos formaban parte de una de las dos columnillas próximas a la boca interna del hypocaustum y se hallaron colocados uno a continuación del otro pegados entre sí 1 (fig. 3). Lo excepcional del hallazgo es que cada fracción del ladrillo contenía, respectivamente, una inscripción y un dibujo esquemático realizados mediante carboncillo. Esta circunstancia es poco usual y constituye un caso bastante excepcional en Hispania 2. Las inscripciones realizadas mediante carboncillo son de carácter efímero y la materia orgánica con que están realizadas se pierde con el paso del tiempo, especialmente en zonas costeras, donde la salinidad del ambiente próximo al mar borra el grafito. Localización de los ladrillos en el hipocausto de la diaeta. 1 El ladrillo fue partido en el momento de hacer la obra y una vez seccionado, se dibujaron las cortinas y se plasmó la inscripción en caras contrarias del sesquipedalis. La fractura no presenta desgastes, tanto el dibujo como la inscripción se adaptan a la superficie del fragmento y ambos segmentos se amoldan perfectamente al espacio para el que son destinados. 2 Un ejemplo reciente del hallazgo de un grafito romano a carboncillo se encuentra en el museo de Cádiz en el que se representa un faro. No obstante, las inscripciones pintadas son relativamente numerosas en el mundo romano muchas de las cuales se conservan aún en los muros de las casas o en sus fachadas como bien ejemplifican los conocidos "anuncios" de las calles de Pompeya. Los textos pintados de la Cueva Negra de Fortuna (Murcia) constituyen un singular ejemplo de esta práctica en Hispania (González Blanco et alii, 1987; Mayer, 1995). Inscripciones pintadas en pequeños restos cerámicos, particularmente sobre ladrillos bipedalis y sesquipedalis, y realizadas en minio, carboncillo o grafitadas aparecen con frecuencia a partir de la mitad del siglo III d.C. Uno de los ejemplos más notables de este tipo de inscripciones procede de la catacumba de Priscila, datada en la primera mitad del siglo III d.C., con formularios paganos que progresivamente, a partir de la época de Constantino, se cristianizan (Donati, 1998: 98-102). Se podría afirmar que es una moda de pintar muy frecuente en la época tardía y estrechamente vinculada al fenómeno de la cristianización. Pieza número 13 (fig. 4) La inscripción, distribuida en tres líneas, presenta letras que oscilan entre los 20 y los 35 mm de altura, excepto la letra L de la primera línea que prolonga su grafía hasta los 50 mm: Trad.: Que disfrutes de tu casa. La fórmula utere felix es bien conocida en el mundo romano y existen más de setenta inscripciones, repartidas por toda el área latina, que la contienen. En muchas de ellas solo se han escrito las dos palabras de la fórmula, puesto que esta hace una referencia directa al deseo de disfrute del objeto en que está inscrita, sea un instrumentum domesticum (Abascal, 2001: 279-282) o el pavimento de una habitación, como, por ejemplo, el mosaico de un cubiculum en la villa de Carranque (Toledo) (Mayer y Fernández-Galiano, 2001: 121). Los primeros textos con esta fórmula se atestiguan ya en el siglo III d.C. aunque la mayoría de los testimonios que ha llegado hasta nosotros pertenecen a la cuarta centuria. La fórmula está compuesta por la segunda persona del singular del imperativo presente de utor y por el adjetivo felix con un valor predicativo. Aquí utor, cuyo régimen verbal debe ir en ablativo, aparece en acusativo. Este uso de utor con acusativo se ve en otros epígrafes de la época, como el ya citado mosaico de Carranque: utere felix, Materne, / hunc cubiculum (AE 1989: 474 bis), o en un epígrafe de Britannia: feliciter sit/Genio loei / servule, utere / felix tabern/am aurefi/cinam (RIB: 712). Detrás de utere felix se esperaría un vocativo, como en los casos de Carranque o Britannia (AE 1994(AE: 1098)), que se referiría el dueño de la casa, que es a quien se desea que disfrute de ella. Por lo que respecta a la cronología, la datación debe situarse, para el caso de Veranes, en la segunda mitad del siglo IV, tanto por el contexto arqueológico del hallazgo (vid. supra) como por el propio carácter efímero de los grafitos. Es difícil pensar que un dibujo o inscripción realizados con la punta de una madera tiznada sobre un elemento constructivo reutilizado se haga con el deseo de que se perpetúe en el tiempo. Por otro lado, resulta muy difícil que dichos grafitos, si no se reproducen las circunstancias excepcionales que permitieron su conservación, no desaparezcan a los pocos años en un ambiente húmedo. Pieza número 2 (fig. 5) Presenta un dibujo de trazos esquemáticos donde se esbozan los pliegues verticales y horizontales de una cortina que se sujeta por medio de tres anillas, la central más alta, y cuyo extremo inferior parece descansar sobre un pavimento. El esquematismo del dibujo y las características propias de los trazos de carboncillo sobre la superficie irregular del ladrillo no permiten vislumbrar con nitidez la escena, aunque es posible que las cortinas se representen enmarcadas en una arquitectura de dos columnas a la que le faltaría un dintel, arco o frontón. El dibujo descrito podría hacer referencia a la posible decoración pictórica de una estancia de la villa romana en alguna de sus fases constructivas. Los restos de pintura mural hallados en el yacimiento hasta la fecha son muy escasos y en los espacios donde a principios de los ochenta se conservaban algunos testimonios (en el pasillo E36) actualmente se han perdido (Fernández Ochoa, 1982: 355-356). En todo caso, los fragmentos recogidos en su día por M. Valdés Gutiérrez, el primero que actuó sobre las ruinas de Veranes a comienzos del siglo XX, son piezas con trazos geométricos sencillos relacionadas con zócalos y rodapiés que en nada recuerdan una decoración más suntuaria en la que encajarían mejor los cortinajes dibujados en nuestro ladrillo. Ello no es óbice para pensar que las partes medias y superiores de alguna de las principales estancias de la villa de Veranius (Fernández Ochoa y Gil Sendino, 2007) se hubieran pintado tomando modelos cargados de un mayor simbolismo como más adelante veremos. La representación de cortinas en la pintura romana se constata desde momentos muy antiguos4. Algunos precedentes se encuentran en la necrópolis de San Prisco en Capua (siglos IV-III a.C.) donde se ejecutan unas cortinas que parecen colgar de una viga central (Baldasarre et alii, 2002: 54). Igualmente, contamos con ejemplos en tumbas etruscas tardohelenísticas de Tarquinia como la de la Tapezzeria y en algún caso del área suritálica como la tumba 8 de la necrópolis de Monte Sanacce (Baldasarre et alii, 2002: 58 y 84). Dentro ya de la pintura romana, no hay una opinión unificada sobre el inicio de las representaciones de cortinas. A. Mau cuestiona si este tema nace con el I estilo pompeyano, teniendo en cuenta la pérdida de numerosas pinturas y la imprecisión de los datos aportados hasta la fecha, si bien afirma la existencia de un periodo de tiempo en el que pudieron coexistir el I y II estilo (Mau, 1882: 38); sin embargo A. Laidlaw incluye en el I estilo varios zócalos pompeyanos decorados con cortinas (Laidlaw, 1985). Fuera del ámbito pompeyano, cabe anotar la representación de cortinajes entre columnas jónicas en el zócalo de una vivienda privada de Centuripe (Sicilia) con una cronología de comienzos del siglo I a.C. (Borda, 1958, 20; Libertini, 1926: tav. Sobre su interpretación, existen opiniones contrastadas y ninguna definitiva. Beyen considera que derivan del uso común de paños que colgaban entre las pilastras y las columnas de los peristilos (Beyen, 1938: 65). Pero frente a esta teoría, M. de Vos verifica que ninguna de las paredes pintadas con esquemas escénicos presenta un velum en el podium y además, todas las paredes constatadas son de carácter cerrado. Por lo que se refiere a su continuidad a lo largo del s. I, De Vos afirma que en el III estilo no aparecen y sólo al final del mismo, en el Termopolio (I 8,8), vuelven a estar presentes en la zona superior de la pared y, ya en el IV estilo, su ubicación es en la zona media y superior pero nunca en zócalo (De Vos, 1976: 53) y así lo comprobamos en la Casa del Grande Portale de Herculano donde se muestran simples telas colgadas (Baldasarre, et alii, 2002: 206-207). En el s. II d.C. se mantiene la misma tendencia tal y como se observa en la parte superior de la Domus dei Coidii (Suasa) (Baldasarre, et alii, 2002: 322-323). Dentro de conjuntos públicos, a mediados del siglo I a.C., el santuario tardorepublicano del capitolium de Brescia nos brinda un ejemplo de cortinajes en frescos del II estilo. En este caso, las cortinas están decoradas con guirnaldas y bandas con dientes de lobo. Resulta particularmente atractiva, por su evidente valor simbólico, la propuesta de restitución de los cortinajes del aula del Colosso del Foro de Augusto (Ungaro, 2003: 114-121). Las paredes de este ambiente se recubrieron de lastras marmóreas pintadas imitando tejidos con diseños que repiten motivos de la decoración arquitectónica o de la reelaboración que de ésta se realizaba en pintura. Los prototipos, según L. Ungaro, deben inspirarse en la decoración pictórica helenística y quizá en los ricos palacios y tumbas macedónicas (Ungaro, 2002: 117) donde los ambientes de lujo y solemnidad eran propios de un verdadero imperio, ejemplos que se acomodan perfectamente al deseo de reafirmación y autorrepresentación que revela el Foro del primer emperador romano. La utilización de telones en los umbrales de la sala del trono imperial se conoce durante gobierno de Constantino y posiblemente se incorporó a los ceremoniales del emperador como influencia de las cortes orientales. Una de las primeras representaciones de esta ceremonia, en la que los cortinajes forman parte de una escena de solemnidad y poder, se conserva en una miniatura del Cronógrafo del año 354 (Stern, 1958, pl. XIV). En la imagen aparece el emperador Constancio sentado en un trono o sella curulis como un cónsul en un tribunal. La figura se enmarca en una arquitectura de frontón sustentado por dos columnas entre dos cortinas suspendidas de la parte alta y recogidas en los laterales. Este modelo iconográfico que representa imágenes con emperadores o personajes de alto rango, se difundió ampliamente durante la tardía antigüedad tanto en ambientes civiles como eclesiásticos5 (Ripoll, 2004: 170). El uso de cortinajes es un hecho frecuente en las salas y vestíbulos de las moradas aristocráticas tardías, así como en sus ventanas y arcos (Baldini, 2001: 85-86). Las cortinas cierran y distribuyen los espacios interiores y forman parte de la escenografía de poder como traslación de los ceremoniales propios de la corte imperial al ámbito doméstico (Ripoll, 2004: 169). En las grandes villas tardorromanas, estos cortinajes, presentes en los espacios de representación, debían transmitir la solemnidad y el misterio de la llegada o presencia del dominus. Se trata de una imagen tradicionalmente asociada a un ceremonial aristocrático de autorrepresentación. Pero, sin duda, las cortinas fueron también motivos pictóricos utilizados en la decoración de los paramentos de las salas principales, no solo como simple decoración de los espacios, sino con el valor simbólico de representar la imagen misma del poder y la dignidad. En este sentido, el dibujo de cortinas sobre un ladrillo recuperado en Veranes podría reproducir las decoraciones parietales de las estancias mas significativas de la villa. El estado final de estas salas no sería muy diferente a la imagen que hoy nos transmite la iglesia prerrománica de San Julián de los Prados (Oviedo) con un programa iconográfico «romano» que pudo copiar o inspirarse en las pinturas tardorromanas que todavía conservaría la iglesia de Santa María y San Pedro de Riera6 instalada en el antiguo triclinio de la villa de Veranes en los albores de la monarquía asturiana. Aparte del dato iconográfico y del simbolismo que pudo encerrar, queda por dilucidar si la acción de colocar estos ladrillos bajo el cubiculum principal poseyó algún sentido o intencionalidad que permita trascender el mero carácter utilitario de un latericio segmentado casualmente para formar las pilae de un hypocaustum. Por las circunstancias del hallazgo, se dispone de una información limitada que conduce al campo de las hipótesis, ya que no se han podido documentar casos semejantes más explícitos. Una primera hipótesis permite suponer que existió una intención determinada expresada en el empleo de la conocida formula utere felix equivalente a un buen deseo, a un conjuro protector con un sentido mágico respecto al uso y disfrute de la casa o de la estancia. Vendría a ser una especie de acto fundacional de la nueva obra que el propio dueño o alguien de su confianza habría depositado en aquel lugar con el mejor de los deseos ante la nueva etapa de la vivienda o de la habitación. En estas circunstancias, los cortinajes representan la imagen de un parte (como elemento de lujo y ostentación) por el todo (la casa en su conjunto). La segunda posibilidad es la de un hecho casual. Las piezas latericias se reutilizan y se colocan en el hypocaustum sin intencionalidad alguna. Las letras y el dibujo se habrían trazado previamente a modo de muestra o boceto para ser ejecutadas por un albañil en una pared (pintura) o en un pavimento (mosaico) o incluso simplemente son fruto de un ejercicio de entretenimiento7. Posteriormente, ante la escasez de ladrillos refractarios, (con la excepción de las columnillas cercanas a la boca del hypocaustum, el resto del subsuelo de esta estancia se realizó con lajas pétreas superpuestas), se emplearon en la confección de la pila del hipocausto del cubiculum.
Acuñaciones provinciales en Hispânia. De esta forma, las insignias o monogramas de las gentes gobernantes van substituyendo a los signos y símbolos de la soberanía del Estado, fase que se acentúa tras L. Cornelio Sila con la mención de varios generales con poderes extraordinarios al lado del responsable de la acuñación. En su última fase, a finales de la República, la sola mención de los imperatores muestra cómo el alto poder ejecutivo usurpa los órganos de la administración en una clara progresión hacia la monarquía. ^ En ninguna de ellas se menciona el nomen Pompeius, sino que su identificación estriba en la mención del cognomen en el caso de las amonedaciones de Pompeyo Magno, mientras que en las de sus dos hijos aparece el praenomen En este artículo se describen las monedas emitidas por Sexto Pompeyo en Hispânia durante los años 45-44 a.C. (una emisión de denarios y dos de ases, RRC 477-479), así como las causas que las originaron: pago de las tropas que luchaban contra César así como reivindicar la memoria de su familia. Se analizan los diferentes tipos iconográficos de anversos y reversos, leyendas y lugar de emisión. La moneda era utilizada esencialmente en las guerras como medio de pago a las tropas de los diversos bandos en lucha pero, a la vez, servía como medio de propaganda política (Beltrán Martínez 1987, 56-57) mediante las inscripciones y/o símbolos grabados en ellas. Evidentemente, la moneda véhicula un mensaje que figura y significa, por lo que no es de extrañar que los responsables de una emisión monetaria la utilicen con fines propagandísticos para influir en sus conciudadanos y en la opinión pública, fuese o no romana. En la historia de las guerras civiles romanas son conocidas las acuñaciones provinciales que emitieron los diferentes bandos, en especial las hispanas efectuadas durante el conflicto entre cesarianos y pompeyanos. Tanto unos como otros usaron este medio propagandístico, aunque si bien Pompeyo Magno debía aparecer como señor del mundo romano, sus partidarios no utilizaron los mismos procedimientos que los cesarianos, para no ir en contra de las tradiciones republicanas que decían defender, pero en su desarrollo no fueron tan hábiles como sus enemigos (Pérez 1989, 33-39). Las monedas romanas acuñadas por la gens Pompeia en Hispânia cumplen con las líneas generales trazadas por Alfoldi para las acuñaciones del periodo: en el siglo i a.C. se puede observar cómo, en los tipos monetales, los antepasados de las grandes familias son desplazados por sus descendientes vivos, a la vez que se procede a relatar acontecimientos contemporáneos (Alfoldi 1956, 66) \ En estas piezas se puede apreciar la manifestación del poder político-militar (representación de armas, barcos, etc.) que disfrutaron los pompeyanos en la Península Ibérica, a la vez que la gloria que alcanzaron (cifrado en la palabra imperator utilizada por los hijos de Pompeyo Magno; Amela 1990Amela -1991, 196), 196)2. Las emisiones pompeyanas fueron acuñadas en momentos diferentes, que corresponden a los periodos en que se ha de dividir la guerra entre Pompeyo Magno y sus hijos y César en Hispânia ^ Más importante, reflejan la disposición de esta familia con respecto a la Península Ibérica. Así, las acuñaciones de Pompeyo Magno (RRC 446-447) muestran la estrategia que pensaba seguir en el enfrentamiento contra César, mostrando la flota de Oriente y las legiones de Occidente. Las de Cneo Pompeyo hijo representan la acogida -y ayuda-que recibió de las provincias hispanas, convirtiéndose la Península Ibérica en el único territorio que resistió al invencible César. En cambio, las acuñaciones de Sexto Pompeyo son más reservadas, debido a las muertes de su padre y de su hermano mayor, a quienes recuerda (Amela 1990(Amela -1991, 192), 192). AEspA, 73,2000 Estas acuñaciones constituyen por sí solas importantísimos documentos sobre el desarrollo de la segunda guerra civil en la Península Ibérica, que muchas veces no ha sido suficientemente valorado por la investigación actual. Gracias a ellas puede apreciarse las buenas relaciones existentes entre la gens Pompeia e Hispânia (a la que se puede considerar una segunda patria; Millán 1965, 298), ya que sustentó la bandera pompeyana en tres ocasiones. Buena muestra de ello es la numerosa clientela pompeyana existente, bien documentada por las fuentes literarias {BAfr. 19,5) ^ Hay que destacar que la emisión bilingüe de Kelse se ha atribuido a Sexto Pompeyo. Igualmente, a este momento histórico hay que atribuir una emisión de Toleto y quizás la de Clounioq. Collantes Pérez-Ardá (1987-1989, 62, 80, 90 y 92-93) considera que, por características metrológicas, diversas cecas hispánicas (Saguntum, Castulo, Secobris, etc.) amonedarían para la causa de los hijos de Pompeyo Magno, pero esto debe analizarse más detalladamente. Sobre los sistemas metrológicos utilizados en Hispânia, cfr.: Villaronga, L., «Metrologia de les monedes antigües de la península Ibérica», ANum, 28, 1998, 53-74. ^ Crawford (RRC, p. 486) señala la existencia de 6 cuños de anverso (1 recortado) y 9 cuños de reverso. La fecha de emisión de estas monedas se sitúa entre la batalla de Munda y la salida de Sexto Pompeyo de Hispânia, años 45-44 a.C, pero sin poder puntualizarse más, a pesar de que se han hecho varios intentos, todos ellos sin resultado positivo ^°. Sobre la atribución de estas piezas a talleres peninsulares, hay algunos puntos que aclarar en cuanto a las monedas de bronce. 487) lo consideran hispano, e incluso Crawford utiliza para su descripción un ejemplar hallado en la Península. Villaronga señala que no se habría acuñado en Hispânia, ya que no ha visto esta pieza «ni en museos ni en colecciones de España» ni en los mercados de anticuarios de Madrid y Barcelona (Vi-"^ RFC (p. ^ Grueber (1910, 372) señala que es inusual la representación de un altar entre las cabezas de Jano, que únicamente se había dado en un as de L. Rubrius Dossenus, del año 87 a.C. (RRC 348/5). 12) le dan primero un módulo de 28-32 mm, con un peso medio de 21,11 gr (185 ejemplares); luego un peso medio de 21.63 gr (581 ejemplares), con un total de 193 cuños de anverso en 819 piezas estudiadas.'° Ferreiro (1993, 413) señala que Sexto Fompeyo debió de desplazarse a la Ulterior (en donde su actividad fue mayor y de más importancia) en otoño del año 45 a.C, por lo que si se considera que éste salió de Hispânia (en virtud del pacto alcanzado con M. Emilio Lépido) a finales del verano del año 44 a.C, es forzoso considerar que si estas monedas se acuñaron en esta provincia debió ser en este periodo de tiempo. Faria 1993b, 144), 144), quien reafirma lo anterior y considera que es de origen siciliano por razones tanto de carácter estilístico como de localización de los hallazgos. De hecho, de los ases atribuidos a Pompeyo Magno en Hispânia se documenta únicamente el hallazgo de dos en la zona costera de la Citerior, ambos RRC 479: uno en la necrópolis de Pollentia, en las Islas Baleares (Ripollès 1982, 130), y otro (partido) en Tarraco (Marot 1997, 147)'^. Recientemente, en las excavaciones de la ciudad siciliana de Morgantina, esta emisión se ha encontrado en grandes cantidades, sobre todo las de mal arte ^^, lo cual, junto al hecho de que se encuentre en el mercado clandestino de Sicilia (Martini 1988, 67), parece " Grant (1969, 22) manifestó que estas piezas se encontraban en un número importante en la Península Ibérica, lo que las excavaciones arqueológicas no parecen demostrar (Martini 1988, 67).'^ García-Bellido (1996, 253) menciona el hallazgo de un as (partido) RRC 479 en Oberaden y el de dos ases (uno partido) RRC 471 en Haltern, ambos campamentos militares situados en el limes germánico, a donde llegarían tropas legionarias previamente destinadas en Hispânia, que serían las autoras del transporte de todas las piezas peninsulares encontradas.'^ Desde un punto de vista estilístico hay dos emisiones (Martini 1989, 25). indicar un origen insular de esta acuñación (RPC, p. Por lo que respecta al as RRC 479 se emitió, según varios investigadores (RRC, p. Morawiecki 1983, 62), primeramente en Hispânia y luego en Sicilia, sobre la base de diferencias de estilo, aunque otros (Grueber 1910, 371) consideraban que la emisión fue realizada en su totalidad en Hispânia. Los estudios de Martini le han llevado a considerar que esta serie se acuñó totalmente en Sicilia, en tres momentos diferentes durante los años 43 a 36 a.C: el primero posiblemente en Lilybaeum, mientras que los otros dos son por ahora desconocidos. Las monedas del primer y tercer periodo son de pobre estilo, que contrastan con las del segundo periodo, de buen arte, en la que se aprecia claramente los rasgos de Pompeyo Magno en la representación de Jano (Martini 1988, 66;1989, 25-26. 146) ^^ No deja de ser extraño que Martini sólo ponga en el banquillo la procedencia hispana de las monedas de bronce, mientras que no toma en consideración las monedas de plata acuñadas por Sexto Pompeyo en Híspanla [URL] Sicilia). Muy posiblemente sea debido a que este investigador preferentemente estudia las acuñaciones de bronce de la época final de la República Romana, con el fin de determinar si existía una interrelación entre ellas, lo que lógicamente ha centrado toda su atención. En cuanto a este punto, Buttrey (1960, 53-101) se ha ocupado de la acuñación del denario RRC 477 en Hispânia, mientras que más recientemente Evans (1987, 97-157) ha estudiado las acuñaciones de plata y oro de Sexto Pompeyo en Sicilia •'', sin que ninguno de ellos haya puesto en cuestión la atribución de la moneda de plata (más conocida como el dena-rio de la Pietas de Sexto Pompeyo) a Hispânia. Esto llama la atención, puesto que, si realmente se considera que las acuñaciones en bronce de Sexto Pompeyo no se realizaron en Hispânia (sólo un tipo de las que Martini considera a este personaje a nombre de su hermano Cneo), sería muy raro que, por el contrario, acuñase monedas de plata. Pero si bien en un principio se podría aceptar la teoría de Martini de considerar las emisiones de bronce de Sexto Pompeyo (atribuidas generalmente a Hispânia) como efectivamente realizadas en Sicilia, este investigador atribuye igualmente el as RRC 471, emitido a nombre de su hermano Cneo Pompeyo hijo (atribuido por la mayoría de investigadores a Hispânia), como realmente acuñado por el propio Sexto Pompeyo (Martini 1988, 66;1989, 23-24). Martini (1989, 23-25) piensa que este bronce tuvo dos emisiones diferentes, una propiamente hispánica, entre los años 45-44 a.C, y otra gálica, en Massalia, donde Sexto Pompeyo se asentó después de su partida de Hispânia en el año 44 a.C, a la espera de que se aclarase el panorama político de Roma. Esta diferencia (que espera confirme un análisis metalográfico) se basa en que las diferencias morfológicas, estilísticas y ponderales entre ambos grupos son demasiado grandes. Para este investigador, un elemento decisivo para abandonar la atribución tradicional de Cneo Pompe- Ha de considerarse que si la moneda de bronce acuñada a nombre de Cneo Pompeyo hijo lo fue realmente por Sexto Pompeyo, habría que explicar la causa de ello. Martini (1988, 66) considera que lo realizó para conmemorar a su hermano caído después de la batalla de Munda, pero si era ésta su intención, realmente consiguió mejor su objetivo en una de sus acuñaciones sicilianas (RRC 511/1), en cuyo anverso representa a su padre y a su hermano, al igual que en el denario hispánico RRC 477/1 a-b, en cuyo anverso aparece su hermano. En este mismo sentido, habría que preguntarse por qué no hizo lo mismo con su padre, Pompeyo Magno (Amela 1994, 35). Quizás se pudiera pensar que Sexto Pompeyo, para no dar a conocer su existencia después del triunfo cesariano en Munda, emitiese moneda a nombre de su hermano. Apiano señala que en un principio Sexto Pompeyo no mencionaba quién era para pasar desapercibido (App. Villaronga (1967, 133-142) hace tiempo que ha demostrado que éste acuñó moneda hispánica, en concreto la moneda bilingüe de Celsa, realizada para financiar sus andanzas por la parte septentrional de la Península Ibérica, quizás precisamente para este fín. Desde luego, si en sus emisiones hiciese referencia a su hermano desaparecido, difícilmente hubiera conseguido pasar desapercibido. Por ello, es más lógico considerar que el bronce a nombre de Cneo Pompeyo hijo sea realmente atribuido a este personaje, y no a su hermano Sexto Pompeyo. En apoyo de este aserto, recientemente se considera (RPC, pp. 92,19,146,161 y 180) que esta moneda fue acuñada en Hispânia por Cneo Pompeyo hijo (quizás en Corduba) mientras que^, por el contrario, se decanta por una solución siciliana en las otras dos piezas de bronce atribuidas a Sexto Pompeyo. Este punto puede servir de base para aclarar que, efectivamente. Sexto Pompeyo acuñó en la Península Ibérica monedas de bronce, pertenecientes a las series RRC 478 y 479, aunque con la posibilidad de que la segunda parte de sus emisiones se haya acuñado efectivamente en Sicilia. Sea como fuere, las acuñaciones en bronce de los hijos de Pompeyo prosiguen la tradición romana en cuanto a este tipo de moneda, tanto en su aspecto iconográfico, jurídico y de circulación (Martini 1989, 29), en un momento en que Roma precisamente no acuñaba este metal (Grueber 1910, 368). La rareza de los ases pompeyanos en Hispânia pudiera ser debida a que estas piezas fueran trasladadas fuera de la Península Ibérica. 4, 85) informa de que Sexto Pompeyo, a la hora de ocupar Sicilia, procedente de Massalia, llevaba marinos de África e Hispânia, y estaba bien provisto de oficiales, de naves, de soldados de infantería y de dinero, probablemente todo ello procedente en su mayor parte de Hispânia (Tsirkin 1989, 145). Es decir, que quizás Sexto Pompeyo trasladase las monedas acuñadas en Hispânia para el pago de sus tropas primero en Massalia y luego en Sicilia (Amela 1994,36-37)^8 Pero lo anterior no parece muy posible, ya que el peso del transporte se multiplicaba por c. Por tanto, la solución debe ser otra. Quizás se esté ante un caso paralelo a la abundantísima emisión cesariana de los años 49-48 a.C. (RRC 443/ 1), con 750 cuños de anverso y 833 de reverso, que pudo ser acuñada en Galia, Italia e Hispânia, siguiendo los movimientos militares de César. Podría tratarse perfectamente de una auténtica ceca móvil, en razón de que la elección de los motivos utilizados en las series de bronce seguía siendo perfectamente válida en Sicilia. Una solución al problema la puede aportar la acuñación de Q. Labienus Parthicus Imp. ^^ (RRC 524/1 áureo y 524/2 denario, del año 40 a.C), la'^ No hay que descartar que quizás parte de esta emisión se realizase en Massalia, puesto que Crawford (RRC, p. 94) atribuye a esta localidad la acuñación (o gran parte de ella) de Q. Nasidio en el año 44-43 a.C. (RRC 483/1-2), a lo que hay que unir la teoría de Martini sobre la procedencia de las acuñaciones pompeyanas en bronce.'^ García-Bellido (1996, 249) señala que los metales utilizados por las tropas para atesorar y transportar son el oro y la plata, como fácilmente se puede comprobar en los campamentos augusteos de Germania. Por tanto, Apiano debe aludir a piezas de estos metales cuando dice que Sexto Pompeyo estaba bien abastecido de dinero. ^" Q. Labieno, hijo del general pompeyano T. Labieno, fue comisionado por el cesaricida C. Casio Longino a buscar apoyo entre los partos para luchar contra C. Octavio y Mar-no LUIS AMELA VALVERDE AEspA, 73, 2000 cual, a pesar de haberse registrado únicamente 34 denarios y 3 áureos, ha dado un total de ocho cuños de anverso (ocho para el denario y dos para el áureo) y veintitrés de reverso (veinte para los denarios y tres para los áureos), lo que indica que a pesar del poco número de monedas conservadas la acuñación no debió ser precisamente pequeña (Hersh 1980, 47) ^^ Para Hersh, posiblemente aconteció que la acuñación fuese suprimida o fundida a la muerte de Labieno (39 a.C), debido a su carácter fundamentalmente antirromano, como se puede comprobar fácilmente en su leyenda e iconografía. Quizás fuera éste el destino de gran parte de las monedas pompeyanas. En este sentido, hay que tener un hecho en cuenta: se han encontrado monedas de «Divos lulios» (RRC 535/1-2. 161), lo que también ha contribuido a que se encuentren pocos ejemplares de monedas hispanas de origen pompeyano, pues es la constatación de que los vencedores debieron de utilizar las emisiones pompeyanas para realizar sus propias series. En definitiva, parece constatarse una desmonetización de las emisiones pompeyanas. Por ello, no parece que Sexto Pompeyo (ni su hermano Cneo) emitiesen moneda de bronce ante la dificultad de realizar acuñaciones en plata ^^, a causa de haberse «colapsado» la explotación de las minas de Sierra Morena (y quizás también las de los co Antonio, de tal forma que en el año 40 a.C. invadió las provincias de Siria y Asia al frente de un ejército de este pueblo. Esta acuñación probablemente sea una respuesta de Octavio a las emisiones contemporáneas de bronce de Sexto Pompeyo (Burnett 1987, 36 y 52). ^^ Grueber (1910, 368) señala la gran abundancia de este metal en la Bética, gracias a sus ricas minas, y en análisis metalífero de estas piezas se ajusta a la descripción realizada por Plinio sobre el Aes Cordubense (Plin. Domergue (1990, 194-196) señala que las minas de plata eran las que en mayor número se encontraban en explotación en la Península Ibérica a finales de la República, de tal manera que al celebrar César en el año 45 a.C. su triunfo sobre Hispânia, los emblemas utilizados eran de plata pulida, así como por ejemplo sobre Alejandría eran de escamas de tortuga y en el de Africa de marfil (Veli. Evidentemente, las acuñaciones de bronce (de un patrón teórico de 22 gramos, como el antiguo sistema uncial; Collantes Pérez-Arda 1987-1989, 49) se realizaron gracias a la abundancia de este metal, con la clara voluntad de vulnerar la lex Papiría (91/90 a.C; Zehnacker 1978, 7. Sear 1998, 139 y 204), con la evidente finalidad de pagar los gastos derivados de la guerra (Burnett 1987, 52) ^^, como así fueron las acuñaciones bilingües de Celsa ^^ o incluso de llevar a término una reforma monetaria, que no pudo finalmente realizarse (Martini 1989,29)2^. ^' ^ Así lo parecería indicar la destrucción del poblado minero de Diógenes y de la fundición del Cerro del Plomo en El Centennio (prov. Jaén; Blázquez 1978, 41. ^^ Desde luego, las legiones de Sexto Pompeyo que Cicerón describe en la Hispânia meridional (Cic. 10, 4, 2), reclutadas en su mayor parte entre los supervivientes de las campañas de su padre y su hermano en Hispânia (App. 4, 83), debían percibir sus respectivas pagas. El denario RRC 477 es buena prueba de ello. 26 Villaronga (1967, 140-141;1987, 240) relacionó el peso de los ases emitidos en Hispânia por los pompeyanos, todos de peso alto, con los ejemplares bilingües de Celsa, y señaló que, si bien generalmente se había interpretado el peso de estas piezas como una anomalía atribuida a una ceca provincial, en realidad lo que se intentaba era buscar el patrón de peso de los denarios para utilizar este numerario como soldada, quizás como un síntoma de agotamiento de las minas de plata de la Bética o de su difícil explotación debido al desarrollo del conflicto. La relación metrologica entre la emisión bilingüe de Celsa y los bronces pompeyanos hispanos es la siguiente: -peso medio emisión RRC 471 Cuadro.-Acuñaciones romanas del periodo de la Segunda Guerra Civil (según Crawford, con correcciones de Sear). Esto parecería confirmarse en el hecho de que, siguiendo una antigua costumbre en las pagas del ejército, el as tendría el valor de 1/10 del denario (Plin. El problema planteado es que si estas acuñaciones hubieran servido como stipendium para la tropa ^°, al ser sobre la base de 1/10 y no de 1/16, el sistema sería ventajoso para los soldados si se cobrase en plata, pero no en bronce, puesto que en la vida civil se hubieran necesitado dieciséis ases para conseguir un denario, es decir, que se habría perdido más de un 30% en el poder adquisitivo. Posiblemente, las monedas de bronce servirían como moneda fraccionaria (Knapp 1982, 197) para uso cotidiano, la cual era escasa en este tiempo. Crawford 1985, 341), 341) Zehnacker, H., «Pline l 'Ancien et l' histoire de la monnaie romaine», Ktèma, 4, 1979, 169-181. ^^ Durante la primera*mitad del s. ii a.C, la soldada se hacía efectiva en moneda de bronce, hasta que fue sustituida por el denario de plata, cuya principal repercusión en Hispânia fue la aparición del denario ibérico. Estas acuñaciones se encuentran en los tesoros del periodo sertoriano de Azaila II, Borriol, Castra Caecilia y Puebla de los Infantes (de los que forman monográficamente su composición), así como en numerosos castra extremeños del momento. En este mismo sentido, este mismo conflicto bélico sería el responsable, por la rápida necesidad de numerario, de la mayor parte de las reacuñaciones Aparte del propio Sexto Pompeyo, a cuyo nombre se realizaron estas monedas, el único magistrado monetai que se encuentra, como responsable de éstas, es M. Eppius M.f. Ten, un homo novus (Wiseman, 1971, 229), quien, curiosamente, en vez de figurar en el denario, aparece en una acuñación de bronce (RRC 478), aunque Grant (1969, 22) lo hace igualmente responsable de la otra serie de bronce, la RRC 479, lo cual es probable pero indemostrable. 8, 8, 5-6)^^, tomó parte muy activa en favor de Pompeyo Magno durante la guerra civil de los años 49-44 a.C. Fue uno de los legados de Q. Cecilio Mételo Pio Escipión en la campaña de África durante los años 47-46 a.C, en la que se le encomendó también la emisión de una moneda, esta vez de plata, con su nombre, Eppius leg. f. c: Eppius legatus flandum curaverunt (RRC 461/1) ^^ Este mismo cargo de legado es el que se encuentra en la acuñación de Sexto Pompeyo. Eppio fue perdonado por César después de la batalla de Thapsus (BAfr. 89, 5), aunque se conoce que luego actuó de nuevo como legado pompeyano, esta vez de Sexto Pompeyo, con la misma misión de acuñar moneda ^'^. Se desconoce qué fue de él después de esta amonedación. Sexto Pompeyo, como anteriormente su hermano, Cn. Pompeyo hijo, acuña plata con el busto de su padre pero, a diferencia de éste, no hace referencia a acontecimientos ocurridos en la Península Ibérica (RRC 469-470). La proa de nave que aparece en el reverso de las monedas de bronce posiblemente haga mención a la flota de Sexto Pompeyo (App. locales de bronce conocidas pertenecientes a la Hispânia Ulterior (Crawford 1985, 347. Igualmente hay que señalar la fabricación durante este periodo de imitaciones anónimas de monedas de bronce romanas (mayormente semises), acuñadas en la Península Ibérica, especialmente en la Ulterior (como muestra el tesoro del río Guadalete), que fueron toleradas por las autoridades y cuya finalidad era la de cubrir una circulación deficiente, seguramente para el cambio de moneda fraccionada para las tropas que operaban en los escenarios bélicos (Villaronga 1985, 39. 472) y Sear (1998, 33) consideran que el título de Epio sería legatus fisci castrensis y no la solución tradicional legatus faciendum (o fiandum) curavit, debido a que esta expresión no refleja una magistratura. 4, 84), motivo que aparece igualmente en la amonedación de su hermano Cneo (RRC 471), aunque también puede que simplemente reviva el tradicional tipo romano para estas monedas (Carson 1978, 65. Pero, sobre todo, estas piezas informan de la ideología de este personaje. Es de destacar la labor de Sexto Pompeyo en el sentido de que, mediante el recuerdo de su padre y de su hermano, pretendiese consolidar la simpatía y colaboración de sus partidarios. En efecto, en el denario RRC 477/la-b se puede apreciar que figura la cabeza de Pompeyo Magno ^^, que en la moneda RRC 477/2 y 3a-b es sustituida por la de su hermano Cneo (Battenberg 1980, 100. Así, la aparición de la cabeza del dios Jano (presente ya en el as de Cneo Pompeyo hijo, RRC 471) muestra un adecuado compromiso entre las ambiciones de Sexto Pompeyo y los ideales republicanos (Grant, 1969, 23. Es bastante normal encontrar en las emisiones de esta época la reaparición de muchos de los dioses del panteón romano (RRC, p. 737), aunque se ha dicho que la representación de Jano, ligado a las ideas de la guerra y la paz, significaría que por un lado se haría la guerra a los enemigos de la república, mientras que se ofrecía la paz a los ciudadanos de buena voluntad (Zehnacker 1965, 288-289). Morawiecki (1983, 64) señala que el tan contraído compromiso puesto de manifiesto por Grant es un poco difícil de discernir, puesto que atribuir a Pompeyo Magno los rasgos de un dios (en este caso Jano) no parece ser lo que se pudiera considerar muy republicano, y a lo que se está asistiendo es al nacimiento y consolidación de un culto hacia los Pompeyos que, en verdad, no es otra cosa que un culto al propio Sexto Pompeyo, más conocido en otras acuñaciones suyas como el hijo de Neptuno (Dio Cass. 48,19,2), cuya representación plástica ^^ Quizás este motivo (derivado de los primeros ases acuñados por Roma después de la gran reforma monetaria de c. 211 a.C.) se debiese a asegurar la aceptación de estas piezas acuñadas fuera de Roma. No debe olvidarse que estos ases presentan en el anverso la cabeza de Jano bifronte y en el reverso una proa de nave, es decir, la descripción de las acuñaciones de los hijos de Pompeyo Magno RRC 471, 478 y 479. ^^ Sobre las representaciones plásticas de Pompeyo Magno, cfr. La imagen de la Piedad hace alusión tanto al sobrenombre de Sexto Pompeyo, Pius, como a los Manes de los Cneos (su padre y su hermano) y a los deseos de venganza de éste (Grueber 1910, 371. También hay que tener en cuenta que la pietas de Sexto Pompeyo contrastaba con la propagada por César (Weinstock 1971, 254. Pietas era la divisa de los Metelli, que fue plagiada por sus aliados y adoptada como consigna de los pompeyanos en la batalla de Munda (App. Evidentemente, Pius (que significa literalmente «obediente» o «devoto») no es sólo un simple cognomen, como en su día defendió Syme, sino que está en estrecha relación con el concepto de pietas, que en este caso no expresa la pietas erga patriam, sino exclusivamente la. pietas erga parentem etfratrem, mostrando un deseo de vengar la muerte de su padre y de su hermano, el mantenimiento de la dignitas de su gens (Hadas 1930, 152. Es de destacar que la mención (RRC 477/3) o no (RRC 477/1-2) de Pius en las acuñaciones de plata (Sextus Magnus Imperator versus Sextus Magnus Pius Imperator) permite dividir las acuñaciones de Sexto Pompeyo en dos fases claramente diferentes (Sear 1998, 137). Sobre el título imperator. Grant (1910, 371) menciona que no se conoce ninguna noticia a través de las fuentes literarias de que Sexto Pompeyo asumiera o recibiera durante este tiempo el títu-3^ Cfr. Los denarios de Sexto Pompeyo prefiguran la amonedación imperial, en cuyo anverso se reproduce el aspecto físico y en el reverso el aspecto moral (Herrero 1994, 227). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ lo de imperator, aunque lo pudo tomar inmediatamente después de la muerte de su hermano, al coger el mando de los restos del ejército pompeyano. Evans 1987, 104) suponen que lo habría obtenido después de derrotar a C. Asinio Pollón, gobernador cesariano de la Hispânia Ulterior (App. Es más lógico que lo tomase después de la derrota de Asinio Pollón, ya que Sexto Pompeyo, después de Munda, tuvo que huir a la Celtiberia y luego a la Lacetania como un simple prófugo, escondiendo su nombre, por lo que muy difícilmente puede asumirse que en esta época se hiciera denominar imperator En realidad, el apelativo imperator no sólo alude al vencedor de una confrontación militar, sino que va más allá. Así, a través de las monedas, Buttrey (1960, 87) considera que el apelativo imperator sería en realidad el verdadero praenomen de Sexto Pompeyo. Magnus demostraría que imperator no se convirtió en el praenomen, sino que como máximo iría unido a él y, desde luego, no lo sustituyó ^^. Imperator forma parte realmente del nombre propio de Sexto Pompeyo. El primero en utilizar este sistema fue Pompeyo Magno, a quien, en una inscripción de Auxinum, en el Piceno, se designa como Cn. ILS 877)'^°, nueve años después de su último triunfo (el tercero, contra los piratas y Mitrídates VI de Ponto), en un acto oficial de una comunidad, lo que indica que este sistema ya era reconocido (Syme 1958, 178). Varios generales de diferentes bandos que se enfrentaron en las guerras civiles que ensangrentaron la República Romana añadieron libremente imp(erator) a sus nombres, siendo una notable excepción la del constitucionalista M. Porcio Catón. No todas ellas reflejaban el derecho a la autoridad legal, sino que para este estudioso muchas de estas titulaciones no derivarían de una victoria sino de un acto de usurpación, lo que significaría no sólo la reclamación del derecho al triunfo un día sino también un título de autoridad y mando. De esta forma, Sexto Pompeyo tomaría el título imp. cuando alzó el estandarte pompeyano en la Hispâ-nia Citerior, y no cuando derrotó posteriormente a Asinio Pollón en la Hispânia Ulterior. Weinstock 1971, 110-111)^^ Igualmente, en la titulatura de Sexto Pompeyo se sigue utilizando el cognomen de su padre, Magnus, al igual que su hermano, de tal forma que se convirtió en un elemento más importante que el propio praenomen, al que finalmente substituye (Morawiecki 1983, 64). Syme (1958, 174-175) El proceso es evidente: Sexto Pompeyo ha descartado desde hace tiempo el praenomen Sextus y el «experimento» de Magnus como nomen, como se puede apreciar que el Sextus Magnus Pius de su acuñación hispánica no se ha repetido, apareciendo ya en Sicilia la nomenclatura Magnus Pius, del tipo praenomen + cognomen (aunque esto ya se pudo haber dado en la Península Ibérica si se consideran las monedas de bronce)'^^. En definitiva, si bien el nombre de su hermano, Cn. Magnus, es impecable, el de su hermano Sexto Pompeyo es ya revolucionario y presagia la monarquía (Syme 1958, 175), que se plasmará en la nomenclatura Imp. Es muy interesante considerar que el nombre de Imperator (Imperator Caesar), que llevarán los sucesivos emperadores romanos a partir de Octavio, no es más que una réplica del Magnus de Sexto Pompeyo, es decir, que el nombre del hijo más joven de Pompeyo Magno sirvió como modelo para la titulación de los emperadores romanos, aunque el Imperator no es un título de autoridad, sino algo ya místico, una monopolización de la gloria del triumphator, pero nunca un nombre personal. Imperator Augustus no es más que un paralelo de Magnus Pius y, en el momento en que aparece la fórmula de Caesar Augustus o Augustus Caesar Imperato^ se convierte realmente en un praenomen (Syme 1958, 182-183), es decir, que el nombre completo no es más que un ejemplo de tria nomina (Syme, 1958, 187). Sobre el lugar de emisión de estas monedas existe una amplia problemática relativa a la leyenda SAL que aparece en el denario, que no sería un apelativo que acompañaría a IMP, sino la abreviatura de la ceca de emisión, como anteriormente se ha mencionado. 94) como las localidades donde se emitió esta moneda. Varios investigadores "^"^ defienden que tanto el apelativo Imperatoria (Urbs Imperatoria Salada, Plin. NH 4, 116) como el mismo nombre de la ciudad, Salada, provendrían de la actuación de Sexto Pompeyo en la zona después de la batalla de Munda, donde situaría su taller, aprovechando que en esta localidad hubo anteriormente una ceca nativa en escritura sud-lusitana "^^i "^Cantnipo (o "^Cauipon) (Correa 1982, 74. La amonedación local hispánica de Salada con cabeza de Neptuno en el anverso y letrero IMP SAL entre dos delfines (CNH 14-15. RFC 51A-B) se ha atribuido a este momento histórico, años 45/44 a.C, como emisión conmemorativa de la ciudad por este acontecimiento, sobre la base anterior más la conocida relación entre Sexto Pompeyo y la deidad ma-rina Neptuno (Grant 1969, 23 n. El apelativo Imperatoria (sobre el que descansa la atribución a esta ciudad de la acuñación pompeyana) quizás pudiera pertenecer a un periodo anterior a los hechos que aquí se relatan, posiblemente al de la conquista del territorio; las monedas locales del mismo nombre seguramente son asimismo de otro momento cronológico' ^^. También es difícil considerar a Salduie (la posterior Cae sarau g US ta) como ceca responsable de esta amonedación. Grant (1969, 23) se opuso en su momento a ello, aunque con el argumento de que ello no fue posible debido a que Sexto Pompeyo no ganó ciudades hasta su llegada a la Ulterior. Este extremo no es cierto, puesto que Sexto Pompeyo amonedó en Celsa, en el valle del Ebro, que invalida la solución esgrimida por este investigador. Desde luego, sería realmente extraño que en tan corto espacio de tiempo (hacia la mitad del año 45 a.C.) Sexto Pompeyo acuñase moneda bilingüe (Celsa) sin darse a conocer, y que a pocos kilómetros de distancia (Salduie) hiciese una acuñación de perfecto tipo romano con su nombre bien claro' *^. De hecho, como ya se ha señalado anteriormente, estas atribuciones descansan en la aparición del letrero SAL en el denario de Sexto Pompeyo, palabra que puede tener otra restitución (como Salvus), sin tener nada que ver con el nombre de la ceca, aparte de que si bien se hallan estas letras en las emisiones RRC 477/lb, 477/2 y 477/3a, no se encuentran en las n.° 477/1 a y 477/3b, aunque para Crawford ello no es óbice para pensar que el denario pudiera ser acuñado en diferentes cecas debido a este hecho (RRC, p. Las acciones principales de Sexto Pompeyo "^^ son, indiscutiblemente, realizadas en la parte meridional de la Península Ibérica, y es allí donde han de buscarse sus cecas, al menos de las monedas que se están aquí comentando. Esto en parte validaría las opiniones de situar la ceca de este denario en Salpensa o Salada, pero ya se han ofrecido las dudas respecto al modo de llegar a esta solución. Sobre esta localidad, cfr. Guerra (1995, 93-94).'^^ Existen dificultades en cuanto a la transcripción de los símbolos de la escritura sud-lusitana en la que se redactó esta ceca. ^^ Villaronga (1994, 135) no ofrece cronología alguna sobre estas monedas "^^ Los investigadores actuales que tratan esta importante ciudad del valle del Ebro no mencionan en absoluto la posibilidad de que en Salduie se realizase acuñación pompeyana alguna, cfr.: Fatás Cabeza, G. y Beltrán Lloris, M., Historia de Zaragoza, 1: Salduie, ciudad ibérica, Zaragoza, 1997. 116 LUIS AMELA VALVERDE AEspA, 73, 2000 ello es más exacta la opinión de Sear (1998, 137-138), quien rechaza la interpretación de que SAL represente la ceca de la acuñación y piensa que la palabra debió de pertenecer a la leyenda del anverso, sin ofrecer una interpretación al respecto, aunque sin duda ésta debe de ir ligada a la palabra imperator. A su vez, Grueber (1910, 371), sin seguir la tónica anterior, la atribuye a la ciudad de Carteia' ^^, en donde pudo establecer una ceca antes de derrotar a C. Asinio Folión, seguramente debido a una noticia de Cicerón quien dice que Sexto Pompeyo fue bien recibido en esta ciudad (Cic. Igualmente, es de destacar que Buttrey (1960, 85 y 97), en relación a la ceca del presente denario, también ha pensado que si bien los que llevarían abreviatura SAL. serían acuñados en Salpensa, los que llevan la letra B (que también se halla en los de su hermano Cneo) serían acuñados en Baelo, aunque la presencia de esta letra en la moneda RRC 477/la seguramente no es más que una supervivencia casual del mismo hecho que ocurre en las monedas de Cneo Pompeyo hijo (RRC, p. 94), es decir, un error por F (de filius), por lo que no hay que buscar en ésta la inicial de una ceca. Igualmente, Buttrey (1960, 88-90 y 96) considera que los denarios que no llevarían abreviatura de ceca (es decir, B. y SAL., que realmente no lo son) serían acuñados en Corduba, de lo que Zehnacker (1965, 286) concluye que el hecho de que este denario fuese acuñado en tres cecas (es decir, Salpensa, Baelo y Corduba) explicaría sus irregularidades en cuanto a estilo y factura. En cuanto a los bronces. Por su parte, Beltrán Martínez (1947Martínez ( -1948, 218;, 218;1950, 248) opina que el bronce de Sexto Pompeyo y M. Eppio se habría acuñado en Carthago Nova, debido a que según él se observa en el ara entre las dos caras de Jano una serpiente de Esculapio, lo que hace pensar en el símbolo local del culto de la Salud de la ciudad mencionada. De hecho, si bien en la emisión de RRC 478/1 a se observa perfectamente el ara, no hay rastro de la serpiente citada por Beltrán Martínez; en la n.° 478/Ib ni tan siquiera está el altar. 487) dice que el significado de este altar es desconocido, pero no tiene nada que ver con Esculapio. Como se puede apreciar, el lugar de acuñación de estas piezas, el denario y los dos ases, es muy dudoso, sobre todo porque Sexto Pompeyo se trasladaba continuamente por toda la Península Ibérica, aunque se conoce bastante bien su actividad en la Bética, donde pasó más de la mitad de su estancia en Hispânia. Por tanto, es lógico pensar que las cecas de estas monedas deben buscarse en la parte meridional peninsular (Gil Farrés 1966, 234), quizás en Corduba (donde Grant señalaba la emisión de los bronces) o en Carthago Nova, pero no existe ningún dato que pueda situar con alguna certeza el lugar donde se acuñaron estas emisiones (Amela 1990(Amela -1991, 191), 191).
Por medio del análisis pormenorizado de los elementos arquitectónicos recuperados a lo largo de las excavaciones que, desde hace ya más de veinticinco años, se vienen desarrollando en el teatro romano de Itálica, hemos intentado llevar a cabo un ensayo de anaparastasis gráfica de sus órdenes arquitectónicos. Los mejor caracterizados son los de su scaenae frons y su porticus post scaenam. El presente estudio se ocupa del primero de ellos, permitiendo no solamente una reconstrucción puramente formal del mismo y sus módulos, sino también la propuesta de una importante reforma de la escena en época severiana, dato fundamental para la determinación del proceso constructivo del edificio. Las primeras excavaciones se realizaron en 1971; con anterioridad existían tan sólo escasos hitos históricos que aludían a su existencia ^. Con el inicio de las intervenciones arqueológicas comienza a acumularse en su solar un gran número de elemen-tos arquitectónicos procedentes de las mismas. El intenso expolio sufrido por el edificio a partir de su abandono como lugar de espectáculos, que se sitúa a mediados del siglo iv d.C, ha provocado que una gran parte de ellos haya aparecido en contextos distintos de sus lugares originales de procedencia. Tan sólo pudo documentarse, en el transcurso de las excavaciones de 1971, un potente derrumbe formado por un buen número de los elementos pertenecientes a los órdenes de su scaenae frons ^ (fig. 11). Dada la superfície exhumada del teatro, a fines de la década de los setenta, se ve la necesidad de poner en marcha un proyecto de restauración que permitiera, no solamente la puesta en valor del edificio, sino también el establecimiento de las bases para una adecuada conservación de los restos recuperados. Esta intervención conllevaba una reintegración, cuando así lo hiciera posible el conocimiento de sus diversas partes estructurales, de los principales volúmenes que conñguraron el teatro (fíg. 1), así como también la reincorporación de los elementos arquitectónicos más significativos, que garantizaban su carácter único y configuraban su personalidad en el conjunto de teatros romanos del Imperio"^.' Este artículo recoge el grueso de nuestra memoria de licenciatura Introducción al estudio del teatro romano de Itálica: análisis de los elementos de sus órdenes arquitectónicos, dirigida por el Dr. M. Bendala Galán y presentada en marzo de 1998 en el Departamento de Prehistoria y Arqueología de la U.A.M. ^ Entre ellos, en el siglo xvm, la referencia de F. de Zevallos en su obra La Itálica a su lugar de ubicación (no publicada hasta. Muy posterior en el tiempo, F. Collantes de Terán tomó las primeras fotografías de los restos del edificio que en 1937 afloraban en superficie. Reunió los resultados de sus actividades en sus «Trabajos y hallazgos en Itálica (1936Itálica ( -1938))», Servicio Nacional de Bellas Artes. Comisaría para la Defensa del Patrimonio Histórico Artístico Nacional de la IV Región (Andalucía Occidental), documentación original que hoy se conserva en el Dpto. de Arte de la Universidad de Sevilla. ^ Luzon, J. M.^: «El teatro romano de Itálica», El teatro en la Hispânia romana, Badajoz 1982, 185, láms. (En adelante la obra completa se citará THR). "^ El corpus de teatros antiguos más completo publicado hasta el momento, a pesar de las deficiencias que suelen ofrecer los trabajos de esta índole, es el elaborado por Ciando Rossetto, P. y Pisani Sartorio, G.: Teatri greci e romani alle origini del linguaggio rappresentato, Roma 1994. Un trabajo más redente de las mismas autoras para el caso hispano: Idem: «Gli edifici per lo spettacolo», en Hispânia romana. El citado proyecto de restauración ^, acompañado de las correspondientes intervenciones arqueológicas ^, se prolongó en el tiempo, coincidiendo y siendo propiciado en sus últimas fases por la celebración de la Exposición Universal de Sevilla de 1992. A pesar de todo, el tiempo ha transcurrido desde entonces y, como siempre suele ocurrir en los edificios, también en los restaurados, estos años han dejado su huella en el teatro. Se hace necesaria, no sólo la continuación de las labores dentro de un proyecto integral que incluya al edifício en su totalidad, sino también la solución de problemas menores pero no por ello menos importantes que, en estos años desde que el teatro fuera exhumado y parcialmente restaurado, han ido surgiendo. Esto hace necesario, en la línea de lo ya realizado, definir a la perfección elementos estructurales como son sus órdenes arquitectónicos. A los trabajos existentes ^ queremos unir ahora nuestra aportación basada en el análisis de las basas, fustes y capiteles que los configuraron. En lo que respecta a la metodología empleada para la elaboración del presente estudio, y con el fin de simplificarlo, se ha creído oportuno prescindir de muchos de los elementos que han permitido llegar a algunas de las hipótesis sugeridas. Es obvio que, para lograr la individualización de los elementos que configuran los órdenes arquitectónicos analizados, ha sido necesario un estudio pormenorizado de todos los ejemplares completos y fragmentados hallados en el solar del teatro, así como incluso de algunos otros que, exhumados en momentos previos a la excavación del mismo, fueron adscritos a él ^. De la totalidad del conjunto se han seleccionado las basas, fustes y capiteles, con el fin de establecer los grupos que formaron parte de cada uno de los órdenes y, a continuación, llevar a cabo la reconstrucción de sus módulos y proporciones ^. El intenso expolio sufrido por el teatro, al que ya hemos aludido anteriormente, ha proporcionado un registro muy mermado con respecto a lo que originalmente fueron los órdenes columnados del edificio (figs. 18 y 19). Las piezas, dado el material sobre el que fueron realizadas, en su mayor parte mármoles y piedra caliza fosilífera, se convirtieron pronto en un codiciado botín para quienes buscaban material de acarreo; primero, para reutilizarlo en nuevas construcciones y, posteriormente, para su transformación en cal. A pesar de ello, un análisis detallado de los fragmentos y sus medidas, así como un estudio pormenorizado de sus proporciones tanto reales como teóricas, han permitido proponer la anaparastasis que a continuación presentamos (figs. 14 y 15). LA ESTRUCTURA DE LA SCAENAE FRONS'\íig, 1) ^ Para la evolución de los trabajos y la justificación teórica de los mismos, véase Jiménez, A.; Montero, F.J. y Rodríguez, R: «El temblor de la falsificación», Periferia 11, 1991-92, 36-53. ^ Éstas, no solamente profundizaron en elementos ya reconocidos en las etapas anteriores, sino que también alcanzaron áreas hasta el momento prácticamente desconocidas, como la porticus post scaenam. Fueron recogidas en una serie de memorias, aún inéditas, pero de las que se poseen ejemplares en diversas instituciones: Corzo, R. y Toscano, M.: Itálica. Excavación del cuadrante norte del pórtico, Sevilla 19^9', ídem: Itálica. Excavaciones en el teatro (1990), Sevilla 1990; Romo, A.: Informe de la excavación arqueológica en el entorno del teatro romano de Itálica (Santiponce, Sevilla), Sevilla 1995. ^ Destacando el estudio de A. Jiménez: «Las columnas del teatro de Itálica», Homenaje al Prof Antonio Blanco Freijeiro, Madrid 1989, 277-318, del que es en buena parte deudor el presente trabajo. Su eje de simetría parece coincidir con el de la orchestra y la canea. Si bien este dato no es suficiente para afirmar de forma categórica la planificación conjunta de estos tres elementos, sí permite su-^ En su mayoría se conservan en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla. Aprovechamos aquí para agradecer a esta institución, en la persona de su director, D. Fernando Fernández, las facilidades prestadas para acceder a los materiales conservados en sus fondos. ^ Recogidas en los apéndices I y II respectivamente. Una vez identificado el módulo de los diversos órdenes, el primero de ellos incluye una serie de tablas de medidas que permiten, por un lado, caracterizar las piezas completas y, por otro, adscribir los fragmentos a los módulos de éstas. "^ En líneas generales seguiremos a A. Jiménez, especialmente Jiménez, A: cit. (n.7), passim. Es fundamental basarse en sus estudios ya que, tan sólo por medio de ellos, podemos obtener información anterior a la restauración, dado que, en la actualidad, algunos detalles son dift'cilmente reconocibles bajo las fábricas modernas. gerir la existencia de un primer proyecto inicial, llevado a cabo en diversas fases, en el que se habrían incluido todos ellos, manteniéndose apenas inalterados, en líneas generales y al menos en planta, hasta el abandono del edifício'^ De esta forma, si bien no negamos la existencia de una posible transformación de la escena en época flavia como ha planteado R. Corzo ^^, a través especialmente de los materiales exhumados en el entorno del parascaenium norte, sí proponemos que su organización y morfología, al menos en el sector que se abría a la cauea, la scaenaefrons, apenas habrían sido transformadas desde su primera construcción en época augusteo-tiberiana ^^. No obstante, cabe tener presentes las afirmaciones de R. Corzo que, en las campañas de fines de la década de los ochenta, llevadas a cabo en la. porticus post scaenam, creyó reconocer en su galería oeste los restos de lo que habría sido una disposición anterior de ésta, asociada a un muro de la escena más antiguo y de menor espesor ^^. Del mismo modo, la hipótesis que aquí planteamos permite incluso modificar el interesante panorama hispano presentado por M. Martín y J. Núñez, suponiendo'' Por el contrario, una diversa orientación de estos sectores sí permitiría afirmar sin demasiadas dudas la conjunción de diferentes proyectos y por tanto de diversas fases, más o menos distanciadas temporalmente. Tal es el caso del teatro de Sagunto: Hernández, E. et alii: «El teatro romano de Sagunto». Teatros romanos de Hispânia, Cuadernos de Arquitectura romana, 2, Cartagena 1993, 26, lámina 2. (En adelante la obra completa se citará TRH).' 2 Corzo, R.: «El teatro de Itálica», TRH, 1993, 165-168.'^ Algo semejante habría ocurrido en el teatro de Trieste donde los cambios y reformas realizadas por Q. Petronio Modesto a fines del siglo i, comienzos del ii d.C. y documentadas epigráficamente, no afectaron a la planta original de la scaena manteniendo su antigua tipología. ""* En la escena no han podido documentarse hasta el momento elementos que informen de ello, si bien recientes trabajos llevados a cabo en el iter sur han puesto de manifiesto una reforma del muro occidental del mismo que podría adscribirse a esta renovación del edificio en época flavia: Rodríguez Gutiérrez, O.; Vera, M. y Verdugo, J.: Memoria de intervención en el teatro romano de Itálica (Santiponce, Sevilla). No obstante, los datos obtenidos especialmente a través de la lectura de paramentos en el curso de la misma informan de la monumentalidad de la primera construcción y, por tanto, nos hace dudar de la rotunda separación scaenae-cavea identificada por R. Corzo para el edificio de comienzos de época imperial. Este autor reconoció también en el primer pavimento de la porticus post scaenam fragmentos de elementos arquitectónicos que asoció a la decoración de esa escena primitiva (Corzo, R. y Toscano, M: cit. (n.6), 1990, 46-47). Por nuestra parte, no hemos reconocido en basas, fustes o capiteles ningún elemento que, con seguridad, pueda asociarse a la construcción de esta primera escena del teatro. un nuevo ejemplo más de escena lineal en época tardoaugustea o de comienzos de la dinastía julioclaudia ^^. En cuanto a los datos cronológicos que podría sugerir la estructura de la scaenae frons, M. Martín y J. Núñez documentan este tipo de frente escénico lineal con columnatio adelantada organizada sobre un zócalo distribuido en módulos más o menos independientes, en la Italia de Augusto'^, con un ejemplo anterior, en época de Sila, en el teatro grande de Pompeya'^. En el caso italicense, en un muro axial único se abren tres puertas en edículos rectangulares'^ (fígs. 1 y 15), siendo ésta la solución más sencilla de las posibles'^. Diferente es lo que se refiere al acabado arquitectónico de la escena que, efectivamente, se habría visto transformado en diversos momentos hasta el emplazamiento del programa definitivo a comienzos del'^ No entraremos aquí, por no considerarlo oportuno, en el debate planteado en torno a la datación de la inscripción monumentar de la orchestra, que hace dudar entre ambos momentos para la construcción, que no reforma, de los principales elementos estructurales del edificio. Una rápida revisión de las hipótesis en: Roda, I.: «Los mármoles de Itálica. Su comercio y origen», Itálica MMCC, Sevilla 1997, 161.'^ Martín Bueno, M. y Núñez Mareen, J.: «La evolución del trazado de la scaenae frons en los teatros de Hispânia», Ktema 21, 1996, 131.' "^ Martín, M. y Núñez, J.: ibid., 128.' ^ Sorprende la afirmación de R. Corzo, cit. (n. 12), 166, según la cual la scaenae frons del teatro italicense presentaría un vano cóncavo en el centro. Éste se representa rectangular en sus propios dibujos, así como en las restituciones fotogramétricas elaboradas en el transcurso del proyecto de restauración. Esta última opción fue la adoptada en época antigua y, por tanto, la elegida por los arquitectos para su reintegración con fábricas modernas. (Véase fig. 1).'^ Este tipo rectilíneo en teatros de época imperial, que cuenta con abundantes ejemplos en todo el Imperio y con modelos en edificios tardorrepublicanos, perdura hasta aproximadamente mediados del siglo I d.C. Entre los ejemplos italianos de época augustea pueden citarse los de Minturnae, Amiternum, Saepinum o Alba Fuscens, entre otros. Los de Acinipo, Clunia y Metellinum son ejemplos hispanos de este tipo de estructura levantados en época augustea y julio-claudia. Martín, M. y Núñez, J.: cit (n.l6 ), passim. AEspA, 73, 2000 siglo III d.C. En esta línea, el hallazgo en tXhyposcaenium, en el transcurso de las excavaciones de comienzos de los años setenta, de una serie de fustes estriados de columna en piedra caliza con acabado estucado en azul, sugirió a sus excavadores su pertenencia a una primera decoración del muro de la escena anterior a la marmórea posterior ^°. No obstante, A. Jiménez, a través de análisis especialmente métricos, vio estas piezas como ajenas al teatro, procedentes de los edificios que se extendían en su parte alta ^^ El muro de la escena estaría formado, al menos en la cota conservada, por los siguientes elementos estructurales (fig. 5): Una plataforma rectangular de 5,7 metros de anchura realizada en opus caementicium que habría servido de apoyo a toda la estructura. Su profundidad era de 5,5 metros, de los que en época antigua sobresalían del terreno aproximadamente 18 cm. Era plana, que no horizontal, ya que basculó de 30 a 40 cm. A este núcleo básico, en los extremos de sus lados cortos, dos cubos de unos cuatro metros de lado se proyectaban hacia el oeste hasta llegar a los muros de cada uno de los itinera ^^. Un muro axial central realizado en sillares y apoyado sobre la plataforma anterior. Era recto y recorría la escena de norte a sur. En sus niveles conservados se vio interrumpido por los tres vanos de comunicación entre la scaena y la porticus post scaenam (fig. 3). Fig. 5.-Planta de la scaenae frons donde se señalan las diversas fábricas y materiales que la configuran. 1: opus quadratum; 2: opus quadrat um (perdido); 3: opus quadratum (huellas); 4: opus caementicium; 5: opus caementicium (perdido); 6: huellas de escalones; 7: fábrica de opus testaceum/ signinum. (A partir de A. Jiménez). ^° Abad, L.: «Pintura romana en Itálica», Actas del XIII Congreso Nacional de Arqueología, Zaragoza 1975, 885; Luzon, A.: cit. (n. No hay datos estratigráficos que permitan adscribirlos a la decoración del teatro; de hecho, en un momento avanzado de la vida del mismo, a su hyposcaenium llegaron piezas procedentes probablemente del entorno monumental del edificio, como los conocidos pedestales gemelos en honor de Marcus Lucretius lulianus: Canto, A.: «Dos basas con inscripciones gemelas en Itálica», Habis, 4, 1974, 311-318. No obstante, en el teatro de Metellinum se han conservado fustes estriados estucados en color amarillo pertenecientes a la decoración de su escena; del Amo, M.: «El teatro romano de Metellinum», THR, Badajoz 1982. ^* Jiménez, A.: «Teatro romano de Itálica. Primera campaña de obras», Itálica (Santiponce, Sevilla), EAE, 121, Madrid 1982, 280. ^^ Existen ejemplos, como pueda ser el pórtico del Coliseo, donde la diferencia de cota del terreno o el error acumulado en las construcciones, fue subsanado adaptando los elementos arquitectónicos realizados in situ. En el caso de los órdenes de la scaenae frons del teatro italicense, no poseemos un numero suficiente de ellos para comprobar esta diversidad, no obstante, en el inferior, la altura de las basas varía de 23 (Bl) a 30 cm (B3) y sus fustes de 408 a 415 cm. Pensabene, P.: «The method used for dressing the columns of the Colosseum portico», en Waelkens, M. Hacia el oeste un muro de sillares de acabado estucado y con su hilada inferior moldurada, definía la cara externa del podium sobre el que se levantaba la columnatio. A pesar de tratarse de un único muro, su modulado quebrado garantizaba un mayor dinamismo. El interior, entre éste y el muro axial ya descrito, se rellenó con opus caementicium. Este podium articulado (figs. 2 y 3) estaba formado por diez basamentos separados unos de otros por remansos rehundidos hacia el muro axial, de 72 cm. de profundidad y 227 de anchura ^^, o por las interrupciones que suponían sus tres ualuae, según los casos. Estos basamentos poseían dos sectores moldurados: el zócalo inferior y la cornisa superior, separados por un paño vertical recto. Sobre él, un plinto y sobre éste, las columnas, dos por cada basamento, a las que correspondían sus responsiones en el muro de fondo. Del podium se conservaba in situ una altura máxima de 125 cm en su esquina sureste, siendo restituido con una altura total de 177 2^ cm (figs. 4, 7 y 8). Al este del muro axial y de nuevo en opus caementicium, se construyó una estructura longitudinal, apoyada sobre aquél al que empleó como encofrado. Estaba horadada por un total de seis nichos semicirculares, todos ellos flanqueados por estribos que en origen habrían ofrecido una cara externa de sillares. Estos estribos, posiblemente decorados con pilastras ^^, parecen haber correspondido con las columnas de la galería oeste de la porticus post scaenam. La totalidad de la estructura tan sólo se veía interrumpida por la puerta central (ualua regia) para la que se ha reconstruido una anchura mínima de 185 cm y las laterales {ualuae hospitales) a su vez ^^ Estas dimensiones además de venir definidas en planta se ajustaban a las medidas de los plintos de las basas conservadas del orden inferior de columnas; Jiménez, A.: cit. (n. ^"^ Esta altura se ajusta además a la perfección a la norma vitruviana (Vitruvio V, VI, 6) según la cual la altura del podium debe ser igual a 1/24 de la longitud del escenario: a partir de 4245, obtenemos 177 cm (Jiménez, A.: ibid., 308). Hacemos notar que esta adecuación no se debe a un interés del arquitecto por ajustarse a los patrones vitruvianos, pues, por el contrario, en varios de sus escritos ha puesto de manifiesto su escepticismo al respecto: Jiménez, A.: «De Vitruvio a Vignola: autoridad de la tradición», Habis, 6, 1975, 253-293; ídem: «Análisis de una propuesta de reintegración de formas arquitectónicas», BSAA, 56, 1980, 165-170; ídem: «Notas sobre un dibujo romano», Cuadernos de Construcción, 6, 1983, 18-22. ^^ Frente a esto, R. Corzo propuso que, ante ellos, quedaron situadas las columnas exentas que en su momento, en relación a la escena primitiva, habían sustentado la galería oeste del pórtico en su centro. En la campaña de 1990 creyó reconocer los huecos circulares de dos de estas columnas. Corzo, R. y Toscano, M.: cit (n. En la actualidad, debido al alcance de la restauración resulta imposible comprobarlo. Fig. 6.-Ensayo de proporciones en sección de la scaenae frons del teatro italicense a partir del ejemplo del teatro de Aspendos. de 165 cm. Poseen tres escalones ^^ de subida y otros tantos de bajada en cada una de ellas, realizados en mármol gris oscuro y negro con vetas blancas (fig. 3). De ellos tan sólo una pieza apareció in situ. Una puerta más {itinera uersurarum) se abría en cada uno de los muros de la uersura. En algunos sectores como la ualua hospitalis norte, los nichos primero y segundo átlpostscaenium ^^ o el entorno de la esquina sureste del muro de la escena, se ha documentado un pavimento de ladrillos realizado sobre una cama de tierra que debe ser interpretado como una reforma posterior en el área. De todo lo anterior obtenemos que la scaenae frons del teatro de Itálica, tras analizar las posibles variantes, viene definida por un único muro recto ^^, ^^ En el caso italiano estas escaleras de comunicación entre la scaena y el postscaenium comienzan a aparecer en época augustea. ^^ Desde el sur. ^^ Republicano, siguiendo la nomenclatura de A. Jiménez que denomina así al recto e imperial al compuesto, conside- con dos órdenes superpuestos de columnas, tres puertas, una central y dos laterales, así como dos accesos laterales a los parascaenia. Si bien parece haberse podido reconstruir con cierta seguridad la organización y distribución de elementos del orden inferior, en planta, faltan los da-tos para el superior. Es muy posible que el entablamento en el que se apoyaba, se articulara de idéntica forma al basamento inferior descrito, pero esta es tan sólo una de las opciones posibles (figs. 6 y 15). ESTADO DE CONSERVACIÓN DEL CON-JUNTO Y SUS ELEMENTOS Tal y como puede apreciarse en las fotografías de fines de la década de los setenta, una vez que el sector de la escena había sido excavado en su totalidad, la scaenae frons apenas se conservaba. No obstante, dentro del proyecto de restauración, una limpieza del área así como un análisis sistemático de las estructuras in situ llevaron a poder reconstruirla. Los grandes sillares de caliza fosilífera de su sector meridional permitieron reconocer la estructura del muro. En la actualidad este área con piezas originales se ha mantenido, tras su limpieza y consolidación, sin incorporar fábricas modernas, mientras que el sector norte ha sido restituido basándose en la información adquirida (fig. 2). Gran parte de los materiales aparecieron en los propios niveles de expolio tras haberse derrumbado de forma espontánea o haber sido derribados intencionadamente para así ser reaprovechados. Incluso varios fragmentos de una misma pieza, especialmente en el caso de los fustes, fueron hallados muy alejados unos de otros ^^. A partir de los estudios realizados para la restitución de la scaenae frons, especialmente del estudio del podium y de su morfología, se ha propuesto Fig. 8.-Vista lateral de la scaenae frons. En primer término, los fustes reintegrados en la restauración y el podium sobre el que se elevan. rando una cierta evolución cronológica entre ambos; en cit. Un más reciente y muy elaborado estudio sobre la evolución de las scaenae frontes hispanas, no obstante sometido a las imprecisiones cronológicas de todavía mal conocidas estructuras teatrales, es el ya citado de Martín, M. y Núñez, J.: cit. (n.l6), 127-149. -^ Esta dispersión de las piezas ha aportado interesante información acerca del proceso de abandono, deterioro y expolio del edificio. Se hallaron fragmentos de los órdenes de la portícus post scaenam en la parte anterior de la scaena, y de la scaenae frons en el pórtico, como es el caso de F5. ^° A. Jiménez y su equipo, en el transcurso del proyecto de restauración, elaboraron un inventario de elementos arquitectónicos. Resultado parcial de ello fue el artículo ya citado incluido en el homenaje al Prof. D. A. Blanco Frei|eiro: Jiménez, A.: cit. (n.7). En él se enumera y agrupa por módulos una serie de fustes que responden a las signaturas dadas entonces. Nosotros no hemos podido identificar y/o reconocer todas estas piezas ya que, en muchas ocasiones, han perdido esta sigla. Del mismo modo, cuando lo hemos creído oportuno, hemos añadido algunas no tomadas en consideración entonces o las hemos cambiado de grupo. una articulación consistente en dos órdenes superpuestos de dieciocho columnas exentas delanteras con sus correspondientes dieciséis responsiones ^^ en forma de pilastras o más probablemente semicolumnas adosadas al muro de la escena (fig. 15). Entre los elementos arquitectónicos conservados se ha identificado, a excepción del capitel del primer orden de la columnatio, al menos una pieza completa de las tres que configuraban las columnas de sus órdenes (basa, fuste y capitel). A pesar de ello, la identificación de algunos fragmentos de decoración vegetal (Cl y C2) de características semejantes al capitel completo C3 (fig. 12) pero de módulo mayor, permiten afirmar que tan sólo se distinguían en lo que a sus proporciones se refería. También han sido recuperados once grandes fragmentos de cornisa decorada ^^ (fig. 9), parte del entablamento intermedio de la columnatio. Sus características formales se ajustan a los cánones estéticos y estilísticos propios de fines del siglo ii, comienzos del III d.C. ^^ constituyendo, por tanto, un dato más para la confirmación de la cronología aquí propuesta para la reforma del frente escénico. Sin embargo, la decoración del muro de la escena no solamente estaría constituida por órdenes de columnas con sus respectivos entablamentos. Esta se completaría con todo un programa iconográfico: escultórico y pictórico. Del segundo apenas existen ^' En la restauración se propone ésta como única posibilidad válida, una vez caracterizadas las dimensiones de los órdenes, ya que no habría espacio para ubicar mayor número de columnas sobre el podium; Jiménez, A.: cit. (n. ^2 Dato que tan sólo apuntamos brevemente en el presente trabajo, restringido a los órdenes de columna de la scaenae frons y su modulado. No obstante, la totalidad de la decoración arquitectónica del edificio constituye un apartado fundamental de nuestra tesis doctoral, en curso. ^^ Véase Neu, S.: Romisches Ornament stadtrômische Marmorgebalke aus der Zeit von Septimius Severas bis Kostantin, Münster 1972, 7 ejemplos ^^ si bien del primero los datos son cada vez más abundantes, especialmente desde que se ha puesto de manifiesto la importancia de estas imágenes en la funciones simbólica y representativa desempeñadas por el teatro dentro del culto y la política imperial. En los últimos años se han revisado colecciones y fondos de museos en los que se ha hallado valiosa información sobre los programas imperiales en los teatros, siendo frecuente la aparición de miembros de la casa imperial o de divinidades relacionadas con su culto ^^ En el caso de Itálica, si bien éste es un aspecto que dejamos para un futuro trabajo, se hace necesario un estudio en profundidad de sus restos escultóricos, aunque escasos, no carentes de interés. ^^ Semejantes, pero procedentes de un anfiteatro, son las escenas cinegéticas del emeritense.-Alvarez, J.M^ y Nogales, T.: «Las pinturas del anfiteatro de Mérida», El anfiteatro en la Hispânia romana, Mérida 1992, Badajoz 1995, 265-284. ^^ Sobre la decoración escultórica de los teatros véanse: Bejor, G.: «La decorazione scultorea dei teatri romani nelle province africane». Prospettiva, 17, 1979, 37-46 Las basas empleadas en la scaenae frons del teatro italicense responden a la tipología ática romana clásica (fig. 10). Frente al modelo importado de Grecia, observamos cómo en ellas el perfil de la escocia es de mayor profundidad que la vertical del toro superior ^^. No obstante, la cronología de la basa ática será muy amplia, ya que con la introducción de nuevas propuestas no desaparecerá, sino que tendrá un desarrollo paralelo. Será difícil precisar una datación a partir de ella ya que, en el momento de construcción del teatro, el tipo se encontraba perfectamente definido; algunos de sus elementos más característicos, como el plinto o los filetes que enmarcan la escocia, habían aparecido ya en el siglo i a.C. ^^. Otro índice cronológico será la diferencia de altura entre los dos toros, el superior más estrecho que el inferior, que de nuevo comienza a hacerse notorio a fines del siglo i a.C. De hecho, la proporcionalidad entre las diversas molduras será también uno de los rasgos evolutivos más destacados, observándose un desarrollo desde las formas más macizas a las más estilizadas. En las basas que nos ocupan, la altura y profundidad de la escocia así como la menor altura del toro superior con respecto al inferior, dan como resultado unas piezas de proporciones clásicas y bastante aéreas ^^. Podrían ponerse en relación con las que J. Gimeno denomina basas áticas de tipología ^^ Shoe, L. T.: Etruscan and Republican Roman Mouldings, Memoirs of the American Academy at Rome, 28, Roma 1965; e Idem: «The Geographical Distribution of Greek and Roman Ionic Bases», Hesperia, XXXVIII, 1969, 186-204. ^"^ Chiner, R: La decoración arquitectónica en Saguntum, Valencia 1990, 89. ^^ J. Gimeno propone tres índices de proporcionalidad entre las diversas molduras de las basas áticas que ponen en relación las alturas de sus toros, las de éstos con la total de las imperial ^^, como sus piezas n..° 154, 156 y 160. Éstas, que vincula con modelos considerados clásicos, vienen definidas por una serie de características comunes a las corrientes imperiales y que comparten las del teatro italicense que aquí se analizan: empleo del mármol frente a las piedras locales, ausencia del arranque del fuste, individualización clara de la escocia, que gana entidad, y presencia de plinto. De nuevo J. Gimeno ha identificado "^^ un recurso para acentuar de forma visual la diferencia de altura entre los toros, mediante una curvatura muy amplia del inferior, semejante a un cuarto de círculo, que parece sugerir la progresión de dicha moldura en el plinto inmediato (como en B2, B3 y sobre todo B16, correspondiente al orden superior). La mayor amplitud y curvatura de la moldura cóncava -escocia-y la consiguiente reducción de las convexas -toros-indicará una evolución dentro de la tipología de las basas áticas y una mayor aproximación a esas formas consideradas imperiales. Señalamos, por último, su similitud con las de la scaenae frons del teatro de Perento "^K P. Pensabene las incluye dentro del Tipo 4, ático con plinto, datándolas en un momento avanzado del siglo ii d.C. Tanto las de este orden inferior como las del superior se realizaron en mármol (gris con vetas blancas y blanco). La aparición de la B5 sugiere que, en efecto, al menos en algún caso, sus responsiones se solucionaron por medio de semicolumnas apoyadas sobre el muro axial de la scaenae frons. En general vemos cómo las basas fueron un elemento rápidamente estandarizado y en el que, a pesar de las variantes, hubo una uniformidad y una tipificación no apreciada en otros elementos como los capiteles, mucho más sometidos a evolución a lo largo del tiempo de manos también del gusto estético. Los fustes "^^ de los órdenes de la columnatio se realizaron sobre mármol (blanco con vetas grises y pieza, y su curvatura. Lo consideramos un método excesivamente complejo para los escasos y poco significativos resultados que se obtienen: Gimeno, J.: Estudios de arquitectura y urbanismo en las ciudades romanas del nordeste de Hispanía, (Tesis Doctoral inédita, U.C.M.), Madrid 1991, 46 y ss. ^^ En contraposición a las denominadas basas áticas de tradición provincial, asociadas a talleres y materiales locales. Ambas basas son además de dimensiones muy similares a las de los órdenes inferior y superior de la scaenae frons italicense. ^'^ El conjunto objeto de estudio lo forman, para el orden inferior: 5 fustes completos que, pudiendo estar fragmentados, conservan gran parte de su altura y dimensiones totales (F1-F5), 1 fragmento con moldura de imoscapo (F7), 5 fragmentos con moldura de sumoscapo (F6, F8, FIO, Fl 1 y F15), así como 12 fragmentos centrales (F9, F12, F13, F14, F16, -Detalle de la decoración vegetal del kalathos del capitel corintio C3. cipollino), existiendo algunos fragmentos en arenisca que se ajustan a sus módulos ^^. La gran mayoría de los fragmentos poseen en la base del imoscapo y en ocasiones también en el plano superior del sumoscapo una serie de orificios para facilitar las labores de transporte y ensamblaje ^'^. El que no todos ellos tengan la misma forma y disposición llevó a proponer a A. Jiménez que no hubieran sido colocados en el mismo momento' ^^, si bien es también muy posible que las variantes puedan explicarse por la confluencia de diferentes operarios, de igual modo que se aprecia en la elaboración de la decoración de elementos arquitectónicos, como es el caso de los capiteles. No obstante, no parece existir una relación directa entre el material de soporte empleado para la fabricación de las piezas y las huellas que en ellas aparecen. Tan sólo se observa cómo el tan repetido esquema de oquedades laterales cuadradas, ubicadas de forma simétrica, aparece tanto en fustes de mármol blanco/gris como en los de mármol verde cipollino. Esto parece indicar que la preparación de los fustes para su ensamblaje se habría producido en el propio teatro antes de ser izados o, en todo caso, en un taller cercano encargado de la obra, y que no estaría asociada a la cantera de procedencia del material. Rodríguez Gutiérrez, O.: «Sobre tecnología romana: algunos datos sobre la fabricación de elementos arquitectónicos», CuPAUAM, 24, 1997, 209-252.' ^5 Jiménez, A.: cit. (n. Las columnas de ambos órdenes estuvieron coronadas por capiteles corintios canónicos semejantes, sometidos a la proporción exigida para cada uno de ellos. Del inferior tan sólo han sido identificados dos fragmentos de voluta de capitel corintio canónico' ^^. Esta adscripción viene sugerida por las características estilísticas del relieve y la técnica empleada en el trabajo del mármol, muy similares a las reconocidas en el capitel completo C3 (figs. 12 y 13). No obstante, su mayor módulo, sugiere su pertenencia a este primer orden de columnas. La ausencia masiva de estas piezas ha sugerido el expolio selectivo de las mismas. A las transformadas en cal y a las reaprovechadas como materia prima para otras construcciones realizadas con material de acarreo, habría que unir la hipótesis de que gran parte del conjunto de los capiteles del teatro hubiera sido trasladada para formar parte de la decoración de algún edificio en época tardía o más probablemente medieval "^^ El mismo fenómeno de spolia que a fines de la República tuvo lugar en Roma "^^ se produjo también en el medievo, siendo muy característico en época de ocupación islámi-"^^ A su vez, el conjunto adscrito al orden superior se compone de un capitel corintio completo de columna (C3); dos fragmentos de hoja de acanto de cáliz de caulículo (C8, C9); cuatro fragmentos de hoja de corona (C4, C5, C6 y C7); dos fragmentos de voluta, ambos con la hoja del cáliz del caulículo que la soporta (CIO y CU); cuatro fragmentos de ábaco (C18, C19, C20 y C21) que conservan además parcialmente el apoyo de las volutas y cinco flores de ábaco (Cl3, C14, C15, C16y C17). "^"^ De hecho, el mejor ejemplo de ello es la mezquita de Córdoba para cuyas columnas se empleó un buen número de capiteles romanos, entre ellos ejemplares del teatro de Augusta Ementa; Márquez, C: Capiteles romanos de Corduba Colonia Patricia, Córdoba 1993, 146-147, num. 275-277. ^^ Recordemos las columnas marmóreas del templo de Zeus Olímpico en Atenas llevadas por Sila a Roma para la reconstrucción del Capitolio a raíz del incendio del año 83 a.C. Vid. AEspA, 73, 2000 ca "^^5 momento en el que, por otro lado, se ha situado el expolio más generalizado del teatro italicense. El único capitel completo, C3 ^°, permite un detallado análisis de sus características estilísticas y formales. Fue hallado en el transcurso de las excavaciones de 1971, en el sector noreste de las escena junto con una buen número de fustes de columna y una basa ática, ajustándose todos ellos al módulo propuesto para este segundo orden de la scaenae frons. El capitel C3 y los fragmentos de su mismo módulo permiten identificar al menos un número mínimo de tres ejemplares ^'. La pieza, a pesar de su similitud con ejemplares del siglo III d.C, incluso avanzado, como se advierte por paralelos ostienses, conserva todavía todos los elementos propios del capitel corintio canónico ^^. ^^ Al igual que en época antigua, también en época islámica debe verse una clara intención ideológica no solamente en el expolio generalizado de elementos arquitectónicos de edificios romanos y visigodos sino también en la reutilización de los espacios ocupados por éstos. La fotografía que presenta ésta última no corresponde con la pieza original sino con uno de los vaciados en escayola hechos en el transcurso de la restauración. C3 carece del orificio central en el plano del ábaco que se aprecia en esta imagen. 5' No obstante, es posible que algunos otros de los fragmentos del conjunto conservado en el teatro pertenezcan a esta serie sin que hayan sido reconocidos como tales. Existirá una concepto, definido por P. Pensabene para Ostia como el gusto por la divergencia de particulares, (Pensabene, R: Scavi di Ostia, VIL I Capitelli, Roma 1973, 230-231) según el cual en las mismas series de capiteles aparecerán pequeñas variantes en la flor del ábaco o en el cáliz central. J.L. de la Barrera explica en ejemplares del teatro de Mérida algunas de estas variantes por la diversa ubicación de las piezas, a mayor o menor distancia del observador (Barrera, J.L. de la: Los capiteles romanos de Mérida, Monografías Emeritenses, 2, Badajoz 1984, 85). Las diferencias entre los capiteles del Templo de la calle de Claudio Marcelo en Córdoba se interpretan como dos grupos de trabajo; Márquez, C: cit. (n. Del mismo modo, la variación de dimensiones en los elementos de un mismo orden arquitectónico fue algo bastante frecuente que se observa también en célebres ejemplos extrapeninsulares: Amy, G. y Gros, P.: La Maison Carrée de Nîmes, Paris 1972, 92; Rakob, F. y Heilmeyer, W.D.: Der Rundtempel am Tiber in Rom, Mainz am Rhein 1973, 6-9 y 16-18. Esta dispersión de medidas puede apreciarse en el conjunto italicense. Para la totalidad de fragmentos de capitel procedentes del teatro y las tablas de medidas de los mismos remitimos a Rodríguez Gutiérrez, O., Introducción al estudio del teatro romano de Itálica: análisis de los elementos de sus órdenes arquitectónicos, Memoria de Licenciatura, U.A.M., Madrid., 423-542 y 556-563. No obstante, ésta podría apuntarse en el número de hojitas de los lóbulos, de tres a cuatro en cada uno de ellos (fig. 13), propio de piezas de esta tercera centuria de la Era, en vez de cinco como en el momento clásico que supone la época augustea o entre cuatro o cinco ya en capiteles de mediados del siglo ii ^\ Las acanaladuras centrales de la segunda corona de hojas llegan solamente hasta la mitad de su altura, característica también propia del siglo iii d.C. Frente a esto, a comienzos del siglo ii, en época trajano-adrianea, se prolongan llegando incluso en los más antiguos hasta la base del capitel o hasta quedar ocultos por los lóbulos de las hojas de la ima folia. Estas acanaladuras, en ambas coronas de hojas, son muy rectas y verticales, proporcionando escaso naturalismo y plasticidad, efecto también propiciado por unas zonas de sombra geométricas y estereotipadas. Según P. Pensabene esto podría explicarse por una mayor especialización en la elaboración de elementos arquitectónicos. Este acusado efecto de claroscuro, conseguido por medio del relieve y del uso del trépano, tendrá su mayor auge en época flavia, cuyo influjo se prolongará en momentos posteriores. El nervio central de estas hojas de acanto de las coronas se encuentra flanqueado por dos profundas acanaladuras con tan sólo una incisión superficial en su centro. En otros ejemplares, generalmente más antiguos, ésta será una acanaladura de profundidad considerable que podrá abrirse progresivamente hasta adoptar en su base forma de «Y» invertida. Las hojas de las coronas se caracterizan por unas hojitas de los lóbulos alargadas, planas y ligeramente apuntadas. La acusada simetría de los acantos, producida por la verticalidad de las incisiones del nervio central, se ve además reforzada por las zonas de sombra triangulares, también verticales, que se generan allí donde la última hojita del lóbulo inferior se superpone a la primera del superior. Todas estos rasgos se dan en los capiteles del siglo iii, si bien podemos encontrar ya paralelos en ejemplares dad ^' ^. Su boquilla está formada por dos sépalos abultados. En los ejemplares del siglo ii, salvo el número 270 de Ostia ya citado que, no obstante, resulta un tanto atípico para ese momento, el caulículo presenta varias acanaladuras, al menos dos, y la boquilla aparece trabajada con mayor complejidad, ya sea sogueada o con varios sépalos, muchas veces generados por zonas de sombra en forma de estrella de cuatro puntas. Las dos hojas de acanto de perfil que configuran los cálices de los caulículos aparecen aquí prácticamente fusionadas en su tercio inferior. El cáliz central, situado en el eje del capitel, en el espacio libre del kalathos, no ha desaparecido pero está trabajado de manera muy somera, formado por dos hojas de perfil unidas por el dorso. De él nace el tallo de la flor del ábaco, apenas perceptible dada la profundidad a la que se encuentra con respecto a la superficie de las hélices, del labio del kalathos y del propio cáliz central, que crean la cavidad en sombra en la que se aloja. Si la desaparición de ambos elementos, cáliz central y tallo de la flor del ábaco, será propia del siglo iii, ya desde fines de la segunda centuria, al menos, se esquematiza. Sin embargo, el tratamiento recibido por otra serie de elementos se distancia de los modelos más tardíos propuestos. Tal es el caso de la cinta de hélices y volutas. En la mayor parte de los ejemplares ostienses de este momento son planas y se han acortado con respecto a las de momentos anteriores. Las del capitel C3 y los fragmentos CIO y CU son cintas de sección suave ligeramente cóncava en «U», no llegando a ser en «V»; sus márgenes se encuentran apenas en resalte, como en capiteles del siglo II, por tanto más tempranos y de mejor calidad. A pesar de que la unión entre sí de las hélices por medio de un estrecho listel bajo el labio del kalathos aparece ya en el siglo i d.C. ^^, perdura en ejemplos datados en la tercera centuria ^^. En el capitel C3 se advierte cómo las volutas y hélices han reducido su tamaño y han perdido gran parte de su función tectónica de soporte del ábaco, de hecho, en alguna de sus esquinas se han perdido y, sin embargo, esta moldura superior se mantiene intacta. La flor de ábaco responde a la tipologia de múltiples pétalos con motivo serpentiforme centrai, el más frecuente en los capiteles corintios canónicos. Desde el cambio de Era, en época augustea, momento en el que queda definitivamente establecido el tipo, se mantiene hasta época tardía, si bien entonces comparte protagonismo con otros elementos como palmetas, flores tetralobuladas de botón central e incluso diseños más libres. En los fragmentos conservados se advierte una plástica más próxima a las tendencias del siglo iii, con hojitas planas de extremos ligeramente apuntados y zonas de sombra triangulares ubicadas produciendo una simetría excesivamente geométrica ^'^. Como paralelos de los capiteles de la scaenae frons cabe destacar una serie de capiteles ostienses, todos ellos del siglo iii. No presentan ni cáliz central ni tallo de la flor de ábaco, siendo ésta una de las principales diferencias con respecto a C3. Los lóbulos son también de hojitas planas y lanceoladas; los caulículos, cortos y estrechos, con una única acanaladura central. En todos los casos las flores de ábaco son de hoja acantizante con serpentina central. A los anteriores debe añadirse el también ostiense n.° 270 ^^, realizado en mármol lunense. Sus lóbulos son de hojitas alargadas con extremidades ovales; las zonas de sombra en forma de gota. Tiene, como C3, scamillus y los caulículos estrechos, con una sola acanaladura central, y boquilla de dos sépalos. El cáliz central está más cuidado y trabajado con mayor detalle. P. Pensabene lo data en la segunda mitad del siglo ii d.C, si bien su tratamiento del relieve y el efecto de claroscuro lo distancian de los ejemplares contemporá-^^ Frente a las anteriores existen contados ejemplos de flores de mejor calidad y tratamiento más naturalista. Entre ellas destaca un fragmento (Corzo, R. y Toscano, M.: cit. (n.6), 1989, 125, lám. CXXXV, n.° inv. NCL3-05-001) hallado durante uno de los sondeos llevados a cabo en la campaña de 1989, que tuvo que ser interrumpido a un metro de profundidad al alcanzar el nivel freático. Corresponde al horizonte identificado como de utilización de la porticus post scaenam, en una cuadrícula ubicada tras el muro de la escena en el eje del edificio. Al parecer, apareció en los niveles inferiores junto a un fondo de cerámica de barniz negro (campaniense C). Su tamaño, calidad y contexto sugieren una cronología antigua. R. Corzo la utiliza para confirmar la datación de la scaena en torno al cambio de Era, pudiendo haber formado parte de la primera decoración monumental de la scaenae frons que, por tanto, incluiría elementos marmóreos. Corzo, R. y Toscano, M.: idem, 49. Todo ello nos lleva a datar este conjunto de capiteles a fines del siglo ii, comienzos del m d.C, aproximadamente en edad severiana. En este momento, a pesar del auge que alcanza la tradición oriental materializada en el corintio asiático y las diversas tipologías corintizantes, se seguirán realizando ejemplares de akanthus mollis, más o menos alejados de lo que en su día fueron sus componentes y su aspecto canónico. De hecho, en época severiana el acanto se caracterizará por la recuperación del trabajo del trépano y los efectos de claroscuro con cortes enérgicos y profundos sobre la superficie de las hojas. Son muy escasos los datos que se poseen para la reconstrucción del acceso monumental de la ualua regia. Su orden, muy probablemente, lo constituyeron dos columnas y sus responsiones (fig. 15), estando las primeras apoyadas en dos basamentos exentos independientes del podium sobre el que se asentaba el resto de la columnatio. Al respecto se ha planteado la hipótesis de que la donación que M. Cocceius lulianus hizo constar en el ara poligonal conservada actualmente en el Museo Arqueológico de Sevilla ^\ hiciera referencia a este sector de la scaenae frons: columnas carystias duas et epistylium cum cancellis aeréis ^^. Es obvio pensar, como ha sido de sobra documentado en otros edificios teatrales, que este acceso principal se destacara del resto por medio de recursos arquitectónicos y/o decorativos, encargados de enfatizar su monumentalidad. No obstante, entre los fragmentos que integran el grupo cuyo módulo puede ser adscrito a la valva regia, no existe ninguno en mármol carystio, si bien, nada definitivo puede afirmarse de un testimonio ex silentio. De los seis fragmentos de basa que han sido individualizados como del orden arquitectónico que flanqueaba la ualua regia, cabe destacar el número B21, realizado sobre pórfido rojo. A pesar de que el resto de las piezas mantienen la homogeneidad con las basas de los órdenes inferior y superior ya descritos de la scaenae frons (mármoles blancos y grises), aquél podría sugerir la inclusión de mayor número de elementos polícromos en la decoración de este sector central del muro de la escena, tan sólo presentes en los fustes del resto de los órdenes analizados. Dado el desconocimiento de la morfología de este posible orden de la ualua regia, no nos aventuramos a proponer una altura para sus fustes. Ésta dependería de la de sus basamentos de apoyo que, no obstante, y para no dar un aspecto de desproporción al conjunto, sería igual o algo menor a la del podium que recorría la scaenae frons {111 cm.). En la anaparástasis gráfica del frente escénico que aquí presentamos (fìg. 15) se ha optado por mantener la horizontalidad del entablamento intermedio situado sobre el primer orden de la columnatio; no obstante, pudo adoptarse alguna otra solución, ya que hasta el momento no se poseen datos arqueológicos que permitan una reconstrucción más fidedigna ^^ No puede precisarse cuál sería la decoración complementaría de la scaenae frons, si bien se ha hallado una serie homogénea de fragmentos de fuste ^"^ que podrían ser atribuidos a ella. A. Jiménez propone dos columnillas pareadas por cada uno de las cuatro cuerpos que componen el frente escénico, al menos en su nivel inferior, es decir, un total de ocho columnas y sus ocho responsiones. ^^ Entre los teatros hispanos que ofrecen datos al respecto se encuentran posibilidades muy diversas: en el caso de Acinipo la porta regia es de la misma anchura que las hospitales, pero de doble altura y rematada en arco de medio punto, frente a los dinteles de aquéllas (Fernández-Baca et alii: «La consolidación y restauración del teatro romano de Acinipo», THR, 1993, 200, fig.4). En el teatro de Mérida se mantiene la horizontal del podium a lo largo de toda la scaenae frons, si bien las columnas de la valva regia son de módulo mayor, más altas por tanto, lo que da lugar a un arquitrabe más estrecho en este tramo central para adecuarse al resto del frente: Duran, R.: Estudio arquitectónico del teatro y del anfiteatro de Augusta Emerita: nuevas bases arqueológicas para la historia de la ciudad, (Tesis doctoral, U.A.M.), Madrid 1996. Por otro lado, algo semejante ocurre en las reconstrucciones más o menos ideales: en Bilbilis la puerta central tan sólo se diferencia de las laterales en su mayor anchura: tanto la altura de los vanos como de las columnas que los enmarcan es homogénea (Martín Bueno, M. y Núñez Mareen, J.: «El teatro del Municipium Augusta Bilbilis, TRH, 131, plano 9). Una solución semejante se adopta en el caso de Sagunto, si bien la porta regia es, en todas sus proporciones, mayor que las laterales (Hernández Hervás, E.: «El teatro romano de Sagunto», TRH, 42, lám. 24). En el de Cartagena no solamente el vano central es mayor, sino que además, tal y como sugerimos para el teatro italicense, los basamentos de las columnas que flanquean los accesos son de menor altura que el podium de la columnatio, lo que permite la mayor altura y por tanto monumentalidad de las mismas. Solución muy similar es la que se sugiere para el teatro italiano de Ferento: Sear, E: «A new proposal for the restoration of the theatre at Ferento», JRA, 1994, 355, fig. 4. ^^ En todos los casos se trata de fragmentos centrales de los fustes que tienen un diámetro aproximado de 26 cm y están realizados en mármol blanco (F68, F71 y F72) y blanco/ rosado (F69 y F70). CONCLUSIONES: CRONOLOGIA Y EVO-LUCIÓN CONSTRUCTIVA Tal y como puede advertirse de lo anterior, el escaso número de piezas conservadas se debe al expolio masivo del edifício, fenómeno que puede hacerse extensivo a toda la ciudad ^^ y que comenzó a partir de su abandono como espacio teatral, a mediados del siglo IV d.C. Estas actividades debieron de afectar a gran parte de los elementos que componían la scaenaefrons. Los grandes sillares de caliza fosilífera del podium eran óptimos para ser empleados en paramentos dada su porosidad y la relativa facilidad para fragmentarlos. Algo semejante ocurría con las masas de opus caementicium, no obstante, más irregulares. El mármol era codiciado para la fabricación de cal y, posiblemente, en hornos de este tipo terminó gran parte de la decoración arquitectónica del muro de la escena ^^. A los capiteles que no fueron quemados se les eliminaron sus elementos más prominentes y así, como bloques más o menos regularizados, pasaron a formar parte de nuevas fábricas, rellenos ^^, etc. Los fustes de este material fueron, sin embargo, menos apreciados, por su gran tamaño, dureza y su exterior cilindrico y pulido; eran demasiado pesados para su manipulación, por lo que, los que no pudieron ser fragmentados en piezas más pequeñas, más manejables, se abandonaron, en ocasiones, lejos de su lugar original de ubicación. Es incluso posible que sectores de la scaenae frons aún en pie, hubieran sido derribados de forma intencionada por los expoliadores ^^ El empleo masivo de mármoles importados no solamente sugiere el establecimiento de rutas y mercados, sino también, tratándose de un material muy va-^^ Tal y como se ha puesto de manifiesto en otros de sus edificios emblemáticos como el anfiteatro (Corzo, R.: «El anfiteatro de Itálica», El anfiteatro en la Hispânia romana, Mérida 1992, Badajoz 1995, 187-211) o el Traianeium (León, P.: Traianeum de Itálica, Sevilla 1988, 24). ^^ Tales como los identificados en el Traianeum y en el anfiteatro, para la transformación in situ de sus materiales. León, P.: ibid., 3; Rodríguez Hidalgo, J.M.: «La nueva imagen de la Itálica de Adriano», en Caballos, A, y León, P. (eds.): Itálica, MMCC, Sevilla 1997, 95. ^^ Habrá que esperar a la publicación de los resultados de la campaña de excavaciones de 1991, para poder reconocer en la llamada área L, un relleno realizado en época tardía con elementos constructivos, entre ellos fragmentos de capiteles. ^' ^ Posiblemente el sector norte del orden superior fue el primero en desplomarse (fig. 11). 3), 185), su excavador, indica que una acumulación parcial de sus elementos se encontraba ya sobre sedimentos de inundación y que su coincidencia con un horizonte de esquirlas de mármol podría asociarla a un momento de expolio intencionado. Las posteriores excavaciones de fines de la década de los ochenta plantearon que la scaenae frons se encontraba arrasada, al menos parcialmente, ya desde un momento temprano, próximo al abandono del edificio. lioso en sí mismo y de transporte muy costoso ^^, la capacidad económica de la ciudad o al menos de algunos de sus evergetas, así como su interés por destacar su posición frente al resto de sus conciudadanos. Del mismo modo, las piezas analizadas proporcionan una muy interesante información sobre las técnicas de fabricación de elementos arquitectónicos y de edificación en época antigua. Son abundantes las marcas con diversas funcionalidades, realizadas sobre fustes y, probablemente, sobre gran número de capiteles. Entre ellas destacan las necesarias para su elaboración, transporte y elevación, y su ubicación definitiva en el edificio. Un análisis pormenorizado de estos rasgos técnicos lleva también a identificar no solamente reformas, reparaciones o restauraciones de piezas ^° o incluso de áreas completas, sino también la confluencia en el mismo proyecto de diversos operarios. Ésta se manifiesta en el diferente acabado de las piezas, la heterogeneidad de módulos de algunas de ellas o las variadas formas de realizar el ensamblaje entre elementos que, una vez colocados, quedaba oculto, proporcionando idéntico resultado. Los órdenes de columnas que configuraban la scaenae frons, estaban constituidos por basas áticas, fustes lisos y capiteles corintios canónicos. Sus características estilísticas llevan a datar ésta, última decoración del frente escénico, a fines del siglo ii, comienzos del siglo m d.C. Hasta el momento, dicha reforma se había documentado en la ya citada ara hexagonal también hallada en el teatro y que, posiblemente, se encontraba en una de las exedras del murus pulpiti. Fue dedicada por M. Cocceius lulianus, que donó dos columnas de mármol carystio y un arquitrabe con unas rejas de bronce. La inscripción no posee ningún elemento interno de datación pero el tratamiento de sus relieves y sus datos paleográficos sugieren una cronología severiana''\ De esta forma, elementos datados en el siglo m d.C, y tenidos hasta el momento como testigos de una reforma muy parcial''^, obtienen así un nuevo significado, pudiendo integrarse dentro de una refacción de mayor alcance de la scaena. Tal es el caso de las dos esculturas de ninfas dormidas que formaron parte de una fuente situada en el proscaenium, pero que a su vez reutilizaron sendos togados que P. León data en época julio-claudia' ^^ o tam-bién, de la última decoración, pintada, que recibió el murus pulpiti, en la que se han reconocido, al menos, una escena con peces y una guirnalda vegetal con una inscripción pintada en su interior ^' ^. A todo ello debe sumarse la nueva decoración de la scaenae frons aquí analizada. No se trata de un caso único y, a medida que avanza la investigación, parece poder afirmarse incluso que fue un fenómeno más extendido de lo que tradicionalmente se ha mantenido ^^. A través no solamente de nuevas intervenciones arqueológicas, sino también de la revisión de excavaciones antiguas en edificios teatrales ya conocidos, es creciente la información sobre reformas llevadas a cabo en los mismos en los últimos decenios del siglo II y durante la tercera centuria. Así, entre los ejemplos extrapeninsulares podemos citar Palmyra ^^, Benevento ^^, Ostia ^^, Ferentium ^^, Mínturnae ^^, Brescia ^' Vicenza ^^o Cassinum ^^ mientras que los de Saguntum ^^ y Segobriga ^^ se cuentan entre los hispanos ^^. OLIVA RODRIGUEZ GUTIERREZ AEspA, 73, 2000 En el frente escénico se utilizò, al parecer generosamente según el propio registro arqueológico, el mármol cipollino de Karystos para la fabricación de sus fustes, tal y como dejó constancia de ello M. Cocceius lulianus. Quedaría por precisar si esta acción pudo ser un acto evergético colectivo, como ha sido ya documentado a comienzos de época julioclaudia ^'', de manera que otros ciudadanos italicenses relevantes hubieran colaborado en la reforma ya citada en la que M. Cocceius lulianus tan sólo aportó dos de las numerosas columnas del frente escénico, además del ya citado arquitrabe con rejas de bronce. No deja se ser curioso el que en esta donación se haga referencia a elementos arquitectónicos aislados {columnas duas) y no a partes estructurales del teatro como suele ser frecuente en estos casos, siendo la inscripción monumental de la orchestra el mejor y más cercano ejemplo de ello. Este, si bien no es un dato categórico, sí estaría en la línea de nuestra hipótesis, según la cual la reforma de la scaenae frons del teatro italicense llevada a cabo a comienzos del siglo m d.C. habría afectado tan sólo a la decoración de la misma y quizá sólo levemente a su estructura ^^. Es muy posible que la causa de esta renovación no hubiera sido la necesidad real de restaurar el edifício a causa de su deterioro, sino la voluntad de autorepresentación de las élites locales, lo que G. Alfoldy ^^ ha llamado Drang der lokalen Eliten nach Selbstdarstellung. Del mismo modo, aunque tampoco es un dato decisivo, dada la variedad ofrecida no solamente en Hispânia sino también en las principales provincias puede llevarse a fines del siglo ii, comienzos del m d.C; cit. (nl6), 138. Dado el mantenimiento, al menos en planta, de la estructura augustea del edificio escénico, cabría por tanto proponer una reforma que afectara tan sólo a su decoración arquitectónica, tal y como proponemos para el caso italicense. ^^ Cuando los contemporáneos L. Blattius Traianus Pallio, C. Titius/Traius Pallio y L.Herius hicieron constar, por separado, la donación, de sua pecunia, de la orchestra, el proscaenium, los itinera, una serie de aras y estatuas, así como unos arcos y un pórtico. ^^ De esta forma puede también explicarse que el orden arquitectónico de la galería oeste de la porticus post scaenam, que será analizado por extenso en el trabajo correspondiente, se hubiera mantenido en pie, con las necesarias reparaciones de su epidermis estucada, desde sus levantamiento, pocos años después del cambio de Era. Die Monumentalisierung hispanischer Stadte zwischen Republik und Kaiserzeit, Madrid 1987, Munich 1990, 401. del Imperio, habría cabido esperar una estructura más compleja para la organización del frente escénico en el caso de que esta última reforma hubiese afectado también a su estructura. En este momento de fines del siglo ii, comienzos del m d.C. se generaliza en el Imperio el tipo mixtilíneo en el que las valvae se abren en exedras semicirculares ^°. Por el contrario, la scaenae frons del teatro italicense se caracteriza por una estructura sencilla, un muro único y recto, cuya tradición debe buscarse en modelos tardorrepublicanos que siguieron vigentes en época augustea, momento en el que comenzaron a incorporarse otros tipos que, poco después, se hicieron más populares y frecuentes. Por último, es necesario señalar que la scaenae frons no solamente tendría una función estructural. No hay que olvidar su importancia en la función del teatro en las ceremonias de culto imperial. Es en ella donde se concentrarían las miradas de todos los espectadores; allí estaba representada la familia imperial en forma de un amplio programa escultórico y, muy posiblemente, en otros recursos decorativos que no han llegado hasta nosotros. A pesar de la dificultad para reconstruir la decoración secundaria del muro de la escena, podemos afirmar que poseyó órdenes de columnas de menor tamaño que enriquecieron su fachada. Ya ha sido señalada la simplicidad estructural del frente escénico del teatro italicense, único y recto, que recurrió a la rotura de las líneas horizontales del podium y a una doble línea de elementos sustentantes (columnas y semicolumnas) para aumentar el efecto de perspectiva y profundidad. A lo anterior, puramente estructural, habría que unir también la presencia de mármoles polícromos (predominando el verde cipollino y el rosado) unido a los blancos veteados en gris, así como la posible inclusión entre una mayoría de fustes lisos de algunos ejemplares torsos y estriados, a fin de restar monotonía al conjunto. Su acabado se completaría con otra serie de elementos de los que, desgraciadamente, no se conserva ningún vestigio pero cuya presencia está de sobra documentada, en especial a través de las fuentes, como son pinturas (sobre el muro de fondo estucado), pinakes, tapices, etc., a los que se unirían los periaktoi que la representación precisara. -N.° = número de identificación en el catálogo; H = altura total; Hp = altura del plinto; Hti = altura del toro inferior; Hli = altura del listel inferior; He = altura de la escocia; His = altura del listel superior; Hts = altura del toro superior; Lp = lado del plinto; 0ti = diámetro del toro inferior; 0e = diámetro de la escocia; 0ts = diámetro del toro superior. -H (m.c.) = altura (máxima conservada); H imos. = altura moldura del imoscapo; H m.i.s. = Altura moldura inferior del sumoscapo; H m.s.s. = Altura moldura superior del sumoscapo; 0 imos = diámetro sector imoscapo; 0 cent. = diámetro sector central del fuste; 0 sum. = diámetro sumoscapo. ^' En ocasiones, para poder obtener un valor único para las medidas de los órdenes nos serviremos de medidas de tendencia central, que faciliten la comparación entre las diversas muestras. Se ha calculado la media aritmética de los valores de las piezas conservadas. Quesada, V.; Isidoro, A. y López, L.A.: Curso y ejercicios de estadística. A voluta = anchura de la voluta en su frente; espiral = relieve del ojo de la voluta con respecto a la superfície de la cinta de ésta. Véase figura 16b donde se indican el resto de medidas. -- H total = altura total de la hoja, cuando se conservan ima folia y summa folia se incluyen ambas medidas, en ese orden, separadas por una barra; A total = anchura de la hoja de acanto, se sigue el mismo procedimiento que en el campo anterior; Z sombra = altura media de las zonas de sombra; A hojitas = anchura de las hojitas de los lóbulos. Véase también figura 16b. Hojas de cáliz de caulículo de capiteles corintios canónicos A caída = anchura total de la caída de la hoja que soporta la voluta; A hojitas = anchura de las hojitas de los lóbulos; Z sombra = altura media de las zonas de sombra. Para el resto de medidas véase figura 16a. Como ya señala Vitruvio en el capítulo primero de su libro IV, existía toda una serie de normas que regulaba las relaciones entre las medidas de los elementos que componían los órdenes arquitectónicos. Referido al corintio enumera: El diámetro de la columna en su parte inferior será igual a la altura del capitel incluyendo el ábaco (0 imoscapo = altura capitel). La anchura del ábaco ha de ser tal que su diagonal tenga dos veces la altura del capitel (altura capitel = ¥2 diagonal del ábaco). La base del capitel tendrá la misma anchura que la parte alta del fuste, sin la moldura del sumoscapo. La altura del ábaco será la séptima parte de la altura del capitel (altura capitel = 7 veces la altura del ábaco). P. Pensabene ^^ ve en los preceptos de Vitruvio cómo el diámetro inferior de la columna era la medida normalmente sujeta a módulo. Según este autor, el primer punto anterior sería válido desde el período tardohelenístico hasta época augustea, mientras que a comienzos del siglo 11 algunas de estas medidas variarán: a partir de entonces en estos cálculos como altura del capitel se tendrá en cuenta tan sólo la de su kalathos, es decir, prescindiendo del ábaco. En los ejemplares de Ostia se ha observado la dificultad para poder establecer reglas al respecto ya que no encuentra una homogeneidad significativa ni siquiera entre piezas de un mismo edificio ^'^. La falta de adecuación a estos principios geométricos será especialmente notoria en el caso de la relación entre los capiteles y sus columnas. Esto sería así cuando los fustes, que llegaban semielaborados o incluso finalizados de las canteras, se hicieran coincidir con una serie de capiteles cuyas relaciones estarían muchas más veces sujetas a las necesidades particulares del edificio que a la adopción de idénticas y estrictas medidas ^^. Aplicando las siguientes fórmulas de propor-a) 0 superior = 2 altura (h) total b) Si altura (h) total = 3/3 => 1/3 = altura (h) moldura superior => 1/3 = altura (h) plinto Siguiendo las fórmulas anteriores se observa que gran parte de los ejemplares considerados (aquellos cuyo estado de conservación permite dar las medidas necesarias) se ajustan a ellas. Las basas que han sido identificadas como de los órdenes de la scaenae frons parecen ser bastante canónicas. En casi todos los casos la altura del plinto corresponde a un tercio de la altura total de la pieza. No ocurre lo mismo con la proporción sugerida para la moldura superior, obvio considerando que aquélla se refiere a un primer momento de preparación de las piezas, previo a su inclusión dentro de una determinada tipología que, en cada caso, responderá a diferentes medidas. En las basas áticas del primer orden de la scaenae frons el toro superior corresponde a un quinto de la altura total de la basa. * La basa con este símbolo es de pilastra por lo cual no tiene diámetro. Aplicando las siguientes reglas de proporción: a) altura basa (con plinto) = 1/205/90 inferior fuste = 1/20 ó 1/18 altura columna Estas proporciones las hemos podido comprobar tan sólo para el segundo orden de columnas de la scaenae frons que es del que conservamos al menos un ejemplar íntegro de cada uno de sus tres elementos: basa, fuste y capitel ^^\ Se comprueba que este orden se ajusta perfectamente a las proporciones sugeridas anteriormente. De esta forma, Aplicando la ratio anterior se puede reconstruir el módulo del capitel del primer orden de columnas del cual no se ha conservado ningún ejemplar completo: tendría una altura total aproximada de 60 cm (por tanto dos pies romanos). De nuevo aplicando las fórmulas para la relación entre el capitel y su fuste, el ábaco de aquél mediría aproximadamente 10 cm. De ello se obtiene que la altura del capitel sin el ábaco (es decir lo propio a partir de época augustea) es igual al diámetro del imoscapo de su fuste. Sería válida también en edifícios religiosos de Roma como el templo de Mars Ultor, de Adriano, de Divo Vespasiano, de Antonino o la fachada dei Panteon.'^ M. Wilson Jones, en cit (n. 95), 37, ve esta ratio como una de las principales en la articulación del orden corintio. La altura de la basa de este orden corresponde a 1/2 del diámetro del imoscapo de su fuste y a 1/18 de la altura total de su columna, considerando el capitel de 60 cm de altura. En este orden se mantiene la misma proporción que en el anterior: la altura de la basa es igual a 1/2 del diámetro de su fuste, si bien corresponde a 1/20 de la altura total de su columna. Aplicando las siguientes reglas de proporción ^^: a) I. (de época helenística a augustea). Altura capitel (con ábaco) = 0 inferior columna (imoscapo). II. (a partir de época augustea) ^'^. Altura capitel (kalathos, sin ábaco) = 0 inf. columna (imoscapo). b) diagonal del cuadrado del ábaco = 2 h capitel = 20 imoscapo. ^^ Para la aplicación de estas fórmulas en el templo de Barcino véase Gimeno, J.: cit. (n. "^^ Wilson Jones matiza que la altura relativa del capitel varía, pudiendo ser de 11/10 a 9/8 del diámetro inferior del fuste o en ocasiones también 1/9 de la altura de la columna. ^^ Altura total, sin scamillus, y sólo del kalathos, respectivamente. -Ratio columna (basa + fuste + capitel):
Clunia (Peñalba de Castro, Burgos). En este trabajo se propone una restitución del alzado del llamado templo de Júpiter de Clunia a partir de diferentes elementos arquitectónicos relacionados entre sí con un criterio estilístico y dimensional. Se valoran también algunos rasgos tipológicos de la planta, todo ello con el objeto de intentar enmarcar cronológicamente su construcción y al mismo tiempo de establecer una relación con otros templos conocidos en la parte occidental del Imperio romano. por P. de Paiol se orientaron básicamente a la limpieza y consolidación de la estructura del podio haciéndose evidente, entonces, la existencia de dos escaleras laterales que daban acceso a la parte superior. Se publicaron después sus resultados en algunos trabajos sobre el templo, si bien centrados fundamentalmente en el análisis de su planta ^. Su dedicación a Júpiter se viene comúnmente aceptando ya que su culto parece estar atestiguado tanto a través de textos ^ como de testimonios epigráficos ^ e, incluso, escultóricos ^. Se ha señalado, en algunas ocasiones, que pudiera tratarse de un capitolio ^, sin embargo, esta atribución no se puede deducir directamente a partir de los restos arquitectónicos. En efecto, los matices religiosos introducidos por la aparición del culto imperial y por los cambios de estatuto administrativo de las ciudades obligan a una lectura prudente de la tipología y de la organización espacial de los lugares de culto. En este sentido cabe señalar que además del culto a Júpiter, en Clunia tenía un lugar destacado el culto a Roma y Augusto, tal como testimonia la mención de su sacerdocio ^. El llamado templo de Júpiter de Clunia, como correspondía a su carácter de templo principal de la ciudad, ocupaba una posición dominante respecto a los edificios de su entorno: se ubicaba en el extremo sur del foro, elevado sobre un alto podio. En la actualidad lo único que se mantiene en pie de esta construcción es el conglomerado de argamasa y piedras que constituía el relleno del podio. La identificación de estos restos con el templo de Júpiter comienza a partir de las excavaciones que I. Calvo realizó en la ciudad en los años 1915 y 1916, quien en el lugar denominado «El Torreón» asoció los restos de la gran construcción con una fortificación medieval. Con posterioridad, dichos restos se pondrían en relación con el templo de Júpiter'.Las excavaciones realizadas en 1972 y 1973 148 M. ANGELES GUTIERREZ BEHEMERID y EVA SUBIAS PASCUAL AEspA, 73, 2000 ción realizada en 1915, la cual, sin embargo, plantea numerosas dudas ^. En los sondeos llevados a cabo por P. de Palol tampoco aparecieron elementos decorativos o arquitectónicos del templo ^. Son, por tanto, piezas sin un contexto arqueológico claro. Algunos fragmentos se encontraban depositados en la antigua hospedería. Existen, asimismo, piezas reutilizadas en la propia ermita del Castro y en alguna casa de Peñalba. Otras se han recuperado recientemente con ocasión de los trabajos que se están efectuando en el yacimiento en los últimos años. Hay que hacer notar, sin embargo, el hecho de que alguna pieza que se incluye como perteneciente al templo -un fragmento de cornisa de dentículos, en concreto-es mencionada por Palol como procedente del llamado aedes augusti ^°. No obstante, se ha podido comprobar que sus dimensiones resultan más acordes con el templo. Estos restos dispersos han sido sometidos, en primer lugar, a un detallado análisis que pone de manifiesto su coherencia estilístico-tipológica y su pertenencia a un grupo cronológicamente homogéneo. Seguidamente se han ponderado sus dimensiones y relaciones proporcionales de modo que se ha considerado que podían haber pertenecido a un mismo edificio. Pero el dato clave que ha servido en última instancia para establecer su pertenencia al templo de Júpiter radica en que todos los elementos guardan una relación adecuada con las dimensiones que ofrece un fuste, de 97 cm de diámetro aproximadamente, aparecido junto al templo. Hasta la fecha, ninguna otra estructura de la ciudad, siquiera la basílica o el llamado «templo tripartito», presenta soportes que encajen con estas dimensiones. El templo, en cambio, no sólo admite columnas de este tamaño sino que, como se verá, éstas resuelven su fachada. ^ Calvo menciona que «en el lugar denominado el Torreón, a dos metros de profundidad salió una gruesa capa de ceniza y debajo de esas cenizas encontramos una escalera de piedra sillar de 7 m de extensión y, caídos sobre sus cuatro gradas o peldaños, había seis fustes de otras tantas columnas de orden toscano», restos arquitectónicos que, como menciona después, fueron saqueados: I. Calvo, «En las ruinas de Clunia», RABM, 20, 1916, p. Esta referencia plantea dudas en cuanto al lugar exacto del hallazgo puesto que éste se encontraría a dos metros de profundidad, lo que descarta el podio del templo, por aquél entonces prácticamente al descubierto, pero la referencia a la escalera por el contrario, parece muy acorde con las dimensiones del templo. ^ P. de Palol, cit. nota 4, pp. 45-48: «No hemos dispuesto, tampoco, de ningún elemento ornamental completo; ni restos de fustes de columnas, ni de capiteles o frisos del entablamento.'° En el capítulo «Excavaciones en el Foro Romano de Clunia. 170, se señala un «fragmento de friso de dados de la cornisa superior de dimensiones bastante considerables» que no va acompañado de documentación gráfica. Los materiales que han posibilitado la restitución son varios fragmentos de capitel corintio junto con algunas ménsulas, casetones y dentículos a los que se añaden el fragmento de fuste citado, una pieza de apoyo de la basa que corrobora la medición del diámetro y tres más de acrótera'^ A estos restos arquitectónicos se añaden los datos que aporta la molduración del podio, tanto de la parte inferior como del coronamiento. La moldura inferior del podio, en gran parte restaurada, se puede seguir a lo largo de casi todo el perímetro. Caída a un lado, se conserva una losa que corresponde al coronamiento de modo que es posible la reconstrucción completa del perfil. Dicha moldura consiste en una kyma recta entre dos listeles. En el zócalo, apoyado sobre un plinto, se repite la kyma recta -invertida en este caso-, acompañada de una doble sucesión de listeles. Además, el fragmento de coronamiento presenta en la cara superior un resalte cuadrado que ha permitido formular la hipótesis de restitución de unos canceles para la plataforma frontal. No se conocen las basas. Entre todas las que pertenecen al yacimiento no se encuentra una modalidad que por sus características y dimensiones sea la apropiada para integrarse dentro de este conjunto. Calvo, en el artículo citado, mencionaba la aparición de columnas de orden toscano; no creemos, sin embargo, que el templo poseyera basas de esas características. Nos inclinamos a pensar que fueran áticas, con unos rasgos similares a las de la basflica, aunque de dimensiones ligeramente superiores. Según este paralelo, el perfil presentaría dos toros ligeramente desiguales separados por una breve escocia que apoyarían directamente sobre el estilóbato. El fragmento de fuste aparece liso, si bien cabe la posibilidad de que presentara un revestimiento de estuco y sus acanaladuras estuvieran realizadas en ese material. Los fragmentos de capitel, a excepción del que ha servido de base para determinar sus proporciones generales, son de pequeñas dimensiones. Aun así, permiten una aproximación bastante real al modelo y dimensiones del tipo de capitel corintio que debió de utilizarse en el templo ya que dos de los fragmentos son lo suficientemente explícitos como para permitir su restitución. El ejemplar de mayores dimensiones corresponde a parte del segundo registro, en concreto, al arranque de los cálices de los cau-" Se trata, en concreto, de un fragmento de fuste, tres de capitel corintio, dos correspondientes a las coronas y uno a la flor del ábaco. De la cornisa: cuatro fragmentos de dentículos, seis de ménsulas, tres de ellas bastante completas, junto con cinco casetones. Además, una acrótera angular y dos pequeños fragmentos. líenlos y al comienzo del cáliz central. Se trata de un capitel realizado en dos bloques que se unirían por encima de la orla de los caulículos. El segundo fragmento corresponde, asimismo, al cáliz de los caulículos y ofrece los mismos rasgos que el ejemplar anterior. Finalmente, un fragmento de flor de ábaco, con unas características específicas, que encaja perfectamente con esta modalidad de capitel. Los materiales de mayor entidad corresponden a la cornisa. Se trata de un conjunto amplio y uniforme que ha permitido su restitución puesto que existen elementos suficientes para completar su perfil. Éste, de abajo arriba, comprende un talón liso que serviría de unión con el friso, rematado en un pequeño baquetón. A continuación, un listel y la zona correspondiente a los dentículos, repitiéndose la misma molduración que en la zona inferior. En el registro medio se sitúan los casetones y las ménsulas alternando. Una corona lisa seguida de la sima perfilada en una kyma recta remata la cornisa en la parte superior. Se desconocen, al menos por el momento, restos arquitectónicos que se puedan relacionar sin lugar a dudas con el arquitrabe o con el friso del templo. Podemos aventurar que se trataría de un arquitrabe a tres bandas, de altura decreciente hacia la base, puesto que éste es el esquema que se impondrá desde fines del s. I a.C. tal y como se puede comprobar a través de diferentes ejemplos: la Basílica Emilia, el templo de Apolo in circo, el de Mars Ultor, el templo de Vienne o la Maison Carrée. En todos los casos, cada una de las fasciae está coronada por un kymation ^^. Es posible que el arquitrabe cluniense no presentara decoración ya que, como se ha visto en la cornisa, la tónica d'ominante es la de no ofrecer motivos decorativos en los diferentes perfiles. En lo que al friso respecta, existen en el yacimiento algunos fragmentos con decoración vegetal -guirnaldas, concretamente-si bien no puede asegurarse su adscripción a este edificio. Se trata de piezas de reducidas dimensiones y bastante deterioradas que imposibilitan un análisis estilístico detallado lo que permitiría, al menos, establecer una relación cronológica con los restantes elementos del templo. Los fragmentos de mayor entidad, igualmente escasos, corresponden a un momento posterior, plena época julio-claudia o comienzos de la flavia. En cualquier caso, debería tratarse de un friso decorado con guirnaldas de acanto ya que es la decoración más extendida en los momentos en los'^ PGros, Aurea Templa. 137. que se sitúa la construcción del templo y la que muestran la mayoría de los ejemplos mencionados a propósito del arquitrabe. Por ultimo, además de las piezas indicadas, se ha encontrado una acrótera angular, bastante completa, y otros dos pequeños fragmentos correspondientes a sendos remates superiores. ANÁLISIS DE LOS ELEMENTOS ARQUITEC-TÓNICOS El análisis pormenorizado de los diferentes elementos arquitectónicos que conforman el templo permite su integración, tanto estilística como formal y cronológica, dentro de las corrientes artísticas que dominan en el imperio durante la época augustea y los primeros momentos de la tiberiana, tal y como se verá a continuación. Los elementos claves a la hora de obtener los datos más relevantes para determinar su filiación estilística y cronológica son los que proporcionan la moldura del podio, el acanto de los capiteles y el perfíl de la cornisa. En lo que al podio respecta (fìg. 1), las molduras que configuran su perfil son muy sencillas y están en relación con la simplicidad que ofrecen todos sus elementos. Como ya se ha señalado, la moldura principal consiste, tanto en el coronamiento como en el zócalo, en una kyma recta, en posición invertida en este último, acompañada por listeles. El empleo de la kyma recta se remonta a finales del s. ii a.C, como consecuencia de la recesión que sufre la utilización de la kyma reversa tanto en Roma como en Italia a partir de esos momentos, si bien su presencia se mantiene en algunos lugares, en la Narbonense, por ejemplo, hasta los comienzos de la época augustea *^. Es frecuente que la kyma recta se acompañe tanto en el zócalo como en el coronamiento de otras molduras. En este sentido, las molduras de la parte superior del podio van a ir adquiriendo paulatinamente una mayor complejidad ya que su configuración reflejará la estructura de una auténtica cornisa. No hay, sin embargo, una regla fija en cuanto al tipo de molduras que pueden acompañar a la kyma recta dado que éstas pueden variar de unos edificios a otros. El perfil del zócalo estará en consonancia, a su vez, con el del coronamiento desde el momento que las molduras principales se repiten en ambos casos, si bien en el zócalo habrá molduras que hagan referencia a su función específica, tales como el N ^. Coronamiento Zócalo plinto o el toro''^. Vemos como en el caso cluniense se cumplen también estas premisas ya que se repite exactamente la misma molduración en la base y en el coronamiento. En cualquier caso, la kyma recta se impone como elemento central de un gran niimero de perfiles cuya datación se sitúa entre la época tardorrepublicana y la augustea. Así, por ejemplo, en el templo del Divo lulio, en el de Apolo in circo, en el de Mars Ultor o en la Maison Carrée entre otros ^^ En la Península Ibérica encontramos dos ejemplos que participan de similares características en sus respectivos podios y de análoga simplicidad de molduras. Se trata, en concreto, del templo de Barcelona'^ y del de Diana en Mérida ^'^\ en ambos casos y, en especial en el emeritense, con una datación próxima a la del templo Clunia. VI e y VII a.' ^ R. Amy y P. Gros, La Maison Carrée de Nîmes, Supl. Análisis de la decoración arquitectónica», Cuadernos de Arquitectura Romana, I, 1992, lám. 1,3.' ^ J.M. Alvarez Martínez, «El Templo de Diana», Cuadernos de Arquitectura Romana, I, 1992, láms. A partir de los fragmentos de capitel recuperados se ha podido restituir el modelo de capitel corintio utilizado en el templo (figs. 2 y 3). El kalathos muestra dos coronas de hojas de acanto correspondientes aproximadamente a la mitad de la altura total del capitel. La articulación de la hoja se efectuaría en cuatro o cinco lóbulos de hojitas lanceoladas, con zonas de sombra en forma de gota inclinada, seguida de un triángulo curvo en el punto de contacto de las Sin embargo, creemos que en este caso, sería mas acertado pensar en una modalidad de acanto mas evolucionada, de corte naturalista, si bien manteniendo ese geometrismo en la realización de los cálices de los caulículos. En este sentido, hay que señalar la existencia de otro capitel cluniense, bastante completo, que combina la presencia de un acanto, en cierto modo naturalista en el kalathos, junto con los motivos geométricos citados en el cáliz de los caulículos ^^. Desde el punto de vista cronológico esta modalidad de acanto se adecúa mejor con respecto a la datación que proporcionan el resto de los elementos arquitectónicos del templo que, como ya adelantamos, nos sitúan en época tiberiana. El acanto simétrico es el que domina en la decoración arquitectónica de un buen número de construcciones tanto de Roma e Italia como de otros ambientes provinciales a partir de los comienzos de la segunda mitad del s. I a.C, para dejar de utilizarse en torno al cambio de era, momento en el que será suplantado de forma definitiva por el denominado acanto disimétrico o naturalista, si bien este último es, en parte, contemporáneo del anterior ^°. De hecho, hay un periodo de tiempo en el que en un mismo edificio se combinan ambas modalidades; así sucede, por ejemplo, en la Puerta de Augusto en Nîmes o en el parascaenium del teatro de Arles ^'. En cualquier caso, capiteles similares a los clunienses son harto frecuentes en todo el mundo romano; así, los capiteles de la Basílica Emilia o los del templo de los Dioscuros en Roma ^^, los del Arco de Sergio en Pola ^^ algunos de Ostia ^^, o los de la Maison Carrée ^^, Arles ^^ o Saintes ^^. La Península Ibérica ofrece, asimismo, numerosas piezas análogas cuya datación se sitúa entre las épocas tardoaugustea y la tiberiana ^^. El sistema que se ha utilizado en la confección del capitel, dos bloques que se unen por encima de la orla de los caulículos, es un rasgo que se manifiesta en época augustea y que presupone el trabajo de canteros poco habituados a los esquemas del capitel corintio. El análisis detallado de la cornisa será el que nos permita acercarnos mejor a su encuadramiento tipológico y nos proporcione una mayor precisión a la hora de establecer su datación definitiva (fig. 4). La cornisa se presenta tallada en tres bloques independientes: el registro inferior, del que forman parte los dentículos, un bloque central constituido por los casetones y las ménsulas junto con la corona y, finalmente, la sima, moldurada en una kyma recta, que supone el remate final de la cornisa. La subcornisa está constituida por un talón que serviría, a su vez, de elemento de unión con el friso. No ofrece ningún tipo de ornamentación y se ría de los casos las molduras que acompañan a los dentículos se decoran con diferentes kymatia. Así, la presencia de un cuarto bocel -decorado con un kyma jónico, sobre los dentículos en el paso de la subcornisa a la cornisapuede considerarse como un elemento relativamente canónico, que se documenta, entre otras, en las cornisas del Foro de Augusto o en las del templo de la Concordia. A veces el kyma jónico es sustituido por el tipo lésbico -Templo de Roma y Augusto en Ostia-o bien los dentículos se disponen entre dos kymatia lésbicos diferentes ^^. No es, en absoluto, excepcional el que las molduras comparezcan lisas y así ocurre en varios edificios de época protoaugustea como son el templo del Divo lulio o el de Saturno ^^. El hecho de que las molduras que acompañan a los dentículos se presenten lisas o decoradas no está en relación, sin embargo, con la utilización de un tipo concreto de ménsula sino que es aplicable a las distintas variantes que se desarrollan a lo largo de la época agustea. Es decir, son diferentes soluciones que hacen referencia a esta fase de experimentación que caracteriza a la arquitectura augustea ^^. La forma de los dentículos clunienses presenta ciertas analogías con los del templo de Mars Ultor ^^ y coincide también con la que Wegner señala para el templo de la Concordia ^^. La parte central de la cornisa se decora con ménsulas y casetones alternando. Las ménsulas (figs. 6 y 7) ofrecen un perfil en forma de S horizontal, con doble voluta, la posterior bastante más desarrollada, rematándose en un pequeño balteo en el frente apoyado sobre la parte superior de la hoja. Los lados están perfilados por un canal cóncavo, con los márgenes en resalte que, siguiendo el contorno de la ménsula, dibuja las volutas. El centro de cada voluta se decora con un sencillo motivo en aspa. La parte inferior de la ménsula muestra una hoja lisa que, en algunos casos, presenta nervadura central por lo que se combinarían las dos variantes. Esta modalidad de ménsula se inscribe dentro de los tipos que se desarrollan fundamentalmente durante las épocas tardoaugustea y tiberiana, siendo el final de una evolución que puede seguirse a través de diferentes ejemplos en el ámbito romano. Se tra-ta de un tipo de ménsula que comenzaría su desarrollo en los primeros momentos de la época augustea presentando una débil curvatura posterior y el frente recto, tal y como puede verse en el templo de Saturno o en la Regia, para ir adoptando un ligero engrosamiento central -templo de Mars Ultor-, hasta adquirir su forma definitiva, con doble voluta de diferente desarrollo, en el templo de Castor y en el de la Concordia, desplazando a los otros tipos e imponiéndose esta modalidad en épocas sucesivas ^^. El perfil que ofrecen las ménsulas del templo cluniense permite una clara vinculación estilística con las documentadas en el templo de la Concordia; en nuestro caso, una vez más, con una forma más sencilla, sin ningún tipo de ornamentación. Vemos, por ejemplo, como las rosetas que ocupan las volutas en las ménsulas del templo de la Concordia se limitan aquí a sendas aspas. Las ménsulas se separan por espacios prácticamente cuadrados, sin que puedan considerase como auténticos casetones ya que no se presentan delimitados en sus cuatro lados (figs. 8 y 9). El enmarque del casetón se efectúa mediante una moldura lisa, en forma de gola invertida, que se desarrolla en torno a las ménsulas y el fondo, dejando libre el frente. Estos espacios cuadrados están ocupados, al menos, con dos tipos de flor a juzgar por los fragmentos encontrados. Se trata, en un caso, de una flor formada por una corola de seis grandes pétalos lanceolados, ligeramente apuntados, que se disponen en torno a un botón central, siguiendo las diagonales del casetón. Tanto el margen externo como la nervadura se delimitan mediante una profunda incisión. Las rosetas son motivos decorativos frecuentes en los casetones de las cornisas augusteas y julio-claudias; con una o dos corolas de pétalos, siguiendo siempre las diagonales del casetón, a partir de los modelos establecidos en el Foro de Augus- to"^'. La segunda modalidad consiste en una girándola, de factura poco naturalista. La girándola, por su parte, se inserta dentro de los tipos derivados de la tradición tardorrepublicana con una gran popularidad en épocas posteriores. Son, por lo tanto, numerosos los ejemplos análogos a los clunienses'^^. El remate final de la cornisa, con la corona lisa y la sima perfilada en una kyma recta, sin elementos decorativos, es otro rasgo que manifiestan las cornisas de época augustea "^^ Por lo que se refiere a la acrótera (figs. 10 y 11), sus dimensiones hacen pensar en su pertenencia a' *' P. Pensabene, cit. nota 12, pp. 135 un edificio templar mas que, por ejemplo, en el remate de un monumento funerario. Se trataría, en suma, de la decoración de uno de los vértices del frontón. La pieza mayor corresponde a una acrótera angular, que adopta la forma de una semipalmeta. Se apoya sobre una base lisa, con un elemento central, triangular y liso, a partir del cual se desarrollan largos lóbulos rematados en espiral. Los otros dos fragmentos corresponden a remates de sendas espirales. Ejemplos similares son abundantes tanto en la Galia ^ como en el norte de Italia'^^. Si bien es relativamente fácil encontrar en el mundo itálico ejemplos de cornisas que puedan paralelizarse con las clunienses, no sucede lo mismo dentro del ámbito hispano, ya que son escasos los perfiles completos conocidos de cornisas que se sitúen cronológicamente entre la época medio, tardoaugustea y los comienzos de la imperial. Los ejemplos más próximos -templo de Barcelona o de Diana en Mérida-apenas sirven en este sentido. Únicamente el templo de Barcelona muestra algunos motivos decorativos -girándolas-que guardan un cierto parentesco con las clunienses, si bien teniendo en cuenta que estas últimas son posteriores. Sin embargo, en lo que se refiere a la configuración general del perfil de la cornisa -modalidad de ménsula-se sitúa en un estadio anterior, menos evolucionado que el cluniense. En este sentido, podría citarse la cornisa del teatro de Tarragona, aunque la forma de las ménsulas y la realización de los motivos florales de los casetones correspondería a un momento anterior'^^. Lo mismo cabe señalarse con respecto a un fragmento de cornisa procedente de Carteia, cuyo tipo de ménsula se situaría entre la del templo de Barcelona y la de Clunia ^\ Mayor aproximación tipológica presentan varios fragmentos procedentes de Córdoba, si bien realizados en mármol y de menores dimensiones, que se fechan entre la época tardoaugustea y la tiberiana' ^^. Como hemos tenido ocasión de comprobar, el modelo para la cornisa del templo cluniense se encuentra, pues, en la arquitectura tardoaugustea fun-"^"^ G. Ch. 124 Del estudio de los diferentes elementos del templo, tan-i to tipológicos como decorativos, se deduce un marco cronológico global que comprendería desde la época augustea a los primeros momentos de la tiberiana. En este caso concreto, creemos que los comienzos de la época tiberiana podría ser la adecuada para considerar el momento de la construcción del templo de Júpiter. Esta datación concuerda, a su vez, con otros materiales que ha proporcionado la ciudad y que viene a corroborar una importante actividad edilicia ya desde estos momentos iniciales. El templo cluniense sería, en definitiva, una buena muestra de la recepción de los modelos oficiales, urbanos, y de su interpretación en un ambiente provincial. Actualmente, gracias a la presencia de la moldura inferior del podio, es fácil leer a grandes rasgos la planta del edificio a pesar de que los puntos de unión de los muros no se acabaron de completar en el momento de la restauración, posiblemente por un prurito de rigor. La planta que se dibujó del templo en aquel momento sugería la posición de los ángulos con línea discontinua, un dato constructivo que todavía se aprecia con bastante nitidez en el relleno de caementicium. A partir de aquí, y de nuevas mediciones, se obtiene una silueta del podio con unas dimensiones y proporciones (fig. 12) similares a las de otros templos coetáneos de gran tamaño. Nada más se puede asegurar respecto a la distribución de volúmenes, tan sólo planteada en la figura como elemento de comprensión. No es posible, por ejemplo, establecer la profundidad de la pronaos y de la celia, si bien las dimensiones del podio sugieren una proporción de 1:2 entre el ancho y la profundidad del edificio. Lo que no ofrece ninguna duda en cuanto a su pertenencia al proyecto original es la peculiaridad tipológica de presentar un podio absidado. Si la apa- rición de ábsides al fondo de la celia, situados en posición axial, tal y como aparece en el templo de Venus Genitrix o en el de Mars Ultor -entre otros-, se remonta a la época cesariana, hay que hacer notar, sin embargo, que en los citados casos la curvatura no se refleja en la fachada, como sucede en el ejemplo cluniense, sino que se trata de templos sine posticum. Sólo con la reorganización religiosa de Augusto, se dan templos con ábside marcado, la mayor parte de las veces relacionados con el concepto de Fortuna ^'. Y en estos casos, el ábside sólo remata la celia pero no el podio. Su presencia en el templo de Clunia representa un caso aparentemente anómalo en un panorama tipológico que, sin embargo, tampoco permite hablar de ortodoxia. Por eso, la concreta atribución religiosa del templo, tal como subrayábamos al principio, se deberá avanzar, en otra sede, a partir de un razonamiento más global que supere los enfoques tipológicos más rí-gidos. El ábside, la presencia de una plataforma intermedia, el acceso posterior a la fachada, son tres datos a conjugar no sólo para entender las características del culto, sino de la propia configuración de la plaza foral ^^. En cuanto a la restitución de los elementos del alzado del templo, lo que se ha valorado fundamentalmente es la disposición y el número de columnas de la fachada, al poner en relación el diámetro con la anchura del podio. Además, se han valorado las dimensiones de los elementos arquitectónicos para comprobar su adecuación a las relaciones proporcionales usuales y para proponer una restitución gráfica cuya finalidad principal es ofrecer una imagen expresiva del aspecto del templo en su concepción original. Los datos obtenidos conjugando la teoría y la realidad arqueológica han permitido descartar una configuración hexástila y pseudoperíptera que daría como resultado una fachada excesivamente comprimida. Se propone, pues, una fachada próstila y tetrástila con un ritmo éustilo para la columnata. Para comenzar, como veíamos, el podio no consiste en una estructura rectangular simple sino que presenta un ábside posterior. La valoración de las dimensiones y del ritmo de las columnas, que veremos a continuación, obliga a descartar una solución pseudoperíptera ya que las pilastras o semicolumnas adosadas, con dimensiones necesariamente proporcionadas a las de la fachada, no podrían completar su recorrido por la parte posterior, es decir, en el perímetro del ábside. Esta razón lleva a pensar que el templo se entiende mejor como simplemente próstilo. Para trabajar con la anchura de la. pronaos, se ha tenido que partir de las dimensiones del podio a ras del suelo de la plaza e ir deduciendo, por sustracción de las medidas supérfluas, cuál podía ser la superficie útil para el asiento del templo unos metros más arriba. La dimensión más precisa de la que partir la aportan los extremos de la plataforma porque tras varias mediciones se ha comprobado que el resto del podio presenta una ligera deformación. El ancho de la primera plataforma, con 19,60 m en total, alcanza los 18,65 m sin las molduras y retranqueos de cada lado, mientras que el ancho de la segunda plataforma arroja una dimensión de 12,42 m, descontando igualmente las molduras respectivas ^^ 5' P. Gros, cit. nota 12, pp. 124-143. ^^ Uno de estos rasgos -escaleras de acceso lateral-se documenta en varios templos de Lusitânia: Marida, Évora, Miróbriga, Egitania, fechados en los comienzos de la época imperial: Hauschild, T., en: Hispânia Antiqua. El límite de esta última superficie suele coincidir (aunque también es frecuente la presencia de un peldaño adicional) con el canto del plinto de la columna o, en su defecto, con la tangente de la basa. De modo que la celia tendría que encajar en un rectángulo de 42 p de ancho como máximo. Por otra parte, la traducción a pies romanos de los 0,97 cm de diámetro del fuste arrojan como cifra más ajustada la de 3 V4 p (0,962 cm). Lo cierto es que dicha medida podía ser incluso superior puesto que los fustes de los edificios religiosos de este momento acostumbraban a ser acanalados, lo que en este caso se conseguiría con un acabado de estuco. De modo que no tenemos la seguridad de que ésta fuera la cifra precisa que serviría para proporcionar el orden completo. Además, quedaría pendiente una discusión todavía más sutil acerca del punto de medición del diámetro de la columna ^^. Aunque esta dimensión aparezca en las dos citadas piezas, lo que sugiere que es significativa, hemos de considerar la posibilidad de que el diámetro final de la columna fuera mayor. Si además observamos que los 42 p de ancho del podio son un múltiplo exacto de un módulo de 3 Vi p podemos avanzar la hipótesis de que el diámetro final de la columna estucada se ciñera a dicha cifra en pies romanos. Se trataría de la división del podio entre 12 partes iguales, algo adecuado al sistema de medidas romano y que proporciona un método simple de replanteo. Nos encontramos pues ante una cuestión importante: ¿a partir de cuál de las dos medidas posibles se habrá proporcionado el orden del templo? ¿A partir del diámetro sin el acabado de estuco o a partir de la dimensión final? Lo cierto es que no se puede trabajar directamente a partir de los 42 p del podio puesto que los sistemas de distribución de las columnas, tal como cambio, en una distribución tetrástila el ritmo de la columnata se situaría entre los llamados sístilo y diàstilo. Descartados tanto el ritmo diàstilo, puesto que no tiene cabida en el ancho del podio, como el sístilo, ya que no lo ocuparía del todo, nos queda otra posibilidad dentro de las normas: el ritmo éustilo. Vitruvio refiere que en dicho ritmo se da un espaciamiento mayor en las columnas centrales lo que deja la suma de módulos como sigue: 4D + 2 (2 VA D) + 3D= 11!/2 D, donde D es el diámetro de la columna ^'^. Vale la pena notar que esta distribución se ajusta perfectamente a un podio de 42 p de ancho que soportara cuatro columnas de 3 Vi p con basas sin plinto, puesto que añadiendo el espacio sobresaliente de las basas en los dos lados {Vi D), se obtiene una distribución de la longitud en 12 partes iguales, sistema que hemos visto operativo para el templo de Clunia. Si quisiéramos verificar el funcionamiento de esta disposición para el caso de un fuste de 3 Í4 p de diámetro, sin plinto, no estaríamos ante la situación descrita ya que el espaciamiento sería bastante más complicado y sobrarían 3 p en total ^^ En caso de querer seguir fieles a estos datos, deberíamos imaginar que la tangente de la basa, o el lado del plinto en su caso, no quedaban perfectamente alique los ritmos que transmite Vitruvio no siempre fueron respetados y que muchos de los templos de la ciudad de Roma se ciñen sólo aproximadamente a ese ritmo (por ejemplo Venus Genitrix, Divo lulio, Apolo Sosianus, Castor y Pollux) pero no conocemos ningún caso en que el intercolumnio sea tan netamente inferior a 1 1/2 diámetros. La Maison Carrée de Nîmes presenta un intercolumnio que se encuentra entre el ritmo picnóstilo y el sístilo. R. Amy y P. Gros, cit. nota 15, p. En total 39p de estilóbato necesario. neados con la vertical del podio útil, sino algo desplazada, a cada lado, hacia el interior. Numerosos templos presentan este nuevo escalón por encima de la cota final de la moldura superior del podio que es el que ejercería de verdadero estilóbato. Una solución que lejos de ser descabellada, proporcionaría al edificio un aspecto más elegante. Por lo tanto aunque la modulación basada en 3 Vi sea más simple, el resultado también es más torpe (fig. 13). Esta disyuntiva acerca del diámetro no es ociosa sino que condicionará también el razonamiento que nos permitirá proponer la restitución en alzado de la columna y de la fachada completa. En efecto, la altura de la columna está relacionada con su diámetro y con el ritmo de su disposición. A partir de la teoría vitruviana, sabemos que en el ritmo éustilo, la columna vale 10 1/6 su diámetro inferior ^^. Pero sabemos también que la teoría no se verifica casi nunca literalmente ^^. De hecho, las mediciones que Wilson Jones ha efectuado sobre numerosos templos corintios, pone de manifiesto, como criterio muy extendido a partir de la época de Augusto, lo que él llama la norma del 6:5, un sistema de proporción entre la altura de la columna y la del fuste que según el autor no es compatible con la teoría vitruviana. Así, la relación entre diámetro y columna oscila entre el 1:10 y 1:8 en función de otros criterios difíciles de precisar, entre los cuales no puede ser despreciable el problema de la medición del diámetro inferior ^\ Así las cosas, debemos abandonar el terreno de una restitución que carece de suficientes elementos arqueológicos y seguir adelante con la construcción de un alzado, ya no hipotético, sino simplemente expresivo. Para lo cual, hemos trabajado con las dos series de cifras para ver cuáles confluyen en un dibujo con mediciones más coherentes. El objeto de este ejercicio no es tan sólo didáctico: se trata de comprobar grosso modo si la atribución de los fragmentos encontrados queda avalada por medio de su ^^ Según Vitruvio (111,3,10), cada ritmo conllevaría una proporción definida entre la altura de la columna y su diámetro inferior. Así por ejemplo, en el orden jónico, el ritmo picnóstilo exigiría una proporción de 10:1 y el éustilo 9,5:1. Pero en el caso corintio, y puesto que el capitel niedirá en altura lo mismo que el diámetro inferior, la altura de la columna en el ritmo picnóstilo sería de 10 2/3 de módulo, y en el éustilo de 10 1/6. Véase R Gros, cit. nota 54, pp. adecuación en cuanto a medidas. En concreto, verificar si los fragmentos de capitel y de comisa, cuya valoración estilística se desarrolla en otro apartado de este artículo, también apuntan a su pertenencia al templo, analizados desde el criterio dimensional. Por ejemplo, el fragmento mayor de capitel, que corresponde a algo menos de la altura total del segundo registro, presenta una altura de 45 cm lo que proporciona una dimensión total que oscila entre los 95 y los 100 cm, lo que viene a coincidir con las del diámetro de la columna en cualquiera de las dos opciones (3 Vi o 3 V4 p). Por otra parte, la altura de la cornisa alcanza unos 74,5 cm. La proporción entre arquitrabe-friso-cornisa es variable, si bien la altura del entablamento en su conjunto viene a equivaler aproximadamente a la cuarta parte de la altura total de la columna ^^. Teniendo en cuenta estos datos se ha podido deducir que la altura total del entablamento estaría comprendida entre los 2,40 y los 2,60 m. El cálculo del frontón, para el que no hay recetas documentadas en las fuentes, arroja entre los 2,50 m y los 2,70 m ^^. A veces, la acrótera propor^ ciona también un indicio de la altura del frontón ya que suele ser equivalente a la mitad del mismo. El fragmento hallado mide, incompleto, cerca de 1,20 m, pero el elemento original alcanzaría sin problemas 1,40 m lo que aboga por la dimensión más grande del templo. Si recapitulamos la propuesta comparando la teoría de las proporciones con los elementos arqueológicos constatados, veremos que tanto el entablamento como el frontón restituidos a partir de fragmentos se encuentran en la franja de dimensiones correctas. Pero el templo no termina con la celia y la pronaos sino que cuenta con una plataforma intermedia respecto a la cual se adoptará el mismo método gráfico y numérico de aproximación al alzado. Al dibujar la sección longitudinal del macizo del caementicium en su estado actual, se apreció con claridad el punto de inflexión entre dos niveles que podían es-62 Ibidem, p. 48. ^•^ La cifra propuesta se deduce a partir de un cálculo más complejo. Se trata de una aproximación a la cual llegaremos de forma gráfica a partir del dato que proporciona un fragmento de sima y a partir de la suma de la altura de ésta a la cornisa, que arroja una altura de 1,10 m. La conjunción de estos elementos, en el templo de Clunia, define un ángulo de 45° con la vertical del entablamento, de modo que la cubierta se proyecta en la misma medida. Para obtener la altura del frontón sin la sima, en la Maison Carrée de Nîmes se divide la longitud de la cornisa (sin sima) por 6. Para rematar la cubierta sólo faltaría añadir la altura de la sima. tar delatando la distribución antigua de las plataformas (fíg. En vista de los datos recogidos ^' ^, resulta tentador redondear en 14 p la altura del podio, con dos niveles de alturas tal vez ligeramente diferentes. Al término de este procedimiento de tanteo, tenemos la sensación de no hallarnos muy lejos de los planteamientos globales del templo. Máxime cuando comprobamos que la base de la plataforma y la altura total del edificio con podio también quedan proporcionadas ya que dibujan aproximadamente un cuadrado. Existiría sin duda una relación entre la planta y el alzado, en dos aspectos: la proporción del propio edificio templar y la relación entre éste y el podio. El primero vendría dado por las proporciones del orden, pero el segundo, que incluye la altura de la plataforma sería específico para cada caso. Restaría por meditar sobre el módulo aplicado. ^ Actualmente la cota mas elevada del macizo se encuentra a 3,70 m del arranque de la moldura inferior del podio. Son unos casi 13 p pero desde luego habrá que contar con el desgaste y con la ausencia de elementos de revestimiento y pavimentación, para poder apreciar hasta que altura llegaba el podio o el suelo de la pronaos en el caso de que existiera un último escalón entre ambos. La plataforma intermedia se situaría tal vez algo más arriba de a la mitad de dicho alzado. Concretamente a una altura mínima de 2 m. basado en el diámetro de la columna con o sin estuco (3 Vi o 3 Í4 p). Vemos por ejemplo que entre los 42 p de ancho del podio y los 63 p de ancho de la plataforma existe una relación de V^. Ambas cifras son un múltiplo de 3 Vi p. Da la impresión que el módulo de planteo general se base en dicha cifra. De hecho, con el diámetro de 3 Vi se obtiene una altura final muy próxima al ancho de la plataforma. Sin embargo para obtener esta dimensión, se habría usado una columna con un núcleo inferior, que por lo tanto habría tenido que ser tallada según otras proporciones de las que les serían propias y soportar un entablamento y una separación que no serían los adecuados. En cambio, con una modulación basada en 3 VA p, la distribución de las columnas resulta más elegante (fig. 15) y además, se habría obtenido una altura final cercana a los 63 p, el ancho de la gran plataforma sin contar las molduras. Una cifra que además de estar relacionada con el ancho podio, también se puede entender como la suma de 18 módulos de 3 Vi p. El conjunto entonces podría entenderse como un sistema donde la plataforma mediría 4 módulos, la columna 10 módulos y el entablamento más el frontón, nuevamente 4 módulos de 3 Vi p. La altura del templo sería de 14 módulos de 3 Vi p aunque en realidad, se habría desarrollado a partir de unos 15 módulos de 3 VA p. Si esto fuera cierto, estaríamos delante de una combinación de dos sistemas modulares que tampoco debería sorprender porque en realidad el replanteo general no tiene por qué condicionar el módulo aplicado al alzado del orden. Ciertamente las mediciones de las que partimos están lejos de ser precisas y se han tomado determinadas opciones, como la proporción de la columna o del entablamento, en última instancia de forma arbitraria. Quedaría además por resolver el problema del efecto de achatamiento producido por la adición de las acanaladuras a un fuste cuya altura se ha calculado en función del diámetro del núcleo sin revestimiento. Todo ello, unido a que la apreciación de los módulos sólo puede proceder de un análisis detallado de todos los elementos, significa que, tal como apuntábamos, no estamos haciendo más que una restitución que pretende ser expresiva.
Moneda de bronce tardorromana. Los tesoros y depósitos que se forman con las líltimas acuñaciones a nombre de Teodosio y sus hijos conforman uno de los horizontes de acumulación de numerario más nutrido de la Hispânia antigua. Formando parte de él se encuentra un grupo mayoritario de depósitos de aes, pero también una importante lista de conjuntos de solidi de Arcádio y Honorio, que marcan el momento de inmovilización de la masa monetaria que circula en gran parte de la península Ibérica en los decenios iniciales del siglo V En este artículo nos ocupamos del estudio de uno de los tipos más característicos de depósitos formados con denominaciones de bronce: aquél que incluye preferentemente en su composición las monedas de módulo aes 2 -maiorinae-acuñadas hasta el año 395. La distribución desigual de este tipo de evidencias sobre el conjunto de Hispânia nos da pie para abordar el problema de la compartimentación económica del territorio, así como la determinación de los cauces probables seguidos en su distribución. This paper studies the most typical of the hoards formed with bronze coins: that which prefera-Este trabajo ha sido realizado con el apoyo de una beca de investigación del Departamento de Educación del Gobierno Vasco. Una primera versión del mismo, mucho más breve, fue presentada al Convegno internazionale «Vita e sopravvivenza delle monete antiche», Ravello, 1990 (no publicado). El autor agradece los comentarios y críticas de los profesores Javier Arce y Ramón Teja, así como las informaciones suministradas por Miguel Figuerola [URL] León), Teresa Marot (Gab. Numismatic de Catalunya), Raquel Gil (Univ. de Córdoba) y António Faria (IPA, Lisboa), especialmente útiles en la confección de los apéndices que acompañan al texto. El sistema monetario romano de los últimos decenios del siglo IV, si bien se encontraba estructurado preferentemente sobre la acuñación de valores en oro, mantenía aún viva la producción regular de una amplia gama de denominaciones en metal vil (básicamente cobre), utilizadas, como había sucedido en épocas pasadas, en las más diversas operaciones de cambio. Su origen seguía estando en un grupo relativamente numeroso de cecas, repartidas a lo largo del Imperio según criterios que tenían que ver sobre todo con las necesidades y conveniencias de la propia administración. En los años 390 eran doce las monetae publicae que se encargaban aún de la producción de los valores fraccionarios básicos. Conformaban una red paralela a la más restringida de las cecas comitatenses -a lo sumo uno o dos talleres que trabajaban simultáneamente en los dominios administrados por un Augusto-en las que se centralizaba la acuñación del oro y la plata K Dentro de lo que podríamos llamar el sistema de la moneda fraccionaria o menor, el escalón superior de las denominaciones acuñadas en esta época estaba ocupado por lo que hoy conocemos como aes 2 (fíg. 1), una moneda de bronce que carecía ya de enriquecimiento argénteo y que era acuñada teóricamente a 1/60 de libra (5,38 g). En este sistema de denominaciones se incluían además dos tipos predominantes de pequeños módulos: el aes 3, emitido a una talla teórica de 1/120 o 1/132 de libra, y el aes 4 producido a 1/240 de libra. Al igual que había sucedido en otros momentos del siglo iv -empezando por la Tetrarquía-en los que se intentó recrear un sistema de valores múltiples, el aes más pesado recibió el nombre común de maiorina, maior nummus o maior pecunia atendiendo a su situación en la escala de las denominaciones acuñadas -. En contenido metálico representaba aproximadamente el doble y el cuádruple de los otros dos valores. Su producción, reiniciada por Graciano entre los meses finales del 378 e inicios del año siguiente, quedó interrumpida en todo el Imperio hacia el 386, para conocer un renacimiento posterior en las cecas orientales, entre el advenimiento de Honorio y la muerte de Teodosio I (393-395) ^ Es precisamente este último estadio en la producción regular de la maiorina el que ahora nos interesa, por ser uno de los que mejor se encuentra representado entre los hallazgos monetarios que periódicamente afloran en Hispânia. Hispânia es pródiga en el hallazgo de depósitos teodosianos y, dentro de éstos, destaca por su frecuencia el grupo de los que se cierran con las últimas maiorinae del siglo iv. Su número es tal que llega a conformar un horizonte sin parangón en ninguna otra parte del Imperio. La pérdida de estos depósitos no es, sin embargo, un hecho aislado, ya que guarda una estrecha relación con otras formas de atesoramiento que afectan al resto de los valores del sistema monetario (empezando por el solidus áureo) y que debemos relacionar, en la parte occidental del Imperio, con el clima de inestabilidad que se abre en el siglo v tras la usurpación de Constantino III (407)(408)(409)(410)(411). En lo que respecta a la maiorina podemos apreciar su importancia en la composición de los depósitos de esta época con una simple ojeada a la relación que acompaña a este estudio. En el catálogo que allí aparece hemos podido reunir -sobre un total de cincuenta y cuatro-cuarenta y un conjuntos que, si bien están descritos demasiadas veces de forma incompleta, permiten reconocer la presencia dominante de este tipo de denominaciones. Un grupo más reducido, formado con depósitos muy modestos de composición menos discriminatoria, muestra igualmente su difusión, entremezclada en un medio circulante heterogéneo, a menudo dominado por las emisiones de la familia constantiniana. En su mayor parte, los depósitos conocidos reflejan una acumulación selectiva, muy homogénea, centrada en los tipos acuñados durante el reinado de Teodosio. El proceso de formación se puede seguir detalladamente en siete de ellos, cuatro completos -Garciaz, Torrecaños, Tróia de Setúbal y Palmar de Troya-y tres -Quintanas, Mata Lobinhos y Chão Barroso-con muestras suficientemente representativas. Más del 90% de sus contenidos se incluye siempre en el período de acuñación 379-395, mientras un porcentaje muy modesto viene ocupado por monedas anteriores de módulo similar que, de forma casi marginal, continuaban en circulación entre los años finales del siglo iv y los decenios iniciales del V. En esta porción se incluye también un reducido número de ejemplares obsoletos o que han pasado la selección impuesta de manera fortuita. El perfil de los depósitos señalados es en todos ellos muy similar (apéndice 2). Un primer bloque, que supone casi el 50%, corresponde a los aes 2 Reparatio Reipub (fig. 1:1) emitidos a nombre de Graciano, Valentiniano II y Teodosio, completados con la serie del mismo tipo acuñada en las cecas gálicas por Máximo entre el 383 y el 386 ^, Es de subrayar la ^ No existe acuerdo sobre la fecha concreta en que se inicia la serie, que es en cualquier caso posterior a la muerte de Valente en agosto de 378. Las posiciones se dividen actualmente entre quienes destacan la directa vinculación de la leyenda -Reparatio Reipub(licae)-y el tipo -el Emperador levantando a una alegoría de la Res Publica-a la derrota de Adrianópolis (378) y son partidarios por tanto de situar las primeras emisiones en el curso de los años 378/379 (J.W.E. Pearce, RIC IX, pp. xviii, xxi, xl y 7; J.P.Callu, «Reparatio Reipub: un problème de circulation monétaire», Nummus, 1, 1978, p. 100), y quienes prefieren retrasarlas hasta hacerlas coincidir con la introducción del aes 4 que celebra los vota quindecennalia de Graciano en el 381 (Bastien, Le monnayage de l'atelier de Lyon.,cit. n. 3,; la reiteración de las marcas de exergo hace difícil, en cualquiera de las dos opciones, establecer una secuencia firme para la acuñación simultanea de los distintos valores. El aes 2 con reverso Reparatio fue producido abundantemente en las cecas situadas en los dominios de Graciano y sólo esporádicamente en las de Teodosio, lo que prueba su origen occidental; el intento de Carson y Kent {Late Roman Bronze Coinage II, Londres, 1960, pp. 42-3) de hacer coincidir las emisiones de Tesalónica, que calcan el modelo de los talleres más occidentales, con el período en el que las provincias del Illyricum oriental estuvieron en manos de Graciano, que ellos sitúan entre el 381 y el 383, y de retrasar por tanto a esa fecha el inicio de la serie es, a todas luces, demasiado forzado. Como se desprende de los trabajos de J.P.Callu, I.e., y especialmente D.Vera, «La carriera di Virius Nicomachus Flavianus e la prefettura dell 'Illirico orientale nel IV secolo», en Athenaeum, 61, 1983, pp. 404-15, los cambios producidos en la diócesis de Macedonia y su capital no pueden ser considerados a la hora de fijar el inicio de la serie, ya que la región se mantuvo en la órbita de Teodosio hasta el 383, si no hasta el año siguiente. AEspA, 73,2000 ausencia en este primer grupo de cantidades significativas de piezas emitidas con el mismo módulo en los dominios de Valentiniano y Teodosio durante los años que duró la usurpación, debida sin duda a la disminución simultánea de los contactos marítimos con Occidente ^. A este núcleo de Reparatio Reipub se añade finalmente la serie Gloria Romanorum -Emperador con globo y labarum (fíg.l: 6)-producida en los talleres orientales entre enero del 393 y la muerte de Teodosio, acaecida en Milán el 17 de enero del 395 ^. A pesar de la lejanía de los lugares de procedencia y del corto lapso de tiempo que duró su emisión, hasta su desmonetización en abril de aquel año, los Gloria Romanorum participan en la composición de los depósitos en un volumen tan importante como el de la serie anterior, lo que es indicativo de la notable reactivación que conoció el tráfico marítimo entre los dos extremos del Mediterráneo en los últimos años del gobierno de Teodosio. La repetición casi calcada de la estructura que hemos descrito líneas atrás en los depósitos inventariados -extensible también en sus líneas generales a conjuntos muy modestos, como sucede con los hallados en Fiães, San José, La Balsa, Camporrobles y Blanco Belmonte-nos habla sin duda de la homogeneidad de partida que mostraba la masa átaes 2 utilizada en una amplia zona de la Península. Ciertamente su difusión fue amplia, a juzgar no sólo por la dispersión de los depósitos sino por la misma abundancia de las maiorinae entre los hallazgos de circulación, donde a menudo superan en número a las monedas de módulo inferior acuñadas en el mismo período. La selección de los módulos, motivada seguramente por el valor otorgado a estas monedas y por la comodidad que entrañaba su uso, sirve también para desechar las abundantes emisiones de nummi tardoconstantinianos, de peso sensiblemente inferior, que eran aún de uso corriente a finales de siglo. El interés selectivo explica precisamente que sea el año 395 el que marque un terminus post quem común para la mayor parte de los depósitos. Más allá de esta fecha tanto Occidente como Oriente sólo producen con regularidad aes 3 y aes 4 -este último ^ Callu, cit. n. 4, pp. 105-6; reversos Gloria Romanorum -con los tipos de la galera y el cautivo (fíg.l: 2,3)-Salus Reipublicae (fig. 1: 5) y Virtus Exerciti (fíg.l: 4), producidos en las cecas al este de Aquileya entre inicios del 383 y el 385. Sobre las implicaciones históricas de los tipos adoptados por Teodosio, ver ahora H.R. Baldus, «Theodosius der Grosse und die Revolte des Magnus Maximus -das Zeugnis der Münzen», Chiron, 14, 1984, pp. 178-88. ^ J.RC. Kent, RIC X, Londres, 1994, p. 68, sugiere que la acuñación pudo haberse continuado en Constantinopla algún tiempo después de anunciarse la muerte de Teodosio, ya que se conoce un ejemplar a nombre de Honorio con cesura en la leyenda de anverso. será el módulo predominante durante el siglo v-y los usuarios pudieron haber prescindido de estos valores mientras circulasen en su medio habitual piezas más atractivas para la tesaurización como las maiorinae ^. Algunos indicios, dentro de los mismos depósitos, permiten entrever efectivamente la perduración de estas monedas en los decenios iniciales del siglo v. El tesoro de Torrecaños, que es uno de los más representativos de entre los hallados en la Lusitânia, contiene un solidus de Honorio acuñado en Roma en los años 404-408; dos aes 3 aislados, pertenecientes a la serie Virtus Exerciti de Arcádio (395-401), cierran los depósitos de Las Quintanas y Chão Barroso, y un aes 4 deTréveris sitúa el término para la constitución del pequeño conjunto de Manilva ca. Estas monedas son siempre elementos aislados, que podemos calificar incluso de extraños en un perfil abrumadoramente dominado por los aes 2. Aunque nos ayudan a llevar la clausura de los conjuntos al momento en que se interrumpe la provisión regular de moneda de bronce en buena parte de la Península, en los albores del siglo v, su ausencia en la mayor parte de los casos no es indicativa de mayor antigüedad ^. Otro indicio que nos hace pensar que este tipo de monedas continuaba circulando de la Península años después de su acuñación, lo encontramos en la elección de nominales efectuada por Máximo durante su efímera usurpación, en el transcurso del 411. En esa fecha, en una ceca establecida en Barcino, volvió a acuñarse el viejo tipo Reparatio Reipub de Graciano ahora con la leyenda Victoria Auggg. Es bastante probable que de no haberse mantenido en uso estos "^ En las cecas administradas por Honorio sólo escapa a esta norma la rarísima emisión efectuada en Roma (caAl^) con el reverso Reparatio Reipubl {RIC X, p. ^ Es de lamentar que, salvo en contadas excepciones, no dispongamos de apreciaciones explícitas sobre el desgaste de las monedas, al haber sido publicados los conjuntos mejor conservados y más cuantiosos sin información metrologica o con pesos poco precisos (caso de Torrecaños, por ejemplo). Durante una breve visita al Museo de Salamanca, observamos que los ejemplares pertenecientes a Las Quintanas presentaban signos de desgaste en su superficie (la relación detallada se encuentra ahora en M.G. Figuerola, «El depósito monetai de Las Quintanas, Armenteros (Salamanca)», Numisma, 236, 1995, pp. 89-122), así como otras alteraciones, entre las que destaca la perforación de dos reversos Gloria Romanorum (393-395), una práctica relacionada con la disposición de las monedas en forma de «collares», que se documenta frecuentemente en el siglo V; cf. J.J.Cepeda, «Due ripostigli monetali di v secolo d.C. rinvenuti a Roma. Num., 16-17, 1991, catálogo: 3,1% en Villa Giulia y 1,7% en Pratica di Mare; porcentajes superiores al 10% en los depósitos africanos recopilados por P. Salama, «Economie monétaire de l 'Afrique du Nord dans l' Antiquité tardive». El desgaste es ocasionalmente señalado en algunas publicaciones de depósitos más modestos, así P. P. Ripollés, «Hallazgos numismáticos, 1984», Saguntum, 19, 1985, p. 322 (La Balsa). módulos, tal elección no habría tenido lugar ^. En el mismo sentido podemos señalar que los aes 2 empiezan a aparecer cada vez con más frecuencia en contextos arqueológicos bien fechados con producciones cerámicas africanas del siglo v. El más revelador, sin duda, es el que corresponde a la excavación de la parte alta de la ciudad de Tarraco, donde se puede reconocer su uso -al menos su amortización en un vertedero-en el segundo cuarto de ese siglo ^°. Aunque los depósitos aquí estudiados se encuentran distribuidos por un sector importante de la Península, sólo un número limitado de ellos, procedentes generalmente de la Lusitânia, incluyen una cantidad suficiente de monedas para llevar a cabo un estudio pormenorizado de su origen. Esta limitación geográfica no es nueva, ya que afecta de una manera general a buena parte de las ocultaciones monetarias del siglo iv. Los depósitos examinados tienen un perfil muy influido por la presencia de los aes 2 de Teodosio. Es comprensible, por tanto, que el cómputo global de cecas arroje un saldo netamente favorable a los talleres orientales (cf. apéndice 2). Los dos bloques mayoritarios -Reparado Reipub y Gloria Romanorum-responden, sin embargo, a dos estadios sucesivos en la circulación, que la fase final de la tesaurización ha mezclado definitivamente. El más antiguo lo forman monedas entremezcladas por el uso prolongado en la propia Península, en la que se han ido introduciendo progresivamente emisiones de Graciano y del usurpadof Máximo, ampliamente difundidas en esta parte del Imperio. El estadio final lo conforma un bloque homogéneo de moneda oriental, introducido en un lapso de tiempo considerablemente inferior, que reproduce un patrón muy constante en la distribución de las cecas. A la hora de estudiar el origen geográfico se hace necesario, por tanto, distinguir estos dos grupos de acuñaciones. El primero de los dos bloques señalados reproduce el desequilibrio ya conocido entre las cecas occidentales, que emiten abundantemente los reversos Reparado, y los talleres de Teodosio, que adop-^ Sobre la moneda de Máximo, T. Marot, «Algunas consideraciones sobre la significación de las emisiones del usurpador Máximo en Barcino», en RTeja, C.Pérez, (eds.), Actas del Congreso Internacional la Hispânia de Teodosio, II, Salamanca, 1997, pp. 569-79.'° Se trata de 15 aes 1 (379-395) sobre un total de 26 ejemplares; J.M. Carrete, «Les monedes», en TED'A, Un abocador del segle v d.C. en el forum provincial de Tarraco, Tarragona, 1989, pp. 377-82;T. Marot, cit. n. 574, corrige la atribución de uno de estos ejemplares, que corresponde a la usurpación de Máximo en la Tarraconense. tan el tipo occidental de manera mucho más restringida, hasta el 383, en Constantinopla, Nicomedia, Antioquia y Alejandría ".La inclusión de la diócesis Hispaniarum en los dominios de Máximo, que emitió únicamente piezas de módulo aes 2 en las Gallas, hace a su vez que en el cómputo general del período sean precisamente los talleres allí emplazados los que refuercen su presencia. Esta marcada incidencia de las cecas gálicas, que proporcionan como media el 50% de las monedas, se beneficia sin duda de los efectos restrictivos que tiene sobre la circulación de la época la usurpación de Máximo. Por su cercanía, volumen de producción y seguramente también porque sigue desempeñando entonces la función de proveedor primario de la moneda que se usa en Hispânia, el taller de Arles destaca sobre todos los demás. Su preeminencia se hace notable gracias fundamentalmente a las producciones del usurpador, ya que es durante su mandato cuando la ceca se convierte en la fuente fundamental de moneda divisionaria para todo el Occidente. El 70% del aes de Máximo contenido en Las Quintanas tiene esta procedencia. El segundo de los bloques aquí examinados está formado por los Gloria Romanorum de finales de siglo. En la distribución por cecas observamos una notable atomización, que se reproduce en parecidos términos en todos los depósitos conocidos. El reparto muy equilibrado de las producciones del área de los Estrechos, con Constantinopla y Nicomedia a la cabeza, y la presencia de un porcentaje siempre importante de la ceca de Antioquia, nos sitúa verosímilmente ante el reflejo de los respectivos volúmenes de acuñación de los talleres. Una comparación del orden de importancia de los porcentajes con el número de officínae utilizadas por cada uno de ellos sirve también para reforzar esta impresión. Constantinopla -la ceca mejor representada en tres de las muestras disponibles-y Antioquia -que arroja el cómputo total más elevado-acuñaron en cuatro officínae, mientras Cícico, claramente por debajo en su representación, cierra su cuarta dependencia en estos años'^. La baja producción de Alejandría ha sido tradicionalmente señalada por cuantos se han ocupado de la circulación monetaria en Oriente durante estos años y no es de extrañar su baja incidencia en depósitos alejados de su ámbito de difusión natural como son los hispánicos'^ El que se pueda reconocer un reparto por talleres tan variado, pero a la vez tan constante en los depósitos y en las series de circulación más nutridas -los escasos datos reunidos para la Bética no difieren substancialmente de los recogidos en los abundantes conjuntos lusitanos-nos empuja a creer que el núcleo mayoritario de las monedas orientales pudo haber llegado a la Península previamente entremezclado. Este proceso debió de tener lugar en la propia cuenca del Mediterráneo -el origen geográfico del numerario habla en cualquier caso de zonas más cercanas al Egeo que a Egipto-sin apenas estadios intermedios hasta su irrupción en Hispânia. Aunque no faltan paralelos en el Mediterráneo occidental para la circulación intensa del aes acuñado en la pars Orientis -como ha sido observado recientemente en la costa africana-es la marcada especificidad del horizonte hispánico la que aconseja adoptar esta interpretación ^'^.' "^ La alta proporción de moneda oriental es característica del territorio africano durante esta época, tal como destacan P. Salama, J.P. Callu, «L' approvisionnement monétaire des provinces africaines au IV^ siècle», en UAfrique dans l'Occident romain, Roma, 1990, pp. 113-5. No obstante, a diferencia de lo que se observa en Hispânia, se trata de pequeños módulos, generalmente aes 4. Su llegada pudo haberse visto faciütada por la dependencia administrativa que se observa en la diócesis Africae respecto a la corte de Teodosio: entre los años 393 y 395, por ejemplo, las disposiciones contenidas en el Código Teodosiano referentes a estos territorios emanan todas de Constantinopla; vid. P. Salama, Bornes milliaires d'Afrique Proconsulaire. Aún más, es bastante probable que el inicio de esta situación En cierta medida la llegada de las maiorinae orientales, en las postrimerías del reinado de Teodosio, se nos muestra como un cambio de tendenciabien que efímero-en la situación que presentaba el medio circulante en Hispânia. En vísperas de la instalación de Honorio en Occidente, la masa de moneda disponible mostraba signos evidentes de obsolescencia. Su escasa renovación es un hecho constatado en la mayor parte de las series de circulación publicadas, mientras en amplias zonas del territorio, mal comunicadas con el litoral mediterráneo, la situación se agravaba aún más por el divorcio acusado que existía ya respecto a las fuentes de aprovisionamiento continental más cercanas ^^. Ante este estado de cosas pudo haberse hecho conveniente y hasta necesario el envío de cantidades importantes de moneda, a través de lo que era sin duda la vía de acceso más fácil a la Península: la ruta mediterránea. Este drenaje de moneda desde los centros productores orientales estaba teniendo lugar precisamente en medio de una coyuntura política particularmente favorable para ello. La aplicación estricta, ya en el 395, de la desmonetización de los módulos mayores en la parte central del Imperio y el hecho de que los conjuntos africanos conocidos correspondan a fechas avanzadas del siglo v, son responsables de que apenas encontremos rastro de la circulación de la maio riña.' ^ Cf J. En los años en que se estaban produciendo las que iban a ser las últimas monedas fraccionarias que alcanzasen masivamente la península Ibérica, el Imperio romano se encontraba una vez más dividido. Eugenio, un rétor de origen senatorial que había sido elevado a la púrpura por Arbogasto en la Galia tras la oscura muerte de Valentiniano II, amenazaba seriamente las ambiciones dinásticas de la familia teodosiana sobre el conjunto del Orbe. Hispânia no había podido substraerse a este nuevo escenario político, incorporándose, como la mayor parte de las provincias occidentales, a los dominios del usurpador ^^. La ruptura entre las dos partes Imperii se produjo de forma definitiva en los inicios del año 393 y habría de durar aún hasta la derrota del usurpador en la batalla -cargada de resonancias históricas-de las orillas del río Frígido, en septiembre del 394. Es a partir de esa fecha cuando hemos de suponer que se produjo la arribada masiva a las costas hispanas del numerario emitido por Teodosio, toda vez que con anterioridad, en una situación de enfrentamiento, se hace difícil imaginar una trasvase de moneda como el que refleja el volumen de hallazgos conocidos. Menos aún podemos concebir, antes de la caída del usurpador, un abastecimiento oficial dirigido desde la pars Orientis. Los límites temporales en los que se acota la llegada efectiva de las maiorinae orientales son, por lo tanto, ciertamente estrechos: entre septiembre del 394 y los meses iniciales del año siguiente. Con posterioridad a la muerte de Teodosio la situación política volvía a ser marcadamente incierta, con dos cortes imperiales enfrentadas por los problemas administrativos del Illyricum y por las pretensiones hegemónicas de Estilicón. El cese de la acuñación y la posterior desmonetización de la maiorina en abril del 395, señalan por tanto el punto final más verosímil para el margen de tiempo en que pudo haber tenido lugar este movimiento'''.'^ Sobre la figura de Eugenio, Zósimo, IV, 54-58 (con los comentarios de Paschoud, cit. n. La vinculación de la diócesis Hispaniarum a la causa del usurpador se encuentra reflejada en un epígrafe funerario hallado en Tarraco, que se fecha por el consulado del año 393: «consulatum Eugeni Augusti primu» (sic); G. Alfõldy, Die Rômischen Inschriften von Tarraco, Berlín, 1975, vol.1, p. 415, n°944 {=AE, 1938, 25).' "^ Es bien conocida la tirantez casi continua que se establece entre las dos cortes imperiales tras la muerte de Teodosio, que ha llegado a ser calificada de «guerra fría»; cf A. Cameron, Barbarians and Politics at the Court ofArcadius, Berkeley, 1993, pp. 3-8, 309-10. En Italia se decreto incluso No es aventurado sospechar, tras lo dicho, que la puesta en circulación del numerario oriental en suelo hispano, donde se situaban los orígenes familiares de Teodosio, contase con algún tipo de implicación política. Desde luego, la llegada masiva de moneda de origen oriental no era algo novedoso a esas alturas del siglo iv. Ya unos años atrás, una vez sofocada la usurpación de Magnencio, se había producido una situación similar, de mayor proyección aún, puesto que los bronces a nombre de Constancio II inundaron entonces el conjunto del Mediterráneo occidental. Contra lo que se ha sugerido en alguna ocasión, no parece haber existido en la administración imperial freno alguno que limitase la posibilidad de efectuar envíos ordinarios de moneda a larga distancia como los aquí observados, superando los límites que imponían demarcaciones regionales tales como las diócesis y prefecturas. Dado que el control de los talleres públicos estaba centralizado en el ojficium de las Sacrae Largitiones, y dado también que era un solo comes el que lo controlaba cuando no existía una división efectiva del poder imperial entre varios augustos, podía ser factible que se produjesen estos movimientos cuando la necesidad o conveniencia lo dictasen'^ Es bien sabido que no todas las diócesis en las que se dividió el Imperio desde Diocleciano contaron con su propia ceca. Hispânia es el caso más representativo, pero también las provincias africanas muestran esa carencia durante la mayor parte del siglo iv. Ante situaciones así, lo más razonable es pensar que las necesidades de liquidez se solventasen con el envío de numerario procedente de las cecas establecidas en el entorno próximo y, en el caso de Hispânia, hemos de pensar inmediatamente en las enclavadas en la prefectura del pretorio de las Gallas, al ser ésta la circunscripción administrativa superior a la diócesis. No obstante, estos talleres podían no estar siempre en disposición de cumplir con este cometido. En el cierre de los puertos a todos aquellos navios que llegaban desde lo.pars Orientis, tal como se recoge en C.fh. VII, 16,1; a.408 (el bloqueo posiblemente fue efectivo sólo entre el 407-408).'^ Aun siendo augustos en vida de Teodosio, Arcádio y Honorio carecieron -por su corta edad-de competencias propias. Sobre la administración de las Sacrae Largitiones, R. Delmaire, Largesses sacrées et res privata. En noviembre del 395 el puesto de CSL en Oriente estaba ocupado por un hispano, Hosio (Delmaire, ihid.,p. 121).' ^ Hay indicios que hacen pensar incluso que el volumen de producción de estos talleres pudo haberse visto comprometido por el desenlace de la usurpación de Eugenio; cf. R.Delmaire, «Un trésor á' aes 4 au musée de Boulogne-sur-Mer (notes sur la circulation monétaire en Gaule du Nord au début du V^ siècle)», TM, 5, 1983, p. Io que respecta a las cecas gálicas, su actividad estuvo frecuentemente condicionada por la necesidad de abastecer regiones más septentrionales, fuertemente militarizadas y peor comunicadas con el centro económico del Imperio, que seguía estando en el Mediterráneo'^. Tampoco hemos de olvidar que la prefectura, aún siendo el marco fundamental de la administración económica provincial, no fue nunca, en sentido estricto, el de la producción monetaria. Lo poco que sabemos de la geografía administrativa en la que se inserta la difusión de los productos de las distintas monetae publicae apunta en esa dirección ^°. La posibilidad de que regiones carentes de ceca y con un fácil acceso a las rutas marítimas del Me-^^ A finales del siglo iv Britania, dentro de la prefectura de las Galias, recibía casi la mitad del numerario de nueva acuñación de las cecas de Roma y Aquileya, fuera por tanto de esos límites. Ni siquiera durante la Tetrarquía, cuando más estrecha fue la vinculación entre las demarcaciones fiscales (diócesis) y la localización de las cecas, se traducía ello en la circulación: el límite para las áreas de difusión de las monedas quedaba definido frecuentemente por el control territorial que en la práctica ejercía cada uno de los augustos y por la proximidad relativa de los talleres en funcionamiento; cf. Hendy, Studies..., cit. n. 1, pp. 378-80; para Britania, P. Guest, «Hoards from the End of Roman Britain», en Coin Hoards from Roman Britain, X, Londres, 1997, pp. 415-21. diterráneo fuesen aprovisionadas desde Oriente en determinadas coyunturas del siglo iv no es descabellada. Ante circunstancias como las que se han señalado para el período de emisión de los Gloria Romanorum, en los que se estaba produciendo una efectiva reconquista del poder, esta respuesta parece más convincente que la tradicionalmente aducida de la difusión comercial, por muy bien que esté atestiguada la existencia de colonias de mercaderes sirios en las costas del levante y mediodía hispano ^'. El comercio interregional fue sin duda durante la Antigüedad un elemento uniformizador de los stocks monetarios a largo plazo, al menos en la cuenca del Mediterráneo occidental, pero no parece verosímil que en el siglo iv fuese capaz por sí solo de facilitar los aportes masivos de moneda que conforman a la postre el medio circulante provincial. La moneda de bronce no era en principio la más adecuada para el gran comercio, dado su bajo poder liberatorio y el gran volumen de carga necesario para su transporte. Es difícil de concebir por tanto que su suministro fuese una simple derivación del comercio practicado a larga distancia. La historiografía ^' Sobre el particular, L.A.García Moreno, «Colonias de comerciantes orientales en la península Ibérica. Siglos v-vii», Habis, 3, 1972, pp. 127-54. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ reciente minimiza igualmente la importancia del transporte físico de la moneda en el contexto de las operaciones comerciales, ya que en general éstas podían efectuarse con un único movimiento en los puertos de llegada, una vez vendida la carga y adquiridos los productos de reembarque ^^. Hay que pensar por tanto en una intención determinada que propiciase el embarque de este numerario como objeto de transporte en sí mismo e hiciese posible su posterior difusión en Hispânia y ello no pudo haberse realizado en ningún caso sin el propio consentimiento de la autoridad emisora ^^. Si a partir de estas consideraciones bajamos al terreno de las evidencias numismáticas y volvemos la vista hacia el panorama que ofrece la dispersión de los depósitos localizados en Hispânia, dos habrán de ser nuestros motivos de reflexión. Por una parte el que se deriva de la desigual presencia de la moneda oriental en el conjunto del territorio y, por otra, la escasa conexión que en los decenios iniciales del siglo v parece existir, en lo referente al origen del numerario, entre la circulación del bronce y la del oro. La primera de las dos cuestiones enunciadas está íntimamente relacionada con la existencia de patrones selectivos en la constitución de los depósitos, cuya documentación presenta igualmente peculiaridades geográficas destacables. La aplicación de criterios selectivos a la hora de reunir un grupo de monedas de uso corriente no era una novedad de esta época. A lo largo del siglo iv las diferentes reformas de la moneda de vellón y bronce fueron propiciando la aparición de tipos específicos en la agrupación de las monedas, en los que podían intervenir tanto las rupturas impuestas sobre el sistema de denominaciones como las preferencias de los usuarios por uno u otro de los valores acuñados, cuando eran varios los que se incluían simultáneamente en el sistema monetario. No es en modo alguno extraño que diferentes tipos de tesoros y depósitos se documenten de forma contemporánea y que éstos puedan estar igualmente influidos por factores puntuales, que guardan relación con el fin de la acumulación o con ^^ Cf. Howgego, «Coin circulation and the integration of the Roman economy», JRA, 7, 1994, pp. 7-8, 14. ^•^ Siempre queda la posibilidad de que, tal como se recoge en C.Th. 354), los mercatores que frecuentaban las rutas mediterráneas hubiesen contribuido a hacer más intenso el flujo de numerario, al especular con la diferente consideración que merecían las monedas en el medio provincial. A tal fin podían transportarlas bien en el transcurso de sus operaciones privadas o como complemento del servicio que eventualmente podían prestar a la administración. Este tipo de especulación estaba no obstante severamente penado, como indica el propio texto; cf. Hendy, Studies...,cit. n. 1, los condicionantes económicos que actúan sobre los responsables de la misma. La oposición, frecuente en la evidencia manejada a lo largo de este estudio, entre depósitos poco afectados por la selección -generalmente, aunque no siempre, de pequeña entidad y destinados a servir a un uso cotidiano-y las acumulaciones discriminatorias, que alcanzan en ocasiones el valor de uno o varios solidi, debe ser claramente relacionada con este proceso. En el tiempo que nos ocupa, las acumulaciones selectivas tienen en el aes 2 posterior al 378 el elemento determinante de su composición y se diferencian bien de los depósitos con un contenido más heterogéneo que recoge el tout venant de la circulación, frecuentemente dominada por monedas de acuñación más antigua. En circunstancias especiales, cuando los hallazgos se han producido en el transcurso de excavaciones arqueológicas, se ha podido comprobar que estas dos actitudes conviven incluso en el mismo contexto, como es el caso de los dos depósitos recuperados en el castro de Fi aes, que, aún siendo muy modestos, presentan perfiles netamente distintos; el primero compuesto mayoritariamente por aes 2 (poco menos del 80%) y el segundo dominado por los nummi de la familia de Constantino abundantes aún en la circulación hasta fechas entradas del siglo v. No obstante estas coincidencias ocasionales, hay que destacar ya que la frecuencia y distribución geográfica de estos dos tipos de depósitos es muy desigual. En principio no toda la Península parece haber dispuesto de cantidades importantes de aes 2 en su circulación como para propiciar posteriormente la aparición de un horizonte homogéneo de depósitos compuestos por esta denominación. Al norte del Duero y el valle medio del Ebro, los conjuntos con estas características son prácticamente inexistentes y es únicamente el tipo de acumulación formada por pequeños bronces -el mismo que convivía en el resto de la Península con los depósitos de maiorinae-el que se documenta ^' ^. Dentro de este horizonte se incluyen los importantes tesoros de Torre, Balboa y Galiana, pero también una larga lista de conjuntos de menor entidad o conocidos sólo por muestras parciales (fig. 4). Una vez descartado el factor cronológico como explicación de la formación de estos dos grupos de depósitos -ambos corresponden mayormente al momento de inmoviliza--^ Depósitos de pequeños bronces en las mismas zonas en que aparecen los aes 2: Conimbriga E y F (I. Pereira, J.P. Bost, J. Hiernard, Fouilles de Conimbriga, III. Paris, 1974, pp. 327-9), Italica II (F. Chaves, «Hallazgos numismáticos», en P León, Traianeum de Italica, Sevilla, 1988, pp. 121-37), Grippo (apéndice 1), entre otros. ción de la masa monetaria en los primeros decenios del siglo V-sólo queda hablar de zonas de circulación distintas, con volumen y composición de la masa monetaria diferentes. La explicación basada en la existencia de distintas áreas de circulación ha ido tomando cuerpo desde el momento en que se constató por vez primera la concentración de depósitos de aes 2 en la Lusitânia y sigue siendo la más convincente de las posibles ^^. Hoy en día la dispersión de estos depósitos puede hacerse extensible a la Bética y fachada levantina de las provincias Tarraconense y Cartaginense, zonas todas ellas en las que abundan los testimonios materiales derivados de la actividad comercial mantenida entre los puertos mediterráneos y sus áreas de influencia en el interior. El indi-^^ D. Nony, «Acerca de la circulación de la moneda en Lusitânia a fines del siglo iv», XI CNA, Zaragoza, 1970, p. Las series de circulación también apuntan en el mismo sentido: la más numerosa de las muestras hoy disponibles para el norte de Hispânia, procedente de la villa de La Olmeda (Falencia), muestra una total ausencia de aes 2 teodosianos; cf. M. Campo, Las monedas de la villa romana de La Olmeda, Falencia, 1990, passim. cador fundamental de la existencia de una tupida red de intercambios en esta zona lo constituye, sin duda, la difusión, bien documentada en términos generales, de la cerámica fina de mesa de origen africano, un producto que en sí no debió tener mucha importancia macroeconómica, pero que, por su carácter imperecedero, es un buen fósil guía para conocer la dirección y alcance de movimientos económicos más amplios ^^. Lo que nos interesa subrayar aquí es que tanto la difusión de este tipo de materiales como la circulación del aes 2 de finales del siglo IV coinciden en sus límites generales. Ello se explica bien si consideramos que, en su distribución secundaria, una vez puestas en circulación en los enclaves costeros y centros administrativos más importantes, las monedas siguieron las mismas rutas: los cursos fluviales del Ebro, Guadalquivir, ^^ Las cerámicas eran objeto seguramente de una comercialización secundaria desde los puertos, en compañía de otros productos de más volumen (vinos, aceites, textiles...); la contrapartida podría ser igualmente muy heterogénea. Sobre las motivaciones que pueden estar detrás de la amplia difusión de los productos cerámicos, ver en particular C. Wickham, «Marx, Sherlock Holmes, and Late Roman Commerce», JRS, 1988, pp. 190-2. Guadiana y Tajo y las vías terrestres que confluían con ellos ^'^. Una dirección perfectamente asumible para unas monedas que tenían su origen en las cecas enclavadas en las riberas del Mediterráneo y habían llegado por vía marítima a Hispânia. La casi total ausencia de depósitos con aes 2 de procedencia oriental en la mitad septentrional de Hispânia sorprende menos si consideramos que son también estas regiones las que carecen de elementos en la cultura material que denoten intercambios con los puertos mediterráneos y sur-atlánticos de la intensidad de los observados anteriormente. Su alejamiento y las dificultades que se imponen en el tráfico terrestre se dejan notar en la circulación monetaria y en la composición de los depósitos, cuyas monedas difieren en ocasiones de las halladas en el sur y este de la Península no tanto en el origen último como en la calidad y volumen con el que están disponibles. La moneda es sin duda el producto que más rápido se mueve de un lugar a otro del Imperio pero en los trayectos interiores su circulación parece haber estado sujeta a compartimentaciones similares a las que se imponen en otros ámbitos de la vida económica^^. No es por tanto ninguna casualidad que los depósitos que cuentan con una estructura más anquilosada se hallen en la Gallaecia, la región de situación más excéntrica y en la que los especialistas de la cultura material han detectado facies o subculturas definidas por la difusión restringida de determinados tipos de cerámica o ajuares metálicos, característica de espacios económicos fragmentados ^^. ^^ Sobre los hallazgos cerámicos, R. Járrega, Cerámicas finas tardo rromanas africanas y del Mediterráneo oriental en España. Estado de la cuestión (Anejos AEspA, 11), Madrid, 1991, pp. 90-5; J.A. Paz, Cerámica de mesa romana de los siglos III al VI d. C en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, 1991, pp. 232-5; M. Beltrán, Guía de la cerámica romana, Zaragoza, 1990, pp. 135-41, A juzgar por la distribución de estos productos, hemos de pensar que la costa lusitana se comportaba en lo económico como una prolongación del Mediterráneo. ^^ El panorama que ofrece la distribución de los depósitos muestra a fortiori idi poca importancia que tiene la ruta marítima cantábrica como vía de acceso para la moneda y mercancías de origen mediterráneo. El único conjunto para el que se puede aventurar una composición similar a la de los hallados en la Bética y Lusitânia, el de Colloto, es un elemento aislado, que se ha de relacionar con la proximidad de Gijón, la única ciudad portuaria del Cantábrico que se mantiene como tal durante la Antigüedad Tardía; cf. C.Fernández Ochoa, A.Morillo, «La ruta del Cantábrico en época romana», Zephyrus, 46, 1994, p. L.Caballero, La necrópolis tardorromana de Fuentespreadas (Zamora), (EAE,80) Madrid, 1974, pp. 186-92, donde se defiende la existencia de una «subcultura del Duero»; fragmentación de espacios económicos y atrofia de los intercambios intra-regionales son por otra parte características que se señalan para amplias zonas del Imperio en esta época, vid. C.R.Whittaker, «Late Roman trade and traders», en R Garnsey, K.Hopkins, C.R.Whittaker, Trade in the Ancient Economy, Londres, 1983, p. Queda por ultimo abordar en este apartado la relación que pudiera existir entre la formación de los depósitos de aes aquí estudiados y los tesoros de solidi contemporáneos. Ante todo hay que advertir que las monedas de oro, a diferencia de lo que se aprecia en la circulación del bronce, continúan alcanzado el territorio peninsular en cantidades considerables hasta prácticamente la víspera de la ruptura de los lazos de dependencia administrativa con la corte imperial. Para buena parte del territorio provincial sabemos que ello tiene lugar poco después de la entrada de suevos, vándalos y alanos. Se comprende, por tanto, que en el interior de estos tesoros dominen de forma abrumadora las acuñaciones efectuadas por Honorio. El oro era objeto de una rápida refundición, al estar incluido como elemento fundamental en el mecanismo de reciclaje monetario que era la físcalidad de la época y ello determina más que en los depósitos compuestos por otros metales la sobrerrepresentación de las emisiones más recientes. La continuidad en el flujo del oro facilita también la fechación de estos tesoros, que en su inmensa mayoría tienen términos de clausura posteriores al 402. El contexto de formación debió de ser, en cualquier caso, el mismo que el que ha sido propuesto para los conjuntos de aes teodosianos, aunque la demora entre las fechas de emisión y la clausura de los conjuntos fuese menor ^°. Si nos fijamos en el origen de las monedas que integran los dieciséis tesoros de solidi actualmente conocidos, apenas encontraremos una proporción menor de numerario oriental en su composición. Tan solo destacan al respecto los conjuntos de Seadur (tres solidi orientales sobre un total de cinco), Conimbriga (tres ejemplares sobre diez) y Chapipi (cuatro sobre trece). Este comportamiento está condicionado por la manera en que se organiza la acuñación del oro a finales del siglo iv dentro del propio comitatus imperial, en una suerte de taller móvil que sigue los desplazamientos del Emperador. Así se entiende que en las fechas en que está teniendo lugar la emisión de los aes 2 orientales, los únicos solidi capaces de alcanzar Hispânia en número importante fuesen los de origen occidental, tal como ^° El repertorio más reciente es el de John Kent, RIC X, pp. xc-xcii, con atribuciones que con frecuencia corrigen las que aparecen en las publicaciones originales. A la lista habría que añadir ya los tesoros de Seadur y Viladonga; T. Vega, «Hallazgo de un depósito de solidi de Honorio y Arcadio en la villa romana de Seadur (Larouco, provincia de Ourense)», en Galicia: da romanidade á xermanización. Primero serán los que se producen en Sirmio y luego, a partir de septiembre del 394, tras la desaparición de Eugenio, los que se acuñen en Italia^'. Teniendo en cuenta que en los momentos de máxima inmovilización de numerario, a partir de los años 410, la masa monetaria se había incrementado ya con las acuñaciones de Honorio -dentro, por tanto, de un área de circulación específicamente Occidental-debe sorprendernos poco encontrar en la mayor parte de los tesoros un dominio claro de los solidi de Milán (395-402) y Rávena (402-407; ca.410-420). V. LA VIDA DE LOS GLORIA ROMANORUM Entre las disposiciones de contenido monetario incluidas en el Codex Theodosianus figura una constitución de Honorio que afecta directamente al problema de la delimitación temporal y geográfica del uso de la maiorina. Aunque el texto ha sido citado en infinidad de ocasiones, creemos conveniente traducirlo y comentarlo en las líneas que siguen ^^. «Los emperadores Arcádio y Honorio augustos, a Dexter prefecto del pretorio. Ordenamos que sólo el centenional {centenionalis nummus) sea usado en la circulación pública {in publica conversatione), dado que la fabricación de la moneda mayor (maior pecunia) ha sido interrumpida. Por tanto, que nadie ose cambiar el decargiro (decargyrus nummus) por otra moneda, sabiendo que debe ser reclamada por el fisco la moneda que haya podido ser encontrada en circulación. Dada el día antes de los idus de abril en Milán, en el año del consulado de Olibrius y Probinus (12 de abril, 395)». El texto se ocupa de la circulación de los valores de bronce, que aparecen recogidos aquí bajo distintos nombres. De los términos utilizados, el genérico maior pecunia y el decargyrus se refieren seguramente a una misma moneda, que no puede ser otra que el aes 2 acuñado tiempo atrás en Occidente y mantenido hasta el 395 en Oriente. La utilización de un segundo nombre para designar a esta moneda responde a la necesidad de especificar el tipo concreto que sería objeto de retirada tras la aplicación de la ley. Para ello se emplea la forma latinizada de un término griego que podemos traducir como «moneda (argyron) de diez». Esta forma de llamar a la más alta de las denominaciones en curso es sin duda una herencia de tiempos pasados, cuando la maiorina valía efectivamente diez nummi. Su aparición se puede remontar quizás a la reforma del 348, que introdujo un aes 2 de contenido metálico enriquecido con plata igual al de diez de la unidades básicas de entonces (aes 3). Con mayor seguridad podemos entrever su uso durante el reinado de Juliano, cuando la moneda mayor era también de vellón y mantenía la misma relación metálica con el aes 3. A partir de entonces el decargiro debió de haberse convertido en una forma alternativa -más propia del lenguaje burocrático oficial-de designar a la maiorina, con independencia del valor real de ésta ^^. El tercero de los términos que aparecen en la ley -centenionalis nummus-designa en cambio a una denominación inferior, que es la que se mantiene en circulación. El hecho de que la denominación intermedia siguiese acuñándose en Oriente a finales de siglo y usándose en Occidente aún a inicios del siglo v (como revelan los tesoros conocidos) sugieren que es éste el valor que hemos de seguir identificando con el centenionalis. La ausencia de mención a la última de las denominaciones en curso en la época -el aes 4-quizás se deba únicamente a que no ofrecía posibilidad de confusión alguna con la maiorina, el objetivo fundamental de la ley ^' ^. La importancia de la constitución de Honorio radica en que, al menos para Occidente, manifestaba la voluntad de reforzar los efectos del cese de la acuñación del aes 2 con una retirada oficial de su curso. Seguramente ese objetivo sólo pudo cumplirse en las operaciones de carácter fiscal o de cambio ^' Organización de la moneta comitatensis y sus desplazamientos en estos años, Delmaire, Largesses sacrées..., cit. n. No obstante, cf. J.P.C. Kent, «The Coinage of Arcadius (395-408)», NC, 1991, pp. 35-9, con los problemas que plantea el solapamiento en el tiempo de las distintas localizaciones propuestas para la ceca de Teodosio. 174 (no tan acertado en otros aspectos); el uso de decargyrus nummus durante la aplicación de la reforma de Juliano es una fundamentada hipótesis de M. Munzi, «Considerazioni sulla riforma monetaria dell 'imperatore Giuliano», AIIN, 43, 1996, pp. 302-4, a partir de Efrain Sirio (Hym. En Oriente, el término argyron hacía tiempo que había dejado de designar sólo a la moneda de plata. Primero da nombre a los bronces que cuentan con un plateado superficial (vellón) y luego de forma general se aplica a la moneda fraccionaria; ver R.S. Bagnali, Currency and Inflation in Fourth Century Egypt, (Bull. 3"^ Hay que advertir de todos modos que no existe acuerdo unánime en la equiparación aes 3-centenionalis. A su favor, entre otros, P. Bastien, Le monnayage de l'atelier de Lyon... cit. n. El aes 4 debió de recibir el nombre genérico de nummus (Nov. Val. XVI,2; a.445) y, en Occidente, denarius (así en C. Th. 419: precio de adaeratio de una libra de carne en 50 denarios). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ en las que intervenía la propia administración, bien a través de la recaudación o mediante el control sobre la actividad de los cambistas (nummularii). El ámbito geográfico de aplicación cierta fue la parte central del Imperio administrada por Nummius Aemilianus Dexter (PLRE /, Dexter 3), a la sazón prefecto del pretorio de Italia, África e Ilírico. Pueden ponerse serias objeciones a su operatividad más allá de estos límites, empezando por las que se derivan de nuestra incertidumbre sobre la «generalidad» con la que eran aplicadas las disposiciones contenidas en el Codex Theodosianus ^^. En tal sentido, parece poco probable que el horizonte de depósitos documentados en Hispânia pueda ser relacionado con los efectos de la ley, como una respuesta cercana con la que se pretendiera eludir la relación de cambio desfavorable o la llana confiscación. Ya se ha hecho notar páginas atrás cómo la información que éstos reportan nos habla de la continuidad del uso de la maiorina dentro del siglo v. En las zonas en las que sabemos se aplicó literalmente la medida, como Italia y África, la retirada de las piezas que, con estas características, pudieran estar eventualmente en uso se realizó sin traumas aparentes. Su retirada no parece haber dado lugar a ninguna ola de acaparamiento, aunque sus efectos fuesen duraderos y se puedan reconocer hoy en el perfil de los depósitos de fechas avanzadas del siglo v, monopolizados en su composición por el aes 4'^^. Lo más verosímil es que los depósitos peninsulares fueran formados una vez iniciado el siglo v, y que la retirada oficial de la maiorina no fuese efectiva o tuviera lugar de forma poco rigurosa y breve en el tiempo. La concentración de los hallazgos en las zonas occidentales de la Lusitânia y Bética sugiere que en su mayor parte son posteriores a la crisis desatada con la «invasión» germánica del 409. En ambas regiones está bien documentado el paso o asentamiento de vándalos, alanos y suevos, causa más que probable del clima de inseguridad que condicionó la no recuperación de los conjuntos ^'^. Constitu-^^ En el momento en que se estaba confeccionando el Código ya se introducían provisiones contradictorias respecto al carácter «general» de las disposiciones que habrían de recogerse (C Th. Lo único cierto es que el ámbito original de aplicación de las constitutiones dirigidas a los prefectos del pretorio era el territorio que éstos administraban directamente. Ver J. Matthews, «The Making of the Text», en J. Harries, I. Wood (eds.), The Theodosian Code, Londres, 1993, pp. 26-9, y, en el mismo volumen, B. Sirks, «The Sources of the Code», pp. 51-8. ^^ Cf. Jelocnik Oblata (Situla, 26), Ljubiana, 1988, pp. 190-3 (relación de depósitos italianos y africanos); P. Salama, J.P.Callu, «L' approvisionnement monétaire...», cit. n. 115. yen, en suma, el contrapunto de los depósitos de pequeños bronces aparecidos en la Gallaecia y norte de la Península, territorios en los que es la baja cantidad de piezas circulantes con estas características, más que su retirada forzosa, la que explica las diferencias. En la actualidad resulta difícil y ciertamente arriesgado proponer unos límites precisos a la circulación de los bronces de época teodosiana que encontramos en Hispânia. Ya se ha señalado que la moneda fraccionaria romana deja de llegar -salvo contadas excepciones-entre finales del siglo iv y los años iniciales del siglo siguiente. El horizonte monetario hispano se suele cerrar, por tanto, con los ejemplares que aquí estamos estudiando y con los nummi de módulo aes 4, tipo Salus Reipublicae, producidos en el período 388-402. Incluso dentro de esta última serie son raras las monedas que pueden ser atribuidas con certeza al reinado de Honorio (tipo Ríe X, 1238; 1247). Podemos sospechar que la pérdida de vigencia del sistema monetario romano debió de ir haciéndose definitiva a medida que iban desapareciendo los últimos vestigios de la administración provincial. Al fin y al cabo no era ésta si no la que garantizaba el valor de cambio y la utilidad, por tanto, de las pequeñas denominaciones fraccionarias. Sabemos que este proceso fue rápido en las regiones más septentrionales, donde se inicia poco después del otoño del 409 ^^ Sus efectos debieron de ir haciéndose notar también en el resto del territorio a lo largo del siglo v, ya que para la segunda mitad de esa centuria sólo un sector de la provincia Tarraconense se mantenía bajo el control de la corte imperial establecida en Italia ^^. 37 p^ Díaz, «El Imperio, los bárbaros y el control sobre la Bética en el siglo v», / Coloquio de Historia Antigua de Andalucía, II, Córdoba, 1993, pp. 317-9. ^^ En la Gallaecia la última referencia a un sistema fiscal centralizado se encuentra en la estereotipada cita de Hidacio, 41 [49], a.410 (ed. Burgess, Oxford, 1993, p. 82) sobre la rapiña del exactor, «opes et conditam in urbibus...substantiam...diripit»; cf. P. C.Díaz, «Estructuras de gobierno local en la Antigüedad tardía. Un estudio regional: el N.O. de la Península Ibérica en el siglo v». Studia Zamorensia, 8, 1987, pp. 241-2; sobre el contexto de descomposición del poder imperial en Hispânia y su compleja relación con la invasión germánica, ver J. Arce, España entre el mundo antiguo y el mundo medieval, Madrid, 1988, pp. 68-121. P.C. Díaz, «El Imperio...», cit. n. 37, pp. 320-3; la provincia, exceptuado el sector noroccidental, se mantiene fiel a Italia hasta el último tercio del siglo v; E.A. Thompson, Romans and Barbarians. La zona comprendida entre el alto valle del Ebro, el mar Cantábrico y los Pirineos, se sustrajo rápidamente al control romano, posiblemente entre los años 422 (una vez concluida la restauración impulsada desde el sur de la Galia por el patricio Constancio) y 441, en que Hidacio (125, 128) documenta por primera vez las acciones de las baccaudae del área vascona. Como consecuencia de esta interrupción casi generalizada del aprovisionamiento de moneda menor en el transcurso del siglo v, se ha hecho ya práctica corriente en la arqueología española y portuguesa la utilización de criterios cronológicos distintos de los que proporcionan las monedas a la hora de fechar un nivel o toda una ocupación tardoantigua. El elemento fundamental de apoyo en esta tarea se encuentra en las cerámicas finas de origen africano, bien conocidas merced a su aparición en otros contextos mediterráneos con monedas y ajuares de los siglos v-vii. No es extraño por tanto que hoy en día se pueda fechar la pérdida de un determinado grupo de monedas dentro de un estrato arqueológico a partir de las cerámicas, en lugar de proceder a la inversa, tal como sucedía en épocas pasadas. Esta manera de actuar tiene importantes implicaciones para la Numismática, ya que hace posible que se pueda abordar el estudio de la perduración del numerario del siglo iv en épocas posteriores. No obstante, también presenta riesgos insoslayables, y no es el menor de ellos el que se deriva de considerar como materiales de uso cotidiano lo que no son sino objetos residuales o amortizados con antelación. Los riesgos se incrementan considerablemente cuando hablamos de monedas que, en pequeño número, forman parte de paquetes estratigráficos muy amplios, con presencia de materiales de cronología diversa y que por su superficialidad hayan podido ser objeto de remoción. No faltan ejemplos en la bibliografía reciente que nos ilustren sobre los problemas interpretativos que generan los contextos arqueológicos. Entre las primeras propuestas de retrasar la formación de depósitos con monedas teodosianas a momentos avanzados del siglo V se encuentra la de los autores del volumen III de las Fouilles de Conimbriga. El hallazgo en esta ciudad de tres pequeños depósitos con moneda del siglo IV en los niveles de abandono sirvió para plantear la hipótesis de su no recuperación como consecuencia del saqueo sufrido a manos de los suevos en los años 465 y 467 (Hyd. Teniendo en cuenta las alteraciones que presentan los estratos superficiales de los que proceden, esta propuesta no deja de tener un amplio margen de incertidumbre, siendo igualmente posible que las monedas se hubiesen perdido o amortizado en el transcurso de la primera mitad del siglo' ^°. En cualquier caso, su no recuperación tuvo que obedecer más a la escasa consideración que merecía el valor metálico contenido en estos depósitos que a su pérdida por ocultación. Mucho más inverosímil es la pretensión de algunos autores de llevar al siglo vi (¡í) la formación de depósitos con una estructura muy homogénea, en la que se incluyen casi exclusivamente aes 2 de época teodosiana. Para ello se suele aducir la asociación de materiales de cronología visigótica, cuando en realidad nos encontramos ante hallazgos que se han producido sin el control arqueológico adecuado o dentro de niveles muy revueltos ^^. Se impone por tanto una gran prudencia a la hora de establecer los límites en los que situar la pérdida de los depósitos aquí comentados. En el estado actual de nuestros conocimientos parece razonable establecer una línea divisoria entre lo que es la fachada mediterránea de las provincias Tarraconense, Cartaginense y las islas Baleares, donde existe una notable continuidad en los usos monetarios, y el resto de Hispânia. La primera de estas dos zonas, cuyo límite hacia el interior habremos de situar probablemente en el valle medio del Ebro, presenta indicios suficientes para pensar en el mantenimiento de la circulación del bronce hasta épocas muy avanzadas, al menos en las ciudades y los centros portuarios, quizás durante toda la Antigüedad tardía' ^^. No obstante, hay que hacer notar que dentro de la misma, la importancia ocupada originalmente por el aes 2 teodosiano fue diluyéndose al compás que avanzaba el siglo v. Estas monedas serán un elemento más dentro de un medio muy heterogéneo, en el que ocasionalmente -en las zonas costeras-entraban también los nummi de Teodosio II y Valentiniano III así como las acuñaciones del África vándala. A este respecto, es de destacar la publicación reciente de los hallazgos de Illa de Cullera, uno de cuyos conjuntos, de mediados del siglo VI, muestra aún la perduración menor del aes 2: siete ejemplares de estas características sobre un total de cuarenta y seis "^^ No creemos probable, en ^^ Cí. J. Alarcão, R. Etienne, Fouilles de Conimbriga I. L'architecture, París, 1977, pp. 248, 257. ^^ Así, disentimos en este punto de las afirmaciones de T. Marot, «Un aspecte de la circulació monetària a la Península Ibèrica en època tardorromana: el comportament anomal del AE2», Annals de l 'Institut d' Estudis Gironins, 37, 1996-1997, pp. 998-9 a propósito de los depósitos procedentes de El Castillo (Ávila) y Zaragoza. Una interpretación demasiado apresurada del contexto arqueológico es lo que ha llevado sin duda a J. Paz a considerar como del siglo vi el conjunto de diecisiete aes 2 hallado en esta última ciudad. El nivel del que proceden, a juzgar por los materiales que describe el autor, se encuentra muy revuelto, con cerámicas del siglo vi -efectivamente-pero con un dominio de piezas de finales del siglo IV y primera mitad del v. "^^ Resumen de evidencias y bibliografía anterior en T. Marot, «Aproximación a la circulación monetaria en la península Ibérica y las islas Baleares durante los siglos v y vi: la incidencia de las emisiones vándalas y bizantinas», RN, 152, 1997, pp. 159 En lo que respecta a la Bética hemos de reconocer que todavía son pocos los datos disponibles sobre la eventual continuidad del uso de la moneda de bronce. El horizonte de depósitos «teodosianos» concuerda aquí perfectamente con una cada vez más nutrida serie de tesoros de solidi de época de Honorio; demasiado bien como para pensar que su formación -al menos en su mayoría-haya superado el comedio del siglo v ^. Los datos recopilados recientemente por T. Marot tampoco son concluyentes respecto al mantenimiento en su integridad del sistema de denominaciones romanas. De hecho, en su repertorio se advierte un marcado hiatus, que dura hasta el siglo VI, cuando se hace notar la influencia monetaria bizantina que irradia desde el Sudeste ^^. Los mismos rasgos señalados a propósito de los depósitos de la Bética se vuelven a reconocer entre los hallazgos efectuados en suelo portugués y en la parte de la Lusitânia hoy española, muy abundantes y con una estructura homogénea, que sólo parece haber sido posible de conformar cuando aún estaban vigentes los usos inducidos por el aparato administrativo romano. A partir de los años 410 hemos de suponer que en las áreas interiores de la Lusitânia y especialmente en el norte de la Península en su conjunto se produjo una rápida involución hacia formas económicas en las que la moneda ocupaba un escaso lugar. La situación social y económica en estos territorios confluía también para hacer menos onerosa la pérdida de importancia del instrumento monetario. Durante el siglo -v amplias áreas de la Península se sustrajeron a su influencia, al verse cada vez más inmersas en un proceso de ruralización, acentuado por el carácter cerrado y frecuentemente autosuficiente de los grandes dominios articuladores del territorio, un fenómeno que iba aparejado al fraccionamiento político que dejaba en herencia la desaparición de la administración provincial ^^. En ^^ El más reciente de estos tesoros es el de Jerez de la Frontera {post 415); Kent, RIC X, p. e. El hallazgo de pequeñas cantidades de bronces en contextos arqueológicos que se llevan al siglo vi, en forma de ofrendas depositadas en el interior de sepulturas visigodas, no implica que sobreviviese entonces una economía monetaria desarrollada, ya que ejemplares aislados hqn podido perdurar desprovistos ya de su sentido originario; cf. C.Posac, R.Puertas, La basílica paleocristiana de Vega del Mar, Málaga, 1989, pp. 51-3. En estos casos se trata de ofrendas simples, de uno o dos ejemplares de bronce en un corto número de sepulturas, reminiscencia del rito tradicional que las poblaciones hispanorromanas habían mantenido durante el siglo IV, el óbolo de Caronte, acrecentado en ocasiones en forma de pequeños depósitos. el ámbito de la villa, el fundus, e incluso en la pequeña comunidad rural dependiente, las necesidades monetarias, ya sólo eventuales, respondían verosímilmente a formas de acumulación o transferencia del excedente, bien como renta o como extracción fiscal residual, una vez que se iban configurando las estructuras de poder germánicas sobre el territorio conquistado. Sus requerimientos se podían cubrir con el solidus y su fracción, el tremissis, tal como confirma su rápida adopción por suevos y visigodos, que harían además de este último un signo de evidente prestigio político. Este marco teórico, que señala el camino más verosímil seguido por la masa monetaria existente al inicio del siglo v, no ha encontrado sin embargo un refrendo total en la práctica arqueológica, en buena parte debido a las propias dificultades de contextualización de la cultura material de esta época. Existen de todas formas varios indicios que nos demuestran que el bronce había dejado de ser frecuente en los contextos rurales del interior peninsular. Nuestros datos proceden fundamentalmente de la comparación de las cantidades recuperadas en los sitios creados de nueva planta -con motivo de la reordenación del habitat que se produce ante las condiciones de inseguridad con las que se abre el siglocon las que proporcionan superficies similares habitadas desde la centuria anterior. Tres casos pueden ser traídos aquí a colación. En primer lugar, un castellum recientemente excavado en Buradón (Álava), lugar ocupado como muy pronto a finales del siglo IV y en el que se observa una intensa densidad de espacios domésticos, dispuestos progresivamente durante la centuria siguiente. La superficie excavada alcanza los 1.200 m^ y la zona prospectada es de aproximadamente una hectárea. Esta amplia superficie sólo ha proporcionado cuatro pequeños bronces, en claro contraste con la abundancia del resto de los ajuares recuperados durante su excavación'^'^. Otro enclave habitado en el siglo v es el castro de Majaladares, situado en pleno Valle del Ebro ^^. Lo ^^ La manifestación material de esta ruralización se encuentra en las abundantes y en ocasiones lujosas villae que salpican el territorio, particularmente en la Meseta, donde contrastan con un debilitado entramado urbano, vid. R Palol, «Falencia al final del mundo antiguo», en Actas I Congreso de Historia de Falencia, I, Valladolid, 1987, pp. 349-50; su implantación es un fenómeno característico del siglo iv, con continuidad durante la centuria siguiente, cf. J. Arce, El último siglo de la España romana, Madrid, 1982, pp. 106 MAÍORÍNA GLORIA ROMANORUM ill poco que ha sido avanzado sobre su excavación permite comprobar la ausencia total de aes y la aparición, como única moneda, de un tremissis de origen visigodo ^^. La total ausencia de moneda también es llamativa en el castro de El Cristo de San Esteban, en Zamora, excavado en una extensión considerable, que ha permitido a sus autores situar la ocupación a lo largo del siglo v ^°. Esta sequía de hallazgos contrasta con las 748 monedas recuperadas en la villa de La Olmeda, ocupada ya durante el siglo IV, y en general con la abundancia de los pequeños bronces en la mayor parte de los yacimientos atribuidos al siglo IV ^^ APÉNDICE 1 DEPÓSITOS DE AES DE ÉPOCA TEODOSIANA TARDÍA Los tesoros y depósitos que se forman con las últimas acuñaciones a nombre de Teodosio y sus hijos, conforman uno de los horizontes de acumulación de numerario más nutridos de la Hispânia antigua. En su mayor parte se trata de depósitos de aes, aunque no faltan tampoco los conjuntos de solidi emitidos a nombre de Arcádio y Honorio. Aún siendo abundantes, seguimos contando con un número relativamente exiguo de catálogos detallados que faciliten el estudio de este tipo de evidencias. En el apéndice que sigue se recogen los depósitos que están formados con bronces. El lector no encontrará aquí una recopilación exhaustiva de todas las referencias actualmente disponibles, sino simplemente el apoyo bibliográfico que ha sido utilizado para la confección de los cuadros y tablas que acompañan este texto. Sólo para los conjuntos de contenido más abundante (I) y aquellos otros que están integrados por maiorinae (II) hemos pretendido ofrecer un panorama lo más completo posible. En este último apartado se han recogido todas las noticias que nos son conocidas, por muy someras que fuesen. Confiamos en que así pueda valorarse en su justo ^^ Se trata de un ejemplar a nombre de Libio Severo {RIC X, 3758) acuñado posiblemente en Toulouse (461-ca.470). ^° A. Domínguez Bolaños, J. Ñuño, «Reflexiones sobre los sistemas defensivos tardoantiguos en la Meseta Norte. A propósito de la muralla de El Cristo de San Esteban, Muela del Pan (Zamora)», en R. Teja, C. Pérez, (eds.), Actas del Congreso Internacional la Hispânia de Teodosio, II, Salamanca, 1997, pp. 435-40. ^' Sobre la villa de La Olmeda, M. Campo, Las monedas..., cit. n. 25. término la singularidad del horizonte monetario peninsular ^^. De forma convencional, se indica con la abreviatura ca. que el total de monedas conocido se aproxima al original; el signo (-h) señala una cifra mínima, cuando no tenemos constancia de la magnitud del hallazgo. Información sobre las circunstancias del hallazgo cortesía de la Asociación Amigos de la Historia de Calahorra. Del total originalmente hallado sólo se conservan 828 ejemplares en el Museo de La Rioja, Logroño. Relación habitat: proximidad, exterior. R Rodríguez, Aproximación a la economía de fines del siglo IV y principios del siglo v en La Rioja: el tesorillo de Galiana, Logroño, 1992; revisión personal. Los ejemplares más recientes corresponden a la serie oriental, en aes 2, Gloria Romanorum (393-395). Villarino; Balboa del Bierzo. Las monedas estaban dispuestas en dos recipientes cerámicos. Contexto arqueológico: lugar de habitación indeterminado, situado a media ladera. Relación habitat: proximidad exterior. M. Figuerola, «A propósito del Tesoro de Balboa del Bierzo», Numisma, 237, 1996, pp. 225-247. ^^ Sólo conocemos dos depósitos fuera de Hispânia que se asemejen a los conjuntos recogidos en el catálogo: el hallado en Pest, cerca de Aquincum (65 aes 2 hasta el año 395), publicado A. Alfoldi en Der Untergang der Romerherrschaft in Pannonien, Berlín-Leipzig, 1924, pp. 34-40, y ca. El peso total de lo hallado alcanzaba los 300 kg aproximadamente. Los ejemplares más recientes (sobre una muestra de 3.165 unidades) son de módulo aes 4, de la serie Salus Reipublicae acuñada en Italia en el período 388-402 (se señalan algunas monedas que pudieran corresponder a la fase más reciente, aunque las totalmente legibles no sobrepasan el 395). Todo el conjunto forma parte de colecciones particulares. Relación habitat: inmediaciones, exterior, a media ladera. Hallazgo en el interior de un recipiente cerámico. Contexto arqueológico: altura, habitat sin confirmar. Los ejemplares más recientes corresponden a la serie oriental Gloria Romanorum, aes 2 (393-395). Contenedor: jarra de cerámica común. Relación habitat: proximidad (hallado en el curso de excavaciones arqueológicas en 1966). Tesoro hallado en el interior de un recipiente de bronce muy fragmentado. Los ejemplares hoy conservados en el Museo de Salamanca fueron mezclados por su descubridor con un pequeño lote de monedas de cronología anterior no relacionado directamente con el tesoro. Como ejemplar más reciente se reconoce un aes 3 Virtus Exerciti, acuñado en Cícico (RIC X, 66; 395-401), Contexto arqueológico: asentamiento rural indeterminado (posible villa). Los ejemplares más recientes corresponden a la serie oriental Gloria Romanorum (393-395). Se conserva en el Museo Provincial de Cáceres. Se incluye también un solidus de Honorio {RIC X, 1252; Roma ca. Los ejemplares de bronce más recientes corresponden a la serie oriental Gloria Romanorum (393-395). El conjunto se guarda en el Museo Arqueológico de Badajoz. Relación habitat: proximidades, exterior. A. Velazquez, «El tesorillo de Torrecaños de Guareña (Badajoz). Contribución al estudio de la circulación monetaria durante el Bajo Imperio en el territorium emeritense», Augusta Emerita I (EAE 126), Madrid, 1983, pp. 85-190. Contenedor de material perecedero. Los ejemplares más recientes corresponden a las series Salus Reipublicae en aes 4 y Gloria Romanorum en aes 2 (393-395). Relación habitat: interior de un recinto de función indeterminada. Los ejemplares más recientes corresponden a la serie Gloria Romanorum (393-395). Contexto arqueológico: asentamiento indeterminado. Relación habitat: inmediaciones (?). F.J. Velasco, «Tesorillo de bronces bajo-imperiales hallado en El Palmar de Troya (Sevilla)», VII Congreso Nacional de Numismática, Madrid, 1991, pp. 309-28. Los ejemplares de más reciente acuñación corresponden a la serie orienlal Gloria Romanorum, aes 2 (393-395). Contexto arqueológico: indeterminado (restos materiales de ocupación en las inmediaciones). Los ejemplares más recientes corresponden a la serie oriental en aes 2 Gloria Romanorum (393-395). PEQUEÑOS DEPÓSITOS Y CONJUNTOS MAL CONOCIDOS FORMADOS CON AES 2 Numero indeterminado («abundantes»); Aes 2. Se conocen únicamente siete ejemplares, con dominio de la serie Gloria Romanorum oriental (393-395). El conjunto estaba dispuesto (sin contenedor, aparentemente) entre la fábrica (?) del arco central de descarga de un puente de factura romana (con varias reparaciones). Caesaraugusta; Ciudad de Zaragoza. Contexto arqueológico: ciudad, recinto de habitación. Relación habitat: interior («nivel de abandono»). Colección del Museo de Zaragoza. J. Paz, Cerámica de mesa romana de los siglos /// al vi d.C. en la provincia de Zaragoza, Zaragoza, 1991, pp. 24 Número indeterminado; Aes. Se conoce una muestra de 75 ejemplares, en su mayoría de época teodosiana: los más recientes corresponden a la serie oriental, en aes 2, Gloria Romanorum (393)(394)(395). No hay datos sobre el tipo de contenedor. Contexto arqueológico: poblado en altura, cerro. Relación habitat: indeterminada, proximidad. P.P. Ripollés, La circulación monetaria en las tierras valencianas durante la Antigüedad, Barcelona, 1980, pp. 99 Número indeterminado; Aes. Una pequeña muestra se compone de nummi constantinianos (al menos uno) y aes 2 de las series Reparatio Reipub y Gloria Romanorum (uno de ellos con el tipo de la galera -ca. Contexto arqueológico: lugar de habitación indeterminado. Información proporcionada por A.M.Faria en carta personal, 3-1-1993. Referencia del lugar: J. de Alarcão Roman Portugal, II-2, Warminster, 1988, p. 243 La leyenda Gloria Romanorum adoptada en los aes 2 del período 393-395 es una muestra bien re-presentativa del uso reiteradamente propagandístico y muy poco renovado de los reversos monetarios durante la segunda mitad del siglo iv. Su aparición, extremadamente frecuente en las monedas acuñadas a lo largo de esos años, se asocia casi siempre a la iconografia heroica y triunfante del Emperador. En el caso que nos ocupa, éste aparece representado como dueño absoluto del orbe romano, acompañado de un estandarte en cuya parte superior se entrevé la representación muy esquematizada del cristograma constantiniano, bien en la forma de una sencilla cruz de San Andrés o bajo el aspecto de una estrella. El labarum o vexillum personal del Emperador es en esta época uno de sus atributos militares más característicos. Muy común desde las acuñaciones de los sucesores inmediatos de Constantino, es adoptado luego por los príncipes de la casa teodosiana como forma más usual de destacar la virtud y el fundamento cristiano de su poder. En Occidente dará lugar al tipo característico de los solidi acuñados en el período 394-425, en los que el Emperador figura como un sublimis signifer, que se yergue sobre los enemigos del orden romano^^. Los ejemplares hallados en Hispânia constituyen sin duda el material más abundante hoy disponible para conocer cómo se articula la serie de reversos Gloria Romanorum en el interior de las cecas que producen aes 2 en los últimos años del reinado de Teodosio. Los datos cuantitativos recogidos en nuestra revisión de los depósitos publicados, y especialmente, durante nuestro examen de la colección del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, permiten completar el esquema de las emisiones tal como fue propuesto por Pearce y retocado posteriormente por los autores del Late Roman Bronze Coinage. Nuestro interés se centrará aquí en la distribución del volumen de moneda acordado en cada taller a los tres augustos de la casa teodosiana -Teodosio, Arcádio y Honorio -y en la determinación de la importancia de las distintas emisiones individualizadas. Para ello hemos confeccionado en primer lugar una serie de cuadros en los que se resumen los datos disponibles^"^. ^^ J.RC. Kent, RIC X, p. 56; la expresión es de Claudiano, de VI consulatu Honorii, 22. ^^ Datos procedentes de los siguientes depósitos: Fiães I-11, Troia, Las Quintanas, Garciaz, Torrecaños, Palmar, Algarbes, Sabinillas, Sant Josep, La Balsa. Hallazgos de circulación: Fouilles de Conimbriga, cit. n. Los ejemplares del Museo Arqueológico Nacional de Madrid han sido estudiados directamente. Se trata de 653 monedas procedentes seguramente de hallazgos imprecisos dentro del territorio español. Aprovechamos la ocasión para agradecer la ayuda prestada en todo momento por la directora de la Sección de Numismática de este museo, Dña. En líneas generales los talleres orientales respetan una jerarquía bastante precisa en la atribución de los anversos a las diferentes ojficinae en funcionamiento, según un modelo progresivamente implantado en la acuñación a lo largo del siglo iv. Teodosio, el Augustus senior, es frecuentemente el destinatario de la actividad desarrollada en la primera de las dependencias, mientras Arcádio y Honorio ocupan en este orden las demás. La excepción destacable la constituyen las cecas que reducen a menos de tres el número de officinae y distribuyen consiguientemente el numerario según proporciones preestablecidas. Un caso aparte lo encontramos en Cícico, que muestra un patrón aparentemente más errático que el que se observa en el resto de talleres de la Propóntida, ya que las tres dependencias identificadas trabajan indistintamente para los tres augustos. Dando representatividad al resultado que se obtiene de los datos numéricos aquí manejados, podemos resumir los aspectos más destacables del funcionamiento de las cecas del siguiente modo: -En la cantidad total de moneda emitida, Teodosio destaca sobre sus dos hijos al corresponderle aproximadamente un tercio más de la cantidad que les es destinada individualmente. -En el juego de las oficinas, la A refuerza su jerarquía con un número de monedas que es casi siempre superior al de las demás, en todos los talleres. -El rango inferior que, por antigüedad, corresponde a Honorio -aclamado en Constantinopla en enero del 393-se reconoce frecuentemente al serle destinada una oficina inferior en orden a la de Arcádio, pero no tanto en la cantidad total de moneda emitida a su nombre ya que las cifras suelen ser muy parecidas para los dos augustos. Esta relativa proporcionalidad confirma igualmente que la acuñación de la serie Gloria Romanorum no se inicia hasta después de su nombramiento, posiblemente algunos meses más tarde, si aceptamos, como lo hace recientemente Kent, su no solapamiento con los aes 4 Salus Reipublicae, que -en Oriente-pudieron haber dejado de fabricarse entonces ^^. 49; como argumento se aduce la baja proporción de anversos de Honorio en los aes 4 orientales y la unidad de leyenda de los tipos introducidos en el 393: aes 2 y aes 3 Gloria Romanorum (este último con un reverso característico de adventus: emperador a caballo con la mano derecha alzada). Hasta ahora se admitía generalmente la acuñación simultánea de las tres denominaciones, fundamentada en la similitud de las marcas de exergo (cf LRBC II, p. 89,2186 ss.; entre otras), una base poco sólida, dada la simplicidad y reiteración de los diferenciadores durante estos años. En cualquier caso, los tres valores se integraban en un sistema de equivalencias metálicas 1:2:4 y mantenían como patrón respectivo el 1/60, 1/120 y 1/ 240 de libra, con una amplia tolerancia en la acuñación real. El reconocimiento de una serie de rasgos generales no debe hacernos olvidar la existencia de importantes variaciones de detalle en el funcionamiento de los distintos talleres, tal como tendremos ocasión de destacar a continuación. Sus dos officinae producen para los tres augustos. El resultado netamente favorable a Teodosio se consigue especialmente en la emisión -//SMHA, en la segunda dependencia del taller, en una proporción que podría estimarse de 2:1 respecto a la asignada a cada uno de sus hijos. Al igual que sucede en otros talleres de la Propóntida, nos encontramos con dos emisiones, ordenadas según la complejidad del diferenciador. La que coincide con la introducción del tipo es, como suele ser habitual, la de mayor volumen ^^. En lo que respecta a la plasmación concreta del tipo de reverso adoptado en esta serie, podemos decir que los productos de Heraclea se reconocen bien por la utilización de una variante que le es propia. Nos referimos a la terminación superior del estandarte, que adopta aquí una forma triangular muy marcada (fig. 7.1). La ceca de la capital y corte de Teodosio es la que -quizá como refuerzo de su posición simbólica-reproduce con más rigor un esquema jerárquico en la organización de las acuñaciones. Podemos reconocer perfectamente cómo se destinan las dos primeras oficinas a Teodosio, mientras la tercera y la cuarta trabajan para Arcádio y Honorio respectivamente. Como consecuencia de la importancia alcanzada por el volumen de moneda salido de la primera -entre el doble y el triple del reservado a las oficinas F y A-los anversos de Teodosio llegan a superar a la suma de los destinados a Arcádio y Honorio. De los cuatro diferenciadores de emisión señalados por Pearce, sólo el primero parece haber correspondido a una producción de envergadura. No obstante, los hallazgos permiten reconocer cómo en una de las emisiones menores -la que incluye dos ^'^ Una excepción aparente a este comportamiento general se encuentra en la colección del MAN, donde es más abundante la emisión -S//SMHA, pero ello puede deberse simplemente a la selección practicada en la muestra antes de su ingreso en el museo. cruces en el campo-se mantiene aún el esquema adoptado inicialmente. La ceca de la corte oriental se caracteriza también por presentar la versión más cuidada y completa del tipo de reverso. Ello se aprecia especialmente en la forma de confeccionar el estandarte que sujeta el emperador, cuyo motivo central es una forma esquemática del labarum constantiniano. El estandarte quiere representar así la imagen de un crismón rodeado de perlas, bajo la apariencia de una estrella de ocho o seis puntas y no simplemente un aspa como sucede en el resto de los talleres (fig. 7.3-4). Como en Heraclea, encontramos también aquí dos emisiones, aunque la segunda, que utiliza el mismo signo adoptado en el taller tracio, debió de ser poco importante. Tradicionalmente se ha admitido que la ceca trabaja durante estos años con cuatro oficinas, de las cuales, la última sólo estaría operativa ocasionalmente ^^. La evidencia aquí reunida es aclaradora al respecto. Unicamente tres ejemplares son atribuibles a la officina A entre los hallazgos publicados, y ninguno entre los conservados en la colección del MAN. Podemos dudar por tanto de la correcta identificación de los primeros. En realidad creemos que deben ser desechados, ya que seguramente son producto de malas lecturas. La confusión obedece en parte a la forma que adopta la alfa en los exergos de las monedas, con el trazo central oblicuo, que en ocasiones puede llevar a confusión con el numeral A (fig. 7.5; también en Cícico: fig. 7.8). A tenor de las cifras, el taller de Nicomedia trabajó por tanto, a lo largo de este período, con sólo tres dependencias. El patrón de la emisión principal adopta la jerarquía de los augustos como criterio de asignación: la A para Teodosio, la B para Arcádio y la F para Honorio, con escasas excepciones. En Nicomedia, como en Cícico, la introducción de los aes 2 y aes 3 Gloria Romanorum va acompañada de la utilización exclusiva de la leyenda de anverso con cesura para Arcádio, lo que refuerza el carácter sucesivo de la serie respecto a los aes 4 Salus Reipublicae (siempre con leyenda continua). 2368 (sin embargo, en n.2422 incluyen los Gloria Romanorum entre las producciones con dos ojficinae, situación que con seguridad no se da hasta el 395, si no posteriormente); cf. ahora Kent, RIC X, p. La única emisión conocida se realiza en tres officinae -la pieza catalogada con marca A debe responder a una mala lectura-que trabajan indistintamente para los tres augustos. No obstante, de seguir los resultados que ofrecen los depósitos publicados, se puede reconocer un patrón más preciso en la tercera dependencia, que destina la mayor parte de su producción a Arcádio y Honorio. El sistema de asignar proporciones preestablecidas para cada emperador, en cada una de las oficinas, es característico de esta ceca, a pesar de que su número permitía el empleo del patrón jerárquico más corriente. Un proceder semejante se puede reconocer ya desde el 383 y se encontrará de nuevo a la muerte de Teodosio, cuando la serie Virtus Exerciti se acuñe indistintamente para Arcádio y Honorio en las dos oficinas que quedan en uso ^^. La ceca del Orontes, muy activa a final de siglo, produce una sola emisión -eso sí muy abundantede reversos G/ona Romanorum (fig. 7.9-10). No creemos que la marca -//ANA, individualizada en el LRBC, defina un grupo separado; dos ejemplares aislados, reconocidos en los depósitos aquí manejados no nos parecen suficientes para modificar la opinión de Pearce, que veía en este exergo un error de composición de la marca corriente -//ANTA ^^. La distribución de los anversos mantiene la jerarquía ya conocida, aunque la cuarta oficina se destina de forma preferente a Honorio, que ya disponía de la tercera; una situación que se anticipa al reparto que será característico desde el 395: A y B para Arcádio, r y A para Honorio. Es privativo de esta ceca la utilización de bustos con diadema de rosetas en el anverso. Su frecuencia es algo inferior a la de la diadema de perlas, común al resto de los talleres. Sin duda es éste el taller de más baja y tosca producción. La tosquedad se advierte sobre todo en la mala transcripción de las leyendas, pero también ^^ Pearce, RIC IX, p. Errores semejantes en la composición de los exergos se pueden reconocer en dos monedas del depósito Las Quintanas: cf. M. Figuerola, «El depósito...», cit. n. 8, n.°' 423 (Antioquia) y 511(Constantinopla). en el descuido con el que son asignados los bustos de los tres augustos, al no guardar su tamaño una relación clara con la posición ocupada por cada uno de ellos (fíg. El aes 2 se produjo en las dos primeras oficinas, mientras la tercera se encargaba de la producción de aes 3. Aunque se ha asumido generalmente que la maiorina mantuvo a final de siglo su peso teórico de 1/60 de libra (5,38 g según el valor Naville de 322,56 g), no hemos contado hasta fechas recientes con información suficiente que pudiera confirmarlo ^°. Pocos son, en efecto, los depósitos publicados que incluyen datos metrológicos precisos y, cuando ello es así, nos encontramos por lo general con muestras poco representativas. Tan sólo el depósito de las Quintanas ofrece en la actualidad un listado suficientemente amplio de reversos Gloria Romanorum susceptible de ser utilizado con este fin. Tenemos así que, sobre 236 ejemplares allí incluidos, el peso medio resultante es de 4,58 g. La cifra está claramente por debajo del patrón teórico estimado para la serie, pero ello puede estar motivado sin más por la inclusión, en el total manejado, de una elevada proporción de monedas alteradas ^\ Un resultado si-milar se observa también en la muestra conservada en el Museo Arqueológico Nacional, que proporciona un peso medio de 4,54 g sobre un total de 653 monedas. Sin embrago, en este caso sí hemos podido efectuar un cálculo alternativo, una vez descontados los ejemplares que mostraban alteraciones -por corrosión, fragmentación o perforación intencionadas-o tenían signos de fuerte desgaste, y situarnos así ante valores mucho más próximos a lo que debió de ser la realidad original. Una vez aplicado este criterio la muestra se reduce a 413 ejemplares, con un peso medio de 4,94 g, apenas un 8% inferior al teórico 1/60 y perfectamente asumible dentro de los parámetros de tolerancia que se reconocen en las acuñaciones del siglo IV. Por talleres, el valor más alto lo proporciona Constantinopla, con 5,21 g, mientras el más bajo corresponde a Antioquia, con 4,71 g ^^. Procedencia de las fotografías Sección de Numismática del Museo Arqueológico Nacional, salvo figura 1, números 1, 3 (Tesoro de Torrecaños, Museo de Badajoz) y 5 (Tesoro de Navaluenga). ^° Cf. ^' Los pesos que se obtienen a partir de las cecas mejor representadas no difieren mucho del resultado general: 4,57 g en Constantinopla (43); 4,73 g en Nicomedia (44); 4,50 g en Antioquia (58). Estas cifras son suficientes, en cualquier caso, para desechar la utilización del patron a 1/72 de libra (4,48 g), empleado durante la acuñación de la serie Fel Temp Reparatio en el 348. ^^ Por obvias limitaciones de espacio no reproducimos aquí los datos correspondientes a cada uno de los ejemplares catalogados. El listado se encuentra depositado en la sección de Numismática del MAN. Recuperado en el curso de una excavación de urgencia. L. Aparicio Sánchez, «Dos excavaciones arqueológicas de urgencia en la C/ Blanco Belmonte de Córdoba», Anuario Arqueológico de Andalucía, III, Actividades de Urgencia, Sevilla, 1992, pp. 224-234. Detalles sobre la composición cortesía de R. Gil. El tesoro fue hallado en el transcurso de unas obras efectuadas en el casco urbano de la localidad. Dominan las acuñaciones de Máximo, Teodosio, Arcádio y Honorio; también se citan ejemplares de Constantino. Los reversos más recientes son los de la serie oriental Gloria Romanorum (393-395). Se conserva en el Museo Arqueológico de Córdoba. L. Mapelli, «Tesoro de Montoro: bronces del siglo iv». Actualmente en estudio por R. Gil, a cuya generosidad debemos los datos provisionales sobre el contenido. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
Site of El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete). Se presenta el complejo religioso exhumado en la parte alta de la ciudad altomedieval del Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), correspondiente a la Madînat lyih de las fuentes árabes y, en opinión de los autores, a la sede episcopal Eiotana/Elotana creada a principios del siglo vu. El conjunto religioso está compuesto por una basílica de tres naves con ábside semicircular y un baptisterio anexo situado a los pies del edificio, también con distribución tripartita. En este artículo se estudia detalladamente el baptisterio, así como las distintas remodelaciones de la piscina bautismal, y se propone una restitución del espacio litúrgico. Desde el año 1988 se está desarrollando el proyecto de investigación de El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete; fìg. 1) bajo los auspicios de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, que lo ha elegido como base de uno de los cinco Parques Arqueo-' El proyecto está dirigido en la actualidad por los firmantes de este artículo. En él han venido trabajando un considerable número de licenciados, estudiantes y obreros. En la excavación del edificio basilical han intervenido también de forma especial los técnicos Pablo Cánovas Guillen y M^ Victoria Amorós Ruiz, en tanto que los trabajos de dibujo de campo y descripción de materiales han sido responsabilidad en los úlümos años, respectivamente, de Julia Sarabia Bautista y José A. Mellado Rivera. lógicos de la Comunidad ^ Los trabajos han proporcionado ya resultados de gran interés para el mejor conocimiento de los procesos culturales del sureste de Hispânia entre la Edad del Bronce y la Edad Media, y de ellos se han publicado diversos avances generales y trabajos concretos, a los que remitimos ^. Quizás lo más interesante haya sido la localización de un nuevo municipio romano, casi con seguridad la Ilunum citada en Ptolomeo (II,6,60), y su identificación con una de las ciudades mencionadas en el Pacto deTeodomiro del año 713, Madînat lyih, probable trasunto en época islámica de la ciudad visigoda de Eio o Elo, una sede episcopal creada, con Begastri, a finales del siglo vi para integrar los territorios dependientes de los obispados de Ilici y Carthago Noua, todavía en manos bizantinas ^. Las primeras campañas de excavación se centraron en el principal acceso a la ciudad, conocido como el Reguerón, y en una de las necrópolis, la septentrional, así como en algunos puntos concretos de la plataforma superior de la ciudad, donde se limpió una almazara. Estos trabajos permitieron documentar una interesante sucesión de murallas correspondientes a distintas fases históricas del asentamiento' ^, así como una necrópolis iberorromana con importantes monumentos escalonados, posteriormente utilizada en época visigoda e islámica. Sobre la ciudad altomedieval puede verse S. Gutiérrez, 1993Gutiérrez,, 1996 y 1999 b; L. Abad y S. Gutiérrez, 1997; L. Abad, S. Gutiérrez y R. Sanz, 1996. ^ Sobre el municipio romano véase L. Abad (1996); sobre la identificación de Madînat lyih y su eventual relación con la sede episcopal Eiotana puede verse, entre otros, S. Gutiérrez, 1993Gutiérrez,, 1999Gutiérrez, a, 1999bGutiérrez, y especialmente 2000; también el trabajo en curso de publicación de L. Abad, S. Gutiérrez y B. Gamo, «La ciudad visigoda del Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete) y la sede episcopal de Elo», Valencia. "* En concreto se han exhumado hasta el momento cuatro estructuras: la más antigua, ibérica, engloba en su interior otras construcciones anteriores desde la Edad del Bronce; su monumentalización en época de Augusto, una importante obra poliorcética visigoda y, por fin, la última defensa de época emiral. En el año 1995 comenzaron a simultanearse los trabajos en el Reguerón con otros en la meseta superior, donde una antigua excavación permitía observar restos de un conjunto arquitectónico de cierta envergadura. En concreto era visible la esquina, en sillarejo de buena factura, de un edifício que se conocía con el sobrenombre de 'Casa Taracena', ya que en el marco de la intervención realizada en 1942 por Antonio García y Bellido, Blas Taracena Aguirre y Joaquín Sánchez Jiménez, el entonces director del Museo Arqueológico Nacional había trabajado en este sector; de hecho, en la noticia que fue publicada, Sánchez Jiménez añrma que realizaron una «detenida prospección, poniendo al descubierto algunas plantas de viviendas...» en diversos sectores del cerro, al tiempo que señalaba que los restos que nos ocupan -reconocibles por las estelas de su lámina XXXIII b-podrían corresponder a un templo «a juzgar por sus dimensiones y forma» (Sánchez Jiménez, 1947, 58-9). Sin embargo, la exhumación parcial de estos vestigios debió ser bastante más antigua, puesto que a ella se refieren Henri Breuil y Raymond Lantier en su importante estudio sobre el Tolmo de Minateda ^ donde se señala que: «Au centre de la 'meseta' et à l'aboutissement occidental des stèles, se trouvent les restes d'un édifice place en un point culminant. Esta excavación se ilustra en su lámina II-3 ^, con lo que sabemos con certeza que debió realizarse con anterioridad a 1916; de hecho, nuestra primera actuación en la zona consistió en limpiar y definir la superficie de dicho expolio, que afectaba el extremo suroccidental de dos habitaciones, y cribar sus terreras amontonadas junto al muro occidental. Durante el proceso de excavación, que aún continúa, hemos podido documentar que esta esquina pertenecía a un importante edificio (fig. 2) que, por su técnica constructiva y por la relación estructural y estratigráfica con su entorno, es parte integrante y destacada de un replanteamiento urbanístico que afectó a toda la superficie del cerro, incluyendo el camino de entrada y ciertas dotaciones extraurbanas, de carácter probablemente religioso y con toda seguridad funerario. La magnitud de esta intervención, que afecta a un área de unas diez hectáreas, indica la importancia que en época visigoda había vuelto a adquirir el yacimiento de El Tolmo de Minateda, una ciudad boyante en época ibérica y en los primeros tiempos de la romana, pero que en el transcurso del Imperio había cedido protagonismo a los pequeños establecimientos de su entorno. De hecho, el núcleo romano del Tolmo de Minateda, a pesar de las expectativas que auguraba la monumental plasmación edilicia del proyecto de municipalización augusteo, había entrado en un proceso involutivo parejo al de la propia Carthago Nova, aunque de mayor magnitud; en el estado actual de la investigación, parece probado el abandono del cerro como lugar de habitat entre los siglos ii y v, en coincidencia con un desarrollo del poblamiento rústico del valle circundante, atestiguado por los restos constructivos de Zama, a más de otras villas de su territorio, y las ^ El trabajo, que constituye la primera aproximación científica al asentamiento, se publicó en el volumen II de la revista Archivo de Prehistoria Levantina, 1945, pero como se indica en nota, el texto estaba compuesto desde 1936 y las fotografías se hicieron en el mes de octubre de 1916 (Breuil y Lantier, 1945, 213). ^ Aunque los pies de las láminas 11,2 («Les stèles indiquant l 'emplacement des maisons») y 11,3 («la muraille transversale, orientée Est-Ouest, sur le plateau») están invertidos, su identificación respectiva con la muralla de la acrópolis y con el ángulo suroccidental del edificio al que nos referimos está fuera de toda duda, ya que al comenzar nuestros trabajos presentaban idéntico aspecto. AEspA, 73, 2000 LA BASILICA Y EL BAPTISTERIO DEL TOLMO DE MINATEDA 195 inscripciones funerarias reempleadas en las construcciones altomedievales'', que no permiten descartar un fenómeno de traslado urbano al llano similar al de S abora en Málaga, autorizado por Vespasiano y atestiguado epigráficamente ^. La información arqueológica disponible en la actualidad permite apreciar un importante proyecto de planificación urbana acometido a mediados o finales de la sexta centuria, del que conocemos varias actuaciones de gran significado edificio. En primer lugar se sitúa el programa poliorcético que afecta, hasta el momento, a dos zonas de la ciudad: la vaguada del Reguerón y la acrópolis; en el primer sector se construyó a fundamentis un baluarte macizo en forma de «L» con material romano de reempleo, que flanquea el camino de acceso tallado en la roca y protege la puerta, defendida a su vez por sendas torres de sillares reutilizados ^. En la acrópolis se erige otra muralla que delimita un recinto fortificado con aljibes en su parte más inexpugnable, de la que se ha podido documentar una puerta. En segundo lugar se acomete la urbanización de toda la superficie del cerro con instalaciones industriales, necrópolis, edificios públicos y viviendas, formadas estas últimas por estancias rectangulares dispuestas en torno a espacios abiertos, según un modelo que parece continuar vigente en época islámica. A este ordenamiento urbano, datable entre los siglos vi y vii, corresponde la mayoría de los restos arquitectónicos visibles por toda la superficie del cerro, cuya extensión, regularidad y coherencia constructiva ^° sugiere un proyecto urbano Fig. 2.-Plano topográfico con la localización de la basílica. unitario ex nouo -no se planteó, como inicialmente supusimos, sobre una trama urbana romana cohesionada y en uso^^-, únicamente comparable, en escala reducida, al estudiado en Recópolis (Olmo, 1998 a y b). Sin duda fue en este momento cuando se planificó un área monumental de carácter religioso en la parte alta de la ciudad, frente a la muralla de la acrópolis, que incluye el edificio basilical de tres naves con el baptisterio a sus pies, que se da a conocer en este trabajo. ^ Sobre la epigrafía latina del asentamiento, tanto la monumental relacionada con el proyecto de municipalización augusteo, como la funeraria de los siglos II-III d.C, véase el estudio de L. Abad, 1996. Gutiérrez Lloret, 1999 b, 109. ^ La fortificación tardoantigua aprovecha, integrándola en el macizo de la obra como parte trasera, la muralla augustea que debía estar parcialmente expoliada en aquel momento. Presenta un núcleo macizo de capas de piedra y argamasa, junto con paquetes de tierra, forrado por un paramento externo construido con spolia de diversas procedencias (sillares de la propia muralla romana, elementos arquitectónicos, estelas funerarias, etc.), dispuestos en soga con un precario sistema de tirantado, que recuerda particularmente al empleado en las fortificaciones bizantinas del norte de Africa. "^ Destaca por su abundancia un sistema constructivo basado en la alternancia de rellenos de mampostería con adarajas verticales de gran tamaño -a menudo de reempleo (pilastras, lajas, estelas, etc.) -, que recuerda, con las salvedades propias del caso, al opus africanum clásico y que encuentra sus paralelos en las construcciones bizantinas del norte de Africa (Diehl, 1896, 176 y ss.;Akerraz, 1985, 432, fig. 5), si bien en el caso que nos ocupa dicha técnica se constata tanto en edificios de época visigoda, como en estructuras propiamente emirales; es necesario señalar que los alineamientos de estelas a que a menudo se refieren los investigadores que nos han precedido son realmente las adarajas emergentes de este característico aparejo altomedieval. También se emplea la mampostería regular con sillares encadenados en las esquinas o la alineación de grandes losas dispuestas verticalmente.'' En los lugares donde se ha podido documentar una secuencia estratigráfica anterior a la época visigoda -como ocurre en la necrópolis septentrional, en el Reguerón y en algunos puntos del sector de la basílica -los contextos de época visigoda se superponen directamente a los estratos tardoibéricos de época republicana o a lo sumo de principios del Imperio, sin que se documente ninguna estructura de habitación. De hecho los únicos niveles contructivos de dicha cronología que hemos podido identificar corresponden exclusivamente a la muralla y a los monumentos funerarios. LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO AEspA, 73, 2000 A la luz de estos datos se hace necesario explicar históricamente la creación del centro urbano del Tolmo de Minateda en época visigoda, que es reconocido como tal en el momento de la conquista islámica y perdura con posterioridad a la misma, en un momento caracterizado en otras regiones de Hispânia por una marcada involución en las ciudades. De hecho, el fenómeno de generación urbana observado en el Tolmo de Minateda tiene su correlato en otras ciudades del sureste de la provincia Carthaginensis, tanto en los aspectos poliorcéticos como en los propiamente urbanísticos. Los recientes hallazgos de Valentia -en especial su complejo episcopal-y Carthago Noua -la transformación urbana del área del teatro en un barrio comercial de época bizantina-'^ son buenos ejemplos del fenómeno al que nos estamos refiriendo, pero no los únicos; aunque los datos estratigráficos no son todo lo precisos que cabría desear, en Ilici y Begastri parece documentarse la remodelación de sus respectivos edificios basilicales'^, mientras que en la segunda de estas ciudades se produce el refuerzo o construcción de nueva planta de sus estructuras defensivas, como ocurre también en el Cerro de la Almagra en Mula (Gutiérrez Lloret, 1996; González et alii, 1997) y en el propio Tolmo de Minateda. Todos estos asentamientos son entidades urbanas en el momento de la conquista islámica y como tales aparecen citados en el célebre tratado de capitulación que el noble visigodo Teodomiro firmó el año 713 con el jefe musulmán'Abd al-^Azíz ibn Musa: Ilici es 7/^, Begastri Buqsra, La Almagra Muía y el Tolmo de Minateda MadTnat lyih. Todos estos indicios apoyan la hipótesis de una «reviviscencia» urbana en ciertas ciudades del SE entre los siglos vi y vii, que hemos propuesto explicar en el marco del conflicto grecogótico (Gutiérrez Lloret, 1999 b). Aun cuando se cuestione la extensión del dominio efectivo bizantino en la región y la existencia de un limes definido, como recientemente ha planteado G. Ripoll (1996), la situación de las ciuitates de Begastri y el Tolmo en la periferia de la Orospeda y el control que este último ejerce sobre'^ El estudio de Valencia en época visigoda ha experimentado un importante avance en los últimos años, por lo que la síntesis de R. Soriano y J. Pascual (1993) debe confrontarse con diversos trabajos de inminente aparición (Ribera, e. p.; Ribera y Rosselló, e. p.). Sobre Cartagena, también en curso de estudio, puede verse la síntesis más reciente en Ramallo y Ruiz, 1996-97.'^ El edificio basilical de Ilici, datado por sus excavadores en el siglo IV, fue remodelado en el siglo VII (Ramos Fernández, 1975y Llobregat Conesa, 1991), mientras que en el caso de Begastri testimonios epigráficos prueban la consagración episcopal de basílicas -en un caso a San Vicentehacia principios del siglo VII (Vives, 1969, n° 318 y 319). la principal vía terrestre entre Toledo y Cartagena ^'^, a más de su carácter de puerta abierta hacia la costa levantina, permiten poner en relación esta reviviscencia con la voluntad del Reino de Toledo de controlar de forma efectiva ciertos territorios que hasta el momento escapaban a su autoridad, bien por estar bajo dominio bizantino bien por su propia marginalidad. Creemos, además, que la erección de las sedes episcopales de Begastri y Eio/Elo (seguramente la posterior MadTnat lyih, esto es, el Tolmo de Minateda) cobra sentido desde esta óptica, al tiempo que dicho «desarrollo urbano» visigodo explica el cuadro de pervivencia urbana que refleja el Pacto de Teodomiro en el momento de la conquista, y apoya el inicial, aunque fallido, intento de los conquistadores de aprovechar la aparente estructura urbana con fines fiscales (Gutiérrez Lloret, 1998). El presente trabajo pretende dar a conocer el conjunto religioso de época visigoda excavado en la meseta del Tolmo de Minateda, que se explica ahora en relación con el control efectivo de los territorios del sureste peninsular y la eventual erección de una nueva sede episcopal. Hasta el momento, el complejo ha sido objeto de algunas noticias y referencias parciales en congresos y foros especializados, que reproducen incluso su planta ^^. No obstante, dado que el edificio sigue en curso de excavación -en especial sus flancos laterales y la cabecera-, dejamos para más adelante un tratamiento estratigráfico más pormenorizado de la iglesia y nos centraremos en el estudio específico del ámbito bautismal situado a sus pies, que ya ha sido íntegramente excavado'^. Descripción e interpretación funcional La esquina de la llamada 'Casa Taracena' ha resultado ser el ángulo suroccidental de un conjunto'' ^ La antigua vía romana, atestiguada por numerosos miliarios, que unía Carthago Noua (Cartagena), ahora capital bizantina, con Complutum (Alcalá de Henares) y Toletum (Toledo), capital del reino visigodo (Sillières, 1982).' ^ Se da noticia del hallazgo en L. Abad, S. Gutiérrez y B. Gamo (1999) y en L. Abad, S. Gutiérrez y B. Gamo (e. p.); así mismo se presentó como primicia al III Encuentro Internacional Hispânia en la Antigüedad Tardía (Alcalá de Henares, 1998) con el título de El edificio basilical de la ciudad de lyih.' *' Algunos aspectos concretos, como la decoración arquitectónica o las producciones cerámicas y los materiales latericios, son tratados respectivamente en las memorias de licenciatura en curso de elaboración de Julia Sarabia Bautista, Victoria Amorós Ruiz y Pablo Cánovas Guillen. LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO AEspA, 73, 2000 Fig. 4.-Vista general de la basílica desde el oeste. El baptisterio, en primer plano arquitectónico de carácter religioso formado por una iglesia con baptisterio a los pies (fig. 3). El edificio, orientado en dirección este-oeste, tiene planta basilical de tradición paleocristiana con tres naves, que en la iglesia están separadas por columnas y en el baptisterio por pilares y canceles; en ambos casos la nave central es de mayor anchura que las laterales (fig. 4). La cabecera tiene un ábside de medio punto peraltado y exento, frente al cual se localiza el santuario, algo sobreelevado y delimitado por canceles; en el lado meridional hay dos estancias anejas, una a la altura del santuario y otra en el extremo occidental, cercana al baptisterio; ambas se comunican con la nave lateral mediante un vano con escalones tallados en la roca. La longitud máxima del edificio es de 37,5 m, de los cuales 6,5 corresponden al baptisterio; la anchura máxima interna en la zona de la cabecera es de 12,5 m, que se va estrechando progresivamente en dirección a los pies, donde alcanza 11,5 m; finalmente, el ábside tiene un diámetro máximo externo de 6,2 m. Las entradas se abrían en los lados largos de la iglesia, ya que el baptisterio situado a los pies sólo era practicable desde el interior. Se han documentado tres accesos: dos en la fachada septentrional y uno en la meridional. De los del lado norte, el más próximo al santuario tiene un vestíbulo que lo comunica con el exterior; al portal de entrada, que reutiliza en el umbral un fragmento de inscripción funeraria romana, se llega a través de una escalera monumental que viene precedida por una rampa pavimentada con grandes losas. En el interior de este espacio o vestíbulo hay dos bancos, uno adosado al muro oriental en toda su longitud y otro, de menores dimensiones, en la esquina noroccidental. En el extremo meridional, junto al paso al ámbito eclesial, hay una fosa rectangular tallada en la roca, perpendicular a la estancia. Parece probable que dicha fosa corresponda al planteamiento original del edificio, puesto que se adecúa perfectamente a las dimensiones y orientación del vestíbulo; aunque en apariencia podría interpretarse como una sepultura privilegiada, lo cierto es que nunca contuvo restos óseos y estuvo siempre rellena y cubierta por el preparado de roca machacada y cal que constituye el suelo de la estancia. En cualquier caso, este paso constituye, tanto por su comunicación directa con la zona del santuario como por su factura monumental, una entrada señalada y de utilización restringida. El segundo acceso del lado septentrional, muy arrasado, es frontero a la única entrada meridional, que comunica la nave lateral con el exterior a través de un vestíbulo al que se accede por unos escalones. En su interior apareció una inhumación infantil en el interior de una fosa tallada en el suelo y cubierta por losas. El conjunto está diseñado aprovechando la pendiente natural de la roca, que se retalla a distintas alturas para formar tanto el zócalo de los paramentos como bancos o escaleras, además de constituir la base del suelo. Retalles y muros, contemporáneos, pueden seguirse por todo el perímetro del edificio, aunque es a lo largo del lateral sur de la iglesia y en el ábside donde se ha usado en mayor medida la roca como fundamento de los muros. Todo el edificio parece responder a un diseño constructivo unitario basado en el aprovechamiento de materiales de reempleo, pero carece de uniformidad, como se pone de manifiesto en los diferentes módulos de las columnas y sobre todo en los diversos tipos de aparejo: mampostería dispuesta al modo del opus africanum clásico en las estancias anejas y algunos puntos de las naves; mampostería de sillarejo al estilo del opus vittatum, con sillares encadenados en las esquinas en el caso del baptisterio; lienzos de grandes lajas verticales corridas a modo de tizones en la unión del baptisterio con las naves laterales; muros de doble paramento de sillería de reempleo con relleno interior de opus incertum en el ábside; muretes de barro y piedra, más próximos a AEspA, 73, 2000 LA BASILICA Y EL BAPTISTERIO DEL TOLMO DE MINATEDA 199 la técnica del tapial que a la de la propia mamposteria, en el contra-coro; y empleo del ladrillo en algunos tramos murarlos. Las jambas de entrada a los espacios están formadas también por grandes sillares verticales, tanto en los portales de acceso desde el exterior como en los vanos de paso al baptisterio, aunque la jamba derecha del acceso meridional a dicho ámbito fue realizada con ladrillos. No obstante, hay que tener presente que esta impresión de heterogeneidad constructiva aumenta por la condición ruinosa en que hallamos los restos, ya que el edificio en origen estuvo íntegramente enlucido, tanto el interior como el exterior, mediante una capa de cal que debió regularizar la disparidad de sus aparejos. Al menos uno de estos revocos, perteneciente a una columna, conserva varias líneas incisas en caligrafía cursiva de época visigoda correspondientes a un mensaje piadoso ^^. Las naves de la iglesia, de anchura desigual, están separadas por columnas ^^ que se yerguen sobre recortes cuadrangulares tallados en la roca, rellenos de argamasa, en algunos casos bastante profundos; aunque resulte paradójico por innecesario, dichos recortes sólo pueden explicarse como cajas de cimentación ^^. Las basas son todas reaprovechadas, de diferentes tipos y módulos; cuando resultan demasiado estrechas para las columnas que deben sostener, se agrandan mediante una amalgama de fragmentos cerámicos cogidos con cal que permite ampliar su diámetro, simulando las molduras ^°; cuando son demasiado grandes, se recortan. Las cuatro columnas más orientales, que marcan el inicio del santuario, son de mayores proporciones, tan-'' Datos inéditos gentileza de Isabel Velazquez Soriano, responsable del estudio epigráfico.'^ La nave central mide a lo largo de toda la iglesia 5 m, mientras que las laterales disminuyen hacia los pies dándole un aspecto ligeramente trapezoidal: la nave septentrional oscila de 3 '85 a 3' 10 m, en tanto que la meridional lo hace de 3 '75 a 3' 50 m, siempre en medida interior. En total el edificio cuenta con 18 columnas, 9 en cada lado, que definen 8 tramos de arquerías, estando la primera y la última adosadas a la cabecera y a los pies respectivamente. La cuarta columna meridional fue sustituida por un sillar de grandes dimensiones.'^ La hipótesis de que dichos recortes respondan a una obra anterior no cuenta por el momento con ningún apoyo arqueológico; no obstante, están en curso análisis de los morteros del relleno de los recortes y los utilizados en la composición de las basas, para comprobar su contemporaneidad. En cualquier caso conviene señalar que existen algunos ejemplos de recortes con idéntica función, como ocurre en la basílica de Gerena, donde se indica que una pequeña oquedad circular en el suelo es el asiento de una columna (Fernández Gómez et alii, 1987, 107-9) y posiblemente también, a juzgar por la planta publicada, en el Bovalar (Palol, 1994, 27).'^^ Como ocurre con las basas cuarta, sexta y séptima de la columnata septentrional y séptima de la meridional. to para reforzar la imagen de monumentalidad como para sostener el mayor peso que sin duda generaba la cubrición de esta parte del edifìcio. Sobre las columnas debían voltear arquerías de medio punto, a juzgar por las dovelas aparecidas en distintos lugares y, sobre todo, por la presencia de gran parte de un arco desplomado en el hueco del último intercolumnio meridional, a los pies de la iglesia. El ábside, semicircular y exento, está construido con un doble paramento de sillares de reempleo, con relleno interior, conformando un muro de gran capacidad de carga, necesaria para poder soportar la bóveda de cuarto de esfera de ladrillo que se encontró desplomada sobre el pavimento. El suelo lo forma la propia roca tallada y alisada, con un acabado de opus signinum muy fino, pues se conservaban ligeros vestigios de tono rojizo por toda la superficie. No han aparecido elementos muebles de uso litúrgico (mesa de altar, cátedra, etc.) aunque varios retalles podrían corresponder a sus huellas de fijación. El suelo del primer intercolumnio, al igual que el del ábside, se halla elevado en relación al resto de la iglesia y está delimitado por canceles, con dos únicas aberturas alineadas en el sentido del eje mayor del edificio, para permitir el acceso al ábside. Los canceles, hoy perdidos, estuvieron originariamente sujetos a las columnas, que conservan las ranuras de encaje, y al suelo donde se aprecian igualmente los rieles de obra hechos a tal efecto, si bien algunos fueron sellados posteriormente con cal, lo que evidencia una remodelación de difícil interpretación mientras no concluya la excavación de dicho espacio. Por esta razón desconocemos aún la ubicación originaria del altar y, en consecuencia, la función concreta de los dos ambientes que parecen configurar el sanctuarium del templo (ábside y coro o presbiterio antepuesto). A ambos lados de la cabecera existen habitaciones adosadas que configuran una especie de brazo transversal. La del norte conforma la entrada monumental al sanctuarium de la iglesia antes descrita. La estancia frontera en el lado meridional está recortada en la roca y se comunica con la nave lateral sur a través de un acceso escalonado también tallado ^*. De las diversas fases que han podido diferenciarse en su interior, únicamente la primera parece corresponder con seguridad al uso litúrgico del edificio, constatándose una fosa rectangular en la esquina sureste, con una cubierta de ladrillo expolia-^' A juzgar por los recortes en la roca parece probable que la estancia tuviese otra puerta en el lado oriental, abierta hacia el exterior, pero la confirmación de dicho dato está pendiente de la excavación arqueológica de la necrópolis que rodea la cabecera. da que debió contener una inhumación ^^, y un retalle cuadrado central que podría interpretarse como la huella de una mesa o algún otro elemento mueble contemporáneo. Con los datos disponibles resulta difícil asegurar la función originaria de esta estancia, pero su situación en la cabecera del edifico y su proximidad al sanctuarium la convierten en la más firme candidata para ubicar el sacrarium (Godoy, 1995, 94), sirviendo además en este caso de cámara sepulcral claramente privilegiada ^^ También en este mismo lateral sur se abre una estancia rectangular, comunicada con la iglesia mediante un vano escalonado recortado en la roca, que presenta un banco corrido a lo largo de sus paredes, en parte tallado y en parte construido; es de destacar la reutilización en la obra de una columna con decoración geométrica tallada a bisel de época visigoda, junto a una inscripción funeraria romana y un tambor de columna estriado, lo que sugiere la existencia de remodelaciones del proyecto icnogràfico original (Abad, Gutiérrez y Gamo, 1999, 53). Las características de esta sala y su ubicación medianera entre el vestíbulo de entrada a la iglesia y el baptisterio permiten, como se verá más adelante, relacionarla con el rito bautismal. El suelo de la iglesia fue tallado directamente en la roca, empleándose para regularizarlo un mortero de cal compuesto con la misma roca arenisca machacada; el resultado mimètico de este preparado impide a menudo su identificación durante el proceso de excavación, siendo necesario esperar a que las superficies pierdan la humedad. De esta forma se han podido documentar a intervalos regulares y asimétricos nuevos encastres de barroteras tallados en el suelo de la iglesia, que parecen sugerir la existencia de algún sistema de cerramiento que delimitaba un espacio reservado a lo largo de la nave central, como parece ocurrir también en los edificios religiosos del Bovalar (Palol, 1989(Palol, a, 1999(Palol, y 1994, 28), 28) y de Casa Herrera (Caballero y Ulbert, 1976, 27 ss.) con dos pequeños arcos de herradura que conserva el arranque de la columnilla central. Uno de los arcos simples procede del acceso monumental a la zona de la cabecera mientras que los dos restantes se asocian a la estancia colindante al baptisterio. En cuanto a las cubiertas parece probable una armadura a dos aguas sobre las naves, apoyada en los muros maestros perimetrales y en las arquerías de las naves, mientras que el ábside se resolvió con una bóveda de cuarto de esfera de ladrillos seguramente fabricados para la ocasión. En cualquier caso en los tejados se emplearon exclusivamente imbrices, de los que aparecen numerosos fragmentos en los derrumbes. Por último cabe destacar un recurso constructivo, consistente en el tallado de canales de evacuación en el suelo de roca, que ha sido constatado en diversos lugares del monumento y que al parecer guarda relación con el drenaje de aguas y humedades. Es el caso del acceso meridional, situado a mayor cota que las naves de la iglesia, en cuyo suelo se talló un canal con un desarenador ya dentro de la nave lateral, que atraviesa el interior de la iglesia para conducir las humedades hacia la habitación septentrional del baptisterio, donde se filtrarían en su suelo de tierra ^^ De similar forma debe funcionar una fisura o diaclasa natural de la roca que atraviesa de sur a norte las tres naves por el centro de la iglesia y va a desembocar, ya en su exterior, en un aljibe ubicado en posición simétrica a otro meridional, también externo; ambos pudieron estar dentro de un espacio semicubierto perteneciente al conjunto eclesial ya que, aunque la excavación no ha concluido todavía, hay indicios de que al menos la zona norte estuvo porticada. El aljibe septentrional mide 2,7 m de longitud máxima por 2,1 de anchura y 1,9 de profundidad; tiene un retalle perimetral para el encaje de tapadera y en el fondo una poceta que se prolonga en un pequeño canal para facilitar su limpieza. El depósito meridional mide 3,9 m de longitud máxima por 2,5 de anchura y 2,5 de profundidad, y conservaba restos de un pretil muy deteriorado de pie-202 LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO AEspA, 73, 2000 Fases genéricas de uso y evolución del edificio En lo que se refiere a la evolución del edificio en su conjunto, se pueden establecer varias fases genéricas de uso y transformación espacial. La primera corresponde a la icnografía del edificio, su construcción y su uso como escenario del culto, tanto en el caso de la iglesia propiamente dicha como en el del baptisterio anejo, puesto que ambos fueron concebidos desde el principio como una obra unitaria. No conocemos la fecha precisa de su erección, pero los indicios estratigráficos y el material arqueológico no permiten datar el conjunto antes de fines del siglo VI, si bien parece harto más probable una cronología de pleno siglo VIL A lo largo de su uso como edificio religioso se produjeron una o varias remodelaciones en diversos sectores del complejo arquitectónico que modificaron su diseño primitivo sin alterar su función prístina. Es el caso de la erección del contra-coro, el cegamiento de algunos rieles de cancel en el santuario, la inclusión de una columna visigoda con talla a bisel en el banco de la estancia meridional colindante con el baptisterio, la reforma de sus escalones de acceso desde la nave lateral y, por supuesto, las sucesivas remodelaciones de la piscina bautismal. No podemos aportar fechas concretas ni asociaciones estratigráficas completas para todas estas reformas; lo único que podemos señalar, atendiendo a la estratigrafía relativa de los diversos ambientes y a sus semejanzas constructivas, es que tanto los muros del contra-coro como la refacción de los escalones de la estancia colindante al baptisterio tienen una factura similar, utilizan el mismo barro y podrían ser contemporáneas. En cuanto al uso funerario se ha podido documentar la superposición de enterramientos, al menos en los aledaños del baptisterio. No obstante, este indicio cronológico puntual no parece demostrar una secuencia de enterramiento dilatada a lo largo del tiempo si atendemos a las fechas post quem de los broches de cinturón aparecidos en dos de las tumbas. De otro lado, sorprende la relativa escasez de enterramientos en el interior del recinto cultual, en comparación con otras iglesias contemporáneas como el Bovalar. Vega del Mar o Casa Herrera, entre otras; esta infrecuencia podría indicar a priori que la basílica del Tolmo de Minateda estuvo poco tiempo en uso litúrgico, lo que en apariencia se contradice con la utilización dilatada que, por contra, parecen sugerir las sucesivas remodelaciones de la piscina bautismal, y sirve para ilustrar que las explicaciones de los datos arqueológicos no son evidentes ni pueden ser parciales. En cualquier caso, con- y variedad de estratos representados, una vez que se abandona como edificio funcional. Desde los momentos iniciales y sobre los primeros estratos de abandono, se registran frecuentaciones puntuales a las que no se puede otorgar el rango de ocupaciones por su escasa entidad, consistentes en su mayoría en hogueras y basureros en distintos espacios, al tiempo que se producen los primeros expolios de algunos elementos constructivos, pese a que el edificio mantiene en pie gran parte de su estructura. Sobre la superficie final de esta fase, que culmina generalmente con el derrumbe total o parcial de las techumbres, hay algunos hogares más complejos con solera de tejas, que se asocian al uso del edificio en ruinas como refugio puntual, cantera o aprisco. Posteriormente se culmina la degradación definitiva, con la caída de las estructuras arquitectónicas emergentes que aún se mantenían, como arcos, dinteles o columnas, y el desplome de parte de los alzados de los muros, aunque de nuevo aquí hemos de hablar de una destrucción paulatina y desigual, ya que en ciertas zonas ésta debió ser muy rápida, mientras que en otras su demora permite registrar de nuevo usos puntuales entre la escombrera. La cuarta fase corresponde a una intensa actividad de recuperación sistemática de material arquitectónico para la construcción de nuevas estructuras. De este proceso forman parte una serie de zanjas que intentan recuperar los elementos aéreos sustentantes, especialmente las dovelas caídas de las arquerías; la más espectacular recorre de forma continua todos los intercolumnios, desde la nave lateral norte a la sur pasando por el santuario, con la finalidad de sustraer las arquerías desplomadas, excepción hecha de la correspondiente al último intercolumnio meridional, que apareció derrumbada in situ. Esta labor de expolio debe relacionarse, aun siendo previa, con la remodelación urbanística que constituye la quinta fase y que supone la construcción de un barrio islámico con numerosas viviendas unicelulares agrupadas en torno a un área abierta de carácter industrial, con al menos dos hornos, que ocupa el espacio central de la vieja iglesia, totalmente desfigurada y enterrada, aprovechando alguno de sus muros emergentes. La cronología plenamente emiral de dicha remodelación urbanística se apoya, a más del material cerámico ^°, en el hallazgo de un fais de leyendas religiosas sin ceca ni fecha, datado por su morfología en la segunda mitad del siglo VIII o, a lo sumo, principios del ix, en un estrato sobre el que se construyó uno de los muros de una vivienda islámica que aprovecha parte de los muros emergentes del baptisterio. Este dato cronológico proporciona un excelente límite ante quem para la destrucción definitiva del edificio y permite afirmar que la antigua basflica estaba ya totalmente arruinada y en curso de expolio a principios del siglo IX, si no antes, y desde luego resulta difícil defender, a la luz de las potentes fases de abandono y destrucción documentadas, una continuidad de su función litúrgica más allá del ecuador del siglo viii. Se trata de la parte del edificio más afectada por las excavaciones antiguas, sobre todo en la mitad oeste de las naves central y meridional donde las remociones de tierra alcanzaron en algún punto la roca base, con las consiguientes alteraciones de la estratigrafía e incluso su pérdida total, aunque en su mayor parte no se llegó al suelo de uso de las habitaciones. El único aspecto positivo de estas alteraciones fue precisamente que exhumaron parte de los muros y con ello facilitaron su localización. El edificio del baptisterio se adosa al lado occidental de la basílica y mantiene su misma disposición tripartita con mayor anchura de la nave central ^S aunque se desvía ligeramente hacia el sur respecto a su eje principal (fig. 5); de hecho, baptisterio e iglesia conforman un mismo volumen arquitectónico, en el que el primero depende de la segunda. Los muros son de mampostería con encadenados de sillares en las esquinas, aunque hay tramos construidos mediante tizones, como ocurre en la unión con la nave septentrional. Los muros que lo separan de la iglesia fueron parcialmente expoliados en las naves central y septentrional, aunque las improntas de sus revocos permiten restituir los tramos desaparecidos. A juzgar por esos indicios, el baptisterio sólo era accesible desde el interior de la iglesia a través de sendos vanos de aproximadamente 1'20 m de anchura, abiertos en cada una de sus naves laterales, pues las huellas de revestimiento conservadas muestran la presencia original de un muro de cierre en la nave central y por tanto confirman la carencia de un acceso directo desde ella. Las jambas de ambos vanos se resuelven con grandes lajas de piedra, como es frecuente en la propia basílica y en la arquitectura altomedieval del Tolmo, aunque una de las jambas del acceso meridional se simuló con ladrillo. ^° Un avance sobre la cerámica emiral del asentamiento puede verse en Gutiérrez Lloret, 1999. ^' Se trata de un espacio rectangular de unos 11 '5 m por 6' 5 en su espacio interior con muros de unos 55 cm. La nave central tiene una anchura de 3 '90 m frente a los 3' 45 de la nave lateral sur y los 2'80 de la nave lateral norte. LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO Su interior se organiza en tres naves separadas entre sí por cuatro pilares cuadrados, de unos 70 cm de lado, y dos machones rectangulares de l'SO m adosados al muro occidental, que dejan entre sí cuatro vanos de r95 macada uno, cerrados por canceles. En el caso de los vanos orientales, los más próximos a la iglesia, los cierres los forman placas fijas ^^ encastradas en un rodapié tallado en el umbral; en el caso de los vanos occidentales, el cerramiento es únicamente parcial, ya que las dos placas laterales de 70 cm, fijas y encastradas en rieles sobre el suelo, presentan también muescas verticales para encajar, a modo de barroteras, una tercera móvil de unos 60 cm no conservada en ninguno de los dos casos. El espacio correspondiente a dicha placa central carece del pertinente riel sobre el suelo, que ha sido sustituido por una losa plana que hace las veces de umbral. De las tres naves en que se divide el baptisterio, la central es la principal, y en ella se sitúa la pisci-^^ El vano septentrional tuvo tres placas, dos laterales de unos 70 cm, de las que ha desaparecido la más occidental, y una central de unos 50 cm, con restos muy deteriorados de decoración en la cara interna, es decir la que no mira a la piscina. El vano frontero en el lado meridional dispuso de cuatro placas de unos 50 cm, decoradas en su cara interior. na bautismal, mientras que las dos laterales debieron servir para funciones auxiliares. La nave meridional tiene un banco recortado en la roca que aprovecha el rebaje del terreno, mayor en este punto por la pendiente natural hacia el norte y necesario para nivelar el suelo de las tres habitaciones del baptisterio. Sobre la mitad occidental del banco se documentó una estructura realizada con piedra y argamasa, muy compacta pero también muy deteriorada, que pudo ser un poyete o los restos de una mesa de mampostería. En el suelo de roca, junto al banco, dos encastres cuadrados tallados en la piedra y revocados con yeso pudieron ser los encajes de los pies de sendas mesas auxiliares, cruces, candelabros o cualquiera de las piezas de mobiliario litúrgico complementario del rito bautismal. El suelo de la habitación septentrional es más complejo, debido sobre todo al desnivel de la superficie original del terreno. En la mitad oriental, como es habitual, el suelo es la propia roca, en tanto que hacia el occidente aparece un estrato de tierra que debe corresponder a una capa de regularización extendida en el momento de la construcción para nivelar el terreno. Los muros de cierre orientales tienen una cimentación muy compacta de mortero que les permite salvar el desnivel existente en la roca en ese lugar. Esta cimentación está dispuesta sobre un estrato de tierra arcillosa con manchas de cenizas y restos de adobes que corresponde a un estrato de abandono y colmatación previsigodo que ciega una pileta anterior y sobre el que se construye, en forma de cuña, la cimentación de la basílica. En esta unidad estratigráfica todo el material aparecido parece adscribible, a falta todavía de un estudio más completo, al cambio de era o a un momento inmediatamente anterior ^^. La habitación central y la evolución de la piscina bautismal La habitación central del baptisterio alberga, como ya se ha señalado, la piscina bautismal y constituye el eje del conjunto arquitectónico y del espacio litúrgico. La piscina propiamente dicha y por extensión la habitación que la contiene, a diferencia de las cámaras laterales contiguas, sufrió numerosas remodelaciones y cambios morfológicos a lo largo de su uso y hasta su definitiva destrucción; dichas transformaciones se presentan agrupadas en cuatro fases constructivas, que corresponden a otras tantas piscinas con sus remodelaciones, y una quinta de expolio. La piscina cruciforme con dos extremos lobulados La piscina original es.de opus signinum de muy buena calidad y tiene forma de cruz cuyo eje principal es el mismo de la iglesia, en tanto que los brazos laterales son de forma lobulada, sin que presente ningún sistema de desagüe interior (figs. 6 y 7). Esta piscina se inscribe en un recorte de la roca de similar morfología que no es del todo simétrico, sino que presenta varias irregularidades: el brazo occidental es más largo que el oriental y está descentrado; el meridional es también más grande que el septentrional y las esquinas noreste y sureste son más anchas que las opuestas. Un segundo retalle ^^ En ningún lugar de la basílica se ha podido documentar, hasta el momento, la existencia de niveles ibéricos o romanos in situ, a pesar del importante porcentaje de cerámica residual de época ibérica que aparece en la mayoría de los estratos y del abundante material arquitectónico y epigráfico de época romana reempleado en la basílica. Parece evidente que la construcción del complejo religioso en este punto de la ciudad conllevó una importante alteración topográfica, con el recorte de la roca original, que debió destruir la estratificación previsigoda, si la hubo. corrigió algunos de estos fallos y confirió al conjunto un aspecto más regular. El espacio entre el retalle y la pila se rellenó con mampostería de piedras medianas y pequeñas. En el extremo del brazo occidental, en la que debía ser la entrada ritual a la fuente bautismal, se construyó una escalera de la que se conservan dos peldaños ^^. La parte correspondiente al brazo oriental, el lugar de salida, ha desaparecido a consecuencia de un expolio posterior, lo que nos impide asegurar la existencia de un diseño similar al descrito para el occidental, aunque parece lo más probable ^^. Del pavimento original sólo se conserva un fragmento de mortero anaranjado encima de la roca. •^^ No podemos asegurar que en origen no hubiese un tercer escalón desaparecido en posteriores reformas, aunque por cotas parece más probable que el superior conservado. enlazara con el suelo de la habitación, a no ser que la piscina tuviera un realce del que no se ha conservado ningún indicio. •^^ El expolio corresponde a la fase quinta y afectó en mayor o menor medida a todas las piscinas sucesivas; por esta causa, la salida oriental de todas ellas -es decir, su gradus ascensíonis en terminología isidoriana -está parcialmente destruida y se ha debido completar simétricamente en las restituciones a partir de los datos arqueológicos. Las sucesivas reformas de este ambiente nos impiden constatar en esta fase la existencia de barandilla, pretil o delimitación exterior de ningún tipo. Por último, se documentan dos agujeros tallados en la roca que podrían ser las huellas de soporte de alguna mesa u otro tipo de mobiliario relacionado con el rito del bautismo. No conocemos el periodo de tiempo en el que estuvo en uso la piscina original, pero en un determinado momento la estructura experimentó una profunda remodelación, que marca el comienzo de una serie de sucesivas transformaciones que tienden a reducir paulatinamente sus dimensiones. La principal característica de la segunda piscina es la desaparición de la forma cruciforme, al cegarse los brazos transversales absidados con un relleno de mortero de piedra y cal (figs. 8 y 9). Se define así una cubeta central de forma ligeramente rectangular que cuenta con un nuevo acceso escalonado, más estrecho, de tres peldaños, en el eje principal del circuito litúrgico, es decir, el orientado hacia el ábside. La nueva piscina, construida en el interior de la primitiva, está revestida de opus signinum con una moldura de cuarto de bocel en las aristas interiores de la cubeta. La excavación ha permitido documentar un proceso de reforma bastante complejo. Sobre la superficie horizontal del revestimiento de la piscina precedente se extendieron sucesivamente una delgada capa de tierra y un preparado de pequeñas piedras, se cegaron los lóbulos laterales y se estrecharon los accesos; luego se dispuso una fina capa de carboncillos que también se apoyaba en los rellenos laterales y por fin se aplicó una capa de revestimiento de signinum, de superficie muy cuidada y de gran espesor en su fondo. Se trata, pues, de una obra muy elaborada, no sólo por su aplicación en capas superpuestas sino, sobre todo, porque esa capa de carbones ha sido aplicada ex profeso con una función constructiva o, más bien, impermeabilizante. En cuanto a su colocación, parece que debió aplicarse en forma de pasta, prensada contra la pared preexistente con unas tablas que han dejado sus huellas en forma de finas líneas visibles tanto en su superficie como en el reverso del signinum. Esta segunda piscina experimentó numerosas re- modelaciones que hemos agrupado de forma genérica en una fase secundaria y que sugieren un uso continuado del ámbito bautismal. Por encima de esta primera cubeta rectangular se dispuso otra de cal alisada, que a su vez sufrió dos o tres refacciones en la vertical en su lado oriental, como si fuera éste el que soportara un mayor uso. Esta superfície se adapta a la forma del signinum anterior, sobre el que se asienta directamente y del que reproduce incluso las molduras. El peldaño inferior de la entrada incluye un fragmento procedente de la bandeja anterior, por lo que debemos pensar que la segunda pila estaba ya parcialmente rota cuando se hizo esta remodelación, pues no parece probable que se destruyera durante la construcción. Esta nueva refacción, que vuelve a empequeñecer la piscina, conlleva la conversión de la antigua cubeta central, rectangular, en cuadrada (figs. 10 y 11). Para ello se levantan sendos tabiques en sus lados norte y sur, de los que sólo se conserva bien el meridional, construido con piedras pequeñas planas trabadas con cal, aunque del septentrional quedan ligeras huellas embebidas en reformas posteriores. En el espacio resultante entre ambos tabiques se dispuso una capa de piedras pequeñas trabadas con cal que forma el preparado de las cubetas posteriores; sobre él se aplicó una lechada de cal gruesa, de entre cuatro y seis centímetros de espesor, que o bien pudo constituir en sí misma la primera superficie de uso de la piscina en esta fase, o bien simplemente la cama para un revestimiento de opus signinum. La entrada a esta pequeña cubeta cuadrangular se mantuvo en el mismo eje que las anteriores y suponemos que debió reproducir, a cota superior, el mismo diseño escalonado; no obstante, su cota de arrasamiento no permite documentar la existencia de peldaños. Por encima de la capa de cal a la que acabamos de aludir se dispuso una nueva, similar a la anterior, que se revistió con signinum, conformando una nueva pileta que volvió a recibir una última refacción también en 5-/^-Existen, por tanto, tres superficies de opus signinum que se corresponden con otras tantas cubetas cuadradas sucesivas que van elevando la altura del suelo mediante capas intermedias de cal que constituyen las camas del revoco, aunque en último término también ellas mismas podrían constituir fases intermedias de uso. Quizás el elemento más llamativo de esta fase es la progresiva reducción del receptáculo del agua, no sólo en superficie sino también y sobre todo en pro- fundidad; una evolución morfológica que debe reflejar importantes transformaciones en el rito bautismal, si no la preeminencia de la infusión sobre la inmersión. A diferencia de las anteriores, que pueden considerarse remodelaciones de un diseño primigenio, la última fase constructiva documentada señala una evidente ruptura arquitectónica, ya que redistribuye el espacio interno de la sala y desplaza la cubeta bautismal hacia el este respecto a su posición original (fig. 12). Al tiempo que se construye esta nueva pileta cuadrangular, se eleva el suelo de entrada obliterando los antiguos escalones de acceso y se rodea el conjunto de un pretil circular de mortero y ladrillos abierto en los dos extremos del circuito litúrgico, es decir, en el eje este-oeste (figs. 13 y 14). Para la ejecución de la pileta se aprovechó el lado sur del brazo oriental de la primera piscina como límite meridional y se colocó en la esquina noroccidental un sillar tallado en forma de «L», con el cual se conformaron los laterales norte y oeste. Seguramente el lado oriental estaría constituido por un sillar alargado aparecido en uno de los estratos de relleno de la piscina una vez destruida, que muestra en una de sus caras restos de cal y de opus signinum. La obra se asienta sobre una capa de regularización en la que se incluyen algunas piedras a modo de calzos para nivelar la superficie. Toda la mitad occidental, incluidas cu-betas y recortes de la roca, se obliteró con capas de mortero realizado con piedra, arena, cal y fragmentos de opus signinum, teja o ladrillo. Este mortero cubre estratigráficamente la parte superior de los lóbulos de la pileta original y las superficies horizontales de los revestimientos de la tercera fase. Parece bastante probable que los constructores de esta última piscina fueran los responsables de la destrucción parcial de las pilas anteriores de opus signinum, porque su ubicación descentrada obligaba, para poder excavarla, a arrasar necesariamente parte de los alzados anteriores; esto explica la aparición de fragmentos de opus signinum en el relleno de obra. Sin embargo, al menos los escalones orientales de la primera piscina debieron conservarse casi intactos, ocultos bajo la nueva salida, ya que esta parte no resultó afectada por el cambio, y será en un momento posterior, con la amortización final del conjunto, cuando se destruya. A unos 70 cm al oeste de la pileta, y en su misma línea, se colocó un escalón, al tiempo que se re- aprovechó uno de los tabiques que ya funcionó con la tercera fase; ambas estructuras se cubrieron con un revoco blanco que se extendió también por el suelo hasta la pila. Sobre esta obra de relleno se construyó un pretil de ladrillos trabados con argamasa, del que se conservaban en algunos lugares dos hiladas y que pudo corresponder a algún baldaquino. Este múrete rodeaba la piscina bautismal, Fig. 14.-Detalle de la cuarta piscina, con el expolio final pero se interrumpía en los extremos oriental y occidental del antiguo eje principal, para permitir el acceso y la salida a través de los mismos puntos por donde se había hecho en todas las fases anteriores de la construcción, respetando por consiguiente la ordenación litúrgica previa. Con la piscina de esta fase se relacionan en la habitación al menos dos suelos de mortero, realizados con una mezcla de la propia roca del cerro y cal que en algunos tramos, para salvar el desnivel, descansan sobre un preparado previo. También ahora se realiza un enlucido de canceles, rodapiés y paredes, seguramente el último de ellos. Con posterioridad tuvo lugar una refacción que supuso la obliteración del escalón, de su revestimiento y del tabique, con lo que el mortero alcanzó el límite occidental de la cubeta y fue causa de una nueva elevación del suelo. Esta última fase no corresponde realmente a ningún momento constructivo del baptisterio, antes bien señala su definitivo abandono como escenario litúrgico. Se trata de una excavación intencionada en el interior del pretil de la piscina bautismal, que además de destruir parcialmente la última pileta, afectó a las estructuras infrapuestas y no visibles en el momento del expolio, llegando a rebajar el recorte de la roca original en algunos puntos. De esta forma se destruyeron los accesos orientales de todas las estructuras bautismales, que hemos restituido por simetría, y se vaciaron parcialmente los morteros meridionales de la primera piscina, situados al sur del brazo sureste. Una vez excavadas y removidas, las estructuras de la piscina bautismal fueron rellenas y cubiertas parcialmente por diferentes estratos fruto de esta destrucción, puesto que contenían cal, restos de revocos, abundantes piedras y fragmentos de opus signinum, junto con parte de la tierra de las inmediaciones. No sabemos cuándo tuvo lugar esta acción, pero debe situarse en el periodo de tiempo que media entre la pérdida del carácter litúrgico del edificio, que aún se mantenía en pie, y la degrada-LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO AEspA, 73, 2000 Fig. 15.-Planta de la reutilización del baptisterio tras su desacralización, con hogares y señales de combustión en la nave septentrional. ción, los expolios y la reordenación urbana de época islámica. Lo más probable es que este expolio se produjera cuando el edificio desacralizado se ocupa puntualmente para otros fines, como se constata en la habitación aneja del propio baptisterio, y no podemos descartar que tenga en este caso un significado preferentemente simbólico, ya que esta acción destructiva no parece encaminada, como se constata en otros puntos del edificio, a la recuperación de material constructivo significativo, puesto que parte del obtenido se abandonó allí mismo. El baptisterio tras su abandono: usos y destrucción Entre el cese de la actividad litúrgica en el edificio bautismal y la reurbanización islámica de la zona, que entraña cambios sustanciales en la distribución y uso del espacio, se produjo un proceso paulatino de degradación y destrucción con varios momentos de ocupación marginal y expolio de material constructivo, equiparable al identificado en otras zonas de la iglesia. La estratigrafía resultante es muy similar en las tres naves del baptisterio, aun-que resulta algo más compleja en las habitaciones central y septentrional, que fueron poco y nada alteradas por el expolio moderno ^^. En este proceso se han podido identificar varias actuaciones que corresponden a otros tantos momentos de uso. Con el primero, previo a la destrucción del baptisterio, se relacionan varios hogares hallados en la habitación septentrional, que sólo han dejado manchas de ceniza de forma compacta y regular, a más de diversas huellas de quema de maderas, y quizá también, como señalamos más arriba, la destrucción de la última piscina bautismal en la sala colindante, ya que, aunque no es posible afirmar su coetaneidad precisa, ambas acciones corresponden a un mismo momento estratigráfico (fig. 15). Más tar-^^ Los estratos de abandono y degradación, que se suceden y simultanean en un proceso continuo, son de tres tipos: 1) tierras heterogéneas, en general castaño-anaranjadas y de apariencia limosa, con abundantes pintas de cal, tejas y pequeñas piedras, fragmentos de enlucido, de opera signina o de canceles; 2) manchas castañas oscuras que en algunos casos corresponden más a degradación de estructuras de madera que a restos de hogueras; y 3) derrumbes de muros o pilares, de techumbres de tejas o degradación de revocos. Estos tres tipos de estratos se van sucediendo en un proceso continuo tras el cese de la función original del edificio. de, cuando ya se habían acumulado estratos con material constructivo procedente de las techumbres, se documentó un nuevo hogar en el extremo nororiental de la estancia septentrional, construido con tejas y similar en morfología y posición estratigráfica a otros encontrados en la iglesia, con los que debe estar relacionado. En la habitación central, cuando el edificio ya estaba parcialmente destruido, pero antes de la caída definitiva de los alzados, se abrió la zanja responsable de la desaparición del muro de cierre oriental del baptisterio, del que sólo se conserva parte del enlucido que lo recubría y algún ripio pequeño de su base, mientras que los sillares o sillarejos de su alzado desaparecieron en su totalidad. El siguiente momento tiene lugar cuando el proceso de destrucción del edificio se halla avanzado. Se abren dos nuevas zanjas, ahora sobre estratos de derrumbe de considerable potencia y extensión, en los que se han localizado la mayoría de tejas, dovelas, dinteles, columnas, etc., que tienen como finalidad la recuperación del material constructivo de mejor calidad. La primera expolió el muro de cierre oriental de la habitación lateral norte, seguramente para emplear sus piedras en la construcción de un horno cerámico de época emiral situado en las inmediaciones. La segunda afectó a un lugar ya expoliado, el del muro de cierre de la nave central, pero ahora a una altura mayor como consecuencia de la acumulación de nuevos derrumbes, con la probable intención de sustraer las dovelas ya caídas de un arco similar al triunfal y contrapuesto a él; de ser cierta esta hipótesis, esta zanja se correspondería a las que recorren los intercolumnios de las naves de la iglesia con idénticas intenciones. Con posterioridad a la reorganización emiral de la zona, el espacio de la iglesia y el baptisterio se transforma en un solar donde se desarrollan diversas actividades industriales y en cuyo entorno se distribuyen viviendas y áreas de trabajo. En la zona que ocupó el baptisterio, la única acción constructiva constatada afecta a su nave septentrional, donde se levantó un muro del que solamente se conserva una hilada de piedras sin desbastar de mediano y gran tamaño, para delimitar un espacio que reaprovecha la esquina noroccidental del baptisterio y uno de sus machones, cuando éste se halla parcialmente destruido. El espacio así definido se construyó por encima de uno de los estratos de destrucción, que contenía gran cantidad de teja, sin preparación previa de la superficie y sin que en su interior aparezca estructura alguna de habitación que pudiera ofrecer indicios de su funcionalidad, lo que nos lleva a suponer que, antes que una vivienda, se trató de un ambiente relacionado con las actividades artesanales antedichas, quizá un cobertizo o almacén. En las otras dos habitaciones del baptisterio la excavación no ha proporcionado ningún vestigio de actividad correspondiente a este momento. Tras el abandono definitivo de las estructuras islámicas, habrá que esperar a la época contemporánea para constatar la última acción estratigráfica significativa, previa a nuestra excavación sistemática. Se trata del vaciado de la esquina suroccidental del baptisterio, ya mencionado, que sustrajo gran parte de la estratificación postvisigoda del edificio y cuya fecha concreta desconocemos; no obstante contamos con dos indicios cronológicos relativos que nos permiten proponer una datación ante quem del expolio. De un lado, esta excavación ha de ser necesariamente anterior a la visita de Breuil y Lantier en 1916 puesto que se fotografió en la citada fecha; de otro, en el fondo de la interfaz de sustracción apareció un aplique de hojalata en forma de corona real, correspondiente al uniforme de un oficial de época de Alfonso XII, aunque el modelo estuvo vigente durante los primeros años del reinado de su sucesor, Alfonso XIII, lo que nos confirma una datación no muy anterior a la visita de los investigadores franceses ^^. La excavación ha proporcionado un interesante conjunto de escultura decorativa procedente en su mayoría de los niveles de destrucción del complejo arquitectónico o de edificaciones islámicas posteriores, en las que fueron reempleados como material de construcción. No es nuestra intención abordar en estas páginas un estudio pormenorizado de dichos materiales, pero sí creemos necesario referirnos a algunos que por su posición, decoración o morfología contribuyen a matizar aspectos cronológicos o estilísticos actualmente en discusión. Al ámbito bautismal corresponden sin lugar a dudas los canceles conservados entre los pilares de separación de las naves; la escasa calidad de la piedra en que fueron labrados ha impedido reconocer los motivos ornamentales, si los hubo, excepción hecha de la cara meridional del cierre sureste, donde se aprecia una decoración compuesta por círculos secantes que originan rosetas cuadripétalas, en cuyos centros se inscriben rombos de lados curvos ^^ Agradecemos en estas líneas la inestimable ayuda del coronel Gregori, del Servicio Histórico Militar, para la clasificación y datación del aplique. O cruces lanceoladas curvilíneas, rematadas a modo de hojas de hiedra ^^ (fig. 16 A). También en los niveles de destrucción del baptisterio se han hallado algunos fragmentos de placas de cancel y piezas de ensamblaje con diversas ranuras o salientes y similares motivos, que deben ser restos de estas mismas placas. Su aparición in situ en el baptisterio, además de confirmar la cronología visigoda de estos motivos ^^, permite constatar la existencia de una compartimentación física y simbólica del baptisterio de la que no conocemos ningún paralelo documentado arqueológicamente pese a sus evidentes e importantes implicaciones litúrgicas. Además, la secuencia estratigráfica demuestra que dicha jerarquización del espacio está ya presente en las primeras fases del recinto bautismal, puesto que el alzamiento de ^^ Algunos comentarios sobre esta pieza y algunas otras de las citadas puede verse en S. Gutiérrez (e.p.). ^^ La composición de círculos secantes que originan rosetas cuatripétalas en su doble efecto óptico, que arranca de modelos de larguísima tradición en el mundo romano, fue considerada como la más difundida del repertorio ornamental visigodo por M. C. Villalón (1985, 332 ss.) y se sigue manteniendo dentro de la cronología visigoda en la reciente revisión del tema abordada por L. Caballero (1994, 333). los pavimentos correspondientes a la cuarta fase de la piscina oblitera su rodapié, y que por tanto nada impide considerarla propia de la icnografía original del edificio. Asimismo, de las terreras de las excavaciones practicadas entre finales del siglo xix y principios del XX en el ángulo suroccidental del edificio, amontonadas a lo largo del muro testero del baptisterio y reexcavadas por nosotros, procede una placa pétrea partida en dos trozos con una cruz patada de brazos iguales inscrita en un círculo liso, tallada a bisel por ambas caras pero sin calar, que conserva el arranque del pie para hincar (fig. 17 B). Estas placas, llamadas comúnmente «cruces con láurea» o con mayor precisión en este caso «con rueda», son relativamente abundantes tanto en iglesias y edificios funerarios (Casa Herrera, Alconétar, Recópolis. El Gatillo, El Trampal, Melque, etc.) como en edificios profanos (Recópolis, El Germo, el Pía de Nadal, etc.) de época altomedieval, y han sido objeto de numerosos y recientes estudios que nos permiten disponer de un actualizado repertorio (Caballero, 1980; Veas y Sánchez, 1988; Menchón, 1994y Caballero y Sáez, 1999, 210-15). Hay que seña- lar que la mayoría de estas cruces se caracterizan por estar caladas, a diferencia del ejemplar del Tolmo en el que la cruz está sólo ligeramente realzada respecto al fondo; no obstante, en algunos yacimientos, como el Pía de Nadal, Casa Herrera, Santa Lucía y Santiago del Trampal, se documentan cruces con rueda lisas y sin calar, similares a la que nos ocupa. A pesar de su abundancia, las condiciones de los hallazgos no permiten afirmar una funcionalidad concreta de entre las que comúnmente se les asignan: estela funeraria o remate arquitectónico decorativo de las limas de los tejados (Caballero y Sáez, 1999, 214). El nuevo ejemplar del Tolmo no contribuye a zanjar definitivamente la polémica, dado que desconocemos el contexto estratigráfico primario de la pieza, más allá de su segura relación con el baptisterio. No obstante, la excavación de dicho ámbito permite descartar definitivamente su uso funerario -al menos en este caso concreto-, ya que el baptisterio carece de enterramientos y no existe ninguna evidencia de semejantes señalizaciones en el resto de las sepulturas, ni en las del entorno basilical ni en las de la necrópolis extraurbana excavada con anterioridad' ^°. Por el contrario, la secuencia estratigráfica documentada en las zonas no alteradas del baptisterio sugiere que la pieza hallada en la terrera pudo proceder de los niveles de destrucción de las techumbres del edificio, permitiendo defender, de acuerdo con L. Caballero, una plausible colocación en la cumbre del tejado del baptisterio. No obstante, recientes hallazgos como la cruz del baptisterio de Mértola, cuya noticia agradecemos a Claudio Torres, obliga a considerar también su hipotética relación con alguno de los encajes tallados en el suelo, hallados en dos de las cámaras del baptisterio; en tal caso se trataría de un elemento mueble de uso litúrgico en el interior del ambiente bautismal, aunque nos parece más probable su uso como remate arquitectónico. En cualquier caso y con independencia de su uso, su cronología debe corresponder a la del edificio de culto visigodo, esto es, el siglo vii y a lo sumo primera mitad del viii. Por último, la pieza del Tolmo constituye el primer ejemplar documentado en la provincia Cartaginense, ya que la mayoría de los hallazgos -excepción hecha de Tarragona y el Pía de Nadal-se "^^ De hecho, el único elemento de señalización de una sepultura preislámica documentado, más allá de algún túmulo de tierra, fue una piedra colocada sobre la losa que cubría la cabeza del inhumado en la necrópolis septentrional, pero en ningún caso se han hallado huellas de colocación de las citadas estelas, ni en forma de huecos o señales de obra ni, desde luego, restos de los pies rotos hincados. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ concentran en las provincias Bética y sobre todo Lusitânia, en especial en el entorno de Toledo (Caballero, 1980, 94; Caballero y Sáez, 1999, 214), sin que nos atrevamos a afirmar por el momento que este dato tenga otro valor que el puramente geográfico "^K Además de las citadas, hay otras piezas decoradas entre las que destacamos, por su iconografía claramente religiosa, una placa con cruz patada inscrita en una láurea sogueada con la letra alfa en uno de sus brazos, que apareció reempleada como material de construcción en el muro de una vivienda islámica "^^ (fig. 17 A). Se conocen también otras dos placas de similares características: una perdida en la actualidad, que se reproduce fotográficamente en el trabajo de Breuil y Lantier y que probablemente procediera del conjunto religioso (Breuil y Lantier, 1945, lám. 6.5; Gamo Parras, 1998, 156), y otra en manos particulares hallada casualmente en la parte alta del cerro (Gamo Parras, 1998,156). Estas placas ornamentales son gruesas y están talladas por una sola cara, con restos del listel de enmarque, lo que sugiere una función decorativa en las paredes del edificio; entre sus paralelos más próximos se hallan las piezas de la Albufereta en las cercanías del Tossal de Manises, reempleadas boca abajo como cubierta de un enterramiento (Mergelina, 1942-3; Llobregat, 1970) y la del cerro de la Almagra en Mula (Ramallo, 1986, 141), que corresponden igualmente al modelo de dos círculos tangentes inscritos en un rectángulo, fechado por E. Llobregat en el siglo vii. Finalmente se debe mencionar un fuste de columna incompleto, con decoración geométrica de hexágonos y espigas talladas a bisel, similar a la de la Alberca, que se reempleó en el banco de la estan-"^^ No deja de ser parodójica la ausencia de este tipo de cruces en la mayoría de los edificios religiosos y civiles del este de Hispânia, en especial del sector suroriental. La aparición de esta pieza en un edificio religioso, que en nuestra opinión debe relacionarse con la erección de una nueva sede episcopal, Eio o Elo, creada por la corona visigoda para organizar los territorios recién incorporados de la todavía imperial Ilici, constituye cuando menos un elemento significativo que, si se relaciona con la aparición de estas piezas en otros lugares como Recópolis, bien podría situar en época visigoda avanzada la incorporación o generalización como modelo decorativo de este símbolo cristiano, con independencia de sus posibles perduraciones mozárabes atestiguadas en Santa Lucía del Trampal (Caballero y Sáez, 1999, 213). ^^ En el reverso de esta pieza existen dos hileras de tres huecos enfrentados, además de uno lateral, que permiten suponer que la pieza se usó como tablero para la mancala II, uno de los más característicos juegos de 'siembra' de al-Andalus, que en este caso corresponde a la variante C de Vascos (Cosin Corral, Y. y García Aparicio, C, 1998, 41). Este hecho nos informa acerca de la existencia de un estadio intermedio en la utilización de dicha pieza, posterior a su uso en el edificio visigodo y previo a su inclusión en la obra islámica, al tiempo que atestigua su temprana difusión en época islámica. cia colindante con el baptisterio. Aunque no existe ningún indicio determinante para establecer su procedencia, cabe la posibilidad de que en origen formara parte del baptisterio, ya que la piscina, muy cercana, es el lugar de la iglesia donde hay constatadas varias reformas profundas que alteran totalmente la fisonomía del monumento mientras la iglesia está todavía funcionando; en tal caso podría suponerse su relación con un baldaquino o algún elemento de mobiliario litúrgico. Como uno de nosotros señaló recientemente (Gutiérrez Lloret, e. p.), estos hallazgos de escultura decorativa en el sureste de Hispânia en contextos visigodos avanzados matizan «la rareza o posible ausencia de estas producciones fuera de unos pocos centros principales, entre ellos Mérida», sugerida por L. Caballero (1994, 334), y permiten sospechar, dada su relación con otras producciones próximas como Algezares, Beg as tri o el Cerro de la Almagra, la existencia de uno o más talleres meridionales. Para concluir este análisis es necesario hacer referencia a unas piezas arquitectónicas no decoradas, que tienen una singular importancia en el debate que se ha planteado recientemente sobre la cronología de algunas manifestaciones artísticas supuestamente visigodas "^^ Se trata de los llamados «ajimeces», incluyendo en tal denominación no sólo las ventanas monolíticas geminadas sino también, a pesar de lo impropio, todas las ventanas arqueadas monolíticas, de las que contamos con varios fragmentos procedentes de la excavación (fig. 16 B). En un trabajo de inminente publicación tuvimos ocasión de desarrollar los argumentos estratigráficos que impedían fechar las piezas del Tolmo en época mozárabe, como recientemente se había propuesto en el caso de algunos paralelos formales (Barroca, 1990; Caballero, 1994, 347-8), y no volveremos a extendernos sobre el particular (Gutiérrez Lloret, e. p.). Únicamente queríamos recordar aquí la relación de dichas piezas con el edificio religioso que nos ocupa, señalando que al menos el ajimez doble y uno de los arcos de herradura sencillos deben proceder del alzado de la esquina suroccidental de la habitación colindante al baptisterio' ^' ^, lo que signi-' ^^ Sobre este particular veáse sobre todo L. Caballero, 1994Caballero, -1995Caballero, y 1998, además de la síntesis más reciente del mismo autor, todavía en curso de publicación, «La arquitectura denominada de época visigoda ¿es realmente tardorromana o prerrománica?» (Mérida, 1999).'^'^ La ventana sencilla apareció englobada en el derrumbe del lienzo occidental de dicha estancia, aplanado y utilizado como relleno en la construcción de un muro islámico que define un pequeño azucate o callejón entre varias casas de época emiral. El ajimez doble apareció reutilizado en el muro meridional de la casa islámica colindante, que aprovecha la esquina exterior del baptisterio como cierre septentrional. AEspA, 73, 2000 LA BASILICA Y EL BAPTISTERIO DEL TOLMO DE MINATEDA 215 fica que esta estancia, que creemos relacionada con el baptisterio desde una perspectiva litúrgica, tuvo ventanas. El baptisterio del Tolmo de Minateda y su interpretación funcional El análisis arqueológico y estratigráfico del complejo religioso del Tolmo de Minateda demuestra que su diseño es unitario y comprende tanto el edificio basilical de tres naves y entradas laterales como el baptisterio situado a sus pies. La iglesia tiene un ábside exento, un coro sobreelevado y delimitado por canceles -que ocupa el primer tramo de la nave mayor definiendo probablemente el sanctuarium-, un acceso directo a la cabecera desde el exterior a través de la nave septentrional y una cámara frontera en el lado meridional, que posiblemente corresponda al sacrarium. En los pies de la basílica, ocupando el tramo final de la nave central, se sitúa un contra-coro, que podría corresponder a un segundo momento por su técnica constructiva, aunque no existe certeza estratigráfica sobre este particular. Por fin, en el extremo oriental de la nave lateral sur se abre una cámara auxiliar, posiblemente relacionada con el baptisterio anejo. El baptisterio, situado a los pies del edificio basilical con idéntico esquema tripartito, corresponde tipológicamente al modelo retro sanctos que define, según Cristina Godoy, un esquema icnogràfico en el que los espacios litúrgicos se disponen alineados en el mismo eje longitudinal de la iglesia y que es frecuente en la provincia Tarraconense e Islas Baleares (Godoy, 1995, 341), aunque también se documenta en la Bética y ahora en la Cartaginense. En cuanto a la organización interna del baptisterio, la división tripartita de su pianta por columnas o pilares se documenta en la remodelación de Amwas (Emmiis, Palestina), fechada en el siglo vi, y en la iglesia norte de Announa (Thibilis, Argelia), datada entre los siglos v-vi (Khatchatrian, 1962, 6, fig. 49 b y 31, fig. 240); sin embargo, la lejanía espacial y temporal de estos ejemplos impide extraer otra consecuencia que no sea su relativa similitud. Más significativos son los paralelos hispanos de baptisterios tripartitos, ya que corresponden a algunas de las iglesias antedichas de gran semejanza formal con la que nos ocupa. De inmediato destaca el baptisterio del Bovalar, el más próximo en cuanto a diseño y distribución: un ámbito de tres naves separadas por columnas, entradas laterales y piscina en la estancia central, aunque en este caso su posición, adosada al muro de cierre oriental, difiera de la del Tolmo, en el centro de la habitación (Palol, 1994, 28, fig. 13; Godoy, 1995, 225-227); también la basílica de Gerena tiene un baptisterio muy similar, tripartito, separado por columnas y con piscina en la nave central, aunque su pretendida apertura meridional la aleja del modelo albacetense ^^. En cualquier caso, dentro de la familia de baptisterios contrapuestos al ábside y tripartitos, el del Tolmo presenta algunas particularidades dignas de ser destacadas. En primer lugar, a diferencia de Gerena y Bovalar, su división interna en naves se resuelve mediante pilares y machones, en lugar de columnas, lo que reduce sensiblemente la diafanidad del espacio interior resultante y establece una compartimentación evidente de los tres ambientes, definiendo cuatro vanos de comunicación entre ellos. De otro lado, es el único ejemplo conocido por el momento de baptisterio tripartito en el que se ha constatado la existencia de canceles en los vanos. Como ya señalamos con anterioridad, los datos arqueológicos son extremadamente precisos sobre este particular y demuestran de manera fehaciente que los dos vanos orientales estaban total y permanentemente cerrados mediante varias placas fijas, mientras que los dos vanos occidentales disponían de una placa central removible que permitía organizar la circulación durante la celebración del sacramento. Este cerramiento implica la separación física, además de simbólica, de las tres naves y establece una jerarquía de espacios reservados con importantes consecuencias litúrgicas, al indicar que el movimiento que requiere el rito bautismal, representado en la procesión de los competentes o candidatos al "^^ Si bien este esquema ha sido discutido recientemente por C. Godoy (1995, 207), que propone girar 90° la situación de la iglesia. "^^ La apertura lateral del baptisterio, defendida por sus excavadores, resulta cuanto menos paradójica, ya que entra en contradicción con la natural discreción que imponen las condiciones mismas del sacramento y además convierte a Gerena en el primer y único ejemplo conocido por el momento de tan peculiar ordenación. El argumento que esgrimen los excavadores para hablar de ausencia de cierre meridional es el acabado de la esquina suroeste de la iglesia, que no muestra señales de truncamiento, pero, si tenemos en cuenta que en la esquina septentrional no existe trabazón entre muros (Fernández Gómez et alii, 1987, 112), resulta más lógico suponer que la pared sur fue simplemente expoliada. bautismo, se ordena en un solo sentido: se entra por un lateral, se pasa al espacio central donde se halla Idifons y se sale por el otro lado a través de la pieza simétrica, siguiendo el modelo de desarrollo transversal establecido por A. Khatchatrian (1982, 39-41) a partir de los baptisterios de San Juan y San Teodoro en Cerasa y el del Gòlgota en Jerusalén (1962, 9-10, figs. 63b a 65). Este modelo se constata también en otros baptisterios hispanos como el de Torre de Palma, aunque no está claro que todas las habitaciones sirvan para el rito bautismal (Godoy, 1995, 303), pero al igual que en los casos anteriores se trata de ejemplos ciertamente monumentales, que ofrecen un difícil parangón con el que nos ocupa. El baptisterio del Tolmo representa, sin duda, una versión mucho más modesta de la distribución tripartita, pero la intencionalidad del circuito lineal es notoria; de hecho, a la luz de este hallazgo parece lícito preguntarse si los baptisterios de Gerena o el Bovalar pudieron tener cerramientos similares, o más ligeros, que no se han conservado ^'^. Las características arquitectónicas del baptisterio anexo a la basflica del Tolmo ya han sido descritas con precisión, pero su estudio arqueológico permite intentar transcender esa materialidad para adentrarnos en el análisis del espacio litúrgico, en el sentido que C. Godoy asigna a tal término, esto es, la función del espacio arquitectónico en la celebración del sacramento bautismal (Godoy, 1995, 22). Somos conscientes de los riesgos que entraña un análisis de estas características, porque en ausencia de fuentes escritas, epigrafía o mobiliario litúrgico significativo, la identificación de los escenarios litúrgicos siempre resulta discutible; aun así, creemos que en el caso del ámbito bautismal de la basflica del Tolmo de Minateda, los datos arqueológicos permiten proponer determinadas hipótesis que conviene discutir. En primer lugar resulta evidente que el sacramento se administraba por inmersión en la habitación central puesto que allí se halla la piscina. Por otra parte, la distribución del espacio arquitectónico pone de manifiesto la linealidad del circuito litúrgico, que parte y concluye en la propia iglesia, tras cruzar transversalmente las tres estancias del baptisterio, puesto que el baptisterio carece de acceso directo desde el exterior de la basílica "^^ Así pues el problema no radica en la constatación de dicha linealidad en el itinerario sacramental, sino en determinar el sentido del circuito e identificar espacios anexos a la sala de la piscina. En rigor, no existe ningún dato arqueológico que demuestre la dirección del circuito litúrgico, lo que, trasladado a la planta del baptisterio que nos ocupa, implica saber por cuál de sus dos puertas ingresaban los candidatos al bautismo y por cuál salían los neófitos para incorporarse a los ritos eucarísticos. No obstante, la organización espacial y la distribución de ciertos ambientes nos inclina a preferir una dirección sobre otra, que proponemos como reconstrucción del circuito bautismal y que nos permite, en consecuencia, interpretar algunos anexos de dicho ambiente. En nuestra hipótesis, la circulación se organiza en un único sentido desde el extremo final de la nave lateral sur, por donde se penetra en el baptisterio, atravesándolo en el proceso del rito, para salir del mismo por la nave septentrional. Esta elección se apoya en la existencia de una habitación entre la entrada meridional y el propio baptisterio, frente al contra-coro, con bancos corridos en tres de sus lados, y en la presencia de otro banco corrido en la habitación meridional del propio baptisterio, a más de sendas huellas de mobiliario litúrgico. Según nuestra propuesta de itinerario (fig. 18), los competentes serían conducidos a la habitación meridional vecina al baptisterio, bien desde el exterior por la puerta abierta en este lateral, bien desde la propia iglesia acompañando a la procesión del clero, que podría discurrir a lo largo del pasillo central hasta el contra-coro, cuya puerta lateral queda afrontada con la habitación antedicha. Durante la ceremonia bautismal esta cámara haría las veces de sala de espera, donde las distintas tandas de candidatos -niños, hombres y mujeres-aguardarían su turno para acceder al baptisterio sentados en los bancos ^^. Evidentemente, y teniendo en cuenta que el bautismo es un rito que se celebra una vez al año.' ^^ No conviene olvidar que la basílica de Gerena se hallaba en nivel de cimentación; en el caso del Bovalar resulta más difícil justificar su pérdida, a no ser que se aluda a la reordenación del espacio interno del baptisterio, con dos piscinas superpuestas, y al uso funerario del recinto, cuya coetaneidad con el uso litúrgico no queda claramente establecida en las publicaciones (Palol, 1994, 28). ^^ En otros baptisterios tripartitos ubicados a los pies de la iglesia, como el del Bovalar y quizá el de Gerena, la for-ma de entrada es similar a la del Tolmo. Sin embargo, en la mayoría de los conocidos (Vega del Mar, Casa Herrera, Aljezares, Recópolis) existe también un acceso desde el exterior, lo que permitía que el itinerario de los competentes se iniciara fuera de la iglesia. ^'^ Aunque todos los autores que se han ocupado del tema insisten en la carencia de referencias literarias a salas de espera o vestuarios, la espera emana de la necesidad de abordar el sacramento por tandas, especialmente cuando aún no se ha generalizado el bautismo infantil (Iturgaiz, 1962, 53 ss. y Picard, 1989, 1457-58). De forma similar se han interpretado los ámbitos anexos al baptisterio en la basílica del Germo (Ulbert, 1978, 168-9; cfr. Godoy, 1995, 271, en desacuerdo con la denominación propuesta); Vega del Mar (Iturgaiz, 1962, 58-9; Ulbert, 1978, 171-2) y Casa Herrera (Ulbert, 1978, 166-167), a los que quizá se podría añadir la estancia antepuesta en Aljezares. generalmente en Pascua, esta cámara pudo actuar igualmente como catecumeneo para preparar a los aspirantes en determinados periodos e incluso tener a lo largo del año variadas funciones que no guarden relación alguna con dicho sacramento ^°. Una vez que se accede al baptisterio propiamente dicho por su puerta meridional, en la primera cámara, provista igualmente de un banco y de al menos dos mesas, los competentes se despojarían de sus vestimentas y se desarrollarían los ritos prebautismales: signaciones, unción y renuncia al diablo. Una vez concluidos, se accedería por la pequeña abertura entre canceles al espacio bautismal propiamente dicho, donde se desarrollaría la ceremonia preceptiva del bautismo por inmersión, en la que el aspirante descendería por las escaleras occidentales hasta el fondo de la fuente bautismal, para ascender ^° Del nivel de abandono de dicha estancia procede una ocultación metálica compuesta por varios objetos de hierro (eslabones, ganchos, una badila) y de bronce, entre los que destacan diversas partes de una pieza para colgar (cadenas y brazos articulados), actualmente en estudio. ya bautizado por el lado oriental y ser recibido por el obispo. Por fin se ganaría la cámara septentrional donde el neófito recibiría la túnica blanca y saldría con los demás en procesión hacia el Santuario. Conviene tener presente que la separación del ámbito de la piscina, marcada por los canceles, es física pero no visual a no ser que hubiese cortinas, lo que implica que el ceremonial podría ser seguido y auxiliado por acólitos y diáconos en ambas cámaras. Esta separación contribuye a realzar la sacralidad del recinto de la piscina, que una vez concluida la administración del sacramento volvería a ser cerrado, colocando las placas móviles en las ranuras a propósito. Desde esta perspectiva cabe sugerir que los canceles hallados en el recinto bautismal del Tolmo de Minateda podrían constituir la primera documentación arqueológica hispana de la práctica de cerrar y sellar el baptisterio a comienzo de la Cuaresma (Iturgaiz, 1970, 259, n. 8), independizándolo así de las cámaras laterales, que podrían seguir siendo accesibles. Este itinerario ritual corresponde al diseño inicial del complejo con la primera piscina cruciforme, cuyo paralelo más preciso es la piscina de la villa romana de Saucedo en Toledo (Ramos Sáinz, 1994), aunque los datos arqueológicos ponen de manifiesto que dicha organización espacial tripartita mantuvo su vigencia hasta el abandono definitivo del baptisterio. Por el contrario, la piscina sí sufrió numerosas transformaciones a lo largo de su uso, en una tendencia patente a la disminución de tamaño y a la reducción de su profundidad. Dado que dichas remodelaciones ya han sido explicadas en detalle con anterioridad, interesa ahora contrastar dicha tendencia con otros ejemplos. La propensión a la reducción de las pilas, unida a la evolución tipológica desde la planta cruciforme o rectangular a las plantas centradas con pretil circular, se constata también en Sevilla (Bendala y Negueruela,1980, 349-352), Gerena (Fernández Gómez et alii, 1987, 110) y Barcelona (Oriol Granados, 1995); en el Bovalar y en Son Pereto se documenta igualmente la sucesión de piscinas de formas similares -cuadrangular y superpuesta en el primer caso y desplazada al oeste en el segundo (Palol, 1994, 28 y 22)-que deben corresponder a dos momentos constructivos diferentes ^K De hecho, algunos autores como J.-Ch. Picard proponen relacionar esta disminución paula-^' En el caso de Son Pereto, R de Palol (1994, 22) propone un uso simultáneo de ambas piscinas, destinándose la más antigua al rito de inmersión y la más moderna al bautismo por infusión, por estar a una cota superior; recientemente C. Godoy cuestiona dicha coetaneidad siguiendo a N. Duval (Godoy, 1989(Godoy,, 630 ss. y 1995, 160), 160). LORENZO ABAD, SONIA GUTIERREZ y BLANCA GAMO AEspA, 73, 2000 tina de tamaño de las pilas bautismales con la generalización del bautismo infantil, aunque se conserve el rito de inmersión (1989,1455). Sin descartar esta hipótesis, conviene tener presentes también otras posibles explicaciones complementarias de esta inclinación hacia nuevos diseños en las estructuras bautismales, como son la sustitución del rito de inmersión por el de infusión o los problemas de abastecimiento y mantenimiento de las infraestructuras hidráulicas. Por último, interesa destacar que dicho proceso de reducción comienza por la obliteración, parcial primero y total después, de los brazos lobulados de la primitiva piscina cruciforme, perpendiculares al eje litúrgico, que en opinión de C. Godoy servían para acoger a los diáconos que acompañan al neófito durante el rito de inmersión (Godoy, 1986, 133). En el caso del Tolmo la compleja sucesión de estructuras resulta sorprendente desde un punto de vista cronológico, ya que el edificio bautismal, construido al mismo tiempo que la basílica hacia finales del siglo vi o ya en el vii, pierde su funcionalidad litúrgica en un momento indeterminado del siglo VIII y está completamente arruinado en el siglo IX, cuando su solar es ocupado por un barrio de época emiral. En consecuencia, el baptisterio tendría una vida funcional de dos siglos como máximo, lapso temporal en el que se documenta un gran número de reformas sucesivas, sin parangón en otros sectores de la basílica donde las remodelaciones son más puntuales (santuario, contracoro, etc.) y no se constata el uso funerario continuo que caracteriza el interior de otros edificios de larga vida litúrgica. En espera del estudio definitivo de toda la basílica, cuyo baptisterio presentamos aquí a modo de avance, se pueden apuntar varias ideas, que más que conclusiones provisionales constituyen reflexiones y puntos de partida para nuevas lecturas de este tipo de edificios. La investigación arqueológica de un complejo religioso de estas características demuestra que los análisis tipológicos y estilísticos -en ocasiones el único medio de estudio de realidades materiales descontextualizadas por antiguos vaciados carentes de todo rigor-son insuficientes a la hora de otorgar una cronología fiable a los conjuntos. Incluso en el caso de las iglesias bien documentadas, no es frecuente datar los diferentes elementos del edificio de acuerdo con la secuencia estratigráfica y raramente se alude a las reformas, ampliaciones, momentos de abandono, expolios o reutilizaciones que la mayoría ha sufrido. En este sentido la basílica del Tolmo de Minateda resulta paradigmática ya que, a pesar de la morfología tardorromana de su planta basilical, la intervención arqueológica
El convencimiento de que buena parte de los poblados rurales de época visigoda en llano se caracterizan por la presencia de cabanas semiexcavadas nos mueve a presentar por vez primera un intento de sistematización tipológica de estas estructuras arqueológicas poco conocidas en la península Ibérica. Unas responden a características que forman parte de la tradición campesina autóctona desde, al menos, la Edad del Bronce; otro conjunto podría ser específico de la época de las invasiones. Tras unos apuntes de cronología se repasan algunos temas de discusión sobre estos elementos de la arquitectura doméstica en otros ámbitos europeos. PROBLEMAS TERMINO-LÓGICOS Y DE INTERPRETACIÓN DE LA EVIDENCIA (O POR QUÉ LLAMAMOS CA-BANAS A LOS FONDOS DE CABANA) Antes de abordar el tema del presente trabajo aludiremos al conflicto terminológico planteado por la elección del título del mismo. Hemos renunciado al uso de la expresión «fondo de cabana» (que sin embargo se atiene fielmente a las características de las estructuras arqueológicas que se describirán más adelante) debido a la confusión que ha establecido sobre ese concepto una arraigada costumbre en la literatura arqueológica española. Nuestro criterio, mientras no se limite el uso de ese término a su correspondiente semántico entre el colectivo de arqueólogos, será el de denominar cabana al hoyo correspondiente al suelo excavado de una cabana o al espacio subterráneo (de almacenamiento, aireación o «cama») de cualquier tipo de estructura residencial o auxiliar identifícable como tal, de igual modo que llamamos silo a la parte del hoyo de almacenamiento subterráneo que se documenta habitualmente en las excavaciones, aunque no siempre aparezca la estructura completa ^ Las estructuras arqueológicas que se describirán a continuación son parte de cabanas, y como tales, presentan una serie de rasgos que permiten su diferenciación con claridad de otros hoyos excavados en el terreno como pueden ser silos, pozos, hornos u otras estructuras arqueológicas de más compleja interpretación. En términos funcionales, buena parte de ellas podría interpretarse como estructuras residenciales, aunque esta asignación no implique un carácter de exclusividad. Algunas, debido a su deficiente estado de conservación o a unas posibilidades de registro insuficientes, ofrecen un margen de indeterminación que, sin embargo, no debiera impedir su adscripción funcional a elementos auxiliares subsidiarios de los residenciales, lo que incluiría actividades relacionadas con el almacenamiento o procesado de productos agrícolas, entre otras. La utilización del fondo de la mayoría de estas estructuras y del espacio interior resultante queda demostrado por la existencia de diferentes modos de acceso ^ (rampas, gradas excavadas en la pared, etc.), por la utilización desde el inte- rior de estructuras de cocina-calefacción (hornos) y por el descubrimiento, en algunos casos, de estratos de suelo compuestos por una mezcla homogénea de yesos y arcilla, a veces con improntas vegetales. Lamentablemente, no se han podido aducir paralelos etnográficos en la península Ibérica que permitan esclarecer las dudas que arrojan determinados elementos internos documentados en el curso de la excavación (ciertos nichos u oquedades en las paredes del hoyo, determinadas huellas de poste de planta rectangular, etc.). A este respecto, resulta confortable comprobar el grado de relación existente entre la evidencia arqueológica y la etnográfica en la arquitectura popular rural de otras zonas de la geografía europea, tal y como G. Milosevic ha establecido para estructuras residenciales de yacimientos altomedievales de la antigua Serbia (Milosevic, 1998)^. Los yacimientos en los que se han documentado arqueológicamente las cabanas entre los años 1997 y 1999 quedan enclavados en la mitad meridional de la Comunidad de Madrid, sobre terrenos aluvio-coluvionales o detríticos, con escasez de piedra como material constructivo y que permiten la construcción de estructuras subterráneas sin excesiva dificultad (fig. 1). En ambos casos se aprecia una ubicación inmediata a cursos de agua menores o zonas encharcadas buena parte del año. El primero de ellos recibe el nombre de La Indiana-Cacera del Valle, y se sitúa en el término municipal de Pinto, bajo el actual barrio «Parque Europa», al Norte del pueblo. La excavación arqueológica de urgencia allí desarrollada, auspiciada por el Ayuntamiento de Pinto y la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid, permitió documentar evidencias de sucesivas ocupaciones o frecuentación paleolítica, prehistórica y de época altoimperial romana, además de una parte significativa de un poblado o suburbio tardorromano y altomedieval. Las parcelas en las que se documentaron vestigios de estos últimos períodos (superpuestos a los de anteriores ocupaciones, sin aparente continuidad) suman una superficie excavada de alrededor de una hectárea (2.900 m^ en la parcela denominada Cacera del Valle y 6.600 m^ en las dos parcelas contiguas de La Indiana; fig. 2). La distribución en extensión de las evidencias arqueológicas descubiertas permite suponer que el poblado debe ser bastante más amplio, con núcleos dispersos a escasa distancia unos de otros' ^. Las principales estructuras arqueológicas documentadas responden a cuatro tipos básicos: cabanas, silos, enterramientos y pozos. La cronología del conjunto abarca desde la segunda mitad del siglo v al x-xi d.n.e. Las actuaciones arqueológicas en terrenos de la finca Gózquez de Arriba (San Martín de la Vega) se desarrollaron a lo largo de sucesivas campañas durante los años 1997 (labores de peritación arqueológica bajo la dirección de D. Antonio Fernández Ugalde), 1998 y 1999 (sucesivas campañas de verificación de la potencialidad arqueológica, excava-^ El trabajo citado constituye una excelente monografía arqueológica sobre arquitectura popular. Resulta sorprenden-te comprobar la estrecha semejanza existente entre la evidencia arqueológica de zonas tan alejadas. Agradecemos a Pedro Díaz del Río y a M^ Isabel Martínez Navarrete la información proporcionada sobre este trabajo de investigación. ^ Incluso con dos zonas cementeriales diferentes. Antes de nuestra intervención, otros equipos habían desarrollado en las parcelas del PAU Norte de Pinto diversas campañas de peritación arqueológica, excavación de los viales y excavación parcial de las necrópolis y de una parte del asentamiento del Bronce Final. ción extensiva y supervisión de las obras de replanteo del futuro Parque Temático «Ciudad del Ocio» de la Comunidad de Madrid, desde julio de 1998 a septiembre de 1999). Los trabajos arqueológicos fueron costeados por la empresa ARPEGIO, promotora del proyecto de urbanización, a excepción de la campaña estival de 1998, sufragada con cargo a los presupuestos de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid. La superficie excavada del asentamiento ha sido de unos 23.900 m^ a los que habría que sumar los 4.400 de la necrópolis (fig. 3). De acuerdo a los planteamientos previos de la intervención arqueológica (que contó con la supervisión y apoyo de los servicios técnicos de arqueología de la Dirección General de Patrimonio de la Comunidad de Madrid), se excavó íntegramente la zona afectada por futuras zanjas y desmontes y se llevó a cabo un muestreo amplio y una documentación exhaustiva en planta de las zonas del yacimiento que resultarían sepultadas por terraplenes. A resultas de las diferentes actuaciones se pudo verificar que la extensión del poblado (zona de necrópolis incluida) alcanzaba una superfície aproximada de algo más de diez hectáreas siguiendo un modelo de implantación sólo aparentemente caótico, a lo largo de una serie de pequeños cerros y laderas suaves que descienden hasta la orilla meridional del arroyo de Gózquez, subsidiario del de la Vega de Madrid, en la margen oriental del Jarama. La tipología de los elementos excavados del poblado es similar a la registrada en los yacimientos de Pinto (cabanas, silos, pozos, enterramientos) con algunos añadidos complementarios: se documentaron edificaciones de planta rectangular con cimientos de piedra y alzados en tapial de yeso con cubiertas de teja curva y estructuras de carácter lineal que responden, al parecer, a delimitaciones parcelarias correspondientes a diversas épocas, algunas de ellas pertenecientes a los momentos de implantación de la comunidad sobre esos terrenos a principios del siglo VI d.n.e. El abandono del asentamiento tuvo lugar, según las primeras estimaciones, a finales del siglo VIII d.n.e. ^. DOS APUNTES METODOLÓGICOS Y OTRO DE TAFONOMÍA Antes de entrar en la descripción y somero análisis de las cabanas documentadas en ambos yacimientos se matizará un par de aspectos metodológi-^ Una intervención arqueológica de urgencia en mayo de 2000 ha permitido documentar un nuevo yacimiento de las mismas características, con cabanas y necrópolis asociada en el término de Mejorada del Campo, en la margen occidental del Jarama. Las características de la excavación (un corredor de 50 m de longitud por 6 m de anchura) y lo reciente de la misma sólo nos permiten, en este espacio, reafirmarnos en lo frecuentes que resultan este tipo de yacimientos en el paisaje del sur de Madrid. Los resultados de las excavaciones arqueológicas desarrolladas son fruto de un sistema de excavación y registro estrictamente estratigráfico y de un planteamiento metodológico riguroso. Sin un proceso de desbroce superficial preciso y extensivo (auxiliado con la maquinaria pesada acondicionada al efecto ^) y una extracción y limpieza estrictamente manual de toda la parte restante del terreno húmico superficial no será posible documentar los eventuales restos de estratificación horizontal preservados en el yacimiento. De hecho, la excavación no debiera comenzar nunca sin antes haber puesto al descubierto las huellas más profundas de las rejas de los arados, puesto que la limpieza superficial no termina hasta ese momento (fig. 4). Las azadas y el paletín manejados por brigadas de limpiadores bajo atenta supervisión técnica deben ir dejando toda la superficie del yacimiento tan limpia como para permitir diferenciar toda la estratigrafía arqueológica remanente y así poder decidir por dónde se empiezan a excavar los estratos más modernos. La excavación posterior es un trabajo artesano y, por tanto, manual. Zanjas de sondeo modernas, alcorques y otros hoyos o trincheras recientes proporcionan secciones ocasionales de gran utilidad a la hora de prever la potencia y características de la estratigrafía infrayacente. La mano de obra debe incluir tantos arqueólogos con experiencia como tajos haya abiertos (la competencia en trabajos similares del equipo es un recurso más valioso que un presupuesto holgado). Las fichas de cada una de las unidades estratigráficas excavadas, así como los dibujos a escala de las plantas acotadas de los estratos, las secciones acumulativas y toda la documentación fotográfica pertinente deben poder ser gestionadas por cada equipo bajo la supervisión unificadora de criterios de una dirección técnica exhaustiva (nunca se será lo suficientemente escrupuloso en cuanto al detalle del registro y de la documentación). Unos conocimien-^ Un maquinista con experiencia y bien asistido por un técnico es capaz de diferenciar desde su cabina los cambios en la textura y color de los estratos situados bajo la capa húmica. La máquina idónea es la retroexcavadora giratoria de 4 Tm acondicionada con cazo ancho y cuchilla soldada. Huellas de arado modernas, responsables principales del arrasamiento de amplios sectores del yacimiento de Gózquez. tos básicos de topografía o una estación total mejoran la calidad del trabajo ayudando a situar y acotar todas las evidencias incluso antes de iniciarse la remoción de la estratigrafía. Las plantas generales del yacimiento van superponiéndose y enriqueciéndose de detalles a medida que avanza la excavación. Estas ayudan a visualizar de una manera global el sitio arqueológico (se hacen patentes las relaciones entre estructuras) y animan a los diferentes equipos de excavadores que comprueban cómo el yacimiento se va haciendo comprensible. El segundo aspecto sobre el que debiera llamarse la atención concierne a la proporción de la superficie excavada y la dispersión espacial de estructuras arqueológicas en este tipo de poblados. Sin la apertura y limpieza de grandes áreas (con un mínimo cifrable en unos 5.000 m^), la imagen de los yacimientos presentará importantes distorsiones (Rahtz, 1986: 53-54). Los espacios vacíos cobran sentido solamente cuando se logra documentar en planta una superficie lo suficientemente grande, siendo inimaginable la posibilidad de una adecuada comprensión de este tipo de yacimientos sin unas estrategias de excavación extensivas. Una premisa general acerca de todas las estructuras arqueológicas que se presentan a continuación arranca del hecho de que estas cabanas están constituidas por una parte «aérea», de la que no podemos aducir más que paralelos y reconstrucciones más o menos fiables, y una parte «subterránea», que es la más fácilmente identificable a través del registro arqueológico con el reconocimiento de la interfaz negativa correspondiente a la parte excavada de la misma. A este respecto y hecha la salvedad anterior, conviene matizar por adelantado qué parte del registro arqueológico ha llegado a nosotros y en qué condiciones (la tafonomía de la parte subterránea de las cabanas). De hecho, la comprobación llevada a cabo con las secciones de los silos para determinar la cota de arrasamiento de determinadas partes del yacimiento excavado en Gózquez ha permitido precisar cuáles de las estructuras han sido documentadas casi en su integridad y hasta qué punto fenómenos más o menos generalizados de arrasamiento (bien por el trabajo secular de los arados, por escorrentía superficial en algunas laderas y, en suma, a conse-cuencia de la gravedad favorecida por causas antrópicas) han supuesto una pérdida sustancial del registro arqueológico original. De hecho, algunas estructuras han llegado a nuestros días habiendo perdido hasta 0,8 m de potencia, lo que condiciona enormemente la lectura de muchas secciones ^ (figs. 5 y 6). El análisis de ciertos procesos deposicionales y postdeposicionales no sólo tiene una importancia crucial para la interpretación de los ritmos y causas de colmatación de algunos hoyos, sino que implica necesariamente una precaución especial en la interpretación de las secciones de muchas estructuras subterráneas. En el yacimiento de Gózquez, el descubrimiento de algunos silos completos (incluso con el sistema de embocadura y la tapadera de piedra in situ) ha posibilitado una reconstrucción y una interpretación muy ajustada de toda la parte superior perdida por causas postdeposicionales de silos, bodegas y cabanas y ser conscientes de la parcialidad del registro arqueológico en lo tocante a la eventual estratificación horizontal asociada a determinadas estructuras del yacimiento. Su conservación depende en muchos casos de factores sumamente aleatorios (la superposición de casas con cimientos de piedra a estructuras preexistentes, por ejemplo, ha impedido a los arados consumar el arrasamiento de diversas zonas). Este intento de establecer una sistematización tipológica de las cabanas de época visigoda a partir de las exhumadas recientemente en el sur de Madrid parte con algunas ventajas y ciertos inconvenientes. ^ Este factor nos ha movido a adoptar una cautela especial respecto a todo lo referente a la profundidad de las cabanas que se presentan a continuación. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ Entre las primeras destaca que se trata de un asunto no tratado con anterioridad en nuestro ámbito peninsular, pero que ya se ha probado con mayor o menor éxito en otras regiones europeas. Los inconvenientes se derivan del pequeño tamaño de la muestra (alrededor de unos 70 ejemplos) y de lo que parece ser una cierta especificidad del repertorio disponible respecto a lo observado fuera de la península Ibérica (lo abundantemente representadas que están las cabanas de planta ovalada). Seguramente el trabajo se vería muy mejorado si se pudiese abordar con una perspectiva diacronica (con el análisis de la tradición constructiva de cabanas desde época prehistórica), pero esto es algo que queda fuera de nuestra capacidad y de los más inmediatos objetivos propuestos. En la literatura arqueológica europea se conoce a este tipo de cabanas como «Grubenhauser» (casas excavadas), «sunken feature building» (edificio de perfil rehundido), «sunken hut» (cabana hundida) o «fond de cabane» (fondo de cabana). Una escueta definición de estas estructuras arqueológicas a partir del repertorio francés de hace algunos años fué la siguiente: «se trata de instalaciones parcialmente excavadas en el suelo entre 25 cm y un metro, con una superficie comprendida entre 5 y 10 m^, raramente más. En la inmensa mayoría de casos, son estructuras rectangulares, aunque se conocen algunos casos de fondos de cabana ovalados» (Chapelot-Fossier, 1980: 117. Como veremos, en la muestra hispana las cabanas de planta ovalada parecen ser mayoritarias respecto a las cuadrangulares, y no son infrecuentes las estructuras excavadas con más de un metro de profundidad. De manera preliminar, todas las cabanas documentadas pueden encuadrarse en dos tipos fundamentales: unas responden a criterios constructivos que restringen la forma de su planta a un formato cuadrangular (tipo B), ya sea con esquinas en ángulos vivos o redondeados; el resto son de planta más o menos ovalada y presentan una gran variedad de formatos y dimensiones (tipo A). Es posible que la parte aérea de unas y otras reflejara a su vez diferencias significativas (cubiertas cónicas frente a techumbres a dos vertientes, por ejemplo). Por lo que respecta a la profundidad de la parte subterránea, se han documentado estructuras de entre 0,15 y 3,2 m de profundidad (téngase en cuenta la puntualización tafonómica hecha anteriormente), aunque lo habitual oscila entre los 0,5 y 1,2 m. Las cabanas que superan esta última profundidad pertenecen siempre a modelos de planta curvilínea *^. Por lo que se refiere al discurso diacrónico, no parece probable establecer una eventual evolución desde un tipo al otro (hecho observado también en otras partes de Europa ^). Sin embargo, debe tenerse muy en cuenta que las cabanas de planta ovalada responden a unos criterios morfológicos idénticos a los documentados en estructuras de época prehistórica'° y que, por otra parte, parece posible establecer unos límites cronológicos bastante ajustados para las cabanas rectangulares, sobre las que recaería la sospecha de que puedan ser la manifestación de tradiciones constructivas importadas en la época de las invasiones. Además, el repertorio del que se puede disponer en la actualidad señalaría la prácti-^ La «subterraneidad» de las cabanas altomedievales, atestiguada tanto en la Europa de las estepas como en la at-lántica en este período no debe obedecer solamente a factores climáticos (autorregulación térmica) sino también a estrategias de ahorro de esfuerzo (el material extraído debe ser parte integrante de la parte construida), a motivos estructurales (la parte «aérea» ofrece mayor resistencia si se reduce su altura) y, quizás, a razones estratégicas de «ocultamiento» (integración mimètica en el paisaje). Tácticas campesinas de mimetización con el entorno no deben haber sido infrecuentes en momentos de «resistencia al Estado» por parte de comunidades aldeanas herederas de un modo patrimonial de explotación (Vicent, 1998: 832-ss.). 9 Milosevic, 1998: 238; Chapelot-Fossier, 1980: 131-133.'° Se han documentado cabanas con una forma en planta, dimensiones y características exactamente iguales a las de nuestro tipo Al en el cercano yacimiento prehistórico (Bronce Pleno) de la era de Gózquez (noticias amablemente proporcionadas por nuestros colegas S. Consuegra y P. Díaz del Río). Es el tipo de cabana más y mejor representado en los yacimientos de referencia (unos 50 ejemplos, más del 73% del total), contando con un variado repertorio formal y estructural. En algunos casos, la cabana se presenta exenta, si bien es muy habitual su asociación a contenedores ^^ (situados en el perímetro del hoyo o en su interior) y a hornos (normalmente adosados por el exterior). Se ha procedido a distinguir dos subtipos en función de las dimensiones de estas estructuras: la gran mayoría queda englobada dentro del primero (Al), mientras que en el segundo (A2) sólo se documentan algunos ejemplos singulares, con más de cinco metros de longitud y una superficie útil interior considerablemente mayor. 8) Cabana ovalada simple, con o sin homo, silo o contenedor. El número de ejemplos de este tipo es el más elevado de cuantos componen la muestra (repartidos entre los dos yacimientos^^). Algunas presentan huellas de postes en el suelo, en número y disposición variable; otras cuentan con pequeños nichos laterales excavados en las paredes del hoyo, a media altura o al nivel del suelo. En tres casos se han documentado muros construidos en el interior del hoyo. La cabana G.5210 presenta una de las paredes forrada de mampostería (la opuesta al acceso, señalado por una rampa escalonada); en los otros ejemplos, el muro'• Si se aceptara este tipo de cabanas como un indicador válido para identificar poblaciones de origen germánico o eslavo (cuestión a la que nos referiremos en el apartado 6.2), su desaparición podría probar la rápida aculturación de sus constructores al cabo de pocas generaciones. •^ Hoyo-contenedor es la denominación que se ha usado para definir a una serie de estructuras similares a los silos (parcialmente excavadas en el terreno) aunque de menor tamaño y embocadura más ancha. Posiblemente estén relacionados con el almacenamiento en el interior de las cabanas de productos alimentarios dentro de contenedores construidos con fibras vegetales trenzadas.' ^ Al número de unidad estratigráfica correspondiente al hoyo de cada una de las cabanas le precederán las letras C, L o G de acuerdo a su origen: Cacera del Valle, La Indiana o Gózquez. (con zócalo de piedra y probable alzado en adobe) cierra un lateral o deja en reserva un extremo de la cabana como si se pretendiera aislar su interior de otras estructuras contemporáneas anejas. La finalidad de estos retranqueos internos, sin embargo, se resiste a una explicación unitaria. Su consecuencia inmediata es una restricción del espacio interior útil, aunque la inversión de trabajo realizada parece excesiva a ese único propósito. Una interpretación funcional de las cabanas con silos u hoyos-contenedor asociados sería la relacionada con el almacenamiento a corto o medio plazo de productos alimenticios (durante la cosecha o inmediatamente después de ella) o con el tratamiento, selección o transformación de esos productos sin que puedan descartarse, sin embargo, otros fines secundarios. Cabana de planta ovalada alargada de grandes dimensiones. Sus dimensiones, características internas y estado de conservación es bastante variable: sus longitudes oscilan entre los 5,2 y los 10,9 m, con una anchura restringida a 2,2/3,85 m. Una característica llamativa radica en el hecho de localizarse muy separadas (a excepción de G.5150 y G.5640), como si se tratara de elementos singulares (¿de uso comunal o con función centralizadora?), relacionadas cada una de ellas con alguna de Cabanas de planta cuadrangular. El rasgo más característico de estas cabanas es su conformación restringida a un formato cuadrangular. La muestra disponible se reduce a 19 ejemplos, y la variabilidad de formatos es bastante más reducida que en el tipo A. La reconstrucción más plausible de la parte aérea de estos tipos ofrecería una cubierta vegetal o de madera a dos aguas (el registro arqueológico indica que no se emplearon materiales cerámicos). No se dispone de pruebas suficientes para proponer la clase de material o técnica constructiva empleada en la construcción de las paredes. El repertorio lo componen tres ejemplos de La Indiana y dieciséis de Gózquez de Arriba. Los tres subtipos propuestos a continuación pueden englobarse en la definición clásica de quadratische Grubenhaüser (Donat, 1980: 57-62). El citado autor señala que el tipo se disemina por Centroeuropa entre los siglos VI y VIII, aunque también se conocen ejemplos datados en el v. Las dimensiones medias oscilan en los ejemplos centroeuropeos entre los 12 y Fig. 11.-Cabanas rusas con paredes construidas con troncos (1) y tablones (2). Parece razonable suponer que los modelos originarios de estos tipos de planta cuadrangular fueran construcciones de troncos o tablones de madera (fíg. Una diferencia notable de la muestra madrileña respecto a las características de lo publicado en Francia o Inglaterra radica en la muy frecuente asociación de cabanas y estructuras de fuego (sobre todo hornos), que aproximaría nuestro conjunto a lo documentado en las regiones eslavas de Europa. lamente rectangular, las esquinas en ángulos vivos y unas dimensiones de entre 5,7 y 8,5 m^. En sección, las paredes del hoyo son casi verticales o incluso algo reentrantes. En dos casos (G.6980 y G.5170) se han documentado pequeños bancos a media altura del hoyo en una esquina o en el centro de uno de sus lados largos septentrionales, que pudieron haber servido de apoyo a la solera de pequeños hornos internos o como escalón de acceso al fondo de la estructura. En ningún caso se observaron indicios de una preparación especial del suelo, que sin embargo es netamente horizontal. Las huellas de poste documentadas son bastante variables, poco profundas o pueden no aparecer (desde el modelo de dos postes, uno a cada extremo de su línea axial, a casos aparentemente asimétricos). En un ejemplo (G.6950) se documenta una rampa o escalón de acceso al fondo, muy similar al documentado en otras cabanas europeas (Donat, 1980: fíg. La orientación de estas cabanas respeta una alineación ESE-ONO o NNE-SSO salvo en el caso de G.6980 (SO-NE). Las cabanas del tipo Bl no aparecen en el último periodo de ocupación (III) del yacimiento de Gózquez (vid. infra: apartado 5), con lo cual, su Las cabanas de este grupo se caracterizan por una planta de forma más o menos cuadrangular (o subrectangular), si bien las esquinas son redondeadas intencionadamente (no a causa de un desgaste o deterioro de la estructura). Sus dimensiones son similares a las del grupo B1, aunque su frecuente asociación a hornos las aproxima al esquema general del tipo B3, del que las separa su tamaño, más reducido (entre 4,5 y 10 m^). Entre los diferentes ejemplos destaca la cabana 2300 de La Indiana, con un agujero de poste en cada uno de los extremos de su eje longitudinal calzado reciamente con piedras dispuestas de canto, lo que indicaría una función sustentante inequívoca. Suelen contar con hornos exteriores adosados y presentan con frecuencia huellas claras de postes (en número variable) a lo largo de su eje largo o en las esquinas ^\ Cuatro de ellas (G.5555, G.6590, G.6090 y L.2150) permiten fijar las características del tipo, al que podrían adscribirse otros dos ejemplos de más difícil interpretación debido a su estado de conservación (G.6940 y G.6873). Su orientación es constante con ligeras variaciones, de modo que su eje largo se dispone en dirección noroeste-sudeste. Los hornos se adosan por el exterior cerca del extremo de uno de sus lados largos (figs. 17 y 18). Además, algunos indicios probarían la existencia de zonas internas de hogar o fuego (en el centro de la pared meridional de 6590 y en la esquina sudeste de 5555). Tres cabanas res-^^ Los agujeros de poste en forma de pipa, presentes en alguna de estas cabanas, serían un indicador de que su abandono se produjo repentinamente, por ruina, mientras que otras huellas de poste de planta circular podrían señalar un desmantelamiento de la estructura y de sus partes sustentantes. Estos aspectos y otros relacionados con la vida media de esta clase de estructuras (unos 30 años) se tratan en la memoria-resumen del yacimiento de West Heslerton (Powlesland, 1998: 3-6-1). ponden estrictamente a los criterios expuestos, aunque otros tres casos podrían ser asimilados al mismo (G.6940, L.5286 y G.6873). men exhaustivo de todas las relaciones estratigráficas documentadas entre contextos cerrados y los resultados de una serie de dataciones radiocarbónicas permiten proponer un periodo de ocupación cuyo inicio quedaría situado a principios del siglo vi mientras que el abandono habría tenido lugar a finales del siglo viii. Dentro de este marco cronológico, han podido diferenciarse cuatro periodos de ocupación (denominados la, Ib, II y III) correspondientes a otros tantos modelos de conjuntos cerámicos que responden a una evolución y transformación de los ajuares domésticos a lo largo de tres siglos ^^ En espera de los resultados de los análisis de Cl4 de un más amplio lote de muestras, una datación estimativa para estas cuatro fases sería la siguiente: periodo la (primera mitad del s. VI), periodo Ib (segunda mitad del s. vi), periodo II (primera mitad del s. vii) y periodo III (segunda mitad del s. vii y s. viii). Conscientes de lo arriesgado de esta propuesta, las referencias calendáricas anteriores han de entenderse exclusivamente en un sentido amplio u orientativo. Las diferencias establecidas entre los cuatro modelos cerámicos correspondientes a cada uno de los periodos son arbitrarias (existe todo un margen de indeterminación que afecta a contextos que suponen eslabones entre periodos contiguos), pero cuantificables y estrictas en cuanto que se refieren a la presencia/ausencia de determinadas producciones dentro de muestras amplias pertenecientes a contextos cerrados y a la representación proporcional de unos tipos de cerámicas respecto a otros. Se ha verificado a posteriori la inexistencia de contradicciones entre la periodización propuesta y la estratigrafía entre todos los contextos que ofrecían relaciones directas. Como veremos, las diferencias resultan fáciles de establecer entre los conjuntos pertenecientes al primero de los periodos respecto a los dos últimos, incluso son nítidas entre el la y el Ib; la discriminación es más compleja entre el Ib y el II, ya que depende de la representación proporcional de una clase cerámica y de la ausencia de otra; y el periodo III posee, por una parte, características cercanas a los conjuntos del II, y por otra, una variabilidad interna que sólo es posible resolver Su utilización se llevó a cabo desde el interior de la cabana 5200. merced a ciertos rasgos peculiares de la morfología de la clase cerámica dominante (y casi exclusiva). La datación del periodo la combina una edad radiocarbónica en torno al segundo cuarto del siglo VI ^^ (fecha de los materiales de relleno, en concreto hueso, incluidos en los niveles que suponen la amortización de la estructura G.5075-76) con uno de los únicos materiales importados catalogable con segu- -Diversos morfotipos de cuencos carenados de cerámica común a torno rápido. Desde el inicio coexisten modelos con superfícies bruñidas negras (6612/5, 6761/1) y tipos sin tratamiento exterior alguno. Existen versiones modeladas a mano o torneta en contextos de los periodos la y Ib (5122/1 y 5023/1). ridad (un cuenco de TSA de la forma Hayes 99 ^ •^) y un lote de vasos muy homogéneo en el que las producciones a torno lento TLl (ollas) y rápido TR3 (ollas y cuencos) y TR2 (jarros) ofrecen unos rasgos muy peculiares (figs. 19 a 21). Es significativa también la práctica ausencia de T.S. Hispánica Tardía ^^'^ La cronología clásica de la forma Hayes 99 oscila entre 510-540 para la variante A y 530-580 para la B (Hayes, 1972: 152-155), si bien existe controversia reciente al respecto (Ramon-Cau, 1997: 274).'^ La T.S.H.T. representa menos del 0,5% en los contextos en los que aparece, posiblemente como material residual o fruto del coleccionismo (nueve fragmentos con un peso total de 80 gramos). Existe una representación global mucho más amplia, por ejemplo, de materiales residuales de época altoimperial romana o de cerámica prehistórica. El inventario completo del material cerámico del poblado ofrece un total de 14.383 fragmentos de cerámica para un peso total de más de 413 kg. y de las producciones de T.S. Gris y Anaranjada, que, según las estratigrafías de la «Antiga Audiencia» de Tarragona (Aquilué, 1993: 125) desaparecen a finales del siglo v o inicios del vi. El periodo Ib se caracteriza por la pervivencia del conjunto anterior junto a la aparición de un nuevo grupo de vasos a torno lento (TL2) que parece ir sustituyendo a la clase TLl (ollas y jarros, sobre todo). También se consolidan producciones modeladas a mano (la clase TL5) que parecen tener un relativamente corto ciclo de uso, ya que desparecen de la escena en el periodo III. Las únicas formas documentadas de este tipo de cerámica de pasta arenosa modelada a mano (fig. 22) son varios cuencos, una tapadera discoidal decorada con ungulaciones y algunos platos o discos de gruesas paredes para cocer tortas de pan asimilables a la serie 8 de S. Gutiérrez (Gutiérrez, 1996: 84-85 y 139-140)^1 También aparecen, y sólo en contextos de este periodo, algunos fragmentos de material anfórico, uno de ellos (aún por analizar) asimilable a un cierto tipo de spatheion (anforisco). En los conjuntos correspondientes al periodo II ha desaparecido por completo la clase cerámica TLl (a partir de ahora sólo aparece en forma de material residual y muy esporádico) y se reduce considerablemente el número de vasos realizados a torno rápido (su representación proporcional queda siempre por debajo del 15-20% respecto al total y no adscribible a las clases características del primer periodo), mientras aumenta la variedad morfotipológica de TL2, que alcanza y supera en representación numérica y de peso el 50% del total cerámico. Las formas' •^ Esta misma forma aparece en Cartagena en contextos datados en el último cuarto del siglo vi y la primera mitad del VII (Laiz-Ruiz, 1988: 294-296). asignables a esta clase (fìgs. 23 y 24) son ollas de labio redondeado, jarros de borde trebolado, jarros con pitorro, cuencos, cazuelas y tinajas, sobre todo. El periodo III conoce una sustancial reducción de la variedad de pastas y tipos, y el grupo de cerámicas TL2 (en el que aparecen vasos de bordes engrosados y un alto porcentaje de cerámica de almacenamiento) ocupa en torno a un 90% del total. En justicia, restaría por analizar separadamente los conjuntos cerámicos de contextos de este periodo para comprender su posible evolución, ya que es en éste en el que resulta más difícil distinguir la posible residualidad de clases cerámicas pertenecientes a periodos anteriores. La forma más característica de TL2 en el periodo III es una olla con el cuello resaltado del galbo mediante una ligera inflexión, provista de dos asas y con el labio engrosado y plano (fig. 25, pieza 6253/1), aunque también son peculiares algunos grandes contenedores (fig. 26). Entre las cerámicas a torno rápido supervivientes destaca la presencia de jarritas piriformes o globulares de pastas claras y finas de los tipos normalmente recuperados en las necrópolis consideradas visigodas (fig. 27). Las dataciones radiocarbónicas disponibles para contextos de este periodo ofrecen unos límites comprendidos entre mediados del s. vii y finales del VIII ^°. Otro nivel con un conjunto de cerámicas representativo de este periodo proporcionó el hallazgo de un broche de cinturón liriforme de bronce, material que cabría considerar representativo de la última fase de utilización de las necrópolis de «época visigoda». La datación de las estructuras excavadas en los yacimientos de Pinto resulta, de momento, algo menos precisa que las del poblado de San Martín de la Vega. Las cabanas y sus estructuras relacionadas se situarían en las primeras fases de ocupación del sitio (segunda mitad del siglo v a mediados del viii), aunque los límites de la frecuentación esporádica del área parecen prolongarse hasta finales del x d.n.e. Los contextos de la primera ocupación aún cuentan con una cierta representación de T.S. hispánica tardía, mientras que las estructuras aisladas asignables a la frecuentación final de la zona ofrecen ya características islámicas claras (jarras de galbo estriado con pastas pajizas, aunque no apa-2" BETA-135022: edad convencional 1390±60 BP, calibrada a 1 sigma en 625/675 y en 560/720 ó 745/760 a 2 sigma; el cruce de la edad radiocarbónica de la muestra con la curva de calibración está en el año 655. La curva de calibración utilizada en las tres muestras es la publicada por M. Stuiver et al., 1998, en la revista Radiocarbon, 40 (3), p. xii-xiii. rezcan aún las características ollas con carena en el hombro). Definición e interpretación: los Balcanes, Inglaterra y Francia En este apartado se hará un sucinto repaso a los principales temas de debate presentes en la bibliografía reciente sobre este género de estructuras en diferentes partes de Europa. Una de las discusiones recurrentes acerca de la naturaleza de estas cabanas sigue siendo su interpretación o no como estructuras residenciales. En ámbito eslavo, estas construcciones se interpretan con una función residencial primordial ^^ (Milosevic, 1998: 243). La rica evidencia etnográfica sobre casas rurales de los siglos xix y principios del xx sugiere una pervivencia de rasgos comunes desde la Edad Media (Id.: 250). La vivienda más representativa de las tribus eslavas era la construida con una única habitación semiexcavada (burdelj) o construida sobre el suelo con paredes de madera, piedra o tierra (dependiendo del material disponible). Los criterios seguidos para la sistematización tipológica de estas estructuras en la antigua Serbia parten de la organización del espacio interior y del sistema constructivo utilizado. Las viviendas de habitación única (el modelo más sencillo), tienen una superficie interior de entre 5,5 y 20 m^, corres-^' Aunque también es cierto que en los asentamientos eslavos se reconocen algunas cabanas mayores «singulares» (asimilables a nuestro grupo B3) entre las Grubenhauser de menor tamaño y más numerosas (Rusanova-Timoshuk, 1984: 66-67). pondiente a las necesidades de una familia. Un elemento básico de su espacio interior es el hogar u homo. -Cabanas sin hogar ni horno. Son de pequeño tamaño y están representadas en escaso número de excavaciones. Un registro arqueológico deficiente por lo referido a los fuegos a duras penas facilitará inferencias sobre la utilización de la estructura como residencia o si su propósito se pudiera relacionar con actividades económicas o fines auxiliares, aunque están documentadas en la arquitectura tradicional (vajat) como refugio nocturno o residencia temporal de sus moradores. -Cabanas con un solo hogar u horno en su interior, normalmente localizado en una de sus esquinas. La solera del horno o el hogar se dispone al nivel de suelo de la estructura o parcialmente excavado en él. Sólo de manera excepcional aparecen dispuestos a ras del suelo en el exterior del hoyo ^^. Una variante de cabana registrada arqueológica y etnográficamente en los Balcanes presenta una división interior en dos o más estancias, de manera que se aislaba el dormitorio del espacio para trabajar o vivir. Aunque aparecen desde contextos del siglo vin, son más frecuentes a partir del xii. ^^ Normalmente el fuego no se apagaba, y la temperatura en el interior de la cabana (especialmente en los meses estivales) era bastante alta. Por este motivo, en algunos casos, los hornos se situaban inmediatamente al exterior de la estructura mientras que su uso tenía lugar desde el interior, siendo esta solución racional una característica de algunas cabanas semiexcavadas. El nivel de la solera de los hornos (de planta circular u oval con semibóveda y tiro de salida de humo) era normalmente algo más alto que el del suelo de la cabana, facilitando su manejo (Milosevic, 1998: 245). Algunas cabanas disponían de hornos u hogares de uso estival (el exterior) e invernal (el hogar interior). Por lo que se refiere a los sistemas constructivos, las paredes de las cabanas semiexcavadas eran construidas a partir de vigas o tableros horizontales o con apoyos estructurales de pies derechos (fig. 28). En Inglaterra, E.T. Leeds comenzó a excavar fondos de cabana sajones en Sutton Courtenay, durante los años veinte. Durante más de 50 años, estos «hoyos con techo» fueron el exponente más habitual de las excavaciones de sitios anglosajones. Desde su descubrimiento inicial, la interpretación de las «Grubenhauser» (o «sunken featured buildings») como refugio o vivienda de pueblos en movimiento se mantuvo hasta la década de los sesenta, cuando comenzaron a identificarse otras estructuras más lógicamente atribuibles a un fin residencial (las «long houses» de planta rectangular, construidas en madera con vigas horizontales o postes verticales). Las excavaciones extensivas de West Stow (en Suffolk) permitieron las primeras reconstrucciones fiables de las cabanas semiexcavadas (fig. 29). Allí se sugirió que algunas de éstas incorporaron suelos de planchas de madera (West, 1985). En West Heslerton (North Yorkshire) tampoco se han hallado pruebas de la utilización del fondo de las cabanas como suelo (Powlesland, 1998: 3-6-2). La acusada diferencia de tamaño entre las grandes cabanas y las pequeñas, según Rahtz, podría significar que unas corresponden a la totalidad del espacio residencial mientras que las otras serían sólo la parte rehundida de estructuras mayores, ya que, a veces, aparecen huellas de postes fuera del hoyo (Rahtz, 1986: 75-76). A partir de la obra clásica de Wilson (1986) se reconoce el problema de discriminar entre el periodo de uso de la estructura y el momento de su abandono, cuando el hoyo pasa a colmatarse de forma natural o sirve de basurero para los desechos domésticos (Rahtz, 1986: 73). El reconocimiento de Fig. 30.-Reconstrucción de una cabana con horno de Ribnica (Serbia). este hecho aún sigue causando interferencias o colisiones interpretativas de cierta gravedad. En West Heslerton se identifican usos secundarios del interior de las mismas como ahumadero (por la presencia de una zona amplia de hogar) y cocina (por la presencia de un horno de cocción de alimentos). Su apuesta por una interpretación de las mismas como estructuras de usos múltiples («general purpose buildings») sigue sin ser totalmente convincente, mientras que la identificación de un cierto número de cabanas como almacenes de grano puede ser aún una confusión entre el uso original de la misma y los materiales presentes en los estratos que luego rellenaron el hoyo. Del mismo modo, se rechaza la antigua suposición de que se trataba de cabanas para el tejido o hilado a pesar de la cantidad de pesas de telar que suelen recuperarse en los depósitos de amortización (otra posibilidad más radicaría en la identificación segura de algunas huellas de poste verticales de pequeño tamaño como el apoyo de bastidores de telares verticales, aunque serían fácilmente confundibles con las huellas de bancos o de otros elementos interiores). La propuesta de interpretación de estas cabanas como estructura residencial de los estratos más bajos de la población queda también desechada sin demasiados argumentos por los responsables de West Heslerton debido a las condiciones ambientales «insanas» imperantes en la zona artesanal del yacimiento, en la que son mayoritarias estas construcciones, dada la presencia de «grandes cantidades de huesos de animales, incluyendo carcasas enteras», recuperadas tanto en el interior de los hoyos como en los estratos superficiales adyacentes (Powlesland, 1998: 3-6-2 y 6-5-5). Algunos autores han planteado la posibilidad de que estas estructuras fueran simples bodegas, o que el hoyo se rellenaba de paja para que su fermentación invernal produjera calor. Otros, en fin, consideran la posibilidad de que en algunos casos se tratara de espacios para la elaboración de derivados lácteos (Chapelot-Fossier, 1980: 121-131). En Francia estas cabanas eran estructuras casi desconocidas antes de los años ochenta (con algu-nas notables excepciones). La multiplicación de excavaciones arqueológicas de urgencia en extensión ha facilitado su reconocimiento, por el momento, en casi toda la mitad norte del país. Han intentado establecerse clasificaciones dependiendo del número y disposición de los postes (con dos axiales, con cuatro en las esquinas, con seis, sin postes, etc.). Las huellas de diversos aparejos internos permiten identificar la supuesta función de las cabanas como talleres textiles, metalúrgicos, alfareros, secaderos o cocederos (por la presencia de hornos u hogares), aunque la existencia de estructuras de fuego en su interior (y en algunos casos una mayor superficie útil interior) avalaría su interpretación como estructura residencial (Peytremann, 1995: 8). La posible etnicidad derivada de uno de los modelos de cabana (o su especificidad cronológica) La discusión sobre una posible correspondencia entre determinados tipos de cabanas y uno u otro pueblo o entidad étnica tiene una bibliografía extensa cuyo punto de partida concierne al antiguo problema de la identificación de vestigios arqueológicos relacionados con las invasiones del siglo v. Durante mucho tiempo se creyó que los inquilinos de prácticamente todas las necrópolis datables en ese siglo eran germanos debido a diversos elementos de su indumentaria, como broches de cinturón, fíbulas u otros elementos. Reemplazadas esas ideas que convertirían a la península Ibérica en un feudo visigodo sin apenas población indígena y aceptada la tesis que sostiene una germanización en la moda o en algunas formas de vestir, se ha llegado en la actualidad a sostener en la práctica la idea contraria: los visigodos, debido a su escaso número, se asentaron en las ciudades en las que debían mantenerse guarniciones siendo improbable encontrar otros restos arqueológicos de una migración popular (germanos en aldeas campesinas). Sin ánimo de entrar a fondo en esta espinosa cuestión, desde otros ámbitos europeos se ha debatido y se discute en la actualidad acerca de si algunos elementos del registro arqueológico (como las Grubenhüuser) pueden ser considerados o no un elemento de identificación étnica válido (Snyder, 1997: 3), sobre todo cuando su aparición en Gran Bretaña coincide con la llegada de elementos sajo-nes a la isla y teniendo en cuenta que la tradición indígena en esa misma época y en la inmediatamente anterior aporta otro tipo de ejemplos y soluciones constructivas bien diferentes. En Francia, algunos trabajos recientes apuntan la posibilidad de identificación de los poblados de cabanas de este tipo con las áreas de asentamiento de francos, alemanes y sajones al norte y este del Loira (Farnoux, 1995: 29-44). El problema, en parte, tiene raíces más profundas: por ejemplo, se desconoce si los mapas de distribución de los poblados de cabanas en Francia no obedecen más a desigualdades en la práctica arqueológica (desde el empleo de una metodología inapropiada al grado de cumplimiento de la legislación sobre Patrimonio Histórico seguido en la ejecución de las grandes obras públicas y de infraestructuras) que a una auténtica distribución regional diferencial de los mismos. Cuando se considera el intenso regionalismo de la época (y de los diversos territorios europeos) uno de los aspectos que más interrogantes plantea se refiere a la repetición de un mismo modelo a escala continental a lo largo de toda la Edad Oscura y todo lo referido a a la interpretación correcta del fenómeno (Dixon, 1982: 282). Viviendas y estructuras auxiliares. Hasta fechas recientes, los ejemplos de cabanas con hogares u hornos interiores en Francia no sobrepasaban los ocho casos (Peytremann, 1995: 8) y tampoco parecen ser habituales en los yacimientos ingleses. La importancia de esta asociación reside sobre todo en que podría ser indicadora de un uso residencial de la construcción. La ausencia (o dificultad de reconocimiento arqueológico) de este tipo de elementos en el interior de las cabanas semiexcavadas del Occidente ha provocado un sinfín de interpretaciones funcionales diferentes hasta llegar a la ecléctica solución de los «edificios de usos múltiples». En el caso que nos ocupa, los poblados madrileños certifican no sólo la presencia de cabanas con hornos en un número no despreciable de casos, sino la existencia de estructuras interiores, pavimentos, sistemas de acceso, etc., que serían garantía de un uso residencial de las mismas, aunque también es cierta la dificultad de reconocimiento de estos elementos en muchos otros casos. La documentación de estratos de preparación del suelo en algunas de las caba-Fig. 31.-Reconstrucción de una cabana con solera de madera de Suzdalj (Rusia). ñas excavadas no implica, sin embargo, que se descarte en otras ocasiones la posible existencia de soleras de madera cubriendo la parte excavada del hoyo, que podría usarse como bodega bajo el suelo de la cabana (fig. 31). Por último, la documentación de sistemas de acceso al interior del hoyo desde el exterior (por rampas, escalones excavados u otros sistemas) demuestran un uso de esa parte subterránea de las cabanas incompatible con algunas de las interpretaciones tradicionales vistas anteriormente. En un caso excepcional (debido a la conservación casi íntegra de la cota de frecuentación exterior) se intuye la posibilidad de que un conjunto formado por una cabana semiexcavada y un hoyo de almacenamiento hayan compartido una misma cubierta ^^. Las casas con cimientos de piedra como evolución (o desarrollo) del tipo B3 La posible sustitución de algunas antiguas cabanas por casas con cimientos en piedra podría manifestarse a través del reemplazo generalizado de las primeras por las segundas en algún momento avanzado del siglo vil ^' ^. De hecho, algunas de las casas construidas con cimientos de piedra en las laderas del yacimiento de Gózquez presentan un perfil semirrupestre, con excavación de la parte alta y regularización horizontal del suelo mediante el tallado de la roca. Las dimensiones de las habitaciones con ^•^ Una huella de poste exterior quedaba alineada con las registradas en el suelo de la cabana y se conservaban estratos horizontales de frecuentación en la probable ubicación del acceso al conjunto. ^' ^ Este fenómeno ha sido observado también en el poblado altomedieval de l'Aiguacuit, en Tarrasa (Coli i Riera y Molina, 1993: 74). hogar de estas verdaderas casas con cimientos de mampostería, alzados en tapial de yeso y cubierta de teja curva resultan sólo algo mayores que las de algunas de las cabanas del tipo B3 (compárense los 13,6 m^ de la habitación sudeste del edificio 15 de Gózquez con los 16,7 m^ de la cabana L.2150, los 13,8 mMe la cabana G.6090 o los 13,3 de la G.6590). El análisis diacrónico de la parte excavada del yacimiento de Gózquez indica la existencia y perduración en el tiempo de un sistema de agrupamiento de estructuras menores en torno a una cabana grande. Este sistema sólo varía durante las dos últimas fases del poblado, cuando las estructuras auxiliares parecen pasar a agruparse en torno a las casas, que muestran paralelos muy estrechos con las documentadas en poblados de cronología tardovisigoda, como los de Navalvillar, Boadilla del Monte, Tolmo de Minateda o El Cañal ^^ Posibles pautas sociales derivadas del registro arqueológico La parte excavada de los poblados de Pinto y San Martín de la Vega ofrece una imagen inequívoca de asentamientos rurales abiertos con un modelo de organización espacial dispersa hacia el interior, aunque previsiblemente con unos límites fijados desde el inicio (posiblemente a partir del establecimiento de las lindes de las parcelas cultivadas). El espacio ocupado por estructuras arqueológicas de cierto relieve formando agrupaciones (de posible carácter familiar) alíerna con amplios sectores vacíos, posiblemente destinados a determinadas actividades cuyo rastro no ha pervivido ^^. Durante el transcurso de la ocupación, el poblado no parece aumentar de tamaño, ni se explicita una ganancia de nuevos espacios significativos, sino que las nuevas construcciones se insertan en la disposición original 25 Navalvillar, Madrid (Caballero, 1989: fíg. 2^ Este mismo patrón se ha observado en el yacimiento de West Heslerton (North Yorkshire, Inglaterra), que es el asentamiento más extensamente excavado de su clase en las islas Británicas (Powlesland, 1998: 6.5.2). La fase anglosajona antigua (desde fínales del siglo v a mediados del vii d.n.e.) cubre una superfície de más de 13 hectáreas, en las que se han excavado 220 estructuras de todo tipo, incluyendo 130 Grubenhauser y 90 estructuras sobre postes. Los otros dos yacimientos británicos excavados ampliamente son West Stow (Suffolk) y Mucking (Essex). El modelo de asentamiento propuesto para West Stow sugiere una pauta no preestablecida, de modo que diversas granjas familiares dispersas en racimos irían mudando su ubicación con el tiempo. procurando rellenar huecos a la vez que se evita escrupulosamente interferir con estructuras amortizadas anteriormente (quizás por precaución ante una posible contaminación). El poblado de Gózquez parece mostrar un esquema global de uso del espacio en el que parcelas intensamente ocupadas por estructuras arqueológicas residenciales y de almacenamiento dejan intercaladas parcelas rectangulares sin evidencias arqueológicas que podrían interpretarse como espacios de trabajo agrícola (campos de labor) o recintos para animales'^'^. La población, de este modo, parece agruparse en núcleos independientes en torno a determinadas estructuras singulares (grandes cabanas del tipo A2 o B3), lo que podría interpretarse como un modelo «familiar» (en sentido extenso, o incluso «ciánico») de ocupación ^^. Un rasgo significativo a tomar en consideración es la repetición de este modelo en las fases avanzadas del asentamiento, cuando las casas con cimientos de piedra parecen sustituir a las cabanas grandes como elemento aglutinador o de cohesión. La presencia en la zona alta de la ladera de un único edificio de planta compleja (posiblemente ordenado en torno a un patio o corral) y su asociación y contemporaneidad en el uso con una construcción de uso no residencial (lagar o prensa) podría indicar la existencia de una administración independiente y jerárquicamente superior a las familias o una familia de mayor rango social (de no tratarse de estructuras de uso comunal). De momento, sin embargo, estas hipotéticas huellas de una eventual diferenciación social no parecen tener un referente explícito en el registro de la necrópolis (aún en fase de estudio). Además, los materiales de desecho doméstico (sobre todo cerámica y vidrio, aunque también los restos de fauna consumidos) no reflejan desigualdades apreciables entre los conjuntos. Los sistemas de almacenamiento de cereal a largo plazo (silos) se concentran en determinadas zonas o se agrupan en hileras que permiten una vigilancia o sistema de control colectivo o familiar y una probable utilización coetánea de varias de estas estructuras en batería. Su presencia indica sin lugar a dudas la estabilidad de la población y su fijación al "^ Otras zonas vacías de forma circular y menor extensión rodeadas por estructuras arqueológicas heterogéneas podrían corresponder a áreas de uso comunal, o a corrales. ^^ Para un modelo de unidad de explotación familiar véase el caso de la aldea sajona de Warendorf (Westfalia), compuesto por una casa grande, dos cobertizos protectores de los molinos de cereal, 3 o 4 cabanas excavadas y 8/10 construcciones aéreas, residenciales o auxiliares, dispuestas sobre una extensión aproximada de 50 x 70 metros (Chapelot-Fossier, 1980: 79-88). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ territorio, descartando cualquier posible interpretación estacional del uso del yacimiento y restringiendo su posible movilidad ^^. Por vez primera se reúne un catálogo de estructuras asignables de manera inequívoca a un tipo de arquitectura profana de carácter netamente rural cuyas dificultades de reconocimiento arqueológico las ha hecho invisibles a la literatura arqueológica española del periodo al que nos referimos. Sus paralelos con las cabanas del resto de Europa en momentos similares y las posibilidades de interpretación que proporciona la inferencia etnográfica con otras regiones del continente han servido para ilustrar someramente el funcionamiento y las opciones de reconstrucción de la parte «aérea» de estas cabanas, sin la cual nos encontraremos siempre exclusivamente con un hoyo en el terreno de una forma y unas determinadas características, no siempre sencillas de reconocer. Una parte de las mismas (el tipo más simple de cabana excavada de planta ovalada) parece responder a una tradición vernácula que se remontaría al menos al Bronce Pleno, aunque faltaría por documentar su presencia en época romana. Otros tipos (los de planta rectangular) podrían relacionarse con tradiciones constructivas trasladadas a nuevos territorios por pueblos inmigrantes o simplemente responder a determinadas necesidades o soluciones correspondientes a una época precisa. Esperamos que las premisas metodológicas esbozadas para la correcta documentación de este tipo de evidencias y el grupo de ejemplos expuestos sirvan de ayuda y acicate a la identificación de nuevos poblados formados por cabanas en otras partes de nuestra geografía y a un mayor esfuerzo hacia una adecuada interpretación de muchas estructuras arqueológicas hasta hace poco tiempo desdeñadas. «La Vega, asentamiento visigodo en Boadilla del Monte (Madrid)», en Ruano, E. (dir.) La Arqueología madrileña en el final del siglo xx: desde la ^'^ En este sentido, descartamos tajantemente la vinculación propuesta de los poblados de cabanas con una dedicación ganadera de sus habitantes, como se ha publicado recientemente (Fuentes, 2000: 206-7). La explotación ganadera de áreas marginales (la propuesta publicada) constituiría en último término sólo un complemento a una práctica agrícola dominante. prehistoria hasta el año 2000, Boletín de la Asociación Española de Amigos de la Arqueología,[39][40] AQUILUÉ ABADÍAS, X. (1993): «Las cerámicas finas de los niveles tardorromanos» en Dupré, X. y Carrete, J.M., La «Antiga Audiencia», Excavaciones Arqueológicas en España, 165, pp. 117-150.
El autor presenta un pequeño fragmento de bronce que fue encontrado hace ya algunos años en el yacimiento de Carissa Aurelia, en la provincia de Cádiz, que contiene restos de cuatro líneas de texto, coincidentes con las 11. to conservado, así como de los aspectos formales de la pieza. A partir de este supuesto, piensa en dos posibilidades: una, si la ciudad de Carissa Aurelia gozaba del status de municipio latino desde época de César, se trataría entonces de un fragmento de la lex lulia municipalise y dos, podría tratarse de «la ley por la que esta comunidad obtuviera rango de municipio romano, por elevación estatutaria del rango precedente. La opción flavia sería así una opción factible, encontrándonos en este hipotético caso con un texto correspondiente a las partes aún no conservadas de la ley». La suposición de que se trataba del fragmento de una ley y las conclusiones posteriores, un tanto atrevidas y confusas, de que podría tratarse de la lex lulia municipalis y, sin solución de continuidad, tal vez de un fragmento de la lex Flavia municipalis, me causaron cierta perplejidad, ya que el escaso texto conservado y la ausencia de paralelos con los textos legales conocidos impedían, en mi opinión, llegar a ninguna conclusión, ni siquiera hipotética. Podría perfectamente tratarse de cualquier otro documento jurídico. Esta inseguridad me llevó a buscar posibles paralelos en algún otro tipo de documentos jurídicos, y cuál no sería mi sorpresa cuando pude comprobar que el texto coincidía con las 11. 19-22 de la lex Valeria Aurelia, conservada en la Tabula Hebana, aunque la anchura de la columna de esta nueva tabla es bastante inferior, y también en la Tabula Siarensis (frag. Así, pues, se trata de un nuevo documento relativo a los honores fúnebres de Germánico, que deberemos denominar, según el lugar de su hallazgo. tanos (2.4,10: Kápiaxa). Aunque no podamos afirmar con seguridad cuál era el status de Carissa, su cognomen apunta, en mi opinión, a una colonia latina de fundación cesariana, ya que no sería posible explicar de otra manera el femenino Aurelia, si la concordancia se realizase con oppidum o municipium. El hallazgo de este nuevo fragmento de la lex Valeria Aurelia me lleva a replantear el problema de la difusión en las provincias del senadoconsulto de honoribus Germanici-decernendis, cuya problemática tiene su origen en las 11. II de la Tabula Siarensis, en las que se decide que los cónsules ordenen mediante un edicto suyo que los magistrados y legados de municipios y colonias envíen este senadoconsulto transcrito in municipia et colonias Italiae et in eas colonias quae essent in / prouinciis. Ya en mi edición de 1984 manifestaba la opinión AEArq., 48 (1975), 125; R. Wiegels, Die Tribusinschriften des Romischen Hispanien, Bedin 1985, 26; J. González, «El lus Lata y la lex Irnitana», Athenaeum 65 (1987), 327; idem, «Las fundaciones de Augusto en la Bélica y la tribu Galeria», en Italia e Hispânia en la crisis de la República Romana. Actas del III Congreso Hispano-Italiano (Toledo, 20-24 de septiembre de 1993), Madrid 1998, 48. de que la única explicación plausible era que, para el legislador de Roma, no existían en las provincias en el momento de redacción del senadoconsulto de honoribus Germanici decernendi (año 19 d.C.) los municipia ciuium Romanorum, opinión que he mantenido en numerosos trabajos ^ La aceptación de esta hipótesis implicaba una revitalización de la conocida tesis de Saumagne que abogaba igualmente por la inexistencia de dichos municipios en las provincias "^ y que había merecido duras críticas hasta el punto de haberse prácticamente abandonado ^. Naturalmente, sabíamos que esta hipótesis iba a ser ampliamente contestada, pues se oponía frontalmente al esquema tradicional que aceptaba la existencia en esta época de tales municipia civium Romanorum, a partir de la identificación de los oppida ciuium Romanorum de Plinio como municipia ciuium Romanorum y los datos aportados por las inscripciones y monedas que atestiguan, según ellos, la existencia de tales municipios, en casos como Volubilis, Gades, Italica, Vtica, etc. ^. 14, Oxford 1971, 234 En relación con las palabras del senadoconsulto las críticas se han centrado sobre todo en que no se pueden disociar las palabras de TS II b, 21-17 de II a,7-8, donde se establece la prohibición de determinadas actividades m] municipio aut colonia c.R. aut Latinorum, y que de la ausencia de mención no se deduce necesariamente su inexistencia ^. A partir de este planteamiento se han esbozado dos hipótesis explicativas de la ausencia de los municipios en la disposición del Senado: una, defendida por Gascon, que piensa en una haplografía que explicaría perfectamente que en dos secuencias idénticas: in municipia et colonias Italiae et in ea municipia et in eas colonias quae essent in prouinciis, el lapicida por un error suprimiese la expresión intermedia, y dos, defendida por aquéllos que opinan que la difusión en las provincias de los documentos emanados del Senado no seguía unos principios estrictos, sino que se exponían sin atender a la condición de colonia o municipio, a ciudadanos Romanos o Latinos, dependiendo exclusivamente de la iniciativa local de las comunidades I No voy a entrar en esta breve nota a tratar del complejo problema de la existencia o no de los municipios en las provincias occidentales, a cuya tarea dedicaré proximamente un amplio estudio. Me voy Imitaría, Vitoria 1993, 53 ss; F. Beltrán Lloris, «Municipium C.R., oppidum c.R. y oppidum Latinum en la NH de Plinio: una revisión del problema desde la perspectiva hispana», en Ciudades privilegiadas en el Occidente Romano, Sevilla 1999, 247 ss (con amplia bibliografía sobre el tema). J. González y J. Arce, Madrid 1988, 21s, que destaca el papel jugado por la iniciativa de los propios municipios en la difusión del senadoconsulto; C. Castillo, «Miscelánea Epigráfica Hispano-Romana», SDHI52 (1986), 384 ss; eadem, «La tribu Galeria en Hispânia: ciudades y ciudadanos», en Estudios sobre la Tabula Siarensis, edd. J. González y J. Arce, Madrid 1988, 233 a referir solamente a la paradoja de que los estudiosos que han insistido una y otra vez en la existencia de municipios de ciudadanos romanos en las provincias no han aclarado en ningún caso las palabras del senadoconsulto, con excepción de la haplografía defendida por Gascou y que ya fue planteada por mí en la edición de 1984 y rechazada por entender que no era posible que se tratase de un error del lapicida, no sólo por el principio general de que no estoy en absoluto de acuerdo con la tendencia a modificar el sentido e, incluso, el texto de los nuevos documentos epigráficos, cuando los datos aportados por los mismos contradicen de alguna manera las opiniones generalmente aceptadas, sino también porque, al igual que en TS IIa,7-8 se unifican los términos: in] municipio aut colonia c.R. aut Latinorum, si el Senado se hubiese referido a colonias y municipios de Italia y de las provincias, podría perfectamente haber escrito in municipia et colonias Italiae et prouinciarum; más bien parece un intento deliberado del Senado de insistir sobre una realidad o, al menos, sobre un concepto ideológico. Curiosamente, el argumento más empleado para justificar la existencia en las provincias de los municipios de ciudadanos romanos se basa en las listas de ciudades de Plinio, cuyas fuentes se acepta de forma unánime que son de época de Augusto. Sin embargo, ninguno de ellos ha observado que, con excepción de las listas de la Bélica y la Lusitânia, donde se mencionan de forma explícita los municipia ciuium Romanorum, en todos los demás casos tan sólo se concretan e individualizan el número y el nombre de las colonias. Es decir, Plinio sigue el mismo principio ideológico que el senadoconsulto: en las provincias sólo son dignas de ser mencionadas y citadas las colonias de ciudadanos romanos, en tanto que distingue las ciudades privilegiadas de las peregrinas mediante el término común de oppida, matizado con los vocablos ciuium Romanorum, y las de estatuto latino, sin distinción entre municipios y colonias, con diversas expresiones, Latió antiquitus donata (El 7), Latinorum (III 15,20,23,32,V 19), Latinorum ueterum (III 18), oppidani Lati ueteris (III 25, IV 117), Latina 77), Latinae condicionis (III 93), Latii antiqui (IV 117), salvo en V 20 donde recurre a una perífrasis Latió dato Tipasa itemque a Vespasiano imperatore eodem muñere donatum locosium. For último, designa a las comunidades de los Alpes como Latini iuris Eugenae gentes y Latió donati incolae (III 133, 135)^. En resumen, creo que la expresión utilizada por el Senado para referirse a la difusión en las provin-Cf, por ejemplo, Beltrán 1999, cit. n. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ cias del senadoconsulto, contra lo manifestado por mí en la edición de 1984, no está motivada por la existencia o no de municipios de ciudadanos romanos en las provincias'°, sino obedece a una ideología política que tan sólo considera a las colonias como representantes del pueblo romano, merecedoras de ser igualadas con las comunidades de Italia en cualquier decisión emanada del Senado. Recordemos las palabras de Aulo Gelio referentes a la superior categoría de las colonias frente a los municipios, a pesar de estar sometidas a un mayor control: Quae tamen condicio, cum sit magis obnoxia et minus libera, potior tamen et praestabilior existimatur, propter amplitudinem maiestatemque populi Romani cuius istae coloniae quasi effigies paruae simulacraque esse quaedam uidentur (Noct. Este carácter tradicional y arcaico de la expresión explicaría claramente el hallazgo de los dos ejemplares del s.c. de honoribus Germanici decernendis en Siarum y Carissa Aurelia, ciudades privilegiadas sin duda, en el segundo caso, de estatuto latino, sin tener que recurrir a explicaciones más o menos distorsionadoras de la realidad. Este planteamiento parece dar la razón a los editores del s.c. de Cn. Pisone patre, que opinan que la difusión en las provincias de los documentos emanados del Senado no seguía un principio estricto y dependía no del status de la comunidad, sino exclusivamente de la iniciativa personal de los magistrados locales, del gobernador provincial o, incluso, de los ricos propietarios de la zona, lo que explicaría su amplia difusión y que las comunidades donde puedan encontrarse estos documentos no fuesen de «primer orden»' ^. Esta afirmación tiene su punto de apoyo, por un lado, en la identificación de los lugares de su hallazgo, y por otro, en las «seis» copias, tal vez «siete», del senatus consultum de Cn. Pisone patre encontradas recientemente en la Bética'^. Sin embargo, como intentaré demostrar en las líneas que siguen, el valor de estos testimonios es en cualquier caso dudoso. En primer lugar, el lugar de los hallazgos de las diversas copias continúa siendo un misterio. En efecto, tan sólo de la copia A sabemos que, según el depositario de la misma en el Museo de Sevilla, procedería del mismo lugar donde se descubrieron las tablas de la lex Irnitana, de las Herrizas o el Molino Postero en el término de El Saucejo. Sin Una vez expuesta esta cuestión inicial, dos son los matices que conviene señalar. En primer lugar, que los pequeños fragmentos pueden no pertenecer necesariamente a distintas placas y ser algunos de ellos de la misma copia, sobre todo si tenemos en cuenta que, aunque ignoremos las circunstancias de su hallazgo, algunos de ellos fueron entregados en el Museo de Sevilla por la misma persona, y en segundo, que, al ser tan escaso el texto conservado y a pesar de que, en principio pueden pertenecer, según las restituciones propuestas por los editores, al S.C. de Gn. Pisone patre, sin embargo, también podrían pertenecer a algún otro documento epigráfico. Así, por ejemplo, los editores suponen que el fragmento F continúa las 11. 166-168 de la copia A: Pero que el escaso y dudoso texto (sería más correcto leer: +S_/ 4-ET.ID.Q / ++T) podría continuar cualquier otro texto, dado que lo único que es posible leer con seguridad es et.id qu [od], precedido de una terminación verbal o, incluso, la conjunción et. A título de ejemplo se podría recordar la 1. En resumen, con los datos aportados por diversas copias del s.c. de Cn. Pisone padre, a pesar de'' ^ Cf. 12, 105 s. las afirmaciones de sus editores, poco podemos averiguar sobre el estatuto de los lugares de donde proceden los diversos fragmentos, por lo que resulta preferible seguir pensando, según el testimonio de las copias del s.c. de honoribus Germanici decernendis y el de la rogatio con los honores fúnebres de Druso César, encontradas todas ellas en ciudades privilegiadas: los Fortúnales Siarenses, Carissa Aurelia y la colonia inmune de Ilici, que la publicación de estos documentos tenía lugar en ciudades privilegiadas.
Castro de El Castillo (Saldeana, Salamanca). Hillfort of El Castillo (Saldeana, Salamanca). Edición de las inscripciones descubiertas en el castro de «El Castillo» (Saldeana, Salamanca), un antiguo emplazamiento sobre el río Huebra, cerca de la frontera entre España y Portugal. Hace ya casi ochenta años que César Moran realizó la primera recopilación de la epigrafía salmantina (Moran 1922); desde entonces, el número de epígrafes conocidos en este territorio ha crecido de forma espectacular hasta rebasar los tres centenares, entre los que destacan los grandes conjuntos de Yecla de Yeltes e Hinojosa de Duero. Casi todas estas inscripciones son textos funerarios realizados sobre granito y, en muchos casos, gastados por el paso del tiempo. Ambas circunstancias hacen de ellos documentos de difícil lectura e interpretación, pese a lo cual son de un altísimo interés por su onomástica, formulación y rica iconografía, que permiten identificar officinae regionales muy próximas en su técnica y estilo a las de las vecinas áreas zamoranas por el norte y portuguesas por el oeste. El 25 de junio de 1999 visitamos Saldeana atraídos por el descubrimiento de una inscripción funeraria que mencionaba una nueva organización suprafamiliar y que aparecía en una fotografía llegada a nuestras manos por gentileza de Jesús Alvarez-Sanchís y Alberto J. Lorrio; en aquella visita no pudimos encontrar el epígrafe que buscábamos, de-bido a que la maleza había cubierto la zona del hallazgo; sin embargo, sí pudimos descubrir dos nuevos epígrafes en el campo, y realizar la autopsia de las inscripciones conservadas en Saldeana a las que ya habían hecho referencia otros autores. Un año después reapareció el monumento perdido y volvimos a Saldeana el 24 de junio de 2000; fue entonces cuando las circunstancias nos parecieron propicias para publicar toda esta serie epigráfica sobre la que no se ha realizado autopsia directa desde la época de Navascués, máxime teniendo en cuenta que el conjunto se ha enriquecido con algunas piezas inéditas descubiertas en los últimos años. Es éste el lugar de rendir gratitud a D. Juan Luis Fuentes Merino, que nos ha acompañado en nuestras visitas a Saldeana y al castro de «El Castillo», y a cuyo tesón se debe el hallazgo de algunos de estos monumentos. La mayor parte de las inscripciones de Saldeana proceden del cercano castro de «El Castillo», un emplazamiento indígena con fuertes defensas, que incluyen muralla y piedras para frenar el avance de la caballería (Alvarez-Sanchís 1999, pp. 122-123 y 136). Situado sobre el curso del río Huebra, al sur de la Sierra do Mogadouro y al norte del castro de Las Merchanas (Lumbrales), su formidable posición dominante sobre el entorno explica las razones de su existencia. Una parte de los epígrafes aquí recuperados se encuentra en el cercano pueblo de Saldeana, a donde fueron acarreados como materiales de construcción; el resto subsiste aún en su emplazamiento original, protegido por la maleza. Ninguno de los textos de Saldeana figura en CIL II, y fue César Moran el primero en ocuparse de ellos; a éste seguirían los trabajos de Maluquer y Joaquín M^ de Navascués, en ambos casos con inspección directa de algunas piezas; en fechas recientes, algunos de estos documentos han tenido entrada en el repertorio de Alonso y Crespo. A esta documentación hay que unir las schedae de L. Wickert, realizadas en los años 30 de este siglo en el marco de los trabajos preparatorios de la revisión del volumen II del CÏL; aquellas fichas quedaron inéditas y hemos tenido Estela funeraria de granito, decorada en la parte superior con una roseta sobre escuadras y con una serie de arcos en la parte inferior. El texto figura dentro de una cartela central rebajada. Sus dimensiones son [115,5] X 31 X 13,5 cm; la cartela del texto mide 26 x 20 cm, y la altura de las letras oscila entre 3,5 y 4 cm. Las líneas del texto están inclinadas hacia abajo y hacia la derecha. No consta el lugar de hallazgo, aunque debe proceder de «El Castillo»; Moran la vio en S aldeana, en casa de Elisa Rubio, en donde aún se encuentra, empotrada en un ángulo exterior de la vivienda de Joaquín Gallego, en donde la describimos en junio de 1999. La superficie se encuentra muy gastada por su exposición a la intemperie y se lee con bastante dificultad. Neirobinus/-ius debe ser un nombre indígena pese a la latinidad del nombre de su hijo, y sólo se conoce por este testimonio en genitivo (Abascal 1994, p. Fragmento de inscripción funeraria del que no constan sus medidas ni la descripción del soporte; Moran la hace proceder de «El Castillo». No hay rastro de ella en Saldeana. El texto que edita Moran es el siguiente: La aceptación de la lectura plantea no pocos problemas, máxime si tenemos en cuenta que se trata del único testimonio evidente de este antropònimo (Palomar 1957, p. 275), y que no es posible comprobarlo por la pérdida del monumento. Estela funeraria vista por Moran en casa de Aureliano Prieto, aunque no proporciona sus medidas ni las referencias del soporte, que parece incompleto por la parte inferior a juzgar por la laguna del texto. De los datos editados se puede deducir la siguiente lectura: Si Ambatus es un nombre corriente en los ambientes indígenas del cuadrante nor-occidental de Hispânia, Pintouius sólo se conoce en cinco casos (Palomar 1957, p. 459), tres de ellos en genitivo, lo que indica que su uso se encuentra en fase decreciente en la época en que tiene reflejo epigráfico; debe ponerse en relación con otras variantes gráficas como Pentouius, Pentouis y Pentouiecus. Los testimonios de Pintouius se encuentran únicamente en las provincias de Zamora y Salamanca. Estela funeraria de caliza con cabecera semicircular; el texto figura dentro de una cartela rectangular rebajada, con excepción de la primera línea, que figura por encima de la cartela. Sus dimensiones totales son 84 x 31 x 15,5 cm y no presenta roturas importantes, salvo el natural desgaste del texto. La cartela mide 25 x 23 cm, y la altura de las letras se incrementa de arriba a abajo de la siguiente forma: 2'5-2'5-3-3-4 cm; las interpunciones son puntos muy marcados. No consta el lugar de procedencia, y se aparta formalmente del conjunto descubierto en «El Castillo». Se conserva en una casa de la calle San Juan, n.° 2, en Saldeana, sirviendo de poyo en el interior de la estancia junto a HAE 1329, en donde la vimos el 25 de junio de 1999. El cognomen Montus/-ius, claramente legible sobre la estela, aparece por primera vez en Hispânia; Kajanto refiere un testimonio de Montius (Kajanto 1982, p. 309), que sería la referencia más di-recta para el caso que nos ocupa, aunque no hay que descartar una forma indígena como Montus. Estela funeraria de caliza, con cabecera semicircular, sin campo epigráfico diferenciado; el soporte está ligeramente roto por su parte derecha y algo gastado por la izquierda como consecuencia del uso como banco. El texto ocupa casi todo el soporte, excepto la parte inferior, en donde se conserva el borde original de la pieza. No consta el lugar de procedencia, aunque interesa destacar sus similitudes con la inscripción n.° 4 y el hecho de que se conserven en el mismo lugar, probablemente como evidencia del acarreo desde un mismo emplazamiento, que no es necesariamente el castro de «El Castillo». Moran la vio en Saldeana, en casa de Fulgencio Martín, sirviendo de poyo; en 1953, Navascués la sitúa en casa de Petra Martín sirviendo de poyo. Se encuentra en el mismo lugar, calle San Juan, n.° 2, formando el banco de la vivienda junto con HAE 1328. La quinta línea de la inscripción ha sido objeto de diferentes interpretaciones; Palomar (1957, p. 89) sugirió un nombre personal Outia que Albertos descartaría después (Albertos 1977, p. El nombre de la difunta ofrece dificultades de lectura por el desgaste de la parte izquierda del soporte; sin embargo, la ordinatio aconseja suponer en la parte izquierda de la segunda línea la pérdida de una sola letra, por lo que cabría una forma como Cudia, que aparece como nombre indígena en un texto de Villardiegua de la Ribera, también en Salamanca {HAE 935). Estela funeraria de arenisca rosada, con doble cabecera y dos campos epigráficos. En la parte superior ostenta dos ruedas de seis radios curvos hacia la derecha, bajo las cuales figuran cuatro escuadras y una serie de cuatro arcos; en la parte central se disponen las dos cartelas de texto, siendo casi ilegible la de la izquierda; bajo las cartelas se ven otros cuatro arcos. Sus dimensiones totales son [132] X 31,5 X 17 cm; el diámetro de las ruedas es de 12 cm; la altura de los arcos es de 18 cm en la parte superior y de 23 cm en la inferior; las cartelas de texto miden 26 x 14,5 cm. En la cartela derecha, con cinco líneas de texto, la altura de las letras es de 3-3-3-4-4'5 cm. Moran la sitúa en Saldeana en casa de Nicolás Martín; se encuentra allí, sirviendo de alféizar en una ventana, en la calle Toralito, n.° 12, en donde la vimos en junio de 1999. La estructura del texto permite dudar entre un nombre de difunto como Flauus, hijo de Flauianus, y un personaje de nombre Flauius Flauianus, siendo posibles ambas opciones, aunque más probable la segunda. En su trabajo sobre los Caracteres externos de las antiguas inscripciones salmantinas (1953), Joaquín M^ de Navascués dio a conocer una estela de granito inédita que se conservaba en S aldeana en la puerta de Petra Martín Valle. Según este autor, se trataba de un monumento de cabecera semicircular, con una rueda de radios girando a derecha en la parte superior, y con una cartela rebajada para el texto, formado por cinco líneas. El lugar en que Navascués sitúa el epígrafe es el mismo en que hoy se encuentran HAE 1328 y 1329; allí, en efecto, subsiste una estela de menores dimensiones, correspondiente a la serie habitual de los hallazgos de «El Castillo» (infra, n.° 9), pero ni la descripción ni las medidas coinciden con la que cita Navascués, por lo que hay que suponer que se trata de dos piezas distintas. Según este autor se trataba de una estela cuyas dimensiones eran 73 x 27 x 14 cm, muy mal conservada, en la que podía leerse entre las líneas 1 y 2 el nombre Boutius (Cloutius en la edición de 1966, p. 213), con algunas letras más al final de la quinta línea. No tenemos más datos de esta estela, que debe darse por perdida. Noticia aislada que proporciona Maluquer sobre la existencia en Saldeana de una inscripción en la que puede leerse [--] LX [-]. No hay más datos de esta pieza, que no hemos localizado en nuestras estancias en Saldeana, y que no debe confundirse con la n.'' 6 de este trabajo. Inédita (Fig. 8) Estela funeraria de arenisca rosada, rota por su parte inferior, con cabecera semicircular; ostenta una rueda de cinco radios hacia la izquierda en la parte superior y una serie de incisiones verticales JUAN MANUEL ABASCAL AEspA, 73, 2000 Fig. 8. Estela con con texto borrado en la calle San Juan de S aldeana. simulando arcos en la inferior. La parte central está ocupada por una cartela de texto hoy completamente ilegible. No consta su procedencia, aunque pertenece al tipo de las descubiertas en «El Castillo», que es su probable lugar de origen. Inédita (Fig. 9) Estela funeraria doble en arenisca, rematada en dos cabeceras semicirculares ocupadas por ruedas de seis radios hacia la derecha. Bajo las ruedas se han trazado dos líneas incisas casi paralelas y muy toscas, que separan esta zona del soporte de la que ocupan dos cartelas de texto completamente borradas. En la parte inferior del soporte el desgaste impide ver la decoración original. Sus dimensiones son 110 x 48 x 25 cm; las cartelas miden 20 x 16 cm. Se encuentra entre la male-za de la falda meridional del castro de «El Castillo», en donde la vimos el 25 de junio de 1999, y debe proceder de la necrópolis del castro. Inédita (Fig. 10) Fragmento de una estela funeraria en arenisca rosada, muy mal trabajada y de aspecto tosco, que debió tener en la parte superior una roseta de la que hoy no es posible determinar el tipo. Está fuertemente erosionada y fracturada, aunque la parte derecha parece conservarse mejor que el resto del soporte. Sus dimensiones son 98 x 25 x 19 cm y la altura de las letras es de 5,5 cm. Se conserva en la falda meridional del castro de «El Castillo», entre la maleza y probablemente cerca de su emplazamiento original; allí la vimos en junio de 1999. El texto conservado dice: En el volumen anterior de Archivo Español de Arqueología dimos a conocer una inscripción procedente de Saldeana, cuya fotografía había llegado a nuestras manos por cortesía de A.J. Lorrio y J. Álvarez-Sanchís; aunque buscamos la estela en Saldeana en 1999 no pudimos dar con ella, y hubi-mos de conformamos con publicar el texto visible en la foto. Un año después, D. Juan Luis Fuentes nos avisó del redescubrimiento de la pieza, por lo que realizamos su autopsia en junio de este año, pudiendo presentar ahora una imagen frontal, las medidas y una propuesta de lectura ligeramente modificada. Se trata de una estela de arenisca rosada, propia del lugar, que ha perdido su parte superior, en la que debió figurar una representación de rueda bajo una probable cabecera semicircular. La parte conservada del soporte mide [40] x 45 x 18 cm, y el texto figura en un cartela rebajada casi completa de [23] X 16 cm. La altura de las letras es de 3 cm y las interpunciones son circulares y están muy marcadas. Se conserva en la falda meridional del castro de «El Castillo», en el espacio ocupado por la necrópolis. Aunque la cartela está rota por arriba, no parece quedar espacio para una línea superior, por lo que habría que descartar un encabezamiento con Dis Manibus y aceptar que la inscripción comienza con el nombre de la difunta en nominativo; esta circunstancia podría abogar por una datación de la pieza en el siglo I d.C. La modificación de lectura afecta sólo al antropònimo de la primera línea, que deriva de la forma de genitivo Pentili de la que conocemos varios testimonios (Palomar 1957, p. 453), algunos de los cuales se encuentran en el cercano distrito portugués de Viseu. Inédita (Fig. 12) Estela funeraria de arenisca, que ha perdido su parte superior y que conserva una cartela rebajada para el texto y una decoración de tres arcos en la zona inferior, donde también existe una importante fractura. Conserva cuatro líneas de texto muy gastadas en las que apenas pueden identificarse los caracteres, por lo que proponemos con todas las reservas posibles el siguiente texto: Ha perdido la parte inferior en la que se encontraría la cartela del texto, y no pertenece a ninguno de los soportes descritos con anterioridad. Sus dimensiones son [49] x 30 x 16 cm. Se conserva en la falda meridional del castro de «El Castillo», entre la maleza, en donde la vimos el 24 de junio de 2000. La estructura del texto y el formulario recuerdan a la de texto n.° 1 de esta serie, con el nombre del difunto en genitivo, y similares abreviaturas para la indicación de edad e invocación final. Inédita (Fig. 13) Parte superior de una estela de cabecera semicircular decorada con una rueda de cinco radios hacia Estela funeraria de cabecera semicircular en arenisca rosada, cuyo perímetro está rodeado por una moldura; en la parte superior presenta una rueda de radios curvos hacia la derecha, bajo la que aparece una cartela de texto y una decoración de arcos en la parte inferior. Sus dimensiones son [39] x 21 x (?) cm. Por el tipo de piedra y la estructura del soporte debe pertenecer a la serie de la necrópolis del castro de «El Castillo». Se conserva empotrada sobre el dintel de una casa en Saldeana, a 3 metros de altura. No es posible leer el texto debido a la fuerte erosión de la cartela. que sugieren dataciones tempranas, en la segunda mitad del siglo I d.C, y en estelas de clara cronología posterior a juzgar por el extendido uso de la invocación Dis Manibus (sacrum). La única conclusión posible es que tanto el material habitual, el granito local, como los esquemas compositivos de las estelas fueron una referencia habitual en el contexto epigráfico de estas tierras durante más de un siglo y que, probablemente, cada uno de los castros o sus áreas de influencia disponían de maestros canteros capaces de producir estas piezas que han llegado a definir estéticamente una región de la Hispânia romana. Inédita (Fig. 15) Estela funeraria de aí'enisca rosada, con doble cabecera decorada con dos ruedas de radios curvos. Se encuentra reaprovechada como material de construcción en una vivienda de Saldeana, junto al camino que conduce al castro de «El Castillo»; sus dimensiones son 65 x 29 x 18 cm. Aunque se encuentra en buen estado de conservación no es posible leer el texto por encontrarse oculto en la pared. El estilo de las inscripciones de Saldeana, con su característica decoración de ruedas superiores, series de arcos y cartelas de texto, trae a la memoria los grandes conjuntos salmantinos de localidades cercanas como Hinojosa de Duero o Yecla de Yeltes. Las similitudes formales alcanzan también al grupo de las estelas de Picote, en las vecinas tierras portuguesas. Sin embargo, en el grupo se observa una gran diversidad de técnicas y modos de organizar la decoración, que impiden hablar de ojficinae en el sentido estricto del término. A ello hay que añadir que las similitudes formales coexisten en epígrafes BIBLIOGRAFIA ABASCAL 1994 = J.M. Abascal, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia, Madrid -Murcia, 1994.
Un estudio pormenorizado de la estela bisoma de Gualda permite explicar su forma singular y presentar una nueva lectura de sus inscripciones. La estela de la que trataremos a continuación fue hallada en 1995, en el curso de las excavaciones efectuadas en el poblado hispano-visigodo de El Tesoro-Carramantiel, situado a 1 km al suroeste del pueblo alcarreño de Gualda, una pedanía de Cifuentes enclavada cerca de la cabecera del embalse de Entrepeñas, y fue dada a conocer dos años más tarde \ Hoy se encuentra depositada en el Centro Cultural «Santo Domingo», de Cifuentes, donde la hemos podido estudiar en dos ocasiones ^. La estela, labrada en una piedra caliza gris clara, algo rojiza, presenta una forma que, a primera vista, resulta algo desconcertante: es un paralelepípedo de 83 cm de * Este trabajo ha sido facilitado por una ayuda concedida al Centro CIL II por la Obra Social y Cultural de IberCaja.' Vallejo Girvés, «Hallazgo de una inscripción dual latina en el habitat hispano-visigodo de Gualda (Guadalajara)», Kalathos 16, 1997, 129-135, con fotografía. Cf., con nuestra lectura corregida, M. E. Ramírez Sánchez, Epigrafía y organización social en la región celtibérica: los grupos de parentesco, tesis doctoral leída en 1999 en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (en trance de publicación). Agradecemos al autor el haber podido discutir con él ese nuevo testimonio. ^ Agradecemos al excavador del yacimiento, D. Miguel Ángel Cuadrado Prieto, sus valiosas indicaciones acerca de las circunstancias del hallazgo de la estela y al personal del Centro Cultural las facilidades ofrecidas para su estudio. Las fotografías fueron tomadas por H. Gimeno Pascual. alto, 68 cm de ancho y 27-30 cm de grueso, que ha sido someramente desbastado en la parte trasera mientras que está alisado en los costados y en la cara frontal, donde presenta dos campos epigráficos ligeramente rebajados, de 30 por 25 cm cada uno, separados por un delgado baquetón vertical. Ambas esquinas superiores han sido redondeadas para formar un remate aproximadamente semicircular (que, sin embargo, no alcanza la parte central, horizontal), pero ese redondeado se ha ejecutado solamente en la mitad trasera del grueso de la estela, conservándose en la mitad anterior del grueso las esquinas antiguas, si bien disminuidas: la derecha, por los desconchones que ha sufrido con posterioridad, y, la izquierda, por un corte aproximadamente rectangular, consecuencia quizás de la reutilización de la estela como material constructivo en una de las casas del poblado. Con todo, es perfectamente reconocible la forma primitiva de la estela, que corresponde a un tipo bien conocido por un gran número de ejemplos en muchas partes -sobre todo en el Sur y el Centrode la Península: ante un fondo rectangular, que queda en segundo plano, destaca un remate semicircular conseguido por medio del rebaje redondeado de las esquinas superiores en la parte frontal del grueso del cuerpo. Sin embargo, las estelas de ese tipo llevan la inscripción sin excepción en la cara adornada por el remate semicircular, jamás en la cara rectangular, como el presente ejemplar de Gualda. ¿Cómo se explica el tratamiento tan singular en este caso? Un atento examen de la parte trasera de la estela, con el remate semicircular, nos revela que la singularidad es sólo aparente y que era en ella donde, en un principio, se iba a grabar el epígrafe. Aquí observamos que se había empezado a practicar un rebaje para el campo epigráfico (fig. 1; las huellas más claras aparecen en el lado izquierdo), y que pronto se desistió de tal trabajo, posiblemente porque apareciera, en plena zona prevista para la inscripción, uno de esos huecos producidos por la erosión que a menudo desfiguran ese tipo de piedra. caliza (y que, de menores dimensiones, también se ven por doquier en la parte inscrita). Un indicio de que hubiesen topado con un desperfecto de esa índole pudiera ser el canalillo vertical, de distinta profundidad, que, por mor de cata, se grabó en el centro del área trazada^ y que no creemos, como sospechan los editores ^ hubiera servido para engarzar algún tipo de material constructivo en el momento de la reutilización de la estela y menos para que fuera colgada en su primitivo emplazamiento. Más bien parece que, ante la perspectiva de tener que rebajar en varios centímetros todo el campo, optaron por dar la vuelta a la estela y utilizar como cara frontal la parte originariamente trasera, que entonces recibiría los dos campos rebajados para la inscripción y sería alisada, junto con los costados. La doble inscripción está grabada con caracteres capitales relativamente bien formados y -pese a los mencionados desperfectos de la piedra y los efectos de la erosión-no presenta mayores problemas de lectura. Existe un claro, aunque no totalmente logrado, intento de paginación: Incluso la oscilación en la altura de las letras que se observa (lado a, 11. 5: 4,5 cm; las letras redondas como C, G y O generalmente son más pequeñas, como es habitual en las inscripciones latinas, aunque aquí la diferencia es más marcada) parece ser intencionada, obedeciendo quizás a un deseo de destacar las distintas unidades lógicas. Se evitan en lo posible las separaciones de palabras (sólo en el lado a, 11. 3/4), y las letras se espacian más o menos para llenar por completo los renglones, alineados por la izquierda. Los pequeños signos de interpunción parece que son triangulares aunque la erosión no permite pronunciarnos al respecto con seguridad. Los textos rezan (fig. 2): Nuestra lectura coincide en gran parte con la que daban los primeros editores, quienes, sin embargo, no apreciaban la interpunción, entendían Turtoqo(n) (con nexo RT) en 1. a 2 (y, por consecuente, restituían Tu[rt]oqo(n) en 1. ¿? 2), leían en 1. Z? 3 solamente Pa[..]ti y daban un vacat al comienzo de 1. b 5 en lugar de la letra S, de la que sólo se conserva el arranque superior, pero cuya existencia es apoyada no sólamente por el sentido de la fórmula, sino también por la ordinatio del texto y la interpunción que sigue. Posiblemente hay interpunción también entre I y V en 1. a 3. Ambas inscripciones parece que se grabaron en un mismo momento, a juzgar no sólo por las semejanzas paleográfícas ^, sino también por el contenido de los epígrafes: la estela se puso después del fallecimiento de Atta, la esposa de Gaius, el cual es designado sólo indirectamente como el autor de la inscripción conmemorativa de su mujer (el gamónimo Gai uxsor que figura en el lugar habitual del patronímico de la esposa sustituye en cierto sentido a la fórmula uxori et sibi que cabría esperar en la inscripción del marido), ya que la segunda inscripción sólo expresa la voluntad del marido de que bajo ese monumento que erigió en vida deben ser sepultados también sus propios restos mortales. Sorprende la soltura con la que se utilizan las fórmulas sepulcrales y dedicatorias, casi todas abreviadas y en parte Cuadrado-Vallejo, cit. (n. 1), 130. ^ Nótense, p. ej., los característicos bucles inferiores casi angulados de las S. Formas notables son además la F muy abierta en 1. /? 3 y la M, cuyo ángulo central no llega hasta la línea base, en 1. b 5. sin paralelos en la Carpetania, caso de s(ibi) viv(u)s y m(onumentum)^, considerando el indigenismo estructural de la onomástica de los dos personajes: ambos son designados por un nombre individual -indígena en el caso de la esposa ^, mientras que el marido utiliza como nombre propio el praenomen latino Gaius ^-, seguido por el genitivo de plural de una unidad organizativa indígena, Turoco(m). La fórmula onomástica de la esposa se completa por el gamónimo que aquí, probablemente por la razón que acabamos de comentar, sustituye al habitual patronímico, mientras que el marido lleva un patronímico latino no significativo ^ ampliado por f(ilius). El nombre de la unidad organizativa indígena es nuevo, apareciendo, como ocurre en la gran mayoría de los casos, sólo en esta inscripción. El radical Tur-, sin embargo, del que está derivado, es frecuente en la onomástica celtibérica y ha dado, entre otros, los bien conocidos antropónimos indígenas ^ Aunque la abreviatura m(onumentum) (naturalmente fuera de la fórmula h(oc) m(onumentum) h(eredem) n(on) s(equetur) ) es particularmente frecuente en las zonas colindantes con la Cordillera Cantábrica, no faltan ejemplos más cercanos al Sistema Central, como, p. ej., en la provincia de Soria (Cuevas de Soria: CIL II 2843 con la resolución propuesta por M. C. González Rodríguez, Las unidades organizativas indígenas del área indoeuropea de Hispânia, Vitoria 1986, 130; Muro de Agreda: A. Jimeno, Epigrafía romana de la provincia de Soria, Soria 1980, 76; Santervás de la Sierra: Jimeno, ibid., 107). En la misma zona un ejemplo de v(iva) s(ibi)... /(aciendum) c(uravit): Jimeno, ibid., 71 (Medinaceli). ^ Para Atta, repartido por toda la Meseta Norte y las zonas colindantes de la Meseta Sur, cf. M. L. Albertos Firmai, La onomástica personal primitiva de Hispânia: Tarraconense y Bética, Salamanca 1966, 42, con las correcciones y puesta al día de J. M. Abascal Palazón, Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispânia, Murcia 1994, 289-290. "^ Al contrario de lo que ocurre con el uso relativamente frecuente de Lucius o Marcus como nombre individual (cf. Abascal, cit. n. 6, 404 y 414, respectivamente), parece que sólo hay otro testimonio hispánico más para Gaius, un grafito inédito sobre terra sigillata hispánica, procedente de Complutum (T. E. A. R., inv. n.° 5/1/2/96/1759). Para su uso como cognomen véase O. Salomies, Die rômischen Vornamen. 6, 446 (repartido sobre todo en las zonas más romanizadas, aunque no faltan algunos ejemplos del área indoeuropea, p. ej., CIL-11 923, de Talavera de la Reina, CIL II 2636, de La Milla del Río, León, o HAE 1159, de Idanha-a-Velha). Inscripción de la estela de Gualda. turos/Turos en lengua celtibérica ^ y Tur(e)ius en la correspondiente forma latina ^^. El nombre de la unidad organizativa está formado con el sufijo -oco-, el segundo más frecuente (después de -ico-^0 en tales formaciones, aunque es el primer ejemplo de ese sufijo con la variante -om/-on en lugar de la más común -um/-un. Además, es preciso destacar que nuestra inscripción es el segundo testimonio de un matrimonio que comparte un mismo nombre de unidad organizativa indígena ^^, si bien todavía no sabemos si ello debe interpretarse como el reflejo de la situación originaria de los dos individuos, es decir, si se trata de un matrimonio entre parientes relativamente próximos, o como indicio de que uno de los cónyuges con su matrimonio hubiera pasado a integrarse en la unidad organizativa del otro ^^ ^ En grafía celtibérica en el Bronce de Botorrita III (F. Beltrán Lloris-J. de Hoz-J. Untermann, El tercer bronce de Botorrita (Contrebia Belaisca), Zaragoza 1996, col. 11. 2, y varias veces más en el genitivo turo) y en grafía latina en Peñalba de Villastar (J. Untermann, Monumenta Linguarum Hispanicarum, IV: Die tartessischen, keltiberischen und lusitanischen Inschriften, Wiesbaden 1997, 632-633, K.3.11, en genitivo ibid., K.3.12).'° Repartidos sobre todo en las zonas velona y lusitana: HAE 1051. " Efectivamente aparece turikum en el Bronce de Botorrita III (col. Ill 1. 4).'2 El otro caso es AE 1925, 22, de Barcebalejo (Soria).' ^ Posibilidad ésta menos probable en la situación actual de nuestros conocimientos, puesto que existen casos donde Para la datacion de la estela, sus primeros editores proponían una fecha comprendida «entre la segunda mitad del siglo i d. C. y la primera mitad del siglo II d. C.»''^, pero no aducían argumentos solventes para ella ^-\ Mientras que en la onomástica se constata, por un lado, la adopción parcial y más bien superficial de modelos -y de nombres-romanos, conservándose, por otro, las costumbres onomásticas indígenas, las fórmulas utilizadas, sus abreviaturas y grafías (p. ej., uxsor por uxor) denotan, al contrario, una notable familiaridad con los hábitos epigráficos romanos. La fórmula sit tibi terra levis, que en Hispânia aparece a partir de época tiberiana'^, proporciona un terminus ad quem o post quem, que, en vista de la forma marcadamente antigua de la P abierta en ¿7 1. 3 y de la ausencia de la indicación de la edad de la esposa difunta, difícilmente cabe rebasar mucho. Por ello proponemos una datación de la estela en época julio-claudia no muy avanzada, anterior pues a la mitad del siglo i. Por la situación en que se localizó là estela -reutilizada (boca abajo) como sillar en la junta de dos paredes del poblado hispano-visigodo de El Tesoro-Carramantiel, fechado en el siglo vii por los ajuares encontrados en las tumbas de la necrópolis asociada a él ^'^-así como por la ausencia de cualquier rastro de habitat romano en las inmediaciones de dicho poblado llegaron ya los primeros editores a la conclusión -acertada, sin lugar a dudas-de que la estela había sido trasladada desde su emplazamiento primitivo por los habitantes del poblado en el siglo VII, barajando como lugar de procedencia más probable la villa romana de Gárgoles de Arriba, situada aguas arriba del Río Cifuentes, a unos 8 km del poblado'^, sin excluir otros yacimientos romando y mujer pertenecen a distintos grupos de parentesco (CIL II 5789. Cf. la discusión del tema en Ramírez Sánchez, cit. (n. Agradecemos vivamente al autor el permiso de utilizar su estudio. 1), 131.'^ Los «criterios internos» aducidos se limitan a la onomástica mixta, no distinguiéndose, en el caso de la esposa, entre los antropónimos indígenas Atta/Atto y el gentilicio latino Attius y, en el del marido, entre el uso banal del praenomen Gaius en una onomástica al estilo romano (el caso citado es el de un liberto, CIL II 6308) y su utilización, como en la presente inscripción, como nombre individual.'6 Cf. Series 29), Portsmouth/Rhode Island 1998, 114 nota 36.' ^ A falta de la publicación de los resultados de la excavación remitimos a los datos aportados por M. A. Cuadrado Prieto y M. Vallejo Girvés en su edición, cit. (n. 134.'^ Para ella, véase J. Sánchez-Lafuente, «La epigrafía y el entorno arqueológico de la villa romana de Gárgoles de Arriba (Guadalajara)», Lucentum 6, 1987, 175-183. manos enclavados ya en las proximidades del cauce del Tajo, como los de Trillo y de Carrascosa de Tajo'\ Se puede aportar otro argumento más que redunda en esa idea de que la estela ha sido acarreada desde otro sitio, y es precisamente su material lítico, una caliza dura y compacta, mientras que para todos los muros del poblado y para las tapas de las tumbas de la necrópolis se ha utilizado la arenisca local sobre la que se asientan tanto el poblado hispano-visigodo como el próximo pueblo de Gualda. El material de la estela es asimismo un argumento en contra de su supuesta procedencia de la villa romana de Gárgoles de Arriba, porque las diversas estelas sepulcrales romanas halladas allí no sólo salieron o bien descontextualizadas o bien reutilizadas como material de construcción, lo que arroja ciertas dudas sobre su pertenencia a dicha villa, sino, sobre todo, porque su material -donde hay constancia de él-es piedra arenisca ^°. La procedencia exacta de la estela de Gualda sigue siendo pues una incógnita, aunque probablemente provenga de una zona del valle alto del Río Cifuentes, aguas arriba de Gárgoles, donde sí aflora la caliza, y con seguridad del entorno general de esa primera llanura que abre el río Tajo tras abandonar el curso alto de su nacimiento, llanura que en la Antigüedad probablemente pertenecía al territorio del municipio de Ercávica ^' y era cruzada por la calzada romana de Segontia a Segóbriga ^^. Con todo, queda claro que la estela fue transportada desde una considerable distancia, y no se entiende bien la finalidad de tanto esfuerzo -sólo la subida de la pieza, que pesa media tonelada aproximadamente, al lugar de su reutilización, por una cuesta difícilmente practicable con carros, constituye toda una proeza-, considerando que lo que no falta en aquel enclave es precisamente la piedra; la arenisca local es perfectamente idónea para la construcción, como lo demuestran los mismos muros de muy buena sillería del poblado hispano-visigodo.
Una estatua fragmentaria con inscripción dedicatoria bilingüe, encontrada en el desierto del Néguev, arroja nueva luz sobre la presencia militar romana en el antiguo territorio nabateo. Por sus atributos, la estatua identifica a la diosa griega de la guerra con la diosa nabatea Alat. La parte latina de la inscripción menciona a un soldado de la muy poco conocida cohors VI Hispanorum. Poco se sabe de la presencia de soldados hispanos en el Medio Oriente durante los últimos siglos del imperio romano. Por eso, el fortuito hallazgo de los fragmentos de una estatua de la diosa Atenea, con una inscripción atestiguando por primera vez su presencia en pleno desierto del Néguev, tiene que despertar la curiosidad de cuantos se interesan por tal tema'. Dichos fragmentos de estatua fueron ha-' Ignoramos la causa de que tal hallazgo no haya sido todavía publicado oficialmente por los responsables del patrimonio arqueológico de Israel. Por conocerlo de primera mano, nosotros nos referimos directamente a él en una conferencia pronunciada en Oxford en 1992 y publicada luego, pero sin reproducción gráfica de la estatua y la inscripción, en la revista inglesa A/MM (Figueras 1992). Que sepamos, la única reacción a esa publicación fue la mención y reproducción del texto que de ella se hizo en L'année épigraphique (1993: 500, xf 1652). El presente artículo representa una nueva redacción de aquella conferencia, a la que añadimos, sin embargo, un dibujo de la estatua en cuestión (fig. 1). La estatua se halla actualmente almacenada en los depósitos de liados por unos niños entre las tumbas de un cementerio beduino situado junto a las ruinas de un pequeño fuerte romano. El nombre actual del lugar,'Ein Saharonim, indica la presencia de un manantial. Es natural que los nabateos, pueblo árabe dedicado al comercio, aprovecharan este sitio para hacer un alto en su camino, la llamada «Ruta de las Especias»^, que unía su capital, la ciudad de Petra, con el puerto de Gaza, atravesando el desierto del Néguev. Una vez anexionado el reino nabateo al Imperio en 106/ dades locales por parte de las autoridades romanas y, en especial, por los oficiales del ejército imperial. En efecto, conocemos casos de soldados romanos que, en el curso de su servicio militar en las provincias orientales, erigieron estatuas a los dioses del lugar. M. Sartre (1984) publicó una inscripción griega de Shaqqa (Maximinianópolis, en Bashán), en la que un centurión dedica una estatua a la 'Tyche Megale' de la ciudad, en su nombre y el de sus hijos. Refiriéndose a ella, Banjamín Isaac hace notar que no se trata de un veterano y que, por lo tanto, podría muy bien ser un oficial local. En este contexto, uno no puede olvidar el caso mejor conocido del centurión romano de Cafamaúm en tiempo de Jesús, «amigo de nuestro pueblo», según la expresión que se pone en boca de los judíos locales, quien contribuyó generosamente a la construcción de su sinagoga (Lucas 7: 1-5). Como ya hemos apuntado arriba, la diosa de la guerra, al igual que muchas otras divinidades griegas, había sido asimilada a Alat por las nabateos y también por otros grupos árabes (tamudeos, entre otros) que se habían asentado en territorio sirio. Lo más probable es que esto sucediera ya antes de la anexión romana del reino nabateo y de su transformación en la provincia Arabia del imperio. Lo mismo sucedió más al norte, en Palmira, donde el culto de Atenea y su identificación con Alat estaban tan arraigados entre la población en el siglo m d.C. que, en las monedas, el hijo de la reina Zenobia se refiere oficialmente a sí mismo con los dos nombres de Uaballatos y Athenodoros, esto es, el «don de Alat» (Wahab Allât) y «dçn de Atenea» (Mildenberg 1990: 67). La misma identificación de Atenea con Alat es atestiguada por la epigrafía, no sólo en Palmira (Kindler 1983: 57) sino incluso en un lugar tan remoto como Córdoba en España, del que Franz Cumont mencionaba ya una inscripción griega del período romano en la que se lee «Atenea-Alat» (Cumont 1924: 345). Gawlikowsky, quien en una serie de campañas estuvo excavando en el templo de Alat en Palmira, señala (1983: 179) que «la identificación de Atenea con Alat estaba extendida por toda Siria, naturalmente porque el panteón griego no ofrecía otro ejemplo de una diosa de la guerra que correspondiera a la figura de la protectora de los árabes nómadas. Estos veneraban a Alat como a su diosa principal (Al-lath, de al-ilat, «la diosa»)». Pasaría bastante tiempo hasta que Alat fuera reconocida finalmente bajo la figura de la Atenea de los griegos y romanos en Oriente. En efecto, existen inscripcio-nes que atestiguan su identificación con Ártemis ^ o con una representación de Nemesis (Dussaud 1935). El hecho es que, desde su primera aparición histórica en el siglo v a.C. (Heródoto I, 131), Alat es conocida por su carácter múltiple. No solamente fue asociada con la diosa del amor Afrodita, sino que compartió con numerosas divinidades árabes el oficio y los atributos militares' ^. Alat fue conocida sobre todo por su carácter apotropaico o protector. Podía tenérsela por consorte de Dusares (Dushara) por los nabateos y, en tal condición, era considerada diosa de la fertilidad, al igual que Afrodita en Grecia y Atargatis en Siria (Kindler 1983: 57). Pero también se la podía tener por la diosa patrona de la ciudad de Bostra, y así se la identificaba con Tyche ^. Atenea-Alat era una divinidad poderosísima, y sus atributos eran el casco, la lanza y el escudo, al igual que Palas-Atenea. «En las monedas de Bostra de Antonino Pío y Marco Aurelio, escribe Kindler, Tyche-Atenea es representada de pie en un templo distilo, escanciando una libación sobre un altar con cuernos en los ángulos. La diosa lleva todos sus atributos de Palas Atenea, cubierta su cabeza con el casco, apoyándose sobre una larga lanza y agarrando un escudo con su mano. Va acompañada de objetos celestiales (sol o creciente lunar)». Con razón hace notar que el templo distilo puede referirse sencillamente a la «residencia de la diosa de Bostra», el templo que sobrevivió a la cristianización de la ciudad. En las monedas de Bostra, la representación de Alat militante se había transformado en la de una diosa urbana ^. Es evidente, por numerosos hallazgos arqueológicos y epigráficos, que los romanos en la región de la Decápolis y la región del Néguev, así como en el resto del reino de los nabateos, no abolieron sino más bien adoptaron los cultos árabes locales, y entre ellos el de Alat, al que llamaron Atenea. Alat-Atenea continuó siendo la «señora» de la nueva provincia Arabia y especialmente de Bostra, su capital, situada en el Haurán, junto a la frontera oriental de la antigua Decápolis. La epigrafía de aquella región nos proporciona la expresión de A0HNA KYPIA (Kindler 1983), que se puede reconocer como el títu-^ Existe en Palmira un altar decorado con volutas, según una inscripción griega fechada el año 6 a.C, en la que se dice «Alat, que es también Artemis» (Gawlikowsky 1983: 181). En las páginas 111-112, Seyrig menciona una joya inscrita, en la que el dios de la guerra Ares es identificado con dos dioses árabes, Thandr(i)os y Dusares. ^ Así, por ejemplo, en las monedas de ciudad de Bostra (Kindler 1983). ^ Seyrig (1959: 64) más bien hace resaltar la semejanza entre esta Tyche y la divinidad semítica Gad. lo de Alat en su categoría de única y oficial «señora» del país. Este último incluía también, como hemos apuntado antes, el desierto del Néguev, que había formado parte del territorio nabateo, y lo era ahora de la provincia Arabia. Del Néguev proviene justamente otra inscripción, la de nuestra estatua, en la que Atenea recibe igualmente el título de KYPIA. La inscripción está grabada en tres líneas en la parte anterior de la base de un relieve que representa a la diosa Atenea. Es una inscripción bilingüe, griega y latina. Los caracteres griegos son claros, especialmente en la primera línea, con rayas horizontales entre líneas para ayudar al artífice a mantenerlas rectas. La lectura presenta algunas dificultades, especialmente en las primeras letras de la tercera línea, debido a las abreviaturas: Siendo una inscripción dedicatoria, el texto contiene naturalmente en primer lugar el nombre y el título de la diosa en caso dativo, Tfj KDpía' AGrjvâ, «A la señora Atenea», mientras que el nombre y títulos de la persona que dedica están grabados al final. Entre las dos partes, aquí en la segunda línea, hay un verbo que expresa la acción, la erección de la estatua o relieve, consistente en una sola palabra, éTCÓr|aev, «hizo», o sea, «dedicó» ^. Esta palabra va seguida de dos letras griegas, I y N, que en mi opinión no pueden entenderse más que como abreviatura de la conocida fórmula 8K XÓÒV iôícov o é^ iôícov, esto es, «a sus expensas» ^ Las palabras siguientes son el nombre del soldado al que se refiere la última línea en latín. El nombre abreviado podría ser leído como Faîoç MápKOÇ Aùpe^ioç, aunque otros nombres, por ejemplo MápKOÇ' AvTÓvioç or MápKOÇ " Avvioç (?), podrían ser abreviados de la misma forma. El punto difícil de la inscripción se encuentra en el grupo de letras que sigue al nombre abreviado al ^ La I desapareció delante de la H, como en inscripciones similares del mismo período. Véase Magie & Stuart (192: 403), para el caso de una inscripción votiva a Atargatis encontrada en Djrên y fechada en 140 d.C, tercer año de Antonino Pío. ^ La fórmula se encuentra en muchas inscripciones dedicatorias, especialmente entre las publicadas por la Princeton Expedition to Syria (Magie & Stuart 1921). Del Néguev conocemos sólo un ejemplo del período prebizantino de la ciudad de Oboda (Avdat): Negev 1981: 20 y 23, inscripción n.° 7, línea 5. principio de la tercera línea. Estas letras pueden ser entendidas como continuación de la última A al final de la segunda línea, y por lo tanto como parte del nombre (tal vez por' Avxóvioç leyendo la G por T y las dos rayitas por N), pero siempre forzando una lectura más directa, cuyo significado por el momento se nos escapa. La dificultad proviene en parte de la presencia de la A seguida de un punto, debajo de la pequeña o ^. El grupo podría también ser una indicación cronológica abreviada, como év fiTivi ropmaíov A, es decir, «en el día 30 del mes de Gorpiaios». Debemos rechazar la última interpretación por dos razones: la primera es que no se hace mención del año; la segunda es que la continuación inmediata de la inscripción se refiere a quién dedicó la estatua, que es un soldado romano. El hecho de que esta última parte de la inscripción esté en latín hay que considerarlo como normal, pues es frecuente en las inscripciones dedicatorias de soldados y oficiales romanos en las provincias orientales'°. El texto latino no ofrece ninguna dificultad especial en su lectura, a pesar de las abreviaturas y de la forma singular de algunas de sus letras.-Miles Cohortis VI Hispanorum, «Soldado de la Cohorte VI de los Hispanos». Estas palabras son importantes, puesto que representan una verdadera novedad en el conocimiento que hasta ahora se tenía respecto a la presencia militar romana en el desierto del Néguev. En efecto, el estudio más reciente sobre el ejército romano en Oriente (Isaac 1990) ponía de relieve la falta de pruebas para establecer la existencia de unidades romanas en el Néguev antes de Diocleciano. Así resumía Isaac el estado de la cuestión: «No hay acuerdo sobre el período en que el ejército romano estableció por primera vez una organización permanente en el Néguev. S. Aplebaum y M. Gichon arguyeron... que existía un sistema flavio de defensa que era, de hecho, la continuación de otro anterior, semejante. Tal concepción fue rechazada por Schatzman... Hay que hacer notar que, hasta el presente, no hay fuentes literarias o material epigráfico procedente del Néguev que atestigüe la presencia de unidades específicas antes del siglo iv» ". • ^ Una interpretación como Xeyáxoç, siendo la palabra siguiente sóXomiles, no parece ser adecuada.También podría referirse aRiOotipYÓç, al escultor del relieve y grabador de la inscripción, referencia que hallamos en otros casos (véase Abel 1940: 68):...àTcò [xetpòç] Nr|aío\) XiOíotJpyJot) ÉK TCÒV iôícov 8Î)xa(piOT0ÛVT£ç) en una inscripción que probablemente hay que fechar en el s. ii d.C, procedente de Dir el'Balah.'° Véase, por ejemplo, Land 1971: 13-14:... " Y en nota a pie de página añade: "Exceptuando los epitafios de Mampsis..." Los epitafios en cuestión son dos, y atestiguan la presencia de una guarnición romana en Mampsis (Kurnub, Mamshit). Estudios más recientes que el de Isaac (Millar 1993: 387-400) completan la visión del despliegue militar romano en Palestina durante esta época. Por lo que parece, nuestra breve inscripción hace obsoleta esta opinión, puesto que atestigua la presencia de una unidad militar específica, la cohors VI Hispanorum, en un remoto fortín del Néguev, situado en la antigua ruta caravanera de los nabateos que unía la ciudad de Petra, en TransJordania, con Gaza, a orillas del Mediterráneo, Es significativo que aquella ruta estuviese todavía en uso después del siglo I d.C, contrariamente a la opinión de algunos estudiosos, entre ellos A. Neguev (1996). El yacimiento de'Ein Saharonim, donde fue encontrada nuestra inscripción, fue excavado, pero el informe final no ha sido todavía publicado. El visitante de hoy, sin embargo, puede fácilmente darse cuenta por las ruinas que la excavación puso de manifiesto, que aquel lugar era un fortín originariamente nabateo que fue luego reutilizado por los romanos. Ahora, después del descubrimiento del relieve votivo, uno podría esperarse encontrar allí un lugar de culto, por lo menos un pequeño santuario. Pero nada de ello aparece entre las ruinas actuales ^^. En todo caso, no hay duda de que nuestra estatua constituye un desafío a la opinión, defendida por Isaac, de que «el ejército romano no estaba en este período (esto es, los siglos II y III d.C.) organizado para la defensa de una frontera. No fijó estaciones permanentes en el desierto, sino que estaba establecido en las ciudades de la Decápolis y en Bostra» (Isaac 1990: 131). Volviendo a nuestra inscripción, la referencia a la cohors VI Hispanorum es importante. Hasta el presente, la única prueba de la existencia de esta cohors y de su situación en Arabia es una inscripción latina de Qasr el Hallabat, fechada en los años 212-213 (Littman &JV[agie 1921: 22-23)'I Nuestra inscripción prueba la existencia de una de las unidades en el Néguev, dentro de los límites de la misma provincia Arabia, junto a la antigua ruta nabatea. Se cree, y con razón, que la cohors VI Hispanorum fue más tarde elevada al rango de ala (Speidel 1977: 706). De hecho, el ala VI Hispanorum aparece mencionada en la Notitia Dignitatum como estacionada en Gomoha, en la Arabia de TransJordania ^' ^. Aque-'^ Una breve noticia sobre la excavación de este yacimiento fue publicada en hebreo por su excavador (Cohen 1982), pero no hace referencia alguna a la estatua de Atenea, puesto que no fue encontrada in situ sino entre las piedras de un pequeño cementerio beduino junto a las ruinas.' ^ Pero véase en la colección de diplomas militares (Renier 1976: 113), un diploma de Britania fechado en el período de Adriano, que dice «equitibus et peditibus, qui militaverunt in alis VI et cohortibus XXI, quae apellantur I Hispanorum Asturum, et I Querquernorum, et Picentiana...». No hay nada en la tabla de los diplomas para Siria-Palestina en Reeves (1979). Ila elevación de rango tiene que haber ocurrido entre los años 212-213 y 395 d.C, que es la fecha más antigua posible para la redacción de la Notitia. De ello se deduce que la estatua fue erigida en una fecha relativamente antigua. Por otra parte, nada prueba que pertenezca a un período anterior a Diocleciano, aunque bien puede creerse así. Como ya se ha dicho, es un relieve, naturalmente un altorrelieve más que una verdadera escultura, grabado en piedra caliza. Hoy se conserva sólo fragmentariamente, pues no apareció la cabeza de la diosa. El relieve representa a Atenea en típico atavío de diosa de la guerra, lanza en la mano derecha (la mano misma tampoco se ha conservado), escudo en la izquierda, sobre el que parece apoyarse. Los dos pies salen por debajo de la larga túnica. De la rodilla para abajo, la pierna derecha se percibe como a través de un vestido transparente, y está algo vuelta hacia la izquierda. El vestido de la diosa es una larga túnica de manga corta, que le cae en pliegues sobre los hombros, y la figura va ceñida con un cordón bastante grueso. Un artista o artífice local trató de imitar en lo posible el tipo clásico de Atenea. Es verdad que la cabeza y su grado de frontalidad nos hubieran dicho hasta qué punto el artista dependía de la tradición local. En un punto, por lo menos, muestra absoluta originalidad. Se trata de lo que normalmente sería el «gorgoneion» o la cabeza de Medusa sobre el pecho de la diosa de la guerra. Es un detalle bien visible en otras representaciones de Alat-Atenea del mismo período en las regiones orientales, tales como una estatua de basalto encontrada en el Haurán y conservada hoy en el Museo de Damasco, que muestra muchas de los rasgos clásicos (Drijvers 1980: 85, fig. 28). Lo mismo puede decirse del bajorrelieve, también procedente del Haurán y hoy en París, de un carácter absolutamente oriental, con dedicatoria en escritura palmirense (Dussaud 1935). Por otra parte, no se ve el «gorgoneion», y posiblemente no exista, en la interesante y muy conocida representación de Alat como diosa guerrera sentada en su trono y flanqueada por dos leoncitos, mientras un donante de pie ofrece incienso a la diosa (Ploix et al. 1933: pl. IV; Seyrig 1970: pl. LVII, fíg. Volviendo al «gorgoneion» sobre el pecho de la representación de Atenea en el Néguev, nos damos cuenta de que lo que el escultor quiso producir no es tanto la cabeza más o menos humana de Medusa, caracterizada por una abundante cabellera, sino una cabeza cuadrada con ojos, nariz y boca estilizados. De la línea inferior del cuadrado que forma la cara, sale una especie de brazo o de mano, que parece como alargada en actitud amistosa. En nuestra opinión, a pesar de la rudeza y falta de precisión lo que se intentó representar fue una especie de betilo nabateo, un representación cuadrada de la divinidad, o mejor dicho, de la piedra que sería su soporte material. Creemos que, con este rasgo extraño de lo que normalmente sería el «gorgoneion» de Atenea, el autor del relieve ha querido volver a la tradición local, puesto que alude a una representación típica de la diosa árabe ^^. Atenea y Alat se fundieron en una. Al carácter militar de la primera se unieron las tendencias más bien humanas de la segunda. Betilos representando a Alat y acompañados de inscripciones nabateas han sido encontrados en las rocas que rodean un santuario de la diosa en el Wadi er-Ram. Es evidente que tales betilos son de un período anterior al de nuestra estatua, muy probablemente de los últimos años del reino nabateo independiente. Aquellos textos identifican explícitamente el betilo no sólo como Alat, sino también como «Alat de Bosra (Bostra)»: «Esta es la diosa Alat de Bosra... que ha hecho Thaimallahi...» Probablemente Savignac tenía razón al suponer que durante el reinado de Rabbel II, Bostra fue elevada al rango de capital, y que en consecuencia sus divinidades empezaron a recibir culto en otros lugares remotos. Alat de Bostrü tenía un santuario particular en El-Ram. Otros dioses, tales como A'ara de Bostra, tenían santuarios y betilos en Medain Saleh (Hegra), en la parte más inferior del reino (Savignac 1934: pl. XXXVm-XXXIX). Nada nos impide pensar que el descubrimiento de una representación de Atenea-Alat en el Néguev pueda también significar la presencia de un lugar dedicado al culto. Sin embargo, como ya hemos dicho antes, la excavación del fuerte romano-nabateo de'Ein Saharonim, una típica estación caravanera a lo largo de la difícil ruta entre Petra y Gaza, no fue publicada enteramente, y es por lo tanto imposible de verificar. Pero es mucho más importante, en nuestra opi-' ^ Pendientes en forma de diminutos betilos fueron publicados por Patrich (1983). Su insistencia en llamarlos representaciones de El'Uzza podría ser puesta en duda, puesto que también otras diosas podrían haber sido representadas en la misma forma.'^ Un estudio posterior de aquel templo (Kirkbride 1960) llega también a la conclusión de que fue probablemente edificado hacia finales del reinado de Rabel II. nión, darse cuenta de que es un soldado romano quien dedica la estatua a la diosa Atenea. Y no es una estatua cualquiera, sino que ostenta una señal inequívoca de identificación con la diosa árabe Alat, considerada como la patrona y señora del país. En su falta de destreza, el escultor ha producido una extraña combinación de las diosas griega y árabe, de tal modo que la figura parece mostrar un equilibrio entre la fuerza militar y el cuidado por los humanos que buscan la protección divina. La mano que sale de la figura, divina y casi paternal, tiene un significado en su gesto generoso. Es posible que el inexperimentado artista tuviese en la mente las manos alzadas del betilo de Alat que nos es conocido del El-Ram ^~'. En todo caso, el hecho de que el donante de la estatua sea un soldado romano, esto es, un representante de la autoridad reinante ex-' ^ Según Savignac (1934), este rasgo no debe confundirse con el creciente lunar representado en el betilo que él reproduce en pl. XXXIX y fig. 7. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ tranjera que había anexionado el territorio de Alat al imperio romano, no sólo es una indicación de la fusión espontánea de culturas y religiones entre dos pueblos, sino también una posible indicación de un interés real por adoptar el culto de los dioses locales. ¿Habría que considerar esto como una política oficial de las autoridades romanas hacia la población local en las provincias orientales? Más tarde, durante la administración bizantina, las autoridades iban a basar su confianza en los pueblos nómadas recientemente sometidos sólo bajo la garantía de su conversión oficial al cristianismo *^, esto es, a la religión oficial del imperio. El mismo desierto del Néguev se convirtió al cristianismo, y los adoradores locales de los antiguos dioses nabateos como Alat tuvieron que consentir en aceptar el nuevo culto, según nos cuenta explícitamente Jerónimo en su Vita Hilarionis'^. Aquí, por el contrario, somos testigos de la actitud contraria, la de un soldado romano adoptando una divinidad árabe local como objeto de su culto. ¿Podemos creer que no fue éste un ejemplo casual de la tolerancia romana de cultos locales, sino más bien una indicación de una política de absorción de la población local por medio de la adopción formal de sus divinidades? La pregunta queda por el momento sin respuesta.
Se presenta un estudio realizado sobre las necrópolis urbanas de Corduba que pretende mostrar la transformación que experimentarían las áreas funerarias de la ciudad a lo largo de la Antigüedad tardía. Se analizan los factores que determinaron una continuidad del uso funerario de algunos espacios suburbanos y aquellos otros elementos que introdujeron cambios, contribuyendo a la conformación de nuevos sectores de enterramiento, extramuros. En este contexto, será especialmente significativa la cristianización de la topografía funeraria, aunque a diferencia del alto nivel de conocimiento que se tiene para otras ciudades hispanas, la documentación arqueológica en Córdoba es hasta ahora muy limitada. Para ello, se remite a las fuentes literarias que, si bien aportan una información que no ha sido completamente verificada a través de la arqueología, permiten evocar una imagen de la ciudad tardía que se definirá por la preeminencia de una nueva arquitectura cristiana. PALABRAS CLAVE: Corduba, necrópolis, Antigüedad tardía, cristianismo, topografía. El descubrimiento de los primeros restos funerarios de época tardía de los que tenemos hoy conocimiento, afloraron con las excavaciones derivadas de la reestructuración urbana de la ciudad a principios del siglo XX. Por entonces, E. Romero de Torres excavó en el cementerio de la Salud varias tumbas en cistas orientadas al Este que definiría como "visigodas". Próximas a estas sepulturas se documentaron otras realizadas en fosa, algunas de las cuales se cubrían con una losa de mármol reutilizado. Del mismo modo, Romero de Torres alude a dos sarcófagos en caja de piedra con un resalto en su base, que habían aparecido en el mismo lugar en 18851. Hasta mediados del siglo XX no volveremos a tener noticias relacionadas con el mundo funerario de la Antigüedad tardía. Será precisamente Santos Gener, una figura clave en el devenir de la arqueología de la ciudad, quien aluda a la existencia de varias necrópolis con base en los distintos hallazgos localizados extramuros y junto a las antiguas vías de comunicación. Una de sus intervenciones urbanas más conocidas se realizó en Llanos de Vista Alegre, para la construcción del garaje de la S.A.T.A., donde se recuperaron una inscripción funeraria (ACISCLVS FA ([--] (Acis) clus fa(mulus Christi)[--]) (CIL II2 / 7, 645) y dos sarcófagos que creyó "visigodos", uno de mármol que fue extraído y otro que permaneció in situ 2. Otros hallazgos funerarios importantes fueron las dos tumbas paralelas en cajas de losas con orientación Oeste y las numerosas inscripciones de los siglos VI y VII que se encontraron en el "Cortijo de Chinales" (actuales calles Camino de los Sastres y Alcalde de la Cruz Ceballos). Además de estos restos, durante el transcurso de los trabajos se exhumaron varios muros de un gran edificio con unas dimensiones aproximadas de 75 m de longitud por 50 m de anchura, así como al menos 5 columnas completas, que Santos Gener describiría como una posible edificación visigoda, basilical o monástica, que quiso atribuir al mártir San Acisclo 3. En la década de los años 60 tendría lugar el descubrimiento in situ de un sarcófago cristiano de cronología constantiniana en "Huerta de San Rafael", que aún hoy continúa siendo uno de los escasos elementos que permiten hablar de A lo largo de estas páginas, apoyándonos en una catalogación previa de los enterramientos y de la epigrafía funeraria que han sido recuperados prácticamente hasta la fecha en Córdoba, pero que excluimos de este trabajo, presentaremos una síntesis del proceso de transformación y, en la medida de lo posible, de la cristianización de las necrópolis urbanas durante la Antigüedad tardía. A afectos exclusivamente metodológicos, el discurso se articulará conforme a la división que hemos realizado del antiguo suburbio romano en cuatro áreas funerarias: septentrional, occidental, oriental y meridional (fig. 1). LAS NECRÓPOLIS DE CORDUBA EN LOS SIGLOS IV Y V A finales del siglo III d.C., las áreas funerarias altoimperiales seguían funcionando junto a los espacios industriales y productivos que estaban relegados al suburbio; pero la imagen del espacio extramuros de la ciudad comenzaría a cambiar. Progresivamente, el concepto de monumentalización altoimperial se transforma y la consolidación del rito de la inhumación, que ya coexistía con la cremación 10, hizo necesaria una mayor disponibilidad de espacio, así como la utilización de nuevos contenedores funerarios. De hecho, la existencia en Córdoba de un importante conjunto de sarcófagos de plomo fechados en los siglos III y IV, podría manifestar la ostentación de las clases más acomodadas, que desde entonces emplearán estas nuevas tipologías para enterrarse 11. También el retraimiento de las zonas habitadas periféricas hacia el espacio intramuros, con el consecuente abandono de las estructuras domésticas entre finales del siglo III y principios del IV d.C., determinará un nuevo paisaje suburbano 12. La disponibilidad de este espacio deshabitado será aprovechada por las necrópolis, que paulatinamente se irán aproximando a la ciudad. Junto a la amortización de los vici y la cercanía de los enterramientos a las vías de comunicación, ya citadas, comprobamos otros procesos que muestran la movilidad de las áreas funerarias desde mediados/ finales del siglo III d.C. Por un lado, aparecerán nuevas tumbas en los mismos espacios funerarios altoimperiales, sin que ello supusiera la afección o superposición directa entre enterramientos. Una continuidad topográfica de las prácticas funerarias que quizá respondiese a la todavía existencia de una propiedad del suelo destinada al uso funerario 13. Dicha situación es especialmente significativa en el área septentrional, que desde época altoimperial se configuró como la principal zona de enterramiento de la ciudad. Pero por otro, también encontramos sectores funerarios ex novo, es decir, instalados en terrenos libres de restos anteriores. Estas sepulturas se localizan especialmente en las áreas septentrional (Vial Norte-Dña. Berenguela) y en la occidental (Polígono de Poniente), donde surgen descentralizadas de las necrópolis de incineración (fig. 1, no 2 y 10). Igualmente significativos fueron los pequeños sectores del área oriental, que en raras ocasiones ocuparon los espacios funerarios habituales, sino que aprovecharon el abandono de numerosas estructuras de habitación (Maese Luis 20, Lucano 7-9, San Pablo 17, etc. fig. 1, no 14, 15 y 17). Resulta muy difícil atribuir algunos de estos cambios a la expansión del cristianismo, ya que en el siglo IV, incluso V, es posible que no llegara a estar lo suficientemente consolidado como para condicionar y regir la topografía funeraria del suburbio. Sin embargo, a principios del siglo IV, existía ya una comunidad cristiana en la ciudad encabezada por el obispo Osio 14 que no escapará a las persecuciones incitadas por Diocleciano, durante las cuales sufren martirio algunos ciudadanos que serán Figura 1. Situación de los sectores funerarios adscritos a la Antigüedad tardía en Córdoba. venerados poco después 15. Además de Prudencio 16, la única fuente tardorromana que alude a los mártires locales es el Martyrologium Hieronymianum compilado a mediados del siglo V 17. Y sólo un texto de finales del siglo VII, el Oracional de Verona, cita al principal mártir de Corduba, San Acisclo 18. En época medieval, las fuentes son más numerosas, y corresponden fundamentalmente a textos litúrgicos: Pasionario Hispánico 19, Liber Ordinum 20, Calendario de Córdoba escrito por Recemundo 21, y los martirologios históricos de Adon de Vienne (cir. Con respecto a estos personajes debemos reconocer que, desgraciadamente, la documentación arqueológica no nos permite saber con seguridad en qué lugar fueron martirizados, ni dónde serían enterrados, ni siquiera la instalación de su centro martirial. Según las passiones de los mártires de Corduba, fantasiosas y carentes de contenido histórico, San Acisclo 23 y los Tres Coronas 24 serían martirizados en el anfiteatro, y San Zoilo en el pretorio 25. En cuanto a su sepulcro, el de Acisclo se encontraría en la basílica homónima, las tumbas de los Tres Coronas en vicus Turris (Rabad al-Bury) 26 y San Zoilo se enterraría en vicus Cris 27. La evidencia arqueológica no es lo suficientemente elocuente para permitirnos reconstruir o hablar de una topografía derivada del cristianismo, puesto que sólo contamos con datos muy parciales. Este problema responde a la continuidad de las necrópolis preexistentes, rituales, orientación, ajuares, de las modas y tipologías de las sepulturas, etc. Pero, existe un contrapunto positivo que muestra hasta qué punto el cristianismo había calado en el tejido social de la ciudad: las familias cristianas más pudientes se entierran en ricos sarcófagos de mármol importados desde Roma 28. A Córdoba pertenece el conjunto más numeroso de los denominados sarcófagos paganos de Baetica, que se importan de los tallares romanos con un estilo y decoración derivados de las modas itálicas 29. Un segundo grupo relevante corresponde a los sarcófagos de temática cristiana que se enmarcan dentro de la fase constantiniana (312-330) definida por Sotomayor 30. No es extraña la importación de estos ricos contenedores funerarios si pensamos en la existencia de una potente oligarquía bética 31, pero también en las favorables condiciones que tuvieron las principales ciudades del valle del Guadalquivir para el comercio y el transporte de toda clase de mercancías. Hasta la fecha, solamente se ha documentado in situ uno de estos sarcófagos, aunque estaba violado de antiguo (fig. 1, no 1). Junto a él, aparece parte del recinto o monumento funerario de sillería que albergaría el enterramiento, restos óseos sin conexión anatómica, fragmentos de más sarcófagos, inscripciones -algunas de las cuales parecen ser anteriores-, recipientes de vidrio (¿depósito ritual?), y varias teselas de un mosaico con escena figurada (¿posible lauda sepulcral?). La instalación de este sarcófago dentro de un recinto, así como su ubicación topográfica (vía Corduba-Emerita), parece mostrar que los primeros cristianos continuaron utilizando las tradicionales necrópolis de la ciudad, y que las familias más privilegiadas perpetuaron el uso de ricos contenedores funerarios (fig. 1, A). 26 Con relación a estos mártires existen algunas contradicciones en los textos. Por una parte, Recemundo diferencia entre el lugar de su sepultura (vicus Turris), o la basílica que custodiaba sus reliquias, y otra iglesia donde se celebraba su festividad (sanctus tribus). Y por otra, San Eulogio habla solamente de una basílica dedicada a los Tres Santos. Historiadores como Simonet intentaron conciliar ambos relatos comentando la existencia de un único edificio en época de San Eulogio, heredado de época visigoda, del cual Recemundo mantiene la memoria (vicus Turris), y del traslado de los restos de los mártires a otra construcción en el siglo IX (sanctus tribus) (Arjona, 1999, 56). 32 García y Bellido, 1963, 171. totalmente descontextualizados, por lo que desconocemos, entre otras particularidades, el tipo de estructura arquitectónica que los cobijaría y qué posición topográfica ocuparon. Entre ellos se encuentran el sarcófago estrigilado con escenas de la vida de Pedro que hoy está en la Ermita de los Mártires 33; el sarcófago del Museo de San Vicente que fue reutilizado como placa decorada en el siglo VII 34 (fig. 3); los dos fragmentos del siglo IV d.C. reaprovechados en el arrabal de Cercadilla 35; otros dos más aparecidos en niveles islámicos en la calle Ruano Girón 25 36; el ejemplar de la calle Postrera con iconografía de "puertas de ciudad" 37, y por último, aquellos sarcófagos que se trasladaron a la ciudad califal de Madinat al-Zahara donde actualmente se conservan en un estado muy fragmentario 38. El uso de otros acotados funerarios en el siglo IV se ha comprobado recientemente en la Manzana de Banesto 39, a escasos metros del lugar donde se descubriera el sarcófago cristiano (fig. 1, no 18). Aquí, junto a un sector funerario altoimperial que se respeta sin sufrir afecciones, se instala una necrópolis tardorromana que destaca por la presencia de al menos tres monumentos de planta cuadrangular ordenados junto a un camino secundario. Uno de estos recintos sobresale por la presencia de una cámara subterránea pavimentada con alzados estucados, que podría definir un monumento funerario en conditoria 40, si bien, no se ha podido detectar el nivel de suelo de opus signinum o las losas de cierre que debieron sellar el loculus del espacio subterráneo. En las inmediaciones, se localizaron otros sectores definidos como cristianos, sólo en función de su cronología (siglos IV-V), tipología (tegulae), y orientación (Este-Oeste) 41. En el estado actual de conocimiento, no podemos confirmar su adscripción cristiana porque las tumbas documentadas no presentan signos distintivos que permitan relacionarlas con el cristianismo. Ni siquiera las sepulturas de la calle La Palmera, donde apareciera descontextualizada la inscripción cristiana más antigua fechada a finales del siglo IV 42 (fig. 4). En este sentido, la falta de elementos cristianos en contexto funerario viene singularizando a la mayoría de los enterramientos cordubenses fechados en los siglos IV-V; de ahí, que ignoremos si los individuos inhumados eran todavía paganos, o por el contrario, se habrían ya convertido a la nueva religión, aún no manifestándolo en los usos funerarios. Salvo los monumentos que hemos citado, y otro más del área occidental que describiremos más adelante, la Figura 2. Sarcófago columnado de "Huerta de San Rafael" (No Inv. Sarcófago conservado en el Museo de San Vicente. 41 Por ejemplo en el área Norte: calle La Higuera, Avda. de las Ollerías y Ronda de los Tejares (Marcos Pous; Vicent, 1985, 240). 42 "Bonae memoriae Victoriae/ quae vixit ann(is) XXXVI coniugi/ dulcissimae Aur(elius) Fe[lix?--]/ recepta i[n pace--¿]" (CIL II 2 /7, 658). arqueología manifiesta igualmente la escasa monumentalidad que debió alcanzar el paisaje funerario en estos momentos. De hecho, en el área septentrional se configurará una extensa necrópolis tardorromana donde se constatan más de 300 sepulturas practicadas a cielo abierto, en tipologías muy sencillas (cubiertas de tegulae a la capuchina, fosas simples, etc.) (fig. 5). La prácticamente nula superposición entre tumbas y el desarrollo horizontal de la necrópolis podría implicar una señalización de los enterramientos, y sobre todo, una gestión y organización del espacio funerario; sin embargo, no se ha encontrado ningún acotado que pueda confirmar esta idea (fig. 1, no 2). A día de hoy, tampoco contamos con ningún elemento para conocer su adscripción religiosa ni la adscripción social de estos individuos a determinados grupos privilegiados, pues no existen tipologías funerarias que sobresalgan, lo más son cistas de mampostería, y además, apenas se recogen ajuares que puedan ser significativos en este sentido43. El suburbium occidental registra un menor índice de actividad funeraria, a juzgar por los datos actualmente conocidos. El abandono del anfiteatro a principios del siglo IV, y los nuevos gustos derivados del calado social del cristianismo, influirían en la progresiva desarticulación de la vía Corduba-Hispalis, pues su considerable trasiego la habían convertido en un perfecto eje sepulchralis para manifestar los deseos de visibilidad y autorrepresentación propios del mundo funerario altoimperial (fig. 1, B). Si bien en la actualidad desconocemos qué sucede realmente en el anfiteatro, por estar el edificio todavía en vía de excavación, y por tanto de estudio44, existe una prueba que demuestra la importancia de este sector: después de ser expoliado, el edificio se aprovecha para construir una estructura en aparejo mixto con mampostería de más de dos metros de altura, de la que únicamente se documenta un ábside semicircular de función indeterminada 45 (fig. 1, no 4). Una construcción enclavada en la arena que se traba o engatilla con varios sillares al muro del podium, cuya cronología provisional se ha fijado entre el siglo V y VI. Sólo con estos datos, podríamos pensar en la habitual sacralización por parte de la Iglesia de los escenarios del martirio, muchos de los cuales corresponden a los anfiteatros. El caso más representativo en Hispania sigue siendo la basílica en la arena del anfiteatro en Tarraco 46, pero en el occidente romano hubo otros edificios de espectáculos que se reutilizaron con un carácter cultual y funerario en la Antigüedad tardía 47. En Córdoba no disponemos de ninguna evidencia clara que permita definir esta estructura como cristiana. Es cierto que las passiones de los mártires locales (Tres Coronas 48 y Acisclo 49 ), sitúan la ejecución del martirio en el anfiteatro, la única construcción lúdica que, según el actual estado de la investigación 50, parece estar en uso durante los ajusticiamientos de 303-304 51. Si aceptamos la teoría que defiende la identificación de la basílica de San Acisclo con uno de los edificios reconvertidos al culto cristiano en Cercadilla 52, ¿existiría algún tipo de relación entre estos dos escenarios en la vida de Acisclo? Y si aceptamos que Cercadilla asumió las funciones de praetorium de la ciudad a principios del siglo IV 53, ¿se decretaría la condena de mártires como Acisclo en Cercadilla desde donde serían trasladados al anfiteatro para su martirio? También el reciente descubrimiento del anfiteatro en la antigua Facultad de Veterinaria se revela como fundamental para plantear otros interrogantes con relación a los primeros mártires. En este sentido, ignoramos dónde sería sepultado San Zoilo para que su tumba no fuera reconocida ni venerada por los cristianos de Corduba, pero creemos interesante que la passio aluda al cementerio donde se enterraban los peregrinos, es decir, los extranjeros 54. Santos Gener, basándose en la escasa monumentalidad de los sepulcros que él mismo excavó, había denominado incorrectamente la necrópolis extendida junto a la vía Corduba-Hispalis como de la "plebe" 55, pero indicando que tendría un acotado reservado a cementerio de extranjeros o de los gladiadores que morían en combate 56. Los gladiadores eran principalmente griegos, sirios, tracios, alejandrinos o germanos, y muchos de sus epitafios se han recuperado precisamente en esta zona occidental de la ciudad ("Cortijo Chinales", "Camino Viejo de Almodóvar" y Antonio Maura). También en el "Camino Viejo de Almodóvar" apareció un epígrafe funerario de principios del siglo V que correspondía a un cristiano "civis tolosianus" (CIL II 2 /7, 655). Llegados a este punto, habría que preguntarse de nuevo si realmente hubo un sector funerario específico en el área occidental del suburbium que fuera utilizado por los extranjeros, y si éste sería el lugar dónde el cuerpo de San Zoilo fue ocultado para evitar su memoria. El único espacio funerario del área occidental, que quizá podría relacionarse con una ocupación cristiana, se ha localizado en el actual Parque Infantil de Tráfico, un lugar muy próximo al anfiteatro y también a la muralla (fig. 1, no 5). Se trata de un conjunto que se establece sobre los niveles de colmatación de una domus suburbana altoimperial 57. Durante una primera fase, enmarcada entre mediados del siglo IV y principios del siglo V, se construye un recinto funerario de planta cuadrangular (Espacio 3), del que conocemos sólo tres muros de mampostería de 1 m de potencia máxima que emplean cantos de río, mampuestos y tegulae fragmentadas. Este espacio, que se adosa a una primera construcción (Espacio 1), alberga cuatro sepulturas en fosa cubiertas horizontalmente por tegulae (fig. 6). No disponemos de datos suficientes para afirmar la adscripción cristiana del recinto y de las tumbas, ni tampoco para definir la función del edificio principal al cual se adosa, pero la información que ofrece la segunda fase de ocupación podría ayudarnos a esbozar algunas apreciaciones de interés. Tras un arrasamiento del recinto funerario y una reparación de las estructuras del conjunto a inicios del siglo V, constatamos un segundo momento de necrópolis que comienza y desaparecerá durante la primera mitad de este mismo siglo. Ahora se practican nuevos enterramientos dentro del edificio, aunque las sepulturas se concentran principalmente al exterior. La recuperación de un pequeño fragmento de vidrio inciso con una iconografía típicamente cristiana (un crismón y parte de lo parece ser una orante caracterizada por el gesto de expansis manibus) podría ser un indicio del uso cristiano del espacio 58 (fig. 7). Igualmente importante es el contexto donde aparece dicho fragmento, es decir, en un estrato de cenizas, carbones y conchas de ostiones al interior del Espacio 3, que quizá esté indicando la celebración del refrigerium junto a una de las sepulturas. Aunque si bien con estos datos tampoco llegamos a definir la construcción coetánea a la que estuvo adosado el recinto desde su construcción, la cierta entidad que muestran las estructuras emergentes podrían revelar la existencia de algún tipo de edificio relevante, ¿cultual? La topografía del suburbio oriental también experimentará importantes transformaciones en época tardorromana. Progresivamente, la Via Augusta deja de ser el principal elemento rector de las necrópolis, y desde el siglo III aparecerán nuevos sectores funerarios que amortizan gran parte de las estructuras domésticas del vicus oriental (fig. 1, D). El caso más significativo se constata en la actual calle Lucano 7-9 donde, en pleno siglo IV, se configurará una necrópolis sobre los niveles de colmatación de otra domus suburbana (fig. 1, no 14). Se trata de un espacio que lejos de poder definirlo categóricamente como cristiano, al menos no deberíamos descartar la posibilidad de que fuera uno de esos sectores funerarios compartidos o mixtos en los que, a efectos de su organización, no sería determinante el condicionante martirial. Como otros espacios del área oriental de igual cronología, que se utilizaron como nueva zona de enterramiento, desconocemos la adscripción religiosa de los individuos que se enterraron en esta necrópolis. No obstante, en la calle Lucano se ha recuperado una mensa funeraria relacionada con la celebración de los pasti y el banquete, que interpretaríamos como cristiana en función de otros paralelos 59 (fig. 8). La estructura está decorada por una ancha banda en "U" de color rojo que enmarca una serie de motivos indeterminados en verde, y otros elementos geométricos también en rojo en forma de asterisco. La mala conservación de la pintura no permite descifrar con seguridad qué representan estos motivos: ¿podrían ser cruces los trazos horizontales cruzados en su centro por otros dos diagonales? Tampoco se detectan elementos que confirmen la utilización de la necrópolis por un sector pudiente de la población. La tipología de las tumbas vuelve a ser muy simple: fosas simples, cistas de ladrillos y cubiertas de tegulae. No obstante, esta observación no es un argumento cerrado puesto que la necrópolis no está totalmente agotada, ni excavada, y aún quedan sepulturas por exhumar, siendo por ejemplo una de ellas un sarcófago de plomo que se ha detectado bajo la citada mensa funeraria. Este espacio suburbano supone una excepción por cuanto el número de restos funerarios no son tan abundantes como en otras zonas de Corduba. Se localiza al paso de la Via Augusta cuando sale de la ciudad hacia el Sur. A pesar de las parcas evidencias arqueológicas disponibles, podemos situar un área funeraria a la salida de la Puerta del Puente testimoniada únicamente por la aparición de algunos enterramientos dispersos al otro lado del Guadalquivir, entre los que se encuentran un sarcófago de plomo de finales del siglo IV d.C. 60 y una necrópolis de los siglos III al V (en Parque de Miraflores), con enterramientos en fosa y cubiertas de tegulae, que ha sido excavada junto al que más tarde sería arrabal emiral de Sequnda 61 (fig. 1, no 13). LAS NECRÓPOLIS URBANAS DURANTE LOS SIGLOS VI Y VII La dinámica que definirá el suburbio de la ciudad a partir del siglo VI consistirá en una nueva transformación y en la desaparición de algunas áreas funerarias, tanto de aquéllas que habían perpetuado las zonas de enterramiento altoimperiales (p.e. "Huerta de San Rafael"), como los sectores funerarios tardorromanos constituidos por pequeños recintos (p.e. Parque Infantil de Tráfico) o de las necrópolis sub divo (p.e. Una de las causas más inmediatas que pudieron conducir a dicha descentralización sería el afianzamiento del cristianismo. Los enterramientos se concentrarían alrededor de los lugares venerados, consolidando así la imagen del cementerio cristiano que ya en otras ciudades hispanas había comenzado a delinearse con anterioridad mediante las sepulturas ad sanctos 62. En Corduba, los cambios que condicionarán el paisaje funerario de la ciudad tardoantigua, y la movilidad de los cementerios, se gestarían también en un momento previo que resulta muy difícil determinar. Por tanto, la fijación de este cambio en el siglo VI debemos entenderla con cierta flexibilidad y como un punto de referencia base, que nos servirá para analizar la nueva situación de las necrópolis tardoantiguas. Por un lado, llama la atención el reducido número de enterramientos que se adscriben a los siglos VI y VII, que es considerablemente inferior a las tumbas que corresponden a los siglos anteriores. Una situación que en algunos casos podríamos atribuir a cuestiones metodológicas, pero en la escasez de sepulturas tardoanti-Figura 8. Mensa funeraria de la necrópolis de calle Lucano 7-9. El hacinamiento de la población en la zona Sur intramuros y la utilización como necrópolis del espacio más próximo a la ciudad tardoantigua, sería quizá uno de los motivos que explicaría porqué desaparecieron muchos sectores funerarios. De hecho, se arrasan y expolian los recintos del área septentrional (p.e. Manzana de Banesto), mientras que en la occidental son simplemente abandonados y sustituidos por grandes vertederos (p.e. Parque Infantil de Tráfico). Pero por otro, una de las claves indiscutibles para conocer la cristianización de la población es la epigrafía funeraria. Los cristianos que pueden permitírselo expresan su condición religiosa en el campo funerario a través de la epigrafía, y aunque las inscripciones datadas en estos momentos tampoco son cuantitativamente significativas, contrastan considerablemente con el vacío de los siglos IV y V. Ya en el siglo VI d.C., tomarán fuerza de nuevo los talleres epigráficos con repertorios estereotipados completamente cristianos que emplean expresiones como "famulus/a dei/ christi", "honesta femina", "recessit in pace", "pausavit in pace", etc. (fig. 9). Los epígrafes se han recuperado siempre fuera de contexto y, en algunos casos, reaprovechados en sepulturas posteriores. En total, se conservan unas 65 inscripciones que emplean como soporte básico el mármol y la piedra caliza, y a veces se trata de material expoliado. Entre los datos que aporta la epigrafía funeraria destacaríamos aquellos alusivos a la jerarquía eclesiástica. En este sentido, aunque la lápida del obispo Lampadius (CIL II 2 7, 643) se encontrara reutilizada en una tumba mozárabe en Cercadilla, es muy importante porque hasta ahora constituye el único indicio arqueológico de carácter funerario concerniente a la jerarquía eclesiástica de la Corduba tardoantigua. Otros elementos epigráficos que se vinculan a miembros de la Iglesia es el anillo-sello del obispo Samson (CIL II 2 /7, 643 a), que apareció dentro de una cista vacía situada en el aula triconque también en Cercadilla. Junto a la nueva disposición topográfica de las necrópolis, observamos otras diferencias formales importantes entre los sectores funerarios de los siglos IV ó V y aquéllos que enmarcamos en los siglos VI-VII. Por ejemplo, frente al constante uso de fosas con cubiertas de tegulae, en ánfora o de sarcófagos, durante la tardoantigüedad proliferarán especialmente las cistas como contenedores funerarios, es decir, cajas en las que se emplean losas de caliza o pizarra que revisten las paredes y para la cubierta, o bien, se usan ladrillos y otros materiales expoliados. Los ajuares en las sepulturas siguen siendo mínimos, pero ahora se generalizan las jarritas cerámicas y algunos objetos de adorno personal como los anillos. En cuanto al rito y los rituales funerarios, ya no tenemos huella de la práctica de refrigeria ni de banquetes, que tienden a desaparecer, pero sí comprobamos la tumulatio ad sanctos al Norte de la ciudad. Además, en estos momentos será muy habitual la existencia de inhumaciones múltiples que ocupan una misma sepultura y que documentamos, por ejemplo, en varias zonas del área occidental (Aeropuerto 1 y Teatro de la Axerquía. 63 Si bien recientes estudios de topografía urbana manifiestan a partir de la evidencia arqueológica, que no existiría una desmedida reducción de la población en las ciudades hispanas de este momento (Gurt; Sánchez, e.p.,), es posible que en Corduba sí hubiera una disminución de sus habitantes a consecuencia de los avatares históricos que sufre la ciudad. Nos referimos al asedio y la continua presión visigoda que Corduba experimenta entre el año 550, primera ofensiva con Agila, hasta el año 584, cuando es finalmente reconquistada por Leovigildo con un asalto nocturno que se salda un buen número de víctimas (Rodríguez, 1988, 531). Las fuentes literarias hablan de plagas que devastaron las cosechas y causaron grandes hambrunas; una peste en el año 542, sequías en el 641, etc. Corduba pudo verse afectada por una de estas epidemias puesto que conservamos una inscripción funeraria del año 609 que así podría confirmarlo: "--ab inguinali plaga abiit er(a) DC-XLVIII" (CIL II 2 /7, 677). Ahora bien, de ser cierta esta mortandad relativamente alta en tan breve período de tiempo, no disponemos tampoco de ningún testimonio arqueológico que lo verifique. El traslado más significativo de los enterramientos concluirá con su instalación dentro de la ciudad a partir del siglo VI. Córdoba no será ajena al fenómeno de las sepulturas intramuros de las que conocemos buenos ejemplos en otras ciudades hispanas64. En el caso cordubense, se trata de tumbas aisladas que se instalan en los niveles de abandono y colmatación en construcciones y espacios públicos65 pero, a diferencia de otras ciudades, los enterramientos nunca aparecen asociados a edificios cristianos (fig. 1, no 19 a 23). En el actual estado de la investigación, no podemos interpretar este fenómeno como un decaimiento de los esquemas urbanos, sino como una forma de continuidad66. La población aceptaría convivir con sus difuntos intra y extramuros, lo que demuestra que esta práctica sería intrínseca a la forma de entender la ciudad tardoantigua, que comportará un tejido urbano discontinuo, escalonado de sepulturas, espacios con funciones productivas y de habitación. Esta coexistencia a la que aludimos, se verifica sólo en el siglo VII en el ya prácticamente desaparecido teatro augusteo 67 (fig. 1, no 20). La arquitectura cristiana del suburbio En Córdoba, es ciertamente complicado hablar de necrópolis tardoantiguas ad sanctos y de la presencia de una arquitectura cristiana que defina y organice el suburbium en la tardoantigüedad. Para afrontar este tema con base en los textos antiguos nos encontramos también con muchas dificultades68. En primer lugar, porque las fuentes de las que disponemos no son en ningún caso contemporáneas a estas construcciones, sino posteriores; y en segundo lugar, porque ofrecen una información sesgada y limitada. Únicamente Isidoro de Sevilla en el siglo VII cita la iglesia de San Acisclo cuando relata el asedio de Agila a la ciudad en 55069. Las demás noticias nos llegan a través de las crónicas de los escritores árabes, que narran la conquista de Corduba en 711 y la destrucción de las basílicas extramurarias (Al-Razi y Ajbar Mach-mua); los autores mozárabes del siglo IX (San Eulogio70 y Álvaro de Córdoba), y el Calendario de Córdoba del siglo X. Este último texto constituye una importante fuente de carácter topográfico y toponímico porque indica expresamente el lugar donde se encontraban las iglesias y los monasterios. El problema está en la no identificación de los topónimos citados con ningún enclave arqueológico de la ciudad 71. Las fuentes escritas aluden a varias basílicas de las que al menos tres, San Acisclo 72, San Félix (luego San Zoilo 73 ), y Tres Coronas 74, remontan a los siglos VI y VII. Ignoramos si el resto de construcciones que citan los textos tendrían también su origen en época tardoantigua, puesto que solamente conocemos su pertenencia a la comunidad mozárabe 75. Además, existen otros edificios cristianos enclavados en el territorium de la ciudad de los que tampoco conocemos su localización exacta 76. Por lo que se refiere a las construcciones de Corduba, y a pesar de no contar con una sólida argumentación arqueológica, la investigación actual sitúa alguna de estas iglesias en la parte oriental del suburbio. Nos referimos a la basílica de En el área occidental extramuros, los sectores funerarios de los siglos IV y V se abandonan, y las necrópolis se trasladan a la zona más meridional del suburbio. A la tardoantigüedad podemos adscribir algunos enterramientos en cistas, aparentemente aislados, que se instalan al Sur del "Camino Nuevo de Almodóvar" 83 (fig. 1, C). En ningún caso podemos relacionar estas sepulturas con el cristianismo, a pesar de que las fuentes escritas aluden a otra iglesia en esta zona occidental, "ecclesia facientum pergamena", donde se celebraba la festividad de San Acisclo 84. Tan sólo la excavación de dos cistas del siglo VII en el Teatro de la Axerquía, una de ellas utilizada como tumba múltiple, podrían ser cristianas por la recuperación de un anillo-sello con símbolos cristianos 85 (fig. 1, no 12). Por último, desde el punto de vista arqueológico, la organización de necrópolis en torno a las construcciones cristianas del suburbium se detecta sólo en el área septentrional, donde a partir del siglo VI se configurará un cementerio cristiano que incluso será utilizado por la jerarquía eclesiástica para enterrarse (fig. 1, no 3). Se trata del complejo arquitectónico de Cercadilla, uno de los enclaves de poder más representativos de la élite local a principios del siglo IV. Casualmente es el único lugar donde se han recuperado enterramientos ad sanctos al exterior e interior de un aula triconque, que en la tardoantigüedad se transforma arquitectónicamente y se adapta como nuevo centro de culto cristiano 86 (fig. 10). Una confrontación con las fuentes literarias ha llevado a interpretar esta construcción como la basílica de San Acisclo 87. En este sentido, no sabemos si la consagración de este edificio respondería a la memoria de algún episodio martirial, de Acisclo o de otro personaje coetáneo, pues recordamos que los textos aluden a la ejecución de San Zoilo en el pretorio. Y del mismo modo, no sabemos si la denominación que recibe San Acisclo en las fuentes medievales, "ecclesia carcelatorun" 88, tendría algo que ver con la prisión de este personaje in situ o con parte del proceso martirial 89, y no con la victoria de las tropas de Mugith en 711 90. Además de la transformación El Calendario de Córdoba escrito en 961 es el primer texto que alude a la basílica de San Acisclo como "ecclesia carcelatorum". Es posible que este documento se inspirase o compilase a partir de otro calendario local más antiguo en el que quizá ya existiría esta denominación; por tanto, sería anterior a la llegada islámica de 711. Pero ignoramos cualquier documento anterior, y solamente sabemos que desde finales del siglo IV, el obispo Gregorio recordaba el aniversario de los mártires: "[...] 89 Para el encarcelamiento de los mártires y las posibles ubicaciones de las cárceles en las ciudades romanas, ver Pavón, 2003, 134 ss. Lo importante del cerco de Agila en 550 y de Mugith en 711 es que ambos señalan un escenario real y significativo de la ciudad: la basílica de San Acisclo; pero los asedios no necesariamente tuvieron que desarrollarse allí, ya que en relatos de acontecimientos bélicos suelen ser habituales los topos y la utilización simbólica de los espacios más representativos de una ciudad. del aula triconque Norte, la reocupación funeraria de otros edificios de Cercadilla, así como la expansión de la tumulatio ad sanctos, habría que ponerla en relación con la fase mozárabe del cementerio a partir del siglo VIII91. * * * Hemos querido mostrar una síntesis del actual nivel de conocimiento sobre el mundo funerario de Corduba en la Antigüedad tardía, prestando una especial atención a aquellos testimonios que podrían derivar de una cristianización de la topografía del suburbio. Al mismo tiempo, se ha comprobado que la correspondencia entre la información que aportan las fuentes literarias tardoantiguas y medievales, y la evidencia arqueológica, es por ahora poco satisfactoria. Por un lado, los relatos martiriales son un género literario fantasioso, en el que los suplicios y el proceso judicial se convierten en estereotipos, que se copian y aplican de unas passiones a otras. En todas ellas se exalta el proceso de encarcelamiento, interrogatorio y el sufrimiento previo al martirio. Por otro, la arqueología no aporta por el momento ningún dato topográfico sobre el lugar donde sufrieron suplicio los mártires, la ubicación de su sepultura ni la instalación de los centros de culto, salvo los casos debidamente comentados. Una de las principales dificultades para detectar el proceso de cristianización en las áreas funerarias de la ciudad es la falta de señalización de los enterramientos, pues, las necrópolis urbanas se caracterizan por presentar signos evidentes de continui-dad. Ninguno de los sectores funerarios aquí analizados, que pudieron ser utilizados por individuos cristianos, parecen tener un origen martirial (Parque Infantil de Tráfico o Lucano 7-9), sino que responderían más bien a pequeñas necrópolis de organización familiar. Y lo mismo sucede con la arquitectura cristiana del suburbio: hasta ahora, y si aceptamos la posible situación de la iglesia de San Acisclo en Cercadilla, resulta complicada la localización de otras basílicas extramuros adscritas a la Antigüedad tardía como San Zoilo o los Tres Coronas. De los edificios cristianos de la ciudad tan sólo nos quedan numerosos fragmentos de decoración arquitectónica y de mobiliario litúrgico que, desafortunadamente, han aparecido siempre descontextualizados. nuevas aportaciones al conocimiento de la secuencia ocupacional en la zona de Bodegones, en Mérida. HIDALGO PRIETO, R., Análisis arquitectónico del complejo monumental de Cercadilla (Córdoba), en P. León (ed.), Colonia Patricia Corduba. HIDALGO PRIETO, R., De edificio Imperial a complejo de culto: la ocupación cristiana del palacio de Cercadilla, en D. Vaquerizo (ed.), Actas del Congreso Espacio y Usos funerarios en el Occidente romano, 5 a 9 de Junio de 2001, vol. II, Córdoba, 2002, 343-372. HIDALGO, R. FUERTES, C., Córdoba, entre la Antigüedad Clásica y el Islam. Las transformaciones de la ciudad a partir de la información de las excavaciones en Cercadilla, en La islamización de la Extremadura romana, Cuadernos Emeritenses 17, Mérida, 2001, 225-264. JIMÉNEZ PEDRAJAS, R., Los mártires de Córdoba de las persecuciones romanas, en Rev. LEÓN MUÑOZ, A., Pervivencias de elementos clásicos en la Qurtuba islámica, en D. Vaquerizo y J.M. Murillo (eds.), El concepto de lo provincial en el mundo antiguo. MARCOS POUS, A.; VICENT, A. M.a, Investigación, técnicas y problemas de las excavaciones en solares de la ciudad de Córdoba y algunos de los resultados topográficos generales, en Arqueología de las ciudades modernas superpuestas a las antiguas, Zaragoza, 1985, 231-252. MORENA, J. A., Informe Preliminar de la Intervención Arqueológica de Urgencia realizada en el solar no 25 de la C/ Ruano Girón 25 esquina calle Cristo (Córdoba), en AAA'90, vol. III, 1992, 83-87. MARFIL, P., La sede episcopal cordobesa en época bizantina: evidencia arqueológica, en J. M. Gurt y N. Tena (eds.), V Reunió d'Arqueologia Paleocristiana Hispánica, Cartagena 1998, Barcelona, 2000, 157-175. MARTÍN URDIROZ, I., Sarcófagos romanos de plomo de Córdoba y provincia, Córdoba, 2002.
CSIC PALABRAS CLAVE: Sarcófagos romanos. El presente artículo da a conocer la reciente identifica- La Embajada de España cerca de la Santa Sede, situada en la célebre Piazza di Spagna de la capital italiana, posee una pequeña colección de arte antiguo que hasta la fecha no ha sido estudiada. La Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma (CSIC) con la colaboración de la Embajada de España está realizando el catálogo de dicha colección y el estudio de todas sus piezas \ Si bien está prevista la publicación final de un volumen que recoja la totalidad de la colección, la identificación en el seno de la misma de un interesante sarcófago que perteneció a la colección Giustiniani y que se daba por perdido desde mediados del siglo xvii, nos ha inducido a dar noticia inmediata de su identificación que acompañamos de un estudio preliminar. El sarcófago infantil ^ que presentamos es una pieza en mármol blanco trabajada por los cuatro lados y cuyo estado de conservación, a pesar de un cierto deterioro superficial, permite claramente identificar y apreciar el tema en toda su amplitud. Carece de tapa, así como de inscripción, por lo que desconocemos la identidad del niño difunto. La escena que se ha representado es un tema recurrente en numerosos sarcófagos infantiles: los juegos de palestra entre erotes o putti. En este caso, es una escena continua en la que, comenzando por el lateral izquierdo (fig. 3) tenemos los siguientes grupos. Una herma dionisiaca hace de marco a un grupo de putti que aparecen de pie, de frente, y de los cuales, uno sujeta un vastago cuya identificación, dado su mal estado de conservación, resulta difícil, pero que podría tratarse de la vara empleada para jugar con el disco, en una actividad de palestra consistente en hacer rodar el aro, que precisamente lleva el putto en la mano izquierda. La cara frontal (figs. 1, 2 y 3) está nuevamente enmarcada por otra herma dionisiaca que, como las otras dos, presenta a un Dioniso arcaizante, barbado, con tirabuzones y coronado de pámpanos. A continuación se desarrolla la escena de pugilato propiamente dicha dividida en tres grupos o subescenas. En el primero, un putto se sienta sobre la espalda del otro, inmovilizándolo y sujetándolo, además, por el cuello, mientras le golpea con el puño derecho. El niño yacente se protege tapándose la cara con el antebrazo. En el segundo grupo de luchadores, el niño vencedor apoya su pierna derecha sobre el vencido, yacente en el suelo, a la vez que alza sus brazos en señal de victoria. En el extremo derecho de esta cara frontal aparece el vencedor, de pie, desnudo, con la palma de la victoria en la mano izquierda y en el acto de colocarse la corona de laurel. Cada grupo de luchadores está vigilado por otro niño que ejerce de árbi-iiiìiiii! El que controla el primer grupo se muestra de frente y con la palma de la victoria en la mano derecha; el del segundo, aparece de espaldas. En el lateral derecho del sarcófago aparece nuevamente otro grupo de niños luchadores, enredados en el suelo, de los cuales, uno de ellos alza la mano para recibir la palma que sostiene todavía el árbitro, y que, como los otros dos, está de pie y viste túnica. El extremo derecho de este frente lo enmarca otra herma dionisiaca. En la cara posterior del sarcófago (fig. 3) se ha representado una escena completamente independiente de la anterior, pero también muy frecuente en este tipo de sarcófagos. Consiste en una escena circense, en la que dos niños conducen sendos carros tirados por leones rampantes, que se afrontan en composición heráldica a una columna corintia. Este tipo de temas iconográficos derivados del dionisismo, representados en contextos funerarios^, como los sarcófagos' ^, poseen una clara alusión a la prolongación de las actividades terrenas en el Más Allá. Los putti funerarios poseen un claro valor escatológico en una doble evocación: por un lado, a los niños iniciados en los misterios dionisíacos y, por otro, a la homogeneidad, juventud y frescura de las almas que viven en los Campos Elíseos. Suelen aparecer principalmente en escenas de vendimia, en las llamadas Kinderkomos (thiasos de putti ebrios). guiando carros, vinculados a las estaciones, o en clara alusión a Heracles niño ^; pero también en escenas que se podrían clasificar, de género -pugilato y palestra-y que adquieren la categoría de alegorías metafísicas al convertirse en evocación de los juegos infantiles que el niño seguirá realizando en las praderas del Elíseo. En el sarcófago de la Embajada, además de esta escena, tenemos también otras dos claras evocaciones de carácter psicopompo. Una, la antorcha invertida, que alude al sueño cuyo despertar será la resurrección; otra, los carros afrontados tirados por leones y guiados por putti que conducen el alma en el viaje al Más Allá ^. Tanto la escena continua de pugilato como la posterior de carros afrontados las tenemos documentadas en otros sarcófagos. La escena de palestra aparece, por ejemplo, en el sarcófago de Esparta ^, o en el de Isola Sacra (Ostia) ^ La escena de los carros heráldicos la tenemos en un ejemplar del Museo de Atenas o en el de las catacumbas de Pretestato ^. De todos ellos, el más próximo tanto en iconografía como en estilo es el de Ostia, clasificado como sarcófago ático. La producción de sarcófagos áticos de época romana ha constituido uno de los temas principales de discusión en los últimos años'° y es algo que debe entenderse en el contexto general del arte griego de época romana. El aticismo ateniense tiene su momento de máximo florecimiento en época de Adriano; es entonces cuando se retoman fórmulas iconográficas del clasicismo, si bien transformadas y revisadas en cuanto a su significado. Es éste un fenómeno cultural directamente conectado con la paideia griega a la que aspiraba y de la que hacía gala la clase dirigente ateniense en tiempos adrianeos. Este reclamo a los orígenes sería inmediatamente adoptado como signo de élite cultural por miembros adinerados de^otras ciudades romanas del Imperio. Frente a esta corriente clasicista, aunque dentro del mismo contexto de exportación y adopción de patrones griegos, penetrará, más tarde, en tiempos de Antonino Pío, la corriente griega helenística. El problema, en lo que concierne a los sarcófagos, reside, sobre todo, en el hecho de poder discernir los de fábrica griega, importados desde Grecia, y aquéllos otros realizados, en cambio, en talleres romanos a imitación de los griegos. Hay que tener en cuenta, a este respecto, el coste elevado que podía tener el transporte de sarcófagos por mar, cantidad que se sumaba a la talla del sarcófago en sí. De ahí que frecuentemente se exportara sólo el mármol.'^ El tema empezó ya a tratarse en Matz, E y Yon Duhn, F., Antike Bildwerke in Rom mit Anschluss der Grosseren Sammlungen, Leipzig, 1881-1882; Rodenwaldt, G., «der Klinensarcophag von S. Lorenzo», JDAI 45, 1930, p. La problemática más reciente ha sido planteada por Giuliano, A., // Commercio dei Sarcofagi attici, Roma 1962, así como en Giuliano-Palma, 1978, op.cit. (n.7). generalmente pentélico, para ser luego trabajado en los talleres locales. Sabemos que aquellas ciudades de más difícil acceso por mar poseían su propio taller, como era el caso de Esparta, Mesenia, Roma o Antioquia. Precisamente de Esparta procede un sarcófago que presenta el mismo tema que el de la colección Giustiniani que presentamos e idéntico, por tanto, al de Isola Sacra. Pero si comparamos el de Esparta con estos dos, observaremos que el tratamiento de las figuras en el primero es mucho más delicado, naturalista y preciso, en sus cinceladas, que estos dos últimos, en los que podemos discernir incluso algunos problemas en el tratamiento de las figuras, por ejemplo, las yacentes. Tanto el sarcófago de Esparta como el de Siracusa parecen pertenecer al taller del llamado «Maestro de Agrigento», así catalogado por A. Giuliano'•. Otros sarcófagos con una iconografía y técnica similares, además del ya citado de Ostia, cuya filiación habría quizá que revisar y considerarlo obra local, son el conservado en el Museo Vaticano y el del Museo Nacional de Nápoles ^^, ambos fechados en el s. m d.C. A todos estos indicios hay que añadir que los sarcófagos decorados con putti, aun no siendo exclusivos de niños'^ sí parece que empezaron a destinarse a ellos, sobre todo, a partir del 150 d.C. ^' ^. Todas estas consideraciones nos impulsan a pensar que estamos frente a un sarcófago fabricado pro-" Giuliano y Palma, 1978, op.cit. (n.7).' 2 Schauenburg, 1995, op. cit. (n.4) bablemente en un taller romano local. Su temática, así como el lenguaje plástico, responden también a un momento post-adrianeo, quizá de finales del s. II o incluso del s. m d.C. El estudio historiográfico de este sarcófago infantil debe ser profundizado con la consulta de documentación de archivo, lo que conlleva una ardua labor de investigación que sólo adquirirá carácter científico cuando se finalice el catálogo de toda la colección de arte antiguo de la Embajada de España cerca de la Santa Sede. El conjunto de piezas es probable que provenga de una única adquisición y, aunque hayamos realizado una fructífera búsqueda de documentación referida a este sarcófago, los resultados obtenidos no cabe duda de que son interesantes, pero incompletos. El sarcófago de la Embajada es una pieza conocida ya durante el siglo xvii, y es muy probable que su descubrimiento tuviera lugar en alguna de las excavaciones llevadas a cabo en el siglo precedente. La falta total de noticias sobre este hecho, nos ha impedido conocer su procedencia precisa. Nos encontramos ante un ejemplar que carece de cualquier tipo de referencias directas sobre su origen, lo cual ha dificultado en gran manera su estudio. Son dos las únicas referencias -gráficas-que hemos logrado localizar en relación a este sarcófago. Ambas pertenecen al siglo xvii y son las únicas a las que se refieren las fuentes posteriores cuando realizan alguna mención de este sarcófago. La hipótesis tradicional sobre la localización del mismo es que debió pertenecer a la colección de arte antiguo del marqués Vincenzo Giustiniani (1564-1637). De origen genovês, este riquísimo banquero llegó a atesorar una de las colecciones de piezas arqueológicas más admiradas y envidiadas de su tiempo. En el palacio romano de la familia Giustiniani, así como en su villa di campagna, el marqués Vincenzo acumuló más de 1800 piezas de arte clásico ^^. Como era de esperar, sus herederos, y a pesar de que Vincenzo Giustiniani estableció una cláusula testamentaria al respecto, comenzaron a vender la colección para pagar las cada vez más ingentes deudas. El estudio de los inventarios de la familia Giustiniani permite observar cómo a finales del siglo xviii comienza la alienación de la colección, de cuya venta en 1800 será la familia Torlonia la máxima beneficiaria ^^. Afortunadamente Vincenzo Giustiniani patrocinó hacia 1631 -la fecha no está clara para algunos autores-una obra que servirá para que el núcleo originario de su colección clásica sea conocido posteriormente. Se trata de la colección de grabados Galleria Giustiniana del Marchese Vincenzo Giustiniani, obra de una calidad artística excepcional. Los dibujos y grabados recogen todas las piezas de su colección en dos volúmenes, realizados por algunos de los mejores artistas de su época ^^. Las planchas de los grabados se conservan por voluntad del propio Giustiniani en Génova. En el volumen segundo de la Gallería, lámina 124, encontramos la representación de un sarcófago que es prácticamente idéntico al de la Embajada (fig. 2). Lo interesante desde un punto de vista historiográfico, es que se trata de una pieza que se hallaba en paradero desconocido. El estudio de este grabado permite observar que las similitudes con nuestro sarcófago son enormes. La única diferencia es que en comparación con el sarcófago de la Embajada, este diseño representa la pieza ligeramente más grande, ya que en el extremo derecho aparecen tres figuras que curiosamente, son las que decoran uno de los laterales de nuestro sarcófago. Quizás el autor de este grabado se permitiera la licencia de añadir tres figuras más al modelo original, considerando que eran dignas de ser representadas, sobre todo si tenemos en cuenta que de este sarcófago tan sólo se grabó para la Galleria uno de los frentes. Una hipótesis diversa podría ser la de que efectivamente sean dos sarcófagos diversos -este tipo de decoración funeraria era bastante usual en Roma, y de ella se conservan varios ejemplos-si bien realizados por el mismo taller griego. Pero las escasas diferencias' ^ Sobre la formación y posterior desmembramiento de la colección Giustiniani, Gallattini, A., «Le Sculture della Collezione Giustiniani. A partir de esta fecha puede establecerse el inicio de la ruina de la familia Giustiniani, que comienza a vender la colección, dispersándose por toda Europa, a pesar de los intentos de impedirlo por parte del Estado Pontificio.' • ^ Cassiano DalPozzo nos dice cómo, dada la riqueza del Marqués, éste pudo permitirse que las planchas y los dibujos de los grabados de la Galleria fueran realizados por artistas de la talla de Giovanni Lanfranchi. Incluso hizo preparar un papel especial para estampar los grabados, papel que se conoció con el nombre de carta imperiale. Biblioteca Marucelliana di Firenze, ms. A. CCLVII, 8, Lettere Private da Dal-Pozzo (12 aprile 1653-10 maggio 1653). entre el diseño de la Galleria Giustiniana y el sarcófago conservado en la Embajada, nos lleva a pensar que se trata de la misma pieza, a quien el grabador o dibujante ha añadido -a modo de licencia artística-algunas pequeñas variaciones. Hemos tratado de encontrar alguna referencia documental directa del sarcófago de la Gallería, pero ni los inventarios ni los documentos de pago de los artistas que realizaron los grabados nos dan noticias sobre el mismo. Y de momento, nada sabemos sobre cómo pudo llegar de la colección Giustiniana hasta la Embajada de España ^^. El otro dibujo que nos da una referencia concreta sobre este sarcófago es el que se halla en la Colección de Dibujos de Antigüedades Clásicas pertenecientes a Cassiano DalPozzo, hoy en la Biblioteca del Castillo de Windsor'^. Catalogados con los números 8765 y 8766 ^° encontramos dos dibujos que son copia fidedigna del sarcófago de la Embajada (fig. 3).'^ Sobre los autores de las planchas y dibujos de la Galleria, puede consultarse a Algeri, G., «Le incisioni della Galleria Giustiniana», Xenia, 9, 1985, pp. 71-99. La lámina 124, Giochi di putti, aparece sin atribución de dibujante o grabador (pág. 98). En cuanto al pago de los artistas, no hemos encontrado ningún acto notarial donde se describa este grabado. Lo más interesante es que, al igual que sucede con el grabado Giustiniani, todos los autores consultados dan el sarcófago al que se refiere el dibujo como desaparecido o en paradero desconocido ^^ Nos encontraríamos por tanto, ante la identificación de una pieza arqueológica cuya localización era desconocida desde mediados del siglo xvii, y a la que tan sólo se podía hacer referencia a través del estudio de estos dibujos o grabados. Cassiano DalPozzo (1583-1657) es uno de los humanistas de más prestigio de la Roma del siglo xvii. Nacido en Turin, pero establecido en Roma desde 1612, fue miembro activo de los círculos intelectuales de la ciudad, incluida la corte de Urbano VIII. A diferencia de otros coleccionistas romanos DalPozzo, cuyos ingresos económicos eran más limitados que los de la mayoría de los mecenas, «quando gli resultava impossibile ottenere un oggetto desiderato, soprattutto per l'antiquaria, faceva intervenire il «Museo Cartaceo», ovvero un disegno veniva a sustituiré l'originale mancante.,.»^^. Nace así el Museo Cartaceo, hoy compuesto por diez volúmenes de bassorilievi antichi. En esta colección Cassiano quiso reunir las piezas más destacadas pertenecientes al arte antiguo que se encontra-^' Vermeule, cit. (n. 28 Todo ello nos lleva a afirmar que el sarcófago ático de la Embajada Española cerca de la Santa Sede es el mismo que perteneció a la Colección Giustiniani, y que Cassiano DalPozzo recogió fielmente en su Museo Cartaceo. Nos hallamos ante un interesante descubrimiento, ya que cuando una pieza arqueológica «desaparece» de una colección italiana, es debido casi siempre a que ésta es trasladada al extranjero. En este caso, la pieza ha permanecido en Italia, pero probablemente el hecho de pertenecer en la actualidad a una Embajada y, dentro de la misma, a una colección de arte clásico muy interesante pero compuesta de pocas piezas, no ha atraído la atención de los expertos en la materia. Recordemos además que el Palazzo di Spagna, sede de la Embajada cerca de la Santa Sede, es el emplazamiento de la misma desde 1647. El no haber sufrido traslados ha supuesto además que las obras de arte en él conservadas no han sido objeto de minuciosos inventarios, lo que en parte explica que una pieza arqueológica de tanta calidad y originalidad no haya sido identificada ^^. Falta saber cómo y cuándo llegó este sarcófago a su emplazamiento actual. Es muy probable que lo hiciera conjuntamente a las otras piezas antiguas que hoy pueden admirarse en la Embajada, pero ésta es una hipótesis que deberá ser confirmada por los resultados obtenidos una vez finalice el estudio de toda la colección. En cualquier caso, creemos que no sería muy aventurado pensar que todas estas piezas pertenecieron a José Nicolás de Azara, Marqués de Nibiano, gran aficionado a la Antigüedad y al Arte Clásico ^^, y quien durante gran parte de la segunda mitad del siglo xviii jugó un papel relevante en los asuntos españoles en Roma, llegando a ser Embajador. Su paso por la Embajada coincide además con el momento de alienación tanto de la colección Giustiniani (1793) como de la DalPozzo-Albani (1798). Su posición de prestigio dentro de la sociedad romana del momento pudo permitirle el acceso a las piezas de sendas colecciones, adquiriendo para la Embajada las piezas que ahora la decoran. Pero ésta no es más que una hipótesis y como tal debe ser confirmada por el estudio de los documentos de archivo, lo que esperamos hacer en breve. Este estudio, que concluirá con la creación del catálogo de piezas de arte antiguo de la Embajada, esperamos suponga la recuperación del pasado de una pieza arqueológica ática excepcional, perdida durante casi cuatro siglos. Su identificación debe servir para conocer mejor el coleccionismo y mecenazgo del siglo XVII, sujeto a vicisitudes de las que DalPozzo era consciente cuando afirmaba: «.../ marmi antichi fanno assai frequentemente passo di uno á un altro padrone, e per questo non poco difficile si rende il provar l'identità delle cose...» ^^.
Se estudia un relieve conservado en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida (Badajoz, España) que durante mucho tiempo ha sido considerado como una representación de Mitra saxígeno y, por tanto, un documento más entre los testimonios de cultos orientales en la capital de la Lusitânia. A pesar de que algunos autores dieron una interpretación diferente, esto es, que se trataba de un banquete funerario con la representación del difunto, ninguno ha propuesto la identificación con una escena cristiana que aquí se propone, representada en el frente de una tapa de sarcófago, con la imagen de Noé saliendo del arca y, a continuación, una representación del banquete celestial en el que participan los justos. La pieza se fecha en el último cuarto del siglo m d.C. y se convierte así en el primer testimonio arqueológico de la presencia de cristianos en la colonia Augusta Emerita. De entre las varias leyendas mitológicas referidas a la isla griega de Lemnos hay una que resulta ser especialmente pertinente para el tema que voy a desarrollar en este estudio. En efecto, las mujeres de Lemnos decidieron asesinar a todos los hombres de la isla como consecuencia de una maldición de Afrodita; pero la hija del rey Thoas, llamada Hypsipyla, decidió salvar a su padre. Le entregó la lanza con la que ella misma debía matarlo y lo escondió en el templo de Dionysos. Al día siguiente lo llevó a la playa vestido como el dios, montado en su carro ritual. Thoas consiguió echarse al mar en un arcón y así consiguió salvarse. Algunos especialistas han identificado como la iconografía del rey Thoas metido en un arcón flotando por el mar, un fondo de una kylix griega en el que se le representa metido en la caja entreabierta llevando la corona de pámpanos dionisiaca y la lanza que le entregó su hija' (fig. 1). Joseph Fink, en un pequeño librito dedicado a los grandes temas de la iconografía cristiana ^, considera esta imagen del rey Thoas de Lemnos, trasmitida por la iconografía griega, como un antecedente remoto o un ejemplo de la iconografía que la figura de Noé adoptó en la iconografía paleocristiana, a partir del s iii d.C. en pinturas, relieves y sarcófagos ^ EL RELIEVE DE MERIDA Un relieve conservado en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, antigua Augusta Emerita, capital de la Lusitânia, presenta una intrigante iconografía que ha sido interpretada de muy diversas formas por los autores que lo han estudiado y creo que merece un reexamen a fin de que sea situado en su contexto preciso ^.' Este artículo ha sido redactado durante una estancia en el Instituto Arqueológico Alemán de Berlín en febrero de 1999. S. Wolf su ayuda en algunas referencias bibliográficas. 71, fig.23a, que sólo se interesan en el tipo de mueble. 31. ^ El propio J. Fink dedicó un estudio detallado al significado y simbolismo de Noé en el mundo paleocristiano -especialmente en el ámbito funerario-dando una pormenorizada relación de los diversos tipos de monumentos en los que se encuentra, tanto en pinturas de las catacumbas o en sarcófagos: ver: Noe der Gerechte in der frühchristlichen Kunst, Bhf zum Archiv für Kulturgeschichte. "^ Debo agradecer al Dr. Pedro Mateos la inestimable ayuda y colaboración en los primeros pasos de la documentación de este trabajo que luego he continuado independientemente. Fue hallado en los muros interiores de una casa situada en el n.° 2 de la calle S. Francisco de Mérida, a 40 m. de la calle Sta. Eulalia, cuyo trazado correspondía, en época romana, al decumanus maximus ^ En la actualidad el relieve se encuentra expuesto en el Museo Nacional de Arte Romano en la sala correspondiente a las «religiones orientales» (fig. 2). Comenzando por la parte izquierda se observa: a) un individuo que tiene los dos brazos levantados en forma de actitud «orante». Emerge de un arcón» {arca) en la que se observan claramente los dos ori-ficios para introducir la llave (es decir, las cerraduras). Esta arca se encuentra situada o colocada sobre una prominencia que debió de representar o las aguas sobre las que flotaba o bien un montículo o la tierra firme sobre la que se asienta (fig. 3); b) a continuación, en el relieve se observa una figura (¿una mujer?) que lleva un plato con comida (fig. 4); c) seguidamente un individuo de pie con toga que se dispone en su pliegue delantero con la trabea; d) tres individuos -probablemente el primero de ellos una mujer-reclinados en un stibadium que están comiendo de una bandeja los manjares en ella depositados, uno de los cuales es, sin duda, un pan; e) a la derecha del todo, un individuo de pie, togado, asiste a la escena o pertenece ya a la siguiente, que se ha perdido. El relieve está muy gastado, siendo imposible distinguir facciones, detalles o rostros (fig. 5). Las interpretaciones que se han dado sobre este relieve son muy diversas e imaginativas y en su entendimiento final han pesado mucho los criterios interpretativos dados por investigadores de gran sol-^ Referencias: M. G. Moreno-J. Pijoan, Materiales de arqueología española. 10. vencia que son los que han prevalecido. Es conveniente exponer aquí al menos los más destacados. Gómez Moreno y J. Pijoán pensaban que el relieve se debía relacionar con las pinturas de banquetes de las catacumbas de Roma, pero dudaron de su posible adscripción cristiana, ya que interpretaron la figura de la izquierda como un herma sobre un pedestal ^. Fué J. R. Mélida quien inauguró una línea de interpretación que tuvo gran éxito: la interpretación mitraica. Mélida relacionaba la escena del banquete con un rito mitraico, aunque pensaba que, puesto que el segundo personaje de la izquierda, según él veía, ofrece «una cabeza de bóvido a los ^' Gómez Moreno-J. Pijoan, I.e. pp. 83-84. comensales», se trataba.de una escena que representaban la celebración del nacimiento de Mitra ^. P. París, poco más tarde, no se apartó demasiado de la interpretación de Mélida y pensó que la figura de la izquierda era un Mithras saxigenus, esto es. Mitra naciendo de la roca llevando (aunque ya no se conservan en el relieve) la antorcha y el cuchillo de acuerdo con la tradicional iconografía del dios iranio ^ La escena del banquete sería o representaría, para P. Paris, un banquete mitraico, acto al que sólo podrían acceder los iniciados que tenían el grado de Leo' ^. R. Lantier no hizo otra cosa que seguir a P. Paris señalando que la figura de la izquierda del re- García y Bellido observó, con razón, corno veremos, que en el extremo de la izquierda del espectador hay parte de una escena evidentemente distinta de la anterior (el subrayado es mío). «Yo veo -decía Bellido-un personaje en pie dentro de una especie de banasta cuadrangular; el personaje debió de tener los brazos en alto, como en cruz, con las manos a la altura de la cabeza y actitud que pudiera interpretarse como de oración (subrayado mío)». «La banasta -continúa-parece como suspendida del aire por unas cuerdas de las que se ve una rasgada debajo del brazo izquierdo de la figura», concluyendo que «desde luego es claro que la dicha cesta no se apoya en el suelo». Bellido no se detuvo más en el tema y señaló que «a mi entender se trata de un relieve de carácter mitraico como ya supusieran la mayoría de las autoridades citadas»''. Pero García y Bellido no estaba seguro de que la interpretación como Mitra saxigenus fuera la correcta. Y sin abandonar el ámbito general de la representación de ambiente mitraico señaló: «La escena de la izquierda no ha sido interpretada correctamente: en ella veo el juicio del alma que es pesada en una balanza (de ahí las cuerdas), de la cual falta el trozo opuesto por corresponder a la otra parte del relieve (que falta)». El juicio del almacontinúa Bellido-ocupaba pues el centro del relieve entero. En el que falta estaría representada la liberación del alma; en la parte izquierda la liberación del alma en su entidad material y en el centro estaría (representado) el peso de las acciones buenas o malas con la victoria del alma; y finalmente, a la derecha, el ágape celestial»'^. Bellido se apoyaba para esta interpretación en F. Cumont'^, con lo que se situaba plenamente en la tradición que veía en el relieve un tema mitraico, aunque modificando y apartándose de la versión del Mitra saxígeno. Naturalmente, M Vermaseren, en su monumental Corpus de los relieves mitraicos, interpretaba también la ñgura de la izquierda como un Mitra saxígeno' "*. Un estudioso del arte paleocristiano como G. Bovini, que publicó un catálogo de los sarcófagos paleocristianos de Hispânia, tampoco se pudo sustraer a la interpretación de Mélida, Lantier y García y Bellido, pensando que el relieve era «una representación del banquete ritual de los adoradores de dios Mitra ante su imagen que nace de una roca»'^. En ñn, el último estudio dedicado al relieve, que yo sepa, lo relaciona con un banquete funerario, separándose claramente de la interpretación mitraica. J.L. Mosquera, en efecto, piensa que se trata de la representación de una cenaferalis, un banquete funerario que ofrecen los lugentes al difunto. Mosquera resume así su propuesta: «Es un relieve de sarcófago. Representa un ágape funerario, comida común de los dolientes con el difunto, que emerge del féretro ante la invocación de su memoria por los presentes en el banquete»'^ (el subrayado es mío). Hemos visto que ningún autor interpretó la escena como paleocristiana o dentro de la esfera de la primitiva iconografía paleocristiana. Aquellos que estuvieron más cerca de ello -Gómez Moreno y Pijoan-lo rechazaron por pensar que la figura de la izquierda era un herma, o Mosquera que dudaba de si era una representación de Noé, para finalmente rechazarlo debido al peso de las opiniones anteriores, aunque propuso otra alternativa viendo en ella al propio difunto. Incluso Bovini se mostraba partidario de la interpretación mitraica. Los Finalmente, tampoco H. Schlunk, el gran especialista en iconografía cristiana, consideró que se trataba de Noé, aunque pensó que era un relieve de contenido cristiano. De hecho Schlunk pensó que la figura de la izquierda era el difunto y hallaba un paralelo iconográfico para ello en el sarcófago de La Bureba que tan brillantemente analizó ^\ Porque, en efecto, de Noé se trata. El relieve de Mérida se divide en, al menos, dos escenas: una, la del individuo de la izquierda saliendo del arca con los brazos extendidos en actitud de acción de gracias. Ella constituye una sola escena que se acaba en sí misma y que no forma parte narrativa con la siguiente sino que se yuxtapone a ella. La segunda es el banquete fúnebre -no el banquete eucarístico o fractio pañis. Ya Wilpert analizó, a comienzos de siglo, y señaló, a través del estudio de la pinturas de las catacumbas de Roma, las diferencias entre ambas representaciones, esto es, banquete fúnebre y cena eucarística que poseen, lógicamente, elementos comunes, pero también componentes claramente diferenciadores en la representación y en la iconografía ^^. En nuestro relieve hubo, eventualmente, una tercera escena, que podría comenzar con la figura de la derecha, aunque ésta también se podría integrar en la del banquete. Como he dicho, la escena de la izquierda representa a Noé saliendo del arca, levantando los brazos en señal de acción de gracias puesto que se ha salvado en solitario, según el relato bíblico ^^. El arca está representada como un arca romana en la que se observan los orificios de las cerraduras. No es una nave o un barco, como sucederá en la iconografía del episodio de Noé más evolucionada. Es la exacta traducción de arca transportada literalmente (e ingenuamente) a la iconografía, probablemente con un remoto antecedente griego en la iconografía de Thoas ^^. Se trata, por tanto, de un mueble simplemente en el que, sobre las aguas, sólo puede tener cabida Noé, que es el hombre justo y que se ha salvado precisamente por haberlo sido. El «arca» de Noé era, en la traducción de la Vulgata, un arca, que en el mundo romano es un arcón de madera grande que se tiene en la casa y en el que se guardan los vestidos o el dinero. Por eso Noé sale de un arca que tiene sus cerraduras y sus llaves. En el Génesis 7 el Dios eterno dice a Noé que sólo le ha encontrado justo a él entre todos los hombres de su generación y por ello le ordena entrar en el «arca» con toda su familia. La interpretación de «arca» en el lenguaje iconográfico cristiano se hizo al pie de la letra por lo que se refiere a su representación. Es precisamente este aspecto, el de «la salva- 2^ Una variante en la iconografía cristiana es Noé saliendo del arca o asomándose a una de las ventanas del arca recibiendo a la paloma que regresa con un ramo de olivo. Existen multitud de ejemplos en sarcófagos y en pinturas catacumbales. Sobre el tema ver M. Harl, Le nom de r»arche» de Noé dans la Septante, in Alexandrina. El vocablo hebreo es tebah (Ex. 2,3.5) que significa «cesta de papiro» o también, con otro significado, arca, palacio, barco del Diluvio. En griego tebah se traduce como kibotos y en latín como arca. Harl estudia también la «traducción» iconográfica del vocablo en p. Agradezco a mi colega el Prof. Natalio Fernández Marcos, del Departamento de Hebreo del CSIC, el haberme llamado la atención sobre este importante artículo y por haberme ilustrado sobre estos aspectos. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ ción del justo» el que algunos tratadistas cristianos del s. 11 d.C. destacan en la historia de Noé. Y es precisamente por ello por lo que se representa su imagen en solitario saliendo del arca en acto de acción de gracias. Noé representa la salvación del justo, hecho que se asocia rápidamente con la salvación del difunto en un mensaje claro y directo. El alma justa del difunto se salvará del mismo modo que Noé fue salvado de las aguas por ser «justo» ^^. La iconografía de Noé emergiendo del arca, en solitario, no reproduce, ciertamente, la descripción que de la misma hace el Génesis 6.7 y que es la imagen que ha prevalecido como prototipo iconográfico: una inmensa mole con ventanas, como corresponde a su capacidad para recibir a la cantidad de parejas de animales que el Ser Supremo trata de salvar junto a Noé. Ello se explica fácilmente si consideramos que la imagen del relieve de Mérida -así como la de muchos otros relieves de sarcófagos o pinturas-no está, en este caso específico, siguiendo el relato de la Escritura, sino los comentarios y doctrina de los tratadistas cristianos que concentraron toda su atención ejemplificadora y paradigmática -apropiada perfectamente para el mundo del simbolismo funerario-en la exclusiva salvación del Patriarca, y no en el conjunto del relato bíblico que hubiera obligado a representar un «arca» mucho más voluminosa y aparatosa. En definitiva: lo que se transportó a la iconografía fueron los comentarios referentes a la salvación «de un justo» en un arca y no tanto el relato completo de la narración bíblica, al menos en un primer momento ^^. Esta versión de arca más acorde con el relato bíblico se encuentra, si no perfectamente desarrollada, sí, al menos, más concorde con el texto bíblico, en otras pinturas o mosaicos (tal es el caso, por ejemplo, de la representación del arca de Noé que encontramos en la cúpula de la villa de Centcelles 2^). El arca así representada en el relieve de Mérida estaría o flotando sobre las aguas, tal y como aparece claramente en relieves mejor conservados, o se encuentra ya asentada en un montículo que repre-^^ Sobre el tema han tratado ampliamente, entre otros, Fink (I.e. n.3) y Wilpert, op.cit. (n. ^^ Sería muy interesante seguir la evolución de la iconografía del tema de la salvación de Noé, tanto en el mundo occidental como en el bizantino, y ver cuándo comienza a aparecer el arca como receptáculo para todas la parejas de animales sobre la tierra y cómo, consecuentemente, deja de ser «arca» para convertirse en nave o barco, perdiendo así su carácter individualizado de representación de la salvación «del justo». Fink trató el tema en su libro citado y no considero éste el lugar apropiado para desarrollarlo en toda su amplitud. 125, Abb.82. senta la tierra firme ^^, como es el caso de nuestro relieve. La imagen de Noé en el arca se asocia, en la iconografía paleocristiana, o se yuxtapone, a otras escenas de significado simbólico semejante -escenas de banquete (bien funerario, bien eucarístico), Jonás arrojado a la playa por el cetáceo (con idéntico sentido de «salvación» que Noé), Daniel en el foso de los leones, etc. ^^. Por lo tanto, no es de extrañar que en el relieve de Mérida, justamente al lado y yuxtapuesta, pero sin formar parte de la misma «narración», se encuentre una escena de banquete independiente, tal y como vemos, también, por citar sólo un ejemplo, en el relieve del sarcófago del Campo Santo Teutónico de Roma (figs. 6 y 7). La escena yuxtapuesta a la de Noé en el relieve es un banquete. Como hemos visto antes no se trata del banquete eucarístico o lãfractio pañis, cuyo significado simbólico sería también, como en el caso de Noé, la salvación (fig. 8). No estamos tampoco ante un banquete fúnebre, que no tendría sentido. Estamos ante el banquete celeste ^^ que representa la futura felicidad en el cielo, como lo expresa el texto clásico de Lucas ^^ y como nos lo relata vividamente, aunque en época posterior, un pasaje de las Vitas Patrum Emeritensium ^^ El joven Agusto vivía en el monasterio cercano a la Iglesia de Sta. Eulalia y cayó enfermo. El diácono autor de las Vitas cuenta (probablemente de forma inventada) que él fué a visitarle y que el joven le contó un sueño que había tenido en el que se vio en el Paraíso, lo que presagiaba lo que le iba a suceder muy pronto. Y le contó: «Estuve en una lugar ameno donde había muchas y olorosas flores, verdísimas hierbas, rosas y lirios... y vi también allí inumerables sillas colocadas a izquierda y derecha. Había allí, también, de pie numerosos criados todos bien arreglados y bellos, preparando las mesas y un extraordinario banquete (convivium)... La abundante variedad de platos estaba compuesta no de cualquier animal, sino sólo de aves, y esperaban todos la llega- da del rey, su Señor. Se presento el Señor deslumbrante, se sentó entre los comensales y se les sirvió a todos la comida preparada» ^'^. Esta escena, y lo que sigue en ella, es el banquete celestial que les espera a los justos en el Paraíso y que incluye la presencia y disfrute del Señor en todo su esplendor. Éste era el sueño de los buenos y píos cristianos, aún en el siglo VII d.C, que escuchaban atónitos las historias del autor de las Vitas. Pero éste es un banquete tomado de la realidad circundante, con sus servidores {dapiferi), con sus mesas y sillas, con sus comensales ricamente vestidos, con el dominas que preside generosamente, con sus manjares más exquisitos -nótese, no la carne de ganado, sino las aves (altilia)-. A los que han pasado hambre y escasez, pero han sido devotos y fieles creyentes, les espera el mejor de los banquetes, el equivalente al que ven todos los días que celebran los ricos {possessores) a su alrededor y al que aspiran cotidianamente. Éste es el banquete que celebra la acogida celestial en presencia del Señor que recibe así, junto con los otros bienaventurados, al nuevo justo. En la representación del banquete en el relieve de Mérida se observa a la izquierda un personaje que sirve la mesa (¿una mujer?) ^^ mientras a la derecha se ve al triclinarca que es quien da las órdenes de traer los platos preparados ^^ En la mesa se sientan tres comensales (la iconografía tanto pa-gana como cristiana, ofrece a veces hasta siete comensales, e incluso más) ^^. No se trata del banquete funerario, aunque la idea de la celebración del banquete por el difunto era y formaba parte de la tradición romana bien atestiguada y conocida ^^. Según esta interpretación, la segunda escena yuxtapuesta a la de Noé es también una referencia simbólica equivalente y hace, igualmente, referencia a la salvación. No es infrecuente, en la iconografía catacumbal, por ejemplo, encontrar asociadas ambas: Noé y el arca y el banquete celestial ^^. No es de descartar tampoco que la continuación del relieve, que formaba parte de una tapadera de sarcófago, contuviese otras dos o tres más, sin conexión narrativa con las dos anteriores, pero de significado simbólico semejante, tal y como nos ofrecen múltiples ejemplos de sarcófagos que se encuentran, por ejemplo, en los Museos Vaticanos procedentes de Roma. LA DATACIÓN Y LA PROCEDENCIA El deterioro del relieve impide precisar detalles estilísticos que permitan atribuirle una cronología muy precisa. Podemos utilizar, sin embargo, otros criterios. Por ejemplo, el del mismo tema de Noé que en la iconografía cristiana no aparece hasta mediados del siglo III d.C. Su perduración es amplia y puede llegar hasta muy avanzado el siglo vi en Occidente. El banquete celebrado en un stibadium o mesa en forma de sigma. Stibadia se conocen ya desde el siglo i d. Pero realmente no se generalizan, junto con el ábside correspondiente en las construcciones, hasta bien avanzado el siglo m (segunda mitad), para hacerse ya frecuentes en el siglo iv. Otro criterio indirecto para situar nuestro relieve en la segunda mitad del siglo III, es también el hecho de que es a partir de ese período cuando tenemos los primeros testimonios de presencia de cristianismo en Augusta Emerita'^^. No me atrevería a precisar mucho más. En cualquier caso, la presencia de este sarcófago en Emerita plantea o replantea el problema de los comienzos del cristianismo en Augusta Emérita en el s. III. El sarcófago al que perteneció este relieve pudo haber sido importado de Roma, donde la temática de Noé saliendo del arca y otras escenas «de salvación» se generalizaron tanto en pinturas como en artes plásticas, pero pudo igualmente haber sido hecho, siguiendo cánones romanos, en un taller local. El lugar de hallazgo en la ciudad no indica otra cosa que el fragmento fue trasladado de lugar después de su rotura y separado del conjunto de la caja que contenía el cuerpo del difunto. En Emerita se atestigua una necrópolis cristiana de la primera mitad del siglo IV en la zona norte de la ciudad, en el extrarradio, relacionada con el enterramiento de Eulalia "^^ No es prudente especificar mucho más. Los testimonios de cristianismo on Augusta Emerita se atestiguan muy tardíamente y en todo caso sólo por los textos. La evidencia arqueológica es inexistente, aunque a partir de ahora nuestro relieve sería el primer testimonio arqueológico de cristianismo en la ciudad a partir aproximadamente de la segunda mitad del s. iii. Una conocida carta de Cipriano, obispo de Cartago, escrita en el año 254, menciona a un obispo en Mérida, Marcial' ^^. Junto con otros muchos, Marcial había conseguido el libellus que demostraba que había cumplido la orden del Emperador Decio de dedicarle sacrificios públicos, a fin de liberarse así de un castigo seguro. Sin embargo, y tras haber pertenecido a un collegium de la ciudad, collegium funeraticio ya que se dedicaba a la tarea de proporcionar los medios adecuados para enterrar a los muertos, Marcial, así como otros de otras localidades, solicitaron reingresar en la Iglesia y ser repuestos en sus cargos. Cipriano reaccionó muy estrictamente colocando a otros obispos en su lugar, aunque les permitió reingresar en la comunidad eclesial ^^. Fink puso en relación la emergencia del tema iconográfico de Noé, como único justo salvado en arca, con este episodio de los lapsi y de los libeláticos que conseguían la acreditación de haber hecho los sacrificios para evitar la persecución. Aquellos que se habían distinguido por su permanencia en la fe y habían resistido las presiones de la administración imperial, podían proclamar que habían salido indemnes en su fe y por tanto justos entre tanta deserción -tal y como Noé lo fue según el relato bíblico. Por ello tuvo especial interés y se difundió rápidamente el tema de Noé asociado a sus monumentos funerarios'^^. Aunque la tentación de asociar nuestro relieve con un caso semejante en Emerita, donde sabemos por Cipriano que se dieron casos de libellatici y que buena parte de la comunidad cristiana de la ciudad estaba en contra de ellos, es muy fácil o, incluso, verosímil, sin embargo no tenemos fundamentos suficientes para hacerlo. Aun así, el sarcófago en el que estaba nuestro relieve perteneció sin duda a un cristiano que confiaba en la salvación por su comportamiento justo con su religión y su fe. Es, al mismo tiempo, prueba y confirmación de esa comunidad cristiana emeritense, ya evidenciada en la correspondencia de Cipriano, en la segunda mitad del siglo m d.C, comunidad quizás no muy numerosa, pero que alcanzaba a las clases ricas y notables de la ciudad que podían encargarse un sarcófago del que hemos estudiado el fragmento que se nos conserva. Son varias las que se pueden extraer del estudio precedente. Por un lado, este pequeño fragmento de mármol con relieve, en vez de ser como hasta ahora se había pensado una muestra más de las religiones orientales, y concretamente del culto a Mitra en Augusta Emerita, del que, por otro lado tenemos otras evidencias seguras ^^, se convierte en el primer testimonio arqueológico del cristianismo o de la existencia de cristianos en la ciudad, testimonio que genéricamente coincidiría con los textos literarios que lo atestiguan por vez primera. Creo, igualmente, que este estudio demuestra y evidencia una página significativa de nuestra «historiografía» de la arqueología y del modo en el cual se ha desarrollado. Cada autor aportó sus observaciones acercándose unas veces más y otras alejándose de la interpretación adecuada, y en parte ello se produjo por el temor de contradecir las opiniones de la «tradición autorizada» que impidió la revisión a fondo y sistemática del relieve. El mérito de haber encontrado la correcta interpretación se lo lleva R Batlle, pero su noticia es tan escueta y tan poco desarrollada que quizás por eso pasó desapercibida. En fin, creo que este estudio demuestra la perentoria necesidad de revisar y replantear tantas y tantas evidencias arqueológicas que se encuentran en nuestros museos y que requieren nuestra atención detallada y nuestra investigación libre de prejuicios y ampliamente documentada. Quizás no sabemos o imaginamos las sopresas que nos puede deparar' ^^.
Alvar Gómez de Castro. Church of San Juan de Baños (Falencia). Se realiza la presentación y análisis de unas breves notas inéditas del humanista Alvar Gómez de Castro, conservadas en el manuscrito 7896 de la BN, sobre cinco conocidas inscripciones. Su interés reside en que constituyen las primeras referencias de cada una de ellas y aportan datos útiles para la historia de las piezas. Pero lo más llamativo es que se presenta una inscripción en S. Román de Hornija con idéntico texto al de la inscripción de S. Juan de Baños. En este trabajo se apuntan algunas hipótesis sobre tan descorcentante y quizás errónea noticia. turaciones que sufrió y reconstrucciones tanto en época antigua, como posteriores. Todo apunta a pensar que la construcción de la iglesia es de época posterior, aunque reutiliza materiales de decoración que sí parecen de época visigoda. Caballero y Feijoo establecen así tres grupos de decoración que califican del siguiente modo: 1.° «Decoración reutilizada de tipología visigoda consensuada». A la que «hipotéticamente» podría añadirse la inscripción fechada a mediados del siglo vil «que, de ser así, procedería de otro edificio anterior». 2° «Decoración reutilizada de tipología visigoda discutida, pues podría haberse efectuado por un taller de raíz omeya». 3.° Decoración «efectuada para el edificio actual, retallando piezas del grupo anterior o tallando elementos ex novo en un taller con influencias asturianas y otras evolucionadas de los anteriores». De la lectura atenta de este trabajo, se obtiene la impresión de que la inscripción fundacional es el principal escollo para resolver el problema de datación de la iglesia y de adscripción de la misma a un contexto cultural determinado, en la medida en que la aceptación o no de que su actual ubicación es la primigenia, así como la aceptación de su autenticidad, condiciona inevitablemente el planteamiento general del estudio. A lo largo del mismo, los autores apuntan la hipótesis de que la inscripción procediese de otro edificio anterior, que sería de época visigoda, y fuese aquí reutilizada (grupo 1.° de decoración). No es intención de quienes firmamos este trabajo -ni somos quiénes, para hacerlo-, definir nuestra postura ante el estudio de la iglesia, ni, aún menos, entrar en el debate general sobre el arte visigodo; pero sí pretendemos ofrecer un dato -desde el ámbito del estudio de las fuentes documentales y epigráficas-que, sin duda, resulta desconcertante y extemporáneo a toda la discusión, pero que creemos debe tenerse en cuenta y precisamente porque, como se ha expuesto, subyace una problemática no resuelta aún en torno a la famosa inscripción. De hecho Caballero y Feijoo (1998: 237), en las conclusiones de su estudio, señalan que «si se acepta que la inscripción está reutilizada, se abre una explicación insospechada para este edificio y para la intención que pudo tener quien lo erigiese». Ese dato al que nos hemos referido no es otro que la mención de la existencia de una inscripción con el texto de la de San Juan de Baños en la iglesia de San Román de Hornija en Valladolid, debida al humanista Alvar Gómez de Castro. Los datos que manejamos -y las conjeturas o hipótesis que apuntamos-no tienen otro propósito, pues, que ofrecerlos a los especialistas en la arquitectura y arte visigodos y medievales para que analicen en qué medida deben ser tenidos en cuenta. Sin embargo, con independencia de este propósito, consideramos que presentar las noticias epigráficas que proporciona Gómez de Castro sobre algunos epígrafes, aunque todos ellos bien conocidos, puede resultar interesante al lector, por cuanto que son las primeras referencias de cada una de ellas y ofrecen aspectos peculiares. LOS MANUSCRITOS DE ALVAR GOMEZ DE CASTRO 1515-1580), natural de Santa Olalla (Toledo), adquirió su formación universitaria en Alcalá de Henares, donde llegó a desempeñar las Cátedras de Menores y Mayores de Griego, manteniéndose en ésta última hasta 1547-1548. Además de maestros como Juan Ramírez, sucesor de Nebrija y rector de la Universidad, o Francisco de Cedillo, catedrático de Griego, tuvo entre sus amigos a Luis de la Cadena, Juan Hurtado de Mendoza, Juan de Vergara y a Ambrosio de Morales, que será el primero de los autores que registre la existencia de la inscripción fundacional de San Juan en Baños de Cerrato, cuestión esta sobre la que volveremos. En 1548 o 1549 abandona Alcalá, por motivos no suficientemente esclarecidos, para ocupar la capellanía de Blacos (Segovia)^ hasta 1552 en que se instala definitivamente en Toledo, donde imparte clases de griego en el Colegio-Universidad de Santa Catalina, compaginando su actividad docente con sus trabajos de investigación y estudio, la preparación de certámenes literarios y la composición de versos latinos. A partir de 1560 su actividad sufrió cambios sustanciales; las investigaciones de carácter puntual. ^ La información sobre este periodo se debe casi exclusivamente a las noticias conservadas en la correspondencia epistolar mantenida con Pedro de la Rúa, el célebre crítico de las obras de Fray Antonio de Guevara, que por entonces era catedrático de gramática en Soria. Las cartas autógrafas se encuentran recopiladas en el ms. 8624 de la Biblioteca Nacional, así como una copia de las mismas realizada en el siglo xviii (ms. 13008). erudito y, en cierto modo, asistemáticas, dejaron paso a los grandes proyectos ^; publicó una obra sobre el recibimiento de Isabel de Valois en Toledo, emprendió trabajos de traducción de las cartas griegas de Marco Bruto y del Enquiridion de Epicteto; escribió una monografía sobre la institución de las vestales usando fuentes latinas e intentó escribir, al parecer, una tragedia basada en el canto séptimo de la Ilíada, aunque, si llegó a hacerla, no se ha conservado. A esta etapa pertenece también su gran obra sobre la vida del Cardenal Cisneros, sin duda la más conocida y la que le ha otorgado más fama''. Los últimos años de su vida los empleó, además de en la lectura y anotación de las obras de San Ambrosio, en dos proyectos de gran magnitud: colaboró en la creación de la Biblioteca de El Escorial ^ e inició los trabajos de recogida y consulta de códices para la edición de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, ayudado por humanistas como Antonio Agustín, Pedro Chacón y Antonio de Covarrubias. Esta actividad suscitó en él un gran interés por los códices antiguos relativos a los concilios de época visigoda. Estos apuntes biográficos, mínimamente referidos aquí^, sirven para recordar ahora que Alvar Gómez de Castro es uno de los humanistas más sólidos y que gozó de un reconocido prestigio tanto en los ambientes culturales de su época'° como en si-^ Hasta ese momento sólo había publicado dos Ubros: la recopilación de poesía latina Publica laetitia qua D. Joannes Martinus Siliceus Archiepiscopus Toletanus Compiuti susceptus est (Compiuti, apud loanes Brocarius, 1546) y los Edyllia aliquot sive poemdtia (Lugduni, apud Gasparum Treschell, 1558). ^ Redactada en un periodo asombrosamente breve (según parece deducirse de los textos, empleó menos de cuatro meses), De rebus gestis a Francisco Ximenio, Cisnerio, Archiepiscopo Toletano, libri octo, Compiuti, apud Andream Angulo, 1569, cf. López de Toro 1958y, especialmente, Alvar Ezquerra 1980; id. 1982; id. 1985, y Oroz Reta 1984. ^ Aunque manifiesta sus temores en cuanto al afán de Felipe II por conseguir libros para el Escorial «porque al fm lungae sunt regium manus y alcanzan donde quieren» y, no obstante, parece que, finalmente, consiguió que la biblioteca de su protector, el cardenal Francisco de Mendoza y Bobadi-11a, fuese adquirida por el cabildo de Toledo, por lo que, en la actualidad, una buena parte de los mismos están depositados en la Biblioteca Nacional, cf. L. Gil 1997: 657. ^ Hemos seguido fundamentalmente la exposición de Alvar Ezquerra 1980. Véase también Gil 1997: 308, passim.'° Y eclesiásticos; recuérdese que el Santo Ofício le pidió consejo para la elaboración del índice de Quiroga, y que Gómez de Castro, con una actitud lo más abierta posible en su momento, redujo al mínimo los autores clásicos que deberían figurar en él, como escribió en su famoso Parecer (ms. 13009 de la Biblioteca Nacional) y que Sánz Serrano publicó a comienzos de siglo como de Zurita, a partir de una copia distinta. Sobre esta cuestión, véase nuevamente Gil 1997: 484. glos posteriores, por lo que, en principio, nada hace sospechar de la veracidad de sus informaciones. Igualmente sirven para establecer la relación personal con Ambrosio de Morales que, creemos, no debe ser ajena a la noticia proporcionada sobre la inscripción que nos ocupa, aunque no existan -o no hayamos localizado-elementos concretos que puedan atestiguarlo. En la Biblioteca Nacional existe una colección miscelánea de cuatro manuscritos, mss. 7896, 7897, 8624 y 8625, compuesta en su mayor parte por documentos autógrafos, que Alvar Gómez de Castro escribió durante su etapa de residencia en Toledo y con el conocimiento de los fondos bibliográficos de la Biblioteca Primada (Alvar Ezquerra 1980: 154). Como anota Sánchez Cantón (1919: 161): «después de traducir a Epicteto extractaba al canciller de Ayala, copiaba a Horacio y en la siguiente página recordaba estrofas del arcipreste de Hita, y con la misma tinta con que dirigía a Juan de Vergara una ciceroniana epístola, anotaba la suscripción de un manuscrito del siglo x; confusión de asuntos que juzgarían sacrilega un Budeo o un Valla». Efectivamente, si hay un rasgo que defina el carácter de estos manuscritos es el de su extremado desorden; cada volumen de la serie no es más que una acumulación de papeles, en muchos casos borradores en los que se hallan los gérmenes de lo que luego serán sus obras impresas. Este desorden responde, en última instancia, a la aplicación de un método de estudio que Gómez de Castro debió de empezar a emplear en su etapa alcalaína y que había sido importado y difundido por los profesores bizantinos llegados a Italia en el siglo xv y que fue introducido en España por Luis Vives, quien lo descubrió en los Países Bajos. El objetivo de tal método no era otro que aprender a escribir en latín basándose en la imitación de los antiguos (especialmente Cicerón); el estudio había de centrarse en la lectura directa de los textos de los autores clásicos, teniendo a mano un cuaderno en el que ir anotando, ordenados por secciones temáticas, vocabulario, expresiones idiomáticas, sentencias, proverbios, pasajes de especial dificultad, etc., «así, cuando un estudioso había recorrido, cuaderno en mano, los autores latinos y griegos (éstos, en muchas ocasiones, acompañando su lectura de ejercicios de traducción al latín), se encontraba en posesión de un caudal léxico, de construcciones y frases hechas, de referencias eruditas, doctrinales y de ejemplos sobre el cual podía construir, como un mosaico, sus propios textos» (A. Fontán 1972: 196). El carácter misceláneo y, a veces, de apariencia un tanto caótica de los escritos derivados de este método, unido al afán por anotar cuanto se conside- (1980: 2333-269) en cuarenta y nueve epígrafes. Contiene este manuscrito epigramas y otras composiciones métricas latinas, frases en griego con traducción al latín, comentarios a autores y textos griegos y latinos diversos; comentarios a las Sagradas Escrituras; cartas latinas a Honorato Juan, Ambrosio de Morales, Pedro de Soto, al Rector de la Universidad, etc.; discursos en latín; comentarios a diversos pasajes de la literatura clásica, explicando símbolos; explicaciones de términos latinos; epitafios latinos diversos a humanistas, a Juana reina de España; inscripciones para diversos lugares; y un largo etcétera ^^ De la clasificación de Alvar mencionada, el grupo n.° 26 está constituido por los folios 354-374. En ellos se contienen versos en castellano de distintas manos; ensayo de inscripciones para monumentos públicos; dísticos latinos; inscripciones de época visigoda de diversas localidades; poemas en castellano (de Gómez de Castro a Francisco Soto y viceversa); y breves composiciones en castellano y latín. APUNTES EPIGRÁFICOS CONTENIDOS EN EL MS. localizar hasta el momento no hemos encontrado mención explícita a inscripciones ^^. Creemos, no obstante, que pudo existir un intercambio de informaciones o fuentes comunes de obtención de datos -indudable en relación con las de Sevilla-; aunque eso no quiere decir necesariamente que, a pesar de ser anterior el testimonio de Gómez de Castro a la edición de Morales, la dependencia sea de éste con respecto al primero. Sin embargo, es, precisamente, el dato relativo a la inscripción de San Juan de Baños, y algunos otros, el que abre el interrogante sobre esta posible relación, como analizaremos en su lugar. Las noticias sobre inscripciones son las siguientes: 1-2: Sevilla: «Este año de 1565 cañando en Seuilla cabe San Bernardo se hallaron dos tumbas de muy lindo marmol. Dentro auia huessos y sendos vasos de vidrio llenos de cierto liquor, que no se entendió que era, mas estaua muy conservado. En la una tumba dize: Paula clarísima foemina fámula Christi vixit annos XXIIII menses duo. Era DLXXXIL En la otra tumba dize: El texto de ambos epígrafes se conoce sólo gracias a las copias realizadas en época renacentista, constituyendo la que aquí presentamos la de mayor antigüedad, pues se fecha en el mismo año del hallazgo de las piezas. Estos dos epígrafes se registran, igualmente, en un manuscrito anónimo de la Biblioteca Nacional, ms. 6149/38, fol. 114r-v, que fue estudiado por J. Gil (1971: 284), quien señala que se trata de una de las copias más fieles que poseemos al respecto de la lectura de estos monumentos. Además de la fidelidad de las lecturas, este manuscrito ofrece diversos datos de interés al respecto de las características físicas de ambas piezas. Gómez de Castro no registra más características de la pieza que la relativa al material del soporte -mármol-, aunque nada dice sobre sus medidas, decoración, características de letras o tipo de signos de interpunción, aunque la alusión que hace al hallazgo pone de manifiesto que la información de que dispuso fue muy similar a la de Ambrosio de Morales ^^. La lectura no presenta variantes con respecto a la transmitida en los repertorios de referencia, aunque presenta las abreviaturas desarrolladas con excepción de la relativa a kalendas, de la misma forma que hará Morales; pero, a diferencia de éste, ofrece la lectura duo en lugar de duos, como la da también el citado manuscrito 6149. Tampoco la distribución de líneas coincide con la de las fuentes manuscritas o impresas recogidas en los corpora de referencia; sin embargo, a este respecto hay que advertir que, como se indica tanto en ICERV como en IHC, para esta inscripción y para la siguiente, hay dudas en las fuentes sobre la división de renglones'^. En nota marginal, junto a la primera inscripción añade «hic ann 9 eadii Gotho Regis Tyra». Y en otra nota marginal, junto a la segunda: «ad hue Teu» ^'^.' ^ No exenta, en cambio, de intereses históricos, como la carta, ya estudiada por Gigas (1909), de Morales sobre la localización de Mentesa fechada en 1570.' "^ Seguramente se trata de una referencia a los años de reinado marcados en las fechas de las inscripciones, pero parece tratarse de un error, y estar intercambiadas, ya que la primera, del año 544, corresponde al gobierno de Teudis en su año décimo tercero (o décimo cuarto), pues fue rey del 531-548, a quien parece referirse la nota marginal de la segunda inscripción; en cambio, la fecha de ésta segunda corresponde a Atanagildo (rey del 555 al 567), ya que es el año 562 y, por tanto, su octavo año (no noveno); sin embargo la abreviación Tyra de esta nota marginal primera parece hacer referencia al año de reinado de un gothorum regís tyranni y debe recordarse que Atanagildo usurpó el poder, mediante una guerra civil y con ayuda bizantina, a Agila.' ^ Es importante destacar las dos fases détectables en el comentario de Ambrosio de Morales, ya que señala que hace algunos años aparecieron (frente a Gómez de Castro que dice exactamente «en este año de 1565») y que él las ha visto (quizá bastante después). Teudis) en una de dos sepulturas que pocos años se hallaron debajo tierra fuera de Sevilla, en aquel arrabal que está á la Iglesia de San Bernardo, en la qual, por ser las mugeres católicas y muy ilustres, las metieron. Yo las he visto y son grandes arcas de marmol, con sus cubiertas de otro marmol algo diferente, todo liso, sin ninguna pulideza. En cada una se halló una redoma de vidrio, que parece tuvieron algún liquor; mas ya estaba consumido del tiempo» (Gómez de Castro señala, en cambio, que está en buen estado). Como se dijo ya en el texto, creemos que la relación entre ambos autores es notable.'^ Podría pensarse en la distribución que ofrece Ambrosio de Morales que insiste en que ha visto las piezas, aunque es sabido que no ofrece siempre la distribución de líneas correcta. ISABEL VELAZQUEZ y ROSARIO HERNANDO Como en el caso precedente, su lectura resuelve todas las abreviaturas, salvo la referida a kalendas y, como se ha advertido, presenta también una distribución de líneas distinta. Sí presenta, en cambio, una variante de lectura y es la intercalación entre vixit y plus minus de annos, de manera que plantea la misma y extraña repetición que se registra en el referido manuscrito 6149: vixit annos plus minus anno s. A tenor de las coincidencias observables entre el manuscrito 6149 y la nota de Gómez de Castro, no cabe duda de que existe una relación entre ellos; tal vez, incluso, una vinculación directa, aunque el ms. 6149 anota los textos a renglón corrido y es una copia'^; pero puede afirmarse que parten de una fuente común, coetánea a Gómez de Castro, si es que aquél no depende de éste directamente. «En Cabra en la iglesia de San Juan esta un marmol quadrado escrito por los quatro lados con estas letras q. tienen muchas abreviaturas. Se trata de un ara moldurada, conservada en la sacristía de la iglesia citada y de la que hay unos. Suma de una carta en pergamino de la consagración de la iglesia de San Juan de Madrid, era MCXCII, inscripciones de sepulcros hallados en Sevilla, exposición de nueve alfabetos], s. XVI-XVII, 309 fols., papel, 315 x 320 mm. Copia de documentos recogidos por Pedro de Mármol. Ara sancta domini nostri lesuchristi' ^ Agradecemos sinceramente al Dr. Luis Balmaseda que nos haya enseñado los vaciados y el archivo de la citada colección. En el momento de cerrar este artículo no hemos podido localizar el correspondiente a la cara c (según la edición del GIL IIV5, 299, véase nota 21) ni las fichas de inventario; sin embargo, es curioso anotar que en el archivo de Góngora se reproducen los textos de tres de las caras, como de dos vaciados en escayola en el Museo Arqueológico Nacional, procedentes de la colección Góngora ^^. La pieza apareció en una iglesia de Zambra (así en IHC), o bien de el Campillo, en Cabra (así en CIL IP) -en cualquier caso en el antiguo territorio de Cisimbrium-, en torno al año 1550 y trasladada a la iglesia de San Juan de Cabra, en la que hizo de soporte de pila de agua bendita. Como en los casos anteriores, el testimonio de Gómez de Castro resulta ser más antiguo que las demás referencias recogidas en los corpora citados'^. Las variantes de lectura estriban en el desarrollo erróneo, por parte del autor, de la abreviatura dms, ante la cual él mismo duda y ofrece al margen una segunda posibilidad (según se ha transcrito, frente a la correcta de d(o)m(inu)s), y en la lectura de la era anotando DCXXVIII, donde se ve claro que el autor no ha sabido interpretar un nexo LXL, con una forma característica de inscripciones de esta época, proponiendo XX, frente a la lectura correcta DCLXLVIII, es decir, 698 de la era, correspondiente al 660 ^°. Merece la pena destacar que todos los editores de esta pieza aceptan unánimemente las restituciones propuestas por Pérez Bayer (1782-1785) y que coinciden con la lectura que presenta aquí Gómez de Castro y que da también Morales ^\ salvo en lo relativo a la distribución de líneas. inscripciones distintas, faltando la relativa a la cara c, que es, precisamente, la que peor se conserva.'^ Morales el primero, ya que Fernández Franco es citado apud Díaz Rivas ms. saec. Estense Universitaria, Modena, sign.: ms. estero 111 = a.G.7.2 ). ^° A pesar de la infrecuente secuencia LXL, ésta es la fecha que debe admitirse, dada la cronología del obispo Bacauda. Con todo, el error de lectura es comprensible, dada la forma de las letras. ^' Morales hace la siguiente observación (Lib. XII, cap. 28): «Yo pondré lo que yo leí en la piedra, y han leido otros hombres doctos y diligentes en todo género de antigüedad» (¿a quiénes se refiere?). Merece la pena comentar en este punto que Hübner en IHC 100 ofrece la lectura a partir de los vaciados de escayola citados (véase nota 18): «descripsi et ectypa sumpsi; unde de lectione constat praeter tituli 2, cuius periit magna superficiel pars» (es decir, la cara c). Aunque cita a Morales y otros autores a partir de él, sigue para la restitución de la citada cara la lección de Pérez Bayer: «Bayer viaje ms. f. Del mismo modo Vives en ICERV 308: «los suplementos de esta cara, de Pérez Bayer, quien debió ver la piedra en mejor estado, merecen absoluta fe». No obstante, la nueva edición del CIL lP/5, 299 presenta ahora una lectura completa de la inscripción, sin restituciones, con una distribución de partes distinta. «En San Román de Hornija dos leguas de Toro en la iglesia están estos versos en un pilar grande. Es también la primera noticia de la pieza. Es una lastra de mármol que efectivamente se encuentra sobre la clave de la puerta del Sol de la iglesia parroquial de Lebrija y está decorada con un crismou flanqueado por dos palomas. La lectura de Gómez de Castro no se ajusta a la distribución real de las líneas y no registra la última línea de escritura. Sin embargo, hay que hacer notar en este punto que las fuentes primeras que documentan esta inscripción, recogidas por Hübner (IHC 84) y Vives (ICERV 131), ofrecen la misma era que Gómez de Castro, DUI, hasta Ponz (1794)^2 y Murator (1824: 7, ex schedis suis, quizá del Cataneo, según Hübner), que ya dan DXXXIIL También señala Hübner que todos los autores, excepto Pérez Bayer, cuyo facsímil presenta, dan la lectura del nombre Alexandra, frente a Alexa(n)dria que es lo que se lee en la pieza^^ y que, como puede observarse ofrece Gómez de Castro, aunque con la abreviatura desarrollada como acostumbra. En cambio, todos ofrecen la lectura femina, como Gómez de Castro, si bien éste regularizándola en foemina, excepto Pérez Bayer, de nuevo, que presenta femena, según se ve en el facsímil. Gómez de Castro omite la última línea del texto, que continúa con la última sílaba de men/ses, y presenta men., como si hubiera interpunción y estuviese abreviada, cuando en esa última línea se lee: ses dece(m) recess [it in pace]. No deja de resultar curioso que Ambrosio de Morales finalice la inscripción con men. I, Caro como mensem unum y el propio Muralor menses... ^\ y que, según refleja el facsímil, en esta última línea sólo se lean parcialmente las letras conservadas. Por último, Gómez de Castro, al igual que hará ^^ Libro XVIII, carta 4^, n° 26. Corresponde al volumen último publicado postumamente en 1794 y concluido por Joseph Ponz, sobrino del autor. ^^ Ponz, en realidad, da Alexanda, aunque podría ser un error tipográfico. ^'^ Véanse las lecturas y variantes en el aparto crítico ofrecido en IHC 84. Ponz (loe. cit.), por su parte, con una distribución de líneas distintas, ofrece annos.duos.mensem, unum, como Caro. Evidentemente el texto corresponde al de la famosa inscripción fundacional de San Juan de Baños (ICERV3U, IHC 143). En este caso Gómez de Castro registra la correcta distribución en líneas del texto. La lectura presenta también el desarrollo habitual de las abreviaturas y la regularización de ciertas grafías, como en los casos anteriores, así Baptista por Battista, aeterno por eterno, nouem por nobem; también escribe la grafía loannes frente a lohannes que mantiene la inscripción y varía igualmente el nombre del rey ofreciendo Recesuindus por Reccesuinthus y transcribe erróneamente pwp/o por proprio. La variante más significativa, con todo, es la forma tertio por tertii; esta corrección fue la propuesta por Ambrosio de Morales y después seguida mayoritariamente por los diferentes editores; la expresión del reinado y la forma de datación han llevado a variadas y conocidas interpretaciones ^^, algunas más acertadas y otras menos, aceptándose que la lectura del año arrojaba la cifra de 661. Pero creemos que el estudio de Juan Gil (1978) sobre la fórmula de datación ha fijado de forma definitiva la misma en el 652. El trabajo de J. Gil, a pesar de ser citado, no termina de incorporarse definitivamente a la «literatura» erudita sobre la inscripción; aún se siguen barajando como posibles las dos fechas aducidas para la misma, la tradicional del 661 y la propuesta por J. Gil del 652, fecha a la que ya se había aproximado Fita ^^. En cambio sí la proponen y como parte del hilo argumentai de su exposición Barroso y Morín de Pablos 1996, con un argumento similar al que esgrimimos aquí, si bien estos autores para reforzar su estudio sobre los canecillos que sujetan la inscripción como parte de un programa iconográfico sobre el tema del bautismo y defendiendo la cronología tradicional de época visigoda de la iglesia. ble -' ^ y aclara satisfactoriamente el sintagma un tanto insólito utilizado en la expresión: tertii post dec(imu)m regni comes inclitus anno / sexcentum decies -era nonagésima-nobem; entendiendo tertii regni como año tercero del reinado y encabalgando anno con el verso siguiente, siendo la fecha anno /sexcentum decies nobem, a la que se ha intercalado la mención de la era era nonagésima (con elipsis de sescentesima). Así pues hay que entender el sentido del texto, según propone este autor, como «compañero ínclito del reino en su año tercero, después del décimo», en el año seiscientos diez veces nueve -en la era (seiscientos) noventa-^^. La cuestión de la fecha no es de menor importancia, dado que quedaría mejor justificada su inclusión en el códice de Azagra (Ms. 10029 de la Biblioteca Nacional), junto a versos de Eugenio de Toledo, que ocupó su silla episcopal hasta el 657, fecha en que murió y le sucedió Ildefonso, lo que podría si no adjudicar la composición del texto al mismo Eugenio ^^, sí vincularla a la actividad áulica del momento (Barroso y Morín de Pablos 1996: 189-190); aunque no sea éste un argumento definitivo, puesto que la compilación poética del precioso manuscrito debió elaborarse en varias fases reunidas probablemente más por azar que por sistema (Díaz y Díaz 1983: 51 y, especialmente, Vendrell 1979: 655-705), tiene visos de ser más que probable. No debe olvidarse que entre los poemas de Eugenio de Toledo hay más de uno susceptible de convertirse en texto epigráfico, entre ellos los epitafios compuestos para Chindasvinto y Reciberga, su nuera y esposa de Reces vinto ^°, lo que, creemos, no deja de ser ajeno a la cuestión que tratamos y sobre lo que volveremos inmediatamente. En cuanto a la inscripción misma de San Juan ^^ Remitimos a su estudio para una explicación completa y mención de paralelismos estilísticos. ^^ Véase también Gil 1973: 219, sobre el recurso estilístico utilizado en la mención de la fecha. ^^ Los Versi Ecclesia Snci lohannís se hallan en el fol. 69r. dentro del cuaternión XI del manuscrito, que transmite la serie de poemas denominada Appendix Eugeníana (salvo tres de ellos), dado que estos poemas fueron considerados en un tiempo de Eugenio de Toledo, cuya obra se transmite en este manuscrito. Los folios de este cuaternión son, no obstante, de la misma mano que los ocho primeros y constituyen con ellos la antología (sector A) más antigua del manuscrito, formada muy probablemente hacia el 680 en Toledo. Desde la edición de VoUmer (1905VoUmer (, reimpr. 1961) ) ^° Sobre la identificación de Reciberga como esposa de Recesvinto, y no de Chindasvinto, véase la edición de los poemas de Eugenio de Vollmer 1905de Vollmer [1961 reimpr.] reimpr.]: 251 y ahora Arbeiter -Noack Haley 1999: 258. de Baños -sea cual sea su procedencia real-, creemos que, a pesar de las tentativas de retrasar su cronología y hacerla de época posterior, puede defenderse perfectamente su autenticidad, en relación con la fecha indicada en ella, no sólo desde el punto de vista formal, sino del contenido. Antes de entrar en la consideración de qué significado puede tener la noticia dada por Gómez de Castro sobre la presencia de la inscripción de San Juan de Baños -o de una inscripción con idéntico texto-en San Román de Hornija, conviene llamar la atención sobre una cuestión que puede plantearse como hipótesis. ¿Por qué razón recoge Gómez de Castro estas cinco inscripciones, ninguna más, de orígenes diferentes, sin conexión unas con otras, salvo las dos primeras que aparecieron juntas? Que se justifique dentro del carácter misceláneo de sus manuscritos no explica suficientemente la presencia de esas cinco inscripciones concretas. Pensamos que una razón probable sería su evidente interés por la época visigoda, como lo muestra su estudio sobre códices relativos a concilios y la preparación de una edición de las Etimologías isidorianas, según indicamos antes; pero otra podría también ser la relativa novedad de los hallazgos. De tres de ellas sabemos con certeza que fueron encontradas en un tiempo cercano. Las dos primeras de Sevilla en el mismo año que escribe su anotación «En este año de 1565...» y, quizá, la noticia que le mueve a recopilar esos hallazgos. La de Cabra, sabemos que se encontró hacia 1550 en el territorio de Cisimbrium y fue trasladada a Cabra. De las otras no tenemos referencia concreta, pero unas palabras de Ambrosio de Morales podrían inducir a pensar que también el hallazgo de la de Lebrija es relativamente reciente (Lib. XI, cap. 31): «De mas adelante en tiempo deste Rey Theodorico es una piedra de sepultura, que agora se ve en Lebrija, villa principal cerca de Sevilla, encima la puerta de la Iglesia ^^ Tal vez agora sea por simple oposición a la época de la inscripción, pero tal vez sea porque se ve desde hace poco, en los tiempos cercanos a él. En cuanto a la inscripción de San Juan Bautista, la primera referencia a su existencia en la iglesia de Baños de Cerrato la proporciona Ambrosio de Morales en 1577. ¿Desde cuándo se conocía? ¿Fue «descubierta» en esta época, a pesar de llevar siglos allí? Pero Gómez de Castro señala en 1565 que se conserva una inscripción con el conocido texto en San Román de Hornija, en un pilar grande, sin hacer mención, en cambio, de la de Baños. ¿Recoge El subrayado es nuestro. Gómez de Castro esta información sobre Hornija porque es reciente, como ocurre con las tres primeras inscripciones que cita y, tal vez, con la cuarta? ¿Desconoce, además, la existencia de la inscripción de Baños de Cerrato? ¿Se trata de un error de localización de la inscripción, cometido por el autor? LA INSCRIPCIÓN DE SAN JUAN EN SAN RO-MÁN DE HORNIJA No es posible saber qué quiere decir exactamente el autor con «un pilar grande»; en principio parece que sería un elemento distinto del soporte de la inscripción de San Juan de Baños, pero también es cierto que la vaguedad de la información puede dar pie casi a cualquier conjetura. Hay algunos hechos que deben tenerse en cuenta para valorar el posible alcance de la noticia dada por Gómez de Castro. Debemos apuntar en primer término que la sospecha que tuvimos inicialmente al leer estos apuntes epigráficos del autor, de que se tratase simple y llanamente de un error (como hemos sugerido por medio de una pregunta en las líneas anteriores) no se ha desvanecido y, tal vez, sea la única explicación plausible, a pesar de que es en esta mención donde únicamente se detiene a anotar dónde está situada exactamente la localidad, «dos leguas de Toro» y, al igual que es correcta la información sobre la localización de las otras inscripciones, no habría por qué dudar de ésta, si no fuera por la evidencia de la existencia de la inscripción de San Juan de Baños, cuya colocación en la iglesia es coetánea a la construcción del edificio y unitaria con él, como creemos demuestran Caballero y Feijoo (1998). Pero si aceptásemos que la noticia de Gómez de Castro puede ser cierta, se presentaría una segunda posibilidad, que se tratase de una copia; que en San Román hubiese otra inscripción, no conservada, con el mismo texto de la de Baños de Cerrato. No sería descabellado pensar en ello, pero habría que suponer entonces que se fundaron dos iglesias por Recesvinto, una en Hornija y otra en Baños de Cerrato ^^ o que una (la de Hornija) fuese copia de la otra (la de Baños) y, por tanto, falsa. El principal escollo para suponer una fundación de una iglesia dedicada a San Juan en Hornija es ^^ Tal vez la importancia de un acontecimiento como la victoria sobre Froga -como supuso Fita y recoge J. Gil 1978: 92-lo justifícase, aceptando, como hacemos, la fecha del 652. Y tal vez esa importancia justifícase su inclusión en la antología originaria del Códice de Azagra. que, según transmiten los textos, en esa localidad se fundó un monasterio dedicado a San Román por Chindasvinto -aunque no se conserve nada de él-, lo que hace suponer que la iglesia estaba dedicada a este santo, originario de Antioquia, ya alabado por Prudencio en su Peristephanon y cuyo culto en época visigoda puede constatarse a través de la liturgia (García Rodríguez 1966: 214-216); esto dificulta la advocación a San Juan, salvo que, como ocurre en otras ocasiones, la iglesia de San Juan fuese un baptisterio, al lado de otra iglesia principal, formando una «iglesia doble» ^^. A pesar de esta dificultad en relación con la advocación a San Juan Bautista de una iglesia en (o junto a) San Román de Hornija, no debemos olvidar la existencia de una inscripción que mencionaba una deposición de reliquias de diversos santos, datable hacia el siglo x, hoy casi perdida por haberse reutilizado como pila de agua bendita (Arbeiter-Noack Haley 1999: 259) y que, según transmite Ambrosio de Morales, mencionaba, además de a San Román y otros santos, a San Juan Bautista: El casi absoluto vacío arqueológico que existe en torno a un posible origen visigodo de San Román de Hornija, dado que los restos conservados pueden remontarse a una iglesia mozárabe fechable hacia el siglo X, afecta no sólo a la presencia de una inscripción como ésta en ese lugar, sino a las noticias dadas por los textos -en concreto la continuatio de la Historia Gothorum que afirma: Cindasvinthus... extra Toletum pace obiit, in monasterioque sancii Romani de Hornisga secus fluvium Dorii, quod ipse a fundamento aedificavit, intus ecclesiam ipsam in cornuto per quatuor partes monumento magno sepultus fuit-y, por tanto, en la misma medida, a la fiabilidad de una y otros ^' ^. Ahora bien, el hecho de que apenas se conserven restos arqueológicos hoy por hoy adscribibles a épo-^^ Hecho nada infrecuente, por otra parte, y constatable, por ejemplo, en las conocidas iglesias de Nativola (Granada) y en diversos lugares, cf. sobre esto HEp 6, 1996, xf 587 y, sobre todo, el volumen monográfico de Antiquité Tardive 4, 1996. ^^ Tomamos el texto de Gómez Moreno 1919[1998]: 185. ca visigoda ^^ no quiere decir que no hubiese existido una fundación de un monasterio por parte de Chindas vinto en Hornija y que, como quiere la tradición, fuese pensado para ser enterrado allí él y también lo fuese después Reciberga, la esposa de Recesvinto ^^. Es precisamente la vinculación tradicional antigua de Hornija con Chindas vinto lo que hace tan sugerente la noticia de Gómez de Castro. Recordemos lo indicado líneas antes, que fue Eugenio de Toledo quien, entre otros epitafios, compuso los de Chindasvinto y Reciberga y recordemos que la inscripción de San Juan de Baños es un poema que, sin duda, debió componerse en el entorno y época de Eugenio de Toledo y que, como tal, pasó a la antología más antigua del Códice de Azagra, compilada en Toledo alrededor del 680. Puede pensarse, entonces, que Recesvinto mandó construir una iglesia con advocación a San Juan Bautista (¿un baptisterio?), junto al monasterio que había fundado su padre, siendo corregente con él. Creemos que la vinculación de unos datos y otros es algo más que casual. Los mencionados autores, Arbeiter y Noack Haley (1999: 258-261), en su reciente estudio sobre las iglesias altomedievales hispanas, consideran que los testimonios dados por Ambrosio de Morales en cuanto a que él vio algunos restos de la iglesia de época visigoda en Hornija pueden ser creíbles, a pesar de que ya no quede nada de ella. Y son precisamente los testimonios de éste los que procede recordar aquí, porque, aunque sea por casualidad, conectan ambas iglesias entre sí. Morales recoge la conocida noticia del enterramiento de Chindasvinto en Hornija y describe su ubicación, a lo que añade: «Yo vi la iglesia antigua de obra gótica con su crucero de quatro brazos, como lo describe San Ildefonso quando habla de su fundación. Mas por haber después querido ensanchar la capilla mayor, se ha perdido la forma de la fábrica antigua y sólo quedan muchas de las ricas colunas de diversos géneros y colores de marmoles que había en todo el edifício. Allí está la sepultura del rey en una capilla, en una gran tumba de marmol blanco, su cubierta de lo mismo. Letras no hay en la capilla ni en el túmulo. No obstante, según estos autores algunos capiteles y otros elementos pueden pertenecer a esta época. ^* Entre los restos arqueológicos expuestos en el interior de la iglesia actual de la localidad hay unos huesos humanos atribuidos a estos personajes reales. Arbeiter -Noack Haley 1999: 258 conceden fiabilidad a que estos restos, dado el análisis que se ha realizado sobre ellos, puedan pertenecer efectivamente a ellos. guo del Secretario Miguel Ruiz de Azagra, de quien dixe en su lugar, están entre otros epigramas los epitafios deste Rey y de la Reina, su mujer. Y no hay duda sino que el autor dellos es el arzobispo Eugenio, pues están entre sus obras». De este testimonio, por lo demás bien conocido, cabe deducir que la iglesia ha sufrido en esos años una profunda reforma -después de otras diversas ya desde lo que puede suponerse la gran transformación en torno al siglo x-; una reforma que ha desfigurado la «antigua fábrica» de la iglesia primitiva (aunque no sepamos si lo que vio Morales fue la construcción mozárabe o si había algún resto de época visigoda como indica). Ante la afirmación de Morales sería lícito conjeturar que en esa reforma pudo hallarse la inscripción de San Juan Bautista grabada «en un pilar grande» de que habla Gómez de Castro y que, sin duda, cuando visitó la iglesia Morales ya no se hallaba allí. No es más que una conjetura pero quizá no imposible. A este propósito la comparación que establece Ambrosio de Morales entre ambos lugares hace tentadora cualquier hipótesis de este tipo; al describir Baños afirma (Lib. XII, cap. 36): «Allí {se. Baños) fundó el Rey Recesvindo una Iglesia, con advocación de San Juan Bautista, el año de nuestro Redentor seiscientos y sesenta y uno, que fue el treceno de su Reyno, como él lo dice en la piedra de la dedicación, que está dentro de la Iglesia, la qual dura entera hasta agora con muestra de su antigüedad y forma y fábrica de Godos. Tiene muy ricos marmoles y jaspes de diversas colores, como los godos usaban y en la Iglesia del enterramiento de su padre {se. San Román de Hornija), como hemos dicho, parece. Y ya atrás dixe como estos dos Reyes, padre e hijo, creo cierto eran naturales de tierra de campos y el edificar este Rey {se. Recesvinto) allí esta iglesia {se. San Juan de Baños) lo confirma» ^^. Cabría una tercera posibilidad, pero hoy por hoy creemos que errática, dado que la inscripción de San Juan de Baños está instalada en la iglesia desde la construcción de la misma, como se ha indicado. Del apéndice documental existente sobre San Juan de Baños, que ofrecen Caballero y Feijoo 1998: 237-238, se deduce que ha habido diversas obras y remodelaciones, tal vez tantas que el resultado hoy visible de la paradigmática iglesia sea mínimamente parecido a su forma original, fuese de la época que fuese. Entre esas remodelaciones cabe destacar que hubo una precisamente en 1565 -fe-El subrayado es nuestro. cha de la nota de Gómez de Castro-que debió ser importante, según lo que de la noticia conservada cabe deducir: «que la socazen de por fuera y aderecen en todo lo que fuere necesidad e hagan sacar un lienzo de la parte del cierzo que se haga alto media vara a tres cuartas para que corra el agua afuera e no mojare a la iglesia e por la parte del aire al abrigo frio de la iglesia». Por otra parte, parece evidente que Ambrosio de Morales, a juzgar por sus afirmaciones, visitó personalmente tanto Hornija como Baños de Cerrato, aunque no sabemos en qué fecha, dado que estas inscripciones no quedan recogidas en la relación del viaje que hizo en 1572 a los reinos de León y Galicia y Asturias, por orden de Felipe II, precisamente para recopilar noticias de inscripciones, sepulcros reales y manuscritos ^^ y resulta extraño que no incorporase a esa relación las visitas a ambos pueblos y la mención de lo que vio en ellos; así habría que suponer que los visitó con posterioridad, y antes de 1577, fecha de la Crónica, donde ya aparecen citados. Del testimonio de Morales sobre Hornija, antes comentado, se deduce también que la iglesia de San Román fue reformada por esos años. ¿Las reformas prácticamente coetáneas de Hornija y Baños pudieron dar como resultado el «traslado» de la inscripción? La respuesta, en este caso, parece que debe ser negativa, pues la evidencia arqueológica de San Juan de Baños habla en contra de ello. ¿AMBROSIO DE MORALES VERSUS GOMEZ DE CASTRO? La comparación entre la nota de Gómez de Castro y los testimonios de Morales apunta a la posibilidad de un contacto entre ambos autores -habida cuenta de su amistad y correspondencia mutua-, o una fuente de información común, en relación con las cinco inscripciones concretas que recoge el primero. ^^ La relación de este viaje se conserva en los mss. 2063 y 7974 de la Biblioteca Nacional y fue posteriormente editada por H. Flórez en 1765: Viage de Ambrosio de Morales por orden del rey D. Phelippe II, a los reynos de León, y Galicia, y principado de Asturias para reconocer las reliquias de santos, sepulcros reales y libros manuscritos de las cathédrales y monesterios. No parece, en cambio, que Gómez de Castro viera personalmente ninguna de las inscripciones, a juzgar por su trayectoria biográfica, pero ignoramos cómo pudo conocer la información, por otra parte rápidamente adquirida, al menos en relación con los hallazgos más recientemente producidos de Sevilla. Podría pensarse en el propio Morales, pero todo parece indicar que la obtención de datos de éste es posterior a la de Gómez de Castro. Hay datos coincidentes -incluso omisionesque permiten suponerlo, especialmente la variante tertio en la fecha de la inscripción de Baños, cuando en ella se lee tertii\ la anotación marginal de Gómez de Castro del reinado de los reyes coetáneos a las fechas de las inscripciones de Sevilla, teniendo en cuenta que Morales las presenta en los capítulos relativos a la historia de Teudis y Atanagildo respectivamente ^^; incluso la omisión en ambos del encabezamiento de monograma, con alfa y omega, inserto en un círculo de la inscripción de Lebrija. Pero también hay datos divergentes bastante significativos. Sobre las inscripciones de Sevilla, ambos autores comentan que en cada uno de los dos sepulcros apareció un vaso (o redoma) de vidrio que contenía licor, según Gómez de Castro en bastante buen estado, según Morales, que advierte que «los vio», el licor estaba completamente consumido. Resulta sugerente pensar que Morales está corrigiendo tácitamente a Gómez de Castro (o a quien o quienes hayan facilitado esa información), apoyándose en que ha visto los hallazgos. Este dato sólo no sería suficiente, pero si lo unimos a la afirmación hecha sobre San Román de que él ha visto la iglesia y que «letras no hay en la capilla ni en el túmulo», da la impresión de que está, nuevamente de forma tácita, contradiciendo la información de Gómez de Castro (o, insistimos, posibles informaciones que circulasen sobre la existencia de una inscripción en San Román de Hornija). Es posible que esta lectura «entre líneas» sea exclusiva de quienes firmamos este trabajo, pero quizá haya algo de ello en los comentarios de Morales. En todo caso resulta chocante que ambos autores se silencien mutuamente y resulta también sorprendente que las noticias dadas por Gómez de Castro hayan quedado ignoradas desde entonces. Concluimos con nuestro propósito al iniciar este trabajo: ofrecer una información inédita sobre unos desconocidos apuntes epigráficos de Gómez de Castro' ^°, que consideramos tienen un interés intrínseco, y presentar esa desconcertante noticia de la presencia de una inscripción en San Román de Hornija con el texto fundacional conocido de la iglesia de San Juan en Baños de Cerrato, para que la sometan a valoración quienes conocen y están cualificados para juzgar tan famoso monumento arquitectónico. ^^ Recuérdese al respecto el error de intercambio de las notas de Gómez de Castro, apuntado en nota 14. ^^ Sólo mencionados en el conjunto de la descripción del manuscrito de Alvar 1980.
Presentamos en este artículo el Cd-rom Los iberos y sus imágenes, de reciente aparición en el mercado, cuya realización ha sido posible gracias a una subvención de la DGI-CYT, mediante un proyecto PETRI que ha implicado la colaboración entre el CSIC y la empresa informática MICRONET S.A. La génesis y el planteamiento del proyecto parte de la exposición itinerante La sociedad ibérica a través de la imagen, que guía la estructura general del Cd-rom, adaptada al nuevo soporte. Este proyecto plantea una indagación compleja sobre la imagen en la cultura ibérica, en el contexto de las culturas del mediterráneo antiguo. Desde este punto de vista, se ha realizado un riquísimo catálogo con más de 1500 imágenes de la Protohistoria ibérica que cronológicamente van del Bronce Final hasta la romanización. Se ha pretendido elaborar una obra que suponga una herramienta de trabajo para cualquier especialista en la materia y, por otro lado, un rico y actualizado apoyo documental para cualquier usuario interesado en la cultura ibérica, la arqueología, la historia o las religiones y mitos del Mediterráneo antiguo. GENESIS YECTO ^ Y PLANTEAMIENTO DEL PRO- La imagen constituye un campo ambiguo y difícil en los estudios de arqueología. Más aún si, como ocurre en el caso de la cultura ibérica, no contamos con documentos escritos que, expresa o indirectamente, la iluminen o apoyen. Algunos ven aún en la imagen un ámbito subjetivo de la investigación, que dejaría libertad a cualquier opinión improvisada y más o menos arbitraria. Otros optan por el recelo y se limitan a describir las imágenes de manera supuestamente aséptica, sin atreverse a emitir hipótesis alguna de interpretación. Pero ni la iconografía es el reino secreto y oscuro de la arqueología que se reserva a los iniciados, ni tampoco ese juego arbitrario donde todo vale. Al contrario, la iconografía constituye un sistema complejo de signos que se articulan en el espacio y en el tiempo de cada cultura. Como tal sistema la iconografía proyecta el pensamiento simbólico de una sociedad; forma parte de sus sucesivos imaginarios colectivos. Sus códigos figurativos conforman una práctica social, un uso compartido; se adaptan a unas pautas y tendencias -no tanto leyes-que en mayor o menor medida hoy resulta posible atisbar y establecer. Del campo complejo y sugestivo de la iconografía ibérica nos venimos ocupando desde hace más de diez años un equipo de investigadores del departamento de Historia Antigua y Arqueología en el Instituto de Historia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid. Esta línea de trabajo ha ido perfilando su camino a través de sucesivos proyectos de investigación. Las discusiones y tanteos han formado parte del proceso de búsquedas; seminarios y cursos diversos han encauzado un diálogo cambiante con la imagen ibérica. Una de las preguntas principales de este largo debate ha sido la interpretación de estos sistemas de signos, tan enigmáticos en algunos casos, de los que apenas poseemos otras referencias salvo las propias imáge-nes. Algunas de nuestras búsquedas han visto la luz en artículos y en publicaciones monográficas. Apuntamos en la bibliografía algunos títulos. En estas indagaciones se han hermanado las vertientes que llamaríamos más estrictamente científicas con las divulgativas. Ambas facetas forman parte del trabajo de investigación y constituyen un todo inseparable y dialéctico. Se enriquecen y proyectan mutuamente. No sabríamos discernir dónde comienzan una y otra faceta ni dónde establecer sus límites. La comunicación con otros ha iluminado cuestiones, imprecisas previamente, de nuestra tarea y ha enriquecido y perfilado nuestras búsquedas'^. Y, sobre todo, ha ampliado el campo de las preguntas, extrayendo de la investigación minuciosa aquel fondo que resta en las ideas de realmente esencial y relevante. También ha servido como proceso de autoapredizaje y de crítica. En esta discusión que se ha pretendido abierta se han apuntado las principales cuestiones de un método interpretativo en relación con la imagen de la antigüedad algunos de cuyos resultados vamos a analizar a continuación. Uno de los frutos principales de esta línea de investigación es el Cd-rom Los iberos y sus imágenes que aquí presentamos (Izquierdo, 1999; Izquierdo, Martínez Quirce, Mayoral y Morillo, 1998; Martínez Quirce y Mayoral, 1998; Olmos e Izquierdo, 2000a, b, c y en prensa). La realización del Cd-rom ha sido posible gracias a una subvención de la DGI-CYT, mediante un proyecto PETRI (proyecto de estímulo a la transferencia de resultados de la investigación). Según la filosofía de estos proyectos, se pretende que la empresa privada colabore en la difusión y comercialización de patentes y de resultados de investigación patrocinados y realizados desde organismos públicos. Esta colaboración no sólo ha llevado a la posibilidad de editar este Cd-rom, sino que nos ha abierto a una dialéctica entre lenguajes y métodos de trabajo completamente diversos: por un lado, la lógica del empresario (y la dinámica del mercado, la oferta y la demanda, que en última instancia regula y orienta el público al que se dirige el producto); y, por otro, el interés y la forma del discurso tan específicos a que estamos habituados, para bien y para mal, el gremio de los investigadores. Nuestro Cd-rom es en cierta medida reflejo de estas búsquedas y de estas diferencias. Veamos cuáles son algunas de ellas. la de la historia que es el mundo ibérico. Ensayamos, incluso, textos de carácter diverso como un cuento de corte clásico, que escribió Paloma Cabrera (M.A.N.) e ilustró con acuarelas Victorino Mayoral (U.C.M.) desde su conocimiento y evocación reflexiva del paisaje ibérico ^. La parcela del cuento nos abría facetas nuevas en la apropiación y evocación de la arqueología. Se plantearon también actividades varias, a través de un lenguaje multimedia. Se llegaron a diseñar reconstrucciones virtuales de yacimientos ibéricos, como la reconstrucción de un paisaje funerario monumental correspondiente a la necrópolis de Los Villares de Hoya Gonzalo (Albacete) o el recorrido de las murallas, calles y almacenes del poblado de La Quejóla (San Pedro, Albacete), cuyos guiones y diseño articuló Juan Blánquez (UAM). El mismo recorrido por la imagen ibérica se concibió como un paseo virtual por las Salas de un Museo imaginario a lo largo de las cuales nos aguardaban las imágenes ibéricas. Sin embargo, dada la envergadura de la vertiente científica, acordamos con la empresa dividir en dos productos diferentes este Cd originario que pretendía integrar los diversos niveles comunicativos. Lo que aquí presentamos es, por lo tanto, la vertiente más especializada y científica en forma de libro electrónico. Queda para un segundo momento el Cd didáctico. No obstante en este Cd final sobre imagen ibérica hemos mantenido un lenguaje claro e inteligible para el público culto no habituado a la jerga especializada de la iconografía y, en general, de la arqueología. La intención didáctica y abierta permanece y está latente en la concepción y guión de cada imagen y cada texto de este Cd que convencionalmente llamamos científico. Nuestro objetivo final ha sido, pues, la publicación de un libro científico de alta divulgación, que abra caminos tanto al estudiante, fundamentalmente universitario, que quiera introducirse en la iconografía del mundo antiguo, como a un público culto interesado en cuestiones mítico-religiosas e históricas de nuestra protohistoria peninsular en el contexto del Mediterráneo. Pero también se dirige al especialista en imagen y arqueología ibérica. Para cubrir estos objetivos hemos adoptado el lenguaje de programación del libro electrónico, que permite la combinación de textos e imágenes y que es sumamente flexible en la interrelación de los documentos, las búsquedas y la navegación, en general, entre los diferentes discursos. ^ El lector puede acercarse a este cuento «Las tres pruebas» en el libro colectivo coordinado por A. Perea, 1999, 125-142. LA ESTRUCTURA DEL CD-ROM LOS IBE-ROS Y SUS IMÁGENES El Cd-Rom supone una indagación compleja sobre la imagen en la cultura ibérica. Hay, primero, una intención documental, un deseo de reunir el mayor volumen posible de imágenes y de datos que muestren la globalidad de aspectos y manifestaciones de esta cultura. Frente a los límites habituales del libro, el formato de un Cd-Rom permite la tesaurización y acumulación de documentos. Desde este punto de vista, se ha realizado un riquísimo thesaurus con más de 1500 imágenes de la Protohistoria ibérica. El texto asimismo permite un caudal acumulativo: su estructura acepta digresiones e integra diferentes niveles de lectura, al no exigir la linealidad estricta de un libro. La inmensa bibliografía resultante -que el usuario puede consultar en un icono independiente, desde la barra del menú principal-es un indicio más de esta tesaurización. Sin embargo, el corpus no puede ser exhaustivo pues hubiera excedido los límites de nuestro esfuerzo. Sí es sobradamente comprehensivo y muy amplio. Ni pretende ni puede recoger -está claro-todos los exvotos o las esculturas, animales, monstruosas o humanas, en piedra; o la variabilidad inagotable de las imágenes cerámicas. No tendría sentido desde nuestro planteamiento: el bosque se convertiría en una selva. Pero, claramente sin ser un catálogo o un corpus tipológico, el Cd-rom asume las principales series, tipos y variantes del repertorio ibérico con el fin de presentar los aspectos estructurales y sociales que configuran su imaginario. Similarmente, la descripción del documento no puede ser exhaustiva sino selectiva: se guía, principalmente, por la interpretación iconològica. No pretende sustituir a los catálogos tradicionales sino abrir campos de luz en la lectura de la imagen ibérica y en su universo de relaciones y contactos. Hemos rechazado, pues, la acumulación por sí misma -hasta donde nos hubiera permitido la capacidad de un disco compacto-para no caer en un aluvión indiscriminado o incómodo de datos. Con todo, la documentación reunida es inmensa. En ella, los hilos que van guiando la amplísima selección que ofrecemos en este trabajo son, sobre todo, el análisis iconográfico y el propio discurso de las preguntas y de las propuestas interpretativas. En un laberinto de esta especie somos conscientes de que siempre faltarán aspectos olvidados o apenas insinuados. Pero el formato del Cd-Rom permite una ampliación y una revisión no excesivamente complicada y costosa en el plazo prudencial de unos años. Esta flexibilidad -junto a la enorme capacidad in-formativa-es una de las principales virtudes del nuevo medio que permite encauzar nuestro estudio y ordenación de la imagen. El análisis aquí desarrollado de la imagen entiende la cultura ibérica de una manera original atendiendo a sus propias características, pero situándola en el amplio marco de las culturas mediterráneas de la antigüedad. La imagen no se entiende en sí misma, sino dentro del proceso histórico y social que la arropa. Una imagen aislada apenas dice nada por sí sola, sin el juego de relaciones que van construyendo sus significados. La relación de la imagen dentro de su propio sistema y contexto -espacial e histórico-y las connotaciones de este sistema con las otras culturas coetáneas, principalmente las del mundo Mediterráneo, son las claves que van iluminando los diferentes usos y significados iconológicos. Sobre estas bases se formulan las hipótesis y las conjeturas. La génesis del proyecto parte de una exposición itinerante, La sociedad ibérica a través de la imagen, que desde 1992 circuló por museos y casas de cultura de España y de Europa (Olmos, 1992). Sienta, por tanto, sus cimientos sobre una experiencia al tiempo científica y museológica. El discurso iconográfico que constituye el núcleo o el punto de partida quedó establecido en el proceso de dicha exposición. Se resumía en torno a unas pocas preguntas-clave que trataban de situarnos en el punto de vista del espectador medio de nuestra sociedad, para introducirse enseguida en un método de lectura y atisbar luego las diversas formas de autorepresentación de una sociedad antigua como la ibérica. Estas son las cuestiones latentes bajo la trama: cómo podemos interpretar imágenes como las ibéricas, alejadas de nosotros en más de dos mil años y pertenecientes a esa tierra extraña del pasado; cómo se construye esa imagen, es decir, cuáles son los signos y sus combinaciones, las normas compositivas, sus códigos; y, por último, cuál es el contexto de la imagen y la relación y diálogo que la sociedad ibérica establece a través de su iconografía: es decir, sus principales usos y sentidos. La muestra planteaba, de manera sencilla, estas y otras cuestiones en la secuencia narrativa de un centenar de paneles. Cada panel constaba de un texto breve, acompañado de cuatro o cinco imágenes y de un mapa de localización de los yacimientos a los que aquéllas se referían. De este modo, el panel constituía un pequeño núcleo temático, que ha servido hoy como célula en el organismo iconográfico del Cd-rom. El antiguo discurso se adapta bien al nuevo soporte. La experiencia de la exposición nos sirvió para atisbar la validez y el alcance de este guión en relación con el público, amplio y diverso, que la visitó a lo largo de aquellos tres o cuatro años (1992-1995)^. Creemos que las preguntas de entonces siguen siendo interesantes y fecundas hoy día. Sobre este núcleo se elaboró una propuesta nueva (cuadro 1). Era necesaria una introducción general al mundo ibérico, que se encargó a especialistas de este ámbito. No se podía partir de la imagen sin hablar antes de los iberos y exponer qué es lo que los investigadores de nuestra generación opinaban del tema. A este primer gran bloque seguiría el núcleo central {Las imágenes de los iberos), que da paso al catálogo o repertorio de imágenes. Dentro de esta parte se presentan los distintos índices, que seguidamente veremos. NIVEL I -Introducción al mundo ibérico Textos de: Arturo Ruiz (Universidad de Jaén), Teresa Chapa (Universidad Complutense de Madrid), M. Paz García-Bellido (IH, CSIC, Madrid) y María Belén (Universidad de Sevilla). 1 -Las ciudades ibéricas y su territorio. -Iconografía de la moneda hispánica. 4 -La religión ibérica. -El santuario de Carmona (Sevilla). 5 -La muerte y el mundo funerario. Nivel II -Las imágenes de los iberos Textos de: Ricardo Olmos (IH, CSIC, Madrid) con la colaboración de Isabel Izquierdo (IH, CSIC, Madrid), Francisco Martínez Quirce (Madrid) y Trinidad Tortosa (IH, CSIC, Madrid). 1 -Un recorrido por la imagen ibérica. -Aproximaciones a unas imágenes desconocidas. -La interpretación de las imágenes importadas. -La búsqueda de un lenguaje propio. -La creación de una narrativa. Cuadro 1.-Estructuración general del Cd-Rom Los iberos y sus imágenes. Introducción al mundo ibérico Esta parte presenta sucintamente el marco histórico de esta cultura a través de los parámetros de "^ No se llevó a cabo, sin embargo, una valoración sistemática de la exposición mediante tests de comprensión de contenidos y lenguajes por parte del público. Sí hubo una valoración indirecta del contenido de los paneles a través de un vídeo a un público universitario, realizado en marzo de 1994 en un curso sobre imagen ibérica dirigido a postgraduados. Desarrolló el diseño y la valoración del test la doctora Ángela García Blanco, del Museo Arqueológico Nacional. Los resultados del test permanecen inéditos. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ espacio, tiempo y procesos sociales. Consta de cinco apartados: poblamiento y territorio; economía; comercio; religión; mundo funerario. Dentro del epígrafe «Economía» se ha incluido un texto monográfico sobre la moneda ibérica y su iconografía. Dentro del epígrafe «Religión» se ha incorporado otro breve texto sobre el santuario orientalizante de Carmona (Sevilla), donde el contexto ilumina un conjunto iconográfico de raíz fenicia de gran relevancia. Esta introducción, aunque es muy breve y sencilla, tiene una finalidad doble: contextualizar o arropar el campo iconográfico que se estudia detenidamente en la segunda parte; apuntarle al lector las principales pautas de la investigación actual sobre los iberos. Las imágenes de los iberos Se trata del núcleo fundamental de este Cd-Rom. Dentro de este nivel hay dos opciones: la primera ofrece un recorrido por la imagen que introduce de una manera global al lector en sus múltiples significados (se sigue, en una gran medida el recorrido lineal de una exposición). Ello permite la posibilidad de seguir un hilo narrativo, secuencial. Pero también se puede acceder a cada uno de sus subapartados temáticos de un modo totalmente independiente, de acuerdo con las preferencias o prioridades del usuario. El cuadro 2 refleja la estructura general de este bloque, que inmediatamente explicaremos. Aproximaciones a unas imágenes desconocidas. -¿Cómo acercarnos al universo figurativo ibérico? -Las primeras interpretaciones. La interpretación de las imágenes importadas. -Imagen griega, interpretación ibérica. -Originales mediterráneos e imitaciones ibéricas. -Imágenes mediterráneas en monedas. La búsqueda de un lenguaje propio. La creación de una narrativa. -El lenguaje ambiguo de la imagen -El lenguaje del espacio. -La imagen ¿espejo de la sociedad? 5. Cuadro 2.-Estructuración general del capítulo Un recorrido por la imagen ibérica. Este guión combina principalmente tres criterios: el historiográfico, el cronológico y el tipológico. La aproximación historiográfica parte de la pregunta clave y genérica de cómo acercarnos e interpretar unas imágenes de las que apenas tene-mos otras referencias que las que ellas mismas nos ofrecen. Tras las preguntas generales a modo de introducción o prólogo, «¿cómo acercamos al universo figurativo ibérico?» y «¿qué significan sus imágenes?», se expone una breve historia de la interpretación desde el siglo xvi (disquisiciones numismáticas) hasta nuestros días. Se incluyen, además, interpretaciones tan diversas como las aproximaciones románticas, etnográficas -con un guiño a las lecturas casticistas y populares-así como manipulaciones políticas y nacionalistas, entre otras. Dibujo, fotografía y descripción son analizados desde esta perspectiva historiográfica pues forman parte del proceso interpretativo. La dialéctica entre la referencia de los textos antiguos de los autores grecolatinos y la imagen ibérica -con sus posibilidades asociativas y sus caminos tantas veces divergentes-es un aspecto importante que está también presente en este apartado y en todo el Cd. En los apartados siguientes se analiza ya la imagen ibérica desde una óptica en parte histórica y, en parte, estructural. Se combina el criterio diacrónico con el sincrónico. La lectura diacrònica considera la génesis de la imagen ibérica en la multiplicidad y complejidad de la historia mediterránea, partiendo de los precedentes más inmediatos (apartado II) -alusiones al Bronce final, un desarrollo mayor en la época orientalizante y tartesia...-, incluyendo las importaciones del comercio mediterráneo y las imágenes de las llamadas «colonizaciones» y su apropiación local, etc. Los apartados III y IV se centran, siguiendo este hilo cronológico, en la propia cultura ibérica. Y se concluye con la romanización (apartado V). Como contrapunto, y a fin de proporcionar una visión más amplia de la iconografía prerromana en la Península ibérica, se dedica un apartado final -breve y altamente selectivo-a las imágenes celtibéricas (apartado VI). A este esquema que aceptamos como genéricamente evolutivo (precedentes; desarrollo; interrelaciones y consecuentes) se superpone un criterio tipológico-temático (apartados III y IV). En una exposición ahora ya sincrónica, se agrupan las imágenes, de manera jerarquizada -de lo más simple a lo complejo-y siguiendo categorías en gran medida tipológicas: signos geométricos; imágenes animales, vegetales...; imagen humana... Esta última se dispone, a su vez, por tipos y por escenas. A modo de ejemplos: hay un capítulo dedicado a los «elementos florales»; otro a las «esfinges»; otro a los «lobos»; otro a. las «damas sedentes»; otros a las «escenas de caza», de «sacrificio» o de «guerra», etc. A primera vista puede parecer que con estas ca-tegorías tipológicas imponemos a la realidad un corsé rígido y evolutivo basado en los criterios de «la taxonomía» y de «la cadena del ser». En la realidad no es así: tanto una lectura continua y detenida de los textos como las interrelaciones continuas a que nos abre el Cd-Rom nos asoman a una imagen ibérica versátil, mudable y fluida. Nuestro propio discurso trasciende continuamente los límites clasificatorios e, inevitablemente, los signos cruzan las fronteras taxonómicas y se combinan. El lector o usuario comprobará enseguida estas afirmaciones. Por un lado, él mismo podrá seguir el serpenteo de un mismo icono en los más diversos campos temáticos: a este camino de las interrelaciones volveremos más adelante, cuando hablemos del catálogo propiamente dicho. Pero, sobre todo, los mismos signos son mudables. Por ejemplo, los elementos geométricos -que parecen ocupar su lugar preciso en nuestro tanteo clasificatorio-se comportan o funcionan muchas veces como símbolos vegetales, cuando con ellos se construye una imagen: una secuencia o combinación de triángulos rayados o de círculos es una fórmula de la que puede servirse un ceramista, para resaltar la tectónica y enmarcar el campo figurativo de un vaso; para emular sobre un vaso los «gallones» de un modelo metálico; para representar el icono «flor». A su vez, los elementos florales a veces se utilizan para construir paisajes (el movimiento y fecundidad del mar se representan con roleos y flores). Y, con cierta frecuencia, aquéllos se integran y transforman en ornamentaciones animales y monstruosas, trascendiendo sus significados de acuerdo con los contextos. Un-motivo floral puede configurar incluso el esquema mítico de una barca solar, como vemos en una cerámica de Azaila (Teruel). La naturaleza ibérica -si es lícito utilizar este nombre abstracto-se muestra engendradora y metamórfica. A estas mutaciones atiende nuestro discurso de las imágenes. Es bien sabido que también el ámbito animal ibérico oscila entre el reino de lo fabuloso y de los monstruos, por un lado, y, por otro, el reino domesticado de lo humano. Un lobo puede funcionar, al modo de un león o de un grifo, como signo de oponente monstruoso en un enfrentamiento heroico (la lucha iniciática del héroe frente al león de época orientalizante a veces se transforma en un certamen del joven con un lobo); otras veces el lobo se muestra como ser devorador: a través de sus entrañas se realiza un tránsito al allende. Se subraya ahora su carácter de ser mediador y liminal, de los infiernos. En otras ocasiones -por ejemplo, en la cerámica de Elche-el signo del «lobo» funciona en imágenes de génesis y surgimiento, dentro de una representación de la naturaleza que suponemos cosmogónica ^. Otras veces aparece como signo o epísema aristocrático, decorando la coraza o kardiophylax del guerrero de La Alcudia de Elche. Podríamos prolongar estos ejemplos. La voz -o el icono «lobo»-adquiere significados y funciones diferentes; el ibero metaforiza una y otra vez sus sentidos. La sociedad ibérica otorga significados diferentes a signos formalmente similares. Estos son abiertos, receptores y creadores de significaciones. Y, situados fuera de contexto, obligadamente ambiguos. En consecuencia, las tipologías rígidas se disuelven en los ejemplos y cualquier criterio clasificatorio inicial se modifica y enriquece contextualmente. Pero, además, los signos pueden mantener (por conservadurismo o prestigio) su significado básico originario; o, al contrario, cambiar sus usos y funciones en el proceso social del tiempo. La dama ibérica, sentada o de pie, puede ser un signo eficaz en un santuario como el del Cerro de los Santos a lo largo de muchas generaciones: los oferentes repiten, por prestigio, gestos del pasado, que el artesano en todo caso esclerotiza formalmente. Por el contrario, un exvoto ibérico asume un gesto de libación nuevo, más propio de la iconografía itálica, en los ejemplos tardíos de la acrópolis de Sagunto: se apunta en ellos una innovación clara frente a los tipos de la tradición ibérica. Y hay sobre todo imágenes en que ambas tendencias coexisten para asumir significaciones diferentes: mantienen un rasgo tradicional, incluso un arcaísmo, junto con marcadas innovaciones. La pátera de Santisteban del Puerto (Jaén) combina la vieja concepción ibérica del lobo como animal devorador y de tránsito con la iconografía, ahora importada de la Italia republicana, del cortejo dionisiaco de érotes y centauros. Las mutaciones revisten una profunda significación histórica. Nuestro discurso del Cd-Rom trata de incorporar todas estos cambios de sentido que explican la versatilidad y riqueza de la imagen ibérica de acuerdo con los contextos y con la historia. La estructura tipológica no deja de ser, pues, un armazón artificial pero útil en el que acoplar la versatilidad y rebeldía de los datos dentro del camino laberíntico, con vueltas y revueltas, del discurso iconográfico. Hasta aquí hemos hablado de las posibilidades y dificultades de ordenar los materiales en un texto serpeante y de cómo las mismas imágenes, a través de su pluralidad de significados, nos remiten a ámbitos temáticos diversos. Está claro que un mismo documento puede integrarse, desde perspectivas di-R. Olmos, 1990. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://aespa.revistas.csic.es/ ferentes, en discursos distintos. De este modo, la dama de Elche puede figurar en el primer apartado historiográfico -cómo se ha descrito, cómo se ha dibujado o fotografiado; qué connotaciones nacionalistas asume y que reacciones casticistas ha suscitado; cómo ha servido su icono para construir las raíces de una historia nacional o el propio discurso sobre el arte ibérico-. Pero también esta misma imagen puede integrarse bajo el caparazón más tipológico: los bustos como monumentos funerarios, comparando a la Dama con los ejemplos de Guardamar de Segura (Alicante) o el más tardío busto del varón de Baza (Granada) con un similar orifício posterior. También la dama de Elche puede leerse desde una secuencia sobre el género: indumentaria, tocado, adornos...; la concepción ibérica de las damas, la expresión sagrada de lo femenino ibérico, etc. Asimismo, las escenas del complejo plato de Tivissa (Tarragona) se encuadran globalmente en los ensayos de un programa narrativo sobre una iniciación funeraria. Pero también sus diversas escenas se descomponen y analizan para integrarse, respectivamente, en el contexto de la caza y la lucha animal, o en el sacrificio. El mismo lobo del medallón reclama su voz propia. Pueden multiplicarse los ejemplos. Se anticipan con ello las riquísimas posibilidades de relaciones (por medio de hiperenlaces) que veremos a continuación en el catálogo. El Catálogo de imágenes El catálogo, que se presenta simultáneamente junto con este segundo nivel en la misma pantalla del libro electrónico, se ha concebido como un fondo documental o thesaurus, altamente especializado. Los registros del catálogo no se limitan a piezas, sino que recogen documentos de tipo diverso. De este modo, hay registros que constituyen verdaderos artículos o ensayos sobre temas iconográficos amplios -y no específicamente sobre piezas concretas-, como aquellos que reflexionan sobre la interpretación de la imagen ibérica desde el dibujo, la fotografía y la descripción; o la que refiere la historia de los estudios de iconografía de los iberos a través de sus principales protagonistas. Existen, por ejemplo, epígrafes bio-bibliográfícos dedicados a investigadores y eruditos que se han ocupado originalmente de imagen ibérica como es el caso de la figura de Antonio García y Bellido. Un registro analiza la clasificación iconográfica del Corpus Vasorum Hispanorum de Liria, etc. Hay un campo dedicado al tema de la falsificación y a la disyuntiva falso/verdadero, que apunta a la fragilidad del cono-cimiento, a la manipulación de la historia y, en definitiva, a nuestro proceso de construcción interpretativa. Pero, por lo general, los registros equivalen a objetos o imágenes individuales o incluso a aspectos parciales de dichas imágenes, como en el citado ejemplo de la pátera de Tivissa, a la que podemos acudir en el catálogo tanto desde su lectura global y unitaria como de forma parcial, siguiendo su descomposición en las sucesivas escenas del friso. En este caso diferentes números de catálogo envían al mismo objeto desde análisis y ópticas diferentes ^. El contenido de los registros se anuncia en los títulos. Los títulos incluyen a veces las clásicas denominaciones que aparecen en la literatura especializada y que han sido asumidos por la investigación. De este modo se mantienen algunas de las denominaciones o apelativos originales con lo que aún conocemos los vasos de San Miguel de Liria (Valencia): «vaso de los guerreros», «vaso de la sardana», «vaso de la danza guerrera»'°. Pero, generalmente, empleamos denominaciones más asépticas, que, en lo posible, aglutinan un contenido diferencial y descriptivo: «Exvoto de mujer desnuda, sonriendo y mostrándose, del santuario de Castellar de Santisteban (Jaén)» o «Caja o urna cineraria con ciervas y árbol de Toya (Jaén)». Ello permite, en gran medida, anticipar la pieza al lector que acude al índice, distinguiéndola así de otros exvotos o de otras urnas. Esta descripción contiene asimismo elementos descriptivos de tipo iconográfico que constituyen el núcleo del índice analítico, al que enseguida nos referiremos. Cada registro incluye inicialmente una ficha-tipo con los datos básicos de los documentos: definición, soporte material, localización geográfica, contexto arqueológico, dimensiones generales, lugar de conservación, cronología propuesta -muchas veces obligadamente imprecisa e insegura-, y bibliografía, así como las posibles comparaciones y asociaciones que surgen de todo documento arqueológico. A la ficha sigue una lectura iconográfica: el análisis, la descripción y la interpretación se funden en una secuencia única e inseparable (no mantenemos' ^ En el catálogo esta remisión a diferentes análisis del objeto se realiza a través de la abreviatura «cf.» seguido del número de registro correspondiente.'° La mayoría de estas denominaciones forman parte asimismo del discurso historiográfico y deben ser asumidas críticamente, como características de una época y de un modo de pensar la imagen y la arqueología: algunas revisten un peculiar carácter casticista o continuista de la historia («vaso de la sardana») o peligrosamente trivializador («vaso de la Pepona», referido al conocido recipiente de La Alcudia de Elche con el rostro frontal), que auna nuestra perplejidad y condescendencia modernizante ante la seriedad y solemnidad de la imagen. la vieja e inútil división entre descripción e interpretación, que tanta rémora ha supuesto para la explicación y comprensión iconológicas). El texto insiste en la capacidad connotativa de la imagen, es decir, en la riqueza de sus significados y en su posibilidad de asociaciones. En esta descripción, amplia, pueden aparecer disgresiones y comparaciones relacionadas de modo muy diverso con la pieza, de carácter formal o conceptual, tanto con otros ejemplos del mundo ibérico, como incluso, con paralelos (basados en la analogía o en el contraste) de otras culturas del Mediterráneo antiguo. Cada documento crea en torno a sí mismo una constelación de relaciones que mutuamente se configuran y sustentan. Se crea, por tanto, un discurso o una trama densa y serpenteante en la cual el documento iconográfico nos ofrece una multiplicidad de relaciones y de significados. De esta descripción-interpretación surge la pluralidad de combinaciones con otros documentos del corpus a los que se puede acudir mediante los denominados hiperenlaces, que en el texto se resalta con un número que hace referencia al registro de la base de datos del libro electrónico. De esta manera, el usuario puede «navegar» o trazar infinitos recorridos a través de las relaciones, las analogías, las evocaciones, los contrastes... El Cd-Rom actúa así como un libro continuamente abierto e inacabado. Los índices ofrecen posibilidades diversas de acceso a la información. La elaboración de estos índices se ha basado, por un lado, en los datos de las fichas descriptivas de cada documento y, por otro, en el título que encabeza y describe sumariamente cada registro. A través del índice general temático se puede acudir al discurso general o narrativo sobre la imagen ibérica. El índice desplegado muestra, pormenorizadamente, el listado de títulos de todos los documentos, principales y asociados, que constituyen los números del catálogo. Ya hemos indicado que estos títulos concentran el contenido descriptivo. En la información del título se incluye además la procedencia del documento: «Fragmento de terracota de mujer con huso de la necrópolis de Coimbra del Barranco Ancho de Jumilla (Murcia)». Pero hay además otras posibilidades de búsqueda. El libro electrónico ofrece para ello tres índices: Incluye las referencias a los lugares de procedencia de las piezas del catálogo. Incluye las referencias a los museos y colecciones, nacionales e internacionales, de las piezas del catálogo. Incluye las palabras-clave de los temas y motivos iconográficos. A través del índice topográfico se pueden realizar búsquedas, por ejemplo, de todos los documentos contenidos en el Cd-Rom del yacimiento de Toya (Jaén) o del Cerro de San Miguel de Liria (Valencia), etc. Similarmente, desde el índice museístico, el lector podrá acudir a todas las piezas que se mencionan conservadas en el Museo Arqueológico Nacional, en la Colección Emeterio Cuadrado de Madrid, etc. El índice analítico recoge aquellos términos y expresiones que se encuentran en los títulos del catálogo. Por ejemplo: desde expresiones simples como «diosa» o «dama», nombres propios como «Tanit» o «Astarté», objetos como «lanza» o «falcata», gestos, actitudes y acciones como «oferente», «amamantar», etc. Se trata de un pequeño diccionario de voces sobre imagen ibérica. Es el germen, de modo muy reducido, de lo que un día podrá ser un gran diccionario de imagen y religión ibéricas, al que aludiremos en el último apartado de nuestro texto. Del árbol general surgen además dos iconos: Uno de ellos, en formato de libro electrónico, permite visualizar cerca de dos centenares de localizaciones topográficas -MAPAS-, citadas en el catálogo, siempre referidas a la Península ibérica. El documento de texto llamado BIBLIOGRAFÍA comprende alrededor de 1.500 títulos, ordenados alfabéticamente por autor, con un acceso fácil y automático. Ofrece una referencia actualizada sobre iconografía ibérica y mediterránea. En definitiva, hemos pretendido elaborar una obra que suponga una herramienta de trabajo para cualquier especialista en la materia y, por otro lado, un riquísimo y actualizado apoyo documental para cualquier usuario interesado en la cultura ibérica, la arqueología, la historia o las religiones y mitos del Mediterráneo antiguo. El estudio de la imagen en su contexto permite afirmar que este Cd-Rom trasciende el campo de la iconografía en su consideración tradicional. No es un mero repertorio de imágenes ni un simple catálogo de referencias. Introduce la perspectiva metodológica con propuestas nuevas de lectura de la imagen ibérica; explicita y analiza los códigos de los diferentes lenguajes iconográficos. En síntesis, nos encontramos de hecho ante una obra sobre la cultura ibérica, que vemos principalmente proyectada simbólicamente, es decir a través de la representación de su universo imaginario. Estamos lejos de considerar en este libro electrónico Los iberos y sus imágenes una obra cerrada y definitiva. Por un lado, queda pendiente el reto didáctico que se desmembró del proyecto originario: lograr esa ruptura con nuestro lenguaje especializado y elaborar un guión sumamente sencillo y atractivo para un público que sea, efectivamente, muy amplio; explicar nuestra visión de los iberos a la sociedad actual; ayudar a integrar esta nueva perspectiva en un paradigma moderno colectivo sobre esta pequeña parcela de la historia, con la pretensión de eficacia que lograron nuestros antecesores del siglo XIX en sus Historias de España. Esta tarea puede encontrar el cauce más tradicional de un libro -ya escrito por nosotros como guión del originario Cd Rom^^-o, de nuevo, optar por las posibilidades del formato electrónico. Simultanear ambas opciones parece lo más recomendable. Pronto se anunciarán las opciones. Queremos ahora resaltar un segundo aspecto, el que se refiere al carácter abierto que debe tener un Cd-Rom de investigación de las características del que hoy aquí presentamos. El campo de la imagen se amplía continuamente y nuevos documentos y nuevas interpretaciones siguen transformando, día a día, nuestras perspectivas. El paradigma de lo ibérico queda aún lejos de estar cerrado. Más bien, estamos aún asistiendo al proceso mismo de su configuración. En este sentido es deseable que nuestro Cd-Rom responda a esta corriente inacabada, fluida y en continua recomposición de la investigación. Su estructura lo permite. No deben acabar en este libro las perspectivas a largo plazo de nuestra línea de investigación. La investigación actual de la cultura ibérica está modificando muchas de las propuestas que se aceptaban hasta la fecha. El conocimiento paulatino del poblamiento y del territorio; la dinámica social, la evolución del poder aristocrático, sus complejas formas de autorrepresentación; las relaciones históricas que se establecen dentro del ámbito del Mediterráneo con la dialéctica económica y política que cada época realiza y expresa de modo diverso (interacciones con el comercio fenicio y griego, con el norte de África; las respuestas al mundo itálico y a Roma, etc.). El discurso de la historia modifica necesariamente nuestra concepción de la iconografía. Lo que se inició, años atrás, como una lectura de los códigos iconográficos de la imagen, reclama ahora cre-cientemente una aproximación integral de aquellas propuestas en la dinámica social y económica de los espacios y los tiempos ibéricos. La publicación de este Cd-Rom deberá provocar una discusión y contraste de lo que aquí decimos al entrar en diálogo con otras investigaciones paralelas. Sin ese diálogo futuro nuestra investigación habrá sido, en cierta medida, estéril. Pero, sobre todo, el Cd-Rom nos ofrece el germen de un proceso más ambicioso y colectivo que sólo podrá llevarse a cabo con el esfuerzo amplio de muchos investigadores. Queremos anunciar la elaboración de un léxico de iconografía prerromana de la Península ibérica (Léxico LYNX) que uno de nosotros ha expuesto ya recientemente en el foro internacional de una revista científica ^^. Este proyecto tiene como objetivo el análisis de los diversos imaginarios que constituyen las culturas de la Penínula Ibérica a lo largo de todo el primer milenio a. C. Estimamos en, al menos, mil quinientas voces el campo semántico que debería cubrir este léxico que busca integrar las diversas facetas y ópticas de la investigación (arqueológico-históricas, lingüísticas, epigráficas, numismáticas, etnológicas, etc.) por medio de un diálogo generador de relaciones y propuestas nuevas. La base documental de este léxico sería la imagen de las culturas de la Península Ibérica. La experiencia metodológica y práctica del actual Cd-Rom sienta las bases y los criterios para el futuro proyecto del Léxico LYNX. Varias son las posibilidades que se hayan en el germen de esta obra. La primera es la redacción de un libro que sirva de introducción a la iconografía ibérica -o prerromana, en general-, lectura que debe partir principalmente desde una reflexión del método. En esta presentación de nuestro trabajo hemos aludido, sumariamente pero con insistencia, a la corriente metodológica que permea nuestras propuestas. Estas continuas intrusiones en los aspectos del método requieren un libro introductorio que reúna y organice nuestra reflexión y síntesis sobre los aspectos, en gran medida teóricos, de un análisis de la imagen ibérica. La segunda tarea es la integración mayor de la cultura ibérica en el Mediterráneo antiguo (un Mediterráneo en sentido amplio, no restrictivo). Sin esa discusión permanente con el mundo etrusco, itálico, púnico y norteafricano, griego, romano o céltico..., será difícil ir mucho más allá en nuestro limitado horizonte de conocimientos y métodos. Las diferentes culturas antiguas se relacionan de manera más íntima y profunda de lo que aún logramos sospe-" I. Izquierdo, V. Mayoral, R. Olmos y A. Perea, en prensa. Las conexiones y los cruces son constantes. Bien evitados comparatismos y difusionismos reduccionistas, las asociaciones son iluminadoras. Sin el contraste con otros sistemas no conoceremos nuestro propio ámbito. Deberemos hacer propio el famoso dicho de Goethe sobre las lenguas: «Wer eine kennt, kennt keine» («Quien una sola conoce, no conoce ninguna»). Existen cauces internacionales para esta discusión, programas europeos que deberán promoverse colectivamente. Y, por último, en una perspectiva temporal necesariamente amplia, aludamos aún a la realización colectiva del Léxico LYNX que aquí anunciamos. Un trabajo de este tipo no se puede realizar sin la participación de múltiples especialistas que elaboren las diferentes voces bajo la coordinación y unificación de un comité de redacción y un comité de expertos. Pero tampoco podrá llevarse a término un Léxico de esta envergadura sin una infraestructura humana que lleve a término el establecimiento y seguimiento de la base de datos informática y, en especial, el tratamiento adecuado de todos los registros iconográficos y textuales. Ello requiere una continuidad laboral a largo plazo. Aquí radica la principal dificultad que hoy vemos para un proyecto de esta envergadura, proyecto en el que se tratan de superar los límites individuales de la investigación para transformarse en una empresa colectiva. En la organización de su gestión tal vez hayan de centrarse los principales esfuerzos de nuestra línea científica durante los próximos años.
Las Publicaciones del Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia están dando muestras de ser un gran proyecto. Dentro del Catálogo del Gabinete, con cuatro series (I. Antigüedades, II. Monedas y Medallas, III. Esculturas, Cuadros y Grabados, IV. Documentación), han aparecido siete volúmenes de la serie IV, están en prensa cuatro más y otros dos en preparación. En prensa están los volúmenes correspondientes a: Cataluña; Castilla y León; Valencia y Murcia; Baleares, Canarias, Melilla, Gibraltar. En origen, el conjunto documental debía seguir la división provincial (como mínimo desde 1833), aunque su actual publicación responde a criterios de viabili-dad institucional, básicamente por autonomías. Completarán la edición un volumen referente al extranjero (Europa, América, Asia y resto de África), otro de documentos españoles («Generalidades») que, por su naturaleza, no han podido ser incluidos en los volúmenes anteriores (ambos en preparación), y finalmente un estudio de conjunto con los correspondientes índices generales. También está previsto publicar, en formato CD-ROM, todos y cada uno de los documentos que componen el Archivo de la Comisión de Antigüedades con sus respectivos índices. El tipo de documentación catalogada es amplio (manuscritos, fotografías, dibujos y planos) y de temática variada, que va de lo relativo a la conservación y derribo de monumentos hasta las noticias de hallazgos arqueológicos de todo tipo (aunque predominan los de época romana y medieval) pasando por todo lo referente a los Monumentos Nacionales, los restos mortales o los monumentos de personajes célebres, la venta de bienes muebles e inmuebles y la creación de Museos de Antigüedades. Todo ello presentado en fichas según las normas archivísticas al uso (signatura, fecha, contenido, autor, destinatario, personas aludidas, cargos, entidades, materiales, lugares, cronología, observaciones). Conviene aclarar no obstante que cada ficha está ordenada siguiendo el número de los expedientes y éstos, a su vez, por la fecha de su documento más antiguo. Ello provoca que, en muchos casos, las fichas no sigan un estricto orden cronológico ascendente. No se trata de una mala elección, ya que el expediente, de manera coherente, agrupa documentos sobre un mismo asunto aunque sean de fechas diversas. De hecho, la misma existencia de un índice cronológico, en el que las fichas aparecen ordenadas efectivamente por fechas, sólo adquiere sentido una vez advertida esta particularidad. Un catálogo de poco sirve sin unas buenas herramientas para su consulta. Y en este aspecto, aparte de un mapa de lugares a los que hace referencia la documentación y un gráfico cuantitativo y cronológico del fondo documental, cada volumen dispone de cinco índices: instituciones, onomástico, lugares, materiales y objetos, así como el cronológico ya mencionado. Quien nunca se haya visto atrapado en la elaboración de este dpo de bases de datos no puede imaginarse las dificultades que entrañan y las energías que consumen. Sólo lamentar que en los índice de figuras no conste el número de página. Cada conjunto documental va precedido de una pequeña introducción en la que, por lo general, se destacan los aspectos mas importantes de la documentación catalogada (temas, ritmos, etc.), los personajes claves y los datos bibliográficos más útiles de cada zona. A destacar especialmente la de Navarra (de A. C. Lavín) y Extremadura (de J. y S. Celestino). Aunque no sea el objetivo de estos textos ni la finalidad estricta del catálogo, su lectura y consulta plantea de nuevo la importancia real de las Comisiones Provinciales de Monumentos. Comentario aparte merece la historia de la Comisión de Antigüedades (J. Maier, vol. 4.1 Madrid,. A mi parecer, en vez de estructurar parte de los hechos siguiendo criterios políticos (Carlos IV, Fernando VII, regencia e Isabel II, sexenio revolucionario, II República y franquismo), habría sido más conveniente tratar primero de la Academia del Anfiguo Régimen (1792-1833), en segundo lugar exponer los cambios introducidos por el Estado liberal (1833-1900) y, por último, explicar la paulatina decadencia de la Comisión a partir del momento en que se produce la intervención directa del Estado en la gesdón del Patrimonio (1900 en adelante). Hecha esta salvedad, el estudio nos acerca a la Comisión de Antigüedades, sección o departamento de la Real Academia En un principio la Comisión se ocupaba de recogida de datos y estudio crítico de los mismos para ilustrar la historia de España así como, a partir de 1803, de reconocer y valorar los descubrimientos arqueológicos (véase Apéndice 3). A partir de 1847 la Academia remodelo sus estructuras para intentar controlar la inspección de antigüedades frente a las Comisiones Provinciales de Monumentos, órganos del Ministerio de Gobernación y las Diputaciones. Universitat Autònoma de Barcelona César Fornis, Estabilidad y conflicto civil en la guerra del Peloponeso. La publicación de la tesis doctoral de César Fornis, que recoge, sin embargo, modificaciones y actualización bibliográfica con respecto a la misma (como señala el propio autor), es uno de los pocos estudios que se han realizado (en nuestro país) de la historia de la guerra del Peloponeso, desde la perspectiva, además, de dos potéis. Corinto y Argos, que no son los hegemones «protagonistas» de la contienda, Atenas y Esparta, pero que tienen un papel fundamental en la misma. El mérito y el objetivo de la obra han sido profundizar en la historia social de ambas poleis durante estos años de guerra (hasta el 414) en un estudio que ensambla y entreteje la política exterior llevada a cabo por Corinto y Argos y los acontecimientos externos en los que se ven implicados, con los cambios sociales de esos años en ambas ciudades-estado., 73, 2000 RECENSIONES 321 tiene para el conocimiento profundo de la sociedad, la economía y la política de Corinto. La obra de César Forais de las sociedades argiva y corintia durante este período de guerra tiene el mérito, además, de presentarnos un estudio rico y documentado, teniendo en cuenta la escasez de fuentes para estudiar ambas poleis en esta época (y en general en toda la Antigüedad), que se nutre también de un análisis y valoración minuciosos y elaborados de las circunstancias de la guerra, las motivaciones y causas, la logística e implicaciones en los distintos sectores de la sociedad, así como la actuación y significación de ciertos personajes que destacan en ella, como Alcibíades, siguiendo la pauta (aunque también de forma crítica) de la fuente principal para nuestro conocimiento de la guerra del Peloponeso, Tucídides. En este sentido el autor trasciende en ocasiones el enfoque particularista derivado de un estudio centrado en dos poleis concretas (Corinto y Argos) para presentarnos una visión más global de las principales líneas y motivaciones de la guerra y las consecuencias de la misma. En definitiva, la obra enriquece nuestro panorama de los estudios de este período, particularmente de la historia social y las implicaciones y consecuencias que la guerra del Peloponeso tiene en el seno de la sociedad griega, entre los que destaca de manera especial, por su profundidad y riqueza, la obra de D. Plácido sobre la sociedad ateniense {La sociedad ateniense. La evolución social en Atenas durante la guerra del Peloponeso, Barcelona, Crítica, 1997), punto de referencia también para el libro de César Fornis. Por último, el autor trata de forma exhaustiva y crítica la bibliografía principal sobre el tema, de la que se puede encontrar, además, un excelente y actualizada recopilación en la edición de los anejos de Tempus de D. Plácido, C. Fornis y J.M. Casillas {La guerra del Peloponeso, Madrid, Ediciones Clásicas, 1998). En 1994 tuvo lugar en Béziers el primer coloquio Cité et territoire cuyas actas fueron publicadas en 1995; aparece ahora un segundo volumen que recoge las intervenciones de la segunda reunión bajo el mismo título. Diversos especialistas presentan aquí sus aportaciones a un tema clásico en las investigaciones sobre la Antigüedad, aunque permanentemente revisado y reorientado. El eje de ambos coloquios era un debate sobre la relación del antiguo Béziers con su territorio, presentando diversas aproximaciones y los resultados concretos obtenidos. Pero esta discusión se amplió gracias a contribuciones sobre otras regiones o sobre cuestiones más precisas. En el primero de ellos Monique Clavel-Lévêque presenta una visión sintética de la organización del territorio colonial de Béziers, prestando especial atención a la implantación de centuriaciones y al papel de la red de comunicaciones como elementos de articulación del espacio, algunos de cuyos rasgos han pervivido a lo largo del tiempo. Los trabajos de Laurent Vidal y de louri Bermond y Christophe Pellecuer se centran en la organización del poblamiento y de la explotación del medio rural en torno a las villae. L. Vidal se ocupa del estudio de la villa de La Domergue (Sauvian), de la producción y la organización del espacio agrario articulado desde ella y su evolución (parce-lario, caminos, elementos de delimitación, etc.). Por su parte, I. Bermond y C. Pellecuer tratan el poblamiento rural en un sector costero, en el límite entre los territorios antiguos de Béziers y Nimes, la zona del estanque de Thau; en ella son relativamente abundantes las villae altoimperiales y sus dominios son estudiados desde una perspectiva diacrònica y en relación con el desarrollo de aristocracias coloniales. El segundo bloque incorpora trabajos relativos a regiones distintas y algunas cuestiones temáticas. De nuevo el territorio de Béziers sirve como arranque, con un estudio parcial, a partir del registro arqueológico, de la pars rustica del yacimiento imperial de Les Juriéires-Basses (Puissalicon) realizado por S. Mauné, C. Sanchez, V. Forest, L. Chabal y A. Bouchette. La aportación de F. Vermeulen, M. De Dapper y T. Wiedemann, sobre el territorio antiguo de Pessinonte (Anatolia central, Turquía) entre los siglos Vili a. C, propone una perspectiva geo-arqueológica en el estudio de las relaciones ciudad-campo y del aprovechamiento del medio rural, integrando prospecciones arqueológicas, geografía histórica y física, estudios paleoambientales, antropología cultural y fuentes históricas. Los sistemas de información geográfica (SIG) se muestran aquí como una eficaz herramienta para tratar los datos arqueológicos, geográficos, geológicos y geomorfológicos diacrònicamente. E. Fouache, C. Müller, Y. Gorlov y V. Gaïbov presentan los primeros resultados del proyecto de investigación desarrollado en la península de Taman (Rusia), en el Mar Negro, sobre el establecimiento de la chora de colonias griegas arcaicas. El punto de partida es una revisión de datos geomorfológicos esenciales para abordar el análisis histórico. La ordenación de los antiguos territorios coloniales mediante posibles catastros ocupa el resto del trabajo: a partir de los parcelarios actuales se detectan trazas de posibles divisiones antiguas cuya cronología y articulación con el poblamiento antiguo se desconocen por ahora. La villa in Tuséis de Plinio (Colle Plinio, San Giustino, Umbria) es tratada por Paolo Branconi teniendo en cuenta los resultados de las excavaciones recientes y ubicándola en su contexto territorial en el valle alto del Tiber; el autor presta aquí atención a la relación de la villa con estructuras catastrales identificadas y se analizan las características de los espacios agrarios explotados desde ella y la producción de este dominio, conjugando los datos arqueológicos con las referencias suministradas por el propio Plinio en sus textos. Cierra este segundo bloque un trabajo de Anne Roth Congés sobre técnicas de agrimensura a partir de la interpretación del texto de M. lunius Nypsius Limitis repositio; de los diversos temas abordados en este tratado interesa en estas páginas la uariatio, necesaria para construir redes catastrales apoyadas sobre una diagonal (vía, río, etc.) y en renormationes. En el tercer apartado se agrupan colaboraciones relacionadas con la jerarquización del poblamiento y con los estatutos jurídicos. Desde este ángulo consideran Stéphan Mauné y Claire-Anne de Chazelles el poblamiento prerromano y romano del territorio de Montlaurés (Narbona, Aude) y las relaciones entre este oppidum indígena y la ciudad romana de Narbona. Michel Christol ofrece una síntesis sobre las ciudades romanas de la Narbonense, vecinas de Béziers, y sus territorios. Se presenta aquí, un panorama dinámico, que refleja aspectos como los complejos procesos de integración de algunas comunidades indígenas y el impacto que supuso la implantación de territorios coloniales como el de Narbona o el de Béziers. P. Garmy y L. Schneider presentan el proyecto «Lodève et son territoire du Ile âge du fer à la fin du Moyen Age: réseaux, structures de peuplement, occupation du sol», en el que se enfrentan a problemas ligados al estudio de la ciudad de Luteua, su territorio y sus límites en la antigüedad tardía y hasta el siglo X. Dorica Manconi aborda la relación entre estatutos de ciudades y redes catastrales en el Valle de Umbría, subrayando su vínculo con estrategias de ocupación territorial e integración de elementos preexistentes; la autora tiene en cuenta tanto las fuentes literarias y epigráficas que recogen aspectos jurídicos, como la rica in-formación arqueológica, en especial la procedente de Spello. Cierra este tercer bloque el trabajo de Jean Peyras sobre las ciudades libres del África Menor (Túnez) y la ordenación de sus territorios, que refleja las complejas y cambiantes relaciones con Roma; en algunos de estos territorios se han identificado trazas de parcelarios ortogonales con diversos módulos que pueden revelar la existencia de catastros antiguos y de diversas condiciones de las tierras. La publicación agrupa así aproximaciones diversas a un mismo tema; algunas buscan lecturas sintéticas, otras proporcionan visiones parciales. En ciertas ocasiones se aprecia una tendencia a destacar lo monumental y a extrapolar modelos que no tuvieron porque ser universales, pero, en términos generales, los trabajos demuestran que merece la pena apostar por la integración de fuentes y la diacronia, y que se está avanzando rápidamente en líneas como la incorporación del registro arqueológico y de estudios paleoambientales, y en el tratamiento (en especial informático) de los datos y documentos de trabajo. La multiplicación de trabajos regionales permite abrir discusiones en torno a problemas planteados a escalas semejantes y poner sobre la mesa cuestiones metodológicas. Universidad Alfonso X. Madrid partida claros, suponen una excepción, como los mismos trabajos de la Casa de Velazquez en el valle medio del Guadiana, aunque estos se resienten en cierta medida también de una presentación fragmentada y parcial de sus resultados. Los trabajos reunidos en este volumen son un buen reflejo de la comunicación que existe entre estudiosos franceses, portugueses y españoles en la investigación de Lusitânia, así como del peso que tradicionalmente ha tenido la mitad meridional de la provincia lusitana en estos trabajos. Salvo algunas excepciones, la mayoría de los estudios recogidos en el volumen se vinculan a los territorios del sur y oriente de la provincia en el que tienen un gran protagonismo los trabajos desarrollados en la cuenca del Guadiana, fundamentalmente los realizados en torno a Augusta Emerita. En coherencia con una larga trayectoria de investigación en territorio lusitano, la Casa de Velazquez se ha hecho cargo esta vez de la edición de la III Mesa Redonda internacional dedicada a la Lusitânia romana. Este volumen se viene a sumar a los que recogen los trabajos presentados en anteriores mesas redondas realizadas en 1988 en Talence [Les villes de Lusitanie romaine: hiérarchies et territoires, J.-G. Gorges (éd.), 1990] y Salamanca en 1993 [El medio rural en Lusitânia romana: formas de habitat y ocupación del suelo=Studia Historica.Historia Antigua, X-XI, J.-G. Gorges y M. Salinas (eds.), 1992-93] a los que se añadirá próximamente la publicación de la IV Mesa Redonda internacional sobre «Sociedad y Cultura en Lusitânia Romana» celebrada en Mérida en marzo de este mismo año. En este nuevo libro se recogen fundamentalmente las intervenciones realizadas en dos encuentros organizados por la Casa de Velazquez: el primero, en 1994, sobre «Organisation et structuration du territoire antique dans le Sud-Ouest péninsulaire» y, en 1997, la mencionada III Mesa Redonda internacional dedicada a la «Economie et productions de la Lusitanie romaine». A estas se han añadido algunos trabajos que presentan los resultados de las últimas investigaciones llevadas a cabo por la Casa de Velazquez y otros estudios presentados en algunos de los seminarios de arqueología rural organizados por J.-G. Gorges. Como responsable de estos encuentros y coeditor del libro, J.-G. Gorges se encarga de introducir el conjunto de los trabajos, que se han agrupado en dos partes de acuerdo con las reuniones en que fueron presentados. En conjunto el libro cumple con su título, esto es, la reunión de las intervenciones realizadas en los encuentros antes citados. Se echa en falta, a pesar del esfuerzo de J.-G. Gorges por imprimir homogeneidad a las aportaciones, una cierta coherencia general en el volumen que resulta una suma de estudios parciales de calidad desigual; hay sin embargo algunos trabajos que, por su integración en proyectos regionales con objetivos y puntos de Desde 1995 al A. ha venido dedicándose al estudio de los vetones a través de las fuentes literarias, epigráficas y arqueológicas y este libro es el resultado o el fruto de esa investigación rigurosa en la que, indudablemente, existen algunas lagunas imputables solo a la falta de datos históricos, como ocurre en todos los estudios de la antigüedad y sobre todo en aquellos referidos a los pueblos prerromanos del interior, con los que las fuentes literarias son tan parcas y tan limitadas las demás, pendientes siempre de que nuevos hallazgos aporten otras consideraciones que enriquezcan nuestros conocimientos o que echen por tierra las ideas más o menos ya establecidas. Quisiera destacar en primer lugar que el libro responde a su título, ya que verdaderamente es un estudio histórico y arqueológico, en el que el A. no ha desdeñado ninguna fuente documental, sino que ha utilizado todas y cada una de ellas para intentar dar una visión de conjunto de lo que fué el pueblo vetón: sus orígenes y espacio geográfico, sus aspectos socioeconómicos y culturales, su relación con otros pueblos y su situación ante la presencia romana en la zona. Constituye, por tanto, un ejemplo de lo que debe ser la ciencia histórica: un compendio de los datos históricos y de los documentos arqueológicos. La investigación de los pueblos prerromanos es siempre ardua, porque escasas y a veces fosilizadas son las fuentes documentales, y por consiguiente más susceptible de correr el riesgo de subjetivarse. Creo que esto es inevitable, ya que los datos manejados por los especialistas pueden interpretarse de distintas formas, y en especial datos que abarcan un espacio tan dilatado de tiempo, desde fines del primer milenio a.C, hasta los siglos ILI a.C. Quiero decir con esto que no necesariamente hay que compartir la opinión del autor, aunque su metodología sea correcta y sus propuestas acordes con las bases documentales. Ello no menoscaba el valor del libro en su contenido, sino que, por el contrario, enriquece la ciencia histórica provocando el diálogo y la confrontación. Con este libro el Dr. Sánchez Moreno ha puesto en nuestras manos todas las fuentes sobre el pueblo vetón, incluyendo las historiográficas, y a través del análisis crítico y pormenorizado de las mismas ha obtenido unas conclusiones con las que podemos estar más o menos de acuerdo, pero qué duda cabe de que facilitan y suponen un punto de partida para investigaciones posteriores. El libro que presentamos es un trabajo de Historia para el que se ha utilizado básicamente el documento numismático. La preocupación principal de la A. ha sido comprender y justificar las numerosísimas y abundantes monedas de la ciudad de Obulco, la rica e importante Porcuna, dentro de la historia económica de esta ciudad turdetana y túrdula como es denominada por las distintas fuentes históricas. La A. ha contado con los impresionantes datos que las excavaciones dirigidas por O. Arteaga han sacado a la luz, trabajos en los que ella misma ha colaborado: campos de silos para el almacenamiento de cereal y su distribución a gran escala. Ello le ha permitido explicar muchas de las características de su moneda: lo primero, la iconografía de una divinidad ilustrada reiterativamente en las monedas como una diosa del cielo, de la fertilidad y de las labores terrestres; pero también la riqueza de las emisiones, necesarias para pagar una abundante mano de obra requerida por la magnitud de la explotación que, parece ser, no se limitó a la agraria sino posiblemente también a explotaciones de canteras y quizás de minas. La moneda es estudiada dentro de una absoluta corrección del método numismático pero, como era de esperar conociendo a la A., no se ha quedado sólo en ello sino que ha sabido aplicar los resultados numismáticos a los problemas históricos que la ciudad plantea y para los que el estudio numismático resulta ser transcendente. Los capítulos son los siguientes: I Introducción histórico-arqueológica de Obulco; II Cuestiones técnicas de la fabricación de moneda...; III Descripción de las series; IV Iconografía monetai; V Epigrafía monetai; VI Metrología; VII Estimación del número de cuños y volumen de acuñación; VIII Hallazgos; IX La moneda de Obulco, cospel de otras acuñaciones; X Cronología y función de la moneda de Obulco; XI Catálogo. Sólo comentaré algunos de ellos. La Historia de la ciudad es tratada por extenso para comprender y justificar la abundancia y regularidad de las emisiones monetales, tanto a través de las fuentes literarias como sobre todo de las arqueológicas. Respecto a las primeras se echa en falta sin embargo una discusión inicial (sí se hace en p. 79 s.) sobre la discutida adscripción étnica y cultural de la ciudad. Por su situación parece que debió pertenecer a los turdetanos pero en las monedas son muchos los nombres ibéricos que constan como magistrados principales o dinastas, cuya presencia debería justificarse. La doble calificación de turdetana e ibérica que recibe la ciudad a lo largo del libro procede quizás de esta dualidad de testimonios de la propia ciudad o, quizás, simplemente de nuestra ignorancia sobre si los turdetanos eran íberos, según podrían indicar ciertas características arqueológicas aunque las lingüísticas parezcan contradecirlo. Tampoco se discute el porqué del término «túrdulo» utilizado por Ptolomeo (2,4,10). Si túrdulo implica una mezcla cultural entre turdetanos y púnicos como creo, la iconografía de las monedas de Obulco sería uno de los mejores testimonios de la exactitud de la adscripción ptolemaica, que la A. podría haber utilizado para defender sus nuevas interpretaciones de imágenes y símbolos púnicos en las monedas. Es la iconografía uno de los temas donde la A. más novedades ha presentado: su lectura como símbolos astrales de lo que todos habíamos interpretado como aspas con significado numeral «X» (p. 65 s) es un acierto porque en otras emisiones de Baílela o Tagilit no podían tener ese significado. Su nueva lectura de este «X» afecta además de lleno nuestras erróneas interpretaciones metrológicas. Todo el estudio iconográfico es muy coherente internamente y está hecho con una visión que trasciende la «tipología» numismática, en general puramente descriptiva y estéril. Datos nuevos aportan también los estudios de cuños. Como era de esperar, dada la proximidad y la ya comentada de antiguo similitud entre las acuñaciones de Cástulo y de Obulco, parecen repetirse ciertas circunstancias económicas que justifican la acuñación de las dos cecas más fértiles de toda Andalucía. Es muy posible que el territorio agrícola de Obulco estuviese explotado por sociedades de arrendatarios al igual que las minas; ello lo justifica la A. por los impresionantes campos de silos ya comentados, pero también por la existencia de series monetales paralelas que abastecerían de numerario la gran población de trabajadores, sin duda en régimen de contrato libre como se defiende en la obra. Las dos únicas series paralelas son la Va, con los primeros magistrados latinos ÁiMiLivs Y IvNivs, y la Vb con sólo topónimo bilingüe OBVLCo/(polka. Esta diferencia podría bien justificar el diferente objetivo de estas acuñaciones: el abastecimiento municipal la primera con magistrados, y el abastecimiento de población trabajadora quizás perteneciente a societates publicanorum, idi segunda con sólo el topónimo. Esta última fórmula había sido la utilizada en la segunda emisión, antes de empezar a constatar magistrados, y es extraño que la ciudad después de haber mencionado seis pares de magistrados vuelva a la forma antigua de consignar sólo el topónimo, si no hubiera habido una razón administrativa que obligara a ello: el que ésta se emitiera como quiere la A. para abastecer población fuera del propio municipio. Es posible efectivamente, por la existencia de plomos con la leyenda Obulco y, sobre todo, por las frecuentísimas reacuñaciones de las monedas de Cástulo sobre las de Obulco, que existiese una relación económica entre las explotaciones agrarias de Obulco y las mineras de Cástulo; las emisiones monetales y sus anomalías son excesivamente semejantes como para no ver entre ellas una relación más íntima que la pura coetaneidad, quizás el trabajo bajo una sola sociedad. Especial dedicación (pp. 73-96) se hace a las cuestiones epigráficas para las que las leyendas de Obulco son un testimonio excepcional por la abundancia de NNP indígenas y por lo temprano de su constatación. Aunque se recogen lecturas posteriores al MLH {bi en lugar de tú), en algunos nombres se ha deslizado todavía la antigua transcripción, por lo que existen algunas incoherencias. Se echan en falta aquí las interpretaciones de J.A. Rodríguez Neila para los «aidiles» de Obulco en fecha tan temprana, considerándolos como latinización de magistraturas indígenas más que correspondientes al edilato romano, tema éste de gran importancia. Los hallazgos monetales son estudiados exhaustivamente en su contexto histórico-arqueológico, imprescindible para un estudio de circulación monetaria justificado y para las cronologías monetales que, cada vez más, depende de ellos y no de la metrología. Especial mención merecen los hallazgos en zonas mineras tanto de la Ulterior, donde junto a las monedas de Cástulo constituyen la mayoría de la circulación, como de la Citerior. También aparece la historia de Obulco unida a la de Cástulo por la presencia de sus monedas en Croacia (Stikada y Graçac respectivamente), llegadas posiblemente juntas en el tránsito de los ss. II a I a.C, pues ambas series IV y VI respectivamente son coetáneas. Un detallado catálogo final de 1927 piezas de las que se ilustran 1925 acompaña el estudio histórico-numismático de la ciudad de Obulco. El libro constituye pues una aportación significativa tanto para la numismática como para la historia hispánicas y deberá formar parte de todas las bibliotecas especializadas. Por ello agradecemos a Ediciones de Librería La Rayuela que haya dado a luz un trabajo importante que, terminado desde 1995, no había sido publicado por falta de presupuestos estatales. Se reúnen en esta publicación, bajo la dirección de Pierre Gros, trece trabajos presentados en el 120e Congrès National des Sociétés Historiques et Scientifiques de 1995. La expresión «agglomérations secondaires» se ha consolidado en la investigación francesa para referirse a toda una serie de núcleos de población urbanos o semi-urbanos, que sin ser capita ciuitatis, desempeñaron en muchas ocasiones un importante papel en la articulación del territorio rural. En muchas de las colaboraciones publicadas en este volumen, la reflexión sobre este tipo de establecimientos da lugar a consideraciones sobre las relaciones campo-ciudad en la Galia romana, con nuevos enfoques y, sobre todo, teniendo presente el rico registro arqueológico. Tras estas páginas se percibe un acercamiento al poblamiento rural que trata de ir más allá de su definición por negación (no-urbano, sin estatutos jurídicos coloniales o municipales) y de las clasificaciones salidas bien de sistematizaciones del registro arqueológico, bien de jerarquizaciones establecidas según estatutos jurídicos o a partir de aplicaciones de la terminología antigua, con frecuencia confusa {uici, pagi, etc.). En las diversas zonas propuestas se aprecia así un panorama de la organización del territorio y de los núcleos de población mucho más rica y diversa, con relaciones también más complejas. Las estudios presentados se ciñen a escalas regionales, o incluso microrregionales, indudablemente adecuadas para abordar concretamente estas cuestiones. Fierre Gros propone una reflexión general, insistiendo en aspectos como la necesidad de aproximarse tanto al poblamiento rural como al urbano como realidades dinámicas. Propone así profundizar en el estudio de las funciones de estos núcleos secundarios y en el significado de la urbanización y monumentalización de algunos de estos centros. La mayor parte de los trabajos se centran en el sudoeste atlántico y en el sudeste mediterráneo galos; sin embargo áreas con problemas diversos como los Alpes meridionales son también consideradas, en la contribución de Guy Barruol, como muestra de la necesidad de revisar el estudio del poblamiento rural de montaña en los marcos administrativos romanos en los que se integró. Pierre Aupert, Myriam Pinker y Francis Tassaux plantean en su trabajo cuestiones precisas sobre tratamiento de fuentes, datos y vocabulario relativos a ocho núcleos secundarios de la Aquitania Atlántica. Insisten en la importancia de analizar sus orígenes y evolución, el peso de las tradiciones prerromanas y sus funciones, en especial su papel en la articulación del territorio de la ciuitas de la que formaban parte. Por su parte, Pierre Garmy y Ricardo González Villaescusa profundizan en el caso de uno de estos centros, Brion (Saint-Germain-d'Esteuil-Gironde) y el pagus de Les MéduUes. El sudeste mediterráneo francés es el centro de varios trabajos que abordan el tema a varias escalas y desde diversos puntos de vista: Florence Verdin se ocupa del territorio de los salienos. A través de las fuente literarias y de datos arqueológicos, trata de seguir su evolución y los procesos de jerarquización y centralización hasta la consolidación de los centros de Aix-en-Provence y Arles como capitales. Murielle Faudot se centra en un aspecto de la organización del territorio colonial de Arélate, la limitatio, subrayando la existencia de testimonios de otras formas de organizar y explotar un territorio tan amplio y dispar. Los trabajos de Fabienne Gateau y Florence Mocci abordan el estudio de los sectores oriental y meridional del Estanque de Berre en la Baja Provenza, prestando atención al papel de núcleos secundarios como Marítima (Martigues), a la morfología de los parcelarios, a la detección de centuriaciones, al significado de la dispersión de ciertos materiales cerámicos, a la organización global del espacio, de los habitats y las necrópolis. Por su parte, Henri Desaye insiste en la necesidad de estudiar las relaciones en términos políticos entre núcleos, a partir de los casos de Vasio y Lucus Augusti (Vasion y Die) en la ciuitas de los Vocontii, analizando la articulación del espacio, el papel de las comunicaciones, de los recursos y de las aristocracias locales. Otras serie de colaboraciones se centran en cuestiones más parciales: los datos que proporciona la organización de la red viaria (Henri Desaye), el abastecimiento de agua (Sandrine Augusta-Boularot y Jean-Louis Paillet a propósito de Glanum), el papel de centros religiosos (N. de Chaisemartin y Y. Marcadal sobre el santuario galorromano de Calés en Mézin, Lot-et-Garonne) o las posibilidades que presenta la relación de datos sobre diversas fases medievales con el poblamiento antiguo (Jorge L. Quiroga y Mónica R. Lovelle para el noroeste de la Península Ibérica). La investigación francesa ha sido la gran adelantada en el estudio de los mosaicos romanos. Siempre ha contado Francia con muchos y excelentes investigadores en este campo. Uno de los más destacados es Henri Lavagne, que ha centrado sus estudios en los pavimentos de la Narbonense, sobre cuyos mosaicos ha publicado dos importantes volúmenes. El presente libro estudia los mosaicos aparecidos en la región sudoeste de la provincia romana, y el primero, publicado en 1979, los de la parte central. Los mosaicos analizados se han descubierto en las ciudades de los Alóbroges, de los Vocontios, de los Bodionticos, de los Reíos, de los Salluvios, de los Oxubios, de los Deciates y de los Vediantios. Este volumen tercero sigue la estructura de los anteriores. Cada mosaico se describe exhaustivamente; se recoge la bibliografía con detalle, y se estudian cada uno de los elementos del mosaico, comparándolos con la técnica y la iconografía de otros ejemplares del Imperio, resultando así un estudio exhaustivo y valioso de cada mosaico. El libro va excelentemente ilustrado, no sólo con fotos, sino también con dibujos de los pavimentos, planos de las villas, y mapas de las ciudades donde han aparecido los mosaicos. Estamos, por tanto, ante un estudio muy completo y competente. Llama la atención al lector la gran cantidad de mosaicos geométricos que ha dado la Narbonense, no abundando, en cambio, los mitológicos. sente volumen es una memoria de excavaciones de la villa, con el estudio de todo el material aparecido, muy diverso. En este estudio colaboran un grupo numeroso de investigadores. En primer lugar se estudian las ocho campañas de excavaciones, para pasar luego al examen del material exhumado: cerámica sigillata y común, monedas, epígrafes, objetos de metal, fichas y lucernas. Se presta especial atención al análisis de los mosaicos, describiendo minuciosamente cada uno de los elementos que lo componen. Abundan, como en el resto de Hispânia, los mosaicos geométricos, pero algunos son de contenido mitológico, como los de Neptuno y Leda y el cisne. Llama la atención esta ausencia, aunque no total, de mosaicos mitológicos en esta villa palentina, cuando en otras de la misma provincia son abundantes las escenas con mitos, y de gran calidad artística, como sucede en las villas de Pedrosa de la Vega y Baños de Valdearados. El estudio de todo el variado material es bueno y completo. El tercer apartado está dedicado a las villas, a la producción aceitera, estudiando brevemente las villas de la zona, para pasar al análisis de las principales construcciones del área industrial, a la cisterna y a los acueductos. Algunos aspectos muy significativos están también tratados con detenimiento -lo que aumenta el valor de esta obra-como las tegulae con estampillas, los propietarios, la producción y la capacidad de las villas. El apartado 4 está consagrado a los consumidores y a la distribución de las ánforas: Italia, Noricum, Raetia, e Illirycum/ Panonia. Este libro es un excelente estudio sobre el tema de la producción del aceite en una región bien determinada, que puede ser tomada como modelo, como modélico es el estudio en su conjunto. Como su título indica, el presente volumen, publicado por la Academia de Ciencias de Austria, estudia las estampillas anfóricas del productor de aceite Laecanius en las villas de Brijumi. Aumenta mucho el valor del libro el exhaustivo catálogo de estampillas, muy numerosas, hasta alcanzar la cifra de 643. El estudio es completo. Comienza el autor por el examen de la producción de ánforas desde sus comienzos, con la aparición de los ejemplares Dressel 6B, para pasar a las ánforas laecanias, a las ánforas del emperador, a las ánforas del tipo I Fazana, a las ánforas tipo 2, para terminar con la desaparición de las ánforas Dressel 6B. De particular interés son las páginas dedicadas a los propietarios: la gens Laecania, los emperadores, y M. Aurelius lustus. En un estudio de estas, características, la epigrafía y la cronología son de vital importancia, a lo que se dedican las interesantes páginas 17-29, fundamentales para el estudio del material anforario. Este estudio es importante por la cronología, muy extensa, de la producción, pues comienza con la aparición de las ánforas, desde la mitad del s. I al año 15/10 a.C. El segundo periodo comprende la época de Augusto, 15/10 a.C. al 15 d.C; y el tercer periodo, desde la época de Tiberio hasta los comienzos del gobierno de Claudio, es decir, desde el año 15 al 45/50. El periodo que el autor llama post-Magdalensberg, que es el anterior, cubre los años 45/50 al 78/81. En este periodo son importantes los nombres de los diferentes villici documentados. En el periodo flavio y posterior comienzan a aparecer las ánforas Fazana con estampillas imperiales, dato importante para seguir la evolución de la producción y comercialización del aceite. También se documentan en esta etapa varios nombres de villici. Estas ánforas se pueden datar en tiempos de Vespasiano y de Tito. Se han recogido estampillas con los nombres de los emperadores Domiciano y Nerva y otras fechadas a mitad del siglo III. El presente libro estudia la alfarería anfórica de Pinheiro, Portugal. El tema es importante por tratarse de una fábrica que comienza en el Alto Imperio romano y termina a mediados del siglo V. Pocas alfarerías hispanas tuvieron una vida tan longeva. Esta circunstancia singulariza y otorga valor al libro, pues permite seguir perfectamente la evolución de la producción alfarera. El primer capítulo, como es lógico, se dedica a las estructuras arquitectónicas, es decir, a los hornos. En el segundo se analizan las cronologías y los materiales: las ánforas Dressel 14 y las cerámicas comunes. Esta fábrica fue especialmente activa desde finales del siglo I, y durante el siglo II. Un exhaustivo catálogo, muy útil, revaloriza esta parte. El capítulo tercero se dedica al breve periodo de transición que abarca desde final del siglo II hasta los inicios del siguiente. En este capítulo son importantes las páginas dedicadas a la evolución o transformaciones tipológicas de las ánforas. El primer capítulo del libro II es de una gran novedad, pues estudia el nuevo florecimiento de la alfarería en la segunda mitad del siglo III, lo que es un dato muy importante que hay que tener presente en los estudios sobre economía de la Hispânia Romana, por coincidir con el periodo de la Anarquía Militar y de las invasiones de francos, cuando el historiador Orosio afirma que los bárbaros vivieron en el territorio durante 12 años, haciendo grandes destrozos. El siglo IV es una época de apogeo de la alfarería; dato también muy significativo y de gran novedad, a tener en cuenta igualmente en los estudios sobre economía y producción. El tercer capítulo de este libro 11 examina el fin de las actividades en los hornos. El presente libro es, pues, un buen estudio sobre una fábrica de ánforas que trabajó durante toda la época imperial romana, hecho que, como ya se ha apuntado, es excepcional, y los historiadores deben contar con él.
págs., figs. ISBN 84-7477-747-X. * No se incluyen en este listado ni los libros con reseña individual ni los ingresados por intercambio. Un territorio prerromano en la baja Extremadura.
Algunas notas sobre la figura de Argantonio y sus elementos míticos Some notes on the figure of Arganthonius and his mythical elements Aurelio Padilla Monge Universidad de Sevilla RESUMEN Los aspectos míticos de la figura de Argantonio, manifestación del buen monarca acogedor del viajero y expresión de la idea de fuente de riqueza lejana y misteriosa; la base mítica de su cronología vital, determinada por la aplicación de un módulo cronológico mítico de origen mesopotámico integrado en el acervo mítico griego, la utilización de un verdadero cliché narrativo para contar la historia de sus relaciones con los marinos foceos y el probable origen de su propio nombre, quizá tomado por Caronte de Lámpsaco de un ciclo mitológico bitinio, permiten poner muy en duda la historicidad de este personaje. PALABRAS CLAVES: Tarteso, Caronte de Lámpsaco, mitología griega. Buena parte de la historiografía centrada en la Iberia prerromana defiende que aquello que los griegos llamaron Tartessos fue una elaboración de la imaginación griega, construida a partir de algunos datos ciertos, que acabó finalmente por integrarse en la mitología helena. Como destaca Plácido (1993: 82-83), la imagen de Tarteso se elaboró en la Grecia Arcaica y se convirtió en un elemento fundamental de la representación griega del Mediterráneo, pues quedó vinculada a las columnas de Heracles, hitos que, para los griegos, marcaban el final del mundo habitado y conocido y el comienzo del Océano, infinito y misterioso escenario de fábulas y utopías. Como también subraya Plácido, una vez separada del momento histórico que la produjo, esta imagen quedó convertida en objeto de debate entre los propios eruditos griegos y, después, romanos. Asumido esto, creo que es necesario avanzar en la dirección de aislar los elementos míticos presentes en la representación griega del territorio ibérico que se extiende a Poniente del estrecho de Gibraltar, con la finalidad de identificar los elementos reales y mejorar nuestro conocimiento de la colonización fenicia de la vertiente atlántica de la Península Ibérica y de las actividades presumiblemente desarrolladas por mercaderes griegos en este escenario. Entre los elementos que formaban parte de la imagen de Tarteso destaca el personaje llamado Arganthonios, postulado rey de un territorio identificado con dicho topónimo, nucleado por el río homónimo, un supuesto soberano a quien, de una u otra forma, la investigación siempre ha salvado de caer en el saco de las creaciones míticas, cuando, desde mi punto de vista, es más difícil demostrar su historicidad que admitir su pertenencia al señorío de los mitógrafos. Sobre esto tratan las líneas que siguen. Según la Arqueología, durante los siglos ix y viii y buena parte del vii a.C., los cananeos asentados en el Sur de la Península Ibérica, además de utilizar productos artesanales propios y muy probablemente de los residentes no fenicios, también usaron manufacturas griegas, que probablemente ellos mismos adquirían fuera de la Península Ibérica, bien en Sicilia, bien en el Mediterráneo oriental (Shefton 1982: Archivo Español de Arqueología 2014, 87, págs. 7-20 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.087.014.001 342; Cabrera 2001: 167; González de Canales 2004: 150-159), según puede deducirse, entre otros datos, de la ausencia de fuentes literarias que involucren explícitamente a otros mercaderes en el suministro de dichos bienes por aquellos momentos. Ciertamente, se ha propuesto que los materiales griegos de los siglos ix y viii a.C. hallados en la Península Ibérica pudieron deberse a la participación de eubeos en empresas ultramarinas en colaboración con estos cananeos (Domínguez Monedero 2006c: 52;2007: 137-138;2013: 16-17). Pero, como se ha argumentado, los pocos vasos griegos correspondientes a estos dos siglos hallados en la Península Ibérica, frente a la elevada cantidad de materiales fenicios (véanse especialmente los hallazgos del solar de la calle Méndez Núñez-plaza de Las Monjas de Huelva), no responden a navegaciones eubeas, sino que registran algunas de las escalas realizadas por los fenicios en su viaje al Occidente, sin perjuicio de que en sus barcos se enrolaran eubeos o individuos de otros orígenes (González de Canales et alii 2010: 663-667). Durante la primera mitad del siglo vii a.C., siguieron llegando, con mayor o menor intensidad, productos griegos a centros fenicios de la Península Ibérica (Domínguez Monedero 2013: 18), pienso que transportados por los mismos cananeos, independientemente de que, como Domínguez Monedero (2006c: 58-59 y 72) propone, fueran traídos para satisfacer las necesidades de griegos residentes en los establecimientos fenicios de Iberia, en los que los helenos habrían sido acogidos según las prácticas y los mecanismos propios de los establecimientos empóricos. Según la noticia recogida en el siglo v a.C. por Heródoto (IV, 152), en la que se narran las aventuras náuticas de un personaje llamado Coleo, algunos marinos samios habrían llegado al emporion que Heródoto llama Tarteso, al parecer hasta aquel momento situado fuera de las rutas habituales de estos mercaderes helenos. La investigación que admite la historicidad de la narración, al menos en sus aspectos esenciales, suele situar el viaje de Coleo en una fecha en torno a los años centrales del siglo vii a.C. Pero, como Gómez Espelosín (1993: 161-162) destaca, la narración del viaje de Coleo solo alcanza pleno sentido si se contempla dentro de los límites de la obra herodotea, pues se trata de un relato fantástico con ribetes míticos cuya precisa base real desconocemos. Muy probablemente, fue precisamente el prestigio ya alcanzado por Tarteso entre los griegos el que justifica la aparición de Tarteso en el relato, cuyo objetivo fundamental, como entiende Andreotti (2013: 253), pudo ser explicar los lazos existentes entre cireneos y tereos, aunque, casi de forma inmediata a la aparición en escena del cretense Corobio, la atención se desvía hacia la propia historia de Coleo, que se convierte en el protagonista (Gómez Espelosín 1993: 162). Durante el último tercio del siglo vii y el primero del vi a.C., productos samios, especialmente (Blázquez 2007: 37), pero también milesios, quiotas, áticos, laconios y corintios llegaron en gran cantidad al Sur de la Península Ibérica. Estas manufacturas griegas pudieron llegar como consecuencia tanto del comercio fenicio con Grecia oriental, las colonias jonias suritálicas y sicilianas y, en su momento, Masalia (Pellicer 1996: 126; López Castro 2000: 129), como de las actividades desarrolladas por mercaderes samios y foceos, entre otros, que frecuentaron el Sur de la Península Ibérica durante el último tercio del siglo vii y el primero del vi a.C., al menos, aunque las actividades samias probablemente se interrumpieron antes del inicio del siglo vi a.C., como consecuencia de los cambios políticos que afectaron a Samos en los últimos años del siglo vii a.C., por lo que cabe imaginar que la actuación de los foceos fue la predominante durante el primer tercio del siglo vi a.C. (Domínguez Monedero 2006b: 434, 439;2010: 33). Un bien conocido texto de Heródoto (I, 163) se refiere a la presencia de foceos en concreto: "Estos, los foceos, fueron los primeros de los griegos que se valieron de grandes navegaciones y fueron ellos los que dieron a conocer, no solo la mar Adriática y Tirsenia sino Iberia y Tarteso. Hacían sus travesías no con barcos redondeados sino con los de cincuenta remos. Cuando llegaron a Tarteso, trabaron amistad con el rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonio y había mandado en Tarteso ochenta años y vivido en total ciento veinte. Así que tan amigos se hicieron los foceos de este hombre, que les animaba en un principio a que, dejando ellos Jonia, se establecieran en su país donde quisieran, y después, como no convenció de ellos a los foceos, habiéndose enterado por ellos cómo medraba el Medo, les dio bienes para rodear la ciudad con una muralla. Y les dio generosamente, pues el perímetro de la muralla es de no pocos estadios y toda ella es de piedras grandes y bien ajustadas" (THA 1989: 241). Debe destacarse que este fragmento refleja uno de los resultados más expresivos del inmenso prestigio alcanzado por Tarteso, "redescubierto" por mediación de los foceos. Después de poco más de medio siglo, el lugar había dejado de ser el emporion fugazmente visitado por Coleo para convertirse en un territorio (khora) en el que mandaba un rey (basileus); o sea, era ya un reino. Es cierto que el término basileus en el cálamo de Heródoto puede referirse a jefaturas unipersonales de distintos tipos (De Hoz 2010: 224), pero la presencia conjunta en el texto herodoteo de los términos khora y basileus nos remiten a una de las situaciones menos complejas: un soberano que reina sobre un territorio. Al fin y al cabo, se trataba de presentar al oyente y/o lector griego un sistema político monárquico no solo reconocible y esperable en una sociedad bárbara, sino además personificado en un rey filoheleno, que no solo vinculaba al''reino tartésico'' con la geografía económica griega exclusivamente, alejándolo conscientemente de cualquier relación con los cananeos (García Fernández 2003: 183-184), sino también con la misma historia griega en Oriente, a través del relato de la financiación de la muralla de Focea por parte de Argantonio (Cruz Andreotti 2004: 14;2013: 253), sobre el que volveré más adelante. Aunque es posible que las historias sobre el Extremo Occidente hubieran empezado a propagarse por los ambientes empóricos del Mediterráneo antes del establecimiento de los helenos en Sicilia, la fama del territorio ibérico y la magnificación de su riqueza parece que comenzaron a adquirir fuerza en dicha isla, como parece indicar la primera referencia a Tarteso dentro de la literatura griega, que se debe al poeta Estesícoro de Himera, en su Gerioneida, según recoge Estrabón (III, 2, 11): "junto a las aguas sin límite del río Tarteso, de raíces de plata" (De Hoz 2010: 217-218). Este hecho podría haberse debido a cualquier otro erudito griego, pero no es de extrañar que se produjera por la labor de un habitante de Himera. En este sentido, como destaca Chic (2003: 100), no es una coincidencia el hecho de que Himera y Selinunte, los enclaves griegos más cercanos a la Península Ibérica, fueran las primeras ciudades sicilianas en acuñar moneda de plata y en demandar abundantemente este metal. Las acuñaciones se iniciaron en Himera a mediados del siglo vi a.C. o poco antes (Kraay 1983: 16) y ofrecieron argumentos suficientes a Estesícoro, literariamente activo precisamente por aquellos mismos momentos (West 1971: 306), para imaginar argénteas raíces al río Tarteso, desde cuyo entorno se decía que venía la plata que se acuñaba por primera vez en su ciudad. El primer aspecto relacionado con Argantonio que llama la atención es el mismo nombre de este personaje y su supuesta relación con la plata. En efecto, Olmos (1986: 591) entiende que el nombre Argantonio puede relacionarse con la raíz indoeuropea √*arg-('blanco, brillante, resplandeciente') y que tal vez fuera un "nombre parlante" con un significado aproximado al de'el [hombre] de la plata'. La supuesta vinculación del antropónimo Arganthonios con la plata se debería a que este podría ser un desarrollo de *argant-, resultado de la aplicación del sufijo de participio -nt-a la raíz ide. √*A 1 erĝ-> √*arĝ-, que posee el significado de'ser blanco, relucir', pero también 'lanzar' y 'ser rápido', con realizaciones como argés ('reluciente, brillante') en griego, árjuna-('blanco brillante') en sánscrito, arciv ('águila') en armenio, ārki y arkwi ('blanco') en tocario A y B, respectivamente, y harki-('blanco, luminoso') en hitita (Puhvel 1991: 169-171; Ivanov 2013: 63), entre otras. De Hoz (1993: 366) explica la génesis del antropónimo Argantonio como una posible adaptación morfológica griega en -on-yos sobre el radical √*argant-, que obviamente no coincide con el término griego para plata (árgyros), que es el que cabe esperar de un hablante heleno. Por su parte, Untermann (2000: 77) defiende que, a pesar de que arganto-es una palabra celta y de que tal vez la lengua de las inscripciones llamadas tartesias podría ser céltica, hay una alternativa que permite considerar el antropónimo Arganthonios un nombre indígena [¿no celta?], cuya forma original se desconoce, integrado por los griegos en la morfología pregriega del mundo egeo, en el que se documentan el radical √*arg-y el sufijo -anth-. Es decir, según esta hipótesis, los griegos habrían utilizado dos formantes tomados del sustrato egeo pregriego o, al menos, no griego para adaptar un antropónimo ibérico no indoeuropeo a la morfología griega. Me parece este un argumento un poco enrevesado. Volviendo a la plata, debe destacarse que, salvo en itálico (lat. argentum) (Vallejo 2005: 187) y probablemente en hitita-luvita (Puhvel 1991: 171), la ecuación *argant= plata no es en absoluto segura en todos los casos. En céltico, esta equivalencia ha sido simplemente negada. Así, Pailler (2006Pailler (, 2007: 37, 45: 37, 45) defiende que el término *argant / *arca(n)-t designaba al menos entre los celtas de la Península Ibérica, de Italia del Norte, de Galia y de Irlanda (aquí, con la forma argat) el oro y no la plata. Puede incluso que en la Península Ibérica no designara ni a uno ni a otro metal; al menos no fundamentalmente. Debe destacarse en este sentido que *argant-está relacionado con una larga serie de topónimos y, sobre todo, hidrónimos como Arganda, Argandona, Argandoña, Argandenes, Arganza, Arganzuela, Arganzón, etc. (Vallejo 2005: 186) que pueden explicarse desde el registro lingüístico más viejo documentado en Europa, fundamentalmente hidronímico, plenamente indoeuropeo (Ballester 1998-99: 69;2007), presente tanto en la Península Ibérica como en Asia Menor, por citar dos territorios bien alejados uno del otro. En todos los casos, los términos ibéricos señalados se refieren a cursos de agua o a lugares cercanos a cursos de agua. Es pues probable que el matiz acuático de *argant-sea, si no el único, sí el predominante en la Península Ibérica. De hecho, su interpretación como "el hombre de la plata", al frente del país de la plata = Tarteso, solo sería admisible si el término empleado por los griegos fuera atribuible en todos los aspectos a su propia lengua; por ejemplo, un antropónimo como Argyrós (Porph. En la Península Ibérica, en concreto en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), se ha documentado un antropónimo que es un desarrollo de *argant-y que es muy cercano a Arganthonios. Es muy probable que este individuo llevara efectivamente un antropónimo celta (véase Ballester 2004: 107-138), cuya relación con la plata sin embargo no se impone como la opción más verosímil. Si se admite que el nombre portado por el individuo con el que se relacionaron los foceos era algo similar a Arganton, su forma Arganthonios parece explicada, salvo en la presencia de /θ/ en lugar de /t/, pues Arganthonios siempre es citado con aspirada (Vallejo 2005: 187), circunstancia que no ocurre con la toponomástica celta derivada de argant-. Este no es un detalle menor. Entre otras lenguas, el celta no presenta restos de alófonos aspirados de ninguna oclusiva sorda, probablemente porque, cuando desapareció la causa que provocaba la articulación alofónica, no se produjo la fonologización de los alófonos, entre ellos de [th], que es el que nos interesa aquí; es decir, no se produjo la escisión de los alófonos [t] y [th], sino que estos fueron reintegrados a su articulación básica: /t/ (Villar 1971: 149-150). Por el contrario, en griego, como también ocurrió en latín, eslavo, armenio y otras lenguas, sí se produjo la escisión de la serie sorda, dándose como resultado la pervivencia, en la parte que nos importa, de sorda /t/ y sorda aspirada /θ/ (Villar 1971: 149-150). Es decir, en el hipotético caso de que el nombre dado por los helenos al supuesto rey de Tarteso fuera la pronunciación griega de un antropónimo celta derivado del étimo arganton, no habría habido necesidad alguna de aspirar /t/, pues este fonema era perfectamente asumible por el sistema fonológico griego. Así pues, como Vallejo (2005: 187) defiende, debe tenerse en cuenta la "posibilidad mediterránea" de la forma Arganthonios. Y es efectivamente en el Oriente mediterráneo en donde hallamos de nuevo el antropónimo Arganthonios. Realmente se trata del nombre Agathonios inciso en un asa de copa ática de barniz negro, de mediados del siglo V a.C., aproximadamente, que otra mano transformó en A ga thonios, mediante la intercalación, bajo la línea, de rho y ny en sus lugares correspondientes. La copa fue hallada en las excavaciones realizadas cerca del río Gallikós, en la ensenada del golfo Termaico, en la costa tracia, en donde muy probablemente se levantó la antigua Sindo. Agathonios, por cierto, es la forma en la que aparece el nombre del supuesto basileus tartesio en la recopilación del lexicógrafo Suda (Lex., alpha 125), del siglo x. En opinión de Tiverios (2000: 63), esta inscripción documenta que alguien de esta población tomó el nombre del longevo rey de Tarteso y que, por lo tanto, el término Argantonio no se correspondía con un título real, sino que era un antropónimo. Independientemente de las razones por las que alguien arañó en el asa Agathonios (como vimos, nombre personal documentado por Suda), que después otra mano transformó en Arganthonios, esta copa ática documenta que el autor del primer grafito conocía el término Agathonios, quizá porque se llamaba así, y que el "corrector" obviamente conocía la forma Arganthonios. Pero de esto no se deduce necesariamente que el supuesto rey Arganthonios fuera una persona concreta, un rey histórico. Como indica Moret (2006: 53), dada la cercanía de Sindo al monte Arganthonion, porque así se llamaba, según una fuente literaria, un monte de Bitinia, debemos admitir que el autor de la transformación onomástica conocía la existencia de este orónimo, aunque, con su broma, según Moret, pudo estar refiriéndose al supuesto rey de Tarteso; o quizá no. Es en concreto Estrabón (XII, 4, 3) quien cita el nombre de este monte bitinio, afirmando que al Norte de Prusias hay un monte al que llaman Argantonio. El nombre de este oros Arganthonion aparece en otras fuentes como Arganthoneion (A.R., Arg. I, 20, 33), siempre con /θ/ en las formas griegas, como igualmente ocurre en el caso de la Arganthoneios krene, fuente cuyo nombre es recogido por Suda (Lex., alpha 3758) en la entrada dedicada a Arganthone, que también incluye una referencia al Arganthonion oros, erróneamente situado por el lexicógrafo en la isla de Quíos, en lugar de al lado de Cío, ciudad costera bitinia situada cerca del monte Argantonio. I, XX, 33) se refiere a la fuente citada, aunque sin nombrarla. Según Esteban de Bizancio, el nombre del monte deriva del de la doncella Arganthone. 36) que Arganthone era una cazadora de Cío que se enamoró de Rhesos, el jefe tracio que fue a apoyar a los troyanos y murió el día después de su llegada a Troya, tras cuyo óbito, Arganthone se dejó morir de hambre. Cairns (2006: 243) destaca el aspecto etiológico de este mito, pues explicaba el origen del nombre de la montaña que dominaba la importante ciudad de Cío. Había una ALGUNAS NOTAS SOBRE LA FIGURA DE ARGANTONIO Y SUS ELEMENTOS MÍTICOS segunda Arganthone, según Arriano de Nicomedia (Bithyn., frag. Hay que admitir, por lo tanto, que existía un ciclo mítico vinculado a un territorio muy concreto de Asia Menor en el que ocupaban un lugar central varios nombres derivados de Arganthon, frente a los cuales el único caso atestiguado en la Península Ibérica es un verdadero hapax en Occidente. ¿Es posible hallar en el sustrato lingüístico pregriego de Asia Menor uno o varios términos que pudieran dar lugar a la formación del nombre de un par de personajes míticos femeninos cuyas aventuras se desarrollaban en Bitinia y de un monte situado en el mismo territorio que era exactamente igual que el antropónimo, en su forma masculina, atribuido a un personaje que supuestamente vivió en la Península Ibérica? Vimos más arriba que se documenta en hitita el término harki-, con el sentido de'blanco, luminoso'. También se documenta en toda la Anatolia antigua un sufijo en -anda formante de topónimos (Laroche 1952: 71, 133). Además, debe destacarse que el grupo consonántico griego -νθ-, que es crucial en este problema, parece que equivale rigurosamente al hitita -nd-(López Eire 1967: 133) presente en -anda. Es decir, existían elementos como *harki-y -nd-/anda que pudieron dar como resultado un término toponomástico pregriego a partir del cual la interpretatio graeca desarrolló Arganthon, Arganthonion, Arganthone, Arganthoneios y Arganthoneion, que sepamos. Así pues, el material lingüístico necesario para la génesis del antropónimo y del orónimo que nos ocupan estaba en Asia Menor. Y es muy probable que, en su forma masculina, este nombre acabara ubicado en la Península Ibérica. Sabemos que muchos de los nombres que dieron los navegantes griegos a lugares de la Península Ibérica existían en origen en un territorio que se extendía por Grecia, el Próximo Oriente y el mar Negro (Rodríguez Adrados 2000, 2001). Sin embargo, como ha demostrado Moret (2006: 49), la densidad de correspondencias onomásticas con la Península Ibérica que se documenta en las costas del Ponto, de la Propóntide y del Helesponto es muy superior, ocupando un lugar central dentro de este territorio la ciudad griega de Lámpsaco, la primera colonia focea, fundada en torno a 654 a.C., que obviamente también se vio implicada en este proceso de exportación toponímica, pues, según la tradición, su primer nombre fue Pityoussa y los primeros habitantes del país en el que se levantó eran los bébrykes, topónimo y etnónimo, este último correspondiente a un pueblo mítico, que volvemos a encontrar en Occidente. Las correspondencias toponímicas entre Iberia y Ponto-Bitinia se concretan en nombres con raíz griega, como Pityoussa, Ophioussa, Kallipolis, Olbia, Kalpe, Kypsela, Kalathe-Kalathoussa, etc., y en nombres con raíz no griega o de filiación lingüística dudosa, como bébrykes, Alybe, Abdera y Arganthonion. Como propone Moret (2006: 50-51), la transferencia de los topónimos pudo deberse a los mismos marinos foceos. Pero, esta transferencia toponímica también pudo ser resultado de construcciones literarias, elaboradas precisamente en la región de Lámpsaco. Ambas vías pudieron coexistir. Así, puede atribuirse a la actividad de los marinos foceos algunos de los dobletes toponímicos ibero-ponticobitinios, como Pityoussa, Ophioussa, Kallipolis, Olbia y Leukades, todos ellos topónimos muy repetidos en las orillas del Mediterráneo, especialmente en el Ponto y en las rutas foceas occidentales, o como Kalpe, Kypsela o Kalathe-Kalathoussa, que forman parte de los topónimos griegos construidos a partir de una forma del relieve natural (Moret 2006: 50-51). Pero esta toponimia de marinos, transmitida y difundida en ambientes portuarios no lo explica todo, pues ciertas construcciones parecen demasiado cultas para no ser fruto de elaboraciones literarias (Moret ibidem). Algunos de los dobletes ibero-ponticobitinios poseen un trasfondo mítico, como ocurre con los bébrices, que, aunque fueron ubicados en la Propóntide y, después, al Sur o al Norte del Pirineo, jamás vivieron ni en uno ni en otro lugar (Moret 2006: 52-54, 60-64). Solo existieron en la imaginación de los griegos de Lámpsaco. Con respecto al doblete Arganthonion / Arganthonios, Moret defiende que puede suponerse que los foceos, incomodados por el carácter extranjero del nombre del rey que les ofrecía hospitalidad, hallaron espontáneamente en su memoria onomástica un nombre griego que ofrecía algún parecido con él. Si el nombre en cuestión era de la familia de argant-, creo que, con lo dicho anteriormente, esta posibilidad pierde argumentos a su favor. También pudo tratarse de un nombre fenicio, construido a partir de elementos onomásticos como, por ejemplo,' RQ, que puede desarrollarse'Arq ('ayin+r+q), y NTN, o'WRK y NTN (véase Benz 1972: 147, 186, 364, 384), pero creo que es difícilmente demostrable esta posibilidad, aunque no carece de plausibilidad. Uno de los fundamentos de la geografía arcaica griega era la creencia en la existencia de simetrías y de correspondencias entre los extremos del mundo, pues se pensaba que la tierra habitada estaba dividida en porciones simétricas, tanto en sentido norte-sur como en sentido este-oeste (Moret 2006: 54). THA 1998: 255), resultó bastante productivo desde el punto de vista de los dobletes toponímicos. ¿Quién pudo ser el responsable de los dobletes toponomásticos menos susceptibles de ser atribuidos a los ambientes portuarios? Caronte escribió una historia de Lámpsaco en dos libros; fue asimismo autor de una reputada Persica en dos libros y de una Etiopica, una Helenica en cuatro libros, una Líbica y una Crética en tres libros. También escribió sobre los Pritanos de los (gentilicio propuesto por A. Westermanni en 1838 en lugar de lacedemonios) y las Crónicas de los lampsacenos en cuatro libros, que Fowler (1996: 67) considera dos títulos distintos de la misma obra. Moret (2006: 65-66) destaca especialmente que Caronte escribió sobre los bébrices y las rocas Leucades, dos temas y dos nombres que están en el corazón de la red de correspondencias onomásticas entre Iberia y Ponto-Bitinia, y sobre las navegaciones más allá de las columnas de Heracles, semidiós que ocupó un importante lugar en las obras de historia local de Caronte, especialmente en su crónica de Lámpsaco, y que muy probablemente fue el vínculo de unión entre Ponto-Bitinia y la Península Ibérica. Moret (2006: 67) apunta en este sentido que probablemente existió, en los inicios de la actividad colonizadora de Focea, un saber geográfico común a las ciudades foceas, alimentado a la vez por Lámpsaco y por las colonias de Occidente, pero que, tras la pérdida de la independencia de Focea, los vínculos entre la metrópolis y Occidente se rompieron a partir de mediados del siglo vi a.C. y la visión que los habitantes de Lámpsaco y de otros griegos del Ponto tenían del Extremo Occidente se hizo cada vez más imprecisa y tuvo que nutrirse de temas míticos locales, actividad en la que un autor como Caronte pudo dejar una huella perdurable en la tradición geográfica griega, frente a la nula competencia de las ciudades foceas del Extremo Occidente, carentes, que se sepa, de una producción literaria comparable. Probablemente, Caronte representó un papel fundamental en la creación de una geografía mítica de Iberia nutrida de referencias ponticobitinias (Moret 2006: 66). Puede uno estar más o menos de acuerdo con las propuestas de Moret acerca de los dobletes toponomásticos ibéricos-ponticobitinios, pero, lo que no puede negarse es que, como dije más arriba, un territorio muy concreto de Asia Menor era escenario de un ciclo mítico en el que buena parte de los nombres de personas y lugares eran derivados del término Arganthon. Caronte, vistos sus intereses literarios, no habría tenido dificultad alguna en bautizar con un topónimo antroponomizado o con un antropónimo femenino masculinizado, en cualquier caso tomado de su cercano repertorio bitinio, para nombrar al individuo con el que los foceos indefectiblemente tuvieron que tratar para iniciar sus intercambios. Y a Caronte le pareció apropiado llamar a dicho individuo Arganthonios. Como cabe imaginar en el caso de los mercaderes foceos, no creo que Caronte se inclinara por este nombre en función de una hipotética relación con la plata, porque dudo mucho que los conocimientos lingüísticos de este erudito le permitieran proponer algo que, acertada o desacertadamente, solo la investigación lingüística actual ha podido, por razones obvias, plantear. Sin embargo, la relación de ciertas palabras que comenzaban por arganth-con las aguas, las fuentes y las ninfas sí era un conocimiento empírico a disposición de un erudito como Caronte. En este sentido, Larson (1997: 136) destaca que la elevada difusión de la creencia en ninfas en Bitinia permite relacionar los topónimos y antropónimos que presentan el radical √*arg-documentados en los ciclos míticos de este territorio con el sentido más antiguo y amplio de'blanco, brillante, resplandeciente' que es aplicable, en primer lugar, al agua de los ríos y lagos. El de Lámpsaco pudo utilizar un topónimo como Arganthonion o un nombre de fuente como Arganthoneios o un nombre personal como Arganthone, cuya relación con el agua conocería, para nombrar a un individuo relacionado también con las aguas, en este caso del río Tarteso. La vinculación de Tarteso y de su río con la plata, como destaca Estesícoro, bien cimentada desde los primeros contactos de los mercaderes fenicios con los centros coloniales griegos en Sicilia y de los comerciantes griegos con los centros coloniales cananeos en la costa oceánica del Sur de Iberia, podría justificar que se relacionara a Argantonio con este metal y que se elaborara en torno a su figura un ciclo mítico de una u otra forma vinculado a la plata. Quizá esto se produjo realmente, pero no poseemos ni un solo texto griego que vincule a Argantonio con la plata. En algunas fuentes escritas en griego se relaciona Tarteso directamente con este metal (Hecat. ¿Pudo tomar Heródoto el relato de las relaciones entre foceos y Arganthonios de Caronte de Lámpsaco? Moret (2006: 41) destaca la desconfianza mostrada por los geógrafos helenísticos hacia los navegantes y mercaderes, pues consideraban que sus exageraciones y afirmaciones jactanciosas quitaban todo valor a las narraciones de sus viajes. Pero es probable que esta actitud fuera ya dominante en el siglo v a.C., de modo que lo más verosímil es que Heródoto prestara atención a las narraciones de un erudito, directamente o a través de terceras personas, antes que a las leyendas nacidas al calor de los ambientes empóricos, como él mismo da a entender cuando afirma que "Neco rey de Egipto [...] envió fenicios en barcos, encargándoles que navegaran de vuelta por las columnas de Heracles hasta el Mar del Norte y así volver a Egipto [...]. Y contaban, cosa poco fiable para mí, aunque sí para algún otro, que al realizar la circunvalación de Libia, tuvieron el sol a la diestra" (Hdt. El erudito al que me refiero pudo ser perfectamente Caronte de Lámpsaco. El logógrafo lampsaceno no careció de prestigio. Sin embargo, se ha defendido desde hace mucho tiempo que Heródoto no leyó ni siguió a Caronte (véase Wheeler 1854: xiv y 5; How y Wells 1912). Es cierto que, cuando se han contrastado escritos de ambos autores referidos a un mismo tema, en ninguno de los casos se puede defender con argumentos sólidos la hipótesis de una dependencia directa de Heródoto con respecto a Caronte (Piccirilli 1975(Piccirilli: 1253)), de modo que puede excluirse que Heródoto utilizara a su predecesor como fuente directa, al menos en el caso de los acontecimientos narrados por el erudito de Halicarnaso que es posible comparar con los fragmentos del lampsaceno que nos han llegado (Moggi 1977: 23-24). De todas formas, no es preciso que Heródoto conociera la obra de Caronte de primera mano para que el primero recogiera algún que otro dato de lo narrado por el segundo. Esto pudo producirse en la misma Lámpsaco. En efecto, como nos recuerda Lister (1979: 35), en sus viajes, Heródoto navegó en dirección Norte desde Samos, siguiendo la costa de Asia Menor y el Helesponto, y, después de tocar varios puertos del mar de Mármara, viajó a través del Bósforo, visitando Bizancio y Calcedonia. Creo que Heródoto pudo recalar en Lámpsaco y que allí pudo, si no leer a Caronte, si escuchar algunas de sus historias narradas por profesionales aún activos (Evans 1980: 14), dedicados a recordar y contar el pasado de Lámpsaco en particular y de los foceos en general, en una época en la que, como nos recuerda Moggi (1977: 24), era predominante el carácter oral de la información y de la comunicación. Según Olmos (1986: 592), los griegos introdujeron en la figura de Argantonio sus ideales utópicos sobre el feliz extremo del mundo, en el que la exuberancia de bienes y riquezas de los reyes se veía acompañada de una extrema longevidad, que era la imagen mítica que expresaba la idea de la felicidad y el bienestar que se atribuía a una región que fue, durante bastante tiempo, la tierra del enriquecimiento rápido y fácil para los habitantes del Mediterráneo central y oriental. Como afirma Olmos (2000: 33), estaríamos ante "el mito del buen monarca acogedor del viajero", una persona longeva, de largo reinado, de inmensas riquezas, hospitalaria y desprendida; sin duda, el personaje ideal que a cualquier griego le hubiera gustado hallar al final de una larga travesía, en el extremo del mundo. Como pone en evidencia Plácido (1989: 46), el mismo viaje de los foceos narrado por Heródoto está relacionado con una posible épica, que justificaría la vinculación a aspectos míticos plasmados en las riquezas minerales que la tradición legendaria atribuía a Crisaor y al Jardín de las Hespérides, es decir, a los viajes de Heracles, lazos representados específicamente por la figura de Argantonio y su significación como fuente de riqueza lejana y misteriosa. Asimismo, se ha relacionado a Argantonio con el mito trasmitido por Platón (Rep. 3.414c) -que, según el filósofo griego, tenía un origen fenicio-, en el que se dice que los hombres de oro eran los que estaban capacitados para gobernar y los hombres de plata eran sus guardianes, afirmación que se ha interpretado en el sentido de ver en Argantonio un "guardián" o representante del poder de Tiro en el emporio de Tarteso (Araújo 2003: 168-171). Sin embargo, esta faceta mítica de la personalidad de Argantonio no es probable si se basa solo en la supuesta relación lingüística del antropónimo con la plata. Por el contrario, hay un aspecto que es evidente. Me refiero en concreto a los años durante los que, según Heródoto, reinó, ochenta, y vivió, ciento veinte. Durante el siglo i a.C., Estrabón (III, 2, 14) recogía una cita de Anacreonte (Berg PLG III: 253) en la que el poeta, que escribió en la segunda mitad del siglo vi a.C., se refería a la posibilidad de reinar en Tarteso durante una larga temporada: "Uno podría suponer que a causa de esa gran prosperidad tenían fama de longevos los hombres de allí, y sobre todo los gobernantes, y que por eso Anacreonte decía así: Yo por mi parte no querría ni el cuerno de Amaltea ni reinar ciento cincuenta años en Tarteso. Y Heródoto escribió incluso el nombre del rey, llamándolo Argantonio. Pues uno podría interpretar la frase de Anacreonte literalmente, o en sentido más general "ni reinar mucho tiempo en Tarteso"" (THA 1999: 661). Es evidente que, al menos en el fragmento recogido por Estrabón, el poeta de Teos no nombra personaje alguno, ni poseemos elementos de juicio que permitan probar inequívocamente que se estaba refiriendo a Argantonio, aunque así lo presuponga Manfredini (1970: 281), entre otros. El mismo Estrabón afirma que fue Heródoto quien citó expresamente a Argantonio y esta circunstancia excluye que Anacreonte lo hubiera hecho por su parte. Podemos incluso atribuir al geógrafo la creencia de que Anacreonte se estaba refiriendo a un rey en concreto, que obviamente no podía ser otro que el longevo rey de Tarteso del que él había oído hablar. En opinión de Gangutia (THA 1998: 125), durante la estancia de Anacreonte en la corte de Polícrates de Samos, en la que estuvo entre 536 y 522 a.C., el poeta pudo conocer noticias acerca del viaje de Coleo y de las actividades de los foceos en el Extremo Occidente, entre ellas la visita a Argantonio. Pero sigue siendo posible que Anacreonte no se refiriera a un personaje concreto, que quizá todavía no se había construido literariamente ni había recibido el nombre con el que se le conocería desde Heródoto en adelante, sino que estuviera queriendo decir lo que dijo, es decir,''reinar mucho tiempo en Tarteso'', como el mismo Estrabón propone, expresando aquí el verso de Anacreonte la idea mítica de que los lugares de inmensas riquezas tenían habitantes longevos, incluidos sus reyes (García Fernández 2004: 122). De hecho, ninguna fuente literaria permite afirmar que Anacreonte nombrara a Argantonio. Obviamente no lo hacen los Scholia in Dionysii Periegesin (332), pues en esta cita solo se atribuye a Anacreonte la afirmación de que Tarteso era un lugar''plenamente feliz''. La afirmación en esta cita en concreto de que Argantonio fue rey de Tarteso se debe exclusivamente al autor de los Scholia y no a Anacreonte. Este último podría haber afirmado exactamente lo mismo sobre Tarteso, cuya fama en todo el Mediterráneo tenía que ser extraordinaria por aquellos momentos, basándose solo en las noticias difundidas en los ambientes empóricos, sin necesidad de los informes que pudiera conseguir en la corte de Polícrates de Samos y sin haber oído hablar de Argantonio. Todavía en el siglo iii a.C., una fuente afirmaba que Argantonio "vivió ciento veinte años, de los cuales ochenta fue rey, según cuenta Heródoto" (Scholia in Lyc., Alex., 643; THA 1999: 514), manteniéndose así fiel al texto herodoteo en lo que respecta a la cronología vital argantoniana. Pero, poco más adelante, la referencia herodotea y la cita anacreóntica, manifiestamente mal interpretada, se fundieron en un único filum literario que mantuvo su vigencia en los siglos siguientes. Como defiende Manfredini (1970: 281), Estrabón explicita que Heródoto había transmitido el nombre del rey Argantonio, pero no había precisado que, según Heródoto, el personaje en cuestión había reinado ochenta años y vivido ciento veinte. La lectura de este pasaje, según Manfredini, pudo inducir a posteriores eruditos a caer en el error de pensar que Heródoto atribuía ciento cincuenta años al reinado de Argantonio. Pero además, como veremos, el yerro asimismo alcanzó a la misma definición de la etapa vital a la que se asignaban dichos ciento cincuenta años. Durante el siglo i, Plinio (NH. VII, 154, 1) afirmaba que Anacreonte atribuyó a Argantonio ciento cincuenta años de vida, pero no olvidaba la tradición herodotea cuando afirmaba que era verdad que Argantonio había reinado durante ochenta años y que se creía que había comenzado a reinar hacia el año cuadragésimo de su vida (Plinio, NH. En el siglo ii, Apiano (Iber. 63) ponderaba la longevidad de Argantonio afirmando que se decía "que alcanzó los ciento cincuenta años" (THA 1999: 768). ALGUNAS NOTAS SOBRE LA FIGURA DE ARGANTONIO Y SUS ELEMENTOS MÍTICOS También aseveraba Apiano (Iber. 2) que los griegos visitaron Tarteso y a su rey Argantonio y algunos de ellos se quedaron en Iberia en donde estaba su reino, dato que introduce un aspecto novedoso en la narración, pues, como pone en evidencia Niemeyer (1990: 50), ni el mismo Heródoto habla de ningún asentamiento foceo en la Península Ibérica, independientemente de que lo hubiera. Pal. gr. 398 V), a mediados del siglo ii, se hacía eco de la cita de Heródoto y Anacreonte y llegaba a una síntesis similar a la de Apiano, afirmando que "Argantonio, rey de los tartesios, según cuentan Heródoto y el poeta Anacreonte (vivió) ciento cincuenta años" (THA 1999: 829). 10) ofrece una noticia similar, aunque ni Heródoto ni Anacreonte dijeron nada de lo que afirman el de Tralles y el de Samosata. Ya en el siglo iii, Censorino (De die nat., XVII, 3) ignoraba a Anacreonte y atribuía la información solo a Heródoto. En cualquier caso, estamos ante una repetida errónea interpretación de la referencia anacreóntica, pues, como nos recuerda Powell (1988: 241), la cita literalmente implica ciento cincuenta años de reinado, no de vida. En resumen, las cifras directamente atribuidas a Argantonio antes de que Anacreonte fuera erróneamente interpretado por sus colegas eruditos, son ochenta años de reinado y ciento veinte de vida. Y son estas las que van a centrar nuestra atención. Según Kraeling (1947: 193-208), la versión mesopotámica del diluvio universal no proporcionaba una motivación suficientemente apropiada para esta catástrofe, de manera que los autores del Génesis tuvieron que inventar una justificación, que obviamente se expresó mediante una narración mítica. Según esta, una generación de superhombres, los gibborim, había planteado un serio problema al dios creador por sus actos violentos e impíos. Los gibborim eran considerados, en parte, de origen divino, pues eran el fruto del himeneo de "ángeles" con humanos. Este tema también fue tratado por Hesíodo (Theog., 1019-1020), quien narra que las diosas inmortales yacieron con varones mortales y parieron hijos semejantes a los dioses. El comportamiento de los gibborim llegó a tales extremos que Yahvé llegó al convencimiento de que el único recurso para solucionar el problema era aniquilarlos, por lo que envió el diluvio. El dato que quiero destacar es que Yahvé había limitado la vida de los gibborim a ciento veinte años. Como nos indica Kraeling (1947: 200), los gibborim son una adaptación hebrea de la tradición babilónica de los reyes antediluvianos. Efectivamente, en la Lista Real Sumeria (col. i, 1-47; Jacobsen 1939: 71-77), las ci-fras de los años de los reinados de dichos reyes y sus inmediatos sucesores postdiluvianos, rey a rey o por grupos, son en todos los casos múltiplos de 120 y, obviamente, de 40. La edad de ciento veinte años tiene un evidente significado mítico. Aparece en el caso de Moisés, que murió con ciento veinte años de edad (Deut. 34:7), en el caso de los etíopes, de los cuales se decía que muchos alcanzaban los ciento veinte años y algunos aún más (Hdt., III, 23), y, en el de los hombres de la raza de plata, que tienen un referente directo en los gibborim (Gen. 6.1-4), pues Hesíodo (Op., 130-134) atribuye a los hombres de esta estirpe una infancia de cien años y una breve vida adulta, muy probablemente de veinte años (Kraeling 1947: 202). Es pues ocioso intentar poner en relación la etapa de la intensa actividad desplegada por los griegos durante el último tercio del siglo vii a.C. y el primer tercio del siglo vi a.C. con los supuestos ochenta años del pretendido reinado de Argantonio, pues los datos cronológicos sobre este personaje reseñados por Heródoto responden al empleo por parte de quien elaborara la "tradición" argantoniana de un viejo elemento mítico de origen mesopotámico integrado en su momento por Hesíodo en el acervo mítico griego (véase Alonso 1987: 243). Le concedieron la edad propia de los seres considerados especiales, distintos y muy por encima de los demás mortales. Consecuentemente, dado que la erudición del momento no había fijado el inicio de su reinado, Argantonio murió cuando fue necesario para la narración de la historia interna de los foceos. Heródoto (I, 165) dice al respecto: "En Cirno habían levantado ellos (los foceos) veinte años antes una ciudad por orden del oráculo, cuyo nombre era Alalia. En efecto, muchos habitantes de Focea, quizá algo menos de las mitad (Domínguez Monedero 2006a: 325-326), decidieron abandonar su patria hacia 540 a.C., ante la por aquellos momentos imparable expansión persa, y marcharon en masa hacia Occidente. El intento de asentarse en las islas Enusas, pertenecientes a Quíos, fracasó por la oposición de los quiotas (Domínguez Monedero 2006a: 325), de manera que se vieron obligados a avanzar más al Occidente, siendo acogidos al menos en Masalia (Graham 1964: 111-112), colonia focea fundada en torno a 600 a.C., y en Alalia, una colonia también focea fundada en Córcega hacia 560 a.C., de donde fueron posteriormente en parte desalojados por una serie de operaciones navales desarrolladas por Caere y Cartago. Los huidos de Alalia acabaron fundando Hyele (Elea), en la costa tirrénica meridional de la península italiana. En ningún caso hubo intento alguno de establecerse en el Suroeste de (2001: 239) destaca que no cabe duda de que los griegos de Época Arcaica siguieron interpretando las relaciones que mantenían con los representantes de los grupos humanos con los que entraban en contacto desde el punto de vista de la vieja hospitalidad "homérica", en sentido amplio. Esto puede comprobarse en el caso de la fundación de Náucratis, que fue consecuencia directa, según Heródoto (II, 178, 1), de la amistad que el rey egipcio mantuvo con los griegos; en la fundación de Masalia, en la que Aristóteles (frag. 549 Rose) asegura que el fundador, Aristoxeno, era xenos del rey indígena Nano; en la fundación de Mégara Hiblea, posibilitada, según Tucídides (VI, 4, 1), por la invitación del dinasta local, y en el caso de la fundación de la misma Lámpsaco, cuyo promotor, Foxo de Focea, era philos y xenos de Mandrón, rey de los míticos bébrices, vínculo surgido entre ambos que propició el habitual ofrecimiento de tierras por parte del rey indígena a Foxo y a los foceos, según narra Plutarco (Mor., 255 a2-b3). Y en el caso de Tarteso, como no podía ser de otra forma, Heródoto narra que los foceos se hicieron tan amigos (prosphiles) de Argantonio que este personaje les propuso que dejaran Jonia y se establecieran en la región de su país que ellos quisieran, demostrando así una espléndida hospitalidad. Como no se produjo ninguna fundación colonial griega en estos parajes, al contrario de lo que ocurrió en los casos de Náucratis, Mégara Hiblea, Masalia y Lámpsaco, la narración tuvo que incluir necesariamente la negativa de los foceos al ofrecimiento, adecuadamente compensado por la largueza argantoniana. En consecuencia, fueran las que fuesen en realidad las relaciones y fuera quien fuese el personaje con quienes los griegos establecieron contacto necesariamente, todos los indicios parecen indicar que estas fueron imaginadas y contadas de una forma preestablecida, empleándose un verdadero cliché narrativo. Obviamente, no sería la inmensa generosidad de un bondadoso rey, sino las espléndidas ganancias obtenidas por los foceos en las rentabilísimas relaciones económicas mantenidas con los mercaderes establecidos en el emporion llamado Tarteso las que en todo caso les permitieron financiar, totalmente o en parte, las murallas de su metrópolis (Roller 2006: 6), construidas entre 590 y 580 a.C. (Özyiğit 2003: 116). Pero, no cabe la menor duda de que era más prestigioso que la construcción de las defensas se debiera a la generosidad de un personaje extraordinario, que al trabajo arriesgado y anónimo de los mercaderes, en cuyas actividades Domínguez Monedero (2013: 21) aprecia un fuerte componente estatal, en cuanto que fue la polis en su conjunto la que se benefició de las ganancias obtenidas en Tarteso. De Hoz (2010: 223) cree que la atribución de la financiación de la muralla de Focea al rey Argantonio, así como su extraordinaria longevidad y su papel de benefactor que vive en lejanas tierras puede pertenecer a la leyenda, incluso a la leyenda folklórica. Por su parte, Niemeyer (1990: 50) subraya que el cuento de Heródoto sobre la riqueza que los foceos obtuvieron a través de la íntima amistad con Argantonio le recuerda otra narración de Heródoto (VI, 125) en la que el historiador cuenta que la familia de los Alcmeónidas recibió una gran fortuna del rey Creso. La plasmación en la figura de Argantonio de los ideales utópicos sobre el feliz extremo del mundo, la vinculación de su extrema longevidad con viejos mitos mesopotámicos integrados en la cultura griega, su carácter de buen monarca acogedor del viajero y su relación con una posible épica vinculada a aspectos míticos plasmados en las riquezas mineras atribuidas por la tradición legendaria a los viajes de Heracles, todo en la misma persona y con una aparente coherencia interna en la construcción mítica, quizá no sea resultado de un largo proceso de elaboración, sino de la labor probablemente de un único autor. La opción de Caronte de Lámpsaco parece adecuada, aunque obviamente la construcción literaria de Argantonio pudo deberse, totalmente o en parte, a otro erudito. Pero, independientemente de quien fuera el autor, creo que los aspectos míticos de la figura de Argantonio que he intentado destacar en el presente trabajo permiten poner muy en duda la historicidad de este individuo como personaje así llamado, como ostentador del cargo de rey y, según acabamos de ver, como protagonista de las acciones que se le atribuyen. En primer lugar, porque el nombre que las fuentes literarias nos transmiten es más vinculable con la toponomástica bitinia, de donde fue presumiblemente tomado por un erudito greco-oriental, probablemente de origen foceo, interesado en los temas del Extremo Occidente, que relacionable con el sustrato lingüístico prerromano de la Península Ibérica. En segundo lugar, porque el cargo de rey que se le atribuye probablemente respondía a la necesidad de presentar al oyente y/o lector griego un sistema político monárquico esperable en un pueblo bárbaro. De hecho, los mercaderes griegos del periodo que estamos contemplando contactaron, por lo que respecta al Sur de la Península Ibérica, fundamentalmente, por no decir exclusivamente, con comunidades fenicias, pues las cerámicas griegas se hallan en ámbitos fenicios o frecuentados por los fenicios (Domínguez Monedero 2013: 16), aunque Huelva debe ser incluida entre los primeros (Pellicer 1996; González de Canales et alii 2004;2008;2010). El gobierno local que cabe imaginar para estas comunidades, probablemente en manos de magistrados, no se compadece con la forma de poder representada por el basileus Arganthonios. Y en tercer lugar, porque la narración de las relaciones del supuesto rey con los marinos foceos, que sigue un esquema esclerotizado, tenía como objetivo vincular un territorio concreto del Sur de Iberia con los intereses económicos foceos en Occidente y con la misma historia focea en Oriente, atribuyendo a un fabuloso rey la financiación de la muralla de la metrópolis. La idea que surge de la lectura de este episodio es que estamos ante un caso de propaganda focea realizada por un erudito foceo. Por otra parte, la forma de poder que Heródoto asigna a Tarteso y el mismo nombre del rey, interpretado en clave autóctona, han inducido a la mayor parte de los investigadores a considerar que tanto Argantonio como sus súbditos eran pobladores prefenicios del Sur peninsular, habitualmente llamados "tartesios". La imagen que proyecta esta interpretación se corresponde muy bien con el paradigma que ha imperado durante décadas en la interpretación de las relaciones entre autóctonos o tartesios y alóctonos o fenicios, que, como sintetiza González Wagner (2011: 125), se ha caracterizado por su fuerte autoctonismo y por la defensa de la existencia de una poderosa aristocracia prefenicia, del predominio de la aculturación sobre la colonización y de la preponderancia de la coexistencia, la cooperación y la igualdad en las relaciones económicas. Sin embargo, esta imagen no encaja con el nuevo modelo explicativo -como por el contrario sí lo hace la visión que he defendido en este trabajo-, en el que prevalecen la reducción del protagonismo autóctono, limitado a ciertas pequeñas élites y a fuerza de trabajo para los colonizadores, una aculturación escasa y muy limitada socialmente, el predominio del colonialismo y la explotación econó-mica y, como consecuencia de todo ello, la existencia de tensiones, conflictos y violencia (Moreno Arrastio 2000: 165, 2008: 53-57; Escacena 2002; González Wagner 2005;2007;2011: 125).
Los volúmenes editados del CSIR-España se dividen en dos grupos. El primero está destinado a publicar esculturas romanas halladas en España en función de su lugar de procedencia; el segundo a estudiar problemas concretos de la plástica hispanoromana. El estudio de J. M. Noguera es el cuarto fascículo del primero de los grupos mencionados y su objetivo es publicar la totalidad de los testimonios escultóricos romanos procedentes de Segobriga (Los volúmenes publicados del primer grupo son: M. Claveria, Los sarcófagos romanos de Cataluña, CSIR 1-1, Murcia 2001. Beltrán, Esculturas romanas de la provincia de Jaén, CSIR 1-2, Murcia 2002. Rodríguez Oliva, Los sarcófagos romanos de Andalucía, CSIR 1-3, Murcia 2006. Los volúmenes publicados del segundo grupo son: J. A. Garriguet, La imagen del poder imperial en Hispania. S. Vidal, La escultura hispánica figurada de la Antigüedad tardía (siglos iv-vii), CSIR 2-2, Murcia 2005). Habida cuenta de que no se conoce ninguna otra escultura segobriguense que pueda añadirse a las 375 piezas catalogadas por Noguera, puede afirmarse que el libro ha cumplido este objetivo. El estudio se inicia con una introducción en la que se resume la historia urbana de Segobriga (pp. 13-18), el estado actual de conocimientos en torno a la plástica de la ciudad (pp. 18-20) y la estructura de la obra (pp. 20-22). El resto del libro puede dividirse en dos partes: En él se incluyen 350 piezas y dos anejos en los que se recogen 25 más. Las entradas contenidas en el catálogo están organizadas en función de su lugar de procedencia y de su temática (para más detalles cf. pp. 20-21). Cada una de ellas contiene la siguiente información: número dentro del catálogo, nombre de la pieza, fotografía correspondiente, procedencia, lugar de conservación, número de inventario, material, dimensiones, estado de conservación, bibliografía, créditos fotográficos, comentario y datación (para más detalles cf. p. Análisis de los problemas arqueológicos que plantean las esculturas segobriguenses (pp. 233-358). Esta parte se divide en cinco apartados: materiales utilizados y talleres (pp. 233-240); lucus o santuario de Diana (pp. 241-244); topografía de los hallazgos escultóricos (p. Los méritos fundamentales del trabajo son los siguientes. (I) Haber realizado análisis tipológicos, iconográficos y estilísticos que, a mi juicio, son correctos en casi la totalidad de los casos (sólo en dos ocasiones tengo propuestas alternativas. Para ellas cf. infra). (III) Incluir listados bibliográficos exhaustivos de los estudios realizados anteriormente sobre cada pieza. De especial importancia me parece el esfuerzo realizado por Noguera, para incluir entre paréntesis las hipótesis cronológicas y de identificación propuestas por otros autores. (IV) Aportar un nuevo corpus estatuario a los ya conocidos de la Península Ibérica. A mi modo de ver, se puede aportar poco a los análisis que ha desarrollado Noguera para cada una de las piezas contenidas en el catálogo. Solo se me ocurren las siguientes ideas: Cat. no 15, lám. X, 4: la cabeza fue encontrada en la basílica visigoda y se ha identificado como un retrato femenino de época augustea (pp. 39-40). Prefiero una cronología más avanzada para esta pieza. La fuerte expresividad del rostro, su estructura dura y la forma de representar el iris y la pupila -trabajados mediante dos grandes círculos concéntricos incisos-son detalles iconográficos característicos de época tardo-antigua. A mi juicio existen buenos paralelos para la pieza en retratos de entre finales del siglo iii d. C. y comienzos del v d. Dentro de Hispania el mejor paralelo que conozco para la pieza es un retrato masculino emeritense, que en mi opinión puede datarse en el mismo intervalo cronológico que la cabeza segobriguense (para el retrato emeritense: T. Nogales, El retrato privado en Augusta Emerita, Badajoz 1997, cat. no 84, lám. 35-36). Cat. no 270, lám. LXXII-LXXIII: la estatua militar procedente de la basílica de Segobriga es la pieza del catálogo, que ha sido estudiada de manera más extensa (pp. 184-188; 265-270). Fue hallada durante la excavación del relleno de un vertedero del siglo ix d. C., situado en la basílica forense (para más detalles cf. p. Noguera ha propuesto que la pieza fue realizada posiblemente durante el principado de Nerón (p. Sin embargo, aceptar una cronología neroniana para la estatua me parece problemático: hasta la fecha solo se conocen dos representaciones militares con datación absoluta de época neroniana (Para la primera: M. Cadario, La corazza di Alessandro. Sigo pensando que una datación flavia de la pieza es la opción más plausible y que la identificación de la cabeza contenida en la cenefa de la parte baja de la coraza como la imagen de un sármata es el argumento fundamental para una cronología domicianea (en este sentido cf. D. Ojeda, Un torso militar de época domicianea en Segobriga, SPAL 17, 2008, 323-328). Además me parece que la pieza contiene numerosas notas estilísticas típicas de las estatuas militares de época flavia (para una lista con estatuas militares con datación absoluta en época flavia y un análisis de sus características estilísticas: D. Ojeda, Un torso militar procedente de Italica, MM 54, 2013). Tampoco me convencen las dudas expresadas por Noguera en relación a la invalidez metodológica de identificar legiones en los lambrequines de la escultura; a mi modo de ver todas las estatuas militares que utiliza Noguera en la p. 269 para demostrar la existencia previa de dichas legiones pueden ser datadas en época flavia. Quiero terminar resaltando un último mérito del libro de Noguera: ha convertido a Segobriga en la segunda ciudad hispanoromana cuyo ornato estatuario se ha publicado por completo. Hasta la fecha sólo Tarragona (E. M. Koppel, Die römischen Skulpturen von Tarraco, Berlín 1985) había recibido un tratamiento similar. Espero que los futuros volúmenes del CSIR-España puedan solucionar esta carencia. David Ojeda Universidad de Colonia Magallón, M. Á.; Sillières, P. (eds.), Labitolosa (La Puebla de Castro, province de Huesca, Espagne). Supongo -y lo digo con cierta amargura; ¿o es pura envi-dia...?-que una edición como la del volumen cuya valoración crítica ocupará las próximas líneas sólo es posible a día de hoy fuera de España; porque lo primero que llama la atención cuando uno lo toma en sus manos es precisamente eso: una calidad muy por encima de lo que suele ser normal en nuestro país para obras puramente científicas, incrementada por el gramaje del papel y el uso bien dosificado de la cuatricromía, al servicio de una mejor comprensión de los planos, las fotografías que, en un altísimo número, enriquecen sus páginas, o las recreaciones virtuales. El libro, que viene a poner colofón a una larga, nutrida y novedosa serie de estudios preliminares sobre el yacimiento, se ha compuesto en Burdeos, impreso en Santander, y, en efecto, detrás está el capital francés (Ediciones Ausonius, de Bordeaux); con eso está dicho todo. Un libro que es en realidad una monografía colectiva, en la que un nutrido grupo de investigadores, españoles, franceses y alemanes presentan de forma modélica, alternando el francés y el español, los resultados de sus trabajos multidisciplinares de más de dos décadas -se iniciaron en 1990-sobre la ciudad romana de Labitolosa; proyecto ejemplar, sostenido inicialmente por las Universidades de Zaragoza y de Burdeos, al que no tardaron en sumarse otros centros de inves-tigación de ambos lados de los Pirineos. Unos y otros ponen al alcance de la comunidad científica la imagen actualizada, que no final, de un pequeño centro urbano de la Citerior hasta ahora muy poco conocido (ni siquiera es citado por Plinio o Ptolomeo), entre el Valle del Ebro y el piedemonte pirenaico meridional, que pasa a convertirse a partir de sus trabajos en uno de los conjuntos arqueológicos más sorprendentes y mejor estudiados de Hispania; "l 'une des découvertes archéologiques majeures dans la péninsule Ibérique au cours de ces derniéres décennies", como afirman M. Martín-Bueno y J. M. Roddaz en el Prefacio (pp. 13-14), capaz de poner en evidencia de forma paradigmática el alcance y la profundidad de la acción de Roma en la zona. El Cerro del Calvario, que acoge los restos de Labitolosa (con una superficie total de circa 12 Ha1 ), domina estratégicamente el valle del río Ésera en su último tramo antes de desembocar en el Cinca, a sólo kilómetro y medio de La Puebla de Castro, en el nordeste de la actual provincia de Huesca; un territorio montañoso no demasiado alejado de la costa 2, de base ilergete y unos 2000 km 2, que ha sido también objeto de estudio a partir de prospecciones terrestres y aéreas metódicas y bien planificadas, capaces de ofrecer ya hipótesis fidedignas sobre la evolución comarcal. De hecho, su peritaje histórico ocupa el primer capítulo del volumen tras la introducción bilingüe que firman M.Á. Magallón y P. Sillières, los editores (pp. 15-28). En ella presentan el yacimiento, geomorfológica, histórica e historiográficamente, insistiendo en el estado de conservación diferencial del mismo, como consecuencia de la erosión, los saqueos y las numerosas labores de acondicionamiento agrícola realizadas en él a lo largo del tiempo, que han afectado especialmente a la cima, donde tal vez se emplazó el primitivo asentamiento. La ciudad, dispuesta conforme a un urbanismo en terrazas que obligó a retallar ad hoc la roca de base, parece arrancar -según indican algunos materiales cerámicos recuperados en los contextos más bajos-de tiempos tardorrepublicanos, con raíces ilergetes poco menos que inaprensibles, si bien los primeros datos fidedignos sobre la existencia de restos arquitectónicos, que por otra parte ocupaban la práctica totalidad del cerro, corresponden a tiempos de Augusto, en el último cuarto del siglo i a.C., cuando "la extensión de Labitolosa se amplió considerablemente..., ligada... a su nominación como capital de una civitas tras la reorganización administrativa de Hispania realizada por Augusto. Será a partir de esta fecha cuando la ciudad pase a ser el oppidum de los Tolosani, es decir, el centro administrativo y político de la comunidad estipendiaria de Labitolosa" (p. Solo unas décadas más tarde, a mediados del siglo i d.C., experimentaría un importante proceso de monumentalización urbana que implicaría el arrasamiento de las estructuras de época augustea e introduciría como materiales edilicios fundamentales la sillería y el opus caementicium 3. Finalmente, por RECENSIONES alguna razón que se desconoce, ligada quizás a la peste antonina (¿viruela?), la ciudad fue abandonada de forma pacífica y por completo en torno al año 200. El análisis del territorio labitolosano al que antes aludía es abordado por L. Chasseigne, M. Á. Magallón y P. Sillières (pp. 31-68), quienes se acercan el entorno específico de Labitolosa tras analizar con detalle ciudades de la vertiente meridional de los Pirineos centrales bien conocidas a través de las fuentes escritas (Aeso, Ilerda, Osca, Iacca), o de las que se tiene constancia arqueológica, se sepa o no su nombre antiguo. Ensayan de esta manera una propuesta de límites para el territorium Labitolosanum, de evolución de su poblamiento desde época ibérica hasta la plena implantación de Roma que destaca inicialmente por la continuidad, y a partir del Alto Imperio por una importante red de asentamientos rurales -base de la riqueza de los notables locales-que introducen parámetros socioeconómicos nuevos. Terminan con un análisis de las vías, los caminos y los recursos económicos de la zona que tal vez debería haber abierto el bloque. No obstante, los autores son bien conscientes de las limitaciones de su estudio, por ser solo un planteamiento inicial, y esto lo justifica suficientemente, a mi juicio. Magallón, M. Passelac y P. Sillières con un nuevo apartado, titulado Les premier temps de Labitolosa (pp. 69-98), en el que, con argumentos arqueológicos que, de nuevo, ellos mismos reconocen endebles por su escasez y dispersión, proponen efectivamente para la ciudad una primera fase de época ibérica tardía (o, mejor, como antes indicaba, tardorrepublicana, atestiguada solo por fragmentos cerámicos pintados y de barniz negro que son tratados ahora de manera específica), seguida por una remodelación augustea 4 sobre la que, como ya he comentado también más arriba, apoyaría la monumentalización flavia, en la que se centran los bloques siguientes.''La première phase de monumentalisation urbaine: les édifices de la partie nord du forum'' (pp. 99-128) corre a cargo de M. Á. Rico, que centran su investigación en el gran edificio público documentado en las inmediaciones del Foro y de la Curia 5, perteneciente, no obstante, a la fase augustea previa, lo que unido a las labores agrícolas, especialmente agresivas en esta zona, explica su mala conservación. Su posible carácter religioso no ha podido ser confirmado. Otros inmuebles excavados en su entorno debieron estar relacionados con la administración y la gestión de la ciudad. Tanto es así que uno de ellos (Edificio Este) pudo haber sido el tabularium, a juzgar los varios fragmentos de placas de bronce (estudiados por M. Navarro; pp. 125-127) que ha proporcionado, pertenecientes en cualquier caso al conjunto epigráfico del primer foro. Todo el complejo, construido sobre una terraza artificial que acondicionorte del forum, el Gran Edificio y el Edificio Este, y por las Termas I. Se caracterizan por el empleo de un aparejo mixto: la parte inferior de los muros en gran aparejo y la parte superior en opus caementicium. Un segundo grupo de monumentos, constituido por la Curia, las Termas II y una domus, está totalmente realizado en opus caementicum y todos esos edificios parecen haber sido construidos en época flavia" (p. 5 El foro de época flavia debió ser construido sobre el augusteo, pero ni uno ni otro se han conservado. Vid. una propuesta de restitución planimétrica de este último en p. 448, Fig. 2. na la vertiente del cerro, formaría parte de un programa inicial de ennoblecimiento y monumentalización de la ciudad promovido y seguramente financiado por las elites locales, deseosas de exaltar su nivel de romanización cuando Labitolosa no gozaba aún de estatuto jurídico privilegiado. A este mismo momento se adscribe el primer conjunto termal de la ciudad (Thermes I), presentado monográficamente por M. Fincker, C. Guiral, M. Á. La excavación del monumento, ubicado a una cota inferior que el foro pero cercano a él por el Oeste, y en bastante buen estado de conservación edilicia6, puso en evidencia que fue construido con carácter público en torno a mediados del siglo i d.C. sobre estructuras previas de época augustea y difícil identificación (entre otras razones porque apenas se ha intervenido bajo los pavimentos)7. Con algunas transformaciones, las termas, que adoptan "técnicas y novedades arquitectónicas, como por ejemplo la bóveda, o el empleo de las más recientes innovaciones en la calefacción termal, como la testudo aluei o los conductos para el aire caliente" (p. 448), se mantendrían en uso hasta el momento mismo en que la ciudad es abandonada. Esta primera fase de monumentalización marcó el inicio de una reorganización urbana que, sin embargo, tomaría carta plena de naturaleza en torno a los años 80, tras la obtención por parte de la ciudad del ius Latii. Se inicia así su fase de esplendor, fijada entre finales del siglo i y la primera mitad del siglo ii d.C. Labitolosa ya no solo era romana de pleno derecho sino que, además, debía parecerlo; y nada más apropiado para ello que remodelar su centro urbano asimilándolo a los convencionalismos urbanos propios de la romanidad más exigente, especialmente por lo que respecta a los espacios cívicos: la curia (el foro como tal, que la curia delimita por su lado Norte, no se ha conservado), analizada por M. Fincker, C. Guiral, M. Á. Rico y P. Silliéres (pp. 211-252), y las Thermes II, peor conservadas que sus predecesoras en el tiempo8, que estudian M. Fincker, M. Á. Rico y P. Silliéres (pp. 253-296); sendos conjuntos arqueológicos de enorme relevancia por lo que representan precisamente de asunción completa de los parámetros ideológicos, urbanísticos, administrativos, sociales e incluso lúdicos de Roma en la región. Una de las aportaciones arqueológicas más excepcionales de la curia, excavada entre 1993 y 1999, fue, sin duda, el consi-Archivo Español de Arqueología 2014, 87, págs. 287-297 ISSN: 0066 6742 derable número de pedestales de estatua (y de zócalos de los mismos) con inscripción que proporcionó, bastantes de ellos todavía in situ cuando fueron exhumados9. Se erigen así en verdadera, y excepcional, foto fija de la sociedad y de los notables labitolosanos (casi todos ellos de época adrianea) que protagonizaron los momentos de mayor pujanza de la ciudad tras adscribirse por completo a las directrices del Imperio y quisieron además garantizar su perennitas con un ejercicio activo de ciudadanía, de vanitas camuflada de pietas o de evergetismo. Uno de estos pedestales (no 1 del catálogo, pp. 353) fue dedicado al Genio del Municipium Labitulosanum por M. Clodius Flaccus, miembro del orden ecuestre y dos veces duunvir10, confirmando así epigráficamente el nombre y el estatuto jurídico de la ciudad11, y varios otros debieron, tal vez, sostener estatuas de emperadores12. La abundante epigrafía proporcionada hasta el día de hoy por las excavaciones de la ciudad (no solo sobre piedra), así como los numerosos e interesantes aspectos sociales que derivan de ella, son abordados de forma extremadamente minuciosa y enriquecedora por M. Navarro y M. Á. Magallón (pp. 333-418), en un amplio capítulo de lectura ineludible para entender el papel de Labitolosa en el contexto histórico de la época. Como es obvio, estas elites debieron contar con residencias a la altura de sus pretensiones sociales, de su nueva condición de ciudadanos romanos de pleno derecho, y prueba incontestable de ello es la domus, con al menos dos plantas, ubicada al sur de las Thermes II (la única como tal excavada hasta la fecha en el yacimiento) 13, motivo de estudio monográfico a cargo de nuevo de M. Fincker, C. Guiral, M. Á. Aun cuando su mal estado de conservación no permite muchas precisiones, su adscripción cronológica al último cuarto del siglo i d.C. la hace contemporánea de la segunda fase de monumentalización urbana labitolosana, erigiéndose por tanto en paradigma de las soluciones que adopta el hábitat privado al servicio del nuevo estatus de la ciudad y de sus notables; un hábitat que, como es habitual, no prescinde de decoración parietal pintada, ni tampoco de calefacción privada. No ha conservado, en cambio, trazas de pavimentos musivos. La domus debió formar parte de un barrio residencial (probablemente el más lujoso de la Labitolosa), con una hectárea de superficie aproximada, que eligió para su construcción un espacio al Sur del foro particularmente favorable para la expansión urbana de ese momento. Termina el libro con un capítulo dedicado a "La cerámica engobada de imitación de sigillata hispanica: ¿una producción labitolosana?", que firma y desarrolla con brillantez J. C. Sáenz (pp. 419-436); otro más en el que Y. Lignereux, J. Massendari, H. Obermaier y E. Schwabe analizan los "Restes fauniques de Labitolosa" (pp. 437-444), e, índices aparte, una conclusión general bilingüe a cargo otra vez de los dos editores (pp. 445-454) en la que resumen la esencia del proyecto desarrollado y de sus más importantes aportaciones históricas, insistiendo de paso en todo lo que queda por hacer. Se cierra así a una obra en la que, como es habitual en publicaciones de tanto alcance, se detectan algunas erratas; cierta retórica ocasional perfectamente prescindible, y también pequeñas inexactitudes, o cuando menos expresiones cuestionables a juicio de quien esto suscribe. Sin embargo, el balance global es espléndido, sin posibles matices ni paliativos. Una monografía necesaria, oportuna y de referencia, que establece un antes y un después en el conocimiento del mundo romano en el piedemonte pirenaico y una forma de hacer interuniversitaria, multidisciplinar e internacional verdaderamente ejemplar que servirá de modelo y debería cundir entre la comunidad científica. Universidad de Córdoba Mirella Romero Recio, Ecos de un descubrimiento. La obra de Mirella Romero Recio, profesora titular de Historia Antigua en la Universidad Carlos III de Madrid, que ahora presentamos, constituye el colofón de una línea de investigación centrada en las ciudades vesubianas, que comenzaron en el año 2008 con el proyecto de investigación "Ecos de un descubrimiento: Pompeya, Herculano y Estabia de 1738 a 1900", y continuado posteriormente en el 2009 con "Ecos de un descubrimiento, II: Pompeya, Herculano y Estabia de 1900 a 2000". Dichos proyectos se materializaron en la publicación del libro Pompeya. Vida, muerte y resurrección de la ciudad sepultada por el Vesubio (Madrid 2010), así como en un número importante de artículos en revistas especializadas y de divulgación, a los que habría que añadir esta nueva publicación. Como bien dice la profesora Romero, el descubrimiento de 1748 de las ruinas de Pompeya y los posteriores trabajos arqueológicos realizados por el ingeniero Roque María de Alcu-RECENSIONES bierre, el mito de la ciudad no ha hecho más que engrandecerse, a medida que se produjeron los hallazgos arqueológicos, que en el siglo xviii atrajeron a los principales eruditos y anticuarios de toda Europa, y en el siglo xix, bajo la dirección de Giuseppe Fiorelli, el yacimiento de Pompeya se constituyó en uno de los referentes internacionales para el estudio y conocimiento del mundo romano, por sus innovaciones metodológicas. El hilo conductor del presente trabajo es la difusión de los descubrimientos de las ciudades vesubianas a través de los viajeros, quienes con la publicación de sus diarios de viaje, contribuyeron desde bien temprano a crear en los principales círculos eruditos de Europa de una pasión hacia Pompeya, cuya repercusión puede apreciarse actualmente en distintas facetas artísticas y literarias. Es esta visión de los viajeros, a través de la recopilación de los relatos, así como la contextualización y el análisis de los mismos, la que planea la autora como punto de partida en la introducción a su obra, donde destaca la idea del viaje a Pompeya como una especie de rito de paso o rito iniciático que todo aristócrata europeo debería realizar en su etapa formativa, no sólo como prueba de madurez sino también como símbolo de distinción social, ya que la materialización de este viaje le abriría las puertas del ascenso en la escala social y política. Pese al importante papel que los españoles jugaron en el descubrimiento de Pompeya, su repercusión en España ha sido considerado desde siempre como algo secundario. Esta afirmación es el punto de partida utilizado por la Dra. Romero Recio en su obra, a lo largo de cuyas páginas nos va desgranando cómo los españoles participaron de la moda de Pompeya, aunque su generalización fuese más tardía. Y otra de las principales novedades del estudio es su propia estructuración, pues frente al clásico estudio a partir de una evolución cronológica, nos propone un trabajo en 6 grandes capítulos o apartados temáticos, además de su introducción (pp. 13-22) y de sus conclusiones (pp. 247-250), en los que encajarían cada uno de los relatos y estudios. En el capítulo II, titulado "los primeros eruditos españoles llegan a Pompeya" (pp. 23-44), analiza la visita de importantes eruditos de la España del xviii como Francisco Pérez Bayer y Antonio Ponz, muy relacionados con la Corona y con las instituciones académicas ilustradas, y de otros intelectuales como José de Viera y Clavijo y Nicolás de la Cruz y Bahamonde, quienes recorrieron las excavaciones y visitaron el Museo de Portici, fundado por Carlos VII de Nápoles, futuro Carlos III de España. El capítulo III se centra en la presencia de "arquitectos españoles en la ciudad muerta" (pp. 45-57), en su mayoría pensionados de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Personajes como Juan de Villanueva, José Ortiz y Sanz, Isidro González Velázquez, sólo por citar algunos, visitaron la ciudad en numerosas ocasiones, conociendo de primera mano las distintas construcciones exhumadas y las técnicas empleadas en las mismas, realizando dibujos y levantando planos, que posteriormente servirían de modelo para sus obras arquitectónicas. Esta tradición, fue continuada posteriormente a lo largo del xix y xx por otros arquitectos, algunos de los cuales llegaron a intervenir en la restauración de edificios dentro de la propia Pompeya. En el Capítulo IV (pp. 59-96), la Dr. Romero Recio centra su atención en "los pintores españoles [que] recorren el yacimiento", inicialmente acompañando a los arquitectos y posteriormente solos. Aquí también hay que señalar, como bien dice la autora, el importante papel que desempeñó la inauguración en 1873 de la Academia Española de Roma Son importantes estas obras porque nos permiten conocer los avances de las excavaciones de las distintas insulae de la ciudad. Como bien ha estudiado la Dra. Romero, no sólo los pintores tendrán en las ruinas su fuente de inspiración, sino que buscarán otras fuentes, inicialmente fue la publicación de "Los últimos días de Pompeya" de E. Bulwer-Lytton y, posteriormente, la obra pictórica de Lawrence Alma Tadema, cuyas influencias podemos rastrear en la obra de Bernardino Montañés, Mariano Fortuny, José Garnelo Joaquín Sorolla, Ulpiano Checa y otros tantos. El capítulo V (pp. 97-141) está dedicado a los "escritores pasean por las calles de Pompeya", y en la influencia que la ruinas ejercieron sobre los escritores neoclásicos, como Leandro Fernández de Moratín -quien describió las calles de la ciudad y el Museo Real de Portici con extraordinaria minuciosidad-y románticos como Angel de Saavedra, Duque de Rivas, mucho más preocupado por el Vesubio que por las ruinas pompeyanas. Otros escritores como Juan Valera, Pedro Antonio de Alarcón, Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno y Vicente Blasco Ibáñez visitaron la ciudad, mostrando un gran interés por la antigüedad grecolatina y, como rasgo común a todos ellos, es la influencia que en sus relatos existe de la obra de E. Bulwer-Lytton, y que Galdós sintetizó como "la ciudad a la que llegas como si ya la conocieras antes de haberla visto" (p. 143-180) se centra en aquellos "políticos y misiones oficiales [que] hacen escala en la ciudad campana", apartado en el que destacan especialmente la presencia de la fragata Arapiles, en donde estaban embarcados Juan de Dios de la Rada y Delgado, uno de los arqueólogos más importantes de la España de la Restauración, y que estaba interesado en contactar con Giuseppe Fiorelli, director de las excavaciones del momento y cuya labor era el exponente de la modernidad arqueológica europea. También en este apartado destacan la presencia de una serie de estudiantes y profesores que en 1933 recorrieron los principales yacimientos del Mediterráneo a bordo del crucero "Ciudad de Cádiz", y en el que participaron personajes ya consolidados como Hugo Obermaier y Manuel Gómez Moreno, junto a otros investigadores que tendrán un papel muy importante en las décadas posteriores como Antonio García y Bellido, Julio Martínez Santaolalla, Martín Almagro Basch, Juan Maluquer de Motes, por citar sólo a algunos. 181-246) es el más largo de todos, y se centra en el estudio de los "turistas españoles en Pompeya", en el que se recogen diversos relatos de personajes religiosos y laicos, que visitaron el yacimiento como simples turistas, aprovechando una peregrinación, una estancia de trabajo u otro motivo, y que publicaron su relato en obras, artículos de viaje o simples descripciones de monumentos antiguos, en publicaciones como el Seminario Pintoresco Español o la Ilustración Española y Americana. Además de las conclusiones (pp. 247-250), el libro incluye un cuadro cronológico de Viajeros (pp. 251-256), una extensa bibliografía (pp. 257-280) tanto de fuentes consultadas como de estudios citados a lo largo de la obra, así como un exhaustivo índice onomástico (pp. 281-285), que hacen de este libro un útil instrumento de consulta para los investigadores y público en general. Para terminar este trabajo, utilizaré una frase de la propia autora, "la preparación de un libro es como un viaje". Estoy totalmente de acuerdo con ella, pero cuando se viaja y se disfruta, como es el caso de la lectura del libro, siempre queda la Archivo Español de Arqueología 2014, 87, págs. 287-297 ISSN: 0066 6742 sensación de un tiempo disfrutado, que se pone de manifiesto en el poso de conocimientos aprehendidos. Jesús Salas Álvarez Universidad Complutense de Madrid X. Ballestín y E. Pastor (eds.), Lo que vino de Oriente. Horizontes, praxis y dimensión material de los sistemas de dominación fiscal en Al-Andalus (ss. VII-IX), Límina / Límites. La obra que ahora nos ocupa propone, con excelentes resultados, un innovador marco de convivencia entre fuentes escritas y arqueológicas. La dilatada discusión sobre el papel de unas y otras en la construcción del discurso histórico presenta en estas páginas un nuevo capítulo, en el que textos y registro material se complementan ampliamente, tanto en la proposición como en la resolución de las cuestiones de estudio. El debate se había centrado las últimas décadas principalmente en la necesidad del diálogo entre estos dos grupos de fuentes, bien a través de la comparación entre unas y otras o a partir de su mutua verificación. Estos enfoques restaban importancia a la aplicación combinada del conocimiento proposicional adquirido por estas disciplinas, dando únicamente valor al operativo procedimental, es decir, al tratamiento del dato escrito y arqueológico aisladamente el uno del otro. Por el contrario, observamos con satisfacción como desde la primera página teoría, método e historiografía de ambas disciplinas se combinan de forma eficaz en el planteamiento de la problemática de estudio y en el tratamiento de las muy diversificadas fuentes de información. El trasfondo historiográfico alrededor del cual gira este volumen son los mecanismos de dominación fiscal o tributaria de época altomedieval en al-Andalus. Concebidos estos como medios institucionalizados de extracción de bienes y servicios de la población son, por tanto, un fiel reflejo de la estructura social y territorial que los desarrolló. Se trata de una cuestión fuertemente arraigada en la producción historiográfica europea, principalmente vinculada al estudio de las formas de conquista y control de territorios de todas las épocas. En el caso concreto que analiza esta obra, la formación de un estado islámico en la Península Ibérica durante la Alta Edad Media, esta problemática había sido abordada de forma generalizada a partir de la documentación escrita, principalmente fuentes literarias muchas veces parcas en información. De ahí que el estudio de los sistemas de dominación fiscal en el temprano al-Andalus quedase limitado a los pocos casos que estas ofrecían, en su mayoría vinculados a pactos de sumisión urbana durante la conquista, de los que únicamente conocemos a día de hoy el ejemplo de la región controlada por el conde Teodomiro. Por el contrario, en esta monografía se replantea el estudio de estos mecanismos a partir de dos ópticas relativamente poco habituales: la búsqueda de su génesis a partir de la contrastación entre los modelos orientales y occidentales de fiscalidad islámica y la necesidad de prestar atención a la dimensión material, tanto arqueológica como toponímica, de estos sistemas. Siguiendo estas líneas de investigación, el trabajo se estructura en dos bloques en los que se combinan datos provenientes de diversas fuentes de información para resolver las problemáticas planteadas por el estudio comparativo entre estructuras fiscales orientales y occidentales y su plasmación arqueológica. A modo de introducción, los trabajos de Pedro Chalmeta (pp. 1-16) y Michele Campopiano (pp. 17-27) abordan el entramado tributario desarrollado durante los primeros siglos del Islam a partir de casos de estudio desde Oriente Medio hasta al-Andalus. En estos textos se analizan conceptos de vital importancia para la comprensión de los mecanismos de dominación fiscal islámica, como los diferentes tipos de tasas imponibles, tanto a musulmanes como a las poblaciones conquistadas, y los orígenes de las mismas, principalmente en el Estado Sasánida. Ambos textos desarrollan además una cuestión de gran importancia dentro del marco de trabajo de la Arqueología vinculada al estudio del período tardoantiguo y altomedieval: la relación entre nuevas y viejas élites territoriales en las regiones de nuevo dominio islámico. Las reflexiones de Campopiano parecen reflejar la importancia que estas últimas debieron jugar dentro del nuevo sistema impositivo musulmán, asumiendo en muchos casos el cobro de impuestos mediante el arrendamiento de los mismos, y modificando progresivamente los pilares financieros de la primitiva fiscalidad islámica. Estos cambios, sin embargo, tendrían desarrollos desiguales a lo largo de este vasto pero joven imperio, adscritos principalmente a los devenires políticos de las distintas provincias y a sus específicos procesos de islamización. Los siguientes trabajos de este primer bloque temático se centran ya más concretamente en aspectos específicos de la investigación sobre la temprana fiscalidad islámica en al-Andalus. Xavier Ballestín (pp. 28-42) trata de dilucidar los orígenes y significados, en plural, del término árabe bala -ṭ, que tendría la acepción de centro de captación de tasas, vinculado a los mecanismos tributarios vigentes durante los primeros siglos de dominación musulmana en la Península. Bien en su terminología árabe o en su homónima latina como palatium, esta institución supone una pieza clave en la puesta en pie de un nuevo sistema de dominación fiscal a partir de la conquista de al-Andalus. Esta propuesta es uno de los ejemplos más claros de la obra del uso combinado de distintas fuentes históricas, escritas y arqueológicas, con un objetivo de investigación común, que va desde la identificación de una serie de yacimientos con características similares denominados por la documentación escrita latina con una misma voz (palatium), hasta el análisis filológico-histórico de esta para determinar su origen árabe (bala -ṭ) y sus funciones. Todo ello conduce finalmente a la creación de una línea de trabajo arqueológica destinada a caracterizar con mayor precisión este tipo de asentamientos y la problemática histórica en la que se enmarcan. Por su importancia, se trata de una cuestión que volverá a retomarse posteriormente, bien a partir de su plasmación toponímica a lo largo de la Península Ibérica, bien a través de diferentes casos excavados en diversos ámbitos regionales. Tanto el texto de Mercè Viladrich (pp. 43-55) como el de Jesús Lorenzo y Ernesto Pastor (pp. 56-71) retoman la problemática de la transferencia de conocimientos entre Oriente y Occidente. Viladrich analiza con precisión el origen del término tasca, ampliamente representado en los diplomas latinos de los condados catalanes y de la Septimania, a partir de su asimilación con la voz árabe ṭasq, en referencia a la tasa perceptible sobre la propiedad de la tierra. A partir del estudio minucioso de la documentación escrita, la autora observa la traslación de este mecanismo de percepción fiscal, desde sus orígenes pre-islámicos arsácidas hasta su llegada a territorios cristianos pasando por la lengua parta, aramea, árabe y latina. Del mismo modo, RECENSIONES Lorenzo y Pastor fijan también los orígenes orientales de una serie de pesos y medidas, como el arrobo, el kafiz o el almud, que pueden seguirse hasta la documentación latina medieval del valle del Ebro y que darán lugar a un sofisticado sistema de captación de impuestos. Finalmente, y cerrando este primer bloque, dos trabajos abordan la contrapartida fiscal al modelo islámico a partir de los ejemplos del Regnum Gothorum y del Regnum Francorum. Como modelo previo al establecido sobre los nuevos territorios de al-Andalus, el sistema tributario visigodo analizado por Iñaki Martín Viso (pp. 72-85) muestra una fuerte fragmentación de sus mecanismos de captación, en manos en muchos casos de diferentes poderes locales. Esta característica resulta de vital importancia para entender tanto el proceso de conquista de la Península como los paralelismos con algunos casos de estudio islámicos, donde los poderes locales también concentran el control de las estructuras de dominación impositiva. Por su parte, Juan José Larrea (pp. 86-101) aborda uno de los elementos claves de la fiscalidad al otro lado de la frontera, concretamente el uso del término mansus como unidad de medida en los territorios carolingios. También presenta una síntesis del resto de mecanismos fiscales impuestos por este Estado, destacando entre otras características la posibilidad de que algunos de ellos se hubiesen visto influenciados por algunos elementos procedentes de la fiscalidad islámica anterior, como había sugerido la profesora Viladrich. El segundo bloque de este trabajo, destinado preferentemente a la dimensión material de las prácticas fiscales abordadas durante la primera parte de la obra, analiza a partir de una serie de casos de estudio las posibilidades que la Arqueología ofrece para el estudio de los mecanismos de dominación tributaria. En primer lugar, dos trabajos de carácter general analizan el proceso de conquista y la organización territorial en las regiones más septentrionales de al-Andalus. José Avelino Gutiérrez (pp. 102-121) analiza con detalle las formas que adquirió el poblamiento rural durante las últimas décadas de la monarquía de Toledo, así como el impacto de la conquista musulmana y la posterior reacción de los poderes locales allí establecidos. Destaca de esta contribución, sobre todo, el impacto que el autor, a través de múltiples fuentes arqueológicas, atribuye tanto a la presencia romana, como a la visigoda y la islámica, tradicionalmente menospreciadas por la historiografía dominante. Por su parte, Philippe Sénac (pp. 122-132), a partir de fuentes mayoritariamente escritas, mantiene su ya conocida propuesta sobre la enérgica resistencia del noreste peninsular y la Narbonense al proceso de conquista y la hipótesis de un posible pacto entre los ejércitos musulmanes y los partidarios de Akhila II, que explicaría la tardía caída de estas plazas. Este autor ofrece además un estado de la cuestión de los elementos materiales encontrados en Ruscino (Perpinyà) que apoyan sus tesis, principalmente precintos de plomo y monedas. El resto de trabajos guardan relación con la dimensión material de una de las grandes cuestiones transversales de esta monografía: la creación del palacio rural como institución fiscal generalizada en el siglo viii. Es Ramon quien presenta la hipótesis de trabajo que sirve como pilar sobre el que se han desarrollado algunos de los posteriores casos de estudio. Según esta, el primer Estado islámico peninsular habría estructurado una amplia red de palatia rurales ya desde las primeras décadas posteriores a la conquista; centros de captación de impuestos y centralización de recursos que constituyeron el primer fay (propiedad pública) de al-Andalus. Desde una óptica plenamente interdisciplinar, se aborda la problemática del origen etimológico del palatium de las fuentes escritas latinas desde el término árabe balāṭ, ampliamente difundidos ambos en la toponimia histórica peninsular. Aun con desarrollos desiguales, este modelo parece haberse implantado de forma generalizada en el conjunto de territorios peninsulares, lo que permite al autor plantear, desde la hipótesis general a los casos específicos, los distintos ámbitos de fijación de la institución. A partir del análisis crítico de la documentación escrita y del estudio de la distribución de más de un millar de topónimos relacionados se estructura una propuesta que encuentra en la Arqueología su más importante aliada. Los primeros en estudiar la dimensión material de esta hipótesis son Cristian Folch (pp. 149-159) y Jordi Rebull (pp. 160-181), los cuales, a partir de la documentación escrita, toponímica y arqueológica del nordeste de Catalunya y de la Catalunya central y la antigua Septimania, respectivamente, confirman la vinculación de este tipo de establecimientos al fisco territorial andalusí de primera época. Además, a partir de sus casos específicos de estudio, la investigación que se presenta en estas páginas les permite identificar dos pautas de implantación principales: los palacios vinculados a sedes episcopales o grandes centros territoriales y los que se distribuyen a lo largo de las principales vías de comunicación. Los últimos cuatro trabajos presentan distintos ejemplos arqueológicos a lo largo de la Península que pueden asociarse a esta institución y que aportan una visión más clara de sus características físicas. En primer lugar, el texto de Luis Caballero y Francisco José Moreno (pp. 182-204) analiza los estudios llevados a cabo en la iglesia de Santa María de Melque, identificada en la documentación escrita como Balatalmec, la construcción de la cual fechan a mediados del siglo viii. Aunque son los propios investigadores los primeros en identificar este enclave como perteneciente a los feudos reales vitizianos, dudan de su adscripción al modelo de centro de gestión fiscal del Estado islámico al estar documentado en manos cristianas durante este período. Sin embargo, apuntan la posibilidad de que la fijación del topónimo balāṭ se realizase tras el abandono de la iglesia, entrando a formar parte entonces del sistema recaudatorio estatal. Por su parte, Joan Soler y Vincenç Ruiz (pp. 205-210) centran su atención en el entorno de la sede espicopal de Egara (Terrassa), a la que atribuyen una cronología de época andalusí. Identifican allí una serie de palatia vinculados al centro territorial y ampliamente documentados en las fuentes escritas, aunque no consiguen vincular ninguno de ellos al conjunto de yacimientos altomedievales conocidos de la zona. Mucho más precisa es la información que el yacimiento de Palous de Camarasa (La Noguera) aporta de la mano de dos de sus investigadoras principales, Carme Alòs y Eva Solanes (pp. 211-222). Centradas principalmente en el análisis de su necrópolis, datada entre los siglos vii y viii, en sus proximidades han podido identificar también un enclave de época alto y bajo-imperial con materiales que confirman su ocupación hasta inicios del siglo vi. También se preocupan las autoras por caracterizar el resto del poblamiento hispano-visigodo de la zona del curso medio del río Segre y de remarcar la posible importancia que debió jugar en este territorio la ganadería durante este período. Finalmente, son Jordi Roig y Joan Manuel Coll (pp. 223-258) quienes cierran esta obra con un amplio trabajo sobre la impronta material de los palacios altomedievales del territorio vallesano (Barcelona). A partir de tres casos de estudio principales, Palacio de Riosicco (Sant Pau de Riu-sec), Palacio Mese-Archivo Español de Arqueología 2014, 87, págs. 287-297 ISSN: 0066 6742 rata (Santa Coloma de Marata) y Palacio Fracto (posiblemente l'Aiguacuit, en Terrassa), los investigadores proponen una topografía arqueológica similar a la de otros yacimientos rurales de este territorio pertenecientes a dicho período de estudio. Las características principales, por tanto, son tres: la existencia generalizada de estructuras de almacenamiento de cereal de tipo silo, su ubicación en llanos agrícolas y la existencia de un repertorio material de adscripción altomedieval, principalmente vinculado a los siglos ix y x. Remarcado, pues, el carácter rural de estos palacios durante la Alta Edad Media, cabe destacar finalmente la existencia de importantes fases de ocupación bajoimperial y tardoantigua, al menos en los ejemplos de Sant Pau de Riu-sec y de l'Aiguacuit, lo que concuerda nuevamente con la hipótesis de investigación inicial. A modo de anexo se ofrece un completo índice analítico, de gran utilidad a la hora de consultar los distintos términos y conceptos, tanto árabes como latinos, expuestos a lo largo de la obra. Este trabajo no ha sido concebido como un punto y final definitivo, concluyente, acerca de la primera fiscalidad islámica andalusí, ya que son muchos los frentes de investigación abiertos y las posibilidades de análisis ofrecidas por los distintos investigadores. En todo caso, el camino que se inicia en estas páginas destaca por una capacidad encomiable de trabajo interdisciplinar, que puede observarse sin problemas tanto en los diferentes casos de estudio regionales como en el espíritu colectivo de la obra. Sí se plantean, sin embargo, algunas nuevas líneas de investigación en referencia a los mecanismos fiscales andalusíes deberán seguir desarrollándose sin interrupción. Así pues, ni podemos soslayar la implantación efectiva del aparato estatal islámico tras la conquista de la Península ni podemos tratar de abordar su estudio únicamente a partir de sus propios registros, o registro en el peor de los casos. La integración de todas las fuentes de información histórica disponibles y el uso de la historia comparada, por tanto, son dos de las más importantes herramientas que se defienden a lo largo de estas páginas, con resultados positivos en el planteamiento de hipótesis de trabajo altamente funcionales. Parafraseando la teoría disciplinar de Karl Popper, los problemas históricos atraviesan constantemente las estrictas barreras disciplinares. No seamos, por tanto, nosotros quienes los limitemos a estas ficticias compartimentaciones. Joan Negre Pérez Universitat Autònoma de Barcelona Pablo Ozcáriz Gil (coord.), La memoria en la piedra. Estudios sobre grafitos históricos, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2012, 305 pp., ilustrado en color y b/n. Este libro coordinado por Pablo Ozcáriz viene a sumarse a los estudios sobre grafitos históricos que desde 2002 realiza dicho profesor. Se inserta en una verdadera campaña de iniciativas promovidas por el grupo Historical Graffiti de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, como las "I Jornadas Internacionales sobre Grafitos Históricos" (URJC, Móstoles, Madrid, 10-11 de noviembre de 2008), el "Primer Seminario Internacional de Grafitos Históricos / First International Workshop on Historical Graffiti" (Centro Cívico Civican, Pamplona, 5 de junio de 2009) y el "Primer Congreso Internacional sobre Grafitos Históricos" (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México, 23-25 de septiembre de 2009). La publicación es resultado de las intervenciones del citado seminario de Pamplona, a las que se han añadido otras colaboraciones. RECENSIONES por Pablo Ozcáriz. Aquí no solamente se incluyen grafitos sobre soportes pétreos o revoques del muro, sino también sobre cerámica, objetos diversos y cubiertas de madera, todos los cuales informan sobre nombres, sucesos, iconografía, indumentaria, ritual, cronologías, técnicas, creación poética, discusiones religiosas, vida cotidiana, procesos constructivos y reformas, entre otros datos. Más allá de ejemplos tales como el boceto arquitectónico del claustro de la catedral de Pamplona, se profundiza -al menos a nivel teórico-en manifestaciones como monteas y dibujos vinculados con la obra. No obstante, también habría sido atractivo adentrarse en otros grafitos, realizados por los arqueólogos, connoisseurs y viajeros, tan frecuentes en edificios como el templo de Dendur conservado actualmente en el Metropolitan Museum of Art. Todos ellos, reunidos, podrían aportar datos importantes para la historia de la anticuaria y de la arqueología, como nos muestra Nicole Dacos en sus publicaciones sobre los grafitos de la Domus Aurea (1967, 1969 y 1996), entre los cuales encontramos firmas de grandes artistas y estudiosos. Pese a ello, el volumen que comentamos es un paso de gran importancia dentro del panorama general del estudio de los grafitos históricos, por su carácter antológico, su ambición y su amplitud de miras, que servirá de estímulo para otras investigaciones de dicho tipo. Volviendo a la historia y la memoria, recordemos ahora la popular definición de grafito que nos ofrece la edición actualizada del DRAE como "escrito o dibujo hecho a mano por los antiguos en los monumentos", o bien "letrero o dibujo circunstanciales, de estética peculiar, realizados con aerosoles sobre una pared u otra superficie resistente". En esta recensión difícilmente podemos entrar en el análisis de esa laguna entre "los antiguos" y los aerosoles, ni en "estéticas peculiares". Sin embargo, percibimos que el límite entre el grafito que es histórico y el que no lo es resulta difuso. Al parecer lo establecen los estudiosos, pero ello es casi tan complejo como distinguir un objeto artístico de otro cualquiera; y no lo vamos a resolver en estas líneas: les invitamos a leer La memoria en la piedra, que se ocupa precisamente de ese gran arco temporal desde la Antigüedad hasta nuestros días, aportando una de las pocas visiones de conjunto disponibles sobre tema. Si lo hacen, encontrarán información sobre el estado actual de los estudios sobre grafitos en tres grandes ámbitos que se desvelan sucesivamente, a saber, Navarra, España y el mundo, además de un apartado conclusivo que contiene consideraciones teóricas, de método y relativas a la conservación del patrimonio. El libro se presenta en tirada de 400 ejemplares a 25 euros cada uno, en formato cómodo de 24 x 18 cm, profusamente ilustrado a todo color y con una original portada que reproduce en relieve uno de los grafitos. Reúne una serie de estudios que abarcan desde la ineludible cita con Pompeya, la Tebas del s. iv d. C., los palacios de la Alhambra, varios edificios medievales civiles y religiosos españoles, ciudades mayas, conventos mexicanos del siglo. xvi y otros inmuebles hasta la actualidad, bajo forma de pequeñas monografías o revisiones de conjunto breves, con un aparato crítico importante reunido en notas al pie y bibliografía al final de cada estudio. El libro comienza con un prólogo a cargo de Pablo Ozcáriz Gil que expone las circunstancias del estudio, su método, terminología y contenidos generales (pp. 9-13). Prosigue un estado de la cuestión del mismo autor sobre los grafitos históricos en Navarra, que es el núcleo de dicho apartado (pp. 17-33). En la misma sección regional, Blanca Sagasti Lacalle se adentra en los grafitos descubiertos recientemente en el palacio del Condestable de, entre los cuales son de especial interés los hallados en partes ocultas del aljarfe de una de las salas; mientras que Emilio Quintanilla Martínez comenta prolijamente la inscripción del claustro de la catedral de Pamplona "1804. Muera Napoleón el invasor" (pp. 57-64), que sorprende por su fecha, anterior a la invasión napoleónica de España. Pasando al apartado nacional, José Ignacio Barrera Maturana plantea un esbozo de guía de grafitos de los palacios nazaríes y cristianos de la. José Ángel Esteras, César Gonzalo, Josemi Lorenzo, Inés Santa-Olalla y J. Francisco Yusta presentan los grafitos hallados desde 2009 sobre el revoco románico de la iglesia de San Miguel de San Esteban de Gormaz, como resultado de la investigación del Proyecto Cultural Soria. Laura Hernández Alcaraz hace lo propio con los hallados en el castillo de la Atalaya de Villena, en Alicante (pp. 109-124), que clasifica en distintas tipologías, e informa sobre dos exposiciones realizadas sobre los mismos, ejemplo de buenas prácticas de puesta en valor y difusión de resultados. Félix Palomero Aragón y Magdalena Ilardia Gálligo realizan una primera aproximación a los grafitos de la iglesia de Santa Cecilia en el valle de Tabladillo, en Burgos (pp. 127-140), mientras que Tomás Puñal Fernández y Gonzalo Viñuales Ferreiro plantean un estudio de conjunto sobre las iglesias románicas del valle del Duratón,. Pasando a los estudios sobre los grafitos en el mundo, Esteban Moreno Resano ofrece una nueva lectura de las dos inscripciones de Nicágoras de Atenas del 326 d. C. en la tumba de Ramsés VI en el Valle de los Reyes de Tebas (pp. 159-173), en las que se descubren intenciones políticas además de contenidos neoplatónicos. Le siguen cuatro estudios dedicados a los grafitos de la ciudad de Pompeya. Lourdes Conde Feitosa propone una visión general desde el punto de vista de la epigrafía en la que hace una revisión antológica de los estudios sobre grafitos pompeyanos desde el siglo. xviii, con ayuda del CIL, y distingue las inscripciones populares de otras eruditas (pp. 175-185). Precisamente a este segundo tipo de grafitos se dedica el artículo de Pedro Paulo A. Funari, con especial atención a la poesía (pp. 187-203). Por su parte, el estudio de Renata S. Garaffoni, desde una perspectiva muy interesante, investiga la religiosidad y el debate religioso en la vida cotidiana romana, centrándose en los testimonios que ofrecen los grafitos pompeyanos y destacando las alusiones a Venus (pp. 205-219); no obstante, y aunque resulte tópico, para ilustrar el debate religioso habría sido atractivo introducir la comparación con obras caricaturescas como el grafito de Alexámenos hallado en el Palatino. El ciclo pompeyano termina con el trabajo de Rebecca R. Benefiel sobre los grafitos de la casa de Maius Castricius (pp. 221-228), reveladores porque en ellos se descubre que los grafitos más antiguos generan a su vez otros en respuesta, estableciéndose un fenómeno semejante al que hoy en día se observa en las puertas de los servicios universitarios y de tantos otros lugares públicos. Pasando a un mundo totalmente distinto, pero no menos fascinante, Ana García Barrios y Ana Martín Díaz ofrecen una documentada revisión sobre los grafitos incisos de la Cultura Maya y la información que ofrecen desde el punto de vista iconográfico y social, teniendo en cuenta distintos factores como la postura del grafitero, la calidad del soporte de estuco, las herramientas, los conocimientos técnicos del grafitero, la época de elaboración (ocupación o abandono) y adentrándose en su temática, que informa sobre aspectos de la vida cotidiana maya como rituales, séquitos y escenas urbanas (pp. 231-246) Sin duda, La memoria en la piedra nos muestra cuántos resultados podemos obtener si nos zambullimos entre antiguos y aerosoles. Tal vez su principal aportación sea acabar con una idea que se repite en las primeras líneas de decenas de trabajos sobre grafitos: que es un tema que hasta ahora casi nadie había tratado, sobre todo para los periodos medieval y moderno. Pero el libro no solamente quiere mostrar que existen grafitos en todas las épocas y geografías, sino que además manifiesta palmariamente que hay estudiosos que se están ocupando de analizarlos desde muchos puntos de vista: arqueológico, histórico, arquitectónico, paleográfico, literario, etc. Obras de este tipo, tan de actualidad tras los sucesos relacionados con los ostraca de Iruña-Veleia que denunciaba Martín Almagro Gorbea en su discurso Los orígenes de los vascos (24 de junio de 2008, pp. 98-100), demuestran cómo es posible llevar a cabo un trabajo serio, riguroso, con resultados de primer orden, gran difusión social y con la libertad e independencia política aconsejables para aplicar un buen método científico. El último volumen de la serie Names on Terra Sigillata. An index of makers' stamps & signatures on gallo-roman Terra Sigillata (Samian Ware), que con el número 9 (T to Ximus) ha sido publicado por B. Hartley y B. M. Dickinson, viene a consolidar lo que se ha convertido en una herramienta de obligada referencia en el mundo ceramológico altoimperial. La obra cuenta con 440 páginas y se analizan varias decenas de alfareros galos dedicados a la producción de terra sigillata. Esta idea surgió en el año 2005, cuando pocos meses después del fallecimiento del Prof. Hartley, se decidiera poner en pie las 425.000 entradas que pacientemente había recogido a lo largo de su vida. De igual modo la iniciativa tomada por los Profs. Dickinson y Dannell nace de la necesidad imperiosa de dar coherencia y homogeneidad a la ingente cantidad de sigilla que inundaban las piezas sinterizadas gálicas. A pesar del innegable esfuerzo de recopilación, a lo que le debemos de unir la pronta desaparición de su alma mater, la serie ha continuado de manera periódica dando síntomas de la insaciable actividad de investigación llevada a cabo por este grupo. Al igual que los otros volúmenes, la obra aparece articulada de la misma manera consolidándose así un cuerpo de contenidos que le ha diferenciado del resto de las obras que de este tipo se han desarrollado. Es innegable el cercano parecido que presenta con el otro corpus de referencia de sigilla, en este caso dedicado a la producción itálica, el Corpus Vassorum Arretinorum. En concreto este volumen se inicia con una interesante reflexión introductoria por el Prof. Fulford en el que, además de hacernos un recorrido diacrónico de esta serie desde sus inicios hasta lo que presagia será su broche final en el año 2015 (pp. vii-viii), nos aporta unas nociones básicas de cómo usarla con el fin de sacar el mayor provecho posible (pp. viii-ix). De igual modo, de una atenta lectura se saca en conclusión que esta obra es fruto de la interdisciplinariedad y colaboración estrecha entre investigadores afincados en distintos puntos geográficos de lo que ya hace más de dos milenios constituyó el Imperio Romano (pp. xi-xii). Además del elenco de alfareros que es el leitmotiv de la obra, creemos que el éxito de esta colección redunda en la fácil y rápida consulta de los datos que podemos sintetizar en: representación gráfica por variantes, posible foco productor, comentario y datación propuesta, a lo que se debe unir comentarios sobre la dispersión de algunos alfareros y un índice final por orden alfabético. En esta ocasión el volumen se dedica de los alfareros cuyos nomina aparecen integrados alfabéticamente entre T a Ximus. Así se inicia este último recorrido con la figura de L.T-Cin-y se concluye con Ximus. En concreto este estudio se ha alzado como uno de los más esperados de la serie por contener entre sus páginas algunos de los figuli que más importancia tuvieron y, por consiguiente, que mayor índice de aparición tienen. Para el caso concreto de la Península Ibérica, Vitalis (pp. 293-332) Virtus son tres alfareros muy recurrentes y habituales en nuestros contextos. El único punto débil del que adolece esta obra desde sus inicios es la escasa representación que tienen los hallazgos acaecidos en algunos puntos geográficos del Mediterráneo. En lo que a nosotros respecta, se observan fuertes vacíos en Hispana y en la Mauritania Tingitana que creemos que puede basarse bien en un rastreo solo epidérmico de las publicaciones realizadas en este arco meridional o bien -si se mira desde otro prisma-en una política de publicaciones que parece no tener una difusión allende las fronteras hispanas. Independientemente de lo dicho es innegable el interés y rigor de una obra que desde un primer momento se ha alzado como básica en el desarrollo de las investigaciones. Aunque este ha sido el último volumen del corpus de alfareros, este grupo de trabajo ha querido culminar la serie con una reciente publicación (año 2013) que bajo el título Seeing red: new economic and social perspectives on Gallo-Roman terra si-RECENSIONES gillata ha querido profundizar en otros puntos de esta categoría cerámica. En él se ahonda más allá de los agentes productores intentando analizar la comercialización y su difusión a otros puntos del imperio desde un prisma social. Al respecto, una interesante articulación por espacios geográficos y unas jornadas de debate compartido han sido las claves del éxito de esta obra. De la atenta lectura de este trabajo nos queda abierta la posibilidad de que la serie continúe. Esperamos que en el futuro se termine con un volumen de marcas numéricas y/o anepígrafas que siguen siendo un terreno poco estudiado y que, sin lugar a dudas, es un campo de fuerte controversia. Como conclusión podemos indicar que este último volumen de la serie viene a suponer la culminación de un trabajo de publicación periódica de diez años pero de recopilación de datos de toda una vida. Asimismo viene a poner sobre la mesa la necesidad de acometer estudios de este tipo que aborden de manera genérica los sellos, su significado y su radio de difusión. En el plano de la sigillata itálica esta labor está suficientemente cubierta por el denominado CVA, sin embargo, existen en otras categorías cuya trayectoria de estudios no está tan desarrollada. Me refiero en este punto a la sigillata hispánica. Estudios como el que hemos valorado nos deben de servir para realizar una reflexión profunda sobre la producción hispánica y sus actores principales. Es cierto que ha habido algunos intentos de recopilación, entre los que me incluyo, pero que al final se han quedado en listados antroponímicos que se alejan de la obra que hemos valorado en esta sucinta reflexión. Macarena Bustamante Álvarez Instituto de Arqueología de Mérida -CSIC